Читать книгу: «Desguace americano»
BONNIE JO CAMPBELL (1962) creció en una pequeña granja de Michigan con su madre y sus cuatro hermanos y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe cómo se castra un cerdo. Cuando se marchó a Chicago a estudiar filosofía, su madre alquiló su habitación. Después se recorrió EE.UU. y Canadá haciendo autoestop. Un día vio en una farola de Phoenix un cartel del célebre circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey y se unió a la caravana vendiendo granizados. Los demás vendedores eran tipos rudos, desdentados, tatuados y llenos de cicatrices. La gente prefería el puesto de Bonnie Jo porque parecía la vecina inocente de la puerta de al lado. Se sacó mucha pasta. Más tarde ascendió los Alpes en bicicleta y organizó viajes de aventura por Rusia, los países bálticos y Europa del Este. En 1992, tras obtener un máster en matemáticas, comenzó a escribir sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan. Es autora de dos novelas y tres colecciones de relatos y ha sido nominada al National Book Award en dos ocasiones. Actualmente reside con su marido y otros animales en las afueras de Kalamazoo. Estudia Kobudō, «el camino antiguo del guerrero», el arte marcial ancestral de Okinawa, y le gusta pasar el rato con sus dos burros: Jack y Don Quijote. En su refugio subterráneo ideal para el fin del mundo habrá arroz, frijoles, frutos secos, hortalizas deshidratadas, agua, una buena reserva de guantes y calcetines (porque es de pies fríos), material para escribir y todo Dickens. Su bar favorito es el Tap Room, donde suele haber peleas. Le gusta estar donde está la vida. La gente de ese bar son los personajes que pueblan sus relatos, su tribu. Aunque conviene señalar que ya no bebe ni se pelea tanto como antes, porque necesita estar despejada por las mañanas para poder escribir.
DESGUACE AMERICANO
DESGUACE AMERICANO
Bonnie Jo Campbell
Traducción Tomás Cobos

Título original:
American Salvage
W.W. Norton & Company, Inc., 2009
Primera edición: Mayo 2018
Segunda edición: Noviembre 2020
© Wayne State University Press, 2009
© 2018 de la traducción: Tomás González Cobos
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Tomás González Cobos (con la amable ayuda
de Ione Harris, Javier Lucini, Alaska GH y Tracy Rucinski)
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación: Marga Suárez
Correcciones: Marta Velasco Merino
ISBN: 978-84-19288-11-0
Producción del ePub: booqlab
A mi queridísimo Christopher
Índice
La intrusa
El guardés
Mundo de gas
El inventor, 1972
Las soluciones al problema de Brian
La quemadura
Reunión familiar
Vida invernal
Belle vuelve a casa
En caída
El Desguace Americano de King Cole
Aviso de tormenta
Carburante para el milenio
Olor a verraco

La madre gira la llave en la vieja cerradura, empuja con el hombro la pesada puerta de roble y se queda paralizada en el umbral. El padre la rodea, entra en la cocina de la casa de campo familiar –cuyas paredes pintó de amarillo canario el verano pasado con su hija– y deja caer una de las dos bolsas de comida en el suelo de linóleo. En la boca de la hija de trece años reluce un aparato dental.
–Hostia –dice la niña, apretando la bolsa de gimnasia contra el pecho.
Los fuegos de la cocina están negros, requemados, los azulejos de encima están chamuscados y el lateral adyacente del frigorífico está tiznado. Hay sábanas colgadas en las ventanas, una de las cuales está rota y le han arrancado los cristales. En el ambiente perdura un olor a amoniaco y el cubo de basura está repleto de paquetes vacíos de pseudoefedrina, filtros de café y papel de aluminio arrugado.
Una rubia de pelo rizado se marcha, desapercibida, por la puerta trasera, desciende las escaleras y se dirige al río. Hace unos días fue uno de los cuatro intrusos que estuvieron cocinando metanfetamina en la casa, pero cuando el domingo pasado se largaron los tres hombres, con la idea de descansar en sus casas antes de volver al trabajo el lunes, la chica se quedó escondida en un armario empotrado de la habitación de la hija. Los tres hombres no se habían dado cuenta de que esa chica flaca de cara destrozada solo tenía dieciséis años, ni de que se había guardado suficiente meta durante la preparación para seguir metiéndose durante más de una semana.
La familia descubre que por toda la casa hay objetos que han cambiado de sitio. En la encimera de la cocina hay una instalación con frascos de condimentos –salsa de rábano picante en equilibrio sobre la mostaza, que se alza sobre la mahonesa, flanqueada a su vez por dos botes de kétchup– en el centro de un círculo de velitas de cumpleaños dispuestas en fila india. Los cajones están vacíos y su contenido desplegado en altares sobre mesas, cómodas y rincones. En el lavabo del baño hay medicamentos, cremas y botes de pastillas alineados simétricamente. Sobre una toalla de invitados verdiblanca que recubre la cisterna, hay tubitos de protector labial arremolinados en torno a un frasco viejo de Pepto-Bismol. En el centro de la cama de matrimonio hay un belén consistente en una pareja de figuritas de madera y un nido de ramitas que contiene unos huevos azul pálido de zorzal robín (recogidos y vaciados por una bisabuela). Hay doce pinzas de la ropa dispuestas en paralelo a los pies de la cama, como niños que se posicionan para una foto de grupo durante una fiesta.
Figurillas y retratos que hacía tiempo se habían vuelto invisibles para la familia –en sus viejas yuxtaposiciones de la estantería del pasillo– han reaparecido de golpe: las rocas pintadas con rasgos de trol se mezclan con miniaturas de cerdos, cabras y dinosaurios de bronce. Ahora estas criaturas contemplan una foto enmarcada de la hija con su trofeo de gimnasia. (La hija se cambió de gimnasia a natación hace un año, cuando pegó un estirón de diez centímetros, justo después de que le sacaran esta foto.)
La intrusa sacó brillo a todos los objetos y a las fotos enmarcadas con unos paños que depositó después en el cesto para la ropa sucia del pasillo. Encima del cesto hay una docena de preciosas cajitas de pañuelos grises, azules y amarillos, todas abiertas y con varios pañuelos extraídos.
La intrusa simuló que estaba de visita en la casa de campo de su propia familia, que los pómulos de las fotografías eran los pómulos que ella había heredado y que pertenecía a este lugar de manera tan natural como sus muebles y sus adornos. Aunque ha pasado la semana sola, la intrusa ha reconfigurado el salón, de manera que los sillones de cuero viejo y las butacas de mimbre están ahora enfrentadas, en una conversación circular, en lugar de mirar a la televisión. La intrusa pasó la aspiradora por el salón y después cambió la bolsa y la volvió a pasar, aspirando todas las telarañas e incluso la ceniza de la chimenea.
En un principio parece que faltan unos cuantos objetos de la habitación de la hija, pero al cabo de un rato la hija los encuentra, están en su armario empotrado, donde la intrusa durmió cinco noches en un nido acondicionado con todas las almohadas de la casa. Se acurrucó allí con dos ponis y un unicornio de peluche, un pijama rosa de franela con la inscripción «La Princesa de Papá» y el cuaderno secreto de color morado con espiral, idéntico al que la hija tiene en la ciudad. La intrusa leyó y releyó el cuaderno, en el que la hija ha descrito con detalle sus frustraciones, ya sea por una carrera de natación que le salió mal o por chicos; ha escrito también que se siente inmersa en un dolor que la abruma, un dolor que la conecta con chicas con las que nunca cruza una palabra, a las que solo conoce de vista, chicas duras de las que tiene miedo, con los ojos maquillados y esa forma de taladrarla con la mirada si las observa demasiado.
La hija ha vivido más de trece años sin tener que pasar ni una noche con la cómoda colocada contra la puerta de la habitación para impedir que entren los amigos de su madre. Nunca nadie le ha quemado la cara con un cigarrillo y ella nunca se ha quemado los brazos con cigarrillos para recordarse lo mucho que duele. La hija nadadora nunca ha intentado inyectarse con una aguja rota, nunca ha estado recluida en un reformatorio ni en el baño mugriento de un apartamento abandonado en un sótano, nunca ha pasado una noche entera temblando de manera incontrolable en el asiento trasero de un coche. La hija nunca ha roto una ventana para colarse en la casa de otra gente, nunca ha deseado algo hasta el punto de hacer cualquier cosa con tres hombres, desconocidos, para conseguirlo.
La intrusa ha recorrido la orilla a gachas y ahora llega a una barca que pertenece a un vecino. Desata la cuerda, se sube y aleja la barca de la orilla de un empujón antes de reparar en que no tiene remos. La corriente atrapa la barca y durante las próximas horas va flotando río abajo. A veces, el viento se apodera de la barca y la hace girar.
Es la hija adolescente, la nadadora, la estudiante de matrícula, quien descubre que su colchón desaparecido está en el porche que da al río y grita «¡Mami!», un término que no utiliza desde hace años. La intrusa había sacado el colchón al porche en cuanto se fueron los hombres. La hija observa la sábana, desgarrada, revuelta por un lado, la funda del colchón manchada de semen reseco, más semen del que su madre haya visto nunca. La madre agarra a la hija de la mano, intenta apartarla, pero la hija ve que la tela también está embadurnada de sangre seca y oscura.
–No mires –dice la madre, pero la hija sigue mirando.
La hija inhala ese olor a crimen, sabe que ya ha experimentado esa presencia espectral y ha sentido su escalofrío: en los pasillos de su colegio, en el supermercado, en las miradas de los hombres y las mujeres en la playa del lago Michigan, donde va a nadar con sus amigos.
Esa noche, después de que la barca de la intrusa encalle cerca de una tienda de vinos y licores en una ciudad desconocida, la hija se acuesta en la habitación pequeña que hay junto a la cocina, que el padre llama en broma «la habitación de la chacha». En la pesadilla que no cesa de despertarla, la chica entra en la habitación de una desconocida –su propia habitación, en realidad– y encuentra allí su propio cuerpo, expectante.

Estaba de pie en el barro, apoyado en su pala de punta redondeada, cuando vio la enorme serpiente naranja enroscada sobre las rocas, junto al camino de entrada, tan gruesa como el brazo de su hijastro. Jerry salió a rastras de la zanja que lo cubría hasta la cintura –había estado cavando alrededor del pozo seco– y se desplazó junto al lateral de la casa, caminando hacia las rocas sobre las puntas y los talones de sus botas rebozadas de barro, con pasos sigilosos sobre la hierba descuidada. La serpiente era naranja con trazos rojos y dorados, pero de cerca su piel también emitía destellos verdes y azules –del azul de los ojos de su mujer, curiosamente– y los anillos resplandecientes de la serpiente le recordaron el pelo cobrizo de su mujer.
Jerry ya había visto por allí culebras rayadas, corredoras constrictor y ratoneras. Conservaba una decena de mudas de piel de serpiente, como papel fino, que había encontrado y clavado en la pared del cobertizo número cinco, al que hace poco le había salido una gotera, por lo que tendrían que vaciarlo y quemarlo. Sin embargo, esta serpiente no se parecía a ningún animal que hubiera visto antes. Brillaba tanto como las asclepias naranjas que se habían erguido como llamas en la linde de la finca varias semanas antes. Tenía una cabeza lisa del tamaño de una patata ovalada de la variedad Yukon Gold, y por la forma de la cara se diría que estaba sonriendo a la luz del sol. Cuando Jerry se acercó lo suficiente, estiró lentamente la mano hacia el anillo exterior, para tocarla.
Al oír el chillido, la serpiente se desenroscó y se alejó sobre las rocas, mientras Jerry, al incorporarse, chocaba con la pala, que golpeó la pared de la casa, dejando un tablón mellado. Su mujer, Natalie, se había quedado inmóvil a escasa distancia, en el escalón de cemento, boquiabierta, con los ojos ligeramente salidos de las órbitas. Las llaves que llevaba en la mano tintinearon al caer al suelo.
La serpiente avanzó por la hierba crecida hacia el jardín de flores que había plantado la mujer del viejo Holroyd. Fue Holroyd quien le dijo a Jerry que, seguramente, el pozo seco no era más que un contenedor oxidado con rocas. Estaba enterrado en el exterior de la cocina improvisada de la vieja caseta donde vivía Jerry, que antiguamente alojaba las oficinas de una empresa constructora. Como siempre, Holroyd tenía razón. Quizá era el mismo Holroyd quien lo había enterrado allí veinte años antes.
–¡Jerry! –gritó su mujer–. ¡Haz algo!
Jerry vio cómo desaparecía la parte central de la serpiente, primero bajo las flores de flox, después entre las malvarrosas. Era al menos tan larga como Jerry de alto.
–¡Mátala! –gritó su mujer–. ¡Por favor, Jerry!
Entonces se asomaron a la ventana su hijastro y su hijastra, con cara de asustados, aunque seguramente se debía más a los gritos de su madre que a una serpiente que ni habían visto. Jerry agarró su pala. En vista de que la mujer con la que se había casado hacía un año y medio daba crecientes muestras de descontento con él, Jerry trataba de hacer todo lo que le pidiera. Si le hubiera pedido que lavara los platos en ese mismo instante, se habría limpiado las manos en los pantalones y habría entrado a calentar agua con jabón, pozo seco o no. Persiguió a la serpiente hasta las malvarrosas y, una vez allí, levantó la pala lo suficiente para rebanarle el cuerpo de un tajo. No sabía a ciencia cierta cómo era el interior del cuerpo de una serpiente, pero podía imaginarse a un hombre o un niño cortados por la mitad, con los órganos y los intestinos desparramados. Jerry dudó, perdió de vista a la serpiente en algún escondrijo del terreno, y entonces vio cómo destacaban el naranja y el dorado entre los arbustos floridos. Levantó de nuevo la pala. Podía notar, a su espalda, la mirada atenta de su hijastro de ocho años.
–¡Por amor de Dios, Jerry! –gritó su mujer, como si por todo el terreno a su alrededor se retorcieran decenas de serpientes.
No podía reprochárselo; lo que su mujer sentía era tan natural como el gozo de la serpiente al tomar el sol en las rocas, tan natural como que la serpiente se largara pitando ante el estruendo de los gritos. Jerry levantó la pala y clavó el filo en el suelo, a medio metro de la serpiente, que seguía alejándose, sin intuir siquiera que había estado a punto de morir. Jerry contempló el haz multicolor de la serpiente al pasar sobre una traviesa ferroviaria en el extremo del jardín, en dirección a la hierba alta y frondosa.
–¿La has atrapado? –gritó su mujer, con un puño en alto.
–Natalie, mi amor, escucha…
–Jerry, por favor, por lo menos la podías haber aplastado con la bota.
Dejó la pala de pie y, al regresar junto a ella con las manos vacías, observó que los ojos de su mujer pasaban primero del terror a la desesperación y después a la decepción.
–Mi amor –dijo él–. Era demasiado grande para aplastarla.
–¿Por qué no puedes hacer nada por mí?
–A lo mejor es porque tiene algo especial, cariño. Nunca he visto una serpiente igual.
Quería explicar más, pero, en vista del pavor que sentía su mujer, no le pareció lo más acertado hablar sobre la belleza de la serpiente.
–Oh, Jerry –dijo su mujer, dándole la espalda y hablando hacia el campo de heno–. Lo siento por no poder amar todas las cosas igual que tú. Nunca voy a amar a una serpiente. Ni a un murciélago –dijo con una risita–. Si te digo la verdad, ni siquiera aguanto al viejo Holroyd, que te cae tan bien.
Llevaba el elástico del sujetador muy ceñido contra la carne bajo una camiseta fina y ajustada, tanto que Jerry se preguntó si no le dolería, aunque le gustaba ver los músculos de su mujer flexionados y luego relajados. Le gustaba la forma en que se rizaban en su coleta las serpientes de su pelo, separándose como si trataran de liberarse. En otra ocasión habría salido en defensa de Holroyd.
–Quizá nos haga falta irnos de vacaciones, tú y yo –dijo Jerry al hombro de su mujer. Con el pelo recogido, el cuello de Natalie parecía muy largo, precioso.
–No nos sobra el dinero para vacaciones.
–Tampoco nos sobraba en primavera y llevamos a los niños a Cedar Point.
Aun así, Jerry sabía que Natalie tenía razón. Este año la escuela, donde Jerry se encargaba de tareas de mantenimiento, le había reducido la jornada a tiempo parcial; el recorte en el salario había sido brutal, pero llevaba trabajando diez años en el colegio, desde que acabó allí mismo sus estudios, y todavía no se había decidido a buscar otro trabajo.
–¿Las serpientes viven en esos cobertizos? –preguntó Natalie, mientras se alejaba más de él y señalaba la primera fila de viejas construcciones de madera a noventa metros en dirección norte–. ¿Quizá entre esos montones de chatarra?
–No creo –dijo Jerry–. Creo que las serpientes viven en la tierra.
–Nunca he vivido en un sitio con serpientes, Jerry –dijo ella–. La idea de que se meta una serpiente en la casa me pone de los nervios. Igual que el murciélago que se metió en nuestra habitación.
–Lo sé, lo siento. Voy a tapar los agujeros entre los tablones. Le pregunté a la vieja si pagaría un nuevo revestimiento de vinilo y todavía no ha dicho que no.
Su mujer entró y dejó que la puerta mosquitera se cerrara sola. Aquel sonido metálico le recordó a Jerry que tenía que atornillar mejor el marco de la puerta. Lo había instalado el año anterior, pero aún no se había puesto manos a la obra para acabar el trabajo. La anciana propietaria del lugar a menudo estaba dispuesta a pagar mejoras en la casa, siempre que Jerry se encargara de ejecutarlas. Parecía que la vieja tenía más fe en sus capacidades que él mismo. En la época en que Jerry vivió solo allí, no había sentido ninguna necesidad de preocuparse por esas mejoras. Ahora estaba descubriendo que cada proyecto le llevaba más tiempo del previsto y siempre deseaba haber empezado antes. Volvió a cavar en la zanja.
Cuatro días después, mientras la mujer de Jerry estaba en el lago Campbell con los niños, Holroyd le hizo una visita. Como siempre, llevó su vehículo hasta la parte alta de la finca, más allá de los pinos blancos, en busca del rastro de ciervos –a medida que se acercaba la temporada de caza lo hacía con más frecuencia–, y después regresó, aparcó, bajó la compuerta trasera de su camioneta Ford y se sentó en ella. Jerry había cortado el agua en el baño de arriba y durante dos horas se había quedado mirando las tuberías y los sanitarios sin saber cómo proceder. Nunca había hecho arreglos serios de fontanería y le daba reparo hacer un agujero en la pared. Cuando vio a Holroyd, se rindió y bajó para sentarse al otro lado de la neverita que Holroyd había puesto en el borde de la compuerta. Holroyd le pasó una cerveza; el brazo estirado del hombre temblaba como si tuviera espasmos.
–¿Qué tal vas con las tarjetas de crédito?
–Procuro no pagar nada más con ellas –dijo Jerry.
–Buen chico. Ahora trata de devolver lo que has pagado con ellas. Te llevan a la ruina, las malditas tarjetas.
Jerry no quería ponerse a pensar ahora en tarjetas de crédito, justo cuando estaba planeando un fin de semana de vacaciones con su mujer. De modo que optó por echar la mirada a lo lejos, más allá del terreno cubierto de maleza, langostas y arces, salpicado por cobertizos, moles oxidadas de grúas en desuso, montones de vigas de acero deterioradas y bloques de hormigón. Más allá de los pinos canadienses, donde no alcanzaba la vista, estaba el campo abierto de las colinas repletas de musgo, aves terrestres, ciervos e, incluso, pavos salvajes. Jerry no sacaba el tema de la caza cuando hablaba con el sobrino de la dueña de la finca. Sabía que si la vieja le dejaba la casa gratis era por el seguro; Holroyd le había explicado que si no había nadie para vigilar el lugar, no le hacían un seguro.
–El otro día vi una serpiente de casi dos metros –dijo Jerry–, por lo menos. Roja, naranja y dorada. Nunca he visto nada igual.
Holroyd asintió y respiró con dificultad antes de dar otra calada. Jerry había dejado de fumar antes de casarse, aunque había tenido una breve recaída un mes antes de la boda por la muerte de su viejo perro Blue.
–Quizá era la mascota de alguien, que se ha escapado –dijo Jerry.
–Pensaba que ya no había más –dijo Holroyd mientras exhalaba.
–¿A qué te refieres?
–Ya conoces a Red Hammermill. Bueno, pues cuando él se largó y entré yo, me habló de un tipo de serpientes, me las dibujó y me dijo que tuviera cuidado con ellas. Aunque claro, no te puedes creer ni la mitad de lo que cuenta Red.
–Estaba enroscada en esas rocas –dijo Jerry–. Le dio un susto de muerte a mi pobre mujer.
Holroyd resopló. Jerry sabía que su mujer no era muy del agrado de Holroyd. Bueno, ninguna mujer era de su agrado, la suya incluida. Con todo, Holroyd había sido novio de la madre de Jerry una temporada y había tratado a Jerry mejor que ninguno de los otros hombres que habían salido con su madre.
Holroyd había sido guardés de la finca durante dieciocho años, hasta que se casó con su segunda esposa. Su nueva mujer duró unos seis meses en el sitio antes de largarse. Holroyd aún no tenía claro por qué accedió a irse con ella. Fue hace cinco años. Ahora, cuando Jerry preguntaba: «¿Qué tal el parque de caravanas?», Holroyd respondía: «Pues perros ladrando, mucho niño y comida asquerosa» o algo parecido. Otras veces se quejaba de que «por todos lados te rodea la basura de los demás y te enteras de todas sus mierdas».
Jerry no se atrevía a decirlo, pero Holroyd ya no parecía capaz de hacer el trabajo de guardés, que consistía en algo más que cortar la hierba, podar arbustos y fumigar la hiedra venenosa; a veces Jerry tenía que llenar remolques con piezas de metal para venderlas como chatarra o con hormigón roto para reciclar. El mes pasado Jerry había entregado montones de material de aislamiento a los de residuos peligrosos, y también estaba la tarea de vaciar y quemar los viejos cobertizos cuando ya no eran seguros. Ya no quedaba ni la mitad de las casetas y había unos veinte bloques del hormigón de los cimientos a los que la tierra estaba engullendo. Se suponía que Jerry tenía que segar todo y limpiar alrededor de los cobertizos, pero cada vez le resultaba más difícil por el avance de las plantas y los bichos.
–Red dijo que había al menos una docena de serpientes. Tampoco le hagas mucho caso. Yo nunca vi ninguna, pero tampoco las busqué. Los hombres que trabajaban aquí a veces se encontraban serpientes enroscadas en el motor de la grúa o la topadora por las mañanas.
–¿En el motor? –preguntó Jerry.
–Por el calor.
Al día siguiente, cuando Jerry volvió de trabajar en el colegio, vio que Holroyd había dejado en el zaguán una copia de la guía de campo Michigan sobre reptiles y anfibios con algunas esquinas dobladas. En la primera página se leía con letra abigarrada «R. Hammermill». También junto a la puerta, había un sobre que contenía un cheque con la referencia «Junio – Guardés» por sus diez horas de trabajo el mes pasado. Jerry lamentaba no haber visto a Holroyd, pero no al sobrino de la propietaria. El sobrino solía ponerse traje cuando llevaba el cheque a Jerry e inspeccionaba con aires de inversor las doce hectáreas del terreno que se extendía detrás de la caseta de oficinas de la constructora Mid-American. Jerry imaginaba que, cuando la anciana muriera, el sobrino le vendería el sitio a una inmobiliaria por un dineral y lo limpiarían de edificios y maquinaria en unos meses para construir una urbanización. Jerry dudaba que sobreviviera ninguna serpiente grande.
En lugar de ponerse a arreglar el baño o tapar los agujeros de los tablones en el exterior del dormitorio, se sentó en la compuerta de su camioneta a disfrutar de la tarde brumosa, contemplar los cobertizos –todos pintados de rojo metálico, aunque en algunos la pintura empezaba a desconcharse– y hojear las páginas con ilustraciones a color de serpientes. En la página de las culebras ratoneras había anotaciones semiborradas y alguien había subrayado las palabras «grandes variaciones de colores». Jerry no estaba seguro de la cabeza; aquella patata ovalada sonriente le había parecido distinta, aunque no tan distinta. La longitud máxima de las ratoneras era de dos metros. Jerry pasó las páginas en busca del dibujo que Hammermill le había dado a Holroyd, pero no estaba. Era consciente de que tenía que ponerse a trabajar en el baño, o a podar, pero se dedicó a curiosear por la finca. Caminó alrededor de los cobertizos en busca de serpientes y encontró un par de nidos en una zona cubierta de hierba que no había cortado desde hacía demasiado tiempo. En un nido había tres huevos moteados.
Una semana después, Jerry y su esposa se dirigieron al norte, pese a que no les sobraba el dinero para vacaciones; vieron pinos enormes con forma de palmeras y aves acuáticas en la orilla del estanque desde la ventana del hotel. Jerry podía pasarse todo el rato observando a las aves tomar tierra con las patas colgando por delante. Jerry y su mujer bajaron por el tobogán acuático, y él estrechó sus brazos y piernas contra el cuerpo de ella mientras se deslizaban hacia el agua. Jerry echó de menos a los niños, sobre todo a su hijastro, a quien le habría encantado el tobogán, y le gustó cuando su mujer dijo que tenían que haberlos traído. Las dos noches tomaron más bebidas dulces de la cuenta, se emborracharon demasiado como para hacer el amor y, el domingo por la mañana, cuando a su mujer le dolía la cabeza, Jerry se alegró por tener una excusa para volver pronto a casa.
De camino, a su mujer se le ocurrió que podían esperar hasta por la noche para recoger a los niños de casa de los abuelos maternos. Jerry se acordó de que cuando empezaron a salir juntos, cuando se acababa de sacar el carné, había paseado con ella en su vieja camioneta con la parte trasera descubierta y asiento corrido. Se había sentido muy a gusto acercándola a su cuerpo, pasándole el brazo alrededor de su pelo largo, cuya sensación fresca contra su piel le resultaba agradable en las noches calurosas.
Pararon en una tienda turística antes de volver a la autopista para el último tramo. Él compró tasajo de venado y ella compró lo que después resultó ser un regalo para él, una tableta de chocolate, por lo que lamentó no haber comprado nada especial para ella. Le ofreció la bolsa de plástico con el tasajo, olvidándose de que ella no tocaba el venado, y ella negó con la cabeza, aunque le dedicó una sonrisa.
–Está bien salir de vacaciones –dijo ella–. Aquí el aire parece más fresco.
–¿Qué tal el dolor de cabeza? –preguntó él.
Estaba muy guapa con aquel fondo de montañas boscosas y dos camiones enormes con el motor encendido –por suerte el viento se estaba llevando sus gases en la otra dirección–. Contempló el cabello cobrizo de su mujer y pensó en preguntarle si había algo concreto que recordara de la serpiente, si había pensado en su enorme longitud o en el brillo de sus colores, pero la serpiente era algo de lo que su mujer y él seguramente nunca hablarían.
–El Tylenol ayuda –dijo ella mientras volvía a sonreír, como si por fin estuviera entrando en calor tras un largo periodo de frío.
–Está bien salir de vacaciones y está bien quedarse en casa –dijo Jerry.
Estaba contento por regresar a la casa del solar, a la cama imperial del dormitorio que habían reformado antes de casarse. Su mujer había pintado el suelo alrededor de lo que quedaba de moqueta y había elegido todos los colores y las telas, mientras que él se había encargado de reparar las paredes y cambiar los paneles del techo.
–Perdona que sea tan impaciente contigo, Jerry. Es que vivir en un solar no era mi sueño. Es una ventaja no tener que pagar alquiler, lo sé, pero quizá tengamos que pensar en el futuro.
–Lo sé.
–Si al menos hubiera una valla para no tener que ver esos cobertizos ni los montones de chatarra.
–Puedo pedirle a la vieja que nos ponga una valla.
La noche anterior en el hotel, Jerry había tenido un sueño que no podía contarle, una pesadilla en la que cortaba en dos una serpiente enorme. Había clavado la pala en la tierra y la serpiente se había movido, había introducido su cuerpo ondulado bajo el filo de la pala. Jerry había visto cómo se desparramaban sus órganos, había visto el resplandor de sus entrañas, como yemas de huevo y segmentos de mandarina en un mejunje de sangre oscura. Había partido la serpiente en dos, de manera que la parte trasera era una cola seccionada, muerta, de la que chorreaban tripas, y la parte de la cabeza se retorcía de agonía, con los ojos dorados enloquecidos de dolor. En su sueño, el cuerpo de la serpiente era al principio tan grueso como el tronco de su hijo y después como la cintura de su mujer. Se había despertado envuelto en sudor pese al aire acondicionado del hotel. No había querido molestar a su mujer, de modo que había salido a pasear al aparcamiento, donde oyó el vuelo y el canto de los chotacabras. Como Holroyd le había hablado de estos pájaros, sabía que volaban del crepúsculo al alba sobre la casa y los terrenos del solar a la caza de insectos, con un chillido agudo, aunque no tan alto para oírlo si tenías la tele encendida.
Al entrar por el camino hacia la casa, buscó con la mirada la serpiente naranja. Su mujer estaba tarareando despreocupada –le gustaba oírla tararear, pasando de una canción a otra– y recordó la cercanía de su cuerpo mientras bajaban por el tobogán acuático. Solo llevaron la nevera y el bolso de su mujer hasta la puerta, dejando todo lo demás en el monovolumen. Ella apoyó la cadera contra el marco de la puerta y le dedicó una mirada lánguida mientras introducía la llave en la cerradura. Antes de salir de casa su mujer había insistido en que hicieran la cama, así que, en unos minutos, cuando subieran al dormitorio, sería como estar en la habitación de un motel. Y su mujer se tumbaría en la cama con su pelo cobrizo, fresco, sus muslos suaves y sus brazos tersos, y no habría niños de por medio. Se deslizaría encima y dentro de ella, y la luz del sol se colaría entre las cortinas para jugar con sus cuerpos, dibujando vetas en la piel de Natalie. Aquella calurosa tarde las ardillas rojas dormirían y no se rascarían en el interior de las paredes mientras el pelo de su mujer se enroscaba sobre la almohada. Que las serpientes tomaran el sol sobre las rocas, que las arañas chuparan el jugo de los cuerpos de las moscas capturadas durante la noche y dejaran caer al suelo los cadáveres arrugados como cáscaras de pistachos diminutos. Que los desvencijados cobertizos de madera criaran raíces de malas hierbas entre las grietas de los cimientos. Que toda la naturaleza continuara su desfile mientras él hacía el amor con su mujer, el gran amor de su vida, a quien había perdido en el instituto y reencontrado milagrosamente años después.
La casa olía a salado, o a dulce, cuando entraron. Distinta, en cualquier caso. Jerry se preguntó si se había dejado comida fuera. También Natalie arrugó la nariz. Decidió que el olor era salado y dulce al mismo tiempo.
Cuando su mujer entró en el baño, Jerry abrió la puerta de la cocina y el olor se intensificó. Miró en el fregadero de diseño con el acabado en esmalte que habían pagado sus suegros –la dueña de la casa solo les ofreció el fregadero más barato– y vio que había una capa de siete centímetros de abejas muertas, miles de abejas muertas. ¿Qué habría pasado?
Jerry sabía que su mujer no debía ver las abejas. No lo iba a entender… Aunque tampoco es que él lo entendiera. Comenzó a trasladar los cuerpos amarillos y negros a una bolsa de papel con una taza.
–¿Pero qué estás haciendo? –preguntó ella desde la puerta de la cocina, con voz alarmada.
Tenía razón al echarle la culpa, pensó Jerry. De algún modo, eran sus abejas, aquellos cuerpecitos exánimes eran suyos. Seguramente había sido él quien había matado a las abejas, sin darse cuenta, al igual que podría haber matado sin querer a la serpiente naranja en el jardín de no haber calculado bien las idas y venidas de su cuerpo. Agarró una abeja muerta y la examinó en la palma de la mano, sus franjas amarillas y negras, su cuerpo ligeramente peludo.
–Hay que llamar a un exterminador –dijo ella.
–Es domingo. Y Natalie, cariño, ya están muertas.
Los dos miraron hacia arriba y vieron abejas vivas que zumbaban alrededor del plafón, donde había una grieta en el techo.
–Parecen avispas –dijo ella.
–Estoy seguro de que son abejas –dijo él–. Tampoco creo que haga falta matarlas.
–No voy a vivir con abejas dentro de mi casa.
Natalie tenía cara de desesperación y él comenzó a darse cuenta de que esta vez tenía que ceder. No había matado a la serpiente para ella, así que tenía que ofrecer algún sacrificio. Con el fin de salvar su matrimonio, tendría que envenenar a las abejas vivas.
–A lo mejor han hecho miel en alguna parte de la casa –dijo Jerry–. Sería la bomba.
Le dieron ganas de meter los dedos en el fregadero y sacar un puñado de abejas muertas para enseñárselas a su mujer, pero se conformó con sostener aquella única abeja en la palma de la mano y caminar hacia ella. Quería compartir aquella misteriosa tragedia con Natalie, pero ella se apartó.
–Con todos esos cobertizos abandonados, ¿por qué tienen que venir justo aquí las abejas? Voy a llamar a un exterminador.
–No, cariño. Dame solo un día.
Su mujer fue con los niños a casa de sus padres. A fin de cuentas era verano y nadie tenía que levantarse temprano por las mañanas salvo Jerry, pues tenía que preparar el campo de fútbol para los entrenamientos de agosto. Su mujer solo trabajaba unas cuantas horas a la semana este verano, colaborando con el colegio en las excursiones al parque de los viernes por la tarde –durante el año académico trabajaba media jornada de ayudante de administración en el colegio–.
Jerry se bebió cuatro cervezas aquella noche, pero aguantó sin fumar, aunque le dieron muchas ganas. La mañana siguiente, fue a casa del profesor de biología del instituto, que confirmó que eran abejas productoras de miel, y llamaron a un apicultor. A partir de entonces, todo cobró sentido. Jerry llamaba a su mujer una vez al día y, tras tres días, casi la convenció de que viniera a conocer al apicultor que iba a llevarse las abejas.
–Cariño, son unas abejas muy especiales –le dijo por teléfono el cuarto día–. El apicultor las quiere.
No mencionó que tendría que pagar cincuenta dólares al apicultor para que se las llevase.
–No voy a vivir en una casa con abejas –repitió ella, aunque sonaba más alegre y se quejó de lo pesada que era su madre con la comida de los niños. Antes de colgar, dijo–: Te quiero, Jerry, pero algún día quiero vivir en una casa bonita, que sea fácil de limpiar, con un jardín bonito.
–Voy a seguir arreglando el baño –respondió Jerry.
Entendió el tono en la voz de ella como un mensaje de que le daba otra oportunidad. El día antes de que viniera el apicultor, Jerry fue a comer a casa de sus suegros. A Jerry le gustaba tener un suegro, aunque al hombre no le hacía gracia el trabajo de Jerry, y menos aún desde que el colegio le redujo la jornada. (El primer marido de Natalie trabajaba de informático y afortunadamente los niños aún tenían el seguro médico que le daban por su trabajo.) Al parecer a sus suegros les hacía felices que su única hija y sus nietos estuvieran cerca, pero Jerry se daba cuenta de que su mujer no estaba del todo a gusto allí. Su mujer había tenido una vida muy protegida con sus padres, muy distinta de la de Jerry, pero no era algo que nadie pudiera decidir, en qué tipo de familia creces, como tampoco elegían dónde crecer las colmenas y las serpientes.
Jerry vio a los niños jugar en la hierba tupida del patio vallado y le deprimió la pequeñez de aquel espacio verde. Sus suegros tenían otro terreno al lado, que habría duplicado el tamaño del patio, pero no se habían decidido a quitar la valla para unirlos.
Jerry estrechó la mano del apicultor, un tipo con barba, gorra de camionero y mono, y le invitó a entrar en la casa. Su principal forma de comunicación era un amplio repertorio de gruñidos y Jerry se sintió enseguida a gusto con él, de igual manera que se sentía siempre a gusto con hombres mayores como Holroyd o Red Hammermill –hablar con Red le hacía pensar en lo mucho que le hubiera gustado tener abuelo–.
–¿Podemos hacer un agujero en el suelo o la pared si hace falta? –preguntó el apicultor.
–Claro –dijo Jerry, aunque al subir las escaleras le entraron dudas.
Casi mejor que su mujer no hubiera venido. Tenía que haber envenenado a las abejas, sin duda. ¿Cómo se le había ocurrido aquello? ¿Acaso pensaba que las abejas iban a irse de una en una, colmena y reina incluidas, sin tener que romper nada?
–¿Tiene una cerveza? –preguntó el apicultor.
–¿Para atraer a las abejas?
–Para beber. En casa no bebo, así que me gusta tomarme una cerveza cuando salgo.
Jerry bajó las escaleras y sacó dos de la nevera, aunque solo eran las once de la mañana.
–Tengo que fijarme un rato para ver dónde van –dijo el apicultor.
Se sentaron en la cama sin hacer del dormitorio. Menos mal que su mujer no estaba. Se habría puesto de los nervios al ver a aquel hombre con un mono manchado de grasa sentado en el borde de sus sábanas. Las abejas se metieron, una tras otra, bajo la mesita de noche. Sin hablar, los dos hombres movieron la cama y la mesita de noche y se sentaron en silencio a beber las cervezas y a observar, hasta estar seguros de dónde se metía la fila de abejas: por un hueco detrás del rodapié.
–Es justo aquí –dijo el apicultor. Pasó la mano por la pared–. Se nota el calor.
–Hace unos días estuve tapando unos agujeros en el revestimiento. Se había metido un murciélago en casa y asustó a mi mujer.
Jerry pasó una mano por la pared y le impresionó el calor.
–Seguramente por eso se han quedado atrapadas en la pared.
–Vaya. No se me ocurrió.
Jerry ofreció su taladro al comprobar la lentitud de la sierra de calar del apicultor, pero el hombre dijo que una sierra eléctrica enloquecería a las abejas. El apicultor cortó un rectángulo irregular en el contrachapado, que tenía medio centímetro de grosor; cuando sacó la lámina, estaba repleta de cera y miel. Todas las abejas que habían estado volando a unos centímetros del agujero se precipitaron hacia la miel y se quedaron allí pegadas.
–¿Ve cómo se pegan? –dijo el apicultor, con el pedazo de contrachapado en las manos–. Eso quiere decir que tenemos a la reina. Ahora su trabajo es atrapar con mi aspiradora a todas las que no se hayan quedado pegadas en la colmena.
Casi todas las abejas siguieron al hombre mientras descendía despacio las escaleras –dejando en los escalones goterones de miel–, pero Jerry recorrió toda la habitación, y toda la casa, en busca de cada abeja despistada. La aspiradora estaba modificada para aspirar con suavidad y resultaba un trabajo agradable. Jerry recuperó cientos de abejas en la habitación, decenas en la cocina y unas cuantas en el baño.
–¿Quiere otra cerveza? –preguntó Jerry.
–Mejor no –dijo el hombre–. Será mejor que me lleve las abejas a casa. Por cierto, ¿qué tiene en esos cobertizos?
–Material viejo de obras –dijo Jerry.
–Cuando yo era pequeño, esto aún estaba abierto. ¿Era de Mid-American, no?
Jerry asintió, henchido de un extraño orgullo.
–Oiga, ¿sabe si hay unas serpientes naranjas en esta zona? Naranja con rojo y dorado. Tan largas como un hombre –preguntó Jerry mientras el hombre se metía en la vieja furgoneta con su gorra.
Jerry se dio cuenta de que no quería que el apicultor se fuera. Pensó en Holroyd, con la esperanza de que se pasara pronto para contarle lo de las abejas. Se preguntó si le habría pasado algo, pues no le había visto en un par de semanas. ¿Se le ocurriría a la mujer de Holroyd llamar a Jerry si le pasaba algo? Conocía a Holroyd desde pequeño, desde que Holroyd llevaba a su madre al bar y a veces se quedaba a dormir. Sonaría muy extraño si lo dijera en voz alta, pero Holroyd era lo más parecido a un padre que tenía.
–No, no he visto ninguna así. Cerca de mi casa se ven las típicas hocico de cerdo y una vez vi una serpiente rey, pero ninguna como esa que dice.
–Al parecer antes andaban por este lugar–dijo Jerry–. Hace mucho, y eran importantes para la gente de aquí.
Varios días después de la visita del apicultor, para sorpresa de Jerry, llegó el sobrino con la noticia de que la dueña pagaría un nuevo revestimiento y ventanas. Jerry fue a casa de sus suegros con una página de muestras y animó a su mujer a elegir el revestimiento. Tuvo que ocultar su decepción cuando ella escogió un color blanquecino llamado «Rosa desierto». (Él hubiera querido un verde oscuro.) Hasta la serpiente, con su naranja, su rojo y su dorado, encajaría de alguna manera con los colores naturales, de la misma forma que una mujer guapa como la suya podía tener un aspecto parecido a su, por lo demás, ordinaria familia, pero a Jerry le parecía que aquel tono rosado no pegaba.
Llevaban más de dos semanas viviendo separados, pero Jerry no tenía la sensación de que aquella separación fuera permanente. Su mujer le hablaba con cariño todos los días por teléfono y él le aseguraba todos los días que estaba trabajando mucho. Poner el revestimiento le permitiría escapar temporalmente del baño de arriba, que aún no había empezado a arreglar.
El monovolumen entró por el camino mientras Jerry estaba instalando el revestimiento en la cara oeste del edificio, y los niños salieron de golpe y echaron a correr hacia la casa. Unos minutos después, mientras su mujer estaba bajo la escalera hablando con él, Jerry atisbó una enorme serpiente naranja. Estaba extendida, curvada, como una larga y sosegada lengua de fuego en torno a una traviesa ferroviaria, en el extremo lejano del jardín de la mujer de Holroyd. El mayor deseo de Jerry era bajar de la escalera y acercarse a la criatura. Quería contemplar su vientre, para ver si era negro y blanco como un tablero de damas o jaspeado como el maíz multicolor, o con manchas como la parte superior de la serpiente, pero no se atrevió a mirar de nuevo en aquella dirección por miedo a que la mirada de su mujer siguiera la suya. Su mujer echó hacia atrás unos remolinos pequeños de su pelo cobrizo –más rizado y corto que la última vez que la había visto– y dijo que estaba harta de vivir con sus padres, que estaba todo muy bonito, con las vistas del henar. Preguntó a Jerry si había visto algún ciervo por allí (él respondió que sí) y qué le parecería plantar unos árboles de hoja perenne (él dijo que por supuesto). Sus suegros tenían un seto de tejo y ella pensaba que quedaría muy bien si ponían uno en su casa también.
–Así se verían menos los cobertizos.
Jerry lanzó una mirada furtiva al jardín, pero solo alcanzó a ver una raya de color que desaparecía. Después miró el cuello moreno de su mujer, los hombros, los ojos azules y las orejas pequeñas, la examinó como le gustaría examinar a la serpiente. Cuando estaban en el instituto, solían ir al lago Campbell para tumbarse en la arena, y cuando ella cerraba los ojos para tomar el sol, Jerry se dedicaba a mirar su cuerpo, su vientre, sus pechos, su cuello y aquel pelo luminoso que resplandecía bajo el sol. El verano no era su estación favorita, pero le encantaba verla nadar cuando se tiraba al agua, se ponía boca arriba y le saludaba con la mano. Con el pelo dorado y cobrizo parecía una sirena enmarcada por el bosque de Michigan que se extendía al fondo.
–¿Estás bien? –dijo ella.
–Estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?
–No sé –dijo ella–. Pareces preocupado. Y me estás mirando con esa cara de loco.
–Supongo que es porque estoy cansado. Esta mañana estuve en el colegio trabajando –dijo él–. Y aquí ha pegado mucho el sol. ¿Te has cortado el pelo?
–Las puntas y unas capas. Hace demasiado calor para el pelo largo.
–Lo tienes por encima de los hombros.
–¿No te gusta?
–Sí, me gusta.
Si su mujer se iba a la tienda ahora o al menos entraba en casa, podría buscar a la serpiente entre la hierba. Pero Natalie sacó una silla de jardín y un termo del vehículo, se colocó cerca de él y pegó un sorbo de un refresco.
–Hoy era el último día del campamento de los viernes –dijo ella–. Menos mal que ya se ha acabado. Esos niños tienen demasiada energía. Seis padres mandaron a sus niños con pasteles o galletas esta mañana y estaban todos que se subían por las paredes. Bueno, por los árboles, porque estábamos en el parque.
Jerry se sintió culpable por haber deseado que se fuera.
–Estoy muy feliz de que los niños y tú estéis aquí.
–¿Quieres beber? –dijo ella–. No tienes buena cara.
–Estoy bien.
Podía sentir que la serpiente se estaba alejando más todavía, quizá en respuesta a la voz de su mujer.
–Seguramente estás deshidratado. Toma, bebe.
Su mujer le acercó su vaso y lo mantuvo en alto, ofreciéndoselo, hasta que él descendió por la escalera, aceptó el vaso y dio un trago largo. Tenía sed. Limonada y edulcorante artificial, no era su bebida ideal, pero no estaba mal. Una cerveza estaría bien, pero quizá no fuera buena idea mientras estaba trabajando en la escalera.
Ella se echó un poco más del termo, volvió a su silla y se puso las gafas de sol. Él volvió a subir y miró en dirección de la serpiente pero no vio nada. El sol fue avanzando hacia el oeste mientras trabajaba y, por fin, cuando ya no podía levantar los brazos ni una vez más, guardó las herramientas hasta el día siguiente. Los niños parecían contentos de recuperar sus habitaciones tras haber estado como sardinas en lata en casa de los abuelos –no se pelearon ni una vez en toda la tarde– y cuando se fueron a dormir, Jerry y su mujer hicieron el amor por primera vez en más de un mes. Jerry había colocado la mesita de noche contra la pared para ocultar el estropicio que había hecho el apicultor, pero no podía dormir pensando que había un agujero. Durante la noche, tuvo la sensación de que su mujer también lo notaría. Se podía meter cualquier animal y ocultarse allí, al acecho: un murciélago, una ardilla, un insecto o, quizá, alguna parte horrible de su propio ser.
Al día siguiente, mientras su mujer estaba en la playa con los niños, descansó un rato del trabajo en el exterior y utilizó su sierra para cortar un trozo de revestimiento que más o menos cubriera el agujero; tardó casi dos horas en lograrlo, y tuvo que añadir trozos de madera para tener algo donde clavar. Pensó que era una pena no haberle dicho al apicultor que quería recuperar el trozo original de madera. Desafortunadamente, no tenía contrachapado de aquel tipo, así que usó un conglomerado algo más grueso que sobresalía un poco. Cuando ya lo tenía clavado, lamentó no haber pintado el rectángulo antes de colocarlo: ahora no podría hacerlo sin que Natalie oliera la pintura.
En las dos semanas siguientes, puso el aislamiento y el revestimiento en las caras de la casa que daban al sur y al oeste, sustituyó las ventanas y les puso molduras. Una mañana su mujer se levantó y le preparó huevos revueltos de desayuno. Había oído rumores de nuevos recortes de plantilla en el colegio, pero no le preguntó a Natalie si conservaría su puesto en las oficinas, porque no quería reconocer lo mucho que les hacía falta aquel dinero.
–Estoy contenta de estar otra vez contigo aquí, Jerry –le dijo mientras colocaba delante de él los huevos y la tostada ya untada con confitura de uva–. Con el revestimiento parece más un sitio para vivir. El verde queda mejor de lo que pensaba. Quizá a partir de ahora las cosas vayan a mejor.
–Creo que podré acabarlo antes de que empiecen las clases.
Había mentido al decirle a Natalie que la anciana insistió en el revestimiento verde.
El hijastro de Jerry apareció por la puerta, frotándose los ojos.
–Estoy muy feliz de que estés en casa, cariño –le dijo Jerry a su esposa.
La besó en la boca y llamó al niño para darle un abrazo. Oyó pasos de la niña en la habitación de arriba. Cerró los ojos para no quedarse mirando a su mujer con aquella cara que ella odiaba tanto.
Las cosas fueron bastante bien los primeros meses del nuevo año escolar, aunque efectivamente su mujer perdió el trabajo por recortes presupuestarios y tuvieron que pedirle un préstamo a los padres de Natalie para cubrir los gastos de la tarjeta de crédito. El proyecto de ciencias con arañas que hizo el niño recibió una mención honorífica para el primer premio del colegio, aunque solo estaba en tercero. Unos cuantos niños habían elegido polillas, pero nadie había capturado arañas mostrando tan bien las patas. El niño se había frustrado al principio al comprobar que las patas de las arañas a veces se desprendían en el proceso. A Jerry no le parecía que hubiera intervenido en exceso por ayudar al niño a pegar de nuevo las patas con unas pinzas y pegamento, o por atrapar y asfixiar a las arañas.
–Jerry, les han gustado las arañas –susurró el niño durante los anuncios del jurado. Estaban en el gimnasio del colegio–. Sé que mamá las odia, pero al jurado le gustan.
–Hay muchas cosas que a tu madre no le gustan –susurró Jerry.
Le hubiera gustado añadir algo positivo. Lo cierto es que su mujer había hecho un gran esfuerzo para tolerar el proyecto de las arañas, en el que estuvieron ocupados en el cobertizo número dieciocho, el cobertizo en el que había unos cincuenta inodoros viejos apilados. Al parecer la porcelana blanca atraía a las arañas o al menos las hacía más visibles.
–¿Qué quieres decir con eso? –le preguntó Natalie a Jerry. El jurado aún estaba nombrando los premios de las menciones especiales–. ¿Cómo que no me gustan muchas cosas?
–Hablamos de las arañas.
–Las arañas están muy bien fuera, mientras no tenga que verlas, ni estar cerca de ellas, ni que me toquen.
–Las arañas cazan muchas moscas –dijo el niño–. Nos ayudan.
–Eso es lo que diría Jerry. Él ama a todas las criaturas.
Esta respuesta sonó enojada, pero la sonrisa con la que la pronunció le dio un matiz de cariño, y cuando Jerry la besó en un lado de la cabeza, ella soltó una risita.
La siguiente vez que vio a Holroyd, las hojas del sicomoro y el arce despedían brillos naranjas, rojos y dorados. A Holroyd le costó subirse a la compuerta de la camioneta y respiró con dificultad cuando encendió su primer cigarro.
–¿Vamos a pillar un par de ciervos este año? –preguntó Holroyd.
–Claro.
Había ciervos de sobra en la finca, pero Jerry dudaba que Holroyd pudiera apuntar con el rifle con aquel temblor de manos.
–Sabes que Hammermill se ha muerto, ¿no? –dijo Holroyd.
–No.
–Hace tres semanas. Mi mujer vio la esquela en el periódico, pero no fui al funeral. Tenía pensado ir, pero al final no fui.
–Vaya, lo siento.
Jerry disfrutaba con las historias de Red, ciertas o no. A Jerry le pareció que Holroyd tenía los ojos acuosos bajo la espesa mata de pelo blanco.
–Supongo que ahora tú y yo somos los únicos guardeses que quedamos –dijo Holroyd–. Los únicos que conocemos este lugar. Mi mujer no entiende por qué tengo que venir aquí todo el rato. Ella está tan contenta con un jardín del tamaño de un sello, una caravana llena de cachivaches y un ambientador apestoso. Apenas puedo respirar allí.
–A veces se pasa el sobrino de la vieja. –Jerry notó un nudo en la garganta.
–Ah, ese idiota trajeado no tiene ni idea de nada. –Holroyd se encogió de hombros–. Siempre he pensado que me gustaría sacar savia de los arces. Quizá el año que viene deberíamos hacerlo, tú y yo. Recolectamos la savia y preparamos sirope de arce en el cobertizo número cinco. ¿Sigue habiendo un horno de leña allí?
Jerry asintió. No reunió el valor necesario para contarle a Holroyd que la vieja había ordenado que vendieran el horno de leña para hacer chatarra como primer paso para quemar el cobertizo. Así que cambió de tema.
–¿Por qué conserva el sitio la vieja? Podría venderlo por mucha pasta.
–Ya sabes cómo son las mujeres, se aferran a ideas raras y a baratijas –dijo Holroyd, que tenía que apoyar la cerveza en la compuerta cuando hablaba.
–Pero diecisiete casetas y doce hectáreas no son una baratija, ¿no?
Jerry confiaba en que su mujer no volviera enseguida. Si entraba su coche por el camino, Holroyd no tardaría en marcharse.
–Hammermill tenía una teoría –dijo Holroyd–. Decía que, de joven, la vieja trabajaba en la constructora de su abuelo y se enamoró de un supervisor que murió en un accidente. Hammermill solía jurar que la mujer se pasaba a visitarle a veces. A visitarle, ya me entiendes.
–¿Estuvo casada, la vieja?
–Que yo sepa, nunca se casó. Que yo sepa, Hammermill se lo inventó todo.
–Cuando pasó un mes sin que vinieras, me preocupé –dijo Jerry.
–Sí, me arrastraron a un hospital de mierda, los cabrones.
–A lo mejor estaría bien que me dieras tu teléfono.
–No te molestes. Todo el día me están machacando los oídos con los malditos teléfonos en el parque de caravanas. No quiero añadir más ruidos.
–Supongo que cuando la vieja muera, o cuando hayan quemado todos los cobertizos y se hayan llevado todos los materiales, ya no les haré falta –dijo Jerry.
–¿Solo quedan diecisiete?
–Diecisiete más la casa. No sé si sería capaz de hacer lo que tú, mudarme a un parque de caravanas.
–Al final todos hacemos lo que haga falta.
–Fuimos a ver una casa prefabricada en Indiana –dijo Jerry–. Entramos a verla y todo.
–¿De quién fue la idea? –preguntó Holroyd entre risas.
Jerry comprendía por qué su mujer quería vivir en una casa prefabricada. La casa del solar no tenía moqueta y las paredes eran paneles de madera vieja llenos de agujeros en lugar de yeso liso. Para él era más que suficiente, sin duda; de hecho, él prefería una casa destartalada a una bonita donde tuviera que limpiarse los zapatos antes de entrar o incluso quitárselos, como en la de sus suegros.
–Las casas prefabricadas gastan poca energía y son más fáciles de limpiar –dijo Jerry.
Holroyd respondió con un resoplido.
Sentado allí, en la compuerta, Jerry miró alrededor y deseó poder ver algo como unos venados de cola blanca pastando, una madre y un cervatillo con manchas, por ejemplo. La vida siempre estaba allí, lo sabía, pero tendría que quedarse un buen rato en silencio, con los oídos bien abiertos, antes de oír a las criaturas masticar, pisar hojas o bufar, antes de ver moscas devoradas por arañas o una de aquellas enormes serpientes naranjas. Se preguntó si, escuchando con mucha atención, sería posible oír la oxidación de los esqueletos –como dinosaurios– de la maquinaria de construcción abandonada, la putrefacción de los cobertizos de madera, la disolución de las capas de aislamiento, el hundimiento de los inodoros amontonados en la tierra.
–¿Crees que las serpientes naranjas viven en la parte de arriba de la finca? Quizá se alimentan de huevos de pájaros por allí –dijo Jerry.
–Podemos buscarlas cuando cacemos. Hay muchas huellas de ciervos este año, a lo mejor puedes cazar uno tú también. ¿Tienes ya la licencia?
Jerry asintió y se sirvió una segunda cerveza de la nevera de Holroyd. Normalmente Holroyd cazaba dos, uno para cada uno. La puesta de sol era espectacular. Ojalá pudieran quedarse así, todos juntos, eternamente, él de guardés, con su mujer y los niños, y que Holroyd se pasara de vez en cuando. Y las serpientes y las abejas, y los ciervos, las aves terrestres y los chotacabras podían quedarse allí con ellos, y las serpientes no entrarían en el campo de visión de su mujer, y ella se relajaría y comenzaría a amar este lugar, tanto como él.
Y quizá podría haber sucedido. Era uno de los futuros que podrían haberse materializado.
Era una noche de nieve, una semana antes de Navidad, cuando le llamó su mujer al colegio. Jerry estaba trabajando en el turno de tarde, limpiando las taquillas para el nuevo semestre. Era el momento del año en que más dinero iba a ganar, por las horas extraordinarias.
–Jerry, hay una cosa blanca, como un gato, está dentro de casa. –Su voz sonaba muy consternada.
–¿Qué pasa, cariño?
–Que hay un animal blanco aquí dentro.
–¿Será por la nieve? ¿Es un animal cubierto de nieve?
–No, como un gato, solo que no es un gato. Con las patas cortas.
–¿Un perro?
Menos mal que no era una serpiente blanca que se hubiera despertado de la hibernación. Una serpiente blanca habría aterrado a su mujer. Aunque en la guía de reptiles no había ninguna blanca. Esperaba que tampoco fuera un perro, pues había estado tratando de convencer a su mujer de tener uno, y la visita de un perro desconocido echaría al traste el plan.
–Un animal salvaje, Jerry –dijo su mujer con la respiración entrecortada–. Un animal que se ha metido en casa. Estaba en la cocina. He cerrado la puerta de golpe y he salido. Ahora hay un ruido como si estuviera rasgando algo.
–¿Una zarigüeya?
–No se parece nada a una zarigüeya. Jerry, por favor, ven a casa.
–Llego enseguida, cariño.
Dejó el cubo con la fregona en el pasillo y salió corriendo. Casi se olvidó de cerrar la puerta principal del colegio, pero regresó, la cerró y se metió apresuradamente en la camioneta para salir a toda velocidad. Cuando llegó, la puerta de la casa estaba abierta. Corría un viento por la casa como si su mujer se hubiera ido hace tiempo, pero no se había ido; estaba fuera, cargando el monovolumen.
–No quiero despertar a los niños –dijo cuando bajó las escaleras–. Pero no puedo seguir aquí.
–¿Dónde está?
–¿El qué?
–El bicho blanco. El gato.
–Ya te he dicho que no era un gato. Un gato no me habría asustado. Tenía el cuerpo largo y las patas cortas.
–Pero al principio dijiste que era como un gato.
–Que no era un gato.
–¿Dónde está?
–Ahora está fuera. He cerrado la puerta de la cocina, después he dado la vuelta, he abierto la puerta trasera y se ha ido corriendo.
–¿Y qué sería?
–No sé. Pero no quiero vivir con esas cosas. No quiero vivir aquí.
–Pero blanco… ¿Qué tipo de blanco?
–Creo que no me estás escuchando.
–Te estoy escuchando. Es normal que te asustaras. Era blanco y no era un gato. No estaba cubierto de nieve.
–No tenía nieve. Y el cuello era largo.
–¿Qué otros animales hay blancos?
–Era un animal que se supone que no tenía que estar aquí, Jerry. No tenía que estar en una casa. En una casa no deberían entrar cosas así. Pensaba que con el nuevo revestimiento…
Jerry se quedó pensando. ¿Era posible que se colara algo por debajo del revestimiento? Al fin y al cabo, no era albañil y quizá había cometido un error grave durante el proceso. Si se había colado un gato blanco, entonces también podía meterse la serpiente. No había sellado la casa nada bien.
Entró en la cocina y vio que la ventana encima del fregadero estaba abierta cinco centímetros y la nueva mosquitera de polímero reforzado con fibra tenía un roto. A veces su mujer abría la ventana cuando se le quemaba la comida. Justo en el exterior había un enrejado; lo había instalado él mismo para poner rosas después de terminar el trabajo del pozo seco. Le había dado que pensar la delgadez de las mosquiteras de las nuevas ventanas cuando las compró, pero el tipo que se las vendió le aseguró que ya nadie utilizaba mosquiteras metálicas, que todo el mundo utilizaba plásticos reforzados.
–Tiene que haber sido un gato –dijo Jerry–. Si no era una zarigüeya, ¿qué otra cosa va a ser?
–No era un gato –dijo su mujer, con lágrimas en las mejillas–. Fíjate en el olor. ¿Te parece que huele a gato? Deja de decir que era un gato.
–O quizá algún animal albino, quizá un conejo albino –dijo–. ¿Tenía los ojos rojos?
–No era un conejo.
Qué guapa estaba, con esa piel tan tersa como cuando era joven y rompió con él junto a la casa de sus padres; fue diez años antes, se bajó de un salto de la camioneta de Jerry y se casó con otro hombre. Tenía el pelo igual de brillante, aunque se lo había vuelto a cortar en las últimas semanas, de manera que ya no había ningún remolino serpentino. Fue entonces cuando Jerry se fijó en el olor, un olor penetrante de lo que fuera que había estado en la cocina, un olor intenso a almizcle. Un olor que despertaría a un muerto.
Esa noche su mujer metió sus cosas en una maleta y se fue. Volvió a por los niños y a por más cosas al día siguiente. El olor a almizcle de la cocina se disipó, pero Jerry siguió oliéndolo en la cocina durante semanas e incluso después no podía quitárselo de la cabeza. De hecho, llegó un momento en que anheló olerlo de nuevo.
La guía de mamíferos era un libro de referencia, así que solo podía consultarlo en la sala de la biblioteca. Por eso se fue al centro de interpretación y lo compró en la tienda de regalos, pese a que tenía que ahorrar dinero o utilizarlo para amortizar la deuda de las tarjetas de crédito. Cuando volvió a casa, no pudo parar de estudiarlo, de analizar los topos y topillos rojos, las diversas especies de ratones y comadrejas. El animal de marras era un armiño, sin lugar a dudas, con el pelaje enteramente blanco de su fase invernal y su forma de comadreja de rabo corto. Le gustó lo de la «fase invernal», que daba a entender que una criatura podía mutar de aspecto de una estación a otra.
Cuando por fin se presentó Holroyd, era una tarde de finales de enero. Estaba pálido y no mencionó que se habían perdido la temporada de caza, de modo que Jerry no sacó el tema. Esa mañana, Jerry había reducido a cenizas el cobertizo cinco y ahora estaba ocupado con las ascuas. Holroyd reculó con la camioneta a través de la nieve para poder sentarse en la compuerta, observar desde allí el fuego y dejarse acariciar por su calor. Jerry le contó a Holroyd lo del armiño que había entrado en la casa.
–Es una señal, están volviendo. Yo nunca vi ninguno. Hammermill los atrapaba con trampas, atrapaba a todos los bichos con trampas, para vender las pieles. A las mujeres les encanta esa piel de armiño de blanco puro.
–Me hubiera encantado verlo.
Jerry pensó que quizá, de haber estado allí, habría contribuido a que su mujer lo hubiera visto de otra forma, de una forma más positiva. Ver al armiño de la forma correcta podía resultar una bonita sorpresa, como ver a un unicornio cuando lo que esperas es un ciervo.
–¿Ya no fumas? –dijo Jerry.
–No, lo he dejado. –Crispó los dedos en una contracción nerviosa–. Los muy cabrones dicen que me voy a morir si no lo dejo.
–A mí últimamente me ha apetecido fumar –dijo Jerry–. Cuando estoy solo.
–No se te ocurra volver a fumar otra vez, hijo –dijo Holroyd–. Prométemelo.
–No voy a fumar. –A Jerry le escocieron los ojos un momento al oír la palabra «hijo».
–¿Has vuelto a ver tu serpiente? –preguntó Holroyd.
–No, desde que puse el revestimiento no. Pero estás temblando, ¿no quieres que entremos?
–Ná.
–Supongo que una serpiente así estará hibernando ahora –dijo Jerry.
–¿Seguro que no era tu imaginación, que te tomaba el pelo?
–A mi imaginación no se le ocurriría algo tan bonito. ¿Te he contado que de cerca la piel era como un prisma? Y reflejaba más colores, verdes y azules.
–Qué pena que hayas tenido que quemar ese cobertizo –dijo Holroyd–. Ahora solo quedan quince. Supongo que habéis hecho chatarra con el horno.
Holroyd tiró la lata de cerveza a las ascuas y se quedó observando cómo se ennegrecía al contacto con los carbones naranjas.
–Mi mujer va a comprar la casa prefabricada –dijo Jerry–. Sus padres la van a colocar en el terreno que está detrás de su casa. Va a estar bien que los niños puedan estar cerca de sus abuelos.
–¿Estás pensando en mudarte con ella?
–No me lo ha pedido –dijo Jerry.
–No voy a ser yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer o lo que no –dijo Holroyd.
Se manchó de cerveza el bigote y volvió a dejar la lata sin ser capaz de dar un trago. Jerry no podía pensar nada malo sobre su mujer. No estaba seguro de por qué había empezado a enamorarse de ella en el instituto, de por qué seguía enamorado de cada uno de sus movimientos, de cada gesto en su cara… Estaba enamorado, sin más. Con su piel suave y su pelo largo, era un bello misterio, e incluso su miedo al resto de criaturas bellas era algo especial en ella. Tenía una forma única de entender la vida y los niños eran encantadores, los echaba de menos cada día, pero lo cierto es que ella no se sentía a gusto allí, no era su sitio, no había que darle más vueltas. La vida era más relajada ahora, sin tener que preocuparse por arreglar todo, pero eso no impedía que la echara de menos.
–Mi mujer decía que siempre estaba mirándola y que la ponía nerviosa –dijo–. Yo pensaba que era algo normal mirar a tu mujer todo el rato.
Los dos hombres pasaron gran parte de la tarde del sábado sentados en la compuerta. Jerry observó las manos temblorosas del viejo, sus ojos acuosos y una lágrima que corrió por el lateral de su nariz hasta su bigote descuidado. Ahora que la mujer de Jerry se había ido, parecía posible cualquier cosa, cualquier tipo de tristeza.
–Así que la dueña de este sitio aún sigue viva –dijo Holroyd, asintiendo a lo que él mismo decía–. Mi mujer lee las esquelas, se fija a ver si sale.
–Me siguen pagando todos los meses. No es mucho, pero es algo, sobre todo ahora que estoy solo.
Jerry tiró su lata vacía al fuego, aunque aún contenía un diez por ciento de líquido, y contempló cómo se ennegrecía.
–Tendrá unos ochenta o noventa años.
–Espero que dure mucho.
Pero Jerry no estaba pensando en la anciana. Estaba pensando en Holroyd, que era por lo menos diez años más joven que Red Hammermill, pero parecía casi tan viejo, al menos hoy.
–¿Has reducido la deuda de las tarjetas, como decías? –preguntó Holroyd.
–Sí. Y me hice un plan de pagos como dijiste.
–Te llevan a la ruina, las malditas tarjetas.
–Ojalá pudiera ver otra vez a la serpiente –dijo Jerry–. Solo para saber que está bien.
–Quizá puedas tener un perro, ahora que no está tu mujer para impedirlo. No está bien pasar tanto tiempo solo.
–Pero he estado pensando que si tengo un perro seguramente no vuelva a ver a la serpiente. Entre los ladridos y las persecuciones… Quizá será mejor que espere a poder verla una vez más en primavera.
–Un labrador o un perdiguero te darían muy buena compañía, mucho mejor que una serpiente.
–Me pregunto si será la última de su estirpe.
Holroyd le pasó otra cerveza a Jerry y, al abrirla, dijo:
–Venga, salud, por la última de su estirpe.
Jerry imaginaba que la última de las grandes serpientes naranjas estaría escondida como se escondían todas las serpientes en invierno, enroscada bajo la tierra en su piel vieja. En primavera, asomaría la cabeza, sacaría la lengua, olfatearía y sabría que se encontraba en el lugar al que pertenecía. Y entonces podría ponerse manos a la obra, a mudar de piel, a comer, a buscar calor.

Detrás de la valla metálica había bombonas de propano reclinadas, como filas de hinchadas barrigas blancas. Todas estaban adornadas con el logo del gato sonriente de Pur-Gas, otra idea estúpida del jefe, que al parecer había olvidado que «P-u-r» se refería a gas «puro» y no a la onomatopeya para el ronroneo de los gatos en inglés. Desde la tienda contigua de reparación de neumáticos llegaba el traqueteo y el zumbido de los compresores, y puede que aquel ruido no matara neuronas, pero no cabía duda de que impedía pensar con claridad a cualquiera que anduviera por allí. Mientras Susan, la encargada del local de Pur-Gas, hablaba por el teléfono del despacho, se dio cuenta de que tenía los nudillos blancos de apretar con tanta fuerza la bolsa de su almuerzo. Según el vicedirector, al otro lado del teléfono, iban a echar del colegio a su hijo mayor, Josh, por meterse en una pelea.
–Mándele a la sala de castigo después de clase –dijo Susan–. Si no, se va a pasar el día viendo la tele en casa. Debería estar aprendiendo algo.
–No tenemos personal suficiente para estar vigilando a los alumnos problemáticos todo el día –dijo el vicedirector.
–Pero yo estoy trabajando todo el día, no puedo vigilarle.
–¿Y su padre?
–¿Qué pasa con su padre?
–Hay alguien que pregunta por ti –susurró Darcy, la ayudante de Susan. Darcy cerró los ojos e hizo el gesto de «loco» dibujando un circulito en el aire.
–Veremos qué se puede hacer –dijo el vicedirector con tono crispado.
–Sí, muchas gracias.
Susan colgó el teléfono, tiró al cubo de la basura la bolsa de la comida y regresó al mostrador principal, donde se encontró con su cuñado Mack, como siempre vestido con una chaqueta de camuflaje y una gorra del ejército. Para ayudar a su hermana Holly y sus dos hijos, Susan siempre le aplicaba a Mack el descuento de los empleados. Susan sacó el papel de Mack de una carpeta con el nombre de Holly.
–¿Seguro que este es el más grande que puedo comprar? –dijo Mack.
–Mack, es un depósito de ochenta y cinco metros cúbicos. Es la mitad de tu tráiler. Ten cuidado, no sea que uno de tus amigos borrachos estrelle su camión contra el depósito.
Al parecer, el propano era el combustible favorito del mes para los chalados del efecto 2000, que pensaban que el flujo de gas natural y la civilización entera estarían en grave peligro al tocar la medianoche del 31 de diciembre de 1999.
Mack y sus colegas paramilitares no eran, ni mucho menos, los únicos alarmistas tocapelotas que había en el pueblo esos días. Susan tenía pedidos de equipamiento de supervivencia para ejecutivos desasosegados de la empresa de celulosa, dos concejales y, la semana pasada, el mismo vicedirector del colegio con el que acababa de hablar –a lo mejor tenía que devolverle la llamada y amenazarle con cancelar su pedido de propano, una fuente de energía ligera y supereficiente, si expulsaba a Josh–. Todos esos hombres creían que llegaba la gran hecatombe y tenían la presuntuosidad de pensar que, si planeaban las cosas con inteligencia y compraban las máquinas necesarias, sobrevivirían, apiñados en sus sótanos u oteando el horizonte desde sus torres de vigilancia.
–¿Los camiones de reparto funcionan con propano o gasolina? –preguntó Mack, que no era feo cuando no iba vestido de payaso guerrillero.
–Propano.
–Bien. Eso significa que los camiones tendrán suficiente combustible para hacer los repartos.
–No te preocupes, los camiones no van a dejar de funcionar.
Se le ocurrió a Susan que los hombres siempre estaban a la espera de algún tipo de cataclismo, ya fuera el amor, la guerra o un asteroide gigantesco. Todos los hombres aspiraban a ser un personaje impetuoso a lo Bruce Willis, que estuviera en lucha contra un malvado enemigo extranjero y despreciara al mismo tiempo los quehaceres cotidianos. Los hombres solo querían centrarse en un gran tema y dejaban que las mujeres se encargaran de solucionar los miles de problemas menores restantes.
–Eres demasiado negativa, demasiado cínica –le había dicho a Susan su marido (ahora exmarido)–. Y no me quieres como antes. Por eso he tenido que buscarme otra mujer.
–Explícaselo a tus hijos –había respondido Susan–. Explícaselo a Josh, a Andy y a Tommy.
Los hombres no entendían que no podías dejarte llevar por la pasión cuando había tanta gente que necesitaba tu atención, cuando había tanto trabajo que hacer. Los hombres no entendían que no había nada de tal magnitud que te liberara de tus obligaciones, que comenzaban tan pronto como el sol se alzaba por encima de la fábrica de celulosa y solo acababan cuando terminabas las tareas de cada día y te caías reventada en la cama con el ruido de fondo de la autopista interestatal 94.
El rollo del milenio era solo una distracción más para que los hombres se escaquearan de hacer cosas útiles de verdad. En lugar de montar todo este jaleo y gastarse tanto dinero, Mack debería contratar a alguien que cuidara de los niños una vez a la semana y sacar a Holly a cenar, o quizá limpiar el terreno alrededor de la caravana, que, la última vez que lo vio, estaba lleno de trastos, bidones de aceite de motor, maderas podridas y motores de automóvil cubiertos con lona. Y ahora que le había dado por prepararse para el efecto 2000, Mack se había hecho con un depósito de diésel de dos mil litros que había plantado, como un gran truño amarillo, bajo las cuerdas de tender de Holly. La idea era llenar el depósito con combustible para su camión.
–Necesitas una base de hormigón de diez centímetros para poner ese tanque de propano –dijo Susan–. Vamos a tener que inspeccionarlo antes de que lo pongas y también después.
–Voy a echar el hormigón mañana. –Mack extrajo unos papeles de su bolsillo–. Susan, sé que no siempre nos hemos llevado bien, pero creo que deberías tener una copia de esto –dijo con aire muy serio mientras desdoblaba un taco de cuatro hojas grapadas con instrucciones para prepararse contra el efecto 2000.
Susan dejó de escribir y leyó para sí, al azar, un par de frases en la última página: «Llene la bañera de agua» y «Guarde un mínimo de mil unidades de munición para todas las armas que tenga». El ruido de los compresores se intensificó y los hombres se pusieron a gritar y dejaron caer las herramientas al suelo de hormigón. Como siempre, en la parte trasera la radio sintonizaba la emisora del derechista Rush Limbaugh.
Susan miró la cara ceñuda de Mack, hizo un gurruño con los papeles y lo lanzó por encima del mostrador, sin lograr encestar en la papelera por un metro.
–¿No lo pilláis, tontos del culo? –dijo Susan alzando la voz–. Si se va la electricidad, tendremos que vivir sin electricidad un tiempo. Lo que pase, pasará. No se puede controlar el mundo y, sobre todo, ¡tú no puedes controlar este propano!
La voz de Susan había subido en un crescendo y Darcy se acercó a mirar desde un lado, con un sándwich de jamón y queso abierto en las manos.
–¿Sabes qué? –continuó Susan con voz susurrante–. Si le digo al conductor que no te llene el depósito, no te lo va a llenar. Así que más te vale portarte bien con Holly.
Mack se apartó del mostrador y fijó la vista en sus botas militares negras. Susan señaló tres sitios en el formulario donde tenía que firmar Mack y le ofreció el bolígrafo.
–Si no utilizas cien dólares de gas al mes, tendrás que pagar el doble de alquiler por el depósito.
Esa tarde, Susan se saltó su costumbre de ir a nadar a la piscina del YMCA y se fue directa a casa. Antes incluso de entrar en la cocina, bajó las escaleras al sótano, donde Josh había trasladado su habitación hacía dos meses, lo que había permitido que Andy y Tommy tuvieran sus propias habitaciones.
–¿Josh? –Golpeó en la puerta de lo que antes era el despacho de su marido, pero no obtuvo respuesta. Empujó la puerta, que se abrió a una habitación donde no había más iluminación que el destello azul del televisor.
–¡Has llegado a casa antes de lo normal, mamá! –gritó Josh en tono recriminatorio.
–Josh, me han llamado… –Susan dejó de hablar en cuanto vio dos cuerpos en la cama de Josh–. ¿Nicole?
La nueva novia de Josh, una chica de pelo rizado, estaba con él, con la sábana subida hasta el cuello. Al adaptarse la vista de Susan a la penumbra, se dio cuenta de que Josh estaba desnudo. Dios bendito, ¡si tenían quince años! Susan se quedó de piedra, escuchando, de forma involuntaria, las voces de sorpresa y enfado que emanaban del programa de la tele, que parecía ser The Jerry Springer Show.
–¡Salid de la cama! –gritó finalmente Susan.
–Yo no entro en tu habitación por sorpresa –dijo Josh.
–¡Salid de la cama!
Susan salió del cuarto, con los brazos cruzados sobre el pecho, y trató de pensar en lo que debía decir. Primero salió la chica, con rímel corrido en torno a los ojos. Miró desafiante a Susan antes de dirigirse a las escaleras; tenía una cara tan pálida y delgada que Susan se preguntó si sería una de esas chicas que vomitaba la comida.
–Mamá, la quiero –dijo Josh–. No lo entiendes.
Susan se dio cuenta de que en la cara de Josh, además de su incipiente vello facial, había varios pelos oscuros y rizados.
–Pues si la quieres, ¿por qué te arriesgas a dejarla preñada? –preguntó Susan–. ¿Por qué os arriesgáis a joderos la vida?
Susan también estaba pensando: si esta chica significa tanto para ti, ¿por qué no apagas la maldita televisión cuando estás en la cama con ella?
Lavar los platos fue la última tarea de Susan antes de irse a la cama esa noche. El agua caliente la estaba adormilando y se permitió olvidar a Josh y no pensar en el efecto 2000. Había estado tan ocupada burlándose de los alarmistas que no había dedicado tiempo a pensar en el año 2000. Entendía la idea de los dígitos, el año 00, y que eso podía causar problemas con los sistemas informáticos que controlaban los semáforos y los cajeros automáticos. Quizá debería darse un margen mayor de tiempo para llegar al trabajo el lunes 3 de enero. Quizá debería guardar doscientos dólares en efectivo por si la primera paga se iba al garete. Podía seguir la recomendación de llenar la bañera de agua sin mayor problema, pero seguramente pasaría de hacerlo. Aunque el capullo de su exmarido la llamaba negativa y cínica, estaba convencida de que la gente normal que se dedicaba a sus trabajos sería capaz de arreglar los problemas derivados del fallo informático.
Susan abrió la ventana para que entrara una corriente fría de aire nocturno en la habitación y escuchó el rumor del tráfico en la autopista, el zumbido de un avión en el cielo, el estruendo apagado del tercer turno de trabajadores en la fábrica de celulosa y la cháchara de la televisión en el sótano. Cuando no le quedara más remedio que bajar a apagarla, Josh estaría tumbado en la cama, dormido con la boca abierta. Cuando Susan apretara el botón, Josh se quejaría, medio dormido: «Mamá, ¡estaba viéndolo!». Sabía que no había estado muy acertada antes, con lo que le había dicho en el sótano sobre Nicole, pero todavía estaba demasiado enfadada para saber qué decir.
Susan sumergió de nuevo las manos en el agua caliente. Veía algunas ventajas si de verdad se producía un colapso por el milenio. La vida sería más tranquila sin electricidad. Se imaginó las manecillas del reloj de la cocina dando vueltas a más y más velocidad, a mil por hora hasta Nochevieja, y deteniéndose de golpe. En el momento crítico, estaría tal cual estaba ante el fregadero, quizá con una vela de aroma balsámico del árbol de Navidad en el alféizar. Estaría agotada por la visita de su padre, que siempre venía el 24 de diciembre y se quedaba hasta Nochevieja, con lo cual Susan tenía que limpiar la casa durante toda la semana y levantarse temprano para cocinarle desayunos calientes –aquel hombre pensaría que era el fin del mundo si no se sentaban todos juntos ante un buen desayuno caliente–. De repente dejarían de alzarse columnas de humo de las chimeneas de la fábrica de celulosa. Se apagarían todas las luces y cesarían los chirridos, bufidos y traqueteos de las máquinas. Susan se secaría con un paño, se echaría una crema en las manos y respiraría hondo. En el momento del milenio de Susan, hasta los faros de los camiones de reparto se apagarían y las ruedas dejarían de girar. En todos los carriles de la autopista, se quedarían paralizados los vehículos de tracción a las cuatro ruedas y los coches normales, al igual que sus conductores. En lo alto, las estrellas brillarían con tanta fuerza como en el cielo del desierto. Los hombres tampoco podrían arrancar motocicletas, sierras eléctricas o máquinas cortacésped; máquinas inertes, metal aceitoso en sus manos. Las voces de los vicedirectores, de los hombres que compraban en Pur-Gas, de los tipos que parloteaban en la televisión y en la radio se ralentizarían y se detendrían, aunque fuera solo por un instante. Los hombres de todas las edades en todos los lugares –hombres que hablaban de fútbol, de máquinas, de política, de bombas hidráulicas y de la mecánica del amor– se callarían de una vez por todas.
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