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Doyle, Arthur Conan

El mundo perdido / Arthur Conan Doyle ; adaptado por Patricia Roggio ; ilustrado por Oscar Senonez. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2019.

Libro digital, EPUB


Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4419-70-5


1. Narrativa Inglesa. I. Roggio, Patricia, adap. II. Senonez, Oscar, ilus. III. Título.

CDD 823

Reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

EL MUNDO PERDIDO

/ CAPÍTULO 1

NECESITABA SER UN HÉROE

Lo que viví y que voy a contar a continuación se lo debo a una persona en particular: Gladys Hungerton. Ella, de quien estaba profundamente enamorado, me empujó a esta aventura. Todo comenzó el día en que, por fin, me decidí a confesarle mi amor… y me rechazó.

–Tengo el presentimiento de que te vas a declarar, Ned –me dijo–. Y preferiría que no lo hicieras. Nuestra amistad es tan linda… ¡Sería una lástima echarla a perder! ¿No ves qué importante es que un chico y una chica puedan hablar sinceramente, como nosotros?

–No, Gladys... Yo puedo hablar con... con el jefe de redacción de La Gaceta. –No me imagino por qué di este ejemplo absurdo, que nos hizo reír a los dos–. Pero a ti… a ti quiero abrazarte y quiero...

Al ver que me proponía hacer realidad mis deseos, ella saltó de su silla y se quejó:

–¡Qué pena, Ned! Lo arruinaste todo.

–No elijo lo que siento –me defendí–. ¡Es el amor!

–Pero yo no estoy enamorada. Nunca me he enamorado –aclaró, lamentablemente.

–¿Y por qué no puedes enamorarte de mí? ¿Es por mi aspecto?

–No es eso. Es por algo más profundo.

–¿Mi carácter? –le pregunté, cada vez más desesperado.

Ella asintió, volvió a sentarse y me explicó:

–Es que estoy enamorada de otro. No es alguien en particular, sino un hombre ideal.

–¿Y cómo es ese hombre? ¿Qué hace? Dime cómo te gustaría que fuese...

–Está bien –respondió, riéndose de mi pedido–. En primer lugar, mi hombre ideal no hablaría como tú. Él sería más recio, más indiferente. Y lo más importante: debería ser capaz de mirar a la muerte cara a cara, sin temer. Tendría que realizar actos realmente heroicos, para que sus hazañas se reflejaran en mí y me hicieran famosa.

Sus ideas eran extrañas, pero se la notaba convencida. Buscaba un héroe que fuera admirado y que, sobre todo, hiciera que el mundo admirara a su esposa.

–No todos podemos ser héroes –es lo que pude responder–. Ni se presentan oportunidades todos los días. Por lo menos, yo nunca las tuve.

–Sin embargo, las oportunidades están a nuestro alrededor. Y los hombres de los que te hablo las buscan. Hay muchos actos heroicos esperando. Los hombres deben realizarlos y las mujeres debemos recompensarlos con nuestro amor. Piensa en los grandes héroes de la historia. ¡Y en sus mujeres! ¡Cómo las habrán envidiado otras mujeres! Esto es lo que me gustaría: que me envidiaran por mi hombre. Por ejemplo, el mes pasado me comentaste lo de la explosión en la mina de carbón. ¿Por qué no bajaste para ayudar a esa gente, a pesar del peligro?

–Lo hice. No te lo dije porque no quería alardear.

Ella me miró con más interés.

–Fuiste valiente.

–Tuve que hacerlo. Si uno quiere escribir un buen reportaje, tiene que estar donde suceden las cosas.

–¿Bajaste a la mina sólo por el reportaje? ¡Qué materialista! Eso le quita todo el romanticismo. Supongo que soy una tonta, pero estoy convencida de que, si me caso, lo haré con un hombre famoso.

–¡Dame una oportunidad y la aprovecharé! –le rogué.

–¿Por qué no? –respondió.

–¿Y si llego a...?

Su mano se posó como tibio terciopelo sobre mis labios.

–Ni una palabra más. Vete. Hace media hora que deberías estar en el periódico. Algún día, cuando ganes tu lugar en el mundo, volveremos a hablar.

Y así fue cómo, aquella noche de noviembre, terminé persiguiendo el tranvía, con el corazón estallándome en el pecho y con la firme decisión de no dejar pasar ni un día sin intentar realizar una hazaña digna de mi dama.

Pero nadie en el mundo habría imaginado lo increíble que iba a ser esa hazaña, ni el extraño camino que me llevaría a realizarla.


/ CAPÍTULO 2

PRUEBE SUERTE CON EL PROFESOR CHALLENGER

Un rato después, ya estaba en La Gaceta, decidido a embarcarme, esa misma noche, en una aventura digna de mi Gladys.

Cuando entré en su despacho, McArdle, el jefe de redacción, se subió los anteojos más arriba de su frente calva y me saludó:

–Bueno, señor Malone, parece que está haciendo las cosas bien. Lo de la mina de carbón estuvo excelente. Y también lo del incendio en el puerto. Sus descripciones realistas tienen estilo. ¿Para qué quería verme ahora?

–Para pedirle un favor.

–¡Vaya, vaya! ¿Y de qué se trata?

–¿Podría enviarme en alguna misión especial? Me esforzaría para traerle buenos artículos.

–¿En qué clase de misión está pensando, señor Malone?

–En cualquiera que tenga aventuras y peligros. Y cuanto más difícil, mejor.

–Parece que está deseando perder la vida.

–Justificar mi vida, señor McArdle.

–Es muy valiente de su parte. Pero las “misiones especiales” se encargan a periodistas con más experiencia y que se han ganado la confianza del público. Además, esos territorios desconocidos que antes llenaban los mapas ya fueron descubiertos y no quedan lugares para las aventuras novelescas. Sin embargo… ¡Espere un poco! –exclamó, de pronto, mientras una sonrisa asomaba en su rostro–. Eso que le dije de los territorios desconocidos me dio una idea. ¿Le interesaría desenmascarar a un farsante y ponerlo en ridículo? ¡Usted podría demostrar la clase de individuo que es ese mentiroso! ¿Le interesa?

–Me interesa cualquier cosa y en cualquier lugar –respondí, ansioso.

Durante unos minutos, McArdle se quedó en silencio, meditando, hasta que por fin continuó:

–Espero que pueda entablar un contacto amistoso con ese individuo. O por lo menos, dialogar. Usted parece tener facilidad para relacionarse con la gente. Supongo que es una cuestión de edad, o de simpatía, o de algo por el estilo. Entonces, ¿por qué no prueba suerte con el profesor Challenger?

Debo reconocer que el nombre me asustó y, por eso, exclamé:

–¡¿El profesor Challenger?! ¡¿El famoso zoólogo?! ¿No fue el que le rompió la cabeza a Blundell, el cronista de El Telégrafo?

El jefe de redacción sonrió.

–¿Y eso le importa? ¿No me dijo que buscaba aventuras?

–En este oficio hay que hacer frente a todo –le contesté, avergonzado.

–Exacto. Y supongo que el carácter del profesor no será siempre tan violento. Blundell lo habrá encontrado en un mal día o lo habrá encarado de manera equivocada. Tal vez usted tenga más suerte o más tacto.

–La verdad es que no sé nada de ese hombre –reconocí.

–Tengo algunas notas que le servirán. Vengo investigando al profesor desde hace tiempo. –McArdle sacó un papel del cajón de su escritorio y leyó–: «Antecedentes de Challenger, George Edward. Lugar y fecha de nacimiento: Largs, 1863. Estudios: Academia de Largs y Universidad de Edimburgo. Actividad: Ayudante en el Museo Británico, 1892. Ayudante del Departamento de Antropología Comparada, 1893 (renunció el mismo año, después de un conflicto). Premiado con la Medalla de Crayston por investigaciones zoológicas. Miembro extranjero de la Sociedad Belga, la Academia de Ciencias de La Plata... (y una larga lista de nombres). Expresidente de la Sociedad Paleontológica, la Asociación Británica (¡etc., etc.!). Publicaciones: Algunas observaciones sobre cráneos de calmucos: esbozos de la evolución vertebrada; La falacia básica del Weissmannismo, que ocasionó una acalorada discusión en el Congreso de Zoología de Viena, y muchos otros escritos. Pasatiempos: caminatas, alpinismo. Dirección: Parque Enmore, Kensington, Oeste». Llévese esto. Hoy, no tengo nada más para usted.

Me metí la hoja en el bolsillo. Pero antes de salir de la oficina, le dije:

–Un momento. No tengo muy claro de qué debo hablar con este caballero. ¿Qué hizo?

–Hace dos años realizó una expedición solitaria y regresó el año pasado. Indudablemente, estuvo en Sudamérica, pero se negó a revelar exactamente dónde. Contó sus aventuras sin dar muchos detalles, hasta que alguien comenzó a señalar contradicciones. Entonces, cerró la boca como una ostra. O el hombre es un campeón del embuste –que sería lo más probable– o le sucedió algo realmente extraordinario. Tenía unas fotografías deterioradas, que sus colegas consideraron fraudulentas. Y se ha vuelto tan susceptible que agrede a todos los que le hacen preguntas, especialmente a los periodistas. En mi opinión, se trata de un homicida presuntuoso, con inclinación por la ciencia. Este es su hombre, Malone. Ahora vaya y vea lo que puede hacer. Ya es bastante grandecito como para cuidarse.

Me fui caminando hasta el Club Savage. Pero antes de entrar, saqué el papel y volví a leer los datos sobre el profesor Challenger. Entonces, tuve algo así como una ráfaga de inspiración. Por lo que había dicho McArdle, si le decía que era un periodista, el pendenciero profesor jamás me daría una entrevista. Pero estaba claro que se trataba de un fanático de la ciencia. ¿Tal vez ese tema me permitiría acercarme a él? Probaría.

En el club, encontré a la persona que buscaba: Tarp Henry, redactor de Nature y un ser lleno de generosidad. De inmediato, entré en tema.

–¿Qué sabes del profesor Challenger? –le pregunté.

–¿Challenger? –frunció el ceño con un gesto de desaprobación–. Challenger es el hombre que volvió de América del Sur contando unas historias increíbles.

–¿Qué historias?

–Una serie de locuras… Dijo que había descubierto unos animales ridículos. Creo que después se retractó. O dejó de hacer comentarios al respecto. Les dio una entrevista a los de la agencia de noticias Reuters y se produjo un verdadero escándalo. Fue algo vergonzoso. Al principio, algunos le creyeron. Pero él se encargó de disuadirlos enseguida.

–¿Cómo?

–Con su insoportable brutalidad. Por ejemplo, el pobre Wadley, del Instituto de Zoología, le envió un mensaje que decía más o menos así: «El presidente del Instituto de Zoología presenta sus respetos al profesor Challenger y recibiría como un favor personal que le hiciese el honor de asistir a la próxima sesión». La respuesta fue: «El profesor Challenger presenta sus respetos al presidente del Instituto de Zoología y recibiría como un favor personal que se fuera al demonio».

–¡Qué bárbaro!

–Sí, creo que eso fue lo que dijo el viejo Wadley.

–¿Sabes algo más sobre Challenger?

–Mira, yo soy bacteriólogo. Vivo en un microscopio y me siento fuera de lugar cuando salgo del laboratorio y me pongo en contacto con ustedes, los seres de gran tamaño. Estoy alejado de los chismes aunque algo oí sobre Challenger, porque es uno de esos hombres a los que nadie puede ignorar. Es muy inteligente y está lleno de energía. Pero también es un pendenciero y un chiflado sin escrúpulos. En ese asunto de Sudamérica hasta llegó a falsificar fotografías.

–Dices que es un chiflado. ¿Cuál es su chifladura preferida?

–Tiene miles, pero la más reciente es algo acerca de las teorías de la evolución. En Viena, armó un escándalo terrible con eso. Si quieres leer las actas, tengo una traducción en mi oficina.

–Es lo que necesito. Tengo que hacerle un reportaje y ando buscando algo que me guíe hasta él.

Media hora más tarde, estaba sentado en la redacción de Nature con un grueso libro frente a mí, abierto en el artículo “Weissmann versus Darwin. Vivas protestas en el Congreso de Viena. Bulliciosas sesiones”. Era evidente que Challenger había tratado el tema de manera muy agresiva, fastidiando a sus colegas. “Protestas”, “alboroto” y “quejas” fueron las primeras palabras que me llamaron la atención. Pero mis conocimientos científicos eran bastante limitados y la mayor parte del texto me resultó como escrito en chino.

–Si pudiera entender un solo párrafo, alcanzaría para mis propósitos –me dije–. Ah, sí, este puede servir. Casi lo comprendo. Lo voy a copiar. Será mi enganche con el terrible profesor.

–¿Puedo hacer algo más por ti? –se ofreció Tarp Henry.

–Sí. Voy a escribirle una carta. Si me permitieras enviarla desde la dirección de tu revista, parecería más seria.

A regañadientes, por temor a una represalia de Challenger, Tarp Henry accedió, me dio papel membretado de Nature y un lugar donde escribir la carta.

Redactarla no me resultó fácil, pero quedó bien. Con orgullo, se la leí. Decía: «Querido profesor Challenger: siempre he tenido interés en sus hipótesis sobre las diferencias entre Darwin y Weissmann. Recientemente, tuve ocasión de refrescar mis conocimientos al releer...»

–¡Mentiroso! –interrumpió Tarp Henry.

Seguí: «…al releer su conferencia de Viena. Esa admirable exposición parece ser la última palabra en la materia. Sin embargo, en un párrafo usted dice: “Protesto enérgicamente contra la afirmación insoportable y dogmática de que cada código genético es un microcosmos que lleva en sí una arquitectura histórica elaborada a lo largo de las generaciones”. Tomando en cuenta las investigaciones posteriores, ¿no desearía modificar esa afirmación? Como conozco el tema, me atrevo a solicitarle una entrevista, para hacerle algunas sugerencias. Si lo permite, tendré el honor de visitarlo pasado mañana miércoles, a las once.

»Asegurándole mi más profundo respeto, quedo a sus órdenes.

»Edward D. Malone».

–¿Qué tal? –pregunté, entusiasmado.

–Bien, si tu conciencia soporta semejante mentira... Pero ¿qué te propones?

–Quiero entrar en la casa de Challenger. Una vez que esté en su despacho, hasta puedo confesarle mi mentira. Si tiene alma de deportista, la curiosidad le hará cosquillas.

–¿Cosquillas? Le hará algo más que cosquillas. Vas a necesitar una armadura, o un equipo completo de futbolista americano. Si él se digna contestar, la respuesta llegará aquí el miércoles por la mañana. Pero recuerda que es un hombre violento, peligroso y pendenciero, odiado por todos los que se cruzan con él. Sería mucho mejor que ese fulano no te contestara.


/ CAPÍTULO 3

ABSOLUTAMENTE INSOPORTABLE

El deseo de Tarp Henry no se cumplió. El miércoles, cuando volví a Nature, había una carta para mí, escrita con una letra que se parecía a un cerco de alambre de púas. Decía así:

«Señor: recibí su carta, en la que acepta mis puntos de vista, aunque yo no sabía que necesitaban su aceptación ni la de nadie.

»Se arriesga a emplear la palabra “hipótesis” al referirse a mis declaraciones sobre el darwinismo, y me permito llamar su atención sobre lo ofensiva que resulta esa palabra. Sin embargo, deduzco que lo suyo es ignorancia más que malicia, así que paso por alto el asunto.

»Además, usted cita un párrafo de mi conferencia y parece tener dificultad para comprenderlo. Habría pensado que solo una inteligencia infrahumana sería incapaz de entender ese párrafo. Pero si realmente necesita una explicación, lo recibiré, a pesar de lo desagradable que me resultan las visitas. En cuanto a su sugerencia de que yo podría modificar mi opinión, quiero que sepa que no acostumbro a hacerlo.

»Cuando llegue a mi casa, muestre el sobre de esta carta a Austin, mi hombre de confianza, ya que él se ve obligado a tomar toda clase de precauciones para protegerme de esa gentuza entrometida que se autotitula “periodista”.

»Atentamente.

»George Edward Challenger».

Un taxi me llevó al lugar de mi cita. Y un extraño individuo de edad incierta, moreno, extremadamente delgado y vestido con una chaqueta oscura, abrió la puerta. Después, supe que Austin era el chofer, y el mayordomo, cada vez que uno de estos empleados huía dejando el puesto vacante. Me miró de arriba abajo y preguntó:

–¿Lo esperan?

–Tengo una cita –respondí y le mostré el sobre.

Lo seguía por el pasillo, cuando una mujer salió de una habitación y me detuvo.

–Un momento –dijo–. ¿Puedo preguntarle si se ha encontrado antes con mi esposo?

–No, señora, no he tenido ese honor.

–Entonces, le pido disculpas por adelantado. Debo advertirle que es una persona absolutamente insoportable. Si nota que se pone violento, no se detenga a discutir con él y salga enseguida del cuarto. Varias personas resultaron heridas por intentarlo. Después, viene el escándalo público. Supongo que quiere verlo por lo de Sudamérica.

Yo no le podía mentir a una dama y se lo confirmé.

–¡Es el tema más peligroso! Usted no va a creer ni una palabra de lo que escuchará... y no me extraña. Pero no se lo diga, porque eso lo pone furioso. Finja que le cree y saldrá del paso sin problemas. Él está convencido de que eso es verdad. Se lo aseguro porque es el hombre más sincero del mundo. No demore. Y si se pone peligroso, toque el timbre y manténgase a distancia hasta que yo llegue. Suelo controlarlo aun en sus peores momentos.

Después de escuchar estas frases tan alentadoras, Austin me condujo hasta el final del pasillo. Un golpecito en la puerta, un mugido de toro en el interior y, acto seguido, me vi cara a cara con el profesor. Estaba sentado en un sillón giratorio, detrás de una mesa cubierta de libros, mapas y diagramas. Y cuando entré, hizo girar su asiento para quedar frente a mí.

Su aspecto me dejó boquiabierto. Lo que impresionaba era su tamaño... su tamaño y su presencia imponente. La cabeza era enorme, la más grande que he visto en ningún ser humano. Tenía la cara roja y la barba –tan negra que, por momentos, parecía azul– caía deshilachada sobre su pecho. También su cabello era raro, pues sobre la ancha frente se le pegaba una especie de mechón ondulado y largo. Los ojos de un azul grisáceo bajo cejas tupidas y largas resultaban en una mirada directa, penetrante y dominadora. Hombros anchísimos y un pecho con forma de tonel eran las otras partes del cuerpo que sobresalían de la mesa, además de unas manos enormes, cubiertas de vello largo y negro. Todo esto y una voz retumbante, como de bramidos y rugidos, formaron mi primera impresión del famoso profesor Challenger.

–¿Y ahora qué? –preguntó, clavándome la mirada desafiante.

Yo debía seguir simulando por lo menos un rato pues, de lo contrario, la entrevista iba a terminar ahí.

–Le agradezco la gentileza de recibirme –dije, humildemente.

–Ah, usted es el joven que no puede entender lo que está escrito en inglés sencillo… Y aun así, me hace el honor de aprobar mis conclusiones.

–¡Por completo, señor, por completo! –afirmé, con seguridad.

–¡Dios mío! Eso avala mi posición, ¿verdad? Por lo menos es mejor que esos cerdos de Viena, con sus gruñidos ofensivos.

–Se portaron muy mal con usted –coincidí.

–Le aseguro que me arreglo solo para pelear mis batallas y que no necesito su simpatía. Así que abreviemos esta visita, que difícilmente le resulte agradable a usted y que es indescriptiblemente fastidiosa para mí. Si no entendí mal, tiene algunos comentarios sobre mis teorías.

Su franqueza era tan brutal que se hacía difícil alargar la conversación. Pero yo tenía que seguir el juego hasta ganar su confianza. Debía inventar algo.

–¡Vamos! ¡Vamos! –me presionó con su voz retumbante.

–Yo no soy más que un simple estudioso –afirmé, con una sonrisa tonta–. Pero me pareció que usted fue muy severo con las teorías de Weissmann. ¿Acaso las pruebas aportadas desde esa fecha no revelan una tendencia…, una tendencia a confirmar su posición?

–¿Qué pruebas? –me preguntó con una calma amenazadora.

Yo no sabía qué responder, pero seguí intentando:

–Claro, ya sé que no hay ninguna prueba definitiva. Solo me refería a las tendencias científicas modernas.

Se inclinó hacia adelante con gran seriedad y dijo, mientras contaba las preguntas con los dedos:

–Supongo que sabrá que el índice craneano es un factor constante.

–Naturalmente –respondí.

–Y que la telefonía se halla aún sin clasificar.

–Sin duda –confirmé, sin tener la menor idea de lo que decía.

–Y que el plasma es diferente del huevo partenogenético.

–¡Desde luego! –exclamé, entusiasmado por mi audacia.

–Pero, ¿qué prueba todo esto? –preguntó con voz suave y persuasiva.

–Ahí está –murmuré–. ¿Qué prueba?

–¿Quiere que se lo diga? –propuso con voz arrulladora.

–Se lo ruego.

–¡Prueba –rugió– que usted es el mayor impostor de Londres, un periodista rastrero que tiene en su cerebro tan poca ciencia como vergüenza!

Se había puesto de pie de un salto y sus ojos estaban llenos de furia. Incluso en ese momento de tanta tensión, tuve tiempo para asombrarme al descubrir que Challenger era un hombre bajo, ya que su cabeza no sobrepasaba mis hombros. O sea, que era un Hércules a medias, y su tremenda fuerza estaba concentrada en el ancho de su cuerpo, en su cabeza y en su cerebro.

–¡Frases sin sentido! ¡Inventos absurdos! –gritó, inclinado hacia adelante, con los dedos apoyados en la mesa y el rostro casi rozando el mío–. Eso es lo que le estuve diciendo, caballero... ¡Un galimatías científico! ¿Creyó que podía ser más astuto que yo? ¿Con su cerebro del tamaño de una nuez? Ustedes, condenados escritorcitos, piensan que pueden elevar a un hombre con sus elogios y destruirlo con sus críticas. ¡A ese hay que ponerlo por las nubes y a ese otro hay que aplastarlo! ¡Gusanos, los conozco bien! Se creen muy influyentes. Pero yo los pondré en su lugar. Sí, señor, con G. E. Challenger no han podido. Les advertí las consecuencias, pero ya que insisten en venir…. Decidió jugar un juego peligroso y tengo la impresión de que perdió, mi querido señor Malone. Ahora, exijo que pague la deuda.

–Mire –dije, mientras retrocedía y abría la puerta–, si quiere, puede ofenderme, pero todo tiene un límite. No permitiré agresiones.

–¿No? –Avanzó despacio, de un modo amenazador. Pero se detuvo de pronto y puso las manazas en los bolsillos de su chaqueta–. Ya arrojé de esta casa a varios colegas suyos. Usted será el cuarto o el quinto. Cada uno me costó una indemnización de tres libras y quince chelines. Caro, pero necesario. Ahora, no tiene más remedio que seguir el mismo camino.

Continuó avanzando. Yo podría haber escapado, pero habría sido demasiado cobarde. Además, empezaba a sentir una chispa de rabia justiciera.

–No le permitiré que me ponga las manos encima –le advertí.

–Ah, conque no me lo permitirá, ¿eh?

Sus negros bigotazos se elevaron y una mueca de burla puso al descubierto un reluciente colmillo blanco.

–¡No se haga el tonto, profesor! –le grité–. ¿Qué espera conseguir? Peso noventa y cinco kilos, soy tan duro como un clavo y juego de pilar izquierdo. No soy hombre para...

En ese momento, se arrojó sobre mí. Por suerte, yo había abierto la puerta porque, si no, la habríamos perforado. Rodamos por el corredor hechos un ovillo. No sé cómo, en el camino nos enredamos en una silla y nos la llevamos arrastrando. Mi boca se llenó de pelos de su barba; estábamos enganchados por los brazos; nuestros cuerpos, anudados, y la silla metía sus patas por todas partes. Austin, siempre vigilante, había abierto la puerta de calle y allí fuimos a parar, dando un salto mortal, por la escalera de entrada.


La silla se rompió contra la vereda y nosotros rodamos hasta el cordón. El profesor se levantó de un salto, agitando los puños y respirando como un asmático.

–¿Recibió lo suficiente? –jadeó.

–¡Condenado fanfarrón! –grité, mientras me ponía en guardia.

Habríamos seguido la pelea –porque él desbordaba de ganas de pelear– pero, por suerte, fui rescatado de tan abominable situación: un policía estaba a nuestro lado, con su libreta de notas en la mano.

–¿Qué significa todo esto? Debería darles vergüenza –dijo.

Era lo más razonable que había escuchado desde mi llegada a la casa del profesor. El policía insistió, dirigiéndose a mí:

–Vamos a ver, ¿qué pasó?

–Este hombre me atacó –contesté.

–¿Atacó a este muchacho? –le preguntó al profesor.

Challenger respiró con fuerza y no dijo nada.

–No es la primera vez –añadió severamente el policía, sacudiendo la cabeza–. El mes pasado tuvo el mismo problema. Le puso un ojo negro a otro joven. Y usted, ¿mantiene la acusación?

–No, no la mantengo. La culpa fue mía. Me metí en su casa y él me lo advirtió –respondí, más calmado.

El policía cerró su libreta de un golpe y dijo:

–Será mejor que no vuelva a suceder una cosa así. Y ustedes, circulen, vamos, circulen.

Esto último iba dirigido al muchacho de la carnicería, a una joven y a uno o dos vagos que habían formado una rueda a nuestro alrededor. El profesor me miró. En sus ojos brillaba algo de humor.

–¡Venga adentro! –me gritó–. No terminé con usted.

A pesar de su tono amenazante, lo seguí. Austin, que parecía una estatua de madera, cerró la puerta detrás de nosotros.


/ CAPÍTULO 4

¿EL DESCUBRIMIENTO MÁS GRANDIOSO DEL MUNDO?

Apenas se cerró la puerta de calle, la señora Challenger vino hacia nosotros como una flecha. Estaba de un humor terrible.

–¡Eres una bestia, George! –gritó–. Lastimaste a ese joven tan amable.

Parecía una gallina enfurecida haciéndole frente a un bulldog. Él señaló hacia atrás, con su dedo pulgar.

–Ahí está, sano y salvo.

–Le aseguro que todo está bien, señora –la tranquilicé.

–¡Le dejó marcas en la cara, pobrecito! ¡Oh, George, qué bruto eres! En las últimas semanas solo hemos tenido escándalos. Todos empiezan a odiarte y se burlan de ti. No lo soporto más.

–¡La ropa sucia se lava...! –rugió él.

–¡No es ningún secreto! –lo interrumpió ella–. ¿No sabes que toda la cuadra, todo Londres..., todos hablan de ti? Tú, que deberías ser profesor en una gran universidad, con mil alumnos haciéndote reverencias... ¿Dónde está tu dignidad, George?

–Sé buena, Jessie.

–¡Un matón pendenciero y vulgar: en eso te has convertido!

–¡Esto ya es demasiado! ¡Al banquillo de penitencia! –dijo él, de pronto.

Para mi asombro, lo vi levantar por el aire a su esposa y sentarla en un pedestal de mármol que había en un rincón del vestíbulo. Tendría un metro y medio de alto y era tan estrecho que ella apenas conseguía mantener el equilibrio. Es difícil imaginar un espectáculo más absurdo que el de la señora Challenger subida allí, con la cara roja de rabia, los pies balanceándose en el aire y el cuerpo tieso, para evitar una caída.

–¡Déjame bajar! –gritaba.

–Di “por favor”.

–¡Eres un bruto, George! ¡Bájame enseguida!

–Venga a mi despacho, señor Malone.

–La verdad, profesor... –comencé, mirando a la señora.

–Aquí está el señor Malone defendiéndote, Jessie. Di “por favor” y te bajo.

–¡Qué bestia eres! ¡Por favor! ¡Por favor!

La bajó al suelo como si hubiese sido un canario.

–Es necesario que te comportes bien, querida. El señor Malone es un periodista y mañana publicará todo en su periodicucho. Imagínate este titular: “Curiosa historia en la clase alta”. Porque estabas bastante alta sobre ese pedestal, ¿no es cierto? Malone es un devorador de carroña, como todos los de su especie. ¿Qué le pasa, Malone?

–Usted es realmente intolerable –le dije, ofendido.

–¡Se pusieron de acuerdo! –gritó con su voz atronadora, mirando a su mujer y, luego, a mí. Pero, de pronto, cambió el tono y agregó–: Disculpe estos chistes familiares. Le pedí que volviera con un propósito mucho más serio que el de mezclarlo en nuestras pequeñas bromas. Largo de aquí, señora, y no te enojes. Todo lo que dices es verdad. Si te hiciera caso, sería un hombre mucho mejor. Pero ya no sería yo. Hay muchos hombres mejores, querida, pero solo un George Edward Challenger, así que debes sacar de mí lo mejor que puedas.

Después, le dio un sonoro beso, que me desconcertó más que su violencia anterior, y me dijo, con cortesía:

–Y ahora, señor Malone, sígame, por favor.

Volvimos a la habitación que, diez minutos antes, habíamos dejado tan violentamente. El profesor cerró la puerta y me acompañó hasta un sillón.

–Póngase cómodo y escuche atentamente. Si se le llega a ocurrir algún comentario, guárdeselo. En primer lugar, aclaremos lo de su vuelta a mi casa, después de su bien merecida expulsión… –Me miró fijo, como desafiándome a que lo contradijese–. La razón fue su respuesta a ese policía entrometido. Al admitir que usted era el culpable del incidente, demostró tener una inteligencia que me predispuso en su favor. Por desgracia, la subespecie a la que pertenece usted siempre ha estado por debajo de mi horizonte mental. Sin embargo, sus palabras lo elevaron por encima de los periodistas comunes. Por esa razón, le pedí que regresara, para conocerlo más a fondo.

Mientras decía todo esto en voz muy alta, había empujado su sillón giratorio para quedar frente a mí. Allí sentado, parecía inflarse como una enorme rana toro, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos medio ocultos bajo sus párpados fruncidos. De pronto, giró para buscar algo entre un montón de papeles que había sobre el escritorio. Al fin, se dio vuelta con un estropeadísimo cuaderno entre las manos.

–Voy a hablarle de Sudamérica –anunció–. Pero nada de lo que le diga debe ser repetido en público, hasta que tenga mi autorización expresa. Y sepa que no hay ninguna probabilidad de que jamás tenga esa autorización. ¿Está claro?

–Eso es muy duro –comenté–. Tal vez si lo cuento con prudencia...

Volvió a colocar el cuaderno sobre la mesa.

–Hemos terminado. Le deseo muy buenos días.

–¡No, no! –exclamé–. Acepto todas las condiciones.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

Me miró y en sus ojos había una expresión de duda.

–¿Y qué sé yo de su honor? –dijo, sonriente.

–¡Se está pasando de la raya, señor! –le advertí, serio–. Nadie me ha insultado así en toda mi vida.

Mi reacción, en lugar de fastidiarlo, pareció interesarle.

–Está bien, Malone. Me prometió que respetará mis confidencias, ¿no es cierto? Le advierto que no le contaré todo, aunque voy a decirle algunas cosas que pueden interesarle. Ya estará enterado de que hace dos años hice un viaje a Sudamérica. Fue una expedición que será famosa en la historia científica.

»Sabrá –aunque tal vez no lo sepa– que las regiones que rodean el río Amazonas están poco exploradas y que muchos de sus afluentes ni figuran en los mapas. Visitaba esa región casi desconocida para estudiar su fauna. Pero mientras estaba allí, me sucedió algo que abrió líneas de investigación completamente nuevas.

»Pasé una noche en una pequeña aldea india –me reservo su nombre y ubicación–. Los indígenas eran cucamas, una tribu amigable pero maltratada. Con señas, me explicaron que alguien necesitaba mis servicios médicos y seguí al jefe hasta una de sus chozas. Cuando entré, el enfermo acababa de morir. Me sorprendí, porque era un hombre blanco, vestido con harapos y muy demacrado. Por lo que entendí, había llegado a la aldea solo, desde los bosques, y los indígenas no lo conocían.

»Examiné el contenido de su mochila. En una tarjeta estaban sus datos: “Maple White. Avenida del Lago, Detroit, Michigan”. El resto de las cosas demostraban que había sido un artista. Encontré algunos dibujos de paisajes, una caja de pinturas, otra con tizas de colores, ese hueso curvo que ve sobre mi tintero y un revólver. En cuanto a objetos personales, o nunca los tuvo o los perdió durante el viaje.

»Iba a alejarme del muerto, cuando noté que algo sobresalía de su chaqueta harapienta. Era este cuaderno de dibujos, que ya estaba tan deteriorado como ahora, porque le aseguro que, desde que lo tengo, lo trato con mucho cuidado. Tome, examínelo».

Se recostó en su sillón mientras me observaba con sus ojos críticos, para tomar nota del efecto que me produciría ese documento.

Abrí el cuaderno con la expectativa de quien va a hacer algún descubrimiento, aunque no imagina cuál. Sin embargo, la primera página solo contenía el retrato de un hombre gordo con una chaqueta verde y el epígrafe “Jimmy Colver en el barco”. Seguían algunas páginas con bocetos de indios y de sus costumbres. Luego, el dibujo de un sacerdote con sombrero de paja, sentado frente a un europeo muy delgado (la inscripción decía: “Almuerzo con Fray Cristófero en Rosario”) y varias páginas más con dibujos de mujeres y niños. Después, comenzaba una serie de dibujos de animales con explicaciones como estas: “Manatí en un banco de arena”, “Tortugas y sus huevos”, “Agutí negro bajo una palmera”. Por último, venía una doble página con dibujos de saurios muy desagradables.

–Son cocodrilos, ¿no? –le pregunté al profesor.

–¡Caimanes, caimanes! En América del Sur no hay cocodrilos.

–Quise decir que no veo nada raro en este cuaderno...

Él se sonrió serenamente y me propuso:

–Mire la página siguiente.

Así lo hice, pero sin encontrar nada interesante. Era el boceto de un paisaje. En primer plano, se veía una pradera que subía y terminaba en una línea de rocas de un color rojizo, que se extendían como un muro. En un punto de ese murallón de piedra, se elevaba una roca aislada, con forma de pirámide, que parecía estar separada del resto por una hendidura. En su cima, crecía un árbol enorme. Una delgada línea verde de vegetación adornaba la cumbre del murallón de rocas. En la página siguiente, había otra acuarela del mismo lugar, pero visto desde mucho más cerca, lo que permitía distinguir los detalles con toda claridad.

–¿Y bien? –me preguntó.

–Sin duda es una formación rara. Pero no sé lo suficiente de geología como para afirmar que es algo extraordinario.

–¿Extraordinario? –repitió–. Es único. Es increíble. Nadie en el mundo soñó jamás con semejante posibilidad.

Di vuelta la página. Entonces sí lancé una exclamación de sorpresa. Era el retrato de la criatura más extraordinaria que había visto en mi vida. La cabeza parecía de un ave, pero el cuerpo correspondía a un lagarto hinchado. La cola tenía unos pinchos orientados hacia arriba y la espalda, curvada, estaba coronada por una especie de sierra. Frente a ese animal, había un absurdo maniquí o un enano que lo miraba fijo.

–¡Y bien, ¿qué opina de eso?! –exclamó el profesor, restregándose las manos con un gesto de triunfo.

–Es monstruoso.

–Pero ¿por qué dibujó un animal semejante?

–La ginebra, me imagino.

–¿Esa es la mejor explicación que se le ocurre?

–¿Y cuál es la suya? –le pregunté.

–Que ese animal existe. Es un dibujo copiado del natural.

Estuve a punto de reírme, pero el recuerdo de los dos rodando hasta la calle me hizo desistir. Por eso dije, como cuando uno le sigue la corriente a un loco:

–Claro, claro... Aunque confieso que esa pequeña figura humana me deja perplejo. Si fuera el retrato de un indio, podríamos demostrar que en América hay pigmeos. Pero parece un europeo.

El profesor resopló como un búfalo irritado y se quejó:

–Usted supera todos los límites. ¡Embotamiento cerebral! ¡Pereza mental!

Ese hombre era demasiado absurdo como para que me molestaran sus insultos. Enojarse era un despilfarro de energía, pues si uno se enojaba con él, debía hacerlo todo el tiempo. Me conformé con hacer una mueca de cansancio, mientras le decía:

–Es que me pareció que el hombre era muy pequeño.

–¡Mire aquí! –gritó, apuntando hacia el dibujo con un dedo semejante a una gran salchicha peluda–. Fíjese en esta planta que está detrás del animal. ¿Creyó que era un repollito de Bruselas? Pues no: es una palmera tagua, que crece hasta quince o veinte metros. ¿No se da cuenta de que Maple White se dibujó a sí mismo, para dar una idea de la altura? En la realidad, no habría podido estar frente a una bestia así y vivir para dibujarlo. Supongamos que él medía más de un metro sesenta…

–¡Santo Cielo! –exclamé–. Entonces usted opina que la bestia era… ¡Vaya! ¡Una bestia de ese tamaño apenas entraría en la estación de Charing Cross!


–Exageraciones aparte, sí, se trata de un ejemplar bien desarrollado –comentó el profesor, complacido.

Las otras hojas del cuaderno no contenían nada más. Por eso le dije:

–¡Supongo que no pueden dejarse de lado todas las investigaciones científicas por un solo dibujo! Un dibujo de un artista vagabundo que quizá lo hizo bajo los efectos de una droga o de la fiebre, o para expresar su imaginación inclinada a lo monstruoso. Usted, que es hombre de ciencia, no puede defender algo así.

Como respuesta, el profesor sacó un libro de su biblioteca y me explicó:

–¡Esta es una excelente monografía escrita por mi prestigioso amigo Ray Lankester! Aquí hay una ilustración que va a interesarle. Le leo el epígrafe: “Probable aspecto del estegosaurio, dinosaurio del Jurásico. Cada pata posterior es el doble de alta que un hombre de buena estatura”. Y bien, ¿qué deduce de esto?

Cuando vi el dibujo, me sorprendí. Esa reconstrucción de un animal que perteneció a un mundo ya muerto tenía un enorme parecido con el dibujo de Maple White.

–Es notable –observé–. Pero podría ser una coincidencia. O quizá el artista había visto este dibujo y se le quedó grabado en la memoria.

–Muy bien –contestó el profesor, comprensivamente–. Dejémoslo así. Ahora le ruego que observe este hueso.

Me dio el hueso que había descrito al enumerar las posesiones del muerto. Tenía unos quince centímetros de largo, era más grueso que mi pulgar y conservaba algunos restos de cartílago seco en uno de sus extremos.

–¿A qué animal conocido pertenece? –me preguntó.

Lo examiné con cuidado, tratando de recordar lo que alguna vez había estudiado.

–Podría ser una clavícula humana muy gruesa –respondí.

Mi compañero hizo un gesto de desaprobación y me corrigió:

–La clavícula es un hueso curvo y este es recto. En su superficie, hay unas estrías que demuestran que ahí hacía juego un tendón. Y eso sería imposible si se tratara de una clavícula.

–Entonces, confieso que no sé.

–No me extraña, pues supongo que ni todo el personal de un museo de ciencias sería capaz de reconocerlo. –Después, sacó de una cajita un huesito del tamaño de un poroto y agregó–: Este hueso humano es semejante al que usted tiene en la mano. Comparándolos, se dará una idea del tamaño del animal. Y por los restos de cartílago que todavía conserva, deducirá que no perteneció a un ejemplar fósil, sino reciente. ¿Qué me dice?

–Que pudo ser de un elefante.

Saltó en su asiento, como si le hubiera dado un ataque, y gritó:

–¡No! ¡No hable de elefantes en Sudamérica!

–Bueno, o de cualquier otro animal grande que haya en Sudamérica. Un tapir, por ejemplo.

–Joven, puede estar seguro de que conozco lo básico de mi oficio. Este hueso no es ni de un tapir ni de ningún otro ejemplar conocido. Pertenece a un animal muy grande, muy fuerte y muy feroz, que existe ahora en la Tierra, pero que la ciencia aún no ha visto. ¿Sigue sin convencerse?

–Pero estoy muy interesado –acepté.

–Entonces, me quedan esperanzas. Tengo la sensación de que, en alguna parte, usted esconde algo de inteligencia. La buscaré hasta que aparezca. Sigamos con el relato. Como se imaginará, no podía irme del Amazonas sin investigar el asunto. Averigüé desde qué dirección había llegado el viajero muerto. Las leyendas indias podrían haberme bastado como guía, porque descubrí que, en todas las tribus ribereñas, corrían rumores sobre la existencia de una tierra extraña. Habrá oído hablar de Curupuri.

–Jamás.

–Curupuri es el espíritu de los bosques: un ser terrible, malévolo y que hay que evitar. Nadie puede describirlo pero, a lo largo de todo el Amazonas, su nombre es sinónimo de terror. Y todas las tribus coinciden en la dirección en que vive Curupuri. Desde esa misma zona había llegado Maple White. Algo terrible se escondía por ahí y debía averiguar qué era.

–¿Y qué hizo?

Toda mi insolencia había desaparecido. Aquel hombre imponía atención y respeto.

–Los indígenas no querían ni mencionar el tema. Los convencí utilizando un poco de persuasión, unos regalos y, debo admitir, ayudado por algunas amenazas, y logré que dos de ellos me sirvieran de guías. Después de muchas aventuras y de recorrer una distancia que no mencionaré, en una dirección que también me reservo, llegamos a una región que nadie, fuera del infortunado Maple White, describió ni visitó nunca. Mire esto. –Me alcanzó una fotografía partida por la mitad–. Su mal estado se debe a que, cuando volvíamos río abajo, la lancha se dio vuelta y la caja de las películas sin revelar se rompió. Casi todas se arruinaron. Esta es una de las que se salvó parcialmente. Dijeron que están trucadas. No estoy de humor para discutir ese asunto.

La fotografía estaba muy descolorida. Era un paisaje y, a medida que fui descifrando los detalles, identifiqué una larga hilera de rocas que, vista a la distancia, parecía un murallón. En primer plano se divisaba una llanura cubierta de árboles.

–Parece el mismo lugar de la pintura del cuaderno –dije.

–Es el mismo lugar –afirmó el profesor–. Ahí encontré rastros del campamento de Maple White. Y ahora mire esta.

Era una foto del mismo escenario, pero tomada desde más cerca. Aunque también estaba muy deteriorada, se distinguía claramente la roca aislada en forma de pirámide: algo así como un peñasco, con el árbol arriba.

–No me queda la menor duda –aseguré.

–Vaya, progresamos un poco –comentó el profesor–. Y ahora, haga el favor de mirar en la cima de ese peñasco. ¿Qué ve?

–Un árbol enorme.

–¿Y encima del árbol?

–Un pájaro muy grande.

Me alcanzó una lupa.

–Sí –continué, mirando a través del lente–, un gran pájaro está posado sobre el árbol. Parece que tiene un pico de buen tamaño. Diría que es un pelícano.

–No puedo felicitarlo por su vista –se quejó el profesor–. No es un pelícano ni otro pájaro. Quizá le interese saber que maté de un tiro a ese curioso ejemplar. Esa fue la única prueba indiscutible que pude traer.

–¿Entonces, lo tiene?

–Lo tenía. Por desgracia, se perdió en el mismo accidente de la lancha que arruinó mis fotografías. Intenté sujetarlo cuando desaparecía bajo el agua y me quedé con un pedazo del ala en la mano. Aquí lo tiene.

Sacó de un cajón algo que me pareció la parte superior del ala de un gran murciélago. Era un hueso curvo, de treinta centímetros de largo, con una tela membranosa por debajo.

–¡Un murciélago monstruosamente grande! –exclamé.

–Nada de eso –dijo el profesor, serio–. ¿Acaso no sabe que el ala de un pájaro equivale al antebrazo humano, mientras que el ala del murciélago está formada por tres dedos alargados, unidos por membranas? Claramente, este hueso no es de un antebrazo. Y como puede ver, esta es una membrana única que cuelga de un único hueso, así que tampoco puede pertenecer a un murciélago. Entonces, si no era un pájaro ni un murciélago, ¿qué era?

Mi escasa provisión de conocimientos estaba agotada.

–De verdad, no sé –le respondí.

El profesor abrió el libro que me había mostrado antes y dijo, señalando la ilustración de un extraordinario monstruo volador:

–Aquí tiene una excelente reproducción del pterodáctilo, un reptil volador del período jurásico. En la página siguiente, hay un diagrama del mecanismo de su ala. Tenga la amabilidad de compararlo con el hueso que tiene en su mano.

Mientras miraba, me convencí. La acumulación de pruebas era irresistible. El dibujo, las fotografías, el relato y, ahora, ese hueso: la evidencia era total. Y lo dije con emoción, porque sentía que el profesor era un hombre incomprendido.

–¡Esto es lo más grande que oí jamás! –exclamé–. ¡Usted ha descubierto un mundo perdido! Lamento haber dudado. Pero cuando recibo una prueba, sé aceptarla.

El profesor ronroneaba de satisfacción.

–¿Y después, qué hizo? –le pregunté, ansioso.

–Era la estación de las lluvias y mis provisiones estaban por acabarse. Exploré una parte de ese inmenso murallón, pero no encontré un lugar por donde subir. El promontorio sobre el que había visto el pterodáctilo era más accesible. Como soy alpinista, me las arreglé para escalar hasta mitad de camino. Desde esa altura pude darme una idea de la meseta que se extendía en la cima de la otra formación rocosa. Parecía muy extensa. Abajo, la región es pantanosa, llena de matorrales, serpientes, insectos, y le sirve de protección natural a este extraño lugar.

–¿Notó alguna otra señal de vida?

–Ninguna. Pero durante la semana que acampamos al pie del murallón, escuchamos ruidos muy extraños que llegaban desde lo alto.

–¿Y el animal del cuaderno de Maple White? ¿Cómo explica que haya podido dibujarlo?

–Lo que supongo es que consiguió subir a la cima y ahí lo vio. Esto significa que existe un camino hasta arriba. También sabemos que debe ser muy dificultoso llegar ya que, de otro modo, los dinosaurios habrían bajado e invadido los territorios cercanos.

–Pero ¿cómo llegaron ellos hasta allí?

–En ese lugar debe haber ocurrido, en una época muy lejana, una erupción volcánica que produjo un enorme levantamiento. Un área se elevó en bloque, con todos sus seres vivos adentro, y quedó separada del resto del continente por precipicios perpendiculares. ¿Cuáles fueron las consecuencias? Que allí, las leyes de la naturaleza quedaron suspendidas. Los obstáculos que influyen en la lucha por la existencia en el resto del mundo ahí quedaron neutralizados o alterados. Viven seres que, de otra manera, habrían desaparecido. Observará que tanto el pterodáctilo como el estegosaurio pertenecen al período jurásico. Sobrevivieron gracias a esas condiciones accidentales y particulares.

–Esta prueba es indiscutible. Solo tiene que presentarla a las autoridades científicas.

–Eso es lo que, ingenuamente, imaginé –dijo el profesor, con amargura–. Pero no fue así. Cada vez que lo intenté, me encontré con la incredulidad, nacida de la estupidez o de los celos. No acostumbro tratar de demostrar un hecho, cuando se duda de mi palabra. Por eso, no volví a exhibir las pruebas que tengo y que confirman mi hallazgo. Ya ni quiero hablar de este tema.

»Sin embargo, esta noche me propongo dominar mis emociones. –Me alcanzó una tarjeta que estaba sobre su escritorio–. El señor Percival Waldron, un científico con bastante reputación entre el público general, dará una conferencia en el Instituto de Zoología sobre el tema: “El archivo de las edades”. Aprovecharé esta oportunidad para hacer, con infinito tacto y delicadeza, unas pocas observaciones que quizá despierten el interés de la concurrencia y hagan que algunos aprendan algo. Nada polémico. Apenas una advertencia de que hay muchas cosas desconocidas en la Tierra. Voy a contener mis impulsos y veremos si, con esta actitud, logro resultados más favorables.

–¿Puedo asistir? –pregunté deseoso.

–¡Claro que sí! –contestó cordialmente. Su amabilidad resultaba tan impresionante como su violencia–. Será reconfortante saber que tengo un aliado en la sala, por más ignorante que sea. Intuyo que habrá mucho público, porque Waldron, aunque es un charlatán, es muy popular. Y bien, señor Malone, ya le dediqué más tiempo del que me había propuesto. Espero verlo esta noche en la conferencia. Y recuerde que no debe publicar nada de lo que le conté.

–Pero el jefe de redacción de mi periódico querrá saber el resultado de la entrevista.

–Dígale lo que le parezca. Por ejemplo, que si me envía otro intruso, iré yo a visitarlo con un látigo. Pero recuerde que se comprometió a no publicar nada de esto.


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