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DANIEL DIONISI
Leyendas del rugby

Dionisi, Daniel
Leyendas del rugby / Daniel Dionisi. - 1a edición especial - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Club House Publishers, 2020.
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-47332-8-3
1. Rugby. 2. Relatos. 3. Crónicas. I. Título.
CDD 796.333
CLUB HOUSE Publishers
Un sello de Ediciones Deldragón
Emilio Mitre 71 – 7º B (1424 ) Buenos Aires
República Argentina
LEYENDAS DEL RUGBY
© 2010 y 2019 Daniel Dionisi
Dirección editorial: Ricardo J. Sabanes
Diseño de interior: Laura Restelli
Diseño de cubierta: Rodrigo Bronner
Derechos de edición reservados para todo el mundo:
© 2019, Ediciones Deldragón
Primera edición (ampliada): abril 2019
www.edicionesdeldragon.com.ar
ISBN 978-987-1884-80-3
ISBN: 978-987-47332-8-3 (e-book)
Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
ÍNDICE
1 Agradecimientos
2 Prólogo
3 Diploma de Puma
4 El sudafricano
5 Botines. La decisión correcta
6 El hombre
7 El Sportsman
8 La construcción de la identidad
9 Una vida de película. La maravillosa historia de William Barry Holmes
10 Los náufragos de Beromama
11 La carta
12 El mejor partido del mundo
13 La sucesión
14 Silvio y Matías
15 Vidas paralelas
16 La confianza
17 Catarsis de madrugada
18 Ex
19 ¡Profesional!
20 El culpable
21 Mil caps. Manucho Gil, estrella de la 79
22 Amor de rugby
23 Adolescencia
24 El rejuntado victorioso
25 Miedo en la trinchera
26 El sueño de Daniel
27 Insomnio
28 El tapado
29 La piña
30 El último Puma
31 Las fotos doradas
32 Mitos y leyendas del sur
33 El capitalista del rugby
34 Benjamín y la bruja
35 Costumbres argentinas
36 Mario, el legionario
37 El Grito Sagrado
38 Pumas de acero
39 Traigan a Fioravanti
40 Huguito
41 Padre del club
42 Filosofía, letras… ¡y rugby!
43 Convocatoria
44 El potro está en las gateras
45 Cirano no se va
46 Un largo camino a Cardiff
47 Conociendo al hooker de los Pumas
48 El tucumano Guastella
49 Ancho
50 La alfombra voladora de Joaquín
A mis queridísimas sobrinas
Guadalupe y Lucía
Agradecimientos
A Ricardo Sabanes, editor del libro, por su permanente apoyo y estímulo. Como decía mi abuelo Eduardo, una persona de “buena estrella”.
A mi gran amigo Santiago Vernengo. Juntos dimos los primeros pasos de Leyendas.
A Nicolás Casanova y Pablo Mangiarotti que, desde el equipo de Leyendas del rugby TV, también aportaron para que este libro sea una realidad.
A Jorge Búsico, porque fue el primero que leyó uno de mis relatos y con su entusiasmo me empujó a avanzar.
A Martín Sansot, por compartir estos veinte años de Leyendas.
A Miguel Alcíbar y Pope Morel, por el apoyo de siempre al programa.
A todos los jugadores, entrenadores, dirigentes, periodistas y fanáticos del rugby que desde hace veinte años aportan a la producción de Leyendas con sus maravillosas historias.
Un agradecimiento especial por la deferencia y el respeto que siempre tuvieron hacia Leyendas a Eliseo Branca, Marcelo Loffreda, Gabriel Travaglini, Serafín Dengra, Diego Cash, Hugo Porta, Adolfo Etchegaray, Nicolás Fernández Miranda, Tomás Petersen, Jorge Dartiguelongue, Héctor Silva, Agustín Pichot, Agustín Creevy, Nicolás Sánchez, Federico Méndez, Mario Negri, Matías Lamas, Bernardo Urdaneta, Leonardo Senatore y Patricio Albacete. Y a algunos que ya se fueron de gira: Ángel Guastella, Rodolfo O’ Reilly, Aitor Otaño, Luis García Yáñez y Bernardo Miguens.
La mayoría de ellos están presentes en estas páginas.
Prólogo
¿Existe ese espíritu del rugby del que tanto hablan? ¿Y si existe, donde está?
Hace veinte años me hice esas preguntas, pero tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta de que me las había formulado. Hace veinte años, también sin saberlo, empecé a buscar las respuestas. Y con la ayuda de un equipo multitudinario, formado por jugadores, no jugadores, ex jugadores, entrenadores de siempre y campeones del tercer tiempo, me acerqué a ellas.
La idea, el plan de vuelo, era un programa de televisión para repasar la historia de las figuras y no tan figuras de ayer y del presente. Y cuando inicié ese viaje por los cielos del rugby, apareció la magia de los hechos, de los hombres y de las palabras.
El primer paso lo di con el Chapa.
La distancia más corta que me había acercado a Eliseo Branca era de veinte metros. Él, con gesto fiero y vestido de celeste y blanco, esperando un line que estaba por lanzar Philippe Dintrans y yo, del otro lado del alambre de Ferro, apretado y preocupado por el marcador ajustado de esa tarde de 1985. Yo estaba nervioso, él concentrado. Ahora era distinto. Lo tenía ahí, a dos metros. Y el Chapa desnudaba sus emociones ante mi, como si fuera un amigo de toda la vida. Un miércoles del invierno del 99, en la cueva del CASI, me hablaba de su depresión durante la gira a Sudáfrica de 1982, de los cuarenta días sin ver a sus hijas, de que se quería volver, de la ayuda de sus compañeros y de cómo se sobrepuso a todo y pudo guardar para siempre en un rincón del alma, la tarde gloriosa de Bloemfontein. Pero no era una charla de amigos, no lo éramos. La conversación entre Eliseo y yo estaba rodeada de luces, micrófonos, cámaras y productores. Era el reportaje para el programa piloto de Leyendas del rugby. Mientras el Chapa hablaba me di cuenta de que viajaba a los momentos mas intensos de su vida. Entonces me uní a él, compartí su recuerdo apasionado y entre las nubes del vuelo que recién iniciaba, empecé a acercarme a la esencia del rugby, comprobando que todos los caminos, todas las señales, llevaban el fuego de la emoción.
En ese primer capítulo de Leyendas del rugby se abrió un mundo nuevo ante mi. A partir de ese paso inicial decenas de cracks desnudaron sus emociones, centenas de hombres de rugby, jóvenes o viejos, compartieron las enseñanzas que les dejó el deporte. La explosión de un try, la sensación de un tackle, la tristeza de una derrota, el éxtasis de un campeonato compartido con amigos. Como si hubiera bajado al sótano de la casa de la calle Garay, un aleph (en este caso ovalado) que guardaba todos los colores del rugby, apareció, deslumbrante, frente a mí. Y así, una madrugada en la isla de edición, desde la pantalla, Tomás Petersen me contó que “el rugby me ayudó a sentirme alguien, pero a la vez me dio una pauta para no sentirme demasiado”. Sentado junto al río que conocía tanto como el rectángulo verde, el Pato García Yáñez dijo que “el rugby si no está acompañado de nobleza, no es rugby”. Bernie Miguens relató la lección de humildad que lo unió para siempre con Martín Sansot, el conductor del programa. Y una tarde ocre de abril se iluminó con la historia de Beromama y la pelota robada por un artista, Jorge Melo. Y me enteré de que una cadena casi interminable de derrotas terminó gracias al encuentro casual del pilar de Glew y el hooker de Alumni. Cada capítulo fue una enseñanza, cada programa, una lección. Ese microcosmos se amplió cada vez mas. Desde el pasado lejano llegó la honradez granítica del Gringo Ehrman y desde los años cercanos, Agustín Creevy me contó todas y cada una de las adversidades que superó hasta ponerse la camiseta de Los Pumas y por cinco segundos convertirse en jabalí, para desgracia de un centro escocés.
Leyendas del rugby fue y es una experiencia maravillosa de la que aprendo cada día. Entre 2005 y 2010 se sumaron las emociones del gran evento que cerraba el año rugbístico, los Premios Leyendas del rugby. Muchas de las historias se reprodujeron cada uno de esos años, en el escenario de los premios.
En el ida y vuelta con el público del programa supe que a ellos los emocionaba lo mismo que a que a mi. Fue muy gratificante comprobar que mis solitarias emociones de las madrugadas de edición se multiplicaban cuando cada capítulo llegaba a la gente. Por eso muy pronto sobrevoló sobre mi la idea de llevar al papel las maravillosas historias que las leyendas me iban contando. Leyendas del rugby, el libro, es el resultado de estos años de emociones compartidas con los protagonistas y con el público en general. Los cuarenta y ocho relatos reproducen historias reales que han sido contadas por los protagonistas en el ciclo. Mi intención, al igual que en el programa, fue sazonarlas con algunos condimentos que resaltan la emoción y la intensidad inherentes a cada una de ellas. Sólo dos de los relatos están escritos en primera persona. “Adolescencia” y “El culpable”. El primero porque quise homenajear a un gran amigo de aquellos años de sueños y también porque entendí que mi experiencia frente a la pantalla viendo aquel partido ante Gales del 76, seguramente haya sido compartida por muchos de los lectores. El segundo, en cambio, es un encuentro con un personaje fantástico que lleva el nombre de una leyenda de Los Tábanos, el club de fantasía que inventé para algunos cuentos publicados en Periodismo Rugby. Pero todos los relatos, incluidos estos dos, recrean historias y situaciones reales de la historia del rugby argentino.
Creo que en estos primeros veinte años de Leyendas del rugby, los protagonistas han dado respuesta a las preguntas que se plantean en el inicio de estas líneas. Es mi intención que, recorriendo los cuarenta y ocho relatos de este libro, el lector se acerque a esas certezas por el camino de la emoción.
Daniel Dionisi
I Diploma de Puma
“¿Qué cosa más importante tenés que hacer los sábados a la mañana que acompañar a tu hijo a jugar al rugby?”.
Bernardo Miguens
El último pasaje a Australia fue para él, y cuando le confirmaron la convocatoria su sorpresa fue mayúscula. Sabía que iba como suplente, pero viajar con Los Pumas al país de los Wallabies, compartir un mes con los mejores jugadores del país y ser parte de esa gloriosa elite, ni siquiera estaba en sus sueños. Por eso la alegría alborotó una vez más la casa de la familia Miguens.
Bernardo, el cuarto hijo varón de Hugo y Matilde, estaba educado en la tradición rugbística y dos de sus hermanos ya conocían la intransferible sensación de ponerse la camiseta nacional. Su casa era ovalada, se respiraba rugby en cada rincón, pero la mejor lección lo estaba esperando en ese viaje a tierra australiana.
Bernie viajaba como fullback suplente detrás del talentoso Martín Sansot, dueño indiscutido del puesto. Sus aspiraciones para la gira eran modestas. Le bastaba con jugar un par de partidos provinciales y sumar experiencia compartiendo un mes de entrenamientos en el primer nivel internacional.
Cuando la gira empezó a rodar, muchas veces Miguens se sorprendía al girar la cabeza en el comedor del hotel y cruzar su mirada con la del gran Hugo Porta, o se emocionaba viajando en el micro al lado de Pumas de renombre como el Tano Loffreda o Rafa Madero. Era suplente, pero disfrutaba intensamente esos días de 1983.
Sin embargo, los acontecimientos se iban a suceder de forma sorpresiva para el joven jugador de CUBA.
Los Pumas jugaban en Brisbane el tercer partido de la gira contra Queensland, y a los quince minutos, en una jugada en el propio ingoal, Martín Sansot recibió un terrible golpe en la cabeza y debió abandonar la cancha en estado de inconsciencia.
El grito de Michingo O’Reilly no se hizo esperar : “¡Bernie! ¡A la cancha!”.
El fullback de Universitario calentó unos segundos, hinchó el pecho, saltó al pasto a escribir su historia y en la primera acción con la camiseta de Los Pumas destrozó a Brendan Moon, wing y estrella del equipo australiano, con un tackle poderoso.
El cuarto encuentro de la gira, contra New South Wales, sirvió para que Miguens tomara confianza mientras se acercaban los Tests frente al seleccionado australiano. Paralelamente, la esperada recuperación de Martín Sansot no se producía y todo indicaba que Bernie iba a jugar su primer partido grande con la camiseta de Los Pumas. Él vivía intensamente el momento compartiendo las prácticas con el mismo jugador que admiraba desde hacía muchos años, cuando se escapaba a la cancha donde se presentase Pueyrredón para disfrutar de las mágicas jugadas del fullback que había maravillado a los franceses en 1975.
Claro, Sansot era su ídolo de siempre.
Como tantas veces, la mala suerte ajena había allanado el camino para que un tapado se adueñara del puesto en una gira de Los Pumas.
Dos días antes del primer Test, el entrenador O’Reilly le confirmó que iba a ser el fullback titular. En esas cuarenta y ocho horas, Bernardo Miguens recibió el apoyo de Sansot con algunos gestos y unas pocas palabras. Martín nunca se caracterizó por su locuacidad y Bernie tenía demasiado respeto por su figura como para franquear la barrera de la confianza. Pero el alumno sabía que contaba con el apoyo incondicional del maestro.
Por fin llegó el partido, y ese 31 de julio de 1983, en el Ballymore de Brisbane, Bernie Miguens vivió el día más glorioso de su campaña rugbística. Debut en Los Pumas, gran actuación y victoria histórica por 183 frente al poderoso seleccionado australiano.
Cuando terminó el partido los argentinos prolongaron los emocionados festejos en la cancha. La euforia era total y Bernie no escapaba al clima victorioso que vivía el equipo. Ya en el vestuario, el Tano Loffreda y su compadre Madero se estrechaban en un interminable abrazo mientras el capitán Hugo Porta ensayaba un discurso acerca de la importancia del triunfo con palabras que pocos alcanzaban a oír.
Entre el vapor que venía de las duchas y el griterío que no cesaba, Bernie Miguens, sentado en un banco y aun vestido con la ropa del partido, encontró un instante para la reflexión.
En ese minuto se acordó de su padre, de su hermano Hugo y trató de tomar conciencia sobre el enorme momento que estaba viviendo, sobre la magnitud de la hazaña que acababa de conseguir junto a sus catorce compañeros. En eso estaba, sumido en sus pensamientos, cuando percibió un movimiento a sus pies. Agachó la cabeza y no pudo creer lo que veía. En silencio, Martín Sansot, su referente, el mejor fullback de la historia de Los Pumas, le estaba sacando las medias y aflojándole las vendas para que se sintiera más cómodo. El mismo que había padecido la frustración de no jugar ese partido lo atendía y lo halagaba desde la actitud humilde que siempre tienen los grandes de verdad. Bernie, incómodo, intentó frenar la acción de Martín pero fue inútil. Bastó que cruzaran las miradas para que estuviera todo dicho. Humildad y grandeza. Esa fue la gran lección del maestro Sansot. Y en ese día de invierno de 1983, Bernardo Miguens se recibió de Puma. El diploma, una enseñanza para toda la vida, se lo entregó su gran ídolo.

2 El sudafricano
“¿Qué hago, me cambio o no me cambio…? ¡No me cambio!”.
La voz del Negro Poggi seguida de una risotada retumbó en el buffet de Jorge Newbery. Afuera una fina y fría llovizna anunciaba que el otoño del 65 había llegado para quedarse.
Poco a poco fueron apareciendo los demás seleccionados convocados ese día para un entrenamiento de preparación para la gira a Sudáfrica que se iniciaría en los primeros días de mayo.
El bar de Gimnasia se fue llenando de sacos y corbatas, de muchos jóvenes que luego de responder a sus obligaciones de trabajo o estudio ya estaban prestos para cumplir con el seleccionado.
Pero claro, no era el día ideal, las primeras lluvias de abril habían llegado con fuerza y en esa época a nadie se le ocurría entrenar bajo el agua.
—¡Servime un vermouth! —gritó Aitor—. ¿Trajeron las cartas?
En tres minutos se había armado el truco entre seis, mientras los demás charlaban animadamente sobre temas variados, más relacionados con sus vidas particulares que con la exigente gira que se aproximaba. Los de Boca cargaban a los de River por la victoria en el Monumental con un golazo del Pocho Pianetti. De rugby poco y nada. Alguien, como al pasar, dijo que ese día iba a venir “el sudafricano”. “Con esta lluvia seguro que ni aparece”, le retrucaron.
Eran los tiempos en que el rugby era más diversión que sacrificio. Las cosas se tomaban en serio, pero hasta ahí, sin exagerar. Era importante estar bien físicamente para la gira, pero no tanto como para entrenarse con lluvia. ¡Además, tomarse una copa en el bar y jugar un truquito con amigos era tan bueno!
En eso estaban, cuando se abrió la puerta de vidrio de la confitería. Primero entraron los entrenadores Guastella y Camardón, y todos siguieron con sus actividades. Pero detrás de ellos apareció una figura a la que nadie pudo dejar de prestar atención. Alto, enorme, anteojos de grueso armazón negro y bigote que alguno iba a calificar de “hitleriano”. No solo la presencia física de este hombre que aparentaba más edad de la que tenía impactó a los jugadores. Su gesto adusto, serio, absolutamente contrastante con la algarabía que reinaba en el recinto, y su mirada pétrea hacían sentir a los jóvenes que los podía mirar fijo a cada uno al mismo tiempo, aunque fueran veintiséis contra uno.
Lo que un rato antes era euforia y griterío de pronto se convirtió en un silencio sepulcral. El hombre se acercó a Camardón y le susurró algo al oído en inglés. La orden llegó enseguida: “Dice el profesor Van Heerden que en cinco minutos los espera a todos en el centro de la cancha cambiados para entrenar”.
“Fue el entrenamiento más duro de mi vida. Parecía la colimba. Bajo la lluvia, Van Heerden nos tuvo una hora y media haciendo salto de rana, teníamos que tocar el travesaño de los palos, caer y volver a saltar…”. Años después, en una entrevista, el Pato García Yáñez recordaba esa noche con lujo de detalles:
Creí que no lo iba a aguantar. Hubo momentos en que me ahogaba, y eso que yo era uno de los más entrenados. El tipo, con el traje puesto, todo mojado y con el único detalle de unas galochas de goma, nos daba con todo. Después del físico empezamos a hacer algunos movimientos con pelota, con una guinda pesadísima y pintada de blanco para que se viera en la penumbra de la cancha de Gimnasia. Esa noche cuando volví a mi casa pensé que lo de Sudáfrica iba a ser más bravo de lo esperado. Si allá todos entrenaban como lo hacía este tipo la cosa iba a ser muy dura. Sin embargo, años después me di cuenta de que en esa noche lluviosa habíamos hecho el clic. Ahí fue cuando empezamos a construir el éxito de la gira del 65, y con el tiempo terminamos adorando a ese sudafricano que nos había metido miedo en la cancha de Gimnasia.
Cuando ya hacía rato que el entrenamiento había terminado y el viejo vestuario de Jorge Newbery solo estaba habitado por el silencio, Izak van Heerden, todavía con el traje mojado, le regaló unas palabras a Alberto Camardón: “Me parece que en Sudáfrica van a ganar más partidos de los que ustedes creen”.
La sonrisa del entrenador argentino iluminó la medianoche de Palermo.

3 Botines, la decisión correcta
1965. Un viaje agotador con escalas en ciudades africanas de nombre difícil de pronunciar. La llegada a Johannesburgo y la sorprendente recepción. Conferencia de prensa, algo inédito para los jugadores argentinos. Firma de autógrafos, más inédito todavía. Otro viaje, esta vez más corto, y el equipo ya instalado en Rodesia, sede del partido inaugural de la gira. Primer entrenamiento. De pronto, el grito de Papuchi Guastella: “¡Vos no podés jugar con eso!”.
Roberto Cazenave, fullback del SIC, era uno de los más jóvenes del plantel y su inclusión en la lista se decidió luego de un drop de mitad de cancha que configuró un milagro doble. Por un lado, el drop en sí mismo, a más de cincuenta metros del ingoal, en línea oblicua a los palos y con una potencia tal que la pelota pasó con mucho resto por el medio de la hache. Una patada que no solía verse en aquellos tiempos. La otra parte del milagro fue que ese partido amistoso con Alumni era presenciado por Alberto Camardón, entrenador del seleccionado, quien al llegar a casa llamó a su compañero Guastella para avisarle que ya tenían pateador.
“¡Vos no podés jugar con eso!”.
“Eso” era un par de botines Sacachispas, conocida marca de aquellos años que con solo nombrarla arranca un lagrimón a los nostálgicos. Para Bove Cazenave, los gloriosos Sacachispas eran su calzado de toda la vida. Incluso el drop que lo llevó a Sudáfrica había sido ejecutado con el botín de tapones de goma. Pero claro, no parecía lo más adecuado para entrar a la cancha en un partido internacional.
Acompañado por Guastella, Bove recorrió algunas tiendas deportivas y se hizo de un par de botines nuevos, brillantes, con tres tiras y tapones de madera. Los Sacachispas quedaron en el fondo del bolso, traicionados por su compañero de tantos años.
Por fin llegó el momento del debut del seleccionado en la gira del 65. Frente a Rodesia, Los Pumas jugaron un gran partido y marcaron cuatro tries. Pero el resultado final no fue favorable: Rodesia le ganó a Argentina 17-12. ¿La razón? El pateador argentino tuvo una tarde negra. Roberto Cazenave, incómodo y ampollado, casi sin saber cómo pararse sobre esos zapatos nuevos, desperdició todas las conversiones y los penales que tuvieron Los Pumas a favor. Ni un punto salió del pie de Bove ese día.
Luego del partido, ya en el vestuario, a alguien le pareció escuchar una risotada socarrona que venía desde las entrañas de la pila de bolsos de la delegación. A partir de ese momento Eduardo Poggi reemplazó a Cazenave como pateador de la gira, sorprendiendo a los sudafricanos con su famosa guadaña.
1988. Francia ganó el primer Test y se espera una batalla durísima para la revancha en cancha de Vélez. Porta no juega. ¿Quién será el pateador? Los Pumas, concentrados en el predio de Adidas en Tortuguitas. Último entrenamiento antes del Test. De pronto, el grito de Michingo O’Reilly: “¡Vos no podés jugar con eso!”.
En los años ochenta, todo el mundo usaba botines con largos tapones de aluminio, pero Daniel Baetti jamás se acostumbró a ellos. Las pocas veces que los probó terminó el partido con la planta del pie destrozada. Definitivamente, el brillante jugador rosarino era fiel a los “Adipan”, los botines que habían provocado el grito del entrenador de Los Pumas.
O’Reilly conminó a Banana Baetti a jugar el partido con tapones de aluminio. En su puesto de medio scrum y con la responsabilidad de ser el pateador del equipo, el jugador rosarino no podía dar ventajas.
Pero Banana tenía un plan.
El día del partido escondió los Adipan en el fondo del bolso, y hasta un instante antes de emprender el camino a la cancha lució a la vista de todos unos brillantes zapatos con tiras verde flúo y, por supuesto, tapones de aluminio. Pero en el último minuto, haciéndose el distraído en un rincón del vestuario, los cambió por sus botines de toda la vida. En el pasillo que conducía hacia el césped de Vélez el medio scrum se retrasó un poco junto a Madero, su compañero en la pareja de medios, y a Rafa le sorprendió que los tapones de Banana no hacían ruido cuando chocaban contra el piso de cemento. Hubo risas, un cruce de miradas, algún guiño cómplice y todo estuvo bien.
El partido de esa tarde fue una verdadera guerra. Argentina y Francia disputaron uno de los choques más violentos que se hayan jugado en nuestro país y el resultado final fue un histórico 18-6 para Los Pumas, quienes no apoyaron ningún try en el ingoal francés. Todos los puntos argentinos surgieron del talentoso pie derecho de Daniel Baetti. Un pie que esa tarde lucía un viejo y comodísimo Adipan con tapones de goma.
Baetti no tenía ni la más mínima idea de lo ocurrido veintitrés años atrás en Rodesia. Banana apenas conocía de nombre a Bove Cazenave. Pero los grandes jugadores como él llevan una preciosa información en su ADN Puma. Esa información que en la legendaria tarde de 1988 le permitió tomar la decisión correcta.

4 El hombre
En junio oscurece temprano. Por eso aquel tercer tiempo empezó de noche.
Y en el frío anochecer de San Isidro fueron pocos los que vieron llegar a ese joven de pelo oscuro y cara conocida.
Enseguida se dieron cuenta de quién era y se sorprendieron. No debía estar ahí. Su partido en Virrey del Pino habría terminado una hora antes. Este no era su tercer tiempo.
El joven bajó del auto, caminó unos metros y llegó a la puerta del salón donde reinaba el bullicio. Era un tipo muy educado pero no saludó a nadie. Parecía retraído, ensimismado, concentrado. Como si fuera un jugador recorriendo el camino del vestuario al césped antes del test match de su vida. Él lo vivía así. Y no se equivocaba.
Los que lograban hacerse escuchar en el ruidoso tercer tiempo del SIC hablaban sobre el tema del momento, la capitanía de Los Pumas. Por eso les llamó mucho la atención cuando vieron al joven abrirse paso entre la gente. Deberían ser cien o ciento veinte, pero a él solo le importaban dos, y en cuanto esos dos lo vieron supieron por qué venía.
Desde chico el padre de su mejor amigo le había inculcado lo que significaba ser capitán. El padre de su mejor amigo era Aitor Otaño, y siempre supo que ese chico era líder. Aitor lo quería como a un hijo y él absorbía las enseñanzas del capitán del 65. Otros maestros lo habían instruido y todos destacaban que el chico además de ser un gran jugador tenía el fuego sagrado. El rugby latía fuerte en su interior. Tenía destino de Puma.
Su sueño pronto se hizo realidad. Con solo diecinueve años se había puesto la camiseta argentina y ahora con veinte estaba ahí, en la encrucijada. Frente al enorme desafío que lo había llevado al tercer tiempo del SIC.
Primero se acercó a Diego Cash, que en ese momento ya llevaba ocho años de Puma. Lo apartó, hablaron unas palabras y se despidieron con afecto. Luego repitió la ceremonia con otro Puma histórico, Diego Cuesta Silva.
La gran polémica de la semana era la designación del capitán de Los Pumas. Muchos pusieron el grito en el cielo cuando supieron que se había elegido a un chico de veinte años, dejando de lado la experiencia de dos símbolos como los Diegos de San Isidro. Pero el chico estaba preparado y era plenamente consciente de la responsabilidad que debería asumir. Lo empezó a demostrar en ese anochecer de junio cuando, con la humildad que debe tener un líder, se disculpó con los referentes y les pidió consejo y aliento para la gestión que estaba por iniciar. Cash y Cuesta Silva, verdaderos hombres de rugby, lo tranquilizaron y le dieron todo su apoyo.
El chico no estuvo más de media hora en el SIC, y cuando salió ya no era el chico. Era el hombre. Era Lisandro Arbizu, capitán de Los Pumas.

5 El Sportsman
El marrón oscuro de la madera solo se interrumpe con los cuadros de los ilustres del club. Pero el gesto severo con que posaban los señores de CUBA no ayuda a mejorar la luminosidad del salón. Es un ámbito sobrio, austero, recoleto. Un espacio que parece ahuyentar las emociones y los sentimientos.
Sin embargo, una vez los sentimientos más puros se colaron en el salón principal de la sede Viamonte y estallaron en una emoción infinita.
Esa noche de 1970, los jugadores de Pucará y CUBA se juntaron para celebrar otro aniversario redondo del inolvidable torneo de 1950. Ese año los dos clubes compartieron el título de la UAR.
Horacio Bereciartúa compartía un vino con el Ciego Fernández de Casal. Canasta Frigerio no paraba de hablar aburriendo a Alberto Conen de CUBA. Toto Giles estaba sentado al lado del capitán de Universitario Carlos Benítez Cruz. Y, por supuesto, las risotadas más ruidosas venían del sector de la mesa que ocupaba el inefable Luis Dorado, wing cubano y experto contador de anécdotas. Era una noche de amigos y recuerdos.
Las risas y el ruido de las copas chocando entre sí copaban el comedor de CUBA, pero cuando Horacio Achával pidió la palabra, el silencio fue inmediato. El legendario hooker de Universitario se incorporó lentamente y comenzó su discurso: “Hoy quiero volver sobre un hecho olvidado de aquel año que, sin embargo, es un momento que me marcó para toda la vida…”. La intensidad de las palabras de Achával conmovieron de inmediato al auditorio. “Ese día aprendí para siempre cuáles son los valores sagrados del rugby…”. El centenar de invitados seguía el discurso con atención, pero el hooker, mientras hablaba, tenía la mirada fija en una sola persona. En el más ilustre de los asistentes al evento: Guillermo Ehrman, el mejor jugador de rugby argentino de la etapa previa a 1965. Un medio scrum incomparable que ostentaba records dentro y fuera del deporte ovalado porque era un verdadero sportsman. “El Gringo”, como lo conocían sus amigos, no solo era un brillante jugador de rugby. También se destacó en softbol, participando del seleccionado argentino en los Panamericanos de 1951, y en golf, integrando el equipo nacional en la Copa de las Américas. Un caso único. No solo porque practicaba varios deportes, sino porque había integrado seleccionados nacionales en tres de ellos. Record mundial.
Como jugador de rugby Ehrman era excepcional. Un medio scrum exquisito, pero a la vez poderoso. Talentoso y con gran poderío físico, había liderado la época de oro de Pucará y con Toto Giles formaron la pareja de medios del seleccionado en varias oportunidades. Todo el ambiente del rugby admiraba su juego pero mucho más sus cualidades humanas. Los rivales aprendían a jugar cada vez que enfrentaban al Gringo Ehrman, pero el maestro había dado su mejor lección en aquel Pucará-CUBA de 1950, el partido que recordaba Achával.
En aquella época Pucará-CUBA era un verdadero clásico que enfrentaba a los dos mejores equipos. Los partidos eran muy duros y los jugadores sabían que en ese encuentro se jugaban el campeonato. Por eso nadie regalaba nada.
Cuando promediaba el clásico de 1950, en una jugada accidental, el taco del botín de Ehrman golpeó contra la frente de Horacio Achával y le provocó una herida profunda sobre la ceja derecha. Los dos jugadores quedaron al costado de la cancha mientras el partido continuaba. Incorporado y sin ningún problema físico, el Gringo miraba cómo un médico intentaba curar la herida del hooker de CUBA que sangraba cada vez más, impidiendo su retorno al campo de juego. En esa época no se permitían los cambios, y si un jugador se lesionaba dejaba a su equipo con uno menos.
“Entonces, Gringo, me dijiste: ‘Si vos no podés seguir, yo también me quedo afuera y que jueguen catorce contra catorce’”. A esta altura del discurso los ojos de Horacio Achával ya estaban húmedos.
Esa era la gran lección del maestro Ehrmann. No quiso ninguna ventaja. No le importó ganar el partido ni que se jugaba el campeonato. Solo puso en práctica su majestuosa caballerosidad deportiva. Espíritu de rugby en estado de máxima pureza. Y una amistad sellada para siempre.
“Y digo que me marcó porque a partir de ese día, gracias a tu ejemplo, me sentí una mejor persona”. Achával terminó sus palabras y fue al encuentro de su amigo para estrecharse en un abrazo eterno enmarcado por el atronador aplauso de los hombres del cincuenta.
Muchas lágrimas corrieron y el espíritu del juego iluminó la sobria sede de la calle Viamonte.
Fue mucha la emoción. Tanta que en esa noche hasta las caras severas de los cuadros devolvieron un gesto más humano.

6 La construcción de la identidad
Los dos chicos pasaban todo el día juntos. Siempre en el club. Un rato de fútbol, un pebete de jamón y queso en el buffet, algún juego infantil y, sobre todo, mucho rugby. Horas y horas con la ovalada.
Siempre juntos.
Los dos amigos se divertían con otros pibes y, como todos, eran grandes admiradores de los jugadores de la primera del club. Por eso aquel día del verano del 69, mientras comían el sándwich de la tarde, no sacaban la mirada de la mesa donde apuraban una cerveza algunos de sus ídolos.
De pronto entró un señor mayor al bar y en voz alta, aunque sin gritar, le apuntó al wing de la primera: “¡Baje las patas de la mesa, maleducado!”. Un silencio sepulcral siguió al reto y al inmediato acatamiento de la orden. Sin embargo, el wing no evitó un comentario por lo bajo: “Y este quién se cree que es?”, dijo sin que el señor mayor lo escuchara.
Los chicos se sorprendieron. Nunca habían visto que alguien tratara así a un jugador de la primera del club. ¿Quién era ese señor canoso de gesto severo, cuya sola presencia inspiraba temor reverencial?
Ellos no lo sabían, pero el señor mayor se llamaba Francisco Ocampo y era el nuevo entrenador del plantel superior. En el SIC ya corrían como reguero de pólvora varias anécdotas que tenían que ver con su estilo riguroso. Que exigía silencio en el vestuario, que hacía sentar y parar a los jugadores como si fueran colimbas, que trataba a las estrellas del club como si fueran jugadores de la octava. En pocos días Ocampo había marcado el terreno.
El sábado siguiente de aquel marzo inolvidable, los dos chicos, los amigos inseparables, estaban sentados al costado de la cancha mirando cómo varios jugadores de la primera jugaban una tocata. En un momento, por sobre sus cabezas, voló una voz estruendosa: “¡No hiera al rugby! ¡Así no se pasa la pelota!”. Otra vez el señor mayor, que ahora sí gritaba. Los chicos, sobresaltados, no pudieron percibirlo, pero el destinatario del grito era Arturo Rodríguez Jurado, la gran estrella del club. Arturo era Puma desde el glorioso 65 y su figura trascendía al rugby. Por eso era un verdadero dios para los pibes del San Isidro Club. Y también por eso resultaba sorprendente que el nuevo entrenador le corrigiera el pase. ¡Justo a él que le había pasado la pelota a Marcelo Pascual antes del vuelo inmortal! ¡Justo a él que era un estandarte del SIC, hijo del legendario Mono Rodríguez Jurado!
Pero Ocampo sabía lo que hacía. Sabía por qué gritaba y tenía muy claro a quién destinaba su grito. No en vano llevaba más de cuarenta años de experiencia en la enseñanza del juego y era el forjador de varios de los mejores equipos del rugby argentino.
A comienzos del 69 había llegado al SIC, un club con muy buenos jugadores que sin embargo en los últimos años flotaba en los últimos puestos de la tabla. Catamarca (le decían así, pero a él no le gustaba) sabía que el déficit del club de la zanja tenía que ver con la disciplina. Entendía que el cambio debían impulsarlo los referentes, y Arturo, el referente número uno del club, comprendió el mensaje. Por eso su reacción estuvo teñida por la sabiduría de los grandes, acatando humildemente la corrección que le hacía el entrenador. Si la figura máxima del club se subordinaba al nuevo proyecto, gran parte del camino ya estaba recorrido.
Así se gestó una de las grandes revoluciones de la historia del rugby argentino. La transformación que convirtió al SIC en un equipo exitoso y disciplinado.
Durante las siguientes cinco décadas el club de Boulogne ganó veintidós campeonatos y cuatro nacionales de clubes, respetando fielmente los valores del rugby. Los principios fundamentales que en aquel verano del 69 comenzó a inculcarles el inolvidable Francisco Ocampo y que luego fueron seguidos por muchos otros ayudaron a construir la identidad del SIC hasta convertirlo en un club modelo.
Ocampo murió en 1970. La obra que inició fue continuada por su principal discípulo, Carlos “Veco” Villegas, por el Gringo Perasso y muchos más.
Arturo Rodríguez Jurado, el referente que corrigió su pase en aquel verano, se dio el gusto de ganar cinco campeonatos con su querido club, luego de haber peleado el descenso pocos años antes.
¿Y los chicos?
Los chicos eran dos amigos inseparables que en aquel verano del 69 no tenían más de once años. Se llamaban Rafael y Marcelo.
Diez años después ya eran Rafa (Madero) y el Tano (Loffreda). Ya eran Pumas. Y ya se habían convertido en dos de los eslabones más sólidos de la cadena de respeto al espíritu del juego que revolucionó al SIC y a todo el rugby argentino.

7 Una vida de película
La maravillosa historia de Wiliam Bary Holmes
Los aficionados al rugby argentino son muy apegados a las tradiciones. Tanto o más que sus colegas ingleses, sudafricanos o de cualquiera de los países líderes del rugby mundial. Y a los tradicionalistas argentinos les gusta rebelarse permanentemente usando términos perimidos como “montonera”, “centro tres cuartos” o “wing forward”. Algunos talibanes como Cacho Martínez Basante siguen llamando “segundo cinco octavo” al primer centro.
Otra de las rebeldías terminológicas de los rugbiers argentinos consiste en continuar llamando Cinco Naciones al torneo más importante del Hemisferio Norte, cuando todos sabemos que desde hace casi veinte años se ha sumado un sexto miembro al evento. Un poco por rebeldía y otro poco por la rabia que genera ver a un equipo al que consideramos inferior como el italiano codeándose todos los años con los mejores de Europa, lo cierto es que muchos siguen hablando del “Cinco Naciones” como si el seleccionado azzurro no existiera. El ingreso argentino al Rugby Championship atenuó la tirria.
Cuando el Cinco Naciones era un torneo de cinco, resultaba impensada la participación de un jugador nuestro en esa competencia, pero desde que se sumó Italia son muchos los argentinos que han participado del torneo más antiguo del mundo. Para pesar de nuestros simpáticos tradicionalistas, muchos jugadores criollos han protagonizado importantes matches en Twickenham, Landsdowne Road o el Parque de los Príncipes defendiendo la camiseta italiana en el Seis Naciones.
Pero frente a esa realidad, los tradicionalistas tienen una bandera que ni ellos conocen. Existe un argentino que jugó el Cinco Naciones (¡cuando realmente era de cinco!).
Norman Tomkins, viejo pilar de Old Georgian y miembro de la cofradía de los tradicionalistas del rugby, lo conoce, fue su gran amigo y siempre lo recuerda: “Si William hubiera nacido en Estados Unidos, ya habrían hecho varias películas con su historia, pero era de acá, bien argentino”.
En 1949, el seleccionado francés llegó por primera vez en gira a la Argentina. Era un equipo poderoso que venía de ganar el Cinco Naciones. ¿Venía de ganar el Cinco Naciones? Si le preguntamos a cualquiera de los argentinos que los enfrentó seguro dirá que sí. Es otra de las tradiciones. Cuando cualquier Puma recuerda una vieja gira de algún equipo europeo a la Argentina añade al país de que se trate la frase “que venía de ganar el Cinco Naciones”. “En el 68 le ganamos a Gales que venía de ganar el Cinco Naciones”. “En el 54 jugamos contra Francia que venía de ganar el Cinco Naciones”. Pareciera que un premio extra para el ganador del torneo era una gira por nuestro país. Por eso cuando se quiera saber si un equipo europeo en gira por la Argentina ha ganado el Cinco Naciones de ese año, lo menos confiable es preguntarle a un Puma que lo haya enfrentado. Mejor ir a los libros.
Lo cierto es que en 1949, Francia, que no había ganado el Cinco Naciones de ese año, llegó de gira a nuestro país. La visita de los galos fue un verdadero acontecimiento, ya que por primera vez un seleccionado nacional llegaba a la Argentina. Antes habían llegado los British Lions, los Junior Springboks y Oxford-Cambridge, pero nunca el representativo de una de las grandes naciones del rugby. Los franceses vinieron con todos los titulares y ganaron fácilmente sus primeros partidos ante equipos de club y distintos combinados.
El primer Test ante Argentina se programó para el 28 de agosto de 1949. Ese día las tribunas del estadio Jorge Newbery de Gimnasia y Esgrima rebozaban de gente. La presencia del poderoso seleccionado europeo era un acontecimiento que excedía al rugby. Todo el mundo deportivo estaba presente y ovacionó a los dos equipos cuando aparecieron en la cancha. Palermo era una fiesta.
El griterío se fue acallando y tras los himnos ejecutados por la banda del Regimiento de Patricios, los equipos se aprestaron para iniciar el match.
En ese momento se produjo un hecho que demoró el comienzo del partido y casi obliga a su suspensión. Varios jugadores franceses se agruparon y hablando entre ellos señalaban hacia el sector de la cancha donde se encontraban los jugadores vestidos de celeste y blanco. El movimiento de los franceses sorprendió a Ehrman, Giles, Eduardo Domínguez y el resto de los argentinos. Pero la sorpresa fue mayor cuando el capitán pidió la presencia del traductor, mientras señalaba de manera directa a un jugador argentino. Al fullback. “A ese lo conocemos, jugó contra nosotros hace pocos meses”, le dijo al traductor el tercera línea Prat, capitán francés. “¡Sí, ese es un inglés que nos enfrentó en Twickenham!”, agregó enojado el formidable wing Pomathios.
Si bien el apellido del jugador que señalaban los franceses era más inglés que el palacio de Buckingham, en realidad se trataba de un joven argentino, del brillante fullback William Barry Holmes, protagonista de la más maravillosa y cinematográfica leyenda que ha dado el rugby de nuestro país.
Era un porteño nacido en 1928. Se había educado en el Saint George’s School de Quilmes, y como lo pedía su sangre inglesa, abrazó el deporte desde muy chico.
Con solo diecisiete años jugó en la primera de Old Georgian y a los dieciocho viajó a Inglaterra para estudiar en Cambridge.
Como rugbier era un crack. Un fullback al que nunca se le caía la pelota y, además, gran pateador. Por eso pronto fue convocado a jugar en el tradicional combinado que unía a players de su universidad con los de la vecina Oxford.
En 1948 volvió a la Argentina como integrante de ese combinado, deslumbrando al rugby local. En cada tercer tiempo de 1948, Barry reafirmaba los lazos de amistad y consolidaba el amor por su tierra natal. Al finalizar la gira retornó a Inglaterra convencido de que algún día se afincaría definitivamente en el norte argentino. El fullback amaba esa zona del país.
Dos meses después de retornar a Cambridge se sorprendió al recibir una convocatoria al seleccionado inglés, y en 1949, con solo veinte años, fue el fullback titular del equipo de la rosa en los cuatro partidos del Cinco Naciones.
En esa época el Cinco Naciones era, para los argentinos, una competencia épica que se conocía por los cuentos de los pocos privilegiados que alguna vez habían presenciado un partido del torneo. El mito rodeaba a esos matches. ¡Y ahora un argentino era titular del representativo de los inventores del juego!
Solo sus amigos del Saint George’s se enteraron en la Argentina, pero en Europa miles de fanáticos se maravillaron con el juego del joven William. Sus actuaciones en los cuatro partidos fueron muy destacadas, sobre todo en el que Inglaterra le ganó 8-3 a Francia en Twickenham. Jugó tan bien que al finalizar ese Cinco Naciones los seleccionadores ingleses ya le habían asegurado un lugar para el torneo de 1950.
Pero él tenía firmes convicciones. Por eso no se deslumbró con las luces del Viejo Continente, y dos meses después, en mayo de 1949, decidió volver a la Argentina para radicarse definitivamente en el lugar donde había echado raíces. Su plan era casarse, jugar rugby en Old Georgian, y luego instalarse en Salta para trabajar como agrimensor. Parecía mucho para sus escasos veinte años, pero William Barry Holmes era dueño de una poderosa personalidad. Cuando retornó a la Argentina apenas jugó un par de partidos en su club y fue convocado al seleccionado. Nada lo detenía. Ni siquiera las quejas de esos franceses a los que había derrotado algunos meses atrás en Twickenham y ahora querían impedirle jugar con la camiseta de su país natal.
Las discusiones duraron algunos minutos y los franceses, verdaderos caballeros del deporte, terminaron aceptando que Holmes jugara el partido. Fue victoria francesa por un escaso 5-0 y gran actuación del fullback argentino.
El sábado siguiente, Barry Holmes fue titular en la revancha, luciendo orgulloso el yaguareté junto al corazón. Ese fue su último partido de rugby.
Un mes después de los inolvidables partidos ante Francia se casó y se radicó en Salta. Pero antes del final de ese inolvidable 1949, William Barry Holmes contrajo una fiebre tifoidea que lo llevó a la muerte en la ciudad del norte argentino. Tenía veintiún años, varios partidos jugados para Oxford-Cambridge, y test matches para Inglaterra y Argentina. Una vida de leyenda.
El ex alumno del Saint George’s era un elegido y sería un gran error decir que tuvo una vida corta, porque una hora en la vida de algunos elegidos es un año en la del común de los mortales.
William Barry Holmes tuvo una existencia intensa marcada por el rugby y por los afectos indestructibles y eternos como el del legendario pilar de Old Georgian, Norman Tomkins, un duro que no deja pasar un día sin recordar a su amigo, y que sigue soñando con la superproducción de Hollywood que cuente la vida del sensacional fullback que iluminó aquella tarde fría y gris de 1949 encandilando a los sorprendidos franceses.

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