Читать книгу: «Todas las novelas»

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© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO084

ISBN: 9788490568477

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

NOTA EDITORIAL

COSECHA ROJA

1. UNA MUJER DE VERDE Y UN HOMBRE DE GRIS

2. EL ZAR DE POISONVILLE

3. DINAH BRAND

4. HURRICANE STREET

5. EL VIEJO ELIHU HABLA CON JUICIO

6. EL GARITO DEL SUSURRO

7. POR ESO LO DEJÉ LIGADO

8. UN PRONÓSTICO SOBRE KID COOPER

9. UN CUCHILLO NEGRO

10. SE BUSCA DELITO, VARÓN O MUJER

11. UNA CUCHARA FENOMENAL

12. UN NUEVO ACUERDO

13. DOSCIENTOS DÓLARES Y DIEZ CENTAVOS

14. MAX

15. LA POSADA DE CEDAR HILL

16. SALE JERRY

17. RENO

18. PAINTER STREET

19. LA CONFERENCIA DE PAZ

20. LÁUDANO

21. EL DECIMOSÉPTIMO ASESINATO

22. EL PICAHIELO

23. EL SEÑOR CHARLES PROCTOR DAWN

24. SE BUSCA

25. WHISKEYTOWN

26. CHANTAJE

27. ALMACENES

LA MALDICIÓN DE LOS DAIN

PRIMERA PARTE. LOS DAIN

1. OCHO DIAMANTES

2. EL NARIGUDO

3. ALGO NEGRO

4. LOS SOSPECHOSOS HARPER

5. GABRIELLE

6. EL HOMBRE DE LA ISLA DEL DIABLO

7. LA MALDICIÓN

8. PERO Y SI

SEGUNDA PARTE. EL TEMPLO

9. EL CIEGO DE TAD

10. FLORES MARCHITAS

11. DIOS

12. EL GRIAL MALDITO

TERCERA PARTE. QUESADA

13. EL SENDERO DEL ACANTILADO

14. EL CHRYSLER DESTROZADO

15. LE HE MATADO YO

16. LA BÚSQUEDA NOCTURNA

17. MÁS ABAJO DE DULL POINT

18. LA GRANADA

19. LA DEGENERADA

20. LA CASA DE LA ENSENADA

21. AARONIA HALDORN

22. CONFESIONAL

23. EL CIRCO

EL HALCÓN MALTÉS

1. SPADE & ARCHER

2. MUERTE EN LA NIEBLA

3. TRES MUJERES

4. EL PÁJARO NEGRO

5. EL LEVANTINO

6. UNA SOMBRA DE CORTA ESTATURA

7. UNA G EN EL AIRE

8. DISPARATES

9. BRIGID

10. EL DIVÁN DEL BELVEDERE

11. UN HOMBRE GORDO

12. TIOVIVO

13. EL REGALO DEL EMPERADOR

14. LA PALOMA

15. HASTA EL ÚLTIMO CHIFLADO

16. EL TERCER ASESINATO

17. SÁBADO POR LA NOCHE

18. EL CHIVO EXPIATORIO

19. LA MANIOBRA DEL RUSO

20. SI TE CUELGAN

LA LLAVE DE CRISTAL

I. UN CADÁVER EN CHINA STREET

1

2

3

4

5. TAYLOR HENRY ASESINADO

6

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II. EL TRUCO DEL SOMBRERO

1

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5

6

7

III. EL TORPEDO

1

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4

5

6

7

IV. EL DOG HOUSE

1

2

3

4

V. EL HOSPITAL

1

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9

VI. EL «OBSERVER»

1

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3

4

5

6

VII. LOS SECUACES

1

2

3

4

5

VIII. EL BESO DE DESPEDIDA

1

2

3

4

IX. LOS CANALLAS

1

2

3

4

X. LA LLAVE ROTA

1

2

3

EL HOMBRE DELGADO

1

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NOTAS

NOTA EDITORIAL

Al igual que Dickens, Dumas o Dostoyevski, Dashiell Hammett se hizo famoso cuando su obra empezó a ver la luz en publicaciones periódicas. Y, al igual que ellos, sus contribuciones a la literatura fueron mucho más allá de sus obras, cuya influencia ha llegado hasta la actualidad. Naturalmente, el medio para darse a conocer afectó en mayor o en menor medida a su narrativa, tanto si se trataba de relatos breves, como de obras más largas. En el caso de las novelas, cuando estas se publicaban por partes, había que enganchar al lector lo suficiente como para arrastrarlo a la siguiente entrega, y Dashiell Hammett era un maestro en eso, porque sabía mantener la tensión de sus historias con unos personajes profundos y memorables, y sus argumentos sentaron las bases del subgénero hard-boiled y, por extensión, de toda la novela negra.

En este volumen se recogen las cinco únicas novelas completas que Hammett escribió. Y lo hizo en apenas ocho años, entre 1927 y 1934. Poco después, a punto de cumplir los cuarenta, decidió abandonar la literatura para siempre. Se retiró mientras estaba en lo más alto. Y ahí sigue.

La atípica trayectoria literaria de Dashiell Hammett comenzó cuando, casado y con un hijo, la necesidad le empujó a escribir cuentos cortos. Hammett desde siempre había sido un luchador. Veterano de la Gran Guerra, había visto su salud mermada a causa de una tuberculosis. Antes de ser escritor, trabajó como publicista y como detective de la agencia Pinkerton, para quienes redactó centenares de informes. Ahí, sin duda, se encuentra el germen de su carrera como escritor, que se inició en 1922. Después de algún que otro relato rechazado, en octubre pudo ver cómo publicaban su primer y brevísimo cuento, «The Parthian Shot». Iba a ser el primer paso de una fructífera carrera como autor de relatos, la mayor parte de los cuales vieron la luz en la revista pulp por antonomasia: Black Mask. Con esas piezas cortas, Hammett se convirtió uno de los principales artífices de la popularidad de esa legendaria revista y el mejor de todos ellos al definir los parámetros de una narrativa realista y violenta, en la que diversos elementos estéticos, artísticos y sociales se daban la mano para crear un universo completamente nuevo. Del valor excepcional de su narrativa breve, da cuenta el volumen publicado por RBA que reúne todos sus cuentos, una de las mejores y más completas compilaciones de relatos que se ha hecho de Hammett, no solo en castellano, sino en cualquier lengua.

En cuanto a sus novelas, verdaderos bastiones del género negro, tienen una relación muy íntima con esa narrativa breve. En ellas no solo encontramos a personajes como el agente de la Continental o Sam Spade, que ya eran conocidos por los aficionados al pulp, sino que además estas beben directamente de argumentos que ya habían aparecido en algunos relatos y que se unificaron para formar una única historia. Así surgieron en un principio las dos primeras novelas de Hammett, serializadas en cuatro partes: Cosecha roja (1927-1928) y La maldición de los Dain (1928-1929). Sin embargo, Hammett no quedó del todo satisfecho con el resultado, por lo que sometió a estas dos novelas protagonizadas por el agente de la Continental a una revisión profunda antes de publicarse como libros unitarios en 1929. El resultado, mucho más compacto, es el que hoy conocemos.

Con las dos siguientes novelas, El halcón maltés y La llave de cristal, Hammett ya había depurado su estilo narrativo y, aunque recurrió a algunas ideas presentadas en sus relatos (especialmente en La llave de cristal), no tuvo que reelaborar tanto su contenido para su posterior edición en libro. De hecho, El halcón maltés apareció serializada en Black Mask entre septiembre de 1929 y enero de 1930 y apenas un mes después vio la luz en un solo volumen. En cambio, La llave de cristal (la novela preferida por Hammett y una de las primeras obras del género protagonizada por hombres que actúan al margen de la ley) tardó algo más: aparecida también en Black Mask entre marzo y junio de 1930, no se publicó en un único tomo hasta 1931.

Mención aparte merece la última novela de Hammett, El hombre delgado. Aparentemente más ligera que las demás, pero también más cínica, alcohólica y elegante, es la única que no apareció en Black Mask, sino en Redbook, en 1933, de forma condensada y censurada. Al publicarse en libro en 1934, los editores recuperaron algunos fragmentos muy puntuales con claras connotaciones sexuales, que poco después fueron de nuevo censurados y se han mantenido así en muchas ediciones hasta hoy. En este caso concreto, publicamos esa versión sin expurgar, en la que las variaciones con la edición canónica son casi inexistentes, a excepción de esos breves pasajes y el cambio de nombre de un personaje, aquí llamado Sidney Kelterman (Victor Rosewater en la edición censurada), que se hizo para que coincidiera con el nombre utilizado en la adaptación cinematográfica de la novela, estrenada también en 1934.

COSECHA ROJA

A JOSEPH SHAW

1
UNA MUJER DE VERDE Y UN HOMBRE DE GRIS

La primera vez que oí dar a Personville el nombre de Poisonville1 fue a un tipo pelirrojo llamado Hickey Dewey en el Big Ship de Butte. También pronunciaba de esa manera otras palabras con erre, así que no le di más vueltas a lo que había hecho con el nombre de la ciudad. Luego se lo oí pronunciar igual a otros hombres que se apañaban bien con las erres. Seguí sin ver en ello sino la clase de humor sin pies ni cabeza que lleva a los maleantes a desfigurar palabras como «diccionario» para darles un significado despectivo. Unos años después fui a Personville y vi a qué se referían.

Desde un teléfono de la estación llamé a Donald Willsson al Herald y le dije que había llegado.

—¿Puede pasarse por mi casa esta noche a las diez? —Su voz tajante resultaba agradable—. Es el 2101 de Mountain Boulevard. Coja un tranvía en Broadway y bájese en Laurel Avenue, y luego camine dos manzanas hacia el oeste.

Le prometí que iría. Luego fui al Hotel Great Western, dejé el equipaje y salí a dar un garbeo por la ciudad.

No era bonita. La mayoría de sus arquitectos habían optado por lo ostentoso. Igual habían tenido éxito en un primer momento. A partir de entonces, los altos hornos cuyas chimeneas de ladrillo descollaban recortadas contra una lúgubre montaña hacia el sur le habían dado a todo una sucia uniformidad por efecto del humo amarillento que despedían. El resultado era una fea ciudad de cuarenta mil habitantes, ubicada en un feo desfiladero entre dos feas montañas que la minería había degradado por completo. Sobre todo ello se extendía un cielo mugriento que parecía haber brotado de las chimeneas de los altos hornos.

Al primer policía que vi le habría venido bien afeitarse. El segundo llevaba desabrochados un par de botones del uniforme desaliñado. El tercero estaba en medio de la principal intersección de la ciudad —Broadway y Union Street— y dirigía el tráfico con un cigarrillo en la comisura de los labios. A partir de entonces dejé de fijarme en ellos.

A las nueve y media tomé un tranvía de Broadway y seguí las instrucciones que me había dado Donald Willsson. Me llevaron a una casa que se levantaba en una parcela bordeada de setos en una esquina.

La criada que abrió la puerta me dijo que el señor Willsson no estaba en casa. Mientras le explicaba que estaba citado con él salió a la puerta una rubia esbelta de poco menos de treinta años con un vestido verde de crespón. Al sonreírme no desapareció la frialdad de sus ojos azules. Le repetí las explicaciones.

—Mi marido no está en estos momentos. —Un acento apenas discernible le hacía arrastrar las eses—. Pero si le está esperando, lo más probable es que no tarde en volver.

Me llevó a una habitación de la primera planta que daba a Laurel Avenue, un cuarto ocre y rojo con muchos libros. Nos sentamos en sillones de cuero frente a una chimenea de carbón encendida, y ella empezó a indagar qué asuntos tenía yo con su marido.

—¿Vive usted en Personville? —preguntó de entrada.

—No. En San Francisco.

—Pero no es su primera visita, ¿verdad?

—Sí.

—¿De veras? ¿Qué le parece nuestra ciudad?

—Aún no he visto lo suficiente para hacerme una idea. —Era mentira. Sí lo había visto—. He llegado esta misma tarde.

Sus ojos brillantes dejaron de fisgonear cuando dijo:

—Seguro que le parece aburrida. —Volvió a indagar diciendo—: Supongo que todas las ciudades mineras lo son. ¿Se dedica usted a la minería?

—En estos momentos, no.

Miró el reloj en la repisa de la chimenea y comentó:

—Qué falta de consideración por parte de Donald hacerle venir hasta aquí y dejarlo esperando a estas horas de la noche, que no son para tratar asuntos de negocios.

Le dije que no tenía importancia.

—Aunque tal vez no se trata de negocios —sugirió.

Guardé silencio.

Se rio, una breve carcajada con un deje afilado.

—Por lo general no soy tan entrometida como probablemente le parece —dijo como si tal cosa—. Pero se muestra usted tan tremendamente reservado que me pica la curiosidad. No será contrabandista de licores, ¿verdad? Donald cambia a menudo de suministrador.

Dejé que sacara sus propias conclusiones de mi sonrisa.

Sonó un teléfono en la planta baja. La señora Willsson acercó los pies calzados con zapatos verdes al fuego de carbón y fingió no haber oído el teléfono. No entendí por qué aquello le pareció necesario.

—Me temo que voy a... —empezó a decir, y se interrumpió para mirar a la criada en el umbral.

La asistenta dijo que preguntaban por la señora Willsson. Esta se disculpó y siguió a la criada. No fue a la planta baja, sino que habló por un supletorio que no estaba lo bastante alejado para que yo no oyera lo que decía.

—Soy la señora Willsson... Sí. ¿Cómo dice...? ¿Quién...? ¿Puede hablar un poco más alto...? ¿Qué...? Sí... Sí... ¿Quién es...? ¡Hola! ¡Hola!

Colgó el teléfono. Sus pasos se alejaron por el pasillo; pasos rápidos.

Encendí un cigarrillo y lo miré hasta que la oí bajar las escaleras. Fui a una ventana, levanté un extremo de la persiana y miré hacia Laurel Avenue y el garaje blanco y cuadrado en la parte trasera de la casa.

Poco después apareció una mujer esbelta con sombrero y abrigo oscuros que iba a paso ligero de la casa al garaje. Era la señora Willsson. Se fue al volante de un cupé Buick. Volví al sillón y esperé.

Transcurrieron tres cuartos de hora. A las once menos cinco rechinaron fuera los frenos de un coche. Dos minutos después entró en la habitación la señora Willsson. Se había quitado el sombrero y el abrigo. Tenía la cara blanca, los ojos casi negros.

—Lo siento muchísimo —dijo, y se le estremecieron los labios, que mantenía apretados—, pero me temo que ha estado esperando todo este rato para nada. Mi marido no va a volver a casa esta noche.

Dije que lo localizaría por la mañana en el Herald.

Me fui preguntándome por qué llevaba la puntera del zapato izquierdo húmeda y manchada de algo que podía ser sangre.

Llegué a Broadway y cogí un tranvía. Tres manzanas al norte de mi hotel me apeé para ver la aglomeración ante la puerta lateral del ayuntamiento.

Treinta o cuarenta hombres y unas cuantas mujeres ocupaban la acera en torno a una puerta con el cartel de «Comisaría». Había empleados de las minas y de los altos hornos todavía con la ropa de trabajo, chavales de aspecto chabacano de los billares y las salas de fiestas, hombres impecables de cara pálida y acicalada, hombres con el aire aburrido de maridos respetables, unas cuantas mujeres igual de respetables y aburridas y alguna que otra mujer de mala vida.

Me paré al borde del gentío junto a un tipo corpulento con la ropa gris y arrugada. Su rostro también era más bien gris, incluso los labios carnosos, aunque no debía de tener mucho más de treinta años. Tenía la cara ancha, los rasgos gruesos e inteligentes. Todo su colorido dependía de una corbata roja con nudo Windsor que destacaba sobre su camisa de franela gris.

—¿A qué viene el alboroto? —le pregunté.

Me dio un repaso con la mirada antes de contestar, como si quisiera tener la seguridad de que su información iba a quedar en buenas manos. Tenía los ojos tan grises como la ropa, aunque no tan suaves.

—Don Willsson ha ido a sentarse a la derecha de Dios, si es que a Dios no le importa ver orificios de bala.

—¿Quién lo ha matado? —le pregunté.

El tipo gris se rascó la nuca y dijo:

—Alguien con una pistola.

Yo buscaba información, no ingenio. Habría probado suerte con algún otro miembro de la muchedumbre de no ser porque me interesó su corbata roja. Así que le dije:

—Soy de fuera. Puede culparme a mí del embrollo. Para eso están los forasteros.

—Hace un rato han encontrado en Hurricane Street al señor Donald Willsson, propietario del Morning Herald y el Evening Herald, acribillado a balazos por alguien cuya identidad se desconoce —recitó en tono rápido y cantarín—. ¿He conseguido no herir sus sentimientos?

—Gracias. —Alargué un dedo y le toqué un extremo suelto de la corbata—. ¿Tiene algún significado o la lleva porque sí?

—Soy Bill Quint.

—¡Anda ya! —exclamé, tratando de recordar de qué me sonaba el nombre—. ¡Vaya, cuánto me alegro de conocerte!

Saqué la cartera y rebusqué entre la colección de credenciales a las que había ido echando mano aquí y allá. El carné que buscaba era uno rojo que me identificaba como Henry F. Nelly, marinero de primera, afiliado en toda regla al sindicato de Trabajadores Industriales del Mundo. No había ni una palabra de verdad en ello.

Le pasé el carné a Bill Quint, que lo leyó con atención, por delante y por detrás, me lo devolvió y me miró de la cabeza a los pies, no sin recelo.

—Ese ya no va a morirse otra vez —comentó—. ¿Adónde vas?

—A cualquier parte.

Caminamos calle abajo y doblamos una esquina, al parecer, sin rumbo.

—¿Qué te trae por aquí, si eres marinero? —preguntó con despreocupación.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Bueno, el carné.

—Tengo otro que demuestra que soy carpintero —dije—. Si quieres que sea minero, mañana conseguiré un carné que lo certifique.

—No lo conseguirás. De esos aquí me encargo yo.

—¿Y si te envían un telegrama desde Chicago? —sugerí.

—¡Al carajo con Chicago! De esos aquí me encargo yo. —Señaló con un gesto de cabeza la puerta de un restaurante y propuso—: ¿Bebes?

—Solo cuando puedo.

Entramos en el restaurante, subimos un tramo de escaleras y entramos en un local estrecho del primer piso donde había un mostrador largo y una hilera de mesas. Bill Quint saludó con la cabeza y dijo «¡Hola!» a algunos de los chicos y chicas que estaban sentados a las mesas y la barra, y me llevó a uno de los reservados con cortinillas verdes que bordeaban la pared de enfrente del mostrador.

Pasamos las dos horas siguientes bebiendo whisky y hablando.

El hombre de gris no creía que tuviera derecho al carné que le había enseñado, ni al otro que había mencionado. No creía que fuera miembro destacado del sindicato. Como jefazo de Trabajadores Industriales del Mundo en Personville, consideraba su deber enterarse de quién era yo, y no dejarse arrastrar a la charla sobre asuntos comprometidos.

A mí ya me iba bien. Yo estaba interesado en los asuntos de Personville. A él no le importó abordarlos indagando de vez en cuando sobre la cuestión de mis carnés rojos.

Lo que conseguí sacarle se podría resumir de la siguiente manera:

Durante cuarenta años el viejo Elihu Willsson, el padre del hombre que había sido asesinado esa noche, fue dueño del corazón, el alma, la piel y las entrañas de Personville. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y el Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y al menos copropietario de prácticamente todos los demás negocios de cierta importancia. Aparte de estas propiedades, había comprado a un senador de Estados Unidos, un par de miembros de la cámara de Representantes, el gobernador, el alcalde y la mayor parte de la asamblea legislativa estatal. Elihu Willsson era Personville, y era el estado casi en su totalidad.

En la época de la guerra, el sindicato de Trabajadores Industriales del Mundo —en plena pujanza por todo el Oeste— había afiliado a los trabajadores de la Personville Mining Corporation. Esos trabajadores no habían estado precisamente mimados hasta entonces. Aprovecharon su nueva fuerza para exigir lo que querían. El viejo Elihu accedió porque no le quedó otro remedio, y aguardó a que llegara su hora.

Llegó en 1921. Los negocios iban de capa caída. Al viejo Elihu le habría traído sin cuidado cerrar una temporada. Rompió los acuerdos que tenía con sus trabajadores y empezó a devolverlos a patadas a la situación que padecían antes de la guerra.

Como es natural, los obreros pidieron ayuda a gritos. Enviaron a Bill Quint de la sede central del Trabajadores Industriales del Mundo en Chicago para llevar a cabo una movilización. No era partidario de una huelga, de que abandonasen el puesto de trabajo abiertamente. Les aconsejó que optaran por la vieja táctica del sabotaje, que siguieran en sus puestos y paralizaran la maquinaria desde dentro. Pero eso no era una movilización suficiente para los obreros de Personville. Querían darse a conocer, hacer historia del sindicalismo.

Se declararon en huelga.

La huelga duró ocho meses. Hubo derramamiento de sangre en abundancia por ambas partes. Los sindicalistas tuvieron que ocuparse de derramarla en persona. El viejo Elihu contrató a pistoleros, esquiroles, miembros de la Guardia Nacional e incluso a soldados del ejército regular para hacerlo. Una vez partido el último cráneo, una vez rota a patadas la última costilla, el sindicalismo en Personville no era más que pólvora mojada.

Pero, según dijo Bill Quint, el viejo Elihu no tenía ni idea de historia italiana. Salió vencedor de la huelga pero perdió su poder sobre la ciudad y el estado. Para imponerse a los mineros había dejado que sus matones a sueldo se descontrolaran. Una vez terminada la lucha no pudo librarse de ellos. Había dejado la ciudad en sus manos y no era lo bastante fuerte para arrebatársela. Personville les pareció atractiva y se apoderaron de ella. Habían ganado la huelga en nombre de Elihu y se quedaron con la ciudad como botín de guerra. No podía romper con ellos abiertamente. Sabían demasiado de él. Era responsable de todo lo que habían hecho durante la huelga.

Bill Quint y yo andábamos bastante bebidos cuando llegamos a ese punto. Volvió a vaciar su vaso, se apartó el pelo de los ojos y llevó su relato hasta el presente.

—Hoy en día, probablemente el más poderoso es Pete el Finlandés. Este mejunje que bebemos es suyo. Luego está Lew Yard. Tiene una casa de empeños en Parker Street, se ocupa de pagar la fianza a muchos detenidos, mueve buena parte de la mercancía robada en esta ciudad, según me cuentan, y es uña y carne con Noonan, el jefe de policía. Hay un muchacho, Max Thaler, el Susurro, que también tiene muchos colegas. Un tipo moreno y listillo al que le pasa algo en la garganta. No puede hablar. Un fullero. Esos tres, junto con Noonan, son los que en buena medida ayudan a Elihu a dirigir la ciudad; le ayudan más de lo que él querría. Pero tiene que seguirles la corriente o ya se puede preparar...

—El tipo que se han cargado esta noche, el hijo de Elihu, ¿qué pintaba en todo esto? —le pregunté.

—Iba a donde lo mandaba su padre, y ahora está donde lo ha mandado su padre.

—¿Quieres decir que el viejo ha hecho que lo...?

—Es posible, pero yo no soy nadie para decirlo. Ese Don volvió a casa y empezó a dirigir los periódicos de su padre. El viejo diablo, aunque ya tiene un pie en la tumba, no es de los que se dejan arrebatar nada sin devolver el golpe. Pero debía andarse con cuidado con esos tipos. Hizo volver de París al chico y a su esposa francesa y lo utilizó como su marioneta; vaya sucia treta paterna. Don lanza una campaña a favor de la reforma social en los periódicos. Quiere acabar con el vicio y la corrupción en la ciudad, lo que supone acabar con Pete, Lew y el Susurro, si el asunto llegara lo bastante lejos. ¿Lo entiendes? El viejo está utilizando al chico para librarse de ellos. Supongo que se cansaron de que les apretaran las clavijas.

—Me parece que esa suposición tiene unos cuantos inconvenientes —señalé.

—Todo lo que tiene que ver con esta puñetera ciudad tiene unos cuantos inconvenientes como mínimo. ¿Ya has bebido suficiente de esta porquería?

Le dije que sí. Nos fuimos calle abajo. Bill Quint me dijo que se alojaba en el Hotel de los Mineros en Forest Street. Como tenía que pasar por mi hotel de camino al suyo, seguimos juntos. Delante de mi hotel, un tipo corpulento con pinta de policía secreta hablaba desde la acera con el ocupante de un turismo Stutz.

—Ese del coche es el Susurro —me dijo Bill Quint.

Detrás del tipo fornido alcancé a ver el perfil de Thaler. Era joven, moreno y menudo, con facciones tan atractivas y regulares que parecían acuñadas con troquel.

—Qué mono —dije.

—Sí —coincidió el hombre de gris—, igual que un cartucho de dinamita.

2
EL ZAR DE POISONVILLE

El Morning Herald dedicó dos páginas a Donald Willsson y su muerte. En la fotografía se apreciaba un individuo de rostro agradable e inteligente con pelo rizado, ojos y boca risueños, la barbilla partida y corbata a rayas.

La crónica de su muerte era sencilla. A las once menos veinte de la noche anterior le habían pegado cuatro tiros en el estómago, el pecho y la espalda, que le causaron la muerte de inmediato. El tiroteo tuvo lugar en la manzana del 1100 de Hurricane Street. Los vecinos que salieron a mirar después de oír los disparos vieron al muerto tendido en la acera. Había un hombre y una mujer inclinados sobre él. La calle estaba muy oscura para ver nada o a nadie con claridad. El hombre y la mujer desaparecieron antes de que alguien más tuviera tiempo de acudir. Nadie sabía qué aspecto tenían. Nadie los había visto irse.

Dispararon seis veces a Willsson con una pistola del calibre 32. Dos de los proyectiles no lo alcanzaron y se incrustaron en la fachada de un edificio. Siguiendo la trayectoria de esas dos balas, la policía averiguó que los disparos se habían efectuado desde un estrecho callejón al otro lado de la calle. Eso era todo lo que se sabía.

Un editorial del Morning Herald resumía la corta carrera del fallecido como la de un reformador de las costumbres cívicas y expresaba la convicción de que lo había asesinado alguien interesado en entorpecer la limpieza de Personville. El Herald decía que la mejor manera de que el jefe de policía probara que no había tenido ninguna culpa en el asunto era que detuviese lo antes posible y condenara al asesino o los asesinos. El editorial era amargo y tajante.

Lo terminé a la vez que mi segundo café, subí de un salto a un tranvía de Broadway, me apeé en Laurel Avenue y me dirigí a casa del fallecido.

Estaba a media manzana de allí cuando algo me hizo cambiar de idea y de destino.

Cruzó la calle delante de mí un joven más bien bajo vestido en tres tonalidades de marrón. Tenía un atractivo perfil moreno. Era Max Thaler, alias el Susurro. Llegué a la esquina de Mountain Boulevard a tiempo para ver su pierna enfundada en una tela marrón desvanecerse por la puerta de la casa del difunto Donald Willsson.

Regresé a Broadway, busqué una tienda con cabina telefónica, localicé en la guía el número del domicilio de Elihu Willsson, llamé y le dije a alguien que aseguraba ser el secretario del anciano, que Donald Willsson me había hecho venir de San Francisco, que tenía información sobre su muerte y que quería ver a su padre.

Al mostrarme lo bastante rotundo, me invitaron a hacerle una visita.

El zar de Poisonville estaba recostado en la cama cuando su secretario, un tipo esbelto y silencioso de mirada penetrante que rondaba los cuarenta, me llevó al dormitorio.

El viejo tenía una cabeza pequeña y de una redondez casi perfecta bajo su mata de pelo canoso al rape. Tenía las orejas tan pequeñas y aplastadas contra los lados de la cabeza que no estropeaban el efecto esférico. La nariz también era pequeña, una prolongación de la curva de su frente huesuda. La boca y la barbilla eran líneas rectas como tajos en la esfera. Debajo de estas líneas un cuello corto y recio se adentraba en el pijama blanco entre sus hombros cuadrados y rollizos. Uno de sus brazos asomaba por encima del cubrecama, un brazo corto y compacto rematado por una contundente mano de dedos gruesos. Tenía los ojos redondos, azules, pequeños y llorosos, como si se estuvieran ocultando detrás del velo acuoso y debajo de las pobladas cejas blancas solo hasta que llegara el momento de abalanzarse y apoderarse de algo. No era de esos a los que intentarías robarles la cartera a menos que tuvieras confianza más que de sobra en tus dedos.

Me ordenó que tomara asiento en una silla con una brusca sacudida de cuatro o cinco centímetros de su cabeza redonda, se libró del secretario con otra y preguntó:

—¿Qué es lo que sabe de mi hijo?

Tenía la voz áspera. Su pecho ejercía demasiada presión y su boca no articulaba lo suficiente para que las palabras sonaran muy claras.

—Soy agente de la Agencia de Detectives Continental, de la sucursal en San Francisco —le informé—. Hace un par de días recibimos un cheque de su hijo acompañado de una carta en la que solicitaba que le enviaran a un hombre para un trabajo. Ese hombre soy yo. Me dijo que fuera a su casa anoche. Lo hice, pero no apareció. Cuando regresé al centro me enteré de que lo habían asesinado.

Elihu Willsson me escudriñó con recelo y preguntó:

—Bueno, ¿y qué?

—Mientras esperaba, su nuera recibió una llamada de teléfono, salió, regresó con lo que me pareció sangre en el zapato y me dijo que su marido no iba a venir. Lo mataron a las once menos veinte. Ella salió a las diez y veinte y regresó a las once y cinco.

El anciano se sentó en la cama y dirigió a la señora Willsson una ristra de improperios. Cuando se le agotaron esa clase de palabras aún le quedaba un poco de aliento que utilizó para gritarme:

—¿La han metido en la cárcel?

Dije que me parecía que no.

No le hizo ninguna gracia que no estuviera en la cárcel. Lo manifestó sin contemplaciones. Berreó cantidad de cosas que no me gustaron, y terminó diciendo:

—¿Qué demonios está esperando?

Ya estaba muy mayor y enfermo para abofetearlo. Me reí y dije:

—Pruebas.

—¿Pruebas? ¿Qué necesita? Ya ha...

—No sea imbécil —interrumpí sus increpaciones—. ¿Por qué iba a matarlo ella?

—¡Porque es una zorra francesa! Porque esa...

Asomó por la puerta la cara asustada de su secretario.

—¡Fuera de aquí! —le rugió el anciano, y la cara desapareció.

—¿Era celosa? —le pregunté antes de que tuviera oportunidad de seguir bramando—. Y si no grita es muy posible que le pueda oír. Ando mucho mejor de la sordera desde que tomo levadura.

Apoyó un puño en cada una de las jorobas que formaban sus muslos bajo el cubrecama y adelantó el mentón cuadrado hacia mí.

—Aunque soy viejo y estoy enfermo —dijo en tono deliberado—, me estoy planteando levantarme y patearle el culo.

No le hice ningún caso y repetí:

—¿Era celosa?

—Lo era —contestó, ahora sin levantar la voz—, y autoritaria, y malcriada, y recelosa, y codiciosa, y mezquina, y sin escrúpulos, y embustera, y egoísta, y mala hasta la médula. ¡Mala a más no poder!

—¿Tenía razones para estar celosa?

—Eso espero —respondió con acritud—. No querría ni pensar que un hijo mío le fuera fiel, aunque es probable que lo fuera. Era capaz de cosas así.

—¿Pero no sabe de algún motivo por el que hubiera querido matarlo?

—¿Que si sé de algún motivo? —Empezó a gritar otra vez—. ¿Es que no le he dicho...?

—Sí, pero eso no quiere decir nada. Es más bien pueril.

El viejo apartó el cubrecama de sus piernas y empezó a levantarse. Luego se lo pensó mejor, levantó la cara sonrojada y bramó:

—¡Stanley!

Se abrió la puerta y entró el secretario a paso sigiloso.

—¡Echa de aquí a este malnacido! —le ordenó su jefe, al tiempo que me amenazaba con el puño.

El secretario se volvió hacia mí. Yo negué con la cabeza y le sugerí:

—Más vale que vayas a buscar ayuda.

Frunció el entrecejo. Éramos más o menos de la misma edad. Él era larguirucho, me sacaba casi una cabeza, pero pesaba veintitantos kilos menos. Parte de mis ochenta y seis kilos eran grasa, pero no todos. El secretario se mostró azogado, sonrió a modo de disculpa y se fue.

—Lo que estaba a punto de contarle —le dije al anciano— es que tenía intención de hablar con la esposa de su hijo esta mañana. Pero he visto entrar en su casa a Max Thaler, así que he preferido posponer la visita.

Elihu Willsson volvió a taparse las piernas cuidadosamente con el cubrecama, recostó la cabeza en los almohadones, levantó la vista al techo con el ceño fruncido y dijo:

—Hmm, así que esas tenemos, ¿eh?

—¿Le dice algo?

—Lo mató ella —respondió con certidumbre—. Eso es lo que me dice.

Se oyeron pasos en el pasillo, pies más fornidos que los del secretario. Cuando estaban delante de la puerta, empecé una frase:

—Usted se servía de su hijo para dirigir...

—¡Fuera de aquí! —gritó el viejo a los que estaban en el umbral—. Y que no abra nadie esa puerta. —Me lanzó una mirada furibunda y exigió saber—: ¿Para qué me estaba sirviendo de mi hijo?

—Para apretarles las clavijas a Thaler, Yard y el Finlandés.

—Embustero.

—Yo no me he inventado ese cuento. Se rumorea por todo Personville.

—Es mentira. Le di los periódicos. Él hacía lo que le venía en gana con ellos.

—Eso debería explicárselo a sus colegas. A usted le creerían.

—¡Me importa un carajo lo que crean! Le estoy diciendo la verdad.

—¿Qué más da? Su hijo no resucitará sencillamente porque lo mataran por error, si es que es eso lo que pasó.

—Lo mató esa mujer.

—Quizá.

—¡Maldito sea usted y sus «quizá»! Lo mató ella.

—Quizá. Pero también hay que considerar otra perspectiva, el aspecto político. A mí me puede decir...

—A usted le puedo decir que lo mató esa zorra francesa, y le puedo decir que cualquier otra idea estúpida que se le haya pasado por la cabeza está totalmente descaminada.

—Pero hay que investigarlas —insistí—. Y usted conoce los entresijos políticos de Personville mejor que cualquier otra persona a quien pueda acudir yo. Era su hijo. Lo mínimo que puede hacer es...

—Lo mínimo que puedo hacer —aulló— es decirle que se vuelva de una puñetera vez a San Francisco, usted y su cabeza hueca.

Me levanté y dije en tono nada amistoso:

—Estoy en el Hotel Great Western. No me moleste a menos que decida entrar en razón.

Salí del dormitorio y bajé las escaleras. El secretario rondaba el último peldaño con una sonrisa de disculpa.

—Vaya mala baba tiene el viejo —rezongué.

—Tiene una personalidad extraordinariamente vital —murmuró él.

En la redacción del Herald busqué a la secretaria del hombre asesinado. Era una chica menuda de diecinueve o veinte años con grandes ojos de color avellana, pelo castaño claro y cara pálida y atractiva. Se llamaba Lewis.

Dijo que no estaba al tanto de que su jefe me hubiera hecho venir a Personville.

—Pero también es verdad —me explicó— que el señor Willsson prefería guardárselo todo tanto tiempo como le fuera posible. El caso es que... Me parece que aquí no confiaba en nadie, al menos por completo.

—¿En ti tampoco?

Se sonrojó y dijo:

—No. Pero llevaba aquí muy poco tiempo, claro, y no nos conocía muy bien a ninguno.

—Seguro que había algo más.

—Bueno —se mordió el labio y dejó una hilera de huellas de su dedo índice en el borde de la lustrosa mesa del fallecido—, su padre no... no apoyaba lo que estaba haciendo. Puesto que en realidad el propietario de los periódicos era su padre, supongo que era natural que el señor Donald pensara que algunos empleados podían ser más leales al señor Elihu que a él.

—¿El anciano no estaba a favor de la campaña de reforma cívica? ¿Por qué la permitía, si los periódicos eran suyos?

Inclinó la cabeza para observar las huellas que había dejado. Su voz sonó queda.

—No es fácil entenderlo a menos que sepa... La última vez que se puso enfermo el señor Elihu mandó llamar a Donald... al señor Donald. El señor Donald llevaba casi toda la vida viviendo en Europa, ya sabe. El doctor Pride le dijo al señor Elihu que iba a tener que dejar de dirigir sus negocios, así que envió un telegrama a su hijo para que regresara a casa. Pero cuando el señor Donald llegó, el señor Elihu no acabó de decidirse a dejarlo todo. Quería, eso sí, que el señor Donald se quedara, así que le dio los periódicos, es decir, lo nombró director. Eso le agradó al señor Donald. En París se había interesado por el periodismo. Al enterarse de lo mal que iban aquí los asuntos cívicos y demás, puso en marcha esa campaña reformista. No lo sabía... Llevaba fuera desde que era niño... No sabía...

—No sabía que su padre estaba tan involucrado como el que más —la ayudé a terminar.

Se estremeció un poco mientras seguía mirando sus huellas dactilares, no me contradijo y continuó:

—El señor Elihu y él tuvieron una pelea. El señor Elihu le dijo que dejara de removerlo todo, pero él no le hizo caso. Tal vez se lo habría hecho de haber sabido... todo lo que había que saber. Pero supongo que ni se le pasó por la cabeza que su padre estaba gravemente implicado. Y su padre no se lo iba a decir, claro. Supongo que para un padre tiene que ser muy difícil contarle a su hijo algo así. Amenazó con quitarle los periódicos al señor Donald. No sé si tenía intención de hacerlo o no. Pero volvió a enfermar, y todo siguió su curso.

—¿Donald Willsson no te contaba cosas en confianza? —pregunté.

—No. —Fue casi un susurro.

—Entonces, ¿dónde te has enterado de todo esto?

—Intento, intento ayudarle a averiguar quién lo asesinó —dijo con franqueza—. No tiene derecho a...

—La mejor manera de ayudarme es que me digas dónde te has enterado de todo esto —insistí.

Se quedó mirando fijamente la mesa mientras se mordía el labio inferior. Esperé. Al cabo, dijo:

—Mi padre es el secretario del señor Willsson.

—Gracias.

—Pero no crea que nosotros...

—No es cosa mía —la tranquilicé—. ¿Qué hacía Willsson en Hurricane Street anoche cuando tenía una cita conmigo en su domicilio?

Dijo que no lo sabía. Le pregunté si le había oído decirme, por teléfono, que fuera a su casa a las diez. Contestó que sí.

—¿Qué hizo después? Procura recordar hasta lo más insignificante que dijo e hizo desde entonces hasta que te fuiste a casa al terminar la jornada laboral.

Se retrepó en la silla, cerró los ojos y frunció la frente.

—Usted llamó, si fue usted la persona a la que le dijo que fuera a su casa, hacia las dos. Luego el señor Donald dictó unas cartas, una a una fábrica de papel, otra a un senador, el señor Keefer, respecto de unos cambios en las normas de Correos, y... ¡ah, sí! Salió unos veinte minutos, poco antes de las tres. Y justo antes de salir firmó un cheque.

—¿A nombre de quién?

—No lo sé, pero le vi extenderlo.

—¿Dónde está su talonario? ¿Lo llevaba consigo?

—Está aquí. —Se levantó de un salto, rodeó la mesa hasta la parte delantera e intentó abrir el cajón de arriba—. Está cerrado.

Me coloqué a su lado, desdoblé un clip sujetapapeles y con ayuda del filo de mi navaja hurgué en la cerradura hasta que conseguí abrirla.

La chica sacó un talonario no muy grueso del First National Bank. El último talón usado correspondía a un cheque de cinco mil dólares. Nada más. Ni nombre ni asunto alguno.

—Salió con este cheque —dije—, ¿y estuvo fuera veinte minutos? ¿Lo suficiente para ir al banco y volver?

—No le habría llevado más de cinco minutos llegar allí.

—¿Ocurrió alguna otra cosa antes de que extendiera el cheque? Piensa. ¿Algún mensaje? ¿Cartas? ¿Llamadas de teléfono?

—A ver. —Cerró los ojos de nuevo—. Estaba dictando unas cartas y... ¡Ay, qué tonta! Le llamaron por teléfono. Dijo: «Sí, puedo estar allí a las diez, pero tendré que marcharme enseguida». Luego añadió: «Muy bien, a las diez». Eso fue todo lo que dijo, salvo «Sí, sí», varias veces.

—¿Hablaba con un hombre o con una mujer?

—No lo sé.

—Piénsalo. Pondría una voz distinta.

Se lo pensó y dijo:

—Entonces, era mujer.

—¿Quién se fue antes esa noche, tú o él?

—Yo. Él... ya le he dicho que mi padre es el secretario del señor Elihu. Él y el señor Donald habían quedado a media tarde para tratar de algo relacionado con los asuntos económicos del periódico. Mi padre vino poco después de las cinco. Iban a cenar juntos, me parece.

Eso fue todo lo que acertó a contarme la tal Lewis. No sabía nada que explicase la presencia de Willsson en la manzana del 1100 de Hurricane Street, me dijo. No reconoció saber nada relacionado con el señor Willsson.

Registramos la mesa del fallecido y no encontramos nada que resultara revelador. Probé suerte con las chicas de la centralita y no averigüé nada. Pasé una hora con los mensajeros, los redactores y demás, pero de nada sirvió que los acosara a preguntas. Al fallecido, como había dicho su secretaria, se le daba bien guardarse sus asuntos.

3
DINAH BRAND

En el First National Bank trabé conversación con un ayudante de cajero llamado Albury, un chico rubio de aspecto agradable, de unos veinticinco años.

—Fui yo quien conformé el cheque de Willsson —dijo después de que le explicara lo que estaba investigando—. Estaba extendido a nombre de Dinah Brand, por valor de cinco mil dólares.

—¿Sabes quién es?

—¡Claro que sí! La conozco.

—¿Te importa decirme lo que sabes de ella?

—En absoluto. Lo haría encantado, pero ya llego con ocho minutos de retraso a una reunión con...

—¿Cenamos esta noche y me lo cuentas?

—De acuerdo —dijo.

—¿A las siete en el Great Western?

—Estupendo.

—Me voy para que acudas a tu reunión, pero dime, ¿ella tiene cuenta en este banco?

—Sí, y ha ingresado el cheque esta mañana. Lo tiene la policía.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde vive?

—En el 1232 de Hurricane Street.

—¡Vaya, vaya! —dije—: Nos vemos esta noche. —Y luego me fui.

Mi siguiente visita fue al despacho del jefe de policía, en el ayuntamiento.

Noonan, el jefe, era un tipo gordo de risueños ojos verdosos hundidos en una cara redonda y jovial. Cuando le conté lo que me traía a su ciudad pareció alegrarse. Me ofreció un apretón de manos, un puro y una silla.

—Bien —dijo cuando nos acomodamos—, dígame quién es el culpable.

—El secreto está a salvo conmigo.

—Yo tampoco me iré de la lengua —dijo en tono despreocupado entre el humo—. Pero ¿qué supone?

—No se me da bien hacer suposiciones, sobre todo cuando no estoy al tanto de los hechos.

—No me llevará mucho contarle todos los hechos —dijo—. Willsson firmó ayer un cheque por cinco mil dólares a nombre de Dinah Brand, poco antes de que cerrara el banco. Anoche lo mataron las balas de una pistola del calibre 32 a menos de una manzana de la casa de Brand. La gente que oyó los disparos vio a un hombre y una mujer inclinados sobre el cadáver. Esta mañana a primera hora la susodicha Dinah Brand ha ingresado el susodicho cheque en el susodicho banco. ¿Y bien?

—¿Quién es esa Dinah Brand?

El jefe dejó caer la ceniza del puro en mitad de la mesa, hizo un ademán ostentoso con la mano rechoncha y dijo:

—Una paloma mancillada, por así decirlo, una prostituta de lujo, una cazafortunas de primera división.

—¿Ya ha tomado medidas legales contra ella?

—No. Antes hay que atar un par de cabos. La tenemos vigilada y estamos a la espera. Lo que le he dicho es confidencial.

—Sí. Ahora, escuche.

Y le conté lo que había visto y oído mientras esperaba en la casa de Donald Willsson la noche anterior.

Cuando terminé, el jefe frunció la boca regordeta, profirió un suave silbido y exclamó:

—Eso que me cuenta sí que es interesante, hombre. ¿Así que tenía sangre en el zapato? ¿Y dijo que su marido no volvería a casa?

—Eso me pareció a mí —dije en respuesta a la primera pregunta, y—: Sí —contesté a la segunda.

—¿Ha hablado con ella desde entonces? —me preguntó.

—No. Me he acercado a su casa esta mañana, pero un joven llamado Thaler se me ha adelantado, así que he pospuesto la visita.

—¡Hay que joderse! —Los ojos verdosos le brillaron de alegría—. ¿Me está diciendo que ha ido allí el Susurro?

—Sí.

Tiró el puro al suelo, se levantó, plantó las manazas en el tablero de la mesa y se inclinó hacia mí, rezumando regodeo por todos los poros.

—Eso sí que es dar en la diana —ronroneó—. Dinah Brand es la chica de ese tal Susurro. Me parece que vamos a ir usted y yo a charlar un rato con la viuda.

Nos apeamos del coche del jefe delante del domicilio de la señora Willsson. El jefe se detuvo un instante con un pie en el peldaño inferior para mirar el crespón negro colgado encima del timbre. Y luego dijo:

—Bueno, si hay que hacerlo, hay que hacerlo.

Subimos las escaleras.

La señora Willsson no tenía muchas ganas de vernos, pero por lo general la gente recibe al jefe de policía si insiste. Este insistió. Nos llevaron al piso de arriba, donde la viuda de Donald Willsson estaba sentada en la biblioteca. Iba de negro. Tenía escarcha en los ojos azules.

Noonan y yo nos turnamos para farfullar nuestros pésames y luego él empezó:

—Solo queríamos hacerle un par de preguntas. Por ejemplo, ¿adónde fue anoche?

Me lanzó una mirada malhumorada y luego miró al jefe, frunció el ceño y dijo en tono altivo:

—¿Puedo preguntar por qué se me interroga de esta manera?

Me pregunté cuántas veces habría oído esa pregunta, palabra por palabra y justo en esa sucesión de tonos, mientras el jefe, sin hacerle el menor caso, continuaba con amabilidad:

—Y luego está eso de que llevaba manchado un zapato. El derecho, o igual el izquierdo. Sea como sea, era uno de los dos.

A la señora Willsson empezó a contraérsele un músculo del labio superior

—¿Eso era todo? —me preguntó el jefe. Antes de que tuviera ocasión de responderle, hizo chasquear la lengua y volvió su rostro cordial de nuevo hacia la mujer—. Casi se me olvida. También está lo de cómo sabía que su marido no iba a regresar a casa.

Ella se levantó, vacilante, apoyando una mano blanca en el respaldo del sillón.

—Seguro que me disculpan...

—Naturalmente. —El jefe hizo un gesto generoso con una de sus zarpas carnosas—. No queremos molestarla. Solo saber adónde fue, y lo del zapato, y cómo sabía que su marido no iba a volver. Y, ahora que lo pienso, hay otro asuntillo... ¿Qué traía a Thaler por aquí esta mañana?

La señora Willsson volvió a sentarse, con suma rigidez. El jefe la miró. Una sonrisa que quería ser tierna dibujó curiosas líneas y protuberancias en su cara fofa. Poco después los hombros de la señora Willsson empezaron a relajarse, bajó un poco la barbilla y su espalda se curvó.

Puse una silla delante de ella y tomé asiento.

—Va a tener que contárnoslo, señora Willsson —le dije en un tono lo más comprensivo posible—. Hay que encontrar explicación a todo esto.

—¿Creen que tengo algo que ocultar? —preguntó, desafiante, al tiempo que se volvía a sentar recta y rígida, pronunciando cada palabra con precisión, salvo donde arrastraba un poco las eses—. Es cierto que salí. La mancha era de sangre. Sabía que mi marido había muerto. Thaler ha venido a verme por lo de la muerte de mi marido. ¿Ya he contestado a sus preguntas?

—Todo eso ya lo sabíamos —afirmé—. Lo que le pedimos es que nos los explique.

Se puso en pie otra vez y dijo con enfado:

—No me gusta nada su actitud. Me niego a someterme a...

Noonan dijo:

—Eso está muy bien, señora Willsson, solo que entonces vamos a tener que pedirle que venga a comisaría con nosotros.

Ella le dio la espalda, respiró hondo y me espetó:

—Mientras esperábamos aquí a Donald me llamaron por teléfono. Era un hombre que no quiso identificarse. Dijo que Donald había ido a casa de una tal Dinah Brand con un cheque de cinco mil dólares. Entonces me fui hasta allí y esperé calle abajo en el coche hasta que salió Donald.

»Mientras esperaba vi a Max Thaler, al que conocía de vista. Fue hasta la casa de la mujer pero no entró. Se marchó. Luego salió Donald y se fue calle abajo. No me vio. No quería que me viera. Tenía intención de regresar a casa, de volver antes que él. Acababa de arrancar el motor cuando oí los disparos y vi caer a Donald. Salí del coche y fui corriendo hasta él. Había muerto. Yo estaba desesperada. Entonces acudió Thaler. Dijo que si me encontraban allí dirían que lo había matado yo. Me hizo volver a toda prisa al coche y regresar a casa.

Había lágrimas en sus ojos. Estudió mi cara a través de las lágrimas, intentando por lo visto averiguar cómo encajaba yo el relato. No dije nada y ella preguntó:

—¿Es eso lo que querían?

—A grandes rasgos —asintió Noonan, que había ido a colocarse a un lado—. ¿Qué le ha dicho Thaler esta mañana?

—Me ha recomendado que guardara silencio. —Su voz se había vuelto un susurro apagado—. Ha dicho que sospecharían de uno de los dos o de ambos si alguien llegaba a enterarse de que estuvimos allí, porque asesinaron a Donald al salir de la casa de esa mujer después de darle dinero.

—¿Desde dónde se efectuaron los disparos? —preguntó el jefe.

—No lo sé. No vi nada, salvo, cuando levanté la vista, a Donald que caía.

—¿Fue Thaler quien disparó?

—No —se apresuró a decir. Entonces se le dilataron los ojos, abrió la boca y se llevó una mano al pecho—. No lo sé. No me lo pareció, y él dijo que no había sido. No sé dónde estaba. No sé por qué no se me pasó por la cabeza en ningún momento que hubiera sido él.

—¿Qué cree ahora? —preguntó Noonan.

—Es... es posible.

El jefe me guiñó un ojo, un guiño atlético en el que tomaron parte todos los músculos de su cara, e indagó remontándose un poco más atrás.

—¿Y sabe quién la llamó?

—No me dijo su nombre.

—¿No reconoció su voz?

—No.

—¿Qué clase de voz era?

—Hablaba con cautela, como si temiera que fuesen a oírlo. Me costó entender lo que decía.

—¿Susurraba?

El jefe dejó la boca abierta cuando pronunció la última sílaba. Los ojos verdosos le brillaron con avidez entre las guarniciones de sebo.

—Sí, un susurro ronco.

El jefe cerró la boca con un chasquido y la abrió otra vez para decir en tono persuasivo:

—Ya ha oído hablar a Thaler...

La mujer se sobresaltó y nos miró, primero al jefe y luego a mí, con los ojos abiertos de par en par.

—Fue él —gritó—. Fue él.

Robert Albury, el joven ayudante de cajero del First National Bank, estaba sentado en el vestíbulo cuando regresé al Hotel Great Western. Subimos a mi habitación, pedimos agua con hielo, usamos el hielo para refrescar el whisky escocés, el zumo de limón y la granadina, y luego bajamos al comedor.

—Ahora, háblame de esa señora —le dije cuando ya estábamos con la sopa.

—¿La has visto ya? —me preguntó.

—Todavía no.

—Pero has oído hablar de ella, ¿verdad?

—Solo que es una experta en su disciplina.

—Lo es —coincidió—. Supongo que ya la verás. Al principio te llevarás un chasco. Luego, sin ser capaz de decir cómo o cuándo ocurrió, te encontrarás con que has olvidado ese chasco, y antes de darte cuenta estarás contándole la historia de tu vida, todos tus problemas y esperanzas. —Rio con timidez pueril—. Y entonces verás que estás atrapado, atrapado por completo.

—Gracias por la advertencia. ¿Cómo has obtenido esa información?

Sonrió con vergüenza, medio oculto tras la cuchara sopera, y confesó:

—La compré.

—Entonces, supongo que te costó cara. Tengo entendido que a esa le gusta el dinero.2

—El dinero la vuelve loca, desde luego, pero por alguna razón uno no le da importancia. Es mercenaria hasta tal punto, es tan abiertamente codiciosa, que no tiene nada de desagradable. Entenderás a qué me refiero cuando la conozcas.

—Es posible. ¿Te importa decirme cómo es que terminó lo tuyo con ella?

—No, no me importa. Lo gasté todo, así terminó.

—¿Con semejante sangre fría?

Se sonrojó un poco y asintió.

—Me parece que te lo has tomado bien —observé.

—Qué otra cosa iba a hacer. —El sonrojo se hizo más intenso en su cara joven y agradable, y continuó en tono vacilante—. Resulta que estoy en deuda con ella. Esa chica... Te lo voy contar. Quiero que veas esa faceta suya. Yo tenía algo de dinero. Cuando se terminó... Debes tener presente que era joven y estaba loco por ella. Cuando se acabó mi dinero quedaba el del banco. El caso es que yo... Bueno, por lo que a ti respecta, da igual si llegué a hacer algo o solo me lo planteé. Sea como sea, se enteró. Yo era incapaz de ocultarle nada. Y eso fue el final.

—¿Rompió contigo?

—¡Sí, gracias a Dios! De no ser por ella es posible que ahora me estuvieras buscando por malversación de fondos. ¡Se lo debo a ella! —Frunció el ceño en un gesto de sinceridad—. No cuentes nada de esto... ya sabes a lo que me refiero. Pero quiero que sepas que también tiene su lado bueno. Sobre el otro te hablarán más que de sobra.

—Igual lo tiene. O igual es que no creyó que fuera a sacar lo suficiente como para compensar el riesgo de verse en un aprieto.

Dio unas vueltas a mis palabras y luego negó con la cabeza.

—Es posible que hubiera algo de eso, pero no es la razón principal.

—Por lo que he deducido, trabajaba solo a tocateja.

—¿Y qué hay de Dan Rolff? —preguntó.

—¿Quién es ese?

—En teoría era su hermano, o hermanastro, algo por el estilo. No lo es. Es un desahuciado: tuberculosis. Vive con ella. Ella lo mantiene. No está enamorada de él ni nada. Sencillamente se lo encontró en alguna parte y lo recogió.

—¿Algo más?

—Había un radical con el que solía salir. No creo que a ese le sacara mucha pasta.

—¿Qué radical?

—Vino por aquí cuando la huelga. Un tal Quint.

—¿Así que también estaba en su lista?

—Supongo que por eso se quedó una vez terminada la huelga.

—¿Sigue en su lista?

—No. Dinah me dijo que le tenía miedo. Amenazó con matarla.

—Por lo visto ha tenido a todos dominados en un momento u otro —comenté.

—A todos los que quería —dijo él, y lo dijo en serio.

—¿Donald Willsson era el más reciente? —le pregunté.

—No sé —dijo—. Nunca había oído hablar de ellos, nunca vi nada. El jefe de policía nos encargó que intentáramos comprobar si él le había extendido algún cheque antes del de ayer, pero no encontramos nada. Nadie recordaba haber visto ninguno.

—¿Quién fue su último cliente, hasta donde tú sabes?

—Últimamente la he visto a menudo por ahí con un tipo que se llama Thaler. Lleva un par de garitos de juego aquí. Lo llaman el Susurro. Seguro que has oído hablar de él.

A las ocho y media dejé al muchacho y me fui al Hotel de los Mineros en Forest Street. Me encontré con Bill Quint a media manzana del hotel.

—¡Hola! —le saludé—. Ahora iba a verte.

Se detuvo delante de mí, me miró de arriba abajo y gruñó:

—Así que eres detective.

—Vaya gracia —me lamenté—. Vengo hasta aquí para ponerte contra las cuerdas y resulta que ya te han avisado.

—¿Qué quieres saber? —preguntó.

—Estoy interesado en Donald Willsson. Lo conocías, ¿verdad?

—Lo conocía.

—¿Muy bien?

—No.

—¿Qué opinión te merecía?

Frunció los labios grises, expulsó aire entre ellos con fuerza para proferir un ruido como de tela rasgada, y dijo:

—Un liberal de tres al cuarto.

—¿Conoces a Dinah Brand? —pregunté.

—La conozco.

El cuello se le veía más corto y recio que antes.

—¿Crees que mató a Willsson?

—Por supuesto. No podría estar más claro.

—Entonces, ¿no lo mataste tú?

—Claro que sí —dijo—, lo hicimos los dos juntos. ¿Alguna pregunta más?

—Sí, pero voy a ahorrarme el resuello. No harías más que mentirme.

Regresé a Broadway, paré un taxi y le dije al conductor que me llevara al 1232 de Hurricane Street.

4
HURRICANE STREET

Mi lugar de destino era una casita gris con estructura de madera. Cuando llamé al timbre me abrió un tipo delgado de rostro cansado sin rastro de color salvo por una mancha roja del tamaño de medio dólar en lo alto de cada mejilla. Este, pensé, es el tísico, Dan Rolff.

—Vengo a ver a la señorita Brand —le dije.

—¿Quién le digo que ha venido? —Su voz era la de un hombre enfermo y un hombre culto.

—Mi nombre no le sonaría de nada. Quiero verla en relación con la muerte de Willsson.

Me miró con sus ojos oscuros, penetrantes y al mismo tiempo cansados, y dijo:

—¿Sí?

—Soy de la sucursal de San Francisco de la Agencia de Detectives Continental. Estamos interesados en el asesinato.

—Qué detalle por su parte —dijo con ironía—. Adelante.

Entré en una habitación de la planta baja donde una mujer estaba sentada a una mesa con un montón de papeles. Algunos eran boletines de entidades de información financiera, previsiones sobre el mercado bursátil. Uno era un formulario de apuestas para las carreras de caballos.

La habitación estaba desordenada, llena a rebosar. Había más muebles de lo necesario y ninguno parecía estar en el lugar que le correspondía.

—Dinah —me presentó el tísico—, este caballero ha venido de San Francisco en nombre de la Agencia de Detectives Continental para investigar la muerte del señor Donald Willsson.

La joven se levantó, apartó de un puntapié un par de periódicos y se me acercó con una mano tendida.

Era tres o cuatro centímetros más alta que yo, por lo que debía de pasar de un metro setenta. Era ancha de hombros, tenía un pecho abundante y las caderas torneadas, así como unas piernas grandes y musculosas. La mano que me ofreció era tersa, cálida, firme. Su cara era la de una chica de veinticinco años que empezaba a mostrar atisbos de desgaste. Unas pequeñas líneas le cruzaban las comisuras de los labios, grandes y sensuales. Unas líneas más leves aún empezaban a tejer redes en torno a sus ojos de gruesas pestañas. Eran unos ojos grandes, azules y un poquito inyectados en sangre.

Llevaba el pelo castaño, basto y necesitado de un buen corte, peinado con la raya torcida. En una parte del labio superior se había puesto más carmín que en la otra. Su vestido era de un color vino especialmente poco favorecedor, y mostraba algún que otro orificio en un lateral, allí donde no se había abrochado los corchetes o se le habían saltado. Tenía una carrera en la parte anterior de la media izquierda.

Según me habían dicho, esa era la Dinah Brand que escogía a placer entre los hombres de Poisonville.

—Ha enviado a buscarlo el padre de Donald, claro —dijo, al tiempo que apartaba de una silla un par de zapatos de piel de cocodrilo y un platillo con su taza para dejarme sitio.

Tenía una voz tersa, perezosa.

Le dije la verdad:

—Me hizo llamar Donald Willsson. Estaba esperándole cuando fue asesinado.

—No te vayas, Dan —le advirtió a Rolff.

Él volvió a entrar en la habitación y ella regresó a su lugar en la mesa. Rolff se sentó al otro lado, apoyó la delgada cara en una mano delgada y me miró sin interés.

Ella frunció el ceño, provocando la aparición de dos pliegues, y me preguntó:

—¿Quiere decir que sabía que alguien quería matarlo?

—No lo sé. No me dijo lo que quería. Igual solo que lo ayudara en su campaña de reforma cívica.

—¿Pero le parece que...?

Le hice un reproche:

—No tiene gracia ser detective cuando alguien pisa tu terreno y plantea todas las preguntas.

—Me gustaría averiguar qué ocurre —dijo, y se oyó el gorgoteo de una risilla en lo más hondo de su garganta.

—Yo también estoy en ello. Por ejemplo, me gustaría saber por qué lo obligó a conformar el cheque en el banco.

Con aire despreocupado, Dan Rolff cambió de postura en la silla, se recostó y ocultó las manos huesudas debajo del borde de la mesa.

—Así que eso ya lo ha averiguado, ¿eh? —preguntó Dinah Brand, que cruzó la pierna izquierda sobre la derecha y bajó la vista. Fijó la mirada en la carrera de la media—. ¡Voy a dejar de llevarlas, palabra de honor! —se lamentó—. Voy a ir descalza por ahí. Ayer pagué cinco pavos por estas medias. Y ahora hay que ver cómo están, maldita sea. ¡Un día sí y otro también carreras... carreras... carreras!

—No es ningún secreto —dije—. Me refiero a lo del cheque, no a las carreras. Lo tiene Noonan.

Ella miró a Rolff, que apartó la vista de mí lo suficiente para asentir con la cabeza.

—Si habla mi idioma —dijo alargando las palabras, y me miró con ojos entornados—, igual puedo ayudarle.

—Igual, si supiera qué idioma es ese...

—El dinero —explicó—, cuanto más, mejor. Me gusta.

Me puse en plan sentencioso:

—El que ahorra, tiene. Yo puedo ahorrarle dinero y disgustos.

—Eso no significa nada para mí —dijo—, aunque suena como si quisiera decirme algo.

—¿La policía no le ha preguntado por el cheque?

Negó con la cabeza.

Le dije:

—Noonan tiene intención de colgarles el muerto a usted y al Susurro.

—No me asuste —dijo marcando las eses—. No soy más que una cría.

—Noonan sabe que Thaler estaba al tanto de lo del cheque. Sabe que Thaler vino aquí mientras estaba Willsson, pero no entró. Sabe que Thaler merodeaba por el vecindario cuando mataron a Willsson. Sabe que vieron a Thaler y a una mujer inclinados sobre el cadáver.

La chica cogió un lapicero de la mesa y se rascó la mejilla con aire pensativo. El lápiz dejó unas rayitas negras y ondulantes en el colorete.

Ya no se apreciaba hastío en los ojos de Rolff. Los tenía brillantes, febriles, fijos en los míos. Se inclinó hacia delante pero mantuvo las manos ocultas bajo la mesa.

—Eso es asunto de Thaler, no de la señorita Brand —señaló.

—Thaler y la señorita Brand no son desconocidos —dije—. Willsson trajo aquí un cheque por cinco mil dólares y fue asesinado cuando se marchaba. Así las cosas, señorita Brand, es posible que tuviera problemas para hacerlo efectivo... si Willsson no hubiera sido lo bastante precavido como para conformarlo.

—¡Dios santo! —protestó la chica—, si hubiera querido matarlo lo habría hecho aquí, donde nadie pudiera verlo, o habría esperado hasta que se alejara lo suficiente de la casa. ¿Por qué clase de imbécil me ha tomado?

—No estoy seguro de que lo matara usted —dije—. Lo que sí sé con seguridad es que el gordo del jefe quiere colgarle el muerto.

—¿Qué pretende usted? —preguntó ella.

—Averiguar quién lo mató. No quién podría haberlo matado o tal vez lo hizo, sino quién lo mató.

—Podría ayudarle —se ofreció—, pero tendría que recibir algo a cambio.

—Seguridad —le recordé, pero ella negó con la cabeza.

—Me refiero a que tendría que sacar algo en plan económico. Sería valioso para usted y debería pagarme algo a cambio, aunque no sea una fortuna.

—No es posible. —Le sonreí abiertamente—. Olvídese de ingresar dinero y haga un poco de caridad. Finja que soy Bill Quint.

Dan Rolff se levantó de la silla de un brinco con los labios tan blancos como el resto de la cara. Volvió a sentarse cuando la chica se empezó a reír: una risa perezosa, simpática.

—Se cree que no le saqué nada a Bill, Dan. —Se inclinó hacia mí y me puso una mano en la rodilla—. Suponga que sabe con antelación suficiente que los empleados de una empresa iban a hacer huelga, y cuándo, y luego con antelación suficiente cuándo iban a desconvocarla. ¿Podría llevar esa información y algo de capital a la Bolsa y sacarle partido haciendo ciertas operaciones con las acciones de esa empresa? ¡Apuesto a que sí! —concluyó en tono triunfal—. Así que no se piense que Bill no pagó lo suyo.

—La han consentido demasiado —dije.

—¿A qué viene mostrarse tan tacaño, por el amor de Dios? —me preguntó—. Tampoco es que tenga que rascarse el bolsillo. Seguro que tiene una cuenta de gastos, ¿verdad?

No contesté. Ella me miró con el ceño fruncido, se miró la carrera de la media y luego a Rolff, a quien le dijo:

—Igual si echa un trago se relaja un poco.

El tipo enjuto se levantó y salió de la habitación.

Ella me puso morritos, me tocó la espinilla con la punta del pie y dijo:

—El dinero no tiene tanta importancia. Es una cuestión de principios. Si una chica está en posesión de algo que es valioso para alguien, sería una boba si no le saca pasta.

Sonreí.

—¿Por qué no te portas como un buen chico? —me rogó.

Dan Rolff volvió con un sifón, una botella de ginebra, unos limones y un cuenco de hielo picado. Nos tomamos una copa cada uno. El tísico se fue y la chica y yo discutimos el asunto del dinero mientras seguíamos bebiendo. Yo intentaba centrar la conversación en Thaler y Willsson pero ella se desviaba hacia lo del dinero que merecía. Seguimos así hasta terminar la botella de ginebra. Mi reloj marcaba la una y cuarto.

Ella masticó un pedazo de piel de limón y dijo por trigésima o cuadragésima vez:

—No saldrá de tu bolsillo. ¿Qué más te da?

—No es el dinero —respondí—. Es una cuestión de principios.

Me hizo una mueca y dejó el vaso donde creía que estaba la mesa. Se equivocó por unos veinte centímetros. No recuerdo si el vaso se rompió al estrellarse contra el suelo o qué le ocurrió. Lo que sí recuerdo es que verla cometer ese error de cálculo me animó.

—Otra cosa —dije, abriendo otra línea de argumentación—, no estoy seguro de necesitar eso que puedes contarme, sea lo que sea. Si tengo que apañármelas sin saberlo, creo que podré.

—Estaría muy bien que pudieras, pero no olvides que soy la última persona que lo vio con vida, aparte de quien lo mató.

—Te equivocas —le dije—. Su mujer lo vio salir, alejarse y caer.

—¡Su mujer!

—Sí. Estaba en un cupé calle abajo.

—¿Cómo sabía que estaba él aquí?

—Dice que Thaler la llamó y le contó que su marido había venido aquí con el cheque.

—Te estás quedando conmigo —dijo la chica—. Max no podía saberlo.

—Te digo lo que nos contó la señora Willsson a Noonan y a mí.

La chica escupió lo que quedaba de la cáscara de limón al suelo, se despeinó aún más el pelo al pasarse los dedos, se limpió la boca con el dorso de la mano y dio una palmada en la mesa.

—Muy bien, señor sabelotodo —dijo—, voy a seguirte la corriente. Igual crees que va a salirte gratis, pero sacaré lo que me corresponde antes de que hayamos terminado. ¿No me crees? —me desafió, mirándome con los ojos entornados como si estuviera a una manzana de allí.

No era momento de reavivar la discusión sobre el dinero, así que dije:

—Espero que así sea.

Creo que lo dije tres o cuatro veces, con toda sinceridad.

—No te quepa duda. Ahora escúchame. Estás borracho, yo estoy borracha, y estoy justo lo bastante borracha para decirte todo lo que quieras saber. Yo soy así. Si me cae bien alguien, le cuento todo lo que quiera saber. Anda, pregúntame. Venga, pregunta.

Eso hice:

—¿Por qué te dio Willsson cinco mil dólares?

—Por diversión. —Se echó hacia atrás para reír, y luego—: Escucha. Andaba husmeando en busca de trapos sucios. Yo tenía alguno, unas declaraciones y demás que guardaba para sacarles partido algún día. Yo siempre ando atenta a cualquier cosilla que pueda serme útil. Así que me había guardado aquello. Cuando Donald empezó a ir en busca de cabelleras que arrancar, le hice saber que tenía esos documentos y que estaban en venta. Le dejé echarles un vistazo para asegurarse de que merecían la pena. Y la merecían. Luego discutimos el precio. No era tan agarrado como tú, nadie lo ha sido nunca, pero no andaba muy lejos. Así que el asunto quedó en suspenso hasta ayer.

»Entonces le metí prisa, le llamé por teléfono para contarle que tenía otro posible comprador y que si los quería iba a tener que presentarse esa misma noche con cinco mil pavos en efectivo o un cheque conformado. Yo iba de farol, pero ese tipo no tenía mucha experiencia en asuntos así y se lo tragó.

—¿Por qué a las diez en punto? —le pregunté.

—¿Por qué no? Era una hora tan buena como cualquier otra. Lo más importante en un apaño así es darles una hora concreta. Ahora querrás saber por qué tenía que ser efectivo o un cheque conformado, ¿no? Vale, te lo voy a decir. Te voy a contar todo lo que quieras saber. Yo soy así. Siempre lo he sido.

Siguió en ese plan durante cinco minutos, contándome con detalle exactamente la clase de chica que era, y siempre había sido, y por qué. Yo me limité a decirle que sí una y otra vez hasta que tuve oportunidad de meter baza.

—Vale, ¿por qué tenía que ser un cheque conformado?

Cerró un ojo, me señaló con el índice estirado y dijo:

—Para que no pudiera anularlo. En el caso de que no hubiera podido usar la información que le vendí. Era buena, eso desde luego. Era mejor que buena. Habría dado en la cárcel con los huesos de su padre y de todos los demás. Habría dejado a papá Elihu en peor lugar que a cualquier otro.

Me reí con ella mientras intentaba resarcirme de toda la ginebra que me había metido entre pecho y espalda.

—¿A quién más habría implicado? —indagué.

—A toda la puñetera pandilla. —Agitó una mano—. Max, Lew Yard, Pete, Noonan y Elihu Willsson, toda la puñetera pandilla.

—¿Sabía Max Thaler lo que estabas haciendo?

—Claro que no. No lo sabía más que Donald Willsson.

—¿Estás segura?

—Claro que estoy segura. No creerás que iba por ahí fanfarroneando antes de tiempo, ¿verdad?

—¿Quién crees que está al tanto ahora?

—Me trae sin cuidado —dijo—. No hice más que tomarle el pelo. Le habría sido imposible usar esa información.

—¿Tú crees que los pájaros cuyos secretos vendiste le verán la gracia al asunto? Noonan intenta colgaros el muerto a ti y a Thaler. Eso significa que encontró los documentos en el bolsillo de Donald Willsson. Todos creyeron que el viejo Elihu estaba utilizando a su hijo para acabar con ellos, ¿no es verdad?

—Sí, señor —dijo—, y eso mismo creo yo.

—Probablemente te equivocas, pero da igual. Si Noonan encontró lo que le vendiste a Donald Willsson en su bolsillo y averiguó que fuiste tú quien se lo vendió, ¿por qué no iba a deducir que tú y tu amigo Thaler os habéis pasado al bando del viejo Elihu?

—Verá que el viejo Elihu saldría tan perjudicado como el que más.

—¿Qué era la bazofia que le vendiste?

—Construyeron un ayuntamiento nuevo hace tres años —dijo—, y ninguno de ellos salió perdiendo dinero. Si Noonan encontró los documentos no tardará en llegar a la conclusión de que implican al viejo Elihu tanto o más que a cualquier otro.

—Eso da igual. Dará por sentado que el viejo había encontrado una vía de salida para sí mismo. Hazme caso, guapa, Noonan y sus amigos creen que tú, Thaler y Elihu los estáis traicionando.

—Me importa un carajo lo que crean —dijo con obstinación—. No era más que una tomadura de pelo. Para mí no tenía más importancia. Eso era todo.

—Pues qué bien —rezongué—. Así podrás ir al cadalso con la conciencia limpia. ¿Has visto a Thaler desde el asesinato?

—No, pero Max no lo mató, si es lo que estás pensando, por mucho que anduviera por allí.

—¿Por qué?

—Por un montón de razones. Para empezar, Max no lo habría hecho en persona. Habría encargado a otro que lo hiciera, y habría estado bien lejos de allí con una coartada que nadie pudiera desmentir. Además, Max lleva una pistola del treinta y ocho, y cualquiera que hubiese enviado a hacer el trabajo habría llevado una pipa como esa o mayor. ¿Qué pistolero usa un calibre treinta y dos?

—Entonces, ¿quién lo hizo?

—Ya te he dicho todo lo que sé —aseguró—. Te he contado más de la cuenta.

Me levanté y dije:

—No, me has dicho justo lo suficiente.

—¿O sea que crees saber quién lo asesinó?

—Sí, aunque hay un par de cosas que tengo que solucionar antes de echarle el guante.

—¿Quién? ¿Quién? —Se puso en pie, casi sobria de repente, y me tiró de las solapas—. Dime quién lo hizo.

—Ahora no.

—Anda, sé bueno.

—Ahora no.

Me soltó las solapas, puso las manos a la espalda y se rio en mi cara.

—Vale. No me lo digas... y ahora intenta averiguar qué parte de lo que te he dicho es verdad.

Le dije:

—Gracias por esa parte, en todo caso, y por la ginebra. Y si te importa algo Max Thaler, más vale que lo pongas al tanto de que Noonan tiene intención de trincarlo.

5
EL VIEJO ELIHU HABLA CON JUICIO

Eran casi las dos y media de la madrugada cuando llegué al hotel. El recepcionista del turno de noche me pasó el mensaje de que llamara al número Poplar 605. Ya lo conocía. Era el de Elihu Willsson.

—¿Cuándo han llamado? —le pregunté al recepcionista.

—Poco después de la una.

Parecía urgente. Fui a una cabina e hice la llamada. Respondió el secretario del viejo, que me pidió que fuera de inmediato. Le prometí darme prisa, le indiqué al recepcionista que me pidiera un taxi y subí a mi habitación a echar un trago de whisky.

Preferiría haber estado totalmente sobrio, pero no lo estaba. Si esa noche tenía por delante más trabajo no quería que el alcohol dejara de hacerme efecto. El trago me reanimó. Eché más King George en una petaca, me la metí en el bolsillo y bajé al encuentro del taxi.

La casa de Elihu Willsson estaba iluminada de arriba abajo. El secretario abrió la puerta principal antes de que pudiera pulsar el timbre. Su cuerpecillo delgado temblaba bajo un pijama azul pálido y un albornoz azul marino. Su rostro enjuto reflejaba una gran emoción.

—¡Deprisa! —me instó—. El señor Willsson le está esperando. ¿Y hará el favor de intentar convencerlo de que nos deje retirar el cadáver?

Se lo prometí y lo seguí hasta el dormitorio del anciano.

El viejo Elihu estaba en la cama como la última vez, pero ahora había una automática negra encima del cubrecama, al lado de una de sus manos de color rosado.

En cuanto aparecí, levantó la cabeza de los almohadones, se incorporó y vociferó en dirección a mí:

—¿Tiene tantas agallas como descaro?

Tenía la cara de un color rojo oscuro enfermizo. El velo que cubría sus ojos había desaparecido y los tenía duros y candentes.

Dejé la pregunta en suspenso mientras miraba el cadáver en el suelo entre la puerta y la cama.

Un hombre bajo y gordo vestido de marrón yacía boca arriba mirando con ojos sin vida el techo desde debajo de la visera de una gorra gris. Le habían arrancado un trozo de mandíbula. Tenía la barbilla ladeada dejando a la vista el lugar por donde otra bala le había atravesado la corbata y el cuello de la camisa para abrirle un agujero en la garganta. Un brazo se le había quedado torcido debajo del cuerpo. La otra mano sostenía una porra del grosor de una botella de leche. Había cantidad de sangre.

Levanté la mirada del estropicio y la posé en el viejo. Tenía una mueca cruel y estúpida.

—Tiene mucha labia —dijo—. Eso ya lo sé. Cuando se trata de hablar, es un tipo que los tiene bien puestos. ¿Pero hay algo más? ¿Tiene agallas para estar a la altura de su descaro? ¿O se le va la fuerza por la boca?

No tenía sentido intentar llevarse bien con el abuelo. Lo fulminé con la mirada y le recordé:

—¿No le dije que no me molestara a menos que quisiera entrar en razón?

—Así es, muchacho. —Su voz tenía un absurdo deje triunfal—. Y voy a hablarle con esa razón que dice. Busco un hombre que limpie esta pocilga que es Poisonville, que ahuyente a las ratas, grandes y pequeñas. Es trabajo para un hombre. ¿Es un hombre?

—No hace falta que se ponga en plan poético —rezongué—. Si tiene algún trabajo medianamente honrado que encargarme en la línea de mi oficio, y si quiere pagar un precio considerable, quizá lo acepte. Pero a todas esas chorradas de ahuyentar ratas y pocilgas no les veo ningún sentido.

—De acuerdo. Quiero que eche de Personville a todos los ladrones y estafadores. ¿Le parece lo bastante claro?

—Esta mañana no quería nada semejante —señalé—. ¿Por qué lo quiere ahora?

La explicación, prolija y sembrada de maldiciones, me la ofreció con voz sonora y jactanciosa. El meollo del asunto era que había construido Personville ladrillo a ladrillo con sus propias manos y pensaba conservarlo o borrarlo de la ladera de la montaña. Nadie podía amenazarlo en su propia ciudad, fuera quien fuese. Les había cedido terreno, pero ahora que habían empezado a decirle a él, Elihu Willsson, lo que tenía que hacer y lo que no podía hacer, iba a ponerlos en su lugar. Concluyó la arenga señalando el cadáver para alardear:

—Así verán que el viejo aún tiene arranque.

Ojalá hubiera estado sobrio. Sus payasadas me desconcertaban. No alcanzaba a identificar lo que había detrás.

—¿Lo han enviado los tipos esos con los que anda implicado? —le pregunté, y señalé con un gesto de cabeza al muerto.

—Lo único que le he dicho se lo he dicho con esto —dijo, al tiempo que daba unas palmaditas a la automática en la cama—, pero yo diría que sí.

—¿Cómo ha ocurrido?

—De la manera más sencilla. He oído que se abría la puerta y he encendido la luz, y ahí estaba, le he disparado y ahí está.

—¿A qué hora?

—A eso de la una.

—¿Y lo ha dejado ahí tirado tanto rato?

—Así es. —El viejo lanzó una carcajada feroz y empezó a fanfarronear de nuevo—. ¿Le revuelve el estómago ver un muerto? ¿O es su espíritu lo que le asusta?

Me reí de él. Ahora lo entendía. El abuelo estaba acojonado. Lo que se ocultaba tras sus payasadas era el miedo. Por eso alardeaba, y por eso no había dejado que se llevaran el cadáver. Quería que siguiera allí para poder mirarlo, para mantener a raya el pánico, como prueba visible de su capacidad para defenderse. Ahora ya sabía a qué atenerme.

—¿De verdad quiere limpiar la ciudad? —le pregunté.

—He dicho que quiero limpiarla y quiero limpiarla.

—Tendría que dejarme las manos libres, nada de favores a nadie, llevaría el asunto como me viniera en gana. Y cobraría un anticipo de diez mil dólares.

—¡Diez mil dólares! ¿Por qué demonios iba a soltarle semejante pasta a un tipo al que no conozco de nada? ¿A un tipo que no ha hecho más que darle a la lengua?

—Hablemos en serio. Cuando digo a mí, me refiero a la Continental. Ya los conoce.

—Así es. Y ellos me conocen a mí. Y debería saber que puedo respaldar...

—No se trata de eso. Esos tipos a los que quiere dejar sin blanca eran amigos suyos ayer mismo. Tal vez vuelvan a serlo la semana que viene. Eso me trae sin cuidado. Pero no voy a dedicarme a la política en su nombre. No va a contratarme para que le ayude a ponerlos otra vez en su sitio, y que en ese momento decida que el trabajo ya está cumplido. Si quiere que me encargue del asunto, tiene que poner encima de la mesa dinero suficiente para pagar el trabajo de principio a fin. Si queda algo, se le reembolsará. Pero haré el trabajo hasta el final o no lo haré. Así tiene que ser. Lo toma o lo deja.

—Pues lo dejo, maldita sea —dijo a voz en grito.

Me dejó bajar hasta la mitad de las escaleras antes de llamarme.

—Soy un viejo —se lamentó—. Si tuviera diez años menos... —Me lanzó una mirada feroz y masculló algo entre dientes—. Le daré el maldito cheque.

—¿Y autoridad suficiente para llevar el asunto a mi manera?

—Sí.

—Vamos a cerrar el trato ahora. ¿Dónde está su secretario?

Willsson pulsó un botón en la mesilla de noche y el silencioso secretario salió de dondequiera que estuviera escondido. Le dije:

—El señor Willsson quiere firmar un cheque de diez mil dólares a nombre de la Agencia de Detectives Continental, y quiere enviar a la agencia, en su sucursal de San Francisco, una carta para autorizarla a dedicar esos diez mil dólares a la investigación del crimen y la corrupción política en Personville. La carta debe exponer con toda claridad que la agencia llevará a cabo la investigación como lo crea más adecuado.

El secretario lanzó una mirada inquisitiva al anciano, que frunció el ceño y agachó la cabeza redonda y canosa.

—Pero antes —le dije al secretario, que ya se iba a paso sigiloso hacia la puerta—, más vale que informe a la policía de que tienen aquí un ladrón muerto. Luego llame al médico del señor Willsson.

El viejo aseguró que no quería ver a ningún puñetero médico.

—Van a meterle un buen pinchazo para que pueda dormir —le prometí, y pasé por encima del cadáver para coger la pistola negra de la cama—. Esta noche me quedo aquí y mañana dedicaremos casi todo el día a analizar con detalle la situación de Poisonville.

El viejo estaba cansado. Su voz no hizo temblar las ventanas precisamente cuando, sin andarse con miramientos ni escatimar maldiciones, me dijo lo que pensaba de mi imprudencia al decidir qué era lo mejor para él.

Le quité la gorra al muerto para verle mejor la cara. No me dijo nada. Volví a ponérsela.

Cuando me incorporé el viejo preguntó, con moderación:

—¿Está llegando a alguna parte con lo del asesinato de Donald?

—Creo que sí. Un día más y debería poder cerrar el caso.

—¿Quién fue? —indagó.

Entró el secretario con la carta y el cheque. Se los di al viejo en vez de la respuesta a su pregunta. Estampó una firma temblorosa en cada uno y cuando llegó la policía yo ya los tenía doblados en el bolsillo.

El primer madero que entró en la habitación era nada menos que el jefe, el gordo de Noonan. Saludó a Willsson con un amable gesto de cabeza, me estrechó la mano y miró al muerto con sus risueños ojos verdes.

—Bueno, bueno —dijo—. El que haya sido, desde luego ha hecho un buen trabajo. Yakima el Enano. Y vaya garrote que se había traído, ¿eh? —Le quitó la porra de la mano de una patada—. Con eso podría haber hundido un acorazado. ¿Se lo ha cargado usted? —me preguntó.

—El señor Willsson.

—Vaya, eso está muy bien, desde luego —felicitó al anciano—. Ha ahorrado a mucha gente un montón de problemas, incluido yo. Ya os lo podéis llevar, muchachos —les dijo a los cuatro hombres a su espalda.

Los dos de uniforme cogieron a Yakima el Enano por las piernas y las axilas y se lo llevaron mientras los otros recogían la porra y la linterna que estaba debajo del cadáver.

—Si todo el mundo despachara así a los chorizos, sería una maravilla —siguió parloteando el jefe. Sacó tres puros de un bolsillo, lanzó uno a la cama, me puso el otro delante de la cara y se llevó el tercero a la boca—. Me preguntaba dónde podría encontrarlo —dijo mientras nos los encendíamos—. Tengo un trabajillo previsto y he pensado que igual quería tomar parte. Por eso estaba preparado cuando ha llegado aviso de este barullo. —Me acercó la boca a la oreja y dijo en voz baja—: Voy a trincar al Susurro. ¿Quiere venir?

—Sí.

—Ya me parecía a mí. ¡Hola, doctor!

Le estrechó la mano al tipo que acababa de entrar, un hombrecillo rechoncho con la cara ovalada y de aspecto cansado y unos ojos grises con rastros de sueño.

El médico fue hacia la cama, donde uno de los hombres de Noonan estaba haciendo preguntas sobre el incidente a Willsson. Seguí al secretario al pasillo y le pregunté:

—¿Hay alguien más en la casa aparte de usted?

—Sí, el chófer, el cocinero chino.

—Que se quede el chófer en el dormitorio del viejo esta noche. Yo me voy con Noonan. Volveré en cuanto pueda. Me da la impresión de que por aquí ya no va a haber más jaleo, pero pase lo que pase no dejen solo al viejo. Y no lo dejen a solas con Noonan ni con cualquiera de sus hombres.

Al secretario le saltaron los ojos y se quedó boquiabierto.

—¿A qué hora se despidió de Donald Willsson anoche? —le pregunté.

—¿Se refiere a anteanoche, la noche que fue asesinado?

—Sí.

—A las nueve y media exactamente.

—¿Estuvo con él desde las cinco hasta entonces?

—Desde las cinco y cuarto. Revisamos unos balances y cosas por el estilo en su despacho hasta cerca de las ocho. Luego fuimos a Bayard’s y terminamos nuestros asuntos durante la cena. A las nueve y media dijo que tenía un compromiso y se fue.

—¿Qué más dijo sobre ese compromiso?

—Nada más.

—¿Le dio algún indicio acerca de a dónde iba, con quién estaba citado?

—Solo dijo que tenía un compromiso.

—¿Y usted no sabía nada al respecto?

—No. ¿Por qué? ¿Cree que sí?

—Pensaba que igual le había comentado algo. —Pasé a los sucesos de esa misma noche—. ¿Qué visitas ha tenido hoy el señor Willsson, sin contar el tipo al que ha matado?

—Tendrá que perdonarme —dijo el secretario con una sonrisa de disculpa—: Eso no se lo puedo decir sin permiso del señor Willsson. Lo siento.

—¿No ha venido alguna de las autoridades de la ciudad? Pongamos por caso Lew Yard, o...

El secretario negó con la cabeza y repitió:

—Lo siento.

—No vamos a discutir por eso —dije, dándome por vencido, y eché a andar hacia la puerta del dormitorio.

Salió el médico abrochándose el abrigo.

—Ahora seguro que duerme —dijo precipitadamente—. Conviene que se quede alguien con él. Volveré por la mañana.

Bajó las escaleras a toda prisa.

Entré en el dormitorio. El jefe y el hombre que había interrogado a Willsson estaban al lado de la cama. El jefe me ofreció una amplia sonrisa como si se alegrara de verme. El otro me miró con el entrecejo fruncido. Willsson estaba tumbado boca arriba, mirando el techo.

—Me parece que ya no tenemos nada que hacer aquí —dijo Noonan—. ¿Qué tal si nos damos el piro?

Asentí y le di las buenas noches al viejo. Él respondió: «Buenas noches», sin mirarme. Entró el secretario con el chófer, un joven fornido, alto y bronceado.

El jefe, el otro sabueso —un teniente de policía llamado McGraw— y yo bajamos y nos montamos en el coche del jefe. McGraw se sentó al lado del conductor. El jefe y yo nos acomodamos detrás.

—Le echaremos el guante al amanecer —me explicó Noonan por el camino—. El Susurro tiene un garito en King Street. Por lo general sale de allí al amanecer. Podríamos entrar a saco, pero eso supondría un tiroteo, y más vale tomárselo con calma. Nos ocuparemos de él cuando salga.

Me pregunté si se referiría a ocuparse de detenerlo u ocuparse de cargárselo. Le pregunté:

—¿Tiene pruebas suficientes para acusarlo en firme?

—¿Pruebas suficientes? —Rio con cordialidad—. Si lo que la señora Willsson nos dio no es suficiente para enchironarlo, yo soy carterista.

Se me pasaron por la cabeza un par de chistes fáciles, pero preferí guardármelos.

6
EL GARITO DEL SUSURRO

Nuestro trayecto terminó bajo una hilera de árboles en una calle oscura no muy lejos del centro. Nos apeamos del coche y fuimos a la esquina.

Un tipo fornido con abrigo gris y sombrero gris echado sobre los ojos vino a nuestro encuentro.

—El Susurro se lo ha calado —le dijo el tipo fornido al jefe—. Ha llamado a Donohoe para decirle que va a quedarse en su antro. Si cree usted que puede sacarlo de ahí, dice, ya puede intentarlo.

Noonan lanzó una risilla, se rascó la oreja y preguntó sin perder la alegría:

—¿Cuántos crees que tiene ahí con él?

—Calculo que unos cincuenta.

—¡Anda ya! Es imposible que haya tantos, a estas horas de la madrugada.

—Y un cuerno que no —gruñó el tipo fornido—. Llevan desde medianoche entrando.

—¿Ah, sí? Alguien debe de haberse ido de la lengua. Igual no deberías haberles dejado entrar.

—Es posible. —El tipo fornido estaba furioso—. Pero hice lo que me dijo. Dijo que dejase entrar o salir a quien quisiera, pero que cuando apareciera el Susurro...

—Que le echaras el guante —dijo el jefe.

—Bueno, sí —asintió el tipo fornido, que me lanzó una violenta mirada.

Se sumaron a nosotros más hombres y charlamos un buen rato. Todo el mundo estaba de mal humor salvo el jefe. Parecía disfrutar con aquello. Yo no sabía por qué.

El garito del Susurro era un edificio de ladrillo de tres plantas en mitad de la manzana, entre otros dos edificios de dos plantas. La bajera del antro estaba ocupada por un estanco que hacía las veces de entrada y tapadera del garito de apuestas de arriba. En el interior, si la información del tipo fornido era de fiar, el Susurro había reunido a medio centenar de amigos, armados para pelear. Afuera, las fuerzas de Noonan estaban apostadas en torno al edificio, en la calle de enfrente, en el callejón de atrás y en los tejados colindantes.

—Bueno, muchachos —dijo el jefe sin alterarse después de que todos hubieran dado su opinión—. Me parece que el Susurro no quiere complicarse la vida más que nosotros, o ya habría intentado abrirse paso a tiros a estas alturas, si es que tiene tantos hombres consigo, aunque en mi opinión no los tiene, al menos no tantos.

El tipo fornido dijo:

—Y un cuerno que no los tiene.

—Pues si no quiere líos —continuó Noonan—, igual vendría bien charlar un rato. Nick, vete a ver si puedes convencerlo de que sea pacífico.

El tipo fornido dijo:

—Y un cuerno voy a ir.

—Pues llámale por teléfono —sugirió el jefe.

El tipo fornido refunfuñó:

—Eso ya es distinto. —Y se fue.

A su regreso parecía completamente satisfecho.

—Dice que «Al infierno» —informó.

—Que venga el resto de los chicos —dijo Noonan con alegría—. Nos ocuparemos del asunto en cuanto se haga de día.

El fortachón de Nick y yo acompañamos al jefe a asegurarse de que sus hombres estaban apostados como era debido. No me causaron muy buena impresión: una cuadrilla de tipos desaliñados y de mirada furtiva sin entusiasmo por el trabajo que tenían ante sí.

El cielo se tornó de un gris desvaído. El jefe, Nick y yo nos detuvimos a la entrada de una fontanería al otro lado de la calle, en diagonal con respecto a nuestro objetivo.

El garito del Susurro estaba a oscuras, no se veía nada en las ventanas de las plantas superiores, y las ventanas y la puerta del estanco tenían las persianas echadas.

—No me hace ninguna gracia empezar así, sin darle una oportunidad al Susurro —dijo Noonan—. No es mal chico. Pero no tiene sentido que intente hablar con él. No le caigo muy bien.

Me miró. No dije nada.

—No querrá probar suerte, ¿verdad? —me preguntó.

—Sí, lo puedo intentar.

—Qué detalle por su parte. Se lo agradezco de veras. A ver si puede convencerlo de que salga sin armar jaleo. Ya sabe qué decirle: que es por su propio bien y tal, cosa que es cierta.

—Sí —dije, y crucé hacia el estanco con buen cuidado de dejar que mis manos se vieran oscilar vacías a los costados.

Aún faltaba un poco para que amaneciera del todo. La calle era de color humo. Mis pies hacían mucho ruido en la acera.

Me detuve delante de la puerta y llamé al vidrio con un nudillo, no muy fuerte. La persiana verde detrás de la puerta hacía del cristal un espejo en el que vi reflejados a dos hombres que se movían al otro lado de la calle.

No se oía nada dentro. Llamé más fuerte y luego bajé la mano para sacudir el tirador de la puerta.

Alguien me aconsejó desde el interior:

—Vete de ahí mientras puedas.

Era una voz apagada, aunque no un susurro, así que probablemente no era la del Susurro.

—Quiero hablar con Thaler —dije.

—Vete a hablar con esa bola de sebo que te ha enviado.

—No hablo en nombre de Noonan. ¿Puede oír Thaler lo que digo?

Una pausa. Luego la voz apagada dijo:

—Sí.

—Soy el agente de la Continental que le dio a Dinah Brand el soplo de que Noonan intentaba colgarte el muerto —dije—. Quiero hablar contigo cinco minutos. La única relación que tengo con Noonan es que me gustaría echar por tierra su plan. Estoy solo. Si me lo dices, dejo el arma en la calle. Déjame entrar.

Esperé. Dependía de si la chica le había contado la historia de mi charla con ella. Esperé un rato que se me hizo larguísimo.

La voz apagada dijo:

—Cuando abramos, entra a toda prisa. Y nada de tretas.

—Preparado.

Se oyó el chasquido de la cerradura. Entré a la vez que se abría la puerta.

Al otro lado de la calle una docena de armas vaciaron los cargadores.

El vidrio de la puerta y las ventanas tintineó hecho añicos a nuestro alrededor.

Alguien me hizo tropezar. El miedo me armó con tres cerebros y media docena de ojos. Estaba en una situación apurada. Noonan me había jugado una mala pasada. Estos tipos no podían por menos de pensar que yo le seguía el juego al jefe de policía.

Caí y me di la vuelta para quedar mirando la puerta. Antes de llegar al suelo ya había sacado la pistola.

Al otro lado de la calle, el fortachón de Nick se había asomado de un portal para dispararnos con las dos manos.

Afiancé el brazo de la pistola en el suelo. El cuerpo de Nick apareció justo delante de la mira anterior. Apreté el gatillo. Nick dejó de disparar. Cruzó las armas sobre el pecho y se desplomó como una mole sobre la acera.

Unas manos tiraron de mí hacia dentro por los tobillos. Me despellejé el mentón contra el suelo. La puerta se cerró de golpe. Algún graciosillo dijo:

—Vaya, no le caes bien a la gente.

Me senté y grité entre el barullo:

—Yo no estaba al tanto de todo esto.

Los disparos fueron menguando y acabaron por cesar. Las persianas de la puerta y las ventanas estaban moteadas de agujeros grises. Un susurro ronco dijo en la oscuridad:

—Tod, tú y Slats seguid atentos aquí abajo. El resto más vale que vayamos arriba.

Atravesamos la trastienda hasta un pasillo, subimos un tramo de escaleras enmoquetadas y entramos en una habitación de la primera planta donde había una mesa verde con rebordes para jugar a los dados. Era un cuarto pequeño sin ventanas y las luces estaban encendidas.

Éramos cinco. Thaler, un joven bajo y moreno cuyo rostro resultaba agraciado al estilo de un corista hasta que echabas otro vistazo a la boca enjuta y dura, se sentó y encendió un pitillo. Un muchacho rubio de cara angulosa que no debía de tener más de veinte años e iba vestido con un traje de mezclilla estaba recostado en un sofá y lanzaba el humo del cigarrillo al techo. Otro chico, igual de rubio y joven pero no tan anguloso, estaba ocupado en ponerse bien la corbata de color rojo vivo y atusarse el pelo de tono amarillo. Un hombre que debía de rondar los treinta, de cara afilada y sin apenas barbilla bajo una boca ancha y flácida, caminaba arriba y abajo por el cuarto con aspecto aburrido mientras tarareaba «Rosy Cheeks».

Me senté en una silla a dos o tres palmos de la de Thaler.

—¿Cuánto tiempo piensa seguir con esto Noonan? —preguntó.

Su voz ronca y susurrante no dejó traslucir emoción ninguna, solo un matiz de disgusto.

—Esta vez tiene intención de trincarte —le advertí—. Me parece que lo va a conseguir.

El jugador me ofreció una sonrisa tibia y desdeñosa.

—Debería saber que no tiene la menor posibilidad de colgarme una acusación tan coja como esa.

—No tiene intención de demostrar nada ante los tribunales —le dije.

—¿Ah, no?

—Van a quitarte de en medio por resistirte a la detención, o al intentar huir. Después de eso, las pruebas que tenga son lo de menos.

—Se está volviendo más duro cuanto más viejo se hace. —Sus labios finos se curvaron en otra sonrisa. No parecía que le impresionara mucho la letalidad del gordo del jefe—. Si algún día me quita de en medio, me lo tengo bien merecido. ¿Y contra ti, qué tiene?

—Ha supuesto que voy a convertirme en un incordio.

—Qué pena. Dinah me dijo que eres un buen tipo, aunque un poco agarrado con la pasta.

—Fue una visita agradable. ¿Por qué no me cuentas lo que sabes del asesinato de Donald Willsson?

—Se lo cargó su mujer.

—¿La viste?

—La vi un segundo después, con la pipa en la mano.

—Eso no nos sirve de nada a ninguno de los dos —dije—. No sé hasta dónde es una invención. Bien apañado, podría tener peso ante los tribunales, tal vez, pero no vas a tener oportunidad de montar el numerito allí. Si Noonan te pilla, te pillará bien muerto. Cuéntame la verdad. Solo necesito eso para dar carpetazo al trabajo.

Tiró el cigarrillo al suelo, lo aplastó con el pie y preguntó:

—¿Tan cerca estás?

—Dime lo que sepas y podré echarle el guante, si consigo salir de aquí.

Encendió otro pitillo y preguntó:

—¿La señora Willsson dijo que fui yo el que la llamó?

—Sí, después de que Noonan la hubiera convencido. Ahora se lo cree, tal vez.

—Te has cargado a Nick el Grandullón —dijo—. Voy a fiarme de ti. Esa noche me llamó por teléfono un tipo. No lo conocía, no sé quién era. Dijo que Willsson había ido a casa de Dinah con un cheque por valor de cinco mil pavos. ¿Qué demonios me importaba a mí? Pero el caso es que era curioso que un desconocido me lo soplara a mí. Así que me llegué hasta allí. Dan me despachó nada más llegar a la puerta. Eso me trajo sin cuidado. Pero aun así era de lo más curioso que ese tipo me hubiera llamado.

»Me fui calle arriba y me escondí en el vestíbulo de un edificio. Vi el carro de la señora Willsson parado en la calle, pero entonces no sabía que fuera suyo, ni que estuviera ella dentro. Él salió enseguida y se fue calle abajo. No vi los disparos. Los oí. Entonces la mujer salta del coche y va corriendo hasta él. Yo sabía que no era ella la que había disparado. Tendría que haberme largado de allí. Pero era la hostia de raro, así que cuando vi que la mujer era la esposa de Willsson me acerqué a ellos para averiguar de qué iba todo el asunto. Fue pura suerte, ¿sabes? Así que necesitaba una coartada por si algo se torcía. Le metí miedo a la mujer. Y no hay más, maldita sea, te lo aseguro.

—Gracias —dije—. Para eso he venido. Ahora se trata de salir de aquí sin que nos dejen tiesos.

—No tiene ningún secreto —me aseguró Thaler—. Podemos irnos cuando queramos.

—Quiero que sea ahora mismo. Y yo que tú, me largaría también. Piensas que Noonan no es más que una falsa alarma, pero ¿para qué quieres arriesgarte? Date el piro y no asomes la cabeza hasta mediodía. Para entonces su encerrona ya se habrá ido al garete.

Thaler metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un grueso fajo de billetes. Contó un par de cien, varios de cincuenta, de veinte y de diez y se los tendió al tipo sin barbilla al tiempo que decía:

—Afloja pasta para sacarnos de aquí, Jerry, pero no le des a nadie más de lo que acostumbra a recibir.

Jerry aceptó el dinero, cogió el sombrero de la mesa y salió tranquilamente. Media hora después regresó y le devolvió unos billetes a Thaler, a la vez que decía sin darle mayor importancia:

—Hay que esperar en la cocina hasta que nos den un toque.

Bajamos a la cocina. Estaba oscuro. Se nos sumaron más hombres.

Poco después alguien aporreó la puerta.

Jerry la abrió y bajamos tres peldaños hasta el patio trasero. Ya casi se había hecho de día. Éramos diez en el grupo.

—¿No hay nadie más? —le pregunté a Thaler.

Asintió.

—Nick dijo que erais unos cincuenta.

—¡Cincuenta para mantener a raya a esos pringados! —se mofó.

Un poli de uniforme sostenía abierta la puerta de atrás y mascullaba nervioso:

—Deprisa, muchachos, venga.

Yo ya estaba dispuesto a darme prisa, pero nadie más le prestó la menor atención.

Cruzamos una callejuela y nos llamó desde otra puerta un tiarrón vestido de un tono pardo, atravesamos una casa, salimos a la calle de al lado y nos montamos en un automóvil negro que estaba junto al bordillo.

Iba al volante uno de los chicos rubios. Sabía lo que era la velocidad.

Dije que quería que me dejaran en las inmediaciones del Hotel Great Western. El conductor miró al Susurro, que asintió. Cinco minutos después me bajaba delante del hotel.

—Nos vemos —susurró el fullero, y el coche se alejó con sigilo.

Lo último que vi del vehículo fue la matrícula de la policía que desaparecía a la vuelta de la esquina.

7
POR ESO LO DEJÉ LIGADO

Eran las cinco y media. Crucé unas cuantas manzanas hasta encontrarme con un letrero eléctrico apagado en el que ponía HOTEL CRAWFORD, subí un tramo de escaleras hasta la oficina de la primera planta, me registré, dejé indicado que me despertaran a las diez, me llevaron a una habitación cutre, trasladé parte del whisky de la petaca al estómago y me acosté con el cheque de diez mil dólares del viejo Elihu y la pistola.

A las diez me vestí, fui al First National Bank, encontré a aquel muchacho, Albury, y le pedí que me conformara el cheque de Willsson. Me tuvo un rato esperando. Supongo que llamó al domicilio del anciano para averiguar si el cheque era legal. Por fin me lo devolvió, debidamente garabateado.

Birlé un sobre, metí la carta del viejo y el cheque, puse la dirección de la Agencia en San Francisco, le planté un sello y salí a echarlo en el buzón de la esquina.

Luego volví al banco y le dije al chico:

—Ahora dime por qué lo mataste.

Sonrió y me preguntó:

—¿A Cock Robin o al presidente Lincoln?

—¿No vas a confesar sin más ni más que mataste a Donald Willsson?

—No quiero ponerme antipático —dijo, todavía con una sonrisa—, pero preferiría no hacerlo.

—Entonces esto va a ponerse chungo —me lamenté—. No podemos quedarnos aquí discutiendo mucho rato sin que nos interrumpan. ¿Quién es el tipo seboso con gafas que viene hacia aquí?

El chico enrojeció y dijo:

—El señor Dritton, el cajero.

—Preséntanos.

El muchacho se mostró incómodo pero llamó al cajero por su nombre. Dritton, un tipo corpulento de cara tersa y rosada, con una cenefa de pelo cano en torno a la cabeza rosa y por lo demás calva y gafas de montura al aire, se nos acercó.

El ayudante de cajero masculló las presentaciones y yo le estreché la mano a Dritton sin quitarle ojo al chico.

—Ahora mismo decía —me dirigí a Dritton— que deberíamos ir a hablar a un sitio más discreto. Lo más probable es que no confiese hasta que lleve un buen rato presionándole, y no quiero que todo el mundo en el banco me oiga gritarle.

—¿Confiese? —La lengua del cajero asomó por entre sus labios.

—Eso es. —Mantuve afables el gesto, la voz y la actitud, a imitación de Noonan—. ¿No sabía que Albury es el que mató a Donald Willsson?

Ante lo que tomó por una broma estúpida se dibujó detrás de las gafas del cajero una sonrisa educada, que luego se transformó en perplejidad al mirar a su ayudante. El chico estaba rojo a más no poder y la sonrisa que obligaba a lucir a su boca era terrible.

Dritton carraspeó y dijo en tono cordial:

—Qué mañana tan espléndida. Está haciendo un tiempo espléndido.

—¿Pero no hay una sala privada en la que podamos hablar? —insistí.

Dritton se mostró azogado y le preguntó al muchacho:

—¿Qué... qué es esto?

Albury dijo algo que no hubiera podido entender nadie.

Yo le advertí:

—Si no la hay, voy a tener que llevármelo a comisaría.

Dritton detuvo las gafas que se le deslizaban por el puente de la nariz, volvió a ponérselas con firmeza y dijo:

—Aquí atrás.

Fuimos tras él a lo largo del vestíbulo, cruzamos una puerta y entramos en un despacho con una placa que rezaba PRESIDENTE, el despacho del viejo Elihu. Allí no había nadie.

Le indiqué a Albury que tomara asiento en una silla y escogí otra para mí. El cajero no paraba de moverse, apoyado en el escritorio, de cara a nosotros.

—Ahora, ¿quiere hacer el favor de explicar esto? —dijo.

—Ya habrá tiempo de eso —le dije, y me volví hacia el muchacho—. Eres un exnovio de Dinah al que le dieron puerta. Eres el único de los que la conocían íntimamente que pudo averiguar lo del cheque conformado a tiempo para telefonear a la señora Willsson y a Thaler. A Willsson lo mataron con un arma del treinta y dos. Los bancos tienen preferencia por ese calibre. Igual el arma que usaste no era del banco, pero yo creo que sí. Tal vez no la devolviste. Entonces faltará una. Sea como sea, voy a encargar a un especialista en armas que analice con microscopios y micrómetros las balas que acabaron con Willsson y las balas disparadas de todas las armas del banco.

El muchacho me miraba con calma y guardaba silencio. Había recuperado la serenidad. El asunto no iba bien encaminado. Tenía que ponerme borde, así que le dije:

—Estabas loquito por esa chica. Me confesaste que de no ser porque ella no lo consintió habrías...

—No, por favor —dijo con un grito ahogado. Estaba otra vez rojo.

Me empeñé en mirarlo con desprecio hasta que bajó la vista. Entonces le dije:

—Te fuiste de la lengua, chaval. Te morías de ganas de mostrarme tu vida como un libro abierto. Es típico de los delincuentes aficionados. Siempre tenéis que pasaros de la raya con eso de ser abiertos y sinceros.

Se miraba las manos. Le disparé con el otro cañón.

—Sabes que lo mataste. Tienes que saber si usaste un arma del banco y si volviste a dejarla en su sitio. En ese caso, estás pillado, sin salida. Los peritos de armas se ocuparán de ello. Si no la usaste, voy a echarte el guante de todas maneras. Bueno, no tengo que decirte si tienes o no alguna oportunidad. Ya lo sabes.

»Noonan quiere colgarle el muerto a Thaler el Susurro. No puede conseguir que lo condenen, pero la encerrona es lo bastante sólida como para que si Thaler muere al resistirse a la detención, el jefe quede fuera de toda sospecha. Eso es lo que tienen intención de hacer: matar a Thaler. Thaler mantuvo a raya a la policía toda la noche en su garito de King Street. Allí sigue, manteniéndolos a raya, a menos que ya lo hayan trincado. En cuanto llegue hasta él un madero, adiós muy buenas, Thaler.

»Si crees que tienes la menor posibilidad de salir bien parado, y quieres que otro hombre muera por tu causa, es asunto tuyo. Pero si sabes que no tienes ninguna posibilidad, y no la tienes si encontramos la pistola, dásela a Thaler dejándolo fuera de toda sospecha, por el amor de Dios.

—Me gustaría... —La voz de Albury sonó como la de un viejo. Levantó la vista de las manos, miró a Dritton y dijo—: Me gustaría... —otra vez, y calló.

—¿Dónde está el arma? —pregunté.

—En el cubículo de Harper —dijo el muchacho.

Fulminé con la mirada al cajero y le dije:

—¿Quiere ir a buscarla?

Salió como si se alegrara de hacerlo.

—No tenía intención de matarlo —dijo el chico—. No creo que tuviera intención de matarlo.

Asentí con ademán alentador e intenté mostrarle una compasión solemne.

—No creo que tuviera intención de matarlo —repitió—, aunque llevé el arma. Tienes razón en lo de que entonces estaba loco por Dinah. Había unos días peores que otros. El día que Willsson trajo el cheque fue uno de los malos. No podía pensar sino en que la había perdido porque no tenía más dinero, y ahí estaba ese, llevándole cinco mil dólares. Fue el cheque. ¿Lo entiendes? Ya sabía que ella y Thaler estaban... ya sabes. Si me hubiera enterado de que Willsson y ella también lo estaban, de no haber visto el cheque, no habría hecho nada. Fue ver el cheque, y saber que la había perdido porque me había quedado sin blanca.

»Esa noche tenía vigilada su casa y lo vi entrar. Me daba miedo lo que podía llegar a hacer, porque tenía un día de los malos, y llevaba el arma en el bolsillo. No quería hacer nada, de verdad. Tenía miedo. No podía pensar en otra cosa que no fuera el cheque, y en por qué la había perdido. Sabía que la mujer de Willsson era celosa. Eso lo sabía todo el mundo. Pensé que si la llamaba y le decía... No sé exactamente lo que pensé, pero fui a un comercio a la vuelta de la esquina y la llamé. Luego llamé a Thaler. Quería que estuvieran presentes. Si se me hubiera ocurrido alguien más que tuviese alguna relación con Dinah o Willsson, también les habría llamado.

»Luego volví a vigilar la casa de Dinah. Vino la señora Willsson, y después Thaler, y se quedaron los dos allí, vigilando el domicilio, cosa que me alegró. Con ellos allí ya no me daba tanto miedo lo que podía llegar a hacer. Un rato después salió Willsson y se fue calle abajo. Dirigí la mirada hacia el coche de la señora Willsson y el portal donde sabía que estaba Thaler. Ninguno de los dos hacía nada, y Willsson ya se marchaba. Entonces caí en la cuenta de por qué quería que estuvieran allí. Tenía la esperanza de que hicieran algo, para que no tuviera que hacerlo yo. Pero no lo hacían, y él ya se marchaba. Si uno de ellos se le hubiera acercado y le hubiese dicho algo, o incluso lo hubiera seguido, yo no habría hecho nada.

»Pero no lo hicieron. Recuerdo que saqué el arma del bolsillo. Lo veía todo borroso, como si estuviera llorando. Igual lo estaba. No recuerdo disparar, quiero decir que no recuerdo apuntar y apretar el gatillo deliberadamente, pero recuerdo el ruido que hicieron los disparos, y ser consciente de que el ruido procedía de la pistola que tenía en la mano. No recuerdo el aspecto de Willsson, si cayó o no antes de que me diera la vuelta y echara a correr por la callejuela. Cuando llegué a casa limpié y volví a cargar la pistola, y la dejé en el cubículo del cajero encargado de los pagos.

De camino a la comisaría con el muchacho y el arma le pedí disculpas por el tono melodramático que había utilizado al principio de la encerrona, y le expliqué:

—Tenía que tocarte la fibra, y era la mejor manera de hacerlo. Tu manera de hablarme de la chica me demostró que eres un actor demasiado bueno para venirte abajo si arremetía de frente.

Hizo una mueca de dolor y dijo, poco a poco:

—En realidad no estaba actuando. Al verme en peligro, ante la perspectiva de la horca, ella no... ya no me parecía tan importante. No podía, sigo sin poder... entender del todo... por qué hice lo que hice. ¿Sabes a qué me refiero? De alguna manera eso hace que todo el asunto, y yo incluido, resulte de lo más rastrero. Todo el asunto, desde el principio.

No supe decirle más que algo carente de sentido como:

—Así son las cosas.

En el despacho del jefe nos encontramos a uno de los que habían formado parte de la tropa de asalto la noche anterior, un agente de cara colorada llamado Biddle. Me lanzó una mirada de extrañeza con sus ojos grises y curiosos pero no hizo ninguna pregunta sobre lo acontecido en King Street.

Biddle llamó a un abogado joven llamado Dart que trabajaba para la fiscalía. Albury repetía su historia ante Biddle, Dart y un taquígrafo cuando llegó el jefe de policía con aspecto de recién levantado.

—Bueno, cómo me alegro de verle —dijo Noonan, que me sacudió la mano arriba y abajo al tiempo que me palmeaba la espalda—. ¡Dios santo! ¡Anoche casi no lo cuenta, con esas ratas! Yo estaba convencido de que se lo habían cargado hasta que derribamos las puertas y encontramos el antro vacío. Dígame cómo salieron de allí esos hijos de perra.

—Un par de sus agentes les dejaron salir por la puerta trasera, les hicieron atravesar la casa que queda detrás y los despidieron en un coche de la policía. Me llevaron con ellos para que no pudiera avisarlo.

—¿Hicieron eso dos de mis hombres? —preguntó, aunque no parecía sorprendido—. ¡Vaya, vaya! ¿Qué pinta tenían?

Se los describí.

—Shore y Riordan —dijo—. Debería haberlo sospechado. Y ahora, ¿qué es todo esto?

Volvió la cara rolliza hacia Albury.

Se lo expliqué brevemente mientras el chico seguía prestando declaración.

El jefe soltó una risilla y dijo:

—Bueno, bueno, cometí una injusticia con el Susurro. Tendré que buscarlo para aclararle el asunto. ¿Así que ha atrapado al chico? Eso está muy bien, desde luego. Le felicito y se lo agradezco. —Me estrechó la mano de nuevo—. No irá a marcharse ahora de nuestra ciudad, ¿verdad?

—Todavía no.

—Eso está bien —me aseguró.

Salí a desayunar y almorzar, todo a la vez. Luego me recompensé con un afeitado y un corte de pelo, envié un telegrama a la Agencia para pedirles que enviaran a Personville a Dick Foley y Mickey Linehan, pasé por mi habitación para cambiarme de ropa y me dirigí a la casa de mi cliente.

El viejo Elihu estaba arropado con mantas en un sillón al lado de una ventana soleada. Me tendió una mano gordezuela y me dio las gracias por atrapar al asesino de su hijo.

Le ofrecí una respuesta más o menos apropiada. No le pregunté cómo se había enterado.

—El cheque que le di anoche —dijo— no es sino un pago justo por el trabajo que ha hecho.

—El cheque de su hijo lo cubría más que de sobra.

—Entonces considere el mío una bonificación.

—La Continental tiene normas que prohíben aceptar bonificaciones o recompensas —señalé.

Empezó a enrojecer.

—Maldita sea...

—No habrá olvidado que su cheque era para cubrir los costes de investigar el crimen y la corrupción en Personville, ¿verdad? —le pregunté.

—Eso fue una tontería —dijo con un bufido—. Anoche estábamos acalorados. Más vale que nos olvidemos de eso.

—Yo no pienso olvidarlo.

Profirió una sarta de maldiciones, y luego:

—Ese dinero es mío y no quiero que se derroche en un montón de bobadas. Si no lo acepta por lo que ha hecho, devuélvamelo.

—Deje de gritarme —contesté—. No pienso devolverle nada más que un buen trabajo de limpieza en su ciudad. Eso es lo que negoció y eso es lo que obtendrá. Ahora ya sabe que su hijo fue asesinado por ese muchacho, Albury, no por sus colegas. Ellos saben ahora que Thaler no le estaba ayudando a traicionarlos. Una vez muerto su hijo, usted ha podido prometerles que los periódicos no sacarán a la luz más trapos sucios. Todo vuelve a ir de maravilla.

»Ya le dije que me esperaba algo así. Por eso lo dejé ligado. Y está pero que muy bien ligado. El cheque ha sido conformado, así que no puede anular el pago. Es posible que la carta de autorización no tenga el mismo valor que un contrato, pero tendrá que ir a los tribunales para demostrarlo. Si tanto desea publicidad de esa clase, adelante. Me aseguraré de que la obtenga en abundancia.

»El gordo de su jefe de policía intentó asesinarme anoche. Eso no me hace ninguna gracia. Tengo la suficiente mala leche para querer arruinarle la vida a ese tipo. Ahora voy a pasármelo en grande. Tengo diez mil dólares suyos para correrme una buena juerga. Voy a usarlos para abrir Poisonville en canal desde la nuez hasta los tobillos. Tendré buen cuidado de que reciba mis informes con la mayor regularidad posible. Espero que les saque jugo.

Y me marché de la casa con la cabeza envuelta en un chisporroteo de maldiciones.

8
UN PRONÓSTICO SOBRE KID COOPER

Pasé buena parte de la tarde redactando los informes sobre los tres días dedicados al caso de Donald Willsson. Luego estuve fumando Fátima y dándole vueltas al caso de Elihu Willsson hasta la hora de cenar.

Bajé al comedor del hotel y acababa de decantarme por el filete de lomo con champiñones cuando oí que me buscaban.

El botones me llevó a una de las cabinas de teléfono en el vestíbulo. Me llegó por el auricular la voz perezosa de Dinah Brand.

—Max quiere verte. ¿Puedes pasar por aquí esta noche?

—¿Por tu casa?

—Sí.

Prometí que iría y volví al comedor y a mi cena. Cuando terminé de comer subí a la habitación, en la quinta planta, en la parte anterior. Abrí la puerta y entré al tiempo que encendía la luz.

Una bala agujereó de un beso el marco de la puerta, junto a mi mollera.

Más balas hicieron más agujeros en la puerta, el marco y la pared, pero para entonces ya había llevado la mollera a un rincón seguro que no estaba alineado con la ventana.

Sabía que al otro lado de la calle había un edificio de oficinas de cuatro plantas con la azotea por encima del nivel de mi ventana. La azotea debía de estar en penumbra. La luz de mi habitación estaba encendida. No iba a sacar nada de intentar mirar por la ventana en esas condiciones.

Paseé la mirada por la habitación en busca de algo que tirar contra la bombilla, encontré una Biblia evangélica y la tiré. La bombilla se hizo pedazos y me sumió en la oscuridad.

Habían cesado los disparos.

Me arrastré hacia la ventana y me puse de rodillas para asomar un ojo por una de las esquinas inferiores. La azotea de enfrente estaba en penumbra y quedaba demasiado alta para ver por encima del borde. Tras diez minutos de espiar con un solo ojo de esa manera lo único que conseguí fue que empezara a dolerme el cuello.

Me acerqué al teléfono y le pedí a la chica de la centralita que enviara al poli del hotel.

Era un tipo grueso, con bigote blanco y la frente torneada y a medio desarrollar como la de una criatura. Lucía un sombrero demasiado pequeño echado hacia atrás que dejaba la frente a la vista. Se llamaba Keever. El tiroteo lo había alterado mucho.

Entró el director del hotel, un hombre rechoncho de rostro, voz y modales minuciosamente controlados. No se alteró en absoluto. Adoptó la actitud en plan «esto es insólito pero no es tan grave, naturalmente» de un faquir callejero al que le fallara su cacharro mecánico durante una representación.

Nos arriesgamos a encender la luz, poniendo una bombilla nueva, y contamos los agujeros de bala. Había diez.

Vinieron policías, se fueron y regresaron para informar de que no había habido suerte a la hora de encontrar el menor rastro que hubieran podido dejar. Llamó Noonan. Habló con el sargento al mando de la patrulla y luego conmigo.

—Acabo de enterarme del tiroteo en este momento —dijo—. ¿Quién cree que puede querer hacerle daño?

—No tengo ni idea —mentí.

—¿No le ha alcanzado ningún disparo?

—No.

—Bueno, eso está muy bien, desde luego —dijo efusivamente—. Y trincaremos a ese tío, fuera quien fuese, puede apostar la vida. ¿Quiere que se queden con usted un par de mis muchachos, para asegurarnos de que no ocurra nada más?

—No, gracias.

—Puede disponer de ellos si quiere —insistió.

—No, gracias.

Me hizo prometer que iría a verle en cuanto tuviera ocasión, me aseguró que la policía de Personville estaba a mi disposición, me dio a entender que si me ocurría algo su vida entera se vendría abajo, y por fin conseguí librarme de él.

Se fueron los policías. Hice que trasladaran mis pertenencias a otra habitación que no fuera tan fácil de rociar con balas. Luego me cambié de ropa y me fui a Hurricane Street para acudir a mi cita con el fullero susurrante.

Me abrió la puerta Dinah Brand. Esa noche llevaba los labios en sazón pintados de manera uniforme, pero aún le hacía falta arreglarse el cabello castaño, que llevaba peinado con la raya de cualquier modo, y tenía manchas en la pechera del vestido de seda naranja.

—Así que sigues vivo —dijo—. Supongo que no se puede hacer nada al respecto. Adelante.

Entramos en la sala de estar abarrotada. Dan Rolff y Max Thaler jugaban una mano al pinacle. Rolff me saludó con un gesto de cabeza. Thaler se levantó para estrecharme la mano.

Su ronca voz susurrante dijo:

—Tengo entendido que le has declarado la guerra a Poisonville.

—No me eches la culpa a mí. Tengo un cliente que quiere airear la ciudad.

—No quiere, quería —me corrigió cuando nos sentábamos—. ¿Por qué no te olvidas de ello?

Pronuncié un discurso:

—No. No me gusta cómo me ha tratado Poisonville. Ahora que tengo la oportunidad, pienso tomarme la revancha. Imagino que ya has vuelto a unirte al club, todos hermanos, lo pasado, pasado está. Queréis que os dejen en paz. Yo también quería que me dejaran en paz. De haber sido así, tal vez ahora ya estaría camino de San Francisco. Pero no me dejaron en paz. No me dejó en paz ese gordo de Noonan, sobre todo. Ha intentado arrancarme la cabellera dos veces en dos días. Eso es más que suficiente. Ahora me toca a mí hacerlo trizas, y eso es justo lo que voy a hacer. Poisonville está madura para la cosecha. Me gusta el trabajo, y voy a hacerlo.

—Mientras aguantes —comentó el fullero.

—Sí —asentí—. Esta mañana leía en el periódico que un tipo murió ahogado comiendo un pastelito relleno de chocolate en la cama.

—Igual tiene su gracia —señaló Dinah Brand; su abundante cuerpo se rescostaba en un sillón—, pero no salía en el periódico de esta mañana.

Encendió un pitillo y tiró la cerilla debajo del sofá donde no se viera. El tísico había recogido las cartas y no paraba de barajarlas, sin finalidad alguna.

Thaler me miró ceñudo y dijo:

—Willsson no tiene inconveniente en que te quedes con los diez mil. No le des más vueltas.

—Tengo mala leche. Los intentos de asesinato me cabrean.

—Así no vas a conseguir otra cosa que acabar en un ataúd. Me caes simpático. Impediste que Noonan me incriminara. Por eso te digo que lo olvides y te vuelvas a San Francisco.

—Me caes simpático —repetí yo—. Por eso te digo que te alejes de esos. Ya te han traicionado una vez. Volverán a traicionarte. Sea como sea, ya son carne de matadero. Déjalo mientras puedas.

—Estoy situado de maravilla —respondió—. Y puedo cuidarme bien.

—Es posible. Pero sabes que el chanchullo es demasiado bueno para que dure. Ya te has llevado lo mejorcito del botín. Ha llegado la hora de largarse.

Meneó la cabecita morena y me dijo:

—Creo que eres bastante bueno, pero, maldita sea, no creo que seas tan bueno para cargarte este tinglado. Está todo muy bien apañado. Si creyera que puedes conseguirlo, estaría contigo. Ya sabes cómo me llevo con Noonan. Pero no lo lograrás. Olvídate del asunto.

—No. Estoy metido en esto hasta el último centavo de los diez mil pavos de Elihu.

—Ya te dije que era demasiado terco para atender a razones —terció Dinah Brand con un bostezo—. ¿Hay algo de beber en este cuchitril, Dan?

El tísico se levantó de la mesa y se fue de la sala.

Thaler se encogió de hombros y dijo:

—Tú mismo. Se supone que sabes lo que te haces. ¿Vas a ir al boxeo mañana por la noche?

Dije que creía que sí. Volvió Dan Rolff con la ginebra y demás. Nos tomamos un par de copas cada uno. Hablamos de boxeo. No se volvió a abordar el tema de mi enfrentamiento con Personville. Por lo visto, el jugador se había lavado las manos con respecto a mí, pero no parecía reprocharme mi testarudez. Hasta me ofreció un pronóstico que parecía fiable sobre los combates de boxeo: me dijo que cualquier apuesta en el combate principal obtendría beneficios siempre que el apostador tuviera en cuenta que Kid Cooper probablemente dejaría fuera de combate a Ike Bush en el sexto asalto. Por lo visto sabía de qué hablaba, y no me pareció que cogiera a los otros por sorpresa.

Me fui poco después de las once y volví al hotel sin la menor incidencia.

9
UN CUCHILLO NEGRO

A la mañana siguiente desperté con una idea en la cabeza. Personville solo contaba con unos 40.000 habitantes. No debería ser muy difícil difundir la noticia. A las diez ya estaba difundiéndola.

Me dediqué a difundirla por salas de billar, estancos, garitos clandestinos, cafeterías y por las esquinas, allí donde hubiera un par de tipos haraganeando. Mi técnica de difusión era algo parecido a esto:

—¿Tiene fuego...? Gracias... ¿Va a ir al boxeo esta noche...? Me han dicho que Ike Bush va a dejarse caer en el sexto... Claro que es de fiar: me he enterado por el Susurro... Sí, están todos.

A la gente le gusta la información confidencial, y cualquier cosa que fuera unida al nombre de Thaler era de lo más confidencial en Personville. La noticia se propagó de maravilla. La mitad de los hombres a los que se la pasé se afanaron casi tanto como yo en difundirla, solo para demostrar que sabían por dónde iban los tiros.

Cuando empecé, las apuestas estaban siete a cuatro a que ganaría Ike Bush por fuera de combate. Para las dos ninguno de los garitos que aceptaban apuestas arriesgaban nada por encima de un resultado igualado, y para las tres y media Kid Cooper era favorito en una proporción de dos a uno.

Hice mi última parada en el mostrador de una cafetería donde dejé caer la información a un camarero y un par de clientes mientras me comía un sándwich de ternera caliente.

Al salir me encontré con que me esperaba a la puerta un hombre. Tenía las piernas arqueadas y la quijada larga y afilada, igual que la de un cerdo. Saludó con la cabeza y echó a andar calle adelante a mi lado, mascando un palillo al tiempo que me lanzaba miradas de soslayo a la cara. En la esquina dijo:

—Sé a ciencia cierta que no es verdad.

—¿Qué?

—Lo de que Ike Bush va a dejarse caer. Sé a ciencia cierta que no es verdad.

—Entonces no debería preocuparte. Pero los que saben lo que se hacen están apostando dos a uno a favor de Cooper, y no es tan bueno a menos que Bush se lo permita.

El tipo con quijada de cerdo escupió al palillo mascado y me enseñó los dientes amarillentos.

—Me dijo en persona que lo de Cooper era un amaño para que ganara él, anoche mismo, y sería incapaz de hacer algo semejante, al menos a mí.

—¿Es amigo tuyo?

—No exactamente, pero sabe que yo... Eh, oye. ¿Te dio esa información el Susurro? ¿De verdad?

—De verdad.

Maldijo amargamente.

—Aposté mis últimos treinta y cinco pavos por esa rata porque me fiaba de su palabra. Yo, que podría hacer que lo enchironaran por... —Se interrumpió y se fue calle abajo.

—¿Que lo enchironaran por qué? —le pregunté.

—Por un montón de cosas —dijo—. Por nada.

Le hice una sugerencia:

—Si sabes algo sobre él, igual deberíamos hablar un rato. A mí no me importaría ver ganar a Bush. Si lo que tienes es sólido, ¿qué perdemos con decírselo a la cara?

Me miró, miró la acera, hurgó en el bolsillo del chaleco en busca de otro palillo, se lo llevó a la boca y masculló:

—¿Tú quién eres?

Le di un nombre, algo así como Hunter, o Hunt o Huntington, y le pregunté el suyo. Dijo que se llamaba MacSwain, Bob MacSwain, y que podía preguntarle a cualquiera en esa ciudad si no era así.

Dije que le creía y le pregunté:

—¿Qué dices? ¿Le apretamos las clavijas a Bush?

Asomó a sus ojos un brillo acerado que luego se apagó.

—No —dijo tragando saliva—. No soy de esos. Yo nunca...

—Nunca has hecho otra cosa que dejar que te timen. No tienes que enfrentarte a él, MacSwain. Dime lo que sabes y yo tomaré medidas, si es que merece la pena.

Mientras se lo pensaba, se lamió los labios, dejando caer el palillo, que se le quedó pegado a la pechera de la chaqueta.

—¿No le dirás que he tenido nada que ver? —me preguntó—. Mi sitio es este, y no sabría qué hacer si tuviera que irme. Y no lo denunciarás, ¿verdad? Solo utilizarás la información para hacerle pelear, ¿eh?

—Eso es.

Me cogió una mano con nerviosismo e insistió:

—¿Me lo juras?

—Te lo juro.

—En realidad se llama Al Kennedy. Participó en el atraco al Keystone Trust, en Filadelfia, hace un par de años, cuando la banda de Haggerty el Tijeras se cargó a dos encargados del transporte de fondos. Al no fue el que los mató, pero estaba implicado en el lío. Se buscaba la vida en Filadelfia. A los otros los trincaron, pero él consiguió huir. Por eso sigue aquí de incógnito. Por eso no deja que saquen su jeta en la prensa ni en los carteles. Por eso es un púgil de tres al cuarto cuando podría estar entre los mejores. ¿Entiendes? Este Ike Bush es Al Kennedy, el mismo que anda buscando la pasma de Filadelfia por el golpe del Keystone. ¿Entiendes? Estaba implicado en el...

—Vale, vale —le dije para detener el carrusel—. Ahora hay que ir a verlo. ¿Cómo lo hacemos?

—Se aloja en el Maxwell, en Union Street. Igual está allí ahora mismo, descansando antes del combate.

—¿Para qué necesita descansar? No sabe que va a tener que pelear. De todas maneras, vamos a intentarlo.

—¡Cómo que vamos! ¿De dónde has sacado eso? Has dicho... has jurado que me dejarías al margen.

—Sí —dije—, ahora me acuerdo. ¿Qué aspecto tiene?

—Es un chaval moreno, más bien flaco, con una oreja machacada y las cejas unidas. No sé si le hará mucha gracia que le vayas con eso.

—Eso déjamelo a mí. ¿Dónde puedo encontrarte después?

—Estaré en Murry’s. Ten mucho cuidado de dejarme al margen. Lo has prometido.

El Maxwell era uno entre la docena de hoteles que bordeaban Union Street con entradas estrechas flanqueadas por tiendas, y escaleras desvencijadas que llevaban a la recepción en la segunda planta. La recepción del Maxwell era sencillamente un rellano en el vestíbulo con un casillero para las llaves y el correo detrás de un mostrador de madera al que también le habría venido bien un mano de pintura. Encima del mostrador había un timbre de latón y un registro de entradas y salidas mugriento. Allí no había nadie.

Tuve que retroceder ocho páginas antes de dar con «Ike Bush, Salt Lake City, 214» anotado en el registro. La casilla correspondiente estaba vacía. Seguí subiendo escaleras y llamé a la puerta con ese número. No obtuve respuesta. Lo intenté dos o tres veces más y luego volví hacia las escaleras.

Subía alguien. Me quedé arriba y esperé para echarle un vistazo. Apenas había luz suficiente para ver.

Era un chico esbelto y musculoso con camisa militar, traje azul y gorra gris. Las cejas negras trazaban una línea recta sobre sus ojos.

—Hola —dije.

Asintió sin detenerse ni decir nada.

—¿Vas a ganar esta noche? —le pregunté.

—Eso espero —dijo secamente, y pasó por mi lado.

Le dejé dar cuatro pasos camino de la habitación antes de decirle:

—Yo también. No me haría ninguna gracia tener que mandarte de vuelta a Filadelfia, Al.

Dio otro paso, se volvió muy lentamente, apoyó un hombro en la pared, dejó que sus ojos adquirieran un aire soñoliento y gruñó:

—¿Qué?

—Si te dejara fuera de combate en el sexto o en cualquier otro asalto un paquete como Kid Cooper, me cabrearía —dije—. No se te ocurra hacerlo, Al. No te conviene volver a Filadelfia.

El joven hundió la barbilla en el cuello y vino hacia mí. Cuando ya me tenía al alcance de la mano, se detuvo y adelantó levemente el costado izquierdo. Tenía las manos colgando a los lados. Yo llevaba las mías en los bolsillos del abrigo.

—¿Qué? —dijo de nuevo.

—Procura tenerlo bien presente —contesté—: Si Ike Bush no gana esta noche, Al Kennedy saldrá camino del este mañana por la mañana.

Levantó un par de centímetros el hombro izquierdo. Moví un poco la pistola dentro del bolsillo, lo suficiente. Él farfulló de mala gana:

—¿De dónde has sacado eso de que no voy a ganar?

—Lo he oído por ahí. No creía que hubiera nada de cierto en ello, salvo igual un billete de regreso a Filadelfia.

—Tendría que partirte la cara, granuja seboso.

—Ahora es buen momento —le aconsejé—. Si ganas esta noche, lo más probable es que no vuelvas a verme. Si pierdes, me verás, pero no tendrás las manos libres.

Encontré a MacSwain en Murry’s, una sala de billar en Broadway.

—¿Lo has visto? —me preguntó.

—Sí. Está todo arreglado, si es que no se larga de la ciudad, o pone sobre aviso a sus socios, o sencillamente no me hace caso, o...

MacSwain empezó a ponerse muy nervioso.

—Más te vale andarte con cuidado —me advirtió—. Es posible que intenten quitarte de en medio. Ese.... Tengo que ir a ver a un tipo calle abajo. —Y me dejó allí.

En Poisonville los combates de boxeo se celebraban en un antiguo casino de madera enorme en lo que antaño fuera un parque de atracciones a las afueras de la ciudad. Cuando llegué a las ocho y media, la mayor parte de la población parecía encontrarse allí, arracimada en hileras estrechas de sillas plegables todo en torno al cuadrilátero, más apretujada aún en los bancos de dos pequeñas galerías.

Humo. Mal olor. Calor. Ruido.

Su asiento estaba en la tercera fila, al lado del cuadrilátero. Cuando iba hacia allí descubrí a Dan Rolff en una localidad de pasillo no muy lejos, con Dinah Brand a su lado. Por fin se había cortado el pelo, y se había hecho la permanente, y tenía aspecto de estar forrada con su abrigo de piel gris.

—¿Has apostado por Cooper? —me preguntó después de intercambiar saludos.

—No. ¿Te has dejado tú mucho?

—No tanto como quisiera. Esperamos a última hora, convencidos de que mejorarían las probabilidades, pero se han ido al traste.

—Por lo visto, todo el mundo sabe que Bush va a tirarse a la lona —dije—. Hace unos minutos he visto que apostaban cien dólares por Cooper a cuatro contra uno. —Me incliné por encima de Rolff y acerqué la boca a donde el cuello de piel gris ocultaba la oreja de la chica para susurrar—: Ya no hay tongo que valga. Más te vale compensar las apuestas ahora que tienes tiempo.

Sus ojazos inyectados en sangre se tornaron más grandes y oscuros por efecto de la ansiedad, la codicia, la curiosidad y el recelo.

—¿Lo dices en serio? —preguntó con voz ronca.

—Sí.

Se mordió los labios pintados de rojo, frunció el ceño y preguntó:

—¿Dónde lo has averiguado?

No pensaba decírselo. Se mordió la boca un poco más y preguntó:

—¿Lo sabe Max?

—No lo he visto. ¿Está aquí?

—Supongo —dijo como ausente, con la mirada perdida. Se le movieron los labios igual que si estuviera contando para sí.

—No te lo creas si no quieres, pero está atado.

Se adelantó para lanzarme una mirada penetrante, hizo chasquear los dientes, abrió el bolso y sacó un rollo de billetes del grosor de una lata de café. Parte del rollo se lo endosó a Rolff.

—Venga, Dan, apuesta por Bush. De todas maneras, aún tienes una hora para ver por dónde van las probabilidades.

Rolff cogió el dinero y se fue a hacer el recado. Ocupé su sitio. Ella me puso una mano en el antebrazo y dijo:

—¡Dios te ayude como me hayas hecho tirar esa pasta!

Fingí que me parecía una idea ridícula.

Empezaron los combates preliminares, apaños de cuatro asaltos entre paquetes diversos. Yo seguía buscando a Thaler, pero no lo veía por ninguna parte. La chica estaba inquieta a mi lado, no prestaba atención apenas a las peleas y dividía el tiempo a partes iguales entre preguntarme de dónde había sacado la información y amenazarme con las llamas del infierno y la perdición eterna si resultaba ser una pifia.

Ya se estaba disputando la semifinal cuando volvió Rolff y le dio a la chica un puñado de boletos. Se puso a escudriñarlos y yo me levanté para ir a mí asiento. Sin levantar la mirada me dijo:

—Espéranos a la salida cuando haya terminado.

Kid Cooper subió al cuadrilátero mientras yo intentaba abrirme paso hasta mi localidad. Era un muchacho coloradote con el pelo pajizo y la cara hundida a golpes, macizo de cuerpo pero con demasiada carne encima de los calzones azul lavanda. Ike Bush, alias Al Kennedy, subió por entre las cuerdas en el rincón contrario. Su cuerpo tenía mejor aspecto —esbelto, bien proporcionado, con cierto aire de reptil— pero se le veía pálido, preocupado.

Los presentaron, fueron al centro del cuadrilátero a recibir las instrucciones de rigor, se quitaron los albornoces, hicieron estiramientos en las cuerdas, sonó la campana y empezó la pelea.

Cooper era un pavo de lo más torpe. Tenía un par de amplios ganchos que podrían haber sido perjudiciales en caso de acertar, pero cualquiera que tuviese dos pies podía mantenerse apartado. Bush tenía clase: piernas ligeras, una izquierda fluida y veloz y una derecha bien rápida. Habría sido una carnicería meter a Cooper en el cuadrilátero con el chico enjuto si este hubiera puesto empeño. Pero no lo ponía. Es decir, no estaba intentando ganar. Estaba intentando no ganar, y se le estaba haciendo muy cuesta arriba.

Cooper anadeaba por el ring con los pies planos y lanzaba sus amplios ganchos contra cualquier cosa, desde los focos a los postes de los rincones. Su sistema era sencillamente soltarlos a ver si alcanzaban algo. Bush se le acercaba y se alejaba con soltura, le metía el guante al chavalote colorado cuando le venía en gana, pero no metía en el guante ni rastro de fuerza.

Los espectadores empezaron a abuchear antes de que terminara el primer asalto. El segundo fue igual de chungo. Yo no me sentía muy bien. Bush no parecía haberse dejado influir por nuestra pequeña charla. Por el rabillo del ojo veía a Dinah Brand, que intentaba captar mi atención. Parecía alterada. Me cuidé mucho de no dejar que captara mi atención.

El numerito de colegueo en el cuadrilátero continuó en el tercer asalto acompañado por una melodía de «¡Fuera de aquí!», «¿Por qué no lo besas?» y «¡A ver si peleas!», interpretada por el público. El vals de los púgiles los trajo hasta el rincón más cercano a mí justo en el momento en que los abucheos menguaban un poco.

Hice bocina con las manos y aullé:

—¡Vuélvete a Filadelfia, Al!

Bush estaba de espaldas a mí. Forcejeó con Cooper para que diera la vuelta y lo empujó contra las cuerdas de manera que él —Bush— quedase encarado conmigo.

En alguna otra parte hacia el fondo del recinto se levantó otra voz:

—¡Vuélvete a Filadelfia, Al!

MacSwain, supuse.

Un borracho en un lateral levantó la cara hinchada y gritó lo mismo, riéndose como si fuera un chiste de lo más gracioso. Otros empezaron a corear el grito, aunque solo fuera porque parecía molestar a Bush.

Movía los ojos de un lado a otro con nerviosismo bajo la barra negra que formaban sus cejas.

Uno de los zarpazos que lanzaba Cooper al azar alcanzó al muchacho enjuto en un lado de la mandíbula.

Ike Bush se derrumbó a los pies del árbitro.

El árbitro contó hasta cinco en dos segundos pero la campana lo interrumpió.

Miré a Dinah Brand y me reí. No se podía hacer otra cosa. Ella me miró y no se rio. Tenía la misma cara de asco que Dan Rolff, solo que más furiosa.

Los preparadores de Bush lo llevaron a rastras hasta su rincón y empezaron a hacerle masajes, aunque sin mucho convencimiento. Abrió los ojos y se miró los pies. Tocaron la campana.

Kid Cooper salió como si fuera arrastrando los pies por el agua al tiempo que se subía los calzones. Bush esperó a que el paquete llegara al centro del cuadrilátero y entonces se le abalanzó con rapidez.

El guante izquierdo de Bush se zambulló casi hasta desaparecer en la barriga de Cooper, que dijo «Uf» y reculó, doblándose por la mitad.

Bush volvió a enderezarlo con un derechazo en la boca y le hundió la izquierda de nuevo. Cooper volvió a decir «Uf» y empezaron a fallarle las rodillas.

Bush le pegó un puñetazo en cada lado de la cabeza, amartilló la derecha, se colocó minuciosamente la cara de Cooper con un zurdazo largo y lanzó la mano derecha desde debajo de su propia barbilla hacia la de Cooper.

Todos los presentes sintieron el golpe.

Cooper cayó a la lona, rebotó y se quedó inmóvil. El árbitro tardó medio minuto en contar diez segundos. Para el caso, podría haber tardado media hora. Kid Cooper estaba fuera de combate.

Cuando por fin terminó de posponer la cuenta atrás, el árbitro levantó la mano de Bush. Ninguno de los dos parecía muy contento.

Me llamó la atención un destello de luz en lo alto. Una breve veta plateada salió despedida de una de las pequeñas galerías.

Una mujer gritó.

El brillante descenso de la veta plateada fue a morir al cuadrilátero con un ruido mitad golpe sordo y mitad chasquido.

Ike Bush apartó el brazo de la mano del árbitro y se derrumbó encima de Kid Cooper. De la nuca de Bush asomaban las cachas negras de un cuchillo.

10
SE BUSCA DELITO, VARÓN O MUJER

Media hora después, cuando salí del recinto, Dinah Brand, sentada al volante de un pequeño Marmon azul pálido, hablaba con Max Thaler, que estaba en la calzada.

La chica tenía el mentón cuadrado en alto. Su boca grande y roja resultaba brutal en torno a las palabras que pronunciaba, y las líneas que cruzaban sus comisuras eran profundas, duras.

El fullero tenía un aspecto tan desagradable como ella. Su rostro agraciado se veía amarillo y duro como el roble. Al hablar, sus labios parecían finos como el papel.

Parecía una grata reunión familiar. No me habría sumado a ellos si la chica no me hubiera visto ni hubiese gritado:

—Dios mío, creía que no ibas a salir nunca.

Me acerqué al coche. Thaler me lanzó por encima del capó una mirada que no era cordial en absoluto.

—Anoche te aconsejé que regresaras a San Francisco. —Su susurro resultaba más estridente de lo que pudiera haber sido el grito de cualquier otro—. Ahora te lo digo.

—Gracias, igualmente —contesté a la vez que me sentaba al lado de la chica.

Mientras ella ponía en marcha el motor, Thaler le dijo:

—No es la primera vez que me engañas. Es la última.

La chica arrancó el coche, volvió la cabeza por encima del hombro y le cantó:

—¡Vete al infierno, amor mío!

Llegamos rápidamente al centro de la ciudad.

—¿Está muerto Bush? —preguntó mientras tomaba una curva para enfilar Broadway.

—Desde luego. Al darle la vuelta, la punta del cuchillo asomaba por delante.

—Tendría que haber sido lo bastante listo para no traicionarlos. Vamos a comer algo. He salido ganando mil cien pavos con los combates de esta noche, así que si a mi amigo no le hace gracia, que le den. ¿Cómo te ha ido a ti?

—No he apostado. ¿Así que a Max no le ha hecho gracia?

—¿Que no has apostado? ¿Qué clase de imbécil eres? ¿A quién se le ocurre no apostar con semejante asunto apañado?

—No estaba seguro de que estuviera apañado. ¿Así que a Max no le ha hecho gracia cómo han salido las cosas?

—Eso es. Ha apostado un montón. Y luego se cabrea conmigo porque he tenido el buen juicio de cambiar de idea y apostar por el ganador. —Detuvo el coche bruscamente delante de un restaurante chino—. ¡Al infierno con él, no es más que un enano bocazas!

Tenía los ojos brillantes. Se los enjugó con un pañuelo cuando nos bajábamos del coche.

—Dios mío, qué hambre tengo —exclamó, y me arrastró por la acera—. ¿Me invitas a una tonelada de chow mein?

No se comió una tonelada, pero no le faltó mucho: se zampó su plato lleno hasta los topes y la mitad del mío. Luego volvimos a montarnos en el Marmon y fuimos a su casa.

Dan Rolff estaba en el comedor. Delante de él había un vaso de agua y una botella de color marrón encima de la mesa. Estaba sentado bien erguido en la silla y miraba fijamente la botella. La habitación olía a láudano.

Dinah Brand se quitó el abrigo de piel y lo dejó caer, la mitad en una silla y la otra mitad en el suelo, chasqueó los dedos delante del tísico y le dijo con impaciencia:

—¿Has cobrado?

Sin levantar la mirada de la botella, sacó un fajo de billetes del bolsillo interior del abrigo y lo dejó en la mesa. La chica lo cogió, contó los billetes dos veces, se pasó la lengua por los labios y metió el dinero en el bolso.

Fue a la cocina y se puso a picar hielo. Tomé asiento y encendí un pitillo. Rolff seguía mirando fijamente la botella. Por lo visto, nunca teníamos gran cosa que decirnos. Poco después la chica trajo ginebra, zumo de limón, un sifón y hielo.

Bebimos y ella le dijo a Rolff:

—Max tiene un cabreo de mil demonios. Se ha enterado de que has ido por ahí apostando en el último momento por Bush, y el payaso de él se cree que lo he engañado. ¿Qué tenía yo que ver? Lo único que he hecho es lo que habría hecho cualquiera con dos dedos de frente: pasarme al vencedor. He tenido tanto que ver en lo ocurrido como una criatura de pecho, ¿a que sí? —me preguntó—. Desde luego que sí. Lo que le pasa a Max es que teme que otros piensen que él también andaba implicado, que Dan estaba apostando su pasta además de la mía. Bueno, pues mala suerte. Por mí, puede ir a colgarse de una rama, ese enano asqueroso. Me vendría bien otro trago.

Se sirvió otra copa y también me la sirvió a mí. Rolff no había tocado la primera. Con la mirada fija en la botella marrón, dijo:

—No puedes esperar que le haga mucha gracia precisamente.

La chica lo miró ceñuda y dijo en tono desagradable:

—Yo puedo esperar lo que me dé la gana. Y no tiene derecho a hablarme de esa manera. No soy propiedad suya. Igual cree que sí, pero le demostraré que no es así. —Vació el vaso, lo dejó en la mesa con un golpe y se volvió en la silla para mirarme—. ¿Es cierto lo de que Elihu Willsson te ha dado diez mil dólares para limpiar la ciudad?

—Sí.

Sus ojos inyectados en sangre brillaron de codicia.

—Y si te ayudo, ¿me tocará parte de esos diez...?

—No puedes hacer eso, Dinah. —La voz de Rolff sonó densa, pero delicadamente firme, como si hablara con un niño—. Eso sería una guarrada de mucho cuidado.

La chica se volvió lentamente de cara a él. Su boca adoptó el mismo aspecto que tenía al hablar con Thaler.

—Voy a hacerlo —dijo—. Eso me convierte en una guarra de mucho cuidado, ¿no?

Él no dijo nada, ni siquiera levantó la mirada de la botella. A ella se le puso la cara roja, dura, cruel. Su voz sonó suave, como un arrullo:

—Es una pena que un caballero de una pureza como la tuya, aunque esté un poco tuberculoso, tenga que tratar con una guarra tirada como yo.

—Eso tiene remedio —dijo él lentamente a la vez que se ponía en pie. Iba ciego a más no poder de láudano.

Dinah Brand se levantó de la silla de un brinco y rodeó la mesa hasta él, que la miró con ojos soñolientos, inexpresivos. Dinah acercó su cara a la de él y le preguntó:

—Así que ahora te parezco una guarra de mucho cuidado, ¿no?

Él dijo sin perder la serenidad:

—Yo he dicho que traicionar a tus amigos con este tipo sería una guarrada de mucho cuidado.

Lo cogió por una de las escuálidas muñecas y se la retorció hasta ponerlo de rodillas. Con la otra mano, abierta, le abofeteó la cara de mejillas chupadas, media docena de veces en cada lado, haciendo que le bamboleara la cabeza de aquí para allá. Él podría haber levantado el brazo libre para protegerse la cara, pero no lo hizo.

La chica le soltó la muñeca, le dio la espalda y cogió el sifón y la ginebra. Estaba sonriente. No me gustó su sonrisa.

Él se levantó, parpadeando. Tenía la muñeca roja allí donde se la había retorcido, y la cara magullada. Recuperó el equilibrio y me miró con ojos nublados.

Sin el menor cambio en la inexpresividad de su cara y sus ojos, metió una mano debajo del abrigo, sacó una automática negra y me disparó.

Pero temblaba demasiado para tener rapidez ni precisión. Me dio tiempo de tirarle un vaso, que le alcanzó en el hombro. La bala fue a parar a alguna parte por encima de mi cabeza.

Salté antes de que pudiera hacer el siguiente disparo, me abalancé hacia él y me acerqué lo suficiente para quitarle el arma de un manotazo. La segunda bala se incrustó en el suelo.

Le di un puñetazo en la barbilla. Cayó hacia atrás y allí se quedó.

Me volví.

Dinah Brand estaba a punto de golpearme en la cabeza con el sifón, una gruesa botella de vidrio que me habría hecho papilla el cráneo.

—No —grité.

—No hacía falta que lo golpearas así —dijo con un gruñido.

—Bueno, ya está hecho. Más vale que te ocupes de él.

Dejó el sifón y me ayudó a subirlo a su cuarto. Cuando Rolff empezó a mover los ojos, dejé que ella terminara el trabajo y bajé de nuevo al comedor. Se reunió conmigo quince minutos después.

—Ya se encuentra bien —dijo—. Pero podrías haberte ocupado de él sin recurrir a eso.

—Sí, pero lo he hecho por él. ¿Sabes por qué me ha disparado?

—¿Para que yo no tuviera nadie a quien vender a Max?

—No. Porque te he visto vapulearlo.

—Eso no tiene sentido —me dijo—. La que lo ha hecho soy yo.

—Está enamorado de ti, y no es la primera vez que lo has hecho. Se ha comportado como si ya hubiera aprendido que no merece la pena enfrentarse a ti usando la fuerza. Pero no puedes esperar que trague con que otro hombre te vea abofetearlo.

—Antes creía conocer a los hombres —se lamentó—, pero, Dios santo, está claro que no. Están locos de atar, todos.

—Así que lo he zarandeado para infundirle un poco de autoestima. Ya sabes, lo he tratado igual que a un hombre en vez de un desahuciado al que las chicas pueden darle de bofetadas.

—Lo que tú digas —respondió con un suspiro—. Me doy por vencida. Más vale que tomemos una copa.

Tomamos esa copa, y yo dije:

—Decías que estarías dispuesta a ayudarme si te llevaras una tajada del dinero de Willsson. Pues te la puedes llevar.

—¿Cuánto?

—Lo que te ganes. Lo que valga aquello que hagas.

—Eso es muy impreciso.

—Igual que tu ayuda, hasta donde yo sé.

—¿Ah, sí? Puedo darte lo que necesitas, colega, en abundancia, y no pienses lo contrario. Soy una chica que conoce Poisonville del derecho y del revés. —Se miró las rodillas enfundadas en unas medias grises, hizo oscilar una pierna hacia mí y exclamó indignada—: Fíjate, otra carrera. ¿Has visto alguna vez algo parecido? Te lo juro. Pienso ir descalza.

—Tienes las piernas muy grandes —le dije—. Someten el tejido a demasiada tensión.

—Me parece que ya te vale. ¿Cómo tienes previsto abordar el asunto de depurar nuestro pueblo?

—Si no me han mentido, Thaler, Pete el Finlandés, Lew Yard y Noonan son los hombres que han hecho de Poisonville el hediondo desastre que es. El viejo Elihu también tiene parte de responsabilidad, pero no toda la culpa es suya, tal vez. Además, es cliente mío, aunque a regañadientes, así que preferiría no ensañarme con él.

»Lo más cercano que tengo a una idea consiste en desenterrar todos los trapos sucios que puedan implicar a los demás y luego tirar de ahí. Es posible que ponga un anuncio: “Se busca delito, varón o mujer”. Si son tan corruptos como creo, no debería tener muchos problemas para encontrar un par de chanchullos que colgarles.

—¿En eso estabas cuando te cargaste el tongo de la pelea?

—Eso no era más que un experimento para ver lo que ocurría.

—De manera que así es como trabajáis los detectives científicos. ¡Dios mío! Para ser un tipo entrado en años, amargado, terco y cebón tienes la manera de hacer las cosas más confusa que he visto en mi vida.

—Los planes están bien a veces —dije—. Y otras veces va bien remover las aguas, si eres lo bastante duro para sobrevivir, y mantener los ojos abiertos para ver lo que quieras cuando salga a la superficie.

—Creo que eso bien vale otro trago —dijo ella.

11
UNA CUCHARA FENOMENAL

Tomamos otro trago.

Dejó el vaso, se pasó la lengua por los labios y dijo:

—Si tu sistema consiste en remover las aguas, tengo una cuchara fenomenal para eso. ¿Has oído hablar de Tim, el hermano de Noonan que se suicidó hace un par de años en el lago Mock?

—No.

—No habrías oído nada bueno. Sea como sea, no se suicidó. Lo mató Max.

—¿Ah, sí?

—¡Despierta, por el amor de Dios! Esto que te ofrezco es real. Noonan era como un padre para Tim. Si le llevas pruebas irá a por Max cueste lo que cueste. Eso es lo que quieres, ¿no?

—¿Tenemos pruebas?

—Dos personas llegaron hasta Tim antes de que muriera, y les dijo que lo había hecho Max. Los dos están en la ciudad todavía, aunque uno de ellos no seguirá vivo mucho tiempo. ¿Qué te parece?

Tenía todo el aspecto de estar diciendo la verdad, aunque con las mujeres, sobre todo las mujeres de ojos azules, eso no siempre significa mucho.

—Vamos a oír el resto —la insté—. Me gustan los detalles y demás.

—Los tendrás de sobra. ¿Has estado alguna vez en el lago Mock? Bueno, es el lugar a donde vamos en verano, a unos cuarenta y cinco kilómetros por la carretera del cañón. Es una pocilga, pero en verano se está fresco. Eso fue en verano del año pasado, el último fin de semana de agosto. Yo estaba allí con un tal Holly. Ahora está otra vez en Inglaterra, pero a ti eso no te importa porque no tiene nada que ver con el asunto. Era como una especie de viejecita rara: solía llevar los calcetines de seda blanca del revés para que los hilillos sueltos no le hicieran daño en los pies. Me llegó una carta suya la semana pasada. La tengo por aquí, en alguna parte, pero da igual.

»Estábamos allí, y Max también estaba allí con una chica con la que tonteaba, Myrtle Jennison. Ahora está en el hospital, el Municipal, muriéndose de nefritis o algo por el estilo. Era una chica con clase por aquel entonces, una rubia con buen tipo. Siempre me cayó bien, solo que si se tomaba unas copas le daba por armar un escándalo. Tim Noonan estaba colado por ella, pero ese verano Myrtle solo tenía ojos para Max.

»Tim no la dejaba en paz. Era un irlandés grandote y guapo, pero también un idiota y un chorizo de tres al cuarto que solo se las apañaba porque su hermano era el jefe de policía. Allí donde iba Myrtle aparecía él tarde o temprano. Ella prefería no decirle nada al respecto a Max, porque no quería que Max hiciera nada que lo dejase en mal lugar con el hermano de Tim, el jefe.

»Así que, como era de esperar, Tim se presentó en el lago Mock aquel sábado. Myrtle y Max habían ido solos. Holly y yo estábamos con una pandilla, pero estuve hablando con Myrtle y me dijo que había recibido una nota de Tim en la que le pedía que se reuniera con ella unos minutos esa noche, en una pérgola de esas que hay en la finca del hotel. Le decía que si no iba se quitaría la vida. Eso nos hizo reír: lo tomamos por una tremenda falsa alarma. Intenté convencer a Myrtle de que no fuera, pero había bebido lo bastante para achisparse y dijo que pensaba ir para cantarle las cuarenta.

»Esa noche estábamos todos bailando en el hotel. Max estuvo allí un rato y luego lo perdí de vista. Myrtle bailaba con un tal Rutgers, un abogado de la ciudad. Un rato después lo dejó y salio por una de las puertas laterales. Me lanzó un guiño al pasar, así que supe que iba a encontrarse con Tim. Acababa de salir cuando oí el disparo. Nadie más le hizo caso. Supongo que yo tampoco me habría fijado de no haber sabido lo de Myrtle y Tim.

»Le dije a Holly que quería ver a Myrtle y salí tras ella, yo sola. Debí de haber salido unos cinco minutos después que ella. Una vez fuera vi luces en una de las pérgolas, y gente. Bajé hacia allí y... Esto de hablar da mucha sed.

Serví un par de ginebras. Ella fue a la cocina a por otro sifón y más hielo. Hicimos la mezcla, bebimos y ella se acomodó para reanudar el relato:

—Allí estaba Tim Noonan, muerto, con un agujero en la sien y la pistola a su lado. Había tal vez una docena de personas alrededor, gente del hotel, huéspedes, uno de los hombres de Noonan, un detective de la policía llamado MacSwain. En cuanto me vio Myrtle me apartó del grupo y me llevó a la penumbra entre unos árboles.

»“Lo ha matado Max —dijo—. ¿Qué voy a hacer?”.

»Le pregunté al respecto. Me dijo que había visto el fogonazo del arma y al principio pensó que Tim se había suicidado después de todo. Se encontraba muy lejos y estaba demasiado oscuro para ver nada. Cuando corrió hasta él, se estaba retorciendo y gemía: “Ese no tenía que haberme matado por ella. Yo habría...”. Myrtle no alcanzó a entender el resto. Tim seguía retorciéndose, sangrando del agujero en la sien.

»Myrtle se temió que hubiera sido Max, pero tenía que asegurarse, así que se arrodilló e intentó levantarle la cabeza a Tim mientras le preguntaba: “¿Quién ha sido, Tim?”.

»Estaba en las últimas, pero antes de morir hizo el esfuerzo de decirle: “Max”.

»Ella no hacía más que decirme: “¿Qué voy a hacer?”. Le pregunté si había oído a Tim alguien más y ella aseguró que el detective lo había oído. Llegó corriendo mientras ella intentaba levantarle la cabeza a Tim. No creía que nadie más hubiera estado lo bastante cerca para oírlo, pero el detective sí.

»Yo no quería que Max se metiera en un lío por matar a un idiota como Tim Noonan. Por aquel entonces no tenía apenas relación con Max, más allá de que me caía bien, y no soportaba a ninguno de los Noonan. Conocía al detective, MacSwain. Había conocido a su mujer. Era bastante buen tipo, cabal como una escalera de color, hasta que entró en la policía. Entonces siguió el mismo camino que los demás. Su mujer aguantó todo lo que pudo y luego lo abandonó.

»Como conocía al poli ese, le dije a Myrtle que creía que podíamos solucionar el asunto. Con un poco de pasta podríamos hacer que le fallara la memoria a MacSwain, o, si eso no lo tentaba, siempre podía cargárselo Max. Ella tenía la nota en la que Tim amenazaba con suicidarse. Si el detective seguía el juego, el agujero en la cabeza de Tim de su propia arma y la nota lo solucionarían todo a las mil maravillas.

»Dejé a Myrtle bajo los árboles y fui en busca de Max. No estaba por allí. No había mucha gente y se oía a la orquesta del hotel tocando aún música de baile. No encontré a Max, así que volví con Myrtle. Estaba exaltada con otra idea. No quería que Max supiera que ella había averiguado que había matado a Tim. Myrtle le tenía miedo.

»¿Ves a qué me refiero? Tenía miedo de que si ella y Max rompían alguna vez, él la quitara de en medio si sabía que poseía información suficiente para enviarlo a la horca. Sé cómo se sentía. A mí me pasó lo mismo por la cabeza poco después, y mantuve la boca tan cerrada como ella. Así que supusimos que si podían arreglarse las cosas sin que él se enterase, tanto mejor. Yo tampoco quería verme implicada.

»Myrtle volvió sola al grupo que rodeaba a Tim y localizó a MacSwain. Se lo llevó aparte e hizo un trato con él. Llevaba algo de pasta encima. Le dio doscientos y un anillo de diamantes que le había costado mil pavos a un tipo llamado Boyle. Supuse que más adelante vendría a por más, pero no lo hizo. Fue legal con ella. Con ayuda de la nota, dio por buena la historia del suicidio.

»Noonan sabía que había algo sospechoso en todo aquello, pero no consiguió identificarlo. Creo que sospechaba que Max había tenido algo que ver. Pero Max tenía una coartada sin fisuras, se las apaña muy bien para cosas así, y creo que hasta el propio Noonan acabó por descartarlo. Pero Noonan no se tragó que hubiera ocurrido tal como se dio a entender. Arremetió contra MacSwain y lo expulsó de la policía.

»Max y Myrtle dejaron lo suyo poco después. No se pelearon ni nada por el estilo, sencillamente se distanciaron. Me parece que ya nunca volvió a sentirse cómoda con él, aunque por lo que yo sé él nunca sospechó que Myrtle supiera nada. Ahora está enferma, como te he dicho, y no le queda mucho por delante. Creo que no le importaría contar la verdad si se lo pidieran. MacSwain sigue dando tumbos por la ciudad. Hablaría si sacase algo a cambio. Esos dos están al tanto de lo de Max y a Noonan le encantaría averiguarlo. ¿Te vale eso para empezar a remover las aguas?

—¿No pudo haber sido un suicidio? —indagué—. Tal vez a Tim Noonan se le ocurrió en el último momento la brillante idea de colgárselo a Max.

—¿Que aquel embustero se suicidó? Ni pensarlo.

—¿No pudo matarlo Myrtle?

—Noonan no pasó por alto esa posibilidad. Pero no podía haber recorrido más allá de un tercio de la pendiente cuando se hizo el disparo. Tim tenía restos de pólvora en la cabeza, y no lo mataron y lo echaron a rodar cuesta abajo. Myrtle está descartada.

—¿Pero Max tenía coartada?

—Desde luego que sí. Siempre la tiene. Estaba en el bar del hotel, en el otro extremo del edificio, en todo momento. Así lo confirmaron cuatro hombres. Según recuerdo, lo dijeron abiertamente y repetidas veces, mucho antes de que se lo preguntara nadie. Había otros tipos en el bar que no recordaban si Max estaba o no allí, pero esos cuatro lo recordaban. Habrían recordado cualquier cosa que quisiera Max. —Se le agrandaron los ojos y luego se le entrecerraron hasta formar rendijas bordeadas de negro. Se inclinó hacia mí y al hacerlo derramó el vaso con el codo—. Uno de los cuatro era Peak Murry. Ahora él y Max están cabreados. Es posible que Peak cante sin más. Tiene una sala de billar en Broadway.

—Ese tal MacSwain, no se llamará Bob, ¿verdad? —le pregunté—. ¿Un tipo con las piernas arqueadas y la quijada larga como un cerdo?

—Sí. ¿Lo conoces?

—De vista. ¿Qué hace ahora?

—Es un timador de tres al cuarto. ¿Qué te parece todo este asunto?

—No está mal. Tal vez pueda sacarle partido.

—Entonces, vamos a hablar de pasta.

Sonreí al ver la codicia en sus ojos y dije:

—Aún no, guapa. Tendremos que ver cómo va la cosa antes de empezar a soltar guita por ahí.

Me dijo que era un puñetero rácano y cogió la botella de ginebra.

—Yo no quiero más, gracias —le advertí, mirando el reloj de muñeca—. Ya son casi las cinco de la madrugada y tengo un día ajetreado por delante.

Ella decidió que tenía hambre otra vez, y eso me recordó que yo también estaba hambriento. Tardamos media hora o más en preparar gofres, jamón y café en la cocina. Nos llevó un rato más echárnoslos al estómago y fumar unos pitillos mientras nos tomábamos unas tazas de café de propina. Eran más de las seis cuando me dispuse a marcharme.

Volví a mi hotel y me metí en la bañera llena de agua fría. Me fortaleció el ánimo un montón, y me hacía mucha falta. Con cuarenta años, podía apañármelas con la ginebra como sustituto del sueño, pero no sin problemas.

Después de vestirme tomé asiento y redacté un documento:

Justo antes de morir, Tim Noonan me dijo que le había disparado Max Thaler. El detective Bob MacSwain le oyó decírmelo. Le di al detective MacSwain doscientos dólares y un anillo de diamantes valorado en mil dólares para que mantuviera la boca cerrada y lo hiciera pasar por suicidio.

Con ese documento en el bolsillo bajé y desayuné de nuevo, sobre todo café, antes de irme camino del Hospital Municipal.

Las horas de visita eran por la tarde, pero blandiendo mis credenciales de la Agencia de Detectives Continental y dando a entender a todo el mundo que un retraso de una hora podía provocar miles de muertes, o algo por el estilo, conseguí que me dejaran ver a Myrtle Jennison.

Estaba en una sala de la tercera planta, sola. Las otras cuatro camas estaban vacías. Tanto podía haber sido una chica de veinticinco años como una mujer de cincuenta y cinco. Su cara era una máscara abotargada y sembrada de manchitas. A su lado caían sobre la almohada dos fibrosas trenzas de pelo amarillento sin vida.

Esperé a que se fuera la enfermera que me había acompañado y entonces le puse delante el documento a la inválida y le dije:

—¿Hará el favor de firmar esto, señorita Jennison?

Me miró con unos feos ojos a los que la acumulación de carne en torno daba un indefinido tono oscuro, luego miró el documento y por fin sacó una mano gruesa e informe de debajo de las sábanas para cogerlo.

Fingió que le llevaba casi cinco minutos leer las cuarenta y nueve palabras que había escrito. Dejó caer el documento encima del cubrecama y preguntó:

—¿De dónde ha sacado esto? —Su voz sonó metálica, irritable.

—Me ha aconsejado que venga a verla Dinah Brand.

Me preguntó con impaciencia:

—¿Lo ha dejado con Max?

—No, que yo sepa —mentí—. Imagino que lo que quiere es tener esto a mano por si puede serle de utilidad.

—Y para que le rajen el cuello por idiota. Deme un lápiz.

Le pasé la pluma y aguanté la libreta debajo del documento a fin de que tuviera donde apoyarse para garabatear su firma a pie de página, y para tenerlo en mis manos en cuanto hubiera acabado. Mientras yo meneaba el papel en el aire para que se secara, ella dijo:

—Si es eso lo que ella quiere, a mí me parece muy bien. ¿Qué me importa a mí ahora lo que haga nadie? Estoy acabada. ¡Que se vayan todos al infierno! —Lanzó una risilla y de pronto bajó la ropa de la cama hasta las rodillas para dejar a la vista un cuerpo horriblemente hinchado cubierto con un burdo camisón blanco—. ¿Qué le parece? Ya lo ve, estoy acabada.

La volví a cubrir con las sábanas y dije:

—Se lo agradezco, señorita Jennison.

—No hay de qué. A mí ya me trae sin cuidado. Solo que —le tembló la barbilla hinchada— es horroroso morir tan fea.

12
UN NUEVO ACUERDO

Me propuse dar caza a MacSwain. Ni el callejero ni la guía telefónica me fueron de utilidad. Fui a las salas de billar, los estancos y los garitos clandestinos, primero a echar un vistazo y luego a hacer preguntas cautelosas. No me sirvió de nada. Deambulé por las calles en busca de tipos con las piernas arqueadas. No me sirvió de nada. Decidí volver a mi hotel, echar una siesta y volver a la caza por la noche.

En un rincón apartado del vestíbulo un hombre dejó de esconderse tras un periódico y vino a mi encuentro. Tenía las piernas arqueadas, quijada de cerdo y era MacSwain.

Le dirigí un asentimiento despreocupado y me fui hacia los ascensores. Me siguió y me dijo entre dientes:

—Eh, ¿tienes un momento?

—Sí, más o menos. —Me detuve y fingí indiferencia.

—Vamos a un sitio más discreto —dijo con nerviosismo.

Lo llevé a mi habitación. Se sentó a horcajadas en una silla y se llevó a la boca una cerilla. Me senté en el borde de la cama y esperé a que dijera algo. Mascó la cerilla un rato y empezó:

—Voy a sincerarme contigo, colega. Yo...

—¿Quieres decir que vas a decirme que ya me conocías cuando me abordaste ayer? —le pregunté—. ¿Y vas a decirme que Bush no te había dicho que apostaras por él? ¿Y no lo hiciste hasta más tarde? ¿Y que sabías lo de su historial porque antes eras madero? ¿Y que pensaste que si conseguías que yo le plantase cara podrías sacar algo de pasta apostando por él?

—No pensaba decir todo eso ni de coña —contestó—, pero ya que está dicho, lo confirmo.

—¿Sacaste mucho?

—Gané seiscientos pavos. —Se echó hacia atrás el sombrero y se rascó la frente con el extremo mascado de la cerilla—. Y luego perdí esos seiscientos y doscientos y pico de mi bolsillo en una partida de dados. ¿Qué te parece? Pillo seiscientos pavos como si nada y luego tengo que andar mendigando cuarenta centavos para desayunar.

Dije que era una mala pasada pero que así es la vida.

—Ajá —dijo. Se llevó la cerilla a la boca de nuevo, la machacó un poco más y añadió—: Por eso he pensado en venir a verte. Antes yo también andaba metido en el asunto y...

—¿Por qué se deshizo de ti Noonan?

—¿Que se deshizo? ¿Cómo que se deshizo? Lo dejé yo. Me cayó algo de calderilla cuando murió la parienta en un accidente de tráfico, gracias al seguro, y lo dejé.

—He oído que te dio la patada cuando se pegó un tiro su hermano.

—Bueno, entonces has oído mal. Fue justo después de aquello, pero puedes preguntarle si no fui yo el que lo dejé.

—No tiene mayor importancia. Sigue con lo de por qué has venido a verme.

—Estoy pelado, sin blanca. Sé que eres agente de la Continental, y me huelo lo que te traes entre manos aquí. Estoy al tanto de lo que ocurre a un lado y otro de la ley en esta ciudad. Podría resultarte de utilidad: he sido policía y me conozco el percal por delante y por detrás.

—¿Quieres hacerme de chivato?

Me miró fijamente a los ojos y dijo sin alterarse:

—No tiene sentido escoger siempre la palabra más chunga para todo.

—Voy a hacerte un encargo, MacSwain. —Saqué el documento de Myrtle Jennison y se lo tendí—. Háblame de esto.

Lo leyó con atención de principio a fin. Al dar forma a las palabras con los labios la cerilla se le iba moviendo arriba y abajo. Se levantó, dejó el papel en la cama a mi lado y lo miró con el ceño fruncido.

—Primero voy a tener que averiguar una cosa —dijo muy solemnemente—. Volveré dentro de un rato y te contaré la historia de cabo a rabo.

Reí y le dije:

—No seas bobo. Ya sabes que no voy a dejar que te largues.

—Eso no lo sabía. —Negó con la cabeza—. Ni tú tampoco. Lo único que sabes es si vas a intentar impedírmelo.

—La respuesta es que sí —dije mientras sopesaba que era un tipo bastante duro y fuerte, seis o siete años más joven que yo y diez o quince kilos más delgado.

Se plantó a los pies de la cama y me miró con ojos solemnes. Yo estaba sentado en el borde de la cama y lo miré con los ojos que tuviera en ese momento. Estuvimos así casi tres minutos.

Dediqué parte del tiempo a calcular la distancia que nos separaba, planteándome cómo, si echaba el cuerpo hacia atrás encima de la cama y rodaba sobre la cadera, podría golpearle con los talones en la cara en el caso de que se abalanzara contra mí. Estaba muy cerca para que yo pudiera sacar la pistola. Acababa de hacerme este mapa mental cuando dijo:

—Ese asqueroso anillo no valía mil pavos. Suerte tuve de sacar doscientos.

—Siéntate y cuéntamelo.

Volvió a negar con la cabeza y dijo:

—Primero quiero saber qué tienes intención de hacer.

—Pillar al Susurro.

—No hablo de eso. Me refiero a mí.

—Tendrás que ir a comisaría conmigo.

—No pienso ir.

—¿Por qué no? Solo eres un testigo.

—Solo soy un testigo al que Noonan puede empapelar por aceptar un soborno, o como cómplice, o las dos cosas. Y le encantaría tener esa oportunidad.

Tanto palique no parecía estar llevándonos a ninguna parte. Dije:

—Es una pena. Pero vas a tener que verlo.

—Tú intenta llevarme.

Erguí el espinazo y llevé la mano derecha hacia la cadera.

Se abalanzó hacia mí. Me dejé caer de espaldas encima de la cama, giré sobre la cadera y lancé los pies contra él. Era una buena treta, solo que no funcionó. Con las prisas por llegar hasta mí topó con la cama y la desplazó justo lo suficiente para hacerme caer al suelo.

Caí boca arriba en mala postura e intenté sacar el arma mientras procuraba rodar para meterme debajo de la cama.

Me pasó de largo en su embestida y se precipitó por encima de los pies de la cama sobre el colchón. Cayó a mi lado con la nuca por delante, seguida del resto de su cuerpo, que dio una voltereta.

Le puse la boca del cañón de la pistola en el ojo izquierdo y dije:

—Nos estás dejando a la altura de un par de payasos. Quédate quieto mientras me levanto o te abro un agujero en la cabeza para ver si te entra un poco de sesera.

Me puse en pie, busqué y me guardé el documento y luego le dejé levantarse.

—Arregla las abolladuras del sombrero y enderézate la corbata para que no me avergüences por la calle —le ordené después de cachearlo por encima de la ropa sin encontrar nada que pareciera al tacto un arma—. Tú verás si recuerdas o no que voy a llevar la pipa en el bolsillo del abrigo, bien cogida con una mano.

Se arregló el sombrero y la corbata y dijo:

—A ver, oye, estoy metido en esto, supongo, y ponerme borde no me va a servir de nada. Supongamos que me porto bien. ¿Te olvidarías de la refriega? El caso es que igual me iría mejor si creyeran que voy por voluntad propia en vez de a rastras.

—De acuerdo.

—Gracias, colega.

Noonan había salido a comer. Tuvimos que esperar media hora en el vestíbulo de su despacho. Cuando por fin llegó me saludó con su habitual «¿Cómo le va...? Eso está muy bien, desde luego» y demás. A MacSwain no le dijo nada; se limitó a mirarlo con acritud.

Entramos en el despacho privado del jefe. Acercó una silla a su mesa para que me sentara yo y pasó del exdetective.

Le di a Noonan el documento de la chica enferma.

Le echó un vistazo, dio un brinco en la silla y golpeó a MacSwain en toda la cara con un puño del tamaño de un melón cantalupo.

El puñetazo lanzó a MacSwain hacia el otro extremo del despacho hasta que lo detuvo una pared, que crujió por efecto del golpe. Una fotografía enmarcada de Noonan y otros dignatarios de la ciudad con botines que daban la bienvenida a alguien cayó al suelo junto al hombre golpeado.

El gordo del jefe se le acercó con andares de pato, cogió la fotografía y la hizo astillas contra la cabeza y los hombros de MacSwain.

Noonan regresó a su mesa, falto de resuello y sonriente, y me dijo en tono jovial:

—Ese tipo es la peor rata que he visto en mi vida.

MacSwain, que sangraba por la nariz, la boca y la cabeza, se incorporó y miró alrededor.

Noonan le dijo con un bramido:

—Tú, ven aquí.

—Sí, jefe —dijo MacSwain, que se levantó como mejor pudo y se acercó a la mesa a toda prisa.

—Cuéntamelo todo o te mato —lo amenazó Noonan.

MacSwain dijo:

—Sí, jefe. Fue como cuenta ella, solo que el pedrusco no valía mil pavos. Pero me lo dio, además de otros doscientos, para que mantuviera la boca cerrada, porque llegué justo en el momento en que ella le pregunta: «¿Quién ha sido, Tim», y él dice: «¡Max!». Lo dice alto y claro, como si quisiera sacárselo del pecho antes de morir, porque murió justo entonces, casi antes de soltarlo. Así ocurrió, jefe, solo que el pedrusco no valía...

—Al diablo con el pedrusco —bufó Noonan—. Y deja de sangrar sobre mi alfombra.

MacSwain hurgó en el bolsillo en busca de un pañuelo sucio, se enjugó la nariz y la boca con él y siguió parloteando:

—Así fue, jefe. Todo lo demás ocurrió como dije en su momento, solo que no conté nada acerca de que le oí decir que había sido Max. Ya sé que no debería...

—Cállate —le espetó Noonan, que pulsó uno de los botones de su mesa.

Entró un poli de uniforme. El jefe señaló a MacSwain con un golpe de pulgar y dijo:

—Llévate a este pavo al sótano y deja que el equipo de demolición le dé un buen repaso antes de encerrarlo.

MacSwain entonó una súplica desesperada: «¡No, jefe!», pero el poli se lo llevó antes de que pudiera seguir.

Noonan me ofreció un puro, dio unos golpecitos sobre el documento con otro y me preguntó:

—¿Dónde está la tía?

—En el Hospital Municipal, se está muriendo. ¿Hará que el fiscal le saque un testimonio como es debido? Eso de ahí no tiene valor legal; la he obtenido para causar impresión. Y otra cosa: tengo entendido que Peak Murry y el Susurro ya no son colegas. ¿No era Murry uno de los que confirmaron su coartada?

—Así es —dijo el jefe, que cogió uno de sus teléfonos y dijo: «McGraw», y luego: «Localiza a Peak Murry y dile que se pase por aquí. Y haz que detengan a Tony Agosti por lo del cuchillo lanzado». —Colgó, se puso en pie, soltó abundante humo de puro y dijo entre la nube—: Me parece que no he sido del todo sincero con usted.

Pensé que eso era quedarse muy corto, pero no dije nada mientras él seguía adelante:

—Usted sabe por dónde se anda. Sabe lo que son estos asuntos. Hay que tener en cuenta lo que dice este y aquel. Solo porque uno sea jefe de policía no quiere decir que esté al mando. Igual usted es un incordio para alguien que puede suponerme un incordio a mí. Da igual que yo crea que es un tipo cabal. Tengo que seguirles el juego a quienes me lo siguen a mí. ¿Sabe a qué me refiero?

Moví la cabeza para darle a entender que sí.

—Así eran las cosas antes —dijo—. Pero ya no. Esto es distinto, hay un nuevo acuerdo. Cuando la palmó mi parienta, Tim no era más que un crío. Ella me dijo: «Cuida de él, John», y se lo prometí. Y luego el Susurro lo asesina por esa zorra. —Alargó la mano y cogió la mía—. ¿Ve adónde quiero llegar? De eso ya hace año y medio, y usted me da la primera oportunidad de acusarlo del crimen. Le aseguro que ya no hay hombre en Personville con autoridad suficiente para hablar mal de usted. Después de hoy, no.

Eso me gustó y así se lo dije. Nos dirigimos arrumacos el uno al otro hasta que hicieron entrar a un tipo larguirucho de nariz sumamente respingona en mitad de una cara redonda y pecosa. Era Peak Murry.

—Estábamos dándole vueltas a la muerte de Tim —dijo el jefe después de ofrecerle a Murry una silla y un puro—. ¿Dónde estaba en aquel momento el Susurro? Tú estabas en el lago aquella noche, ¿verdad?

—Sí —respondió Murry, y la punta de su nariz se tornó más afilada.

—¿Con el Susurro?

—No estuve con él todo el rato.

—¿Estabas con él en el momento del disparo?

—No.

Los ojos del jefe se volvieron más pequeños y brillantes. Preguntó con voz suave:

—¿Sabes dónde estaba?

—No.

El jefe profirió un suspiro plenamente satisfecho y luego se retrepó en la silla.

—Maldita sea, Peak —dijo—, en su momento nos dijiste que estabas con él en el bar.

—Así es —reconoció el tipo larguirucho—. Pero eso solo significa que él me pidió que lo dijera y no me importó echarle un cable a un amigo.

—¿Lo que significa que no te importa que te acusen de perjurio?

—No me tome el pelo. —Murry lanzó un rotundo salivazo en la escupidera—. Yo no dije nada en ningún tribunal.

—¿Y qué me dices de Jerry, George Kelly y O’Brien? —preguntó el jefe—. ¿Dijeron que estaban con él porque se lo pidió?

—O’Brien sí. No sé nada de los otros. Yo salía del bar cuando me topé con el Susurro, Jerry y Kelly, y volví a entrar para echar un trago con ellos. Nelly me dijo que se habían cargado a Tim. Entonces el Susurro dice: «Nunca viene mal tener coartada. Hemos estado aquí todo el rato, ¿verdad que sí?», y mira a O’Brien, que está detrás de la barra. O’Brien dice: «Claro que estabais aquí», y cuando el Susurro me mira yo digo lo mismo. Pero no veo razón para encubrirlo ahora.

—¿Y Kelly dijo que se habían cargado a Tim? ¿No dijo que lo habían encontrado muerto?

—Las palabras que usó fue que se lo habían cargado.

El jefe dijo:

—Gracias, Peak. No deberías haber hecho lo que hiciste, pero lo hecho, hecho está. ¿Qué tal tus chicos?

Murry dijo que estaban bien, solo que el pequeño no estaba tan rollizo como le gustaría a él. Noonan llamó a la fiscalía y se encargó de que Dart y un taquígrafo dejaran constancia de la historia de Peak antes de que se marchara.

Noonan, Dart y el taquígrafo se fueron camino del Hospital Municipal para tomar una declaración completa a Myrtle Jennison. No los acompañé. Decidí que me convenía dormir, le dije al jefe que lo vería luego y volví al hotel.

13
DOSCIENTOS DÓLARES Y DIEZ CENTAVOS

Ya tenía desabrochado el chaleco cuando sonó el teléfono.

Era Dinah Brand, que se quejó de que llevaba intentando localizarme desde las diez.

—¿Has hecho algo con lo que te conté? —me preguntó.

—He estado examinándolo. Parece bastante bueno. Tal vez le saque partido esta tarde.

—No lo hagas. Espera a que nos veamos. ¿Puedes venir ahora?

Miré la cama blanca y vacía y dije «Sí» sin mucho entusiasmo.

Otro baño de agua fría me hizo tan poco bien que a punto estuve de quedarme dormido dentro de la bañera.

Dan Rolff me abrió la puerta cuando llamé al timbre de la chica. Tenía el mismo aspecto y actitud que si no hubiera ocurrido nada la noche anterior. Dinah Brand salió al vestíbulo para ayudarme con el abrigo. Lucía un vestido de lana color canela con un desgarrón de unos cinco centímetros en la costura de un hombro.

Dinah me llevó a la sala de estar, se sentó en el sofá a mi lado y me espetó:

—Voy a pedirte que hagas algo por mí. Te gusto bastante, ¿no?

Reconocí que así era. Ella me contó los nudillos de la mano izquierda con un dedo índice muy cálido y se explicó:

—Quiero que no hagas nada más con lo que te conté anoche. Espera un momento. Déjame que termine. Dan tenía razón. No debería vender a Max de esa manera. Sería una guarrada de mucho cuidado. Además, tú a quien quieres por encima de todo es a Noonan, ¿no? Bueno, pues si eres un buen chico y dejas en paz a Max esta vez, te daré información suficiente sobre Noonan para que lo pilles de una vez por todas. Eso sería preferible, ¿a que sí? Y te gusto demasiado para que te aproveches de mí utilizando la información que te facilité cuando estaba enfadada por lo que había dicho Max, ¿verdad?

—¿Qué trapos sucios tienes sobre Noonan? —le pregunté.

Me masajeó el bíceps y murmuró:

—¿Lo prometes?

—Todavía no.

Hizo pucheros y dijo:

—He dejado a Max para siempre, de verdad. No tienes derecho a hacer de mí una chivata.

—¿Y qué hay de Noonan?

—Antes prométemelo.

—No.

Me hincó los dedos en el brazo y preguntó bruscamente:

—¿Ya has ido a ver a Noonan?

—Sí.

Me soltó el brazo, frunció el ceño, se encogió de hombros y dijo en tono sombrío:

—Bueno, qué se le va a hacer.

Me puse en pie y una voz dijo:

—Siéntate.

Era una voz ronca y susurrante, la de Thaler.

Me volví para verlo plantado en el umbral del comedor con un pistolón en una de sus manitas. Detrás de él estaba un tipo de cara roja con una cicatriz en la mejilla.

La otra puerta, que daba al vestíbulo, también quedó custodiada cuando me sentaba. La traspuso el hombre sin barbilla y con la boca flácida al que oí que el Susurro llamaba Jerry. Llevaba un par de pistolas. El más anguloso de los dos muchachos rubios que estaban en el garito de King Street asomó por encima de su hombro.

Dinah Brand se levantó del sofá, le dio la espalda a Thaler y me dijo con la voz ronca de ira:

—Esto no es cosa mía. Ha venido por su cuenta y ha dicho que lamentaba lo que dijo, y me ha hecho ver que podíamos sacar mucha pasta poniéndote a Noonan a tiro. Todo el asunto era una encerrona, pero me lo he tragado. ¡Te lo juro! Él tenía que esperar arriba mientras yo te lo proponía. No sabía nada de los demás. Yo...

Jerry dijo con voz despreocupada y cansina:

—Si le pego un tiro en una pierna, seguro que se sienta, y además igual hasta se calla. ¿Vale?

Yo no veía al Susurro. La chica estaba entre los dos. Él dijo:

—Ahora no. ¿Dónde está Dan?

El chico rubio de rostro anguloso respondió:

—Arriba, en el suelo del cuarto de baño. He tenido que zurrarle.

Dinah Brand se volvió hacia Thaler. Las costuras de las medias trazaban eses por la parte posterior de sus generosas piernas.

—Max Thaler, eres un mal bicho...

Él susurró pausadamente:

—Calla y aparta de en medio.

Dinah me sorprendió al hacer las dos cosas, y guardó silencio mientras él se dirigía a mí:

—Así que Noonan y tú intentáis endilgarme a mí la muerte de su hermano, ¿no es así?

—No hace falta que te la endilguemos. Es cosa tuya.

Curvó los finos labios y dijo:

—Eres igual de granuja que él.

—Ya sabes que no —dije—. Me puse de tu parte cuando intentó incriminarte. Esta vez te tiene pillado con motivo.

Dinah Brand estalló de nuevo y se puso a agitar los brazos en mitad de la habitación al tiempo que vociferaba:

—Fuera de aquí, todos. ¿Por qué iban a importarme un carajo vuestros problemas? ¡Fuera!

El chaval rubio que había golpeado a Rolff se abrió paso al lado de Jerry y entró en la habitación con una sonrisa de oreja a oreja. Cogió uno de los brazos de la chica y se lo retorció en la espalda.

Ella se volvió hacia el muchacho y le propinó un puñetazo en el estómago con la otra mano. Fue un golpe muy respetable, del calibre de un hombre. Hizo que él le soltara el brazo y reculara un par de pasos.

El chico tomó una abundante bocanada de aire, se sacó una porra que llevaba al cinto y arremetió de nuevo. Su sonrisa había desaparecido.

Al reírse Jerry desapareció la poca barbilla que tenía.

Thaler susurró con voz áspera:

—¡Déjala en paz!

El chico no lo oyó. Le estaba lanzando gruñidos a Dinah.

Ella lo miraba con la cara dura como un dólar de plata. Cargaba la mayor parte de su peso sobre el pie izquierdo. Supuse que el rubito iba a llevarse una patada cuando se le echara encima.

El chico hizo amago de agarrarla con la mano izquierda libre y luego le lanzó la porra a la cara.

Thaler susurró «Déjala en paz» otra vez y disparó.

La bala alcanzó al rubito debajo del ojo derecho, lo volvió de espaldas y lo hizo caer hacia atrás en los brazos de Dinah Brand.

Me pareció que era el momento, si es que tenía que llegar algún momento.

Con el alboroto me había llevado la mano a la cadera. Saqué el arma de un tirón y disparé contra Thaler, apuntándole al hombro.

Fue una equivocación. Si hubiera intentado dar en el centro de la diana le habría alcanzado en el hombro. Jerry, el tipo sin barbilla, no se había reído tanto para quedarse ciego. Se adelantó a mi disparo. El suyo me quemó la muñeca y me desvió del blanco. Pero, al no alcanzar a Thaler, mi bala derribó al tipo de cara roja a su espalda.

Como no sabía hasta qué punto tenía maltrecha la muñeca, me pasé el arma a la mano izquierda.

Jerry probó a disparar otra vez contra mí. La chica invalidó su intento al echarle encima el cadáver. La cabeza rubia del muerto lo golpeó en las rodillas. Me abalancé sobre él mientras se tambaleaba.

El salto me apartó de la trayectoria de la bala de Thaler. También nos llevó a Jerry y a mí dando tumbos hasta el vestíbulo, el uno aferrado al otro.

Jerry no era un rival muy duro, pero tuve que apresurarme porque Thaler estaba detrás. Le metí a Jerry dos puñetazos, lo pateé, le di al menos un cabezazo, y andaba buscando un sitio donde morderlo cuando se quedó lánguido debajo de mí. Le di otro toque donde debería haber tenido la barbilla, solo para asegurarme de que no fingía, y me fui vestíbulo adelante a gatas para apartarme de la puerta.

Me acuclillé sobre los talones con la espalda contra la pared, apunté hacia donde se encontraba Thaler y esperé. De momento no podía oír nada salvo la sangre que me latía en la cabeza.

Dinah Brand salió por la puerta que yo había cruzado dando traspiés, miró a Jerry y luego a mí. Sonrió con la lengua entre los dientes, me hizo una seña con la cabeza y volvió a la sala de estar. La seguí con cautela.

El Susurro estaba en el centro de la habitación. Sus manos estaban vacías, igual que la expresión. Salvo por la boquita de aire cruel tenía todo el aspecto de un maniquí vestido con un traje del escaparate de una tienda de ropa.

A su espalda estaba Dan Rolff con el cañón del arma apuntando al riñón izquierdo del fullero bajito. Rolff tenía casi toda la cara cubierta de sangre. El chico rubio, que ahora yacía muerto entre Rolff y yo, le había zurrado a placer.

Le ofrecí una sonrisa a Thaler y dije: «Vaya, qué bien», antes de ver que Rolff tenía otra pistola que apuntaba hacia mi cintura abultada. Eso no tenía mucha gracia. Pero llevaba el arma razonablemente bien afianzada. Como mínimo, lo tenía igual de crudo que él.

Rolff ordenó:

—Tira la pistola.

Miré a Dinah, con expresión de perplejidad, supongo. Ella se encogió de hombros y me dijo:

—Parece que Dan tiene la palabra.

—¿Ah, sí? Pues alguien debería decirle que no me gusta esta clase de juego.

—Tira la pistola —repitió Rolff.

Yo dije de mala manera:

—No pienso tirarla, maldita sea. He perdido diez kilos intentando pillar a este pájaro y no puedo perder diez más con el mismo fin.

—No me interesa lo que haya entre vosotros dos —dijo Rolff—, y no tengo intención de daros a ninguno...

Poco a poco, Dinah Brand se había ido desplazando hacia el otro lado de la habitación. Cuando ya estaba detrás de Rolff, lo interrumpí al decirle a ella:

—Si ahora lo pones en un aprieto, puedes contar con dos nuevos amigos: Noonan y yo. Ya no te puedes fiar de Thaler, así que no tiene sentido ayudarlo.

Ella rio y dijo:

—Háblame de pasta, cielo.

—¡Dinah! —protestó Rolff.

Estaba atrapado. Ella estaba a su espalda y era lo bastante fuerte para reducirlo. No había mucho peligro de que él le pegase un tiro, y no era probable que nada le impidiera hacer aquello que se propusiera.

—Cien dólares —pujé.

—¡Dios mío! —exclamó ella—. Por fin he conseguido que me ofrezcas dinero. Pero no es suficiente.

—Doscientos.

—Te estás volviendo temerario. Pero sigo sin oírte.

—Inténtalo —dije—. Eso es lo que estoy dispuesto a soltar por no tener que quitarle a Rolff la pistola de un tiro, pero nada más.

—Has empezado bien. No te rajes. Venga, puja otra vez.

—Doscientos dólares y diez centavos, eso es todo.

—Vaya tío ruin —dijo—. No voy a hacerlo.

—Tú misma. —Le hice una mueca a Thaler y le advertí—: Cuando ocurra lo que va a ocurrir, ten buen cuidado de quedarte quieto.

—¡Espera! —gritó Dinah—. ¿De verdad vas a montarla?

—Voy a llevarme a Thaler, pase lo que pase.

—¿Doscientos y una moneda de diez centavos?

—Sí.

—Dinah —le gritó Rolff sin quitarme ojo—, no serás capaz...

Pero ella se echó a reír, se le acercó por detrás y lo rodeó con sus fuertes brazos para obligarle a bajar los suyos, inmovilizándoselos a los costados de su cuepo.

Aparté a Thaler de un empujón con el brazo derecho y seguí apuntándole con el arma mientras le arrancaba las pistolas de las manos a Rolff. Dinah soltó al tísico.

Dio dos pasos hacia la puerta del comedor y dijo en tono hastiado: «No hay...», y se desplomó.

Dinah se precipitó hacia él. Saqué a Thaler a empujones por la puerta del vestíbulo y pasamos junto a Jerry, que todavía dormía, para llegar después al hueco que había debajo de las escaleras principales, donde había visto un teléfono.

Llamé a Noonan y le informé de que tenía en mi poder a Thaler y dónde lo tenía.

—¡Madre de Dios! —exclamó—. No lo mate antes de que llegue yo.

14
MAX

La noticia de la detención del Susurro se difundió enseguida. Cuando Noonan, los polis que se había traído y yo llevamos a comisaría al jugador y a Jerry, ahora ya consciente, había al menos un centenar de personas que esperaban para verlo.

No todos parecían contentos. Los polis de Noonan, una pandilla desaliñada en el mejor de los casos, andaban por ahí con cara pálida y crispada. Pero Noonan era el tipo más jubiloso al oeste del Mississippi. Ni siquiera la mala suerte que había tenido a la hora de someter al Susurro al tercer grado podía dar al traste con su alegría.

El Susurro aguantó todo lo que fueron capaces de echarle. Hablaría con su abogado, dijo, y con nadie más, y se ciñó a ello. Y, pese a lo mucho que odiaba Noonan al fullero, a este preso no lo sometió a una paliza, no lo dejó en manos del equipo de demolición. El Susurro había matado al hermano del jefe, y el jefe lo detestaba a más no poder, pero el Susurro seguía siendo demasiado importante en Poisonville para recurrir a la violencia.

Al final Noonan se hartó de jugar con su preso y lo mandó arriba —la cárcel estaba en el piso superior del ayuntamiento— para que lo enchironaran. Encendí otro de los puros del jefe y leí la declaración pormenorizada que había obtenido de la mujer en el hospital. Allí no había nada que no hubiera averiguado por boca de Dinah y MacSwain.

El jefe quería que fuese a su casa a cenar, pero me escaqueé con una mentira, fingiendo que la muñeca, ahora vendada, me molestaba. En realidad era poco más que un rasguño.

Mientras hablábamos de ello, un par de agentes de paisano trajeron al pájaro de la cara roja que había encajado la bala con la que no alcancé al Susurro. Le había roto una costilla, y el tipo se había largado por la puerta de atrás mientras el resto estábamos liados. Los hombres de Noonan lo habían trincado en la consulta de un médico. El jefe no consiguió sacarle ninguna información y lo envió al hospital.

Me levanté y, cuando me disponía a salir, dije:

—Fue esa Brand la que me puso al tanto de todo esto. Por eso le pedí que la dejara al margen a ella y también a Rolff.

El jefe me cogió la mano izquierda por quinta o sexta vez en las dos últimas horas.

—Si me dice que hay que cuidar de ella, a mí me basta con eso —me aseguró—. Pero si esa chica ha tenido algo que ver en la detención de ese malnacido, puede decirle de mi parte que si alguna vez quiere algo, solo tiene que pedirlo.

Dije que se lo comentaría y me fui a mi hotel, pensando en la cama blanca y bien hecha. Pero ya eran casi las ocho y mi estómago reclamaba atención. Fui al comedor del hotel y me ocupé de ponerle remedio.

Luego un sillón de cuero me tentó a hacer un alto en el vestíbulo mientras me fumaba un puro. Eso me llevó a trabar conversación con un auditor ferroviario itinerante de Denver, con quien tenía un conocido en común en San Luis. Entonces se armó un revuelo de disparos en la calle.

Salimos a la puerta y dedujimos que el tiroteo era en las inmediaciones del ayuntamiento. Me deshice del auditor y fui en esa dirección.

Había recorrido dos tercios del trayecto cuando un automóvil vino calle abajo en dirección a mí, a toda velocidad, escupiendo disparos por detrás.

Reculé hacia la entrada de una bocacalle y saqué la pistola con sigilo. El coche llegó a mi altura y una farola de arco voltaico iluminó dos caras en los asientos delanteros del coche. La del conductor no me dijo nada. La parte superior de la del otro estaba oculta tras un sombrero calado. La parte inferior correspondía al Susurro.

En la acera de enfrente estaba la entrada a otra manzana de la calle donde me encontraba, con el extremo opuesto iluminado. Entre la luz y yo alguien se movió en el momento en que el coche del Susurro pasaba con un bramido. Ese alguien había salido de detrás de una sombra que parecía un cubo de basura para ocultarse detrás de otra igual.

Lo que me hizo olvidar al Susurro fue que las piernas de ese alguien parecían arqueadas.

Pasaron un montón de maderos a toda velocidad disparando plomo contra el primer coche.

Crucé la calle a saltos y enfilé la parte de la callejuela en la que había un tipo que podía tener las piernas arqueadas.

Si era el hombre que buscaba, cabía apostar a que no iba armado. Me arriesgué y me dirigí hacia el centro de la mugrienta callejuela, escrutando sombras con ojos, nariz y oídos.

Después de cubrir así tres cuartas partes de la manzana, una sombra se desgajó de otra sombra: un hombre que huía de mí atropelladamente.

—¡Alto ahí! —grité, pateando el suelo tras él—. Para o te meto un tiro, MacSwain.

Corrió media docena de zancadas más y se detuvo para volverse.

—Ah, eres tú —dijo, como si tuviera importancia quién lo llevase de vuelta a la trena.

—Sí —confesé—. ¿Qué hacéis todos dando tumbos por ahí?

—Yo no sé nada de eso. Alguien ha dinamitado el suelo del trullo. Me he descolgado por el agujero junto con todos los demás. Unos matones mantenían a raya a los polis. He llegado a las puertas traseras con un puñado de tipos. Luego nos hemos separado, y tenía pensado atajar por aquí y dirigirme hacia la montaña. No tenía nada que ver con el asunto. Me he apuntado cuando la han hecho saltar todo por los aires.

—Esta tarde han trincado al Susurro —le dije.

—¡Maldita sea! Entonces tiene que ser eso. Noonan debería haber imaginado que no podría tener enchironado a ese tío; en esta ciudad, no.

Estábamos plantados en la callejuela donde MacSwain había dejado de correr.

—¿Sabes por qué lo han trincado? —le pregunté.

—Ajá, por matar a Tim.

—¿Sabes quién mató a Tim?

—¿Qué? Claro, él.

—Lo mataste tú.

—¿Cómo? ¿Qué pasa? ¿Estás tarado?

—Tengo una pistola en la mano izquierda —le advertí.

—Pero, a ver, ¿no le dijo a la tía esa que había sido el Susurro? ¿Qué te pasa?

—No dijo «el Susurro». He oído a alguna que otra mujer llamar a Thaler Max pero nunca he oído a un hombre por aquí llamarle nada distinto de Susurro. Tim no dijo «Max». Lo que dijo fue «MacS», el comienzo de MacSwain, y murió antes de poder terminar. No te olvides de la pistola.

—¿Por qué iba a matarlo yo? Iba detrás de la chica del Susurro...

—Eso aún no lo he resuelto —reconocí—, pero vamos a ver: tu mujer y tú os habíais separado. Tim era un donjuán, ¿verdad? Igual eso tiene algo que ver. Tendré que investigarlo. Lo que me hizo pensar en ti fue que no intentaste sacarle más dinero a la chica.

—Ya está bien —suplicó—. Ya sabes que eso no tiene ni pies ni cabeza. ¿Por qué iba a quedarme allí después? Hubiera ido en busca de una coartada, igual que el Susurro.

—¿Por qué? Entonces eras de la poli. El mejor sitio para ti era allí mismo, para asegurarte de que todo fuera bien, para controlarlo en persona.

—Sabes muy bien que eso no se sostiene, maldita sea, no tiene sentido. Ya vale, por el amor de Dios.

—Me da igual lo estúpido que sea —dije—. Se lo plantearé a Noonan cuando volvamos. Lo más probable es que esté destrozado por la fuga del Susurro. Esto le hará olvidarlo.

MacSwain se puso de rodillas en la callejuela embarrada y gritó:

—¡Ay, Dios, no! Me mataría con sus propias manos.

—Levanta y deja de gritar —gruñí—. Ahora, ¿vas a dejarte de historias?

—Me mataría con sus propias manos —lloriqueó.

—Tú mismo. Si no quieres hablar, hablaré yo, con Noonan. Si te sinceras conmigo, haré lo que esté en mi mano por ti.

—¿Qué puedes hacer? —me preguntó con desesperación, y se puso a gimotear de nuevo—. ¿Cómo sé que intentarás hacer algo?

Me arriesgué a contarle algo que fuera cierto:

—Dijiste que tenías una corazonada sobre lo que hago aquí en Poisonville. Entonces deberías saber que tengo previsto mantener separados a Noonan y al Susurro. Dejar que Noonan crea que el Susurro mató a Tim hará que sigan enfrentados. Pero si no quieres seguirme el juego a mí, entonces, venga, vamos a jugar con Noonan.

—¿Quieres decir que no se lo contarás? —me preguntó, ansioso—. ¿Lo prometes?

—No te prometo nada —dije—. ¿Por qué iba a hacerlo? Te he pillado con los pantalones bajados. Puedes hablar conmigo o con Noonan. Y decídete pronto. No voy a seguir aquí toda la noche.

Decidió hablar conmigo.

—No sé cuánto sabes, pero el asunto fue como has dicho, mi mujer se enamoró de Tim. Eso fue lo que me llevó por el mal camino. Puedes preguntar a cualquiera si no era un buen tipo antes de aquello. Yo era así: lo que ella quería, yo quería que lo tuviera. Las más de las veces, me resultaba muy difícil conseguir lo que ella quería. Pero no podía comportarme de ninguna otra manera. Nos habría ido mucho mejor si hubiera podido, maldita sea. Así que dejé que se fuera e iniciara los trámites de divorcio, para que pudiera casarse con él, pensando que él tenía intención de hacerlo.

»Poco después empecé a oír que iba detrás de esa tal Myrtle Jennison. No podía permitirlo. Le había dado su oportunidad con Helen, con todas las de la ley. Ahora él le daba puerta por Myrtle. No pensaba tolerarlo. Helen no era ninguna golfa. Pero fue una casualidad que me topara con él en el lago aquella noche. Cuando lo vi bajar hacia las pérgolas me fui tras él. Me pareció un lugar tranquilo para encararme con él.

»Supongo que los dos íbamos bebidos. Sea como sea, nos calentamos y llegamos a las manos. Cuando la cosa se puso demasiado caliente para él, sacó la pipa. Era un rajado. Se la cogí, y en el forcejeo se disparó. Juro por Dios que no lo maté sino que fue eso lo que ocurrió. Se disparó cuando la teníamos agarrada los dos. Me largué hacia unos arbustos, pero cuando llegué allí oí que gemía y hablaba. Venía gente, una chica bajaba a todo correr desde el hotel, esa Myrtle Jennison.

»Quería volver y oír lo que estaba diciendo Tim, para saber a qué atenerme, pero no me parecía conveniente ser el primero. Así que tuve que esperar a que llegara hasta él la chica, sin dejar de prestar oídos a su parloteo, aunque estaba muy lejos para entender lo que decía. Cuando llegó la chica, eché correr y me uní a ellos justo en el momento en que moría intentando decir mi nombre.

»No se me ocurrió que pudiera pasar por el nombre del Susurro hasta que ella me planteó lo de la nota de suicidio, los doscientos y el pedrusco. Yo me había quedado por allí para encauzar el caso, porque entonces era de la policía, y saber a qué atenerme. Entonces ella me propuso aquello y vi que estaba salvado. Y así fueron las cosas hasta que empezaste a removerlas otra vez.

Chapoteó levemente en el barro y añadió:

—A la semana siguiente mi mujer murió; fue un accidente. Ajá, un accidente. Estampó el Ford directamente contra el n.º 6 donde baja la larga pendiente desde Tanner y allí se quedó.

—¿El lago Mock está en este condado? —le pregunté.

—No, en el condado de Boulder.

—Eso queda fuera de la jurisdicción de Noonan. ¿Y si te llevo allí y te dejo en manos del sheriff?

—No. Es el yerno del senador Keefer, Tom Cook. Sería lo mismo que estar aquí. Noonan podría llegar hasta mí a través de Keefer.

—Si todo fue como dices, tienes al menos un cincuenta por ciento de probabilidades de salir bien parado ante los tribunales.

—No me darán esa oportunidad. Me habría entregado si hubiera la menor posibilidad de que se hiciera justicia, pero con ellos, imposible.

—Vamos a volver a comisaría —le dije—. Ten la boca cerrada.

Noonan anadeaba de aquí para allá por el despacho, increpando a media docena de maderos que estaban allí plantados, aunque hubieran preferido estar en cualquier otro lugar.

—He encontrado esto vagando por ahí —dije, e hice entrar de un empujón a MacSwain.

Noonan tumbó al exdetective de un puñetazo, lo pateó y le dijo a uno de los polis que se lo llevara.

Alguien llamó a Noonan por teléfono. Yo me largué sin dar las buenas noches y fui de regreso al hotel.

Hacia el norte se oyeron unos disparos.

Me crucé con un grupo de tres hombres de mirada furtiva que caminaban casi de puntillas.

Un poco más adelante, otro tipo se apartó hasta el bordillo de la acera para dejarme sitio suficiente para pasar. No lo conocía y supuse que él no me conocía a mí.

No muy lejos sonó un disparo.

Cuando llegaba al hotel, un turismo negro desvencijado pasó calle abajo por lo menos a setenta y cinco por hora, lleno a rebosar de hombres.

Se me escapó una sonrisa burlona a su paso. Poisonville empezaba a hervir bajo la tapa de la olla, y hasta tal punto me sentía como uno de los habitantes de la ciudad que ni siquiera el recuerdo de la parte tan ingrata que me correspondía en ese hervor me impidió dormir doce horas a pierna suelta.

15
LA POSADA DE CEDAR HILL

Mickey Linehan se sirvió del teléfono para despertarme poco después de mediodía.

—Ya estamos aquí —me dijo—. ¿Dónde está el comité de bienvenida?

—Probablemente habrán parado a coger una soga. Dejad el equipaje y venid al hotel. Habitación 537. No anunciéis vuestra presencia.

Ya estaba vestido cuando llegaron.

Mickey Linehan era un tiarrón de aspecto dejado con los hombros caídos y un cuerpo informe que parecía a punto de descabalarse por las articulaciones. Las orejas le sobresalían igual que unas alas rojas, y su cara redonda solía lucir la mueca inexpresiva de un imbécil. Parecía un cómico, y lo era.

Dick Foley era un canadiense aniñado de rostro avispado e irritable. Llevaba tacones gruesos para parecer más alto, se perfumaba los pañuelos y ahorraba todas las palabras que podía.

Eran buenos agentes, los dos.

—¿Qué os dijo el Viejo sobre el trabajo? —les pregunté, una vez acomodados en nuestros asientos.

El Viejo era el director de la sucursal de la Continental en San Francisco. También se le conocía como Poncio Pilatos, porque cuando nos enviaba a la crucifixión en misiones suicidas lo hacía con una agradable sonrisa. Era un anciano amable y educado que albergaba tan poca cordialidad como la soga de un verdugo. Los listillos de la agencia decían que era capaz de escupir carámbanos en pleno julio.

—No parecía saber mucho al respecto —dijo Mickey—, salvo que habías enviado un cable pidiendo ayuda. Dijo que llevaba un par de días sin recibir informes tuyos.

—Es probable que tenga que esperar un par más. ¿Sabéis algo sobre Personville?

Dick negó con la cabeza. Mickey dijo:

—Solo que hay quien la llama Poisonville, y lo dice en serio.

Les conté lo que sabía y lo que había hecho. El timbre del teléfono interrumpió mi relato cuando iba por el último cuarto.

La voz perezosa de Dinah Brand:

—¡Hola! ¿Qué tal la muñeca?

—No es más que un rasguño. ¿Qué te parece lo de la fuga?

—No es culpa mía —dijo—. Yo cumplí con mi parte. Si Noonan no fue capaz de tenerlo a buen recaudo, peor para él. Esta tarde voy a ir al centro a comprarme un sombrero. He pensado que podía pasarme por allí y verte un par de minutos, si vas a estar.

—¿A qué hora?

—Ah, hacia las tres.

—De acuerdo, te espero, y tendré preparados los doscientos dólares y diez centavos que te debo.

—Más te vale —dijo—. Por eso voy. Adiós.

Volví a mi asiento y mi historia.

Cuando terminé, Mickey Linehan soltó un silbido y dijo:

—No me extraña que te dé miedo enviar informes. El Viejo no haría gran cosa si se enterara de lo que has estado haciendo, ¿o qué?

—Si todo sale tal como quiero, no tendré que informar de todos los detalles inquietantes —dije—. Está muy bien eso de que la Agencia tenga normativas y reglas, pero cuando estás trabajando en un caso tienes que hacerlo como mejor puedas. Y cualquiera que venga a Poisonville cargado de ética se encontrará con que se le queda oxidada. De todas maneras, un informe no es lugar para los detalles sucios, y no quiero que enviéis nada por escrito a San Francisco sin dejarme leerlo antes, ¿de acuerdo, pájaros?

—¿Qué clase de delitos tienes pensado hacernos cometer? —preguntó Mickey.

—Quiero que tú te encares con Pete el Finlandés. Dick se encargará de Lew Yard. Tendréis que montároslo como me lo he estado montando yo: hacer lo que podáis cuando podáis. Me da el pálpito de que esos dos procurarán convencer a Noonan de que deje tranquilo al Susurro. No sé qué hará él. Es un tipo retorcido y está empeñado en vengar la muerte de su hermano.

—Después de ocuparme de ese tal Finlandés —dijo Mickey—, ¿qué hago con él? No quiero alardear de lo bobo que soy, pero este caso me resulta más o menos tan claro como la astronomía. Lo entiendo todo menos lo que has hecho y por qué, y lo que intentas hacer ahora y cómo.

—Puedes empezar por seguirle los pasos. Necesito una cuña para enemistar a Pete y Yard, Yard y Noonan, Pete y Noonan, Pete y Thaler o Yard y Thaler. Si conseguimos alborotar las cosas lo suficiente, cargarnos la intriga, se acuchillarán por la espalda y nos harán el trabajo. El enfrentamiento entre Thaler y Noonan ya es un comienzo, pero se nos vendrá abajo si no lo alimentamos.

»Podría conseguir por medio de Dinah Brand más información sobre toda la pandilla. Pero no tiene sentido llevar a nadie ante la justicia, al margen de lo que tengamos sobre ellos. Tienen a los tribunales en el bolsillo, y, además, esos tribunales son muy lentos para lo que nos interesa. Me he involucrado en algo, y en cuanto el Viejo se lo huela, y San Francisco no está lo bastante lejos para eludir su olfato, va a colgarse del teléfono para pedirme explicaciones. Necesito resultados bajo los que ocultar los detalles. Así que de nada me sirven las pruebas. Lo que necesitamos es dinamita.

—¿Y qué hay de nuestro respetado cliente, el señor Elihu Willsson? —preguntó Mickey—. ¿Qué tienes previsto hacer con él, o hacerle a él?

—Es posible que lo arruine, o tal vez lo apriete para que nos respalde. Tanto da. Más vale que te alojes en el Hotel Person, y que Dick vaya al National. Manteneos alejados, y, si queréis evitar que me despidan, resolved el caso antes de que el Viejo caiga en la cuenta de lo que pasa. Más vale que anotéis esto.

Les facilité el nombre, la descripción, y la dirección cuando la tenía, de Elihu Willsson; Stanley Lewis, su secretario; Dinah Brand; Dan Rolff; Noonan; Max Thaler, alias el Susurro; su mano derecha, Jerry, el tipo sin barbilla; la señora de Donald Willsson; la hija de Lewis, que había sido secretaria de Donald Willsson; y Bill Quint, el exnovio extremista de Dinah.

—Ahora, manos a la obra —dije—. Y no os engañéis pensando que en Poisonville hay otra ley que la que uno dicta por sí mismo.

Mickey comentó que me sorprendería saber de cuántas leyes era capaz de prescindir. Dick dijo: «Hasta pronto», y se marcharon.

Después de desayunar fui al ayuntamiento.

Los ojos verdosos de Noonan estaban llorosos, como si no hubiera dormido, y la cara había perdido parte de su color. Me sacudió la mano arriba y abajo con su entusiasmo de siempre, y tanto su voz como su actitud demostraron la habitual carga de cordialidad.

—¿Alguna pista sobre el Susurro? —le pregunté después de tanto saludo efusivo.

—Creo que tengo algo. —Miró el reloj de pared y luego el teléfono—. Espero noticias en cualquier momento. Siéntese.

—¿Quién más se fugó?

—Jerry Hooper y Tony Agosti son los únicos que siguen por ahí. Cogimos a los demás. Jerry es la mano derecha del Susurro, y el italiano es uno de sus hombres. Es el imbécil que acuchilló a Ike Bush la noche del combate de boxeo.

—¿Hay alguien más de la banda del Susurro en chirona?

—No. Solo teníamos a esos tres, sin contar a Buck Wallace, el tipo del que dio cuenta usted. Está en el hospital.

El jefe volvió a mirar el reloj de pared, y luego el de pulsera. Eran exactamente las dos en punto. Se volvió hacia el teléfono. Sonó. Lo cogió y dijo:

—Noonan al aparato... Sí... Sí... Sí... De acuerdo.

Apartó el teléfono e interpretó una melodía sobre la hilera de botones de nácar encima de su mesa. El despacho se llenó de polis.

—La posada de Cedar Hill —dijo—. Tú sígueme con tu destacamento, Bates. Terry, sal a toda velocidad por Broadway y ataca ese antro por la retaguardia. Por el camino, recoge a los chicos que están encargados del tráfico. Es probable que necesitemos tantos hombres como podamos reunir. Duffy, llévate a los tuyos por Union Street y toma la antigua carretera de la mina. McGraw se quedará a cargo de la comisaría. Ponte en contacto con todos los que puedas y que nos sigan. ¡Venga! —Cogió el sombrero y cuando salía tras ellos me gritó volviendo la cabeza por encima del hombro seboso—. Venga, hombre, ahora entramos a matar.

Lo seguí hasta el garaje de la comisaría, donde bramaban los motores de media docena de vehículos. El jefe se sentó al lado de su conductor. Yo me senté detrás con cuatro detectives.

Más hombres se montaron en tropel en otros coches. Sacaron las metralletas de sus fundas. Se distribuyeron rifles y armas antidisturbios a brazadas, así como cajas de munición.

El coche del jefe fue el primero en salir, dando una sacudida que resonó en nuestras dentaduras como un martillazo. Estuvimos a un par de centímetros de llevarnos por delante la puerta del garaje, perseguimos en diagonal por la acera a un par de viandantes, rebotamos en el bordillo, esquivamos una camioneta por tan escaso margen como la puerta y enfilamos King Street a toda velocidad con la sirena a todo volumen.

Automóviles nerviosos se apartaban veloces a derecha e izquierda, sin hacer caso de las normas de tráfico, para dejarnos paso. Fue de lo más divertido.

Volví la vista y vi otro coche de policía que venía detrás y un tercero que giraba hacia Broadway. Noonan, que mascaba un puro frío, le dijo al conductor:

—Métele gas, Pat.

Pat nos hizo esquivar el cupé de una mujer aterrada, nos llevó por un hueco entre el tranvía y la furgoneta de una lavandería —una rendija tan estrecha que no podríamos haber pasado de no ser porque el coche llevaba una capa de esmalte bien pulida— y dijo:

—Vale, pero los frenos no van muy bien.

—Estupendo —comentó el sabueso de bigote entrecano a mi izquierda. No me pareció sincero.

Una vez fuera del centro de la ciudad no había mucho tráfico que nos molestase, pero la calzada era más accidentada. Fue una buena media hora de camino en la que todo el mundo tuvo oportunidad de ir a parar de una sacudida al regazo de algún otro. Los últimos diez minutos los hicimos por una carretera desigual con las suficientes cuestas para evitar que olvidáramos lo que había dicho Pat de los frenos.

Fuimos a parar a una entrada coronada por un desvencijado anuncio luminoso en el que ponía «Posada de Cedar Hill» antes de que hubiera perdido las bombillas. El hostal, unos seis metros más allá de la entrada, era un edificio achaparrado de madera pintado de un verde mohoso y rodeado en buena medida de basura. La puerta principal y las ventanas estaban cerradas, impasibles.

Nos apeamos del coche a imitación de Noonan. El vehículo que venía siguiéndonos asomó a la vuelta de una curva de la carretera, se deslizó hasta detenerse al lado del nuestro y se deshizo de su cargamento de hombres y armas.

Noonan ordenó esto y lo de más allá.

Un trío de polis rodearon cada lateral del edificio. Otros tres, incluido uno armado con una ametralladora, se quedaron a la entrada. El resto entramos por el terreno sembrado de latas, botellas y periódicos viejos hasta la fachada del edificio.

El detective de bigote gris que iba sentado en el coche a mi lado llevaba un hacha roja. Subimos al porche.

Por debajo del alféizar de una ventana brotó ruido y fuego.

El detective de bigote gris se desplomó, cubriendo el hacha con su cadáver.

Los demás nos fuimos a toda prisa.

Corrí con Noonan. Nos escondimos en la cuneta de la carretera por el lado de la posada. Era lo bastante profunda, y lo bastante escarpada, para que pudiéramos estar casi de pie sin convertirnos en blanco fácil.

El jefe estaba alborotado.

—¡Vaya suerte! —dijo con alegría—. ¡Está aquí, Dios santo, está aquí!

—El disparo se ha hecho desde debajo del alféizar —señalé—. No está mal la treta.

—Pues vamos a fastidiársela —dijo en tono animado—. Vamos a dejar este antro como un colador. Duffy ya debería de estar llegando por la otra carretera y a Terry Shane no pueden faltarle más de unos minutos. ¡Eh, Donner! —llamó a un hombre que se asomaba por detrás de una roca—. Vete por detrás y diles a Duffy y a Shane que empiecen a acercarse al edificio en cuanto lleguen y que disparen con todo lo que tengan. ¿Dónde está Kimble?

El vigía indicó con un gesto del pulgar un árbol a su espalda. Solo veíamos la copa desde nuestra zanja.

—Dile que prepare la taladradora y empiece a meterle caña —ordenó Noonan—. Abajo, por la parte delantera, tendría que ser igual que cortar queso.

El vigía desapareció.

Noonan iba de aquí para allá por la cuneta, se arriesgaba a asomar la mollera de vez en cuando para otear y de tanto en tanto gritaba o hacía gestos a sus hombres.

Regresó, se acuclilló a mi lado, me dio un puro y se encendió otro.

—Estamos preparados —dijo con satisfacción—. El Susurro no tendrá la menor oportunidad. Está apañado.

La ametralladora junto al árbol hizo ocho o diez disparos, sincopados, a modo de prueba. Noonan sonrió burlón y dejó que escapara de su boca un aro de humo. La ametralladora puso manos a la obra, arrojando metal como la atareada fábrica de muerte en miniatura que era. Noonan lanzó otro aro de humo y dijo:

—Eso sí que dará resultado.

Convine en que así debía ser. Nos apoyamos en el repecho de arcilla y fumamos mientras, algo más lejos, otra ametralladora se ponía en funcionamiento, y luego una tercera. De manera irregular fueron sumándose rifles, pistolas y escopetas. Noonan asintió con gesto de aprobación.

—Cinco minutos así y sabrá que esto es un infierno.

Transcurridos los cinco minutos sugerí que fuéramos a echar un vistazo a los restos. Lo empujé para ayudarle a salir de la zanja y subí tras él.

La posada ofrecía un aspecto tan desolado y vacío como antes, pero parecía más destartalada. No salían disparos de allí. Bastantes estaban entrando ya.

—¿Qué le parece? —preguntó Noonan.

—Si hay sótano, podría quedar algún ratón vivo.

—Bueno, ya nos los cargaremos luego.

Sacó un silbato del bolsillo y armó un buen barullo. Agitó los brazos rollizos y los disparos empezaron a menguar. Tuvimos que esperar a que corriera la voz en torno a la casa.

Luego tiramos la puerta abajo.

La primera planta estaba cubierta hasta la altura de los tobillos de alcohol que aún caía a borbotones por los agujeros en las cajas y barriles amontonados que llenaban la mayor parte de la casa.

Medio ebrios debido a los vapores de la bebida derramada, estuvimos chapoteando por allí hasta que encontramos cuatro cuerpos muertos y ninguno vivo. Los cuatro pertenecían a tipos morenos de aspecto extranjero con ropa de trabajador. Dos de ellos estaban prácticamente hechos trizas a balazos.

Noonan dijo:

—Vamos a dejarlos aquí, venga.

Su voz sonó animada, pero a la luz de la linterna le vi los ojos rodeados por un halo blanco de miedo.

Nos alegramos de salir de allí, aunque me demoré lo bastante para embolsarme una botella intacta con la etiqueta Dewar.

Un poli vestido de caqui se apeaba a trompicones de una moto a la entrada. Nos gritó:

—¡Han atracado el First National Bank!

Noonan se puso a maldecir como un loco y berreó:

—¡Nos la ha jugado, maldito sea! Vamos a la ciudad, todo el mundo.

Todos salvo los que habíamos venido con el jefe echaron a correr hacia sus vehículos. Dos se llevaron al detective muerto.

Noonan me miró por el rabillo del ojo y dijo:

—Estamos en un buen aprieto. Esto no tiene ninguna gracia.

—Bueno... —dije.

Me encogí de hombros y me fui hacia su coche, donde el conductor ya estaba al volante. Me quedé de espaldas a la casa, hablando con Pat. No recuerdo de qué charlamos. Poco después se sumaron a nosotros Noonan y los otros detectives.

Apenas asomaba una llamita por la puerta abierta de la posada cuando tomamos la curva de la carretera y la perdimos de vista.

16
SALE JERRY

Había una muchedumbre en torno al First National Bank. Nos abrimos paso hasta la puerta, donde encontramos a McGraw con cara de pocos amigos.

—Eran seis, enmascarados —le informó al jefe cuando entrábamos—. Han cometido el atraco hacia las dos y media. Cinco han conseguido huir con la pasta. El vigilante ha abatido a uno, Jerry Hooper. Está en ese banco, tieso. Hemos cortado las carreteras y he telegrafiado a todas partes, por si no es ya muy tarde. Los han visto por última vez al doblar la esquina de King Street, en un Lincoln negro.

Fuimos a echar un vistazo a Jerry, que yacía muerto en uno de los bancos del vestíbulo cubierto con un abrigo marrón. La bala le había entrado por debajo del omoplato izquierdo.

El vigilante del banco, un viejo zoquete de aspecto inofensivo, sacó pecho y nos lo contó:

—Al principio no ha habido ocasión de hacer nada. Estaban dentro antes de que se diera cuenta nadie. Y hay que ver la prisa que se han dado. Han recorrido las ventanillas una por una, venga a recogerlo todo. Entonces no he tenido oportunidad de hacer nada. Pero me digo: «Muy bien, chavales, ahora lo tenéis todo de cara, pero a ver qué pasa cuando intentéis salir».

»Y he cumplido mi palabra, pueden creerlo. Salgo por la puerta detrás de ellos y me lío a tiros con mi vieja arma. He alcanzado a ese tipo justo cuando se montaba en el coche. Seguro que me habría llevado por delante a algún otro si llego a tener más munición, porque es muy difícil disparar así, plantado en la...

Noonan atajó el monólogo del viejo tarugo palmeándole la espalda hasta dejarlo sin aire, al tiempo que le decía:

—Eso está muy bien, desde luego. Eso está muy bien, desde luego.

McGraw volvió a cubrirle la cabeza al muerto con el abrigo y gruñó:

—Nadie puede identificar a nadie. Pero si está Jerry en el ajo, seguro que el lío lo ha montado el Susurro.

El jefe asintió con gesto alegre y dijo:

—Lo dejo en tus manos, Mac. ¿Va a hurgar por ahí, o viene al ayuntamiento conmigo? —me preguntó.

—Ni una cosa ni otra. Tengo una cita y quiero ponerme unos zapatos secos.

El pequeño Marmon de Dinah Brand estaba delante del hotel. No la vi. Subí a mi habitación y no eché la llave. Me había quitado el sombrero y el abrigo cuando entró sin llamar.

—Dios mío, cómo apesta a alcohol esta habitación —exclamó.

—Son los zapatos. Noonan me ha llevado a chapotear en ron.

Cruzó hasta la ventana, la abrió, se sentó en el alféizar y preguntó:

—¿A qué ha venido eso?

—Creía que iba a encontrar a tu Max en un antro que se llama la posada de Cedar Hill. Así que hemos ido allí, hemos acribillado el garito, nos hemos cargado a unos puñeteros italianos, hemos derramado litros y litros de alcohol y le hemos prendido fuego al local.

—¿La posada de Cedar Hill? Pensaba que llevaba más de un año cerrada.

—Eso parecía, pero alguien la utilizaba de almacén.

—¿No habéis encontrado a Max? —preguntó.

—Por lo visto, mientras estábamos allí han atracado el First National Bank de Elihu.

—Eso lo he visto yo —dijo—. Acababa de salir de Bengren’s, una tienda a un par de puertas de allí. Me he montado en el coche y entonces he visto a un tipo enorme que salía de espaldas del banco con un saco y una pistola; llevaba la cara tapada con un pañuelo negro.

—¿Estaba con ellos Max?

—No, ¿cómo iba a estar? Siempre envía a Jerry y a sus chicos. Para eso los tiene. Jerry sí estaba. Lo he reconocido en cuanto se ha bajado del coche, a pesar del pañuelo negro. Todos lo llevaban negro. Han salido cuatro del banco y han bajado corriendo hacia el coche junto al bordillo. Jerry y otro tipo estaban en el coche. Cuando venían los cuatro por la acera, Jerry se ha bajado de un salto y ha salido a su encuentro. Entonces han empezado los disparos y Jerry ha caído. Los demás se han subido al carro y se han largado. ¿Qué hay de la pasta que me debes?

Conté diez billetes de veinte dólares y una moneda de diez centavos. Se apartó de la ventana para venir a por ellos.

—Eso por entretener a Dan para que pudieras echarle el guante a Max —dijo una vez se hubo guardado el dinero en el bolso—. ¿Y qué hay de lo que iba a llevarme por indicarte dónde podías hallar pruebas de que se cargó a Tim Noonan?

—Tendrás que esperar a que lo acusen. ¿Cómo sé que esa información es buena?

Frunció el ceño y preguntó:

—¿Qué haces con todo el dinero que no gastas? —Se le iluminó la cara—: ¿Sabes dónde está Max en estos momentos?

—No.

—¿Cuánto pagarías por saberlo?

—Nada.

—Te lo digo por cien pavos.

—No querría aprovecharme de ti.

—Te lo digo por cincuenta pavos.

Negué con la cabeza.

—Veinticinco.

—No tengo interés en él —dije—. Me trae sin cuidado dónde esté. ¿Por qué no le vendes esa información a Noonan?

—Sí, y luego tendría que intentar cobrársela. ¿Solo usas el alcohol para perfumarte, o dejas algo para beber?

—Aquí tengo una botella, se supone que de Dewar, que he cogido en Cedar Hills esta tarde. En la maleta hay una botella de King George. ¿Qué prefieres?

Votó por el King George. Echamos un trago cada uno, solo, y dije:

—Ponte cómoda y entretente con esto mientras me cambio de ropa.

Cuando salí del cuarto de baño veinticinco minutos después estaba sentada al escritorio, fumando un pitillo y estudiando una libreta de apuntes que guardaba en un bolsillo lateral de mi maleta de cuero.

—Supongo que estos son los gastos que has incluido en tu minuta en otros casos —dijo sin levantar la vista—. Te aseguro que no entiendo por qué no puedes mostrarte más generoso conmigo, maldita sea. Mira, aquí hay una entrada por seiscientos dólares en la que se indica «Info.». Eso es información que le compraste a alguien, ¿no? Y debajo hay otra por ciento cincuenta, «Remate», vete a saber qué es eso. Y aquí hay otro día en el que gastaste casi mil dólares.

—Deben de ser números de teléfono —repuse mientras le arrebataba la libreta—. ¿A ti dónde te educaron? ¡A quién se le ocurre registrarme el equipaje!

—Me educaron en un convento —dijo—. Me llevé el premio por buen comportamiento todos y cada uno de los años que estuve allí. Creía que las niñas que se ponían más azúcar de la cuenta en el chocolate iban al infierno por gula. Ni siquiera estaba enterada de que existiera la blasfemia hasta los dieciocho años. La primera vez que oí a alguien maldecir casi me desmayo. —Escupió en la alfombra, justo delante, echó la silla hacia atrás, cruzó los pies encima de la cama y me preguntó—: ¿Qué te parece?

Le quité los pies de la cama y dije:

—Yo me crie en una taberna de los muelles. No vuelvas a ensalivarme el suelo o te saco de aquí a rastras por el cuello.

—Antes vamos a tomar otro trago. Oye, ¿qué me das por información confidencial sobre cómo los chicos no perdieron un centavo en la construcción del ayuntamiento, la que figuraba en los documentos que le vendí a Donald Willsson?

—Así no vas a convencerme. Inténtalo con otra cosa.

—¿Qué tal los motivos de que la primera señora de Lew Yard fuera ingresada en el manicomio?

—No.

—King, nuestro sheriff, tenía deudas por valor de ocho mil dólares hace cuatro años, y es ahora propietario de más manzanas de edificios de oficinas en el centro de las que puedes imaginar. Todo eso no te lo puedo explicar con detalle, pero sí indicarte dónde averiguarlo.

—Tú sigue intentándolo —la animé.

—No. No quieres comprar nada. Confías en conseguir algo a cambio de nada. No está mal este whisky escocés. ¿De dónde lo has sacado?

—Lo traje de San Francisco.

—¿Cómo es que no estás interesado en la información que te ofrezco? ¿Te parece que puedes obtenerla más barata?

—Ahora esa clase de información no me sirve de gran cosa. Tengo que actuar deprisa. Me hace falta dinamita, algo que los haga saltar por los aires.

Se echó a reír y se levantó de un brinco con los ojos de pronto brillantes.

—Tengo una tarjeta de Lew Yard. Supón que le enviamos a Pete la botella de Dewar que mangaste acompañada de la tarjeta. ¿No lo tomaría como una declaración de guerra? Si Cedar Hill era un almacén clandestino de alcohol, seguro que era propiedad de Pete. Al recibir la botella con la tarjeta de Lew, ¿no te parece que llegaría a la conclusión de que Noonan arrasó el antro siguiendo órdenes?

Lo sopesé y dije:

—Eso es muy poco sutil. No se lo tragaría. Además, prefiero que Pete y Lew estén aliados contra el jefe en estos momentos.

Hizo pucheros y dijo:

—Te crees muy listo. Lo que pasa es que es difícil congeniar contigo. ¿Me llevas a dar una vuelta esta noche? Tengo un vestido nuevo que los dejará bizcos.

—Vale.

—Ven a recogerme a eso de las ocho.

Me dio una palmadita en la mejilla con una mano cálida, dijo «Adiós» y salió por la puerta cuando sonó el teléfono.

—Mi pavo y el de Dick están juntos en la choza de tu cliente —me informó Mickey Linehan por teléfono—. El mío anda más atareado que una puta con dos camas, aunque aún no sé qué se trae entre manos. ¿Alguna novedad?

Dije que no había nada y me tumbé al sesgo en la cama para reunirme conmigo mismo e intentar dilucidar qué consecuencias tendría el ataque de Noonan contra la posada de Cedar Hill y el atraco al First National Bank perpetrado por el Susurro. Cuánto habría dado por oír lo que estarían diciendo en casa del viejo Elihu, este, Pete el Finlandés y Lew Yard. Pero no tenía ese talento, y nunca se me había dado muy bien la adivinación, así que después de devanarme los sesos durante media hora dejé de atormentarme y eché un sueño.

Eran casi las siete cuando desperté de la siesta. Me lavé, me vestí, llené los bolsillos con una pistola y una petaca de medio litro de whisky y me fui camino de casa de Dinah.

17
RENO

Me hizo pasar a la sala, retrocedió un poco, giró sobre sí misma y me preguntó si me gustaba el vestido nuevo. Le dije que me gustaba. Me explicó que era de color beige rosado y que los ribetes en el costado eran qué sé yo, y al final dijo:

—¿De verdad crees que estoy guapa?

—Tú siempre estás guapa —dije—. Lew Yard y Pete el Finlandés han ido a visitar al viejo Elihu esta tarde.

Me dirigió una mueca y dijo:

—Mi vestido te importa un carajo. ¿Qué hacían allí?

—Reunirse en asamblea, supongo.

Me miró entre las pestañas y preguntó:

—¿De verdad no sabes el paradero de Max?

Entonces lo supe. No tenía sentido reconocer que no lo había sabido desde el principio. Dije:

—En casa de Willsson, probablemente, pero no me importaba lo suficiente para comprobarlo.

—Vaya tontería por tu parte. Tiene razones para que no le caigamos bien ni tú ni yo. Hazle caso a mami y tríncalo pronto, si quieres seguir con vida y que también siga con vida mami.

Reí y dije:

—No sabes lo peor. Max no mató al hermano de Noonan. Tim no dijo «Max». Intentó decir «MacSwain» y se murió antes de terminar.

Me cogió por los hombros e intentó zarandear mis ochenta y seis kilos. Casi tenía la fuerza suficiente para conseguirlo.

—¡Maldito seas! —Noté su aliento caliente en la cara. Tenía el rostro tan blanco como los dientes. El carmín provocaba un fuerte contraste, como si llevara etiquetas rojas en la boca y las mejillas—. Si le has tendido una trampa y me has hecho incriminarlo, tienes que matarlo, ya mismo.

No me gusta que me mangoneen, ni siquiera chicas que parecen algún ser mitológico cuando están alteradas. Le aparté las manos de mis hombros y dije:

—Deja de lloriquear. Aún estás viva.

—Sí, aún. Pero conozco a Max mejor que tú. Sé las probabilidades que tiene de seguir mucho tiempo con vida cualquiera que le tienda una trampa para incriminarlo. Ya sería bastante malo si lo hubiéramos pillado de verdad, pero...

—No armes jaleo. Yo he incriminado a cantidad de gente y no me ha ocurrido nada. Coge el sombrero y el abrigo y vamos a comer algo. Te sentirás mejor.

—Estás loco si crees que voy a salir. No con ese...

—Ya vale, guapa. Si tan peligroso es, hay tantas probabilidades de que te pille aquí como en cualquier otra parte. ¿Qué más da?

—Pues... ¿Sabes lo que vas a hacer? Vas a quedarte aquí hasta que Max ya no sea un estorbo. Es culpa tuya y tienes que cuidar de mí. Ni siquiera puedo contar con Dan. Está en el hospital.

—No puedo —dije—. Tengo trabajo. Estás alterada sin motivo. Probablemente Max se ha olvidado de ti a estas alturas. Coge el sombrero y el abrigo. Me muero de hambre.

Volvió a acercarme la cara y me dio la impresión de que sus ojos habían encontrado algo terrible en los míos.

—¡Qué canalla eres! Te importa un carajo lo que me pase. Me usas como usas a los demás: soy la dinamita que querías. Yo confié en ti.

—Eres dinamita, desde luego, pero lo demás es una tontería. Se te ve mucho más guapa cuando estás feliz. Tienes las facciones marcadas. La ira les da un aspecto abiertamente brutal. Me muero de hambre, cielo.

—Pues vas a comer aquí —contestó—. No vas a conseguir que salga después de anochecer.

Iba en serio. Cambió el vestido beige rosado por un delantal e hizo inventario de lo que había en la nevera: patatas, lechuga, sopa enlatada y media tarta de frutas. Salí y compré un par de bistecs, panecillos, espárragos y tomates.

A mi regreso estaba combinando ginebra, vermú y licor amargo de naranja en una coctelera de casi un litro, sin dejar mucho espacio para removerlos.

—¿Has visto algo? —me preguntó.

Le lancé una mirada desdeñosa en plan de broma. Llevamos los cócteles al comedor y estuvimos brindando mientras se hacía la carne. Las copas la animaron un montón. Para cuando nos sentamos a comer casi había olvidado el miedo. No era muy buena cocinera, pero comimos como si lo fuese.

Rematamos la cena con un par de ginebras con ginger-ale.

Decidió que quería salir por ahí y hacer algo. Ningún enano asqueroso iba a hacer que se quedase encerrada, porque había sido más legal que nadie con él hasta que se cabreó por nada, y si no le gustó lo que hizo, podía irse a trepar un árbol o tirarse a un lago, y nos íbamos a ir al Silver Arrow, que era donde antes tenía intención de llevarme, porque le había prometido a Reno que iría a su fiesta, y como hay Dios que iba a ir, y cualquiera que creyese lo contrario estaba loco de atar, y que qué pensaba yo de aquello.

—¿Quién es Reno? —le pregunté mientras se ajustaba más el delantal tirando de los cordeles en la dirección equivocada.

—Reno Starkey. Seguro que te cae bien. Es un tipo legal. Le prometí que pasaría por su fiesta y eso es lo que voy a hacer.

—¿Y qué celebra?

—¿Qué demonios pasa con este puñetero delantal? Lo soltaron esta tarde.

—Date la vuelta y te deshago el nudo. ¿Por qué estaba en la cárcel? Estate quieta.

—Por reventar una caja fuerte hace seis o siete meses; la de Turlock, el joyero. Reno, Put Collings, Blackie Whalen, Hank O’Marra y un tipejo cojo al que llaman el Paso y medio. Contaban con la protección de Lew Yard, pero los detectives de la asociación de joyeros les colgaron el trabajo la semana pasada. Así que Noonan tuvo que cumplir con las formalidades. No tiene mayor importancia. Saldrán bajo fianza esta tarde a las cinco y es lo último que se sabrá del asunto. Reno ya está acostumbrado. Ha salido bajo fianza por otros tres chanchullos. ¿Qué tal si preparas otro cóctel mientras yo me meto en ese vestido?

El Silver Arrow estaba a medio camino entre Personville y el lago Mock.

—No es un mal tugurio —me dijo Dinah mientras nos llevaba hacia allá su pequeño Marmon—. Polly De Voto es una tía legal y todo lo que vende es bueno, menos el bourbon, quizá. Siempre tiene un regustillo como si lo hubieran sacado de un cadáver. Seguro que te cae bien. Aquí puedes hacer lo que te venga en gana siempre y cuando no metas bulla. No soporta el ruido. Ahí está. ¿Ves las luces rojas y azules detrás de los árboles?

Salimos del bosque y vimos el garito, una gran edificación que imitaba un castillo con abundante iluminación eléctrica al lado de la carretera.

—¿Qué quieres decir con que no soporta el ruido? —le pregunté al oír un coro de pistolas que entonaba su «pum pum pum».

—Ahí pasa algo —masculló la chica, que detuvo el coche.

Salieron por la puerta principal del garito dos hombres que llevaban a rastras a una mujer y se perdieron en la oscuridad. Un tipo salió a la carrera por una puerta lateral y se alejó. Las armas seguían con su canción. No vi ningún destello.

Otro hombre salió a todo correr y se esfumó hacia la parte de atrás.

Un tipo asomó parte del cuerpo por una ventana de la segunda planta con una pistola negra en la mano.

Dinah dejó escapar un brusco soplido.

Desde un seto junto a la carretera, un fogonazo naranja señaló brevemente al hombre de la ventana. Su arma destelló en sentido descendente. Se asomó más aún. No brotó del seto ningún otro fogonazo.

El hombre de la ventana pasó una pierna por encima del alféizar, se agachó, quedó colgando de las manos y se dejó caer.

Nuestro coche avanzó con una sacudida. Dinah tenía el labio inferior entre los dientes.

El hombre que se había descolgado de la ventana estaba levantándose a gatas.

Dinah me puso la cara delante y gritó:

—¡Reno!

El hombre se levantó de un salto y se volvió hacia nosotros. Se plantó en la carretera en tres zancadas cuando llegábamos a su altura.

Dinah ya tenía el pequeño Marmon a toda velocidad antes de que Reno hubiera puesto los pies en el estribo de mi lado. Lo rodeé con los brazos y a punto estuve de dislocármelos en el intento de sujetarlo. Me lo puso todo lo difícil que pudo asomándose para disparar contra las armas que nos lanzaban plomo desde todas partes.

De repente todo había terminado. Estábamos fuera del alcance, de la vista y del oído del Silver Arrow, alejándonos de Personville a toda velocidad.

Reno se dio la vuelta y procuró sujetarse por sus propios medios. Volví a meter los brazos y comprobé que funcionaran todas las articulaciones. Dinah estaba ocupada con el coche.

Reno dijo:

—Gracias, encanto. Necesitaba que me sacasen de allí.

—No hay de qué —le contestó—. ¿Son así las fiestas que montas tú?

—Ha llegado gente que no estaba invitada. ¿Conoces la carretera de Tanner?

—Sí. Vete por ahí. Nos llevará hasta el otro lado de Mountain Boulevard y podemos volver a la ciudad por allí.

La chica asintió, aminoró un poco la velocidad y preguntó:

—¿Quiénes eran los que han ido sin invitación?

—Unos matones que no eran lo bastante listos para dejarme en paz.

—¿Los conozco? —preguntó, con excesiva despreocupación, en el momento en que se desviaba hacia una carretera más estrecha y accidentada.

—Déjalo correr, encanto —dijo Reno—. Más vale que exprimas bien este trasto.

Dinah le sacó al Marmon otros veinte kilómetros por hora. Ahora estaba muy ocupada intentando que el vehículo no se saliera de la carretera, y Reno tenía más que suficiente aferrándose al coche. Ninguno de los dos retomó la charla hasta que la carretera nos llevó hasta otra más y mejor pavimentada.

Entonces él preguntó:

—¿Así que le has dado la patada al Susurro?

—Hmm.

—Dicen por ahí que te chivaste de él.

—No me extraña que lo digan. ¿Tú qué crees?

—Lo de dejarlo tirado me parece bien. Pero aliarte con un sabueso y metérsela doblada es bastante chungo. Chungo de cuidado, la verdad.

Me miró mientras lo decía. Era un hombre de treinta y cuatro o treinta y cinco años, ancho y grueso pero sin grasa. Tenía los ojos grandes, castaños, apagados y separados en una cara de caballo larga y levemente cetrina. Era una cara arisca, impasible, pero de alguna manera no resultaba desagradable. Lo miré y guardé silencio.

La chica dijo:

—Si eso es lo que piensas, puedes...

—Cuidado —gruñó Reno.

Habíamos tomado una curva. Un largo coche negro estaba cruzado en la carretera a modo de barricada.

Volaron balas a nuestro alrededor. Reno y yo disparamos más proyectiles mientras la chica maniobraba el pequeño Marmon como si fuera un potro en un encuentro de polo.

Lo lanzó hacia la izquierda de la carretera, dejó que las ruedas de ese lado se encaramasen al repecho, volvió a cruzar la carretera con el peso de Reno y el mío como lastre, subió las ruedas de la izquierda al ribazo derecho justo cuando nuestro lado del coche empezaba a levantarse a pesar de nuestro contrapeso, nos encauzó en la carretera de espaldas al enemigo y nos sacó de las inmediaciones antes de que hubiéramos vaciado los cargadores.

Un montón de gente había efectuado un montón de disparos pero hasta donde sabíamos ningún proyectil había alcanzado a nadie.

Reno, que estaba cogido a la puerta por los codos mientras metía otro cargador en la automática, dijo:

—Bien hecho, encanto. Eso sí que es conducir.

—¿Y ahora, adónde? —preguntó Dinah.

—Primero lejos de aquí. Tú sigue la carretera. Ya lo pensaremos. Me parece que nos han cerrado todos los accesos a la ciudad. Sigue dándole gas.

Pusimos veintitantos kilómetros más entre Personville y nosotros. Adelantamos a unos cuantos coches pero no vimos ningún indicio de que nos estuvieran siguiendo. Un breve puente retumbó bajo nuestras ruedas. Reno dijo:

—Gira a la derecha en lo alto de la subida.

Tomamos un camino de tierra que serpenteaba entre los árboles por la ladera de una colina escarpada. Quince kilómetros por hora era ir muy deprisa por allí. Tras cinco minutos de arrastrarnos, Reno dio orden de parar. No oímos nada, no vimos nada durante la media hora que estuvimos sentados en la oscuridad. Entonces Reno dijo:

—Hay una cabaña vacía a kilómetro y medio de aquí. Podemos acampar allí, ¿de acuerdo? No tiene sentido intentar abrirnos paso hasta la ciudad esta noche.

Dinah dijo que cualquier cosa era preferible a que nos volvieran a disparar. Yo aseguré que me parecía bien, aunque hubiera preferido que intentáramos encontrar algún camino de regreso a la ciudad.

Seguimos el sendero de tierra con cautela hasta que nuestros faros fueron a posarse en una pequeña construcción de tablones a la que le hubiera venido de maravilla la mano de pintura que no le habían dado nunca.

—¿Es aquí? —le preguntó Dinah a Reno.

—Ajá. Quedaos aquí hasta que le haya echado un vistazo.

Nos dejó y no tardó en aparecer en el haz de nuestros faros a la puerta de la cabaña. Hurgó con unas llaves en el candado, lo retiró, abrió la puerta y entró. Poco después salió a la puerta y nos gritó:

—Todo bien. Venid y poneos cómodos.

Dinah apagó el motor y se apeó del coche.

—¿Hay una linterna en el coche? —le pregunté.

Ella me dijo que la había y me la dio al tiempo que comentaba entre bostezos:

—Dios mío, qué cansada estoy. Espero que haya algo de beber en ese agujero.

Le dije que tenía una petaca con whisky. La noticia la alegró.

La cabaña era un apaño con una sola habitación en la que había un catre militar cubierto con mantas de color marrón, una mesa de juego con una baraja de cartas y unas fichas de póquer pegajosas, una estufa de hierro pardusca, cuatro sillas, un quinqué, platos, sartenes, cazuelas y cubos, tres estantes con alimentos enlatados, un montón de leña y una carretilla.

Reno, que estaba encendiendo el quinqué cuando entramos, dijo:

—No está tan mal. Voy a esconder el carro y nos quedaremos aquí hasta que amanezca.

Dinah se acercó al catre, retiró las mantas e informó:

—Igual hay bichos, pero por lo menos no está infestado. Ahora vamos a echar ese trago.

Desenrosqué el tapón de la petaca y se la pasé mientras Reno iba a esconder el coche. Cuando ella terminó, eché un trago.

El ronroneo del motor del Marmon se hizo más tenue. Abrí la puerta y eché un vistazo. Colina abajo, entre árboles y arbustos, alcancé a ver haces aislados de luz blanca que se alejaban. Cuando los perdí de vista por fin volví a entrar y le pregunté a la chica:

—¿Alguna vez has tenido que volver a casa andando?

—¿Cómo?

—Reno se ha largado con el coche.

—¡Ese miserable! Más vale que nos haya dejado en un sitio con cama.

—No creo que te sirva de nada.

—¿Ah, no?

—No. Reno tenía la llave de este cuchitril. Apuesto diez contra uno a que los tipos que iban tras él saben de su existencia. Por eso nos ha dejado aquí. Se supone que discutiremos con ellos, los mantendremos apartados de su pista un rato.

Se levantó del catre con aire hastiado, maldijo a Reno, a mí, a todos los hombres de Adán en adelante, y dijo en tono acre:

—Ya que lo sabes todo, ¿qué hacemos ahora?

—Buscamos un sitio cómodo a la intemperie, no muy lejos, y esperamos a ver qué ocurre.

—Voy a coger las mantas.

—Igual no echan en falta una, pero delatarás nuestras huellas si te llevas más.

—Me importan un carajo tus huellas —renegó, pero solo cogió una manta.

Apagué el quinqué de un soplo, cerré el candado de la puerta a nuestra espalda y con ayuda de la linterna empecé a abrirme paso entre los matorrales.

En la ladera de la montaña, un poco más arriba, encontramos una pequeña hondonada desde la que se alcanzaba a ver sin excesiva dificultad el camino y la cabaña a través de una maleza lo bastante tupida para mantenernos ocultos a menos que encendiéramos alguna luz.

Tendí la manta y nos acomodamos.

La muchacha se apoyó en mí y se quejó de que la tierra estaba húmeda, que tenía frío pese al abrigo de piel, que tenía un calambre en la pierna y que quería un cigarrillo.

Le ofrecí otro trago de la petaca. Eso me granjeó diez minutos de paz.

Luego dijo:

—Me estoy enfriando. Para cuando venga alguien, si es que llegan a venir, estaré lanzando estornudos y toses tan fuertes que se oirán hasta en la ciudad.

—Solo una vez —le dije—. Luego ya te habré estrangulado.

—Hay un ratón o algo corriendo por debajo de la manta.

—Probablemente no es más que una serpiente.

—¿Estás casado?

—No vayas por ahí.

—Entonces, ¿lo estás?

—No.

—Seguro que tu mujer está encantada.

Intentaba dar con una réplica a la altura de la pulla cuando una luz destelló a lo lejos carretera arriba. En el instante en que le pedía a la chica que guardara silencio se esfumó.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Una luz. Ha desaparecido. Nuestras visitas han dejado el coche y están haciendo el último tramo a pie.

Transcurrió un buen rato. La chica temblaba con su mejilla caliente contra la mía. Oímos pasos, vimos figuras oscuras que subían por el camino y deambulaban en torno a la cabaña, aunque no teníamos la certeza de estar viéndolos en realidad.

Una linterna puso fin a nuestras dudas al dibujar un círculo luminoso en la puerta de la cabaña. Una voz potente dijo:

—Vamos a dejar salir a la tía.

Hubo medio minuto de silencio mientras esperaban una respuesta de dentro. Luego la misma voz potente preguntó: «¿Va a salir?». Después más silencio.

Unos disparos, un ruido familiar en lo que llevábamos de noche, rompieron el silencio. Algo martilleó los tablones.

—Venga —le susurré a la chica—. Vamos a intentar hacernos con su coche mientras arman bulla.

—Déjalos en paz —me dijo, tirándome del brazo cuando intentaba ponerme en pie—. Ya he tenido suficiente por esta noche. Aquí estamos bien.

—Venga —insistí.

—Nada de eso —dijo, y no cedió, y poco después, mientras discutíamos, ya era demasiado tarde.

Los muchachos, allá abajo, habían tirado la puerta a patadas y al encontrar la cabaña vacía regresaban hacia el coche llamándolo a gritos.

Salió a su encuentro, subieron a bordo ocho hombres y siguieron las huellas de Reno colina abajo.

—Podríamos volver a acomodarnos ahí dentro —propuse—. No creo que vuelvan por aquí esta noche.

—Dios, espero que quede algo de whisky en esa petaca —dijo ella cuando la ayudaba a ponerse en pie.

18
PAINTER STREET

Las provisiones enlatadas de la cabaña no incluían nada que nos tentara como desayuno. Nos conformamos con café preparado con agua sumamente rancia de un cubo galvanizado.

Después de andar kilómetro y medio llegamos a una granja donde había un chico al que no le importó ganarse unos dólares llevándonos de regreso a la ciudad en el Ford de la familia. Tenía un montón de preguntas, a las que respondimos con embustes o silencios. Nos dejó delante de un pequeño restaurante en la parte alta de King Street, donde comimos tortas de alforfón y beicon en grandes cantidades.

Un taxi nos llevó hasta la puerta de Dinah poco antes de las nueve. Le hice el favor de registrar la casa del tejado hasta el sótano y no encontré indicios de que hubiera tenido ninguna visita.

—¿Cuándo volverás? —me preguntó mientras me seguía hasta la puerta.

—Intentaré pasarme antes de medianoche, aunque sea solo unos minutos. ¿Dónde vive Lew Yard?

—En el 1622 de Painter Street. Painter queda tres manzanas más allá. El 1622 está cuatro manzanas hacia arriba. ¿Qué tienes que hacer allí? —Antes de que pudiera contestar me cogió el brazo con las dos manos y me suplicó—: Trinca a Max, ¿vale? Me da miedo.

—Tal vez luego anime a Noonan a que lo haga. Depende de cómo vayan las cosas.

Me dijo que era un maldito traidor o algo por el estilo al que le traía sin cuidado lo que le pasara a ella siempre y cuando cumpliera con su trabajo sucio.

Fui a Painter Street. El 1622 era una casa de ladrillo rojo con garaje debajo del porche delantero.

Una manzana calle arriba me encontré a Dick Foley en un Buick alquilado sin conductor. Me senté a su lado y le pregunté:

—¿Cómo va?

—Pillo dos. Sigo tres y media, despacho a Willsson. Mickey. Cinco. Casa. Ajetreo. Apostado. Salgo tres, siete. Todavía nada.

Con eso quería informarme de que localizó a Lew Yard a las dos la víspera por la tarde; lo siguió a casa de Willsson a las tres y media, hasta donde Mickey había seguido a Pete; se fue tras los pasos de Yard a las cinco, hasta su domicilio; vio entrar y salir gente de su domicilio, pero no había seguido a nadie; mantuvo vigilada la casa hasta las tres de la madrugada, y había regresado a su puesto a las siete de la mañana; desde entonces no había visto entrar o salir a nadie.

—Más vale que dejes esto y vayas y te plantes delante de la casa de Willsson —le dije—. He oído que Thaler el Susurro se esconde allí, y me gustaría tenerlo vigilado hasta que decida si se lo entrego o no a Noonan.

Dick asintió y puso en marcha el ruidoso motor. Me apeé y volví al hotel.

Allí me esperaba un telegrama del Viejo:

ENVÍE EN CORREO URGENTE EXPLICACIONES DETALLADAS DEL CASO EN CURSO Y LAS CIRCUNSTANCIAS EN QUE LO ACEPTÓ JUNTO CON INFORMES DIARIOS HASTA LA FECHA

Me metí el telegrama en el bolsillo con la esperanza de que las cosas fueran resolviéndose rápido. Enviarle la información que quería en ese momento habría sido lo mismo que presentarle la dimisión.

Me puse un cuello de camisa limpio y me fui a toda prisa al ayuntamiento.

—Hola —me saludó Noonan—. Esperaba que viniera por aquí. He intentando localizarlo en el hotel pero me han dicho que no había pasado allí la noche.

No tenía buen aspecto esta mañana, pero bajo su habitual entusiasmo fingido me dio la impresión, para variar, de que se alegraba de veras de verme.

Cuando me sentaba, sonó uno de sus teléfonos. Se llevó el auricular a la oreja, dijo: «¿Sí?», escuchó un momento, afirmó: «Más vale que vayas allí tú mismo, Mac», y tuvo que hacer dos intentos de volver a colocar el auricular en la horquilla antes de conseguirlo. Se le había puesto la cara un tanto pálida, pero su voz sonó casi normal cuando me dijo:

—Se han cargado a Lew Yard: lo han abatido ahora mismo cuando salía de su casa.

—¿Algún detalle? —pregunté mientras me maldecía por haber retirado a Dick Foley de Painter Street una hora antes de lo debido. Vaya mala pata.

Noonan negó con la cabeza, mirándose el regazo.

—¿Vamos a echar un vistazo a los restos? —sugerí, al tiempo que me levantaba.

No se puso en pie ni alzó la mirada.

—No —dijo en tono hastiado como si le hablara a su regazo—. A decir verdad, no quiero. No sé si podría aguantarlo ahora mismo. Estoy asqueado de tanta muerte. Me está afectando; bueno, me está poniendo de los nervios.

Volví a sentarme, sopesé su bajo estado de ánimo y le pregunté:

—¿Quién supone que lo ha matado?

—¡Dios sabe! —masculló—. Todos están matando a todos los demás. ¿Dónde vamos a ir a parar?

—¿Cree que ha sido cosa de Reno?

Noonan se estremeció, hizo amago de mirarme, cambió de parecer y repitió:

—Dios sabe.

Lo abordé desde otro ángulo:

—¿Cayó alguien anoche en la batalla del Silver Arrow?

—Solo tres.

—¿Quiénes eran?

—Un par de chorizos llamados Blackie Whalen y Put Collings que acababan de salir bajo fianza ayer a las cinco, y Jake Wahl el Holandés, un pistolero a sueldo.

—¿De qué iba aquello?

—Una trifulca, supongo. Parece ser que Put y Blackie y los demás que salieron en libertad con ellos estaban celebrándolo con unos amigos y la juerga acabó a tiros.

—¿Eran todos hombres de Lew Yard?

—No sé nada de eso —respondió.

Me levanté y dije: «Ah, bueno, vale», camino ya de la puerta.

—Un momento —me llamó—. No se largue así. Supongo que sí lo eran.

Volví a mi asiento. Noonan tenía la mirada fija en el tablero de la mesa. La cara se le veía gris, fofa, húmeda, como masilla fresca.

—El Susurro se esconde en casa de Willsson —le dije.

Levantó la cabeza de golpe. Se le oscureció la mirada. Luego se le contrajo la boca y dejó caer la cabeza de nuevo. Su mirada perdió intensidad.

—No puedo seguir adelante con esto —dijo entre dientes—. Estoy harto de esta carnicería. Ya no lo soporto.

—¿Tan harto como para renunciar a la idea de vengar la muerte de Tim, si así se alcanza la paz? —indagué.

—Así es.

—Ese fue el motivo —le recordé—. Si está dispuesto a dejarlo correr, tal vez se pueda poner fin al asunto.

Levantó la cara y me miró igual que un perro a un hueso.

—Los otros tienen que estar igual de hartos —continué—. Póngales las cosas claras. Celebren una reunión y firmen la paz.

—Se creerían que me traigo algo entre manos —objetó con desconsuelo.

—Reúnanse en casa de Willsson. El Susurro está allí escondido. Sería usted el que correría riesgos al acudir allí. ¿Es eso lo que le asusta?

Me miró ceñudo y preguntó:

—¿Irá conmigo?

—Si quiere.

—Gracias —dijo—. Lo... lo intentaré.

19
LA CONFERENCIA DE PAZ

Todos los demás delegados en la conferencia de paz estaban en casa de Willsson cuando Noonan y yo llegamos a la hora estipulada, las nueve de esa noche. Cada cual nos saludó con un gesto de cabeza, pero la acogida no pasó de ahí.

Pete el Finlandés era el único al que no conocía. El contrabandista era un tipo corpulento con la cabeza completamente calva. Tenía la frente pequeña y las mandíbulas enormes: anchas, pesadas, rebosantes de músculo.

Nos sentamos en torno a la mesa de la biblioteca de Willsson.

El viejo Elihu ocupó la cabecera. El pelo ralo de su cráneo redondo y rosa parecía plateado a la luz. Sus ojos azules y circulares se veían duros, autoritarios, bajo las pobladas cejas blancas. La boca y la barbilla eran líneas horizontales.

A su derecha Pete el Finlandés observaba a todo el mundo con unos diminutos ojos negros que no se movían nunca. Reno Starkey estaba sentado al lado del contrabandista. La cetrina cara de caballo de Reno tenía el mismo aspecto impasible y sin vida que sus ojos.

Max Thaler estaba retrepado en una silla a la izquierda de Willsson. El fullero bajito tenía las perneras de los pantalones pulcramente planchados cruzadas como al desgaire. De la comisura de su boca con los labios fruncidos colgaba un cigarrillo.

Me senté junto a Thaler. Noonan se sentó a mi lado.

Elihu Willsson abrió la sesión.

Dijo que las cosas no podían seguir por ese camino. Éramos todos hombres sensatos, hombres razonables, hombres hechos y derechos que habían visto suficiente mundo para saber que uno no podía salirse siempre con la suya, fuera quien fuese. Todo el mundo tenía que transigir alguna vez. Para conseguir lo que quería, un hombre tenía que dar a otros lo que deseaban. Dijo que estaba convencido de que lo que más queríamos todos ahora era acabar con esa demencial masacre. Dijo que no le cabía duda de que todo podía discutirse con franqueza y solucionarse en una hora sin convertir Personville en un matadero.

No fue un mal discurso.

A su fin hubo un momento de silencio. Thaler miró más allá de donde me encontraba yo, hacia Noonan, como si esperase algo de él. El resto seguimos su ejemplo y miramos al jefe de policía.

Noonan se sonrojó y habló con voz ronca:

—Susurro, voy a olvidar que mataste a Tim. —Se levantó y tendió una zarpa robusta—. Aquí tienes mi mano como confirmación.

La fina boca de Thaler se curvó en una sonrisa cruel.

—El malnacido de su hermano se merecía que lo mataran, pero no lo maté yo —susurró con frialdad.

La cara del jefe pasó del rojo al púrpura.

Yo dije en voz alta:

—Espere, Noonan. Lo estamos abordando mal. No vamos a llegar a ninguna parte a menos que todo el mundo vaya con la verdad por delante. Si no, estaremos todos peor que antes. Quien mató a Tim fue MacSwain, y usted lo sabe.

Me miró con ojos de asombro. Se quedó boquiabierto. No alcanzaba a entender lo que le había hecho.

Adoptando un aire endiabladamente virtuoso, miré a los demás y pregunté:

—Queda zanjado, ¿no? Vamos a pasar a otros asuntos. —Me dirigí a Pete el Finlandés—. ¿Qué opinión te merece el accidente que sufrió ayer tu almacén y los cuatro hombres?

—Accidente, y un cuerno —rezongó con voz sonora.

Le expliqué:

—Noonan no sabía que estabas utilizando el garito. Fue allí pensando que estaba vacío, solo para despejar el camino de un asunto en la ciudad. Tus hombres abrieron fuego y entonces él creyó que se había topado con la guarida de Thaler. Cuando se dio cuenta de que había estado chapoteando en tu territorio, se le fue la cabeza y prendió fuego al antro.

Thaler me observaba con una sonrisilla pétrea en los ojos y la boca. Reno era todo él impasibilidad apagada. Elihu Willsson estaba inclinado hacia mí, mirándome con sus viejos ojos penetrantes y recelosos. No sé qué estaba haciendo Noonan. No podía permitirme mirarlo. Me encontraba en una buena posición si jugaba bien mis cartas, y si no, en un aprieto terrible.

—Esos hombres cobraban por correr riesgos —dijo Pete el Finlandés—. Por lo que respecta a lo otro, se puede solucionar con veinticinco mil.

Noonan respondió de inmediato y con entusiasmo:

—De acuerdo, Pete, vale, te los daré.

Apreté los labios para no echarme a reír del pánico que denotaba su voz. Ahora podía mirarlo tranquilamente. Estaba hecho polvo, vencido, dispuesto a hacer cualquier cosa por salvar su cuello seboso, o intentarlo. Lo miré.

Él rehuía mi mirada. Se sentó y no miró a nadie. Estaba ocupado intentando fingir que no esperaba ser despedazado antes de escapar de esos lobos a los que yo lo había echado.

Seguí con mi trabajo y me volví hacia Elihu Willsson:

—¿Quiere quejarse de que atracaran su banco o es que le hizo gracia?

Max Thaler me tocó el brazo y sugirió:

—Igual sabríamos quién tiene derecho a quejarse si nos dijeras antes lo que sabes.

Lo hice encantado.

—Noonan quería trincarte —le dije—, pero o le llegó, o esperaba que le llegara, el mensaje de Yard y Willsson, aquí presente, de que te dejaran en paz. Así que pensó que si hacía que atracaran el banco y te colgaba el asunto, los que te respaldaban te dejarían tirado y a él le permitirían que fuera a por ti de verdad. Yard, según creo, tenía que dar su aprobación a todos los palos que se dieran en la ciudad. Estarías metiéndote en su territorio, y estafando a Willsson. Ésa es la impresión que daría. Y era de esperar que los cabreara lo suficiente para que ayudasen a Noonan a darte tu merecido. Él no sabía que estabas aquí.

»Reno y su banda estaban en el trullo. Reno era uno de los cachorros de Yard, pero no tenía inconveniente en traicionar a su jefe. Ya le rondaba la idea de que estaba a punto de arrebatarle la ciudad a Lew. —Me volví hacia Reno y le pregunté—: ¿No es así?

Me miró con cara de palo y dijo:

—Eres tú el que lo cuenta.

Seguí contándolo:

—Noonan hace como que ha recibido el soplo de que estás en Cedar Hill y se lleva a todos los polis en los que puede confiar, incluso se lleva a los que se encargaban de dirigir el tráfico en Broadway, de manera que Reno tuviera el camino libre. McGraw y los maderos que andan metidos en el asunto dejan que Reno y su banda se escabullan de la trena, hagan el trabajo y vuelvan a entrar. Una coartada de las mejores. Luego los soltaron bajo fianza un par de horas después.

»Por lo visto, Lew Yard se caló lo que pasaba. Envió a Jack Wahl el Holandés, y a algunos otros muchachos al Silver Arrow anoche para que enseñaran a Reno y sus colegas a no montárselo por su cuenta de esa manera. Pero Reno escapó y regresó a la ciudad. Entonces era o él o Lew. Se aseguró de que la cosa se decantara a su favor plantándose delante de casa de Lew con un arma para esperarlo cuando salía esta mañana. Al parecer Reno lo tenía todo bien planeado, porque el caso es que ahora está sentado en una silla que habría ocupado Lew Yard de no ser porque lo han enviado al depósito.

Todo el mundo estaba inmóvil, como si quisieran poner de manifiesto lo quietos que estaban. Nadie podía tener la seguridad de contar con amigos entre los presentes. No estaba la situación para movimientos imprudentes por parte de nadie.

Si lo que acababa de decir afectó en un sentido u otro a Reno, no lo dejó traslucir.

Thaler susurró con suavidad:

—¿No te has saltado algo?

—¿Te refieres a lo de Jerry? —Continué siendo el alma de la fiesta—. Ahora iba a volver a eso. No sé si se dio el piro de la trena cuando os fugasteis, y lo atraparon luego, o si no llegó a escapar, ni por qué. Y no sé hasta qué punto participó por voluntad propia en el atraco al banco. Pero participó, y se lo cargaron y quedó tirado delante del banco porque era tu mano derecha, y el que lo mataran allí te hacía a ti responsable del golpe. Lo tuvieron en el coche hasta el momento de la huida. Luego lo sacaron de un empujón y recibió un tiro en la espalda. Estaba de cara al banco, de espaldas al coche, cuando le dieron lo suyo.

Thaler miró a Reno y susurró:

—¿Y bien?

Reno miró a Thaler con sus ojos sin vida y le preguntó tranquilamente:

—¿Qué pasa?

Thaler se puso en pie, dijo: «Yo me retiro de la partida», y salió por la puerta.

Pete el Finlandés se levantó, se apoyó en la mesa con sus manazas huesudas y dijo con una voz procedente de lo más hondo del pecho:

—Susurro.

Y cuando Thaler se detuvo y se volvió hacia él, continuó:

—Voy a decirte una cosa. Tú, Susurro, y todos los demás. Se ha acabado tanto tirar de gatillo, maldita sea. A ver si os enteráis. No tenéis cerebro suficiente para saber lo que os conviene. Así que os lo voy a decir. Abrir la ciudad en canal no es bueno para los negocios. No pienso tolerarlo. Ya os podéis portar bien o tendré que obligaros a hacerlo.

»Tengo todo un ejército de chavales que saben manejar cualquier clase de arma. Los necesito para mi tinglado. Si me veo obligado a utilizarlos contra vosotros, los utilizaré contra vosotros. ¿Queréis jugar con pólvora y dinamita? Ya os enseñaré lo que es jugar. ¿Os gusta pelear? Ya os daré yo pelea. Fijaos bien en lo que digo. Eso es todo.

Pete el Finlandés tomó asiento.

Thaler permaneció pensativo un momento y luego se fue sin decir ni dar a entender lo que había pensado.

Su marcha impacientó a los demás. Nadie quería quedarse lo suficiente para que algún otro tuviera tiempo de acumular unas cuantas armas en las inmediaciones.

En unos minutos Elihu Willsson y yo teníamos toda la biblioteca para nosotros.

Nos quedamos sentados y nos miramos.

Al cabo de un instante, él dijo:

—¿Qué le parecería ser jefe de policía?

—No. Lo de chico de los recados se me da fatal.

—No me refiero a serlo con esta cuadrilla. Cuando nos hayamos librado de ellos.

—Y haya otros exactamente iguales.

—Maldito sea —exclamó—. No le haría ningún daño adoptar un tono más amable con un hombre lo bastante mayor para ser su padre.

—Que me maldice y se escuda en su edad.

La ira hizo que le brotara una vena azulada en la frente. Entonces se echó a reír.

—Vaya lengua tiene —dijo—, pero no se puede decir que no ha hecho lo que le pagué para que hiciese.

—Y hay que ver lo que me ha ayudado.

—¿Le hacía falta una nodriza? Le di dinero y rienda suelta. Eso es lo que me había pedido. ¿Qué más quería?

—Viejo pirata... —dije—. Lo chantajeé para obligarlo, y ha confabulado contra mí en todo momento hasta ahora, que incluso usted ve que están empeñados en devorarse entre ellos. Y ahora habla de lo que me ha ayudado.

—Viejo pirata —repitió—. Hijo mío, si hubiera sido un pirata aún estaría trabajando a sueldo de la Anaconda, y no existiría la Personville Mining Corporation. Supongo que usted es un tierno corderito. Me vi pillado de mala manera, hijo. Había cosas que no me hacían ninguna gracia, y otras cosas aún peores de las que no sabía nada hasta esta noche, pero estaba atrapado y tenía que aguardar mi hora. ¡Pero bueno, si desde que ese Thaler el Susurro está aquí he sido un prisionero en mi propia casa, un puñetero rehén!

—Qué pena. ¿De qué lado está ahora? —exigí saber—. ¿Está conmigo?

—Si gana.

Me levanté y dije:

—Como hay Dios que me gustaría que lo trincaran con ellos.

—Ya me lo imagino, pero no será así —aseguró, y me lanzó una mirada maliciosa con los ojos entornados—. Lo estoy financiando yo. Eso demuestra que tengo buenas intenciones, ¿no? No se pase de duro conmigo, hijo, estoy un poco...

—Váyase al infierno —le dije, y me marché.

20
LÁUDANO

Dick Foley estaba en la esquina siguiente con su coche de alquiler. Hice que me dejara a una manzana de la casa de Dinah Brand y recorrí a pie el resto del camino.

—Pareces cansado —me dijo cuando la seguí hasta la sala de estar—. ¿Has estado ocupado?

—He asistido a una conferencia de paz de la que seguro que salen al menos una docena de asesinatos.

Sonó el teléfono. Contestó y me llamó.

La voz de Reno Starkey:

—He pensado que igual te interesaba saber que han acribillado a balazos a Noonan cuando se bajaba del carro delante de su casa. Seguro que nunca has visto a nadie tan muerto. Han debido de meterle por lo menos treinta balazos.

—Gracias.

Los grandes ojos azules de Dinah plantearon interrogantes.

—Los primeros frutos de la conferencia de paz, arrancados por Thaler el Susurro —le dije—. ¿Dónde está la ginebra?

—Era Reno el que llamaba, ¿verdad?

—Sí. Ha pensado que me interesaría saber que Poisonville se ha quedado sin jefes de policía.

—¿Quieres decir...?

—Noonan ha caído esta noche, según Reno. ¿Es que no tienes ginebra? ¿O disfrutas haciendo que te la pida?

—Ya sabes dónde está. ¿Has estado haciendo alguna de esas tretas tuyas tan hábiles?

Fui a la cocina, abrí la parte de arriba de la nevera y ataqué el hielo con un picahielo que tenía una hoja de quince centímetros, afilada como un punzón, encajada en un mango azul y blanco. La chica se quedó en el umbral y me hizo preguntas. No las respondí mientras mezclaba hielo, ginebra, zumo de limón y sifón en dos vasos.

—¿Qué has estado haciendo? —insistió cuando llevábamos las copas al comedor—. Qué mala cara tienes.

Dejé el vaso en la mesa, me senté delante y me quejé:

—Esta maldita ciudad me está agotando. Si no me largo pronto voy a volverme tan primitivo y sanguinario como los de aquí. Ha habido algo así como una docena y media de asesinatos desde que llegué. Donald Willsson; Ike Bush; los cuatro italianos y el poli en Cedar Hill; Jerry; Lew Yard; Jake el Holandés; Blackie Whalen y Put Collings en el Silver Arrow; Nick el Grandullón, el madero que me cargué; el chico rubio que cepilló el Susurro aquí; Yakima el Enano, el que rondaba la casa del viejo Elihu; y ahora Noonan. Son dieciséis en menos de una semana, y los que están por llegar.

Me miró con el ceño fruncido y me dijo en tono áspero:

—No te pongas así.

Reí y seguí adelante:

—He apañado uno o dos asesinatos en mis tiempos, cuando eran necesarios. Pero esta es la primera vez que me entra una fiebre semejante. Es esta maldita ciudad. Aquí no se puede ir de legal. Me vi entrampado desde el primer momento. Cuando el viejo Elihu me dejó en la estacada, lo único que pude hacer fue enfrentar a los chicos entre sí. Tenía que cumplir con mi trabajo de la mejor manera posible. ¿Qué iba a hacerle si mi decisión estaba destinada a desencadenar un montón de muertes? No se podía hacer el trabajo de ninguna otra manera sin el respaldo de Elihu.

—Bueno, si no podías hacer otra cosa, ¿qué sentido tiene ponerse así? Tómate esa copa.

Me bebí la mitad y sentí el deseo de hablar un poco más.

—Si te enredas mucho en el asesinato puedes acabar de dos maneras. O te hartas o acaba por gustarte. A Noonan le afectó del primer modo. Se puso fatal después de que cepillaran a Yard, como si se hubiera quedado sin redaños y estuviera dispuesto a hacer lo que fuera para firmar la paz. Vi por dónde iba y le sugerí que se reuniera con los demás supervivientes y arreglaran sus diferencias.

»Hemos celebrado la reunión esta noche en casa de Willsson. Ha sido una bonita fiesta. Fingiendo que intentaba disipar todos los malentendidos poniendo las cosas en claro, he dejado a Noonan en pelotas y se lo he arrojado; a él y a Reno. Eso ha puesto punto final al encuentro. El Susurro ha dicho que estaba fuera. Pete ha aclarado a todo el mundo cómo estaba la situación. Ha dicho que los enfrentamientos eran perjudiciales para su tinglado de contrabando de alcohol, y que si alguien quería montar bronca a partir de ese momento ya podía contar con que le echaría encima los gorilas que se ocupan del negocio. El Susurro no parecía impresionado. Ni Reno tampoco.

—No me extraña —comentó la chica—. ¿Qué le has hecho a Noonan? Me refiero a cómo los has dejado en pelotas a él y a Reno.

—Les he contado a los otros que él sabía desde un principio que fue MacSwain el que mató a Tim. Esa es la única mentira que he soltado. Luego les he aclarado que el atraco al banco era cosa de Reno y el jefe, y que se habían llevado a Jerry y se lo habían cargado allí mismo para colgarle el golpe al Susurro. Sabía que tuvo que ocurrir así si lo que me contaste era cierto: lo de que Jerry se bajó del coche, echó a andar hacia el banco y fue abatido. El balazo lo tenía en la espalda. En consonancia con eso, McGraw dijo que la última vez que vio el coche del golpe fue cuando dobló hacia King Street. Los muchachos debían de ir de regreso al ayuntamiento, para así tener la coartada de que estaban en la trena.

—¿Pero no dijo el vigilante del banco que fue él quien mató a Jerry? Así lo contó la prensa.

—Eso dijo, pero habría sido capaz de contar cualquier cosa y creérsela. Probablemente vació el cargador a ojos cerrados y supuso que todo lo que cayó era suyo. ¿Viste desplomarse a Jerry?

—Sí, lo vi, y miraba hacia el banco, pero todo era tan confuso que no vi quién le disparó. Había un montón de hombres disparando y...

—Sí. Seguro que tuvieron buen cuidado de ello. También he aireado el hecho, o al menos a mí me parece que es un hecho, de que Reno se cargó a Lew Yard. Ese Reno es un tío duro de pelar, ¿eh? Noonan se ha achantado, pero lo único que le han sacado a Reno ha sido un «¿Qué pasa?». Todo de lo más correcto y caballeroso. Estaban divididos a partes iguales: Pete y el Susurro contra Noonan y Reno. Pero ninguno podía contar con que su compañero lo apoyase si daba un primer paso, y al final de la reunión las parejas se habían separado. Noonan estaba fuera de juego, y Reno y el Susurro, enfrentados el uno al otro, tenían a Pete en contra de ambos. Así que todo el mundo seguía sentado y se comportaba y observaba a los demás mientras yo me dedicaba a hacer juegos malabares con la muerte y la destrucción.

»El Susurro ha sido el primero en irse, y por lo visto ha tenido tiempo de poner unas cuantas pipas delante de la casa de Noonan antes de que el jefe volviera. Se lo han cargado. Si Pete el Finlandés hablaba en serio, y tiene todo el aspecto de hablar en serio, seguro que ya está intentando trincar al Susurro. Reno tenía tanta culpa en la muerte de Jerry como Noonan, así que el Susurro debería ir tras él. Consciente de ello, Reno intentará dar caza primero al Susurro, y eso pondrá a Pete tras su pista. Además, lo más probable es que Reno esté ocupado manteniendo a raya a los secuaces del difunto Lew Yard que no quieren tener por jefe a Reno. En resumidas cuentas, un lío fenomenal.

Dinah Brand alargó el brazo por encima de la mesa y me palmeó la mano. Tenía la mirada inquieta, y dijo:

—No es culpa tuya, cariño. Tú mismo has dicho que no podrías haber hecho otra cosa. Acábate la copa y nos tomamos otra.

—Podría haber hecho mucho —la contradije—. En un primer momento el viejo Elihu me dejó en la estacada sencillamente porque estos pavos tenían demasiada información sobre él para que se arriesgara a cortar con ellos a menos que tuviera la seguridad de que se les podía eliminar. No veía cómo yo podía hacer algo así, así que les siguió el juego. No es precisamente un asesino de la misma estofa que ellos y, además, está convencido de que la ciudad es de su propiedad, y no le hace gracia cómo se la he arrebatado.

»Podría haber acudido a él esta tarde para demostrarles que los tenía pillados. Habría atendido a razones. Se habría pasado a mi bando y me habría ofrecido el apoyo necesario para virar todo el asunto de manera legal. Eso es lo que podría haber hecho. Pero es más sencillo hacer que se maten, más sencillo y más seguro, y, tal como me siento ahora, más satisfactorio. No sé cómo voy a quedar ante la agencia. Seguro que el Viejo me hierve en aceite si llega a enterarse de lo que he estado haciendo. Es esta maldita ciudad. No me extraña que la llamen Poisonville. A mí me ha envenenado.

»Mira. Esta noche me he sentado a la mesa de Willsson y los he mangoneado como si de un juego se tratara, y he disfrutado con ello. He mirado a Noonan y he visto que no tenía ni una posibilidad entre mil de seguir vivo otro día debido a lo que le había hecho, y me he reído, y he notado una sensación de calidez y felicidad en mi interior. Yo no soy así. Tengo lo que me queda de alma recubierto de pellejo bien duro, y tras veinte años de vérmelas con el crimen puedo presenciar cualquier clase de asesinato sin ver otra cosa que mi sustento, el trabajo de cada día. Pero esto de pasarlo en grande planeando muertes no va conmigo. Eso es lo que ha hecho conmigo esta ciudad.

Me sonrió con ternura excesiva y habló con más indulgencia de la cuenta:

—Cómo exageras, cielo. Se merecen todo lo que les ocurra. Ojalá no vieras las cosas así. Me das mal rollo.

Le ofrecí una sonrisa burlona, cogí los vasos y fui a la cocina a por más ginebra. A mi regreso me miró con el ceño fruncido sobre sus ojos oscuros y angustiados y preguntó:

—¿Para qué has traído el picahielo?

—Para que veas lo que se me pasa por la cabeza. Hace un par de días, si pensaba en esto, era como una buena herramienta para sacar trozos de hielo. —Deslicé un dedo por la torneada hoja de acero de quince centímetros, desde la parte superior hasta la punta afilada—. No está mal para coser a un tipo a su propia ropa. Así me va la cabeza ahora, te lo juro. No puedo ver ni un mechero sin pensar en llenarlo de nitroglicerina y dárselo a alguien que me caiga gordo. Delante de tu casa hay un pedazo de alambre de cobre tirado en el desagüe, fino, manejable y justo lo bastante largo para rodearle a alguien el cuello y sujetarlo por los dos extremos. He tenido que hacer un esfuerzo tremendo para no cogerlo y metérmelo en el bolsillo, por si acaso...

—Estás loco.

—Ya lo sé. Eso es lo que intento decirte. Me estoy volviendo primitivo y sanguinario.

—Bueno, pues no me hace ninguna gracia. Vuelve a dejar eso en la cocina, siéntate y procura recuperar la sensatez.

Obedecí dos terceras partes de la orden.

—Lo que te pasa —me regañó— es que tienes los nervios destrozados. Has pasado por demasiadas emociones estos últimos días. Si sigues así te va a dar un telele de verdad, una crisis nerviosa.

Levanté una mano con los dedos extendidos. Estaba bastante firme.

Dinah la miró y dijo:

—Eso no significa nada. Lo llevas dentro. ¿Por qué no te vas a descansar un par de días? Aquí lo has dispuesto todo para que siga adelante sin ti. Vámonos a Salt Lake. Te sentará bien.

—No puedo, guapa. Alguien tiene que quedarse aquí para llevar la cuenta de los muertos. Además, todo este programa se basa en la presente combinación de personas y hechos. Si salimos de la ciudad eso cambiaría y lo más probable es que tuviéramos que empezar con el asunto desde el principio.

—Nadie tendría por qué saber que te vas, y yo no tengo nada que ver con eso.

—¿Desde cuándo?

Se inclinó hacia delante, entornó los ojos y preguntó:

—¿Adónde quieres llegar?

—A ninguna parte. Solo me preguntaba cómo es que te has convertido de repente en una espectadora imparcial. ¿Has olvidado que mataron a Donald Willsson por tu culpa, lo que dio pie a todo lo demás? ¿Has olvidado que fue la información sobre el Susurro que me diste lo que evitó que el asunto se quedara sin fuelle a la mitad?

—Sabes tan bien como yo que no fue culpa mía nada de eso —replicó con indignación—. Y, de todos modos, ha quedado atrás. Solo lo sacas a relucir porque estás de un humor de perros y quieres pelear.

—Anoche mismo te aterraba que el Susurro fuera a matarte.

—¡Deja de hablar de matar!

—Ese muchacho, Albury, me contó que Bill Quint amenazó con matarte —dije.

—Ya vale.

—Por lo visto tienes el don de despertar ideas homicidas en tus novios. Albury espera que lo juzguen por matar a Willsson. El Susurro te tiene temblando por los rincones. Ni siquiera yo he escapado a tu influjo. Fíjate cómo he cambiado. Y siempre he sospechado que Dan Rolff va a intentar darte lo tuyo algún día.

—¡Dan! Estás loco. Pero si yo...

—Sí. Estaba tísico y desahuciado y tú lo acogiste. Le diste una casa y todo el láudano que quiere. Lo tienes de chico de los recados, lo abofeteas delante de mí y lo mangoneas delante de otros. Está enamorado de ti. Una mañana de estas vas a despertar y a encontrarte con que te ha rebanado el cuello.

Se estremeció, se puso en pie y rio.

—Me alegra que al menos uno de los dos sepa de qué hablas, si es que lo sabes tú —dijo mientras cruzaba la puerta de la cocina con los vasos vacíos.

Encendí un pitillo y me pregunté por qué me sentía de esa manera, me pregunté si me estaría volviendo clarividente, me pregunté si mis presentimientos estaban fundados o si era que tenía los nervios hechos trizas.

—Lo mejor que puedes hacer, si no quieres marcharte —me aconsejó la chica cuando volvió con los vasos llenos—, es ponerte ciego y olvidarlo todo durante unas horas. En el tuyo he puesto el doble de ginebra. Te hace falta.

—No soy yo —dije, y me pregunté por qué lo decía, aunque de algún modo lo disfruté—. Eres tú. Cada vez que hablo de matar, me saltas encima. Eres una mujer. Crees que si no se habla de ello, igual ninguna de las sabe Dios cuántas personas que quieren matarte en esta ciudad te mata. Es una tontería. Nada de lo que digamos o callemos hará que el Susurro, por ejemplo...

—¡Ya está bien, por favor! Soy una tonta. Me dan miedo las palabras. Me da miedo él. Yo... Ay, ¿por qué no te lo cargaste cuando te lo pedí?

—Lo siento —dije, y era cierto.

—¿Crees que él...?

—No lo sé —le dije—, y me parece que tienes razón. No tiene sentido hablar de ello. Lo que conviene es beber, aunque me da la impresión de que esta ginebra no tiene mucho cuerpo.

—Eres tú, no la ginebra. ¿Quieres algo que pegue bien fuerte?

—Esta noche bebería nitroglicerina.

—Pues eso es más o menos lo que tengo por aquí —me prometió.

Oí un tintineo de botellas en la cocina y me trajo un vaso de algo que tenía el mismo aspecto que lo que habíamos estado bebiendo. Lo olí y dije:

—Esto es el láudano de Dan, ¿eh? ¿Sigue en el hospital?

—Sí. Creo que tiene una fractura de cráneo. Ahí tienes un buen pelotazo, caballero, si es eso lo que quieres.

Me metí entre pecho y espalda la ginebra adulterada con droga. Poco después me sentí más a gusto. El tiempo fue transcurriendo mientras bebíamos y hablábamos en un mundo halagüeño, alegre y rebosante de amor al prójimo y paz en la tierra.

Dinah siguió con la ginebra. Yo también lo intenté un rato, pero luego me tomé otra ginebra con láudano.

Durante un rato jugué a intentar mantener los ojos abiertos como si estuviera despierto, aunque no alcanzaba a ver nada. Cuando me di cuenta de que ya no la engañaba, me di por vencido.

Lo último que recuerdo es que me ayudaba a tumbarme en el sofá de la sala de estar.

21
EL DECIMOSÉPTIMO ASESINATO

Soñé que estaba sentado en un banco, en Baltimore, viendo borbotear la fuente de Harlem Park, junto a una mujer con velo. Había ido allí con ella. Era alguien a quien conocía bien. Pero de pronto había olvidado quién era. No le podía ver la cara debido al largo velo negro.

Supuse que si le decía algo reconocería su voz cuando respondiera. Pero estaba muy avergonzado y me costó un buen rato encontrar algo que decir. Al cabo, le pregunté si conocía a un hombre llamado Carroll T. Harris.

Me respondió, pero el borboteo susurrante de la fuente ahogó su voz y no alcancé a oír nada.

Pasaron unos camiones de bomberos por Edmondson Avenue. Me dejó para echar a correr tras ellos. Mientras corría iba gritando: «¡Fuego! ¡Fuego!». Reconocí su voz y entonces supe quién era, y tuve la seguridad de que era alguien importante para mí. La perseguí, pero ya era tarde. Ella y los camiones de bomberos se habían ido.

Deambulé por las calles en su busca, la mitad de las calles de Estados Unidos, Gay Street y Mount Royal Avenue en Baltimore, Colfax Avenue en Denver, Aetna Road y St. Clair Avenue en Cleveland, McKinney Avenue en Dallas, Lemartine Street, Cornell Street y Amory Street en Boston, Berry Boulevard en Louisville, Lexington Avenue en Nueva York, hasta que llegué a Victoria Street en Jacksonville, donde oí su voz de nuevo, aunque seguía sin verla.

Seguí callejeando, atento a su voz. Gritaba un nombre, no el mío, uno que me era desconocido, pero por mucho que corriera en cualquier dirección, no conseguía acercarme a su voz. Estaba a la misma distancia en la calle que pasa por delante del Edificio Federal en El Paso que en el Grand Circus Park de Detroit. Luego la voz cesó.

Cansado y desalentado entré en el vestíbulo del hotel enfrente de la estación de ferrocarril en Rocky Mount, Carolina del Norte, para descansar. Mientras estaba allí sentado llegó un tren. Ella se apeó y entró en el vestíbulo, se me acercó y empezó a besarme. Me resultó muy incómodo porque todo el mundo a nuestro alrededor nos miraba y reía.

Ese sueño terminó ahí.

Soñé que estaba en una ciudad desconocida persiguiendo a un hombre al que odiaba. Llevaba una navaja abierta en el bolsillo y tenía intención de matarlo cuando lo encontrara. Era domingo por la mañana. Tañían campanas de iglesia y una muchedumbre iba y venía de misa. Caminé casi tanto como en el primer sueño, pero siempre en esa misma ciudad desconocida.

El hombre al que perseguía me gritó y lo vi. Era un hombrecillo atezado que llevaba un sombrero mexicano enorme. Estaba en las escaleras de entrada a un alto edificio en el extremo opuesto de una amplia plaza, riéndose de mí. Entre los dos, la plaza estaba llena a rebosar de gente arracimada hombro con hombro.

Con una mano en la navaja abierta que tenía en el bolsillo, eché a correr hacia el hombrecillo atezado, abriéndome paso entre las cabezas y los hombros de la gente en la plaza. Las cabezas y los hombros estaban a alturas distintas y la separación entre unos y otros no era uniforme. Fui deslizándome y vadeándolos.

El hombrecillo atezado siguió plantado en las escaleras, riéndose hasta que casi lo tenía a mi alcance. Entonces entró corriendo en el edificio alto. Lo perseguí subiendo un kilómetro tras otro por escaleras de caracol, siempre un par de centímetros fuera del alcance de mi mano. Llegamos a la azotea. Fue corriendo directo hacia el borde y saltó justo cuando conseguía tocarlo con una mano.

Su hombro se me escapó entre los dedos. Le quité el sombrero con la mano y le aferré la cabeza. Era una cabeza redonda, dura y lisa, no mayor que un huevo grande. Mis dedos la abarcaban por completo. Mientras le apretaba la cabeza con una mano, intenté sacar la navaja del bolsillo con la otra y entonces me di cuenta de que me había precipitado por el borde de la azotea con él. Caímos vertiginosamente hacia la plaza, donde, kilómetros más abajo, nos observaban millones de caras levantadas.

Abrí los ojos a la luz tenue del sol matinal que se filtraba por las persianas echadas.

Estaba boca abajo en el suelo del comedor, con la cabeza apoyada en el antebrazo izquierdo. Tenía el brazo derecho extendido. Mi mano derecha aferraba el mango torneado de color blanquiazul del picahielo de Dinah Brand. La hoja de quince centímetros, afilada como una aguja, estaba enterrada en el seno izquierdo de Dinah.

Estaba tendida boca arriba, muerta. Tenía las largas piernas musculosas tendidas hacia la puerta de la cocina. En la parte anterior de la media derecha había una carrera. Suavemente, poco a poco, como si temiera despertarla, solté el picahielo, retiré el brazo y me levanté.

Me ardían los ojos. Notaba la garganta y la boca calientes, como llenas de lana. Fui a la cocina, encontré una botella de ginebra, me la llevé a los labios y la mantuve allí hasta que me vi obligado a respirar. El reloj de la cocina marcaba las siete y cuarenta y uno.

Con la ginebra en el estómago volví al comedor, encendí la luz y miré a la chica muerta.

No se veía mucha sangre: una mancha del tamaño de un dólar de plata en torno al agujero que le había abierto el picahielo en el vestido de seda azul. Tenía un moretón en la mejilla derecha, justo debajo del pómulo. En su muñeca derecha se veían marcas amoratadas. Tenía las manos vacías. La moví un poco para ver que no había nada debajo.

Inspeccioné la habitación. Hasta donde alcanzaba a ver, no había cambiado nada. Volví a la cocina y no encontré ningún cambio perceptible.

La cerradura de la puerta trasera estaba echada y no había indicios de que la hubieran forzado. Fui hasta la puerta principal y no encontré ninguna marca. Recorrí la casa de arriba abajo y no averigüé nada. Las ventanas estaban como de costumbre. Las joyas de la chica, en el tocador (salvo los dos anillos de diamantes en los dedos), y los cuatrocientos y pico dólares en el bolso de mano, encima de una silla del dormitorio, estaban intactos.

De nuevo en el comedor, me arrodillé junto a la chica muerta y me serví del pañuelo para eliminar del mango del picahielo cualquier huella que hubieran dejado mis dedos. Hice lo mismo con vasos, botellas, puertas, interruptores y muebles que había tocado, o era probable que hubiese tocado.

Luego me lavé las manos, examiné mi ropa en busca de sangre, me aseguré de que no me dejaba nada de mi propiedad y fui a la puerta principal. La abrí, limpié el pomo de dentro, la cerré a mi espalda, limpié el pomo de fuera y me marché.

Desde una tienda en la parte alta de Broadway llamé a Dick Foley y le pedí que viniera a mi hotel. Llegó unos minutos después que yo.

—Dinah Brand ha sido asesinada en su casa, anoche o esta mañana temprano —le dije—. Acuchillada con un picahielo. La policía no lo sabe aún. Te he contado lo suficiente sobre ella como para que te hayas hecho una idea de que hay unas cuantas personas que podrían haber tenido motivos para matarla. Primero quiero centrarme en tres: el Susurro, Dan Rolff y Bill Quint, el extremista. Ya tienes sus descripciones. Rolff está en el hospital con el cráneo partido. No sé en qué hospital. Prueba primero en el Municipal. Ponte en contacto con Mickey Linehan, que sigue detrás de Pete el Finlandés, y dile que deje en paz a Pete y te eche una mano con esto. Averigua dónde estuvieron esos tres pájaros anoche. Y el tiempo es importante.

El pequeño agente canadiense había estado observándome con curiosidad mientras hablaba. Empezó a decir algo, cambió de parecer, gruñó: «Vale» y se marchó.

Fui en busca de Reno Starkey. Tras buscarlo durante una hora lo localicé, por teléfono, en una pensión de Ronney Street.

—¿Tú solo? —me preguntó cuando le dije que quería verlo.

—Sí.

Dijo que podía ir allí y me indicó cómo llegar. Tomé un taxi. Era una lóbrega casa de dos plantas a las afueras de la ciudad.

Un par de hombres pasaban el rato delante de una tienda de comestibles una esquina más allá. Otros dos estaban sentados en los peldaños bajos de madera de la casa en la esquina siguiente. Ninguno de los cuatro tenía un aspecto especialmente refinado.

Cuando llamé al timbre abrieron la puerta dos hombres. Tampoco tenían un aire muy amigable.

Me llevaron a la planta superior, a una habitación con vistas a la calle donde Reno, en mangas de camisa, sin cuello y con chaleco, estaba recostado en una silla con los pies en el alféizar.

Asintió con su cetrina jeta de caballo y dijo:

—Acerca una silla.

Los hombres que me habían llevado se fueron y cerraron la puerta. Me senté y dije:

—Quiero una coartada. Anoche asesinaron a Dinah Brand después de que yo la dejase. No hay peligro de que me lo endosen a mí, pero ahora que Noonan está muerto no sé en qué situación estoy con la policía. No quiero darles la más mínima posibilidad de que intenten siquiera colgarme nada. Si me veo obligado, puedo demostrar dónde estuve anoche, pero si quieres podrías ahorrarme un montón de problemas.

Reno me miró con ojos apagados y preguntó:

—¿Por qué vienes a molestarme a mí?

—Anoche me llamaste allí. Eres el único que sabe que pasé allí la primera parte de la noche. Tendría que ponerme de acuerdo contigo aunque consiguiera una coartada en alguna otra parte, ¿no crees?

—No te la cargaste, ¿verdad? —me preguntó.

—No —dije con despreocupación.

Se quedó mirando por la ventana un rato antes de hablar, y preguntó:

—¿Qué te ha hecho pensar que te echaría un cable? ¿Te debo algo por lo que me hiciste en casa de Willsson anoche?

—No te perjudiqué —dije—. El asunto ya casi había salido a la luz de todas maneras. El Susurro sabía lo suficiente para deducir el resto. Lo único que hice fue precipitar el enfrentamiento. ¿Qué más te da? Ya sabes cuidarte.

—Eso intento —coincidió—. Vale. Estabas en Tanner House, en Tanner, un pueblecito unos treinta o cuarenta kilómetros montaña arriba. Fuiste allí después de irte de casa de Willsson y te has quedado hasta esta mañana. Un tal Ricker, que suele andar por Murry’s con un carro de alquiler, te llevó y te trajo. Deberías saber qué hacías allí. Dame tu firma y haré que la pongan en el registro.

—Gracias —le dije al tiempo que desenroscaba el tapón de la pluma.

—No hay de qué. Lo hago porque me vienen bien todos los amigos que pueda hacer. Cuando llegue la hora de que nos sentemos a hablar tú, el Susurro, Pete y yo, espero que no me la metas doblada.

—No te preocupes —le prometí—. ¿Quién va a ser jefe de policía?

—MacGraw, de momento. Seguro que acabarán nombrándolo de manera oficial.

—¿Por quién se decantará?

—Por el Finlandés. Las trifulcas perjudicarían su tinglado igual que el de Pete. Habrá que apretarle un poco. Sería un imbécil si me quedara de brazos cruzados mientras anda suelto un tipo como el Susurro. Es él o yo. ¿Crees que se cargó a la tía?

—Tenía motivos de sobra —dije a la vez que le tendía el papel en el que había escrito mi nombre—. Lo traicionó, lo vendió, más de una vez.

—Tú y esa os llevabais bastante bien, ¿no? —preguntó.

Dejé correr la pregunta y encendí un cigarrillo. Reno esperó un rato y luego dijo:

—Más vale que vayas en busca de Ricker y dejes que te eche un buen vistazo para que sepa describirte si se lo piden.

Un muchacho zanquilargo de unos veinte años con la cara afilada y pecosa en torno a unos ojos temerarios abrió la puerta y entró en la habitación. Reno me lo presentó como Hank O’Marra. Me levanté para estrecharle la mano y luego le pregunté a Reno:

—¿Puedo encontrarte aquí si es necesario?

—¿Conoces a Peak Murry?

—He coincidido con él y se dónde está su garito.

—Cualquier cosa que le des a él me llegará a mí —aseguró—. Vamos a largarnos de aquí. No es muy buen sitio. El asunto de Tanner ya está arreglado.

—De acuerdo. Gracias.

Me fui de la casa.

22
EL PICAHIELO

Una vez en el centro, fui primero a comisaría. McGraw ocupaba la mesa del jefe. Sus ojos de pestañas rubias me miraron con recelo; las arrugas en su rostro curtido parecían más marcadas y acres de lo habitual.

—¿Cuándo viste a Dinah Brand por última vez? —preguntó sin preliminares, sin saludar con un gesto de cabeza siquiera. La voz le salió áspera y desagradable por la nariz huesuda.

—Anoche a las once menos veinte o así —dije—. ¿Por qué?

—¿Dónde?

—En su casa.

—¿Cuánto estuviste allí?

—Unos diez minutos, tal vez quince.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué no te quedaste más?

—¿Y eso por qué es asunto tuyo? —le pregunté, y me senté en la silla que no me había ofrecido.

Me fulminó con la mirada mientras se llenaba los pulmones para poder gritarme a la cara:

—¡Asesino!

Me reí y dije:

—No creerás que ella tuvo algo que ver con el asesinato de Noonan, ¿verdad?

Quería un cigarrillo, pero el tabaco es un recurso de urgencia tan conocido para los que están nerviosos que preferí no arriesgarme en ese momento.

McGraw intentaba horadarme los ojos. Le dejé mirar, pues estoy más que convencido de que, como le ocurre a mucha gente, parecía más sincero cuando estaba mintiendo. Al cabo, dejó de analizarme con la mirada y preguntó:

—¿Por qué no?

Eso fue bastante flojo.

—De acuerdo, ¿por qué no? —dije con indiferencia. Le ofrecí un cigarrillo y saqué otro para mí. Luego añadí—: Yo diría que lo hizo el Susurro.

—¿Estaba allí?

Por una vez McGraw dio esquinazo a su nariz y soltó las palabras entre dientes.

—¿Que si estaba dónde?

—En casa de Brand.

—No —dije, y arrugué el entrecejo—. ¿Por qué iba a estar allí, si andaba por ahí cargándose a Noonan?

—¡Al infierno con Noonan! —exclamó irritado el jefe en funciones—. ¿Por qué sigues trayéndolo a cuento?

Intenté mirarlo como si creyera que había perdido la cabeza.

—Dinah Brand fue asesinada anoche —dijo.

—¿Ah, sí?

—¿Vas a responder ahora a mis preguntas?

—Claro. Estuve en casa de Willsson con Noonan y los demás. Después de irme de allí, a eso de las diez y media, me pasé por su casa para decirle que tenía que ir a Tanner. Estaba medio citado con ella. Me quedé unos diez minutos, lo suficiente para tomarme una copa. No había nadie más, a menos que se hubieran escondido. ¿Cuándo la mataron? ¿Y cómo?

McGraw me contó que había enviado a un par de sus hombres —Shepp y Vanaman— a ver a la chica esa misma mañana, a ver hasta qué punto podía y quería ayudar a la policía a endosarle al Susurro el asesinato de Noonan. Los polis llegaron a su casa a las nueve y media. La puerta de la calle estaba abierta. No contestó nadie cuando llamaron al timbre. Entraron y se encontraron a la chica boca arriba en el comedor, muerta, con una herida de arma blanca en el seno izquierdo.

El forense que examinó el cadáver dijo que la habían asesinado con una hoja fina, redonda y terminada en punta de unos quince centímetros, a eso de las tres de la madrugada. Por lo visto, habían registrado con destreza y a conciencia cómodas, armarios, baúles y demás. No había dinero en el bolso de la chica ni en ningún otro lugar de la casa. El joyero en el tocador estaba vacío. Llevaba dos anillos de diamantes en los dedos.

La policía no había encontrado el arma con que había sido acuchillada. Los expertos en huellas dactilares no habían dado con nada de utilidad. No parecían haberse forzado puertas ni ventanas. En la cocina había indicios de que la chica había estado bebiendo con uno o más invitados.

—Quince centímetros, redondo, fino, terminado en punta —repetí la descripción del arma—. A mí me parece un picahielo.

McGraw cogió el teléfono y le dijo a alguien que enviaran a Shepp y Vanaman. Shepp era un tipo alto y encorvado cuya bocaza tenía un rictus de adusta seriedad debido probablemente a su mala dentadura. El otro detective era bajo, fornido, con venas purpúreas en la nariz y sin apenas cuello.

McGraw nos presentó y les preguntó por el picahielo. No lo habían visto; sabían con seguridad que no estaba allí. No habrían pasado por alto un objeto semejante.

—¿Estaba allí anoche? —me preguntó McGraw.

—Estaba al lado de la chica mientras sacaba trozos de hielo con él.

Se lo describí. McGraw les dijo a los sabuesos que volvieran a registrar el domicilio, y que luego procuraran encontrar el picahielo en las inmediaciones de la casa.

—Tú la conocías —dijo después de que se fueran Shepp y Vanaman—. ¿Cuál es tu opinión sobre el asunto?

—Aún es muy pronto para tenerla —me zafé de la pregunta—. Dame un par de horas para pensármelo. ¿Qué te parece a ti?

Volvió a adoptar aire de amargado y refunfuñó:

—¿Qué demonios sé yo?

Pero al dejar que me marchara sin hacerme más preguntas deduje que ya había llegado a la conclusión de que quien había matado a la muchacha era el Susurro.

Me pregunté si lo habría hecho el fullero bajito, o si no era más que otra de las imputaciones falsas que los jefes de policía de Poisonville tenían tendencia a colgarle. Ahora no suponía gran diferencia. Estaba cantado que, ya fuera en persona o recurriendo a un intermediario, el Susurro había quitado de en medio a Noonan, y solo podían ahorcarlo una vez.

Había un montón de tipos en el pasillo cuando dejé a McGraw. Algunos eran bastante jóvenes, apenas unos chavales, unos cuantos eran extranjeros, y la mayoría parecían tan duros como cabría esperar de un hombre.

Cerca de la puerta de la calle me encontré con Donner, uno de los polis que habían tomado parte en la expedición a Cedar Hill.

—Hola —le saludé—. ¿A qué viene el gentío? ¿Vacían la trena para dejar sitio a otros?

—Son nuestros nuevos agentes especiales —me dijo, hablando como si no los tuviera en muy buen concepto—. Vamos a aumentar la plantilla.

—Enhorabuena —dije, y me fui.

Encontré a Peak Murry en su sala de billar sentado a una mesa detrás de un mostrador de puros, hablando con tres hombres. Me senté en el otro extremo de la sala y vi a dos chicos golpear bolas de aquí para allá. Unos minutos después el propietario larguirucho se me acercó.

—Si ves a Reno en algún momento —le dije—, igual puedes hacerle saber que Pete el Finlandés está haciendo que los de su banda juren el cargo de agentes especiales.

—Igual se lo digo —asintió Murry.

Mickey Linehan estaba sentado en el vestíbulo cuando regresé a mi hotel. Me siguió hasta la habitación y me informó:

—Tu colega Dan Rolff se dio el piro del hospital anoche, después de las doce. Los matasanos están bastante mosqueados. Por lo visto tenían previsto sacarle un montón de trocitos de hueso del cerebro esta mañana. Pero él y su ropa habían desaparecido. Aún no sabemos nada del Susurro. Dick está intentando localizar a Bill Quint. ¿Qué hay de la chica esa a la que han trinchado? Dick me ha dicho que te has enterado antes que los maderos.

—No debería...

Sonó el teléfono.

Una voz de hombre, atentamente retórica, pronunció mi nombre con una interrogación al final.

—Sí —contesté.

La voz dijo:

—Soy el señor Charles Proctor Dawn. Creo que le resultará sumamente beneficioso venir a mi despacho en cuanto le sea posible.

—¿Ah, sí? ¿Quién es?

—El señor Charles Proctor Dawn, abogado. Mi bufete está en el edificio Rutledge, en el 310 de Green Street. Creo que le resultará...

—¿Le importa apuntarme al menos de qué se trata? —le insté.

—Hay asuntos que más vale no tratar por teléfono. Creo que le resultará...

—De acuerdo —lo interrumpí de nuevo—. Pasaré a verlo esta tarde, si tengo oportunidad.

—Verá que es muy, pero que muy aconsejable —me aseguró.

Colgué al llegar a ese punto.

Mickey dijo:

—Ibas a contarme qué hay del asesinato de Brand.

—Nada de eso —repuse—. He empezado a decirte que no debería ser muy difícil dar con Rolff: si va por ahí con una fractura de cráneo seguro que lleva la cabeza vendada. A ver si te pones a ello. Inténtalo primero en Hurricane Street.

Mickey me ofreció una sonrisa de lado a lado de su cara colorada de payaso y dijo: «No me cuentes nada de lo que ocurre. Total, solo trabajo contigo». Cogió el sombrero y me dejó allí.

Me tumbé en la cama, empecé a empalmar un cigarrillo con el siguiente y pensé en la noche pasada: en mi estado de ánimo, cómo había perdido el conocimiento, los sueños que tuve y la situación en la que había despertado. Pensar me resultó tan desagradable que me alegré de que me interrumpieran.

Unas uñas rascaban mi puerta. Fui a abrir.

No conocía al tipo que estaba allí plantado. Era joven y delgado, e iba vestido de colores chillones. Tenía las cejas tupidas y un bigotito renegrido que contrastaba con una cara muy pálida, nerviosa, aunque nada tímida.

—Soy Ted Wright —dijo, y me tendió una mano como si yo me alegrara de conocerle—. Supongo que el Susurro te habrá hablado de mí.

Le di la mano, le dejé pasar, cerré la puerta y pregunté:

—¿Eres amigo del Susurro?

—Desde luego. —Me mostró dos dedos firmemente apretados—. Somos uña y carne, él y yo.

No dije nada. Él paseó la mirada por la habitación, sonrió con nerviosismo, fue hasta la puerta abierta del cuarto de baño, echó un vistazo dentro, volvió hasta donde estaba yo, se restregó los labios con la lengua y me hizo su propuesta:

—Puedo hacerte el favor de cargármelo por quinientos pavos.

—¿Al Susurro?

—Sí, y es una ganga.

—¿Por qué iba a quererlo yo muerto? —pregunté.

—Te ha dejado sin chica, ¿no?

—¿Ah, sí?

—Sí.

—No eres tan tonto.

Me vino una idea a la mollera. Para darle tiempo a que madurara, dije:

—Siéntate. Esto hay que hablarlo.

—Nada de eso —dijo, y me miró con dureza, sin acercarse a ninguna de las sillas—. O quieres que me lo cargue o no quieres.

—Entonces, no quiero.

Dijo algo que no alcancé a entender, como si se le hubiera atascado en la garganta, y se volvió hacia la puerta. Me crucé en su camino y se detuvo con ojos inquietos.

—Así que el Susurro está muerto, ¿eh?

Reculó y echó hacia atrás una mano. Le di un puñetazo en la mandíbula, impulsando el golpe con mis ochenta y seis kilos.

Se le cruzaron las piernas y se desplomó.

Lo levanté tirándole de las muñecas, acerqué su cara a la mía y gruñí:

—Ya puedes largar. ¿Qué es todo este asunto?

—Yo no te he hecho nada.

—Pues ya verás si te pillo. ¿Quién se ha cargado al Susurro?

—Yo no sé nada de...

Le solté una de las muñecas, le abofeteé la cara con la mano abierta, volví a cogerle la muñeca y probé a retorcerle las dos mientras repetía:

—¿Quién se ha cargado al Susurro?

—Dan Rolff —gimoteó—. Se le acercó y le clavó el mismo pincho que el Susurro utilizó con la tía. Así mismo.

—¿Cómo sabes que era el mismo con el que mató el Susurro a la chica?

—Eso dijo Dan.

—¿Qué dijo el Susurro?

—Nada. Tenía una pinta rara de la leche, allí plantado con el mango del pincho asomándole por el costado. Entonces saca la pipa y le mete dos balazos a Dan justo en el mismo sitio, y los dos se desploman juntos, entrechocando las cabezas, la de Dan ensangrentada entre las vendas.

—Y luego, ¿qué?

—Luego, nada. Les doy la vuelta y los dos la han palmado. Todo lo que te digo va a misa.

—¿Quién más estaba presente?

—Nadie más. El Susurro estaba escondido y yo era el único contacto que tenía con la banda. Mató a Noonan con sus propias manos y no quería verse obligado a confiar en nadie durante un par de días, hasta ver cómo iban las cosas, salvo en mí.

—Así que, como el listillo que eres, pensaste que podías acudir a sus enemigos y sacar algo de guita por matarlo después de muerto, ¿no?

—Estaba pelado, y esta ciudad no va a ser buen sitio para los colegas del Susurro una vez corra la voz de que ha estirado la pata —lloriqueó Wright—. Tenía que conseguir pasta para la huida.

—¿Qué tal te ha ido hasta el momento?

—Le he sacado cien a Pete y ciento cincuenta a Peak Murry, por Reno, pero los dos han prometido darme más cuando cumpla mi palabra. —El gimoteo se transformó en jactancia conforme hablaba—. Apuesto a que podría hacer que McGraw también aflojara, y he pensado que tú también pondrías algo.

—Deben de estar forrados para tirar pasta en un manejo tan chungo.

—No lo sé —respondió con aires de superioridad—. A mí no me parece ninguna estupidez. —Volvió a mostrarse humilde—. Venga, jefe, dame una oportunidad. No me hundas el asunto. Te daré cincuenta pavos ahora y la mitad de lo que le saque a McGraw si tienes la boca cerrada hasta que termine con esto y pueda subirme a un tren para largarme bien lejos de aquí.

—¿Eres el único que sabe dónde está el Susurro?

—Soy el único; sin contar a Dan, que está tan muerto como él.

—¿Dónde están?

—En el viejo almacén de la Redman, en Porter Street. Al fondo, en la parte de arriba, el Susurro se había apañado un cuarto con cama, estufa y algo de papeo. Dame una oportunidad. Cincuenta pavos ahora y una tajada del resto.

Le solté el brazo y le dije:

—No quiero la pasta, pero adelante. Me quitaré de en medio durante un par de horas. Con eso deberías tener suficiente.

—Gracias, jefe. Gracias, gracias. —Y se fue corriendo.

Me puse el abrigo y el sombrero, salí y encontré Green Street y el edificio Rutledge. Era una construcción de madera que no estaba en sus mejores tiempos, si es que alguna vez lo había estado. El señor Charles Proctor Dawn tenía su negocio en la segunda planta. No había ascensor. Subí un tramo de escaleras desgastadas y medio rotas.

El abogado disponía de dos salas, las dos deslucidas, malolientes y apenas iluminadas. Esperé en la exterior mientras un secretario que casaba bien con la oficina ponía al tanto de mi llegada al abogado. Medio minuto después el secretario abrió la puerta y me indicó que pasara.

El señor Charles Proctor Dawn era un hombrecillo de cincuenta y tantos años entrado en carnes. Tenía unos penetrantes ojos triangulares de color muy claro, una nariz carnosa y una boca más carnosa aún cuya gula quedaba escondida solo a medias tras un andrajoso bigote gris y una desgreñada barba gris al estilo Van Dyke. Su ropa se veía oscura y desaliñada sin estar sucia.

No se levantó de la mesa y durante todo el tiempo que duró mi visita mantuvo la mano derecha en el borde de un cajón que estaba abierto unos quince centímetros.

—Ah, apreciado señor mío, cómo me satisface ver que ha tenido el buen juicio de apreciar la valía de mi consejo.

Su voz sonaba más retórica incluso que por teléfono.

Guardé silencio.

Meneó la barba arriba y abajo como si mi silencio no fuera sino otra muestra de buen juicio, y continuó:

—Le puedo decir, en honor a la verdad, que, como tendrá usted ocasión de comprobar, seguir los dictados de mis consejos es muestra de buen criterio. Se lo puedo decir, apreciado señor mío, sin falsa modestia, pues tengo un alto concepto, con oportuna humildad y un profundo sentido de los valores auténticos y perdurables, de mis responsabilidades, así como mis prerrogativas en tanto que uno de los..., y no veo por qué habría de rebajarme a ocultar que hay quienes creen justificado sustituir este «uno de los» por «el más»..., próceres reconocidos y aceptados de la abogacía en este próspero estado. —Se sabía un montón de parrafadas como esa, y no le importó usarlas conmigo. Al cabo, continuó—: Por tanto, esa conducta que en un profesional de menor dignidad podría parecer improcedente, cuando quien la ejerce ostenta un renombre tan indisputable en su comunidad..., y, debo añadir, no solo en la inmediata comunidad..., que lo sitúa por encima del temor a la crítica, se convierte sencillamente en esa elevada ética que desdeña los convencionalismos mezquinos cuando encuentra la oportunidad de ponerse al servicio de la humanidad por medio de uno de sus representantes individuales. Es por ello, estimado señor mío, que no he vacilado en descartar con merecido desprecio cualquier consideración trivial de los antecedentes aceptados para invitarlo aquí y decirle con toda franqueza y sinceridad, apreciado señor mío, que la mejor manera de servir a sus intereses es contratarme como su representante legal.

—¿Cuánto va a costarme? —le pregunté.

—Eso —dijo con altanería— es de importancia secundaria. Sea como fuere, es un detalle que tiene su merecido lugar en nuestra relación, y no hay que pasarlo por alto ni menospreciarlo. Digamos, mil dólares ahora. Más adelante, sin duda...

Se atusó la perilla y no terminó la frase.

Dije que, claro, no llevaba tanto dinero encima.

—Naturalmente, apreciado señor mío. Naturalmente. Pero eso no tiene la menor importancia. En absoluto. Puede ocuparse de ello cuando mejor le convenga, siempre que sea antes de las diez de mañana por la mañana.

—Mañana a las diez —accedí—. Ahora me gustaría saber por qué se supone que necesito un representante legal.

Me miró con indignación.

—Estimado señor mío, no es asunto para tomárselo a la ligera, se lo aseguro.

Le expliqué que no bromeaba, que de verdad no lo entendía.

Carraspeó, frunció el ceño dándose aires más o menos importantes y dijo:

—Bien podría ser, apreciado señor mío, que no entienda usted plenamente el peligro que le acecha, pero es indudablemente ridículo que espere de mí que crea que usted no tiene el menor indicio de las dificultades, las dificultades legales, estimado señor mío, con las que está a punto de encontrarse, pues se derivan de sucesos tan recientes que acontecieron anoche mismo, apreciado señor mío, anoche mismo. Sea como fuere, no hay tiempo para entrar en eso ahora. Tengo una cita urgente con el juez Leffner. Mañana estaré encantado de abordar en detalle todas y cada una de las ramificaciones de la situación..., y le aseguro que hay muchas..., con usted. Le espero mañana a las diez de la mañana.

Le prometí que allí estaría y me marché. Pasé la tarde en mi habitación, bebiendo un whisky desagradable, entreteniendo pensamientos desagradables y esperando informes de Mickey y Dick que no llegaron. A medianoche me fui a dormir.

23
EL SEÑOR CHARLES PROCTOR DAWN

A la mañana siguiente estaba medio vestido cuando entró Dick Foley. Me informó, con su estilo escueto, de que Bill Quint se había marchado del Hotel de los Mineros la víspera a mediodía, sin dejar dirección de contacto.

Un tren salía de Personville en dirección a Ogden a la una menos veinticinco. Dick había enviado un telegrama a la sucursal de Continental en Salt Lake para que enviasen a Ogden un agente que intentara localizar a Quint.

—No podemos pasar por alto ninguna pista —dije—, pero no creo que Quint sea el hombre que buscamos. Dinah Brand le dio puerta hace mucho tiempo. Si hubiera tenido intención de hacer algo al respecto lo habría hecho hace mucho tiempo. Yo diría que cuando se enteró de que la habían asesinado decidió largarse, porque es un amante despechado que la amenazó.

Dick asintió y dijo:

—Anoche hubo un tiroteo en la carretera. Pararon a punta de pistola cuatro camiones llenos de alcohol y los quemaron.

Me pareció que era la respuesta de Reno Starkey a la noticia de que los chicos de la banda del contrabandista más importante habían jurado su cargo como agentes especiales.

Mickey Linehan llegó cuando me acababa de vestir.

—Dan Rolff estuvo en la casa, eso seguro —me informó—. El tendero griego de la esquina lo vio salir hacia las nueve de la mañana de ayer. Se fue calle abajo tambaleándose y hablando solo. El griego pensó que estaba borracho.

—¿Cómo es que el griego no se lo contó a la policía? ¿O sí se lo contó?

—No se lo preguntaron. Vaya policía tiene esta ciudad. ¿Qué hacemos: lo buscamos y se lo entregamos con el caso cerrado?

—McGraw ha decidido que la mató el Susurro —dije—, y no quiere perder el tiempo con ninguna pista que no vaya en esa dirección. A menos que volviera después a por el picahielo, Rolff no fue quien se la cargó. La mataron a las tres de la madrugada. Rolff no estaba allí a las ocho y media, y ella seguía con el picahielo clavado. Lo tenía...

Dick Foley se me plantó delante y me preguntó:

—¿Cómo lo sabes?

No me gustó su actitud ni su tono. Le dije:

—Tú lo sabes porque yo te lo digo.

Dick guardó silencio. Mickey mostró su sonrisa de idiota y preguntó:

—¿Y ahora, qué? Vamos a dar carpetazo a este asunto.

—Tengo una cita a las diez —les dije—. Quedaos en el hotel hasta que vuelva. Lo más probable es que el Susurro y Rolff estén muertos, así que no tendremos que darles caza. —Miré ceñudo a Dick y le dije—: Me lo han contado. Yo no he matado a ninguno de los dos.

El canadiense bajito asintió sin apartar su mirada de la mía.

Desayuné solo y luego me fui al despacho del abogado.

Al doblar la esquina de King Street vi la cara pecosa de Hank O’Marra en un automóvil que subía por Green Street. Iba acompañado de un desconocido. El joven de piernas largas me saludó con un brazo y detuvo el coche. Me acerqué.

—Reno quiere verte —me dijo.

—¿Dónde daré con él?

—Sube.

—Ahora no puedo ir —dije—. Lo más probable es que no pueda hasta esta tarde.

—Vete a ver a Peak cuando estés listo.

Le dije que eso haría. O’Marra y su acompañante se fueron por Green Street. Recorrí media manzana hacia el sur hasta el edificio Rutledge. Con un pie en el primer peldaño de las escaleras desvencijadas que llevaban a la planta donde estaba el bufete, me detuve a mirar algo.

Resultaba apenas visible en un rincón en penumbra de la primera planta. Era un zapato. Estaba en una posición en la que no suelen estar los zapatos vacíos.

Aparté el pie del peldaño y fui hacia el zapato. Entonces vi un tobillo y el dobladillo de unos pantalones negros encima del botín.

Eso me preparó para lo que encontré.

Encontré al señor Charles Proctor Dawn hecho un ovillo entre dos escobas, una fregona y un cubo, en un nicho formado por la parte posterior de las escaleras y un rincón de la pared. Tenía la barba al estilo Van Dyke roja de la sangre de un tajo que le cruzaba la frente en diagonal. Su cabeza estaba retorcida hacia un lado y vuelta hacia atrás en un ángulo que solo podía adoptar un cuello roto.

Cité para mí la frase de Noonan: «Si hay que hacerlo, hay que hacerlo», y, apartando con cautela un lado del abrigo del muerto, le vacié el bolsillo interior y transferí una agenda negra y un fajo de documentos a mi bolsillo. En dos de los otros bolsillos no encontré nada que me interesara. A los demás bolsillos no se podía llegar sin moverlo, y eso no me pareció oportuno.

Cinco minutos después estaba de regreso en el hotel. Entré por una puerta lateral para eludir a Dick y Mickey en el vestíbulo y subí al entresuelo para coger un ascensor.

Una vez en mi habitación me senté y eché un vistazo al botín de guerra.

Primero saqué la agenda, una de esas libretas encuadernadas en imitación a cuero de las que se venden por poco dinero en cualquier papelería. Contenía algunas notas fragmentarias que no me dijeron gran cosa y treinta y tantos nombres y direcciones que tampoco me aclararon nada, con una excepción:

Helen Albury

Hurricane Street, 1229A

Era interesante porque, en primer lugar, un joven llamado Robert Albury estaba en la cárcel, tras haber confesado matar a tiros a Donald Willsson en un arrebato de celos provocado por el supuesto éxito de Willsson con Dinah Brand; y, en segundo lugar, porque Dinah Brand había vivido, y había sido asesinada, en el 1232 de Hurricane Street, enfrente del 1229A.

No encontré mi nombre en la agenda.

La dejé y empecé a desdoblar y leer los documentos que había cogido al mismo tiempo. Con estos también tuve que leer un montón de cosas que no me decían nada hasta encontrar algo de interés.

Lo que encontré fueron cuatro cartas sujetas con una goma elástica.

Las cartas iban en sobres abiertos que estaban matasellados con una semana de diferencia por término medio. La última era de poco más de seis meses atrás. Iban dirigidas a Dinah Brand. La primera, es decir, la más antigua, no estaba tan mal, para ser una carta de amor. La segunda era un poco más insulsa. La tercera y la cuarta eran ejemplos de lo insensato, apasionado y frustrado que puede llegar a mostrarse un pretendiente, sobre todo si ya es un hombre entrado en años. Las cuatro cartas llevaban la firma de Elihu Willsson.

No había encontrado nada que me demostrara sin lugar a dudas por qué el señor Charles Proctor Dawn había creído que podía chantajearme mil pavos, pero sí había encontrado mucho en lo que pensar. Activé mi cerebro con un par de puros y luego bajé.

—Vete por ahí a ver qué puedes averiguar sobre un abogado llamado Charles Proctor Dawn —le dije a Mickey—. Tiene su bufete en Green Street. Mantente alejado de allí. No le dediques demasiado tiempo. Solo quiero un informe aproximado lo antes posible.

Le dije a Dick que me dejara cinco minutos de ventaja y luego me siguiera hacia el vecindario del 1229A de Hurricane Street.

El 1229A era el piso superior de un edificio de dos plantas casi directamente enfrente de la casa de Dinah. El 1229 estaba dividido en dos apartamentos, con una entrada privada para cada uno. Llamé al timbre del que me interesaba.

Salió a abrir la puerta una chica delgada de dieciocho o diecinueve años con los ojos oscuros y juntos en una cara amarillenta y lustrosa bajo un cabello castaño y corto que parecía mojado.

Abrió la puerta, escapó de su garganta un ruidito ahogado, atemorizado, y se apartó de mí al tiempo que se llevaba las manos a la boca abierta.

—¿Helen Albury? —le pregunté.

Ella negó moviendo la cabeza bruscamente de un lado a otro. No vi en ello la menor veracidad. Tenía los ojos enloquecidos.

—Me gustaría entrar y hablar con usted unos minutos.

Entré al tiempo que lo decía y cerré la puerta a mi espalda.

Ella guardó silencio. Subió las escaleras delante de mí, con la cabeza vuelta para mirarme con sus espeluznantes ojos.

Entramos en una sala de estar apenas amueblada. Desde las ventanas se veía la casa de Dinah.

La chica se quedó en mitad de la habitación sin quitarse las manos de la boca.

Malgasté tiempo y palabras intentando convencerla de que era inofensivo. No sirvió de nada. Todo lo que decía daba la impresión de asustarla más. Dejé de intentarlo y puse manos a la obra.

—Tú eres la hermana de Robert Albury, ¿no? —le pregunté.

No hubo respuesta, solo esa mirada inconcebible de miedo absoluto.

Le dije:

—Después de que lo detuvieran por matar a Donald Willsson, te mudaste a este piso para poder vigilarla. ¿Por qué?

No dijo ni palabra. Tuve que ofrecer mi propia respuesta:

—Venganza. Culpaste a Dinah Brand de los problemas de tu hermano. Esperaste tu oportunidad. Llegó anteanoche. Te colaste en su casa, la encontraste borracha, la acuchillaste con el picahielo que encontraste allí.

No dijo nada. El sobresalto no había sido suficiente para ahuyentar aquella mirada inexpresiva de su rostro asustado. Continué:

—Te ayudó Dawn, lo planeó todo. Quería las cartas de Elihu Willsson. ¿Quién fue el hombre al que envió a por ellas, el hombre que cometió el asesinato? ¿Quién fue?

No llegué a ninguna parte. No hubo cambio alguno en su expresión, o ausencia de expresión. Ni una sola palabra. Sentí deseos de darle unos azotes. Proseguí:

—Ya te he dado la oportunidad de hablar. Estoy dispuesto a oír tu versión. Pero haz lo que quieras.

Hizo lo que quería: seguir callada. Me di por vencido. Me daba miedo, me daba miedo que hiciera alguna locura mayor que guardar silencio si seguía acosándola. Me fui del piso sin tener la seguridad de que hubiera entendido una sola palabra de lo que había dicho.

En la esquina le dije a Dick Foley:

—Ahí hay una chica, Helen Albury, dieciocho años, un metro sesenta y cinco, delgada, no debe de pesar más de cincuenta kilos, si llega, con los ojos juntos, color avellana, piel amarillenta, el pelo castaño y corto, liso, ahora lleva un traje gris. Síguela. Si te da problemas, enciérrala. Ten cuidado, está loca de atar.

Me fui camino del garito de Peak Murry para buscar a Reno y ver qué quería. A media manzana de mi destino me metí en el portal de un edificio de oficinas para analizar la situación.

Había un furgón de la policía aparcado delante de los billares de Murry. Se llevaban a unos hombres, a empujones y a rastras, de la sala de billar al furgón. Los que se encargaban de llevarlos, empujarlos y arrastrarlos no tenían aspecto de policías comunes y corrientes. Eran, supuse, la pandilla de Pete el Finlandés, ahora convertidos en agentes especiales. Por lo visto, Pete, con ayuda de McGraw, estaba cumpliendo su amenaza de darles al Susurro y Reno tanta guerra como quisieran.

Mientras observaba, llegó una ambulancia, la cargaron de heridos y se fue. Estaba muy lejos para reconocer a nadie, con vida o ya cadáver. Cuando me pareció que había pasado lo más intenso del revuelo, rodeé un par de manzanas y regresé al hotel.

Mickey Linehan se encontraba allí con información sobre el señor Charles Proctor Dawn.

—Creo que es el tipo que dio pie al chiste ese de «¿Es un abogado criminalista?». «Sí, pero sin el “ista”». Ese chico que enchironaste, Albury, algún pariente suyo contrató a ese pavo, Dawn, para que lo defendiera. Albury no quiso reunirse con él cuando Dawn fue a verlo. Ese picapleitos de nombre triple casi acabó en el trullo el año pasado, por chantaje, algo relacionado con un pastor llamado Hill, pero consiguió librarse. Tenía unas propiedades en Libert Street, dondequiera que esté. ¿Quieres que siga husmeando?

—Con eso tengo suficiente. Nos quedaremos aquí hasta que tengamos noticias de Dick.

Mickey, que nunca ha sido de esos que necesitan correr por ahí para que siga circulándoles la sangre, bostezó y dijo que a él ya le iba bien, y me preguntó si era consciente de que nos estábamos haciendo famosos a escala nacional.

Le pregunté a qué se refería.

—Acabo de toparme con Tommy Robbins —dijo—. Consolidated Press lo ha enviado para cubrir los acontecimientos. Dice que otras asociaciones de prensa y un par de periódicos de la gran ciudad van a enviar corresponsales especiales y ya están dando una cobertura importante a nuestros apuros.

Estaba dejando constancia de una de mis quejas preferidas —que los periódicos no servían más que para embrollar las cosas de manera que nadie pudiera desembrollarlas— cuando oí que un botones recitaba mi nombre. A cambio de cinco centavos me dijo que tenía una llamada.

Dick Foley:

—Salió enseguida. Al 310 de Green Street. Lleno de pasma. Un picapleitos, Dawn, asesinado. La policía se la ha llevado a comisaría.

—¿Continúa ahí?

—Sí, en el despacho del jefe.

—Sigue con ello y ponme al tanto enseguida de cualquier cosa que averigües.

Volví con Mickey Linehan y le di la llave de mi habitación e instrucciones:

—Quédate en mi habitación. Acepta cualquier recado que me envíen y pásamelo. Estoy en el Shannon, a la vuelta de la esquina, registrado con el nombre de J. W. Clark. Díselo a Dick y a nadie más.

Mickey preguntó: «¿Qué demonios...?». No obtuvo respuesta y arrastró su desgarbada corpulencia hacia los ascensores.

24
SE BUSCA

Fui al Hotel Shannon, me registré con el falso nombre, dejé pagada una noche y me llevaron a la habitación 321.

Transcurrió una hora antes de que sonara el teléfono.

Dick Foley dijo que subía a verme.

Llegó en cinco minutos. Su enjuto rostro preocupado no era cordial. Ni tampoco su voz. Dijo:

—Órdenes de detención contra ti. Asesinato. Dos cargos: Brand y Dawn. He llamado. Mickey ha dicho que aguantaría, que tú estabas aquí. Lo ha pillado la poli. Ahora lo están interrogando.

—Sí, ya me lo esperaba.

—Yo también —dijo con aspereza.

Procurando arrastrar las palabras, dije:

—Tú crees que los maté, ¿verdad, Dick?

—Si no los mataste, sería un buen momento para decirlo.

—¿Vas a delatarme? —le pregunté.

Sonrió y dejó los dientes al descubierto. El tono de su rostro pasó de moreno a pardo rojizo.

—Vuélvete a San Francisco, Dick —le dije—. Bastante tengo como para verme obligado a vigilarte.

Se caló el sombrero con mucho cuidado y con mucho cuidado cerró la puerta a su espalda cuando salió.

A las cuatro pedí que me trajeran algo de comer, tabaco y la edición vespertina del Herald.

La muerte de Dinah Brand y el asesinato más reciente de Charles Proctor Dawn dividían la primera página del Herald, relacionados entre sí por Helen Albury.

Helen Albury era, según pude leer, la hermana de Robert Albury, y, a pesar de la confesión de este, estaba plenamente convencida de que su hermano no era culpable de asesinato, sino víctima de una trama. Ella había contratado a Charles Proctor Dawn para que lo defendiera. (Supuse que el difunto Charles Proctor había ido tras ella, y no al revés.) El hermano no quiso saber nada de Dawn ni de ningún otro abogado, pero la muchacha (debidamente alentada por Dawn, sin duda) no se dio por vencida.

Encontró un piso desocupado enfrente de la casa de Dinah Brand, lo alquiló y se instaló allí con unos prismáticos y una idea: demostrar que Dinah y sus cómplices eran culpables del asesinato de Donald Willsson.

Por lo visto, yo era uno de esos «cómplices». El Herald me describía como «un hombre, supuestamente un detective privado de San Francisco, que lleva varios días en la ciudad, al parecer íntimo amigo de Max (el Susurro) Thaler, Daniel Rolff, Oliver (Reno) Starkey y Dinah Brand». Éramos los conspiradores que habían tendido la trampa a Robert Albury.

La noche que Dinah fue asesinada, Helen Albury, desde su ventana, había visto cosas que, según el Herald, tenían una gran importancia si se consideraban en relación con el posterior hallazgo del cadáver de Dinah. En cuanto la chica se enteró del asesinato, puso aquellos hechos tan importantes en conocimiento de Charles Proctor Dawn. Según averiguó la policía por sus empleados, este me hizo llamar de inmediato, y se había reunido conmigo esa misma tarde. Luego les dijo a sus empleados que yo volvería a la mañana siguiente. Esta mañana no me había presentado a mi cita. A las diez y veinticinco, el portero del edificio Rutledge había encontrado el cadáver de Charles Proctor Dawn en un rincón detrás de la escalera, asesinado. Se creía que habían sustraído de los bolsillos del fallecido documentos valiosos.

En el mismo momento en que el portero encontraba al abogado muerto, yo, por lo visto, estaba en el piso de Helen Albury, donde había entrado por la fuerza y la estaba amenazando. Cuando la muchacha consiguió echarme, se fue a toda prisa al bufete de Dawn, llegó cuando la policía estaba allí y los puso al tanto de todo. Enviaron agentes a mi hotel y no dieron conmigo, pero en mi habitación encontraron a un tal Michael Linehan, que también aseguraba ser un detective privado de San Francisco. La policía seguía interrogando a Michael Linehan. El Susurro, Reno, Rolff y yo estábamos en búsqueda y captura, acusados de asesinato. Se esperaban novedades importantes.

En la segunda página había media columna de interés. Los detectives Shepp y Vanaman, que habían descubierto el cadáver de Dinah Brand, se habían esfumado misteriosamente. Se sospechaba de juego sucio por parte de nosotros, los «cómplices».

No se decía nada en el periódico del asalto a los camiones de la noche anterior, ni de la redada en el garito de Peak Murry.

Salí después de anochecer. Quería ponerme en contacto con Reno. Llamé desde una tienda a la sala de billar de Peak Murry.

—¿Está Peak? —pregunté.

—Soy yo —dijo una voz que no se parecía nada a la suya—. ¿Quién eres?

—Soy Lillian Gish —dije indignado, colgué el auricular y me largué del barrio.

Descarté la idea de dar con Reno y decidí ir a visitar a mi cliente, el viejo Elihu, e intentar meterlo en vereda con ayuda de las cartas de amor que le había escrito a Dinah Brand y yo había robado de los restos de Dawn.

Caminé ciñéndome al lado más oscuro de las calles más oscuras. Era un trecho bastante largo para alguien que detesta el ejercicio. Cuando llegué a la manzana de Willsson estaba de demasiado mal humor para enfrentarme a la clase de charlas que acostumbrábamos a mantener él y yo. Pero aún iba a tardar un rato en verlo.

Estaba a un par de cruces de mi destino cuando alguien me llamó con un siseo.

Probablemente no di un salto de siete metros.

—No passsa nada —susurró una voz.

Estaba oscuro. Escudriñando desde detrás de mi arbusto —estaba a gatas en el jardín delantero de alguien— alcancé a distinguir la silueta de un hombre agazapado cerca del seto, por el mismo lado que yo.

Yo ya tenía la pistola en la mano. No tenía ninguna razón especial para no aceptar su palabra de que no pasaba nada.

Me levanté y me acerqué a él. Cuando estaba lo bastante cerca lo reconocí como uno de los hombres que me franquearon el paso a la casa de Ronney Street la víspera.

Me puse en cuclillas a su lado y le pregunté:

—¿Dónde puedo encontrar a Reno? Hank O’Marra me ha dicho que quería verme.

—Es verdad. ¿Sabes dónde está el antro de Kid McLeod?

—No.

—Está en Martin Street, por encima de King, en la esquina del callejón. Pregunta por Kid. Vuelve por ahí tres manzanas y luego hacia abajo. No tiene pérdida.

Dije que intentaría no perderme y lo dejé agazapado detrás de su seto, vigilando la casa de mi cliente, a la espera, supuse, de la oportunidad de trincar a Pete el Finlandés, el Susurro o cualquier otro tipo hostil a Reno que se pasara a ver al viejo Elihu.

Siguiendo sus indicaciones llegué a un garito donde se servían refrescos y se jugaba a las cartas, pintado de arriba abajo de amarillo y rojo. Una vez dentro pregunté por Kid McLeod. Me llevaron a una habitación del fondo, donde un tipo gordo con el cuello de la camisa sucio, un montón de dientes de oro y una sola oreja reconoció que era McLeod.

—Reno me ha dicho que venga —dije—. ¿Dónde puedo encontrarlo?

—¿Y tú quién eres? —me preguntó.

Le dije quién era. Se fue sin decir nada. Esperé diez minutos. Volvió acompañado de un chico, un chaval de unos quince años o así con expresión ausente en el rostro colorado y lleno de espinillas.

—Vete con Sonny —me dijo Kid McLeod.

Seguí al chico por una puerta lateral, caminamos dos manzanas por una callejuela, cruzamos un solar cubierto de arena, pasamos por una verja hecha polvo y llegamos a la puerta de atrás de una casa de madera.

El chico llamó con los nudillos y le preguntaron quién era.

—Sonny, con un tipo que viene de parte de Kid —respondió.

Abrió la puerta O’Marra, el de las piernas largas. Sonny se marchó. Entré en una cocina donde Reno Starkey y otros cuatro hombres estaban sentados a una mesa con cantidad de cerveza. Me fijé en que había dos pistolas automáticas colgadas de unos clavos encima de la puerta por la que había entrado. Así las tendrían al alcance si alguno de los inquilinos de la casa abría la puerta, se encontraba a un enemigo armado y se veía obligado a poner las manos en alto.

Reno me sirvió un vaso de cerveza y me hizo cruzar el comedor hasta una habitación con vistas a la calle. Allí había apostado un hombre, con un ojo pegado a la hendidura entre la persiana echada y el alféizar de la ventana, vigilando la calle.

—Vete a tomar una cerveza —le dijo Reno.

Se levantó y se fue. Nos pusimos cómodos en sillas cercanas.

—Cuando te apañé la coartada de Tanner —me dijo Reno—, te dije que lo hacía porque me convenía tener tantos amigos como pudiera.

—Ya tienes uno.

—¿Te han tumbado la coartada? —me preguntó.

—Todavía no.

—Resistirá —me aseguró—, a menos que tengan algo más por lo que pillarte. ¿Crees que lo tienen?

No lo creía. Le dije:

—No. McGraw tiene ganas de buscarme las cosquillas. Eso se solucionará solo. ¿Cómo te va a ti?

Vació el vaso, se pasó el dorso de la mano por la boca y dijo:

—Me las apañaré. Pero por eso quería verte. Las cosas están así. Pete se ha aliado con McGraw. Eso nos enfrenta al Susurro y a mí contra la pasma y la banda del alcohol. Pero ¡qué demonios! El Susurro y yo nos dedicamos a intentar machacarnos el uno al otro en vez de revolvernos contra todos ellos. ¡Vaya situación tan chunga! Mientras nos enzarzamos entre nosotros, esos tirados se nos van a comer vivos.

Le dije que era del mismo parecer, y él continuó:

—Seguro que el Susurro te escucha a ti. Búscalo, ¿de acuerdo? A ver qué le parece. Lo que propongo es esto: él tiene intención de trincarme por cargarme a Jerry Hooper, y yo tengo intención de quitarlo de en medio a él antes. Vamos a olvidarnos de eso un par de días. Nadie tendrá que fiarse de nadie más. De todas maneras, el Susurro no participa en persona en ninguno de sus golpes. Se limita a enviar a los muchachos. Yo haré lo mismo esta vez. Juntaremos su banda y la mía para hacer el trabajo. Iremos todos a una, nos desharemos del maldito Finlandés y luego tendremos tiempo más que de sobra para liarnos a tiros entre nosotros.

»Pónselo bien claro. No quiero que se le pase por la cabeza que intento escaquearme de vérmelas con él ni con ningún otro. Dile que te he dicho que si quitamos de en medio a Pete tendremos más sitio para liarnos a golpes entre nosotros. Pete está escondido en Whiskeytown. Yo no tengo suficientes hombres para ir allí y sacarlo. El Susurro tampoco. Los dos juntos, sí. Díselo tal cual.

—El Susurro está muerto.

—¿Ah, sí? —dijo Reno, como si creyera lo contrario.

—Lo mató Dan Rolff ayer por la mañana, en el viejo almacén de la Redman, le clavó el picahielo que el Susurro usó con la chica.

—¿Lo sabes seguro? —preguntó Reno—. ¿No estás haciendo suposiciones?

—Lo sé.

—Pues es de lo más curioso que todos los de su banda se comporten como si siguiera vivo —dijo, aunque empezaba a creerme.

—No lo saben. Estaba escondido y Ted Wrigth era el único que conocía su paradero. Ted lo sabía. Se aprovechó. Me dijo que te sacó cien o ciento cincuenta, por medio de Peak Murry.

—Le habría dado a ese panoli el doble por la verdad —rezongó Reno. Se frotó la barbilla y dijo—: Bueno, eso resuelve el asunto del Susurro.

—No —dije.

—¿Cómo que no?

—Si su banda no sabe dónde está, vamos a decírselo —sugerí—. Reventaron la trena para sacarlo de allí cuando Noonan lo cazó. ¿No te parece que volverían a intentarlo si corre la noticia de que McGraw le ha echado el guante de tapadillo?

—Sigue por ahí —dijo Reno.

—Si sus amigos intentan asaltar el trullo otra vez, pensando que está allí, la policía, incluidos los agentes especiales de Pete, tendrán algo que hacer. Mientras están en ello, tú podrías probar suerte en Whiskeytown.

—Es posible —dijo lentamente—. Igual hacemos justo eso.

—Seguro que funciona —lo animé, al tiempo que me ponía en pie—. Nos vemos...

—Quédate por aquí. Este es un sitio tan bueno como cualquier otro si hay una orden de busca y captura contra ti. Y nos va a hacer falta un buen tipo como tú cuando empiece la fiesta.

Eso no me hizo mucha gracia. Me cuidé mucho de decirlo. Volví a sentarme.

Reno se afanó en propagar el rumor. El teléfono hizo horas extras. La puerta de la cocina trabajó igual de duro, franqueando el paso a los hombres que entraban y salían. Entraron más de los que salían. La casa se llenó de hombres, humo, tensión.

25
WHISKEYTOWN

A la una y media Reno, que acababa de recibir una llamada de teléfono, se volvió para decirme:

—Vamos a dar un garbeo.

Se fue al piso de arriba. Al bajar llevaba una maleta negra. Para entonces la mayoría de los hombres se habían ido por la puerta de la cocina.

Reno me dio la maleta negra y me dijo:

—No la menees demasiado.

Pesaba bastante.

Los siete que quedábamos en la casa salimos por la puerta principal y nos montamos en un turismo con cortinillas que O’Marra acababa de acercar al bordillo. Reno se sentó al lado de O’Marra. Yo quedé embutido entre dos tipos en el asiento de atrás, con la maleta apretada entre las piernas.

Otro coche salió de la primera bocacalle y se colocó delante de nosotros. Un tercer vehículo vino detrás. Íbamos a una velocidad media de unos sesenta y cinco kilómetros por hora, lo bastante rápido para llegar a alguna parte, aunque no tanto como para llamar la atención más de la cuenta.

Casi habíamos llegado cuando empezaron los problemas.

La refriega comenzó en una manzana de casas de una sola planta en plan cabañas, hacia el extremo sur de la ciudad.

Un tipo asomó la cabeza por una puerta, se llevó los dedos a la boca y lanzó un silbido estridente.

Alguien lo abatió desde el coche que iba detrás.

En la esquina siguiente nos encontramos con una andanada de balas de pistola.

Reno se volvió para decirme:

—Si revientan la maleta, vamos a saltar todos por los aires. Ábrela. Tenemos que trabajar a toda prisa en cuanto lleguemos.

Acababa de abrir los cierres cuando el coche se detuvo junto a la acera delante de un lóbrego edificio de ladrillo de tres pisos.

Me vi avasallado por un montón de hombres que abrieron la maleta y se sirvieron de su contenido: bombas hechas con trozos cortos de tubería de unos cinco centímetros de grosor, protegidas con serrín dentro de la maleta. Las balas arrancaban a mordiscos pedazos de las cortinillas del coche.

Reno se volvió para coger una bomba, salió a la acera de un salto, hizo caso omiso de la veta de sangre que de pronto apareció en mitad de su mejilla izquierda y lanzó el trozo relleno de tubería contra la puerta del edificio de ladrillo.

A una cortina de llamas le siguió un estruendo ensordecedor. Nos llovieron fragmentos de toda clase mientras intentábamos evitar que la onda expansiva diera con nosotros en el suelo. Luego vimos que no había puerta alguna que impidiese la entrada al edificio de ladrillo rojo.

Un hombre se precipitó hacia delante y lanzó por encima de la cabeza un trozo de tubería que entró por el hueco de la puerta y desató el infierno. Las persianas se desprendieron de las ventanas de la planta baja, seguidas de una descarga de fuego y vidrio.

El coche que había venido detrás estaba parado a poca distancia de nosotros, enzarzado en un tiroteo con el vecindario. El coche que nos precedía se había metido por una bocacalle. Entre las explosiones de nuestro cargamento, los disparos en la trasera del edificio de ladrillo rojo nos dieron a entender que el coche que iba de avanzadilla estaba cubriendo la puerta de atrás.

O’Marra, en mitad de la calle, se echó hacia atrás cuanto pudo para coger impulso y lanzó una bomba a la azotea del edificio de ladrillo. No estalló. O’Marra levantó un pie en el aire, se aferró el cuello con las manos y cayó de espaldas con todo su peso.

Otro de los nuestros cayó abatido por las balas que nos disparaban desde un edificio de madera al lado del de ladrillo.

Reno maldijo sin perder su impasibilidad y ordenó:

—Quémalos, Gordo.

El Gordo echó un escupitajo a una bomba, rodeó a la carrera nuestro coche y la lanzó por encima de la cabeza.

Nos levantamos de la acera, esquivamos lo que volaba por los aires y vimos que la casa de madera estaba hecha polvo; las llamas ascendían por sus esquinas destrozadas.

—¿Queda alguna? —preguntó Reno mientras mirábamos en torno, disfrutando de la novedad de que no nos disparara nadie.

—Esta es la última —dijo el Gordo, que le tendió una bomba.

El fuego danzaba tras las ventanas del último piso de la casa de ladrillo. Reno la miró, le cogió la bomba al Gordo y dijo:

—Apartaos. Seguro que ahora salen.

Nos alejamos de la fachada de la casa.

Una voz gritó desde el interior:

—¡Reno!

Reno se puso a la sombra de nuestro coche antes de contestar:

—¿Qué?

—Estamos acabados —gritó una voz profunda—. Vamos a salir. No disparéis.

Reno preguntó:

—¿Nosotros, quiénes?

—Soy Pete —dijo la voz profunda—. Quedamos cuatro.

—Sal tú primero —le ordenó Reno—, con las pezuñas sobre la cabeza. Los otros que salgan de uno en uno, también con las manos en alto, detrás de ti. Y con medio minuto de diferencia entre uno y otro como mínimo. Venga.

Esperamos un momento y entonces apareció Pete el Finlandés en el hueco de la puerta dinamitada, cogiéndose con las manos la coronilla calva. A la luz del incendio en la casa de al lado vimos que tenía cortes en la cara y la ropa casi hecha jirones.

Pasando por encima de los escombros, el contrabandista bajó lentamente los peldaños de baldosa hasta la acera.

Reno le dijo que era un asqueroso meapilas y le descerrajó cuatro tiros en la cara y el cuerpo.

Pete se desplomó. Un hombre a mi espalda dejó escapar una risotada.

Reno lanzó la bomba restante por el hueco de la puerta.

Nos subimos al coche a toda prisa. Reno se puso al volante. El motor no arrancaba. Lo habían alcanzado las balas.

Reno empezó a dar bocinazos mientras los demás salíamos en tromba.

El automóvil que se había detenido en la esquina vino a buscarnos. Mientras lo esperaba, paseé la mirada arriba y abajo por la calle iluminada por el resplandor de dos edificios incendiados. Había alguna que otra cara asomada a la ventana, pero los que estaban en la calle, aparte de nosotros, habían tenido buen cuidado de ponerse a cubierto. Sonaron las sirenas de los camiones de bomberos, no muy lejos.

El otro carro aminoró la velocidad para que nos montáramos. Ya estaba lleno. Nos amontonamos unos encima de otros y los que no cabían se colocaron como mejor pudieron en los estribos.

Dimos una sacudida al pasar por encima de las piernas del fallecido Hank O’Marra y nos fuimos camino de casa. Cubrimos la primera manzana del trayecto con cierta seguridad, aunque sin mucha comodidad. Después ya no disfrutamos de la una ni de la otra.

Una limusina apareció por una bocacalle más adelante, avanzó media manzana en dirección a nosotros, se colocó a nuestra altura y se detuvo. Por una ventanilla lateral, disparos.

Otro coche rodeó la limusina y cargó contra nosotros. Del interior, disparos.

Hicimos todo lo que pudimos, pero estábamos tan puñeteramente amalgamados que nos resultó imposible plantarles cara como era debido. No se puede apuntar como es debido con un tipo en el regazo, otro cogido de tu hombro y un tercero disparando a un par de centímetros escasos de tu oído.

Nuestro tercer coche, el que había ido por la trasera del edificio, se acercó y nos echó un cable. Pero para entonces ya se habían sumado al bando contrario otros dos. Al parecer, el asalto a la trena de la banda de Thaler había terminado, de una manera u otra, y el ejército de Pete, enviado a prestar ayuda allí, había regresado a tiempo para fastidiarnos la huida. Nos habíamos metido en un buen lío.

Me incliné hacia una pistola candente y le grité a Reno al oído:

—Hay que largarse de aquí. Es mejor que los que sobramos nos bajemos y peleemos en la calle.

Le pareció buena idea y dio las órdenes:

—Venga, unos cuantos fuera, y a disparar desde las aceras.

Yo fui el primero en bajar, con la mirada puesta en la entrada de un oscuro callejón.

El Gordo me siguió. Una vez en mi refugio, me volví y le dije con un gruñido:

—No me agobies. Búscate tu propio escondrijo. La entrada a ese sótano parece buen sitio.

Consintió y se alejó al trote, y lo tumbaron de un tiro al tercer paso.

Exploré mi callejón. No medía más de siete metros e iba a morir contra una verja de madera con candado en la puerta.

Me serví de un cubo de basura para saltar la verja e ir a parar a un patio empedrado con ladrillo. La valla lateral de ese patio me llevó a otro, y de allí pasé a otro más, donde un foxterrier me montó un escándalo de mil diablos.

Aparté al chucho de una patada, alcancé la verja opuesta, me desenmarañé de un tendedero, crucé dos patios más, me gritaron desde una ventana, me lanzaron una botella, y fui a parar a una callejuela adoquinada.

El tiroteo había quedado atrás, pero no muy lejos. Hice todo lo posible por ponerle remedio. Debí de recorrer tantas calles como en mis sueños la noche que fue asesinada Dinah.

Mi reloj marcaba las tres y media de la madrugada cuando lo miré en las escaleras de entrada a la casa de Elihu Willsson.

26
CHANTAJE

Tuve que llamar con ganas al timbre de mi cliente antes de obtener contestación. Me abrió la puerta el chófer, alto y bronceado. Iba vestido con camiseta y pantalones y sujetaba un taco de billar en un puño.

—¿Qué quiere? —me preguntó, y luego, cuando me hubo echado otro vistazo, dijo—: Ah, es usted, ¿verdad? Bueno, ¿qué quiere?

—Quiero ver al señor Willsson.

—¿A las cuatro de la madrugada? Váyase de aquí. —Y empezó a cerrar la puerta.

Hice cuña con un pie. Levantó la mirada del pie a la cara, alzó el taco de billar y me preguntó:

—¿Quiere que le parta la rótula?

—No estoy de broma —insistí—. Tengo que ver al viejo. Díselo.

—No tengo por qué decírselo. Esta misma tarde me ha dicho que si venía por aquí no quería verle.

—¿Ah, sí? —Saqué del bolsillo las cuatro cartas de amor, cogí la primera, la menos estúpida, se la tendí al chófer y le dije—: Dale esto y dile que estoy sentado en las escaleras con las demás. Dile que voy a esperar cinco minutos y luego voy a llevárselas a Tommy Robbins, de Consolidated Press.

El chófer miró la carta con el ceño fruncido y dijo:

—¡Al infierno Tommy Robins y su tía ciega!

Cogió la carta y cerró la puerta.

Cuatro minutos después abrió de nuevo la puerta y dijo:

—Venga, adelante.

Lo seguí escaleras arriba hasta el dormitorio del viejo Elihu.

Mi cliente estaba sentado en la cama con la carta de amor arrugada en un puño redondo y rosado y el sobre en el otro.

Tenía el pelo corto erizado. Sus ojos redondos estaban tan enrojecidos como azulados. Las líneas paralelas de su boca y su barbilla casi se tocaban. Estaba de un humor estupendo.

Nada más verme gritó:

—Así que después de tanto fanfarronear ha tenido que acudir de nuevo al viejo pirata para que le salve el cuello, ¿eh?

Le dije que no venía por nada semejante. Le advertí que si iba a hablar como un idiota más le valía bajar la voz para que en Los Ángeles no se enteraran de lo idiota que era.

El viejo subió el tono un poco más y aulló:

—Porque haya robado un par de cartas que no le pertenecen, no vaya a creer que...

Me llevé los dedos a los oídos. No ahogaron el alboroto, pero resultaron lo bastante insultantes para que atajara sus berreos.

Aparté los dedos y dije:

—Eche de aquí a su lacayo para que podamos hablar. No lo necesitará. No pienso hacerle daño.

—Fuera —le dijo al chófer.

El chófer me lanzó una mirada sin el menor cariño y se fue, cerrando la puerta a su espalda.

El viejo Elihu se puso en plan acuciante y me exigió que le entregara el resto de las cartas de inmediato. Con palabras tan sonoras como blasfemas me dijo que quería saber dónde las había obtenido y qué hacía con ellas, y me amenazó con esto, aquello y lo de más allá, aunque sobre todo me maldijo.

No le entregué las cartas, sino que le dije:

—Se las cogí al hombre que contrató para que las recuperara. Es una pena para usted que tuviera que asesinar a la chica.

Se esfumó de la cara del viejo su habitual tonalidad rojiza y esta adquirió un color rosado normal. Frunció los labios sobre los dientes, me miró con el entrecejo arrugado y me dijo:

—¿O sea que así es como lo va a presentar?

La voz le brotó comparativamente queda del pecho. Estaba preparado para pelear.

Acerqué una silla a la cama, tomé asiento, puse la mueca más cínica que pude y dije:

—Es una posibilidad.

Me miró, moviendo los labios sin pronunciar palabra.

—Es el cliente más retorcido con el que me las he visto. ¿Qué hace? Me contrata para limpiar la ciudad, cambia de idea, arremete contra mí, me aprieta hasta que empieza a dar la impresión de que soy el vencedor, luego se queda viéndolas venir y ahora que cree que estoy otra vez acabado, ni tan solo quiere dejarme entrar en su casa. Suerte que he tropezado con esas cartas.

—Eso es chantaje —dijo.

Me reí y repuse:

—Vaya, quién habla de chantaje... Muy bien, supongamos que lo es. —Di unos golpecitos con el índice en el borde de la cama—. No estoy acabado, abuelo. He ganado. Acudió a mí llorando y me dijo que unos maleantes le habían arrebatado su pueblecito. Pete el Finlandés, Lew Yard, Thaler el Susurro y Noonan. Y ahora, ¿dónde están?

»Yard murió el martes por la mañana. Noonan esa misma noche, el Susurro el miércoles por la mañana y el Finlandés hace un rato. Voy a devolverle su ciudad tanto si quiere como si no. Si eso es chantaje, pues muy bien. Ahora lo que va a hacer es lo siguiente. Va a ponerse en contacto con el alcalde, porque supongo que esta ciudad asquerosa tiene un alcalde, y usted y él van a llamar al gobernador... Cállese hasta que haya terminado.

»Va a decirle al gobernador que la policía de su ciudad se ha desmadrado, que hay contrabandistas haciendo las veces de agentes de policía, y demás. Va a pedirle ayuda: lo mejor sería que viniera la guardia nacional. No sé cómo funcionan los distintos tinglados que hay en la ciudad, pero sí sé que los peces gordos, los que le daban miedo, están muertos. Los que poseían demasiada información sobre usted para que les plantase cara. En estos mismos momentos hay un montón de chicos maquinando como locos para ocupar el lugar de esos muertos. Cuantos más, mejor. A los soldados de guante blanco les resultará mucho más fácil hacerse con el control de la situación mientras todo sigue desorganizado. Y no es muy probable que ninguno de los sustitutos sepa lo bastante sobre usted para causarle mucho perjuicio.

»Va a encargarse de que el alcalde, o el gobernador, el que se ocupe de estos asuntos, suspenda a las fuerzas policiales de Personville al completo y deje que las tropas que envíen se encarguen de todo hasta que usted pueda organizarlas de nuevo. Tengo entendido que el alcalde y el gobernador son peones de su propiedad. Harán lo que les diga. Y lo que va a decirles es esto. Puede hacerse y hay que hacerlo.

»Entonces recuperará su ciudad, bonita y limpia y lista para que se la eche otra vez a los perros. Si no lo hace, voy a pasarles estas cartas suyas a los buitres de la prensa, y no me refiero a los que tiene en plantilla en el Herald, sino a las asociaciones de prensa. Le saqué las cartas a Dawn. Se divertirá de lo lindo intentando demostrar que no lo contrató para recuperarlas, y que no mató a la chica al hacerlo. Pero esa diversión no es nada comparado con lo que se divertirá la gente leyendo estas cartas. Echan chispas. No me reía tanto con nada desde que los puercos se comieron a mi hermano pequeño.

Guardé silencio.

El viejo estaba tembloroso, pero no había miedo en sus temblores. Volvía a estar rojo. Abrió la boca y bramó:

—¡Publíquelas, maldita sea!

Las saqué del bolsillo, las dejé caer en su cama, me levanté de la silla, me puse el sombrero y dije:

—Daría la pierna derecha por poder creer que la chica fue asesinada por la persona que envió a recuperar las cartas. ¡Dios santo, cómo me gustaría dar carpetazo a este trabajo mandándolo al cadalso!

No tocó las cartas. Dijo:

—¿Me ha contado la verdad sobre Thaler y Pete?

—Sí. Pero ¿qué importa eso? Será algún otro el que lo mangonee.

Apartó las mantas y descolgó por encima del borde de la cama las gruesas piernas enfundadas en el pijama y los pies de tono rosado.

—¿Tiene agallas —me espetó— para aceptar el puesto que le ofrecí en otra ocasión, el de jefe de policía?

—No. He perdido las agallas librando sus batallas mientras usted se quedaba en la cama pensando nuevas maneras de repudiarme. Búsquese otra ama de cría.

Me fulminó con la mirada. Entonces asomaron a sus ojos unas arrugas de sagacidad.

Asintió con su anciana cabeza y dijo:

—Le da miedo aceptar el puesto. Así que mató a la chica, ¿no?

Lo dejé igual que la vez anterior, le dije que se fuera al infierno y me largué.

El chófer, que aún blandía el taco de billar y me miró con la misma ausencia de cariño, me salió al paso en la planta baja y me acompañó hasta la puerta, casi como si tuviera ganas de que yo empezara algo. No lo empecé. Dio un portazo a mi espalda.

La llegada de la luz del día daba una tonalidad gris a la calle.

Algo más arriba había un cupé negro debajo de unos árboles. No alcanzaba a ver si llevaba algún ocupante. Preferí no arriesgarme y me fui en dirección contraria. El cupé me siguió.

No tiene mucho sentido correr por la calle cuando te persiguen automóviles. Me detuve de cara al coche que seguía acercándose. Aparté la mano del costado cuando vi la cara roja de Mickey Linehan al otro lado del parabrisas.

Me abrió la puerta para que subiera.

—Imaginaba que vendrías por aquí —dijo cuando me senté a su lado—, pero he llegado con un par de segundos de retraso. Te he visto entrar, pero estaba muy lejos para alcanzarte.

—¿Qué tal te ha ido con la policía? —le pregunté—. Más vale que sigas adelante mientras hablamos.

—No sabía nada, no podía suponer nada, no tenía idea de lo que te traías entre manos, sencillamente llegué a la ciudad y tropecé contigo. Viejos amigos y todo ese rollo. Seguían machacándome cuando empezó el barullo. Me tenían en una de las salitas enfrente de la sala de reuniones. Cuando se montó el circo me largué por una de las ventanas traseras.

—¿Cómo terminó el circo? —pregunté.

—Los maderos los cosieron a tiros. Recibieron el chivatazo con media hora de antelación y tenían todo el vecindario lleno de agentes especiales. Por lo visto fue una trifulca de las buenas mientras duró; los polis tampoco lo tuvieron nada fácil. Fue cosa de la banda del Susurro, tengo entendido.

—Sí. Reno y Pete el Finlandés se enzarzaron anoche. ¿Has oído algo al respecto?

—Solo que se liaron a tiros.

—Reno mató a Pete y se encontró con una emboscada cuando huía. No sé qué pasó después. ¿Has visto a Dick?

—Fui a su hotel y me dijeron que dejó la habitación para coger el tren nocturno.

—Lo envié a casa —me expliqué—. Por lo visto creía que yo maté a Dinah Brand. No dejaba de darme la vara con eso.

—¿Y?

—¿Quieres decir que si la maté? No lo sé, Mickey. Intento averiguarlo. ¿Quieres seguir conmigo o quieres volverte a la costa con Dick?

Mickey dijo:

—No te pongas tan gallito por un mísero asesinato que igual ni siquiera fue cosa tuya. ¿Qué demonios? Sabes que no le levantaste a la chica el dinero y las joyas.

—El asesino tampoco. Seguían allí a las ocho de la mañana, cuando me fui. Dan Rolff pasó por el apartamento entre entonces y las nueve. Seguro que no se las hubiera llevado. El... ¡Ya lo tengo! Los polis que encontraron el cadáver, Shepp y Vanaman, llegaron a las nueve y media. Además de las joyas y el dinero, unas cartas que el viejo le había escrito a la chica fueron sustraídas, no hay otra posibilidad. Me las encontré luego en el bolsillo de Dawn. Los dos detectives desaparecieron más o menos entonces. ¿Lo ves?

»Cuando Shepp y Vanaman encontraron a la muchacha muerta saquearon la casa antes de dar la alarma. Puesto que el viejo Willsson es millonario, las cartas les parecieron interesantes, así que se las llevaron con los demás objetos de valor, y se las entregaron al picapleitos para que se las vendiera a Elihu. Pero Dawn fue asesinado antes de que pudiera hacerlo. Las cartas me las llevé yo. A Shepp y Vanaman, tanto si sabían que no se habían hallado las cartas en posesión del muerto como si no, les entró canguelo. Temían que siguieran el rastro de las cartas hasta ellos. Tenían el dinero y las joyas. Se largaron.

—Parece bastante verosímil —convino Mickey— pero no creo que nos sirva para identificar a los asesinos.

—Aclara un poco el asunto. Intentaremos aclararlo un poco más. A ver si encuentras Porter Street y un viejo almacén con un letrero de la Redman. Según tengo entendido, Rolff mató allí al Susurro, se le acercó y lo acuchilló con el picahielo que había encontrado clavado en la chica. Si lo hizo así, entonces el Susurro no la mató. O se habría visto venir algo parecido y no habría permitido que el tuberculoso se le acercase tanto. Me gustaría echar un vistazo a sus restos y asegurarme.

—Porter está al otro lado de King —dijo Mickey—. Probaremos primero con el extremo sur. Está más cerca y es más probable que haya almacenes. ¿Qué piensas de ese tal Rolff?

—Queda excluido. Si mató al Susurro por cargarse a la chica, eso lo descarta. Además, ella tenía magulladuras en las muñecas y la mejilla, y él no era lo bastante fuerte para forcejear así. Yo diría que se largó del hospital, pasó la noche Dios sabe dónde, se presentó en casa de la chica después de que yo me hubiera ido esa mañana, entró con su propia llave, la encontró, decidió que aquello había sido cosa del Susurro, le desclavó el picahielo y se fue a por el Susurro.

—Entonces —dijo Mickey—, ¿de dónde has sacado la idea de que podrías haberlo hecho tú?

—Ya está bien —le dije con malos humos cuando enfilábamos Porter Street—. Vamos a buscar nuestro almacén.

27
ALMACENES

Seguimos calle adelante, lanzando miradas de aquí para allá, a la búsqueda de edificios que parecieran almacenes abandonados. A estas alturas ya había suficiente luz para ver bien.

Poco después me fijé en un enorme edificio achaparrado de color rojo herrumbroso en mitad de un solar cubierto de malas hierbas. Tanto el solar como el edificio tenían todo el aspecto de estar abandonados. Parecía un candidato probable.

—Para en la esquina siguiente —dije—. Me parece que ese es el antro. Quédate en el carro mientras echo un vistazo.

Recorrí dos innecesarias manzanas para entrar en el solar por la trasera del edificio. Crucé el terreno con cuidado, no a hurtadillas, pero sin hacer ningún ruido que pudiera evitar.

Probé la puerta de atrás con cautela. Estaba cerrada, claro. Me acerqué a una ventana, traté de mirar dentro pero me fue imposible debido a la penumbra y la mugre, traté de abrir la ventana y no lo conseguí.

Lo intenté con la siguiente ventana y tuve la misma suerte. Doblé la esquina del edificio y fui probando conforme avanzaba por la fachada norte. La primera ventana pudo conmigo. La segunda cedió lentamente a mis esfuerzos, y no hice demasiado ruido.

Por dentro, el bastidor de la ventana estaba cubierto de arriba abajo con maderas clavadas. Desde donde me encontraba se veían recias y sólidas.

Las maldije y luego recordé esperanzado que la ventana no había hecho mucho ruido al subirla. Me encaramé al alféizar, apoyé una mano en las tablas y empujé suavemente.

Cedieron.

Hice más fuerza con la mano. Las tablas del lado izquierdo se desplazaron y dejaron a la vista una hilera de lustrosas puntas de clavo.

Las empujé un poco más, miré hacia el interior y no vi más que oscuridad; no oí nada.

Con el arma en el puño derecho, pasé por encima del alféizar y me dejé caer dentro del edificio. Otro paso hacia la izquierda me apartó de la luz grisácea que entraba por la ventana.

Me pasé la pistola a la mano izquierda y usé la derecha para volver a encajar las tablas en el bastidor.

Permanecer un minuto aguzando el oído con la respiración contenida no arrojó ningún resultado. Con el brazo de la pistola pegado al cuerpo, empecé a explorar el edificio. Mis pies no encontraron nada salvo el suelo conforme iba avanzando centímetro a centímetro. Mi mano izquierda, con la que iba tanteando, no notó nada hasta que tocó una pared rugosa. Por lo visto había cruzado un espacio vacío.

Me desplacé siguiendo la pared en busca de una puerta. Media docena de raquíticos pasos me llevaron hasta una. Pegué la oreja y no oí nada.

Encontré el tirador, lo giré con suavidad y abrí la puerta con cautela.

Algo emitió un susurro.

Hice cuatro cosas al mismo tiempo: solté el tirador, di un salto, apreté el gatillo y recibí en el brazo izquierdo un golpe propinado por algo duro y pesado como una lápida.

El destello de mi arma no me permitió ver nada. No lo permite nunca, aunque es fácil pensar que uno ha visto algo. Sin saber qué otra cosa hacer, disparé de nuevo, y luego otra vez.

La voz de un viejo rogó:

—No hagas eso, socio. No tienes por qué hacer eso.

—Enciende una luz —le dije.

Una cerilla chisporroteó en el suelo, se encendió e iluminó con una trémula luz amarillenta una cara maltrecha. Era un rostro viejo, de esos inútiles y sin carácter que casan bien con un banco en el parque. Estaba sentado en el suelo con las piernas fibrosas muy separadas. No parecía estar herido en ninguna parte. A su lado tenía una pata de mesa.

—Levanta y enciende una luz —le ordené—, y sigue quemando cerillas hasta que esté encendida.

Prendió otra cerilla, la cobijó con cuidado entre las manos mientras se levantaba, cruzó la habitación y encendió una vela en una mesa con tres patas.

Lo seguí sin dejar que se alejara mucho. Tenía el brazo izquierdo entumecido; de otra manera, lo habría sujetado para no correr peligro.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté una vez encendida la vela.

No me hizo falta que respondiera. Un extremo de la habitación estaba lleno de cajas de madera apiladas de seis en seis, con la etiqueta «Jarabe de arce Perfection».

Mientras el viejo ponía a Dios por testigo de que no sabía nada al respecto, que lo único que sabía era que un tipo llamado Yates lo había contratado un par de días atrás como vigilante nocturno, y que si había algo ilegal en el asunto él era inocente a no poder más, retiré la tapa de una caja.

Las botellas que había dentro llevaban etiquetas de Canadian Club que parecían impresas con una estampilla de goma.

Dejé las cajas y, con el viejo abriendo camino con la vela, registré el edificio. Tal como esperaba, no encontré ningún indicio de que fuese el almacén que había ocupado el Susurro.

Para cuando volvimos a la habitación donde estaba el alcohol, ya tenía el brazo izquierdo lo bastante recuperado para levantar una botella. Me la metí en el bolsillo y aconsejé al viejo:

—Más te vale largarte de aquí. Te contrataron para ocupar el puesto de unos hombres que Pete el Finlandés ha convertido en agentes especiales. Pero ahora Pete está muerto y su tinglado se ha ido al cuerno.

Cuando salí por la ventana el viejo estaba plantado delante de las cajas, mirándolas con codicia mientras contaba con los dedos.

—¿Qué tal? —me preguntó Mickey cuando regresé a su lado en el cupé.

Saqué la botella, que era de cualquier cosa menos Canadian Club, la descorché, se la pasé y luego me eché un lingotazo al coleto.

—¿Y bien? —volvió a preguntarme.

—Vamos a ver si encontramos el viejo almacén de la Redman —dije.

—Algún día vas a buscarte la ruina por hablar demasiado —señaló, y puso en marcha el coche.

Tres manzanas calle arriba vimos un letrero descolorido: REDMAN COMPANY. El edificio debajo del letrero era largo, bajo y estrecho, con tejado de hierro ondulado y pocas ventanas.

—Vamos a dejar el coche a la vuelta de la esquina —dije—. Esta vez vas a entrar conmigo. En la última salida no me lo he pasado muy bien que digamos.

Cuando nos apeamos del cupé, una callejuela algo más adelante nos brindó un sendero hasta la trasera del almacén. La tomamos.

Había alguna que otra persona deambulando por las calles, pero aún era muy temprano para que las fábricas que ocupaban la mayor parte de esa zona de la ciudad cobrasen vida.

En la parte de atrás de nuestro edificio encontramos algo interesante. La puerta trasera estaba cerrada. La pared y el borde del bastidor, junto a la cerradura, tenían algunas marcas recientes. Alguien había estado afanándose con la palanqueta.

Mickey probó a abrir la puerta. No estaba echada la llave. De quince en quince centímetros, con pausas, fue abriéndola lo suficiente para que pasásemos.

Nada más colarnos oímos una voz. No entendíamos lo que decía. Solo alcanzábamos a oír el tenue rumor de la voz de un hombre lejano, con una cierta entonación pendenciera.

Mickey señaló con el pulgar la marca que había dejado la palanqueta y dijo:

—No ha sido cosa de polis.

Di dos pasos hacia el interior, apoyando todo mi peso en los tacones de goma. Mickey me siguió tan de cerca que noté su aliento en la nuca.

Ted Wright me había dicho que el escondrijo del Susurro estaba al fondo, en el piso superior. El retumbo de la voz lejana podía proceder de allí.

Volví la cara hacia Mickey y le pregunté:

—¿Linterna?

Me la puso en la mano izquierda. Llevaba la pistola en la derecha. Seguimos avanzando a hurtadillas.

La puerta, que seguía entreabierta un palmo, dejaba entrar la luz suficiente para mostrarnos el camino por ese espacio hasta un umbral sin puerta. Al otro lado del hueco solo se veía oscuridad.

Dirigí el haz de luz hacia la negrura, di con una puerta, apagué la linterna y seguí adelante. El siguiente chorro de luz nos permitió ver un tramo de escaleras que subían.

Fuimos peldaños arriba como si temiéramos que se rompieran bajo nuestros pies.

El rumor de la voz había callado. Había algo diferente en el aire. No hubiera sabido decir qué. Tal vez una voz tan tenue que no se oía, si es que eso tiene algún sentido.

Había contado nueve escalones cuando una voz habló con toda claridad por encima de nuestras cabezas. Dijo:

—Yo maté a esa zorra, claro.

Un arma dijo algo, lo mismo cuatro veces, bramando como un rifle del calibre 16 bajo el tejado de hierro.

La primera voz dijo:

—De acuerdo.

Para entonces Mickey y yo habíamos dejado atrás el resto de las escaleras, habíamos quitado de en medio una puerta e intentábamos arrancar las manos de Reno Starkey del cuello del Susurro.

Fue un trabajo tan duro como inútil. El Susurro estaba muerto.

Reno me reconoció y dejó caer las manos a los costados.

Tenía la mirada tan apagada y la cara de caballo tan inexpresiva como siempre.

Mickey arrastró al fullero muerto hasta el catre en un extremo de la habitación y lo tendió allí.

El cuarto, que al parecer había sido un despacho, tenía dos ventanas. La luz que entraba por ellas me permitió ver un cadáver debajo del catre: Dan Rolff. En mitad del suelo había un Colt automático reglamentario.

Reno encorvó los hombros, oscilante.

—¿Estás herido? —le pregunté.

—Me ha metido los cuatro —dijo con voz tranquila, y se inclinó para llevarse los antebrazos al vientre.

—Vete a por un médico —le indiqué a Mickey.

—No serviría de nada —dijo Reno—. Tengo el estómago hecho un colador.

Acerqué una silla plegable y le hice tomar asiento para que se inclinara y se sujetase el vientre. Mickey echó a correr escaleras abajo.

—¿Sabías que ese no la había palmado? —me preguntó Reno.

—No. Te lo dije tal como me lo contó Ted Wright.

—Ted se marchó muy pronto —dijo—. Me olía algo así y he venido para asegurarme. Me ha pillado del todo; se ha hecho el muerto hasta que me tenía a tiro. —Miró con ojos sin vida el cadáver del Susurro—. Buena treta, maldito sea. Estaba ya muerto, pero no se dio por vencido, se vendó y se tumbó aquí a esperar, él solo. —Sonrió, la única sonrisa que le había visto ofrecer—. Pero ahora es un despojo, y sin apenas carne en los huesos.

Su voz sonaba cada vez más espesa. Se había formado debajo del borde del asiento un charquito rojo. Me daba miedo tocarlo. Solo la presión de sus brazos y la postura inclinada hacia delante evitaban que se viniera abajo.

Se quedó mirando el charco y preguntó:

—¿Cómo demonios dedujiste que no te la habías cargado tú?

—Tuve que aferrarme a la esperanza de no haber sido yo, hasta ahora —dije—. Pensaba que podías haber sido tú, pero no estaba seguro. Esa noche estaba colocado hasta las cejas, y tuve un montón de sueños, con campanas que tañían y voces que me llamaban y cantidad de cosas así. Pensé que igual no eran sueños propiamente dichos sino pesadillas provocadas por el láudano en combinación con lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.

»Cuando desperté, las luces estaban apagadas. No creí que la hubiera matado y después hubiese apagado la luz y hubiese vuelto para aferrarme al picahielo. Pero podía haber ocurrido algo distinto. Tú sabías que había estado allí esa noche. Me procuraste una coartada sin dudarlo. Eso me dio que pensar. Dawn intentó chantajearme después de oír la historia de Helen Albury. La policía, después de oír la versión de Helen, nos relacionó a ti, al Susurro, a Rolff y mí. Encontré a Dawn muerto después de ver a O’Marra a media manzana de allí. Todo indicaba que el picapleitos había intentado chantajearte. Eso y el que la pasma nos relacionase me hizo pensar que la policía tenía tantas pistas que apuntaban contra vosotros como contra mí. Lo que tenían en mi contra era que Helen Albury me había visto entrar o salir o las dos cosas esa noche. Cabía suponer que tenían las mismas pistas contra todos vosotros. Había razones para descartar al Susurro y a Rolff. Eso nos dejaba a ti y a mí. Pero lo que me tenía perplejo era por qué la mataste.

—No me extraña —dijo, mirando cómo se ensanchaba el charco rojo en el suelo—. Fue culpa de ella. Me llama, me dice que el Susurro va a ir a verla, y dice que si llego primero puedo tenderle una emboscada. Yo, encantado con la idea. Voy allí, le espero, pero él no aparece.

Se interrumpió, fingiendo interés en la forma que estaba adoptando el charco rojo. Yo sabía que lo había hecho parar el dolor, pero también que continuaría hablando en cuanto lo tuviera bajo control. Tenía intención de morir tal como había vivido, dentro del mismo duro caparazón. Tal vez hablar fuese una tortura, pero no iba a detenerse por ello, no mientras hubiera alguien para verlo. Era Reno Starkey, capaz de encajar todo lo que le endosara el mundo sin parpadear, y seguiría con su personaje hasta el final.

—Me harté de esperar —siguió, transcurrido un momento—. Llamo a la puerta y le pregunto qué ocurre. Me hace pasar y me dice que allí no hay nadie. Lo dudo, pero me jura que está sola, y vamos a la cocina. Conociéndola, empiezo a pensar que igual soy yo el que se está metiendo en una emboscada, y no el Susurro.

Volvió Mickey y nos dijo que había llamado a una ambulancia.

Reno aprovechó la interrupción para reposar la voz y luego continuó con su relato:

—Después averigüé que el Susurro sí la había telefoneado para decirle que iría, y llegó antes que yo. Tú estabas tan colocado que habías perdido el sentido. A ella le dio miedo dejarle pasar, así que el Susurro se largó. Eso no me lo cuenta por miedo a que la deje allí. Tú estás ciego perdido y quiere que alguien la proteja si vuelve el Susurro. En esos momentos yo no tengo ni idea de eso. Me da el pálpito de que me he metido en una trampa, conociéndola. Se me ocurre cogerla y zarandearla un poco para que me cuente la verdad. Lo intento, y ella coge el picahielo y grita. Al ponerse a berrear, oigo los pasos de un hombre a la puerta. Ya ha saltado la trampa, pienso yo.

Hablaba más despacio, se tomaba más tiempo y molestias en pronunciar cada palabra con calma y deliberación a medida que hablar le resultaba cada vez más difícil. La voz le sonaba turbia, pero si se daba cuenta, fingía que no era así.

—No quiero ser el único que salga mal parado. Le arranco el picahielo de la mano y se lo clavo. Tú vienes al galope, ciego a no poder más, y arremetes contra el mundo entero con los ojos cerrados. Ella se cae encima de ti. Te desplomas y ruedas por el suelo hasta que tu mano se topa con el mango del picahielo. Aferrado a la herramienta te quedas dormido, tan tranquilo como ella. Entonces me doy cuenta de lo que he hecho. Pero ¡qué demonios! Ella la ha palmado. No se puede hacer nada. Apago la luz y me voy a casa. Cuando tú...

El personal de la ambulancia, con aspecto cansado —Poisonville les daba trabajo más que de sobra—, trajo una camilla a la habitación, lo que puso fin a la historia de Reno. Me alegré de que así fuera. Ya tenía toda la información que quería, y estar allí plantado escuchándolo y viéndolo hablar hasta morirse no era agradable.

Llevé a Mickey a un rincón y le susurré al oído:

—A partir de ahora el trabajo es tuyo. Voy a darme el piro. No debería tener problemas, pero conozco Poisonville demasiado bien para fiarme. Me llevaré tu coche a alguna estación desde la que pueda coger un tren a Ogden. Allí me alojaré en el Hotel Roosevelt, bajo el nombre de P. F. King. Sigue con el trabajo y hazme saber cuándo es conveniente que recupere mi propio nombre, o que me largue a Honduras.

Pasé la mayor parte de la semana en Ogden, intentando apañar mis informes de manera que no diera la impresión de que había quebrantado tantas normativas de la agencia, leyes estatales y huesos humanos.

Mickey llegó la sexta noche.

Me contó que Reno estaba muerto, que, oficialmente, yo ya no era un criminal, que buena parte del botín del atraco al First National Bank se había recuperado, que MacSwain había confesado el asesinato de Tim Noonan y que Personville, bajo la ley marcial, se estaba convirtiendo en un lecho de rosas fragante y sin espinas.

Mickey y yo nos volvimos a San Francisco.

Para el caso, podría haberme ahorrado el trabajo y el sudor invertidos en intentar que mis informes resultaran inocuos. No le dieron el pego al Viejo. Me montó una bronca de mil diablos.

LA MALDICIÓN DE LOS DAIN

A ALBERT S. SAMUELS

PRIMERA PARTE

1
OCHO DIAMANTES

Era un diamante, sin duda, lo que brillaba entre la hierba a cuatro metros escasos del sendero de adoquines azules. Era pequeño, no debía de pesar más de un quilate, y no estaba engastado. Me lo metí en el bolsillo y empecé a rastrear el césped tan atentamente como podía sin ponerme a gatas.

Había cubierto un par de metros cuadrados de hierba cuando se abrió la puerta principal de casa de los Leggett.

Una mujer salió al amplio escalón superior de piedra y desde esa altura me miró con afable curiosidad.

Era una mujer más o menos de mi edad, unos cuarenta, con el pelo rubio oscuro, un rostro gratamente rollizo y mejillas rosadas con hoyuelos. Lucía un vestido de andar por casa blanco con flores lavanda.

Dejé de hurgar entre la hierba y me acerqué para preguntarle:

—¿Está el señor Leggett?

—Sí. —Su voz era tan plácida como su rostro—. ¿Quiere verle?

Dije que sí.

Me sonrió a mí y sonrió al césped.

—Es detective, ¿verdad?

Reconocí que así era.

Me llevó a una habitación de colores verde, naranja y chocolate en la segunda planta, me acomodó en un sillón de brocado y fue a buscar a su marido al laboratorio. Mientras esperaba, eché un vistazo por la habitación y decidí que la alfombra de color naranja mate bajo mis pies era con toda probabilidad tan genuinamente oriental como genuinamente antigua, que el mobiliario de nogal no había sido tallado a máquina y que las pinturas japonesas en la pared no las había escogido ningún mojigato.

Edgar Leggett entró diciendo:

—Lamento haberle hecho esperar, pero no he podido interrumpir mi trabajo hasta ahora. ¿Ha averiguado algo?

Tenía una voz inesperadamente áspera, rasposa, pero sus modales eran bastante afables. Era un hombre erguido y atezado de cuarenta y tantos años, de una delgadez musculosa y estatura mediana. Habría sido guapo de no tener el rostro moreno tan profundamente surcado de arrugas afiladas y severas que le cruzaban la frente y descendían desde las aletas de la nariz hasta la comisura de los labios. El pelo moreno, más bien largo, se le rizaba sobre la frente ancha y estriada y la rodeaba. Tenía los ojos de color castaño rojizo insólitamente brillantes tras unas gafas con montura de carey. Su nariz era larga, estrecha y con el caballete pronunciado. Tenía los labios finos, afilados, livianos sobre la barbilla pequeña y huesuda. Sus prendas blancas y negras eran de buena factura y estaban bien cuidadas.

—Todavía no —dije en respuesta a su pregunta—. No soy un detective de la policía. Trabajo para la Agencia Continental; me envía la compañía de seguros, y acabo de empezar.

—¿La compañía de seguros?

Pareció sorprendido al arquear las cejas morenas por encima de la parte superior de las gafas.

—Sí. ¿Es que no...?

—Desde luego —dijo, sonriente, a la vez que atajaba mis palabras con un pequeño ademán de la mano. Era una mano larga y estrecha con las yemas de los dedos excesivamente desarrolladas, feas, como la mayoría de las manos adiestradas para el trabajo—. Desde luego. Debían de estar asegurados. No se me había pasado por la cabeza. Los diamantes no eran míos, ya sabe; eran de Halstead.

—¿Halstead y Beauchamp? La compañía de seguros no me ha facilitado ningún detalle. ¿Le habían cedido los diamantes a prueba?

—No. Los estaba utilizando para un experimento. Halstead estaba al tanto de mi trabajo con el cristal, las técnicas de coloración, tintura o teñido, después de su fabricación, y se interesó en la posibilidad de adaptar el proceso a los diamantes, sobre todo para perfeccionar las piedras con alteraciones de color, eliminando las manchas amarillentas y parduscas, realzando los azules. Me pidió que lo intentase y hace cinco semanas me dio esos diamantes para que trabajara con ellos. Eran ocho, ninguno valioso. El más grande pesaba apenas un poco más de medio quilate, otros solo un cuarto, y todos salvo dos eran de color deficiente. Esas piedras son las que se llevó el ladrón.

—Entonces, ¿no había logrado su objetivo? —le pregunté.

—A decir verdad —dijo—, no había hecho el menor avance. Se trataba de un asunto más delicado, y con material más fuerte.

—¿Dónde los guardaba?

—Por lo general los dejaba por ahí, a la vista, siempre en el laboratorio, claro, pero ahora llevaban varios días guardados bajo llave en el armario, desde el último experimento que llevé a cabo sin éxito.

—¿Quién estaba al tanto de los experimentos?

—Todo el mundo, cualquiera..., no había razón para andarse con secretos.

—¿Los robaron del armario?

—Sí. Esta mañana hemos encontrado abierta la puerta principal; el cajón del armario estaba forzado y los diamantes habían desaparecido. La policía ha encontrado huellas en la puerta de la cocina. Dicen que el ladrón entró por ahí y se fue por la puerta principal. Anoche no oímos nada. Y no se llevaron nada más.

—La puerta principal estaba entreabierta cuando he bajado esta mañana —terció la señora Leggett desde el umbral—. He subido a despertar a Edgar, y luego hemos mirado por toda la casa y hemos visto que los diamantes no estaban. La policía cree que el hombre que vi debía de ser el ladrón.

Le pregunté por el hombre que había visto.

—Fue ayer, en torno a medianoche, cuando abrí las ventanas del dormitorio antes de acostarme. Vi a un hombre en la esquina. No puedo decir, ni siquiera ahora, que tuviera un aspecto muy sospechoso. Estaba allí plantado como si esperase a alguien. Miraba hacia aquí, pero nada me llevó a pensar que estuviera vigilando la casa. Era un hombre de más de cuarenta años, diría yo, tirando a bajo y corpulento, más o menos como usted, pero llevaba un crecido bigote moreno y estaba pálido. Vestía gorro y abrigo, oscuros, me parece que eran marrones. La policía cree que es el mismo hombre que vio Gabrielle.

—¿Quién?

—Mi hija Gabrielle —dijo—. Cuando volvía a casa una noche, bastante tarde; el sábado por la noche, creo. Vio a ese hombre y le pareció que había bajado de nuestra escalera, pero no estaba segura y no volvió a pensar en ello hasta después del robo.

—Me gustaría hablar con ella. ¿Está en casa?

La señora Leggett fue a buscarla.

Le pregunté a Leggett:

—Los diamantes, ¿estaban sueltos?

—No estaban engastados, claro, y los guardaba en sobrecitos de color salmón, de Halstead y Beauchamp, cada uno en un sobre, con un número y el peso de la piedra escritos a lápiz. Los sobres tampoco están.

La señora Leggett volvió con su hija, una chica de veinte años como mucho que llevaba un vestido de seda sin mangas. De estatura mediana, parecía más esbelta de lo que era en realidad. Tenía el pelo tan rizado como su padre, y no más largo, pero de un castaño mucho más claro. Tenía la barbilla terminada en punta y la piel sumamente blanca y tersa, y de sus rasgos solo los ojos, de un castaño verdoso, eran grandes; la frente, la boca y los dientes eran extraordinariamente pequeños. Me acerqué para que nos presentaran y le pregunté por el hombre que había visto.

—No estoy segura de que saliera de la casa —dijo—, ni siquiera del jardín. —Se mostraba hosca, como si no le gustara que le hicieran preguntas—. Me pareció que venía de allí, pero solo le vi venir calle arriba.

—¿Qué aspecto tenía?

—No lo sé. Estaba oscuro. Yo iba en coche y él venía andando por la calle. No me fijé mucho. Era de su estatura. Podría haber sido usted mismo, qué sé yo.

—No lo era. ¿Fue el sábado por la noche?

—Sí, bueno, la madrugada del domingo.

—¿A qué hora?

—Ah, hacia las tres o más tarde —dijo con impaciencia.

—¿Estaba sola?

—No precisamente.

Le pregunté con quién estaba y al final le saqué un nombre: la había acompañado a casa Eric Collinson. Le pregunté dónde podía encontrar a Eric Collinson. Frunció el ceño, vaciló y dijo que trabajaba en la agencia de valores Spear, Camp y Duffy. También dijo que tenía un dolor de cabeza horrendo y que esperaba que la disculpase, pues sabía que no tenía más preguntas que hacerle. Luego, sin esperar mi respuesta, se volvió y salió de la estancia. Sus orejas, me fijé cuando se daba la vuelta, no tenían lóbulos, y eran curiosamente puntiagudas en la parte superior.

—¿Qué hay del servicio? —le pregunté a la señora Leggett.

—Solo tenemos una criada, Minnie Hershey, una mestiza. No duerme aquí, y estoy segura de que no tuvo nada ver con esto. Lleva con nosotros casi dos años y respondo de su integridad.

Dije que quería hablar con Minnie y la señora Leggett la hizo venir. La criada era una mulata pequeña y enjuta con el pelo negro y liso y las facciones atezadas de una india. Se mostró muy amable e insistió mucho en que no tenía nada que ver con el robo de los diamantes y no había tenido conocimiento del asunto hasta esa misma mañana al llegar a la casa. Me facilitó su dirección, en el barrio negro de San Francisco.

Leggett y su mujer me llevaron al laboratorio, una amplia sala que ocupaba toda la tercera planta salvo una escasa quinta parte. Había gráficas colgadas entre las ventanas en la pared pintada de blanco. El suelo era de madera vista. Un aparato de rayos X —o algo similar—, cuatro o cinco máquinas más pequeñas, una forja, un fregadero de grandes dimensiones, una amplia mesa de zinc, otras más pequeñas de porcelana, estantes, soportes para vasijas de cristal, depósitos metálicos con forma de sifón; la mayor parte de la estancia estaba llena de cosas así.

El armario del que habían robado los diamantes era un mueblecito de acero pintado de verde con seis cajones que se cerraban con una misma llave. El segundo cajón empezando por arriba —el que contenía los diamantes— estaba abierto. El reborde estaba mellado allí donde habían introducido por la fuerza una palanqueta o un escoplo. Los otros cajones seguían cerrados. Leggett dijo que al forzar el cajón de los diamantes habían estropeado el mecanismo de cierre y ahora iba a tener que llamar a un cerrajero para abrir los otros.

Al bajar cruzamos una habitación por la que deambulaba la criada detrás de un aspirador y entramos en la cocina. En la puerta de servicio el marco presentaba huellas muy similares a las del armario, al parecer hechas con la misma herramienta.

Cuando acabamos de examinar la puerta, saqué el diamante del bolsillo y se lo mostré a los Leggett, a la vez que les preguntaba:

—¿Es este uno de los diamantes?

Leggett me lo cogió de la palma entre el índice y el pulgar, lo levantó a la luz, lo volvió hacia un lado y hacia otro, y dijo:

—Sí. Tiene una manchita borrosa en el culet, la parte inferior. ¿Dónde lo ha encontrado?

—Ahí delante, entre la hierba.

—Ah, nuestro ladrón dejó caer parte del botín con las prisas.

Dije que lo dudaba.

Leggett frunció el ceño detrás de las gafas, me miró con ojos empequeñecidos y preguntó con aspereza:

—¿Qué cree usted?

—Creo que lo dejaron ahí. Su ladrón sabía demasiado. Sabía qué cajón forzar. No perdió el tiempo con nada más. Los detectives siempre dicen: «Alguien de dentro», porque les ahorra trabajo si pueden encontrar una víctima en el mismo lugar del crimen; pero yo no veo nada más aquí.

Minnie vino a la puerta, con el aspirador todavía en la mano, y empezó a decir entre lloros que ella era una chica honrada, y que nadie tenía derecho a acusarla de nada, y que ya podían registrarla a ella y registrar su casa si querían, y que solo porque fuera una chica de color no era motivo para acusarla, y que si tal y cual; y no alcancé a entender todo lo que decía, porque el aspirador seguía zumbando entre sus manos, y sollozaba al hablar. Le resbalaban lágrimas por las mejillas.

La señora Leggett se le acercó, le dio unas palmaditas en el hombro y le dijo:

—Venga, venga. No llores, Minnie. Ya sé que no tuviste nada que ver, y los demás también lo saben. Venga, venga.

Al rato consiguió que la chica dejara de llorar y la envió arriba.

Leggett se sentó en una esquina de la mesa de la cocina y preguntó:

—¿Sospecha de alguien en esta casa?

—De alguien que ha estado aquí, sí.

—¿De quién?

—De nadie, aún.

—Eso... —sonrió, mostrando unos dientes blancos casi tan menudos como los de su hija—, ¿significa que de todos nosotros?

—Vamos a echar un vistazo al césped —sugerí—. Si encontramos más diamantes, tal vez reconozca que me equivoco con lo de que el trabajo lo ha llevado a cabo alguien de dentro.

Cuando cruzábamos la casa camino de la puerta principal, nos encontramos a Minnie Hershey con un abrigo color café y un sombrero violeta, que venía a despedirse de su señora. No pensaba trabajar, dijo con lágrimas en los ojos, en ningún sitio donde alguien creyera que había robado algo. Era tan honrada como cualquier otro, y más que unos cuantos, y tenía el mismo derecho a que la respetasen, y si no le guardaban ese respeto en un lugar, se lo guardarían en otro, porque sabía de lugares donde no la acusarían de haber robado algo después de trabajar para ellos dos largos años sin llevarse ni tan solo una rebanada de pan.

La señora Leggett le suplicó, razonó con ella, la regañó y luego le ordenó, pero no sirvió de nada. La chica morena estaba decidida, y se fue.

La señora Leggett me miró, adoptó un semblante tan severo como pudo con su afable rostro y dijo en tono de reproche:

—Fíjese en lo que ha hecho.

Yo dije que lo lamentaba, y su marido y yo salimos a inspeccionar el jardín. No encontramos ningún diamante más.

2
EL NARIGUDO

Dediqué un par de horas a ir de puerta en puerta por el vecindario, intentando localizar al tipo que habían visto la señora y la señorita Leggett. Con ese no tuve suerte, pero averigüé algo sobre otro. Una tal señora Priestly —una pálida mujer medio inválida que vivía tres puertas calle abajo— fue la primera que me dio noticias suyas.

La señora Priestly acostumbraba a sentarse delante de una de las ventanas delanteras por la noche cuando no podía dormir. Había visto a ese hombre un par de noches. Dijo que era alto y joven, creía, y que caminaba con la cabeza echada hacia delante. La calle estaba muy poco iluminada para que pudiera describir su ropa y su tez.

Lo había visto por primera vez la semana anterior. Había pasado arriba y abajo por la acera de enfrente cinco o seis veces, a intervalos de quince o veinte minutos, con la cara vuelta como si vigilara algo, o buscara algo, en el lado de la calle de la señora Priestly y de los Leggett. Le parecía que esa noche lo había visto la primera vez entre las once y las doce, y hacia la una la última. Unas noches después, el sábado, había vuelto a verlo, aunque esta vez no caminaba, sino que estaba parado en la esquina, mirando calle arriba, en torno a medianoche. Media hora después se marchó, y no había vuelto a verlo.

La señora Priestly conocía a los Leggett de vista, pero no sabía gran cosa sobre ellos, más allá de que se comentaba que su hija era un tanto alocada. Parecían buena gente, pero guardaban las distancias. Él se había mudado a la casa en 1921, a solas salvo por el ama de llaves, una tal señora Begg, que, según tenía entendido la señora Priestly, ahora estaba con una familia apellidada Freemander en Berkeley. La señora Leggett y Gabrielle no habían ido a vivir con Leggett hasta 1923.

La señora Priestly dijo que no estuvo mirando por la ventana la noche anterior, y que por tanto no había podido ver al individuo que la señora Leggett había visto en la esquina.

Un hombre llamado Warren Daley, que vivía en la acera de enfrente, cerca de la esquina donde la señora Priestly viera a aquel tipo, había sorprendido cuando echaba la llave el domingo por la noche a un hombre —al parecer el mismo— en la galería. Daley no estaba en casa cuando llamé a su puerta, pero, después de ponerme al tanto de aquello, la señora Daley lo localizó por teléfono para que pudiera hablar con él.

Daley dijo que el hombre estaba plantado en la galería, o bien escondiéndose o bien vigilando a alguien calle arriba. En cuanto Daley abrió la puerta, el hombre salió corriendo calle abajo sin prestar atención al «¿Qué está haciendo ahí?» que le dirigió Daley. Este dijo que era un hombre de unos treinta y dos o treinta y tres años, bastante bien vestido con ropa oscura, y que tenía la nariz larga, fina y afilada.

Eso fue todo lo que conseguí sacarles a los vecinos. Luego me fui a las oficinas de Spear, Camp y Duffy en Montgomery Street, y pregunté por Eric Collinson.

Era un tipo joven, rubio, alto, corpulento, bronceado y elegante, con la cara atractiva y poco inteligente de alguien que debía de saberlo todo sobre jugar al polo, o cazar, o volar o algo por el estilo —tal vez incluso sobre dos de esos pasatiempos— pero no gran cosa sobre nada más. Nos sentamos en un rechoncho sofá de cuero en la sala destinada a los clientes, que, ahora, una vez concluida la jornada, estaba vacía salvo por un muchacho esmirriado que garabateaba cifras en una pizarra. Le conté a Collinson lo del robo y le pregunté por el hombre que habían visto él y la señorita Leggett el sábado por la noche.

—Era un tipo de aspecto común y corriente, hasta donde pude ver. Estaba oscuro. Era bajo y fornido. ¿Cree que se los llevó él?

—¿Salía de la casa de los Leggett? —le pregunté.

—Del jardín, por lo menos. Parecía nervioso; por eso pensé que igual había estado metiendo las narices donde no debía. Sugerí ir tras él y preguntarle qué se traía entre manos, pero Gaby no quiso que lo hiciera. Tal vez fuera un amigo de su padre. ¿Se lo ha preguntado? Se codea con tipos raros.

—¿No era tarde para que se marchara una visita?

Desvió la mirada, así que le pregunté:

—¿Qué hora era?

—Medianoche, diría yo.

—¿Medianoche?

—Eso es. El momento en que las tumbas dejan salir a sus muertos y los fantasmas merodean.

—La señorita Leggett dijo que eran más de las tres.

—¡Ahí lo tiene! —exclamó en un afable tono triunfal, como si hubiera demostrado algo sobre lo que estábamos discutiendo—. Está medio ciega y no quiere ponerse gafas por miedo a no estar tan guapa. Siempre comete errores así. Juega fatal al bridge: confunde doses con ases. Probablemente eran las doce y cuarto, y al mirar el reloj confundió las agujas.

Yo dije: «Es una pena» y «Gracias», y me fui a la joyería de Halstead y Beauchamp en Geary Street.

Watt Halstead era un hombre fino, pálido, calvo y gordo con los ojos fatigados y el cuello de la camisa más ajustado de la cuenta. Le dije lo que me llevaba allí y le pregunté hasta qué punto conocía a Leggett.

—Lo conozco como el buen cliente que es y por su reputación como científico. ¿Por qué lo pregunta?

—El asunto del robo no está claro, al menos en algunos aspectos.

—Ah, se equivoca. Es decir, se equivoca si cree que un hombre de su talla podría estar involucrado en algo así. Una criada, claro; sí, es posible, ocurre a menudo, ¿verdad? Pero Leggett, no. Es un científico de renombre, ha llevado a cabo un trabajo notable con el color, y, a menos que nuestro departamento de crédito esté mal informado, es un hombre con una renta más que excelente. No quiero decir que sea rico en el sentido moderno de la palabra, pero sí demasiado pudiente para hacer algo así. Y, en confianza, me consta que su cuenta en el Seaman’s National Bank arroja en estos momentos un saldo positivo de diez mil dólares. Bueno, esos ocho diamantes no debían de valer más de mil doscientos o mil trescientos dólares.

—¿Precio de venta al público? ¿Entonces le costaron a usted quinientos o seiscientos?

—Bueno —dijo sonriente—, cerca de setecientos cincuenta.

—¿Cómo es que le cedió los diamantes?

—Es cliente nuestro, como le he dicho, y cuando me enteré de lo que había hecho con el cristal, pensé que sería maravilloso que se pudiera utilizar el mismo método con los diamantes. Fitzstephan, que fue en buena medida quien me puso al tanto del trabajo de Leggett con el cristal, era escéptico, pero yo creía que merecía la pena intentarlo, y sigo creyéndolo, así que convencí a Leggett de que lo intentase.

El nombre de Fitzstephan me sonaba. Le pregunté:

—¿A qué Fitzstephan se refiere?

—A Owen, el escritor. ¿Lo conoce?

—Sí, pero no sabía que estuviera en la costa. Antes solíamos irnos de copas. ¿Sabe su dirección?

Halstead me la buscó en la guía telefónica; tenía un apartamento en Nob Hill.

De la joyería fui al barrio donde estaba la casa de Minnie Hershey. Era un vecindario negro, lo que hacía que obtener información fiable fuera el doble de difícil de lo que ya era habitualmente.

Lo que logré averiguar fue lo siguiente: la chica había venido a San Francisco desde Winchester, Virginia, cuatro o cinco años atrás, y llevaba el último año y medio viviendo con un negro llamado Rhino Tingley. Uno me dijo que el nombre de pila de Rhino era Ed, otro que Bill, pero coincidieron en que era joven, grande y negro y se le podía reconocer fácilmente por la cicatriz que tenía en el mentón. También me dijeron que sus ingresos dependían de Minnie y del billar; que no era mal tipo salvo cuando se enfadaba. Entonces por lo visto era un auténtico demonio; y que podía verlo a primera hora de cualquier noche en la barbería de Bunny Mack o en el estanco de Bigfoot Gerber.

Averigüé dónde estaban esos establecimientos y luego me fui otra vez al centro, a la comisaría del Palacio de Justicia. No había nadie en el despacho que se encargaba de las casas de empeños. Crucé el pasillo y le pregunté al teniente Duff si habían destinado a alguien al caso Leggett.

Me dijo:

—Vete a ver a O’Gar.

Fui a la sala de reuniones en busca de O’Gar, preguntándome qué tenía que ver él —un sargento detective de Homicidios— con mi caso. No estaban ni O’Gar ni Pat Reddy, su compañero. Fumé un pitillo, intenté imaginar quién habría sido asesinado y decidí telefonear a Leggett.

—¿Ha ido a verle algún detective de la policía desde que estuve yo? —le pregunté al oír su áspera voz.

—No, pero hace un rato ha llamado la policía y le ha pedido a mi mujer y mi hija que vayan a un lugar en Golden Gate Avenue para ver si pueden identificar a un hombre. Se han marchado hace unos minutos. Como no vi al supuesto ladrón, no las he acompañado.

—¿A qué altura de Golden Gate Avenue?

No recordaba el número, pero sabía la manzana: al norte de Van Ness Avenue. Le di las gracias y fui hacia allá.

En la manzana indicada encontré a un poli de uniforme delante de la puerta de un pequeño edificio de apartamentos. Le pregunté si estaba O’Gar.

—Arriba, en el 310 —dijo.

Subí en un ascensor destartalado. Al bajarme en la tercera planta, me encontré de frente con la señora Leggett y su hija, que se marchaban.

—Confío en que ahora ya esté convencido de que Minnie no tuvo nada que ver con el asunto —me reprendió la señora Leggett.

—¿Ha dado la policía con el hombre que vieron?

—Sí.

Le dije a Gabrielle Leggett:

—Eric Collinson asegura que no era más que medianoche, o poco después, cuando la llevó a casa el sábado.

—Eric —dijo con irritación, mientras pasaba por mi lado para entrar en el ascensor— es un idiota.

Su madre, que la seguía hacia la cabina del ascensor, la regañó:

—Venga, cariño.

Recorrí el pasillo hasta una puerta donde Pat Reddy estaba hablando con un par de periodistas, saludé, me abrí paso para acceder a un pasillo estrecho y lo crucé hasta una habitación pobremente amueblada, donde un hombre muerto yacía en una cama abatible.

Phels, de la sección de identificación de la policía, levantó la vista de la lupa para saludarme con un gesto de cabeza y luego reanudó su inspección del borde de una sencilla mesa de madera.

O’Gar asomó la cabeza y los hombros por la ventana y gruñó:

—Vaya, ¿otra vez tenemos que aguantarte?

O’Gar era un hombre fuerte e impasible de cincuenta años, que llevaba sombreros negros de ala ancha como los de los sheriffs de las películas. No había lugar para tonterías en su dura cabeza en forma de bala, y resultaba cómodo trabajar con él.

Eché un vistazo al cadáver: era un hombre de unos cuarenta, con la cara pálida y rasgos toscos, pelo corto algo canoso, bigote moreno y desaliñado y brazos y piernas fornidos. Tenía un orificio de bala justo encima del ombligo, y otro más arriba en el lado izquierdo del pecho.

—Es un hombre —dijo O’Gar, cuando yo volvía a taparlo con la sábana—. Está muerto.

—¿Qué más te han contado? —indagué.

—Parece ser que este y otro tipo birlaron las joyas y luego el otro tipo decidió quedarse con todo el botín. Los sobres están aquí —O’Gar se los sacó del bolsillo y los contó rápidamente pasando el pulgar por el borde—, pero los diamantes no. Estos salieron por la escalera de incendios con el otro tipo hace un rato. Lo han visto largarse, pero lo han perdido de vista en cuanto han atajado por la callejuela. Era un tipo alto con la nariz larga. Este —señaló la cama con los sobres— llevaba aquí una semana. Se llama Louis Upton, y su equipaje lleva etiquetas de Nueva York. No lo conocemos. En este antro no hay ni una sola persona dispuesta a confesar que lo vio en compañía de alguien. Nadie está dispuesto a admitir que conocía al narigudo.

Entró Pat Reddy. Era un joven grande y jovial, casi con sesera suficiente para compensar su poca experiencia.

Les dije a él y a O’Gar todo lo que había averiguado sobre el caso hasta el momento.

—¿El narigudo y este pavo se turnaban para tener vigilada la casa de Leggett? —sugirió Reddy.

—Es posible —dije—, pero hay indicios de que alguien de dentro estaba involucrado. ¿Cuántos sobres tienes, O’Gar?

—Siete.

—Entonces falta el del diamante que dejaron en el césped.

—¿Qué hay de la chica mulata? —preguntó Reddy.

—Esta noche voy a ver si localizo a su hombre —dije—. ¿Os habéis puesto en contacto con Nueva York para ver si saben algo de este tal Upton?

—Ajá —asintió O’Gar.

3
ALGO NEGRO

En la dirección de Nob Hill que me había facilitado Halstead, le di mi nombre al chico que atendía la centralita y le dije que avisara a Fitzstephan. El recuerdo que tenía de Fitzstephan era el de un hombre de treinta y dos años alto y esbelto, con el pelo de color canela, soñolientos ojos grises, la boca ancha con una mueca divertida y atuendo despreocupado; un hombre que fingía ser más vago de lo que era, que prefería hablar a hacer cualquier otra cosa y que poseía en grandes dosis lo que parecía ser información precisa e ideas originales sobre cualquier tema que saliera a colación, siempre y cuando estuviera un tanto fuera de lo común.

Lo había conocido cinco años atrás, en Nueva York, donde estaba hurgando en los trapos sucios de una banda de falsos médiums que le habían timado cien mil dólares a la viuda de un empresario dedicado a la compraventa de hielo y carbón. Fitzstephan investigaba el mismo caso en busca de material literario. Trabamos amistad y aunamos esfuerzos. Yo salí más beneficiado de la alianza que él, porque se conocía los chanchullos de los espiritistas del derecho y del revés; y, con su ayuda, di carpetazo al caso en dos semanas. Fuimos bastante buenos amigos durante un par de meses después de aquello, hasta que me fui de Nueva York.

—El señor Fitzstephan dice que suba ahora mismo —dijo el muchacho de la centralita.

Su apartamento estaba en la sexta planta. Se encontraba en el vano de la puerta cuando bajé del ascensor.

—Dios mío —dijo, a la vez que tendía una mano esbelta—, ¡eres tú!

—Ese mismo.

No había cambiado en absoluto. Entramos en una habitación donde media docena de estanterías con libros y cuatro mesas dejaban poco espacio para nada más. Había revistas y libros en lenguas diversas, documentos, recortes, pruebas de imprenta dispersas por todas partes, igual como lo solía tener en su casa de Nueva York.

Nos sentamos, hicimos sitio para los pies entre las patas de la mesa y dimos cuenta a grandes rasgos de lo que había sido nuestra vida desde la última vez que nos vimos. Él llevaba en San Francisco poco más de un año, salvo por los fines de semana, dijo, y dos meses que había pasado en el campo como un ermitaño, terminando una novela. Yo llevaba allí casi cinco años. Le gustaba San Francisco, dijo, pero no se hubiera opuesto a ningún movimiento que quisiera devolver el Oeste a los indios.

—¿Qué tal va el asunto literario? —indagué.

Me lanzó una mirada sagaz y me preguntó:

—Cómo, ¿no has leído lo que he escrito últimamente?

—No. Qué cosas se te ocurren.

—He detectado algo en tu tono, algo en plan propietario, como el de la voz de quien ha comprado a un autor por un par de cientos de dólares. No lo he oído tan a menudo para acostumbrarme. ¡Dios santo! ¿Recuerdas que una vez te ofrecí como regalo una colección de mis libros? —Siempre le había gustado ponerse en ese plan.

—Sí. Pero no te lo eché en cara. Estabas borracho.

—De jerez; el jerez de Elsa Donne. ¿Te acuerdas de Elsa? Nos enseñó un cuadro que acababa de terminar y dijiste que era bonito. ¡Dios bendito, se puso como una fiera! Lo dijiste en un tono insípido y sincero, como si estuvieras convencido de que le gustaría oírlo. ¿Lo recuerdas? Nos echó de su casa, pero ya nos habíamos emborrachado como cubas con su jerez. Aunque no estabas tan cocido como para aceptar los libros.

—Me dio miedo la posibilidad de leerlos y entenderlos —le expliqué—. Te lo habrías tomado como un insulto.

Un muchacho chino nos trajo vino blanco frío.

Fitzstephan dijo:

—Supongo que sigues persiguiendo a desventurados malhechores, ¿no?

—Sí. Así he dado contigo. Halstead me ha dicho que conoces a Edgar Leggett.

Un destello perturbó la somnolencia de sus ojos grises y se incorporó levemente en el asiento para preguntar:

—¿Ha hecho Leggett alguna de las suyas?

—¿Por qué lo dices?

—No lo he dicho. Lo he preguntado. —Volvió a acomodarse en el sillón, pero el brillo no desapareció de sus ojos—. Venga, suéltalo. No te pongas en plan sutil conmigo; eso no te pega. Inténtalo y estás perdido. Suéltalo: ¿qué ha hecho Leggett?

—Las cosas no se hacen así —dije—. Eres escritor. No puedo fiarme de que no reelabores lo que te cuente. Voy a guardarme mi cuento hasta que me hayas contado el tuyo, de manera que no retoques la historia para que encaje con lo que haya contado yo. ¿Cuánto hace que lo conoces?

—Desde poco después de llegar aquí. Siempre me ha interesado. Hay algo extraño en él, algo oscuro e intrigante. Es, por ejemplo, un asceta desde el punto de vista físico: no bebe ni fuma, come muy poco, duerme, según me han dicho, solo tres o cuatro horas cada noche; pero desde el punto de vista mental, o espiritual, es de carácter sensual, si es que eso tiene algún sentido para ti, hasta el punto de la decadencia. Antes decías que yo tengo un apetito insólito por lo fantástico. Tendrías que verle a él. Sus amigos..., no, no tiene ninguno..., las compañías que frecuenta son aquellas que plantean las ideas más extravagantes: Marquard y sus descabelladas figuras, que no son figuras, sino los límites de las áreas en el espacio que son las figuras; Denbar Curt y su algebrismo; los Haldorn y su secta del Santo Grial; la loca de Laura Joines; Farnham...

—Y tú —lo atajé—, con explicaciones y descripciones que no explican ni describen nada. Confío en que no pienses que le encuentro el menor sentido a nada de lo que has dicho.

—Ahora te recuerdo: siempre has sido así. —Me sonrió a la vez que se pasaba los dedos por el pelo de color canela—. Cuéntame qué ocurre mientras intento dar con respuestas monosilábicas.

Le pregunté si conocía a Eric Collinson. Dijo que sí; no había nada que saber de él salvo que estaba prometido con Gabrielle Leggett, que su padre era el empresario maderero Collinson y que Eric había pasado por Princeton, era corredor de bolsa, jugaba al balonmano y era un buen chico.

—Es posible —dije—, pero me mintió.

—Hay que ver cómo sois los detectives. —Fitzstephan meneó la cabeza con una sonrisa—. Seguro que hablaste con otro tipo, alguien que se hacía pasar por él. El caballero de Bayard no miente, y, además, para mentir hace falta imaginación. Tienes... ¡o espera! ¿Había una mujer de por medio?

Asentí.

—Entonces estás en lo cierto —me aseguró Fitzstephan—. Te pido perdón. El caballero de Bayard siempre miente cuando hay una mujer involucrada, por mucho que no sea necesario y le cause graves problemas. Es una de las convenciones del bayardismo; tiene que ver con proteger su honra o algo así. ¿Quién era la mujer?

—Gabrielle Leggett —dije, y le conté todo lo que sabía sobre los Leggett, los diamantes y el muerto en Golden Gate Avenue. La decepción fue haciendo mella en su rostro conforme hablaba.

—Eso es trivial, aburrido —se lamentó cuando terminé—. Yo estaba pensando en Leggett como si fuera un personaje de Dumas y tú me vienes con un cuento de pacotilla más propio de O. Henry. Me has decepcionado, tú y tus diamantes de tres al cuarto. Pero... —se le volvieron a iluminar los ojos—, es posible que esto nos lleve a alguna otra parte. No sé si Leggett será o no un criminal, pero desde luego se trae entre manos algo más interesante que una estafa de medio pelo a una compañía de seguros.

—¿Quieres decir que es uno de esos genios? Lees mucho la prensa, ¿no? ¿Quién te has pensado que es? ¿El rey de los contrabandistas de alcohol? ¿El jefe de un sindicato internacional del crimen? ¿Un magnate que se dedica a la trata de blancas? ¿El cabecilla de una banda de traficantes? ¿O la reina de los falsificadores oculta tras un disfraz?

—No seas idiota —replicó—. Pero ese tiene cerebro, y hay algo oscuro en él. Hay algo en lo que no quiere pensar, aunque no puede olvidarlo. Ya te he dicho que tiene una enorme sed de todo aquello que se aleja del pensamiento convencional, y sin embargo es un tipo de lo más frío, aunque la suya es una frialdad seca y amarga. Es un neurótico que mantiene el cuerpo en forma, alerta y listo..., ¿para qué? Y al mismo tiempo se droga la mente con locuras. Aun así es de carácter frío y sensato. Si un hombre tiene un pasado que quiere olvidar, lo más sencillo es que se drogue la mente a través del cuerpo, por medio de la sensualidad si no con narcóticos. Pero supongamos que ese pasado no está muerto, y que ese hombre tiene que mantenerse en forma por si le diera alcance en el presente. Bueno, entonces lo más aconsejable sería que se anestesiara el pensamiento directamente y dejase que su cuerpo siguiera estando fuerte y preparado.

—¿Y ese pasado?

Fitzstephan negó con la cabeza y dijo:

—Si no lo sé, y no lo sé, no es culpa mía. Antes de que hayas terminado con esto, sabrás lo difícil que es sacarle información a esa familia.

—¿Lo has intentado?

—Desde luego. Soy novelista. Mi oficio tiene que ver con el alma y lo que acontece en su interior. Él tiene un alma que me resulta atractiva, y siempre he considerado un trato injusto por su parte que no me la haya revelado hasta lo más recóndito. ¿Sabes?, dudo que se apellide Leggett. Es francés. Una vez me dijo que era oriundo de Atlanta, pero es francés por lo que respecta a su actitud, su manera de pensar, en todo menos en su disposición a reconocerlo.

—¿Qué hay del resto de la familia? Gabrielle está tarada, ¿verdad?

—A saber. —Fitzstephan me miró con curiosidad—. ¿Lo dices sin darle mayor importancia o de veras crees que no está en sus cabales?

—No lo sé. Es rara, una persona bastante incómoda. Y, además, sus orejas son de animal, y apenas tiene frente; y sus ojos oscilan entre el verde y el castaño sin decantarse nunca por ninguno de los dos colores. ¿Qué has averiguado de sus asuntos mientras fisgoneabas por ahí?

—¿Tú, que te ganas la vida fisgoneando, te estás riendo de mi curiosidad por la gente y mis esfuerzos por satisfacerla?

—Somos distintos —dije—. Yo fisgoneo a fin de meter a la gente en la cárcel, y me pagan por ello, aunque no tanto como debieran.

—No hay mucha diferencia —replicó—. Yo fisgoneo a fin de meter a la gente en libros, y me pagan por ello, aunque no tanto como debieran.

—Sí, pero ¿de qué sirve?

—Sabe Dios. ¿De qué sirve meterlos en la cárcel?

—Aligera la aglomeración —dije—. Si enchironaras a suficientes personas, las ciudades no tendrían problemas de tráfico. ¿Qué sabes de esa Gabrielle?

—Detesta a su padre. Él la adora.

—¿A qué viene ese odio?

—No lo sé; igual se debe a que la adora.

—Eso no tiene sentido —rezongué—. Te estás poniendo en plan literario. ¿Qué hay de la señora Leggett?

—Supongo que nunca has probado lo que cocina, ¿verdad? De ser así no tendrías la menor duda. Solo un alma serena y equilibrada sería capaz de cocinar así. Más de una vez me he preguntado qué piensa de las extrañas criaturas que son su marido y su hija, aunque supongo que sencillamente los acepta tal como son sin ser consciente siquiera de su rareza.

—Todo eso está muy bien —dije—, pero aún no me has dicho nada definitivo.

—No, es cierto —respondió—, y eso, amigo mío, es todo. Te he contado lo que sé y lo que imagino, y no hay nada definitivo. A eso voy: después de un año de esfuerzos no he averiguado nada en firme sobre los Leggett. Teniendo en cuenta mi curiosidad y mi habitual destreza para satisfacerla, ¿no basta para convencerte de que ese hombre oculta algo y sabe cómo ocultarlo?

—¿Que si basta? No lo sé. Pero sí sé que ya he perdido demasiado tiempo sin averiguar nada que sirva para meter a alguien en el trullo. ¿Cenamos mañana? ¿O pasado mañana?

—Pasado mañana. ¿A las siete?

Dije que pasaría a buscarlo y me marché. Eran poco más de las cinco. Como no había almorzado, fui a Blanco’s a comer algo, y luego al barrio negro a echarle un vistazo a Rhino Tingley.

Lo encontré en el estanco de Bigfoot Gerber, pasándose un puro bien gordo de una comisura a la otra mientras les contaba algo a los otro cuatro negros que había en el establecimiento.

—... entonces le digo: «Negrata, como sigas hablando te despellejo», y alargo la mano para cogerlo, y, como hay Dios, no quedaba de él más que sus huellas en el cemento de la acera, cada una a dos metros de la anterior y directas a casita.

Compré un paquete de tabaco y lo observé mientras hablaba. Era un hombre de color chocolate de menos de treinta años, cerca de metro ochenta de estatura y más de noventa kilos, con ojos saltones de globo amarillento, nariz ancha y boca bien grande con los labios y las encías azulados, así como una mellada cicatriz negra que partía de su labio inferior para perderse detrás del cuello de la camisa a rayas blancas y azules. Sus prendas eran lo bastante nuevas para parecerlo, y las lucía con ostentación. Tenía una fuerte voz de bajo que hizo temblar el vidrio de las vitrinas cuando se rio a coro con su público.

Salí del estanco mientras seguían riendo, oí que las risas se detenían súbitamente a mi espalda, me resistí a la tentación de volver la vista y seguí hacia el edificio donde vivían él y Minnie. Me dio alcance cuando estaba a media manzana del piso.

No dije nada mientras avanzábamos siete pasos codo con codo.

Entonces dijo:

—¿Es usted el que va preguntando por mí?

El olor acre a vino italiano era tan intenso que casi se veía.

Me lo pensé, y dije:

—Sí.

—¿Qué tiene que ver conmigo? —preguntó, no en tono desagradable, sino como si lo quisiera saber.

Al otro lado de la calle, Gabrielle Leggett, con abrigo marrón y sombrero amarillo y marrón, salió del edificio de Minnie y se dirigió hacia el sur, sin volver la cara hacia nosotros. Caminaba deprisa y tenía el labio inferior entre los dientes.

Miré al negro. Me estaba mirando. Su rostro no reflejó que hubiera visto a Gabrielle Leggett, o que haberla visto tuviera para él la menor importancia.

Dije:

—No tienes nada que ocultar, ¿verdad? ¿Qué más te da quién pregunte por ti?

—Sea como sea, soy yo a quien tiene que acudir si quiere saber algo sobre mí. ¿Es usted el que hizo que despidieran a Minnie?

—No la despidieron. Se fue.

—Minnie no tiene por qué aguantar que la insulte nadie. Ella...

—Vamos a hablar con ella —sugerí, al tiempo que me dirigía hacia la otra acera.

En el portal se me adelantó, subió un tramo de escaleras y enfiló un pasillo oscuro hasta una puerta que abrió con una de las por lo menos veinte llaves que tenía en el llavero.

Minnie Hershey, con un quimono rosa adornado con plumas de avestruz amarillas que parecían pequeños helechos secos, salió del dormitorio para encontrarse con nosotros en la sala de estar. Se le dilataron los ojos al verme.

Rhino dijo:

—¿Conoces a este caballero, Minnie?

Minnie tartamudeó:

—S-sí.

Yo dije:

—No deberías haberte marchado así de casa de los Leggett. Nadie cree que tuvieras nada que ver con los diamantes. ¿Qué venía a hacer aquí la señorita Leggett?

—Aquí no ha venido ninguna señorita Leggett —me dijo—. No sé de qué me habla.

—Ha salido cuando íbamos a entrar.

—¡Ah! La señorita Leggett. Creía que había dicho la señora Leggett. Le ruego que me perdone. Sí, señor. La señorita Gabrielle ha estado aquí, claro. Quería saber si no estaría dispuesta a regresar. Me aprecia mucho, la señorita Gabrielle.

—Eso es lo que deberías hacer —le dije—. Fue una tontería, marcharse así.

Rhino se sacó el puro de la boca y señaló a la chica con la brasa.

—Te alejaste de ellos —dijo con voz estruendosa— y tienes que mantenerte alejada de ellos. No tienes por qué aguantarle nada a nadie. —Se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un grueso fajo de dinero, lo dejó sobre la mesa con un golpe y atronó—: ¿Qué necesidad hay de que trabajes para otros?

Le hablaba a la chica, pero me miraba a mí, sonriendo; los dientes de oro brillantes contrastaban con la boca tirando a púrpura. La muchacha le miró con desdén y dijo:

—No intentes liarle, so borracho. —Y se volvió hacia mí de nuevo. Su cara atezada estaba tensa, ansiosa de que la creyera, mientras decía con toda seriedad—: Rhino ha ganado ese dinero jugando a los dados, señor. Que me muera si no es cierto.

Rhino dijo:

—No es asunto de nadie de dónde saco el dinero. Lo saco y ya está. Tengo... —Dejó el puro en el borde de la mesa, cogió el dinero, se humedeció un pulgar del tamaño de un talón con una lengua que más parecía un alfombrilla de baño y contó el fajo billete a billete dejándolos encima de la mesa—. Veinte, treinta, ochenta, cien, ciento diez, doscientos diez, trescientos diez, trescientos treinta, trescientos treinta y cinco, cuatrocientos treinta y cinco, quinientos treinta y cinco, quinientos ochenta y cinco, seiscientos cinco, seiscientos diez, seiscientos veinte, setecientos veinte, setecientos setenta, ochocientos veinte, ochocientos treinta, ochocientos cuarenta, novecientos cuarenta, novecientos sesenta, novecientos setenta, novecientos setenta y cinco, novecientos noventa y cinco, mil quince, mil veinte, mil ciento veinte, mil ciento setenta. Si alguien quiere saber lo que tengo, eso es lo que tengo: mil ciento setenta dólares. Si alguien quiere saber de dónde lo he sacado, tal vez se lo diga, tal vez no. Depende de cómo me dé.

Minnie dijo:

—Lo ha ganado en una partida de dados, señor, allá en el Club Social Happy Day. Que me muera si no es así.

—Igual es así —dijo Rhino, mirándome todavía con su amplia sonrisa—. Pero ¿y si no?

—No se me dan bien las adivinanzas —dije, y, tras aconsejar de nuevo a Minnie que volviera con los Leggett, me marché del piso. Minnie cerró la puerta a mi espalda. Cuando salía por el pasillo la oí refunfuñar y oí cómo brotaba del pecho de Rhino su risa de bajo.

En una farmacia de guardia en el centro consulté la sección de Berkeley de la guía telefónica, encontré solo una entrada para Freemander y llamé al número. Contestó la señora Begg y accedió a verme si iba en el siguiente ferry.

El domicilio de Freemander estaba al borde de una carretera que serpeaba colina arriba hacia la Universidad de California.

La señora Begg era una mujer huesuda y descarnada con el escaso pelo canoso pegado a un cráneo escuálido, severos ojos grises y manos firmes y capaces. Era agria y adusta, pero lo bastante franca para ir directa al grano sin andarnos con circunloquios.

Le conté lo del robo y le aseguré que estaba convencido de que el ladrón había recibido ayuda, o al menos información, de alguien que conocía el hogar de los Leggett, y concluí diciéndole:

—La señora Priestly me dijo que usted fue ama de llaves de Leggett, y que creía que podría ayudarme.

La señora Begg comentó que dudaba poder contarme nada que compensase mi desplazamiento desde la ciudad, pero que estaba dispuesta a hacer lo que pudiera, pues era una mujer honrada y no tenía nada que esconderle a nadie. Una vez empezó, me contó tantas cosas que a punto estuvo de dejarme sordo a fuerza de hablar. Descartando todo lo que no me interesaba, logré averiguar la siguiente información:

La señora Begg había sido contratada por Leggett, a través de una agencia de trabajo, como ama de llaves en la primavera de 1921. Al principio contaba con la ayuda de una muchacha, pero no había trabajo suficiente para dos, así que, a sugerencia de la señora Begg, despidieron a la chica. Leggett era hombre de gustos sencillos y pasaba la mayor parte del tiempo en el último piso, donde tenía el laboratorio y el cuchitril que le hacía las veces de dormitorio. Rara vez usaba el resto de la casa salvo cuando invitaba a unos amigos a pasar la velada. A la señora Begg no le caían bien sus amigos, aunque no podía decir nada en su contra excepto que hablaban de una manera bochornosa e ignominiosa. Edgar Leggett era el hombre más amable que quepa imaginar, dijo, solo que era tan reservado que daba miedo. Ella no estaba autorizada a subir a la tercera planta, y la puerta del laboratorio estaba siempre cerrada. Una vez al mes venía un japonés a limpiarla bajo la supervisión de Leggett. Bueno, la señora Begg suponía que tenía cantidad de secretos científicos, y tal vez sustancias químicas peligrosas, en los que no quería que nadie metiese las narices, pero igualmente la hacía sentir incómoda. No tenía la menor idea acerca de los asuntos personales o familiares de su patrón, y sabía demasiado bien cuál era su lugar para hacerle preguntas al respecto.

En agosto de 1923 —era una mañana de lluvia, según recordaba—, llegaron a la casa una mujer y una chica de quince años con un montón de maletas. Las hizo pasar y la mujer preguntó por el señor Leggett. La señora Begg subió a la puerta del laboratorio y se lo comunicó, y él bajó. En todos los días de su vida no había visto a nadie tan sorprendido como aquel hombre cuando las vio. Se quedó blanco por completo, y temblaba tanto que ella tuvo la sensación de que iba a derrumbarse. No sabía de qué discutieron Leggett y la mujer y la chica esa mañana, porque hablaban en un idioma extranjero, aunque todos sabían hablar inglés tan bien como cualquier otro, y mejor que la mayoría, sobre todo esa Gabrielle cuando le daba por maldecir. La señora Begg los dejó y se dedicó a sus tareas. Poco después Leggett fue a la cocina y le dijo que las visitas eran una tal señora Dain, su cuñada, y la hija de esta, a las que llevaba diez años sin ver; y que iban a quedarse con él. Más adelante la señora Dain le dijo a la señora Begg que eran inglesas, pero que habían estado varios años viviendo en Nueva York. A la señora Begg le caía bien la señora Dain, que era una mujer sensata y un ama de casa de primera, pero esa Gabrielle le parecía una salvaje. La señora Begg siempre se refería a la muchacha como «esa Gabrielle».

Con las Dain instaladas, y con el talento de la señora Dain como ama de casa, ya no había lugar para la señora Begg. Se mostraron muy generosos, dijo, la ayudaron a buscar un nuevo empleo y le dieron una cuantiosa gratificación cuando se fue. No había visto a ninguno desde entonces, pero, gracias a la minuciosa atención que prestaba a la sección de bodas, decesos y nacimientos de la prensa matutina, un mes después de su partida averiguó que Edgar Leggett y Alice Dain habían obtenido su certificado matrimonial.

4
LOS SOSPECHOSOS HARPER

Cuando llegué a la agencia a las nueve de la mañana siguiente, Eric Collinson aguardaba sentado en la sala de visitas. Su rostro moreno se veía deslucido, sin su habitual tono sonrosado, y había olvidado engominarse el pelo.

—¿Sabe algo de la señorita Leggett? —preguntó, levantándose de un brinco para salir a recibirme a la puerta—. Anoche no estuvo en casa, y aún no ha regresado. Su padre no ha querido decirme que no sabe dónde está, pero estoy convencido de que no lo sabe. Me ha dicho que no me preocupe, pero ¿cómo no me voy a preocupar? ¿Sabe algo al respecto?

Dije que no y le conté que había visto a Minnie Hershey la víspera por la noche. Le facilité la dirección de la mulata y le sugerí que hablase con ella. Se caló el sombrero y se marchó a toda prisa.

Llamé a O’Gar por teléfono y le pregunté si había recibido ya noticias de Nueva York.

—Ajá —dijo—. Upton, que en efecto se apellida así, era de los vuestros, detective privado. Tuvo una agencia propia hasta 1923, cuando él y un tipo llamado Harry Rupert fueron a chirona por intentar amañar un jurado. ¿Cómo te fue con la negrata?

—No lo sé. El tal Rhino Tingley lleva encima un fajo de mil cien pavos. Minnie dice que lo ganó jugando a los dados. Es posible: es el doble de lo que podría haber sacado vendiendo la mercancía de Leggett. ¿Puedes intentar confirmarlo? Se supone que lo ganó en el Club Social Happy Day.

O’Gar prometió hacer lo que pudiera y colgó.

Envié un telegrama a nuestra sucursal en Nueva York pidiendo más información sobre Upton y Ruppert, y luego fui al registro civil en el ayuntamiento, donde indagué en el archivo de certificados matrimoniales de agosto y septiembre de 1923. La solicitud que quería llevaba la fecha del 26 de agosto y la declaración de Leggett de que había nacido en Atlanta, Georgia, el 6 de marzo de 1883, y que aquel era su segundo matrimonio; así como la declaración de Alice Dain de que había nacido en Londres, Inglaterra, el 22 de octubre de 1888, y que nunca había estado casada.

Cuando regresé a la agencia, Eric Collinson, con el cabello rubio más despeinado aún, estaba otra vez esperándome.

—He visto a Minnie —dijo muy excitado— y no ha podido aclararme nada. Dice que Gaby pasó anoche por allí para pedirle que volviera a trabajar, pero que no sabe nada más. De todos modos..., lleva un anillo con una esmeralda que sin lugar a dudas es de Gaby.

—¿Le ha preguntado al respecto?

—¿A quién? ¿A Minnie? No. ¿Cómo iba a hacer eso? Habría sido..., ya sabe.

—Tiene razón —convine, pensando en el caballero de Bayard del que me había hablado Fitzstephan—, lo primero es la amabilidad. ¿Por qué me mintió acerca de la hora en que regresaron a casa la otra noche usted y la señorita Leggett?

El bochorno hizo que su semblante adquiriera un aire más atractivo y menos inteligente.

—Fue una tontería por mi parte —tartamudeó—, pero no quería..., ya sabe..., pensé que usted..., me dio miedo que...

No estaba llegando a ninguna parte, así que sugerí:

—Pensó que era muy tarde y no quiso que la tomara por lo que no es, ¿verdad?

—Sí, eso es.

Conseguí que se largara y fui a la sala de detectives, donde Mickey Linehan —fornido, desgarbado, con la cara roja— y Al Mason —esbelto, moreno, impecable— cruzaban embustes acerca de cuántas veces les habían disparado, cada cual intentando fingir que había pasado más miedo que el otro. Les dije quién estaba involucrado en el caso Leggett y qué información había al respecto —por lo que yo sabía, que resultó no ser mucho cuando llegó el momento de relatarlo— y envié a Al a vigilar la casa de los Leggett, y a Mickey a que viera cómo lo llevaban Minnie y Rhino.

La señora Leggett, con su afable rostro ensombrecido, abrió la puerta cuando llamé una hora después. Entramos en la sala de color verde, naranja y chocolate, donde se sumó a nosotros su marido. Les transmití la información sobre Upton que había recibido O’Gar de Nueva York y les dije que había enviado un telegrama pidiendo más datos sobre Ruppert.

—Unos vecinos suyos vieron merodeando a un hombre que no era Upton —dije—, y un hombre que encaja con esa descripción huyó por la escalera de incendios de la habitación donde fue asesinado Upton. Ya veremos qué aspecto tiene Ruppert.

Observaba fijamente la cara de Leggett. No cambió ni un ápice. Sus ojos de color castaño rojizo, más brillantes de la cuenta, mostraban interés y nada más.

Le pregunté:

—¿Está la señorita Leggett?

Dijo:

—No.

—¿Cuándo volverá?

—Es probable que tarde varios días. Se ha marchado de la ciudad.

—¿Dónde la puedo localizar? —pregunté, volviéndome hacia la señora Leggett—. Tengo que hacerle unas preguntas.

La señora Leggett eludió mi mirada y miró a su marido.

La voz metálica de Leggett respondió a mi pregunta:

—No lo sabemos exactamente. Unos amigos suyos, el señor y la señora Harper, vinieron de Los Ángeles en coche y la invitaron a ir con ellos a la montaña. No sé qué ruta tenían intención de tomar, y dudo que tuvieran un destino concreto.

Les hice unas preguntas sobre los Harper. Leggett reconoció que sabía muy poco sobre ellos. El nombre de pila de la señora Harper era Carmel, dijo, y todo el mundo llamaba Bud al hombre, pero Leggett no sabía con seguridad si su nombre era Frank o Walter. Tampoco estaba al tanto de la dirección de los Harper en Los Ángeles. Creía que tenían una casa allá en Pasadena, pero no estaba seguro, porque, de hecho, había oído algo acerca de que habían vendido la casa, o tal vez que tenían intención de hacerlo. Mientras me contaba todas esas tonterías, su esposa estaba sentada con la vista fija en el suelo, aunque levantó los ojos azules dos veces para lanzar sendas miradas fugaces y suplicantes a su marido.

Le pregunté a ella:

—¿No sabe nada más sobre ellos?

—No —dijo con voz débil, a la vez que miraba de soslayo otra vez a su esposo, mientras él, sin prestarle la menor atención, mantenía los ojos fijos en mí.

—¿Cuándo se marcharon? —le pregunté.

—A primera hora de esta mañana —dijo Leggett—. Estaban en un hotel, no sé cuál, y Gabrielle ha pasado la noche con ellos para ponerse en marcha a primera hora.

Ya me había hartado de los Harper. Pregunté:

—¿Alguno de ustedes, cualquiera de ustedes, sabe algo de Upton, o ha tenido alguna clase de trato con él antes de este asunto?

Leggett dijo:

—No.

Tenía otras preguntas, pero las respuestas que estaba obteniendo no valían para nada, así que me levanté para irme. Tuve la tentación de decirle lo que pensaba de él, pero no habría salido ganando nada con ello.

Él también se puso en pie, con una amable sonrisa, y dijo:

—Lamento haber causado tantos inconvenientes a la compañía de seguros por causa de lo que, después de todo, probablemente fue un descuido por mi parte. Me gustaría saber su opinión: ¿cree que debería aceptar mi responsabilidad en la pérdida de los diamantes y compensarla de mi bolsillo?

—Tal como están las cosas —dije—, creo que sí; pero eso no haría que se cerrase la investigación.

La señora Leggett se llevó una mano a la boca.

Leggett dijo:

—Gracias. —Su voz sonó despreocupadamente amable—. Tendré que pensármelo.

De regreso a la agencia me pasé por casa de Fitzstephan durante media hora. Estaba escribiendo, según me dijo, un artículo para la Revista de psicopatología —probablemente me equivoco con el nombre, pero era algo por el estilo— en el que censuraba la hipótesis de la mente inconsciente o subconsciente tachándola de trampa y engaño, de escollo para los incautos y montón de patrañas para los charlatanes, una brecha en los fundamentos de la psicología que hacía que al verdadero especialista le resultara casi imposible dejar al descubierto a embaucadores como, por ejemplo, los psicoanalistas y los conductistas, o algo parecido. Siguió en ese plan durante diez minutos por lo menos, hasta que por fin volvió a encauzar la conversación preguntando:

—Pero ¿qué tal te va con el problema de los diamantes escurridizos?

—Voy tirando —dije, y le conté lo que había averiguado hasta la fecha.

—Desde luego lo tienes todo enredado y confuso a más no poder —me felicitó cuando acabé.

—Irá a peor antes de mejorar —predije—. Me gustaría estar diez minutos a solas con la señora Leggett. Lejos de su marido, creo que se podría hacer algo con ella. ¿Serías tú capaz de sacarle algo? Me gustaría saber por qué se ha marchado Gabrielle, aunque no pueda averiguar su paradero.

—Lo intentaré —dijo Fitzstephan de buen grado—. Supón que voy por allí mañana para pedir prestado un libro. La hermandad de la Rosacruz, de Waite, sería una buena opción. Saben que estoy interesado en esos asuntos. Seguro que él está trabajando en el laboratorio, y me opondré a que se le moleste. Tendré que abordarla como quien no quiere la cosa, pero tal vez pueda sacarle algo.

—Gracias —dije—. Nos vemos mañana por la noche.

Dediqué la mayor parte de la tarde a poner por escrito averiguaciones y suposiciones e intentar que encajasen de alguna manera. Eric Collinson llamó dos veces para preguntarme si tenía alguna noticia de su Gabrielle. Ni Mickey Linehan ni Al Mason descubrieron nada. A las seis en punto decidí dar por concluida la jornada.

5
GABRIELLE

El día siguiente trajo novedades.

A primera hora de la mañana llegó un telegrama desde nuestras oficinas en Nueva York. Una vez descodificado, decía:

LOUIS UPTON, EXPROPIETARIO DE AGENCIA DE DETECTIVES, ESTÁ AQUÍ STOP DETENIDO EL UNO DE SEPTIEMBRE MIL NOVECIENTOS VEINTITRÉS POR SOBORNAR A DOS JURADOS EN EL JUICIO POR ASESINATO DE SEXTON STOP INTENTÓ SALVARSE IMPLICANDO A HARRY RUPPERT, DETECTIVE DE SU AGENCIA STOP LOS DOS CONDENADOS STOP LOS DOS EXCARCELADOS DE SING SING EL SEIS DE FEBRERO DE ESTE AÑO STOP SE DICE QUE RUPPERT AMENAZÓ DE MUERTE A UPTON STOP RUPPERT TREINTA Y DOS AÑOS, UNO SETENTA Y OCHO, SETENTA Y CINCO KILOS, PELO Y OJOS CASTAÑOS, TEZ CETRINA, CARA ENJUTA, NARIZ LARGA Y FINA, CAMINA ENCORVADO Y CON LA BARBILLA HACIA DELANTE STOP FOTOGRAFÍAS ENVIADAS

La descripción de Ruppert encajaba casi sin lugar a dudas con la del hombre que habían visto la señora Priestly y Daley y con la del hombre que probablemente había matado a Upton.

O’Gar me llamó por teléfono para decirme:

—Ese negrata tuyo, Rhino Tingley, fue detenido anoche en una tienda de empeños cuando intentaba deshacerse de unas joyas. No había ningún diamante suelto. Aún no hemos podido interrogarlo, solo lo hemos identificado. He enviado a un agente a casa de los Leggett con una muestra de las joyas, pensando que podían ser suyas, pero han dicho que no era así.

Eso no encajaba. Sugerí:

—Prueba en Halstead y Beauchamp. Diles que os parece que las joyas son de los Leggett. No les digáis que él ha asegurado que no.

Media hora después volvió a llamarme el sargento detective, desde la joyería, para decirme que Halstead había identificado sin lugar a dudas dos piezas —un collar de perlas y un broche de topacio— como artículos adquiridos por los Leggett para su hija.

—Estupendo —dije—. Ahora, ¿puedes hacer una cosa? Vete al piso de Rhino y apriétale las tuercas a su chica, Minnie Hershey. Registra ese antro, ponte duro con ella; cuanto más la asustes, mejor. Es posible que lleve un anillo con una esmeralda. De ser así, o si ves por allí esa joya o cualquier otra que pudiera ser de los Leggett, te la llevas; pero no te quedes mucho rato y no vuelvas a molestarla. Yo me encargo de ella. Tú métele un buen susto y lárgate.

—Voy a hacer que se quede blanca —prometió O’Gar.

Dick Foley estaba en el despacho de los detectives; redactaba un informe sobre el robo de un almacén que lo había tenido en vela toda la noche. Lo envié a que le echara una mano a Mickey con la mulata.

—Seguidla los dos si sale de su piso cuando termine con ella la policía —dije—, y en cuanto llegue a alguna parte, que uno vaya a buscar un teléfono y me informe.

Regresé a mi despacho y fumé unos pitillos. Ya iba por el tercero cuando Eric Collinson me llamó para preguntar si había localizado a su Gabrielle.

—No del todo, pero voy por buen camino. Si no está ocupado, puede venir conmigo, si resulta que surge la necesidad de ir a alguna parte.

Accedió de muy buena gana.

Unos minutos después llamó Mickey Linehan:

—La mulata ha ido de visita. —Y me facilitó una dirección en Pacific Avenue.

El teléfono volvió a sonar antes de que lo hubiera colgado.

—Soy Watt Halstead —dijo una voz—. ¿Puede pasar a verme un par de minutos?

—Ahora no. ¿Qué quiere?

—Se trata de Edgar Leggett, y es de lo más desconcertante. La policía ha traído unas joyas esta mañana para preguntar si sabíamos de quién eran. He reconocido un collar de perlas y un broche que nos compró Edgar Leggett para su hija el año pasado; el broche en primavera y las perlas en Navidad. Después de que se fuera la policía, yo, naturalmente, he telefoneado a Leggett, y él ha adoptado una actitud sumamente peculiar. Ha esperado a que se lo contara todo y luego ha dicho: «Le agradezco mucho que se entrometa en mis asuntos», y ha colgado. ¿Qué cree usted que le ocurre?

—Sabe Dios. Gracias. Ahora tengo prisa, pero pasaré por allí en cuanto pueda.

Busqué el número de Owen Fitzstephan, le llamé y oí un «Hola» arrastrado.

—Más vale que vayas a pedir prestado ese libro enseguida si quieres que sirva de algo —dije.

—¿Por qué? ¿Hay alguna novedad?

—Así es.

—Como, ¿por ejemplo? —indagó.

—Esto y lo de más allá, pero no es momento para que quien tenga ganas de meter las narices en los misterios de los Leggett pierda el tiempo con artículos sobre mentes inconscientes.

—Vale —dijo—. Ahora mismo salgo por la puerta.

Eric Collinson había llegado mientras hablaba con el novelista.

—Vamos —dije, camino ya de los ascensores—. Es posible que no se trate de una falsa alarma.

—¿Adónde vamos? —preguntó con impaciencia—. ¿La ha encontrado? ¿Está bien?

Respondí a la única de sus preguntas para la que tenía contestación dándole la dirección de Pacific Avenue que me había facilitado Mickey. A Collinson le sonaba. Dijo:

—Es la casa de Joseph.

En el ascensor había media docena de personas más. Le ofrecí un «Ah, ¿sí?» por toda respuesta.

Él tenía un turismo Chrysler aparcado a la vuelta de la esquina. Nos montamos y empezamos a sortear el tráfico y las señales en dirección a Pacific Avenue.

Entonces pregunté:

—¿Quién es Joseph?

—Se trata de otra secta. Es el cabecilla. Llama a su casa el Templo del Santo Grial. Es el que está más de moda ahora. Ya sabe lo rápido que vienen y van esas cosas en California. No me hace gracia que Gabrielle esté allí, si es que está allí, aunque, quién sabe, tal vez sean buena gente. Es uno de esos amigos tan raros del señor Leggett. ¿Sabe con seguridad que Gabrielle se encuentra allí?

—Tal vez. ¿Forma ella parte de la secta?

—La frecuenta, sí. He ido con ella.

—¿Cómo es ese sitio?

—Ah, parece un buen lugar —dijo como a regañadientes—. Son personas de buena posición: la señora de Payson Laurence, y el matrimonio Ralph Coleman, y la señora de Livingston Rodman..., gente así. Y los Haldorn, Joseph y su mujer Aaronia, parecen personas respetables, pero..., pero no me hace gracia que Gabrielle vaya por allí de esa manera. —A punto estuvo de chocar contra la parte de atrás de un tranvía con la rueda derecha del Chrysler—. No me parece que le convenga dejarse influir por ellos.

—Usted ha estado allí; ¿qué clase de ocultismo se traen entre manos?

—No se trata de ocultismo, en realidad —respondió, frunciendo el ceño—. No sé gran cosa de sus creencias, ni nada por el estilo, pero he asistido a sus servicios con Gabrielle, y son tan dignos, tan hermosos incluso, como las misas episcopalianas o católicas. No vaya a creerse que aquello tiene que ver con la Iglesia de Pentecostés o la Casa de David. No es eso en absoluto. Sea lo que sea, es de primera categoría. Los Haldorn son gente más..., bueno..., más culta que yo.

—Entonces, ¿qué tienen de malo?

Meneó la cabeza con ademán triste.

—A decir verdad no sé si tienen nada de malo. Lo que ocurre es que no me gusta. No me hace gracia que Gabrielle se marche así sin decirle a nadie adónde ha ido. ¿Cree que sus padres saben dónde está?

—No.

—Eso me parecía a mí —dijo.

Desde la calle, el Templo del Santo Grial tenía el aspecto de lo que había sido en un principio, un edificio de apartamentos de seis plantas construido con ladrillo amarillo. En la fachada no había ningún indicio de que no siguiera siendo precisamente eso. Indiqué a Collinson que pasara por delante y siguiera hasta la esquina donde Mickey Linehan, ladeado, apoyaba su corpulencia en una pared de piedra. Se acercó al coche cuando se detenía junto al bordillo.

—La tía mestiza se ha ido hace diez minutos —informó—, con Dick tras sus pasos. No ha salido de aquí nadie que encajara con las descripciones facilitadas.

—Quédate en el coche y vigila la puerta —le dije—. Vamos a entrar —le indiqué a Collinson—. Déjeme que lleve la voz cantante.

Cuando llegamos a la puerta del Templo tuve que advertirle:

—Procure no hacer tanto ruido al respirar. Lo más probable es que todo vaya bien.

Llamé al timbre. Una mujer rolliza y ancha de hombros de cerca de cincuenta años abrió la puerta de inmediato. Estaba por lo menos siete u ocho centímetros por encima de mi uno sesenta y cinco. La piel le colgaba formando bolsitas en el rostro, pero no se apreciaba blandura ni holgura en los ojos ni en la boca. Se había depilado el largo labio superior. Iba vestida de negro, con prendas negras que la cubrían desde la barbilla y los lóbulos de las orejas hasta apenas un par de centímetros del suelo.

—Queremos ver a la señorita Leggett —dije.

Fingió que no me había entendido.

—Queremos ver a la señorita Leggett —repetí—. A la señorita Gabrielle Leggett.

—No sé si está. —Tenía una voz grave—. Pero pasen.

Nos llevó sin mucha alegría a una sala de espera pequeña e iluminada con luz tenue a un lado del vestíbulo, nos indicó que aguardásemos allí y se marchó.

—¿Quién es esa tía que parece el herrero del pueblo? —le pregunté a Collinson.

Dijo que no la conocía. Empezó a deambular por la sala con inquietud. Yo me senté. Las persianas echadas dejaban entrar muy poca luz y no permitían apreciar gran cosa, pero la moqueta era suave y mullida, y lo que se veía del mobiliario tendía más al lujo que a la austeridad.

Salvo por los sonidos que hacía Collinson al ir de aquí para allá, no se oía nada en ninguna parte del edificio. Miré hacia la puerta abierta y vi que nos observaban. Un chico de doce o trece años estaba allí plantado mirándonos con unos grandes ojos oscuros que parecían tener luz propia en la penumbra.

Dije:

—Hola, hijo.

Collinson se dio la vuelta de un salto al oír mi voz.

El chico no dijo nada. Me contempló durante al menos otro minuto con esa mirada vacía, desvergonzada y embarazosa que solo los niños dominan por completo, y luego me dio la espalda y se marchó, sin hacer más ruido al irse del que había hecho al llegar.

—¿Quién es ese? —le pregunté a Collinson.

—Debe de ser el hijo de los Haldorn, Manuel. No le había visto nunca.

Collinson empezó a caminar arriba y abajo. Yo me senté sin perder de vista la puerta. Poco después apareció una mujer caminando con sigilo por la gruesa moqueta y entró en la sala de visitas. Era alta, elegante, y sus ojos oscuros parecían tener luz propia, como los del niño. Eso fue lo único que alcancé a ver con claridad en ese momento.

Me levanté.

Ella se dirigió a Collinson:

—¿Cómo está? Usted es el señor Collinson, ¿verdad? —Tenía la voz más musical que había oído en mi vida.

Collinson masculló algo y me presentó a la mujer, a quien llamó señora Haldorn. Ella me tendió una mano cálida y firme y luego cruzó la estancia para levantar una persiana que dejó entrar un grueso rectángulo de sol de media tarde. Mientras la miraba con los ojos entrecerrados ante la súbita luminosidad, tomó asiento y nos indicó con un gesto que la imitáramos.

Lo primero que vi fueron sus ojos. Eran enormes, casi negros, cálidos y densamente bordeados de pestañas espesas. Eran lo único real, humano y vivo en su cara. En su rostro oval y atezado había calidez y había belleza, pero, salvo por los ojos, eran una calidez y una belleza que no parecían tener relación alguna con la realidad. Era como si su cara no fuera tal, sino una máscara que había llevado hasta que casi se había convertido en una cara. Incluso la boca, que era una boca digna de elogios, más que carne parecía una imitación demasiado perfecta de carne, más tersa y roja y tal vez más cálida que la carne auténtica, aunque no carne auténtica. Encima de la cara, o de la máscara, llevaba el pelo moreno y sin cortar pegado a la cabeza, peinado con la raya en medio y retirado sobre las sienes y la parte superior de las orejas para terminar en un moño a la altura de la nuca. Su cuello era largo, fuerte, esbelto; su cuerpo, alto, bien torneado, flexible; su ropa oscura y sedosa, como si formara parte del cuerpo.

Dije:

—Queremos ver a la señora Leggett, señora Haldorn.

Ella preguntó con curiosidad:

—¿Por qué piensan que está aquí?

—Eso da lo mismo, ¿no cree? —Me apresuré a contestar, antes de que Collinson tuviera ocasión de meter la pata—. Está aquí. Nos gustaría verla.

—Me parece que no pueden —respondió con lentitud—. No se encuentra bien, y ha venido a descansar, sobre todo a estar alejada de la gente una temporada.

—Lo siento —dije—, pero se trata de un caso de fuerza mayor. No habríamos venido aquí de no ser importante.

—¿Es importante?

—Sí.

Vaciló, dijo: «Bueno, veré qué puedo hacer», se excusó y se fue.

—No me importaría mudarme aquí también —le comenté a Collinson.

No tenía idea de qué le hablaba. Tenía la cara sonrojada por la emoción.

—Igual a Gabrielle no le parece bien que hayamos venido así —dijo.

Le contesté que sería una pena.

Aaronia Haldorn volvió con nosotros.

—Lo lamento de veras —se disculpó desde el umbral, con una sonrisa amable—, pero la señorita Leggett no quiere verles.

—Lamento que así sea —respondí—, pero vamos a tener que verla.

Irguió la espalda y su sonrisa se esfumó.

—¿Cómo dice? —preguntó.

—Vamos a tener que verla —repetí en el mismo tono de voz amistoso—. Es importante, como le he dicho.

—Lo siento. —Ni siquiera el tono gélido de su voz impidió que resultara hermosa—. No pueden verla.

—La señora Leggett es una testigo importante, como probablemente sabe, en un caso de robo y asesinato. Pues bien —dije—, tenemos que verla. Si lo cree más conveniente, estoy dispuesto a esperar media hora para que llegue un policía con la autoridad que considere usted necesaria. Vamos a verla.

Collinson farfulló algo ininteligible, aunque sonó a disculpa.

Aaronia Haldorn hizo una levísima inclinación.

—Haga lo que crea adecuado —dijo con frialdad—. No me parece bien que moleste a la señorita Leggett en contra de sus deseos, y por lo que a mi permiso respecta, no lo tiene. Si insiste, no se lo puedo impedir.

—Gracias. ¿Dónde está?

—Su habitación está en la quinta planta, justo al otro lado de las escaleras, hacia la izquierda.

Inclinó la cabeza levemente una vez más y se marchó.

Collinson me puso una mano en el brazo y masculló:

—No sé si yo..., no sé si deberíamos hacer esto. A Gabrielle no le va a hacer ninguna gracia. No...

—Usted mismo —rezongué—, pero yo voy a subir. Es posible que no le parezca bien, pero a mí tampoco me parece bien que la gente huya y se esconda cuando quiero preguntarle por diamantes robados.

Frunció el ceño, se mordió los labios e hizo gestos de incomodidad, pero vino conmigo. Encontramos un ascensor, subimos a la quinta planta y fuimos por un pasillo con moqueta morada hasta la puerta justo al otro lado de las escaleras, hacia la izquierda.

Llamé a la puerta con el dorso de la mano. No respondió nadie en el interior. Llamé otra vez, más fuerte.

Se oyó una voz dentro de la habitación. Podría haber sido la voz de cualquiera, aunque probablemente era la de una mujer. Era muy queda para saber lo que decía y muy asordinada para saber quién lo decía.

Le di un codazo a Collinson y le ordené:

—Llámela por su nombre.

Se pasó el dedo índice por el cuello de la camisa y dijo con voz ronca:

—Gaby, soy Eric.

Con eso tampoco obtuvimos respuesta.

Volví a golpear la madera al tiempo que gritaba:

—Abra la puerta.

La voz en el interior dijo algo que no conseguí entender. Volví a llamar y a gritar. Pasillo adelante se abrió una puerta y asomó la cabeza un anciano de pelo ralo y tez cetrina que preguntó:

—¿Qué ocurre?

Le dije:

—Nada que a usted le importe. —Y golpeé la puerta de nuevo.

La voz en el interior sonó ahora lo bastante fuerte para hacernos saber que se estaba quejando, aunque no alcanzamos a entender ninguna palabra todavía. Sacudí el pomo y vi que la puerta no estaba cerrada con llave. Sacudiendo el pomo un poco más, abrí la puerta un par de dedos. La voz sonó más clara. Oí pasos suaves en el suelo. Oí un sollozo ahogado. Abrí la puerta de golpe.

Eric Collinson hizo un ruido con la garganta como si alguien que estuviera muy lejos lanzara un grito horrible.

Gabrielle Leggett estaba de pie junto a la cama, se balanceaba levemente y se agarraba a la barandilla a los pies del lecho con una mano. Tenía la cara blanca como la cal. Sus ojos parecían copados por los iris castaños y deslustrados, tenía la mirada perdida y la estrecha frente surcada de arrugas. Era como si supiera que tenía algo delante y se estuviera preguntando de qué se trataba. Solo llevaba una media amarilla, una falda de terciopelo marrón con la que parecía haber dormido y una camisola amarilla. Dispersos por la habitación había un par de zapatos marrones, la otra media, una blusa marrón y dorada, un abrigo marrón y un sombrero marrón y amarillo.

Todo lo demás en la habitación era blanco: paredes empapeladas de blanco y techo pintado de blanco; sillas, cama, mesa, lámparas e incluso teléfono y carpintería esmaltados en blanco; fieltro blanco en el suelo. Ninguno de los muebles era de hospital, pero su sólida blancura les confería ese aspecto. Había dos ventanas y dos puertas, además de la que había abierto. La puerta de la izquierda daba a un cuarto de baño, la de la derecha a un pequeño vestidor.

Empujé a Collinson para que pasara a la habitación, entré tras él y cerré la puerta. No había llave, ni ranura para introducirla, ni cerradura de ninguna clase. Collinson se quedó mirando a la muchacha boquiabierto, la barbilla colgando, los ojos tan ausentes como los de ella; pero su rostro reflejaba más horror. La chica se apoyó en la parte inferior de la cama y se quedó mirando fijamente la nada con ojos oscuros y vacíos en un rostro cadavérico y perplejo.

Le pasé un brazo por los hombros y la senté en el borde de la cama, al tiempo que le decía a Collinson:

—Recoja su ropa.

Tuve que decírselo dos veces para que saliera del trance.

Me trajo sus prendas y empecé a vestirla. Me hincó los dedos en el hombro y protestó en un tono de voz que habría sido apropiado si hubiese estado robando el cepillo de las limosnas en una iglesia.

—¡No! No puede...

—¿Qué demonios pasa? —respondí, y le aparté la mano—. Puede hacerlo usted si quiere.

Estaba sudoroso. Tragó saliva con dificultad y tartamudeó:

—¡No, no! No podría... —Dejó la frase en suspenso y se dirigió a la ventana.

—Ella ya me advirtió que es un idiota —dije a su espalda, y me di cuenta de que le estaba poniendo la blusa marrón y dorada al revés.

Para lo que me estaba ayudando, la muchacha podría haber sido una figura de cera, pero por lo menos no ofrecía resistencia cuando la cambiaba de postura, y se quedaba tal como la dejaba.

Cuando conseguí ponerle el abrigo y el sombrero, Collinson ya se había apartado de la ventana y me hacía preguntas en tono balbuciente. ¿Qué le ocurría a Gabrielle? ¿No deberíamos llamar a un médico? ¿Era seguro sacarla de allí? Y cuando me puse en pie, la apartó de mí, sujetándola con sus brazos largos y fuertes, a la vez que farfullaba:

—Soy Eric, Gaby. ¿No me reconoces? Háblame. ¿Qué te pasa, cariño?

—Lo único que le pasa es que va colocada hasta las cejas —dije—. No intente hacerla volver en sí. Espere a que la llevemos a su casa. Cójala de este brazo y yo la cojo del otro. Puede caminar. Si nos topamos con alguien, siga andando y deje que me ocupe yo. Vamos.

No nos encontramos con nadie. Fuimos hasta el ascensor, descendimos a la planta baja, cruzamos el vestíbulo y salimos a la calle sin ver a una sola persona.

Nos llegamos hasta la esquina donde habíamos dejado a Mickey en el Chrysler.

—Tú ya has cumplido —le dije.

—Vale, nos vemos —contestó, y se fue.

Collinson y yo colocamos a la chica entre los dos en el turismo, y él se sentó al volante.

Recorrimos tres manzanas. Entonces él preguntó:

—¿Seguro que su casa es el lugar más seguro para ella?

Dije que lo era. Él guardó silencio durante cinco manzanas más y luego repitió la pregunta añadiendo algo sobre un hospital.

—¿Y por qué no vamos a la redacción de un periódico? —me mofé.

Tres manzanas de silencio, y empezó de nuevo:

—Sé de un médico que...

—Tengo que hacer una cosa —lo atajé—, y llevar a la señorita Leggett a su casa, en el estado en que se encuentra, me ayudará a hacerla. Así que la llevamos a su casa.

Me miró ceñudo y me increpó:

—Sería capaz de humillarla, de abochornarla, de poner en peligro su vida, solo para...

—Su vida no corre mayor peligro que la de usted o la mía. Sencillamente lleva más porquería en el cuerpo de la que es capaz de aguantar. Y la ha tomado ella. No se la he dado yo.

La chica de la que hablábamos estaba bien viva entre nosotros, incluso tenía los ojos abiertos, pero entendía tan poco lo que ocurría a su alrededor como si hubiera estado en Finlandia.

Deberíamos haber doblado a la derecha en la esquina siguiente. Collinson siguió en línea recta y aceleró hasta casi setenta kilómetros por hora, con la mirada fija al frente, el gesto obstinado y firme.

—Gire por la siguiente —le ordené.

—No —dijo, y no lo hizo.

El cuentakilómetros marcaba setenta y cinco, y la gente que iba por la acera empezó a seguirnos con la mirada cuando pasábamos como una centella.

—¿Y bien? —pregunté, y retiré el brazo que tenía inmovilizado por el costado de la chica.

—Nos vamos península abajo, a la costa —dijo con firmeza—. No va a ir a su casa, tal como está.

Yo gruñí:

—Ah, ¿sí? —Y llevé la mano libre hacia los mandos.

Me la apartó de un golpe, sujetando el volante con una mano, a la vez que alargaba la otra para impedirme que lo intentara de nuevo.

—No haga eso —me advirtió, incrementando la velocidad diez kilómetros—. Ya sabe lo que nos pasará a todos si...

Lo maldije, amargamente, a conciencia y de corazón. Volvió hacia mí bruscamente la cara, rebosante de justa indignación porque, imagino, mi lenguaje no era el más indicado en presencia de una dama.

Y eso cambió las tornas.

Salió un sedán azul de una bocacalle una fracción de segundo antes de que llegáramos a su altura. Collinson volvió a centrar la mirada y la atención en la calzada justo a tiempo para dar un bandazo y apartar el turismo del sedán, aunque no para hacerlo limpiamente. Esquivamos el sedán por cuatro dedos, pero cuando pasábamos por detrás las ruedas posteriores empezaron a derrapar. Collinson hizo lo que pudo, dejó que el turismo siguiera su curso sin intentar corregir el derrape, pero el bordillo de la esquina no cooperó. Permaneció rígido e inmóvil donde estaba. Lo golpeamos con el lateral y fuimos a chocar contra la farola justo detrás. La farola se partió y cayó sobre la acera. El turismo volcó y nos desparramó a los tres en torno a la farola. El gas que escapaba de la farola partida lanzó un bramido a nuestros pies.

Collinson, que tenía despellejada buena parte de la cara por un lado, regresó a gatas para apagar el motor del turismo. Me incorporé en el suelo y levanté al mismo tiempo a la chica, que se había caído sobre mi pecho. Notaba el hombro y el brazo derechos fastidiados, como muertos. La chica emitía leves gemidos que le brotaban del pecho, pero no vi herida alguna salvo un rasguño poco profundo en la mejilla. Yo le había servido de colchón y había amortiguado su caída. El dolor en el pecho, el vientre y la espalda, el entumecimiento del hombro y el brazo, eran indicio de hasta qué punto la había salvado.

Unas personas nos ayudaron a levantarnos. Collinson rodeó a la chica con los brazos, le suplicó que dijera que no estaba muerta, y todo eso. El golpe la había hecho volver en sí a medias, aunque seguía sin saber si había sufrido un accidente o qué. Me acerqué y ayudé a Collinson a sujetarla, aunque ninguno de los dos necesitaba ayuda, y me dirigí en tono firme al gentío que se estaba formando a nuestro alrededor:

—Tenemos que llevarla a su casa. ¿Quién puede...?

Un hombre mofletudo con pantalones de golf se ofreció a ayudarnos. Collinson y yo nos montamos en el asiento de atrás con la muchacha, y le dije al gordinflón dónde vivía. Él comentó algo sobre un hospital, pero insistí en que estaría mejor en su casa. Collinson estaba muy molesto para decir nada. Veinte minutos después sacamos a la chica del coche delante de su casa. Agradecí efusivamente al gordo su ayuda, sin darle oportunidad a que entrase con nosotros.

6
EL HOMBRE DE LA ISLA DEL DIABLO

Tras cierta demora —tuve que llamar al timbre dos veces—, Owen Fitzstephan abrió la puerta de los Leggett. No había ni rastro de somnolencia en sus ojos: los tenía brillantes y caldeados, como siempre que la vida le parecía interesante. Teniendo en cuenta las cosas que le interesaban, me pregunté qué habría ocurrido.

—¿Dónde os habéis metido? —preguntó, mirándonos la ropa, la cara ensangrentada de Collinson, el rasguño en la mejilla de la muchacha.

—En un accidente de coche —dije—. Nada grave. ¿Dónde están todos?

—Todos —respondió, dando un énfasis peculiar a la palabra— están en el laboratorio. —Y luego me dijo a mí—: Ven.

Dejé a Collinson y la chica en el vano de la puerta y lo seguí por el recibidor hasta los pies de la escalera. Fitzstephan acercó la boca a mi oído y me susurró:

—Leggett se ha suicidado.

Más que sorpresa sentí irritación. Le pregunté:

—¿Dónde está?

—En el laboratorio. Están ahí arriba la señora Leggett y la policía. Ha ocurrido hace apenas media hora.

—Vamos a subir todos —dije.

—¿No te parece un tanto innecesario —preguntó— hacer que suba Gabrielle?

—Es posible que le resulte duro —respondí, molesto—, pero lo creo necesario. En cualquier caso, está colocada, y le será más fácil encajar el golpe que cuando pasen los efectos de la droga. —Me volví hacia Collinson—. Venga, vamos al laboratorio.

Dejé que Fitzstephan ayudara a Collinson con la chica y me adelanté. Había seis personas en el laboratorio: un poli de uniforme, un hombretón de bigote pelirrojo, en pie al lado de la puerta; la señora Leggett, sentada en una silla de madera al otro extremo de la estancia, su cuerpo inclinado hacia delante, sus manos sosteniendo un pañuelo contra el rostro, sollozando en silencio; O’Gar y Reddy, junto a una de las ventanas, uno cerca del otro, sus cabezas rozándose casi sobre unos documentos que tenía entre sus gruesas manos el sargento detective; un hombre de cara grisácea y aspecto acicalado con ropa oscura, al lado de la mesa de zinc, haciendo girar entre los dedos unos anteojos que colgaban de una cinta negra, y Edgar Leggett, sentado a la mesa en una silla, la cabeza y el torso contra el tablero, los brazos abiertos.

O’Gar y Reddy levantaron la vista de lo que leían cuando entré. Al pasar por delante de la mesa camino de la ventana donde se encontraban, vi sangre, una pequeña pistola automática negra cerca de una de las manos de Leggett y siete diamantes sin engastar en un montoncito al lado de su cabeza.

O’Gar dijo: «Echa un vistazo», y me tendió parte del documento que tenía en la mano: cuatro hojas de papel blanco y rígido cubiertas de letra muy pequeña, precisa y uniforme, manuscrita en tinta negra. Estaba interesándome en lo que había escrito cuando entraron Fitzstephan y Collinson con Gabrielle Leggett.

Collinson miró al muerto sobre la mesa. Se quedó blanco. Interpuso su corpachón entre la chica y su padre.

—Adelante —dije.

—Este no es lugar para la señorita Leggett en estos momentos —dijo con vehemencia, a la vez que se daba la vuelta para llevársela.

—Conviene que reunamos a todo el mundo aquí —le dije a O’Gar, que hizo un gesto al policía con su cabeza en forma de bala.

El agente le puso una mano en el hombro a Collinson y dijo:

—Más vale que pasen, los dos.

Fitzstephan acercó una silla a una de las ventanas al otro extremo para la chica. Ella tomó asiento y miró por la habitación —al muerto, a la señora Leggett, a todos nosotros— con ojos que no tenían brillo, pero que ya no estaban ausentes por completo. Collinson permaneció a su lado, mirándome con ferocidad. La señora Leggett no había levantado la vista del pañuelo.

Le dije a O’Gar, lo bastante fuerte para que lo oyeran los otros:

—Vamos a leer la carta en voz alta.

Él entornó los ojos, vaciló y luego me entregó el resto de las hojas, al tiempo que decía:

—Muy bien. Léela tú.

Leí:

A la policía:

Me llamo Maurice Pierre de Mayenne. Nací en Fécamp, departamento del Sena Inferior, el 6 de marzo de 1883, pero me crie en Inglaterra. En 1903 fui a París a estudiar pintura, y allí, cuatro años después, conocí a Alice y Lily Dain, huérfanas de un oficial de la Marina británica. Me casé con Lily al año siguiente, y en 1909 nació nuestra hija Gabrielle.

Poco después de casarme descubrí que había cometido un terrible error, que era de Alice, y no de mi esposa Lily, de quien estaba enamorado en realidad. Procuré ocultarlo hasta que la niña hubo dejado atrás los años más difíciles de la infancia; es decir, hasta que casi tenía cinco años, y entonces se lo confesé a mi mujer y le pedí que me concediera el divorcio para casarme con Alice. Se negó.

El 6 de junio de 1913, asesiné a Lily y huí a Londres con Alice y Gabrielle. Poco después fui detenido y extraditado a París, donde se me juzgó, se me declaró culpable y se me condenó a cadena perpetua en las islas de Salvación. Alice, que no había tenido nada que ver con el asesinato, no supo nada al respecto hasta después de que se cometiera y solo nos había acompañado a Londres por el amor que profesaba a Gabrielle, también fue juzgada, pero resultó justamente absuelta. De todo ello quedó constancia en París.

En 1918 escapé de las islas con otro preso llamado Jacques Labaud, en una endeble balsa. No sé —nunca llegamos a averiguarlo— cuánto tiempo estuvimos a la deriva en el océano, ni, hacia el final, cuántos días pasamos sin comida ni agua. Llegó un momento en que Labaud no pudo soportarlo más y murió. Murió de hambre y de frío. No lo maté yo. Ninguna criatura sobre la faz de la tierra habría estado lo bastante indefensa para que la matara, por mucho que lo hubiera deseado. Pero una vez muerto Labaud había comida suficiente para uno, y seguí con vida hasta que las corrientes me llevaron a la orilla en el golfo Triste.

Con el nombre de Walter Martin, entré a trabajar en una compañía minera inglesa en Aroa, y en cuestión de unos meses llegué a ser secretario privado de Philip Howart, el director residente. Poco después de mi ascenso me abordó un tipo del este de Londres llamado John Edge, que perfiló un plan para defraudar a la empresa unas cien libras al mes. Cuando rehusé tomar parte en el fraude, Edge reveló que estaba al tanto de mi identidad y amenazó con delatarme si no le ayudaba. El que Venezuela no tuviera tratado de extradición con Francia tal vez impidiera que me enviasen de nuevo a las islas, dijo Edge; pero no era ese el peligro más grave: el cadáver de Labaud había sido arrastrado hasta la orilla, aún no lo bastante descompuesto para que se viera lo que le había ocurrido, y yo, un asesino fugitivo, me vería en la necesidad de demostrar ante un tribunal venezolano que no había asesinado a Labaud en aguas de ese país para evitar morirme de hambre.

Aun así me negué a asociarme con Edge en su fraude, y me dispuse a huir. Pero mientras estaba ocupado con los preparativos, él mató a Howart y robó la caja fuerte de la compañía. Me instó a que huyera con él, aduciendo que no podría enfrentarme a la investigación policial por mucho que no me delatase. Estaba en lo cierto: le acompañé. Dos meses después, en Ciudad de México, averigüé por qué Edge tenía tanto interés en que fuera con él. Me tenía bien pillado, porque conocía mi identidad y se había hecho una opinión tan magnífica como injustificada de mis aptitudes; su intención era utilizarme para que cometiera crímenes que a él le venían grandes. Yo estaba decidido, al margen de lo que ocurriera, al margen de lo que fuera necesario, a no volver nunca a las islas de Salvación; pero no tenía ninguna intención de convertirme en un delincuente profesional. Intenté dejarle en la estacada en Ciudad de México, me encontró, peleamos y lo maté. Lo maté en defensa propia: él me atacó primero.

En 1920 vine a Estados Unidos, a San Francisco, volví a cambiar de nombre —Edgar Leggett— y empecé a labrarme un porvenir, profundizando en los experimentos con el color que había tanteado cuando era un joven artista en París. En 1923, convencido de que nadie podría relacionar a Edgar Leggett con Maurice de Mayenne, hice venir a Alice y Gabrielle, que por aquel entonces vivían en Nueva York, y Alice y yo nos casamos. Pero el pasado no estaba enterrado, y no había un abismo insalvable entre Leggett y Mayenne. Alice, al no tener noticias mías tras mi huida, al no saber qué había sido de mí, contrató a un detective privado para que me buscase, un tal Louis Upton. Upton envió a un hombre llamado Ruppert a Sudamérica, y Ruppert consiguió seguir mi rastro paso a paso de mi llegada al golfo Triste a mi marcha de Ciudad de México tras la muerte de Edge, pero solo hasta allí. Al hacerlo, naturalmente Ruppert se enteró de las muertes de Labaud, Howart y Edge; tres muertes de las que yo no era culpable, pero de las cuales —o como mínimo de una o dos de ellas— con toda seguridad, teniendo en cuenta mis antecedentes, sería declarado culpable en el caso de que se me juzgara.

No sé cómo dio conmigo Upton en San Francisco. Lo más probable es que siguiera la pista de Alice y Gabrielle hasta mí. El sábado pasado a altas horas de la noche vino a verme y me pidió dinero a cambio de su silencio. Como no tenía dinero disponible en esos momentos, le di largas hasta el martes, cuando le ofrecí los diamantes como anticipo del pago. Pero yo estaba desesperado. Sabía lo que supondría estar a merced de Upton, porque me había visto en la misma situación con Edge. Decidí matarlo. Decidí fingir que habían robado los diamantes, e informarles de ello a ustedes, la policía. Upton, estaba seguro de ello, se pondría entonces en contacto conmigo de inmediato. Quedaría con él y le dispararía a sangre fría, convencido de que no tendría problemas para pergeñar un relato según el que pareciera justificado haber matado a ese ladrón reconocido, en cuya posesión, sin la menor duda, se hallarían los diamantes sustraídos.

Creo que el plan habría salido bien. Sin embargo, Ruppert, que iba detrás de Upton para saldar cuentas por otro asunto, impidió que yo matara a Upton al matarlo él. Ruppert, el hombre que había seguido mi rastro de la isla del Diablo o Ciudad de México, también había averiguado, ya fuera por boca de Upton o espiándole, que Mayenne era Leggett, y, con la policía tras su pista por el asesinato de Upton, vino aquí y me exigió que le diera cobijo, devolvió los diamantes y pidió dinero a cambio.

Lo maté. Su cadáver está en el sótano. Ahí mismo hay un detective vigilando mi casa. Otros detectives andan ocupados indagando en mis asuntos. No he podido explicar como es debido algunos de mis actos, ni evitar contradicciones, y, ahora que de verdad soy sospechoso, no hay muchas probabilidades de que pueda mantener en secreto el pasado. Siempre he sabido —lo he sabido con seguridad, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo ante mí mismo— que esto ocurriría algún día. No pienso volver a la isla del Diablo. Mi mujer y mi hija no están al tanto de la muerte de Ruppert, ni tomaron parte en ella de ningún modo.

MAURICE DE MAYENNE

7
LA MALDICIÓN

Una vez hube terminado de leer, nadie dijo nada durante unos minutos. La señora Leggett se había quitado el pañuelo de la cara para escuchar y lanzaba algún suave sollozo de vez en cuando. Gabrielle Leggett miraba de aquí para allá con bruscos gestos de cabeza; la luz pugnaba con la turbiedad de sus ojos y los labios se le contraían como si intentara articular palabras pero le fuese imposible.

Fui hasta la mesa, me incliné sobre el muerto y le palpé los bolsillos. Tenía algo en el bolsillo interior de la chaqueta. Le pasé la mano por debajo del brazo, le desabroché y le abrí la chaqueta y saqué un billetero marrón. Estaba lleno de dinero en metálico: quince mil dólares, según contamos después.

Mientras enseñaba el contenido del billetero, pregunté:

—¿Ha dejado algún mensaje aparte del que he leído?

—No hemos encontrado ninguno —respondió O’Gar—. ¿Por qué?

—¿Sabe usted de alguno, señora Leggett? —insistí.

Ella negó con la cabeza.

—¿Por qué? —volvió a preguntar O’Gar.

—No se ha suicidado —dije—. Lo han asesinado.

Gabrielle Leggett lanzó un chillido estridente y se levantó de la silla de un brinco, al tiempo que señalaba con un dedo blanco terminado en una afilada uña a la señora Leggett.

—Lo ha matado ella —gritó la muchacha—. Le ha dicho: «Vuelve aquí», y ha sostenido la puerta de la cocina abierta con una mano, y ha cogido el cuchillo del escurridero con la otra, y cuando él pasaba por su lado se lo ha clavado en la espalda. La he visto hacerlo. Lo ha matado ella. Yo no estaba vestida, y al oír que venían me he escondido en la despensa, y la he visto hacerlo.

La señora Leggett se puso en pie. Se tambaleó y se habría venido abajo si no se hubiera acercado Fitzstephan para sostenerla. El asombro había barrido por completo de su semblante la pena.

El hombre acicalado de tez grisácea junto a la mesa —el doctor Riese, según averigüé después— dijo en un tono de voz nítido y frío:

—No hay herida de arma blanca. Lo ha alcanzado en la sien una bala de su propia pistola, de cerca, en sentido ascendente. Un suicidio a todas luces, diría yo.

Collinson obligó a Gabrielle a que volviera a sentarse en la silla y procuró calmarla. Se retorcía las manos y gemía.

Me mostré en desacuerdo con la última afirmación del médico, y así lo dije mientras le daba vueltas a otro asunto.

—Asesinato. Tenía todo este dinero en el bolsillo. Iba a marcharse. Ha escrito una carta a la policía para eximir a su esposa y su hija, de manera que no las acusaran de complicidad en sus crímenes. ¿Acaso parecía —le pregunté a O’Gar— la última declaración de un hombre que tenía previsto abandonar a una esposa y una hija a las que amaba? Ningún mensaje, ni una sola palabra dirigida a ellas; todo a la policía.

—Es posible que estés en lo cierto —dijo el hombre con cabeza en forma de bala—, pero suponiendo que fuera a escapar, tampoco les dejó...

—Les habría dicho algo, por escrito o de palabra, antes de partir, si hubiera vivido lo suficiente. Estaba zanjando asuntos pendientes, preparándose para marcharse, y... tal vez tenía pensado suicidarse, aunque el dinero y el tono de la carta hacen que me incline a dudarlo; pero incluso en ese caso yo diría que no ha llegado a hacerlo, que lo han matado antes de haber terminado los preparativos, quizá porque les estaba dedicando demasiado tiempo. ¿Cómo lo han encontrado?

—Lo he oído —dijo la señora Leggett entre sollozos—. He oído el disparo y he subido corriendo, y él..., estaba así mismo. He bajado a llamar por teléfono y entonces ha sonado el timbre..., el timbre de la puerta, y era el señor Fitzstephan, y se lo he contado. Es imposible que... No había nadie en casa que..., que haya podido matarlo.

—Lo ha matado usted —le dije—. Iba a marcharse. Él ha escrito esta declaración para cargar con la culpa de los crímenes que cometió usted. Usted mató a Ruppert en la cocina. De eso hablaba la chica. Pensó que la carta de su marido era lo bastante parecida a una carta de suicidio para pasar por tal; así que lo ha asesinado, lo ha asesinado porque pensaba que su confesión y su muerte echarían tierra sobre todo el asunto y evitarían que siguiéramos indagando.

Su semblante no me dio el menor indicio. Lo tenía crispado, pero de tal manera que podría haber dado a entender prácticamente cualquier cosa. Me llené los pulmones de aire y continué, no exactamente a voz en grito, pero sí armando bastante alboroto:

—Hay media docena de mentiras en la declaración de su marido; media docena que haya detectado hasta el momento. No envió a buscarlas a usted y a su hija. Le siguieron la pista hasta aquí. La señora Begg dijo que no había visto nunca a un hombre tan sorprendido como cuando llegaron de Nueva York. No le dio a Upton los diamantes. Su relato de por qué se los dio a Upton y de lo que tenía intención de hacer después es ridículo: es sencillamente lo mejor que se le ha ocurrido sobre la marcha para protegerla. Leggett le habría dado dinero o no le habría dado nada: no habría sido tan estúpido para entregarle unos diamantes que no eran suyos y montar semejante escándalo.

»Upton la siguió hasta aquí y le planteó sus exigencias a usted, no a su marido. Usted había contratado a Upton para que encontrase a Leggett; era a usted a quien conocía; él y Ruppert habían seguido a Leggett por encargo de usted, no solo hasta Ciudad de México, sino hasta aquí mismo. Habrían intentado chantajearla antes de no haber sido encarcelados en Sing Sing por otro chanchullo. Cuando salieron, Upton vino aquí y le hizo chantaje. Usted organizó el supuesto robo; le dio a Upton los diamantes; y no le dijo a su marido nada al respecto. Su marido creyó que el robo había sido auténtico. De otra manera, ¿se habría arriesgado él, un hombre con sus antecedentes, a denunciarlo a la policía?

»¿Por qué no le puso al tanto sobre Upton? ¿Acaso no quería que supiera que usted había hecho que le siguieran los pasos desde la isla del Diablo hasta San Francisco? ¿Por qué? ¿Porque sus antecedentes en el sur eran una manera de tenerlo bien amarrado, en el caso de que alguna vez necesitara jugar esa baza? ¿No quería que supiera que usted estaba al tanto de lo de Labaud, Howart y Edge?

No le di oportunidad de contestar a ninguna de esas preguntas, sino que seguí adelante, dando rienda suelta a mi voz:

—Tal vez Ruppert, que venía siguiendo a Upton, se puso en contacto con usted, y usted le encargó que matara a Upton, un trabajo que él habría estado dispuesto a hacer por voluntad propia. Es probable, porque le mató y vino a verla después, y a usted le pareció necesario acuchillarlo en la cocina. No sabía que la chica, escondida en la despensa, la había visto; pero sí era consciente de que empezaba a perder pie. Era consciente de que no tenía muchas probabilidades de salir impune del asesinato de Ruppert. Su casa se había convertido en el centro de atención. Así que optó por su única salida. Acudió a su marido y le contó toda la historia, o al menos lo que le pareció imprescindible para convencerlo, e hizo que cargara con las culpas. Y luego lo ha despachado así..., ahí mismo, en la mesa.

»Él la protegió. Siempre la había protegido. Usted —atroné, con la voz en plena forma a estas alturas— mató a su hermana Lily, su primera esposa, y dejó que él cargara con el crimen. Después fue a Londres con él. ¿Habría ido con el asesino de su hermana en el caso de ser usted inocente? Logró que rastrearan su pista hasta aquí, y vino en su busca, y se casó con él. Fue usted la que decidió que se había casado con la hermana equivocada, y la que la mató.

—¡Es cierto! ¡Fue ella! —gritó Gabrielle Leggett, que hizo ademán de levantarse de la silla en la que intentaba retenerla Collinson—. Ella...

La señora Leggett se puso bien recta, y sonrió, dejando a la vista unos fuertes dientes amarillentos sin fisura alguna entre ellos. Dio dos pasos hacia el centro de la habitación. Tenía una mano en la cadera y la otra colgando a un costado. El ama de casa —el alma serena y equilibrada de la que había hablado Fitzstephan— se había esfumado. Esta era una rubia cuyo cuerpo estaba torneado, pero no por esa carnosidad de la mediana edad satisfecha y bien atendida, sino por los músculos mullidos y recubiertos de tersura de los felinos al acecho, ya fuera en la jungla o en un callejón.

Cogí la pistola de la mesa y me la metí en el bolsillo.

—¿Quiere saber quién mató a mi hermana? —preguntó la señora Leggett con voz queda, dirigiéndose a mí, entrecerrando los dientes entre una palabra y otra, su boca sonriente, sus ojos en llamas—. Ella, la drogata, Gabrielle: ella mató a su madre. Era a ella a quien protegía.

La chica gritó algo ininteligible.

—Tonterías —dije—. Era una niña.

—No son tonterías, nada de eso —replicó la mujer—. Tenía casi cinco años; era una niña de cinco años jugando con una pistola que había cogido de un cajón mientras su madre dormía. La pistola se disparó y Lily murió. Un accidente, claro, pero Maurice era un alma demasiado sensible para tolerar la mera idea de que su hija creciera sabiendo que había matado a su madre. Además, probablemente Maurice hubiera sido condenado de todas maneras. Se sabía que él y yo habíamos intimado, que quería separarse de Lily; y estaba en la puerta del cuarto de Lily cuando se efectuó el disparo. Pero eso no tenía mayor trascendencia para él: su único deseo era impedir que la niña guardara recuerdo de lo que había hecho, para que su vida no quedase ensombrecida al saber que había matado a su madre, aunque fuera por accidente.

Lo que hacía la situación especialmente desagradable era la afabilidad con que la mujer sonreía mientras hablaba, y el cuidado, casi escrupuloso, con que escogía las palabras para pronunciarlas con delicadeza. Siguió adelante:

—Gabrielle siempre fue, incluso antes de engancharse a la droga, una niña con pocas luces, por así decirlo; de modo que, cuando dio con nosotros la policía de Londres, habíamos conseguido eliminar de su mente hasta el último atisbo de recuerdo, es decir, de ese recuerdo en particular. Le aseguro que esa es toda la verdad. Ella mató a su madre; y su padre, por usar sus palabras, cargó con la culpa.

—Es bastante verosímil —reconocí—, pero no acaba de encajar. Es posible que usted convenciera de ello a Leggett, pero dudo que ocurriera así. Creo que intenta perjudicar a su hijastra porque nos ha dicho que la vio acuchillar a Ruppert abajo.

Enseñó los dientes y dio un paso rápido hacia mí, sus ojos abiertos de par en par y bordeados de blanco; luego se contuvo, lanzó una áspera risotada y aquel brillo feroz desapareció de sus ojos; o tal vez se hundió tras ellos, ardiendo sin llama. Puso los brazos en jarras y me sonrió alegre, despreocupada, y me habló en son de broma, mientras detrás de sus ojos, su sonrisa y su voz resplandecía un odio furibundo.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
1150 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788490568477
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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