Читать книгу: «Aventuras y desventuras del Chico Centella»
Título original: The Life and Times of the Thunderbolt Kid
© Bill Bryson, 2006
© traducción de Pablo Álvarez Ellacuria, 2011
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO286
ISBN: 978-84-9006-737-6
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PORTADA
CRÉDITOS
PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS
CAPÍTULO 1. MI CIUDAD NATAL
CAPÍTULO 2. BIENVENIDOS A CHIQUILANDIA
CAPÍTULO 3. EL NACIMIENTO DE UN SUPERHÉROE
CAPÍTULO 4. A ERA DE LA ILUSIÓN
CAPÍTULO 5. A LA CAZA DEL PLACER
CAPÍTULO 6. EL SEXO Y OTRAS DISTRACCIONES
CAPÍTULO 7. ¡BOOM!
CAPÍTULO 8. EN CLASE
CAPÍTULO 9. EN HORAS DE TRABAJO
CAPÍTULO 10. EN LA GRANJA
CAPÍTULO 11. ¿PREOCUPADO YO?
CAPÍTULO 12. POR AHÍ
CAPÍTULO 13. LOS AÑOS PÚBICOS
CAPÍTULO 14. DESPEDIDA
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS
En conjunto, los días de mi infancia fueron bastante agradables. Mis padres eran pacientes y amables, y hasta cierto punto normales. Nunca me encadenaron en el sótano. Nunca hablaron de mí como de «esa cosa». Nací niño y me permitieron seguir siéndolo. Mi madre, como se verá más adelante, me envió una vez a la escuela con pantaloncitos Capri, pero por lo demás no hubo apenas experiencias traumáticas en mi educación.
Crecer fue fácil. No requirió ningún esfuerzo mental o físico por mi parte. Era algo que iba a suceder de todas maneras. Por eso, me temo que lo que voy a contar en las páginas siguientes no es particularmente emocionante. Aun así, fue, con mucho, la época más aterradora, emocionante, interesante, instructiva, desconcertante, lasciva, dura, problemática, despreocupada, confusa, serena e inquietante de toda mi vida. Casualidades de la vida, lo mismo puede decirse de Estados Unidos durante aquellos años.
Todo lo que aquí se cuenta es cierto y sucedió en realidad, más o menos, pero casi todos los nombres y algunos detalles han sido cambiados con la intención de evitar avergonzar a nadie. Una breve porción de la historia fue publicada con anterioridad y en forma algo diferente en el New Yorker.
Una vez más, son muchas las personas que generosamente me han prestado su ayuda, y quiero aprovechar esta oportunidad para dar las gracias con sinceridad y por orden alfabético a Deborah Adams, Aosaf Afzal, Matthew Angerer, Charles Elliott, Larry Finlay, Will Francis, Carol Heaton, Jay Horning, Patrick Janson-Smith, Tom y Nancy Jones, Sheila Lee, Fred Morris, Steve Rubin, Marianne Velmans, Daniel Wiles y el personal de la Universidad de Drake, el de la biblioteca de la Universidad de Des Moines en Iowa y el de la biblioteca de la Universidad de Durham en Inglaterra.
Le estoy especialmente agradecido a Gerry Howard, mi sagaz y siempre considerado editor estadounidense, por la pila de ejemplares de Boys’ Life, uno de los mejores y más útiles regalos que he recibido en años; y a Jack Peverill de Sarasota (Florida) por proporcionarme ingentes cantidades de material que me ha sido de mucha ayuda. Y por supuesto mantengo una deuda permanente de gratitud con mi familia, y en primer lugar con mi querida esposa, Cynthia, por más ayuda de la que soy capaz de enumerar siquiera; con mi hermano Michael por la cantidad de material de archivo que me ha facilitado, y con mi madre, la incomparablemente maravillosa e infinitamente paciente Mary McGuire Bryson, sin la cual, evidentemente, nada de lo que se relata a continuación habría sido posible.
CAPÍTULO 1
MI CIUDAD NATAL
SPRINGFIELD, ILLINOIS (AP) — El Senado Estatal de Illinois ha disuelto su Comisión de Eficiencia y Economía «por motivos de eficiencia y economía».
Des Moines Tribune, 6 de febrero de 1955
Hacia finales de la década de los cincuenta, las Fuerzas Aéreas canadienses pusieron en circulación un librito sobre el entrenamiento isométrico, una forma de ejercicio que despertó en mi padre un breve pero intenso entusiasmo. Los ejercicios isométricos consisten en utilizar un objeto inamovible cualquiera, como una pared o un árbol, para hacer toda la fuerza posible contra él en diversas posturas y tonificar y fortalecer así distintos grupos de músculos. Puesto que todo el mundo tiene a su disposición árboles o paredes, no hace falta un gran dispendio en material deportivo, y supongo que fue eso lo que atrajo a mi padre.
Lo que resultaba incómodo en el caso de mi padre era que hacía sus ejercicios isométricos en los aviones. Cada vez que volaba se acercaba, antes o después, a la zona de tripulación o al espacio que hay frente a la salida de emergencia y, adoptando la posición de alguien dispuesto a desplazar maquinaria pesada, empujaba la pared exterior del aparato con la espalda o los hombros, permitiéndose de vez en cuando alguna pausa antes de reanudar sus esfuerzos entre quedos y resueltos gruñidos.
Por fuerza, aquello tenía que llamar la atención: al fin y al cabo, y por muy inverosímil que pudiera resultar, daba toda la impresión de que intentaba abrir a empujones un boquete en el costado del avión. Los ejecutivos de los asientos cercanos le observaban por encima de la montura de sus gafas. Antes o después, una azafata asomaba la cabeza y se le quedaba mirando también, pero con cierta precaución, como si acabase de recordar un aspecto en concreto de su formación que hasta entonces no hubiese tenido oportunidad de poner en práctica.
Al comprobar que lo observaban, mi padre se incorporaba, sonreía amigablemente y empezaba a describir a grandes rasgos los principios subyacentes al ejercicio isométrico. A continuación, procedía a ofrecer una demostración a un público que no tardaba en ser inexistente. Curiosamente, era del todo incapaz de sentir vergüenza en tales ocasiones, pero tanto daba, porque mi vergüenza bastaba y sobraba para los dos; también para los restantes pasajeros, la aerolínea y sus empleados, y toda la población del estado que estuviésemos sobrevolando.
Había dos cosas que hacían que tales situaciones fuesen soportables. La primera era que, ya en tierra firme, mi padre no era ni mucho menos tan descerebrado. La segunda era que el propósito de aquellos viajes era siempre visitar las sedes de alguno de los equipos de las Grandes Ligas, por ejemplo Detroit o St. Louis, pernoctar en un gran hotel del centro y presenciar partidos de béisbol, y sólo por eso se le perdonaban muchas cosas; todas, en realidad. Mi padre trabajaba como redactor deportivo para el Des Moines Register, que en aquella época era uno de los mejores diarios del país, y a menudo me llevaba con él en sus viajes por el Medio Oeste. En ocasiones, se trataba de viajes en coche a lugares como Sioux City o Burlington, pero al menos una vez cada verano embarcábamos en un enorme avión plateado (todo un acontecimiento en aquella época) y surcábamos las algodonosas nubes del cielo estival para asistir a varios partidos de las Grandes Ligas, la cumbre del deporte.
El béisbol, como tantas otras cosas, era en aquel entonces mucho más sencillo, y a mí se me permitía entrar con él en los vestuarios y en los banquillos, e incluso saltar al campo antes del partido. Puedo decir que Stan Musial me ha alborotado el pelo, y que le he devuelto a Willie Mays una pelota que se le había escapado durante el calentamiento. Le he prestado mis prismáticos a Harvey Kuenn (aunque quizás fuese a Billy Hoeft) para que pudiese echar un vistazo a una rubia pechugona sentada en la grada superior. En una ocasión, pasé una calurosa tarde de julio en el Wrigley Field de Chicago, en un mal ventilado vestuario situado bajo la tribuna izquierda, sentado junto a Ernie Banks, el extraordinario parador en corto de los Cubs, mientras éste firmaba cajas enteras de pelotas nuevecitas de béisbol (las cuales, por cierto, desprenden uno de los olores más agradables que existen sobre el planeta; vale la pena tener una siempre cerca). Sin que nadie me lo pidiese, asumí la tarea de sentarme a su lado y pasarle cada pelota nueva. Aquello retrasaba considerablemente el proceso, pero Ernie sonreía cada vez que le pasaba una y me daba las gracias, como si le hubiese hecho un grandísimo favor. Es la persona más amable que he conocido nunca. Fue como ser amigo de Dios.
No puedo concebir que a lo largo de la historia haya habido un lugar o una época más agradables que Estados Unidos en la década de 1950. Ningún país había conocido hasta entonces tanta prosperidad. Al concluir la guerra, Estados Unidos había invertido 26.000 millones de dólares en fábricas que no existían antes de la guerra, y 140.000 millones de dólares en ahorros y bonos de guerra que pedían a gritos que los gastasen. No había sufrido bombardeos, y apenas tenía competidores. Lo único que debían hacer las empresas estadounidenses era dejar de construir tanques y acorazados y ponerse a fabricar automóviles Buick y frigoríficos Frigidaire... y vaya si lo hicieron. Hacia 1951, cuando me dio por venir al mundo, casi el 90 por ciento de los hogares del país disponía de frigoríficos, y casi tres cuartas partes tenía lavadoras, teléfono, aspiradora y cocinas de gas o eléctricas, cosas con las que el resto del mundo sólo podía soñar. Los estadounidenses poseían el 80 por ciento de los electrodomésticos mundiales, controlaban dos tercios de la capacidad productiva mundial y producían más del 40 por ciento de la electricidad, el 60 por ciento del petróleo y el 66 por ciento del acero del planeta. El 5 por ciento de la población mundial, es decir, Estados Unidos, disponía de mayores riquezas que el 95 por ciento restante.
No se me ocurre nada que refleje mejor la feliz bonanza de aquellos años que una fotografía publicada en la revista Life dos semanas antes de que yo naciera. En ella puede verse a la familia Czekalinski, de Cleveland (Ohio) —Steve, Stephanie y sus dos hijos, Stephen y Henry—, rodeada por las dos toneladas y media de comida que una familia media de clase obrera consumía en un año. Entre los productos que les rodeaban destacaban 225 kilos de harina, 37 kilos de manteca, 29 kilos de mantequilla, 31 pollos, 150 kilos de carne de ternera, 13 kilos de carpa, 75 kilos de jamón, 20 kilos de café, 350 kilos de patatas, 656 litros de leche, 131 docenas de huevos, 180 hogazas de pan y 32 litros de helado, todo ello adquirido con un presupuesto semanal de 25 dólares. (El señor Czekalinski ganaba 1,96 dólares por hora como mozo de almacén en la fábrica de Du Pont.) En 1951, el estadounidense medio comía un 50 por ciento más que el europeo medio.
No es de extrañar que la gente estuviese tan feliz. De repente fueron capaces de adquirir cosas que nunca en la vida habían soñado que pudieran poseer, y no podían creer que tuviesen tanta suerte. Sus deseos, además, eran maravillosamente simples. Nadie ha vuelto a estar tan contento por poseer una tostadora o una plancha de gofres. Cuando uno se compraba un gran electrodoméstico invitaba a los vecinos para que pudiesen echarle un vistazo. Yo tendría unos cuatro años cuando mis padres compraron un frigorífico Amana Stor-Mor, y durante al menos seis meses fue como un invitado de honor en nuestra cocina. Estoy seguro de que, de no haber sido tan pesado, lo habrían sentado todas las noches a la mesa para que cenara con nosotros. En ocasiones recibíamos una visita inesperada, y entonces mi padre decía:
—Por cierto, Mary, ¿queda algo de té helado en el Amana? —Y, para regocijo de los invitados, añadía—: Suele quedar. Es un Stor-Mor.—¡Oh!, ¿un Stor-Mor? —decía entonces el visitante, y alzaba las cejas con el gesto de quien sabe apreciar la refrigeración de calidad—. Nosotros nos planteamos comprar también un Stor-Mor, pero al final nos decidimos por un Philco Shur-Kool. A Alice le encantó el cajón EZ-Glide para verduras, y en el congelador cabe un litro entero de helado. Como podrás imaginar, ése fue el factor decisivo para Wendell júnior.
Y, encantados con aquella broma, se sentaban a beber té helado y hablar de electrodomésticos durante al menos una hora. Nunca antes había habido personas tan felices.
Además, la gente miraba al futuro con impaciencia, con una ilusión como no ha vuelto a repetirse. Pronto, y en eso coincidían todas las revistas, habría ciudades submarinas en cada costa, colonias espaciales protegidas por inmensas campanas de vidrio, trenes y aviones atómicos, retropropulsores portátiles, un autogiro en cada garaje, coches capaces de convertirse en barcas e incluso submarinos, aceras móviles que nos trasladarían sin esfuerzo hasta el trabajo o la escuela, automóviles de cabina vidriada que circularían solos por las superautopistas y permitirían a papá y mamá y a los dos niños (Chip y Bud, o Skip y Scooter) jugar a juegos de mesa o saludar al vecino cuando pasase a bordo de su autogiro o incluso recostarse, descansar y disfrutar pronunciando algunas de aquellas espléndidas palabras tan en boga en los años cincuenta y que hoy ya no se escuchan: ciclostil, asador, escenógrafo, heladera, ultramarinos, colinabo, Studebaker, calcetines calados, Sputnik, beatnik, canasta, Cinerama, gasógeno o corista.
Para quienes no eran capaces de esperar el advenimiento de las ciudades submarinas y los coches autotripulados, había otras recompensas menores y más inmediatas. De haber querido uno hacer uso de todo cuanto ofrecían los anunciantes de un único número de, pongamos, Popular Science de, pongamos, diciembre de 1956, uno habría podido, entre otras muchas cosas, aprender ventriloquia a solas, estudiar los cortes de carne (por correspondencia o en cursos presenciales de la Escuela Nacional de Corte de Carne de Toledo [Ohio]), embarcarse en una lucrativa carrera como afilador ambulante de patines de hielo, vender extintores desde la comodidad de su hogar, poner fin de una vez por todas a los problemas de la hernia, construir radios, reparar radios, actuar en la radio, hablar por radio con personas de otros países y posiblemente de otros planetas, mejorar su personalidad, adquirir una personalidad, adquirir un físico varonil, aprender a bailar, diseñar membretes personalizados de manera profesional o ganar «un dinerito» en su tiempo libre construyendo adornos de jardín y otras fruslerías.
Mi hermano, que por lo general era una persona bastante inteligente, se decidió en una ocasión a encargar un manual que prometía enseñarle a desplazar la voz. Lo que hacía era farfullar algo ininteligible con los labios tiesos y a continuación dar un paso al lado y decir: «Ha sonado como si viniese de allí, ¿a que sí?». También se fijó en un anuncio de Mechanics Illustrated que le instaba a disfrutar de la televisión en color por tan sólo 65 centavos más gastos de envío; mi hermano envió el pedido y cuatro semanas más tarde recibió con el correo una hoja transparente de plástico multicolor, que debía pegar sobre la pantalla del televisor.
Después de tal inversión, mi hermano se negó a aceptar que el resultado quizá fuese algo decepcionante. Cada vez que un rostro humano entraba en la zona rosácea de la pantalla, o una porción de césped coincidía brevemente con el segmento verde, gritaba triunfante:
—¡Mirad! ¡Mirad! Así será la televisión en color —nos decía—. Todo esto es experimental, ¿sabéis?
En realidad, la televisión en color no llegó a nuestro vecindario hasta casi el final de la década, cuando el señor Kiessler de St. John’s Road adquirió por muchísimo dinero un enorme aparato RCA Victor Consolette, el televisor insignia de la RCA. Durante al menos dos años, el suyo fue el único televisor en color en manos privadas, lo que hacía de él una fantástica novedad. Los sábados por la tarde, los niños del vecindario nos colábamos en su jardín y nos plantábamos entre las flores para ver una serie titulada My Living Doll a través de la doble ventana que había tras su sofá. Estoy bastante seguro de que el señor Kiessler no supo nunca que dos docenas de niños de muy diversas edades seguían en silencio el programa junto a él; de lo contrario, no se habría tocado con tanto entusiasmo cada vez que la núbil Julie Newmar aparecía en pantalla. En aquel entonces supuse que sería otra forma de ejercicio isométrico.
Todos los años, durante casi cuatro décadas, desde 1945 hasta su jubilación, mi padre cubrió las Series Mundiales para el Register. Era, con muchísima diferencia, el punto álgido de su año laboral. No sólo podía pegarse la vida padre durante dos semanas por cuenta del periódico en algunas de las ciudades más cosmopolitas e interesantes de la nación (y vistas desde Des Moines, todas las ciudades son cosmopolitas e interesantes), sino que también fue testigo de algunos de los instantes más memorables de la historia del béisbol: la milagrosa captura a una mano de un tiro raso de Joe DiMaggio en 1947, el partido perfecto de Don Larsen en 1956, o el home run con el que Bill Mazeroski ganó las Series de 1960. Quizá para vosotros no tenga mayor importancia (supongo que para la mayoría de gente de hoy en día no significa nada), pero fueron instantes de puro éxtasis compartidos por toda una nación.
En aquella época, las Series Mundiales se jugaban de día, de manera que si uno quería ver un partido tenía que fugarse de clase o contraer una muy conveniente bronquitis («Jolín, mamá, la maestra ha dicho que ahora mismo hay mucha tuberculosis»). Allí donde sonase una radio o estuviese encendido un televisor se arremolinaban auténticas multitudes. Llegar a escuchar o ver parte de un partido de las Series Mundiales, incluso media entrada durante la hora del almuerzo, se convertía así en una aventura casi ilícita. Y si tenías la suerte de estar presente cuando sucedía algo monumental, lo recordabas durante el resto de tu vida. Mi padre tenía un asombroso don para estar presente en esos momentos, y nunca esa afirmación fue más cierta que durante la temporada de 1951, con la que comienza nuestra historia.
En la Liga Nacional (una de las dos componentes de las Grandes Ligas, junto con la Liga Americana), parecía que los Dodgers de Brooklyn se encaminaban hacia una fácil victoria en la División Este cuando, a mediados de agosto, los Giants, sus rivales al otro extremo de la ciudad, despertaron y comenzaron a remontar de manera inopinada. De repente a los Giants empezó a salirles todo. Ganaron treinta y siete de cuarenta y cuatro partidos en la segunda vuelta, y recortaron la ventaja de los Dodgers, que en su momento había parecido inalcanzable. A mediados de septiembre, apenas había otro tema de conversación: ¿serían capaces los Dodgers de aguantar el tirón? Algunos aficionados cayeron muertos por el calor y la emoción. Ambos equipos concluyeron la temporada empatados a todo, por lo que fue necesario organizar a toda prisa una eliminatoria al mejor de tres partidos para decidir quién se hacía con el título. El Register, como casi todos los diarios de ciudades lejanas, no envió un cronista a aquellos improvisados playoffs, sino que prefirió confiar en las noticias de agencia hasta que arrancase el primer partido de la verdadera final.
Los playoffs prolongaron durante tres días el exquisito tormento de la nación. Cada equipo consiguió ganar uno de los dos primeros partidos, con lo que el tercero debía ser el último y decisivo. Parecía que los Dodgers habían recuperado al fin su invencibilidad: a comienzos de la novena entrada, en el marcador campeaba un cómodo 4-1 y sólo necesitaban eliminar a tres jugadores para ganar, pero los Giants consiguieron una carrera hacia el final del partido, y tenían a dos jugadores en base cuando Bobby Thomson salió a batear. Lo que Thomson hizo a la mortecina luz de aquella tarde de otoño ha sido elegido en numerosas ocasiones como el mejor momento de la historia del béisbol.
Ralph Branca, el lanzador reserva de los Dodgers, lanzó hoy una bola histórica —escribió uno de los presentes—. Por desgracia, fue histórica para otra persona. Bobby Thomson, el «Escocés Errante», bateó el segundo lanzamiento de Branca por encima del muro izquierdo del estadio y ganó así el partido con un home run tan sorprendente y extraordinario que fue recibido en un primer momento con asombrado silencio.
Luego, a medida que la gente tomaba conciencia del milagro, temblaron los venerables cimientos de las gradas dobles del Polo Grounds. Los Giants habían ganado el campeonato tras completar una de las remontadas más increíbles que ha conocido este deporte.
El autor de aquellas líneas era mi padre, quien de modo abrupto e inesperado había conseguido presenciar aquel instante majestuoso de Thomson. Sólo el cielo sabe cómo consiguió convencer a la dirección del Register (conocida por su habitual frugalidad en el gasto) de que le enviase desde Des Moines a Nueva York (¡1.831 kilómetros!) para el último y crucial partido, un caso de gasto irreflexivo que rompía con décadas de juiciosos precedentes, o cómo se las arregló para conseguir que lo acreditaran y le dieran un puesto en el palco de prensa con tan poca antelación.
Pero es que tenía que estar allí. Era parte de su destino. No quiero decir exactamente que Bobby Thomson consiguiera aquel home run porque mi padre estaba en el estadio, ni insinuar que no lo habría conseguido de no haber estado allí mi padre. Lo único que digo es que mi padre estaba allí, y Bobby Thomson estaba allí, y que consiguió el home run, y que las cosas no podrían haber salido de otra manera.
Mi padre se quedó en la ciudad para las Series Mundiales, durante las cuales los Yankees vencieron sin excesivas dificultades a los Giants en seis partidos —supongo que hay un límite a la excitación que el mundo es capaz de generar o soportar en un mismo otoño— y regresó luego a la tranquilidad de su vida en Des Moines. Poco más de un mes después, en un día frío y nevado de primeros de diciembre, su mujer se puso de parto en el hospital Mercy y, sin grandes alharacas, dio a luz a un niño: su tercer hijo, el segundo varón, el primer superhéroe. Le pusieron por nombre William, como su padre. Le llamaron Billy hasta que tuvo edad suficiente para pedirles que dejaran de hacerlo.
Si exceptuamos el mejor home run de la historia del béisbol y el nacimiento del Chico Centella, 1951 no fue un año especialmente destacado para Estados Unidos. Harry Truman era todavía presidente, pero pronto cedería su puesto a Dwight D. Eisenhower. La guerra arreciaba en Corea y no iba nada bien. Julius y Ethel Rosenberg acababan de ser declarados culpables de espiar para la Unión Soviética, pero aún pasarían dos años en la cárcel antes de terminar en la silla eléctrica. En Topeka (Kansas), Oliver Brown, un comedido hombre negro, puso un pleito a las autoridades escolares locales por obligar a su hija a recorrer veintiuna manzanas para asistir a una escuela exclusivamente negra cuando a siete manzanas de su casa había una igual de buena para blancos. El caso, que ha pasado a la historia como Brown versus la Junta Escolar, se cuenta entre los más determinantes de la reciente historia estadounidense, pero no saltaría a la luz pública hasta tres años más tarde, cuando llegó al Tribunal Supremo.
En 1951, Estados Unidos tenía 150 millones de habitantes, algo más de la mitad de su población actual; no existían autopistas interestatales, y apenas sí había una cuarta parte de los coches que hay hoy. Los hombres iban casi siempre con sombrero y corbata. Las mujeres preparaban cada comida más o menos desde cero. La leche se vendía en botellas. El cartero llegaba a pie. El total del gasto estatal ascendía a 50.000 millones de dólares anuales, por comparación con los 2,5 billones actuales.
Te quiero, Lucy se estrenó en televisión el 15 de octubre, y en diciembre hizo su debut Roy Rogers, el vaquero cantarín. En Oak Ridge (Tennessee), la policía detuvo en otoño a un joven y le acusó de posesión de estupefacientes al encontrársele encima un sospechoso polvillo parduzco, pero lo pusieron en libertad cuando pudo demostrar que se trataba de un nuevo producto llamado café instantáneo. Más cosas nuevas en aquel momento, o todavía por inventar: bolígrafos, fast food, cenas de microondas, abrelatas eléctricos, megasuperficies comerciales, autovías, supermercados, la expansión urbana hacia la periferia, el aire acondicionado de las casas, la dirección asistida, el cambio de marchas automático, las lentes de contacto, las tarjetas de crédito, los magnetófonos, los trituradores de basuras, los lavavajillas, los discos de larga duración, los tocadiscos portátiles, los equipos de béisbol al oeste de St. Louis y la bomba de hidrógeno. Sí había hornos microondas, pero pesaban 350 kilos. Faltaban aún algunos años para la aparición de los vuelos a reacción, el velcro, los transistores y los ordenadores de un tamaño manejable (esto es, menores que un edificio).
La guerra nuclear era una constante en las mentes de la gente de la época. El miércoles 5 de diciembre, las calles de Nueva York permanecieron desiertas durante siete minutos cuando la ciudad llevó a cabo «el mayor ejercicio de prevención de ataques aéreos de la era atómica», según la revista Life, cuando un millar de sirenas dieron la alarma y la gente salió de estampía (bueno, en realidad con mucha calma y deteniéndose a posar para fotografías) hacia los refugios establecidos, que por lo general eran el interior de cualquier edificio medianamente sólido. Las fotografías de Life mostraban a Papá Noel conduciendo a un grupo de niños hacia la salida de Macy’s, a hombres a medio jabonar y sus barberos abandonando las peluquerías, y a varias muchachas curvilíneas sorprendidas durante una sesión de modelaje de trajes de baño, temblequeando y fingiendo bienhumorado disgusto al salir del estudio, conscientes de que salir en una fotografía en Life no haría ningún daño a sus carreras. Tan sólo se eximió de participar en el ejercicio a los clientes de los restaurantes, con el argumento de que difícilmente volvería a vérsele el pelo a un neoyorquino a quien se le permitiese abandonar un restaurante sin haber pagado.
Más cerca de mi casa, en el transcurso del mayor ejercicio de este tipo jamás llevado a cabo en Des Moines, la policía detuvo a nueve mujeres acusadas de prostitución en el viejo hotel Cargill del centro, en el cruce de las calles Séptima y Grand. ¡Vaya operación! Ochenta agentes tomaron el edificio al asalto poco después de la medianoche, pero les resultó imposible encontrar a las damas residentes en el establecimiento. Sólo después de haber efectuado minuciosas mediciones fue posible descubrir, tras seis horas de registro, una cavidad tras un muro del piso superior. En su interior aparecieron nueve mujeres temblorosas y en su mayoría desnudas. Todas fueron detenidas bajo el cargo de prostitución, y a todas se les impuso una multa de 1.000 dólares. No puedo sino preguntarme si la policía se habría mostrado tan perseverante de haber sido hombres desnudos lo que buscaban.
El 8 de diciembre de 1951 se conmemoró el décimo aniversario de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, así como el décimo aniversario y un día del ataque japonés sobre Pearl Harbor. En el centro de Iowa fue un día frío con ligeras nevadas, máximas diurnas de -2 ºC y la amenaza en el oeste de las gruesas nubes de una ventisca. Des Moines, ciudad de 200.000 habitantes, ganó diez nuevos ciudadanos aquel día —siete niños y tres niñas— y tuvo que lamentar sólo dos muertes.
Se acercaban las Navidades. Aquel año, la prosperidad era evidente en todos los anuncios navideños. Los cartones de cigarrillos engalanados con ramitas de acebo y otros adornos propios de las fechas fueron muy populares, al igual que los instrumentos eléctricos de todo tipo. Los juguetitos estaban muy de moda. Mi padre le compró a mi madre una picadora manual de hielo para cócteles, que tras veinte minutos de vigorosa operación de una manivela convertía cubitos de hielo perfectamente funcionales en un chorrito de agua fresca. Nunca llegó a usarse, más allá de la Nochevieja de 1951, pero adornó con su presencia la repisa de la cocina hasta bien entrada la década de 1970.
Aun así, agazapados entre los sonrientes anuncios y halagüeños artículos, podían verse indicios de mayores preocupaciones. Aquel otoño, Reader’s Digest preguntaba a sus lectores: «¿Quién controla la mente de su hijo?». (Al parecer, lo hacían maestros de tendencias comunistas.) La polio estaba tan extendida que incluso House Beautiful publicó un artículo en el que explicaba cómo reducir los riesgos para los propios hijos. He aquí algunos de sus consejos (inútiles casi todos ellos): mantener tapada la comida, evitar sentarse en agua fría o con bañadores mojados, descansar mucho y, sobre todo, tener cuidado con «admitir a nuevas personas en el círculo familiar».
El número de diciembre de la revista Harper’s incluía una sombría reflexión económica, un artículo de Nancy B. Mavity centrado en un inquietante nuevo fenómeno, las familias con dos fuentes de ingresos en las que tanto el marido como la mujer trabajaban para poder permitirse un estilo de vida más ambicioso. La principal preocupación de Mavity no residía en si las mujeres serían capaces de hacer frente a las exigencias de su trabajo y compaginarlas con el cuidado de la casa y de los niños, sino más bien en el efecto que ello tendría sobre el papel tradicional del hombre como sostén de la familia. «A mí me daría vergüenza dejar a mi mujer que trabajase», había sido el abrupto comentario de un hombre, y del tono de Mavity podía deducirse que esperaba que la mayoría de lectores estuviesen de acuerdo. Cabe señalar que, hasta que llegó la guerra, muchas estadounidenses no habrían podido trabajar, tanto si querían como si no. Antes de lo de Pearl Harbor, la mitad de los cuarenta y ocho estados contaba con leyes que prohibían el acceso al trabajo a las mujeres casadas.
A este respecto, mi padre hacía gala de un espíritu liberal muy saludable (yo diría incluso que entusiasta), puesto que se deleitaba en la capacidad de mi madre de ganar dinero. Ella también trabajaba para el Des Moines Register en calidad de redactora en la sección de hogar, y desde ese puesto se ocupó de dar cumplida respuesta a las preguntas de amas de casa ansiosas por saber si era el momento adecuado de decorar el dormitorio en cachemir, si los cojines del sofá debían ser cuadrados o redondos, o incluso si su casa estaba a la altura. «El chaletito con porche de una planta no pasará nunca de moda», aseguró a sus lectores (que seguramente respondieron con un suspiro colectivo de alivio en los barrios residenciales del oeste) en su último artículo antes de retirarse para darme a luz.
Como ambos trabajaban, vivíamos con algo más de holgura que la mayoría de personas con nuestro trasfondo socioeconómico (lo que en el Des Moines de la década de 1950 equivalía a la mayoría de la población). Nosotros —es decir, mis padres, mi hermano Michael, mi hermana Mary Elizabeth (o Betty) y yo— teníamos una casa más grande y un terreno más espacioso que la mayoría de colegas de mis padres. Era una casa de madera de listones blancos y postigos negros con un gran porche cubierto, situada en la cima de una colina en el mejor barrio de la ciudad.
Mi hermana y mi hermano eran considerablemente mayores que yo (mi hermana me llevaba cinco años, y mi hermano, nueve), con lo que bajo mi punto de vista eran adultos a todos los efectos. Tenían edad suficiente como para no haber estado demasiado en casa durante buena parte de mi infancia. Durante mis primeros años de vida, compartí un pequeño dormitorio con mi hermano. No nos llevábamos mal. Michael sufría de constantes resfriados y alergias, y tenía unos cuatrocientos pañuelos de algodón (tirando por lo bajo), que cuajaba cuidadosamente de mocos y remetía luego en cualquier espacio que se prestara a ello: bajo el colchón, entre los cojines del sofá, o detrás de las cortinas. Cuando cumplí nueve años se fue a la universidad, y más tarde a Nueva York, como periodista, y cuando regresaba era sólo temporalmente, con lo que a partir de entonces tuve la habitación para mí solo. Aun así, seguí encontrando pañuelos suyos hasta bien entrada mi adolescencia.
La única pega de que mi madre trabajase era la presión a la que se veía sometida para hacerse cargo de la casa, y en especial de la cena, la cual, todo hay que decirlo, nunca había sido su habilidad más destacada. Mi madre iba siempre tarde a todas partes, y para acabar de arreglarlo era de natural peligrosamente olvidadiza. En mi casa, uno pronto aprendía a echarse a un lado a eso de las seis menos diez de la tarde, porque era entonces cuando entraba corriendo por la puerta de atrás, tiraba algo al interior del horno y desaparecía en la casa para enfrascarse en la miríada de tareas domésticas que le esperaban cada tarde. La consecuencia de aquello era que casi siempre se le olvidaba la cena hasta un momento ligeramente posterior a «demasiado tarde». Por lo general, sabíamos que era hora de comer cuando oíamos explotar las patatas en el horno.
En mi casa no hablábamos de la cocina. Hablábamos de la unidad de quemados.
«Se ha chamuscado un poco», decía mi madre a modo de disculpa en cada comida mientras te servía en el plato un trozo de carne que más bien parecía algo (tal vez tu animal preferido de compañía) que hubieran rescatado de un trágico incendio. «Pero creo que he raspado casi todo lo quemado», añadía, sin mencionar que eso incluía todo lo que en algún momento había sido carne.
Por suerte, la situación le convenía a mi padre. Su paladar solo reconocía dos sabores, el quemado y los helados, de manera que todo le parecía bien, siempre y cuando estuviese lo suficientemente tostado y no resultase sorpresivamente sabroso. El suyo era un matrimonio bien avenido a la perfección, porque nadie podía quemar comida como mi madre ni comérsela como mi padre.
Como parte de su trabajo, mi madre compraba pilas enteras de revistas del hogar —House Beautiful, House and Garden, Better Homes and Gardens, Good Housekeeping— y yo las leía con cierta avidez, en parte porque andaban tiradas por todas partes y en mi casa todos los momentos de ocio se pasaban leyendo algo, y en parte porque describían vidas divergentes en todo punto de las nuestras. Las amas de casa de las revistas de mi madre eran personas juiciosas, organizadas y con una extraordinaria presencia de ánimo, y su comida (sus vidas) eran perfectas. ¡Se ponían elegantes para sacar la comida del horno! En el techo de sus cocinas no había cercos negros sobre los fogones, ni pringue mutante asomado al borde de las ollas todavía por fregar. A los niños de las revistas no les obligaban a apartarse siempre que se abrían las puertas del horno. Y aquellos platos: tarta Baked Alaska, langosta a la Newburg, pollo cacciatore... eran recetas que no podíamos ni imaginar, y mucho menos encontrar en Iowa.
Como la mayoría de habitantes de Iowa en los años cincuenta, en nuestra casa comíamos de manera mucho más prudente.[1] En aquellas escasas ocasiones en las que a nuestros platos llegaba comida a la que no estábamos acostumbrados —en aviones, o trenes, o si alguien que no hubiera nacido en Iowa nos invitaba a comer—, la tendencia era a levantarla cuidadosamente con el cuchillo y analizarla desde todos los ángulos posibles, como para determinar si era necesario desactivarla. Una vez, durante un viaje a San Francisco, unos amigos llevaron a mi padre a un restaurante chino; más tarde nos narró la experiencia con el tono sombrío de quien recuerda un encuentro con la muerte.
—Además, comen con palillos, ¿sabes? —añadió con aires de hombre de mundo.
—¡Qué me dices! —exclamó mi madre.
—Prefiero que me dé gangrena a volver a pasar por eso —añadió mi padre con sequedad.
En mi casa no se comía:
• pasta, arroz, queso crema, nata, ajo, mayonesa, cebollas, carne de lata, pastrami, salami o comida extranjera de cualquier tipo;
• pan que no fuese blanco y no tuviese al menos 65 por ciento de aire;
• especias, a excepción de sal, pimienta y jarabe de arce;
• pescado que no fuese de forma rectangular, naranja chillón ni empanado, y eso sólo los viernes, y sólo cuando mi madre recordaba que era viernes, lo que no sucedía a menudo;
• sopas que no contasen con la bendición de Campbell’s, e incluso entonces muy pocas de ellas;
• nada con sospechosos nombres regionales como «pone» o «gumbo», ni comidas que en cualquier época hubiesen sido alimento habitual de esclavos o campesinos.
Los demás tipos de comida —curry, enchiladas, tofu, bagels, sushi, cuscús, yogur, col rizada, berros, jamón de York, todo queso que no fuese amarillo brillante ni lo suficientemente reluciente como para verte reflejado en él— no se habían inventado todavía o no teníamos noticia de ellos. La nuestra era una esplendorosa falta de sofisticación. Recuerdo la sorpresa que sentí cuando, a una edad bastante avanzada, descubrí que el cóctel de gambas no era lo que siempre había imaginado: un aperitivo alcohólico previo a la cena adornado con una gamba.
Todas nuestras comidas consistían en sobras. Mi madre tenía reservas aparentemente inagotables de platos que en algún momento habían pasado por nuestra mesa, algunas incluso en repetidas ocasiones. A excepción de un par de productos lácteos, todo lo que había en la nevera era mayor que yo, y en algunos casos me sacaba varios años. (Su más anciana posesión comestible, no creo que haya ni que decirlo, era un pastel de frutas conservado en una lata metálica y que databa de la época colonial.) Lo único que se me ocurre es que mi madre se dedicó a cocinar todo aquello en la década de 1940 para poder sorprenderse durante el resto de su vida con lo que iba encontrando semioculto al fondo del congelador. Nunca la vi tirar comida a la basura. Al parecer, la regla de oro era que si al abrir la tapa los contenidos no te hacían dar un respingo ni retroceder asqueado, aquello se podía comer.
Tanto mi padre como mi madre se habían criado durante la Gran Depresión, y ninguno tiraba nunca nada a poco que pudiese evitarlo. Mi madre tenía por costumbre fregar y secar los platos de papel, y alisaba el papel de plata para poder reutilizarlo. Si te dejabas un guisante en el plato, acabaría convertido en parte de una comida futura. Todo nuestro azúcar procedía de los sobrecitos de los restaurantes, subrepticiamente distraídos en el fondo de los bolsillos de un abrigo; lo mismo podría decirse de nuestras mermeladas, compotas, galletitas (con y sin sal), salsas, parte del ketchup y la mantequilla, todas nuestras servilletas y, muy de vez en cuando, algún cenicero; todo lo que iba con una mesa del restaurante, en realidad. Uno de los momentos más felices en las vidas de mis padres fue cuando el jarabe de arce empezó a servirse en sobrecitos de usar y tirar y pudieron añadirlos al botín del hogar.
Bajo el fregadero, mi madre tenía una extraordinaria colección de tarros, incluido uno al que llamábamos «el tarro del titi». «Titi» era lo que decíamos en casa para referirnos al pis, y durante mis primeros años de vida el tarro del titi salía a la palestra siempre que el momento de salir de casa coincidía con la súbita necesidad de alguien (y cuando digo «alguien», por supuesto, me refiero al benjamín de la familia: a mí) de hacer pis.
—Vaya. Tendrás que hacerlo en el tarro del titi —decía en tales ocasiones mi madre un tanto exasperada, echando un rápido vistazo al reloj de la cocina.
Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que el tarro del titi no siempre —ni siquiera a menudo— era el mismo. Si en algún momento llegué a pensar en ello, supongo que imaginé que el tarro del titi se desechaba regularmente para sustituirlo por un tarro nuevo; al fin y al cabo, teníamos cientos de ellos.
Así pues, podéis imaginar cuál sería mi consternación, seguida de diversos grados de preocupación, cuando una tarde fui a la nevera a por una segunda ración de melocotones en almíbar y me di cuenta de que estábamos comiendo de un tarro que pocos días antes había contenido mi orina. Reconocí el tarro de inmediato porque tenía pegado un trozo de etiqueta que se parecía muchísimo a la marca del Zorro, un dato sobre el que había llamado alegremente la atención mientras llenaba el tarro con mis preciosos fluidos corporales; aunque nadie me escuchó, claro. Y ahí estaba ahora, con nuestro postre dentro. Si alguien me hubiese dado un fajo de fotografías que mostrasen a mi madre in fraganti con, digamos, el tipo de la gasolinera, no creo que la sorpresa hubiese sido mayor.
—Mamá —dije, al tiempo que aparecía por la puerta del comedor con mi descubrimiento entre manos—, éste es el tarro del titi.
—No, cariño —respondió ella, serena, sin alzar la vista—. El tarro del titi es un tarro especial.
—¿Qué es el tarro del titi? —preguntó mi padre divertido mientras se llevaba una cucharada de melocotón a la boca.
—Es el tarro en el que hago titi —expliqué—. Y es éste.
—¿Billy hace titi en un tarro? —preguntó mi padre, no sin cierta dificultad, ya que había dejado de comer el medio melocotón que acababa de meterse en la boca y lo tenía apoyado en la lengua a la espera de obtener información adicional sobre su pasado más reciente.
—Sólo de vez en cuando —dijo mi madre.
El apuro de mi padre era ahora casi absoluto, pero tenía la boca tan llena de almíbar que no era capaz de articular sus palabras. Creo que preguntó por qué no podía ir al baño de arriba como las personas normales. Una pregunta justa, dadas las circunstancias.
—Hombre, hay veces que vamos con prisa —continuó mi madre, ligeramente incómoda—. Y por eso tengo un tarro debajo del fregadero, un tarro especial.
Yo, entretanto, había regresado de la nevera cargando con todos los tarros que era capaz de llevar en brazos.
—Estoy bastante seguro de que también he usado estos —proclamé.
—Me extrañaría muchísimo —dijo mi madre, pero de sus palabras pendía un mínimo interrogante. Y continuó tirando piedras contra su tejado:
—Además, siempre los enjuago muy bien antes de volver a utilizarlos.
Mi padre se levantó y fue hacia la cocina, se inclinó sobre el cubo de la basura y dejó que el melocotón cayese de su boca junto con medio litro de almíbar.
—Quizá lo del tarro del titi no sea tan buena idea —comentó.
Aquello fue el fin del tarro del titi, aunque acabó siendo para bien, como suele ocurrir con este tipo de cosas. Después de aquello, a mi madre le bastaba mencionar que tenía algo bueno en un tarro en la nevera para que mi padre sintiese la súbita necesidad de llevarnos a Bishop’s, una cafetería del centro. Y era lo mejor que podía pasar, porque Bishop’s era el restaurante más espléndido que ha existido nunca.
Todo en él era divino: la comida, la modesta decoración, las maternales camareras con uniformes grises que te llevaban la bandeja a la mesa y te traían de buen gusto un tenedor si no te gustaba el que te había tocado. Cada mesa tenía una lamparita que podías encender si necesitabas que te atendieran, para evitarte así andar buscando y haciendo señas a las camareras que pasaban a tu lado. Bastaba con encender tu farito y en un instante tenías a una camarera junto a la mesa preguntando qué podía hacer por ti. ¿No es una idea fantástica?
Los servicios de Bishop’s contaban con los únicos retretes atómicos del mundo, o al menos los únicos que yo he visto. Cuando tirabas de la cadena, el asiento se levantaba automáticamente y desaparecía en un hueco en la pared con la forma del asiento, donde caía sobre él un baño de luz violeta, cálido, higiénico y científicamente avanzado; luego emergía de nuevo impecablemente higienizado, calentito y vibrando casi con termoluminiscencia atómica. No quiero ni saber cuánta gente de Iowa murió de cáncer de nalgas en las décadas de 1950 y 1960, pero valía la pena, cada nalga desinflada valía la pena. Era costumbre llevar a los visitantes de otras ciudades a los servicios de Bishop’s para enseñarles los retretes atómicos, y todos coincidían en que era lo mejor que habían visto nunca.
También es verdad que, en la década de 1950, la mayoría de cosas en Des Moines eran lo mejor de su clase. En Toddle House teníamos el más dulce y suculento pastel de nata y plátano, y, por lo que me cuentan, lo mismo podía decirse de la tarta de queso de Johnny and Kay’s, aunque la proverbial incomodidad de mi padre ante la calidad y el cuidado que ponía siempre al gastar su dinero impidieron que nos llevase nunca al bastión de la gastronomía de Fleur Drive. Teníamos los helados más deliciosos, de vivísimos colores fluorescentes, en Reed’s, un establecimiento de serena opulencia próximo a las piscinas de Ashworth (que a su vez era la piscina pública más hermosa y elegante de todo el mundo, y tenía las socorristas más esbeltas y bronceadas) en Greenwood Park (las mejores pistas de tenis, el lago más decoroso, las calles más cuidadas). La mayor sensación de bienestar que ha conocido el ser humano era volver a casa desde las piscinas de Ashworth atravesando Greenwood Park, cubierto por la marquesina flotante de las hojas de los árboles y bien adobado en cloro, y saber que en breve hundirías la cara en tres rebosantes bolas de helado de Reed’s.
En Barbara’s Bake Shoppe teníamos los mejores productos de repostería; las costillitas más carnosas y pringosas y el pollo frito más crujiente estaban en un restaurante llamado The Country Gentleman; la mejor comida rápida, en el drive-in de George, el Rey del Chile (y luego los mejores pedos; una hamburguesa con chile de George se acababa en cuestión de minutos, pero los pedos, según se contaba, duraban toda la vida). Teníamos grandes almacenes propios, restaurantes, tiendas de ropa, supermercados, droguerías, floristerías, ferreterías, cines, hamburgueserías y mil cosas más, todas nuestras, y cada una de ellas la mejor de su género.
Bueno, en realidad ¿quién podía saber si eran las mejores de su género? Para saberlo, habría que haber visitado miles de pueblos y ciudades por todo el país y haber probado todos los helados y pasteles de chocolate y demás, porque por aquel entonces cada población era diferente. Era la maravilla de vivir en un mundo en el que casi no existían las grandes cadenas. Cada comunidad era especial, y no encontrabas siempre lo mismo en todas partes. Incluso si los comercios de Des Moines no eran los mejores, al menos eran nuestros. Cuando menos, tenían cosas que los hacían interesantes y distintos (y, por encima de todo, eran los mejores).
En un arranque de genio, Dahl’s, el supermercado del barrio, había instituido un espacio llamado «el Corral de los Niños». Era un espacio cerrado, decorado como un cercado para el ganado y repleto de tebeos en el que las madres podían dejar a sus hijos mientras hacían la compra. En Estados Unidos, durante la década de 1950, se produjeron cifras desorbitadas de tebeos (mil millones de ejemplares sólo en 1953), y la mayoría terminaban en el Corral de los Niños. Estaba lleno de tebeos. Para poder entrar en el Corral de los Niños trepabas hasta el madero superior de la cerca, saltabas al interior y vadeabas hasta el centro. El tiempo que tardase tu madre en hacer la compra no importaba, porque tenías un surtido inagotable de lectura. Creo que había niños viviendo en aquel corral. A veces, mientras buscabas el último ejemplar del Hombre de Goma, encontrabas a un niño enterrado bajo palmo y medio de tebeos, profundamente dormido, o simplemente disfrutando del olor a papel. Ningún establecimiento ha hecho nunca algo tan considerado para los niños. Quienquiera que tuviese la idea del Corral de los Niños está ahora sin duda en el cielo; habría merecido también un premio Nobel.
Dahl’s tenía también otro servicio que despertaba mucha admiración. Una vez tus compras habían sido metidas en bolsas («ensacadas», en Iowa) y abonadas, no cargabas con ellas hasta el coche, como en otros supermercados más convencionales, sino que se las entregabas a un amable caballero de delantal blanco que te entregaba una tarjeta de plástico con un número y colocaba la compra en una cinta transportadora inclinada que las conducía a las entrañas de la tierra y las introducía en un túnel oscuro y misterioso. Mientras tanto, tú volvías a tu coche y te acercabas hasta un pequeño edificio de ladrillo situado en un extremo del aparcamiento, a unos treinta metros del establecimiento, donde tus compras, algo revueltas y evidentemente descansadas tras su aventura subterránea, reaparecían al cabo de uno o dos minutos y eran cargadas en tu coche por otro amable individuo de delantal blanco que recuperaba la tarjeta de plástico y te deseaba que pasases un buen día. No era un sistema particularmente eficiente, a decir verdad (a menudo se formaba una fila de coches frente a la caseta de ladrillos, y lo único que conseguía el traqueteo por el túnel era excitar peligrosamente las bebidas carbonatadas durante las dos horas siguientes), pero todo el mundo estaba encantadísimo y admiradísimo con él.
Y así era entonces en todo Des Moines, fueses adonde fueses. Todo negocio tenía algo especial que lo distinguía de los demás. En los grandes almacenes New Utica del centro había un tubo neumático ascendente junto a cada caja registradora. El efectivo de tu compra se depositaba en un cilindro, que se introducía en los tubos y salía disparado como un torpedo hacia la caja central; así de grande era la urgencia por contar el dinero y reinyectarlo en la economía. Una visita a New Utica era como una excursión a un siglo futuro.
Frankel’s, la tienda de ropa de caballero de Locust Street, en el centro, disponía de una escalinata bastante majestuosa que conducía hasta el entresuelo. Pasear por aquella planta resultaba de lo más gratificante: era como deambular por la cubierta de un barco, pero mucho más interesante, porque en lugar de asomarte a una extensión vacía de agua contemplabas la actividad comercial de una tienda para caballeros. Podías escuchar conversaciones y verle la coronilla a la gente. Ofrecía todas las satisfacciones del espionaje sin ninguno de los riesgos asociados. No importaba lo mucho que tardasen en tomarle las medidas a tu padre para una chaqueta, o que éste estuviese muy ocupado haciendo una demostración de ejercicios isométricos.
«No pasa nada» decías entonces generoso, desde lo alto de tu privilegiada posición. «Daré otra vuelta.»
En lo que a placeres en las alturas se refiere, el Shops Building de Walnut Street era incluso mejor. Era un precioso edificio de oficinas de unas siete u ocho plantas, de estilo vagamente morisco, que albergaba una cafetería muy popular en la planta baja, por encima de la cual se abría hasta el techo un atrio central a cuyo alrededor se situaban las escaleras y galerías del edificio. El sueño de todo niño era subir por aquellas escaleras hasta el piso superior.
Llegar hasta la escalera requería astucia y una carrera perfectamente coordinada, ya que había que burlar a la encargada de la cafetería, la pérfida y huesuda señora Musgrove, que tenía vista de lince y odiaba a los niños (y con razón, como se verá más adelante). Pero si encontrabas el momento exacto en el que estaba distraída, podías pegar una carrera hasta las escaleras y ascender a la oscuridad del piso superior, desde el que tenías la perspectiva de un francotirador sobre los comensales de la planta baja. Si además llevabas algún tipo de dulce consistente —los M&M de cacahuete eran los favoritos, debido a su forma aerodinámica—, disponías de una caída libre de siete u ocho plantas. Creedme si os digo que un M&M de cacahuete que cae veinte metros antes de zambullirse en un cuenco de sopa de tomate salpica mucho.
Sólo disponías de un intento, ya que si el proyectil fallaba el objetivo y caía contra la mesa —que era casi siempre—, explotaba en un millar de fragmentos recubiertos de chocolate y daba un susto morrocotudo a los comensales, pero también ponía sobre aviso a la señora Musgrove, quien trepaba entonces por las escaleras a aproximadamente la misma velocidad con la que había caído el M&M, con lo que disponías de menos de cinco segundos para escabullirte por una ventana y bajar por la escalera de incendios hacia la libertad.
El principal establecimiento comercial de Des Moines era Younker Brothers, que eran los grandes almacenes más importantes del centro de la ciudad. Younkers era inmenso. Ocupaba dos edificios, separados a la altura de la calle por una vía pública, lo que hacía de ellos los únicos almacenes que he visto, y posiblemente los únicos que han existido nunca, en los que podías morir atropellado yendo desde moda de caballero a cosméticos. Contaba con unas instalaciones adicionales en la acera opuesta, la Tienda del Hogar, que albergaban las tiendas de mobiliario y a la que podía accederse a través de un pasadizo subterráneo que cruzaba la calle Ocho y el departamento de electrodomésticos. No sabría decir por qué, pero resultaba enormemente satisfactorio entrar en Younkers por el lado este de la calle Ocho y salir poco después con tus compras en la mano por el lado oeste. La gente de otros estados venía expresamente para recorrer el pasadizo, salir al otro lado de la calle y decir «¡Hala! ¡Oye! ¡Caramba!».
Younkers era el espacio más elegante, moderno, eficiente y urbano de todo Iowa. Daba empleo a mil doscientas personas. Suyas fueron las primeras escaleras mecánicas del estado («escaleras eléctricas», se las llamaba entonces) y la primera instalación de aire acondicionado. Todo en el establecimiento —el sedoso funcionamiento de las puertas giratorias, el resplandor de las escaleras, y el susurro de los ascensores, cada uno con un ascensorista de guantes blancos— parecía diseñado para atraerte a su interior y ponerte a consumir con toda alegría. Younkers era tan enorme, y tan maravillosamente desorganizado, que muy pocas veces conseguías dar con alguien que verdaderamente lo conociese del todo. La librería estaba situada en una balconada medio oculta en la penumbra a la que se llegaba por una minúscula escalerita, lo que hacía de ella un lugar confortable, como un club; un espacio abierto sólo a los conocedores. Era una librería notable, pero es fácil encontrar a gente que creció en Des Moines en la década de 1950 y que no tenía ni idea de que Younkers tenía una librería.
Con todo, el sanctasanctórum era el Salón de Té, donde las madres llevaban a sus hijas en busca de un toque de elegancia durante sus compras. El Salón de Té no me interesó nunca lo más mínimo hasta que mi hermana mencionó de pasada un ritual del establecimiento. Al parecer, se invitaba a los jóvenes visitantes a meter la mano en una caja de madera repleta de pequeños obsequios, cada uno de ellos primorosamente envuelto en tela blanca y atado con una cinta, y escoger uno como recuerdo perdurable de la ocasión. Una vez, mi hermana me dio uno de los regalos que le habían tocado y que no le parecía ni fu ni fa: una caravana con caballos de hierro colado. Mediría unos seis centímetros, pero el grado de detalle era exquisito. Las puertas se abrían. Las ruedas giraban. Un cochero minúsculo sostenía las diminutas riendas metálicas. Era evidente que aquello había sido pintado a mano con todo esmero por un mal pagado miembro del bando perdedor de la guerra al otro lado del Pacífico. Yo nunca había visto, y mucho menos poseído, algo tan espléndido.
A partir de entonces, y durante años, les imploré que me llevasen con ellas cuando fuesen al Salón de Té, pero siempre me respondían vagamente que ya no les gustaba tanto, o que había demasiadas compras que hacer y no podíamos parar a almorzar. (Años después descubrí que en realidad iban cada semana; era una de esas cosas secretas de mujeres que madres e hijas hacen juntas, como tener el período e ir juntas a tomarse medidas para los sujetadores.) Por fin llegó un día —yo tendría ocho o nueve años— en el que salí de compras con mi madre; mi hermana no iba con nosotros, y mi madre me preguntó: «¿Quieres que vayamos al Salón de Té?».
Creo que en toda mi vida no he aceptado una invitación con tanto entusiasmo. Subimos en ascensor hasta una planta que yo ni sabía que Younkers tenía. El Salón de Té era el sitio más elegante en el que había estado nunca, como un gran salón del palacio de Buckingham transportado por arte de magia al Medio Oeste estadounidense. Todo en él estaba almidonado, y rezumaba clase y serenidad. De fondo sonaba una música leve y refinada, puntuada por el tintineo de los cubiertos sobre la porcelana y del hielo en los vasos. Evidentemente, la comida me traía al pairo. Sólo esperaba el momento en que me invitasen a acercarme a la caja de los juguetes para escoger uno.
Cuando llegó el momento tardé años en decidirme. Cada paquetito parecía tan níveo, tan perfecto, tan listo para ser disfrutado... Al final opté por uno de tamaño y peso medio, y me atreví incluso a darle un ligero meneo. El tintineo del interior sonó como si fuese de hierro colado. Me lo llevé a mi asiento y lo abrí con cuidado. Era una muñeca en miniatura, un bebé indio en su capazo de hermosa factura pero evidentemente pensado para una niña. Fui a devolverlo junto con el envoltorio al encargado de la caja de los juguetes, un individuo de aspecto ligeramente retrasado.
—Parece que me ha tocado una muñeca —dije con algo parecido a una risita sardónica.
La miró con cuidado.
—Pues es una pena, porque sólo te puedo dejar meter mano una vez en la caja.
—Ya, pero es que es una muñeca —dije—. Para una niña.
—Pues tendrás que buscarte una amiguita a la que regalársela, ¿no? —respondió, dedicándome una sonrisa llena de dientes y un guiño muy poco afortunado. Fueron las últimas palabras que pronunció el pobre desgraciado. Un instante después no era más que un chillido ahogado y una mancha humeante sobre la alfombra. Había aprendido una importante lección demasiado tarde, y es que nunca, nunca debes tocarle los huevos al Chico Centella.
CAPÍTULO 2
BIENVENIDOS A CHIQUILANDIA
DETROIT (MICHIGAN) (AP) — ¡Grandes noticias para los niños de la casa! Un eminente médico defiende el derecho de los niños a estar sucios. El doctor Harvey Flack, director de la revista Family Doctor, explica en la edición de septiembre: «Parece que los chicos conocen instintivamente una verdad dermatológica básica: que un elemento importante para preservar la salud de la dermis es la capa de grasa que protege la piel, y ésta no debe ser perturbada lavándose con demasiada frecuencia».
Des Moines Register, 28 de agosto de 1958
Este libro no habla de gran cosa: habla de ser pequeño e ir creciendo poco a poco. Una de las grandes patrañas de la vida es que la infancia pasa muy deprisa. En realidad, y puesto que en Chiquilandia el tiempo transcurre más despacio —cinco veces más despacio en el calor de un aula por la tarde, ocho veces más despacio en cualquier viaje en coche de más de 10 kilómetros (con picos de hasta ochenta y seis veces más despacio al cruzar Nebraska o Pensilvania a lo ancho) y con tal lentitud durante la semana previa a cumpleaños, Navidades y vacaciones estivales que resulta inconmensurable a todos los efectos—, la infancia, concebida en términos adultos, dura varias décadas. Es la vida adulta la que se acaba en un suspiro.
En el rincón de la infancia ocupado por un servidor, la mayor lentitud se concentraba en el enorme sillón de cuero cuarteado del doctor D. K. Brewster, nuestro inquietante y cadavérico dentista, mientras esperaba a que éste ordenase sus instrumentos y se pusiese manos a la obra. El tiempo, entonces, no avanzaba en absoluto: quedaba suspendido, sin más.
El doctor Brewster era el dentista más desasosegante de todo Estados Unidos. Para empezar, debía de tener unos ciento ocho años, y algo más que síntomas de Parkinson en sus temblorosas manos. No inspiraba la menor confianza. La potencia de sus instrumentos era para él fuente continua de sorpresa. «¡Hala!», exclamaba cada vez que activaba por un instante el chirrido de alguna de sus herramientas. «¡No veas el daño que podría hacerse con esto!»
Lo peor es que no creía en la novocaína. Además de parecerle peligrosa, consideraba que sus efectos estaban todavía por probar. Cuando el doctor Brewster, canturreando distraídamente, limaba una muela hasta dar en su interior con la tierna pulpa del nervio, a más de uno se le escapaban los dedos de los pies por la puntera del zapato.
Al parecer éramos sus únicos pacientes. Durante algún tiempo me pregunté por qué mi padre nos sometía periódicamente a aquella pesadilla, hasta que un día oí que el doctor Brewster felicitaba a mi padre por su frugalidad; entonces lo entendí todo, porque mi padre era el hombre más tacaño que ha conocido el siglo XX.
—No tiene sentido exponerse a los peligros y el coste de la novocaína como no sea para la extracción total o parcial de la mandíbula —le decía el doctor Brewster.
—Desde luego —asintió mi padre.
En realidad, dijo algo más parecido a «Effheuewwwww», ya que acababa de bajarse del sillón del doctor Brewster y durante los tres días siguientes no sería capaz de hablar de manera inteligible, pero asintió vigorosamente.
—Ojalá más gente compartiese su opinión, señor Bryson —respondió el doctor Brewster—. Serán tres dólares, por favor.
Los sábados y los domingos eran los días más largos en Chiquilandia. Por sí solas, las mañanas de los domingos podrían prolongarse durante tres meses, dependiendo de la estación. En la región central de Iowa, durante buena parte de la década de 1950 no hubo televisión los domingos por la mañana, con lo que por lo general uno pasaba las mañanas con un cuenco de Cheerios reblandecidos en la mano, mirando la carta de ajuste hasta que la cadena WOI iniciaba su emisión entre las 11.25 y el mediodía —en la WOI se tomaban la emisión dominical con mucha calma— con un episodio de Sky King, protagonizado por Kirby Grant, «el vaquero volador más popular de América» (y también el único vaquero volador, así como el único con nombre y apellido intercambiables) y su impoluto pañuelo al cuello. Sky era ranchero de profesión, pero pasaba buena parte de su tiempo surcando los cielos de Arizona en su querida Cessna The Songbird y persiguiendo a ladrones de ganado y otros rufianes en tierra. Le asistía en sus labores su sobrina Penny, cuyos hoyuelos y firmes posaderas fueron para muchos de nosotros la primera indicación de que ante nosotros se abría el camino hacia una rotunda heterosexualidad.
Incluso con seis años, e incluso en una época con tan pocas pretensiones intelectuales como la década de 1950, no hacía falta ser especialmente astuto para comprender que un vaquero volador era una premisa bastante tenue para una serie de acción. Sky sólo podía capturar a los malos que permanecían cerca de las pistas de aterrizaje y a quienes no se les ocurría salir huyendo hasta que Sky aterrizaba, apagaba los motores, descendía de la carlinga, adoptaba una pose autoritaria y gritaba: «¡Quietos ahí, muchachos!», un proceso que requería uno o dos minutos, ya que, a fuer de ser sinceros, Kirby Grant no era lo que se dice un pimpollo. Se rodaron un total de setenta y dos episodios de Sky King, todos ellos prácticamente idénticos. La WOI los emitió sin cesar (y cabe imaginar que con un considerable ahorro para su presupuesto) durante mis doce primeros años de vida, y muy posiblemente durante mucho tiempo después. Quizá lo único que pudiese decirse en su favor es que resultaban más entretenidos que una carta de ajuste.
La naturaleza inacabable de los fines de semana era algo bueno y necesario, ya que en aquella época había muchas, muchísimas cosas que hacer. Podía pasarme toda la mañana limitándome a atarme bien las zapatillas de deporte, ya que en la década de 1950 todas las zapatillas tenían más de siete docenas de agujeros y los cordones medían algo así como 4,5 metros. Todas las mañanas te levantabas para descubrir que, de algún modo, los cordones eran un metro más largos de un lado que del otro. El misterio de cómo conseguían las zapatillas esa proeza sin más que quedándose tiradas en el suelo de noche no admitía respuesta: era una de esas cosas, como las monjas y el mal tiempo, que la vida te obligaba a aceptar de vez en cuando, pero para comprenderlos hacían falta unas reservas infinitas de paciencia y ojo clínico, ya que, independientemente del cuidado con el que pasases el cordón por los agujeros, los extremos acababan siendo siempre de longitudes dispares. Es más, cuanto más cuidado ponías en enhebrar, más descompensados terminaban. Cuando, por algún milagro, conseguías que cuadrasen a la perfección, el segundo cordón siempre se partía, y sólo te quedaba suspirar y volver a empezar.
Los fabricantes de zapatillas deportivas ponían también mucho cuidado en dotar a las suelas de un sinnúmero de recovecos, cráteres, ángulos, laberintos, círculos concéntricos y otros jeroglíficos recauchutados para que cuando pisases una humeante plasta de perro, lo que a buen seguro harías apenas tres pasos después de haber salido de casa, tuvieses que pasarte absorto otras muchas horas limpiándolas con una ramita, actividad que provocaba cierta náusea pero también una curiosa satisfacción.
Era preciso, además, dedicar muchas horas del fin de semana a arrancar las semillas enganchadas a los calcetines, separar el aislamiento de corcho de las chapas de las botellas, despegar el envoltorio de los polos, abrir las galletas Oreo sin romper las cubiertas de chocolate ni afectar a la integridad del relleno y a rascar las etiquetas de tarros y botellas porque sí.
En un mundo así, las lesiones y demás impedimentos físicos eran incluso bien acogidos. Si te clavabas una astilla, podías pasar una tarde entera rodeado de un atento público comprobando hasta dónde podías insertar una aguja bajo la piel y lo cerca que estabas de realizar cirugía de verdad. Si te quemabas al sol, esperabas con impaciencia el momento en el que podrías arrancarte una película de epidermis translúcida del tamaño de tu cuerpo. En Chiquilandia, las costras y postillas se cultivaban como los adultos cultivan orquídeas. Yo he tenido costras en las rodillas que duraron casi cuatro años, costras de cuatro centímetros de ancho en las que podían clavarse chinchetas sin que yo notase nada. Ni que decir tiene que las hemorragias nasales despertaban mucha admiración, y a quienquiera que le sangrase la nariz se lo trataba como una celebridad hasta que se le pasaba.
Puesto que los días eran muy largos y pasaban muy pocas cosas, uno estaba dispuesto a dedicar largos períodos de tiempo a sentarse a observar las cosas, con la esperanza de que sucediese algo entretenido. Durante años, cada vez que mi padre avisaba de que iba al aserradero yo lo dejaba todo para acompañarle y poder sentarme calladito en un taburete de la sala de sierras, esperando a que Moe, el tipo que cortaba la madera a medida con una enorme sierra circular, perdiese alguno de los dedos que le quedaban. Se había cortado buena parte de seis o siete de ellos, con lo que las probabilidades de presenciar un accidente en vivo siempre parecían elevadas.
En aquella época, los autobuses de Des Moines funcionaban con electricidad, a la que se conectaban mediante una larga pértiga que a su vez estaba conectada a un complejo tendido de cables. Sobre todo en los días más húmedos, de los cables saltaban chispas al paso de la pértiga, como en los fuegos de artificio de una fiesta mexicana, lo que subrayaba de manera especial el poder letal de la electricidad. En ocasiones, la pértiga se descolgaba de los cables y el conductor tenía que bajarse para volver a colocarla en su sitio, ayudándose de un palo largo; era un proceso que yo observaba siempre con enorme interés, ya que mi hermana insistía en que era muy probable que terminase electrocutado.
Durante otras largas fases del día me dedicaba tan sólo a ver qué pasaría; por ejemplo, qué pasaría si pellizcabas la cabeza de una cerilla todavía caliente, o si mezclabas un mejunje infecto y le dabas un sorbito, o si concentrabas un rayo de sol con una lupa y lo dirigías hacia la calva de tu tío Dick mientras echaba la siesta. (Lo que pasaba era que en muy poco tiempo le quemabas un profundo agujero que tuvo desconcertados durante semanas a Dick y el equipo de especialistas del Hospital Luterano de Iowa.)
Gracias a estas investigaciones, y a la abundancia de tiempo que las hacía posibles, durante los primeros diez años de mi vida supe más cosas de las que creo haber sabido en ningún momento posterior. Para empezar, sabía todo lo que podía saberse sobre nuestra casa. Sabía qué había escrito bajo las mesas, y cómo eran las vistas desde lo alto de armarios y estanterías. Sabía lo que podía encontrarse al fondo de cada ropero, qué camas tenían debajo el mayor número de bolas de polvo, cuáles eran los techos con las manchas más interesantes, y dónde se repetía exactamente el dibujo del papel pintado de la pared. Sabía cómo cruzar todas las habitaciones de la casa sin tocar el suelo, dónde guardaba mi padre las monedas sueltas y cuánto podía quitarle sin miedo a que se diese cuenta. (Monedas de 25 centavos, una de cada siete; de cinco y diez centavos, una de cada cinco; centavos, tantos como fueses capaz de cargar.) Sabía relajarme en un sillón en más de cien posturas distintas, y sobre el suelo en otras setenta y cinco, más o menos. Sabía qué aspecto tenía el mundo visto a través de una lente de gelatina. Sabía a qué sabían las cosas: los trapos húmedos, las virutas de lápiz, las monedas, los botones, casi cualquier objeto de plástico menor que (pongamos por caso) un reloj despertador, y por supuesto las mucosidades de cualquier tipo... de un modo que hoy apenas recuerdo. Conocía y era capaz de llevarte de inmediato a todas las ilustraciones de mujeres desnudas que había en nuestra casa, desde las generosas gordinflonas de un cuadro de Rubens en Obras maestras de la pintura mundial hasta la caricatura de Peter Arno en el último ejemplar del New Yorker, pasando por la modesta colección de revistas de señoritas que mi padre guardaba en un lugar secreto de su dormitorio, y que sólo él, yo y ciento once de mis amigos más cercanos conocíamos.
Sabía colarme entre todas las propiedades del vecindario, por muy altas que fueran las verjas o impenetrables los setos que la separaban. Sabía cómo era el refrescante tacto del linóleo sobre la piel, y a qué olía todo a ras de suelo. Conocía el dolor como se conoce cuando es reciente e interesante; por ejemplo, el dolor que causa un malvavisco tostado en la boca cuando la temperatura y la consistencia de su interior son equiparables a las del magma. Sabía exactamente cómo se desplazaban las nubes en las tardes de julio, a qué sabía la lluvia, cómo se pavoneaban las mariquitas, cómo avanzaban las orugas, y qué se sentía al sentarse dentro de un matorral. Sabía apreciar un pedo de los buenos, tanto los míos como los de otra persona.
Esa otra persona era casi siempre Buddy Doberman, que vivía al otro lado del senderito semioculto que transcurría amigablemente entre nuestras casas. Buddy fue mi mejor amigo durante aquella primera época de mi vida. Estábamos extremadamente unidos. Es la única persona cuyo ano he contemplado atentamente (él único que he mirado, punto) sólo para saber qué aspecto tenía uno (rojizo, prieto y ligeramente fruncido, según recuerdo con una claridad algo preocupante). Además, era afable y tenía unos juguetes maravillosos, gracias a la generosidad de sus acomodados padres.
Era también encantadoramente tonto, lo que nunca está de más. Una vez, cuando teníamos cuatro años, su abuelo nos regaló unos sables de pirata que había fabricado en su taller, y nos fuimos más o menos derechitos a por los macizos de flores de la señora Van Pelt, que se extendían cerca de treinta metros a lo largo de la calle. En un vertiginoso arrebato que se adelantó en varios años al poder destructivo de las desbrozadoras a motor, decapitamos y evisceramos todas y cada una de sus queridas cinias en cuestión de segundos. Luego, al comprender la enormidad de lo que acabábamos de hacer (la señora Van Pelt competía con sus flores en la feria estatal, hablaba con ellas y eran sus niñas), le dije a Buddy que aquél no era buen momento para andar metiéndome en líos, puesto que mi padre sufría una enfermedad mortal de la que nadie sabía nada, y que si no le importaría cargar con todas las culpas. Y no le importó. Por eso, mientras él estuvo castigado en su habitación desde las tres de la tarde y fue el resto del día una cara llorosa apretada contra la ventana, yo pasé las horas en nuestro patio trasero con los pies apoyados en la barandilla, poniéndome morado de sandía y escuchando una selección de los chulísimos discos de mi hermana en su tocadiscos portátil. Aprendí de aquello una importante lección: mentir es una posibilidad en la que siempre hay que pensar. Pasé los siguientes seis años echándole la culpa a Buddy de todo lo malo que sucedía en mi vida. Creo incluso que llegó a cargar con el mochuelo del agujero en la calva de mi tío Dick, pese a que no lo había visto nunca.
En aquel entonces, al igual que sucede ahora, Des Moines era una ciudad honesta y segura. Tenía calles jalonadas por árboles, largas, rectas y limpias, con los nombres habituales propios de una ciudad del Medio Oeste: Woodland, University, Pleasant o Grand. Era una buena ciudad, una urbe agradable. La mayoría de tiendas estaban junto a la calle, y ante la puerta tenían una zona ajardinada en vez de un aparcamiento. Los edificios públicos —la oficina de correos, las escuelas y los hospitales— eran siempre construcciones imponentes. Las gasolineras a menudo parecían pequeñas casitas. Las cafeterías de carretera recordaban las cabinas que uno podía encontrarse cuando se iba de pesca. Nada había sido concebido para ser particularmente útil o beneficioso para los automóviles. Era un mundo más verde, más silencioso, menos agresivo.
Grand Avenue era la principal arteria de la ciudad y unía el centro, donde todo el mundo trabajaba e iba de compras, con las distintas zonas residenciales. Las mejores casas de la urbe se situaban al sur de Grand Avenue, en el oeste de la ciudad, en las laderas de una preciosa zona de bosques que llegaba hasta Waterworks Park y el río Raccoon. Allí podía uno caminar durante horas por los meandros de la carretera sin ver más que céspedes perfectos, árboles antiguos, coches recién lavados y hogares encantadores y felices. Eran kilómetros y kilómetros del sueño americano. Aquél era mi barrio. Se lo conocía como South of Grand.
La diferencia más llamativa entre aquellos tiempos y los nuestros estriba en la cantidad de niños que había entonces. A mediados de la década de 1950, Estados Unidos contaba con treinta y dos millones de niños de menos de doce años, y cada año llegaban a las cunitas cuatro millones más. Y por eso había niños por todas partes en todo momento, en densidades hoy inimaginables, sobre todo cuando sucedía algo interesante o fuera de lo común. A comienzos de cada verano, con el inicio de la temporada de los mosquitos, un empleado municipal llegaba a nuestro vecindario en un Jeep descapotado y recorría como un loco el terreno, cruzando céspedes y bosques, avanzando a trompicones por las canalizaciones y zigzagueando por los solares con una fumigadora que arrojaba densas y coloristas nubes de insecticida a través de la cual jugueteaban alegremente no menos de once mil niños durante buena parte del día. Era un producto repugnante: sabía a rayos, te resecaba los pulmones y te dejaba un tinte azafranado que no se iba por mucho que frotases. Años después, siempre que tosía en un pañuelo blanco acababa escupiendo un pequeño anillo de polvo de colores.
Pero a nadie se le ocurrió nunca detenernos ni pensar que quizá no fuese aconsejable andar jugando entre nubes de insecticidas. Quizá se pensó que una generosa rociada de DDT nos sentaría bien. Así eran aquellos tiempos. O tal vez nos consideraban prescindibles porque había niños para dar y tomar.[2]
La otra gran diferencia de aquellos tiempos era que los niños estaban siempre en la calle (conocí a chicos a los que se les ponía de patitas en la calle a las ocho de la mañana y no se les dejaba entrar en casa hasta las cinco, a menos que estuviesen ardiendo o sangrando a chorros) y andaban buscando constantemente cosas que hacer. Si te ponías en una esquina cualquiera con una bici (en cualquier esquina, de verdad), de repente aparecían más de cien niños, a muchos de los cuales no habías visto nunca, que te preguntaban adónde ibas.
«Igual me acerco hasta el Armazón», decías entonces con aire pensativo. El Armazón era un puente ferroviario que cruzaba el río Raccoon y desde el que podías zambullirte en el agua, siempre que no te importase chapotear entre peces muertos, neumáticos viejos, bidones de gasolina, limo, desechos cargados de metales pesados y grumos sin identificar. Era uno de los diez puntos de interés de nuestro distrito.
Los otros eran el Bosque, el Parque, el Campo de Béisbol Infantil (también llamado «el Campo»), el Lago, el Río, las Vías del Tren (o simplemente «las Vías»), el Solar, Greenwood (nuestra escuela) y la Casa Nueva, que era cualquiera que estuviese construyéndose en ese momento, con lo que cambiaba a intervalos regulares.
—¿Podemos ir contigo? —preguntaban.
«Bueno, vale», respondías si eran de tu tamaño, o «si sois capaces de seguirme...» si eran más pequeños. Y cuando llegabas al Armazón te encontrabas con que ya había allí seiscientos niños. Fueses adonde fueses, había siempre seiscientos niños, excepto allí donde confluían dos o más barrios (el Campo, por ejemplo), y entonces había que contarlos por millares. Recuerdo que una vez participé en un partido de hockey sobre hielo en el lago de Greenwood Park con otros cuatro mil niños, cada uno armado con su palo, y que duró al menos tres cuartos de hora antes de que nos diésemos cuenta de que no teníamos disco.
En Chiquilandia, la vida no estaba supervisada, ni regulada, y tenía un carácter físico muy claro y en ocasiones preocupante, pese a lo cual era un lugar sorprendentemente pacífico. Las peleas entre niños nunca iban demasiado lejos, algo sorprendente a poco que pensemos en lo mal que los niños son capaces de controlar sus temperamentos. Una vez, cuando tenía seis años, vi a un niño tirar una piedra a otro desde bastante lejos; la piedra le rebotó en la cabeza (con mucho arte, tengo que reconocerlo) y le hizo una brecha. De aquello se habló durante años. Se supo incluso en los condados vecinos. El niño que lo hizo tuvo que hacer como diez mil horas de terapia.
Por lo demás no practicábamos la violencia, excepto por accidente, aunque sí es cierto que a veces (muy a menudo, en realidad) corríamos a pescozones a un niño que se llamaba Milton Milton, primero por tener un nombre tan idiota y segundo porque se pasaba la vida fingiendo estar motorizado. Nunca supe si intentaba ser un tren, o un robot, o qué, pero al caminar movía los brazos como pistones y daba resoplidos, y entonces le caía un capón. Había que dárselos. Había nacido para llevarse capones.
En lo que al derramamiento accidental de sangre se refiere, creo que puedo alardear de haber aportado más que ningún otro niño de nuestro vecindario. Sucedió una tranquila tarde de septiembre: yo tenía diez años y estaba jugando al fútbol americano en el patio trasero de Leo Collingwood. Como de costumbre, habría jugando unos cuatrocientos cincuenta niños, por lo que cuando te placaban caías sobre una blandita y algo gomosa masa de cuerpos. Si tenías mucha suerte, aterrizabas sobre Mary O’Leary y podías pasar un instante apoyado contra ella mientras esperabas a que los demás se incorporasen. Ella olía a vainilla (a vainilla y hierba fresca), y era blandita, y limpia, y guapa a más no poder. Eran unos momentos preciosos. Pero en aquella ocasión caí fuera del grupo y me di con la cabeza contra un murete de piedra. Recuerdo que noté un agudo dolor hacia la parte trasera de la cabeza.
Cuando me levanté vi que todos me miraban arrobados y se inclinaban para abrirme sitio. Lonny Brankovich se acercó a mirar y se desmayó de inmediato. Su hermano, inocentemente, me dijo: «Te vas a morir». Como es evidente, yo no podía ver qué los tenía tan fascinados, pero gracias a descripciones posteriores sé que parecía como si en lo alto de la cabeza me hubiesen instalado un aspersor que disparara sangre alegremente en todas direcciones. Levanté la mano y toqué un amasijo empapado. Al tacto me pareció el tipo de chorro que se ve cuando un camión choca con una boca de riego o cuando encuentran petróleo en Oklahoma. Aquello parecía un trabajo para los bomberos.
—Creo que iré a que me vean esto —dije con mucha compostura, y de una zancada de cincuenta metros salí del patio.
Otros tres pasos y ya estaba en casa: entré en la cocina, chorreando todavía con abandono, y encontré a mi padre junto a la ventana, con una taza de café, contemplando distraídamente a la señora Bukowski, la joven ama de casa de la casa de al lado. La señora Bukowski fue la primera que se compró un bikini en Iowa, y se lo ponía para tender la colada. Mi padre vio los chorretones de mi cabeza, se permitió un instante de reajuste mental y con toda la naturalidad del mundo cayó de inmediato en el peor de los pánicos, corriendo en seis direcciones a la vez y llamando con voz trémula a mi madre para que bajase con un montón de toallas —«¡de las viejas!»— porque Billy se estaba desangrando en la cocina.
Lo que vino después lo recuerdo borrosamente. Recuerdo que mi padre me sentó con la cabeza apoyada contra la mesa de la cocina mientras intentaba cortar la hemorragia y al mismo tiempo llamaba por teléfono al doctor Alzheimer, el médico de la familia, para pedirle consejo. Mi madre, mientras tanto, siempre imperturbable, iba buscando trapos y telas viejas que pudiesen sacrificarse (o que fuesen ya rojos) y se ocupaba del desfile de niños que llamaban a la puerta trasera para traer astillas de hueso y trozos de materia gris que habían rebañado de la piedra y que pensaban que podía ser parte de mi cerebro.
Con la cabeza firmemente apoyada contra la mesa no podía ver mucho, claro, pero a veces veía algo en el reflejo de la tostadora, y daba la impresión de que mi padre metía la mano hasta el codo en mi cavidad craneal. Al mismo tiempo iba hablando con el doctor Alzheimer en términos que no acababan de tranquilizarme.
—Por amor de Dios, doctor —decía—. No se imagina qué cantidad de sangre. Como para nadar en ella.
Al otro extremo podía oír la demencial calma de la voz del doctor Alzheimer.
—A ver, supongo que podría pasarme por allí —decía—, pero es que estoy viendo por la tele un torneo de golf interesantísimo. Ben Hogan está haciendo una vuelta impresionante. Es maravilloso ver que lo sigue haciendo bien a su edad. Bueno, ¿ha conseguido detener la hemorragia?
—A ver, lo estoy intentando.
—Bien, bien. Excelente. Eso es excelente. Porque es posible que haya perdido ya bastante sangre. Dígame una cosa, ¿el pequeño respira todavía?
—Creo que sí —respondió mi padre.
Yo asentí con la cabeza.
—Sí. Sí, sigue respirando.
—Muy bien, eso está muy bien. Mire, ¿sabe qué? Dele dos aspirinas y un empujoncito cada poco para asegurarse de que no se desmaya. En ningún caso deje que pierda la consciencia, porque el pequeño se nos podría escapar. Iré en cuanto acabe el torneo. Vaya por Dios, de salida de green se ha ido al rough.
Oímos cómo el teléfono caía sobre el soporte y la señal de comunicación se interrumpió.
Por suerte no me morí, y cuatro horas después estaba sentado en la cama, con un extravagante turbante de vendas, perfectamente descansado tras una cabezada que había dado durante uno de aquellos instantes de tres horas en los que a mis padres se les olvidó comprobar que seguía despierto, comiendo botes y botes de helado de chocolate y concediendo audiencia a los visitantes del vecindario, de entre los cuales los portadores de regalos tenían prioridad. El doctor Alzheimer llegó más tarde de lo prometido y oliendo ligeramente a bourbon. Pasó buena parte de la consulta sentado al borde de mi cama y preguntándome si tenía edad para recordar a Bobby Jones. Nunca llegó a examinarme la cabeza. Si no recuerdo mal, las tarifas del doctor Alzheimer eran también muy razonables.
Si exceptuamos a los profesionales de la medicina, en Iowa no había grandes peligros naturales, aunque durante una temporada (yo tendría unos seis años) tuvimos una plaga de un tipo de insectos llamados matachicharras. No hay que confundir a las matachicharras con las chicharras, que ya de por sí son unas criaturas espantosas, como cigarros volantes con ojos rojos y saltones y pinzas grotescas, si no recuerdo mal. Bueno, pues las matachicharras son peores. Salían del suelo una vez cada diecisiete años, con lo que nadie, ni siquiera los adultos, sabía demasiado sobre ellas. Hubo un debate interminable sobre si el «mata» de «matachicharras» significaba que eran asesinas de chicharras o que eran chicharras asesinas. Había consenso en torno a la segunda opción.
Las matachicharras eran del tamaño de un colibrí, tenían unos aguijones espantosos a proa y popa, y eran horrorosas. Vivían en madrigueras y, si les tocabas los nidos, te atacaban desde abajo con un zumbido horrible, como el que hace una sierra mecánica al arrancar. Lo que más temíamos era que se nos colasen por la pernera del pantalón, se enredasen en los calzoncillos y se pusiesen a picar a ciegas. El procedimiento de emergencia para una picadura de matachicharras en la región escrotal era la castración, posiblemente en la misma cuneta; según los expertos, casi nunca picaban en otra parte del cuerpo. En realidad, eran pocos los que llegaban a ver una, porque en cuanto oías el zumbido en el suelo salías pitando, con los pantalones firme y prudentemente apretados contra las piernas.
La peor amenaza crónica a la que nos enfrentábamos era el zumaque venenoso, aunque nunca conocí a nadie, niño o adulto, que supiese qué era ni cómo te podía matar exactamente. En realidad, era más bien un rumor arbustífero. Aun así, en cualquier espacio boscoso podías levantar la mano y anunciar con voz grave:
—Será mejor que no sigamos adelante. Creo que puede haber zumaque.
—¿Zumaque venenoso? —preguntaba entonces uno de tus acompañantes más jóvenes, con los ojos como platos.
—El zumaque es siempre venenoso, Jimmy —decía entonces alguien, poniéndole una mano sobre el hombro.
—Pero ¿tan malo es? —preguntaba Jimmy.
—Plantéatelo así —decías tú, la voz de la experiencia—. Mickey Cox, el amigo de mi hermano, conoce a alguien que se cayó en un campo de zumaques. Acabó cubierto, ¿me entiendes?, y al final tuvieron que amputarle el cuerpo entero. Ahora es una cabeza en una bandeja. Le llevan de aquí para allá en una caja.
—Halaaaaaa —decían todos excepto Arthur Bergen, un marisabidillo que era un incordio porque sabía siempre qué era lo que no podía ser, que siempre coincidía con todas las cosas asombrosas que habías oído.
—Una cabeza no puede sobrevivir por su cuenta en una caja —decía.
—Bueno, es que a veces la sacan. Para que le dé el aire y pueda ver la tele y eso.
—No, lo que digo es que no podría sobrevivir sin un cuerpo.
—Pues ésta sí.
—Imposible. ¿Cómo vas a mantener la oxigenación de la cabeza sin un corazón?
—¡Y yo qué sé! ¿Tengo cara de doctor Kildare? Sólo sé que es verdad.
—Que te digo que no, Bryson. Lo has entendido mal... o te lo estás inventando.
—Que no.
—Ya te digo yo que sí.
—Mira, Arthur, te lo juro por Dios que es verdad.
Aquello provocaba un silencio inmediato.
—Si dices eso y no es verdad irás al infierno. Lo sabes, ¿no? —decía entonces Jimmy; una información superflua, porque todos lo sabíamos. Es algo que todos los niños saben desde que nacen.
Jurar por Dios era la prueba definitiva. Si jurabas por Dios y resultaba que no era cierto, incluso sin querer, incluso por muy poquito, ibas de cabeza al infierno. Así eran las reglas, y Dios no las cambiaba por nadie. Por eso, a partir del momento en el que lo decías, te entraba la desazón por si resultaba que parte de lo que habías dicho resultaba ser parcialmente incorrecto.
—Oye, que es lo que decía mi hermano —decías al final, intentando modificar tu compromiso con la eternidad.
—Ahora no puedes cambiarlo —subrayaba Bergen (quien, para sorpresa de nadie, acabó de abogado especialista en responsabilidad civil)—. Ya está dicho.
Como si no lo supieras. En tales circunstancias, sólo podía hacerse una cosa: darle un capón a Milton Milton.
Apenas un poco menos amenazadoras que el zumaque eran unas bayas rojas y carnosas que crecían en racimos en casi todos los patios traseros. También aquí era todo un poco vago, ya que ni la mata ni el fruto parecían tener nombre: tan sólo eran «las bayas esas» o «la mata de las bayas esas». Aun así, el consenso universal era que eran tóxicas. Si las tocabas, o las sostenías aunque fuese un instante en la mano, y luego te comías una galleta o un bocadillo y te dabas cuenta de que no te habías lavado las manos, pasabas una hora larga con la seria preocupación de caer fulminado en cualquier momento.
A las madres les preocupaba también, y se pasaban la vida gritando desde la ventana de la cocina que no nos las comiésemos, una precaución innecesaria porque en los años cincuenta los niños no comían nada silvestre; en realidad, no comían nada de nada a no ser que estuviese recubierto de azúcar, lo recomendasen un atleta famoso o una estrella de la tele, e incluyese un premio en el interior de la caja. Por el mismo precio podrían habernos pedido que no nos comiésemos los gatos muertos de la cuneta. No teníamos intención de hacerlo.
Lo curioso es que las bayas aquellas no eran en absoluto venenosas. Puedo afirmarlo con cierta autoridad porque obligamos a Paquete,[3] el hermano pequeño de Lanny Kowalski, a comerse unos dos kilos para ver si le mataban, y resultó que no. Me apresuro a puntualizar que fue un experimento controlado. Se las fuimos administrando una a una, y cada vez esperábamos un lapso decente de tiempo para ver si se le ponían los ojos en blanco o algo antes de darle la siguiente. Pero, aparte de vomitar el kilo intermedio, no presentó más efectos adversos.
El único peligro real en nuestras vidas eran los hermanos Butter. Los Butter eran una incestuosa familia de individuos grandullones que habitaban por temporadas una serie de chabolas en una deprimente zona de los bosques conocida como los Fondos, próxima a la margen más pantanosa del río Raccoon. Casi cada primavera, los Fondos se inundaban y los Butter regresaban a Arkansas, o Alabama, o adondequiera que fuese de donde habían salido.
En el intervalo se dedicaban a intimidarnos. Su especialidad era atormentar a niños más pequeños que ellos; es decir, a todos. Los Butter eran grandotes de por sí, pero como año tras año repetían curso, eran mucho, pero mucho más corpulentos que cualquier otro niño de su clase. En sexto, algunos eran tan grandes que no cabían por la puerta. Eran feos, además, y tontos de baba. Comían ardillas.
Por lo general, lo que salía más a cuenta era tener cerca algún niño pequeño que ofrecer en sacrificio. Paquete Kowalski era ideal para esos menesteres, ya que no sentía miedo ni dolor, y además no se chivaba nunca porque no sabía hablar (o quizá no quería; nunca estuvo del todo claro). Además, era casi seguro que a los Butter les asquearían sus pantalones cagados y se limitarían a darle un par de meneos antes de retirarse, entre frustrados y confundidos.
Lo peor que podía pasarte es que uno o varios de los Butter te pillasen solo. Una vez, cuando tenía diez años, me trincó por banda Buddy Butter, que estaba en mi clase pero me sacaba por lo menos siete años. Me arrastró hasta la base de un gran pino, me inmovilizó en el suelo y me dijo que me iba a tener allí toda la noche.
Esperé durante lo que me pareció un lapso de tiempo prudente y pregunté:
—¿Por qué me haces esto?
—Porque puedo —respondió, aunque sonó «poque puó», y dio un sorbetón en el que podían oírse los mocos, que era lo que entre los Butter se interpretaba como una carcajada.
—Pero tendrás que quedarte tú también toda la noche —le hice ver—. Te vas a aburrir lo mismo que yo.
—Me da igual —respondió, con su habitual ingenio, y tras una larga pausa añadió—: Además, puedo hacer esto.
Y me dedicó el truco del pollo colgante, que es cuando la persona que está en la posición superior deja caer lentamente un gargajo y lo deja colgando de un hilo, tembloroso, y lo sorbe de nuevo, si la víctima se rinde, o lo deja caer (a veces de manera involuntaria). Ni siquiera era un gargajo, o al menos no un gargajo humano. Era más bien lo que regurgitaría un insecto gigante sobre sus patas delanteras para untárselo en las antenas. Era de color verde moho, con vetas de sangre y, a menos que mi memoria me engañe, dos pequeñas plumas blancuzcas asomando por los lados. Era tan grande y reluciente que me podía ver reflejado en él, como en uno de los dibujos de M. C. Escher. Yo sabía que si aquello llegaba a rozarme la cara chisporrotearía y me dejaría una horrorosa cicatriz.
Al final, volvió a meterse el escupitajo en la boca y se me quitó de encima.
—Para que aprendas, puta nenaza de los cojones —dijo.
Dos días más tarde llegaron las torrenciales lluvias de primavera, y los Butter tuvieron que buscar refugio en el tejado de tela asfáltica de sus chabolas, de donde fueron rescatados uno por uno por hombres en barcas. Un millar de niños seguía la operación entre vítores. Lo que no sabían es que las nubes que habían traído aquella refrescante lluvia habían sido guiadas por la poderosa visión de rayos X del modesto héroe de las praderas, el pequeño pero perfectamente proporcionado Chico Centella.
CAPÍTULO 3
EL NACIMIENTO DE UN SUPERHÉROE
EAST HAMPTON (CONNECTICUT) (AP) — La batida organizada en el lago Pocotopaug en busca de una persona presuntamente ahogada fue suspendida el martes al comprobarse que uno de los voluntarios que participaban en la batida, Robert Hausman, de veintitrés años de edad, natural de East Hampton, era la persona a la que se estaba buscando.
Des Moines Register, 20 de septiembre de 1957
En todas las comidas que preparó durante mi infancia (y estoy convencido que durante muchos años después), mi madre ponía siempre en cada plato un cucharón de queso fresco sin prensar. Por lo visto, consideraba importante que en cada comida se sirviese un coágulo de algo ligeramente rezumante. Decir que el queso fresco no me gustaba sería quedarse muy corto. Para mí, el queso fresco tiene el aspecto de algo que uno regurgita, no de algo que uno se mete en la boca. Ése era precisamente el problema.
Tenía un tío lejano, Dee (aunque, ahora que lo pienso, quizá no fuese tío mío después de todo, sino un tío raro que comparecía a la mesa en las grandes celebraciones familiares), que había perdido la laringe y tenía un agujero permanente en la garganta como consecuencia de un accidente de juventud, o de una intervención quirúrgica, o algo. La verdad es que no sé por qué tenía un agujero en la garganta. Lo tenía, y ya está. Mucha gente de campo en el Iowa de los años cincuenta tenía unas peculiaridades físicas muy llamativas: patas de palo, muñones en los brazos, oquedades asombrosas en la cabeza, manos sin dedos, bocas sin lengua, cuencas de los ojos vacías, o cicatrices de palmos y palmos de longitud (algunas de las cuales desaparecían por una manga y aparecían por la otra). Dios sabe en qué fregados se metía la gente entonces, pero lo que era seguro es que había accidentes.
A lo que iba: el tío Dee tenía un agujero en la garganta y lo mantenía discretamente cubierto con un recuadrito de gasa de algodón. La gasa se le despegaba a menudo, sobre todo cuando Dee se enfervorizaba, lo que sucedía a menudo, y entonces quedaba colgando de un lado o se le caía del todo. En cualquier caso, entonces podías verle el agujero, que era negro como un ala de cuervo, e hipnótico, y del tamaño de una moneda de 25 centavos. Dee hablaba a través del agujero; en realidad, eructaba algo parecido al habla a través de él. A todos nos parecía que lo hacía muy bien (era una auténtica maravilla en términos de volumen y constancia, y a muchos les recordaba un motor fuera borda a pleno rendimiento); lo malo era que nadie tenía la más remota idea de lo que estaba diciendo, y eso era un problema, porque Dee era de un locuaz que asustaba. Cada vez que se lanzaba con pasión a sus eructos, la gente más próxima (que por lo general, todo hay que decirlo, eran recién llegados al círculo familiar) se quedaba mirándole el agujero con serenidad pero algo desconcertados. De vez en cuando decían: «¿En serio?» y «No me digas», y asentían entre pensativos y convencidos, antes de añadir: «Bueno, creo que voy a por un poco más de limonada» y alejarse de allí, mientras Dee continuaba eructando furiosamente a sus espaldas.
Nada de eso era un problema (o no lo era demasiado), siempre y cuando el tío Dee no estuviese comiendo. Si el tío Dee comía no querías estar ni siquiera en el mismo condado que él, porque Dee hablaba con la garganta llena. Todo lo que comía lo convertía en finísimo rocío a través del agujero que tenía en la garganta. Era como comer con una pulverizadora en miniatura, o una quitanieves muy pequeña. He visto a adultos equilibrados y amables, gente de impecable ánimo cristiano (hermanas, hijos y padres cariñosos todos ellos, y, en una inolvidable ocasión, dos pastores luteranos de una congregación vecina) enzarzarse en una silenciosa y prolongada pugna por la silla que les evitaría tener que sentarse junto a Dee, o peor aún, frente a él durante el almuerzo.
Lo que más me llamaba la atención de la condición de Dee era que tanto daba lo que se metiese en la boca (tarta de chocolate, filetes empanados, espinacas, colinabo, o la gelatina del postre): para cuando llegaba hasta el agujero de la garganta se había convertido en queso fresco. No sé cómo, pero así era.
Y ése era precisamente el motivo por el que lo aborrecía. Mi madre nunca fue capaz de entenderlo. También es verdad que era muy olvidadiza: sorprendente, encantadora e increíblemente olvidadiza. A veces nos entreteníamos retándola a que recordase nuestras fechas de cumpleaños o, al menos, si le resultaba demasiado difícil, la estación correspondiente del año. Sólo con mucha dificultad habría sido capaz de darte nuestros segundos nombres de pila. En el supermercado no era raro que llegase a la caja y descubriese que en algún momento había tomado los mandos del carro de otra persona y tenía ahora ante ella una serie de productos (piñas enteras, supositorios y sacos de comida para perros muy grandes) que ni quería ni tenía previsto adquirir. Jamás estaba completamente segura de qué ropa era de quién. No tenía ni la más remota idea de qué era lo que nos gustaba para comer.
—Mamá —le decía cada noche, mientras tapaba con una rebanada de pan el ofensivo montoncito como quien cubre con una sábana a la víctima de un accidente—, ya sabes que odio el queso fresco.
—¿En serio, cielo? —decía con una mirada perpleja pero atenta—. Pero ¿por qué?
—Se parece a lo que sale de la garganta del tío Dee.
Todos los presentes, mi padre incluido, asentían con solemnidad al oír aquello.
—Bueno, come un poquito y deja lo que no te guste.
—Pero es que no me gusta nada, mamá. No es que haya una parte que me gusta y otra que no. Mamá, todas las noches tenemos esta misma conversación.
—Seguro que no lo has probado nunca.
—Nunca he probado cagadas de paloma. Nunca he probado la cera de las orejas. Hay cosas que no hace falta probar. Esta conversación también la tenemos todas las noches.
Más asentimientos solemnes.
—Pues no tenía ni idea de que no te gustaba el queso fresco —decía mi madre algo desconcertada, y al día siguiente volvía a haber queso fresco para cenar.
Muy de vez en cuando, su despiste alcanzaba cotas bastante más preocupantes, sobre todo cuando iba con el tiempo justo. Recuerdo las prisas y el desbarajuste de una mañana en concreto, cuando yo era todavía bastante pequeño —lo suficientemente pequeño, en cualquier caso, para ser muy confiado y completamente bobo—, en la que me dio los pantaloncitos Capri de mi hermana para que me los llevara puestos al colegio. Eran de un verde lima brillante, muy ajustados y tenían dos rajas a la altura del dobladillo. Apenas me llegaban a media pantorrilla. Cuando me vi en el espejo del salón me quedé parado, incrédulo. Parecía Barbara Stanwyck en Perdición.
—Creo que te confundes, mamá —dije—. Éstos son los pantalones Capri de Betty, ¿no?
—No, cielo —me tranquilizó mi madre—. Son pantalones pirata. Están muy de moda. Creo que Kookie Byrnes lleva unos en 77 de Sunset Strip.
Kookie Byrnes, estrella de aquel programa y propietario de un despampanante tupé, era todo un héroe para mí y para la mayoría de aficionados a los peinados interesantes, y desde luego era capaz de hacer cosas muy, pero que muy sorprendentes. Por eso lo llamaban Kookie. Aun así, algo había que no cuadraba.
—Me parece que no, mamá. Son pantalones de chica.
—De verdad que los lleva, cielo.
—¿Lo juras por Dios?
—Huuum —dijo distraída—. Fíjate esta semana. Estoy segura de que los lleva.
—Pero ¿lo juras por Dios?
—Huuum —volvió a decir.
En fin, que los llevé puestos al colegio, y las carcajadas se oyeron a kilómetros. Y continuaron a lo largo del día. La directora, la señorita Bustodescomunal, que en circunstancias normales era de esas personas que no levantan el culo de la silla ni aunque esté ardiendo, se acercó a mi clase para echarme un vistazo y se rió con tantas ganas que se le saltó un botón de la blusa.
Kookie, evidentemente, nunca se había puesto nada parecido a unos Capris. Cuando le pregunté a mi hermana, me dijo:
—Pero ¿tú estás loco? Kookie Byrnes no es homosexual.
Era imposible guardarle rencor a mi madre durante mucho tiempo por sus despistes, porque resultaba evidente que era algo patológico contra lo que nada podía hacer; un rasgo más de su personalidad. Habría sido como perder la paciencia con ella porque le gustaban los lunares y los zapatos bicolores. Además, los compensaba de mil maneras: era siempre atenta y amable, paciente y generosa; se disculpaba de inmediato y con toda sinceridad por cualquier desliz, y enseguida intentaba congraciarse de nuevo contigo. Todo el mundo adoraba a mi madre. Carecía por completo de malicia o suspicacia. Nunca levantaba la voz ni se negaba a nada; nunca habló mal de nadie. Todo el mundo le caía bien. Vivía para preparar bocadillos. Quería que todo el mundo estuviese siempre contento. Y casi todas las semanas me llevaba primero a comer y luego al cine. Era nuestra cosa especial, lo que hacíamos juntos.
A causa de su trabajo, mi padre estaba fuera de casa todos los fines de semana, y por eso, casi todos los viernes sin falta, mi madre me decía:
—¿Qué te parece si vamos a comer a Bishop’s y luego vemos una película?
Lo decía como si fuese una aventura excepcional, cuando en realidad era lo que hacíamos casi todas las semanas.
Y así, los viernes, en cuanto acababan las clases, yo volvía corriendo a casa, tiraba los libros sobre la mesa de la cocina, me agenciaba un puñado de galletas y bajaba al centro. A veces tomaba el autobús, pero lo normal era que me ahorrase el dinero y fuese caminando. Eran sólo un par de kilómetros, y la ruta era agradable y muy entretenida si iba por Grand Avenue (por donde no circulaban los autobuses; la ruta quedaba relegada a Ingersoll, la entrada de servicio en el mundo de la calle). Grand Avenue me encantaba. En aquellos tiempos estaba adornada desde el centro hasta los barrios residenciales del oeste de la ciudad con imponentes olmos de ramas entrecruzadas, el más hermoso de los árboles urbanos y proveedor además de olas de hojarasca dorada en las que jugar durante el otoño. Pero es que, además, Grand Avenue daba la sensación de ser como tenían que ser las calles. Los edificios de oficinas y apartamentos habían sido construidos cerca de la calzada, lo que le daba a la calle un aire de vecindario, y conservaba además la mayoría de casas antiguas, unas mansiones esplendorosas, casi todas ellas con torreones y porches que recordaban el puente de un barco, y eso pese a que la mayoría habían sido reconvertidas en oficinas, funerarias y negocios similares. A intervalos regulares había varios edificios públicos de cierta enjundia: iglesias de granito, un colegio católico de niñas, el imponente hotel Commodore (con una marquesina en la entrada que llegaba hasta el bordillo, y que recordaba de manera admirable a Manhattan), un tenebroso orfanato en el que se veía a los niños jugar o asomarse a las ventanas, y la residencia oficial del gobernador, una modesta mansión con un mástil blanco y la bandera del estado. Todo daba la impresión de guardar una proporción exacta, de estar colocado en su lugar con absoluta precisión y atendido con todo cuidado. Era la calle perfecta.
Allí donde terminaba la zona residencial y empezaba el centro de la ciudad propiamente dicho, señalado por la mole industrial del edificio de Meredith Publishing (sede de la revista Better Homes and Gardens), Grand Avenue giraba abruptamente a la izquierda, como si hubiese recordado de repente una cita importante. En su momento, la idea había sido que a partir de aquel punto la calle penetrase en el centro como una especie de Campos Elíseos del Medio Oeste hasta alcanzar los escalones del capitolio del estado. La intención era que al avanzar por Grand se alzase ante ti, perfectamente centrado, la gloriosa cúpula de la sede del gobierno (y es una estructura notable, una de las mejores que hay en todo el país).
Pero cuando se empezó a trazar la calle en algún momento de la segunda mitad del siglo XIX cayó un fuerte chaparrón durante la noche, y al parecer los bastoncillos del agrimensor se desplazaron, o eso al menos es lo que nos contaban siempre, con lo que la calle se separó del trazado previsto y dejó el capitolio curiosamente descentrado, como si lo hubiesen sorprendido mientras intentaba escabullirse. Es una peculiaridad que algunos valoran con cariño y otros prefieren no mencionar siquiera. Lo que es yo, no me cansaba nunca de entrar al centro desde el oeste y ver ante mí un espectáculo tan gloriosamente descompensado, y darle vueltas y más vueltas a la idea de que cuadrillas enteras de hombres hubiesen podido construir una calle tan importante sin haber levantado la vista siquiera una vez para ver hacia dónde iban.
Durante las dos primeras manzanas, el centro de Des Moines tenía un ligero aire insalubre bastante atractivo. Allí estaban las tabernuchas, los hotelitos de dudosa reputación, las oficinas más cutres y las tiendas que vendían cosas raras, como sellos de goma y bragueros. Era una zona que me gustaba mucho. Siempre podía suceder que una discusión en las ventanas de los pisos superiores llegase hasta la calle, y uno albergaba la esperanza de que terminase con un disparo y que alguien cayese por la ventana sobre uno de los toldos, como en las mejores películas de Hollywood, o al menos que saliese trastabillado por la puerta, con la mano apretada contra el pecho, para acabar desplomándose en la calle.
Más adelante, el centro ganaba respetabilidad muy rápido y se parecía mucho más a un centro urbano. El palpitante corazón de la metrópoli era de dimensiones más bien modestas (unas tres o cuatro manzanas de ancho por cuatro o cinco de largo), pero abundaban los edificios altos de ladrillo y rebosaba de gente y de vida. El aire era algo sucio y tenía un tinte azulado. Así era como tenían que ser las ciudades.
Nada más llegar al centro, yo tenía siempre la misma rutina. Lo primero era acercarme a Pinky’s, la tienda de artículos de broma que había en el edificio Bankers Trust, que albergaba una amplísima selección de productos (cubitos de hielo con una mosca dentro, dentaduras castañeteantes, o cagarros de plástico para cada ocasión) que nadie compraba nunca. Pinky’s existía exclusivamente para que los marinos, los trabajadores de fuera de la ciudad y los niños tuviesen algo que ver mientras mataban el tiempo en el centro. No me imagino cómo eran capaces de mantener el negocio con vida. Lo único que se me ocurre es que en los años cincuenta no hacía falta vender mucho para no endeudarse.[4]
Cuando ya lo había visto todo bien visto, me daba una vuelta o dos por la planta noble de Frankel’s y comprobaba en la librería de Younkers si había salido alguna nueva aventura de los Hardy. Solía entrar a Woolworth’s para pedir uno de sus famosísimos Rioverdes, un refresco carbonatado verde y dulzón que estaba muy de moda entre los escolares de los años cincuenta, y luego ponía rumbo al R&T (por Register y Tribune), que estaba en el cruce de las calles Ocho y Locust. Siempre me detenía unos instantes para contemplar los amplios ventanales que rodeaban la planta baja del edificio y permitían vislumbrar la espaciosa sala de impresión (el lugar perfecto para presenciar un accidente con desmembramiento en vivo, creía yo) antes de cruzar la puerta giratoria y entrar en el vestíbulo del Register, donde mi atención se concentraba entonces durante varios minutos en el giro parsimonioso de un gran globo terráqueo protegido por varios paneles de vidrio (siempre cálidos al tacto, curiosamente) en una sala lateral.
Aquel globo era el orgullo del Register. Por lo que recuerdo era uno de los más grandes del mundo: por lo visto, no es tan fácil hacer globos terráqueos grandes. Aquél me doblaba en tamaño y había sido trabajado y pintado con mucho esmero. Estaba montado sobre un eje con un ángulo de inclinación científicamente preciso, y giraba a la misma velocidad que la propia Tierra, con lo que completaba una revolución cada veinticuatro horas. Era, en suma, un objeto grandioso, excepcional, el prodigio tecnológico más importante de Des Moines, excepción hecha de los retretes atómicos de Bishop’s, que como es evidente estaban en un plano completamente distinto. Al ser tan grande e imponente y tan real, te hacía sentir que estabas contemplando la Tierra de verdad, y a mí me gustaba darle la vuelta imaginando que era Dios. Incluso ahora, cuando pienso en las naciones del planeta, las veo como si estuviesen sobre aquella esfera gigantesca: Tanganica, Rodesia, las Repúblicas Federal y Democrática de Alemania, o las Islas de los Amigos (Tonga). Es posible que el globo tuviese otros admiradores, pero nunca vi que nadie le dedicase más que un vistazo pasajero.
A las cinco y media en punto subía en ascensor hasta la redacción de la cuarta planta, unas oficinas con un aire de redacción tan acusado que hasta tenían una puerta batiente por la que entrar con aire decidido, como Rosalind Russell en Luna nueva. Pasaba entonces por la sección de deportes con un «hey» amistoso para todos los allí presentes (al fin y al cabo, eran los compañeros de mi padre), dejaba atrás el chicharreo de los teletipos y me plantaba frente al escritorio de mi madre en la sección de hogar. La recuerdo perfectamente, sentada ante una mesa metálica gris, con el peinado ligeramente vencido, aporreando las teclas de su vetusta Smith Corona vertical. Daría cualquier cosa, lo que fuera, por poder abrir otra vez aquella puerta y ver de nuevo a la gente de la sección de deportes y, un poco más allá, a mi madre, enfrascada en su texto.
Cuando llegaba ella siempre se mostraba contenta y sorprendida.
—¡Hola, Billy, cariño! Ay, por favor, ¿ya es viernes? —me decía, como si no nos hubiésemos visto en varias semanas.
—Sí, mamá.
—Bueno, pues ¿qué te parece si vamos a Bishop’s y luego al cine?
—Fantástico.
Y entonces almorzábamos con toda la calma del mundo en Bishop’s, y a continuación nos acercábamos dando un paseíto a alguno de los tres grandes cines del centro de la ciudad, el Paramount, el Des Moines o el RKO-Orpheum; cada uno de ellos era una inmensa cripta con una inquietante iluminación decorada en un estilo recargado que recordaba los días de gloria del antiguo Egipto. El Paramount y el Des Moines tenían aforo para 1.600 personas, y el Orpheum para algunas menos, pero a finales de la década de 1950 era raro ver a más de treinta o cuarenta espectadores por sesión. No ha habido nunca ni habrá jamás mejor lugar para pasar las tardes de los viernes, sentado con un cubo de palomitas con mantequilla en media hectárea de oscuridad frente a una pantalla tan enorme que era posible leer el lomo de los libros en los estantes, las fechas de los calendarios y las matrículas de los coches al pasar. Era, de verdad lo digo, algo mágico.
Las películas de la década de 1950 eran de una calidad incomparable. El cerebro que no quería morir, La masa devoradora, El hombre del planeta X, La tierra contra los platillos voladores, Zombies de la estratosfera, El asombroso hombre creciente, La invasión de los ladrones de cuerpos y El increíble hombre menguante son sólo algunos de los inspirados títulos de aquella década de imaginación sin freno. Mi madre y yo, sin embargo, nunca íbamos a ver aquellas películas. En vez de eso veíamos melodramas, protagonizados por lo general por miembros de gama media-baja del star system: Richard Conte, Lizabeth Scott, Lana Turner, Dan Duryea o Jeff Chandler. Nunca llegué a entender cuál era el atractivo de aquellas películas. Lo único que hacían era hablar, hablar y seguir hablando en ese tono entre tristón y cargado de reproche que utilizaba la gente en las películas de los años cincuenta. Los personajes casi siempre se ponían de medio lado para hablar, con lo que parecía que se dirigían a una estantería o una lámpara, y no a la persona que tenían a su lado. Antes o después, la música subía de volumen y uno de los personajes le decía a otro (cortinas mediante) que ya no era capaz de soportarlo por más tiempo y que se iba.
—¡Yo también! —le decía yo en un aparte a mi madre y me iba a los servicios de caballeros para cambiar un poco de ambiente. Los retretes de caballeros en los cines del centro eran inmensos; tenían una iluminación tenue, lo que resultaba muy relajante, y rebosaban clase. Tenían buenos espejos de cuerpo entero, con lo que podías practicar el desenfundar de revólveres, y había además diversas máquinas (expendedoras de peines y de condones) en las que casi podías colar el brazo. La larga hilera de cubículos tenía separadores de esos que te permiten ver los pies de la persona que hay en el cubículo adjunto, algo que no llegué a entender nunca y que sigo sin entender. (No es fácil imaginar una situación en la que verle los pies a la persona de al lado pueda tener alguna ventaja.) Un truco que solía practicar era meterme en el cubículo de más a la izquierda, atrancar la puerta y escurrirme por debajo del tabique hasta el siguiente cubículo, atrancarlo y así hasta haberlos bloqueado todos. Al acabar sentía casi la satisfacción del deber cumplido.
Sabe Dios sobre lo que me arrastraba mientras cumplía aquella pequeña hazaña, pero hay que recordar que yo era entonces increíblemente estúpido. Hubo una vez (yo tendría unos seis años) en la que me pasé la película entera rascando una interesante sustancia de olor dulzón de debajo de mi butaca, pensando que era parte de su construcción original, antes de comprender que era el chicle que habían dejado allí los anteriores ocupantes.
Me pasé dos años enfermo de miedo, sólo de pensar en la grotesca y antihigiénica actividad a la que había estado dedicándome, y en que había estado comiendo palomitas grasientas y un enorme paquete de Chuckles con los mismos dedos que habían estado hurgando en los chicles de otras personas. Lo peor era que (¡puaaajjjjj!) me había chupado los dedos, transfiriendo en el proceso cubos y cubos de babas sifilíticas y guarradas innombrables desde sus rechupeteados Wrigley’s y Juicy Fruit a mi sanísima boca e impecable sistema digestivo. Era cuestión de tiempo (horas, a lo sumo) que cayese en un delirio balbuciente para acabar sufriendo una muerte lenta y angustiosa.
Tras la película siempre íbamos a por tarta a Toddle House, una cafetería diminuta y llena de vaho en Grand Avenue, absolutamente perfecta con sus planchas chisporroteantes y su malhumorado personal. Toddle House era poco más que una caseta de ladrillo, con un único mostrador y un par de taburetes giratorios, pero nunca un espacio tan reducido ha producido tantos manjares divinos ni ofrecido mayor calidez en el frío de la noche. Las tartas, migosas y de cremoso relleno y siempre, siempre servidas en generosas porciones, eran un trozo de cielo servido en un plato. Por lo general, aquél era el punto culminante de la velada, pero aquella noche yo estaba inconsolable. Me sentía sucio, condenado. En la vida habría podido ocurrírseme que pudiese pasarme nada peor, pero estaba a punto de suceder. Allí estaba yo, sentado frente al mostrador, jugueteando con el tenedor y la tarta, compadeciéndome a mí y a mis pobres intestinos; fui a beber un sorbo de mi vaso de agua y me di cuenta de que el anciano que se sentaba a mi lado estaba bebiendo también de él. Tendría más de doscientos años, y de las comisuras de los labios le asomaba un rastro de baba grisácea. Cuando dejó el vaso en el mostrador, había trocitos de comida masticada flotando en el agua.
—Ajjjjjjj, puajjjj, puajjj —balbucí horrorizado al verlo y me llevé las manos a la garganta. El tenedor se me cayó tintineando al suelo.
—Dime, ¿me he estado bebiendo tu agua? —dijo él, divertido.
—¡Sí! —jadeé incrédulo, mirando a su plato—. Y estaba comiendo... ¡huevos pasados por agua!
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