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Diógenes Moderno
Dan Dan-dan
Editorial Autores de Argentina


Kasparian, Daniel

Diógenes moderno. - 1a ed. - Don Torcuato : Autores de Argentina, 2014.

E-Book.

ISBN 978-987-711-092-0

1. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Introducción

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Epílogo

Bibliografía

2
Introducción

Alejandro Drewes: «Diógenes Moderno, desde el propio título del libro y desde el inusual planteo del autor de “desacralizar” la Historia y, sobre todo, la Filosofía, se propone como un itinerario y una aventura para sus lectores. En el notable cierre de un camino que, hace décadas, jalonaron, si bien, desde un lenguaje clásico, autores como Richard Armour o William Cuppy, Dan-Dan dan opta, en cambio, por un planteo originalísimo desde el intergénero entre el parlamento de teatro, la crónica periodística y el género novela; y prefiere, a diferencia de sus predecesores, enfocar la lente no al escenario diverso de la Historia Antigua y a sus personajes, sino a uno clave: Diógenes. Así, por intermedio de su mirada y de sus diálogos, y de las digresiones del autor-cronista, logra iluminar, con su lámpara y un particular sentido del humor, a otros célebres personajes de la Grecia clásica, junto con la participación, como estrellas invitadas, de diversas voces del presente, escritores y periodistas, convocadas con toda naturalidad a la trama narrativa.

En un ágil relato que omite una cronología lineal, Dan-Dan dan logra involucrar a sus lectores en las circunstancias más dramáticas de las guerras de la Hélade; o, en otros momentos, en la vida cotidiana de los griegos, casi, se diría, caminando por el ágora de Atenas o escuchando los discursos de Demóstenes o Pericles, o los curiosos razonamientos de filósofos como Zenón de Elea.

Como hilo conductor del relato, a lo largo de los siete capítulos del libro, enmascarado bajo el formato de notas periodísticas actuales y de hábiles desvíos, el autor consigue –muy especialmente, a partir del juego de caracteres opuestos de Diógenes y Alejandro Magno–, una muy original y no menos profunda reflexión sobre el sentido del destino humano, el poder y el conocimiento y sus consecuencias, logrando que filósofos y poetas, o antiguos héroes como Ulises, puedan, al cabo, resultarnos tan familiares, en sus cuitas y dichas, como si fueran parte de nuestro presente.»

Claudio Simiz: «La variedad y la mezcla son características de la literatura contemporánea: esta primera obra de Dan-Dan dan combina plenamente ambos aspectos. Desde la primera página, se anuncia la hibridez: novela-teatro-guion. En este marco, personajes de distintos ámbitos y épocas –aunque en un ambiente griego clásico– despliegan acciones (sobre todo, verbales), en torno de temáticas diversas y en registros cambiantes –aunque el tono satírico y paródico se impone al lector a la hora de posicionarse ante el texto– que son contadas como narración, film, radioteatro.

¿Por qué Diógenes? En la obra desfilan Zenón de Elea, San Francisco de Asís, Alejandro Magno, el Jefe Seattle, Rousseau, entre otros personajes históricos. Cada uno con sus convicciones, sus sueños y temores; sin embargo, es Diógenes el Cínico, el mendigo alegre y desafiante, el que –primero, como personaje de una frustrada dramatización y, luego, como figura “real”– se convierte en protagonista y, de algún modo, en voz del autor.

Acaso por esta elección discurra una posible vía interpretativa de esta compleja producción literaria. Diógenes es un digno sobreviviente del caos hipócrita y materialista de su (¿nuestra?) época. Y sale adelante, aferrándose a la verdad que provee la razón, al imperativo de sus convicciones morales y a un fluyente y contagioso humor, que incluye a su propia figura.

Interpretaciones aparte, la obra de Dan-Dan dan revela un amplio y profundo trabajo de fuentes literarias, filosóficas, históricas y míticas. También un diestro manejo de distintos géneros e inflexiones, y una osadía que le permite intentar una creación audaz y polémica. Y no es fácil encontrar, en estos tiempos, la originalidad unida al conocimiento y al talento.»

Susana Rodríguez: «…Cuando Humberto Eco escribía El nombre de la rosa, un estudiante de cine leyó las primeras páginas y coincidió con los críticos posteriores al decir que el estilo de la narración permitía que se filmara perfectamente bien, porque su expresión se movía, en la imagen, con propiedades de cámara. Si el lector de Diógenes Moderno renunciara a una relación exclusivamente unidireccional de la palabra, no sólo estaría resignándose a la más elemental de las reglas de la literatura –la evocación–, sino que también olvidaría la potencialidad actual de la divulgación gráfica. En esta obra, su autor se mueve como un ojo atento a los detalles que atañen al arte de la expresión: comunicación radial, presente; artículos periodísticos, presente; diálogos, presente; teatro, presente; televisión, presente…, y podríamos seguir con grafiti, bandos, arengas, discursos, pancartas, citas académicas, cantitos futboleros, consignas piqueteras, historietas…, en un campus amplísimo que el lector (o vidente, en el lato sentido del término) se ha acostumbrado a desandar diariamente mediante computadora, mensajes, la red y todo lo que se relaciona con nuestra extraña capacidad de manifestarnos. Como en un gran video-clip de la expresión, todo es democráticamente aceptado en una galería sin límites donde cada personaje representa fielmente sus rasgos característicos, su índole, siendo a la vez dueño y portador de su palabra, oral y escrita. Artífice de su discurso, expresado, satirizado, analizado, no sólo Diógenes, sino también el autor Dany, todos, hasta Lobito, reproducen lingüísticamente la eterna dicotomía entre el valor material de la vida y el otro valor, que puede encarar para explicarlo un solo hombre que piensa (en realidad, y siendo fiel a Borges, de cada hombre ‘que piensa que piensa’). ¿Por qué dicotomía? Porque el otro valor no es lo mensurable, no es lo visible, no es lo respetable en algunos ámbitos… ¡Bendito el adiestramiento de Truman Show! Pero más que un video-clip (video: yo veo, y clip: gancho) el texto se transforma, página a página, en legoclip, o sea, yo leo. Y la tipografía ayuda…»

Juan Yelanguezian: «Desde un enfoque objetivo, es un delicioso enjambre de estilos, poesía, teatro, excelente clima, perspicaz retrato del cortejo, compendio de historia –verosímil, en lo agregado– que avasalla al lector, pero siempre manteniendo su interés. Cuando Zenón y los que lo escuchan se preparan para ir a la entrega de trofeos y ver a la obra “Te Mataré Diógenes”, viene la descripción de un tifón que amenaza pero no se desencadena del todo, que yo aprecié como una magnífica pintura de escena. “Comenzaron a caer gotas muy aisladas, consistentes como yemas de huevos… Parecía, en instantes, que la lluvia amagaba desplomarse, pero se contenía… Había una gran furia mezclada con pena en el corazón de Zeus… Comenzaron a golpear secamente trozos de hielo, bombas de agua contra las baldosas… Lentamente la tormenta se replegó hacia la cordillera norte…, al tiempo que la gente, cándida, festejaba saliendo a las calles.”

Mecha aquí una protesta social moderna marchando hacia la Plaza Homero.

Hay notas cinematográficas: de allí que la obra se torne un guion.

Hay un triste poema sobre un payaso (hay uno en la tapa de nuestro libro), “que no tenga zapato, porque es gordo, pesado, anciano, le duelen los pies, porque desea sonreír y reír”… »

Fernando Sánchez Zinny: «¿Es un mérito la extrañeza? La respuesta a este interrogante ha de ser siempre subjetiva; pero no lo es, en cambio, aseverar que la extrañeza no es sino otro nombre de la originalidad, y que ésta es un elemento valioso, si se habla de arte, de creación, de expresión. Diógenes Moderno es manifiestamente un libro extraño; y merece, sin duda, detenida curiosidad, ante todo, por su ahincado bascular entre lo divertidamente extravagante y lo sesudo y reflexivo. Extraño en sí, no lo es tanto por sus contenidos, mayormente clásicos y, de antiguo, incorporados a los hábitos ilustrados, sino por el singular ánimo con que se los presenta y por la corrosiva y profunda atemporalidad que los envuelve. Diógenes el Cínico, su tonel y sus desplantes son harto conocidos, y podría creerse que entrañan escasa novedad. Pero el autor retuerce de pronto esa historia, la escurre de matices y lo hace confrontar, al filósofo, con San Francisco de Asís, ambos perfectos arquetipos. En el camino, junta el buen sentido con la poesía, las variadas tradiciones del conocimiento con la unidad de la sabiduría, la ironía triste con la burla sonriente, la didáctica con la imaginación desenfrenada. Dan-Dan dan es docente, y eso claramente se echa de ver en las explicaciones exhaustivas y en el afán por instalar la crítica en la visión de los grandes dilemas. También es fácil advertir que es joven, de lo que da cuenta su adhesión a cierta actitud o tipo de sarcasmo muy de esta época: un sarcasmo a contrapelo, más urticante que despiadado. Es como si se reconociera –al cabo de tantas decepciones– que en materia de males conviene separar la acusación del encono.» [Ver Noticias biográficas].

Dan-Dan dan alcanzó su título secundario en Marie Manoogian, y, en este ámbito, fue redactor de periódicos de la Colectividad Armenia. Formó parte, como tenor, del Coro Gomidás. Es profesor de Castellano Literatura y Latín, recibido en el Instituto Nacional “Alicia Moreau de Justo” y actualmente sigue la carrera Corrector Internacional de Textos en Lengua Castellana, que dictan Fundéu (Fundación del Español Urgente, de Madrid, España) y Litterae (Fundación Instituto Superior de Estudios Lingüísticos y Literarios; sede, en Buenos Aires), donde alcanzó, en esta última, su primer título de Atendedor. Vocación que ejerce, como docente, en escuelas de la localidad de Moreno, donde reside (vivió treinta años en el barrio porteño de Saavedra), y oficio que desempeña como colaborador de Editorial Jucum (Juventud con una Misión), cuya sede está en Texas, Estados Unidos. En este sentido, ha realizado numerosos trabajos de revisión estilística de diferentes géneros de textos: boletines, biografías, relatos, ensayos, tesis y devocionales. Biógrafo del autor Andrés Mouratian, alma mater de la radio “Colifata”, en la obra Historias de Babel, en la que este periodista y trabajador social vuelca su experiencia en el neuropsiquiátrico Borda. Fue publicada en 2007 y reeditada en 2009, ganadora del premio que otorga la biblioteca más importante de Europa: Ibero-Amerikanisches Institut, de Berlín, especializada en América Latina, España, Portugal y el Caribe.

Dan es, en ocasiones, invitado como panelista de televisión en canal 13 de TeleRed, en el programa Psicologeando con Massaro, donde se difundió su libro, y en 2010, fue jurado coordinador del certamen literario de la Feria del Libro de Moreno. La 1.ª edición fue presentada también allí. Y en años posteriores, en Feria +Arte + Libro, un emprendimiento cultural compartido con otros artistas del distrito. En este último tiempo, es coordinador en el área de Literatura de Amigos del Museo de Bellas Artes Manuel Belgrano de Moreno.

Es su primer libro, que aparece en 2009, en cuyas páginas cultiva su veta artística y literaria, y en las que vierte –a modo de florilegio–, prosa, canciones y pensamientos de su juventud, extraídos de textos inéditos: unos manuscritos en cuadernos que incluyen la novela Dos vidas paralelas.

Diógenes Moderno es una biografía de ficción, novelada, que, en su segunda edición, la presenta ricamente extendida –en anécdotas, datos históricos y lirismo–, y con admirables dibujos de importantes diseñadores y caricaturistas. Ellos, a su vez, la han prosperado con sus miradas solazadas, aportando una mueca más acerca de la vida y la filosofía de Diógenes de Sínope, dando vida, entre todos, a un retrato destacado, que se desliza en una vía de sorprendentes episodios… Esta tercera edición crece en nuevas vivencias, frases célebres y diálogos, tan verídicos como vistosos, incorporados, con un toque ficcional y armoniosamente, al hilo cardinal del argumento.

«Los poetas y los filósofos –opina él– han dado siempre un sentido, un norte a la búsqueda y a la libertad… Creo que ellos deberían auspiciar y propiciar los contenidos de los medios de comunicación (en este otro sendero del saber que hurga en la tv, la radio y la internet), y no, ningún interés particular o comercial; ellos, los amantes y amigos de la sabiduría, acompañando al caminante en su búsqueda». «La razón nos lleva por senderos conocidos, vividos por ella y vueltos a pasar». «Desde la nada, se observa con celo las vivencias de los otros, y se recela hasta el dolor». «Sin proponérselo, cada hombre abre un surco y propone una nueva verdad». «Del todo, el ser decodifica e integra lo conveniente, y el mundo tiene la forma que queremos». “De la locura a la cordura hay solo un hilo”.

El autor es argentino, nacido en Buenos Aires, en 1959. Proviene de una familia de artesanos del calzado y de carpinteros. Sus padres, Hagop, también proclive al arte y la escritura, y su madre, Adelina, espiritual y reflexiva, ambos de fe cristiana. Su hermana Patricia es bibliotecaria. Y su hermano Samuel, jugador de fútbol, comerciante y en algún momento de su juventud, como pensador popular, líder entre los suyos, muere en un fatal accidente de tránsito en 1978.

Diógenes Moderno. Visión transfigurada de Diógenes el Cínico –contrapuesto a Alejandro Magno, el gran conquistador, cuyas hazañas son contadas aquí–, y enfrentado también a san Francisco de Asís, el otro sabio de la naturaleza, pero divino. En esta historia, el payaso Diógenes, con su barril, sigue siendo el ingenuo, la sincera expresión de los sanos sentimientos, el niño, el exagerado adversario y crítico de la posmodernidad; mientras que, el verdadero, rescata algunos atributos buenos del hombre. Las anécdotas reales de la vida de Diógenes, casi exhaustivas, representadas hasta el ridículo por el hazmerreír del anfiteatro; los diálogos filosóficos sobre el poder, la vida y el Hades, las poesías del rapsoda, y las digresiones que procuran llenar los vacíos de los registros antiguos, agregándoles buen humor y mostrando al personaje en una faz más accesible y actualizado, todo esto en el sorprendente género de novela-teatro-guion, son características novedosas y originales que nos acercan a un mito inextricable que siempre probará cautivarnos.

La novela privilegia el interés filosófico, literario, histórico y artístico, coloreada de un tono cáustico, hasta irónico y de festejo, ya que provoca adrede la chispa entre la antigüedad clásica y las vivencias de hoy.

Esta actitud de cuestionar los mitos antiguos, que no se duerme hasta el último deshilvanarse del argumento, se acomoda a un trabajado estilo gramatical directo y claro, aunque complejo en citas, alusiones, referencias, elipsis, que seguramente serán disparadores de frescos saberes y hallazgos.

Con este aire, merodea y husmea un espíritu joven, aunque podrá ganar su preferencia en ámbitos eruditos de búsquedas, investigación y estudios respecto de estas disciplinas.

Correo electrónico de Dan: danykasp@yahoo.com.arFacebook: Dan Dan-danTwitter: @DanDanykasp



3

La muerte de Diógenes

Ayer miré a Diógenes caminando por la playa.

Sigiloso escondió su lámpara en el viento.

Miró hacia mi cabaña y, seguro de la soledad,

escribió en la arena: ¡busco a un hombre!

Y se perdió en el mar.

Julio Iraheta Santos

Las dos grandezas Uno altivo, otro sin ley, Así dos hablando están. –Yo soy Alejandro el rey. –Y yo Diógenes el can. –Vengo a hacerte más honrada tu vida de caracol… ¿Qué quieres de mí? –Yo, nada: que no me quites el sol. –Mi poder… –Es asombroso, pero a mí nada me asombra. –Yo puedo hacerte dichoso. –Lo sé, no haciéndome sombra. –¡Tendrás riquezas sin tasa, un palacio y un dosel! –¿Y para qué quiero casa más grande que este tonel? –Mantos reales gastarás de oro y seda. –¡Nada, nada! ¿No ves que me abriga más esta capa remendada? –Ricos manjares devoro. –Yo con pan duro me allano. –Bebo el Chipre en copas de oro. –Yo bebo el agua en la mano. –¿Mandaré cuanto tú mandes? –¡Vanidad de cosas vanas! ¿Y a unas miserias tan grandes las llamáis dichas humanas? –Mi poder a cuantos gimen, va con gloria a socorrer. –¡La gloria! capa del crimen, crimen sin capa ¡el poder! –Toda la tierra, iracundo, tengo postrada ante mí. –¿Y eres el dueño del mundo, no siendo dueño de ti? –Yo sé que, del orbe dueño, seré del mundo el dichoso. –Yo sé que tu último sueño será tu primer reposo. –Yo impongo a mi arbitrio leyes. –¿Tanto de injusto blasonas? –Llevo vencidos cien reyes. –¡Buen bandido de coronas! –Vivir podré aborrecido, mas no moriré olvidado. –Viviré desconocido, mas nunca moriré odiado. –¡Adiós! pues romper no puedo de tu cinismo el crisol. –¡Adiós! ¡Cuán dichoso quedo, pues no me quitas el sol! Y al partir, con mutuo agravio, uno altivo, otro implacable, –¡Miserable! dice el sabio; y el rey dice: –¡Miserable!

Campoamor


5
Prólogo

La historia es contada por un narrador imaginario: Herodotho, periodista corresponsal del Pericles’s Journal; aunque, en un instante, se distrae escuchando una radionovela de amor. Dos contemporáneos, Zenón y, tal vez, el autor, también recreados, hacen sus disquisiciones filosóficas, y concurren al anfiteatro para presenciar la entrega de trofeos de las ‘Olimpiadas 338’ –otorgados a Hércules, Pericles, entre otros– y el estreno Te mataré Diógenes, una risa; pero el clima meteorológico, literalmente, destruye el estadio. Sólo queda el verdadero Diógenes alardeando de su victoria, que comienza a predicar a unos barrabravas.

Pronto se enteran de la muerte de Alejandro, que mueve a los dos amigos a dialogar sobre el poder y el sentido del vivir, y, posteriormente, en el Hades, con la intervención de hombres célebres –el jefe Seattle, entre otros–, estos darán su veredicto sobre el pésimo accionar de la humanidad: un balance ecológico. Diógenes se encontrará con san Francisco de Asís, los dos amantes de la naturaleza, y el cínico tendrá la oportunidad de redimirse cristianamente. Hay, insertado, un cuento de humor: “El emparedado de jamón y tomate”, que parodia el viaje al más allá: es la pesadilla de un jovenzuelo, admirador de Herodotho. Este se reúne, en el epílogo, con el autor, y lo llena de laureles; y no debe olvidarse, Sr. lector, que todos los episodios están siendo rodados cinematográficamente, señalándose las distintas tomas y ángulos de la cámara, que la estatua de Homero está viva, que Diógenes es un héroe transformado –de bárbaro a culto– que conoce a los clásicos, y que el escritor es otro ser ficticio que explica, en esta parte final –última posta o relevo de narradores–, el porqué de su escritura. El género es variado, y está adornado con poesías, prosa, pinturas, caricaturas, historietas y notas muy eruditas.

“Parece que fue por ello, que por ir en contra la corriente, revolucioné hasta mi propia salud. El pulpo vivo me causó retorcijones fatales. O pudo ser la caída del caballo, tras haberme mordido un tendón uno de los perros entre los que trataba de repartir esa carne marrón rosada del cefalópodo. O morí por mi propia voluntad, reteniendo la respiración, aunque esto sería algo metafórico, pues es imposible morir por dejar de respirar voluntariamente. Cuando me muera, echadme a mis hermanos, los perros. Ya estoy acostumbrado.En un hoyo, un poco espolvoreado. No a mis primos, los peces del río Eliso. Yo debí repetir estas palabras para cumplir la profecía y la leyenda.”

6
Capítulo I

Un hombre debe vivir cerca de sus superiores como cerca del fuego: ni tan cerca que se queme ni tan lejos que se hiele.

«Sí, es cierto, yo me deshice del jarro para combatir el microondas.»


INMINENTE ATAQUE MACEDONIO UN HECHO INCREÍBLE EN MEDIO DE LOS PREPARATIVOS GRIEGOS DE DEFENSA

Diógenes, ¿cínico o loco?, revoluciona a los helenos, mientras un gran peligro desciende del norte de Grecia.

La rebelión de un ciudadano Un caso insólito ha ocurrido el 26 de Abril del 368 próximo pasado, a las 16:00, hora helena: mientras el ultranacionalista Demóstenes reclutaba y envalentonaba a los griegos de la península ática contra la posible incursión de las falanges macedónicas, disertando de memoria en la Plaza pública de Atenas, un tal Diógenes, a pocos kilómetros, en la aldea de Sínope, en la costa del Mar Negro, rodeado de la desesperación de sus pobladores ante semejante amenaza, subía una gran tinaja de aceite –en donde vive–, pendiente arriba de un monte, dejándola rodar y reiterando tal acción incomprensible para los habitantes del lugar. Siendo requerido acerca del motivo de este absurdo proceder, Diógenes, literalmente, respondió: “Por ningún motivo especial; pero veo a los demás tan atareados que me parece mal estar de brazos cruzados”, “no tengo otra cosa en qué ocuparme”.

Diversas instituciones griegas expresan su posiciónLas autoridades policíacas y de gendarmería griegas intentaron apresarlo –para que no cunda el pánico*–; pero el Instituto Psiquiátrico Platón & Sócrates Asociados persuadió a la fuerza para que no lo hiciera, ya que Diógenes había salido de licencia por buen comportamiento.

Intervinieron, asimismo, Amnesty y Derechos Humanos de la Confederación Apátrida Griega, enarbolando el banderín de la libertad de consciencia, y el Comité Olímpico propuso un nuevo juego; sin embargo, el SCA (Ese sea o Ese se Ha-ce), el Sindicato de los Cínicos Anónimos expresó todo su apoyo a Diógenes, no el loco, sino el sabio.

Sostiene esta entidad no reconocida por el gobierno que Diógenes fue tildado de loco por una manga de necios, y aun capturado y encarcelado por los verdaderos esclavos del alma, él les daba órdenes y aquellos brutos le obedecían y, además, mantuvo siempre la grandeza sublime de su espíritu. Sus enemigos, dicen los Cínicos alborotados, son enemigos de la verdad, de la bondad y de la sencillez, (casi miserable, agrega nuestra Redacción; pero no da para un Policial).

No es raro que los Cínicos defiendan a un cínico, afirmando, además, que Diógenes ve en la guerra algo tan inútil como su propio gesto de subir la tinaja a un monte, con riesgo de que se le rompa, y dejarla caer: una evidente parodia de la agitación ajena. Diógenes, expresan, se pronuncia en contra del materialismo, de la soberbia y del relativismo de nuestros días, cuando por las noches, levantando en alto una antorcha, recorre la ciudad buscando siquiera un solo hombre honesto, sin resultado ninguno.

Pese a lo aparentemente serio de esta actitud, en el anfiteatro de Esquilo, el corega dispuso fecha de un nuevo estreno, la tragicomedia “Te mataré Diógenes”, con venta masiva de entradas, una obra dedicada especialmente para la risa del público infantil, que seguro será acreedora de jarras de vinos, coronas de hiedra y pasteles de higo.

[Plano entero, Zoom, Primer plano y luego Cámara Subjetiva cuando el poeta señala y ve la naturaleza que evoca].

Y ya un rapsoda, entre la calle Pericles y la Avenida 4 de Noviembre, recita estos versos, aludiendo encubiertamente a Diógenes y a su filosofía:

Encadenan al canario Por su brillo y por su canto Y al gorrión Lo dejan ser en el espacio; Pero el gorrión no es menos que el canario. ¿Qué tiene la hoja que no tenga una flor? (Un florero de hojas es tan bello como uno de rosas) Se olvidan de la semilla cuando crece el árbol. Todo lo que parece lindo se lo quitan a la libertad… Los pensadores están encasillados: Los detienen con los pechos y con las manos, Y la frase del poeta ya está en las cabezas. … Pero vivimos el paraíso… dormitando.

(Dejó su lira en el suelo e improvisó, para disimular, soplando el aulo y tañendo la cítara; primero interpretó una elegía hiriendo el aire con agudos sonidos y luego, una cascada de deleitosas consonancias…, al tiempo que se retiraba en forma inadvertida…).

Lo cierto y grave es que la guerra es tan real y perceptible para los griegos, como los nubarrones de extraño frío que el Servicio Meteorológico anuncia como lluvia eléctrica (¿será Zeus furibundo?).

Diógenes acusado de conspirador [Plano medio y Americano. Relato y actuación muda].

En resumen, mientras el general, comandante mayor de los ejércitos griegos, Temístocles, acusa a Diógenes de antihéroe y apátrida, pidiendo la máxima pena de muerte per cicutam, Diógenes, sin inmutarse, se alimenta de los frutos del campo, duerme en su tinaja y toma agua con las manos, como si fuera un mono o un linyera (ver historietas de Aristófanes), sin temor de Filipo ni de su hijo Alejandro. Tal vez, el pobrecito Diógenes (!) juzgue que el soberbio y travieso Alejandro, habiendo recibido las enseñanzas del profesor Aristóteles –especialmente en canto, lógica y poesía– le perdonará la vida cuando detenga el majestuoso corcel Bucéfalo frente a su humilde morada (un barril). No lo sabemos, tal vez la historia milenaria le dé la razón y merezca una hermosa estatua como la que hoy esculpimos para su adversario ideológico, el magnífico orador Demóstenes. Esperemos el transcurrir de los días… Diógenes, ¿sabio o loco?

Herodotho, 27/4/368, era helena

Especial para The Pericles’s Journal

*Latiguillo del Chavo del 8. (?)

[Plano de semiconjunto].

NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO: Una inesperada “Apología” de Zenón de Elea –quien por fin salió a caminar a la Plaza Esparta, arrojando miles de litografías, una de las cuales casi fractura el relieve en toba que inmortaliza al ciego Homero– aboga por la absolución de nuestro filósofo Diógenes. Zenón es su acérrimo contrincante en los célebres debates de los cafés del Pireo (siempre pagaba Zenón el yogourt de Diógenes) y sorprende con esta decisión. Dice que si Diógenes desapareciera, él extrañaría las discusiones de sus aporías llamadas asimismo “dificultades” y no tendría a quién gritarle en la cara. Por lo demás, un hecho así se contrapondría a dos valores éticos o dioses: la Prudencia y la Templanza, explica Zenón a los ciudadanos que se agrupan para oírle y para alzar y leer los pesados panfletos; y desde nuestra agencia nos parece que, en verdad, la muerte de Diógenes lo va a hacer recapacitar a Zenón de Elea, nacido un día del 489, acerca del paso de los años, de frente hacia el reloj de sol, hoy inútil –a su gusto, porque el klepsydra sólo lo tenía Platón en su casa–, una maquinaria ya pasada de moda que Beroso trajo a estos jardines también semicirculares: … qué vendrá del Infinito Tiempo…, el cual hará inexorablemente que Aquiles, el de los pies ligeros, alcance de una vez a la despreocupada tortuga. A tanto puede llegar la amistad de estos vecinos de los cien barrios (bueno, uno era del Mar Negro y el otro, del Tirreno) tan diferentes entre sí.

Recordemos, en este sentido, que Zenón escribió un tratado titulado Contra los filósofos de la naturaleza y es autor de la memorable frase: “¿Acaso no se lamentará el malo de contrariar al bueno?”.


Notas

Demóstenes: Orador y estadista ateniense, gran patriota (384-322). Diógenes: Le dijeron al conquistador macedonio Alejandro que en las cercanías de Sínope, a orillas del mar Negro, vivía Diógenes, el célebre filósofo cínico del que se contaban historias increíbles, y Alejandro quiso conocerlo. El encuentro se produjo en Corinto.

“Si no fuera yo Alejandro querría ser Diógenes”, respondió el general en aquella ocasión a un hombre que rechazó sus regalos y que valoró más que la gloria y el atavismo la simple luz del día. Y Diógenes le presagió: “El peor enemigo que deberás enfrentar serás tú mismo” o “El peor enemigo es el que no existe”, “Morirás en medio de tu viaje”.

A Diógenes no le importó tampoco compararse irrisoriamente con los cerdos, con tal de obtener alimentos de parte de unos ladrones que lo habían capturado, arguyéndoles que el monto en monedas por un esclavo saludable sería mayor; y estas viandas las compartió con sus compañeros de infortunio. “¿No veis que los verdaderos esclavos son los que nos alimentan y alojan? El león no es esclavo del que lo cuida”, solía decir.

Filón en Todo hombre bueno es libre lo cita expresamente como ejemplo de virtud.

Diógenes fue un filósofo griego llamado el Cínico (413-323 antes de J. C.), de quien sólo se conservan fragmentos de sus cartas y de sus dramas, y, desde ya, sus acciones han llegado hasta por tradición oral, como cuando comenzó a transitar alrededor de Zenón, mientras éste aseguraba que el movimiento no existía [Baile de Shakira].

Diógenes se caracteriza, siempre, por esta ingeniosísima manera de burlarse de los sofistas y de todo aquello que para la gran cantidad de los mortales constituye la base de la felicidad, del poder y del lujo; así interpretaba la máxima de “vivir de acuerdo con la naturaleza”.

Con esta actitud, expresa taxativamente su denuncia sardónica y satírica; pero, para él, la vida es un caos, y no el cosmos de los estoicos. El cínico no descubre nada que no se sepa y se atreve a confesar aquello que todos consideran inconfesable, aun sabiendo que es cierto. Le preocupa menos causar buena impresión que impresionar, esto es golpear la conciencia o la ñoñez del prójimo mediante el escándalo verbal o cinético, por lo cual no niega el mundo (no tomaría la cicuta), sino que convive e interactúa en él. Con Aristipo, creen que la felicidad es un fin inseguro, y sólo se ocupan de administrar lo valioso del placer, al que comparan con la brisa favorable del mar, y a la pena, su envés, con el mover tempestuoso del viento.

Este deseo de imperturbabilidad pudo cautivar a Alejandro.

Aristófanes: Cómico comediógrafo ateniense, satírico y crítico especialmente de Sócrates, enemigo, según aquél, de la fe y de la moral tradicionales (450-385). Historietas de Aristófanes. Se alude aquí al historietista Tabaré, que, junto a Guinzburg y a Abrevaya, son los creadores de la tira cómica del diario “Clarín”, Diógenes y el linyera. Temístocles: Famoso capitán griego que venció con su flota al ejército persa de Jerjes, en el estrecho de Salamina (480 antes de J. C.). Aristóteles: Autor, entre otras obras, de Poética, Órganon, Metafísica, Política. Fue maestro de Alejandro Magno y discípulo de Platón. Aristóteles coleccionó –y fue el primero en hacerlo– las obras de los concursos teatrales, ordenándolos según los preceptos de su Poética (384-322).

Continuará

[Corte].

7
Capítulo II

–Tales dice que no existe diferencia entre la vida y la muerte. –¿Por qué no te mueres entonces? –le preguntaron. –Porque no hay diferencia ninguna –concluyó Diógenes.

«En mi tiempo, pude ver a Hefesto construir catedrales industriales, en mis narices.»


Parece que Diógenes el Cínico cavó un subterráneo debajo de su barril [Jenofonte, en Anabasis, cuenta que, en la región de Capadocia, había una ciudad oculta, pero esto, para el caso, es exagerar mucho]; se había mudado a Corinto, porque consideró que, siendo él un curador de estupideces, habría de ser más útil entre la multitud que acudía a este puerto; pero no salió en todo el día: debió de haber ordenado todos sus papeles. Había anotado en su agenda visitar el gimnasio de Antístenes ‘Cinosargo’, porque estaba un poco gordo –Cinosargo o Perro Blanco es un arrabal de Atenas a unos 80 km. de Corinto–, y ni se enteró de que hoy los augures habían pronosticado grandes terremotos en China, al advertir ellos que los elefantes y las tortugas peregrinaban hacia el interior de los bosques, y las truchas, en lugar de subir por las pendientes, bajaban precipitadamente a los océanos: los adivinos dicen que estos desequilibrios naturales ocurren por la maldad del hombre y porque Zeus está por cierto enojado, y envía huracanes, ciclones y tifones.

“Cuando los hombres menosprecian las leyes de Júpiter y su presencia, cuando violan la justicia en las plazas públicas, y la hacen esclava de sus pasiones, el dios irritado desencadena las tempestades que hacen gemir la tierra; se desbordan los ríos, ministros de su cólera; los torrentes arrastran montañas, árboles, rocas, y los campos del labrador no son más que miseria y desolación”, dijo Homero acaso también iracundo por el chichón que le había producido la litografía. [Plano de detalle].

DIÓGENES. –¿Pero qué busco? ¿La linterna, el hombre o mis propios ojos? [Antes de encontrar al hombre hay que escribir el primer libro].

Desde adentro del barril se oían maldiciones en lengua tal vez aramea, porque a Diógenes se le caían, ruidosamente, las tablillas en su afán de seleccionarlas o porque no las hallaba, y en estos menesteres ni oyó el Noticiario La voz helena –un rapsoda o juglar, flanqueado por los saltos de dos acróbatas, y él haciendo malabares con unas zanahorias y gritando con un parlante– los nuevos nominados a los premios Olimpiadas 110, del año 338:

[Barrido del personaje Diógenes hacia el anunciante y los gimnastas. Plano de detalle: la boca y la lengua de este, y en plano contrapicado, las arrojadas volteretas].


Salto en largo Hierón Copa y laurel
Jabalina Hércules Copa y laurel
Carrera a pie, 100 metros Pélops Copa y laurel
Carrera de resistencia Enomanos Copa y laurel
Carrera en carro Alcibíades Copa y laurel
Carrera a caballo Arquéalo Copa y laurel
Ajedrez* Pericles Copa y laurel
Tragedia Sófocles Copa y laurel
Comedia Aristófanes Copa y laurel
Lucha grecorromana Alejandro Copa y laurel

¿Se imaginan el gran revuelo de las delegaciones con sus estandartes que habían arribado desde las colonias de España, de las costas del Mar Negro y hasta de África, todos griegos o queriendo serlo para poder participar? [Escena que muestra a las barras que ingresan percutiendo, con ritmos de carnaval, sus bombos y platillos]. ¿Se imaginan a Alejandro de Macedonia y sus enormes ojos brillosos, como si mirara un cebo exquisito, con la posibilidad de correr, pelear o arrojar sus saetas, y sentir que las muchedumbres lo aclaman? ¿Y al corega preparando los choripanes para los espectadores? Pero Diógenes era ajeno a estos aromas sabrosos y a la gran movilización de gentes y de ánimos. [Plano de conjunto]. Unas veinticinco coristas, atrás de unos arbustos, espiaban la tabla que había colocado para cerrar la entrada de su escondite y cantaban su tragedia vocalizando sus lamentos a-e-i-o-u, abiertas y cerradas, cortas y largas, alternándolos con gritos de júbilo, casi al límite del paroxismo; porque ahora Diógenes representaba al hombre famoso, a un Orfeo o cantante cualquiera, y llegaban a adorarlo, a apasionarse hasta por su sombra y por su sonrisa gardeliana. Diógenes sólo abrió la tabla, la puerta, a un hombre misterioso, que llegó a ser el comerciante Euxenos; pero no lo dejó entrar –no hubiesen cabido los dos adentro del barril–: hablaron bajo el dintel, unas ramas de acacia en flor. [Campo y contracampo].

–¿A qué has venido? –pareció oírse de parte del filósofo–. Dilo pronto y márchate.

–Diógenes, ¡te necesito!; pero no te pido ni un níquel ni un persa ni un lidio.

–Te escucho. Y no me hables de monedas que de ellas distingo las verdaderas de las falsas.

… Y Euxenos le siseó al oído:

–Quiero que seas mi socio para la venta de chemén*, que hoy es un boom, ¡y tú serás la cara o el símbolo de la empresa!

–¿Estáis del coco? ¿No sabéis que pesa sobre mí la espada de Damocles?

–Acepta y, en regalías, ¡recibirás los dividendos!

–¡Haz lo que quieras! –y dirigiéndose al interior de su morada, dio un portazo.

–¡¡Te llenaré de oro y ampliaremos con la producción de yogourt!!

Simultáneamente, las mujeres coristas, de unos treinta a cuarenta y cinco años de edad, profirieron sus gritos histéricos a-e-i-o-u, y vaya casualidad, el del altoparlante proseguía [Barrido]:


Lanzamiento de disco Ifitos Copa y laurel
Flecha al blanco Odiseo Copa y laurel
Juegos de ingenio Teseo Copa y laurel
Oratoria Zenón de Elea Copa y laurel
Planeador Dédalo Copa y laurel
Tejido en tapiz Aracne Copa y laurel
Funambulismo Petriw Copa y laurel

–¡La entrega de premios, los laureles y las hiedras, y las copas de plata…

–Y el aceite de oliva, para la ensalada, de por vida –se entrometió el acróbata, en medio de su salto.

–…en el anfiteatro de Atenas, mañana, a las 20 del klepsidra de Platón; reserve su pasaje, y lleve antorchas! Un minuto de silencio por Filípides, y otro, por Leandro, y otro más, por Ícaro. ¡No falte!

–¡Bah! ¡Patapúfete! ¡No hay pin-pon! –gritó Diógenes desde adentro, y un monstruo del cielo –un meteoro o estrella fugaz, o un dragón, la señal terrible– cayó sobre los montes del Peloponeso, la cadena del Olimpo… Diógenes vaciló un poco, porque a él le gustaba el yogourt… –Qué bólidos, tampoco hay snowboard cross.

Hacia allá vamos, sobrevolando el mar Egeo, en curvilínea parábola, hacia la plaza Esparta, junto con nuestro corresponsal. El arrebatado oleaje desmorona los castillos que los chicos construyen en la arena [Plano picado].

El discurso de Zenón de Elea continuaba –previa solicitud de un cántaro de agua–. Un niño que lo sujetaba del brazo y que le había colmado la paciencia, al final, se disculpó con el sabio, brindándole una copa rebosante del preciado y cristalino líquido, justo cuando ya no le quedaban salivas ni fuerzas para seguir: [Primer plano]

–¡El minotauro está en el centro del laberinto! ¡Esto es sólo una metonimia, una sinécdoque o una metáfora! Y como Dédalo e Ícaro, ¿de qué escapamos nosotros? ¿De situaciones familiares? ¿Nos angustia el fin de año, la Navidad, fiestas repletas de emociones, a las que no podemos discernir? Sí, podemos vivir adentro de un laberinto, pero con una guía y una luz, con un hilo de Ariadna, ¡con un Teseo en el alma!

La gente asentía. Un soldado lloraba.

–La Academia de Platón y los peripatéticos de Aristóteles, y los maestros a domicilio, no pueden reproducir las situaciones de injusticia: el filósofo deberá oír más que hablar; porque así como hay un arte del buen hablar, hay también un arte del buen oír –¿eh?, ¿Demóstenes?–, y ¿qué es más importante: el contenido de mi planificación o la vida, la tremenda tragedia que cantan las coristas acerca de alguno o de muchos que mueren? ¿O acaso no veis que morimos gradual y lentamente? ¿No veis que la vida de Diógenes es un ejemplo de ello? ¿O de Sócrates, que ya no está con nosotros?, ¿o de Edipo?

–Pobre Edipo, se hubiera ido a vagar por ahí, sin culpa, y no se hubiese quitado los ojos –dijo un cínico.

[Plano general].

–Pero Edipo era un corrupto –uno más se animó a interferir.

–Hasta Aristóteles y Anaxágoras fueron expatriados, y no se entiende por qué –dijo otro. “¿Cómo? ¿Desconoces que el rey Filipo era el protector de Aristóteles y, a la vez, el enemigo de Atenas?”. Se escuchó una voz lejana.

–Un día de vida es un día más, además de un día menos –Una señorita aprovechó para insertar. En eso, Dédalo se precipitó desde el firmamento, y preguntó:

–¿No vieron a mi hijo Ícaro?– y, mientras se limpiaba de su espalda la cera y las plumas, se sentó para escuchar… El chico le sirvió una copa de agua.

–No me interrumpan, por favor please –dijo Zenón–; hola, Dédalo –y siguió:

“Y a veces la vida de uno de ellos rige o concentra toda la enseñanza…

Conservar la sensibilidad, ayudar a pensar, conocer la esencia -¿no somos nosotros los griegos los fundadores de la filosofía y por ende de la democracia?-, construir la personalidad, dialogar y debatir no sólo las ideas, sino, el destino, un plan de vida…”.

[Plano de conjunto].

–¿Esto no es profano? –Todos se miraron entre sí. –¿Y los dioses?

“Escuchen: el que quiera oír que oiga: el filósofo es un revolucionario; el filósofo puede contribuir a esta tarea de reproducir esa misma sensibilidad en la situación hogareña: el niño terminará por educar al adulto –acarició los cabellos del chico con el cántaro– y en cualquier orden social, el niño crece en las instituciones, en el Areópago, en el ágora, en el teatro, en la ciudad, en la Acrópolis, y cambia el medio, infunde honor, respeto, amor, servicio… Y a la inversa, cuando veáis a un adulto, intentad imaginarlo en tiempos de su niñez…”.

–Espera, espera… ¿Tú dices que un niño nos profetizará o nos enseñará? ¿Acaso esto no es ridículo? Parece que tú te propones ser cómico… Ni las plantas ni los animales son jamás ridículos y, según Aristóteles, lo ridículo es una cosa defectuosa o deforme con la cual no anda asociado el dolor ni ningún mal, y parece que tú has llegado a ese grado. (¿Le preguntarás a un pibe cuándo Santa Fe se hace doble mano?). Figúrate un asno caminar erguido por un elegante paseo o correr en pos de briosos caballos queriendo superarlos, e imagina un niño en el Areópago interrumpiendo a Pericles: al punto sentimos la impresión de lo ridículo; precisamente por eso, hay quien define lo caricaturesco y burlesco como una especie de contradicción entre la forma y el fondo. Es el estilo que te caracteriza, Zenón. Al final ¿no te sientes como una burra que habla, al pensar que un niño nos educará?

UN TRANSEÚNTE. –Zeus podrá hacer hablar a las rocas si a Él le place, como Jahvé, a la asna de Balaam, una bestia que, además, sabía contar… Lean Números, capítulo veintidós.

“Gracias, míster –Y asoció el orador:– quizá yo también hable en nombre de Zeus en esta hora. Y te diré más, aunque te parezca absurdo, ratificando mis dichos anteriores: el hombre alcanza su paz personal cuando perdona, no importa que alguien le pida perdón a él. El hombre alcanza la paz de su consciencia y ¿qué mayor bien que la paz? Si sigues mi lógica, lo entenderás: es como un niño aquel que vive en paz verdadera, libre de resentimientos: por ello, el filósofo instruye a la juventud, y la juventud educa en cada casa: pronto, el mundo gira hacia otra dirección (no olviden que Tolomeo ya descubrió la redondez de la tierra, que es como una bola de billar, y que Anaxágoras definió el sol como una masa de metal incandescente). De lo contrario, el minotauro nos asechará: aquí está Dédalo que lo atestigua, sin su hijo Ícaro, que se estrelló contra el océano, porque pretendió volar más alto de lo debido o porque no sabía adónde iba, y no conoció el nivel adecuado de su vida… (esto me lo enseñó Séneca), y nos convertiremos en minotauros, es decir, trataremos de escapar de nosotros mismos…

–Y por esta causa un minotauro carcomerá mi corazón por siempre –dijo Dédalo. Zenón apoyó su mano piadosa en el hombro de Dédalo y completó:

–…y del laberinto del que jamás saldré. Por lo demás, como afirmáramos al principio, si vamos a vivir en un laberinto, rodeémonos de cosas buenas, en un laberinto de flores y de vegetación, de buenas amistades, adornemos el corazón de gestos y obras de bondad para nuestro prójimo. ¿Qué podemos hacer para embellecer a Atenas?, ¿la plaza?, ¿la cerca?, ¿el árbol del camino?, ¿el espacio donde hacemos acrobacias o competencias de carrera?, ¿la Academia donde nos preparamos para algún servicio social, la artesanía, el oficio, la zapatería, el pugilato, las matemáticas, la política, la música, la gimnasia, el pancracio?: ¡construyamos, impongamos una meta clara, útil… y salgamos del laberinto, escapemos del monstruo minotauro!…”.

[Campo y contracampo. Luego, Travelling].

–Muy buen discurso. ¡Bravo! ¡Parece que has leído La república de Platón y también Los seres imaginarios! ¿Y por qué tienes el jardín de tu casa con pastizales tan altos como tu estatura?–. En tanto, el público se dispersaba.

–Gracias por recordármelo. En verdad, un gran pesar agobiaba mi alma…

–Tus cabellos parecen trenzas enmarañadas. ¿Una vacante te propuso matrimonio?

–No, no. Tú sabes que ninguna mujer congeniaría conmigo… por las aporías que inventé… ¿Quién podría asegurar, sino yo, que lo que se mueve ni se mueve en el lugar que está ni en aquel en el que no está? ¿No estamos caminando ahora?– Ya se habían quedado solos. Zenón le había indicado al niño que devolviera la jarra a su madre… –Aunque sé que a Diógenes no le importa, su situación me desvelaba.

–¿Y qué es de él ahora?

–¿Oíste hablar del chemén o heno griego y de las compañías mundiales?

–Sí, del chemén, sí; les damos a nuestros hijos y a las madres embarazadas, además de una buena porción de trigo y de leche, de huevos y de miel, y dulce de quinotos, y aloe para purificar la sangre.

–¿Oíste hablar de los recitales?

–Sí, los que se preparan en Atenas.

–¿Y de los teatros ambulantes, los circos? ¿Y de los maestros asalariados? ¿Y de un filósofo de la gran corte de Alejandro? ¿Del escribiente de las cartas reales? ¿Y del hombre más rico de la tierra?… Bueno, nada de ello tienta a Diógenes. No se entiende cómo un hombre pueda recortarse tanto…

–Recuerda que un día Diógenes se sacudió el polvo de su túnica al cruzarse con Aristóteles en la plaza, y este le espetó: ¡afectación! Y otra vuelta, hasta Platón le hizo notar: “Por los huecos de tu manto, observotu vanidad”, cuando Diógenes, que era un invitado en su casa, pisoteaba la hermosa alfombra de su living. “Cuánto fasto manifestáis queriendo no parecer fastuoso”, lo acusó Platón.

Y años antes, Sócrates había incriminado al maestro de Diógenes, Antístenes, cuando éste doblaba su capa para que luciera más vistosa: “Veo que buscáis la vana gloria”.

–¿Ese mismo Antístenes que, al ver a Diógenes en su gimnasio, intentó ahuyentarlo, inútilmente, a golpes de bastón? Soportándolos, encorvado, Diógenes le pedía: enséñame, enséñame.

–Exacto; aunque luego lo admitió, ¿sabías? Y tanto él como Diógenes, ¡qué insólito!, no pudieron responderles nada, en cada una de esas ocasiones, a Sócrates, a Platón y a Aristóteles… Y, seamos justos, Antístenes y Diógenes no estaban entre los top ten de la moda, ni en la alta costura.

–Bueno, sí, a la colección de Giordano o de Pancho Dotto, ellos la hubiesen largado por un tubo. Pero, salvo esa entendible preocupación, aunque mínima, por mostrarse presentables, ¿puede haber alguien en el mundo tan desprendido y desapegado como Diógenes? Lo único que mejoró fue su palio: duplicó su prenda exterior para taparse cuando dormía, y soportar así, de noche, el frío ártico…

–Yo sí entiendo este raro altruismo, Zenón: un hombre busca su paz, que es lo que más ama… y no se reduce, sino que se agiganta. La gran mayoría persigue metas que terminan esclavizándolos, sea el poder, sea la fama, sean las riquezas, sea un simple sueño. Todos buscamos un sentido, pero Diógenes es un perro verde.

–Seguro que sí. Por eso, creo que tú convendrás conmigo en que será un error buscarles alguna moralidad o algún mensaje trascendente a todos sus gestos y decisiones…; porque quizá sea un simple ser que perdió la razón después de que la empresa con su padre se derrumbara…

Según los rumores, Diógenes se vio obligado a abandonar Sínope, porque, junto con su padre, fueron a consultar al oráculo de Delfos, y recibieron el enigmático consejo de invalidar la moneda que ellos acuñaban: ¿falsificarla?, ¿modificar las leyes de cambio?, ¿transmutar los valores? Diógenes no quiso elegir entre estas tres opciones, y su padre Icesias tampoco entendió mucho qué debía hacer, por lo que se lanzaron, decididos, a estropearlas con un punzón. Por esta causa, el padre fue encarcelado y Diógenes tuvo que huir, o bien fue exiliado…, recibiendo el mote de “Sócrates loco”. ¿Loco? ¿No habrían profetizado una moneda fuerte europeo-asiática con el rostro retratado de Alejandro? Lisipo lo había esculpido en un plato de arcilla: Alejandro con sus cabellos ceñidos por una corona; pero Protógenes y Fidias competían con Lisipo; decían que el arito en la oreja lo hacía más guapo…

–Pero yo, por cierto, intuyo más, y no deseo entrar en esas conjeturas, propias de la farándula, ni lo menoscabo o descalifico tampoco por aquella anécdota del punzón, que también perfila su actitud severa y crítica de las rutinas sociales. No la atribuyo a la arrojada hipótesis de que hubiese deseado privatizar la Casa de la Moneda… Creo, más bien, que Diógenes se ha instalado allá en la eternidad del tiempo, y que nos mira del otro lado invitándonos a pasar, entre la niebla, esa frontera…

–¿El Hades?

–¡Cállate; alguien podrá suponer que conocemos la biografía de ficción: este es el tema del otro capítulo!

–Sigo insistiendo en que deberemos dejar en libertad a esta historia, y no sigamos más a Diógenes: es al ñudo… ¿Sabes de la fábula de quien adquirió dos palomas en el mercado? Acompáñame, en tanto, que debo comprar carne de corderito y un poco de ajo y de cebollas para condimentarlo: es nuestra tercera comida del día.

–¿Me mostrarás en el mercado todas aquellas bagatelas prescindibles para la vida, como una vez lo hizo Sócrates a sus discípulos?

–Déjate de bromas; te invito a una caminata para respirar aire fresco: hay vientos renovadores. Tú mismo descubres que Diógenes y Sócrates no se distancian demasiado, aunque el primero siempre dirá que la identidad colectiva y los valores de la civilización son sólo apariencia… ¿Conoces o no la alegoría?

–Vamos, y cuéntala para ver si hago memoria.

–El hombre liberó a las aves…; pero ellas lo siguieron…

Asimismo, el personaje Diógenes cobró vida propia y tal vez pronto golpee la puerta de nuestras vidas para decirnos: “todavía no he muerto, y tengo una anécdota que te hará desternillar de risa”.

–Ja, ja… Zeus te oiga, y que ese día llegue pronto porque me divierte mucho Diógenes… (¿Advertiste cómo nos miraron esas dos muchachas? Parecen Minerva y Helena). Yo compro el vino Dionisius (¿vienen?), y compartamos el manjar, ¿de acuerdo? Y a la noche vamos a la entrega de los trofeos en el anfiteatro; dicen que, de postre, el corega programó la obra Te mataré Diógenes, que es un estreno. Querrás seguramente verla. (Hay una sorpresa).

–Me encantaría. Pero atiéndeme bien: Si Diógenes es otra cosa que un hombre, es otra cosa que él mismo, pues es un hombre. O: Un sofista no es lo que es Diógenes; es así que Diógenes es hombre, luego un sofista no es hombre.

–Y con estos sofismas ¿pretendes persuadirme de que tu buen ánimo no decaerá en nuestro paseo? ¿Con quién estás, con los retóricos o con los dialécticos? [Primer plano y luego, Primerísimo plano. Habla a la cámara] No sé si para bien o para mal, los sofistas terminarán por suplantar a los filósofos; y su crítica de los dogmas [Zoom], y la idea de que la verdad es incompleta y momentánea, cambiante e irrepetible, arreglada según el punto de vista y la subjetividad de cada cual, definirán el racionalismo posmoderno…

Zenón. –Che, otra cosa. Hay una fija turfística, para la carrera con jinete: Ferénikos, bayo dorado, caballo muy joven y alegremente pícaro, con apodo El Lunático “Portador de la Victoria”, con chaquetilla verde y naranja; lo corre Irineo Leguisamo solo, al Lunático. El jinete es pacífico como su nombre griego lo indica, y el caballo es más bien un alazán tostado, ganador de la palma dorada…

Yo–Hay movimiento, Zenón, se ve. Yo sé otras fijas, en artes plásticas: Equión, no equino, expone un cuadro, y Enópides, no enólogo, presenta sus tablas astronómicas…

Zenón. –”Tormentosa carrera, el rubio Ferénikos, último esfuerzo hasta la meta, como el hálito poderoso del Bóreas”, canta Píndaro.

Había una arrumazón en una punta del cielo, pero todo parecía muy normal. Nadie se sobresaltó hasta que una masa negrogrisácea apareció súbitamente. Se llegó a rumorear que eran las cenizas de un volcán en erupción, pero no. De repente, pareció que los envolvía la noche en pleno día.

Surgió un viento amenazante, cuyo origen era desconocido, tal vez esperaba cerca de todos, detrás de los árboles, en el interior de los espejos de agua, muy quieto, y, seguramente, estaría agazapado y presto a recibir la orden de la nube terrible, el mandato que ya había sido impartido. Tintineaban las campanitas colgadas de los árboles, codificando un mensaje atroz. Entonces, los ciudadanos cerraban apresurados las ventanas; debían trabar también las puertas, pero muchos aún esperaban. Las losas y lajas de los tejados se movían, y comenzaron a caer gotas muy aisladas, consistentes como yemas de huevos, como si, inquietas, espontáneas, se negaran a precipitase con todo el resto del caudal suspendido por encima de los nubarrones. Los más precavidos podían percibir, a través de estrechas aberturas de las ventanas, a toda la vegetación sacudirse violentamente… Parecía, en instantes, que la lluvia amagaba desplomarse, pero se contenía, se reservaba, cesaba… El cielo quería desahogarse pero no lo hacía… Esto hacía suponer que había una gran furia mezclada con pena en el corazón de Zeus, y todos atendían y esperaban temerosos el momento de la irrupción. Pronto se manifestó la lluvia, no con su pleno poder, pero sí algo constante, comenzaron a resbalar, por las canaletas de los tejados, hilos de agua mezclada con nieve, y a golpear secamente trozos de hielo, bombas de agua contra las baldosas de los patios; los portones intentaban abrirse, parecían sufrir y transpirar copiosamente… Pero, todavía, la lluvia no se adecuaba a la fiereza del cielo, y otra vez se detenía junto al viento. Esperaban, grandes y chicos, mujeres y hombres, que se desencadenara la tormenta, pero esta no quería entrar en escena por ahora. No vieron el relámpago, resonó el trueno. Quedaron expectantes, y reinó el silencio, mientras la voz del cielo seguía atemorizando sus oídos, y lentamente la tormenta se replegó hacia la cordillera norte –su trinchera donde redoblaría su potencia–, al tiempo que la gente, cándida, festejaba saliendo a las calles, a seguir su rutina; también se animó la temerosa gallina junto a sus polluelos, y los gatos, enemigos de la lluvia…

URGENTE: Dos columnas de manifestantes –una, del campo, y la otra, de la ciudad– marchan hacia la Plaza Homero, levantando pancartas que dan testimonio de sus respectivas posturas beligerantes, aunque no se descarta que haya infiltrados entre ambas filas: “Si las vacas son gordas queremos ver los beneficios”, “No a la discriminación de los pollos”, “Naturaleza, sí”, “El sol y el viento son nuestros aliados”, “Diógenes al poder”, “Plantemos albahaca y apio”, “Donen alimentos para los comedores populares”; y el otro grupo o tribu urbana:


Aguardamos el cruce de los dos movimientos, y que, al encontrarse en la plaza, en lugar de darse golpes de puños y de que se insulten y se amasijen, inflingiendo la paz que debe regir durante los juegos, se sienten a dialogar filosóficamente.

The Pericles’s Journal

Continuará

* * *

[Serie de fotografías].

Notas:

Chemén: alholva o trigo de Grecia, muy bueno para combatir las anemias y el surmenage. Ajedrez: juego creado por Issa, hacia el siglo VIII, practicado entre los persas, los chinos y los hindúes, y, llevado a Grecia por los mercaderes, fue un entretenimiento en las cortes. El rey Hiram premió al juguetero como éste pedía, porque había resuelto un conflicto de territorio mediante una partida de ajedrez: le obsequió un grano de trigo por cada casilla del tablero, en progresión geométrica (son sesenta y cuatro): no alcanzaron los graneros del reino para pagarle. Olimpiadas: juegos iniciados en 776 antes de J. C. que reunían en igualdad a todos los griegos. Alejandro de Macedonia, previa demostración de su origen heleno, ambicionó también un triunfo olímpico, participando en la categoría lucha, y desestimando sus propias palabras, cuando fuera invitado a participar: “lo haría si los demás participantes fueran reyes”. Filípides: soldado griego, que, en el año 490, murió de fatiga tras haber corrido unos cuarenta kilómetros, desde Marathón hasta Atenas, para anunciar la victoria sobre el ejército persa y evitar así que las madres griegas mataran a sus hijos y se suicidaran; porque así lo habían convenido si al final del día no recibían ninguna noticia de sus esposos. Y, en honor a la hazaña de Filípides, se creó una competencia con el nombre de “Maratón”. Leandro: Leandro nadaba todas las noches de Asia a Europa, en el mar de los Dardanelos, guiado por una lámpara, hasta la torre de su amada Hero. Una noche tormentosa, un fuerte viento apagó la luz, y Leandro, envuelto en olas poderosas, se ahogó. Su cuerpo fue arrastrado hasta la costa bajo la torre de Hero, quien, desesperada, se arrojó de allí al mar. La natación como disciplina gimnástica constituía una de las áreas de adiestramiento de los guerreros persas y espartanos. Dédalo e Ícaro y el laberinto de Creta: el rey Minos ordenó su construcción para encerrar a un monstruo, mitad toro y mitad hombre, que devoraba mancebos y doncellas, cada año. Dédalo e Ícaro confeccionaron alas con plumas de aves, usaron cera para adherírselas y escaparon de la isla. Acercarse al sol era el riesgo, y el desobediente Ícaro sufrió las consecuencias. Patapúfete ”: una interjección que solía expresar el actor argentino Pepe Biondi cada vez que el guion lo llevaba a conflictos irresolutos. La composición musical ‘El grito de guerra’ –un florilegio de exabruptos– incluyó esta voz como estribillo para remarcar la acometividad del equipo de rugby argentino Los Pumas.

* * *

–¿Y tú conoces la canción infantil “El zapato del payaso”?

–Entónala…

“Ya es momento que el payaso

Tenga su zapato”.

“Que el circo no cubra los gastos,

Que el trapecio sea un garabato,

Que no hay bofe para el gato,

En fin…

Nada habrá si no hay payasos,

Y no hay payasos sin zapatos.

¿O alguien vio semejante cosa?

Si zapatos tienen muñecos y monas.

–Pero el zapato del payaso…

–Pero el zapato del payaso no es igual, es más grande,

Ya lo sé; pero acaso ¿no hay zapatero diestro

Que sepa hacerlo?

–Pero el zapato del payaso… es decir… el payaso…

–… El payaso… ¿qué?

–El payaso…

–No tiene, ya sé, no tiene con qué pagar, pero…

–No…

–¿Cómo, no?

–No quiere el payaso…

–¿Que el payaso no quiere zapatos?

–Porque es gordo… Porque es pesado… Porque es anciano… Porque le duelen los pies… Porque desea sonreír y reír.

–Pues que no tenga su zapato…

–Oh, mi payaso, que no tenga su zapato…

Que el circo no cubra los gastos… (bis)”.

Continuará

[Corte].


¿A quién saludas, payaso?, /¿Cuál, la farsa que merece el aplauso?,/ ¿Cómo puedes guardar tus lágrimas?,/ ¿Qué clase de soledad, la tuya?,/ Del ruido no se asusta/ Pero ¿sabes que la multitud/ Golpea sus palmas/ Y que han formado dos inmensas manos/ Para venerarte?/ ¿A dónde irás después?/ ¿Quién te seguirá/ Hasta tu tristeza/ Cuando tu falsa ilusión se quite la máscara/ Y el cielo azul sea el reflejo de tu pena?/ Y los niños, esos que te besan/, ¿Besan la alegría o el esmalte muerto?/ ¿Recordarás sus risas/ Cuando en tus callejones/ De soledad/ Con ojos secos lagrimees/ Tu desesperanza?/ …Pero ahora, frente a todos, eres el rey del disparate…, en quien las dudas del mundo se trocan en felicidad…

8
Capítulo III

Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro.

«¿A mí mismo? Me dedico una sonrisa. ¿Al perro ideal de Platón? Lástima que no ladre.»


–¡Ooooooooooh!–. La muchedumbre había llenado todos los palcos. –¡La misma Atenea, hija de Zeus, que impera en las batallas, es la que incita a romper el juramento: salva a Menelao, de la flecha lanzada por Pándaro!­–. La flecha estaba atada a un hilo invisible. –¡Maldición! ¡Atenea y Hera protegen a Menelao! –No os quejéis: vosotros disponéis de Afrodita, amante de las risas, y contáis con Apolo, los que resguardan a los troyanos Eneas, Paris y Héctor, quienes la pasan bien con Dido, Helena y Selene, y a los nuestros los vuelven eunucos. [Risas].

En un sector superior del escenario, en un balcón adornado de nubes, Zeus suspendido de una soga y, balanceándose con ceño fruncido, increpa a Hera:

–¡No esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultará difícil, aun siendo mi esposa!… –cambiando a un tono más suave– Pero siéntate en silencio y obedece mis palabras –retoma su energía–; no sea yo tan vulgar cuantos dioses hay en el Olimpo, y acercándote a ti, te ponga encima ¡mis manos invictas!

[Risas].

Interviene Hefesto, indignado, para consolar a su madre:

–Sopórtalo todo, aunque estés afligida… –. Y vuela hacia la batalla, pero con tan mala fortuna que, al chocar contra el piso, se quiebra una pierna (de verdad).

En tanto, sigue representándose la escaramuza enredada entre los aqueos y los teucros –cantidad de extras–, y los dioses son heridos y las saetas, desviadas; dice Afrodita:

–¡Ay! Me hirió el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza a mi hijo Eneas, carísimo para mí más que cualquier otro… ¡La enconada lucha ya no es sólo entre los teucros y los aqueos, pues los dánaos ahora se atreven a combatir con los inmortales!– dice quitándose la pequeña astilla del brazo. [Risas]. (Hasta la estatua de Homero esbozó una sonrisa).

Aplauso de todas las tribunas. Un humo, generado por una pequeña llama y una parva de pasto seco, va diluyendo la escena, al tiempo que se retiran todos los actores. Y saludan al público:

EL PRESENTADOR. –Paris, egoísta, con sus decisiones emotivas. Aquiles, en su anhelo de fama, vengativo, amante; Héctor y su responsabilidad con el pueblo de Troya; Patroclo, juvenil, queriendo demostrar a Aquiles que sabe lidiar; Agamenón, general de los griegos, y sus ansias de poder. Odiseo y su actitud deportiva frente a la guerra; el indignado Menelao, cuya mujer Helena escapó con Paris. Briseida, devota del dios Apolo y la enamorada de Aquiles.

Y sentencia, lacónico, el locutor, en el centro de las tablas, con el altoparlante: Las supersticiones del rey de Troya, Príamo, fueron, finalmente, la verdadera causa de su ruina…

[Primerísimos planos].

EL ESTADISTA PERICLES. –En pocas palabras, para no demorarlos más, quiero agradecerles que hoy toda la ciudad se haya transformado en la deslumbrante escuela de Grecia, y me parece que cada hombre de nuestro amado pueblo dirige y transmite individualmente su propia e independiente personalidad a cualquier género de ocupaciones, desde el alfarero y el pastelero al estadista, desde el hoplita al tallador, desde el hazmerreír al granjero, y, con la mayor versatilidad y decoro. Honro y agradezco también a los que extraen y desbastan el mármol, funden el bronce, trabajan el oro, el marfil, el ébano y el cedro que empleamos en el proyecto arquitectónico que he encarado de construcción de edificios públicos, de estatuas y para la ornamentación, como aquí mismo apreciamos, tan en línea con el mercado inmobiliario. Y esto no es para halagarlos, sino una realidad de hecho que hemos conquistado, lo indican la misma potencia de la ciudad y este hermoso espectáculo, el cual refleja nuestro modo de vivir. Un espectáculo tan grande que inspira pensamientos y sentimientos igualmente grandes y nobles. Muchas gracias.

[Aplausos. Alguien clamó: No te mueras nunca, Pericles, mientras éste recibía la copa “Campeón de Ajedrez”].

–¡Mis respetos y felicitaciones! ¡Y ahora mirad el cielo! –expresó la hermosa con ojos de leoparda que secundaba al locutor y alzaba los brazos–; auspician este evento las constelaciones infinitas, el arquero de Orión, el puñal de Aquiles, los gemelos Cástor y Pólux. Seguidamente, invitamos a Hércules, hijo de Júpiter y Alcumena, a recibir su galardón–. Todo el público en silencio, maravillado. Y enseguida, la ovación general mientras el héroe subía la escalinata del estrado; redoble de tambores y estridentes flautas como vuvuzelas; los pabellones flameaban. Hércules pidió la palabra:

–Se lo dedico a mi vieja… Y sólo quiero expresarles que no soy tan importante como muchos afirman–. Y el humilde autor de ‘los doce trabajos’ y fundador de los juegos olímpicos bajó del escenario. –Por eso, atrás de mi carro grabé: “Zeus y mi vieja guían mi camino”. Gracias por el arroz con leche que me servías antes de cada hazaña, cuando ahogué al león del bosque de Nemea, cuando maté a la hidra de Lerna, atrapé al jabalí de Erimantea, alcancé en la carrera a la cierva de pies de bronce, domé al toro de Creta, limpié los establos del rey Augías, maté a Diomedes, rey de Tracia, robé las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, vencí a las Amazonas y conquisté el cinturón de Hipólita, demolí a Geri y le arrebaté sus rebaños y 12.º: rapté a Cerbero y lo llevé a Tesalia… ¡Gracias, ma! –Y se abrazó a su madre llorando como un bebé.

–¡Zenón, Zenón! ¡Despiértate! ¿Te ha divertido el sainete de bienvenida?

–¿Eh? Sí, sí [bosteza]; especialmente cuando Zeus arroja al vacío a su hijo Hefesto.

–Creo que me perdí esa parte. Pero, fíjate: están preparando el decorado para la gran obra de estreno. Ya hay como cinco esclavos que producen humo para que no veamos los cambios escenográficos…

–Menos mal que los vientos Céfiro y Escirón, en un torbellino combinado, han enviado el espeso y oscuro aire contra ellos, porque mis sentidos ya están extenuados con el discurso que pronuncié en la plaza Esparta.

–¿Sabes que tus palabras han estremecido a Filipo de Macedonia, e inquietado un poco al duro de Demóstenes, quien en estos días construye el puerto de Pireo? Especialmente, con tus metáforas del laberinto y del monstruo Minotauro.

–Creo que lo he visto en imágenes. Soñé que acertaba en el blanco con mi flecha, justo en el centro.

–Los sueños… La obra que sigue habla de los sueños… ¡Despabílate!, y no inventes ningún episodio… ¡Eh!, ¡señor, un jugo de melón para mi amigo! Para mí, una rodaja de sandía… Ya comienza…

–Los sueños… La representación teatral bien se les parece. Los sueños funcionan como premoniciones. Son alumbrados por nuestra mente para hallar una respuesta en el propio interior; es decir, si hay sueños, podríamos despertar, habría esperanza… (Pero un paso hacia atrás, y está la muerte). La verdad es como la luz del candil para los ojos irritados. Y ¿en qué lo he cautivado? –indagó al tiempo que sorbía un trago.

–Has elegido muy bien la imagen del laberinto, porque, en la vida, cada decisión nos impulsa hacia un sendero; por ello, el dicho: mide mily corta una, ¡y ojo con el listón largo! –y aun las reflexiones podrían marcar destinos–; pero, para retomar la vía, hay que regresar a este punto… Las palabras, cuando uno las imagina, se parecen también a los sueños… –. Y mordió en el centro de la roja rodaja, mientras le comentaba a un hombre desconocido, sentado en la butaca de su derecha: “Unavez conté las semillas de una sandía: ¡tiene trescientas sesenta y cincosemillas!”–. El señor abrió grandes los ojos, y él siguió masticando. Y meditó: “La salida del laberinto, la puerta de oro de la Memoria, y los contornos del tiempo que mata se han difuminado. Pero ¿adónde comienza el laberinto?”

–Y ¿en qué es original mi idea? Ya se sabe que el monstruo está en el corazón del hombre…, que el hombre puede destruir el mundo a través de las guerras… Lo pernicioso no es entrar al laberinto, sino no poder salir.

–No constituye eso la novedad; bien lo dices.

La muchedumbre entiende que la paradoja es justamente no adscribirse a ninguna ideología y con ello crear una nueva y más grande filosofía. He aquí la figurita repetida de Diógenes, que en apariencia está quieto, pero que moviliza a todos, es manso como la superficie del agua y un amasijo en la profundidad… Y, hablando del mar, parece que representarán los misterios de Poseidón, por los peces que cuelgan de esos hilos, aquella nave hundida y las sirenas, con cuerpo de pájaros y de peces, que tentaron a Odiseo y que bucean y aletean por el escenario… ¡Mira, el Caballo de Troya!

–¿Justo a Diógenes le hacen esto, que es llamado ‘El ciudadano de la tierra’? –dijo resignado Zenón, y curioseó el folleto que promocionaba un nuevo libro: Diógenes Moderno, con nuevas caricaturas.

Seguía el animador de la fiesta, que hacía de relator, e hizo callar a las hinchadas que, de una y otra tribuna, se dedicaban cánticos ingeniosos, reproduciendo la rivalidad de las calles:

–“¡Contemplad el cielo! Los poderosos brazos de Atlas, afirmando los robustos pies sobre las rocas, sostienen la majestuosidad del cielo. El cielo circunvuela y circunvala en diversas capas o atmósferas. ¡Es la Vía Láctea y es Andrómeda, que va a su encuentro, en un fandango galaxial! Observad: las estrellas tributan al mundo sus resplandores. Pero el sol, que describe su órbita propia, no alcanza a iluminar al terrible Plutón, en el interior de la corteza terrestre”.

De las tribunas, alguien grita: –Tú, que discurres sobre los meteoros, ¿cuánto ha que viniste del cielo? Qué labia tiene; pero tened ánimo, señores, que ya veo tierra.

–¿Te acuerdas, Zenón? Aristóteles y Platón creían en la posibilidad de conocimiento como un eco de una vida previa…

–¡Todavía con esas ideas! Cada vez me convenzo más de que los que hablan tanto de la vida pasada o futura es porque no saben qué hacer con la que en el presente viven…

–Bueno, bueno, escuchemos… –y le susurra: – eh, Zenón, se me ha ocurrido una nueva teoría sobre el tiempo y el espacio: creo que son lo mismo…; bueno, silencio…, después te cuento.

Locutor. –“El descenso al Hades es una necesidad para el héroe; de lo contrario, el hado no se cumpliría ni él llegaría a destino. El héroe desciende al Hades para encontrarse consigo mismo y abre su corazón a ese misterio…”.

Como los intérpretes se demoraban en salir a escena, siguió un poco el presentador: “Por lo demás, esta es la lucha del hombre por develar la clave y el camino de su existencia, por comprender realmente qué es lo posible de sus anhelos y lo imposible de sus vanas esperanzas (y murmura: ¿Y? ¿Qué esperan esas cabezas llenas de pájaros?). Mientras prueba, el secreto le es desconocido y le debe llegar una verdad milagrosa para encauzar la vida, debe sufrir como un héroe un forzado reacomodamiento que lo centre en un surco de vida particular… Una propia vida irrepetible, inimitable, única. Lo imposible no debiera aparecer como alcanzable; he aquí, posiblemente, la armonía de la vida (ya no pudo disimular y, virando la cabeza y los ojos para todas partes, grita: ¡dale, vamos, que salgan los actores estrella!). Por otra parte, siempre se lucha secundado por el objetivo, conviviendo con la meta, trayendo el ideal soñado y futuro al tiempo del hoy y a la sangre, al amor y a la energía del que lucha…” (Por fin, y suspira el locutor).

–¡Grandemente, tú invitas, a los adoradores del cuerpo, a que anhelen la belleza del alma! (Voz de la tribuna).

Los personajes, recién maquillados y adornados, salen de la bruma y mirando al público, desde sus bandejas giratorias, cada uno a su tiempo, intervienen:

ER, EL ARMENIO [pelo negro y largo enrulado]. –Yo he visto las aberturas del cielo y de la tierra. Yo he visto el descenso de los malhechores y el ascenso de los buenos. Odiseo, Giges y Eneas no me dejan mentir. LA SIBILA [una magnolia como tocado en su cabello recogido, y rizos rojos bordean sus mejillas]. –“Pocos, y del linaje de los dioses, y a quienes Júpiter fue propicio, o a quienes una ardiente virtud remontó a los astros, pudieron lograrlo; porque fácil es la bajada al Averno pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es arduo, esto es lo difícil”.

A su vez, los genios o keres, emisarios de Plutón, se habían apostado en las cimas de las montañas, y uno deambulaba rozando las piernas de los espectadores, entre las gradas, todos con sus arcos y lanzas y murmurando a modo de extraña venganza: “¡Es tu turno, Diógenes, estu turno!”.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
Объем:
238 стр. 47 иллюстраций
ISBN:
9789877110920
Правообладатель:
Bookwire
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