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Christian A. Kaufmann M.
Eterna Oscuridad
(Autobiografía de un vampiro)

Kaufmann M., Christian A.
Eterna oscuridad / Christian A. Kaufmann M. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2123-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Índice
1 Prólogo
2 Capítulo I
3 Capítulo II
4 Capítulo III
5 Capítulo IV
6 Capítulo V
7 Capítulo VI
8 Capítulo VII
9 Capítulo VIII
10 Capítulo IX
11 Capítulo X
12 Capítulo XI
13 Capítulo XII
14 Capítulo XIII
15 Epílogo
“El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos”.
Pitágoras
Prólogo
Los hechos que narraré en estas páginas serán muy probablemente considerados por el lector como una audaz quimera propia del autor, una obra literaria fantástica de finales del siglo XX elaborada con el único y sencillo fin de vender grandes cantidades de libros, o simplemente como una fábula creada por la trastornada y muy imaginativa inspiración de un demente. Sin embargo, yo no soy un escritor de novelas abstractas e irracionales, ni un inescrupuloso autor desesperado por mejorar su posición económica que, en mi caso, además, es absolutamente irrelevante. Yo soy, lisa y llanamente, lo que el mundo ha dado a llamar: un vampiro.
Sé perfectamente que no es sencillo tomar con seriedad semejante confidencia, y mucho menos si uno no desea ser calificado por los demás como un ingenuo. Yo lo entiendo. Nadie lo creería. Más aún en esta época en la que ustedes están viviendo. En el amanecer del siglo XXI parece ser que la única verdad es aquella que nos es dada a través de la ciencia. Y lo comprendo. Yo mismo, hace más de cien años, en mi juventud, no podía tomar en serio aquellas novelas sombrías y absurdas, aunque entretenidas, de vampiros y muertos vivientes que solía leer mientras viajaba camino al lugar donde desarrollaba mis estudios, durante los fríos inviernos ingleses en la última década de 1800. En aquellos tiempos yo era un joven con una educación de más estructurada que estudiaba ciencias en la universidad y, aun a pesar de haber nacido y crecido en el seno de una familia con fuertes raíces católicas que acudía cada domingo a misa, había comenzado a ver el mundo en general desde una perspectiva muy diferente a la inculcada por mis padres cuando era un niño. Cómo creer en vampiros, a pesar de todas las habladurías que llegaban de la Europa Central y que tanto temor nos habían causado en la niñez, haciendo que nuestros sueños se transformaran en horribles pesadillas, protagonizadas por engendros temibles que resucitaban desde sus tumbas y acechaban a sus víctimas bajo la luz de la luna. ¡Qué locura!
Pero lo cierto es que no todo es fábula. No todo es mentira. Algunas leyendas son en realidad historias con contexto verdadero, y una de esas historias reales es que el vampiro existe. El vampiro es real. El vampiro es ancestral y desde tiempos inmemoriales se abre paso aniquilando todo lo bueno que hay en ustedes. El vampiro vive gracias a la muerte de los demás. Extrae vida para vivir. El vampiro, aunque día a día muere por dentro porque su mayor pecado fue ansiar la vida eterna, camina entre los vivos dejando su pestilente aroma a destrucción y maldad.
Sin embargo, el objetivo primordial de este relato no es lograr que quien lo lea pueda creer en mí y en lo que soy, sino que lo hago con el fin de extraer los sentimientos más arraigados en lo profundo de mi mente y de mi inerte corazón, para llevarlos al exterior y arrastrar así con ellos al menos un poco de todo el dolor que constantemente me consume, me agobia y me impide sentir. Espero, tal vez ilusamente, de esta forma, aliviar mi alma y mi espíritu, ambos condenados a la eterna oscuridad.
Los nombres de los personajes y de algunos lugares que aquí se mencionan han sido cambiados pero, exceptuando ese detalle, deseo remarcar que no narraré otra cosa más que mi historia, y no escribiré ninguna otra cosa más que mi cruda verdad. Después, ustedes sacarán sus propias conclusiones acerca de quién soy… o no. Creer o tener fe, son privilegios que los humanos tienen gratuitamente. Yo no los poseo. Ser lo que soy siempre ha significado vivir entre engaños y mentiras. Es una constante en mi existencia. Este libro, empero, es mi confesión. Se podrá creer o no creer en su contenido. Sin embargo, quien logre abrir su mente a esta lectura podrá vislumbrar los pensamientos y sentimientos de alguien que ha vivido y que vivirá mucho más tiempo del que ningún ser humano podría imaginar jamás.
Soy la sombra en la oscuridad. Soy el aliento que apaga la luz del candelabro. Soy el hedor que revuelve sus tripas y lleva la desgracia. Soy aquel que termina con la vida. Yo soy el Nosferatu.
I
Nací con el nombre de Andrew Mac Gregor, en las afueras de Eyemouth, Scottish Borders, Escocia, en 1875. Único hijo de Rodderick Mac Gregor y de Sarah Neeson, ambos campesinos que habían prosperado en el negocio de las lanas, tuve una niñez marcada por la vida al aire libre, en libertad, rodeado de verdes pastizales y fértil tierra negra. El hogar de la familia Mac Gregor se centraba justo en la parte baja de una colina que desencadenaba en un gran y profundo acantilado, y desde allí se podían ver enormes barcos que surcaban los océanos, imponentes ante la bravura de las heladas aguas del Mar del Norte. Allí pasaba mis días, ayudando a mi padre en su trabajo, jugando con los animales de la granja y, en ocasiones, con algún pequeño vecino que se acercaba. De esa niñez, a menudo suelo recordarme recostado sobre la hierba, entre las ovejas que pastan, observando las aves. Recuerdo que tenía dos grandes ambiciones, dos deseos con los que soñaba en los días de mi infancia: el primero era poder volar como los pájaros a través de los cielos y recorrer el mundo entero sin que ninguna frontera ni ningún océano pudieran detenerme, y el segundo era el más extraño para un niño de mi edad, porque anhelaba vivir eternamente, vivir más de lo que todos los demás hombres en esta tierra pudieran hacerlo, porque consideraba que una sola vida era muy poca para un ser humano y sentía temor al paso del tiempo y a los rostros de los ancianos. Siendo tan solo una criatura, tenía miedo de envejecer. ¡Qué gran contraste con lo que finalmente terminé siendo y padeciendo! Pero esos sentimientos siempre preocupaban a mi madre. Ella parecía vigilarme constantemente. No con la normalidad que una madre cuida a su hijo, ella parecía inquietarse con mis aspiraciones. A veces incluso llegué a pensar que me temía. Creo que mi madre pensaba que yo era diferente a los demás niños. Ella estaba segura de que su hijo poseía alguna habilidad que la inquietaba, y debo darle crédito a eso porque no había dudas de que yo era distinto a mis amigos: más adulto, más inteligente, más capaz. También, con mayores inquietudes. Mi abuela, una escocesa de pura estirpe que enviudó muy pronto y tuvo que criar sola a mi padre en un mundo de hombres, solía decir que yo siempre intentaba encontrar una respuesta para todo, aun para lo que no las hay. Decía que era atrevido y muy sagaz para ser un niño. No, ella tampoco fue indiferente frente a mis comportamientos. Sin embargo, ignorando el verdadero y oscuro secreto que envolvía el destino de su nieto, desconociendo la verdad, creyó tener en mí tan solo a un muchacho con brillante intelecto. Estaba tan orgullosa. Por esa razón, fue ella quien convenció a mi padre para que se esforzara con su trabajo y así pudiera darme una educación más apropiada. Mi abuela deseaba evitarme el destino que toda la familia Mac Gregor había tenido en los últimos cien años: ser un simple campesino. Ella se negaba a desperdiciar el talento de su amado y único nieto y creía que ya era tiempo de que alguien se destacara dentro de la familia. Aunque mi madre sentía muchas dudas al respecto, dudas que solo ella parecía comprender, mi abuela insistió hasta convencerla también. Así fue como mis padres decidieron enviarme a un colegio en la ciudad de Edimburgo apenas tuve la edad que se requería para comenzar la educación, y debieron resignarse a la idea de que su hijo no siguiera sus pasos. También allí realicé mi preparatoria para el ingreso a la universidad. En 1893 la familia entera se trasladó a la vecina Inglaterra y se instaló en las afueras de la ciudad de Rochester, a orillas del río Medway, en Kent, con el propósito de cambiar de actividad económica, ya que la reciente pero masiva proliferación de industrias de la lana a lo largo y a lo ancho de toda Europa representaba una competencia imposible de sobrellevar para cualquier pequeño emprendimiento como el de mi padre. Sin embargo, mi familia no había pensado en Inglaterra solamente como una posibilidad de sostener o mejorar su posición económica, sino que también era el lugar ideal para que yo pudiera completar mi educación. Y entonces, el sueño de mi abuela finalmente se hizo realidad un año más tarde cuando logré ingresar a la Universidad de Cambridge.
Recuerdo aquellos años en la universidad con gran placer, pero también con cierta amargura por lo que ya no será. Esos años transcurrieron como si se tratase de un lento proceso a través del cual la insulsa oruga gris se transforma en una imponente libélula con enormes y sensacionales alas, de deslumbrantes y bellos colores. Allí no solo se estudiaba, sino que además se vivía. Era como un segundo hogar. Ocasionalmente viajaba hasta Rochester, haciendo una escala obligada en Londres para secundar a mi padre en su flamante y prolífico negocio, ahora de cueros y pieles. Sin embargo, cada vez que viajaba al hogar de mis padres, una opaca sensación se apoderaba de mí, porque podía observar que la relación entre ellos iba empeorando progresivamente. Esto, de allí a unos años más, los llevaría finalmente a la separación.
Pero la depresión que me causaba la ruptura de mi familia no se interpuso en mis progresos en la universidad. De hecho, mi desempeño fue tan sobresaliente que obtuve varios premios y distinciones por mis tesis médicas. Mis profesores se admiraban de mi capacidad de estudio, de mi facilidad para aprender. Lamentablemente también tuve problemas con mis compañeros, la gran mayoría de ellos ingleses protestantes, que veían en mí a un escocés católico que no debía ser mejor que ellos. Tuve muchos inconvenientes en ese triste aspecto, lo que se acentuaba a causa de mi casta de campesino. La arrogancia de algunos era tan baja que se alejaba con mucho de la idea de crecimiento intelectual que la universidad proponía. Recuerdo estos sucesos porque fue a causa de ellos que comencé a sentir con más conciencia que una fuerza extraña rodeaba mi destino, que un poder o una presencia que me guiaban actuaban por sí solos. Aún no logro borrar de mi mente la imagen de uno de mis compañeros cayendo desde las alturas de un edificio de la universidad y destrozándose en el frío suelo de piedras. Ese muchacho había sido la cabeza de una elite de jóvenes que se había hartado de mofarse de mí durante los últimos meses del segundo año. Los médicos dijeron que su muerte no había sido provocada por la caída, y que su cuello estaba tan monstruosamente roto que su cabeza había dado un extraño y horrendo giro de 180 grados. Toda la universidad lo vio morir. Fue como si algo lo empujara deliberadamente, luego de atacarlo con salvaje furia. Hubo una minuciosa investigación, pero la policía no logró demostrar que se había tratado de algo más que un suicidio o un accidente. Y esa no era la primera vez que algo así sucedía en mi vida. Otros eventos similares a este habían marcado mi infancia a fuego y me habían hecho sentir, a medida que se multiplicaban, como si yo fuera el indirecto hostigador, un culpable que se ocultaba en las siniestras tinieblas de la inocencia. Era como si alguien estuviera actuando a mis espaldas, y se deshacía de todo aquello que pudiera perjudicarme. Sentía como si alguien estuviera quitando las piedras de mi camino, protegiéndome. El futuro me demostraría más adelante, con una cruda revelación, que no estaba equivocado...
Pero, aun a pesar de las enormes trabas que debí superar, la universitaria fue una época que sin dudas me brindó grandes satisfacciones también. Me ayudó a tener más confianza, más entereza, lo que consecuentemente alivió aquellos remordimientos que sentía. Los progresos en los estudios también me hicieron obtener respeto y fama en el mundo académico. Me destaqué en ciencias, arte y cultura. La lectura fue una de las mayores actividades que desarrollé, lógicamente, y fue la literatura una de mis preferidas, y dentro de la literatura William Shakespeare era mi favorito. Sus relatos me ayudaron a mejorar mi forma de expresarme y, como efecto secundario, a conquistar a las damiselas que vivían en los alrededores, que caían bajo el noble hipnotismo de mis palabras, las cuales extraía de allí.
Y en parte fue también gracias a la literatura que tuviera la gran fortuna de conocer a la mujer más hermosa del universo, la mujer que se adueñaría de mi corazón para siempre y cuyo nombre ahora les daré a conocer: Rose Gaverdeen. Ella era la dama más especial y a la vez de mayor simpleza interior que existiera en todo Rochester. Delicada como una dulce paloma nívea y con el carácter de un corcel al que nunca nadie habría podido domar. Bella como un ángel y cautivante como un demonio, sus ojos brillaban más que cien mil esmeraldas. Su cabellera larga, ondulada y rojiza, bajaba como una cascada solo para detenerse en sus caderas, y desprendía un perfume solo comparable con el de las rosas más rojas de Inglaterra.
En realidad, el destino nos unió con la simple excusa de asistir a las nupcias de unos amigos que ambos compartíamos en Rochester. Peter Johnson había sido uno de mis compañeros de estudio durante los años en Cambridge, y nuestra amistad se había extendido más allá de los muros de la universidad al vivir en la misma ciudad. Juntos habíamos emprendido algunos proyectos científicos y publicado algunos artículos en un semanario estudiantil. Sus padres me adoraban como a un hijo más, y muy a menudo solía pasar fines de semana en su residencia, una hermosa mansión, que poseía una abadía propia, con jardines majestuosos, donde ese día se realizaba su boda con una joven que había conocido en Liverpool, durante un viaje de negocios. Amy Grant era su prometida y amiga personal de Lady Rose. Su belleza era indiscutida, con lo cual esa jornada mi fiel amigo Peter era el más envidiado por los hombres que allí se encontraban. Pero yo solo vi a Rose. Allí, nuestras miradas se cruzaron por primera vez en el preciso momento en que la novia hacía su imponente ingreso al salón nupcial y se daba inicio a la ceremonia. Lady Rose estaba sentada junto a la familia de la novia; yo, al otro lado del corredor que conducía al altar, con los invitados del pretendiente. Sin embargo, cuando Rose y yo nos miramos, por un instante el tiempo pareció detenerse y solo correr para nosotros dos. Aún puedo recordar, no vagamente, cómo su hermoso rostro se iluminaba con los rayos del sol que ingresaban a través de una gran ventana de la capilla. Sus mejillas rebozaban de color… Hasta que el paso de la blanca novia a través del pasillo ineludiblemente cortó el hechizo. No obstante, nuestros destinos ya habían sido marcados porque ella y yo éramos los padrinos de la boda.
Cuando la volví a ver por la noche, en la fiesta que siguió al casamiento, ella conversaba con otras señoritas acerca de un pasaje de una obra de Shakespeare de la que no lograban recordar el título.
“El mercader de Venecia”, exclamé, interrumpiendo de manera muy educada su conversación y saludando con cordial gesto.
Lady Rose sonrió con dulzura y fijó tímidamente sus ojos en los míos, penetrando en mi alma y llegando a lo más profundo de mi corazón. De inmediato supe que esa mujer sería realmente importante en mi vida. Era la persona que no había estado esperando, una de esas personas que se cruzan en la vida de alguien cuando menos se las espera, y revolucionan todo el presente y el futuro, sobre todo el futuro. Fue como si el mismísimo Dios nos hubiese unido allí esa noche. Juntos atravesaríamos las turbulentas y profundas aguas del amor y del dolor… y no sería, sin embargo, el mismo Dios que nos unió quien finalmente nos separaría para siempre.
* * *
Suele mencionarse en antiguos libros y en leyendas no escritas que el vampiro no ama. Se nos describe como animales sin sentimientos que asesinamos por alimento, en el mejor de los casos, o por diversión o satisfacción egoísta. En la novela de Bram Stocker, el vampiro Blad Tepes, al que el escritor llamó extrañamente Drácula solo porque pertenecía a la Orden del Dragón, es un ser carente de todo sentimiento, que ataca a veces por sangre y otras vaya uno a saber por qué. Blad en realidad se transformó en vampiro luego de su captura para evitar la muerte, pero fue destruido al poco tiempo de haber salido de su tumba. Él fue diabólico mientras estuvo vivo. Fue un empalador sin ninguna piedad mientras fue un ser humano. La actitud de la gran mayoría de los vampiros es una consecuencia directa de su paso por el mundo como seres humanos. Si el amor siempre fue únicamente propio o si fue hacia otras personas, si sus intereses se interpusieron siempre por sobre los de los demás o no, eso definirá en general la forma en que una vez convertido en vampiro se mueva por la tierra.
* * *
En 1898 debí regresar a Cambridge para mis exámenes finales y la tan ansiada graduación, luego de un corto pero feliz descanso que la universidad otorgaba a sus alumnos para visitar a sus respectivas familias y pasar las Navidades. Para ese entonces, Lady Rose y yo llevábamos juntos cerca de un año como novios oficiales. Con angustiosa pena por lo perdido, recuerdo hoy, más de una centuria después, que aquellos fueron los años más felices de mi vida, sin lugar a dudas. Compartir una conversación con ella, tomar su mano y acariciar su delicado rostro era una bendición para mí. Poseerla era el tesoro más grande e importante que yo podía ansiar. Reposar a su lado era descansar en el edén. Deseaba pasar el resto de mi vida con ella y ese sentimiento era recíproco. Por eso, antes de marcharme de regreso a la universidad, anunciamos a nuestras familias y amigos, en oportunidad de su cumpleaños, nuestro inminente compromiso, para el cual organizaríamos una gran celebración. Una celebración, no obstante, que nunca se llevaría a cabo porque sería precisamente la última noche que pasaría en Rochester la que cambiaría mi vida para siempre.
Luego de acompañar a Lady Rose hasta la casa de sus padres y despedirme de ella, abordé el carruaje que me llevaría a la estación de trenes, desde donde partiría rumbo a Cambridge. Recuerdo muy bien que aquella noche no parecía ser igual a las demás. Había una niebla intensa en el camino, el frío hacía que los huesos dolieran, y el viento silbaba entre los árboles como llamando a los demonios. De vez en cuando asomaba la cabeza por la ventanilla para observar al chofer, temeroso de que cometiera un error o se durmiera, pues lo había visto llevarse una petaca de licor a la boca en varias oportunidades, mientras aguardaba por mí en la casa de Lady Rose. Son esas ocasiones en las que uno cree que debería rehusarse a subir como pasajero, pero por educación, calla. Su rostro ahora se veía extraño, efectivamente, pero no porque estuviera ebrio, sino más bien porque parecía atemorizado. Pude ver que sacó del bolsillo de su abrigo una cruz de hierro de considerable tamaño y envolvió la cadena que la sujetaba en su mano derecha. Su cabeza se movía de lado a lado con nerviosismo, como si intentara ver algo o esperando que algo malo sucediera. Pensé que estaba volviéndome paranoico con aquel sujeto, de modo que me acomodé en mi asiento y cerré los ojos para intentar descansar un poco. El viaje era largo y la noche era fría, y aún restaba la travesía en ferrocarril, el cual solía retrasarse frecuentemente. A qué hora llegaría a Cambridge. ¿Qué hora era en este preciso momento? Bajé la cabeza y busqué con mi mano el reloj que se encontraba en mi bolsillo, pero ni siquiera pude fijarme la hora. El aparato salió despedido de mi mano al tiempo que yo me estrellaba violentamente contra el frente del carruaje, impulsado por la súbita y enérgica frenada de los caballos. Me incorporé dolorido, pero bruscamente, asustado por lo sucedido y también a causa de los fuertes relinchos de los animales. De pronto el chofer abrió la puerta, como fuera de sí, y me indicó con gestos desesperados que bajara.
—¡¿Vio lo que yo vi?! –dijo con su mirada perpleja–. ¡Casi atropello a esa señorita!
—¿De qué está hablando? –grité, mientras descendía del carruaje–. ¡Casi me mata a mí!
El hombre entonces relató gesticulando con nerviosismo que una joven vestida con ropa de cama de color blanco se interpuso entre el camino y el carruaje. De milagro, aseguraba, había logrado frenar los caballos.
—¿Una mujer a estas horas de la noche y en este lugar? ¿Y dónde fue?
—Corrió hacia allá –Y señaló la espesura del bosque.
Permanecimos de pie uno al lado del otro unos treinta segundos sin hablar y sin movernos.
—Le juro que era una dama.
—Una mujer sola en el medio del bosque y a medianoche…
—Tal vez estaba perdida…
—¿Y se perdió en camisola?
—Bueno… Yo…
—¡Un momento!
—¡¿Qué?! –dijo, asustado, pero en voz baja, como si tuviera miedo de que alguien lo escuchara.
—¡La vi!
—¡No! –volvió a decir, mordiéndose los labios.
Efectivamente, yo había visto una figura blanca moverse entre los árboles y que, de repente, había caído al suelo.
—¡Vamos a ver!
—¡Ni loco! –balbuceó el chofer y corrió junto a los caballos, santiguándose.
—De acuerdo –le dije, apoyando mi mano sobre su hombro para calmarlo–. Permanezca aquí y cuide el carruaje. No sea cosa que perdamos nuestro transporte.
—Yo que usted no iría…
Hice caso omiso a su advertencia y me adentré en la espesura del bosque.
* * *
En la Europa de finales del siglo XIX la mayoría de las historias de terror aún se transmitían de boca en boca. Ya había muchos escritores que habían empezado a hacerse eco de la popularidad de esas leyendas y estaban comenzando a publicarlas en periódicos, con modificaciones propias, pero la realidad es que en ese entonces todavía los cuentos de terror solían ser asunto de viejos de los pueblos alejados. La gran mayoría de esas historias provenían de la Europa Central. La peste negra había dejado muchísimas secuelas en la sociedad. Una plaga que había matado a cerca del treinta por ciento de la población del continente y a sesenta millones de personas en África y Asia y había dejado como consecuencia una serie de trastornos religiosos, sociales y económicos que habían tardado siglos en sanar. Esos trastornos dieron origen a un montón de historias de muerte. Los cuerpos eran quemados para no propagar la enfermedad y en ocasiones la desesperación llevó a quemar a personas que aún no habían fallecido, por ejemplo. Y también estaba la catalepsia, una condición que se caracterizaba por la falta de respuestas a los estímulos externos y rigidez corporal, lo que llevó a que muchas personas fueran sepultadas o, nuevamente, quemadas vivas. Gente que rasgaba los ataúdes desde el interior o comenzaba a gritar mientras era expuesta al fuego fueron situaciones bastante frecuentes en esa época, y con los años terminaron transformándose en cuentos que se narraban en las cantinas o en las casas de familia para asustar a los chicos. Esos cuentos se fueron mezclando con otros cuentos, los que narraban historias de criaturas rompiendo las bóvedas de los cementerios para escapar de sus propias tumbas, o de seres extraños y monstruosos que atacaban a la gente y les extraían la sangre del cuerpo o incluso se las comían, porque no todos los que salían de sus tumbas o eran quemados vivos eran seres humanos. También estaban los otros, los no muertos. Los Nosferatu. Los seres que habían empezado a aparecer en Europa y que propagaban su propia enfermedad. Historias más fantásticas, pero no menos reales, puedo asegurarles. Sea como sea, todos los campesinos europeos habían oído alguna historia de esas en su infancia, y la mayoría de ellos, aun en su adultez, no estaban dispuestos a comprobar si eran un mito o una realidad.
* * *
En esa época del año las ramas de los árboles no soportaban el peso de la nieve y cedían, por lo que el suelo se encontraba repleto de ramas pequeñas y miles de hojas. Cada paso era un crujir de hojas secas, un chillido de algún animal silvestre o el sonido de algún ave que revoloteaba entre los árboles. Sin lugar a dudas, pensé, la decisión de mi amigo el chofer de quedarse atrás había sido sabia, pero yo ya estaba en el baile, y tenía que bailar. Caminé a través de un sendero de tierra con el que me topé, pero no logré llegar a ningún lado. Enseguida se terminó. Todo era bosque y nada más. ¿Mis ojos me habían engañado? De pronto escuché un gemido. Un gemido humano y femenino, más precisamente. Parecía provenir desde el otro lado de un inmenso árbol situado a no más de 20 metros frente a mí. Hice un paso y sentí otro detrás de mí. Un segundo paso y la sensación se repitió. Pero detrás de mí no había nada. A unos pocos metros ya del lugar desde donde había provenido el gemido, pude distinguir finalmente la misma figura blanca que había creído ver cuando estaba con el chofer del carruaje. Apresuré el paso y llegué hasta ella, y con gran estupor vi entonces a una joven mujer que yacía en el suelo. Su cuello presentaba una horrorosa mordedura, que parecía haber sido provocada por un animal, y también había mucha sangre manchando su camisola, a la altura de su pubis. Sus ojos estaban abiertos a pesar de que ya había fallecido, y en ellos se reflejaba una mirada de terror que generaba angustia. El espanto me invadió y retrocedí, tropezando con una rama y cayendo al suelo. En ese momento sentí que algo pasó por encima de mí. Desesperado, me incorporé y pude ver, sobre una roca, a varios metros a mi derecha, un animal. Parecía ser un lobo, un lobo negro. Sus ojos, también negros como los de un tiburón, se fijaban en mí y de su rostro solo se desprendía violencia. Mi reacción fue instantánea. Me incorporé y salí corriendo a gran velocidad y no me detuve hasta llegar al lugar donde se encontraba el carruaje.
—¡Larguémonos de aquí! –grité al chofer, mientras subía al carruaje, quien no se detuvo a preguntar qué había sucedido y tomó las riendas para hacer marchar a los caballos. Pero ahí no había terminado todo. Restaba lo más asombroso. Mientras nos alejábamos del infierno, fui testigo de algo que me atormentó aún más: el enorme lobo salía de la espesura del bosque hacia el camino con lentitud, con tranquilidad, erigiéndose y caminando en dos patas, para finalmente tomar forma humana. Me froté los ojos con fuerza porque no pude entender lo que acababa de ver, pero la figura humana seguía ahí, de pie, hasta que una curva en el camino hizo que lo perdiera de vista.
Cuando llegamos a la estación del ferrocarril, todavía conmocionado, relaté lo que había visto al chofer y sugerí que avisara a la policía. De ser preciso, le dije además que me quedaría en Rochester para dar mi testimonio.
—¿Y quién va a creer semejante historia, señor? –dijo el chofer, acercándose al banco de la estación donde me encontraba sentado – ¿Un lobo aquí?
—Tal vez escapó de algún lugar. Cuando vean el cuerpo de la joven, tendrán que creerme.
El obeso chofer se quitó el sombrero y acomodó su cabello hacia atrás, sentándose a mi lado.
—El cuerpo ya no debe estar allí, mi amigo. Si el animal que vio era un lobo, ahora ya debe haberlo devorado por completo. Y si lo que me ha contado es cierto, y es muy probable que lo sea, tampoco van a encontrarlo –dijo, al tiempo que besaba la cruz que aún se encontraba sujetada a su mano–. Si lo que vio era un vampiro, ella ya debe estar con él.
—¿Un vampiro? –exclamé–. ¡Por favor!
—Le sugiero que tenga la sabiduría de escucharme –dijo con voz seca–. Que no pueda verlo no significa que no esté ahí. No vemos el oxígeno y por la gracia de Dios lo inhalamos a cada momento. No logramos sostener el viento en nuestras manos y sin embargo él nos golpea con fuerza increíble. El vampiro existe. Y si fuera usted, me iría de este lugar de inmediato. Usted lo vio y él sabe que lo vio, y sabe que lo vio porque quiso que lo viera…
El chofer metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un libro. Extendió su mano y me lo entregó.
—Léalo en su viaje a Cambridge. Es solo un libro, pero lo que allí se dice de los muertos que caminan es cierto…
Observándolo con incredulidad, escuché el silbato del ferrocarril y corrí hasta el andén para no perderlo. Cuando encontré mi cabina, me recosté y caí rendido por el sueño, agotado por mi increíble aventura en el camino.
El libro que me había obsequiado el señor Howard (tal el apellido del chofer del carruaje, por si no lo había mencionado antes) se titulaba El mundo de los fantasmas, e incluía un ensayo llamado “Negociación y explicación de la materia y características de los espíritus y los vampiros, y así de los retornados de la muerte en Hungría, Moravia, etc.”. ¡Vaya título! Tenía la tapa negra y el título estaba escrito con letras de color oro. Era antiguo, pero se encontraba en buen estado. Su autor era un monje benedictino francés, Augustin Calmet, y databa del siglo XVIII. Circulaba de mi mano derecha a la izquierda, y viceversa, mientras lo miraba por unos segundos y luego enfocaba mi vista en el paisaje. El camino a Cambridge, decididamente, era largo y tedioso y yo no lograba sacar de mi cabeza lo que había ocurrido la noche anterior en el bosque. Esa pobre mujer. Ese inmenso animal. Esa figura humana que surgió del animal. ¿Qué diablos había sido eso? ¿Acaso mi imaginación? Pero yo sabía lo que había visto. Intentando despejar mi mente de esos pensamientos, decidí distraerme echándole un ojo al obsequio del señor Howard. Por supuesto que en aquel momento me pareció una narración llena de fantasía. Sin embargo, me sentí enormemente atraído por la idea de ser inmortal, ya que uno de mis peores temores, como mencioné antes, era el inevitable paso del tiempo, a pesar de mi juventud. Un hombre que podía vivir eternamente y siempre joven… Y no pude dejar de comparar a los demonios que eran los protagonistas de esa narración con aquella figura lobo–humano que había creído ver.
Pero el tiempo pasó y los hechos fueron olvidados. En 1899 obtuve mi título de doctor en Medicina y mi amada Rose organizó una celebración familiar en la casa de sus padres a la que también concurrieron algunos amigos. También por aquel entonces comenzó a rondar por mi cabeza la idea de enseñar en la universidad para ahorrar dinero y poner mi propio consultorio. Es que yo aún vivía con mis padres y tenía la imperiosa necesidad de independizarme. Con ese objetivo en mente, envié cartas a las universidades cercanas ofreciendo mis servicios. Todas las mañanas, apenas me levantaba de la cama, bajaba las escaleras para ver si alguien había dejado una misiva por debajo de la puerta. La ansiedad me mataba.
Una mañana, mientras aún dormía, alguien llamó a la puerta. Desperté de golpe y escuché a mi madre hablar con alguien. Me puse la bata y bajé velozmente.
—Es una carta para ti –dijo ella un tanto extrañada, mientras me la entregaba–. El cartero la acaba de dejar. Se lo veía nervioso al pobre hombre. Dijo que cuanto antes se deshiciera de ella se sentiría más aliviado…
Haciendo caso omiso de sus últimas palabras, busqué un estilete y abrí el sobre. Era una carta escrita a mano y no tenía el membrete de ninguna universidad. La había enviado un inversor privado, que prefería mantenerse en el anonimato, según especificaba. Me proponía realizar una investigación para él, y estaba dispuesto a montar un laboratorio exclusivo para ese fin, que luego de finalizado el trabajo, sería de mi propiedad.
—Hijo, algo no está bien con eso –dijo mi madre con el ceño fruncido–. Nadie va a obsequiarte un laboratorio porque sí…
—No es “porque sí”, madre. Estaré realizando un trabajo para él que puede llevar meses. Aquí dice que, además de dejarme el laboratorio, se hará cargo de todos mis gastos durante el período que dure la investigación. ¡Mira la suma, madre!
Mi madre observó la cifra y sus ojos se hicieron más grandes.
—¡No puedo creerlo!
—¿Ves, madre? Con esto no solo puedo pagar mis gastos sino también la boda. Rose estará feliz. ¡Esta es la oportunidad que había estado esperando! ¡Esto es un milagro!
—¿Y qué es lo que quiere ese señor que hagas para él, hijo? –preguntó mi madre, que parecía estar un poco asustada con el asunto.
—Bueno, acá dice que está al tanto de mis reconocidas tesis universitarias. Supongo que será algo relacionado con mis investigaciones con células.
—Estoy muy orgullosa de ti, Andrew –dijo emocionada–, pero ten cuidado, por favor…
El laboratorio del misterioso señor que firmaba la carta con las letras CH se encontraba situado en el barrio de Chelsea, en Londres, a tres horas aproximadamente de la casa de mi madre. A la mañana siguiente, busqué mi mejor atuendo y tomé un transporte hacia allí, muy emocionado. Se trataba de un edificio bastante moderno, que se destacaba en la zona por ser uno de los pocos que no tenía el típico diseño londinense, sino más bien americano. Cuando llegué a la puerta dispuesto a golpear, pude notar que esta se encontraba apenas abierta.
—¿Hay alguien en casa? Soy Andrew Mac Gregor.
Nadie respondió, así que ingresé, quitándome el sombrero. Me encontré de pie frente a un hall bastante grande, con moderno amueblamiento. Había un escritorio situado a mi izquierda, pero nadie se encontraba allí en ese momento. De hecho, el lugar entero parecía estar vacío de gente. Sobre una mesa pequeña situada a mi derecha que se hallaba debajo de un espejo con bordes de bronce, con algunos anotadores y una pequeña lámpara apoyados sobre ella, se hallaba una hoja de papel escrita a mano:
Señor Mac Gregor: lamento no poder conocerlo personalmente, pero sucede que soy un hombre con muchas ocupaciones. Estoy muy satisfecho de que haya aceptado mi propuesta de trabajo. Como mencioné en la carta anterior, estoy familiarizado con sus investigaciones relacionadas con mutaciones y trastornos celulares, y creo fehacientemente que esto le fascinará. Como hombre de ciencias que es, sabe perfectamente que el envejecimiento es un proceso cronológico y biológico natural e irremediable. Pero en ciertos tipos de trastornos, este proceso es acelerado, como ocurre con la comúnmente denominada “vejez prematura”. [Llamada en realidad “progeria”, se trataba de una enfermedad genética de la infancia, que había estado siendo estudiada por un médico inglés llamado Jonathan Hutchinson. Según este, el trastorno hacía que las células crecieran y murieran más rápido]. Es decir, si algo acelera el envejecimiento, creo yo que es remotamente posible también controlarlo para detenerlo o invertirlo. Eso, según mi evaluación, por supuesto, aunque no soy médico, quisiera aclarar.
Hasta allí la explicación del misterioso señor CH parecía normal. Es más, diría que muy interesante para mí, pues era evidente que me estaba proponiendo desarrollar una investigación relacionada con la inmortalidad del ser, algo que, como ya mencioné, me fascinaba. Sin embargo, fue lo que leí a continuación lo que me hizo cuestionar por completo los propósitos de sus deseos.
Creo fuertemente que esa mutación puede estar directamente relacionada con la enfermedad del vampirismo. Con tal motivo, hace años empecé a adquirir con gran interés y pagando cuantiosas cantidades de dinero cualquier información, cualquier indicio, fuere este escrito o hablado, que diera un poco de luz a mi oscuridad. Leyendas, rituales, todo servía. También comencé a hacer pruebas que se alejaban de la ciencia y se asemejaban mucho más notoriamente a la magia negra o brujería. Mi curiosidad obstinada me llevó a experimentar con casi todo, desde disecciones de murciélagos y otros animales (en procura de hallar alguna encima, glándula o célula milagrosa) hasta incluso beber sangre que obtuve en un hospital de manera ilegal, mezclada con otros ingredientes que tomé de una receta esotérica. La poción, por supuesto, no dio resultado. Pero nunca me doy por vencido. Espero, en verdad, que usted tampoco.
En ese momento mi mundo pareció derrumbarse. Es que me di cuenta de que estaba tratando con un demente. Caí en la cuenta de que había estado siendo engañado por un loco al que ni siquiera conocía. Mi madre tenía razón, después de todo: no existía tanta generosidad desinteresada en este mundo. Tal y como ella lo había pensado, yo había sido demasiado ingenuo y habían jugado con mi inocencia. Salí del laboratorio, cerré la puerta y dejé las llaves debajo de un tapete. La ilusión había terminado. Por terminado di el asunto. Sin embargo, sin saberlo, había dado un paso crucial hacia algo que era tan lóbrego como ineludible. Ya era demasiado tarde para arrepentimientos. Esto que me había ocurrido no había sido casualidad sino causalidad. Sin saberlo, alguien había estado siguiendo todos mis movimientos desde lo oculto, desde las sombras, y ahora ese alguien sabía que su hora de aparecer en mi vida había llegado.
Procurando recuperar el tiempo perdido con tanta ingenuidad en aquel laboratorio, decidí enviar una carta a mi amada Lady Rose para solicitarle que viajara cuanto antes para que pudiésemos efectuar el compromiso. Yo mismo había estado dilatando la fiesta por motivos económicos, y ahora caía en la cuenta de que solo había estado desperdiciando la oportunidad de ser feliz y de hacer feliz a la mujer que amaba. Al cabo de unos días recibí con gran satisfacción su respuesta: ella estaba feliz de recibir noticias mías y deseosa de verme. Venía en camino y nos casaríamos antes de la Navidad. Yo abandoné las grandes aspiraciones por el momento y acepté un puesto como “regent house” (regente colegiado) en la Universidad Metropolitana de Londres, y con el adelanto de sueldo que me otorgaron pude dejar la casa de mi madre y comprar una casona antigua pero bastante bonita en Highbury, ciudad apacible y hermosa situada no muy lejos de Londres. Llevaría tiempo terminar de pagarla, pero sería el hogar perfecto para Rose y para mí. Los estudios sobre la inmortalidad y el dinero ya no eran mi prioridad. Mi prioridad primera había vuelto a ser ella.
Una fría y nublosa noche de noviembre alguien hizo resonar las campanas en el pórtico de mi nueva casa justo cuando había logrado conciliar el sueño. ¿Quién podría ser a esas horas?, me pregunté, y las campanas sonaron una vez más. Mi reloj marcaba las tres de la madrugada, pero la cuerda se había terminado y las agujas estaban detenidas, así que deduje que sería más tarde, alrededor de las cuatro, o las cinco. Me vestí con una bata de invierno, salí de mi habitación y descendí por las oscuras escaleras que conducían al hall y a la entrada principal solo ayudado por la tímida luz de un candelabro que llevaba en mis manos. Ya desde la mitad de las escaleras pude sentir una extraña presencia, y en el suelo del hall parecía haber una especie de niebla de color verde intenso que se iba por debajo de la puerta. Cuando por fin bajé y me disponía a abrir la puerta, un sobre fue deslizado por debajo de esta. Y fue entonces cuando pude ver, a través de las cortinas de la ventana, la figura de un hombre, o mejor dicho, una figura humana. Una imagen fantasmagórica que causó tal escalofrío en mi cuerpo que me impidió moverme, ni siquiera para pestañear. Una figura negruzca que, ante mi asombrada presencia, no se movió horizontalmente, sino que se deslizó hacia arriba y desapareció. Al mismo instante, un hedor extraño se apoderó de todo el hall, un hedor tan lóbrego como el que se respira en las criptas de los cementerios, y un ramo de rosas rojas frescas que había dejado mi ama de llaves aquella misma noche antes de marcharse yacía marchito en su jarrón. A su lado, una figura de plata que representaba la crucifixión de Cristo, que se hallaba en el marco superior de la puerta, de pronto había sido invadida por un extraño moho verde. Debo reconocer que ante tal enigma no tuve el valor suficiente para abrir la puerta y salir a observar. Es que no lograba comprender, no podía hallar una explicación racional a lo que habían visto mis ojos. La imagen de aquel sujeto oscuro del bosque volvió a mi mente. Porque siempre, desde aquel momento, había permanecido en mis temores la idea de que me buscara. Juro que incluso pellizqué mi brazo para saber si estaba despierto. Cuando por fin logré moverme, tomé el sobre que había dejado la misteriosa sombra. Contenía una nota que estaba dirigida a mi persona y parecía ser la misma letra del demente del laboratorio, aquel que firmaba con las siglas CH. Es aquí, en este mismo instante, donde los hechos comienzan:
Debo reconocer que mi notable persistencia e interés denodado en la ciencia del vampirismo y la inmortalidad que este encierra, señor Mac Gregor, lo han desbordado de manera absoluta. Yo puedo darle las respuestas a todas sus preguntas, doctor. Necesito despejar sus dudas sobre mi persona. No soy un demente, estimado, y créame que no depositaría mi confianza y mis bienes en una persona que no tuviera toda mi confianza. Creo fervientemente en su trabajo y en su capacidad de investigación. Lo necesito, doctor. Y usted también me necesita. Le aseguro que su porvenir económico estaría asegurado. Si le interesa, véame mañana por la noche cuando las agujas del reloj marquen las diez, en el bar de Burrows. Por favor, acuda solo…
¿Acaso el extraño personaje podía conocerme? ¿Pero quién era él? ¿Qué buscaba? ¿Cómo esta persona había tomado conocimiento de mis investigaciones que, si bien es cierto que habían cobrado notoriedad, solo había sido a nivel local y del ambiente universitario? Qué quería de mí y qué era toda esa locura del vampirismo. Ya había tenido suficiente en el bosque con esa situación tan extraña y estresante que me había tocado vivir. ¿Podía estar este evento de alguna manera conectado con este misterioso sujeto? No. Imposible. Esas cosas no son reales. ¿Y la sombra? ¿La que había visto a través de la ventana de mi casa desplazándose de manera tan extraña? ¿Había sido acaso el producto de mi imaginación? ¿Sería posible que la luz emitida por la cerilla del candelabro que llevaba en mis manos pudiera haber reflejado esa figura desde un ángulo tal que mis ojos, llenos de agotamiento, fueran simplemente engañados? Las dudas desbordaron mi mente y me impidieron volver a conciliar el sueño por el resto de aquella noche. ¿Debería concurrir a la cita? ¿Y si se trataba de un millonario filántropo londinense al que le fascinaba gastar dinero? ¿Y si por temor yo perdía una oportunidad de progreso única? ¿Podría permanecer el resto de mi vida preguntándome qué había detrás de tanto misterio?
La mañana siguiente recibí tres nuevas misivas. La primera era muy agradable, puesto que provenía de Rochester y la enviaba mi querida Lady Rose Gaverdeen. Me ponía en conocimiento del momento exacto de su esperada llegada: el tren en el que venía arribaría a la estación central del ferrocarril de Highbury & Islington dentro de las próximas veinticuatro horas, exactamente el 9 de noviembre de 1899, a las 11:25 de la mañana. La segunda carta era más amarga y pertenecía a mi madre: me comunicaba su decisión de divorciarse de mi padre. Lo que tanto había temido en tiempos de mi niñez y adolescencia había finalmente sucedido. Su matrimonio se había acabado, cansada de soportar durante tantos años los excesos alcohólicos de mi padre, que ya se había vuelto inmanejable. Esta ruptura me llenó de dolor, pero sabía que tarde o temprano sucedería. Me contaba que se encontraba muy afligida por lo ocurrido, pero a la vez muy feliz por mi decisión de contraer matrimonio con Rose, e intentaría estar con nosotros para ese gran día. Inmediatamente contesté la carta, solidarizándome con mi madre, recordándole que, si tenía algún problema o necesitaba mi ayuda, no hiciera más que escribirme. Pero fue la tercera y última carta que recibí aquella mañana la que causó el mayor impacto sobre mí. Otra vez se trataba de un anónimo, y contenía un exiguo pliego con un mensaje aún más exiguo, pero desconcertantemente cargado de incógnitas. Decía lo siguiente:
Doctor Mac Gregor: No acuda a la reunión de esta noche bajo ninguna circunstancia. Desconoce el peligro al que se enfrenta si lo hace. Ya fue tentado una vez y la segunda sería la definitiva. Su vida y la de su prometida se verían terriblemente afectadas…”.
La caligrafía era perfecta, algo que destaco porque no era común en esa época, lo cual hacía suponer que se trataba de alguien con un importante nivel de educación. Igual que con la caligrafía del señor CH, pero lógicamente no era él. Se trataba de alguien más, una persona que también me conocía y que estaba intentando persuadirme de no asistir a una reunión a la que de todas formas aún no había resuelto asistir. Fue entonces cuando realmente comencé a sentirme preocupado. De pronto veía cómo mi privacidad era invadida por sombras ocultas, como también así la privacidad de Lady Rose, ya que el mensaje hacía referencia a mi prometida. Y ya no se trataba de una sola persona, ahora eran dos. Y me parecía bastante razonable pensar que ambos me conocían, y tal vez también se conocían entre sí. Y si no era el señor CH un loco de remate como en un principio había pensado, ¿qué quería de mí? Otra vez las dudas daban vueltas en mi cabeza. Había demasiados extraños a mi alrededor y todos parecían conocerme, mas yo era el único que caminaba por el lado oscuro de la verdad. Eso tenía que terminarse de una buena vez y tenía que ser antes de que llegara Lady Rose, pensé. Es que, si existía algún peligro serio, si algún hombre de mente atrofiada tramaba alguna locura, entonces tenía que evitar que mi prometida estuviera en el medio. Pero si, por el contrario, se trataba de un asunto que no era el que aparentaba ser y realmente podía el señor CH ser el inversionista serio que decía ser, no podía pues perder la oportunidad de conocerlo. Después de todo, ¿qué hay si el que intentaba persuadirme era en realidad un competidor? Solo había una forma de saber la verdad. Así, la decisión fue tomada. No importaba la intimidación, acudiría a esa cita y aclararía de una vez y para siempre esta misteriosa y perturbadora situación… No obstante, si en aquel momento hubiese tan solo presentido lo que iba a acontecer, jamás habría concurrido, puesto que ese se convertiría en el último día en el que podría ver el sol brillar con mis propios ojos. Esa cita era el último tramo de la delgada línea que separaba al Andrew ser humano del Andrew vampiro…
II
El bar de Burrows no era más que una aislada y deprimente taberna de los suburbios de Londres a la que se acercaban cotidianamente hombres de vida dura que encontraban un refugio en el alcohol para escapar de las arduas y nunca bien recompensadas jornadas de trabajo. También concurrían hasta allí aquellos a los que la bebida había atrapado y consumido, personajes que representaban lo más bajo a lo que un ser humano puede llegar, perdedores que no han podido luchar ni siquiera contra una botella de licor barato. La taberna olía a eso: perdición, decadencia. Uno de esos lugares un tanto apartados de la ciudad, de construcción mediocre y mal pintada y arreglada, ya que a sus clientes poco les importaba la higiene y mucho menos la fachada. Había allí un cantinero de mirada torcida, muy delgado y de rostro arrugado, que me condujo hasta una de las tantas mesas vacías del local –es que la mayoría de sus clientes preferían sentarse a lo largo de la barra para poder acceder más velozmente a los tragos– y pasó por la superficie de la tabla un trapo tan viejo y sucio que me hizo dudar si su propósito fue limpiarla o ensuciarla. ¿A este lugar concurría el extraño de la carta?, me pregunté. Un filántropo millonario y un miserable bar no eran del todo compatibles. Así que, por el momento, comenzó a tomar más fuerza la teoría del demente.
* * *
El libro titulado El mundo de los fantasmas contenía una serie de relatos supuestamente reales, e investigaciones realizadas por este monje francés, Augustin Calmet, abad de Senones, destacado exégeta e ideólogo de la Inquisición, quien realizó la primera diferenciación clara entre los vampiros y los demás espíritus malignos y demonios. Su contenido era una especie de guía para detectar demonios, vampiros y brujas. Se aseguraba en sus páginas que los demonios existían y asolaban la tierra desde los inicios de la humanidad. Los vampiros, también llamados No Muertos, o Nosferatu, eran una clase de esos demonios, tal vez de los más cercanos a los seres humanos, ya que se explicaba que, a diferencia de otras entidades, ellos habían sido seres humanos como nosotros en algún momento de sus vidas. Sus páginas también contenían la confesión de personas que aseguraban haber visto vampiros reales, incluso que habían hablado con sacerdotes católicos muy respetados que confirmaban la existencia del vampiro y su afinidad con el diablo. Eran historias que se remontaban al inicio de la era cristiana, al preciso momento de la muerte de Jesucristo. Fue allí donde al parecer había nacido el vampiro, un demonio creado por la ira de Dios. Dotados con la fuerza física de varios hombres, inmunes a las enfermedades y a las armas de fuego, seductores y peligrosos, por sobre todas las cosas, peligrosos. Seres que no sentían nada, ni dolor, ni tristeza, ni culpa. Eran prácticamente inmortales, y tampoco envejecían.
* * *
Ya que desconocía el aspecto del sujeto de la nota –y por supuesto, también su nombre–, solo podía tener paciencia y aguardar por su llegada. De modo que solicité al cantinero una cerveza ligera y aguardé a que el extraño se acercara a mí. Después de todo, no cabía duda de que él sí me conocía, y bastante bien. De modo que solo tenía que esperar. Y la espera se prolongó por más de cuarenta y cinco minutos. Para ese momento, mis nervios comenzaron a inquietarme. Cada individuo que ingresaba a la taberna y pasaba junto a mi mesa irremisiblemente llamaba mi atención. Llevaba mi mano al bolsillo superior de mi saco en busca del reloj a cada instante, lo miraba, miraba la puerta, y lo guardaba. Creo que es en ese momento cuando nos replanteamos todas las dudas ya respondidas. Es cuando la decisión se transforma en una nueva confusión, cuando sabemos que ya no sabemos. Es cuando nos arrepentimos de haber concurrido y deseamos estar en nuestro hogar, seguros y a salvo, pero parece que estamos sujetados a la silla con clavos. Y cuando ya me disponía a renunciar a la espera, cuando ya me había decidido a huir de allí y olvidarlo todo, la vieja y chillona portezuela de madera del bar de Burrows se abrió una vez más, y esta vez no fue un alcohólico perdido quien entró al local. Esta vez hizo su aparición la sombra de la ventana, el extraño de la carta, el supuesto demente, el misterioso personaje que aseguraba tener todas las respuestas a los enigmas del vampirismo… Y que realmente las tenía, aunque para ese momento yo no lo sabía. Mi destino ya había sido modificado y no tenía marcha atrás.
La inmortalidad. Esa era la parte de toda esta locura del vampirismo que más había llamado mi atención. Mis investigaciones universitarias habían estado influenciadas por la inmortalidad. La mayoría de mis tesis trataban sobre mutaciones genéticas o celulares y la aceleración o retraso del envejecimiento. Sentirme seducido por la proposición del señor CH no había sido una completa locura para mí. Algo dentro de mí deseaba profundamente que todo lo que afirmaba el extraño fuera cierto. Eso abriría las puertas a una investigación formidable, una investigación que había estado buscando incluso desde mi niñez. ¿De qué otra forma si no podía explicarse que yo estuviera esa noche ahí, sentado esperando a alguien que no conocía y que estaba casi seguro de que iba a proponerme alguna locura?
En ese entonces todavía no sabía cómo ni por qué, pero supe que era él de inmediato, incluso antes de que se acercara a mí. Recuerdo que, cuando entró, algunos clientes del bar se santiguaron y se marcharon, abandonando sus tragos, y el propio cantinero parecía más pálido de lo normal. No era porque lo conocieran. Él producía eso en la gente, sin dudas. Tenía aspecto de extranjero –aunque más tarde supe que no lo era– y aparentaba tener entre cincuenta y cincuenta y cinco años de edad. Era bastante alto y de sólida contextura, aunque delgado. Vestía un traje hecho a medida de color gris petróleo, sobre el que llevaba una fina y larga gabardina de color negro. De este mismo color era el sombrero que portaba sobre su cabeza, el cual dejaba entrever una cabellera tupida y negra, con algunas canas a los lados. Caminaba con elegantes movimientos y se acompañaba con un bastón. Me llamó mucho la atención que el mango de este fuera recto y no curvo como la mayoría de esa época. El futuro sería una respuesta. En sus manos mostraba algunos anillos de oro. Su rostro tenía el aspecto de alguien que ha vivido más de lo que aparenta: pálido, lampiño, con mirada de aquel que no necesita amenazar con un arma en la mano, sino que dice todo con sus ojos, negros como el más profundo de los abismos. Por un momento, recordé al lobo que mutó en hombre ante mi asombro aquella noche en el bosque…
Cuando por fin llegó a la mesa que yo ocupaba, se quitó el sombrero y, extendiendo su huesuda y pálida mano hacia mí en forma de saludo, exclamó con voz recia y aparentemente sincera:
—¡He esperado tanto tiempo este momento, doctor Mac Gregor!
En su boca se dibujó, no obstante, una lasciva sonrisa que descubrió, tras sus labios violáceos, unos agudos y amarillentos dientes.
—Parece conocerme muy bien –contesté confundido y algo temeroso, pero intentando conservar la calma–. Lamentablemente yo no he tenido el placer, señor…
—Chamberlain. Lord William Chamberlain, doctor –interrumpió de manera muy educada. Evidentemente no era un demente. De hecho, se trataba nada más y nada menos que de un lord–. Me complace que haya aceptado acudir a la cita y le ruego sepa disculparme por el misterioso procedimiento empleado, que estoy seguro debe haberlo incomodado, pero es la forma en que prefiero manejar los asuntos que realmente me interesan. Hay mucha competición en estos días…
El enigmático lord tomó asiento y solicitó un vaso de whisky. Preguntó si yo deseaba beber algo, a lo que respondí negativamente señalando mi pinta de cerveza. Luego extrajo de su bolsillo un precioso reloj de oro y observó la hora. Después lo guardó. Viendo mi interés en el objeto, contó que era de la época isabelina y había pertenecido al rey Jacobo I.
—El rey en persona me lo obsequió –dijo, y echó una carcajada corta. En el mismo bolsillo del saco había un par de gafas para el sol. Eso también llamó mucho mi atención, ya que no era habitual que alguien utilizara semejante cosa en Inglaterra, y sobre todo durante el siempre nublado invierno londinense–. Tengo ojos muy sensibles, doctor Mac Gregor –se apresuró a decir, con picardía en la mirada.
El cantinero sirvió el vaso de whisky y se marchó apresurado de regreso a la barra. El lord llevó el vaso hasta su nariz y olió el contenido, pero no lo bebió. Luego volvió a dejarlo sobre la mesa.
—Usted no es inglés, ¿verdad? –preguntó–. Conozco tanto a los británicos que creo poder distinguirlos a todos.
—No, no lo soy. La verdad es que nací en Escocia. Pero usted tampoco parecer serlo. De no ser por su apellido, diría que…
—¡Oh, sí, sí! Soy inglés, créame –se apresuró a decir–. Lo que sucede es que he aprendido tantos idiomas que a veces siento que estoy perdiendo el acento de mi lengua natal. Créame que he viajado por centurias…
Su voz era pausada y grave, pero bastante irritante, debo reconocer.
—Pues bien, señor CH, ahora que conozco su nombre puede explicarme todo esto. Dígame por qué razón me citó en este lugar, Lord Chamberlain. Quiero decir: ¿por qué motivo no fue a verme personalmente? ¿Por qué tanto entresijo?
El lord se fijó en mí con un extraño brillo en los ojos.
—Ya se lo he dicho, doctor: es la forma en que me he conducido siempre. Mucha gente en Londres me conoce y la verdad es que preferirían verme muerto que vivo, de modo que no deseo ser visto por ninguno de ellos. ¿Me comprende? Por esa razón lo cité en este cubil. Nadie que quiera destruirme vendría aquí. Solo estos pobres ebrios que no hacen más que temerme, cuando deberían temer más al Dios con el cual se santiguan, que es mucho menos benevolente que yo…
Las palabras de Lord Chamberlain me confundían. Era como si con cada respuesta que daba abriera el camino a varias preguntas más. Eso no me agradaba. Nada en este hombre parecía ser normal. Decidí apresurar las cosas.
—¿Quién querría matarlo y por qué? –exclamé, con el ceño fruncido – Señor, no quisiera ser descomedido, pero mi futura prometida arribará a Londres mañana por la mañana y debo descansar para poder acudir a su encuentro. Me gustaría que fuésemos directamente al asunto que nos ha reunido aquí esta noche, y que por desgracia no conozco con certeza. ¿Qué es lo que desea de mí realmente?
El misterioso lord llevó nuevamente el vaso de whisky hasta su nariz y olió el alcohol, pero sin llegar a probarlo. Depositó el vaso sobre la mesa, levantó su profunda mirada y la clavó en mis expectantes ojos.
—Doctor Mac Gregor, estoy seguro de que su novia debe ser una dama encantadora y sería realmente un pecado mortal hacerla esperar. No quiero ser yo de ningún modo la piedra en su zapato. Pues bien, seré concreto. Usted se ha sentido atraído desde muy pequeño por la inmortalidad del ser humano y diría yo que ese interés lo ha llevado también a elaborar esas fabulosas tesis que tanto reconocimiento han tenido en el mundo académico…
—Pero ¿cómo sabe usted eso? –interrumpí perplejo–. ¿De dónde ha sacado esa información?
—No es importante cómo lo supe, créame –respondió–. Lo que importa es lo que le diré ahora. Ya le conté en una de las cartas que le dejé en mi laboratorio, ahora suyo, por cierto, que la inmortalidad está relacionada con la existencia de vampiros, los llamados por algunos Nosferatu, aquellos que cambiaron su vida por la de los santos y fueron castigados por Dios con vida eterna. Pues bien, hoy todas sus dudas serán aclaradas. Su concepción de la naturaleza y de la vida será cambiada para siempre. Aquello que existe, pero que no quiere ser aceptado, hoy le será revelado. Usted ha estado persiguiendo señales, indicios que lo pudieran conducir hasta la llave de la verdad acerca de la inmortalidad del ser. Pues bien, esta es su noche de suerte, doctor Mac Gregor, ya que tiene a un vampiro auténtico sentado frente a usted.
Su revelación me golpeó con la fuerza y dureza de una roca. Sentí como si fuera a desplomarme. Lo había dicho con tanta naturalidad, se oía tan sincero en su relato que me demoré unos instantes en volver a la realidad. Y entonces pensé, para tranquilizarme: “No puedes creer eso, es solamente un enfermo”.
—¿Un vampiro? –pregunté con ironía cuando recuperé mi aprensión, e ignorando que ese ser oscuro decía la verdad y comenzaba a desarrollar su siniestro plan.
—Así es, Andrew. Un vampiro. Y un inmortal también. De hecho, soy uno de los vampiros más primitivos que habitan el suelo de este planeta hoy.
—¿A qué se refiere cuando dice “primitivo”?
—Doctor Mac Gregor, usted recuerda que le mencioné en mi nota que la inmortalidad estaba directamente relacionada con el vampirismo. ¿No es así?
Profundamente intrigado, me dejé llevar por el relato de Lord Chamberlain asintiendo con mi cabeza en contestación a su pregunta, mientras vaciaba el contenido de la pinta en mi boca.
—Pues bien –repuso –, le diré que todas aquellas historias y leyendas acerca de vampiros que viven eternamente y siempre jóvenes que usted ha estado leyendo tienen, ciertamente, una exigua cuota de realidad. Los relatos antiguos, plasmados en libros como ese que le han obsequiado, han hablado de nosotros durante cientos de años. La fascinación del ser humano por la inmortalidad más allá de los vampiros no tiene rivalidad. Doctor Mac Gregor, yo he presenciado el descubrimiento de América, el nacimiento de Napoleón Bonaparte y la Revolución francesa. Soy tan antiguo como la ciencia que ha estudiado en la universidad…
No podía creer lo que había escuchado. ¿Con quién estaba sentado? ¿Qué enajenado era este, con una mente tan imaginativa? Comencé a perder la calma.
—Señor, ¿está intentando hacerme creer que tiene usted 400 años de edad? ¿Realmente piensa que podría alguien como yo aceptar semejante locura?
El lord esbozó una sonrisa lasciva.
—De hecho –respondió con aquella serenidad casi irritante que poseía en todo momento –, el próximo trece de mayo cumpliré 589 años, doctor Mac Gregor.
—¡Usted está loco, amigo! –dije levantándome violentamente de la silla–. Y yo debo marcharme ya. No puedo continuar perdiendo el tiempo con esta ridiculez.
Pero de pronto el rostro de Lord Chamberlain pareció transformarse. La calma aquella que hasta ese momento había demostrado repentinamente desapareció y su mirada se volvió más aguda, más violenta; sus ojos, negros como la noche, ahora parecían transparentes, sin fondo.
—Tranquilízate y vuelve a tomar asiento –ordenó, ahora tuteándome–. Sé que no es fácil de aceptar, pero muy pronto tú mismo comprobarás que nada de lo que dije es mentira. Debí decírtelo para que estés preparado y no te derrumbes. No intentes modificar tu destino o morirás…
Sin embargo, aquella última amenaza me hizo comprender que la plática no podía continuar.
—¡No estoy dispuesto a continuar escuchándolo! ¡Suélteme y déjeme ir o llamaré a la policía!
El siniestro personaje soltó mi brazo y miró hacia abajo.
—¿De veras crees que ellos podrían detenerme, Andrew? Soy la sombra en la oscuridad. Soy la muerte en su representación más siniestra. Soy el lobo que acecha en el bosque…
—¡Aléjese de mi vida y no vuelva a acercarse a mí jamás!
Salí de la fonda y caminé por las desiertas callejuelas de la Londres nocturna con gran prudencia. No deseaba ser seguido por nadie. Observé mi reloj: las once y cuarto. Algunas nubes grises avanzaban por el negro cielo y parecía que iban a chocar con los tejados más altos. Una densa niebla descendía y se escabullía por entre los callejones, cubriéndolo todo de humedad. Aún no podía creer cómo me había dejado atrapar por los delirantes inventos de ese loco. Y para colmo de males, me había introducido un temor sin fundamento. Los pocos transeúntes que había a esa hora de la noche eran vagabundos y alguna prostituta corajuda, y cada vez que alguien se atravesaba en mi camino me parecía ver a Lord Chamberlain. Pero tuve suerte y encontré un carruaje pronto. Regresé directamente a mi hogar en Highbury. En el preciso momento en que yo ingresaba, Mrs. Mary, mi anciana ama de llaves, se retiraba a dormir. La pobre me había esperado despierta hasta esas horas. Sin embargo, accedió –de muy mala gana– a preparar la cena. Aún no lograba terminar de aceptar que un hombre de ciencias como yo pudiese dejarse llevar como un incrédulo por los cuentos de ese hombre. Y me lo repetía una y otra vez mientras cortaba la carne que había servido Mrs. Mary.
—¿Le sucede algo malo, doctor? –preguntó la anciana al percibir que hacía gestos con mi rostro y hablaba solo en voz baja.
—No, no es nada. Puede ir a dormir ya, Mrs. Mary. Yo llevaré esto a la cocina.
La obesa y cansada ama de llaves cumplió mi orden sin pestañear antes de que me arrepintiera.
Antes de subir a mi habitación –y luego de lavar los utensilios y vajillas que había utilizado en la cena– observé por la ventana (aquella misma a través de la que había visto la sombra que después resultó ser la de Lord Chamberlain) cualquier movimiento que pareciera extraño en el exterior. No podía borrar de mi mente las últimas palabras del hombre de la taberna: “No intentes modificar tu destino o morirás”. Tampoco aquella pregunta: “¿Crees que la policía podría detenerme?”. ¿Modificar qué? ¿Qué planeaba? ¿Qué amenaza era esa? ¿Por qué se consideraba imparable? ¿A qué se refería cuando dijo que era el lobo en el bosque? ¿Aquel lobo negro, acaso? Tal vez debería realizar una denuncia policial, ya que ese lord podía resultar ser un psicópata peligroso, y el asesino de aquella pobre señorita. Eché un último vistazo a las vacías calles de Londres –como si presintiera que algo malo estaba por suceder– y apagué las últimas luces del salón. Subí las escaleras que llevaban a la parte superior de la casa, el primer piso, donde estaban las alcobas. Estaba exhausto, pero a la vez demasiado ansioso por ver ya a mi bella Lady Rose como para lograr conciliar el sueño, me temí. Abrí la puerta de mi habitación y sentí de inmediato la fría y húmeda brisa londinense. ¡Vaya! Mi ama de llaves había dejado abiertas las ventanas de nuevo. Solía decir que era bueno para la salud que entrara aire puro a los pulmones mientras se descansaba. Dispuesto a solucionar ese inconveniente antes de pescar una pulmonía, ingresé y cerré la puerta. Tras ella quedaron mis ilusiones y mi futuro, se enterró mi pasado, mi familia y Lady Rose. Delante de mí se abrió el infierno.
Un dolor indescriptible invadió todo mi cuello. También sentí miedo porque, aunque estaba confundido, supe que algo muy malo sucedía. Luego pareció invadirme una parálisis general. No podía siquiera mover los labios. Era como si todos mis músculos hubiesen sido anestesiados. Pude ver cómo mi cuerpo era elevado por encima de la cama hasta llegar al techo de la habitación. Estaba siendo sujetado por alguien, pero no podía defenderme. Me sentía despojado de mis fuerzas. Luego caí boca arriba sobre la cama. No logré reincorporarme. Mi corazón latía rápidamente, pero se sentía vacío, como si no tuviese sangre. Sentía la más pavorosa debilidad, y también comencé a sentir mucho frío. Él se sentó en un sofá que se encontraba junto al secretaire. No podía observarlo claramente, pero sí logré distinguir sus ojos, que brillaban como los de un lobo noctámbulo. En aquel momento no tuve dudas de que eran los mismos ojos de aquel animal del bosque. Me observaba, silencioso. Ni una palabra salió de sus casi imperceptibles labios. Nada. Como si simplemente estuviese esperando. Entonces mi cuerpo comenzó a abandonarme. Estaba helado ya. “Estoy muriendo. ¡Por Dios, me estoy muriendo!”. Mis ojos lentamente se fueron cerrando. Mi corazón ahora latía más despacio, muy despacio. Perdí el conocimiento. Transcurrió un instante, y de pronto abrí los ojos y me incorporé estrepitosamente, como si despertara luego de haber sufrido una horrible pesadilla. Pude ver la luna a través de la ventana de la habitación. Se encontraba en el mismo lugar que cuando todo se había iniciado, por lo que deduje que no habrían transcurrido más de cinco minutos. Pero no era una pesadilla. Él seguía en mi habitación, y ahora se encontraba de pie junto a la cama, a mi lado. Con mi último suspiro me había dado de beber algo. Un líquido que no reconocía, una poción, tal vez sangre. Su sangre. No sabía. Empecé a sentir ardor en mi boca, en mi garganta y luego en mi estómago. Ahora todo mi organismo estaba estuoso. Y después, un sueño de ultratumba. Agotamiento. Él apoyó su huesuda mano sobre mis ojos. Estaba fría como el hielo. “Descansa. Renace”. Eso fue lo último que escuché, lo último que sentí. No tuve fuerzas para nada más.
A la mañana siguiente, al despertar, estaba acompañado por mi ama de llaves y mi doctor. Me sentía débil, con algunos malestares, pero razonablemente bien. Aún no era consciente de lo que me había sucedido. La anciana Mary se veía muy preocupada, con los ojos brillosos. Había estado llorando. El doctor Haikes, un hombre cano, sexagenario, de contextura gruesa y muy bien vestido, quien además había sido mi profesor en Cambridge, se esforzaba por cortar una gasa que intentaba colocar alrededor de mi cuello.
—Ha tenido mucha suerte, jovencito –expresó, advirtiendo sin sorpresa que había abierto mis ojos y lo estaba observando–. Algunas veces las heridas son considerablemente mayores y las víctimas pierden bastante sangre, pero usted estará bien. Solo debe alimentarse bien y pronto se recuperará.
—¡Fue mi culpa, debo haber dejado la ventana abierta! –interrumpió Mrs. Mary, acongojada.
—Hay muchos murciélagos en Londres, señora. En estas últimas semanas he atendido a varias personas que han sido atacadas por esos animales, y debo decir que algunos han fallecido…
—¡Qué horror! –repuso Mrs. Mary.
—¡Oh, no se preocupe por el joven Andrew! La herida no cicatriza aún, pero no parece haber infección. Sin embargo, debemos tomar precauciones. El animal que lo atacó podría haber estado expuesto al virus de la rabia. Mañana vendré a verlo nuevamente. ¿Se siente usted bien? ¿Puede escucharme?
¡Por supuesto que podía escucharlo! Mis sentidos estaban tan alterados que podría haber escuchado caer una pluma al suelo.
—¡Rose! ¡Debo ir a buscar a Lady Rose! –expresé, intentando incorporarme.
—¿De qué está hablando? –preguntó el doctor Haikes, observando a mi ama de llaves.
—Su futura prometida, Lady Rose Gaverdeen, arribará hoy a la ciudad –respondió la regordeta anciana, fijando sus ojos en el reloj de pared que se encontraba en mi habitación–. Pensé enviar un carruaje a buscarla, dada la situación…
—¡No, debo ir yo mismo!
—Bueno… La herida es pequeña y como dije, no parece ser grave –repuso Haikes–. Si usted se siente bien, buen hombre, creo que podría acudir al encuentro de su novia. Después de todo, no es correcto dejar sola a una dama en ningún sitio de Londres. ¡Sobre todo en estos días, plagados de crímenes tan horrendos e inexplicables! He leído en el periódico acerca de la reciente desaparición de varias señoritas de las que aún se desconoce su paradero. Ya se rumorea que podría tratarse de un asesino serial. Sí, es mejor que vaya a su encuentro. Tiene usted mi permiso para dejar el lecho. Pero recuerde: debemos seguir muy de cerca su evolución. Si siente algún tipo de malestar, como fiebre, por ejemplo, no dude en llamarme o acudir a mi consultorio.
Cuando el doctor Haikes por fin se marchó, mi criada me sirvió el desayuno y me narró cómo me había ido a despertar esa mañana y se había encontrado con la horrible imagen de su jefe recostado en la cama, pálido e inconsciente, con las sábanas teñidas de rojo sangre. Las ventanas que daban al balcón estaban abiertas de par en par y las cortinas blancas revoloteaban por la habitación como almas en pena. Ante tal horror había ido en busca del doctor Haikes. También me recordó a qué hora debía encontrarme con Lady Rose en la estación de trenes. Aún tenía tiempo suficiente para asearme, de modo que le indiqué a Mrs. Mary la ropa que utilizaría para tal ocasión, y terminando el desayuno –que en realidad casi no probé, ya que me sentía bastante exhausto aún– decidí tomar un baño.
En la bañera comencé a rememorar todo lo que había sucedido la noche anterior. ¿Realmente había ocurrido de esa forma, como lo recordaba, o el doctor Haikes estaba en lo cierto y había sido atacado por un murciélago hambriento? Tal vez eso fue. Lo había soñado todo. ¿Sería posible que mi reunión con el enigmático Lord Chamberlain me hubiera infundido tanto temor como para que, ante el delirio producto de la fiebre causada por el ataque del roedor volador, imaginara algo así? ¿Acaso mi subconsciente había tejido un plan macabro con el único y maléfico fin de llevarme hasta la profunda y angustiante confusión que ahora estaba padeciendo? ¿O acaso un hombre de ciencias como yo podía pensar realmente que semejante acaecimiento podía tener alguna cuota de realidad? De ninguna manera. Después de todo, quizás había sido solo un sueño. ¡Pero qué sueño tan real!
Unos golpes en la puerta del baño me hicieron volver al mundo real. Mrs. Mary me recordaba la hora que era –un poco tarde ya– y que el atuendo que utilizaría para la ocasión ya se encontraba sobre la cama de mi habitación. Salí de la bañera y mientras secaba mi cuerpo observé en el espejo mi rostro pálido y ojeroso. El vendaje que el doctor Haikes había colocado en la herida de mi cuello se había desprendido por la acción del agua y el jabón. La herida parecía más profunda, más abierta, no parecía haber sido provocada por los incisivos de un animalito como el murciélago, al que yo conocía bastante bien debido a las disecciones practicadas durante mis investigaciones universitarias, sino que parecía estar hecha por dientes más grandes, más parecidos a los de un animal de mayor tamaño. ¿Qué estaba ocurriéndome?
Dejé a un lado todos los cuestionamientos –que por otro lado no estaban llevándome por ningún camino– y me apresuré para no llegar con más retraso a la terminal de trenes. No tenía la más mínima intención de hacer esperar a mi amada prometida. La señora Mary aprobó con un sincero gesto de agrado mi vestimenta. Llevaba un fino traje color café, sombrero de igual color y gabardina de invierno de suave gris claro. Un carruaje ya estaba esperando por mí afuera, en la calle. Cuando me disponía a salir, Mrs. Mary me tomó del brazo y puso en mi mano un pequeño paquete que contenía un regalo de bienvenida para Lady Rose y que casi había olvidado. Todo estaba listo.
Sin embargo, cuando traspasé la puerta y tuve contacto con la luz del día, sentí un fuerte estremecimiento en todo mi cuerpo, casi como si me estuviera quemando vivo. ¡Mis ojos! Debí cubrir mis ojos con ambas manos e ingresar nuevamente a la casa.
—¡Tiene el rostro enrojecido, joven Andrew! –exclamó sorprendida y preocupada mi criada – ¿Se siente usted bien?
Por un segundo la observé a los ojos sin decir una palabra. Estaba pensando. No sé bien por qué, pero entonces recordé a Lord Chamberlain en el bar.
—¡Gafas! ¡Necesito gafas oscuras ahora mismo! Mis ojos están muy sensibles a la luz del sol…
La anciana me observó extrañada.
—Pero, señor, usted nunca ha utilizado gafas para el sol y…
—¡Que necesito gafas oscuras, mujer! –grité impaciente.
La pobre señora Mary tomó un abrigo y salió de la casa a paso ligero en busca de alguna tienda donde pudiera obtener lo que yo con tanta vehemencia le había pedido. Sorprendentemente, regresó en escasos diez minutos con una sonrisa de satisfacción, de misión cumplida, en su rostro. Me coloqué los lentes y corrí hacia el carruaje, donde me refugié de la luz como un niño se esconde debajo de las sábanas por temor a la oscuridad. Estaba tan ávido por ver de una vez por todas a mi querida Rose que el grácil temor que sentía por el hecho de no saber qué era lo que me estaba sucediendo parecía ínfimo. Pero pensé: “¿Por qué mis ojos están tan sensibles a la luz?”. ¿Era esa la razón por la que Lord Chamberlain usaba aquellos singulares lentes con finos armazones plateados que llevaba en el bolsillo de su saco aquella noche? Él también los necesitaba. ¿Por qué los necesitaba yo? Me sentía cada vez más confundido…
En escasos veinte minutos llegué a la estación de trenes de Highbury & Islington. Mi malestar continuaba, y durante el trayecto habían estado revoloteando toda clase de dudas y teorías dentro de mi cabeza. ¿Cómo podía saber en aquel entonces que estaba muriendo poco a poco, que mi pasado, mi presente y mi futuro se estaban debatiendo entre la vida y la muerte? Cómo saber entonces que ya pronto no sería más un ser humano, que Dios se apartaría para siempre de mí, que la oscuridad más eterna se acercaba… El carruaje se detuvo y descendí apresuradamente, dirigiéndome al interior del gran edificio. Me detuve un segundo en la entrada y miré hacia atrás. Los caballos que tiraban del carruaje daban extraños relinchos, como si mi presencia los hubiese incomodado. Ellos comenzaban a presentir el mal dentro de mí. Pero a mí no me llamó la atención en ese momento. Solo me interesaba Lady Rose. Creía que mi amada estaría aguardando angustiada por mi presencia, que me había retrasado demasiado, sin embargo, tuve suerte: el tren en el que ella viajaba llevaba un par de horas de retraso. Arribaría a la estación en cuarenta y cinco minutos. Aguardé su llegada sentado en una banca junto a otras personas, ocasionales camaradas de la espera. Mientras esperaba, comencé a sentir una especie de entumecimiento en mis manos, y debí friccionarlas una contra otra para que no se endurecieran. También pude notar que mis labios se habían resquebrajado y sangraban levemente, de modo que debí limpiar la sangre con un pañuelo y –gracias al cielo– las grietas se cerraron. “¿Hace tanto frío?”, me pregunté. Además de esto, sentía ciertos malestares, suponía, entonces, a causa de la pérdida de sangre y la fiebre que había padecido. Sin embargo, lejos de menguar, estos trastornos que estaba teniendo se multiplicaban con el transcurso de los minutos. A mi creciente malestar físico se le unía, no obstante, mi inquietud mental. Más aun cuando pude notar que varias personas se fijaban con alevosía en mí y murmuraban entre ellos. “Sin lugar a dudas –pensé– un caballero con gafas para el sol en el interior de un edificio bastante carente de luz, por cierto llamaba mucho la atención”. “¡Al diablo con los curiosos!”, me dije, en el mismo momento en el que se escuchaba el ruido ensordecedor e inconfundible provocado por el silbato del ferrocarril, que daba aviso de su llegada al igual que el trino de un pájaro suena cuando se acerca a su nido. Yo era el ansioso pichonzuelo que esperaba contención, y que moriría de amor si continuaba un minuto más alejado de Lady Rose. Ella era mi esperanza. Ella me haría sentir bien otra vez. Su amor me sanaría. Al menos eso pensaba en ese momento. Sin embargo, ahora sé muy bien que ni eso ni ninguna otra cosa podría haber salvado mi vida. El veneno se expandía por mis venas. La infección creada hace tantos años para castigar al ambicioso ser humano se multiplicaba dentro de mí, afectaba todos mis sentidos y mataba mi alma.
—¡Andrew! ¡Querido! –gritó Lady Rose llena de satisfacción desde la ventanilla del primer vagón–. ¡Creí que nunca llegaría este momento!
Tampoco yo, realmente. Se veía tan hermosa, tan dulce. Recuerdo que al verla ese día todas mis entrañas se llenaron con los sentimientos más puros, más bellos. Su vestido blanco hacía ver su cabello rojizo como un mar de joyas brillantes, sus ojos verdes se iluminaban como dos soles apasionados, su sonrisa era viento de salud para mí. ¡Cuánto la había echado de menos! No conocían mis ojos mujer más hermosa que aquella. Tanto que, por un instante, todos los malestares que sentía se fueron junto con los miedos; pero ellos, que eran provocados por una fuerza siniestra, que eran fruto de maldad, eran más poderosos que cualquier sentimiento de amor, incluyendo el mío hacia Rose, y pronto regresaron.
Cuando el indeciso ferrocarril por fin detuvo su marcha, Lady Rose descendió del vagón y corrió ansiosa hacia mí. Quise imitarla, pero ya casi no podía moverme. Mi abdomen estaba duro como una roca y sentía como si algo estuviese devorándome por dentro. Esperé estático por su llegada, con el paquete con bombones que Mrs. Mary me había dado en mis manos. Parecía resistirme a comprender lo que estaba ocurriéndome. Ingenuo, creía que pronto todo volvería a la normalidad. Ella se abalanzó sobre mí, feliz, contenta, sin saber por supuesto lo que sucedía y nos fundimos en un tierno y esperado abrazo que pronto se transformó en un beso apasionado. Mientras rozaba mis labios con los suyos, tuve la amarga sensación de que esa sería la última vez que la besaría. Una gran amargura recorrió mis venas y tomé sus mejillas de porcelana con mis manos. Ella estaba radiante, joven, llena de vida, tan llena de vida que parecía estar robándose mi aliento, mi cada vez más débil aliento.
—¡Creí que nunca volvería a verte! Prométeme que nunca volveremos a separarnos por tanto tiempo, ¿sí? –preguntó, casi preocupada, mientras subíamos al carruaje.
Pero yo no contesté. No pude hacerlo. Intentaba tomar bocanadas de aire puro para seguir de pie y no ceder a los terribles dolores que sentía en todo mi cuerpo. Ya estaba con ella y no debía demostrar lo que estaba padeciendo. Mi amada no se lo merecía. Tenía que darle una mejor bienvenida. Le rogaba a mi alma que no cediera ante el dolor y que recobrara la salud que antes había tenido.
—¿Qué te sucede, Andrew? No eres el de siempre –volvió a preguntar ella.
—Nada. Nada, amor mío. Todo estará bien.
—¿Por qué usas esas gafas?
—Tengo los ojos… muy sensibles a la luz...
Ya no podía seguir simulando, pero aun así lo intentaba. En el camino de regreso le conté a Lady Rose que había estado trabajando en un proyecto especial para un inversionista privado y por esa razón me había sido imposible escribirle. Ella me conocía. Sabía que, cuando me involucraba en algo que me apasionaba, me olvidaba de todo a mi alrededor. Fue fácil convencerla con esa mentira. No podía contarle la verdad, jamás la hubiese creído. Debo mencionar, sin embargo, que le intrigó la herida de mi cuello, y tuve que ser sincero en ese caso. No obstante, utilicé la versión del doctor Haikes acerca de un murciélago. Además, ahora que estaba a su lado debería comenzar a sentirme mejor. Después de todo lo que había vivido los días anteriores, toda esa locura sin explicación, inmerso en una pesadilla que parecía no tener final, en ese momento me sentía pleno junto a ella. Lady Rose estaba conmigo, nos amábamos y nos comprometeríamos muy pronto. ¿Qué más podía pedir entonces? ¿Acaso faltaba algo? Sí, faltaba convencimiento. Porque en ese instante lo único que sentía era que algo andaba muy mal.
Cuando llegamos a casa le rogué a Mrs. Mary que acompañara a Lady Rose y le enseñara las habitaciones del que sería su nuevo hogar mientras el chofer y yo bajábamos del carruaje la gran cantidad de equipaje que mi prometida había traído consigo. El momento estaba cerca. De pronto todo pareció volverse en cámara lenta. Todo pareció llenarse de luz como si se tratase de un sueño. Con dificultad en mis reflejos, me acerqué al carruaje. No obstante, cuando intentaba asirme de una de las varillas del carro para tomar una pesada valija, sentí punzadas horribles en todos mis huesos y una gran debilidad. Desconcertado trastabillé y, de no haber sido gracias a que el chofer del carruaje logró sujetarme a tiempo, hubiese caído al suelo. Los caballos comenzaron a relinchar y saltar, y el chofer corrió para intentar apaciguarlos. Con una rodilla aún apoyada en el suelo, de pronto una nube negra con rostro demoníaco vino hacia mí con una velocidad increíble y traspasó mi cuerpo con un alarido monstruoso que solo yo había logrado ver y escuchar. Los entes ya venían por mi alma.
—¿Se encuentra bien, señor? –preguntó intrigado el chofer, ya de regreso parado a mi lado y ayudándome a incorporarme–. Se lo ve muy pálido. ¿Acaso está usted enfermo? ¿Debo llamar a un médico?
Le respondí que no, le dije que me encontraba bien. Le pedí que se encargara solo de bajar el resto del equipaje y me dirigí hacia la puerta, que había quedado abierta. Quería beber algún líquido cualquiera que despejara la sequedad que sentía en mi boca y que casi me impedía hablar. Pensaba, inmaduro, que era una recaída, que me recuperaría. Pero ya no podía continuar engañándome a mí mismo. Ya ni siquiera un milagro podía salvarme. Empeoré rápidamente. Sentí náuseas. Mi tórax comenzó a contraerse. No podía siquiera respirar. Tropecé con los escalones de la entrada al hall principal, pero logré mantenerme en pie. En ese mismo momento, Rose bajaba las escaleras que conducían a las habitaciones y se acercaba hacia mí, sonriendo angelicalmente, ignorando que yo agonizaba ya. Estaba muy feliz con su nueva casa. Nuestro nuevo hogar. Pude ver su rostro, tan suave, tan delicado, tan albo que se asemejaba al de una muñeca. Pero no podía escuchar lo que estaba diciendo. No lograba oír nada. Mis oídos zumbaban agudamente, lastimosamente. Volví a tambalearme. Mis gafas cayeron al suelo y las pisé. La luz del mediodía quemó mis ojos. Sentí los pasos de mi amada prometida, que advirtió por fin que algo malo estaba sucediéndome y corrió hacia mí. Pero no logró sujetarme. Caí estrepitosamente al suelo y gemí de dolor. Miré hacia arriba y pude ver la figura borrosa de un hombre viejo. Era el chofer, que me observaba absorto. Alguien acarició mi rostro con ternura. Era Lady Rose, que lloraba y me contemplaba con angustia e impotencia. En su mano había sangre que provenía de mi cabeza, ya que me había golpeado con mucha fuerza contra el piso de piedras. La pobre gritaba solicitando un médico. ¡Qué irónico, yo era médico! Miré a Rose directo a sus ojos e intenté pedirle perdón. Perdón por todo eso. Pero no logré decir una palabra. Ella movió sus labios, me dijo algo que ya no escuché. “¡Quisiera escuchar su dulce voz!”. Eso fue lo último que pensé. Eso fue lo último que sentí, la última cosa que vi. Mis ojos se cerraron y dejé de respirar. Mi corazón, que hasta ese momento me había causado un dolor espantoso al intentar latir y no dejarse morir, se detuvo vencido. Lo escuché detenerse. Morí. El silencio. La oscuridad. La paz…
…Y luego una luz verde. No puedo distinguir de dónde proviene. Se mueve a mi alrededor y por momentos parece titilar. Siento que asciendo, que floto en el éter. Veo a mi madre, que está llorando. Veo a mi padre, que está junto a ella. También está Mrs. Mary, mi ama de llaves. Los tres están vestidos con ropas oscuras y rostros tristes. No logro ver a Lady Rose. Las luces verdes me ciegan otra vez. Veo monstruos. Demonios. Hay demonios a mi alrededor, con rostros espantosos, que pasan junto a mí y me hablan enojados en un idioma que no logro comprender. Repiten las mismas frases una y otra vez. La luz de pronto se aparta de mí y también los demonios. Silencio. Entonces abro mis ojos. Hay gran oscuridad, pero puedo ver de todos modos lo que hay a mi alrededor. También puedo sentir mi cuerpo. Creo que no respiro. Mis pulmones no se mueven y eso me angustia. Intenten mantener la respiración por un momento y piensen cómo sería vivir así. Mi corazón tampoco late. No lo oigo latir. Estoy encerrado en una caja de madera. ¡Un ataúd! Me desespero. No entiendo lo que sucede y golpeo la caja con mis puños. Un solo golpe basta para hacer pedazos el grueso roble. Comienza a caer tierra sobre mis ropas oscuras. También agua. Agua de lluvia. Hundo mis brazos en el lodo que se genera con esa mezcla e intento incorporarme. Mis manos salen a la superficie. Luego, mi rostro y finalmente, mi cuerpo entero. ¡He salido de mi propia tumba! ¡Estoy vivo!
* * *
Durante el siglo XIX, la exhumación se había transformado en una práctica bastante habitual en Europa. Muchos individuos que trabajaban en los cementerios recibían dinero de parte de distintas universidades a cambio de cadáveres, por supuesto de manera ilegal. Para la medicina, en constante avance, era difícil obtener cuerpos para las investigaciones porque se interponía la moralidad y la religión. De allí que fuese bastante común encontrarse con tumbas destruidas, lápidas quebradas y mausoleos abiertos, lo que alimentaba la fantasía de que los muertos y desaparecidos regresaban a la vida y se marchaban. Algunas eran leyendas, otros eran vampiros. La enfermedad con la cual había sido infectado por Lord Chamberlain había recorrido todas mis venas y arterias, todo mi organismo había sido colmado y ensuciado con aquel mal que él poseía y cargaba consigo. Ese veneno había matado mi espíritu, pero había dejado con vida a mi cuerpo. Mi alma había sucumbido ante un poder que aún no conocía y que cualquier médico hubiera confundido con algún virus mortal. Pero esto no era un virus mortal, esto era mucho más que eso. Mucho más terrible que la muerte misma.
* * *
Después de escapar de mi propia tumba, me arrastré como una serpiente por entre las vetustas y olvidadas sepulturas de cientos de personas ya extintas que no habían tenido una segunda oportunidad, la segunda chance que ahora yo tenía pero que no había pedido, o tal vez, en el fondo, sí. Aún no podía ponerme de pie debido a que mis extremidades inferiores estaban totalmente entumecidas. Mis manos, ahora pálidas y huesudas, estaban colmadas de lodo al igual que el resto de mi cuerpo y de mis vestiduras. Llovía torrencialmente y todo se encontraba mojado. Las gotas de agua golpeaban las lápidas y saltaban como fuegos artificiales, luces que de ningún modo inspiraban festejos. Los relámpagos azotaban la espesura de la noche como si el cielo estuviera enfurecido, como si Dios estuviera enojado conmigo. Me arrastré hasta un albergue muy descuidado, al pie de una colina que se encontraba en la parte lateral del cementerio. Frente a una ventana por fin pude incorporarme. En el interior de la cabaña había dos sujetos de aspecto abandonado y edad avanzada, jugando una mano de naipes y conversando con un vaso de alcohol en la mano:
—¿Llovía cuando sepultaste a ese inglés hoy, Sam? –preguntó con voz burlona uno de los hombres, obeso y pelirrojo.
—¡Y no sabes cómo! –respondió el segundo, un poco más delgado que el otro, con cabello negro y barba muy larga y desprolija–. ¡Odio trabajar cuando llueve! La pala se llena de lodo y se vuelve pesada como mi condenada suegra…
Ambos lanzaron una carcajada estruendosa y vaciaron en sus bocas el contenido de los vasos.
—¿Y quién era el maldito inglés, Sam?
—No lo sé. Pero por lo que pude escuchar, no se trataba de un inglés sino de un condenado escocés como tú, Wallace…
El obeso pelirrojo levantó una ceja y miró al otro sujeto fijamente. Enseguida volvió a cargar el vaso con whiskey.
—¡Pobre muchacho! Morir tan joven…
—Una lástima… Al parecer iba a casarse en pocos días. Además, según pude escuchar, se trataba de un abogado… O un médico… Algo por el estilo.
—¿Y su prometida? –se interesó el obeso Wallace–. ¿Era ella bonita?
—Pues no lo sé. No se presentó en la ceremonia. Al parecer ella se sintió muy mal con la muerte de su novio y cayó enferma…
De pie junto a la ventana, escuchaba el diálogo que llevaban a cabo los dos sujetos. Aquellas últimas palabras del enterrador –mi enterrador– me acongojaron sin saber aún muy bien por qué. Era como si todavía no pudiese recordar nada, pero sentía dolor por la mujer de la que hablaban.
—¿Y qué le sucedió a él? –se interesó el tal Wallace. –¿Cómo murió?
—Pues parece que lo mordió un animal y se pescó la rabia. Creo que se trató de una rata, o tal vez un perro de la calle. Sí, debe haber sido un perro…
—¡Rayos, Sam! Mi perro, “Bull”, hoy por la mañana tenía una especie de espuma blanca en la boca y pensé que se había tragado pasta de jabón. Mañana cuando regrese a mi casa le daré un tiro en la cabeza a ese apestoso por si acaso…
Escuchando a esos dos hombres comencé a recordarlo todo. Mi amada Lady Rose, el encuentro con Lord Chamberlain en la taberna de Burrows, el cantinero de mirada torcida, el ataque en mi habitación, el doctor Haikes, mi muerte… Todo regresaba a mi mente como diapositivas, como destellos de luz que alumbraban mi ennegrecida memoria. ¿Pero qué estaba sucediendo? ¿Qué pesadilla tan horrible era esta que estaba padeciendo y que no se resignaba a dejarme en paz?
De pronto, un crujido metálico que provenía del otro lado de la casilla me hizo regresar a la realidad de lo que estaba viviendo, de lo que estaba sufriendo: una puerta se había abierto –o, mejor dicho, había sido abierta– y alguien había salido. Observé por la ventana y pude notar que adentro solo quedaba uno de los hombres. Enseguida escuché pasos que se acercaban hacia donde me encontraba. Escudriñé los alrededores en busca de algún lugar donde pudiera refugiarme, desesperado, pero no había más que lápidas. En un instante tuve al anciano pelirrojo avanzando hacia mí. Intentaba trabajosamente desabotonar sus ajustados pantalones –seguramente con el fin de desagotar su hinchada vejiga– cuando levantó la vista y me vio. Se quedó allí parado un instante, petrificado, observándome, como si hubiese visto al mismísimo demonio o como si, simplemente, no pudiese comprender lo que estaba viendo con sus propios ojos. Y enseguida lanzó un grito casi ahogado, llamando al otro enterrador: “¡Sam! ¡Sam!”. Levanté mi mano con gesto de no querer hacerle daño e intenté hablar con él, pero no logré separar mis labios para emitir palabra alguna. Estaba mudo. El otro anciano salió de la cabaña con un arma larga en sus manos. “¡Sam! ¡Es un fantasma!”, volvió a gritar el pelirrojo, agitando sus brazos como un demente. Entonces escuché un sonido ensordecedor y mi mano izquierda, que aún estaba en alto, literalmente se desintegró. Había sido destrozada por los proyectiles de la escopeta del enterrador, que había abierto fuego sobre mí sin contemplación y a muy corta distancia. Una segunda andanada de perdigones impactó directamente en mi pecho, arrojándome hacia atrás con gran fuerza, tanta que me hizo atravesar una lápida de cemento como si fuera de cristal. Desconcertado me reincorporé y comencé a correr, primero despacio y después más rápido, a medida que mi cuerpo me lo permitía, huyendo de los nuevos disparos efectuados por los enterradores. Mientras los proyectiles zumbaban sobre mi cabeza y los gritos de los dos ancianos me confirmaban que venían tras de mí, pude divisar en la lejanía la puerta principal del cementerio. Hacia allí me dirigí a gran velocidad. Mis músculos ya funcionaban más que bien. Cuando me detuve ante el enorme y robusto portón de hierro, pude comprobar con gran desesperación que se encontraba cerrado con candados. Sin embargo, yo no estaba dispuesto a ser atrapado y ejecutado como un animal. Como si fuese impulsado por un nuevo instinto, por una nueva fuerza, miré hacia arriba y me impulsé de un salto hasta el otro lado, alcanzando no solo a traspasar el portón sino a llegar a la mitad de la calle. ¡Salté a través de una puerta de más de tres metros de altura como si hubiese dado un simple paso! Fue como si hubiese volado como un pájaro, como un murciélago. Los dos enterradores, testigos perplejos de mi acto, quedaron al otro lado del cementerio, santiguándose repetidas veces, incapaces ni siquiera de volver a disparar sus armas, incapaces de comprender por qué sus municiones no habían sido efectivas contra mí.
Luego de mi huida del cementerio de Abney Park, deambulé por las oscuras calles de la ciudad sin saber qué hacer. No sentía dolor alguno a pesar de mis heridas, a pesar de haber perdido mi mano izquierda. Los dolores habían sido momentáneos. Había sentido dolor al momento de la amputación, había sentido los impactos de bala en mi pecho, pero ahora no sentía nada. La conversación de aquellos dos enterradores daba vueltas en mi cabeza. ¿Qué me había sucedido? ¿Acaso había sido yo sepultado con vida? ¿Por qué no sangraba por la terrible amputación que había sufrido? ¿Por qué no sentía dolor? ¿Por qué se habían asustado tanto al verme aquellos sujetos del cementerio? ¿Cómo pude saltar por encima de ese portón? Casi no puedo explicar todo lo que sentí aquella noche. Todo lo que sufrí. Todo ese suplicio, esa sensación tan amarga. Sentía que estar vivo era mucho peor que haber muerto, porque una persona no podría soportar, por el resto de sus días, haber fallecido y saber que eso se volvería a repetir algún día. Sentía que todo se había dado vuelta, que todo estaba al revés. Mis creencias, mi religión. Mi ciencia. Una persona nace, crece y muere. Un hombre no puede morir y volver a la vida. Un evento así no se puede soportar. Tenía que meditar sobre lo que había ocurrido y sanar mis heridas. Tenía que pensar con serenidad. Tenía que encontrar la manera de concentrarme y salir adelante, porque lo que estaba sucediéndome era real y no tenía marcha atrás. Esto no era una pesadilla, esto efectivamente estaba pasando, y comprendí también que debía ocultarme porque nadie podía verme en estas condiciones, no hasta que lograra entender en qué me había convertido.
III
—¡Te advertí que no asistieras a esa reunión, Andrew!
Esa frase fue emitida por un sujeto extraño, desconocido para mí, vestido enteramente de blanco, con cabello oscuro, ondulado y muy largo, y una barba bien arreglada de estilo “luchana”. Sus manos estaban adornadas con gruesos anillos de plata, y no llevaba puestos zapatos, sino botas americanas de piel de serpiente. Aparentaba tener cerca de cuarenta y cinco años. Estaba sentado en un sofá del salón de espera del edificio donde había decidido ocultarme: el laboratorio aquel ubicado en Chelsea que Lord Chamberlain me había obsequiado, que yo había rechazado, pero que era el único lugar donde podía permanecer por el momento, ya que había recordado haber dejado las llaves debajo del tapete. No podía regresar a Highbury en el estado en el que me encontraba, así que había caminado amparado en la oscuridad hasta allí. ¿Cómo había entrado él? No lo sabía. Lo que sí sabía era que me conocía.
—¡Te ves patético! –volvió a exclamar.
Mis ropas estaban bañadas en sangre como producto de las heridas causadas por los disparos de las armas de los enterradores. Mi mano izquierda ahora era solo un muñón de carne y huesos, lo que llamó mi atención puesto que al escapar del cementerio creí haber visto que había sido amputada limpiamente. Pero a pesar de estas terribles heridas, como mencioné anteriormente, no sentía dolor. Con dificultad coloqué un vendaje en mi brazo y pude observar que él me miraba fijamente. Abrumado por la situación y desconcertado ante la presencia de este nuevo desconocido, intenté hacerle una pregunta y de nuevo fui incapaz de mover mis labios. Mi boca estaba sellada.
—Debes cortar las hebras que sujetan tus labios –indicó sin moverse de su asiento y haciendo un ademán extraño con su dedo índice, como si dibujara una zeta en el aire – ¡No deberían cerrar la boca de sus muertos en esa forma tan horrible! ¡Qué práctica tan insensible!
Me acerqué hasta un espejo, aquel mismo espejo con marco de bronce que había visto aquella vez que había ingresado al edificio cuando había sido citado por Lord Chamberlain, y por vez primera desde que salí de esa horrenda sepultura pude contemplar mi rostro: estaba hundido, con los pómulos hacia fuera, dándole a mis facciones una figura casi de caricatura. Mi piel tenía un color de muerte, entre gris y verde. Mis ojos estaban blancos, con las pupilas negras, casi imperceptibles por su diminuto tamaño. Mi boca había sido espantosamente cosida, seguramente con el propósito de evitar la caída de mi mandíbula. Es lo que solía hacerse –y creo que aún se hace– con los cadáveres antes de presentarlos en el funeral. Al contemplar tan terrible visión de mí mismo quise llorar pero no pude. No salían lágrimas de mis ojos. Quise gritar de desesperación y tampoco pude, pero eso sí tenía solución. Ingresé a una habitación que tenía la puerta abierta y resultó ser una sala de cirugía. Tomé unas tijeras que había sobre una mesa de hierro llena de instrumentos para operar y me liberé por fin de esos horribles hilos. Nunca en toda mi vida había sentido semejante desazón y deseos de morir. No quería continuar así, viviendo esa terrible pesadilla. Quería despertar. Estaba desahuciado. Volví mi rostro hacia el extraño vestido de blanco. Me observaba desde la otra habitación. Continuaba sentado y me miraba con seriedad. En su rostro se reflejaba dureza, pero no maldad. Con mucha dificultad logré preguntar:
—¿Quién… es… usted?
—Un vampiro igual que tú, Andrew –contestó sin inmutarse – Soy el mismo que te envió el mensaje intentando persuadirte para que no asistieras a la reunión con Lord Chamberlain. Soy Lord Michael de Chavignon.
Un vampiro. Ya no tenía otra alternativa que creer lo que me estaba diciendo. Porque si todo esto no era verdad, entonces qué otra explicación había.
—Pero su aspecto es muy diferente al mío –repuse, observándome nuevamente en el espejo, esta vez uno más grande que se encontraba en la sala de cirugía–. ¡Mire mi rostro, por Dios! ¡Me estoy pudriendo! Además, si es usted un vampiro y yo también lo soy, ¿por qué nos reflejamos en el espejo?
—¡Pero por supuesto que nos reflejamos en el maldito espejo! –exclamó, con gesto de obviedad, al tiempo que se ponía de pie y se acercaba a mí–. Y en cuanto a tu aspecto: ¡no te estás pudriendo! O bueno, tal vez sí, pero pronto te verás tan bien como lucías cuando caminabas del brazo de tu prometida hace no más de cuarenta y ocho horas. Solo debes ser paciente. Hace más de cuatrocientos años pasé por lo mismo que tú estás viviendo ahora…
—Lady Rose –recordé pensativo pero en voz alta–. No quisiera que ella me viera en esta forma.
—Deja a esa mujer en paz si es que realmente la amaste. Por tu bien y el de ella. ¡Además, un inmortal puede tener a todas las mujeres del mundo!
Lord Michael ingresó a la sala donde yo me encontraba, caminó hasta un sofá y tomó asiento mientras yo continuaba observándolo.
—Pero ¿qué somos entonces? –pregunté angustiado.
—Oh, ¡cuántas veces tendré que repetirlo, amigo inglés nacido en Escocia! Somos vampiros. Hombres vampiros. Pero no esos desmañados engendros que esos escritores delirantes describieron en sus estúpidos libros. No. Nosotros somos una raza, una especie tan antigua como el cristianismo. Somos el producto de la venganza del Padre ante la muerte de su Hijo, Andrew. Somos una especie que ha logrado subsistir durante casi dos mil años gracias a un líquido muy especial, el más complejo, más preciado e importante que existe, pero que se encuentra muy fácilmente porque está adentro de cada ser humano: la sangre, Andrew. La sangre. La sustancia que nos permite disfrutar de las propiedades más ansiadas por todos los seres ordinarios de esta tierra: la inmortalidad, la juventud eterna, el poder de volar, de ser invisibles, el poder de la fuerza física y la seducción. Siempre esbeltos, siempre dispuestos. Podemos poseer a cuantas mujeres deseemos, a las más excitantes y a todas al mismo tiempo. Sobrevivimos a las guerras, a las pestes y a las enfermedades, y también a los humanos mismos. Un mundo completamente nuevo se abre ante ti. De ti depende que puedas manejarlo. Pero la sangre es la clave...
Atónito escuchaba las increíbles revelaciones del extraño vestido de blanco. Observé de nuevo mi rostro en el espejo. Él tenía razón. Ya no estaba hundido y había recuperado levemente su color natural. A través del espejo pude ver que Lord Michael levantaba su brazo y me señalaba con su dedo índice:
—Observa tu mano mutilada…
Muy lentamente quité el vendaje que había colocado minutos antes. ¡Era asombroso! Al igual que un tallo nuevo crece de una planta, una mano con sus correspondientes dedos estaba creciendo desde mi brazo. Formándose nuevamente. Ni siquiera me había dado cuenta, y ya hasta tenía movimiento. Aun no contaba con piel, por lo que podía ver todas las venas y los huesos y los tendones en pleno funcionamiento.
—Entonces… ¿ese poder se encuentra en la sangre de cualquier ser humano?
—No, Andrew. La sangre humana es la que nos permite seguir viviendo, pero es la sangre de otro vampiro la que nos hace precisamente como somos ahora. Luego de morder tu cuello y extraer la mayor parte de tu sangre, dejándote al borde de la muerte, Lord Chamberlain te dio a beber su propia sangre antes de que tu corazón deje de latir, transmitiéndote su veneno y convirtiéndote así en vampiro. Fue la sangre de Lord Chamberlain la que te hizo así… Fue la sangre de mi hermano la que te convirtió en un inmortal.
Mis ojos se clavaron en el rostro inmutable y pálido del extraño.
—De modo que esa es la razón por la que usted me conoce: él es su hermano.
—Sí, así es. Aunque en realidad somos medio hermanos. Mi madre era humana. William es el mayor y el más poderoso.
Por fin sabía quién era este hombre, si se lo podía llamar así. Sin embargo, había algo que aún no comprendía.
—Pero, si Lord Chamberlain es en efecto su hermano, ¿entonces por qué intentó impedir que me reuniera con él aquella noche?
—Porque hasta el vino más añejo y costoso nos puede llevar a la perdición, y porque incluso la luna fascinadora tiene también su lado oscuro, amigo mío. Te preguntas a qué he venido y te lo diré, Andrew: nuestro origen se remonta al año treinta y tres de esta era, y se localiza específicamente en el Gólgota, en las afueras de Jerusalén, en el preciso momento de la crucifixión de Cristo. Un soldado romano, Longino de Cesarea, fue el encargado de atravesar el corazón moribundo del Hijo de Dios con una lanza. Longino había castigado y vapuleado al Nazareno durante toda la macabra ceremonia previa a la crucifixión. Él nunca había creído en nada, menos en dioses judíos, a quienes detestaba desde lo más profundo de su alma. Pero en ese instante, en ese momento clave para la historia de la humanidad, sentía que el piso bajo sus pies temblaba y el fuerte viento que azotaba la colina no lo dejaba apuntar con su lanza. Recordó las palabras que un compañero le había dicho unas horas atrás: “Realmente es el Hijo de Dios, y su sangre es vida”. Longino de Cesarea logró vislumbrar la separación entre una costilla y la otra y no pensó más. La atravesó. La sangre voló en el viento y llenó su rostro, mientras volvía a tener esas palabras en su cabeza: “La sangre es vida”. Limpió su rostro con sus propias manos y les pasó la lengua con gesto casi animal, desesperado. ¿Por qué? Porque tenía lepra. Sabía que iba a morir y tenía mucho temor. Hubiera hecho cualquier cosa por curarse. Por eso pasó una y otra vez su lengua por la sangre de Jesucristo. Fue entonces cuando comenzó la maldición. Longino de Cesarea se convirtió así en el primer vampiro. Los vampiros no somos demonios. Fuimos creados por la ira de Dios. Longino asesinó a Cristo y bebió su sangre, y por eso fue condenado a vivir eternamente alimentado por sangre. Su ambición y desesperación egoístas por seguir viviendo lo transformaron en un muerto viviente. Un cuerpo sin alma obligado a deambular por las noches porque fue apartado de la luz. El tiempo para él se detuvo cuando se transformó en vampiro. Por eso tu mano vuelve a crecer: porque continuarás eternamente siendo igual a como eras en el momento de tu muerte. Nosotros no sentimos nada. No comemos. No bebemos otra cosa que no sea sangre. No sentimos frío o calor. El amor está apartado de nosotros. En nosotros se resume la maldad del ser humano. Somos el resumen de lo que Dios ve en todo ser humano.
Mientras yo lo escuchaba angustiado, el vampiro caminó hacia el espejo donde yo me observaba y se miró por un instante.
—Durante varios años intenté malograr los planes de mi hermano, cansado de sus atrocidades. Cuando supe que iba tras de ti, sentí la imperiosa necesidad de hacer algo. Tu vida era hermosa. No lo merecías. Yo no tenía casi nada y casi a nadie, pero tú lo tenías todo. No fui lo suficientemente valiente, una carta no era suficiente advertencia. Ahora solo me queda, con este efímero momento que tengo, aconsejarte lo mejor posible para que esta maldición no te desborde y te lleve a la perdición. Porque algunos lo llevamos con culpa, algunos sentimos que necesitamos devolver algo bueno de todo lo malo que escupimos, pero quienes eligen el camino fácil llevan una eterna existencia plagada de pecados, de crímenes horribles, y van por el mundo eliminando a quien se cruce en su camino sin razón alguna, solo para divertirse; el camino del mal los arrastra por el infierno, manchándose con la sangre de niños, creando guerras donde sea, utilizando sus influencias sobre la mente humana para provocar el terror, la corrupción y el desastre; el propio William fue consejero de la corte de Luis XVI. ¡Imagínate! Ellos no sienten culpabilidad y no se puede razonar con ellos. Disfrutan lo que hacen y llevan su inmortal vida con placer… Mientras tanto nosotros, los que elegimos el otro camino, Andrew, llevamos una vida con un sabor más amargo. Al principio, las primeras décadas, creemos que podemos llevar una vida ordinaria como la de los humanos, creemos que podemos contraer matrimonio con una mujer humana y tener hijos con ella, que podemos tener un trabajo y vivir normalmente… Pero no podemos. Y así, ante nuestros ojos, envejecen nuestras esposas y nuestros hijos, y no podemos evitar su muerte. En el peor de los casos, tal vez hasta terminamos succionando su sangre nosotros mismos. Porque en nuestro camino no hay más que destrucción y muerte. ¿Cómo se puede llevar una vida normal si debemos asesinar gente para alimentarnos? Porque somos destrucción y muerte. Eso es precisamente lo que he venido a decirte, a advertirte, y a preguntarte, Andrew: ahora que te has convertido, ¿seguirás el camino de Lord Chamberlain, el de la maldad sin remordimiento, o seguirás tu propio camino, aquello que los residuos de tu conciencia humana te dicten? ¿Qué harás? Eso yo no puedo decírtelo. Solo tú lo sabrás. Una sola cosa puedo decirte con certeza: hagas lo que hagas, recuerda que en el paraíso nadie te quiere, y en el infierno, tampoco. Estamos solos, amigo. Tus decisiones y tus actos, de aquí en más, solo afectarán tu propia conciencia y, por supuesto, las leyes de los seres humanos. De modo que tu única alternativa, como la mía, será huir de un lugar a otro del planeta. Siempre escondiéndonos. Obligados a vivir en un mundo de eterna oscuridad…
Con estupor y amargura escuchaba los relatos del vampiro. Siempre había sido católico, siempre había sido cristiano, y ahora había sido apartado de todo eso. Ahora yo era el enemigo de Dios.
—¿Solo podré vivir de noche? Es una condena...
—Es una de las principales condenas del vampiro. Fue apartado de la luz. Nunca volverás a ver el sol brillar. Verás, Andrew: antes los primitivos vampiros sucumbían fácilmente cuando se exponían a la luz solar. Sin embargo, con el tiempo, a lo largo de cientos de años, como sucede con todas las especies, evolucionamos y nos hemos inmunizado parcialmente. Hoy podemos salir sin inconvenientes durante las horas del día si el sol está cubierto por las nubes, cuando llueve o en la época invernal. Pero siempre usamos gafas oscuras para proteger nuestros ojos y ropas gruesas para cubrir nuestra piel. Cuando el sol está pleno sobre el cielo, aún puede destruirnos en pocos instantes.
—¿De qué forma nos mata?
—No querrás saberlo…
El vampiro hizo un gesto de negación con sus manos. No quería responder esa pregunta.
—Usted ha dicho que eligió el otro camino, no el de Lord Chamberlain –repuse, cambiando el tema–. ¿Entonces no asesina personas? ¿Cómo se alimenta?
El misterioso medio hermano de Lord William Chamberlain meditó algunos instantes la respuesta. Luego posó sus ojos sobre los míos con mirada dura.
—Nunca dije que no matara, Andrew. Debo alimentarme para poder seguir existiendo, para verme como los humanos y no lucir como el monstruo que soy. Si no bebiera sangre me vería como tú te ves ahora. Sería perseguido y atacado por mi apariencia. Sería descubierto en todos lados.
—¿Y la sangre de los animales?
—No sirve. Es la sangre humana la que nos alimenta. Esa es la maldición.
—¡Yo no asesinaré a nadie! ¡Soy doctor!
—Lo harás. Lo harás y llegarás a tolerarlo. Debes entender que ya no eres humano y que la opción no es dejarse destruir, porque una vez destruidos nuestra condena será mucho más terrible en el infierno de lo que es aquí en la Tierra. Ahora perteneces a otra raza, a otro orden. Eres un depredador de seres humanos. Necesitas de ellos al igual que un león necesita de una gacela. Es supervivencia. Sé que no es fácil, pero lo aceptarás. Hace muchos años yo sentí lo mismo que tú estás sintiendo ahora y lo superé. Tú también lo harás. Antes o después, pero matarás. Recuerda siempre que no cometemos pecado por lo que hacemos sino por la intención con que lo hacemos. Y de todas formas, para nosotros existir ya es pecado…
—¡¿Tú hablas de pecados?! ¡Por lo que me acabas de contar diría que nosotros somos el pecado! Eres igual a esa bestia de Lord Chamberlain…
El hombre vestido de blanco caminó por la habitación y volvió a acercarse hasta mí.
—Lo siento, Andrew. Debí haberlo impedido de otra forma. Imaginé que harías caso omiso a la nota que te envié y aun así no hice nada al respecto. Es que William es muy poderoso, y si me hubiera interpuesto en su camino me habría destruido sin piedad. Tengo la impresión de que me está buscando… Pero créeme que no soy como él.
El hermano de Lord Chamberlain no parecía ser, en efecto, igualmente despiadado que aquel. Podía sentir que era diferente a pesar de lo que, con frustración, le había manifestado.
—¿Por qué razón Lord Chamberlain me eligió a mí? –pregunté, sabiendo que Lord Michael podía darme más respuestas – ¿Por qué yo de entre todas las demás personas? ¿Por qué estaba tan interesado en las investigaciones sobre la inmortalidad?
El vampiro de cabellos largos caviló nuevamente. Luego caminó hacia la silla junto al escritorio y se sentó una vez más.
—Tus investigaciones no le interesaban en absoluto, Andrew. Utilizó ese asunto para llamar tu atención. Quería hablar contigo y tenía la esperanza de convencerte de que estuvieras dispuesto a ser convertido bajo tu consentimiento. Necesitaba invitarte. Nada más que eso. ¿Por qué tú? Verás, mi hermano no da un solo paso sin un plan preestablecido. Desde hace casi dos siglos él y yo somos los únicos vampiros errantes que habitamos en el continente europeo, y entonces supongo que decidió convertir a alguien más. Eso es algo que aún no he dilucidado, pero tengo algunas sospechas. Lo que sí sé es que eligió a uno de sus hijos para hacerlo.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al escuchar esas últimas palabras de Lord Michael. Lo había dicho sin siquiera una pausa, sin siquiera una duda en sus ojos.
—¡¿De qué demonios está hablando?! –inquirí apretando los dientes y con odio en la mirada.
—Hace veinticuatro años mi hermano utilizó a tu madre para gestarte, Andrew. Lord Chamberlain es tu padre.
—¡Calumnias! –grité, arrojando con violencia todos los tubos de ensayo y demás enseres que había sobre la mesa de operaciones–. ¡Todas son mentiras!
—¡Sabes que lo que digo es verdad! –replicó Lord Michael–. ¡Busca en tu interior y lo sabrás! ¿Por qué crees que Lord Chamberlain no acabó con tu vida la noche que te atacó? ¿Por qué te mantuvo con vida? ¿Cómo crees acaso que sabía tu nombre, tu profesión, la relación que mantenías con tu prometida, y prácticamente todo lo que hacías? ¿Cómo crees que él sabía que investigabas sobre inmortalidad? ¿Y cómo explicas que te haya interesado tanto ese asunto, ¿eh? ¡Razona, Andrew! ¡Piensa! Todo está muy claro. Siguió tus pasos desde el mismo momento en que naciste. Todo el tiempo estuvo cerca de ti, incluso salvó tu vida en varias oportunidades, y deberías recordarlo. ¿Olvidas acaso cuando tenías no más de cuatro años y caíste a ese río? Un hombre te rescató de las heladas aguas. ¿Quién crees tú que era? Mi hermano. ¿Recuerdas a ese joven inglés que solía aperrearte en la universidad? ¿Recuerdas cómo cayó al vacío desde una ventana? ¿Crees que sufrió un accidente? ¡Él lo arrojó, Andrew! ¡Él le rompió el cuello como si fuera una paloma! ¡Lord Chamberlain! ¡Él lo arregló todo! Él siempre arregla todo. Como lo hizo su padre conmigo en el pasado, más de cuatrocientos años atrás, él lo hizo contigo ahora…
Lord Michael me destruía con su verdad. Toda mi vida, mi familia, todo lo que tenía había cambiado en un solo día. Todo aquello en lo que siempre me había apoyado para seguir adelante se derrumbaba con cada palabra que salía de los labios azules de este hombre… De este monstruo vampiro.
Abatido me desplomé sobre el sofá donde él había estado sentado unos minutos atrás y permanecí con la mirada enfocada en el suelo.
—¿Mi madre lo sabe? ¿Por qué nunca me lo dijo?
—Tu madre ha tenido dudas que no ha sabido responderse. Ella ha sentido siempre que no eres hijo de su esposo, pero no tiene ni la más remota idea de por qué. Nunca estuvo, conscientemente, con otro hombre que no sea él. Ha tenido pesadillas nocturnas donde ha visto a William, pero nunca ha logrado dilucidar quién es. Ella se encontraba bajo los influjos de mi medio hermano cuando aquello sucedió. Una noche, veinticuatro años atrás, William rompió un corral y dejó salir varias de las ovejas de tu padre. Este escuchó el ruido causado por los animales en su huida y salió para recuperarlos. Mi hermano ingresó entonces a la habitación en forma de lobo y puso a tu madre bajo hipnosis. Es un poder natural que poseemos y que en su momento aprenderás a utilizar. Así fue como sucedió. Tanto tu padre como tu madre desconocen la verdad, por eso nadie te lo ha dicho.
—¿También la mordió?
—¿A tu madre? No. No hacen eso cuando quieren procrear. El autocontrol que un vampiro debe poseer para esa tarea solo corresponde a uno de su clase.
Mi necesidad de continuar interrogando a Lord Michael era ilimitada. Él era el único que por el momento parecía dispuesto a ayudarme y dar un poco de luz a mi oscuridad, a pesar de que sus revelaciones no hacían otra cosa que destruirme más y más…
—¿Tiene Lord Chamberlain hijos con otras mujeres?
—¿Con otras humanas? ¡Oh, sí! Seguro. Es la única manera de mantener asegurada la continuidad de nuestra raza, y él está encargado de hacerlo entre los errantes, aunque otros no lo aprueben. Es un salvoconducto para reemplazar a los vampiros que fueran destruidos, de esta forma el número de nosotros nunca desciende. Supongo que, de todos sus hijos diseminados por el mundo, fuiste el elegido porque él se encontraba aquí en Europa cuando lo decidió. Eso solo él lo sabe. Generalmente lo hace con mujeres a las que, si sobreviven a la transformación, luego las destruye. Lo hace solo por diversión y le ha traído varios inconvenientes con… los otros.
—Pero ¿cómo las asesina? ¿No son ellas inmortales después de la transformación?
—Son inmortales, no indestructibles, Andrew. Existen varias maneras de destruir a un vampiro, solo que muy pocos seres humanos las conocen y, aunque las conocieran, primero tendrían que acercarse a nosotros. Somos más rápidos que el viento, poseemos la fuerza de al menos 10 hombres fuertes, tenemos el oído de un lobo y el ojo de un águila. No somos presa fácil, pero tampoco indestructibles. Verás: lo que sucede es que no sufrimos enfermedades ni envejecemos… El tiempo no transcurre para nosotros, pero también tenemos nuestras debilidades.
—Anteriormente mencionaste que hay mujeres vampiro. ¿Por qué no tener hijos con ellas? ¿Por qué Lord Chamberlain elige humanas?
—De hecho, no existen mujeres vampiro sobre la tierra en este momento, y aunque así fuera, no es posible procrear entre vampiros. Está prohibido…
Había muchas cosas que no lograba comprender. Envuelto en una nube de confusión y angustia imposibles de controlar, me acerqué nuevamente al espejo para contemplar mi rostro una vez más. Era sorprendente: las marcas horrendas que habían dejado las hebras que habían sujetado mis labios habían desaparecido por completo. Mis ojos, aunque más oscuros, también habían vuelto a la normalidad.
—Es increíble –conseguí exclamar.
—Y mejorará aún más –repuso el medio hermano de Lord Chamberlain–. Quítate esa camisa ensangrentada.
Con mucha dificultad – ya que mis ropas se habían endurecido debido a la acción del lodo y la sangre coagulada– logré quitarme el saco y la camisa. Las heridas producidas por los disparos de los enterradores del cementerio habían desaparecido sin dejar cicatrices y mis músculos se veían más marcados, más firmes.
—No puedo creerlo…
—Pues créelo. Ahora eres inmortal, Andrew.
Un escalofrío horrible recorrió todo mi cuerpo, todas mis entrañas.
—¿Y si no quisiera serlo? ¿Si no deseo ser un vampiro? ¿Qué puedo hacer?
Lord Michael se acercó a la puerta y su rostro se endureció.
—Nada. No hay absolutamente nada que puedas hacer al respecto. Esto no se puede revertir. Jamás volverás a ser un ser humano. No puedes dejar de alimentarte con intenciones de morir porque eso significaría décadas de agonía imposibles de soportar; tampoco puedes permitir que te destruyan porque, como ya mencioné, tu sufrimiento sería eterno en el infierno. Tu alma ya fue vendida.
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