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Sobre este libro
Hoy, todas las luces de alarma permanecen encendidas en el norte y en el sur del sur ante los intentos restauradores del viejo orden neoliberal. Las fuerzas más reaccionarias del mundo han intensificado sus campañas para desestabilizar nuevamente al término del tercer lustro del milenio, a varios gobiernos latinoamericanos –el venezolano en lo social, económico y militar, el argentino en lo financiero, por ejemplo–, en una experiencia que bien puede ser aplicada en cualquier otro país latinoamericano cuyos recursos naturales sean apetecidos por las potencias centrales.
Índice
Sobre este libro
La internacional del terror mediático
De la resistencia a la construcción
Vernos con nuestros propios ojos
El caso paradigmático de México
El imaginario social y la guerra de cuarta generación
Golpes suaves, partidos mediáticos
Desalambrando latifundios mediáticos
Los nuevos movimientos asociativos y la comunicación
Sociedad del conocimiento, gobernanza de Internet
Cultura, colonialismo cultural
La tecnología, el desarrollo
Comunicación para la integración
¿Dónde están los periodistas?
| Ahoronian, AramLa Internacional del terror mediático / Aram Ahoronian. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4465-67-21. Investigación Periodística. I. Título. CDD 070.449 |
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Aram Aharonian
La internacional del terror mediático
Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños.
Hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrirnos que el paraíso estaba ahí, a la vuelta de todas las esquinas.
Julio Cortázar
Hoy, todas las luces de alarma permanecen encendidas en el norte y en el sur del sur ante los intentos restauradores del viejo orden neoliberal. Las fuerzas más reaccionarias del mundo han intensificado sus campañas para desestabilizar nuevamente al término del tercer lustro del milenio, a varios gobiernos latinoamericanos –el venezolano en lo social, económico y militar, el argentino en lo financiero, por ejemplo–, en una experiencia que bien puede ser aplicada en cualquier otro país latinoamericano cuyos recursos naturales sean apetecidos por las potencias centrales.
La creciente y orgánica participación de los medios de comunicación cartelizados –nacionales y extranjeros– en la preparación y el desarrollo de las guerras y planes desestabilizadores promovidos por y desde Estados Unidos, demuestra que estos se han convertido en verdaderas unidades militares. Si hace 40 años necesitaban de fuerzas armadas para imponer su proyecto, hoy el escenario de guerra es simbólico y hoy no hacen faltas bayonetas ni tanques: les basta con el control de los medios hegemónicos para imponer modelos políticos, económicos y sociales.
La guerra se traslada al espacio simbólico, a la batalla ideológica, a la guerra cultural y, por ende, las armas para esa nueva confrontación son diferentes. Ya no son metralletas, sino micrófonos, computadoras, teléfonos, cámaras de video… La guerra por imponer imaginarios colectivos se da a través de medios cibernéticos, audiovisuales y gráficos. Y para esas batallas hay que saber cómo usar esas armas, apropiarse de las nuevas tecnologías, saber cuál es la masa crítica a la que queremos dirigirnos, aprender a diseñar y producir contenidos de calidad para poder pelear en ella.
Los medios comerciales de comunicación han incautado la libertad de expresión y, precisamente, la han aprisionado para usarla como rehén. Ante ese poder los individuos no valen nada. Los medios se han vuelto despóticos y despiadados, como nunca lo llegó a ser reyezuelo o dictadorzuelo alguno. Una vez que acusan-condenan no hay modo de apelar ante nadie.
La lucha simbólica por la democratización de la comunicación necesita cuestionar el discurso que los medios, como aparato privado de hegemonía elaboran y diseminan. Pero la democratización depende también del convencimiento público sobre la necesidades de espacios más libres, plurales, diversos para la información y la opinión y el fomento del Estado a la diversificación de los contenidos.
Para el sociólogo marxista italiano Antonio Gramsci, la hegemonía presupone la conquista del consenso y del liderazgo cultural y político-ideológico por una clase (o bloque de clases) que se impone sobre las otras, e involucra la capacidad de un determinado bloque de articular un conjunto de factores que lo habilite a dirigir moral y culturalmente, sostenidamente, la sociedad como un todo.
Si se quiere cimentar una hegemonía alternativa a la dominante es preciso propiciar una guerra de posiciones cuyo objetivo es subvertir los valores establecidos y encaminar a la gente hacia un nuevo modelo social. De ahí que la creación de un nuevo intelectual asociado a la clase obrera pasa por el desarrollo desde la base, desde los sujetos concretos, de nuevas propuestas y demandas culturales.
El objetivo consiste en la imaginación de una nueva cultura no subalterna, muy diferente de la burguesa, que pueda llegar a ser dominante, sin verse arrastrada por culturas tradicionales. De cualquier modo, para Gramsci, todo hombre es un intelectual que participa de una determinada concepción del mundo y a través de sus singladuras ideológicas contribuye a sostener o a suscitar nuevos modos (alternativas) de pensar.
La separación creciente entre gobernantes y los destinatarios de sus decisiones; entre intelectuales y el resto, entre los funcionarios de las teorías y quienes las reciben, es inaceptable en el pensamiento del italiano.
La hegemonía no es una construcción monolítica, sino el resultado de mediaciones de fuerza entre los bloques de clase en determinado contexto histórico. No es estática. Puede ser reelaborada y alterada tanto en el ámbito social (a través de asociaciones y movimientos contrahegemónicos) como por el Estado.
Pero el terrorismo mediático no nace en el siglo XXI. El arte de la desinformación ha sido un elemento clave en todos los conflictos bélicos desde la antigüedad. Hablamos de hace tres mil años: ya entonces no se trataba de escribir la realidad de los hechos, la historia verdadera, sino la de conformar percepciones, imaginarios colectivos de la sociedad a favor, claro, de la cultura dominante, de los poderes fácticos, incluidos –en tiempos más recientes, hacia el siglo XVII– las diversas iglesias.
Es claro que las agencias internacionales de noticias surgieron para afianzar el poder colonial de las potencias europeas, sobre todo en África y Asia, y también es claro que cada vez que surge un conflicto, la prensa del sistema es la encargada de silenciar cualquier opinión independiente, eliminar el debate y el disentimiento, para orquestar las respuestas emocionales en masa a sus intereses.
Al inicio de la décadas de 1960 el terrorismo mediático cayó con todos sus misiles (y sigue cayendo) contra la Revolución Cubana, mucho antes de los atentados contra las torres gemelas de Nueva York –11/09/2001–, lo que dio lugar a que Washington montara una típica acción de terrorismo de Estado a escala global.
Diez años antes, en ocasión de la primera Guerra del Golfo, ya el Pentágono había logrado convertir el conflicto en espectáculo para las grandes masas de televidentes a nivel global, difundiendo mentiras, medias verdades y tergiversaciones, que años después de consumarse los hechos, vinimos a corroborar que eran falsedades convertidas en verdad única, mensaje único, imagen única.
En 1982, los británicos habían aplicado la férrea censura de prensa y la verdad oficial durante el conflicto con Argentina en el Atlántico Sur, experiencia que sirvió para su aplicación posterior en Granada, Somalia, Irak, Afganistán, y muchas otras regiones. En las páginas de este texto iremos desgranando cada una de estas acciones que, en nuestra región acechan a los gobiernos progresistas, con actos desestabilizadores y golpes de Estado, mediáticos para unos, suaves para otros. Duros para nuestros pueblos.
Hoy, el frente de la derecha latinoamericana y mundial –incluyendo el gobierno de Estados Unidos, algunos de sus incondicionales como Canadá y el gobierno de Martinelli en Panamá, y otros de la Unión Europea– tomó protagonismo activo desde febrero de 2014 en sus ataques mediáticos contra la Revolución Bolivariana.
Las tres redes privadas más importantes de diarios de Latinoamérica se unieron para “difundir informaciones (léase manipulaciones, distorsiones, mentiras, difamaciones) sobre la situación en Venezuela”. Internamente, las campañas de prensa quieren provocar cansancio en los ciudadanos, en el exterior sembrar un imaginario colectivo de represión, autoritarismo, una sensación de caos e ingobernabilidad.
Pero esta historia vuelve a repetirse, por ejemplo en el Sur del sur, señala la Red de Observatorios Universitarios de Medios de la Argentina, donde el conglomerado periodístico que encabezan el grupo Clarín y La Nación, seguidos de un ejército de expresiones informativas dependientes de ellos y que apuntan a la desestabilización en tono al tópico económico y social, tratan de crear escenarios de temor e incertidumbre.
La Red alerta sobre la meditada estrategia desplegada por los grupos mediático concentrados y cartelizados para desacreditar al gobierno y crear las condiciones de manipulación social necesarias e imprescindibles para llevar adelante un golpe económico o de mercado, contra las instituciones y la Constitución y señala que “la sociedad debe estar alerta ante hechos que podrían traducirse en una ofensiva desesperada y aventurera de los sector es más conservadores del privilegio, históricos violadores del Estado de derecho”.
Argentina afrontó en 2014 una extorsión financiera sin precedentes. Los especuladores que compraron bonos de la deuda por 48 millones de dólares lograron en Nueva York una sentencia de cobro por mil 500 millones. Este fraude retrata cómo funciona el capitalismo actual, sistema que empuja a nuestros países a más y más padecimiento. Los buitres se disponen a repetir el mismo despojo que ya realizaron en otros lugares como Perú, y amenazan a toda la región.
Aunque el escenario afectara a Argentina, deja bajo la garra de estos rapaces cualquier deuda soberana. En 2014 la deuda representaba el 104% del Producto Interno Bruto en EEUU, 93% en España, 132% en Italia, 129% en Portugal, 78% en Alemania, 175% en Grecia, 123% en Irlanda y 90% en Reino Unido.
El precedente de este fallo judicial va mucho más allá del perjuicio contra Argentina, y pone en riesgo cualquier futura reestructuración de deuda… con la mirada puesta en la periferia europea.
Paralelamente, en Brasil se desató una furiosa ofensiva mediática contra la estatal petrolera Petrobras, apoyando las demandas del fondo buitre Aurelius. Existe, sin dudas, un intento de provocar un descalabro financiero en la región, con apoyo de sectores internos que colaboran con esos intereses sin cuestionar sus “prácticas mafiosas” Hay una estrategia más generalizada que está utilizando la cuestión financiera como campo de batalla contra determinados procesos políticos. En el año que terminó trataron de llevar a la Argentina al default, y atacan a Brasil. Es una guerra sin armas, desde el terreno judicial y con objetivos políticos.
A nadie ha extrañado que los medios hegemónicos argentinos hayan manejado la información y opinión para cooptarse con la posición de los acreedores, denigrando y tratando de ridiculizar la posición de su país e indo visibilizando o minimizando la información referida a los apoyos solidarios recibidos de todos los países latinoamericanos y caribeños, del Grupo de los 77 (más de 120 países en desarrollo más China), y de los BRICS, entre otros.
La apuesta de las trasnacionales y de los fondos buitres, refrendada cartelizadamente por los grupos mediáticos hegemónicos a nivel regional, internacional e interno, ha sido la de crear zozobra en la población ante una “inminente” corrida bancaria y cambiaria, ante el embargo de activos petroleros nacionalizados. Y el libreto se repite en Venezuela, Argentina, Brasil.
En nuestros tiempos, marcados por el neoliberalismo, los vicios, como la codicia y el individualismo, se han convertido en virtudes, exaltadas desde Hollywood por la homogenización de los medios de comunicación.
Y hay más. A principios de abril de 2014, la agencia estadounidense Associated Press reveló que Estados Unidos gastó ilegalmente más de un millón y medio de dólares en una red social llamada ZunZuneo para el “cambio de régimen” en Cuba, financiada por la Agencia de Estados Unidos para la Ayuda al Desarrollo (USAID) y dirigida en especial a los jóvenes de la isla, que dejó de operar en 2011.
El reportaje señala además la obtención ilícita de más medio millón de números de teléfonos móviles en Cuba y el desvío de fondos: “Los 1,6 millones de dólares que se calcula que invirtieron en ZunZuneo estaban asignados públicamente a un proyecto no especificado en Pakistán, según la información pública del gobierno, pero esos documentos no revelan dónde realmente se gastó el dinero”, señaló AP.
El concepto de terrorismo mediático –acorde con Carlos Fazio–, está relacionado con un entramado de estrategias políticas, económicas, sociales y psicológicas que buscan crear realidades ficticias, miedos colectivos y convertir mentiras en verdades que permitan manipular a la sociedad de acuerdo al conflicto y al enemigo en cuestión.
Si partimos de la idea de que para el poder todo sujeto que considere una amenaza a sus intereses, se concibe como enemigo de guerra, entonces el terrorismo mediático parte de que la guerra psicológica utiliza una caracterización simplista y maniquea (bueno/malo, negro/blanco) para describir al enemigo. “El propagandista debe utilizar las palabras claves capaces de estigmatizar al contrario y de activar reacciones populares. En realidad, de lo que se trata, al utilizar el mito de la guerra, es de satanizar al adversario, arrancarle todo viso de humanidad y cosificarlo, de tal modo que eliminarlo no equivalga a cometer un asesinato”, señala.
La llamada propaganda negra no es otra cosa que la construcción de unos nombres, de unos relatos, de unas categorías, de unas imágenes que ordenan los acontecimientos a partir de un eje de destrucción del otro. Ese proceso se hace ocultando la verdad y sobre todo mintiendo acerca de ella, señala Florencia Saintout, decana de Comunicación de la Universidad argentina de La Plata.
La respuesta del gobierno venezolano a estas matrices terroristas mediáticas ha sido reactiva y no proactiva, propositiva o informativa. Ha sido basada en denunciología (propia de una etapa de resistencia y no de construcción) y preocupación por la solidaridad pasiva. Fueron mensajes inundados por consignas, inserciones o solicitadas (que nadie lee y otros, en el norte, archivan en sus bases de datos), lamentos..., inmovilismo.
La falta de fuentes de información veraz, oportuna y para todos, facilita el trabajo de la derecha de imponer imaginarios colectivos, a través de una prensa –radios, medios cibernéticos fijos y móviles, televisoras, diarios, revistas– totalmente cartelizada detrás del mensaje único, producido por las usinas en el exterior.
El director del Centro de Paz y Justicia de Estados Unidos, Tom Hayden, manifestó su preocupación por la desinformación sobre la violencia que han desatado en Venezuela grupos fascistas y criticó a la prensa internacional por no mostrar una versión clara de los hechos: “Pienso que los medios de comunicación han actuado para confundir las noticias y no favorecer a Venezuela porque no muestran información sobre lo que ocurre, y por eso los estadounidenses no han emitido una opinión clara”.
El potencial ofensivo y el arsenal del terror mediático era (y es) de temer: Andiarios agrupa a 53 periódicos en Colombia; Grupo Diarios de América está compuesto por 11 diarios del continente y el grupo Periódicos Asociados Latinoamericanos está conformado por 18 grupos editoriales de 11 países de la región. Es prácticamente toda la artillería mediática de la derecha –a la que hay que sumar sus redes en cada país– en ataque coordinado, cartelizado.
Según el comunicado de esta entente terrorista, “los diarios que se suman a esta iniciativa (…) publicarán en sus respectivas ediciones, informaciones suministradas por sus colegas venezolanos, con el propósito de que los lectores latinoamericanos conozcan una versión independiente de lo que acontece en Venezuela. El mensaje que desean transmitir los medios de expresión que se vinculan a esta cruzada es claro: Todos somos Venezuela. Sin libertad de prensa no hay democracia”. (Para ellos eso significa libertad de empresa, manipulación, desestabilización).
Sin tapujos, Nora Sanín, que dirige la asociación de prensa Andiarios y lideró esta campaña, señaló a la revista colombiana Semana: “Nosotros estamos haciendo política. Y está bien que la hagamos, pues nuestra causa es defender un derecho universal: la libertad de expresión”. No cabe duda, están haciendo la política que les digitan desde el norte.
Los medios comerciales de comunicación han incautado la libertad de expresión y, precisamente, la han aprisionado para usarla como rehén. Ante ese poder los individuos no valen nada. Los medios se han vuelto despóticos y despiadados, como nunca lo llegó a ser reyezuelo o dictadorzuelo alguno. Una vez que acusan-condenan no hay modo de apelar ante nadie.
¿Ante quién apelar? Supongamos que un tribunal sentencia en favor del acusado-condenado. ¿Quién se entera si el medio se rehúsa a publicar la sentencia absolutoria, entre otras cosas porque eso no vende, no le conviene quedar mal luego de haber difamado a su víctima? ¿Qué lo obliga a publicarla? Y aún publicándola, ya quedó sembrada la duda en la opinión pública, manipulada en sus peores instintos hasta conducirla al linchamiento.
Hay otros elementos que surgen concomitantemente para definir el cuadro regional. Uno, las presiones, no sólo de los sectores esperables, que intentan la restauración neoliberal, sino de la socialdemocracia europea (en especial francesa) y latinoamericana, para abandonar “la locura” del camino hacia el socialismo.
Dos, las presiones para que la diplomacia del Vaticano tenga protagonismo en el diálogo entre sectores enfrentados (pese a que la Conferencia Episcopal venezolana y la dirigencia de los jesuitas, a través de la Universidad Católica y la revista SIC, apoyan directamente a la oposición), lo que ha despertado la indignación de varios movimientos sociales a nivel regional.
El presidente Maduro aseguró estar “de acuerdo totalmente” con la recomendación del ex mandatario brasileño Lula da Silva de formar un gobierno de coalición, pero descartó negociar los principios socialistas de su administración con sus opositores.
Lula propuso “establecer una política de coalición, construir un programa mínimo y disminuir la tensión”, presionó por “una solución negociada (…) un pacto político de cinco años para trabajar contra los cortes de energía, luchar contra la inflación y ser autosuficiente en la producción de alimentos, pero esto no se logró porque Maduro, después de asumir el gobierno, no hizo otra cosa que ir a la calle a responder las protestas de la oposición”, reflexionó Lula.
Campañas que mañana veremos en…
Los think tanks y las agencias publicitarias contratadas para el golpe contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, con apoyo de ONGs ultraderechistas como Optor/Canvas –un seudo movimiento juvenil de “manitas blancas”, que surgió en Serbia, asesorado, entrenado y financiado por EEUU– pusieron en marcha una campaña con fotos de grupos de opositores formando la palabra SOS, que tras su prueba en Venezuela bien podrá ser usado en cualquier otro país de la región, como sucediera en Bolivia, Ecuador, Honduras y Paraguay con los remakes del golpe mediático de 2002.
La campaña, fue ampliamente difundida por las grandes trasnacionales de la información (CNN y Fox News en EEUU; El País, ABC y La Vanguardia en España; y los miembros del Grupo Diarios de América en nuestra región), y sirve para alimentar desde el exterior a las guarimbas (cerramiento violento de una urbanización impidiendo entradas y salidas a fuerza de barricadas, bombas incendiarias y balas) como forma de golpear la economía, acentuar el desabastecimiento, atentar contra los servicios públicos. Es herramienta para la consolidación mediática de un imaginario colectivo de violencia, enfrentamiento e ingobernabilidad, mientras trata de generar cansancio, desasosiego y zozobra en la ciudadanía.
La campaña SOS, apuesta a los años de alienación, banalización de la política y colonización cultural que se han acumulado en la subjetividad de la población y es un llamado para una invasión y a la injerencia extranjera. Está dirigido al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial, al Consejo de Seguridad de la ONU, al Banco Interamericano de Desarrollo, a la OEA, a Hollywood.
Blanqueando la contrarrevolución
Quizá por todos estos antecedentes es que no sorprendió el anuncio de Maduro, a un año de gobierno después de iniciarse la ofensiva en febrero de 2014, de que el gobierno ha abortado y desmantelado un golpe duro, con participación de algunos militares de la Aviación y civiles de la oposición, con apoyo y financiamiento desde Estados Unidos.
Hasta el avión Tucano que estaba preparado para bombardear la casa de gobierno y actos del Día de la Juventud, pertenecía a la empresa mercenaria estadounidense Goldwater, y las bases que iban a utilizar estaban en territorio colombiano, arubeño y de Curazao, aún bajo coloniaje holandés.
La prensa hegemónica prefirió hacer mutis por el foro, más aún cuando los apresados estuvieron dispuestos a revelar nombres, contactos, financiamiento, planes... Quizá creyendo que si la prensa comercial no lo difunde, los hechos no existieron,
Pero ya había un nuevo elemento en ese intento golpista de 2014, del que no habla la prensa cartelizada ni la derecha: la violencia contrarrevolucionaria que puso en evidencia el notorio accionar de paramilitares colombianos en los estados fronterizos (Táchira, Mérida, Zulia, Apure) y su sanguinaria aparición en las mismas calles de Caracas, sumándose a la violencia callejera avivada por los sectores de la burguesía, las llamadas guarimbas.
Paramilitarismo y contrarrevolución armada, si bien resumen estrategias pro-imperiales y reaccionarias, se mueven en escenarios particulares. El primero desde el poder constituido, y el segundo en contra del nuevo poder revolucionario.
Al entrar a operar en el espacio venezolano el paramilitarismo colombiano sufre una mutación, para convertirse en punta de lanza en la constitución de una fuerza mercenaria contrarrevolucionaria. No se trata solo de reorientar mano de obra desocupada, sino que es una pieza importante en el diseño desestabilizador promovido por el Imperio. De eso no se habla, se la disfraza de “protestas estudiantiles”.
Quizá valga la pena recordar el sermón del pastor luterano alemán Martí Niemöller en 1946 (frase atribuida erróneamente a Bertold Brecht): “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.
Primero fueron por Jacobo Arbenz, Joao Goulart, Salvador Allende, Juan Velasco Alvarado y Omar Torrijos, entre otros. Luego vinieron por Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Manuel Zelaya, Fernando Lugo, Néstor y Cristina Kirchner, y también por la renta petrolera y Nicolás Maduro…
El mundo al revés
Pese a las claras intenciones de UNASUR, EEUU decidió continuar brindando apoyo a los violentos, mezcla rara de paramilitares colombianos y “sifrinos” (niños bien) venezolanos, sin más proyecto que el plan golpista llamado La salida, presentado por el terrorismo mediático cartelizado como “protestas estudiantiles”.
En Venezuela parece haberse invertido todos los códigos de la relación histórica entre izquierda y derecha, lo que confirma que los sectores conservadores, para tratar de acercarse a las mayorías, copian el discurso progresista. Así lo hizo Henrique Capriles en la campaña electoral ante Hugo Chávez, por ejemplo.
Ahora intentan imponer el imaginario del mundo al revés en un acto transformista: La izquierda sería el poder, la fuerza, la represión y la censura, responsable de la crisis y los ilegitimados; la derecha se disfraza con rostro del pueblo, de los jóvenes, de los que ponen las víctimas, los censurados, los que reclaman contra la inflación y el desabastecimiento, y pasan a tener patente de demócratas reconocidos y son alentados por los grandes medios cartelizados de gran parte del mundo. Sin duda, los medios son parte de la batalla y no meros informadores: la guerra es cultural, ideológica.
La violencia es una táctica, parte de la estrategia diseñada de antemano, fue algo buscado desde el primer día de las movilizaciones y los muertos –en su mayoría chavistas o policías– son presentados cómo causados por una represión que nunca existió. El llamamiento de Leopoldo López reclamando a las “guarimbas” que “el que se cansa pierde”, parece no haber logrado su objetivo en lo inmediato, pero siguen apostando al desgaste.
Lo hubiera logrado, si el gobierno de Maduro hubiera apelado a la represión y si los obreros y campesinos se hubieran plegado a las protestas estudiantiles, los llamados a la división de las FFAA hubieran tenido alguna audiencia. Pero, el gobierno ha llamado al diálogo y ha logrado la rápida respuesta de UNASUR. Y no hay que olvidar que en todos estos episodios de violencia, la masa chavista no salió a la calle. Por ahora…
Colofón
El partido minoritario Voluntad Popular, con apoyo de otros sectores de la ultraderecha y financiamiento externo, con una cartelizada guerra mediática en el país, la región y el mundo, pretendió sustituir al presidente legítimamente electo con “la salida” hacia un “gobierno de transición” no elegido por nadie, apenas dos meses después de que el bolivarianismo ganara en las elecciones el 76,42% de las alcaldías, 256 municipios de 335. Ninguna otra propuesta, ningún proyecto.
“La salida” es promovida después de que el gobierno otorgara a los empresarios 60.000 millones de dólares a tasa preferencial para importaciones indispensables, que estos supieron disipar en importaciones ficticias, después de acaparamientos masivos por comerciantes que crearon desabastecimientos estratégicos. La ofensiva fue lanzada después que el gobierno de Maduro debió enfrentar la guerra económica con una Ley de Precios Justos que prohíbe las acostumbradas ganancias empresariales de “apenas” 200%, 300%, 1.500% y hasta 15.000%.
Estados fronterizos, cundidos por la infiltración paramilitar, son escenarios de un proyecto secesionista. Los medios internacionales los presentan como estudiantes. En Caracas, paramilitares colombianos matan selectivamente y a mansalva a dirigentes chavistas de base, en alianza con los sectores de la burguesía local. La internacional del terror mediático los presentan como muertos por gendarmes.
El intelectual Luis Britto García señala que entre los muertos, algunos estudiantes hay, enviados en primera fila para proporcionar las víctimas. Pero entre ellos están pocos del 79% de los jóvenes de 14 a 24 años que estudian; del 67% que lo hace en instituciones gratuitas, del 90% que considera que los estudios le aportan muchas o bastantes oportunidades, del 73% que aprecia que el mejor sistema es la bolivariana democracia participativa; del 60% que piensa que el mejor sistema económico es el socialista. Sólo un tercio de los violentos arrestados son estudiantes.
Los terroristas venezolanos han pasado de la manifestación “pacífica” al secuestro masivo de vecinos, el saqueo, el cobro de peaje, el incendio, la destrucción de 15 sedes universitarias gratuitas, el envenenamiento de aguas con gasoil y el asesinato. Alquilando sicarios, paramilitares y azotes de barrio que tras su captura confesaron haber sido pagados…
Matones, asesinos, sicarios, homicidas, secuestradores, descuartizadores, incendiarios de universidades, quemadores de preescolares, vándalos, narcos, paramilitares, parapolíticos, colectores de “vacuna”, cobradores de peaje, saqueadores, usureros, acaparadores, especuladores, fugadores de capitales, delincuentes bancarios, calumniadores, difamadores, fraudulentos, repitientes, guarimberos, golpistas, fascistas, terroristas acuden al diálogo, “vigilado” por los cancilleres de UNASUR.
Exigen que se les permita continuar sus actividades impunemente, amenazando con que si no se les permite seguirán practicándolas. Demandan que la minoría criminal mande sobre la mayoría inocente. Además, solicitan el derecho a eliminar a todos los que no se dediquen a lo mismo, señala Luis Britto García.
El terrorismo mediático contra Venezuela se ha internacionalizado, cartelizando 87 periódicos de la Sociedad Interamericana de Prensa y los cinco megamonopolios mediáticos del mundo, con su “verdad única” de manipulación y falsedades. Es apenas un ensayo aplicable a cualquier otro país de la región. Para aclarar: en Venezuela operan hoy 2.896 medios, de los cuales 2.332 (65,18%) son privados, y apenas el 3,22% del sector oficial. El resto son medios populares, comunitarios, alternativos.
Hace 40 años, en América Latina se necesitaban las Fuerzas Armadas para imponer, a través del terror, un modelo político, económico y social. Hoy no hacen falta bayonetas ni tanques: alcanza con el control del aparato mediático para ello. La guerra es simbólica, y más efectiva que una ofensiva militar es el bombardeo permanente de mentiras, manipulaciones, mensajes e imágenes únicas que van imponiendo un imaginario colectivo que facilita la reimposición de los modelos neoliberales.
“Para vender sus guerras, el Mercado siembra miedos, y el miedo crea clima. La televisión se ocupa de que las torres de Nueva York vuelvan a derrumbarse todos los días. ¿Qué quedó del pánico del ántrax? No solo una investigación oficial, que poco o nada averiguó sobre aquellas cartas mortales: también quedó un espectacular aumento del presupuesto militar de EEUU. Y la millonada que ese país destina a la industria de la muerte no es moco de pavo. Apenas un mes y medio de esos gastos bastaría para acabar con la miseria en el mundo, si no mienten los numeritos de Naciones Unidas”, señala Galeano.
Estos terroristas mediáticos de hoy son los traficantes de siempre: drogas, armas, desinformación, terrorismo mediático, son solo productos vendidos en el mercado libre para el consumo de nuestras sociedades, muchas veces con la lamentable complicidad de seudo comunicadores sin ética ni conciencia social, convertidos en sicarios de sus patrones, que los desechan cuando ya no les son rentables para sus propósitos.
Es un Plan Cóndor simbólico. ¿Estamos preparados para enfrentarlo o nos conformaremos con la mera denuncia?
De la resistencia a la construcción
Sueña y serás libre de espíritu, lucha y serás libre en la vida.
Ernesto Guevara
En América Latina estamos pasando de más de cinco siglos de resistencia a una etapa de construcción (nueva comunicación, nuevas democracias), donde se deben dar pasos en la práctica y, a la vez, ir diseñando nuevas teorías que tengan que ver con nuestras realidades, nuestras idiosincrasias, nuestro futuro, rompiendo los añejos paradigmas liberales.
El camino en este tránsito no es fácil. La reacción de la derecha vernácula, latinoamericana, globalizada, ha sido criminal, en todo el amplio sentido del término. La nueva arma mortal no esparce isótopos radioactivos: se llama medios de comunicación de masas en manos de unas cuantas corporaciones que manipulan a su antojo en función de sus intereses corporativos, como mascarón de proa de la globalización trasnacional y en alianza con las más reaccionarias fuerzas políticas.
Las recientes manifestaciones de masas generadas por las derechas en los más diversos países (y no solo en nuestra región), muestran su capacidad para apropiarse de símbolos que antes desdeñaban, introduciendo confusión en las filas de las izquierdas. Los saberes y formatos que antes eran monopolios de las izquierdas, desde los partidos y, sobre todo, los sindicatos y movimientos sociales, hoy encuentran competidores capaces de mover masas pero con finas opuestos a los que esa izquierda desea.
Grupos armados y militarmente organizados se cobijan en manifestaciones más o menos importantes con el objetivo de derribar un gobierno, generando situaciones de ingobernabilidad y caos. Lo cierto es que la derecha ha sacado lecciones de la vasta experiencia insurreccional de la clase obrera y de los levantamientos populares que se sucedieron en América Latina desde el Caracazo de 1989.
Las derechas han sido capaces de crear un dispositivo “popular” para desestabilizar gobiernos populares, dando la impresión de que estamos ante movilizaciones legítimas que terminan derribando gobiernos ilegítimos, aunque estos hayan sido elegidos y mantengan el apoyo de sectores mayoritarios de la población. En este punto, la confusión es un arte tan decisivo, como el arte de la insurrección que otrora dominaron los revolucionarios, señala el analista uruguayo Raúl Zibechi.
Las manifestaciones ganan los titulares pero se produce lo que la socióloga brasileña Silvia Viana define como una reconstrucción de la narrativa hacia otros fines. “Es claro que no hay lucha política sin disputa por símbolos”, asegura. En esta disputa simbólica la derecha, que ahora engalana sus golpes como defensa de la democracia y los derechos humanos, aprendió más rápido que sus oponentes.
Por ejemplo, en marzo de 2014 el frente mediático de la derecha latinoamericana y mundial activó sus ataques contra la Revolución Bolivariana. Las tres redes privadas más importantes de diarios de Latinoamérica se unieron para “difundir informaciones sobre la situación en Venezuela”. Mensaje único. Nora Sanín, que dirige la asociación de prensa Andiarios y lideró esa campaña, señaló sin tapujos a la revista colombiana Semana: “Nosotros estamos haciendo política. Y está bien que la hagamos, pues nuestra causa es defender un derecho universal: la libertad de expresión”.
La campaña incluyó imágenes de represiones sangrientas que supuestamente habían tenido lugar en Venezuela (pero que en realidad habían ocurrido en Chile, Siria, Honduras y otros países) y que fueron repetidas miles de veces a través de Twitter y la televisión cartelizada.
La imagen de un niño ensangrentado y gritando víctima de la guerra en Siria apareció como la de un infante agredido “por las huestes bolivarianas”; la de una estudiante maltratada por la policía chilena se convirtió en una “muestra de la barbarie chavista contra los jóvenes”… Así se fue creando un imaginario colectivo adverso al gobierno bolivariano.
Ante todo esto, más que nunca, la profundización de este nuevo proceso emancipatorio latinoamericano exige el protagonismo de los espacios de participación colectiva para garantizar y robustecer las políticas públicas de integración regional, y el reconocimiento de derechos y la justicia en lo económico, social y cultural. Para comenzar a vernos con nuestros ojos es necesario visibilizar a las grandes mayorías, a la pluralidad y diversidad de nuestra región, recuperar nuestra memoria: un pueblo que no sabe de dónde viene, difícilmente podrá saber a dónde va.
En América Latina estamos reinventando la democracia. Transitamos una etapa inédita que recupera y actualiza las mejores tradiciones emancipatorias y de resistencia popular. La profundización de este proceso exige el protagonismo de los espacios de participación colectiva para garantizar y robustecer las políticas públicas de integración regional, el reconocimiento de derechos y la justicia en lo económico, social y cultural.
Paralelamente, jamás en la historia de la humanidad han estado tan violentadas tanto la libertad individual como la soberanía de los estados, como consecuencia directa de una altísima concentración de las comunicaciones y de los medios en pocas manos. Esta es una limitante tanto para la democracia como para las libertades individuales.
América Latina está en un proceso de reinvención y, además, redefiniendo su inserción en el mundo. Su futuro no está aún definido, en especial porque su visión de sí misma, su destino como territorio y su relación con las grandes potencias, especialmente con Estados Unidos, se está transformando radicalmente.
En la última década, la región ha obtenido ingresos extraordinarios por la venta de materias primas, y capitales para la inversión de valores, exacerbados por liquidez abundante provista por los bancos centrales del mundo occidental y tasas de interés históricamente bajas. Pero hoy, ¿ese ciclo apunta a su fin?
Por ello, su reinvención implica necesariamente, una redefinición de su inserción en un mundo multipolar, en el que modifique su actual rol de proveedor de materias primas, que lo coloca en una situación frágil y vulnerable, para buscar un tipo de industria con tecnología de punta y el desarrollo de las manufacturas, al tiempo que desarrolla su mercado interno con equidad y justicia.
Si por más de 520 años su inserción con el resto del mundo estuvo condicionada por la presencia de las potencias imperiales (España, Portugal, Inglaterra, Francia y Estados Unidos), con el nuevo siglo ha comenzado a construirse un conglomerado de naciones con procesos de integración crecientemente soberanos, complejos, ambiguos, en ocasiones contradictorios, que no avanzan en línea recta, en el que no todo está definido y cuyo destino final no está aún escrito.
Es un proceso en el que sus riquezas naturales, como la abundancia de agua dulce (alrededor de la mitad del planeta), sus reservas de petróleo y gas, sus recursos minerales y la riqueza de su biodiversidad, desempeñan un papel central.
En este proceso de reinvención latinoamericana, debemos sumar la refundación de varios estados nacionales a partir de asambleas constituyentes; la ruptura con el Consenso de Washington; la recuperación de su soberanía petrolera, de sus recursos naturales y bienes estratégicos; la puesta en práctica de políticas de inclusión social, redistribución de la renta y reconocimiento de la diversidad cultural; la existencia de poderosos movimientos sociales emancipatorios, y el avance en acuerdos de integración regional guiados por la idea de la cooperación, la complementación económica, la solidaridad y la ayuda mutua.
En los 20 años que transcurrieron desde el alzamiento zapatista del primero de enero de 1994, los movimientos sociales latinoamericanos protagonizaron uno de los ciclos de luchas más intenso y extenso en mucho tiempo. Al menos, desde el Caracazo de 1989 se sucedieron levantamientos, insurrecciones y movilizaciones que abarcaron toda la región, deslegitimaron el modelo neoliberal e instalaron a los de abajo, organizados en movimientos, como actores centrales de los cambios.
Las acciones a lo largo de dos décadas permiten asegurar que los movimientos están vivos... aun cuando algunos dirigentes fueran cooptados por los gobiernos progresistas, logrando aletargar así ese “abajo que se mueve” y que fue el que los llevó, en definitiva, al poder.
Lo cierto es que no podemos hablar de comunicación y democracia, sin ubicarnos en el contexto de la recuperación, revalorización y reconstrucción del Estado como espacio institucional y ético-político, dispuesto a asumir e implementar políticas públicas, entre ellas la transformación de los sistemas de comunicación y normas y medidas que contribuyen a la democratización de la información, la cultura, los conocimientos.
No podemos hablar de comunicación y democracia sin referirnos a la concentración monopólica de los medios y de todas sus implicancias, del valor estratégico de las políticas de comunicación, las legislaciones democratizadoras impulsadas desde los movimientos sociales, a veces con el apoyo desde los estados, las normas antimonopólicas, el fomento a la revitalización de la comunicación estatal a partir de la re-creación de medios propios y de las políticas para el afianzamiento de los medios populares (comunitarios, alternativos, independientes), el fomento a la producción cultural y de contenidos audiovisuales, y la inclaudicable lucha por el derecho a una nueva comunicación abierta, democrática, plural, diversa.
Por primera vez en la historia de la región aparecen en las agendas públicas la preocupación por reestructurar los sistemas de difusión, habida cuenta de la enorme concentración de las industrias de la comunicación, de la información y del entretenimiento en manos de pocas empresas y conglomerados nacionales y trasnacionales, auténticos latifundios mediáticos y cibernéticos, para terminar con legislaciones omisas y complacientes con los monopolios y oligopolios.
Y hoy somos conscientes de que la comunicación jamás estuvo tan involucrada en la batalla de las ideas por la dirección moral, cultural y política de nuestras sociedades, donde los medios de comunicación desempeñan, al decir de Sartre, el papel de servidores de la hegemonía, reflejando la ideología de las clases dominantes, en la búsqueda de sedimentar en el imaginario colectivo el consenso sobre su visión de mundo, el mensaje único, hegemónico, consumista, antidemocrático.
“Si pierdo las riendas de la prensa, no aguantaré ni tres meses en el poder”, decía Napoleón Bonaparte, hace dos siglos. Hoy en día, con los avances tecnológicos en la comunicación, podría afirmar que no duraría ni tres minutos.
A fines de marzo de 2014, el papa Francisco afirmó que la desinformación es el peor pecado de los medios, ante miembros de asociaciones de radio y televisoras católicas de Italia. La crítica mediática fue silenciada por la gran mayoría de los medios de alcance mundial, incluidos los órganos del propio Vaticano. “La gente lo sabe, pero por desgracia se ha acostumbrado a respirar de la radio y de la televisión un aire sucio, que hace daño”, dijo el papa, quien invitó a los medios a que hagan “circular aire limpio, que la gente pueda respirar libremente y que dé oxígeno a la mente y al alma”.
“El decir las cosas a medias no permite a quien ve la televisión u oye la radio hacerse un juicio de valor porque no tiene elementos”, cuestionó el jefe de la iglesia católica, quien destacó que “a menudo las grandes emisoras tratan estos temas sin el debido respeto por las personas y los valores, de manera espectacular, y sin embargo es esencial que en vuestras transmisiones se perciba este respeto, porque las historias humanas no se deben nunca instrumentalizar”, dijo el jefe de estado vaticano.
No solo leer, comprender a Gramsci
La lucha simbólica por la democratización de la comunicación necesita cuestionar el discurso que los medios, como aparato privado de hegemonía elaboran y diseminan. Pero la democratización depende también del convencimiento público sobre la necesidades de espacios más libres, plurales, diversos para la información y la opinión y el fomento del Estado a la diversificación de los contenidos.
Para el sociólogo marxista italiano Antonio Gramsci, la hegemonía presupone la conquista del consenso y del liderazgo cultural y político-ideológico por una clase (o bloque de clases) que se impone sobre las otras, e involucra la capacidad de un determinado bloque de articular un conjunto de factores que lo habilite a dirigir moral y culturalmente, sostenidamente, la sociedad como un todo.
Si se quiere cimentar una hegemonía alternativa a la dominante es preciso propiciar una guerra de posiciones cuyo objetivo es subvertir los valores establecidos y encaminar a la gente hacia un nuevo modelo social. De ahí que la creación de un nuevo intelectual asociado a la clase obrera pasa por el desarrollo desde la base, desde los sujetos concretos, de nuevas propuestas y demandas culturales.
El objetivo consiste en la imaginación de una nueva cultura no subalterna, muy diferente de la burguesa, que pueda llegar a ser dominante, sin verse arrastrada por culturas tradicionales. De cualquier modo, para Gramsci, todo hombre es un intelectual que participa de una determinada concepción del mundo y a través de sus singladuras ideológicas contribuye a sostener o a suscitar nuevos modos (alternativas) de pensar.
La separación creciente entre gobernantes y los destinatarios de sus decisiones; entre intelectuales y el resto, entre los funcionarios de las teorías y quienes las reciben, es inaceptable en el pensamiento del italiano.
La hegemonía no es una construcción monolítica, sino el resultado de mediaciones de fuerza entre los bloques de clase en determinado contexto histórico. No es estática. Puede ser reelaborada y alterada tanto en el ámbito social (a través de asociaciones y movimientos contrahegemónicos) como por el Estado.
Y después del neoliberalismo, ¿qué?
Hace cuatro décadas, para imponer un modelo económico, político y social se recurrió a las fuerzas armadas, con el saldo de miles y miles de muertos, desaparecidos, torturados.
Hoy no hacen falta las bayonetas: alcanza con controlar los medios de comunicación masiva, que llevan el bombardeo del mensaje hegemónico directamente a nuestras salas, comedores y dormitorios, durante 24 horas al día, a través de la información, la publicidad y el entretenimiento (por ejemplo, las series de televisión, los juegos cibernéticos), que transmiten el mismo mensaje, dirigido a las percepciones más que al raciocinio del usuario.
Para el sociólogo brasileño Octavio Ianni, el neoliberalismo comprende la liberalización creciente y generalizada de las actividades económicas –abarcando la producción, distribución, cambio y consumo– que son desreguladas por el Estado, y se privatizan las empresas productoras estatales, las organizaciones e instituciones gubernamentales relativas a la vivienda, transporte, salud y aportes jubilatorios. “El poder estatal es liberado de cualquier emprendimiento económico o social que pueda interesar al capital nacional o transnacional”, añade.
Ianni considera a la globalización como un proceso múltiple propio del capitalismo, donde se repiten algunos procesos ya conocidos como el énfasis en el mercado, pero se le agregan nuevos actores, en especial las empresas transnacionales. Esto genera que el capitalismo avance de nueva manera sobre el propio proceso civilizatorio. A su juicio, son las culturas las que cambian bajo los embates del globalismo.
El neoliberalismo y el globalismo se conjugan, donde siempre privilegia la propiedad privada, la gran corporación, el mercado libre de restricciones políticas, sociales o culturales, la tecnificación creciente y generalizada de los procesos de trabajo y producción, la productividad y la lucratividad.
Es necesario hacer una distinción sobre el neoliberalismo contemporáneo. Mientras no para de exhibir rotundos fracasos en los países en los que continúa vigente o en los que sus fracasos quedaron en evidencia tras crisis sucesivas, el neoliberalismo permanece actuante, vigoroso, agresivo, en el plano ideológico y cultural, gracias a sus poderosas máquinas mediáticas, que se benefician del proceso de digitalización y de tecnologización que aumentan su potencia de penetración en nuestras sociedades, porque hay una expansión exponencial de los productos y servicios de entretenimiento culturales y de información con las nuevas plataformas o multiplataformas integradas, una explosión de nuevos productos, servicios y canales digitales.
Para el brasileño Denis de Moraes, esta formidable expansión digital está permitiendo una ampliación de la plusvalía de los grandes grupos monopólicos mediáticos, en la medida en que los mismos productos están siendo producidos y distribuidos en varios canales y medios en todos los continentes con un costo bajo.
Por otra parte, la variedad de contenidos –matizados por visiones de mundo, por concepciones, por puntos de vista y medidas de valor muy semejantes que consagran la economía de mercado, la rentabilidad, el lucro y los mantras de la era digital de manera obsesiva y neurótica– se multiplica exponencialmente en estas multiplataformas digitales.
Las orientaciones, las interpretaciones que presiden la elaboración y la divulgación de esos contenidos, cuentan con una insistencia desmesurada de valores como individualismo, competencia, éxito..., todo parece estar vinculado a la necesidad de triunfo, de victoria y a una disputa por ganar posiciones en la sociedad, que son difundidas por las máquinas mediáticas globales.
Después de una década de emergencia de gobiernos nuevos en América Latina, la polarización del campo político regional sigue siendo la que opone fuerzas neoliberales a fuerzas antineoliberales. La nueva forma que asumió la derecha, proponiéndose encarnar “lo nuevo”, ha envejecido prematuramente, pero insiste en sobrevivir, aun con menos apoyo.
Mientras que los gobiernos posneoliberales encuentran dificultades para afirmarse en medio de un mundo donde todavía es hegemónico el neoliberalismo, más aun con la prolongada y profunda crisis de los países rectores de ese modelo, Estados Unidos y Europa occidental.
Pero claramente los gobiernos progresistas latinoamericanos representan lo nuevo, por el empuje de su crecimiento económico y, sobretodo, por su capacidad de para combatir la desigualdad, la pobreza y la miseria que siempre han aquejado a América Latina. Y tampoco podemos olvidar que estos cambios son el resultado directo de movilizaciones populares en contra de la degradación de la vida humana durante las décadas de la hegemonía de políticas neoliberales.
Los medios justifican los fines
El tema de los medios de comunicación social tiene relación directa con el futuro de nuestras democracias, porque la dictadura mediática pretende suplantar a las dictaduras militares de cuatro décadas atrás. Son los grandes grupos económicos, los latifundios mediáticos, que usan a los medios y deciden quién tiene o no la palabra, quién es el protagonista y quién el antagonista, qué omitir u ocultar. Y plantean una realidad virtual, invisibilizando la realidad adversa a sus intereses.
La pantalla de televisión relata versiones erróneas, manipuladas, incompletas, incompetentes, que se imponen sin la posibilidad de ser contrastadas con la realidad o con documentación original. Millares de personas aprenden y repiten historias irreales, construcciones ficticias de un pensamiento e imagen únicos, divulgados por los medios comerciales de comunicación, a lo largo y ancho del mundo.
Las voces alternativas no tienen la capacidad de ofrecer la misma accesibilidad que los medios masivos, a menos que se conviertan también en medios masivos, alternativos al pensamiento hegemónico.
Los medios deciden quién tiene voz y quiénes quedan afónicos e invisibles en la construcción de ese mundo virtual. Los grandes conglomerados empresariales operan sobre la mentalidad y la sensibilidad de las sociedades que gobiernan y generan una nueva fuente de historia, falsificada, fragmentada, artificial, superficial, descontextualizada.
La gente común conoce la historia (virtual) a través de los medios. Y solo cuando su propia realidad contrasta con esta historia virtual y la hace estallar en pequeños trozos, logra darse cuenta de esa dualidad, de ese divorcio entre medios y realidad, entre realidad virtual y real. Cada vez más historias virtuales ocupan el lugar del mundo virtual en nuestro imaginario, que nos alejan de la historia y de los problemas reales del mundo real de las distintas y diversas civilizaciones.
La manipulación de los modos en que piensa la gente es ya una práctica de enorme difusión, que se emplea en diferentes medidas y con diferentes sentidos. Más allá de la censura como tal, se emplean otros mecanismos que definen qué destacar, qué omitir, qué cambiar; en definitiva qué manipular de manera sutil, sistemática, porque esa es la forma de dominar la imagen que dan a conocer a la sociedad y a las sociedades, para operar no solo sobre la mentalidad sino también sobre la sensibilidad de las personas.
Para cualquier análisis que queramos hacer, debemos tener en cuenta la revolución digital de las últimas tres décadas, que provocó la mezcla del texto, el sonido y la imagen. Esta “magia” comenzó alrededor de 1985 con la popularización del fax, que nos sorprendía transmitiendo por teléfono un texto escrito. Y cuando aún no habíamos entendido cómo sucedía esto, comenzó una revolución digital con tecnología que ni siquiera la soñaban los autores de ciencia ficción.
Para aquellos añejos comunicadores, quedaban definitivamente sepultadas las ramas, cajas tipográficas y las linotipos de los diarios, las underwood, remington y letteras que nos acompañaron durante tantos años en las redacciones, las teletipos y télex que nos permitían informar a todo el mundo, los rollos y el revelado de fotos, las grabadoras de sonido a cinta… que hoy, apenas 25 o 30 años después, son piezas de museo.
Desde entonces, las fronteras entre el mundo de la comunicación, el de la cultura de masas y el de la publicidad son cada vez más tenues, y las grandes empresas, a través de las megafusiones, se han adelantado a gestionar el contenido de las distintas esferas.
Nuestras sociedades consumen hoy grandes dosis de información sin siquiera saber que es falsa. La clave es un sistema de instantaneidad que nadie puede verificar y que en muchas ocasiones no es más que una aviesa manipulación de laboratorios y estudios de cine o televisión. En el mundo de hoy, junto al poder económico y financiero, está el poder mediático, que es el aparato ideológico de la globalización capitalista.
Hoy, los medios de comunicación comerciales juegan su papel para deformar la realidad en beneficio de sus intereses y fabricar una opinión pública favorable al sistema y de resistencia a los cambios estructurales de la sociedad. Cumplen una misión ideológica. Su finalidad no es dar al ciudadano el conocimiento objetivo del sistema social en que viven, sino ofrecerles por el contrario una representación mistificada de este sistema social, para mantener a los ciudadanos en su lugar, dentro del sistema de explotación.
Algunas de las viejas categorías analíticas de la sociología crítica –concentración del capital, poder, opresión, dominación– quizá no nos sirvan ya para develar el rol jugado por unos medios monopolizados. Necesitamos nuevas cajas de herramientas para lo conceptual, para analizar este aparente caos informativo, esa catarata de imágenes que se superpone sobre el espectador televisivo, por ejemplo.
La principal herramienta en el complejo proceso de construcción de la dominación es comunicacional, ya que como en toda etapa histórica, la opresión se funda en la aceptación por parte de las víctimas de su condición subordinada. De allí que se inviertan millones y millones de dólares en industrias culturales que aparentan ser apenas de entretenimiento, pero que en realidad son un mecanismo político e ideológico decisivo para la continuidad del proceso de explotación y marginalidad.
Pasando por el pasotismo y la diversión, así se llega a la farandulización y casi a la ficcionalización de hechos de la realidad. El argentino Raúl Isman sostiene que las megaindustrias culturales del entretenimiento –los monopolios que tienen mayor poder económico, cultural y simbólico–, persiguen no solo que pasemos hambre, frío, sed, sino que nos exigen que además estemos alegres, contentos por eso.
Las sociedades contemporáneas, más aún en esta etapa de la globalización posmoderna, son de un carácter marcadamente mediático. Tal como afirma el sociólogo español Manuel Castells, es un sistema de retroalimentación entre espejos distorsionantes: los medios de comunicación son la expresión de nuestra cultura, y nuestra cultura penetra primordialmente mediante los materiales proporcionados por los medios de comunicación.
Los medios agigantan su función hasta confundirse con la sociedad misma, hecho legitimado por las personas que viven su vida a través de ellos, fantaseando con convertirse en héroes de hazañas guerreras, deportivas –o por qué no– de alcoba. En un complejo proceso de prestidigitación catódica el suceso de la vida real se convierte en folletín televisivo de aristas escabrosas o más bien en thriller erótico, señala Isman.
La vida de los sectores más pobres carece de valor, el asesinato de una mujer blanca toma dimensiones que nunca lograría el de una mujer pobre o de tez más oscura e incluso un hombre de igual condición que la primera. Se cruzan aquí varias formas de segmentar la sociedad, de carácter social, sexual, étnico, y el espectador se acostumbra a no diferenciar la riqueza conceptual de las distintas intervenciones, subsumiéndolas bajo el común “lo dijo la tele”.
En la sociología de la comunicación se suele analizar a las personas que, mediáticamente tocadas, se prestan a todo tipo de manipulaciones, de las más diversas, con el solo fin de disfrutar de algunos segundos de figuración. Así se cumplen también algunas necesidades del poder: los ciudadanos quedan divididos entre ignotos y famosos (aunque sea visible por unos segundos en la pantalla). Mucha gente común sueña con que le llegue esos cinco minutos de gloria, tocados por la varita mágica del hada televisiva.
Los medios utilizan cualquier tema para instalar en la percepción colectiva su particular visión manipuladora, donde las víctimas son culpables y los victimarios invisibilizados, apuntando a naturalizar las desigualdades sociales, de género o de acceso a bienes fundamentales. Se alienta así la creencia en que la única igualdad posible reside en la eventualidad de aparecer frente a la pantalla. Obviamente, si los subordinados emplean toda su energía en alcanzar su igualdad ante las pantallas, no intentarán otras equidades más acuciantes, urgentes, necesarias, colectivas, ¿no?
…Y la democracia sigue (en muchos de nuestros países) instalada como sistema formal, sin apropiación ciudadana, y su institucionalidad persiste siendo precaria. Fuimos aprendiendo que construir democracia es construir ciudadanía, empoderar a los pobres garantizándoles igualdad de acceso a la salud, vivienda, educación e información, darle voz e imagen a las grandes mayorías ninguneadas, postergadas y ocultadas durante más de 500 años.
Eduardo Galeano decía que “ya no se necesita que los fines justifiquen a los medios. Ahora los medios de comunicación justifican los fines”. Hoy los medios de comunicación comerciales cartelizados atacan como partido político y se defienden con la muletilla de la defensa de la libertad de prensa, cuando solo reivindican, en realidad, la impunidad de sus empresas y de los intereses imperiales.
Es que la comunicación se ha erigido en elemento fundamental de la estructura social actual, donde desde hace décadas se viene desarrollado el concepto teórico de sociedad de la información, casi prospectivo a una realidad palpable en la economía, la educación o las relaciones sociales. Es un espacio en transformación que implica, obviamente, cambios en la construcción del imaginario colectivo.
De la resistencia a la construcción
Debemos ser proactivos y no limitarnos a lamentos y denunciología, entendiendo que debemos convencernos de que estamos abandonando una época de más de 500 años de resistencia para iniciar –¡y cómo nos cuesta!– la nueva etapa de construcción. Para ello debemos romper viejos paradigmas, para poder reinventar nuestras democracias y democratizar la palabra y la imagen. Apostar al futuro es, sin duda, incluir preferentemente la opción por los jóvenes, las nuevas generaciones.
Pero lo primero que debemos democratizar y ciudadanizar es nuestra propia cabeza, no solo cambiar sino reformatear totalmente nuestro disco duro. El primer territorio a ser liberado son los mil cuatrocientos centímetros cúbicos de nuestro cerebro. Es hora de aprender a desaprender, para desde allí comenzar la construcción.
En este presente es indispensable enfrentar los intentos restauradores del orden neoliberal, que hoy tienen su mayor expresión en las prácticas golpistas de los monopolios de la comunicación.
En esta etapa es fundamental la democratización de las comunicaciones, la articulación de los medios populares y el fortalecimiento de los medios públicos. Es así que el afianzamiento de una agenda para una comunicación democrática requiere del impulso de los movimientos sociales, de los Estados nacionales y de las instancias regionales de integración.
Estamos en una etapa de transición. En nuestros países debemos dar por terminada la etapa de la resistencia (al colonialismo cultural) para comenzar la difícil etapa de la construcción (de nuevas alternativas, de la democracia, del futuro de nuestros pueblos). Construcción sugiere cambiar paradigmas, reinventarnos; sugiere proceso, avances y retrocesos.
Podemos citar las fechas simbólicas como la del 12-13 de abril de 2002 en Venezuela –cuando el pueblo salió a la calle a reclamar la reposición de su presidente constitucional Hugo Chávez–, o el día que el presidente argentino Néstor Kirchner ordenó bajar el cuadro del dictador Jorge Videla del colegio militar, o cuando Rafael Correa superó el intento de golpe de Estado en 2010. En esas fechas comenzó la etapa de la reconstrucción política… pero hay mucha gente que no se dio cuenta y siguió con el mismo discurso...
No es tarea fácil, porque desde muchos sectores, incluso enquistados en el aparato estatal de gobiernos progresistas, hay resistencia. Para muchos es más fácil la etapa de la resistencia, la denunciología, la autoflagelación. Es producto de años de construcción del imaginario colectivo por parte de sectores hegemónicos antinacionales, ya que una de sus formas de dominación es eliminar la autoestima de nuestros pueblos y atentar contra una identidad común.
Tenemos muchos problemas para construir, pensar hacia adelante; en pensar en cosas nuestras; en crear y errar también. Es tiempo de asumir nuestras propias identidades, seguir elevando nuestra autoestima, esa que parecía haber tocado fondo hace apenas poco más de una década.
Ahora hay que aprovechar esa posibilidad de construir una nueva comunicación, una nueva sociedad, una nueva democracia, y construirla no solo en la práctica sino también en la teoría. Hay que hacer una nueva teoría que tenga que ver son las prácticas reales, adecuada al nuevo país que tenemos cada uno, a este nuevo enfoque de una América Latina y el Caribe en proceso de integración, y donde no sigan hablando los jerarcas y los eternos “expertos”, sino que hable la gente.
Hay que darle la palabra a la gente y no tener miedo de eso. Hay que apelar al raciocinio del pueblo y no solo a los sentimientos, que son los golpes bajos permanentes de la construcción comunicacional hegemónica. Como excusa para no construir, muchas veces hemos puesto la falta de recursos por delante, y generalmente el problema mayor es que no teníamos ideas. Nos habían secuestrado la utopía, aniquilado nuestros sueños.
En esta época en la cual la vida política de nuestras sociedades, la organización y movilización social, la disputa de ideas y modelos de sociedad y las mismas relaciones sociales e interpersonales, se encuentran cada vez más atravesadas por los medios y tecnologías de la comunicación, se vuelve un imperativo de los procesos democráticos analizar y repensar las formas de organización, gestión y control de estos.
Se han roto algunos viejos paradigmas. Las nuevas legislaciones establecen un tercer sector de la comunicación, más allá del privado y el público, que es el sector ciudadano sin fines de lucro –medios alternativos, independientes, comunitarios–, el cual debe desarrollarse en igualdad de condiciones con los otros dos sectores. Este solo hecho, que supera la visión tradicional reducida a la polaridad Estado-sector privado, representa un cambio paradigmático significativo.
Pero promover efectivamente la participación, la interacción, nuevos valores y una estética distinta en la comunicación implica pasar por profundos cambios culturales, pues de poco servirían si la población no se apropia de ellos. Es necesario cambiar la “matriz productiva” de la comunicación y pasar de una sociedad consumidora de información o mercancías, a una sociedad crítica y productora de información, de medios, de respuestas, de preguntas, de nuevas creaciones, de nuevos discursos.
Uno de los mayores problemas que confrontamos en América Latina y el Caribe es que –con la mente ocupada aún por viejos paradigmas liberales– no estamos totalmente convencidos de nuestros proyectos. En general, el enemigo no está afuera –no son los medios corporativos. ni el imperio, ni es la falta de financiamiento–, sino que son la ausencia de convicciones firmes en niveles altos y medios de nuestros gobiernos, y la ineficacia, la ineficiencia y el facilismo copiador de formatos y modelos de parte de quienes gestionan o dirigen los proyectos.
El enemigo está adentro y por eso algunos de los buenos proyectos comunicacionales lanzados en nuestra región, fracasan o terminan frustrándose en la intrascendencia. La construcción –de una nueva comunicación democrática, de democracias participativas– se hace desde abajo, hombro con hombro.
Lo único que se construye desde arriba, es un pozo.
Vernos con nuestros propios ojos
…no hay ninguna fórmula que te permita cambiar la realidad si no empiezas a verla como es.
Para poder transformarla hay que comenzar por asumirla.
Eduardo Galeano
Aún hoy, el principal problema que tenemos los latinoamericanos es que hemos estado ciegos de nosotros mismos: siempre nos hemos visto con otros ojos, con ojos extranjeros. Y lo seguimos haciendo: copiando formas y contenidos. Recitamos integración, pero la realidad es que no nos conocemos siquiera. No nos reconocemos en el espejo de nuestra realidad.
Para comenzar a vernos con nuestros ojos es necesario visibilizar a las grandes mayorías, a la pluralidad y diversidad de nuestra región, recuperar nuestra memoria, nuestras tradiciones. Porque un pueblo que no sabe de dónde viene, difícilmente sepa a dónde ir, y, así, el destino siempre le será impuesto desde afuera.
El futuro hay que imaginarlo. El verso del fin de la historia nos condenó a padecer el futuro como una repetición del presente. El mensaje hegemónico, que nos deja a los latinoamericanos fuera de cualquier información, salvo que se nos criminalice o acontezca una desgracia de proporciones sensacionalistas, nos quiere convertir en meras sombras de cuerpos ajenos, sobre todo si seguimos copiando modelos, formatos, contenidos. Aquí la historia no terminó: recién empieza.
Cansados de que nos expliquen quiénes somos, cómo somos, qué debemos hacer comenzamos a vernos con nuestros propios ojos. Desde el norte nos ven en blanco y negro (sobre todo en negro: solo aparecemos en sus noticieros si nos ocurre una desagracia), cuando en realidad somos una región policromática.
Durante las últimas décadas nos han bombardeado en la televisión con decenas, cientos de piezas de publicidad donde nos quieren convencer de que todos los latinoamericanos y caribeños somos altos, rubios y de ojos celestes. Y cuando nos miramos al espejo debemos asumir que o el espejo responde imágenes equivocadas y tergiversadas, o la publicidad nos muestra como realmente no somos, como ellos quieren que seamos.
Es cierto: somos altos, rubios y de ojos celestes…. Pero también somos indios, mestizos, mulatos, negros, zambos, cuarterones, amarillos; somos parte de una diversidad étnica y cultural sin precedentes, que invisibilizaron durante más de cinco siglos, que quisieron borrar al igual que nuestra memoria histórica, en esa conquista cultural que aún no cesa.
La variedad de culturas e idiomas que se conservan o transmiten a través de la tradición oral o de diversos medios de expresión, nutren las sociedades de la información y la comunicación y contribuyen al acervo del conocimiento humano, que es la herencia del ser humano y el origen de la creación de todo conocimiento nuevo.
Es hora de vernos en el espejo y reconocernos. Asumir nuestra propia identidad, recuperar la memoria, la palabra, las tradiciones; es hora de despertar, de pasar del eterno diagnóstico desesperanzado, denunciativo, inmovilizador, a la acción, a la construcción.
Ya hace casi siete lustros el informe Mc Bride de la UNESCO –Un mundo y muchas voces– señalaba la necesidad de tomar medidas jurídicas eficaces para: limitar la concentración y la monopolización; conseguir que las empresas transnacionales acaten los criterios y las condiciones específicas definidos en la legislación y en la política de desarrollo nacionales; reducir la influencia de la publicidad sobre la redacción y los programas de radiodifusión; entre otras.
Ese diagnóstico, que reconocía la existencia de un grave desequilibrio en el flujo mundial de las comunicaciones e informaciones, y promovió la discusión de alternativas y conferencias regionales auspiciadas por la Unesco sobre políticas culturales y comunicacionales, lamentablemente, se mantiene más de tres décadas después.
El informe McBride y la Unesco enfrentaron las presiones de los países hegemónicos, especialmente de Estados Unidos y Gran Bretaña, que bajo el liderazgo de las políticas neoliberales Ronald Reagan y Margareth Thatcher, en plena guerra fría, pusieron la marcha la ofensiva del “libre flujo de la información”. Alegando la politización de la Unesco, ambos países, amenazaron con retirarse de la organización entre 1984 y 1985, lo que alejó el debate sobre el Nuevo Orden Informativo Internaconal (NOMIC), para encuadrarlo en las discusiones del GATT primero y de la Organización Mundial de Comercio (OMC), después.
Hoy es obvio que los derechos humanos no pueden existir sin la libertad de palabra, de prensa, de información, de expresión. La transformación de esas libertades en un derecho individual o colectivo más amplio a comunicar, es un principio evolutivo en el proceso de democratización.
Estamos en plena batalla cultural, y en América Latina es fundamental la protección y fomento de la pluralidad de opiniones y de la diversidad cultural y lingüística, la democratización de los medios de comunicación, y la defensa y divulgación de los bienes comunes del conocimiento mundial, como parte del dominio público.
En los análisis democratizadores no podemos olvidar que el espectro radioeléctrico es un patrimonio de la humanidad y los Estados son soberanos en su administración, en función del interés nacional y general. Es falaz la idea de que son propietarios del espacio radioeléctrico las empresas, nacionales y/o trasnacionales, que tienen la concesión de una frecuencia. Por ende, es menester luchar para que el espacio radioeléctrico se divida en tres partes: una para el estado, otra para los medios comerciales y una para los movimientos sociales, las universidades, los sindicatos.
La lucha por la democratización pasa por la reconstrucción del espacio público, que fuera privatizado y vaciado durante décadas en la ofensiva neoliberal. El espacio público es aquel que reúne a los medios estatales, regionales, educativos, universitarios, legislativos y comunitarios, y que apuesta no a la formación de consumidores o borregos políticos o religiosos, sino que contribuye a la formación de una ciudadanía y una identidad común latinoamericana.
Tampoco podemos olvidar que la comunicación es factor articulador clave para el reencuentro y la solidaridad de nuestras nacionalidades, que implica el reconocimiento de un destino común por encima de rivalidades reales o forjadas. Pero, sorprendentemente –o no– el tema comunicacional no está en la agenda de ninguno de los espacios de integración de América Latina y el Caribe.
Por ello se torna indispensable formular una estrategia de cooperación específica entre los pueblos de nuestra América para los ámbitos de la información, comunicación, cultura y conocimiento, contemplando acuerdos para potenciar las redes regionales de información y comunicación pública y ciudadanas, con un sentido de equidad respecto a los medios de comunicación.
También crece el consenso de que cada vez más necesaria la auditoría social de los medios comerciales (y también de los público y estatales) de comunicación social, que se han convertido en el principal poder, por encima de los otros tres clásicos –ejecutivo, judicial y legislativo-. Es necesaria la creación del quinto poder, el del ciudadano, para fiscalizar los cuatro anteriores, con Observatorios de Medios y Asociaciones de Usuarios.
Las nuevas formas de producción, la tecnología y la liberalización de los mercados ha cambiado de manera acelerada y radical la concepción de los medios de comunicación en las sociedades democráticas. Es un cambio en el que los medios forman parte fundamental y adjetiva principalmente en las relaciones Estado-sociedad.
Como consecuencia del desarrollo y crecimiento de los grandes conglomerados de la comunicación, los medios actuales difícilmente se conciben en el esquema tradicional de espacio público, sino que se definen como espacios privados susceptibles a influir en la política, gestión Estatal y en la vida privada de los individuos.
Si bien este es el caso de los medios en los Estados Unidos, donde la liberalización total está casi perfectamente institucionalizada (algunos lo atribuyen a la Ley de Telecomunicaciones de 1996), la realidad es que este tipo de política se han exportado al resto del mundo implementándose, en mayor o menor medida, en países democráticos y no democráticos.
De hecho, los conglomerados norteamericanos más importantes como Microsoft, AOL Time Warner, Viacom y AT&T tienen presencia mundial no solamente por el impacto de sus productos, sino por las empresas asociadas que han logrado adquirir en países de Europa, Asia, África y América Latina.
A raíz de las innovaciones tecnológicas, los corporativos de los medios diversifican el tipo de productos que generan, dando como resultado una industria de multimedia más integrada. Un ejemplo es el de la película Titanic, que además de distribuirse en video y DVD, emitió productos diversificados tales como la música original de la película, juguetes, objetos de colección, libros, ropa, programas de “detrás de las cámaras”, críticas y reseñas favorables en la prensa, entrevistas y especiales para TV y radio, sitios web, publicidad por doquier, entre otros.
Esto es un ejemplo de la explotación comercial que de un sólo producto originario puede potencializar y controlar el mismo conglomerado diversificado.
Comunicación y democracia
Ante todo, debemos asumir que el tema de los medios de comunicación tiene que ver con el futuro de nuestras democracias. Hoy en día, en nuestra América, la dictadura mediática intenta suplantar a la dictadura militar. Son los grandes grupos económicos que usan a los medios y deciden quién tiene o no la palabra, quién es el protagonista y quién es el antagonista. El que más vocifera contra los cambios de nuestras sociedades, contra los cambios de modelo económico, social, político, contra las transformaciones culturales, es quien logra más pantalla, mientras intentan que las grandes mayorías sigan afónicas e invisibles, sin voz ni imagen.
La preocupación por el futuro de la democracia está también en la agenda de los grandes pensadores, como el Premio Nobel de Literatura 1998, José Saramago, quien se refirió a la democracia “representativa” en una nota publicada en Le Monde Diplomatique (Al margen del poder económico: ¿Qué queda de la democracia?), en la que señaló que “la experiencia confirma que una democracia política que no reposa sobre una democracia económica y cultural no sirve de gran cosa (…). El sistema llamado democrático se parece más a un gobierno de los ricos y menos a un gobierno del pueblo. Imposible negar la evidencia: la masa de pobres llamada a votar no es jamás llamada a gobernar”.
Y luego formula este llamado: Dejemos de considerar la democracia como un valor adquirido, definido de una vez por todas y para siempre intocable. En un mundo donde estamos habituados a debatir de todo, solo persiste un tabú: la democracia. Entonces digo: cuestionémosla en todos los debates. Si no encontramos un medio de reinventarla, no se perderá solamente la democracia, sino la esperanza de ver un día los derechos humanos respetados en este planeta. Será entonces el fracaso más estruendoso de nuestro tiempo, la señal de una traición que marcará para siempre a la humanidad.
Karl von Clausewitz planteaba que la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas con otros medios. Y si la guerra es la continuación de la política, esta es, a su vez, la mera continuación de la cultura. Ambas regulan conductas humanas, ambas operan mediante ejércitos llamados aparatos ideológicos, señala el venezolano Luis Britto García.
Carlos Marx y Federico Engels señalaban en La ideología alemana, que las ideas de la clase dominante son –en toda época– las ideas dominantes. Porque así como la clase dominante posee los instrumentos de producción material, cuenta también con los de producción intelectual como las academias, editoriales, escuelas.
El capital no solo acumula medios de producción industrial, comercial, financiera, sino que también acapara aparatos económicos, políticos, ideológicos, hasta reducir todas las manifestaciones distintas de una civilización a un monopolio verdadero: a un pensamiento único, a una imagen y un mensaje únicos.
En los países altamente industrializados, el Estado y el gran capital se han fusionado, pero sus aparatos ideológicos predican para los países en desarrollo el evangelio de la muerte de las ideologías, la defunción de lo político, la muerte de los partidos. Para el gran capital, los grandes conductores de las masas debieran ser los medios comerciales de comunicación social, obviamente en su poder.
El proceso de acumulación de capital en los medios de comunicación –y más allá, en la industria del contenido, que es bastante más amplia– es a la vez y simultáneamente el proceso de manipulación de la conciencia social y de dominio público. No se trata solo del control de la información sino del control de la industria del contenido, que incluye la información, la publicidad, la cultura de masas o entretenimiento, los videojuegos.
A lo ancho y largo del mundo los contenidos y los fines de la comunicación son puestos cada vez más en función del capital, para que los medios se conviertan en los nuevos misioneros del capitalismo corporativo, en el ejército de formación del imaginario popular y del avasallamiento de la conciencia social. Recordemos que el primer rubro de exportación de Estados Unidos es la industria del entretenimiento, según el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de 1999. Es una verdadera industria bélica para la (de) formación de conciencias.
Hoy se intenta suplantar los mediadores por los medios. Se supone que el poder político debe ser representante y defensor de los derechos de los gobernados. Mientras los actores políticos son creados por los ciudadanos y responden ante ellos, los medios son en su mayor parte creados por el capital (y concentrado por el gran capital) y responden exclusivamente a este: ni siquiera deben rendir una retribución real a sus audiencias.
El nuevo paradigma se llama rentabilidad, individualismo, consumismo, formación de una sociedad de idiotas útiles al servicio del gran hermano corporativo. El discurso comercial es, sin duda, un discurso ideológico. El monopolio de la comunicación hace retornar al ser humano al oscurantismo, a un mundo virtual lejano a la realidad.
El frente conservador –que aún detenta el poder en la mayoría de nuestras sociedades y se resiste por muchos medios a abandonar cuatro centurias de usufructo del poder– sostiene que el planteamiento de una democracia participativa no es viable porque el exceso de demandas terminará provocando una sobrecarga del sistema y la consiguiente crisis de autoridad o de gobernabilidad.
Por lo tanto, para ellos la solución es menos democracia, apelar a elites “lúcidas” y seguir los dictados de los organismos multilaterales de crédito, que garantizan la dependencia.
Pero la realidad muestra que, con el retorno constitucional tras la larga noche dictatorial, emergen en América Latina nuevos actores y discursos políticos que desafían los cauces institucionales y al sistema de partidos. Nuevos actores que han redefinido la agenda pública y la de la política institucionalizada, promoviendo no solo nuevos liderazgos sino nuevos gobiernos más cónsonos con sus pueblos.
Después de las dictaduras llegaron democracias de baja intensidad, incompletas, de transición (nunca se supo hacia qué), que llevaron al desencanto ante la insistencia de adoptar políticas neoliberales diseñadas por el llamado Consenso de Washington, que llevaron a una nueva concentración de poder y riqueza en manos de pocos –y muchas veces en manos foráneas–; empobrecimiento, marginalización, exclusión social y a la pérdida de esperanza de las grandes mayorías.
Resulta sintomático que la gente no se sienta representada por los partidos políticos, los que dejaron de ser canales de expresión de la sociedad y, por ende, agentes únicos de mediación política. Han surgido otros actores, en especial los movimientos sociales, muy diferentes a los partidos, ya que en su mayoría son no jerarquizados, flexibles, descentralizados, con rotación en puestos de mando, propiciando la designación paritaria de género y representación de minorías, exigiendo transparencia, rendición de cuentas, participación amplia en la toma de decisiones.
Las democracias formales de los años 1980-90 contaban las instituciones avasalladas por el “decisionismo” desplegado desde la conducción estatal, que rebasaba normas jurídicas y manifestaciones de voluntad social contrarias a las soluciones elegidas. Se asistía a la transformación del contenido de un régimen político sobre una armadura jurídico-constitucional que permanecía intocada en lo sustancial. La representación política y el sentido amplio de ciudadanía, se debilitaron seriamente a favor de una elite política sin otro compromiso firme que el de procesar las orientaciones del gran capital.
Lo cierto es que la transición al régimen democrático y su estabilización no les trajo aparejada a las clases subalternas ninguna ventaja apreciable, sino la persistencia del deterioro social y la expansión de las carencias a sectores cada vez más amplios.
El descontento generalizado no solo de las capas menos favorecidas sino de ingentes sectores medios, llevó a que se ponga en discusión el tema de la llamada gobernabilidad, dejando de lado una cuestión central: el bloqueo de los canales institucionales para procesar las demandas sociales. Justamente ese bloqueo es el que ha permitido que se proyecten movimientos sociales de los más diversos, que más allá de sus reivindicaciones específicas demandan reformas políticas profundas, estructurales, con la mirada en la instalación de asambleas constituyentes que refunden la democracia (Venezuela, Bolivia, Ecuador).
Estos movimientos son espacios que se sustentan en la construcción de ciudadanía, reivindicando derechos en contraposición al clientelismo y las dádivas o caridad de los poderes establecidos. Esta realidad comenzó a preocupar no solo a Washington sino a los organismos multilaterales y es así que la revista Idea, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), señaló que los movimientos sociales han sido considerados tradicionalmente desviaciones de la norma; producto, básicamente, de la atomización, alienación y frustración social.
Pero un vistazo desde una nueva perspectiva permite captar individuos que son racionales, socialmente activos y bien integrados a la comunidad, pero ansiosos de hacer valer sus intereses a través de canales distintos a los que ofrecen las instituciones establecidas. Dada la naturaleza en general pacífica y contenida de estos movimientos y el apoyo de los medios de comunicación, que contribuyen a darlos a conocer, legitimarlos y amplificarlos, los movimientos sociales se han convertido en un actor político complejo e influyente. Y reconoce que las protestas sociales se han convertido en un instrumento político poderoso, capaz de derrocar presidentes.
Este contexto de polarización social ha repercutido sobre el sistema mediático. Los grandes medios, que contribuyeron en el desprestigio y hasta en la satanización de los partidos políticos, prácticamente pasan a ocupar el vacío que han creado por su descalabro, pero, como sostiene el ecuatoriano Oswaldo León, el virtual “consenso mediático” (a imagen y semejanza del Consenso de Washington) establecido en la región entre esos grandes medios, también se ha visto afectado.
América Latina trata de revertir por primera vez la dolorosa fragmentación que ha vivido por más de 520 años, en una corriente de unión e integración social. Paradojalmente, los presidentes que más han luchado por eliminar las brechas de desigualdad, por el establecimiento de la igualdad y equidad, son acusados de dividir a sus países: Hugo Chávez, Cristina Fernández, Dilma Roussef, Evo Morales, Rafael Correa son acusados de haber polarizado a la sociedad.
Nuestra región vivió un apartheid, en donde el rico solo reconocía al pobre en calidad de subordinado laboral, imponiendo una cultura profundamente intolerante. Repúblicas fragmentadas en verdugos y discriminados, en donde los pueblos fueron y son catalogados como resentidos, marginales, renegados, cacos, envidiosos, ignorantes, desdentados, indios, zambos, negros.
El escritor colombiano William Ospina, en su libro Pa’ que se acabe la vaina, expone que las plutocracias lograron mantener a la comunidad postrada en una especie de conciencia negativa de sus propias virtudes, solo visibilizando a los que por su talento, su ambición, su docilidad o su astucia ascendían en la escala social. Pero la nueva política pública diferenciada de América Latina no solo produjo acceso a bienes y servicios, sino empoderamiento como clase y cultura porque permitió acceder a educación, bienes culturales, salud, tecnología, participación política, a más de 40 millones de marginalizados por las políticas neoliberales…
Para acabar con la pobreza, varios países de América Latina están empoderando a los pobres, democratizando el acceso a la alimentación, la salud, la vivienda, la educación. Visibilizándolos, con voz e imagen propias. La percepción condicionada de que el otro no existe sino para servir, se ha visto derrumbada por la convivencia necesaria de ricos y pobres, incluso soportando que uno de los que han despreciado por siempre, ejerza el poder, señala la diplomática venezolana Isabel Delgado Arria.
Quizá, la situación más relevante de la actuación antidemocrática de los medios de comunicación comerciales, fue en Venezuela, escenario de un golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez, el 11 de abril de 2002, asonada que apenas duró 47 horas, pues en un hecho inusual, el mandatario fue restituido al poder por la reacción popular.
Se trató básicamente de un “golpe mediático”, por el rol que jugaron en estos acontecimientos los grandes medios, particularmente la televisión, incitando primero al derrocamiento del Presidente y luego invisibilizando la reacción del pueblo (transmitieron tiras cómicas y musicales, tratando de imponer que lo que no se difunde por televisión no existe): esta vez la realidad-real se impuso a la realidad virtual de los medios comerciales. Un modelo que después veríamos repetido en Bolivia, Honduras, Ecuador y Paraguay.
Quizá haya algunos antecedentes: una situación parecida se había registrado el 19 y 20 diciembre 2001 en Buenos Aires, Argentina, cuando las movilizaciones populares con sus cacerolazos forzaron la salida del presidente Fernando de la Rúa, la que habría de repetirse en Bolivia, en la insurrección de octubre 2003 y en la de junio 2005, que propiciaron la caída de dos presidentes, Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa, respectivamente.
Otra vez surgieron situaciones similares como en la rebelión ocurrida en Quito, Ecuador en abril 2005, donde el presidente Lucio Gutiérrez debió dejar el poder, pero es de resaltar que ha sido una constante en México y otros países. Ya la amenaza no es de las dictaduras clásicas solamente, sino de la dictadura que instauran los medios.
La prensa comercial boliviana durante el proceso electoral que llevó a Evo Morales al poder, insistió durante la campaña en la descalificación del dirigente cocalero (discriminación racial y social; desvalorización intelectual, política y étnica, según la Observación de Medios de la Asociación Latinoamericana para la Comunicación Social) y en la volatilidad política y la ingobernabilidad del país. Pese a todo eso, Morales ganó con más de 50 por ciento de votos: la realidad-real pudo más que la realidad-virtual.
En el acto de celebración por la reelección del presidente Lula, apareció un cartelón que decía: “el pueblo venció a los media (medios de comunicación social comerciales)”, ya que fueron estos los que forzaron la realización del segundo turno, entre ellos el dueño de la empresa de encuestas Vox Populi, Marcos Coimbra.
Más de 4.500 intelectuales suscribieron el “Manifesto por uma Mídia Democrática e Independente”, en el cual, apoyándose en cifras del Observatorio Brasileño de los Media, señalan que la semana que antecedió al primer turno se registró “una brutal escalada de parcialidad e improbidad por parte de los grandes medios brasileños”.
Según esas cifras, las notas negativas sobre los dos candidatos con más posibilidades que difundieron los cinco grandes periódicos se reparten así: 226 artículos negativos para Lula y tan solo 17 para Geraldo Alckim. Y más adelante acotan: Exigimos respeto al principio de la igualdad de condiciones –en este caso de equilibrio informativo en las referencias positivas y negativas para los dos candidatos–, sin el cual no se puede hablar de elecciones libres. Exigimos que cese inmediatamente el desequilibrio criminal en el reparto de notas negativas y positivas entre los dos candidatos.
En América Latina está ganando presencia pública el debate sobre los medios y la democratización de la comunicación en general, movimiento que se viene construyendo a partir del que se formó para impulsar el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (Nomic), cuyo corolario más significativo fue el Informe McBride (Un solo mundo, voces múltiples) de 1980.
El informe, basado en un estudio riguroso, señalaba la necesidad de superar las desigualdades y desequilibrios existentes en los ámbitos de la comunicación, información y cultura entre el mundo rico del Norte y el pobre del Sur, con énfasis en el respeto al pluralismo y la diversidad. Más de treinta años después, las desigualdades y desequilibrios señalados no solo perduran, sino que se han agravado y la proclama de entonces sigue siendo válida: “sin democratización de la comunicación, no hay democracia”.
Lo cierto es que ningún instrumento internacional reconoce, hasta ahora, el derecho a la comunicación, pero sectores que defienden su democratización insisten en la necesidad de formular un nuevo derecho inalienable de todas las personas.
Para Osvaldo León, la frase derechos de la comunicación, al utilizar el plural, apunta implícitamente hacia los derechos existentes que se relacionan con la comunicación. Si bien el énfasis se desplaza hacia la plena realización de los derechos de la comunicación ya reconocidos en instrumentos internacionales y nacionales –y ya no en establecer un nuevo marco global de derechos–, sin embargo, deja entreabierta la puerta a la eventualidad de plantear, a futuro, nuevos derechos, correspondientes a las nuevas realidades comunicacionales.
Los derechos de la comunicación se relacionan en forma más inmediata con un conjunto de derechos humanos existentes, que a mucha gente están vedados, y cuyo significado completo solo puede realizarse cuando se los considera juntos, como un grupo interrelacionado, añadió.
La libertad de expresión, tal como está reconocida en instrumentos internacionales como la Declaración Universal de Derechos Humanos, sería el núcleo de los derechos de la comunicación. Pero la defensa de estos va más allá, en el sentido de asegurar las condiciones para el pleno ejercicio de la libertad de expresión, en las actuales sociedades mediatizadas, donde el control sobre los recursos de la comunicación está distribuido de manera totalmente desigual en beneficio de oligopolios y monopolios nacionales y transnacionales.
En nuestros países, por lo general, prevalece una visión instrumental de la comunicación, circunscrita a la utilización del medio, del instrumento, que lleva a sobredimensionar la relación e incidencia en los medios tradicionales, como transmisión de información o como un mecanismo de relaciones públicas o promoción corporativa, de la organización o de los dirigentes.
De hecho, esto es parte del modelo reduccionista que ha consagrado el propio proceso de institucionalización mediática, que conlleva a que la información se superponga a la comunicación, y el dato, a la información. Es fundamental reivindicar y hacer realidad el sentido etimológico de comunicación, que implica diálogo, interacción, intercambio, para construir acuerdos comunes, consensos, entre las partes implicadas en el proceso, sin que ello signifique unanimidad.
La información como transmisión de datos se ha ido afirmando y legitimando, asociada a la de la revolución tecnológica y a la difusión en los últimos años de la noción de sociedad de la información, a la cual se la propone como eje y modelo de la reorganización de la sociedad, dando por sentado que una sociedad aceleradamente informada en tiempo real, es por sí una sociedad comunicada.
Experto en semiótica, el hispano-colombiano Jesús Martín-Barbero propone pensar la comunicación desde las mediaciones, antes que desde los medios. Los procesos sociales en América Latina han llevado a cambiar el objeto de estudio de los investigadores de la comunicación, viéndose precisados a considerar aspectos como la transnacionalización, democracia, cultura y movimiento popular.
En el espacio cultural se perciben dimensiones inéditas del conflicto social, la formación de nuevos sujetos –regionales, religiosos, sexuales, generacionales– y formas nuevas de rebeldía y resistencia. Pensar los procesos de comunicación desde la cultura significa dejar de hacerlo desde las disciplinas y desde los medios. Significa romper con la seguridad que proporcionaba la reducción de la problemática de la comunicación a la de las tecnologías.
Los procesos de comunicación tampoco pueden concebirse como transmisión o mera circulación de informaciones, sino como procesos productores de significaciones en los que el receptor no es un mero decodificador de lo que en el mensaje puso el emisor sino que es también un productor. Para Martín-Barbero es fundamental estudiar la comunicación desde el punto de vista del consumo, que permita una comprensión de los diferentes modos de apropiación cultural, de los diferentes usos sociales de la comunicación.
La comunicación, en general, redobla su importancia estratégica, tanto como soporte técnico, habilitador de la expansión global del capitalismo, al igual que en su dimensión discursiva-simbólica de legitimación y extensión de la hegemonía ideológica neoliberal, del pensamiento, el mensaje y la imagen únicos.
Es cierto que también incrementa su peso en el mundo de los negocios, pero el número de actores no pasa de un puñado de grandes corporaciones, círculo privilegiado que se estrecha gracias a las megafusiones de esas corporaciones para controlar la mayor porción posible del mercado. Con estos procesos de hiperconcentración, no solo que se consolidan los privilegios de esos monopolios corporativos, sino que se afecta el propio sentido público de la información y la comunicación.
Ignacio Ramonet, entonces director de Le Monde Diplomatique francés, señalaba que “Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un cuarto poder ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político”.
Tampoco desean ya erigirse en cuarto poder y, menos aún, actuar como un contrapoder. Si llegado el caso, constituyeran un cuarto poder, este se sumaría a los demás poderes existentes “político y económico” para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos.
Esta abdicación del cuarto poder no es ajena al sentido que el capitalismo de las corporaciones quiere imponer a la política misma, para que el juego de sus intereses y decisiones quede por fuera de cualquier escrutinio público, estableciendo la centralidad del mercado en la organización de la sociedad y, por tanto, relegando al Estado y a los gobiernos a ser meros administradores de las políticas que tejen las publicitadas manos invisibles que se supone regulan el mercado.
Cabe tener presente, que los medios son cada vez más determinantes en la definición de la agenda pública, es decir, al describir y precisar la realidad externa, presentan al público una lista de temas de todo aquello en torno a lo que se puede tener una opinión y discutir.
Gary hablaba de la experiencia estadounidense de absorción de los periódicos locales por parte de las grandes corporaciones mediáticas y advertía que si bien comerse a los pequeños diarios locales constituye una racionalización económica y ha logrado dar buenos réditos a las compañías madre, los ciudadanos de comunidades locales servidos por los periódicos apropiados sufren directamente.
Los periódicos independientes compitiendo entre sí son aplastados por los periódicos de las cadenas; los diversos puntos de vista con respecto a asuntos locales desaparecen y las cadenas ofrecen las opiniones de los columnistas sindicados en lugar de información en torno a la política y la economía a nivel local.
La mercantilización de la información ha llegado a tal punto que algunos medios ya no solo se financian mediante la publicidad o la venta (en el caso de la prensa escrita), sino que cobran por difundir información, sonidos o imágenes. Hoy los medios de comunicación son los publicistas de los productos de sus megaempresas: le ofrecen una enorme audiencia a las empresas para imponer sus marcas. Lo que se intenta es conseguir consumidores o borregos políticos y/o religiosos, no formar ciudadanos.
Un enfoque no totalizador del fenómeno de la dependencia comunicacional latinoamericana de hoy, cuando en el cielo no solo brillan las estrellas sino que también los satélites y sigue tan campante la revolución de las comunicaciones, debe tener en cuenta que ningún hecho social sucede al margen de la historia.
Pese a los enormes progresos realizados por la humanidad en el ámbito del conocimiento y la tecnología, la mayoría de las personas siguen viviendo en condiciones desastrosas. La desigual distribución de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) y la falta de acceso a la información que tiene una gran parte de la población mundial, fenómenos que suelen denominarse brecha digital, son de hecho una expresión de nuevas asimetrías en el conjunto de brechas sociales existentes.
Estas asimetrías incluyen las brechas entre el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, los hombres y las mujeres, las poblaciones urbanas y rurales, aquellos que tienen acceso a la información y aquellos que carecen del mismo.
Pero lo cierto es que combatir todas las formas de discriminación, exclusión y aislamiento que padecen los diferentes grupos y comunidades marginadas y vulnerables exige algo más que el simple despliegue de tecnologías. Exige cambios estructurales de nuestras propias sociedades para volverlas más democráticas, equitativas, justas.
Nuestra total participación en las sociedades de la información y la comunicación requiere que rechacemos en un nivel fundamental la promoción de las TIC para el desarrollo orientado al mercado y basado únicamente en la búsqueda de rédito económico.
Las sociedades del Sur sabemos bien de la necesidad de adoptar decisiones tecnológicas con el fin de atender a necesidades humanas esenciales y no solo para enriquecer a las empresas o hacer posible el control antidemocrático de los gobiernos.
La erradicación de la pobreza y el combate de las desigualdades deben ser prioridades de la humanidad, pero sobre todo para aquellos que vivimos en el Sur. Para ello debe permitirse a las personas que viven en extrema pobreza, contribuir con sus experiencias y conocimientos para un diálogo que involucre a todas las partes.
Asimismo, es importante mejorar el acceso local a la información relevante en un contexto específico, impulsar la formación en TIC y asignar recursos financieros (estatales) para ello. Se trata de retomar el paradigma de la solidaridad. En tanto la humanidad es una e indivisible, urge que los pueblos cultiven un sentido profundo de responsabilidad por el destino del planeta y el bienestar de toda la familia humana, siendo asimismo necesario que las personas y comunidades, así como los gobiernos, desarrollen una conciencia global y un sentido de ciudadanía mundial.
El acceso a la información y a los medios de información, bienes públicos y globales, debe ser participativo, universal, inclusivo y democrático. Debe eliminarse cualquier desigualdad de acceso en términos de brecha Norte/Sur, así como de desigualdad entre las naciones desarrolladas y menos desarrolladas. Los obstáculos que hay que superar son de naturaleza económica, educativa, técnica, política, social, étnica y de edad, y en todas ellas van incorporadas desigualdades de género que deben atacarse específicamente.
Casi nada.
Las tecnologías de la información centradas en las personas pueden facilitar la erradicación de enfermedades y epidemias y contribuir a que las personas tengan comida, abrigo, libertad y paz. De la misma forma pueden contribuir a los esfuerzos para empoderar a los pobres, es decir alfabetizar, educar e investigar pues solo pueblos informados y educados pueden acceder y participar eficazmente en las sociedades del conocimiento.
Vamos a aclarar conceptos. Un medio es una industria y su producto es la información. Pero hoy muestra un producto de calidad muy pobre, realmente. Claro, pasa en cualquier otra industria, pero es grave en esta, precisamente, porque su información no es confiable, tiene demasiado brillo y se viste de lentejuelas, sus puertas chirrían y el producto se vende sin garantía alguna. Existe hoy en día una grave tendencia a generalizar en lugar de especificar, lo que es inherentemente superficial y también especulativo, ya que se centra en actitudes aisladas y no en hechos.
Lo cierto es que aún no hemos asumido que el discurso comercial –bombardeado a través de información, publicidad y entretenimiento, con un mismo envase, disfrazado de realidad o de hechos naturales– es también un discurso ideológico, agresivo, limitante de nuestra libertad de ciudadano.
Por ejemplo, tener una televisora nueva en América Latina puede no ser más que un saludo a la bandera. Porque una nueva televisión sin una agenda informativa propia y contenidos nuevos, no servirá absolutamente para nada.
Debemos asumir que de nada sirve tener medios nuevos, televisoras y radioemisoras nuevas, si no tenemos nuevos contenidos, si seguimos copiando las formas hegemónicas. De nada sirven si no creemos en la necesidad de vernos con nuestros propios ojos. Porque lanzar medios nuevos para repetir el mensaje del enemigo, es ser cómplice del enemigo.
Por una epistemología propia
Pocos comunicólogos se han detenido a observar un aspecto teórico –habitual en los ámbitos académicos– que apunta a la formación profesional de periodistas y que refiere a la ausencia de una epistemología propia del hecho periodístico. Parece necesario, señala el argentino Víctor Ego, estimular el debate y proveer de herramientas teóricas y las manipulaciones del discurso del poder hegemónico.
Mucha confusión hay en torno al concepto gramsciano de independencia relativa del campo superestructura en el que debe ubicarse al discurso periodístico, y entre sus mejores estudiosos están los intelectuales del bloque de poder, financiados por universidades y/o corporaciones.
A partir de ese punto de inflexión deben entenderse la naturaleza estratégica de las fuertes inversiones del sector corporativo financiero e industrial en el terreno de los medios de comunicación, por el carácter también estratégico que se le otorga a éstos en el marco del conflicto o Guerra de Baja Intensidad, dentro del diseño geopolítico de Estados Unidos sobre el escenario internacional.
Todo hecho periodístico, sostiene Ego, pertenece al escenario del debate y de la puja en torno al poder, porque lo defiende, lo avala, lo sustenta o lo justifica, o porque lo cuestiona y hasta trabaja para su destrucción, para su reemplazo o para su modificación sustancial. El periodismo es propaganda objetiva, dice, basada en hechos susceptibles de ser constatados y confirmados en su objetualidad y veracidad por las llamadas fuentes, sean éstas directas, indirectas, testimoniales o documentales.
Una verdadera epistemología del hecho periodístico tendría por objeto desarrollar los mecanismos metodológicos apropiados para desenmascarar el sentido último, “la intencionalidad editorial” de la pieza noticiosa. Por ejemplo, el manual de estilo de la agencia francesa France Press (AFP) proclama “sea usted Objetivo. No opine. No juzgue. Proporcione información”. En los medios y las escuelas de periodismo estadounidenses y británicas se reclama “just the facts.only facts” (solo los hechos).
En el libro Ética para periodistas, María Teresa Herrán afirma que “la discusión sobre Objetividad, bien puede volverse un circunloquio tan estéril como tratar de definir el sexo de los ángeles, por tener como punto de referencia conceptos absolutos. Es obvio que nadie puede ser absolutamente objetivo (...). La mejor forma de subsanar este problema pasa por la buena fe –un valor moral– en la búsqueda de los hechos materiales de información noticiosa. “Esa exigencia moral hacia la objetividad en realidad supone la obligación subjetiva de esforzarse en el estudio lo más completo posible de todos los factores que concurren al hecho que se transmite”, añade.
En Desinformación: métodos, aspectos y soluciones, Gabriel Galdón López distingue los siguientes aspectos de la desinformación: la visión parcial y superficial de la realidad, la acumulación trivializada de los hechos, la idolatría de la realidad, la omisión de lo esencial y la visión parcial. Afirma que la neutralidad es imposible, el periodismo de la objetividad nace en el marco del positivismo y, en general, de la modernidad como cultura dominante y configuradora de la sociedad.
Slavaj Haskovec, de la Universidad de Praga, señala que “Aunque se abstenga de formular opiniones personales, todo corresponsal está inevitablemente bajo la influencia de valores prevalecientes en el medio ambiente en el que ha crecido o se lo ha educado, de las instrucciones que le da su jefe de redacción y de la política que sigue el editor (...). La idea de que hoy una actividad informativa ideal que no hace más que registrar hechos en forma imparcial, es insostenible (...). El periodismo objetivista impide el saber sobre la realidad, y, por tanto, el esfuerzo documental imprescindible para el logro de ese saber”.
Estas opiniones diversas ejemplifican el confuso arco conceptual y la carencia de reflexión epistemológica que caracterizan al debate sobre el hecho periodístico en general y ayudan a comprender por qué el periodismo aún no encontró su propio método para analizar su propio discurso, quedando esclavo de los aportes provenientes de otro ámbito del conocimiento como es el de la semiología.
La definición de objetividad que remite al concepto de realidad “sin aditamentos de opiniones personales”, excluyendo la interacción dialéctica entre los hechos y los sujetos históricos protagonistas, transmisores e intérpretes, para después afirmar que se trata de una cualidad “imposible de conseguir”, desconoce de por sí la existencia de la objetividad.
Hay otros que confunden objetividad con imparcialidad, y el manual de estilo de AFP, que representa una aplicación automática del solo hechos de la prensa anglosajona, remite al discurso periodístico del poder, que por ser dominante, le otorga carácter universal a una concepción de clase o de grupo.
Fue el argentino Jorge Ricardo Masetti, primer director de la Agencia Prensa Latina (PL) quien a principios de la década del 1960 –y en el marco de los originales aportes hechos por la Revolución Cubana al periodismo regional– dio pistas para este debate al sostener que el periodista no puede ser imparcial, siempre que –lo quiera o no, lo sepa o no– toma partido, se identifica con uno de los elementos de la ecuación, social, económica o política que caracterizan a determinado escenario informativo.
Ego Ducrot, docente en la argentina Universidad de La Plata, señala que el discurso periodístico no tiene otra alternativa que ser objetivo, en el sentido de referencia, es decir basado en hechos susceptibles de ser confirmados y constatados a través de fuentes directas o indirectas, testimoniales o documentales. El “periodismo subjetivo” simplemente no es periodismo, pertenece a la propaganda.
Así como la objetividad es un componente del hecho periodístico, el mismo necesariamente será parcial, como lo es toda actividad humana desde el punto de vista cultural antropológico, y entendida esa parcialidad no como aceptación de una parte en detrimento del todo sino como asunción de una posición propia del periodista y/o del medio– ante el complejo y multifacético entramado de hechos sobre los que trabaja la práctica periodística.
La intencionalidad editorial
Para Ernesto Espeche, doctor en Comunicación y ex director de la escuela de Periodismo de la Universidad de Cuyo, la línea editorial es una construcción compleja y estratégica, que emerge a la luz de un reconocimiento previo de los valores ideológicos que guían la actividad periodística. Desde esta perspectiva, el acto de informar sobre los hechos que se producen en la realidad o pensar teóricamente este acto, constituyen una tarea filosófica, como lo es toda actividad que se desarrolle en el escenario de la disputa ideológica por establecer normas de aceptación colectivas.
Si bien es sencillo reconocer el comportamiento opositor de algunas de las corporaciones mediáticas a los cambios propuestos por los gobiernos populares, se explica por la defensa de determinado conjunto de ideas o intereses sobre las múltiples facetas que intervienen en el escenario político, económico y social. Es así que en otros momentos de nuestra historia reciente, esos mismos medios se ubicaron –con dictaduras o gobiernos neoliberales– en la estrategia global del oficialismo de entonces. Oficialismo y oposición no son rasgos constitutivos de un comportamiento editorial, aun cuando muchos oportunistas se disfrazan siempre de oficialistas, con la excusa de que ellos no tienen la culpa de que cambien los gobiernos. Debemos, por tanto, detectar, reconocer y analizar una línea editorial superadora y capaz de contener el conjunto de las coberturas.
Hay dos momentos diferenciados de nuestros posicionamientos editoriales: táctica y estrategia. Las tácticas son los caminos que, día a día, vamos eligiendo para alcanzar un objetivo de mayor aliento, estratégico. Así, nuestro posicionamiento ante un hecho susceptible de ser transformado en noticia corresponde a la esfera táctica, y ese posicionamiento se encuadra en una línea estratégica, que justifica y a la vez contiene a cada movimiento táctico, dice.
Construir una línea editorial es definir objetivos estratégicos, es decir, no atados a la coyuntura diaria. Esos objetivos toman la forma de valores o ideas generales que expresan la asunción de un lugar en la larga y amplia tradición del debate ideológico. Pero no se trata de simples valores individuales sino de concepciones orgánicas.
Gramsci hace una distinción entre ideologías arbitrarias (aquellas que no crean más que movimientos individuales) y las históricamente orgánicas (“porque son necesarias a cierta estructura”, y están ligadas a los intereses de una clase fundamental). Es por ello que son más que un sistema de ideas: “organizan las masas humanas, forman el terreno en el cual los hombres se mueven, adquieren conciencia de su posición, luchan, etc.”, indica.
Espeche presenta algunos ejemplos de definición de línea editorial estratégica, una para medios progresistas y, la otra, para medios de la derecha. Para los primeros, la línea editorial estaría marcada por el respeto irrestricto por los derechos humanos y la democracia; la justicia distributiva en los planos económicos, sociales y culturales; la diversidad cultural; y la integración latinoamericana. La de un medio de derecha, por la apertura económica y sumisión a las reglas del mercado, el respeto irrestricto del valor de la propiedad privada, el reconocimiento de la hegemonía de las potencias económicas en las relaciones internacionales, la asunción de la seguridad jurídica de las empresas como premisa ordenadora del comercio internacional.
La asunción y reconocimiento explícito de una parcialidad determinada ante los hechos es un acto de honestidad intelectual y siempre debe conjugarse con la profesionalización de las técnicas que darán rigor y solidez a nuestras coberturas, señala.
Para Espeche, los temas o agenda que tomamos en nuestras producciones diarias se definen con base en tres mecanismos: inclusión, exclusión y jerarquización. La adecuación táctica de nuestro marco estratégico no radica en la exclusión de los temas ya abordados por los medios que –a priori– reconocemos en las antípodas de nuestro posicionamiento, o en la inclusión solo de aquellos temas que aparecen más emparentados con nuestra línea.
Más bien se debe apoyar en la jerarquización temática y, fundamentalmente, en el enfoque con que esos temas son tratados. El enfoque de los temas de nuestra agenda estará guiado por nuestra línea editorial. El enfoque, entonces, es un modo particular de intervención en un conflicto específico; “es la mirada desde la cual lo historizo y le doy un contexto determinado”.
El reino de la noticia (en medios gráficos), dice el belga Armand Mattelart, aparentaría ser el reino de la anarquía, sujeto a reglas tipográficas. Abastece a la audiencia de un conjunto de datos sacados de una realidad que se define como efímera, transitoria, coyuntural y anecdótica, y no le entrega la contextura del hecho noticioso, es decir, los elementos de juicio que le permitirían internalizarlo como una línea acumulativa de conocimiento activo. La desorganización de la noticia sirve a la cohesión del aparato de dominación: “dividir para reinar es uno de los principios fundamentales del poder de manipulación de las masas”.
Entonces, el enfoque implica inscribir los hechos cotidianos que convertimos en noticias en el conjunto de ideas o ejes que delimitan nuestro paraguas editorial. Se trata de asumir el desafío creativo de pasar los diversos temas de la agenda diaria por el tamiz delimitado por los ejes que constituyen nuestra línea editorial. Esa tarea no se ajusta a un género periodístico en particular.
Asimismo, las fuentes son indispensables para marcar nuestra parcialidad ante los hechos y una condición esencial para dotar de rigor a la actividad periodística. Nuestra parcialidad ante el/los conflictos no depende de la selección de las fuentes informativas, sino del tratamiento que hacemos de las mismas. Por ello, la selección debe ser amplia, debe incluir a los diferentes actores que intervienen en el escenario delimitado por el conflicto.
Mientras las fuentes sean más diversas, más rigurosa podrá ser nuestra técnica y más eficaz será el despliegue de nuestra parcialidad. Por ello, debemos apartarnos de la actitud simplista de dar cuenta solo de las fuentes que se ajustan a nuestra parcialidad, indica Espeche
En ocasión de los episodios represivos ocurridos en Buenos Aires a mediados del año 2002, en los que dos militantes del movimiento de desocupados fueron asesinados por efectivos policiales, según se comprobó a través de fuentes testimoniales y documentales, el diario Clarín publicó en portada un título con tipografía resaltada que decía: “La crisis provocó dos muertes”.
Optó por su propia parcialidad y la cubrió de objetividad (en sentido de transformación del discurso de clase en discurso universal) al elegir las fuentes, los puntos de vista (la policía), al elegir el enfoque (esas muertes fueron consecuencia en un sentido vago de los hechos en los que desembocó la crisis social argentina y no de los disparos concretos efectuados por sujetos concretos).
Si comparamos el espacio y los tiempos de micrófono y de pantalla que los diarios, las radios y las emisoras de TV. pertenecientes al bloque de poder le dedican a las informaciones procedentes del sector empresario y financiero con el espacio que esos mismos medios le asignan a las informaciones procedentes de organizaciones campesinas, de trabajadores y desocupados, comprobaremos que la relación es de 99,5% a favor del primer universo.
Eso es elección de agenda como construcción de parcialidad. Cuando esa parcialidad se construye por fuera de los hechos y sus fuentes –situación en la que los medios del bloque de poder incurren con frecuencia– ya no estamos ante la construcción de una parcialidad determinada, sino frente a una vulgar tergiversación y falsedad informativa.
Espeche señala que otra herramienta es la presentación de la fuente. En ese caso la parcialidad asumida guía la manera en que se ubica al oyente o lector respecto del sujeto que da un testimonio o el documento que se consigna. Por ejemplo: el ex dictador chileno Augusto Pinochet es presentado por algunos medios hegemónicos como “ex presidente”; mientras que debe ser presentado, desde nuestra perspectiva, como “represor”, “genocida”, etc.
Sin duda, la estética no está divorciada del contenido, pero debe contemplar los rasgos culturales del entorno donde se produce. Todo acto discursivo es un acto de seducción. Se debe evitar el exceso de calificativos y adjetivos, uno de los vicios más frecuentes a la hora de marcar parcialidad. Es más eficaz la adjetivación de los sustantivos, la elección de términos con fuerte carga valorativa.
En resumen, la definición de una línea editorial se presenta como un paso esencial en la diseño de una rutina periodística. Desde ella es que ponemos en juego todas las herramientas asociadas al oficio para posicionarnos desde nuestra parcialidad en cada coyuntura. Así, el enfoque, la agenda, la selección y el tratamiento de las fuentes y los recursos narrativos son instrumentos que intervienen en la dimensión táctica de nuestra tarea y quedan, por ello, sujetos a los grandes lineamientos estratégicos, señala Espeche.
La reflexión sobre los aspectos que guían nuestra práctica debe, entonces, trascender la faceta meramente descriptiva para inscribirse en una mirada más profunda que supere la separación entre teoría y práctica, entre oficio y academia.
El pensamiento único y el síndrome de plaza sitiada
“En las democracias actuales –dice Ignacio Ramonet– cada vez más ciudadanos libres se sienten enfangados, atrapados por esa viscosa doctrina que imperceptiblemente, envuelve todo razonamiento rebelde, lo inhibe, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Hay una sola doctrina, la del pensamiento único, autorizada por una invisible y omnipresente policía de la opinión”.
Estamos manipulados, condicionados, vigilados, por el pensamiento único, hegemónico, por la repetición constante, en todos los medios de comunicación de ese catecismo por parte de los periodistas de reverencia, de políticos de derecha e izquierda, que le da fuerza de intimidación y hace difícil la resistencia.
El pensamiento único es la traducción a términos ideológicos de los intereses de la internacional del capital financiero internacional, donde lo económico prima sobre lo político, el mercado corrige las disfunciones del capitalismo; los mercados financieros orientan el movimiento general de la economía; la competencia dinamiza las empresas; el libre intercambio es factor de desarrollo de las sociedades; la división internacional del trabajo modera las reivindicaciones sindicales y abarata los costos salariales.
Con el pensamiento único (el mensaje único, la imagen única) nos bombardean las 24 horas del día, todos los días, imponiéndonos desde el norte la agenda informativa y política que los reproductores de los medios comerciales endógenos repiten, eliminando toda posibilidad de voces diversas y plurales, atentando contra la libertad de expresión.
La libertad de expresión solo existe cuando se aplica a las opiniones que se reprueban. Por otra parte, los ultrajes a su principio sobreviven mucho tiempo a los motivos que los justificaron y a los gobernantes que los usaron para reprimir, señala Serge Halimi, director del francés Le Monde Diplomatique.
Hoy, los rebeldes, los parias y los malhechores tienen decenas de miles de seguidores en su cuenta de Twitter; YouTube les permite organizar reuniones en su salón, y perorar interminablemente desde un sillón, frente a una cámara. Si se prohíben espectáculos y reuniones públicas por ser juzgados indignos de la persona humana, ¿entonces también debe sancionarse la difusión de los mismos mensajes por las redes sociales? Eso equivaldría al inmediato otorgamiento del aura de víctimas del “sistema” a unos comerciantes de la provocación y a dar crédito a sus acusaciones más paranoicas, indica.
En esta trampa de la “guerra” mediática, cultural, muchos de quienes trazan y dirigen la comunicación en nuestros países se sienten seducidos por la teoría de la plaza sitiada –hay que defenderse continuamente de la eventual agresión externa, imperial–, que bien sirvió a la Cuba revolucionaria en los primeros años del bloqueo, es hoy una teoría impensable y por demás incoherente en países con cientos de radios privadas, decenas de televisoras y de diarios privados.
Los voceros oficiales –pésimos intérpretes del concepto gramsciano de hegemonía– se convierten en expertos en denunciología, olvidándose de construir una comunicación democrática, donde todos tengan voz e imagen y donde la ciudadanía participe protagónicamente de los debates sobre la realidad y el futuro del país que se está construyendo.
El síndrome de plaza sitiada genera una estrategia reactiva (se responde a la agenda del enemigo, validándola) y no proactiva, donde se diseñe la agenda comunicacional y política. Los periodistas pueden proponer historias que resulten negativas para el gobierno, pero les dicen: ahora no es el momento... porque el enemigo podría usarlo en contra nuestra.
Eduardo Montes de Oca señala que el persistente “síndrome de plaza sitiada”, traducido en verticalismo, burocratismo propiciado por este, falta de transparencia e insuficiencias en la deseada democracia popular y en su inherente control, se deriva en grado nada desdeñable de un hecho “ontológico”, objetivo: ¡somos una plaza sitiada! Y como secuela de ello, a ratos se torna harto difícil discernir entre una actitud demasiado vehemente en la defensa del proyecto y el más descarnado oportunismo.
El síndrome emerge una vez más como bandera de “nuevos defensores de la Revolución”, al decir del reconocido trovador cubano Vicente Feliú. Mientras, crecen la desinformación ciudadana, el descrédito de los medios de comunicación nacionales —dentro y fuera de la isla— y se silencia el pensamiento crítico, alerta preocupado el investigador cubano Esteban Morales
“Una sociedad que, en medio de la revolución de la información, regala los oídos y ojos de sus ciudadanos, no sobrevive. Recuperar la confianza del pueblo se va tornando muy difícil. Porque la población reacciona ante la ausencia o calidad de la información como ante algo que le pertenece, que debe recibir y que alguien le está robando o está tomándose la atribución de negarle”, reflexiona Morales.
“Esta situación puede generar un chantaje intolerable para imponer la subcultura del no-debate: si hay críticas se le hace el trabajo a la derecha nacional e internacional, si no se hacen críticas, no hay mecanismos de revisión, rectificación y reimpulso. Frente a este tipo de dobles coerciones hay que construir opciones políticas que las superen: escapar del dilema de las falsas alternativas”, señala el sociólogo venezolano Javier Biardeau.
El caso paradigmático de México
¿Qué cosecha un país cuando siembra cuerpos?
Elena Poniatowska
Cada hora y 52 minutos desaparece un mexicano desde que asumió la presidencia Enrique Peña Nieto. Desaparecen (más allá de los que son muertos, asesinados) trece por día (casi el doble que durante el sexenio de Felipe Calderón) y el 40 por ciento son jóvenes de entre 15 y 29 años. Los responsables de este genocidio permanente son los carteles narcotraficantes, el crimen organizado, los tratantes de blancas y traficantes de “espaldas mojadas”, las fuerzas armadas, los grupos paramilitares y de autodefensa: una especie de terrorismo de estado descentralizado.
Hoy todo el mundo habla de los 43 estudiantes normalistas secuestrados y desaparecidos en Azotzinapa, estado de Guerrero, lo que dado lugar a protestas generalizadas en todo el país y en el extranjero.
Pero incluso antes de este bochornoso hecho, el Tribunal Permanente de los Pueblos, en la audiencia final sobre “Desinformación, censura y violencia contra los comunicadores” (México, septiembre de2014), afirmaba que la vulneración de los derechos fundamentales de la mayoría de los seres humanos son consecuencia de un proceso de sometimiento del derecho a las exigencias del mercado y de la economía, que a su vez legalizan la impunidad normativa y estructural que determina una espiral de violencia y negación de la libertad y de la libre decisión de los pueblos.
Indica que los tratados económicos son una expresión clave del proceso de reconfiguración de los Estados y de las sociedades. En este sentido, México corresponde a un escenario paradigmático de desviación del poder económico y político responsable de la situación de violencia e impunidad que el Tribunal ha venido escuchando en estos años.
El bloqueo de acceso a los medios de comunicación y los mecanismos institucionales que atentan contra la libre expresión y el derecho a la información no son hechos aislados sino expresión de una voluntad de silenciar la oposición a los cambios constitucionales e institucionales impuestos por el libre comercio.., añade-
El Tribunal logró identificar los elementos que componen esta estrategia mundial de violación de los derechos de libertad de expresión y de acceso a la comunicación, que incluye: el control de los medios de comunicación por el capital financiero asociado al capital internacional; el monopolio de las telecomunicaciones; la subordinación del poder político al poder financiero; la reducción del papel social y protector de los derechos y de la libertades de los Estados; las políticas económicas y sociales neoliberales; el despliegue ilimitado de un pensamiento hegemónico de violación de las libertades individuales y colectivas y de los valores de la igualdad de las personas; la criminalización de los movimientos sociales, la infiltración de las redes mafiosas; la instrumentalización del terrorismo: la intimidación que ha llegado hasta asesinatos de comunicadores y de aquellos que lanzan las alertas.
La acentuación de la situación está ligada a la naturaleza del sistema mundial y a la formas de acumulación del capital. Lo que se nombra como neoliberalismo es la lógica dominante de la fase actual de la mundialización capitalista; la de la dominación del capital financiero y de la financiarización. Ha impuesto programas de ajuste estructural al Sur y planes de austeridad al Norte restaurando la primacía de los beneficios económicos sobre los salarios. Pero, después de 30 años, esta lógica se ha agotado y la crisis de 2008 ha demostrado la fragilidad de un sistema caracterizado por la explosión de las inequidades y el descalabro geopolítico con la emergencia de nuevos poderes. Para mantener esos privilegios, la oligarquía dominante en Latinoamérica ha endurecido sus posiciones y expresado su deseo de imponer el monopolio de su poder.
En esta lucha por imponer el monopolio del poder, los medios de comunicación masiva juegan un papel particularmente importante. Constituyen un vector clave para el consumo y la concentración empresarial. Son determinantes para tener acceso al poder y su control. Ocupan una situación estratégica en la imposición y la reproducción de una cultura dominante y de un pensamiento hegemónico. Por todas estas razones, el poder económico y el poder político Los medios son también empresas. Para controlarlos, basta dominar su capital y sobre todo su financiamiento, la publicidad. Asimismo, se debe reducir el lugar de los medios públicos a través de su privatización y el control de los gobiernos. Es necesario marginalizar los medios comunitarios... y ahora la batalla queda abierta por el control de los nuevos medios digitales.
Los movimientos sociales han reivindicado la regla jurídica que plantea la voluntad de una reconquista de la autonomía pública y han demandado que les sean garantizados la libertad de expresión y el derecho de la información, derechos fundamentales que implican la participación ciudadana y el acceso colectivo a la información.
La explosión de inequidades y la acumulación inimaginable de riquezas en un polo, en las manos de 1%, le otorga a la corrupción un lugar importante. Esta corrupción se nutre del debilitamiento del control público; se traduce en la infiltración de traficantes y de poderes mafiosos. Y todavía más: se nutre de la especulación y abolición de controles; el riesgo de que se convierta en mafioso el capitalismo global no es insignificante. Las formas de intimidación y los asesinatos se nutren de esta relación.
Las democracias pueden hacer frente a la corrupción, pero la corrupción destruye las democracias. La escala actual de la corrupción conduce a la impunidad, a la reducción de los derechos y a las derivaciones autoritarias o dictatoriales. Esta evolución se ha acentuado por la instrumentación del terrorismo que conduce en nombre de la seguridad al abandono de las libertades y de los derechos considerados como un lujo. La ideología de la seguridad se ha transformado en dominante. Los movimientos sociales destacan la violencia mediática y el terrorismo de estado.
Los medios ilustran las consecuencias de la relación entre lo financiero y lo político. Lo que está en juego es la dictadura del poder financiero y la “democracia de baja intensidad” que es resultado de ello. La desconfianza hacia los partidos y las formas tradicionales de la política se ha generalizado y se expresa a través de la condena sistemática a la corrupción sistémica. La fusión entre lo político y lo financiero corrompe estructuralmente a la clase política en su conjunto. El rechazo de la corrupción va más allá de la corrupción financiera; se trata de la corrupción política.
La subordinación de lo político a lo financiero ha puesto en duda la autonomía de lo político. Lo que los movimientos anticipan es la reconquista del Estado por el interés general, la autonomía de lo político, la invención de nuevas formas de hacer política, una democracia real y profundamente renovada.
El ecosistema mediático
Las audiencias sobre al problema de la comunicación y a la cualidad de los ecosistemas mediáticos actuales en México ha dibujado una cartografía compleja y precisa del estado de la cuestión. La profundidad, variedad y solidez de los testimonios recogidos aportan un diagnóstico inequívoco sobre la gravedad de la situación de la comunicación social y mediática en el país.
Dicho diagnóstico posee un carácter estructural que pone en relación la cualidad de los ecosistemas mediáticos y la práctica comunicativa en México con un cuadro general de país que se despliega en al menos dos niveles de análisis: por un lado, la relación de los ámbitos comunicativos y las industrias mediáticas con la esfera económica, a partir del modelo de acumulación de capital imperante no solo en el ámbito local mexicano, sino en el conjunto de la economía-mundo; y por otro lado, la relación de la comunicación social y mediática con el problema de la democracia y los derechos humanos en México.
El resultado de la combinación de ambas esferas no deja lugar a dudas: se afronta una situación gravísima en materia comunicativa y mediática caracterizada por un déficit democrático extremo, un gravísimo ataque sistemático a los derechos humanos y una constante vulneración de los principios esenciales del Estado de derecho.
La situación aparece ligada directamente a la cualidad de un modelo de acumulación de capital que bascula sobre un proceso general de liberalización en todos los sectores de la economía, de intensificación de las desigualdades sociales y de dramático vaciamiento del sector público en el desarrollo económico del país. El impacto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor en 1994 y que presenta como singularidad las profundas asimetrías entre los signatarios, ha sido determinante en la configuración de un flujo constante de reformas estructurales cuyo resultado es un modelo de acumulación basado en la práctica del despojo por parte de los poderes económicos, una intensa concentración de la riqueza y una dramática pérdida de la soberanía.
La configuración de un duopolio mediático protagonizado por las compañías Televisa y TV Azteca determina la existencia de un ecosistema mediático caracterizado por una intensa y evidente concentración de medios. Ambas empresas poseen el 90% de las concesiones del espectro radioeléctrico de México y protagonizan una pauta de imposición mediática que domina el conjunto de las industrias locales de la comunicación.
Se trata de una producción y gestión de la comunicación social y mediática de carácter privado que no sólo incide sistemáticamente en la conversión y reducción de la comunicación en fuente de negocio, afectando de manera dramática a la propia naturaleza de la comunicación como bien social y público, sino que da lugar a un monopolio de la producción de información que genera la supremacía de un único discurso de verdad en la sociedad mexicana. Este hecho atenta gravemente contra la libertad de expresión e instala a las industrias mediáticas mexicanas en la práctica sistemática de un profundo déficit democrático.
El monopolio mediático sobre la producción y circulación de la información no solo descansa en una alianza explícita entre el poder político y el poder económico, sino que convierte la actividad mediática en un flujo constante de legitimación del modelo económico imperante, así como de estigmatización de todo sujeto o proyecto que esgrime una práctica y una racionalidad que difiere del discurso dominante.
El Tribunal ha podido constatar que el carácter monopolístico de la producción y circulación en México afecta dramáticamente a la calidad de los contenidos mediáticos y de la información periodística, que lejos de dar cuenta de la realidad del país, aparecen sujetos a una constante estrategia de producción de lo que los expertos en comunicación denominan como hiperrealidad, es decir, la generación mediática de una realidad inexistente o de una falsedad que pasa por auténtica. Esta pauta mediática deja a la sociedad indefensa frente a un único discurso de verdad que, lejos de presentar un carácter democrático, determina la existencia de un ecosistema mediático de índole netamente totalitaria.
No obstante, la relevancia de la relación entre comunicación y esfera de la economía no solo remite en México al papel central jugado por las industrias mediáticas en la legitimación del modelo de desarrollo económico imperante, sino que descansa sobre el valor económico que la propia comunicación posee en el actual modelo de acumulación de capital. Dicho modelo de acumulación, apoyado en el desarrollo de las tecnologías electrónicas y digitales, así como de Internet, implica un modo de producción y de valorización económica en el que la acumulación de capital bascula cada vez más sobre la producción y circulación de signos y bienes inmateriales que actúan sobre la mente colectiva, la atención, la imaginación, las interacciones sociales, la construcción de sí de los individuos y el psiquismo social.
La preeminencia de este modelo económico en México, que podemos denominar como semiocapitalismo, se expresa en la relevancia integral que el duopolio protagonizado por las compañías mediáticas Televisa y TV Azteca posee sobre el conjunto de la economía mexicana, así como en el crecimiento constante experimentado por el sector de la llamada “información en medios masivos” en el conjunto del Producto Interno Bruto de México, al que hay que añadir el impacto económico y el volumen de negocio del conjunto de las industrias culturales en el país.
De esta forma, México funciona como un laboratorio paradigmático en la configuración de un proceso general de reestructuración del modelo de acumulación de capital que no solo descansa en una liberalización y privatización de la esfera mediática, sino que pone de manifiesto la tendencia paulatina del capitalismo a recombinar sus núcleos de poder situados en las estructuras de producción de bienes y servicios materiales, con la relevancia económica cada vez mayor de las estructuras productoras de signos, subjetividad y sentido, sobre todo en el campo de la comunicación mediática. La evolución del sector mediático y de las industrias culturales en su conjunto pone de manifiesto que la producción de subjetividad no constituye únicamente el soporte ideológico para la reproducción del modo de producción imperante, sino que cada vez más se está convirtiendo en un objeto fundamental del mismo: las industrias mediáticas en México subrayan hasta qué punto la producción de subjetividad y la comunicación se han mercantilizado hasta convertirse en espacio de valorización y de negocio.
En este contexto de mercantilización de la comunicación y de la producción de subjetividad en México, la liberalización del sector mediático ha jugado un papel determinante, incidiendo en la modificación de la propia naturaleza de la comunicación y de los medios masivos de información al arrebatarles de forma dramática su naturaleza de servicio público.
El duopolio garantiza que, lejos de realizar una función de servicio público a los ciudadanos y ciudadanas mexicanas, las industrias mediáticas se enfoquen en la producción de un flujo comunicativo que sirve a los intereses de las élites económicas y políticas del país, al mismo tiempo que se orienta hacia la generación de beneficio económico privado como su fin fundamental. Esta destrucción de la naturaleza de servicio público en el ejercicio de la comunicación y la información, no solo separa al conjunto de la sociedad del control de la esfera mediática, sino que despoja a los ciudadanos y ciudadanas de su cualidad de usuarios participantes de un servicio, convirtiéndolos en meros objetos de negocio sujetos a los intereses de las compañías mediáticas.
La transformación de los ciudadanos y ciudadanas, en tanto que usuarios y productores de la comunicación y la información mediáticas, en meras audiencias y consumidores, les niega la participación en la toma de decisiones y en la configuración de la cualidad de los contenidos mediáticos. Así, y a tenor de los datos y testimonios recabados por este tribunal, México aparece en nuestros días como un país sujeto a un modelo de comunicación mediática escindido por completo de los intereses y necesidades del conjunto de la sociedad, presentando no solamente un insoportable déficit democrático, sino imposibilitando el propio ejercicio de la ciudadanía.
Un modelo que ha abierto una enorme brecha entre el interés general en materia mediática y los intereses particulares de los poderes económicos y políticos del país, configurándose un escenario en el que la sociedad se ve despojada por completo de la comunicación y la información mediáticas.
El cuadro de colapso democrático total que afecta al ecosistema mediático y de la comunicación en México, y que se articula como una suerte de dictadura del modelo de acumulación capitalista imperante, encuentra en la alianza evidente entre poder mediático y poder político uno de sus factores fundamentales. Como ya hemos visto, se trata de una dinámica estructural anclada en el propio desarrollo histórico del país, en el que el régimen impuesto por ochenta años por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) jugó un papel determinante en la formación de los medios de comunicación en México, permitiendo que fueran las empresas y los intereses económicos los que impusieran las reglas del juego y, paulatinamente, se apropiaran no solo de un bien público, sino de la propia vida pública del país.
La emergencia de TV Azteca en 1993 como fruto de la privatización de Imevisión, un espacio público de difusión, expresa de manera paradigmática la cualidad liberalizadora y privatizadora de la configuración del ecosistema mediático mexicano. No es casualidad que el actual duopolio que controla la comunicación mediática en el país se fraguara dentro de la dinámica general de reestructuración de la economía que desembocaría en la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) tan solo un año más tarde de la aparición de TV Azteca. Como resultado de esta dinámica las compañías mediáticas protagonistas del duopolio comenzaron a incursionar en diferentes sectores mediáticos más allá del ámbito televisivo, conformándose en conglomerados de medios que además de concentrar y acaparar la producción y distribución mediáticas en el país, así como incursionar en el mercado global mediante su participación en conglomerados mediáticos internacionales, han penetrado de manera determinante el sector de las telecomunicaciones.
Este desarrollo del sector de la comunicación mediática en México ha tenido en la alianza entre poder mediático y poder político su instrumento más característico, desplegando una racionalidad de constante intercambio entre ambas instancias de poder, a partir de un ejercicio de regulación política y de configuración normativa en favor de los intereses de las empresas mediáticas, que se ha visto correspondido con un flujo mediático e informativo continuo al servicio de los diferentes poderes políticos. Un bucle de monopolio político-económico de la esfera mediática que no solo imposibilita de manera extrema el desarrollo de la democracia, sino que afecta de forma determinante al ejercicio de los derechos humanos, bloqueando y vulnerando de manera evidente el derecho universal a la libertad de expresión, así como el acceso a una información veraz.
La gravedad del déficit democrático y de vulneración sistemática de los derechos humanos en materia de comunicación e información mediáticas, encuentra en el problema de la violencia uno de sus elementos de mayor intensidad.
En el contexto de una destrucción generalizada del tejido social del país, el ecosistema mediático y de comunicación se ve afectado de manera alarmante y dramática por una violencia que posee un carácter dual: por un lado, una violencia directa contra la libertad de expresión y de información que toca de manera más dolorosa a los profesionales del periodismo y a los ciudadanos que participan del denominado tercer sector de la comunicación, fundamentalmente iniciativas de comunicación social de naturaleza comunitaria; por otro lado, una violencia simbólica que impone un discurso, unas narrativas mediáticas y unos imaginarios que diseminan en la sociedad valores, formas de subjetivación, modos de vida e inclinaciones éticas, en definitiva, una cultura, afín al modelo económico imperante y a los regímenes de existencia que este impone.
En el primer caso, el de la violencia directa contra comunicadores, medios y trabajadores de la información, la situación se presenta como insostenible y de una gravedad extrema. La responsabilidad de los poderes públicos en este clima generalizado de violencia se pone de manifiesto de manera estructural por la implicación, por acción u omisión, de las diferentes instancias del Estado, desde el gobierno de la nación, a las diferentes administraciones federales, el poder judicial o las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.
Tal y como se ha señalado en páginas anteriores, el clima de miedo e impunidad en el que se opera la violencia contra periodistas e informadores impone, además, un régimen de censura y de autocensura que establece auténticas zonas de silencio informativo en el país. Todo en un ecosistema profesional caracterizado por una limitada capacitación de periodistas, una falta manifiesta de profesionalización y unas relaciones laborales de marcado carácter precario e inestable.
A esta violencia directa contra los informadores y la libertad de expresión, hay que sumarle la existencia de una práctica mediática de violencia simbólica y de producción de lo sensible que atenaza y encierra la producción y circulación de imaginarios acorde con el modelo cultural hegemónico ligado a los intereses de las élites económicas y políticas del país. Los formatos mediáticos de entretenimiento y las narrativas de ficción ocupan un lugar determinante en esta producción hegemónica de imaginarios que se ancla en la práctica de una constante violencia simbólica que marginaliza y silencia toda forma de subjetivación alternativa y todo ejercicio cultural de disenso.
El formato de telenovela, en cuya producción el duopolio Televisa-TV Azteca aparece como referente mundial, constituye en México uno de los fenómenos que de manera más plástica y precisa expresa la cualidad de imaginarios y formas de subjetivación a las que nos referimos. Un formato televisivo que, más allá de su hegemonía discursiva y económica en el campo mediático, demuestra su relevancia simbólica en un país cuyo presidente ha contraído matrimonio con una de las estrellas más importantes del panorama de la telenovela.
Un dato de especial importancia en el cuadro de doble violencia, directa y simbólica, que caracteriza al ecosistema mediático y de la comunicación en México viene representado por el caso particular de la violencia contra las mujeres. Desde 2002 a 2013, tal y como hemos expuesto con anterioridad, se han registrado y documentado 180 casos de violencia contra mujeres periodistas. El asesinato de la informadora Regina Martínez en 2012, expresa de manera sintética la cualidad patriarcal de la relación de las autoridades mexicanas con el problema de la violencia contra las mujeres informadoras, a partir de un proceso judicial altamente psicologizado y caracterizado por un tratamiento vejatorio de la víctima. Al mismo tiempo, el plano de la violencia mediática de carácter simbólico subraya la apuesta constante por narrativas y contenidos que convierten a las mujeres en objeto de discursos conservadores y patriarcales.
Otros colectivos sociales como los pueblos indígenas o las personas gays y transexuales sufren la misma violencia a partir de una continua práctica mediática de estigmatización y estereotipación.
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