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ASSIA DJEBAR
La mujer sin sepultura
Traducción de Laura Rey-Stolle Tortosa
www.armaeniaeditorial.com
Título original: La femme sans sépulture (Albin Michel, 2002)
Primera edición: Octubre, 2020
Primera edición ebook: Agosto 2021
Esta obra se benefició del apoyo de los Programas de Ayuda a la Publicación del Institut français
Foto de cubierta: Retrato de Zulija Udai en la década de 1920
Copyright © Assia Djebar © Éditions Albin Michel, 2002
Copyright de la traducción © Laura Rey-Stolle Tortosa, 2020
Copyright de la presente edición © Armaenia Editorial, S.L., 2020, 2021
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
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ISBN: 978-84-18994-25-8

A Claire Delannoy,
con todo mi afecto
Advertencia
En esta novela se relatan todos los hechos y detalles de la vida y muerte de Zulija, la heroína de mi ciudad de infancia, durante la guerra de independencia de Argelia, con empeño de fidelidad histórica o, mejor dicho, según una perspectiva documental.
Sin embargo, algunos personajes secundarios, en particular los que se presentan como del entorno familiar, se tratan aquí con la imaginación y las variaciones permitidas por la ficción.
Me he servido a voluntad de la libertad novelesca precisamente para arrojar más luz sobre la verdad de Zulija y poder situarla así en el mismo centro de un gran fresco femenino, según el modelo de los antiquísimos mosaicos de Cesarea de Mauritania (Cherchel).
Si hacer escuchar una voz venida de otra parte
Inaccesible al tiempo y al desgaste
Se revela tan ilusorio como un sueño
Sin embargo, en ella hay algo que perdura
Aun después de perder el sentido
A lo lejos vibra todavía su timbre como una tormenta
Que no se sabe si se acerca o se aleja.
Louis-René Des Fôrets
Poèmes de Samuel Wood, 1988
Preludio
1
La historia de Zulija: al fin la escribo o, más bien, la reescribo…
La primera vez era en la primavera de 1976, creo recordar. Me encuentro en casa de la hija de la heroína de la ciudad. De mi ciudad, Cesarea, su antiguo nombre, Cesarea, para mí y para siempre…
La segunda hija de la heroína, recién llegada de Argel, me clava una mirada ardiente… uno de los ayudantes me ha interceptado dándome una bobina de sonido para el magnetófono Nagra. Ella ha repetido mi nombre y se ha sobresaltado. Me interpela, y su pausada voz, de pronto, se alza:
—¡La estaba esperando! Esta tapia que delimita nuestro patio es precisamente la de la casa de su padre, ¿no es cierto?
Asiento con la cabeza. Al llegar aquí, una hora antes, había comentado para mis adentros: «Todo justo al otro lado de la vieja casa de mi padre, increíble…».
—Llevo años esperándola, ¡y llega justo ahora!
Ahora el tono de la joven es fuerte y agresivo. Sonrío, un poco cansada.
—Estoy aquí, tal vez con retraso, pero ¡aquí estoy! A trabajar…
Ella y yo por fin hemos empezado: la historia de Zulija.
Sí, era la primavera de 1976. Andaba yo absorta en la búsqueda de localizaciones para un largometraje. Al principio, había pasado dos semanas en la montaña, alojada en pequeñas alquerías a las que a veces ni tan siquiera llegaba la carretera principal (la vía romana, como aquí la llaman los campesinos de mi tribu materna). Por la tarde, despedía al conductor del todoterreno y a los ayudantes, encantados de irse a dormir a la llanura o a Tipasa, al nuevo hotel para turistas. Yo solía pernoctar en casa de unas primas; en algunas ocasiones, en el pueblo de Menasser, donde vivía un hermanastro de mi madre, un envejecido granjero siempre austero y reservado, y en otras, en aldeas perdidas, donde alguna tía política.
En los numerosos relatos de mis anfitrionas se había evocado muy a menudo el mismo nombre: Zulija… Zulija… «Cómo, ¿que no la conoces? ¡Si es de tu ciudad!», decía una. «¡La madre de los maquis argelinos!», la apodaba otra.
Dos o tres semanas después de tanto conciliábulo, me encuentro por fin en Cesarea, en casa de Zulija, desde donde partió a su destino en la primavera de 1956.
Me siento enfrente de Mina, su hija pequeña.
—¡Te he estado esperando todos estos años!
Me interpela de nuevo, esta vez en árabe dialectal. La frase de amargas palabras vibra, sin embargo, con una oculta y temblorosa dulzura, al borde del llanto. Dulzura que así percibo quizás por la sonoridad andalusí del árabe refinado de las mujeres de esta ciudad.
—¡Hablemos! ¡Empecemos! —respondo con tono firme.
Miro fijamente la tapia que colinda con la casa de mi padre, el lugar de mi tierna infancia… Intento no sentir remordimientos: haber permanecido tanto tiempo sin moverme de Argel, este último año, desde que regresé a mi tierra.
—Yo también enseño en Argel —murmura Mina—, pero en secundaria. Tengo veintiocho años.
Se calla. Respira.
—En el momento de la independencia del país, yo tenía quince años.
Se calla de nuevo. Después, continúa en tono más bajo:
—Cuando mi madre fue asesinada, yo tenía doce años.
2
De nuevo primavera. Dos años después. Termino el montaje de la película dedicada a Zulija, la heroína. Dedicada también a Béla Bartók. La historia de Zulija se esboza en la secuencia de apertura. Dos horas de película fluyen luego como un río tranquilo: ficción y documental, frecuente sonido en directo, algunos diálogos entre mujeres, torrentes de música tradicional y contemporánea.
En cuanto a Zulija (su juventud, sus matrimonios, sus hijos, su incorporación a las filas de la resistencia en 1956, sus dos años de alarmas, peligros y regresos clandestinos a la ciudad como proveedora de medicamentos y, a veces, de armas), su vida de lucha, segada a los cuarenta y dos años, ¡es como si se hubiera quedado suspendida en el espacio de la antigua ciudad! Hasta la trágica escena final: Zulija, apresada, sale del bosque custodiada por soldados. Lanza una arenga al círculo de hombres, con lirismo y desafío. Algunos campesinos ancianos lloran mientras harkis1 y oficiales franceses la conducen a rastras hacia el helicóptero.
Nadie volverá a verla con vida.
La pasión de Zulija: su apóstrofe final resuena para mí, aquí, cada mañana soleada; en la pantalla, unas voces anónimas lo van recitando con fondo de música de flauta de Edgar Varèse…
Imágenes actuales de la antigua capital: calles semidesiertas, una mendiga vagabunda, bellasombras por encima de los rostros de piedra, el inmutable faro milenario. Las voces solapadas realzan aquel destino de mujer: la evocación dura algunos minutos en los que la cámara va rastreando lentamente el espacio vacío de las arterias, de las plazas y de las estatuas sin mirada. Como si Zulija, que no recibió sepultura, flotara, invisible y perceptible, sobre la ciudad rojiza.
Obra dedicada a Zulija, pero también a Béla Bartók. El músico húngaro había venido a Argelia pocos años antes del nacimiento de Zulija, la imperecedera.
Nadie, efectivamente, volvió a verla con vida. Tal vez, gracias a la música de Bartók, yo la oigo, oigo a Zulija, constante, presente.
Y con vida, por encima las callejas, las fuentes, los patios y las elevadas azoteas de Cesarea.
3
Zulija nació en 1916 en Marengo (Hayut en la actualidad), en el Sahel argelino. La guía Hachette de aquellos años indica que se trata de un «pueblo grande y bello, cabeza de municipio».
De los cinco mil trescientos habitantes censados por aquel entonces, dos mil trescientos eran europeos. La mayoría de los tres mil indígenas debían ser descendientes de la famosa tribu guerrera de los hayuts2.
Más de cincuenta años antes, Eugène Fromentin había conocido aquella tribu que, a despecho de su derrota, conservaba algo de aura, al menos en los espectáculos de fantasía ecuestre.
El pintor y escritor evocaba, además, el magnífico lago Halloula, en las inmediaciones. Más tarde, el lago fue desecado para permitir la ubicación de un pueblecito colonial cercano: Montebello. Con nombres de lejanas victorias napoleónicas, se trataba de ocultar entonces las sangrientas batallas de otra época en las que generaciones de árabes desposeídos habían luchado encarnizadamente hasta la extenuación.
El padre de Zulija se llama Shayeb. Parece que fue un agricultor bastante acomodado, de los pocos que pudo conservar sus tierras, o tal vez las adquiriera de algún felah3 arruinado. Sus vecinos, los colonos del pueblo, lo consideraban un buen árabe. La hija mayor de la heroína (Hania, es decir, la apacible en árabe) es quien lo comenta. La mujer precisa que fue el único notable de su comunidad, por supuesto, sin contar con el caíd, gobernador de la administración. Y añade en tono de orgullo:
—¿Se imagina…? Mi madre, en 1930, poco antes de cumplir los catorce ¡ya había obtenido el certificado de escolaridad! Fue la primera musulmana graduada de la región…
Dos años más tarde, cuando, con dieciséis años, manifiesta el deseo de casarse con un joven del pueblo, su padre, que no parece aprobar la elección, no se opone a la boda. No había transcurrido ni un año cuando el marido, «de sangre caliente y temperamento visceral», tras una violenta trifulca con un francés, huye del lugar y se embarca en Argel rumbo a Francia. En aquella época, de todos era sabido que los habitantes de la metrópoli manifestaban mucha menos discriminación con respecto a los norteafricanos colonizados.
Meses después, tras dar a luz a su primera hija, parece que Zulija rehusó expatriarse para reunirse con el marido. A decir verdad, Hania no sabe siquiera si el hombre dio signos de vida o si, como sostiene su familia, murió como consecuencia de un accidente. En cualquier caso, Zulija solicita su libertad al cadí-juez y deja a su pequeña en la alquería: una tía estéril está encantada de poder criarla…
Hania sigue recordando la juventud de su madre: Zulija, que era una excepción entre las mujeres de su sociedad, se paseaba entonces por el pueblo como una europea, sin velo ni tocado alguno.
—Claro que, ese privilegio se lo debía a su padre, no hay duda —comenta Hania, distraída.
Y añade esta anécdota:
—En 1939-1940, los colonos del pueblo llamaban a mi madre la anarquista. Una vez contó que, durante las primeras alertas por temor a los raides alemanes, un hijo de colonos, al parecer, se había mofado de uno de los nuestros: «Si ahora nos dieran armas, ¡empezaría pegándote un tiro!», y se reía para provocarlo. Zulija, que pasaba por allí, había intervenido: «Allá a los norteafricanos los ponéis en primera línea, ¡como carne de cañón! ¡Están combatiendo por vosotros! A ver si os despegáis de las faldas de vuestras madres…». Ya lo creo, ella sí que se atrevía a hablar sin rodeos. «La chica Shayeb», la llamaban en Marengo. Tal vez fuera esa la razón por la que mi abuelo dejó que se marchara a trabajar a Blida.
Hania prosigue como si aquella época la hubiera vivido de adulta por procuración. Explica que, a causa de la guerra, había racionamiento. Uno comía gracias a los cupones de alimentación.
—Pero, incluso sobre ese tema —añade— mi madre comentaba en voz alta: «Claro, lo mejor es para los europeos, y a los indígenas se les deja la cebada». Todo le servía de pretexto para denunciar alto y claro.
Hania sonríe de pronto, casi con ternura.
—Otra escena que, en este caso, me contó mi abuelo: él tenía un buen amigo europeo de origen español, un músico muy talentoso, un artista exiliado de la Guerra Civil española. Los dos charlaban como hermanos; el español le dijo con respeto a mi abuelo: «Shayeb, te imaginas si tu hija hubiera sido un chico, ¡menuda suerte habrías tenido!». Y mi abuelo le respondió en el mismo tono: «Ya ves, maldita sea mi suerte… Con semejante carácter, si hubiera sido un chico…». En realidad, mi abuelo había tenido tres hijos después de ella, pero ninguno se había quedado en el pueblo. Al igual que el primer marido de mi madre, todos prefirieron emigrar. Tampoco sé lo que fue de ellos durante aquellos tormentosos años de guerra.
Zulija contrajo luego segundas nupcias en Blida. Pero, poco después de 1945, solicitará el divorcio. El fruto de aquella unión, El Habib, se quedará con su padre, un suboficial del ejército francés.
Zulija se establece en mi ciudad tras haberse casado con Udai, un notable de Cesarea cuya tribu posee huertas en las colinas de Issar, al sur de la ciudad. Poco antes de 1950, en mi antiguo barrio, donde yo solo pasaba el verano con mis padres, se la podía confundir con mis otras paisanas: cubiertas con velo de seda (seda tornasolada o, para las ancianas, seda mezclada con lana fina para suavizar los pliegues) con punta de organza tensada y semitransparente sobre el puente nasal que, al tapar la parte baja de la cara, resaltaba los maquillados ojos, agrandados con khol4, así como la frente, en ocasiones coronada con una alhaja de oro o de perlas. ¿Zulija estaba a punto de convertirse en una dama?
Su marido es muy respetado, tanto por la prosperidad de sus negocios como por su afán de ayudar a la madrasa, escuela libre para los hijos de la élite nacionalista. El Hach, musulmán muy devoto, es tolerante: su esposa no reza. Al parecer, esta vez ella aceptó velarse de buen grado, pero no por conservadurismo, desde luego. Ya ha pasado de los treinta: tras haber perdido a los gemelos, dio a luz una segunda hija y luego un hijo, cuyo nacimiento la dejó debilitada durante largos meses.
4
Su habla llana no se ve atenuada por la vida de ama de casa. Las señoras algo sofisticadas comentan la última escena en plena calle de Zulija, señora Udai.
—Justo antes de nuestra guerra —murmura una chismosa ante un corrillo de curiosas (cotilleo lanzado quizá en la sala fría del hamam, donde una gusta de relajarse, o tal vez en alguna boda, en el entreacto de un recital de cuerda, tras una touchiya5)—, a Zulija, señora de Udai… ¿sabes lo que le ha pasado con las mujeres de los Mayo?
—¿Los que tienen tantos barcos?, ¿los italianos?, bueno… más bien malteses, ¿no? En todo caso, los más ricos de entre los europeos.
—De camino a una fiesta, Zulija, cubierta con velo, se chocó con una señora europea en la calle, detrás de la iglesia, y esta le espetó: «¡Pero bueno, Fátima!», y Zulija, descubriéndose el velo, le respondió: «¿Qué, Marie?». Según dicen, empleó un tono casi inocente, y ya sabes lo bien que habla francés. La europea, quizás no tanto, como viene de Malta…
—¿Y bien?
—Por lo visto, la francesa, bueno, no de Francia, pero francesa de todos modos, estaba muy ofendida, sobre todo delante de la mora con velo. Casi revienta de indignación: «¿Me llamas Marie? ¡Menuda insolencia!». Entonces Zulija, con el habla pausada de una maestra de escuela (y el rostro al descubierto), la reprendió: «¡Usted no me conoce de nada, y me tutea…! Además, ¡no me llamo Fátima! Podía haberme llamado “Señora”, ¿no?».
Se formó un corrillo de gente. Todos reconocieron enseguida a la señora Udai. Esta volvió a colocarse el velo transparente sobre la nariz y se alejó del lugar como una reina. No se hablaba de otra cosa ayer noche en los patios. Los críos, una chiquilla, una anciana que pasaba por allí…
A lo que la señora de Cesarea, en la sala fría del hamam, dijo suspirando:
—Yo, probablemente, no habría tenido tanto valor. Apenas entiendo el francés. Habría podido responderle mal a la señora Mayo, ¡pero en árabe! Además, incluso si hubiera hablado como Zulija, sería sobre todo a mi señor a quien habría temido de vuelta a casa. ¡Ser reconocida así en plena calle, una dama como yo! ¡Y quitarme el velo…! ¡Menudo atrevimiento, la tal Zulija!
—Y te diré algo más, querida: su marido, al enterarse de cómo había hablado en la calle, debió sentirse orgulloso de ella. Los tiempos han cambiado, ¡y tanto!
Así bullían las conversaciones entre las señoras de Cesarea en vísperas de la guerra de liberación.
1
Doña Lionne, cerca del circo romano
A la espera de que se televise el reportaje sobre su madre —aún no sabe que tendrá que esperar mucho—, Mina decide pasar las vacaciones estivales fuera de Argel, donde enseña.
Decide quedarse esos meses de canícula en casa de su hermana mayor; en el primer piso de la elevada casita tiene una habitación a su disposición. Desde el largo y estrecho ventanal puede divisar un trozo de puerto y todo el horizonte marino.
Todas las tardes después de la hora de la siesta, sale. Hania se la imagina en la playa con antiguas amigas de instituto que, como ella, no tienen ninguna prisa por casarse. Mina va a visitar a doña Lionne, es decir, a Lla Lbia: es su nombre árabe. La antigua cartomántica predice el destino y la suerte. Ella, a quien visiones de íncubos y tempestades asaltan a veces en plena noche.
Durante años, se dedicó a interpretar la tirada de cartas españolas para las visitas que venían a conocer sus predicciones, algunas, de conveniente anonimato, otras, indiferentes al qué dirán.
Mina acaba de quedarse callada, ensimismada, al lado de la señora, la amiga de su madre. Doña Lionne fue otrora el único apoyo de Zulija en la época de adversidad y persecución.
—¡Ay, Mina mía! —empieza doña Lionne mientras coloca café solo y tortas saladas encima de la mesa baja—. ¡Ay, Mina!, o, mejor dicho, ¡Amina mía!, pues tu madre te puso ese nombre para los días venideros, este presente en el que por desgracia ya no está… Tu presencia me trae el aman, perdón o reconciliación, como uno prefiera, Mina o Amina, mi pequeña…
Mina sirve el café ardiente. Están sentadas sobre unas esteras tendidas a ras del suelo de loza color ladrillo. Lla Lbia, con dos cojines bordados sobre las rodillas, apoya la dolorida espalda en la pared de cal blanqueada.
—Al venir, ¿te has cruzado con dos ciudadanas cubiertas con velo de seda? Acababa de despedirlas asegurándoles que ya no predigo más el futuro —suspira—. El pasado, los días que tu madre y yo compartimos, con sus luces y sus sombras, aquel pasado, ¡oh, bondadoso Enviado de Dios!, ahora me es suficiente.
Se detiene bruscamente y coloca los dos cojines bordados detrás de la espalda. Las pulseras de plata de sus muñecas tintinean como el eco de su nostalgia. La ternura se insinúa entre las dos mujeres. Mina, atenta, guarda silencio. Bebe a sorbitos el café. En casa de doña Lionne se siente como en su propia casa.
—Las dos visitas de hoy no me han creído, ¡imagínate! Mi casa no ha cambiado: mientras todos se enriquecen y embellecen sus moradas, ellas me han visto como siempre, sentada en el mismo colchón. Hasta con la colcha de tu tía Udai, que pasó días enteros tejiendo hace ya veinte años. Sí, con aquella lana púrpura y el hilo negro para las rayas que le había dado….
Ríe ligeramente.
—Querían pagarme el doble, las señoras: la una, mujer del nuevo juez y la otra, creo que, según dicen, es la madre de un comandante. Bueno —dice en un tono apenas irónico—, de un comandante de los de hoy…
Mina sonríe, no suelta palabra. Desde ese angosto patio en semicírculo, atisba un trozo de ladera montañosa que domina sobre un lado del circo romano en ruinas. «¡Que hoy no me hable de mi madre! —se dice, y entonces un rechazo interior la embarga—. No quiero estremecerme más ni sufrir. Me gustaría dormir en casa de mi hermana, allá arriba, en mi rincón, con las ventanas abiertas a las macetas de hierbabuena y albahaca…».
—Las buenas de las señoras no me han creído —prosigue Lla Lbia en su exquisito dialecto—. Me traían oro y se disponían a desatar los pañuelos para que los luises antiguos relucieran… Pretendían tentarme al creerme necesitada, cuando, en realidad, desde hace un tiempo, la necesidad de Él, de Él y de Su enviado, es lo único que me espolea…
Silencio. Fuera, sobre la pequeña muralla, pasos de viandantes; un niño pedalea en una bicicleta chirriante.
—Y tú, Mina mía, ¿qué opinas?
—Ya dijiste, Lla Lbia, tras tu peregrinaje a la Meca el año pasado: «La predicción del futuro es pecado». Y añadiste: «Es pecado y solo ahora lo sé: ¡abandono esta práctica!».
Doña Lionne parece ausente. Mina interviene con más viveza:
—Lo prometiste, ¿no es así? Yo no estaba presente, pero todos y todas me lo comentaron. Sé que muchos lamentaron no poder consultarte más ni seguir disfrutando de tus dones.
La voz de Mina se ha suavizado; la joven advierte sorprendida: «¡Ya no quiero irme esta noche de casa de doña Lionne!».
—¡Ay! —retoma con tristeza la mujer, acurrucándose—, solo el pasado sigue revolviéndome por dentro. Aunque no hubiera querido, y quizás incluso sin la peregrinación a la Meca, habría dejado mi oficio, pues los días venideros negros como el carbón se muestran ante mí.
—Lla Lbia, envía al hijo de las vecinas a que avise a mi hermana: voy a pasar esta noche contigo hasta el amanecer. ¡Dormir, no dormir o simplemente mirar la luna desde tu casa!
—Ya te lo he dicho, Amina mía, ¡tú eres mi paz, tú eres mi consuelo!
La hija de Zulija trae la alfombra de oración a la mujer; es la hora de la puesta de sol. Luego, vuelve a colocarse con las piernas estiradas sobre las frías baldosas.
Mientras doña Lionne se prosterna, se yergue y se acuclilla al ritmo de suras apenas perceptibles, detrás de ella, Mina observa el cielo acechando qué cuarto de luna va a atisbar en el profuso claror de la noche.
¡He visto a mi amor fusilado!
¡En el patio de una oscura cárcel!
¡He gritado, no he gritado!
¡Su sangre lavamos cada tarde!
Una voz un tanto aguda se alza por encima de la tapia del otro lado del patio, procedente de las casas más antiguas con azotea, las douerates, como las llaman aquí. Los arabescos del canto a capela ejecutan la primera estrofa de la endecha. Algunos segundos de pausa. Una cuerda de laúd desgrana un sonido grave. La voz de la desconocida, cual filo de acero en el aire, se rasga para la siguiente estrofa.
—Es la tercera hija de la casa de al lado, la que se está quedando ciega… Improvisa y salmodia así al caer la noche —susurra Lla Lbia—. La pobre —añade—, cuanto más se le oscurece la vista, más intensifica su voz de ángel la pasión o la tristeza, no sé… ¡Que Dios la bendiga!
La misma nota de laúd sigue vibrando.
¡He gritado, no he gritado!
En dos tiempos, el primero, breve y agudo cual desgarrador sollozo y el segundo, lento, se alza la voz de la medio ciega. Mina se yergue de pronto.
—Pero ¿qué le pasa a tu vecina —gime— para atormentarnos de este modo?
Sin levantarse, Lla Lbia hace sentar de nuevo a Mina tendiéndole la mano.
—Ya he enviado al chico de al lado a avisar a tu hermana… Tranquilízate y quédate aquí esta noche —doña Lionne prosigue con voz serena—: no te hablaré de tu madre, a pesar de que en mí late cada vez que te veo.
El laúd del otro lado retoma la misma nota profunda, que se ahoga hacia el final.
—Aquella noche —murmura Lla Lbia—, la noche en la que fusilaron a los chicos Sadún… la recuerdo como si fuera ayer y ¡han pasado ya veinte años!
¡Su sangre lavamos cada tarde!
La cantora ha entonado dos veces la última estrofa con tajantes palabras.
—La huérfana que clama esta noche a la luna llena —prosigue Lla Lbia— u otras veces, cuando los naranjos florecen y embalsaman el aire, era la prometida del segundo asesinado…
Doña Lionne estira una pierna y luego suspira:
—La pidieron tantas veces en matrimonio después, cuando la independencia… Ella se negó, como hoy se niega a curarse la vista cuando, en realidad, ya no ve casi nada. Su canto lanzado a la luna, canto de amor o de desesperación, quién sabe, se ha convertido en su único bálsamo.
Desde el otro lado de la tapia, la vecina retoma la última estrofa. Y Mina sucumbe en la sofocante noche a un repentino mar de lágrimas.
—En otro tiempo me dedicaba a amortajar cadáveres —comienza Lla Lbia—. La noche de la muerte de los chicos Sadún fue para mí la más larga de aquella tormentosa época. Negro es todavía su recuerdo ante mis ojos, ¡que Dios nos asista, y que Mahoma y su amigo, el bondadoso Abu Bakr, intercedan por nosotras, huérfanas!
Mina gira lentamente la cabeza hacia doña Lionne: esquelético rostro adornado de sedería blanca con flecos malva que destacan en la translúcida sombra.
«Empiezo a entender lo que me está revelando la amiga de mi madre —reflexiona Mina con acuidad—: ¡aquellos recuerdos son para mí un ovillo de lana enmarañado en la palma de mi mano! Frente a aquellas sombras, acercarse a tientas o con rodeos que describen círculos, meandros y rosetones, para ver al fin el negro manantial empañado de lodo, de gélidos gritos, de lágrimas sin enjugar…».
—Les habían dicho que no salieran —declama doña Lionne—. En los primeros tiempos se decretaba el toque de queda cuando, por un quítame allá esas pajas, se anunciaba alguna escaramuza con los partisanos de las montañas cercanas. Los Sadún tenían casa en la entrada oriental de la ciudad, pero una de las hermanas era vecina mía de este viejo barrio de las douerates6.
La mujer medita, escucha fuera un silencio aterido, se estremece. Luego, se ausenta con la mirada fija y los flecos del tocado bailando en la penumbra.
—Dos cachorros, dos príncipes —gime—, uno no llegaba a los veinte, y el tercero era primo hermano a la par que cuñado… Les habían insistido: «¡Por encima de todo, no salgáis esta noche!». Las informaciones procedían de las casas de los europeos, sobre todo de los malteses, quizá gracias al joyero judío que proveía de pulseras y anillos a las vendedoras ambulantes árabes. Los jóvenes europeos, agrupados en pequeñas bandas, llevaban al menos una semana muy agitados; algunos habían obtenido armas de las propias autoridades.
»Aquel día vapulearon a los mendigos y provocaron a varios campesinos que habían bajado de sus aduares7 para el mercado. Molieron a palos a un vendedor de huevos, un pobre lisiado, y eso que era un excombatiente de su guerra. Se divirtieron quitándole la muleta, y luego le golpearon cuatro contra uno, ¡los muy cobardes! Esta escena sucedió no muy lejos de nuestra casa, cerca del horno de pan. Cuando empezó a anochecer, se dispersaron por los bares de la ciudad. Enseguida se emborracharon, ¡los condenados…!
»Y todo porque, a primera hora de la mañana, había habido escaramuzas en el monte; sin embargo, entre los soldados caídos, cuyos cuerpos se habían trasladado al hospital militar, no figuraba ningún francés de la ciudad. Toda la tarde —Lla Lbia prosigue su inmersión en el pasado con los párpados bajados— la campana de la iglesia cercana a mi casa (esa iglesia que se ha convertido en mezquita), aquella campana había repicado hora tras hora, ¡como si estuviera provocando a aquellos diablos! Al día siguiente hubo una oración por sus muertos antes de enviar los cuerpos, aún calientes, al otro lado del mar: aquella juventud llegada directamente de Francia… Como si los malteses, los europeos de aquí, acaso conocieran Francia. Ellos, que no eran de ninguna parte, la llamaban madre. Nosotros —añade con arrogancia— al menos sí podemos decirlo a nuestros hijos: nuestra madre reposa bajo nuestros pies, es esta tierra que pensaron arrebatarnos.
Golpea vigorosamente con el pie y se alza de pronto apoyando la cadera en el taburete, que resuena.
Silencio. Mina aprovecha para recoger los vasos dorados de té y las tazas de café; luego, ágil cual gacela, se acuclilla con las rodillas cruzadas a ras de suelo. Doña Lionne, la narradora, levanta sus pesados párpados; sus ojos ennegrecidos, que a lo lejos escrutan, no distinguen ya a Mina. Como si aquella se hubiera sumergido veinte años atrás.
—¿Qué decir de aquel fatídico día? ¿De aquella campana que todavía siguen oyendo mis oídos? —ríe tontamente—. ¡Qué razón tenían antes nuestros padres!: «¡Para nosotros, la desgracia y la desolación llegan siempre con las gentes de la campana!».
—¿Y los chicos Sadún? —susurra Mina con impaciencia.
—A eso voy, mi niña.
El rostro de Lla Lbia recupera un halo de serenidad, como si el propio ímpetu del relato pudiera liberarla.
—Cuando el día casi había declinado, mientras las noticias del peligro eran cada vez más alarmantes en los patios, la madre de los chicos Sadún, según parece, les imploró. Y con el torso asomado por la barandilla (los padres viven en el primer piso y los hijos más jóvenes residen abajo), insistió: «¡No salgáis esta noche, príncipes míos! Los cristianos saben que vuestro tío, mi hermano mayor, está al mando de los partisanos allá arriba. ¡Nos están vigilando porque no pueden dar con él…! Por el amor de Dios, os lo suplico, no salgáis esta noche, ¡en vuestras manos está nuestro destino!».
»Ella debió estar hablando así un largo rato. Ellos habían prometido volver antes de la hora del toque de queda, según parece; «un asunto urgente», decían. Vamos, que les podía la impaciencia… Como quiso Dios que su vida fuera breve, por desgracia, salieron.
Doña Lionne se detiene, cierra los ojos. El tiempo discurre, translúcido. Mina advierte que las persianas de la puerta colindante, cerca del patinillo, han empezado a golpetear. «Se levanta viento», se dice con naciente inquietud. Cerca del tragaluz, un quinqué abandonado reposa sobre el alfeizar. Probablemente ya no lo enciendan; la electricidad se ha instalado hace poco en la humilde vivienda de Lla Lbia, su único orgullo.
—Salieron —retoma en voz alta doña Lionne—. Poco después, en este patio mío donde estamos, oí la sirena, que no dejaba de ulular… Mi hijo —prosigue en tono de confidencia—: deberías saber que adopté un hijo, aunque ahora no sé lo que ha sido de él, el pobre. Mi hijo decide ir a dar una vuelta fuera para informarse. Por aquella época, el toque de queda no era absoluto: dos o tres meses después, se respetaría con mayor rigor. De modo que mi hijo Alí, que Dios lo proteja, sale. Yo espero de pie en el primer patio, cerca de la entrada, sintiendo punzadas en el corazón, aquí las sentía, bajo el pecho… Alí volvió conmocionado, y exclamó: «Dicen que han matado a los chicos Sadún. Fusilados. Los han puesto contra la pared y los han ajusticiado». En un primer momento, no me moví del sitio. Pero no pude resistirlo. Fui a casa de mi vecina, que, desde lo alto de la azotea de allá arriba, también estaba aguardando la llegada del hijo. Ella escuchó la atroz noticia. «Badra —le dije sacudiendo la cabeza—, me voy corriendo a casa de la hija del caíd para enterarme. Justo al lado, en la calle del viejo hamam». «Mejor vete a casa de Muina, la hermana de los chicos», me aconsejó.
—Mi hijo me trajo el velo blanco. Lo doblé por la mitad sobre la cabeza y los hombros. No perdí tiempo en cubrirme del todo. Me dejé puestas las babuchas de casa. Como te he dicho, Mina, yo sentía punzadas en el corazón: ¡los desgraciados, los cachorros, los príncipes de Nubia!
Lla Lbia resopla: largo jadeo. Veinte años después, todo vuelve a resurgir: la guadaña del tiempo, y la pena, y su impaciencia…
—Me precipité a casa de Muina. Un todoterreno, recuerdo, dobló la esquina de la calle. No sentí siquiera miedo. Levanté la aldaba de la puerta: dos golpes tajantes. Muina me abrió sonriendo. Recuerdo que sus manos estaban trenzando un lado de ese cabello tan negro, una trenza muy larga detrás de la oreja. Invoqué al Profeta, a sus mujeres y a sus hijas solo para mis adentros con tal de no asustarla enseguida. «¿No sabes nada de los tuyos?», le pregunté. «Nada —respondió—. Mis hermanos han venido hace un momento con el pan que habían comprado». Y, ¡era cierto! Al atardecer habían comprado pan con semillas de anís para la cena. Luego, habían pasado por casa de la hermana, a la que adoraban, antes de volver…
La voz de Doña Lionne se quiebra.
—Sin duda sintieron la necesidad de ver a su hermana mayor… ¡por nostalgia postrera!
Después, reanuda el relato con decisión:
—Tras la respuesta de Muina, que seguía trenzándose el mechón con la mano, al verla yo sonreír en aquel zaguán mientras la sirena volvía a sonar a mi espalda, lo confieso: en aquel preciso instante, creí de corazón que Muina me estaba mintiendo. ¡Que el Altísimo, que todo lo ve, me perdone en la Hora Final esta duda que no me explico, pues Muina siempre fue para mí como una hija!
»Mientras ella insistía en que entrase para recobrar el aliento, llegó en tromba su hijo, el sobrino de las víctimas, de apenas catorce años, pero que ya no era un niño. Sollozaba, hipaba. «¡Están muertos! —gritó, corriendo de un lado a otro del patio de luz—. ¡Están muertos: Hoseín, Nuredín y Hamud!». Muina por poco se desploma. Apenas si pude extender mis brazos bajo su cuerpo.
Delante de Mina, la mujer con sedería blanca de flecos malva abre en forma de cruz los largos y huesudos brazos envueltos en muselina.
—Cuando Muina se recuperó, quiso ir enseguida a casa de sus padres. Pálida, con gestos de autómata, sin lágrimas ni gritos, la pobre se debatía sin prestar atención a los desgarradores sollozos de su hijo… Tomó un largo velo banco y empezó a ponérselo en la cabeza, sobre su larga melena. En esto, su marido salió de una habitación con solo un jersey tapándole los hombros desnudos. Fui testigo de que le dijo: «No te acompañaré». La suegra salió a su vez del mismo cuarto del fondo. «¡No te acompañaré!», dijo igualmente.
Y Lla Lbia prosiguió en tono más bajo:
—La vieja Tuma murió después y, a pesar de lo que dijo aquella noche, doy fe de que muchas la lloramos, empezando por su nuera, la amabilísima Muina. Sí, la misma Tuma que tenía miedo y se había enojado… Entonces, el muchacho, todavía entre lágrimas, se abalanzó sobre su madre. Y yo, manteniendo la compostura, tomé a Muina entre mis brazos y, sin prestar atención a los otros, le dije: «Ven, Muina, mi niña, ¡te voy a acompañar yo!». Ya no sé ni cómo se vistió. Una vez fuera, cuando adelanté a Muina, cubierta con velo y calzada, al bajar la vista, me percaté de haber salido con las babuchas de casa, sin calcetines.
»Fuimos pasito a pasito hasta la vivienda familiar. Nos recibió Nubia, la madre de las víctimas: bella, alta y todavía joven por aquel entonces (a la pobre, luego, la belleza, pura ilusión, se le marchitó como a todas nosotras, claro, pero en su caso, ¡fue por aquella pena!). Recuerdo que me recibió con estas palabras: «Ay, Lla Lbia, a tu Nuredín (pues el benjamín era su predilecto), a tu Nuredín, gracias al que te enviaba mantequilla, leche y tantas provisiones frescas de la granja, ¡a Nuredín, me lo han matado!».
»Lloraba yo con la desgraciada, estrechándola entre mis brazos. Ella se estremecía pegada a mí, mientras yo oía alrededor la algarabía de los demás, y, en esto, se escuchó una voz de hombre muy nítida (no la reconocí) que, desde una azotea cercana, profería estas palabras: «¡Están en prisión! ¡Están en prisión!». Me lo creí, deseé con todas mis fuerzas que fuera verdad. «¿Lo ves? —tranquilicé a Nubia mientras le enjugaba las lágrimas que corrían por sus mejillas y lloraba con ella—, ¿lo ves? —repetí—. ¡Están vivos! ¡Solo están en prisión!».
»Ella no oía nada. Desde el fondo de las habitaciones, las otras parientes armaban cada vez más alboroto. Como se dice que lo único necesario es someterse de corazón a la voluntad de Dios, con esta piadosa reflexión, decidí calmarme y calmar a la pobre madre. «Están en prisión», repitieron una o dos voces entre la multitud de mujeres, que ya estaban cubriéndose completamente de luto blanco. «¿Lo has oído?», le susurré a Nubia, todavía entre mis brazos. En una habitación, su hija Muina, acostada a medias y rodeada de tías y primas, se golpeaba los brazos desnudos con ritmo espasmódico.
»De pronto, llegaron unos camiones a la puerta. Por desgracia, traían los tres cuerpos. Como al introducirlos se iban encendiendo uno a uno los quinqués de los largos recibidores, solo entonces, todas las mujeres se escondieron y guardaron silencio. Recuerdo que, en aquellas primeras horas de la noche, empezó a caer la lluvia, y nuestras lágrimas, ahora silenciosas, parecían uadis8 que se fundían sobre las baldosas con el agua de la creación.
—Dos ancianas de la familia y yo hicimos pasar los cuerpos, cada uno transportado por dos hombres del barrio. Colocamos dos colchones en el suelo de un cuarto situado frente a la escalera; era la habitación más amplia, ocupada desde el verano anterior por el primogénito recién casado. Los hombres desaparecieron.
»Extendimos en paralelo los tres cuerpos sobre el suelo de aquella habitación, y oí cómo alguien pedía susurrando a la joven sirvienta: «¡Pequeña, cubre el espejo con una sábana!».
»Tomé la palabra delante de todas mientras contemplaba a aquellos tres jóvenes: «No son hombres —declaré admirándolos ante su madre, su hermana y todas las demás, que iban entrando en fila y en silencio—. Escuchadme todas y postraos: ¡Son nuestros leones! ¡El enemigo tiene miedo de nuestros leones! ¡El Mensajero de Dios es ahora su testigo a las puertas del Edén…!».
»Había que averiguar dónde adquirir sudarios. Algunos vecinos rodeaban al desdichado padre. Pero nadie, salvo yo, veía la necesidad de amortajar los cuerpos. Llamé entonces a Brahem, su primo político, el que tiene un horno: un buen muchacho, puro como un ángel. «¡Ven conmigo! —le dije con firmeza—. Sé dónde conseguir sudarios a esta hora». «¡Estoy a tu disposición, tía mía! —me dijo agachando la frente—. Soy como el hijo que adoptaste».
»En compañía del muchacho, me fui a casa de Ozman, un pariente político de los Sadún. Una vez al corriente de mi solicitud, su mujer se dispuso a salir con nosotros; pero su marido (que siempre trabajó de secretario judicial) la retuvo, el muy cobarde. «¿Dónde vas? —protestó—. ¿Acaso no es su culpa? ¡Son unos canallas! ¡Son los causantes de todo este mal!». Ozman tenía miedo. Y no solo por su cargo. Al pobre, Dios lo hizo así, tal como lo conozco desde siempre.
Y Doña Lionne, con el torso erguido, hace ademán de escupir a un lado, como si se sintiera jueza: por un instante, Mina se la imagina en ese implacable papel, con la ciudad entera temblando a sus pies, sí, aquella ciudad de hace veinticinco años, repleta de pusilánimes burgueses, desconfiadas suegras y llorosas parientes enfundadas en velos de luto.
—Pese a las amenazas de su marido —prosigue Lla Lbia—, la mujer de Ozman se cubrió con el velo en la puerta, y salió con nosotros. Se unieron también a nuestro pequeño grupo dos vecinas jóvenes procedentes de una familia muy humilde. Se habían enterado de todo el drama.
»Los demás, todos los demás —suelta en un vibrante tono de desprecio—, doy fe de que todos tuvieron miedo de salir entonces, al menos los supuestos «hombres de bien y de provecho», así como sus mujeres, ¡sumisas esposas y amargadas madres!
Doña Lionne interrumpe la narración y sugiere que entren en las habitaciones: en la fría noche, se levanta un viento lo bastante fuerte como para volcar uno o dos taburetes.
—¿Quieres tumbarte, prepararte para el descanso? —pregunta a su invitada con tono maternal.
Mina niega con la cabeza.
—Como tú, en la habitación, haré como tú… Termina de contarme la historia de la familia Sadún.
—Como quieras —responde Lla Lbia con el quinqué en la mano. Y, en el cuarto de baja techumbre, se coloca medio recostada delante de Mina, envuelta ella en una ligera colcha.
—¡Adelante! Te escucho —susurra esta.
—Aquella misma noche —continúa la narradora cuya sombra súbitamente gigantesca se perfila en la pared de enfrente— fui a casa de Fátima… He de precisar que Fátima era entonces mi ayudante amortajando cadáveres. La llamé con insistencia desde la calle, sin entrar en su casa. «¡Ven conmigo! —le dije—. Tenemos que coser unos sudarios… Tres nobles mártires, tres son los tendidos, cuan largos eran, en el suelo de los Sadún». «¡No, no! —exclamó la pobrecilla tras la puerta entreabierta—, hay peligro esta noche, no iré».
—Como te dije —ríe Lla Lbia burlonamente tras un silencio—, aquella noche no era el viento, que soplaba como ahora, ni la lluvia, que además ya había cesado: lo que se cernía en la ciudad —prosigue con una mezcla de amargura e ironía—, sobre tantos habitantes, ¡era el miedo! Entonces, le respondí con vehemencia: «Escúchame, niña con la tez amarillenta de los cobardes, si te niegas a seguirme, te lo prometo, te lo juro: ellos bajarán un buen día de las montañas y ¡verás lo que ocurre!».
La mujer se inclina hacia Mina y prosigue:
—Sí —dice, y suelta una carcajada—. La amenacé; para ser sincera, la chantajeé. Supongo que la rabia de toda aquella noche la descargué así sobre la chiquilla, la pobre Fátima que, durante al menos seis años, estuvo siguiéndome a todas partes sin abrir la boca. Se puso el velo y salió conmigo, abochornada. Volví a casa, donde me esperaba mi hijo, preocupado. Le mandé a dormir a la vivienda contigua, a la que accedió a través de la azotea. Luego me dirigí con Fátima a la casa de los muertos.
»Fátima y yo, con la ayuda de una pariente de la familia, estuvimos allí trabajando tres o cuatro horas. El hermano del padre de las víctimas, el que tiene un taller en la otra entrada de la ciudad, me trajo el documento de identidad de uno de los ajusticiados, Huseín, creo: estaba perforado por el proyectil que le impactó en el corazón. Era el único que llevaba consigo la documentación. Hacia el final, nos sentamos; apenas acabábamos de terminar nuestra triste tarea cuando llegó Mustafá con los muyahidines. Era la segunda parte de la noche, una noche en la que el violento temporal, por fin, acababa de remitir.
»Hasán, el mecánico, me llamó desde el umbral: «Saca fuera a esa», me susurró señalando a Fátima, que acababa de terminar. Yo preferí salir con ella: nosotras, amortajadoras de muertos. Las otras mujeres estaban apiñadas fuera. Durante ese tiempo, por lo visto, los muyahidines habían entrado solamente para contemplar a las víctimas, postrarse y salir.
Doña Lionne se detiene, exhausta. Y concluye secamente:
—Así fue aquella noche, ¡ay, Mina mía!
Mina se levanta, sopla el quinqué, que lleva un rato iluminándolas. Luego, se vuelve hacia la mujer y se inclina para besarle la mano pintada de alheña. Y penetra en la otra habitación, donde sabe que está su lecho.
Doña Lionne no se levanta: apoltronándose con un rosario en la mano, se recoge para la oración del alba.
Fuera, sobre las ruinas del circo romano, la noche está a punto de disiparse.
2
«¿Dónde hallar el cuerpo de mi madre?»
Cuando la visitante, tras apearse del todoterreno, entró acompañada de los técnicos de televisión, Hania se disculpó:
—La próxima semana vamos a celebrar la pedida de mano de mi hermano menor. Estudia en la academia militar de la ciudad, tan reputada en el país.
Colocó en la mesa un plato de cuernecillos almendrados y bocaditos de almendra y avellana. Y añadió en tono satisfecho:
—La ambición del último hijo de mi madre es convertirse en aviador.
Luego, para justificar su vana complacencia:
—Prácticamente lo he criado yo. Mi madre, cuando —duda un instante— nos abandonó… para echarse al monte, me lo confió. Él apenas tenía cinco años.
Hania había evocado luego a Zulija, pero en desorden. Su hermana Mina, que llegaba de Argel, iba a tomar el relevo en la búsqueda del pasado.
Mina saludó a la extranjera, y Hania les propuso que fueran a sentarse en el jardincillo, a la sombra del limonero. El técnico de sonido comprobó que el Nagra iba a funcionar sin él. Hania, solícita, mandó servir café con pastas a los ayudantes, que aguardaban fuera con el conductor del todoterreno. Luego volvió a los preparativos de la fiesta.
La conversación en el patio entre Mina y la entrevistadora duraría varias horas.
La noche siguiente, como Mina se ha ido a dormir a casa de Lla Lbia, Hania, presa de un repentino insomnio, no puede quedarse tumbada junto al marido (él ronca, pero no es eso lo que le desasosiega): va y viene por las habitaciones vacías. Acaba sentándose en el salón, donde una tenue luz ilumina el retrato de Zulija, encima de una mesa.
«¿Cómo voy a pasar el año que aún falta para la boda?», se inquieta. Para la fiesta de pedida de mano, la casa se llenará en unos días de familias vecinas, de señoras encantadas de darle la enhorabuena. Todo está dispuesto, pero no es esa angustia lo que la aterraja esta noche.
La visitante se ha alojado en un hotel del centro de Cesarea. Al día siguiente, está de nuevo sentada sobre la piel de cordero con las piernas cruzadas, a la sombra del limonero; Mina la imita, y Hania, la señora de la casa, se queda de pie, con los brazos colgando, súbitamente ausente.
—Aquí, en esta ciudad —empieza (ella tiene una forma particular de proferir una o dos breves palabras antes de detenerse, apenas esboza una pregunta en un tono que, en realidad, no es interrogativo, sino pausado)—, aquí… —retoma confesando que abandonó hace mucho la ciudad de su padre, la ciudad de su madre—. Aquí, los mosaicos de este patio, de colores desvaídos, tan antiguos… como en casa de mi padre —retoma de nuevo la invitada en tono más afable.
Y se sacude el cabello haciendo ademán de borrar las imágenes de su tierna infancia, que transcurrió precisamente allí… al otro lado de la tapia.
Hania ya no escucha. Se aferra, perpleja, a un detalle: esta mujer más joven que ella, esta viajera, aunque de aquí, fue niña justo allí, «al otro lado de la tapia». Por aquel entonces, treinta años atrás, Zulija vivía como una mera ama de casa. ¡Zulija estaba viva!
«Mi madre —empieza a fantasear Hania—, mi madre iba y venía tranquilamente, ¡yo tenía diez años, poco más! Zulija… tal vez ya estaba embarazada de Mina en la época en que la visitante de hoy, entonces chiquilla de dos o tres años, reía, lloraba, jugaba “al otro lado de la tapia…”». Hania se sienta de improviso sobre la misma piel de cordero: no confiesa que se le doblan las piernas ni que los recuerdos tan abruptos de aquel pasado le incomodan. Poco antes de la llegada de Mina, había respondido con calma a todas las preguntas de la entrevistadora. ¿Qué ha podido cambiar? Ante ella, las dos mujeres conversan prácticamente en la intimidad.
En estos momentos, Hania observa la escena desde la ventana de la cocina. A esta extranjera que vuelve de tan lejos, de horizontes remotos, y que, aún así, las semanas anteriores se ha dedicado a recorrer los senderos y las aldeas donde Zulija había pasado sus últimos meses de vida.
Hania recuerda que una de las tías de la visitante murió en la casa contigua; aquella vecina, que murió joven y sin descendencia, había permanecido mucho tiempo en cama, paralizada, por así decirlo. Hania no se acuerda de la dolencia que padeció. Intenta hacer memoria: «En realidad, fue tuberculosis pulmonar», recuerda.
Y ahora, la sobrina de la vecina tuberculosa (esta desconocida de afilado rostro sin maquillar, salvo los ojos color avellana ennegrecidos con khol, y con una manera pausada de clavar la mirada) provoca, con su llegada, un aluvión de recuerdos.
—Con los periodistas —declara al fin Hania—, cuando vienen a entrevistarme sobre Zulija, tengo la sensación de que, al ir enhebrando palabras… —pasa repentinamente al árabe, lengua que en ella es más refinada—, al hablar de Zulija, me parece como si la estuviera matando a mi vez.
En un arranque, Mina penetra en la profundidad de las habitaciones; ya no vuelve, como si se hubiera diluido entre las sombras.
—Contigo —retoma Hania sirviendo en el plato de la invitada unos pringosos cuadraditos de miel y almendra—, contigo —duda y vuelve al francés—, cuando hablo de ella, me siento aliviada, me deshago del sabor de la amargura. Claro, soy consciente de que las mujeres de la ciudad ahora creen que me siento orgullosa de Zulija (ya ves, no consigo decir mi madre; ya cuando vivía, siempre la llamaba por su nombre de pila). Las de Cesarea piensan que alardeo ante ellas, quienes, en su mayoría, han permanecido enclaustradas. Temerosas, sin duda, pero a salvo… ¡Zulija, no! Ahonda en mi interior un vacío, ¡un oscuro abismo que no he superado!
»Tú, que has tardado tanto tiempo en volver —continua con voz vacilante—, tú, sobrina de Huria, fallecida al lado de nuestra casa, tú, que, según parece, has dado casi la vuelta al mundo… a ti, ¿qué podríamos reprocharte? Has vuelto con nosotras, ¿no es lo que cuenta?
Mina abre el grifo de la cocina. «¡Debe de estar refrescándose la cara con agua fría! —piensa Hania— ¡Va a unirse a nosotras!».
—Sí —prosigue Hania pensando en voz alta—: Llevo en el corazón un tormento… De hecho —grita—: ¡a Zulija la extrañamos tanto nosotras, sus dos hijas!
Llora sin enjugarse el rostro, dejando que su generoso pecho, comprimido en un mandil, solloce espasmódicamente.
La visitante ha posado una mano sobre su brazo desnudo. Mina vuelve pasito a pasito y se sienta frente a su hermana mayor. Le llena un vaso de agua en el que vierte unas gotas de agua de azahar.
—Bebe, habiba (la llama así: cariño). Bebe, te sentará bien.
La invitada interviene con voz firme, mientras la anfitriona, que está llorando hasta quedarse sin lágrimas, apenas moja sus labios en el vaso.
—Hania, todos dicen que te pareces a Zulija como a una hermana gemela.
A despecho de las lágrimas que sus manos cargadas de anillos han empezado a enjugar, la primogénita sonríe, repentinamente orgullosa.
—Sobre todo ahora, desde que he pasado de los cuarenta y me acerco a la edad en la que desapareció.
Hania inclina la cabeza hacia el cielo, alza una sola mano, temblorosa, con los dedos estirados, separados, y se le quiebra la voz:
—Zulija sigue aquí, en el aire, en el polvo, en pleno sol… ¡Lo mismo nos está escuchando, nos está rozando!
Se calma, cierra los párpados y se esfuerza por respirar profundamente con todos los músculos del cuello y de la cara.
—Por supuesto —retoma—, Zulija permanecerá oculta a nuestros ojos, pero dispuesta a volver, ¿por qué no?
Hania se levanta con elegancia y una asombrosa amplitud gestual.
—Sobre todo —declara en tono trágico con un arranque de risa ligera—, de esta forma, Zulija no ha envejecido nunca —vuelve a sentarse—. Se ha convertido para siempre en mi hermana… ¿Mi hermana gemela? Me encantaría.
Las dos mujeres no se mueven, ni la una ni la otra. La escuchan.
—Al final —con voz tenue y mirada perdida, Hania se sume en la melancolía—, cuando tenía yo apenas veinte años y ella cuarenta, e incluso la última vez, cuando me dio tantos consejos para los pequeños que nos estaba confiando a mi marido y a mí, estuvimos hablando mucho tiempo… Como dos hermanas.
—Sin embargo, no aceptaste encarnar su papel —comenta Mina en voz baja— en la película que querían rodar el año pasado inspirándose en su vida.
—¡Eso es otra cosa!
Hania, implacable, toma a la invitada por testigo: ¿Acaso creen que van a librarse así de su recuerdo?
Unas risas infantiles, procedentes de la calle, rasgan el silencio.
—Ya sabes —prosigue Hania en dirección a Mina— lo poco que conozco sobre el tema —duda— artístico, como les gusta llamarlo. Pero… —busca un argumento—: pero si, ante todo, no hay respeto…
—¿Respeto o fidelidad? —pregunta, indecisa, la extranjera.
—Respeto —repite Hania—. Yo creo que a mi madre la matarían por segunda vez, no solo como heroína, sino también como mujer, si la exhibiesen así, en imágenes televisivas…—reflexiona—. Imágenes filmadas de cualquier modo, a la hora en que las familias empiezan la cena de ramadán…
La noche en la que Mina se acurruca en uno de los diminutos y umbríos cuartos de doña Lionne, Hania (cuyo nombre significa la apacible) no encuentra paz. «El insomnio habitual —se dice—; y ahora, ¡bien plantada sobre mis piernas hasta el amanecer!». Como otras veces, Mina volverá antes de que arrecie el calor de la mañana… momento en que, en los patios, las amas de casa lavan a chorros, con grandes bidones de agua, las desgastadas y descoloridas baldosas del suelo, color naranja y verde.
Volverá con una de las chiquillas de la casa de enfrente, la que la sigue como su sombra. Yasmina se pondrá en un rincón para jugar a las tabas (las que usaba Mina de pequeña, y que Hania le ha guardado). Yasmina le pedirá a la de Argel (así llama a Mina, algo que no agrada demasiado a Hania) una música, ni una melodía tradicional ni las canciones de moda, la música, dice desde que ha escuchado una sonata de Mozart, y se encerrarán en la habitación de arriba.
«De modo que —piensa Hania— mi hermana, hija de Zulija, la heroína de Cesarea, está a punto de convertirse en una mujer de Argel. ¡No es justo!». En el corazón blanco de la noche, el insomnio sirve de pretexto para las elucubraciones, Hania lo sabe. Desatendiendo el lecho, va de un lado a otro de la vivienda que ella misma ha adornado; sus manos de ama de casa intentan seguir ordenando: un bibelot, una colcha fuera de su sitio.
¿Acaso le impacienta la ausencia de su hermana, a la que lleva esperando toda la semana? No. Al inicio de las vacaciones, Mina necesita estar fuera: visitar sus lugares habituales, manzanas de calles, dos o tres casas de compañeras de instituto que aún viven en la ciudad; luego irá al santuario de Sidi Brahim, en la entrada oriental de la ciudad. Le encanta escuchar a las campesinas y hablar con ellas. «Para mí, ¡es mucho mejor que ir a la playa!», dirá para disculparse.
Hania se atormenta así de día y de noche. Dentro de un año, cuando su hermano se haya casado ¿qué hará ella? Él se marchará de casa, quizá, incluso de la ciudad. A veces confía: «¿Y si Mina, por fin, tomase esposo? Con un esposo, ¡tal vez recuperaría su lugar, aquí, en la casa de su madre!
Voz de Hania, la Apacible
Era marzo de 1957. Mi marido, que acababa de someterse a una intervención quirúrgica en Argel, salió del hospital y vino a Cesarea.
—¿Dónde está tu madre? —me preguntó.
No quise contárselo enseguida.
—Está en el hamam —respondí.
Lo encontraba enfermo y quise evitárselo… Luego, unas horas después, no pude resistirlo. Le confesé todo:
—Mi madre está escondida. ¡Está esperando para hablar contigo! Después, se irá.
Como sabíamos que la vivienda de Zulija llevaba días vigilada y espiada por su entorno, entonces, para reunirse con mi marido, ella salió completamente cubierta del lugar donde se escondía y se dirigió a una casa de confianza, no lejos. Saltó por encima de dos tapias medianeras y bajó de una azotea. Así fue como logró, en secreto, hablar cara a cara con su yerno.
Hablaron. Acordaron todo lo relativo a los niños: mi hermana pequeña y mi hermano, el benjamín. Luego, regresó por donde había venido a la casa de las huertas, en lo alto de la ciudad, donde llevaba escondida aquellas últimas semanas.
Allí fue donde vinieron a buscarla para que se uniera a la guerrilla.
Desde ese momento y hasta el final, mi marido y yo nos quedamos a cargo de los niños. En los meses siguientes y durante todo un año, Zulija estuvo viviendo en las montañas que coronan Cesarea.
Durante todo aquel tiempo, a Dios tengo por testigo, yo podía pegar la oreja a la almohada: lo sabía, sí, sabía que Zulija tenía por fin la vida que le dictaba el corazón. Un buen día, un jueves, recibimos a la vez un telegrama y una carta. Ambos contenían estas palabras: «Mamá está enferma de gripe asiática». Los dos comprendimos que corría peligro.
Mi marido se había reincorporado unos meses antes al trabajo en la administración de Burdeau, un alejado pueblo de interior. A causa del colegio, los niños debieron quedarse en nuestra ciudad, en nuestra casa, al cuidado de una pariente. Nos llegaban noticias suyas con regularidad. Mi marido no podía dejar su puesto de trabajo en el pueblo. Debido a aquellas inquietantes palabras sobre Zulija, tenía que irme a Cesarea lo antes posible.
La circulación por la región era complicada: se organizaban convoyes dos veces por semana; aparte de eso, ningún coche podía transitar. Le insistí a mi marido porque yo presentía que era algo urgente. Él aguardó al coche del periódico L’Écho d’Alger. Conocía al conductor que pasaba por allí a las nueve de la mañana antes de regresar a Argel. Por amistad hacia mi marido, aquel hombre aceptó que yo montase a su lado.
—Me bajaré —le dije— a mitad de camino, en El Afrún, en la llanura de Mitiya. Desde allí, luego me las arreglaré sola.
Así que me dejó en la entrada de aquel pueblo, al lado de un surtidor de gasolina. Yo tenía previsto esperar el autocar que iba a Cesarea. Pero me impacienté. Acabé parando un camión que iba a Marengo, el pueblo de mi madre, donde nací yo también. Salí del aquel municipio para plantarme de nuevo delante de un surtidor de gasolina. Detuve otro camión que se dirigía a la comuna de Zurich (Sidi Amar). Me bajé allí y luego, decidí ir a pie dos o tres kilómetros hasta la bodega de la cooperativa vinícola del pueblo: me iba acercando a mi destino. De hecho, por allí pasa la carretera nacional que viene directamente de Argel y llega hasta mi ciudad. Una vez más, tuve suerte: hice de nuevo autostop, y así fue como llegué a Cesarea.
Por supuesto, en cuanto salí de Burdeau, donde dejé a mi marido, doblé el velo y lo metí en el bolso. Así, vestida como una europea, podían tomarme por corsa o judía, en fin, por una de sus mujeres. Con el velo escondido y un perfecto acento francés, pude moverme con facilidad.
Ya en mi ciudad, en el portal de una casa, volví a colocarme lentamente sobre la cabeza el velo de lugareña y, de nuevo yo misma, aceleré el paso hasta la vivienda de mi madre, donde los niños se alegraron mucho de verme. No les conté nada acerca de mis temores. Me cambié. Eran las cuatro de la tarde.
Fui directamente a ver al abogado que me recomendó mi marido. Era un francés correcto que nos conocía. Me recibió cortés y atento; me estrechó la mano.
—¡Gracias a Dios que ha venido! ¡Sí que ha tardado!
—No he recibido la noticia hasta hoy. El correo ha sufrido demoras en Burdeau.
—Estese tranquila —me dijo—. En el transcurso de una operación importante, su madre ha sido arrestada junto a otros tantos… toda una red, según parece. Pero es la única mujer. Tengo esperanzas. Haré todo lo posible para obtener la libertad provisional… Venga a verme el lunes.
Le entregué un anticipo y regresé a la vivienda, casi aliviada.
Fui a ver al abogado el lunes, confiada a medias. Cuando me recibió, ya no era el mismo hombre: me saludó sin tocarme la mano. Su semblante era adusto.
Extrajo de un cajón el dinero del anticipo y me lo entregó. Me quedé sin palabras.
—Aquí tiene su dinero, señora. Lo lamento profundamente. Me he topado con un muro. ¡No puedo hacer nada! Nadie ha querido decirme la más mínima palabra sobre su madre.
Mi marido, que consiguió reunirse conmigo aquella misma tarde, fue a visitarlo, a su vez, al día siguiente. El abogado no quiso esconderle nada:
—Sí, Zulija Udai ha sido arrestada, pero luego ha sido ejecutada.
Mi marido replicó:
—Entonces, al menos, que nos den su cuerpo. ¡Ayúdeme!
—Lo lamento —le respondió el abogado—. Sé que será imposible que les entreguen el cuerpo.
En los tres años que siguieron, las noticias que iban llegando eran contradictorias. Algunos nos decían: «¡La han matado!», y otros: «¡No la han matado! ¡La tienen incomunicada…!». Pasaban los meses. Alguno llamaba a nuestra puerta: «La hemos visto en tal prisión», susurraba antes de desaparecer. Otro sostenía que le habían mostrado de lejos a Zulija en un centro de detención. Un tercero, más tarde, estaba seguro de que se encontraba entre un grupo de prisioneras que iba cambiando de lugar de detención. «Me especificaron: es la señora Udai, ¡la famosa!». Así, hasta el alto el fuego de marzo de 1962.
Fui pasando sucesivamente de la esperanza a la desesperanza. Ya no podía pronunciar su nombre… Y la pobre Mina, en plena adolescencia, se sobresaltaba por cualquier cosa, cuando alguien llamaba a la puerta o cuando… ¿Acaso viví realmente aquellos años?
Sin embargo, yo estaba segura de que, tan pronto como pudiéramos llegar al bosque donde la habían capturado aquel fatídico día ante los vetustos campesinos de los aduares allí reunidos, la buscaría y la encontraría: viva o muerta… Estaba completamente segura. Varias veces vi en sueños su sepultura: un magnífico monumento iluminado, aislado, y yo venga a llorar ante aquel mausoleo. Me despertaba bañada en lágrimas, y debía recobrar la apariencia normal por los niños.
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