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Título original: Tension et signification
Colección Biblioteca Universidad de Lima
Tensión y significación
Primera edición digital, noviembre de 2016
© Pierre Mardaga, 1998. Liège, Belgique pour l’édition française
© De la traducción: Desiderio Blanco
© De esta edición:
Universidad de Lima
Fondo Editorial
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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Versión ebook 2016
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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-372-4
Índice
Presentación
1. Recensión
2. Definiciones
3. Confrontaciones
4. Notas y referencias bibliográficas
I Valencia
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Confrontaciones
II Valor
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
3. Confrontaciones
III Categoría-cuadrado semiótico
Preámbulo
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
3. Confrontaciones
IV Esquema
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.1.1 Definiciones paradigmáticas extendidas
2.1.2 Definiciones paradigmáticas restringidas
2.2 Definiciones sintagmáticas
3. Confrontaciones
V Presencia
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Confrontaciones
VI Devenir
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Confrontaciones
VII Praxis enunciativa
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.1.1 Definiciones paradigmáticas extendidas
2.1.2 Definiciones paradigmáticas restringidas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Confrontaciones
VIII Forma de vida
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
3. Confrontaciones
IX Modalidad
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas restringidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas extendidas
3. Confrontaciones
X Fiducia
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas de la confianza
2.2.2 Definiciones sintagmáticas de la creencia
2.2.3 Definiciones sintagmáticas canónicas de la creencia y de la confianza
3. Confrontaciones
XI Emoción
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Confrontaciones
XII Pasión
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.1.1 Definiciones paradigmáticas extendidas
2.1.2 Definiciones paradigmáticas restringidas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Confrontaciones
ANEXOS
I. Dirección
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Ubicación
3.1 Ubicación en el recorrido generativo
3.2 Ubicación en la estratificación
4. Conexiones
4.1 Conexiones de primer rango
4.2 Conexiones de segundo rango
5. Confrontaciones
6. Problematización
II. Aspecto
1. Recensión
2. Definiciones
2.1 Definiciones paradigmáticas
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
3. Ubicación
3.1 Ubicación en el recorrido generativo
3.2 Ubicación en la estratificación
4. Conexiones
4.1 Conexiones de primer rango
4.2 Conexiones de segundo rango
5. Confrontaciones
6. Problematización
Bibliografía
Índice de nociones
Presentación
El presente libro pretende plantear cierto número de propuestas teóricas y metodológicas que atañen, de cerca o de lejos, a la semiótica tensiva, a la semiótica de las pasiones y a la semiótica de lo continuo. Supone, por tanto, algunos puntos de partida que definirán un punto de vista: punto de vista de la complejidad, de la tensividad, de la afectividad, de la percepción.
Con ello no se pretende sustituir a la semiótica clásica, de la que procede, y cuyos “estandartes” son el cuadrado semiótico y el esquema narrativo canónico, aunque debatiremos larga y frecuentemente en torno a uno y otro. Lo que tratamos es de situarla, situándonos nosotros mismos al mismo tiempo: ubicarla como una de las semióticas posibles en el seno de una semiótica general, aún por construir.
Señalar un punto de partida permite protegerse de la ilusión que consiste en querer escribir la historia de una disciplina participando en ella desde el interior, y en decretar, por ejemplo, que tal paradigma anterior es obsoleto, y que el porvenir está a favor de los que uno propone. Señalar un punto de partida es, en suma, reivindicar la pertinencia validable o falsable del punto de vista adoptado, así como la coherencia del método que de él se desprende. Y cuando ese punto de vista y esa coherencia incluyen la posibilidad de ponerlos en perspectiva, al lado de otros puntos de vista y de otras coherencias posibles, de lo que se trata es de “otra manera de hacer semiótica” y no de otro “paradigma”.
La pertinencia de un punto de vista teórico se mide, entre otras cosas, por su capacidad de generar categorías simples y generalizables, y, al mismo tiempo, procedimientos reproducibles y operativos. Por lo que se refiere a las categorías, hay que anotar particularmente el rol que aquí se atribuye a la intensidad y a la extensidad, por una parte, y a los modos de existencia (o modalidades existenciales), por otra parte; el conjunto estructura, de hecho, el campo discursivo; unas —la intensidad y la extensidad— en nombre de la presencia sentida y percibida; los otros —los modos de existencia— en nombre de los grados de presencia. Por lo que se refiere a los procedimientos, pondremos de relieve, entre otros, el principio de las correlaciones conversas o inversas entre gradientes, la distinción entre predicación implicativa y predicación concesiva, o incluso la sintaxis existencial. La perspectiva dominante que caracteriza nuestro punto de vista es, pues, la de la semiótica discursiva.
Si el valor heurístico de un punto de vista teórico está en función de la variedad de los discursos de los que puede dar cuenta y de los campos de investigación que abre, entonces podemos alegar aquí la diversidad de dominios abordados: desde el discurso poético hasta el discurso científico, desde el discurso mítico hasta el discurso político, desde la lingüística francesa hasta la lingüística comparada, desde la antropología hasta la retórica, abriéndose con amplitud, la reflexión semiótica reanuda sus relaciones con sus orígenes transdisciplinarios.
Concebido en un comienzo como diccionario, este libro se fue transformando poco a poco en una suerte de tratado en el que se expone sistemáticamente una posición teórica: el número de entradas se redujo considerablemente, el volumen de cada entrada creció, las entradas se convirtieron en capítulos, el orden alfabético fue desechado por ser demasiado facilista, y finalmente se impuso una progresión temática. Sin embargo, el producto final guarda alguna traza del proyecto original: todos los capítulos, construidos sobre el mismo modelo, recogen de la “entrada” de diccionario su armadura canónica: definiciones, correlaciones, sinónimos y antónimos, y ejemplos. Vamos a comentar rápidamente esa arquitectura, concebida como un “modo de empleo” de los 12 conceptos considerados.
1. Recensión
En ese rubro evocamos, sin más, a aquellos que han tratado tal o cual concepto. Esa mención es forzosamente superficial, ya que el tratamiento diacrónico de una configuración significante supone una semiótica general que posee ya la tipología de los conceptos posibles. Nos contentaremos con “acoger” de los discursos anteriores que las han tratado, con sus propias preocupaciones, las nociones que nosotros abordamos.
Es por lo demás bien conocido que la mayor parte de las potencialidades de los discursos anteriores son filtradas por la teoría que las acoge, en el estado en que se encuentra al momento en que las explota: esa es una de las leyes de la intertextualidad. Por poco que la teoría de acogida haya evolucionado, parece prudente en estos momentos reexaminar las “fuentes”, al menos para abrir un campo a sus potencialidades adormecidas.
2. Definiciones
La definición es un enunciado problemático. En efecto, la definición es un género que subsume varias especies: definición distintiva de Aristóteles a Littré; definición constructiva de los matemáticos; definición analítica de Hjelmslev. Este último añade aún una distinción, más bien oscura, entre definiciones “formales” y definiciones “operacionales”, que Greimas y Courtés (Sémiotique 1, p. 86) reproducen sin añadir nada nuevo.
El criterio de pertinencia no basta para decidir sobre la justeza de una definición. Una definición pertenece, quiérase o no, a un conjunto de definiciones que está controlado por una exigencia fuerte: la homogeneidad. Eso supone la presencia de una invariante definicional, manifiesta o catalizada, con frecuencia inmanente. Pero para la semiótica, ese abandono esperanzado a la inmanencia parece ahora ilusorio: la semiótica de los años noventa no es del todo la misma ni tampoco distinta cuando se la compara con la de los años setenta. Esta última sería más bien binarista, logicista, acrónica, y apenas otorgaba lugar a lo sensible; la primera pretende ser ante todo una semiótica de las pasiones, de la intensidad, de la presencia, y antepone la dependencia y la complejidad a las diferencias binarias.
Distinguiremos aquí dos tipos de definiciones; definiciones paradigmáticas y definiciones sintagmáticas. Además, debemos hacer distinción entre definiciones que se aplican al discurso total (definiciones sintagmáticas extendidas) y definiciones que conciernen solamente a uno o varios segmentos (definiciones sintagmáticas restringidas).
Afrontaremos inevitablemente la complejidad de las relaciones entre el eje paradigmático y el eje sintagmático. La tradición lingüística, especialmente la de Jakobson, ha querido ver ahí relaciones puras y exclusivas: disjuntivas y distintivas, en el paradigma; conjuntivas y asociativas, en el sintagma. A pesar de que esa distribución exclusiva ha producido un enojoso corte entre morfología, semántica y sintaxis, la toma de partido por la complejidad la vuelve a cuestionar de alguna manera: la dependencia se coloca en el principio mismo de la diferencia paradigmática, y la diferencia de los modos de existencia sigue operando en la profundidad de la sintaxis del discurso, de tal suerte que las tensiones sintácticas, cuyos efectos sensibles son indudablemente de orden sintagmático, se originan en la concurrencia de figuras de un mismo paradigma. Tal complejidad es, de hecho, una manifestación de la tensividad.
3. Confrontaciones
Cada concepto establece relaciones más o menos conflictivas, de vecindad, de proximidad, y hasta de analogía, a distancia, con otras relaciones, e invita a plantear confrontaciones, y en algunos casos, a problematizarlas íntegramente.
Una magnitud semántica solo se define correctamente cuando se toma en cuenta toda la red de dichas asociaciones y oposiciones. La magnitud examinada, ¿es coextensiva al discurso o solamente a una porción del discurso? ¿En qué otras magnitudes se prolonga? ¿Con qué otras magnitudes puede asociarse o a cuáles puede oponerse estructuralmente?
La confrontación abre en cierto modo el campo de los “posibles” discursivos y preserva el porvenir: el discurso, en efecto, no se contenta con acoger los “productos acabados” del recorrido generativo. Se sabe que, paralelamente al principio de la conversión, la tradición semiótica admitía, desde los años setenta, que las magnitudes más abstractas podían ser directamente manifestadas en discurso… ¡Como si la enunciación del discurso fuera, en gran parte, independiente de su generación! Por lo demás, aparecen otros modos de asociación y de rearticulación de las magnitudes semióticas, que serán examinados aquí: las formas de vida, por ejemplo; y, lo que tal vez parezca más sorprendente, las pasiones y las emociones. La semiótica del discurso tiene que ver con “conglomerados”, con “dispositivos” que asocian magnitudes heterogéneas, y cuya coherencia no es proporcionada por el recorrido generativo. La praxis enunciativa que esta semiótica se esfuerza en aprehender tiene más que ver con el bricolaje (cf. Floch, Jean-Marie. Identités visuelles, que toma la noción de Lévi-Strauss para aplicarla a la enunciación) que con un algoritmo de engendramiento universal.
Por otro lado, ¿es la semiótica lo suficientemente aguerrida como para enfrentar la confrontación con otras empresas hermenéuticas? Únicamente la confrontación misma podrá dar la respuesta. En primer lugar, se trata de clarificar, en la medida de lo posible, las relaciones entre la semiótica y el campo de las ciencias humanas y sociales, relaciones que con frecuencia han sido tratadas en términos de “reformulación” y de “integración”, cuando no de exclusión. A modo de ejemplo, podemos alegar las relaciones, continuas aunque desiguales, entre la semiótica y la fenomenología, particularmente la obra de Merleau-Ponty, relaciones puestas ya de manifiesto en el artículo de Greimas titulado “El saussurismo hoy” (1956).
¿Cómo conducir pacíficamente esas confrontaciones? Lo más simple sería admitir que los conceptos directores de la semiótica están lejos de presentar el mismo grado de elaboración, y, a partir de esa constatación, habría que preguntarse si tales conceptos, apenas esbozados, no podrían ser fortalecidos, enriquecidos, profundizados por aproximaciones efectuadas con pleno conocimiento de causa.
Por principio, y de acuerdo con su mismo proyecto científico, la semiótica está destinada a tales confrontaciones, con las que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar, tanto en cuanto metalenguaje como en cuanto lenguaje-objeto. En cuanto metalenguaje, y en una perspectiva optimista, corresponde al recorrido generativo de la significación, así como a la estratificación en plano de la expresión y en plano del contenido, aportar las pruebas de que constituyen realmente lugares de acogida y de comprensión, y no de exclusión. En lo que se refiere a su propio lenguaje-objeto, la semiótica está invitada a reconocer la existencia de estilos y de regímenes, y no solamente de categorías y de procesos universales; “estilos” cuando se trata del sistema, “regímenes” cuando se trata del proceso.
Si hace eso, la semiótica volverá a encontrarse con las preocupaciones de la lingüística general. Si el objeto de hecho de la lingüística es el conocimiento de una lengua concreta, su objeto de derecho es el conocimiento de esa lengua en el seno de un grupo dado de lenguas y en el horizonte de la facultad de lenguaje.
4. Notas y referencias bibliográficas
Los principios enunciados más arriba (a propósito de la recensión y de las confrontaciones, particularmente) no podrían aplicarse sin un sistema de referencias bibliográficas: no se trata solamente de seguir uno de los ritos del discurso universitario, que, al fin y al cabo, es un género igual que otros, sino de poner claramente de manifiesto la inmersión de nuestras propuestas en la red de las adquisiciones anteriores, tanto las más próximas como las más aparentemente alejadas.
Jacques Fontanille y Claude Zilberberg
I
Valencia
1. RECENSIÓN
Para el diccionario Littré, la valencia no era más que el nombre de una especie de naranja que provenía de Valencia (España).
Según el Robert, hay que esperar hasta 1875 para ver aparecer en el vocabulario de la química la acepción actual: el término “valencia” designa el número de enlaces químicos que un átomo o un ion puede establecer con otros átomos o iones. El término ha sido adoptado en psicología para caracterizar el “poder de atracción” de un objeto. El rasgo constante “poder de atracción” conserva una parte del sentido etimológico del bajo latín valentia (= vigor, buena salud). Lucien Tesnière lo introduce finalmente en la lingüística para designar el número de plazas actanciales ligadas a cada predicado en la estructura de base de la frase1.
Globalmente, la valencia caracterizaría simultáneamente el lazo tensivo y el número de lazos que unen un núcleo y sus periféricos, definidos estos últimos por la atracción que ejerce sobre ellos el núcleo y por el “poder de atracción” de este, poder que se reconoce por el número de periféricos que es capaz de mantener al mismo tiempo bajo su dependencia. La cantidad estaría en ese caso bajo el control de la intensidad de manera recíproca, y las dos, en conjunto, caracterizarían las relaciones de dependencia, produciendo globalmente efectos de cohesión.
Desde otro punto de vista, la emergencia de un prototipo en una categoría semántica, a partir de la red de dependencias que unen las ocurrencias sensibles que la constituyen, dependería también de la valencia objetal, en la medida en que el prototipo sanciona una cierta forma de cohesión sensible, a partir de la cual se van a trazar los límites y, luego, las oposiciones constitutivas de la categoría.
Si el término valencia no figura ni en Semiótica 1 ni en Semiótica 2*, queda no obstante consagrado en Semiótica de las pasiones** donde aparece con ocasión de la reflexión que trata a la vez de “el valor del valor” y de la rearticulación de las axiologías que intervienen entre el nivel presuponiente y el nivel presupuesto. El término “valencia” ha sido introducido en semiótica para dar consistencia a una constatación repetidas veces verificada en el análisis de los discursos concretos: el valor de los objetos depende tanto de la intensidad, de la cantidad, del aspecto o del tempo de la circulación de dichos objetos, como de los contenidos semánticos y axiológicos que los constituyen en “objetos de valor”. Morfología de los objetos, por un lado; modulaciones de los procesos que los ponen en circulación, por otro: se trata, de hecho, de proporcionar un correlato al valor propiamente dicho y de controlar la distinción entre los investimientos semánticos dirigidos a los objetos de valor, de una parte, y las condiciones tensivas y figurales que sobredeterminan y controlan los primeros, de la otra. Lo cual significaría que ni el concepto de valencia ni el concepto de valor bastarían por sí mismos: pues sólo acceden al sentido como partes que participan de una semiosis inmanente en el seno de la cual la valencia sería la manifestada y el valor la manifestante.
2. DEFINICIONES
El tratamiento de esta noción impone algunas precauciones particulares en la medida en que la introducción del concepto de “valencia” debería conducir a una revisión de la noción de paradigma, por el hecho de que el paradigma es una estructura que acoge los valores, en el sentido saussuriano. Para nosotros, la valencia contribuye en una medida que queda por establecer, a la significación del paradigma mismo: cada paradigma presupone, en efecto, valencias. Añadamos que el tratamiento de la valencia exige que la versión “danesa” del estructuralismo tome en nuestra mente la delantera con relación a la versión “de Praga”, puesto que el estructuralismo “danés” interviene definitivamente antes de las nociones mejor aceptadas, asumiendo el riesgo de explicitar sus presupuestos constitutivos.
2.1 Definiciones paradigmáticas
Numerosos son los elementos que indican que la noción de paradigma, en la que tanto la lingüística como la semiótica se siguen apoyando, presenta el defecto, por el que se llega a una auténtica obstrucción epistemológica, de colocar la relación paradigmática como el punto de partida de la organización de una categoría, siendo así que no es más que el resultado.
Con excepción de la obra de V. Brøndal, sobre la que volveremos más adelante, la mayor parte de las teorías se contentan con una solución de continuidad entre paradigma y definición. ¿De qué se trata, en efecto? Una magnitud semiótica se presenta como una “pasarela” entre dos niveles de articulación: dicha magnitud está comprendida en un paradigma, más o menos numeroso, más o menos estabilizado, y por otro lado, comprende su definición, es decir, según la enseñanza de los Prolegómenos2, su división, sus articulaciones internas.
El signo, necesariamente, hace que se comunique el paradigma al que pertenece con su propia definición: el problema reside en la manera como asegura esa comunicación.
La captación paradigmática de la valencia tiene por objeto restablecer o precisar el lazo que existe entre la definición y el paradigma. En otros términos, se trata de intentar comprender cómo es que, premunida de su definición, una magnitud semiótica, intrínsecamente compleja, puede insertarse en un inventario reglado de oposiciones. Todas las definiciones son “verdaderas”, en la medida en que se apoyan en una división, y “falsas”, ya que los objetos más corrientes conocen fluctuaciones definicionales sorprendentes. Y es así como para el Littré, el perro es un “cuadrúpedo doméstico, el más apegado al hombre, que guarda su casa y sus rebaños y le ayuda en las labores de caza”, mientras que para el Micro-Robert, es un “mamífero doméstico del que existen numerosas razas domesticadas para cumplir determinadas funciones cerca del hombre”.
Lo menos que se puede decir es que el “retrato” del informador, el perro, es correlativo a la posición y a los intereses del observador, el redactor del artículo del diccionario. Todas las definiciones practican una división, instalan una desigualdad y un conflicto entre dos direcciones; cada una de esas direcciones produce por sí misma un efecto de perspectiva. En el caso del perro, ese conflicto pone en presencia:
• De una parte, una elección clasemática entre “cuadrúpedo” y “mamífero”, que no puede ser considerada como una oposición, puesto que uno engloba al otro, sino más bien como una variación en la profundidad jerárquica del género y de las especies: “cuadrúpedo” acerca, puesto que ese clasema toma en cuenta la apariencia visible del perro, mientras que “mamífero” aleja, ya que el hombre y la ballena son también mamíferos. Según la profundidad clasemática, “cuadrúpedo” tendría una débil profundidad y “mamífero”, una profundidad más importante.
• De otra parte un gradiente tímico según el cual la afectividad investida sería fuerte (tónica) cuando las funciones domésticas se ponen en primer plano, y débil (átona) cuando se relegan a un segundo plano.
La correlación en la que se apoyan las dos definiciones que hemos escogido, asocia el clasema próximo “cuadrúpedo” a un efecto tímico fuerte, y el clasema alejado (“mamífero”) a un efecto tímico débil. El Littré da testimonio de la primera correlación, el Micro-Robert, de la segunda. Pero las dos definiciones dependen del mismo sistema de valencias, aunque les atribuyen diferente ponderación. Esas valencias podrían ser caracterizadas como una correlación entre los gradientes respectivos de la profundidad clasemática y de la tonicidad tímica.
Se imponen desde ahora algunas precisiones teóricas y terminológicas. Tratamos de articular aquí una semántica de lo continuo, que pueda desembocar en una semiótica de lo continuo, y que sea susceptible de responder por la aparición de lo discontinuo*. En el plano de la expresión, las magnitudes continuas corresponden a lo que Hjelmslev llama los exponentes (acentos y entonación), que pertenecen al orden de la intensidad y de la cantidad, en la medida en que el acento y la entonación pueden afectar tanto la altura y la longitud de los fenómenos (su cantidad o su extensión) como la energía articulatoria (su intensidad).
En nombre del isomorfismo entre la expresión y el contenido, creemos que tenemos que ver, en el caso de las valencias, con gradientes de intensidad (por ejemplo, el gradiente de intensidad afectiva) y con gradientes de extensidad (por ejemplo, el gradiente de la “funcionalidad”, el de los roles domésticos del perro, o el de la jerarquía de los géneros y las especies). La intensidad y la extensidad son los funtivos de una función que podríamos identificar como la tonicidad (tónico/átono): la intensidad, en virtud de la “energía” que hace que la percepción sea más o menos viva; la extensidad, gracias a las “morfologías cuantitativas” del mundo sensible, que guían o limitan el flujo de atención del sujeto de la percepción.
En el espacio tensivo que constituye su dominio de elección, esos gradientes son puestos en perspectiva por la mira y por la captación de un sujeto perceptivo. Dicha orientación de los gradientes en relación con un centro deíctico y con un observador, los convierte en profundidades semánticas. Se trata, claro está, de profundidades que articulan un espacio mental más o menos abstracto, el espacio epistemológico de la categorización, isomorfo con el de la percepción y directamente derivado de él: la profundidad semántica obedece, en efecto, a la misma definición que la profundidad figurativa; solo cambia el grado de abstracción.
Cuando dos profundidades se recortan para engendrar un valor, las llamaremos valencias en la medida en que su asociación, y la tensión que emana de ellas, se convierte en la condición de emergencia del valor. El término gradiente designa el modo continuo de las magnitudes consideradas. El término profundidad indica la orientación en la perspectiva de un observador (que “pone en la mira” o que “capta”).
El término valencia designa una profundidad correlacionada con otra profundidad. Cuando hablamos de la valencia clasemática “mamífero”, hablamos de (i) su pertenencia a una profundidad clasemática, por una parte, y (ii) del hecho de que esa profundidad está correlacionada con otra profundidad, aquella de lo tímico.
Globalmente, las valencias adquieren su definición por su participación en una correlación de gradientes, orientados en función de su tonicidad sensible/perceptible. Es decir, que un observador sensible está instalado en el corazón mismo de la categorización, como lugar de las correlaciones entre gradientes semánticos.
En otros términos, la “caja negra” de la semiótica de las pasiones, a saber, el cuerpo propio del sujeto sintiente, encuentra aquí una definición oblicua inesperada: el cuerpo propio es el lugar en el que se crean y se sienten al mismo tiempo las correlaciones entre valencias perceptivas (intensidad/extensidad).
La correlación que sustenta la definición de perro puede ser presentada en forma de diagrama:
Y en forma de red:

Donde el “perro” del Littré ocupa las casillas afectuoso + cuadrúpedo, mientras que el “perro” del Robert ocupa las casillas mamífero + funcional
El análisis de un valor requiere, por consiguiente, (i) dos gradientes al menos, que, en la medida en que están orientados, funcionan como “profundidades” para el sujeto de enunciación, y (ii) una variación en cada una de esas “profundidades”, que se puede identificar con una variación de intensidad o de extensidad, o mejor, para mantener el isomorfismo entre la expresión y el contenido, con una variación de tonicidad. Cada gradiente incluirá una zona fuerte, o tónica, y una zona débil, o átona. En la medida en que las valencias son graduales y pertenecen al orden de la tonicidad, su correlación es, por definición, tensiva.
Este análisis sumario del valor del objeto muestra cómo se podría enfrentar la tarea de medir las variaciones graduales. El valor constituye la función que asocia las dos valencias, y esas dos valencias (esos gradientes orientados y correlacionados) son los funtivos del valor. La valencia es susceptible de dos análisis: de un lado, es una orientación gradual en un conjunto de magnitudes tónicas o átonas; de otro, la valencia varía bajo el control de otra valencia, en relación con la cual es percibida como asociada o dependiente.
La noción de valencia aporta un correctivo apreciable a la concepción semiótica del valor en la medida en que esta tiene que responder hoy en día a las cuestiones que plantea la semántica del prototipo: en la constitución de una categoría, ¿qué papel juegan lo gradual y lo discreto? ¿Cómo se combinan, en la definición de cada unidad, los rasgos distintivos isótopos y los rasgos de posición jerárquica (hiponimia e hiperonimia)? ¿De qué manera intervienen la diferencia y la dependencia? ¿Cuál es, finalmente, el rol del observador al poner en perspectiva esos rasgos?
Nuestra aproximación es aún muy sumaria para poder ofrecer respuestas satisfactorias a todas esas preguntas. Pero este primer esbozo muestra bien a las claras que antes del cuadrado semiótico, es decir, antes de la categoría estabilizada y discretizada, las valencias y sus correlaciones diseñan el espacio teórico en el que deberían adquirir forma las respuestas esperadas:
• La cuestión de la frontera de las categorías es reformulada aquí en términos de extensidad, pues los gradientes de la extensión son susceptibles de aceptar umbrales, determinados con mayor o menor fuerza.
• La cuestión de la posición jerárquica del prototipo de una categoría corresponde aquí a la profundidad denominada “clasemática”.
• La relación entre los rasgos distintivos, la posición jerárquica y las propiedades que varían en continuidad, es tratada como una función hjelmsleviana: los rasgos distintivos del valor corresponden a la función, y las variaciones extensivas e intensivas de la tonicidad corresponden a los funtivos (las valencias).
• La inscripción del sujeto observador en la organización de la categoría y en la selección de su prototipo, es considerada de pronto como el resultado de las propiedades perceptivas de las valencias (propiedades intensivas y extensivas), puesto que su orientación en “profundidad” es para nosotros el efecto de un sujeto perceptivo que les impone su deixis.
Desde otro punto de vista, al examinar la manera cómo los valores adquieren forma y circulan en los discursos, y también en las macrosemióticas que constituyen las culturas, se da uno cuenta de que la polarización axiológica de las categorías semánticas no es la única propiedad requerida. Además, el carácter atractivo o repulsivo de los objetos y de las funciones no depende únicamente del contenido semántico que está investido en ellos: los universos axiológicos tienen que obedecer previamente a ciertas condiciones de extensidad y de intensidad, de tal suerte que la conjugación de las valencias intensivas y extensivas logren modular el flujo de los intercambios y especialmente su tempo.
Se trata ahora de precisar el lazo existente entre “definición” y “paradigma”.
Reduciendo por comodidad el paradigma a un par de términos, examinaremos la definición de “gato” propuesta por el Micro-Robert: “Pequeño mamífero familiar, de piel suave, de ojos oblongos y brillantes, de orejas triangulares, que araña”.
Dejemos de lado la indicación pequeño, que afecta aquí a la profundidad clasemática, para centrarnos en el gradiente tímico, que se proyecta en profundidad propiamente afectiva y en profundidad funcional, y hasta utilitaria: el “perro” no es más que “doméstico” y los servicios que presta son numerosos y variados, mientras que el “gato” asciende de “doméstico” a “familiar”, pero no “sirve” para nada (para el Furetière, el “gato” conserva una valencia funcional como la de “cazar ratones”).
Las correlaciones se pueden observar en el siguiente diagrama:

La valencia fuerte del “gato” en el eje de la profundidad afectiva está controlada por la percepción visual y táctil. Habría que mencionar también, para ser exhaustivos, una dimensión estética y una dimensión fiduciaria, contenida en la oración relativa que araña, correlacionada sin duda con la precedente, que dan a entender que cuanto más atractivo, seductor es el gato, más hay que desconfiar de él.
La existencia de un lazo paradigmático entre dos magnitudes de la lengua presupone que ambas participan de las mismas valencias. El paradigma declina, a través de los valores que acoge, las valencias subyacentes que la definición asocia, de suerte que, entre las unidades constitutivas de un paradigma, encontramos las correlaciones que definen cada unidad, considerada aisladamente en su definición: por ejemplo, si la correlación entre la valencia “tímica” y la valencia “funcional” es pertinente para las definiciones respectivas de “gato” y de “perro”, debe serlo igualmente para la construcción del paradigma al que ambos pertenecen, y debe hallarse en la base misma de la oposición distintiva que los articula en paradigma.
En relación con el análisis sémico tradicional, dos diferencias saltan a la vista: (i) el valor pone en marcha dos valencias ligadas entre sí por una función, de suerte que las valencias, por definición, corren siempre “en pares”; en su propio nivel de pertinencias, lo que hace sentido es su correlación; una valencia no podría surgir sin la aparición de su contravalencia, pues la tensión entre las valencias es, de hecho, constitutiva de los metatérminos de la estructura elemental; (ii) en segundo lugar, los rasgos sémicos, por depender de la interacción tensiva de las valencias, no son solamente rasgos de contenido enumerables, sino valencias ligadas.
Esta última propiedad concierne directamente a la estructura de los sememas y de las configuraciones semánticas: la semiótica entera está construida, en cierta manera, sobre la idea de que el semema no puede ser un simple conglomerado (aditivo, acumulativo) de rasgos distintivos. El recorrido generativo, que se basa en una distribución jerárquica, es una de las respuestas posibles a esa dificultad. Pero desde un punto de vista inmediatamente operativo, cuando el análisis concreto ha destacado por conmutación y segmentación cierto número de semas, su distribución en los diferentes niveles del recorrido, en función de su grado de abstracción o de su densidad figurativa, el recorrido generativo no constituye una respuesta satisfactoria a la cuestión de los lazos de dependencia específica que producen tal efecto de sentido particular en discurso, tal semema actualizado (como sucede en nuestro caso con la dependencia inversa entre la funcionalidad doméstica del “perro” y del “gato” y la afectividad investida en cada uno de ellos). La teoría de las valencias, en cambio, podría precisar la naturaleza de esos lazos gracias a las correlaciones de gradientes que propone, e incluso podría permitir preverlos en base a las dimensiones generales de la intensidad y de la extensidad.
2.2 Definiciones sintagmáticas
2.2.1 Definiciones sintagmáticas extendidas
Al tratar de las definiciones paradigmáticas, hemos hecho mención de una “función”, sin mayores precisiones. Para tratar de la sintagmatización de las valencias, es indispensable oponer ahora la “función” a sí misma. A falta de precedente sugestivo, tomaremos como guía la distinción más simple posible, a saber, la tensión entre la conjunción, la relación “y…y”, y la disjunción, la relación “o…o”.
En el primer caso, el de la conjunción, las valencias varían en el mismo sentido, es decir, que menos reclama siempre menos; más reclama siempre más. Se trata entonces de una correlación conversa. En el segundo caso, el de la disjunción, las valencias varían en razón inversa la una de la otra; la textualización culmina en los tipos de enunciados siguientes: más reclama menos, menos reclama más. En ese caso, la correlación es inversa. Ambas correlaciones pueden representarse así:

NB. La forma de arco es potencialmente explotable, pero apenas sería pertinente para nuestro propósito: si hubiera que definir un “lugar geométrico” de cada correlación, sería más bien de tipo estadístico, y ocuparía zonas de densidad variables, teniendo como eje de simetría el trazado de los arcos.
La coexistencia de esos dos regímenes funcionales deslinda un espacio de acogida plausible para los dos grandes principios puestos a la luz por la antropología, a saber, el principio de exclusión, que tiene como operador la disjunción, y el principio de participación, cuyo operador es la conjunción. Después de convocar la presuposición recíproca, ¿conviene colocar esos dos regímenes funcionales en el mismo rango? De hecho, da la impresión de que los microuniversos discursivos conjugan esos dos principios, y se contentan con mantener una suerte de modus vivendi. Este asunto exige una breve explicación: en sí misma, la valencia pertenece aún a la sustancia; solo accede a la forma si se convierte en un reto para los dos grandes principios de la exclusión y de la participación. Como ilustración sumaria, examinemos la relación que existe entre ciertas prácticas y la pertenencia sexual de los que las ejercen: el bricolage está reservado a los hombres, de tal suerte que si lo practica una mujer, produce como efecto “virilizarla”. El caso de la cocina es diferente: es una práctica predominantemente femenina, pero se abre también a los hombres, hasta tal punto que la “gran cocina” pasa por ser un asunto de hombres. No obstante, las mujeres que han superado la prueba son admitidas en dicha práctica a título de excepción. Examinando las cosas un poco más de cerca, es fácil darse cuenta de que la “peyoración” y el “mejoramiento” sirven de términos medios entre los dos principios señalados y el juego propio de las valencias. El recurso a la “peyoración” y al “mejoramiento” permite excluir a los participantes y hacer participar a los excluidos, respectivamente. De ese modo, la cocina ordinaria muestra una tendencia a abrirse y a permitir, por mejoramiento, la inclusión de nuevos participantes masculinos (a muchos hombres les gusta cocinar en casa los fines de semana). De modo inverso, en el caso de la “gran cocina”, que excluye en principio a las mujeres, tal exclusión empieza a resquebrajarse por el desempeño exitoso de algunas mujeres que han incursionado en esa práctica. Basta con introducir las categorías vida/muerte, naturaleza/cultura, centrales en antropología, para entrever la motivación del mito en la aproximación de Lévi-Strauss, que consiste en moderar los excesos, correlacionados sin duda, de la participación y de la exclusión. Volveremos sobre este asunto en el estudio consagrado a los valores.
En segundo lugar, esos dos principios ofrecen dos imágenes opuestas de la noción de límite: en cuanto al principio de participación, que funciona por correlación conversa, cada gradiente puede modificar, al parecer indefinidamente, el límite del otro, generando, así, siempre más de más y siempre menos de menos; en cuanto al principio de exclusión, que opera por correlación inversa, el límite ya no está situado en los confines, sino en el equilibrio de las valencias concurrentes. Los ejemplos del “perro” y del “gato” son particularmente ilustrativos a ese respecto, en la medida en que las fronteras de las categorías son las afectadas. En la definición del “perro”, considerada aisladamente, la cantidad de servicios rendidos es proporcional a la carga afectiva invertida, de suerte que esa correlación conversa no puede proporcionar una indicación determinante sobre los límites de la categoría, salvo en el caso de valencias nulas: un “perro” que no sirve para nada, un perro salvaje por ejemplo, ¿puede ser amado, puede incluso ser considerado como “perro”? ¿No se acerca más al lobo? Pero desde el momento en que se consideran en conjunto las valencias correlacionadas de las definiciones respectivas del “perro” y del “gato”, el límite es claro: un “perro” que no sirve para nada y que es excesivamente familiar (un “perro faldero”, por ejemplo), comienza a parecerse al “gato”. La diferencia entre categorías con frontera difusa y categorías con frontera nítida podría acortarse gracias a la distinción entre correlación conversa (régimen participativo) y correlación inversa (régimen exclusivo).
2.2.2 Definiciones sintagmáticas restringidas
Los dos regímenes de valencia que acabamos de examinar, el “principio de exclusión” y el “principio de participación”, se realizan localmente en la cadena, convocando los valores dos a dos, y cada uno presenta sus propias particularidades sintagmáticas. El régimen de exclusión tiene por operador la selección (tri), y culmina, si el proceso llega a su término, con la confrontación contensiva de lo exclusivo y de lo excluido, y en las culturas y en las semióticas que están gobernadas por ese régimen termina en la confrontación de lo “puro” y de lo “impuro”. El régimen de participación tiene como operador la mezcla, y culmina con la confrontación detensiva entre lo igual y lo desigual: en el caso de la igualdad, las magnitudes semánticas son intercambiables, mientras que en el caso de la desigualdad, las magnitudes se oponen como lo “superior” a lo “inferior”.
La rearticulación de las valencias en valores, en el espacio semionarrativo, supone que las dependencias/independencias sean convertidas en diferencias (contrariedad, contradicción, complementariedad) a partir de las rupturas observadas en la red de las dependencias, de suerte que los umbrales o límites proyectados sobre las valencias se conviertan en las fronteras de una categoría estabilizada y discretizable. De igual modo, el sujeto sensible, convertido en sujeto semionarrativo, ve que su universo se divide axiológicamente gracias a la polarización en euforia/disforia, mientras que, en el espacio tensivo, la foria no polarizada caracterizaba las reacciones de su cuerpo propio por las tensiones en las que se encontraba inmerso. De esa manera surge el valor en sentido semiótico: el valor como diferencia que organiza cognitivamente el mundo que se tiene en la mira y el valor como apuesta axiológica que polariza la mira misma.
Cada uno de esos campos semióticos posee su índice tensivo, su coherencia propia: el programa de base es discontinuo en una semiótica de la selección (tri) y tiende a restringir la circulación de los bienes. Es, en cambio, continuo en una semiótica de la mezcla (mélange) y favorece el “comercio” de los valores. En las semióticas de selección, la circulación de los valores es débil, a veces nula, y de todas maneras “ralentizada” por la solución de continuidad planteada entre lo exclusivo y lo excluido. En las semióticas de mezcla, el tempo de la circulación es más rápido en una cultura en la que la valencia es difusa que en aquella en la que la valencia tiende a concentrarse en un número restringido de magnitudes.
Sabemos que, en el dominio económico, el valor de cambio de los bienes, como el de la moneda, depende de la rapidez (inflación) o de la lentitud (deflación) con la que los bienes son intercambiados. De igual modo, Lévi-Strauss ha mostrado con toda claridad que, en las sociedades primitivas, los intercambios matrimoniales estaban sometidos a una exigencia que se presentaba globalmente como una “ralentización”, o como un “alejamiento”, pudiéndose considerar el segundo como una variante de la primera3.
Intuitivamente, tenemos el sentimiento de estar igualmente en presencia de estructuras elementales características en el ámbito de lo “político”: a la igualdad corresponderá una sociedad de derecho, a la desigualdad, una sociedad de privilegio; por el lado de la exclusión y de la selección, tendríamos una sociedad de la exclusividad, con sus intocables. Pero dependerá de los análisis concretos confirmar o no esta sugerencia de generalización.
3. CONFRONTACIONES
La dependencia de las valencias en relación con el “devenir” es literal en el conocido texto de Baudelaire:
¿Cómo el padre único ha podido engendrar la dualidad, metamorfoseándose finalmente en una innumerable población de números? ¡Misterio! ¿La totalidad infinita de los números debe o puede concentrarse de nuevo en la unidad original? ¡Misterio!4.
Tales cuestiones están estrechamente ligadas al universo de lo sensible, del que emanan la foria y el devenir, tal como lo señala Cassirer:
Pues los contenidos inseparables de la percepción, en cuanto tales, no ofrecen ningún asidero ni punto de apoyo a ese pensamiento. No entran en ningún orden estable y general, no tienen ninguna cualidad verdaderamente unívoca, y si se toman en la inmediatez de su estar-ahí, se presentan más bien como un flujo inasible que se resiste a toda tentativa de distinguir en él “límites” exactos y claramente nítidos5.
El devenir de la intensidad, al producir y al distribuir estallidos y modulaciones, adquiere en cierto modo la forma de un ritmo. El devenir de la extensidad, al producir y al distribuir partes y totalidades, unidades y pluralidades, se caracteriza por la formación y deformación de configuraciones mereológicas. En relación con la distinción entre sujeto y objeto, particularmente en el acto perceptivo, podemos hacer la hipótesis de que las valencias de intensidad y de tempo caracterizan esencialmente el devenir sensible del sujeto, mientras que las valencias de extensidad y las configuraciones mereológicas que de ellas se desprenden, caracterizan el devenir sensible del objeto.
Las valencias subjetales determinan las condiciones del acceso al valor para el sujeto. Por ejemplo, el valor de la junción: como son de naturaleza esencialmente “rítmica”, pueden ser identificadas gracias al tempo y a la aspectualización de la captación o del intercambio. De esa forma, el “valor para el sujeto” se configura o se disuelve en la medida en que pueda o no modular la velocidad del proceso que termina en la junción: el generoso, por ejemplo, al adoptar el tempo justo, permite que otro aproveche los objetos de valor de los que él se desprende. El dilapidador, en cambio, gracias a la aceleración que introduce en la circulación de los objetos que abandona y disipa, pone en tela de juicio la existencia misma de dichos objetos y hasta el valor que subyace al intercambio.
Las valencias objetales determinan la morfología de las figuras-objetos, lo que las vuelve aptas para acoger investimientos axiológicos, sobre todo por su estructura mereológica. En efecto, las formas particulares de la dependencia y de la independencia que unen las partes del mundo sensible entre sí, preparan y determinan el tipo de valores que pueden ser investidos en ellas, así como los límites del campo disponible, incluido el nivel estético. De esa manera, el afán de “perfección” no indicará solamente una cierta concepción de lo bello, sino que podrá ser comprendido también como la manifestación discursiva de una valencia que atribuye a la autonomía sensible del objeto (ausencia de dependencias externas perceptibles) y a la clausura de la captación perceptiva, el estatuto de una condición previa al investimiento axiológico.
La profundización del concepto de valencia, que sigue actualmente en curso, podría conducir igualmente a un modus vivendi entre lo continuo y lo discontinuo: en una suerte de dialéctica entre estabilidad e inestabilidad. La discretización estabiliza las correlaciones entre las valencias, convirtiendo los límites que han aceptado, en fronteras de una categoría, con lo cual fijarían las contradicciones, y del mismo modo, convertirían las valencias inversas en contrariedades, y las valencias conversas en complementariedades. En el otro sentido, la desestabilización de las categorías y la preeminencia de los términos neutros y complejos en los discursos concretos, dan libre curso a las correlaciones tensivas, ya en la modalidad de la exclusión (términos neutros) ya en la modalidad de la participación (términos complejos). Trataremos de demostrar esta propuesta en el estudio consagrado a la categoría y al cuadrado semiótico.
Por otra parte, la extensión del concepto de valencia es tal que la actitud más prudente consistiría en examinar ante todo las categorías semióticas que escapan a su dominio. Elegiremos, no obstante, indicar las relaciones que existen entre la valencia y la cantidad, el sujeto y el objeto, respectivamente.
A la espera de una semiótica consistente del número y de la cantidad, resulta claro que la interacción incesante entre la valencia y esos operadores de gran envergadura que son la selección y la mezcla, prefigura uno de los capítulos de dicha semiótica. La selección y la mezcla son susceptibles de variar en términos de tonicidad: la selección es más o menos drástica, y la mezcla, más o menos homogénea. Llegamos así a la red siguiente, en la que se definen cuatro figuras de la cantidad:

La articulación semiótica de la cantidad es distinta de la génesis formalizada del número, que desarrollan los matemáticos. Pero hay en eso algo más importante: si se conjugan la cantidad y la intensidad, en ese caso el exceso y la carencia permiten pasar de un régimen tensivo a otro, dentro de cada categoría, es decir, de una valencia a otra:
• En una semiótica de la selección, el exceso permite ir de “todo” a “alguna cosa”, incluso a “nada”. Tal es la razón por la que hemos dudado al instalar en la primera casilla la nulidad y la unidad: si la selección alcanza su límite, no puede darse ni una sola ocurrencia. La lógica de la selección puede desembocar en el nihilismo integral. Señalemos, sin más, que los grandes ensayos sobre el fenómeno totalitario contemporáneo han demostrado hasta la saciedad que el fondo, o la forma acabada, del totalitarismo era el nihilismo. En la creación artística, esa superación del “todo” por el “nada” corresponde harto bien al “estilo semiótico” de Mallarmé, que se encamina hacia la nulidad, pasando por la inapreciable “rareza” de la unidad singular. En cambio, la carencia permite a nuestro imaginario considerar los comienzos como expansiones, como explosiones, como big bangs, que conducen, según nos dicen, de “nada” a “algo” y de “algo” a “todo”.
• En una semiótica de la mezcla, el exceso permite, en nombre de la “tolerancia”, de la “apertura”, del llamado “pluralismo”, pasar de la “diversidad” a la “universalidad”. El acento se desplaza de la diferencia (la desigualdad, en este caso) a la semejanza (la igualdad). La carencia, que restablece la “diversidad” a expensas de la “universalidad”, se pone en marcha cuando el fervor de las fraternizaciones entusiastas decae, lo que es cuestión de tiempo, como cualquiera puede sentirlo: el “estallido” no soporta la duración.
Examinemos ahora la relación entre la valencia y la pasión, considerada restrictivamente como una manera de ser del sujeto. Para descubrir la estructura de las valencias subyacentes a la “pasión”, vamos a doblar uno sobre otro los dos gradientes de la intensidad y de la extensidad, colocando frente a frente una “tensión mínima dividida” y una “tensión máxima indivisa”. Si admitimos que la pasión supone una relación con el objeto y una relación con los otros, dos profundidades son entonces afectadas. La profundidad de la fijación al objeto tiene como términos extremos el apego y el desapego: recurrimos a propósito al término freudiano, pues no se puede negar que el punto de vista económico en psicoanálisis tiene algo que ver con la valencia, en cuanto que modula “energías” semánticas y perceptivas. La pasión dirigida por una “tensión máxima indivisa” elige un objeto exclusivo, mientras que la multiplicación de objetos, disminuyendo las tensiones, se conjuga fácilmente con el “desapego”. La profundidad de la relación con el otro tendría por términos extremos una socialidad restringida, cuyo límite sería una intersubjetividad dual, y una socialidad ampliada, cercado por la “humanidad”, en el sentido de Auguste Comte.
El “apasionado”, en último término, es “asocial”, o solitario, aunque la respuesta a la pregunta “¿Puede Robinson en su isla tener acceso a la pasión?”, sea delicada de dar, después de las obras de R. Girard, a menos de imaginar que las escisiones modales internas del actor susciten una interacción entre varios roles, instaurando una suerte de diálogo entre “se” y “sí”. En el siglo XVII francés, el “hombre honesto”, es decir, aquel cuyo “trato” es agradable, se colocaba bajo el signo del “desapego”.
Sin embargo, afirmar que la socialidad del “apasionado” es restringida se puede prestar a confusión: hay que precisar que únicamente la sociabilidad del rol patémico es la que está aquí en juego, pues en el caso de Grandet, por ejemplo, Balzac muestra que, en calidad de avaro, él participa de una socialidad restringida —los avaros se barruntan y se comprenden sin frecuentarse y sin simpatizar entre sí: lo que Balzac llama la “fanc-masonería” de las pasiones—, pero desde el momento en que su avaricia no está directamente comprometida, él participa de una socialidad extendida, puesto que conoce a “todo” Saumur.
Volvemos a encontrar aquí el lazo de estructura entre la disminución de la tensión y su fraccionamiento. La estructura tensiva de los sujetos “apasionados” se deja aprehender por la conjugación de cuatro valencias: la intensidad, la extensidad, la relación con el objeto y la relación con otro. Asociando en el mismo gradiente vertical la primera y la tercera, en el gradiente horizontal la segunda y la cuarta, obtenemos el diagrama siguiente:

El lazo de dependencia entre las valencias propiamente tensivas y las valencias sociales vale también para los actantes colectivos homogéneos: el fanático de ayer, el totalitario de hoy comportan un “apego” extremadamente fuerte y una socialidad que tiende a la “nulidad”, lo cual los conduce a considerar sin importancia la liquidación física de los adversarios que ellos mismos se han creado.
Finalmente, el juego de las valencias interesa también al tratamiento de los objetos, por más de un motivo; sin embargo, nos limitaremos aquí a las relaciones de compatibilidad entre objetos, tomando como modelo el de la intersubjetividad. También en ese caso, la intervención de los operadores de la selección y de la mezcla permiten formular las articulaciones elementales. En la deixis de la selección, los objetos pueden ser declarados incompatibles o mal combinados. Las diferentes figuras que pueden presentarse dependen igualmente, como aparece de inmediato, de la competencia de un sujeto de la selección o de la mezcla, el cual puede o no puede, debe o no debe reunir o separar los objetos. El cuadrado semiótico correspondiente sería el siguiente:

La importancia atribuida a la selección y a la mezcla decide, respectivamente, los ambientes en los que los sujetos se proyectan y se reconocen. Un ejemplo apenas imaginario permitirá fijar estas ideas: en la perspectiva exclusiva de la selección, una biblioteca high tech y una cómoda Luis XV son inconcebibles en un conjunto (son “incompatibles” o en último término, mal combinadas), mientras que, en la perspectiva de la mezcla, la yuxtaposición de esos dos muebles será evaluada y sentida como “muy chic” y como “audaz”, en la medida en que sean considerados como “compatibles”. Los estilos propios de los valores están, pues, determinados por sus regímenes de valencias. Es posible pensar que, en la perspectiva de la mezcla, un salón amueblado completamente en estilo Luis XV o en estilo high tech sería evaluado como “aburrido”, como “desvaído”, por cuanto, en ese conjunto, la mezcla sería nula. Las evaluaciones estéticas y éticas, así como sus correlatos emocionales, indican aquí claramente que las valencias son el soporte de las axiologías, y que la pertinencia de los “estilos” reposa sobre todo en ellas y no en los valores propiamente dichos.
II
Valor
1. RECENSIÓN
La reflexión sobre el valor presenta en la época contemporánea dos características: la polisemia del término “valor” y la consideración de las repercusiones epistemológicas que se desprenden de esa polisemia. En lo que se refiere a la polisemia, recordemos que nadie pone en duda la existencia de valores económicos, lingüísticos, estéticos, morales…; pero en esos dominios, todo límite depende del uso. Para el amante de la buena mesa, existen indudablemente valores gastronómicos, como lo ha mostrado el excelente estudio de Greimas titulado “La soupe au pistou ou la construction d’un objet de valeur”1. Desde el momento en que una praxis está atestiguada y codificada, tenemos derecho a postular valores de sistema (la “buena dosificación” de los ingredientes seleccionados y por lo mismo, valorizados) y valores de proceso (la adquisición del “toque” requerido, el sentido de una precisa coordinación temporal, etc.).
Pero la especulación sobre el valor, sea desde una perspectiva filosófica, sociológica o semiótica, es de hecho una reflexión sobre los valores, puesto que concierne a la relación que existe entre los diversos órdenes de valores. Para Saussure, desentrañar el rol del valor en lingüística consiste en ponerlo en relación con los valores que llamaremos “agonísticos”, subyacentes al juego de ajedrez2. Por ejemplo, con los valores económicos y, finalmente, con los valores matemáticos. Se puede pensar que esas analogías han debido constituir para Saussure otros tantos criterios de validación de las hipótesis que él adelantó.
Para Hjelmslev, menos interesado que Saussure en esas cuestiones, las aproximaciones que reclaman su preferencia conciernen ciertamente al juego de ajedrez, a los valores económicos y a los valores algebraicos, aunque este último acercamiento es más bien indirecto, puesto que parece tributario de la centralidad que Hjelmslev atribuye al concepto de función, del que conserva sobre todo “el sentido lógico-matemático”. Esa preferencia retoma el “algebrismo” de Saussure.
Para Greimas, esa problemática es doble: se trata de formular una mediación entre los valores lingüísticos, en principio estrictamente diferenciales y “vacíos” de contenido, y los valores narrativos, los cuales en la perspectiva greimasiana, se consideran inmanentes al devenir del sujeto y a su búsqueda del “sentido de la vida”. En segundo lugar, si se acepta que el recorrido generativo declina las diferentes clases de valores: valores correspondientes a las estructuras elementales de la significación, valores modales y temáticos correspondientes a las estructuras narrativas de superficie, valores discursivos, la reflexión sobre los valores viene a confundirse con la de la conversión de los valores de un nivel a otro, y se encuentra en estado inacabado en el desarrollo actual de la semiótica greimasiana.
2. DEFINICIONES
2.1 Definiciones paradigmáticas
El análisis paradigmático de una magnitud semiótica está sujeto a dos dificultades, subestimadas con frecuencia.
En primer lugar, los fundadores de la semiótica europea divergen sobre un punto importante. Para Saussure, en el Curso de lingüística general, gracias al criterio adoptado, a saber, el de la “asociación”, manifiestamente heredado del siglo XIX, un paradigma, contrariamente al sintagma, es abierto:
Un término es propuesto como centro de una constelación, el punto en que convergen otros términos coordinados, cuya suma es indefinida3.
En cambio, para Hjelmslev, en razón sin duda del principio de empirismo y de sus tres exigencias: exhaustividad, no contradicción y simplicidad, el análisis conduce necesariamente a un inventario cerrado:
Cuando se comparan los inventarios obtenidos de esta manera con los diferentes estadios de la deducción, resulta sorprendente observar que su número disminuye a medida que el procedimiento de análisis avanza. (…) De hecho, si no hubiera inventarios limitados, la teoría del lenguaje no lograría alcanzar su objetivo: hacer posible una descripción simple y exhaustiva del sistema que sostiene el proceso textual4.
La semiótica greimasiana, especialmente por el rol federador que le atribuye al recorrido generativo, está de acuerdo con la posición de Hjelmslev, aunque es claro que las diversas tentativas por introducir en los años ochenta nuevos rellanos en el recorrido, lo han convertido parcialmente en inventario abierto de los niveles de articulación. En consecuencia, en los términos de un paradigma no habría más que el contenido encarado por la conmutación: lo que la conmutación despeja es pertinente, pero esa pertinencia es de hecho y no de derecho, mientras las demás magnitudes conmutables no hayan sido igualmente distinguidas y contrastadas.
Hjelmslev toma de A. M. Peskovskij, lingüista ruso de comienzos del siglo, la hipótesis según la cual
Hay términos precisos y términos vagos, y lo que más importa es que, al parecer, un sistema está organizado con frecuencia sobre la oposición entre términos precisos y términos vagos5.
Dicha hipótesis, que presenta el mérito de inscribir la incertidumbre en el sistema, es seguida por otra que señala por adelantado los límites del binarismo: “… todo sistema de dos términos está organizado sobre la oposición entre un término preciso y un término vago”6. Dicho de otro modo, la diferencia, antes de proyectarse en una alternativa, es confrontada con su denegación, si no con su propia desaparición. En La categoría de los casos esa oposición dejará su lugar a la oposición entre término “intensivo” y término “extensivo”:
La casilla seleccionada como intensiva tiene tendencia a concentrar la significación, mientras que las casillas escogidas como extensivas tienen tendencia a expandir la significación sobre las demás casillas, hasta invadir el conjunto del dominio semántico ocupado por la zona7.
No podríamos pasar en silencio el hecho de que G. Deleuze inaugure su reflexión sobre la diferencia con unas consideraciones sorprendentemente parecidas:
En lugar de una cosa que se distingue de otra cosa, imaginemos algo que se distingue de otra cosa y sin embargo aquello de lo que se distingue no se distingue de él.
El relámpago, por ejemplo, se distingue del cielo negro, pero tiene que arrastrarlo consigo, como si se distinguiera de lo que no se distingue. Diríamos que, en este caso, el fondo sube a la superficie sin dejar de ser fondo. (…) La diferencia es ese estado de la determinación como distinción unilateral. De la diferencia hay que decir entonces que la hacemos o que se hace, como en la expresión “hacer la diferencia”8.
Esa reflexión, muy próxima de la concepción “gestaltista” de la percepción, es reformulada en términos semióticos como “primacía de la negación”: el término es ante todo “lo que no es no importa qué” y que de hecho se destaca de lo “no importa qué”. La distinción precedería por derecho a la diferencia; o en otros términos, la independencia como negación de la dependencia precedería a la diferencia.
Una doble obstrucción pesaba sobre la diferencia: (i) los términos de la diferencia están uno y otro determinados; (ii) el contenido de la diferencia es negativo, según la enseñanza de Saussure, pues a los términos solo se les exige diferir uno de otro, sin preguntarse en qué difieren: esta doble obstrucción ha quedado despejada, y ya es posible plantearse cuestiones que hasta ahora estaban descartadas.
Por nuestra parte, hemos optado por situarnos a medio camino entre lo “indefinido” saussuriano y lo “estrictamente definido” hjelmsleviano. Sin embargo, una reflexión sobre las precondiciones de una definición paradigmática del valor ha de tomar en cuenta los dos postulados mencionados por Hjelmslev en los Prolegómenos: (i) la “masa amorfa e indistinta” de Saussure da paso a la postulación de un “continuum no analizado aunque analizable”9; (ii) “… no existe formulación universal, sino solamente un principio universal de formación”10.
No obstante, creemos que es pertinente añadir a la lista de precondiciones las cuatro propiedades siguientes: la disimetría, la orientación, la reversibilidad y la concesión. En relación con la primera, la disimetría surge de la letra misma de los textos de Hjelmslev y de Deleuze, que acabamos de citar: la oposición de base no concierne a los términos polares sino a un “término preciso” y a un “término vago”, a una plenitud y a una vacuidad; en último término, a “algo” y a “no importa qué”. La delimitación inherente a los términos polares no parece que deba ser inscrita entre los primitivos. Hjelsmslev no se pronuncia sobre la cuestión de si el continuum de que se trata está orientado o no, pero amparándonos en Cassirer y en Deleuze, admitiremos que tiene que ser aprehendido como “el flujo de una serie continua sensible”11.
Desde el punto de vista epistemológico, es lícito pensar que disimetría y orientación tienen que establecer una relación de presuposición recíproca que nos dispense de fijar una prioridad, o de zanjar sobre el asunto de saber si se debe tomar “blanco” por “no negro” o “negro” por “no blanco”, como hace el binarismo.
En lo que se refiere a la tercera propiedad, la reversibilidad es menos una propiedad que el resultado del análisis: desde el momento en que una dimensión es concebida como una gradiente, el aumento de los “más” tiene por correlato una disminución de los “menos”, así como una tensión decreciente tiene como correlato una laxitud creciente.
En cuanto a la concesión, es una generalización de lo precedente: en cada punto de la gradiente se produce un pequeño “drama” en la inmanencia de lo que Bachelard llama la “vendetta de las decisiones contrarias”: en el devenir, trátese de una propiedad, como en el enfrentamiento de la rojez y del enrojecimiento, o de un proceso propiamente narrativo, una determinada valencia es correlacionada con el esfuerzo, con el trabajo de otra valencia inversa: una valencia de movimiento enfrenta una valencia de inercia, una valencia cohesiva se opone a una valencia dispersiva, etc. En suma, de valencias conversas (y “tranquilas”) se pasa a valencias inversas (e “inquietas”).
La armadura propia de las definiciones paradigmáticas presenta una complejidad continua por una parte, y por otra una disimetría irreductible. De suerte que (i) en nombre de la complejidad [A/B], ningún componente podría darse aisladamente, y (ii) en nombre de la disimetría, A y B pueden recibir, tanto uno como otro, una orientación positiva, pero entonces atribuyendo una orientación negativa al otro.
Solo nos queda denominar las magnitudes que, por su exclusión recíproca, constituyen el intervalo en el que van a inscribirse los valores intermedios. Desde el punto de vista figural, es decir, de las categorías atestiguadas en el plano del contenido y en el de la expresión, al mismo tiempo, son la intensidad y la extensidad. Desde el punto de vista figurativo, o sea, de las categorías atestiguadas en el plano del contenido únicamente, admitiremos que el espectro del valor tiene como términos extremos: para la intensidad, los valores de absoluto, en los que predomina la “mira”*; para la extensidad, los valores de universo, en los que predomina la captación. Pero en un caso como en otro, se trata solamente de una dominante: los valores de absoluto prevalecen en detrimento de los valores de universo, y recíprocamente.
Es tiempo de poner un ejemplo. El libro de Tocqueville, De la démocratie en Amérique, presenta una aproximación paradigmática que trata de aprehender las diferencias entre el tipo de sociedad propia del Antiguo Régimen y aquel que se ha instalado en la otra orilla del Atlántico, y además, una aproximación sintagmática, en el sentido de que Tocqueville considera el advenimiento de la democracia y el declive de la aristocracia como ineluctables, si bien las “razones del corazón” le llevan a preferir la aristocracia a la democracia. Pero más que la existencia de la oposición misma, son los términos en los que Tocqueville la expresa lo que retendrá nuestra atención:
Comprendo que en un Estado democrático, constituido de esa manera, la sociedad no será inmóvil; pero los movimientos del cuerpo social podrán ser en ese caso regulados y progresivos. Si en esa sociedad se encuentra menos brillo que en el seno de una aristocracia, se encontrará también menos miseria; las satisfacciones serán menos extremas y el bienestar más general; las ciencias menos desarrolladas y la ignorancia más escasa; los sentimientos menos enérgicos y las costumbres más suaves; se observarán allí más vicios y menos crímenes12.
El sistema aristocrático elige el brillo de los valores en detrimento de su extensión, del mismo modo que el sistema democrático adopta la máxima extensión a la que puede aspirar, a expensas de la “mediocridad”, como queda establecido en la frase: “las satisfacciones serán en ella menos extremas y el bienestar más general”. Desde el punto de vista paradigmático, las oposiciones por las que logramos captar dos configuraciones son de dos órdenes: la orientación positiva de los valores de absoluto, propios del sistema aristocrático, contrasta con la orientación igualmente positiva de los valores de universo, propios del sistema democrático; pero se opone al mismo tiempo a la orientación negativa de los valores de universo en el seno del mismo sistema aristocrático.
Una configuración bien atestiguada manifiesta así “dos” oposiciones que desembocarán en programas distintos de exclusión: una externa, la otra interna, aunque es frecuente que la segunda se imponga a la primera: en ese caso, dos sistemas de valor en oposición “externa” quedarán fundidos en uno solo, sometidos a un solo punto de vista: un sistema de valores homogéneo se estabiliza, orientado por una “oposición interna”. De hecho, formular la categoría como un cuadrado semiótico significa adoptar la perspectiva que ha logrado imponer su orientación a los valores. El diagrama de las valencias que aparece a continuación traduce el punto de vista adoptado por Tocqueville, y revela su preferencia por los valores de absoluto, pues la imposición de una correlación inversa entre la intensidad y la extensidad señala ya la perspectiva de aquel que considera que el otro régimen, el de los valores de universo, tiene que haber renunciado al “brillo”, a la intensidad, en provecho de la difusión máxima:
2.2 Definiciones sintagmáticas
Las definiciones sintagmáticas asumen la complejidad específica de los términos extremos de la profundidad; en un caso, una intensidad sin extensidad, en la que se puede reconocer una definición válida de lo uno o de lo único. En el otro caso, una extensidad sin intensidad, en la que se puede reconocer una definición de lo universal. Basta identificar ahora los operadores que suscitan una distensión en cada complejo: en el caso de los valores de absoluto, parece que son la selección y el cierre los operadores principales, que obtienen como beneficio la concentración, mientras que los valores de universo demandan el consenso de la mezcla y de la abertura, logrando como beneficio la expansión. La sintaxis canónica adquiere entonces la forma de un ciclo:
[selección → cierre → abertura → mezcla → selección]
No obstante, si dicha distensión es necesaria, no es suficiente. La elucidación de la dinámica sintáctica, en el espíritu de los fundadores de la semiótica europea, incluye también la dirección, para Hjelmslev, y el límite, para Saussure.
En cuanto a la dirección, creemos que la perspectiva escogida, a partir de la alternativa entre valores de absoluto y valores de universo, afectará a todo el discurso y funcionará como una instancia de selección, dejando pasar las configuraciones discursivas compatibles con el punto de vista adoptado, y deteniendo aquellas otras que tienen que ver con el otro régimen de valores. Es así como Tocqueville deja entender, en el texto citado, que el crimen sería al régimen aristocrático lo que el vicio al régimen democrático, de suerte que esa operación de selección, que puede ser explícita, incluso axiomatizada, da cuenta de la homogeneidad del discurso, que se desprende ciertamente de la isotopía de este, pero que no la explicita. Las magnitudes enuncivas, en un caso el crimen, en el otro el vicio, están regidas por el régimen axiológico asumido por el sujeto, individual o colectivo, de la enunciación.
Para el régimen que apunta a los valores de absoluto, el máximo de intensidad está vinculado a la unicidad, es decir, a una magnitud definida por su tonicidad y por su exclusividad; en el plano discursivo, esa magnitud será calificada como algo “sin par”, “incomparable”, “único”: él solo o ella sola serán los únicos predicados dignos de dicha concentración de valor, como se puede observar en el segundo cuarteto del célebre soneto de Verlaine:
Car elle me comprend, et mon coeur transparent
Pour elle seule, hélas! cesse d’ être un problême
Pour elle seule, et les moiteurs de mon front blême
Elle seule les sait rafraîchir, en pleurant
[Porque ella me comprende, y mi corazón transparente
para ella sola, ¡ay!, deja de ser un problema
para ella sola, y los sudores de mi pálida frente
ella sola, llorando, los sabe refrescar]*
El régimen de valores de absoluto tiene por fundamento la intersección de un eje de la intensidad y de un eje de la cuantificación, y como términos extremos, la singularidad, por un lado, valorada como unicidad, y la universalidad, por el otro, cuya orientación resulta negativa para ese régimen. Los intervalos correspondientes a la cuantificación son aquellos que se realizan en las lenguas, pero, evidentemente, queda por establecer de qué manera, en el universo de discurso en el que interviene ese régimen, un determinado valor de un eje está ligado por conmutación a un valor determinado del otro eje. Es decir, que cada fase de concentración implica un desplazamiento en la escala de la cantidad, o sea, el traspaso de un umbral; y así mismo, cómo es que cada “abertura” es soldada por un descenso de intensidad. La evaluación propia de ese régimen es positiva cuando la intensidad aumenta y la extensidad disminuye, y negativa cuando la intensidad se debilita y la extensidad aumenta.
En el otro régimen, la “importancia” de los valores está en función de su extensión. El límite correspondería, entre otras cosas al imperativo categórico de Kant, según el cual todo valor ha de poder someterse a la universalización. Por tanto, como las dos dimensiones evolucionan de manera conversa, la evaluación es positiva cuando la intensidad y la extensidad se hallan en el nivel más alto de cada dimensión, y negativa cuando ambas se encuentran en el nivel más bajo.
Estas propuestas proporcionan un contenido formal y operativo a una intuición que aparece en Semiótica de las pasiones, a saber, que los universos de valores son regulados, en el espacio tensivo, por dos grandes tipos de valencias: las valencias de intensidad, que modulan las energías en conflicto y las valencias cuantitativas, que modulan especialmente las propiedades mereológicas de la percepción. Los dos grandes regímenes axiológicos reposan en la correlación inversa o conversa de esas dos gradientes. Por nuestra parte, identificamos la exclusiónconcentración, regida por la selección (tri), y la participación-expansión, regida por la mezcla (mélange), como las dos direcciones mayores susceptibles de ordenar los sistemas de valores.
Veamos ahora el tratamiento del límite. En la medida en que sabemos que la participación gobierna el régimen de los valores de universo, y que la exclusión regula el régimen de los valores de absoluto, conviene considerar, para cada uno de esos regímenes, la manera como son aspectualizados, a partir de la pregunta siguiente: ¿la puesta en marcha de cada uno de esos principios es total o parcial?
La segunda posibilidad presenta una configuración interesante: en el caso de la exclusión, si no es total, hay que preguntarse cuál es el lugar que la exclusión deja a la participación; en el caso de la participación, si asimismo no es total, está dispuesta igualmente a dejar un sitio para la exclusión. Desde el punto de vista de la praxis enunciativa, el asunto, para el sujeto, individual o colectivo, se reduce a resolver, en función del régimen prevaleciente, una de las dos cuestiones siguientes: ¿cómo, en el régimen de la participación, “excluir a los participantes”?; ¿cómo, en el régimen de la exclusión, “hacer participar a los excluidos”?
Así, literalmente, cada una de las dos funciones, reconocidas por la antropología clásica, se convierten en objeto la una para la otra, a partir de su aspectualización parcial. Para el sujeto colectivo, señalaremos simplemente las observaciones que hace Lévi-Strauss sobre las maneras de castigar, en Tristes trópicos:
Pienso en nuestras costumbres judiciales y penitenciarias. Estudiándolas desde fuera, estaríamos tentados de oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, aquellas que ven en la absorción de ciertos individuos que detentan fuerzas temerosas, el único medio de neutralizarlas e incluso de aprovecharlas; y las que, como la nuestra, adoptan una actitud que podríamos llamar antropoemia (del griego emein, vomitar). Colocadas ante el mismo problema, eligen la solución inversa, que consiste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo social, manteniéndolos temporal o definitivamente aislados, sin contacto con la humanidad, en establecimientos destinados a ese uso13.
En cuanto al sujeto individual, nos gustaría avanzar la hipótesis de que el “modus vivendi”, el compromiso entre exclusión y participación se centra en el contraste entre la peyoración y el mejoramiento. La identificación de los “buenos” o de los “malos” permite, en el caso de la participación, restringir la extensión misma de lo universal, evitando al mismo tiempo que la exclusión domine todo el campo. En el caso de la exclusión, la misma distinción, aunque en sentido inverso, permite extender el dominio de los “buenos”, evitando que la universalidad y la indiferenciación, si no la entropía que ella implica, dominen todo el campo.
En la medida en que las definiciones sintagmáticas se esfuerzan por aprehender el alcance de las transformaciones sintácticas, nos llevan a caracterizar esas transformaciones en razón de su extensión, como sucede con el tratamiento de la valencia. Aceptaremos que tales transformaciones son restringidas o extendidas.
Las llamaremos restringidas cuando sobrevienen dentro de un solo régimen, es decir, cuando la participación y la exclusión, sin dejar de ser funciones, asumen además valores de términos. Los recorridos consistirían, en ese caso, en variaciones de equilibrio entre la participación y la exclusión. Por ejemplo, si existe un devenir de la participación, afectará a la “dosis” de exclusión que está dispuesto a admitir. Eso sucede con la aparición del ahorro, e incluso de la avaricia, en una sociedad en la que prevalece el intercambio y la circulación de los bienes. Y recíprocamente, si existe un devenir de la exclusión, será a costa del área de participación que tolera. Las investigaciones de E. Landowski sobre la marginalidad y el estatuto del otro en nuestras sociedades se refieren a esa figura semiótica14.
Las transformaciones restringidas tratan de determinar y de ajustar los valores intermedios de lo “más” y de lo “menos”. El mejoramiento suspende la exclusión propia de los valores de absoluto, admitiendo en el espacio de esos valores una zona participativa. Del mismo modo, la peyoración suspende la participación, limitando una zona exclusiva. En relación con la intensidad, el mejoramiento puede pasar por una negación; en relación con la extensidad, la peyoración juega el mismo rol.
Las transformaciones se denominarán extendidas si la participación y la exclusión se rechazan mutuamente: participación sin residuo, que culminará en los valores de universo, o exclusión sin contemplaciones, que conducirá a los valores de absoluto. En ese caso, los valores postulados son los valores extremos, es decir, sometidos a la alternativa de “todo o nada”.
El conjunto de posibilidades sintácticas ofrecidas en el espacio de los valores reposa, de hecho, en la categorización del complejo tensivo “intensidad/extensidad”:

3. CONFRONTACIONES
En cada rubro nos corresponde precisar el lazo que existe entre va-lor y valencia: la valencia se presenta como la analítica del valor y más comúnmente como el “valor del valor”. Cada uno de los tipos de valores indicados, los valores de absoluto y los valores de universo, compromete las dos profundidades establecidas, la intensiva y la extensiva. En cada una de las profundidades, intervienen dos operadores de manera concurrente: en lo referente a la profundidad intensiva, son la apertura y el cierre; por lo que toca a la profundidad extensiva, son la selección y la mezcla. En un caso como en otro, el imaginario semiótico puede ser concebido “en su origen” como una exclusa —un container según P .A. Brandt— que simultáneamente deja escapar y retiene, de suerte que la suma de las dos operaciones permanece constante. Por consiguiente, las valencias propias de esas operaciones permiten precisar la tipología asumida por cada clase de valores:
• Los valores de universo suponen el predominio de la valencia de la apertura sobre la del cierre, y el predominio de la valencia de la mezcla sobre la de la selección. En nombre del primero, lo abierto vale como libre, y lo cerrado, como restringido, y hasta reducido; en nombre del segundo, lo mezclado es apreciado como completo y armonioso, y lo puro es depreciado como incompleto, y hasta como imperfecto o revuelto;
• los valores de absoluto suponen el predominio de la valencia del cierre sobre la de la apertura y el predominio de la valencia de la selección sobre la de la mezcla. En nombre del primero, lo cerrado vale como distinguido y lo abierto, como común, y hasta como ordinario. En nombre del segundo, lo mezclado es depreciado como incoherente (cf. en la isotopía religiosa, lo profano y hasta lo sacrílego), y lo puro, apreciado justamente como absoluto, sin concesión (cf. lo sagrado).
La red de las interacciones posibles se presenta del siguiente modo:

Este esbozo de interacciones confirma la relatividad actual del esquema narrativo: el “sentido de la vida”, obtenido a partir de la descripción propuesta por V. Propp, es una forma de vida posible entre otras, preocupada por su coherencia propia y por su “originalidad”, es decir, por su distintividad. A modo de ilustración, evidentemente sumaria, resulta fácil resaltar, en el caso en que lo cerrado domine sobre lo abierto, que la apreciación de lo cerrado ha encontrado en el esnobismo una manifestación casi institucional, mientras que la depreciación de lo abierto se puede leer en la peyoración que golpea sin tregua a la llamada sociedad de consumo, a tal punto que los que se atreven a hacer su elogio, caen bajo la sospecha de “provocadores” conducidos a una situación de paradoja.
La manifestación de una clase de valores establece, para cada valor considerado aisladamente, su contexto, aunque este último es tratado ya como un remedio, ya como un complemento. El contexto nunca es segundo, sino primero y tensivo. Cada magnitud espera que el contexto fije la orientación general del universo de discurso, dando a conocer la clave axiológica que le es propia: ¿ valores de absoluto o valores de universo?
La reflexión de Max Weber sobre las conductas éticas nos interesa de modo particular, puesto que el sociólogo llega a un resultado formalmente comparable al que nosotros proponemos: No hay un sistema de valores, sino dos, que están, según Weber, en una relación de oposición abismal:
Toda actividad orientada por la ética puede estar subordinada a dos máximas totalmente diferentes e irreductiblemente opuestas15.
Se trata de la ética de responsabilidad y de la ética de convicción. Sus respectivos programas narrativos se distinguen, primero, desde el punto de vista aspectual:
… el partidario de la ética de responsabilidad tomará en cuenta, justamente, las debilidades comunes del hombre (…) y considerará que no puede descargar en los demás las consecuencias de su propia acción porque pudo preverlas. (…) El partidario de la ética de convicción sólo se sentirá responsable de la necesidad de vigilar para que la llama de la doctrina pura nunca se extinga (…).
Pero la diferencia entre las dos orientaciones éticas nace desde el momento en que se las confronta con los modos de existencia: (i) de acuerdo con la ética de convicción, la potencialización de los valores es erigida en absoluto, puesto que las consecuencias de la acción son en cierta manera virtualizadas, al ser evaluadas como “nulas y no acontecidas”; (ii) según la ética de responsabilidad, la realización de la acción es solidaria de la actualización de los valores. En términos de la red presentada anteriormente, la ética de convicción redime su incompletud, exaltando su pureza, mientras que la ética de responsabilidad debe su completud a su carácter mezclado, es decir, al hecho de asumir también lo que Weber llama las enojosas consecuencias. Agrandando el trazo, podríamos admitir que la ética de convicción procede a efectuar una selección, aislando la intención, mientras que la ética de responsabilidad prefiere la mezcla por cuanto rechaza separar la intención de las consecuencias que se desprenden de su efectuación.
Esa convergencia permite precisar el lugar de la semiótica en el seno de las ciencias humanas. La semiótica, en relación con las ciencias humanas, debería ocupar el sitio que, según Hjelmslev, ocupa la lengua frente a los demás sistemas semióticos, y que se basa en su capacidad para asegurar la traductibilidad entre los demás sistemas. Esa misma era la concepción de Greimas, el cual asignaba a la semiótica la tarea de proponer a las ciencias humanas un metalenguaje coherente, ya que la semiótica se proclama como una teoría de la significación, y las ciencias humanas, de una manera u otra, exploran tal o cual orden de significaciones. En ese caso, la función de la semiótica no consiste en dictar a las ciencias humanas las hipótesis que deban formular; la semiótica se preocupa únicamente de establecer las condiciones de una “buena” comunicación entre semiótica general y semióticas singulares.
El último punto se refiere a la relación entre la moralización y la tipología de los valores. De hecho, el asunto se reduce a preguntarse cómo los discursos “se las arreglan” para hacer circular los valores. Frente al desafío planteado por la tipología de los valores, el discurso interviene recurriendo al mejoramiento y a la peyoración. En efecto, entre los dos grandes tipos de valores, los valores singulares, exclusivos, que apuntan a lo absoluto, y los valores universales, participativos, que asumen la relatividad, se interponen los valores de mejoramiento y los valores peyorativos, los cuales se esfuerzan de alguna manera por saturar el hiato existente entre los dos grandes tipos de valores: pero incluso esa compensación está a su vez sometida a una gradación. En efecto, el lugar atribuido dentro de un régimen axiológico dominante al régimen concurrente, puede ser más o menos importante: el régimen tolerado y dominado se presentará en aumento o en disminución. Recordemos, no obstante, que: (i) en un microuniverso dirigido por los valores de absoluto, la participación se obtiene por mejoramiento: algunos elementos que se juzgan “buenos” son añadidos; (ii) en un microuniverso dirigido por los valores de universo, la exclusión se obtiene por peyoración: algunos elementos que se consideran “malos” son retirados. La variación en la dosificación de cada una de esas dos operaciones conduce a las evaluaciones siguientes:
• En régimen de valores de absoluto: el aumento del mejoramiento produce la banalización; la disminución del mejoramiento produce la rarificación.
• En régimen de valores de universo: el aumento de la peyoración produce la marginalización; la disminución de la peyoración produce la generalización.
Se perfila así una sintaxis de los tipos de valores, la cual permite describir la “vida” y la “muerte” de las axiologías, así como también el interés y el desinterés de los sujetos que las usan: la banalización, por ejemplo, en un régimen de valores de absoluto, conduce progresivamente no a la victoria de los valores de universo, sino a un derrumbe axiológico, así como en un régimen de valores de universo (una democracia, por ejemplo), sucede lo mismo con la marginalización. Imaginemos un amor de tipo platónico: cada uno con cada una, o el alma-corazón por fin encontrados. Mientras que el sujeto no busque otras razones para ese amor, se encuentra al abrigo de toda inquietud, ya que él es el único que puede reunirse con el otro (a). La casilla que él ocupa en la red que hemos propuesto más arriba, es la de la rarificación. Pero tan pronto como otras razones atraviesen su espíritu, razones que otros podrían compartir, se abre el camino a la banalización. Finalmente, si nuestro sujeto llega a considerar el objeto de su amor como universalmente “amable”, el objeto amado se convierte en un objeto difuso, al que pueden tener acceso sujetos distintos de él. El círculo trágico en el que se mueve el celoso surge de la tensión que se produce entre una exclusividad de hecho, que el celoso se atribuye a sí mismo, y una participación de derecho, que el celoso no puede dejar de reconocer a los otros. La morfología de los valores de absoluto, a los que se aferra el celoso queda carcomida por la de los valores de universo, que no deja, sin embargo, de convocar. A la inversa, la “prostitución”, de la que trata Baudelaire en las primeras páginas de Fusées, parece corresponder más bien a un funcionamiento hiperbólico de los valores de universo16.
La peyoración y el mejoramiento se presentan como puntos de vista indispensables, ya que permiten diferenciar operaciones y magnitudes que de otro modo terminarían por confundirse. Como ya lo hemos señalado, lo concentrado y lo difuso no tienen sentido por sí mismos: es el devenir, la “ley de bronce” de la correlación tensiva, la que hace sentido, puesto que impone inexorablemente el debilitamiento del término correlacionado cuando, por ejemplo, la exclusión llega a la negación de toda extensión, o bien cuando la difusión extenúa toda concentración.
Estamos ya en condiciones de atribuir a los diferentes tipos de valores un modo de existencia propio. Pero, ante todo, planteamos modificar la correspondencia propuesta en Semiótica 1, retomada en Semiótica de las pasiones17 (cf. el ensayo “Presencia”) de la manera siguiente:

Esta modificación resulta necesaria en la medida en que: (i) la acepción lingüística más corriente de la actualización es la de una “ascensión” desde las estructuras virtuales hacia la manifestación, y por consiguiente, hacia la realización; y (ii) la potencialización, por efecto especialmente de la praxis enunciativa, conduce a un retorno de las formas de uso hacia el sistema, o al menos, a una memoria esquemática que opera en su lugar.
A partir de aquí, podemos considerar que: (i) los valores de absoluto son virtualizantes por ser disjuntivos; (ii) los valores de universo son realizantes por ser conjuntivos; (iii) los valores de mejoramiento son actualizantes por ser no disjuntivos: tales valores admiten algún suplemento en el seno de los valores de absoluto; y en fin, (iv) los valores peyorativos son potencializantes por ser no conjuntivos: tales valores suspenden la pertenencia de tal o cual elemento a los valores de universo.
Nos encontramos ahora en condiciones de afirmar que los grandes tipos de valores pueden ser considerados como modos de existencia del valor en el seno de las culturas individuales y colectivas, y que dichos modos son al mismo tiempo capaces de articular las modulaciones de la presencia y de la ausencia de los valores (cf. el ensayo “Presencia”). Los regímenes de valores serán, por tanto, reformulables en términos de densidad de presencia para un sujeto sensible, y susceptibles de fundar su “forma de vida”.
Por lo demás, la omnipresencia de los juicios de mejoramiento y de los juicios peyorativos en el discurso se hace comprensible en la medida en que presuponen la elección de un punto de vista, es decir, la preferencia de una valencia y el abandono de la otra. La peyoración, por ejemplo, supone que el acrecentamiento de intensidad tiene como correlato un empobrecimiento de la extensidad. En estilo figurado, se puede admitir que la peyoración es la antesala de la exclusión, así como la denegación de la peyoración, si es que tiene lugar, permite esperar la reintegración inmediata del que estaba amenazado de exclusión.
III
Categoría-cuadrado semiótico
PREÁMBULO
Resulta enojoso considerar estas dos nociones, dada la centralidad que se les ha atribuido en la teoría hjelmsleviana y en la teoría greimasiana: para Hjelmslev, la culminación de la teoría del lenguaje —aunque no de los “prolegómenos” de esa misma teoría— equivale a una “ciencia de las categorías”, recusando la distinción tradicional entre sintaxis y morfología:
Podemos ver también que semejante descripción sistemática de la lengua, efectuada a base del principio de empirismo, no permite ninguna sintaxis y ninguna ciencia de las partes del discurso1.
Por lo que se refiere al cuadrado semiótico, Greimas y Courtés proponen:
… entendemos por cuadrado semiótico la representación virtual de la articulación lógica de una categoría semántica cualquiera2.
Sin embargo, la centralidad del cuadrado semiótico no tiene mucho que ver con la de la categoría en la perspectiva hjelmsleviana: para Greimas y Courtés, la centralidad del cuadrado semiótico procede de la posición que se le ha asignado en el recorrido generativo, es decir, en última instancia, en el universo de discurso particular del que el recorrido generativo se esfuerza por establecer el simulacro. Para Hjelmslev, la centralidad de la categoría proviene del contenido exclusivamente funcional que comprende. Forzando sin duda el rasgo, el cuadrado semiótico se encuentra en el centro del discurso, la categoría se halla en el centro del “discurso sobre el discurso”.
Hemos de destacar aún otras dos diferencias: (i) las dos nociones difieren en extensión: según la definición propuesta en El lenguaje:
… categoría, paradigma cuyos elementos no pueden ser introducidos más que en ciertos lugares de la cadena y no en otros3.
La categoría es, pues, una singularidad situada en la cadena, mientras que para Greimas y Courtés, el cuadrado semiótico, después de ser orientado, debe resultar coextensivo a la cadena al término de la descripción; (ii) para Greimas y Courtés, la articulación está dada como “lógica”, pero parece más juicioso considerarla como “lógicodiscursiva”; si no, la teoría semiótica sería “apriorística” y “trascendente”. Es decir, estaría en contradicción con las premisas epistemológicas a las que ella adhiere. Para Hjelmslev, las cosas son de otra manera si se admite que la enseñanza de La categoría de los casos es más clara que la de los Prolegómenos, puesto que la oposición participativa es juzgada como más pertinente para dar cuenta de las realidades semióticas que la oposición distintiva:
El principio estructural que dirige el sistema lingüístico de los casos es por definición prelógico. La relación entre dos objetos, en lo que consiste la significación de los casos, puede ser concebida por medio de un sistema de oposiciones lógico-matemáticas o por medio de un sistema de oposiciones participativas. Pues bien, sólo un sistema del segundo tipo cubre los hechos del lenguaje y permite describirlos por la vía inmediata. Pero sería posible conducir el sistema de la lógica formal y el sistema de la lengua a un principio común, al que podríamos denominar sistema sublógico. El sistema sublógico se encuentra en la base del sistema lógico y del sistema prelógico, a la vez4.
Cada una de esas aproximaciones, en suma, proporciona lo que le falta a la otra: de un lado, la aproximación de Hjelmslev presenta el “sistema lógico” preconizado por Greimas/Courtés como una de las soluciones posibles. De otro lado, la praxis descriptiva propuesta por Semántica estructural y Semiótica 1 permite aplicar el aparato teórico de los Prolegómenos al análisis de los textos, que Hjelmslev recomendaba, aunque sin mostrar cómo ajustarlo. Las consecuencias para el tratamiento de esas nociones son de dos tipos: en primer lugar, el tratamiento del cuadrado semiótico está subordinado al tratamiento de la categoría, como el de la especie al del género. En segundo lugar, el cuadrado semiótico está especificado por su orientación y por el reducido número de los términos que conserva. Tal relativización descarta tanto la tentación del dogmatismo ortodoxo: el cuadrado es una adquisición definitiva de la semiótica, como el heterodoxo: el cuadrado tuvo su tiempo; ha llegado el momento de licenciarlo.
1. RECENSIÓN
Las recensiones respectivas de las categorías y del cuadrado semiótico son, evidentemente, muy diferentes unas de otras. El pensamiento europeo debe las primeras a Aristóteles; según D. de Tracy:
Las diez categorías son la sustancia, la cantidad, la cualidad, la relación, el lugar, el tiempo, la situación, tener, obrar y padecer, es decir, que, como lo subrayan los autores de Port-Royal, Aristóteles ha querido reducir a diez clases todos los objetos de nuestro pensamiento, incluyendo todas las sustancias en la primera y todos los accidentes en las nueve restantes5.
Kant transformará ese inventario en un sistema de cuatro “dimensiones”: la cantidad, la cualidad, la relación y la modalidad; cada “dimensión” admite tres casos. Contando con esa herencia, los lingüistas han adoptado tres actitudes diferentes: aquellos a los que no les interesa el problema; aquellos que, como Benveniste, han creído que las categorías eran tributarias de la gramática de la lengua en la que fueron enunciadas; y en fin, aquellos otros que, como V. Brøndal, han aceptado trabajar con ellas6.
Desde otro punto de vista, a partir de las investigaciones antropológicas sobre la percepción, conducidas en los años setenta por Berlin y Kay, la psicología americana, en la persona de E. Rosch, ha mostrado cómo los sujetos empíricos (los informadores sometidos a los dispositivos experimentales) construyen las categorías necesarias para la aprehensión de su entorno. Toda una parte de la semántica contemporánea7, representada en Francia por G. Kleiber8, ha explotado los resultados de esas investigaciones con el nombre de “semántica del prototipo”.
De hecho, se trata más bien de la categorización que hacen los sujetos psicológicos y culturales (en la versión más reciente de esa teoría), categorización que opera por tipificación, y la cuestión que se plantea es la de saber si es legítimo incorporar ese procedimiento, sumamente pertinente desde un punto de vista psicológico y antropológico, a la descripción semiolingüística de la categoría. Sea lo que fuere, una vez admitida la variedad de los modos de construcción psicoantropológica de las categorías, el cuadrado semiótico, reconocido como algo específico del funcionamiento discursivo, no puede ser considerado sino como el producto de uno de esos modos de construcción, como una captación entre otras, aquella justamente que se basa en las “estructuras elementales” de la significación.
Tratándose del cuadrado semiótico, si se acepta que se trata de un caso particular de lo que A. de Libéra llama un “dispositivo cuadrangular”9, entonces no resulta imposible vincular el cuadrado semiótico con el cuadrado de Apuleyo según unos, de Aristóteles según otros, el cual permite articular “cuatro proposiciones que se distinguen por la cantidad y por el carácter positivo (afirmativo) o negativo del juicio que encierran”10. Sin embargo, esa filiación no ha sido reivindicada por Greimas, y si a toda costa tuviéramos que señalar los “padres espirituales” del cuadrado, serían más bien los nombres de Hegel y de Lévi-Strauss los que vendrían a la mente. El cuadrado semiótico11 aparece en filigrana en el último capítulo de Semántica estructural, consagrado a la obra de Bernanos, capítulo en el que la referencia a Hegel es explícita12. Pero es sobre todo del modelo propuesto por Lévi-Strauss en el estudio titulado La estructura de los mitos13 de donde arranca el cuadrado semiótico:
… la nueva formulación presenta la ventaja de ser idéntica, en cuanto a la forma de su articulación, a la de la estructura acrónica, inmanente, del cuento popular, así como al modelo del mito, propuesto por Lévi-Strauss14.
2. DEFINICIONES
2.1 Definiciones paradigmáticas
La empresa greimasiana no ha podido eludir el hecho de que la lingüística europea, en los años sesenta, estaba marcada por la diversidad de sus postulaciones. En una perspectiva fundadora, cuya necesidad nadie discute, cuatro direcciones epistemológicas hacían valer sus derechos: una semiótica de la diferencia y del valor, que se apoyaba en el Curso de lingüística general de Saussure; una semiótica de la dependencia, preconizada por Hjelmslev; una semiótica de la oposición binaria distintiva, formulada por Jakobson e ilustrada por Lévi-Strauss; finalmente, una semiótica de la complejidad, adelantada, en términos más o menos nítidos, por Brøndal. Es probable que su coexistencia en el tiempo haya acusado las diferencias, así como su alejamiento en el tiempo las usará insensiblemente; nosotros queremos situarnos precisamente en ese interregno en el que desacuerdos y convergencias se equilibran más o menos.
Ante tal diversidad, la empresa greimasiana trató de ser doblemente “ecuménica”: (i) logró establecer que el aparato conceptual, esencialmente praguense, previsto para controlar las distinciones fonológicas, era transportable y aplicable al tratamiento de la narratividad; (ii) la tarea greimasiana, ante dos versiones del estructuralismo, la “praguense” y la “danesa”, se esforzó por conjugar la “letra” de la versión praguense —tenemos en mente la tipología de las oposiciones elementales, tomada de Jakobson— y el “espíritu” de la versión danesa15, a saber, de una parte, la “teoría del lenguaje” propuesta por Hjelmslev, no por ser la mejor, sino porque es, en cierto modo, la única que asegura de manera coherente la continuación de la revolución saussuriana, a pesar de la notable ampliación del campo de mira; de otra parte, la importancia de la complejidad, tomada de Brøndal:
… mi deuda principal es con Viggo Brøndal quien ha propuesto una combinatoria sistemática de las oposiciones morfológicas16.
Pero esa síntesis pone entre paréntesis la tensión entre esas dos corrientes teóricas, tensión que no deja de reaparecer en el análisis de los discursos.
La divergencia entre las dos corrientes mayores del estructuralismo europeo se debe a que la escuela praguense admite la existencia de términos simples, conciliables dado el caso, mientras que para la escuela danesa, la complejidad es primero, y todos los términos son compuestos, puesto que, según Hjelmslev, “… toda magnitud es una suma”17. Dicha posición enlaza en línea directa con la Mémoire sur le système primitif des voyolles dan s les langues indo-européennes de Saussure, obra en la que se establece que las vocales largas son complejas, dado que asocian una vocal breve y un “coeficiente sonántico”. El progreso, si es que hay progreso, va de la ilusión de la simplicidad al reconocimiento de la complejidad.
Preocupado por precisar lo que lo separa de los praguenses, Hjelmslev afirma que se pueden considerar dos modos de organización de las entidades: la red y la jerarquía. Define la primera como “análisis por dimensiones” y la segunda, como “análisis por subdivisión”. El análisis por dimensiones, que produce las “redes”,
… consiste en reconocer, al interior de una categoría, dos o más subcategorías que se entrecruzan y se compenetran (…)18.
En consecuencia, cada miembro de la categoría puede ser considerado como la intersección de dos dimensiones al menos, y compuesto de dos magnitudes, como mínimo.
Tal es, entre otros, el principio del análisis sémico corriente. El análisis por subdivisión, que produce jerarquías,
… consiste en repartir los miembros de la categoría superior en dos o más clases, una de las cuales, al menos, comportaría dos miembros, como mínimo.
de suerte que cada miembro de la categoría puede ser definido por la manera (parcial o total) como ocupa las casillas obtenidas por subdivisión.
La diferencia entre las dos aproximaciones no es nada despreciable:
La diferencia operativa entre los dos procedimientos consiste en que, en el análisis por dimensiones, se establecen simultáneamente dos (o más) subcategorías, que están absolutamente coordinadas, mientras que en el análisis por subdivisión, se establecen sucesivamente dos (o más) subcategorías, la segunda subordinada a la primera (la tercera a la segunda, y así sucesivamente, si hubiere lugar)19.
Añadiremos que la intervención de las valencias, que hemos preconizado en el ensayo correspondiente, reclama el análisis por dimensiones.
Es posible remitir la tipología de los términos primeros a esa problemática. Un “análisis por dimensiones” solo conoce términos complejos, obtenidos a partir de dos dimensiones cuando menos, mientras que un “análisis por subdivisión” encuentra, a la vez, términos complejos y términos simples. Los textos fundadores del estructuralismo pueden ser aproximados entre sí, si los consideramos como tomas de posición en esa materia. Para el fundador de la glosemática, todos los términos son complejos, aunque parezcan simples. Brøndal y Greimas toman nota de la existencia de unos y otros, pero, luego, se separan: las dominantes brøndalianas son las que median entre los términos positivo y negativo, o incluso —aunque el asunto no es muy claro— entre términos plenos y término neutro; Greimas acude a operadores lógicos, como la contradicción y la implicación, para pasar de un contrario al otro. Finalmente, las oposiciones jakobsonianas afectan a los términos simples en cuanto tales. Resumiendo: entre Hjelmslev y Jakobson, que optan exclusivamente por la complejidad el primero, por la simplicidad el segundo, Brøndal y Greimas conjugan las dos soluciones.
A partir de ahí, definir una relación paradigmática únicamente por la alternancia es reducir manifiestamente el alcance de la relación a la mitad por lo menos. Accedemos a la racionalidad de una relación paradigmática cuando son satisfechas las tres condiciones siguientes: (i) la relación paradigmática tiene como marco lo que Hjelmslev llama una red, en la que la alternancia paradigmática no representa más que una parte “ciega”, por decirlo de algún modo, ya que falta la otra mitad; (ii) una red comprende por definición dos dimensiones distintas; en ese sentido, muchas de las propuestas que aquí hacemos muestran que las dimensiones prevalecientes son la intensidad y la extensidad; (iii) en cada dimensión operan correlaciones de valencias, unas veces conversas, otras inversas, si bien las incidencias de las correlaciones inversas son más significativas y más apremiantes para los sujetos que las correlaciones conversas.
Creemos que tales exigencias se pueden leer en las dificultades, digamos en las objeciones que no han dejado de embestir al cuadrado semiótico: (i) el material operativo no es homogéneo, puesto que el cuadrado semiótico hace intervenir, por un lado la contrariedad y la contradicción, y por otro, la implicación; pero subsiste una solución de continuidad, revelada, por ejemplo, por B. Pottier, que ha insistido una y otra vez en el hecho de que no-rico no implica necesariamente pobre. (ii) El carácter bidimensional del cuadrado semiótico es evidente en el caso de los cuadrados modales que comprenden al menos dos predicados, y la solución propuesta, a saber, el recurso al “grupo de Klein”20 lo único que hace es dar una nueva forma al problema sin resolverlo; (iii) la diferencia entre el modelo constitucional y el modelo transformacional se mantiene, a pesar de los ingeniosos esfuerzos de Greimas por compatibilizarlos, y uno tiene la impresión de que se trata de un simple cambio de punto de vista:
Una nueva interpretación de la estructura elemental de la significación (…) parece entonces posible: si la primera trataba de dar cuenta de la manera en que el sentido se articula para ser captado como significación, la segunda permite a su vez representar cómo se produce la significación por medio de una serie de operaciones, creadoras de posiciones diferenciadas21.
Pero, como por otro lado la significación solo puede ser captada en su transformación, la distinción introducida resulta muy frágil.
La reformulación de la semántica fundamental a partir de premisas tensivas —proyecto declarado desde las primeras páginas de Semiótica de las pasiones— debe, si quiere lograr el fin que se propone, articular los datos siguientes: (i) adoptar la forma de una red que asocie dos dimensiones por lo menos, ligadas por una función, de conformidad con la definición propuesta en los Prolegómenos: “una dependencia que cumple las condiciones de un análisis se llamará función”22; (ii) toda magnitud, cuya pertenencia a la red haya sido establecida, debe ser considerada, por ese mismo hecho, como compleja: si la red comporta dos dimensiones, A y B, la definición de una magnitud es del tipo siguiente: [(valencia de A) + (valencia de B)]. Recordemos, sin más, que Greimas, en las primeras páginas de Semántica estructural, planteaba la complejidad del lexema “cabeza”, pero sin resaltar la tensión entre las dimensiones de /extremidad/ —¿intensiva?— y /esfericidad/—¿extensiva?—. Sin embargo, existe un isomorfismo innegable entre los términos, concebidos como “puntos de intersección de [esos] haces de relaciones”, y la red establecida por la compenetración de las dimensiones.
2.2 Definiciones sintagmáticas
La cuestión que se nos plantea ahora es la siguiente: si la red vale como sistema, ¿qué proceso le corresponde? Dicho de otro modo, ¿cuál es el tenor de la sintaxis adecuada a la red?
Sería por lo menos extraño que la sintaxis fundamental prevista por Greimas, sintaxis que opera por contradicción [s1 → no s1] y por implicación [no s1 → s2], le conviniera a la red. Pero no menos extraño sería que las operaciones propias de la red no tuvieran nada que ver con la sintaxis fundamental. El mayor reproche hecho a la sintaxis fundamental se ha dirigido siempre a la implicación: se consideraba capaz de procurar ese “suplemento” que la contradicción era incapaz de proporcionar, a menos de exceder su propia definición.
Si la implicación crea problemas es porque trata de suponer una homogeneidad de la categoría que, por lo demás, la contradicción pone en cuestión al negar el eje semántico y al abrir una infinidad de posibles susceptibles de desestabilizar la categoría23.
Para que “no-pobre” pueda implicar “rico”, parece necesario, siguiendo esa objeción, postular desde un comienzo una reducción de todos los gradientes subyacentes a fin de obtener el menor número posible de posiciones. La objeción de B. Pottier se dirige justamente, entre otras cosas, contra la legitimidad de esa reducción, en la medida en que existe una infinidad de maneras de no ser “pobre”, y la mayor parte de ellas no consisten en ser “rico”.
La versión sintáctica del mismo problema es aún más clara, puesto que si la contradicción hace salir del dominio de A por negación, la aserción correspondiente a la implicación permite reintegrar el dominio de B en la categoría: es decir, que la negación y la aserción solo pueden operar entre los dominios A y B y no al interior de cada dominio, y que, por consiguiente, cada subdominio constitutivo de la categoría es considerado como simple y no gradual.
La posibilidad de una solución, sobre la cual volveremos más adelante, se deja entrever, sin embargo, por el hecho de que, como lo hemos señalado, la negación pluraliza, mientras que la aserción reduce y concentra: los operadores del cuadrado semiótico, y sobre todo la secuencia [contradicción → implicación] parece que manejan por lo bajo un componente cuantitativo, es decir, extensivo. En consecuencia, de conformidad con las hipótesis formuladas a propósito de las valencias y de los valores, como la extensidad no puede actualizarse sin afectar la intensidad (y recíprocamente), esa dependencia nos autoriza a suponer la existencia de correlaciones entre la intensidad y la extensidad, subyacentes a las operaciones canónicas del cuadrado semiótico.
Por lo demás, se ha olvidado con demasiada frecuencia que el principio de la conmutación, en la medida en que asegura el valor de una oposición, implica que toda alternancia paradigmática tiene que estar ligada, en discurso, a otra alternancia cuando menos. Lo cual se traduce por el hecho de que —trivial evidencia, pero que no deja de ser pertinente recordarla aquí— la “pobreza” puede formar parte de isotopías diferentes según que aparezca, por ejemplo, en un cuento folclórico o en los evangelios. En el primer caso, la “pobreza” es tratada, en la isotopía social, como una figura de la modalidad [no poder-hacer] individual, y en la segunda, en la isotopía de la sensibilidad a la palabra divina, como un [poder-saber] o un [poder-sentir].
Lo cual quiere decir que las relaciones lógico-discursivas propias de la categoría la constituyen en razón únicamente de la correlación que asocia la dimensión “pobreza/riqueza” a otras dimensiones, tales como [poder-hacer/no poder-hacer], en un caso, o “humildad/orgullo”, “sensibilidad/insensibilidad” a la palabra divina, en otro. De suerte que, más concretamente, el “pobre” del Evangelio no se contenta con desprenderse de sus bienes (negación) a causa de la insensibilidad que oponen a la palabra de Dios, sino que debe asertar la “pobreza” —en la relación de implicación— por la nueva capacidad que de ella se deriva y que le permite acoger plenamente dicha palabra. En cierto modo, la contradicción apuntaba a disociar dos dimensiones, actuando solamente sobre una de ellas, mientras que la implicación—aserción escinde definitivamente su solidaridad.
La “conducción teleológica”, que según P. Ricoeur, llevaría de la mano las operaciones sintácticas profundas24, puede ser descrita en términos de correlación entre isotopías del discurso. Especialmente, los misterios de la implicación-aserción, que “enganchan” el recorrido con el cuadrado, pueden ser resueltos si se admite que no existe categoría simple o aislada, sobre todo en discurso, y que la reducción final impuesta por la implicación está guiada por una “mira” que pertenece a otra dimensión, correlacionada con la primera.
Ese razonamiento, desarrollado a propósito de una correlación externa, podría ser reorientado últimamente hacia la complejidad interna del cuadrado semiótico. Si se parte no del término simple “rico”, que, de hecho no tiene ningún derecho a la existencia antes del desarrollo de todas las relaciones que lo constituyen, sino del término complejo aún indiferenciado “pobreza/riqueza”, que la “sumación”* ha identificado como la zona de una categoría, en ese caso, la contradicción trata de disociar las dimensiones que le están correlacionadas; luego, la implicación viene a restablecer su solidaridad indisoluble. Desde ese punto de vista, la implicación/aserción no presupone una dudosa homogeneidad de la categoría, sino, al contrario, la construye contra todas las tendencias dispersivas que se manifiestan. En otros términos, todo el mundo es libre de imaginar un dominio semántico abierto y heterogéneo donde ciertas formas de la “no-riqueza” o de la “no-pobreza” nos obligarían a salir simplemente de la categoría: el “no-rico” y el “no-pobre” no serían en tal caso afectados por la alternancia “riqueza/pobreza”, y ninguna implicación los podría convencer de terminar el recorrido por el cuadrado, es decir, a declararse “pobre”, el primero, y “rico” el segundo. Pero ese dominio abierto y heterogéneo no está organizado por la presuposición recíproca “riqueza/pobreza”, puesto que “riqueza” y “pobreza” no se presuponen mutuamente hasta el punto de que “no-pobre” implique “rico” y “no-rico” implique “pobre”.
Atendiendo a la complejidad interna de la categoría, la sintaxis fundamental pretende disociar las dimensiones, tratar por separado la mitad de la red, y luego reunirlas. El proceso para ensamblar las dos partes de la red tiene que recurrir a una suerte de atropello —la implicación—, que, como hemos intentado mostrar, no es más que la reafirmación final de la unidad de la categoría.
Es esta tal vez la ocasión —aunque volveremos sobre ello— de distinguir una categoría semántica que requiere la interdependencia estricta de la presuposición recíproca y de las implicaciones, de un simple dominio semántico, o “campo” según algunos autores, que es mucho más tolerante desde ese punto de vista. Si la semántica lingüística, y especialmente la lexical, en la medida en que manipula conjuntos ya seleccionados, limitados y depurados, puede contentarse con dominios, la semiótica discursiva debe, en cambio, culminar en la construcción de categorías, las cuales proporcionan a los conjuntos vastos, variados y heterogéneos que manipula, el mínimo de coherencia necesario para la inteligibilidad del discurso.
El balance es muy fácil de hacer: si la contradicción caracteriza la disociación de la red y si la implicación garantiza la existencia y la coherencia de la red, es decir, la presuposición recíproca de las dos “semi-redes”, entonces la implicación debe tener prioridad sobre la contradicción. Nos damos cuenta de inmediato que adoptando esta definición de la estructura, nos colocamos deliberadamente en la perspectiva de una semiótica de la dependencia y de la complejidad. Una semiótica de la dependencia es una semiótica fuertemente implicativa, la cual atribuye al [si → entonces] (y a su reinversión concesiva) una “fuerza ilocutoria” superior. Pero esa presentación es incompleta. El operador adecuado a la red es, de hecho, como ya lo hemos sugerido, la conmutación, en la que Hjelmslev vería el pivote del método lingüístico, y que incluyó en la “estructura fundamental de toda lengua en el sentido convencional”. Si nos colocamos resueltamente en la perspectiva de la red de dependencias, limitándonos al caso en que la red se base en la intersección de dos dimensiones, obtenemos, seleccionando los valores a y b en una dimensión, y c y d en la otra dimensión, las posiciones siguientes:

La conmutación supone que los valores a y b de una dimensión “llamen”, impliquen, es decir, seleccionen respectivamente los valores c y d de la otra dimensión, adjunta siempre a la primera, de suerte que al término de esa selección, solo conservamos una semired:
La dependencia y la diferencia responden así de la estructura: la dependencia adopta la forma de las dos implicaciones, [si a, entonces c] y [si b, entonces d], en tanto que la diferencia produce la distinción presupuesta: [a → b] y su réplica presuponiente: [c → d]. Dicho de otro modo, la disjunción entre los dos primeros complejos se produce a causa de la correlación entre las dos dimensiones: porque [a] y [b] seleccionan respectivamente [c] y [d] (relaciones de dependencia “electivas”), [a] y [b] por un lado, [c] y [d], por otro, se encuentran disjuntos (relaciones de diferencia).
La dependencia “crea” la diferencia, aunque no por sí sola. Una simbiosis reclama determinadas posibilidades del “sistema sublógico”, pero no todas, o no en la misma perspectiva: aquí toma en cuenta [a-c] y [b-d], pero “ignora” o coloca en segundo plano los otros dos complejos posibles: [a-d] y [b-c]. Y ese procedimiento, o esa orientación, es inherente a la significación misma, ya que si todos los posibles estuvieran manifestados, en el plano de la expresión y en el plano del contenido, el sujeto se vería obligado a manejar únicamente universales y se encontraría en la imposibilidad de articular el sentido. En otros términos, la dependencia solo puede producir la diferencia si es “electiva”; y esa sería, sin duda, una de las operaciones constitutivas de la “sumación”: en el seno de una dimensión cualquiera, una magnitud, por ejemplo la “pobreza”, elige otra magnitud que pertenece a otra dimensión, la “humildad” por ejemplo, y con ello crea la posibilidad de una diferencia con las otras magnitudes de su propia dimensión. En efecto, la oposición entre “pobreza” y “riqueza” es únicamente de escala, hasta que la correlación con la dimensión “humildad/orgullo” no le haya otorgado su valor y su orientación (en este caso, “pobre” → positivo y “rico” → negativo).
En cierto modo, la conmutación significa que “se” cambia de valor sin salir no obstante del sistema: confirma, en cierto modo, la elección operada inicialmente: [si a, entonces c], pero [si b, entonces d]. Salir del sistema equivaldría a cambiar la relación electiva entre magnitudes. Si se quiere admitir que, en relación con el complejo tensivo en el que esas dependencias se establecen, cada dimensión [a-b] y [c-d] es un gradiente y que cada magnitud solicitada [a, b, c, d] es una posición en un gradiente, entonces el procedimiento de “elección” que venimos proponiendo puede ser interpretado como una “puesta en correlación” entre dos gradientes. De acuerdo con el principio establecido en el capítulo dedicado a la valencia disponemos en ese caso de dos posibilidades: la correlación conversa, que permite una elección “directa” entre magnitudes del mismo rango, y la correlación inversa entre magnitudes de rango simétrico. Además, desde un punto de vista sintáctico, la concesión —la relación inversa— presupone la implicación, es decir, la relación conversa, en la medida en que la contradice.
Si podemos aceptar que las cuatro entidades complejas [a-c] y [b-d] por un lado, y [a-d] y [b-c] por otro, constituyen los términos de la estructura, cuya diferencia es el producto de dependencias “electivas”, el juego estructural puede adoptar, en el caso en que dos dimensiones solamente están correlacionadas, las dos formas siguientes:

Si dentro de cada correlación es la “elección” de una magnitud por otra la que hace emerger la diferencia entre dos correlaciones, el proceso es muy diferente: para saber si la correlación es conversa o inversa, no es suficiente identificar qué magnitudes “eligen” otras magnitudes; hace falta además poder comparar globalmente los gradientes y sus orientaciones respectivas. Lo que significa que ese segundo tipo de diferencia pone en juego no tal o cual grado de los gradientes, sino las dimensiones en su conjunto, es decir, literalmente la orientación y la coherencia de la red. En ese caso también, una dependencia (la correlación) hace emerger una diferencia entre dos maneras de asociar dos orientaciones. De hecho, la diferencia o la semejanza entre las orientaciones, conversa o inversa, de cada dimensión, solo aparece sobre el fondo de la dependencia —la correlación— que obliga a compararlas y a adoptar una solución u otra.
Para poner un ejemplo bien conocido, el de las modalizaciones veridictorias, es sabido que, por definición y por construcción, desde los años setenta, cada posición es definida como un término complejo que conjuga dos dimensiones: la del ser y la del parecer. Si admitimos por hipótesis que las dos dimensiones son graduales —no es absurdo suponer que, al igual que lo que ocurre en otras partes, el ser puede ser graduado según la intensidad y el parecer según la extensidad— obtenemos, por correlación conversa o inversa, los dos esquemas siguientes:

Daría la impresión de que, a partir de una semántica de lo continuo, de la dependencia y de la complejidad, se podrían distinguir dos tipos de diferencias: (i) una diferencia interna, propia de cada correlación, en la que la variación entre s1 y s2 —el recorrido por el arco de correlación—pueda ser tratada de manera continua en función de los grados seleccionados en cada una de las dos dimensiones; (ii) una diferencia entre dos correlaciones que solo puede ser discontinua, cualquiera que sea la solución adoptada, puesto que no existe pasaje continuo posible entre los dos arcos de correlación.
Concreta e intuitivamente, sabemos que la ilusión y el secreto se hallan interrelacionados: apenas hay una ilusión que no recubra un secreto, ni secreto que se guarde mejor que detrás de una ilusión. Cada correlación se presenta como una perspectiva homogénea sobre el fondo complejo de ser y de parecer, donde los dos términos opuestos son al mismo tiempo solidarios, y hasta asociados en una misma estrategia discursiva: en ese sentido, se someten a la regla de presuposición recíproca y pueden ser tratados como contrarios.
Por tanto, desde el momento en que tratamos de sintetizar las dos correlaciones en un solo sistema cuadrangular, el paso de una correlación conversa a una correlación inversa debe ser tratado como una revolución interna de la correlación: esta última no queda suspendida pero la orientación de los gradientes es invertida. Al interior de la categoría, hay que elegir obligatoriamente una de las soluciones, y cada una excluye a la otra. Esas diferentes propiedades nos llevan a reconocer en ellas una interpretación plausible de la contradicción. El ejemplo de la veridicción muestra a las claras que dicha síntesis es incompleta, puesto que tenemos aún la posibilidad de escoger entre dos soluciones, si es que colocamos “horizontalmente” los dos pares de contrarios y “verticalmente” las dos correlaciones contradictorias:

La cuestión es la siguiente: cuando partimos efectivamente de un complejo que engendra las modulaciones de la tensión entre dos dimensiones, ¿cómo reconocer, por ejemplo, la modulación que correspondería al término contradictorio apriorístico “no-verdad”? Dado que aquí la contradicción es global entre dos orientaciones de la correlación, es decir, entre dos formas de complejidad, no podemos decidir de antemano si se trata del secreto o de la ilusión. Y es, entonces, cuando aparece plenamente el rol que juega el valor y la implicación en la estabilización del cuadrado semiótico.
En efecto, si el secreto implica la verdad (solución I), quiere decir que es el ser, igualmente positivo en los dos términos, el que selecciona el parecer (verdad) o el no-parecer (secreto). Por el lado de la implicación [ilusión → falsedad], sería el no-ser el que jugase el mismo rol, de suerte que podemos afirmar que, en lo que concierne a la primera solución, es la dimensión del ser la que es decisiva, en el sentido en que son las magnitudes que la constituyen las que son “electoras” (o seleccionantes).
En cambio, si la ilusión implica la verdad (solución II), eso significa que es el parecer (igualmente positivo en ambos términos) el que está en posición de seleccionar esta vez el ser (verdad) o el no-ser (ilusión); en la otra implicación, el no-parecer juega el mismo rol, confirmando de ese modo el rol seleccionante de la dimensión del parecer.
En suma, la implicación asegura siempre la homogeneidad (o en términos discursivos, la isotopía) de la categoría, pero está también condicionada (al mismo tiempo que la revela) por la distribución de roles —elector/elegible; seleccionante/seleccionado— entre las dos dimensiones correlacionadas: la categoría veridictoria, por ejemplo, cambia de disposición según que la seleccionante sea la dimensión del parecer o la del ser.
3. CONFRONTACIONES
La primacía de la red, y más generalmente, de la complejidad, sobre la oposición binaria, nos incita a examinar la resonancia que ello tiene sobre la noción de punto de vista. En relación con la red, el punto de vista se encuentra involucrado en el dilema siguiente: operar, después de la separación, con una sola dimensión: [ac ⇔ ad] o [bc ⇔ bd], o con dos dimensiones: [ac⇔ bd]. En el primer caso, el punto de vista nos da a conocer cuál es el término positivo entre c y d; en el segundo caso, nos informa sobre la dimensión directriz. Consideremos la máxima de La Rochefoucauld: “La debilidad se opone más a la virtud que al vicio”. (Máxima 445). En lugar de separar la dimensión del querer de la del poder, esta máxima las funde una con otra, de suerte que la única vía de diferenciación —como lo hemos señalado en el ensayo “Valor”— es la del mejoramiento y la peyoración. Y es así como la peyoración afecta al querer mientras que el mejoramiento actúa sobre el poder, y la virtud y el vicio pueden ser parcialmente identificados gracias a la “fuerza” que requieren, y a la “debilidad” que rechazan.
Un segundo ejemplo procede de Baudelaire. En el primer verso del poema LXXVIII de Las flores del mal:
Quand le ciel bas et lourd pèse comme un couvercle [Cuando el cielo bajo y denso pesa como una tapadera]
el “cielo” añade a las dimensiones usuales —luminosidad, superatividad espacial— dimensiones inesperadas como las de pesadez y compacticidad; y al hacerlo, ese primer verso opera una conmutación del punto de vista: la profundidad táctil viene a sustituir a la profundidad visual; el “cielo” queda amenazado de promiscuidad con el “aquí-abajo”. Sorprendentemente, la metáfora indica un cambio de régimen: el “cielo”, protegido por así decirlo por el régimen de la selección (la separación, la distancia), cae bajo el régimen, peyorativo, de la mezcla (la promiscuidad).
La metáfora procedería de manera general a una conmutación de puntos de vista de la misma naturaleza, y la “gran” metáfora —aquella que, según Proust, “… es la única que puede dar una suerte de eternidad al estilo (…)”— transfiere determinada magnitud de un campo categorial a otro campo diametralmente opuesto, por ejemplo del campo del ser al campo del hacer, del campo de la persona al de la nopersona, del campo del “acontecimiento” al de la repetición, etc.25.
Del mismo modo, la metáfora homérica “la aurora de los dedos de rosa” hace oscilar a la “aurora” de la no-persona a la persona, de lo amorfo a lo eidético, de la luminosidad al cromatismo… Si la metáfora hace realmente violencia a la praxis enunciativa, ello nos permite comprender el hecho de que, a lo largo de los siglos, se la haya considerado como la “reina” de las figuras, a pesar de los meritorios esfuerzos desplegados por Jakobson y Lévi-Strauss por colocar la metonimia al mismo nivel.
La proximidad con las proposiciones —y con las denominaciones— de R. Blanché, en su obra titulada Structures intellectuelles, son demasiado sorprendentes para que sean ignoradas. Es difícil, en los límites que nos hemos impuesto, reproducir aquí el desarrollo eminentemente técnico del autor. Los procedimientos de generación de las diversas posiciones son diferentes: mientras que para Greimas se trata de pasar de “dos” a “cuatro” posiciones, y luego, por medio de nuevas operaciones, de “cuatro” a “seis”, para R. Blanché se trata más bien de pasar de “tres” a “seis” posiciones. En segundo lugar, el rol de la implicación parece de menor importancia en la aproximación de R. Blanché que en la de Greimas.
Dos dificultades se presentan en relación con el postulado de la complejidad y el juego de las valencias, que es su expresión operativa. En lo que se refiere a lo que en semiótica se denomina “isotopía pasional”, R. Blanché propone el “hexágono completo” siguiente26:

En primer lugar, hay razón para preguntarse por la naturaleza exacta de las posiciones Y (patía) y U (apatía): tenemos la impresión de que no son términos engendrados por las relaciones propias del hexágono sino los ejes semánticos mismos, es decir, el denominador común de los términos contrarios. En segundo lugar, las diferencias [A-I] y [E-O] ¿son de orden lógico o son más bien las manifestantes de una diferencia de intensidad (o de cantidad), siguiendo la línea de los constituyentes del cuadrado de Aristóteles? Lo que resulta claro es que se pueden transportar fácilmente esos datos a la estructura conmutativa que hemos propuesto, es decir, a una red:

Si en materia de teoría el derecho a lo “arbitrario” es imprescindible, no ocurre lo mismo en lo que se refiere a su “aplicabilidad”. Las vicisitudes de la pasión [filia ⇔ fobia], por ejemplo la conversión del amor en odio27, advienen porque la “tonicidad” se conserva intacta. En cuanto a lo que se podría denominar con todo rigor “afóresis”, es decir, “pérdida” [tonicidad → atonía], una máxima de La Rochefoucauld muestra la medida de su complejidad:
Casi no hay nadie que no se avergüence de ser amado cuando ya no se ama a sí mismo (Máxima 71).
Ocurre aquí como si la negación de la “filia” fuera imposible, como si la pasión, incluso terminada, conservase un residuo de intensidad que tendería a actualizarse en una forma degradada de la pasión contraria.
Lo que, una vez más, parece cuestionable es el contenido exacto de la negación y su relación con la intensidad. La negación tiene que ver incuestionablemente con la textualización, donde, de modo general, se manifiesta sin variación observable; pero en profundidad, las cosas se presentan de manera diferente: la negación impone una secuencia única y sincrética a discontinuidades muy diversas y todas provisionales, propias de cada cultura, así como a los cambios cualitativos que dichas discontinuidades determinan por conmutación. En una palabra, la negación está condicionada, y es tal vez analizable, de tal suerte que se puede dudar de que sea un elemento primitivo.
Añadamos, finalmente, que R. Blanché propone como “estructura perfecta” el “hexágono de la igualdad” siguiente28, que organiza las diferencias de las magnitudes:

Para el lingüista y para el semiótico, esta presentación no es obvia. Considerar que la igualdad, la superioridad y la inferioridad forman una tríada de contrarios, es olvidar que las contrariedades no tienen el mismo rango: la contrariedad [igualdad/desigualdad] es anterior; la contrariedad [superioridad/inferioridad] es posterior. Otras dos diferencias deben ponerse de relieve: la superioridad y la inferioridad se identifican la una con la otra de acuerdo con la regla elemental siguiente: si a es más grande que b, entonces b es más pequeña que a, de tal modo que se trata de una reciprocidad y no de una contrariedad en sentido estricto. Finalmente, la igualdad y la desigualdad presuponen, como Sapir lo ha indicado, una “gradación”, que puede ampliarse ya por exceso de su límite inferior o superior, ya por segmentación interna, de suerte que basta con tres términos para introducir la complejidad irreductible. Sapir muestra con toda claridad que las posiciones significan ante todo que una transitividad ha sido interrumpida:
… a, b, c han de ser los únicos miembros de la serie clasificados en gradación: en ese caso, c es “el mejor”, no porque sea mejor que a y b, sino porque no existe ningún otro miembro de la serie que sea mejor que él (…); c dejará de ser “el mejor” desde que otros miembros [d, e, f… n] sean añadidos a la serie, a pesar de que siga siendo “mejor” que algunos otros miembros ya fijados de la serie…29.
Greimas coincide con Sapir cuando escribe:
En lingüística, las cosas suceden de manera distinta [que en lógica]: el discurso guarda en su propio desarrollo las huellas de las operaciones sintácticas anteriormente efectuadas…30.
Por lo demás, las relaciones entre el 4-grupo de Klein y el cuadrado semiótico podrían ser precisadas gracias a la teoría de las valencias. En efecto, el grupo de Klein se presenta globalmente como la conjunción de dos transformaciones aplicadas a una misma magnitud, como en Piaget, y tal como lo retoma implícitamente J.-C. Coquet cuando propone su diagrama de las secuencias modales de la identidad subjetal:
| q-ps | sp-q |
| no q-ps | no sp-q |
Y el autor comenta:
Un cuadrado semejante es construido formalmente según las operaciones involutivas (lógicamente, de la contrariedad) y de la inversión (lógicamente, de la implicación)31.
Los paréntesis añadidos por el autor señalan, justamente, aquello que habría que demostrar: disponemos de un juego de magnitudes modales a las que se aplica conjuntamente la inversión y la negación, pero no se sabe cómo y ni siquiera si es posible pasar de esa forma de la contrariedad a la implicación, es decir, a un cuadrado semiótico.
Otro caso, frecuentemente representado en los cuadrados llamados modales, es aquel en el que el grupo de Klein consiste en aplicar una misma operación a dos magnitudes conjugadas; en lugar de efectuar dos operaciones combinadas, se realiza una sola operación, cuyo alcance es diverso:
| Querer hacer | Querer no hacer |
| No querer no hacer | No querer hacer |
Pero este caso podría ser reducido sin dificultad al anterior, de carácter más general, desde el momento en que se advierte que las dos negaciones no tienen aquí el mismo estatuto: una afecta al predicado de base (al término presuponiente, en este caso el hacer), y la otra afecta al predicado modal (al término presupuesto, en este caso el querer). Incluso en lógica, y a fortiori en lingüística y en semiótica, no hace falta demostrar que la negación del “presupuesto” y la del “presuponiente” no tienen el mismo estatuto semántico ni las mismas consecuencias pragmáticas, lo que implica que los términos engendrados de ese modo, al no tener el mismo estatuto, no son homogéneos.
Podríamos detenernos en la definición general siguiente: el 4-grupo de Klein se forma por la aplicación de dos operaciones o de dos variedades de la misma operación a una magnitud o a un conjunto de magnitudes previamente definidas. Y es justamente ahí donde aprieta el zapato: el grupo de Klein, a diferencia del cuadrado semiótico, no define los términos que manipula, solo define las posiciones que los términos ocupan. El cuadrado semiótico produce, gracias a sus relaciones constitutivas, las posiciones que definen los términos de una categoría, mientras que el grupo de Klein presupone, según parece, la existencia de dichos términos, y les asigna luego sus posiciones respectivas. Tal era, en sustancia, la objeción —oral— de Greimas.
De hecho, el grupo de Klein se parece a lo que nosotros denominamos una red de dependencias. Dos constataciones apoyan esta afirmación: ante todo, solo se da un grupo de transformaciones si existen dos operaciones correlacionadas; luego, en la casi totalidad de los ejemplos encontrados en semiótica, esas operaciones no se aplican a una magnitud aislada sino a dos magnitudes correlacionadas cuando menos, es decir, a una forma compleja. El cuadrado de la identidad modal de J.-C. Coquet da testimonio de lo que decimos, ya que, lejos de limitarse a una combinatoria formal de magnitudes simples, trata explícitamente relaciones de dominancia (dominancia del querer o dominancia del saber) dentro de un dispositivo modal complejo.
De todo ello se desprende inmediatamente una primera consecuencia: si el grupo de Klein, tal como es usado en semiótica, manipula correlaciones de magnitudes y de operaciones, es de suponer que se aplica a gradientes y a valencias, lo que nos lleva, por ejemplo, a reinterpretar la predicación modal como un lazo tensivo entre dos gradientes: la modalización del hacer por el querer, por ejemplo, podría conducir, por tanto, a dos tipos de correlaciones: (i) dos correlaciones conversas, que sustentan modalizaciones implicativas: si “más” querer, entonces “más” hacer; si “menos” querer, entonces “menos” hacer; (ii) dos correlaciones inversas, que fundamentan modalidades concesivas: a pesar de querer “más”, no obstante hacer “menos”; a pesar de querer “menos”, no obstante hacer “más”. Las modalizaciones implicativas, que se basan en correlaciones conversas, consagran la fuerza del lazo modal (querer hacer y no querer hacer); las modalizaciones concesivas, que se basan en correlaciones inversas, expresan el debilitamiento de ese mismo lazo modal, (querer no hacer y no querer no hacer).
En consecuencia, el razonamiento que hemos aplicado para analizar el paso de una red de valencias a un cuadrado semiótico podría ser reproducido aquí, en la medida en que el grupo de Klein, tal como es utilizado en semiótica, no es más que la representación especificada de una red de dependencias. El ejemplo del cuadrado de la veridicción, evocado anteriormente, resulta particularmente claro en este punto, ya que el problema que plantea ha podido ser abordado por medio del grupo de Klein32, así como lo hemos hecho aquí mismo, con la resolución de una magnitud compleja. Lo que quiere decir que, así como la tabla cortesiana en la que se inscribe la red, el grupo de Klein no es una solución al problema de la complejidad y de la tensividad que pone de manifiesto: lo único que hace es proporcionarle una aparente forma lógica y gráfica. La explicación reside en el mecanismo tensivo de las correlaciones entre valencias.
Por otro lado, el cuadrado semiótico, y la categorización en general, han obtenido, con los trabajos de R. Thom y J. Petitot, una nueva interpretación en términos de la teoría de las catástrofes. No es este el lugar para evaluar el impacto y el alcance de la teoría de las catástrofes en semiótica. Señalemos simplemente que el principio mismo de la diferencia de potencial, que por lo demás no es exclusivo de esa teoría, y que sobrepasa ampliamente las cuestiones que tocan al cuadrado semiótico, podría ser una buena reformulación de la noción de “tensión”; y hasta podría estar en condiciones de justificar el beneficio de dicha reformulación.
Pero si se observa de cerca la argumentación de J. Petitot nos damos cuenta rápidamente de que la elección de una matemática topológica reposa finalmente, con términos distintos de los nuestros, en la preocupación de hacer emerger las diferencias a partir de redes de dependencias. En efecto, reducir las oposiciones constitutivas de una categoría sémica al “valor posicional” de sus determinaciones, es privilegiar el “principio de conexión”, tomado explícitamente de Geoffroy Saint-Hilaire: la elección efectuada y su motivación son claras, puesto que se trata de mostrar
… cómo pueden preexistir conexiones a su análisis en términos y en relaciones, y por lo mismo, cómo pueden organizar unidades interiormente articuladas donde el valor de las partes es una función de su posición33.
La localización de las diferentes determinaciones en un mismo espacio conduce, en suma, a un reparto del espacio, a una coexistencia de partes que presentan estratos y puntos en común, y el advenimiento de la diferencia será pensado, en esa perspectiva, como producto de la complejización morfológica de lo que no es al principio más que una simple distribución de sitios conectados entre sí. Con toda coherencia, la defensa de la dependencia se prolonga en J. Petitot hasta el rechazo de la “discretización de los esquemas topológicos”, porque “anula todo lo que puede formar estructura”34.
Además, cuando se examinan los avatares de las diferentes determinaciones, en las catástrofes que describen la topología del cuadrado semiótico, nos damos cuenta de que podrían ser caracterizados muy económicamente como las diferentes relaciones tensivas entre dos [X-Y] y luego tres [X-Y-O] dimensiones. Así se vería, por ejemplo, la distribución propia de la “cusp”, es decir, un conflicto entre dos dimensiones:

Dos comentarios se nos vienen a la mente. Ante todo, si no imaginamos —como algunos lo hacen a veces— las determinaciones X e Y como entidades más o menos autónomas “capturadas”, “atraídas” o “rechazadas” por las fuentes de potencial, sino simplemente como valores posicionales y graduales, que se definen por la correlación de sus variaciones respectivas y conexas, entonces todas las zonas de ese conflicto describen equilibrios diferentes de dicha correlación. Por tanto, parece legítimo preguntarse: si no hubiera distribución de los sitios y de las fuerzas en el espacio categorial, si el dominio no estuviera dividido en subdominios que diferenciaran las dominantes de X y de Y, ¿qué quedaría? La respuesta no es: el “eje semántico” o el “sema isotopante”, como nos llevaría a pensar la semántica clásica, sino: la “fusión de x y de y, fusión que se obtiene o al margen del alcance de los estratos (a la izquierda de la punta de la “cusp”, en el diagrama anterior) como “fusión estática”, o por globalización de un proceso reversible y cíclico (en términos de R. Thom, el “ciclo de histéresis”) como “fusión metabólica”: no es, pues, el eje semántico amorfo el que subsistiría, sino la correlación de X e Y en su principio mismo. En otros términos, la “correlación tensiva”, tal como nosotros la definimos, es a la semántica tensiva y continua lo que el “eje semántico” es a la semántica discreta y discontinua.
Observando más de cerca, nos damos cuenta de que la complejidad —en el sentido en que nosotros la entendemos, es decir, la coexistencia y la correlación de varias dimensiones o profundidades— no desaparece jamás en la perspectiva catastrofista, puesto que hasta la oposición privativa la conserva: la ausencia de X puede ser reformulada, a partir de la “descompactificación” de la “cusp”, como una desaparición de X (absorción por O) “en presencia de Y”; inversamente, la aparición de Y será formulada como “génesis de Y a partir de O en presencia de X”35. La copresencia y la conexión de dos determinaciones —que nosotros llamaríamos de mejor grado “dimensiones” o “profundidades”— es el mínimo requerido en ese caso para que se perfile una categoría.
Pero la focalización —comprensible en los años ochenta— sobre el cuadrado semiótico y sobre la necesidad de dar cuenta de él, ha ocultado en parte esa dimensión casi brøndaliana de la teoría de las catástrofes: en efecto, toda la demostración de J. Petitot tiende a una finalidad y apunta a “fundamentar” matemática y ontológicamente, vía la fenomenología, el cuadrado semiótico. Las posiciones del cuadrado semiótico así definidas jamás son términos simples, a lo sumo y en última instancia, son términos “simplificados” —es el caso de Xoo, la determinación denominada “infinitesimada” o “idealizada”—, sino, por el contrario, términos complejos en cuyo seno buscan su equilibrio dimensiones correlacionadas, en reciprocidad y en interdependencia.
Parece, finalmente, oportuno tratar de tomar posición frente a la semántica del prototipo, que se presenta actualmente como una teoría psicolingüística de la categoría. En efecto, en esa perspectiva, la categoría no se define a partir de las relaciones que la constituyen, sino en virtud de la elección de una magnitud denominada “prototipo”, en torno a la cual se organizan las diferentes dimensiones de un dominio semántico. Conviene precisar varios puntos a ese respecto: (i) en su origen, esa teoría se interesó ante todo por la base perceptiva de la categorización (por ejemplo, la segmentación de los colores); (ii) como tal, trataría más bien, como ya lo hemos sugerido, de la categorización del mundo natural, en orden a su lexicalización, que de la categoría lingüística en general; (iii) utiliza tanto propiedades distintivas como propiedades jerárquicas, es decir, tanto la diferencia como la dependencia; (iv) lo que quiere decir que los prototipos que manipula son de naturaleza muy diferente: un paquete de rasgos comunes o un elemento aislado, un elemento neutro o un elemento destacado (el “parangón” o el mejor ejemplar), un conjunto de rasgos organizados en red, o bien una simple semejanza de familia dispuesta en cadena. Por lo que se refiere a este último punto, podemos advertir que los prototipos pueden ser ya intensivos (el mejor ejemplar) ya extensivos (la red, el aire de familia) y que su rol estructurante puede ser fuerte (parangón, red) o débil (elemento neutro, aire de familia).
La semántica del prototipo concierne a la estratificación, de suerte que la cuestión planteada es la de la determinación de las fronteras del dominio semántico a partir de las figuras del mundo natural que son percibidas por el sujeto, y luego la de la identificación de las relaciones internas y externas que contribuyen a estabilizar o a desestabilizar dichas fronteras. Se trata, pues, más de la emergencia de las categorías a partir de la figuratividad que de la descripción de la categoría semiolingüística en general. La semántica del prototipo es en ese sentido tributaria de la teoría de la Gestalt, en la medida en que trata de la identificación de formas, cuya diversidad fenomenal es difícilmente controlable, gracias a una matriz que su superposición y su acercamiento perfilan poco a poco: el prototipo es en cierta medida una “figura” que se destaca del fondo indistinto de las ocurrencias.
Muchos de los problemas abordados por esa teoría pueden ser “formulados” y en parte resueltos, en los términos de una semiótica tensiva del discurso. Por ejemplo, la cuestión de la consistencia de las fronteras del dominio semántico apenas tiene sentido en el ámbito de la lengua, en la medida en que dicho fenómeno depende de las selecciones propias de cada discurso, de una clase de discursos y hasta de una cultura. Preguntarse, por ejemplo, si la “lava” forma parte de la clase de líquidos, o si un platillo volador es un buen prototipo de la clase de los vehículos automóviles, es preguntarse de hecho cuál es la isotopía del discurso, la que a su vez es tributaria del género y del tipo de discurso.
La naturaleza de los lazos entre los constituyentes de la categoría, otra de las cuestiones recurrentes, depende del punto de vista adoptado para construir la totalidad: la colección de rasgos comunes depende de una estrategia acumulativa, extensiva o conceptualizante, mientras que la selección del “mejor ejemplar” obedece a una estrategia intensiva, electiva e iconizante. De acuerdo con la distinción propuesta en el ensayo “Praxis enunciativa”, las dos grandes estrategias del punto de vista entran a tallar aquí; una reposa en la extensión cognitiva de una o varias magnitudes del dominio semántico, y la otra, en la intensidad sensible de una de las partes, que vale por todas las demás. Por ello, el análisis de la categoría, y de las posiciones respectivas de sus constituyentes, puede desembocar en la medición de las tensiones entre la matriz y sus realizaciones concretas. De ese modo, habrá que tomar en cuenta, por ejemplo, tanto las tensiones cohesivas que agrupan en un mismo dominio agua, leche, sopa, lluvia, niebla, lava, aceite, metal fundido, como las tensiones dispersivas que, en determinado contexto discursivo, pueden ser consideradas como inferiores entre agua y aceite, o como superiores entre agua y lava. A ese respecto, pueden intervenir también las figuras de retórica para elevar o rebajar dichas tensiones dispersivas, ya que con ciertas condiciones la lava puede formar un río, e incluso, como en Verlaine, el horizonte brumoso se presenta como “un cielo de leche”36.
Entre las modulaciones tensivas (extensivas e intensivas) de la categoría y sus utilizaciones en diversas enunciaciones concretas y con puntos de vista particulares, persiste no obstante la zona de pertinencia del cuadrado semiótico, que merece, en este aspecto también, ser situada con alguna precisión. Tal situación podría ser precisada del siguiente modo: (i) la organización tensiva de la categoría determina al menos un centro de tensión (el atractor o “prototipo”) y horizontes de distensión o “fronteras”; (ii) desde el punto de vista de la percepción semántica, se organiza un dominio semántico como un espacio tensivo, como un campo de presencia (cf. el ensayo “Presencia”); (iii) la aparición del atractor, si es de tipo intensivo, produce un efecto similar a lo que nosotros llamamos “sumación”, y si es de tipo extensivo, se parece a la “resolución” (cf. el ensayo “Esquema”); la “sumación” y la “resolución” se hallan en el corazón del engendramiento del cuadrado semiótico a partir del espacio tensivo; y finalmente (iv) la praxis enunciativa, que regula la aparición y la fijación de los usos, retroactúa sobre la percepción categorial y congela de ese modo los “estilos” categoriales. A ese respecto, y recordando que el cuadrado semiótico puede ser derivado de la red, ocuparía el lugar que se indica en la tipología de los “estilos categoriales”:

IV
Esquema
1. RECENSIÓN
Para proceder a la recensión de este tema, hay que establecer primero el corpus de los términos emparentados. En primer lugar, el lexema “esquema” puede presentarse de modo absoluto o bien especificado. En el dominio semiolingüístico, el empleo absoluto es propio de Hjelmslev, y funda la distinción entre forma y sustancia, en la cual veía él lo esencial del descubrimiento saussuriano. El empleo absoluto es igualmente mantenido por Greimas a propósito de las estructuras elementales de la significación para designar la relación entre los términos contradictorios del cuadrado semiótico, relación de s1 con no-s1, y de s2 con no-s2, y para recordar que la forma semiótica “está hecha de exclusiones, de presencias y de ausencias”1. Hay que precisar de entrada que Greimas no enlaza esa denominación con la expresión hjelmsleviana —cosa que no deja de hacer cuando la continuidad de conceptos es patente—, pero es claro que, concebida como productora de un “esquema”, la negación se identifica con una operación de selección (tri), cuyo objetivo consiste en delimitar la zona de una categoría: la esquematización tendría, en ese sentido, algo que ver con la “sumación”.
En segundo lugar, el “esquema” se presenta también premunido de un adjetivo, como en el sintagma “esquema narrativo”, en cuyo desarrollo Greimas veía inscrito el “sentido de la vida”. Pero, si se nos permite la expresión, el “esquema narrativo” se ha quedado huérfano: ¿por qué no hablar, por ejemplo, de un “esquema modal”? La modalización forma parte importante de la narratividad, ciertamente, pero puede ser encarada directamente como tal, y considerada como una dimensión autónoma del discurso. En ese caso, ¿no exigiría para su explicación la presencia de un “esquema modal”?
El corpus comprende también los términos de “esquematismo”, que debemos a Kant, y de “esquematización de las categorías”, según J. Petitot, el cual considera esta última como una mediación entre la trascendencia de las categorías y su objetividad fenoménica. Pero más allá del sentido propio, que consistiría en atenerse a la letra kantiana, es decir, el “esquematismo” concebido como mediación entre el concepto y la imgen2, encontramos también un sentido figurado, que propone Cassirer, en Filosofía de las formas simbólicas, ampliando esa noción a la mediación entre lo que se ha dado en llamar lo sensible y lo inteligible.
El lenguaje, con los nombres que asigna a los contenidos y a las relaciones espaciales, posee igualmente un esquema, al que tiene que remitir todas las representaciones intelectuales a fin de que puedan ser captadas y representadas por los setidos3.
Por su cuenta, J. Petitot precisa el estatuto del esquema confrontádolo con el de modelo: a medio camino entre el concepto y la diversidad fenoménica, las estructuras topológicas son esquemas en relación con los conceptos teóricos, puesto que los traducen en un imaginario susceptible de ser desarrollado en ocurrencias, y son a su vez modelos en relación con la diversidad de las ocurrencias que reducen.
La cuestión que se plantea entonces es la siguiente: ¿tal diversidad es realmente reductible? ¿Es posible extraer un núcleo que pueda ser atestiguado en todos los usos que hemos detectado, los cuales serían solo variedades de ese núcleo? Al parecer, la convocación de una esquematización responde a la necesidad de tratar con el máximo rigor una heterogeneidad o una alteridad considerada como constitutiva: entre la forma y la sustancia, para Hjelmslev; entre lo inteligible y lo sensible, para Cassirer; entre la imagen y el concepto, para Kant; entre la estética trascendental y la percepción, para J. Petitot. Quedan los dos usos diferentes del término “esquema” en Greimas: dichos usos, correlacionados, por lo demás, entre sí, no contradicen la anterior propuesta en la medida en que, si bien se colocan en un nivel menor de generalidad, cumplen la misión de cerrar una brecha, puramente semántica en el caso del cuadrado, existencial en el caso del esquema narrativo. Todo ocurre como si, en los diversos autores, el esquema solo debiera su posición de mediador a esa brecha entre la intensidad y la concentración conceptual y categorial, de una parte, y de otra, la extensión y la dispersión de las ocurrencias.
En tal sentido, es decir, en los límites que presupone, la noción de esquema será abordaba aquí. Basándonos en la problemática tensiva que sostiene el conjunto de estos ensayos, el esquema será considerado como la mediación entre las dos dimensiones cuya intersección constituye el hecho tensivo por excelencia, a saber, la intensidad y la extensidad. El esquema no trata, pues, ni de la intensidad ni de la extensidad en sí, sino que pretende centrarse en el principio de su correlación en el proceso de la semiosis, y particularmente, en la mediación entre lo realizable y lo realizado, entre una categoría y sus diversos usos.
2. DEFINICIONES
2.1 Definiciones paradigmáticas
En los años sesenta, gracias a la “fonologización de la semántica”4, que se presentaba entonces como la vía más prometedora, se admitía por lo general que el problema teórico se centraba en el inventario de una veintena de parejas de rasgos distintivos con cuya ayuda parecía posible describir los microuniversos semánticos que aparecían en los discursos verbales y no verbales. Se pretendía creer que la epistemología de la semántica era imitativa o analógica: a partir de los trabajos de R. Jakobson, especialmente el gran estudio titulado Fonología y fonética5, se trataba de aplicar al plano del contenido una aproximación que se había mostrado eficaz para describir el plano de la expresión. Sabemos hoy que la empresa ha fracasado, aunque en este asunto la respuesta es menos defectuosa que la pregunta.
Expresado en la terminología hjelmsleviana, la orientación binarista procede del punto de vista “intensional”, mientras que el punto de vista de la semiótica debe ser también “extensional”. Esto exige algunas aclaraciones: para Hjelmslev, el valor —tal como lo hemos señalado en el ensayo sobre el valor— se define por su extensión: concentrada o extendida. Pero en la medida en que la semiótica tiene por objeto el discurso, esa magnitud será una extensión discursiva, mínima para el sema, máxima cuando la isotopía es coextensiva al discurso-objeto; en segundo lugar, las magnitudes que ofrecen las mismas características en la cadena, forman una clase, y hasta una categoría, ya que esta es definida como “un paradigma cuyos elementos no pueden ser introducidos más que en algunos lugares de la cadena y no en otros”6; recordemos que en el Curso de lingüística general, Saussure señala:
Cuando, en una conferencia, escuchamos repetidas veces la palabra “¡señores!”, tenemos el sentimiento de que se trata cada vez de la misma expresión, y, no obstante, las variaciones en la manera de pronunciarla y de entonación la presentan, en los diversos pasajes, con diferencias fónicas muy aprecibles (…)7.
A costa de anticipar un poco, diremos que los valores esquemáticos de “¡señores!” son reevaluados constantemente por el enunciador; finalmente, las magnitudes, consideradas aisladamente, se definen por la intersección de dos dimensiones cuando menos; pero tal como nos hemos esforzado en establecerlo en el ensayo “Categoría-cuadrado semiótico”, las dimensiones forman parte decisiva de lo que nosotros llamamos una red, que se basa en la “compenetración” de dos dimensiones, y esa vinculación responde a su complejidad estructural. Creemos que en tales condiciones es útil distinguir entre definición extendida y definición restringida.
2.1.1 Definiciones paradigmáticas extendidas
La orientación de Hjelmslev en los Prolegómenos consiste en colocarse primeramente fuera del lenguaje para instalar luego la función y la dependencia como objetos del análisis. Posteriormente, a partir de ese “credo”, introduce, una a una, las categorías, que constituyen desde siempre el objeto de la reflexión lingüística. Tal orientación concuerda con lo que habría que establecer: la posibilidad de esa expulsión inicial del lenguaje.
Al menos esa orientación debería demostrar que la reintroducción del lenguaje se produce sin generar consecuencias. Ahora bien, si es claro que el componente estructural de la lengua, y más generalmente, el componente llamado “semionarrativo”, no son afectados en nada, no se podría decir lo mismo de lo que atañe a lo sensible (la foria) y a lo perceptible (la tensividad). Lo que definitivamente es afectado y falseado en este asunto es precisamente la mediación, es decir, la conversión entre la tensividad y la foria, de una parte, y la estructura, de otra parte, conversión que las nociones de “esquema”, “esquematismo” y “esquematización” intentan explicitar. Hasta cierto punto, la orientación hjelmsleviana trata de someter el objeto al método que preconiza, y la distinción entre los caracteres “arbitrario” y “adecuado” de la teoría, lo mismo que la independencia del “sistema” con relación al “proceso” son solamente corolarios de esa opción.
Tenemos la sensación de que el recorrido de la semiótica se ha preocupado, más o menos, por este último. Bajo el impulso de Greimas, la semiótica ha colocado el acento sucesivamente en el hacer, en el creer y en el sentir. Observemos de entrada que el creer ha estado peor “servido” que las otras dos dimensiones. La semiótica de la pasión se queda más acá de la semiótica de la acción, si así se puede decir. La semiótica de la acción, en nombre de los derechos inmemoriales del “primer ocupante”, se ha apropiado de la narratividad; y sobre todo, gracias a su precedencia, la semiótica de la acción se ha constituido en referencia obligada en materia de proceso y de consecución en la cadena.
La “Introducción” de Semiótica de las pasiones marca con nitidez que la semiótica de la pasión no viene después que la de la acción, sino como un esfuerzo de integración en relación con los desniveles aceptados hasta ese momento:
No está demás insistir aquí en el hecho de que, si las dos concepciones del estado —estado de cosas, transformado o transformable, y estado de alma del sujeto, en cuanto competencia para la transformación y como consecuencia de la misma— se reconcilian en una dimensión semiótica homogénea, se hace a costa de una mediación somática y “sensibilizante8.
La cuestión que se nos plantea es la siguiente: ¿integración por adopción de un punto de vista englobante o conmutación que conlleva una mutación de punto de vista? ¿Se trata de ver más, o de ver otra cosa o de otra manera? De hecho, el segundo término de la alternativa es el que se impone a nuestra atención. En las manifestaciones discursivas del sentir, todo indica que el sujeto advierte un cambio de régimen modal, si es que no de rección: en lugar de regir y de informar el objeto, en lugar de actuar sobre él, el sujeto padece el objeto. Esa revolución íntima —interpretable sumariamente como retorno de la dependencia— se coloca según Merleau-Ponty en el corazón mismo de la praxis pictórica:
El pintor vive en la fascinación. Le parece que sus acciones más típicas —sus gestos, sus trazos, que solo él es capaz de hacer, y que serán para los demás una revelación, ya que no tienen las mismas carencias que él— emanan de las cosas mismas, como el dibujo de las constelaciones: Entre él y lo visible, los roles inevitablemente se invierten. Y por eso, muchos pintores han dicho que las cosas los miran…9.
Sin embargo, no hay nada que permita limitar dicho dispositivo modal únicamente a la experiencia estética, y de hecho, Cassirer propone convertirlo en criterio de lo que él llama el “pensamiento mítico”:
El pensamiento teórico adopta, para el que lo aborda en cuanto objeto, con pretensiones de objetividad y de necesidad, una actitud de investigación, de interrogación, de duda y de examen: se le opone con sus normas propias. El pensamiento mítico, al contrario, no conoce ningún enfrentamiento de ese género. Dicho pensamiento no “tiene” el objeto sino que es dominado por ese objeto: no lo posee al construirlo, sino que más bien es absolutamente poseído por él. Este pensamiento no es movido por la voluntad de comprender el objeto, en el sentido de abrazarlo con el pensamiento y de incorporarlo a un complejo de causas y de consecuencias: es simplemente captado por el objeto10.
Captar o ser captado, esa es la cuestión.
En cierto modo, la teoría confiesa aquí una de sus carencias: a saber, la existencia de un sistema modal fundado en la alternancia de dos sistemas modales: uno que ponga el acento en el sujeto, instaurándolo como sujeto de control eficaz; otro que ponga el acento en el objeto y lo califique como tal, o que recategorice al sujeto como sujeto de acogida y de escucha, y aún mejor, como sujeto “pasible”, en términos de A. Hénault11.
La meta propia de toda esquematización consiste en cerrar una brecha, en evitar una alteridad que se encuentra amenazada de inconsistencia. En realidad, no hay alteridad más resistente que la que opone el yo al no-yo, sea en forma de la relación sujeto/objeto o en forma de la relación sujeto/otro sujeto. Aceptaremos de buen grado que, gracias al hacer, el yo trata de reducir al no-yo; en último término, el yo se propone asimilar al no-yo, y desde cierto punto de vista, intenta incluso anularlo, mientras que en el caso del padecer, el yo es invitado a conformarse, a plegarse al no-yo que lo precede. Es posible llevar más lejos aún el contraste: en el caso del hacer, es el no-yo el que sufre y el que resiste, mientras que con el padecer, ese rol actancial corresponde al yo. Esa inversión de roles, más que una respuesta, constituye una serie de preguntas relativas a las condiciones de emergencia del sentir y del padecer.
Por lo demás, los conceptos operacionales de la teoría lingüística, a saber, la alternancia, la inversión, la conmutación, la polarización…, no son conceptos libres que danzan en un éter mental, sino son coerciones ligadas a lo que venimos llamando primado de la tensividad (intensidad/extensidad), concebido como medida imaginaria de la alteridad entre el yo y el no-yo. Ese valor puede ser nulo o encontrarse en vías de anulación, aunque la nulidad no es la ausencia. La predicación ordinaria, que se presenta como una unidad compacta, es una ilusión, y aquí nos proponemos distinguir los siguientes tipos de predicación, yendo de la presupuesta a la que presupone: (i) una predicación tensiva referida al complejo intensidad/extensidad; (ii) una predicación existencial relativa a la presencia y a la ausencia, y correlacionada con los modos de existencia; (iii) una predicación diferencial y cualitativa, abierta al análisis sémico. Este orden no es solamente sincrónico: permite también dar cuenta del devenir de la semiótica misma, si se admite, aunque la hipótesis sea muy pesada, que la evolución teórica conduce progresivamente a desprender los presupuestos subyacentes.
En primer lugar, ese ordenamiento se puede justificar de la siguiente manera: la predicación de las diferencias en discurso solo es posible cuando cada una de las magnitudes concurrentes está dotada de un modo de existencia propio; tal figura solo se actualiza cuando su contraria es potencializada o virtualizada. Por otro lado, la predicación de los modos de existencia, que da lugar a las modulaciones de la presencia y de la ausencia discursivas, no puede comprenderse sin referencia a la intensidad y a la extensidad de un campo perceptivo. De ahí la secuencia propuesta: la predicación diferencial presupone la predicación existencial, la cual a su vez presupone la predicación tensiva. En segundo lugar, nos acercamos a los límites del nominalismo, ya que la aserción tanto de las cosas como de sus cualidades es condicional y se sitúa en el interior de los gradientes de la intensidad/extensidad, como Pascal lo ha señalado con energía:
Nosotros no sentimos ni el calor extremo ni el frío extremo. Las cualidades excesivas son nuestras enemigas, y no son sensibles: no las sentimos sino que las sufrimos. Demasiada juventud y demasiada vejez estorban al espíritu y dejan poco lugar para la instrucción. En fin, las cosas extremas son para nosotros como si no fueran, y nosotros no somos nada para ellos: se nos escapan, simplemente, y nosotros a ellas12.
Asimismo, una semiótica de lo visible, en su esfuerzo por captar los estados significantes de la luz, se estrella contra dos límites: de un lado, el deslumbramiento, y del otro, la oscuridad. Por esa razón, el discurso, negociando siempre entre lo sensible y lo inteligible, tiende a “traducir” en extensión la gradiente de intensidad, y a la inversa. Por ejemplo, la intensidad luminosa solo accede a la significación en discurso cuando se “espacializa” en forma de brillos, iluminaciones, cromatismos, etc. Inversamente, la extensión espacial solo es figurativamente aprehendible cuando se somete al gradiente de la intensidad luminosa.
En el nivel de la transformación discursiva, la forma sensible es la del acontecimiento, caracterizado por su estallido y por su “saltancia”, y su conversión en elemento inteligible y extenso engendra el proceso, definido frecuentemente como un “entero” cuantificable y divisible en aspectos; inversamente, el proceso solo puede ser captado por el sujeto del sentir cuando está modulado por la intensidad, en cuyo caso se convierte en un acontecimiento para el observador. La correlación fundadora de la esquematización narrativa del discurso se presentaría entonces como sigue:

Estamos en condiciones de proponer un primer esbozo de esquema: en la medida en que toma a su cargo la tensión que surge de la desigualdad entre la intensidad y la extensidad, el esquema se presenta como la mediación entre esas dos dimensiones. En varios estudios, Hjelmslev opone dos dimensiones del plano de la expresión, la de los “constituyentes” (los fonemas) y la de los “exponentes” (la prosodia): los exponentes son para él de dos tipos: los acentos, intensos y localizados, y las modulaciones, extensas y distribuidas. Ese análisis vale para los dos planos del lenguaje, puesto que:
Hablando a grandes rasgos, los morfemas extensos son los morfemas ‘verbales’, y los morfemas intensos son los morfemas ‘nominales’13.
En esa dirección quisiéramos comprometernos.
En el plano del contenido, el esquema conllevaría igualmente dos funtivos: un funtivo intenso y un funtivo extenso. El funtivo intenso se refiere, con toda evidencia, a lo que Semiótica de las pasiones llama la “sumación”:
El primer gesto es un acto puro, el acto por excelencia: una “sumación”; (…) dicha “sumación” es en sí misma una negación, o más bien una captación, una detención en las fluctuaciones de la tensión. En efecto, el mundo como valor se ofrece todo entero al sentir del sujeto tensivo; pero para conocerlo, es preciso detener el desfile continuo, es decir, generalizar la “clausura” —ésa es la fuente de la primera negación—, recortar una zona, circunscribir un lugar; es decir, negar lo que no se halla en ese lugar14.
La “sumación” se presenta como la presentificación de una relación in absentia. Bajo el sello del estallido y de la detención, recorta y estabiliza un lugar, pero un lugar vacío, en espera de ser llenado; en ese sentido, la “sumación”, culminación y suspensión, al mismo tiempo, de la intensidad, constituye una “demanda”. Lo que reclama es el funtivo extenso del esquema, que denominamos una resolución. De suerte que, si a un nivel general, el esquema conjuga la intensidad y la extensidad, en el plano del contenido, asocia la “sumación” y la resolución:
esquema = “sumación” ⇔ resolución
La dimensión tensiva y la dimensión esquemática se ajustan de ese modo una a otra, permitiendo el paso entre el acontecimiento y el proceso, entre la categoría como “lugar vacío” y sus articulaciones discretas; entre el estallido y sus resonancias discursivas, entre el sobrevenir y el devenir.
El esquematismo elemental que estamos proponiendo, consiste, pues, en un sentido, en resolver una “sumación” en extensidad, y en el otro, en contraer una resolución en una forma intensiva. A partir de ahí, las diversas acepciones que hemos comentado en la recensión anterior se aclaran globalmente: el esquematismo asegura la mediación entre el concepto (“sumación”) y la diversidad fenoménica (resolución), entre las definiciones en extensión (resolución) y las definiciones en comprensión (“sumación”), entre el acontecimiento (“sumación”) y el proceso (resolución), entre la junción (“sumación”) y su despliegue en forma de “esquema narrativo canónico” (resolución).
Nota.- Desde el punto de vista de la manifestación, esta hipótesis permitiría comprender cómo dos niveles de articulación diferentes (por ejemplo, de un lado, la junción, o la transformación narrativa elemental, y del otro, el esquema narrativo canónico, o el proceso aspectualizado), pueden ser asumidos alternativamente por la predicación discursiva. En esa perspectiva, la elección con vistas a la manifestación discursiva del nivel presupuesto es una elección intensiva (del tipo “sumación”), y la elección del nivel presuponiente, una elección extensiva (del tipo “resolución”). De ese modo, la manifestación directa de una magnitud o de una estructura que proviene de los niveles profundos del recorrido generativo resulta siempre más “sensible”, y la de una magnitud o la de una estructura que surge de los niveles superficiales, resulta más “inteligible”. La esquematización que venimos proponiendo concierne directamente a la operación de “convocación”, cuya elección obedece, al menos en parte, al principio de correlación entre intensidad y extensidad. (Véase, a este respecto, el estudio consagrado a la “Praxis enunciativa”).
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