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César Biernay Arriagada

MACABROS
Historias de asesinos despiadados que intentaron el crimen perfecto


Expedientes desclasificados de homicidios en chile

BIERNAY ARRIAGADA, CÉSAR

Macabros. Historias de asesinos despiadados que intentaron el crimen perfecto / César Biernay Arriagada

Santiago de Chile: Catalonia, 2020

ISBN: 978-956-324-772-5

ISBN Digital: 978-956-324-786-2

364 CRIMINOLOGÍA

Diseño de portada: Ximena Morales

Diseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M. Corrección de texto: Sergio Infante Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: febrero 2020

ISBN: 978-956-324-772-5

ISBN Digital: 978-956-324-786-2

Registro de Propiedad Intelectual N° 2020 - A-189

© César Biernay Arriagada, 2020

© Catalonia Ltda., 2020

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Prólogo

Introducción: Siete casos policiales desclasificados

CRIMEN EN CUSTODIA El caso de los tarros lecheros (1963)

El crimen se huele

La perspicacia del inspector Cárdenas

Ánforas macabras

Entre la pizarra y la botella

La joven Aurora

Sin salida

Aurora al alba

Leche cortada

Rueda de presos y reconstitución de escena

Informe neuro-psiquiátrico

Una investigación emblemática

Bibliografía

EL OLFATO POLICIAL DE ANKER El caso del canino rastreador (1967)

Nace una leyenda

Búsqueda del rumano asesinado

Olfateando robos

El rastreo fatal

El entierro del ovejero alemán

El homenaje póstumo

Un perro mártir

Otra historia de sangre

El legado de Anker

Bibliografía

EL ENANO MALDITO El caso del Hotel Princesa (1968)

Meretrices de la bohemia capitalina

El pequeño cliente

Un crimen mediático

Declaraciones de testigos

Al acecho del criminal

Dos homicidas para un crimen

El error judicial

La muerte ronda en el hotel

Del crimen al mito

Bibliografía

EL ÚLTIMO TANGO DE DISCÉPOLO El caso Yuraszeck (2004)

Vida del empresario malloíno

Mal negocio

Escalada noticiosa

El puzle policial

El perfil del homicida

Macabro sitio del suceso

Diligencias policiales

Condena

Carrillón de La Merced

Bibliografía

LAS MENTIRAS DE MEDEA El caso de los hermanos Rojo (2008)

Jueves rojo

Las sospechas

La huella digital

Las matemáticas no mienten

No hay peor diligencia que la que no se hace

Infografía forense

El testigo estrella

El clon de Medea

Se busca parvularia

Relación enfermiza

A nadie le enseñan a ser madre

El recuerdo de lo que nunca sucedió

El show del desayuno

Verdades ocultas

Lecciones del viejo Vidocq

Hurgueteando el sitio del suceso

Culpable

Bibliografía

81 LUTOS PARA EL BICENTENARIO El caso de la cárcel San Miguel (2010)

Cárcel San Miguel

Vigilantes y vigilados

Subterfugios caneros

Hacinamiento sanmiguelino

La chispa del incendio

Estoques, oscuridad y fuego

Carceleros encarcelados

Fenómenos cadavéricos

El reo 82

Epitafio

Bibliografía

LA MUERTE ESPERA EN EL ANDÉN El caso de la balacera en Plaza de Maipú (2011)

Cuidado con el cierre de puertas

Los pasajeros del vagón

Balacera en la estación

El asesino del Metro

Declaración de las víctimas

Primeras diligencias

La testigo del suicidio

Dos homicidios para un suicida

El dolor de la derrota

Bibliografía

Agradecimientos

Notas

A mi padre, Luis Biernay.

A mi hermano Richard Biernay.

Dos policías que escoltan estas crónicas.

Prólogo

“La ética no es otra cosa que la reverencia por la vida”, señaló alguna vez el médico, ensayista y premio nobel de la Paz Albert Schweitzer. No obstante ello, ese antiguo impulso humano que pretende desconocer sin más la profunda legitimidad del otro en cuanto el otro sigue vigente cual salvaje sin control y, a veces, desatado, termina por quitar el derecho más preciado de toda existencia humana: la vida misma. Es ahí donde el investigador policial entra en escena para contribuir a rescatar la justicia perdida y cimentar los caminos que conducen a la paz social y a la sana coexistencia humana.

En efecto, la historia de la criminalidad es tan antigua como el hombre mismo. Ahí está para ser revisada y aprender de ella, pues sus hechos nos permiten hurgar en lo más profundo de la conciencia humana y desde ahí tratar de entender al hombre en toda su complejidad. Aun con toda la tecnología logarítmica que ofrece hoy la sociedad de la información, los impulsos humanos que decantan en macabros homicidios constituyen un misterio difícil de resolver.

Pero ahí está el detective para escudriñar hasta en los recodos más oscuros del alma y, por medio del saber científico, llegar a la verdad y a la justicia. Por cierto que lo anterior es un reto sublime que jamás se constituye para un investigador policial en una utopía, sino en un desafío profesional siempre posible y necesario. En cada homicidio no solo hay dolor y desesperanza, sino también una oportunidad única para aprender y corregir.

Es en este contexto que surge el presente libro. Es un rescate documental de siete espeluznantes casos policiales, observados desde una perspectiva múltiple que se enfoca en el homicida, en la víctima y en el investigador policial. Así, a partir de las evidencias que ofrece el sitio del suceso se reconstruye un pasado que, como tal, se coloca a disposición de la justicia. Al mismo tiempo, lo que hay detrás de estas páginas es un esfuerzo por conocer las complejidades del actuar humano, a fin de motivar una siempre necesaria reflexión.

Pero esta tarea también cumple con el deber de preservar el legado de nuestros antecesores, quienes transmitieron y consolidaron el bello saber inserto en el arte de investigar, a fin de descubrir las certezas ocultas bajo la falsedad, el engaño y la mentira.

Al revisar las páginas de Macabros, el lector se encontrará con que los siete casos policiales están presentados de tal manera que es posible conocer cada crimen en sus más mínimos detalles, de modo que pueden identificarse sus motivaciones más hondas. Valga eso sí una aclaración en este punto, por cuanto en las siguientes páginas no se encontrarán personajes ficticios ni descripciones narrativas emanadas del flujo inspirador de Agatha Christie, Ramón Díaz Eterovic o Boris Quercia Martinic. Cada investigación documental aquí expuesta se sustenta en la realidad conforme a una rigurosa bibliografía, así como en entrevistas con los actores relevantes de cada caso criminal, hecho que merece ser especialmente destacado.

El autor revela además las particularidades y complejidades de la investigación profesional de los delitos, describiendo los protocolos forenses, las primeras diligencias y los medios de prueba que se han constituido en la evidencia irrefutable en los salones de la justicia. Su pluma nos permite “libar” el bello saber de la profesión del detective. En este escenario, no pretendo detallar las historias de cada caso policial de este texto, pues lo que me mueve es despertar la curiosidad del lector para que pueda observar las luces y sombras de la existencia humana.

El autor detrás de este esfuerzo es un académico con oficio, pero también un funcionario de la Policía de Investigaciones de Chile, PDI, motivado en rescatar el aprendizaje acumulado por años de experiencia policial. César Biernay Arriagada es bibliotecario documentalista y profesor de la PDI, cualidades que le han permitido documentar y transmitir los aspectos más recónditos de diversos casos policiales chilenos. Estamos frente a un profesional inquieto y curioso que no solo ha navegado en las aguas de su saber, promoviendo un permanente rescate del patrimonio institucional, sino que también se ha atrevido a cruzar fronteras e ir más allá, avanzando por las sendas de la historia y la literatura.

Macabros es otro fruto de la curiosidad del autor. Es un trabajo digno de destacar y un esfuerzo por reconocer la enorme importancia social que tiene la función del detective. En síntesis, en las páginas que a continuación se despliegan es posible conocer parte de una humanidad herida, pero también del rescate de su dignidad que solo es posible a partir de la justicia y del noble trabajo del detective.

ARTURO HERRERA VERDUGO

Exdirector general de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI)

Introducción
Siete casos policiales desclasificados

Muchos esfuerzos literarios han abordado los entresijos de la mente criminal. Antonio García-Pablos, Diane Papalia y Osvaldo Tieghi, por nombrar algunos, han teorizado sobre la criminología y otras ciencias centradas en lo criminal. Otros han estudiado la sociedad y sus recovecos georreferenciales que propician la comisión de un delito, tales como Paul Horton y Chester L. Hunt, Émile Durkheim y Raúl Sohr. En tanto, otros han erguido la figura del investigador policial desde la obra escrita de René Vergara, José María Navasal y Francisco Antón y Barberá. Pero toda colección bibliográfica en materia de criminalística y criminología carece habitualmente de obras que triangulen el crimen desde la mirada de la víctima, el homicida y el detective. Ello da el valor a las páginas que siguen, proponiendo una relectura de casos policiales connotados desde un paradigma holístico.

En esta tarea, se reconoce el legado de maestros de la investigación criminal en Chile que, con escasos recursos y una precaria tecnología, respondieron a casos difíciles de resolver, transmitiendo con ello el arte de investigar a agentes novatos. Así, esta investigación documental desmenuza cada crimen en sus partes más pequeñas, identificando las bestiales motivaciones de los criminales que mataron ciegos de rabia, pena o delirio. Cada investigación documental porta la consulta de una rigurosa bibliografía y entrevistas a personajes clave, constituyendo uno de los valores más importantes de esta publicación, el rescate memorialístico de homicidios chilenos ajustados a lo que aparece en un cúmulo de documentos.

Tras un crimen descubierto, en primera instancia se activan los engranajes del aparataje estatal, concitando a investigadores policiales, fiscales y peritos. En segunda instancia intervienen médicos legistas, abogados y psicólogos, bajo las permanentes disquisiciones de los reporteros policiales. Y en tercera instancia aparece el documentalista policial, el archivero, que bajo el símil manto del anacoreta, apostado en un lugar apartado, se dedica a la contemplación de los titulares que fueron noticia, recabando recorte a recorte célebres casos criminales.

Con relativa frecuencia y periodicidad se suceden los crímenes en Chile, cíclicamente. Primero se publica en el diario un titular mediático que en su bajada ofrece los antecedentes preliminares obtenidos por el reportero, quien en su jornada descuenta los minutos que le quedan para escribir la noticia. Al día siguiente se publica la crónica ampliada con la fotografía del sitio del suceso y de algún familiar junto al policía. Si el caso empalma de lleno o tangencialmente con lo espeluznante, será materia de reportaje el fin de semana, cerrando el ciclo del caso. Luego vendrá otro titular macabro y así sucesivamente.

Ocasionalmente aparece algún viejo periodista que antologa sus mejores reportajes juveniles y ofrece en librerías sus casos policiales emblemáticos, retrotrayendo antiguas portadas de diario y rojos titulares en caligrafía de prensa. Lo mismo sucede en las corporaciones periodísticas durante el mes de diciembre, quienes ofrecen una pestaña en sus sitios web con los crímenes más impactantes del año. Muchos lectores consumen ávidamente esta información, pormenorizando tragedias y catástrofes. Buscan conocer la verdad en los noticiarios de televisión o en portadas de revistas, transmitiendo los enigmas en el negocio de la esquina, en la oficina y en la sobremesa.

Es sabido que los impulsos humanos que devienen en un crimen constituyen un misterio desde los tiempos bíblicos, comenzando con la crueldad de Caín sobre su hermano Abel, hasta el último asesino que hoy aparece en el periódico, pasando por crímenes políticos, descuartizados y sicarios, de todas las nacionalidades y razas, dándose cita periódicamente en la prensa nacional para estremecer a grandes y chicos.

La línea temática de los siete casos seleccionados conserva el eje de lo espeluznante, en homicidios que no solo fueron noticia por el hecho de muerte, sino por los aderezos que se fueron descubriendo a medida que las indagaciones policiales descorrían el velo del misterio. El parecido de los sucesos coincide en la triangulación de víctima, victimario y policía, unidos por el hecho de muerte de una mente desquiciada.

En “Crimen en custodia” se narran los concatenados hechos de violencia que destruyeron un hogar sumido en la pobreza, el alcohol y una vida sin valores. En “El olfato policial de Anker” se abordan los aportes de los perros policiales a la investigación criminal, rescatando desde la prensa, y desde testimonios reales, las circunstancias que ocasionaron la muerte del primer canino mártir.

En el caso policial “El enano maldito” se narra el brutal homicidio de una prostituta en el glamoroso Hotel Princesa a fines de los sesenta, describiendo aquella bohemia capitalina y los beneficios profesionales de la intuición policial. En “El último tango de Discépolo” se narra documentadamente uno de los casos policiales más recordados de principios de siglo, que mantuvo en vilo a todo un país durante 14 meses de búsqueda de víctima y victimario. El caso Yuraszeck, como lo llamó la prensa, invita a reflexionar sobre el poder, la ambición y los valores en una sociedad trastocada por el consumo.

En “Las mentiras de Medea” se aborda el trágico hecho en que dos menores fueron brutalmente agredidos en la comuna de Puente Alto, y cómo en reiteradas ocasiones la policía debió comenzar de cero ante la escasez de evidencias en el sitio del suceso.

En el episodio “81 lutos para el Bicentenario”, mediante un pormenorizado trabajo documental, se sitúa al lector en las festividades que engalanaron las fiestas bicentenarias de la nación el 2010, revelándole uno de los sucesos que terminaron ensombreciéndolas, sin duda el más violento. Contrario a cualquier pronóstico, ese año decantó una inusual espiral de tragedias, convirtiéndolo en uno de los más adversos que recuerda la historia de nuestro país. La tragedia de los mineros atrapados a cientos de metros de profundidad, el accidente automovilístico de la autopista interregional y el terremoto del 27-F, constituyeron la antesala del hecho más cruento que recuerde la historia carcelaria chilena, cuando el 8 de diciembre de ese año 81 internos fallecieron calcinados en la cárcel de San Miguel. Al margen de la crónica roja y del relato testimonial, la obra ofrece un análisis forense al trabajo pericial de identificación humana.

Por último, en “La muerte espera en el andén”, se describen detalles de la balacera y muerte de pasajeros inocentes en un vagón del Metro de Santiago, pormenorizando un hecho sin precedentes en la historia del crimen en Chile.

Ante la obligada pregunta sobre los criterios para la selección de estos siete casos policiales, lo primero es reconocer que la tarea de revisión, análisis y selección de casos fue tan extensa como extenuante, ya que la historia policial registra un sinfín de sucesos fatídicos que merecen volver a escribirse para su estudio y análisis. Se privilegió la clasificación temática de los casos revisados, sus móviles y antecedentes particulares, identificando tres hilos conductores en la selección.

El primero es la intuición policial, presente en las siete entregas de este tomo, reconociéndola como la habilidad detectivesca que no se enseña en los laboratorios de criminalística, en los polígonos de tiro policial ni en las salas de clases. Es una corazonada que nace y madura en el detective, que aprende a observar cuando mira y a escuchar cuando oye. Los ciudadanos comunes transitamos diariamente con cientos de personas sin reconocer en otros al criminal en potencia. El detective lo intuye, lo huele. Ese es su trabajo: identificarlos para esclarecer el delito.

Un segundo hilo conductor es el enigma, la incógnita, el acertijo. Los siete problemas a resolver se confunden entre la escasez de pistas y la presión de los medios de comunicación y de las víctimas que claman información y justicia. Cada caso revela la duda inicial, hacia dónde dar el primer paso de la investigación, complejidad que apela al procedimiento policial, al conocimiento forense y a la intuición del detective.

Y el tercer hilo conductor es la soledad. Esa soledad que frecuentemente gatilla homicidios, presente en los siete casos seleccionados, constituyendo su punto de encuentro. El solitario degollador, falto de cariño, buscó las caricias de una amante furtiva para sentirse amado. La esposa temerosa de quedar sola, ante una supuesta infidelidad de su esposo, optó por solucionar el problema atacando a sus propios hijos. El profesor provinciano que buscó la soledad ante las constantes demandas económicas de su conviviente y su pequeño hijo. El amante de las mascotas encontró en el canino la compañía difícil de encontrar en sus semejantes. El empresario malloíno no tenía carencias económicas, pero siguió el señuelo que le ofrecía el requerido afecto. La pelea carcelaria cristaliza la soledad de los reclusos, en tanto el asesino del tren subterráneo perdió su cordura tras la partida de su madre.

No lo vamos a descubrir ahora, pero lo cierto es que la tecnología actual ha derrumbado las relaciones interpersonales. Las desmorona. Si bien toda comunidad ofrece a sus individuos la sensación vitalmente necesaria de la pertenencia, ante el despiadado consumo de redes sociales digitales pareciera engendrarse soledad. Adolescentes solitarios, matrimonios enfermos, padres y madres que viven solos, ancianos despreciados y empleados con excesivas jornadas laborales sufren aislamiento social, que afecta su percepción de la realidad. Hoy los hijos estamos demasiado ocupados como para visitar o incluso telefonear a nuestros padres.

Empujadas a la locura por el ensordecedor vacío de sus hogares, muchas amas de casa de clase media y alta han entrado en la dinámica del trabajo asalariado para conservar su integridad mental y mantenerse ocupadas. En muchas casas se adquieren mascotas y sus consiguientes bolsas de comida especial, baños y vacunas, solo para romper el silencio de un hogar vacío. La soledad sustenta gran parte de los proyectos de viajes y diversión. La soledad contribuye al consumo de drogas, a generar depresión y en algunos casos a incurrir en homicidios.

Se afirma que con mayor educación, cultura y seguridad se minimizará la criminalidad. Pero son solo apuestas a largo plazo que jamás adormecerán al criminal, ya que portaría en su ADN aquel impulso visceral, escondido. Sirva esta afirmación de justificación en cuanto a la importancia de escribir estas historias, posibilitando el análisis de la conducta humana para anticipar dantescas tragedias. Ante el público de lectores aficionados a los hechos auténticos, invoco a mi favor el valor del conocimiento adquirido en el sitio del suceso por mis alumnos, profesores y peritos. Usted hará la seña de distinción literaria que apelo con esta obra que a continuación comienza.

Este libro se terminó de escribir en febrero de 2019, a setenta años de la creación de la Brigada de Homicidios de la PDI.

C. B.

CRIMEN EN CUSTODIA

* * *

El caso de los tarros lecheros (1963)

El asesinado es también responsable de su propia muerte. Y el robado es también culpable de ser robado. El justo no es inocente de los hechos del malvado. Os hablo con verdad, aunque las palabras pesen duramente sobre vuestros corazones.

Khalil Gibran, El profeta.

En la esquina de calle Yungay con Uruguay se emplaza uno de los monumentos arquitectónicos más bellos de la región de Valparaíso. Diseñado y construido en 1911 por Carlos Federico Claussen, el edificio fue la sede porteña del Banco de Chile hasta 1946, fecha en que el fisco lo adquiere y entrega en comodato a la Prefectura de Valparaíso de la Policía de Investigaciones de Chile.

Esta iniciativa constituyó una de las medidas del gobierno regional por minimizar la proliferación de hechos delictuales, que en esos años asolaban el naciente comercio y turismo en el sector del Mercado Cardonal. Bandidos, cuenteros y criminales sembraron el temor en los cerros de Valparaíso y protagonizaron rojos titulares de la prensa local. Muchas publicaciones actuales redescubren al puerto principal como escenario de homicidios mediáticos, que fueron resueltos bajo la investigación científica y medios de prueba irrefutables, propios de una policía de alto rendimiento.

La publicación Crímenes con historia, de la Universidad de Viña del Mar, por ejemplo, compila sucesos de connotación social que acaecieron en esa región y que alcanzaron impacto nacional (UVM, 2007). En su decena de casos, donde se encuentran “El chino de la moto”, “El loco Mariano”y “El constructor Víctor Moenen”, pena el femicidio del sector de Playa Ancha, que el tiempo no ha sabido borrar de la memoria visual ni olfativa de sus habitantes.

El crimen se huele

Atardece en el viejo cuartel policial de avenida Uruguay. El oficial de guardia Ociel Castro Labarca sintoniza una radio junto al negro teléfono ubicado en el mesón de atención. La guardia nocturna de los viernes siempre ofrece diligencias complejas, pero esa noche se proyecta distinta ante el esperado espectáculo del IV Festival de Viña del Mar 1963. En el escritorio del fondo de la sala, el joven detective Juan Seoane Miranda1 teclea sin compás en su máquina de escribir. Redacta el décimo documento del día, esta vez por una investigación de muerte sospechosa sin culpables por el momento.

“Pareciera ser más importante un show internacional que la seguridad ciudadana. ¿No le parece, inspector Cárdenas?”, le inquirió Seoane al viejo policía, esperando una respuesta optimista. “Espero estar vivo para la creación de la Brigada de Homicidios aquí en Valparaíso”. Las palabras del inspector Hernán Cárdenas Zúñiga resuenan en el alto techo de la sala, evocando las infructíferas gestiones por replicar en el puerto la unidad de homicidios que ya se había creado en Santiago.

En la oscura noche porteña titilan las luces de las casas, adornando los cerros de Valparaíso. El tráfico de vehículos había aumentado y la bohemia se palpitaba en restaurantes, cantinas y boliches. El reloj de la guardia hace rato marcó la medianoche y solo la máquina de escribir de Seoane entorpece la transmisión de Radio Minería, en directo desde Viña del Mar.

Transcurrieron así varias noches. A mediados de marzo una pareja de adultos cruzó la mampara del cuartel y la voz del hombre, con acento argentino, alertó a los oficiales. “Venimos a denunciar a un asesino”. El oficial Castro atendió la denuncia y apuntó ágilmente los antecedentes que el trasandino describía, aún atónito por el macabro descubrimiento.

Raúl Lucero Toledo, apodado “el Che”, nacido en Córdoba, Argentina, denunció el hecho en compañía de Luisa Duarte, su esposa. En sus habituales labores como chofer de taxi, mientras se encontraba en el paradero de Cerro Barón, fue solicitado por un profesor a altas horas de la noche para una particular carrera. Le pidió que lo llevara a su domicilio con un tarro lechero vacío y desde allí que se dirigiera a Viña con el tarro colmado de contrabando. Al llegar al domicilio en calle Chaigneaux, el profesor entró a su casa y el taxista, a causa del trasnoche, lo esperó durmiendo en el auto, tal como su cliente le había sugerido al advertirle que se demoraría algunos minutos en regresar.

Raúl se despertó al momento en que el profesor subía el tarro al asiento trasero. Este le indicó la nueva dirección y enfilaron a la ciudad jardín. Pasado el amanecer llegaron a una modesta casa donde vivía el Crespo Herrera, maestro soldador del taller Uruguay que se ubicaba en el centro de la ciudad, quien conocía al profesor por su oficio de fabricante de juguetes. Le pidió ayuda al soldador para sellar la tapa del tarro lechero, argumentando que debía trasladarlo pronto a Limache, petición a la que accedió a regañadientes por la temprana hora. Así, Raúl los condujo en su taxi hasta el taller del Crespo Herrera. Su cansancio era evidente, pero el dinero que le reportarían esas carreras, incluido el flete a Limache, le vendría bien a su irregular arca financiera.

Tras soldar con dificultad el recipiente, que presentaba su apertura rebajada, el profesor le sinceró a Raúl que no portaba ese día el dinero para viajar a Limache. Ante la avanzada hora de la mañana no podía regresar con el tarro a su casa, porque no habría moradores. Con estas justificaciones, le pidió custodiar el recipiente en el maletero del taxi, a lo que Raúl se negó por tratarse de un vehículo de alquiler. Su sustento dependía del traslado de pasajeros y el tarro molestaría en la cajuela. Así, y solo por el atractivo dividendo de la carrera a Limache, el chofer aceptó custodiar el tarro en su propio domicilio.

Primero lo ubicó en el living de su casa, pero ante la eventualidad de que entraran a robar optó, junto a Luisa, por dejarlo en el dormitorio, a un costado del ropero. El profesor no volvió a aparecer y los días transcurrieron. A casi una semana del encargo empezó a salir un mal olor y creyeron que se trataba de un ratón muerto por las trampas que habían instalado. Abrieron puertas y ventanas para ventilar la habitación. No encontraron nada, pero el olor persistía.

El miércoles 13 de marzo salieron a comer y, al regresar por la noche, volvieron a sentir el mal olor. Repitieron la misma operación para ventilar la pieza, habiendo rebuscado inútilmente de dónde procedía. Al siguiente día, Luisa fue categórica. El olor salía del tarro, por lo que optaron por ubicarlo en el patio, bajo el cobertizo. Rápidamente Raúl se dirigió al domicilio donde el profesor había cargado el recipiente lechero. Golpeó insistentemente la puerta hasta que salió el papá, negando que allí viviera Nicolás. Cuando el chofer le explicó que no se trataba de cobranzas el papá admitió que sí vivía Nicolás, pero que estaba en Limache. No pudo ubicarlo. Dejó el recado de que lo andaba buscando. Ya no le importaba la carrera a Limache, solo quería deshacerse de la extraña encomienda. Fue al taller del Crespo Herrera, pero este ignoraba tanto el paradero del profesor como el contenido del tarro. Sus sospechas comenzaron a inquietarlo.

Ese jueves, Raúl y Luisa salieron de paseo, a la Virgen de Pompeya, y regresaron al atardecer. La pestilencia se sentía desde la calle. Al entrar a su casa, observaron que un débil hilo sanguinolento y aceitoso emanaba desde el tarro. Decidieron reubicarlo sobre un cartón, un saco y un mantel de nylon. Tomaron el recipiente desde las asas y lo dejaron caer pesadamente, desprendiéndose un lado de la tapa que lo cubría. El olor nauseabundo penetró en sus fosas nasales, envolviéndolos en el repugnante y asqueado hedor. Las sospechas de que en su interior hubiera un trozo humano aumentaron. Raúl decidió hacer la denuncia en Investigaciones y Luisa lo acompañó. No quería seguir en compañía de un cadáver en su propia casa.

La perspicacia del inspector Cárdenas

Tras la denuncia, el inspector Cárdenas recibió la instrucción de asumir el caso. En el carro policial, y en compañía del matrimonio, se dirigieron al lugar del hecho, en calle Santa Teresa número 226, de Playa Ancha.

El inspector Cárdenas iba sentado en el puesto de jefe de máquina, junto al conductor y en compañía del detective Seoane. Camino al lugar recordaba innumerables casos de homicidios que supo resolver con éxito, pero reconoció en cada uno de ellos lo difícil que resulta encontrar la primera pista. La demora en encontrar evidencias afecta no solo el curso de la investigación, sino que fomenta la impaciencia tanto de los afectados y los familiares como de los propios investigadores. El caso debían abordarlo rápido antes que la prensa elaborara sus propias conjeturas.

Investigadores y denunciantes se bajaron del vehículo policial e ingresaron a la vivienda. En la parte baja de la propiedad, que da hacia el lado de la quebrada, la tenue luz fijada en el cobertizo alumbraba el sitio del suceso y al siniestro contenedor. El tarro lechero medía 45 centímetros de alto y tenía una circunferencia aproximada de 50 centímetros. Su parte superior parecía haber sido rebajada. Los investigadores, con las manos enguantadas y protegidos con mascarillas, procedieron a destrabar la tapa para inspeccionar el contenido del recipiente. El cerrojo de estaño comenzó a ceder, y a medida que se iba abriendo, el metal de la soldadura constituyó la bisagra de la tapa que rechinó tétrica y triste, como canción mortuoria en el preludio del macabro hallazgo. Luego dejó de chirriar y mantuvo un respetuoso silencio, casi sepulcral, como anunciando el trágico deceso del occiso, acentuado por el penetrante olor a putrefacción. Los horrorizados testigos observaron el cuerpo de un bebé de poco más de un año, cuya cabeza estaba envuelta en una ensangrentada mantita azul.

“Los muertos hablan” se repetía el inspector Cárdenas, recordando una de las premisas más importantes de la criminalística en el sitio del suceso. En la investigación forense un cadáver puede comunicar cómo perdió la vida, dónde, si fue arrastrado desde otro lugar, qué arma usaron para matarlo y si opuso resistencia frente a su muerte. También puede contar la fecha y hora en que murió, las circunstancias meteorológicas y hasta sus rasgos de personalidad. El cadáver “es el único testigo que no miente, porque ya no tiene sentimientos”, se repetía el viejo investigador.

El cadáver del niño, con su cara envuelta en un paño, exhibía sus manos amarradas en la espalda. En esta escena, además, se identificaba un alambre que rodeaba firmemente el cuello del infante. El inusual modo de perpetrar el crimen, con el contrasentido de ocultar el cuerpo inerte de un lactante dentro de un tarro lechero, exigía de los sabuesos policiales el máximo empeño por esclarecer la verdad. Ante la fetidez emanada, que era demasiada, la experiencia del inspector indujo lo peor. “Su madre debe estar debajo”, se dijo a sí mismo. Y estaba.

Ánforas macabras

El persistente hedor que emanaba llamaba la atención de los vecinos, quienes al ver el automóvil de Investigaciones, con sus luces en medio de la noche, difundieron la noticia por quebradas y cerros. Los diligentes policías, en tanto, ubicaron el rígido cadáver del niño sobre una superficie contigua al tarro lechero a fin de examinar sus signos mucosos. Estos se manifestaban “por la desecación a nivel del borde libre de los labios y de las mucosas genitales, de coloración amarronada rojiza o negruzca” (Trezza, 2006: 34-35). La importancia para los investigadores de reconocer estas modificaciones cadavéricas, habituales en neonatos y niños pequeños, fue descartar lesiones producidas por abuso sexual.

Con asombro comprobaron que al interior del tarro lechero se encontraba el torso superior de una mujer con la cabeza hacia abajo, más un cuchillo de mesa con empuñadura verde. El homicida dejó ropa y una frazada al interior del recipiente, creyendo quizás que necesitarían abrigarse cuando debieran cruzar los ignotos terrenos del más allá. El trasandino, dueño de casa, solícito informó la dirección del profesor, lugar al que una patrulla a cargo del inspector Jaime Herrera Villegas, en compañía del detective Franklin Quijada Torres, se dirigió con imperiosa premura. Se presumía que allí estaban las piezas faltantes de este negro puzle policial.

En la calle Chaigneaux 564, de Cerro Barón, vivían los padres del profesor. La casa se ubicaba en la parte principal del terreno, orientada hacia la calle. El patio central luce un parrón que alcanza el fondo del sitio, en cuyo costado se emplaza una construcción de material ligero con cuatro piezas. En la última habitación vivía el hombre que la policía buscaba.

Previo al ingreso de los investigadores a la vivienda, el panorama es incierto. El paradero del profesor es una incógnita y el desconocimiento de antecedentes por parte de los padres es evidente. El profesor huyó y su ubicación era desconocida (Erlandsen, 2006). Solo se podría predecir las características del sujeto y el contexto del crimen a partir de la descripción e interpretación de su habitación. Con el consentimiento de su madre ante la orden judicial, descerrajan la puerta de la modesta pieza y la impronta del profesor queda develada ante sus ojos.

Reconstruir el pasado a partir de las huellas del presente era la consigna. Eso bien lo sabía el inspector Herrera Villegas. Cada accesorio, cada marca, cada detalle debía ser analizado con el mismo interés con que horas atrás el inspector Cárdenas inspeccionó la macabra ánfora que contenía al bebé y a la mujer. Por insignificante y nimio que algún elemento parezca, este puede brindar una evidencia determinante, tanto para la investigación criminal como para el procedimiento y juicio penal.

El sol madrugador de marzo en el litoral no entibiaba el gélido escenario, y el desorden del cubículo que los investigadores tenían enfrente no facilitaba la tarea de determinar un punto de partida para el análisis. El tiempo parecía detenido y el descuido en el orden y en la limpieza dio cuenta de un sujeto desaseado. La desorganización, especialmente en ropa de cama y ropa de guagua, junto a herramientas, utensilios y otros accesorios, sugerían el aspecto de un morador carente de amor propio. Para cualquier ojo humano no había huellas que evidenciaran allí la consumación de un crimen, pero en aquella espartana habitación el inspector Cárdenas había depositado en su compañero, el inspector Herrera Villegas, el desafío de calzar las piezas faltantes de este funesto rompecabezas.

Junto al muro se hallan dos catres grandes (uno café y otro blanco), un mueble de cocina y una mesa chica. Sobre una cama hay una maleta abierta con algunas prendas en su interior. Detrás de los catres hacia la cabecera hay un balde con agua. El piso de madera se observa lavado, raspado y húmedo. El tono blanquizco que se proyecta hacia la bajada de cama se contrapone al color del resto de las tablas del suelo de polvorienta apariencia. El sagaz inspector olfatea lo que allí había sucedido. El inspector Herrera debía responder a las expectativas depositadas en él por el viejo Cárdenas. Al levantar las tablas se observa, a simple vista, sin microscopio, escurrimiento de sangre en las junturas que cubría buena parte de los maderos.

Este crucial hallazgo fue la antesala de un descubrimiento mayor. En el mueble de cocina se observa una cuchara y un tenedor con empuñadura verde, y entre el catre y el mueble de cocina descubren un nuevo tarro lechero. El recipiente, celoso guardador del mortal secreto del homicida, es de las mismas características que el encontrado en la vivienda del denunciante, pero este no está rebajado. Se encuentra cerrado herméticamente y sellado con pasta de piroxilina. Al abrirlo fuera de la habitación “desprende un olor nauseabundo y se advierte, dentro de él, ropas y pedazos de carne humana en avanzado estado de descomposición” (PDI, 2009: 2).

El inspector Herrera Villegas le comunica al viejo Cárdenas que en la pieza se encontró un trozo de alambre galvanizado, de dos metros de longitud, junto a utensilios de cocina de similares características al cuchillo que estaba dentro del primer recipiente y una sierra.También le informa que los restos humanos encontrados en el segundo tarro lechero se encuentran putrefactos y han sido colocados a presión, empujándolos fuertemente con algún elemento pesado. Tras ocultarlos se han hinchado por efectos de la descomposición y, tanto por la rígida disposición de restos humanos como por el hecho de que los investigadores no portaban equipamiento para inspeccionar un segundo contenedor, fue difícil sacarlos en el lugar. En su interior contenía una extremidad inferior femenina completa y otra cercenada en tres partes disímiles.

El inspector Cárdenas, sabueso ducho en materia forense, debió contener sus emociones. A pesar de su experiencia en homicidios, entereza y temple, en él emergió el padre y el ciudadano, que por su incólume naturaleza humana reprocha las deleznables consecuencias de una mente desquiciada ¿Quién es el sujeto detrás de este macabro crimen? ¿Qué razones lo llevaron a cometer tan horrendo homicidio? ¿Cómo puede el homicida portar la noble vocación docente? Fueron algunas de las preguntas que espontáneamente despuntaron respecto al escurridizo criminal.

Entre la pizarra y la botella

Nicolás Alberto Arancibia Muñoz es chileno natural de Arica. Nació el 26 de octubre de 1932, con 30 años a 1963. Es hijo de Arturo Arancibia, alcohólico y de oficios esporádicos, y de Irene Muñoz, madre de carácter autoritario. Desde niño Nicolás depende afectivamente de su mamá. Cuando esta jubiló, recibió el dinero y adquirió su vivienda en calle Chaigneaux, en Cerro Barón. Inscribió la propiedad a nombre de todos sus hijos, ya que su deseo es que al morir la hereden ellos y no su esposo, que nunca trabajó en nada y que, por su adicción al alcohol, podría aprovecharse del dinero de la venta del inmueble.

Nicolás no presenta problemas psiquiátricos, a pesar de tener un hermano con una anomalía severa y antecedentes de cuadros de delirio de persecución enfocados en su abuela materna. Su aspecto se presenta descuidado, con evidente abandono personal. Su rostro es inexpresivo y sus cabellos son largos y desordenados. Es un sujeto alto, macizo y rubio, desprolijo en su afeitar y viste frecuentemente un terno celeste a rayas que acompaña regularmente con una llamativa camisa rosada. Desde muy joven ha trabajado, siendo obrero durante tres años. Durante dos años estudió Pedagogía en la Escuela Normal de Viña del Mar, paralelamente a su trabajo en la construcción.

Tras titularse como profesor primario y ser destinado a la ciudad de Los Andes, se casó el 19 de octubre de 1956, a la edad de 24 años, con Adriana Villarroel Fuentes, a quien conoció mientras estudiaba. Adriana es dos años mayor que él y es practicante. Junto a ella se trasladó a Los Andes, donde trabajó durante dos años. Luego se mudaron a Limache, lugar donde ejerció la docencia en la Escuela Quinta N° 100, en Lo Gamboa, permaneciendo allí solo cuatro años, para luego trasladarse a Valparaíso y posteriormente a Illapel, donde se desempeñó un año en cada colegio. Nicolás descarta que esta falta de estabilidad laboral se deba a su falta de compromiso, atribuyéndolo a su esposa, quien “se quejaba de la falta de comodidad en los pueblos pequeños, instándolo permanentemente a solicitar nuevas destinaciones” (informe psiquiátrico).

De esta manera, en su desempeño laboral Nicolás denota inestabilidad y falta de pertenencia. Acostumbraba a vestir desaseado, con su terno celeste pálido y desteñido, y con frecuencia se le veía ebrio. Según palabras de su propia esposa, el profesor Arancibia es de mal carácter, retraído y muy poco comunicativo. Siempre opta por resolver individualmente sus problemas. Con Adriana tuvieron a Vivian, su primera hija, al tiempo que le pidió estar un momento solo en otra ciudad. Una mañana llegó la esposa con la hija y él estaba con resaca tras una noche de juerga. Despertó de mal humor y golpeó a su esposa. Adriana se marchó con la promesa de no volver a verlo.Tras el perdón, volvieron a vivir juntos y tuvieron a Sandra, su segunda hija, pero la violencia fue reiterada y la unión se tornó dañina. Una golpiza la dejó con parálisis facial, sin que Adriana consignara la denuncia. Por aquel tiempo arrendaban en Limache, en una pensión en Lo Gamboa S/N, en casa de Rosa Ahumada, cuidada por la señora Aurora Córdova. La nieta de la pensionista, la joven Aurora del Tránsito, de primorosos 17 años, le ayudaba a cuidar a la niña a raíz de las lesiones que Adriana tenía, generando una mutua compañía entre ambas.

La esposa del profesor notó una furtiva amistad entre su marido y la joven Aurora, pero no le dio mayor importancia, ya que solo quería volver a Valparaíso con su familia. Adriana anhelaba dejar de exponerse a la violencia de Nicolás y este deseaba formalizar su relación con la joven Aurora. De hecho, el mismo Nicolás gestionó el camión para mudar a su esposa a Valparaíso.

Nicolás y Adriana se separan tras cuatro años de convivencia, con el antecedente de haberse separado tres veces en ese tiempo. Acordó pagarle 30.000 pesos mensuales, pero este compromiso lo cumplió solo los dos primeros meses, en octubre y en noviembre de 1960, faltando a su palabra llegado diciembre. Ante ello, Adriana recurrió a la Dirección Escolar y después al Juzgado de Menores, logrando que al profesor se le descontara mensualmente el 50% de su sueldo, monto que alcanzó inicialmente la suma de 60.000 pesos y luego 75.000. Arancibia alegó que se separó por infidelidad comprobada de su esposa, y que a la fecha ella realizaba “labores del sexo”, asegurando estipendios mensuales para el cuidado de sus hijas. Lo cierto es que el descuento fue inapelable, asumiendo así su nueva y complicada situación económica. Se mudó con la joven Aurora a una pensión más barata para luego volver donde sus padres, solicitando su traslado a una escuela en Valparaíso.

La joven Aurora

Aurora del Tránsito Vicencio Schiappacasse nació el 4 de septiembre de 1943. Es hija de Aida Schiappacasse Córdova, prostituta de Valparaíso, domiciliada en calle Urrutia de Cerro Polanco, y de Horacio Vicencio. El padre no la reconoció, pero la madre insistió en que se consignara el apellido del papá. Ello le generó confusión en cuanto a su nombre real, pues desde pequeña fue llamada con ambos apellidos por separado2.

La joven Aurora quedó a cargo de su abuela materna Aurora Córdova Cabrera, quién vivía en Lo Gamboa, en Limache. Desde pequeña colaboró en las tareas de la pensión y en la atención de los pensionistas.

A pesar de ello Aurora tuvo poco roce social y al conocer a Nicolás se sintió poderosamente atraída por él, jurándole amor eterno, dispuesta a hacer juntos una vida marital. Cuando su madre Aida supo de la amistad entre su hija Aurora y Nicolás, le negó esa relación, porque sabía que él era casado. Pero la niña encaprichada siguió a escondidas con el clandestino amor. Cuando la abuela Aurora se enteró del romance lo mandó a llamar para aclarar la situación. Nicolás le aseguró que pretendía casarse con Aurora, si Adriana le daba la nulidad, y las cosas quedaron así.

Cuando Aurora quedó embarazada, Nicolás quiso llevársela, pero no la dejaban salir con él. Argumentó que la quería sacar para alimentarla mejor, ya que estaba débil, pero la familia llegó al extremo de hablar con un juez, quién ordenó que “por ningún motivo saliera de la casa, ya que Nicolás se la podía llevar”. Un día, mientras la abuela no estaba, Nicolás y Aurora huyeron a Illapel y nunca más volvió a ver a su madre, ni Adriana pudo conocer a su nieto (declaración policial de la madre).

Así, se mudaron a una pieza en el Camino Troncal que va a Olmué, lugar en que ocurrió el nacimiento del pequeño Percy Rosendo, el 10 de octubre de 1961. Pasaron dos meses antes de inscribirlo en el Registro Civil, ya que Aurora, como se ha dicho, no sabía cómo se apellidaba realmente. Firmaba como Aurora Schiappacasse, pero en el certificado de nacimiento había una nota aclaratoria que, a pedido de la madre, consignaba el apellido Vicencio como paterno.

Al mes de nacido el pequeño Percy, a Nicolás le llegó su destinación a una escuela de Illapel, lugar al que se fue junto a Aurora y su hijo en marzo del año siguiente, previo al inicio del año escolar. El profesor Arancibia empeoró sus problemas económicos, junto a sus problemas de alcoholismo y comportamiento violento. Si bien intentó cursar una vida nueva junto a Aurora y su pequeño hijo, nunca supo enmendar su destino.

Sin salida

Solo estuvo dos meses en Illapel, lugar donde además de los serios problemas económicos tuvo divergencias con la directora Armelinda Soto, una profesional estricta que lo reprendió por su habitual afición a las bebidas alcohólicas y por su aspecto desaseado. Así, en mayo volvió a Val-paraíso, junto a Aurora y su pequeño hijo de cinco meses, argumentando un aparente error en el documento de traslado y apelando al apoyo de su madre para salir adelante. Sus padres, con evidente reticencia a su relación con la joven Aurora, no los recibieron en la misma casa, sino que les ofrecieron ocupar la pieza del fondo, junto a las otras piezas arrendadas, para, aparentemente, otorgarles mayor autonomía.

Sin empleo fijo, Nicolás asumió trabajos esporádicos en el puerto, cumpliendo diversas tareas y oficios, entre las que destaca fabricar juguetes. Tras gestionar una nueva destinación en la Dirección Escolar, y tras la negativa de la directora Soto de volver a recibirlo en Illapel, consiguió su orden momentánea de traslado al puerto, para cumplir funciones en la Escuela N° 34 de avenida O’Higgins. Pese a ello, sus necesidades eran demasiadas y su situación económica era cada vez peor.

En octubre se normalizó la documentación relativa a su traslado a Illapel, pero ante la pobre situación económica no pudo materializar su viaje al norte del país. Le envió una carta a su exesposa pidiéndole la nulidad del matrimonio, pues manifestó estar “enamorado de una niña”. Ante la negativa de Adriana, pidió dos meses sin goce de sueldo, privándola así de las mensualidades que religiosamente recibía. Durante ese tiempo mantuvo a Aurora y Percy con trabajos particulares, entre ellos la fabricación de juguetes. Estos los confeccionaba con apoyo del Garaje Uruguay, en calle Uruguay 367, donde obtenía moldes didácticos y luego remataba los diseños con ayuda de un alicate y apresto de piroxilina.

Su hermana menor Leontina sintió la misma vocación por la pedagogía y cursó la misma profesión que su hermano. En junio del año 1962, Leontina vivía junto a sus padres en la modesta casa del puerto donde recuerda cuando vio regresar a Nicolás pidiendo ayuda. Las carencias económicas y afectivas de Nicolás y Aurora detonaban frecuentes peleas, evidentemente notorias desde el otro lado del patio, donde se escuchaban los gritos y los golpes. A juicio de Leontina “las peleas menudiaron y en algunas oportunidades hubimos de intervenir (sic), ya que estas habían llegado a terreno peligroso” (PDI, 2009: 5). Se hizo evidente la falta de unión en la pareja. Nicolás manifestaba que Aurora demostraba poco interés para las labores de casa, y él, en tanto, sin ocupación ni estabilidad laboral, y frecuentemente bebido, no aportaba ingresos al hogar.

En enero de 1963 dejaron de remitirle la mensualidad a Adriana. Con un segundo fracaso de convivencia a cuestas, Nicolás buscaba una nueva salida. Proyectó viajar a fin de año a Illapel, libre de presiones externas, ya que “pensaba deshacerme de Aurora y del niño, cuya presencia se me estaba haciendo insoportable (…) en varias oportunidades traté de separarme de ellos, pero Aurora me lo impedía con ruegos y exigencias de las que finalmente me sentí hastiado” (PDI, 2009: 5). En esta determinación “influyó también, y en gran forma, la precaria situación económica por la que atravesaba y de la que no podía sobreponerme, por sentirme prácticamente atado por Aurora y su hijo (…) en forma preponderante influyó en esta actitud mía, mi propia madre que no soportaba a Aurora en su casa y le hacía la vida imposible” (PDI, 2009: 5).

Considerando la lentitud de los procedimientos administrativos a mediados del siglo pasado, tras autorizar los dos meses sin goce de sueldo, sus remuneraciones no se vieron afectadas a fines de 1962, pero en la escuela de Illapel se recibió la orden de descontárselo de su sueldo en enero y febrero. De esta manera, marzo lo recibió sin dinero y con dos bocas desamparadas. Ello reafirmó su decisión de deshacerse de Aurora y del pequeño Percy.

Optó por trasladarse a Illapel junto a su mujer y su hijo, lugar donde sería más fácil librarse de ellos y ejercer su cargo como docente libre de apuros económicos. Pocas veces se le vio regresar, salvo en pequeñas ocasiones donde iba en busca de algunas pertenencias en compañía de Aurora. Nadie sabía lo que hacía al interior de la pieza y al retirarse siempre tenía la precaución de dejarla con llave.

Aurora, de amor limpio e incondicional, siempre acompañaba a Nicolás, a todos lados. Él trataba de darle su espacio para así también tomar el propio, pero ella siempre lo seguía. En repetidas ocasiones Aurora le manifestó que no se separaría jamás de él y eso lo ahogaba.

Aurora al alba

Con esta idea maquinándose en su cabeza, el 15 de febrero de 1963 Nicolás adquirió un tarro lechero en la compraventa de metales de calle Rawson. Conocía las características herméticas de este tipo de contenedores, cuya utilidad le permitiría esconder el crimen. Para que sus vecinos y familiares no lo vieran llegar con este adminículo, lo envolvió en papel café y esperó hasta altas horas de la madrugada para llegar a casa sin ser descubierto. Solo Aurora, inocente y pueril, se sorprendió por ver llegar a Nicolás con este tarro de gran tamaño, quien le habría explicado “es para hacer una compresora de aire”, en circunstancias que se trataba de la primera parte de su plan. Solo faltaba ejecutar las desapariciones.

El domingo 3 de marzo, Nicolás intentó dejar a Aurora donde su abuelita en Limache valiéndose de mentiras, pretextos y raras insinuaciones. Trató de dejarla allá, pero no la pudo convencer con sus falsas expectativas. Lo cierto es que en casa de su abuela “habían puras calamidades y la misma falta de medios de subsistencia”, según lo declaró el propio Nicolás (PDI, 2009: 6). Optó así por regresar a la pieza que le ofrecían sus padres y esperar el momento.

El miércoles 6 de marzo, Nicolás llegó a casa pasada la una de la madrugada, con evidente hálito alcohólico. Se acostó junto a Aurora y discutieron los mismos problemas de siempre. Tratando de encontrar una solución a sus dificultades, ella lo abrazó y le reiteró cuánto lo amaba, diciéndole que la única forma en que se podrían separar sería matándola. En palabras de Nicolás, Aurora incluso le habría manifestado en reiteradas ocasiones que le comprara veneno para ingerirlo y suministrarle también al pequeño Percy.

A las cinco de la mañana, volvió a manifestarle lo mismo, agregando que sabía las intenciones de Nicolás de quitarle la vida, envalentonándolo a proceder con su macabro plan. Como su brazo estaba alrededor de su cuello, lo apretó haciendo palanca entre el brazo y el antebrazo, hasta que la reconoció muerta. Ella nada hizo por defenderse.

De esta manera, Nicolás había eliminado un problema, pero restaba el otro. Fue hasta el catre blanco, donde dormía Percy, y, tratando de no mirarlo, volteó su cabeza hacia la ventana y apretó su cuello con su mano izquierda. Mientras ejecutaba la asfixia sintió que el niño pataleaba un poco, ante lo cual lo apretó con las dos manos. Luego, nada más. “En un lapso de 30 minutos había eliminado a mi mujer y al niño” (declaración de Nicolás Arancibia).

En la oscura soledad de la pieza, entre las 05:30 y 09:30 horas, se quedó junto a los cuerpos inertes de su esposa y su hijo. Para asegurarse del deceso, descolgó el alambre que cruzaba la habitación cumpliendo la función de tendedero de ropa, y premunido del mismo alicate que usara para construir juguetes fabricó un vínculo de doble hebra metálica galvanizada y lo ubicó alrededor del cuello del pequeño Percy. Giró varias veces el alicate, tornando el alambre en terrorífica horca, hasta asegurarse de que el oxígeno no volviera a ingresar a sus pulmones. Lo mismo hizo en el cuello de Aurora.

En cuanto se fue su vecina de pieza, Luisa Carrasco Gatica, continuó con su siniestro plan. Intentó introducir el cuerpo de Aurora en el tarro lechero, comprobando que no cabía completo. Debió así modificar su plan y cercenó el cuerpo de Aurora por la mitad. Primero lo intentó con un cuchillo de mesa, pero ante lo difícil de la tarea, al tropezar con el hueso de la espina dorsal, que tampoco pudo quebrar con las manos, probó con una sierra que sacó a hurtadillas desde la pieza de su padre. Efectuado el corte, y procurando mantener la parte superior boca abajo para evitar el derramamiento de vísceras, introdujo en el recipiente la parte superior de Aurora y en el pequeño espacio que quedaba colocó a Percy. La tarea fue difícil por la rigidez de los cuerpos, por lo que tuvo que amarrar los brazos de Percy a la espalda. Cubrió su cabeza con una mantilla y tapó todo con una frazada azul, como queriendo protegerlo cuando cruzara el umbral celestial.

Tras ocultar bajo la cama los restos inferiores del cadáver de Aurora, la tarea del día fue adquirir un nuevo tarro lechero para esconder el resto. Lo compró en el mismo negocio de la calle Rawson y lo dejó en custodia en un restaurante de esa misma calle. Cerca de las 21:00 horas, y comprobando que no había testigos, retiró el tarro y se fue donde el Che, conocido taxista del Cerro Barón. Le pidió que lo trasladara a su casa para cargar el tarro con aparente contrabando, pero ese día había una paralización de vehículos de alquiler en el marco de las actividades y campañas presidenciales, por lo que debía esperar hasta la madrugada. Con ese acuerdo, guardaron el tarro lechero en el portamaletas.

El taxista tenía una actividad lúdica con sus amigos, y al ver a Nicolás solo en la garita esperando el momento para cursar la carrera lo invitó a divertirse juntos en la “Boite la Rueda” de Viña del Mar. La parranda comenzó a las 23:00 horas y se extendió hasta las tres de la madrugada. Medio despierto y medio dormido, enfilaron a la casa del profesor. Al llegar, Nicolás entró con el tarro vacío para cargarlo con el resto del cadáver que tenía escondido bajo el catre, y así llevaría los dos recipientes a Limache, donde sería más fácil enterrarlos en cualquier lugar despoblado.

Mientras el taxista dormía en su auto estacionado en la calle, Nicolás se esforzaba en ocultar las rígidas piernas dentro del recipiente.

Como este no estaba rebajado en la estrecha apertura, no pudo concretar sus intenciones, ante lo cual decidió trasladar únicamente el tarro lechero que cargó en la mañana, modificando su plan y aumentando la espera.

A las 05:30 horas se dirigió a Viña junto al Che”, en dirección a la casa de Exson Herrera, alias “el Crespo”. Él era soldador en el Garaje Uruguay, a quien conoció cuando fabricaba juguetes. El Crespo Herrera fue el mismo que acondicionó el tarro para rebajar la apertura. Por llegar de amanecida, esperó hasta las 07:00 horas para golpear la puerta. Le pidió finalizar el trabajo que ya habían comenzado y en el mismo taxi se fueron hasta el taller.El Crespo Herrera y “del Che”se fueron en los asientos de adelante, y en el asiento trasero se fue el profesor, abrazando el tarro que contenía los cadáveres de Aurora y de su hijo Percy.

Finalizado el cierre hermético del tarro lechero, Nicolás salió del taller, debiéndole al Crespo Herrera el antiguo trabajo del rebaje más la soldadura de la mañana. Volvió a Valparaíso con el chofer y le pidió que guardara el tarro en el portamaletas. Como el Che trabajaba con el auto, le dijo que no podía. Ante ello el chofer le ofreció dejarlo en su propia casa por lo atractivo del flete. No fue una decisión acertada.

El chofer le cobró 30 escudos por todos los traslados, dinero que Nicolás no portaba. Durante el día se dedicó a recabar ese monto, consiguiendo solo la mitad, que entregó al chofer cerca de las 19:00 horas de aquel jueves 7 de marzo. Nicolás regresó a su casa y “a fin de evitar que me preguntaran nada, llegué haciéndome el curado, lo cual me era fácil hacerlo porque yo había estudiado teatro” (declaración de Nicolás Arancibia). Se metió al interior de su pieza y se recostó en el catre, sobre los restos de Aurora que yacían bajo la cama. Si bien expelían un mal olor, tras algunos minutos pudo conciliar el sueño y se durmió hasta el día siguiente.

El viernes 8 se levantó a las 07:00 horas. A las nueve salió a comprar una sierra nueva. Como no conocía sus dimensiones,adquirió una grande y una chica. A las 10:00 horas regresó a su habitación y cercenó una pierna a la altura de la pelvis, introduciéndola en el tarro lechero no sin problemas. La otra extremidad la cercenó en tres partes a fin de maximizar el espacio disponible en el contenedor de lácteo. Antes de cerrar el tarro, ajustando la tapa con pernos y con apresto de piroxilina, el mismo que usaba para construir juguetes, introdujo en su interior una frazada, una mantilla y una blusa, todas manchadas con sangre. Finalmente, y dando cuenta de su frialdad, regó el piso de madera, restregando las manchas de sangre en las tablas, y luego lo refregó con tierra del jardín. El tarro quedó ubicado tras la puerta.

En casa de sus padres, su madre le sirvió un plato de caldo y dos huevos, que se comió con repugnancia porque el gusto era parecido al olor del contenido del tarro. “¿Y cómo está mi nieto?”, le preguntó su mamá. “Está con Aurora en Limache”, respondió el miserable profesor.

Mientras, el chofer esperaba por el pago pendiente. Pasó el jueves, el viernes, el sábado y el domingo. Del tacho aún no salía olor, aunque lo cierto es que esas noches, sin saberlo, y durante más de una semana completa, Raúl y Luisa compartieron su habitación matrimonial con dos cadáveres. El lunes, Nicolás se apareció por la casa. Pagó la deuda, pero a pesar de la insistencia del chofer no se llevó el tarro. Se comprometió a retirarlo durante los próximos días mientras se conseguía una camioneta.

Leche cortada

La prensa publicó ampliamente la noticia del crimen, alimentando en la gente el deseo de venganza contra el parricida.

Se ordenó un punto fijo en la casa de sus padres y en la casa de su cónyuge legítima. En cosa de horas la Policía de Investigaciones detuvo al profesor, en calle República frente a la Municipalidad de Limache, cuando ya tenía conseguida una camioneta para transportar los tarros e iniciaba su regreso a Valparaíso. Fue detenido por los investigadores policiales Hernán Cárdenas Zúñiga, Juan Seoane Miranda, Dunny Casanova Zúñiga, Fernando Vielma Cabrera y Óscar Ortiz Veloz (PDI, 2009: 5).

El doble homicida fue trasladado a la Prefectura de Valparaíso, “donde los detectives debieron luchar con una multitud que pretendía hacer justicia por sus propias manos” (Riquelme & Küpfer, 2018: 8). Tras la detención confesó su culpabilidad en los hechos.

En relación con el homicidio, los investigadores procedieron a entrevistar a Exson Roberto Herrera Herrera, alias “el Crespo”, chileno natural de Viña del Mar, 34 años, soltero. Es mecánico tornero, lee y escribe, domiciliado en calle Ladera N° 2612, en Chorrillos. Declaró que hace aproximadamente un mes a la fecha llegó a su taller un señor alto, medio rubio y de cara colorada, vistiendo un terno celeste desteñido. Pidió que le cortara, debajo del cuello, la apertura a un tarro lechero de 50 litros, y le hiciera una tapa con pernos y tuercas que se llevó una vez que el trabajo estuvo terminado. Antes de irse le manifestó que volvería más adelante para que le soldara la tapa, pues iba a trasladar algo muy delicado a una parte lejana. El día 6 de marzo llegó nuevamente para pedirle soldar de inmediato la tapa al tarro que andaba trayendo en la maleta del automóvil. Antes de empezar el trabajo le preguntó si podía inclinar el envase, pero se negó terminantemente a ello. También le consultó si el contenido era algo explosivo, pues en contacto con la soldadura podía estallar, a lo que le respondió “es algo muy delicado”. El trabajo lo terminó en aproximadamente una hora, y se lo llevó en el taxi, colocándolo verticalmente en la maleta. Quedó de regresar el sábado para cancelar el precio del trabajo, pero nunca más volvió a saber de él, hasta ahora.

Rueda de presos y reconstitución de escena

Esta declaración, junto a la de Lucero y la de los padres, acercó a los investigadores al entendimiento del hecho. Esclarecer la verdad se facilita “cuando el crimen cuenta con testigos presenciales, susceptibles de emitir un testimonio objetivo” (Tuane, 1988: 206). Junto a ello, y para dar sustento al procedimiento policial, se ordenó practicar un “reconocimiento en rueda de presos”3. Así, con asistencia de siete reos de físico parecido, Arancibia ocupó el tercer lugar de la fila en la sombría sala del cuartel Uruguay. El Crespo lo apuntó con el dedo, afirmando que él le pidió soldar el tarro lechero. Ambos, criminal y testigo, firmaron el acta de la diligencia.

La misma situación se aplicó con el taxista Raúl Lucero. Tras ordenar que se practicara un reconocimiento en rueda de presos, con asistencia de ocho reos de características exteriores parecidas, Arancibia se ubicó próximo al centro de la fila. El Che lo apuntó con el dedo, afirmando que él le pidió dejar el tarro lechero en su casa. Ambos firmaron el acta de la diligencia. Su culpabilidad era irrefutable.

En la reconstitución de escena el profesor portaba la misma camisa clara con la que fue detenido, como si esa prenda de vestir diera algún signo de distinción a su labor profesional, lúgubremente manchada con sus antecedentes de alcoholización, violencia intrafamiliar y parricidio.

La reconstitución se dio en una jornada marcada por la ira espontánea de la comunidad. Hubo gente que se subió al tejado para presenciar detalles de la reconstitución de escena, sacando fotos del criminal con la policía; ante esto, los carabineros que apoyaban el acto tuvieron que impedir que la gente se subiera a los techos.

Como si el destino se confabulara en contra del parricida, la canción ganadora de la “Lira de Oro”, en la competencia folclórica del IV Festival de Viña del Mar 1963, fue “Álamo huacho”, de Clara Solovera, interpretada por Los Huasos Quincheros. Mientras se desarrolló la reconstitución de escena, los sones se oían desde una casa vecina, repitiendo su estribillo:

Alamito, álamo huacho,

solitario en el camino,

igual como tú estoy solo,

frente a frente a mi destino.

Durante el proceso, Nicolás demostró una frialdad imperturbable. Sin muestras de arrepentimiento, en sus declaraciones manifestó: “creo que el hecho de haberme fallado todo esto, se debió a un error mío, según me he podido explicar últimamente, de que el primer tarro que dejé en la casa de Lucero, quedó mal soldado y de lo cual yo no me percaté, habiendo quedado algún orificio por donde escapó emanaciones de los cadáveres en descomposición” (PDI, 2009: 7). Sus lóbregas confesiones traspasan la culpa al soldador y a la falta de dinero, ya que de tener el monto necesario hubiera trasladado anticipadamente el tarro a algún otro lugar para enterrarlo. Estos elementos constituyen un antecedente de indudable aporte a la correcta aplicación de la justicia, pues “cuando el autor de un homicidio confiesa, es fácil de comprender la explicación de su acto delictual o es deducible de su relato” (Tuane, 1988: 206).

En su declaración continuó con la misma parsimonia, afirmando que “si he llegado a cometer estos delitos se ha debido a culpa de mi madre y al hecho de mi mala situación económica”. Lo anterior lo fundamenta textualmente por cuanto “si mi madre me hubiera soportado a mi conviviente en su casa y no la hubiera corrido como lo hizo muchas veces, yo no me hubiera visto arrastrado a esta situación, pues yo quería mucho a la Aurora Vicencio y a mi hijo Percy Arancibia. Yo digo que este era mi hijo aunque mi madre me decía que no era hijo mío, pero yo estoy absolutamente seguro de ello porque nadie mejor que yo puedo saberlo, dada la forma como ocurrió la primera vez que tuve relaciones con la Aurora Vicencio, quedando esta de inmediato embarazada” (PDI, 2009: 7).

Si bien se reconoce que en un crimen se puede producir una des-conexión del homicida con la realidad, por una alteración de conciencia o distorsión cognitiva, donde, aunque sea por efímeros instantes, el sujeto bien podría caer en una especie de locura o reacción psicótica, esta crueldad no siempre forma parte de estos estados de conciencia alterados. Este caso es claro ejemplo de ello, pues llama poderosamente la atención la falta de sensibilidad con que el profesor Arancibia narra los pormenores del parricidio y homicidio. Con evidente tranquilidad y cinismo, según relata la noticia un diario provinciano, “dio diferentes versiones como móvil del terrible hecho, entre ellas, dificultades económicas, celos o incompatibilidades de caracteres. En ningún momento dio muestras de sentirse arrepentido y solo se limitó a agregar que pensaba ocultar los tarros lecheros para iniciar una nueva vida” (Riquelme & Küpfer, 2018: 8).

Con los antecedentes recabados por la policía civil, se reconoce que una situación económica compleja gatilló en la psiquis del criminal los homicidios por sofocación y posterior desmembramiento. También se evidencian conflictos sentimentales, con notoria ausencia de amor hacia su pareja y hacia su primogénito. Asimismo, su modo de operar,“por muy complejo que este haya sido, se desprende de la propia versión del inculpado” (Tuane, 1988: 206).

Informe neuro-psiquiátrico

La conclusión de la autopsia fue terminante: la causa precisa y necesaria de la muerte de ambos autopsiados se debe a asfixia por estrangulamiento practicado por tercera persona, utilizando trozos de alambres de fierro estañado. En otras palabras, Aurora y Percy perdieron su vida al ser ahorcados por el criminal.

Con fecha 20 de enero de 1964, se emite el informe médico desde el Instituto Médico Legal Dr. Carlos Ybar. A fin de determinar si se encontraba loco o demente en el momento de cometer el delito, o privado totalmente de la razón por cualquier causa independiente de su voluntad4, fue examinado por el doctor Jacobo Pasmanik Guiñerman, el doctor Alfonso Claps Gallo, el doctor Raúl Aranda (electroencefalografista) y la psicóloga Liana Ortiz. En las entrevistas, Nicolás se declara mujeriego e inestable en sus afectos, alcohólico excesivo e irregular (Informe neuro-psiquiátrico forense N° 265/63).

Manifiesta que se encontraba bebido al momento del crimen. Habría ingerido ¾ de una botella de ron, y su equilibrio nervioso se había alterado por las urgencias económicas e inseguridad laboral. Se sentía sometido a la continua presión negativa de su madre, especialmente en relación con la presencia de su conviviente en la casa. Su madre se oponía a ella. Él trató de separarse de ella, pero no pudo. Ella le insistía que solo con la muerte podrían separarse (Informe neuro-psiquiátrico forense N° 265/63).

El test de Rorschach arroja rasgos de personalidad psicopática esquizoide, egocentrismo y una acentuadísima carga angustiosa. Se observan además ciertos rasgos depresivos y agresividad reprimida. La conclusión del informe es clara: “el acto delictual se explica en relación a su condición psicopática esquizoide facilitada por la ingestión excesiva de alcohol. Lo anterior no implica que haya actuado privado del uso de razón” (Informe neuro-psiquiátrico forense N°265/63).

El delito cometido constituye la culminación de su largo proceso de agresividad creciente y reprimida, desarrollada en respuesta a insatisfacciones afectivas y dificultades económicas. El alcohol ha contribuido al estallido, verbigracia, a la puesta en marcha del proceso, facilitando la liberación de la agresividad, pero sin llegar a comprometer ni el sensorio ni la capacidad volitiva de Nicolás Arancibia. En conjunto, la conducta criminal de Nicolás se encuadra dentro de las características de frialdad afectiva, temeridad indiferente y embotamiento ético propio de los psicópatas esquizoides.

La defensa de Nicolás gestionó un segundo informe, a cargo de los médicos psiquiatras de Valparaíso Luis Acevedo Castillo y Alberto Robinson Nebel. En él, y en contraposición al informe neuro-psiquiátrico, Nicolás padece de síndrome epileptiforme de localización témporo-occipital (pensamiento forzado, alucinaciones hipnagógicas, visuales y auditivas, dreamy-estates, tipo de pensamiento viscoso, circunstancial, que según Penfield y Fischer son típicos de esta alteración mental), demostrada alteración mental equivalente al concepto legal de “loco o demente”.

A pesar de las fundadas conclusiones de este segundo informe psicológico, se reconoce que Nicolás actuó con premeditación previa, es decir, un designio reflexivo y persistente que lo ha llevado a la ejecución del delito de parricidio y homicidio. Demuestra en forma inequívoca los dos requisitos del proceso reflexivo: por una parte, el ideológico, es decir, reflexión y medios circunstanciales adecuados a su realización; y, por otra, el cronológico, constituido por el transcurso prudencial y razonable de un espacio de tiempo entre la decisión y la ejecución de lo resuelto, que es revelador de la perseverancia del impulso delictivo.

En otras palabras, los jueces del caso reconocen que el criminal estudió y planeó la ejecución de este delito con mucha anticipación y alevosía, es decir, actuar sobre seguro, con seguridad en el golpe y sin que el reo corriese riesgo. Cortó el cuerpo de Aurora, tomó la parte superior y la invirtió para impedir el derramamiento de vísceras antes de introducirla de cabeza en el tarro. Luego, amarró las manos del niño en su espalda y lo colocó en el breve espacio disponible en el tarro, tarea difícil ante la rigidez del cadáver. Cubrió la apertura del tarro con la tapa, lo apernó y selló con piroxilina. Consecuente con lo anterior, los jueces reconocen, además, que Nicolás planificó el crimen durante un mes.

Teniendo a la vista las evidencias recogidas por la policía y comprobada la rigurosidad investigativa con que se investigó el caso5, el profesor Arancibia es condenado a la pena de presidio perpetuo por el parricidio y a la pena de presidio mayor en su grado mínimo, por el término de cinco años y un día, por el delito de homicidio calificado contra su conviviente.

Una investigación emblemática

Lo escabroso e impactante de este homicidio motivó la creación de la Brigada de Homicidios de Valparaíso a mediados de la década del sesenta, constituyendo la segunda unidad especializada más antigua del país luego de la Brigada de Homicidios Metropolitana, que cumple funciones en esta área desde 1949.

El caso de los tarros lecheros es uno de los hechos policiales más impactantes de la historia policial porteña. Este sello del caso motivó a ser recreado por el Poder Judicial de esa región en el marco del Día del Patrimonio 2018, el último domingo de mayo de ese año (Riquelme & Küpfer, 2018: 8). Simulando un juicio oral enmarcado en el nuevo procedimiento penal, el Poder Judicial se sumó a las actividades propias de este evento, basándose en este alevoso crimen. El 2017 recrearon el caso de Emile Dubois, experiencia que los instó a superar expectativas y asumir el difícil desafío de recrear el macabro crimen del profesor Arancibia.

En esta simulación se modificaron algunos nombres y lugares reales, en razón a que en mayo de 2018 aún se encontraban con vida algunos protagonistas de este cruel asesinato. A saber, el propio homicida y parricida Nicolás Arancibia se mantenía con vida y 86 años a cuestas para la fecha de la recreación. Como si el destino quisiera cobrar en la tierra lo que aquí se ha cometido, quien hace más de 50 años atrás bloqueó las vías respiratorias de su hijo y su esposa falleció de cáncer pulmonar tras muchos años de sufrimiento.

Por su parte, el oficial policial Hernán Cárdenas Zúñiga se caracterizó por ser un investigador ágil “al que todas las pesquisas que realizó pudieron llegar a buen término” (Erlandsen, 2006). Falleció el lunes 11 de diciembre del 2006, a la edad de 81 años. Al sepelio, en el cementerio de Santa Inés, asistió gran cantidad de personas, destacando la presencia de altas autoridades policiales porteñas, quienes le rindieron los respectivos y merecidos honores al exfuncionario, que no solo cumplió su sueño de ver inaugurada la Brigada de Homicidios en Valparaíso, sino que fue su fundador y primer jefe.

Juan Seoane Miranda también escribió una página importante en la historia de la policía civil en Chile. En 1973 cumplía funciones como jefe de la escolta de Investigaciones de la Sección Presidencial, en La Moneda. El 11 de septiembre estaba en el palacio en espera de aquel inminente desenlace. Si bien la instrucción fue que todo el personal debía abandonar la casa de gobierno, esa unidad, al mando de Seoane, se mantuvo hasta los últimos minutos con el presidente Salvador Allende y solo se retiraron cuando él, en forma directa, les ordenó que resguardaran sus vidas. A pesar de contradecir al presidente respondiendo que no se retiraría y que su compromiso era protegerlo (Seoane, 2008: 85), Allende reiteró que él se quedaba, pues “los viejos robles mueren de pie”. Esta declaración es el título del libro homónimo de Juan Seoane, que da cuenta de este histórico suceso nacional, donde le correspondió un papel destacado.

Vaya además un reconocimiento a los investigadores policiales Óscar Ortiz Veloz, Dunny Casanova Zúñiga, Ociel Castro Labarca (que cumplió el papel de víctima en la reconstitución de escena), Leonel La-trille Gallardo, Hernán Olivares Lebuy (que cumplió labores de fotógrafo en el sitio del suceso y en la reconstitución de escena), Jaime Herrera Villegas, Franklin Quijada Torres (que culminó su brillante carrera asumiendo la subdirección de la policía civil) y Alberto Labbé Pérez.

Un plausible esfuerzo por mantener en la memoria este caso policial fue rescatar sus antecedentes para la compilación de los cien casos emblemáticos de la Brigada de Homicidios. Tras releer el tomo, se observa un detalle en la reconstitución de escena, momento en que el homicida modificó su declaración inicial y reveló una impactante confidencia. Cuando llegó a su casa esa noche con el tarro lechero, se sinceró con su conviviente, confesándole sus reales intenciones: “ahí tienes tu ataúd…”6. Ella no respondió. Varias veces se lo había reafirmado. Estarían juntos siempre, hasta que la muerte los separe.

Bibliografía

Erlandsen, Patricio. (14 de diciembre de 2006). Murió fundador de la BH. La Estrella de Valparaíso.

Gibran, Khalil. (2018).“Del crimen y el castigo”, en El profeta. Editorial Alma.

Loch, Gilberto. (2018). Patrimonio arquitectónico de Valparaíso. Valparaíso: imprenta Soul.

PDI. (2009). “Tarros lecheros”, en Colección histórica de homicidios. Santiago de Chile: Of Set.

Riquelme, Juan & Küpfer, Marcela. (24 de mayo de 2018). El crimen de los tarros lecheros. La Estrella de Valparaíso. Página 8.

Seoane, Juan. (2009). Los viejos robles mueren de pie: Relato autobiográfco de un policía leal. Santiago de Chile: LOM.

Trezza, Fernando. (2006). Data de la muerte : las transformaciones cadavéricas. Argentina: ediciones Dosyuna.

Tuane, Hernán. (1988). Destino criminal : consideraciones psicológicas sobre el crimen. Santiago de Chile: imprenta Salesianos.

Universidad de Viña del Mar. (2007). Crímenes con historia: Taller de periodismo policial / La Estrella de Valparaíso. Viña del Mar: imprenta El Mercurio de Valparaíso.

EL OLFATO POLICIAL DE ANKER

* * *

El caso del canino rastreador (1967)

Allí estaba echado un perro, sin comer y sin dormir,

quería mirar a su dueño, no le importaba vivir.

Así murió el perro negro, aquel enorme guardián,

que quiso mucho a Gilberto y dio muerte a don Julián.

José Alfredo Jiménez, El perro negro.

Desde los albores de su existencia, el hombre ha convivido con animales salvajes y domésticos en mutua complicidad, evolucionando juntos en sus ciclos vitales. Caballos, halcones, gatos y un sinfín de especies facilitaron al hombre el desarrollo de sus faenas diarias. Alimentarse del ganado y de su leche, producir una amplia variedad de subproductos derivados de los lácteos, arar un prado y enviar mensajes atados a la pata de un pajarillo fueron tareas primitivas que asentaron las bases del desarrollo humano.

Entre la variada fauna que evoluciona junto al hombre se encuentra el perro, mascota fiel y leal por antonomasia que por sus cualidades innatas, como el olfato, la agudeza del oído y su fiereza, contribuye activamente al desarrollo de las ciencias, la guerra y hasta la contención emocional de pacientes que han vivido eventos traumáticos.

Así, el perro se usó en la guerra para abastecer agua a los soldados heridos; en la ciencia, en los estudios de Iván Pávlov sobre el reflejo condicionado; en pruebas de lanzamiento de cohetes en la carrera espacial tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética, por nombrar solo algunas colaboraciones. En este orden de ideas, una de las incursiones caninas de mayor reconocimiento en la sociedad la constituyen los perros policiales, que brindan su olfato y agudeza en apoyo a los detectives en la investigación criminal.

Es así como en 1966 se crea en la PDI el Grupo de Adiestramiento y Servicio de Perros Policiales de Investigaciones (GASPOL). Esta histórica unidad fue la primera en su tipo en esta institución, asumiendo como principal misión el adiestramiento de perros como apoyo a la investigación criminal. En sus inicios no disponía de instrumental técnico, ni veterinarios, ni habitáculos para canes. En efecto, cada funcionario cuidaba de su propio perro. Durante el día cada policía entrenaba a su perro en el cuartel, lo llevaba consigo en sus diligencias y cuando el turno terminaba lo llevaba a su casa, donde se alimentaba, aseaba y dormía.

El primer jefe de GASPOL fue el subinspector Fernando Castro Arellano, quien más adelante sería el instructor de Anker, canino rastreador que, sin saberlo aún, escribiría una de las páginas más recordadas de la historia policial chilena.

Nace una leyenda

El viernes 20 de mayo de 1960 la perrita ovejero alemán Lassy de Norma se apresta a dar a luz a sus crías. El propio Fernando Castro colaboró en sus nacimientos, en una hermosa camada de seis cachorros machos, donde Anker pesó 300 gramos. Entre sus principales señas, el Registro Genealógico de la Asociación Pro Perro Ovejero Alemán (APOA-Chile)7 destaca su color negro predominante, con amarillo en máscara y patas, similar a las características de su padre, Waldy von Rommel.

A solo dos días de su nacimiento se registró la mayor catástrofe que recuerda el país. Un movimiento telúrico de magnitud 9,5 grados asoló la ciudad de Valdivia, considerado en Chile y el mundo como el megaterremoto más potente registrado instrumentalmente en la historia de la humanidad. Perros rastreadores colaboraron en la búsqueda de personas, animando a Fernando en la instrucción canina de su mascota recientemente nacida.

Fue bautizado como Anker, nombre alemán que en español significa “Ancla”. Su nombre completo es Anker von Ratty, cuyo origen es tan particular como interesante. Si bien su padre era de apellido Von Rommel y lo habitual era que continuara con este linaje, los criadores de fina sangre pueden modificar el apellido al momento de inscribir un cachorro. Una variante es consignar como apellido el nombre del propietario, de su criadero o del lugar donde nació. Para la camada que llegó a GASPOL, incluyendo a Anker, “acordaron llamarlo como a los detectives, o mejor dicho, ‘de Rati’, razón que llevó al apellido ‘von’ (de, en alemán) Ratty” (Parraguez, 2016: 55).

También conocido como “pastor alemán”, esta estirpe es relativamente nueva y se remonta a fines del siglo XIX. El ovejero es una de las especies caninas más queridas y admiradas, formando parte del grupo de pastoreo utilizado preferentemente para reunir y vigilar ovejas. Por su fuerza, inteligencia y capacidad de entrenamiento, constituyen la raza ideal para tareas como perro guardián, guía de ciegos y animales de salvamento. También apoyan a las fuerzas de seguridad en los cuerpos de policía y en el ejército, en unidades caninas, que en algunos países se denominan K-9.

Durante la Segunda Guerra Mundial el perro ovejero fue utilizado por el ejército alemán como rastreador, conquistando respeto y admiración a nivel internacional. Robusto, flexible y ligeramente alargado, el ovejero alemán es además un canino de compañía capaz de pastorear vacas y cualquier tipo de ganado. De cuerpo musculoso, infatigable trote y mandíbulas que cierran en tijera, constituye un aliado vigoroso, equilibrado y fácil de adiestrar.

Entre los ejemplares mediáticos de esta raza se encuentran Rin Tin Tin, de la serie televisiva del lejano oeste; Comisario Rex, de la famosa serie austríaca; Samantha, de la película Soy leyenda, protagonizada por Will Smith; Max, de las series El hombre nuclear y La mujer biónica; Relámpago, de la película 101 Dálmatas II, entre muchos otros. También destaca la perra Blondi, de propiedad de Adolf Hitler.

Considerando las cualidades que el perro ovejero alemán brinda en los servicios policiales, tres de los seis cachorros de la lechigada de Lassy cumplieron funciones en GASPOL, cuando esta se creó: Anker, Atlas y Heidy constituyen la piedra fundacional del grupo de adiestramiento canino de la PDI, siendo Anker el primero en presentarse a la lista luego de que el mando procediera a la creación de GASPOL. Los tres cachorros restantes de la camada fueron regalados por Fernando a policías amigos.

Anker creció rápidamente. A ojos de su guía, fue un perro cariñoso que jugaba a la escondida con su hija y otros niños del barrio. En su hogar tiraba a la pequeña sobre un carrito y le enseñó a caminar a un sobrino del instructor. A su juicio, además, la preparación policial de Anker comenzó un poco tarde, recién en 1965. Tanto en las oficinas del cuartel como en casa, Fernando observaba una mansedumbre ejemplar en el can, pero “se tornaba impaciente y exigente en la cancha en misión rutinaria. Me resultaba estimulante, por ejemplo, viéndolo en casa retozar con mi esposa y con mi hijita de escasos años. Me atrevo a juzgar, sin temor a exagerar, que les sabía corresponder con afecto casi humano” (Castro, 1967: 2).

De esta manera, Anker fue adiestrado desde los cinco años, especializándose en rastreo y ubicación de cadáveres. En septiembre de 1967 dio su examen ante un juez de la Confederación Sudamericana del Perro Pastor Alemán (COSUPA), obteniendo un alto puntaje. Dicha evaluación es reconocida por la SV alemana (Verein für Deutsche Schäferhunde), que agrupa a todas las asociaciones de perros ovejeros alemanes.

El 3 de septiembre de 1967 Anker rindió su examen de rastreo en la Asociación de Criadores de Perros Ovejeros Alemanes (ACOA – Chile)8, marcando una alta puntuación en esa especialidad (94 de 100) y obteniendo 278 puntos totales, de un máximo de 300. En el aspecto deportivo, Anker fue campeón en la selección de ejemplares para participar en el evento sudamericano celebrado en Chile y fue entrenado para las competencias de Montevideo el año entrante.

Búsqueda del rumano asesinado

El miércoles 8 de noviembre de 1967 se denuncia la desaparición del contador rumano Moisés Herscovici Hamkel, con domicilio en una antigua y desaseada casona de calle Ernesto Samit N° 519, en Quinta Normal. Lindante a la casa fluían las aguas del canal Yungay-Zapata, cuyo afluente converge en la laguna de Pudahuel. Para su ubicación se solicitó la presencia y colaboración de Anker, quien actuó acompañado de Atlas, su hermano.

Las huellas encontradas en la habitación donde el rumano fue asesinado el miércoles anterior a su búsqueda daban cuenta de que el cadáver se encontraría en el agua (La Tercera, 1967: 1). Así, en compañía del jefe del grupo investigador de la Brigada de Homicidios, inspector Osvaldo Díaz Oyarzún, detectives, bomberos y perros rastrearon toda la extensión del canal, incluyendo dos kilómetros hacia el poniente que estaban abovedados. El trabajo resultó extraordinariamente arduo y peligroso, tanto por lo torrentoso de la corriente como por sus emanaciones pestilentes, debido a la gran cantidad de animales muertos que flotaban en el gélido cauce.

Tras recorrer aproximadamente diez kilómetros de canal, y tras cinco horas de búsqueda, a la altura del tranque Lo Prado Bajo, cuando el grupo de rastreadores ya desesperaba, se escuchó el característico ladrido de aviso. Corrieron hacia el lugar, en medio del agua, pero desalentados vieron que solo se trataba de la carroña de un cerdo. Ante la instrucción de proseguir el rastreo, el ovejero no continuó con la búsqueda. Se quedó allí desobedeciendo la orden y persistiendo en su olfato.

El perro siguió ladrando como si tratara de decirle algo a su instructor. Ayudado por uno de los bomberos que colaboraba en la maniobra, premunido de una estaca, procedieron a voltear la carroña de cerdo y con sorpresa observaron que, el cadáver que buscaban se encontraba allí, aplastado por la masa porcina putrefacta.

El cuerpo del contador fue sacado por el detective Raúl Jara y el bombero Sergio Falcón de la Primera Compañía, desde los pantanosos terrenos que cercan la laguna de Barrancas. Ambos tendieron el cadáver en la escalera de uno de los carros de bomberos que llegaron al lugar. Luego, tras su retiro, el cadáver fue periciado por personal de la Brigada de Homicidios, quienes confirmaron la identidad de la víctima. Se valoró el trabajo de todo el equipo y muy especialmente el aporte del perro policial, desempeño que fue ampliamente difundido en los diarios locales, que lo informaron en sus portadas bajo el título “El perro Anker halló al rumano”.

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