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San Luis Orione
Dar la vida cantando al Amor
Arcángel Campagna
San Luis Orione
Dar la vida cantando al Amor

GEO · Grupo de Estudios Orionitas
Argentina - Uruguay - Paraguay
Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Prólogo del Cardenal Mario Aurelio Poli
Agradecimientos
Dar la vida cantando al amor
Presentación a la segunda edición italiana (2013)
Presentación a la primera edición italiana (2005)
Siglas y abreviaturas
Capítulo 1: El nido
Capítulo 2: La campanilla
Capítulo 3: En un oasis franciscano
Capítulo 4: Alumno de Don Bosco
Capítulo 5: En el seminario
Capítulo 6: Sacristán en la catedral
Capítulo 7: El oratorio
Capítulo 8: El Colegio San Bernardino
Capítulo 9: La vida en San Bernardino
Capítulo 10: El Colegio de Santa Clara
Capítulo 11: Un verdadero colaborador
Capítulo 12: Seminarista fundador
Capítulo 13: Sacerdote según el corazón de Dios
Capítulo 14: La semilla brota y crece
Capítulo 15: Las opciones y los tiempos de Dios
Capítulo 16: La aprobación diocesana
Capítulo 17: Sufrir, callar…
Capítulo 18: La casa madre de Tortona
Capítulo 19: Guiado por la Providencia
Capítulo 20: La Patagonia romana
Capítulo 21: Apostolado y peregrinaciones
Capítulo 22: Terremoto de Reggio Calabria y Messina
Capítulo 23: En una inmensa catástrofe, un luminoso ejemplo de caridad
Capítulo 24: Mártir por amor
Capítulo 25: La caridad no cierra puertas
Capítulo 26: Terremoto de Avezzano
Capítulo 27: Don Orione y el joven Ignacio Silone
Capítulo 28: Desarrollo prodigioso
Capítulo 29: Socialismo y socialismo
Capítulo 30: Las hermanas
Capítulo 31: El Santuario de la Virgen de la Guardia
Capítulo 32: Los Pequeños Cottolengos
Capítulo 33: Génova, la constelación de la caridad
Capítulo 34: El Pequeño Cottolengo de Milán
Capítulo 35: Siempre es la Virgen
Capítulo 36: Tres grandes iniciativas
Capítulo 37: Misionero
Capítulo 38: Contacto directo con Italia
Capítulo 39: Avanzando
Capítulo 40: Epílogo
Un escrito fundamental de Don Orione La Pequeña Obra de la Divina Providencia
Cronología
Bibliografía
Galería de imágenes
| Campagna, ArcángelSan Luis Orione : Dar la vida cantando al Amor / Arcángel Campagna ; prólogo de Mario Aurelio Poli. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : GEO - Grupo de Estudios Orionitas, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-47702-3-31. Santos Cristianos. 2. Biografías. 3. Catolicismo. I. Poli, Mario Aurelio, prolog. II. Título.CDD 235.2 |
Original: Campagna, Arcangelo, San Luigi Orione. Dare la vita cantando l’Amore, Gorle, Ed. Velar, 20132
© 2021 GEO - Grupo de Estudios Orionitas
1ª edición digital: febrero 2022
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Coordinación General, adaptación y ampliación:
Jorge Silanes; Santiago Solavaggione
Prólogo: Card. Mario Aurelio Poli
Traducción: Equipo Editorial
Fotografías: © Pequeña Obra de la Divina Providencia
Archivo fotográfico del Centro de Estudios Orionitas - CEO
(Cottolengo de Claypole, Argentina)
Lo Bianco, Giuseppe; Casolari, Enrico, Il volto di Don Orione, Roma, Piccola Opera della Divina Provvidenza, 2006
Diseño de tapa: GEO
Foto de tapa: Don Orione en el Colegio San Felipe (Roma, 1938)
Pequeña Obra de la Divina Providencia - Don Orione
Carlos Pellegrini 1441
C1011AAC – Ciudad de Buenos Aires
Argentina
geo@donorione.org.ar · www.donorione.org.ar
En el centenario de la primera llegada de San Luis Orione a Latinoamérica: Brasil, Uruguay y Argentina
Prólogo
Sábado, 10 de abril de 2021
Octava de Pascua
En estos días iluminados por la resurrección de Jesús, la Iglesia entera se siente impulsada a vivir como resucitada y cuenta para ello con el testimonio de los que ya gozan del Día sin ocaso del que nos habla la liturgia. San Luis Orione es uno de ellos: él tuvo la originalidad de traducir en gestos de misericordia el día glorioso del Señor.
Cuando la Familia Orionita se dispone a celebrar el Centenario de la primera llegada de Don Orione a la Argentina, emprende el noble deber de recoger sus huellas y las semillas esparcidas en nuestro suelo, con la fecunda obra de su inspiración en una biografía que lleva por título: San Luis Orione – Dar la vida cantando al Amor.
A través de esa presencia sencilla y entusiasta, los argentinos conocimos la silenciosa y fecunda Obra de la Divina Providencia entre los pobres más pobres, como son las personas enfermas y desvalidas. Sus hijas e hijos consagrados, guiados por el luminoso carisma evangélico que les entregó Don Orione, con un espíritu servicial y alegre, se sumaron a la evangelización de la Iglesia que peregrina en la Argentina, y dieron una nota que los distingue: su caridad inclusiva por los más olvidados de la sociedad, brindándoles calor de hogar, en casas de generosa acogida, los que el pueblo conoce por «Cottolengos». Ahí se practica «el acto de piedad más agradable a Dios, que es precisamente ese dispendio en favor de los pobres, ya que en esa solicitud misericordiosa reconoce él la imagen de su propia bondad» (San León Magno).
Hay sobradas razones para dar gracias a Dios por una nueva hagiografía que nos acerque cada vez más a su espiritualidad, la que de un modo original hizo presente la fuerza redentora de Jesús, tan bien reflejada en la bella vida y obra eclesial de San Luis Orione.
Bendigo de corazón a quienes se echaron al hombro la composición y edición de este libro, y auguro muchos frutos espirituales a quienes se acerquen a esta fuente de bondad y amor.
+ Mario Aurelio Cardenal Poli
Arzobispo de Buenos Aires
y primado de la Argentina
Agradecimientos
La presente edición es fruto de un trabajo colaborativo, durante más de 2 años, en vistas a la celebración del Centenario de la primera llegada de Don Orione a Brasil, Uruguay y Argentina. De manera particular, deseamos expresar nuestro profundo agradecimiento a quienes conformaron los equipos de traductores, revisores y correctores:
- Dr. Alejandro BIANCO
- P. Gustavo Omar CADENINI, fdp
- P. Facundo MELA, fdp
- P. Eldo Rubén MUSSO, fdp
- P. Héctor PAZOS, fdp
- P. Santiago David PENZOTTI, fdp
- P. Roberto Arcangelo SIMIONATO, fdp
- Dra. Virginia Isabel ZALBA
- Lic. Nancy Susana ZAPATA
Dar la vida cantando al amor (1)
“Amo a la Santísima Virgen y canto, canto a la Virgen: ¡déjenme amar y cantar!. ¡Soy un pobre peregrino en busca de luz y de amor: vengo al Santuario trayendo el rosario en mis manos quiero ser para siempre la alfombra de sus pies inmaculados; vengo a buscar la luz y el amor de Dios y de las almas!
Acudo a Ella para no perderme, después de haber atravesado profundidades, derrumbes, alturas, precipicios, montañas, huracanes, abismos, tinieblas de espíritu, sombras oscuras… Acudo a Ella, y la paz de lo alto me cubre: veo su manto protector desplegarse sobre todas las tormentas, y una serenidad indestructible que trasciende las regiones de la luz humana y supera todos nuestros fulgores, y me envuelve y penetra.
El alma, inundada por la bondad del Señor y por su gracia, inflamada por el fuego de la caridad, derramada de lo alto y rebosante de amor, experimenta una alegría que es gozo espiritual, y se hace canto y embeleso, sed ansiosa de infinito, deseo de todo los verdadero, de todo el bien, de todo lo bello, atracción, ardor de Dios siempre crecientes; amando en el Uno a todos: en el Centro a los rayos; en el Sol de los soles toda luz.
¡Y en esta luz embriagadora me despojo del hombre viejo y amo: este amor me convierte en hombre nuevo y amando canto, canto! Amo con amor inefable y canto al mismo Amor Infinito y a la Santísima Virgen del Divino Amor y me lanzo hacia una altura inconmensurable y con un grito repentino de victoria, de gloria a Dios y a la Virgen Santa, amo y canto.
La claridad y el amor de Dios lejos de destruirme, me templan, me purifican y subliman, ensanchan mi corazón hasta querer abrazar a todas las creaturas en mis pequeños brazos humanos, para llevarlas a Dios.
¡Quisiera llegar a ser alimento espiritual para mis hermanos, que tienen hambre y sed de verdad y de Dios; quisiera revestir de Dios a los desnudos, dar la luz de Dios a los ciegos y a los deseosos de más luz, abrir los corazones a las innumerables miserias humanas y hacerme siervo de los siervos entregando mi vida a los más indigentes y abandonados; quisiera llegar a ser el insensato de Cristo y vivir y morir de la insensatez de la caridad por mis hermanos!
¡Amar eternamente y dar la vida cantando al Amor! ¡Despojarme de todo!
Sembrar la caridad en todos los senderos; sembrar a Dios de todas las maneras, en todos los surcos; sumergirme sin cesar, infinitamente, y volar cada vez más alto, infinitamente, cantando a Jesús y a la Santísima Virgen, sin detenerme jamás.
Llenar todos los surcos con la luz de Dios; ser hombre de bondad entre mis hermanos; inclinarme, y extender siempre las manos y el corazón para recoger vacilantes debilidades y miserias y depositarlas sobre el altar, para que en Dios, se transformen en fuerza de Dios, y grandeza de Dios.
Jesús entregó su vida con los brazos abiertos. Es Dios el que ha venido a nosotros y se ha entregado con los brazos abiertos. ¡Caridad! ¡Quiero cantarle a la caridad! ¡Quiero tener el alma llena de bondad para con todos!”(2)
1. Expresión tomada del escrito de Don Orione que se presenta a continuación.
2. Don Orione nella luce di Maria, a cargo de la Postulación de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, pro manuscrito, Roma, 1965, 2164-2165; DON ORIONE, DON ORIONE, Un profeta de nuestro tiempo. Las más bellas páginas del santo de la caridad, Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 20213, 95-97 (en adelante: DON ORIONE, Un profeta).
Presentación a la segunda edición italiana (2013)
La presente nueva edición de la apreciada biografía de mi Santo Fundador Don Orione, escrita por mi hermano, el Padre Arcángel Campagna, se presenta mejorada en gran medida y se corresponde más con la intención, así como con el personaje.
Ha cambiado la presentación tipográfica, tarea a la que se entregó, con reconocida competencia, el autor experto en temas orionitas.
Se ha mejorado también el contenido, puesto que el autor ha enriquecido su narración con nuevos aportes fruto de una documentación actualizada.
El estilo es el que ya conocemos: fluido, lineal, cautivador. Así que no puedo más que alegrarme vivamente con el buen biógrafo y con el editor y desear, una vez más, una amplia difusión de este volumen que constituye un nuevo e importante aporte para conocer al apóstol de la caridad de nuestros tiempos al que también el santo Padre Benedicto XVI ha citado como ejemplo en su primera encíclica “Deus caritas est”.
No dudo que con esta nueva iniciativa editorial, la biografía de Don Orione, escrita por el Padre Campagna se ubicará merecidamente entre las más importantes y documentadas del Santo, encontrándose, por así decirlo, a mitad de camino entre las otras más voluminosas y aquellas muy breves de carácter popular.
Por lo tanto, le deseamos una gran difusión, lo cual auguro de todo corazón.
Roma, 7 de octubre de 2011.
+Andrés Gemma (3)
Obispo
3. Andrés Gemma, religioso orionita, ha escrito numerosas obras sobre Don Orione y el carisma. Nació en Nápoles (Italia), en 1931. Emitió sus Primeros Votos en la Congregación en 1947. Fue nombrado titular de la diócesis de Isernia-Venafro (Italia) y ordenado Obispo por el Papa Juan Pablo II en 1991. Falleció en Roma, en 2019.
Presentación a la primera edición italiana (2005)
La presente es otra apreciable biografía de San Luis Orione, fundador de la “Pequeña Obra de la Divina Providencia” y de las “Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad”, quien se definió como “un corazón sin fronteras” y “el loco de la caridad”. Clara conciencia de una entrega total a los hermanos, en nombre de una fe sin límites en la bondad de Dios y en la constante búsqueda de su voluntad. Don Orione, que sugería a los suyos que tuvieran “el coraje del bien”, en esta empresa se mostró digno abanderado al frente de innumerables hijos e hijas, de seguidores y amigos, y ahora de sinceros devotos, que admiran la gigantesca estatura moral y la santidad reconocida por la autoridad de la Iglesia.
Por este motivo la biografía sobre Don Orione y su Obra es verdaderamente imponente y aumenta continuamente con nuevos aportes, señal evidente de un interés que los años (él murió en 1940) no sólo no han oscurecido el recuerdo de sus empresas admirables en el campo del apostolado católico, en particular de la caridad bajo todas las formas, sino que parece que hayan rodeado con un creciente y luminoso interés su figura y sus obras.
También la biografía que aquí se presenta es una prueba evidente...
La biografía escrita con amor de hijo por el P. Arcángel Campagna, antiguo discípulo mío en años lejanos, se distingue, y el lector se dará cuenta inmediatamente, por la agilidad de estilo, rapidez de narración y, sobre todo, por una esmerada información. Tengo que admitir que de su antiguo maestro el biógrafo ha aprendido esa “curiosidad” que lo ha llevado a verificar, como pocos, todas las fuentes y disponerlas en una narración bien ordenada que suscita un vivísimo interés. Quisiera añadir que el discípulo, habilitado en el uso de todos los instrumentos que la técnica moderna pone a disposición de quien quiera documentarse seriamente, ha superado con creces al maestro que sinceramente se congratula con él.
Las numerosísimas citas textuales de las palabras y de los escritos de Don Orione, con mención exacta de las fuentes, la copiosa riqueza de anécdotas que se articulan con precisa sucesión hacen de estas páginas un precioso e indispensable instrumento para el conocimiento de un ‘Grande’, que ha honrado la reciente historia de la Iglesia.
Por tanto, diré con pleno conocimiento de causa y con íntima satisfacción, que estas páginas colman un vacío y entre las otras biografías, aun recomendables, merece un lugar de gran relieve.
Un valor para nada despreciable de esta publicación es también su dimensión no excesiva que se presta para ser saboreada en pequeños sorbos, también por parte de aquellos que dicen no tener tiempo libre.
El Padre Campagna, además, en lugar de dejarse llevar a consideraciones moralistas y ascéticas, como a menudo están tentados a hacer los biógrafos, ha dejado que hablen muy loablemente los hechos y los documentos.
Tenemos que estar agradecidos al autor de estas páginas de las que surge viva, fascinante, actual, una figura excepcional de Santo y Apóstol a quien todos pueden mirar, no sólo con admiración, sino con el intento de seguir las huellas, en ese camino del amor sobre el cual la humanidad actual está llamada a encontrarse, si quiere avivar el fuego de la esperanza en un mundo mejor.
Isernia, 16 de mayo de 2005.
+Andrés Gemma
Obispo
Siglas y abreviaturas
DOLM = PICCOLA OPERA DELLA DIVINA PROVVIDENZA (a cura di), Don Orione nella luce di Maria, pro manuscrito, 4 volúmenes, Roma, 1965-1969.
DOPHMC = Don Orione a las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, pro manuscrito, Buenos Aires, Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, 1979.
DOPO = PICCOLA OPERA DELLA DIVINA PROVVIDENZA, Don Orione e la Piccola Opera della Divina Provvidenza. Documenti e testimonianze, biografía mayor, pro manuscrito, 6 volúmenes, Roma-Tortona-Borgonovo Val Tidone, 1958-1998.
EC = PEQUEÑA OBRA DE LA DIVINA PROVIDENCIA, En camino con Don Orione. Extracto de sus cartas, 2 volúmenes, Victoria, 1974-1975.
Lettere = DON ORIONE, Lettere di Don Orione per i Figli della Divina Provvidenza, 2 volúmenes, Roma, Postulazione della Piccola Opera della Divina Provvidenza, 19693.
NdE = Nota del Editor.
ODP = Boletín oficial de la Pequeña Obra de la Divina Providencia: L’Opera della Divina Provvidenza (1898-1900; 1906-1918; 1920; 1924-1925) continúa en: La Piccola Opera della Divina Provvidenza (1924-1969); continúa en: Don Orione (1970-1989) y continúa en: Don Orione Oggi (1990-).
Parola = La parola di Don Orione: La Palabra de Don Orione, discursos, prédicas, conferencias tomadas de su viva voz, 12 volúmenes, Archivo de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, Roma. [inédito]
Scritti = Scritti di Don Orione, 120 volúmenes, Archivo de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, Roma. [inédito]
SDO = PICCOLA OPERA DELLA DIVINA PROVVIDENZA, Lo spirito di Don Orione. Dai suoi scritti, dalla sua parola, presentato ai suoi religiosi, 9 volúmenes, Borgonovo Val Tidone, 1989-1998.
Summarium = SACRA CONGREGATIO PRO CAUSIS SANCTORUM, Summarium. Beatificationis et canonizationis servi Dei Aloisii Orione sacerdotis professi fundatoris Congregationis Filiorum Divinæ Providentiæ et Parvarum Sororum Missionariarum a Caritate, Tortona, 1976.
Capítulo 1
El nido
“Allá por el año 1848, pasaban por Pontecurone, mi pueblo, los soldados que iban a la guerra. Una tropa se paró en el poblado y algunos militares fueron a comer a una taberna en la cual mi madre trabajaba de camarera. Al ver a aquella chica que servía las mesas con agilidad, algunos soldados se permitieron decirle alguna palabra un poco subida de tono. Ella dio una cachetada al soldado más cercano y callada siguió con su trabajo. Le dijeron después que el que había sido golpeado se llamaba Victorio D’Urion (forma dialectal de Orione). Mi padre estuvo desde entonces ocho años como soldado. Cuando volvió a Tortona, fue a Pontecurone a ver si aquella camarera estaba todavía libre pensando para sí que esa chica debía tener la cabeza en su lugar”.(4)
* * *
Los acontecimientos se desarrollan justamente según sus deseos. La chica, libre todavía, después de un período de mutuo conocimiento, acepta casarse con él. El 11 de febrero de 1854, el mismo día de la aparición de la Virgen a la pequeña Bernardette (en Lourdes, Francia), Victorio Orione y Carolina Feltri se unen en matrimonio en Pontecurone, en la Iglesia parroquial de la Asunción de Santa María.
Victorio Orione, tortonés, de baja estatura, robusto, con barba tupida, según la moda de la época, se declara garibaldino.(5) En realidad tiene buen ánimo, siempre dispuesto a ayudar a los demás. Por nada del mundo se hubiese permitido hacer mal a nadie. El trabajo de “empedrador de calles”, duro y mal pagado, no le permite el ocio, ni los chismes y, menos aún, las altas disquisiciones de la política. El extendido anticlericalismo condiciona su práctica religiosa, pero no le compromete la fe ni la honestidad. Cuando llegue el momento no sólo no obstaculizará la opción vocacional del hijo, sino que le pedirá coherencia y fidelidad absoluta: “¡Sacerdote sí, pero verdadero sacerdote!”.
Carolina Feltri, nacida en Castelnuovo Scrivia, une en sí la más exquisita dulzura y una marcada y fuerte determinación. Huérfana desde jovencita, debe ponerse a trabajar junto a la madre y dos hermanas para salir adelante. En el pueblo todos las conocen bien y las estiman por su incansable laboriosidad, rectitud moral y el testimonio de una fe robusta y coherente. Carolina no tiene ni los medios ni el tiempo para ir a la escuela. No sabe leer ni escribir, pero en toda circunstancia demuestra ser una mujer sabia y prudente.
La familia Orione elige como residencia Pontecurone, un pequeño pueblo entre Tortona y Voghera, en la provincia de Alessandria, en el límite entre Piamonte y Lombardía (zona norte de Italia). Es un pueblo eminentemente agrícola pero que se jacta de una historia gloriosa que se remonta a los romanos y a Barbarroja. Las numerosas iglesias, las pequeñas capillas esparcidas en las diferentes propiedades y los templetes que embellecen diversos edificios y casas privadas, son el más bello testimonio de una religiosidad dinámica e intensa.
En muchos pueblos de Italia, hasta los años ‘50 del siglo XIX, era habitual en el mes de mayo (mes de María en aquel país), recogerse ante una imagen de la Virgen para el rezo del Santo Rosario. En Pontecurone, en el año 1872, la cita es en la casa de los padres del párroco. Entre las personas más asiduas, parece obvio decirlo, encontramos a Carolina.
Terminado el mes, la calle que nos lleva delante del templete de la sagrada imagen sigue ruidosa de un ir y venir de gente. Todos quieren ir a ver aquella rosa que delante de la Virgen del Rosario no se quiere marchitar.
“¿Qué significado tendrá esto, señor canónigo?”, le preguntan curiosos sus paisanos.
“¡Pienso –responde– que la Virgen va a conceder una gracia grande al pueblo!”.
Quizá, cuando el 23 de junio de ese mismo año nace Juan Luis Orione, cuarto hijo, después de Benito, Luis –muerto cuando no tenía todavía cuatro meses– y Alberto, ninguno o muy pocos conectan los acontecimientos. Con la distancia de años, comenzando por la madre del párroco, asidua al rezo diario del rosario guiado con tanta devoción por el seminarista Orione, custodio entonces de la catedral de Tortona, se vuelve cada vez más cierto que era Luis aquel don de María.
La familia Orione no tiene casa propia. Se conforma con un pequeño edificio rústico perteneciente a la villa del ministro Urbano Ratazzi. No tienen rentas, ni propiedades, ni sueldo fijo alguno. Una pobreza noble y reservada, y el trabajo asiduo son los más bellos ornamentos de esta familia de trabajadores.
El ministro Ratazzi, en los períodos de vacaciones que pasa en su casa de campo, tiene la oportunidad de conocer cada vez mejor y de apreciar cada vez más a sus huéspedes. Un día que encontró a Victorio con Luisito de no más de 11 meses, lo toma en brazos y lo mece complacido. Después, volviéndose al padre, le pregunta con humor: “¿Qué haremos de él? ¿Un jesuita? Lo haremos un general”, agrega inmediatamente recordando el pasado militar de Victorio.
Sí, Luis Orione será un líder, pero no de soldados o de guerras. Llegará a ser un líder del ejército del bien y de la caridad.
Mamá Carolina hace que cierren las cuentas dedicándose a muchas ocupaciones, sirviendo en alguna casa, juntando leña. En verano va a espigar detrás de los segadores. Tiene que salir de casa temprano, mientras en el cielo brillan las últimas estrellas. Envuelve a Luis, todavía pequeño, en un poncho y no pudiendo dejarlo solo en casa lo lleva consigo. Cuando llega al campo lo coloca así envuelto a los pies de algún árbol para protegerlo de algún modo. Luisito se vuelve a dormir mientras la madre comienza su trabajo. Y así en cada verano.
Cuando tiempo más tarde el niño comienza a moverse con pasitos rápidos, mamá Carolina lo animará a ser útil en lo que pueda, repitiendo “¡Recoge tú también, Luisito, que es pan!”.
En invierno, cuando los campos descansan y las tardes son largas y frías, los vecinos se reúnen en algún establo entre los más espaciosos. El calor de los animales es una bendición, el encontrarse es una diversión. Las mujeres hacen sus trabajos cosiendo o tejiendo. Los hombres pasan el tiempo jugando alguna partida a las cartas. Los niños se divierten un montón jugando con los animales. Entre ellos está también el pequeño Luis.
Él siente una atracción particular por el humilde burrito al que acaricia dulcemente. Tal vez piensa en el burrito del establo de Belén del que tantas veces le ha hablado su madre. Y su pequeña y encendida fantasía se llena de múltiples imágenes.
A una cierta hora los hombres dejan de jugar y las mujeres de trabajar y, en círculo, inician el rezo del rosario. El pequeño Luis se acurruca al lado de la mamá y participa, como todos, en la oración.
Con la escuela de la madre, con el ejemplo de tantos buenos paisanos, en la contemplación prolongada de las muchas y bellas imágenes de la Virgen que adornan su parroquia, aprende a amar y a rezar tiernamente a la Madre del cielo.
Movido por esa misma devoción, indiferente al frío, a menudo recoge en los campos pequeñas flores para hacer con ellas un ramillete y llevarlo delante de una de las tantas capillitas dedicadas a la Virgen y esparcidas por los alrededores del pueblo. Una oración rápida, una mirada llena de amor y después, corriendo, de nuevo, a jugar.
4.. DOPO I, 4; Parola 1, 10 (1930); Andrea GEMMA, Las florecillas de Don Orione, Pequeña Obra de la Divina Providencia, Buenos Aires 2015, 10 (en adelante: GEMMA, Las llorecillas); cf. Andrés GEMMA, ¡Fuego al mundo! La misión de San Luis Orione, Buenos Aires, Claretiana, 2018, 17 (en adelante: GEMMA, ¡Fuego al mundo!).
5. Soldado voluntario que militaba en las tropas inspiradas en los ideales del general italiano José Garibaldi. Lucharon durante el siglo XIX para llevar a término el proceso de unificación de Italia.
Capítulo 2
La campanilla
“Cuando era niño, un día vine aquí, a un caminito que aún recuerdo bien, para encontrarme con mi madre que debía volver por este lugar con la carga de leña por la tarde. En aquel tiempo había allí un cerco. Tendría yo ocho o nueve años y estaban conmigo otros niños de mi edad. En un momento dado, hemos visto que sobre el cerco había de esas flores blancas con forma de campanas, esas que popularmente se conocen como campanillas y nos pusimos a cortarlas. También yo corté una, y después, como si estuviese ayudando en la Misa, en el ‘sanctus’, hice instintivamente el movimiento del monaguillo que las hace sonar; y con gran maravilla de mi parte sentí que aquella flor emitía un repiqueteo leve pero sonoro, como si hubiese sido de bronce. No dando crédito a mis oídos, repetí el gesto y de nuevo la flor sonó entre el asombro de mis compañeros que se habían arremolinado en torno a mí y que veían maravillados que las que ellos habían cortado no hacían lo mismo. Acaso el Señor ya desde entonces me quería hacer entender que llegaría a ser sacerdote”.(6)
* * *
Su inclinación a la piedad, su tierna devoción a la Virgen, su espíritu caritativo y de servicio no nos deben engañar. Mamá Carolina que lo conoce bien, vigila y guía con mano firme a aquel hijo más bien inquieto y rebelde.
A los seis años empieza a concurrir a la escuela primaria. Sigue con gusto y provecho las lecciones, pero apenas el maestro da la señal del final, el pequeño Luis a la cabeza de sus compañeros, entre empujones y tironeos se abre cancha para salir entre los primeros y correr despreocupadamente por las calles.
Bien pronto sobresale por inteligencia y vivacidad entre sus compañeros. Es un líder nato. Sus compañeros lo siguen con ganas incluso cuando, al final del juego o de cualquier otra original aventura, los invita a entrar en la iglesia para hacer una breve oración, o a rendir homenaje a la Virgen en alguna de los muchas capillitas del campo.
Por lo demás, en un pueblito las distracciones no son muchas y los días se vuelven fácilmente monótonos. Los chicos desplegando su fantasía se las ingenian para llenar el tiempo de mil maneras. El pequeño Luis no se echa atrás, al contrario, a menudo y con gusto está en el centro de la situación. Si juega es para ganar, si discute, es para tener razón. Y si a veces con los mayores no logra salir airoso por las buenas, recurre sin miedo a métodos más decididos y menos ortodoxos por los que se gana el apodo de “gato salvaje”. Los adultos, más benevolentes, lo llaman “jefe Barrabás”.
Suele ser obediente. Con una madre tan fuerte, empeñada en frenar y orientar hacia el bien todas las energías del hijo, no le queda demasiado espacio. Alguna vez, copado por el entusiasmo del juego, trata de hacerse el sordo. Carolina, sin demasiados cumplidos, pasa a los hechos. Y Don Orione reconocerá de adulto que fueron santas correcciones.
Muerto el ministro Urbano Ratazzi, la familia Orione se ve obligada a buscar otro alojamiento. El patio rodeado de casas y establos es el lugar de encuentro habitual de los niños que viven allí y de otros atraídos por los gritos y las alegres risotadas.
Un día, cuando el juego es un poco más aburrido, alguno busca inútilmente a Luisito, alma de todas las diversiones. ¿Dónde habrá ido? De repente, se abre una ventana, un grito de atención y se inicia el espectáculo. Después de horas y horas de trabajo escondido, con sorprendente habilidad, mueve sus títeres. Una manera nueva y original para divertir a sus compañeros y alejarlos de ocasiones peligrosas.
A veces la aglomeración es demasiada, el espacio insuficiente, la vivacidad incontenible. Entonces los chicos corren unos tras otros, como olas sucesivas, por las calles del pueblo. Los adultos miran desde lejos, pero se tranquilizan cuando reconocen al jefe de la banda, el hijo de Victorio y Carolina, vivo y despreocupado, sí, pero honesto y piadoso.
El año escolar, caracterizado por buenos resultados, pero también por muchas y forzadas ausencias para ganar un pedazo de pan, ha terminado. El calor se hace sentir. Algunos afortunados han dejado el pueblo para ir a respirar el aire fresco de las colinas cercanas.
Una mañana el pequeño Luis se pasea por las calles del pueblo en busca de algún amigo con quien jugar. Pero pasando delante de la hostería ve un nutrido grupo de hombres ociosamente sentados fuera del local. Hay que convencerles de que no pierdan el tiempo en charlas inútiles. Sin detenerse a calcular las consecuencias, busca una larga rama y corriendo para adelante y para atrás, levanta semejante polvareda que obliga a los holgazanes a ponerse en pie. Les gustaría dar al niño una buena lección, incluso alguno trata de correrlo, pero el travieso ya tuvo tiempo de hacerse humo.
Es sorprendente ver a este niño descalzo y descamisado, para nada quedado, demostrar tanta determinación, energía y entusiasmo en las cosas espirituales. Durante el día entra espontáneamente en la iglesia, frecuenta la Misa dominical y oficia de monaguillo también en la Misa diaria. Según la costumbre del tiempo, el Domingo por la tarde participa en el canto de las vísperas y en la doctrina. Sirve con gusto en el altar, ayuda a los otros monaguillos, lee, canta y cuando le permiten, toca con maestría las campanas.
El Señor lo prepara secretamente para la futura misión. Acaso el pequeño Luis sueña, pero de momento debe enfrentarse con la más cruda realidad. La familia es pobre, las exigencias aumentan, es necesario que todos pongan su parte para salir adelante. Aunque con disgusto, Victorio decide retirar al hijo de la escuela y llevarlo con él como empedrador ayudante. Tiene que limpiar y transportar piedras, tirar de la carretilla, cargada de martillos, formones y mazas. Durante dos años acompaña al padre, trabajando un año a las órdenes del tío Carlín en la zona de Tortona y otro año en la zona de Monferrato, bajo la dirección del primo Santiago. Después de Pascua o a comienzos de abril parte la caravana que trabajará hasta principio de noviembre.
El trabajo es duro. La escuela y las lecturas son ahora un mero recuerdo. Las diversiones, la compañía pertenecen a un lejano pasado. Pero el pequeño Luis no lamenta su suerte, está contento y sigue con buen ánimo al padre para evitarle fatigas y ser útil a la familia.
Se acostumbra al cansancio y a las privaciones. Nacido pobre, tiene experiencia directa del sacrificio, del trabajo. Saborea las humillaciones, patrimonio de la gente pobre. Ésta será la sublime escuela de vida que lo preparará para las futuras tareas pastorales.
La pobreza, las privaciones, sí, pero las blasfemias, eso nunca: “En la diócesis de Acqui –cuenta– me acuerdo que estábamos empedrando delante de una Iglesia y tenía compañeros que blasfemaban y decían palabrotas. Ya los había reprendido en alguna ocasión, pero después los dejé porque me di cuenta que blasfemaban para hacerme enojar. Me decían, ‘¡Repite, repite!’ Y yo, en vez de repetirlo, salí corriendo –locuras de muchacho– a la iglesia y me llené la boca con agua bendita como para desinfectarme la boca”.(7)
Algo parecido sucedió en Castelnuovo Calcea y en otros lugares también. El mal moral no le roza, pero la ternura y la misericordia hacia los pecadores agranda el espacio de su joven corazón cada vez más deseoso y decidido a escuchar la voz del Señor, a convertirse en ministro de su amor y de su perdón.
En la época en la que se interrumpe el trabajo en las calles sus padres envían gustosos a Luisito a Casalnoceto, con la tía materna Giuseppina. Con frecuencia, después de tanto andar a pie, llega sin medias, tanto es así que empiezan a llamarlo “Luis sin medias”. Aquellas medias que por compasión le teje la tía, aprovechando las largas tardes invernales, Luisito se las regala a gente más pobre. Una tarde, al calor del establo, oye el relato de una aparición de la Virgen en una localidad cercana y del santuario que surgió en su honor, reducido ahora a un montón de ruinas. Impresionado por el relato, sube a la terraza y mirando hacia aquel lugar reza y se compromete a reconstruirlo. Por la noche duerme poco. Por la mañana, cuando todavía estaba oscuro, ya está en el lugar para buscar entre la nieve las ruinas del santuario. Se arrodilla y reza, reza hasta que siente en el corazón la certeza de haber sido escuchado. Ya siendo sacerdote, fiel a la promesa, se preocupa por la reconstrucción de aquella casa de María. El nuevo santuario de la Fogliata es inaugurado por el mismo Don Orione ante una gran participación de gente el 21 de abril de 1907.
Bajo la guía de un padre poco practicante, pero que era todo corazón, y de una madre siempre atenta y serenamente disponible para dar una mano a quien tuviese necesidad, el pequeño Luis aprende a unir cada vez más la fe, la oración y la caridad activa.
El canónigo P. Miguel Cattaneo, capellán del hospital, aun siendo de familia acomodada, vive del mismo espíritu evangélico. Amigo de los pobres, les distribuye alimentos, ofrece hospitalidad, visita a las personas enfermas acompañado por Luisito. Vive en una casa alquilada, ¡él, que ha construido con su propio dinero y dado alojamiento gratuito a tantas familias pobres! El primer impedimento para amar no es la pobreza sino un corazón cerrado. La alegría de la vida brota de la caridad. No puede ser feliz quien no se vuelve útil para los demás.
Como San Antonio Abad que hoy se festeja solemnemente en el pueblo y en la capilla del hospital, Luisito siente que es para él la llamada a dar a los pobres también eso poco que tiene.
La madre, después de tanto trabajo, logra dar al hijo un par de pantalones nuevos. Pero el pequeño Luis apenas puestos, ya los ha regalado a alguien más pobre. A la madre que se queja con sencillez le dice: “No te enojes. Yo tengo todavía el traje viejo, pero la otra persona tenía frío y no tenía con qué taparse”.
Otro día, volviendo de Tortona, se cruza con un anciano que camina con fatiga bajo una fuerte lluvia. El joven Luis, conmovido, ruega para que acepte su paraguas y se aleja corriendo. Obviamente, cuando llega a casa está empapado de la cabeza a los pies. Mamá Carolina no se queja, sino que se alegra en su corazón y agradece al Señor que su hijo haya aprendido tan bien sus lecciones evangélicas.
6. DOPO I, 143; Parola, 1.5.1931; GEMMA, Las florecillas, 19-20; cf. Juan VENTURELLI, Don Orione, El Apóstol de la Caridad, Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 20043 (traducción, adaptación y ampliación de lo referente a Latinoamérica realizada por el R. P. Enzo GIUSTOZZI, fdp), 13 (en adelante: VENTURELLI, El Apóstol de la Caridad).
7. DOPO I, 187; cf. GEMMA, Las florecillas, 22-24.
Capítulo 3
En un oasis franciscano
“Entonces, cuando llegué al convento..., se me acercó un fraile... y me preguntó: “¿Qué llevas dentro de “ese coso”? ¿Tus trapos?”. Yo lo miré sorprendido: (El bolso preparado con tanto cuidado por mi madre se había vuelto “el coso ese”); y él mirándome insistió: “¿De qué pueblo vienes?”. Y cuando supo que venía de Pontecurone, añadió riéndose: “¡Ja, Ja… del pueblo de los ‘papudos’!” Entonces se puso a ridiculizar a mi pueblo y a insultar a la gente de mi pueblo, sí, aquel pueblo al que apenas había dicho adiós para siempre, pero que igual quedaba siempre en mi corazón. Yo, un pibe de 13 años, apenas llegado al convento y que había soñado con el convento como con el paraíso y que pensaba que todos los frailes eran santos y dulces y atentos, y tan educados como mi maestro que encima era garibaldino... Ciertamente, él no pensaba en la desastrosa impresión que causaban en mí aquellas palabras tan ofensivas para mi pueblo, y que, si hubiese sido sólo por él, habría agarrado el sombrero y habría dejado el convento y la vocación”.(8)
* * *
El deseo de ser todo del Señor lo acompaña desde hace tiempo, pero dado su estrato social y la pobreza, lo siente como un sueño bonito aunque irrealizable. Los padres se han dado cuenta, pero permanecen en un prudente silencio de espera.
A menudo, durante el trabajo, la mente y el corazón están lejos. Entre las numerosas calles de Tortona y su entorno que lo ven de peón, hay una que sube hasta el convento de los capuchinos, en la colina del castillo. Viendo ir y venir a los frailes, comenta Don Orione, yo me habría agarrado fuerte al cordón de ellos y me habría dejado arrastrar hasta el convento.
Determinante fue para el primer paso la intervención del joven vice-párroco, el P. Milanesi, que más tarde será párroco en Molino de Torti. Él recuerda: “Luis Orione era pobre, pertenecía a esa ínfima clase social de los desheredados y como vi con claridad que la dulzura de su ánimo, atentamente estudiada por mí, lo inclinaba al misticismo, lo exhorté con afectuosas palabras a vestir el hábito de San Francisco”. Orione no daba ninguna respuesta. “Finalmente -continúa el P. Milanesi-, después de casi un año, el 4 de octubre de 1884, día de mi onomástico, se me presentó sonriente ofreciéndome un ramillete de flores y añadiendo una carta en la que expresaba junto con las oportunas felicitaciones, el deseo de vestir el hábito del Pobrecillo de Asís.
A este punto, Carolina va y viene varias veces de Pontecurone a Molino de Torti para estar segura de que ésa es la vocación de su hijo y dejarse aconsejar sobre el modo de favorecer y sostenerla.
También Luisito, animado por el piadoso sacerdote, su confesor y padre espiritual, lo visita a menudo; pero primero tiene otra cita. Recorriendo desde Pontecurone el camino más corto hacia Molino de Torti, se pasa por Casei Gerola. Apenas pasado el pueblo hay un santuario dedicado a la Virgen de las Gracias (santuario que según la tradición fue visitado por San Agustín) un templo muy querido por el pueblo, ahora cerrado y abandonado. Luisito se arrodilla, apoya la cabeza sobre el viejo portón y reza silenciosamente. Esta Virgen de las Gracias, como la de la Fogliata, que no es sorda, escucha la oración inocente. El joven Luis, una vez sacerdote, recordando la promesa, reconstruye en honor de María también esta casa suya.
Finalmente, madre e hijo pueden hablar abiertamente de la vocación e hilvanar algún proyecto para iniciar el camino. Naturalmente para tener un éxito más cierto involucran una vez más al P. Milanesi.
El Sábado Santo de 1885, Victorio y Luisito se acercan a Molino de Torti. El párroco es categórico y convincente como nunca. Padre e hijo escuchan atentamente, no tienen preguntas, no hay objeciones. Salen de la casa parroquial, reemprenden el camino en silencio, uno al lado del otro. En las cercanías de Castelnuovo suenan las campanas, Victorio hace ademán de pararse y con increíble conmoción por parte de Luisito, él, “que era poco creyente, hizo la señal de la cruz y se enjugó los ojos”.(9)
Cuando llegan a casa, Carolina, enseguida, les pregunta cómo han ido las cosas. Con regocijo siente que también su marido está convencido que su hijo no está hecho para ser empedrador. Que siga, por tanto, su camino y el cielo proveerá también a la familia. Una sola cosa pide Victorio: “¡Si quieres hacerte cura, tienes que ser cura en todas partes!”.
El primer y más inmediato compromiso es el de colmar las numerosas lagunas escolares. El P. Milanesi se presta para hacer un repaso completo. La certeza de alcanzar el paraíso soñado, entrando en el convento, no hace sentir a Luisito el esfuerzo del camino, ni la fatiga del estudio y las lecturas.
El verano ha terminado, se acerca el día de la partida.
Carolina se da maña y se las ingenia para preparar el equipaje y todo lo que exige la regla de los frailes. Toda la familia vive con conmoción el momento. Una tarde, con una mezcla de gozo y tristeza, mientras están todos sentados en torno a la misma mesa, Victorio les dirige la palabra. Luisito se va para hacerse sacerdote, debe ser un sacerdote santo, auténtico, de una sola pieza. Que la familia no piense en sacar alguna ventaja económica. “En todo caso –concluye– será él que va a necesitar de nosotros y de nuestra ayuda”.
Don Orione cuenta su viaje de Pontecurone a Voghera: “Era el 4 de septiembre de 1885; tenía trece años cuando dejé mi pueblo para entrar en el convento de los frailes de Voghera. Tenía el alma llena de fe y de ardor por ser un fraile santo y de morir antes que volver al mundo y a mi pueblo”.(10)
Llegado a una cierta distancia de mi pueblo, a la mitad del camino, donde hay un pequeño puente que indica donde acaba el Piemonte y empieza la Lombardía, volví la mirada atrás y vi por última vez a mi pueblo, vi la torre, los campanarios, me conmoví y lo saludé con un gesto de la mano. Y de este modo, en un carro tirado por un burro, llevando conmigo un pequeño baúl, con una poca ropa remendada, porque yo soy hijo de gente pobre, llegué a Voghera”.(11)
Después de pagar el viaje se libera de las pocas monedas sobrantes comprando alguna estampita y objeto religioso. Por amor a la pobreza, sin una lira en el bolsillo, llama a la puerta del convento.
Ya conocemos el tipo de recibimiento que tuvo y la consiguiente desilusión. Algunas flores quedan destrozadas con el frío y el hielo, otras sin embargo, crecen más hermosas y más robustas en un clima rígido. La acogida, las diversas dificultades, el fracaso y el incidente mencionado, no sólo no desalientan a Orione sino que lo reafirman en su propósito: quiere ser fraile, pero no como el portero.
Por suerte, llega el padre guardián que resuelve el malestar con la mejor de las sonrisas del mundo. No sólo eso, sino que además se carga el baúl del muchacho y lo acompaña a su habitación. La primera noche se le concede dormir sobre un colchón, después, como todos los frailes, será sobre un jergón de paja.
En poco tiempo se integra bien, aunque en la escuela tiene que esforzarse mucho y con escasos resultados. Está sereno, jovial, afable y servicial. Alguna vez acompaña por los pueblos cercanos al fraile encargado de la limosna, ejercicio de humildad y de paciencia, escuela de solidaridad y gratitud.
El tiempo corre veloz. Se acerca el día de la toma de hábitos. Es la primera meta importante. Luis siente la necesidad de prepararse bien espiritualmente. Aumenta el tiempo de oración, de penitencia y ayuno. Exagera y se enferma gravemente. Los frailes llaman de urgencia a los padres. Mientras Carolina, que no puede entrar en clausura, espera en la portería con la ropa para ponerle en caso de muerte, Luis, adormecido sueña. Ve entorno a su cama una fila interminable de jóvenes seminaristas vestidos con túnicas blancas. Después de la bella visión, se repone. A pesar de las previsiones del médico, la crisis está superada.(12)
Pasada alguna semana, los frailes se convencen cada vez más de que Orione no está hecho para la vida franciscana, tan rígida y austera: “Un día, a pesar de haber insistido con lágrimas en los ojos, aquellos padres creyeron en conciencia que no debían tenerme más con ellos. El médico decía “Déjenlo ir a morir a su casa. No creo que pueda vivir más de un año’”.(13)
Despedido del convento, vuelve a la familia sin haber podido hacer su vestición, pero no se resigna a renunciar al sacerdocio. A la espera de que se abra otro camino, vuelve a hacer de peón empedrador. Ahora es un poco mayor, tiene a sus espaldas un fracaso y por ello se siente más expuesto a alguna broma más o menos graciosa, que más bien suena a provocación. Su primo de Monferrato, viéndolo un día empapado de sudor tirando de la carretilla llena de piedras, le dice benévolamente en dialecto: “Luis, é mei fa ´l fra, o pusá il caret?”.(14)
8. DOPO I, 210-211; Scritti 32, 11; Parola 5.8.1920 e 17.08.1928; cf. GEMMA, ¡Fuego al mundo!, 30; PAPASOGLI, Giorgio, Vida de Don Orione, Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 2006, 15 (en adelante: PAPASOGLI, Vida); cf. VENTURELLI, Juan, Don Orione, El Apóstol de la Caridad, 23.
9. Ibíd. 35, 57.
10. Ibíd. 32, 11.
11. DOPO I, 207.
12. Aquello que le queda oscuro, indescifrable durante muchos años, se volverá clarísimo en 1928 cuando el que fuera convento de los franciscanos se convertirá en un seminario menor suyo. Son 60 los aspirantes al sacerdocio los que en agosto de ese mismo año, toman el hábito en el santuario de la Virgen de la Guardia en Tortona y se trasladan a ese antiguo convento de Voghera.
13. DOPO I, 224.
14. Luis, ¿qué es mejor, ser fraile o empujar el carro?
Capítulo 4
Alumno de Don Bosco
“Cuando supe que podía ir a confesarme con Don Bosco, agarré unos cuadernos y me puse a escribir todos mis pecados... Para estar bien seguro de no olvidarme de nada, había consultado dos o tres formularios impresos que ayudaban para el examen de conciencia... Me acusaba de todo... A una sola pregunta respondí negativamente: ‘¿Has matado?’ ‘Eso no’- escribí al margen. Mientras tanto, con una mano en el bolsillo de los cuadernos y con la otra en el pecho esperaba, de rodillas y temblando, mi turno...
Arrodillado a los pies de Don Bosco saqué con cierto temor uno de los cuadernos, arrugado en el fondo del bolsillo y para no hacerle perder mucho tiempo me puse a leer rápido, mirando de reojo para ver el efecto que le producía: él me estaba mirando... Di vuelta una página y Don Bosco me dijo: ‘Bien, bien; ¿tienes todavía más?’. ‘Sí’, respondí... ‘Bien, dame todos estos pecados tuyos’... Tomó el primer cuaderno y sin siquiera ver el resto lo rompió... Saqué el otro y Don Bosco me dijo: ‘Deja aquí también ése’... Y sin tan siquiera abrirlo..., rompió también el segundo. ‘Y ahora’ – concluyó-, ‘la confesión se terminó. No pienses más en lo que has escrito: lo que pasó, pasó. No te des más vuelta a contemplar el pasado. Tienes que estar siempre alegre’”.(15)
* * *
Luisito acepta serenamente el cansancio, el agotamiento, junto a tantos otros sufrimientos y desilusiones convencido a esta edad, que solo lo que no vale nada necesita poco esfuerzo y ningún sacrificio. Los grandes ideales, las grandes metas se conquistan con mucho empeño, con luchas cansadoras, saboreando momentos de soledad, desaliento, y también momentáneo fracaso.
Los frailes le han despedido. Por su parte siente que ha hecho todo lo posible. Por tanto, no le queda más que esperar a que la Providencia abra otra puerta. ¿Dónde llamar para pedir ayuda sino a la casa parroquial de Molino dei Torti? La respuesta no se hace esperar: “Sin perder tiempo –recuerda el P. Milanesi– empecé a hacer gestiones para que lo aceptaran en el colegio salesiano de Turín, donde fue admitido en octubre de ese mismo año”.
Luis es feliz no sólo porque se ha abierto un nuevo camino, sino también porque el canónigo Cattáneo le ha hablado muchas veces de Don Bosco y de su obra.
Sin embargo, en el momento de formular la inscripción, la pobre familia se encuentra ante un obstáculo insuperable. Haciendo y rehaciendo bien las cuentas con sus debidos ajustes, no están en condiciones de pagar la pensión de 150 liras más los gastos añadidos.(16) El problema fue resuelto gracias a la pronta y generosa intervención de la familia Marchese y de otras buenas personas.
La fecha de ingreso en Valdocco se fija para el 4 de octubre. Luis comprende inmediatamente el nexo providencial: “Creo que el hecho de haber sido aceptado por Don Bosco el día de San Francisco fue una gracia que me hizo San Francisco mismo, al que después me he mantenido siempre muy vinculado”.(17)
Llega, pues, a Turín, abrumado del viaje, pero electrizado pensando en el inminente encuentro con Don Bosco. Sin embargo Don Bosco está en San Benigno en un curso de ejercicios espirituales. Dicen que volverá pronto, pero no es nada seguro.
A la espera de ver al santo, Luis observa atentamente la vida que se despliega en el Oratorio y se integra progresivamente. El ambiente responde plenamente a sus aspiraciones: un ejército de jóvenes que rezan, estudian, trabajan en un ambiente de plena alegría. Todo transmite entusiasmo, vida. ¡No hay en absoluto tiempo para ceder a lamentos, a tristeza o melancolía! En una fría jornada de los primeros días de noviembre, corre veloz la voz de la llegada inminente de Don Bosco. Hay todo un revuelo de preparativos y de espera que se resuelve en una ovación de alegría cuando el santo pone los pies en el Oratorio. Don Orione recuerda:
“Cuando Don Bosco volvió al Oratorio, pareció como que un gran entusiasmo sacudiera la vida de aquellos mil doscientos jóvenes, tantos estábamos entonces en el Oratorio de Don Bosco”.(18)
Luis es consciente de las lagunas escolares que se trae.
Para remediarlo, aumenta el empeño en el estudio y, bajo la guía de los superiores, logra alcanzar perfectamente el nivel y es admitido en el primer curso del instituto.
No ha dejado el pueblo para estudiar sino para llegar a ser sacerdote. Su primera preocupación es, pues, seguir la llamada de Dios procurando ser cada vez más bueno. En el oratorio están dadas todas las condiciones para animar, favorecer y mantener este propósito.
Luis quiere practicar la virtud, volverse instrumento de bien en manos de los superiores. Por ello se propone abrazar cualquier iniciativa que le sea permitida, especialmente de piedad y de caridad bajo el ejemplo y las directrices de Don Bosco y de sus colaboradores.
Han pasado sólo tres meses desde que dejó el pueblo para venir a Turín pero es mucho el camino recorrido en los senderos del crecimiento humano y espiritual. Con Don Bosco aprende a apreciar la cultura, la ciencia, la devoción a la Virgen, el amor y la fidelidad a la Iglesia y al Papa, a no perder el tiempo, a ser siempre dinámico y alegre.
Una lección muy particular le viene del maestro. Ya, sin temor, se confiesa en la sacristía misma a la vista de todos. La confesión frecuente y el acompañamiento de un buen guía espiritual, son medios ordinarios y necesarios para ser fieles a la vocación y continuar con perseverancia por el camino del bien.
No pudiendo tener como confesor y guía a Don Bosco, privilegio de unos pocos, elige al P. Rúa, brazo derecho del santo.
Así, pues, Luis inicia un intenso trabajo espiritual. Cada semana se presenta al P. Rúa para la confesión. Abre su corazón, expresa el deseo de llegar a ser sacerdote, cuenta el intento fallido con los frailes de Voghera y, tal vez, el misterioso sueño de los seminaristas de túnica blanca. Una cosa es cierta: el confesor se da cuenta de estar ante un penitente no común. La prudencia necesaria, la experiencia pastoral entre jóvenes no le impiden sugerir al muchacho, sólo después de dos meses de la entrada en el Oratorio, de hacer el voto de castidad: “Era la fiesta de la Inmaculada, cuenta. Por la mañana, de rodillas, ya vestido con el hábito... del Pequeño Clero..., hacía mi voto de perpetua castidad, delante del cuadro de María Santísima Auxiliadora”.(19) Es éste un momento clave de su vida, tan importante que le hizo decir “Mi vocación nació a los pies de la Virgen de Don Bosco”.
Las condiciones del maestro empeoran. Baja cada vez menos para estar entre los jóvenes. Es motivo de inmensa alegría la tarde del último día del año 1886, verlo apoyado sobre la balaustrada que da al patio, saludando y dando la bendición a todos.
A pesar de la salud maltrecha, retoma las conferencias semanales y la confesión a los alumnos de los cursos superiores. Quiere gastar la vida hasta el último minuto para el bien y la felicidad de sus muchachos. Los ilumina en la búsqueda del proyecto de Dios, y al mismo tiempo, los ayuda y los sostiene para que respondan con generosa fidelidad.
Luis mira con santa envidia a los compañeros mayores. Desearía escuchar y confesarse con un hombre que, como todos afirman, lee las conciencias y conoce los pecados de todos. Venciendo cualquier temor se dirige al P. Berto, secretario de plena confianza de Don Bosco. El P. Berto conoce bien y estima a Orione; le parece, además, encontrar en él todas las cualidades que puedan merecer ese privilegio: ha cumplido 14 años, es trabajador, le va bien en las clases, quiere ser sacerdote y es un apóstol entre los compañeros.
De este modo, hacia el final del año 1886, Luis inicia la asistencia a las conferencias y a confesarse con el santo: “Don Bosco condujo mi paso incierto por los senderos del saber y de la virtud; muchas veces me apretó a su pecho cuando me confesaba con él. Mis lágrimas mojaron sus mejillas, me sentía todo lleno de fervor. ¡sí, sentí un no sé qué de celestial, incluso en este valle de lágrimas, todo se lo debo a Don Bosco!”.(20)
Don Bosco ahora lo conoce y lo quiere. Muchos testimonios nos inclinan a pensar en una particular predilección, una clara visión sobre el futuro del joven... Hay dos cosas ciertas: cuando se encuentra con Luis lo mira con una sonrisa de complacencia y, en varias ocasiones le repite “Nosotros seremos siempre amigos”: “Yo no he olvidado jamás estas grandes y santas palabras que Don Bosco me dirigió, esa expresión de amor, paterna y espiritual, esta declaración que Don Bosco me hizo, creo que fue la última vez que me confesó, ¡nosotros seremos siempre amigos! Cuántas veces me he encontrado en medio de tantas pruebas y siempre me he sentido reconfortado por estas palabras que me quedaron grabadas en el corazón: ¡nosotros seremos siempre amigos...!”.(21)
El 22 de febrero, último día de carnaval, Don Bosco desde su balcón se detiene a contemplar a sus jóvenes entusiasmados en el juego y en distintas diversiones. Antes de retirarse, saca una bolsita de avellanas y se pone a lanzarlas a manos llenas. El juego se para al instante y los jóvenes se lanzan a recogerlas.
No es cuestión de gula: son avellanas que recuerdan otra distribución milagrosa. Unos meses antes, volviendo de Lanzo, apenas pone los pies en el Oratorio, empieza a distribuir avellanas en abundancia. Al final la bolsita está todavía tan llena que le permite desde el balcón comenzar un segundo reparto de avellanas.(22)
Termina el año escolar con notas excelentes. Es el primero del curso, pero el trabajo no ha terminado. Ha sido elegido para frecuentar la “escuela de fuego” que consiste en el desarrollo del programa entero de un año durante el breve periodo del verano. La experiencia fue un éxito y es aprobado para iniciar el tercer año del instituto.
Nada se le escapa a un joven tan atento, inteligente y con tanto interés. Es testigo del empuje apostólico de los sacerdotes, del sistema educativo de Don Bosco que va directamente al corazón, la organización, las fiestas, las obras de teatro, los cantos y demás. Todo lo observa y lo elabora en su mente. Es un bagaje precioso que mañana sabrá utilizar de la mejor manera.
Era costumbre con Don Bosco, durante el verano, complacer a los padres de los alumnos con un breve periodo de permanencia en familia. Carolina logra retener al hijo algún día de más: “A mi regreso”-cuenta Don Orione-, Don Bosco no estaba. Cuando llegó, todos los muchachos corrieron y lo rodearon haciéndole gran fiesta. Yo estaba en el grupo, feliz de volver a verlo, tanto más porque me parecía que yo era su benjamín, ¡el más querido!.... Así que yo también empujé tanto que llegué muy cerca de él, me puse adelante; y alcancé a agarrarle un dedo. Pero Don Bosco hablaba con todos, a uno le decía una palabra en italiano, a otro en francés, a otro le decía algo indescifrable. Bromeaba con todos. Y cuando llegaba a mí me salteaba sin decir ni palabra, sin siquiera mirarme. Y me tuvo así, se puede decir que, castigado, hasta la vigilia de su muerte. Y sin embargo, yo me había comportado en verdad como un buen muchacho... Don Bosco ya no me reconoció, no me miró más hasta la vigilia de su muerte, cuando me dijo “nosotros seremos siempre amigos”...(23)
En diciembre de 1887 Don Bosco está a punto de morir. Todos rezan por su curación pero el mal no lo deja. Su vida es demasiado preciosa para el Oratorio. No hay que rendirse, es necesario obtener la gracia a cualquier costo. La mañana del 29 de enero de 1888, el P. Joaquín Berto celebra la santa Misa en el altar de Santa Ana y al mismo tiempo seis jóvenes, entre los cuales está Luis, participan ofreciendo la propia vida a cambio de la del maestro.
Los designios de Dios eran otros. A los dos días Don Bosco muere: “Mientras tocaba el Ave María del 31 de enero, Don Bosco moría. Por la mañana, habitualmente a las 5, se oía en el campanario de María Auxiliadora el Ave María. No sé por qué, pero aquella mañana el Ave María sonó a las 4:30; y a las 4:45 Don Bosco moría”.(24)
Al día siguiente el cuerpo fue expuesto para la veneración en la iglesia de San Francisco de Sales. Luis está entre los que vigilan y hacen que los objetos que traen los devotos puedan tocar el cuerpo del santo. En un momento dado, cuenta, “me vino la idea de tocarlo con el pan para las personas enfermas... Entonces corrí al comedor y me puse a cortar y me corté el pulgar, al principio ni me di cuenta y me corté una segunda vez y entonces vi que una parte del dedo colgaba. Me impresionó fuertemente, no por el pulgar, sino porque el P. Trione nos había dicho, que sin ese dedo, no se podía ser ordenado sacerdote. Entonces, como un niño hacia la propia madre, corrí a tocar con mi dedo la mano de Don Bosco y el dedo se volvió a pegar, y quedó la cicatriz”...(25)
Lentamente se retoma la vida también en el Oratorio. Don Bosco, aunque de manera diferente, está presente y acompaña a sus jóvenes. Luis es una de las esperanzas más hermosas. Tiene una piedad profunda y convencida, está siempre sereno y pronto a sonreír, entusiasta, paciente, colaborador precioso, se le dan encargos de gran confianza, manifiesta dotes de orador excepcional, va muy bien en la escuela, y se muestra como un talentoso actor en las representaciones teatrales.
En los momentos de dificultad reza delante de la Virgen que el P. Cattaneo ha regalado a Don Bosco. Y confidencialmente le dice: “Querida Virgen, también tú eres de mi pueblo, me conoces... Por tanto debes concederme esta gracia del ingreso en el liceo, debes ayudarme”...(26)
Admitido en el liceo con notas muy altas, disfruta con el buen resultado, pero es sobre todo feliz porque la próxima entrada en el noviciado corona todos sus esfuerzos y sus esperanzas. Pero una vez más los designios de Dios son otros: “Fui a Valsalice para los ejercicios espirituales, que precedían el pedido de entrada al noviciado salesiano. ¿Qué me está pasando? Yo que no había tenido nunca dudas sobre mi vocación salesiana, justo en esos días pensé en entrar en el Seminario de la Diócesis. Pensé que era una tentación del demonio. Y la combatí con todas las fuerzas. Peor que peor”. Estábamos ya a dos días de la clausura de los ejercicios y me encontraba muy nervioso. ¿Qué iban a decir de mí los compañeros y los superiores, especialmente el P. Rúa, el P. Barberis (maestro de novicios) y los otros superiores? Si había uno seguro de tener vocación salesiana, ese era yo. Quise consultar a Don Bosco, cuya tumba estaba en medio del jardín de abajo. La última noche esperé a que todos se durmieran, me levanté despacito y bajé. Pasé toda la noche llorando y rezando sobre la tumba del Padre amado. Y quedamos de acuerdo en esto: si verdaderamente tenía que entrar en el seminario, debían cumplirse tres señales. Fue una travesura, pero así fue”.(27)
Y así con el alma en pena, empujado por una fuerza interior, deja el Oratorio y vuelve a casa con la familia. No será salesiano, pero nada se perderá, nada de lo que ha aprendido en la escuela de Don Bosco.
15. DOPO I, 260; GEMMA, Las florecillas, 30-32; cf. VENTURELLI, El apóstol de la caridad, 28-29; cf. Humberto ZANATTA (ed.), San Juan Bosco y el Beato Luis Orione (vol. 1), Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 1989, 23-25 (en adelante: ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione).
16. Entre los diversos gastos del período de Turín, el que más incide es la reparación de los zapatos. Signo evidente de las carreras y de los juegos animados que se realizaban en el oratorio.
17. DOPO I, 242.
18. Ibíd. I, 249; Parola 4.10.1938 (Parola 9, 390); ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 13.
19. Ibíd. I, 253; ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 18.
20. Scritti 71, 193.
21. DOPO I, 266; ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 33.
22. Luis Orione conservó una de esas avellanas. Su cuñada, esposa de su hermano Alberto, la guardó como regalo y se sirvió de ella para obtener la curación de la hija gravemente enferma (ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 36).
23. DOPO I, 292; (ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 40-41).
24. DOPO I, 303; ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 51.
25. DOPO I, 306; ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 55.
26. DOPO I, 323; ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 85.
27. DOPO I, 374; ZANATTA, San Juan Bosco y el Beato Luis Orione, 152-153.
Capítulo 5
En el seminario
“Acercándose la hora de ponerme la sotana, sentía como una cierta repugnancia y temor de dar ese paso. Me parecía faltarle al respeto a Don Bosco por no haberme hecho salesiano. La última noche que pasé en casa, en vez de dormir, no hice más que llorar, hasta que me dormí y soñé.
Me parecía estar en Turín, en el oratorio de Valdocco, en el patio de los de cuarto. Pero ya no era aquel polvoriento patio, donde me había divertido tanto, porque yo era de los más entusiastas jugadores. El patio se había convertido en un jardín todo lleno de muchas y hermosas plantas de flores. En medio del jardín había una montañita verde. Quise subir hasta la cima para gozar mejor de aquel espectáculo.
Alcé la vista y de pronto vi que se abría el cielo, azul, despejado y bellísimo, y apareció una luz blanquísima que se acercaba, y distinguí a Don Bosco en persona, resplandeciente como nunca lo hubiese imaginado. Tenía desplegada sobre los brazos una sotana: esa de la famosa señora; y en un instante me la puso.
No dijo ni una palabra: sólo me miró con una sonrisa muy dulce, esa misma que tantas veces me había infundido serenidad y alegría cuando acudía a él con el alma en confusión. Después todo desapareció. Me desperté sumido en llanto, pero era un llanto reparador. Finalmente estaba seguro de que Dios me quería para el seminario”.(28)
* * *
Orione, de vuelta en casa, vive en una espera serena los designios del Señor. Sus padres y sus paisanos ven que no le falta nada para ser un digno sacerdote y no logran entender por qué ha dejado Turín.
Los suyos viven todavía en los locales de la casa Marchesi. Luis se vuelve útil en todas las maneras posibles. Participa en las ceremonias sagradas, se queda largo tiempo, como absorto, delante del sagrario. Es siempre un joven alegre y sereno pero no agitado y desbocado. Se necesita poco para adivinar que el corazón y la mente están todavía en el Oratorio.
Manifiesta al párroco y al P. Milanesi la voluntad de entrar en el seminario, pero no les cuenta las tres condiciones que ha puesto: aceptación sin hacer el pedido, la sotana sin tomar las medidas y la vuelta del padre a las prácticas religiosas. El P. Milanesi comparte el sufrimiento de su penitente: le ha puesto en las manos de Don Bosco, los juicios son todos muy favorables, Luis entusiasta, pero ¿por qué un final tan feo?
El párroco, con un poco de egoísmo, se alegra de este regreso; le parece increíble llevar al seminario a un joven tan preparado y lleno de tan buenas cualidades. Feliz por la confidencia que le ha hecho y pone en movimiento a su vicario: entre jóvenes es más fácil entenderse.
Empiezan a asediar a Orione, primero de una forma suave, después cada vez con mayor insistencia. Quieren que escriba la petición necesaria para entrar en el seminario. Luis se toma tiempo, desvía la conversación, no dice no, pero no promete nada. Consigue dar siempre una respuesta vaga y esquiva.
Una conversación tras otra y se terminó el verano. La apertura del curso académico es inminente, no hay tiempo que perder. Una mañana el párroco se presenta al rector del seminario, habla del joven y le reserva el lugar. Vuelve al pueblo, va directamente a casa de los Orione y entrega al joven una ficha de inscripción para que la llene y la firme.
La respuesta es vaga, quiere reflexionar bien, mañana se verá. Un mañana que no llegará nunca y que hace perder interiormente la paciencia del párroco: si de verdad quiere entrar en el seminario, ¡que se decida y haga de una vez este bendito pedido!
Un buen día, cansado de esperar, lo acompaña directamente al obispo: “Este es el muchacho del que tanto le hablé, Monseñor. No quiere decidirse a hacer el pedido”. “Y yo lo acepto sin pedido”, respondió tranquilamente Mons. Capelli”.(29)
Entre los chicos que se juntan al patio de la casa Marchesi, está Juan, hijo de una mujer poco ejemplar. Tiene que repasar las lecciones y Luis lo recibe y lo ayuda como a un hermano. Los resultados pronto son evidentes y, como era previsible, Juan se encariña con Luis y no pierde ocasión para elogiarlo. La madre, modista, quiere agradecerle a Luis su trabajo regalándole la primera sotana.
A Carolina no le agrada la idea de que su hijo lleve una sotana hecha por una mujer que no le hace honor a su pueblo. Luis no está dispuesto a dejarse tomar las medidas. Después de repetidas e inútiles insistencias, la cuestión queda cerrada. En cambio, un buen día llega a casa de los Orione una sotana flamante junto con algún par de medias y el alzacuellos.
Se ha cumplido también la segunda señal puesta por Luis para entrar en el seminario.(30)
Don Bosco en el sueño disuelve los últimos obstáculos y el 16 de octubre de 1889 Luis cruza el umbral de la puerta del seminario. Lo acompaña su madre, deseosa de asistir a la ceremonia de la toma de hábito. El hijo, que no conoce las costumbres ni la vida del seminario, temiendo estar pidiendo demasiado, convence a la madre de que vuelva a casa sin esperar a la ceremonia. Y recibe el hábito clerical en la capilla vacía.
El rector concluyó la ceremonia diciendo:
“’Ahora recemos juntos, digamos tres avemarías, y que la Virgen te tome de la mano. Hasta aquí, al altar te conduje yo: ahora déjate llevar por las manos de la Virgen. Si te dejas conducir por las manos de la Virgen, ella te guiará; la Virgen será siempre tu luz, y harás el bien.
Te ofrezco al Señor por las manos de María Santísima: no puedo ofrecerte al Señor por mejores manos, por manos más santas y más puras, para que seas puro y santo sacerdote de Jesucristo, para que seas verdadero y devoto hijo de María Santísima. Te dejo en las manos de la Virgen. Si eres devoto de la Virgen, serás un buen sacerdote y harás el bien’. Dijimos tres avemarías. Después me dejó sólo rezando”.(31)
Por la tarde, los seminaristas regresan de las vacaciones, cargados de maletas y de nostalgia por los días serenos pasados con sus familias. El encuentro no es de los mejores: con Don Bosco había cordialidad, acogida, serenidad, alegría, aquí hay demasiado hielo, indiferencia, y por parte de algunos, mal ejemplo: “Creí que encontraría en el seminario todos jóvenes virtuosos y por el contrario en la primera tarde de mi ingreso, dos horas después de haber vestido por primera vez la sotana, encontré un seminarista medio vago que incluso hubiese querido que entrase con él en una taberna. Me dijo: ‘Ven, así salimos y vamos a “morfar” a la hostería. Entonces yo, que había recibido de Don Bosco un sentido tan alto del sacerdote le dije rápidamente que no iría y traté de mantenerme alejado de él. Entonces él empezó a tirarme cebollas y papas podridas que había en un rincón del patio, ensuciándome la sotana nueva que acababa de estrenar”.
“Con Don Bosco no se oían ciertas frases con doble sentido. Me quedé así tan desengañado que decidí quitarme la sotana, dejar el seminario e irme. Decidí marchar a la mañana siguiente yéndome para siempre; mientras con Don Bosco era todo entusiasmo, allí me encerré en mí mismo.
Nos fuimos a la sala de estudio y me puse a llorar a escondidas. Pero el rector, el P. Daffra, viéndome triste, se me acercó y me dijo: ‘¿Qué te pasa?’. ‘Quiero irme a casa’. Entonces él me consoló y me tranquilizó con palabras de aliento, que fueron para mí palabras de vida. Y así me quedé en el seminario”.(32)
No fue ésta la única dificultad que encontró. Don Bosco lo quiere en el seminario y en el seminario se quedará con gusto para ser hoy y mañana un apóstol convencido y entusiasta.
Se empeña en el camino espiritual, ha elegido como confesor y guía al P. Novelli, se sumerge en el estudio, en la oración, es obediente, siempre disponible y generoso, pronto a la mortificación y al sacrificio sin quejas ni rebeldías.
En poco tiempo conquista la simpatía y la estima de los mejores, mientras otros seminaristas, juzgándolo raro y poco vivo, continúan sin reparos haciéndole bromas pesadas y humillantes.
Incluso en los momentos más difíciles, Orione conserva la calma y la serenidad. Incapaz de cultivar resentimientos, agresividad o envidias, trata de sentirse útil para todos. Durante el recreo de la tarde los seminaristas deben preparar el agua para lavarse. Muchos, continuando el juego, aprovechan la disponibilidad del seminarista Orione. Todo el recreo no es suficiente para llevar el agua de los compañeros, incluso los que siguen molestándolo.
Sube y vuelve a subir por los cuatro largos tramos de escalera que llevan a la habitación “San Carlone”, sujetando con las manos y los antebrazos cuatro grandes baldes a la vez.
Los primeros meses son ciertamente duros para Orione: el afecto con el que le rodean los superiores y los mejores compañeros parece insuficiente para hacerle superar la tristeza de las primeras impresiones. Vuelve a menudo la duda sobre la elección hecha, ¿será realmente éste el lugar querido por el Señor?
En el aniversario de la muerte de Don Bosco, enero de 1890, le asalta una profunda tristeza, hecha de llanto y dulzura a la vez.
El prefecto se le acerca mientras lee y caen sobre el papel abundantes y cálidas lágrimas. A la pregunta de si se trata de alguna mala noticia, “no es nada” -responde-. Y le entrega el escrito en el que recuerda la especial predilección de Don Bosco, sus hermosos recuerdos, y la última palabra de despedida: “Vamos, hijo mío, nosotros seremos siempre amigos”.(33)
Son todavía muchos las causas de desasosiego: falta en el seminario el dinamismo de Valdocco, aquel alegre impulso al estudio y al trabajo, en constante actividad y gran espíritu de oración, aquel animado ímpetu en los recreos y el variado apostolado entre los compañeros, la comunión diaria y el continuo hablar de Dios y de las cosas santas; aquella dulce fusión, en una palabra, de vida activa y contemplativa, que era toda su aspiración.
La educación, en el Seminario, se apoya más en el temor que en el amor; predomina una acentuada distancia entre los superiores y los alumnos, las relaciones son frías y pobres; en una palabra, falta del todo el espíritu de familia que reinaba en el Oratorio, “Donde -recuerda-, Don Bosco era nuestro, vivíamos de la bondad de su corazón, y su vida era nuestra vida”.(34)
Trata de no dejar trascender su malestar interior, pero es una lucha dura y extenuante que se resuelve durante el curso de ejercicios espirituales de la primavera de 1890. En un borrador, tal vez dirigido a su amigo Guido, escribe:
“Después de seis meses de lucha, Jesús ha vencido y triunfa en mí corazón. Hoy, 21 de mayo, lo he abandonado todo para abrazarme a la Cruz de Jesucristo y seguirlo dondequiera que Él vaya. No obstante, todo mi cuerpo permanecerá todavía para la diversión del mundo, hasta que le plazca al Señor llevárselo a otro lugar. Agradece conmigo a su divina Majestad, y rézale para que me inflame de caridad y de agradecimiento a su voluntad.
Adiós, reza por mí, pecador. ¡Que viva Jesús! ¡Que Jesús triunfe! El pobre siervo de Jesucristo, seminarista María (35) Luis, de Jesús, de las almas y del Papa”.(36)
Termina el año escolar con las mejores notas. Mientras todos se organizan para salir de vacaciones, Orione pide y consigue quedarse en el seminario. Lleva su cama a la habitación más cercana de la capilla y pasa los días entre el estudio y la oración. Es una elección hecha por amor y en recuerdo de Don Bosco, totalmente libre, pero de mucho sacrificio: “Querido papá” –escribe-, me angustia grandemente el pensamiento de tener que estar separado algún tiempo de mi querida familia. Es imposible que la naturaleza no se haga sentir. El agradecimiento, el amor a los padres, a la familia, hacen palpitar todos los corazones y hacen brotar lágrimas de todos los ojos. Pero es también justo, animarse, superarse a sí mismos. Es necesario basarse en las opiniones rectas, servir a una causa santa y santificante, que a la cruel batalla del corazón le siga el triunfo de la férrea voluntad. Es necesario que me desapegue de todo: que al menos al Señor le sea grato este sacrificio mío”.(37)
El rector mitiga la decisión del seminarista Orione imponiéndole el recreo con los estudiantes de Bachillerato y una comida caliente a mediodía. El contacto con los jóvenes del instituto hace resaltar la virtud, la preparación cultural, las destacadas cualidades de orador, la capacidad de relacionarse con todos, la capacidad de atraer la atención. Lo escuchan muy a gusto, se le acercan, lo sienten amigo. Uno de ellos especialmente, Carlos Sterpi, queda tan fascinado, que aún no animandose a hablarle, pues es muy tímido, permanecerá como fiel amigo y colaborador suyo.(38) Para la comida caliente, cuando puede, va al local que administra el tío Carlín en Porta Voghera.
Cuando también los jóvenes del instituto dejan el seminario, Orione llena las horas libres prestándose a cualquier servicio en la catedral. Los canónigos aprecian grandemente la seriedad, la prontitud y la generosidad del seminarista.
Tiene también ocasión de ir a ayudar a Misa a la capilla de la cárcel y de acompañar al capellán a visitar a las personas enfermas del hospital. Su corazón ya inclinado a la caridad, se llena de ternura y de compasión. Se vuelven éstas las metas preferidas de su primer ejercicio apostólico.(39)
Para contentar a padres y parientes, decide pasar algunos días con la familia. Vacaciones breves pero intensas. Lo afirmamos por el estilo de vida que asume, y porque decide organizar, acompañar y preparar para un posible ingreso al seminario de algunos jóvenes del pueblo. También esta elección manifiesta la llama que arde en el corazón de Luis: amor a los jóvenes y disposición a apoyar y sostener las vocaciones al sacerdocio.
Inicia el segundo año de Filosofía con el mismo afán, entusiasmo y entrega: fervoroso en la oración, esforzado en el estudio, amante del sacrificio, ejemplar en la observación de las normas, pronto para aceptar y buscar alguna humillación, siempre disponible para ayudar y consolar a alguno.
Los superiores lo estiman y le permiten algunas formas de penitencia que generalmente son tenidas como exageradas o fuera de lugar. De todos modos, son cada vez menos los compañeros que se divierten a su costa, que lo juzgan tonto, raro, loco o incluso fanático.
Los mejores seminaristas, los más capaces, lo estiman y lo toman como referencia y modelo de vida. Estar con él, estrechar amistad con él significa encontrar un sostén extraordinario, especialmente en los momentos de dificultad.
Sí, porque todos lo ven: Orione ríe, bromea, es entusiasta en el juego, apasionado en las discusiones, es el alma de todos los momentos libres, pero no acepta la mediocridad ni las medias tintas. La vocación exige una preparación cultural y espiritual digna de la divina llamada. Está decidido: quiere y debe ser santo como su maestro Don Bosco. La santidad a la que aspira el seminarista Orione, es la que lo lleva a gritar al mundo el gozo de la amistad con Dios. El Señor no empobrece, no mortifica nuestra existencia sino que la vuelve más hermosa y más libre.
En los momentos de diálogo, de confidencias sobre sus proyectos de mañana, Orione habla a menudo de un grupo, una sociedad al servicio de la Iglesia y del Papa. Alguno lo considera un loco, algún otro como un soñador, muchos, teniendo en cuenta el celo apostólico que muestra, las muchas actividades que desarrolla, creen que la cosa es muy probable. Más aún, algunos como Sterpi y Albera están dispuestos a darle una mano.
Participa activamente y con gran entusiasmo en las celebraciones del 25º aniversario sacerdotal de su párroco. Se hizo famosa su rica y muy documentada intervención, con el título: “Apología de la Iglesia y del sacerdocio”. En ella vemos ya presentes los elementos esenciales de su espiritualidad: amor a Cristo, a la Virgen, a las almas, la caridad más exquisita hacia los pobres y los que sufren, en un fiel servicio a la Iglesia y al Papa.
El calor de la ciudad de Tortona se empieza a sentir. Los seminaristas tienen apuro por terminar los exámenes y refugiarse en las colinas circundantes. Orione está tranquilo: ya ha pedido y conseguido el permiso de quedarse en el seminario como el año anterior. Antes de iniciar la actividad entre los jóvenes del instituto y la catedral, corre a su pueblo para ver a su padre seriamente enfermo.
De vuelta al seminario vive en el recogimiento, en la oración y en la mortificación. Procura hacer todo el bien que le es posible a los chicos, ayuda diligentemente en las celebraciones de la catedral, acompaña al sacerdote que va a la cárcel y al hospital.
Se siente interiormente impulsado a multiplicar las obras de caridad. Se convence de que no puede bastar un acercamiento esporádico a los chicos y jóvenes que se juntan en los barrancos del castillo y las placitas de la ciudad. Su corazón llora mientras atraviesa Tortona, multiplicando las visitas a los pobres en los lugares del dolor y del sufrimiento, al ver tanto abandono y desinterés.
El amor es imaginación, riqueza de iniciativas. Quien no ama difícilmente se acuerda del pobre y del que sufre. Para el que no ama se trata de una realidad tan alejada de los propios intereses, como incómoda y no deseada. Cuando se ve obligado a enfrentarla, queda desorientado, pero su corazón helado y sin amor, es incapaz de realizar cualquier gesto de caridad. Orione, pobre de medios, pero rico de amor, es un volcán de iniciativas. Encuentra siempre el modo de aliviar el dolor y llevar un respiro de esperanza, aunque sea entre los presos: “Entonces –cuenta-, quise aprender a tocar la mandolina; y me ponía a tocar al pie de las ventanas de la cárcel, para que los pobres condenados me pudieran oír, se alegraran y apartaran de sí los pensamientos malos que les podían venir por su penosa soledad. Fui por ello tratado de loco y acusado al Obispo, el cual me llamó a conversar, pero no me prohibió ir a tocar”.(40)
28. DOPO I, 406-407; Scritti 38; 227. Parola 16.5.1930 - 16.10.1931; Humberto ZANATTA (ed.), Luis Orione Seminarista. Estudiante de filosofía en el Seminario de Tortona 1889-1891 (vol. 2), Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 1989, 9-10 (en adelante: ZANATTA, Luis Orione seminarista (filosofía)), 32-33.
29. DOPO I, 404, nota 4; ZANATTA, Luis Orione seminarista (filosofía), 7.
30. “¿Y la tercera señal? Era ésta: la conversión de mi padre. Entendámonos: era un hombre de la mejor pasta de este mundo, pero de esos liberalotes crecidos al estilo de Ratazzi. Dejaba que mi madre, una santa, fuese a la iglesia cuanto quisiese y que me llevase a mí con ella. Después del Señor le debo a ella la vocación. Pero él no ponía un pie en la iglesia. Y bueno, con mi entrada al seminario, también mi padre se volvió un cristiano practicante” (Scritti 38, 227).
31. DOPO I, 417-418; ZANATTA, Luis Orione seminarista (filosofía), 14- 18.
32. Ibíd. I, 440; ZANATTA, Luis Orione seminarista (filosofía), 47.
33. En enero de 1940, pocos meses antes de su muerte, recuerda a sus hijos espirituales: “La Pequeña Obra será lo que Dios quiera! Ante todo, la Pequeña Obra de la Divina Providencia, debe sentir siempre gratitud hacia Don Bosco y hacia sus Hijos; y la actitud y la conducta de ustedes deberá manifestar gratitud hacia los Salesianos por la sagrada memoria de Don Bosco, y por lo que hicieron sus Hijos para llevarme adelante en los estudios y hacerme sacerdote. Y si alguna vez en la vida les sucediese de poder decir una palabra, para poder defender algún Salesiano, algún hijo de Don Bosco, háganlo recordando la palabra, la gran palabra que Don Bosco dirigió con su gran corazón, a un pobre muchacho al que él sacó de los campos, de los surcos y por el que llegó tan lejos, en su espíritu paterno, de llamarlo amigo. ¿Qué veía Don Bosco cuando, mientras a todos estaba prohibido acercarse a él, quiso que aquel pobre muchacho se confesara con él? ¿Qué veía y sentía en su espíritu cuando llegó tan lejos y me dijo: Nosotros seremos siempre amigos? Este nosotros trasciende a las personas y pasa a las dos Congregaciones. Sean siempre pequeños y, en la gratitud del corazón, sean siempre grandes amigos de Don Bosco y de aquellos que van perpetuando en el mundo la Obra de María Auxiliadora, de Don Bosco, la Obra que la Divina Providencia...” (Ibíd. I, 267; ZANATTA, San Juan Bosco y el beato Luis Orione (v1), 34-35).
34. Scritti 23, 186.
35. NdE: Orione se agrega el nombre de María evidentemente por devoción a la Virgen.
36. Ibíd. 35, 7; 57, 117.
37. Ibíd. 71, 16.
38. El siervo de Dios, Padre Carlos Sterpi, nació el 13 de octubre de 1874, en el seno de una acomodada familia de Gavazzana. Fue alumno del “San Jorge” de Novi Ligure, y durante los primeros años de estudio (1885-86) decidió ingresar al seminario de Tortona, donde estudió filosofía, teniendo como compañero de banco en la escuela y en la capilla al seminarista Orione. Luego pasó al seminario menor de Stazzano, estudiando teología desde 1892 hasta octubre de 1896, cuando el obispo Bandi le permitió ayudar a Don Orione y permanecer a su lado toda la vida. Se convirtió en sacerdote el 12 de julio de 1897. De estatura pequeña, humilde, amante del silencio y del ocultamiento, fue el brazo derecho del Fundador; fidelísimo intérprete de su espíritu e infatigable ejecutor de sus designios de bien. Fue su primer sucesor en el gobierno de la Obra desde 1940 hasta que en 1946 renunció por motivos de salud, consumido por las fatigas y la caridad. Murió el 22 de noviembre de 1951. Está en curso la causa de su beatificación.
39. En la desnuda capilla de la Cárcel -que define como “recinto de dolor e infelicidad, pero tan querido por mi”- en las manos del nuevo Obispo, Mons. Bandi, renueva su consagración a Dios mediante los tres votos de obediencia, castidad y pobreza.
40. DOPO I, 571; ZANATTA, Luis Orione seminarista (filosofía), 230.
Capítulo 6
Sacristán en la catedral
“Una noche estaba rezando ante el altar del Santísimo. De repente sentí un ruidito, como un pequeño golpe. Me levanto, miro, nadie. Volví a rezar. Y de nuevo sentí como unos pasos furtivos de quien se acercaba con precaución. Pensé, -¡no se rían!- el diablo, tal vez ¡quiere molestarme! Me levanto y me dirijo a él: ¡Sí, ven adelante, no tengo miedo! ¡Estoy con uno que es más fuerte que tú! Acabé mis oraciones y me volví a la habitación de los sacristanes para afeitarme. Pero aquellos ruidos no me dejaban tranquilo. Abrí, por lo tanto, la ventana que daba a la catedral mientras me afeitaba. Después deseando continuar la adoración al Santísimo Sacramento a través de la ventanita, me puse el roquete porque me parecía que me daba mayor devoción. Así en oración me dormí. Al poco tiempo sin embargo fui despertado por un ruido que venía de la ventanita. Miré y con sorpresa vi una llamita que daba vueltas por la catedral.
¡Muchachos, muchachos, grité a los otros compañeros, rápido, rápido, a los ladrones! ¡Es todo sueño, vete a dormir!, me respondieron. Pero yo insistía… bajamos a la catedral. Cuando llegamos a la caja de las limosnas de la Virgen del Buen Consejo, la encontramos forzada. Los sacristanes palidecieron. Yo les dije, ‘Ustedes estén atentos aquí, cerca de la puerta, que el ladrón no se escape. Yo voy a llamar a los carabineros’. Volví rápidamente con los carabineros; ellos buscaron por todos lados pero el ladrón no aparecía. Finalmente golpearon sobre la caja de madera de las astas del palio; no retumbaba, sonaba como si estuviera llena. El ladrón estaba encerrado ahí dentro”.(41)
* * *
Acabados los dos años de Filosofía, Orione comienza la teología. La meta está más cercana. Siente la urgencia de intensificar y acelerar su preparación al sacerdocio.
Un consuelo para su alma, luz y estímulo para nuevas metas, son las numerosas y eficaces cartas pastorales del obispo, Mons. Bandi. Habla de la necesidad y el empeño de buscar y favorecer las vocaciones, de una adecuada formación de los aspirantes al sacerdocio, de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen, su madre, de la preocupación pastoral por los niños, de la enseñanza religiosa, de la necesidad de un clero santo, todo de Dios. Es un firme partidario de la organización y de la difusión de la prensa católica, valiente defensor de la enseñanza, de la grandeza, de los derechos del Papa. Sin medias tintas sostiene como signo cierto de vocación cristiana y sacerdotal el amor y la fidelidad al Papa. ¡Cuánta sintonía, semejanza entre las enseñanzas del obispo y los ideales y la obra del joven fundador!
En los primeros meses del año, Orione vuelve a menudo a su pueblo a visitar al padre, gravemente enfermo. La familia, faltando el aporte del trabajo de Victorio, tiene dificultades económicas. Carolina no se queda lamentando miseria, organiza y hace que lo poco que tiene alcance para vivir con una digna pobreza. Un problema difícil, pero urgente a resolver, es el de conseguir las veinte liras para la cuota del seminario. La familia Marchese continúa dando su contribución, pero no se quiere ni pedir, ni aceptar más.
La Providencia, sirviéndose de la estima de los superiores y de los profesores del seminario, viene rápidamente en su ayuda:(42) “Me pusieron a trabajar de sacristán en la catedral –recuerda Don Orione-, porque mi familia no podía pagar por sí sola las veinte liras para la pensión del seminario, que era en verdad la pensión más baja, la más modesta de las que había entonces en el seminario de Tortona. Mientras tanto, como mi padre que había estado muy enfermo, murió poco después, yo solo pude continuar gracias a la bondad de un canónigo, lleno de sabiduría, de piedad, de virtud, Rector por aquel tiempo del Seminario Mayor, quien me concedió la gracia de ser aceptado, por los otros canónigos, como custodio de nuestra catedral. Éramos entonces tres custodios; yo, el último en entrar, era también el último en antigüedad y en retribución. Me daban doce liras por mes”.(43)
Se trata de un encargo de confianza que además requiere energía y buena voluntad para no dejarse distraer o arrastrar por el cansancio, la negligencia o la disipación. Orione, en los dos años de voluntariado en la catedral, ha dado muestras de cómo es. El seminarista piensa en seguida cómo aprovechar las muchas oportunidades que el nuevo cargo le ofrece: seguir a los porteros, conocer a muchas personas, mantener el contacto con la gente común. Delante de su mirada y de su corazón se abre la visión de las numerosas necesidades espirituales que atender, de las muchas necesidades materiales del prójimo que socorrer.
Como es tradición, se le asigna una pequeña habitación en lo más alto de la catedral. Se llega por una escalera estrecha, oscura, empinada y un pasillo igualmente estrecho con una ventanita para controlar los movimientos en el interior de la nave y sobre todo alrededor del altar.
Orione es feliz con esta ubicación. Cuando no está de servicio, está libre para dedicar todo el tiempo que quiere al recogimiento, a la oración. Desde la ventanita puede permanecer en contemplación y en adoración de la Eucaristía sin miradas indiscretas y sin que lo molesten.(44)
El mobiliario de la habitación es simple, una cama de resortes durísimos, una silla desvencijada, una caja vacía de jabón “Banfi” y un baldecito para el agua. Orione lleva consigo el cráneo de una calavera regalado por el guardián del cementerio de Pontecurone y una lámpara de petróleo prestada por su amigo Vicente Guido.(45)
Decidido a no perder tiempo ni buenas ocasiones, en los primeros días observa atentamente cada cosa, reflexiona sobre las oportunidades que se presentan, las mide con las propias capacidades y el desempeño fiel de todos sus deberes.
Pone por escrito un proyecto que puede ser resumido esquemáticamente así:
Único ideal al que se subordinan todos los demás es la santidad alimentada por la mortificación, la oración y la contemplación.
Dedicarse a todas las obras de misericordia espiritual y corporal despojándose de todo y viviendo en la más completa pobreza.
Atraer a los jóvenes para hacerles el bien. El sueño de siempre: iniciar un oratorio como el de Don Bosco.
Agrupar a un puñado de seminaristas valientes y capaces para que sean santos y, mañana, apóstoles creíbles y eficaces.
Empeñarse al máximo en el estudio para estar preparados y dialogar con todos, enraizados en la teología para lograr combatir el error e iluminar las conciencias con la verdad.
Siempre disponible y servicial.
Desde este momento, sus elecciones hacen referencia constantemente a ese proyecto. Preciso en sus obligaciones, supera con fe y optimismo los contratiempos y las inevitables dificultades y sufrimientos. Es gentil y paciente con todos, incluso con los más hoscos, afable y tolerante con los sacristanes laicos, lleno de cortesía y de pronta atención con los fieles.
La predicación es una de las tareas más duras del ministerio sacerdotal. Orione, después de comer o por la nochecita, cuando la catedral está cerrada, sube al púlpito e improvisa homilías dejándose juzgar con humildad por un compañero que le escucha. Son ensayos hechos con la máxima seriedad y empeño. En alguna ocasión son sorprendidos por el vozarrón solemne del canónigo Ratti que amonesta paternalmente a los dos seminaristas: “Pero muchachos, ¿qué hacen todavía a esta hora? Ma andè a drumì”.(46)
Con las doce liras del sueldo hace milagros: se mantiene, paga la renta de un seminarista más pobre que él, reparte algunas limosnas y, muchas más cosas.
Los custodios, no viviendo en el seminario, tienen que proveer por cuenta propia las comidas. Orione, que a mediodía va habitualmente a lo del tío Carlín, disminuye sus raciones para ahorrar algo a favor de los pobres.
Está siempre sereno y alegre. Podría parecer un farrista. En cambio, lleva una vida llena de renuncias, mortificaciones y penitencias. Logra esconderlo casi todo. Un día el anciano canónigo Ratti, se siente mal, tiene necesidad de tumbarse en una cama. ¡Ni que pensarlo! Orione pone enseguida a disposición la suya. Sosteniéndolo con otro seminarista lo ayudan a subir por esa empinada escalera que parece que no acaba nunca. Un último esfuerzo a lo largo del pasillo y cuando llega el buen canónigo a la habitación se abandona en la cama deseada, pero apenas la toca pega un grito y exclama: “Pero hijo, ¿cómo puedes dormir en esta cama?”. Lo que pasaba es Orione, para hacer penitencia, la usaba incluso sin colchón.
Canónigos y fieles pueden constatar la piedad, la devoción, la oración intensa y prolongada que distinguen al seminarista Orione. Nutre una devoción tierna y filial hacia la Madre de Dios, se queda absorto e inmóvil por largo tiempo en adoración de la Eucaristía. En las horas nocturnas la oración se vuelve más confiada y habla a Jesús y a María incluso en voz alta.
Victorio Orione, después de algunas recaídas, parece encaminarse a una rápida curación. En primavera vuelve a su trabajo, pero regresa a casa deshecho.El excesivo agotamiento del oficio de empedrador, los sacrificios de la vida militar y de la guerra, han minado su fibra de robusto trabajador. A pesar de todos los tratamientos, se agrava progresivamente hasta no dejar ya ninguna esperanza.
El hijo lo sigue visitando. Cuando no logra correr hasta al pueblo, le escribe cartas expresando su afecto y su preocupación, recomendándole hacer todo lo posible por curarse y después, tener fe y aceptarlo todo de las manos de Dios.
Inicia el año al lado de la cama de su padre. Lo asiste, lo prepara y lo acompaña hasta su encuentro con el Señor que ocurrió el 9 de enero de 1892.
41. Ibíd. I, 602-603; Humberto ZANATTA (ed.), Luis Orione Seminarista. Estudiante de teología y fundador 1891-1893 (vol. 3), Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 1990, 42-44 (en adelante: ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador)).
42. En la vida de Don Orione debemos acostumbrarnos a constatar cómo la Providencia responde siempre en el momento justo y con cuanto es estrictamente necesario.
43. DOPO I, 583; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 10.
44. Por los documentos y los testimonios sabemos de las noches pasadas en oración y de su fervor eucarístico se conservan también sus composiciones poéticas y numerosos escritos del seminarista Orione.
45. A este mobiliario hay que añadir después una estatua de San Sixto II, el papa del diácono mártir San Lorenzo, encontrada y rescatada del polvo del altillo y regalada por los Canónigos. Será un buen apoyo para los primeros chicos del oratorio cuando tienen que escribir. La estatua está ahora en el museo de la Casa Madre.
46. “¡Pero vayan a dormir!” (en dialecto).
Capítulo 7
El oratorio
“Un día, hacia el mediodía, descubrí en la catedral de la que yo por entonces era sacristán, un chico que vagaba de acá para allá llorando. Yo ya lo conocía: era un cierto Mario Ivaldi. Venía a mí buscando consuelo.
Le pregunté: ‘¿Por qué lloras? ¿No vas a la catequesis?’ ‘¡No!’ ‘Y ¿por qué?’ ‘¡Me pegaron!’ ‘Y ¿quién te pegó?’ ‘Un cura’. ‘Vuelve a la catequesis y sé bueno. Vete a la catequesis…’ ‘No, no…’. Me di cuenta que no había caso de que lo pudiera hacer volver a la Parroquia de San Miguel. No atreviéndose a volver a casa tan pronto, se había refugiado en la catedral.
… Tal vez no había estudiado la lección, o había molestado o hecho alguna travesura como solíamos hacer cuando éramos niños... Entonces comencé yo mismo a darle un poco de catequesis. Lo recibí en mi habitación en los altillos de la catedral, lo tranquilicé y lo alegré con algún pequeño regalo. Lo invité a que volviese a buscarme de nuevo en los días siguientes. Éste fue el primer joven del oratorio.
El segundo fue Toni, ahora alcalde de Albenga, propietario de varios hornos de ladrillos. También a él le habían pegado en la catequesis: escapó a casa y no quería volver más. Cuando se encontró con Ivaldi, éste le dijo: ‘Ven a la catedral y el seminarista que me da catequesis a mí te la enseñará también a ti’.
Así, después de los dos primeros, llegaron otros y otros más, invitados por los primeros... Se formó de esa manera un grupito de jóvenes y a todos los reunía en mi habitación, una habitación pequeña sobre el altillo de la catedral, con el peligro de que cayesen por las ventanas que dan a la calle entre la catedral y el obispado... Les enseñaba un poco de doctrina cristiana, los tenía contentos con algún cuento, y pasábamos el tiempo, en fin, en santa alegría”.(47)
* * *
Con el ánimo dolorido por la muerte del padre y la soledad de la madre, Orione renueva su entrega a Dios y vuelve a su trabajo. Quiere dedicarse más a los niños y a los jóvenes que frecuentan la catedral o dan vueltas sin rumbo por las calles de la ciudad. Quizás ha llegado el momento de empezar a reunirlos con decisión.
A la vez, se abre a todos los horizontes y en todas las direcciones. Participa activamente en la cofradía de San Vicente de Paúl que tiene como finalidad “llevar el corazón de los jóvenes y de los pobres a la Iglesia y al Papa”; participa de diversos círculos de estudio, visita los hospitales y varias instituciones de caridad. Orione es el secretario de las distintas reuniones y más de una vez el presidente le invita a hablar.
Más tarde, se inscribe en la sociedad “San Marciano”, que se dedica de modo especial a cuidar y a asistir a los obreros y a los trabajadores, con medicinas a las personas enfermas y con ayuda financiera a las viudas y a los huérfanos. Como sociedad católica tiene como uno de sus fines la participación en las variadas manifestaciones religiosas: peregrinaciones, procesiones, reuniones sociales de índole católica y papal, y los ejercicios espirituales.
El 18 de abril de 1892 el obispo convoca una asamblea en la que se ven reunidas la Cofradía de San Vicente de Paúl, la sociedad obrera San Marciano y la Obra de los Congresos Católicos. Orione, es inútil subrayarlo, participa como activo colaborador. Son todos temas muy queridos para él: la fidelidad a la Iglesia, el compromiso de los laicos en lo social y la defensa de la familia, amenazada por una propuesta de ley sobre el divorcio.
El primero de mayo, con ocasión de la inscripción a la Cofradía de San Vicente de un grupo de jóvenes estudiantes de la ciudad, Orione dirige a los congregados un discurso memorable en el que encontramos el núcleo de su pensamiento: amor a Cristo, devoción a la Virgen, práctica religiosa sin avergonzarse, ciencia, apostolado, almas, caridad,(48) Iglesia y Papa.
Un lugar difícil de llegar, por obvias razones, pero terreno para un apostolado de vanguardia, es el cuartel. En Tortona tienen su sede centenares de militares; algunos tal vez lo desean, todos, sin embargo, necesitan una palabra de consuelo, de fe, de aliento. Orione trata de ahorrar algunos centavos y periódicamente compra alguna botella de vino, y con la excusa de tomar un vaso juntos, se reúne con algún grupo de soldados, les da buenos consejos, les instruye sobre la religión y les mantiene alejados de los peligros.
No es más un extranjero, pues en Tortona todos lo conocen. Los padres lo aprecian y lo estiman, los hijos se lo disputan. A los monaguillos que lo rodean habitualmente se suman otros muchachos que se mueven en un segundo plano. En cuaresma inicia la catequesis a esos dos mocosos que han sido echados de sus respectivas parroquias: es la pequeña semilla de una planta frondosa.
Ivaldi, Toni… ya son una decena de chicos que pasan el día entero en su compañía. Su habitación se hace escuela, patio, sala de juegos. Orione tiene un don particular que le permite atraer y conquistar a los jóvenes. Estimula y encamina al bien su innata vivacidad e inclinación a la diversión. Su bondad fascina y arrastra. Tiene el arte de saber contar las cosas, de hacerse escuchar. Inventa y anima al juego en aquella piecita que, por el número, se vuelve cada vez más pequeña e insuficiente.
Cuando el tiempo lo permite, salen alegremente de la catedral, llenan las calles de la ciudad, pueblan las pendientes de la colina del castillo. Gritan, corren, saltan, cantan, molestan a los amantes de la vida tranquila. La gente bien observa y sacude la cabeza al paso de esa chusma encabezada por un seminarista considerado bueno y piadoso. El clero está dividido: mientras el Obispo está contento, los canónigos rezongan, ven incluso comprometida la dignidad sacerdotal.
Orione no tiene tiempo para escuchar lo que piensan o dicen de él. Ya son centenares los jóvenes que lo buscan y lo siguen. Por su bien no ahorra tiempo, energías ni dinero. Se dirige al obispo y a sus superiores del seminario para conseguir un lugar donde poder encontrarse con su turba de Barrabás (49) sin molestar a nadie. El obispo se toma su tiempo: si los chicos, terminadas las lecciones de catecismo, continúan viniendo, les proporcionará un lugar. Orione se siente en el paraíso.
Durante la Semana Santa lleva a los chicos a la iglesia del Crucifijo. Con una liturgia breve y bien estructurada se ofrece a sí mismo y a sus primeros hijos al Señor.(50)
En los primeros días del mes de mayo los encontramos todavía todos unidos al pie del altar de la Virgen del Buen Consejo. Un nuevo ofrecimiento y un nuevo compromiso para que sea reconocido oficialmente el Oratorio.
La situación se está verdaderamente precipitando. Los chicos son demasiados, difícilmente se logra tenerlos bajo control y lejos de los peligros. A veces se trepan y caminan por la cornisa interna de la catedral con el peligro de caer de un momento a otro. Vienen a todas horas y desde la misma calle alborotan y gritan llamando a su seminarista. Los canónigos no quieren que los molesten, piden que la Casa de Dios sea respetada.
Los malhumores, las críticas, las desconfianzas estallan todas a la vez como si se hubiesen puesto de acuerdo. Los inquilinos de las casas que rodean la catedral protestan por los vidrios rotos. Los guardias de la ciudad desconfían de esas reuniones aduciendo como motivo el gran alboroto que se forma: “Y había quien rezongaba, quien nos criticaba, quien se reía, se burlaba y quien me tomaba por loco”.(51)
Circulaban voces sobre presuntas extravagancias del seminarista al que le gusta hacerse notar, parecer diferente, mejor que los demás, el que hace la serenata con la mandolina a los encarcelados, que no duerme de noche para hacer largas oraciones, y que tiene en su mesa una calavera.
Los superiores del seminario lo acompañan, reforzando la asistencia de los jóvenes, con la ayuda de otros seminaristas. Alguno comienza a presionar al obispo para que ponga fin a un asunto que no hace honor a la diócesis. En un momento de incertidumbre, recibe de una señora que no conoce, una oferta de ocho centavos, acompañado de la intención: “Para sus muchachos”. Desde la fe reconoce la mano de la providencia que le dice: “Ánimo, continúa”.
“Y así fue pasando un poco el tiempo para nosotros. Y todo era alegría, todo era gozo, santa alegría, porque brotaba del pecho de inocentes criaturas. Pero la juventud creaba un extraño contraste con la gravedad y la seriedad de la catedral. A los señores canónigos no les gustaban demasiado esas reuniones e hicieron de todo para que toda aquella juventud se alejase. Todos los “sabandijas” de Tortona estaban conmigo y yo era el jefe de la banda. Pedí por ello al obispo un lugar donde pudiésemos hacer nuestras reuniones, sin peligro para los chicos de romperse la cabeza o caer por la ventana.
Se necesitaba además una iglesia, y entonces nuestro obispo, Mons. Bandi, me dijo: ‘Les daré una iglesia’, y nos mandó al templo del Crucifijo”.(52)
También la nueva sede muy pronto resulta insuficiente. La colina del castillo está cerca. Allá arriba hay espacio para jugar, rezar un poco y luego volver a jugar. “Después, en un cierto momento, con grito fuerte o tocando una campanilla de sacristía, les congregaba a su alrededor, les hacía sentar sobre el pasto, al lado de las viejas ruinas y les relataba episodios heroicos. Señalaba, más allá de la llanura, las colinas de Monferrato, y recordaba a su Don Bosco. Después, girando los ojos y espaciando con la mirada las ondulaciones de la cordillera de Los Apeninos, en plena luz del ocaso, mostraba la cumbre azul del monte Pénice coronado por un santuario de la Virgen y las otras cimas lejanas que esperaban también ellas un día la consagración con una cruz o con una estatua. Cuando el horizonte se oscurecía y de las chimeneas de la ciudad se elevaban las tenues nubes de humo de los hogares encendidos, ellos bajaban cantando las canciones que él mismo les había enseñado, llenando los corazones de dulzura y de alegría”.(53)
El obispo, que sigue con alegría y temores todos los movimientos de su seminarista, se convence de que ha llegado el momento de darle una sede donde quepan y que sea definitiva: el jardín y algunos locales del obispado.
Se aceleran los preparativos, en poco tiempo todo está listo para la inauguración, será la tarde del 3 de julio con la presencia de dos obispos. Al inicio toma la palabra el seminarista Orione deseando que el Oratorio San Luis “esté siempre compuesto por jóvenes que amen sinceramente a Cristo, el bien de su propia alma, al Papa; que sea seminario de esforzados y ejemplares miembros de la sociedad católica”. Continúan con recitados y cantos en los que participan también los seminaristas que por esta circunstancia han retrasado el inicio de las vacaciones. La ceremonia concluye con la intervención del obispo Bandi y del rector Mons. Novelli.(54)
Es un hecho del todo singular que el obispo conceda a un seminarista tanta confianza como para permitirle la fundación de una obra. El director del oratorio, según las normas vigentes, es Mons. Novelli, pero en realidad todo está sólo en manos del seminarista.
Cuál sería la suerte que le tocará al jardín del obispo cuando se convirtió en “estadio” de los muchachos del Oratorio Festivo, es fácil de adivinar. Recuerda Don Orione:
“El obispo tenía un hermoso jardín y el obispo, de corazón grande, dijo: ‘Les doy mi jardín’. ‘Monseñor, siendo tantos, alguno estropeará las plantas, se romperán los vidrios’. ‘No pasa nada, respondió el Obispo, lo importante es que no se rompan las almas’.
Era un hermoso jardín todo lleno de flores, con lindos senderos de ligustrinas prolijamente podadas, lleno de frutas y de tantas bellas plantas, también de damascos, que por entonces tenían frutos maduros. Todo desapareció como por encanto en cuanto pusimos los pies nosotros; todo fue arrasado por aquella multitud de chicos.
En pocos días, ya no habían canteros, ni quedaban rastros de las ligustrinas ornamentales; de algunas plantas, mis nobles muchachos se habían comido hasta la corteza y, tal vez ni las raíces quedaban; vidrios sanos en las ventanas del obispado, que daban al jardín, deben haber quedado bien pocos o quizás ninguno. Era una belleza...
Sólo quedó un álamo, un álamo alto, gigantesco y una Virgencita en un rincón del patio. A continuación aquí teníamos reuniones. Aquí llegaba una gran multitud de chicos que se multiplicaban de modo admirable. Aquí pasaban sus horas alegres muchos jovencitos jovencitos de la ciudad. Aquí yo les enseñaba los primeros elementos de la doctrina cristiana. ¡Cuántos buenos jóvenes salieron de estas primeras reuniones! […] Al patio del obispo venían, por tanto, muchos muchachos. Ya sobre la una y media, una hora antes de abrir la puerta del jardín, las calles se alborotaban; jovencitos llenos de alegría que se amontonaban en la puerta y la empujaban deseosos de entrar”.(55)
El éxito es enorme, el bien que se hace es igualmente grande. Por voluntad del obispo, el oratorio permanece abierto incluso algunos días entre semana. En el Oratorio los chicos juegan, siguen el catecismo, hacen una breve oración y escuchan la arenga del seminarista Orione.
El sistema educativo es el aprendido con Don Bosco. Vigilar paternalmente a todos compartiendo con ellos la diversión, los gozos y los dolores. Como testimonia uno de los jóvenes: “Lo cierto es que, después de pocos días de contacto con ese seminarista, estábamos pendientes de la fascinación misteriosa que emanaba y él podía hacer con nosotros lo que quisiese. Tenía ya el don de ver en el fondo de las mentes y de los corazones. Nuestras travesuras, igual que nuestros pequeños gozos y penas, encontraban en él un confidente y una palabra de consuelo, siempre lista”. Con su trabajo, con su ojo clínico, reconoce y alienta, sin forzar, a responder positivamente a la llamada sacerdotal.
En octubre tiene la ocasión de ir por primera vez a Roma. Cuenta:
“No me fue posible ver al Papa, y eso que rogué a lágrima viva para que me lo dejasen ver al menos de lejos, mientras paseaba por los jardines. El Señor quiso de mí este sacrificio que me costó mucho. Era mi mayor deseo, poder ver al Vicario de Jesucristo.
Después de comer, me acerqué a San Pedro “in vinculis” y encontré un grupo de chicos. Lloré al verlos tan abandonados, y les dije, que me ocuparía de su bien, que vendría también a Roma a plantar un oratorio, que abriría para ellos una casa.
Por la tarde, no teniendo dinero, me sentí muy abandonado. Quise encontrar un lugar adecuado para dormir, pero un lugar desde el cual pudiese ver la Cúpula de San Pedro. Comí un poco de pan que había traído de Tortona y lo que sobró me sirvió de almohada; allí apoyé la cabeza y me vinieron muchas ganas de llorar.
Entonces, sin embargo, el Señor y la Virgen me vieron y mandaron pasar por allí a un muchacho que me recordaba del todo a uno de esos chicos que había visto en la Plaza de San Pedro “in vinculis”. Me dijo: ‘¡Venga, venga! No se quede ahí; lo llevo a dormir a mi casa’, y en menos que canta un gallo, me encontré en una pequeña casa en la calle de la Misión. Llamé a una puerta: una viejita linda y limpia vino a abrir y me recibió”.(56)
Su excesivo apego al Papa, su empeño en el bien, el éxito, la condena indirecta de la indiferencia y de la pereza espiritual de muchos, son otros tantos motivos de celos y de envidia. Hay quien espera una ocasión para desencadenar la tempestad. Y la ocasión llega.
Narra Don Orione: “Yo, de joven, era también un poco ‘político’ y entonces di una conferencia, cité al rey Víctor Manuel II y dije algo que no era prudente decir. De hecho lanzaron a la policía tras mis pasos. Un profesor de secundaria me denunció. El prefecto hizo presión sobre el obispo para que se cerrase el oratorio. Los canónigos ya no me querían en Tortona, mientras el obispo me sostenía. Al final tuve que dejar el oratorio”.(57)
El cierre ocurrió así:
“Era el último domingo que se abría el oratorio, los chicos salían tristes, casi silenciosos, yo también estaba triste viéndoles salir. Les acompañé con la vista hasta el fondo de la calle, me arrodillé delante de la estatuilla de la Virgen, recé. Después, tomé la llave con la que había cerrado la puerta del oratorio y la até al brazo de la Virgencita, de modo que le cayese en la mano: con esto quería significar que toda mi confianza estaba en ella”.
“Con la muerte en el corazón subí a mi habitación. No me podía ir a dormir, tanta era la pena que llevaba en el corazón. Me puse en la ventana, sentado, a llorar. Lloré, con el abandono, la inocencia y la fe de un niño y me adormecí.
Y tuve este sueño. Vi una gran multitud de chicos y un manto celeste se extendía sobre todo el oratorio, y sobre las cabezas de aquella multitud de niños; vi (en el álamo) a la Virgen Santísima que estrechaba con su brazo derecho al Niño Jesús. Protegía el oratorio y me miraba consolándome con amor”.
“El manto rápidamente se ensanchaba, ya no se distinguían los confines. Bajo el manto, tantas y tantas cabezas, todas de chicos, que jugaban y se divertían. Eran muchachos de diversos colores. La Virgen se volvió a mí, señalándomelos; cantaban todos, cada uno en su lengua. Y desperté con una paz en el corazón que no podría describir, y me sentí del todo consolado; sabía que no podría volver a abrir el Oratorio, ¡y, sin embargo, estaba contento!”.(58)
47. DOPO I, 640; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 95-95.
48. Orione, por lo demás, está habituado a repartir todo lo que posee. La mamá, que va cada sábado a poner un poco de orden en su habitación de la catedral, está acostumbrada a tener que sustituir ya sea un abrigo o bien algo de la ropa de cama, que el hijo ofrece al primer pobre que encuentra.
49. “Barrabás” refiriéndose al personaje del Evangelio liberado por Pilato en el proceso a Jesús, es el apelativo que viene dado a personas violentas, difíciles. Los habitantes de Tortona llamaban así a los muchachos que reunía en torno a sí el seminarista Luis porque provenían de la calle y eran muy vivaces y difíciles de manejar.
50. “La Pequeña Obra de la Divina Providencia ha nacido de aquel primer Oratorio festivo, y la primicia de aquellos chicos ya había sido ofrecida, y diría, consagrada al Señor, a los pies del Crucifijo, que ahora está en el Santuario, durante la Semana Santa precedente…” (Lettere I, 78; EC I, 67).
51. DOPO I, 652; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 115 y 140.
52. DOPO I, 657; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 123.
53. Domingo SPARPAGLIONE, Don Orione, Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 1965, 86-87 (en adelante: SPARPAGLIONE, Don Orione).
54. Tiene razón Don Orione cuando escribe: “Esta pobre Obra de la Divina Providencia nació en su casa y es la hija primogénita de su Episcopado como ese bendito Oratorio Festivo que hace 9 años en la diócesis fue el primer brote de una acción católica ¡más viva más fresca… y más decididamente papal!” (ODP, 14 de septiembre de 1900).
55. DOPO I, 679-680; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 159-160.
56. DOPO I, 717; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 216-218.
57. DOPO I, 761; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 254.
58. DOPO I, 765 s.; ZANATTA, Luis Orione seminarista (teología y fundador), 263-266.
Capítulo 8
El Colegio San Bernardino
“Cerca del lugar donde después surgió el hospital, encontré a una señora, viejita, una cierta Angelina Poggi, que me conocía.
Era pequeña, con joroba, y era empleada de un cura, un tal P. Muratori. Los dos se peleaban a menudo y discutían y yo iba a poner paz.
Ella entonces me dijo: ‘Orione, ¿de dónde vienes?’ y yo dije, ‘¿De dónde vengo? ¡Vengo de abrir un colegio!’, ‘Pero ¿dónde?’ ‘En San Bernardino, una casa para hospedar jóvenes: si tiene alguno que poner allí…, es un colegio para los que quieran ser curas’.
Agregó la mujer: ‘Le mando a mi sobrino. Pero ¿quién sabe lo que cobrará usted? Tiene que hacer todo el secundario’, ‘Cobro lo que usted me da’. ‘Y ¿cuántos años me lo tiene?’. ‘Lo tengo –respondí- todo el secundario, por cinco años’, ‘Y ¿cuánto quiere por cinco años? Yo tengo en la caja cuatrocientas liras’. Y yo: ‘Por cuatrocientas liras lo acepto’. ‘¿También los libros?’ ‘Pero sí, también los libros, y lo visto, incluso’. ‘Si quiere, se las doy enseguida‛. ‛Sí, sí, mejor enseguida’. Y fui con ella.
Entré también yo en la casa y la viejita abrió una caja. Se parecía a la caja de mi abuela; rebuscó por abajo y de un tarro sacó las cuatrocientas liras y me las dio. Fue un estupendo gesto de confianza y de estima hacia un pobre seminarista”.(59)
* * *
Los hombres han cerrado el oratorio, pero la mano de la Virgen, la que le guardaba la llave, abre una casa, inicio de una constelación de obras para la formación y la educación de jóvenes.
El seminarista Orione, aconsejado por el P. Rúa, su confesor en Valdocco, espera con serenidad el momento de la providencia. Sus muchachos están de nuevo en la calle, entre tantos peligros. Muchos otros, demasiados, han dejado la escuela a causa de la pobreza. Quizás el Señor quiere precisamente esto: un colegio para los chicos y las vocaciones pobres.
Se presenta, por tanto, al obispo que lo recibe con gran paternidad: “Dentro de dos años serás sacerdote, Luis. Confío mucho en ti por todo el bien que podrás hacer”. Y Orione añade: “En verdad, Monseñor, he venido a proponerle una idea para realizar de inmediato”.
“¡Tus ideas me preocupan siempre un poco! Dime de qué se trata”.
“En nuestra diócesis hay pocos sacerdotes, también porque hay muchas familias que no tienen dinero para poder pagar los estudios a los hijos y mandarles al seminario”.
“¿Y entonces?” (El rostro del Obispo se ilumina de esperanza; el seminarista alude a un tema que le toca el corazón. Luis aprovecha ese momento para hacerle la propuesta).
“Habría pensado en abrir un colegio para recibir a los más pobres”.
“Querido hijo, tu idea es muy generosa, pero piensa en cuántas dificultades deberías afrontar y en cuántos gastos te meterías. Sabes bien que yo, en estos momentos, no puedo ayudarte…”.(60)
“Será suficiente con que me dé su aprobación y bendición y todo irá bien”.
“Gran idea la tuya, pero quién sabe cuándo la realizarás. Sí, como me pides, te doy mi aprobación y bendición”.
Sin una lira en el bolsillo, con el corazón lleno de gozo y de esperanza, Orione agradece al obispo, permanece un tiempo en oración delante del altar de la Virgen del Buen Consejo y parte en búsqueda de un local.
Apenas sale de la catedral encuentra a uno de los muchachos del oratorio. Un saludo, algún cumplido, y Luis le cuenta lo que pretende hacer:
“¡Voy a abrir un colegio!”
“¿Dónde?”.
“Dónde, no lo sé todavía. Donde la Providencia quiera y será la Casa de la Divina Providencia”.
“En verdad mi tío, el P. Domenico, nos ha dejado en herencia una casa. Si le pide, podría tenerla incluso en alquiler”.
Cruzan la ciudad entera y llegan al barrio San Bernardino, la ciudadela de los anticlericales. A primera vista, la ocasión parece buena, la casa es bastante grande, está vacía, tiene la iglesia cerca. El patrón no deja de escrutar al seminarista que va vestido con un hábito paupérrimo y tiene los zapatos rotos: “Oiga, inicia Orione, ¿cuánto quiere?”.
“¿Para qué cosa?”
“Para alquilar la casa”
“Mmm, podría alquilarla, pero hacen falta cuatrocientas liras”.
“Bien, trato hecho”.
“Calma, calma -el señor Stassano, presidente de la sociedad de San Vicente, hombre de iglesia, generoso, sabe bien que el seminarista no tiene dinero-, ¿dónde están las cuatrocientas liras?
“La Divina Providencia…”.
“Si tienes ya la providencia en el bolsillo, sácala que quiero verla, de lo contrario…”.
“La Providencia, que yo sepa, paga siempre y no cae nunca en bancarrota”.
“Espero ocho días, no más…. Si no has llegado, cederé el edificio a otros”.
Orione no tiene dinero, el obispo no puede ayudarle, la familia es pobre: ¿dónde espera encontrar esas cuatrocientas liras? No lo sabe ni siquiera él, pero cree firmemente que, siendo ésta una obra de Dios, y no suya, el cielo intervendrá.
Y de hecho, como sabemos, poco después del acuerdo y no lejos del lugar, la providencia le pone en la mano la cifra justa. Vuelve inmediatamente atrás y le paga al incrédulo Stassano, cien liras de adelanto por el contrato.
Con las llaves en el bolsillo entra glorioso y triunfante en la Catedral para agradecerles al Señor y a la Virgen.
“¡Orione, seminarista Orione! -grita irritado, el viejo sacristán.(61) Pero, ¿dónde vas así, con la cabeza llena de pájaros, siempre distraído, siempre con ideas extravagantes? ¿Sabes que el obispo está buscándote toda la mañana?”.
“¿Acaso no sabes que abro un colegio, que he encontrado…?”
“¡Pero qué colegio!, como si fuese una cosa simple. ¡Vaya, vaya al obispo y ya verá lo que tiene que decirle!”.
“Pero ¿por qué?, ¿qué ha sucedido?”.
“Lo que ha sucedido no lo sé, ya te lo dirá el obispo”.
Mientras se dirige al despacho del obispo y trata de hacer un rápido examen de conciencia, siente la ruidosa exclamación del asistente del Obispo: “¡finalmente, vaya, vaya rápido a ver al obispo! ¡Si supiese la tormenta que se viene…! Monseñor ha estado insistiéndome toda la mañana: vete a buscarlo a la catedral, ve a buscarlo. Tienes que encontrarlo a toda costa. Si no lo encuentras, quién sabe en qué lío nos meterá esta vez. Orione, acepta mi consejo, permanece tranquilo porque Monseñor está nerviosísimo”.
“No entiendo por qué, él sabe muy bien lo que intento hacer y me ha dado incluso su bendición.”
“¿Por qué? Hubo un ir y venir en el obispado. Alguien le habrá hecho cambiar de opinión. Eres demasiado joven para embarcarte en semejante empresa. Si todo termina mal está de por medio el obispo y todo el clero. Sube a ver al obispo y compórtate como te he dicho”.
Apenas sube Orione, ve al Obispo que está paseando nerviosamente de un lado al otro del salón.
“Escucha -empieza a decirle apenas le ve en la puerta-, por desgracia estoy obligado a retirarte el permiso para la fundación del colegio. Me he convencido de que es algo imposible”.
“¿Imposible? ¡Pero si he encontrado ya el local, el dinero y he pagado el alquiler de un año!”.
“¡No me digas, hijo! Entonces, ¡Quiere decir que la Providencia te asiste y lo quiere así! Entonces, ponte de rodillas que te devuelvo la autorización y la bendición. Y te prometo que te la conservaré para siempre”.
La Congregación nace no sólo con la autorización de la máxima autoridad de la iglesia local, sino además con una doble bendición. Es verdaderamente la Obra de la Divina Providencia que hunde sus raíces en el corazón de la iglesia local.
El comienzo de las clases es inminente. Orione hace amplia propaganda del colegio con circulares enviadas a varias parroquias y apoyándose en la prensa católica.
Con la ayuda de las familias de la zona que ofrecen sillas, camas, muebles que ya no usan, amuebla la escuela. Realiza, con alguna dificultad, todos los trámites necesarios para la autorización oficial. Aprovecha las condiciones especiales que concede el Estado, recurriendo a un modelo de escuela “bajo la vigilancia efectiva de los padres y su responsabilidad en común”. Se ha dirigido a un profesor para que acepte el cargo de responsable de la escuela. Fallido el intento, toma sobre sí la dirección del Instituto y de la escuela.
Puntualmente, el 15 de octubre de 1893, día de la fiesta de Santa Teresa de Ávila, el seminarista Luis Orione abre el colegio: “Desde la tarde anterior, recuerda frecuentemente, se prepararon las camas y llegaron también algunos jovencitos, en las primeras vísperas de la Santa: a la mañana siguiente, en la fiesta, llegaron los otros. No recuerdo exactamente, pero eran unos 35 o 38, de humildísima condición: desde su nacimiento, este instituto nuestro era para los pobres”.(62)
El seminarista “director” renuncia al cargo de custodio de la catedral, se traslada a San Bernardino y se dedica a tiempo completo a la buena marcha de la nueva fundación. Continúa, además, estudiando también de noche, su preparación teológica y espiritual.
59. DOPO II, 15; Humberto ZANATTA (ed.), Luis Orione Sacerdote. Colegios San Bernardino y Santa Clara 1893-1895 (vol. 4), Buenos Aires, Pequeña Obra de la Divina Providencia, 1992, 21-23 (en adelante: ZANATTA, Luis Orione Sacerdote); cf. Florecillas, 15-16.
60. La diócesis en aquel período estaba empeñada en la construcción del monumental seminario de Stazzano.
61. Quería y apreciaba al seminarista siempre amable y servicial, pero aquel día estaba por estallar.
62. DOPO II, 28; ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 39.
Capítulo 9
La vida en San Bernardino
El seminarista Orione, desde los primeros días del colegio, se pone a buscar una estatua de la Virgen para juntar delante de ella a sus chicos. La encuentra, por mediación de un sacerdote, en el altillo de un edificio. “Es una dulce Virgen de madera, muy antigua, tanto que estaba un poco carcomida. En el pasado había sido venerada en Novi como Madre de los Dolores; pero después había sido puesta en el altillo”.(63)
Desde Novi Ligure la estatua llega a Tortona, a la casa de los Oblatos,(64) toma posesión, por tanto, del Colegio conducida procesionalmente por el seminarista junto con todos sus muchachos.
La Dolorosa en un cierto momento se convierte en la Madre de la Divina Providencia.(65)
“Durante una procesión de ese primer año, aquellos muchachos, cuando vieron y reflexionaron que la Virgen tenía una espada clavada en el corazón, se dirigieron a mí diciendo: ‘¡No, nosotros no queremos que tenga una espada en el pecho!’
Les dolía ver a la Virgen, nuestra buena madre, traspasada; y enseguida apenas le quitaron la espada, agregaron: que no ocurra nunca que la Virgen esté entre nosotros llena de dolores, Dolorosa. Y de ese modo rompieron la espada, e incluso, trayendo unos fósforos, la quemaron en medio del jardín y dijeron: que sean así quemados nuestros pecados. Aquel acto, si bien, ingenuo, decía mucho. Después, llevada sobre sus hombros, la pusieron en su estudio. Y en el lugar de la espada le pusieron un corazón de plata”.(66)
* * *
El colegio se llamó “Pequeña Casa de la Divina Providencia”. En el primer registro de contabilidad, con fecha 14 de octubre, en los asientos contables de entradas y salidas escribe: “Jesús, Almas, Papa” y “Divina Providencia”. Los ecos de la fundación son inmediatos. Sólo después de 4 días, el 19 de octubre, el semanario político católico de Alessandria, “La Sveglia” (El Despertador), escribe: “El sábado fue abierta en Tortona una pequeña Casa de educación para chicos. Es por ahora una pequeña casa; se podría decir que es como un ensayo. Para dirigir esta nueva obra está el seminarista Luis Orione, infatigable y siempre muy celoso a la hora de buscar, de todos los modos posibles el bien de la juventud. Las obras de Dios empiezan siempre pequeñas y Dios protegerá seguramente esta santa empresa, porque grande es la fe y la piedad de quien la dirige. Desde aquí deseamos que crezca y prospere el piadoso Instituto y quisiéramos hacer un pedido a todas las buenas personas para que con la palabra y con las obras vayan en su ayuda”.
Los locales muy pronto resultaron insuficientes. Ponen camas por todos los lugares; el seminarista Albera se contenta con dormir en un colchón puesto en el suelo. La iluminación es a base de kerosene, reducida al mínimo cuando no se lee ni se estudia. En la planta baja los dos locales más grandes son habilitados como sala de estudio y capilla; el director enseña a tener el mismo respeto sagrado en ambos ambientes.
Son pobres, pero no falta lo necesario. A falta de camareros, Orione sirve las mesas animando a todos: “Coman, coman, que pan y sopa, tenemos todo lo que quieran”.
Los sacrificios, las renuncias no asustan: el director da ejemplo y enseña a recibir del Señor con la misma gratitud, alegrías y dolores, “Nuestros chicos, cuenta, aquel año iban a dormir a una habitación en cuyo cielo raso se podía ver el cielo estrellado, cuando estaba estrellado. Y una ola de alegría invadía siempre nuestras almas y teníamos siempre la paz y la serenidad en el corazón”.(67)
El obispo y los superiores del Seminario le apoyan. Tiene como ayudantes a los mejores seminaristas: Pablo Albera, Carlos Sterpi, Gaspar Goggi, Arturo Perduca y otros.(68)
Según la mentalidad de aquel tiempo, también el Colegio de San Bernardino tiene su uniforme: pantalones negros, camisa negra con largo sobrecuello vuelto sobre el pecho y un gorro de visera ribeteado en oro con el escrito ‘D.P.’ (Divina Providencia). El uniforme, para que dure más, se usa solamente en las grandes ocasiones. El director anima a llevarlo con dignidad y con santo orgullo incluso cuando causa provocaciones e insultos.
El estilo de vida hace pensar más en una comunidad que en un colegio, una comunidad que reconoce en el seminarista Orione a su fundador y al jefe que con entusiasmo y acento profético, les anticipa los ideales y el futuro desarrollo. Algunas personas viven en el interior de la institución, otros prestan un servicio gratuito, signo de aprobación y de aliento.
Orione enseña italiano, geografía e historia, pero cuando es necesario también latín y matemáticas. Educado por Don Bosco, enseña ofreciendo a todos la oportunidad de una formación y maduración humana además de una sólida preparación cultural. Una escuela seria ayuda a los alumnos a la búsqueda de todo lo que es verdadero y bello: santidad y ciencia, por tanto, pueden y deben crecer juntas. Se estudia como se reza: con la misma dedicación y empeño, el mismo fervor, porque Dios es belleza, Dios es verdad.
Los recreos son muy animados y el seminarista es el alma y el promotor. Las “aguas estancadas”, es decir, los jóvenes que no juegan ni son alegres y ruidosos, le dan miedo. También las salidas y paseos que incluyen siempre momentos de formación tienen la misma impronta de desbordante vivacidad. Es un comportamiento que algunos admiran, otros, en cambio, juzgan como desequilibrado, pero es tan eficaz que vale la pena continuar.
De hecho, el sistema educativo desde el comienzo es paternal: los superiores son hermanos mayores que ayudan a crecer a los más pequeños con el ejemplo antes que nada y después con la participación y la persuasión.
Uno de los alumnos escribe: “Desde los años del colegio su corazón estaba abierto a todos. Nosotros sabíamos que podíamos contar con su bondad, tenía para todos y cada uno una palabra de consuelo y de aliento, y alguna vez también de paterno reproche. Si alguno de nosotros estaba afligido por algún dolor familiar, el seminarista Orione era para él una madre. Se le veía con frecuencia junto a su cabecera si estaba enfermo; estaba cerca para compartir con él el dolor y confortarlo.
El hombre es alma y cuerpo, materia y espíritu. Su verdadera maduración tiene que tener en cuenta esas dos distintas realidades. Excluir una o poner ambas en contraste, significa romper el equilibrio en la persona, con consecuencias desastrosas.
Por este motivo el director, inspirándose en Don Bosco, está atento al crecimiento espiritual de sus chicos. Desde el primer momento les ha puesto en las manos de la Virgen, les recomienda participar cada día en la Santa Misa en la capilla de San Bernardino, hacer la comunión frecuente y la visita al Santísimo después de la comida. Para la confesión tienen a disposición al P. Novelli y los que lo desean pueden subir al convento de los Capuchinos.
Siguiendo el ejemplo de Don Bosco les da charlas periódicamente y les da las “buenas noches”.(69)
En la patria del músico Lorenzo Perosi,(70) no podía, por cierto, faltar en el Colegio la escuela de música y canto. El profesor es José Perosi, padre de Lorenzo y maestro del coro de la catedral. En las tres lecciones semanales prepara los cantos, enseña y selecciona las voces más hermosas para unirlas en las solemnidades al coro de la catedral.
El coro del colegio hace su primera salida el 18 de diciembre de 1893 con ocasión de una asamblea de asociaciones católicas. El éxito fue extraordinario gracias a la habilidad del maestro y al empeño de los muchachos.
Orione se vale de todas las ocasiones posibles para abrir la mente y el corazón de sus alumnos proyectándoles a horizontes amplios, sin límites, en el campo religioso y social. Percibe los tiempos que cambian, que corren velozmente, desea prepararse él mismo y a cuantos están cerca suyo, para estar a la cabeza de los tiempos y guiar, orientar el nuevo curso de los acontecimientos en beneficio de la sociedad humana.
Pero no quiere engañar ni trabajar en balde. Sabe muy bien que cada actividad formativa, cultural, recreativa, espiritual ayuda al crecimiento y a la maduración auténtica de la persona en la medida en que transmite y alimenta el amor de Dios, de la patria y de la familia. La historia enseña que las civilizaciones se derrumban cuando falla alguno de estos pilares.
Las dificultades, las cruces no sólo marcan el inicio de las obras de Dios, sino que constituyen la característica constante. La propaganda detractora de la prensa enemiga, la oposición a la Iglesia, los celos y la envidia se abaten como un huracán sobre el Colegio y su director.
El cielo, sin embargo, le es favorable y lo conforta haciéndole intuir el posterior desarrollo de la Obra: “En un momento de gran dolor para la Congregación, apareció el Sagrado Corazón de Jesús y dijo: ‘Desde este lugar partirá mi gloria’. Por esto esa Casa está dedicada al Sagrado Corazón; por esto está allí esa pequeña estatua del Sagrado Corazón”.(71)
Una escuela católica como la de San Bernardino, es peligrosa, hace demasiado bien, hay que buscar la forma de neutralizarla. Y, de hecho, no pasa ni siquiera un mes de la apertura, y le cae de improviso una inspección que ordena perentoriamente el cierre. El seminarista Orione con gran valor recurre al inspector: un nuevo control y todo se concluye con la orden de ampliar el local dedicado a aula escolar. Albera y los chicos de inmediato, derriban un tabique, amontonan los escombros en el patio; el local está listo. El nuevo local es aula, estudio y capilla.
En la capilla se reza, se medita y se encienden velas a la imagen de la Virgen. Un día tal vez se encendieron demasiadas: “No sé cómo, cuenta Don Orione, se prendió fuego y se quemó todo el altar, el fuego llegó hasta tocar los pies de la estatua de la Virgen. Solamente la Virgen quedó intacta, y sólo los pies, como recuerdo de aquel hecho, le quedaron un poco ahumados. Y en verdad, si miran bien, verán que la Virgen de la Divina Providencia, tiene un pie chamuscado”.(72)
Lleno de gratitud hacia la Virgen por librarles del cierre del colegio y por la protección ante consecuencias del incendio aún más graves, organiza para la Inmaculada un buen paseo a Pontecurone: “No recuerdo bien a qué hora partimos: recuerdo sólo que el Reverendísimo Arcipreste no nos recibió bien, él acaso pensaba que estuviese medio loco. A aquellos primeros chicos que fueron la semilla, el primer núcleo de la Congregación, les llevé a visitar también aquella humilde capillita campestre a la que yo solía ir de pequeño a rezar particularmente a la Virgen dulcísima para que me concediera la gracia de ser sacerdote”.(73)
Después de la Santa Misa van todos a casa de mamá Carolina a comer una sabrosa sopa con garbanzos. Mientras están comiendo alegremente, la pobre mujer no sabe cómo contener su emoción ante la imagen de su hijo Luis rodeado de un numeroso grupo de muchachos. En un momento dado le dice: “Dì, Don Luìs, quanti fioeu aghèt giamò?”, y el director responde rápidamente: “Ièn quasi quaranta ma poeu at vigre’!...”.(74)
Hay otra anécdota simpática de Carolina y su hijo. Con el permiso del director, Carolina, muchas veces, viene y se queda algún medio día en San Bernardino. Con todo el trabajo que hay que hacer, no es por cierto, una mujer que se quede quieta: cocina, remienda, limpia, y si es el caso, echa un vistazo a los chicos. Un día, acabada la preparación de la comida, espera a que los chicos bajen a comer. Se retrasan: Luis tendrá sus razones para darles una buena lección, pero a Carolina le disgusta que la comida se enfríe. Sin esperar más, con su poder de madre, grita desde la planta baja: “Pero déjales venir ya, pobres chicos, pobrecitos”. El director, que está muy serio en la cátedra, al oír la voz de la madre, después de una sonora carcajada, dice: “Vamos a comer, muchachos”.
Las solicitudes de ingreso llegan también durante el curso por lo que los jóvenes aumentan y con ellos aumentan también las deudas. Los proveedores se vuelven impacientes, protestan y alguno, el panadero y el de la leña, se niegan a dar más créditos.
Pensativo y triste, Orione da vueltas por las calles cercanas al castillo. Una señora se le acerca y le pregunta la razón de tanta pena. Con sincera humildad el seminarista le expone el problema: sufre porque no tiene dinero para el pan de sus chicos. “Bien -le dice la señora, esbozando una ligera sonrisa-, acepte, mientras, esta suma y le prometo que le daré más aún”. La suma recibida corresponde exactamente a la deuda con el panadero.
Ha dado las gracias a la señora desconocida, pero siente enseguida el deber de agradecer todavía más, junto a sus chicos, a la Virgen que en los momentos de dificultad les hace sentir de modo tangible su maternal asistencia.
El día de la inauguración de la casa de los Oblatos, 14 de mayo de 1894, Orione está entre los oradores oficiales, mientras sus alumnos han sido invitados para los cantos, las lecturas y poesías. En su discurso exalta la grandeza del sacerdocio católico, suscitando en los presentes, entusiasmo y continuos aplausos; pero también las reacciones agresivas de cierto tipo de prensa. Al enviado de ‘La Linterna’,(75) de hecho, no le gusta aquella bandera del Papa puesta bien a la vista por Orione. Molesto, polemiza, y con ironía subraya que “el discurso más digno de comentario fue el de un curita”.(76) Evidentemente molesta el coraje, la firmeza, la documentación con la cual el “curita” habla de la Iglesia, del Papa y del compromiso cristiano en la sociedad a favor de los débiles y de los pobres.
El trabajo intenso, constante por el desarrollo del Colegio y el bien de tantas familias son la mejor respuesta a las críticas sin sentido de la prensa. La ordenación sacerdotal del P. Albera, que tuvo lugar la semana siguiente de la inauguración de la Casa de los Oblatos, es para el director y los chicos motivo de gran alegría y consuelo.
Orione, convencido de la importancia de la presencia cristiana en lo social, continúa participando e interviniendo en todas las reuniones y manifestaciones de trasfondo religioso. Ya conocen todos su fogosa oratoria, la llama interior del amor de Dios y su celo por el bien de las almas. Lo buscan los superiores, le dan la palabra los dirigentes de las asociaciones católicas, lo invitan a hablar en las reuniones juveniles. Tenemos además un hecho extraordinario y sorprendente y es que el obispo en persona le nombra oficialmente, todavía seminarista, predicador de la diócesis. “El día 4 de junio -escribe “La Sveglia” (‘El despertador’)-, el Obispo presentaba a los sacerdotes y a las señoras al seminarista Orione, fundador y director del Instituto de la Divina Providencia en Tortona, un segundo Don Bosco. Lo invitaba a hablar. Orione hizo una apología del papado y nosotros nos sentimos incapaces de reproducir, ni siquiera de lejos, aquellos conceptos sublimes. Fue un himno a la milagrosa institución: arrancó lágrimas a muchos presentes y hubo a cada pausa vivísimos aplausos.
Después de la conferencia, obtuvo públicamente del obispo la facultad de predicar en todas las iglesias de la diócesis, aún siendo seminarista. Y la ciudad de Novi tiene el honor de haber sido la sede de la que emanó tan grata disposición”.(77)
Es un predicador que habla al corazón, que sacude, entusiasma, pero que habla demasiado claro y a veces dice cosas, que según la susceptibilidad de algunas personas, no debería decir. No nos sorprende, por tanto, que junto a muchos aplausos haya críticas y búsqueda de pretextos para hacerlo callar. Precisamente en Novi dos gendarmes se presentan en la sacristía para “secuestrar” las hojas del discurso cuestionado. Pero los santos son también astutos: las hojas han desaparecido y los policías vuelven a casa con las manos vacías.
El año escolar termina con satisfacción general: “Los jóvenes crecieron bien; todos han esculpido bien en el corazón el dulce recuerdo del tiempo pasado en aquella casa, pobre sí, de aquello que hoy se llama moderno ‘confort’, pero rica de caridad recíproca y de amor hacia Dios, la Virgen y al Vicario de Jesucristo en la tierra”.(78)
La prensa tiene palabras de elogio y el mismo inspector Pratesi, que escribe: “El Instituto Paterno de la Divina Providencia, dirigido por sacerdotes (79) en las cercanías de la ciudad, en los antiguos locales de San Bernardino, comprende un colegio que cuenta ya con veinticuatro internos, un curso de estudios secundarios, limitado por ahora al primer año, un lugar de recreo para jóvenes externos; un pequeño número de niños internos frecuentan las escuelas básicas públicas. Además del director están dedicados al Instituto otros dos sacerdotes para la enseñanza y dos seminaristas y un laico para la disciplina. La orientación educativa es óptima desde todos los aspectos, cuidando incluso la Educación física con ejercicios de gimnasia dirigidos por un suboficial del ejército, y se enseña el canto coral y, a los mejor dispuestos, también música con el piano. La comida suministrada a los alumnos es saludable y suficiente. La instrucción es impartida con pericia según los programas del gobierno, con provecho muy satisfactorio”.(80) La buena semilla, después del frío y largo invierno, germina. Y el pequeño tallo pronto será una planta lozana y frondosa.
63. DOPO II, 50; GEMMA, Las florecillas, 70; ZANATTA, Luis Orione Sacerdote, 72.
64. La casa de los Oblatos es la primera casa en propiedad de la Obra. La estatua está celosamente conservada y honrada en el nicho de la Capilla interna. Don Orione interpreta la llegada de la estatua desde Novi a esta casa como una toma de posesión anticipada de parte de la Virgen.
65. Don Orione escribe: “Esta vieja estatua es la primera Madre de la Divina Providencia. Ha quedado así para siempre… Todo cambia en esta casa, todo pasa: una sola cosa no cambia aquí dentro y no cambiará, porque ésta es una voluntad que espero sea respetada y tenida como sagrada en el futuro” (DOPO II, 53; Luis Orione Sacerdote (v 4), 74).
66. DOPO II, 52; ZANATTA, Luis Orione Sacerdote, 73.
67. Ibíd. II, 81; ZANATTA, Luis Orione Sacerdote, 117.
68. Albera será Obispo; Sterpi será el primer sucesor de Don Orione; Goggi, convertido en profesor y sacerdote, muere prematuramente y se pierde así un gran colaborador; Perduca será digno sacerdote orionita y guía espiritual durante muchos años de la Congregación femenina fundada por Don Orione.
69. Las “buenas noches” son el pensamiento paterno y familiar que el director dirige a la comunidad al terminar la oración de la noche. Son comunicaciones, confidencias, proyectos, preocupaciones sobre la vida de la Casa (y más adelante, cuando se multipliquen las casas, sobre la Congregación).
70. La relación con la familia Perosi no se limita solo a la relación con la música es una amistad consolidada en el tiempo y siempre conservada.
71. DOPO II, 74; ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 104.
72. Scritti 62, 23.
73. DOPO II, 79; ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 112.
74. “Dime, Luis, ¿cuántos alumnos tienes ya?”. “Son casi cuarenta, pero ya verás”.
75. Periódico anticlerical de la ciudad de Tortona.
76. “La Linterna”, 19 de mayo 1894, año II, nº 20, 3.
77. “La sveglia”, 7 de junio de 1894.
78. DOPO II, 109; ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 165-166.
79. Ibíd., 169. Pratesi escribe así, pero el sacerdote del que habla no es otro que el seminarista Luis Orione.
80. DOPO II, 111; ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 169-171.
Capítulo 10
El Colegio de Santa Clara
Un día hacia la medianoche, mientras el director reposaba en un banco al tibio calor de la cocina, sueña con el alumno Mauro Montagna.(81)
Se le aparece vestido de blanco, envuelto en una luz espléndida, elevado sobre la tierra. Muestra a sus pies una tumba recientemente cerrada, la suya; y otras dos abiertas. Y señalando una de éstas exclama: ‘¡El martes, el martes!’.
Don Orione, preocupado, cuenta este sueño a sus alumnos reunidos en la capilla. Entre los colegiales, uno que está en los últimos bancos, famoso por su avaricia, para nada impresionado, ofrece a sus vecinos chocolate diciendo: ‘¡Coman, coman, que hierba mala nunca muere!’...
En el comedor aquella tarde se inicia un juego extraño. Fue precisamente él quien propone el juego: ‘Veamos quién de nosotros debe morir primero’. La designación de la suerte fue reservada al cucharón que estaba dentro de la sopera vacía. Comenzó el primer lanzamiento y el cucharón se paró delante de ese “compañero diferente”.(82) La segunda vez también fue para el “compañero diferente”. Y sucedió lo mismo por tercera vez. ‘¡Ah, -dijo riendo-, se pusieron de acuerdo para embromarme! ¡Verán ahora si se para delante mío!’ y lanzó con tanta violencia el cucharón que casi salta fuera de la sopera. Y se detuvo nuevamente delante de él.
Explotó una risotada general; alguno empalideció. Él, despechado contra el pobre cucharón, lo agarró y lo dobló para arriba y para abajo repetidamente hasta que lo rompió, y gritó con rabia: ¡Maldito!, ¿quieres realmente que sea yo el primero en morir? ¡Muérete tú! Y lo arrojó con desprecio bajo la mesa... El “compañero diferente” tenía un botellón de vino fuerte y generoso que se lo bebía sin compartirlo nunca con nadie. Pero aquella tarde cambió de parecer y lo distribuyó con rapidez a todos los de la mesa, diciendo: ‘Si tengo que morir como ha dicho el cucharón, ¿para qué dejar aquí el vino?’.
El lunes siguiente, en la escuela, se siente mal ... El martes 2 de febrero, a medianoche, a la hora en la que a Don Orione se le había aparecido Mauro Montagna, dejó de vivir. El cadáver, al ponerse rígido, tomó aspectos terroríficos y la cara se ennegreció. Fue sepultado en su pueblo natal, Mornico Losana, en un día de tormenta y nieve”.(83)
* * *
San Bernardino se torna cada vez más insuficiente para dar cabida a todos los que piden ser recibidos. En primavera, Orione le había echado el ojo a un edificio enorme en la calle Emilia que surgió como Convento de las Clarisas, luego fue adaptado como cuartel y ahora que se iban los últimos inquilinos, quedaba vacío.
La Comuna está dispuesta a darle el edificio en alquiler, pero la prensa y la política complican los trámites sacrificando la verdad y el bien común en pos de la ideología. La noticia no es todavía oficial y ‘La Linterna’, con la intención de bloquear la escuela de los curas, lanza dardos contra el seminarista Orione, acusa a la junta comunal, definiéndola como incapaz de gestionar por su cuenta la escuela y de estar poco atenta a las ventajas económicas.
Terminado el año escolar, Orione acelera los trámites para tener a tiempo en sus manos el contrato. El edificio está en pésimas condiciones y necesita un mínimo de reestructuración.
El seminarista fundador tiene de su parte a la Providencia, pero demuestra también una capacidad extraordinaria, además de ser honesto y transparente . Declara estar dispuesto a pagar el precio convenido, e incluso, si hay ofertas mejores, estaría dispuesto a retirarse del contrato.
El Intendente y el Concejo comunal no quieren perder una ocasión tan ventajosa bajo todo punto de vista. Los jóvenes tienen la posibilidad de ir a la escuela, instruirse sin gastos extras. El edificio, destinado a quedar vacío, de pronto parece tener una utilidad; un colegio, entre padres, parientes y visitas crea siempre interés, movimiento y riqueza para la ciudad.
Más allá de cualquier estrategia ideológica o política, la Comuna estipula el contrato de alquiler. ‘La Linterna’ no se da por vencida. No teniendo otros argumentos, crea confusión esparciendo la noticia del veto por parte del ministro Crispi. Noticia desmentida días después por una resolución(84) del prefecto de Alessandria, solicitada por el mismo ministro.
Don Orione se dirige a su obispo: “Después de tantas luchas y de tanto rezar, Nuestro Señor, para confusión de los enemigos de la Divina Providencia, ha querido que el mismo diablo me obtuviese el colegio. El viceprefecto se había lavado las manos; el prefecto no quería aprobarlo, los conocidos masones, profesores y socialistas recurrieron a Crispi y a Baccelli para intentar anular el contrato de cesión. Un inspector fue enviado por el gobierno para ver los locales con metro en mano… Al Prefecto le llegó un telegrama del Ministerio del interior, en el que se le ordenaba no poner obstáculos; y el Señor y la Virgen triunfaban así, e hicieron que Crispi mismo fuera el instrumento de su gran misericordia para con nosotros”.(85)
‘La Linterna’, herida en su orgullo, se dirige directamente a los padres lanzando dardos contra el director y poniéndolos en guardia sobre la inutilidad de los estudios realizados en ese Colegio.(86)
El diario genovés no sabe que está hablando a padres que no se dejan convencer, pues conocen muy bien a ese seminarista que siempre está presente en las reuniones religiosas y sociales, y saben de su entusiasmo, de su generosidad y formación. El director, una vez resuelto el problema del alquiler, continúa desarrollando una propaganda capilar, aunque las peticiones sean ya 150. Ha impreso y distribuido el reglamento y el programa. Visita personalmente a muchos párrocos; participa, con una visión abierta y moderna, en la prensa local convirtiéndose en apoyo y corresponsal de la misma.(87)
A mediados de octubre todo está listo. Comienza una nueva aventura. Los muchachos tienen a disposición un edificio de tres pisos: cuarenta habitaciones, tres dormitorios enormes, tres patios, uno de los cuales está rodeado por tres lados de un pórtico amplio y maravilloso. Igual el espacio es insuficiente por el elevado número de presentes.
Algunos alumnos conservan como referencia San Bernardino, otros irán a dormir a los locales del seminario puestos a disposición gentilmente por el Rector. Es fuente de gran alegría disponer de una escuela propia, trabajar a tiempo completo para inculcar en los alumnos la verdad, la ciencia, el sentido de Dios, de la sana convivencia, de la justicia social y del amor cristiano.
El seminarista Orione los mira con ojo paternal desde el escritorio, mientras en el amplio salón iluminado con luz a gas, sobre los bancos, construidos a propósito con el mismo estilo de Valdocco, los jóvenes estudian y hacen las tareas. A veces se levanta y sin molestar, da vueltas entre los pupitres, anima a uno, reprende amorosamente a otro, se sienta al lado de alguno y escucha la lección o recitar un poema.
Las entradas no son proporcionales a las salidas, pero la Providencia hace siempre cuadrar los balances en el momento justo. Los jóvenes son muchos y apetito no les falta, las cestas de pan ni se cuentan... El panadero, un buen hombre, amenaza por enésima vez suspender la entrega. Paciente en otras ocasiones, ahora exige a toda costa que le paguen. El director no tiene otra opción que ponerse a rezar con sus muchachos.
“Una tarde -nos cuenta un alumno-, estaba casi oscuro, un señor de barba toca el timbre: el portero ‘Giovanin’ (Juancito) abre y se ve que el señor le entrega una carta para dar al director y se va. El director la abre y extrae el contenido: mil liras, ¡justo lo que exige el panadero! Con el dinero entre sus manos se lamenta benévolamente con Giovanin por no haber pedido el nombre del bienhechor. Después, enseñando el dinero a sus jóvenes comenta: ‘¡Miren a San José!’”.
La aprobación del obispo es otro motivo de aliento y de consuelo. En febrero de 1895, en una nota al Papa, Mons. Bandi hizo un maravillosos elogio: “Desde hace dos años ha sido abierto en Tortona un nuevo Instituto Católico para jóvenes, bajo el cuidado y la dirección de un seminarista que será ordenado cuanto antes sacerdote, el cual - ya siendo alumno del Oratorio San Francisco de Sales, fundado en Turín por el muy famoso y benemérito sacerdote Don Bosco- parece que le transmitió mucho de su espíritu en favor de la educación cristiana de los adolescentes; a él mismo se le ofrecen como asistentes y valiosos colaboradores algunos seminaristas y laicos, y a él le confían con mucho gusto a sus jóvenes hijos, para educarlos, muchos ciudadanos católicos en el verdadero sentido, el número de estos jóvenes ya asciende a ciento veinte. Este Instituto, fundado principalmente en la confianza en la Divina Providencia, al que ya he dado con gran corazón mi bendición, y al que según mis posibilidades...”(88)
Aun en medio de los pesados compromisos de la escuela, del estudio y del necesario esparcimiento, la capilla, un salón vacío y sin bancos, es el centro de la vida del Colegio. Sin ninguna coacción los jóvenes siguen con fervor la palabra, las iniciativas y los consejos del seminarista Orione.
Los domingos, no teniendo todavía a disposición un sacerdote, los muchachos van en fila y con el uniforme oficial, a la catedral para la Santa Misa. Son muchos, ruidosos y alegres... Entre los que pasan hay quienes lo aprueban y quienes se sienten autorizados a hacer comentarios poco respetuosos o ironías sarcásticas. Los canónigos, sin palabras, dan a entender claramente que esta presencia no les resulta grata para nada. A menudo, en efecto, envían al famoso sacristán Scudlon, a darles la orden de dejar el lugar. El director traga ese amargo bocado y sin transparentar el mínimo disgusto, hace cumplir la orden recibida.
En el mes de abril de 1895 el seminarista Orione, ordenado sacerdote, ve coronado el sueño de toda su vida. Desearía intensificar el apostolado, pero debe acompañar la conclusión del año escolar y programar el nuevo. Para esto estudia y consulta cómo organizar mejor los cursos de estudios, lograr más orden en la vida interna del colegio, disminuir las deudas, reducir los gastos...
Se comporta con un espíritu libre, abierto y moderno. Participa activamente en la vida de la diócesis y de la ciudad, y cuando es oportuno, incluye a sus muchachos. Abre los locales del Santa Clara para los congresos diocesanos, asambleas de asociaciones religiosas, para hospedar a los participantes de los encuentros y organizar comidas oficiales.
Durante el período de verano se muestra todavía más disponible y colabora para que se logren con éxito las diversas iniciativas de su Obispo. Siempre en plena sumisión y comunión con él, anima, da conferencias y hasta guía peregrinaciones a los lugares más apartados y sugestivos de la diócesis.
81. Mauro Montagna fue un muchacho que Don Orione define como ‘nuestro santo Domingo Savio’, muerto prematuramente. (Parola, discurso del 7 de diciembre de 1938).
82. Don Orione recordando la triste historia de aquel estudiante protagonista del juego del cucharón, lo llama “el Compañero Diferente” porque en su comportamiento se manifiesta diferente de los demás. Siempre en referencia a este estudiante, en una carta al tío sacerdote del Compañero Diferente, Don Orione escribe de haber hablado con el alumno De Filippi Felice por más de media hora. Está a salvo y le dio útiles consejos para los jóvenes del Colegio (Tortona, 25 de septiembre de 1897).
83. SPARPAGLIONE, Don Orione, 113 s.
84. DOPO II, 136. ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 214-215.
85. Scritti 59, 186.
86. Desde el principio Orione está, por así decirlo, entre dos fuegos: por la simple razón de que por un lado un periódico católico siga paso a paso exaltando su obra; mientras que por el otro, el periódico socialista no pierde ocasión para atacarlo y denigrarlo, quiere decir que todos son conscientes de estar delante de un hombre extraordinario, de un personaje que dejará su huella en la historia. ‘La Linterna’, con sus mentiras, terminó cansando a todos. El 22 de octubre de aquel año, los agentes de la seguridad pública requisan y disuelven el Círculo Popular Socialista, secuestrando libros, escritos, correspondencia y varias copias del periódico.
87. Por poner un ejemplo sobre muchos: el 30 de septiembre “La sveglia del popolo” (El despertador del pueblo) de Voghera publica un largo artículo en el cual el seminarista Orione pide a los padres católicos insertarse sin miedo en la conducción de las escuelas. Es su derecho y su obligación. El 21 de octubre en otro artículo precisa que el católico auténtico por ninguna razón del mundo debe tener escondida la propia fe y el amor a la Iglesia y al Papa.
88. DOPO II, 159. ZANATTA, Luis Orione sacerdote, 249.
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