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Arthur Conan Doyle

Lo mejor de Sherlock Holmes

e-artnow, 2021

EAN 4064066446659

Índice

Estudio en Escarlata

El Signo de los cuatro

Las Aventuras de Sherlock Holmes

Las Memorias de Sherlock Holmes

El Sabueso de los Baskerville

Estudio en Escarlata

Índice

Contenido

Primera parte

1. Mr. Sherlock Holmes

2. La ciencia de la deducción

3. El misterio de Lauriston Gardens

4. El informe de John Rance

5. Nuestro anuncio atrae aun visitante

6. Tobías Gregson en acción

7. Luz en la oscuridad

Segunda parte

1. En la gran llanura alcalina

2. La flor de Utah

3. John Ferrier habla con el profeta

4. La huida

5. Los ángeles vengadores

6. Continuación de las memorias de John Watson, doctor en Medicina

7. Conclusión

Primera parte

Índice

(Reimpresión de las memorias de John H. Watson, doctor en medicina y oficial retirado del Cuerpo de Sanidad)

1. Mr. Sherlock Holmes

Índice

En el año 1878 obtuve el título de doctor en medicina por la Universidad de Londres, asistiendo después en Netley a los cursos que son de rigor antes de ingresar como médico en el ejército. Concluidos allí mis estudios, fui puntualmente destinado en el 5º de Fusileros de Northumberland en calidad de médico ayudante. El regimiento se hallaba por entonces estacionado en la India, y antes de que pudiera unirme a él, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay me llegó la noticia de que las tropas a las que estaba agregado habían traspuesto la línea montañosa, muy dentro ya de territorio enemigo. Seguí, sin embargo, camino con muchos otros oficiales en parecida situación a la mía, hasta Candahar, donde sano y salvo, y en compañía por fin del regimiento, me incorporé sin más dilación a mi nuevo servicio.

La campaña trajo a muchos honores, pero a mí sólo desgracias y calamidades. Fui separado de mi brigada e incorporado a las tropas de Berkshire, con las que estuve de servicio durante el desastre de Maiwand. En la susodicha batalla una bala de Jezail me hirió el hombro, haciéndose añicos el hueso y sufriendo algún daño la arteria subclavia. Hubiera caído en manos de los despiadados ghazis a no ser por el valor y lealtad de Murray, mi asistente, quien, tras ponerme de través sobre una caballería, logró alcanzar felizmente las líneas británicas.

Agotado por el dolor, y en un estado de gran debilidad a causa de las muchas fatigas sufridas, fui trasladado, junto a un nutrido convoy de maltrechos compañeros de infortunio, al hospital de la base de Peshawar. Allí me rehice, y estaba ya lo bastante sano para dar alguna que otra vuelta por las salas, y orearme de tiempo en tiempo en la terraza, cuando caí víctima del tifus, el azote de nuestras posesiones indias. Durante meses no se dio un ardite por mi vida, y una vez vuelto al conocimiento de las cosas, e iniciada la convalecencia, me sentí tan extenuado, y con tan pocas fuerzas, que el consejo médico determinó sin más mi inmediato retorno a Inglaterra. Despachado en el transporte militar Orontes, al mes de travesía toqué tierra en Portsmouth, con la salud malparada para siempre y nueve meses de plazo, sufragados por un gobierno paternal, para probar a remediarla.

No tenía en Inglaterra parientes ni amigos, y era, por tanto, libre como una alondra —es decir, todo lo libre que cabe ser con un ingreso diario de once chelines y medio—. Hallándome en semejante coyuntura gravité naturalmente hacia Londres, sumidero enorme donde van a dar de manera fatal cuantos desocupados y haraganes contiene el imperio. Permanecí durante algún tiempo en un hotel del Strand, viviendo antes mal que bien, sin ningún proyecto a la vista, y gastando lo poco que tenía, con mayor liberalidad, desde luego, de la que mi posición recomendaba. Tan alarmante se hizo el estado de mis finanzas que pronto caí en la cuenta de que no me quedaban otras alternativas que decir adiós a la metrópoli y emboscarme en el campo, o imprimir un radical cambio a mi modo de vida. Elegido el segundo camino, principié por hacerme a la idea de dejar el hotel, y sentar mis reales en un lugar menos caro y pretencioso.

No había pasado un día desde semejante decisión, cuando, hallándome en el Criterion Bar, alguien me puso la mano en el hombro, mano que al dar media vuelta reconocí como perteneciente al joven Stamford, el antiguo practicante a mis órdenes en el Barts. La vista de una cara amiga en la jungla londinense resulta en verdad de gran consuelo al hombre solitario. En los viejos tiempos no habíamos sido Stamford y yo lo que se dice uña y carne, pero ahora lo acogí con entusiasmo, y él, por su parte, pareció contento de verme. En ese arrebato de alegría lo invité a que almorzara conmigo en el Holborn, y juntos subimos a un coche de caballos.

—Pero ¿qué ha sido de usted, Watson? —me preguntó sin embozar su sorpresa mientras el traqueteante vehículo se abría camino por las pobladas calles de Londres—. Está delgado como un arenque y más negro que una nuez.

Le hice un breve resumen de mis aventuras, y apenas si había concluido cuando llegamos a destino.

—¡Pobre de usted! —dijo en tono conmiserativo al escuchar mis penalidades—. ¿Y qué proyectos tiene?

—Busco alojamiento —repuse—. Quiero ver si me las arreglo para vivir a un precio razonable.

—Cosa extraña —comentó mi compañero—, es usted la segunda persona que ha empleado esas palabras en el día de hoy.

—¿Y quién fue la primera? —pregunté.

—Un tipo que está trabajando en el laboratorio de química, en el hospital. Andaba quejándose esta mañana de no tener a nadie con quien compartir ciertas habitaciones que ha encontrado, bonitas a lo que parece, si bien de precio demasiado abultado para su bolsillo.

—¡Demonio! —exclamé—, si realmente está dispuesto a dividir el gasto y las habitaciones, soy el hombre que necesita. Prefiero tener un compañero antes que vivir solo.

El joven Stamford, el vaso en la mano, me miró de forma un tanto extraña.

—No conoce todavía a Sherlock Holmes —dijo—, podría llegar a la conclusión de que no es exactamente el tipo de persona que a uno le gustaría tener siempre por vecino.

—¿Sí? ¿Qué habla en contra suya?

—Oh, en ningún momento he sostenido que haya nada contra él. Se trata de un hombre de ideas un tanto peculiares..., un entusiasta de algunas ramas de la ciencia. Hasta donde se me alcanza, no es mala persona.

—Naturalmente sigue la carrera médica —inquirí.

—No... Nada sé de sus proyectos. Creo que anda versado en anatomía, y es un químico de primera clase; pero según mis informes, no ha asistido sistemáticamente a ningún curso de medicina. Persigue en el estudio rutas extremadamente dispares y excéntricas, si bien ha hecho acopio de una cantidad tal y tan desusada de conocimientos, que quedarían atónitos no pocos de sus profesores.

—¿Le ha preguntado alguna vez qué se trae entre manos?

—No; no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede resultar comunicativo cuando está en vena.

—Me gustaría conocerle —dije—. Si he de partir la vivienda con alguien, prefiero que sea persona tranquila y consagrada al estudio. No me siento aún lo bastante fuerte para sufrir mucho alboroto o una excesiva agitación. Afganistán me ha dispensado ambas cosas en grado suficiente para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría entrar en contacto con este amigo de usted?

—Ha de hallarse con seguridad en el laboratorio —repuso mi compañero—. O se ausenta de él durante semanas, o entra por la mañana para no dejarlo hasta la noche. Si usted quiere, podemos llegarnos allí después del almuerzo.

—Desde luego —contesté, y la conversación tiró por otros derroteros.

Una vez fuera de Holborn y rumbo ya al laboratorio, Stamford añadió algunos detalles sobre el caballero que llevaba trazas de convertirse en mi futuro coinquilino.

—Sepa exculparme si no llega a un acuerdo con él —dijo—, nuestro trato se reduce a unos cuantos y ocasionales encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que quedo exento de toda responsabilidad.

—Si no congeniamos bastará que cada cual siga su camino —repuse—. Me da la sensación, Stamford —añadí mirando fijamente a mi compañero—, de que tiene usted razones para querer lavarse las manos en este negocio. ¿Tan formidable es la destemplanza de nuestro hombre? Hable sin reparos.

—No es cosa sencilla expresar lo inexpresable —repuso riendo—. Holmes posee un carácter demasiado científico para mi gusto..., un carácter que raya en la frigidez. Me lo figuro ofreciendo a un amigo un pellizco del último alcaloide vegetal, no con malicia, entiéndame, sino por la pura curiosidad de investigar a la menuda sus efectos. Y si he de hacerle justicia, añadiré que en mi opinión lo engulliría él mismo con igual tranquilidad. Se diría que habita en su persona la pasión por el conocimiento detallado y preciso.

—Encomiable actitud.

—Y a veces extremosa... Cuando le induce a aporrear con un bastón los cadáveres, en la sala de disección, se pregunta uno si no está revistiendo acaso una forma en exceso peculiar.

—¡Aporrear los cadáveres!

—Sí, a fin de ver hasta qué punto pueden producirse magulladuras en un cuerpo muerto. Lo he contemplado con mis propios ojos.

—¿Y dice usted que no estudia medicina?

—No. Sabe Dios cuál será el objeto de tales investigaciones... Pero ya hemos llegado, y podrá usted formar una opinión sobre el personaje.

Cuando esto decía enfilamos una callejuela, y a través de una pequeña puerta lateral fuimos a dar a una de las alas del gran hospital. Siéndome el terreno familiar, no precisé guía para seguir mi itinerario por la lúgubre escalera de piedra y a través luego del largo pasillo de paredes encaladas y puertas color castaño. Casi al otro extremo, un corredor abovedado y de poca altura torcía hacia uno de los lados, conduciendo al laboratorio de química.

Era éste una habitación de elevado techo, llena toda de frascos que se alineaban a lo largo de las paredes o yacían desperdigados por el suelo. Aquí y allá aparecían unas mesas bajas y anchas erizadas de retortas, tubos de ensayo y pequeñas lámparas Bunsen con su azul y ondulante lengua de fuego. En la habitación hacía guardia un solitario estudiante que, absorto en su trabajo, se inclinaba sobre una mesa apartada. Al escuchar nuestros pasos volvió la cabeza, y saltando en pie dejó oír una exclamación de júbilo.

—¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! —gritó a mi acompañante mientras corría hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He hallado un reactivo que precipita con la hemoglobina y solamente con ella.

El descubrimiento de una mina de oro no habría encendido placer más intenso en aquel rostro.

—Doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —anunció Stamford a modo de presentación.

—Encantado —dijo cordialmente mientras me estrechaba la mano con una fuerza que su aspecto casi desmentía—. Por lo que veo, ha estado usted en tierras afganas.

—¿Cómo diablos ha podido adivinarlo? —pregunté, lleno de asombro.

—No tiene importancia —repuso él riendo por lo bajo—. Volvamos a la hemoglobina. ¿Sin duda percibe usted el alcance de mi descubrimiento?

—Interesante desde un punto de vista químico —contesté—, pero, en cuanto a su aplicación práctica...

—Por Dios, se trata del más útil hallazgo que en el campo de la Medina Legal haya tenido lugar durante los últimos años. Fíjese: nos proporciona una prueba infalible para descubrir las manchas de sangre. ¡Venga usted a verlo!

Era tal su agitación que me agarró de la manga de la chaqueta, arrastrándome hasta el tablero donde había estado realizando sus experimentos.

—Hagámonos con un poco de sangre fresca —dijo, clavándose en el dedo una larga aguja y vertiendo en una probeta de laboratorio la gota manada de la herida. —Ahora añado esta pequeña cantidad de sangre a un litro de agua. Puede usted observar que la mezcla resultante ofrece la apariencia del agua pura. La proporción de sangre no excederá de uno a un millón. No me cabe duda, sin embargo, de que nos las compondremos para obtener la reacción característica.

Mientras tal decía, arrojó en el recipiente unos pocos cristales blancos, agregando luego algunas gotas de cierto líquido transparente. En el acto la mezcla adquirió un apagado color caoba, en tanto que se posaba sobre el fondo de la vasija de vidrio un polvo parduzco.

—¡Ajá! —exclamó, dando palmadas y alborozado como un niño con zapatos nuevos—. ¿Qué me dice ahora?

—Fino experimento —repuse.

—¡Magnífico! ¡Magnífico! La tradicional prueba del guayaco resultaba muy tosca e insegura. Lo mismo cabe decir del examen de los corpúsculos de sangre... Este último es inútil cuando las manchas cuentan arriba de unas pocas horas. Sin embargo, acabamos de dar con un procedimiento que actúa tanto si la sangre es vieja como nueva. A ser mi hallazgo más temprano, muchas gentes que ahora pasean por la calle hubieran pagado tiempo atrás las penas a que sus crímenes les hacen acreedoras.

—Caramba... —murmuré.

—Los casos criminales giran siempre alrededor del mismo punto. A veces un hombre resulta sospechoso de un crimen meses más tarde de cometido éste; se someten a examen sus trajes y ropa blanca: aparecen unas manchas parduzcas. ¿Son manchas de sangre, de barro, de óxido, acaso de fruta? Semejante extremo ha sumido en la confusión a más de un experto, y ¿sabe usted por qué? Por la inexistencia de una prueba segura. Sherlock Holmes ha aportado ahora esa prueba, y queda el camino despejado en lo venidero.

Había al hablar destellos en sus ojos; descansó la palma de la mano a la altura del corazón, haciendo después una reverencia, como si delante suyo se hallase congregada una imaginaria multitud.

—Merece usted que se le felicite —apunté, no poco sorprendido de su entusiasmo.

—¿Recuerda el pasado año el caso de Von Bischoff, en Frankfort? De haber existido esta prueba, mi experimento le habría llevado en derechura a la horca. ¡Y qué decir de Mason, el de Bradford, o del célebre Muller, o de Lefévre de Montpellier, o de Samson el de Nueva Orleans! Una veintena de casos me acuden a la mente en los que la prueba hubiera sido decisiva.

—Parece usted un almanaque viviente de hechos criminales —apuntó Stamford con una carcajada—. ¿Por qué no publica algo? Podría titularlo «Noticiario policiaco de tiempos pasados».

—No sería ningún disparate —repuso Sherlock Holmes poniendo un pedacito de parche sobre el pinchazo—. He de andar con tiento —prosiguió mientras se volvía sonriente hacia mí—, porque manejo venenos con mucha frecuencia.

Al tiempo que hablaba alargó la mano, y eché de ver que la tenía moteada de parches similares y descolorida por el efecto de ácidos fuertes.

—Hemos venido a tratar un negocio —dijo Stamford tomando asiento en un elevado taburete de tres patas, y empujando otro hacia mí con el pie—. Este señor anda buscando dónde cobijarse, y como se lamentaba usted de no encontrar nadie que quisiera ir a medias en la misma operación, he creído buena la idea de reunirlos a los dos.

A Sherlock Holmes pareció seducirle el proyecto de dividir su vivienda conmigo.

—Tengo echado el ojo a unas habitaciones en Baker Street —dijo—, que nos vendrían de perlas. Espero que no le repugne el olor a tabaco fuerte.

—No gasto otro —repuse.

—Hasta ahí vamos bastante bien. Suelo trastear con sustancias químicas y de vez en cuanto realizo algún experimento. ¿Le importa?

—En absoluto.

—Veamos..., cuáles son mis otros inconvenientes. De tarde en tarde me pongo melancólico y no despego los labios durante días. No lo atribuya usted nunca a mal humor o resentimiento. Déjeme sencillamente a mi aire y verá qué pronto me enderezo. En fin, ¿qué tiene usted a su vez que confesarme? Es aconsejable que dos individuos estén impuestos sobre sus peores aspectos antes de que se decidan a vivir juntos.

Me hizo reír semejante interrogatorio.

—Soy dueño de un cachorrito —dije—, y desapruebo los estrépitos porque mis nervios están destrozados... y me levanto a las horas más inesperadas y me declaro, en fin, perezoso en extremo. Guardo otra serie de vicios para los momentos de euforia, aunque los enumerados ocupan a la sazón un lugar preeminente.

—¿Entra para usted el violín en la categoría de lo estrepitoso? —me preguntó muy alarmado.

—Según quién lo toque —repuse—. Un violín bien tratado es un regalo de los dioses, un violín en manos poco diestras...

—Magnífico —concluyó con una risa alegre—. Creo que puede considerarse el trato zanjado..., siempre y cuando dé usted el visto bueno a las habitaciones.

—¿Cuándo podemos visitarlas?

—Venga usted a recogerme mañana a mediodía; saldremos después juntos y quedará todo arreglado.

—De acuerdo, a las doce en punto —repuse estrechándole la mano.

Lo dejamos enzarzado con sus productos químicos y juntos fuimos caminando hacia el hotel.

—Por cierto —pregunté de pronto, deteniendo la marcha y dirigiéndome a Stamford—, ¿cómo demonios ha caído en la cuenta de que venía yo de Afganistán?

Sobre el rostro de mi compañero se insinuó una enigmática sonrisa.

—He ahí una peculiaridad de nuestro hombre —dijo—. Es mucha la gente a la que intriga esa facultad suya de adivinar las cosas.

—¡Caramba! ¿Se trata de un misterio? —exclamé frotándome las manos—. Esto empieza a ponerse interesante. Realmente, le agradezco infinito su presentación... Como reza el dicho, «no hay objeto de estudio más digno del hombre que el hombre mismo».

—Aplíquese entonces a la tarea de estudiar a su amigo —dijo Stamford a modo de despedida—. Aunque no le arriendo la ganancia. Verá como acaba sabiendo él mucho más de usted, que usted de él... Adiós.

—Adiós —repuse, y proseguí sin prisas mi camino hacia el hotel, no poco intrigado por el individuo que acababa de conocer.

2. La ciencia de la deducción

Índice

Nos vimos al día siguiente, según lo acordado, para inspeccionar las habitaciones del 221B de Baker Street a que se había hecho alusión durante nuestro encuentro. Consistían en dos confortables dormitorios y una única sala de estar, alegre y ventilada, con dos amplios ventanales por los que entraba la luz. Tan conveniente en todos los aspectos nos pareció el apartamento y tan moderado su precio, una vez dividido entre los dos, que el trato se cerró de inmediato y, sin más dilaciones, tomamos posesión de la vivienda. Esa misma tarde procedí a mudar mis pertenencias del hotel a la casa, y a la otra mañana Sherlock Holmes hizo lo correspondiente con las suyas, presentándose con un equipaje compuesto de maletas y múltiples cajas. Durante uno o dos días nos entregamos a la tarea de desembalar las cosas y colocarlas lo mejor posible. Salvado semejante trámite, fue ya cuestión de hacerse al paisaje circundante e ir echando raíces nuevas.

No resultaba ciertamente Holmes hombre de difícil convivencia. Sus maneras eran suaves y sus hábitos regulares. Pocas veces le sorprendían las diez de la noche fuera de la cama, e indefectiblemente, al levantarme yo por la mañana, había tomado ya el desayuno y enfilado la calle. Algunos de sus días transcurrían íntegros en el laboratorio de química o en la sala de disección, destinando otros, ocasionalmente, a largos paseos que parecían llevarle hasta los barrios más bajos de la ciudad. Cuando se apoderaba de él la fiebre del trabajo era capaz de desplegar una energía sin parangón; pero a trechos y con puntualidad fatal, caía en un extraño estado de abulia, y entonces, y durante días, permanecía extendido sobre el sofá de la sala de estar, sin mover apenas un músculo o pronunciar palabra de la mañana a la noche. En tales ocasiones no dejaba de percibir en sus ojos cierta expresión perdida y como ausente que, a no ser por la templanza y limpieza de su vida toda, me habría atrevido a imputar al efecto de algún narcótico. Conforme pasaban las semanas, mi interés por él y la curiosidad que su proyecto de vida suscitaba en mí, fueron haciéndose cada vez más patentes y profundos. Su misma apariencia y aspecto externos eran a propósito para llamar la atención del más casual observador. En altura andaba antes por encima que por debajo de los seis pies, aunque la delgadez extrema exageraba considerablemente esa estatura. Los ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los períodos de sopor a que he aludido, y su fina nariz de ave rapaz le daba no sé qué aire de viveza y determinación. La barbilla también, prominente y maciza, delataba en su dueño a un hombre de firmes resoluciones. Las manos aparecían siempre manchadas de tinta y distintos productos químicos, siendo, sin embargo, de una exquisita delicadeza, como innumerables veces eché de ver por el modo en que manejaba Holmes sus frágiles instrumentos de física.

Acaso el lector me esté calificando ya de entrometido impenitente en vista de lo mucho que este hombre excitaba mi curiosidad y de la solicitud impertinente con que procuraba yo vencer la reserva en que se hallaba envuelto todo lo que a él concernía. No sería ecuánime sin embargo, antes de dictar sentencia, echar en olvido hasta qué punto sin objeto era entonces mi vida, y qué pocas cosas a la sazón podían animarla. Siendo el que era mi estado de salud, sólo en días de tiempo extraordinariamente benigno me estaba permitido aventurarme al espacio exterior, faltándome, los demás, amigos con quienes endulzar la monotonía de mi rutina cotidiana. En semejantes circunstancias, acogí casi con entusiasmo el pequeño misterio que rodeaba a mi compañero, así como la oportunidad de matar el tiempo probando a desvelarlo.

No seguía la carrera médica. Él mismo, respondiendo a cierta pregunta, había confirmado el parecer de Stamford sobre semejante punto. Tampoco parecía empeñado en suerte alguna de estudio que pudiera auparle hasta un título científico, o abrirle otra cualquiera de las reconocidas puertas por donde se accede al mundo académico. Pese a todo, el celo puesto en determinadas labores era notable, y sus conocimientos, excéntricamente circunscritos a determinados campos, tan amplios y escrupulosos que daban lugar a observaciones sencillamente asombrosas. Imposible resultaba que un trabajo denodado y una información en tal grado exacta no persiguieran un fin concreto. El lector poco sistemático no se caracteriza por la precisión de los datos acumulados en el curso de sus lecturas. Nadie satura su inteligencia con asuntos menudos a menos que tenga alguna razón de peso para hacerlo así.

Si sabía un número de cosas fuera de lo común, ignoraba otras tantas de todo el mundo conocidas. De literatura contemporánea, filosofía y política, estaba casi completamente en ayunas. Cierta vez que saqué yo a colación el nombre de Tomás Carlyle, me preguntó, con la mayor inocencia, quién era aquél y lo que había hecho. Mi estupefacción llegó sin embargo a su cenit cuando descubrí por casualidad que ignoraba la teoría copernicana y la composición del sistema solar. El que un hombre civilizado desconociese en nuestro siglo XIX que la tierra gira en torno al sol, se me antojó un hecho tan extraordinario que apenas si podía darle crédito.

—Parece usted sorprendido —dijo sonriendo ante mi expresión de asombro—. Ahora que me ha puesto usted al corriente, haré lo posible por olvidarlo.

—¡Olvidarlo!

—Entiéndame —explicó—, considero que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se halla tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él. El operario hábil selecciona con sumo cuidado el contenido de ese vano disponible que es su cabeza. Sólo de herramientas útiles se compondrá su arsenal, pero éstas serán abundantes y estarán en perfecto estado. Constituye un grave error el suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles.

—¡Sí, pero el sistema solar...! —protesté.

—¿Y qué se me da a mí el sistema solar? —interrumpió ya impacientado—: dice usted que giramos en torno al sol... Que lo hiciéramos alrededor de la luna no afectaría un ápice a cuanto soy o hago.

Estuve entonces a punto de interrogarle sobre eso que él hacía, pero un no sé qué en su actitud me dio a entender que semejante pregunta no sería de su agrado. No dejé de reflexionar, sin embargo, acerca de nuestra conversación y las pistas que ella me insinuaba. Había mencionado su propósito de no entrometerse en conocimiento alguno que no atañera a su trabajo. Por tanto, todos los datos que atesoraba le reportaban por fuerza cierta utilidad. Enumeré mentalmente los distintos asuntos sobre los que había demostrado estar excepcionalmente bien informado. Incluso tomé un lápiz y los fui poniendo por escrito. No pude contener una sonrisa cuando vi el documento en toda su extensión. Decía así: «Sherlock Holmes; sus límites.

1. Conocimientos de Literatura: ninguno.

2. Conocimientos de Filosofía: ninguno.

3. Conocimientos de Astronomía: ninguno.

4. Conocimientos de Política: escasos.

5. Conocimientos de Botánica: desiguales. Al día en lo atañedero a la belladona, el opio y los venenos en general. Nulos en lo referente a la jardinería.

6. Conocimientos de Geología: prácticos aunque restringidos. De una ojeada distingue un suelo geológico de otro. Después de un paseo me ha enseñado las manchas de barro de sus pantalones y ha sabido decirme, por la consistencia y color de la tierra, a qué parte de Londres correspondía cada una.

7. Conocimientos de Química: profundos.

8. Conocimientos de Anatomía: exactos, pero poco sistemáticos.

9. Conocimientos de literatura sensacionalista: inmensos. Parece conocer todos los detalles de cada hecho macabro acaecido en nuestro siglo.

10. Toca bien el violín.

11. Experto boxeador, y esgrimista de palo y espada.

12. Familiarizado con los aspectos prácticos de la ley inglesa.»

Al llegar a este punto, desesperado, arrojé la lista al fuego. «Si para adivinar lo que este tipo se propone —me dije— he de buscar qué profesión corresponde al común denominador de sus talentos, puedo ya darme por vencido.»

Observo haber aludido poco más arriba a su aptitud para el violín. Era ésta notable, aunque no menos peregrina que todas las restantes. Que podía ejecutar piezas musicales, y de las difíciles, lo sabía de sobra, ya que a petición mía había reproducido las notas de algunos lieder de Mendelssohn y otras composiciones de mi elección. Cuando se dejaba llevar de su gusto, rara vez arrancaba sin embargo a su instrumento música o aires reconocibles. Recostado en su butaca durante toda una tarde, cerraba los ojos y con ademán descuidado arañaba las cuerdas del violín, colocado de través sobre una de sus rodillas. Unas veces eran las notas vibrantes y melancólicas, otras, de aire fantástico y alegre. Sin duda tales acordes reflejaban al exterior los ocultos pensamientos del músico, bien dándoles su definitiva forma, bien acompañándolos no más que como una caprichosa melodía del espíritu. Sabe Dios que no hubiera sufrido pasivamente esos exasperantes solos a no tener Holmes la costumbre de rematarlos con una rápida sucesión de mis piezas favoritas, ejecutadas en descargo de lo que antes de ellas había debido oír.

Llevábamos juntos alrededor de una semana sin que nadie apareciese por nuestro habitáculo, cuando empecé a sospechar en mi compañero una orfandad de amistades pareja a la mía. Pero, según pude descubrir a continuación, no sólo era ello falso, sino que además los contactos de Holmes se distribuían entre las más dispersas capas de la sociedad. Existía, por ejemplo, un hombrecillo de ratonil aspecto, pálido y ojimoreno, que me fue presentado como el señor Lestrade y que vino a casa en no menos de tres o cuatro ocasiones a lo largo de una semana. Otra mañana una joven elegantemente vestida fue nuestro huésped durante más de media hora. A la joven sucedió por la noche un tipo harapiento y de cabeza cana —la clásica estampa del buhonero judío—, que parecía hallarse sobre ascuas y que a su vez dejó paso a una raída y provecta señora. Un día estuvo mi compañero departiendo con cierto caballero anciano y de melena blanca como la nieve; otro, recibió a un mozo de cuerda que venía con su uniforme de pana. Cuando alguno de los miembros de esta abigarrada comunidad hacía acto de presencia, solía Holmes suplicarme el usufructo de la sala y yo me retiraba entonces a mi dormitorio. Jamás dejó de disculparse por el trastorno que de semejante modo me causaba.

—Tengo que utilizar esta habitación como oficina —decía—, y la gente que entra en ella constituye mi clientela.

¡Qué mejor momento para interrogarle a quemarropa! Sin embargo, me vi siempre sujeto por el recato de no querer forzar la confidencia ajena. Imaginaba que algo le impedía dejar al descubierto ese aspecto de su vida, cosa que pronto me desmintió él mismo yendo derecho al asunto sin el menor requerimiento por mi parte.

Se cumplía como bien recuerdo el 4 de marzo, cuando, habiéndome levantado antes que de costumbre, encontré a Holmes despachando su aún inconcluso desayuno. Tan hecha estaba la patrona a mis hábitos poco madrugadores, que no hallé ni el plato aparejado ni el café dispuesto. Con la característica y nada razonable petulancia del común de los mortales, llamé entonces al timbre y anuncié muy cortante que esperaba mi ración. Acto seguido tomé un periódico de la mesa e intenté distraer con él el tiempo mientras mi compañero terminaba en silencio su tostada. El encabezamiento de uno de los artículos estaba subrayado en rojo, y a él, naturalmente, dirigí en primer lugar mi atención.

Sobre la raya encarnada aparecían estas ampulosas palabras: EL LIBRO DE LA VIDA, y a ellas seguía una demostración de las innumerables cosas que a cualquiera le sería dado deducir no más que sometiendo a examen preciso y sistemático los acontecimientos de que el azar le hiciese testigo. El escrito se me antojó una extraña mezcolanza de agudeza y disparate. A sólidas y apretadas razones sucedían inferencias en exceso audaces o exageradas. Afirmaba el autor poder adentrarse, guiado de señales tan someras como un gesto, el estremecimiento de un músculo, o la mirada de unos ojos, en los más escondidos pensamientos de otro hombre. Según él, la simulación y el engaño resultaban impracticables delante de un individuo avezado al análisis y a la observación. Lo que éste dedujera sería tan cierto como las proposiciones de Euclides. Tan sorprendentes serían los resultados, que el no iniciado en las rutas por donde se llega de los principios a las conclusiones, habría por fuerza de creerse en presencia de un auténtico nigromante.

—A partir de una gota de agua —decía el autor—, cabría al lógico establecer la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara, aunque ni de lo uno ni de lo otro hubiese tenido jamás la más mínima noticia. La vida toda es una gran cadena cuya naturaleza se manifiesta a la sola vista de un eslabón aislado. A semejanza de otros oficios, la Ciencia de la Deducción y el Análisis exige en su ejecutante un estudio prolongado y paciente, no habiendo vida humana tan larga que en el curso de ella quepa a nadie alcanzar la perfección máxima de que el arte deductivo es susceptible. Antes de poner sobre el tapete los aspectos morales y psicológicos de más bulto que esta materia suscita, descenderé a resolver algunos problemas elementales. Por ejemplo, cómo apenas divisada una persona cualquiera, resulta hacedero inferir su historia completa, así como su oficio o profesión. Parece un ejercicio pueril, y sin embargo afina la capacidad de observación, descubriendo los puntos más importantes y el modo como encontrarles respuesta. Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de su camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado. Que semejantes elementos, puestos en junto, no iluminen al inquisidor competente sobre el caso más difícil, resulta, sin más, inconcebible.

—¡Valiente sarta de sandeces! —grité, dejando el periódico sobre la mesa con un golpe seco—. Jamás había leído en mi vida tanto disparate.

—¿De qué se trata? —preguntó Sherlock Holmes.

—De ese artículo —dije, apuntando hacia él con mi cucharilla mientras me sentaba para dar cuenta de mi desayuno—. Veo que lo ha leído, ya que está subrayado por usted. No niego habilidad al escritor. Pero me subleva lo que dice. Se trata a ojos vista de uno de esos divagadores de profesión a los que entusiasma elucubrar preciosas paradojas en la soledad de sus despachos. Pura teoría. ¡Quién lo viera encerrado en el metro, en un vagón de tercera clase, frente por frente de los pasajeros, y puesto a la tarea de ir adivinando las profesiones de cada uno! Apostaría uno a mil en contra suya.

—Perdería usted su dinero —repuso Holmes tranquilamente—. En cuanto al artículo, es mío.

—¡Suyo!

—Sí; soy aficionado tanto a la observación como a la deducción. Esas teorías expuestas en el periódico y que a usted se le antojan tan quiméricas, vienen a ser en realidad extremadamente prácticas, hasta el punto que de ellas vivo.

—¿Cómo? —pregunté involuntariamente.

—Tengo un oficio muy particular, sospecho que único en el mundo. Soy detective asesor... Verá ahora lo que ello significa. En Londres abundan los detectives comisionados por el gobierno, y no son menos los privados. Cuando uno de ellos no sabe muy bien por dónde anda, acude a mí, y yo lo coloco entonces sobre la pista. Suelen presentarme toda la evidencia de que disponen, a partir de la cual, y con ayuda de mi conocimiento de la historia criminal, me las arreglo decentemente para enseñarles el camino. Existe un fuerte aire de familia entre los distintos hechos delictivos, y si se dominan a la menuda los mil primeros, no resulta difícil descifrar el que completa el número mil uno. Lestrade es un detective bien conocido. No hace mucho se enredó en un caso de falsificación, y hallándose un tanto desorientado, vino aquí a pedir consejo.

—¿Y los demás visitantes?

—Proceden en la mayoría de agencias privadas de investigación. Son gente que está a oscuras sobre algún asunto y acude a buscar un poco de luz. Atiendo a su relato, doy mi opinión, y presento la minuta.

—¿Pretende usted decirme —atajé— que sin salir de esta habitación se las compone para poner en claro lo que otros, en contacto directo con las cosas, e impuestos sobre todos sus detalles, sólo ven a medias?

—Exactamente. Poseo, en ese sentido, una especie de intuición. De cuando en cuando surge un caso más complicado, y entonces es menester ponerse en movimiento y echar alguna que otra ojeada. Sabe usted que he atesorado una cantidad respetable de datos fuera de lo común; este conocimiento facilita extraordinariamente mi tarea. Las reglas deductivas por mí sentadas en el artículo que acaba de suscitar su desdén me prestan además un inestimable servicio. La capacidad de observación constituye en mi caso una segunda naturaleza. Pareció usted sorprendido cuando, nada más conocerlo, observé que había estado en Afganistán.

—Alguien se lo dijo, sin duda.

—En absoluto. Me constaba esa procedencia suya de Afganistán. El hábito bien afirmado imprime a los pensamientos una tan rápida y fluida continuidad, que me vi abocado a la conclusión sin que llegaran a hacérseme siquiera manifiestos los pasos intermedios. Éstos, sin embargo, tuvieron su debido lugar. Helos aquí puestos en orden: «Hay delante de mí un individuo con aspecto de médico y militar a un tiempo. Luego se trata de un médico militar. Acaba de llegar del trópico, porque la tez de su cara es oscura y ése no es el color suyo natural, como se ve por la piel de sus muñecas. Según lo pregona su macilento rostro ha experimentado sufrimientos y enfermedades. Le han herido en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y de manera forzada... ¿en qué lugar del trópico es posible que haya sufrido un médico militar semejantes contrariedades, recibiendo, además, una herida en el brazo? Evidentemente, en Afganistán». Esta concatenación de pensamientos no duró el espacio de un segundo. Observé entonces que venía de la región afgana, y usted se quedó con la boca abierta.

—Tal como me ha relatado el lance, parece cosa de nada —dije sonriendo—. Me recuerda usted al Dupin de Allan Poe. Nunca imaginé que tales individuos pudieran existir en realidad.

Sherlock Holmes se puso en pie y encendió la pipa.

—Sin duda cree usted halagarme estableciendo un paralelo con Dupin —apuntó—. Ahora bien, en mi opinión, Dupin era un tipo de poca monta. Ese expediente suyo de irrumpir en los pensamientos de un amigo con una frase oportuna, tras un cuarto de hora de silencio, tiene mucho de histriónico y superficial. No le niego, desde luego, talento analítico, pero dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto.

—¿Ha leído usted las obras de Gaboriau? —pregunté—. ¿Responde Lecoq a su ideal detectivesco?

Sherlock Holmes arrugó sarcástico la nariz.

—Lecoq era un chapucero indecoroso —dijo con la voz alterada—, que no tenía sino una sola cualidad, a saber: la energía. Cierto libro suyo me pone sencillamente enfermo... En él se trata de identificar a un prisionero desconocido, sencillísima tarea que yo hubiera ventilado en veinticuatro horas y para la cual Lecoq precisa, poco más o menos, seis meses. Ese libro merecería ser repartido entre los profesionales del ramo como manual y ejemplo de lo que no hay que hacer.

Hirió algo mi amor propio al ver tratados tan displicentemente a dos personas que admiraba. Me aproximé a la ventana, y tuve durante un rato la mirada perdida en la calle llena de gente. «No sé si será este tipo muy listo», pensé para mis adentros, «pero no cabe la menor duda de que es un engreído.»

—No quedan ya crímenes ni criminales —prosiguió, en tono quejumbroso—. ¿De qué sirve en nuestra profesión tener la cabeza bien puesta sobre los hombros? Sé de cierto que no me faltan condiciones para hacer mi nombre famoso. Ningún individuo, ahora o antes de mí, puso jamás tanto estudio y talento natural al servicio de la causa detectivesca... ¿Y para qué? ¡No aparece el gran caso criminal! A lo sumo me cruzo con alguna que otra chapucera villanía, tan transparente, que su móvil no puede hurtarse siquiera a los ojos de un oficial de Scotland Yard.

Persistía en mí el enfado ante la presuntuosa verbosidad de mi compañero, de manera que juzgué conveniente cambiar de tercio.

—¿Qué tripa se le habrá roto al tipo aquél? —pregunté señalando a cierto individuo fornido y no muy bien trajeado que a paso lento recorría la acera opuesta, sin dejar al tiempo de lanzar unas presurosas ojeadas a los números de cada puerta. Portaba en la mano un gran sobre azul, y su traza era a la vista la de un mensajero.

—¿Se refiere usted seguramente al sargento retirado de la Marina? —dijo Sherlock Holmes.

«¡Fanfarrón!», pensé para mí. «Sabe que no puedo verificar su conjetura.»

Apenas si este pensamiento había cruzado mi mente, cuando el hombre que espiábamos percibió el número de nuestra puerta y se apresuró a atravesar la calle. Oímos un golpe seco de aldaba, una profunda voz que venía de abajo y el ruido pesado de unos pasos a lo largo de la escalera.

—¡Para el señor Sherlock Holmes! —exclamó el extraño, y, entrando en la habitación, entregó la carta a mi amigo. ¡Era el momento de bajarle a éste los humos! ¡Quién le hubiera dicho, al soltar aquella andanada en el vacío, que iba a verse de pronto en el brete de hacerla buena!

Pregunté entonces con mi más acariciadora voz:

—¿Buen hombre, tendría usted la bondad de decirme cuál es su profesión?

—Ordenanza, señor —dijo con un gruñido—. Me están arreglando el uniforme.

—¿Qué era usted antes? —inquirí mientras miraba maliciosamente a Sherlock Holmes con el rabillo del ojo. —Sargento, señor, sargento de infantería ligera de la Marina Real. ¿No hay contestación? Perfectamente, señor.

Y juntando los talones, saludó militarmente y desapareció de nuestra vista.

3. El misterio de Lauriston Gardens

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No ocultaré mi sorpresa ante la eficacia que otra vez evidenciaban las teorías de Holmes. Sentí que mi respeto hacia tamaña facultad adivinatoria aumentaba portentosamente. Aun así, no podía acallar completamente la sospecha de que fuera todo un montaje enderezado a deslumbrarme en vista de algún motivo sencillamente incomprensible. Cuando dirigí hacia él la mirada, había concluido ya de leer la nota y en sus ojos flotaba la expresión vacía y sin brillo por donde se manifiestan al exterior los estados de abstracción meditativa.

—¿Cómo diantres ha llevado usted a cabo su deducción? —pregunté.

—¿Qué deducción? —repuso petulantemente.

—Caramba, la de que era un sargento retirado de la Marina.

—No estoy para bagatelas —contestó de manera cortante; y añadió, con una sonrisa—: Perdone mi brusquedad, pero ha cortado usted el hilo de mis pensamientos. Es lo mismo... Así, pues, ¿no le había saltado a la vista la condición del mensajero?

—Puede estar seguro.

—Resulta más fácil adivinar las cosas que explicar cómo da uno con ellas. Si le pidieran una demostración de por qué dos y dos son cuatro, es posible que se viera usted en un aprieto, no cabiéndole, con todo, ninguna duda en torno a la verdad del caso. Incluso desde el lado de la calle opuesto a aquel donde se hallaba nuestro hombre, acerté a distinguir un ancla azul de considerable tamaño tatuada sobre el dorso de su mano. Primera señal marinera. El porte era militar, sin embargo, y las patillas se ajustaban a la longitud que dicta el reglamento. Henos, pues, instalados en la Armada. Añádase cierta fachenda y como ínfulas de mando... Seguramente ha notado usted lo erguido de su cabeza y el modo como hacía oscilar el bastón. Un hombre formal, respetable, por añadidura de mediana edad... Tomados los hechos en conjunto, ¿de quién podía tratarse, sino de un sargento?

—¡Admirable! —exclamé.

—Trivial... —repuso Holmes, aunque adiviné por su expresión el contento que en él habían producido mi sorpresa y admiración—. Dejé dicho hace poco que no quedaban criminales. Pues bien, he de desmentirme. ¡Eche un vistazo!

Me confió la nota traída por el ordenanza.

—¡Demonios! —grité tras ponerle la vista encima—, ¡es espantoso!

—Parece salirse un tanto de los casos vulgares —observó flemático—. ¿Tendría la bondad de leérmela en voz alta?

He aquí la carta a la que di lectura:

«Ml QUERIDO SHERLOCK HOLMES,

Esta noche, en el número tres de Lauriston Gardens, según se va a Brixton, se nos ha presentado un feo asunto. Como a las dos de la mañana advirtió el policía de turno que estaban las luces encendidas, y, dado que se encuentra la casa deshabitada, sospechó de inmediato algo irregular. Halló la puerta abierta, y en la pieza delantera, desprovista de muebles, el cuerpo de un caballero bien trajeado. En uno de sus bolsillos había una tarjeta con estas señas grabadas: "Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, U.S.A". No ha tenido lugar robo alguno, ni se echa de ver cómo haya podido sorprender la muerte a este desdichado. Aunque existen en la habitación huellas de sangre, el cuerpo no ostenta una sola herida. Desconocemos también por qué medio o conducto vino a dar el finado a la mansión vacía; de hecho, el percance todo presenta rasgos desconcertantes. Si se le pone a tiro llegarse aquí antes de las doce, me hallará en el escenario del crimen. He dejado orden de que nada se toque antes de que usted dé señales de vida. Si no pudiera acudir, le explicaría el caso más circunstanciadamente, en la esperanza de que me concediese el favor de su dictamen.

Le saluda atentamente,

TOBÍAS GREGSON.»

—Gregson es el más despierto de los inspectores de Scotland Yard —apuntó mi amigo—; él y Lestrade constituyen la flor y nata de un pelotón de torpes. Despliegan ambos rapidez y energía, mas son convencionales en grado sorprendente. Por añadidura, se tienen puesta mutuamente la proa. En punto a celos no les va a la zaga la damisela más presumida, y como uno y otro decidan tirar de la manta, la cosa va a resultar divertida.

No podía contener mi sorpresa ante la calma negligente con que iba Sherlock Holmes desgranando sus observaciones.

—Desde luego no hay un momento que perder —exclamé—: ¿le parece que llame ahora mismo a un coche de caballos?

—No sé qué decirle. Soy el hombre más perezoso que imaginarse pueda... Cuando me da por ahí, naturalmente, porque, llegado el caso, también sé andar a la carrera.

—¿No era ésta la ocasión que tanto esperaba?

—¿Y qué más da, hombre de Dios? En el supuesto de que me las componga para desenredar la madeja, no le quepa duda que serán Gregson, Lestrade y compañía quienes se lleven los laureles. ¡He ahí lo malo de ir uno por su cuenta!

—Le ha suplicado su ayuda...

—En efecto. Me sabe superior, y en privado lo reconoce, mas antes se dejaría cortar la lengua que admitir esa superioridad en público. Sin embargo, podemos ir a echar un vistazo. Haré las cosas a mi modo, y cuando menos podré reírme a costa de ellos. ¡En marcha!

Se puso el gabán a toda prisa, dando muestras, según se movía de un lado a otro, de que a la desgana anterior había sucedido una etapa de euforia.

—No olvide su sombrero —dijo.

—¿Desea usted que le acompañe?

—Sí, si no se le ocurre nada mejor que hacer.

Un momento después nos hallábamos instalados en un coche, en rápida carrera hacia el camino de Brixton. Se trataba de una de esas mañanas brumosas en que los cendales de niebla, suspendidos sobre los tejados y azoteas, parecen copiar el sucio barro callejero. Estaba Holmes de excelente humor, no cesando de abundar en asuntos tales como los violines de Cremona o la diferencia que media entre un Stradivarius y un Amati. En cuanto a mí, no abrí la boca, ya que el tiempo melancólico y el asunto fúnebre que nos solicitaba no eran a propósito para levantarle a uno el ánimo.

—Parece usted tener el pensamiento muy lejos del caso que se trae entre manos —dije al cabo, interrumpiendo la cháchara musical de Holmes.

—Faltan datos —repuso—. Es un error capital precipitarse a edificar teorías cuando no se halla aún reunida toda la evidencia, porque suele salir entonces el juicio combado según los caprichos de la suposición primera.

—Los datos no van a hacerse esperar —observé, extendiendo el índice—; esta calle es la de Brixton y aquélla la casa, a lo que parece.

—En efecto. ¡Pare, cochero, pare!

Unas cien yardas nos separaban todavía de nuestro destino, pese a lo cual Holmes porfió en apearse del coche y hacer andando lo que restaba de camino.

El número tres de Lauriston Gardens ofreció un aspecto entre amenazador y siniestro. Formaba parte de un grupo de cuatro inmuebles sitos algo a trasmano de la carretera, dos de ellos habitados y vacíos los restantes. Las fachadas de estos últimos estaban guarnecidas de tres melancólicas hileras de ventanas, tan polvorientas y cegadas que no habría resultado fácil distinguir unas de otras a no ser porque, de trecho en trecho, podía verse, como una catarata crecida en la oquedad de un ojo, el cartel de «Se alquila». Unos jardincillos salpicados de cierta vegetación anémica y escasa ponían tierra entre la calle y los portales, a los que se accedía por unos senderos estrechos, compuestos de una sustancia amarillenta que parecía ser mezcla de arcilla y grava. La lluvia caída durante la noche había convertido el paraje en un barrizal. El jardín se hallaba ceñido por un muro de ladrillo, de tres pies de altura y somero remate de madera; sobre este cercado o empalizada descansaba su macicez un guardia, rodeado de un pequeño grupo de curiosos, quienes, castigando inútilmente la vista y el cuello, hacían lo imposible por alcanzar el interior del recinto.

Yo había imaginado que Sherlock Holmes entraría de galope en el edificio para aplicarse sin un momento de pérdida al estudio de aquel misterio. Nada más lejos, aparentemente, de su propósito. Con un aire negligente que, dadas las circunstancias, rayaba en la afectación, recorrió varias veces, despacioso, el largo de la carretera, lanzando miradas un tanto ausentes al suelo, el cielo, las casas fronteras y la valla de madera. Acabado que hubo semejante examen, se dio a seguir palmo a palmo el sendero, o mejor dicho, el borde de hierba que flanqueaba el sendero, fijos los ojos en tierra. Dos veces se detuvo y una de ellas le vi sonreírse, a la par que de sus labios escapaba un murmullo de satisfacción. Se apreciaban sobre el suelo arcilloso varias improntas de pasos; pero como quiera que la policía había estado yendo y viniendo, no alcanzaba yo a comprender de qué utilidad podían resultar tales huellas a mi amigo. Con todo, en vista de las extraordinarias pruebas de facultad perceptiva que poco antes me había dado, no me cabía la menor duda de que a sus ojos se hallaban presentes muchos más indicios que a los míos.

En la puerta nos tropezamos a un hombre alto y pálido, de cabellera casi blanca por lo rubia, el cual, apenas vernos —llevaba en la mano un cuaderno de notas—, se precipitó hacia Sherlock Holmes, asiendo efusivamente su diestra.

—¡Le agradezco que haya venido! —dijo—. Todo está como lo encontré...

—Excepto eso —repuso Holmes señalando el sendero—. Una manada de búfalos no habría obrado mayor confusión. Aunque sin duda supongo, Gregson, que ya tenía usted hecha una composición de lugar cuando permitió semejante estropicio.

—La tarea del interior de la casa no me ha dejado sosiego para nada —dijo evasivamente el detective—. Mi colega el señor Lestrade se encuentra aquí. A él había confiado mirar por las demás cosas.

Holmes dirigió los ojos hacia mí y enarcó sardónico las cejas.

—Con dos tipos como usted y Lestrade en la brecha, no sé qué va a pintar aquí una tercera persona —repuso.

Halagado, Gregson frotó una mano contra la otra.

—Creo que hemos hecho todo lo hacedero —dijo—; aunque, tratándose de un caso extraño, imaginé que le interesaría echar un vistazo.

—¿Se llegó usted aquí en coche? —preguntó Sherlock Holmes.

—No.

—¿Tampoco Lestrade?

—Tampoco.

—Vamos entonces a dar una vuelta por la habitación.

Tras este extemporáneo enunciado, entró en la casa seguido de Gregson, en cuyo rostro se dibujaba la más completa sorpresa.

Un corto pasillo, polvoriento y con el entarimado desnudo, conducía a la cocina y demás dependencias. Dos puertas se abrían a sendos lados. Una llevaba, evidentemente, varias semanas cerrada. La otra daba al comedor, escenario del misterioso hecho ocurrido. Allí se dirigió Holmes, y yo detrás de él, presa el corazón del cauteloso sentimiento que siempre inspira la muerte.

Se trataba de una gran pieza cuadrada cuyo tamaño aparecía magnificado por la absoluta ausencia de muebles. Un papel vulgar y chillón ornaba los tabiques, enmohecido a trechos y deteriorado de manera que las tiras desgarradas y colgantes dejaban de vez en cuando al desnudo el rancio yeso subyacente. Frente por frente de la puerta había una ostentosa chimenea, rematada por una repisa que quería figurar mármol blanco. A uno de los lados de la repisa se erguía el muñón rojo de una vela de cera. Sólo una ventana se abría en aquellos muros, tan sucia que la luz por ella filtrada, tenue e incierta, daba a todo un tinte grisáceo, intensificado por la espesa capa de polvo que cubría la estancia.

De estos detalles que aquí pongo me percaté más tarde. Por lo pronto mi atención se vio solicitada por la triste, solitaria e inmóvil figura que yacía extendida sobre el entarimado, fijos los ojos inexpresivos y ciegos en el techo sin color. Se trataba de un hombre de cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, de talla mediana, ancho de hombros, rizado el hirsuto pelo negro, y barba corta y áspera. Gastaba levita y chaleco de grueso velarte, pantalones claros, y puños y cuello de camisa inmaculados. A su lado, en el suelo, se destacaba la silueta de una pulcra y bien cepillada chistera. Los puños cerrados, los brazos abiertos y la postura de las piernas, trabadas una con otra, sugerían un trance mortal de peculiar dureza. Sobre el rostro hierático había dibujado un gesto de horror, y, según me pareció, de odio, un odio jamás visto en ninguna otra parte. Esta contorsión maligna y terrible, en complicidad con la estrechez de la frente, la chatedad de la nariz y el prognatismo pronunciado daban al hombre muerto un aire simiesco, tanto mayor cuanto que aparecía el cuerpo retorcido y en insólita posición. He contemplado la muerte bajo diversas apariencias, todas, sin embargo, más tranquilizadoras que la ofrecida por esa siniestra y oscura habitación a orillas de la cual discurría una de las grandes arterias del Londres suburbial.

Lestrade, flaco y con su aire de animal de presa, estaba en pie junto al umbral, desde donde nos dio la bienvenida a mi amigo y a mí.

—Este caso va a traer cola —observó—. No se le compara ni uno sólo de los que he visto antes, y llevo tiempo en el oficio.

—¿Alguna pista? —dijo Gregson.

—En absoluto —repuso Lestrade.

Sherlock Holmes se aproximó al cuerpo, e hincándose de rodillas lo examinó cuidadosamente.

—¿Están seguros de que no tiene ninguna herida? —inquirió al tiempo que señalaba una serie de manchas y salpicaduras de sangre en torno al cadáver.

—¡Desde luego! —clamaron los detectives.

—Entonces, cae de por sí que esta sangre pertenece a un segundo individuo... Al asesino, en el supuesto de que se haya perpetrado un asesinato. Me vienen a las mientes ciertas semejanzas de este caso con el de la muerte de Van Jansen, en Utrecht, allá por el año treinta y cuatro. ¿Recuerda usted aquel suceso, Gregson?

—No.

—No deje entonces de acudir a los archivos. Nada hay nuevo bajo el sol... Cada acto o cada cosa tiene un precedente en el pasado.

Al tiempo sus ágiles dedos volaban de un lado para otro, palpando, presionando, desabrochando, examinando, mientras podía apreciarse en los ojos esa expresión remota a la que antes he aludido. Tan presto llegó el reconocimiento a término, que nadie hubiera podido adivinar su exactitud exquisita. La operación de aplicar la nariz a los labios del difunto, y una ojeada a las botas de charol, pusieron el punto final.

—Me dicen que el cuerpo no ha sido desplazado —señaló interrogativamente.

—Lo mínimo necesario para el fin de nuestras pesquisas.

—Pueden llevarlo ya al depósito de cadáveres —dijo Holmes—. Aquí no hay nada más que hacer.

Gregson disponía de una camilla y cuatro hombres. A su llamada penetraron en la habitación, y el extraño fue aupado del suelo y conducido fuera. Cuando lo alzaban se oyó el tintineo de un anillo, que rodó sobre el pavimento. Lestrade, tras haberse hecho con la alhaja, le dirigió una mirada llena de confusión.

—En la habitación ha estado una mujer —observó—. Este anillo de boda pertenece a una mujer...

Y mientras así decía, nos mostraba en la palma de la mano el objeto hallado. Hicimos corro en torno a él y echamos una ojeada. Saltaba a la vista que el escueto aro de oro había adornado un día la mano de una novia.

—Se nos complica el asunto —dijo Gregson—. ¡Y sabe Dios que no era antes sencillo!

—¿Está usted seguro de que no se simplifica? —repuso Holmes—. Veamos, no va a progresar usted mucho con esa mirada de pasmo..., ¿encontraron algo en los bolsillos del muerto?

—Está todo allí —dijo Gregson señalando unos cuantos objetos reunidos en montón sobre uno de los primeros peldaños de la escalera—. Un reloj de oro, número noventa y siete ciento sesenta y tres, de la casa Barraud de Londres. Una cadena de lo mismo, muy maciza y pesada. Un anillo, también de oro, que ostenta el emblema de la masonería. Un alfiler de oro cuyo remate figura la cabeza de un bulldog, con dos rubíes a modo de ojos. Tarjetero de piel de Rusia con unas cartulinas a nombre de Enoch J. Drebber de Cleveland, título que corresponde a las iniciales E. J. D. bordadas en la ropa blanca. No hay monedero, aunque sí dinero suelto por un montante de siete libras trece chelines. Una edición de bolsillo del Decamerón de Boccaccio con el nombre de Joseph Stangerson escrito en la guarda. Dos cartas, dirigida una a E. J. Drebber, y a Joseph Stangerson la otra.

—¿Y la dirección?

—American Exchange, Strand, donde debían permanecer hasta su oportuna solicitación. Proceden ambas de la Guion Steamship Company, y tratan de la zarpa de sus buques desde Liverpool. A la vista está que este desgraciado se disponía a volver a Nueva York.

—¿Ha averiguado usted algo sobre el tal Stangerson?

—Inicié las diligencias de inmediato —dijo Gregson—. He puesto anuncios en todos los periódicos, y uno de mis hombres se halla destacado en el American Exchange, de donde no ha vuelto aún.

—¿Han establecido contacto con Cleveland?

—Esta mañana, por telegrama.

—¿Cómo lo redactaron?

—Tras hacer una relación detallada de lo sucedido, solicitamos cuanta información pudiera sernos útil.

—¿Hizo hincapié en algún punto que le pareciese de especial importancia?

—Pedí informes acerca de Stangerson.

—¿Nada más? ¿No existe para usted ningún detalle capital sobre el que repose el misterio de este asunto? ¿No telegrafiará de nuevo?

—He dicho cuanto tenía que decir —repuso Gregson con el tono de amor propio ofendido.

Sherlock Holmes rió para sí, y parecía presto a una observación, cuando Lestrade, ocupado durante el interrogatorio en examinar la habitación delantera, hizo acto de presencia, frotándose las manos con mucha fachenda.

—El señor Gregson —dijo—, acaba de encontrar algo de suma importancia, algo que se nos habría escapado si no llega a darme por explorar atentamente las paredes.

Brillaban como brasas los ojos del hombrecillo, a duras penas capaz de contener la euforia en él despertada por ese tanto de ventaja obtenido sobre su rival.

—Síganme —dijo volviendo a la habitación, menos sombría desde el momento en que había sido retirado su lívido inquilino—. ¡Ahora, aguarden!

Encendió un fósforo frotándolo contra la suela de la bota, y lo acostó a guisa de antorcha a la pared.

—¡Vean ustedes! —exclamó, triunfante.

He dicho antes que el papel colgaba en andrajos aquí y allá. Justo donde arrojaba ahora el fósforo su luz, una gran tira se había desprendido del soporte, descubriendo un parche cuadrado de tosco revoco. De lado a lado podía leerse, garrapateada en rojo sangriento, la siguiente palabra:

RACHE

—¿Qué les parece? —clamó el detective alargando la mano con desparpajo de farandulero—. Por hallarse estos trazos en la esquina más oscura de la habitación nadie les había echado el ojo antes. El asesino o la asesina los plasmó con su propia sangre. Observen esa gota que se ha escurrido pared abajo... En fin, queda excluida la hipótesis del suicidio. ¿Por qué hubo de ser escrito el mensaje precisamente en el rincón? Ya he dado con la causa. Reparen en la vela que está sobre la repisa. Se encontraba entonces encendida, resultando de ahí una claridad mayor en la esquina que en el resto de la pieza.

—Muy bien. ¿Y qué conclusiones saca de este hallazgo suyo? —preguntó Gregson en tono despectivo.

—Escuche: el autor del escrito, hombre o mujer, iba a completar la palabra «Rachel» cuando se vio impedido de hacerlo. No le quepa duda que una vez desentrañado el caso saldrá a relucir una dama, de nombre, precisamente... ¡Sí, ría cuanto quiera, señor Holmes, mas no olvide, por listo que sea, que después de habladas y pensadas las cosas, no resta mejor método que el del viejo perro de rastreo!

—Le ruego que me perdone —repuso mi compañero, quien había excitado la cólera del hombrecillo con un súbito acceso de risa—. Sin duda corresponde a usted el mérito de haber descubierto antes que nadie la inscripción, debida, según usted afirma, a la mano de uno de los actores de este drama. No me ha dado lugar aún a examinar la habitación, cosa a la que ahora procederé con su permiso.

Esto dicho, desenterró de su bolsillo una cinta métrica y una lupa, de grueso cristal y redonda armadura. Pertrechado con semejantes herramientas, se aprestó después a una silenciosa exploración de la pieza, deteniéndose unas veces, arrodillándose otras, llegando incluso a ponerse de bruces en el suelo en determinada ocasión. Tan absorto se hallaba por la tarea, que parecía haber olvidado nuestra presencia, estableciendo consigo mismo un diálogo compuesto de un pintoresco conjunto de exclamaciones, gruñidos, susurros y ligeros gritos de triunfo y ánimo, emitidos en ininterrumpida sucesión. Imposible era, frente a parejo espectáculo, no darse a pensar en un sabueso bien entrenado y de pura sangre en persecución de su presa, ora haciendo camino, ora deshaciendo lo andado, anhelante siempre hasta el hallazgo del rastro perdido. Más de veinte minutos duraron las pesquisas, en el curso de las cuales fueron medidas con precisión matemática distancias entre marcas para mí invisibles, o aplicada la cinta métrica, repentinamente, y de forma igualmente inalcanzable, a los muros de la habitación. En cierto sitio reunió Holmes un montoncito de polvo gris y lo guardó en un sobre. Finalmente, aplicó al ojo la lupa y sometió cada una de las palabras escritas con sangre a un circunstanciadísimo examen. Hecho lo cual, debió dar las pesquisas por terminadas, ya que fueron lupa y cinta devueltos a sus primitivos lugares.

—Se ha dicho que el genio se caracteriza por su infinita sensibilidad para el detalle —observó con una sonrisa—. La definición es muy mala, pero rige en lo tocante al oficio detectivesco.

Gregson y Lestrade habían seguido las maniobras de su compañero amateur con notable curiosidad y un punto de desdén. Evidentemente ignoraban aún, como yo había ignorado hasta poco antes, que los más insignificantes ademanes de Sherlock Holmes iban enderezados siempre a un fin práctico y definido.

—¿Cuál es su dictamen? —inquirieron a coro.

—¿Me creen capaz de menoscabar su mérito, osando iluminarles sobre el caso? —repuso mi amigo—. Están ustedes llevándolo muy diestramente, y sería pena inmiscuirse.

No necesito decir la hiriente ironía de estas palabras.

—Si tienen ustedes en lo sucesivo la bondad de confiarme la naturaleza de sus investigaciones —prosiguió—, me placerá ayudarles en la medida de mis fuerzas. Entre tanto sería conveniente cruzar unas palabras con el policía que halló el cadáver. ¿Podría saber su nombre y dirección?

Lestrade consultó un libro de notas.

—John Rance —dijo—. Está ahora fuera de servicio. Puede encontrarle en el cuarenta y seis de Audley Court, Kennington Park Gate.

Holmes tomó nota de la dirección.

—Venga, doctor —añadió—; vayamos a echar un vistazo a nuestro hombre... En cuanto a ustedes —dijo volviéndose hacia los policías—, les haré saber algo que acaso sea de su incumbencia. Existe un asesinato, cometido, para más señas, por un hombre. Mide más de uno ochenta, se halla en la flor de la vida, tiene pie pequeño para su altura, llevaba a la sazón unas botas bastas de punta cuadrada y estaba fumando un cigarro puro tipo Trichinopoly. Llegó aquí con su víctima en un carruaje de cuatro ruedas, tirado por un caballo con tres cascos viejos y uno nuevo, el de la pata delantera derecha; probablemente el asesino es de faz rubicunda, y ostenta en la mano diestra unas uñas de peculiar longitud. No son muchos los datos, aunque pueden resultar de alguna ayuda.

Lestrade y Gregson intercambiaron una sonrisa de incredulidad.

—Suponiendo que se haya producido un asesinato, ¿cómo llegó a ser ejecutado? —preguntó el primero.

—Veneno —repuso cortante Sherlock Holmes, y se dirigió hacia la puerta—. Otra cosa, Lestrade —añadió antes de salir—. «Rache» es palabra alemana que significa «Venganza», de modo que no pierda el tiempo buscando a una dama de ese nombre.

Disparada la última andanada dejó la habitación, y con ella a los dos boquiabiertos rivales.

4. El informe de John Rance

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A la una de la tarde abandonamos el número tres de Lauriston Gardens. Sherlock Holmes me condujo hasta la oficina de telégrafos más próxima, donde despachó una larga nota. Después llamó a un coche de alquiler, y dio al conductor la dirección que poco antes nos había facilitado Lestrade.

—La mejor evidencia es la que se obtiene de primera mano —observó mi amigo—; yo tengo hecha ya una composición de lugar, y aún así no desdeño ningún nuevo dato, por menudo que parezca.

—Me asombra usted, Holmes —dije—. Por descontado, no está usted tan seguro como parece de los particulares que enumeró hace un rato.

—No existe posibilidad de error —contestó—. Nada más llegado eché de ver dos surcos que un carruaje había dejado sobre el barro, a orillas de la acera. Como desde hace una semana, y hasta ayer noche, no ha caído una gota de lluvia, era fuerza que esas dos profundas rodadas se hubieran producido justo por entonces, esto es, ya anochecido. También aprecié pisadas de caballo, las correspondientes a uno de los cascos más nítidas que las de los otros tres restantes, prueba de que el animal había sido herrado recientemente. En fin, si el coche estuvo allí después de comenzada la lluvia, pero ya no estaba —al menos tal asegura Gregson— por la mañana, se sigue que hizo acto de presencia durante la noche, y que, por tanto, trajo a la casa a nuestros dos individuos.

—De momento, sea... —repuse—; ¿pero cómo se explica que obre en su conocimiento la estatura del otro hombre?

—Es claro; en nueve de cada diez casos, la altura de un individuo está en consonancia con el largor de su zancada. El cálculo no presenta dificultades, aunque tampoco es cuestión de que le aburra ahora a usted dándole pormenores. Las huellas visibles en la arcilla del exterior y el polvo del interior me permitieron estimar el espacio existente entre paso y paso. Otra oportunidad se me ofreció para poner a prueba esta primera conjetura... Cuando un hombre escribe sobre una pared, alarga la mano, por instinto, a la altura de sus ojos. Las palabras que hemos encontrado se hallaban a más de seis pies del suelo. Como ve, se trata de un juego de niños.

—¿Y la edad?

—Un tipo que de una zancada se planta a cuatro pies y medio de donde estaba, anda todavía bastante terne. En el sendero del jardín vi un charco de semejante anchura con dos clases de huellas: las de las botas de charol, que lo habían bordeado, y las de las botas de puntera cuadrada, que habían pasado por encima. Aquí no hay misterios. Me limito a aplicar a la vida ordinaria los preceptos sobre observación y deducción que usted pudo leer en aquel artículo. ¿Tiene alguna otra curiosidad?

—La longitud de las uñas y la marca del tabaco —dije.

—La inscripción de la pared fue efectuada con la uña del dedo índice, untada en sangre. A través de la lupa acerté a observar que el estuco se hallaba algo rayado, prueba de que la uña no había sido recortada. Recogí una muestra de la ceniza esparcida por el suelo. Era oscura, y como formando escamas: este residuo sólo lo produce un cigarro tipo Trichinopoly. He leído estudios sobre la ceniza del tabaco, llegando a escribir incluso un trabajo científico. Me precio de poder distinguir todas las marcas de puro o cigarrillo no más que echando un vistazo a sus restos quemados. En detalles como éste se diferencia el detective hábil de los practicones al estilo de Lestrade o Gregson.

—¿Y la faz rubicunda? —pregunté.

—Ésa ha sido una conjetura un tanto aventurada, aunque no dudo de su verdad. De momento, permítame callar semejante punto.

Me pasé la mano por la frente.

—Siento como si fuera a estallarme la cabeza... —observé—. Cuanto más cavilo sobre el asunto, más enigmático se me antoja. ¿Cómo diablos entraron los dos hombres —supuesto que fuesen dos— en la casa vacía? ¿Qué ha sido del cochero que los llevó hasta ella? ¿De qué expediente usó uno de los individuos para que engullera el otro el veneno? ¿De dónde procede la sangre? ¿Cuál pudo ser el objeto del asesinato, si descartamos el robo? ¿Por qué conducto llegó el anillo de la mujer hasta la casa? Ante todo, ¿a santo de qué se puso a escribir el segundo hombre la palabra alemana «RACHE» antes de levantar el vuelo? Me reconozco incapaz de poner en armonía tantos hechos contradictorios.

Mi compañero sonrió con gesto aprobatorio.

—Ha resumido usted los aspectos problemáticos del caso de forma sucinta e inteligente —dijo—. Resta aún mucho por ser elucidado, aunque tengo ya pronto un veredicto sobre los puntos clave. En lo referente al descubrimiento de ese infeliz de Lestrade, se trata no más que de una añagaza para situar a la policía sobre una pista falsa, insinuándole historias de socialismo y sociedades secretas. Mas no hay alemanes por medio. La «A», fíjese bien, estaba escrita con caligrafía un poco gótica. Ahora bien, los alemanes de veras emplean siempre los caracteres latinos, de donde cabe afirmar que nos hallamos frente a un burdo imitador empeñado en exagerar un tanto su papel. Existía el propósito de conducir la investigación fuera de su curso adecuado. De momento, no más aclaraciones, doctor; como usted sabe, los adivinadores malogran su magia al desvelar el artificio que hay detrás de ella, y si continúo explicándole mi método va a llegar a la conclusión de que soy un tipo vulgar, después de todo.

—Puede usted tener la seguridad de lo contrario —repuse—; ha traído la investigación detectivesca a un grado de exactitud científica que jamás volverá a ser visto en el mundo.

Un puro rubor de satisfacción encendió el rostro de mi compañero ante semejantes palabras y el tono de verdad con que estaban dichas. Había ya observado que era tan sensible el halago en lo atañedero a su arte, como pueda serlo cualquier muchachita respecto de su belleza física.

—Otra cosa voy a confiarle —dijo—. El que gastaba bota acharolada, y su acompañante, el de las botas de puntera cuadrada, llegaron en el mismo coche de alquiler e hicieron el sendero juntos y en buena amistad, probablemente cogidos del brazo. Una vez dentro, recorrieron varias veces la habitación —mejor dicho, las botas de charol permanecieron fijas en un punto mientras las otras medían sucesivamente la estancia—. Estos hechos se hallaban escritos en el polvo; pude apreciar también que el individuo en movimiento fue dejándose ganar por el nerviosismo. La longitud creciente de sus pasos lo demuestra. En ningún instante dejó de hablar, al tiempo que su furia, sin duda, iba en aumento. Entonces ocurrió la tragedia. Dispone usted ya de todos los datos ciertos, puesto que los restantes entran en el campo de la conjetura. Nuestra base de partida, sin embargo, no es mala. ¡Ahora, apresurémonos! ¡No quiero dejar de asistir esta tarde al concierto que en el Hall da Norman Neruda!

Esta conversación tuvo lugar mientras el carruaje hilaba su camino por una infinita sucesión de sucias calles y tristes pasadizos. Llegados éramos al más sucio y triste de todos, cuando el cochero detuvo de pronto su vehículo.

—Ahí está Audley Court —explicó, señalando una grieta o corredor abierto en el frontero muro de ladrillos—. De vuelta, me hallarán en el mismo lugar.

Audley Court no era un paraje placentero. Calle adelante desembocamos en un patio cuadrangular, tendido de losas y con sórdidas construcciones a los lados. Allí, entre grupos de chiquillos mugrientos, y sorteando las cuerdas empavesadas de ropa puesta a secar, llegamos a nuestro paradero, la puerta del número 45, guarnecida de una pequeña placa de bronce que ostentaba el nombre de «Rance». Fuimos enterados de que el policía estaba en la cama, y hubimos de aguardarlo en una breve pieza que a la entrada hacía las veces de sala de recibir.

Al fin apareció el hombre, un tanto enfadado, según se echaba de ver, por la súbita interrupción de su sueño.

—Ya he presentado mi informe en la comisaría —dijo.

Holmes enterró la mano en el bolsillo, sacó medio soberano, y se puso a juguetear con él despaciosamente.

—Resulta que nos gustaría oírlo repetido de sus propios labios —afirmó.

—Estoy a su completa disposición —repuso entonces el policía, súbitamente fascinado por el pequeño disco de oro.

—Diga no más, como le venga a las mientes, lo que usted presenció.

Rance tomó asiento en el sofá de crin y contrajo las cejas, en la actitud de quien se concentra para poner toda su alma en una empresa.

—Ahí va la historia entera —dijo—. Mi ronda dura desde las diez de la noche a las seis de la madrugada. A las once hubo trifulca en «El Ciervo Blanco», pero, fuera de eso, no se produjo otra novedad durante el tiempo de servicio. A la una, cuando comenzaban a caer las primeras gotas, me tropecé en la esquina de Henrietta Street a Harry Murcher —el que tiene a su cargo la vigilancia de Holland Grove—, y allí estuvimos de palique un buen rato. Hacia las dos —o quizá un poco más tarde— me puse otra vez en movimiento para ver si todo seguía en orden en Brixton Road. Ni un susurro se oía en la calle enfangada... Tampoco se me echó a la cara persona viviente, aunque me rebasaron uno o dos coches. Seguí mi marcha, pensando, dicho sea entre nosotros, en lo bien que me vendría un vaso de ginebra calentita, de los de a cuatro, cuando súbitamente percibí un rayo de luz filtrándose por una de las ventanas de la casa en cuestión. Ahora bien, yo sabía que esas dos casas de Lauriston Gardens estaban deshabitadas con motivo de unos desagües que el dueño se negaba a reponer, siendo así que el último inquilino había muerto de unas tifoideas. Me dejó un tanto patitieso aquella luz, y sospeché de inmediato alguna irregularidad. Alcanzada la puerta...

—Se detuvo usted, y retrocedió después hasta la cancela del jardín —interrumpió mi compañero—. ¿Por qué?

Rance se sobrecogió todo, fijos los maravillados ojos en Sherlock Holmes.

—¡Cierto, señor! —dijo—, aunque el diablo me confunda si llego a saber alguna vez cómo lo ha adivinado usted. En fin, ganada la puerta, me pareció aquello tan silencioso y solitario que consideré oportuno agenciarme antes la ayuda de otra persona. No hay bicho de carne y hueso que me asuste, pero me dio por imaginar que a lo mejor el difunto de las fiebres tifoideas andaba revolviendo en los desagües para ver qué se lo había llevado al otro mundo. Esta idea me produjo como un cosquilleo, y viré hasta la puerta del jardín, desde donde no se oteaba rastro de la linterna de Murcher ni de persona alguna.

—¿No había nadie en la calle?

—Nadie, señor, ni tan siquiera un perro se echaba de ver... Hice entonces de tripas corazón, volví sobre mis pasos y empujé la puerta. Adentro no encontré novedad, sólo una luz brillando en la habitación. Se trataba de una vela colocada encima de la repisa de la chimenea, una vela roja, por cuyo resplandor yo...

—Sí, sé ya todo lo que usted vio. Dio varias vueltas por la pieza, y después se hincó de rodillas junto al cadáver, y después caminó en derechura a la puerta de la cocina, y después...

John Race se puso en pie de un salto, pintado el susto en la cara y con una expresión de desconfianza en los ojos.

—¿Desde dónde estuvo espiándome? —exclamó—. Me da en la nariz que sabe usted mucho más de lo que debiera.

Soltando una carcajada, arrojó Holmes su tarjeta sobre la mesa.

—¡No se le ocurra arrestarme por asesinato! —dijo—. Soy de la jauría, no la pieza perseguida. El señor Gregson o el señor Lestrade pueden atestiguarlo. Ahora, adelante. ¿Qué ocurrió a continuación?

Rance volvió a sentarse, sin que desapareciera empero de su rostro la expresión de desconfianza.

—Volví a la cancela e hice sonar mi silbato. A la llamada acudieron Murcher y otros dos compañeros.

—¿Seguía la calle despejada de gente?

—De gente útil, sí.

—¿Qué quiere usted decir?

La boca del policía se distendió en una amplia sonrisa.

—Llevo vistos muchos hombres en mi vida —adujo—, aunque todos se me antojan sobrios al lado de aquel tipo. Estaba junto a la cancela cuando salí de la casa, apoyado en la verja y gritando a los cuatro vientos una canción que se titula Columbine's New-fangled Banner, o cosa por el estilo. No se aguantaba en pie. ¡Bonita ayuda iba a prestarme!

—Descríbame al hombre —dijo Sherlock Holmes.

Esta reiterada digresión pareció irritar un tanto a Rance.

—¡Un borracho muy peculiar! —prosiguió—. A no ser el momento que era, habría acabado en la comisaría.

—Su rostro, sus ropas... ¿Reparó en ellas? —atajó Holmes impaciente.

—¿Cómo no, si hubimos de sentarlo, para que no se cayera, entre Murcher y yo? Era un tipo largo, de mejillas rojas, con la parte inferior de la cara embozada...

—Basta con eso —exclamó Holmes—. ¿Qué fue del hombre?

—¡Pues no teníamos poco que hacer, para cuidar encima de él! —repuso el policía en tono ofendido—. Estese tranquilo: habrá sabido volver solito a su casa.

—¿Cómo iba vestido?

—Con un abrigo marrón.

—¿Sostenía un látigo en la mano?

—¿Un látigo? No...

—No lo llevaba consigo esta segunda vez... —murmuró mi compañero—. ¿Oyó usted o pudo ver al cabo de un rato, un coche de caballos?

—No.

—Ea, es dueño usted de medio soberano —dijo mi compañero, poniéndose en pie y recogiendo su sombrero—. Temo, Rance, que no le aguarda un futuro brillante en el Cuerpo. La cabeza de usted no debiera ser sólo de adorno. Pudo haber ganado ayer noche los galones de sargento. El hombre que sostuvo en sus brazos encierra la solución de este misterio, y constituye el principal objeto de nuestras pesquisas. No es momento de que demos más vueltas al asunto... Confórmese con mi palabra. Andando, doctor...

Enfilamos el camino de vuelta al coche, dejando a nuestro informador indeciso entre la incredulidad y la pena.

—¡Valiente idiota! ¡Pensar que ha desperdiciado una de esas oportunidades que sólo se presentan una vez en un millón!

—Yo estoy aún a oscuras. La descripción del hombre coincide con sus presunciones acerca del segundo actor de este drama, pero... ¿por qué hubo de volver a la casa? No suelen conducirse así los criminales.

—El anillo, amigo mío, el anillo; he ahí la causa de su retorno. Si no se nos presenta otro medio de echar el lazo al criminal, podemos aún probar suerte con el anillo. Voy a atraparlo, doctor; le apuesto a usted dos a uno que no se me va de las manos. Por cierto, gracias. A no ser por su insistencia, me habría perdido el caso más bonito de todos cuantos se me han presentado. Podríamos llamarlo estudio en escarlata... ¿Por qué no emplear por una vez una jerga pintoresca? Existe una roja hebra criminal en la madeja incolora de la vida, y nuestra misión consiste en desenredarla, aislarla, y poner al descubierto sus más insignificantes sinuosidades. Ahora a comer, y después a oír a Norman Neruda. Maneja el dedo y pulsa la cuerda de modo admirable... ¿Cuál esa melodía de Chopin que interpreta tan maravillosamente? Tra-lala-Lara-lira-lei.

Y el sabueso amateur, recostado en su asiento, siguió lanzando trinos, en tanto meditaba yo sobre los arcanos del alma humana.

5. Nuestro anuncio atrae aun visitante

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Con el excesivo ajetreo de la jornada se resintió mi no fuerte salud, y por la tarde estaba agotado. Después que Holmes hubo partido al concierto, busqué el sofá para descabezar allí dos horas de sueño. Vano intento. Tras todo lo ocurrido, no cesaban de cruzar por mi agitada imaginación las más insólitas conjeturas y fantasías. Apenas cerrados los ojos veía delante de mí el descompuesto semblante, la traza simiesca del hombre asesinado. Tan sobrecogedora era la impresión suscitada por ese rostro que, aun sin quererlo, sentía un impulso de gratitud hacia la mano anónima que había obrado su extrañamiento de este mundo. Nunca se ha plasmado el vicio con elocuencia tan repugnante como la manifestada por las facciones de Enoch J. Drebber, avecindado en Cleveland. Naturalmente, no desconocía que la ley tiene también sus imperativos y que la depravación de la víctima no constituye motivo de disculpa para el criminal.

Cuanto más cavilaba sobre lo acontecido, tanto más extraordinaria se me volvía la hipótesis de mi compañero acerca de una muerte por envenenamiento. Recordaba ahora su gesto de aplicar la nariz a los labios del interfecto, y no dudaba en atribuirlo a alguna razón de peso. Pero descartado el veneno, ¿a qué causa remitirse, si no se apreciaban heridas ni huellas de estrangulamiento? Y además, ¿a quién demonios pertenecía la sangre, profusamente esparcida por el suelo? No existían señales de lucha, ni se había encontrado junto al cuerpo ningún arma de que pudiera servirse el agredido para atacar a su ofensor. ¡Duro trabajo el de conciliar el sueño, para Holmes no menos que para mí, en medio de tanto interrogante sin respuesta! Sólo de una secreta y satisfactoria explicación de los hechos, una explicación que aún no se me alcanzaba, podía dimanar, según me lo parecía a mí entonces, la serena y segura actitud de Holmes.

Éste volvió tarde, mucho más de lo que el concierto exigía. La cena estaba ya servida.

—¡Soberbio recital! —comentó mientras tomaba asiento—. ¿Recuerda usted lo que Darwin ha dicho acerca de la música? En su opinión, la facultad de producir y apreciar una armonía data en la raza humana de mayor antigüedad que el uso del lenguaje. Acaso sea ésta la causa de que influya en nosotros de forma tan sutil. Perviven en nuestras almas recuerdos borrosos de aquellos siglos en que el mundo se hallaba aún en su niñez...

—No me parece la idea muy estricta —apunté.

—Las ideas sobre la naturaleza han de ser tan holgadas como la naturaleza misma. ¿Cómo podría de otra manera ser ésta interpretada? A propósito —prosiguió—, su aspecto no es el de siempre. Se conoce que el asunto de Brixton Road le tiene a usted trastornado.

—No voy a decirle que no —repuse—. Y el caso es que con la experiencia de Afganistán debiera haberme curtido un poco. He visto a camaradas hechos picadillo en Maiwand sin conmoverme de este modo.

—Me hago cargo. Este asunto está envuelto en un misterio que estimula la imaginación; sin la imaginación no existe el miedo. ¿Ha leído usted el periódico de esta tarde?

—No.

—Rinde cumplida cuenta de lo sucedido, quitando que, al ser aupado el cuerpo, rodó un anillo de compromiso por el suelo. No es inoportuno el olvido.

—Explíqueme eso.

—Eche un vistazo a este anuncio —repuso—. He enviado por la mañana uno idéntico a cada periódico, inmediatamente después de ocurrida la cosa.

Me hizo llegar el periódico desde el otro lado de la mesa, y yo busqué con los ojos el lugar señalado. Ocupaba el mensaje la cabeza de la columna destinada a «Hallazgos».

«Esta mañana», decía, «ha sido encontrado un anillo de compromiso, en oro de ley, en el tramo de Brixton Road comprendido entre la taberna de "El Ciervo Blanco" y Holand Grove. Dirigirse al Doctor Watson, 221 B, Baker Street, de ocho a nueve de la noche.»

—Disculpe que haya utilizado su nombre —prosiguió—, pero el mío habría sido visto por alguno de estos badulaques, siempre prontos a meter las narices donde no les llaman.

—Eso no importa —repuse—. Importa más que no tengo el anillo.

—¡Claro que lo tiene! —exclamó, entregándome uno—. Para el caso es lo mismo, casi un facsímil.

—¿Y quién cree usted que contestará al anuncio?

—Naturalmente el tipo de abrigo marrón, nuestro amigo de rostro congestionado y botas con puntera cuadrada. Si no se presenta él personalmente, enviará a un cómplice.

—¿No se le antoja la maniobra demasiado peligrosa?

—En absoluto. Si estoy en lo cierto, y todo indica que tal es el caso, el hombre que nos preocupa sacrificaría cualquier cosa por no perder el anillo. Sospecho que se le cayó al suelo cuando se inclinaba sobre el cadáver, y que al pronto no lo echó en falta. Después de abandonar la casa y descubrir su pérdida, dio presurosa marcha atrás, pero la Policía había sido atraída ya a causa de la vela, que tontamente había dejado encendida. Se fingió borracho para despejar las sospechas acaso despertadas por su presencia en la cancela. Ahora, póngase en el pellejo de nuestro personaje. Revisando el caso, le habrá dado por pensar que el extravío ha podido producirse en la calle, fuera ya de la casa. ¿Qué hacer entonces? Sin duda ha consultado afanosamente los periódicos de la tarde, en la esperanza de hallar razón del objeto perdido. Mi anuncio no ha podido escapar a su atención. Estará ahora felicitándose de su suerte. ¿Por qué recelar una trampa? Desde su punto de vista, ninguna relación puede establecerse entre el hallazgo del anillo y el asesinato. Es probable que venga..., mejor aún, es inevitable. Aquí le tendremos antes de una hora.

—¿Y después? —dije.

—Déjelo de mi cuenta... ¿Dispone usted de algún arma?

—Mi viejo revólver de soldado y unos cuantos cartuchos.

—Pues ya está usted limpiando ese revólver y poniendo los cartuchos en la recámara. Nuestro visitante es un hombre desesperado, sin nada que perder; acaso no baste el cogerlo desprevenido.

Fui a mi alcoba e hice lo que se me había aconsejado. Cuando volví con la pistola estaba ya la mesa despejada y Holmes, como otras veces, mataba el tiempo arañando las cuerdas de su violín.

—Cada vez es más espesa la maraña —observó al verme entrar—. Acabo de recibir desde América contestación a mi telegrama, y resulta que me hallaba en lo cierto.

—Explíquese —pedí entonces, impaciente.

—Este violín requiere cuerdas nuevas —dijo evasivamente Holmes—. En fin, métase la pistola en el bolsillo, y cuando se nos presente aquí ese pájaro, háblele sosegadamente. Yo me ocupo del resto. Evite las miradas insistentes, no vaya a despertar en él sospechas.

—Son en este instante exactamente las ocho —comenté, mirando el reloj.

—Estará probablemente aquí pasados unos minutos. Deje la puerta entreabierta. Así... Ahora, introduzca la llave por la parte de dentro. ¡Gracias! Encontré ayer esta rareza en un puesto de libros de lance... Se trata de De Jure ínter Gentes impreso en latín por una casa de Lieja, en los Países Bajos, allá por el año 1642. La cabeza del rey Carlos no había rodado aún por el cadalso cuando este pequeño volumen de tejuelos marrones vio la luz.

—¿Quién es el impresor?

—Philippe de Croy, o quien quiera que sea. En la guarda, con tinta casi borrada por los años, está escrita la leyenda «Ex libris Gulielmi Whyte». Me pregunto quién será el tal Willam Whyte. Probablemente un pragmático del XVII, como se echa de ver por el estilo abogadesco de su prosa. ¡Pero he aquí a nuestro hombre, según creo!

En ese instante se oyó en la entrada un fuerte campanillazo. Sherlock Holmes se incorporó suavemente y puso su silla frontera a la puerta. Oímos los pasos de la criada a través del vestíbulo, y después el ruido seco del picaporte al ser accionado.

—¿Vive aquí el doctor Watson? —preguntó una voz clara aunque más bien áspera.

No pudimos escuchar la respuesta de la sirviente, pero la puerta se cerró, siguiendo a ese ruido el de unos pasos escaleras arriba. Se apoyaban los pies sobre el suelo indecisamente, como arrastrándose. A medida que estas señales llegaban a mi compañero, una expresión de sorpresa iba pintándose en su rostro. Vino a continuación la penosa travesía del pasillo, y por fin unos débiles golpe de nudillos sobre la puerta.

—¡Adelante! —exclamé.

A mi convocatoria, en vez de la fiera humana que esperábamos, acudió renqueando una anciana y decrépita mujer. Pareció deslumbrada por el súbito destello de luz, y tras esbozar una reverencia, permaneció inmóvil, parpadeando en dirección nuestra mientras sus dedos se agitaban nerviosos e inseguros en la faltriquera. Miró a mi amigo, cuyo semblante había adquirido tal expresión de desconsuelo que a poco más pierdo la compostura y rompo a reír.

El vejestorio desenterró de sus ropas un periódico de la tarde y señaló nuestro anuncio.

—Aquí me tienen en busca de lo mío, caballeros —dijo improvisando otra reverencia—; un anillo de compromiso perdido en Brixton Road. Pertenece a mi Sally, casada hace doce meses con un hombre que trabaja como camarero en un barco de la Unión. ¡No quiero ni decirles lo que pasaría si a la vuelta ve a su mujer sin el anillo! ¡Es de natural irascible, y de malísimas pulgas cuando le da a la botella! Sin ir más lejos ayer fue mi niña al circo...

—¿Es éste el anillo? —pregunté.

—¡El Señor sea alabado! —exclamó la mujer—. Feliz noche le aguarda hoy a Sally... Éste es el anillo.

—¿Tendría la bondad de darme su dirección? —inquirí, tomando un lápiz.

—Duncan Street 13, Houndsditch. Muy a desmano de aquí.

—La calle Brixton no queda entre Houndsditch y circo alguno —terció entonces Sherlock Holmes, cortante.

La anciana dio media vuelta, mirándole vivamente con sus ojillos enrojecidos.

—El caballero pedía razón de mis señas —dijo—. Sally vive en el 3 de Mayfield Place, Peckham.

—¿Su apellido es...?

—Mi apellido es Sawyer, y el de ella Dennis, Dennis por Tom Dennis, su marido, un chico apañadito mientras está navegando —los jefes, por cierto, lo traen en palmitas—, pero no tanto en tierra, a causa de las mujeres y los bares...

—Aquí tiene usted el anillo, señora Sawyer —interrumpí de acuerdo con una seña de mi compañero—; no dudo que pertenece a su hija, y me complace devolverlo a su legítimo dueño.

Con mucho sahumerio de bendiciones, y haciendo protestas de gratitud, aquella ruina se embolsó el anillo, deslizándose después escaleras abajo. En ese mismo instante Sherlock Holmes saltó literalmente de su asiento y acudió veloz a su cuarto. Transcurridos apenas unos segundos apareció envuelto en un abrigo largo y amplio, de los llamados Ulster, y vestido el cuello con una bufanda.

—Voy a seguirla —me espetó a bocajarro—; se trata sin duda de un cómplice que nos conducirá hasta nuestro hombre. ¡Aguarde aquí mi vuelta!

Apenas si la puerta principal se había cerrado tras el paso de nuestra visitante, cuando Holmes se precipitó escaleras abajo. A través de la ventana pude observar a la vieja caminando penosamente a lo largo de la acera opuesta, mientras mi amigo la perseguía a una prudencial distancia.

—O es todo un disparate —pensé—, o esta mujer le llevará a la entraña del misterio.

No necesitaba Holmes haberme dicho que le aguardara en pie, puesto que jamás habría podido conciliar el sueño hasta conocer el desenlace de la aventura.

Holmes había partido al filo de las nueve. No teniendo noción de cuando volvería, decidí matar el tiempo aspirando estúpidamente el humo de mi pipa mientras fingía leer la Vie de Bohème de Henri Murger. Dieron las diez y oí los pasos de la sirviente camino de su dormitorio. Sonaron las once, y el más cadencioso taconeo del ama de llaves cruzó delante de mi puerta, en dirección también a la cama. Serían casi las doce cuando llegó a mis oídos el ruido seco del picaporte de la entrada. Ver a mi amigo y adivinar que no le había asistido el éxito fue todo uno. La pena y el buen humor parecían disputarse en él la preeminencia, hasta que de pronto llevó el segundo la mejor parte y Holmes dejó escapar una franca carcajada.

—¡Por nada del mundo permitiría que Scotland Yard llegase a saber lo ocurrido! —exclamó, derrumbándose en su butaca—. He hecho tanta burla de ellos que no cesarían de recordármelo hasta el fin de mis días. Sí, me río porque adivino que a la larga me saldré con la mía.

—¿Qué hay? —pregunté.

—Le contaré un descalabro. Escuche: la vieja había caminado un trecho cuando comenzó a cojear, dando muestras de tener los pies baldados. Al fin se detuvo e hizo señas a un coche de punto. Acorté la distancia con el propósito de oír la dirección señalada al cochero, aunque por las voces de la vieja, bastantes a derribar una muralla, bien pudiera haber excusado tanta cautela. «¡Lléveme al 13 de Duncan Street, Houndsditch», chilló. «¿Habrá dicho antes la verdad?», pensé entonces para mí, y viéndola ya dentro del vehículo, me enganché a la trasera de éste. Se trata el último, por cierto, de un arte que todo detective debiera dominar. En fin, nos pusimos en movimiento, sin que una sola vez aminoraran los caballos su marcha hasta la calle en cuestión. Antes de alcanzada la decimotercera puerta desmonté e hice lo que quedaba de camino a pie, más bien despacio, como un paseante cualquiera. Vi detenerse el coche. Su conductor saltó del pescante y fue a abrir una de sus portezuelas, donde permaneció un rato a la espera. Nadie asomó la cabeza. Cuando llegué allí estaba el hombre palpando el interior de la cabina con aire de pasmo, al tiempo que adornaba su cólera con el más florido rosario de improperios que jamás haya escuchado. No había trazas del pasajero, quien según creo va a demorar no poco rato el importe de la carrera. Al preguntar en el número 13, supe que se hallaba ocupado por un respetable industrial de papeles pintados, de nombre Keswick, y que ninguna persona apellidada Sawyer o Dennis había sido vista en el referido inmueble.

—¿Pretende usted decirme —repuse asombrado—, que esa vieja y vacilante anciana ha sido capaz de saltar del coche en marcha sin que usted o el piloto se apercibieran de ello?

—¡Dios confunda a la vieja! —dijo con mucho énfasis Sherlock Holmes—. ¡Viejas nosotros, y viejas burladas! ¡Ha debido tratarse de un hombre joven y vigoroso, amén de excelente actor! Su caracterización ha sido inmejorable. Observó sin duda que estaba siendo perseguido, y se las compuso para darme esquinazo. Ello demuestra que el sujeto tras el cual nos afanamos no se halla tan desasistido como yo pensaba, y que cuenta con amigos dispuestos a jugarse algo por él. Bueno, doctor, parece usted agotado... Siga mi consejo y acuéstese.

Me encontraba en verdad al límite de mis fuerzas, de modo que di por buena aquella invitación. Dejé a Holmes sentado frente al fuego en brasas, y, muy entrada ya la noche, pude oír los suaves y melancólicos gemidos de su violín, señal de que se hallaba el músico meditando sobre el extraño problema pendiente todavía de explicación.

6. Tobías Gregson en acción

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Al día siguiente sólo tenía la prensa palabras para «El misterio de Brixton», según fue bautizado aquel suceso. Tras hacer una detallada relación de lo ocurrido, algún periódico le dedicaba además el artículo de fondo. Vine así al conocimiento de puntos para mí inéditos. Conservo todavía en mi libro de recortes numerosos extractos y fragmentos relativos al caso. He aquí una muestra de ellos:

El Daily Telegraph señalaba que en la historia del crimen difícilmente podría hallarse un episodio rodeado de circunstancias más desconcertantes. El nombre alemán de la víctima, la ausencia de móviles, y la siniestra inscripción sobre el muro, apuntaban conjuntamente hacia un ajuste de cuentas entre refugiados políticos o elementos revolucionarios. Los socialistas tenían varias ramificaciones en América, y el interfecto había violado sin duda las reglas tácitas del juego, siendo por ese motivo rastreado hasta Londres. Tras traer un tanto extemporáneamente a colación a la Vehmgericht, el aqua tofana, los Carbonari, a la marquesa de Brinvilliers, la teoría darwiniana, los principios de Malthus, y el asesinato de la carretera de Ratcliff, el autor del artículo remataba su perorata con una admonición al gobierno y la recomendación de que los extranjeros residentes en Inglaterra fuesen vigilados más de cerca.

Al Standard todo se le volvía decir que esta clase de crímenes tendían a cundir bajo los gobiernos liberales. Estaba su causa en el soliviantamiento de las masas y la consiguiente debilitación de la autoridad. El finado era de hecho un caballero americano que llevaba residiendo algunas semanas en la metrópoli. Se había alojado en la pensión de madame Charpentier, en Torquay Terrace, Camberwell. El señor Joseph Stangerson, su secretario particular, le acompañaba en sus viajes. El martes día 4 habían partido los dos hacia Euston Station con el manifiesto propósito de coger el expreso de Liverpool. No existían dudas sobre su presencia conjunta en uno de los andenes de la estación. Aquí se extraviaba el rastro de ambos caballeros hasta el ya referido hallazgo del cadáver del señor Drebber en la casa vacía de Brixton Road, a muchas millas de distancia de Euston. Cómo pudo la víctima alcanzar el escenario del crimen y hallar la muerte, eran interrogantes aún abiertos. Acerca del paradero del señor Stangerson no se sabía absolutamente nada. Por fortuna incumbía al señor Lestrade y al señor Gregson, de Scotland Yard, la investigación del caso, sobre cuyo esclarecimiento, dada la conocida pericia de ambos inspectores, cabría esperar pronto noticias.

Según el Daily News, el crimen no podía ser sino político. El ejercicio despótico del poder y el odio al liberalismo, propios de los gobiernos continentales, arrojaban hacia nuestras costas a muchos hombres que acaso fueran excelentes ciudadanos a no hallarse su espíritu estragado por el recuerdo de los padecimientos sufridos. Entre estas gentes regía un puntilloso código de honor cuyo incumplimiento se castigaba con la muerte. No debía excusarse ningún esfuerzo en la búsqueda del secretario, Stangerson, ni en la investigación de algunos puntos concernientes a los hábitos de vida del interfecto. De gran importancia resultaba sin duda el descubrimiento de la casa donde éste se había hospedado, hazaña imputable enteramente a la perspicacia y energía del señor Gregson, de Scotland Yard.

Sherlock Holmes y yo repasamos estas noticias durante el desayuno, con gran regocijo por parte de mi amigo.

—Ya le dije que, independientemente de cómo discurriera esta historia, los laureles serían al foral para Gregson y Lestrade.

—Según qué visos tome la cosa.

—¡Da lo mismo, bendito de Dios! Si nuestro hombre resulta atrapado, lo habrá sido en razón de sus esfuerzos; si por el contrario escapa, lo hará pese a ellos. Ocurra una cosa o la opuesta, llevan las de ganar... Un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire.

—¿Qué demonios sucede? —exclamé yo, pues se había producido de pronto, en el vestíbulo primero y después en las escaleras, un gran estrépito de pasos, acompañados de audibles muestras de disgusto por parte del ama de llaves.

—Va usted a conocer el ejército de policías que tengo a mi servicio en Baker Street —repuso gravemente mi compañero, y en ese momento se precipitaron en la habitación media docena de los más costrosos pilluelos que nunca haya acertado a ver.

—¡Fiiirmés! —gritó Holmes con bronca voz, y los seis perdidos se alinearon enhiestos y horribles como seis esfinges de quincallería.

—De aquí en adelante —prosiguió Holmes—, será Wiggins quien suba a darme el parte, y vosotros os quedaréis abajo. ¿Ha habido suerte, Wiggins?

—No, patrón, todavía no —dijo uno de los jóvenes.

—En verdad, no esperaba otra cosa. Sin embargo, perseverad. Aquí tenéis vuestro jornal.

Dio a cada uno un chelín.

—Largo, y no se os ocurra volver la próxima vez sin alguna noticia.

Agitó la mano, y los seis chicos se precipitaron como ratas escaleras abajo. Un instante después, la calle resonaba con sus agudos chillidos.

—Cunde más uno de estos piojosos que doce hombres de la fuerza regular —observó Holmes—. Basta que un funcionario parezca serlo, para que la gente se llene de reserva. Por el contrario, mis peones tienen acceso a cualquier sitio, y no hay palabra o consigna que no oigan. Son además vivos como ardillas; perfectos policías a poco que uno dirija sus acciones.

—¿Les ha puesto usted a trabajar en el asunto de la calle Brixton? —pregunté.

—Sí: hay un punto que me urge dilucidar. No es sino cuestión de tiempo. ¡Ahora prepárese a recibir nuevas noticias, probablemente con su poco de veneno, porque ahí viene Gregson más hueco que un pavo! Imagino que se dirige a nuestro portal. Sí, acaba de detenerse. ¡En efecto, tenemos visita!

Se oyó un violento campanillazo y un instante después las zancadas del rubicundo detective, quien salvando los escalones de tres en tres, se plantó de sopetón en la sala.

—Querido colega, ¡felicíteme! —gritó sacudiendo la mano inerte de Holmes—. He dejado el asunto tan claro como el día.

Me pareció como si una sombra de inquietud cruzara por el expresivo rostro de mi compañero.

—¿Quiere usted decirme que está en la verdadera pista?

—¡Pista...! ¡Tenemos al pájaro en la jaula!

—¿Cómo se llama?

—Arthur Charpentier, alférez de la Armada Británica —exclamó pomposamente Gregson juntando sus mantecosas manos e inflando el pecho.

Sherlock Holmes dejó escapar un suspiro de alivio, iluminado el semblante por una sonrisa.

—Tome asiento, caramba, y saboree uno de estos puros —dijo—. Ardemos en curiosidad por saber cómo ha resuelto el caso. ¿Le apetecería un poco de whisky con agua?

—No voy a decirle que no —repuso el detective—. La tensión formidable a que me he visto sometido estos últimos días ha concluido por agotarme. No se trata tanto, compréndame, del esfuerzo físico como del constante ejercicio de la inteligencia. Sabrá apreciarlo, amigo mío, porque los dos nos ganamos la vida a fuerza de sesos.

—Me abruma usted —repuso Holmes con mucha solemnidad—. Ahora, relátenos cómo llevó a término esta importante investigación.

El detective se instaló en la butaca y aspiró complacido el humo de su cigarro. De pronto pareció ganarle un recuerdo en extremo hilarante, y dándose una palmada en el muslo, dijo:

—Lo bueno del caso, es que ese infeliz de Lestrade, que se cree tan listo, ha seguido desde el principio una pista equivocada. Anda a la caza de Stangerson, el secretario, no más culpable de asesinato que usted o que yo. Quizá lo tenga ya bajo arresto.

Semejante idea abrió de nuevo en Gregson la compuerta de la risa, tanta que a poco más se ahoga.

—¿Y de qué manera dio usted con la clave?

—Se lo diré, aunque ha de quedar la cosa, como usted, doctor Watson, sin duda comprenderá, exclusivamente entre nosotros. Primero era obligado averiguar los antecedentes americanos del difunto. Ciertas personas habrían aguardado a que sus solicitudes encontrasen respuesta, o espontáneamente suministrasen información las distintas partes interesadas. Mas no es éste el estilo de Tobías Gregson. ¿Recuerda el sombrero que encontramos junto al muerto?

—Sí —dijo Holmes—; llevaba la marca John Underwood and Sons, 129, Camberwell Road.

Gregson pareció al punto desarbolado.

—No sospechaba que lo hubiese usted advertido —dijo—. ¿Ha estado en la sombrerería?

—No.

—Pues sepa usted —repuso con voz otra vez firme—, que no debe desdeñarse ningún indicio, por pequeño que parezca.

—Para un espíritu superior nada es pequeño —observó Holmes sentenciosamente.

—Bien, me llegué a ese Underwood, y le pregunté si había vendido un sombrero semejante en hechura y aspecto al de la víctima. En efecto, consultó los libros y de inmediato dio con la respuesta. Había sido enviado el sombrero a nombre del señor Drebber, residente en la pensión Charpentier, Torquay Terrace. Así supe la dirección del muerto.

—Hábil... ¡Muy hábil! —murmuró Sherlock Holmes.

—A continuación pregunté por madame Charpentier —prosiguió el detective—. Estaba pálida y parecía preocupada. Su hija, una muchacha de belleza notable, dicho sea de paso, se hallaba con ella en la habitación; tenía los ojos enrojecidos, y cuando le interpelé sus labios comenzaron a temblar. Tomé buena nota de ello. Empezaba a olerme la cosa a chamusquina. Conoce usted por experiencia, señor Holmes, la sensación que invade a un detective cuando al fin se halla en buen camino. Es un hormigueo muy especial.

—¿Está usted enterada de la misteriosa muerte de su último inquilino, el señor Enoch J. Drebber, de Cleveland? —pregunté.

La madre asintió, incapaz de decir palabra. La muchacha rompió a llorar. Tuve más que nunca la sensación de que aquella gente no era ajena a lo ocurrido.

—¿A qué hora partió el señor Drebber hacia la estación? —añadí.

—A las ocho —contestó ella, tragando saliva para dominar el nerviosismo—. Su secretario, el señor Stangerson, dijo que había dos trenes, uno a las 9,15 y otro a las 11. Tenía pensado coger el primero.

—¿Y no volvió a verlo?

Una mutación terrible se produjo en el semblante de la mujer. Sus facciones adquirieron palidez extraordinaria. Pasaron varios segundos antes de que pudiera articular la palabra "no", y aun entonces fue ésta pronunciada en tono brusco, poco natural.

Se hizo el silencio, roto al cabo por la voz firme y tranquila de la muchacha.

—A nada, madre, conduce el mentir —dijo—. Seamos sinceras con este caballero. Vimos de nuevo al señor Drebber.

—¡Dios sea misericordioso!— gritó la madre echando los brazos a lo alto y dejándose caer en la butaca—. ¡Acabas de asesinar a tu hermano!

—Arthur preferiría siempre que dijésemos la verdad— repuso enérgica la joven.

—Será mejor que hablen por lo derecho —tercié yo—. Con las medias palabras no se adelanta nada. Además, ignoran ustedes hasta dónde llega nuestro conocimiento del caso.

—¡Tú lo has querido, Alice!— exclamó la madre, y volviéndose hacia mí, añadió—: No le ocultaré nada, señor. No atribuya mi agitación a temor sobre la parte desempeñada por mi hijo en este terrible asunto. Es absolutamente inocente. Me asusta tan sólo que a los ojos de usted o de los demás pueda parecer que le toca alguna culpa. Mas ello no es ciertamente concebible. Sus altas prendas morales, su profesión, sus antecedentes, constituyen garantía bastante.

—Sólo puede prestarle ayuda declarando la verdad —contesté—. Si su hijo es inocente, se beneficiará de ella.

—Quizá, Alice, sea conveniente que nos dejes solos —apuntó la mujer, y su hija abandonó el cuarto—. Bien, señor, prosiguió—, no tenía intención de hacerle semejantes confidencias, pero dado que mi niña le ha desvelado lo ocurrido, no me queda otra alternativa. Se lo relataré todo sin omitir detalle.

—El señor Drebber ha permanecido con nosotros cerca de tres semanas. Él y su secretario, el señor Stangerson, volvían de un viaje por el continente. Sus baúles ostentaban unas etiquetas con el nombre de "Copenhagen", señal de que había sido éste su último apeadero. Stangerson era hombre pacífico y retraído: siento tener que dar muy distinta cuenta de su patrón, agresivo y de maneras toscas. La misma noche de su llegada el alcohol acentuó tales rasgos. No recuerdo, de hecho, haberlo visto nunca sobrio después de las doce del mediodía. Con el servicio se concedía licencias intolerables. Peor aún, pronto hizo extensiva a mi hija tan reprobable actitud, llegando a permitirse una serie de insinuaciones que afortunadamente ella es demasiado inocente para comprender. En cierta ocasión la tomó en sus brazos y la apretó contra sí, arrebato cobarde que su mismo secretario no pudo por menos de echarle en cara.

—¿Por qué toleró esos desmanes tanto tiempo? —repuse—: ¿Acaso no está usted en el derecho de deshacerse de sus huéspedes, llegado el caso?

—La señora Charpentier se ruborizó ante mi pertinente pregunta.«¡Válgame Dios, ojalá lo hubiera despedido el día mismo de su llegada!", dijo. "Pero la tentación era viva. Me pagaba una libra por cabeza y día —lo que hace catorce a la semana—, y estamos en la temporada baja. Soy viuda, con un hijo en la Armada que me ha costado por demás. Me afligía la idea de desaprovechar ese dinero. Hice lo que me dictaba la conciencia. Lo último acaecido rebasaba el límite de lo tolerable y conminé a mi huésped para que abandonara la casa. Fue ése el motivo de su marcha."

—Prosiga.

—Cuando lo vi partir sentí como si me quitaran un peso de encima. Mi hijo se encuentra precisamente ahora de permiso, pero no le dije nada porque es de natural violento y adora a su hermana. Al cerrar la puerta detrás de aquellos hombres respiré tranquila. Sin embargo, no había pasado una hora cuando se oyó un timbrazo y recibí la noticia de que el señor Drebber estaba de vuelta. Daba muestras de gran agitación, extremada, evidentemente, por el alcohol. Se abrió camino hasta la sala que ocupábamos mi hija y yo e hizo algunas incoherentes observaciones acerca del tren, que según él no había podido tomar. Se encaró después con Alice y delante de mis mismísimos ojos le propuso que se fugara con él. "Eres mayor de edad", dijo "y la ley no puede impedirlo. Tengo dinero abundante. Olvida a la vieja y vente conmigo. Vivirás como una princesa." La pobre chiquilla estaba tan asustada que quiso huir, pero aquel salvaje la sujetó por la muñeca e intentó arrastrarla hasta la puerta. Dio un grito que atrajo de inmediato a mi hijo Arthur. Desconozco lo que ocurrió después. Oí juramentos y los ruidos confusos de una pelea. Mi miedo era tanto que no me atrevía a levantar la cabeza. Cuando al fin alcé los ojos, Arthur estaba en el umbral riendo y con un bastón en la mano. "No creo que este tipo vuelva a molestarnos", dijo. "Iré detrás suyo para ver qué hace." A la mañana siguiente nos enteramos de la muerte misteriosa del señor Drebber.

El relato de la señora Charpentier fue entrecortado y dificultoso. A ratos hablaba tan quedo que apenas se alcanzaba a oír lo que decía. Hice sin embargo un rápido resumen escrito de cuanto iba relatando, de modo que no pudiese existir posibilidad de error.

—Apasionante —observó Sherlock Holmes con un bostezo—. ¿Qué ocurrió después?

—Concluida la declaración de la señora Charpentier —repuso el detective—, eché de ver que todo el caso reposaba sobre un solo punto. Fijando en ella la mirada de una forma que siempre he hallado efectiva con las mujeres, le pregunté a qué hora había vuelto su hijo.

—¿No lo sabe?

—No..., dispone de una llave y entra y sale cuando quiere.

—¿Había vuelto cuando fue usted a la cama?

—No.

—¿Cuándo se acostó?

—Hacia las once.

—¿De modo que su hijo ya llevaba fuera más de dos horas?

—Sí.

—¿Quizá cuatro o cinco?

—Sí.

—¿Qué estuvo haciendo durante ese tiempo?

—Lo ignoro —repuso ella palideciendo intensamente.

Por supuesto, estaba todo dicho. Adivinado el paradero del teniente Charpentier, me hice acompañar de dos oficiales y arresté al sospechoso. Cuando posé la mano sobre su hombro conminándole a que se entregase sin resistencia, contestó insolente: "Imagino que estoy siendo arrestado por complicidad en el asesinato de ese miserable de Drebber." Nada le habíamos dicho sobre el caso, de modo que semejante comentario da mucho que pensar.

—Mucho —repuso Holmes.

—Aún portaba el grueso bastón que su madre afirma haberle visto cuando salió en persecución de Drebber. Se trata de una auténtica tranca de roble.

—En resumen, ¿cuál es su teoría?

—Bien, mi teoría es que siguió a Drebber hasta la calle Brixton. Allí se produjo una disputa entre los dos hombres, en el curso de la cual Drebber recibió un golpe de bastón, en la boca del estómago quizá, bastante para producirle la muerte sin la aparición de ninguna huella visible. Estaba la noche muy mala y la calle desierta, de modo que Charpentier pudo arrastrar el cuerpo de su víctima hasta el interior de la casa vacía. La vela, la sangre, la inscripción sobre la pared, el anillo, son probablemente pistas falsas con que se ha querido confundir a la Policía.

—¡Magnífico! —dijo Holmes en un tono alentador—. Realmente, progresa deprisa. ¡Acabaremos por hacer carrera de usted!

—Me precio de haber realizado un buen trabajo —contestó envanecido el detective—. El joven ha declarado que siguió un trecho el rastro de Drebber, hasta que éste, viéndose acechado, montó en un coche de punto. De vuelta a casa se tropezó a un antiguo camarada de a bordo, y los dos dieron un largo paseo. No ha sabido sin embargo decirme a satisfacción dónde se aloja este segundo individuo. Opino que las piezas encajan con pulcritud. Me divierte sobre todo pensar en las inútiles idas y venidas de Lestrade. Temo que le valgan de poco. ¡Pero caramba, aquí lo tenemos!

Sí, era Lestrade, que había subido las escaleras mientras hablábamos, y entraba ahora en la habitación. Eché sin embargo en falta la viveza y desenvoltura propios de su porte. Traía el semblante oscurecido, y hasta en la vestimenta se percibía un vago desaliño. Había venido evidentemente con el propósito de asesorarse cerca de Sherlock Holmes, porque la vista de su colega pareció turbarle. Permaneció todo confuso en el centro de la estancia, manoseando nerviosamente su sombrero y sin saber qué hacer.

—Se trata —dijo por fin— del más extraordinario, incomprensible asunto que nunca me haya echado en cara.

—¿Usted cree, señor Lestrade? —exclamó Gregson con voz triunfante—. Sabía que no podría ser otra su conclusión. ¿Qué hay del secretario, el señor Stangerson?

—El secretario, el señor Joseph Stangerson —repuso Lestrade gravemente—, ha sido asesinado hacia las seis de esta mañana, en el Private Hotel de Halliday.

7. Luz en la oscuridad

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El calibre y carácter inesperado de la nueva noticia eran tales que quedamos todos sumidos en un gran estupor. Gregson saltó de su butaca derramando el whisky y el agua que aún no había tenido tiempo de ingerir. Yo miré en silencio a Sherlock Holmes, cuyos labios permanecían apretados y crispadas las cejas sobre entrambos ojos.

—¡También Stangerson! —murmuró—. El asunto se complica.

—No era antes sencillo —gruñó Lestrade allegándose una silla—. Por cierto, me da en la nariz que he interrumpido una especie de consejo de guerra.

—¿Está usted seguro de la noticia? —balbució Gregson.

—Vengo derecho de la habitación donde ha ocurrido el percance —repuso—. He sido precisamente yo el primero en descubrirlo.

—Gregson acaba de explicarnos qué piensa del caso —observó Holmes—. ¿Tendría usted inconveniente en relatarnos lo que por su cuenta ha hecho o visto?

—Ninguno —dijo Lestrade tomando asiento—. Confieso abiertamente que en todo momento creí a Stangerson complicado en la muerte de Drebber. El último suceso demuestra el alcance de mi error. Llevado de él, me puse a investigar el paradero del secretario. Ambos habían sido vistos juntos en Euston Station alrededor de las ocho y media de la tarde del día tres. A las dos de la mañana aparecía el cuerpo de Drebber en la calle Brixton. Era, por tanto, cuestión de averiguar qué había hecho Stangerson entre las ocho y media y la hora del crimen, y hacia dónde conducían sus pasos ulteriores. Despaché un telegrama a Liverpool con la descripción de mi hombre, y la advertencia de que no apartasen un instante los ojos de los barcos con destino a América. A continuación inicié una operación de rastreo por todos los hoteles y pensiones de la zona de Euston. Pensaba que si Drebber y su secretario se habían separado, era natural que el último buscara alojamiento en algún sitio a mano para descolgarse en la estación a la mañana siguiente.

—Habiendo tenido previamente la precaución de acordar con su compañero un posterior punto de encuentro —observó Holmes.

—En efecto. Toda la tarde de ayer se me fue en pesquisas inútiles. Esta mañana me puse a la tarea muy temprano, y a las ocho estaba ya plantado a la puerta del Halliday's Private Hotel, en la calle Little George. Inmediatamente me confirmaron la presencia del señor Stangerson en la lista de huéspedes.

—Sin duda es usted el caballero que estaba esperando —observaron—. Dos días hace que aguarda su visita.

—¿Cuál es su habitación —inquirí.

—La del piso de arriba. Desea ser despertado a las nueve.

—Subiré ahora mismo —dije.

Confiaba que, desconcertado ante mi súbita aparición, dejara escapar quizá una frase comprometedora. El botones se ofreció a conducirme hasta la habitación. Se hallaba en el segundo piso, al cabo de un estrecho pasillo. Me señaló la puerta con un ademán de la mano, y se disponía ya a bajar las escaleras, cuando vi algo que me revolvió el estómago pese a mis veinte años largos de servicio. Por debajo de la puerta salía un pequeño hilo de sangre que, trazando caprichosos meandros a lo largo del pasillo, iba a estancarse contra el zócalo frontero. Di un grito que atrajo al botones. Casi se desmaya al llegar a mi altura. La puerta estaba cerrada por dentro, pero conseguimos quebrantar el pestillo a fuerza de hombros. Debajo de la ventana de la habitación, abierta de par en par, yacía hecho un ovillo y en camisa de dormir el cuerpo de un hombre. Estaba muerto, y desde hacía algún tiempo, según eché de ver por la frialdad y rigidez de sus miembros. Cuando lo volvimos boca arriba el botones reconoció de inmediato al individuo que había alquilado la habitación bajo el nombre de señor Stangerson. Una cuchillada en el costado izquierdo, lo bastante profunda para alcanzar el corazón, daba razón de aquella muerte. Y ahora viene lo más misterioso del asunto. ¿Qué imaginan ustedes que encontré en la pared, encima del cuerpo del asesinado?

Sentí un estremecimiento de todo el cuerpo, y como una aprensión de horror, antes incluso de que Sherlock Holmes hablara.

—La palabra «RACHE», escrita con sangre —dijo.

—Así es —repuso Lestrade en tono de espanto, y permanecimos silenciosos durante un rato.

Había un no sé qué de metódico e incomprensible en las fechorías del anónimo asesino que acrecía la sensación de horror. Mis nervios, bastante templados en el campo de batalla, chirriaban heridos al solo estremecimiento de lo acontecido.

—Nuestro hombre ha sido avistado... —prosiguió Lestrade—. Un repartidor de leche, camino de su tienda, acertó a pasar por la callejuela que arranca de los establos contiguos a la trasera del hotel. Observó que cierta escalera de mano, generalmente tendida en tierra, estaba apoyada contra una de las ventanas del segundo piso, abierta de par en par. Al cabo de un rato volvió la cabeza y vio a un hombre descendiendo por ella. Su actitud era tan abierta y reposada que el chico lo confundió sin más con un carpintero o un operario al servicio del hotel. Nada, excepto lo temprano de la hora, le pareció digno de atención. El chico cree recordar que el hombre era alto, tenía las mejillas congestionadas, e iba envuelto en un abrigo marrón. Hubo de permanecer arriba un rato después del asesinato, ya que hallamos sangre en la jofaina, donde se lavó las manos, y huellas sangrientas también en las sábanas, con las que de propósito enjugó el cuchillo.

Miré a Holmes, impresionado de la semejanza existente entre la descripción del criminal y la adelantada antes por él. La euforia o la vanidad estaban sin embargo ausentes del rostro de mi amigo.

—¿Y no ha encontrado usted en la habitación nada que pudiera conducirnos hasta el asesino? —preguntó.

—En absoluto. Stangerson tenía en el bolsillo el portamonedas de Drebber, cosa por otra parte natural, ya que hacía todos los pagos. Contamos ochenta y tantas libras, las mismas que portaba antes de ser muerto. De los posibles móviles del crimen hay que excluir desde luego el robo. No había en los bolsillos documentos ni anotaciones, fuera de un telegrama fechado en Cleveland un mes antes más o menos, con la siguiente leyenda: «J. H. se encuentra en Europa». El mensaje no traía firma.

—¿Nada más? —insistió Holmes.

—Nada importante. Había sobre la cama una novela que debió leer antes de dormirse, una pipa en una silla adyacente, un vaso de agua posado sobre la mesita de noche, y en el antepecho de la ventana una menuda caja de pomada con dos píldoras dentro.

Sherlock Holmes saltó de su asiento, presa de un júbilo extraordinario.

—¡Me han facilitado ustedes el último eslabón! —exclamó jubiloso—. El caso está cerrado.

Los dos detectives le dirigieron una mirada llena de pasmo.

—Tengo ahora entre las manos —añadió con aplomo mi compañero— los hilos que componen esta complicada madeja. No sabría, ciertamente, dar cuenta de todos los detalles, pero cuanto de importante ha sucedido, desde la separación de Drebber y Stangerson en la estación hasta el descubrimiento del segundo cadáver, se me revela casi con la nitidez de lo efectivamente visto. Les haré una demostración de eso que digo. ¿Podría agenciarse las píldoras?

—Las traigo conmigo —repuso Lestrade dejándonos ver una pequeña caja blanca—; hice acopio de ellas, junto al portamonedas y el telegrama, para ponerlas después a buen recaudo en la comisaría. Están aquí de milagro, ya que no les atribuyo la menor importancia.

—¡Déme esas píldoras! —exclamó Holmes; y a continuación, volviéndose hacia mí, añadió: —Díganos, doctor, ¿son estás comprimidos de uso corriente?

Ciertamente no lo eran. De un gris nacarado, pequeños, redondos, se tornaban casi transparentes vistos al trasluz.

—De su transparencia y ligereza concluyo que son solubles en agua —observé.

—Exactamente —repuso Holmes—. ¿Tendría ahora la bondad de bajar al primer piso y traer a ese pobre terrier hace tiempo enfermo, el que ayer pretendía el ama de llaves que usted librase por fin de tanto sufrimiento?

Descendí al primer piso y tomé al perro en mis brazos. La respiración difícil y la mirada vidriosa anunciaban una muerte próxima. De hecho, por la nieve inmaculada de su hocico, podía colegirse que aquel animal había vivido más de lo que es costumbre en la especie canina. Lo posé sobre un cojín, encima de la alfombra.

—Partiré en dos una de estas píldoras —anunció Holmes, y sacando su cortaplumas hizo verdad lo que había dicho—. Devolveremos la primera mitad a la caja, con el propósito que después se verá. La otra mitad voy a colocarla en esta copa de vino, donde he vertido un poco de agua. Pueden ustedes apreciar que nuestro amigo el doctor llevaba razón, y que la pastilla se disuelve en el líquido.

—No dudo que todo esto es fascinante —terció Lestrade en el tono herido de quien sospecha estar siendo víctima de una broma—; ¿pero qué demonios tiene que ver con la muerte de Joseph Stangerson?

—¡Paciencia, amigo mío, paciencia! Comprobará a su tiempo hasta qué punto no es sólo importante, sino esencial. Bien, ahora añado a la mezcla unas gotas de leche que la hagan sabrosa y se la doy a beber al perro, que no desdeñará el ofrecimiento.

En efecto, el animal apuró con ansiedad el mejunje que, mientras hablaba, había vertido Holmes en un platillo y colocado después delante suyo. La actitud de mi amigo estaba revestida de tal gravedad que todos, impresionados, permanecimos sentados en silencio y con la mirada fija en el perro, a la espera de algún acontecimiento extraordinario. Ninguno se produjo, sin embargo. El terrier permaneció extendido sobre el cojín, batallando por llenar de aire sus pulmones, ni mejor ni peor que antes de la libación.

Holmes había sacado su reloj de bolsillo, y conforme pasaba el tiempo inútilmente, una grandísima desolación se iba apoderando de su semblante. Se mordió los labios, aporreó la mesa con los dedos, y dio otras mil muestras de aguda impaciencia. Tan fuerte era su agitación que sentí auténtica pena, al tiempo que los dos detectives, antes jubilosos que afligidos por el fracaso de que eran testigos, sonreían maliciosamente.

—No puede tratarse de una coincidencia —gritó al fin saltando de su asiento y midiendo la estancia a grandes y frenéticos pasos—; es imposible que sea una pura coincidencia. Las mismas píldoras que deduje en el caso de Drebber aparecen tras la muerte de Stangerson. Y sin embargo son inofensivas. ¿Qué diantre significa ello? Desde luego no cabe que toda mi cadena de inferencias apunte en una falsa dirección. ¡Imposible! Y aún así esta pobre criatura no ha empeorado! ¡Ah, ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!

Con un alarido de perfecta felicidad acudió a la caja, partió la segunda píldora en dos, la disolvió en agua, añadió leche, y ofreció de nuevo la mezcla al terrier. No había tocado casi la lengua del desafortunado animal aquel líquido, cuando una terrible sacudida recorrió todo su cuerpo, rodando después por tierra tan rígido e inerte como si un rayo mortal se hubiera abatido sobre él desde las alturas.

Sherlock Holmes dio un largo suspiro y enjugó el sudor que perlaba su frente.

—Debiera tener más fe —dijo—; ya es tiempo de saber que cuando un hecho semeja oponerse a una apretada sucesión de deducciones, existe siempre otra interpretación que salva la aparente paradoja. De las dos píldoras que hay en este pastillero, una es inofensiva, mientras que su compañera encierra un veneno mortal. Vergüenza me causa no haberlo supuesto apenas vista la caja.

Semejante observación se me antojó gratuita, que difícilmente podía persuadirme de que Holmes la hubiera hecho en serio. Ahí estaba, sin embargo, el perro muerto como testimonio de lo cierto de sus conjeturas. Tuve la sensación de que empezaba a ver más claro, y sentí una suerte de vaga, incipiente percepción de la verdad.

—Todo esto ha de sorprenderles —prosiguió Holmes— por la sencilla razón de que no repararon al principio de la investigación en cierto dato, el único rico en consecuencias. Quiso la suerte que le concediera yo el peso que realmente tenía, y los acontecimientos posteriores no han hecho sino afirmar mi suposición original, de la que realmente se seguían como corolario lógico. Lo que a ustedes se presentaba en tinieblas o dejaba perplejos, señalaba para mí el camino auténtico, esbozado ya en mis primeras conclusiones. No debe confundirse lo insólito con lo misterioso. Cuanto más ordinario un crimen, más misterioso también, ya que estarán ausentes las características o peculiaridades que puedan servir de punto de partida a nuestro razonamiento. El asesinato hubiera resultado infinitamente más difícil de desentrañar si llega a ser descubierto el cadáver en la calle y no acompañado de esos aditamentos sensacionales y outré, los que le conferían, precisamente, un aire peculiar. Los detalles extraordinarios, lejos de estorbar esta investigación, han servido para facilitarla.

El señor Gregson, que había atendido a la alocución dando muestras de considerable impaciencia, no pudo al fin contenerse.

—Mire usted, señor Holmes —dijo—, no necesita convencernos de que es usted un tipo listo, ni de que sigue métodos de trabajo muy personales. Sin embargo, no es éste el momento de ponerse a decir sermones o ventear teorías. La cuestión es atrapar al criminal. Hice mi propia composición de lugar, al parecer equivocadamente. El joven Charpentier no ha podido estar complicado en el segundo asesinato. Lestrade ha escogido a Stangerson, enfilando también, por lo que se ve, una ruta desviada. Usted sin embargo, según lo demuestran algunas observaciones aisladas, acumula mayor conocimiento sobre el caso que nosotros, habiendo llegado el momento, creo, de que nos diga de una vez y por lo derecho lo que sabe. ¿Le consta ya el nombre del asesino?

—He de sumarme por fuerza a la petición de Gregson —observó Lestrade—. Ambos hemos hecho cuanto estaba en nuestras manos, y los dos hemos fracasado. Le he oído decir a usted desde que estoy en esta habitación que contaba ya con todos los datos precisos. Espero que no los tenga ocultos por más tiempo.

—Cualquier tardanza en el apresamiento del asesino —tercié yo—, podría darle opción a una nueva atrocidad.

Ante nuestra insistencia, Holmes dio muestras de vacilar. Continuó midiendo el aposento a grandes pasos, con la cabeza hincada en el pecho y las cejas fruncidas, señales que en él denotaban un estado de profunda reflexión.

—No habrá más asesinatos —dijo al fin, parándose en seco y mirándonos a la cara—. Tal posibilidad queda descartada. Me preguntan ustedes si conozco el nombre del asesino. La respuesta es sí. Ello, sin embargo, poco significa comparado con la tarea más complicada de ponerle las manos encima. Espero hacerlo pronto, y a mi manera: pero es asunto delicado, ya que hemos de vérnoslas con un hombre astuto y desesperado al que presta ayuda, como he podido comprobar, un cómplice de prendas no menos formidables. Mientras el asesino desconozca que alguien le sigue la pista, existe la posibilidad de atraparlo: mas en cuanto le asalte la más mínima sospecha cambiará de nombre, perdiéndose sin más entre los cuatro millones de habitantes que pueblan esta gran ciudad. Sin propósito de ofenderles, debo admitir que considero a nuestros rivales de talla excesiva para las fuerzas de la policía, y que ésta ha sido la razón de que no requiera su ayuda. Si fracaso, no dudaré en reconocer el error de esta omisión, mas es riesgo que estoy dispuesto a correr. De momento, sepan ustedes que tan pronto como considere posible transmitirles información sin poner en peligro mis planes, lo haré gustoso.

Gregson y Lestrade quedaron lejos de satisfechos con estas declaraciones y la no muy halagadora alusión al cuerpo de policía. El primero se sonrojó hasta la raíz de sus rubios cabellos, en tanto los ojos de abalorio del otro echaban vivas chispas de inquietud y resentimiento. Ninguno de los dos había tenido tiempo sin embargo de abrir la boca, cuando sonaron unos golpecitos en la puerta y la mínima y poco agraciada persona del joven Wiggins, portavoz de los pilluelos, entró en escena.

—Señor —dijo llevándose la mano a la guedeja que le caía sobre la frente—, tengo ya abajo el coche de caballos.

—Bien hecho, chico —repuso Holmes en tono casi afectuoso. Después, habiendo sacado de un cajón un par de esposas de acero, añadió: —¿Por qué no adoptan este modelo en Scotland Yard? Observen ustedes la suavidad del resorte. Cierra en un instante.

—También sirven las viejas mientras haya alguien a quien ponérselas —gruñó Lestrade.

—Está bien, está bien —repuso Holmes, sonriendo—. El cochero podría ayudarme a bajar los bultos. Dile que suba, Wiggins.

Me sorprendió ver a mi amigo prepararse a lo que parecía un largo viaje, ya que no me tenía dicho nada sobre su proyecto. Había en la habitación una pequeña maleta que asió enérgicamente y comenzó a sujetar con una correa. En tal manejo se hallaba ocupado cuando hizo acto de presencia el cochero.

—Venga acá, buen hombre —dijo hincando la rodilla en tierra, con la cabeza siempre echada hacia adelante—, y ponga mano a esta hebilla.

El cochero se llegó a él con aire entre arisco y desafiante, y alargó los brazos para auxiliarle en la faena. Entonces se oyó el clic de un resorte, resonaron unos metales, y Sherlock Holmes recuperó rápidamente la posición erecta.

—Señores —exclamó, centelleantes los ojos—, permítanme presentarles al señor Jefferson Hope, el asesino de Enoch Drebber y Joseph Stangerson.

El suceso tuvo lugar en un instante, tan breve que ni tiempo me dio a cobrar conciencia cabal de lo ocurrido. Conservo en la memoria la viva imagen de aquel momento: la expresión de triunfo de Holmes, y la faz furiosa, atónita, del hombre, fijos los ojos en las brillantes esposas que como por arte de encantamiento habían ceñido de pronto sus muñecas. Durante uno o dos segundos pudimos parecer un grupo de estatuas. Entonces el hombre dejó escapar un grito de loco, y desasiéndose de la presa de Holmes impulsó su cuerpo contra la ventana. Maderos y cristales cedieron ante la acometida, mas no había el fugitivo completado aún su propósito cuando Holmes, Lestrade y Gregson hacían de nuevo, al igual que sabuesos, presa en él. Fue arrastrado hacia la habitación, donde se desarrolló una formidable lucha. Tanta era la fuerza y el empeño de nuestro enemigo que varias veces nos vimos frustrados en el intento de inmovilizarlo. Parecía poseído del empuje convulsivo de un hombre al que domina una crisis epiléptica. Cara y manos se hallaban terriblemente laceradas por el cristal de la ventana, mas la pérdida de sangre no le restaba un ápice de fuerza. Hasta que Lestrade consiguió asirlo de la corbata y hacer con ella torniquete, cortándole casi la respiración, no cesó en su resistencia; aun entonces sólo nos sentimos dueños del campo después de haberle atado de pies y manos. Tras ello volvimos a incorporarnos, sin aliento y jadeando.

—Abajo está su coche —dijo Sherlock Holmes—. Nos servirá para conducirlo a Scotland Yard. Y ahora, caballeros —prosiguió con una sonrisa complaciente—, puede decirse que hemos llegado ya al fondo de nuestro pequeño misterio. Háganme cuantas preguntas les ronden por la cabeza, sin temor de que vaya a dejar alguna pendiente.

Segunda parte

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La tierra de los santos

1. En la gran llanura alcalina

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En medio del gran continente norteamericano se extiende un desierto árido y tenebroso que durante muchos años obró de obstáculo al avance de la civilización. De Sierra Nevada a Nebraska, y del río Yellowstone en el Norte al Colorado en el Sur, reinan la desolación y el silencio. Los visajes con que aquí se expresa la Naturaleza son múltiples. Hay exaltadísimas montañas de cúpulas nevadas, y oscuros y tenebrosos valles. Existen ríos veloces que penetran como cuchillos en la ruinosa fábrica de una garganta o un cañón; y se dilatan también llanuras interminables, sepultadas en invierno bajo la nieve, y cubiertas en verano por el polvo gris del álcali salino. Todo ello, hasta lo más diverso, presidido por un mismo espíritu de esterilidad, tristeza y desabrimiento.

La tierra maldita está deshabitada. De cuando en cuando se aventuran en ella, en peregrinación hacia nuevos cazaderos, algunas partidas de pawnees o piesnegros, mas no existe uno solo, ni el más bravo o arrojado, que no sienta afán por dejar a sus espaldas la llanura imponente y acogerse otra vez al refugio de las praderas. El coyote acecha entre los matorrales, el busardo quiebra el aire con su vuelo pesado y el lento oso gris merodea sordamente por los barrancos, en busca del poco sustento que aquellos pedregales puedan dispensarle. No pueblan otras criaturas el vasto desierto.

Es cosa cierta que ningún panorama del mundo aventaja en lo tétrico al que se divisa desde la vertiente norte de Sierra Blanco. Hasta donde alcanza el ojo se extiende la tierra llana, salpicada de manchas alcalinas e interrumpida a trechos por espesuras de chaparros enanos. Cierran la raya extrema del firmamento los picos nevados y agudos de una larga cadena de montañas. De este paisaje interminable está ausente la vida o cuanto pueda evocarla. No se columbra una sola ave en el cielo, duro y azul, no estremece la tierra gris y yerta ningún movimiento, y, sobre todo, el silencio es absoluto. Por mucho que se afine el oído, no se aprecia siquiera una sombra de ruido en la soledad inmensa; nada sino silencio, completo y sobrecogedor silencio.

Hemos dicho que es absoluta la ausencia de vida en la vasta planicie. Un pequeño detalle lo desmiente. Mirando hacia abajo desde Sierra Blanco se distingue un camino que cruza el desierto y, ondulante, se pierde en la línea remota del horizonte. Está surcado de ruedas de carros y lo han medido las botas de innumerables aventureros. Aquí y allá refulgen al sol, inmaculados sobre el turbio sedimento de álcali, unos relieves blancos. ¿Qué son? ¡Son huesos! Grandes y de textura grosera unos, más delicados y menudos los otros. Pertenecieron los primeros a algún buey, a seres humanos éstos... A lo largo de mil quinientas millas puede seguirse el rastro de la mortífera ruta por los restos dispersos que a su vera han ido dejando quienes sucumbían antes de llegar al final del camino.

Tal era el escenario que, el día 4 de mayo de 1847, se ofrecía a los ojos de cierto solitario viajero. La apariencia de éste semejaba a propósito para tamaños parajes. Imposible habría resultado, guiándose por ella, afirmar si frisaba en los cuarenta o en los sesenta años. Era de rostro enjuto y macilento, tenía la piel avellanada y morena, como funda demasiado estrecha de la que quisiera salirse la calavera, y en la barba y el pelo, muy crecidos, el blanco prevalecía casi sobre el castaño. Los ojos se hundían en sus cuencas, luciendo con un fulgor enfermizo, y la mano que sostenía el rifle apenas si estaba más forrada de carne que el varillaje de los huesos. Para tenerse en pie había de descansar el cuerpo sobre el arma, y sin embargo su espigada figura y maciza osamenta denotaban una constitución ágil y férrea al tiempo. En la flaqueza del rostro, y en las ropas que pendían holgadas de los miembros resecos, se adivinaba el porqué de ese aspecto decrépito y precozmente senil: aquel hombre agonizaba, agonizaba de hambre y de sed.

Se había abierto trabajosamente camino a lo largo del barranco, y hasta una leve eminencia después, en el vano propósito de descubrir algún indicio de agua. Ahora se extendía delante suyo la infinita planicie salada, circuida al norte por el cinturón de montañas salvajes, monda toda ella de plantas, árboles o cosa alguna que delatara la existencia de humedad. No se descubría en el ancho espacio un solo signo de esperanza. Norte, oriente y occidente fueron escudriñados por los ojos interrogadores y extraviados del viajero. Habían llegado a término, sí, sus correrías, y allí, en aquel risco árido, sólo le aguardaba la muerte. «¿Y por qué iba a ser de otro modo? ¿Por qué no ahora mejor que en un lecho de plumas, dentro quizá de veinte años?», murmuró mientras se sentaba al abrigo de un peñasco.

Antes de adoptar la posición sedente, había depositado en el suelo el rifle inútil, y junto a él un voluminoso fardo al que servía de envoltura un mantón gris, pendiente de su hombro derecho. Se diría el bulto en exceso pesado para sus fuerzas, porque al ser apeado dio en tierra con cierto estrépito. De la envoltura gris escapó entonces un pequeño gemido, y una carita asustada, de ojos pardos y brillantes, y dos manezuelas gorditas y pecosas, asomaron por de fuera.

—¡Me has hecho daño! —gritó una reprobadora voz infantil.

—¿De verdad? —contestó pesaroso el hombre—. Ha sido sin querer.

Y mientras tal decía deshizo el fardo y rescató de él a una hermosa criatura de unos cinco años de edad, cuyos elegantes zapatos y bonito vestido rosa, guarnecido de un pequeño delantal de hilo, pregonaban a las claras la mano providente de una madre. La niña estaba pálida y delgada, aunque por la lozanía de brazos y piernas se echaba de ver que había sufrido menos que su compañero.

—¿Te sientes bien? —preguntó éste con ansiedad al observar que la niña seguía frotándose los rubios bucles que cubrían su nuca.

—Cúrame con un besito —repuso ella en un tono de perfecta seriedad, al tiempo que le mostraba la parte dolorida—. Eso solía hacer mamá. ¿Dónde está mamá?

—No está aquí. Quizá no pase mucho tiempo antes de que la veas.

—¡Se ha ido! —dijo la niña—. Qué raro... ¡No me ha dicho adiós! Me decía siempre adiós, aunque sólo fuera antes de ir a tomar el té a casa de la tita, y... ¡lleva tres días fuera! ¡Qué seco está esto! Dime, ¿no hay agua, ni nada que comer?

—No, no hay nada, primor. Aguanta un poco y verás que todo sale bien. Pon tu cabeza junto a la mía, así... ¿Te sientes más fuerte? No es fácil hablar cuando se tienen los labios secos como el esparto, aunque quizá vaya siendo hora de que ponga las cartas boca arriba. ¿Qué guardas ahí?

—¡Cosas bonitas! ¡Mira qué cosas tan preciosas! —exclamó entusiasmada la niña mientras mostraba dos refulgentes piedras de mica—. Cuando volvamos a casa se las regalaré a mi hermano Bob.

—Verás dentro de poco aún cosas mejores —repuso el hombre con aplomo—. Ten paciencia. Te estaba diciendo..., ¿recuerdas cuando abandonamos el río?

—¡Claro que sí!

—Pensamos que habría otros ríos. Pero no han salido las cosas a derechas: el mapa, o los compases, o lo que fuere nos han jugado una mala pasada, y no se ha dejado ver río alguno. Nos hemos quedado sin agua. Hay todavía unas gotitas para las personas como tú, y...

—Y no te has podido lavar —atajó la criatura, a la par que miraba con mucha gravedad el rostro de su compañero.

—Ni tampoco beber. El primero en irse fue el señor Bender, y después el indio Pete, y luego la señora McGregor, y luego Johnny Hones, y luego, primor, tu madre.

—Entonces mi madre está muerta también —gimió la niña, escondiendo la cabeza en el delantal y sollozando amargamente.

—Todos han muerto, menos tú y yo. Pensé..., que encontraríamos agua en esta dirección, y, contigo al hombro, me puse en camino. No parece que hayamos prosperado. ¡Dificilísimo será que salgamos adelante!

—¿Nos vamos a morir entonces? —preguntó la niña conteniendo los sollozos, y alzando su carita surcada por las lágrimas.

—Temo que sí.

—¿Y cómo no me lo has dicho hasta ahora? —exclamó con júbilo la pequeña—. ¡Me tenías asustada! Cuanto más rápido nos muramos, naturalmente, antes estaremos con mamá.

—Sí que lo estarás, primor.

—Y tú también. Voy a decirle a mamá lo bueno que has sido conmigo. Apuesto a que nos estará esperando a la puerta del paraíso con un jarro de agua en la mano, y muchísimos pasteles de alforfón, calentitos y tostados por las dos caras, como los que nos gustaban a Bob y a mí... ¿Cuánto faltará todavía?

—No sé... Poco.

Los ojos del hombre permanecían clavados en la línea norte del horizonte. Sobre el azul del cielo, y tan rápidos que semejaban crecer a cada momento, habían aparecido tres pequeños puntos. Concluyeron al cabo por adquirir las trazas de tres poderosas aves pardas, las cuales, luego de describir un círculo sobre las cabezas de los peregrinos, fueron a posarse en unos riscos próximos. Eran busardos, los buitres del Oeste, mensajeros indefectibles de la muerte.

—¡Gallos y gallinas! —exclamó la niña alegremente, señalando con el índice a los pájaros macabros, y batiendo palmas para hacerles levantar el vuelo—. Dime, ¿hizo Dios esta tierra?

—Naturalmente que sí —repuso el hombre, un tanto sorprendido por lo inesperado de la pregunta.

—Hizo la de Illinois, allá lejos, y también la de Missouri —prosiguió la niña—, pero no creo que hiciera esta de aquí. Esta de aquí está mucho peor hecha. El que la hizo se ha olvidado del agua y de los árboles.

—¿Y si rezaras una oración? —sugirió el hombre tras un largo titubeo.

—No es aún de noche.

—Da lo mismo. Se sale de lo acostumbrado, pero estoy seguro de que a Él no le importará. Di las oraciones que decías todas las noches en la carreta, cuando atravesábamos los Llanos.

—¿Por qué no rezas tú también? —exclamó la niña, con ojos interrogadores.

—Se me ha olvidado rezar. Llevo sin rezar desde que era un mocoso al que doblaba en altura este rifle que ves aquí. Aunque bien mirado, nunca es demasiado tarde. Empieza tú, y yo me uniré en los coros.

—Pues vas a tener que arrodillarte, igual que yo —dijo la pequeña posando el mantón en tierra—. Levanta las manos y júntalas. Así... Parece como si se sintiera uno más bueno.

¡Curiosa escena la que se desarrolló entonces a los ojos de los busardos, únicos e indiferentes testigos! Sobre el breve chal, codo con codo, adoptaron la posición orante ambos peregrinos, la niña versátil y el arrojado y rudo aventurero. Estaban la tierna carita de la niña y el rostro anguloso y macilento del hombre vueltos con devoción pareja hacia el cielo limpio de nubes, en pos del Ser terrible que de frente los con templaba, mientras las dos voces —frágil y clara una, áspera y profunda la otra— se fundían en un solo ruego de misericordia y perdón. Concluida la oración se recogieron de nuevo al abrigo de la roca, cayendo dormida al cabo la niña en el regazo de su protector. Vigiló éste durante un tiempo el sueño de la pequeña, mas la naturaleza, finalmente, lo redujo también a su mandato inexorable. Tres días y tres noches llevaba sin concederse un instante de tregua o reparador descanso. Lentamente los párpados se deslizaron sobre los ojos fatigados y la cabeza fue hundiéndose en su pecho, hasta, confundida ya la barba gris del hombre con los rizos dorados de la niña, quedar ambos caminantes sumidos en idéntico sueño, profundo y horro de imágenes.

Media hora de vigilia hubiera bastado al vagabundo para contemplar la escena que ahora verá el lector. En la remota distancia, allí donde se hace la planicie fronteriza del cielo, se insinuó una como nubecilla de polvo, muy tenue al principio y apenas distinguible de la colina en que se hallaba envuelto el horizonte, después de superior tamaño, y, al fin, rotunda y definida. Fue aumentando el volumen de la nube, causada, evidentemente, por alguna muchedumbre o concurrencia de criaturas en movimiento. A ser aquellas tierras más fértiles, habría podido pensarse en el avance de una populosa manada de bisontes. Mas no es un suelo sin hierba sino a propósito para que en él paste el ganado... Próximo ya el torbellino de polvo a la solitaria eminencia donde reposaban los dos náufragos de la pradera, se insinuaron tras la bruma contornos de carretas guarnecidas con toldos, y perfiles de hombres armados, caballeros en sus monturas. ¡Se trataba de una expedición al Oeste, y qué expedición! Llegado uno de los extremos de ella a los pies de la montaña, aún seguía el otro perdido en el horizonte. A través de la llanura toda se extendía la caravana enorme, compuesta de galeras y carros, hombres a pie y hombres a caballo. Innumerables mujeres procedían vacilantes con su equipaje a cuestas, y los niños se afanaban detrás de los vehículos o asomaban las cabecitas bajo la envoltura blanca de los toldos. No podían ser estas gentes simples emigrantes; por fuerza habían de constituir un pueblo nómada, llevado de las circunstancias a buscar cobijo en nuevas tierras. Un estruendo confuso, una especie de fragor de ruedas chirriantes y resoplante caballería, ascendía de aquella masa humana y se perdía en el aire claro. Ni siquiera entonces, sin embargo, lograron despertarse los dos fatigados caminantes.

Encabezaba la columna más de una veintena de graves varones, de rostros ceñudos, envueltos los cuerpos en los pliegues de un oscuro ropaje hecho a mano, y provistos de rifles. Al llegar al pie del risco suspendieron la marcha, formando entre ellos breve conciliábulo.

—Los pozos, hermanos, se encuentran a la derecha —dijo uno al que daba carácter la boca enérgica, el rostro barbihecho y la cabellera enmarañada.

—A la derecha de Sierra Blanco... Alcanzaremos pues, Río Grande—, añadió otro.

—No tengáis cuidado del agua —exclamó un tercero—. El que pudo hacerla brotar de la roca, no abandonará a su pueblo elegido.

—¡Amén! ¡Amén! —respondieron todos a coro.

A punto se hallaban de reanudar el camino, cuando uno de los más jóvenes y perspicaces lanzó un grito de sorpresa, al tiempo que señalaba el escarpado risco frontero. En lo alto ondeaba un trocito de tela color rosa, brillante y nítidamente recortado sobre el fondo de piedra gris. A la visión de aquel objeto siguió un vasto movimiento de caballos enfrenados y de rifles que eran extraídos de sus fundas. Un destacamento de jinetes a galope sumó sus fuerzas a las del grupo de vanguardia: la palabra «Pieles Rojas» estaba en todos los labios.

—No puede haber muchos indios por estas tierras —dijo un hombre ya mayor, el que según todas las trazas parecía detener el mando—. Atrás hemos dejado a los Pawnees, y no quedan más tribus hasta después de cruzadas las montañas.

—Quiero echar una ojeada, hermano Stangerson —anunció entonces otro de los exploradores.

—Yo también, yo también —clamaron una docena de voces más.

—Dejad abajo vuestros caballos; aquí mismo os esperamos —contestó el anciano. En un abrir y cerrar de ojos pusieron pie a tierra los jóvenes voluntarios, fueron amarradas las cabalgaduras, y se dio principio al ascenso de la escarpadura, en dirección al punto que había provocado semejante revuelo. Avanzaban los hombres rauda y silenciosamente, con la seguridad y destreza del explorador consumado. Desde el llano, se les vio saltar de roca en roca, hasta aparecer sus siluetas limpiamente perfiladas sobre el horizonte. El joven que había dado la voz de alarma abría la marcha. De súbito, observaron sus compañeros que echaba los brazos a lo alto, como presa de irrefrenable asombro, asombro que pareció comunicarse al resto de la comitiva apenas se hubo ésta reunido con el de cabeza.

En la pequeña plataforma que ponía remate al risco pelado, se elevaba un solitario y gigantesco peñasco, a cuyo pie yacía un hombre alto, barbiluengo y de duras facciones, aunque enflaquecido hasta la extenuación. Su respiración regular y plácido gesto, eran los que suelen acompañar al sueño profundo. Enlazada a su cuello moreno y fuerte había una niña de brazuelos blancos y delicados. Estaba rendida su cabecita rubia sobre la pechera de pana del hombre, y en sus labios entreabiertos —que descubrían la nieve inmaculada de los dientes— retozaba una sonrisa infantil. Los miembros del hombre eran largos y ásperos, en peregrino contraste con las rollizas piernecillas de la criatura, las cuales terminaban en unos calcetines blancos y unos pulcros zapatitos de brillantes hebillas. La extraña escena tenía lugar ante la mirada de tres solemnes busardos apostados en la visera del peñasco. A la aparición de los recién llegados, dejaron oír un rauco chillido de odio y se descolgaron con sordo batir de alas.

El estrépito de las inmundas aves despertó a los dos yacentes, quienes echaron a su alrededor una mirada extraviada. El hombre recuperó, vacilante, la posición erecta y tendió la vista sobre la llanura, desierta cuando le había sorprendido el sueño y poblada ahora de muchedumbre enorme de bestias y seres humanos. Ganado por una incredulidad creciente, se pasó la mano por los ojos. «Debe ser esto lo que llaman delirio», murmuró para sí. La pequeña permanecía a su lado, cogida a las faldas de su casaca y sin decir nada, aunque vigilándolo todo con los ojos pasmados e inquisitivos de la niñez.

No les fue difícil a los recién ascendidos acreditar su condición de seres de carne y hueso. Uno de ellos cogió a la niña y la atravesó sobre los hombros, mientras otros dos asistían a su desmadejado compañero en el descenso hacia la caravana.

—Me llamo John Ferrier —explicó el caminante—; la pequeña y yo somos cuanto queda de una expedición de veintiún miembros. Allá en el sur, la sed y el hambre han dado buena cuenta del resto.

—¿La niña es hija tuya? —preguntó uno de los exploradores.

—Por tal la tengo —repuso desafiante el aventurero—. Mía es, porque la he salvado. Nadie va a arrebatármela. De ahora en adelante se llamará Lucy Ferrier. Pero, ¿quiénes sois vosotros? —prosiguió mirando con curiosidad a sus fornidos y atezados rescatadores—. En verdad que no se os puede contar con los dedos de una mano.

—Sumamos cerca de diez mil —dijo uno de los jóvenes—; somos los hijos perseguidos de Dios, los elegidos del Ángel Moroni.

—Nunca he oído hablar de él —replicó el caminante—, pero a la vista está que no le faltan amigos.

—No uses ironía con lo sagrado —repuso el otro en tono cortante—. Somos aquellos que tienen puesta su fe en las santas escrituras, plasmadas con letra egipcia sobre planchas de oro batido y confiadas a Joseph Smith en el enclave de Palmyra. Procedemos de Nauvoo, en el Estado de Illinois, asiento de nuestra iglesia, y buscamos amparo del hombre violento y sin Dios, aunque para ello hayamos de llegar al corazón mismo del desierto.

El hombre de Nauvoo pareció despabilar la memoria de John Ferrier.

—Entonces —dijo—, sois mormones.

—En efecto, somos los mormones —repusieron todos a una sola voz.

—¿Y dónde os dirigís?

—Lo ignoramos. La mano de Dios guía a los mormones por medio de su profeta. A él te conduciremos. Él decidirá tu suerte.

Habían alcanzado ya la base de la colina, donde se hallaba congregada una multitud de peregrinos: mujeres pálidas y de ojos medrosos, niños fuertes y reidores, varones de expresión alucinada. A la vista de la juventud de uno de los extraños, y de la depauperación del otro, se elevaron de la turba gritos de asombro y conmiseración. No se detuvo sin embargo el pequeño cortejo, sino que se abrió camino, seguido de gran copia de mormones, hasta una carreta que sobresalía de las demás por su anchura excepcional e inusitada elegancia. Seis caballos se hallaban uncidos a ella, en contraste con los dos, o cuatro a lo sumo, que tiraban de las restantes. Junto al carrero se sentaba un hombre de no más de treinta años, aunque de poderosa cabeza y la firme expresión que distingue al caudillo. Estaba leyendo un volumen de lomo oscuro que dejó a un lado a la llegada del gentío. Tras escuchar atentamente la relación de lo acontecido, se dirigió a los dos malaventurados.

—Si hemos de recogeros entre nosotros —dijo solemnemente—, será sólo a condición de que abracéis nuestro credo. No queremos lobos en el rebaño. ¡Pluga a Dios mil veces que blanqueen vuestros huesos en el desierto, antes de que seáis la manzana podrida que con el tiempo contamina a las restantes! ¿Aceptáis los términos del acuerdo?

—No hay términos que ahora puedan parecerme malos —repuso Ferrier con tal énfasis que los solemnes Ancianos no acertaron a reprimir una sonrisa. Sólo el caudillo perseveró en su terca y formidable seriedad.

—Hermano Stangerson —dijo—, hazte cargo de este hombre y de la niña, y dales comida y bebida. A ti confío la tarea de instruirles en nuestra fe. ¡Demasiado larga ha sido ya la pausa! ¡Adelante! ¡Adelante hacia Sión!

—¡Adelante hacia Sión! —bramó la muchedumbre de mormones, y el grito corrió de boca en boca a lo largo de la caravana, hasta perderse, como un murmullo, en la distancia remota. Entre estallidos de látigos y crujir de ruedas reanudaron la marcha las pesadas carretas, volviendo a serpentear al pronto en el desierto la comitiva enorme. El anciano bajo cuya tutela habían sido puestos los recién hallados, condujo a éstos a su carruaje, y allí les dio el prometido sustento.

—Aquí permaneceréis —les dijo—. A no mucho tardar os habréis recuperado de vuestras fatigas. Recordad, mientras tanto, que compartís nuestra fe, y la compartís para siempre. Lo ha dicho Brigham Young, y lo ha dicho con la voz de Joseph Smith, cuya voz es también la voz de Dios.

2. La flor de Utah

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No es éste lugar a propósito para rememorar las privaciones y fatigas experimentadas por el pueblo emigrante antes de su definitiva llegada a puerto. Desde las orillas del Mississippi, hasta las estribaciones occidentales de las Montañas Rocosas, consiguió abrirse camino con pertinacia sin parangón apenas en la historia. Ni el hombre salvaje ni la bestia asesina, ni el hambre, ni la sed, ni el cansancio, ni la enfermedad, ninguno de los obstáculos en fin que plugo a la Naturaleza atravesar en la difícil marcha, fueron bastantes a vencer la tenacidad de aquellos pechos anglosajones. Sin embargo, la longitud del viaje y su cúmulo de horrores habían acabado por conmover hasta los corazones más firmes. Todos, sin excepción, cayeron de hinojos en reverente acción de gracias a Dios cuando, llegados al vasto valle de Utah, que se extendía a sus pies bajo el claro sol, supieron por los labios de su caudillo que no era otra la tierra de promisión, y que aquel suelo virgen les pertenecía ya para siempre.

Pronto demostró Young ser un hábil administrador, amén de jefe enérgico. Fueron aprestados mapas y planos en previsión de la ciudad futura de los mormones. Se procedió, según la categoría de cada destinatario, al reparto y adjudicación de las tierras circundantes. El artesano volvió a blandir su herramienta, y el comerciante a comprar y a vender. En la ciudad surgían calles y plazas como por arte de encantamiento. En el campo, se abrieron surcos para las acequias, fueron levantadas cercas y vallas, se limpió la maleza y se voleó la semilla, de modo que, al verano siguiente, ya cubría la tierra el oro del recién granado trigo. No había cosa que no prosperase en aquella extraña colonia. Sobre todo lo demás, sin embargo, creció el templo erigido por los fieles en el centro de la ciudad. Desde el alba a los últimos arreboles del día, el seco ruido del martillo y el chirriar asmático de la sierra imperaban en torno al monumento con que el pueblo peregrino rendía homenaje a Quien le había guiado salvo a través de tantos peligros.

Los dos vagabundos, John Perrier y la pequeña, su hija adoptiva y compañera de infortunio, hicieron junto a los demás el largo camino. No fue éste trabajoso para la joven Lucy Ferrier que, recogida en la carreta de Stangerson, partió vivienda y comida con las tres esposas del mormón y su hijo, un obstinado e impetuoso muchacho de doce años. Habiéndose repuesto de la conmoción causada por la muerte de su madre, conquistó fácilmente el afecto de las tres mujeres (con esa presteza de la que sólo es capaz la infancia) y se hizo a su nueva vida trashumante. En tanto, el recobrado Ferrier ganaba fama de guía útil e infatigable cazador. Tan presto conquistó para sí la admiración de sus nuevos compañeros que, al dar éstos por acabada la aventura, recibió sin un solo reparo o voto en contra una porción de tierra no menor ni menos fecunda que las de otros colonos, con las únicas excepciones de Young y los cuatro ancianos principales, Stangerson, Kemball, Johnston y Drebber.

En la hacienda así adquirida levantó John Ferrier una sólida casa de troncos, ampliada y recompuesta infinitas veces en los años subsiguientes, hasta alcanzar al fin envergadura considerable. Era hombre con los pies afirmados en tierra, inteligente en los negocios y hábil con las manos, amén de recio, lo bastante para aplicarse sin descanso al cultivo y mejora de sus campos. Crecieron así su granja y posesiones desmesuradamente. A los tres años había sobrepujado a sus vecinos, a los seis se contaba entre el número de los acomodados, a los nueve de los pudientes, y a los doce no pasaban de cinco o seis quienes pudieran comparársele en riqueza. Desde el gran mar interior hasta las montañas de Wahsatch, el nombre de John Ferrier descollaba sobre todos los demás.

Sólo en un concepto ofendía este hombre la susceptibilidad de sus correligionarios. Nadie fue parte a convencerle para que fundara un harén al modo de otros mormones. Sin dar razones de su determinación, porfió en ella con firmeza inconmovible. Unos le acusaron de tibieza en la práctica de la religión recientemente adquirida; otros, de avaricia y espíritu mezquinamente ahorrativo. Llegó incluso a hablarse de un amor temprano, una muchacha de blondos cabellos muerta de nostalgia en las costas del Atlántico. El caso es que, por la causa que fuere, Ferrier permaneció estrictamente célibe. En todo lo demás siguió el credo de la joven comunidad, ganando fama de hombre ortodoxo y de recta conducta.

Junto al padre adoptivo, entre las cuatro paredes de la casa de troncos, y aplicada a la dura brega diaria, se crió Lucy Ferrier. El fino aire de las montañas y el aroma balsámico del pino cumplieron las veces de madre y niñera. Según transcurrían los años la niña se hizo más alta y fuerte, adquiriendo las mejillas color y el paso cadencia elástica. No pocos sentían revivir en sí antiguos hervores cada vez que, desde el tramo de camino que sesgaba la finca de Ferrier, veían a la muchacha afanarse, joven y ligera, en los campos de trigo, o gobernar el cimarrón de su padre con una destreza digna en verdad de un auténtico hijo del Oeste. De esta manera se hizo flor el capullo, y el mismo año que ganaba Ferrier preeminencia entre los granjeros del lugar, se cumplía en su hija el más acabado ejemplo de belleza americana que encontrarse pudiera en la vertiente toda del Pacífico.

No fue el padre, sin embargo, el primero en advertir que la niña de antes era ya mujer. Rara vez ocurre tal. Esa transformación es harto sutil y lenta para que quepa situarla en un instante preciso. Más ajena todavía al cambio permanece la doncella misma, quien sólo al tono de una voz o al contacto de una mano, súbitas chispas iniciadoras de un fuego desconocido, descubre con orgullo y miedo a la vez la nueva y poderosa facultad que en ella ha nacido a la vida. Pocas mujeres han olvidado de hecho el día preciso y el exacto incidente por el que viene a ser conocido ese albor de una existencia nueva. En el caso de Lucy Ferrier la ocasión fue memorable de por sí, aparte el alcance que después tendría en su propio destino y en el de los demás.

Era una calurosa mañana de junio, y los Santos del último Día se afanaban en su cotidiana tarea al igual que un enjambre de abejas, cuyo fanal habían escogido por emblema y símbolo de la comunidad. De los campos y de las calles ascendía el sordo rumor del trabajo incesante. A lo largo de las carreteras polvorientas, avanzaban filas de mulas con pesadas cargas, en dirección todas al Oeste, ya que había estallado la fiebre del oro en California y la ruta continental tenía estación en la ciudad de los Elegidos. También se veían rebaños de vacas y ovejas, procedentes de pastos remotos, y partidas de fatigados emigrantes, no menos maltrechos que sus caballerías tras el viaje inacabable. En medio de aquella abigarrada muchedumbre, hilaba su camino con destreza de amazona Lucy Ferrier, arrebatado el rostro por el ejercicio físico y suelta al viento la larga cabellera castaña. Venía a la ciudad para dar cumplimiento a cierto encargo de su padre, y, desatenta a todo cuanto no fuera el asunto que en ese instante la solicitaba, volaba sobre su caballo, con la usada temeridad de otras veces. Se detenían a mirarla asombrados los astrosos aventureros, e incluso el indio impasible, con sus pieles a cuestas, rompía un instante su reserva ante el espectáculo de aquella bellísima rostro pálido.

Había alcanzado los arrabales de la ciudad, cuando halló la carretera obstruida por un gran rebaño de ganado al que daban gobierno media docena de selváticos pastores de la pradera. Impaciente, hizo por superar el obstáculo lanzándose a una súbita brecha que se insinuaba enfrente. Cuando se hubo introducido en ella, sin embargo, el ganado volvió a cerrarse en torno, viéndose al pronto inmersa la amazona en la corriente movediza de las cuernilargas e indómitas bestias. Habituada como estaba a vivir entre ganado, no sintió alarma, e intentó por todos los medios abrirse camino a través de la manada. Por desgracia los cuernos de una de las reses, al azar o de intento, entraron en violento contacto con el flanco del cimarrón, excitándolo en grado máximo. El animal se levantó sobre sus patas traseras con un relincho furioso, al tiempo que daba unos saltos y hacía unas corvetas bastantes a derribar a un jinete de medianas condiciones. No podía ser la situación más peligrosa. Cada arrebato del caballo acentuaba el roce con los cuernos circundantes, y éstos inducían a su vez en la cabalgadura renovadas y furibundas piruetas. Sin falta debía la joven mantenerse sujeta a la silla de la montura, ya que al más leve desliz cabía que fuera a dar su cuerpo entre las pezuñas de las espantadas criaturas, encontrando así una muerte horrible. No hecha a tales trances, comenzó a nublarse su cabeza, al cabo que cedía la presa de la mano en la brida. Sofocada por la nube de polvo y el hedor de la forcejeante muchedumbre animal, se hallaba al borde del abandono, cuando oyó una voz amable que a su lado le prometía asistencia. A continuación una poderosa mano, curtida y tostada por el sol, asió del freno al asustado cuadrúpedo, conduciéndole pronto, sin mayores incidencias, fuera del tropel.

—Espero, señorita, que haya salido usted ilesa de la aventura —dijo respetuosamente a la joven su providencial salvador.

Aquélla levantó su rostro hacia el otro rostro, fiero y moreno, y riendo con franqueza repuso:

—¡Qué susto! ¿Cómo pensar que Pancho fuera a tener tanto miedo de un montón de vacas?

—Gracias a Dios, ha podido usted mantenerse en la montura —contestó el hombre con gesto grave.

Se trataba de un joven alto y de aguerrido aspecto, el cual, caballero en un poderoso ejemplar de capa baya, y guarnecido el cuerpo con las toscas galas del cazador, iba armado de un largo rifle, suspendido al bies tras de los hombros.

—Debe ser usted la hija de John Ferrier —añadió—; la he visto salir a caballo de su granja. Cuando lo vea, pregúntele si le trae algún recuerdo el nombre de «Jefferson Hope», el de St. Louis. Si ese Ferrier es el que yo pienso, mi padre y el suyo fueron uña y carne.

—¿Por qué no viene y se lo pregunta usted mismo? —apuntó ella con recato.

El joven pareció complacido por la invitación, y en sus ojos negros refulgió una chispa de contento.

—Lo haré —dijo—, aunque llevamos dos meses en las montañas y mi traza no es a propósito para esta clase de visitas. Su padre de usted deberá recibirme tal como estoy.

—Es su deudor, igual que yo —replicó la joven—. Me tiene un cariño extraordinario; si esas vacas hubieran llegado a causarme la muerte, creo que habría muerto él también.

—Y yo —añadió el jinete.

—¡Usted! No creo que fuera a partírsele el corazón... ¡Ni siquiera somos amigos!

La oscura faz del cazador se ensombreció de semejante manera ante esta observación, que Lucy Ferrier no pudo evitar una carcajada.

—No me entienda mal, ¡ea! —dijo—. Ahora sí que somos amigos. No le queda más remedio que venir a vernos... En fin, he de seguir camino, porque, según está pasando el tiempo, no volverá a confiarme jamás mi padre recado alguno. ¡Adiós!

—¡Adiós —repuso el otro, alzando su sombrero alado e inclinándose sobre la mano de la damita. Tiró ésta de las riendas a su potro, blandió el látigo, y desapareció en la ancha carretera tras una ondulante nube de polvo.

El joven Jefferson Hope se unió a sus compañeros, triste y taciturno. Habían recorrido las montañas de Nevada en busca de plata, y volvían ahora a Salt Lake City, con el fin de reunir el capital necesario para la exploración de un filón descubierto allá arriba. Sus pensamientos, puestos hasta entonces, al igual que los del resto de la cuadrilla, en el negocio pendiente, no podían ya ser los mismos tras el encuentro súbito. La vista de la hermosa muchacha, fresca y sana como las brisas de la sierra, había conmovido lo más íntimo de su volcánico e indómito corazón. Desaparecida la joven de su presencia, supo que una crisis acababa de producirse en su vida, y que ni las especulaciones de la plata, ni cosa alguna, podían compararse en importancia a lo recién acontecido. El efecto obrado de súbito en su corazón no era además un amor fugaz de adolescente, sino la pasión auténtica que se apodera del hombre de férrea voluntad e imperioso carácter. Estaba hecho a triunfar en todas las empresas. Se dijo solemnemente que no saldría mal de ésta, mientras de algo sirvieran la perseverancia y el tenaz esfuerzo.

Aquella misma noche se presentó en casa de John Ferrier, y a la siguiente y a la otra también, hasta convertirse en visitante asiduo y conocido. John, encerrado en el valle y absorbido por el trabajo diario, había tenido menguadísimas oportunidades de asomarse al mundo en torno durante los últimos doce años. De él le daba noticias Jefferson Hope, con palabras que cautivaban a Lucy no menos que a su padre. Había sido pionero en California, la loca y legendaria región de rápidas fortunas y estrepitosos empobrecimientos; había sido explorador, trampero, ranchero, buscador de plata... No existía aventura emocionante, en fin, que no hubiera corrido alguna vez Jefferson Hope. A poco ganó el afecto del viejo granjero, quien se hacía lenguas de sus muchas virtudes. En tales ocasiones Lucy permanecía silenciosa, mas podía echarse de ver, por el arrebol de las mejillas y el brillar de ojos, que no era ya la muchacha dueña absoluta de su propio corazón. Quizá escapasen estas y otras señales a los ojos del buen viejo, aunque no, desde luego, a los de quien constituía su recóndita causa.

Cierto atardecer de verano el joven llegó a galope por la carretera y se detuvo frente al cancel. Lucy estaba en el porche y, al verle, fue en dirección suya. El visitante pasó las bridas del caballo por encima de la cerca y tomó el camino de la casa.

—He de marcharme, Lucy —dijo asiéndole entrambas manos, al tiempo que la miraba tiernamente a los ojos—. No te pido que vengas ahora conmigo, pero ¿lo harás más adelante, cuando esté de vuelta?

—¿Vas a tardar mucho? —repuso la joven, riendo y encendiéndose toda.

—No más de dos meses. Vendré entonces por ti, querida. Nadie podrá interponerse entre nosotros dos.

—¿Qué dice mi padre?

—Ha dado su consentimiento, siempre y cuando me las arregle para poner en marcha esas minas. Sobre esto último no debes preocuparte.

—Oh, bien. Si estáis de acuerdo papá y tú, yo no tengo nada más que añadir —susurró ella, la mejilla apoyada en el poderoso pecho del aventurero.

—¡Dios sea alabado! —exclamó éste con ronca voz, e inclinando la cabeza, besó a la chica—. El trato puede considerarse zanjado. Cuanto más me demore, más difícil va a resultarme iniciar la marcha. Me aguardan en el cañón. ¡Adiós, amor, adiós! Dentro de dos meses me verás de nuevo.

Con estas palabras se separó de ella y, habiéndose plantado de un salto encima del caballo, picó espuelas a toda prisa sin volver siquiera la cabeza, en el temor, quizá, de que una sola mirada a la prenda de su corazón le hiciera desistir de su recién concebido proyecto. Permaneció Lucy junto al cancel, fija la vista en el jinete hasta desvanecerse éste en el horizonte. Después volvió a la casa. En todo Utah no podría hallarse chica más feliz.

3. John Ferrier habla con el profeta

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Tres semanas habían transcurrido desde la marcha de Jefferson Hope y sus compañeros. Se entristecía el corazón de John Ferrier al pensar que pronto volvería el joven, arrebatándole su preciado tesoro. Sin embargo, la expresión feliz de la muchacha le reconciliaba mil veces más eficazmente con el pacto contraído que el mejor de los argumentos. Desde antiguo había determinado en lo hondo de su resuelta voluntad que a ningún mormón sería dada jamás la mano de su hija. Semejante unión se le figuraba un puro simulacro, un oprobio y una desgracia. Con independencia de los sentimientos que la doctrina de los mormones le inspiraba en otros terrenos, se mantenía sobre lo último inflexible, amén de mudo, ya que por aquellos tiempos las actitudes heterodoxas hallaban mal acomodo en la Tierra de los Santos.

Mal acomodo y terrible peligro... Hasta los más santos entre los santos contenían el aliento antes de dar voz a su íntimo parecer en materia de religión, no fuera cualquier palabra, o frase mal comprendida, a atraer sobre ellos un rápido castigo. Los perseguidos de antaño se habían constituido a su vez en porfiados y crudelísimos perseguidores. Ni la Inquisición sevillana, ni la tudesca Vehmgericht, ni las sociedades secretas de Italia acertaron jamás a levantar maquinaria tan formidable como la que tenía atenazado al Estado de Utah.

La organización resultaba doblemente terrible por sus atributos de invisibilidad y misterio. Todo lo veía y podía, y sin embargo escapaba al ojo y al oído humanos. Quien se opusiera a la Iglesia, desaparecía sin dejar rastro ni razón de sí. Mujer e hijos aguardaban inútilmente el retorno del proscrito, cuya voz no volvería a dejarse oír de nuevo, ni siquiera en anuncio de la triste sentencia que los sigilosos jueces habían pronunciado. Una palabra brusca, un gesto duro, eran castigados con la muerte. Ignoto, el poder aciago gravitaba sobre todas las existencias. Comprensible era que los hombres vivieran en terror perpetuo, sellada la boca y atada la lengua lo mismo en poblado que en la más rigurosa de las soledades.

En un principio sufrieron persecución tan sólo los elementos recalcitrantes, aquellos que, habiendo abrazado la fe de los mormones, deseaban abandonarla o pervertirla. Pronto, sin embargo, aumentó la multitud de las víctimas. Eran cada vez menos las mujeres adultas, grave inconveniente para una doctrina que proponía la poligamia. Comenzaron a circular extraños rumores sobre emigrantes asesinados y salvajes saqueos ocurridos allí donde nunca, anteriormente, había llegado el indio. Mujeres desconocidas vinieron a nutrir los serrallos de los Ancianos, mujeres que lloraban y languidecían, y llevaban impresas en el rostro las señales de un espanto inextinguible. Algunos caminantes, rezagados en las montañas, afirmaban haberse cruzado con pandillas de hombres armados y enmascarados, en sigilosa y rápida peregrinación al amparo de las sombras. Tales historias y rumores fueron adquiriendo progresivamente cuerpo y confirmación, hasta concretarse en título y expresión definitivos. Incluso ahora, en los ranchos aislados del Oeste, el nombre de «La Banda de los Danitas», o «Los Ángeles Vengadores», conserva resonancias siniestras.

El mayor conocimiento de la organización que tan terribles efectos obraba, tendió antes a magnificar que a disimular el espanto de las gentes. Imposible resultaba saber si una persona determinada pertenecía a Los Ángeles Vengadores. Los nombres de quienes tomaban parte en las orgías de sangre y violencia perpetradas bajo la bandera de la religión eran mantenidos en riguroso secreto. Quizá el amigo que durante el día había escuchado ciertas dudas referentes al Profeta y su misión se contaba por la noche entre los asaltantes que acudían para dar cumplimiento al castigo inmisericorde y mortal. De este modo, cada cual desconfiaba de su vecino, recatando para sí sus más íntimos sentimientos.

Una hermosa mañana, cuando estaba a punto de partir hacia sus campos de trigo, oyó John Ferrier el golpe seco del pestillo al ser abierto, tras de lo cual pudo ver, a través de la ventana, a un hombre ni joven ni viejo, robusto y de cabello pajizo, que se aproximaba sendero arriba. Le dio un vuelco el corazón, ya que el visitante no era otro que el mismísimo Brigham Young. Lleno de inquietud —pues nada bueno presagiaba semejante encuentro— Ferrier acudió presuroso a la puerta para recibir al jefe mormón. Este último, sin embargo, correspondió fríamente a sus solicitaciones, y, con expresión adusta, le siguió hasta el salón.

—Hermano Ferrier —dijo, tomando asiento y fijando en el granjero la mirada a través de las pestañas rubias—, los auténticos creyentes te han demostrado siempre bondad. Fuiste salvado por nosotros cuando agonizabas de hambre en el desierto, contigo compartimos nuestra comida, te condujimos salvo hasta el Valle de los Elegidos, recibiste allí una generosa porción de tierra y, bajo nuestra protección, te hiciste rico. ¿Es esto que digo cierto?

—Lo es —repuso John Ferrier.

—A cambio de tantos favores, no te pedimos sino una cosa: que abrazaras la fe verdadera, conformándote a ella en todos sus detalles. Tal prometiste hacer, y tal, según se dice, desdeñas hacer.

—¿Es ello posible? —preguntó Ferrier, extendiendo los brazos en ademán de protesta—. ¿No he contribuido al fondo común? ¿No he asistido al Templo? ¿No he...?

—¿Dónde están tus mujeres? —preguntó Young, lanzando una ojeada en derredor—. Hazlas pasar para que pueda yo presentarles mis respetos.

—Cierto es que no he contraído matrimonio —repuso Ferrier—. Pero las mujeres eran pocas, y muchos aquellos con más títulos que yo para pretenderlas. Además, no he estado solo: he tenido una hija para cuidar de mí.

—De ella, precisamente, quería hablarte —dijo el jefe de los mormones—. Se ha convertido, con los años, en la flor de Utah, y ahora mismo goza del favor de muchos hombres con preeminencia en esta tierra.

John Ferrier, en su interior, dejó escapar un gemido.

—Corren rumores que prefiero desoír, rumores en torno a no sé qué compromiso con un gentil. Maledicencias, supongo, de gente ociosa. ¿Cuál es la decimotercera regla del código legado a nosotros por Joseph Smith, el santo? «Que toda doncella perteneciente a la fe verdadera contraiga matrimonio con uno de los elegidos: pues si se uniera a un gentil, cometería pecado nefando.» Siendo ello así, no es posible que tú, que profesas el credo santo, hayas consentido que tu hija lo vulnere.

Nada repuso John Ferrier, ocupado en juguetear nerviosamente con su fusta.

—Por lo que en torno a ella resuelvas, habrá de medirse la fortaleza de tu fe. Tal ha convenido el Sagrado Consejo de los Cuatro. Tu hija es joven: no pretendemos que despose a un anciano, ni que se vea privada de toda elección. Nosotros los Ancianos poseemos varias novillas [1], mas es fuerza que las posean también nuestros hijos. Stangerson tiene un hijo varón, Drebber otro, y ambos recibirían gustosos a tu hija en su casa. Dejo a ella la elección... Son jóvenes y ricos, y profesan la fe verdadera. ¿Qué contestas?

Ferrier permaneció silencioso un instante, arrugado el entrecejo.

—Concédeme un poco de tiempo —dijo al fin—. Mi hija es muy joven, quizá demasiado para tomar marido.

—Cuentas con un plazo de un mes —dijo Young, enderezándose de su asiento—. Transcurrido éste, habrá de dar la chica una respuesta.

Estaba cruzando el umbral cuando se volvió de nuevo, el rostro encendido y centelleantes los ojos:

—¡Guárdate bien, John Ferrier —dijo con voz tonante—, de oponer tu débil voluntad a las órdenes de los Cuatro Santos, porque en ese caso sentiríais tu hija y tú no yacer, reducidos a huesos mondos, en mitad de Sierra Blanco!

Con un amenazador gesto de la mano soltó el pomo de la puerta, y Ferrier pudo oír sus pasos desvaneciéndose pesadamente sobre la grava del sendero.

Estaba todavía en posición sedente, con el codo apoyado en la rodilla e incierto sobre cómo exponer el asunto a su hija, cuando una mano suave se posó en su hombro y, elevando los ojos, observó a la niña de pie junto a él. La sola vista de su pálido y aterrorizado rostro, fue bastante para revelarle que había escuchado la conversación.

—No lo pude evitar —dijo ella, en respuesta a su mirada—. Su voz atronaba la casa. Oh, padre, padre mío, ¿qué haremos?

—No te asustes —contestó éste, atrayéndola hacia sí, y pasando su mano grande y fuerte por el cabello castaño de la joven—. Veremos la manera de arreglarlo. ¿No se te va ese joven de la cabeza, no es cierto?

A un sollozo y a un ademán de la mano, súbitamente estrechada a la del padre, se redujo la respuesta de Lucy.

—No, claro que no. Y no me aflige que así sea. Se trata de un buen chico y de un cristiano, mucho más, desde luego, de lo que nunca pueda llegar a ser la gente de por aquí, con sus rezos y todos sus sermones. Mañana sale una expedición camino de Nevada, y voy a encargarme de que le hagan saber el trance en que nos hallamos. Si no me equivoco sobre el muchacho, le veremos volver aquí con una velocidad que todavía no ha alcanzado el moderno telégrafo.

Lucy confundió sus lágrimas con la risa que las palabras de su padre le producían.

—Cuando llegue, nos señalará el curso más conveniente. Es usted el que me inquieta. Una oye..., oye cosas terribles de quienes se enfrentan al Profeta: siempre sufren percances espantosos.

—Aún no nos hemos opuesto a nadie —repuso el padre—. Tiempo tenemos de mirar por nuestra suerte. Disponemos de un mes de plazo; para entonces espero que nos hallemos lejos de Utah.

—¡Lejos de Utah!

—Qué remedio...

—¿Y la granja?

—Convertiremos en dinero cuanto sea posible, renunciando al resto. Para ser sincero, Lucy, no es ésta la primera vez que semejante idea se me cruza por la cabeza. No me entusiasma el estar sometido a nadie, menos aún al maldito Profeta que tiene postrada a la gente de esta tierra. Nací americano y libre, y no entiendo de otra cosa. Quizá sea demasiado viejo para mudar de parecer. Si el tipo de marras persiste en merodear por mi granja, acaso acabe dándose de bruces con un puñado de postas avanzando en sentido contrario.

—Pero no nos dejarán marchar —objetó la joven.

—Aguarda a que venga Jefferson y entonces nos las compondremos para hacerlo. Entre tanto, querida, sosiégate, y no permitas que se te pongan los ojos feos de tanto llorar, no vaya a ser que al verte se la tome el chico conmigo. No hay razón para preocuparse, ni peligro ninguno.

John Ferrier imprimió a estas observaciones un tono de pausada confianza, lo que no fue obstáculo, sin embargo, para que advierta la joven cómo, llegada la noche, aseguraba con más cuidado del habitual las puertas de la casa, al tiempo que limpiaba y nutría de cartuchos la oxidada escopeta que hasta entonces había colgado de la pared de su dormitorio.

4. La huida

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A la mañana siguiente, después de su entrevista con el Profeta de los mormones, acudió John Ferrier a Salt Lake City, donde, tras ponerse en contacto con un conocido que había de seguir el camino de Nevada, entregó el recado para Jefferson Hope. En él se explicaba al joven lo inminente del peligro a que estaban expuestos, y lo necesaria que se había hecho su vuelta. Cumplidas estas diligencias, pareció sosegarse el anciano y, ya de mejor talante, volvió a su casa.

Cerca de la granja, observó con sorpresa que a cada uno de los machones laterales de la portalada había atado un caballo. La sorpresa fue en aumento cuando al entrar en su casa se echó a la cara dos jóvenes, cómodamente instalados en el salón. Uno era de faz alongada y pálida, y estaba arrellanado en la mecedora, extendidas las piernas y puestos los dos pies sobre la estufa. El otro, un mozo de cuello robusto y tosco y mal dibujadas facciones, permanecía en pie junto a la ventana. Con las manos en los bolsillos, se entretenía silbando un himno entonces muy en boga. Ambos saludaron a Ferrier con una ligera inclinación de cabeza, después de lo cual dio el de la mecedora inicio a la conversación:

—Quizá no sepas quiénes somos —dijo—. Este de aquí es hijo del viejo Drebber, y yo soy Joseph Stangerson, uno de tus compañeros de peregrinación en el desierto cuando el Señor extendió su mano y se dignó recibirte entre los elegidos.

—Como recibirá a las restantes naciones del mundo en el instante por Él previsto —añadió el otro con acento nasal—; lentamente trenza su red el Señor, mas los agujeros de ésta son finísimos.

John Ferrier esbozó un frío saludo. No le cogía de nuevas la identidad de sus visitantes.

—Por indicación de nuestros padres —prosiguió Stangerson—, hemos venido a solicitar la mano de tu hija. Vosotros determinaréis a cuál de los dos corresponde. Dado que yo tengo tan sólo cuatro mujeres, mientras que el hermano Drebber posee siete, me parece que reúno yo más títulos para ser el elegido.

—Ta, ta, hermano Stangerson —repuso aquél—, no se trata de cuántas mujeres tengamos, sino del número de ellas que podamos mantener. Mi padre me ha traspasado sus molinos, por lo que soy más rico que tú.

—Pero me aguarda a mí un futuro más holgado —respondió su rival, vehementemente—. Cuando el Señor tenga a bien llevarse a mi padre, entraré en posesión de su casa de tintes y su tenería. Además, soy mayor que tú, y por lo mismo estoy más alto en la jerarquía de la Iglesia.

—A la chica toca decir la última palabra —replicó el joven Drebber, mientras sonreía a la propia imagen reflejada en el vidrio de la ventana—. Que sea ella quien decida.

Durante todo el diálogo había permanecido John Ferrier en el umbral dándose a los demonios y casi tentado a descargar su fusta sobre las espaldas de los visitantes.

—Un momento —dijo al fin, acercándose a ellos—. Cuando mi hija os convoque, podréis venir, pero hasta entonces no quiero ver vuestras caras por aquí.

Los dos jóvenes mormones le dirigieron una mirada de estupefacción. A sus ojos, el forcejeo por la mano de la hija suponía un máximo homenaje, no menos honroso para ésta que para su padre.

—Hay dos caminos que conducen fuera de la habitación —gritó Ferrier—, la puerta y la ventana. ¿Cuál preferís?

Su rostro moreno había adquirido una expresión tan salvaje, y las manos un tan amenazador ademán, que los dos visitantes saltaron de sus asientos, emprendiendo una rápida retirada. El viejo granjero les siguió hasta la puerta.

—Me haréis saber quién de los dos se ha dispuesto que sea el agraciado —dijo con sorna.

—¡Recibirás tu merecido! —chilló Stangerson, lívido de ira—. Has desafiado al Profeta y al Consejo de los Cuatro. Materia tienes de arrepentimiento para el resto de tus días.

—El Señor asentará sobre ti su pesada mano —exclamó a su vez el joven Drebber—; ¡por Él serás fulminado!

—¡Si ha de ser así, comencemos ya! —dijo Ferrier, furioso, y se hubiera precipitado escaleras arriba en busca de su escopeta a no sujetarlo Lucy por un brazo para impedir los efectos de su furia. Antes de que pudiera desasirse, el estrépito de unas uñas de caballo sobre el camino medía ya la distancia que habían puesto por medio sus enemigos.

—¡Mequetrefes hipócritas! —exclamó, enjugándose el sudor de la frente—. Prefiero verte en la tumba, niña, antes que esposa de cualquiera de ellos.

—Yo también, padre —repuso ella vehementemente—; pero Jefferson estará pronto de vuelta con nosotros.

—Sí. Poco ha de tardar. Cuanto menos, mejor, pues no sabemos qué otras sorpresas nos aguardan.

Era llegado en verdad el momento de que alguien acudiera, con su consejo y ayuda, en auxilio del tenaz anciano y su hija adoptiva. Hasta entonces no se había dado aún en la colonia un caso parejo de insubordinación y desobediencia a la autoridad de los Ancianos. Si las desviaciones menores eran castigada tan severamente, ¡cuál no sería el destino de este empecatado rebelde! Ferrier conocía que su riqueza y posición no lo eximían del castigo. Otros no menos ricos y conocidos que él habían desaparecido de la faz de la tierra, revertiendo sus propiedades a manos de la Iglesia. Aunque valeroso, no acertaba a reprimir un sentimiento de pánico ante el peligro impreciso y fantasmal que le amenazaba. A todo mal conocido se sentía capaz de hacer frente con pulso firme, pero la incertidumbre presente encerraba algo de terroríficamente paralizador. Recató aun así su miedo a la hija, afectando echar a barato lo acontecido, lo que no fue obstáculo, sin embargo, para que ella, con la sagacidad que infunde el amor, percibiera claramente la preocupación de que era presa el anciano.

Suponía éste que mediante una señal u otra le haría Young patente el disgusto hacia su conducta, y no andaba errado, aunque el anuncio llegó de forma inesperada. A la mañana siguiente, al despertarse, encontró para su sorpresa un pequeño rectángulo de papel prendido a la colcha, a la altura del pecho, y en él escritas con letra enérgica y desmañada estas palabras: «Veintinueve días restan para que te enmiendes, y entonces...».

Ese vago peligro que parecía insinuarse tras los puntos suspensivos era mucho más temible que cualquier amenaza concreta. Que el mensaje hubiera podido llegar a la habitación, sumió a John Ferrier en una casi dolorosa perplejidad, ya que los sirvientes dormían en un pabellón separado de la casa, y las puertas y ventanas de ésta habían sido cerradas a cal y canto. Se deshizo del papel y ocultó lo ocurrido a su hija, aunque el incidente no pudo por menos de producirle una mortal angustia. Esos veintinueve días representaban sin duda lo sobrante del mes concedido por Young. ¿Qué valían la fuerza o el coraje contra un enemigo dotado de tan misteriosas facultades? La mano que había prendido el alfiler hubiese podido empujarlo hasta el centro de su corazón, sin que él llegara nunca a conocer la identidad de quien le causaba la muerte.

Mayor fue aún su conmoción a la mañana siguiente. Se había sentado para tomar el desayuno cuando Lucy dejó escapar un gesto de sorpresa al tiempo que señalaba el techo de la habitación. En su mitad, en torpes caracteres, se leía, escrito probablemente con la negra punta de un tizón, el número veintiocho. Nada significaba esta cifra para la hija, y Ferrier prefirió no sacarla de su ignorancia. Aquella noche, armado de una escopeta, montó guardia alrededor de la casa. No vio ni oyó cosa alguna y, sin embargo, al clarear, los largos trazos del número veintisiete cruzaban la hoja exterior de la puerta principal.

De esta guisa fueron transcurriendo los días; tan inevitablemente como sucede a la noche la luz de la mañana, mantenían sus invisibles enemigos la cuenta del menguante mes de gracia, expuesta siempre en algún lugar manifiesto. Ora aparecía el número fatal sobre una pared, ora en el suelo, más tarde, quizá, en un pequeño rótulo pegado al cancel del jardín o a la baranda. Pese a su permanente actitud de vigilancia, no pudo descubrir John Ferrier de dónde procedían estas advertencias diarias. Un horror rayano con la superstición llegó a poseerlo a la vista de cualquiera de ellas. Crispado y rendido, sus ojos adquirieron la expresión turbia de una fiera acorralada. Todas sus esperanzas, su única esperanza, se cifraba en el retorno del joven cazador de Nevada.

Los veinte días de franquía se redujeron a quince, éstos a diez y no daba aún señales de sí el ausente. Paso a paso fue aproximándose el temido término sin que llegaran noticias de fuera. Cada vez que un jinete rompía el silencio con el estrépito de su caballo a lo largo del camino, o incitaba un carretero a su recua, el viejo granjero se precipitaba hacia la puerta, creyendo ya llegado a su auxiliador. Al fin, cuando los cinco últimos días dieron paso a los cuatro siguientes, y los cuatro a sus sucesivos tres, perdió el ánimo, y con él la esperanza en la salvación. Solo, y mal conocedor de las montañas circunvecinas, se sentía por completo perdido. En los caminos más transitados se había montado un estricto servicio de vigilancia que estorbaba el paso a los transeúntes no autorizados por el Consejo. Mirara donde mirara, se veía inevitablemente condenado a sufrir el castigo que se cernía sobre su cabeza. Con todo, mil veces hubiera preferido el anciano la muerte a consentir en lo que por fuerza se le antojaba el deshonor de su hija.

Sobre tales calamidades y los vanos intentos de ponerles remedio, reflexionaba una tarde el sedente John Ferrier. Aquella misma mañana había sido trazado el número dos sobre la pared de su casa, anuncio de la única franquía que, junto a la siguiente, todavía restaba hasta la expiración del plazo.

¿Qué ocurriría entonces? Mil terribles e imprecisas fantasías atormentaban su imaginación. ¿Qué sería de su hija cuando él faltara? No ofrecía escape la invisible maraña que alrededor de ellos se había trenzado. Derrumbó la cabeza sobre la mesa y se abandonó al llanto ante el sentimiento de su propia impotencia.

Pero ¿qué era eso? Un suave arañazo había turbado el silencio reinante —un ruido tenue, aunque claramente perceptible en medio de la quietud de la noche—. Procedía de la puerta de la casa. Ferrier se deslizó hasta el vestíbulo y aguzó el oído. Hubo una pausa breve y después el blando, insidioso sonido volvió a repetirse. Evidentemente, alguien estaba golpeando con mucho tiento los cuarterones de la puerta. ¿Quizá un nocturno sicario enviado para llevar adelante las órdenes asesinas del tribunal secreto? ¿O acaso el agente encargado de grabar el anuncio del último día de gracia? Ferrier sintió que una muerte instantánea sería preferible a esta azorante incertidumbre que paralizaba su corazón. De un salto llegó hasta la puerta y, descorriendo el cerrojo, la abrió de par en par.

Fuera reinaba una absoluta quietud. Estaba despejada la noche, y en lo alto se veían parpadear las estrellas. Ante los ojos del granjero se extendía el pequeño jardín frontero, ceñido por la cerca y la portalada, pero ni en el espacio interior ni en la carretera se echaba de ver figura humana alguna. Con un suspiro de alivio oteó Ferrier a izquierda y derecha, hasta que, habiendo dirigido por casualidad la mirada en dirección a sus pies, observó con asombro que un hombre yacía boca abajo sobre el suelo, abiertos en compás los brazos y las piernas.

Tal sobresalto le produjo la vista del cuerpo, que hubo de recostarse sobre la pared con una mano puesta en la garganta para sofocar el grito que de ésta pujaba por salir. Su primer pensamiento fue el de dar al hombre postrado por herido o muerto, mas, al mirarlo de nuevo, percibió cómo, serpenteando con la rapidez y sigilo de un ofidio, se deslizaba sobre el suelo hasta penetrar en el vestíbulo. Una vez dentro recuperó velozmente la posición erecta, cerró la puerta, y fueron entonces dibujándose ante el asombrado granjero las enérgicas facciones y decidida expresión de Jefferson Hope.

—¡Santo Cielo! —dijo jadeante John Ferrier—. ¡Qué susto me has dado! ¿Por qué diablos has entrado en casa así?

—Déme algo de comer —repuso el otro con voz ronca—. Hace cuarenta y ocho horas que no me llevo a la boca un trozo de pan o una gota de agua.

Se arrojó sobre la carne fría y el pan que, después de la cena, aún restaban en la mesa de su huésped, y dio cuenta de ellos vorazmente.

—¿Cómo anda de ánimo Lucy? —preguntó una vez satisfecha su hambre.

—Bien. Desconoce el peligro en que nos hallamos —repuso el padre.

—Tanto mejor. La casa está vigilada por todas partes. De ahí que me arrastrara hasta ella. Los tipos son listos, aunque no lo bastante para jugársela a un cazador Washoe.

John Ferrier se sintió renacer a la llegada de su devoto aliado. Asiendo la mano curtida del joven, se la estrechó cordialmente.

—Me enorgullezco de ti, muchacho —exclamó—. Pocos habrían tenido el arrojo de venir a auxiliarnos en este trance.

—No anda descaminado, a fe mía —repuso el joven cazador—. Le tengo ley, pero a ser usted el único en peligro me lo habría pensado dos veces antes de meter la mano en este avispero. Lucy me trae aquí, y antes de que le sobrevenga algún mal, hay en Utah un Hope para dar por ella la vida.

—¿Qué hemos de hacer?

—Mañana se acaba el plazo, y a menos que nos pongamos esta misma noche en movimiento, estará todo perdido. Tengo una mula y dos caballos esperándonos en el Barranco de las Águilas. ¿De cuánto dinero dispone?

—Dos mil dólares en oro y otros cinco mil en billetes.

—Es suficiente. Cuento yo con otro tanto. Hemos de alcanzar Carson City a través de las montañas. Preciso es que despierte a Lucy. Suerte que no duermen aquí los criados.

En tanto aprestaba Ferrier a su hija para el viaje inminente, Jefferson Hope juntó toda la comida que pudo encontrar en un pequeño paquete, al tiempo que llenaba de agua un cántaro de barro; como sabía por experiencia, los manantiales eran escasos en las montañas y muy distantes entre sí. Apenas si había terminado los preparativos cuando apareció el granjero con su hija, ya vestida y pertrechada para la marcha. El encuentro de los dos enamorados fue caluroso, pero breve, pues cada minuto era precioso, y restaba aún mucho por hacer.

—Salgamos cuanto antes —dijo Jefferson, en un susurro, donde se conocía, sin embargo, el tono firme de quien, sabiendo la gravedad de un lance, ha preparado su corazón para afrontarlo—. La entrada principal y la trasera están guardadas, aunque cabe deslizarse por la ventana lateral y seguir después a campo traviesa. Ya en la carretera, dos millas tan sólo nos separan del Barranco de las Águilas, en que aguarda la caballería. Cuando despunte el día estaremos a mitad de camino, en plena montaña.

—¿Y si nos cierran el paso? —preguntó Ferrier.

Hope dio una palmada a la culata del revólver, que sobresalía tras la hebilla de su cinturón.

—En caso de que fueran demasiados para nosotros..., no dejaríamos este mundo sin que antes nos hicieran cortejo dos o tres de ellos —dijo, con una sonrisa siniestra.

Apagadas ya todas las luces del interior de la casa, Ferrier contempló desde la ventana, sumida en sombra, los campos que habían sido suyos, y de los que ahora iba a partirse para siempre. Era éste, sin embargo, un sacrificio al que ya tenía preparado su espíritu, y la consideración del honor y felicidad de su hija compensaba con creces el sentimiento de la fortuna perdida. Reinaba tal paz en las vastas mieses y en torno a los susurrantes árboles, que nadie hubiese acertado a sospechar el negro revoloteo de la muerte. Sin embargo, la palidez de rostro y rígida expresión del joven cazador indicaban a las claras que en su trayecto hasta la casa no habían sido pocos los signos fatales por él advertidos.

John Ferrier llevaba consigo el talego con el oro y los billetes; Jefferson Hope, las escasas provisiones y el agua, mientras Lucy, en un pequeño atadijo, había hecho acopio de algunas de sus prendas más queridas. Tras abrir la ventana con todo el cuidado que las circunstancias exigían, aguardaron a que una nube ocultara la faz de la luna, aprovechando ese instante para descolgarse, uno a uno, al diminuto jardín. Con el aliento retenido y rasantes al suelo, ganaron al poco el seto limítrofe, de cuyo abrigo no se separó la comitiva hasta llegar a un vano abierto a los campos cultivados. Apenas lo habían alcanzado, cuando el joven retuvo a sus acompañantes empujándoles de nuevo hacia la sombra, en la que permanecieron temblorosos y en silencio.

Por ventura, la vida en las praderas había dotado a Jefferson Hope de un oído de lince. Un segundo después de su repliegue rasgó el aire el melancólico y casi inmediato aullido de un búho, contestado al punto por otro idéntico, pocos pasos más allá. En ese instante emergió del vano la silueta fantasmal de un hombre; repitió éste la lastimera señal, y a su conjunto salió de la sombra una segunda figura humana.

—Mañana a medianoche —dijo el primero, quien parecía ser, de los dos, el investido de mayor autoridad—. Cuando el chotacabras grite tres veces.

—Bien —repuso el segundo—. ¿He de pasar el mensaje al Hermano Drebber?

—Que él lo reciba y tras él los siguientes. ¡Nueve a siete!

—¡Siete a cinco! —repitió su compañero—. Y ambas siluetas partieron rápidas en distintas direcciones. Las palabras finales recataban evidentemente una seña y su correspondiente contraseña. Apenas desvanecidos en la distancia los pasos de los conspiradores, Jefferson Hope se puso en pie y, después de aprestar a sus compañeros a través del vano, inició una rápida marcha por mitad de las mieses, sosteniendo y casi llevando en vilo a la joven cada vez que ésta sentía flaquear sus fuerzas.

—¡Deprisa, deprisa! —jadeaba de cuando en cuando—. Estamos cruzando la línea de centinelas. Todo depende de la velocidad a que avancemos. ¡Deprisa, digo!

Ya en la carretera, cubrieron terreno con mayor presteza. Sólo una vez se cruzaron con otro caminante, mas tuvieron ocasión de deslizarse a un campo vecino y pasar así inadvertidos. Antes de alcanzar la ciudad, el cazador enfiló un sendero lateral y accidentado que conducía a las montañas. El desigual perfil de los picos rocosos se insinuó de pronto en la noche: el angosto desfiladero que entre ellos se abría no era otro que el Barranco de las Águilas, donde permanecían a la espera los caballos. Guiado de un instinto infalible, Jefferson Hope siguió su rumbo a través de las peñas y a lo largo del lecho seco de un río, hasta dar con una retirada quiebra, oculta por rocas. Allí estaban amarrados los fieles cuadrúpedos. La muchacha fue instalada sobre la mula, y el viejo Ferrier montó, con el talego, en uno de los caballos, mientras Jefferson Hope guiaba al restante por el difícil y escabroso camino.

Sólo para quien estuviera hecho a las manifestaciones más extremas de la Naturaleza podía resultar aquella ruta llevadera. A uno de los lados se elevaba un gigantesco peñasco por encima de los mil metros de altura. Negro, hosco y amenazante, erizada la rugosa superficie de largas columnas de basalto, sugería su silueta el costillar de un antiguo monstruo petrificado. A la otra mano un vasto caos de escoria y guijarros enormes impedía de todo punto la marcha. Entre ambas orillas discurría la desigual senda, tan angosta a trechos que habían de situarse lo viajeros en fila india, y tan accidentado que únicamente a un jinete consumado le hubiera resultado posible abrirse en ella camino. Sin embargo, pese a todas las fatigas, estaban alegres los fugitivos, ya que, a cada paso que daban, era mayor la distancia entre ellos y el despotismo terrible de que venían huyendo.

Pronto se les hizo manifiesto, con todo, que aún permanecían bajo la jurisdicción de los Santos. Habían alcanzado lo más abrupto y sombrío del desfiladero cuando la joven dejó escapar un grito, a la par que señalaba hacia lo alto. Sobre una de las rocas que se asomaban al camino, destacándose duramente sobre el fondo, montaba guardia un centinela solitario. Descubrió a la comitiva a la vez que era por ella visto, y un desafiante y marcial ¡quién vive! resonó en el silencioso barranco.

—Viajeros en dirección a Nevada —dijo Jefferson Hope, con una mano puesta sobre el rifle, que colgaba a uno de los lados de su silla.

Pudieron observar cómo el solitario vigía amartillaba su arma, escrutando el hondón con expresión insatisfecha.

—¿Con la venia de quién? —preguntó.

—Los Sagrados Cuatro —repuso Ferrier. Su estancia entre los mormones le había enseñado que tal era la máxima autoridad a que cabía referirse.

—Nueve a siete —gritó el centinela.

—Siete a cinco —contestó rápido Jefferson Hope, recordando la contraseña oída en el jardín.

—Adelante, y que el Señor sea con vosotros —dijo la voz desde arriba—.

Más allá de este enclave se ensanchaba la ruta, y los caballos pudieron iniciar un ligero trote. Mirando hacia atrás, alcanzaron a ver al centinela apoyado sobre su fusil, señal de que habían dejado a sus espaldas la posición última de los Elegidos y que cabalgaban ya por tierras de libertad.

5. Los ángeles vengadores

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Durante toda la noche trazaron su camino a través de desfiladeros intrincados y de senderos irregulares sembrados de rocas. Varias veces perdieron el rumbo y otras tantas el íntimo conocimiento que Hope tenía de las montañas les permitió recuperarlo. Al rayar el alba, un escenario de maravillosa aunque agreste belleza se ofreció a sus ojos. Cerrando el contorno todo del espacio se elevaban los altos picos coronados de nieve, cabalgados los unos sobre los otros en actitud de vigías que escrutan el horizonte. Tan empinadas eran las vertientes rocosas a entrambos lados, que los pinos y alerces parecían estar suspendidos encima de sus cabezas, como a la espera de un parco soplo de aire para caer con violencia sobre los viajeros. Y no era la sensación meramente ilusoria, pues se hallaba aquella hoya pelada salpicada en toda su extensión por peñas y árboles que hasta allí habían llegado de semejante manera. Justo a su paso, una gran roca se precipitó de lo alto con un estrépito sordo, que despertó ecos en las cañadas silenciosas, e imprimió a los cansinos caballos un galope alocado.

Conforme el sol se levantaba lentamente sobre la línea de oriente, las cimas de las grandes montañas fueron encendiéndose una tras otra, al igual que los faroles de una verbena, hasta quedar todas rutilantes y arreboladas. El espectáculo magnífico alegró los corazones de los tres fugitivos y les infundió nuevos ánimos. Detuvieron la marcha junto a un torrente que con ímpetu surgía de un barranco y abrevaron a los caballos mientras daban rápida cuenta de su desayuno. Lucy y su padre habrían prolongado con gusto ese tiempo de tregua, pero Jefferson Hope se mostró inflexible.

—Ya estarán sobre nuestra pista —dijo—. Todo depende de nuestra velocidad. Una vez salvos en Carson podremos descansar el resto de nuestras vidas.

Durante el día entero se abrieron camino a través de los desfiladeros, habiéndose distanciado al atardecer, según sus cálculos, más de treinta millas de sus enemigos. A la noche establecieron el campamento al pie de un risco saledizo, medianamente protegido por las rocas del viento álgido, y allí, apretados para darse calor, disfrutaron de unas pocas horas de sueño. Antes de romper el día, sin embargo, ya estaban en pie, prosiguiendo viaje. No habían echado de ver señal alguna de sus perseguidores, y Jefferson Hope comenzó a pensar que se hallaban acaso fuera del alcance de la terrible organización en cuya enemistad habían incurrido. Ignoraba aún cuán lejos podía llegar su garra de hierro, y qué presta estaba ésta a abatirse sobre ellos y aplastarlos.

Hacia la mitad del segundo día de fuga, su escaso lote de provisiones comenzó a agotarse. No inquietó ello, sin embargo, en demasía al cazador, pues abundaban las piezas por aquellos parajes, y no una, sino muchas veces, se había visto en la precisión de recurrir a su rifle para satisfacer las necesidades elementales de la vida. Tras elegir un rincón abrigado, juntó unas cuantas ramas secas y produjo una brillante hoguera, en la que pudieran encontrar algún confortamiento sus amigos; se encontraban a casi cinco mil pies de altura, y el aire era helado y cortante. Después de atar los caballos y despedirse de Lucy, se echó el rifle sobre la espalda y salió en busca de lo que la suerte quisiera dispensarle. Volviendo la cabeza atrás vio al anciano y a la joven acurrucados junto al brillante fuego, con las tres caballerías recortándose inmóviles sobre el fondo. A continuación, las rocas se interpusieron entre el grupo y su mirada.

Caminó un par de millas de un barranco a otro sin mayor éxito, aunque, por las marcas en las cortezas de los árboles, y otros indicios, coligió la presencia de numerosos osos en la zona. Al fin, tras dos o tres horas de búsqueda infructuosa, y cuando desanimado se disponía a dar marcha atrás, vio, echando la vista a lo alto, un espectáculo que le hizo estremecer de alegría. En el borde de una roca voladiza, a trescientos o cuatrocientos pies sobre su cabeza, afirmaba sobre el suelo las pezuñas una criatura de apariencia vagamente semejante a la de una cabra, aunque armada de un par de descomunales cuernos. La gran astada —por tal se le conocerá probablemente el guarda o vigía de un rebaño invisible al cazador; mas por fortuna estaba mirando en dirección opuesta a éste y no había advertido su presencia. Puesto de bruces, descansó el rifle sobre una roca y enfiló largamente y con firme pulso la diana antes de apretar el gatillo. El animal dio un respingo, se tambaleó un instante a orillas del precipicio, y se desplomó al cabo valle abajo.

Pesaba en exceso la res para ser llevada a cuestas, de modo que el cazador optó por desmembrar una pierna y parte del costado. Con este trofeo terciado sobre uno de los hombros se dio prisa a desandar lo andado, ya que comenzaba a caer la tarde. Apenas puesto en marcha, sin embargo, advirtió que se hallaba en un trance difícil. Llevado de su premura había ido mucho más allá de los barrancos conocidos, resultándole ahora difícil encontrar el camino de vuelta. El valle donde estaba tendía a dividirse y subdividirse en numerosas cañadas, tan semejantes que se hacía imposible distinguirlas entre sí. Enfiló una por espacio de una milla o más hasta tropezar con un venero de montaña que le constaba no haber visto antes. Persuadido de haber errado el rumbo, probó otro distinto, mas no con mayor éxito. La noche caía rápidamente, y apenas si restaba alguna luz cuando dio por fin con un desfiladero de aire familiar. Incluso entonces no fue fácil seguir la pista exacta, porque la luna no había ascendido aún y los altos riscos, elevándose a una y otra mano, acentuaban aún más la oscuridad. Abrumado por su carga, y rendido tras tanto esfuerzo, avanzó a trompicones, infundiéndose ánimos con la reflexión de que a cada paso que diera se acortaba la distancia entre él y Lucy, y de que habría comida bastante para todos durante el resto del viaje.

Ya se hallaba en el principio mismo del desfiladero en que había dejado a sus compañeros. Incluso en la oscuridad acertaba a reconocer la silueta de las rocas que los rodeaban. Estarían esperándolo, pensó, con impaciencia, pues llevaba casi cinco horas ausente. En su alegría juntó las manos, se las llevó á la boca a modo de bocina, y anunció su llegada con un fuerte grito, resonante a lo largo de la cañada. Se detuvo y esperó la respuesta. Ninguna obtuvo, salvo la de su propia voz, que se extendió por las tristes, silenciosas cañadas, hasta retornar multiplicada en incontables ecos. De nuevo gritó, incluso más alto que la vez anterior, y de nuevo permanecieron mudos los amigos a quien había abandonado tan sólo unas horas atrás. Una angustia indefinible y sin nombre se apoderó de él, y dejando caer en su desvarío la preciosa carga de carne, echó a correr frenéticamente campo adelante.

Al doblar la esquina pudo avistar por entero el lugar preciso en que había sido encendida la hoguera. Aún restaba un cúmulo de brasas, evidentemente no avivadas desde su partida. El mismo silencio impenetrable reinaba en derredor. Con sus aprensiones mudadas en certeza prosiguió presuroso la pesquisa. No se veía cosa viviente junto a los restos de la hoguera: bestias, hombre, muchacha, habían desaparecido. Era evidente que algún súbito y terrible desastre había ocurrido durante su ausencia, un desastre que los comprendía a todos, sin dejar empero rastro alguno tras de sí.

Atónito, y como aturdido por el suceso, Jefferson Hope sintió que le daba vueltas la cabeza, y hubo de apoyarse en su rifle para no perder el equilibrio. Sin embargo, era en esencia hombre de acción, y se recobró pronto de su temporal estado de impotencia. Tomando un leño medio carbonizado de la ya lánguida hoguera, lo atizó de un soplido hasta producir en él una llama, y alumbrándose con su ayuda, procedió al examen del pequeño campamento. La tierra estaba toda hollada por pezuñas de caballo, señal de que una cuadrilla de jinetes había alcanzado a los fugitivos. La dirección de las improntas indicaba asimismo que la partida había dirigido de nuevo sus pasos hacia Salt Lake City. ¿Quizá con sus dos compañeros? Estaba próximo Jefferson Hope a dar por buena esta conjetura, cuando sus ojos cayeron sobre un objeto que hizo vibrar hasta en lo más recóndito todos los nervios de su cuerpo. Cerca, hacia uno de los límites del campamento, se elevaba un montecillo de tierra rojiza, que a buen seguro no había estado allí antes. No podía ser sino una fosa recién excavada. Al aproximarse, el joven cazador distinguió el perfil de una estaca hincada en el suelo, con un papel sujeto a su extremo ahorquillado. En él se leían estas breves, aunque elocuentes palabras:

JOHN FERRIER,

Vecino de Salt Lake City.

Murió el 4 de agosto de 1860.

El valeroso anciano, al que había dejado de ver apenas unas horas antes, estaba ya en el otro mundo, y éste era todo su epitafio. Desolado, Jefferson Hope miró en derredor, por si hubiera una segunda tumba, mas no vio traza de ninguna. Lucy había sido arrebatada por sus terribles perseguidores para cumplir su destino original como concubina en el harén de uno de los hijos de los Ancianos. Cuando el joven cayó en la cuenta de este hecho fatal, que no estaba en su mano remediar, deseó de cierto compartir la suerte del viejo granjero y su última y silenciosa morada bajo el suelo.

De nuevo, sin embargo, su espíritu activo le permitió sacudirse el letargo a que induce la desesperación. Cuando menos podía consagrar el resto de su vida a vengar el agravio. Además de paciencia y perseverancia enormes, Jefferson Hope poseía también una peculiar aptitud para la venganza, aprendida acaso de los indios entre los que se había criado. Mientras permanecía junto al fuego casi extinto, comprendió que la única cosa que alcanzaría a acallar su pena habría de ser el desquite absoluto, obrado por mano propia contra sus enemigos. Su fuerte voluntad e infatigable energía no tendrían, se dijo, otro fin. Pálido, ceñudo el rostro, volvió sobre sus pasos hasta donde había dejado caer la carne, y, tras reavivar las brasas, asó la suficiente para el sustento de algunos días. La envolvió luego y, cansado como estaba, emprendió la vuelta a través de las montañas, en pos de los Ángeles Vengadores.

Durante cinco días avanzó, abrumado y con los pies doloridos, por los desfiladeros que antes había atravesado a uña de caballo. En la noche se dejaba caer entre las rocas, concediendo unas pocas horas al sueño, pero primero que rayase el día estaba ya de nuevo en marcha. Al sexto día llegó al Cañón de las Águilas, punto de arranque de su desdichada fuga. Desde allí alcanzaba a contemplarse el hogar de los Santos. Maltrecho y exhausto se apoyó sobre su rifle, mientras tendía fieramente el puño curtido contra la silenciosa ciudad extendida a sus pies. Al mirarla con mayor sosiego, echó de ver banderas en las calles principales y otros signos de fiesta. Estaba aún preguntándose a qué se debería aquello, cuando atrajo su atención un batir de cascos contra el suelo, seguido por la aparición de un jinete que venía de camino. Cuando lo tuvo lo bastante cerca pudo reconocer a un mormón llamado Cowper, al que había rendido servicios en distintas ocasiones. Por tanto, al cruzarse con él, lo abordó con el fin de saber algo sobre el paradero de Lucy Ferrier.

—Soy Jefferson Hope —dijo—. ¿No me reconoce?

El mormón le dirigió una mirada de no disimulado asombro. Resultaba de hecho difícil advertir en aquel caminante harapiento y desgreñado, de cara horriblemente pálida y de ojos feroces y desorbitados, al apuesto y joven cazador de otras veces. Satisfecho, sin embargo, sobre este punto, el hombre mudó la sorpresa en consternación.

—Es locura que venga por aquí —exclamó—. Por sólo dirigirle la palabra, peligra ya mi vida. Está usted proscrito a causa de su participación en la fuga de los Ferrier.

—No temo a los Cuatro Santos ni a su mandamiento —dijo Hope vehementemente—. Algo tiene que haber llegado a sus oídos, Cowper. Le conjuro por lo que más quiera para que dé contestación a unas pocas preguntas. Siempre fuimos amigos. Por Dios, no rehúya responderme.

—¿De qué se trata? —inquirió nervioso el mormón—. Sea rápido. Hasta las rocas tienen oídos, y los árboles ojos.

—¿Qué ha sido de Lucy Ferrier?

—Fue dada ayer por esposa al joven Drebber. ¡Ánimo, hombre, ánimo! Parece usted un difunto...

—No se cuide de mí —repuso Hope con un susurro. Estaba mortalmente pálido, y se había dejado caer al pie del peñasco que antes le servía de apoyo—. ¿De modo que se ha casado?

—Justo ayer. No otra cosa conmemoran las banderas que ve ondear en la Casa Fundacional. Los jóvenes Drebber y Stangerson anduvieron disputándose la posesión del trofeo. Ambos formaban parte de la cuadrilla que había rastreado a los fugitivos, y de Stangerson es la bala que dio cuenta del padre, lo que parecía concederle alguna ventaja; mas al solventarse la cuestión en el Consejo, la facción de Drebber llevó la mejor parte, y el profeta puso en manos de éste a la chica. A nadie pertenecerá por largo tiempo, sin embargo, ya que ayer vi la muerte pintada en su cara. Más semeja un fantasma que una mujer. ¿Se marcha usted?

—Sí —dijo Jefferson Hope, abandonada por fin su posición sedente. Parecía cincelado en mármol el rostro del cazador, tan firme y dura se había tornado su expresión, en tanto los ojos brillaban con un resplandor siniestro.

—¿A dónde se dirige?

—No se preocupe —repuso, y terciando el arma sobre un hombro, siguió cañada adelante hasta lo más profundo de la montaña, allí donde tienen las alimañas su guarida. De todas ellas, era él la más peligrosa; entre aquellas fieras, la dotada de mayor fiereza.

La predicción del mormón se cumplió con macabra exactitud. Bien impresionada por la aparatosa muerte de su padre, bien a resultas del odioso matrimonio a que se había visto forzada, la pobre Lucy no volvió a levantar cabeza, falleciendo, al cabo, tras un mes de creciente languidez. Su estúpido marido, que la había desposado sobre todo porque apetecía la fortuna de John Ferrier, no mostró gran aflicción por la pérdida; pero sus otras mujeres lloraron a la difunta, y velaron su cuerpo la noche anterior al sepelio, según es costumbre entre los mormones. Estaban agrupadas al alba en derredor del ataúd cuando, para su inexpresable sorpresa y terror, la puerta se abrió violentamente y un hombre de aspecto salvaje, curtido por la intemperie y cubierto de harapos, penetró en la habitación. Sin decir palabra o dirigir una sola mirada a las mujeres encogidas de espanto, se dirigió a la silenciosa y pálida figura que antes había contenido el alma pura de Lucy Ferrier. Inclinándose sobre ella, apretó reverentemente los labios contra la fría frente, tras de lo cual, levantando la mano inerte, tomó de uno de sus dedos el anillo de desposada.

—No la enterrarán con esto —gritó con fiereza; y antes de que nadie pudiera dar la señal de alarma, desapareció escaleras abajo. Tan peregrino y breve fue el episodio que los testigos habrían hallado difícil concederle crédito o persuadir de su veracidad a un tercero, a no ser por el hecho indudable de que el anillo que distinguía a la difunta como novia había desaparecido.

Durante algunos meses Jefferson Hope permaneció en las montañas, llevando una extraña vida salvaje y nutriendo en su corazón la violenta sed de venganza que lo poseía. En la ciudad se referían historias sobre una fantástica figura que merodeaba por los alrededores y que tenía su morada en las solitarias cañadas montañosas. En cierta ocasión, una bala atravesó silbando la ventana de Stangerson y fue a estamparse contra la pared a menos de un metro del mormón. Otra vez, cuando pasaba Drebber junto a un crestón, se precipitó sobre él una gran peña, que le hubiera causado muerte terrible a no tener la presteza de arrojarse de bruces hacia un lado. Los dos jóvenes mormones descubrieron pronto la causa de estos atentados contra sus vidas y encabezaron varias expediciones por las montañas con el propósito de capturar o dar muerte a su.enemigo, siempre sin éxito. Entonces decidieron no salir nunca solos o después de anochecido, y pusieron guardia a sus casas. Transcurrido un tiempo ya no le fue necesario mantener estas medidas, pues había desaparecido todo rastro de su oponente, en el que terminaron por creer acallado el deseo de venganza.

Por lo contrario, éste, si cabe, se adueñaba cada vez más del cazador. Su espíritu estaba formado de una materia dura e inflexible, habiendo hecho hasta tal punto presa en él la idea dominante del desquite, que apenas quedaba espacio para otros sentimientos. Aún así era aquel hombre, sobre todas las cosas, práctico. Comprendió pronto que ni siquiera su constitución de hierro podría resistir la presión constante a que la estaba sometiendo. La intemperie y la falta de alimentación adecuada principiaban a obrar su efecto. Caso de que muriese como un perro en aquellas montañas, ¿qué sería de su venganza? Y había de morir de cierto si persistía en el empeño. Sintió que estaba jugando las cartas de sus enemigos, de modo que muy a su pesar volvió a las viejas minas de Nevada, con ánimo de reponer allí su salud y reunir dinero bastante a proseguir sin privaciones su proyecto.

No entraba en sus propósitos estar ausente arriba de un año, mas una combinación de circunstancias imprevistas le retuvo en las minas cerca de cinco. Al cabo de éstos, sin embargo, el recuerdo del agravio y su afán justiciero no eran menos agudos que en la noche memorable transcurrida junto a la tumba de John Ferrier. Disfrazado, y bajo nombre supuesto, retornó a Salt Lake City, menos atento a su vida que a la obtención de la necesaria justicia. Un trance adverso le aguardaba en la ciudad. Se había producido pocos meses antes un cisma en el Pueblo Elegido, tras la rebelión contra los Ancianos de algunos jóvenes miembros que, separados del cuerpo de la Iglesia, habían dejado Utah para convertirse en gentiles. Drebber y Stangerson se contaban entre éstos, y nadie conocía su paradero. Corría la especie de que el primero, por haber alcanzado a convertir parte de sus bienes en dinero, seguía siendo hombre acaudalado, mientras su compañero Stangerson nutría el número de los relativamente pobres. Sobre su destino actual nadie poseía, sin embargo, la menor noticia.

Muchos hombres, por grande que fuera el deseo de venganza, habrían cejado en su propósito ante tamañas dificultades, pero Jefferson Hope no desfalleció un solo instante. Con sus escasos bienes de fortuna, y ayudándose con tal o cual modesto empleo, viajó de una ciudad a otra de los Estados Unidos en busca de sus enemigos. Fue cediendo cada año lugar al siguiente, y se entreveró su negra cabellera de hebras blancas, mas no cesó aquel sabueso humano en su pesquisa, atento todo al objeto que daba sentido a su vida. Al fin obtuvo tanto ahínco su recompensa. Bastó la rápida visión de un rostro al otro lado de una ventana para confirmarle que Cleveland, en Ohio, constituía a la sazón el refugio de sus dos perseguidos. Nuestro hombre retornó a su pobre alojamiento con un plan de venganza concebido en todos sus detalles. El azar quiso, sin embargo, que Drebber, sentado junto a la ventana, reconociera al vagabundo, en cuyos ojos leyó una determinación homicida. Acudió presuroso a un juez de paz, acompañado por Stangerson, que se había convertido en su secretario, y explicó el peligro en que se hallaban sus vidas, amenazadas, según dijo, por el odio y los celos de un antiguo rival. Aquella misma tarde Jefferson Hope fue detenido, y no pudiendo pagar la fianza, hubo de permanecer en prisión varias semanas. Cuando al fin recobró la libertad halló desierta la casa de Drebber, quien, junto a su secretario, había emigrado a Europa.

Otra vez había sido burlado el vengador, y de nuevo su odio intenso lo indujo a proseguir la caza. Andaba escaso de fondos, sin embargo, y durante un tiempo, tuvo que volver al trabajo, ahorrando hasta el último dólar para el viaje inminente. Al cabo, rehechos sus medios de vida, partió para Europa, y allí, de ciudad en ciudad, siguió la pista de sus enemigos, oficiando en toda suerte de ocupaciones serviles, sin dar nunca alcance a su presa. Llegado a San Petersburgo, resultó que aquéllos habían partido a París, y una vez allí se encontró con que acababan de salir para Copenhague. A la capital danesa arribó de nuevo con unos días de retraso, ya que habían tomado el camino de Londres, donde logró, al fin, atraparlos. Para lo que sigue será mejor confiar en el relato del propio cazador, tal como se halla puntualmente registrado en el «Diario del Doctor Watson», al que debemos ya inestimables servicios.

6. Continuación de las memorias de John Watson, doctor en Medicina

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La furiosa resistencia del prisionero no encerraba al parecer encono alguno hacia nosotros, ya que al verse por fin reducido, sonrió de manera afable, a la par que expresaba la esperanza de no haber lastimado a nadie en la refriega.

—Supongo que van a llevarme ustedes a la comisaría —dijo a Sherlock Holmes—. Tengo el coche a la puerta. Si me desatan las piernas iré caminando. Peso ahora considerablemente más que antes.

Gregson y Lestrade intercambiaron una mirada, como si se les antojara la propuesta un tanto extemporánea; pero Holmes, cogiendo sin más la palabra al prisionero, aflojó la toalla que habíamos enlazado a sus tobillos. Se puso aquél en pie y estiró las piernas, casi dudoso, por las trazas, de que las tuviera otra vez libres. Recuerdo que pensé, según estaba ahí delante de mí, haber visto en muy pocas ocasiones hombre tan fuertemente constituido. Su rostro moreno, tostado por el sol, traslucía una determinación y energía no menos formidables que su aspecto físico.

—Si está libre la plaza de comisario, considero que es usted la persona indicada para ocuparla —dijo, mirando a mi compañero de alojamiento con una no disimulada admiración—. El modo como ha seguido usted mi pista raya en lo asombroso.

—Será mejor que me acompañen —dijo Holmes a los dos detectives.

—Yo puedo llevarlos en mi coche —repuso Lestrade.

—Bien. Que Gregson suba con nosotros a la cabina. Y usted también, doctor. Se ha tomado con interés el caso y puede sumarse a la comitiva.

Acepté de buen grado, y todos juntos bajamos a la calle. El prisionero no hizo por emprender la fuga, sino que, tranquilamente, entró en el coche que había sido suyo, seguido por el resto de nosotros. Lestrade se aupó al pescante, arreó al caballo, y en muy breve tiempo nos condujo a puerto. Se nos dio entrada a una habitación pequeña, donde un inspector de policía anotó el nombre de nuestro prisionero, junto con el de los dos individuos a quienes la justicia le acusaba de haber asesinado. El oficial, un tipo pálido e inexpresivo, procedió a estos trámites como si fueran de pura rutina.

—El prisionero comparecerá a juicio en el plazo de una semana —dijo—. Entre tanto, ¿tiene algo que declarar, señor Hope? Le prevengo que cuanto diga puede ser utilizado en su contra.

—Mucho es lo que tengo que decir —repuso, lentamente, nuestro hombre—. No quiero guardarme un solo detalle.

—¿No sería mejor que atendiera a la celebración del juicio? —preguntó el inspector.

—Es posible que no llegue ese momento —contestó—. Mas no se alteren. No me ronda la cabeza la idea del suicidio. ¿Es usted médico?

Volvió hacia mí sus valientes ojos negros en el instante mismo de formular la última pregunta.

—Sí —repliqué.

—Ponga entonces las manos aquí —dijo con una sonrisa, al tiempo que con las muñecas esposadas se señalaba el pecho.

Le obedecí, percibiendo acto seguido una extraordinaria palpitación y como un tumulto en su interior. Las paredes del pecho parecían estremecerse y temblar como un frágil edificio en cuyos adentros se ocultara una maquinaria poderosa. En el silencio de la habitación acerté a oír también un zumbido o bordoneo sordo, procedente de la misma fuente.

—¡Diablos! —exclamé—. ¡Tiene usted un aneurisma aórtico!

—Así le dicen, según parece —repuso plácidamente—. La semana pasada acudí al médico y me aseguró que estallaría antes de no muchos días. Ha ido empeorando de año en año desde las muchas noches al sereno y el demasiado ayuno en las montañas de Salt Lake. Cumplida mi tarea, me importa poco la muerte, mas no quisiera irme al otro mundo sin dejar en claro algunos puntos. Preferiría no ser recordado como un vulgar carnicero.

El inspector y los dos detectives intercambiaron presurosos unas cuantas palabras sobre la conveniencia de autorizar semejante relato.

—¿Considera, doctor, que el peligro de muerte es inmediato? —inquirió el primero.

—No hay duda —repuse.

—En tal caso, y en interés de la justicia, constituye evidentemente nuestro deber tomar declaración al prisionero —dijo el inspector.

—Es libre, señor, de dar inicio a su confesión, que, no lo olvide, quedará aquí consignada.

—Entonces, con su permiso, voy a tomar asiento —replicó aquél, conformando el acto a las palabras—. Este aneurisma que llevo dentro me ocasiona fácilmente fatiga, y la tremolina de hace un rato no ha contribuido a enmendar las cosas. Hallándome al borde de la muerte, comprenderán ustedes que no tengo mayor interés en ocultarles la verdad. Las palabras que pronuncie serán estrictamente ciertas. El uso que hagan después de ellas es asunto que me trae sin cuidado.

Tras este preámbulo, Jefferson Hope se recostó en la silla y dio principio al curioso relato que a continuación les transcribo. Su comunicación fue metódica y tranquila, como si correspondiera a hechos casi vulgares. Puedo responder de la exactitud de cuanto sigue, ya que he tenido acceso al libro de Lestrade, en el que fueron anotadas puntualmente, y según iba hablando, las palabras del prisionero.

—No les incumbe saber por qué odiaba yo a estos hombres —dijo—. Importa tan sólo que eran responsables de la muerte de dos seres humanos (un padre y una hija), y que, por tanto, habían perdido el derecho a sus propias vidas. Tras el mucho tiempo transcurrido desde la comisión del crimen, me resultaba imposible dar prueba fehaciente de su culpabilidad ante un tribunal. En torno a ella, sin embargo, no alimentaba la menor duda, de modo que determiné convertirme a la vez en juez, jurado y ejecutor. No hubiesen ustedes obrado de otro modo a ser verdaderamente hombres y encontrarse en mi lugar.

La chica de la que he hecho mención era, hace veinte años, mi prometida. La casaron por la fuerza con ese Drebber, lo que vino a ser lo mismo que llevarla al patíbulo. Yo tomé de su dedo exangüe el anillo de boda, prometiéndome solemnemente que el culpable no habría de morir sin tenerlo ante los ojos, en recordación del crimen en cuyo nombre se le castigaba. Esa prenda ha estado en mi bolsillo durante los años en que perseguí por dos continentes, y al fin di caza, a mi enemigo y a su cómplice. Ellos confiaban en que la fatiga me hiciese cejar en el intento, mas confiaron en vano. Si, como es probable, muero mañana, lo haré sabiendo que mi tarea en el mundo está cumplida y bien cumplida. Muertos son y por mi mano. Nada ansío ni espero ya.

Al contrario que yo, eran ellos ricos, así que no resultaba fácil seguir su pista. Cuando llegué a Londres apenas si me quedaba un penique, y no tuve más remedio que buscar trabajo. Monto y gobierno caballos como quien anda: pronto me vi en el empleo de cochero. Cuanto excediera de cierta suma que cada semana había de llevar al patrón, era para mi bolsillo. Ascendía, por lo común, a poco, aunque pude ir tirando. Me fue en especial difícil orientarme en la ciudad, a lo que pienso el laberinto más endiablado que hasta la fecha haya tramado el hombre. Gracias, sin embargo, a un mapa que llevaba conmigo, acerté, una vez localizados los hoteles y estaciones principales, a componérmelas no del todo mal.

Pasó cierto tiempo antes de que averiguase el domicilio de los dos caballeros de mis entretelas; mas no descansé hasta dar con ellos. Se alojaban en una pensión de Camberwell, al otro lado del río. Supe entonces que los tenía a mi merced. Me había dejado crecer la barba, lo que me tornaba irreconocible. Proyectaba seguir sus pasos en espera del momento propicio. No estaba dispuesto a dejarlos escapar de nuevo.

Poco faltó, sin embargo, para que lo hicieran. Se encontraran donde se encontrasen, andaba yo pisándoles los talones. A veces les seguía en mi coche, otras a pie, aunque prefería lo primero, porque entonces no podían separarse de mí. De ahí resultó que sólo cobrara las carreras a primera hora de la mañana o a última de la noche, principiando a endeudarme con mi patrón. Me tenía ello sin cuidado, mientras pudiera echarles el guante a mis enemigos.

Eran éstos muy astutos, sin embargo. Debieron sospechar que acaso alguien seguía su rastro, ya que nunca salían solos o después de anochecido. Durante dos semanas no los perdí de vista, y en ningún instante se separó el uno del otro. Drebber andaba la mitad del tiempo borracho, pero Stangerson no se permitía un segundo de descuido. Los vigilaba de claro en claro y de turbio en turbio, sin encontrar sombra siquiera de una oportunidad; no incurría, aun así, en el desaliento, pues una voz interior me decía que había llegado mi hora. Sólo tenía un cuidado: que me estallara esta cosa que llevo dentro del pecho demasiado pronto, impidiéndome dar remate a mi tarea.

Al fin, una tarde en la que llevaba ya varias veces recorrida en mi coche Torquay Terrace —tal nombre distinguía a la calle de la pensión donde se alojaban—, observé que un vehículo hacía alto justo delante de su puerta. Sacaron de la casa algunos bultos, y poco después Drebber y Stangerson, que habían aparecido tras ellos, partieron en el carruaje. Incité a mi caballo y no los perdí de vista, aunque me inquietaba la idea de que fueran a cambiar otra vez de residencia. Se apearon en Euston Station, y yo confié mi montura a un niño mientras los seguía hasta los andenes. Oí que preguntaban por el tren de Liverpool y también la contestación del vigilante, quien les explicó que ya estaba en camino y que habían de aguardar una hora hasta el siguiente.

La noticia pareció alterar grandemente a Stangerson y producir cierta complacencia en Drebber. Me arrimé a ellos lo bastante para escuchar cada una de las palabras que a la sazón se intercambiaban. Drebber dijo que le aguardaba un pequeño negocio.y que si el otro tenía a bien esperarle, se reuniría con él a no mucho tardar. Su compañero no se mostró conforme y recordó su acuerdo de permanecer juntos. Drebber repuso que el asunto era delicado y que debía tratarlo él solo. No pude oír la réplica de Stangerson, mas Drebber prorrumpió en improperios, diciendo al otro que no era al cabo sino un sirviente a sueldo, sin títulos para ordenarle esto o lo de más allá. Entonces prefirió ceder el secretario, tras de lo cual quedó convencido que Drebber se reuniría con Stangerson en el hotel Halliday Private, caso de que llegase a perder el último tren. El primero aseguró que estaría de vuelta en los andenes antes de las once y abandonó la estación.

La ocasión que tanto tiempo había aguardado parecía ponerse por fin al alcance de la mano. Tenía a mis enemigos en mi poder. Juntos podían darse protección uno al otro, mas por separado se hallaban a mi merced. No me dejé llevar sin embargo de la premura. Mi plan estaba ya dibujado. No hay satisfacción en la venganza a menos que el culpable encuentre modo de saber de quién es la mano que lo fulmina y cuál la causa del castigo. Entraba en mis propósitos que el hombre que me había agraviado pudiera comprender que sobre él se proyectaba la sombra de su antiguo pecado. Por ventura, el día antes, mientras visitaban unos inmuebles en Brixton Road, un sujeto había extraviado la llave de uno de ellos en mi coche. Fue reclamada y devuelta aquella misma tarde, no antes, sin embargo, de que yo hubiera hecho un molde, y obtenido una réplica, de la original. De este modo ganaba acceso a un punto al menos de la ciudad donde podía tener la seguridad de obrar sin ser interrumpido. Cómo arrastrar a Drebber hasta esa casa era la difícil cuestión que ahora se me presentaba.

Mi hombre prosiguió calle abajo, entrando en uno o dos bares, y demorándose en el último casi media hora. Salió del último dibujando eses, bien empapado ya en alcohol. Hizo una seña al simón que había justo en frente de mí. Lo seguí tan de cerca que el hocico de mi caballo rozaba casi con el codo del conductor. Cruzamos el puente de Waterloo y después, interminablemente, otras calles, hasta que para mi sorpresa me vi en la explanada misma de donde habíamos partido. Ignoraba la razón de ese retorno, pero azucé a mi caballo y me detuve a unas cien yardas de la casa. Drebber entró en ella, y el simón siguió camino. Denme un vaso de agua, por favor. Tengo la boca seca de tanto hablar.

Le alcancé el vaso, que apuró al instante.

—Así está mejor —dijo—. Bien, llevaba haciendo guardia un cuarto de hora, aproximadamente, cuando de pronto me llegó de la casa un ruido de gente enzarzada en una pelea. Inmediatamente después se abrió con brusquedad la puerta y aparecieron dos hombres, uno de los cuales era Drebber y el otro un joven al que nunca había visto antes. Este tipo tenía sujeto a Drebber por el cuello de la chaqueta, y cuando llegaron al pie de la escalera le dio un empujón y una patada después que lo hizo trastabillar hasta el centro de la calle.

—¡Canalla! —exclamó, enarbolando su bastón—. ¡Voy a enseñarte yo a ofender a una chica honesta!

Estaba tan excitado que sospecho que hubiera molido a Drebber a palos, de no poner el miserable pies en polvorosa. Corrió hasta la esquina, y viendo entonces mi coche, hizo ademán de llamarlo, saltando después a su interior.

—Al Holliday´s Private —dijo.

Viéndolo ya dentro sentí tal pálpito de gozo que temí que en ese instante último pudiera estallar mi aneurisma. Apuré la calle con lentitud, mientras reflexionaba sobre el curso a seguir. Podía llevarlo sin más a las afueras y allí, en cualquier camino, celebrar mi postrer entrevista con él. Casi tenía decidido tal cuando Drebber me brindó otra solución. Se había apoderado nuevamente de él el delirio de la bebida, y me ordenó que le condujera a una taberna. Ingresó en ella tras haberme dicho que aguardara por él. No acabó hasta la hora de cierre, y para entonces estaba tan borracho que me supe dueño absoluto de la situación.

No piensen que figuraba en mi proyecto asesinarlo a sangre fría. No hubiese vulnerado con ello la más estricta justicia, mas me lo vedaba, por así decirlo, el sentimiento. Desde tiempo atrás había determinado no negarle la oportunidad de seguir vivo, siempre y cuando supiera aprovecharla. Entre los muchos trabajos que he desempeñado en América se cuenta el de conserje y barrendero en un laboratorio de York College. Un día el profesor, hablando de venenos, mostró a los estudiantes cierta sustancia, a la que creo recordar que dio el nombre de alcaloide, y que había extraído de una flecha inficionada por los indios sudamericanos. Tan fuerte era su efecto que un solo gramo bastaba para producir la muerte instantánea. Eché el ojo a la botella donde guardaba la preparación, y cuando todo el mundo se hubo ido, cogí un poco para mí. No se me da mal el oficio de boticario; con el alcaloide fabriqué unas píldoras pequeñas y solubles, que después coloqué en otros tantos estuches junto a unas réplicas de idéntico aspecto, mas desprovistas de veneno. Decidí que, llegado el momento, esos caballeros extrajeran una de las píldoras, dejándome a mí las restantes. El procedimiento era no menos mortífero y, desde luego, más sigiloso, que disparar con una pistola a través de un pañuelo. Desde entonces nunca me separaba de mi precioso cargamento, al que ahora tenía ocasión de dar destino.

Más cerca estábamos de la una que de las doce, y la noche era de perros, huracanada y metida en agua. Con lo desolado del paisaje aledaño contrastaba mi euforia interior, tan intensa que había de contenerme para no gritar. Quien quiera de ustedes que haya anhelado una cosa, y por espacio de veinte años porfiado en anhelarla, hasta que de pronto la ve al alcance de su mano, comprenderá mi estado de ánimo. Encendí un cigarro para calmar mis nervios, mas me temblaban las manos y latían las sienes de pura excitación. Conforme guiaba el coche pude ver al viejo Ferrier y a la dulce Lucy mirándome desde la oscuridad y sonriéndome, con la misma precisión con que les veo ahora a ustedes. Durante todo el camino me dieron escolta, cada uno a un lado del caballo, hasta la casa de Brixton Road.

No se veía un alma ni llegaba al oído el más leve rumor, quitando el menudo de la lluvia. Al asomarme a la ventana del carruaje avisté a Drebber, que, hecho un lío, se hallaba entregado al sueño del beodo. Lo sacudí por un brazo.

—Hemos llegado —dije.

—Está bien, cochero —repuso.

Supongo que se imaginaba en el hotel cuya dirección me había dado, porque descendió dócilmente y me siguió a través del jardín. Hube de ponerme a su flanco para tenerle derecho, pues estaba aún un poco turbado por el alcohol. Una vez en el umbral, abrí la puerta y penetramos en la pieza del frente. Le doy mi palabra de honor que durante todo el trayecto padre e hija caminaron juntos delante de nosotros.

—Está esto oscuro como boca de lobo —dijo, andando a tientas.

—Pronto tendremos luz —repuse, al tiempo que encendía una cerilla y la aplicaba a una vela que había traído conmigo—. Ahora, Enoch Drebber —añadí levantando la candela hasta mi rostro—, intente averiguar quién soy yo.

Me contempló un instante con sus ojos turbios de borracho, en los que una súbita expresión de horror, acompañada de una contracción de toda la cara, me dio a entender que en mi hombre se había obrado una revelación. Retrocedió vacilante, dando diente con diente y lívido el rostro, mientras un sudor frío perlaba su frente. Me apoyé en la puerta y lancé una larga y fuerte carcajada. Siempre había sabido que la venganza sería dulce, aunque no todo lo maravillosa que ahora me parecía.

—¡Miserable! —dije—. He estado siguiendo tu pista desde Salt Lake City hasta San Petersburgo, sin conseguir apresarte. Por fin han llegado tus correrías a término, porque ésta será, para ti o para mí, la última noche.

Reculó aún más ante semejantes palabras, y pude adivinar, por la expresión de su cara, que me creía loco. De hecho, lo fui un instante. El pulso me latía en las sienes como a redobles de tambor, y creo que habría sufrido un colapso a no ser porque la sangre, manando de la nariz, me trajo momentáneo alivio.

—¿Qué piensas de Lucy Ferrier ahora? —grité, cerrando la puerta con llave y agitando ésta ante sus ojos—. El castigo se ha hecho esperar, pero ya se cierne sobre ti.

Vi temblar sus labios cobardes. Habría suplicado por su vida, de no saberlo inútil.

—¿Va a asesinarme? —balbució.

—¿Asesinarte? —repuse—. ¿Se asesina acaso a un perro rabioso? ¿Te preocupó semejante cosa cuando separaste a mi pobre Lucy de su padre recién muerto para llevarla a tu maldito y repugnante harén?

—No fui yo autor de esa muerte —gritó.

—Pero sí partiste por medio un corazón inocente —dije, mostrándole la caja de las pastillas—. Que el Señor emita su fallo. Toma una y trágala. En una habita la muerte, en otra la salvación. Para mí será la que tú dejes. Veremos si existe justicia en el mundo o si gobierna a éste el azar.

Cayó de hinojos pidiendo a gritos perdón, mas yo desenvainé mi cuchillo y lo allegué a su garganta hasta que me hubo obedecido. Tragué entonces la otra píldora, y durante un minuto o más estuvimos mirándonos en silencio, a la espera de cómo se repartía la Suerte. ¿Podré olvidar alguna vez la expresión de su rostro cuando, tras las primeras convulsiones, supo que el veneno obraba ya en su organismo? Reí al verlo, mientras sostenía a la altura de sus ojos el anillo de compromiso de Lucy. Fue breve el episodio, ya que el alcaloide actúa con rapidez. Un espasmo de dolor contrajo su cara; extendió los brazos, dio unos tumbos, y entonces, lanzando un grito, se derrumbó pesadamente sobre el suelo. Le di la vuelta con el pie y puse la mano sobre su corazón. No observé que se moviera. ¡Estaba muerto!

La sangre había seguido brotando de mi nariz, sin que yo lo advirtiera. No sé decirles qué me indujo a dibujar con ella esa inscripción. Quizá fuera la malicia de poner a la policía sobre una pista falsa, ya que me sentía eufórico y con el ánimo ligero. Recordé que en Nueva York había sido hallado el cuerpo de un alemán con la palabra «Rache» escrita sobre la pared, y se me hicieron presentes las especulaciones de la prensa atribuyendo el hecho a las sociedades secretas. Supuse que en Londres no suscitaría el caso menos confusión que en Nueva York, y mojando un dedo en mi sangre, grabé oportunamente el nombre sobre uno de los muros. Volví después a mi coche y comprobé que seguía la calle desierta y rugiente la noche. Llevaba hecho algún camino cuando, al hundir la mano en el bolsillo en que solía guardar el anillo de Lucy, lo eché en falta. Sentí que me fallaba el suelo debajo de los pies, pues no me quedaba de ella otro recuerdo. Pensando que acaso lo había perdido al reclinarme sobre el cuerpo de Drebber, volví grupas y, tras dejar el coche en una calle lateral, retorné decidido a la casa. Cualquier peligro me parecía pequeño, comparado al de perder el anillo. Llegado allí casi me doy de bruces con el oficial, que justo entonces salía del inmueble, y sólo pude disipar sus sospechas fingiéndome mortalmente borracho.

De la manera dicha encontró Enoch Drebber la muerte. Sólo me restaba dar idéntico destino a Stangerson y saldar así la deuda de John Ferrier. Sabiendo que se alojaba en el Halliday's Private, estuve al acecho todo el día, sin avistarlo un instante. Imagino que entró en sospechas tras la incomparecencia de Drebber. Era astuto ese Stangerson y difícil de coger desprevenido. No sé si creyó que encerrándose en el hotel me mantenía a raya, mas en tal caso se equivocaba. Pronto averigüé qué ventana daba a su habitación, y a la mañana siguiente, sirviéndome de unas escaleras que había arrumbadas en una callejuela tras el hotel, penetré en su cuarto según rayaba el día. Lo desperté y le dije que había llegado la hora de responder por la muerte cometida tanto tiempo atrás. Le describí lo acontecido con Drebber, poniéndole después en el trance de la píldora envenenada. En vez de aprovechar esa oportunidad que para salvar el pellejo le ofrecía, saltó de la cama y se arrojó a mi cuello. En propia defensa, le atravesé el corazón de una cuchillada. De todos modos, estaba sentenciado, ya que jamás hubiera sufrido la providencia que su mano culpable eligiese otra píldora que la venenosa.

Poco más he de añadir, y por suerte, ya que me acabo por momentos. Seguí en el negocio del coche un día más o menos, con la idea de ahorrar lo bastante para volver a América. Estaba en las caballerizas cuando un rapaz harapiento vino preguntando por un tal Jefferson Hope, cuyo vehículo solicitaban en el 221 B de Baker Street. Acudí a la cita sin mayores recelos, y el resto es de ustedes conocido: el joven aquí presente me plantó sus dos esposas, con destreza asombrosa. Tal es la historia. Quizá me tengan por un asesino, pero yo estimo, señores, que soy un mero ejecutor de la justicia, en no menor medida que ustedes mismos.

Tan emocionante había asido el relato, y con tal solemnidad dicho, que permanecimos en todo instante mudos y pendientes de lo que oíamos. Incluso los dos detectives profesionales, hechos como estaban a cuanto se relaciona con el crimen, semejaban fascinados por la historia. Cuando ésta hubo terminado se produjeron unos minutos de silencio, roto tan sólo por el lápiz de Lestrade al rasgar el papel en que iban quedando consignados los últimos detalles de su informe escrito.

—Sobre un solo punto desearía que se extendiese usted un poco más —dijo al fin Sherlock Holmes—. ¿Qué cómplice de usted vino en busca del anillo anunciado en la prensa?

El prisionero hizo un guiño risueño a mi amigo.

—Soy dueño de decir mis secretos, no de comprometer a un tercero. Leí su anuncio y pensé que podía ser una trampa, o también la ocasión de recuperar el anillo que buscaba. Mi amigo se ofreció a descubrirlo. Admitirá que no lo hizo mal.

—¡Desde luego!-repuso Holmes con vehemencia.

—Y ahora, caballeros —observó gravemente el inspector—, ha llegado el momento de cumplir lo que la ley estipula. El jueves comparecerá el preso ante los magistrados, siendo además necesaria la presencia de ustedes. Mientras tanto, yo me hago cargo del acusado.

Mientras esto decía hizo sonar una campanilla, a cuya llamada dos guardianes tomaron para sí al prisionero. Mi amigo y yo abandonamos la comisaría, cogiendo después un coche en dirección a Baker Street.

7. Conclusión

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Teníamos orden de comparecer frente a los magistrados el jueves, mas llegada esa fecha fue ya inútil todo testimonio. Un juez más alto se había hecho cargo del caso, convocando a Jefferson Home a un tribunal donde, a buen seguro, le sería aplicada estricta justicia. La misma noche de la captura hizo crisis su aneurisma, y a la mañana siguiente fue encontrado el cuerpo sobre el suelo de la celda; en el rostro había impresa una sonrisa de placidez, como la de quien, volviendo la cabeza atrás, contempla en el último instante una vida útil o un trabajo bien hecho.

—Gregson y Lestrade han de estar tirándose de los cabellos —observó Holmes cuando a la tarde siguiente discutíamos sobre el asunto.

—Muerto su hombre, ¿quién les va a dar ahora publicidad?

—No veo que interviniesen grandemente en su captura —repuso.

—Poco importa que una cosa se haga —replicó mi compañero con amargura—. La cuestión está en hacer creer a la gente que la cosa se ha hecho. Mas vaya lo uno por lo otro —añadió poco después, ya de mejor humor—. No me habría perdido la investigación por nada del mundo. No alcanzo a recordar caso mejor que éste. Aun siendo simple, encerraba puntos sumamente instructivos.

—¡Simple! —exclamé.

—Bien, en realidad, apenas si admite ser descrito de distinto modo —dijo Sherlock Holmes, regocijado de mi sorpresa—. La prueba de su intrínseca simpleza está en que, sin otra ayuda que unas pocas deducciones en verdad nada extraordinarias, puse mano al criminal en menos de tres días.

—Cierto —dije.

—Ya le he explicado otras veces que en esta clase de casos lo extraordinario constituye antes que un estorbo, una fuente de indicios. La clave reside en razonar a la inversa, cosa, sea dicho de paso, tan útil como sencilla, y poquísimo practicada. Los asuntos diarios nos recomiendan proceder de atrás adelante, de donde se echa en olvido la posibilidad contraria. Por cada cincuenta individuos adiestrados en el pensamiento sintético, no encontrará usted arriba de uno con talento analítico.

—Confieso —afirmé— que no consigo comprenderle del todo.

—No esperaba otra cosa. Veamos si logro exponérselo más a las claras. Casi todo el mundo, ante una sucesión de hechos, acertará a colegir qué se sigue de ellos... Los distintos acontecimientos son percibidos por la inteligencia, en la que, ya organizados, apuntan a un resultado. A partir de éste, sin embargo, pocas gentes saben recorrer el camino contrario, es decir, el de los pasos cuya sucesión condujo al punto final. A semejante virtud deductiva llamo razonar hacia atrás o analíticamente.

—Comprendo.

—Pues bien, nuestro caso era de esos en que se nos da el resultado, restando todo lo otro por adivinar. Permítame mostrarle las distintas fases de mi razonamiento. Empecemos por el principio... Como usted sabe, me aproximé a la casa por mi propio pie, despejada la mente de todo supuesto o impresión precisa. Comencé, según era natural, por inspeccionar la carretera, donde, ya se lo he dicho, vi claramente las marcas de un coche, al que por consideraciones puramente lógicas supuse llegado allí de noche. Que era en efecto un coche de alquiler y no particular, quedaba confirmado por la angostura de las rodadas. Los caballeros en Londres usan un cabriolé, cuyas ruedas son más anchas que las del carruaje ordinario.

Así di mi primer paso. Después atravesé el jardín siguiendo el sendero, cuyo suelo arcilloso resultó ser especialmente propicio para el examen de huellas. Sin duda no vio usted sino una simple franja de barro pisoteado; pero a mis ojos expertos cada marca transmitía un mensaje pleno de contenido. Ninguna de las ramas de la ciencia detectivesca es tan principal ni recibe tan mínima atención como ésta de seguir un rastro. Por fortuna, siempre lo he tenido muy en cuenta, y un largo adiestramiento ha concluido por convertir para mí esta sabiduría en segunda naturaleza. Reparé en las pesadas huellas del policía, pero también en las dejadas por los dos hombres que antes habían cruzado el jardín. Que eran las segundas más tempranas, quedaba palmariamente confirmado por el hecho de que a veces desaparecían casi del todo bajo las marcas de las primeras. Así arribé a mi segunda conclusión, consistente en que subía a dos el número de los visitantes nocturnos, de los cuales uno, a juzgar por la distancia entre pisada y pisada, era de altura más que notable, y algo petimetre el otro, según se echaba de ver por las menudas y elegantes improntas que sus botas habían producido.

Al entrar en la casa obtuve confirmación de la última inferencia. El hombre de las lindas botas yacía delante de mí. Al alto, pues, procedía imputar el asesinato, en caso de que éste hubiera tenido lugar. No se veía herida alguna en el cuerpo del muerto, mas la agitada expresión de su rostro declaraba transparentemente que no había llegado ignaro a su fin. Quienes perecen víctimas de un ataque al corazón, o por otra causa natural y súbita, jamás muestran esa apariencia desencajada. Tras aplicar la nariz a los labios del difunto, detecté un ligero olor acre, y deduje que aquel hombre había muerto por la obligada ingestión de veneno. Al ser el envenenamiento voluntario, pensé, no habría quedado impreso en su cara tal gesto de odio y miedo. Por el método de exclusión, me vi, pues, abocado a la única hipótesis que autorizaban los hechos. No crea usted que era aquélla en exceso peregrina. La administración de un veneno por la fuerza figura no infrecuentemente en los anales del crimen. Los casos de Dolsky en Odesa, y el de Leturier en Montpellier, acudirían de inmediato a la memoria de cualquier toxicólogo.

A continuación se suscitaba la gran pregunta del porqué. La rapiña quedaba excluida, ya que no se echaba ningún objeto en falta. ¿Qué había entonces de por medio? ¿La política, quizá una mujer? Tal era la cuestión que entonces me inquietaba. Desde el principio me incliné por lo segundo. Los asesinos políticos se dan grandísima prisa a escapar una vez perpetrada la muerte. Ésta, sin embargo, había sido cometida con flema notable, y las mil huellas dejadas por su amor a lo largo y ancho de la habitación declaraban una estancia dilatada en el escenario del crimen. Sólo un agravio personal, no político, acertaba a explicar tan sistemático acto de venganza. Cuando fue descubierta la inscripción en la pared, me confirmé aún más en mis sospechas. Se trataba, evidentemente, de un falso señuelo. El hallazgo del anillo zanjó la cuestión. Era claro que el asesino lo había usado para atraer a su víctima el recuerdo de una mujer muerta o ausente. Justo entonces pregunté a Gregson si en el telegrama enviado a Cleveland se inquiría también por cuanto hubiera de peculiar en el pasado de Drebber. Fue su contestación, lo recordará usted, negativa.

Después procedí a un examen detenido de la habitación, en el curso del cual di por buena mi primera estimación de la altura del asesino, y obtuve los datos referentes al cigarro de Trichonopoly y a la largura de sus uñas. Había llegado ya a la conclusión de que, dada la ausencia de señales de lucha, la sangre que salpicaba el suelo no podía proceder sino de las narices del asesino, presa seguramente de una gran excitación. Observé que el rastro de la sangre coincidía con el de sus pasos. Es muy difícil que un hombre, a menos que posea gran vigor, pueda fundir, impulsado de la sola emoción, semejante cantidad de sangre, así que aventuré la opinión de que era el criminal un tipo robusto y de faz congestionada. Los hechos han demostrado que iba por buen camino.

Tras abandonar la casa hice lo que Gregson había dejado de hacer. Envié un telegrama al jefe de policía de Cleveland, donde me limitaba a requerir cuantos detalles se relacionasen con el matrimonio de Enoch Drebber. La respuesta fue concluyente. Declaraba que Drebber había solicitado ya la protección de la ley contra un viejo rival amoroso, un tal Jefferson Hope, y que este Hope se encontraba a la sazón en Europa. Supe entonces que tenía la clave del misterio en mi mano y que no restaba sino atrapar al asesino.

Tenía ya decidido que el hombre que había entrado en la casa con Drebber y el conductor del carruaje eran uno y el mismo individuo. Se apreciaban en la carretera huellas que sólo un caballo sin gobierno puede producir. ¿Dónde iba a estar el cochero sino en el interior del edificio? Además, vulneraba toda lógica el que un hombre cometiera deliberadamente un crimen ante los ojos, digamos, de una tercera persona, un testigo que no tenía por qué guardar silencio. Por último, para un hombre que quisiera rastrear a otro a través de Londres, el oficio de cochero parecía sin duda el más adecuado. Todas estas consideraciones me condujeron irresistiblemente a la conclusión de que Jefferson Hope debía contarse entre los aurigas de la metrópoli.

Si tal había sido, era razonable además que lo siguiera siendo. Desde su punto de vista, cualquier cambio súbito sólo podía atraer hacia su persona una atención inoportuna. Probablemente, durante cierto tiempo al menos, persistiría en su oficio de cochero. Nada argüía tampoco que lo fuera a hacer bajo nombre supuesto. ¿Por qué mudar de nombre en un país donde era desconocido? Organicé, por tanto, mi cuadrilla de detectives vagabundos, ordenándoles acudir a todas las casas de coches de alquiler hasta que dieran con el hombre al que buscaba. Qué bien cumplieron el encargo y qué prisa me di a sacar partido de ello, son cosas que aún deben estar frescas en su memoria. El asesinato de Stangerson nos cogió enteramente por sorpresa, mas en ningún caso hubiésemos podido impedirlo. Gracias a él, ya lo sabe, me hice con las píldoras, cuya existencia había previamente conjeturado. Vea cómo se ordena toda la peripecia según una cadena de secuencias lógicas, en las que no existe un solo punto débil o de quiebra.

—¡Magnífico! —exclamé—. Sus méritos debieran ser públicamente reconocidos. Sería bueno que sacase a la luz una relación del caso. Si no lo hace usted, lo haré yo.

—Haga, doctor, lo que le venga en gana —repuso—. Y ahora, ¡eche una mirada a esto! —agregó entregándome un periódico.

Era el Echo del día, y el párrafo sobre el que llamaba mi atención aludía al caso de autos.

«El público, rezaba, se ha perdido un sabrosísimo caso con la súbita muerte de un tal Hope, autor presunto del asesinato del señor Enoch Drebber y Joseph Stangerson. Aunque quizá sea demasiado tarde para alcanzar un conocimiento preciso de lo acontecido, se nos asegura de fuente fiable que el crimen fue efecto de un antiguo y romántico pleito, al que no son ajenos ni el mormonismo ni el amor. Parece que las dos víctimas habían pertenecido de jóvenes a los Santos del último Día, procediendo también Hope, el prisionero fallecido, de Salt Lake City. El caso habrá servido, cuando menos, para demostrar espectacularmente la eficacia de nuestras fuerzas policiales y para instruir a los extranjeros sobre la conveniencia de zanjar sus diferencias en su lugar de origen y no en territorio británico. Es un secreto a voces que el mérito de esta acción policial corresponde por entero a los señores Lestrade y Gregson, los dos famosos oficiales de Scotland Yard. El criminal fue capturado, según parece, en el domicilio de un tal Sherlock Holmes, un detective aficionado que ha dado ya ciertas pruebas de talento en este menester, talento que acaso se vea estimulado por el ejemplo constante de sus maestros. Es de esperar que, en prueba del debido reconocimiento a sus servicios, se celebre un homenaje en honor de los dos oficiales.»

—¿No se lo dije desde el comienzo? —exclamó Sherlock Holmes, con una carcajada—. He aquí lo que hemos conseguido con nuestro Estudio en Escarlata: ¡Procurar a esos dos botarates un homenaje!

—Pierda cuidado —repuse—. He registrado todos los hechos en mi diario, y el público tendrá constancia de ellos. Entre tanto, habrá usted de conformarse con la constancia del éxito, al igual que aquel avaro romano:

Populus me sibilat, at mihi plaudo.

Ipse domi simul ac nummos contemplar in arca.

El Signo de los cuatro

Índice

Contenido

Capítulo 1 La deducción elevada a la categoría de ciencia

Capítulo 2 Exposición del asunto

Capítulo 3 En busca de una solución

Capítulo 4 El relato del hombre calvo

Capítulo 5 El drama de Pabellón Pondicherry

Capítulo 6 Teoría de Sherlock Holmes

Capítulo 7 El incidente del tonel

Capítulo 8 Los voluntarios de Baker Street

Capítulo 9 En Kalta

Capítulo 10 Cómo pereció el insular de Andaman

Capítulo 11 El tesoro de Agra

Capítulo 12 La extraña historia de Jonathan Small

Capítulo 1 - La deducción elevada a la categoría de ciencia

Índice

Sherlock Holmes cogió el frasco sobre la chimenea y sacó una jeringa pravaz de un cajoncito. Ajustó la delicada aguja con sus largos, blancos y nerviosos dedos y se remangó la manga izquierda de la camisa. Durante unos momentos, sus ojos pensativos se posaron en el fibroso antebrazo y en la muñeca, marcados por las cicatrices de innumerables pinchazos. Por último, clavó la afilada punta, apretó el minúsculo émbolo y se echó hacia atrás, hundiéndose en la butaca tapizada de terciopelo con un largo suspiro de consuelo.

Desde hacia algunos meses habia presenciando esta escena tres veces al día, pero la costumbre no había logrado que mi mente la aceptara. Por el contrario, cada día me irritaba más contemplarla, y todas las noches me remordía la conciencia al pensar que me faltaba valor para protestar. Una y otra vez me hacía el propósito de decir lo que pensaba del asunto, pero había algo en los modales fríos y despreocupados de mi compañero que lo convertía en el último hombre con el que uno querría tomarse algo parecido a una libertad.

Su enorme talento, su actitud dominante y la experiencia que yo tenía de sus muchas y extraordinarias cualidades me impedían decidirme a enfrentarme con él.

Sin embargo, aquella tarde, tal vez a causa del beaune que había bebido en la comida, o tal vez por la irritación adicional que me produjo lo descarado de su conducta, sentí de pronto que ya no podía aguantar más.

––¿Qué ha sido hoy? ––pregunté––. ¿Morfina o cocaína?. Holmes levantó con languidez la mirada del viejo volumen de caracteres góticos que acababa de abrir.

––Cocaína ––dijo––, disuelta al siete por ciento. ¿Le apetece probarla?

––Desde luego que no ––respondí con brusquedad––. Mi organismo aún no se ha recuperado de la campaña de Afganistán y no puedo permitirme someterlo a más presiones.

Mi vehemencia le hizo sonreír.

––Tal vez tenga razón, Watson ––dijo––. Supongo que su efecto físico es malo. Sin embargo, la encuentro tan trascendentalmente estimulante y esclarecedora para la mente que ese efecto secundario tiene poca importancia.

––¡Pero piense en ello! ––dije yo con ardor––. ¡Calcule lo que le cuesta! Es posible que, como usted dice, le estimule y aclare el cerebro, pero se trata de un proceso patológico y morboso, que va alterando cada vez más los tejidos y puede acabar dejándole con debilidad permanente. Y además, ya sabe qué mala reacción le provoca. La verdad es que la ganancia no compensa la inversión. ¿Por qué tiene que arriesgarse, por un simple placer momentáneo, a perder esas grandes facultades de las que ha sido dotado? Recuerde que no le hablo sólo de camarada a camarada, sino como médico a una persona de cuya condición física es, en cierto modo, responsable.

No pareció ofendido. Por el contrario, juntó las puntas de los dedos y apoyó los codos en los brazos de la butaca, como si disfrutara con la conversación.

––Mi mente ––dijo–– se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales. Pero me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental. Por eso elegí mi profesión, o, mejor dicho, la inventé, puesto que soy el único del mundo.

––¿El único investigador particular? ––dije yo, alzando las cejas.

––El único investigador particular con consulta ––replicó––. En el campo de la investigación, soy el último y el más alto tribunal de apelación. Cada vez que Gregson, o Lestrade, o Athelney Jones se encuentran desorientados (que, por cierto, es su estado normal), me plantean a mí el asunto. Yo examino los datos en calidad de experto y emito una opinión de especialista. En estos casos no reclamo ningún crédito. Mi nombre no aparece en los periódicos. Mi mayor recompensa es el trabajo mismo, el placer de encontrar un campo al que aplicar mis facultades. Pero usted ya ha tenido ocasión de observar mis métodos de trabajo en el caso de Jefferson Hope.

––Es verdad ––dije cordialmente––. Nada me ha impresionado tanto en toda mi vida. Hasta lo he recogido en un pequeño folleto, con el título algo fantástico de Estudio en escarlata.

Holmes meneó la cabeza con aire triste.

––Lo miré por encima ––dijo––. Sinceramente, no puedo felicitarle por ello. La investigación es, o debería ser, una ciencia exacta, y se la debe tratar del mismo modo frío y sin emoción. Usted ha intentado darle un matiz romántico, con lo que se obtiene el mismo efecto que si se insertara una historia de amor o una fuga de enamorados en el quinto postulado de Euclides.

––Pero es que lo romántico estaba ahí ––repliqué––. Yo no podía alterar los hechos.

––Algunos hechos hay que suprimirlos o, al menos, hay que mantener un cierto sentido de la proporción al tratarlos. El único aspecto del caso que merecía ser mencionado era el curioso razonamiento analítico, de los efectos a las causas, que me permitió desentrañarlo.

Me molestó aquella crítica de una obra que había sido concebida expresamente para agradarle. Confieso también que me irritó el egoísmo con el que parecía exigir que hasta la última frase de mi folleto estuviera dedicada a sus actividades personales. Más de una vez, durante los años que llevaba viviendo con él en Baker Street, había observado que bajo los modales tranquilos y didácticos de mi compañero se ocultaba un cierto grado de vanidad. Sin embargo, no hice ningún comentario y me quedé sentado, cuidando de mi pierna herida. Una bala de jezad la había atravesado tiempo atrás y, aunque no me impedía caminar, me dolía insistentemente cada vez que el tiempo cambiaba.

––Últimamente, he extendido mis actividades al Continente ––dijo Holmes al cabo de un rato, mientras llenaba su vieja pipa de raíz de brezo––. La semana pasada me consultó Francois le Villard, que, como probablemente sabrá, ha saltado recientemente a la primera fila de los investigadores franceses. Posee toda la rápida intuición de los celtas, pero le falta la amplia gama de conocimientos exactos que son imprescindibles para desarrollar los aspectos más elevados de su arte. Se trataba de un caso relacionado con un testamento, y presentaba algunos detalles interesantes. Pude indicarle dos casos similares, uno en Riga en 1857 y otro en Saint Louis en 1871, que le sugirieron la solución correcta. Y esta mañana he recibido carta suya, agradeciéndome mi ayuda.

Mientras hablaba me pasó una hoja arrugada de papel de carta extranjero.

Eché un vistazo por encima y capté una profusión de signos de admiración, con ocasionales magnifiques, coups de maître y tours de force repartidos por aquí y por allá, que daban testimonio de la ferviente admiración del francés.

––Le habla como un discípulo a su maestro ––dije. ––¡Bah!, le concede demasiado valor a mi ayuda ––dijo Sherlock Holmes sin darle importancia––. Él mismo tiene unas dotes considerables. Posee dos de las tres facultades necesarias para el detective ideal: la capacidad de observación y la de deducción. Sólo le faltan conocimientos, y eso se puede adquirir con el tiempo. Ahora está traduciendo mis obras al francés.

––¿Sus obras?

––¡Ah!, ¿no lo sabía? ––exclamó, echándose a reír––. Pues sí, soy culpable de varias monografías. Todas ellas sobre temas técnicos. Aquí, por ejemplo, tengo una: Sobre las diferencias entre las cenizas de los diversos tabacos. En ella cito ciento cuarenta clases de cigarros, cigarrillos y tabacos de pipa, con láminas en color que ilustran las diferencias entre sus cenizas. Es un detalle que surge constantemente en los procesos criminales, y que a veces tiene una importancia suprema como pista. Si, por ejemplo, podemos asegurar sin lugar a dudas que el autor de un crimen fue un individuo que fumaba lunkah indio, está claro que el campo de búsqueda se estrecha mucho. Para el ojo experto, existe tanta diferencia entre la ceniza negra de un Trichinopoly y la ceniza blanca y esponjosa de un «ojo de perdiz» como entre una lechuga y una patata.

––Tiene usted un talento extraordinario para las minucias ––comenté.

––Sé apreciar su importancia. Aquí tiene mi monografía sobre las huellas de pisadas, con algunos comentarios acerca del empleo de escayola para conservar las impresiones. Y aquí hay una curiosa obrita sobre la influencia de los oficios en la forma de las manos, con litografías de manos de pizarreros, marineros, cortadores de corcho, cajistas de imprenta, tejedores y talladores de diamantes. Es un tema de gran importancia práctica para el detective científico, sobre todo en casos de cadáveres no identificados, y también para averiguar el historial de los delincuentes. Pero le estoy aburriendo con mis aficiones.

––Nada de eso ––respondí con vehemencia––. Me interesa mucho, y más habiendo tenido la oportunidad de observar cómo lo aplica a la práctica. Pero hace un momento hablaba usted de observación y deducción. Supongo que, en cierto modo, la una lleva implícita la otra.

––Ni mucho menos ––respondió, arrellanándose cómodamente en su butaca y emitiendo con su pipa espesas volutas azuladas––. Por ejemplo, la observación me indica que esta mañana ha estado usted en la oficina de Correos de Wigmore Street, y gracias a la deducción se que allí puso un telegrama.

––¡Exacto! ––dije yo––. Ha acertado en las dos cosas. Pero confieso que no entiendo cómo ha llegado a saberlo. Fue un impulso súbito que tuve, y no se lo he comentado a nadie.

––Es la sencillez misma ––dijo él, riéndose por lo bajo de mi sorpresa––. Tan ridículamente sencillo que sobra toda explicación. Aun así, puede servirnos para definir los límites de la observación y la deducción. La observación me dice que lleva usted un pegotito rojizo pegado al borde de la suela. Justo delante de la oficina de Correos de Wigmore Street han levantado el pavimento y han esparcido algo de tierra, de tal modo que resulta difícil no pisarla al entrar. La tierra tiene ese peculiar tono rojizo que, por lo que yo sé, no se encuentra en ninguna otra parte del barrio. Hasta aquí llega la observación. Lo demás es deducción.

––¿Y cómo dedujo lo del telegrama?

––Pues, para empezar, sabía que no había escrito una carta, porque estuve sentado frente a usted toda la mañana. Además, su escritorio está abierto y veo que tiene usted un pliego de sellos y un grueso fajo de tarjetas postales. Así pues, ¿a qué iba a entrar en la oficina de Correos si no era para enviar un telegrama? Una vez eliminadas todas las demás posibilidades, la única que queda tiene que ser la verdadera.

––En este caso es así, desde luego ––repliqué yo, tras pensármelo un poco–. Sin embargo, como usted mismo ha dicho, se trata de un asunto de lo más sencillo. ¿Me consideraría impertinente si sometiera sus teorías a una prueba más estricta?

––Al contrario ––respondió él––. Eso me evitará tener que tomar una segunda dosis de cocaína. Estaré encantado de considerar cualquier problema que usted me plantee.

––Le he oído decir que es muy difícil que un hombre use un objeto todos los días sin dejar en él la huella de su personalidad, de manera que un observador experto puede leerla. Pues bien, aquí tengo un reloj que ha llegado a mi poder hace poco tiempo. ¿Tendría la amabilidad de darme su opinión sobre el carácter y las costumbres de su antiguo propietario?

Le entregué el reloj con un ligero sentimiento interno de regocijo, ya que, en mi opinión, la prueba era imposible de superar y con ella me proponía darle una lección ante el tono algo dogmático que adoptaba de vez en cuando. Holmes sopesó el reloj en la mano, observó atentamente la esfera, abrió la tapa posterior y examinó el engranaje, primero a simple vista y luego con ayuda de una potente lupa. No pude evitar sonreír al ver su expresión abatida cuando, por fin, cerró la tapa y me lo devolvió.

––Apenas hay ningún dato ––dijo––. Este reloj lo han limpiado hace poco, lo cual me priva de los indicios más sugerentes.

––Tiene razón ––respondí––. Lo limpiaron antes de enviármelo.

En mi fuero interno, acusé a mi compañero de esgrimir una excusa de lo más floja e impotente para justificar su fracaso. ¿Qué datos había esperado encontrar aunque el reloj no hubiera estado limpio?

––Pero aunque no sea satisfactoria, mi investigación no ha sido del todo estéril ––comentó, dirigiendo hacia el techo la mirada de sus ojos soñadores e inexpresivos––. Salvo que usted me corrija, yo diría que el reloj perteneció a su hermano mayor, que a su vez lo heredó de su padre.

––Supongo que eso lo ha deducido de las iniciales H.W. grabadas al dorso.

––En efecto. La W sugiere su apellido. La fecha del reloj es de hace casi cincuenta años, y las iniciales son tan antiguas como el reloj. Por lo tanto, se fabricó en la generación anterior. Estas joyas suele heredarlas el hijo mayor, y es bastante probable que éste se llame igual que el padre. Si no recuerdo mal, su padre falleció hace muchos años. Por lo tanto, el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.

––Hasta ahora, bien ––dije yo––. ¿Algo más?

––Era un hombre de costumbres desordenadas… , muy sucio y descuidado. Tenía buenas perspectivas, pero desaprovechó las oportunidades, vivió algún tiempo en la pobreza, con breves intervalos ocasionales de prosperidad, y por último se dio a la bebida y murió. Eso es todo lo que puedo sacar.

Me puse en pie de un salto y renqueé impaciente por la habitación, enormemente indignado.

––Esto es indigno de usted, Holmes ––dije––. Jamás habría creído que caería usted tan bajo. Ha estado usted investigando la historia de mi desdichado hermano, y ahora finge haber deducido todo ese conocimiento por medios fantásticos. ¡No esperará que me crea que ha visto todo eso en este viejo reloj! Es una grosería y, para serle franco, parece más propio de un charlatán.

––Querido doctor ––dijo en tono suave––, le ruego que acepte mis disculpas. Al considerar el asunto como un problema abstracto, olvidé que para usted se trata de algo muy personal y doloroso. Sin embargo, le aseguro que, hasta que me enseñó el reloj, no sabía que hubiera tenido usted un hermano.

––¿Y entonces, cómo diablos averiguó todo eso? Porque ha acertado de lleno en todos los detalles.

––Ha sido pura suerte. Me limité a decir lo que parecía más probable. No esperaba acertar en todo.

––¿No han sido puras conjeturas?

––No, no; yo nunca hago conjeturas. Es un hábito nefasto. Destruye las facultades lógicas. Lo que a usted le parece tan extraño, lo es sólo porque no ha seguido mi cadena de pensamientos ni se ha fijado en los pequeños datos de los que pueden extraerse importantes inferencias. Por ejemplo, empecé afirmando que su hermano era descuidado. Si se fija en la parte inferior de la tapa del reloj, verá que no sólo tiene un par de abolladuras, sino que además está rayado y arañado por todas partes, a causa de la costumbre de meter en el mismo bolsillo otros objetos duros, como monedas o llaves. Como ve, no es ninguna proeza suponer que un hombre que trata tan a la ligera un reloj de cincuenta guineas debe ser descuidado. Tampoco es tan descabellado deducir que un hombre que hereda un artículo tan valioso tiene que estar bien provisto en otros aspectos.

Asentí para dar a entender que seguía su razonamiento.

––Es costumbre de los prestamistas ingleses, cuando alguien empeña un reloj, grabar el número de la papeleta con un alfiler en el interior de la tapa. Es más cómodo que poner una etiqueta y no hay peligro de que el número se pierda o se traspapele. Y mi lupa ha descubierto nada menos que cuatro de esos números en el interior de la tapa del reloj. Deducción: su hermano pasaba apuros económicos con frecuencia. Deducción secundaria: de vez en cuando atravesaba períodos de prosperidad, pues de lo contrario no habría podido desempeñar la prenda. Por último, le ruego que mire la chapa interior, donde está el agujero para dar cuerda. Fíjese en que hay miles de rayas alrededor del agujero, causadas al resbalar la llave de la cuerda. ¿Cree que la llave de un hombre sobrio dejaría todas esas marcas? Sin embargo, nunca faltan en el reloj de un borracho. Le daba cuerda por la noche y dejó la marca de su mano temblorosa. ¿Qué misterio hay en todo esto?

––Está tan claro como la luz del día ––respondí––. Lamento haber sido injusto con usted. Debí haber tenido más fe en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si en estos momentos tiene entre manos alguna investigación profesional?

––Ninguna. De ahí lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar el cerebro. ¿Qué otra razón hay para vivir? Mire por esa ventana. ¿Alguna vez ha sido el mundo tan lúgubre, triste e improductivo? Mire esa niebla amarilla que hace remolinos por la calle y se desliza ante esas casas grises. ¿Puede haber algo más desesperantemente prosaico y material? ¿De qué sirve tener talento, doctor, si no se tiene campo en el que aplicarlo? Los delitos son vulgares, la existencia es vulgar, y en este mundo no hay sitio para lo que se salga de la vulgaridad.

Abrí la boca para responder a su diatriba, pero en aquel momento, tras dar unos golpecitos en la puerta, entró nuestra casera, que traía una tarjeta en una bandeja de latón.

––Una señorita pregunta por usted, señor ––dijo, dirigiéndose a mi compañero.

––Miss Mary Morstan ––leyó éste––. ¡Hum! No me suena de nada el nombre. Diga a la señorita que suba, señora Hudson. No se vaya, doctor. Prefiero que se quede.

Capítulo 2 - Exposición del asunto

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Lentamente, pausadamente entro la señorita Morstan en la habitacion. Era una joven rubia, menuda, delicada, con guantes en las manos y vestida con el gusto más exquisito. No obstante, la discreción y sencillez de sus ropas parecían indicar unos recursos económicos limitados. El vestido era de color pardo grisáceo tirando a oscuro, sin cintas ni adornos, y llevaba un pequeño turbante del mismo tono apagado, alegrado tan sólo por un vestigio de pluma blanca en un costado. Su rostro no tenía facciones regulares ni una complexión hermosa, pero su expresión era dulce y amistosa, y sus grandes ojos azules resultaban particularmente espirituales y atractivos. A pesar de que mi experiencia con las mujeres abarcaba muchas naciones y tres continentes distintos, yo jamás había visto un rostro que ofreciera tan claros indicios de un carácter refinado y sensible. No pude evitar fijarme en que, al sentarse en el asiento que Sherlock Holmes le acercó, sus labios temblaban, sus manos se estremecían y todo en ella indicaba una fuerte agitación interna.

––He acudido a usted, señor Holmes ––dijo––, porque en cierta ocasión ayudó a la señora de Cecil Forrester, para la que yo trabajaba, a resolver una pequeña complicación doméstica. Quedó muy impresionada por su amabilidad y talento.

––La señora de Cecil Forrester… ––repitió Holmes, pensativo––. Sí, creo que le presté un pequeño servicio. Pero me parece recordar que se trataba de un caso realmente sencillo.

––A ella no se lo pareció. Pero del mío, por lo menos, no podrá usted decir lo mismo. Me cuesta imaginar algo más extraño y absolutamente inexplicable que la situación en que me encuentro.

Holmes se frotó las manos y sus ojos se iluminaron. Se inclinó hacia delante en su butaca, con una expresión de absoluta concentración en sus facciones marcadas y aguileñas.

––Exponga su caso.

Me pareció que mi presencia resultaba embarazosa.

––Estoy seguro de que sabrán disculparme ––dije, levantándome de mi asiento.

Ante mi sorpresa, la joven levantó una mano enguantada para detenerme.

––Si su amigo tiene la bondad de quedarse ––dijo––, me prestará un servicio inestimable.

Me dejé caer de nuevo en mi asiento.

––En pocas palabras ––continuó––, los hechos son los siguientes: mi padre era oficial en un regimiento de la India, y me envió a Inglaterra cuando yo era niña. Mi madre había fallecido y yo no tenía ningún pariente aquí, pero me ingresaron en un cómodo internado de Edimburgo, donde permanecí hasta que cumplí diecisiete años. En 1878, mi padre, que era el capitán más antiguo de su regimiento, consiguió un permiso de doce meses y volvió a Inglaterra. Me puso un telegrama desde Londres, diciendo que había llegado sin contratiempos y pidiéndome que fuera a verlo cuanto antes, dando como dirección el hotel Langham. Su mensaje, tal como yo lo recuerdo, rebosaba amor y cariño. En cuanto llegué a Londres me dirigí al Langham, y allí me dijeron que el capitán Morstan se alojaba allí, pero que había salido la noche anterior y no había regresado.

Esperé todo el día sin tener noticias suyas.

Aquella noche, por consejo del director del hotel, me puse en contacto con la policía, y al día siguiente pusimos anuncios en todos los periódicos. Nuestras investigaciones no dieron ningún resultado. Y desde entonces hasta hoy no hemos vuelto a saber nada de mi pobre padre. Llegó a su país con el corazón lleno de esperanza, buscando paz y reposo, y en lugar de eso… Se llevó la mano a la garganta y un sollozo ahogado interrumpió sus palabras.

––¿Fecha? ––preguntó Holmes, abriendo su cuaderno de notas.

––Desapareció el 3 de diciembre de 1878… , hace casi diez años.

––¿Y su equipaje?

––Se quedó en el hotel. No encontramos nada que nos diera una pista. Algo de ropa, unos cuantos libros y gran cantidad de curiosidades de las islas Andaman. Estuvo allí como oficial de la guardia del presidio.

––Tenía amigos en Londres?

––Sólo sabemos de uno: el mayor Sholto, de su mismo regimiento, el trigésimo cuarto de Infantería de Bombay. El mayor se había retirado algún tiempo antes, y vivía en Upper Norwood. Como es natural, nos pusimos en contacto con él, pero ni siquiera sabía que su camarada hubiera regresado a Inglaterra.

––Curioso caso ––comentó Holmes.

––Aún no le he contado la parte más extraña. Hace unos seis años… , para ser más exactos, el 4 de mayo de 1882, apareció un anuncio en el Times, interesándose por la dirección de la señorita Mary Morstan y asegurando que le convenía mucho presentarse. No se incluía ningún nombre ni dirección.

Por aquel entonces, yo acababa de entrar al servicio de la señora de Cecil Forrester como institutriz. Siguiendo su consejo, publiqué mi dirección en la columna de anuncios personales. Aquel mismo día, me llegó por correo una cajita de cartón, que resultó contener una perla muy grande y brillante. Nada más, ni una palabra escrita. Y desde entonces, cada año, por la misma fecha, siempre me llega una caja similar, conteniendo una perla similar, sin el menor dato de quien las envía. Un experto ha dictaminado que son de una variedad rara y tienen un gran valor. Vean por sí mismos que son bellísimas. Diciendo esto, abrió una caja plana y me mostró seis de las perlas más hermosas que he visto en mi vida.

––Su historia es la mar de interesante ––dijo Sherlock Holmes––. ¿Le ha ocurrido algo más?

––Pues sí, y precisamente hoy. Por eso he acudido a usted. Esta mañana he recibido esta carta; tal vez prefiera leerla usted mismo.

––Gracias ––dijo Holmes––. El sobre también, por favor. Matasellos de Londres, Sudoeste… Fecha, 7 de julio. ¡Hum! Huella de un pulgar de hombre en la esquina… , probablemente, del cartero. Papel de la mejor calidad. Sobre de los de seis peniques el paquete. Curiosos gustos los de este hombre en cuestión de papelería. No hay dirección. «Acuda esta noche, a las siete, a la puerta del teatro Lyceum, tercera columna de la izquierda. Si no se fía, traiga un par de amigos. Ha sido usted perjudicada y se le hará justicia. No avise a la policía. Si lo hace, todo será en vano. Su amigo desconocido.» Vaya, vaya.

Pues sí que tenemos un pequeño misterio. ¿Qué se propone hacer, señorita Morstan?

––Eso es precisamente lo que he venido a consultarle.

––En tal caso, desde luego que iremos. Usted y yo y… sí, claro, el doctor Watson es el hombre indicado. La carta dice que dos amigos. El doctor y yo hemos trabajado juntos otras veces.

––Pero ¿querrá venir? ––preguntó la joven, con un tono de súplica en la voz y la expresión.

––Será un orgullo y un placer poder serle útil ––dije yo, de todo corazón.

––Son los dos muy amables ––respondió ella––. He vivido muy aislada y no tengo amigos a los que recurrir. Bastará con que esté aquí a las seis, supongo.

––Pero no más tarde ––dijo Holmes––. Sin embargo, hay otra cuestión. ¿Es ésta la misma letra con la que se escribió la dirección en las cajas de las perlas?

––Las traigo aquí ––respondió ella, sacando media docena de trozos de papel.

––De verdad, es usted una cliente modelo. Tiene buena intuición. Vamos a ver.

Extendió los papeles sobre la mesa y los inspeccionó uno tras otro con rápidos vistazos.

––La letra está falseada, excepto en la carta ––dijo por fin––, pero no caben dudas acerca del autor. Fíjese en cómo se destaca involuntariamente la «y» griega, y en el giro que remata las «eses». Son indudablemente de la misma persona. No me gustaría darle falsas esperanzas, señorita Morstan, pero ¿existe alguna semejanza entre esta letra y la de su padre?

––No podrían ser más diferentes.

––Esperaba que dijera eso. Muy bien, nos veremos aquí a las seis. Por favor, déjeme los papeles. Puede que tenga que echarles otro vistazo. Son sólo las tres y media. Au revoir, pues.

––Au revoir––replicó nuestra visitante, y tras dirigirnos a cada uno una mirada animada y amable, se guardó la caja de las perlas y se retiró presurosa.

Me asomé a la ventana y la vi caminando calle abajo a buen paso, hasta que el turbante gris y la pluma blanca quedaron reducidos a una manchita entre la sombría multitud.

––¡Qué mujer tan atractiva! ––exclamé, volviéndome hacia mi compañero.

Éste había vuelto a encender su pipa y estaba recostado con los párpados entornados.

––¿Ah, sí? ––dijo con languidez––. No me he fijado.

––Desde luego, es usted un autómata, una máquina de calcular ––exclamé– –. A veces, tiene usted cosas decididamente inhumanas.

Holmes sonrió amablemente.

––Es de la máxima importancia ––dijo–– no permitir que las cualidades personales influyan en nuestra capacidad de juicio. Para mí, un cliente es una mera unidad, un factor del problema. Las cuestiones emocionales son enemigas del razonamiento claro. Le aseguro que la mujer más fascinante que jamás he conocido fue ahorcada por haber envenenado a tres niños para cobrar un seguro, y que el hombre más repelente que conozco es un filántropo que lleva gastado casi un cuarto de millón en ayudar a los pobres de Londres.

––Sin embargo, en este caso…

––Jamás hago excepciones. Una excepción rebate la regla. ¿Ha estudiado alguna vez el carácter a partir de la escritura? ¿Qué le parece la letra de este individuo?

––Es clara y uniforme ––respondí––. Un hombre ordenado y con cierta fuerza de carácter.

Holmes negó con la cabeza.

––Fíjese en las letras largas ––dijo––. Apenas sobresalen del rebaño de las corrientes. Esta «d» podría ser una «a», y esta «l» una «e». Los hombres con carácter siempre hacen destacar las letras largas, por muy ilegible que sea su escritura. Aquí hay vacilación en la « g» y poca confianza en las mayúsculas. Voy a salir. Tengo que hacer algunas consultas. Permítame que le recomiende este libro, uno de los más interesantes que se han escrito jamás: El martirio del hombre, de Winwood Reade. Volveré en una hora.

Me senté junto a la ventana con el libro en las manos, pero mis pensamientos volaban muy lejos de las atrevidas especulaciones del autor. Mi mente corría hacia nuestra reciente visitante… , sus sonrisas, los tonos ricos y profundos de su voz, el extraño misterio que se cernía sobre su vida.

Si tenía diecisiete años cuando desapareció su padre, ahora debía de tener veintisiete, una edad espléndida, cuando la juventud ha perdido su arrogancia y se vuelve algo más sensata gracias a la experiencia. Y así seguí, sentado y cavilando, hasta que surgieron en mi mente pensamientos tan peligrosos que corrí hacia mi escritorio y me sumergí con furia en el más reciente tratado de patología. ¿Quién era yo, un médico militar retirado, con una pierna débil y una cuenta bancaria más débil aún, para atreverme a pensar en cosas así? Ella era una unidad, un factor, y nada más. Si mi futuro se presentaba negro e incierto más valía afrontarlo como un hombre que intentar alegrarlo con simples fantasías de la imaginación.

Capítulo 3 - En busca de una solución

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Eran más de las cinco y media cuando regresó Holmes. Venía contento, animado y de excelente humor, un estado de ánimo que en él se alternaba con accesos de la más negra depresión.

––No hay gran misterio en este asunto ––dijo, tomando la taza de té que yo le había servido––. Parece que los hechos sólo admiten una única explicación.

––¿Cómo? ¿Ya lo ha resuelto?

––Bueno, eso es mucho decir. He descubierto un hecho muy sugerente, eso es todo. Eso sí, es muy sugerente. Todavía falta añadir los detalles. Consultando los archivos del Times, he descubierto que el mayor Sholto, de Upper Norwood, que sirvió en el trigésimo cuarto de Infantería de Bombay, falleció el 28 de abril de 1882.

––Seguro que soy muy obtuso, Holmes, pero no acabo de ver qué sugiere eso.

––¿No? Me sorprende usted. Pues mírelo de esta manera. El capitán Morstan desaparece. La única persona de Londres a la que podría haber visitado es el mayor Sholto. El mayor Sholto niega saber que Morstan hubiera estado en Londres. Cuatro años después, Sholto muere. Menos de una semana después de su muerte, la hija del capitán Morstan recibe un valioso regalo, que se repite un año tras otro, y ahora todo culmina en una carta que la describe como perjudicada. ¿A qué perjuicio puede referirse si no es a la pérdida de su padre? ¿Y por qué iban a comenzar los regalos inmediatamente después de la muerte de Sholto, a menos que el heredero de ese Sholto supiera algo sobre el misterio y deseara ofrecer una compensación? ¿Tiene usted alguna teoría alternativa que se ajuste a los hechos?

––¡Pues qué compensación tan extraña! ¡Y qué manera tan extraña de hacerlo! ¿Por qué tendría que escribirle esa carta ahora, y no hace seis años? Y además, la carta habla de hacer justicia. ¿Qué justicia se le puede hacer? No irá a suponer que su padre sigue vivo. Y, que nosotros sepamos, no hay ninguna otra injusticia en este caso.

––Hay ciertas dificultades; claro que hay ciertas dificultades ––dijo Sherlock Holmes, pensativo––. Pero la expedición de esta noche las resolverá todas. ¡Ah!, Ahí viene un coche, y en él la señorita Morstan. ¿Está usted listo? Pues vayamos bajando, porque ya pasa un poco de la hora.

Recogí mi sombrero y mi bastón más pesado, pero me fijé en que Holmes sacaba su revólver del cajón y se lo metía en el bolsillo. Estaba claro que pensaba que nuestro trabajo de aquella noche era cosa seria.

La señorita Morstan venía envuelta en una capa oscura, y su expresivo rostro estaba sereno, pero pálido. No habría sido mujer si no hubiera sentido cierta aprensión ante la extraña empresa en la que nos estábamos embarcando, pero su dominio de sí misma era perfecto y respondió con soltura a las pocas preguntas nuevas que Sherlock Holmes le planteó.

––El mayor Sholto era muy amigo de papá ––dijo––. Sus cartas estaban llenas de comentarios sobre el mayor. El y papá estaban al mando de las tropas de las islas Andaman, de manera que vivieron muchas experiencias juntos. Por cierto, en el escritorio de papá encontramos un extraño papel que nadie consiguió entender. No creo que tenga la menor importancia, pero pensé que tal vez le gustaría verlo y lo he traído. Aquí lo tiene.

Holmes desdobló con cuidado el papel y lo alisó sobre su rodilla. A continuación, lo examinó muy meticulosamente con su lupa.

––Es papel de fabricación india ––comentó––. Estuvo alguna vez clavado a un tablero. El esquema dibujado en él parece el plano de parte de un gran edificio, con muchas salas, pasillos y pasadizos. En un punto hay una crucecita trazada con tinta roja, y encima de ella pone «3,37 desde la izquierda», escrito a lápiz y casi borrado. En la esquina inferior izquierda hay un curioso jeroglífico, como cuatro cruces en línea, con los brazos tocándose.

Al lado han escrito, con letra bastante mala y torpe, «El signo de los cuatro.––Jonathan Small, Mahomet Singh, Abdullah Khan, Dost Akbar. » No, confieso que no veo ninguna relación con el asunto. Pero está claro que se trata de un documento importante. Lo han tenido cuidadosamente guardado en una libreta de bolsillo, porque está igual de limpio por un lado que por el otro.

––Lo encontramos en su libreta de bolsillo.

––Pues guárdelo con cuidado, señorita Morstan, porque puede que nos sea útil. Empiezo a sospechar que este caso puede resultar mucho más complicado y sutil de lo que supuse al principio. Tendré que reconsiderar mis ideas.

Se recostó en el asiento del coche y comprendí, por su ceño fruncido y su mirada ausente, que estaba pensando intensamente. La señorita Morstan y yo charlamos en voz baja acerca de nuestra expedición y su posible resultado, pero nuestro compañero mantuvo su impenetrable reserva hasta el final del trayecto.

Estábamos en septiembre y aún no eran las siete de la tarde, pero había hecho un día muy desapacible, y una niebla densa y húmeda se extendía a poca altura sobre la gran ciudad. Por encima de las calles embarradas flotaban tristes nubarrones del mismo color que el barro. A lo largo del Strand, las farolas eran meros borrones de luz difusa, que proyectaban un débil reflejo circular sobre el resbaladizo pavimento. Las luces amarillas de los escaparates se difuminaban en el aire cargado de vapores, esparciendo un turbio y palpitante resplandor por la concurrida avenida. Me daba la impresión de que había algo misterioso y fantasmal en la interminable procesión de rostros que atravesaban fugazmente las estrechas franjas de luz: rostros tristes y alegres, angustiados y felices. Como la totalidad del género humano, pasaban velozmente de las tinieblas a la luz, sólo para volver a sumirse en las tinieblas. No soy fácil de impresionar, pero aquella tarde lúgubre y sombría, combinada con el extraño asunto en el que nos habíamos embarcado, había conseguido deprimirme y ponerme nervioso. Por la manera de actuar de la señorita Morstan, me di cuenta de que ella sentía algo parecido. Sólo Holmes estaba por encima de tan funestas influencias.

Sostenía su cuaderno de notas abierto sobre las rodillas, y de vez en cuando trazaba números y anotaciones, a la luz de su linterna de bolsillo.

En el Lyceum, la muchedumbre se apretujaba ya ante las entradas laterales.

Delante de la puerta principal discurría con estrépito una continua sucesión de coches de dos y cuatro ruedas, que descargaban sus cargamentos de caballeros con pechera almidonada y damas cubiertas de chales y diamantes.

Apenas habíamos llegado a la tercera columna, lugar de nuestra cita, cuando nos abordó un hombre menudo, moreno y ágil, vestido de cochero.

––¿Son ustedes las personas que vienen con la señorita Morstan? –– preguntó.

––Yo soy la señorita Morstan, y estos dos caballeros son amigos míos –– dijo ella.

El hombre nos miró de refilón, con ojos increíblemente penetrantes e inquisitivos.

––Tendrá que perdonarme, señorita ––dijo con cierto tono obstinado––, pero tengo que pedirle que me dé su palabra de que ninguno de sus acompañantes es agente de policía.

––Le doy mi palabra ––respondió ella.

El hombre emitió un agudo silbido y, en respuesta al mismo, un golfillo acercó un coche de cuatro ruedas y abrió la puerta. Nuestro interlocutor subió al pescante, mientras nosotros nos acomodábamos dentro. Apenas nos habíamos sentado, cuando el cochero fustigó al caballo y partimos a toda velocidad por las calles cubiertas de espesa niebla.

Era una situación curiosa. Nos dirigíamos a un lugar desconocido con una misión desconocida. O bien la invitación era una completa burla ––hipótesis que resultaba inconcebible––, o bien teníamos buenas razones para pensar que de aquel trayecto podían depender cuestiones muy importantes. La actitud de la señorita Morstan era tan decidida y serena como siempre. Me propuse animarla y entretenerla con anécdotas de mis aventuras en Afganistán; pero, a decir verdad, yo mismo estaba tan excitado por la situación y sentía tanta curiosidad por conocer nuestro destino, que mis relatos se embarullaron un poco. En el día de hoy, ella todavía sigue insistiendo en que le conté una emocionante historia en la que una escopeta se asomó a mi tienda en mitad de la noche, y yo le disparé con un cachorro de tigre de dos cañones.

Al principio, tenía cierta idea de la dirección en la que íbamos, pero con la velocidad que llevábamos, la niebla y mi limitado conocimiento de Londres, no tardé en desorientarme y ya no supe nada más, excepto que parecía que íbamos muy lejos. En cambio, Sherlock Holmes no se despistó ni una vez, e iba musitando los nombres a medida que el coche atravesaba plazas y se internaba por tortuosas callejuelas.

––Rochester Road ––decía––. Y ahora, Vincent Square. Ahora saldremos a la calle del puente de Vauxhall. Parece que vamos hacia la parte de Surrey. Sí, lo que yo decía. Ya estamos en el puente. Se alcanza a ver el río.

En efecto, pudimos ver de manera fugaz un tramo del Támesis, con las farolas brillando sobre sus anchas y tranquilas aguas; pero el coche siguió adelante a toda velocidad y se introdujo rápidamente en el laberinto de calles de la otra orilla.

––Wandsworth Road ––dijo mi compañero––. Priory Road. Larkhall Lane. Stockwell Place. Robert Street. Coldharbour Lane. No parece que nuestra expedición nos lleve a zonas muy elegantes.

Efectivamente, habíamos llegado a una barriada bastante sospechosa y desagradable. Largas y monótonas hileras de casas de ladrillo, alegradas tan sólo por el turbio resplandor y los vulgares adornos de los bares de las esquinas. Pasamos luego ante varias manzanas de casas de dos plantas, todas ellas con un minúsculo jardín delante; y otra vez las interminables filas de edificios nuevos de ladrillo, monstruosos tentáculos que la gigantesca ciudad extendía hacia el campo. Por fin, el coche se detuvo ante la tercera casa de una manzana recién construida. Ninguna de las otras casas estaba habitada, y la que parecía nuestro destino estaba tan a oscuras como sus vecinas, excepto por un débil resplandor en la ventana de la cocina. Sin embargo, en cuanto llamamos a la puerta, la abrió al instante un sirviente indio ataviado con turbante amarillo, ropa blanca holgada y una faja amarilla. Había algo extraño e incongruente en aquella figura oriental enmarcada en el umbral de una vivienda suburbana de tercera clase.

––El sahib los aguarda ––dijo.

Aún no había terminado de hablar cuando una voz aguda y chillona gritó desde alguna habitación interior: ––Hazlos pasar, khitmutgar. Que pasen en seguida.

Capítulo 4 - El relato del hombre calvo

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Seguimos al indio por un pasillo sórdido y vulgar, mal iluminado y peor amueblado, hasta llegar a una puerta situada a la derecha, que abrió de par en par. Quedamos bañados por un resplandor de luz amarilla, y en el centro del resplandor se alzaba un hombre pequeño con la cabeza muy alta, una orla de pelo rojizo alrededor y un cráneo calvo y reluciente, que sobresalía del cabello como la cumbre de una montaña sobresale entre los abetos. Estaba de pie, retorciéndose las manos y con los rasgos de la cara en constante agitación: tan pronto sonreía como ponía mal gesto, pero sus facciones no quedaban en reposo ni un solo instante. La naturaleza le había dotado de un labio colgante y una hilera demasiado visible de dientes amarillentos e irregulares, que procuraba ocultar sin mucho entusiasmo pasándose la mano por la parte inferior del rostro. A pesar de su prominente calva, daba la impresión de ser joven. Y de hecho, acababa de cumplir treinta años.

––A su servicio, señorita Morstan ––repitió varias veces, con su voz aguda y penetrante––. A su servicio, caballeros. Por favor, pasen a mi humilde santuario. Un pequeño rincón, señorita, pero amueblado a mi gusto. Un oasis de arte en el ruidoso desierto del sur de Londres.

Todos nos quedamos asombrados por el aspecto de la habitación a la que nos invitaba a entrar. Parecía tan fuera de lugar en aquella fúnebre casa como un diamante de la mejor calidad en una montura de latón. Las paredes estaban cubiertas por espléndidas cortinas y deslumbrantes tapices, recogidos aquí y allá para dejar sitio a algún cuadro lujosamente enmarcado o a un jarrón oriental. La alfombra, de colores ámbar y negro, era tan blanda y tan gruesa que los pies se hundían agradablemente en ella, como en una capa de musgo. Dos grandes pieles de tigre extendidas sobre la alfombra acentuaban la impresión de lujo oriental, a la que contribuía una enorme hookah colocada sobre una esterilla en un rincón. Una lámpara con forma de paloma de plata colgaba de un cable casi invisible en el centro de la habitación. Al arder, impregnaba el aire de un aroma sutil.

––Soy Thaddeus Sholto ––dijo el hombrecillo, sin dejar de temblar y sonreír––. Ése es mi nombre. Usted, naturalmente, es la señorita Morstan. Y estos caballeros…

––Éste es el señor Sherlock Holmes, y éste el doctor Watson.

––Un médico, ¿eh? ––exclamó, muy excitado––. ¿Ha traído su estetoscopio? ¿Podría pedirle… , tendría la amabilidad de… ? Tengo serias dudas acerca de mi válvula mitral, y si fuera tan amable… En la aorta puedo confiar, pero me gustaría conocer su opinión sobre la mitral.

Le ausculté el corazón como me pedía, pero no escuché nada anormal, aparte de que era evidente que sufría un ataque extremo de miedo, ya que temblaba de pies a cabeza.

––Parece normal ––dije––. No tiene por qué preocuparse.

––Tendrá que perdonar mi ansiedad, señorita Morstan ––dijo en tono afectado––. Tengo muy mala salud y hace tiempo que sospechaba de esa válvula. Me alegra muchísimo oír que mis sospechas eran infundadas. Si su padre, señorita Morstan, no hubiera sometido su corazón a tantas tensiones, tal vez estaría vivo todavía.

Me dieron ganas de cruzarle la cara, de tanto que me indignó su cruel e innecesaria alusión a un tema tan delicado. La señorita Morstan se sentó, completamente pálida.

––Siempre tuve la corazonada de que había fallecido ––dijo.

––Puedo darle toda la información al respecto ––dijo él––. Y lo que es más, puedo hacerle justicia. Y lo haré, diga lo que diga mi hermano Bartholomew.

Me alegro de que hayan venido sus amigos, no sólo para escoltarla, sino también para que sean testigos de lo que me dispongo a hacer y decir. Entre los tres podremos hacer frente a mi hermano Bartholomew. Pero que no intervengan extraños. Ni policías ni funcionarios. Podemos arreglarlo todo perfectamente entre nosotros, sin ninguna interferencia. Nada molestaría tanto a mi hermano Bartholomew como la publicidad.

Se sentó en un canapé bajo y nos miró inquisitivamente, sin dejar de guiñar sus ojos azules, miopes y acuosos.

––Por mi parte ––dijo Holmes––, lo que usted vaya a decirnos quedará entre nosotros.

Yo asentí para mostrar mi conformidad.

––¡Perfecto! ¡Perfecto! ––dijo Sholto––. ¿Le apetece un vaso de chianti, señorita Morstan? ¿O de tokay? No tengo ninguna otra clase de vino. ¿Quiere que abra una botella? ¿No? Muy bien. Confío en que no pondrá objeciones al tabaco, al balsámico olor del tabaco oriental. Estoy un poco nervioso y mi hookah es para mí un sedante maravilloso.

Aplicó una cerilla a la gran cazoleta de la pipa, y el humo burbujeó alegremente a través del agua de rosas. Los tres nos sentamos en semicírculo, adelantando la cabeza y apoyando la barbilla en las manos, mientras el extraño y tembloroso hombrecillo de cráneo alto y reluciente aspiraba inquietas bocanadas en el centro.

––Cuando decidí comunicarle todo esto ––dijo––, podría haberle dado mi dirección desde un principio, pero tuve miedo de que no hiciera caso de mis condiciones y trajera con usted gente desagradable. Así pues, me tomé la libertad de concertar una cita de manera que mi sirviente Williams pudiera verlos antes. Tengo completa confianza en su discreción y le ordené que, si no quedaba satisfecho, no siguiera adelante. Tendrá que perdonarme estas precauciones, pero soy hombre de costumbres reservadas, e incluso podría decir de gustos refinados, y no hay nada tan antiestético como un policía. Me repugnan por naturaleza todas las manifestaciones de burdo materialismo.

Casi nunca entro en contacto con la masa vulgar. Vivo, como usted ve, rodeado de una cierta atmósfera de elegancia. Podríamos decir que soy un mecenas de las artes. Son mi debilidad. Ese paisaje es un auténtico Corot y, aunque un entendido podría sentir ciertas dudas acerca de ese Salvatore Rosa, con este Bouguereau no puede caber la menor duda. Me encanta la escuela francesa moderna.

––Perdone usted, señor Sholto ––dijo la señorita Morstan––, pero he venido aquí a petición suya para enterarme de algo que usted desea contarme. Es ya muy tarde y me gustaría que la entrevista fuera lo más breve posible.

––En el mejor de los casos, creo que nos tomará algún tiempo ––respondió él––. Porque, naturalmente, tendremos que ir a Norwood a ver a mi hermano Bartholomew. Podemos ir todos y trataremos de convencerlo. Está muy enfadado conmigo por haber tomado la iniciativa que me parecía justa. Anoche tuvimos unas palabras bastante fuertes. No pueden imaginar lo terrible que se pone cuando está furioso.

––Si vamos a ir a Norwood, tal vez convendría salir ya ––me atreví a sugerir.

Sholto se echó a reír hasta que las orejas se le pusieron completamente rojas.

––Así no adelantaríamos nada ––exclamó––. No sé lo que diría si me presentara con ustedes así, de repente. No, tengo que prepararles, explicándoles cuáles son nuestras respectivas posiciones. En primer lugar, debo decirles que hay ciertos detalles de la historia que yo mismo ignoro.

Sólo puedo explicarles los hechos hasta donde yo los conozco.

»Como ustedes habrán adivinado, mi padre era el mayor John Sholto, del ejército de la India. Se retiró hace unos once años y se instaló en el Pabellón Pondicherry, en Upper Norwood. En la India le había ido bien y se trajo de allá una considerable cantidad de dinero, una gran colección de valiosas curiosidades y un equipo de sirvientes nativos. Con estos recursos se compró una casa y vivió con todo lujo. Mi hermano gemelo Bartholomew y yo éramos sus únicos hijos.

»Recuerdo muy bien la sensación que provocó la desaparición del capitán Morstan. Leímos los detalles en la prensa y, como sabíamos que había sido amigo de nuestro padre, comentábamos el caso con toda libertad en su presencia. Incluso participaba en nuestras especulaciones sobre lo que podría haber ocurrido. Ni por un instante sospechamos que él estuviera al corriente del secreto; que sólo él, entre todos los hombres, sabía qué había sido de Arthur Morstan.

»Sin embargo, sí que sabíamos que sobre nuestro padre se cernía algún misterio, algún peligro concreto, porque le daba miedo salir solo y tenía empleados a dos luchadores como porteros del Pabellón Pondicherry. Williams, el que les ha traído aquí esta noche, era uno de ellos. En sus tiempos fue campeón de Inglaterra de los pesos ligeros. Nuestro padre nunca nos dijo de qué tenía miedo, pero sentía una extraordinaria aversión hacia los hombres con pata de palo. En una ocasión llegó a disparar su revólver contra un hombre con pata de palo, que resultó ser un inofensivo vendedor ambulante que iba de casa en casa. Tuvimos que pagar una elevada suma para silenciar el asunto. Mi hermano y yo creíamos que se trataba de una simple manía de nuestro padre; pero los acontecimientos posteriores nos hicieron cambiar de opinión.

»A principios de 1882, mi padre recibió una carta de la India que le causó un gran sobresalto. Al abrirla, estuvo a punto de desmayarse en la mesa del desayuno, y desde aquel día estuvo enfermo hasta que murió. Jamás pudimos descubrir lo que decía aquella carta, pero mientras la tenía en las manos pude ver que era breve y estaba escrita con muy mala letra. Desde hacía varios años, nuestro padre padecía de dilatación del bazo, pero a partir de entonces empeoró rápidamente y hacia finales de abril supimos que no había esperanzas y que quería hacernos una revelación postrera.

»Cuando entramos en su habitación, estaba incorporado en la cama con ayuda de varias almohadas y respiraba con dificultad. Nos pidió que cerráramos la puerta y que nos situáramos uno a cada lado de la cama. Entonces, cogiéndonos de las manos, nos contó una historia extraordinaria, con una voz quebrada por la emoción y el dolor a partes iguales. Voy a intentar repetírsela a ustedes con sus mismas palabras:

»Sólo hay una cosa ––nos dijo–– que me pesa en la conciencia en este momento supremo. Es la manera en que me he portado con la pobre huérfana de Morstan. La maldita codicia, que ha sido mi principal pecado durante toda mi vida, la ha privado del tesoro, cuando le correspondía por lo menos la mitad del mismo. Y sin embargo, yo tampoco lo he aprovechado. ¡Qué cosa tan ciega y estúpida es la avaricia! La simple sensación de poseerlo me resultaba tan agradable que no podía soportar la idea de compartirlo con nadie. ¿Veis esa diadema con cuentas de perlas que hay junto al frasco de quinina? Pues ni siquiera de eso fui capaz de desprenderme, aunque lo había sacado con la intención de enviárselo. Vosotros, hijos míos, le daréis una parte justa del tesoro de Agra. Pero no le enviéis nada, ni siquiera la diadema, hasta que yo haya muerto. Al fin y al cabo, hay quien ha estado tan mal como yo y se ha recuperado.

»Voy a contaros cómo murió Morstan ––continuó––. Llevaba años enfermo del corazón, pero no se lo había dicho a nadie. Yo era el único que lo sabía. Cuando él y yo estábamos en la India, por una extraña serie de acontecimientos, llegó a nuestro poder un importante tesoro. Yo me lo traje a Inglaterra, y cuando llegó Morstan, aquella misma noche vino derecho aquí a reclamar su parte. Vino andando desde la estación y le abrió la puerta el viejo y leal Lal Chowdar, que en paz descanse. Morstan y yo tuvimos una diferencia de opiniones sobre el reparto del tesoro y nos cruzamos palabras muy fuertes. En un ataque de ira, Morstan se puso en pie de un salto y, de pronto, se llevó la mano al costado, se le oscureció el rostro y cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la esquina del cofre del tesoro. Cuando me incliné sobre él, descubrí horrorizado que había muerto.

»Me quedé mucho tiempo sentado y medio atontado, preguntándome qué podía hacer. Naturalmente, mi primer impulso fue pedir ayuda; pero me daba perfecta cuenta de que era muy probable que me acusaran de asesinato. El que hubiera muerto durante una disputa y la herida que tenía en la cabeza eran indicios muy graves en mí contra. Por otra parte, era imposible realizar una investigación oficial sin que saliera a relucir la historia del tesoro, que yo estaba firmemente decidido a mantener en secreto. El me había dicho que nadie en el mundo sabía dónde había ido. Me pareció que no había ninguna necesidad de que alguien lo supiera jamás.

»Todavía seguía dándole vueltas al asunto cuando levanté la mirada y vi a mi sirviente Lal Chowdar en el umbral de la puerta. Entró con sigilo y cerró la puerta con pestillo.

“No tema, sahib ––dijo––. Nadie tiene por qué saber que usted lo ha matado. Esconderemos el cadáver y ¿quién va a enterarse?”.

“Yo no lo maté”, dije. Lal Chowdar meneó la cabeza y sonrió. “Lo he oído todo, sahib ––dijo––. Oí la pelea y oí el golpe. Pero mis labios están sellados. Todos están dormidos en la casa. Lo sacaremos entre los dos”. Aquello bastó para decidirme. Si mi propio sirviente era incapaz de creer en mi inocencia, ¿cómo podía esperar que me creyeran doce estúpidos tenderos formando parte de un jurado? Aquella misma noche, Lal Chowdar y yo nos deshicimos del cadáver y a los pocos días todos los periódicos de Londres hablaban de la misteriosa desaparición del capitán Morstan. Os cuento todo esto para que veáis que no fue culpa mía. Sí soy culpable en cambio de haber escondido no sólo el cadáver sino también el tesoro, y de haberme quedado con la parte de Morstan, además de la mía. Por eso quiero que vosotros os encarguéis de reparar mi falta. Acercad el oído a mi boca. El tesoro está escondido en…

»En aquel instante, su rostro sufrió una horrible transformación. Se le desorbitaron los ojos, se le desencajó la mandíbula y gritó, con una voz que jamás podré olvidar: “¡No le dejéis entrar! ¡Por amor de Dios, no le dejéis entrar! “. Los dos nos volvimos hacia la ventana que teníamos a la espalda, en la que nuestro padre tenía clavada la mirada. Una cara nos miraba desde la oscuridad. Pudimos ver su nariz blanqueada al aplastarse contra el cristal. Era un rostro barbudo, con ojos feroces y crueles y una expresión de maldad concentrada. Mi hermano y yo corrimos hacia la ventana, pero el hombre había desaparecido. Cuando regresamos junto a nuestro padre, su cabeza se había desplomado y su pulso había dejado de latir.

»Aquella noche registramos el jardín sin encontrar ni rastro del intruso, exceptuando una única pisada bajo la ventana, en un macizo de flores. De no ser por aquella huella, habríamos podido pensar que aquel rostro feroz era un producto de nuestra imaginación. Sin embargo, pronto tuvimos una nueva y contundente prueba de que alguna fuerza secreta actuaba a nuestro alrededor. Por la mañana encontramos abierta la ventana de la habitación de nuestro padre; habían revuelto todos sus armarios y cajones, y le habían prendido al pecho un papel arrugado, con las palabras “El signo de los cuatro”. jamás supimos lo que significaba aquella frase, ni quién podía haber sido nuestro misterioso visitante. Por lo que pudimos apreciar, no había robado ninguna de las pertenencias de nuestro padre, aunque lo había revuelto todo.

Naturalmente, mi hermano y yo relacionamos este curioso incidente con el miedo que había atormentado a nuestro padre cuando estaba vivo; pero sigue siendo un completo misterio para nosotros.

El hombrecillo se inclinó para volver a encender su hookah y estuvo unos momentos dando chupadas, con expresión pensativa. Todos habíamos quedado absortos escuchando aquel extraordinario relato. Durante la breve descripción de la muerte de su padre, la señorita Morstan se había puesto pálida como un cadáver, y por un momento temí que fuera a desmayarse. Sin embargo, se recuperó bebiendo un vaso de agua que yo le serví de una garrafa veneciana que había en una mesita. Sherlock Holmes estaba echado hacia atrás en su asiento, con expresión abstraída y los párpados medio cerrados sobre sus ojos relucientes. Al mirarlo no pude evitar acordarme de que aquel mismo día se había estado quejando de las vulgaridades de la vida.

Por lo menos, aquí tenía un problema capaz de poner a prueba toda su sagacidad. El señor Thaddeus Sholto nos miró a todos, visiblemente orgulloso del efecto que había producido su relato, y continuó, entre chupada y chupada a su voluminosa pipa:

––Como podrán suponer ––dijo––, mi hermano y yo estábamos excitadísimos por aquel tesoro del que nos había hablado nuestro padre.

Durante semanas y meses, cavamos y registramos en todos los rincones del jardín y de la casa sin localizar el escondrijo. Era como para volverse loco, pensar que lo tenía en la punta de la lengua en el mismo instante de morir. La diadema que nos había enseñado daba idea del esplendor de las riquezas ocultas. Mi hermano Bartholomew y yo tuvimos algunas discusiones acerca de aquella diadema. Era evidente que las perlas tenían muchísimo valor, y él se resistía a desprenderse de ellas, porque, aquí entre nosotros, también mi hermano tiene cierta tendencia al pecado de mi padre. Además, creía que entregar la diadema podría dar lugar a habladurías que, al final, nos meterían en apuros. Lo más que pude hacer fue convencerle de que me permitiera averiguar la dirección de la señorita Morstan y enviarle las perlas una a una, a intervalos fijos, para que, al menos, nunca más pasara necesidades.

––Fue una idea muy generosa ––dijo nuestra acompañante, emocionada––. Ha sido usted muy amable.

El hombrecillo agitó la mano en señal de negativa.

––Nosotros éramos como sus albaceas ––dijo––. Así es como lo veía yo, aunque mi hermano Bartholomew no acababa de estar de acuerdo. Nosotros teníamos ya mucho dinero; yo no deseaba más. Además, habría sido de muy mal gusto tratar a una joven de manera tan mezquina. Le mauvais groût mène au crime, como dicen los franceses, que tienen una manera muy fina de decir estas cosas. Nuestras diferencias de opinión sobre el tema llegaron a tal extremo que juzgué conveniente buscarme una casa propia, así que me marché del Pabellón Pondicherry, llevándome conmigo al viejo khitmutgar y a Williams. Pero ayer mismo me enteré de que había ocurrido un acontecimiento de la máxima importancia. Se ha descubierto el tesoro. Al instante, Me puse en contacto con la señorita Morstan, y ahora sólo nos queda ir a Norwood y reclamar nuestra parte.

Anoche le expuse mis opiniones a mi hermano Bartholomew, así que seremos visitantes esperados, aunque no bienvenidos.

El señor Thaddeus Sholto dejó de hablar y siguió temblequeando, sentado en su lujoso canapé. Todos quedamos callados, pensando en el nuevo giro que había adoptado aquel misterioso asunto. Holmes fue el primero en ponerse en pie.

––Caballero, ha obrado usted bien de principio a fin ––dijo––. Es posible que podamos corresponderle en cierta medida, arrojando algo de luz sobre lo que todavía está oscuro para usted. Pero, como dijo hace poco la señorita Morstan, se hace tarde y lo mejor será que resolvamos el asunto sin más dilación.

Nuestro nuevo conocido enrolló muy parsimoniosamente el tubo de su hookah y sacó de detrás de una cortina un abrigo muy largo, abrochado con alamares y con cuello y puños de astracán. Se lo abotonó hasta arriba, a pesar de que la noche era bastante sofocante, y completó su atuendo encasquetándose un gorro de piel de conejo con orejeras, de manera que no quedó visible parte alguna de su cuerpo, excepto su cara gesticulante y puntiaguda.

––Tengo la salud algo frágil ––comentó mientras abría la marcha por el pasillo––. Me veo obligado a vivir como un achacoso.

El coche nos aguardaba fuera y era evidente que nuestro programa estaba organizado de antemano, porque el cochero arrancó inmediatamente a paso rápido. Thaddeus Sholto hablaba sin parar, con una voz que destacaba muy por encima del traqueteo de las ruedas.

––Bartholomew es un tipo listo ––dijo––. ¿Cómo creen que averiguó dónde estaba el tesoro? Había llegado a la conclusión de que tenía que estar en alguna parte de la casa, así que calculó todo el espacio cúbico de la casa y tomó medidas por todas partes, de manera que no quedara por comprobar ni una pulgada. Entre otras cosas, descubrió que la altura del edificio era de setenta y cuatro pies, pero que sumando las alturas de todas las habitaciones y dejando margen suficiente para los espacios entre ellas, que verificó haciendo calas, el total no pasaba de setenta pies. Faltaban cuatro pies por alguna parte. Sólo podían estar en lo alto del edificio; así que abrió un agujero en el techo de yeso de la habitación más alta y allí, efectivamente, encontró un pequeño desván, completamente tapiado, que nadie conocía. En el centro estaba el cofre del tesoro, colocado sobre dos vigas. Lo descolgó a través del agujero y allí lo tiene. Ha calculado el valor de las joyas en medio millón de libras esterlinas, como mínimo.

Al oír aquella gigantesca cifra, todos nos miramos con ojos desorbitados. Si podíamos hacer valer sus derechos, la señorita Morstan dejaría de ser una humilde institutriz para convertirse en la heredera más rica de Inglaterra.

Cualquier amigo leal habría tenido que alegrarse ante semejante noticia, pero confieso avergonzado que me dejé vencer por el egoísmo y sentí que el corazón me pesaba como si fuera de plomo. Balbuceé unas cuantas y entrecortadas palabras de felicitación y me quedé abatido, con la cabeza gacha, sordo al parloteo de nuestro nuevo amigo.

Decididamente, el hombre era un hipocondríaco sin remedio, y yo era vagamente consciente de que iba enumerando interminables series de síntomas y suplicando información acerca de la composición y efectos de innumerables potingues de charlatán, varios de los cuales llevaba en el bolsillo, en un estuche de cuero. Confío en que no recuerdo ninguna de las respuestas que le di aquella noche. Holmes asegura que me oyó advertirle del gran peligro que supone tomar más de dos gotas de aceite de ricino, y que le recomendé estricnina en grandes dosis como sedante. Sea lo que fuere, lo cierto es que sentí un gran alivio cuando nuestro coche se detuvo con una sacudida y el cochero saltó a tierra para abrirnos la puerta.

––Esto, señorita Morstan, es el Pabellón Pondicherry ––dijo Thaddeus Sholto mientras le ofrecía la mano para bajar.

Capítulo 5 - El drama de Pabellón Pondicherry

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Eran casi las once de la noche cuando llegamos a esta etapa final de nuestra aventura nocturna. Habíamos dejado atrás la niebla húmeda de la ciudad y hacía bastante buena noche. Soplaba un viento cálido del Oeste, y por el cielo se desplazaban densas nubes, entre cuyas aberturas asomaba de vez en cuando la media luna. Había bastante claridad como para ver a cierta distancia, pero Thaddeus Sholto descolgó uno de los faroles laterales del carruaje para iluminar mejor nuestro camino.

El Pabellón Pondicherry se alzaba en terreno propio, rodeado por una tapia de piedra muy alta y rematada con cristales rotos. La única vía de entrada era una puerta estrecha con refuerzos de hierro. Nuestro guía llamó a esta puerta con un típico toc––toc como el de los carteros.

––¿Quién es? ––gritó desde dentro una voz ronca.

––Soy yo, McMurdo. Ya deberías conocer mi llamada.

Oímos una especie de gruñido y el tintineo y rechinar de llaves. La puerta se abrió con dificultad hacia dentro y un hombre bajo y ancho de pecho apareció en el hueco; la luz amarillenta del farol caía sobre su rostro de facciones prominentes, haciéndole guiñar los ojos desconfiados.

––¿Es usted, señor Thaddeus? ¿Pero quiénes son esos otros? El señor no me ha dicho nada de ellos.

––¿Cómo que no, McMurdo? Me sorprendes. Anoche le dije a mi hermano que traería unos amigos.

––No ha salido de su habitación en todo el día, señor Thaddeus, y no me ha dado instrucciones. Usted sabe muy bien que debo atenerme a las normas. Puedo dejarle entrar a usted, pero sus amigos tienen que quedarse donde están.

Aquél era un obstáculo inesperado. Thaddeus Sholto miró a su alrededor con aire perplejo e indefenso.

––Esto no puede ser, McMurdo ––dijo––. Si yo respondo de ellos, con eso debe bastarte. ¿Y qué me dices de la señorita? No puede quedarse esperando en la carretera a estas horas.

––Lo siento mucho, señor Thaddeus ––dijo el portero, inexorable––.Esta gente pueden ser amigos suyos y no serlo del señor. Él me paga bien para que cumpla mi tarea, y yo cumplo mi tarea. No conozco a ninguno de sus amigos.

––Sí que conoce a alguno, McMurdo ––exclamó Sherlock Holmes jovialmente––. No creo que se haya olvidado de mí. ¿No se acuerda del aficionado que peleó tres asaltos con usted en los salones Alison la noche de su homenaje, hace cuatro años?

––¡No será usted Sherlock Holmes! ––rugió el boxeador––. ¡Válgame Dios! ¡Mira que no reconocerle! Si en lugar de quedarse ahí tan callado se hubiera adelantado para atizarme aquel gancho suyo en la mandíbula, le habría conocido a la primera. ¡Ah, usted sí que ha desaprovechado su talento! Habría podido llegar muy alto si hubiera puesto ganas.

––Ya lo ve, Watson, si todo lo demás me falla, aún tengo abierta una de las profesiones científicas ––dijo Holmes, echándose a reír––. Estoy seguro de que nuestro amigo no nos dejará ahora a la intemperie.

––Pase, señor, pase… usted y sus amigos ––respondió el portero––. Lo siento mucho, señor Thaddeus, pero las órdenes son muy estrictas. Tenía que asegurarme de quiénes eran sus amigos antes de dejarlos entrar.

Una vez dentro, un sendero de grava serpenteaba a través de un terreno desolado hacia la enorme mole de una casa cuadrada y prosaica, toda sumida en sombras excepto una esquina, donde un rayo de luna se reflejaba en la ventana de una buhardilla. El enorme tamaño del edificio, con su aspecto lóbrego y su silencio mortal, helaba el corazón. Hasta Thaddeus Sholto parecía sentirse incómodo, y el farol temblaba estrepitosamente en su mano.

––No lo entiendo ––dijo––. Tiene que haber algún error. Le dije bien claro a Bartholomew que vendríamos, pero no hay luz en su ventana. No sé qué pensar.

––¿Siempre tiene la casa así de bien guardada? ––preguntó Holmes.

––Sí, ha seguido la costumbre de mi padre. Era el hijo favorito, ¿sabe usted?, y a veces pienso que es posible que mi padre le dijera a él cosas que no me dijo a mí. Aquella de arriba es la ventana de Bartholomew, donde cae la luz de la luna. Brilla mucho, pero me parece que dentro no hay luz.

––No, nada ––dijo Holmes––. Pero sí que se ve brillar una luz en aquella ventanita, al lado de la puerta.

––Ah, ésa es la habitación del ama de llaves. Allí vive la anciana señora Bernstone. Ella podrá informarnos. Pero tal vez lo mejor sea que esperen ustedes aquí un par de minutos, porque si entramos todos juntos y ella no está enterada de que veníamos, puede asustarse. Pero… ¡silencio! ¿Qué es eso?

Levantó el farol y su mano se puso a temblar hasta que los círculos de luz empezaron a dar vueltas y parpadeos en torno nuestro. La señorita Morstan me agarró de la muñeca y todos nos quedamos inmóviles, con el corazón palpitando con furia y el oído aguzado.

Desde el gran caserón negro, atravesando el silencio de la noche, nos llegaba el sonido más triste y lastimero que existe: los sollozos agudos y entrecortados de una mujer aterrorizada.

––¡Es la señora Bernstone! ––dijo Sholto––. No hay otra mujer en la casa. Esperen aquí. Vuelvo ahora mismo.

Echó a correr hacia la puerta y llamó con su típica llamada. Vimos que una anciana alta le abría y se echaba a temblar de gozo nada más verlo.

––¡Ay, señor Thaddeus, qué alegría que haya venido! ¡Qué alegría que haya venido, señor Thaddeus!

Seguimos oyendo sus reiteradas manifestaciones de alegría hasta que la puerta se cerró y su voz se apagó, quedando reducida a un zumbido monótono.

Nuestro guía nos había dejado el farol. Holmes lo giró lentamente a nuestro alrededor y observó con atención la casa y los montones de tierra removida que salpicaban el terreno. La señorita Morstan y yo nos quedamos juntos, cogidos de la mano. ¡Qué cosa tan maravillosamente sutil es el amor! Allí estábamos los dos, que nunca nos habíamos visto hasta aquel día, que no habíamos intercambiado ni una palabra, ni tan siquiera una mirada de cariño, y sin embargo, ahora que pasábamos un momento de apuro, nuestras manos se habían buscado instintivamente. Siempre que pienso en ello me maravilla, pero en entonces me pareció la cosa más natural volverme hacia ella, y ella me ha contado a veces que también fue el instinto el que la hizo recurrir a mí en busca de protección. Y así nos quedamos, cogidos de la mano como dos niños, y había paz en nuestros corazones a pesar de todas las cosas siniestras que nos rodeaban.

––¡Qué lugar tan extraño! ––dijo ella, mirando alrededor. ––Parece como si hubieran soltado por aquí a todos los topos de Inglaterra. He visto algo parecido en la ladera de una montaña de Ballarat, donde habían estado los buscadores de oro.

––Y por los mismos motivos ––dijo Holmes––. Éstas son las huellas de los buscadores de tesoros. Recuerden que han estado buscándolo durante seis años. No es de extrañar que el terreno parezca una cantera de grava.

En aquel momento, la puerta de la casa se abrió de golpe y Thaddeus Sholto salió corriendo, con los brazos extendidos y una expresión de terror en sus ojos.

––¡A Bartholomew le ha ocurrido algo malo! ––gritó––. Estoy asustado. Mis nervios no aguantan más.

Efectivamente, balbuceaba de miedo y su rostro gesticulante y débil, que asomaba sobre el gran cuello de astracán, tenía la expresión desamparada de un niño asustado.

––Entremos en la casa ––dijo Holmes con su tono firme y decidido.

––¡Sí, entremos! ––gimió Thaddeus Sholto––. La verdad, no me siento capaz de dar órdenes.

Todos le seguimos a la habitación del ama de llaves, que se encontraba a la izquierda del pasillo. La anciana estaba andando de un lado a otro con gesto asustado y dedos inquietos, pero la presencia de la señorita Morstan pareció ejercer en ella un efecto tranquilizador.

––¡Dios bendiga su cara dulce y serena! ––exclamó con un sollozo histérico––. ¡Es un consuelo verla! ¡Ay, qué día tan espantoso he pasado!

Nuestra acompañante le dio unas palmaditas en las manos huesudas y estropeadas por el trabajo, y murmuró algunas palabras de consuelo, amables y femeninas, que devolvieron el color a las mejillas cadavéricas de la pobre mujer.

––El señor se ha encerrado y no me responde ––explicó––. He estado todo el día esperando que llame, porque a veces le gusta estar solo sin que le molesten, pero hace una hora temí que pasara algo malo, subí a su cuarto y miré por el ojo de la cerradura. Tiene usted que subir, señor Thaddeus… , tiene que subir y verlo usted mismo. Llevo diez largos años viendo al señor Bartholomew Sholto, en momentos buenos y momentos malos, pero jamás lo he visto con una cara como la que tiene ahora.

Sherlock Holmes tomó el farol y abrió la marcha, ya que a Thaddeus Sholto le castañeteaban los dientes y estaba tan trastornado que tuve que pasarle la mano bajo el brazo para sostenerlo cuando subíamos las escaleras, porque le temblaban las rodillas.

Durante la ascensión, Holmes sacó dos veces su lupa del bolsillo y examinó atentamente marcas que a mí me parecieron simples manchas de polvo en la estera de palma que servía como alfombra de la escalera. Caminaba despacio, de escalón en escalón, sosteniendo la lámpara a poca altura y lanzando atentas miradas a derecha e izquierda. La señorita Morstan se había quedado con la aterrorizada ama de llaves.

El tercer tramo de escaleras terminaba en un pasillo recto bastante largo, con un gran tapiz indio a la derecha y tres puertas a la izquierda. Holmes avanzó por dicho pasillo del mismo modo lento y metódico, y los demás le seguíamos los pasos, proyectando negras y largas sombras a nuestras espaldas. La tercera puerta era la que buscábamos. Holmes llamó sin obtener respuesta, y después intentó girar el picaporte y abrirlo a la fuerza. Pero la puerta estaba cerrada por dentro, y con una cerradura muy grande y resistente, como pudimos apreciar alumbrándola con la lámpara. No obstante, como habían hecho girar la llave, el ojo de la cerradura no estaba tapado del todo. Sherlock Holmes se agachó para mirar y se incorporó al instante, tomando aire ruidosamente.

––Aquí hay algo diabólico, Watson ––dijo, más emocionado que lo que yo le había visto nunca––. ¿Qué le parece a usted?

Me agaché para mirar por el agujero y retrocedí horrorizado. La luz de la luna entraba en la habitación, iluminándola con un resplandor difuso y desigual. Mirándome de frente y como suspendida en el aire, ya que todo lo demás estaba en sombras, había una cara… , la mismísima cara de nuestro compañero Thaddeus. Tenía el mismo cráneo puntiagudo y brillante, la misma orla circular de pelo rojo, la misma palidez en el rostro. Sin embargo, sus facciones estaban contraídas en una sonrisa horrible, una sonrisa agarrotada y antinatural, que en aquella habitación silenciosa y a la luz de la luna resultaba más perturbadora que cualquier contorsión o mal gesto. Tanto se parecía aquel rostro al de nuestro pequeño amigo que me volví a mirarlo para asegurarme de que seguía con nosotros. Sólo entonces me acordé de que nos había dicho que su hermano y él eran gemelos.

––¡Es terrible! ––le dije a Holmes––. ¿Qué hacemos?

––Hay que echar abajo la puerta ––respondió, lanzándose contra ella y aplicando todo su peso sobre la cerradura.

La puerta crujió y gimió, pero no cedió. De nuevo nos lanzamos contra ella, los dos juntos, y esta vez se abrió con un súbito chasquido y nos encontramos dentro de la habitación de Bartholomew Sholto.

Parecía estar equipada como un laboratorio químico. En la pared más alejada de la puerta se alineaba una doble hilera de frascos con tapón de cristal, y en la mesa había un revoltijo de mecheros Bunsen, tubos de ensayo y retortas. En los rincones había garrafas de ácido en cestos de mimbre. Una de ellas tenía un agujero o estaba rota, porque había dejado escapar un reguero de líquido oscuro y el aire estaba cargado de un olor picante, como de alquitrán. A un lado de la habitación había una escalera de mano, en medio de un montón de tablas rotas y trozos de escayola, y encima de ella se veía un agujero en el techo, lo bastante grande para que pasara por él un hombre. Al pie de la escalera había un largo rollo de cuerda, tirado de cualquier manera.

Junto a la mesa, sentado en un sillón de madera, estaba sentado el dueño de la casa, desmadejado y con la cabeza caída sobre el hombro izquierdo, y con aquella sonrisa espantosa e inescrutable en su rostro. Estaba rígido y frío, y se notaba que llevaba muerto muchas horas. Me dio la impresión de que no sólo sus facciones, sino todos sus miembros, estaban retorcidos y contraídos de la manera más fantástica. Sobre la mesa, junto a la mano del muerto, había un instrumento muy curioso: un mango de madera oscura y de grano fino con una cabeza de piedra, como la de un martillo, atada toscamente con una cuerda áspera. Junto a esta especie de maza había una hoja de cuaderno rasgada, en la que se veían garabateadas unas palabras. Holmes le echó un vistazo y luego me la pasó.

––Mire ––dijo, levantando elocuentemente las cejas.

A la luz de la linterna, leí con un estremecimiento de horror: «El signo de los cuatro.»

––¡Por amor de Dios! ¿Qué significa esto? ––pregunté.

––Significa asesinato ––respondió Holmes, inclinándose sobre el cadáver––. ¡Ajá! Lo que yo suponía. ¡Mire aquí!

Estaba señalando algo que parecía una espina larga y oscura, clavada en la piel justo encima de la oreja.

––Parece una espina ––dije.

––Es una espina. Puede usted arrancarla, pero tenga cuidado, porque está envenenada.

La cogí entre el índice y el pulgar. Salió con tanta facilidad que prácticamente no dejó señal en la piel. El único rastro del pinchazo era una minúscula gotita de sangre.

––Para mí, todo esto es un misterio insoluble ––dije––. En lugar de aclararse, cada vez se enturbia más.

––Al contrario ––respondió Holmes––. Se va aclarando más a cada instante. Ya sólo me faltan unos pocos eslabones para tener el caso completamente explicado.

Desde que entramos en la habitación, casi nos habíamos olvidado de nuestro compañero, que seguía de pie en el umbral, convertido en la imagen misma del terror, retorciendo las manos y gimoteando en voz baja. Pero de pronto estalló en un grito penetrante y angustiado.

––¡El tesoro ha desaparecido! ––exclamó––. ¡Le han robado el tesoro! Ése es el agujero por donde lo bajamos. Yo le ayudé a hacerlo. Fui la última persona que vio a mi hermano. Lo dejé aquí anoche, y le oí cerrar la puerta mientras yo bajaba la escalera.

––¿Qué hora era?

––Las diez de la noche. Y ahora está muerto, y llamarán a la policía, y sospecharán que yo he tenido parte en el asunto. Sí, seguro que sospecharán.

Pero ustedes no creerán eso, ¿verdad, caballeros? ¿Verdad que no creen que fui yo? ¿Los habría traído aquí si hubiera sido yo? ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! Sé que me voy a volver loco. Se puso a agitar los brazos y patear el suelo, en una especie de frenesí convulsivo.

––No debe temer nada, señor Sholto ––dijo Holmes amablemente, poniéndole la mano en el hombro––. Siga mi consejo y vaya en el coche a la comisaría para informar a la policía. Ofrézcase para ayudarlos en todo lo que haga falta. Nosotros aguardaremos aquí hasta que usted vuelva.

El hombrecillo obedeció medio atontado y le oímos bajar las escaleras en la oscuridad, dando tropezones.

Capítulo 6 - Teoría de Sherlock Holmes

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––Y ahora, Watson ––dijo Holmes, frotándose las manos––, disponemos de media hora, así que vamos a aprovecharla. Como ya le he dicho, tengo el caso prácticamente completo; pero no hay que errar por exceso de confianza. Aunque ahora el caso parece muy sencillo, puede que oculte alguna complicación.

––¡Sencillo! ––exclamé yo.

––Pues claro ––dijo él, con cierto aire de profesor de medicina explicando en clase––. Ande, siéntese en ese rincón para que sus pisadas no compliquen el asunto. Y ahora, ¡a trabajar! En primer lugar: ¿cómo entró esa gente, y cómo salió? La puerta no se ha abierto desde anoche. ¿Y la ventana?

Acercó la lámpara a la ventana, comentando en voz alta sus observaciones, pero hablando más consigo mismo que conmigo.

––La ventana está cerrada por la parte de dentro. El marco es sólido. No hay bisagras a los lados. Vamos a abrirla. No hay tuberías cerca. El tejado está fuera del alcance. Sin embargo, a esta ventana ha subido un hombre.

Anoche llovió un poco y aquí en el alféizar se ve la huella de un pie. Y aquí hay una huella circular de barro, y también ahí en el suelo, y otra más junto a la mesa. ¡Mire esto, Watson! Ésta sí que es una bonita demostración.

Yo miré los discos de barro, redondos y bien definidos.

––Eso no es una pisada ––dije.

––Es algo que para nosotros tiene mucho más valor. Es la huella de una pata de palo. ¿Ve? Aquí en el alféizar de la ventana hay una huella de bota, una bota pesada, con refuerzo metálico en el tacón; Y, junto a ella, la huella de la pata de palo.

––¡El hombre de la pata de palo!

––Exacto. Pero aquí ha habido alguien más. Un cómplice muy hábil y eficiente. ¿Sería usted capaz de escalar esa pared, doctor?

Miré por la ventana abierta. La luna seguía iluminando bien aquella esquina de la casa. Estábamos por lo menos a dieciocho metros del suelo y, por mucho que miré, no pude encontrar ningún asidero ni punto de apoyo, ni tan siquiera una grieta en la pared de ladrillo.

––Es completamente imposible ––respondí.

––Sin ayuda, desde luego. Pero suponga que tiene usted un amigo aquí arriba que le echa esa cuerda tan buena y resistente que hay en ese rincón, atando un extremo a ese gancho de la pared. De ese modo, si fuera usted un hombre ágil, yo creo que podría trepar, a pesar de la pata de palo. Luego se marcharía, claro está, de la misma manera, y su cómplice recogería la cuerda, la desataría del gancho, cerraría la ventana, echaría el pestillo por dentro y se marcharía por donde había venido. Como detalle secundario ––continuó, pasando los dedos por la cuerda––, podemos añadir que nuestro amigo de la pata de palo, a pesar de ser buen escalador, no es un marino profesional. No tiene las manos encallecidas. Mi lupa descubre más de una mancha de sangre, sobre todo hacia el final de la cuerda, de lo que deduzco que se dejó deslizar a tal velocidad que se despellejó las manos.

––Todo eso está muy bien ––dije yo––, pero el asunto se vuelve más incomprensible que nunca. ¿Qué me dice de ese misterioso cómplice? ¿Cómo entró en la habitación?

––¡Sí, el cómplice! ––repitió Holmes, pensativo––. Esta cuestión del cómplice tiene aspectos interesantes. Es lo que eleva el caso por encima de la vulgaridad. Me da la impresión de que este cómplice abre nuevos campos en los anales del crimen en este país… , aunque se han dado casos similares en la India y, si no me falla la memoria, en Senegambia.

––A ver: ¿cómo entró? ––insistí––. La puerta está cerrada, la ventana es inaccesible. ¿Entró por la chimenea?

––La rejilla es demasiado pequeña ––respondió––. Ya había considerado esa posibilidad.

––Pues entonces, ¿cómo? ––insistí.

––Se empeña en no aplicar mis preceptos ––dijo él, meneando la cabeza––. ¿Cuántas veces le he dicho que si eliminamos lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, tiene que ser la verdad? Sabemos que no entró por la puerta, ni por la ventana, ni por la chimenea. También sabemos que no podía estar escondido en la habitación, ya que no hay escondite posible. Así pues, ¿por dónde entró?

––¡Por el agujero del techo! ––exclamé.

––Pues claro. Tiene que haber entrado por ahí. Si tiene la amabilidad de sujetar la lámpara, extenderemos nuestras investigaciones al cuarto de arriba. El cuarto secreto donde se encontró el tesoro.

Se subió a la escalerilla y, agarrándose a una viga con cada mano, se izó hasta el desván. Luego se tumbó boca abajo para recoger la lámpara y la sostuvo mientras yo le seguía.

La cámara en la que nos encontrábamos medía unos tres metros por dos. El suelo estaba formado por las vigas, con listones y yeso entre medias, de manera que había que andar poniendo los pies de viga en viga. El techo abuhardillado terminaba en punta y era evidentemente la parte interior del verdadero tejado de la casa. No había muebles de ninguna clase, y en el suelo se acumulaba el polvo de muchos años en una gruesa capa.

––Ahí lo tiene. ¿Lo ve? ––dijo Sherlock Holmes, apoyando la mano en la pared inclinada––. Aquí hay una trampilla que da al tejado. La empujo y aquí está el tejado mismo, levemente inclinado. Así pues, por aquí entró el Número Uno. Veamos si podemos encontrar alguna otra huella de su personalidad.

Dejó la lámpara en el suelo y al hacerlo vi que, por segunda vez en aquella noche, en su rostro aparecía una expresión de sorpresa y sobresalto. En cuanto a mí, seguí su mirada y sentí un escalofrío bajo mis ropas. El suelo estaba cubierto de huellas de pies desnudos: claras, bien definidas, perfectamente formadas, pero apenas la mitad de grandes que las de un hombre normal.

––Holmes ––dije en un susurro––, ha sido un niño el que ha hecho este horrible trabajo.

El había recuperado en un instante el control de sí mismo.

––Por un momento, me ha desconcertado ––dijo––, pero es algo muy natural. Lo que pasa es que me falló la memoria; de lo contrario, me lo habría imaginado de antemano. De aquí no sacaremos nada más. Vamos abajo.

––¿Y cuál es su teoría acerca de esas huellas? ––pregunté.

––Querido Watson, intente analizarlo usted mismo ––dijo con un tonillo de impaciencia––. Conoce mis métodos. Aplíquelos y será muy instructivo comparar los resultados.

––No se me ocurre nada que abarque los hechos ––respondí.

––Pronto lo verá todo claro ––dijo con aire despreocupado––. No creo que aquí quede ninguna otra cosa de interés, pero echaré una mirada.

Sacó la lupa y una cinta métrica y recorrió la habitación de rodillas, midiendo, comparando, examinando, con su larga nariz a pocos centímetros de las tablas del suelo y sus ojos redondos brillando desde el fondo de sus cuencas, como los de un pájaro. Tan rápidos, silenciosos y furtivos eran sus movimientos, como los de un sabueso bien adiestrado siguiendo un rastro, que no pude evitar pensar en el terrible criminal que habría podido ser si hubiera aplicado su energía y sagacidad en contra de la ley, en lugar de aplicarlas en su defensa. Mientras husmeaba, no paraba de murmurar para sí mismo, hasta que al final estalló en un fuerte cacareo de júbilo.

––Desde luego, estamos de suerte ––dijo––. De aquí en adelante, ya no deberíamos tener problemas. El Número Uno ha tenido la desgracia de pisar la creosota. Vea el contorno de su piececito ahí, al lado de ese pringue maloliente. Como ve, la garrafa se ha agrietado, y el producto se ha derramado.

––¿Y eso, qué? ––pregunté.

––Pues que ya lo tenemos, así de simple ––dijo él––. Conozco un perro capaz de seguir ese olor hasta el fin del mundo. Si una jauría es capaz de seguir el rastro de un arenque por todo un condado, ¿qué no podrá hacer un perro especialmente adiestrado con un olor tan penetrante como éste? Es como un problema de regla de tres. La respuesta nos dará el… ¡Ah, vaya! Aquí tenemos a los representantes oficiales de la ley.

De la planta baja llegaba el sonido de fuertes pisadas y un clamor de voces, y la puerta del vestíbulo se cerró con un ruidoso portazo.

––Antes de que lleguen ––dijo Holmes––, ponga la mano aquí, en el brazo de este pobre hombre, y aquí, en la pierna. ¿Qué nota?

––Los músculos están duros como una tabla ––respondí.

––Exacto. Están en un estado de contracción extrema, que supera con mucho el rigor mortis normal. Si combinamos eso con esta distorsión de la cara, esta sonrisa hipocrática o risus sardonicus como la llamaban los autores antiguos, ¿qué conclusión se le ocurre?

––Muerte causada por algún potente alcaloide vegetal ––respondí––. Alguna sustancia parecida a la estricnina, capaz de provocar tétanos.

––Eso es lo que se me ocurrió a mí desde el instante mismo en que vi los músculos contraídos de la cara. En cuanto entré en la habitación, lo primero que busqué fue el medio empleado para inocular el veneno. Como usted vio, encontré una espina en el cuero cabelludo, clavada o disparada sin mucha fuerza. Fíjese en que, si el hombre estaba sentado derecho, la espina se clavó en la parte que daba al agujero del techo. Y ahora, examinemos la espina.

La cogí con cuidado y la sostuve a la luz de la linterna. Era larga, afilada y negra, con una especie de esmalte hacia la punta, como si allí se hubiera secado alguna sustancia resinosa. El extremo romo había sido cortado y redondeado con un cuchillo.

––¿Es una espina inglesa? ––preguntó Holmes.

––No, desde luego que no.

––Pues con todos estos datos, ya debería usted haber sacado alguna deducción correcta. Pero aquí llegan las fuerzas oficiales; lo mejor será que las fuerzas auxiliares nos batamos en retirada.

Mientras Holmes hablaba, los pasos se habían ido acercando y ya resonaban con fuerza en el pasillo. Un hombre muy corpulento y de aire autoritario, vestido con un traje gris, entró dando zancadas en la habitación.

Tenía el rostro colorado, voluminoso y pletórico, con un par de ojillos muy pequeños y centelleantes, que miraban con viveza entre unos párpados hinchados y fofos. Le seguían de cerca un inspector de uniforme y el todavía tembloroso Thaddeus Sholto.

––¡Aquí hay lío! ––dijo con voz ronca y apagada––. ¡Un bonito lío! Pero ¿quiénes son todos éstos? ¡Caramba, esta casa parece tan llena como una madriguera de conejos!

––Supongo que se acordará de mí, señor Athelney Jones ––dijo Holmes, muy tranquilo.

––¡Pues claro que sí! ––resolló el policía––. Es el señor Sherlock Holmes, el teórico. ¡Que si me acuerdo! Nunca olvidaré la charla que nos dio sobre causas, inferencias y efectos en el caso de las joyas de Bishopgate. Es cierto que nos puso sobre la buena pista; pero ahora reconocerá que fue más por buena suerte que por buen criterio.

––Fue un trabajo de razonamiento muy sencillo.

––¡Ande, ande! No le dé vergüenza reconocerlo. Pero ¿qué es todo esto? ¡Mal asunto, mal asunto! Aquí tenemos hechos escuetos. No hay lugar para teorías. Ha sido una suerte que yo estuviera en Norwood, ocupándome de otro caso. Estaba en la comisaría cuando llegó el mensaje. ¿De qué cree usted que murió este tipo?

––Oh, no creo que sea un caso en el que yo pueda teorízar ––dijo Holmes secamente.

––No, claro que no. Aun así, no se puede negar que a veces da usted en el clavo. ¡Válgame Dios! Me dicen que la puerta estaba cerrada. Y que faltan joyas que valían medio millón. ¿Qué hay de la ventana?

––Cerrada; pero hay pisadas en el alféizar.

––Bueno, bueno. Si estaba cerrada, esas pisadas no pueden tener nada que ver con el asunto. Eso es de sentido común. Puede que el hombre haya muerto de un ataque; pero el caso es que han desaparecido las joyas. ¡Ajá! Tengo una teoría. A veces me vienen de golpe. Haga el favor de salir fuera, sargento, y usted también, señor Sholto. Su amigo puede quedarse. ¿Qué opina de esto, Holmes? Según ha confesado él mismo, Sholto estuvo con su hermano anoche. El hermano murió de un ataque y Sholto se largó con el tesoro. ¿Qué le parece?

Y luego, el muerto tuvo la gentileza de levantarse y cerrar la puerta por dentro.

––¡Hum! Sí, ahí hay algo que falla. Apliquemos al asunto el sentido común. Este Sholto estuvo con su hermano. Hubo una pelea. Eso nos consta. El hermano está muerto y las joyas han desaparecido; eso también nos consta. Nadie ha visto al hermano desde que Thaddeus lo dejó. No ha dormido en su cama. Thaddeus se encuentra en un estado de alteración mental de lo más evidente. Su aspecto es… , bueno, no es nada atractivo. Como ve, estoy tejiendo mi red en torno a Thaddeus. Y la red empieza a cerrarse sobre él.

––No conoce aún todos los hechos ––dijo Holmes––. Esta astilla de madera, que tengo buenas razones para suponer que está envenenada, estaba clavada en el cuero cabelludo del muerto; aún se puede ver la señal. Este papel, con esta inscripción que usted ve, estaba sobre la mesa. Y junto a él estaba ese curioso instrumento con cabeza de piedra. ¿Cómo encaja todo esto en su teoría?

––La confirma en todos los aspectos ––dijo pomposamente el obeso policía––. La casa está llena de curiosidades indias. Thaddeus debió de subir este chisme. Y si esta astilla es venenosa, Thaddeus puede haberla usado para matar tan bien como cualquier otro. El papel es una tomadura de pelo, una pista falsa, probablemente. El único problema es: ¿cómo se marchó? Ah, claro, hay un agujero en el techo. Con sorprendente agilidad, dado su tamaño, trepó por la escalerilla y se escurrió en el desván; un instante después, oímos su voz jubilosa, anunciando que había encontrado la trampilla.

––A veces encuentra algo ––comentó Holmes, encogiéndose de hombros––. De cuando en cuando tiene algún chispazo de razón il n’y a pas des sots si incomodes que ceux qui ont de l’ésprit!

––¿Lo ven? ––dijo Athelney Jones, reapareciendo escalera abajo––. A fin de cuentas, los hechos valen más que las teorías. Se confirma mi opinión del caso. Hay una trampilla que da al tejado, y está medio abierta.

––La abrí yo.

––¿Ah, sí? Conque se había fijado, ¿eh? ––parecía un poco decepcionado por la noticia––. Bueno, la viera quien la viera, ya sabemos por dónde escapó nuestro caballero. ¡Inspector!

––¿Sí, señor? ––respondieron desde el pasillo.

––Dígale al señor Sholto que venga para acá.

-Señor Sholto, es mi deber informarle de que cualquier cosa que diga podrá utilizarse en contra suya. Queda usted detenido en nombre de la reina, por participación en la muerte de su hermano.

––¡Ya está! ¿No se lo dije? ––exclamó el pobre hombre, extendiendo las manos y mirándonos a Holmes y a mí.

––No se preocupe, señor Sholto ––dijo Holmes––. Creo que puedo comprometerme a librarle de esta acusación.

––No prometa demasiado, señor teórico, no prometa demasiado ––cortó el policía––. Podría resultarle más difícil de lo que cree.

––No sólo le libraré de la acusación, señor Jones, sino que voy a hacerle a usted un regalo: le voy a dar, completamente gratis, el nombre y la descripción de una de las dos personas que estuvieron aquí anoche. Tengo toda clase de razones para creer que se llama Jonathan Small. Es un hombre sin estudios, pequeño y ágil; le falta la pierna derecha y lleva una pata de palo que está desgastada por la parte de dentro. En el pie izquierdo calza una bota de suela gruesa y puntera cuadrada, con un refuerzo de hierro en el tacón. Es un hombre de mediana edad, muy curtido por el sol, y ha estado en la cárcel. Puede que estos pocos datos le sirvan de alguna ayuda, sobre todo si añadimos que le falta una buena parte de la piel de la palma de la mano. El otro hombre…

––¡Ah! ¿Conque hay otro? ––preguntó Athelney Jones en tono burlón, aunque pude darme cuenta de que estaba impresionado por la seguridad con que hablaba Holmes.

––Se trata de una persona bastante curiosa ––dijo Sherlock Holmes, dando media vuelta––. Espero poder presentarle a los dos dentro de poco. Tengo que hablar con usted, Watson.

Me condujo al final de la escalera.

––Este acontecimiento inesperado ––dijo–– nos ha hecho perder de vista el propósito de nuestra excursión.

––Ya he estado pensando en ello ––respondí––. No está bien que la señorita Morstan permanezca en esta casa de desgracias.

––No. Tiene usted que acompañarla a su casa. Vive con la señora de Cecil Forrester, en Lower Camberwell. No queda muy lejos. Esperaré aquí a que usted regrese. ¿O está demasiado cansado?

––Nada de eso. No creo que pueda descansar mientras no sepa algo más de este fantástico asunto. Yo ya he visto algo del lado malo de la vida, pero le doy mi palabra de que esta rápida serie de extrañas sorpresas me ha alterado los nervios por completo. No obstante, ya que hemos llegado hasta aquí, me gustaría acompañarle hasta ver resuelto el caso.

––Su presencia me resultará muy útil ––respondió––. Investigaremos el caso por nuestra cuenta y dejaremos que ese infeliz de Jones presuma todo lo que quiera con los disparates que se le ocurren. Cuando haya dejado en su casa a la señorita Morstan, quiero que vaya al número 3 de Pinchin Lane, en Lambeth, cerca de la orilla del río. En la tercera casa de la derecha vive un taxidermista, que se llama Sherman. En el escaparate verá una comadreja disecada atrapando a un conejo. Despierte al viejo Sherman, salúdele de mi parte y dígale que necesito a Toby ahora mismo. Tráigase a Toby en el coche.

––Será un perro, supongo.

––Sí, un perro mestizo, de mezcla rara, con un olfato absolutamente increíble. Confío más en la ayuda de Toby que en la de todo el cuerpo de policía de Londres.

––Pues yo se lo traeré ––dije––. Ahora es la una. Si consigo un caballo de refresco, podré estar de vuelta antes de las tres.

––Y yo veré lo que puedo averiguar por medio de la señora Bernstone y del sirviente indio, que, según me ha dicho el señor Thaddeus, duerme en la buhardilla de al lado. Luego estudiaré los métodos del gran Jones y aguantaré sus no muy delicados sarcasmos.

Capítulo 7 - El incidente del tonel

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Los policías habían llegado en coche, y en ese coche acompañé a su casa a la señorita Morstan. Con un estilo angelical típicamente femenino, había sobrellevado los malos momentos con expresión serena mientras hubo alguien más débil que ella a quien consolar, y yo la había visto animada y tranquila al lado de la aterrada ama de llaves. Sin embargo, en el coche estuvo primero a punto de desmayarse y luego estalló en llantos apasionados, de tanto que la habían afectado las aventuras de aquella noche.

Tiempo después me confesó que durante aquel trayecto yo le había parecido frío y distante. Poco sospechaba la lucha que tenía lugar en mi pecho y el esfuerzo que tuve que hacer para contener mis impulsos. Estaba dispuesto a ofrecerle todas mis simpatías y mi amor, como le había ofrecido la mano en el jardín.

Estaba convencido de que aquel único día de extrañas aventuras me había permitido conocer su carácter dulce y valeroso como no habría podido llegar a conocerlo en muchos años de trato convencional. Sin embargo, dos pensamientos tenían sellados mis labios, impidiendo salir de ellos las palabras de afecto. Ella se encontraba débil e indefensa, con la mente y los nervios trastornados; hablarle de amor en aquel momento era jugar con ventaja. Pero había algo aun peor: era rica. Si las investigaciones de Holmes tenían éxito, heredaría una fortuna. ¿Era justo, era honorable que un médico con media paga se aprovechara de una intimidad que sólo se debía al azar? Ella podría pensar que yo era un vulgar cazadotes, y yo no podía arriesgarme a que se le pasara por la cabeza semejante pensamiento. Aquel tesoro de Agra se interponía entre nosotros como una barrera infranqueable.

Eran casi las dos cuando llegamos a la casa de la señora Forrester. La servidumbre se había acostado hacía horas, pero la señora Forrester estaba tan intrigada por el extraño mensaje que había recibido la señorita Morstan que se había quedado levantada esperando su regreso. Ella misma nos abrió la puerta; era una atractiva mujer de edad madura, y me alegró ver con cuánta ternura rodeó con su brazo la cintura de la joven y con qué voz tan maternal la saludaba. Estaba claro que para ella la señorita Morstan no era una simple empleada, sino una amiga apreciada. Fuimos presentados, y la señora Forrester insistió en que entrara y le contara nuestras aventuras; pero yo le expliqué la importancia de mi misión y le prometí solemnemente pasar a visitarla para informarle de los progresos que hiciéramos en el caso. Cuando me alejaba, eché un vistazo hacia atrás y aún me parece estar viéndolas, allí en los escalones: las dos elegantes figuras abrazadas, la puerta medio abierta, la luz del vestíbulo brillando a través de la vidriera, reflejándose en el barómetro y en las varillas de la escalera… Qué reconfortante resultaba aquella imagen de tranquilo hogar inglés, por muy fugaz que fuera, en medio del violento y tenebroso asunto que nos tenía absorbidos.

Y cuanto más pensaba en lo sucedido, más extraño e incomprensible me parecía.

Mientras traqueteábamos por las silenciosas calles iluminadas por farolas de gas, fui repasando toda la extraordinaria serie de acontecimientos.

Lo primero, el problema original: eso, por lo menos, estaba ya bastante claro.

La muerte del capitán Morstan, el envío de las perlas, el anuncio, la carta… , todo aquello lo habíamos aclarado. Sin embargo, eso nos había conducido a un misterio aun más complicado y mucho más trágico. El tesoro indio, el curioso plano encontrado en el equipaje de Morstan, la extraña escena de la muerte del mayor Sholto, el descubrimiento del tesoro, seguido inmediatamente por la muerte del descubridor, las extrañísimas circunstancias del crimen, las pisadas, las armas exóticas, las palabras escritas en el papel, que coincidían con las del plano del capitán Morstan… , un verdadero laberinto, en el que un hombre que no poseyera las extraordinarias facultades de mi compañero de alojamiento no tendría la menor esperanza de encontrar una sola pista.

Pinchin Lane era una manzana de destartaladas casas de ladrillo, de dos pisos, en la zona más baja de Lambeth. Tuve que llamar durante un buen rato al número 3 antes de que dieran señales de oírme. Por fin, vi brillar la luz de una vela detrás de la persiana y una cara se asomó a la ventana de arriba.

––Largo de ahí, borracho, vagabundo ––dijo la cara––. Si das un solo golpe más, abro las perreras y te suelto cuarenta y tres perros.

––Me basta con que suelte a uno, a eso he venido ––dije.

––¡Largo! ––exclamó la voz––. Por Dios que tengo una palanca en esta bolsa y te la voy a tirar a la cabeza a ver si la coges al vuelo.

––Es que necesito un perro ––grité.

––¡Conmigo no se discute! ––chilló el señor Sherman––. Y ahora, quítate de ahí porque, en cuanto cuente tres, tiro la palanca.

––El señor Sherlock Holmes… ––empecé a decir.

Estas palabras tuvieron un efecto absolutamente mágico, porque al instante la ventana se cerró de golpe y en menos de un minuto la puerta estaba desatrancada y abierta. El señor Sherman era un hombre mayor, larguirucho y flaco, con los hombros caídos, el cuello fibroso y gafas de cristales azules.

––Los amigos del señor Holmes son siempre bienvenidos ––dijo––. Pase, caballero. No se acerque al tejón, que muerde. ¡Ah, desvergonzada! ¿Querías darle un mordisco al caballero, eh? ––esto se lo dijo a una comadreja que asomaba su maligna cabeza de ojos rojizos entre los barrotes de su jaula––. De ése no se asuste, señor; es sólo un lución. No tiene colmillos y lo dejo suelto para que acabe con las cucarachas. Tiene que perdonarme que haya estado algo seco con usted al principio. Es que los niños no me dejan en paz, y muchos de ellos vienen a esta calle sólo para llamar a mi puerta. ¿Qué es lo que deseaba el señor Holmes?

––Necesita uno de sus perros.

––¡Ah! Será Toby, sin duda.

––Sí, Toby era el nombre.

––Toby vive en el número 7, aquí a la izquierda.

Avanzó despacio con la vela entre la pintoresca familia de animales que había reunido a su alrededor. A la luz débil y vacilante de la vela pude entrever que desde todos los rincones nos miraban ojos relucientes y curiosos. Hasta las vigas que se extendían sobre nuestras cabezas estaban cubiertas de aves de aspecto solemne, que se movían perezosamente, cambiando el peso del cuerpo de una pata a la otra al despertarse a causa de nuestras voces.

Toby resultó ser un animal feo, de pelo largo y orejas caídas, mitad spaniel y mitad ratonero, de colores castaño y blanco, de andares desgarbados y torpes. Tras dudar un momento, aceptó un terrón de azúcar que el viejo naturalista me había dado y, habiendo sellado así nuestra alianza, me siguió hasta el coche y no puso ninguna dificultad para acompañarme.

Acababan de dar las tres en el reloj de palacio cuando llegué de nuevo al Pabellón Pondicherry. Allí me enteré de que el exboxeador McMurdo había sido detenido como cómplice, y que lo habían conducido a comisaría junto con el señor Sholto.

Dos agentes de uniforme vigilaban la puerta exterior, pero me dejaron pasar con el perro cuando mencioné el nombre del detective.

Holmes estaba de pie en el umbral de la casa, con las manos en los bolsillos, fumando una pipa.

––¡Ah, ya lo trae! ––dijo–– ¡Hola, perrito! Athelney Jones se ha marchado. Desde que usted nos dejó, ha habido aquí un auténtico derroche de energía. No sólo ha detenido al amigo Thaddeus: también al portero, al ama de llaves y al criado indio. Tenemos toda la casa para nosotros solos, aparte de un sargento que está arriba. Deje al perro aquí y subamos.

Atamos a Toby a la mesa del vestíbulo y volvimos a subir las escaleras. La habitación estaba tal como la habíamos dejado, aunque habían cubierto la figura central con una sábana. Apoyado en un rincón, había un sargento de policía de aspecto muy fatigado.

––Déjeme su linterna sorda, sargento ––dijo mi compañero––. Ahora, átenme al cuello este cordel, para colgármela por delante. Gracias. Ahora tengo que quitarme los zapatos y los calcetines. Haga el favor de llevárselos cuando baje, Watson. Yo voy a hacer un poco de escalada. Moje mi pañuelo en la creosota. Con eso bastará. Ahora suba un momento conmigo a la buhardilla.

Trepamos a través del agujero y Holmes dirigió una vez más la luz hacia las pisadas en el polvo.

––Quiero que se fije muy bien en estas pisadas ––dijo––. ¿Nota algo de particular en ellas?

––Que son de un niño o de una mujer pequeña ––respondí.

Aparte del tamaño, hombre. ¿No ve nada más?

––A mí, francamente, me parecen como cualquier otra pisada.

––Ni mucho menos. ¡Mire usted aquí! Esta es la huella de un pie derecho en el polvo. Ahora voy a dejar yo otra a su lado, con mi pie descalzo. ¿Cuál es la principal diferencia?

––Los dedos de su pie están juntos. Los de la otra huella están perfectamente separados.

––Exacto. Eso mismo. Acuérdese de esto. Y ahora, haga el favor de asomarse a esa trampilla y olfatee el marco de madera. Yo me quedaré aquí, porque llevo el pañuelo en la mano.

Hice lo que me indicaba y al instante percibí un olor fuerte, como de alquitrán.

––Ahí es donde puso el pie al escapar. Y si usted puede captar ese rastro, no creo que Toby tenga la menor dificultad. Baje corriendo, suelte al perro, y prepárese a ver a Blondin.

Para cuando salí al jardín, Sherlock Holmes estaba ya en el tejado, y parecía una enorme luciérnaga reptando muy despacio por el caballete. Lo perdí de vista cuando pasó por detrás de una batería de chimeneas, pero volvió a aparecer y después desapareció de nuevo por el otro lado. Doblé la esquina de la casa y lo encontré sentado en la esquina del alero.

––¿Es usted, Watson?

––Sí.

––Éste es el lugar. ¿Qué es esa cosa negra que hay abajo?

––Un barril de agua.

––¿Con la tapa puesta?

––¿Sí?

––¿No hay por ahí una escalera?

––No.

––¡Condenado individuo! Esto es como para partirse el cuello. Yo debería poder bajar por donde él subió. La tubería parece bastante sólida. Allá vamos, pase lo que pase.

Se oyó un arrastrar de pies y la luz de la linterna empezó a descender poco a poco por la esquina de la pared. Por fin, dando un ágil salto, Holmes aterrizó sobre el barril, y de ahí bajó al suelo.

––Ha sido fácil seguirlo ––dijo, mientras se ponía los calcetines y los zapatos––. Había tejas sueltas marcando todo el camino y con las prisas se le cayó esto. Como dicen ustedes los médicos, esto confirma mi diagnóstico.

El objeto que me mostró era una bolsita tejida con hierbas de colores, con algunas cuentas brillantes ensartadas. Por el tamaño y la forma, no era muy diferente de una petaca. En su interior había media docena de espinas de madera oscura, con un extremo afilado y el otro redondo, iguales a la que tenía clavada Bartholomew Sholto.

––Unos chismes infernales ––dijo Holmes––. Tenga cuidado de no pincharse. Me alegra mucho haberlas encontrado, porque lo más probable es que el hombre no tuviera más que éstas, y así hay menos peligro de que cualquier día de éstos usted o yo acabemos con una de ellas clavada en la piel. Prefiero con mucho una bala Martini. ¿Se siente en forma para dar un paseíto de seis millas, Watson?

––Desde luego ––respondí.

––¿Aguantará su pierna?

––Claro que sí.

––¡Vamos allá, perrito! ¡El bueno de Toby! ¡Huele, Toby, huele!

Colocó el pañuelo mojado en creosota bajo el hocico del perro, y el animal lo olfateó, con las peludas patas muy separadas y la cabeza torcida en un gesto muy cómico, como si fuera un entendido en vinos apreciando el buqué de un famoso reserva. A continuación, Holmes arrojó lejos el pañuelo, ató una fuerte cuerda al collar del chucho y lo condujo al pie del barril de agua. Al instante, el animal estalló en una serie de gañidos agudos y trémulos y, con el hocico pegado al suelo y la cola en alto, se lanzó a seguir la pista .a tal velocidad que mantenía la cuerda siempre tirante y nos obligaba a caminar lo más deprisa que podíamos.

Empezaba a clarear poco a poco por el Este, y la luz fría y gris nos permitía ya ver a cierta distancia. El gran caserón cuadrado, con sus ventanas negras y vacías y sus muros altos y desnudos, se alzaba a nuestras espaldas, triste y desolado. Nuestro recorrido nos llevó a través de los terrenos de la casa, entrando y saliendo de las zanjas y agujeros que se abrían como cicatrices.

Todo aquel lugar, con sus montones de tierra por todas partes y sus raquíticos arbustos, tenía un aspecto de ruina y malos augurios que casaba a la perfección con la siniestra tragedia que se cernía sobre él.

Al llegar a la tapia exterior, Toby corrió a lo largo de su sombra dando gemidos de ansiedad, hasta que se detuvo en un rincón ocupado por un haya joven. En el ángulo de las dos paredes alguien había aflojado varios ladrillos, y las grietas resultantes estaban gastadas y redondeadas por la parte inferior, como si se hubieran utilizado a menudo como escalera. Holmes trepó por ellas, hizo que yo le pasara el perro y lo dejó caer al otro lado.

––Aquí hay una huella de la mano de Patapalo ––me dijo cuando trepé hasta llegar a su lado––. Mire esa manchita de sangre sobre el yeso blanco.

Es una suerte que no haya llovido mucho desde ayer. El olor aún seguirá en la carretera, a pesar de que nos llevan veintiocho horas de ventaja. Confieso que yo tenía mis dudas, pensando en la cantidad de tráfico que había pasado por la carretera de Londres en el tiempo transcurrido. Pero muy pronto se disiparon mis temores. Toby no vaciló ni se desvió ni una sola vez, y siguió adelante con su curioso bamboleo al andar.

No cabía duda de que el penetrante olor de la creosota dominaba con gran diferencia a todos los demás olores que pudieran competir con él.

––No vaya a creer ––dijo Holmes–– que mi éxito en este caso depende de una pura casualidad, como es el que uno de esos tipos haya pisado esta sustancia. Dispongo ya de datos que me permitirían seguirles la pista de otras muchas maneras; pero ésta es la más directa y, puesto que hemos tenido esa suerte, sería una vergüenza desaprovecharla. Sin embargo, esto impide que el caso se convierta en el interesante problemilla intelectual que al principio prometía ser. Podríamos haber ganado algo de prestigio con él, de no ser por esta pista tan palpable.

––Hay prestigio para dar y tomar ––dije yo––. Le aseguro, Holmes, que me dejan maravillado los métodos con los que obtiene estos resultados, más aun que en el caso del asesinato de Jefferson Hope. A mí, el asunto me parece cada vez más oscuro e inexplicable. Por ejemplo: ¿cómo ha podido describir con tanta exactitud al hombre de la pata de palo?

––¡Bah! Pero, hombre, si eso es la sencillez misma. No pretendo ser teatral. Está todo a la vista, encima de la mesa. Dos oficiales que están al mando de la guardia de un presidio se enteran de un importante secreto referente a un tesoro escondido. Un inglés llamado Jonathan Small les dibuja un plano. Acuérdese de que vimos el nombre en el plano que tenía el capitán Morstan. Lo firmó en nombre propio y de sus socios: el signo de los cuatro, como él lo llamaba en plan dramático. Con la ayuda de ese plano, los oficiales se hacen con el tesoro y uno de ellos lo trae a Inglaterra, parece que incumpliendo alguna de las condiciones bajo las cuales lo obtuvieron. Ahora bien: ¿por qué no se apoderó del tesoro el propio Jonathan Small? La respuesta es evidente: el plano está fechado en una época en la que Morstan estaba en estrecha relación con presos. Jonathan Small no podía hacerse con el tesoro porque él y sus socios estaban presos y no podían salir.

––Pero eso es pura especulación ––dije yo.

––Es mucho más que eso. Es la única hipótesis que abarca todos los hechos. Veamos ahora cómo encaja todo esto con la segunda parte del drama. El mayor Sholto vive en paz durante algunos años, feliz con su tesoro. Luego recibe una carta de la India que le deja aterrorizado. ¿Qué pudo ser?

––Una carta que decía que los hombres a los que había estafado habían salido en libertad.

––O que se habían fugado. Esto es mucho más probable, porque él debía saber cuándo terminaban sus condenas y, por lo tanto, eso no le habría sorprendido. ¿Qué es lo que hace entonces? Se pone en guardia contra un hombre con pata de palo… , un hombre blanco, fíjese, porque una vez confundió con él a un vendedor ambulante y le disparó un tiro. Ahora bien, en el plano sólo aparece un nombre europeo; todos los demás son indios o mahometanos, no hay ningún otro hombre blanco. Así pues, podemos afirmar con seguridad que el hombre de la pata de palo es el mismo Jonathan Small.

¿Encuentra algún fallo en este razonamiento?

––No; es claro y conciso.

––Pues bien, ahora vamos a ponernos en el lugar de Jonathan Small. Consideremos el asunto desde su punto de vista. Viene a Inglaterra con la doble idea de recuperar lo que cree que le pertenece y vengarse del hombre que le traicionó. Averigua dónde vive Sholto y probablemente se pone en contacto con alguien de la casa. Está ese mayordomo, Lal Rao, al que aún no hemos visto. La señora Bernstone no tiene una opinión nada buena de él. Sin embargo, Small no puede averiguar dónde está escondido el tesoro, porque eso no lo sabía nadie más que el mayor y un criado leal, que ya había muerto.

De pronto, Small se entera de que el mayor está en su lecho de muerte. Frenético ante la idea de que el secreto del tesoro muera con él, sortea a la guardia, consigue llegar hasta la ventana del moribundo y lo único que le disuade de entrar es la presencia de los dos hijos. A pesar de todo, ciego de odio contra el difunto, entra en la habitación aquella misma noche, registra sus papeles privados con la esperanza de encontrar alguna información sobre el tesoro y, por último, deja un recuerdo de su visita con la frase escrita en el papel. No cabe duda de que lo tenía todo planeado de antemano y que si hubiera podido matar al mayor, habría dejado una notita similar sobre el cadáver, para indicar que no se trataba de un asesinato vulgar, sino, desde el punto de vista de los cuatro socios, de algo parecido a un acto de justicia. Las reivindicaciones de este tipo, pintorescas y extravagantes, son bastante corrientes en los anales del crimen y, por lo general, proporcionan valiosa información acerca del criminal. ¿Me sigue hasta ahora?

––Todo está muy claro.

––Pues sigamos. ¿Qué podía hacer Jonathan Small? Nada, aparte de seguir vigilando en secreto los esfuerzos que se hacían para encontrar el tesoro. Es posible que se marchara de Inglaterra y sólo volviera de vez en cuando. Entonces se descubre la buhardilla y él es informado al instante. Una vez más, encontramos indicios de la presencia de un cómplice en la casa. Jonathan, con su pierna postiza, nunca habría podido llegar hasta la habitación de Bartholomew Sholto, en el piso más alto. Pero le acompaña un aliado bastante curioso que consigue superar esta dificultad, aunque mete el pie desnudo en la creosota. Y aquí entra Toby y la penosa caminata de seis millas para un pobre funcionario a media paga con un tendón de Aquiles estropeado.

––Pero entonces fue el compañero, y no Jonathan, quien cometió el crimen.

––Exacto. Y con gran disgusto de Jonathan, a juzgar por la manera en que pateó el suelo cuando entró en la habitación. No tenía nada personal contra Bartholomew Sholto y habría preferido limitarse a atarlo y amordazarlo. No sentía ningún deseo de meter la cabeza en la horca. Sin embargo, la cosa ya no tenía remedio; los instintos salvajes de su compañero se habían desatado y el veneno había hecho su trabajo. Así que Jonathan Small dejó su tarjeta de visita, bajó la caja del tesoro al suelo y luego descendió él. Ésta es la secuencia de acontecimientos, hasta donde puedo descifrarla. En cuanto a su aspecto personal, desde luego tiene que ser de edad madura y tiene que estar tostado por el sol después de haber cumplido condena en un horno como las islas Andaman. La estatura se deduce fácilmente de la longitud de sus pasos, y sabemos que tenía barba, porque la barba fue lo único en que se fijó Thaddeus Sholto cuando lo vio en la ventana. No sé si queda algo más.

––¿El cómplice?

––Ah, sí, en eso no hay mucho misterio. Pero muy pronto lo sabrá usted todo. ¡Qué agradable es el aire de la mañana! Mire cómo flota aquella nubecilla. Parece una pluma rosa de un flamenco gigante. Y ya asoma el borde rojo del sol sobre las nubes de Londres. Lucirá sobre muchísima gente, pero me atrevería a apostar que entre ella no hay nadie que esté enfrascado en una tarea tan extraña como la nuestra. ¡Qué pequeños nos sentimos, con nuestras insignificantes ambiciones y conflictos, en presencia de las grandes fuerzas elementales de la Naturaleza! ¿Qué tal lleva la lectura de Jean-Paul?

––Bastante bien. Lo descubrí gracias a Carlyle.

––Eso es como remontar el río hasta llegar al lago donde nace. Pues este hombre dice una cosa muy curiosa pero muy profunda: que la principal prueba de la grandeza del hombre está en su capacidad de percibir su propia pequeñez. Eso demuestra una capacidad de comparación y apreciación que es, en sí misma, una prueba de nobleza. Hay mucho alimento para la mente en Richter. No lleva usted pistola, ¿verdad?

––Llevo el bastón.

––Es posible que necesitemos algo por el estilo si llegamos hasta su cubil.

A Jonathan se lo dejo a usted, pero si el otro se pone desagradable, tendré que matarlo de un tiro.

Mientras hablaba, sacó su revólver y, tras cargar dos de las recámaras, volvió a guardárselo en el bolsillo derecho de la chaqueta.

Durante todo aquel tiempo nos habíamos dejado guiar por Toby, siguiendo las carreteras semirrurales, flanqueadas de mansiones, que conducen a la metrópoli. Pero ahora empezábamos a meternos ya en calles continuas, donde los trabajadores y obreros del puerto se habían puesto ya en movimiento, mientras mujeres desaliñadas abrían las ventanas y barrían los escalones de las puertas. Los bares de tejado plano de las esquinas habían comenzado ya el negocio, y de ellos salían hombres de aspecto rudo, limpiándose la barba con la manga después de su trago matutino. Perros extraños iban de un lado a otro y nos miraban con curiosidad cuando pasábamos, pero nuestro inimitable Toby no desvió la mirada ni a la derecha ni a la izquierda y siguió trotando hacia delante, con el hocico pegado al suelo y soltando de vez en cuando un gañido de ansiedad que indicaba que el rastro estaba claro.

Habíamos atravesado Streatham, Brixton y Camberwell, y ahora nos encontrábamos en Kennington Lane, después de habernos desviado por las callejuelas laterales al este del Oval. Parecía que los hombres que perseguíamos habían seguido una curiosa ruta en zigzag, probablemente con objeto de no llamar la atención. Al final de Kennington Lane habían torcido a la izquierda por Bond Street y Miles Street. Esta última calle desemboca en Knight’s Place, y allí Toby dejó de avanzar y empezó a correr de un lado a otro, con una oreja levantada y la otra caída, convertido en la perfecta imagen de la indecisión canina. Luego se puso a andar en círculos, mirándonos de vez en cuando como si solicitara nuestra simpatía en aquel momento de desconcierto.

––¿Qué demonios le pasa al perro? ––gruñó Holmes––. Seguro que no tomaron un coche ni se fueron volando en globo.

––Puede que se detuvieran aquí un rato ––sugerí.

––¡Ah! Todo va bien. Ahí va de nuevo ––dijo mi compañero, en tono de alivio.

Efectivamente, después de olfatear una vez más por todas partes, el perro parecía haber tomado de pronto una decisión y se había puesto en marcha, lanzándose con una energía y una determinación que no le habíamos visto hasta entonces. El olor parecía ser mucho más fuerte que antes, porque ya ni siquiera tenía que arrimar el hocico al suelo, sino que tiraba de la cuerda intentando echar a correr. Por la manera en que brillaban los ojos de Holmes, supe que nos acercábamos al final de nuestro recorrido.

Así bajamos por Nine Elms hasta llegar al gran almacén de maderas de Broderick, pasada la taberna del Águila Blanca. Al llegar allí, el perro, excitado hasta el frenesí, se metió por una puerta lateral del almacén, donde ya había aserradores trabajando. Avanzó a la carrera entre el aserrín y las virutas, recorrió un callejón, torció por un pasillo entre dos pilas de maderos y por fin, con un ladrido de triunfo, se subió de un salto a un gran barril, colocado aún sobre la carretilla en la que lo habían traído. Con la lengua fuera y los ojos parpadeantes, Toby se quedó encima del barril, mirándonos a Holmes y a mí en espera de alguna señal de aprobación. Las duelas del barril y las ruedas de la carretilla estaban manchadas de un líquido oscuro y todo el ambiente estaba cargado de olor a creosota.

Sherlock Holmes y yo nos miramos el uno al otro con mirada inexpresiva y luego estallamos al mismo tiempo en una incontenible carcajada.

Capítulo 8 - Los voluntarios de Baker Street

Índice

––¿Y ahora, qué? ––pregunté––. Toby ha perdido su reputación de infalible.

––Ha actuado según su entendimiento ––dijo Holmes, cogiéndolo para bajarlo del barril y sacarlo del almacén––. Si se piensa en la cantidad de creosota que se transporta por Londres cada día, no puede extrañar que el rastro se haya cruzado con otro. Ahora se utiliza mucho la creosota, sobre todo para tratar la madera. El pobre Toby no tiene la culpa.

––Supongo que habrá que volver al rastro principal.

––Sí. Por suerte, no tendremos que ir lejos. Está claro que lo que desconcertó al perro en la esquina de Knight’s Place fue que allí había dos rastros diferentes, que iban en direcciones opuestas. Hemos seguido el que no era, y lo único que tenemos que hacer ahora es seguir el otro.

No tuvimos ninguna dificultad. En cuanto llevamos a Toby al sitio en el que había cometido el error, recorrió un amplio círculo y por fin salió disparado en una nueva dirección.

––Habrá que tener cuidado de que no nos lleve ahora al lugar de donde vino el barril de creosota ––comenté.

––Ya había pensado en ello. Pero fíjese en que ahora va por la acera, mientras que el barril iba por la calzada. No, esta vez seguimos la pista buena.

El rastro bajaba hacia la ribera del río, pasando por Belmont Place y Prince’s Street. Al final de Broad Street llegamos hasta la orilla misma, donde había un pequeño muelle de madera. Toby nos condujo hasta el borde del embarcadero y allí se paró, gimiendo y mirando la negra corriente de agua que pasaba a sus pies.

––Se nos acabó la suerte ––dijo Holmes––. Han tomado una embarcación.

Amarrados al borde del muelle había varios pontones y esquifes pequeños. Hicimos que Toby los recorriera de uno en uno pero, por mucho que olfateó, no dio ninguna señal.

Cerca del tosco embarcadero había una casita de ladrillo con un letrero de madera colgado de la ventana del primer piso. En él se leía, pintado en letras grandes, «Mordecai Smith», y debajo «Se alquilan embarcaciones por horas y por días». Un segundo letrero, encima de la puerta, nos informó de que disponían de una lancha de vapor, información que quedaba confirmada por un gran montón de carbón que había en el muelle. Sherlock Holmes miró lentamente a nuestro alrededor y su rostro adoptó una expresión ominosa.

––Esto no me gusta ––dijo––. Estos fulanos son más listos de lo que yo esperaba. Parece que han borrado su rastro. Me temo que lo tenían todo planeado de antemano.

Se estaba acercando a la puerta de la casa cuando ésta se abrió y un chiquillo de unos seis años, con el pelo rizado, salió corriendo de la casa, seguido por una mujer corpulenta y coloradota, que llevaba en la mano una esponja grande.

––¡Vuelve aquí y deja que te lave, Jack! ––gritó la mujer––. ¡Vuelve, diablillo! Como venga tu padre y te vea así, nos vamos a enterar.

––¡Qué encanto de niño! ––exclamó Holmes, estratégicamente––. ¡Qué mejillas tan sonrosadas tiene el granuja! A ver, Jack, ¿quieres alguna cosa?

El niño se lo pensó un momento.

––Me gustaría un chelín ––dijo.

––¿No hay algo que te guste más?

––Me gustarían más dos chelines ––respondió aquel prodigio, tras pensarlo un poco.

––Pues ahí los tienes. ¡Cógelos! Un niño muy guapo, señora Smith.

––Dios le bendiga, señor. Es guapo, pero muy revoltoso. Yo casi no puedo controlarlo, sobre todo cuando mi hombre está fuera varios días seguidos.

––¿Dice que está fuera? ––preguntó Holmes en tono contrariado––. Pues es una pena, porque quería hablar con el señor Smith.

––Lleva fuera desde ayer por la mañana, señor, y la verdad, empiezo a estar preocupada por él. Pero si se trata de alquilar un bote, señor, tal vez yo pueda atenderles.

––Quería alquilar la lancha de vapor.

––Vaya por Dios. Precisamente se marchó en la de vapor. Eso es lo que me extraña, porque sé que con el carbón que llevaba sólo tenía para ir hasta Woolwich y volver. Si se hubiera llevado la gabarra, no me extrañaría: más de una vez ha tenido que ir hasta Gravesend, y si tenía mucho trabajo se quedaba allí a dormir. Pero ¿de qué le sirve una lancha de vapor sin carbón?

––Puede haber comprado más en otro muelle, río abajo.

––Podría hacerlo, pero no es su estilo. Le he oído protestar muchas veces de los precios que cobran por unos pocos sacos. Además, no me gusta ese hombre de la pata de palo, con esa cara tan fea y ese acento extranjero.

––¿Un hombre con pata de palo? ––preguntó Holmes, apenas sorprendido.

––Sí, señor, un tío moreno, con cara de mono, que ha venido más de una vez a ver a mi hombre. La noche anterior lo sacó de la cama; y lo que es más, mi hombre sabía que iba a venir, porque le había dado presión a la lancha de vapor. Se lo digo francamente, señor, no me hace ninguna gracia este asunto.

––Pero, querida señora Smith ––dijo Holmes, encogiéndose de hombros––, se está usted preocupando por nada. ¿Cómo sabe que fue el hombre de la pata de palo el que vino la otra noche? No entiendo cómo puede estar tan segura.

––Por la voz, señor. Conozco su voz, que es como ronca y desagradable.

Llamó a la ventana, a eso de las tres, y dijo: «Levanta, compañero. Es la hora del cambio de guardia.» Mi hombre despertó a Jim, que es mi hijo mayor, y allá se fueron, sin decirme ni palabra. Y oí el ruido de su pata de palo al andar por el empedrado.

––¿Y venía solo ese hombre de la pata de palo?

––Eso no podría decírselo, la verdad. No oí a nadie más.

––Pues lo lamento, señora Smith, porque necesito una lancha de vapor y me habían dado buenos informes del… , vamos a ver, ¿cómo se llamaba?

––El Aurora, señor.

––¡Ajá! ¿No será una vieja lancha verde, con una raya amarilla, muy ancha de manga?

––Nada de eso. Es la lancha más bonita y marinera de todo el río. Y está recién pintada de negro con dos rayas rojas.

––Gracias. Espero que pronto tenga noticias del señor Smith. Yo voy río abajo, y si le echo el ojo al Aurora, le haré saber que está usted preocupada. ¿Ha dicho que la chimenea es negra?

––No, señor: negra con una franja blanca.

––Ah, sí, claro. Eran los costados los que eran negros. Buenos días, señora Smith. Mire, Watson, allí hay un barquero con una chalana. La tomaremos para cruzar el río.

Mientras nos sentábamos en el banco de la chalana, Holmes me explicó:

––Con esta clase de gente, lo más importante es no darles nunca a entender que la información que te dan tiene la menor importancia para ti. Si piensan que te interesa, se cierran al instante como una ostra. En cambio, si haces como que los escuchas porque no te queda otro remedio, lo más probable es que te digan todo lo que quieres saber.

––Ahora, nuestra línea de acción parece bastante clara.

––¿Ah, sí? ¿Qué es lo que haría usted?

––Alquilar una lancha y bajar por el río siguiendo el rastro del Aurora.

––Querido amigo, ésa sería una tarea colosal. Puede haber atracado en cualquiera de los muelles de una u otra orilla, de aquí a Greenwich. Más allá del puente hay todo un laberinto de embarcaderos, de muchas millas. Nos llevaría días y días recorrerlos todos si lo hacemos solos.

––Pues recurra a la policía.

––No. Aunque es probable que en el último momento llame a Athelney Jones. No es mala persona y no me gustaría hacer algo que le perjudicara profesionalmente. Pero ahora que hemos llegado tan lejos, me apetece resolver el caso yo mismo.

––¿Y si ponemos un anuncio pidiendo información a los encargados de los muelles?

––Mucho peor. Nuestros hombres sabrían que les pisamos los talones y huirían del país. Tal como están las cosas, ya es bastante probable que se marchen, pero mientras crean que están a salvo, no tendrán prisa. En este sentido, nos va a venir bien la energía de Jones, porque seguro que su versión del caso aparece en los diarios, y los fugitivos creerán que todo el mundo sigue una pista falsa.

––Pues entonces, ¿qué hacemos? ––pregunté mientras desembarcábamos cerca del penal de Millbank.

––Tomar ese cabriolé, hacer que nos lleve a casa, desayunar y dormir una horita. Tal como marcha el juego, es posible que tengamos que pasar otra noche en pie. Cochero, pare en una oficina de telégrafos. Nos quedaremos con Toby, porque aún puede sernos útil.

Nos detuvimos en la oficina de Correos de Great Peter Street para que Holmes enviara un telegrama.

––¿A quién cree que he telegrafiado? ––me preguntó cuando reemprendimos la marcha. ––No tengo ni idea.

––¿Se acuerda de la sección policial de Baker Street, a la que recurrí en el caso de Jefferson Hope?

––Sí, ¿y qué? ––respondí, echándome a reír.

––Ésta es la clase de situación en la que pueden resultar utilísimos. Si fracasan, tengo otros recursos; pero primero probaré con ellos. El telegrama iba dirigido a mi pequeño y mugriento teniente Wiggins, y espero que venga a vernos con toda su pandilla antes de que acabemos de desayunar. Eran ya entre las ocho y las nueve, y yo empezaba a notar una fuerte reacción a la serie de emociones de la noche. Estaba agotado y renqueante, con la mente confusa y el cuerpo fatigado. Ni poseía el entusiasmo profesional que hacía aguantar a mi compañero, ni era capaz de considerar el asunto como un mero problema intelectual abstracto. En cuanto a la muerte de Bartholomew Sholto, pocas cosas buenas había oído de él y no sentía demasiada antipatía por sus asesinos. En cambio, lo del tesoro era ya otra cosa. Por lo menos parte del mismo le pertenecía con todo derecho a la señorita Morstan.

Mientras existiera una posibilidad de recuperarlo, yo estaba dispuesto a dedicar mi vida a tal objetivo. Aunque lo cierto era que si lo encontraba, lo más probable sería que ella quedara fuera de mi alcance para siempre. Aun así, muy ruin y egoísta tendría que ser un amor que se dejara influir por una idea semejante. Si Holmes era capaz de esforzarse por encontrar a los asesinos, yo tenía diez veces más razones para esforzarme por encontrar el tesoro.

Un baño y un cambio completo de ropas en Baker Street me reanimaron de manera maravillosa. Cuando bajé a nuestro cuarto de estar, encontré el desayuno preparado y a Holmes sirviendo el café.

––Ahí viene todo ––dijo, echándose a reír y señalando un periódico abierto––. Entre el infatigable Jones y el ubicuo periodista lo han resuelto todo. Pero debe usted estar harto del caso. Primero cómase los huevos con jamón.

Tomé el periódico y leí la breve noticia, que habían titulado «Misterioso suceso en Upper Norwood»:

«Hacia las doce de la noche pasada, el señor Bartholomew Sholto, residente en el Pabellón Pondicherry, Upper Norwood, fue encontrado muerto en su habitación, en circunstancias muy sospechosas. Hasta donde hemos podido saber, en el cuerpo del señor Sholto no se encontraron señales de violencia, pero le había sido robada una valiosa colección de joyas indias que el difunto había heredado de su padre. El cadáver lo descubrieron el señor Sherlock Holmes y el doctor Watson, que habían acudido a la casa en compañía de Thaddeus Sholto, hermano del fallecido. Por una afortunada casualidad, el inspector Athelney Jones, conocido miembro del cuerpo de policía, se encontraba en la comisaría de Norwood y pudo llegar al lugar de los hechos menos de media hora después de darse la primera voz de alarma. Inmediatamente, sus grandes dotes de policía experimentado se concentraron en la tarea de identificar a los criminales, con el satisfactorio resultado de la detención del hermano, Thaddeus Sholto, del ama de llaves, señora Bernstone, del mayordomo indio Lal Rao y de un portero o vigilante llamado McMurdo. La policía está segura de que el ladrón o ladrones conocían la casa, ya que los probados conocimientos técnicos del señor Jones y sus dotes de minuciosa observación le han permitido demostrar de manera concluyente que los malhechores no pudieron entrar por la puerta ni por la ventana, sino que tuvieron que llegar por el tejado de la casa, penetrando por una trampilla en una habitación que comunica con el cuarto donde se encontró el cadáver.

Esto ha quedado claramente establecido y demuestra sin lugar a dudas que no se trata de un vulgar robo cometido al azar. La rápida y enérgica acción de los agentes de la ley demuestra lo que vale en tales ocasiones la presencia de una inteligencia poderosa y dominante. No podemos dejar de pensar que esto refuerza la postura de los que abogan por una mayor descentralización de nuestros inspectores de policía, que así podrían tener un contacto más directo y eficaz con los casos que les corresponde investigar.»

––¿A que es magnífico? ––dijo Holmes, sonriendo por encima de su taza de café––. ¿Qué le parece?

––Pues me parece que nos hemos librado por los pelos de que nos detuvieran también a nosotros por este crimen.

––Lo mismo creo yo. Incluso ahora, no respondo de nuestra seguridad si le da por tener otro de sus ataques de energía.

En aquel momento, el timbre de la puerta sonó con fuerza y pude oír que la señora Hudson, nuestra casera, levantaba la voz en un gemido de protesta y desaliento.

––Cielos, Holmes ––dije, comenzando a incorporarme––. Parece que de verdad vienen a por nosotros.

––No, no es tan grave como eso. Son las fuerzas extraoficiales: los irregulares de Baker Street.

Mientras tanto, se oyó un rápido pataleo de pies descalzos que subían por la escalera, un estruendo de voces chillonas, y en la habitación irrumpió una docena de golfillos de la calle, sucios y desarrapados. A pesar de su tumultuosa entrada, se notaba en ellos una cierta disciplina, pues al instante formaron en fila y se quedaron ante nosotros con el rostro expectante. Uno de ellos, más alto y mayor que los otros, se adelantó con aire de ociosa superioridad que resultaba muy gracioso en un mamarracho tan impresentable.

––Recibí su mensaje, señor ––dijo––, y los he traído volando. Tres chelines y seis peniques de los billetes.

––Aquí tienes ––dijo Holmes, sacando unas monedas––. En el futuro, Wiggins, que ellos te informen a ti, y tú a mí. No puedo dejar que invadáis la casa de este modo. No obstante, conviene que todos escuchéis las instrucciones. Quiero averiguar el paradero de una lancha de vapor llamada Aurora, perteneciente a Mordecai Smith, con dos rayas rojas y chimenea negra con una franja blanca. Tiene que estar en alguna parte del río. Quiero que uno de vosotros se quede en el embarcadero de Mordecai Smith, enfrente de Millbank, por si la lancha regresa. Tendréis que repartiros la tarea e inspeccionar a fondo las dos orillas. Avisadme en cuanto sepáis algo. ¿Está todo claro?

––Sí, jefe ––dijo Wiggins.

––Pago la tarifa de siempre, más una guinea para el chico que encuentre la lancha. Aquí tenéis un día por adelantado. Y ahora, fuera de aquí.

Les entregó un chelín a cada uno y salieron zumbando escaleras abajo. Un momento después los vi bajando a la carrera por la calle.

––Si la lancha está a flote, ellos la encontrarán ––dijo Holmes, levantándose de la mesa y encendiendo su pipa––. Pueden meterse en todas partes, verlo todo, escuchar cualquier conversación. Confío en que la encuentren antes de esta noche. Mientras tanto, lo único que podemos hacer es esperar los resultados. No podemos retomar la pista perdida hasta que sepamos dónde están el Aurora o Mordecai Smith.

––Supongo que Toby puede comerse estas sobras. ¿Va usted a acostarse, Holmes?

––No; no estoy cansado. Tengo un organismo muy curioso. No recuerdo que el trabajo me haya cansado nunca; en cambio, no hacer nada me deja completamente agotado. Voy a fumar mientras repaso este extraño asunto en el que nos ha metido mi bella cliente. Si ha habido alguna vez una búsqueda fácil, debería ser ésta que nos ocupa. Los hombres con pata de palo no abundan demasiado, pero el otro individuo me atrevo a decir que es absolutamente único.

––¡Otra vez ese otro hombre!

––Mire, no quiero que parezca que hago de esto un misterio, pero usted ya tiene que haberse formado una opinión. Vamos a ver, considere los datos: pisadas diminutas, pies descalzos, que nunca han estado oprimidos por zapatos, maza de madera con cabeza de piedra, muy ágil, dardos envenenados… ¿Qué saca usted de todo esto?

––¡Un salvaje! ––exclamé––. ¡Tal vez uno de esos individuos que estaban asociados con Jonathan Small.

––Nada de eso ––dijo Holmes––. Al principio, cuando vi señales de armas exóticas, yo también me incliné a pensar eso; pero el carácter extraordinario de las pisadas me hizo reconsiderar mis teorías. Algunos habitantes de la Península India son pequeños, pero ninguno podría haber dejado huellas como aquéllas. Los hindúes propiamente dichos tienen los pies largos y delgados. Los mahometanos, que usan sandalias, tienen el pulgar bastante separado de los otros dedos, porque la correa de la sandalia suele pasar entre medias. Además, esos pequeños dardos sólo se pueden disparar de una manera: con una cerbatana. Pues bien: ¿dónde debemos buscar a nuestro salvaje?

––¿En Sudamérica? ––aventuré.

Holmes estiró el brazo y sacó un grueso volumen de un estante.

––Éste es el primer volumen de una Geografía que se está publicando por tomos. Podemos considerarla como la referencia más al día. ¿Qué tenemos aquí? «Islas Andaman, situadas 340 millas al norte de Sumatra, en el golfo de Bengala». Mmm… Mmm… ¿Qué es todo esto? Clima húmedo, arrecifes de coral, tiburones, Puerto Blair, colonias penitenciarias, isla de Rudand, plantaciones de algodón… ¡Ah, aquí está! «Los aborígenes de las islas Andaman podrían optar al título de la raza más pequeña de la Tierra, aunque algunos antropólogos votarían por los bosquimanos de África, los indios paiutes de América o los nativos de la Tierra del Fuego. La estatura media es inferior al metro y medio, y existen numerosos adultos que miden mucho menos. Son feroces, malhumorados e intratables, aunque capaces de entablar una amistad a toda prueba si uno se gana su confianza.» Fíjese en esto, Watson. Y escuche lo que viene a continuación: «Tienen un aspecto horrible, con cabezas grandes y deformes, ojos pequeños y feroces y facciones distorsionadas. Sin embargo, los pies y las manos son muy pequeños. Son tan hostiles y feroces que han fracasado todos los esfuerzos de los funcionarios británicos por establecer relaciones con ellos. Siempre han sido el terror de las tripulaciones de barcos naufragados, porque aplastan el cráneo de los supervivientes con sus mazas de piedra o los acribillan con dardos envenenados. Estas matanzas concluyen invariablemente con un banquete caníbal.» ¡Un pueblo encantador y de lo más simpático, Watson! Si a este sujeto se le hubiera dejado actuar a su aire, el asunto habría tomado un cariz mucho más sangriento. Aun así, tal como se han desarrollado las cosas, me figuro que Jonathan Small estará lamentando haber recurrido a él.

––Pero ¿cómo ha llegado a tener un compañero tan raro?

––¡Ah!, eso es más de lo que yo puedo decir. Sin embargo, puesto que ya hemos dejado establecido que Small viene de las Andaman, tampoco es tan descabellado que le acompañe este isleño. Sin duda, con el tiempo lo averiguaremos todo. Oiga, Watson, parece usted hecho polvo. Túmbese aquí, en el sofá, y voy a ver si consigo dormirle.

Sacó el violín de un rincón y, mientras yo me tumbaba, empezó a tocar una melodía suave y soñadora… de su propia cosecha, sin duda, porque poseía un notable talento para la improvisación. Recuerdo vagamente sus miembros enjutos, su rostro concentrado y el subir y bajar del arco. Luego me pareció que flotaba apaciblemente sobre un suave mar de sonido, hasta que me encontré en el país de los sueños, con el dulce rostro de Mary Morstan mirándome desde lo alto.

Capítulo 9 - En Kalta

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Estaba ya bastante avanzada la tarde cuando me desperté, fortalecido y reanimado.

Sherlock Holmes seguía sentado exactamente igual que la última vez que lo vi, salvo que había dejado a un lado el violín y ahora se hallaba absorto en un libro. Me miró de refilón cuando empecé a moverme y noté que tenía una expresión sombría y preocupada.

––Ha dormido como un tronco ––dijo––. Temí que nuestra conversación le despertara.

––No he oído nada ––respondí––. ¿Así que ha tenido nuevas noticias?

––Por desgracia, no. Confieso que estoy sorprendido y decepcionado.

Esperaba tener algo concreto a estas horas. Wiggins acaba de pasar a informar. Dice que no han encontrado ni rastro de la lancha. Es un parón irritante, porque cada hora cuenta.

––¿Puedo hacer algo? Estoy perfectamente recuperado y listo para otra salida nocturna.

––No, no podemos hacer nada. Únicamente esperar. Si salimos, el mensaje puede llegar durante nuestra ausencia y se produciría un retraso. Usted haga lo que quiera, pero yo tengo que quedarme de guardia.

––En tal caso, me pasaré por Camberwell y le haré una visita a la señora de Cecil Forrester. Me lo pidió ayer.

––¿A la señora de Cecil Forrester? ––preguntó Holmes con una chispa de sonrisa en la mirada.

––Bueno, claro, y también a la señorita Morstan. Estaban ansiosas por enterarse de lo ocurrido.

––Yo no les contaría demasiado ––dijo Holmes––. Nunca hay que fiarse del todo de las mujeres… , ni siquiera de las mejores.

No me entretuve en discutir tan despreciable opinión. Volveré dentro de una o dos horas ––fue lo único que dije.

––Muy bien. Buena suerte. Pero, oiga: si va a cruzar el río, podría aprovechar para devolver a Toby, porque ya no creo que lo necesitemos para nada.

De manera que me llevé a nuestro chucho y lo dejé, junto con medio soberano, en casa del viejo naturalista de Pinchin Lane. En Camberwell encontré a la señorita Morstan un poco fatigada tras sus aventuras nocturnas, pero ansiosa por escuchar las noticias. También la señora Forrester se moría de curiosidad. Les conté todo lo que habíamos hecho, omitiendo, no obstante, las partes más siniestras de la tragedia. Por ejemplo, aunque les hablé de la muerte del señor Sholto, no les dije nada del método exacto empleado. Sin embargo, aun con todas mis omisiones, había material suficiente para asombrarlas y sobresaltarlas.

––¡Es como una novela! ––exclamó la señora Forrester––. Una dama agraviada, un tesoro de medio millón, un caníbal negro y un rufián con pata de palo. Vienen a sustituir al dragón y al malvado conde tradicionales.

––Y dos caballeros andantes al rescate ––añadió la señorita Morstan, dirigiéndome una mirada encendida. ––Caramba, Mary, del resultado de esta búsqueda depende tu fortuna. Me parece que no estás lo bastante emocionada. Imagínate lo que debe ser hacerte rica y tener el mundo a tus pies.

Sentí un ligero estremecimiento de alegría al observar que aquella perspectiva no provocaba en ella ninguna muestra de entusiasmo. Por el contrario, levantó su orgullosa cabeza como si aquel asunto no le interesara lo más mínimo.

––Lo que sí me preocupa es el señor Thaddeus Sholto ––dijo––. Todo lo demás carece de importancia. Pero creo que él se ha portado en todo momento como un hombre absolutamente decente y honrado, y nuestro deber es librarlo de esa terrible e infundada acusación.

Estaba ya anocheciendo cuando me marché de Camberwell y cuando llegué a casa era completamente de noche. El libro y la pipa de mi compañero estaban junto a su sillón, pero él se había esfumado. Eché un vistazo con la esperanza de encontrar una nota, pero no había ninguna.

––¿Ha salido el señor Holmes? ––le pregunté a la señora Hudson cuando entró para bajar las persianas.

––No, señor. Está en su habitación. ¿Sabe usted, señor? ––dijo, bajando la voz hasta convertirla en un impresionante susurro––. Temo por su salud.

––¿Por qué dice eso, señora Hudson?

––¡Es que es tan raro! Cuando se marchó usted, se puso a andar de un lado a otro, arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que llegué a hartarme de oír sus pasos. Luego le oí hablar y cuchichear solo, y cada vez que sonaba el timbre salía a la escalera a preguntar: «¿Quién es, señora Hudson?» Y ahora se ha metido en su cuarto, dando un portazo, pero le oigo pasear lo mismo que antes. Ojalá no se ponga enfermo, señor. Me atreví a decirle algo sobre tomar un calmante y me miró con una mirada que no sé ni cómo pude salir de la habitación.

––No creo que haya motivos para preocuparse, señora Hudson ––respondí– –. Ya lo he visto así otras veces. Tiene algún asunto en la cabeza que no le deja tranquilo.

Procuré hablar con nuestra estupenda casera en tono despreocupado, pero yo mismo empecé a preocuparme, porque durante toda la larga noche seguí oyendo de vez en cuando el sonido apagado de sus pasos, y comprendí que su espíritu inquieto se rebelaba con todas sus fuerzas contra aquella inactividad involuntaria.

A la hora del desayuno lo encontré fatigado y ojeroso, con un toque de color febril en las mejillas.

––Se está usted destrozando, amigo mío ––comenté––. Le he oído desfilar toda la noche.

––Es que no podía dormir ––respondió––. Este problema infernal me está consumiendo. ¡Mira que quedarnos atascados en un obstáculo tan insignificante, después de haber superado todo lo demás! Conozco a los hombres, la lancha, todo… , y sin embargo, no me llegan noticias. He puesto en acción a otros agentes y he empleado todos los medios a mi disposición.

Se ha buscado en todo el río por las dos orillas y no hay novedades, y tampoco la señora Smith ha sabido nada de su marido. De seguir así, habrá que llegar a la conclusión de que han echado a pique la lancha. Pero existen objeciones a esta hipótesis.

––Puede que la señora Smith nos haya mandado tras una pista falsa.

––No, creo que eso podemos descartarlo. He hecho averiguaciones y existe una lancha que responde a la descripción.

––¿Y no podría haber ido río arriba?

––También he considerado esa posibilidad, y tengo un grupo encargado de buscar hasta Richmond. Si hoy no llegan noticias, mañana me pondré en acción personalmente, y buscaré a los hombres en vez de buscar la lancha.

Pero seguro, seguro, que hoy sabremos algo.

Sin embargo, no fue así. No nos llegó ni una palabra, ni de parte de Wiggins ni de los demás agentes. En casi todos los periódicos se publicaron artículos acerca de la tragedia de Norwood, y todos se mostraban bastante hostiles respecto al desdichado Thaddeus Sholto. Pero en ninguno de ellos se aportaban nuevos detalles, excepto que al día siguiente tendría lugar la investigación judicial. Por la tarde me acerqué paseando hasta Camberwell para informar a las señoras de nuestra falta de éxito, y a mi regreso encontré a Holmes abatido y de bastante mal humor. Apenas se dignó responder a mis preguntas y estuvo toda la noche ocupado en un abstruso análisis químico que incluía mucho calentamiento de retortas y destilación de vapores, culminando en un olor tan desagradable que casi me expulsó del apartamento. Hasta las primeras horas de la madrugada estuve oyendo el tintineo de sus tubos de ensayo, que me indicaba que continuaba enfrascado en su maloliente experimento.

Empezaba a amanecer cuando me desperté sobresaltado y me sorprendió verlo de pie junto a mi cama, vestido con toscas ropas de marinero, con chaquetón y una áspera bufanda roja al cuello.

––Me voy río abajo, Watson ––dijo––. He estado dándole vueltas al asunto y no veo más que una salida. En cualquier caso, vale la pena intentarlo.

––Podré ir con usted, ¿verdad? ––pregunté.

––No; será usted mucho más útil si se queda aquí en representación mía. No me hace gracia marcharme, porque es muy posible que llegue algún mensaje durante el día, aunque anoche Wiggins se mostró bastante pesimista.

Quiero que abra usted todas las notas y telegramas que lleguen, y actúe según su propio criterio si llega alguna noticia. ¿Puedo contar con usted?

––Naturalmente que sí.

––Me temo que no podrá telegrafiarme, porque no puedo decirle dónde voy a estar. Pero si tengo suerte, no estaré fuera mucho tiempo. Y cuando regrese, tendré noticias de una u otra clase.

A la hora del desayuno, aún no había sabido nada de él. Pero al abrir el Standard encontré publicada una nueva alusión al caso:

«Con respecto a la tragedia de Upper Norwood, tenemos motivos para creer que el asunto promete ser aun más complicado y misterioso de lo que se suponía en principio. Nuevas averiguaciones han demostrado que es completamente imposible que el señor Thaddeus Sholto estuviera implicado en modo alguno. Tanto él como el ama de llaves, la señora Bernstone, fueron puestos en libertad ayer por la tarde. No obstante, se cree que la policía dispone de una pista acerca de los verdaderos culpables, que está siendo seguida por el inspector Athelney Jones, de Scotland Yard, con toda la energía y sagacidad que le han hecho famoso. Se esperan nuevas detenciones en cualquier momento.»

«Hasta cierto punto, esto marcha bien ––pensé––. Por lo menos, el amigo Sholto está a salvo. Me pregunto cuál será esa nueva pista, aunque más parece una fórmula estereotipada para decir que la policía ha metido la pata.»

Dejé el periódico sobre la mesa, pero en aquel momento mis ojos se fijaron en un anuncio de la sección de personales. Decía así:

«DESAPARECIDO.–– Mordecai Smith, barquero, y su hijo Jim zarparon del embarcadero de Smith a eso de las tres de la madrugada del martes pasado, en la lancha de vapor Aurora, negra con dos franjas rojas, chimenea negra con franja blanca. Se pagará la suma de cinco libras a quien pueda dar información sobre el paradero del mencionado Mordecai Smith y de la lancha Aurora a la señora Smith, en el embarcadero, o en el 22111 de Baker Street.»

Aquello era, sin duda, obra de Holmes. La dirección de Baker Street bastaba para demostrarlo. Me pareció bastante ingenioso, porque los fugitivos podían leerlo sin ver en ello más que la angustia natural de una esposa por la desaparición de su marido.

El día se me hizo larguísimo. Cada vez que llamaban a la puerta o se oían pasos rápidos por la calle, me imaginaba que era Holmes que volvía o alguien que venía en respuesta a su anuncio. Intenté leer algo, pero mis pensamientos se desviaban constantemente hacia nuestra extraña búsqueda y la pintoresca y maligna pareja a la que perseguíamos. ¿Era posible, me preguntaba, que existiera un fallo de raíz en el razonamiento de mi compañero? ¿No podría haber cometido un error monumental? ¿Cabía la posibilidad de que su mente ágil y especulativa hubiera elaborado toda aquella descabellada teoría sobre una base equivocada? Que yo supiera, nunca se había equivocado, pero hasta el razonador más agudo puede engañarse de vez en cuando. Pensé que era probable que hubiera caído en el error a causa del excesivo refinamiento de su lógica, de su preferencia por las explicaciones sutiles y extravagantes cuando tenía a mano otras más vulgares y sencillas. Pero por otra parte, yo mismo había visto las pruebas y había escuchado las razones de sus deducciones. Si repasaba la larga cadena de curiosas circunstancias ––muchas de ellas triviales en sí mismas, pero todas apuntando en la misma dirección––, no podía dejar de pensar que, aun en el caso de que la explicación de Holmes resultara errónea, la verdadera tenía que ser igualmente extravagante y sorprendente.

A las tres en punto de la tarde oí un fuerte timbrazo en la puerta y una voz autoritaria en el vestíbulo y, con gran sorpresa por mi parte, se presentó en nuestro cuarto nada menos que el señor Athelney Jones. Sin embargo, se le veía muy diferente del brusco y dominante profesor de sentido común que con tanta confianza se había hecho cargo del caso de Upper Norwood. Traía una expresión abatida y sus modales eran suaves, casi como si se disculpara.

––Buenos días, señor, buenos días ––dijo––. Tengo entendido que el señor Holmes ha salido.

––Sí, y no sé a ciencia cierta cuándo regresará. Pero si quiere esperarle, puede sentarse en esa butaca y fumar uno de estos cigarros.

––Gracias, no tengo inconveniente ––dijo, secándose el sudor de la cara con un pañuelo rojo estampado.

––¿Y un whisky con soda?

––Bueno, medio vaso. Hace mucho calor para esta época del año y he tenido bastantes problemas y dificultades. ¿Conoce usted mi teoría acerca del caso de Norwood?

––Recuerdo sólo que expuso una.

––Bueno, me he visto obligado a reconsiderarla. Tenía ya al señor Sholto bien atrapado en mis redes cuando, zas, se me cuela por un agujero.

Consiguió presentar una coartada imposible de echar abajo. Desde el instante en que salió de la habitación de su hermano, estuvo en todo momento a la vista de una u otra persona, así que no pudo ser él quien trepó por los tejados y se metió por las trampillas. Es un caso muy complicado y me juego en él mi prestigio profesional. Me vendría muy bien una pequeña ayuda.

––Todos necesitamos ayuda de vez en cuando ––dije yo.

––Su amigo, el señor Sherlock Holmes, es un hombre maravilloso ––dijo en tono ronco y confidencial––. No hay quien pueda con él. He visto a ese jovencito meter la nariz en un buen montón de casos, y aún no ha habido un caso en el que no haya podido arrojar algo de luz. Sus métodos son irregulares, y tal vez se precipita un poco al inventar teorías, pero, en conjunto, creo que habría sido un policía muy prometedor, y no me importa decirlo. Esta mañana he recibido un telegrama suyo, dando a entender que dispone de alguna pista en el caso Sholto. Aquí está su mensaje. Sacó el telegrama del bolsillo y me lo entregó. Se había enviado desde Poplar, a las doce. «Vaya inmediatamente a Baker Street ––decía––. Si aún no he regresado, espéreme. Sigo de cerca la pista de la banda del caso Sholto. Si quiere intervenir en el final, puede acompañarnos esta noche.»

––Esto suena bien. Está claro que ha vuelto a encontrar el rastro ––dije.

––¡Ah!, entonces es que también él había fallado ––exclamó Jones, con evidente satisfacción––. Hasta los mejores nos despistamos alguna que otra vez. Claro que esto podría ser una falsa alarma, pero mi deber como agente de la ley es no pasar por alto ninguna posibilidad. ¡Ah!, hay alguien en la puerta. Tal vez sea él.

Se oyeron unos pasos inseguros que subían por la escalera, acompañados de fuertes resoplidos y jadeos, como de un hombre que tiene grandes dificultades para respirar. Se detuvo un par de veces, como si el ascenso fuera demasiado fatigoso para él, pero al fin consiguió llegar a nuestra puerta y entrar. Su aspecto cuadraba bien con los sonidos que habíamos oído. Era un hombre de edad avanzada, vestido de marinero, con un viejo chaquetón abotonado hasta el cuello. Tenía la espalda doblada, le temblaban las rodillas y su respiración era dolorosamente asmática. Se apoyaba en un grueso bastón de roble y sus hombros se alzaban con esfuerzo para aspirar aire hacia los pulmones.

Llevaba una bufanda de colores tapándole la barbilla y pude ver poco de su cara, aparte de un par de ojos oscuros y penetrantes, enmarcados por unas cejas blancas y pobladas y un par de largas patillas grises. En conjunto, me dio la impresión de un respetable patrón de barco cargado de años y empobrecido.

––¿Qué desea, buen hombre? ––pregunté.

El hombre miró a su alrededor al estilo lento y metódico de los ancianos.

––¿Está aquí el señor Sherlock Holmes? ––preguntó.

––No, pero yo actúo en su nombre. Puede darme cualquier mensaje que traiga para él.

––Tenía que decírselo a él en persona.

––Pero ya le digo que actúo en su nombre. ¿Es algo referente a la lancha de Mordecai Smith?

––Sí. Yo sé muy bien dónde está. Y sé dónde están los hombres que busca. Y sé dónde está el tesoro. Lo sé todo.

––Pues dígamelo y yo se lo haré saber.

––Tenía que decírselo a él ––insistió, con la obstinación petulante de un hombre muy viejo.

––Pues tendrá que esperar a que venga.

––Ni hablar. No voy a perder todo un día para dar gusto a nadie. Si el señor Holmes no está, el señor Holmes tendrá que averiguarlo todo por su cuenta. No me gusta el aspecto de ninguno de ustedes dos y no pienso decir ni una palabra.

Arrastró los pies hacia la puerta, pero Athelney Jones se le puso delante.

––Un momento, amigo ––dijo––. Usted posee información importante y no debe marcharse. Le guste o no, vamos a retenerlo aquí hasta que regrese nuestro amigo.

El anciano intentó una carrerita hacia la puerta, pero al ver que Athelney Jones apoyaba en ella su ancha espalda se convenció de la inutilidad de su resistencia.

––¡Bonita manera de tratarle a uno! ––exclamó, golpeando el suelo con su bastón––. Vengo aquí a ver a un caballero y dos tipos a los que no he visto en mi vida me sujetan y me tratan de esta manera.

––No perderá nada con esto ––dije––. Le recompensaremos por el tiempo perdido. Siéntese ahí, en el sofá, y no tendrá que esperar mucho.

El hombre cruzó la habitación de muy mal humor y se sentó con la cara apoyada en las manos. Jones y yo seguimos fumando y reanudamos nuestra charla. Pero de pronto, sonó sobre nuestras cabezas la voz de Holmes.

––Ya podrían ustedes ofrecerme también a mí un cigarro ––dijo.

Los dos dimos un salto en nuestros asientos. Allí estaba Holmes, sentado junto a nosotros, con expresión de tranquilo regocijo.

––¡Holmes! ––exclamé––. ¡Usted aquí! Pero… ¿dónde está el anciano?

––Aquí está el anciano ––dijo Holmes, extendiendo un montón de pelo blanco––. Aquí lo tiene. Peluca, patillas, cejas y todo lo demás. Estaba convencido de que mi disfraz era bastante bueno, pero no esperaba que llegara a superar esta prueba.

––¡Qué bribón! ––exclamó Jones, absolutamente encantado––. Habría podido ser actor, y de los buenos. Tenía la tos exacta de un viejo del asilo, y esas piernas temblorosas valen diez libras a la semana. Aun así, me pareció reconocer el brillo de sus ojos. Ya ve que no es tan fácil burlarnos.

––Llevo todo el día actuando con este disfraz ––dijo Holmes, mientras encendía un cigarro––. Resulta que ya empieza a conocerme un buen número de miembros de la clase criminal, sobre todo desde que a nuestro amigo, aquí presente, le dio por publicar algunos de mis casos. Así que ya sólo puedo recorrer el sendero de guerra bajo algún disfraz sencillo, como éste. ¿Recibió usted mi telegrama?

––Sí, por eso he venido.

––¿Qué tal va progresando su caso?

––Todo se ha quedado en nada. He tenido que soltar a dos de mis detenidos y no hay pruebas contra los otros dos.

––No se preocupe. Le proporcionaremos otros dos a cambio de ésos. Pero tiene usted que ponerse a mis órdenes. Puede usted quedarse con todo el crédito oficial, pero tiene que actuar tal como yo le indique. ¿Está de acuerdo?

––Por completo, si me ayuda a cazar a esos hombres.

––Muy bien. En primer lugar, necesitaré una lancha rápida de la policía, una lancha de vapor, que debe estar en el embarcadero de Westminster a las siete en punto.

––Eso se arregla fácilmente. Siempre hay una por allí. Pero para estar seguro puedo cruzar la calle y telefonear.

––También necesitaré dos hombres fuertes y valientes, por si ofrecen resistencia.

––Habrá dos o tres en la lancha. ¿Qué más?

––Cuando atrapemos a los hombres, nos haremos con el tesoro. Creo que para este amigo mío sería un placer llevarle personalmente la caja a la joven a quien pertenece por derecho la mitad. Que sea ella la primera en abrirla. ¿Eh, Watson?

––Sería un gran placer para mí.

––Es un procedimiento bastante irregular ––dijo Jones, meneando la cabeza––. Sin embargo, el asunto entero es irregular, y supongo que tendremos que hacer la vista gorda. Pero luego habrá que entregar el tesoro a las autoridades hasta que concluya la investigación oficial.

––Desde luego. Eso es fácil de arreglar. Una cosa más: me gustaría que el propio Jonathan Small me explicara algunos detalles del caso. Ya sabe usted que me gusta dejar resueltos mis casos hasta el último detalle. ¿Hay alguna objeción a que mantenga una entrevista extraoficial con él, aquí en mis habitaciones o en cualquier otro lugar, teniéndolo en todo momento convenientemente vigilado?

––Bueno, usted controla la situación. Aún no tengo ninguna prueba de la existencia de ese Jonathan Small, pero si es usted capaz de atraparlo, no veo por qué iba a negarme a que hable con él.

––¿De acuerdo, pues?

––Por completo. ¿Hay algo más?

––Sólo que insisto en que cene usted con nosotros. La cena estará lista en media hora. Tengo ostras y gallo de bosque, con una buena selección de vinos blancos. Watson, usted todavía no ha apreciado mis habilidades de ama de casa.

Capítulo 10 - Cómo pereció el insular de Andaman

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Fue una comida muy entretenida. Cuando quería, Holmes podía ser un magnífico conversador, y aquella noche estaba bien dispuesto. Parecía encontrarse en un estado de exaltación nerviosa. Jamás lo he visto tan brillante. Habló sobre una rápida sucesión de temas: autos sacramentales, cerámica medieval, violines Stradivarius, el budismo en Ceylán, los barcos de guerra del futuro… , tratando cada tema como si lo hubiera estudiado a fondo. Su buen humor indicaba que había superado la negra depresión de los días anteriores. Athelney Jones resultó ser un tipo muy sociable en sus horas de relajación y atacó la cena con el aire de un bon vivant. Yo, por mi parte, me sentía excitadísimo al pensar que nos acercábamos al final de nuestra empresa y se me contagió parte de la alegría de Holmes. Ninguno de los tres hizo la menor alusión durante la cena a la causa que nos había reunido.

Una vez retirado el mantel, Holmes consultó su reloj y llenó tres vasos de oporto.

––Levantemos la copa por el éxito de nuestra pequeña expedición ––dijo––. Y ahora, ha llegado el momento de ponerse en marcha. ¿Tiene usted pistola, Watson?

––Tengo mi viejo revólver del ejército en el escritorio.

––Será mejor que lo coja. Conviene ir bien preparados. Veo que el coche ya está en la puerta. Encargué que viniera a las seis y media.

Eran poco más de las siete cuando llegamos al embarcadero de Westminster y encontramos la lancha aguardándonos. Holmes la miró con ojo crítico.

––¿Hay algo que la identifique como una lancha de la policía?

––Sí, ese farol verde al costado.

––Pues quítenlo.

Se efectuó el pequeño cambio, saltamos a bordo y soltamos amarras. Jones, Holmes y yo nos sentamos a popa. Había un hombre al timón, otro atendiendo las máquinas y dos corpulentos agentes de policía a proa.

––¿Dónde vamos? ––preguntó Jones.

––A la Torre. Dígales que se detengan enfrente del astillero de Jacobinos. Se notaba que nuestra embarcación era muy rápida. Adelantábamos a las largas hileras de gabarras de carga como si estuvieran paradas. Holmes sonrió con satisfacción cuando alcanzamos a un vapor fluvial y lo dejamos atrás.

––Parece que somos capaces de alcanzar cualquier embarcación del río –– dijo.

––Bueno, no tanto. Pero no creo que haya muchas que nos ganen.

––Tenemos que cazar al Aurora, que tiene fama de rápido. Le voy a explicar cómo andan las cosas, Watson. ¿Recuerda lo mucho que me molestó verme frustrado por un obstáculo tan pequeño?

––Sí.

––Pues bien, le concedí a mi cerebro un descanso completo, enfrascándome en un análisis químico. Uno de nuestros más grandes estadistas ha dicho que el mejor descanso es un cambio de ocupación. Y es verdad. Cuando conseguí disolver el hidrocarburo con el que estaba trabajando, volví al problema de los Sholto y repasé una vez más todo el asunto. Mis muchachos habían mirado río arriba y río abajo sin resultados. La lancha no estaba en ningún muelle o embarcadero, y tampoco había regresado al suyo. Sin embargo, era muy poco probable que la hubieran hundido para borrar sus huellas, aunque siempre cabía esa posibilidad si todo lo demás fallaba. Yo sabía que este Small posee un cierto grado de astucia de poca monta, pero no lo consideraba capaz de demasiadas sutilezas. Eso suele ser consecuencia de una educación superior. Entonces se me ocurrió que si Small llevaba bastante tiempo en Londres, y tenemos evidencia de que mantenía una vigilancia constante sobre el Pabellón Pondicherry, era difícil que pudiera marcharse de buenas a primeras; necesitaría algún tiempo, aunque sólo fuera un día, para dejar arreglados sus asuntos.

En cualquier caso, parecía bastante probable.

––Eso me parece un poco flojo ––dije––. Es más probable que hubiera arreglado sus asuntos antes de emprender esta expedición.

––No, yo no lo creo así. Ese cubil suyo era un refugio demasiado valioso en caso de necesidad como para abandonarlo antes de estar seguro de que podía prescindir de él. Pero hay una segunda consideración que me hizo pensar.

Jonathan Small tenía que ser consciente de que el extraño aspecto de su compañero, por mucho que lo cubriera de ropas, daría que hablar a la gente, e incluso era posible que lo relacionaran con la tragedia de Norwood. Es lo bastante listo como para darse cuenta de eso. Habían salido de su cuartel general al abrigo de la oscuridad, y le interesaba estar de vuelta antes de que se hiciera completamente de día. Ahora bien, según la señora Smith, eran más de las tres de la mañana cuando abordaron la lancha. Una hora más tarde ya habría bastante luz y gente levantada. Por lo tanto, me dije, no debieron ir muy lejos. Le pagaron bien a Smith para que cerrara la boca, reservaron su lancha para la fuga final y se marcharon corriendo a su escondite con la caja del tesoro.

Al cabo de un par de noches, habiendo tenido tiempo para ver qué contaban los periódicos y si se sospechaba algo, saldrían en la oscuridad para tomar algún barco en Gravesend o en los Downs, donde sin duda ya habían reservado pasajes para América o las Colonias.

––¿Pero, y la lancha? No podían llevársela a su alojamiento.

––Claro que no. Yo supuse que, a pesar de su invisibilidad, la lancha no debía estar muy lejos. Así que me puse en el lugar de Small y consideré el asunto como lo haría un hombre de su capacidad. Probablemente, pensó que devolver la lancha o dejarla en un embarcadero facilitaría la persecución, en el caso de que la policía le siguiera la pista. ¿Cómo podía ocultar la lancha y aun así tenerla a mano cuando la necesitara? Me pregunté lo que haría yo si estuviera en su pellejo. Sólo se me ocurrió una manera de hacerlo: dejar la lancha en algún astillero donde hagan reparaciones, con el encargo de que hicieran algún arreglo sin importancia. De este modo, la lancha quedaría guardada en alguna nave o cobertizo, perfectamente oculta, y aun así podría disponer de ella avisando con unas horas de anticipación.

––Eso parece bastante sencillo.

––Son estas cosas tan sencillas las que más fácilmente se pasan por alto. En cualquier caso, decidí actuar partiendo de esa idea. Me puse en marcha inmediatamente, disfrazado de inofensivo marino, y pregunté en todos los astilleros río abajo. No saqué nada de los quince primeros, pero en el decimosexto, el de Jacobson, me enteré de que, dos días antes, un hombre con pata de palo había llevado allí el Aurora, para que hicieran algún ligero arreglo en el timón. «Al timón no le pasa nada», me dijo el capataz. «Ahí la tiene, ésa de las rayas rojas.» ¿Y quién cree que se presentó en aquel mismo momento? Pues nada menos que Mordecai Smith, el propietario desaparecido. Venía en bastante mal estado, a causa de la bebida. Como es natural, yo no le habría reconocido, pero iba voceando a grito pelado su nombre y el nombre de la lancha. «La quiero para esta noche a las ocho», dijo. «A las ocho en punto, ¿se entera?. Tengo dos caballeros a los que no les gusta esperar.» Estaba claro que le habían pagado bien, porque tenía dinero en abundancia y estuvo repartiendo chelines a los hombres. Lo seguí durante un trecho, pero se metió en una taberna, así que volví al astillero. Por el camino tuve la suerte de encontrarme con uno de mis muchachos y lo dejé de guardia, vigilando la lancha. Tiene instrucciones de quedarse en la orilla y hacer ondear su pañuelo cuando zarpen. Nosotros estaremos al acecho en medio de la corriente y raro será que no logremos atrapar a esos hombres, con tesoro y todo.

––Lo tiene todo muy bien planeado, tanto si son los hombres que buscamos como si no ––dijo Jones––. Pero si el asunto estuviera en mis manos, habría situado un destacamento de policía en el astillero de Jacobson, para detenerlos en cuanto aparecieran.

––Es decir, nunca. Este Small es un individuo bastante listo. Lo más probable es que envíe un explorador por delante, y si algo le hace recelar, seguirá escondido una semana más.

––Podría usted haberse pegado a Mordecai Smith, y éste le habría conducido al escondite ––dije yo.

––Hacer eso habría sido perder el tiempo. Creo que hay una posibilidad entre cien de que Smith sepa dónde viven. Mientras tenga licor y le paguen bien, ¿para qué va a hacer preguntas? Ellos le envían mensajes diciéndole lo que tiene que hacer. No; he considerado todas las líneas de acción posibles y ésta es la mejor.

Mientras manteníamos esta conversación, habíamos ido pasando bajo la larga serie de puentes que cruzan el Támesis.

Cuando pasábamos ante la City, los últimos rayos de sol daban un brillo dorado a la cruz que remata la catedral de San Pablo. Al llegar a la Torre ya estaba anocheciendo.

––Ése es el astillero de Jacobson ––dijo Holmes, señalando un bosquecillo de mástiles y aparejos en la orilla de Surrey––. Nos moveremos despacio, arriba y abajo, al abrigo de esta hilera de barcazas.

Sacó del bolsillo un par de gemelos y observó la orilla durante un buen rato.

––Veo a mi centinela en su puesto ––comentó––, pero no hay señales del pañuelo.

––¿Y si avanzamos un poco corriente abajo y los aguardamos? ––dijo Jones, ansioso.

Todos nos sentíamos ansiosos a esas alturas, incluso los policías y los fogoneros, que tenían una idea muy vaga de lo que estaba ocurriendo.

––No estamos en condiciones de dar nada por supuesto ––respondió Holmes––. Desde luego, hay diez posibilidades contra una de que vayan río abajo, pero no podemos estar seguros. Desde aquí podemos ver la entrada del astillero, y es difícil que ellos nos vean. La noche va a ser clara, con bastante luz. Tenemos que quedarnos donde estamos. Miren qué hormigueo de gente hay allí enfrente, a la luz de las farolas.

––Son los obreros del astillero, que salen del trabajo.

––Tienen una pinta de rufianes lamentable, pero supongo que todos poseen una pequeña chispa inmortal oculta en su interior. Nadie lo diría al verlos. A priori, no parece probable. ¡Qué extraño enigma es el hombre!

––Hay quien lo ha descrito como un alma escondida dentro de un animal –– comenté yo.

––Winwood Reade ha dicho cosas muy interesantes sobre el tema ––dijo Holmes––. Asegura que, si bien el individuo es un rompecabezas insoluble, cuando forma parte de una multitud se convierte en una certeza matemática.

Por ejemplo, nunca se puede predecir lo que hará un hombre cualquiera, pero se puede decir con exactitud lo que hará la población por término medio. Los individuos varían, pero los porcentajes se mantienen constantes. Eso dicen los expertos en estadística. Pero… ¿es aquello un pañuelo? Sí, se ve algo blanco ondear por allí.

––¡Sí, es su muchacho! ––exclamé––. Lo veo perfectamente.

––¡Y ahí está el Aurora! ––exclamó Holmes––. Y corre como un diablo. ¡A toda máquina, maquinista! Siga a aquella lancha del farol amarillo. Por Dios que no me perdonaré nunca si resulta que nos deja atrás.

La lancha se había deslizado sin que la viéramos por la entrada del astillero y había pasado por detrás de dos o tres embarcaciones pequeñas, de manera que ya casi había alcanzado su máxima velocidad cuando la vimos. Ahora volaba corriente abajo, muy cerca de la orilla, a una velocidad tremenda. Jones la miró con gesto serio y meneó la cabeza.

––Es muy rápida ––dijo––. No sé si la alcanzaremos.

––¡Tenemos que alcanzarla! ––gritó Holmes, apretando los dientes––. ¡Llenadla a tope, fogoneros! Que dé todo lo que pueda dar de sí. ¡Hay que cogerlos aunque quememos la lancha.

Íbamos ya detrás de ellos a buena marcha. Las calderas rugían y las potentes máquinas zumbaban y latían como un enorme corazón metálico. La alta y afilada proa cortaba las tranquilas aguas del río, formando dos grandes olas a derecha e izquierda. A cada palpitación de las máquinas, saltábamos y nos estremecíamos como si todos formáramos un organismo vivo. Un gran foco amarillo situado a proa proyectaba frente a nosotros un largo y tembloroso haz de luz. Más por delante, una mancha oscura sobre el agua nos indicaba la posición del Aurora, y la estela de espuma blanca que dejaba a su paso hablaba bien a las claras de la velocidad que llevaba. Dejamos atrás barcazas, vapores, barcos mercantes, sorteándolos por uno y otro lado, pasando por detrás de unos y rodeando otros. Oímos voces que nos gritaban desde la oscuridad, pero el Aurora seguía como un rayo, y nosotros detrás, pegados a su estela.

––¡Más carbón, muchachos, más carbón! ––gritaba Holmes, asomándose a la sala de máquinas, cuyo intenso resplandor iluminaba desde abajo su rostro aguileño y ansioso––. ¡Sacadle toda la presión que podáis!

––Creo que vamos ganando un poco de terreno ––dijo Jones, con los ojos fijos en el Aurora.

––Sí, estoy seguro ––dije yo––. La alcanzaremos en unos minutos.

Pero en aquel momento, como por obra de la fatalidad, un remolcador que arrastraba tres barcazas se interpuso entre nosotros. Conseguimos evitar la colisión dando un brusco giro al timón, pero antes de que pudiéramos rodearlo y recuperar el rumbo, el Aurora nos había sacado sus buenas doscientas yardas de ventaja. Aun así, todavía lo teníamos al alcance de la vista, y el turbio e incierto crepúsculo se iba transformando en una noche clara y estrellada. Llevábamos las calderas forzadas al máximo, y el frágil cascarón vibraba y crujía a causa de la furiosa energía que nos impulsaba.

Recorrimos a toda marcha el Pool, dejando atrás el muelle de las Indias Occidentales, bajamos por el largo canal de Deptford y lo volvimos a subir después de rodear la isla de los Perros. Por fin, la mancha borrosa que veíamos delante fue cobrando forma hasta transformarse en la elegante silueta del Aurora. Jones dirigió hacia ella nuestro foco, y pudimos ver con claridad las figuras que iban en cubierta. Había un hombre sentado a popa, inclinado sobre algo negro que llevaba entre las rodillas. A su lado se veía una masa oscura, que parecía un perro de Terranova. El muchacho manejaba la caña del timón y, recortado contra el resplandor rojo de la máquina, pude distinguir al viejo Smith, desnudo de cintura para arriba y paleando carbón como si le fuera la vida en ello. Al principio, puede que hubieran tenido alguna duda acerca de si verdaderamente los íbamos persiguiendo o no, pero ahora que seguíamos cada uno de sus giros y sus curvas ya no podía caber duda alguna. A la altura de Greenwich nos llevaban una ventaja de unos trescientos pasos. Al llegar a Blackwall, ya no eran más que doscientos cincuenta. A lo largo de mi accidentada carrera, he perseguido y cazado El Pool es el tramo del Támesis comprendido entre el puente de Londres y el puente de Cuckolds. muchos animales en muchos países, pero ninguna cacería me había producido una excitación tan frenética como la de aquella enloquecida caza del hombre, volando Támesis abajo. Poco a poco, metro a metro, les fuimos ganando terreno. En el silencio de la noche se oían los jadeos y golpeteos de sus máquinas. El hombre de popa seguía agachado sobre la cubierta y movía los brazos como si estuviera haciendo algo; de cuando en cuando, levantaba la mirada y medía con la vista la distancia que aún nos separaba. Nos fuimos acercando más y más. Jones les gritó que se detuvieran. Ya sólo nos llevaban cuatro largos de ventaja, y las dos lanchas volaban a velocidad de vértigo. Habíamos llegado a un tramo del río que estaba despejado, entre Barking Level a un lado y las melancólicas marismas de Plumstead al otro. Al oír nuestros gritos, el hombre de popa se puso en pie y agitó hacia nosotros los puños cerrados, maldiciéndonos con voz chillona y cascada. Era un hombre fuerte y corpulento y, al verlo de pie con las piernas separadas, me di cuenta de que la pierna derecha, desde la rodilla hasta abajo, no era más que un mástil de madera. Como en respuesta a sus gritos estridentes y airados, se produjo un movimiento en la masa acurrucada sobre la cubierta. Cuando se incorporó, vimos que era un hombrecillo negro, el más pequeño que he visto en mi vida, con una cabeza grande y deforme y una gran mata de cabellos revueltos y enmarañados. Holmes ya había sacado su revólver y yo eché mano al mío nada más ver a aquella criatura deforme y salvaje. Estaba envuelto en una especie de capote o manta oscura, que sólo dejaba al descubierto su cara; pero aquella cara bastaba para quitarle el sueño a cualquiera. Nunca he visto unas facciones que expresaran tanta bestialidad y crueldad. Sus ojillos brillaban y ardían con luz siniestra y sus gruesos labios se arrugaban, dejando a la vista los dientes, que rechinaban y nos hacían muecas con una furia casi animal.

––Si levanta la mano, dispare ––dijo Holmes tranquilamente.

Estábamos ya a un largo de distancia, con nuestra presa casi al alcance de la mano. Aún ahora me parece que los estoy viendo a los dos: el hombre blanco, de pie, con las piernas separadas, vociferando maldiciones; y el diabólico enano, con su rostro espantoso y sus afilados dientes amarillos, tirándonos mordiscos a la luz de nuestro foco.

Y fue una suerte que pudiéramos verlo con tanta claridad, porque mientras lo mirábamos sacó de debajo de su capote un instrumento de madera corto y redondo, parecido a una regla, y se lo llevó a los labios. Nuestras dos pistolas dispararon a la vez. El hombre se retorció, extendió hacia arriba los brazos y, con una especie de tos ahogada, cayó de costado al río.

En aquel mismo instante, el hombre de la pata de palo se lanzó sobre el timón y dio un brusco giro al mismo, dirigiendo la lancha hacia la orilla sur, mientras nosotros pasábamos rozando su popa, a unos pocos pies de distancia. Sólo tardamos unos segundos en virar tras él, pero para entonces ya casi había llegado a la orilla. Era un lugar salvaje y desolado: la luz de la luna iluminaba una amplia extensión de marisma, con charcas de agua estancada y masas de vegetación en descomposición. Con un golpe seco, la lancha encalló en un banco de fango, quedando con la proa al aire y la popa al nivel del agua. El fugitivo saltó a tierra, pero su pata de palo se hundió por completo en el suelo enfangado. Todos sus esfuerzos y contorsiones fueron en vano: le resultaba imposible dar un paso, ni hacia delante ni hacia atrás.

Gritó de rabia e impotencia, y pateó frenéticamente el barro con el otro pie; pero lo único que consiguió con sus forcejeos fue clavar aun más su ancla de madera en el fango de la orilla. Cuando la lancha llegó hasta él, estaba tan firmemente anclado que tuvimos que pasarle una cuerda bajo los hombros para desclavarlo e izarlo por la borda, como si hubiéramos pescado un pez maligno. Los dos Smith, padre e hijo, se habían quedado sentados en su lancha con expresión abatida, pero subieron mansamente a bordo de la nuestra cuando se los ordenamos. Desembarrancamos el Aurora y lo amarramos a nuestra popa. Sobre su cubierta había un sólido cofre de hierro, de artesanía india. No cabía duda de que aquella era la caja que contenía el infausto tesoro de los Sholto. No tenía llave, pero pesaba muchísimo, así que lo llevamos con cuidado a nuestro pequeño camarote.

Mientras remontábamos de nuevo el río a poca velocidad, enfocamos nuestro proyector en todas direcciones, pero no vimos ni rastro del isleño. En algún lugar del fondo del Támesis, entre el fango negro, yacen los huesos de aquel extraño visitante de nuestras costas.

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Дата выхода на Литрес:
27 февраля 2026
Объем:
1230 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
4064066446659
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