Читать книгу: «La regla del juego»
Título original: La Règle du Jeu
© La Règle du Jeu, París, 2006.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO486
ISBN: 9788424937997
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Prefacio
La regla del juego
Notas
PREFACIO
Este libro es el testimonio de cómo cada sujeto pudo introducir un margen de libertad en lo que constituía «la verdad» de su destino. Dicho margen es una conquista que resulta del riesgo, asumido por el analizante, de hacer algo con ese obstáculo que vuelve de modo insistente, ese sufrimiento que lo lleva una y otra vez a lo más insoportable de su vida.
Semejante riesgo tiene un tiempo y una forma. El tiempo es inherente a la idea que tenemos del sujeto en tanto efecto retroactivo de la cadena significante. En cuanto a la forma, está construida por las modulaciones de ese Otro que conformó la matriz de los lazos que el sujeto se ve compelido a repetir. El analizante recurre a un analista para saber acerca de esa «verdad» que lo determina, para descubrir lo que ignora de sí.
Demos entonces la palabra a quienes, tras arriesgarse, han decidido ejercer el derecho a oponerse a los ilegítimos medios por los cuales hoy se intenta cuestionar el psicoanálisis.
Cada uno de nosotros es llevado por lo que ignora y que sin embargo encuentra en la repetición: ese curioso objeto causa de nuestro deseo nada nos garantiza que nos guste. ¿Cambiarlo? Imposible. Pero entreverlo de otra manera que no sea a través de las catástrofes con las que él sacude nuestra vida, sí. Es eso lo que puede permitir una cura.*
En psicoanálisis, no se trata del tiempo que se cronometra, de la duración que es una tentativa de neutralización… Se trata del tiempo bruto que no se borra, el que separa un antes y un después. Es el tiempo límite no limitado en sí mismo por una medida instrumental. Para el tiempo abordado de este modo, el instante no se distingue de la eternidad, envuelve, insinúa, resulta imposible de domesticar...
Los mandatos ejercidos en las sociedades contemporáneas para que el sujeto «funcione» de acuerdo con los modelos de la eficacia y el éxito actualizan lo que dijo el poeta inglés W. H. Auden: «El behaviorismo funciona: la tortura también. Estoy seguro de que si me confiaran al profesor B. F. Skinner, y me facilitaran las drogas y las herramientas apropiadas, terminaría recitándoles, en una semanas, el Código Atanasiano en público. El problema con los behavioristas es que siempre se las ingenian para excluirse a ellos mismos de sus teorías. Si todos nuestros actos son condicionados, nuestras teorías también lo son».1
La radicalidad con que el poeta se expresa para denunciar la falsedad de los postulados pretendidamente científicos con que se protegían los practicantes e investigadores de la psicología experimental es enorme. Sin embargo, eso que hoy parece superado y lejano retorna intentando hacerse un lugar mediante la oferta de soluciones a los grandes problemas de la época, aunque tanto sus propuestas de política sanitaria como los ataques mediáticos o los despliegues de marketing editorial que lleva a cabo delaten el condicionamiento escondido pero insoslayable que define su práctica: el servicio al discurso del amo.
Como lo hizo el poeta, hoy se hace necesario denunciar los falsos semblantes, ya se trate de la retórica enmascarada en la lex artis o de la impregnación cognitivista que busca apropiarse del psicoanálisis. Si el psicoanálisis alcanzó el estatuto de gran descubrimiento del siglo XX es porque asumió el lugar del reverso del discurso del amo. Esto produce una gran ruptura: el síntoma no es una enfermedad que debe ser curada, sino un signo que viene del inconsciente personal y que abre una falla en la norma anterior con miras a la creación de un nuevo porvenir.
El psicoanálisis es hoy todavía una disciplina muy joven; apenas ha transcurrido un siglo desde su nacimiento, tanto en el campo de la epistemología como en el de la terapeútica. Queda por recorrer un largo camino que, como el del deseo, por estructura, es sinuoso y laberíntico. No figura en sus propuestas la conquista de la felicidad, no es una panacea, sólo pueden valerse de él quienes sufren.
Sin embargo, a pesar de su juventud, el psicoanálisis ha marcado con huellas imborrables la cultura occidental. Freud y Lacan abrieron el campo del saber a una episteme y una praxis que permitieron interrogar aspectos hasta entonces insondables de la religión, la autoridad patriarcal, el derecho, la ley, el arte y la literatura.
El psicoanálisis está dirigido a seres que reconocen en ellos un obstáculo: insomnes, bulímicos, depresivos, obsesivos, impotentes, narcisistas, angustiados, etcétera. El psicoanálisis reconoce la discordancia como esencial a la dimensión humana. Le hace un lugar para que se vuelva creadora y no destructora. La discordancia genera la invención. Se sabe que los grandes descubrimientos científicos se han hecho en la ruptura.
Este libro es el producto de la reunión de un conjunto de textos testimoniales escritos por psicoanalistas, escritores, periodistas, artistas y un amplio grupo de gente vinculada al mundo de la cultura, el arte y la ciencia sobre sus experiencias con el psicoanálisis.
Encontramos en la lectura de estos testimonios, vívidos, contrastados, singulares, un efecto de «bien decir», de lo que se transmite con la palabra justa, con la palabra orientada por la ley del deseo.
Jacques-Alain Miller y Bernard-Henri Lévy, director de la publicación La Règle du jeu, realizaron una amplia convocatoria para que cada uno, psicoanalizado o psicoanalista, desde su perspectiva, en nombre propio y a su manera, relatara su encuentro con la disciplina freudiana. Esta edición en español incluye además testimonios procedentes de España y Argentina.
Los resultados de un análisis no se pueden cuantificar ni evaluar, pero podemos conocer sus efectos a través de lo expresado por los mismos analizantes sobre lo que un tratamiento psicoanalítico les ha aportado. Lo que el lector encontrará en este libro es lo decantado en un largo recorrido, en un compromiso profundo, por quienes frente a los momentos de impasse de sus vidas se decidieron a realizar la experiencia del psicoanálisis.
Estos textos nos ofrecen, al modo de las epifanías joyceanas, lo que cada uno ha logrado apropiarse de tal experiencia: fragmentos de un real que expresa eso tan íntimo y tan personal que bordea lo indecible.
Si hoy, a través de estas páginas, tenemos acceso a estos testimonios, es porque hubo antes un lazo transferencial con un analista, quien desde su posición hizo lugar a que cada quien se apropiara de su vida para hacerla más vivible.
LIDIA LÓPEZ SCHAVELZON
ISABELLE ADJANI
Actriz
DEL LADO DE LA VIDA
Durante años, en la búsqueda ambivalente de un analista que hiciera «hablar» mi análisis, aprendí que no hay buen o mal analista. Hay verdaderos psicoanalistas y otros que no lo son. Yo estoy en cura analítica con un analista freudiano desde hace ya cierto tiempo.
En Francia, en el ámbito de los actores y de las actrices, me doy cuenta de que todavía es cosa corriente «temer» la cura analítica e identificarla con una cura de desensibilización. Desensibilización de los síntomas, de su motor negativo, verdadera falsificación psíquica del impulso vital y de su complejidad, que un día, sin embargo, todo artista puede decidir no confundir con el don, el talento y hasta la inspiración y la gracia, si fuera el caso.
A menudo escucho decir: «Yo me curo actuando», «Ponerme en la piel de un personaje es mi terapia, así nunca soy yo mismo», y muchas otras declaraciones de resistencia contra un inconsciente que hace trampa ante cada logro, es cierto, pero que nos hace trampa cuando retorna, ese famoso retorno del rechazo, reforzando todo lo que no va más cuando se trata de ser uno mismo, más aún cuando se trata de respirar por uno mismo.
Antes de deshacerme de esta superstición, hasta diría de esta religión de los síntomas, y de correr el riesgo de desplazarme, porque por supuesto es un riesgo, hacia el lado de la simbolización, el lado de la socialización, necesité tiempo, ese tiempo de la necesidad real de ponerme... del lado de la vida.
LAURE ADLER
Periodista, escritora
UNA DIGNIDAD NECESARIA
Fue por un libro que tomé prestado en la biblioteca del liceo de niñas de Clermont-Ferrand que tuve la revelación de la existencia del psicoanálisis. Revelación. La palabra no es tan fuerte como la impresión física, psíquica que me causó La interpretación de los sueños, llevándome lejos, al interior de lo que creía ser.
Ciertamente, los tormentos de la adolescencia nos llevan inevitablemente a sentirnos acosados por la obsesión de la identidad, los contornos de fronteras, a enfrentarnos con la opacidad de lo real. Banalidad, pues, del desconcierto —¿quién soy yo para el otro?, ¿quién soy yo verdaderamente para mí?, ¿hasta dónde llegan los contornos de mi cuerpo?, ¿qué lugar puedo autorizarme a tomar en el mundo?, y ¿estoy allí verdaderamente?—. Período propicio para las arenas movedizas, el suelo que vacila, los deseos de borramiento. La lectura constituía una fuente de sosiego. Lecturas febriles pero apresuradas, porque estaban saturadas de deseos de introspección de los caminos de la libertad, recogimiento ante las páginas aprendidas de memoria de Simone Weil con, en sordina siempre, ese deseo de huir. Pero ¿adónde? De desaparecer. Pero ¿cómo?
La interpretación de los sueños me salvó de ese halo mortífero que yo atribuía al hecho mismo de la existencia, me forjó una arquitectura general de lo que podía significar estar en el mundo, encendió la luz en el fondo de los fondos donde yacían seudosecretitos de los que pensaba que me protegía, pero que no eran más que acumulaciones y sedimentaciones de vanidades y de mentiras elaboradas desde la tierna infancia.
Ése fue el inicio de la revelación. El psicoanálisis, para mí, fue en primer lugar la incorporación de textos de Freud, el descubrimiento de la terra incognita, la posibilidad de construirse a sí mismo, el método para escuchar a los otros, una manera de recordar los sueños, un cuidado, un respeto, una dignidad necesaria y vital acordada al reconocimiento del Otro. Toda una marcha solitaria. Por otra parte, no deseaba hablar de eso, que salga de mí con palabras. Era un ensamblado de meditaciones, de reflexiones que se sedimentaban aquí y allá en el interior. Se construía, construía no sé qué. Poco importaba. No se trataba ni de la introspección ni de machacar.
Tuve la suerte de formar parte de una generación que tuvo la impresión de descubrir a Winnicott, Melanie Klein y Jacques Lacan leyendo a maestros que no dudaban en hablar de clínica y en permitirnos entrar en el laboratorio de sus conceptos a partir del sufrimiento.
Quizá por eso el psicoanálisis nunca ha sido para mí algo etéreo, complicado, disimulado. Por el contrario, de lo que se trataba era de revelación y despliegue del mundo. A riesgo de parecer ridícula, me atrevería a confesar que esperábamos los textos de Jacques Lacan como un encauzamiento, una serie de enigmas, de frases para rumiar. Muchas nos parecían de una luminosa claridad, a otras no conseguíamos quitarles el cerrojo. Estábamos del otro lado de la puerta, pero poco importaba. Porque de los Escritos de Jacques Lacan hablábamos entre estudiantes. Lacan era el principal tema de discusión, el motivo para encontrarnos, la ocasión de largas marchas por París, donde, gracias a él, surgían cuestiones que no siempre nos atrevíamos a plantearnos. Algunos pretendían comprenderlo. Comprender todo en él. Yo no los envidiaba. A veces, me gustaba mucho no entender nada. Y fue a partir de este conocimiento de lo incomprensible cuando se operó el vuelco. El deseo de entrar en psicoanálisis. Yo digo entrar en análisis. Porque de eso se trataba exactamente. De un comienzo.
Me acuerdo de la hora —siempre la misma— de la luz del día en ese momento —de las mañanas en que tenía sesión y no me despertaba y no dormía de la misma manera en que los días sin ella—. Porque durante todos esos años, había los días con y los días sin. Las noches antes, en que los sueños proliferaban, y las noches de después, en que los sueños se escapaban pero se chocaban. Era una buena paciente. Seguramente demasiado. Una máquina de soñar, una obsesiva de la interpretación. Ella no tardó en hacérmelo saber... Ella, era una mujer, la había elegido mujer y por supuesto lacaniana.
Pero muy pronto tuve la impresión de que era ella quien me había elegido en la manera de acompañar mi existencia sin decirlo nunca, en su presencia-ausencia, en esa voluntad con la que ella me alentaba a soltar prenda finalmente. Aquel tiempo forma parte de un ciclo de vida. En efecto, toda mi vida estaba teñida por el psicoanálisis que hacía. Entre una sesión y otra no pensaba en eso en particular. Venía, se iba, venía, así, sin avisar. Y muy a menudo en el momento oportuno.
Una vez quise abandonar. Esa mañana me había armado, había preparado las palabras para decirlo. Ella me dejó hablar, no respondió y al terminar la sesión solamente dijo: «Hasta la semana que viene». Comprendí que era demasiado pronto. Pero ¿no es siempre demasiado pronto?
Como una soldado que comprende que ciertos obstáculos deben imperativamente ser afrontados, el martes siguiente por supuesto acudía a la cita. Durante años, tres veces por semana, tres cuarto de hora. Recuerdo el lugar, el aspecto del camarero del café, los porteros lavando la acera en esa calle tranquila. Cuando leo un libro de Patrick Modiano, siento esa misma impresión de hipersensibilidad, de tentativa de ajuste conmigo misma, de estar de sobra, pero de estar.
Un día, sin haberlo decidido, le dije que se había terminado. Ella me dejó partir con una luminosidad en la mirada que yo interpreté como una aceptación.
Años después, ella publicó un libro que me envió, yo estaba en la lista de prensa. Mi trabajo era entrevistar a gente que me enviaba ese tipo de libros. Dudé. Ella aceptó venir. En el plató por primera vez, hablaba ella. Yo no podía mirarla y menos hacerle una pregunta. Ella entendió y se autoentrevistó.
AGNÈS AFLALO
Psiquiatra, psicoanalista
LA SUERTE DE UN ENCUENTRO
Yo encontré a Freud, leyéndolo, cuando tenía doce años, y no es excesivo decir que a él debo desde entonces mi decisión de querer ser psicoanalista. Yo encontré el deseo de Lacan a los veinticinco años y creo legítimo reconocer que la suerte de ese encuentro cambió mi vida.
Sin embargo, la primera interpretación, que fue la que decidió la elección de mi nombre, y construyó mi destino, la debo a mi padre. En el París pobre de posguerra, para ellos extraño, mis padres habían perdido una hija al poco tiempo de nacer. En la clínica, para afrontar los riesgos reales de un nuevo embarazo, la invocación materna salmodiaba, en un semisueño, el nombre de un santo varón, dueño del milagro que debía salvarla: «Rabbi Meir Baal Hanes». Mal oído, ese dicho se le apareció como el llamado a una Agnès enigmático para ella. El padre, convocado, interpreta el equívoco translinguístico Agnès-Hanes, lo promueve al rango de oráculo milagroso, lo decreta marca de una suerte divina, y decide que si es mujer, la llamará Agnès. Así es como mi nombre, heredado del santo varón, se convirtió en síntoma: adueñarse del milagro encarnando la suerte de otro caído en desgracia. No faltarían ocasiones.
Endosar los hábitos del milagro fue juego de niños. Pero el milagro era caprichoso, tomaba cuerpo sobre todo con la llegada de los más pequeños. Además, no impedía ni las ausencias de un padre imantado por otros deseos ni la hipocondría materna que envolvía a cada hijo en una angustia deletérea y apelaba constantemente a la renovación del milagro de la vida por salvar dejando de lado todo lo demás. La elección paterna y la bendición divina marcaban al niño providencial refugiado en el amor del padre. Sin embargo, la creencia, quebrada ya por la preferencia materna por el hijo mayor, fue seriamente cuestionada, a los doce años, con el nacimiento del menor. Por su propia defensa y con la muerte en el alma, el niño elegido debió rendirse ante la evidencia, el saber paterno, por más divino que fuera, estaba marcado por el sello de la impotencia. La verdad enclavada en el cuerpo no dejaba de interrogar al oráculo. El divino azar convertido en necesidad multiplicaba inexplicablemente la suerte con la desgracia. ¿Cómo adueñarse del milagro?
Aprender a leer y a escribir el idioma del milagro no fue suficiente. La delicada tarea de traer suerte necesitaba un saber más extenso. Pasó por el de otras lenguas escuchadas en la casa, y el amor se dijo amor. Los sonidos de esas lenguas marcaban el cuerpo y sellaban las paradojas de ese destino sin dar las claves. Era necesario entonces otro saber cuyo real estuviera más asegurado. Y en ese momento encontré a Semmelweis y a Freud sucesivamente. La lectura de sus descubrimientos dio un vuelco a mi vida. Semmelweis descubrió la ley de la asepsia que cura la fiebre puerperal fatal para la madre y el niño. El cumplimiento del milagro de la vida salvada concordaba muy bien con la ciencia. La mirada y el saber del científico doblaban a los del padre, con el agregado de la demostración que llevaba consigo la convicción: el saber faltante podía complementarse con un plus de saber que lo haría consistir y haría comprender la verdad del oráculo. Decidí ser médico.
¿Qué remordimientos debía adormecer para tomar semejante decisión? Al descubrir a Freud, poco después, se reveló bruscamente el cuerpo del delito: el milagro de la vida salvada para la madre y el niño estaba fantasmatizado. La ley científica necesaria era sólo universal. La causa, porque era singular, la había suplantado. Mejor la verdad incandescente que la mentira tibia. Esta exigencia imponía a partir de allí el recurso del saber del psicoanálisis. Éste pasaría por la medicina y sus fallas, y por Freud.
Las proscripciones alimentarias y la relativa libertad parental en lugar de los ritos religiosos desplazaban la batalla al campo de los desórdenes de alimentación. Luego, el encuentro con los maestros religiosos hizo fracasar la fascinación por la renuncia jansenista y las tentaciones de la religión. El encuentro con un maestro filósofo y sus impasses, al final de la adolescencia, fue la primera oportunidad para hacer consistir el milagro del saber salvador fuera de la casa: él había sabido ver, él también, la preciosa verdad, pero puesta por escrito en el cuerpo del texto. Convertida en Diotima, yo esperaba enseñar el Sócrates por venir.
El despertar de la primavera puso en jaque, una primera vez, al imperativo de producir el saber que falta al Otro para encarnar su suerte, y la otra cara de la moneda tomó cuerpo por el lado del gran sueño. Despierta para dormir mejor en el milagro, y con el bachillerato en el bolsillo, la facultad se hacía accesible. Por desgracia, Freud quedaba demasiado lejos y el deseo del hombre, demasiado cerca. La muralla de don Juanes acumulados empezaba a desmoronarse. Para convertirme en psiquiatra, once años en firme y el aburrimiento ante todo. Los intentos por encontrar el saber del psicoánalisis en la universidad se saldaban con un fracaso: «ciencia de los textos» demasiado oscura, y la psicología oscurantista. Un día, al empujar por casualidad la puerta de un curso, escuché a un joven profesor que comentaba un texto arduo sobre la sexuación escrito por un psicoanalista cuyo nombre me era apenas conocido, Lacan. Cada frase desplegaba una luz incandescente. Allí sí está Freud: el mismo rigor lógico, la misma exigencia de demostración, el mismo acento de verdad. Un ejército de autores de los que en muchos casos escucho su nombre por primera vez. Ese día de otoño de 1975, en Vincennes, Lacan hizo su entrada en mi vida, y el deseo de este enseñante me hacía saber que después de tantos años Freud tenía un sucesor. Jacques-Alain Miller acababa de presentármelo.
En el extranjero, el encuentro con quien hizo advenir la mujer precipitó la primera cita con un psicoanalista. Dos rasgos lo marcaban: debía ser lacaniano y estar dentro de mi precio. ¡Qué encuentro: no me decía nada y anotaba todo! Así con el oráculo reducido a silencio, el milagro de la transferencia fue el de «divanes profundos como tumbas». La búsqueda del ser se hizo letra muerta, y el goce de la bella durmiente ocupó toda la escena durante meses: estirarme en el diván, dormir los veinte minutos rituales, despertarme, pagar e irme. Apareció la idea de que el psicoanálisis y los psicoanalistas eran dos. Conocer las consecuencias de este descubrimiento llevaría un tiempo. Poco después, el encuentro con un verdadero deseo de hombre, que encarnaba otra versión del milagro, desencadenó un cortejo de angustias asfixiantes y reforzó el temor cotidiano de padecer enfermedades mortales de las que se enseñan en la facultad. Entonces, la alternativa fue la escapatoria silenciosa reiniciada o el deseo de tentar la suerte de encontrar a Lacan. El deseo pudo más.
La primera vez, la sesión duró más de una hora. Una vez elegido el juego, empezó el desafío. El precio pedido por una sesión era el de mi salario mensual como médica externa. Muy pronto tuve que ir a la calle de Lille todos los días. Ningún límite a las concesiones para obtener, una vez más, la palabra de amor y su divino estrago. Satisfacer la demanda del Otro debía seguramente conducir a eso. Debía, pues, multiplicar las guardias de reanimación después de psiquiatría para pagar el precio de las sesiones. Ni tiempo de cerrar un ojo. La inhumanidad no venía por el lado del analista, sino más bien del lado del inconsciente, que exigía, sin descanso, el encuentro con la urgencia de la vida por salvar y la satisfacción del furor sanandi. La multiplicación de guardias chocó con los límites del cuerpo agotado. Hubo entonces que terminar con la imposible satisfacción del deseo del Otro y así salir, en parte, del daño amoroso actualizado en la transferencia. Lacan, sonriente, asintió a esta conclusión, y las sesiones diarias se redujeron a tres por semana. Ése fue el precio que pagar para empezar a captar las apuestas del desprecio: la exigencia del analista en mis precios encubría el goce por el desprecio del cuerpo como el del amo castrado sobre el que había que reinar. El desprecio no faltaba a ninguna cita.
La duración de las sesiones: la de un relámpago. Había que ver y concluir. Ya no había tiempo para dormir en análisis. Accesos de adormilamientos fulgurantes e incoercibles antes de cada sesión, a eso se reducía el milagro: una historia para dormir parada. En el análisis, el síntoma se construyó en torno al enigma del sexo. Tomó cuerpo una curiosidad fálica. Ésta pulverizaría uno a uno los semblantes del querido saber hasta dejarlo en su inconsistencia y su incompletud estructural. El peso de la mirada empezó a aligerarse por haber podido interrogarla metódicamente. El cuerpo fue liberado suficientemente de sus enredos como para arriesgar la apuesta por el deseo de la femineidad: consentir a una petición de matrimonio, después dar vida a dos niños. Pero Lacan se fue antes de que el amor librara su axioma. Para construir la ley de la serie, hubo que retomar el camino del análisis. Las condiciones de amor prescribían la elección de un maestro docto, debía ser uno marcado por un rasgo discreto del fracaso, única garantía de poder encarnar, seguramente, su suerte, y de obtener, más secretamente, la seguridad de tener al otro divino a merced. Las apuestas fuertes imponían resolver el espinoso problema planteado por el enigma del sexo y de la vida enunciada por el oráculo: el «si es una niña» sólo habla de una hipótesis, y hace pantalla a la condición implícita del mortal. Manejar el milagro para adornar el desamparo implicaba adquirir todo el saber del ser sexuado y en vida. La intimación que producir y hacer producir al Otro el saber inédito escandían los momentos cruciales del análisis, momentos de desamparo en que el goce deletéreo se condensaba. La enfermedad y la agonía de un ser querido, en esa época, sirvieron para librar la última batalla contra la loca exigencia del amor para separarlos por fin. El encuentro con la soledad radical del humano impuso sacar las conclusiones de la disyunción necesaria del psicoanálisis y del psicoanalista. Alcanzado el punto de finitud, fue necesario decidir de forma definitiva por el psicoanálisis, y consentir que un psicoanalista no sea más que el partenaire necesariamente humano. Pero fue después cuando la verdad del galán hizo bascular la perspectiva, como una anamorfosis, lanzando una última mirada al volverse.
En el análisis, la tela del síntoma no había dejado de tejer el derecho y el revés de la misma cara, recorrida indefinidamente, desde la actividad de salvar hasta la de ponerse en peligro para hacerse salvar. Idas y vueltas incesantes del niño precioso al niño dormido para siempre, del hombre que salva a la mujer que debe ser salvada, del saber a la ignorancia, de Hanes a Agnès. Hombre y mujer conjugados en tiempo presente de la ficción alcanzaban el punto de verdad: lo imposible. Entonces, lo más lejano se volvió lo más cercano: el goce de la mordaza del silencio que frecuentaba el lazo amoroso desde la infancia no era del otro, sino muy mío.
Una vez descifrada la despiadada ficción del oráculo, seguía siendo un misterio el enigma del viviente sexuado: la relación con el sexo nacía de su imposible. Fueron necesarios algunos largos años de análisis para que la elección contigente de ese nombre cese de prescribir la necesidad de un destino imposible de realizar. Porque ¿cómo curarse de ser sexuado y mortal?
Ningún amor por el saber colmará jamás la falla. Un deseo vivo y decidido sólo puede elaborar trocitos de saber. Qué es una niña puede pretenderse ser oído en los aluviones de la lengua, o verse, pero no más que la vida o la muerte, no se puede saber. El enigma del sexo y del goce del ser viviente, desprovisto de sentido, constituye la falla infranqueable del saber que un nombre propio o un apellido enmascaran. Es imposible curar de la condición humana. Sin embargo, si se aprovecha la ocasión, la experiencia del psicoanálisis puede desprogramar un destino desactivando las palabras maestras de las que se sirve. La suerte de este encuentro cambió el curso de mi vida.
JORGE ALEMÁN LAVIGNE
Filósofo, psicoanalista
EL APRENDIZAJE DE SABER PERDER
¿Cómo saber cuándo alguien se encuentra con una disciplina? Un encuentro que merezca ese nombre es siempre portador de las marcas de lo imprevisible. Todo lo importante nos llega de modo imprevisto, pero lo imprevisto necesita tiempo para prepararse. En este caso lo imprevisible se fue preparando a partir de distintas escenas, escenas que de algún modo introducían una orientación hacia un cierto tipo de psicoanálisis. En primer lugar algunos sueños y pesadillas de la infancia, pues de manera muy temprana supe, de modo espontáneo, sin reflexión y sin indicación de nadie, que esos sueños concernían a lo más crucial de mi vida. Especialmente me impactaba el carácter «ultraclaro», la extraña nitidez de algunos sueños y el tiempo que le llevaba a la vigilia reponerse de ese impacto. De un modo prerreflexivo, intuí que si algo no se puede significar y se presenta a nosotros con una opacidad radical y a la vez, sin saber por qué, nos concierne, esto exige que intentemos ponerlo en palabras o por escrito o narrarlo para alguien. Y esto lo empecé a intentar desde mi adolescencia. Por ello, siento haber tenido un presentimiento muy primario de lo «real lacaniano», en particular, a partir de sentir que podía intentar pensar algunas cosas por mi cuenta y descubrir que pensar sin obsesionarse es una especie de felicidad.
También el hecho de que mi escritura fuese ilegible desde el punto de vista caligráfico, y que muchas veces el profesor devolviera un examen sin haberlo leído despertó en mí una gran atracción por las inscripciones en paredes, la letra impresa, los neologismos de la lengua, el argot de la calle y los diversos puntos de fuga de la gramática. En este sentido, antes de empezar la cura analítica, la experiencia del inconsciente me llegó a través del poema que «el» habla por sí misma desliza en la lengua sin saberlo.
Luego, en la adolescencia, la militancia política incluyó en el centro de la propia existencia una nueva aporía, una cuestión indecidible de gran calado, a saber, por un lado la «causa revolucionaria» demandaba una entrega incondicional donde obviamente una desventura personal siempre tenía que ser irrelevante con respecto a la marcha ineluctable y necesaria de la historia. Pero, por otra parte, en la cura analítica, en su propio discurrir, fui abriéndome en cambio a mi propia «finitud», a las cosas importantes que nos alcanzan de un modo contingente, a los traumas que se repiten, a los dilemas que sólo se resuelven con una elección sin garantías; en suma, a todo aquello que sólo uno debe saber si es capaz de soportar o no. Esta aporía, esta tensión inaugural entre la lógica interna de un proceso histórico y la exigencia ética del propio deseo, de distintas maneras aún insiste en todos mis proyectos. Me apasiona en la disciplina freudiana la relación de conjunción y disyunción entre la marcha de la civilización y la experiencia subjetiva.
¿Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. ¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío del que uno no puede sentirse víctima; en definitiva, el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda una vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias imprevisibles de lo que uno elige.
Por otra parte, a diferencia de otras disciplinas o corrientes del pensamiento más propicias para dejarse seducir con los espejismos intelectuales del saber, lo que más me importa en el psicoanálisis es su honestidad con respecto a una verdad que nunca puede ser dominada por el saber, el psicoanálisis es una experiencia de pensamiento donde el saber queda «desidealizado», pero que nos advierte de la infatuación que implica identificarse con la verdad. Su honestidad mayor radica en verificar siempre que es posible e imposible en una experiencia humana con otro. Sin coartadas nos abre a la impotencia o imposibilidad que toda auténtica empresa de transformación pone en juego irremediablemente.
JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ
Psicoanalista (Hospital Psiquiátrico Dr. Villacián, Valladolid)
TAN BELLA COMO VERDADERA
Conocí a Freud y a Nietzsche al mismo tiempo. Fue durante un verano sofocante en mi pueblecito de Castilla, poco después de cumplir catorce años. Tres décadas han pasado desde entonces y aún sigo prendado de la prosa elegante de ambos, la mejor prosa alemana. Guardo todavía vivo el recuerdo de la conmoción que me produjeron aquellas lecturas, una atracción irresistible que me hacía avanzar, pese a sentirme un poco más desnudo a medida que pasaba las páginas. Me hablaba Freud de la sexualidad infantil y de los sueños; Nietzsche, del saber y la moral de los pensadores de la Antigüedad. Más próximos me resultaban, desde luego, los argumentos que Freud hilvanaba con firmeza, precisión y mesura; tan cercanas se me antojaban sus descripciones que me veía en ellas retratado. En cambio, a través del estilo aforístico, metafórico e hiperbólico de Nietzsche adivinaba un mundo de héroes y tragedias del cual apenas tenía noticia. Con el paso de los años, en deseada soledad, de nuevo la filosofía práctica de los antiguos y la verdadera naturaleza del drama humano desvelada por el psicoanálisis volverían a confluir hasta conformar mi experiencia cotidiana. Que Freud hiciera ciencia de las cosas no sabidas e inconfesables que gobernaban nuestras vidas y que en eso del pathos yo no era muy distinto al resto de los mortales fueron las dos marcas indelebles de aquellas primeras lecturas; una y otra me resultaban tranquilizadoras y me hacían albergar alguna esperanza de solucionar mi propia aflicción. Mientras veía en Herr Professor un hombre de ciencia y un médico audaz, imaginaba que Nietzsche era un ser atormentado, a caballo entre la locura y la genialidad. Comoquiera que por entonces era propenso a los extremos y que me sentía, muy a mi pesar, demasiado diferente de cuantos me rodeaban, el mundo de la locura me interesó desde bien pronto. Encaminé por ello mis estudios universitarios en esa dirección y, con veinte años, comencé a frecuentar la Biblioteca Freudiana de Barcelona, donde empezaba a impartirse una enseñanza sobre Freud y Lacan.
La angustia se había adueñado de mí hasta convertirse en mi segunda piel; me sentía profundamente desarraigado y desubicado. Paulatinamente hallé gran consuelo en la literatura, el psicoanálisis y la psicopatología. Un buen día se produjo un acontecimiento que me permitió dar cuenta en público de mis conocimientos. Al descerrajarse esta inhibición, mi relación con las letras se volvió creativa. Comencé a escribir una tesis de licenciatura sobre Schreber; a renglón seguido, durante los ocho años siguientes, redacté una tesis doctoral sobre la paranoia.
Sé que tan salutífero desenlace jamás se hubiera producido sin una profunda transmutación interior, la cual no me llegó a través de los amados libros, sino como resultado del análisis personal. Doy también por seguro que de no haberme psicoanalizado, los libros y la escritura hubieran continuado siendo algo admirable, pero tanto más tormentoso cuanto imposible de disfrutar.
Unos años antes se me había presentado un imprevisto que por darme en el talón de Aquiles me fulminó al instante; supe de inmediato que para esa herida no bastaría con el bálsamo de los libros. Coincidiendo con el inicio de la práctica clínica, para la cual me creía dotado, la angustia me venció nuevamente. Consecuente con mis principios, decidí ponerme en manos de un psicoanalista. Al salir de la primera entrevista y rebuscar en el bolsillo las pocas perras que llevaba, mi analista me instó a que volviera al cabo de un rato; compungido le dije que no tenía mucho más dinero, a lo que respondió que cómo era posible que creyéndome tan listo no supiera ganarme la vida. Como sucede al voltear un caleidoscopio, sus palabras me recolocaron instantáneamente. Con su intervención había dado en la diana, pues entendí que tenía que abandonar las quejas para ponerme manos a la obra. Hundido hasta las trancas, en la buena compañía de mi Caronte logré salir del lodazal. Fue una travesía difícil, larga e inolvidable, culminada con un abrazo y la publicación de mi primer libro sobre las enfermedades mentales.
La querencia hacia el saber me acercó al psicoanálisis, en efecto, aunque mi relación con la clínica psicoanalítica vino determinada por mi propio sufrimiento. Después de todo, si a mí me había curado el análisis, daba por cierto que lo mismo podría suceder a mis pacientes. Si hubieran tenido razón los filósofos postaristotélicos cuando veían encarnado en el ideal del sabio la fusión del saber y la virtud, la prudencia y la sustracción a las pasiones, no hubiera tenido yo la oportunidad de tener una experiencia en la que descubrí algunas claves que me permitieron hacer algo creativo y personal. Una de ellas surgió muy pronto en el análisis, puesto que constituía una de las aristas del síntoma: al desentrañar mi propia historia, comencé a investigar la historia de la clínica, de la locura y del pensamiento psicopatológico, terreno en el que creo haber aportado algo a nuestra comunidad analítica. En verdad tuve que dar una gran vuelta para recuperar algunas de aquellas cosas sencillas —la familia, el amor, la pareja, la amistad— que se dislocaron en la neurosis y se acrecentaron con ciertos encuentros. Antaño he lamentado el tiempo desperdiciado en atormentarme. Ahora valoro más lo que supe encontrar por el camino, en especial la paz de leer, la soledad y la intensidad de escribir, la emoción de enseñar.
En El tiempo recobrado reconoce Proust que los materiales que dan cuerpo a su obra literaria provenían todos de su vida pasada. De mi análisis me queda un pequeño armazón apuntalado en algunas frases, palabras y escenas, en especial aquellas experimentadas con sorpresa al ser pronunciadas. Dos de esas escenas han marcado mi relación con la existencia. Me recuerdo en la niñez mirando embelesado los cuadernos en los que la hermana que me precede tomaba sus apuntes. Al pasar de los palotes a las letras, escribí mi primer cuadernillo de caligrafía. Henchido de gozo, corrí a casa para ofrecérselo a mi madre. Se lo entregué, pero no le hizo mayor aprecio. Si no era suficiente, quizá habría que escribir más y más. Seguramente por eso mis escritos han sido tan voluminosos. En la segunda escena está mi padre hablando mientras la gente lo escucha sin perder detalle. Es ésta otra de esas cosas sencillas que han marcado mi relación con la lengua, uno de los dones que recogí y con los que disfruto en mi actividad docente.
Si desde un primer momento me interesó de Freud su capacidad para formular y responder las preguntas esenciales sobre el drama humano, componiendo pieza a pieza un discurso coherente y riguroso, progresivamente mi interés se fue centrando en la práctica psicoanalítica, a la que considero la clínica en estado puro. Conforme profundizaba en el estudio del pathos, más me asombraba la cabal explicación que proponía el psicoanálisis para articular cuanto nos sucede por el hecho de ser sujetos del lenguaje y las manifestaciones psicopatológicas que nos afligen. Sobre este particular, el resto de las teorías psicológicas, psiquiátricas o filosóficas le siguen a mucha distancia. Amén de su originalidad y utilidad clínica, grata me resulta también la multiplicidad de referencias al mundo de la cultura y del pensamiento que atesora la obra de Lacan, fuente de continua reflexión en la que se conjugan mis intereses pasados y presentes.
Al echar la vista atrás me parece que el psicoanálisis ha sido y es para mí causa y medio del cumplimiento de deseos que durante años consideré irrealizables. Sin ignorar mis limitaciones epistémicas, el paulatino conocimiento de la disciplina freudiana me lleva a considerarla tan bella como verdadera. Por eso, entre las muchas palabras referidas a Freud, elijo las de Sándor Márai en Confesiones de un burgués: «Me encantan la genialidad y la belleza de las teorías de Freud».
FERNANDO ARRABAL
Escritor, cineasta
MI PSICOANALISTA (YO) Y YO
Cuando debo hablar de mí
de inmediato me inquieto
pues no se puede hablar mal de uno mismo
¿y qué decir de sus cualidades?
Nací de un padre centauro
que un día sedujo a la aurora
y soy hermano de una sirena
que las ninfas proclamaban reina.
De padre heredé el ardor
en mí ni el menor dolor
pero ¡ay! tomé de mi madre
su pasión por la quimera.
Creciendo aprendí todo
y reconozco su precio
pero no del centauro Quirón
ni de Vulcano, dios herrero.
Sino de Pan que me hacía reír
por él conseguí escribir
siendo todavía niño
las memorias de un elefante.
Amaba en él sus pies de cabra
sus cuernos, su barba y la fiebre
que lo empujaba a conducirse
como un hombre que gusta seducir.
Osaba pinchar la parra
acariciar la divina botella
tanto como espantar, sorprender
y de él dicen más que injurias.
Pero sé que la confusión
y yo ya lo percibía
no es más que el reflejo de la vida...
pero creo que me desvío.
Un día llegó la Patafísica
para encantarme con su música
entre ella y yo hubo idilio
yo abrazaba al cocodrilo.
Tengo en mí algo de león
pero no soy camaleón.
Tal cosa creo inaprensible
como huye la arena entre los dedos.
Tal otro alaba mi humor
se espera que rime con amor
por eso mismo me abstengo
aunque Venus me esté viendo.
Porque todo poeta es amante
porque todo poeta es cariñoso
esto es lo que quisiera ser
o por lo menos... parecer.
¡YO TE SALUDO, DEMENTE!
¡Yo te saludo, demente!
Extrañamente arreglada para el baile del asilo
deseas volar sobre las rocas de la suerte
mientras las furias se han vuelto pacientes
por los nuevos psiquiatras, esos pastores del odio.
¡Yo te saludo, demente!
En medio del deseo sin besos, ni caricias
sectas de gurús fingen la diferencia
se disputan el opio para avasallar al niño
que perfuma la sangre derramada por la inocencia.
¡Yo te saludo, demente!
Todo niño es un loco, el loco es sólo un niño
cuando posa su cabeza sobre el diván de plumas.
Los Diafoirus entre ellos, orgullosos, se congratulan
acunados por el balanceo de certezas blandas.
¡Yo te saludo, demente!
Damasquinada de puertas sin salidas ni socorros
nos tomas por festivos y en especial por extraños.
Fantasmas y quimeras vinieron de aquí abajo.
Tu cerebro te mira y ya no te conoce.
¡Yo te saludo, demente!
Galopas, inconsciente, sobreponiéndote a Sigmund
o a sus discípulos profundos, sin hacer campana.
Herederas de la picota, purgadas de todo amor
sus cabezas zozobrando en la norma gregaria.
¡Yo te saludo, demente!
Aislada en la prisión de tu reducto
destilas el hastío, gota a gota, del tiempo
temiendo naufragar en tu cima flotante
sitiada por rencores fatalmente exactos.
¡Yo te saludo, demente!
Planeando sobre un diluvio universal apenas,
triunfas en el corazón de tu tristeza, ignorando
el despliegue de estrellas en tu estela negra:
la virgen, la vivaz, la bella Apocalipsis.
¡Yo te saludo, demente!
JACQUES AUBERT
Profesor emérito de la Universidad Lyon-2
Y COLGARÁN A TODOS LOS «AFFREUDS»...*
—Entonces, ¿resulta que nos habían ocultado la verdad?
—Sí, señor, toda la verdad. El hombre está torcido, pero es completamente enderezable. Y hasta rectificable. Basta un poco de buena voluntad. Nos lo revela un libro reciente, negro sobre blanco.
—¿Y quienes dicen lo contrario?
—Y bien, qué lástima, ya se ve: son torcidos sin esperanza, si rechazan ese recurso.
—Entonces, ¿hubo un complot, para que recién hoy nos demos cuenta?
—Sí, y esto viene desde hace muchísimo tiempo. ¡Milenios, le aseguro! Vea con Sófocles, por ejemplo, todos esos autores dramáticos, todos esos filósofos, que se preguntaban qué es el hombre. ¡Como si no estuviera claro, simple, limpio, por así decir! Pero resulta que todos esos intelectuales y esos artistas quisieron buscar la quinta pata al gato, inventando cosas retorcidas. ¿De dónde sacan todo eso, «tragedia», «ética»? «...¿a Nicómaco»? Sí, por supuesto, ya sé: la campaña antitabaco.
—Pero, no hace tanto tiempo, Joyce, Wolf, Faulkner, Lowry...
—Le corto: se ve que ellos no tienen nada que decir, si nos remiten a Homero y a los otros.
—Felizmente los tiempos han cambiado... la ciencia... las ciencias... ¿Por qué cargarse de viejos libros, Dante, Shakespeare, Rabelais, Racine, todo eso, le pregunto? En todo caso, tenerlos, pero que se pierda tiempo leyéndolos, compulsándolos... ¿Qué hay, qué dije? «¿Compulsar?» ¿Y qué? No, señor, yo no tengo compulsiones, ni siquiera pulsiones... ¿«Freud», dice? No, siento que me voy a enojar, y mi abuela decía que no es bueno para la salud.
—Por otra parte, tengo que dejarlo, tengo prisa, acaban de renovarme la receta, y la farmacia está por cerrar.
FRANÇOIS-MARIE BANIER
Escritor, fotógrafo
LOS IGNORANTES
Quien dice psicoanálisis dice resurrección. Caer del cielo de su propio pasado no es sin dolor. Sin palabras. Tampoco sin felicidad. Yo no creo en los enemigos del psicoanálisis, creo que hay ignorantes, seres abrochados a imágenes, a lugares comunes. Seres que tienen miedo de sí mismos, miedo de comprobar el mal uso que han hecho sus padres de su infancia. Y no viceversa...
En «psicoanálisis», no hace falta ser un gran sabio para ver la palabra «análisis». A los franceses, que se creen campeones de este deporte que piensan haber inventado, como los ingleses el golf, lo «psi» les molesta.
Me gusta Freud, me gusta Lacan, me gusta Jung, me gusta Dolto, y para no quedarme en el desierto de un ascenso feroz de ciertos recuerdos, prefiero la psicoterapia a las prácticas más ortodoxas. El lecho en el que nos acostamos con todos esos males que vuelven y se convierten en lecho de dolor sin palabras para sanar.
MIQUEL BASSOLS
Psicoanalista
PARA NO OLVIDARLO
Hace falta la chispa de la transferencia para que la experiencia del inconsciente se haga realidad y encienda su reguero de pólvora. Es una chispa que, en el instante mismo, siempre se muestra como un encuentro contingente, pero que se demuestra también como necesario visto un tiempo después. Hay que añadir algo de lo imposible de soportar, lo que solemos llamar «síntoma», para que esta mezcla tenga efectos eruptivos, de verdadera pasión por el saber. O también, lo que puede resultar más complicado, de pasión por la verdad sin saber por qué.
Es lo que me ocurrió contando dieciséis años, cuando el país se debatía contra su propia oscuridad a finales del franquismo y yo con la mía a finales de un bachillerato nada apacible. La imagen que viene ahora para cifrar este encuentro, el que actuó de precipitante de la mezcla, procede de un regalo familiar, el regalo hecho por una hermana, un verdadero regalo: un ejemplar de la Psicopatología de la vida cotidiana, de Sigmund Freud, en la edición española de Alianza Editorial. Era una edición de bolsillo con una sugerente ilustración de cubierta: el dibujo a tinta negra de una mano con el dedo índice levantado y un hilo rojo con un nudo atado a media altura. Un nudo para no olvidarse.
¿Para no olvidarse de qué? Había que abrir el libro para empezar a saberlo. Y el lector empezó a saberlo, a leer con pasión, sin saber por qué: Signorelli, la sexualidad y la muerte, aliquis, las mujeres y las generaciones, el olvido de los nombres y las palabras extranjeras, la pluralidad del sentido, el equívoco y los recuerdos infantiles, el olvido colectivo y los puentes de palabras, el goce sexual y las leyes fonéticas, la fe de los padres y la repetición, el estilo y el sinsentido, lo interior y lo exterior, el síntoma y el encuentro con lo nuevo... Cada cosa llevaba por un camino u otro al nudo de la propia historia y del propio malestar.
Sin embargo, el amor al saber conducía entonces en primer término al lugar donde se suponía que ese saber estaba, a la universidad, la de psicología si se trataba de seguir los nudos del hilo rojo en cuestión: Great Expectations, como decía el título de una pieza de jazz que acompañaba esas lecturas. Bastaron unos meses para experimentar la desilusión más descorazonadora y casi perder el hilo en las grandes expectativas. ¿Qué tenían que ver las «dos sigmas de separación de la media de adaptación», el «condicionamiento palpebral» o la «sinapsis neuronal» con aquel nudo que se había formado para mí entre el síntoma, el saber y la verdad? Y, además, esa apariencia de falsa ciencia con la que se revestía una ideología sostenida muchas veces desde la impostura, aunque fuera con algunos gestos progresistas, ¿cómo podía ni tan siquiera considerar la existencia de ese nudo con el que me las veía desde hacía un tiempo? Salvo honrosas excepciones, el discurso general iba del eclecticismo más diluido al reduccionismo empirista más banal. Casi nada que hablara de psicoanálisis y, cuando se hacía, era más bien para confinarlo en los anales de la historia de la psicología. Digamos al pasar que la cosa no es hoy, treinta años después, muy distinta. En aquel momento, aquella caída de los ideales de saber tuvo la virtud de hacerme interesar por la epistemología, por las condiciones con las que un saber se constituye y se propone como ciencia, por el estudio del lenguaje y de las lenguas, y de empezar a buscar fuera de aquel medio universitario una relación con el saber más viva y verdadera.
Una cita leída al vuelo como exordio en un libro crítico con la psicología académica, aconsejado por una de aquellas excepciones universitarias, sigue hoy subrayada en rojo: «La psicología es vehículo de ideales: la psique no representa más que el padrinazgo que la hace calificar de académica. El ideal es siervo de la sociedad». La cita, tan explosiva para mí en aquel contexto como precisa en la actualidad, iba firmada por un tal Jacques Lacan y quedó como hilo conductor de las lecturas de ese primer año de universidad. Era un hilo a la espera de un nuevo nudo, que no tardaría mucho tiempo en formarse. La frase tocaba de lleno el corazón del síntoma: la servidumbre de los ideales transmitidos en la historia familiar, el rechazo de esos ideales que acuciaban un deseo difícil de escuchar, cuando no imposible de decir, un «padrinazgo» que delataba la orfandad del deseo, el malestar de ese deseo ante cualquier academicismo de impostura.
Digamos que la apariencia de ciencia con la que se revestía la psicología académica era entonces menos pretenciosa: las TMC de la época decían mejor, aunque con igual brutalidad, lo que las TCC de hoy piensan camuflar bajo el nombre de «Terapias Cognitivo Conductuales»: eran puras y meras «Técnicas de Modificación de la Conducta». Las contradicciones eran, sin embargo, fecundas para quien supiera escucharlas con cierta inquietud: a la vez que se aconsejaba la lectura y la ideología autoritaria de Walden 2, de Skinner, se comentaba el crudo impacto de La naranja mecánica, de Kubrik; a la vez que se proponía la modificación de la conducta fóbica por medio de técnicas de implosión confrontando sistemáticamente al sujeto con el objeto fóbico, se flirteaba con el progresismo de Cooper y Laing en el tratamiento de la locura.
Lo heteróclito del panorama no escondía, sin embargo, el proyecto general, que ya tomaba la forma de programa universitario, de ignorar y hacer ignorar al psicoanálisis en los departamentos de la psicología científica. En el despacho de al lado, los «Psicodinámicos» que hoy diluyen el nombre y la experiencia del psicoanálisis en el eclecticismo de las psicoterapias aconsejaban entonces, lisa y llanamente, no leer a Jacques Lacan: demasiado difícil, demasiado abstracto, demasiado intelectual, demasiado incomprensible, demasiado... Y uno, que siguiendo el hilo rojo de la letra se había encontrado ya con aquella máxima de José Lezama Lima, «Sólo lo difícil es estimulante», no podía no encontrarse ya con el texto de Jacques Lacan.
Fue un encuentro en compañía de algún otro que cultivaba igualmente lo difícil y lo estimulante en la conversación amistosa y fue también un encuentro en la soledad de la lectura. Fue un encuentro mediado por alguien que había sido tocado también por ese texto, en otro país y momento, el psicoanalista argentino Oscar Masotta, que había iniciado en Barcelona y otras ciudades de España un trabajo de lectura y de impulso de un movimiento que sería después el crisol para una escuela lacaniana en el país. Sin esta coyuntura, hecha de intersticios y de fracturas, no habría habido para mí encuentro con la disciplina freudiana, con la experiencia y con el discurso del psicoanálisis. Supe ya entonces que esas condiciones son de estructura y que, por lo mismo, un encuentro así no podrá subsumirse ni organizarse nunca en las formas universitarias del saber, que su propia naturaleza y su transmisión implican la existencia de lo intersticial para hacerlo habitable.
El encuentro con el texto de Jacques Lacan fue así lo más parecido a una experiencia traumática, un encuentro como a destiempo con lo súbito incomprensible, pero realizado a la vez de un modo lento, con el paciente destello de lo que no se comprende pero toca lo más íntimo del ser, lo más ignorado de uno mismo. ¿Cómo un texto podía subvertir de tal manera el sentido común y producir efectos tan estimulantes, exigir un trabajo tan opaco a veces, tan a tientas, y ofrecer finalmente un relámpago tan certero, tan directo y de consecuencias tan singulares como pragmáticas? No, no había nada de «intelectual» en todo aquello, ese texto llamaba a la acción sobre el sujeto en su singularidad más íntima e irreductible, la incluía en su lógica de un modo que ninguna teoría ni ideario «revolucionario» podía ni imaginar. Tardes y tardes de conversaciones, noches y noches de lecturas, mañanas y mañanas de levantarse a tientas y con un sentimiento de fractura subjetiva que llegaba en sus resonancias a cada rincón de la vida. A la vez, había que escuchar de algún avispado y futuro ejecutivo del mundo «psi» que todo eso eran retóricas vacías, piruetas en el aire cuando el mundo real de la enfermedad y la locura exigía acciones concretas, verificables sólo en la empiria objetivada del laboratorio conductual y científico.
Pero ¿qué había más real que esa división subjetiva que yo mismo encarnaba? ¿Qué había más concreto y verificable que ese efecto de la letra y del significante sobre el sentido vacilante de la vida en el que algo de la locura y su estructura misma se hacían evidentes? De ese real y de esos efectos podían deducirse las leyes de una clínica mucho más rigurosa que cualquier descripción empírica de lo observable.
Ése era el nudo, el nudo para no olvidar, el nudo que había que defender con una pasión por la verdad que muchas veces hacía estragos en uno mismo. Tiempo después, esa pasión por la verdad se demostraba como un verdadero obstáculo para poder operar con el sujeto de la experiencia analítica. Pero faltaba entonces ver cómo hacer y deshacer ese nudo, cómo rehacerlo para explicárselo a uno mismo y explicarlo a otro.
De ahí a estirarse en un diván había un paso, el que exige dar el sufrimiento del síntoma para empezar un análisis. Y la experiencia de estirarse en un diván y hablar al Otro —«hay que volver a aprender a hablar», recuerdo haber dicho al inicio— empezó a cambiar muy pronto el pathos de la verdad por cierta alegría en el gay saber y por unos efectos de formación en los que encontré el deseo del analista, es decir, el deseo de ocupar esa extraña posición que es la del analista. Las consecuencias de este pasaje no fueron, por supuesto, extraídas de un día para otro. Tres períodos de análisis con tres analistas distintos —a la tercera fue la vencida, de trece años, y fuera de mi país— y una implicación constante en el movimiento psicoanalítico tejieron los hilos. El nudo, para no olvidarse, está formado ahora por la experiencia analítica y mi vínculo de trabajo con la Escuela de la Orientación Lacaniana, que hace presente el discurso del psicoanálisis en España en el marco de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, la que impulsó y sigue orientando con su deseo Jacques-Alain Miller.
Hoy sé que le debo a esa experiencia haber podido librarme del efecto mortificante de aquellos síntomas, pero también haber podido encontrar un modo de decir que toque y pueda tratar la división subjetiva, la que había sufrido con toda mi pasión, dándole un lugar más digno. Es ésta una experiencia que nunca podrá reducirse a una adquisición de saber, una adquisición que, es cierto, no deja de producirse de múltiples formas una vez encontrado ese deseo inédito del analista y haber operado con él en la práctica. «Un modo de decir» es lo que Jacques Lacan formalizó con el Discurso del analista, es también un estilo de vida que parte de lo que no tiene forma para formarse en la singularidad de cada ser que habla, es también lo que cada psicoanalista debe hacer hoy presente para estar a la altura de la subjetividad de su época.
La experiencia analítica me ha enseñado, sin embargo, que tal modo de decir, extemporáneo en relación con los ideales de la época, sólo subsiste en la medida en que fracasa de la buena manera, sin llegar a la suficiencia de su éxito, que sólo obtiene su lugar y sus verdaderas consecuencias sobre lo real en su «no dejar de no conseguirlo». Era la idea, más bien antiexitista, de Jacques Lacan: «Si el psicoanálisis tiene éxito, se extinguirá hasta no ser más que un síntoma olvidado».2 El psicoanalista, más que nadie, sabe la importancia de lo fallido para hacer posible el tratamiento del sujeto y no borrarlo de lo real con la solución más rápida y eficaz.
Para no olvidarlo, conviene defender hoy la experiencia del psicoanálisis de su reducción a un saber evaluable según los criterios generales de la eficacia utilitarista.
FRÉDÉRIC BEIGBEDER
Escritor, editor
ANDO MUY MAL. ÉSA ES LA PRUEBA...
Yo no hice psicoanálisis. Ando muy mal. Ésa es la prueba de que el psicoanálisis es una ciencia exacta.
MARLÈNE BELILOS
Psicoanalista
ANTES Y DESPUÉS DE FREUD
El trayecto que lleva a la demanda de análisis estaba ocupado en un principio para mí por «las resistencias al análisis».
Terminaba un curso de letras en la Universidad de Lausana, al que seguía un curso de ciencias políticas, uno de esos recorridos infinitos en los que me perdía con delicia.
En el camino, buscando un tema para el trabajo de fin de curso, encontré al filósofo Gaston Bachelard. Me atraían sus trabajos sobre el imaginario e intenté seguirlo en su investigación acerca del origen de la creación poética.
Y entonces fue por lo menos sorprendente descubrir, en los archivos del INA (Institut National de l’Audiovisuel), con fecha 4 de marzo de 1955, en France Culture, un importante reconocimiento de su parte a Sigmund Freud, después de haber admitido que el psicoanálisis no lo seducía en su libro El psicoanálisis del fuego, que apareció en 1938.
Y fue así como encontré a Freud, por intermedio del filósofo menos freudiano. Su tono, el de una época, era más que elogioso: «A menudo se intenta encontrarle antecedentes. Querríamos que la historia de las ciencias mantenga una continuidad que escape a las vicisitudes de la historia ordinaria; tal búsqueda erudita de una continuidad escondida tiende a borrar el carácter decisivo de una gran doctrina. Sin embargo, ciertos pensadores marcan una era. Como se dice en la historia de la química “antes de Lavoisier” y “después de Lavoisier”, ahora hay que decir, en la historia de la psicología “antes de Freud” y “después de Freud”. Yo quisiera mostrar, como historiador de la ciencia, lo que hay de innovador en las doctrinas de Freud».
Bachelard adoptaba la misma postura que Freud, haría la experiencia de los sueños queriendo comprender su mecanismo, y así convertirse en el que había querido eliminar los razonamientos científicos de las escorias del imaginario, para abocarse finalmente a celebrar su virtud creadora, y lo que lo seducía en Freud era el acento que ponía en el dinamismo del psiquismo: «El inconsciente es una realidad psíquica que debe ser minuciosamente estudiada. Pero este análisis debe hacerse en términos de dinamismo más que en términos de estructura; se trata de una dualidad de fuerzas que actúa de modo muy diferente al dualismo filosófico del alma y del cuerpo, y todo el arte del psicoanálisis consiste en poner en evidencia ese campo de fuerzas donde se actualizan los conflictos más antiguos».
Redacté un trabajo que titulé «Realité du désir et transformation poétique».
Me libraba a la tarea de tejer los lazos entre Freud y Bachelard, me aplicaba en la lectura de las obras de uno y de otro para concluir en parentescos poéticos entre los dos hombres.
Exergo, citaba a André Breton: «El armario está lleno de sábanas. Hasta hay rayos de luna que pueden desplegarse». El trabajo dejó sus huellas. La lectura de la Introducción al psicoanálisis me había transportado. Me dedicaba a comprender ese «dualismo de fuerzas». Pero tuvo que ocurrir una catástrofe personal, un acontecimiento subjetivamente doloroso —que además me parecía ajeno y familiar a la vez— para que el psicoanálisis me interesase de manera diferente.
Incapaz de rendir en los exámenes —que seguían a la redacción del trabajo para la universidad— fui ligeramente medicada por un amigo médico, que me hizo saber que se trataba sólo de una solución provisional: «Deberías ver a alguien».
En mi búsqueda, me di cuenta de que en mi entorno esta frase estaba encarnada para muchos de mis amigos. Yo repetía mis reticencias porfiadamente, la pérdida de la imaginación creativa era la que repetía complacientemente.
Las resistencias ya habían perdido actualidad, yo estaba en peligro. Empecé a buscar «un alguien» para ver. Vi a «alguienes», pero eran muy esto, muy aquello, decididamente la realidad no me funcionaba.
La elección de alguien fue decisiva, supe después que a eso se le llamaba «transferencia». Yo había delineado un retrato, un hombre, fue una mujer, no muy lejos de mi casa en Suiza, fue en París a cuatro horas de TGV. Allí, había ido a vivir alguien sobre quien podría apoyarme, pero que patinaría sin cesar: «La cura no está allí para consumir el amor».
Falta y más falta, pero, de esa dinámica continuamente recomenzada, de esas sesiones interrumpidas, en el mejor momento, en mi opinión, nacería el agarre de un deseo.
A veinte mil leguas de mis intereses confesados, mi vida cambió, yo cambié de país, de trabajo, de nuevo podía moverme, el tiempo no estaba ya congelado. Avanzaba, había un presente.
Hoy se ataca el psicoanálisis como se atacaba ayer: «Pareciera que la marca misma del psicoanálisis es la que siempre debe justificarse, aportar nuevas pruebas, contra las objeciones incansablemente repetidas», notaba ya Bachelard en 1955.
TAHAR BEN JELLOUN
Escritor
EL ODIO NEGACIONISTA
Yo descubrí el psicoanálisis en los textos. Muy temprano, me interesé por los escritos de Freud y de Lacan; hasta me sentí atrapado por la moda Wilhelm Reich, después de Mayo del 68. Nunca entré en la religión como algunos de mis amigos de la época, no por ser más listo que ellos, sino simplemente porque el hecho de escribir me ayudó a hacer un trabajo sobre mí mismo y me guió en un camino paralelo al psicoanálisis. De hecho, no creo haber perdido mi espíritu crítico respecto de esta disciplina particular. Mientras que los textos de Freud me hacían avanzar y aclaraban mi itinerario, los de Lacan me intrigaban y muchas veces me empujaban a decodificarlos y, en algunas ocasiones, a no tomarlos al pie de la letra. Tomé distancia con las tesis de Lacan e investí las de Freud. Esa distancia no era un rechazo sistemático, aunque, a veces, parecía desconfianza, y otras, prudencia.
Vengo de una cultura que no deja ningún lugar para el análisis. El mundo árabe-musulmán permaneció ajeno al psicoanálisis, pese a ser un universo del discurso, donde el verbo está presente en todas partes. Cuando era profesor de filosofía en Marruecos me resultaba difícil convencer a los alumnos de la importancia del descubrimiento de Freud. Yo atribuía esa resistencia al peso de la tradición, sobre todo religiosa. Con el tiempo, las cosas han cambiado. Ahora hay psicoanalistas en las grandes ciudades, aunque en su mayoría son psiquiatras que hacen psicoterapia. Simplemente porque la gente ve el análisis como una intrusión en su intimidad y los resultados terapéuticos son inciertos. Sin embargo, sólo se acepta ir a ver a un psiquiatra cuando se llega al estado de locura, con sus manifestaciones espectaculares e insoportables. Antes, intentando una curación, se pasa por los curanderos y otros charlatanes que se basan a menudo en ciertos elementos de la religión para provocar una suerte de electroshock. No se trata del terreno del análisis y del de la ciencia, sino del de la fe.
En Francia, los actuales ataques contra el psicoanálisis traducen una resistencia comparable a la que opone la sociedad árabe-musulmana al trabajo sobre el inconsciente. Se parecen a una revancha de lo religioso sobre la complejidad del espíritu humano. El rechazo de lo bien-fundado del psicoanálisis es, de hecho, el miedo a ir al fondo de sí y el miedo a descubrir lo que no se tiene en absoluto deseo de descubrir.
Yo evito leer esa literatura querellante, aunque sea de los que critican algunos aspectos de la práctica psicoanalítica. Estoy a favor de un acercamiento crítico a todo, incluidos los textos de Freud. Una vez más, como acto reflejo, evito la actitud de la fe. Yo había iniciado mi reflexión a propósito del psicoanálisis, cuestionando la universalidad del complejo de Edipo. La tesis de tercer grado que defendí en 1955, en la Universidad de Jussieu, trataba de demostrar que no todas las sociedades viven esa etapa de la misma manera. Hacía referencia al Edipo africano y extendía el campo hasta Marruecos, donde el individuo no es reconocido en tanto que entidad única y singular.
Esto para decir que estoy convencido de la importancia histórica y cultural de los descubrimientos de Freud, y que no estoy obligado a aceptar todo, dejando de lado mi espíritu crítico y mi cultura original.
Criticar el psicoanálisis es un derecho, querer anularlo es una agresión contra una herencia cultural, que se parece al odio negacionista.
En mi opinión, se debe impedir que los charlatanes se apoderen del diván «autorizándose» sin control, sin legitimidad. ¿Cómo? Es allí donde se necesita una legislación. No habrá que confiarla a los políticos, sino a los propios psicoanalistas, esos cuyos trabajos y cuya práctica prueban lo serio y lo bien-fundado de su actitud.
ENRIC BERENGUER
Psicoanalista, traductor de Lacan
UNA GANANCIA IRRENUNCIABLE DE NUESTRA CIVILIZACIÓN
El psicoanálisis me esperaba desde mi infancia en las estanterías de la biblioteca de mis padres. Freud formaba parte de una galería de personajes ilustres, o sabios, o buenos, u osados, o todas estas cosas a un tiempo, que habían hecho aportaciones decisivas a la humanidad luchando por algún descubrimiento crucial o alguna causa justa y siempre difícil. La lista era heteróclita, pero tenía su lógica interna, que yo tardaría mucho tiempo en descubrir: Madame Curie, Albert Schweitzer, Albert Einstein, Pasteur, Casals, Churchill, etcétera, y Freud. La serie de héroes se amplió por la lectura de un libro de Paul de Kruif, Hombres contra la muerte, con otros personajes menos conocidos y que quizá me parecieron más susceptibles de emulación.
Transcurrieron unos pocos años más hasta que, siendo ya un preadolescente, tuve la ocurrencia de poblar unas vacaciones más bien solitarias, pasadas en un apartamento de mis abuelos en Jaca, con algunas obras de Freud. Entre ellas estaban Psicopatología de la vida cotidiana y La interpretación de los sueños.
Fue mi primer gran descubrimiento intelectual, y recuerdo aquellas tardes lánguidas de una ciudad provinciana, dedicadas a la leer las bellas traducciones de Ballesteros, como uno de los episodios más felices de mi vida. El efecto que aquello produjo en mí fue inmediato y decisivo, ya que en el mismo momento en que empezaba a formularme toda una serie de preguntas cruciales sobre la existencia, el decir de Freud, su modo de interrogar, su audacia, su honestidad intelectual, pero, sobre todo, la consideración del inconsciente, empezaron a incorporarse a mi propio modo de pensar para convertirse en referencias constantes, ineludibles, imborrables.
Dos años más tarde, un desengaño amoroso adolescente me llevó a un comportamiento de desafío de los límites, con el resultado final de un encontronazo con la realidad incuestionable, inmensa, terrorífica, de la angustia.
Así que me encontré contándole mis sueños a un psiquiatra muy simpático a quien le parecían muy imaginativos. Pero yo ya sabía que allí había algo mucho más importante para mí que las pastillas que me administró por un tiempo.
En el verano previo a mi inscripción en la universidad, supe que Masotta venía a Barcelona, todavía no había cumplido la mayoría de edad cuando ya acudía a sus seminarios, rodeado de intelectuales y artistas. Yo, que me sabía un neurótico con todas las de la ley, se lo confesé a Masotta como si de una desgracia se tratara. A él le pareció una excelente oportunidad para formarme y se limitó a darme el teléfono de un psicoanalista, regalándome una sonrisa cómplice y un «eso está bien» que me acompañó durante años.
De este modo, me salvé de una angustia que había convertido buena parte de mi vida en un infierno y supe que el sufrimiento y las luces siempre van de la mano. Me impliqué enseguida en la Biblioteca Freudiana de Masotta, iniciando así un camino que me llevó al encuentro con los escritos de Lacan, luego con sus alumnos y con el Campo Freudiano. En consecuencia, tuve la fortuna de orientarme en la lectura de Lacan gracias a la guía de Jacques-Alain Miller, hasta el día de hoy.
¿Qué le debo al psicoanálisis? Ante todo, haberme salvado de la angustia, enseñándome que no ceder en lo que respecta al deseo es la única vía que evita su cronificación. También a saber escuchar en mis síntomas los índices sutiles de mi posición subjetiva, con las marcas precisas de mis renuncias, haciendo de ellos la brújula más segura para saber en qué dirección había que dar el próximo paso. Aprendí que lo que afecta al cuerpo y al alma son pasiones que pueden disfrazarse, pero que esperan a ser reconocidas en lo que suponen de responsabilidad para el que dice padecerlas.
También creo que le debo haber resuelto en su día de la mejor manera el encuentro con el otro sexo, y más tarde haber sabido abordar la responsabilidad de ser padre, un deseo profundo en mí, pero lastrado por muchos interrogantes que quizá me hubieran llevado a desistir, lo cual hubiera sido imperdonable.
Lo que me importa del psicoanálisis es lo que considero su aportación crucial, en este momento histórico, como una guía inestimable para entender las formas actuales del malestar en la civilización, más aún cuando muchos otros referentes han perdido su eficacia. El psicoanálisis sigue pareciéndome hoy la mejor opción que cada uno tiene para luchar contra el desánimo y contra la tentación del cinismo, en un momento en que la deshumanización tecnocrática y los fundamentalismos campan a sus anchas por el planeta, librando entre ellos una guerra sin cuartel que nos invita a ser su carne de cañón. El psicoanálisis no es para todos, pero es una ganancia irrenunciable de nuestra civilización que debe estar ahí para quienes no aceptan: ni la forclusión del sujeto en nombre de la ciencia, ni las falsas promesas de ciertos ideales.
TOM BISHOP
Profesor de civilización francesa en Nueva York
CLARIDAD
La importancia, incluso la grandeza, del psicoanálisis se mide con la vara de la idiotez y del odio que suscita en sus enemigos, de quienes prefieren la oscuridad a la claridad. Para mí, el psicoanálisis ha sido de una importancia capital, tanto en mi vida personal como en mi actividad profesional. Me ha permitido sobreponerme a una infancia de huida de los nazis, desde mi Viena natal, pasando por Budapest y París, antes de embarcarme para Estados Unidos en el último barco de línea que abandonó Francia en 1940. Inversamente, fue también el psicoanálisis el que me ayudó a dejar atrás la culpa de haber podido irme a tiempo, de haber sobrevivido cuando tantos otros no tuvieron esa suerte. En el plano teórico, el psicoanálisis es para mí una herramienta necesaria para abordar algunos autores en mi crítica y en mis cursos. Es el caso de Samuel Beckett y Jean Genet, independientemente de la experiencia psicoanalítica que uno u otro haya podido tener.
Yo no estoy obligado a hacer lecturas enteramente psicoanalíticas de sus obras (aun cuando es perfectamente factible) para darme cuenta de las posibilidades de comprensión que ofrecen las teorías psicoanalíticas. Son caminos del conocimiento profundo de sí mismo y de nuestro universo que deben ser estimados y protegidos como tales.
LOLITA BOSCH
Escritora
NI CURADA NI ENFERMA
Supongo que había oído hablar de Freud en mi adolescencia, aunque no sabría decir si en casa, entre amigos, en la escuela, en algún libro o en la televisión. Sin embargo, sí recuerdo que lo leí por primera vez en la universidad. Me matriculé en filosofía y estudié el psicoanálisis como uno de los modelos de pensamiento del siglo XX. Creo recordar que fue una de las cosas que más me impresionaron durante mi primer año universitario. No obstante, en la materia nos hablaban más de Freud y su entorno histórico que de la disciplina psicoanalítica en sí. De modo que compré por mi cuenta algunos libros y comencé a leer. De Freud recuerdo especialmente el tratado sobre los sueños (que no me convenció entonces ni me ha convencido después), El malestar en la cultura y su estudio sobre la risa y el chiste. Pero de ahí me fui a Henri Bergson y dejé aparcado a Freud. Un tiempo. Al cabo de unos meses, comencé a buscar una terapia. Creo que por entonces tenía la intuición —que sospecho que en algún momento tenemos todos— de que el lenguaje es, en esencia, contradictorio, bidireccional, y que nos agrede lo mismo que nos ayuda. De manera que probé un par de terapias muy «sensoriales», por decirlo de algún modo, que curaron algunas cosas coyunturales y empezaron a esbozar un camino; hasta que entendí que no tenían mucho que ver con el proceso intelectual y emocional que yo estaba buscando. Con la esperanza, ahora lo entiendo, de que la ficción fuera un hecho posible. No la ficción en el sentido de artificialidad, sino el empleo de sus reglas de construcción para explicar el mundo. Mi mundo. Aunque eso lo aprendí más adelante. En aquella época apenas buscaba algo que encajara con mi modo de estar aquí (allí) y me diera un tiempo, un espacio y un método con los que pudiera aprender a reconocerme.
Tenía veinte años y avanzaba a tientas. No estaba interesada en que alguien me diera su opinión sobre lo que hay que hacer y lo que no, lo que es bueno para mí y lo que es malo, lo que hiere y lo que hace feliz. Me importaban poco las explicaciones de las cosas, tal y como me sucede hoy. Y buscaba, sin saberlo, un espacio en el que poder plantearme, desde el inicio, la contradicción inherente a la emoción y al pensamiento. Finalmente, y después de un par de terapeutas de otras disciplinas que sin duda me ayudaron en aquel momento, encontré a un psicoanalista. Y me pareció que la terapia psicoanalítica era casi filosófica. Y, por supuesto, bastante literaria. Los psicoanalistas, como los guarda agujas de las estaciones de tren, los músicos checoslovacos o los soldados del Imperio Austrohúngaro, por decir algo, me parecían casi casi personajes de novela centroeuropea. Así que seguí yendo a las sesiones como si leyera: con curiosidad y continuidad, pero sin mitificar nada en exceso. Y comencé, yo diría que sin darme cuenta, a replantearme algunas cosas y a cambiar otras.
No creo que haya magia fuera de la fe, la ética, el amor y la literatura, ni tampoco creo en el absolutismo de un modelo de pensamiento frente a otro, pero a medida que avanzaba la terapia tenía la sensación de haber encontrado un discurso que encajaba perfectamente conmigo —o por lo menos con muchos aspectos que tienen que ver conmigo—. Fue como cuando llegué a vivir a México y creí encontrar un espacio que era como yo. Y es que resulta verdaderamente maravilloso encontrarte fuera de ti, pero es algo que no nos suele suceder con espacios, sino más bien con personas, con canciones o con relatos. Y sin embargo, con el psicoanálisis me sucedió. Y tras aquella sensación de estar leyendo que había tenido al inicio, continué la terapia fascinada por la curiosidad con la que el psicoanálisis me permitía narrar.
De modo que yo no diría que «me curé porque el psicoanálisis cura». Entre otras cosas porque no creo estar ni curada ni enferma. Sino que sospecho que lo que sucedió fue que el lenguaje le puso un orden a algunas cosas y que ese orden, que a mí siempre me ha parecido literario, finalmente encajaba bastante con algo mío. Sin juicio ajeno. Y que lo que había comenzado como una búsqueda y siguió con la sensación de leer, finalmente se había convertido en narración.
Y aun así es complicado pensar qué le debo a la terapia psicoanalítica. Podría ser un planteamiento muy tramposo. A veces hablo de la terapia con amigos y familiares, claro, pero siempre trato de ser cautelosa respecto al contagio de mi fascinación en este aspecto. Yo me siento muy a gusto en el espacio psicoanalítico y me parece un proceso muy entretenido y enriquecedor. Casi como tejer con hilo transparente. Pero no me gustaría encontrar argumentos para convencer a nadie de sus virtudes. El psicoanálisis no hace feliz, como se suele esperar de las terapias, no alivia ni soluciona nada como premio, sino que es un espacio de aprendizaje y de esfuerzo. Pero sobre todo, y eso es lo que podría ser contagioso, el psicoanálisis es un espacio de pensamiento, sentimiento y creación.
Dicho esto, no obstante, al psicoanálisis como teoría le debo asombro —que es una sensación maravillosa que tiene que ver con la curiosidad— y agradecimiento. Me ha parecido siempre un modo de estructurar ciertos pensamientos de manera inteligente, culta y bien argumentada. Como la música, probablemente. Pero a diferencia de otras estructuras bien hechas, como la música pero también como el silencio, digamos, el psicoanálisis está hecho con lenguaje. Y esto es lo verdaderamente maravilloso: el psicoanálisis es lenguaje. Aunque esto no signifique que sea verdadero ni que sea falso. Porque del mismo modo que en las novelas el hecho de que funcionen no les da veracidad, el psicoanálisis es un recorrido sin pretensión absoluta. O así es como lo entiendo yo: como si fuéramos capaces de aplicar la construcción de un libro en alguien. Y poder crear este proceso en uno mismo resulta fascinante. Por eso le debo asombro. Aunque en realidad diría que en última instancia se lo debo al lenguaje, a la curiosidad ajena de pensarlo, a la capacidad de transportarlo a un ámbito distinto para ver de qué es capaz… Y que, por lo tanto, fuera de lo meramente abstracto, al psicoanálisis no le debo nada. Porque, ¿a quién se lo podría deber? ¿En quién estaría representado? De un modo muy infantil entiendo que le debo respeto a las cosas bien pensadas —igual que se lo tengo a la literatura— y a las cosas bien hechas —como se lo tengo a la ética o al amor—. Pero también entiendo que la posibilidad de seguir el orden del lenguaje no es únicamente virtud de Freud ni del psicoanálisis, sino de una construcción humana fascinante que siempre he creído que habla bien de nosotros como especie, aunque tendamos a ver lo malo. El lenguaje es nuestra esperanza y nuestra certeza. Su orden nos rebasa y su capacidad es extraordinaria.
Así que yo diría, regresando a la pregunta de mi deuda con el psicoanálisis, que a quien, en todo caso, le debo algo es a mis psicoanalistas. Del mismo modo que les podría deber a los novelistas que han abierto brechas de pensamiento y me han acompañado al seguirlas. O a Freud por haber empezado a pensar una estructura de pensamiento. Aunque entiendo que éste es un vínculo intelectual, profesional o simplemente de especie, y que no tiene nada que ver con un vínculo afectivo que efectivamente te pueda hacer sentir en deuda apasionada ni con una transferencia que nunca he entendido ni he sentido. He estado principalmente con tres psicoanalistas —por razones estrictamente geográficas— y lo he visto todo como parte de una continuidad. No sólo tejida por los momentos más dolorosos de mi vida, sino también por aquellos en los que de repente todo parece cobrar sentido y nos sentimos preparados y abiertos para aprender.
Y ahora, llegados a este punto, yo diría que una parte del psicoanálisis, la más evidentemente curativa, ha dejado de importarme por encima de otros aspectos de la disciplina. Por lo menos en cuanto a lo estrictamente esencial. Los dolores y los traumas fundamentales diría que están «curados», aunque ésta sea una palabra que no termine de convencerme. En realidad debería decir que mis dolores esenciales están explicados, asilados o acomodados en un discurso general y abstracto que es el que uso para hablar con más frecuencia de mí. Y con esto no quiero decir que el psicoanálisis me haya explicado más de lo que me ha explicado la ética o el amor, pongamos por caso, sino que las sesiones han detenido durante un rato el devenir de los sucesos y se han convertido en el espacio necesario para pensar de qué manera se hilan, precisamente, estos procesos que a su vez detiene. De qué modo se narran, qué vínculos crean, qué habilidades literarias pueden pensar esos procesos —no trata de explicarlos—. Y que eso es, finalmente, lo que me importa del psicoanálisis. Diría que ahora que ha pasado la etapa de búsqueda, de lectura y de narración, encuentro en el psicoanálisis el espacio «exterior» a mí más parecido a la creación literaria que soy capaz de imaginar. Diría que fuera de mi escritura y de los libros de los demás, y tal vez del teatro o de otros discursos narrativos de los que yo no hago mucho uso, el psicoanálisis en la actualidad es el único espacio verdaderamente reflexivo de la ficción. Y de hecho lo es en un sentido que la creación literaria nunca alcanzará. Porque el psicoanálisis, aunque pueda parecer lo contrario, tiene una capacidad que la literatura casi nunca tiene: detener el lenguaje y buscar lo previo, lo previo, lo previo. No en el contenido, sino en la construcción del discurso, que en realidad en el psicoanálisis es mucho menos discursivo de lo que suele pensarse. O así parece haber sido en mi experiencia.
Y precisamente acabo de terminar un texto que me ha hecho pensar en las tres preguntas sobre psicoanálisis que me habéis hecho: cómo conocí la disciplina freudiana, qué le debo y qué es lo que me importa de ella. Mi texto cuenta que los astronautas pueden ver la salida del sol cada noventa minutos. «Un hecho insólito», digo, «porque éste es el período exacto que dura un día fuera de la Tierra. El único lugar conocido en el que, tal y como sucede en las novelas, el tiempo está dentro del tiempo». Y creo que, aquí, debería añadir que en el psicoanálisis sucede lo mismo. Y que tener un espacio donde detener el lenguaje sin modificar el ritmo de pensamiento y de este modo observar sus reglas de construcción mientras están en movimiento, me parece un suceso fascinante. La posibilidad de estar cerca de la ficción como un hecho posible. Un privilegio.
GUY BRIOLE
Profesor de psiquiatría en el Hospital de Val-de-Grace, psicoanalista
QUEMADURAS DE ÁFRICA
Siendo un joven médico me encontré un día, sin darme cuenta del todo de que lo había soñado en mi infancia, como responsable de un sector de grandes endemias en Mondou, una pequeña aldea del sur de Tchad. La tarea era inmensa, así como también lo era la extensión de las tres prefecturas, donde debía ejercer una medicina para la cual estaba bien preparado, por los sólidos estudios realizados en la Facultad de Medicina de Burdeos y por una formación complementaria de seis meses en medicina tropical y en patología exótica en el Instituto del Pharo, en Marsella.
Nada me parecía imposible, ni siquiera difícil. Ser médico, tener la seguridad de ese saber, guiaba mi vida, la que encontraba muy plena. O por lo menos era una cuestión que ni siquiera me planteaba. Era como si eso debiera durar para siempre así. El sentimiento de infinito que a veces produce África no siempre hace perceptible, y hasta enmascara, la acuidad de lo efímero. Es como si lo real, por hacerse presente en todo, se deslizara sin dejar huella. Como si apenas se percibiera el roce. Por lo menos yo avanzaba así, entera y metódicamente ocupado en domesticarlo. Las leyes de la gran mayoría se verificaban y yo no me había incluido en ellas, lo que es bastante banal para un médico joven.
El picotazo viene, por sorpresa, brutal, decisivo. Me quedó el recuerdo, el de Bebedja, un lindo pueblecito, a orillas del Logone. Había ido hasta allí por una llamada de auxilio de su jefe tradicional, quien me había enviado un emisario: el rebaño estaba a punto de ser diezmado y la enfermedad ganaba a los hombres. Varios habían muerto y la enfermedad, en corto tiempo, había invadido las dos orillas del río. Habían compartido la misma carne en una comida, después de los funerales. El diagnóstico se impone a la evidencia —una epidemia de carbunco (ántrax) con contaminación del animal al hombre— y las acciones que poner en práctica son simples. En el lugar todo es distinto. El pueblo está abandonado; la visión es la de un campo de batalla. La muerte está en todas partes, con tumbas cerradas con premura donde los buitres se apresuran a despedazar los esqueletos en descomposición de los animales muertos. No se sabe muy bien qué es lo que sobrecoge más, qué sentido prima sobre el otro en el horror. Es como una brutal desregulación de toda sensorialidad. El saber no es ninguna ayuda, cada uno es por sí mismo. La efracción se produce en ese preciso instante, en ese encuentro con lo real, y marca el cuerpo. Fue en esos tiempos cuando decidí que, en cuanto regresara a Francia, empezaría un análisis.
El psicoanálisis acababa, para mí, de cambiar de lugar: de un interés intelectual, ciertamente muy marcado, se convertiría en el camino que seguir para arreglar la profunda «crisis de fe» que vivía. La idea no tenía nada de descabellado, mi primer encuentro con el psicoanálisis se remontaba a algunos años atrás, pero había quedado allí, en reserva, para mí mismo. Probablemente en ese primer tiempo no había visto su alcance. El contexto es el de la entrada a una de esas escuelas, cuya tradición imponía una novatada cuyo valor iniciático había cedido paso rápidamente a un desencadenamiento mal controlado de inutilidades con objetivos vejatorios, humillantes a veces, con condicionamientos estúpidos otras. Yo he sido siempre rebelde al condicionamiento y a la esclavitud que ello implica, más aún porque en este entorno se reavivaba, es cierto que con una fuerte amplificación imaginaria, lo que había marcado la historia familiar durante la guerra. Llevado al punto de ruptura donde crecía esa violencia, un encuentro radicalmente diferente me paró en seco. Un «ex» me pidió que le hiciera un resumen de un libro: Introducción al psicoanálisis. Descubrí a Freud. Me puse a trabajar, sosegado. Conservé ese libro que había alcanzado el valor de una suerte de tesoro. Aquel que, en esas condiciones degradadas de la relación con el Otro, nos tiende esa mano es un amigo. Lo sigue siendo.
A mi regreso a Francia, muchos meses después, quise encontrar a Jacques Lacan. Había oído decir de él, por uno de sus analizantes, que su recorrido personal lo había llevado hasta África. El único nombre que tenía en mente era el suyo. En todas partes me decían que no me recibiría. Me dio una cita. Me apremiaba hablarle de lo que me había ocurrido en África. Allí, frente a él y para mi sorpresa, no le hablé de eso, sino de otra herida del cuerpo, presente en mí desde mi infancia.
Los dos momentos de encuentro con el psicoanálisis se articulaban ahora, a ese efecto de la transferencia, con las coordenadas de mi historia, con los impedimentos, a menudo incomprensibles, con los que chocaba mi vida. Faltaba desanudar el conjunto, un largo camino. Fue así como debutó mi análisis y como cambió la orientación de mi vida personal y profesional. Esta experiencia, que he proseguido durante mucho tiempo, retomada luego varios años después, queda en mí, siempre presente, como brújula ética.
MARIE-HÉLÈNE BROUSSE
Psicoanalista
LA TRANSFERENCIA DESVELADA
¿Cómo encontré la disciplina freudiana? Pensándolo bien, se impone una diferencia entre el conocimiento y el encuentro: el psicoanálisis era un objeto de la cultura al que yo había tenido acceso. Pero el encuentro propiamente dicho, ¿cómo definirlo? Como el momento en que ese objeto (de saber) produjo un efecto en la persona que yo era. Tuvo lugar para mí en un juego de palabras que hizo un amigo sobre mi nombre: efecto de sorpresa y de enigma; en resumen, efecto de división. No hay encuentro con el psicoanálisis que no pase por la experiencia subjetiva.
Después, hubo el encuentro con un analista y la experiencia de esa aventura que es una cura. Enseguida tuve claro que ésta es una experiencia del decir preciso y riguroso. Pero lo que me preocupaba era la transferencia. Ponía el saber de los libros en el centro del dispositivo analítico y, en mi análisis, no lo veía por ningún lado. Muchas veces escuchaba a mi alrededor hablar de amor y de odio, veía cómo se desplegaban todas las modalidades del lazo, in vivo. En mi lazo con mi analista, nada de todo eso. La calma chicha. Sin embargo, lo había elegido yo, por su nombre y su discreción justamente. Pero de él yo no quería otra cosa que el ejercicio de su función. Lo quería funcionario del análisis. Hoy que soy analista, me doy cuenta al escribir estas líneas que la transferencia estaba, y bien que estaba, bajo la forma de ese «yo no quiero saber nada». Estaba en la asociación imposible entre el nombre, o sea lo contrario del profesional anónimo, y la discreción, aquí modo encarnado del silencio.
Sin embargo, los libros, es decir, la teoría analítica, tenían razón. Después de una sesión, en la escalera, como estricta consecuencia de un encadenamiento asociativo, apareció ante mí el resorte de la transferencia: mi analista, ese hombrecillo tranquilo, discreto y silencioso, encarnaba para mí, el Santo Padre, el Dios clamoroso de la Biblia, el Dios de Abraham. A este Otro, le temía más que a nada, su palabra era un rayo... Todavía recuerdo la risa formidable que solté en esa escalera parisina que parecía una jaula. Mi analista era el imperativo de la demanda contenida en toda palabra. Si yo no lo veía por ninguna parte, es porque era ese todo, el cuadro general del mundo amenazador en el que vivía. Todas las particularidades de mi relación con los otros, que organizaban mis síntomas, respondían a ese partenaire interior del que había que, costara lo que costara, guardar distancia.
Haber experimentado eso no sólo tuvo efectos terapéuticos inmediatos, sino que modificó radical y profundamente mi concepción de las relaciones con los seres hablantes. No existen relaciones entre los seres humanos que no estén organizadas por la transferencia. Se despliegue bajo su forma imaginaria o simbólica, ella es la gran organizadora, ella es real. Organiza las respuestas y los actos del sujeto sin saberlo. Sin embargo, en los diferentes discursos en los que somos tomados, no aparece de ese modo, sino que sin cesar es objeto de maniobras: de sugestión, de influencia, de denegación, por ser el resorte de cualquier poder sobre el Otro. La evidencia y la formulación de las modalidades que adopta para cada sujeto es la condición del poder que un sujeto puede tomar de sus propios actos, la condición para convertirse en el agente de su destino.
Solamente el dispositivo analítico pone al analista en la obligación de renunciar al poder que le da la transferencia para operar. Es lo que permite que se devele. Un análisis produce, por ese hecho, consecuencias éticas y políticas en el sujeto.
La puesta al desnudo de la transferencia o, por el contrario, el velo mantenido sobre él, constituye una línea divisoria entre el psicoanálisis, por una parte, y las otras formas de discurso que siguen encontrando en eso las raíces de su poder sobre los sujetos, ya sea sin querer saberlo, como en el caso del discurso de la ciencia, o en pleno conocimiento de causa, en el de la política.
El odio que hoy suscita el psicoanálisis tiene su origen en la revelación, por la transferencia, del poder dado al Otro, que se produce para todo analizante en su cura. Las distintas técnicas de gestión de los seres humanos no quieren separarse (¡por el bien de los sujetos, evidentemente!). Lacan lo formula admirablemente en un texto escrito después de la Segunda Guerra Mundial: «En este siglo, el desarrollo que habrá de los medios para actuar sobre el psiquismo, una manipulación concertada de las imágenes y de las pasiones de la que ya se ha hecho uso con éxito contra nuestro juicio, nuestra resolución, nuestra unidad moral, serán la ocasión de nuevos abusos de poder».3 Es más que nunca de actualidad.
HERVÉ CASTANET
Psicoanalista
CUENTO DE LA IMAGEN MUDA
¿Cómo?
Él había vivido en un mundo cerrado percibido siempre a través del prisma del capullo materno. Buen alumno, serio pero sin inventiva, gustó, como en un sueño, de disciplinas raras y difíciles. A finales de los años sesenta, en el último año del bachillerato científico, no oyó hablar de psicoanálisis en el curso de filosofía. Se apasionó, en cambio, por la epistemología dura.
Algunos meses después, a los dieciocho años, un descubrimiento modificó su vida durante mucho tiempo. Una ciudad: Aix en Provence. Una fecha: comienzos del otoño de 1969, suave y tranquilo. Un lugar: el parque Jourdan. Una lectura: Psicopatología de la vida cotidiana en la (mala) traducción de Ediciones Payot. La lectura le causó risa. No le gustó, a él que le gustaba el saber seguro de sí, seco y construido. Continuó. Quedó perturbado. No supo por qué. Al día siguiente, retomó la lectura que Freud hizo del olvido con el nombre de Signorelli o de la palabra latina aliquis en boca de un orgulloso joven. Ya no pudo reír. Así pues, el saber podía tener sus fallas, sus agujeros, sus blancos, sus ausencias. La continuidad de un diálogo, de un pensamiento, de una argumentación resultó ser una operación de recubrimiento, una forma de ignorancia de lo que suena y de lo que hace causa. No quiso escuchar. El buen alumno continuó su vida de pasión por los saberes. Pero el buen alumno se aburría —«a morir», como decía—. A los veintidós años, fue a ver a un psicoanalista buscando una salida. ¿Cómo salir de ese paraíso del aburrimiento donde la vida era tan lejana? A eso siguió un largo análisis de dos decenios. Aislemos un momento de esa cura en la que ese síntoma del aburrimiento voló en pedazos por el surgimiento del objeto color vacío que es la mirada. La escritura tuvo su implicación. ¿Cómo?
Una (re)interpretación
El joven convertido en analizante tomó partido por la escritura para decir su vida sexual. Su objetivo: arrancar una certeza subjetiva a sus descripciones y recuerdos. Consentir escribir y extraer el objeto de goce en el que se había construido su ser de ficción correspondía a la misma elaboración.
La escritura se hizo posible por una interpretación. Para puntualizar una demostración, el analizante eligió la preposición voilà («he aquí»). Le surgió como una manera de concluir en lógica: Debe saberse... He aquí la demostración. La interpretación del analista —un equívoco significante en el cual el sentido pleno se deconstruye en una significación vacía— cayó: Vois-la/Vois-les.* Mirada y cuadro se daban cita. Volvía a encontrar ese quiasma en el que desde siempre se cifró su goce: el discurso se interrumpía para volverse cuadro inerte. Lo designaba el Otro femenino («Ve-las... las mujeres concretas de su historia») implicado en su vida amorosa, de la que acababa de hablar, ofrecido como un cuadro a su analista.
Por esta interpretación que separó mirada y visión, el cuadro se deconstruyó, puso al descubierto la gramática pulsional en juego. Quedó abierta una perspectiva: se hizo posible un nuevo orden de las elecciones amorosas del analizante que habían durado más de treinta años. Por la escritura, su vida sexual (voilée/vois-(la)les)** al objetivarse, encontró su tiempo —el del futuro anterior—. El matema se extrae del relato, aunque el relato, una vez cumplida esta extracción, no desaparece. La aportación de este analizante es el de haber sacado consecuencias de esa no desaparición. El relato no se reduce a una ficción hecha de puros significantes, por más que fueran los significantes maestros de la historia íntima. Como el relato prosigue de otra manera, desprende ese juego del semblante que encierra lo real. Porque el semblante es un mixto de simbólico y real. El cuento es una realización textual concreta de eso.
Para engranar el cuento, él (re)elaboró un antiguo dispositivo que incluía a su madre.
El lugar
La vida amorosa del analizante estaba fijada a una escena. Él la había conservado siempre intacta. Podía hablar, describirla, hasta divertirse. Su fuerza era tan decisiva como inalterable la emoción que le provocaba. Era hijo único —siete u ocho años—. Su madre había ido a buscarlo a la escuela. Tan lejos como podía recordarlo, su madre le había hecho saber que él era todo para ella y que su marido, aunque importante, estaba después (la sangre antes que la alianza). Él construyó su vida de niño sobre esta proposición. Supuso el goce del Otro materno todo reducido a ese amor por su hijo. Él vivió con este amor incondicional que a cada momento se verificaba.
Cuando llegaron al apartamento familiar, ellos estaban —ella y él— en el sillón de la sala. Habían estado adormecidos dos horas. Ya era de noche. La escena con la madre era su mundo de adentro, allí donde él decía yo —yo soy amado por ella. Yo soy todo para ella—. Para ponerle título se impuso el nombre de una pintura: La madre dormida con el niño.
La acción
El cuerpo del hijo único estaba apoyado sobre el cuerpo materno. Era ligero, recogido, posado apenas. La madre estaba moderadamente dormida. El niño había querido no moverse, no hacer ruido, esperar la noche hasta el último instante posible. Había querido intensamente que la escena maravillosa de La madre con el niño durara. El mundo se había alejado y la vida se había refugiado en el afuera. La escena fue el paraíso del analizante. El cuerpo se inmovilizo allí. El niño debía mantener la pose en el cuadro viviente. Rápidamente, él se adormeció, llevando a cabo la clausura del espacio y del tiempo. Él conservó un gusto particular por el sueño.
Mucho después, se volvió un especialista de lo escópico y de su lógica. Interrogó lo que hace la función del cuadro. Se apasionó por el mutismo de la imagen y el pasaje, siempre singular, de la especulación a lo especular. Las imágenes —la pintura— le quemaban la cabeza, sobre todo aquellas en las cuales el concepto se vuelve puro dado a ver en el recinto del museo. Sus trabajos fueron publicados. A través de otras imágenes, él comentaba largamente sin saberlo esta escena de infancia. El hallazgo, resultado de una interpretación, fue el siguiente: la imagen muda era él. Él se había vuelto cuadro, identificado con esa imagen de completud que se encierra bajo la mirada de máscara de la madre dormida. Él era esa imagen (fascinum) sin palabra.
Imagen muda fue el nombre de goce del analizante.
El mito
En su tiempo, el mito de Diana, paso obligado del arte occidental, le fascinó. Por el mito, animó la escena pasada. Deconstruyó ese presente eterno donde el cazador Acteón, que vio la teofanía de la diosa, da muestras de una cabeza vaciada de pensamientos, de una boca convertida en hocico. Desplegó el precio que implicaba su nombre de goce: la muerte. Él había admirado el cristal de la lengua barroca: Acteón, la felicidad, cuya precisión conocía a pesar del fin trágico del héroe. Había apreciado el equívoco de Klossowski, quien, en El baño de Diana (1956), hablaba de «servilismo». Había permanecido largo tiempo ante La muerte de Acteón en la National Gallery de Londres. Con la firma de Tiziano, esta Muerte muestra a Diana, a la izquierda, inmensa, soberana, poderosa, y a Acteón, a la derecha, minúsculo entre los árboles, devorado por sus perros. El analizante se había preguntado si bajo la máscara de Acteón no estaba su propio rostro. En una sesión, él respondió afirmativamente. Él había visto el cuadro con la irónica frase de Ovidio atribuida a la diosa: «Nunc tibi me posito visam velamine narres / Si poteris narrare, licet».
Su madre tan dulce había sido su Diana, transformándolo en cuadro, reduciéndolo a una postura. Con conocimiento de causa, él lo había consentido. Él había aceptado la muerte dulce.
La elección
Fue su consentimiento más íntimo —su seguridad frente a los significantes siempre movibles—. Él creyó que su deseo cuajó apoyándose en el ser amado que era él para su madre. Fue la matriz de la frase de su fantasma. Hasta soñó con hacer pasar, por medio de la literatura, la palabra a la imagen. Escrito en el mármol le pareció la expresión adecuada. El consentimiento del analizante no fue total. Su paraíso tenía gusto a veneno. Nuevamente Ovidio: «¡Me miserum! Dicturus erat; vox nulla secuta est». Ese paraíso no había sido tocado: un paraíso sin castración.
Lo más preciado que había tenido el analizante —la madre— implicaba consentir, en el fantasma, con su muerte de sujeto. Esa felicidad fue entonces su drama. El aburrimiento fue el nombre del afecto ordinario de la imagen muda —es lo que lo empujo al diván—. El analizante fue torpe y su torpeza lo enojaba. No lo supo. Creyó lo contrario. Su torpeza era inexacta; ésta no era menos cierta como efecto del mutismo de la imagen que lo fijó como el infatigable joven amado por su madre. Confirmó que se trataba de una imagen de piedra que le hacía encontrar el mundo fácil, abierto, transformable, pero lejano. La acción le parecía simple, pero para más adelante.
El soltero
El analizante encontró la obra maestra de Marcel Duchamp El gran vidrio —y sobre todo su subtítulo La novia desnudada por sus solteros, incluso—. El adverbio incluso que cierra la frase, precedido de una coma enigmática, provocó la glosa. El analizante construyó la cosa así: la imagen era doble —la de arriba está ocupada por el velo de la novia, por su despojo; la de abajo, por la trituradora de chocolate, hace surgir el incluso de la repetición en la que el celibato encuentra su más viva realización—. Nunca las dos imágenes podrán ser una. Son disimétricas. El soltero (haciendo el chocolate solo y después de haberlo hecho sigue ocupándose de eso, incluso) no alcanzará a la novia, cuyo velo solo permanece como la pantalla de sus proyecciones. Este cuadro entraña de manera explícita la muerte. Así lo quiso Duchamp: la parte superior se llama Vía Láctea, el esqueleto de la novia se desprende. En la parte inferior, los novios se reducen a tripas hinchadas —es el Cementerio de los uniformes y libreas—. La muerte ronda... Ese cuadro fue la alegoría del analizante, su blasón. Michel Carrouges llamó Máquina soltera a ese tipo de montaje. El analizante adoptó la expresión y admiró el alemán que utiliza esa palabra de una sola pieza, Junggesellenmaschine. La imagen muda es su máquina soltera.
Pero El gran vidrio, expuesto en una de las salas del Museo de Arte de Filadelfia, está roto, gravemente dañado. La obra está atravesada por diversas fisuras por las que el vaso estalla. Al analizante le gustó el cuadro sobre todo por los estallidos que lo deforman.
La mirada
Estuvo encantado de que El gran vidrio estuviera dislocado; veía en ello la prueba de que su propio edén de muerte podía también fisurarse, no mantenerse. Al romperse la imagen, él podría entonces extraerse del cuadro. Ya no estaría incluido en el espectáculo del mundo bajo la mirada del Otro. Hizo la prueba.
De ese modo, lo que aseguraba la salida es la extracción del objeto mirada. La imagen no estaba cerrada más que en su apariencia, donde reinaban ilusiones y coartadas narcisistas. La mirada que la causaba y que parece instituirla en lo visible estaba allí particularmente elidida. Lacan insiste en eso: el campo escópico es el que más completamente elude la castración. Hacer la prueba de un descubrimiento: «El secreto del campo visual es la castración» (Jacques-Alain Miller), el desprendimiento del objeto de la cápsula imaginaria de lo figurable ordena los significantes del armazón de la escena. La imagen, al volar en pedazos bajo la presión del objeto mirada, pierde su fascinación y descompone la gramática pulsional del analizante: Yo soy mirado por la madre que el imaginario duplica en un Yo me veo verme (bajo la mirada de mi madre). La escena de la infancia que captura al analizante se develó en su pase de manos: la demanda de una mirada, como metonimia de un amor todo falla, ya que «nunca tú me miras allí donde yo te veo» (Jacques Lacan). Sólo creyéndose muerto supo que por fin la última mirada del Otro cumpliría con tú me miras allí donde yo te veo.
El analizante se desindentificó de ese lugar en el que, en su fantasma, se superponían ver y ser: Tú me miras allí donde yo estoy (= donde yo te veo). Él estaba fantasmáticamente fijado allí donde ella miraba y donde él la veía. Él creyó que él estaba allí donde él veía, asegurándose en la matriz del sujeto de la representación, que ese lugar era también ese donde él la veía. Es esta dialéctica mortífera la que redujo a ficción la extracción de la mirada.
La relación con la madre se transformó. Se pacificó definitivamente.
La interpretación del analista —voilà/vois-la(les)— tuvo esa función, al desprender el ciframiento pulsional de goce, de apertura. Otras aventuras siguieron en la cura... condicionadas por ésta, inaugural.
ROLAND CASTRO
Arquitecto
¡LO QUE DEBO! ¡LO QUE DEVUELVO!
Yo debo a la resistencia comunista de la zona de Limusin, a la población republicana de Saint-Léonard-de-Noblat (Haute Vienne) nada menos que la vida de mis padres, salvada por ellos y, por tanto, la mía.
Treinta años después le debo al psicoanálisis que haya quedado, según el admirable dicho de Lacan, «suficiente goce en el hablar como para que la historia continúe».
Jefe de «Viva la Revolución», o mejor dicho de un grupo izquierdista, como habitualmente se dice, simpático, conocido por su reconocimiento del sujeto (mujer, homosexual u otro), más allá del marxismo sociológico, jefe, pues, de mi propio jefe, lo disuelvo antes de que lo haga el gobierno. Con gran desesperación para los otros integrantes del grupo, encantados ellos por continuar, sufriré los odios legítimos de los abandonados y me encontraré en estado errático cercano al estatuto de sin domicilio fijo, en todo caso con domicilio flotante, como consecuencia de esta decisión oportuna.
Como para otros campos, esta decisión impedirá que el síntoma «Brigada roja» se desarrolle en Francia. En esa época escribí un poema que comenzaba y terminaba así:
1971
setecientos millones de chinos
¡y yo, y yo, y yo!
como siempre los poetas dicen la verdad.
[...]
Entonces
ese que descubro en mi espejo.
el ser robado a sí mismo,
el único ausente de mi historia,
ese que deambulaba por la chimenea
y que yo no veía,
me salta a la garganta
en el espejo:
yo.4
La llegada con urgencia a lo de Lacan —llamo a las once y soy recibido a las catorce horas— empezará a hacer efecto desde la primera sesión, y sin embargo yo sabía que bastaba con suponerle un saber, y que evidentemente él no sabía, y yo menos aún que creía que no sabía nada.
Que esta historia de frecuentar a Lacan durante mucho tiempo, luego a Laurence Bataille tan bella, luego a René Major en una suerte de alternancias con episodios que tuvieron para mí el valor de estudios filosóficos, de infancia estudiosa, de biblioteca ambulante, tome el camino de lo perpetuo inacabado, dice una profunda verdad.
Este encuentro que ha podido hacerme pensar la política de otra manera, la arquitectura como un paseante «aragoniano», y el amor como el único espacio no comercial; este encuentro que ha podido hacerme parir una manera de ser en la ciudad que lleva a cuestas su «en otra parte», que se llamará Movimiento de la Utopía Concreta (MUC), tal vez nos lleve lejos.
De todos modos si yo pienso que la democracia en Francia debe mucho al psicoanálisis, sobre todo en los años setenta, que nos ha hecho reemplazar los años de plomo italianos por años de desesperación desarmada, hoy pienso con orgullo que tal vez nos permitió repensar la política, que tal vez el Movimiento de la Utopía Concreta (MUC) sea el primer movimiento político lacaniano. Tal vez entonces —también pienso que es probable— este encuentro con el psicoanálisis autorice a que se cambie el paradigma de esta sociedad, su matriz.
No es, pues, sin un lazo con el psicoanálisis que decidí ser examinado por los habitantes de Francia durante veinticuatro meses.
MADELEINE CHAPSAL
Escritora
LO QUE DEBO A FREUD Y AL PSICOANÁLISIS
Sin el psicoanálisis creo que no hubiera podido acceder nunca a la escritura —más de sesenta libros hasta hoy de los cuales uno lleva por título Oser écrire— ni tampoco que siguiera viva todavía. Entré en análisis, por haber sentido bruscamente, un día muy triste, una pulsión que me empujó a tirarme a las vías de un metro, en plaza del Alma. Yo conocía y admiraba las obras de Freud ya desde mi clase de filosofía y me había acercado a psicoanalistas por haberlos entrevistado como periodista. Inicié mi cura al principio frente a frente, estaba demasiado mal para que fuera de otra manera, después en el diván.
Mi primer análisis duró años, en el transcurso de los cuales comencé a estructurarme y a adquirir mi independencia interior (hasta ese momento vivía fusionada a otro). Al cabo de tres años, sin que ése fuera el objetivo que buscaba, me encontré capacitada para escribir y para publicar mi primera novela, Un été sans histoire.
A partir de ese momento mi propia historia prosiguió al ritmo de mis libros, que me surgían cada vez en mayor cantidad, y de mis sesiones, que terminaron por espaciarse. De todos modos, ante cada duro golpe, de nuevo tuve la necesidad de ir a hablar —no quería medicación química—y rehice con éxito lo que se llama una franja de análisis.
La última de ellas fue con Françoise Dolto, que terminó de anclarme en mi feminidad —que yo misma creía imperfecta a causa de mi esterilidad— y en mi ascendencia, atormentada y oscura como lo es para la mayoría de nosotros.
He contado esta lenta marcha en dos de mis obras, Le retour du bonheur y Ce que m’a appris Françoise Dolto.
El psicoanálisis ha sido para mí una terapia, un camino de vida y también una ética. El psicoanálisis, por ser en su esencia una búsqueda de la verdad, sólo puede conducir a una moral. Me dio la oportunidad de encontrar hombres y mujeres, algunos famosos, otros menos, de una calidad humana excepcional.
En ese sentido, no es difícil darse cuenta si se está con un charlatán y abandonarlo cuanto antes.
Ninguno de aquellos a los que apelé intentó ejercer sobre mí la menor presión; no buscaron guiarme, solamente sostenerme con su escucha cuando sentía que tropezaba en mi difícil marcha hacia la libertad de mi ser y de mi vida.
Cada vez que pude, que puedo, me siento feliz de poder mostrarles mi reconocimiento. Por eso sé por experiencia que si ellos mismos no tuvieran la plena y entera libertad para ejercer su disciplina como mejor les parece —y cada analizante demanda un acercamiento diferente— no podrían ser eficaces, y la palabra «psicoanálisis» estaría entonces vacía de sentido.
Todos perderíamos mucho, tanto los que apelan a ellos como los que se benefician de rebote.
Porque la mayoría de los progresos que ha podido hacer nuestra sociedad en el campo del pensamiento, el conocimiento del funcionamiento del ser humano como en el plano del humanismo lo debemos al trabajo de los muchos psicoanalistas que ejercen libremente a partir de Freud. Sus libros son la prueba, pero no está de más que sus beneficiarios, de los que formo parte, revelen personalmente, por esta encuesta, lo que les deben.
Ésa es una de las cualidades y quizá también el defecto del psicoanálisis: una vez que ha hecho su trabajo, algo en nosotros pasa la esponja, seguramente para seguir adelante mejor: se olvida casi todo lo que tuvo lugar durante la cura...
Pero no siempre. «La libertad, ¡qué inefable minuto!», escribe Dostoievski, una vez liberado de sus hierros, en las últimas líneas de Recuerdos de la casa de los muertos. Él no había olvidado nada de su sufrimiento ni de su liberación; yo tampoco.
HILARIO CID VIVAS
Psiquiatra, psicoanalista
DE UN ENCUENTRO AFORTUNADO
En 1970, asistía a las clases de literatura que en la Facultad de Filosofía y Letras de la Facultad de Granada, impartía el profesor Juan Carlos Rodríguez. Recomendó como paradigma de lo que es la Crítica, entre otros libros, Introducción al psicoanálisis, de Freud. Estudiante de medicina y alumno interno en un hospital quirúrgico, la lectura de aquel libro cambió por completo el destino de mi vida. Descubrí que existía aquello que Freud llamaba el inconsciente. Esa perspectiva subvertía radicalmente la concepción que el ser humano puede tener de sí mismo, ubicando además en esa Otra escena, la causa de tantas cosas que hasta entonces aparecían oscuras, misteriosas o inexplicables.
Este encuentro llega en un momento clave de mi vida, pues la cirugía no colmaba mis expectativas, y aparecía en un primer plano tanto que la relación médico-paciente era un continuo malentendido como que el cuerpo, para el ser humano, era algo bastante distinto a una lección de anatomía.
Desde un primer momento, el psicoanálisis aparece para mí como una práctica. La lectura de Freud me convencía de la efectividad de lo que promovía. Lo tuve claro al poco tiempo del encuentro con la obra de Freud. Decidí ser psicoanalista. El problema fue que además de Freud, vía Althusser, se había introducido un tal Lacan. Mi decisión era la de ser un psicoanalista lacaniano.
Había que empezar como hay que empezar, o sea psicoanalizándose. No era fácil en la España de los setenta encontrar un psicoanalista. Pero que además fuese lacaniano era sencillamente imposible. Quizá hay que ser muy «ingenuo» para no darse cuenta de esto. Yo tardé diez años en darme cuenta.
Mientras tanto, hice lo que pude. Me «analicé» con quien pude, hice psiquiatría y trabajé como psiquiatra. Freud y Lacan eran las referencias en mi práctica cotidiana con mis pacientes. Y lo más interesante era que en esa práctica cotidiana el psicoanálisis funcionaba.
Había otros colegas con inquietudes parecidas y fuimos uniéndonos en grupos de trabajo que multiplicaban actividades y contactos.
Por fin me di cuenta de que Lacan existía en carne y hueso, que había formado a una gran cantidad de psicoanalistas y que yo podía seguir mi formación con discípulos directos de Lacan. Mereció la pena.
La formación de un psicoanalista exige un largo recorrido y de hecho, aunque uno lleve su análisis hasta el final, la formación de un analista es una formación continuada. Siempre se puede ir un poco más allá. El psicoanálisis, en tanto teoría, lo es de una práctica viva, en continuo movimiento. Es lo que leí en la obra de Freud y capté en la enseñanza de Lacan.
Desde que empecé a interesarme por el psicoanálisis conocí un fenómeno realmente curioso. Aun sin necesariamente haber leído nada de psicoanálisis, aun sin haber tenido ninguna experiencia de ningún tipo con el psicoanálisis, uno puede odiarlo a muerte. Podemos entender que uno haya hecho un tratamiento psicoanalítico y se sienta defraudado y se convierta en antipsicoanálisis. Incluso es bastante comprensible que tras horas y horas de estudio sobre psicoanálisis uno concluya que es un fraude, que no hay nada peor. Pero que sin tener la menor noción de la teoría o la práctica psicoanalítica uno desee que el psicoanálisis desaparezca, admitamos que es un poco fuerte. Y sin embargo es así. Y desde el principio.
Que el psicoanálisis despierte odios no impide que no cese de propagarse, y cuando parecía que podía extinguirse llegó un Lacan que le ha dado fuelle para mucho tiempo.
No sólo odio despierta el psicoanálisis. El amor es otra pasión que puede despertar. Eso me pasó en mi encuentro con la Introducción al psicoanálisis. Ese amor por el psicoanálisis me hizo entender que hay cosas a las que merece dedicar toda una vida y desear transmitirles a otros ese valor.
CATHERINE CLÉMENT
Filósofa, novelista
PUNTO DE VISTA DE UNA USUARIA FELIZ, DÉBIL PROFUNDA
Ya ni sé cuándo encontré a Freud. Seguramente en 1956, en mi liceo de niñas, donde la excelente Françoise Burgelin, mi profesora, no podía imaginar el último año de bachillerato sin hablar de Freud, ni de Marx. Evocando los años treinta en Tristes trópicos, Claude Lévi-Strauss describe muy bien ese paisaje intelectual donde se levantan dos Himalaya, Freud y Marx, referencias tan necesarias en las proximidades de la Segunda Guerra Mundial como al alba de un mundo en reconstrucción después de la caída de Hitler. Yo nací al pensamiento crítico con Freud, con Marx, en un mundo bipolar, el de la guerra fría: Freud, de un lado, y Marx, del otro, permitían evitar la tenaza de los dos bloques. Freud contra Stalin, Marx contra Kissinger.
Claro está que la lucha contra Freud se inscribe en un mundo unipolar. Después de haber desintegrado el Imperio Soviético, la superpotencia norteamericana emplea todos los medios para ganar su guerra cultural, incluido el antifreudismo. Porque, hay que entenderlo, los ataques contra Freud vienen todos de Estados Unidos, sustituidos por Quebec —y no Canadá—. Guerra verdadera. La superpotencia no es invulnerable. A veces pierde, acabamos de verlo en la Unesco, instancia multilateral capaz, en octubre de 2005, de ratificar a una aplastante mayoría de naciones, llevadas por Canadá y Francia, la convención sobre la diversidad cultural: dos votos en contra, Israel y Estados Unidos.
Los embrollos entre Canadá y Quebec merecen ciertamente ser mirados de cerca, y a pesar de un rumor mentiroso, el psicoanálisis no está muerto en los Estados Unidos de América. En cambio, políticamente, las cosas son límpidas. Si bien al actual gobierno estadounidense le importa un bledo el psicoanálisis, se interesa, sin embargo, por todos los medios de control, de los que forma parte la psicología comportamental en calidad de único Dios, el antidarwinismo, el sistema de escuchas por satélite y la técnica militar.
Para mí, nada ha cambiado. Antes de 1991, Freud me protegía en todos los campos: de la familia, de las escuelas, de las instituciones, de las normas sociales y de los maniqueísmos. Cuando me adherí al partido comunista en los años setenta, Freud fue aplaudido y sirvió para luchar sordamente contra la psiquiatrización a ultranza, utilizada por el régimen soviético, asunto poco conocido del que puede dar testimonio también Elisabeth Roudinesco. Con el sovietismo muerto, queda la superpotencia, y yo sigo necesitando del pensamiento de Freud. ¿Por qué? La subversión. Un espacio de provocación libertario, un arma contra el dominio. La mejor herramienta para comprender y desenmascarar.
El pensamiento con Freud es una cosa. Mi entrada en la vida psicoanalítica es otra, que tiene que ver con el sufrimiento íntimo. Aquí como el punto de vista del «usuario» del psicoanálisis, convocado en asociación cuando tratan de atacar a Freud, nunca cuando se trata de hacerle justicia. Soy usuaria, y consciente de mis derechos a hacer valer los beneficios del psicoanálisis en lo que a mí respecta.
Yo comencé una cura de psicoanálisis en 1972, porque después de haber visitado Auschwitz, cementerio sin tumbas donde están mis abuelos maternos, volví sin habla. Para una joven enseñante de filosofía en la Universidad de París-I, era urgente: no podía hablar. Curar los síntomas que acumulé entre 1939 y 1945 es una larga empresa, que no ha terminado —a menudo pierdo el aliento, me asfixio—. Separar lo analizable y lo no analizable de lo que me vino de la Shoa, eso, terminará sólo con mi último suspiro.
Una primera cura, dos episodios, una segunda cura, en número de años, es la tercera parte de mi vida. Sin evocar la intimidad, puedo decir que en el diván encontré la risa, que me era ajena, también con qué poder criar a mis hijos, la resolución de algunas cóleras familiares y poner a cubierto la Shoa. Para mi gran sorpresa, en el camino descubrí la escritura novelesca, signo de liberación del libro y del escrito. Decir que el psicoanálisis cambió mi vida es decir poco: la salvó.
Recuerdo haber oído a André Green insistir en la necesidad, para quien emprende un análisis, de estar en un estado de sufrimiento insoportable. Sin sufrimiento —decía— el análisis no puede empezar. En esa época, éramos muchos los que conocíamos la «luna de miel» analítica: desaparición rápida de los síntomas, en los que no había que detenerse so pena de verlos regresar al galope. Ese saber de sentido común, los enemigos de Freud no lo conocen. Del mismo modo sabíamos que el terapeuta, por querer curar demasiado, fracasaba. Ellos tampoco saben eso. ¿Conocen íntimamente el sufrimiento psíquico? No creo. La prueba, es que lo miden.
Por su culpa, ellos no saben casi nada. Los psicólogos comportamentalistas franceses son los instrumentos ingenuos de la guerra cultural americana mientras que, en su alma, apenas quieren ocupar el terreno, ocupar los lugares. ¡Ni siquiera saben que son totalitarios! ¡Se indignan por una palabra de la que ignoran el sentido! Si la Unión Soviética hubiese puesto en práctica la cuarta parte de las medidas de salud mental que esta gente pregona, habríamos salido a la calle. ¿Saben al menos que hace apenas veinte años peleábamos contra la psiquiatrización soviética?, y ¿habría que abandonarse a la indiferencia de los franceses? ¿Y qué más? ¿El baño? ¿La guillotina?
No compartiré el mundo con ellos. ¿El pasado, la memoria, el síntoma? No lo conocen. Para curarme, esa gente me habría hecho entrar en una falsa cámara de gas, porque hay que habituarse a sus miedos. ¿La verdad para ellos? Está en los tests. ¡Los tests son formidables! En 1958, en el departamento de psicología experimental donde, siendo una joven de la escuela normal, yo efectuaba mi paso obligado antes de la titulación de filosofía, me hicieron pasar el test de Binet y Simon, que mide, como se sabe, la inteligencia. La normal era de alrededor de 120, yo obtuve 70. No habría podido ser escolarizada. Se determinó el diagnóstico: débil profunda. Y estoy muy orgullosa.
De eso también me salvó el pensamiento freudiano. Del cientificismo, de las escalas, de los cuestionarios, de los tests, del aspecto policial de la psicología. Uno de mis colegas de la Sorbona me ayudó mucho con eso: Georges Canguilhem, un filósofo de las ciencias ante quien nadie podía traficar con la verdad.
SERGE COTTET
Psicoanalista
EL REVERSO DE MI FILOSOFÍA
Aprovecho un error de memoria que me arrastra más lejos de lo previsto: imposible recordar el título de la revista, La règle du jeu, al que sustituyo por diferentes títulos de películas de la misma época.
Rápidamente se impone el nombre Renoir, asociado a mi primer encuentro con el psicoanálisis. Era en París en clase de filo; había un original prof que trataba el programa por encima de lo establecido escamoteando las rúbricas académicas en provecho de Camus, Sartre y Merleau-Ponty. Además de sus audacias vanguardistas, era freudiano y adepto a La interpretación de los sueños. El mejor de la clase pretendía haber leído ese libro entero (cosa rara, señalaba Lacan en 1975). Yo lo frecuentaba asiduamente. Él no era sartriano. Le gustaba mucho el semblante... Por otra parte, la clase se dividía en tres tendencias: los nulos, los sartrianos y los freudomarxistas; yo me encontraba entre estos últimos. El estructuralismo ya se abría paso con Jean-Paul Sartre.
Ese compañero también tenía pasión por el cine francés de la preguerra (los Carné, Prévert, Clair, los Renoir, especialmente El crimen del señor Lange). Curioso dandy, distinguido, nueva ola y pasatista al mismo tiempo, era lo que mejor hacíamos por aquella época. Yo no adivinaba todavía que en esas películas él encontraba con qué alimentar una imaginación erótica despertada precozmente por un padre artista y coleccionista de libros raros.
Este esteta delicado, de gustos híbridos, convertido en director de cine, no hizo carrera en el psicoanálisis.
Por mi parte, muchas veces asocié Una partida de campo con el psicoanálisis por la razón evidente de la presencia de Sylvia Bataille. Pero hay otras razones más personales.
Al principio, el psicoanálisis acompañó mis lecturas de alumno de liceo sin otras consecuencias que las de agregar un pensamiento grandioso al panteón de filósofos que admiraba: esos nombres propios podían cohabitar durante mucho tiempo sin contradicción.
Señalemos al joven lector que se trataba de una época con certezas dogmáticas en política y en filosofía. Nada más alejado del bricolage posmoderno de hoy.
Sin embargo, ¿qué uso podía darle a Freud un joven alumno de liceo de los años sesenta obsesionado por la verdad? Es el significante contestatario de 1968 que, enseguida, asociará marxismo y freudismo con la bandera de los filósofos de la sospecha. Era fácil entonces integrar el freudismo a la insurrección general contra el orden establecido; los surrealistas habían intentado hacerlo en el mayor malentendido treinta años antes. Los jóvenes tomaban el relevo. En esa época, el freudismo podía concordar con un pensamiento bastante firme del determinismo familiar como para creer que la cura analítica estaba en consonancia con la libertad de desear. La emoción de Mayo del 68 sirvió de revelador para los desaventajados: «Gozamos mal... la culpa es de la familia y del capitalismo», lanza JacquesAlain Miller —por un momento portavoz del rumor— a Lacan.
Y entonces, en la tormenta, estalló el desacuerdo entre la coartada familiar de los complejos y el impasse subjetivo. La libertad de desear se topaba con oscuros impedimentos privados, al tiempo que las trabas invocadas estaban en plena descomposición; a la manera de los prisioneros de Luis Buñuel, incapaces de franquear la barrera invisible que los conduce a la salida de su puerta cerrada (otra película). Ninguna filosofía de la angustia entre las posibles podía dar cuenta de ese fading.
El gran desbarajuste alteró entonces gravemente el esplendor de la verdad. La intranquilidad del pensador pensante se vio zarandeada nuevamente por la prosopopeya de la gran nave: «¡Llevadme vagón! Robadme, fragata!». ¡Cortar amarras! ¡Ha llegado el momento de gozar! Empiezo de cero (como en la canción).
¡Ay! ¡Libertad! ¡Cuántas desgracias cometidas en tu nombre! He aquí que la neurosis se desata justo en el momento en que todo converge para asegurar la felicidad de la criatura; había algo podrido en el reino del marxismo: se imponía un retorno a Freud. Y resulta que era imposible moverse sin angustia o sin untar la mano del superyó. Ésa es la neurosis del domingo. La censura toma descanso, pero es para no disfrutar de nada: al revés que en El domingo de la vida de Raymond Queneau. O entonces es siempre el otro el que saca las castañas del fuego; la canalla goza sin complejos en las propias narices del padre de familia, constataba Freud amargamente. Podrá decirse que hoy es menos cierto, si admitimos que la voluntad de goce es menos conflictiva: sólo es más obligatoria (otra canción del totalitarismo).
¿Subversión del sujeto? Sí, pero sin dialéctica del deseo. ¿Un nuevo amor permitido por la revolución? Si se quiere.
Es en ese contexto donde hace parábola la danza del fauno de Una partida de campo separada por un momento de una memoria demasiado cargada. Falsa sátira que hace semblante y verdadero seductor sin querer serlo. En esta alegoría de la división se inscribió el escrúpulo paralizante: la compasión por la joven seducida y abusada; afección engañosa que enmascaraba un fantasma: la preocupación por la víctima señala más bien el postulado de una ofensa hecha al objeto por el solo hecho de codiciarlo. En esas circunstancias, ¿seguimos estando en lo cierto?
Llegado a ese punto, estalló un síncope del deseo contrariado en la infancia por un mito familiar relacionado con la intolerancia por todo lo tocante al azar del amor, a la contingencia del encuentro, al funesto desprecio y lo que de ello resulta. Durante mucho tiempo creí seguramente estar protegido de todo eso por mi adhesión a la ciencia... El eros platónico ofrecía más garantía. Fue el momento elegido para llamar en auxilio al otro mediador, el analista, para rectificar esa filosofía.
CATHERINE DAVID
Periodista, escritora
QUE LA PESTE SEA
Un odio fascinado acompaña la historia del freudismo. Desde sus orígenes, la «peste» del doctor Freud suscita un aborrecimiento militante cuyo exceso roza a veces el ridículo. Durante mucho tiempo se creyó que su doctrina era una deshonra para la buena gente a causa de los contenidos «sexuales» de su teoría. Pero la misma rabia se pone de manifiesto hoy en los términos más crudos, cuando la sexualidad ya no molesta a nadie. La difusión mundial del psicoanálisis parece haber devuelto sus detractores rabiosos, como si este logro fuese una injuria dirigida contra ellos personalmente, justificando los golpes bajos y los eructos.
Sin embargo, si bien el psicoanálisis es laico, no es obligatorio, que se sepa. Los pacientes dan su consentimiento, se recuestan libremente, no se los ata al diván. El psicoanálisis no es una dictadura. Ni un burdel. Ni una madrastra de conte de fées («cuento de hadas»), de compte de faits («cuenta de hechos»).* Para empezar, no hace cuentas, no mide, no juzga. No afirma nada, no denuncia a nadie. Contrariamente a lo que creen los tontos, no busca «culpabilizar a los padres». No tiene la rigidez de una ideología, las susceptibilidades de un dogma, la exclusividad de una secta. Ni siquiera es una ciencia, no os indignéis, no es una primicia. ¿Freud hubiera querido que lo fuera? Ciertamente, y fracasó, en eso como en otros campos. ¿Y qué?
Contrariamente a las religiones y a las ideologías, el psicoanálisis proporciona preguntas, pero ninguna respuesta definitiva (ni la medicina tampoco por otra parte, ¿hay que recordarlo?). No es otra cosa que una búsqueda, una investigación, un cuestionamiento en vivo, una aventura. Propone una visión eminentemente refutable de la psiquis humana, una explicación plausible de lo que nos hace correr, amar, desear, vivir. Por su audacia y su libertad, ha sido perseguido por los nazis y los estalinistas. El psicoanálisis es una idea nueva en Europa que se convirtió en hecho de civilización, un mito moderno convertido en fenómeno de sociedad. El inconsciente, su piedra angular, no es otra cosa que una hipótesis de trabajo que ha hecho correr mucha tinta y suscitado muchas emociones. El psicoanálisis no prueba nada. Hace hablar, hace escribir, forma parte de los tiempos, es cierto. Pero en Francia, en 2005, es posible ignorarlo, pasarle por al lado, igual que se apaga el aparato cuando pasan los resultados deportivos. No hay por qué sacar los kalachnikovs.
Por otra parte, Freud tampoco escapó a la crítica, en vida, que ya entonces se lanzaba de todas partes. Más que ninguna obra filosófica, el habeas freudiano, inclasificable y proliferante, habrá sido criticado, comentado, completado, sobrepasado. Muchas veces con rigor y pertinencia (Jung, Adler, Rank, Reich, Reik, Klein, Foucault, Lacan, Sartre, Laing, Winnicott, Dolto, Deleuze, Guattari, Derrida, etcétera). Pero muchas veces también con un encarnizamiento vengativo, a golpes de escándalos ventilados.
Recordemos que el psicoanálisis es ante todo una clínica y que corresponde a una demanda. Propone su claridad paradójica, su método experimental, una libertad inaudita dada a la palabra. No es una panacea, no ofrece ninguna garantía y no conviene a todo el mundo. Puede lograr prodigios, devolver a un deprimido cierta alegría de vivir, liberar a un neurótico de sus cadenas imaginarias; también puede hundirse en el aburrimiento, fracasar. A veces, los psicoanalistas exageran o desvarían. Humanos, por tanto, falibles, no son omniscientes, sólo «supuestos saber». La transferencia es una ilusión, a imagen de todos nuestros lazos. Rebautizada «castración», la decepción forma parte del juego de la vida, y el psicoanálisis no hace más que amplificarla.
Además, la lógica del inconsciente induce a una extraña gimnasia mental. Se trata de invertir la carga de la prueba, el orden de los pensamientos. Tomemos el ejemplo de padres que maltratan a su hijo. Freud nos pregunta: ¿se sienten ellos culpables de haber maltratado a su hijo o lo han maltratado porque se sentían culpables? Lo irritante con esa inversión de perspectivas es que tarde o temprano lleva a uno mismo a examinarse con una terrible lucidez. Es quizá ese momento de verdad prometido por el psicoanálisis, en que el narcisismo de cada uno corre el riesgo de ser de lo más abucheado, lo que provoca el terror, y por tanto, la furia.
Cuestionar el psicoanálisis es saludable, es necesario criticarlo, es recomendable ponerlo a prueba; por ejemplo, confrontarlo con otros métodos terapéuticos, con otras visiones del mundo, con las neurociencias o con comportamentalismos. Pero es incongruente llegar a los extremos, pretender extirpar el psicoanálisis del mundo moderno como una hierba salvaje. Quienes sueñan con destruirlo no apelan al diálogo, sino a la reyerta, y su fervor asesino dice mucho más sobre sus propios deseos que sobre la historia del freudismo. De antemano, Freud les aconsejó: «Lo que tus padres te han transmitido, adquiérelo para poseerlo». En suma, antes de pasar al acto, importa mirar bien qué es lo que se decide tirar en la basura de la Historia.
JOSÉE DAYAN
Cineasta
BENDICIÓN
No soy psicoanalista, pero, aunque el psicoanálisis hubiera servido nada más que para darnos a Woody Allen, lo bendeciría.
JEAN-PIERRE DEFFIEUX
Psiquiatra, psicoanalista
EL PSICOANÁLISIS, ¿PROMESA DE «BON-HEURT»?*
Nuestras sociedades contemporáneas son adeptas a la felicidad y no dudan en hacer referencia a la filosofía clásica. Esta práctica hedonista es hoy preconizada por muchos terapeutas de diversas obediencias: neurobiologistas, cognitivistas, prescriptores de psicotrópicos, terapeutas del cuerpo, etcétera. A cubierto de pruebas llamadas científicas y descifrables, garantizan la satisfacción, el retorno a la homeostasis, la cura del estrés y de la depresión; en una palabra, la alegría de vivir. Todo esto rápidamente y sin esfuerzo: la responsabilidad del sujeto no está en juego. La felicidad se convierte en una prescripción y en un valor adulterado.
El psicoanálisis está muy mal visto por todos estos técnicos. En ningún caso promete la tranquilidad de la felicidad; antes bien reserva a quien se dirige a él una cierta intranquilidad, la del deseo. El neurótico no se encuentra sereno, calmado; está atormentado, angustiado, deprimido, culpable, pero en cierta forma es feliz porque se mantiene al abrigo de un deseo decidido, a la medida de sus temores. Cree que entrando en análisis va a encontrar la felicidad, mientras que, por el contrario, va a abandonar, poco a poco, el acorralamiento de su culpabilidad para orientarse en el camino perturbador del deseo según su singularidad. Pero entonces, ¿el psicoanálisis es refractario a la felicidad? No por cierto, con la condición de distinguir la felicidad de su simple definición hedonista.
El doctor Lacan dijo una vez, en la Universidad de Yale en 1975, que el fin de la cura podía corresponder al momento en que el analizante piensa que es feliz de vivir. Es una posición muy distinta de la que preconizan las diferentes técnicas contemporáneas que prescriben, recetan, garantizan la felicidad. El psicoanálisis se refiere a la felicidad a partir de la posición subjetiva del analizante que no puede en absoluto medirse, codificarse, que es singular a cada uno.
La felicidad de vivir a la que puede llevar la cura analítica conlleva cierto alivio del sufrimiento del síntoma, cierto deslastre del pathos a partir del ejercicio largo, repetido y difícil de la palabra en el marco de la experiencia; pero no es suficiente para que eso conforme un criterio de fin de análisis. Para eso es necesario que esa felicidad responda a un acuerdo encontrado con el modo de gozar que da a cada uno su estilo de vida. Para eso se necesita tiempo, el tiempo de un análisis, tiempo necesario para comprobar los impasses de lo sexual. Sin daño, no hay modo de encontrar los cortocircuitos para eso, a pesar de lo que nos quieren hacer creer los defensores de los métodos múltiples llamados terapéuticos.
Esa felicidad no es la de la homeostasis del principio del placer freudiano tan buscada por el neurótico. Es un bon-heurt en el sentido en que pone en juego el encuentro con lo real del goce con el que tiene que vérselas cada uno. Ese bon-heurt, si bien está acompañado de cierto sosiego, el del sufrimiento del síntoma, no es tranquilidad porque incluye la entrada en la vía de un deseo orientado a partir de ese momento.
Sólo el psicoanálisis es capaz de llevar a un sujeto a aprehender y a asumir su estilo de vida más allá de la conformidad, del ready-made impuesto y de la senda prescrita. Por eso el psicoanálisis sigue siendo el único bolsón de resistencia contemporánea contra el aplastamiento subjetivo. Es una oportunidad considerable la que se ofrece a quien quiera tomarla.
PHILIPPE DE GEORGES
Psiquiatra, psicoanalista
NUESTRA HISTORIA DE AMOR
Un periodista apremiado comparaba el otro día el psicoanálisis con una anciana agredida. La imagen concuerda con el aire que se respira en estos tiempos en que se vilipendia a salvajes y truanes. Pero realmente, ese aire no es respirable y la fórmula es más la de un boy-scout que la de un hombre galante. ¿Desde cuándo se mira a la amada como a una anciana dama? El psicoanálisis, maltratado por los nuevos doctores Folamour, ¡es más bien Susana y los viejos! ¿Quién puede no ver en ese cuadro la mirada torva que deslizan esos señores sobre su blusa, sus gestos obscenos hacia sus encajes, que les gustaría rasgar? Pensamos de nuevo en la lección de Charcot: asistimos al gran regreso de los vejetes de la universidad. Con el pretexto de ir más allá del psicoanálisis, es exactamente a su más acá donde nos quieren hacer volver. Y también nosotros mismos, que defendemos a la Dama, somos muchas veces como esos viejos que hacían guardia en las murallas de Troya, a menudo hartos de la guerra, que solamente reanimaban sus ardores con la presencia de Elena a su lado: hace falta esa frescura siempre escandalosa para justificar los combates de la inteligencia. Y sin embargo, este ardor que nos habita no tiene nada de cualquier forma de espíritu de sacrificio. En verdad, es una deuda. Una deuda que nos une indefectiblemente a su soplo de vida y a su impulso de libertad. Somos nosotros los agradecidos del don que nos ofrece. ¡Esta gracia es terrible, como el rayo!
Para hablar de esa deuda, debemos partir de lo que éramos en el momento en que encontramos el psicoanálisis; nosotros, que habíamos nacido en los días de la guerra o poco después. Éramos sobrevivientes. Por una razón u otra. Lo que nos había precedido era espantoso: el éxodo, la quiebra del pensamiento, las ruinas, los montones de cadáveres, esas «miríadas torturadas y masacradas por los alemanes en los espantosos mataderos de Polonia y de Turinga». Su lamento crecía a nuestro alrededor, ganando la llamada hacia la nada de todos los inocentes inmolados desde la noche de los tiempos, ese clamor que se alza bajo el altar. Estábamos en la salida de lo que Lacan había llamado el reino de los enemigos del género humano, monstruosa y santa alianza de la racionalidad científica con la pulsión de muerte.
Había, en nuestras almas y en nuestros corazones, las mismas ruinas y devastaciones que sobre la tierra. En medio de todo ese caos, el abatimiento y la rebeldía se disputaban nuestras vidas.
El «nosotros» que empleo en este escrito abraza a todos aquellos de una generación en una comunidad de aislados. Este abrazo de «nosotros» conviene para dar cuenta, como sólo se puede hacer después, de vastos movimientos que por períodos sublevan a hombres y mujeres en una misma aventura.
En el desorden en el que estábamos, debíamos encontrar nuestras «marcas», algunos puntos fijos del paisaje para calcular nuestro camino. Nuestras señales fueron, pues, confusamente, los hombres de las Luces y del 89, el psicoanálisis, Freud después Lacan. Los primeros daban consistencia a nuestra rebeldía, al rechazo de lo intolerable, a la voluntad de pelearse y a la apuesta al poder del verbo y las virtudes del acto. En cuanto al alumbramiento del análisis, era la condición necesaria para no enceguecernos. De todas maneras, para vivir eran necesarios los encuentros. Es así como me crucé con la Belle Hélène. Un anciano de barba blanca decía: era un judío de cultura germánica, lo que aportaba un toque suplementario al crédito que le dábamos. En la generación de la que hablo, ¡éramos todos judíos alemanes! De un modo u otro. Enseguida me gustaron las incesantes paradojas de su pensamiento, su gusto por el reverso de los naipes y por las cosas que se agitan en las costas del Acherón. Ese hijo de las Luces era un apasionado de todos los márgenes de sombra, todos los lados oscuros de la existencia y las laderas en sombras de la humanidad. Avanzaba obstinadamente con su pequeña lámpara para darle luz: «La voz de la razón es tenue, pero dice siempre lo mismo». Me gustaba esa voz grave y franca. Leer Duelo y melancolía era, para un hombre joven sin esperanza, comprender cómo la pérdida de los ideales mortifica la carne viviente tanto como la desaparición de seres queridos. «Un no sé qué que no tiene nombre en ningún idioma», como decía Bossuet, puede entonces reinar sobre lo vivo sin que baste el tiempo para que el deseo retome sus derechos. Sin embargo, el odio de uno siempre vivo necesitaba otra cosa como remedio, distinta del consuelo que procura la pasión por la lectura. Pero Freud no era sólo un pensador. Él había abierto el camino de una praxis y el diván de sus discípulos se presentaba como el recurso.
La lectura precoz de Freud decidió al mismo tiempo mi orientación intelectual inmediata, una perspectiva profesional ulterior y una vía personal para tratar ese malestar que, por ser el de una cultura, sólo tiene solución para quien lo coge por la cintura. De ese modo, el análisis fue una manera de ser y de llevar adelante mi vida. Ésta se me antojaba tanto en los confines de la filosofía como de la poesía. Filosofía entendida como el lugar donde resuena la cuestión de lo que es un hombre, y poesía, como ese donde se anudan creación, lenguaje y palabra.
¿Un puñado de palabras pueden ser testimonio del fruto de un análisis?
1. Hacer la experiencia del diván es mantenerse lo más cerca del habitante interno. Para san Agustín, Dios es el nombre que aprisiona ese parásito que, en cada uno de nosotros, es su parte más íntima y la más ajena. Pero también es el demonio de Sócrates. Según el rey David, este oscuro habitante se aloja muy cerca de los riñones, en algún lugar de las vísceras. Es decir, que el asunto está muy lejos de ser angélico: no se hace economía de la pulsión. Lacan definió ese lugar como éxtimo. Retendré esta palabra que expresa a la vez todo el nudo de nuestro ser y su irremisible alteridad: nunca estaremos reconciliados con nosotros mismos. Tarde o temprano, las TCC caerán en el olvido, que es donde terminan todas los intentos de condicionamiento del rebaño de los hombres. Pero hará falta tiempo, y también la energía de la lucha siempre renovada.
2. Elaborar su inconsciente lleva a la evidencia que niegan todos los determinismos, genéticos o divinos: grande es la parte del azar o de la contingencia. Freud pensaba que había que alcanzar un alto grado de cultura para admitirlo. Lacan le hizo eco: «Son los azares los que nos empujan de un lado a otro, y con los que hacemos nuestro destino, porque somos nosotros quienes los trenzamos como tal». Me gusta ese Lacan existencialista que no deja de recordarnos «la elección del sujeto» y «la insondable decisión del ser». En ninguna parte mejor que en el análisis se encuentra todo el valor de lo que hace de un verdadero encuentro un acontecimiento, un corte: ya nada es como antes cuando se ha atravesado el umbral, mientras que para cada uno de los encuentros decisivos que hacemos, uno se dice después que él nos ha «revelado a nosotros mismos». Cada vez igual y diferente es el movimiento del «ve hacia ti mismo» o de un «conviértete en lo que eres».
Retendré esto, que atempera el espantoso encarnizamiento que hace querer a toda costa «causas» lineales y encadenamientos mecánicos, a imagen de la continuidad aparente del «tejido de los seres y de las cosas». El prurito que impregna las mentes evaluadoras procede de esta pendiente que hace que se ignoren por completo las particularidades de la causalidad psíquica: lo imprevisto, la bifurcación, lo insólito y el después.
3. Antes evocaba el aire que se respira, que es nauseabundo. El mundo en que vivimos y el que se dibuja para las generaciones futuras está consagrado a la nivelación, a la reducción al nosotros, a la masa y a la atomización. El imperio del consumo, de la técnica, exige el borramiento de las diferencias. Esos imperativos necesitan la erradicación de la grandeza y de la nobleza, considerados monstruosos: talento, genio, originalidad, calificados como desvío, fuera de norma. La palabra de orden es simple: ya no hay más grandes hombres. Freud y Lacan deben ser ensuciados, como lo son en conjunto Picasso, Blanchot, Heidegger, Wittgenstein y Kojève y todos aquellos que escapan al molde de la vulgaridad. ¿Ustedes los han creído grandes? ¡Son perversos, agentes dobles o secretos, patológicamente voluptuosos o peligrosamente escépticos, bribones, viciosos, interesados, y después de todo impostores! ¡Adoren solamente a la Vaca sagrada! El odio por los grandes hombres no es de ayer y el ser de la sospecha tiene una larga historia. Desde hace mucho tiempo la biografía de los genios está redactada por su valet de cámara: el argumento tiene peso, no pueden hacerla, ¡conocen solamente una pizca!
¡En ese juego de masacre, me gusta que el psicoanálisis deje todo el lugar a la excepción! Porque estar de moda no es su idea. Señalaré, pues, qué es lo que sostiene al psicoanálisis: que no es deseo anónimo, que las funciones deben encarnarse para que operen, que la excepción es necesaria. Por un lado, el triunfo cadavérico de la preferencia negativa de un mundo con los colores de Bartleby. Por el otro, la afirmación de la diferencia absoluta y el horizonte del deseo.
4. El análisis no cura lo que cada cual finalmente tiene en sí de irreductible: lo depura, lo decanta, hace salir su hueso. Ese trabajo es lo inverso de la operación a la que apuntan los terapeutas de moda, el formateo hacia un bienestar aséptico. El análisis produce un estilo que es la marca íntima del sujeto.
Quienes quieran un rebaño humano dócil no pueden hacer otra cosa que estrangularse de rabia frente al camino que propone el análisis, dejando de lado todo sentido común y toda sabiduría: lejos del cielo de las ideas, tomar apoyo en su singularidad y hacer de su punto débil su fuerza más cierta. Lacan utiliza una palabra, que es un Witz y un hápax, para designar esta ética desfasada. Esta palabra ha tomado para mí todo su valor por el vigor con el que Jacques-Alain Miller la hizo resonar: ¡filiosofía!
Retendré que es eso lo que nos hace eminentemente odiables a quienes frecuentan la pasión por la norma. Y me regocijo por ello.
YVES DEPELSENAIRE
Psicoanalista
MÚSICA ANTE TODO
Mi encuentro con el psicoanálisis se precipitó un día de octubre de 1969 en Vincennes, cuando esperaba a Jacques Lacan, quien ese día desafiaba uno de esos famosos abucheos que tenían su secreto en la época. Lacan me dio una impresión indeleble: en fin, ¡ningún toc! Un discurso del que no tenía ni idea llegaba hasta mí, y de una sola vez despertaba admiración por una enunciación valiente, sed de un saber nuevo, vergüenza de mis sueños universitarios, alegría de entrever un camino en el flotamiento que me habitaba, sentimiento de una urgencia por deshacerme de identificaciones incoherentes hechas de rechazo más que de deseo. Como ya lo he contado más en detalle en el volumen reunido por amistad entorno a Jacques-Alain Miller en 2002 ( J.-A. Miller et quatre-vingt-quatre amis, Qui sont vos psychanalystes?), el anzuelo con el que Lacan me prendió ese día tuvo como primera consecuencia la de conducirme a la clínica psiquiátrica de La Borde, al encuentro de lo imposible de soportar de la locura. Eso me perturbó bastante. Y allí medí cuánto la enseñanza de Lacan, en el impulso generoso pero confuso de ese momento hacia los excluidos del discurso común, ofrecía la única posibilidad sólida de orientarse sin perderse o desdecirse.
Los otros resultados de este encuentro inaugural con el decir de Lacan —la experiencia personal del análisis, la elección de la Escuela, la práctica analítica y los intentos de dar testimonio de todo eso fueron tantos otras elecciones éticas, inseparables de lo que yo debo al psicoanálisis en el plano más íntimo—. De eso diré algunas palabras.
Yo debo al psicoanálisis esto de esencial: me hizo la vida amiga. Es indudable que toda vida humana va más o menos a la deriva, como llegó a decir Lacan. Puedo comprobarlo cada día, yo mismo lo he visto más a menudo de lo que me tocó a mí, porque, en lo relativo a tratar de simplificar la existencia, los hay mejor dotados que yo. Mentiría, pues, si dijera que nosotros, él y yo, mantenemos relaciones tranquilas. El psicoanálisis no anestesió nada en mí, pero sí me arrancó del camino de Moritz en El despertar de la primavera, de Frank Wedekind, que Lacan comentó tan bien. Moritz huye de la vida, no quiere saber nada al punto de excluirse de lo real, no sin la humillante impresión de haber atravesado Egipto sin haber visto para nada las Pirámides.
Entonces el psicoanálisis me ha hecho la vida amiga. Cuando me enojo con ella, enseguida la extraño —hablo de la vida, pero también es cierto del psicoanálisis, tan así uno y otra se mantienen en un mismo nudo en adelante—. El psicoanálisis me interesa también en otros aspectos. Me importa en el aspecto de ser una práctica con la que me he comprometido desde hace veinticinco años con una pasión que no se desmiente. Es la misma experiencia analítica lo que me llevó a eso. Nada me destinaba especialmente a «recibir», como se dice. Ni médico ni psicólogo por formación, soy, pues, un psicoanalista laico. A no equivocarse: el núcleo de lo que siempre provoca escándalo con la excusa de exigencias científicas se encuentra allí: en el ejercicio del psicoanálisis laico. En vista de la inanidad —peso la palabra— de la formación clínica del psiquiatra y del psicólogo hoy, la risa se disputa con la preocupación.
El psicoanálisis me importa también como saber —gay saber—, y especialmente por lo que da como referentes de las conexiones del deseo y del pensamiento en los campos del arte, de la ciencia, de la política. No es una concepción del mundo, una de esas Weltanschauungen —«¡esa palabra amable que se parece a un estornudo!»— que Lacan vomitaba (Jacques Lacan, Mi enseñanza). Pero en una orientación lacaniana, hay una epistemología, una estética y una política del psicoanálisis. En este aspecto, el psicoanálisis importa más que nunca por el contrapeso que encarna frente al malestar creciente en la cultura, a los estragos del progreso, al aumento de las segregaciones.
En algunas zonas del mundo, unos locos de Dios quieren prohibir la música. Siniestros orquestadores querrían también reducir a silencio la musiquita del psicoanálisis. Como vemos, no termina de molestar. Me importa que dure.
DOMINIQUE DESANTI
Escritora
NI ANALISTA NI ANALIZANTE, Y SIN EMBARGO...
Extraña posición: ¿ni analizante ni analizada? Entonces, dirán, ¿qué derecho tiene a mirar la acción del psicoanálisis? Y bien, justamente, el derecho de mirada.
La mirada puesta sobre las personas cercanas que tienen «males del alma» —cada uno los conoce si consiente conocerlos—. Nuestros allegados nos han mostrado las diferencias que existen entre los diversos modos de combate que cada uno ha elegido.
Algunos recurrieron a las farmacopeas que nos distancian de nosotros mismos, sustancias de las que los franceses, según las estadísticas, son los más fervientes usuarios. O bien, «a lo anglosajón», se plegaron a los ejercicios de comportamiento. Y en efecto, he visto con frecuencia cómo sus fobias retroceden, los «síntomas» palidecen y a veces desaparecen. Ellos dicen: «Me gusta tanto no profundizar. Ahora, nadie se da cuenta de nada. Actúo como todo el mundo». ¿No es la implícita confesión de que, cuando se esfuma el síntoma, el «curado» rechaza aún más, y con diversas profundidades, las causas de su aparición?
Entre nuestros allegados, aquellos que han recurrido a la palabra —y que a veces también, con el transcurso de los años, pasaron del diván al sillón— no todos han alcanzado el misterioso «agregado» al que llaman curación. ¿Hasta dónde y cómo puede uno curarse de sí mismo? Pero aprendieron, con un paso adelante, uno o dos atrás, qué es lo que los había constituido y, atravesando los tumultos de la transferencia —amor, furor, angustia—, aprendieron más o menos a aceptar, renunciando a la necesidad de ser «como todo el mundo». Sabiendo que el «como todo el mundo» (lo mismo que La mujer) no existe.
Maud Mannoni decía: «Lo que revela el síntoma en el sentido freudiano es que el inconsciente habla, que el hombre se divide por efecto de su propio discurso». Para descubrir lo que se ignora de sí —lo «oculto» que nos oprime—, el tiempo es un factor decisivo. Si el analista «explicara», pondría en riesgo el impasse. Se debe entonces guiar al analizante, para que éste se encuentre a tientas, y ¿cómo predecir el número de horas que se necesita para esos descubrimientos? Todos admiten que no se puede medir el tiempo que se necesita para la investigación en laboratorio, entonces ¿por qué cuestionar lo que Julia Kristeva, analista y escritora, constata, cuando evalúa los dos modos de actuar sobre el interlocutor: «Ese mano a mano» del psiconálisis con la estética por una parte, y la religión por la otra, ¿no necesita, muy por el contrario, más que nada amigos en el campo del humanismo clásico? Y: «El lenguaje, es lo que me hace ser cada vez más a través del no-ser».5
El psicoanálisis desempeñó un papel innegable en mi vida, pero de su funcionamiento, sólo probé —¿cómo decir?— un «entremés», pedagógico y sucinto. El hecho de haber entrevisto tan sólo cómo funciona esta investigación modificó ciertamente mi trabajo de escritura, tanto en mis intentos por reconstituir una existencia pasada para edificar su biografía o —más aleatorios todavía— por transformar mis fugaces fantasmas en personajes —imprevisibles— de mis novelas. Las palabras me llevan.
Diría más: es probable que si Jean-Toussaint y yo no hubiésemos seguido, a partir de nuestro encuentro, los trabajos creados por Freud, ni frecuentado a quienes los ponían en acto, no habríamos sabido, tal vez, continuar con nuestro intento de vida libre y común. (Hipótesis osada, porque el analista más brillante me dijo: «El análisis sirve en muchos campos, pero muy poco en la vida privada del mismo analista...» ¿Nos sirvió entonces porque nosotros no éramos analistas?)
Por otra parte, Jacques Sédat alertó contra los desbordes extremos del análisis en nuestro tiempo en que religiones, partidos, familias, escuelas vacilan: «Si el análisis toma el relevo de las instituciones que fallan, se convierte en una empresa más de reciclaje, en lugar de afirmar su posición de campo extraterritorial de enunciación para los sujetos».
Dicho esto, ¿cómo puede «el humanismo clásico» denegar la acción de ese «segundo sistema de señales» que diferencia lo animal de lo humano en lo que los deportistas llaman hoy lo «mental»?
El Libro negro machaca con anécdotas gastadas, acosa con fórmulas tales como «análisis terminado o análisis interminable» desviándolas de su sentido. Denuncia la existencia de charlatanes, de mediocres, de «nocivos por insuficiencia». Con toda seguridad, en psicoanálisis los hay, como en medicina, como entre los mecánicos, los abogados, los tapiceros, los periodistas, y los artistas y los escritores, por no hablar de los políticos, los diplomáticos y otros «arquitectos de interior». En general, la acusada no es la profesión, sino su ejercicio llevado a cabo por individuos.
Una vez señaladas estas banalidades de sentido común, me gustaría resumir la historia de «un marginal del análisis» y mostrar cómo la escucha y la palabra de los analistas pueden actuar, fuera de sesión, sobre alguien que vive «al límite».
En el final de la adolescencia, cayó en mis manos la Traumdeutung. Jean-Toussaint la leyó en cuanto nos encontramos, y Freud me entusiasmó más que Marx. Durante la ocupación, la Universidad de Estrasburgo se «replegó» —no sin daños— a Clermont-Ferrand. Daniel Lagache profesaba allí la psicología. Después de la guerra, se convertiría en el primer profesor de psicoanálisis de la Sorbona.
Un organismo paraoficial, ubicado en Clermont, necesitaba «orientadores» para ocuparse de adolescentes perdidos, solos, que erraban por las rutas del éxodo. Lagache aceptó darles elementos de psicología y propuso a media docena de sus estudiantes mostrarles cómo conducir una «entrevista psicológica». Entre ellos, yo, supuestamente estable y madura, ya que era la esposa de un normalista, catedrático. Ese curso —semipago— representaba además una «pantalla» para actividades menos admitidas. Fue mi encuentro —seis meses— con el análisis practicado. Luego vino la Liberación y yo cedí a otras tentaciones.
En los primeros años de la posguerra, el hecho de habernos convertido en comunistas en la clandestinidad no nos impidió tener amigos psicoanalistas, con distintas orientaciones, pero todos freudianos. Hubo así un tiempo de latencia donde todo coexistió, al menos en apariencia. El Partido, molesto por el insulto antisemita de los nazis que amalgamaba lo «freudomarxista», no tomaba una posición oficial sobre la cuestión. Hacia 1948, Moscú tronó y el buró político declaró al psicoanálisis «burgués», por tanto, nocivo. ¿Exacerbar el individualismo? ¿Desmultiplicarlo con ese superyó, ese yo, ese ello en lugar de dedicarse a cambiar el mundo? ¡Qué pequeño burguesismo decadente! Los analistas miembros del Partido intentaron explicar, luchar. En vano. Fue un desgarro. Unos se fueron para no renegar de su vocación, otros se quedaron.
Esta crisis coincidió con el «realismo socialista» obligatorio tanto en arte como en escritura, lo que no quebró ni a Picasso, ni a Fernand Léger, ni a Paul Éluard, ni a Tristan Tzara..., al menos en su pertenencia. (Recordemos, sin embargo, el triste ridículo del retrato de Stalin que se le pidió a Picasso y que luego fue «renegado con una espontaneidad organizada» por el Partido.) El sistema de «doble verdad» se instalaba, bonito terreno para una crítica analítica.
Pasaron los años. Dejamos el Partido. Cuando Desanti preparaba la cátedra de filosofía, Judith Lacan siguió sus cursos y rápidamente se nos hizo cercana y querida. Su padre tuvo curiosidad por conocer al «profe», y su madre, Sylvia Bataille (que fue la estrella de Una partida de campo, de Jean Renoir), nos invitó a cenar. Por coincidencia, Desanti había publicado en una revista de medicina dirigida por un amigo psiquiatra —que después progresó mucho— un artículo crítico sobre el psicoanálisis. (No pude volver a encontrarlo.)
Esos dos hombres hablaron primero de mathesis. Desanti desarrollaba la idea de que, para la Antigüedad clásica, servía para alejarse de lo sensible, para acceder a lo inteligible, a las ideas. Citaba el Fedón de Platón. En resumen, las matemáticas representaban una ascesis intelectual. Lacan buscaba un vínculo para introducir modelos matemáticos en la estructura analítica y Desanti respondió que no había una mathesis única y que, por lo tanto, la transmisión, en todo saber, debía ser posible. Después hablamos de los socialistas de la utopía, de los límites del marxismo, de pintura y de los surrealistas. Lacan nos mostró ediciones originales que ya no se encuentran. Ni una palabra sobre psicoanálisis.
Después de la cena, en la sala, «el Doctor» —era su sobrenombre amistoso— sacó del bolsillo interior de su chaqueta un recorte de prensa y se lo mostró a Touky: «¿Es suyo?». «Sí». «¿Y usted piensa realmente eso?». «Lo pensaba». El «Doctor» entendió el tiempo de verbo. Se miraron y sonrieron. Quedaba sellada su relación de complicidad. Nosotros vivíamos muy cerca. Muchas veces, entre sesión y sesión, venía a casa a pellizcar alguna feta de salmón ahumado. Mantenía dos conversaciones: con Touky sobre la aplicación de los mathemas, y conmigo sobre la novela. Escuchándolo hablar de «otra cosa», yo comprendía cómo podía funcionar «eso». Me hizo el gran honor de leer el manuscrito de Un métier de chien, la primera de mis novelas cuyo personaje central era una «psi». Me llamó por teléfono a primera hora de la mañana. Y, cuando se publicó, le dedicó algunas palabras en el diario Le Monde, muy favorables como para atreverme a citarlas.
Yo seguía su seminario. Allí entablé relación con varios «psi», y mucho con Solange Faladé, mujer de una intuición y de una voluntad no frecuentes, que venía de Bénin, y me inició en el Edipo africano, permitiéndome comprender un poco mejor África, por donde yo circulaba bastante en esos tiempos. En nuestro entorno, muchos de los antiguos estudiantes de Touky pasaban de la filosofía a la práctica del análisis. Un día, pregunté al «Doctor» si él pensaba que todos, en esa desbordante multitud de oyentes, podían comprender todo. Con mucha calma me respondió: «¿Y usted, usted comprende todo?». Confesé que no alcanzaba a comprender totalmente la mathesis, los nudos borromeos. Hizo un gesto con su mano: «Y bien, si vuelve todos los miércoles, si ellos vuelven, es que algo pasa, los toca. Usted me ha confesado que escuchándonos, a Desanti y a mí, auscultar la mathesis, entendió mejor el recorrido analítico, y el suyo con sus personajes. El significante de las palabras, el tono de las voces, la atmósfera que despiertan, sobrepasan y muchas veces desvían su significado». Él sabía despertar el misterio pareciendo aclararlo.
Hacia esta época los Lacan y nosotros fuimos invitados por no sé quién (un galerista o un editor, creo) a una cena numerosa. Allí, sentada al lado de un desconocido que se propuso contarme su vida, yo sorprendía, por instantes, la mirada enseguida desviada del «Doctor», que no ocultaba su aburrimiento.
Los Lacan se fueron y nos llevaron con ellos como vecinos que éramos. Esta vez yo estaba sentada a su lado. Saliendo de un largo silencio, murmuró: «Sabe, usted tiene una escucha. Podría probar». Eso fue todo. Esa noche no dormí. ¿Probar? ¿Lanzarme en esa navegación sin puerto de amarre del que sólo conocía los arrecifes? Me cogió un miedo incontrolable. La antevíspera, yo había rechazado la invitación de una universidad lejana y poco atractiva. Al día siguiente llamé para aceptar. Decididamente, seguía siendo una marginal.
Años después, al enterarme —seguramente por mis amigos «psi»— de que hay que saber escribir en contra de sí mismo, abordar eso y a esos que representan lo incomprensible, decidí sumergirme en Drieu La Rochelle, escritor prolífico, dandi donjuanesco, unido a Malraux y a Aragon, ardiente combatiente de la Primera Guerra, que había querido declararse «nacional-socialista» durante la ocupación y se había «castigado por haberse equivocado» suicidándose. Por una indiscreción supe que el joven Jacques Lacan, amigo de ese ser huidizo y seductor, en el año en que preparaba su tesis (De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad), consoló a Oliesa, la encantadora y joven esposa, a quien Drieu abandonó al cabo de algunos meses. Ahora bien, Oliesa, harta de los que buscaban a Drieu, no quería recibirme. Me atreví a pedir al «Doctor» que le hiciera cambiar de idea. Él exclamó que ¡no la veía desde hacía cuarenta años o más! «¿Vive todavía en el sexto sin ascensor de la calle Garancière?» Pero la idea le divirtió, y lo hizo: «Sabe, no tenemos nada más que decirnos. Ella ha dado vuelta la página del hombre». Acto seguido, Lacan me habló de Drieu, amigo perdido en todos los sentidos del término... y —¿significante o significado?— vi a mi antihéroe de otra manera.
Las palabras del analista, cargadas de un largo saber sobre su efecto, operan a veces por ese giro. Jacques Sédat escribió en 1981: «Si el análisis toma el relevo de las instituciones que fallan, Iglesia, partidos políticos, familia, Universidad, entonces se convierte en una empresa más de reciclaje, en lugar de afirmar su posición de campo extraterritorial de enunciación para los sujetos. Precisamente por ese motivo introducir en psicoanálisis la categoría del maestro me parece profundamente ambiguo».6 Un amigo cercano —muy desconfiado de la búsqueda en las profundidades— me envió, por una de esas extrañas coincidencias que conforman mi vida, y cuando estaba escribiendo este texto, un apólogo que empieza así: «Maestro, ¿para qué sirve un maestro?», preguntó en todo su candor un monaguillo al padre. «Para nada y para todo... es él quien te enseña lo que ya sabes, quien te muestra lo que ya has visto». Después, el padre evoca un cuadro que había entusiasmado al adolescente: «¿Nunca habías visto una puesta de sol ante ti?». «Sí —dijo el monaguillo—, pero menos real».
Es eso, creo, lo que el marginal encuentra en el psicoanálisis y que nada lo reemplaza para conocerse. El arte de hacerse sentir más real, y en otra realidad.
MICHÈLE DESBORDES
Escritora
LAS PALABRAS
Yo no sé si en esta historia, este mal proceso, lo mejor que se puede hacer es una llamada a dar testimonio, como si de repente desprovisto, impotente, el psicoanálisis necesitara que vayamos en su auxilio. Pero hay cosas, gentes, que terminan por calentarnos las orejas y, sin saber cómo, esto baja a la garganta, y uno se dice que hay que prestar ayuda, dar su voto, que, después de todo, un poco de humor de vez en cuando no le hace daño a nadie.
No tengo nada en contra de la psiquiatría, evidentemente, pero si hubiese tenido que recurrir a ella, hubiera hecho lo necesario para elegirla «lúcida», es decir, que además de la clínica, el psiquiatra solicitado tuviera algún conocimiento de su persona, como mínimo, y que se hubiera tomado el tiempo y el esfuerzo de acostarse durante algún tiempo para saber con quién, de sí mismo, tenía que vérselas en esta empresa, en lugar de tener que afrontar uno de esos tristes oscurantismos que se han puesto en práctica en estos últimos tiempos, y que provocan este odioso y más bien miserable jaleo.
No me gusta el jaleo, no me gusta el odio, ni que se designe en la plaza pública eso de lo que no se soporta su existencia. No me gustan las rabietas que fomentan los celos, y todos esos pathos del Territorio, ni menos que traten de hacer pagar el precio (del oscurantismo, del territorio, del odio...), a ustedes que en un momento u otro de vuestra vida se han vuelto hacia el análisis, y más aún a aquellos que, honestamente, pacientemente, les han ayudado lo mejor que podían, y sin demasiados inconvenientes, a seguir el camino que debían.
Mi camino es un camino de escritura, tiene que ver con las palabras. Se buscó, se encontró por, en y con las palabras. Se hizo y dibujó con todo lo que, palabras o silencios, lo irrigaron (niñez, heridas, encuentros, epifanías), y yo no podría dejar de decirlo a cualesquiera de los que reivindican de manera tan malvada saber y verdad, a los que dicen que el psicoanálisis, porque de él se trata, es sólo quimera y asunto de bribones. ¿Será acaso porque tienen algo en contra de la palabra que dice, la palabra descubridora?, ¿algo en contra de los comienzos de la libertad, cuando se hace la luz, allí tan cerca de ellos? Sí, ¿será que quieren ahogar la voz, todas las voces, y reinar ellos en este mundo del malestar, de lo difícil, del quién-tiene-tantodolor-para-confesarse?
Durante algunos años cerca de la Bastilla, por la necesidad de saber, la necesidad de comprender, me acosté en un diván de terciopelo verde, en la penumbra delicada de un despacho plagado de libros y de estampas. Tres veces por semana para saber y comprender fui hacia el ángel dorado (y lo veía de lejos), el ángel dispuesto a volar hacia el cielo desde lo alto de su columna, esa maravillosa y tan onírica imagen de la libertad que reemplaza la de las prisiones profundas que en otro tiempo había en ese lugar. Yo veía en eso una señal. Desde allí arriba, desde el último piso, casi a la altura del ángel, me hundí en profundidades, en abismos que ni imaginaba, volviendo a subir agotada, dolorida y jurando que otra vez no me cogerían, hundiéndome de nuevo, sin embargo, sin pedir explicaciones, sin ni siquiera retomar el aliento, volviendo a salir con algunos pedazos, nadas, un maná al que a veces, en ese instante, no necesariamente prestaba atención. Hablé y hablé. Agradecida. La otra detrás de mí sólo callaba. También yo callé y decía, hay que creer a pesar de todo. Yo estaba allí, callando las palabras y después esperándolas de nuevo. Ellas, y atrás de ellas otras a las que parecían llamar. Dejando que la frase se haga, se busque. Descubriendo las virtudes de la enunciación, palabras que se agarraban, se apareaban unas a otras. Como pronto en la escritura minada de nada, poco a poco se organizaba, se elaboraba, bautizaba su corpus, sus frases, sus tiempos buscadores.
Si sentí, si todavía siento el parentesco entre dos pasos, entre dos palabras, la palabra que analiza y la palabra de la escritura, no es por casualidad. Es porque me parece haber aprendido una en el momento en que aprendía la otra. Aquí hablo no tanto de una elaboración del conocimiento como del poder cuasi «orgánico» de las palabras, y de ese momento sin igual en que se enfrenta lo impensado, en que se sabe, se sabe que avanzando un paso, una palabra, uno se encuentra ante lo desconocido, lo desconocido de sí, lo desconocido del mundo. Hablo de ese lugar, ese momento en que cada vez todo está en juego, todo se juega en el proferimiento o el silencio. De lo que crear, tanto o más que con lo que se sabe, se hace con todo eso que se ignora y de lo que se sabe que se ignora, esa parte de sombra que funda toda escritura verdadera, y que permanece, y que gracias a Dios, el análisis preserva. Esa parte de ignorancia que, al renovarse, constituyéndose en su renovación, se reconstituye un humus, una capa freática, mantiene su lugar, su razón de ser.
Piedra a piedra yo he tenido la impresión de deconstruir un edificio, y con las mismas piedras, los mismos materiales, reedificar otro, mejor dispuesto, más cómodo. El edificio, la casa, hoy está bastante bien. No tengo en ella ni demasiado calor, ni demasiado frío, y queda lo suficiente de penumbra y de desconocido como para ser una verdadera casa. Es sobre todo una casa de escritura.
Todos los personajes de la infancia están allí, tutelares, inolvidables, inolvidados. Superados. Ellos encontraron su silencio. Yo encontré el hablar.
He escrito mucho sobre el silencio, hay mucho silencio trabajado en lo que escribo, y si escribir sigue siendo para mí una cuestión de transgresión, que sea por la transgresión.
No estoy diciendo que haga falta el análisis para escribir. Digo solamente que los años-diván favorecieron la escritura, y la liberaron de miasmas y de escorias pesadas. Quizá también digo, a algunos escritores, que terminen con esa idea de que el análisis sería su peor enemigo, que los normalizaría, los volvería asépticos. Tal como si un lavativo los purgara de su sustancia más preciosa, dilapidando su capital —creativo—, disolviendo sus providenciales concreciones cuya única presencia garantizaría los flujos de oro puro, de pura materia literaria. Y que por eso mismo (los escritores) dejarían de escribir para curar y pan(pen)ser* las pupas, o para enseñarles quiénes son. Eso sería hacer muy poco caso a la escritura, olvidar que ante todo es creación y muy particularmente creación de universo, que es ese cuerpo a cuerpo exultando con las palabras, con la lengua que utilizan, y que todo eso, la obra, el universo a construir, el cuerpo a cuerpo, nunca ha sido roto ni impedido, del modo que sea, por el acto analítico, sino todo lo contrario.
Lo que digo no es que todo el mundo deba buscarse un diván, y que el análisis sea bueno para todos, hay análisis que fracasan igual que hay libros que fracasan, o lastimosas y asoladoras curas psiquiátricas. Pero que yo sepa, los analistas que se respetan no faltan el respeto a la fragilidad y al malestar de sus pacientes al punto de querer disparar contra la competencia (como ese librero de una isla de América que conozco bien y que un día, enfermo de rabia y de esa territorialidad que yo evocaba, amenazaba con su fusil —un fusil de verdad, un librero de verdad— al dueño y a los clientes de la librería de enfrente, porque no debía estar allí enfrente, ni al lado, ni en los alrededores, ni en ninguna otra parte del mundo). (Perdónenme esta anécdota que había olvidado, me viene a la mente cuando pienso en nuestros agitadores.)
Tampoco creo que los psiquiatras que se respeten tengan esas intenciones ridículas y sin dignidad. En contra de eso hoy, justamente en nombre del respeto, se debe reaccionar. Ni que digan, como uno al que escuché con mis propios oídos, sí, con mis propios oídos, escuchado, que nada le entretenía y le divertía tanto como los locos. Que esos locos que atendía le servirían para escribir. Le servirían, él quería escribir. Él deshonraba al análisis y a quienes lo ejercían, ¿hace falta que lo aclare?
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