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Benito Pérez Galdós

Torquemada en la cruz


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664128706

Índice

PRIMERA PARTE

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

SEGUNDA PARTE

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

PRIMERA PARTE

Índice

I

Índice

Pues señor..., fué el 15 de Mayo, día grande de Madrid (sobre este punto no hay desavenencia en las historias), del año... (esto sí que no lo sé: averígüelo quienquiera averiguarlo), cuando ocurrió aquella irreparable desgracia, que, por más señas, anunciaron cometas, ciclones y terremotos, la muerte de doña Lupe la de los Pavos, de dulce memoria.

Y consta la fecha del tristísimo suceso, porque D. Francisco Torquemada, que pasó casi todo aquel día en la casa de su amiga y compinche, calle de Toledo, número... (tampoco sé el número, ni creo que importe), cuenta que, habiendo cogido la enferma, al declinar la tarde, un sueñecico reparador que parecía síntoma feliz del término de la crisis nerviosa, salió él al balcón por tomar un poco el aire y descansar de la fatigosa guardia que montaba desde las diez de la mañana, y allí se estuvo cerca de media hora contemplando el sin fin de coches que volvían de la Pradera, con estruendo de mil demonios, los atascos, remolinos y encontronazos de la muchedumbre, que no cabía por las dos aceras arriba, los incidentes propios del mal humor de un regreso de feria, con todo el vino y el cansancio del día convertidos en fluido de escándalo. Entreteníase oyendo los dichos germanescos que, como efervescencia de un líquido bien batido, burbujeaban sobre el tumulto, revolviéndose con doscientos mil pitidos de pitos del Santo, cuando...

—Señor—le dijo la fámula de doña Lupe, dándole tan tremendo palmetazo en el omoplato, que el hombre creyó que se le caía encima el balcón del piso segundo;—señor, venga, venga acá... Otra vez el accidente. De ésta me parece que se nos va.

Corrió á la alcoba D. Francisco, y en efecto, á doña Lupe le había dado la pataleta. Entre el amigo y la criada no la podían sujetar; trincaba la buena señora los dientes; en sus labios hervía una salivilla espumosa, y sus ojos se habían vuelto para dentro, como si quisieran cerciorarse por sí mismos de que ya las ideas volaban dispersas por esos mundos. No se sabe el tiempo que duraron aquellas fieras convulsiones. Pareciéronle á D. Francisco interminables, y que se acababa el día de San Isidro y le seguía una larguísima noche sin que doña Lupe entrase en caja. Mas no habían sonado las nueve cuando la buena señora se serenó, quedándose como lela. Diéronle de un brebaje, cuya composición farmacológica no consta en autos, como tampoco el nombre de la enfermedad; se mandó recado al médico, y hallándose la enferma en completa quietud de miembros, precursora de la del sepulcro, con toda la vida que le restaba asomándose á los ojos, otra vez vivos y habladores, comprendió Torquemada que su amiga quería hablarle y no podía. Ligera contracción de los músculos de la cara indicaba el esfuerzo para romper el lúgubre silencio. La lengua al fin, pellizcada por la voluntad, se despegó, y allá fueron algunas frases, que sólo D. Francisco, con su sutil oído y su conocimiento de cuanto pudiera pensar y decir la de los Pavos, podía entender.

—Sosiéguese ahora...—le dijo.—Tiempo tenemos de hablar todo lo que nos dé la gana sobre esa incumbencia.

—Prométame hacer lo que le dije, D. Francisco—murmuró la enferma alargando una mano como si quisiera tomar juramento.—Hágalo por Dios...

—Pero, señora... ¿Usted sabe...? ¿Cómo quiere que...?

—¿Y cree usted que yo, su amiga leal—dijo la viuda de Jáuregui, recobrando como por milagro toda su facilidad de palabra,—puedo engañarle? En ningún caso le aconsejaría cosa contraria á sus intereses; menos ahora, cuando veo las puertas de la eternidad abiertas de par en par delante de mí..., cuando siento dentro de mi pobre alma la verdad, sí, la verdad, Sr. D. Francisco, pues desde que recibí al Señor... Si no me falla la memoria, ha sido ayer por la mañana.

—No, señora; ha sido hoy, á las diez en punto—replicó él, satisfecho de rectificar un error cronológico.

—Pues mejor: ¿había yo de engañarle... con el Señor acabadito de tomar? Oiga la santa palabra de su amiga, que ya le habla desde el otro mundo, desde la región de..., de la...

Tentativa frustrada de dar un giro poético á la frase.

—Y añadiré que lo que le predico le vendrá de perillas para el cuerpo y para el alma; como que resultará un buen negocio, y una obra de misericordia en toda la extensión de la palabra... ¿No lo cree?...

—¡Oh!, yo no digo que...

—Usted no me cree..., y algún día le ha de pesar si no lo hace... ¡Que siento morirme sin que podamos hablar largamente de esta peripecia! Pero usted se eternizó en Cadalso de los Vidrios, y yo en este camastro consumiéndome de impaciencia por echarle la vista encima.

—No pensé que estuviera usted tan malita. Hubiera venido antes.

—¡Y me moriré sin poder convencerle!... Don Francisco, reflexione, haga caso de mí, que siempre le he aconsejado bien. Y para que usted lo sepa, todo moribundo es un oráculo, y yo muriéndome le digo: Sr. D. Paco, no vacile un momento, cierre los ojos y...

Pausa motivada por un ligero amago. Intermedio de visita del médico, el cual receta otra pócima, y al partir, en el recodo del pasillo, pronostica, con sólo alargar los labios y mover la cabeza, un desenlace fúnebre. Intermedio de expectación y de friegas desesperadas. Don Francisco, desfallecido, pasa al comedor, donde en colaboración con Nicolás Rubín, sobrino de la enferma, despacha una tortilla con cebolla, preparada por la sirviente en menos que canta un gallo. Á las doce, doña Lupe, inmóvil y con los ojos vigilantes, pronunciaba frases de claro sentido, pero sin correlación entre sí, truncadas, sin principio las unas, sin fin las otras. Era como si se hubiera roto en mil pedazos el manuscrito de un sabio discurso, convirtiéndolo en papeletas, que después de bien revueltas en un sombrero, se iban sacando á semejanza del juego de los estrechos. Oíala Torquemada con profunda pena, viendo cómo se desbandaban las ideas en aquel superior talento, palomar hundido y destechado ya.

—Las buenas obras son la riqueza perdurable, la única que, al morirse una, pasa á la cuenta corriente del cielo... En la puerta del purgatorio le dan á una una chapa, y luego, el día que se saca ánima, cantan: «número tantos», y sale la que le toca... La vida es muy corta. Se muere una cuando cree que todavía está naciendo. Debieran darle á una tiempo para enmendar sus equivocaciones... ¡Qué barbaridad! Con el pan á doce y el vino á seis, ¿cómo quieren que haya virtud? La masa obrera quiere ser virtuosa y no la dejan. Que San Pedro bendito mande cerrar las tabernas á las nueve de la noche, y veremos... Voy pensando que el morirse es un bien, porque si una viviera siempre y no hubiese entierros ni funerales, ¿qué comerían los ministros del Señor?... Veintiocho y ocho debieran ser cuarenta; pero no son más que treinta y seis... Eso por andar la aritmética, desde que el mundo es mundo, tan mal apañada, en manos de maestros de escuela y de pasantes que siempre tiran á la miseria, á que triunfe lo poco y lo mucho se... fastidie.

Tuvo un ratito de lucidez, en el cual, mirando cariñosamente á su compinche, que junto al lecho era un verdadero espantajo de conmiseración silenciosa, volvió al tema de antes con igual insistencia: «Mire que me voy persuadida de que lo hará... No, no menee la cabeza...»

—Pero si no la meneo, mi señora doña Lupe, ó la meneo para decir que sí.

—¡Oh, qué alegría! ¿Qué ha dicho?

Torquemada afirmaba, sin reparo de falsificar sus intenciones ante un moribundo. Bien se podía consolar con un caritativo embuste á quien no había de volver á pedir cuenta de la promesa no cumplida.

—Sí; sí, señora—agregó,—muérase tranquila...; digo, no; no hay que morirse..., ¡cuidado! Quiero decir, que se duerma con toda tranquilidad... Conque... á dormirnos tocan.

Doña Lupe cerró los ojos; pero no tardó en abrirlos otra vez, trayendo con el resplandor de ellos una idea nueva, la última, recogida de prisa y corriendo, como un bulto olvidado que el viajero descubre en un rincón en el momento de partir. «¡Si sabré yo lo que me pesco al recomendarle que se junte con esa familia! Debe hacerlo por conciencia, y si me apura, hasta por egoísmo. ¿Usted sabe, usted sabe lo que puede sobrevenir?» Hizo esta pregunta con tanto énfasis, moviendo ambos brazos en dirección del asustado rostro del prestamista, que éste se previno para sujetarla, viendo venir otro delirio con traqueteo epiléptico. «¡Ay!—añadió la señora clavando en Torquemada una mirada maternal,—yo veo claro lo que ha de sobrevenir, porque el Señor me permite adivinar las cosas que á usted le convienen..., y adivino que con su ayuda ganarán mis amigas el pleito... Como que es de justicia que lo ganen. ¡Pobre familia! Mi Sr. D. Francisco les lleva la suerte... Arrimamos el hombro, y pleito ganado. La parte contraria hecha un trapo miserable, y usted... No, no se han inventado todavía los números con que poder contar los millones que va usted á tener... ¡Perro, si no lo merece, por testarudo y por los moños que se pone!... ¡Menudo pleitazo! Sepa (bajando la voz, en tono de confidencia misteriosa), sepa D. Francisco que cuando lo ganen, poseerán todita la huerta de Valencia, toditas las minas de Bilbao, medio Madrid en casas y dos terceras partes de la Habana, en casas también... Ítem, una faja de terreno de veintitantas leguas de Colmenar de Oreja para allá, y tantas acciones del Banco de España como días y noches tiene el año; con más siete vapores grandes, grandes, y la mitad próximamente de las fábricas de Cataluña... Ainda mais: el coche correo de colleras que va de Molina de Aragón á Sigüenza, un panteón soberbio en Cabra y no sé si treinta ó treinta y cinco ingenios, los mejorcitos, de la isla de Cuba...; y añada usted la mitad del dinero que trajeron los galeones de América, y todo el tabaco que da la Vuelta Abajo y la Vuelta Arriba y la Vuelta grande del Retiro...»

Ya no dijo más, ó no pudo entender don Francisco las cláusulas incoherentes que siguieron, y que terminaron en gemidos cadenciosos. Mientras doña Lupe agonizaba, paseábase en el gabinete próximo, con la cabeza mareada de tanto ingenio de Cuba y de tanto galeón de América como le metió en ella, con exaltación de moribunda delirante, su infeliz amiga.

La cual tiró hasta las tres de la mañana. Hallábase mi hombre en la sala, hablando con una vecina, cuando entró el clérigo Nicolás Rubín, y consternado, pero sin perder su pedantería en ocasión tan grave, exclamó: Transit.

—¡Bah, ya descansó la pobrecita!—dijo Torquemada, como dando á la difunta el parabién por la terminación de su largo padecimiento. No quiere decir esto que no sintiese la muerte de su amiga: pasados algunos minutos después de oído aquel lúgubre transit, notó un gran vacío en su existencia. Sin duda doña Lupe le había de hacer mucha falta, y no encontraría él á la vuelta de una esquina quien con tanta cordura y desinterés le aconsejase en todos sus negocios. Caviloso y triste, midiendo con vago mirar del espíritu las extensiones de aquella soledad en que se quedaba, recorrió la casa, dando órdenes para lo que restaba que hacer. No faltaron allí parientes, deudos y vecinas que, con buena voluntad y todo el cariño que se merecía la difunta, le hicieran los últimos honores, ésta rezando cuanto sabía, aquélla ayudando á vestirla con el hábito del Carmen. De acuerdo con el presbítero Rubín, dictó D. Francisco acertadas disposiciones para el entierro; y cuando estuvo seguro de que todo saldría conforme á los deseos de la finada y al decoro de la familia y de él mismo, pues como amigo tan antiguo y principal, al par de la propia familia se contaba, retiróse á su domicilio, echando suspiros por la escalera abajo y por la calle adelante. Ya despuntaba la aurora, y aún se oían, á lo largo de las calles obscuras, pitidos de pitos del Santo, sonando estridentes por haberse cascado el tubo de vidrio. Oía también D. Francisco pasos arrastrados de trasnochantes y pasos ligeros de madrugadores. Sin hablar con nadie ni detenerse en parte alguna, llegó á su casa en la calle de San Blas, esquina á la de la Leche.

II

Índice

Sin permitirse más descanso que unas cinco horas de catre y hora y media más para desayuno, cepillar la ropita negra y ponérsela, calzarse las botas nuevas y echar un ojo á los intereses, volvió el usurero á la casa mortuoria, recelando que no harían poca falta allí su presencia y autoridad, porque las amigas todo lo embarullaban, y el sobrino cura no era hombre para resolver cualquier dificultad que sobreviniese. Por fortuna, todo iba por los trámites ordinarios. Doña Lupe, de cuerpo presente en la sala, dormía el primer sueño de la eternidad, rodeada de un duelo discreto y como de oficio. Los parientes lo habían tomado con calma, y la criada y la portera mostraban una tendencia al consuelo que había de acentuarse más cuando se llevasen el cadáver. Nicolás Rubín hociqueaba en su breviario con cierto recogimiento, entreverando esta santa ocupación con frecuentes escapatorias á la cocina, para poner al estómago los reparos que su debilidad crónica y el cansancio de la noche en claro exigían.

De cuantas personas había en la casa, la que expresaba pena más sincera y del corazón era una señora que Torquemada no conocía; alta, de cabellos blancos prematuros, pues su rostro cuarentón y todavía fresco no armonizaba con la canicie sino en el concepto de que ésta fuese gracia y adorno más que signo de vejez; bien vestida de negro, con sombrero que á D. Francisco le pareció una de las prendas más elegantes que había visto en su vida; señora de aspecto noble hasta la pared de enfrente, con guantes, calzado fino, de pie pequeño, toda ella pulcra, decente, requetefina, despidiendo de su persona lo que Torquemada llamaba olorcillo de aristocracia. Después de rezar un ratito junto al cadáver pasó la desconocida al gabinete, adonde la siguió el avaro deseoso de meter baza con ella, haciéndole comprender que él, entre tanta gente ordinaria, sabía distinguir lo fino y honrarlo. Sentóse la dama en un sofá, enjugando sus lágrimas, que parecían verdaderas, y viendo que aquel estafermo se le acercaba sombrero en mano, le tuvo por representación de la familia, que hacía los honores de la casa.

—Gracias—le dijo,—estoy bien aquí... ¡Ay, qué amiga hemos perdido!

Y otra vez lágrimas, á las que contestó el prestamista con un suspiro gordo, que no le costó trabajo sacar de sus recios pulmones.

—¡Sí, señora, sí, qué amiga, qué sujeta tan excelente!... ¡Como disposición para el manejo..., pues..., y como honradez á carta cabal, no había quien le descalzara el zapato! ¡Siempre mirando por el interés y haciendo todas las cosas como es debido!... Para mí es una pérdida...

—¿Y para mí?—agregó la dama con vivo desconsuelo.—Entre tanta tribulación, con los horizontes cerrados por todas partes, sólo doña Lupe nos consolaba, nos abría un huequecito por donde viéramos lucir algo de esperanza. Cuatro días hace, cuando creíamos que la maldita enfermedad iba ya vencida, nos hizo un favor que nunca le pagaremos...

Aquello de no pagar nunca sonó mal en los oídos de Torquemada. ¿Acaso era un préstamo el favor indicado por la aristócrata?

—Cuatro días hace me hallaba yo en mi finca de Cadalso de los Vidrios—dijo, haciendo una o redondita con dos dedos de la mano derecha—sin sospechar tan siquiera la gravedad, y cuando me escribió el sobrino sobre la gravedad, vine corriendo. ¡Pobrecita! Desde el 13 por la noche, su caletre, que siempre fué como un reloj, ya no marchaba, no, señora. Tan pronto le decía á usted cosas que eran como los chorros de la verdad, tan pronto salía con otras que el demonio las entendiera. Todo el día 14 se lo pasó en una tecla, que me habría vuelto tarumba si no tuviera un servidor de usted la cabeza más firme que un yunque. ¿Qué locura condenada se le metió en la jícara barruntándole ya la muerte? Figúrese si estaría tocada la pobrecita, que me cogió por su cuenta, y después de recomendarme á unas amigas suyas, á quienes tiene dado á préstamo algunos reales, se empeñaba en...

—En que usted ampliase el préstamo rebajando intereses...

—No, no era eso. Digo, eso y algo más: una idea estrafalaria, que me habría hecho gracia si hubiera estado el tiempo para bromas. Pues... esas amigas de la difunta son unas que se apellidan Águilas, señoras de buenos principios según oí, pobres porfiadas á mi entender... Pues la matraca de doña Lupe era que yo me había de casar con una de las Águilas, no sé cuál de ellas, y hasta que cerró la pestaña me tuvo en el suplicio de Tártaro con aquellos disparates.

—Disparates, sí—dijo la señora gravemente;—pero en ellos se ve la nobleza de su intención. ¡Pobre doña Lupe! No le guarde usted rencor por un delirio. ¡Nos quería tanto!... ¡Se interesaba tanto por nosotras!...

Suspenso y cortado, D. Francisco contemplaba á la señorona sin saber qué decirle.

—Sí—añadió ésta con bondad, ayudándole á salir del mal paso.—Esas Águilas somos nosotras, mi hermana y yo. Yo soy el Águila mayor... Cruz del Águila... No, no se corte; ya sé que no ha querido ofendernos con eso del supuesto casorio... Tampoco me lastima que nos haya llamado pobres porfiadas...

—Señora, yo no sabía..., perdóneme.

—Claro, no me conocía, nunca me vió, ni yo tuve el gusto de conocerle... hasta ahora, pues por las trazas paréceme que hablo con el señor D. Francisco Torquemada.

—Para servir á usted...—balbució el prestamista, que se habría dado un bofetón en castigo de su torpeza.—¿Conque usted...? Muy señora mía, haga cuenta que no he dicho nada. Lo de pobres...

—Es verdad, y no me ofende. Lo de porfiadas se lo perdono: ha sido una ligereza de esas que se escapan á las personas más comedidas cuando hablan de lo que desconocen...

—Cierto.

—Y lo del casamiento, tengámoslo por una broma, mejor dicho, por un delirio de moribundo. Tanto como á usted le sorprende esa idea nos sorprende á nosotras.

—Y era una idea sola, una idea clavada que le cogía todo el hueco de la cabeza, y en ella estaba como embutido todo su talento... ¡Y lo decía con un alma! Y era, no ya recomendación, sino un suplicar, un rogar como se pide á Dios que nos ampare... Y para que se muriera tranquila tuve que prometerle que sí... ¡Ya ve usted qué desatino!... Digo que es desatino, en el sentido de... Por lo demás, como honra para mí, ¡cuidado!, supóngase usted... Pero digo que para aplacarle el delirio, yo le aseguraba que me casaría, no digo yo con las señoras Águilas mayores y menores, sino con todas las águilas y buitres del cielo y de la tierra... Naturalmente, viéndola tan sofocada no podía menos de avenirme; pero en mi interior, naturalmente, echaba el pie atrás, ¡caramba!, y no por el materialismo del matrimonio, que... ya digo... mucha honra es para mí, sino por razones naturales y respectivas á mí mismo, como edad, circunstancias...

—Comprendido. Nosotras, si Lupe nos hubiera hablado del caso, habríamos contestado lo mismo, que sí..., para tranquilizarla, y en nuestro fuero interno... ¡Oh!... ¡Casarse con...! No es desprecio, no... Pero respetando, eso sí, respetando á todo el mundo, esas bromas no se admiten, no, señor, no pueden admitirse... Y ahora, Sr. D. Francisco...

Levantóse, alargando la mano fina y perfectamente enguantada, que el avaro cogió con muchísimo respeto, quedándose un rato sin saber qué hacer con ella.

—Cruz del Águila... Costanilla de Capuchinos, la puerta que sigue á la panadería..., piso segundo. Allí tiene usted su casa. Vivimos los tres solos, mi hermana y yo y nuestro hermano Rafael, que está ciego.

—Por muchos años..., digo, no; no sabía que estuviera ciego su hermanito. Disimule... Á mucha honra...

—Beso á usted la mano.

—Estimando á toda la familia...

—Gracias...

—Y... lo que digo... Conservarse...

Acompañóla hasta la puerta refunfuñando cumplidos, sin que ninguno de los que imaginó le saliera correcto y airoso, porque el azoramiento le atascaba las cañerías de la palabra, que nunca fueron en él muy expeditas.

—¡Valiente plancha acabo de tirarme!—bramó airado contra sí mismo, echándose atrás el sombrero y subiéndose los pantalones con movimiento de barriga ayudado de las manos. Maquinalmente se metió en la sala, sin acordarse de que allí estaba, entre velas resplandecientes, la difunta; y al verla, lo único que se le ocurrió fué decirle con el puro pensamiento:

—¿Pero usted..., ¡ñales!, por qué no me advirtió...?

III

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Todo aquel día estuvo el avaro de malísimo temple, sin poder apartar del pensamiento su turbación infantil ante la dama, cuya finura y aristocrático porte le cautivaban. Era hombre muy pagado de las buenas formas y admirador sincero de las cualidades que no poseía, entre las cuales contaba en primer término, con leal modestia, la soltura de modales y el arte social de los cumplidos. Pensó que la tal doña Cruz habría bajado la escalera riéndose de él á todo trapo, y se la imaginaba contando el caso á la otra hermana y partiéndose las dos de risa, llamándole gaznápiro y... ¡sabe Dios lo que le llamarían! Francamente, él tenía su puntillo de amor propio como cualquier hijo de vecino, y su dignidad y todos los perendengues de un sujeto merecedor de ocupar puesto honroso en la sociedad. Poseía fortuna suficiente (bien ganadita con su industria) para no hacer el monigote delante de nadie, y eso de ser él personaje de sainete no le entraba..., ¡cuidado! Verdad que en el caso de aquel día él tuvo la culpa, por haber hecho befa de las señoras del Águila, llamándolas pobres porfiadas en la propia fisonomía del rostro de la mayor de ellas, tan peripuesta, tan política, en toda la extensión de la palabra... ¡Ay!, al recordarlo le subían ardores á la cara y apretaba los puños. Porque verdaderamente, ya podía haber sospechado que aquella individua era... quien era. Y sobre todo, ningún hombre agudo dice cosas en desprecio de nadie delante de personas desconocidas, porque el diablo las carga, y cuando menos se piensa salta un compromiso... Hay que mirar lo que se parla, so pena de no poder meter el cuezo en cotarro de gente fina. «Yo—decía poniendo término á sus meditaciones, porque había llegado la hora de la conducción del cuerpo—tengo pesquis, bastante pesquis, comprendo todo muy bien. Dios no me ha hecho tonto, ni medio tonto, ¡cuidado!, y entiendo el trasteo de la vida. Pero ello es que no tengo política, no la tengo; en viéndome delante de una persona principal, ya estoy hecho un zángano y no sé qué decir ni qué hacer con las manos... Pues hay que aprenderlo, ¡ñales!, que cosas más difíciles se aprenden cuando sobran buena voluntad y entendederas... Ánimo, Francisco, que á nuevas posiciones nuevos modos, y el rico no es bien que haga malos papeles. ¡Bueno andaría el mundo si los hombres de peso, los hombres afincados, los hombres de riñón cubierto fueran cuento de risa!... ¡Eso no, no, no!»

En el largo trayecto fúnebre, en la monotonía de aquel paseo perezoso y triste, los mismos pensamientos le acometieron. Delante veía el monstruoso y feísimo armatoste del carro mortuorio, con balances de barco; su cerebro se aletargaba con el rumor lento, sin solución ni fin, de las llantas de las ruedas rayando el suelo polvoroso de los mal cuidados caminos. Como unos veinte simones iban detrás del coche de cabecera, ocupado por D. Francisco, Nicolás Rubín, otro clérigo y un señor, pariente lejano de doña Lupe, personas las tres que al usurero le cargaban, y más en aquella ocasión por tenerlas tan cerca y sin poder zafarse de ellas. No era Torquemada hombre para estar tanto tiempo embutido en angosto cajón entre tipos que le daban de cara, y no hacía más que cambiar de postura, apoyándose ya en una, ya en otra cadera. Le estorbaban sus piernas y las de Nicolás Rubín, su chistera y la teja del otro cura; le estorbaban el continuo fumar y la charla de aquellos tres puntos, que no sabían hablar más que del matute y de lo perdido que andaba el Ayuntamiento.

Sin dignarse arrojar en la conversación más que algún vocablo afirmativo para que lo royeran como hueso aquellos pelagatos que no poseían fincas en Cadalso de los Vidrios ni casas en Madrid, Torquemada seguía tejiendo en su meollo la tela empezada en la casa mortuoria.

—Lo que digo, no tengo política..., y hay que gastar política para ponerse á la altura que corresponde. ¿Pero cómo había yo de aprender nada tocante á la buena forma, si en mi vida he tratado más que con gente ordinaria?... Esta pobre doña Lupe, que en gloria esté, también era ordinaria, ¿qué duda tiene? No la ofendo, no, ¡cuidado!; persona buenísima, con mucho talento, un ojo para los negocios que ya lo quisieran más de cuatro. Pero, diga ella lo que quiera, y no la ofendo, lo que es persona fina..., ¡que te quites! Intentaba serlo, y no le salía..., ¡ñales!, no le salía. Su hipo era ser dama..., y ¡que si quieres! Aunque se pusiera encima manteletas traídas de París, resultaba tan dama como mi abuela... ¡Ah!, para damas la de esta mañana. Aquello sí que es del mismísimo cosechero. Y de nada le valió á mi amiga mirarse en tal espejo... Ya era tarde, ya era tarde para aprender... ¡Pobre señora! Como trastienda y disposición, eso sí, ¡cuidado!, yo soy el primero en reconocer... Pero finura, tono..., ¡quiá! Si ella, como yo, no trataba más que con gente de poco más ó menos. ¿Y qué es lo que oye uno al cabo del día? Burradas y porquerías. Doña Lupe, me acuerdo bien, decía ivierno, áccido y Jacometrenzo, palabras que, según me ha advertido Bailón, no se dicen así... No vaya á creer que la ofendo por eso... Cualquiera equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve diciendo diferiencia hasta el año 85... Pero para eso está el fijarse, el poner oído á cómo hablan los que saben hablar... El cuento es que cuando uno es rico, y lo ha sacado á pulso con su sudor, cavilando aquí, cavilando allá, está muy mal que la gente se le ría. Los ricos deben dar el ejemplo, ¡cuidado!, así de las buenas costumbres como de los buenos modos, para que ande derecha la sociedad y todo lleve el compás debido... Que sean torpes y mamarrachos los que no tienen sobre qué caerse muertos, me parece bien. Así hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos contribución seamos unos... unos asnos, eso no, no, no.

Aún le duraba la correa de aquella meditación cuando volvían del cementerio, después de dejar los fríos despojos de la gran hacendista perfectamente ennichados en uno de los tristísimos patios de San Justo. Los tres compañeros de coche, volviendo á engolosinarse con la comidilla del matute, contaban mil cuchufletas acerca del modo de introducir aceite y de las batallas entre los guardias y toda la chusma matutera, mientras la imaginación de Torquemada iba en seguimiento de la señora del Águila, y fluctuaba entre el deseo y el temor de volverla á ver: deseo, por probar la enmienda de su torpeza mostrándose menos ganso que en la primera entrevista; temor, porque sin duda las dos hermanas se soltarían á reir cuando le viesen, tomándole el pelo en la visita. La más negra era que forzosamente tenía que visitarlas, por encargo expreso de doña Lupe y obligación ineludible. Había convenido con su difunta amiga en renovar un pagaré de las dos damas, añadiendo cierta cantidad. Y el nuevo pagaré no sería á la orden de los herederos de la viuda de Jáuregui, sino á la de Torquemada, á quien la difunta había dejado, con aquel y otros fines, algunos fondos, de cuyo producto gozarían unos parientes pobres de su difunto esposo. Que D. Francisco habría de cumplir con recta conciencia cuantos encargos de este linaje le hizo su socia mercantil, no hay para qué decirlo. Lo difícil era cumplirlos sin personarse en el nido de las Águilas, como categóricamente le había ordenado la muerta, y aquí entraban los apuros del pobre hombre. ¿Cómo se presentaría? ¿Risueño ó con cara de pocos amigos? ¿Cómo se vestiría? ¿Con los trapitos de cristianar ó con los de diario? Porque pensar en evadir el careo dando la comisión á otra persona, era un disparate; además implicaba cobardía, deserción ante el peligro, y esto le malquistaba consigo mismo, pues su amor propio le pedía siempre apencar con las dificultades y no volver la espalda á ninguna peripecia grave. Resolvió, pues, poner pecho á las Águilas, y en aquella duda sobre el vestir su natural despejo triunfó de la vanidad, sugiriéndole la idea de presentarse con el traje de todos los días, la camisita limpia, eso sí, que aquella soez costumbre de la camisa de quincena ya no regía desde que el hombre empezó á ver claro en el panorama social. En suma, se presentaría tal cual era siempre y hablaría lo menos posible, contestando con sencillez á cuanto le preguntasen. Si se reían que se rieran..., ¡ñales! Pero no: probablemente le recibirían con palio, atendiendo al favor que les hacía y al consuelo que les llevaba con su visita, pues debían de estar las pobres señoras, con toda su aristocracia y su innegable finura, esperando el santo advenimiento..., como quien dice.

IV

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Elegida la hora que le pareció conveniente, encaminóse el hombre á la Costanilla. La casa no tenía pérdida en calle tan pequeña, y con las señas mortales de la tahona. Vió D. Francisco arrimados á una puerta dos ó tres hombres enharinados, y más arriba una tienda de antigüedades, que más bien debiera llamarse prendería. Allí era, segundo piso. Al mirar el rótulo de la tienda, lanzó una exclamación de gozo: «Pues si á este prendero le conozco yo. Si es Melchor, el que antes estaba en el 5 duplicado de la calle de San Vicente.» Excuso decir que le entraron ganas de echar un párrafo con su amigo antes de subir á la visita. No tardó el prendero en darle referencias de las señoras del Águila, pintándolas como lo más decente que él se había echado á la cara desde que andaba en aquel comercio. Pobres, eso sí, como las ratas; pero si nadie en pobreza les ganaba, en dignidad tampoco, ni en resignación para llevar la cruz de su miseria. ¡Y qué educación fina, qué manera de tratar á la gente, qué meterse por los ojos y ganarse el corazón de cuantos les hablaban!... Con estas noticias sintió el avaro que se le disipaba el susto, y subió corriendo. La misma doña Cruz le abrió la puerta, y aunque estaba de trapillo (sin perjuicio de la decencia, eso sí), á él se le antojó tan elegante como el día anterior la vió, de tiros largos.

—Sr. D. Francisco—dijo la dama con más alegría que sorpresa, pues sin duda esperaba la visita...—Pase, pase...

Las primeras palabras del visitante fueron torpes: «¡Cómo había de faltar...! ¿Y qué tal? ¿Toda la familia buena?... Gracias... Es comodidad.» Y se metió por donde no debía, teniendo ella que decirle: «No, no; por aquí.»

Su azoramiento no le impidió observar muchas cosas desde los primeros instantes, cuando Cruz del Águila le llevaba, por el pasillo de tres recodos, á la salita. Fijóse en la hermosa cabeza, bien envuelta en un pañuelo de color, de modo que no se veía ni poco ni mucho la cabellera blanca. Observó también que vestía bata de lana antiquísima, pero sin manchas ni jirones, con una toquilla blanca cruzándole el pecho, todo muy pulcro, revelando el uso continuo y esmerado de aquellas personas que saben eternizar las prendas de ropa. Lo más extraño era que tenía guantes viejos y con los dedos tiznados.

—Dispénseme—dijo con graciosa modestia;—estaba limpiando los metales.

—¡Ah!..., ¡perfectamente!...

—Porque ha de saber usted, si ya no lo sabía, que no tenemos criada, y nosotras lo hacemos todo. No, no vaya á creer que me quejo por esta nueva privación, una de las muchas que nos ha traído nuestro adverso destino. Hemos convenido en que las criadas son una calamidad, y cuando una se acostumbra á servirse á sí misma, lleva tres ventajas: primera, que no hay que lidiar con fantasmonas; segunda, que todo se hace mucho mejor y á nuestro gusto; tercera, que se pasa el día sin sentirlo, con ejercicio saludable.

—Higiénico—dijo Torquemada, gozoso de poder soltar una palabra bonita que tan bien encajaba. Y el acierto le animó de tal modo, que ya era otro hombre.

—Con permiso de usted—indicó Cruz,—seguiré. No estamos en situación de gastar muchos cumplidos, y como usted es de confianza...

—¡Oh!, sí, de toda confianza. Tráteme la señora mismamente como á un chiquillo... Y si quiere que le ayude...

—¡Quiá! Eso sería ya faltar al respeto, y... De ninguna manera.

Con la cajita de los polvos en la mano izquierda y un ante en la derecha, ambas manos enguantadas, se puso á dar restregones en la perilla de cobre de una de las puertas, y al punto la dejó tan resplandeciente que de oro fino parecía.

—Ahora saldrá mi hermana, á quien usted no conoce. (Suspirando fuerte.) Es triste decirlo; pero... está en la cocina. Tenemos que ir alternando en todos los trabajos de casa. Cuando yo declaro la guerra al polvo ó limpio los metales, ella friega la loza ó pone el puchero. Otras veces guiso yo y ella barre, ó lava ó compone la ropa. Afortunadamente tenemos salud; el trabajo no envilece; el trabajo consuela y acompaña, y además fortifica la dignidad. Hemos nacido en una gran posición: ahora somos pobres. Dios nos ha sometido á esta prueba tremenda... ¡Ay, qué prueba, Sr. D. Francisco! Nadie sabe lo que hemos sufrido, las humillaciones, las amarguras... Más vale no hablar. Pero el Señor nos ha mandado al fin una medicina maravillosa, un específico que hace milagros..., la santa conformidad. Véanos usted hoy ocupadas las dos en estos trajines, que en otro tiempo nos habrían parecido indecorosos; vivimos en paz, con una especie de tristeza plácida que casi casi se nos va pareciendo á la alegría. Hemos aprendido, con las duras lecciones de la realidad, á despreciar todas las vanidades del mundo, y poquito á poco hemos llegado á creer hermosa esta honrada miseria en que vivimos, á mirarla como una bendición de Dios...

En su pobrísimo repertorio de ideas y expresiones, no halló el bárbaro nada que pudiera ser sacado dignamente ante aquel decir elegante y suelto, sin afectación. No supo más que admirar y gruñir asintiendo, que es el gruñido más fácil.

—También conocerá usted á mi hermano, el pobrecito ciego.

—¿De nacimiento?

—No, señor. Perdió la vista seis años ha. ¡Ay, qué dolor! Un muchacho tan bueno, llamado á ser..., ¡qué sé yo, lo que hubiera querido!... ¡Ciego á los veintitantos años! Su enfermedad coincidió con la pérdida de nuestra fortuna... para que nos llegara más al alma. Créalo usted, D. Francisco, la ceguera de mi hermano, de ese ángel, de ese mártir, es un infortunio al cual mi hermana y yo no hemos podido resignarnos todavía. Dios nos lo perdone. Claro que de arriba nos ha venido el golpe; pero no lo admito, no bajo la cabeza, no, señor...; la levanto..., aunque á usted le parezca mal mi irreverencia.

—No, señora..., ¿qué ha de parecerme?... El Padre Eterno... es atroz. ¿Pero usted sabe la que me hizo á mí? No es que yo me le suba á las barbas, ¡cuidado!...; pero francamente..., ¡quitarle á uno toda su esperanza! Al menos usted no la habrá perdido; su hermanito podrá curarse...

—¡Ah!, no, señor... No hay esperanza.

—¿Pero usted sabe...? Hay en Madrid los grandes ópticos...

En el momento de decirlo, conoció el hombre la enormidad de su lapsus linguæ. ¡Vaya que decir ópticos por oculistas! Quiso enmendarlo; pero la señora, que al parecer no había parado mientes en el desatino, le dió fácil salida por otra parte. Pidióle permiso para ausentarse brevemente á fin de traer á su hermana, lo que á D. Francisco le supo muy bien, aunque las zozobras no tardaron en acometerle de nuevo. ¿Cómo sería la hermanita? ¿Se reiría de él? ¡Si por artes del enemigo no era tan fina como Cruz, y se espantaba de verle á él tan ordinario, tan zafiote, tan...! «Vamos, no es tanto—se dijo, estirando el cuello para verse en un espejo que frontero al sofá pendía de la pared, con inclinación hacia adelante, como haciendo una cortesía,—no es tanto... Lo que digo..., llevo muy bien mi edad, y si yo me perfilara, daría quince y raya á más de cuatro mequetrefes que no tienen más que la estampa.»

En esto estaba, cuando sintió á las dos hermanas en el pasillo disputando con cierta viveza:

—Así, mujer, ¿qué importa? ¿No ves que es de toda confianza?

—¿Pero cómo quieres que entre así? Deja siquiera que me quite el delantal.

—¿Para qué? Si somos nuestras propias criadas y nuestras propias señoras, y él lo sabe bien, ¿qué importa que te vea así? Este es un caso en que la forma no supone nada. Si estuviéramos sucias ó indecentes, bueno que no nos vieran humanos ojos. Pero á limpias nadie nos gana, y las señales del trabajo no nos hacen desmerecer á los ojos de una persona tan razonable, tan práctica, tan... sencilla. ¿Verdad, D. Francisco?

Esto lo dijo alzando la voz, ya cerca de la puerta, y el aturrullado prestamista creyó que la mejor respuesta era adelantarse á recibir airosamente á las dos damas, diciendo: «Bien, bien; nada de farándulas conmigo, que soy muy llano y tan trabajador como el primero, y desde la más tierna infancia...»

Iba á seguir diciendo que él se limpiaba sus propias botas y se barría el cuarto; pero le cortó la palabra la aparición de la segunda Águila, que le dejó embobado y suspenso.

—Mi hermana Fidela—dijo Cruz, tirando de ella por un brazo hasta vencer su resistencia.

V

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—¿Qué importa que yo las vea en traje de mecánica, si ya sé que son damas y muy requetedamas?—argumentó D. Francisco, que á cada nuevo incidente se iba desentumeciendo de aquel temor que le paralizaba.—Señorita Fidela, por muchos años... ¡Si está muy bien así!... Las buenas mozas no necesitan perfiles...

—¡Oh!, perdone usted—dijo la Águila menor toda vergonzosa y confusa.—Mi hermana es así: ¡hacerme salir en esta facha..., con unas botas viejas de mi hermano, este mandil... y sin peinarme!

—Soy de confianza, y conmigo, ¡cuidado!, con Francisco Torquemada no se gastan cumplidos... ¿Y qué tal? ¿Usted buena? ¿Toda la familia buena? Lo que digo, la salud es lo primero, y en habiendo salud todo va bien. Pienso, de conformidad con ustedes, que no hay chinchorrería como el tener criadas, generalmente puercas, enredadoras, golosas, y siempre, siempre soliviantadas con los malditos novios.

Á todas éstas no le quitaba ojo á la cocinerita, que era una preciosa miniatura. Mucho más joven que su hermana, el tipo aristocrático presentaba en ella una variante harto común. Sus cabellos rubios, su color anémico, el delicado perfil, la nariz de caballete y un poquito larga, la boca limpia, el pecho de escasísimo bulto, el talle sutil, denunciaban á la señorita de estirpe, pura sangre, sin cruzamientos que vivifican, enclenque de nacimiento y desmedrada luego por una educación de estufa. Todo esto y algo más se veía bajo aquel humilde empaque de fregona, que más bien parecía invención de chicos que juegan á las máscaras.

Como la pobre niña (no tan niña ya, pues frisaba en los veintisiete) no se había penetrado aún de aquel dogma de la desgracia que prescribe el desprecio de toda presunción, esfuerzo grande le costaba el presentarse en tal facha ante personas desconocidas. Tardó bastante en aplomarse delante de Torquemada, el cual, acá para inter nos, le pareció un solemne ganso.

—El señor—indicó la hermana mayor—era grande amigo de doña Lupe.

—¡Pobrecita! ¡Qué cariño nos tomó!—dijo Fidela, sentándose en la silla más próxima á la puerta y escondiendo sus pies tan mal calzados.—Cuando Cruz trajo la noticia de que había muerto la pobre señora, ¡sentí una aflicción...! ¡Dios mío!, nos vimos más desamparadas en aquel instante, más solas... La última esperanza, el último cariño se nos iban también, y me pareció ver allá, allá lejos una mano arrugadita que nos hacía... (doblando los dedos á estilo de despedida infantil) así, así...

—Pues ésta—pensó el avaro, de admiración en admiración—también se explica. ¡Ñales!, ¡qué par de picos de oro!

—Pero Dios no nos desampara—afirmó Cruz denegando expresivamente con su dedo índice,—y dice que no, que no, que no nos quiere desamparar, aunque el mundo entero en ello se empeñe.

—Y cuando nos vemos más solas, más rodeadas de tinieblas, asoma un rayito de sol, que va entrando, entrando, y...

—Esto va conmigo. Yo soy ese sol...—dijo para su sayo Torquemada; y en alta voz:—Sí, señoras, pienso lo mismo. La suerte protege al que trabaja... ¡Vaya, que esta señorita tan delicada meterse en el materialismo de una cocina!

—Y lo peor es que no sirvo—dijo Fidela.—Gracias que ésta me enseña...

—¡Ah! ¿La enseña doña Cruz?... ¡Qué bien!

—No, no quiere decir esto que yo aprenda... Empieza ella por no ser una eminencia ni mucho menos. Yo me aplico, eso sí; ¡pero soy muy distraída y hago cada barbaridad...!

—Bueno, ¿y qué?—indicó la mayor en tono festivo.—Como no cocinamos para huéspedes exigentes, como esto no es hotel y sólo tenemos que gustarnos á nosotras mismas, cuantas faltas se cometan están de antemano perdonadas.

—Y una vez porque sale crudo, otras porque sale quemado, ello es que siempre tenemos diversión en la mesa.

—Y en fin, que nos resulta una salsa con que no contamos: la alegría.

—Que no se compra en ninguna tienda—dijo Torquemada muy gozoso de haber comprendido la figura.—Justo y cabal. Que me den á mí esa salsa, y le meto el diente á todas las malas comidas de la cristiandad. Pero usted, señorita Fidela, dice que guisa mal por modestia... ¡Ah!, ya quisieran más de cuatro...

—No, no; lo hago malditamente. Y puede usted creerme—añadió con la expresión viva, que era quizás la más visible semejanza que tenía con Cruz,—puede usted creerme que me gustaría mucho cocinar bien; pero muchísimo. Sí, sí; el arte culinario paréceme un arte digno del mayor respeto, y que debe estudiarse por principios y practicarse con seriedad.

—¡Como que debiera ser parte principal de la educación!—afirmó Cruz del Águila.

—Lo que digo—apuntó Torquemada:—debieran poner en las escuelas una clase de guisado... Y que las niñas, en vez de tanto piano y tanto bordado de zapatillas, aprendieran á poner bien un arroz á la vizcaína ó un atún á la marinera.

—Apruebo.

—Y yo.

—Conque...—murmuró el prestamista golpeando con ambas manos los brazos del sillón, manera ruda y lacónica de expresar lo siguiente:—Señoras mías, bastante tiempo hemos perdido en la parlamenta. Vamos ahora al negocio...

—No, no; no venga usted con prisas—dijo la mayor, risueña, alardeando de una confianza que trastornó más al hombre.—¿Qué tiene usted que hacer ahora? Nada. No le dejamos salir de aquí sin que conozca á nuestro hermano.

—Con sumísimo gusto... No faltaba más. Como prisa, no la hay. Es que no quisiera molestar...

—De ningún modo.

Fidela fué la primera que se levantó, diciendo: «No puedo descuidarme. Dispénseme.»

Y se fué presurosa, dejando á su hermana en situación conveniente para hacerle el panegírico.

—Es un ángel de Dios. Por la diferencia de edad, que no es menor de doce años, soy para ella, más que hermana mayor, una madre. Hija y madre somos, hermanas, amiguitas, pues el cariño que nos une no sólo es grande por lo intenso, Sr. D. Francisco, sino por la extensión...; no sé si me explico...

—Comprendido—indicó Torquemada quedándose á obscuras.

—Quiero decir que la desgracia, la necesidad, la misma bravura con que Fidela y yo luchamos por la vida, ha dado á nuestro cariño ramificaciones...

—Ramificaciones..., justo.

—Y por mucho que usted aguce su entendimiento, Sr. D. Francisco, ya tan agudo, no podrá tener idea de la bondad de mi hermana, de la dulzura de su carácter. ¡Y con qué mansedumbre cristiana se ha sometido á estas duras pruebas de nuestro infortunio! En la edad en que las jóvenes gustan de los placeres del mundo, ella vive resignada y contenta en esta pobreza, en esta obscuridad. Me parte el alma su abnegación, que parece una forma de martirio. Crea usted que si á costa de sufrimientos mayores aún de los que llevo sobre mí pudiera yo poner á mi pobre hermana en otra esfera, lo haría sin vacilar. Su modestia es para esta triste casa el único bien que quizás poseemos hoy; pero es también un sacrificio, consumado en silencio para que resulte más grande y meritorio, y la verdad, quisiera yo compensar de algún modo este sacrificio... Pero... (confusa) no sé lo que digo..., no puedo expresarme. Dispénseme si le doy un poquito de matraca. Mi cabeza es un continuo barajar de ideas. ¡Ay, la desgracia me obliga á discurrir tanto, pero tanto, que yo creo que me crece la cabeza, sí!... Tengo por seguro que con el ejercicio del pensar se desarrolla el cráneo, por la hinchazón de todo el oleaje que hay dentro... (Riendo.) Sí, sí... Y también es indudable que no tenemos derecho á marear á nuestros amigos... Dispénseme, y venga á ver á mi hermano.

Camino del cuarto del ciego Torquemada no abrió el pico, ni nada hubiera podido decir aunque quisiera, porque la elocuencia de la noble señora le fascinaba, y la fascinación le volvía tonto, dispersando sus ideas por espacios desconocidos, é inutilizando para la expresión las poquitas que quedaban.

En la mejor habitación de la casa, un gabinetito con mirador, hallábase Rafael del Águila, figura inmóvil y melancólica que tenía por peana un sillón negro. Hondísima impresión hizo en Torquemada la vista del joven sin vista, y la soberana tristeza de su noble aspecto, la resignación dulce y discreta de aquella imagen, á la cual no era posible acercarse sin cierto respeto religioso.

VI

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Imagen dije, y no me vuelvo atrás; pues con los santos de talla, mártires jóvenes ó Cristos guapos en oración, tenía indudable parentesco de color y líneas. Completaban esta semejanza la absoluta tranquilidad de su postura, la inercia de sus miembros, la barbita de color castaño, rizosa y suave, que parecía más obscura sobre el cutis blanquísimo de nítida cera; la belleza, más que afeminada, dolorida y mortuoria, de sus facciones, y el no ver, el carecer de alma visible, ó sea mirada.

—Ya me han dicho las señoras que...—balbució el visitante, entre asombrado y conmovido.—Pues... digo que es muy sensible que usted perdiera el órgano... ¡Pero quién sabe!... Buenos médicos hay que...

—¡Ah!, señor mío—dijo el ciego con una voz melodiosa y vibrante que estremecía,—le agradezco sus consuelos, que desgraciadamente llegan cuando ya no hay aquí ninguna esperanza que los reciba.

Siguió á esto una pausa, á la cual puso término Fidela entrando con una taza de caldo, que su hermano acostumbraba tomar á aquella hora. Torquemada no había soltado aún la mano del ciego, blanca y fina como mano de mujer, de una pulcritud extremada.

—Todo sea por Dios—dijo el avaro entre un suspiro y un bostezo. Y rebuscando en su mente con verdadera desesperación una frase del caso, tuvo la dicha de encontrar ésta:—En su desgracia, pues..., la suerte le ha desquitado dándole estas dos hermanitas tan buenas que tanto le quieren...

—Es verdad. Nunca es completo el mal, como no es completo el bien—aseguró Rafael volviendo la cara hacia donde le sonaba la voz de su interlocutor.

Cruz enfriaba el caldo, pasándolo de la taza al plato y del plato á la taza. D. Francisco, en tanto, admiraba lo limpio que estaba Rafael, con su americana ó batín de lana clara, pantalón obscuro y zapatillas rojas, admirablemente ajustadas á la medida del pie. El señorito del Águila mereció en su tiempo, que era un tiempo no muy remoto, fama de muchacho guapo, uno de los más guapos de Madrid. Lució por su elegancia y atildada corrección en el vestir, y después de quedarse sin vista, cuando por ley de lógica parecía excusada é inútil toda presunción, sus bondadosas hermanas no querían que dejase de vestirse y acicalarse como en los tiempos en que podía gozar de su hermosura ante el espejo. Era en ellas como un orgullo de familia el tenerle aseado y elegante, y si no hubieran podido darse este gusto entre tantas privaciones, no habrían tenido consuelo. Cruz ó Fidela le peinaban todas las mañanas con tanto esmero como para ir á un baile; le sacaban cuidadosamente la raya, procurando imitar la disposición que él solía dar á sus bonitos cabellos; le arreglaban la barba y bigote. Gozaban ambas en esta operación, conociendo cuán grata era para él la toilette minuciosa, como recuerdo de su alegre mocedad; y al decir ellas «¡qué bien estás!», sentían un goce que se comunicaba á él, y de él á ellas refluía, formando un goce colectivo.

Fidela le lavaba y perfumaba las manos diariamente, cuidándole las uñas con un esmero exquisito, verdadera obra maestra de su paciencia cariñosa. Y para él, en las tinieblas de su vida, era consuelo y alegría sentir la frescura de sus manos. En general, la limpieza le compensaba hasta cierto punto de la obscuridad. ¿El agua sustituyendo á la luz? Ello podría ser un disparate científico; pero Rafael encontraba alguna semejanza entre las propiedades de uno y otro elemento.

Ya he dicho que era el tal una figura delicada y distinguidísima, cara hermosa, manos cinceladas, pies de mujer, de una forma intachable. La idea de que su hermano, por estar ciego y no salir á la calle, tuviese que calzar mal, sublevaba á las dos damas. La pequeñez bonita del pie de Rafael era otro de los orgullos de raza, y antes se quitaran ellas el pan de la boca, antes arrostrarían las privaciones más crueles que consentir en que se desluciera el pie de la familia. Por eso le habían hecho aquellas elegantísimas zapatillas de tafilete, exigiendo al zapatero todos los requisitos del arte. El pobre ciego no veía sus pies tan lindamente calzados; pero se los sentía, y esto les bastaba á ellas, sintiendo al unísono con él en todos los actos de la existencia.

No le ponían camisa limpia diariamente, porque esto no era posible en su miseria; y además no lo necesitaba, pues su ropa permanecía días y semanas en perfecta pulcritud sobre aquel cuerpo santo; pero aun no siendo preciso, le mudaban con esmero..., y cuidado con ponerle siempre la misma corbata. «Hoy te pones la azul de rayas—decía con candorosa seriedad Fidela,—y el anillo de la turquesa.» Él contestaba que sí, y á veces manifestaba una preferencia bondadosa por otra corbata, tal vez porque así creía complacer más á sus hermanas.

El esmerado aseo del infeliz joven no fué la menor admiración de D. Francisco en aquella casa, en la cual no escaseaban los motivos de asombro. Nunca había visto él casa más limpia. En los suelos, alfombrados tan sólo á trozos, se podía comer; en las paredes no se veía ni una mota de suciedad; los metales echaban chispas... ¡Y tal prodigio era realizado por personas que, según expresión de doña Lupe, no tenían más que el cielo y la tierra! ¿Qué milagros harían para mantenerse?... ¿De dónde sacaban el dinero para la compra? ¿Tendrían trampas? ¡Con qué artes maravillosas estirarían la triste peseta, el tristísimo perro grande ó chico! ¡Había que verlo, había que estudiarlo y meterse hasta el cuello en aquella lección soberana de la vida! Todo esto lo pensaba el prestamista, mientras Rafael se tomaba el caldo después de ofrecerle.

—¿Quiere usted, D. Francisco, un poquito de caldo?—le dijo Cruz.

—¡Oh, no! Gracias, señora.

—Mire usted que es bueno... Es lo único bueno de nuestra cocina de pobres...

—Gracias... Se lo estimo...

—Pues vino no podemos ofrecerle. Á éste no le sienta bien, y nosotras no lo gastamos por mil y quinientas razones, de las cuales con que usted comprenda una sola, basta.

—Gracias, señora doña Cruz. Tampoco yo bebo vino más que los domingos y fiestas de guardar.

—¡Vea usted qué cosa tan rara!—dijo el ciego.—Cuando perdí la vista, tomé en aborrecimiento el vino. Podría creerse que el vino y la luz eran hermanos gemelos, y que á un tiempo, por un solo movimiento de escape, huían de mí.

Fáltame decir que Rafael del Águila seguía en edad á su hermana Cruz. Había pasado de los treinta y cinco años; mas la ceguera, que le atacó el 83, y la inmovilidad y tristeza consiguientes parecían haber detenido el curso de la edad, dejándole como embalsamado, con su representación indecisa de treinta años, sin lozanía en el rostro, pero también sin canas ni arrugas, la vida como estancada, suspensa, semejando en cierto modo á la inmovilidad insana y verdosa de aguas sin corriente.

Gustaba el pobre ciego de la amenidad en la conversación. Narraba con gracejo cosas de sus tiempos de vista, y pedía informes de los sucesos corrientes. Algo hablaron aquel día de doña Lupe; pero Torquemada no se interesó poco ni mucho en lo que de su amiga se dijo, porque embargaban su espíritu las confusas ideas y reflexiones sobre aquella casa y sus tres moradores. Habría deseado explicarse con las dos damas, hacerles mil preguntas, sacarles á tirones del cuerpo sus endiablados secretos económicos, que debían de constituir toda una ley, algo así como la Biblia, un código supremo, guía y faro eterno de pobres vergonzantes.

Aunque bien conocía el avaro que se prolongaba más de la cuenta la visita, no sabía cómo cortarla, ni en qué forma desenvainar el pagaré y los dineros, pues esto, sin saber por qué, se le representaba como un acto vituperable, equivalente á sacar un revólver y apuntar con él á las dos señoras del Águila. Nunca había sentido tan vivamente la cortedad del negocio, que esto y no otra cosa era su perplejidad; siempre embistió con ánimo tranquilo y conciencia firme de su derecho á los que por fas ó por nefas necesitaban de su auxilio para salir de apuros. Dos ó tres veces echó mano al bolsillo, y se le vino al pico de la lengua el sacramental introito: «Conque señoras...», y otras tantas la desmayada voluntad no llegó á la ejecución del intento. Era miedo, verdadero temor de faltar al respeto á la infeliz cuanto hidalga familia. La suerte suya fué que Cruz, bien porque conociera su apuro, bien porque deseara verle partir, tomó la iniciativa, diciéndole: «Si á usted le parece, arreglaremos eso.» Volvieron á la sala, y allí se trató del negocio tan brevemente, que ambos parecían querer pasar por él como sobre ascuas. En Cruz era delicadeza; en Torquemada el miedo que había sentido antes, y que se le reprodujo con síntomas graves en el acto de ajustar cuentas pasadas y futuras con las pobrecitas aristócratas. Por su mente pasó como relámpago la idea de perdonar intereses en gracia de la tristísima situación de las tres dignas personas... Pero no fué más que un relámpago, un chispazo, sin intensidad ni duración bastantes para producir explosión en la voluntad... ¡Perdonar intereses! Si no lo había hecho nunca, ni pensó que hacerlo pudiera en ningún caso... Cierto que las señoras del Águila merecían consideraciones excepcionales; pero el abrirles mucho la mano, ¡cuidado!, sentaba un precedente funestísimo.

Con todo, su voluntad volvió á sugerirle en el fondo, allá en el fondo del ser, el perdón de intereses. Aún hubo en la lengua un torpe conato de formular la proposición; pero no conocía él palabra fea ni bonita que tal cosa expresara, ni qué cara se había de poner al decirlo, ni hallaba manera de traer semejante idea desde los espacios obscuros de la primera intención á los claros términos del hecho real. Y para mayor tormento suyo, recordó que doña Lupe le había encargado algo referente á esto. No podía determinar su infiel memoria si la difunta había dicho perdón ó rebaja. Probablemente sería esto último, pues la de los Pavos no era ninguna derrochadora... Ello fué que en su perplejidad no supo el avaro lo que hacía, y la operación de crédito se verificó de un modo maquinal. No hizo Cruz observación alguna; Torquemada tampoco, limitándose á presentar á la señora el pagaré ya extendido para que lo firmase. Ni un gemido exhaló la víctima, ni en su noble faz pudiera observar el más listo novedad alguna. Terminado el acto, pareció aumentar el aturdimiento del prestamista, y despidiéndose grotescamente salió de la casa á tropezones, chocando como pelota en los ángulos del pasillo, metiéndose por una puerta que no era la de salida, enganchándose la americana en el cerrojo y bajando al fin casi á saltos, pues no se fijó en que eran curvas las vueltas de la escalera, y allá iba el hombre por aquellos peldaños abajo como quien rueda por un despeñadero.

VII

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Su confusión y atontamiento no se disiparon, como pensaba, al pisar el suelo firme de la calle; antes bien, éste no le pareció absolutamente seguro. Ni las casas guardaban su nivel, dígase lo que se dijera; tanto que por evitar que alguna se le cayera encima, ¡cuidado!, D. Francisco pasaba frecuentemente de una acera á otra. En el café de Zaragoza, donde tenía una cita con cierto colega para tratar de un embargo; en dos ó tres tiendas que visitó después, en la calle, y por fin en su propia casa, en la cual recaló ya cerca de anochecido, le perseguía una idea molesta y tenaz que sacudió de sí sin conseguir ahuyentarla; y otra vez le atacaba, como el mosquito que en la obscura alcoba desciende del techo con su trompetilla y su aguijón, y cuanto más se le ahuyenta más porfiado el indino, más burlón y sanguinario. La pícara idea concluyó por producirle una desazón indecible, que le impedía comer con el acompasado apetito de costumbre. Era una mala opinión de sí mismo, un voto unánime de todas las potencias de su alma contra su proceder de aquella mañana. Claro que él quería rebatir aquel dictamen con argumentos mil que sacaba de este y el otro rincón de su testa; pero la idea condenatoria podía más, más, y salía siempre triunfante. El hombre se entregaba al fin ante el aterrador aparato de lógica que la enemiga idea desplegaba, y dando un trastazo en la mesa con el mango del tenedor, se echó á su propia cara este apóstrofe: «Porrón de Cristo..., ¡ñales!, mal que te pese, Francisco, confiesa que hoy te has portado como un cochino.»

Abandonó los nada limpios manteles sin probar el postre, que, según rezan las historias, era miel de la Alcarria, y tragado el último buche de agua del Lozoya se fué á su gabinete, mandando á la tarasca, su sirviente, que le llevase la lámpara de petróleo. Paseándose desde la cama al balcón, ó sea desde la mitad de la alcoba al extremo del gabinete; dando tal cual bofetada á la vidriera que ambas piezas separaba y algún mojicón á la cortina para que no le estorbara el paso, se rindió, como he dicho, á la idea vencedora. Porque, lo que él decía, alguna ocasión había de llegar en que fuera indispensable tener un rasgo. Él jamás tuvo ningún rasgo, ni había hecho nunca más que apretar, apretar y apretar. Ya era tiempo de abrir un poco la mano, pues había llegado á reunir, trabajando á pulso, una fortuna que... Vamos, era más rico de lo que él mismo pensaba; poseía casas, tierras, valores del Estado, créditos mil, todos cobrables, dineros colocados con primera hipoteca, dineros prestados á militares y civiles con retención de paga, cuenta corriente en el Banco de España; tenía cuadros de gran mérito, tapices, sin fin de alhajas valiosísimas; era, hablando bien y pronto, un hombre opíparo, vamos al decir, opulento... ¿Qué inconveniente había, pues, en darse un poco de lustre con las señoras del Águila, tan buenas y finas, damas, en una palabra, cual él nunca las había visto? Ya era tiempo de tirar para caballero, con pulso y medida, ¡cuidado!, y de presentarse ante el mundo, no ya como el prestamista sanguijuela, que no va más que á chupar y á chupar, sino como un señor de su posición, que sabe ser generoso cuando le sale de las narices el serlo. ¡Y qué demonio!, todo era cuestión de unas sucias pesetas, y con ellas ó sin ellas él no sería ni más rico ni más pobre. Total, que había sido un puerco, y se privaba de la satisfacción de que aquellas damas le guardaran gratitud y le tuvieran en más de lo que le tenía el común de los deudores... Porque las circunstancias habían cambiado para él con el fabuloso aumento de riqueza: se sentía vagamente ascendido á una categoría social superior; llegaban á su nariz tufos de grandeza y de caballería, quiere decirse, de caballerosidad... Imposible afianzarse en aquel estado superior sin que sus costumbres variaran, y sin dar un poco de mano á todas aquellas artes innobles de la tacañería. ¡Si hasta para el negocio le convenía una miaja de rumbo y liberalidad; hasta para el negocio..., ¡ñales!, porque cuando se marcara más aquella transformación á que abocado se sentía por la fuerza de los hechos, forzoso era que acomodara sus procederes al nuevo estado!... En fin, había que ver cómo se enmendaba el error cometido... Difícil era, ¡re-Cristo!, porque ¿con qué incumbencia se presentaba él nuevamente allá? ¿Qué les iba á decir? Aunque parezca extraño, no encontraba el hombre, con toda su agudeza, términos hábiles para formular el perdón de intereses. Infinitos recursos de palabra poseía para lo contrario; pero del lenguaje de la generosidad no conocía ni de oídas un solo vocablo.

Toda la prima noche se estuvo atormentando con aquellas ideas. Su hija Rufinita y su yerno estuvieron á visitarle, y achacaron su inquietud á motivos enteramente contrarios á los verdaderos. «Á tu papá le han arreado algún timo—decía Quevedito á su esposa, cuando salían para irse al teatro á ver una función de hora.—¡Y que debe de haber sido gordo!»

Rufina, cogida del brazo de su diminuto esposo, y rebozada en su toquilla color de rosa, iba refunfuñando por la calle:

—Es que papá no aprende... Aprieta sin compasión; quiere sacar jugo hasta de las piedras; no perdona, no considera, no siente lástima ni del Sursum Corda, y ¿qué resulta? Que la divina Providencia se descuelga protegiendo á los malos pagadores..., y al pícaro prestamista, estacazo limpio... Papá debiera abrir los ojos; ver que con lo que tiene puede hacer otros papeles en el mundo; subirse á la esfera de los hombres ricos, usar levita inglesa y darse mucha importancia. ¡Vamos que vivir en una casa de corredor, y no tratar más que con gansos, y vestir tan á la pata la llana! Esto no está bien, ni medio bien. Verdad que á nosotros ¿qué nos va ni nos viene? Allá se entienda; pero es mi padre, y me gustaría verle en otra conformidad... Voy á lo que iba: papá estruja demasiado, ahoga al pobre, y... hay Dios en el cielo, que está mirando donde se cometen injusticias para levantar el palo. Claro, ve que mi padre es una fiera para la cobranza, y allá va el garrotazo... Vete á saber lo que habrá pasado hoy: alguno que no paga ni á tiros, y al ir á embargarle se han encontrado con cuatro trastos viejos que no valen ni las diligencias... Ó alguno que ha hecho la gracia de morirse dejando á mi padre colgado; en fin, qué sé yo lo que será... Lo que digo: que á Dios no le hace maldita gracia que papá sea tan atroz, y le dice... «¡eh, cuidado...!»

VIII

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Desde la muerte de su hijo Valentín, de triste memoria, Torquemada se arregló una vivienda en el principal de la casa de corredor que poseía en la calle de San Blas. Juntando los dos cuartitos principales del exterior, le resultó una huronera bastante capaz, con más piezas de las que él necesitaba, todo muy recogido, tortuoso y estrecho, verdadera vivienda celular en la cual se acomodaba muy á gusto, como si en cada uno de aquellos escondrijos sintiera el molde de su cuerpo. Á Rufina le dió casa en otra de su propiedad, pues aunque hija y yerno eran dos pedazos de pan, se encontraba mejor solo que bien acompañado. Había dado Rufinita en la tecla de refitolear los negocios de su padre, de echarle tal cual sermoncillo por su avaricia, y él no admitía bromas de esta clase. Para cortarlas y hacer su santa voluntad sin intrusiones fastidiosas, que cada cual estuviese en su casa, y Dios... ó el diablo en la de todos.

Tres piezas tan sólo de aquel pequeño laberinto servían de vivienda al tacaño, para dormir, para recibir visitas y para comer. Lo demás de la huronera teníalo relleno de muebles, tapices y otras preciosidades adquiridas en almonedas, ó compradas por un grano de anís á deudores apurados. No se desprendía de ningún vargueño, pintura, objeto de talla, abanico, marfil ó tabaquera sin obtener un buen precio, y aunque no era artista, un feliz instinto y la costumbre de manosear obras de arte le daban ciencia infalible para las compras así como para las ventas.

En el ajuar de las habitaciones vivideras se notaba una heterogeneidad chabacana. Á los muebles de la casa matrimonial del tiempo de doña Silvia, habíanse agregado otros mejores, y algunos de ínfimo valor, desmantelados y ridículos. En las alfombras se veían pedazos riquísimos de Santa Bárbara cosidos con fieltros indecentes. Pero lo más particular de la vivienda del gran Torquemada era que, desde la muerte de su hijo, había proscrito toda estampa ó cuadro religioso en sus habitaciones. Acometido en aquella gran desgracia de un feroz escepticismo, no quería ver caras de santos ni Vírgenes, ni aun siquiera la de nuestro Redentor, ya fuese clavado en la cruz, ya arrojando del templo á los mercachifles. Nada, nada..., ¡fuera santos y santas, fuera Cristos, y hasta el mismísimo Padre Eterno, fuera!..., que el que más y el que menos todos le habían engañado como á un chino, y no sería él, ¡ñales!, quien les guardase consideración. Cortó, pues, toda clase de relaciones con el cielo, y cuantas imágenes había en la casa, sin perdonar á la misma Virgencita de la Paloma, tan venerada por doña Silvia, fueron llevadas en un gran canasto á la guardilla, donde ya se las entenderían con las arañas y ratones.

Era tremendo el tal Torquemada en sus fanáticas inquinas religiosas, y con el mismo desdén miraba la fe cristiana que todo aquel fárrago de la Humanidad y del Gran Todo que le había enseñado Bailón. Tan mala persona era el Gran Todo como el otro, el de los curas, fabricante del mundo en siete pasteleros días, y luego... ¿para qué? Se mareaba pensando en el turris-burris de cosas sucedidas desde la creación hasta el día del cataclismo universal y del desquiciamiento de las esferas, que fué el día en que remontó su vuelo el sublime niño Valentín, tan hijo de Dios como de su padre, digan lo que quieran, y de tanto talento como cualquier Gran Todo, ó cualquier Altísimo de por allá. Creía firmemente que su hijo, arrebatado al cielo en espíritu y carne, lo ocupaba de un cabo á otro, ó en toda la extensión del espacio infinito sin fronteras... ¡Cualquiera entendía esto de no acabarse en ninguna parte los terrenos, los aires ó lo que fuesen!... Pero, ¡qué demonio!, sin meterse en medidas, él creía á pies juntillas que ó no había cielo ninguno, ni Cristo que lo fundó, ó todo lo llenaba el alma de aquel niño prodigioso, para quien fué estrecha cárcel la tierra y menguado saber todas las matemáticas que andan por estos mundos.

Bueno. Pues con tales antecedentes se comprenderá que la única imagen que en la casa del prestamista representaba á la Divinidad, era el retrato de Valentinito, una fotografía muy bien ampliada, con marco estupendo, colgado en el testero principal del gabinete, sobre un vargueño, en el cual había candeleros de plata repujada, con velas, pareciéndose mucho á un altar. La carilla del muchacho era muy expresiva. Diríase que hablaba, y su padre, en noches de insomnio, entendíase con él en un lenguaje sin palabras, más bien de signos ó visajes de inteligencia, de cambio de miradas, y de un suspirar hondo á que respondía el retrato con milagrosos guiños y muequecillas. Á veces sentíase acometido el tacaño de una tristeza indefinible, que no podía explicarse, porque sus negocios marchaban como una seda, tristeza que le salía del fondo de toda aquella cosa interior que no es nada del cuerpo; y no se le aliviaba sino comunicándose con el retrato por medio de una contemplación lenta y muda, una especie de éxtasis, en que se quedaba el hombre como lelo, abiertos los ojos y sin ganas de moverse de allí, sintiendo que el tiempo pasaba con extraordinaria parsimonia, los minutos como horas y éstas como días bien largos. Excitado algunas veces por contrariedades ó cuestiones con sus víctimas, se tranquilizaba haciendo la limpieza total y minuciosa del cuadro, pasándole respetuosamente un pañuelo de seda que para el caso tenía y á ningún otro uso se destinaba; colocando con simetría los candeleritos, los libros de matemáticas que había usado el niño, y que allí eran como misales, un carretoncillo y una oveja que disfrutó en su primera infancia; encendiendo todas las luces y despabilándolas con exquisito cuidado, y tendiendo sobre el vargueño, para que fuese digno mantel de tal mesa, un primoroso pañuelo grande bordado por doña Silvia. Todo esto lo hacía Torquemada con cierta gravedad, y una noche llegó á figurarse que aquello era como decir misa, pues se sorprendió con movimientos pausados de las manos y de la cabeza que tiraban á algo sacerdotal.

Siempre que le acometía el insomnio rebelde se vestía y calzaba, y encendido el altar se metía en pláticas con el chico, haciéndole garatusas, recordando con fiel memoria su voz y sus dichos, y ensalzando con una especie de hosanna inarticulado..., ¿qué dirán ustedes?, las matemáticas, las santísimas matemáticas, ciencia suprema y única religión verdad en los mundos habidos y por haber.

Dicho se está que aquella noche, por lo muy excitado que estaba el hombre, fué noche de gran solemnidad en tan singulares ritos. Sintiéndose incapaz de dormir, ni siquiera pensó en acostarse. La tarasca le dejó solo. Encendidas las velas apagó la lámpara de petróleo, llevándola á la sala próxima para que el tufo no le apestara, y entregóse á su culto. El recuerdo de las señoras del Águila, y el vigor con que su conciencia le afeaba la conducta observada con ellas, mezcláronse á otras visiones y sentimientos, formando un conjunto extraño. Las matemáticas, la ciencia de la cantidad, los sacros números, embargaban su espíritu. Caldeado el cerebro, creyó oir cantos lejanos sumando cantidades con música y todo... Era un coro angélico. El rostro de Valentinico resplandecía de júbilo. El padre le dijo: «Cantan, cantan bien... ¿Quiénes son esos?»

En su interior sentía el retumbar de una gran verdad proferida como un cañonazo, á saber: que las matemáticas son el Gran Todo, y los números los espíritus, que mirados desde abajo... son las estrellas... Y Valentinico tenía en su ser todas las estrellas, y por consiguiente, todito el espíritu que anda por allá y por acá. Ya cerca de la madrugada rindióse D. Francisco al cansancio, y se sentó frente al vargueño, apoyando la cabeza en el ruedo de sus brazos, y éstos en el respaldo de la silla. Las luces se estiraban y enrojecían lamiendo el pábilo negro; la cera chorreaba, con penetrante olor de iglesia. El prestamista se aletargó, ó se despabiló, pues ambos verbos, con ser contrarios, podían aplicarse al estado singular de sus nervios y de su cabeza. Valentín no decía nada, triste y mañoso como los niños á quienes no se ha hecho el gusto en algo que vivamente apetecen. Ni habría podido decir D. Francisco si le miraba realmente, ó si le veía en los nimbos nebulosos de aquel sueñecillo que en la silla descabezaba. Lo indudable es que hijo y padre se hablaron; al menos puede asegurarse como de absoluta realidad que D. Francisco pronunció estas ó parecidas palabras: «Pero si no supe lo que hacía hijo de mi alma. No es culpa mía si no sé tocar esa cuerda del perdón..., y si la toco no me suena, cree que no me suena.»

—Pues... lo que digo—debió de expresar la imagen de Valentín,—fuiste un grandísimo puerco... Corre allá mañana y devuélveles á toca teja los arrastrados intereses.

Levantóse bruscamente Torquemada, y despabilando las luces, se decía: «Lo haremos; es menester hacerlo... ¡Devolución..., caballerosidad..., rasgo! ¿Pero cómo se compone uno para el rasgo? ¿Qué se dice? ¿De qué manera y con qué retóricas hay que arrancarse? Diréles, ¡ñales!, que fué una equivocación..., que me distraje..., ¡ea!, que me daba vergüenza de ser rumboso..., la verdad, la verdad por delante..., que no acertaba con el vocablo..., por ser la primera vez que...»

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0+
Дата выхода на Литрес:
21 января 2025
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210 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
4057664128706
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Bookwire
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