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LAS NEGOCIACIONES NUESTRAS DE CADA DÍA
ANDROGINIAS 21

Créditos
Título original:
Las negociaciones nuestras de cada día
© Clara Coria, 1989
18ª edición:
© De esta edición: Pensódromo SL, 2021
Editor: Henry Odell - p21@pensodromo.com
Diseño de cubierta:
Cristina Martínez Balmaceda - Pensódromo
ISBN print: 978-84-123730-1-1
ISBN ebook: 978-84-123730-3-5
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Índice
Del editor
PRÓLOGOS
A manera de prólogo Las negociaciones nuestras de cada día 20 años después
Prólogo de la autora a la primera edición
I CONCEPTOS GENERALES
1. Introducción
¿Qué es negociar?
¿Imponer, ceder o negociar?
¿Es ético negociar?
¿Es menos violento ceder que negociar?
Tres hipótesis sobre negociación y género
2. Los «no negociables»
Lo que no se discute
Las negociaciones con los hijos
En puntas de pie
La sagrada teta
3. Tiempo para vivir y espacio para crecer
La caca de los pañales ocupa espacio psíquico
«Yo sabía que un día te ibas a avivar»
«¿Qué te cuesta?»
4. El segundo nombre de todos es Soledad
Cuando negociamos somos y estamos solos y solas
Confundir soledad con desamparo
II EL «MÁS ACÁ» DE LA NEGOCIACIÓN
5. Requisitos personales para negociar
Seis condiciones esenciales
Primera y segunda: Reconocer los deseos y los intereses personales, legitimar el derecho a defenderlos
Tercera: Situación de paridad
Cuarta: Disponer de recursos genuinos
Quinta: Proponerse un objetivo y sostenerlo
Sexta: Ser capaz de emitir un «no» y tolerar recibirlo
6. Los obstáculos
El fantasma del desamor
a) Desamor y fantasma
b) Ilusiones y creencias ilusorias
c) La incondicionalidad
El anhelo ilusorio de protección
a) Protección necesaria y protección ilusoria
b) El varón «protector»
c) Los costos
Terrorismos y autoterrorismos
a) «Busto… más o menos»
b) «¡Qué mujer materialista!»
III NEGOCIACIÓN Y GÉNERO
7. Las negociaciones con una misma
Perchas más… perchas menos… casi todos los guardarropas se parecen
a) Escena primera: «Tal vez ahora me guste más»
b) Escena segunda: «Falta espacio y sobran bultos»
c) Escena tercera: «Prisioneras de la buena imagen»
Las perchas vacías son proyectos potenciales
a) «Negociar el hoy»
b) «Langostinos para las visitas»
Las negociaciones con una misma se ubican en el lugar de los costos
8. Negociación y género
Las inhibiciones son síntomas
El aprendizaje del género femenino genera vulnerabilidad y limita recursos
a) Dependencias
b) ¿Mujer = Madre?
c) Las cadenas asociativas
Primera cadena asociativa
Segunda cadena asociativa
Tercera cadena asociativa
El altruismo no es sinónimo de solidaridad
a) ¿Jerarquía versus paridad?
b) La feminización del altruismo
c) La negociación puede ser solidaria pero nunca altruista
ANEXOS
Mujeres legislativas y género
Mujeres discriminadas del poder
Conciencia de género
La solidaridad: una estrategia de sobrevivencia
Negociación y género: Mujeres que ceden para no negociar ¿Un síntoma del género?
La creación femenina en las redes del poder patriarcal
Incidencia del género en las negociaciones cotidianas y obstáculos subjetivos que obturan el acceso a una ciudadanía plena
Ciudadanía plena versus ciudadanía fantasma
Ciudadanía y legitimación subjetiva
Mujeres y negociaciones cotidianas
¿Por qué relacionar negociación con género?
El «más acá» de las negociaciones
Dos obstáculos «clave»
El acceso a una ciudadanía plena
Sobre la autora
La solidaridad no es un mito
tampoco una herencia genética:
es una elección ética y un compromiso social.
Existe una gran confusión: la de creer que el altruismo es sinónimo de solidaridad. Al mantener dicha confusión, mujeres y varones contribuimos a perpetuar una de las tantas formas de servidumbre femenina.
Dijo una mujer:
Me casé muy joven y junto con la maternidad me fui enterando de quién era. Una no aprende a negociar porque, en nombre del amor, hay que pensar en los otros antes que en una misma, aceptar la dependencia como natural y dar incondicionalmente sin esperar retribución.
Del editor
En las últimas ediciones publicadas de El sexo oculto del dinero y de El dinero en la pareja, decíamos:
Hemos querido volver a publicar este texto de Clara Coria porque consideramos que los ejes principales de su análisis conservan una extraordinaria vigencia. La reflexión sobre el tema desarrollado sigue siendo indispensable para todos aquellos dispuestos a repensar y analizar críticamente el rol que juegan en el marco de la familia y de la sociedad en general.
Lo mismo podemos decir, 25 años después, de esta nueva edición —revisada y ampliada— de Las negociaciones nuestras de cada día, que constituye lo que vendría a ser el tercer volumen de la trilogía de Clara Coria dedicada al tema de la «sexuación del dinero» .
Esta edición es una versión revisada del texto de Clara Coria publicado en 1996 que contiene, además, una sección de Anexos, que incluye una serie de textos de la autora aparecidos antes y después de la primera edición. Hemos decidido su inclusión considerando que enriquecen el texto central y amplían las líneas de reflexión.
Por último, y al igual que con El sexo oculto del dinero y El dinero en la pareja, este libro es un contenido para ser leído con la mente abierta, una actitud sincera y autocrítica, dispuestos a la difícil tarea de aceptar cuestionamientos que pueden remover convicciones enraizadas en las profundidades de nuestro concepto de vida. Continuamos así impulsando contenidos editoriales interrelacionados desde los cuales trasladar voces de mujeres y hombres que apuesten no solo por un mayor equilibrio de lo femenino y lo masculino en la sociedad contemporánea, sino que «…se vean tentados a cambiar el modelo y se sientan menos temerosos de compartir la vida de una manera menos violenta y más equitativa».
Barcelona, mayo 2021
PRÓLOGOS
A manera de prólogo
Las negociaciones nuestras de cada día 20 años después
Han pasado 20 años desde la primera edición de Las negociaciones nuestras de cada día y el mundo ha seguido hundiéndose en luchas cada vez más tortuosas en pos de poderes absolutos que casi siempre han pretendido disimularse bajo las «mejores intenciones». Las interminables negociaciones con las que se pretende resolver intereses contrapuestos se arropan con el manto de la paz pero sostienen valores éticos faltos de solidaridad. Siguen siendo negociaciones que privilegian la astucia en beneficio de unos pocos en lugar de encontrar un punto de equilibrio para satisfacción de todos. El modelo patriarcal —jerárquico y favorecedor de privilegios— sigue gozando de buena salud tanto en el ámbito de lo social como en el de la subjetividad, sea esta femenina o masculina. Sin ninguna duda han habido cambios en nuestro complejo mundo actual que, si bien no abarcaron a todo el planeta, mejoraron la condición de las mujeres. Pero muchos de esos cambios suelen ser solo modificaciones cosméticas que siguen coexistiendo con viejas concepciones del modelo patriarcal disimuladas bajo sofisticadas y aparentes escenarios de libertad. Estoy convencida que la liberación femenina no consiste en imponer la sumisión masculina sino que se trata de revisar en profundidad los valores éticos sobre los que se asienta la organización social y, como consecuencia, la conformación de la subjetividad y el vínculo solidario entre los géneros.
Uno de los motivos que contribuyen a la persistencia del modelo patriarcal —y que se desliza sutilmente aún donde ya se han instalado cambios que favorecen la libertad femenina— reside en el fenómeno de naturalización. Eso significa que las características constitutivas del modelo patriarcal (jerarquía, privilegios, violencias, distribución de roles por género, naturaleza como destino, etc.) siguen existiendo en las prácticas tanto masculinas como femeninas sin conciencia de que se sigue reeditando lo que se intenta combatir. Esto sucede en parte porque lo que se ha mamado durante siglos termina siendo considerado «natural» y por lo tanto obvio e invisibilizado en la propia subjetividad. La desnaturalización de la moral —y ética— patriarcal requiere un laborioso proceso de cambio en las subjetividades, tanto de hombres como de mujeres.
El tema de las negociaciones en la práctica cotidiana del vivir pone en carne viva los modelos de convivencia con los otros y con uno mismo. Las negociaciones, necesariamente, tienen por meta un acuerdo y dicho acuerdo requiere de una adecuada evaluación de los costos. Es sabido que absolutamente toda acción tiene costos, de la misma manera que los tiene toda inacción. En otras palabras, los costos son inevitables y no dejan de pasar factura a lo largo de la vida. Es por ello que la elección de los mismos es la clave para el cambio y el punto de partida, indefectiblemente, es esa negociación con uno mismo. Eso significa que cualquiera fuese la elección será inevitable ceder algo y en esto reside el meollo de toda negociación. Sin ninguna duda, es aquí donde la sabiduría reside en elegir el costo menos oneroso que dependerá del modelo ético con que cada quien oriente su vida y de las circunstancias que lo hagan posible.
Mi mayor deseo es que este libro siga sirviendo de estímulo para que las nuevas generaciones —y las no tan nuevas— se lancen a la aventura de descifrar dónde se ubica el costo menos oneroso para cada quien y cual es el que mejor contribuye a que nuestra sociedad no se pierda en su propia voracidad de poder y de violencia. Ahora más que nunca, lo personal es político y lo individual afecta a toda la humanidad.
Clara Coria
Buenos Aires, 2016
Prólogo de la autora a la primera edición
En la última década, la negociación comenzó a estar en la mira de las vanguardias intelectuales. La necesidad de descubrir estrategias que permitieran resolver satisfactoriamente las complejidades de los intereses políticos y empresariales despertó el interés de los centros de estudio más renombrados. También el de los profesionales del Derecho quienes, con el nombre de «mediación», dieron nacimiento a una nueva disciplina, cuyo objetivo es favorecer la resolución de diferendos entre partes litigantes, tratando de evitar asperezas innecesarias y el deterioro de los vínculos humanos.
Las negociaciones y las mediaciones se pusieron a la orden del día. Sin embargo, a pesar del interés sostenido y entusiasta, poco se ha investigado acerca de las negociaciones «sin nombre» —las que se llevan a cabo diariamente—, aquellas que fluyen de la mañana a la noche, pasando de la cama a la mesa, a través del baño, los pañales, la limpieza hogareña, la asignación del coche familiar, la distribución del dinero y los tiempos de reposo o distracción. Tampoco se ha indagado acerca de las inhibiciones que —independientemente de su capacidad y sus habilidades— sufren muchas mujeres a la hora de negociar. No son excepcionales los conflictos en los que suelen enredarse no pocas de ellas por creer que sólo la gente «interesada» negocia o porque la necesidad de ser «justas» las inhibe para defender sus intereses personales.
Me resultó fascinante descubrir que había demasiadas cosas silenciadas en un tema que se impone cada vez más y que ya ocupa las carteleras de universidades y academias. No pude resistir la tentación de zambullirme en el trema cuando descubrí, con gran sorpresa, que no pocas mujeres de reconocida experiencia en los ámbitos políticos y empresariales caían en incomprensibles confusiones cuando debían defender intereses personales. Como una de ellas dijo:
Soy una leona para negociar intereses ajenos y una liebre asustadiza para defender los propios.
Resultaba más que evidente, a mis ojos de psicóloga entrenada para desentrañar conflictos, que las dificultades que presentaban muchas de ellas no eran producto de la inexperiencia ni de la falta de capacitación, ni mucho menos de la falta de inteligencia. Allí había algún misterio oculto.
Decidí poner el foco en las negociaciones de la vida cotidiana porque consideré que era el espacio donde se producen los primeros mecanismos de negociación y ello me ofrecía la ventaja de captarlos en la desnudez de sus orígenes. La cotidianidad tiene algo en común con la selva virgen: está llena de vida pero también de riesgos que intuimos y no logramos percibir. En la cotidianidad —como en la selva— algunas de las sombras que nos protegen del sol ardiente son producto de peligros acechantes. El análisis de las «negociaciones nuestras de cada día» nos abre el misterio de lo encubierto, de la misma manera que la limpieza de vestigios arqueológicos deja al descubierto muchas de las huellas pasadas que condujeron al presente.
En mi trayecto de escritura, el prólogo resultó ser el último tramo. Por eso estoy en condiciones de adelantar —a quienes al leer harán el recorrido inverso al que yo hice al escribir— que no fueron pocas las sorpresas que surgieron a lo largo de tres densos años de investigaciones. De ellas dejo constancia en los ocho capítulos que componen este libro. Luego de reiterados cambios en los que buscaba —no siempre con éxito— la estructura que consideraba más pertinente para presentar este tema, decidí organizar el libro en tres partes. En la primera, planteé los criterios más generales —probablemente polémicos— respecto de las negociaciones cotidianas. En la segunda parte me dediqué a puntualizar los elementos concretos sobre los cuales es posible operar para obtener mejores condiciones de negociación. Para ello, analicé los requisitos personales para negociar y los obstáculos más frecuentes con que tropiezan muchas mujeres. Dejé para la tercera y última parte dos temas que considero clave: las negociaciones «consigo misma» y las relaciones entre negociación y género. En el último capítulo hago especial hincapié en la diferencia entre altruismo y solidaridad. Esta diferencia explica muchas situaciones de la problemática femenina.
Considero importante que las lectoras y los lectores cuenten con elementos para saber a qué atenerse cuando aborden el libro y evitar ser «tomados por sorpresa». Según mi criterio, es una forma de respeto y libertad. Consecuente con ello deseo señalar que este libro ha sido escrito desde una perspectiva de género en la cual se ha focalizado la problemática femenina. Sin embargo, ello no margina a los varones. Siempre he sostenido —y sigo sosteniendo— que lo que afecta a una mitad de la humanidad necesariamente afecta a la otra. Por lo tanto, no resulta sorprendente que, al dilucidar ciertos conflictos «femeninos» se abran también vías de esclarecimiento útiles para los varones. Sin ninguna duda, la posibilidad de llevar adelante investigaciones similares —también desde el género— que den cuenta de la problemática masculina, enriquecería y completaría el complejo espectro de las negociaciones entre mujeres y varones. Mi compromiso consciente —en el que he puesto mi mayor esfuerzo— ha sido desnudar los prejuicios encubiertos en los mandatos y las tradiciones sociales. Pero como yo también soy un producto social, he tratado de estar muy alerta respecto de mis propios prejuicios. Mi postura antidiscriminatoria no hace responsables a los varones por las discriminaciones que padecen las mujeres, sino al sistema de valores autoritarios y jerárquicos de los cuales no estamos exentos ni unas ni otros.
Finalmente, este libro recoge las voces de infinidad de mujeres que fueron capaces de desnudar sus sentimientos más profundos creando, para su propia sorpresa, redes solidarias en las que podían reconocerse más allá de las diferencias culturales y personales.
Este libro está destinado a mujeres y varones que anhelan un mundo más solidario. La solidaridad, como ya anticipé, no es un sueño utópico que navega al vaivén de la corriente de los tiempos ni tampoco una consecuencia ineludible de la herencia genética. Ni tan lábil ni tan estricta, la solidaridad es una construcción social y, como tal, requiere de la participación voluntaria de las personas que consideran que la paridad en los vínculos humanos es mucho más oxigenante que los privilegios. Elegir la solidaridad es, a mi juicio, una opción ética. Si se lograra que las negociaciones dejaran de ser concebidas como un campo de batalla, tal vez sería posible convertirlas en recursos útiles al servicio de la reciprocidad. Con esta intención escribí Las negociaciones nuestras de cada día.
I CONCEPTOS GENERALES
1. Introducción
Abordar las negociaciones nuestras de cada día es poner énfasis en todas aquellas tratativas que exceden el ámbito exclusivo de lo económico, lo comercial y lo político, ya que no se realizan exclusivamente en esos ámbitos. Las circunstancias de la vida cotidiana nos ponen en situación de tener que negociar de la mañana a la noche con la familia, con nuestras amistades, con nuestros compañeros sexuales y con nosotros mismos. Sin embargo, por muchos motivos que iremos dilucidando, no todas las personas tienen conciencia de ello. Algunas niegan que dichas negociaciones existan, pero lo mismo negocian sin advertir que lo están haciendo… y entonces lo hacen mal. Otras se avergüenzan de asumirlo explícitamente y pierden espontaneidad. Hay también quienes evitan cuidadosamente negociar y se convierten en corresponsables pasivas de lo que sucede a su alrededor. Sin embargo, el hecho de negarlas o eludirlas no las hace desaparecer ni les quita presencia; por el contrario, agrega no pocos obstáculos y perturbaciones personales en las relaciones.
Sabemos que resulta inevitable abordar tentativas permanentes con las personas más cercanas en nuestros intercambios cotidianos por todo aquello que nos incumbe. Desde cosas tan generales y perentorias como la atención de los hijos, la distribución de las tareas domésticas, la administración del dinero, el empleo del tiempo libre, la atención de los mayores y enfermos, etcétera, hasta decisiones muy puntuales como el uso del coche familiar, la elección de los esparcimientos o simplemente dirimir quién se ocupará de preparar el desayuno los días festivos o quién tomará posesión del lado más disputado de la cama. A esto debemos agregar las no menos complejas tratativas a las que nos vemos obligados en nuestra vida de relación sexual. Desde la simple pero nada fácil explicitación de los gustos personales al respecto hasta las arduas negociaciones a las que se ven obligadas muchas personas, fundamentalmente mujeres, para intentar un «sexo sin riesgos». No son pocos los varones que se resisten al uso del preservativo con el argumento de «¿No confiás en mí?» ni tampoco son pocas las mujeres que ceden a las exigencias masculinas por temor a ser abandonadas.
¿Qué es negociar?
Si tuviéramos que definir qué es lo que entendemos por «negociación» podríamos decir que las negociaciones no son ni más ni menos que todas aquellas tratativas con las que intentamos lograr acuerdos cuando se producen divergencias de intereses y disparidad de deseos. Es inevitable que existan divergencias, porque si bien los seres humanos somos semejantes en nuestras necesidades profundas también somos totalmente únicos en nuestra modalidad para satisfacerlas. El amplio espectro de intereses y deseos genera diferendos que reclaman ser resueltos de una u otra manera.
Estos diferendos suelen ser mucho más conflictivos cuando surgen en situaciones donde los afectos ocupan un lugar destacado, lo cual sucede con mayor frecuencia en el ámbito privado. Es allí donde los afectos se convierten en el eje que da sentido a las relaciones, pero también es allí donde se suele aplicar la «lógica de los afectos» de manera indiscriminada y generar así graves confusiones y «empastes». Con frecuencia se confunde «querer bien» con «ser condescendiente», «amor» con «servidumbre», «solidaridad» con «altruismo». Estas confusiones son a menudo origen de grandes dificultades para llevar a cabo negociaciones en este ámbito. Ciertos comentarios son evidencias contundentes de dichas dificultades. Por ejemplo, algunas personas sostienen que no pueden negociar con familiares y amigos con la misma libertad y eficacia con que consiguen hacerlo en el ámbito público. De igual manera, muchas mujeres reconocen que son incapaces de negociar para sí con la misma habilidad con que lo hacen cuando defienden intereses ajenos.
Un punto clave es que las negociaciones son consecuencia de diferendos, ya que las coincidencias no plantean ninguna necesidad de negociar. En ese sentido, podemos afirmar que las negociaciones denuncian que los diferendos existen y con ello rompen una ilusión (entre otras): la ilusión de semejanza y afinidad total con aquellos a quienes amamos. Esta ilusión que identifica amor con afinidad total es responsable en gran medida de muchas dificultades para negociar cuando los afectos circulan por medio, porque a menudo las negociaciones suelen ser interpretadas como «atentados» a la unidad amorosa o como evidencias de desamor a causa de los diferendos, que son consecuencia de la vida humana y no desaparecen por decreto. Por ello, a las personas no les queda otra alternativa que intentar resolverlos.
¿Imponer, ceder o negociar?
Resolver los diferendos es una eterna tarea humana nada fácil de realizar. Ante esa necesidad ineludible, las personas echan mano —según su estilo y su sensibilidad— a tres alternativas posibles: imponer, ceder o negociar.
El hecho de considerar la negociación una alternativa que se agrega a las muy tradicionales de imponer o ceder, sorprendió a más de una de las mujeres que participaron en los talleres que coordiné sobre el tema. La sorpresa provenía de descubrir que la negociación no sólo no era una «mala palabra» que connotaba una supuesta actitud «materialista», «fría» y/o «calculadora» sino que, además, en la tríada de actitudes posibles para enfrentar los diferendos, la negociación era la alternativa que ofrecía mayores garantías de respeto humano. Es, intrínsecamente, una alternativa no autoritaria, ya que —por definición— incluye un espacio para que las distintas partes puedan defender sus intereses y sus necesidades. Sin embargo este descubrimiento no lleva a disolver automáticamente los prejuicios personales y los mitos sociales que hacen que la negociación sea para muchas mujeres un comportamiento desprestigiado, indigno de quienes se quieren, antifemenino o poco espiritual.
Muchas tienden a creer equivocadamente que la negociación es un mecanismo «natural» y exclusivo del ámbito público y que, por lo tanto, su empleo en el ámbito privado empaña las relaciones personales y afectivas y las contamina de «materialismo», «especulación», «egoísmo» y otros gérmenes. Circula un ocultamiento tendencioso que pretende hacer creer que las negociaciones que se llevan a cabo en el ámbito de lo privado tienen un halo de «indecencia».
Todo esto contribuye a que no resulte fácil revertir la mala fama que tiene la palabra «negociación». Para algunas personas, negociar es «hacer trampas y enredos». Para otros, es sinónimo de corrupción, debido a prácticas muy actuales y tristemente frecuentes como son, por ejemplo, los «negociados». Este es un término derivado de «negociación» que hace referencia a los acuerdos venales. No faltan tampoco mujeres para quienes negociar es lanzarse a una lucha leonina donde se juega la vida. Ante tal variedad de significados que se le atribuyen a la negociación resulta imprescindible destacar que no es necesariamente —como la plantean muchas personas y ciertas corrientes políticas, económicas y filosóficas— una lucha a muerte en la que el beneficio del ganador surge a expensas de la destrucción del perdedor. Ganar —a mi juicio— no es obtener el máximo de beneficio específico en aquello que se disputa sino que incluye cuidar la relación con quien se negocia y contribuir, de alguna manera, a la preservación tanto de la persona como de la relación.
¿Es ético negociar?
La afirmación anterior nos conecta directamente con el tema de la ética y su relación con la negociación. Es importante tener presente que la negociación como alternativa para resolver diferendos no es mala o buena en sí misma. Igual que el dinero o el poder, depende de cómo se la utiliza y con qué objetivos. La negociación adopta signos positivos o negativos según el contexto ético dentro del cual se la pone en práctica. Así por ejemplo, en un contexto de corrupción, las negociaciones son corruptas. En un contexto de competencia extrema, son leoninas. En un contexto de solidaridad, son alternativas para hallar soluciones que contemplen las necesidades de las partes. Es el contexto ético en el que se inserta cada negociación el que le confiere los atributos. En otras palabras: el peligro que muchas mujeres atribuyen a la negociación no reside en negociar sino en la ética que se esgrime al hacerlo.
Al respecto resulta muy importante no confundir los recursos con su utilización. Muchas de las mujeres que no discriminan suelen terminar renunciando a negociar por temor a caer en una práctica reñida con la ética y la solidaridad. Este error las conduce a autopostergaciones reiteradas que deterioran sus vínculos más intensos, porque la solidaridad no consiste en ceder espacios y aspiraciones legítimas sino en repartir equitativamente tanto los inconvenientes como los beneficios.
¿Es menos violento ceder que negociar?
Es frecuente comprobar que muchas mujeres prefieren ceder antes que negociar para mantener lo que ellas llaman la «armonía del hogar». El mantenimiento de esa armonía suele consistir en evitar discusiones, en tolerar estoicamente el disgusto del cónyuge o simplemente en soportar el cansancio que produce el infructuoso intento de establecer un diálogo con un compañero permanentemente esquivo.
Mirado desde este ángulo, el hecho de ceder les resulta mucho menos violento, porque se convencen de que postergar o evitar el malestar es hacerlo desaparecer. Sin embargo, esa «no violencia» es sólo aparente, porque es el resultado de amordazar permanentes desacuerdos.
Se les oye decir:
No lo voy a contradecir para que no se enoje.
Mejor me callo, si no terminaremos peleando.
Prefiero renunciar a lo que me gustaría con tal de mantener la armonía del hogar.
En estos casos se trata de un ceder aplacatorio por temor a las reacciones o los castigos de aquel con quien desacuerdan. El ceder aplacatorio es muy distinto del ceder estratégico, por el que se acepta renunciar a una parte de los propios intereses para hacer posible un acuerdo que finalmente resuelva los diferendos. El ceder aplacatorio abre la puerta a las condescendencias que terminan convirtiéndose en sumisiones. Es resultado de múltiples violencias invisibles. Violencias que, por ser tan habituales, terminan naturalizándose y pasan inadvertidas. Todo el mundo sabe —aunque no siempre lo tengamos presente— que la violencia no reside sólo en la actitud desenmascaradamente hostil, el gesto atemorizante o la palabra mordaz. La violencia ocupa espacios que no siempre son evidentes. Y su forma más encubierta no es la menos dañina.
Hay infinidad de violencias que son «invisibles» para nuestros ojos simplemente porque no estamos acostumbradas a considerarlas como tales. Muchas de ellas se ocultan y escudan detrás de hábitos nunca cuestionados, prescripciones sociales e inercias personales. Algunas de las más frecuentes son el silencio autoimpuesto, las autopostergaciones y la sacralización de los roles femeninos. Veamos a qué me refiero.
El silencio autoimpuesto es el que resulta de ahogar emociones, disimular actitudes o encubrir pensamientos por temor a provocar disgusto, malestar o incomodidad. Es un silencio que bloquea y desdibuja la presencia de la persona como sujeto al reducir sus deseos y opiniones a una acomodación condescendiente en calidad de satélite del otro. Lo que «no se puede decir» queda aprisionado en algún espacio virtual, y ese aprisionamiento se convierte en espacio de violencia invisible. Y nos preguntamos, junto con el poeta: «¿Adónde van las palabras que no se dijeron?»1 ¿Adónde van los anhelos abortados, los silencios forzados y las renuncias autoimpuestas? Seguramente van a parar a una cuenta interminable de facturas incobrables que se cubren con la herrumbre del resentimiento.
La autopostergación, sobre todo dentro del grupo familiar, pone en evidencia que existe un reparto poco equitativo de las oportunidades. Suele pasar inadvertida porque se apoya en justificaciones legitimadas por el orden social como es, por ejemplo, decir que «toda autopostergación femenina está justificada cuando se hace en aras de la felicidad de aquellos a quienes ama». No deja de llamar la atención una concepción tan particular del amor que se basa en la abnegación y la falta de reciprocidad. Dicho de otra manera, en un aprovechamiento unilateral. Una mujer comentaba que en la época de su noviazgo, la tía de quien sería su marido cuestionaba su relación sosteniendo: «Esta chica es demasiado ambiciosa para ser buena esposa de un médico», con lo cual daba por sentado que su sobrino necesitaba una mujer que estuviera a su servicio y dedicara sus mejores energías a consolidar su carrera profesional, al margen de cualquier ambición personal. Esta tía (mujer seguramente tradicional y celosa custodio de los valores conservadores) prefería para su sobrino a una mujer capaz de vivir para otro y a través de otro, que se olvidara de sí misma y se sintiera halagada por estar destinada a desempeñar un rol no protagónico. No son poco frecuentes las mujeres que, convencidas de que ese rol de acompañante constituye un privilegio, dedicaron la vida a sostener y consolidar la carrera de sus esposos.
La sacralización de los roles femeninos es otra forma de la violencia invisible doméstica. La mujer como «la reina del hogar» es un eufemismo y una de las bromas más brillantes que inventó la sociedad patriarcal. Sin entrar en detalles, todos sabemos que las reinas de verdad son atendidas, servidas, complacidas, vestidas, alimentadas, homenajeadas, paseadas, protegidas, educadas, etcétera, mientras que las amas de casa, aspirantes a reinas hogareñas, deben dedicar sus energías —para seguir siendo merecedoras del pedestal al que aspiran— a atender a otros, servir a otros, limpiar para otros, sostener afectivamente a otros, curar a otros, proteger a otros, educar a otros, etcétera. Hay que tener mucha imaginación para llegar a creer que ambos reinados son equivalentes. La sacralización de los roles hogareños disfraza con ropaje sagrado lo que es simplemente servidumbre. Y aquí nos encontramos con una doble violencia: la de la servidumbre y la del engaño.
Otra de las situaciones cotidianas más frecuentes de violencia invisible es la que plantean los estados de dependencia no «naturales»2. Una de las más evidentes y más naturalizadas es la dependencia económica de las mujeres en el matrimonio cuando el ingreso de recursos económicos es producido exclusivamente por el varón3. Recuerdo el comentario de un varón que se consideraba «progresista» que, en rueda de amigos afirmó con orgullo que aunque era él quien proveía el dinero en su casa, su mujer no era dependiente «porque ella no tiene ningún problema en usar mi dinero como propio». Este comentario, además de ser un lapsus, era la expresión cabal inconsciente de su concepción sobre el dinero, y por ende, de la dependencia de su esposa. En esta dependencia está instalado un espacio de violencia invisible sostenido por un marido que ostenta una equidad inexistente y una esposa que probablemente avale esas afirmaciones como ciertas. En estas condiciones, resulta poco probable que a ella se le ocurra negociar una autonomía de la que supuestamente ya dispone.
A partir del análisis de estas diversas situaciones cotidianas es posible afirmar que ceder por temor concentra mucho mayor violencia que afrontar negociaciones. El miedo está en la raíz del ceder aplacatorio. Por miedo muchas mujeres ceden espacios, postergan proyectos, hacen concesiones innecesarias, toleran dependencias, silencian opiniones y asumen unilateralmente la responsabilidad de la «armonía familiar». Con todos esos cederes aplacatorios, muchas mujeres se convierten en cómplices no voluntarias de la violencia de un sistema discriminador y poco solidario. Por miedo, muchas mujeres «se hacen a un costado» quedándose al margen de sí mismas. Prefieren ceder para no negociar, con tal de que los otros «no se enojen».
El ceder aplacatorio no es inocuo. En apariencia, resulta ser —para quienes así actúan— la mejor alternativa antes que abordar una negociación a la que vivencian como intrínsecamente violenta. Sin embargo, a medida que se acumulan cederes aplacatorios, se van acumulando también resentimientos. Y estos dan nacimiento a nuevas violencias, generalmente también «invisibles». Con lo cual el ceder aplacatorio —producto de muchas violencias invisibles— se convierte a su vez en generador de violencias que aparecen disfrazadas. Un ejemplo son los reclamos de reconocimiento que hacen muchas mujeres por todas las actitudes de abnegación que fueron acumulando a lo largo de la vida con cada autopostergación. Muchos rostros de mujeres son desafortunadas evidencias de los efectos devastadores de la violencia invisible ejercida contra ellas y de la contraviolencia actuada por ellas como reacción defensiva. Rictus desolados, miradas desvitalizadas, expresiones rígidas son mucho más envejecedores que cientos de arrugas provocadas por haberse reído mucho.
Podríamos sintetizar diciendo que el ceder aplacatorio junto con la imposición forman parte de una conocida díada. Imponer y ceder son dos caras de una misma moneda, que tiene por eje a la violencia. Quienes imponen, ejercen violencia sobre otros porque invaden espacios ajenos, acallan opiniones y descalifican sentires. Quienes ceden, sufren la violencia ajena y, a la vez, la vuelven contra sí mismos al tolerar la autopostergación. Ambas violencias se perpetúan y se potencian con la carga de resentimientos que generan los sometimientos.
Tres hipótesis sobre negociación y género
Para concluir esta introducción al tema, deseo hacer incapié en que los significados perturbadores que muchas mujeres atribuyen a la negociación —y que circulan de manera inconsciente— se convierten en serios obstáculos para negociar. Muchas de las dificultades que experimentan mujeres de probada capacidad intelectual, cuando deben aplicar en la práctica lo aprendido en sofisticados cursos de capacitación, no tienen que ver con la falta de inteligencia o de habilidades específicas. Dichas dificultades son en realidad síntomas que expresan conflictos. Estos están íntimamente relacionados con los condicionamientos del género femenino, como iremos viendo a lo largo de este libro, aún cuando no dejo de considerar que dichos conflictos están multideterminados y que, además, no son patrimonio exclusivo de las mujeres. Esto me lleva a plantear dos hipótesis que se complementan con una tercera. Las dos primeras hipótesis son:
1 Las diversas formas de inhibición que llevan a muchas mujeres a ceder (con un sentido aplacatorio) para evitar negociar, como también a experimentar malestares significativos cuando están negociando, son síntomas que evidencian la existencia de conflictos.
2 Muchas de estas dificultades no son patrimonio exclusivo de las mujeres pero las afectan mayoritariamente, porque el aprendizaje del género femenino presenta condicionamientos que determinan en las mujeres mayor vulnerabilidad y menores recursos para enfrentarlos.Estas dos hipótesis se complementan con una tercera que, a mi juicio, se convierte en clave inestimable no sólo para comprender teóricamente aspectos profundos de esta problemática sino también como herramienta conceptual que permite transitar caminos de transformación en la práctica concreta que trascienden la teoría.
3 Altruismo no es sinónimo de solidaridad. Sin embargo, se perpetúa una identificación incongruente de ambos conceptos. Dicha identificación se convierte, para muchas mujeres, en un obstáculo que inhibe en ellas las actitudes negociadoras.
Estoy convencida de que la posibilidad de discernir entre el altruismo y la solidaridad es una de las claves fundamentales que permiten poner en marcha cambios concretos en los comportamientos de muchas mujeres en lo que respecta a la negociación. Por ello le asigno a esta tercera hipótesis un valor particularmente significativo. Estas tres hipótesis serán desarrolladas en el último capítulo, que está dedicado a analizar las relaciones específicas entre negociación y género.
Podemos finalizar esta introducción diciendo, de forma sintética, que la negociación que asusta a tantas mujeres cuando deben implementarla para defender intereses propios no es el fantasma que se quiere hacer creer. Es la menos violenta de las alternativas de que disponen los seres humanos cuando se ven en la necesidad de resolver sus diferendos. Pero es mucho más trabajosa y demanda creatividad. Como si esto fuera poco, el hecho de negociar plantea también un desafío personal de cada una consigo misma. Me refiero al desafío que consiste en mantener un equilibrio entre el derecho a defender los propios intereses y controlar las pulsiones de dominio que atentan contra los intereses ajenos. E incluso hay algo más: al cabo de años de investigar, llegué a la conclusión de que casi cualquier negociación empieza siendo una negociación consigo mismo, pero que por la complejidad que ello significa suele ser, con frecuencia, lo último que se aborda cuando debería ser lo primero. Estoy convencida de que no es casual que esta certeza haya aparecido cerca del final de mis investigaciones. Con frecuencia es posible comprobar que cuando el punto neurálgico es candente resulta contraproducente —y a veces imposible— abordarlo de entrada. Se impone, más allá de nuestro deseo, llegar a él dando vueltas, de la misma manera que para atravesar una montaña empinada es necesario ir zigzagueando. La distancia por recorrer se duplica, pero, paradójicamente, es la única manera de acortarla. En este libro respetaré ese «orden de aparición» colocando el capítulo correspondiente a las «negociaciones con una misma» también al final, y sugeriré muy expresamente a lectoras y lectores que controlen los impulsos de precipitarse (como yo tuve que controlar los míos), porque no es poca cosa la preparación y «ablande» que exige el poder enfrentarse con ese tema.
2. Los «no negociables»
En muchas charlas dirigidas a mujeres, el tema de la «negociación» despertaba casi inevitablemente encendidos enfrentamientos que, con frecuencia, se sintetizaban en dos posturas con valores opuestos. Se dejaban oír voces exaltadas que sostenían con fuerza que «hay cosas que no se negocian», haciendo referencia al amor, la solidaridad, la honestidad o la dignidad humanas, entre otros valores. Con la misma intensidad y convicción siempre alguien respondía que «todo es negociable… sólo es cuestión de precio».
Lo «no negociable» es aquello que traspasa el límite, muy personal y subjetivo, de lo que las personas están dispuestas a ceder, en función de sus necesidades, valores y ambiciones. Pero también es lo que no se discute —ni se cuestiona—, porque pareciera formar parte de la propia naturaleza, sin la cual cada uno deja de ser quien es.
Lo que no se discute
Llamó profundamente mi atención descubrir que muchas mujeres ponían en la bolsa de lo «no negociable» una cantidad de actitudes que no sólo no eran cuestionadas, sino ni siquiera factibles de ser pensadas. Entre esas actitudes figuraban, casi en primer plano, comportamientos cotidianos tales como preparar el bolso del fin de semana o del club para el marido (que no era discapacitado), cambiar automáticamente el papel higiénico cuando quien terminó el último rollo fue otro miembro de la familia, levantarse de la mesa a buscar la sal cuando otro expresaba la necesidad de sazonar mejor su propia comida, cambiar los pañales con caca aun cuando al marido le guste compartir las tareas hogareñas. Al respecto una mujer comentaba:
Mi marido es recolaborador. ¿Pero qué hubiera pasado si no fuera así? En mi casa compartimos mucho porque a él le gusta cocinar y salir con los chicos. Me doy cuenta de que compartimos porque es él quien lo decide. No le resto mérito a eso, pero me pregunto: si él no fuera así, ¿tendría yo la fuerza necesaria para negociar y equilibrar las cosas? Porque acabo de darme cuenta de que él limpia los pañales con pis pero no los que tienen caca. Yo lo dejo pasar porque veo que hace otras cosas, pero … ¿y si todos los pañales fueran con caca?
Es evidente que cambiar los pañales con caca nada tiene que ver con comportamientos éticos ni con valores humanos. Es una actividad que más bien engrosa la lista de los trabajos serviles que en la antigüedad estaban destinados a los esclavos y, en las clases privilegiadas de hoy día, al personal doméstico. Sin embargo, aun cuando haya una diferencia ostentosa entre cambiar un pañal con caca y adoptar un comportamiento deshonesto, ambas actividades son igualadas y colocadas cuidadosamente en el mismo nivel de los «no negociables», es decir de aquellas cosas sobre las que no se discute.
Los «no negociables» suelen adoptar variadas y curiosas formas, generalmente a la medida de los pactos no explicitados con que las parejas y las familias han armado la trama vincular.
Otra mujer comentaba que durante diez años acompañó a su marido a un club donde él desarrollaba una actividad muy específica y exclusiva y ella quedaba excluida sin otra posibilidad que llevar un libro para leer. Nunca se le había ocurrido «negociar» con su marido los fines de semana. Negociar, por ejemplo, que se iban a alternar en el rol de acompañantes o que cada tanto iban a tomarse la libertad de disfrutar sin la compañía del otro. Era algo impensado e impensable, no porque estuviera prohibido sino simplemente porque era considerado «natural» que ella debía acompañarlo donde él deseara ir, al estilo de nuestro código civil4 (modificado recién en 1968), que «fijaba el domicilio conyugal donde el marido lo estableciera». La única alternativa que durante diez años puso en práctica esta familia estaba pensada para satisfacer las necesidades de uno solo de sus miembros.
Seguramente porque todos creían que así debía ser, incluso los más insatisfechos. Es evidente que el cambio debe venir de quien menos disfruta, pero si este considera «natural» ocupar un lugar subordinado, el cambio no puede producirse. No fue poca la sorpresa de esta mujer al descubrir cuan activamente había participado en su propia insatisfacción, ni tampoco fue menor su sorpresa al comprobar que una vez descubierta era posible proponer alternativas diferentes y defender sus propuestas, para satisfacción de todos.
Las negociaciones con los hijos
Las negociaciones con los hijos suelen ser una de las más difíciles porque, entre otras cosas, ponen en evidencia la falta de incondicionalidad materna. Sabemos que negociar es pactar condiciones y valorar las propias necesidades tanto como las ajenas. Poder amarse a sí misma tanto como al propio hijo puede ser vivido como un ataque al mandato patriarcal de incondicionalidad materna, que deja su huella culposa en los deformados corazones femeninos. Una mujer dejó constancia de esto cuando comentó que su hijo pretendía que lo trasladara en su coche a la hora de la siesta, que es cuando ella toma un pequeño descanso entre sus horas de trabajo de la mañana y la tarde. Decía:
¡Ruego a Dios que no me lo pida porque soy incapaz de decirle que no! ¡Que no me lo pida! ¡Que no me lo pida!
Lo que hace más interesante este comentario es que se trata de un hijo mayor de edad, que usa a menudo el coche de su madre, quien no tiene inconveniente en prestárselo. En realidad, lo que él pretendía era que su madre fuera su chófer. Ella se sentía entorpecida para negociar y le ofrecía el coche, pero no era el medio de transporte lo que él demandaba sino la atención incondicional de la madre. Y a ella le costaba rehusarse para no perder la ilusión de que «seguía siendo la mejor madre del mundo». Sobre el mismo tema, otra mujer comentaba:
Me considero una excelente negociadora, pero soy incapaz de negociar con mi familia, especialmente con mis hijos. Por ejemplo, comparto mi auto con mi hijo menor y todos los días por la mañana se repite el mismo diálogo. Él me pregunta: «¿Necesitás el auto hoy?», y yo, que soy quien debe decidir —y simplemente contestar—, en lugar de ello le pregunto a mi vez: «Y vos, querido, ¿lo necesitás?»
En pocas palabras, para muchas mujeres decir «no» a un hijo forma parte de los «no negociables».
En puntas de pie
Los «no negociables» se mimetizan con la vida y se filtran por las grietas de nuestra necesidad de ser amadas. Pasan a formar parte de lo que se considera nuestra «naturaleza» y se instalan a nuestra vera como si fueran nuestra sombra. Los incorporamos como obvios, y al hacerlo, los convertimos en invisibles para nosotras mismas. Por todo esto es que son capaces de perdurar tantos años… ¡y sin envejecer! En una oportunidad, coordinando unos talleres de reflexión en Chile, una muchacha de origen humilde contó una anécdota conmovedora.
Viví quince años con un hombre que era mucho más alto que yo. Durante quince años, todas las mañanas me ponía en puntas de pie para mirarme en el espejo de nuestro baño, que estaba colocado a la altura apropiada para su medida. Tardé mucho en darme cuenta de que eso era «negociable para mí misma». Cuando me di cuenta, lo descolgué y lo coloqué a una altura intermedia; ya no tenía que ponerme en puntas de pie, y él sólo necesitaba hacer dos pasos hacia atrás para mirarse con comodidad.
¿Cuántas puestas «en puntas de pies» habrán conocido los muros de tantas casas? Adaptándolo a las historias y las modalidades personales, no sería difícil descubrir que somos muchas las mujeres que, en mayor o menor medida, «naturalmente» nos hemos acomodado durante años, sin siquiera darnos cuenta de que lo hacíamos. La naturalidad con que se incorpora el «acomodarse» a la propia subjetividad explica esa modalidad satelital que con tanta frecuencia signa la vida de muchas mujeres.
La sagrada teta
Para finalizar con esta parte del capítulo comentaré un ejemplo que tiene la particularidad de ser la excepción de la regla de las «no negociables». Es un ejemplo atípico, donde es probable que muy pocas mujeres puedan reconocerse, sobre todo porque está reñido con una de las expectativas más sagradas del patriarcado. Este es uno de los motivos por los cuales es posible que llegue a herir la sensibilidad de muchos varones y de no pocas mujeres. Tuve la oportunidad de comprobar que mis sospechas acerca de lo irritativo del ejemplo no eran infundadas. En un taller coordinado por mí en el marco del XX Congreso Internacional de Grupos, realizado en Buenos Aires, en agosto de 1995, lo comenté, y al día siguiente una mujer se me acercó para «advertirme» que yo debía tener mucho cuidado al contar ese caso porque podía ser tomado como ejemplo por muchas mujeres y generar actitudes «peligrosas». Este es el ejemplo y ustedes sacarán sus propias conclusiones.
Tengo tres hijos y siempre les he dado de mamar. En parte porque me resulta muy placentero y en parte porque soy de tetas exuberantes y siempre estuvieron llenas de leche. Sucedió que cuando parí a uno de mis hijos, nuestra situación económica pasaba por un período de estrechez y mi aspiración de estudiar un idioma extranjero —que era para mí en ese momento una pasión, además de expresión de mis múltiples inquietudes— corría el riesgo de no ser satisfecha a causa de dicha estrechez. Me puse a pensar concienzudamente y me di cuenta de que yo tenía hijos no sólo para satisfacer mi necesidad personal de maternidad sino también para satisfacer la necesidad de paternidad de mi marido. Ambos compartíamos el proyecto familiar de crear y parir hijos y estábamos dispuestos a compartir no sólo las satisfacciones de tenerlos sino también los costos múltiples que eso significaba. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que el hecho de dar de mamar era un rubro de nuestra economía familiar. Saqué la cuenta de los litros de leche que nos ahorrábamos de comprar al usar la leche de mi propia producción y resultó ser una cifra muy considerable. Curiosamente coincidía con lo que necesitaba para cubrir los gastos del curso anual que deseaba hacer. De manera que me dispuse a plantearle a mi marido una negociación. Yo estaba dispuesta a aportar mi leche (sin agregar en los costos la inversión de tiempo, energías y riesgos físicos) y él acordaría en destinar el dinero —que había previsto para otros fines— en pagar mi curso de idiomas. Creo que lo pude hacer porque mi marido tiene una ética solidaria y porque yo tengo una autoestima suficientemente afianzada como para no creerme ese cuento de que una es «mala madre» si defiende sus propias necesidades e intereses.
Dicen que la necesidad aguza el ingenio. Probablemente, sin la estrechez económica esta mujer tal vez hubiera perdido la ocasión de tomar conciencia de que amamantar es —además de saludable para el bebé y a veces satisfactorio para la madre— un aporte económico concreto a la economía familiar. El aporte económico que significa amamantar no le quita atractivo ni seriedad al hecho. Si las mujeres tuvieran más conciencia de ello, probablemente se sentirían menos culpables y con más derechos para decidir sobre el dinero conyugal, conscientes de que se trata de una sociedad (la conyugal) donde cada uno aporta lo suyo. No podemos negar que la teta que amamanta, por muy sagrada y enaltecida que sea, ya ha entrado en el circuito económico. Sin embargo, este hecho se mantiene cuidadosamente encubierto y su contabilidad, registrada «en negro».
Para muchas mujeres resulta impensable reflexionar en términos económicos sobre la sagrada teta mientras que a muy pocos varones se les escapa. Nos consta que en la sociedad consumista de los años noventa las tetas son un elemento infaltable de toda propuesta vendedora. Son uno de los argumentos de venta de mayor rating. Usadas como recurso erótico o como decoración sexual, las tetas femeninas son fuente de admiración, de excitación o de ataque. Criticadas por muy pequeñas o muy grandes, por muy paradas o muy caídas, suelen protagonizar el imaginario social de chistes y refranes. Adoradas como un resabio de ensoñaciones maternales, distraen a más de uno. En fin, siempre presentes y en cualquier menú, las tetas parecerían ser el paradigma del deseo humano. Sin embargo ese amplio espectro que contempla casi todo —y no deja de utilizarlas como recurso económico en publicidades y demás yerbas— deja fuera de registro justamente aquel punto de la economía que reconoce a las mujeres como sus legítimas productoras y primeras beneficiarias.
Las tetas llenas de leche de una mujer que acaba de parir son algo más que un don de la naturaleza pródiga que ofrece a la especie humana recursos concretos con que alimentar a los niños recién nacidos. Son también un recurso económico que, a través del cuerpo femenino, contribuye a la economía familiar. Sin embargo, este hecho tan evidente suele ser negado de forma permanente y reiterada no sólo por las propias mujeres sino por la sociedad entera. El placer que a una mujer pueda producirle la experiencia de amamantamiento o la satisfacción de cumplir con los mandatos tradicionales no invalida el hecho de que al hacerlo está aportando recursos de valor económico que tienen una incidencia concreta en la canasta familiar. Afortunadamente, hay algunas que, por esos azares de la vida y de la educación, logran mantener a salvo su capacidad reflexiva y su autoestima como para adoptar actitudes que resultan esclarecedoras para muchas otras mujeres. La anécdota que antecede es un ejemplo de ello.
Reconocer el valor económico del amamantamiento por parte de las mujeres duplica sus méritos (y sus réditos). Las mujeres que disfrutan con dar de mamar no perderán ese clima de ensoñación excitante (que hasta llega a generar flujo vaginal, lo cual suele ser cuidadosamente ocultado) por tomar conciencia de que hacen un aporte económico concreto a la canasta familiar. Al contrario, creo que advertirlo las liberaría de las culpas que el disfrute les genera.
En síntesis: es cierto que existen «no negociables», pero también es cierto que muchos de los que así se rotulan, son sólo prejuicios y condicionamientos sociales. Son muchas las servidumbres disfrazadas de «no negociables» que para su mejor ocultamiento fueron elevadas al rango de privilegios. Es un desafío para todas aquellas mujeres y varones solidarios —que coinciden en rechazar las servidumbres— intentar separar «la paja del trigo», es decir desenmascarar los pseudo-no-negociables que contaminan y desprestigian los auténticos valores solidarios.
3. Tiempo para vivir y espacio para crecer
Sabemos que toda realidad es compleja y, por lo tanto, también toda afirmación puede resultar esquemática en la medida en que sólo muestra un aspecto parcial de esa realidad. Sin embargo, hay ciertas afirmaciones que se pueden arriesgar sin demasiado margen de error. Podríamos afirmar, por ejemplo, que el objetivo central de las negociaciones económicas es el dinero, aun cuando todos sabemos que este es un recurso de poder y que, en última instancia, detrás de la ambición económica suele estar agazapada la ambición de poder.
Pero así como resulta claro focalizar el objetivo central de las negociaciones en el ámbito político y económico, no resulta tan fácil precisar cual es el objeto de fondo en las negociaciones cotidianas. Me refiero a las «negociaciones nuestras de cada día», aquellas que involucran a la familia, las amistades, los afectos, las relaciones sexuales y nuestra vida interior.
Sabemos que las apariencias tienen la particularidad de mostrar superficies y que muchas veces esas superficies tienen poco que ver con el fondo o son débiles reflejos parciales que, aun cuando no pretendan engañar, terminan tergiversando o encubriendo. En el caso de las negociaciones cotidianas, los objetos de negociación —concretos y visibles— suelen ser a menudo apenas la punta del objeto u objetivo del que en el fondo se trata. Los ejemplos del capítulo anterior sirven para ilustrar esta afirmación. Pensando en ellos, podríamos decir que cuando la madre negocia el uso del coche con su hijo, el objeto concreto de negociación parecería ser el vehículo. De igual manera, cuando la esposa comparte el cuidado de los hijos con su marido, el objeto de negociación parecerían ser los pañales con caca, y también cuando una mujer defiende su deseo de programar los fines de semana de manera diferente de la de su marido, el objeto concreto de negociación parecería ser la libertad de elegir otro programa.
Sin embargo, el fondo de estas negociaciones cotidianas no está en el coche ni en los pañales con caca ni en los fines de semana. Estos son sólo objetivos parciales —aunque muy concretos y reales— que, como la punta de un iceberg, muestran sólo una ínfima parte de la masa de la que forman parte. Lo que parece un simple témpano —controlable y no demasiado peligroso— es en realidad una montaña sumergida tan difícil de percibir como de apreciar en su magnitud. Lo que realmente se está poniendo en juego en cada una de las negociaciones cotidianas son dos recursos clave de la vida humana: el tiempo y el espacio. El tiempo en el que transcurre nuestra vida y el espacio —tanto físico como psíquico— que necesitamos para crecer y desarrollarnos.
Cuando hablamos del tiempo, me refiero al mismo en su amplísimo espectro: el que transcurre entre el nacimiento y la muerte y se desliza desde cada amanecer hasta el próximo; el que parte velozmente en los encuentros placenteros y se adormece con cada aburrimiento; el que se empaña con el dolor y se recupera con la primera sonrisa después del llanto; el que se apretuja y arruga cuando las demandas nos exceden; el tiempo calmo del devenir sin apremios, el tumultuoso de las pasiones y el que se vuelve interminable ante las incógnitas no develadas. El tiempo irascible de los conflictos sin resolver, el tiempo lento de la infancia y el vertiginoso de la madurez; el tiempo oscuro de los abandonos y el tiempo entusiasta del amor. El que se opaca con la resignación y el transparente de la espontaneidad; el tiempo para apurarse y el tiempo de esperar.
En la dimensión humana, el tiempo consume espacio. El tiempo para pensar, por ejemplo, requiere tanto de un espacio psíquico —es decir de la disponibilidad mental y afectiva para hacerles un lugar a las reflexiones dentro de nosotros mismos— como de un espacio físico confortable. Si una persona está «disponible» anímicamente, puede pensar aun yendo de pie y apretujada en un autobús lleno de gente. En cambio resulta difícil hacerlo en el sillón más confortable cuando las presiones, los malestares o los conflictos invaden nuestro espacio psíquico. Y así como no se puede pensar cuando no hay tiempo, tampoco se puede pensar cuando el espacio psíquico está «ocupado». El tiempo sin espacio psíquico es casi un tiempo ajeno que transcurre fuera de nosotros. Es la disponibilidad de ese espacio psíquico lo que nos permite apoderarnos del tiempo, porque nos da la oportunidad de conectarnos con nuestros deseos.
Cuando el espacio psíquico está «ocupado», las posibilidades de crecimiento y desarrollo personal se reducen indefectiblemente. Son muchas las tareas que ocupan espacio psíquico y que, sin embargo, suelen pasar inadvertidas, tanto para quienes las realizan como para quienes usufructúan las que hacen otros. Para despejar las dudas posibles de este tema tan poco explicitado, analizaré en detalle un ejemplo del capítulo anterior. Ese ejemplo es particularmente sustancioso, porque tanto en sentido literal-real como simbólico pone en evidencia situaciones urticantes, que la sociedad en su conjunto se encarga de mantener encubiertas.
La caca de los pañales ocupa espacio psíquico
Transcribiré nuevamente el ejemplo para evitar a las lectores la molestia de hojear hacia atrás:
Mi marido es recolaborador. ¿Pero qué hubiera pasado si no fuera así? En mi cama compartimos mucho porque a él le gusta cocinar y salir con los chicos. Me doy cuenta de que compartimos porque es él quien lo decide. No le resto mérito a eso, pero me pregunto: si él no fuera así, ¿tendría yo la fuerza necesaria para negociar y equilibrar las cosas? Porque acabo de darme cuenta de que el limpia los pañales con pis pero no los que tienen caca. Yo lo dejo pasar porque veo que hace otras cosas, pero… ¿y si todos los pañales fueran con caca?
No siempre resulta fácil establecer relaciones entre las cosas más obvias. Mucho menos fácil resulta establecerlas en lo que se ha naturalizado y que por eso mismo terminó siendo invisible. En relación con este tema tan «insignificante» como los pañales, no hace falta remarcar que cambiar pañales insume tiempo. Eso es algo de lo que todo el mundo se da cuenta, incluso aquellos varones que nunca han cambiado uno. Por eso tampoco hace falta insistir en que compartir el cambiado de pañales es una manera de compartir también el gasto de tiempo que dicha actividad insume. Pero esto que resulta tan claro en relación con el tiempo probablemente no lo sea tanto en relación con el espacio psíquico. Me refiero concretamente a que para muchas personas (tanto mujeres como varones) la relación que existe entre la caca de los pañales y el espacio psíquico resulta poco clara o totalmente nebuloso.
Trataré de aclararlo. Cuando una persona atraviesa un prado sembrado con lavandas, magnolias y tilos, su cuerpo y su espíritu se llenan de aromas atractivos y sedantes que le generan bienestar. Y el bienestar, además de ser agradable y placentero pone en disponibilidad un grado considerable de energía psíquica que estimula su utilización de diversas maneras. El bienestar favorece la lucidez para pensar, la creatividad para vivir y el entusiasmo para amar; genera la potenciación de los recursos, la que da pie a un círculo virtuoso que podría expresarse así: «Porque estoy bien hago mejores cosas, y porque las hago bien me siento cada vez mejor». En este sentido, podríamos decir que el bienestar produce superávit de energías con la consecuente sensación de riqueza y potencia interior. Por el contrario, cuando una persona, por ejemplo, entra en un baño con efluvios cloacales, todo su cuerpo y su psiquismo se contraen como una manera de defenderse de la agresividad que ejercen los malos olores. La reacción espontánea es poner distancia y escapar lo más lejos posible de ese olor que «ocupa espacio» y del cual además es necesario defenderse. Pero no siempre es factible alejarse. Cuando no es posible, el psiquismo se ve obligado a implementar mecanismos defensivos para resistir algo tan desagradable como intolerable, y no tiene más remedio que echar mano de una cantidad considerable de energía psíquica, que queda inhabilitada para otros destinos. Con lo cual, además de tener su espacio psíquico desagradablemente ocupado, debe afrontar un gasto adicional de energías para «desocuparlo».
Volviendo a nuestro ejemplo, podemos decir que cuando el olor a caca es inevitable, la economía psíquica se resiente, porque lejos de generar bienestar produce un círculo vicioso por el cual se consumen energías adicionales, que reducen la disponibilidad operativa del espacio psíquico. El hecho de que este sea menos palpable que el físico no lo hace menos real. No viene mal recordar —y destacar— que las «cacas» no se reducen a su existencia material y palpable. Es sabido que existen muchas «otras cacas», de naturaleza simbólica, que ocupan tanto espacio y generan tanto gasto como las materiales. El hecho de ser simbólicas no las hace menos desgastantes ni tampoco más etéreas.
Todo este análisis es para plantear que cuando una mujer intenta compartir el cambio de pañales, pareciera que lo que negocia es esa tarea. Sin embargo, cuando profundizamos el tema nos encontramos con que, en realidad, la tarea es sólo el aspecto visible de la negociación. Su objeto no es el cambio de pañales sino el tiempo y el espacio psíquico que esa tarea compromete. Este descubrimiento es lo que en gran medida da respuesta a la pregunta final, tan conmovedora y desenmascaradora: «¿Y si todos fueran pañales con caca?»
Resulta evidente que esta pregunta trae incluida la respuesta, que resulta dolorosa porque pone al desnudo un hecho desgarrador: saber con certeza que en esa pareja —aparentemente tan solidaria— la limpieza de la «caca» está asignada en exclusividad a la mujer y asumida obedientemente por ella. Cuando las mujeres asumen unilateralmente todo el gasto psíquico (de las «cacas») que insume un interés compartido (como es el bienestar y la limpieza del hijo o la hija en común), asumen también unilateralmente los costos de una inversión común.
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