Читать книгу: «Rosas muertas»

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Título original: Dauðarósir

© Arnaldur Indridason, 1998.

© de la traducción: Fabio Teixidó Benedí, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO772

ISBN: 9788491877530

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.


Índice

Portada

Crèditos

Portadilla

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ARNALDUR INDRIDASON

OTROS TÍTULOS DE ARNALDUR INDRIDASON EN RBA

¿Dónde se perdió el color de tus días?

Y los versos que corrían

de un sueño a otro por tu sangre,

¿en qué tempestad cayeron?

¡Oh, pequeño! ¡Y tú que te creías portado

por la milagrosa fuerza inagotable

del pozo que alberga tu pecho!

¿Dónde...?

Nostalgia,

JÓHANN JÓNSSON (1896-1932)

1

Encontraron el cadáver en la tumba de Jón Sigurðsson, el héroe de la independencia, en el cementerio de la calle Suðurgata. Ella lo vio antes que él porque estaba sentada encima.

Después de salir del hotel Borg, habían subido por Suðurgata caminando de la mano. Él la abrazó y la besó. Ella le devolvió los besos, primero con dulzura y luego con una pasión creciente que desembocó en puro frenesí. Habían salido del hotel hacia las tres y se habían abierto paso entre la muchedumbre del centro. Era junio, poco después del día más largo del año, y hacía un tiempo espléndido.

La había invitado a cenar en el Borg. Todavía no se conocían muy bien. No era más que su tercera cita. Ella era accionista de una empresa de software de la que él también poseía una parte. Desde siempre habían sido unos cerebritos de la informática y se habían caído bien nada más conocerse. Al cabo de unas semanas, él tomó la iniciativa y le propuso verse fuera del trabajo e invitarla al Borg. Repitieron el encuentro en un par de ocasiones y, desde el momento en que se sentaron a la mesa aquella noche, se palpaba en el ambiente que la velada no terminaría como las otras, cuando él la llevara a casa y se despidieran. Ninguno de los dos había cogido el coche. Ella le sugirió por teléfono que podrían ir andando a su casa después de cenar para tomar un café. «¡Conque un café!», pensó él con una sonrisa.

Estaban acalorados y sudorosos después de haber bailado en el Borg. Ella, rubia, delgada, con la cara redonda y el pelo corto, lucía un elegante conjunto de color beis con las medias a juego. Por su parte, él llevaba un pañuelo de seda alrededor del cuello, lo cual a ella le pareció un detalle un tanto vanidoso, y un traje de Armani que se había comprado unos días antes en una boutique para impresionarla. Y lo había conseguido.

A él le sorprendió que, después de cruzar el centro, le hubiera sugerido cruzar el cementerio de Suðurgata para atajar hasta su casa. Él se vio en apuros al besarla cuando se le crearon problemas de espacio bajo los calzoncillos, y temía que ella lo hubiera notado. Y, en efecto, no le pasó desapercibido. Ella se acordó de las fiestas del instituto, cuando los chicos que la sacaban a bailar tenían siempre una erección. «Qué poco les hace falta a los pobres», pensó ya en aquel entonces, y volvió a pensarlo en esa ocasión. Apenas había un alma en Suðurgata. Saltaron el muro de la sección noreste del cementerio, donde yacía la familia Thoroddsen. Mientras bordeaban tumbas y lápidas, él puso todo su cuidado en que no se le estropeara el traje recién comprado.

Además de honorables ciudadanos del pasado, en el camposanto descansaban también proletarios, poetas, funcionarios, comerciantes con apellidos de ascendencia danesa, políticos y bandidos. Para ella, el cementerio era como un remanso de paz en medio del bullicio urbano, un oasis verde en pleno verano. Aunque había entrado con la intención de acortar el camino, de pronto se le pasó por la cabeza otra idea. La noche era cálida y luminosa; llevaba unas copas de más y, viendo que él estaba más que dispuesto, le sugirió sentarse un rato a descansar. Ella leyó en su cara una expresión de estupefacción. No era que le hubieran entrado ganas porque se encontraran en un cementerio. No era esa clase de persona. Por el amor de Dios, los cadáveres no le despertaban esa clase de instintos. Sin embargo, en más de una ocasión había sentido el deseo de hacerlo en plena naturaleza, bajo el sol de la noche estival; más tarde tendría que explicárselo a aquel desagradable agente de la Policía Judicial: Erlendur. «Allí estábamos tan tranquilos —se justificaría—, y un cementerio es, de algún modo, un entorno natural».

En realidad, al hombre no le hizo falta pensárselo dos veces, aunque por un instante sí le vino a la mente el dineral que le había costado su traje nuevo. Se tumbaron sin desvestirse sobre la hierba, al abrigo de un árbol. Ella le bajó la cremallera del pantalón, se quitó la ropa interior y se sentó encima. «Joder, qué raro hacerlo rodeado de muertos», pensó él. «Mi amado esposo —leyó ella en la lápida cubierta de musgo que tenía enfrente—. Descanse en paz».

La mujer no vio el cuerpo de inmediato. Pasado un momento, apenas un minuto o dos, le pareció escuchar un sonido distante y se volvió rápidamente hacia el lugar de donde procedía. Ahogó los gemidos del hombre con la mano y aguzó el oído sentada sobre él, completamente inmóvil. Escudriñó los alrededores y le pareció ver que alguien salía corriendo por una de las verjas del cementerio. Giró levemente la cabeza hacia la derecha y recorrió el recinto con la mirada hasta detenerla en un bulto blanco medio enterrado en el suelo.

Se levantó y se puso la ropa interior. Él se subió la cremallera de la bragueta antes de que lo asaltara una nueva erección.

—¿Qué pasa? —susurró él.

—Ahí hay alguien —respondió en voz baja, angustiada—. Vámonos de aquí.

Caminaron a paso lento hacia el lado oeste del cementerio. Sin apartar la mirada del bulto blanco, ella lo señalaba mientras se preguntaban qué podía ser y ambos se debatían entre acercarse para verlo de cerca o continuar su camino a casa.

—Vale —dijo él.

—Vale, ¿qué? ¿Que le echemos un vistazo?

—No, que vayamos a tu casa.

—¿No será...? ¿Un cadáver? ¿Crees que podría serlo?

—No alcanzo a verlo.

Ella se moría de curiosidad. Más tarde desearía no haberse entrometido, pero en ese momento no contemplaba la opción de quedarse de brazos cruzados. ¿Y si era alguien que necesitaba ayuda? Seguida del hombre, se dirigió hacia el bulto blanco, que aumentaba de tamaño a medida que se aproximaban. Ella soltó un jadeo al ver de qué se trataba.

—Es una chica —murmuró, como si estuviera hablando consigo misma—. Una chica desnuda.

Se acercaron hasta llegar al cuerpo.

—¿Está muerta? —preguntó él—. ¿Hola? ¿Hola? ¡Muchacha! ¿Hola?

A ella le pareció que él actuaba como estuviera llamando a una camarera. Ya le había visto aquel gesto en el hotel Borg. Había levantado la mano y había llamado a una de las chicas en mitad de la sala. La había hecho sentirse incómoda, como si con ello hubiera tratado de seducirla. En ese momento se lo había dejado pasar, pero allí, en el cementerio, no estaba dispuesta.

No cabía duda de que la joven estaba muerta. Lo veía y lo sentía. Se acercó y se agachó para examinar su cara: una espesa capa de sombra de ojos azul oscuro, las cejas negras, las mejillas cargadas de colorete, los labios pintados de un rojo intenso. Como mucho acababa de cumplir veinte años. Tenía los ojos cerrados.

Todo en la joven estaba muerto. Enclenque y pálida, yacía de lado, ligeramente encogida, de espaldas a ellos. Sus brazos, delgados como los tallos de una flor, reposaban junto a la cabeza. Tenía las piernas largas y esbeltas, y se le marcaban tanto las costillas que podían contarse. Su pelo negro y sucio le caía sobre los hombros. En una de sus nalgas se apreciaba una mancha roja, una J tatuada.

Pasaron un momento en silencio junto al cadáver, cada cual sumido en sus pensamientos. «Pobre chica», se decía ella. «Vete olvidando del café esta noche», se mentalizaba él.

—¿Te has fijado en quién es? —preguntó ella.

—¿Yo? ¡Pero si no la conozco de nada! —respondió sorprendido—. ¿Cómo se te ha podido ocurrir?

—No digo la chica, sino él —lo corrigió mientras señalaba la lápida—. Jón Sigurðsson. El honor, la espada y el escudo de Islandia. Jón el Presidente.

El cadáver se hallaba sobre la tumba del héroe de la independencia. La parcela estaba bordeada por una pequeña verja de hierro pintada de negro. La columna conmemorativa, de mármol ocre, medía unos tres metros de altura. En el centro del monumento había una placa circular con el perfil en relieve de Jón el Presidente. A ella le dio la impresión de que el célebre personaje los miraba desde arriba con desprecio. Los empleados del cementerio procuraban mantener la parcela limpia y decorada con flores. Solo habían pasado unos días desde el 17 de junio y todavía no habían retirado la gran corona de flores que, como cada año, el presidente del consejo municipal había depositado sobre la tumba durante la mañana del día nacional de Islandia. El cuerpo de la chica, blanco y desnudo, descansaba en un mar de flores que habían comenzado a marchitarse. En el aire flotaba un ligero olor a descomposición.

—¿Llevas el móvil? —preguntó la mujer.

—No, no lo he cogido.

—Creo que yo llevo el mío —dijo mientras sacaba un diminuto teléfono de su elegante bolso y se disponía a llamar—. Oye, ¿cuál es ahora el número de la policía? No hacen más que cambiarlo. ¿Sigue siendo el 11166 de toda la vida o ahora hay que llamar al nuevo 112?

—Ni idea —respondió él.

«Pero ¡mira que llega a ser desustanciado! —pensó ella—. Está en Babia».

—Voy a probar con el 112 —decidió.

Marcó el número.

—Emergencias.

De repente, se ofuscó. Pensó que su número quedaría registrado. Hasta los móviles más simples podían almacenar una o varias decenas de llamadas. «La línea de emergencias debe de contar también con un sistema parecido», supuso. No estaba segura de querer verse involucrada en el hallazgo de aquel cadáver más allá del mero hecho de haberlo descubierto.

—Emergencias —repitieron.

—Emmm, he encontrado el cadáver de una chica en el cementerio de la calle Suðurgata, en la tumba de Jón Sigurðsson —anunció—. Sí, el cementerio de Hólavallagarður —aclaró antes de colgar.

Pero sabía perfectamente que eso no era todo. Pensó en el hombre que había visto salir por la verja, no muy lejos de la tumba de Jón Sigurðsson. Sabía que se había convertido en una testigo y no le hacía ninguna gracia. Volvió a sacar el móvil.

—Emergencias —respondieron de nuevo.

2

El teléfono atronó.

Al inspector de la Policía Judicial Erlendur Sveinsson, hombre divorciado y solitario de unos cincuenta años, le sacaba de quicio que lo despertaran en plena noche, especialmente cuando le había costado dormirse, como era el caso. El condenado sol de medianoche lo había mantenido en vela hasta muy tarde. No sabía cómo remediar el problema. Había intentado que su dormitorio no fuera invadido por la claridad nocturna mediante unas gruesas cortinas, pero la luz se las arreglaba para filtrarse igualmente. En su último intento, había hecho de tripas corazón y se había comprado un antifaz. Había visto a las mujeres elegantes de las películas emplear tan preciado objeto y de ahí le vino la idea. Pero, como no sabía de dónde podía obtener uno, le preguntó a Elínborg, una de sus compañeras de trabajo.

—¿Un antifaz? —repitió, sorprendida.

—Ya sabes, uno de esos para taparte los ojos —especificó Erlendur en voz baja.

—¿Quieres decir como los que llevan las mujeres en las películas? —le preguntó ella mientras se regodeaba viendo cómo Erlendur se retorcía de vergüenza.

—Es por el sol de las narices —le explicó él.

Elínborg no pudo resistir la tentación y le recomendó una corsetería en la calle Laugavegur. La dependienta, una mujer mayor de mirada severa, le preguntó para qué quería un antifaz. Allí no vendían esa clase de artículos.

—¿A qué tipo de antifaz te refieres? —inquirió con una voz atronadora que resonó por toda la tienda—. ¿Como los que llevan las mujeres en las películas?

Al regresar al despacho, Elínborg ya se había marchado, pero le había dejado sobre la mesa una nota con un antifaz debajo. Su compañera no se había podido contener y le había comprado uno de satén rosa con delicados bordados blancos.

Sin embargo, el remedio fue peor que la enfermedad. Erlendur se puso el antifaz después de haber cerrado bien las cortinas y haberse tumbado en la cama. Pero la goma le apretaba alrededor de su enorme cabeza y le hacía daño. Además, siempre se lo colocaba mal y, cuando por fin conseguía ajustarlo, la luz se colaba por el hueco que quedaba entre la tela y su prominente nariz. Tras una pérdida de tiempo considerable, había logrado conciliar el sueño y quedarse dormido como un bendito.

Cuando el teléfono comenzó a sonar, le pareció que solo había dormido durante una fracción de segundo. Era Sigurður Óli, su compañero de la Policía Judicial.

—Han encontrado un cadáver en el cementerio de la calle Suðurgata —anunció Sigurður Óli, a quien también habían despertado. Ambos trabajaban codo con codo. Ningún otro miembro de la Judicial se habría atrevido a llamar a Erlendur a esas horas de la noche.

—¿Y en qué otro sitio quieres que haya un cadáver? —respondió Erlendur con un humor de perros, sin entender por qué no veía ni torta aun sabiendo que tenía los ojos abiertos. Palpó a su alrededor hasta que dio con el antifaz y se lo quitó. Miró el reloj: había dormido una hora.

—Bueno, es que no se trata de un cadáver enterrado, es el cuerpo de una joven. ¿Quieres saber dónde la han encontrado? —preguntó Sigurður Óli.

—Pues en el cementerio. ¿No me lo acabas de decir?

—En la tumba de Jón Sigurðsson, el Presidente. El honor, la espada... y todo eso.

—¿Jón el Presidente?

—Por lo que me ha parecido entender, alguien la ha dejado en la tumba de Jón. Está desnuda y la mujer que la ha encontrado dice que ha visto a un hombre salir corriendo por la verja poco antes de descubrir el cadáver.

—¿Por qué Jón el Presidente?

—¡Eso digo yo!

—¿No se llamará Ingibjörg?

—¿Quién? ¿La testigo?

—No, la chica.

—Desconocemos su identidad. ¿Por qué Ingibjörg?

—Tú siempre tan ignorante —le recriminó Erlendur, todavía de mal humor—. La esposa del Honor de la nación se llamaba Ingibjörg. ¿Llamas desde el cementerio?

—No. ¿Te paso a buscar de camino?

—Cinco minutos.

—¿Qué tal el antifaz?

—¡Cierra la boca!

Erlendur vivía en un pequeño apartamento de la zona más antigua del barrio de Breiðholt, en las afueras de Reikiavik. Se había mudado allí después de su divorcio, muchos años atrás, y a veces sus dos hijos, ambos en la veintena, le hacían una visita cuando necesitaban un lugar donde refugiarse. Su hija era drogadicta y su hijo alcohólico. Erlendur había hecho todo lo posible por ayudarlos, pero tras sus reiteradas tentativas, había dado la batalla por perdida. Finalmente se había aferrado a una filosofía muy simple: la vida debe seguir su curso. Cuando sus hijos lo fueron conociendo mejor, enseguida se dieron cuenta de que su madre les había mentido cada vez que lo ponía verde en su presencia y se lo describía como un monstruo. El divorcio lo había convertido en el peor enemigo de su exmujer y, al mismo tiempo, de sus hijos.

Cuando llegaron al cementerio, la policía había acordonado la zona con cinta amarilla y había cortado el tráfico de la calle Suðurgata. Los perros rastreadores olisqueaban los alrededores de la verja. Un grupo de trasnochadores que volvía a casa después de salir de fiesta observaba la escena en la distancia. Los miembros de la Científica examinaban la tumba de Jón el Presidente. Uno de ellos fotografiaba el cadáver desde distintos ángulos. También había llegado un grupo de periodistas que fotografiaba todo lo que pasaba por delante de sus cámaras, pero la policía los mantuvo fuera del cementerio. Eran más de las cuatro de la madrugada y el sol brillaba en lo alto del cielo. En la calle Suðurgata se alineaba una fila de coches patrulla y ambulancias cuyas luces apenas se veían debido a la intensa claridad nocturna.

Cuando Erlendur y Sigurður Óli se acercaron a la tumba, los recibió un leve olor a descomposición procedente de la corona de flores y los ramos que habían dejado con motivo de la celebración del día nacional. La luz del sol matutino bañaba el cuerpo pálido y huesudo de la joven. Nadie había movido el cadáver. Elínborg y Þorkell, compañeros de Erlendur y Sigurður Óli, se hallaban junto a la chica.

—Aquí hay muchos hilos de los que tirar —anunció Erlendur sin dar los buenos días—. ¿Alguien sabe algo?

—No conocemos su nombre, pero el médico la acaba de examinar y baraja ya algunas hipótesis —le informó Elínborg—. Todo apunta a un caso de homicidio.

Un hombre inclinado sobre el cadáver se puso en pie. De la edad de Erlendur, lucía una espesa barba y unas gafas de pasta. Erlendur sabía que atravesaba una mala época: su mujer había fallecido a causa de un cáncer dos años atrás. Habían trabajado mucho juntos y se llevaban muy bien, pero nunca habían hablado de sus asuntos personales. Erlendur procuraba entrometerse lo menos posible en la vida de los demás. Ya tenía bastante con la suya y las de sus seres queridos.

—Evidentemente, aún debo examinarla en profundidad, pero me atrevería a decir que ha muerto ahogada. Puede que también la hayan violado y agredido. Me ha parecido distinguir restos de semen en la vagina, pero no se aprecian indicios visibles de violencia por ahí abajo.

—¡Por ahí abajo! —farfulló Elínborg.

—Se pinchaba —continuó el médico—. Puede que llevara tiempo haciéndolo. Se observan marcas en los brazos y en otros lugares. Sin duda se detectarán drogas en los análisis de sangre. Heroína, intuyo. Su cuerpo todavía no se ha enfriado, así que habrá fallecido hace cosa de una hora o una hora y media, pero no más.

—Será una chica de la calle —supuso Elínborg—. Seguramente se prostituía.

—Lleva un maquillaje espantoso —reparó Þorkell.

—¿Hay alguien que haya denunciado la desaparición de una chica de su edad? —preguntó Erlendur.

—En nuestros registros no aparece nada —respondió Elínborg—. En caso de que nos hallemos ante la clásica tragedia, quizá la chica se fue de casa hace unos años, viviera o no en un hogar feliz, y pasó un tiempo en la calle ejerciendo la prostitución hasta que encontró algún refugio, la metieron en un centro de acogida de menores o la enviaron a terapia. Después regresó a la calle, retomó la prostitución para poder pagarse las drogas y vuelta a empezar. Conocemos muchos casos similares. Puede que cometiera robos u otros delitos menores. Y no hablo de una clientela especialmente exquisita, sino de una panda de viejos babosos. Estoy segura de que guardamos un extenso archivo sobre ella en nuestros ordenadores. Solo hay que encontrarlo.

Los cuatro observaron al médico mientras examinaba el cuerpo. Ninguno de ellos, salvo quizá Erlendur, tenía experiencia con homicidios de verdad, pero trataban de estar a la altura de las circunstancias. Los pocos asesinatos que tenían lugar en Reikiavik se cometían en estado de embriaguez y se resolvían rápidamente, se arrestaba al desventurado criminal y se le enviaba a la cárcel de Litla-Hraun. A veces tardaban unos días en encontrar al asesino, que solía terminar entregándose, o daban con él tras una breve investigación. En cualquier caso, siempre lo encontraban. En las últimas décadas, los homicidios premeditados, cometidos a sangre fría y sin dejar huellas habían sido escasos, por no decir inexistentes. Pero cuando se trataba de desapariciones, ocurría lo contrario: eran muy frecuentes y nunca se resolvían.

—El Honor de la nación no estará muy contento —comentó Erlendur levantando la mirada hacia el perfil verdoso de Jón Sigurðsson, en la columna de mármol.

—¿Qué tiene que ver él en todo esto? —preguntó Elínborg.

—Dudo mucho de que la chica esté aquí por mera casualidad.

—Puede que se llame Ingibjörg, como decías —sugirió Sigurður Óli.

—¿Por qué Ingibjörg? —preguntó Þorkell.

—La mujer de Jón se llamaba Ingibjörg —respondió Sigurður Óli con ínfulas de sabiduría.

—Pero ¿no se llamaba Áslaug? —cuestionó Þorkell.

—¡Áslaug! —exclamó Erlendur— ¿Cómo que Áslaug?

—Ah, ¿era Ingibjörg? —rectificó Þorkell, cambiando súbitamente de opinión.

—Dios mío de mi vida —suspiró Erlendur.

—¿Qué es eso que tiene en el trasero? —preguntó Sigurður Óli mientras se agachaba—. A lo mejor estaba enamorada de algún chico cuyo nombre empezaba por J —se respondió a sí mismo—. ¿Dónde se puede hacer uno un tattoo? Un tatuaje, quiero decir. No es que haya muchos tatuadores en Reikiavik.

—Igual se llama J-algo —opinó Þorkell.

—O sea, que según tu consabida capacidad deductiva, la chica es de Reikiavik, no ha salido en su vida de la capital y, evidentemente, tampoco del país —ironizó Erlendur con la mirada clavada en Sigurður Óli.

—Ojalá nadie asesinara por la noche para que pudieras seguir durmiendo, ¡don Antifaz! —le replicó Sigurður Óli volviéndose hacia Elínborg.

—Parece obvio que la han traído hasta aquí —prosiguió Elínborg—. No hay indicios de pelea ni tampoco hay rastro de su ropa. Es como si la hubieran querido dejar expuesta.

—Puede que la misión de Jón fuera protegerla —opinó Sigurður Óli—. O resucitarla.

—¿Dónde está la mujer que la ha encontrado? —preguntó Erlendur.

—La hemos acompañado a su casa —respondió Þorkell—. Me ha parecido que no habría ningún problema en hacerlo. Te está esperando.

—¿Estaba sola?

—Eso ha dicho, y también que ha visto a alguien salir corriendo por la verja del cementerio.

—Averiguad si algún vecino de la zona ha visto a esa persona —ordenó Erlendur antes de marcharse.

Sigurður Óli salió con él del recinto.

—¿Sabías que hace un tiempo llamaban a la calle Suðurgata el camino del Amor? —preguntó Erlendur mientras salía del cementerio bajo el radiante sol de la mañana. Ambos podían llegar a comportarse como verdaderos críos cuando trataban de medir sus conocimientos. Erlendur tenía complejo de inferioridad por no haber llegado a cursar el bachillerato, mientras que Sigurður Óli se enorgullecía de su licenciatura y de su curso de posgrado en Estados Unidos. No lo podía evitar. Era insoportable.

—Sí, claro —respondió a pesar de no tener ni idea—. ¿Y sabías que en otra época también la llamaban el camino de la Morgue?

—Por supuesto —respondió Erlendur pese a no haber oído aquel nombre en su vida.

3

Se llamaba Bergþóra y se había puesto una ropa más cómoda cuando Erlendur y Sigurður Óli tocaron el timbre de su casa. En cuanto había llamado a la policía, el desustanciado se había despedido de ella diciéndole que ni quería ni le apetecía meterse en líos, algo que ella podía entender. «¡Menudo caballero! —había pensado de todos modos—. ¡Me deja sola con todo el marrón!». Él le había pedido que lo mantuviera al margen de aquello en la medida de lo posible, y ella no le había puesto objeciones. Los efectos del alcohol habían desaparecido al encontrar el cadáver y ya le remordía la conciencia. No se veía dando explicaciones sobre sus andanzas en el cementerio, ni a la policía ni a quien fuera. Deseaba poder borrar la última hora de su existencia. Solo esperaba que su compañero de trabajo mantuviera la boca cerrada. ¡Qué pesadilla! ¿En qué estaría ella pensando? ¡Hacerlo en el cementerio! ¿Es que se había vuelto loca?

Vivía en la calle Aflagrandi, en un pequeño y elegante apartamento decorado con antigüedades y unas alfombras persas extendidas sobre un suelo de madera de haya. En las paredes del salón colgaban unas reproducciones de las serigrafías de Marilyn Monroe de Andy Warhol. Le pidió a Erlendur que no fumara dentro y el policía se guardó el paquete de tabaco en el bolsillo. «El apartamento con que soñaría cualquier joven promesa», se dijo el policía mientras pensaba en su propia casa, cuya decoración consistía en una mezcolanza de objetos y muebles escogidos sin ningún tipo de gusto ni criterio.

Al principio, Bergþóra trató de mentir pese a no haber tenido tiempo de ensayar su discurso.

—La verdad es que no tengo mucho que contar —comenzó a explicar, procurando que su frase sonara lo más natural posible, después de que los agentes hubieran tomado asiento en el salón.

—No, claro. Lo que ha ocurrido es algo muy común en el barrio oeste —ironizó Erlendur—. Me imagino que aquí os encontráis un cadáver cada dos por tres.

—Quiero decir que nada de lo que os pueda contar os va a servir de gran ayuda. Había salido de marcha por el centro y serían las tres cuando, al volver a casa por Suðurgata, vi que un hombre salía corriendo del cementerio, cruzaba la calle y desaparecía por Skothúsvegur. Cuando me acerqué al muro del recinto, vi a la chica en la tumba de Jón Sigurðsson y llamé a la policía inmediatamente.

—De hecho, llamaste dos veces —precisó Sigurður Óli—. ¿Por qué?

—Supongo que me agobié. Estaba estresada. Mi primera reacción fue llamar a la policía, pero no quería meterme en líos. No quería ser testigo. Pero luego cambié de opinión.

—¿Qué aspecto tenía el hombre que viste salir corriendo? —le preguntó Erlendur.

—No lo vi muy bien y no podría daros una buena descripción. Iba vestido con ropa oscura.

—¿Ropa oscura? ¿No te fijaste en nada más? ¿A qué altura de Suðurgata estabas cuando lo viste?

—Por la parte de abajo —respondió mirando a Erlendur a los ojos. No estaba acostumbrada a mentir y se le notaba demasiado. Estaba cansada y lo único que quería era terminar cuanto antes para poder irse a dormir. El deseo de guardar su secreto era demasiado evidente. Erlendur lo percibió y ella se dio cuenta.

—Así que puede que no lo vieras muy bien —reparó Sigurður Óli, más pendiente de quedar bien ante aquella joven tan atractiva que de seguir los detalles de la conversación. «Qué guapa», pensó. Por su parte, él no se consideraba feo, y en ese momento acudió a su cabeza una expresión que había escuchado recientemente y que le había parecido de muy mal gusto. Un amigo suyo la empleaba cada vez que le contaba sus líos de faldas. Hablaba de «trincarse a las chicas». También llamaba a las mujeres «pibas», aunque esa palabra era más común.

—No lo vi muy bien. Corría muy rápido y desapareció de repente. Además, no me fijé con atención porque todavía no había descubierto el cadáver.

—¿Estás segura de que se trataba de un hombre? —preguntó Erlendur.

—Sin ninguna duda.

—Se te ve sorprendentemente tranquila. ¿No te aterroriza el hecho de haberte encontrado un cadáver mientras caminabas sola en plena noche? —preguntó Erlendur, avanzando con cuidado hacia donde quería llegar—. Por si fuera poco, siempre se ha dicho que hay fantasmas en ese cementerio.

—No creo en los fantasmas y, además, apenas se puede hablar de «noche» en esta época del año —matizó con una sonrisa—. Ya lo creo que estoy asustada. Todavía no me he recuperado. No he visto muchos cadáveres en mi vida. Y me parece trágico que muera una chica tan joven y la dejen tirada al aire libre. ¿Tenéis alguna idea de las causas de su muerte?

—De momento preferimos no desvelar muchos detalles —explicó Sigurður Óli.

—La han matado, ¿verdad?

—¿Llevabas ese conjunto cuando encontraste el cuerpo? —le preguntó Erlendur sin responder a su pregunta mientras miraba una silla donde Bergþóra había dejado su ropa deprisa y corriendo nada más llegar. Había olvidado ordenarla—. ¿Te caíste? Parece sucio.

—Me resbalé, sí.

—Espero que no te hayas hecho daño.

—No.

—¿Y eso de ahí no es hierba? ¿Te caíste en el césped de la plaza Austurvöllur?

—No, es que... bueno, vale —suspiró—. Me pidió que lo mantuviera al margen, pero me importa un carajo. ¡Va y me deja ahí sola! Estaba con un hombre en el cementerio. Los dos somos copropietarios de una empresa, junto con otras personas. Me había invitado al hotel Borg y de camino a casa se me ocurrió acortar por el cementerio. Nos detuvimos para tumbarnos en la hierba y hacernos arrumacos. Entonces oí un ruido y paramos.

—¿Te da morbo hacer arrumacos en los cementerios?

—¿Te da morbo hacer esa pregunta?

—Estamos tratando de averiguar...

—¿Qué estáis esperando que diga? ¿Que me pone hacerlo en los cementerios? Pues muy bien. Me gusta hacerlo al aire libre, y estar en un cementerio es casi como estar en la naturaleza. Ya lo habéis conseguido. ¿No es eso lo que queríais oír? No tiene nada que ver con que haya cadáveres. ¿Entendido? Que quede bien claro.

—¿Y tu don Juan salió por patas cuando encontrasteis el cuerpo? —preguntó Erlendur sin inmutarse. Su hija le había contado historias mucho peores que aquella bonita aventura nocturna de dos yupis informáticos.

«Se la trincó en el cementerio», pensó Sigurður Óli mientras desconectaba por unos segundos y visualizaba mentalmente la escena. Estaba soltero y hacía tiempo que no pasaba nadie la noche en su casa.

—Mi don Juan no se fijó en el hombre que vi salir corriendo —respondió mientras se ponía en pie. Le incomodaba estar sentada delante de esos dos hombres y contarles lo que había hecho. El de mayor edad la miraba fijamente y el joven parecía ausente. «Muy atractivo —se dijo—, pero de momento parece idiota».

—Es decir, que estabas dentro del cementerio y solo viste una sombra negra en la distancia que salía disparada antes de que descubrierais el cadáver. ¿Podrías describir mejor esa sombra? ¿Apreciaste algo que nos pudiera ayudar? ¿Edad? ¿Color de pelo? ¿Ropa? No pudiste ver si se metió por Skothúsvegur, como has dicho antes, ni si iba en coche. Me extrañaría mucho que hubiera caminado por toda la ciudad con un cuerpo desnudo a cuestas. Tendrías que haber visto algún vehículo. Las mentiras hay que llevarlas preparadas, ¿sabes?

—Vale, no vi en qué dirección salió. Me precipité al decir lo de Skothúsvegur. Pero no vi ningún vehículo ni escuché ningún ruido de motor. Apenas pasaban coches por Suðurgata.

—Una cosa más para terminar —anunció Erlendur con una sonrisa—. Nos has sido de gran ayuda y debes saber que todo lo que nos acabas de contar es de carácter confidencial y no va a salir de aquí. Puedes estar tranquila. No tenemos el menor interés en tu vida privada. Pero ¿tienes idea de si él te vio a ti?

—¿Quién?

—El hombre del cementerio.

—Dios mío, ¿crees que podría haberlo hecho?

4

Hacia el mediodía, la joven todavía no había sido identificada. Los vecinos de Suðurgata y Skothúsvegur no habían visto a nadie deambulando por el cementerio. Todos habían dormido a pierna suelta aquella noche. Por la mañana, el hallazgo del cadáver acaparó los informativos de todas las cadenas de radio. En verano escaseaban las noticias y el descubrimiento del cuerpo en la tumba de Jón Sigurðsson había sido un bombazo para todas las agencias de prensa del país. En un telediario bautizaron a la chica con el mejor de los gustos: «el cadáver del Presidente». En otro, se hablaba del «homicidio de Jón», como si fuera Jón Sigurðsson quien había sido asesinado.

Ningún amigo de la víctima denunció la desaparición de una joven morena que llevaba un pequeño tatuaje en una nalga. Ninguna madre llamó preocupada por su hija. Ningún padre ni hermano preguntó por ella. Puede que todavía fuera demasiado pronto para que se manifestaran sus seres más cercanos. O puede que nadie la estuviera buscando. El cadáver había sido trasladado a la morgue de la calle Barónsstígur y reposaba sobre una mesa de acero mientras el forense practicaba la autopsia. Enseguida elaboraría un informe preliminar.

Los miembros de la Policía Judicial regresaron malhumorados a comisaría, un edificio resquebrajado de un barrio industrial de Kópavogur que, según Erlendur, podía desmoronarse en cualquier momento. «Al más mínimo temblor de tierra, esto se viene abajo», repetía en cada pausa para el café. Más bien parecía deseoso de que se produjera el terremoto.

Era domingo y habían llamado a trabajar a casi toda la plantilla. En el cementerio, la Científica continuaba investigando en los alrededores de la tumba de Jón Sigurðsson, pero no habían encontrado ningún indicio que permitiera conocer la identidad de la chica ni habían averiguado en qué circunstancias había perdido la vida. En el transcurso de la mañana reabrieron al tráfico la calle Suðurgata y una muchedumbre se acercó a la zona para curiosear. Conductores y pasajeros estiraban el cuello para poder ver por encima del muro y observar la labor de técnicos y policías.

—¿Qué mensaje querrá transmitir alguien dejando el cadáver de una joven en la tumba de Jón el Presidente? —se preguntaba Erlendur, sentado en su escritorio frente a Sigurður Óli.

Las paredes del despacho estaban revestidas de madera, y en las estanterías se amontonaban carpetas con dosieres amarillentos de casos olvidados, tanto cerrados como pendientes de resolver. En un rincón, un armario gris de acero contenía viejos informes archivados por orden alfabético. La alfombra, en otros tiempos de color verde, estaba desteñida y rota. Erlendur no tenía objetos personales. Ni fotos de su familia ni de él jugando al golf o en el club de bridge o de vacaciones en España. Si hubiera una fotografía de Erlendur, saldría en el salón de su casa, de noche o durante el fin de semana, leyendo a oscuras o durmiendo iluminado por el resplandor del televisor. Llevaba una vida solitaria y austera. Hacía años que no se tomaba vacaciones en verano. No tenía muchas amistades y prácticamente solo se veía con sus compañeros de la policía. En realidad, tampoco buscaba amigos. No sentía la necesidad.

—¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando oyes el nombre de Jón Sigurðsson? —se preguntó Sigurður Óli.

—Que fue el héroe de la independencia —respondió Erlendur confiando en sus conocimientos del colegio—. El héroe que liberó a los islandeses. Un político de renombre. Una figura sagrada. Un hombre íntegro cuyo nombre nadie pudo manchar. Sus actos y sus palabras eran el fiel reflejo de sí mismo. Ayudó a los islandeses a trasladar sus deseos a Copenhague. La fiesta nacional de Islandia se celebra coincidiendo con su cumpleaños. Dudo mucho de que este caso guarde alguna relación con la lucha por la independencia.

—¿Y con su vida personal? —preguntó Sigurður Óli—. Era oriundo de los fiordos del noroeste. Nació en Hrafnseyri, en Arnarfjörður.

—Lo más conocido es su relación con su mujer, Ingibjörg, que pasó doce años sin moverse de Islandia mientras su marido andaba de picos pardos en Copenhague. Tenía más paciencia que cualquier mujer de nuestros días. Así es como debió de ganarse su fama de promiscuo.

—Si la chica se prostituía, puede que esa sea la conexión que buscamos. ¿No se veía con prostitutas en Copenhague?

—Me parece demasiado rebuscado. Me inclino más por una motivación de índole política. Jón era ante todo una figura política. Quien haya dejado a la chica en su tumba quiere transmitirnos un mensaje en esa dirección. Ha escogido un lugar de indiscutible relevancia. El mensaje es obvio. Quizá deberíamos hablar con un historiador.

—Un asesino nacionalista.

—No sería descabellado. Un nacionalista romántico. Quizá sea alguien que no esté contento con los cambios que se han producido en Islandia en los últimos veinte o treinta años. Puede que la chica lo simbolice de alguna manera. Yo también llevo mal esos cambios, como tantos otros de mi generación, aunque los yupis como tú recibís con los brazos abiertos todo lo que proceda de Estados Unidos. Poco a poco, Islandia se ha convertido en una pequeña América.

—No me vengas otra vez con esa canción —suspiró Sigurður Óli, quien conocía a la perfección la opinión de Erlendur respecto a todo lo estadounidense. Durante el tiempo que pasó estudiando en Estados Unidos, se sintió como pez en el agua. Podía pasarse el día entero hablando de los tiempos en que se tumbaba en el sofá de su casa de Atlanta a ver partidos de béisbol. Le contaba a todo el mundo lo mucho que echaba de menos no solo el béisbol, sino también el fútbol americano, el hockey sobre hielo y los mil y un canales de televisión—. Te da miedo el mundo —continuó—. Solo quieres encerrarte, apagar la luz y taparte los ojos con un antifaz. De hecho, ya te has comprado uno.

—Este invierno vi un anuncio en el periódico —explicó Erlendur, a quien ya le resbalaban las bromitas sobre su antifaz—. Uno de los mejores restaurantes de Reikiavik anunciaba su bufé especial del Þorrablót, ya sabes, con criadillas, despojos curados y cabezas de cordero. En la fotografía, los empleados posaban detrás de esos manjares tradicionales vestidos con camisas rojas de cuadros, pantalones vaqueros, pañuelos alrededor del cuello y sombreros blancos del Oeste americano. —Erlendur se inclinó sobre su escritorio y miró a Sigurður Óli con el ceño fruncido—. ¿Y qué tendrá que ver Estados Unidos con la comida que se sirve en una celebración tan islandesa como el Þorrablót?, me pregunté. ¿Qué vulgaridad es esa? Pero luego lo entendí. Nadie valora la comida tradicional si no se relaciona mínimamente con Estados Unidos. En Islandia nada es cool, por usar una de esas irritantes palabras que ahora dice todo el mundo, si no se americaniza. Los aviones a reacción y los ordenadores son sin duda los inventos más relevantes del siglo XX, pero igual de relevante me parece que hayamos creado nuestras propias palabras con raíces islandesas para designarlos. Sin embargo, nadie se preocupa de preservar nuestra cultura, que está ya de capa caída.

—No creo que nada de eso tenga que ver con Estados Unidos en particular, sino con el hecho de que el mundo se está haciendo cada vez más pequeño —discrepó Sigurður Óli a sabiendas de que Erlendur se negaba a gastar dinero en McDonald’s—. A menudo los estadounidenses son quienes lideran los cambios en el modo de vida, y luego el resto del planeta los imita. ¿A qué viene esa obsesión tuya con preservarlo todo? Los franceses son de lo más nacionalistas y mira lo arrogantes que son, no hay quien los aguante. ¿Quieres que nos volvamos como ellos? A mí el aislamiento me parece una condena a muerte. Además, los islandeses son y serán siempre unos vulgares. Esa espantosa comida del Þorrablót es el mejor ejemplo: criadillas y cabezas de cordero. ¿Quién come esas guarradas? Por lo demás, no tengo nada claro que los jóvenes de hoy conozcan a Jón Sigurðsson o sepan lo que hizo.

—Todo el mundo sabe quién es Jón Sigurðsson. Los islandeses no se han vuelto tan zoquetes.

—En las páginas amarillas aparecen cinco tatuadores registrados en Reikiavik —informó Elínborg tras irrumpir en el despacho. La puerta estaba abierta, como era habitual cuando Erlendur no dirigía ningún interrogatorio. Era difícil adivinar la edad de Elínborg. Tendría entre cuarenta y cincuenta años. Rellenita pero sin estar gorda, era la agente que mejor vestía de toda la comisaría y era famosa por sus dotes culinarias. Todo el mundo le pedía sus recetas y, aunque a veces fuera nefasta para las relaciones humanas, las compartía de buena gana. Su especialidad era el pollo y conocía innumerables formas de prepararlo. Sus tres hijos comían como reyes y su marido, dueño de un pequeño taller mecánico, sentía por ella un inconmensurable amor gastronómico.

—Deberías ir con Þorkell a hablar con ellos y describirles a la chica para ver si alguno sabe quién es —le ordenó Erlendur—. Digo yo que tendremos alguna foto de esa obra de arte que tiene en el trasero, así que llévate una copia por si algún tatuador reconoce el dibujo. ¿Ha preguntado alguien por ella?

—Todavía no —respondió Elínborg antes de salir del despacho—. ¿Crees que los tatuadores trabajan los domingos?

—Ni idea —respondió Erlendur.

—Ya iré yo sola. No hay quien aguante a Þorkell estos días.

—¿Y eso? —preguntó Sigurður Óli.

—Líos de faldas. Lo ha dejado la rubia aquella, Sigríður, la dentista. Se ve que conoció a alguien en un congreso sobre problemas dentales en la tercera edad en Londres y le dio calabazas. Me lo contó anoche. Se puso a llorar y me arruinó el pollo tandoori que había cocinado al horno. Paso de tragarme otra vez el mismo rollo —concluyó mientras salía al pasillo.

—Elínborg, siempre tan considerada —comentó Erlendur.

—¿Crees que deberíamos vigilar el domicilio de Bergþóra, la testigo? —preguntó Sigurður Óli, que llevaba toda la mañana pensando en ella y en la historia del cementerio—. Si te parece, puedo hablar otra vez con ella. ¿No crees que podría estar en peligro? El asesino podría saber que tenemos un testigo ocular.

—No entiendo por qué el asesino ha escogido ese lugar —dijo Erlendur sin responder a su compañero—. Ha dejado el cuerpo expuesto en un lugar emblemático que, con toda probabilidad, esconde algún significado para él o para la chica. No ha tratado de ocultarlo, sino más bien todo lo contrario: nos lo ha puesto en bandeja para encontrarlo. Nos lo ha entregado de esa forma tan extraña.

—Puede que fuera el primer lugar que encontrase para dejar el cuerpo —aventuró Sigurður Óli.

—Puede, pero ¿no trataría un asesino de ocultar su acto? Está claro que este no tiene nada que esconder. No quiere ocultarnos nada. Parece querer comunicarse con nosotros en lugar de evitarnos. Si uno quiere deshacerse de un cadáver, lo más lógico es hacerlo desaparecer.

—Entonces, ¿por qué no se entrega directamente?

—Ni idea, solo estoy pensando en voz alta. ¿Te crees que tengo todas las respuestas? La chica está desnuda, excesivamente maquillada, y en su cuerpo hay restos de semen. Puede que Elínborg tenga razón y se prostituyera. Puede que cayera en manos de un mal cliente que se pasó de la raya. Puede que tuviera un amigo que no llevara bien que se prostituyera y la matara. Tampoco podemos descartar que ese amigo fuera, de hecho, su chulo. A veces mi hija me cuenta historias de ese mundo, ya sabes la vida que lleva.

Sigurður Óli asintió.

—En Reikiavik no existe una red de prostitución bien organizada, y los proxenetas apenas se conocen entre ellos —continuó Erlendur—. Sabemos que en las calles hay chicas que necesitan dinero para comprar droga. Sus clientes pueden llegar a ser de lo más repugnante. Las chicas pueden caer en las garras de engendros que van desde simples pervertidos hasta hombres realmente abominables. La chica de Jón Sigurðsson podría ser una de ellas. Debemos buscar a más jóvenes como ella y preguntarles si la conocían.

—¿Quieres que hable de nuevo con Bergþóra y solicite que vigilen su domicilio? Por si acaso. No hace falta que se entere nadie. Podría encargarme yo mismo.

—De acuerdo.

Por la tarde recibieron en comisaría el informe preliminar de la autopsia, terminado a toda prisa. La chica había fallecido una hora antes de la llegada de la policía y la habían llevado al cementerio inmediatamente después de su muerte. «El asesino tuvo que llegar en coche —pensó Erlendur mientras leía el informe—. Es imposible que se paseara por media ciudad con una joven desnuda a cuestas». Los perros policía se habían detenido al llegar a la calle Suðurgata, donde habían perdido el rastro. Sin duda sería de gran utilidad realizar una reconstrucción exacta de los hechos. La tumba de Jón el Presidente se hallaba a tan solo diez metros de la verja situada junto a la esquina de Suðurgata. En cuestión de un minuto, el autor podría haber parado enfrente, sacar el cadáver del coche, correr hasta la tumba, regresar al vehículo y marcharse.

El forense había detectado una elevada concentración de heroína en la sangre, así como una importante presencia de alcohol. La chica estaba desnutrida y mostraba síntomas de anorexia. Presentaba indicios de violencia. La habían asfixiado y se apreciaban contusiones por todo el cuerpo. Había recibido golpes en la cara, seguramente puñetazos, y había tenido relaciones sexuales momentos antes de su muerte. A juzgar por su estado, todo apuntaba a que la habían violado.

5

En pocas horas, Þorkell y Sigurður Óli lograron reunir aquel domingo los nombres de algunas chicas que, según los registros policiales, ejercían la prostitución en las calles de Reikiavik. Todas habían visitado alguna vez la comisaría acusadas de prostitución, robo o allanamiento de morada, así que no tuvieron problemas para localizarlas. Sin embargo, prefirieron no llevar a jefatura a Eva Lind Erlendardóttir, la hija de su compañero. Erlendur se encargó personalmente de ir a buscarla. Su exmujer había escogido el nombre de Eva Lind porque, por algún motivo, le parecía mono. Su hijo se llamaba Sindri Snær.

Erlendur sabía que su hija se había mudado recientemente a casa de un advenedizo sin escrúpulos que sabía cómo montárselo para llevar una vida lujosa sacando partido de las empresas de arrendamiento con opción a compra. Vivían juntos en un adosado que había conseguido después de haber timado a un matrimonio de ancianos que querían mudarse a una vivienda más pequeña. Gracias a sus dotes comerciales y a la elegancia que le confería su impecable traje, todavía por pagar, había convencido a los ancianos para que abandonaran su hogar y luego él se había mudado allí por la cara. Les había prometido un primer pago de cuantía considerable, seguido de un segundo ingreso dos meses después y una amortización de la casa por un precio mucho más elevado que el indicado en el anuncio. El matrimonio había depositado toda su confianza en aquel hombre tan simpático que decía ser médico, había guardado todos sus enseres en un trastero y se había mudado a casa de su hija, y única descendiente, mientras que el ambicioso príncipe se acomodaba en su nidito decorado con muebles sacados de una empresa de leasing.

Eva Lind vivía rodeada de un lujo que se hallaba en las antípodas de las condiciones en las que Erlendur la había visto vivir solo dos meses atrás, antes de que conociera a Mr. Leasing. Hasta entonces había vivido con un drogadicto en una casucha alquitranada en la calle Veghúsastígur, en el barrio de las Sombras. A lo largo de los cuatro o cinco años de mala vida que había llevado su hija, Erlendur pasó por fases de negación, rabia, espanto y mano dura, hasta acabar en la más absoluta indiferencia. No lograba entender por qué se había convertido en una drogadicta empedernida, pero ya no se lo preguntaba. Había decidido aceptarla tal como era y tratar de hacerle la vida más fácil en la medida de lo posible. Alguna vez había tenido que ir a buscarla a comisaría después de haber sido arrestada en algún tugurio donde se fumaba hachís. Cuando eso sucedía, la llevaba a su casa para cuidar de ella, pero, antes de que pudiera darse cuenta, ya había vuelto a las calles y su recaída era todavía peor. La situación de su hija lo atormentaba.

—Cabe la posibilidad de que la chica que encontramos anoche asesinada en el cementerio hiciera la calle —le explicó a su hija tras tomar asiento en el salón. No conocía a su nuevo novio, tenía sus reservas, como con todos los anteriores. Eva Lind le dijo que no estaba en casa porque había salido a comprar un televisor. «Pero si es domingo —observó Erlendur—. ¿Qué hay abierto hoy?». «¿Acaso te crees que ha ido a una tienda a comprarlo, atontado?», le respondió su hija, escandalizada, mientras se dejaba caer en el reluciente sofá Chesterfield de su amplio salón. Erlendur se fijó en la ausencia de decoración en las paredes. Los únicos objetos del salón eran unos muebles carísimos, la mayoría de ellos todavía embalados en plástico.

El aspecto de Eva Lind daba buena cuenta de su penoso modo de vida: estaba en los huesos y trataba de disimular las ojeras con una espesa capa de maquillaje. «Seguro que ya está otra vez en la luna», pensó Erlendur, que rara vez lograba ver a su verdadera hija, siempre oculta tras los efectos de las drogas, como si tuviera los ojos tapados por un velo invisible.

—Lo he oído en la radio —le contó Eva Lind—. Ya sabía yo que era puta. Nadie deja tirada a una chica normal en pelotas en un cementerio.

—No he afirmado en ningún momento que lo fuera, solo he dicho que tenemos esa impresión, y debemos empezar por algún sitio. La encontramos junto a Jón Sigurðsson, el Presidente.

—¡Anda! Pero ¿no fue en el cementerio?

—Sí, junto a Jón el Presidente.

—¿Se ha producido algún escándalo? ¿Se la tiraba el Jón ese? Espera, ¿el presidente de qué?

Erlendur se encogió de hombros y recordó el verso que de vez en cuando le venía a la cabeza sin motivo. «¿Dónde se perdió el color de tus días?».

—La chica se daba un aire a ti. Un poco más joven. Esquelética y pálida, como si padeciera anorexia. Tenía el pelo negro e iba muy maquillada. Se metía heroína. Todavía no sabemos cómo se llama y estamos buscando a todos aquellos que la pudieran conocer. Si trabajaba en la calle puede que te suene. Lo único que sabemos es que tiene un tatuaje en el trasero.

—Yo también llevo uno, aunque no en el culo precisamente —matizó Eva desafiando a su padre con la mirada—. Ahora se llevan mogollón los tatuajes. Eso sí, duele que te cagas. Los tatuadores son unos putos sádicos. Aunque, bueno, también será porque que yo me lo hice en el...

—¿Te dice algo la descripción? —la interrumpió Erlendur.

—Si se chutaba heroína, debería estar tirado saber quién es. No hay muchas tías que se metan esa basura. Además, la heroína es más chunga de conseguir que otras mierdas como las pastis o el speed. Hacen falta buenos contactos. ¿Tienes alguna foto suya?

—No. Si no averiguamos pronto quién es, tendremos que mostrar en los medios una imagen de su cara, pero eso solo lo haremos si no nos queda más remedio. Quizá podrías acompañarme a la morgue.

—¡No me jodas! Ahora no. Puedo hacer algunas llamadas y te aviso con lo que sepa, te lo prometo. Pero no me hagas ir contigo a la puta morgue.

—Necesito saber cómo funciona el mundo de la prostitución en Reikiavik —aclaró Erlendur, horrorizado ante la sola idea de tener que profundizar en aquel tema con su hija—. ¿Quiénes son los clientes? ¿Cómo localizan a las chicas? ¿Van siempre los mismos clientes con las mismas chicas? ¿Cuál es la dinámica?

Le parecía espantoso tener que preguntarle por su vida. Hasta entonces lo había evitado en la medida de lo posible. Todo lo que sabía se lo había contado ella por voluntad propia. Procuraba no sermonear a sus hijos, aunque esa estrategia no parecía haberle dado buenos resultados. Erlendur podría haberle hecho esas mismas preguntas a otras chicas y evitarse así las incomodidades, pero al menos sabía que podía confiar en su hija. Tenía la impresión de que hasta entonces siempre le había contado la verdad. Buen conocedor de su lenguaje vulgar, se preparó para escuchar sus respuestas.

—Vaya tralla de preguntas, Erlendur —contestó Eva Lind. Nunca lo llamaba «papá»—. El que quiere una puta, sabe dónde encontrarla. Los tíos llegan, hablan con ellas y se las llevan. A veces van en coche y entonces es todo muy fácil. A algunos les vale con una paja. Pero no hay ninguno que quiera simplemente hablar. No son ese tipo de tíos. Esos solo existen en las pelis. Las pajas son lo más barato. Casi todos quieren una mamada, que cansa un huevo hacerlas, y luego follar, claro. En los patios de escalera. En casas abandonadas. Por el centro hay mogollón de sitios. Las chicas viven en ratoneras por toda la ciudad y muchas veces se llevan allí a los clientes. Yo nunca estuve metida en esa movida —aseguró Eva Lind al ver palidecer el rostro de su padre—. Respira.

Erlendur le concedió el beneficio de la duda.

—¿Qué tipo de hombres son los clientes?

—Muchos son abuelos que se gastan en eso la pensión. Pero también hay tíos que tienen carencias en casa. Marineros que pasan por aquí y no tienen adónde ir. Se quedan una semana y luego se van. Hombres de todo tipo que buscan compañía barata. Las chicas cobran muy poco comparado con lo que clavan las putas de lujo. Algunos clientes llaman siempre a las mismas, así no hay jaleos. Eso es lo mejor. Lo más seguro. Las chicas suelen tener entre cinco y diez clientes fijos y se los disputan.

—¿Y no se exponen a ningún peligro?

—Algunos son unos mierdas que las tratan como sádicos porque necesitan demostrar lo que llevan dentro. Lo que quieren es desfogarse pagando a una joven para pegarle porque no tienen cojones de pegar a sus mujeres. Otras veces son hombres elegantes de traje y corbata que envían a alguien para ir a buscarlas y luego las llevan a sitios espectaculares. Aunque también hay auténticos hijos de puta. No es que las chicas lo hagan por diversión. A veces, en verano, llama algún grupo de tíos desde algún bungaló de pesca. Van cachondos y llaman para que les envíen chicas. Pagan treinta y cinco mil coronas por un día entero y pueden hacer con ellas lo que quieran.

—¿Puedes darme algún nombre?

—Nunca he oído mencionar a nadie.

—¿Y a quién llaman?

—Pues a locales de estriptis. O a algún chulo.

—¿No habrás oído hablar hace poco de alguien a quien le gustara hacerle daño a esas chicas?

—Ya te digo que siempre corren historias por ahí. Puedo investigar y te cuento.

—Perfecto. Y, bueno, ¿qué tal estás? ¿Quién es el chico con quien vives aquí? ¿Es el propietario de esta casa?

—Estoy bien. Es lo más. Se ha hecho con todo lo que ves aquí sin haber pagado un duro.

—¿Sabes algo de tu madre? —preguntó Erlendur, a quien no le apetecía oír demasiadas cosas sobre el nuevo novio de su hija. Sería toda una novedad que la relación durara más de un mes.

—No, nada. Suelo dejar en paz a la vieja. Hago como tú.

—¿Y de Sindri?

—Sindri está bien. Me llamó el otro día, ha conseguido curro. Se me ha olvidado de qué. En una constructora, creo.

En ese momento apareció en la puerta Mr. Leasing con su espléndido traje y su corbata. Repeinado, entró en el salón cargado con un televisor gigante. Al no haber visto nunca a Erlendur, pensó que era el agente de alguna empresa de arrendamiento y estaba a punto de encararse con él cuando Eva Lind le explicó quién era.

—¿Eres el poli? —preguntó alternando la mirada entre Erlendur y el pesado televisor, que se le escapaba de las manos.

—Ojo, no se te vaya a caer en un pie —dijo Erlendur mientras salía hacia el aire fresco de fuera.

Cuando regresó a su despacho, Sigurður Óli le comentó que no habían obtenido ninguna información relevante durante los interrogatorios a las chicas. Elínborg había probado suerte en varios estudios de tatuaje, pero tampoco sacó nada de provecho y, como tenía invitados a cenar, se marchó a casa enseguida. La jornada no había aportado ninguna pista que pudiera ayudar a averiguar la identidad de la víctima. Sigurður Óli había hablado con el hombre que estaba con Bergþóra en el cementerio, pero no tenía ni idea de nada. Al principio lo negó todo, pero dejó de mentir en cuanto Sigurður Óli empezó a presionarlo. Según sus declaraciones, no vio a nadie salir corriendo del cementerio ni advirtió la presencia de ningún coche. Todavía no había entendido del todo quién era el tal Jón Sigurðsson.

Por otro lado, habían comunicado el robo de un coche en el barrio de Breiðholt. Muy probablemente, el delito se cometió la misma noche que fue hallado el cuerpo de la chica. La descripción del vehículo fue enviada a todas las comisarías del país, y por la tarde la policía de Keflavík anunció el hallazgo de un Saab azul en el aeropuerto internacional. Erlendur envió a Þorkell para vigilar el traslado del coche al taller de la policía, a primera hora de la noche. Los agentes de la Científica se pusieron de inmediato a buscar huellas dactilares, pelos y restos de fluidos corporales. Tras una larga noche de trabajo, pudieron confirmar, antes del mediodía del lunes, que la chica había estado en el interior del vehículo. La policía solicitó el listado de todos los pasajeros que habían salido del país desde la noche del sábado hasta el momento en que fue hallado el coche. Interrogaron al dueño del vehículo, pero este juró y perjuró que se lo habían robado.

Erlendur ya se disponía a marcharse cuando sonó el teléfono.

—¿Eres el que dirige la investigación de la chica del cementerio? —preguntó una voz insegura casi imperceptible.

—Sí, soy yo —respondió Erlendur.

—Era amiga mía —anunció el hombre del teléfono en un tono de voz tan bajo que Erlendur apenas podía entender lo que decía.

—¿Quién llama? —preguntó, evitando sonar demasiado cortante.

—Mi amiga estaba con él en la casa de veraneo...

Erlendur no escuchó el final de la frase.

—¿Con quién? ¿Qué casa?

—Con ese bastardo —gruñó la voz—. Esos hijos de puta la destrozaron...

Y entonces se cortó la comunicación.

6

El domingo por la tarde, Sigurður Óli se dirigió a la calle Aflagrandi para hablar con Bergþóra, la testigo. Se había convencido a sí mismo de que su visita era de carácter estrictamente oficial y que no guardaba ninguna relación con lo personal. Le gustaba aquella mujer. Había visto algo en ella; algo en su cara que lo ponía de buen humor; algo en sus gestos que le llegaba al corazón; algo en su tono de voz que lo impulsaba a escucharla. Se había repetido hasta la saciedad que en su interés por ella no había influido la inusual e incómoda historia del cementerio.

Sigurður Óli no había convivido con ninguna mujer desde su regreso de Estados Unidos, cuatro años atrás. Las pocas relaciones fugaces que tuvo antes de trasladarse a Norteamérica no llegaron a ninguna parte. Últimamente pensaba cada vez más en la idea de casarse. La mayoría de sus amigos, por no decir todos, estaban casados o vivían con una pareja de hecho, y le costaba sacarlos de fiesta los fines de semana. Estaba cansado de ir de bares él solo, y, aunque a menudo se encontraba con gente conocida, tanto antiguos amigos que habían estudiado con él Ciencias Políticas en la universidad como compañeros de la comisaría, le aburría soberanamente mantener una y otra vez las mismas conversaciones. Para colmo, a veces venían a incordiarlo personas con quienes había tenido que lidiar en su trabajo.

A todo eso había que sumar el tema de conocer chicas. El mismo preámbulo una y otra vez. La frase que solía funcionarle para romper el hielo era: «Oye, ¿tú no hacías Derecho conmigo en la uni?». Recientemente también le daba resultado sustituir Derecho por Informática. Después venían las típicas preguntas para saber si tenían algún amigo en común: «Ah, ¿esa chica salía con tu hermano? No la recuerdo bien». Muchas mujeres divorciadas que volvían a estar disponibles iban detrás de Sigurður Óli, que había cumplido treinta años sin haberse dado cuenta. Más de un ex había aporreado la puerta de la casa donde estaba pasando la noche para preguntar quién narices estaba metido en la cama de su exmujer. Cada vez que se despertaba con el brazo bajo la cabeza de una chica que no había visto nunca, deseaba poder dejarlo ahí y marcharse a hurtadillas. Después venía el momento de coger un taxi a primera hora de la mañana. Salía disimuladamente de una cama desconocida en un barrio de las afueras y miraba por el espejo retrovisor al taxista, que sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Sin embargo, lo peor de todo era que Sigurður Óli había comenzado a excederse con la bebida en sus aventuras nocturnas. Vestía siempre de punta en blanco, iba al gimnasio y a sesiones de rayos uva. Como era alto, delgado, guapo y buen conversador, no tenía problemas para conocer gente, especialmente a mujeres. Le gustaba tener las cosas claras y se entregaba al máximo en cualquier cosa que hacía. Ambicioso en el trabajo, quería hacer carrera en la Policía Judicial, pero, debido a su arrogancia, muchos lo consideraban un engreído. Cada vez se emborrachaba con más frecuencia e incluso llegaba a perder la memoria. Su peor experiencia la vivió seis meses atrás, y desde entonces redujo considerablemente su consumo de alcohol porque había comenzado a asustarse. Se despertó en su cama —gracias a Dios— y solo guardaba el recuerdo difuso de ir haciendo eses por la calle Laugavegur. Era incapaz de levantarse. Le dolía todo el cuerpo, especialmente la rabadilla y la pierna derecha, que no podía mover sin que un agudo dolor le recorriera la espalda. No tenía ni idea de cómo había regresado. Solo sabía que estaba desnudo, que la cama estaba hecha y que sobre la mesilla de noche habían dejado una nota: «¡Joder, qué odisea traerte a casa! Dos “superamericanas”». Le faltó poco para echarse a llorar.

Bergþóra abrió la puerta de su casa y lo invitó a pasar. La había llamado antes para avisarla de su visita. Ella esperaba su llegada a las nueve y él se había presentado como un clavo.

—Solo quería comentarte un par de asuntos —mintió mientras se sentaba en la misma silla que había ocupado el día anterior, cuando la había interrogado junto con Erlendur. El sol de la tarde se filtraba a través de las persianas venecianas y proyectaba en el apartamento unas bandas doradas que hacían pensar en un enorme gato atigrado. Ella se sentó frente a él.

—Llevo todo el día rompiéndome la cabeza pensando en el hombre del cementerio y en el cadáver. Me temo que no tengo nada nuevo que contar.

—Tuvo que haber ido en coche. Estamos investigando un vehículo que podría guardar relación con el caso. Puede que hubiera pasado por delante de la verja en dirección sur y que tú lo hubieras visto.

—No vi pasar ningún coche —insistió.

—Esta mañana te hemos preguntado si creías que el hombre podría haberte visto, pero no estabas segura.

—Todo esto me está dando un poco de miedo. Esta tarde he visto las noticias y han informado de que la policía tenía una testigo que afirmaba haber visto a un hombre salir corriendo del cementerio poco antes de encontrar el cuerpo de la chica. La testigo era del barrio Oeste. ¿Crees que el asesino es un maníaco sexual que va por ahí agrediendo a mujeres? ¿Ahora no querrá pillar por banda a esa testigo?

—No hay nada que así lo indique —respondió Sigurður Óli, contento de ver que la conversación se encauzaba en la dirección que él quería—. Por fortuna, los islandeses cuentan con un insignificante elenco de asesinos. Pero, si quieres, puedo encargarme de que recibas protección. Podemos adoptar distintas medidas, como entregarte una pequeña alarma personal que puedes hacer sonar cuando lo consideres necesario. También podemos solicitar que un coche patrulla recorra los alrededores de tu casa. O puedo pasarme por aquí para ver cómo estás —añadió finalmente.

—No me gusta ni un pelo la idea de que me escolten —admitió—. No quiero ni alarmas personales ni coches de policía. ¿No podría simplemente llamarte?

—Por supuesto —respondió Sigurður Óli tratando en vano de disimular su satisfacción. Estaba colado por aquella mujer y ella se había dado cuenta.

—No pienses que lo del cementerio es propio de mí —le dijo mirándolo a los ojos—. No estoy loca. Solo se me cruzaron los cables.

Sigurður Óli sonrió bajo el sol de la tarde.

7

El interior estaba oscuro y una peste a tabaco, alcohol y sudor invadía sus fosas nasales conforme se iba adentrando. El Boulevard, más conocido como el Bulo, era uno de los pocos locales de estriptis de la ciudad. Las bailarinas provenían de Canadá, los países nórdicos o las repúblicas bálticas. Solo tenían permiso para permanecer un mes en el país y no desperdiciaban ni un minuto de su estancia.

Al entrar, Erlendur vio a una mujer de más de treinta años contoneándose al ritmo de la música alrededor de una columna situada en un escenario. Colgada del techo, una bola de discoteca proyectaba destellos de colores en la oscuridad de la sala. La mujer se había quitado el sujetador y solo le quedaba el tanga. Era evidente que había rebasado ya la mejor edad para hacer estriptis. Cerca de ella se sentaban tres hombres. Dos la miraban boquiabiertos, mientras que el tercero tenía la cabeza apoyada sobre el escenario, con pinta de estar profundamente dormido. En las mesas había algunos clientes más. Un hombre de unos sesenta años estaba sentado con dos jóvenes prácticamente desnudas. Otro había sacado una botella de champán y agarraba de los hombros a su chica mientras se fumaba un puro con aires de magnate.

La música se detuvo. La bailarina recogió sus prendas, pasó desnuda por delante de Erlendur y salió de la sala sin dirigirle la mirada.

—Do you like girls? —le preguntó una chica rubia de unos veinte años que había emergido de la penumbra y se había colocado disimuladamente junto a la barra, al lado de Erlendur. Su atuendo se reducía a un sujetador, unas braguitas minúsculas y un pañuelo transparente sobre los hombros. Erlendur no sabía qué contestar. Si respondía que sí, no se la podría quitar de encima. Si decía que no, podría dar pie a un malentendido. Además, no hablaba mucho inglés.

—I am police —respondió. Con los ojos como platos, la chica dio un paso hacia atrás y desapareció tan rápido como había aparecido.

—¿Qué te pongo? —le preguntó el camarero, que acababa de volver de la sala y se inclinó sobre la barra. Aunque su cabello pelirrojo comenzaba a clarear por la coronilla, había logrado reunir unos pocos mechones en una mísera coleta. Ataviado con una camisa hawaiana y una cadena dorada alrededor del cuello, asentía constantemente.

—¿Eres el dueño del local?

—No. ¿Por...? ¿Pasa algo?

—¿Quién es el propietario?

—Está de vacaciones en el oeste.

—¿En el oeste? ¿En Ísafjörður?

—No, en Estados Unidos. ¿Por qué lo preguntas?

—Estoy buscando a una chica.

—Pues tenemos chicas a tutiplén. Solo tienes que escoger una. ¿Quieres champán? Tenemos uno buenísimo.

—La que busco está muerta.

—Qué putada.

—Sí, qué putada. Puede que hubiera venido por aquí alguna vez. Incluso que hubiera bailado también, no sé. Estaba como un palillo, tenía la piel muy blanca y una espesa melena negra que le caía hasta los hombros. Ojos marrones, frente amplia y boca pequeña.

—Oye, pero ¿tú quién eres? ¿Por qué me sueltas todo ese rollo?

—Soy de la policía.

—¡Ho, ho, ho! —exclamó el camarero como si fuera Papá Noel mientras se apartaba de la barra sin dejar de asentir—. ¿Por qué me preguntas por una chica muerta? Yo no he hecho nada. ¿Crees que soy yo quien la ha matado?

La música se reanudó y la chica rubia que había hablado con Erlendur en inglés se situó junto a la columna del escenario. Erlendur la miró un momento y se volvió de nuevo hacia Hohoho.

—Solo quería saber si la conocíais por aquí. Nada más. ¿Recuerdas a alguna chica que encaje con esa descripción?

—¿Era islandesa?

—Probablemente.

—Aquí solo tenemos chicas extranjeras. Qué movida lo de la islandesa. Oye, ¿no será la chica que han encontrado en una cementera?

—¿Una cementera?

—Sí.

—No, la encontraron en un cementerio.

—Ah, pues no sé quién me contó que la habían encontrado en una cementera.

—Tengo una foto suya —dijo Erlendur mientras sacaba una fotografía de la cara de la chica. Se la habían hecho en la morgue por la tarde después de haberla desmaquillado. Sin la sombra de ojos, el pintalabios y el colorete, su rostro había adquirido un tono blanco azulado. La boca se reducía a una mera línea bajo la nariz y sus cejas negras parecían dos rayas finas pintadas por encima de los ojos.

—No me suena —dijo el camarero—. Nunca estuvo por aquí. Me acordaría. ¿Era una puta?

—Podría ser.

—Por aquí no vienen prostitutas. Cosas del business, ya me entiendes.

—¿Podrían quitarles clientes a las bailarinas?

—Eso es. Esto no es un burdel. Nada que ver. Este es un negocio duro.

La chica del escenario parecía tener problemas para quitarse el sujetador. El hombre con la cabeza sobre el escenario se despertó y trató de ponerse en pie, pero le fallaron las piernas y se cayó al suelo, con el taburete incluido. Sus dos amigos ni siquiera se dieron cuenta.

—¿Ofrecéis servicios a domicilio? —preguntó Erlendur mientras veía que el borracho se ponía de nuevo en pie al tiempo que la rubia se quitaba por fin el sujetador.

—¿Servicios a domicilio?

—Si me hace falta una chica, ¿puedo llamaros para que me la enviéis?

El camarero guardó silencio.

—Me da igual lo que hagáis aquí —aclaró Erlendur—. Por mí, podéis ofrecer prostitutas como os dé la gana.

—No sé a qué te refieres con «servicios a domicilio».

—Pongamos que estoy en mi casa. O en una casa de veraneo. O en un bungaló, de pesca con unos colegas. ¿Me enviaríais a una chica?

—Supongo que se podría. Técnicamente, quiero decir.

—¿Tenéis alguna casa de veraneo registrada?

—¡Ho, ho, ho! —exclamó de nuevo mientras daba otro paso hacia atrás—. No sé nada de ninguna casa de veraneo. Como si me detenéis y me lleváis a la silla eléctrica.

—¿A la silla eléctrica? —preguntó Erlendur.

—Lo que sea. Aquí no nos dedicamos a la prostitución. Nuestras chicas son bailarinas artísticas y, a veces, algunos de nuestros clientes se quedan tan encantados que quieren pasar un rato a solas con ellas, y eso no tiene nada de ilegal ni de inmoral. Lo que hagan las chicas mientras no trabajan no es de mi incumbencia. Regento un negocio legal y no quiero malas vibraciones de nadie, ni tuyas ni de ningún otro.

Erlendur visitó otros dos locales de estriptis esa misma noche, y al meterse en la cama, solo, como de costumbre, tuvo la impresión de que había aprendido algo sobre el servicio a domicilio de bailarinas artísticas. Para variar, le costó conciliar el sueño. Sin embargo, en aquella ocasión no era la luz nocturna lo que le impedía dormir, sino otra cosa que no lograba adivinar.

Cuando por fin lo averiguó, se quedó dormido.

Do you like girls?

8

Elínborg sacó de su cartera la fotografía que le había entregado la Científica y se la mostró. Era una copia ampliada del tatuaje de la joven y el dibujo ocupaba toda la imagen. Recién comenzada la mañana del lunes, Elínborg y Þorkell habían empezado a recorrer los estudios de tatuaje de Reikiavik. Para localizar el primero, simplemente se habían dejado guiar por el ruido. El tatuador, de una veintena de años, trabajaba en el garaje de sus padres, en la calle Háaleiti. Tenía las paredes empapeladas con pósteres de grupos de heavy metal y por unos altavoces gigantes sonaba una música atronadora. Desperdigados por la estancia se veían trajes gruesos de cuero, chaquetas y pantalones de motero, así como una buena colección de latas de cerveza y botellas de licor. Frente al garaje había una enorme motocicleta aparcada, pero ni Elínborg ni Þorkell sabían diferenciar si se trataba de una joya o de una tartana. «Sus pobres padres lo han metido en el garaje como un trasto más —pensó Elínborg, madre de un hijo de la misma edad—. Y no lo repruebo». Su hijo no vivía en el garaje. Dormía en la habitación contigua a la suya y escuchaba a Roger Whittaker.

—No me dice nada —respondió el chico después de que los agentes hubieran logrado captar su atención.

De complexión robusta, su densa melena negra le caía por la espalda y tenía toda la piel, al menos la parte que se veía, repleta de elaborados tatuajes.

—No, no me suena de nada ese dibujo —añadió—. Es muy cutre. No tiene acabado, es tosco, soso y feo de narices. No tiene ningún valor artístico. Es obra de un chapucero. ¿Qué es? Casi no tiene forma. Menudo churro. Está claro que lo ha hecho un inútil.

—Es la letra J... —comenzó a explicar Þorkell, pero el chico lo interrumpió.

—¡Eh, que no soy analfabeto! Que sea motero no quiere decir que sea un lerdo. Pues sí que tenéis prejuicios los patrulleros.

—Tranquilízate —le ordenó Elínborg—. ¿Te suena el estilo?

—Hay mogollón de peña haciendo esto. Aficionados que no tienen unos utensilios como estos —explicó mientras señalaba las herramientas y los tarros de pigmentos que tenía a su alrededor y que ni Elínborg ni Þorkell habían visto en su vida.

—Entonces, ¿crees que el autor no es un profesional como tú? —preguntó Þorkell con la intención de meterse al muchacho en el bolsillo.

—Este gremio está lleno de aficionados —fue la única respuesta que obtuvo.

Continuaron su camino hacia el siguiente artista, temiéndose que les aguardaba una terrible jornada.

—Hay alguien que quiere ponerse en contacto con nosotros —dijo Erlendur mientras tomaba café con Sigurður Óli en su despacho y le contaba que había recibido una llamada la tarde anterior.

—¿A qué se referiría con lo de la casa de veraneo? —preguntó Sigurður Óli.

—Dijo que la chica había estado «con ese bastardo» en la casa. Y que «esos hijos de puta la habían destruido». Él y otros más. ¿Qué querría decir?

—¿Tenía su voz algo de particular? ¿Algún acento?

—No. Parecía más bien joven. Por lo visto, era amigo de la chica. Daba la impresión de que sabía cosas, pero no las decía. ¿A qué estará esperando para hacerlo?

—Seguro que volvemos a tener noticias de él.

—Ya veremos —respondió Erlendur, que, tras la llamada, había solicitado que su teléfono grabara todas las conversaciones y pudiera verse inmediatamente desde qué número llamaban.

»Anoche llevé a cabo una investigación de carácter informal —prosiguió Erlendur—, y me enteré de que no es inusual que en los locales de estriptis de Reikiavik envíen a las chicas a los clientes, aunque estos se encuentren fuera de la ciudad, como en casas de veraneo o en bungalós de pesca.

—¿Conocían a nuestra chica en esos antros? —preguntó Sigurður Óli.

—No, en ninguno.

El lunes a mediodía nadie había contactado todavía con la policía en relación con la chica. Nadie había denunciado su desaparición. A Erlendur no le sorprendía. Seguía sosteniendo la opinión de que la chica se había ido de casa y desde entonces había estado viviendo en las calles de Reikiavik. Ningún centro público de desintoxicación para jóvenes, refugio o centro de menores echaba en falta a nadie. No buscaban a ninguna chica cuyo nombre comenzara por J. La policía todavía no había podido examinar el listado de personas que habían volado fuera del país desde el momento del robo del Saab hasta el hallazgo del vehículo en el aeropuerto. Dado el escaso número de agentes disponibles en la Policía Judicial, tardarían una eternidad en revisar los cientos de nombres de hombres, mujeres y niños que componían la lista.

—¿Sacaste algo de tu encuentro con la testigo?—le preguntó Erlendur a Sigurður Óli.

—Nada nuevo, pero se pondrá en contacto conmigo si recuerda algo.

—Parece que conectáis bien. Tenías la cabeza en las nubes cuando la interrogamos en su casa ayer por la mañana. ¿Tanto te impactó la historia del cementerio?

A veces Erlendur metía demasiado las narices en la vida personal de Sigurður Óli, y sus comentarios, invariablemente negativos, irritaban a su compañero. A Erlendur le escandalizaba que Sigurður Óli no hubiera formado todavía una familia. Lo cual encerraba cierta contradicción. Su matrimonio había sido desastroso y había fracasado en su intento de establecer un hogar, pero, al mismo tiempo, sabía muy bien lo que era vivir solo.

—¿En las nubes? ¡Chorradas!

—¿Te parece que esa chica está en sus cabales? ¿No hay algo misterioso en las jóvenes que llevan a sus hombres a los cementerios para desahogarse?

—¡Para desahogarse! ¿Es eso lo que hacéis en el este? —preguntó Sigurður Óli en tono despectivo. Erlendur había nacido en Eskifjörður, pero había vivido en Reikiavik la mayor parte de su vida. Las pocas veces que alguien mencionaba su pueblo natal en alguna conversación era para meterse con él, normalmente en su ausencia—. ¿Os desahogáis? —continuó—. Ven aquí, cariño, que tengo ganas de desahogarme. ¡Ya es sábado y toca desahogarse! Me pareció escuchar que le prometiste que no hablaríamos más de ese asunto, que haríamos como si nunca nos lo hubiera contado.

—¿Estoy estropeando algo?

—Ah, y otra cosa. Los telediarios hablan demasiado de nuestra testigo. Tenía entendido que solo debía salir de comisaría la información estrictamente necesaria. Tiene miedo de llamar la atención y de que quien haya sido...

En aquel momento sonó el teléfono. Cuando Erlendur respondió, su rostro enrojeció durante unos segundos. Con la mirada perdida, como si lo hubieran hipnotizado, le hizo un gesto a Sigurður Óli para que lo dejara solo. Sin entender qué estaba sucediendo, su compañero salió al pasillo y cerró la puerta con cuidado.

La exmujer de Erlendur estaba al teléfono. No la había visto ni había escuchado su voz en una veintena de años, o, más exactamente, desde que se fue de casa y la dejó sola con dos niños pequeños. Cuando más tarde recordara aquella conversación, no se sorprendería de haber reconocido su voz como si la hubiera escuchado el día anterior. Sabía que aún lo odiaba a muerte. Una avalancha de viejos recuerdos asaltó su memoria.

—Ya me perdonarás que te moleste —dijo su ex pronunciando cada palabra con el mayor desprecio posible—, pero tu hijo, que es un fracasado gracias a ti, está tirado en el suelo de mi casa, durmiendo la mona, después de haber vomitado y haberme roto los muebles. Llego del trabajo y me encuentro con que ha entrado en mi apartamento, y te puedo asegurar que yo no le he dado la llave. Se ha bebido todo el alcohol que ha encontrado, se ha meado encima y, por la razón que sea, se ha vuelto loco y me lo ha destrozado todo. ¡Estoy harta! ¡He cuidado de esos críos inútiles toda mi vida y ya no aguanto más!

Había elevado gradualmente el tono de voz hasta terminar chillando.

—¡Llévatelo de aquí! ¡Llévatelo antes de que me lo cargue, pedazo de inútil! ¡Has arruinado mi vida y la de nuestros hijos, hijo de la gran puta! —gritó a todo pulmón.

Acto seguido colgó el teléfono.

Erlendur continuó un rato sentado con el auricular pegado a la oreja. Veinte años después, el odio de su mujer no había remitido en lo más mínimo. Siempre lo culparía a él del camino que habían seguido sus hijos. Ellos mismos se lo habían dicho. Dejó que el sonido del teléfono retumbara en su cabeza, como si con ello quisiera borrar lo que acababa de oír. Finalmente, colgó el auricular, se puso el abrigo como en estado de trance. Ya había salido del despacho cuando recordó que no sabía exactamente dónde vivía. Buscó su nombre en el listín telefónico: Halldóra Guðmundsdóttir. Salió de nuevo, pero volvió a entrar inmediatamente para realizar una breve llamada al director de la clínica de desintoxicación de Vogur. Lo conocía bien por cuestiones de trabajo. Erlendur podía llevar a su hijo cuando quisiera.

Optó por tomar el camino más corto para ir desde Kópavogur hasta el bloque de pisos del barrio de Hlíðar donde vivía Halldóra. Sin embargo, cuando Erlendur llegó a su casa, no había ni rastro de ella. Aunque con su llamada había roto un largo silencio, su ex se negaba a verlo y a fingir de repente que se llevaban bien.

Mucho tiempo atrás habían sido amigos. Se conocieron en el bar Glaumbær, habían bailado juntos alguna vez y se sintieron atraídos el uno por el otro. Él acababa de empezar a trabajar en la policía, algo que a ella le daba cierto morbo. Empezaron a quedar fuera del Glaumbær y un día ella lo invitó a casa de sus padres. Sin saber cómo, ya se habían casado y esperaban un hijo. Ambos cambiaron en cuanto comenzó la convivencia y llegó la rutina. Ella era demasiado mandona para su gusto, y él nunca hacía lo que ella le pedía. Erlendur, de carácter huraño e irascible, se encerró en sí mismo. Eva Lind tenía dos años y Sindri Snær acababa de llegar al mundo cuando se dio cuenta de que nunca podría seguir viviendo con aquella mujer. Ni con ella ni con ninguna otra. Había cometido un error. Nunca debió llegar tan lejos. Estaba convencido de que no estaba hecho para ser un buen padre de familia. Había tratado de explicárselo a Halldóra, pero ella se deshacía en lágrimas cada vez que lo intentaba. Ninguno de sus ancestros se había divorciado desde la colonización del país. ¿Qué debía hacer? ¿Qué iban a pensar sus familiares? Todo el mundo pasaba por etapas difíciles, pero siempre había una solución. Le rogó una y otra vez que se dieran un tiempo.

Pero Erlendur, inflexible, se marchó en medio de una acalorada discusión poco después de que bautizaran a su hijo, y nunca más regresó. Desde entonces le pasaba una pensión mensual, pero Halldóra, profundamente afectada por el divorcio, sentía un odio visceral hacia su exmarido. Educó a sus hijos haciéndoles creer que su padre era una mala persona y que la había abandonado con dos recién nacidos, algo que, por otro lado, era cierto. Convencido de que su matrimonio estaba abocado al fracaso, Erlendur prefirió ponerle fin en lugar de tratar de salvarlo, fueran cuales fueran las consecuencias.

Ella nunca le había podido perdonar que la abandonara. Le negó terminantemente cualquier contacto con sus hijos y no pudo acercarse a ellos durante todos los años que vivieron bajo el techo de su madre. Erlendur podía haber acudido a la vía judicial para exigir sus derechos, pero dejó que Halldóra lo hiciera a su manera. Sus hijos fueron unos completos desconocidos para él hasta los dieciséis años de edad, cuando ellos tomaron la iniciativa de buscarlo, al principio por curiosidad, pero después para buscar refugio en su casa. Ni Erlendur ni Halldóra se habían vuelto a casar con nadie.

En más de una ocasión se preguntaba por qué la vida de sus hijos se había echado a perder de esa manera, y en buena parte se culpaba a sí mismo. Si no hubiera sido tan egoísta y hubiera pensado más en los demás, seguro que podría haber salvado su matrimonio, aceptar las cosas como eran y cuidar de su familia. Podría haberse divorciado de Halldóra mucho más adelante, con los hijos ya crecidos. Pero se negó a hacer ese sacrificio. Para él no tenía sentido soportar un matrimonio mal avenido, así que decidió marcharse. En su opinión, Halldóra no había sido capaz de compaginar la educación de sus hijos con su trabajo. La vida se le hizo cuesta arriba y les transmitió todo el odio que llevaba dentro, primero hacia Erlendur y después hacia el mundo entero. Tuvieron que cuidar de sí mismos sin contar con ningún apoyo durante los delicados años de la adolescencia. Puede que fuera algo genético. Sin duda existían casos de alcoholismo en ambas ramas de la familia. Puede que... Puede que... Puede que...

Cuando llegó al inmueble, el portal estaba abierto. Subió a la primera planta y constató inmediatamente que el piso de Halldóra estaba manga por hombro. No había ni rastro de su exmujer. Erlendur se imaginó que pasaría el tiempo en casa de algún vecino mientras él se ocupaba de recoger los restos de su hijo. Halldóra no había exagerado: Sindri Snær había perdido el control y había destrozado el apartamento. Su hijo yacía boca abajo en el salón. Había volcado una mesa y había hecho añicos un elegante aparador con unas preciosas puertas de cristal. Un caos de objetos, tanto rotos como intactos, inundaba el suelo. Sindri Snær apestaba a vómito.

Erlendur trató de despertar a su hijo, pero al ver que era misión imposible, lo levantó del suelo, lo sacó a hombros del apartamento, salió del edificio y lo metió en el asiento trasero del coche. Erlendur era de complexión robusta y el cuerpo enclenque de su hijo pesaba para él como una pluma. Cuando enderezó la espalda, se volvió hacia el inmueble y en la ventana del piso superior al de Halldóra le pareció ver por un instante el rostro de su exmujer. Llevaba casi dos décadas sin mirarla a los ojos y le costó darse cuenta de que aquella cara era la misma que le había resultado tan familiar muchos años atrás. Dudó por un momento, pero estaba seguro de que no eran imaginaciones suyas: era su inconfundible mirada hostil fulminándolo desde la ventana.

Erlendur dejó a su hijo al cuidado de la clínica de desintoxicación de Vogur, donde ya conocían a Sindri Snær. El chico parecía encontrarse en estado de coma etílico. Le prometieron que cuidarían bien de él y que, pasados unos días, ya lo podría visitar si lo deseaba. No, no consideraban la posibilidad de enviarlo a terapia fuera de Reikiavik. Ya lo habían hecho en un par de ocasiones y no había dado ningún resultado. «Ya sabes, el tratamiento es caro y el chico todavía no muestra ninguna voluntad de salir».

El quinto tatuador que visitaron Elínborg y Þorkell se acordaba de la chica. Tras una interminable jornada, estaban cansados y aburridos de hablar con detestables charlatanes que no mostraban ningún interés en colaborar con la policía para resolver un caso de homicidio. Pero no habían tirado la toalla. Los estudios de tatuaje de Reikiavik parecían multiplicarse por momentos, y Elínborg le pidió a su compañero, manifiestamente exhausto, que dejara de lloriquear porque aún les quedaba trabajo por hacer.

Ese quinto estudio de tatuaje, un antro oscuro y sucio que parecía más bien un taller mecánico, se encontraba en un polígono industrial, cerca de Ártúnsbrekka. Elínborg se fijó inmediatamente en la amplia colección de fotografías de chicas desnudas que cubrían las paredes y tuvo que darle un codazo a Þorkell para sacarlo de su embelesamiento.

—¿Esta es la que la ha espichado? —preguntó el tatuador, un chico rubio y gordito de unos treinta años vestido con unos pantalones de cuero y un chaleco vaquero que le dejaba los brazos al descubierto. Llevaba coleta y una larga perilla que le colgaba desde el mentón. Tenía una prótesis dental que debía de haber robado en alguna parte porque le venía demasiado grande y se escuchaba el ruido de sus molares al entrechocar. No tenía ni un centímetro de piel sin tatuar. «El cliché del motero en carne y hueso —pensó Elínborg—. ¿Por qué estos tipos tienen que ser siempre unos niños? ¿Y qué forma de hablar es esa? “¿Esta es la que la ha espichado?” ¿Quién dice semejante cosa?».

—¿Hiciste tú ese tatuaje? —preguntó antes de sacar la fotografía una vez más.

El señor Ángeles del Infierno reconoció inmediatamente su propio estilo y trató de recordar quién le había pedido una J. Enseguida le vino a la mente aquel trasero pequeño y respingón.

—Piece of cake —respondió mientras se escuchaba el sonido de sus dientes—. Vino hace un año y me dijo que la hiciera este tattoo.

—Que le hicieras —corrigió Elínborg.

—No era de Reijiavij. Y estaba empanada.

—¿Cómo que Reijiavij? ¿Es que has vivido en Dinamarca o qué? —le preguntó Elínborg.

—No, nunca.

—¿Sabes por qué quería ese dibujo? —preguntó Þorkell.

—Ni idea. Solo se sentó aquí y me pidió que la hiciera esa jota.

—¡Que le hicieras! —lo interrumpió Elínborg, incapaz de morderse la lengua.

—¿Sabes cómo se llama? —preguntó Þorkell.

—No me lo dijo. Yo no la conocía de nada. No la había visto en mi vida y no la volví a ver nunca más. Le dije que podía venir a verme cuando quisiera, aunque se lo dije de coña. El caso es que no la volví a ver. Iba chutada.

—¿Cómo que chutada?

—Pues chutada, sin más. Se nota enseguida.

—¿Iba alguien con ella? —preguntó Elínborg.

—No, pero creo que dijo no sé qué de un chico. Tampoco es que hablara mucho. Repetía lo mismo todo el rato, pero iba drogada, y los drogatas solamente dicen que chorradas.

—¿Qué repetía? —preguntó Elínborg, que ya había desistido de corregir su lenguaje.

—Pues tonterías. Ya te digo que estaba empanada. Además, hace mucho de eso. A veces no me acuerdo ni de cómo me llamo.

—Me lo puedo creer —admitió Elínborg.

—¿No sabes a qué chico podría haberse referido? —le preguntó Þorkell.

—Nop —respondió el tatuador.

—¿La volviste a ver alguna vez? ¿Sabes dónde vivía? ¿Algo?

—Nop.

9

El historiador se rascaba la pequeña verruga que tenía bajo el mentón. Erlendur y Sigurður Óli estaban sentados en su despacho, atestado de libros, folios y carpetas. El aire irrespirable de la habitación ponía de manifiesto que el experto, de nombre Ingjaldur, fumaba como una chimenea. Tenía una amplia colección de pipas a su alrededor, así como un buen número de paquetes rojos de tabaco y cajas de cerillas. «Lo siento, pero no he podido ventilar porque la ventana está atascada», les había explicado. A Erlendur no le importó y se encendió un cigarrillo para hacerle compañía. Sigurður Óli, que ni fumaba ni soportaba el tabaco, los maldijo en silencio. El historiador, un hombre delgado a quien no le preocupaba mucho su apariencia física, llevaba puesto un jersey de lana a pesar de las temperaturas veraniegas y tiraba de su verruga mientras reflexionaba.

—Supongo que no caerán en vuestras manos muchos casos de homicidio. Visto así, tiene que ser entretenido —comentó antes de dejar escapar una espesa nube de humo desde lo más hondo de sus contaminados pulmones.

—Los homicidios nunca son entretenidos —replicó Sigurður Óli.

—Ah, pues a mí me parecen de lo más divertido. Prácticamente no hay libro ni película donde no haya asesinatos o agresiones violentas.

—No somos personajes de ficción —le aclaró Sigurður Óli—, ni formamos parte de una novela.

—¿Sois compañeros?

—No pasamos los fines de semana a escondidas en el hotel Örk, si te refieres a eso —respondió Erlendur.

—Quiero decir compañeros de trabajo.

—A veces trabajamos juntos.

—¿Os habéis preguntado alguna vez por qué no se escribe novela policiaca en Islandia? En cambio, sí cultivamos otros géneros. Yo creo que la culpa es vuestra. Por ejemplo, vosotros dos sois de la Policía Judicial, Erlendur Sveinsson y... perdona, ¿cuál era tu nombre?

—Sigurður Óli.

—¿Veis? Solo los nombres ya sonarían ridículos en una novela policiaca. ¿No os lo parece a vosotros también? Además, nuestra fauna de maleantes no tiene nada de emocionante.

Erlendur y Sigurður Óli intercambiaron una mirada. Sigurður Óli se dispuso a hacer un comentario, pero Erlendur habló primero.

—Es cierto que, por suerte, los asesinatos premeditados son escasos en Islandia —afirmó—. El homicidio no es un crimen muy islandés. Por eso carecemos de la experiencia que sí poseen otras naciones más grandes, y, a decir verdad, prefiero que así sea.

—Nos preguntamos si el hecho de que dejaran a la chica en la tumba de Jón Sigurðsson podría tener algún significado —expuso Sigurður Óli—, si hay algún aspecto de la vida del político que pudiera explicar la elección de ese lugar o si podría tratarse de una declaración abierta, incluso de carácter político. En caso de que quien la dejara allí lo hubiera hecho por un motivo específico, ¿podríamos estar hablando de un estudioso? Puede que sepa cosas sobre Jón que nosotros ignoramos. ¿Estamos buscando a un académico?

—En todo caso, a un historiador —respondió Ingjaldur mientras vaciaba su pipa en un rebosante cenicero.

Erlendur esbozó una sonrisa y Sigurður Óli frunció el ceño.

—Jón es, ante todo, un icono de la lucha por la independencia de nuestro país y un símbolo de unidad —explicó Ingjaldur, abordando de lleno la cuestión—. Hoy es sinónimo de aquella batalla. Les plantó cara a los daneses. Nadie, ni siquiera los más eruditos, ha podido encontrar ningún aspecto de su vida que empañe el brillo que emana de su figura como personaje histórico. Era un nacionalista romántico cuya fuente de inspiración eran los tiempos del Estado Libre islandés, la considerada Edad de Oro, una época que también anhelaba nuestro gran poeta Jónas Hallgrímsson. Esa es la idea que la nación tiene asociada a Jón. Detrás de esa imagen se halla un hombre pertinaz que les apretó las tuercas a los daneses con asombrosa tenacidad. Muchos lo acusaban de ser un pesado, o más bien, espera, ¿cómo lo llamaban? Un trabajador infatigable de cabeza fría. Decían que había nacido viejo y que carecía por completo de sentido del humor.

—¿Y su vida privada? ¿Hay algo que pudiera guardar alguna relación con una joven asesinada que posiblemente ejercía la prostitución? —preguntó Sigurður Óli.

—La verdad es que no tengo ni idea. Algunos dicen que Jón padecía una enfermedad venérea, la sífilis, un indicador de posibles encuentros con prostitutas. Pero nadie lo ha podido demostrar. Jón lo negó en una carta. Los rumores surgieron porque pasó una larga temporada a principios de 1840 postrado en la cama, si no recuerdo mal.

Ingjaldur encendió la pipa e inhaló el humo profundamente antes de continuar.

—No sabemos mucho sobre su relación con su mujer, Ingibjörg. No hay ni rastro de las cartas que se escribieron, lo cual es extraño. Jón cuidaba mucho de todas sus pertenencias y era muy organizado. Pero en su colección no hay cartas de ninguno de los dos, lo que podría indicar cierta reticencia a casarse con ella. Ingibjörg esperó doce años hasta el matrimonio.

Ingjaldur guardó silencio y tiró de su verruga.

—Luego está la mujer de negro —continuó.

—¿Qué mujer de negro? —preguntó Erlendur.

—Fue un historia misteriosa —respondió Ingjaldur mientras dejaba la pipa en el cenicero y se ponía de pie—. Apareció en el acto conmemorativo que se celebró en Copenhague cuando murió. Una mujer vestida de negro con el rostro oculto tras un velo. ¿Dónde lo he leído? Sigurður Nordal la menciona en el volumen publicado con motivo del aniversario de Jón Helgason. Tiene que estar por aquí.

Ingjaldur examinaba con la mirada sus estanterías mientras se rascaba la cabeza, sin tener claro dónde podría estar el libro. Cuando por fin lo encontró, dejó escapar un leve gruñido. Se volvió a sentar y comenzó a pasar las páginas.

—Aquí está. Eso es, la ceremonia se celebró en Garnisonskirke el 13 de diciembre de 1879, y en el templo entró, vamos a ver, «una mujer de alta estatura e imponente presencia, de luto, con un velo tan oscuro que impedía distinguir sus rasgos faciales». Así se la describe. Se sienta en la primera fila y rompe a llorar desesperadamente. Nadie sabe quién es. Algunos piensan que era su amante.

En ese momento sonó el móvil de Erlendur. Respondió, asintió y guardó el teléfono en el bolsillo.

—Han obtenido una foto del hombre, o eso creen —anunció.

—¿De qué hombre? —preguntaron a coro el historiador y Sigurður Óli.

La imagen era muy borrosa. La habían enviado a la Policía Judicial al comprobar que se trataba del Saab robado. La capturó un radar situado en el cruce de Miklabraut con Kringlumýrarbraut. Los miembros de la Científica trataban de mejorar la calidad de la imagen, pero el proceso era lento. El conductor del vehículo, un hombre de pelo abundante y frente amplia, llevaba puesta una chaqueta negra, probablemente de cuero. Así como las cejas se distinguían de forma nítida, los ojos, la nariz y la boca se reducían a unas meras manchas en medio de un rostro blanco. Inclinado hacia delante, sujetaba el volante con ambas manos.

—No se puede decir que de aquí podamos sacar mucha información —señaló Erlendur—. Espero que consigan mejorar la calidad para poder tener una imagen más precisa del que estamos buscando.

—«De quien estamos buscando», querrás decir —lo corrigió Elínborg, sentada en el escritorio de Erlendur junto a Þorkell, todavía en modo de corrección lingüística tras su conversación con el tatuador.

—¿Qué habéis obtenido de vuestras visitas a los tatuadores? —preguntó Sigurður Óli.

—A uno le sonaba haber tatuado esa letra en el trasero de una chica de provincias que había ido a su estudio después de haberse metido de todo. Fue hace algún tiempo, pero estaba seguro de que el tatuaje era suyo. Aunque la verdad es que no sé hasta qué punto hay que hacer caso de lo que nos ha dicho. No tenía ni idea de nada. No sabía mucho más que nosotros.

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14 ноября 2024
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9788491877530
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