Читать книгу: «Maestros de la Poesia - César Vallejo»

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El Autor

César Abraham Vallejo Mendoza fue un poeta y escritor peruano. Es considerado uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y el máximo exponente de las letras en su país. Es, en opinión del crítico Thomas Merton, «el más grande poeta católico desde Dante, y por católico entiendo universal» y según Martin Seymour-Smith, «el más grande poeta del siglo XX en todos los idiomas».

Publicó en Lima sus dos primeros poemarios: Los heraldos negros (1918), con poesías que si bien en el aspecto formal son todavía de filiación modernista, constituyen a la vez el comienzo de la búsqueda de una diferenciación expresiva; y Trilce (1922), obra que significa ya la creación de un lenguaje poético muy personal, coincidiendo con la irrupción del vanguardismo a nivel mundial. En 1923 dio a la prensa su primera obra narrativa: Escalas, colección de estampas y relatos, algunos ya vanguardistas. Ese mismo año partió hacia Europa, para no volver más a su patria. Hasta su muerte residió en París, con algunas breves estancias en Madrid y en otras ciudades europeas en las que estuvo de paso. Vivió del periodismo complementado con trabajos de traducción y docencia.

En la última etapa de su vida no publicó libros de poesía, aunque escribió una serie de poemas que aparecerían póstumamente. Sacó en cambio, libros en prosa: la novela proletaria o indigenista El tungsteno (Madrid, 1931) y el libro de crónicas Rusia en 1931 (Madrid, 1931). Por entonces escribió también su cuento más famoso, Paco Yunque, que saldría a luz años después de su muerte. Sus poemas póstumos fueron agrupados en dos poemarios: Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, publicados en 1939 gracias al empeño de su viuda, Georgette Vallejo. La poesía reunida en estos últimos volúmenes es de corte social, con esporádicos temas de posición ideológica y profundamente humanos. Para muchos críticos, los Poemas humanos constituyen lo mejor de su producción poética, que lo han hecho merecedor del calificativo de «poeta universal».

El poeta César Vallejo, en Madrid1

Alguna vez escribiré un libro titulado Jefe de andenes, para acusar recibo de todos los grandes, pequeños y medianos hombres que vienen a “L’Espagne”. En estos días, dos poetas: después de Vicente Huidobro, que quedó reseñado en nuestro Heraldo, César Vallejo, peruano de raza, pasado por París.

Tenía viva curiosidad por conocer a este César Vallejo. “Ciap” ha lanzado hace poco una reedición de Trilce, su libro de poemas, que era ya famoso en los nuevos decamerones.

Y he aquí que se produce el milagro kilométrico, porque el viaje de un poeta siempre tiene mucho de milagro y anuncian en las ciudades los cambios de temperatura, por consonancia con la literatura. ¡Conmovedor!

Ha llegado el indefinible Vallejo. Yo recuerdo unas palabras del nuevo libertador de América, Carlos Mariátegui, que nos explicaba cómo el ultraísmo, el creacionismo, el superrealismo y todos los “ismos” son elementos anteriores en él, dentro del panorama de su sueño; elementos, en suma, que no permiten catalogarle tampoco en ninguna escuela. Así lo creo yo también. Asombra su autoctonismo y los lejanísimos mares, las remotas palabras que le sirven a este hombre desinteresado de partidos politicoliterarios para construir su poema con el mismo sentido personal y directo que las flores producen su olor. César Vallejo aprisiona en Trilce la precisión como principal elemento poético. Sus versos me dieron, cuando lo conocí, la impresión de una angustia sin la cual no concibo al verdadero poeta. Su desgarramiento por lograr la verdad -su verdad- me pareció terrible.

A otra cosa y otra cosa: la gracia de su cultura. Desde la primera poesía comprendí que no era el montañés peruano que me querían presentar algunos, creyendo favorecerle con la simulación de un poeta adánico, cazado en lazo de auroras en la serranía donde él comía soles, ignorando que sus zapatos eran de charol. No, no ¡No! Yo veía en él las conchas de la experiencia, la cultura del sufrimiento, la fosfatina poética convertida en la mermelada del hombre de los grandes hoteles de la tierra, que sabe que la luna no tiene nada que ver con la Luna de Montparnasse. Un hombre, en fin, que sabía pelar la naranja de sus versos sin poner los dedos en ella.

He aquí que ahora, traído por el gran Pablo Abril de Vivero, el fundador de Bolívar, el excelente escritor, a cuya labor americana en España se debe mucho más de lo que se aprecia, que tengo frente a mí a César Vallejo. ¿Cómo es César Vallejo?

Duros y picudos soles le han acuchillado el rostro hasta dejarlo así: finamente racial, como el de un caballerito criollo de Virrey nato, que con espuela de plata fuera capaz de hacer correr al caballo de Juanita y espantarle el Rívoli. Mazos de pensamiento sacaron su frente y hundieron sus ojos, a los que la noche daba el kool de quienes suspiran más hacia dentro que los demás. Este hombre, muy moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo, cuya risa tortura en cicatrices el rostro, habla con la misma precisión que escribe, y no os espantará demasiado si os juro que en el café se quita el abrigo y lo duerme en la percha.

—César Vallejo, ¿a qué viene usted?

—Pues a tomar café.

—¿Cómo empezó a tomar café en su vida?

—Publiqué mi primer libro en Lima. Una recopilación de poemas: Heraldos Negros. Fue el año 1918.

—¿Qué cosas interesantes sucedían en Lima en ese año?

—No sé… Yo publicaba mi libro…, por aquí se terminaba la guerra… No sé.

—¿Qué tipo de poesía hizo usted en sus Heraldos Negros?

—Podría llamarse poesía modernista. Encajaban, sí, en un modernismo español, en un sentido tradicional con lógicas incrustaciones de americanismos.

—¿Recuerda usted…?

Es Abril quien la recuerda:

Qué estará haciendo ahora mi andina y dulce Rita,

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre,

como flojo coñac, dentro de mí.

Lo ha recitado César Vallejo mal, muy mal; pero no tan mal que yo no aprecie las excelencias de esta estrofa, que revela -y más si se la mira con el sentido histórico de su fecha- un auténtico poeta. En ella veo, por lo pronto…

—Veo por de pronto, amigo Vallejo, algo importantísimo en un poeta y sin cuya condición no me interesan ni los poetas ni los prosistas ni las locomotoras; la precisa adjetivación: “flojo coñac”.

—La precisión -dice Vallejo- me interesa hasta la obsesión. Si usted me preguntara cuál es mi mayor aspiración en estos momentos, no podría decirle más que esto: la eliminación de toda palabra de existencia accesoria, la expresión pura, que hoy mejor que nunca habría que buscarla en los sustantivos y en los verbos… ¡ya que no se puede renunciar a las palabras!…

—En Trilce, por ejemplo, ¿puede citarme algún verso así?

—Vallejo busca en su libro que yo he traído al café, y elige lo siguiente:

La creada voz rebelase y no quiere

ser malla, ni amor.

Los novios sean novios en eternidad.

Pues no deis 1, que resonará al infinito.

Y no deis 0, que callará tanto,

hasta despertar y poner en pie al 1.

—Muy bien. ¿Quiere usted decirme por qué se llama su libro Trilce? ¿Qué quiere decir Trilce?

—Ah, pues Trilce no quiere decir nada. No encontraba, en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título, y entonces la inventé: Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no pensé más: Trilce.

—¿Cuándo llega usted a Europa, a París, Vallejo?

—En 1923, con Trilce publicado el año anterior.

—¿Usted no conocía a los modernos poetas franceses?

—Ni a uno. El ambiente de Lima era otro. Había alguna curiosidad; pero concretamente yo no me había enterado de muchas cosas.

—¿Cómo pudo usted hacer ese libro entonces, ese libro que, incluso como poesía verbalista, pregona conocimientos de toda clase?

—Me di en él sin salto desde los Heraldos Negros. Conocía bien los clásicos castellanos… Pero creo, honradamente, que el poeta tiene un sentido histórico del idioma, que a tientas busca con justeza su expresión.

—¿Qué gente conocía usted en París?

—Poca. Desde luego no busqué escritores. Después encontré a un chileno, Vicente Huidobro, y a un español, Juan Larrea.

(Séame aquí permitido recordar a Juan Larrea, poco o nada conocido de nadie. Gran poeta nuevo. Le conocí en el Archivo Histórico Nacional, donde era archivero. Un día se despidió, abandonó la carrera y dijo que iba a hacer poesía pura a París. Dos o tres años. Se fue a París, diciendo que se iba a hacer poesía pura, y se metió en un pueblo peruano, donde, naturalmente, no se le había perdido nada. Dos años de soledad, de aislamiento. Nunca quiso publicar sus versos. Un día se cansará definitivamente, y diciendo que se va a hacer poesía pura, llegará al limbo de los buenos poetas, donde ángeles desplumados tocan violines de sueño. ¡Gran Larrea!)

—Para terminar, amigo Vallejo, ¿obras inéditas?

—Un drama escénico: Marnpar. Un nuevo libro de poesía.

—¿Qué título?

—Pues… Instituto Central del Trabajo.

Selección de poemas
Absoluta

Color de ropa antigua. Un julio a sombra,

y un agosto recién segado. Y una

mano de agua que injertó en el pino

resinoso de un tedio malas frutas.

Ahora que has anclado, oscura ropa,

tornas rociada de un suntuoso olor

a tiempo, a abreviación... Y he cantado

el proclive festín que se volcó.

Mas ¿no puedes, Señor, contra la muerte,

contra el límite, contra lo que acaba?

¡Ay, la llaga en color de ropa antigua,

cómo se entreabre y huele a miel quemada!

¡Oh unidad excelsa! ¡Oh lo que es uno

por todos!

¡Amor contra el espacio y contra el tiempo!

Un latido único de corazón;

un solo ritmo: ¡Dios!

Y al encogerse de hombros los linderos

en un bronco desdén irreductible,

hay un riego de sierpes

en la doncella plenitud del 1.

¡Una arruga, una sombra!

Altura y pelos

¿Quién no tiene su vestido azul?

¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,

con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?

¡Yo que tan sólo he nacido!

¡Yo que tan sólo he nacido!

¿Quién no escribe una carta?

¿Quién no habla de un asunto muy importante,

muriendo de costumbre y llorando de oído?

¡Yo que solamente he nacido!

¡Yo que solamente he nacido!

¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?

¿Quién al gato no dice gato gato?

¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!

¡Ay! ¡yo que sólo he nacido solamente!

Amor prohibido

Subes centelleante de labios y de ojeras!

Por tus venas subo, como un can herido

que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!

Mi beso en la punta chispeante del cuerno

del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa

¡puro en su blasfemia!

¡el corazón que engendra al cerebro!

que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.

¡Platónico estambre

que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?

¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!

... Y saber que donde no hay un Padrenuestro,

el Amor es un Cristo pecador!

Ausente

Ausente! La mañana en que me vaya

más lejos de lo lejos, al Misterio,

como siguiendo inevitable raya,

tus pies resbalarán al cementerio.

Ausente! La mañana en que a la playa

del mar de sombra y del callado imperio,

como un pájaro lúgubre me vaya,

será el blanco panteón tu cautiverio.

Se habrá hecho de noche en tus miradas;

y sufrirás, y tomarás entonces

penitentes blancuras laceradas.

Ausente! Y en tus propios sufrimientos

ha de cruzar entre un llorar de bronces

una jauría de remordimientos!

Avestruz

Melancolía, saca tu dulce pico ya;

no cebes tus ayunos en mis trigos de luz.

Melancolía, basta! Cuál beben tus puñales

la sangre que extrajera mi sanguijuela azul!

No acabes el maná de mujer que ha bajado;

yo quiero que de él nazca mañana alguna cruz,

mañana que no tenga yo a quién volver los ojos,

cuando abra su gran O de burla el ataúd.

Mi corazón es tiesto regado de amargura;

hay otros viejos pájaros que pastan dentro de él...

Melancolía, deja de secarme la vida,

y desnuda tu labio de mujer...!

Bordas de hielo

Vengo a verte pasar todos los días,

vaporcito encantado siempre lejos...

Tus ojos son dos rubios capitanes;

tu labio es un brevísimo pañuelo

rojo que ondea ¡en un adiós de sangre!

Vengo a verte pasar; hasta que un día,

embriagada de tiempo y de crueldad,

vaporcito encantado siempre lejos,

la estrella de la tarde partirá!

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos

de mujer que pasó!

Tus fríos capitanes darán orden;

y quien habrá partido seré yo...

Capitulación

Anoche, unos abriles granas capitularon

ante mis mayos desarmados de juventud;

los marfiles histéricos de su beso me hallaron

muerto; y en un suspiro de amor los enjaulé.

Espiga extraña, dócil. Sus ojos me asediaron

una tarde amaranto que dije un canto a sus

cantos; y anoche, en medio de los brindis, me hablaron

las dos lenguas de sus senos abrasadas de sed.

Pobre trigueña aquella; pobres sus armas; pobres

sus velas cremas que iban al tope en las salobres

espumas de un mar muerto. Vencedora y vencida,

se quedó pensativa y ojerosa y granate.

Yo me partí de aurora. Y desde aquel combate,

de noche entran dos sierpes esclavas a mi vida.

Comunión

Linda Regia! Tus venas son fermentos

de mi no ser antiguo y del champaña

negro de mi vivir!

tu cabello es la ignota raicilla

del árbol de mi vid.

tu cabello es la hilacha de una mitra

de ensueño que perdí!

Tu cuerpo es la espumante escaramuza

de un rosado Jordán;

y ondea, como un látigo beatífico

que humillara a la víbora del mal!

Tus brazos dan la sed de lo infinito,

con sus castas hespérides de luz,

cual dos blancos caminos redentores,

dos arranques murientes de una cruz.

Y están plasmados en la sangre invicta

de mi imposible azul!

Tus pies son dos heráldicas alondras

que eternamente llegan de mi ayer!

Linda Regia! Tus pies son las dos lágrimas

que al bajar del Espíritu ahogué,

un Domingo de Ramos que entré al Mundo,

ya lejos para siempre de Belén!

Considerando en frío, imparcialmente...

Considerando en frío, imparcialmente,

que el hombre es triste, tose y, sin embargo,

se complace en su pecho colorado;

que lo único que hace es componerse

de días;

que es lóbrego mamífero y se peina...

Considerando

que el hombre procede suavemente del trabajo

y repercute jefe, suena subordinado;

que el diagrama del tiempo

es constante diorama en sus medallas

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,

desde lejanos tiempos,

su fórmula famélica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo

que el hombre se queda, a veces, pensando,

como queriendo llorar,

y, sujeto a tenderse como objeto,

se hace buen carpintero, suda, mata

y luego canta, almuerza, se abotona...

Considerando también

que el hombre es en verdad un animal

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...

Examinando, en fin,

sus encontradas piezas, su retrete,

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

Comprendiendo

que él sabe que le quiero,

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

Considerando sus documentos generales

y mirando con lentes aquel certificado

que prueba que nació muy pequeñito...

le hago una seña,

viene,

y le doy un abrazo, emocionado.

¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...

¡Cuídate, España, de tu propia España!

¡Cuídate, España, de tu propia España!

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,

cuídate del martillo sin la hoz!

¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,

del verdugo a pesar suyo

y del indiferente a pesar suyo!

¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,

negárate tres veces,

y del que te negó, después, tres veces!

¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,

y de las tibias sin las calaveras!

¡Cuídate de los nuevos poderosos!

¡Cuídate del que come tus cadáveres,

del que devora muertos a tus vivos!

¡Cuídate del leal ciento por ciento!

¡Cuídate del cielo más acá del aire

y cuídate del aire más allá del cielo!

¡Cuídate de los que te aman!

¡Cuídate de tus héroes!

¡Cuídate de tus muertos!

¡Cuídate de la República!

¡Cuídate del futuro!...

Deshojación sagrada

Luna! Corona de una testa inmensa,

que te vas deshojando en sombras gualdas!

Roja corona de un Jesús que piensa

trágicamente dulce de esmeraldas!

Luna! Alocado corazón celeste

¿por qué bogas así, dentro la copa

llena de vino azul, hacia el oeste,

cual derrotada y dolorida popa?

Luna! Y a fuerza de volar en vano,

te holocaustas en ópalos dispersos:

tú eres talvez mi corazón gitano

que vaga en el azul llorando versos!...

Deshora

Pureza amada, que mis ojos nunca

llegaron a gozar. ¡Pureza absurda!

Yo sé que estabas en la carne un día,

cuando yo hilaba aún mi embrión de vida.

Pureza en falda neutra de colegio;

y leche azul dentro del trigo tierno

a la tarde de lluvia, cuando el alma

ha roto su puñal en retirada,

cuando ha cuajado en no sé qué probeta

sin contenido una insolente piedra,

cuando hay gente contenta; y cuando lloran

párpados ciegos en purpúreas bordas.

Oh, pureza que nunca ni un recado

me dejaste, al partir el triste barro,

ni una migaja de tu voz; ni un nervio

de tu convite heroico de luceros.

Alejaos de mí, buenas maldades,

dulces bocas picantes...

Yo la recuerdo al veros ¡oh mujeres!

Pues de la vida, en la perenne tarde,

nació muy poco ¡pero mucho muere!

Desnudo en barro

Como horribles batracios a la atmósfera,

suben visajes lúgubres al labio.

Por el Sahara azul de la Sustancia

camina un verso gris, un dromedario.

Fosforece un mohín de sueños crueles.

Y el ciego que murió lleno de voces

de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,

al crudísimo día de ser hombre.

Las Horas van febriles, y en los ángulos

abortan rubios siglos de ventura.

¡Quién tira tanto el hilo: quién descuelga

sin piedad nuestros nervios,

cordeles ya gastados, a la tumba!

¡Amor! Y tú también. Pedradas negras

se engendran en tu máscara y la rompen.

¡La tumba es todavía

un sexo de mujer que atrae al hombre!

El poeta a su amada

Amada, en esta noche tú te has crucificado

sobre los dos maderos curvados de mi beso;

y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,

y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,

la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.

En esta noche de setiembre se ha oficiado

mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;

se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;

y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;

ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura

los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

En el rincón aquel, donde dormimos juntos...

En el rincón aquel, donde dormimos juntos

tantas noches, ahora me he sentado

a caminar. La cuja de los novios difuntos

fue sacada, o talvez que habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos

y ya no estás. Es el rincón

donde a tu lado, leí una noche,

entre tus tiernos puntos

un cuento de Daudet. Es el rincón

amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días

de verano idos, tu entrar y salir,

poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,

ya lejos de ambos dos, salto de pronto...

Son dos puertas abriéndose cerrándose,

dos puertas que al viento van y vienen

sombra a sombra.

Espergesia

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,

que soy malo; y no saben

del diciembre de ese enero.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío

en mi aire metafísico

que nadie ha de palpar:

el claustro de un silencio

que habló a flor de fuego.

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...

Bueno. Y que no me vaya

sin llevar diciembres,

sin dejar eneros.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,

que mastico... y no saben

por qué en mi verso chirrían,

oscuro sinsabor de ferétro,

luyidos vientos

desenroscados de la Esfinge

preguntona del Desierto.

Todos saben... Y no saben

que la Luz es tísica,

y la Sombra gorda...

Y no saben que el misterio sintetiza...

que él es la joroba

musical y triste que a distancia denuncia

el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo,

grave.

Fresco

Llegué a confundirme con ella,

tanto...! Por sus recodos

espirituales, yo me iba

jugando entre tiernos fresales,

entre sus griegas manos matinales.

Ella me acomodaba después os lazos negros

y bohemios de la corbata. y yo

volvía a ver la piedra

absorta, desairados los bancos, y el reloj

que nos iba envolviendo en su carrete,

al dar su inacabable milinete.

Buenas noches aquellas,

que hoy la dan por reír

de mi extraño morir,

de mi modo de andar meditabundo.

Alfeñiques de oro,

joyas de azúcar

que al fin se quiebran en

el mortero de losa de este mundo.

Pero para las lágrimas de amor,

los luceros son lindos pañuelitos

lilas,

naranjos,

verdes,

que empapa el corazón.

Y si hay ya mucha hiel en esas sedas,

hay un cariño que no nace nunca,

que nunca muere,

vuela otro gran pañuelo apocalíptico,

la mano azul, inédita de Dios!

He encontrado a una niña...

He encontrado a una niña

en la calle, y me ha abrazado.

Equis, disertada, quien la halló y la halle,

no la va a recordar.

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle

el talle, mis manos han entrado en su edad

como en par de mal revocados sepulcros.

Y por la misma desolación marchóse,

delta al sol tenebloso,

trina entre los dos.

«Me he casado»,

me dice. Cuando lo que hicimos de niños

en casa de la tía difunta.

Se ha casado.

Se ha casado.

Tardes años latitudinales,

qué verdaderas ganas nos ha dado

de jugar a los toros, a las yuntas,

pero todo de engaños, de candor, como fue.

Heces

Esta tarde llueve, como nunca; y no

tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?

Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo

las cavernas crueles de mi ingratitud;

mi bloque de hielo sobre su amapola,

más fuerte que su "No seas así!"

Mis violentas flores negras; y la bárbara

y enorme pedrada; y el trecho glacial.

Y pondrá el silencio de su dignidad

con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy

con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,

toman un poquito de ti

en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no

tengo ganas de vivir, corazón!

Hoy me gusta la vida mucho menos...

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve

con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada

y en estos momentáneos pantalones yo me digo:

¡Tanta vida y jamás!

¡Tantos años y siempre mis semanas!...

Mis padres enterrados con su piedra

y su triste estirón que no ha acabado;

de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,

y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente

pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café

y viendo los castaños frondosos de París

y diciendo:

Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla...

Y repitiendo:

¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!

¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije

todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.

Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado

y está bien y está mal haber mirado

de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,

porque, como iba diciendo y lo repito,

¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,

y siempre, mucho tiempo, siempre, siempre!

Idilio muerto

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir;

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!".

Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

Intensidad y altura

Quiero escribir, pero me sale espuma,

Quiero decir muchísimo y me atollo;

No hay cifra hablada que no sea suma,

No hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;

Quiero laurearme, pero me encebollo.

No hay toz hablada, que no llegue a bruma,

No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,

Carne de llanto, fruta de gemido,

Nuestra alma melancólica en conserva.

Vámonos! Vámonos! Estoy herido;

Vámonos a beber lo ya bebido,

Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.

La copa negra

La noche es una copa de mal. Un silbo agudo

del guardia la atraviesa, cual vibrante alfiler.

Oye, tú, mujerzuela, ¿cómo, si ya te fuiste,

la onda aún es negra y me hace aún arder?

La tierra tiene bordes de féretro en la sombra.

Oye, tú, mujerzuela, no vayas a volver.

Mi carne nada, nada

en la copa de sombra que me hace aún doler;

mi carne nada en ella

como en un pantanoso corazón de mujer.

Ascua astral... He sentido

secos roces de arcilla

sobre mi loto diáfano caer.

¡Ah, mujer! Por ti existe

la carne hecha de instinto. ¡Ah, mujer!

Por eso ¡oh negro cáliz! aun cuando ya te fuiste,

me ahogo con el polvo

¡y piafan en mis carnes más ganas de beber!

Líneas

Cada cinta de fuego

que, en busca del Amor,

arrojo y vibra en rosas lamentables,

me da a luz el sepelio de una víspera.

Yo no sé si el redoble en que lo busco,

será jadear de roca,

o perenne nacer de corazón.

Hay tendida hacia el fondo de los seres,

un eje ultranervioso, honda plomada.

¡La hebra del destino!

Amor desviará tal ley de vida,

hacia la voz del Hombre;

y nos dará la libertad suprema

en transubstanciación azul, virtuosa,

contra lo ciego y lo fatal.

¡Que en cada cifra lata,

recluso en albas frágiles,

el Jesús aún mejor de otra gran Yema!

Y después... La otra línea...

Un Bautista que aguaita, aguaita, aguaita...

Y, cabalgando en intangible curva,

un pie bañado en púrpura.

Los dados eternos

Para Manuel González Prada,

esta emoción bravía y selecta,

una de las que, con más entusiasmo,

me ha aplaudido el gran maestro.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;

me pesa haber tomado de tu pan;

pero este pobre barro pensativo

no es costra fermentada en tu costado:

¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,

hoy supieras ser Dios;

pero tú, que estuviste siempre bien,

no sientes nada de tu creación.

¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,

como en un condenado,

Dios mío, prenderás todas tus velas,

y jugaremos con el viejo dado.

Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte

del universo todo,

surgirán las ojeras de la Muerte,

como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, obscura,

ya no podrás jugar, porque la Tierra

es un dado roído y ya redondo

a fuerza de rodar a la aventura,

que no puede parar sino en un hueco,

en el hueco de inmensa sepultura.

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Los pasos lejanos

Mi padre duerme. Su semblante augusto

figura un apacible corazón;

está ahora tan dulce...;

si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;

y no hay noticias de los hijos hoy.

Mi padre se despierta, ausculta

la huída a Egipto, el restañante adiós.

Está ahora tan cerca;

si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,

saboreando un sabor ya sin sabor.

Está ahora tan suave,

tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,

sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde,

y que baja y que cruje,

son dos viejos caminos blancos, curvos.

Por ellos va mi corazón a pie.

Masa

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:

"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: "¡Quédate hermano!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar...

Medialuz

He soñado una fuga. Y he soñado

tus encajes dispersos en la alcoba.

A lo largo de un muelle, alguna madre;

y sus quince años dando el seno a una hora.

He soñado una fuga. Un "para siempre"

suspirado en la escala de una proa;

he soñado una madre;

unas frescas matitas de verdura,

y el ajuar constelado de una aurora.

A lo largo de un muelle...

Y a lo largo de un cuello que se ahoga!

Mentira

Mentira. Si lo hacía de engaños,

y nada más. Ya está. De otro modo,

también tú vas a ver

cuánto va a dolerme el haber sido así.

Mentira. Calla.

Ya está bien.

Como otras veces tú me haces esto mismo,

pero yo también he sido así.

A mí, que había tanto atisbado si de veras

llorabas,

ya que otras veces sólo te quedaste

en tus dulces pucheros,

a mí, que ni soñé que los creyeses,

me ganaron tus lágrimas.

Ya está.

Mas ya lo sabes: todo fue mentira.

Y si sigues llorando, bueno, pues!

Otra vez ni he de verte cuando juegues.

Nervazón de angustia

Dulce hebrea, desclava mi tránsito de arcilla;

desclava mi tensión nerviosa y mi dolor...

Desclava, amada eterna, mi largo afán y los

dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor!

Regreso del desierto donde he caído mucho;

retira la cicuta y obséquiame tus vinos:

espanta con un llanto de amor a mis sicarios,

cuyos gestos son férreas cegueras de Longinos!

Desclávame mis clavos ¡oh nueva madre mía!

¡Sinfonía de olivos, escancia tu llorar!

Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta,

cuál cede la amenaza, y la alondra se va!

Pasas... vuelves... Tus lutos trenzan mi gran cilicio

con gotas de curare, filos de humanidad,

la dignidad roquera que hay en tu castidad,

y el judithesco azogue de tu miel interior.

Son las ocho de una mañana en crema brujo...

Hay frío... Un perro pasa royendo el hueso de otro

perro que se fue... Y empieza a llorar en mis nervios

un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática

un dionisíaco hastío de café...!

Nochebuena

Al callar la orquesta, pasean veladas

sombras femeninas bajo los ramajes,

por cuya hojarasca se filtran heladas

quimeras de luna, pálidos celajes.

Hay labios que lloran arias olvidadas,

grandes lirios fingen los ebúrneos trajes.

Charlas y sonrisas en locas bandadas

perfuman de seda los rudos boscajes.

Espero que ría la luz de tu vuelta;

y en la epifanía de tu forma esbelta,

cantará la fiesta en oro mayor.

Balarán mis versos en tu predio entonces,

canturreando en todos sus místicos bronces

que ha nacido el niño-Jesús de tu amor.

Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas...

Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas

de memoria, gravísimo cetáceo;

oye a la túnica en que estás dormido,

oye a tu desnudez, dueña del sueño.

Relátate agarrándote

de la cola del fuego y a los cuernos

en que acaba la crin su atroz carrera;

rómpete, pero en círculos;

fórmate, pero en columnas combas;

descríbete atmosférico, sér de humo,

a paso redoblado de esqueleto.

¿La muerte? ¡Opónle todo su vestido!

¿La vida? ¡Opónle parte de tu muerte!

Bestia dichosa, piensa;

dios desgraciado, quítate la frente.

Luego, hablaremos.

Nómina de huesos

Se pedía a grandes voces:

-Que muestre las dos manos a la vez.

Y esto no fue posible.

-Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos.

Y esto no fue posible.

-Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero

permanece inútil.

Y esto no fue posible.

-Que haga una locura.

Y esto no fue posible.

-Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una

muchedumbre de hombres como él.

Y esto no fue posible.

-Que le comparen consigo mismo.

Y esto no fue posible.

-Que le llamen, en fin, por su nombre.

Y esto no fue posible.

Para el alma imposible de mi amada

Amada: no has querido plasmarte jamás

como lo ha pensado mi divino amor.

Quédate en la hostia,

ciega e impalpable,

como existe Dios.

Si he cantado mucho, he llorado más

por ti ¡oh mi parábola excelsa de amor!

Quédate en el seso,

y en el mito inmenso

de mi corazón!

Es la fe, la fragua donde yo quemé

el terroso hierro de tanta mujer;

y en un yunque impío te quise pulir.

Quédate en la eterna

nebulosa, ahí,

en la multicencia de un dulce no ser.

Y si no has querido plasmarte jamás

en mi metafísica emoción de amor,

deja que me azote,

como un pecador.

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos...

Piensan los viejos asnos

Ahora vestiríame

de músico por verle,

chocaría con su alma, sobándole el destino con mi mano,

le dejaría tranquilo, ya que es un alma a pausas,

en fin, le dejaría

posiblemente muerto sobre su cuerpo muerto.

Podría hoy dilatarse en este frío,

podría toser; le vi bostezar, duplicándose en mi oído

su aciago movimiento muscular.

Tal me refiero a un hombre, a su placa positiva

y, ¿por qué no? a su boldo ejecutante,

aquel horrible filamento lujoso;

a su bastón con puño de plata con perrito,

y a los niños

que él dijo eran sus fúnebres cuñados.

Por eso vestiríame hoy de músico,

chocaría con su alma que quedóse mirando a mi materia...

¡Mas ya nunca veréle afeitándose al pie de su mañana;

ya nunca, ya jamás, ya para qué!

¡Hay que ver! ¡qué cosa cosa!

¡qué jamás de jamases su jamás!

Pienso en tu sexo...

Pienso en tu sexo.

Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,

ante el hijar maduro del día.

Palpo el botón de dicha, está en sazón.

Y muere un sentimiento antiguo

degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico

y armonioso que el vientre de la sombra,

aunque la muerte concibe y pare

de Dios mismo.

Oh Conciencia,

pienso, si, en el bruto libre

que goza donde quiere, donde puede.

Oh escándalo de miel de los crepúsculos.

Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

Poema

De todo esto yo soy el único que parte.

De este banco me voy, de mis calzones,

de mi gran situación, de mis acciones,

de mi número hendido parte a parte,

de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta

la extraña callejuela de la Luna,

mi defunción se va, parte mi cuna,

y, rodeada de gente, sola, suelta,

mi semejanza humana dase vuelta

y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo

se queda para hacer la coartada:

mi zapato, su ojal, también su lodo

y hasta el doblez del codo

de mi propia camisa abotonada.

Poema para ser leído y cantado

Sé que hay una persona

que me busca en su mano, día y noche,

encontrándome, a cada minuto, en su calzado.

¿Ignora que la noche está enterrada

con espuelas detrás de la cocina?

Sé que hay una persona compuesta de mis partes,

a la que integro cuando va mi talle

cabalgando en su exacta piedrecilla.

¿Ignora que a su cofre

no volverá moneda que salió con su retrato?

Sé el día,

pero el sol se me ha escapado;

sé el acto universal que hizo en su cama

con ajeno valor y esa agua tibia, cuya

superficial frecuencia es una mina.

¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,

que hasta sus propios pies así la pisan?

Un gato es el lindero entre ella y yo,

al lado mismo de su tasa de agua.

La veo en las esquinas, se abre y cierra

su veste, antes palmera interrogante...

¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?

Pero me busca y busca. ¡Es una historia!

1892

Romería

Pasamos juntos. El sueño

lame nuestros pies qué dulce;

y todo se desplaza en pálidas

renunciaciones sin dulce.

Pasamos juntos. Las muertas

almas, las que, cual nosotros,

cruzaron por el amor,

con enfermos pasos ópalos,

salen en sus lutos rígidos

y se ondulan en nosotros.

Amada, vamos al borde

frágil de un montón de tierra.

Va en aceite ungida el ala,

y en pureza. Pero un golpe,

al caer yo no sé dónde,

afila de cada lágrima

un diente hostil.

Y un soldado, un gran soldado,

heridas por charreteras,

se anima en la tarde heroica,

y a sus pies muestra entre risas,

como una gualdrapa horrenda,

el cerebro de la Vida.

Pasamos juntos, muy juntos,

invicta Luz, paso enfermo;

pasamos juntos las lilas

mostazas de un cementerio.

Setiembre

Aquella noche de setiembre, fuiste

tan buena para mí... hasta dolerme!

Yo no sé lo demás; y para eso,

no debiste ser buena, no debiste.

Aquella noche sollozaste al verme

hermético y tirano, enfermo y triste.

Yo no sé lo demás... y para eso,

yo no sé por qué fui triste... tan triste...!

Solo esa noche de setiembre dulce,

tuve a tus ojos de Magdala, toda

la distancia de Dios... y te fui dulce!

Y también fue una tarde de setiembre

cuando sembré en tus brasas, desde un auto,

los charcos de esta noche de diciembre.

Si te amara... qué sería?

¿ . . . . . . . . . . . .

-Si te amara... qué sería?

-Una orgía!

-Y si él te amara?

Sería

todo rituario, pero menos dulce.

Y si tú me quisieras?

La sombra sufriría

justos fracasos en tus niñas monjas.

Culebrean latigazos,

cuando el can ama a su dueño?

-No; pero la luz es nuestra.

Estás enfermo... Vete... Tengo sueño!

( Bajo la alameda vesperal

se quiebra un fragor de rosa ) .

-Idos, pupilas, pronto...

Ya retoña la selva en mi cristal!

Un hombre está mirando a una mujer...

Un hombre está mirando a una mujer,

está mirándola inmediatamente,

con su mal de tierra suntuosa

y la mira a dos manos

y la tumba a dos pechos

y la mueve a dos hombres.

Pregúntome entonces, oprimiéndome

la enorme, blanca, acérrima costilla:

Y este hombre

¿no tuvo a un niño por creciente padre?

¿Y esta mujer, a un niño

por constructor de su evidente sexo?

Puesto que un niño veo ahora,

niño ciempiés, apasionado, enérgico;

veo que no le ven

sonarse entre los dos, colear, vestirse;

puesto que los acepto,

a ella en condición aumentativa,

a él en la flexión del heno rubio.

Y exclamo entonces, sin cesar ni uno

de vivir, sin volver ni uno

a temblar en la justa que venero:

¡Felicidad seguida

tardíamente del Padre,

del Hijo y de la Madre!

¡Instante redondo,

familiar, que ya nadie siente ni ama!

¡De qué deslumbramiento áfono, tinto,

se ejecuta el cantar de los cantares!

¡De qué tronco, el florido carpintero!

¡De qué perfecta axila, el frágil remo!

¡De qué casco, ambos cascos delanteros!

Verano

Verano, ya me voy. Y me dan pena

las manitas sumisas de tus tardes.

Llegas devotamente; llegas viejo;

y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Verano! Y pasarás por mis balcones

con gran rosario de amatistas y oros,

como un obispo triste que llegara

de lejos a buscar y bendecir

los rotos aros de unos muertos novios.

Verano, ya me voy. Allá, en setiembre

tengo una rosa que te encargo mucho;

la regarás de agua bendita todos

los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo,

con luz de fe su mármol aletea,

levanta en alto tu responso, y pide

a Dios que siga para siempre muerta.

Todo ha de ser ya tarde;

y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

Ya no llores, Verano! En aquel surco

muere una rosa que renace mucho...

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
11 ноября 2025
Объем:
131 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9783969441145
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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