Читать книгу: «Viaje a La Duda»
VIAJE A LA DUDA
III PREMIO VALÈNCIA DE NOVELA NEGRA
(INSTITUCIÓ ALFONS EL MAGNÀNIM)
Antonio Gómez Rufo
Colección Vuelta de Tuerca


VIAJE A LA DUDA
El 28 de abril de 2015, un jurado compuesto por Francisco Camarasa, Jordi Llobregat, Josep Torrent, Lluís Fernández y Fernando Varela, y presidido por María Jesús Puchalt, decidió otorgar a la novela Viaje a La Duda el III Premio València de Novela Negra.
© Antonio Gómez Rufo
© de esta edición: Olé Libros, 2020
ISBN: 978-84-18208-89-8
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

KALOSINI, S. L.
Grupo editorial 
www.olelibros.com
A MODO DE PRÓLOGO
Desde que Fernando Martínez Laínez, presidente de la Asociación Española de Escritores de Novela Negra, la consideró “un verdadero hallazgo” y la calificó de “feliz acontecimiento literario”, intuí que esta novela tenía algo de especial. Poco después el antiguo presidente de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, Piet Teigeler, la consideró “absolutamente única” y alabó su atmósfera y su mixtura de “cuento de hadas y relato histórico clásico”.
Un autor no debe impresionarse por las opiniones ajenas, al menos en mi caso no condicionan mi propia opinión, pero cuando la Institució Alfons el Magnànim concedió a la novela el Premio València de Novela Negra 2015 supe que VIAJE A LA DUDA era una obra literaria que debía compartir con los lectores.
Como sucede con frecuencia, lo más difícil para un autor es encontrar un título perfecto para su creación. Por lo general, no existe. Yo la escribí con el que ahora se publica, VIAJE A LA DUDA; pero luego empezaron a malmeter los diablos que siembran de inseguridad la placidez de la obra acabada y pensé en utilizar otro título, BAJO UN SOL DE JUSTICIA, sin terminar de convencerme. Lo que sí tuvo más éxito y me obligó a cambiar por completo de opinión fue la moda impuesta en aquellos años por ideas venidas del norte de Europa (Suecia, Dinamarca, Finlandia…) que ponían títulos largos y llamativos a sus obras literarias y audiovisuales de carácter policiaco y de intriga. Los editores me invitaron a sumarme a la corriente de modernidad (moda pasajera, como todas) y finalmente la novela adoptó el desafortunado título, a mi modo de ver, de NUNCA TE FÍES DE UN POLICIA QUE SUDA. Así fue y así se vistió para salir a la fiesta.
Aunque acabada la fiesta (que por cierto duró muy poco), la novela vuelve ahora a los lectores de la mano de Olé Libros con su verdadero título original, el único que sigo considerando adecuado. Y es que una novela nace inocente, sin pecado, y debe mostrarse sin artificios, tal y como fue concebida. Una novela, VIAJE A LA DUDA, que sigo considerando digna de compartir con los lectores y con la que mantengo un idilio literario especial entre los otros amores que constituyen la arquitectura narrativa del conjunto de la obra de cualquier escritor.
A. G. R.
La amistad es la ciencia de los hombres libres.
Albert Camus
En La Duda, un ignorado pueblo situado en «la raya», la frontera extremeña entre España y Portugal, durante unos asfixiantes días de calor del mes de julio de 1935...
1
La Lupe había sido asesinada de muy mala manera unos días antes, durante la noche de San Juan. El suceso iba a cambiar la vida del pueblo, pero sobre todo la del pequeño Lucio, un muchacho que sentado en lo más alto del palomar contemplaba el mundo mientras se acariciaba las costras de las heridas de sus rodillas con la mirada perdida, pensando en que algún día él también iría a conocer lo que hubiera detrás de los bosques de rebollos, alcornoques y encinas que se perdían por detrás del horizonte.
No le importaba que el sol del atardecer dorara las copas del encinar. Ni que se apagara otra jornada de un mes de julio que había comenzado caluroso y al poco se había vuelto de fuego. El hecho de que se cegara deprisa el día, y de que el silencio no bastara para aliviar el sudor de la tierra, era lo que menos interesaba al chico que, sentado en el cielo del palomar, intentaba pensar en qué diablos podía hacer al día siguiente para matar el tiempo y escapar del aburrimiento que desde hacía meses se había apoderado de él.
Y ello a pesar de que el pueblo andaba aquellos días revuelto y entristecido, enloqueciendo además por la ausencia de vientos que enfriaran los ánimos y lograran ventilar las malas ideas, sosegándolas. Doce días habían pasado desde que se encontró el cuerpo reventado de la Lupe, desmadejado como un saco de nueces huecas, con la barriga abierta y todo salpicado de sangre y entrañas. Doce días desde que la encontró de esa guisa su padre, el tío Dimas, al ir a sacar la vaca a pastar; y once desde que, mientras el cura don Venancio echaba oraciones y puñados de tierra seca sobre el cajón en que se la enterraba en el cementerio de la ribera, el alcalde don Aurelio seguido por dos carabineros cruzaba el río, invadía el lado portugués de la villa y arrancaba de su casa al joven Mario Douro para mantenerlo preso en el calabozo hasta que llegara el momento preciso de impartir justicia o la hora exacta de cumplir la venganza.
Lucio, de repente, recordó aquellos hechos recientes y temió que el bochorno de los días estuviera extendiendo con su sopor el impredecible mal de la locura. Lo recordó mientras contemplaba el valle dorado que se diluía despacio, dejando a la noche ganar su batalla diaria sobre los encinares, las higueras, los eucaliptos y los robles carvallos. Qué extraña era la noche, se dijo: lo vaciaba todo y a la vez lo llenaba de silencio. En aquella soledad, cuando al mundo se le consentía reposar en los brazos de la pereza, solo el grillo tenía permiso de las estrellas para alterar el imperio de la oscuridad y el murciélago, ojos para agitar la noche con sus aleteos. Qué raro era el mundo que conocía, se repitió; pero seguro que mucho menos que el que no le dejaban conocer.
***
La Duda era uno de esos pequeños pueblos artificialmente rotos por una frontera dibujada por alguien al otro lado de la sensatez. Un pueblo rasgado y olvidado que sobrevivía a la rutina de las costumbres y a la indolencia de los poderosos; y, a diario, gracias a un contrabando de pequeñeces, un estraperlo de artículos de primera necesidad que ni siquiera se perseguía por las autoridades.
Erigido a fuerza de años y entierros a ambos lados de un río sin dueño, el Sever, el azar había dispuesto que ahora la mitad de las casas de La Duda quedaran bajo soberanía española y las demás a la sombra de la bandera portuguesa. Antes de ello, padres, hijos, hermanos y hermanas nacían, vivían y morían a un lado u otro del río sin distinguirse por lengua, pleitos ni identidad. En realidad, vivir en uno u otro país no era algo consciente sino fruto de una decisión que los vecinos no habían provocado. Las vacas pastaban acá o allá según las estaciones, y las piaras de cerdos hocicaban las bellotas sin miramiento a su nacionalidad. Por el río Sever nadaban, sin hacerse preguntas, nutrias, martines pescadores y otras clases de peces blancos; y por el cielo volaban rapaces, aguiluchos cenizos, águilas calzadas y cigüeñas blancas y negras que rompían los aires sin fijarse rumbos, construyendo sus nidos sin precisar cédula de habitabilidad de uno u otro país. El único toro semental del pueblo carecía de preferencias a la hora de realizar su trabajo. Y nadie se había preguntado nunca qué sueños poblaban las noches de unos vecinos u otros porque todos los habitantes de aquella aldea carecían de sueños o compartían las pesadillas, dependiendo de los designios caprichosos de un cielo voluble en donde no había mapas dibujados ni ondeaban estandartes de colores.
Algunos vecinos, desde varias generaciones atrás, habían llegado a oír decir que el pueblo tenía dos nombres: La Duda de Alcántara y La Dúvida de Portugal. Lo aprendieron, pero con el mismo ceremonial lo ignoraron. Incluso muchos llegaron a olvidarlo. Cambiar el nombre de un viento no altera su rumbo ni su naturaleza, como garabatear una frontera en un mapa no modifica la geografía de la tierra. Durante siglos, casi siete ya, La Duda y La Dúvida no sabían siquiera que fuesen dos, ni mucho menos habían querido serlo.
Pero el Estado Novo nacido de la Constitución portuguesa de 1933, de la mano de hierro de Oliveira Salazar, supuso de repente un imprevisto que poco a poco se convirtió en una incomodidad y, finalmente, en una convulsión que un año después trastocó las cosas hasta alterar de manera inimaginable la serenidad de una vida que hasta entonces transcurría sin más aspavientos que los que la cotidianidad regalaba a la convivencia de los pequeños pecados humanos.
Fue entonces cuando La Dúvida, la parte portuguesa de la aldea, recibió la visita de un pelotón de soldados de la Guardia Nacional Republicana comandados por un hombre sin emociones que dictó unas pocas reglas que nadie entendió, pero que resultó obligatorio cumplir.
Era el señor Santos, el Delegado.
Y con él llegó el eco de los males de un mundo que en aquellos parajes aromatizados por el cantueso, el tomillo salsero y la jara eran algo más que desconocidos: eran por completo inimaginables.
***
Ahora, desde la atalaya del palomar, deshabitado de huéspedes plumados desde aquel raro suceso de 1930 que dio con toda la bandada en una rapiña que dejó el cubil sin ecos de zureos, el pequeño Lucio contemplaba distraído la noche que llegaba despacio por encima de los silencios del encinar. Miraba a lo lejos sin interés, sin ocurrírsele cómo emplear el tiempo que le sobraba, sin esperar nada nuevo, como cada tarde desde hacía tantos meses.
Él era un muchacho especial y todos lo sabían en La Duda. Rebosaba curiosidad desde que en el vientre de su madre tarareaba de aburrimiento y todos los atardeceres se le oía hacer músicas para estupefacción de cuantos asistían incrédulos al fenómeno; pero aquel anochecer ni él mismo hubiera sabido decir si tenía la cabeza vacía o salpicada de imágenes inconexas y confusas, como cuando se acaba de salir del sueño. Porque, ensimismado en lo que estuviera, no daba la impresión de recapacitar ni de pensar en nada, tan solo en dejar caer el día con la desdeñosa desgana de un escarabajo pelotero arrastrando su bola, o de burro viejo en su noria, y con la indiferencia de un anciano al que ya le han abandonado sus recuerdos.
Y en ese alboroto de ideas dispersas y sin memoria, algo a lo lejos le hizo despertar. Como si dos cochinos enrabietados se hubieran enzarzado en una brutal lucha por el territorio. Como si, en lugar de dos, hubieran sido veinte puercos, o doscientos, los enfrentados en una guerra que levantaba una nube de polvo que no menguaba. Allá, en el horizonte invisible. A lo lejos, por donde corría un camino hasta el que nunca se había atrevido a llegar. Una nube que ascendía y ascendía. Un vuelo de hoguera. Un incendio.
A Lucio le llamó la atención la visión y se incorporó para intentar descubrir el origen de aquella noticia, a hora tan extrema. La tarde ardía; el calor seco, infernal, pesaba como una espera baldía. Podría estar a punto de arder el mundo y el destino haber escogido aquel lugar para dar inicio a la devastación.
El cuello tensado hacia arriba y el equilibrio difícil de las piernas sobre el último peldaño de la escalera del palomar le permitieron comprender que aquella polvareda corría demasiado deprisa para tratarse de un incendio, o incluso de un carro de mulas de los que allegaban al pueblo miel, patatas, telas y alpargatas, guiado por buhoneros, traperos y otros vendedores ambulantes. Tampoco podía tratarse del carromato mensual de Santiago el Manco, que aprovisionaba de bacalao, sal, arenques, mojama y embutidos.
Le volvió la cordura, también la curiosidad, y con la agilidad de un felino se deslizó por la escala, corrió a las afueras del cercado y se plantó al borde del camino para ser el primero en ver qué era lo que llegaba y saber quién era el que con tanta urgencia se acercaba al lugar.
***
La Duda era un pueblo en forma de cruz, con una calle principal que acababa en la boca del puente y, un poco antes, otra que la cruzaba en una plaza a la que denominaban Las Cuatro Esquinas. La mayor parte de las casas, en ambas calles, eran de piedra o de barro y pajas. Solo había unas pocas de dos plantas, del color de los trigales maduros. Algunas chozas se salpicaban a ambos lados, en donde compartían miseria y suciedad padres, hijos y bestias, y junto a ellas montículos huecos de piedra con un respiradero en donde se guardaban al anochecer ovejas, cabras o gallinas para que no fueran robadas por los zorros en la impunidad de la medianoche. En las casas grandes, las pocas que había, la planta de arriba se reservaba para la vivienda y la de abajo albergaba el granero, el corral y el establo, aunque desde hacía años permanecieran casi todos ellos vacíos o desaprovechados. Los caballos escaseaban; los mulos y los burros podían contarse; las vacas, de cansancio y años, morían y no eran repuestas: parir terneros constituía un raro acontecimiento que se celebraba igual que el nacimiento de un hijo. Solo las liebres, los conejos, las perdices y las abejas, dueñas de su libertad, escapaban a la insolencia del hambre que con tanta frecuencia se repetía.
Por los alrededores correteaban jabalíes resabiados que no había forma de matar y que atacaban sin causa si no se andaba con precaución, hablando a voces para que creyeran que no se viajaba solo o cantando a gritos para que la voz les espantase antes de que llegaran a vislumbrar al enemigo. Una vez tres jabalíes se conjuraron para atacar a un caminante que se había distraído, tal vez en pensamientos de amores, y tardaron en desocupar sus tripas y devorárselas menos de lo que él gastó en pronunciar el nombre de su amada. Así lo había oído contar desde siempre el pequeño Lucio.
Además, la llanura que se extendía sin más ondulaciones que las nacidas de la monotonía de la tierra plana, estaba poblada de cactus y muchas escobas negras que procuraban polen para las abejas; y un poco más allá bosques de alcornoques y robledales junto a higueras de India o chumbas, coqueteando con plantas bajas de jara pringosa. Un paisaje que se volvía gris en invierno, verde en primavera, amarillo en verano y pardo en otoño, cuando más hermosos se mostraban los colores con el cobrizo del amanecer y el bronce de la atardecida.
***
Raramente usaba alguien aquel sendero de tierra muerta para entrar o salir. Algún carro de bueyes o tiro de mulas lo recorría para traer a la aldea aperos de labranza y legumbres mezcladas con piedras chicas, y en pocas ocasiones un par de barriles de cerveza. El circo deambuló una vez por allí, camino de Portugal, sin detenerse, y su mero paso fue el acontecimiento más vistoso jamás contemplado en La Duda. Todavía se recordaba su festejo multicolor en las anochecidas del otoño. Pero desde el veinticuatro de junio, festividad de San Juan, cuando se celebraron las fiestas patronales y llegaron al pueblo vecinos de todas las pedanías de los alrededores con el ánimo de disfrutar del baile que se celebró hasta el alba en la plazuela de Las Cuatro Esquinas, la noche en que, además, se consumó la tragedia de la Lupe, el único camino que desahogaba el pueblo había permanecido sin pisar y nadie esperaba que cambiaran las cosas.
Al igual que no habían cambiado desde que la memoria tenía recuerdos. A pesar de los mandatos que llegaron de Lisboa con la intención de que sus decretos tuviesen más valor que los vínculos que unían a los vecinos de la aldea rasgada, el paso de los días había devuelto la normalidad a la vida cotidiana, únicamente alterada por la trágica muerte que ahora, al pequeño Lucio, solo con imaginarla, le producía arcadas. Aquella descripción que le hizo bajo secreto el médico don Julián de un cuerpo desnudo de mujer abierto en canal, con las tripas fuera y los intestinos desbaratados, encharcado entre pajas ensangrentadas que parecían clavos oxidados formando un lecho de espinas, todavía le provocaba náuseas, sobre todo cuando recordaba que, entre el amasijo de vísceras, el médico le dijo que se encontró un cuerpo sin formar de criatura humana que, de pequeño y rugoso, más aparentaba ratón recién nacido que persona en formación.
Salvo ese sobresalto reciente, que engordaba día a día en sus pesadillas y en el fondo de los recuerdos que se le revolvían por las noches, y que más parecía surgir de la pura imaginación que de una realidad que nadie había visto, para Lucio no había cambiado nada ni en La Duda ni en La Dúvida durante generaciones. La ausencia de incidentes era el bálsamo que permitía una vida que, al decir de la mayoría, preparaba la vejez para acudir sosegadamente a una buena muerte.
***
Lo que descubrió Lucio cuando se apostó al borde del camino fue la llegada de un coche negro. Un automóvil. Sabía que existían: los había visto en los periódicos, fotografiados, y en las revistas que enviaban de manera esporádica al pueblo, sobre todo a la casa de don Julián, el médico, o a la parroquia de don Venancio. Conocía la existencia de los coches y distinguía alguno de ellos, por eso supo enseguida que se trataba de un Ford A Tudor de 1930. Ese Ford A y el Chevrolet 2500 eran sus preferidos: uno así se compraría cuando fuese mayor y estudiara para hacerse médico, como don Julián.
Desde la distancia, el color grisáceo del Ford no le engañó: era negro, claro que era negro; solo que el viaje lo había recubierto con esa capa de polvo que lo tiznaba, disfrazándolo de gris. Plantado al borde del sendero, sin dejar de observar cómo se acercaba, Lucio se embelesó con la visión y el sonido arrullador de aquella máquina que volaba hacia él a treinta kilómetros a la hora. O puede que incluso más.
Le pareció increíble, pero lo cierto fue que el vehículo se detuvo a su lado, un milagro que le llenó las piernas de hormigas y espuma de agua. El conductor, un hombre mayor pero no demasiado viejo, con el rostro sudoroso, el pelo pegado a la cabeza, la corbata aflojada y la camisa empapada pegada a su cuerpo grande, terminó de bajar el cristal de la ventanilla con la manivela, resopló fatigado y apoyó el codo en el exterior.
—Oye, chaval. ¿Qué pueblo es este?
—La Duda, señor —balbució Lucio—. Así lo llaman.
—¡Por fin! —El recién llegado volvió a suspirar y se pasó un pañuelo arrugado por la frente para arrancarse el sudor—. Y dime, muchacho, ¿sabes en dónde puedo encontrar al alcalde? —El hombre se volvió al asiento de su lado y revolvió en unos papeles hasta extraer uno y llevárselo a la cara—. Don Aurelio Gallarosa, ¿no es así?
—Sí, sí... —El pequeño Lucio afirmó repetidas veces con la cabeza—. Don Aurelio, sí, el alcalde... Vive allí. —Extendió el brazo en dirección al interior del pueblo—. Pasada la iglesia, la segunda casa. La única que se ve de dos pisos, no tiene pérdida.
—Pero... —El hombre arrugó la frente, sorprendido—. ¿También hay iglesia en el pueblo? No, si habrá hasta cura...
—Don Venancio, sí señor. —El chico respondió con la seriedad de una persona mayor—. Y no solo es cura, también es ateo.
El hombre miró fijamente al muchacho, intentando descubrir si le estaba tomando el pelo, pero no encontró en su rostro el menor rasgo de ironía. Cabeceó mientras sonreía para sus adentros y le invitó a subir al coche.
—¿Por qué no subes y me indicas el camino? Seguro que...
—¿Puedo, señor? ¿De verdad? —le interrumpió Lucio, entusiasmado.
—Claro.
Cuando el coche se detuvo ante la casa del alcalde, apenas un centenar de metros más allá, el hombre ordenó y cuadró los papeles que llevaba a su lado, los encerró en una cartera de cuero negro y recogió del asiento de atrás la chaqueta del traje. Se apretó el nudo de la corbata, se adecentó un poco y le dio al chico una moneda de cinco céntimos.
—Esto es para ti, muchacho.
—¿Para mí? —Lucio contempló emocionado la moneda en la palma de su mano.
—Sí. Pero tienes que hacerme otro favor: dile al señor alcalde que ha llegado de Madrid el inspector Salcedo y que pide verle. A ver si puede recibirme ahora.
—¡Volao! —replicó Lucio con el rostro iluminado por la moneda que apretaba en su mano.
Caía la noche sobre La Duda y el poco aire que se mecía a la intemperie parecía el aliento del diablo. El inspector Salcedo, mientras cerraba las portezuelas del coche, notaba que tenía empapados la camisa, los calzones y la culera del pantalón, y que por los muslos le goteaba un sudor que resbalaba, deslizándose, hasta los calcetines de hilo negro, también sudados. El traje marrón había salido de Madrid recién planchado y ahora parecía un guiñapo. Los pantalones tenían estrías en las arrugas y la chaqueta, que había viajado buena parte del día en el asiento de atrás, ya se había cuarteado como un pergamino. La camisa blanca permanecía alisada porque se había pegado mucho a su cuerpo, como si tuviese frío, pero cuando se la quitara tendría que escurrirle el sudor. A Salcedo incluso le costaba esfuerzo respirar en aquel infierno sin ventilar.
Frente a él había una pequeña vivienda, encalada y limpia. Una de las pocas casas que parecía mantenerse cuidada por capas de cal blanca y pintura azul, tal vez obligada por encontrarse enfrente de la mejor edificación del pueblo.
En la casita había una ventana con las contraventanas de madera, abiertas de par en par. Y detrás de los cristales, entre las cortinas de tela estampada en flores azules, unos ojos que le observaban.
Notó su presencia, vislumbró su brillo y tardó en distinguirlos; y un poco más en descubrir que se trataba de la mirada de una mujer.
2
Aquella misma mañana el inspector Tirso Salcedo había acudido a Comisaría como cualquier otro día, puntual, a las ocho y media. A esas horas Madrid hervía de gente iniciando la jornada laboral y se anunciaba una nueva jornada de calor que a media tarde adormecería los ánimos hasta encerrarlos en las casas o disimularlos entre las sombras bulliciosas de los cafés donde los desocupados y los empleados se mezclaban para bisbisear consignas políticas o subastar vanidades y mentiras, según su condición.
Al llegar al edificio de la Policía, el guardia de la entrada a la Brigada de Homicidios le había informado de que el comisario le esperaba en su despacho desde hacía un buen rato. Salcedo alzó los hombros y fue directamente a su mesa para revisar las tareas pendientes, no fuera a ser que el jefe quisiera que le pusiera al corriente de los casos que llevaba en la Brigada y se le escapara algún detalle del desarrollo de las investigaciones. Pero apenas había empezado a apilar las carpetas sobre el escritorio, para revisarlas, cuando chirrió el teléfono interior que reposaba a su lado.
—¿Voy a tener que esperarte todo el día, Salcedo? —El vozarrón del comisario le obligó a separar el auricular del oído.
—Voy ahora mismo, jefe.
El comisario le recibió detrás de la mesa, con el hartazgo cuarteándole la cara. Más que exigente o dispuesto a la bronca, parecía enfadado por alguna causa de la que el inspector no resultaba responsable.
—Siéntate, Salcedo, y haz el puñetero favor de no hacerme ninguna pregunta —ordenó el comisario con energía—. Estas son las órdenes: deja todo lo que tengas entre manos y márchate ahora mismo a un pueblo de Extremadura que se llama, que se llama... —El comisario alzó un papel y lo alejó de sus ojos para ver mejor lo que había escrito en él—: La Duda. Han asesinado a una mujer.
—¿A una mujer? ¡Pues vaya! En todo caso... eso será cosa de Cáceres, ¿no? —se extrañó el inspector—. La Brigada, allí...
—¡Te he dicho que sin preguntas, joder! ¿O es que crees que me hace mucha ilusión desprenderme de uno de mis hombres para resolver un vulgar asesinato en un pueblo perdido en el culo del mundo? Pero son órdenes de arriba, Salcedo, y me han pedido a mi mejor hombre. Así que, ¡andando!
—Bien, bien. Lo que usted diga. —El inspector se puso en pie—. Pero tal vez un par de detalles... No sé, lo digo más que nada para ir haciendo boca.
El comisario guiñó los ojos sin que el comentario de su subordinado le hiciera ninguna gracia y estrujó el cigarro puro en el cenicero, irritado.
—¿Quieres un par de detalles? Pues bien: el primero es que tienes un coche a la puerta esperándote, un coche nuevo, así que lo cuidas como si se tratara de tu propia madre o los desperfectos se descontarán de tu sueldo. ¿Está claro? Y otro detallito más: este caso es orden directa del presidente del Gobierno, o sea que como metas la pata te echo a los leones y después te expulso del Cuerpo. ¿Algo más?
—¡Joder! ¡Ni que hubieran matado a una amiguita de Gil Robles! —El inspector torció el gesto en una mueca burlona, sarcástico.
—Muy gracioso. Sigue así y terminarás en la escolta de un ministro monárquico, ya lo verás. Ahí tienes toda la historia. —El comisario tiró sobre la mesa una carpeta que, por su grosor, no podía contener gran cosa. De hecho, cuando Salcedo la recogió y la abrió, solo se encontró con tres hojas de papel. El comisario, abrupto y autoritario, gritó—: ¡No te entretengas ahora! Tienes tiempo de leerlo mientras vas a casa, haces la maleta y sales arreando para ese pueblo de Extremadura. Si te das prisa, puede que esta noche llegues a tiempo para dormir allí. O sea que ¡largo de aquí!
—¿Así que se trata de órdenes del propio Lerroux? ¡Esto sí que es una novedad!
—Salcedo, no me jodas...
El inspector Tirso Salcedo abandonó el despacho del comisario con la resignación del niño al que le han arrebatado el postre para dárselo a un mendigo. Que el presidente del Consejo se hubiera interesado por un caso tan nimio como el asesinato de una campesina, en los tiempos que corrían, resultaba inesperado; pero, así y todo, mucho menos sorprendente que la noticia de que el comisario le considerara a él su mejor hombre. Interesante noticia, en todo caso.
Y eso que Salcedo estaba atravesando aquellos días por uno de los peores momentos de su vida.
A pesar de los inconvenientes, pensó que le venía muy bien hacer un viaje largo, alejarse un poco de Madrid y romper con la rutina, tanto por el cansancio acumulado en un año especialmente duro desde que la derecha había ganado las elecciones en España como, sobre todo, por la inesperada decisión de Marisa de abandonarle, tan dolorosa y bruscamente. Pero, por otra parte, empezar así el mes de julio, justo cuando estaba decidido a solicitar unas vacaciones adelantadas en aquel mes tan caluroso por las temperaturas y desgarrador por sus circunstancias personales, alteraba los planes que estaba pensando llevar a cabo. Sea como fuere, aquel caso debía de referirse a algún asunto particular del presidente Lerroux, o de cualquiera de sus parientes en tierras de duques, marqueses, caciques y terratenientes de los que exprimían a los campesinos y les pagaban quince pesetas, tres duros de plata, a cambio de su voto en las elecciones. Si la vida de Jesucristo costó treinta monedas, el voto de un campesino estaba suficientemente pagado con tres, debían de pensar. Y además, se dijo, si tenía suerte y acertaba en su resolución con diligencia y limpieza, quizá le supusiera un ascenso que, tal y como se habían puesto las cosas, no le vendría nada mal.
Camino de la vivienda que había alquilado hacía poco menos de un mes, cuando Marisa se separó de él, fue tentado por una curiosidad que no pudo posponer y detuvo el Ford A junto a una acera del Paseo de Recoletos, justo delante de las escalinatas del edificio de la Biblioteca Nacional. Abrió la carpeta que le había entregado el comisario, leyó deprisa los papeles que en ella se contenían y tuvo que releerlos para intentar comprender a qué venía tanta urgencia e interés gubernativos.
Releyó los hechos y, al acabar, no le parecieron en absoluto relevantes: una mujer había aparecido asesinada en un establo o granero, así se especificaba; y de inmediato, el alcalde y todo el pueblo habían considerado culpable del asesinato a su prometido, un joven portugués de una localidad colindante, La Dúvida, por lo que, desde hacía días, lo mantenían preso en la casa cuartel de los carabineros de La Duda por mandato expreso del alcalde de la villa.
El otro papel era una copia mecanografiada, con el sello de «confidencial», de la carta enviada al Ministerio de Exteriores por el embajador de Portugal en Madrid, protestando por el secuestro y detención de un ciudadano portugués en territorio nacional, con los agravantes de invasión, agresión, desprecio al Derecho Internacional, ruptura del vigente Pacto de Amistad Hispano-Portugués y de varios tratados y normas internacionales más. La carta terminaba exigiendo la repatriación urgente de su ciudadano con la amenaza velada de romper relaciones diplomáticas si el desagravio no se reparaba de inmediato.
El tercer y último papel era una carta firmada por don Aurelio Gallarosa, alcalde-mayordomo de la villa de La Duda, dirigida al director general de la Gobernación, en la que respondía al requerimiento efectuado en ese sentido afirmando, en un tono abiertamente airado, que ni pensaba devolver a las autoridades de Portugal al individuo llamado Mario Douro hasta que no fuese juzgado por su crimen, ni se dejaría amedrentar por un Estado fascista que estaba acabando con la armonía y sosiego de un pueblo regido, desde siempre, por la buena vecindad, la paz, la democracia y la libertad de todos sus vecinos. Y aquello era todo cuanto tenía que alegar en su respuesta.
Salcedo comprendió poco del asunto y lo poco que entendió fue que el pleito, más que un caso de homicidio, correspondía al departamento de Política Exterior. Una mujer asesinada por su novio, un alcalde tozudo, un embajador irritado que representaba a un Gobierno dictatorial... Poca cosa. Pero él había recibido una orden y no tenía alternativa. Eso sí que lo comprendió a la perfección: obedecer era la manera que había elegido para ganarse la vida.
Y además le regalaban un viaje de unos cuantos días en un coche del servicio, con todos los gastos pagados.
Bueno, tampoco estaba tan mal.
***
Ahora, esperando a ser recibido por el regidor, mayordomo o como quiera que llamasen en aquel pueblo a su alcalde, observó cuanto había a su alrededor y de repente sintió que había llegado a otro mundo, a un lugar que le costaba creer que aún pudiese existir en pleno siglo xx en un país que caminaba a grandes pasos hacia la modernidad de la mano de una República como la española.
Cuanto le rodeaba despertaba en él asombro y un punto de lástima. Un puñado de casas, muchas de ellas que no merecían el nombre de tales, se levantaban con piedras amontonadas a lo largo de una calle de tierra sucia y polvorienta, sin alisar, rugosa y salpicada de guijarros. Cuando lloviese debía de convertirse en un lodazal imposible de transitar. La mayoría de las casas parecían chozas iguales a las que había visto alguna vez en fotografías obtenidas de las profundidades del África, el hogar de las tribus de los negros sin vestir. Parecían hechas de barro, construidas a base de manos y necesidad; cobertizos donde juntar a los hijos en los días de lluvia y llamar a aquello hogar. Muchas de las casas, por llamarlas de alguna manera, eran corrales donde convivían el padre, la madre y dos o tres hijos junto a la mula, las ovejas o la bestia que fuera. Desde la distancia se percibía el pestilente olor a animal y a pobreza. Era inconcebible que aún hubiera gente viviendo en esas condiciones, entre pajas, excrementos y moscas, sin agua ni lugar alguno donde evacuar, solo un rincón que aislaba una tela de saco y que había que cubrir con pajas después de usarse. Si vivir así era un asco, comer a diario debía de ser un milagro. Unas familias alimentaban muchos días a otras; y los niños, los que sobrevivían a toda clase de infecciones y suciedad, podían sentirse satisfechos si alcanzaban la pubertad. En La Duda, como en tantos otros lugares de España, la vida media no superaba los cuarenta años, una edad ligeramente superior a la de mediados del siglo XIX, pero tampoco mucho más.
Era difícil saber cuántos de aquellos vecinos eran algo peor que analfabetos: apenas sabían hablar. Muchos se comunicaban todavía en un lenguaje ininteligible, con palabras inventadas y sonidos guturales muy parecidos a los gruñidos de las fieras. Una vida que para ellos era poco diferente a la de sus bestias, pero en su ignorancia todavía se creían felices.
La miseria es la peor enfermedad del ser racional, porque lo hace irracional.
Detrás del inspector Salcedo había una iglesia de piedra y maderas cruzadas, seguramente viejas traviesas de ferrocarril aprovechadas tras el uso, culminada por una torre rechoncha y despintada con un campanario chato y una cruz pequeña, toda ella imitando un románico primitivo, depauperado. A continuación de la iglesia se alzaba una choza más y después la mejor casa del pueblo, de piedra, con una planta superior que se abría al mundo con balcones de madera. En los bajos, una puerta grande daba paso a lo que sería el refugio de la ganadería, el granero y el carruaje, en el caso de que lo hubiera. Ante esa casa esperaba él. Al final de la calle, en la encrucijada con otra vía trasversal, se reunían el bar, la tahona y una tienda de ultramarinos asaltada por una nube de moscas lentas y perseverantes. Como también le asaltaban a él, con su insistente pesadez y su molesto ir y venir en cuanto se quedaba inmóvil unos instantes.
Anochecía sobre aquella población indescriptible y no se veía ninguna luz de vela o antorcha que diese claridad al interior de aquellas casas pobres. Salcedo miró a lo alto, buscándolos, y no vio postes de luz, ni de teléfono, ni más línea voladora que la que dibujaba los perfiles de aquellas construcciones recortados por la última claridad del día, hacia el oeste. Un carro de bueyes, rezagado, avanzando mansamente desde el final de la calle y arañando la tierra desecada y sedienta, le sacó del asombro y le devolvió a la lástima. Movió la cabeza a un lado y otro, apesadumbrado, lamentando la pobreza que lo rodeaba todo, y metió las manos en los bolsillos antes de apoyarse en el capó de su automóvil, de espaldas a la casa del alcalde.
3
—¡A las buenas!
Una voz segura y ruda le hizo volver la cabeza. De la casa salía don Aurelio caminando ruidosamente, con mucho aplomo, con la mano extendida y los ojos guiñados, midiendo al hombre que aguardaba apoyado en un coche. Estaba sin afeitar, masticaba un palillo alojado en la comisura de los labios y exhibía una seriedad de autoridad. Vestía camisa blanca abotonada al cuello, pantalones de pana marrón desgastada por el uso y alpargatas de esparto. Sus manos eran grandes y ásperas, su tronco orondo y su estatura grande. Y su rostro traslucía una cierta simpatía campechana a pesar de la seriedad con que se presentaba.
—Buenas noches. —Salcedo se incorporó y fue a su encuentro. Mientras le estrechaba la mano no dejó de mirarle a los ojos, como acostumbraba a hacer para estudiar a sus interlocutores—. Me envían de Madrid. Soy el inspector Tirso Salcedo, de homicidios.
—¡Vaya! ¡Ya era hora! —rezongó el alcalde—. Comprendo que en Madrid tengan cosas más importantes que hacer, inspector, pero han tenido que matar a una pobre mujer para que se recuerden de nosotros. ¡Maldita sea! Pase p’adentro.
—Gracias. —El inspector le siguió en cuanto el alcalde le dio la espalda.
—Por cierto... —Se volvió a mirarlo—. ¿Tiene donde hospedarse?
—No lo sé. —Salcedo miró a ambos lados de la calle—. ¿Hay algún hotel en el pueblo?
—¿Un hotel? —Don Aurelio no pudo evitar un mohín sonriente y burlón—. Había un Ritz, pero el negocio era poqueño y se lo llevaron a Madrid. ¡No te digo lo que hay! ¡No, hombre, no! Aquí no tenemos bojío ni nada por el estilo. Pero no se apure, inspector, usted se queda esta noche en mi casa, faltaría más.
El pequeño Lucio miraba a uno y otro, desde abajo, sin perder detalle de la conversación. Estaba pegado a las piernas de don Aurelio, intimidado por la visita del desconocido, pero aun así mucho más atrevido que los demás vecinos del pueblo, que fueron acercándose hasta ellos para ver al forastero que acababa de llegar en un coche negro y que ahora hablaba con su alcalde. El desparpajo de Lucio también era mayor, porque poco a poco se fue separando de las piernas de don Aurelio hasta situarse entre los dos hombres, y su atrevimiento muy distinto a la timidez de los vecinos, que se habían quedado inmóviles a cierta distancia, atentos y reverenciales, sin oír bien lo que se decía aunque disparaban las orejas como los lebreles en las partidas de caza. El pequeño Lucio escuchaba y trataba de memorizarlo todo para poder responder luego con fundamento, cuando le preguntaran, como tantas otras veces.
—Pase usted, inspector. —El alcalde se dio la vuelta y abrió el camino al portón de su casa—. Y tú, diablo, aparta de ahí, qué chiquillo... Un día te enredarás en mis piernas y me romperé la crisma.
—Yo...
Lucio se apartó un poco para dejar pasar a los hombres. Salcedo había sacado del maletero del Ford una pequeña maleta de lona rayada en tonos marrones y crema y siguió al alcalde al interior de la casa. Lucio pretendió seguir su estela, pero al final se paró en el portón, sin atreverse a entrar. Se quedó bajo el quicio de la puerta con los ojos y los oídos alerta puestos en el interior del patio.
—Está usted en su morada, inspector —empezó diciendo el alcalde—. En realidad, aunque sea mi casa, también es la cobijera del ayuntamiento, la oficina del correo y todo lo que haga falta. Llevo tantos años sirviendo a este pueblo... Cuando toca asamblea vecinal, vamos al puente, a decidir lo que sea menester; pero si plueve, nos quedamos aquí. Ya le digo, es mi casa, pero...
—Y la mujer, ¿no se queja? —preguntó Salcedo, tal vez respirando por una herida que el alcalde no llegó a descubrir.
—No hay mujer. Yo vivo solo, inspector —respondió don Aurelio sin ningún énfasis. Luego se quedó pensativo, sin estar seguro de si debía ampliar alguna confidencia, hasta que finalmente decidió que un poco de charla se adecuaba bien a la hospitalidad que debía prestar—: Mi mujer murió hace veinte años y no tuvimos hijos. Aquí solo vive conmigo la Estirá.
—¿La Estirá? —repitió Salcedo, extrañado del apodo.
—La Estirá, sí. Todo el mundo la llama así porque, ¿sabe usted?, es antipática, altivana, medio sorda y desubidiente. Pero ya servía en casa de mi suegra desde niña, luego atendió a mi mujer durante su enfermedad y ahora ya no tengo coraxe para darle un puntapié y dejarla en el arroyo, que es lo que debería hacer. Aunque, a veces, me entran unas ganas... Ya verá: ¡Estirá!
—Si tiene problemas de sordera... —Salcedo alzó los hombros.
—¡Lo que tiene es muy mala leche! —replicó airado don Aurelio—. ¡Estirá!
—¿Quiere que yo le dé aviso, señor alcalde? —La voz pequeña de Lucio resonó desde la puerta, servicial y sonriente, con la cara alegre como una luna recién estrenada en la noche.
El alcalde se volvió, incrédulo de que el chiquillo siguiese allí, bajó el portón.
—Pero, ¿qué diablos haces tú ahí?
—Por si precisan menester... —replicó el chico, un poco acobardado, con los ojos muy fijos en los del alcalde.
—Anda... —Don Aurelio cabeceó, resignado—. Ve a buscar a la Estirá y dile que prepare ahora mismo la habitación del fondo. Que tenemos huespedado. Y asegúrate de que las sábanas que ponga estén bien requetelimpias, que el señor viene de Madrid.
—Como un rayo. —Lucio subió los escalones de dos en dos y se perdió por el corredor del piso de arriba hasta el final de la casa, llamando repetidamente a voces a la mujer.
Don Aurelio invitó a Salcedo a tomar asiento en el patio, al cobijo de un limonero, junto a las puertas abiertas de un granero que estaba vacío. El suelo era de tierra, pero a trozos estaba salpicado por piedras planas que afirmaban el terreno. Alrededor del patio se elevaban las paredes de la casa, encaladas y limpias, y las escaleras de piedra que subían al piso superior estaban defendidas por una barandilla de hierro sin oxidar. Arriba, un corredor con baranda de madera llegaba hasta las diferentes estancias, todas apagadas a esa hora. En el patio había una humedad de recién regado que permitía respirar mejor y, al cobijo del limonero, un círculo de piedras parejas configuraban una especie de asentamiento donde poder reunirse para conversar en torno a unos vasos de vino en las caliginosas noches del estío. Hacía mucho calor, insufrible para un recién llegado, pero al amparo de aquel patio respirar era un poco más fácil.
Salcedo pidió permiso con un gesto inapreciable, dejó la maleta en el suelo, se quitó la chaqueta y la dejó doblada sobre las piernas cuando se sentó en uno de los poyetes de granito. Luego se aflojó un poco más el nudo de la corbata, respiró hondo y se desabrochó el primer botón de la camisa.
—Parece que hace calor —resopló.
—¿Calor? Bueno... Hasta los cuarenta y seis grados hemos llegado hoy. —Don Aurelio suspiró también—. Y así todos los días. Nadie en el pueblo se recuerda de un verano así, tan exagerado, se lo aseguro; pero estamos empezando a acostumbrarnos. ¿Un trago? —Señaló el botijo.
—Gracias. —El inspector Salcedo levantó el botijo y se regó la garganta con poca maña, mojándose la barbilla y la pechera de la camisa, una torpeza que agradeció porque, en esos momentos, refrescarse era lo que más deseaba. Chasqueó la lengua, levantó el botijo y se lo devolvió al alcalde antes de decir—: Espero no incomodarle, don Aurelio, pero traigo instrucciones precisas de Madrid y necesito que me lo cuente todo.
—A eso vamos. —Don Aurelio respiró también profundamente, removiendo el palillo entre los dientes—. ¿Sabe cuántos años llevo queriéndolo explicar a los de la capital? Pues ni caso...
—¿Lo del asesinato?
—Ah, ¿eso? No, eso no.
Salcedo extrajo del bolsillo lateral de su chaqueta una cajetilla de cigarrillos Lucky y ofreció uno a don Aurelio, que lo miró entusiasmado y lo tomó complacido. Le pasó el chisquero a Salcedo, para que prendiese el suyo, mientras contemplaba su cigarrillo y lo acariciaba como si se tratara de un lingote de oro puro.
—Aquí liamos picadura, no hay para más... Estos lujos no son para el pueblo.
Salcedo no respondió. Exhaló la primera bocanada de humo a las alturas y se dejó caer sobre sus muslos, apoyándose en los antebrazos. Luego volvió a alzar la cabeza para respirar mejor. El cielo se había llenado de estrellas, pero la noche seguía envuelta en fuego. No podía dejar de sudar.
—Buena está la noche —comentó.
—Buena, sí.
***
Lo primero que tenía que saberse cuando el pueblo se partió en dos, tal y como dictó el Delegado, era que La Dúvida era un pueblo perteneciente a la República de Portugal: eso tenía que quedar muy claro. Y en un mástil tan altivo como innecesario, elevado en el centro de su calle principal, que por otra parte era la única, debía ondear a toda hora la enseña portuguesa. Desde ese momento, en la escuela, los niños recibirían las lecciones en portugués, sin excusas; y a cargo de una maestra adiestrada que explicaría única y exclusivamente las enseñanzas y valores del Estado recién implantado, al que se debían. Además, todos los vecinos tenían la obligación de aprenderlo y de expresarse en ese idioma. Para que aquello quedase claro, sobre el puente de piedra vieja que cruzaba el río Sever se estableció una aduana que, para ser cruzada, y hasta nueva orden, requería del permiso del mayordomo, regidor o alcalde del pueblo, función que hasta que se decidiese lo contrario desempeñaría el propio delegado gubernativo.
Pero aquello no era todo: a partir de entonces las transacciones dentro de la población se realizarían en escudos, careciendo la moneda española, la peseta, de valor como moneda de cambio. Hasta el dinero dejó de servir por decreto, como si las nuevas autoridades estuvieran convencidas de que cambiando el color del dinero se alteraría el calor de los afectos.
Por último, y como medida de urgencia, se prohibió la venta y difusión de cualquier cabecera de los periódicos españoles, así como todas las revistas y publicaciones que no fueran previamente autorizadas por el Delegado. La censura, principal estandarte del poder absoluto, se había implantado entre unos habitantes tan iletrados e inocentes que, por no saber, no sabían siquiera el significado de esa palabra.
En definitiva, había comenzado una nueva era de paz, justicia y orden para salvaguardar a los vecinos de La Dúvida de la perniciosa influencia de la Segunda República española, a todas luces anarquista, marxista, atea y librepensadora, según hizo saber el señor delegado en cuanto puso sus relucientes botas en la casa que iba a convertirse en su hogar, en su oficina y en su trono.
Aquel conjunto de órdenes desconcertantes, así como el anuncio del nacimiento de los nuevos tiempos, no habrían producido inconvenientes ni trastornos a los vecinos de La Dúvida si, al igual que la mayoría de las leyes absurdas, se hubieran dictado para ser desoídas, tal y como había venido sucediendo secularmente a ambos lados del río Sever cuando Madrid o Lisboa tomaban decisiones a ciegas, creyendo que no hay nada mejor que una ley para romper los vínculos grabados en los árboles genealógicos arraigados desde mucho antes de que nacieran las ideas que procreaban esas leyes. Y así imaginaron todos que iba a suceder una vez más, a un lado y otro del río, hasta que un buen día una madre portuguesa no pudo asistir al parto de su hija en el lado español del pueblo, hasta que otro día le impidieron a un campesino celebrar la comida de Navidad con su hermana en el lado portugués y hasta que, poco después, se inició el reparto oficial de cerdos y vacas para designar cuáles podían pastar u hocicar a una ladera u otra del cauce. La revuelta tardó un mes y medio en fraguarse, siete horas en producirse y diez minutos en sofocarse, justo el tiempo necesario para que dos balas de fusil luso acabaran con las vidas de un porquero portugués y del tahonero español. Hacía ya dos años de aquel trágico suceso y desde entonces anidaba en el pueblo un sentimiento de desconcierto que unas mañanas amanecía disfrazado de rabia y otras de resignación. Y la mayoría, también hay que decirlo, de indiferencia.
La falta de cultura es la peor de las miserias que atenazan la libertad del ser humano. Es madre de desdenes, apatías, resignaciones y sumisiones. La incultura es otra forma de muerte, porque no saber incapacita para exigir. Y junto al hambre, la enfermedad y la esclavitud, permite la injusticia. Al igual que al mendigo lo calla el mendrugo, al inculto lo silencia una palabra que desconoce, un argumento que no comprende, una ley inventada. Un pueblo sin cultura es prisionero de sí mismo y por ello es tan fácil de someter.
Y así sucedió en La Dúvida desde que se dispararon aquellas dos balas tan asesinas como innecesarias.
Por fortuna, con el paso de los días, el luto producido por la soldadesca portuguesa fue aliviándose con la tozudez de la vida y la naturalidad inconsciente de la desobediencia civil, tan sutil como constante y continuada. La caseta de la Guardia Nacional Republicana construida a la entrada del puente permanecía sin habitar cada vez con mayor frecuencia, pasando semanas enteras sin guarda ni vigilancia. Las vacas, iletradas como los vecinos e inmutables como las chumberas, pastaban a un lado u otro del río sin conocer de fronteras sino de hambres; y la llegada del mes de julio, cuando tocaba cosechar el trigo y la cebada, o la época de recogida del fruto de los perales, membrilleros, cerezos, melocotoneros y castaños, reunía a los vecinos de allí o de acá sin que el Delegado ocupara sus pensamientos en otra cosa que en guardarse del calor que, durante el día, sobrepasaba lo humanamente soportable y por la noche obligaba a reposar en una silla clavada a la puerta de la casa para acompasar las bocanadas de aire a las urgencias del cuerpo.
Desde aquel martes de octubre de 1933 en que se revolvieron así las cosas, esperaron en La Duda la respuesta a una carta enviada por el alcalde don Aurelio a Madrid, solicitando instrucciones para, se decía literalmente, «responder a la inaceptable agresión de las autoridades fascistas de Portugal». Y todavía habrían seguido esperando una respuesta si no hubiera sido por la tragedia que había supuesto el brutal asesinato de Guadalupe Veloso, la Lupe, y el posterior secuestro de un vecino portugués a manos del alcalde español y de los dos carabineros que actuaban siempre bajo sus órdenes y le aceptaban como su único mando superior en la aldea, a falta de un guardia local municipal como hubiera correspondido por la escasa entidad de la aldea.
***
El inspector Salcedo no tenía el menor interés en conocer los pormenores de un pueblo en el que, con toda seguridad, no volvería a poner los pies una vez hubiera resuelto el caso que lo había llevado hasta allí. Pero entre la fatiga del viaje, el insoportable ambiente vulturno que incendiaba la noche y la cortesía debida a su anfitrión, no le pareció correcto detener al alcalde en la cháchara que inició en cuanto se refrescó un par de veces el gaznate con el frescor del agua que encerraba aquel botijo pesado como el cofre de un tesoro. Don Aurelio carraspeó con la segunda chupada al cigarrillo rubio y lo primero que dijo fue que en La Duda mandaba él como regidor, mayordomo o alcalde, cada cual lo llamaba de una manera. Su expresión no era de satisfacción, ni de superioridad, ni siquiera de orgullo; más bien parecía de humildad y conformismo con el destino que le había correspondido en la vida.
Y a continuación siguió explicando el modo en que había llegado a esa posición predominante en la aldea, un proceso repetido año tras año según el cual se celebraban elecciones para el cargo un día fijo, o mejor dicho para los cargos, porque la tradición señalaba que los regidores habían de elegirse de dos en dos, y que ambos compartirían en ese periodo decisiones y responsabilidades. Lo que venía ocurriendo, terminó diciendo, era que, aunque siempre saliera algún vecino como el otro mayordomo, él era designado todos los años desde hacía una eternidad. Lo que no dejaba de tenerlo hastiado, confesó.
Por eso su compadre, ya le correspondiese a don Julián, el médico, a don Venancio, el cura, al señor Agapito, a Tobías, al tío Matías, a Silvio, a Pascual o a quien fuera, ninguno de ellos decidía, proponía ni se preocupaba nada por las cosas del municipio, porque sabían que don Aurelio era quien mejor conocía las necesidades de todos y quien las atendía con celeridad y, al decir de la gente, con buen criterio. Por eso, aun siendo dos, era como si siempre le tocase a él velar por el bienestar de todos.
Y luego siguió explicando las peculiaridades de la villa, lo que poco a poco fue atrayendo la curiosidad de Salcedo, por su singularidad y rareza.
—A las elecciones —contó don Aurelio— solo acuden a votar los hombres. Se celebran el día de la Virgen de agosto, a mitad del mes, y el procedimental que seguimos es el heredado de nuestros antepasados, y bien puede decirse que no cabe mayor simpleza: los alcaldes que acaban su año se sientan muy de mañana en la plazoleta de Las Cuatro Esquinas, justo adelante del bar, con una pizarra y un carbonciño, y a las ocho en punto de la mañana comienzan las votaciones. A partir de ese momento los hombres del pueblo, uno por uno, se acercan a uno de los alcaldes salientes y le dicen al oído los nombres de quienes quieren que gobiernen La Duda ese año que empieza. Ellos escriben los nombres en la pizarra, con cuidado de apuntar bien la casa que ha votado para que luego no haya pleitos, repeticiones ni olvidos. Como imaginará, el procedimiental es tan cabal que no más allá de las nueve de la mañana ya han votado las sesenta y dos familias del lado español del pueblo, lo mesmo que antes votaban también las cuarenta y una de la parte que ahora, por ser portuguesa, ya no vota. Y entonces hacemos el recontamiento y se pronuncian en voz alta los nombres de los designados. Si nadie pone objetura alguna, que la verdad es que nadie la pone, se borra la tableja y se la arroja al río como demostración de que la ceremonia es valiosa. Y ya está: se da la votancia por concluida. Y así lo venimos haciende desde..., qué sé yo. En todo caso, muy sencillo y democrático, como verá.
—Sí, sí —aceptó el inspector—. Así lo parece.
—Lo parece y lo es, amigo mío. Lo que queda después es..., ¿cómo se dice?, el traspasamiento de poderes. El mayordomo que sale entrega a uno de los que entra el libro que contiene las cuentas públicas y al otro una caxa de latón, luego se la enseñaré, la tengo ahí mesmo, en mi casa, con los escasos dineros que posee la comunidad. Es una pena que ya no puedan votar todas las familias, porque así era como se venía haciendo hasta que esos malditos portugueses...
—¿Y ahora? —preguntó Salcedo.
—Lo mesmo. Pero ya se lo he dicho: solo votan los hombres de este lado —respondió don Aurelio, sin disimular su descontento—. Y es injusto, porque decidimos controversias y quehaceres que nos afectan a todos por igual. Nuestras tierras, nuestros ganados, nuestras cosechas..., son de todos, como siempre...
—Lo que me sorprende, señor alcalde, es que las mujeres no voten. Se lo digo porque sabrá usted que la Constitución de nuestra República ha declarado que las mujeres pueden votar sin que... —objetó Salcedo, sin buscar con su tono iniciar debate alguno.
—Ya, ya. No necesito que me lo explique usted, inspector, no somos tan burros. —La réplica de don Aurelio no fue amable a pesar de la suavidad de la objeción de Salcedo—. Pero, mire usted por dónde, aquí todavía no, aquí las mujeres no votan. Y, ¿sabe por qué? Pues porque son ellas las encargadas de decir a los mayordomos elegidos lo que es de urgencia atender en el pueblo y, además, el mismísimo orden en que hay que atenderlo. Y aunque no lo crea usted son obedecidas a punto cabal, por supuesto. Son ellas las que mandan, no como en las elecciones de ustedes, las del 33, que han dado el poder a la derecha porque las mujeres han votado lo que les decía su marido y el cura de turno. ¿Qué le parece?
—Ya —aceptó Salcedo sin el menor convencimiento—. Yo creo que las derechas no han ganado por culpa de las mujeres, sino por la desunión de las izquierdas. Pero, así y todo, a lo que vamos es que la ley...
—La ley, la ley... Pues vamos a ver qué tiene de malo nuestra ley. —El alcalde echó otro buche al botijo y, dando por zanjada la interrupción, siguió explicando—: Aluego, si a lo largo del año se apersonan nuevos asuntos, sea un pleito por tierras, discrepancias por laboreos o cualquier voz altiforçada que afecte a la municipalidad, yo mesmo aviso a don Venancio y es la campana de la iglesia la encargada de llamar a la asamblea que por la vespertina nos reúne a todos junto al puente, en el río, y allí se acuerda la solución que convenga por unanimosidad o por mayoría, como tenga que ser.
—Eso está bien —asintió Salcedo, palmeando el aire para alejar, sin conseguirlo, dos moscas cebadas en él.
—Y tanto. —El alcalde resopló satisfecho—. En La Duda y en La Dúvida existen las leyes que nos imponen desde Madrid y desde Lisboa, inspector, se lo aseguro, pero para nosotros son como las margaritas para los puercos: innecesarias. No le digo que no sean buenas, que buenas serán, y con gusto las aceptaríamos si en algo nos sirvieran, pero ya ve que...
—¿Y qué me dice del asesinato de esa mujer? Porque, alcalde, yo he venido a eso...
—Ah. ¿Lo de la Lupe? —Don Aurelio se levantó despacio exhalando un gemido por el esfuerzo—. Ay, amigo, esa música es para otro cantar.
4
La Estirá tenía tantos años que hacía muchos que no había cumplido ninguno más. Espigada y enjuta, magra de carnes y sin poder añadir más arrugas a la única piel que no llevaba cubierta por telas negras, tenía las manos afiladas, retorcidas y huesudas como árbol de coral o cepa de olivo y la cara tan cadavérica que cuando muriese nadie notaría la diferencia. Con los ojos hundidos y acuosos, la nariz curva como una hoz y la boca igual que un tajo en la cara, carecía de labios y quizá también de dientes, aunque ello fuera algo que no podría asegurarse porque hacía muchos años que no había abierto la boca ni pronunciado palabra: si se había quedado muda o su actitud respondía a una promesa a la Virgen de la Luz, era imposible saberlo. Ni siquiera don Aurelio recordaba el timbre de su voz. A pesar de sus muchos años, caminaba con la cabeza erguida y la espalda envarada desde que se la recordaba, de ahí el apodo, y aunque los inviernos le habían robado la juventud, ninguna estación había conseguido doblegar su figura altiva ni el mástil indestructible de su espinazo.
Por la casa caminaba ágil sin hacer ruido, permanentemente envuelta en un sudario negro de los pies a la cabeza, coronada por un pañuelo igualmente negro que no permitía ver si le quedaba algún pelo. Una toquilla le cubría los hombros y se cruzaba sobre el pecho afirmada por un imperdible del color de la plata que siempre relucía de puro limpio. La Estirá no salía de la casa en todo el día, solo al amanecer para tender alguna ropa en el patio y los domingos a la misa de ocho mientras no viese cruzar el cielo un águila calzada, porque entonces leía en su vuelo un anuncio de desgracia y se resguardaba en la casa para rezar avemarías hasta que se conjurara el aojo. Y cuando tocaba hacer alguna compra en el almacén de ultramarinos de abajo, o llegaba el carromato de las cosas que vendía de pueblo en pueblo Santiago el Manco, corría como alma en fuga, señalando con el dedo lo que quería y entregando las monedas de cobre después de contarlas muy despacio dos veces. La Estirá siempre daba el importe exacto para no tener que esperar las vueltas.
Era conocida por todos los vecinos, pero se comportaba como si ella no conociera a nadie. Nunca se bañó, que se supiera, ni dejó que se le viera prenda íntima alguna colgada en la cuerda del secado. Quizá no las usara. Se santiguaba tres veces cuando un trueno cruzaba el cielo y mataba los pollos ahorcándolos con un alambre que tenía en la cocina para no tener que untarse las manos con la viscosidad de su sangre caliente.
De todas formas no podía decirse que su presencia en la casa resultase incómoda para don Aurelio, aunque el alcalde la odiaba porque con esa manía de desplazarse por las estancias sin hacer el menor ruido su aparición inesperada le daba unos sustos de muerte. Más de una vez la maldijo a voces y le deseó que el diablo se la llevase al otro mundo, pero ni en aquellas circunstancias se la oyó replicar. Alzaba las cejas, volvía la cara y se marchaba a la cocina.
Lo que ignoraba don Aurelio era que ella también lo odiaba con todas sus fuerzas desde aquella vez en que no quiso leerle las cartas que le llegaban desde el otro lado del mar. La historia más desgarradora y punzante de su vida.
Muda, medio sorda, desobediente y antipática, la Estirá gobernaba la casa sin que se notara cómo lo hacía; la ordenaba y limpiaba; cocinaba y atendía el corral. Pero, hada o bruja, tenía el don de la desaparición y nunca se la encontraba cuando se la buscaba. Tal vez el pequeño Lucio, por una vez, hubiese tenido suerte y la vieja estuviese ya preparando el cuarto donde iba a hospedarse el inspector durante algunos días.
***
Muy distinto de carácter, don Aurelio, el regidor, mayordomo o alcalde de La Duda, era un hombre tan convencido de que al día siguiente saldría otra vez el sol que a todas horas se mostraba campechano y dicharachero, pausado en el hablar y con un vocabulario peculiar formado por palabras reales y otras que mezclaba de dos idiomas o que sencillamente se inventaba, pero que expresaban con aceptable coherencia lo que quería decir. Hablaba un castellano bastante correcto, entreverado con palabras portuguesas y otras a las que daba sentido con una personal mezcolanza de ambas lenguas. Cuando el inspector Salcedo le preguntaba por el significado de algún vocablo o expresión que le resultaba incomprensible, él explicaba que en el pueblo pervivía una especie de dialecto local que había atravesado el tartamudeo de los tiempos, asegurando a continuación que aquella manera de hablar era la que forjaba la identidad de una comunidad que llevaba siglos dando la espalda a la inutilidad de las fronteras que habían decidido los hombres, porque si el sol y el jabalí no las necesitaban, y si la lluvia no miraba dónde desplomarse para dar de beber a la tierra, en ese pueblo no iban a ser menos e ignorarse los vecinos entre ellos por haber nacido un palmo más allá o acá de un río que solo era tributario del Tajo, no de los ministerios gubernamentales de Lisboa o de Madrid.
Salcedo le preguntó intrigado qué era él en realidad y a qué formación política representaba en el pueblo. Y don Aurelio, sin pensarlo, cerró la cuestión con la contundencia de un aguacero:
—Soy uno de los mayordomos, inspector. Solo eso. Y mi partido es el que usted quiera, que aquí no tenemos de eso. Además, ¿cómo vamos a tener un partido si ni siquiera sabemos cuál es nuestro país?
El inspector oyó la respuesta pero no estuvo seguro de haberla comprendido. Arrugó los ojos con la mano detenida en el aire camino de la boca, a donde se llevaba el cigarrillo, y aseguró:
—La Duda es un municipio de España, señor alcalde.
—¿Seguro? —respondió socarrón don Aurelio.
—¡Desde luego! —reafirmó Salcedo.
Entonces el regidor tomó aire, se secó el sudor de la frente con un guiñapo arrugado que sacó de la trasera del pantalón y le explicó la verdadera situación al recién llegado, anunciándole que lo hacía para que tomara buena nota.
Habló despacio, explayándose en grandes detalles, acerca de la historia de su pueblo, de la extraña ubicación de las casas distribuidas a ambos lados de ese riachuelo que jugaba a ser frontera y, sobre todo, de la normalidad tradicional que ahora había sido gravemente alterada por la dictadura portuguesa sin que a Madrid le hubiese importado un comino.
—Aquí ha sucedido como en el juicio del rey Salomón, ¿recuerda? —dijo, respirando hondo—. Dos madres dicen que el zagal es suyo y el rey ordena partirlo por mitad y dar un cacho a cada una. Solo que una de las madres pide clemencia y prefiere que el crío siga vivo en brazos de la otra. Y por eso Salomón sabe cuál es la verdadera madre. Pues aquí, lo mesmo. Lo mesmo, lo mesmo que lo de Salomón, pero al revés: ni Madrid ni Lisboa han querido ser la madre y entre todos nos han abierto en canal, lo mismo que a gorrino sin amo. ¡Cago en la...!
Luego, cada vez más irritado, enumeró las familias partidas por la fuerza que, al menos, ahora podían volver a reunirse otra vez; pero más a causa de la relajación de la soldadesca lusa que por el imperativo de las normas dictadas desde Lisboa o por el inexistente amparo de Madrid.
Alzó la voz al recordar el abandono que habían sentido al no recibir respuesta alguna de la capital cuando se produjo la ofensa de Portugal contra un pueblo que no hacía mal a nadie, por mucho que un río miserable lo mantuviese partido en dos desde el comienzo de los tiempos.
Y terminó enojado, exigiendo una solución inmediata a la agresión que estaban sufriendo, en lugar de preocuparse por la situación de un pobre imbécil que, al fin y al cabo, solo había matado a su prometida, vaya cosa, como si aquello tuviera alguna importancia en comparación con todo lo demás que estaba ocurriendo. Así que si era eso a lo que había venido desde Madrid, ya se podía empezar a atar los machos porque ni él ni nadie en el pueblo lo iba a comprender.
—Y es que solo se recuerdan de nosotros cuando la necesidad apreta, inspector. Somos la furcia de Madrid o la ramera de Lisboa...
—O una injusticia del rey Salomón, ya lo he entendido. —El policía se metió las manos en los bolsillos—. En fin, que lo siento mucho, señor alcalde, pero yo me tengo que limitar a cumplir las órdenes —concluyó Salcedo, tajante—. A eso vengo y a nada más.
—¿No le decía yo? —El alcalde meneó la cabeza, indignado—. A olisfatear donde no les importa... ¿Y se puede saber qué es lo que quiere que le diga?
—Lo que sepa del asesinato de esa mujer.
—Pues no hay mucho...
***
Don Aurelio se tomó su tiempo antes de empezar a relatar que el 24 de junio, festividad de San Juan, patrono del pueblo, se celebraron meriendas en la ribera del Sever y baile en la plazoleta de Las Cuatro Esquinas con músicas de acordeón y noche regada de vino y cerveza con generosidad. Como todos los años, recalcó el alcalde.
A la fiesta acudió todo el pueblo, tanto los vecinos de La Duda como los de La Dúvida de Portugal, que ahora eran dos sin dejar de ser uno, «como la santísima trinidad pero sin paloma», aclaró don Aurelio, sonriendo su propia gracia. Y como todos los años, continuó, la fiesta se corrió hasta el alba, cada cual a lo suyo, unos despachándose en el baile y otros, los jóvenes, despachándose por su cuenta en asuntos de carne tan propios de la poca edad. «En fin, como todos los años, ya le digo».
—Durante la tarde, y como es de ley —siguió explicando don Aurelio—, habíamos reunido asamblea vecinal para destripar los turnos y convenir los repartos de era para la cosecha, algo que hacemos en comenzando junio. En el sorteo entran todos los hombres, vivan a un lado u otro, que ni el trigo ni la cebada saben de políticas y se dejan segar en cualquier idioma. Y al final todo el mundo quedó conforme y satisfecho con lo que le había tocado en el laboreo. Aquí somos así, señor inspector. Por eso corrió el vino sin tacañería y la fiesta arrinconó las saudades del año.
Don Aurelio se quedó pensativo unos instantes, con los ojos perdidos en el final del mundo y la mandíbula caída, respirando por la boca abierta como si le costase esfuerzo seguir. El inspector respetó aquel momentáneo silencio y aprovechó para secarse también el sudor del cuello con el pañuelo que se sacó del bolsillo del pantalón.
—¿Cómo se llamaba la mujer? —preguntó al fin.
—Lupe. Guadalupe Veloso. Así se nombraba.
—¿Y qué pasó?
—A saber... —El alcalde apartó la mirada y se acomodó en el mojón antes de recostarse desdeñoso en el tronco del limonero—. Esa noche los jóvenes se desahogan, ya se lo he dicho. No es que haya muchos en edad casadera, y mujeres aún menos, pero todo el pueblo sabía que la Lupe y el Mario estaban arreglados.
—¿Y por qué no se iba a saber? —Salcedo frunció los ojos, sin intuir la causa de la justificación.
—¡Porque se ocultaban muy bien, rediós! —alzó la voz don Aurelio—. ¿Por qué iba a ser? Ah, ya... Que usted no tiene por qué saberlo, claro... —recapacitó el alcalde y volvió la cabeza hacia lo alto para pensar la mejor manera de explicarlo—. Pero, ¿tú qué haces ahí, renacuajo?
El inspector Salcedo levantó también la cara y buscó a quién se dirigía el alcalde en ese tono. Y allí, en lo más alto, sentado en el corredor con las piernas colgando, Lucio seguía la conversación de los hombres con los ojos encendidos, las manos aferradas a los barrotes de madera de la balaustrada y la cabeza encajada entre dos de ellos.
—Yo nada, señor alcalde. Nada —respondió el pequeño balbuciendo excusas—. Que la Estirá ya tiene listo el cuarto.
—¡Pues largo de aquí, mal bicho! ¿Se puede saber qué nabos siembras tú en mi casa? ¡Vete a apañar cagajones!
—¡Volando! —replicó el muchacho, desencajándose del presidio de los barrotes y poniéndose en pie—. Si no se le ofrece nada más...
—¡Venga, a tu casa! —ordenó el alcalde.
—Sí, sí... —Lucio obedeció mientras corría escaleras abajo y se dirigía al portón—. Pero, ¿no le ha dicho usted al policía lo de la Marcelina? Lo de la Marcelina —repitió—. Dígaselo.
Salcedo vio, con una sonrisa en los labios, al muchacho correr como si un enjambre de avispas lo anduviera persiguiendo.
Era un chico despabilado, sin duda, pensó Salcedo; y también pobre, con aquellos pantalones viejos a media pierna, la camisola blanca raída y las manos sucias. Flaco y espigado, no tenía en cambio cara de hambre. A buen seguro comía caliente. Salcedo lo comentó:
—Buen chaval.
—Y tanto —replicó don Aurelio.
—Y eso de apañar..., eso que le ha dicho. ¿Qué significa?
—Cagajones... Es una expresión de lo más corriente por aquí... —aclaró el alcalde—. Los cagajones son los... ¿cómo se dice?, las cagadas de las bestias, los... excrementos. Para el abono del huerto, ya sabe. Aquí los recogen los críos, parece que les divierte la cosa. Apañar cagajones es eso, ir en busca y recogida de cagadas de cabra, de oveja, de vaca, de burro o de mula para el abono de la tierra. Pero también es una manera de mandar a alguien a hacer puñetas, seguro que eso lo entiende usted mejor, inspector.
—Mejor, sí.
—Pues eso.
***
Los cagajones, como los llamaba el alcalde, debían de ser en aquel pueblo un suculento e inagotable festín para las moscas, pensó Salcedo. Por eso había tantas y tan insistentes. Desde que había llegado no había pasado un instante en que no hubiera tenido que agitar las manos para espantarlas de la cara, el cuello o los brazos, y esa gimnasia con semejante calorina era un suplicio al que tendría que acostumbrarse porque nada hacía pensar que la plaga fuese a extinguirse de un día para otro. Salcedo odiaba los insectos, aunque la verdad era que, entre ellos, las moscas eran los únicos que no le provocaban pavor. Todos los demás le aterraban. Por eso, de repente, pensó que detrás de aquella oscuridad, entre las rendijas de las piedras, a la penumbra de los rincones y en las costuras de toda la casa habría un millón de bichos acechándole, dispuestos a quedarse a solas con él para picarle, morderle, atacarle y devorarle. De inmediato, sin saber por qué, empezó a picarle todo el cuerpo. Y para no demostrar el miedo que le atenazaba y disimular su cobardía ante un hombre como el alcalde, que por su aspecto parecía muy capaz de aplastar cucarachas con la palma de la mano y descabezar lagartos de un mordisco, se puso de pie y empezó a pasear por el patio, mirando al suelo de reojo para no pisar cualquier cosa que crujiera ni permitir que algún ser vivo con más de dos patas se le introdujera por las perneras del pantalón y escalase por sus pantorrillas hasta los muslos.
Habría mosquitos, pensó. Y, sobre todo, ratas, lagartijas, salamandras y cucarachas. Incluso toda clase de culebras, serpientes y víboras. No sabía si podría soportarlo.
Lo mejor será no pensar en ello, se dijo Salcedo. Al menos por ahora. Tiempo habría de rebuscar en el cuarto donde le correspondiese dormir el modo de escapar de la marabunta de insectos, que no serían precisamente hormigas, decididos a acosarle y a mantenerlo en vilo hasta el alba. ¡Qué horror!
5
Desde el comienzo de la década de los años treinta España y Portugal habían seguido caminos muy distintos, y desde el punto de vista político, divergentes.
El 14 de abril de 1931 se había proclamado en España una República que ensalzaba los valores de la libertad, la igualdad y la democracia, inspirada por unos trabajadores, fueran de la inteligencia o de la alpargata, hastiados de una monarquía indolente que había cedido su poder a una dictadura sin respuestas, presidida por el general Primo de Rivera. Una dictadura obsoleta que de inmediato se puso al servicio de la aristocracia casposa y caciquil que no había sabido salir de principios del siglo XIX, cuando el nefasto rey Fernando VII creyó en la gran utilidad de las cadenas como medio para impedir la libertad de los ciudadanos y para cerrar el paso a los ideales nacidos de la Ilustración.
Muy al contrario, en Portugal, en el año 1932 se publicó el proyecto de una nueva Constitución y el presidente Carmona cedió al líder de la Unión Nacional, Antonio de Oliveira Salazar, la presidencia del Consejo, permitiéndole convertirse en dictador y que impusiera en Portugal un régimen político lleno de fastos y tocado por la autocomplacencia. Así, una vez aprobada en referéndum la nueva Constitución de 1933, Salazar creó en Portugal el llamado Estado Novo: una dictadura que seguía los modelos del fascismo italiano de Mussolini y del Tercer Reich alemán de Adolf Hitler.
Oliveira Salazar no dudó en convertir el sistema político portugués en un régimen nacionalista sustentado en diversos pilares, pero sobre todo en dos: la censura de todo cuanto se publicaba en el interior o se recibía del exterior y la represión de la policía política creada para sembrar el terror, la Policía Internacional y de Defensa del Estado, más conocida por sus iniciales, PIDE.
Además de la censura periodística y del terror que inspiraba la omnipresencia de la PIDE, el dictador Salazar se acogió al amparo de la Iglesia católica, de la que obtuvo un apoyo absoluto e injustificado; y de inmediato se apuntaló con la eficacia de un aparato de propaganda totalizador que ensalzaba valores tan trasnochados como el culto al jefe. Para ello creó también algunas organizaciones paramilitares al servicio del nuevo régimen, unos escuadrones fascistas a los que se les permitía campar a sus anchas por todo el territorio luso, como la sanguinaria Legión Portuguesa de los adultos y la juvenil, alocada y perturbadora Mocidade Portuguesa.
Con el Estado Novo, basado económicamente en el corporativismo como sistema de producción y manera supuestamente democrática de repartir la riqueza nacional, se establecieron de inmediato unas normas obligatorias que transformaron a Portugal en una dictadura implacable e intolerante en todos los aspectos. Salazar prohibió todos los partidos políticos excepto el suyo y estableció un poder absoluto personal que arrebató todas sus potestades al presidente de la República, quien quedó relegado a meras funciones ceremoniales y protocolarias. La nueva ideología tenía un fuerte componente católico; la censura previa mutilaba y dirigía la información que se publicaba en la prensa y se emitía por la radio; las organizaciones juveniles aprendían la ideología difundida por el régimen y debían extenderla, además de practicar una obediencia ciega al jefe; la policía política y las organizaciones paramilitares interrogaban, torturaban y encarcelaban de manera indiscriminada a quienes considerasen oportuno, con el único fin de que nadie se confiara y así se extendiera el terror. Como colofón, para garantizarse el futuro, se implantó un sistema educativo centrado en la exaltación de los valores patrios, en el orgullo por el pasado portugués, en el Imperio, en la esclavitud de las colonias, en la naftalina de la tradición, en la moral de la Iglesia católica y en las consideradas buenas costumbres.
De esa forma el país se transformó en poco tiempo en una tiranía que no permitía desviacionismo alguno. Y en esa situación, cuando las autoridades repararon en la existencia de La Dúvida, esa especie de isla fronteriza hermanada con una aldea regida por los principios constitucionales y democráticos de la II República Española, no dudaron en enviar a un agente de la PIDE a poner orden, con el nombramiento de Delegado, y a restablecer los valores del Estado Novo.
Y así comenzó una relación incomprensible para dos pueblos que nunca supieron serlo y surgieron las contrariedades que pervirtieron las relaciones de una comunidad pacífica cuya última preocupación, en el caso de existir, era la política. Pero el poder de Lisboa quiso que las cosas cambiaran radicalmente y las decisiones se tomaron sin tener en cuenta la opinión de los gobernados, al igual que los modelos que imitaba.
***
—Diablo de muchacho —comentó don Aurelio en cuanto Lucio salió de la casa—. Un gran zagal...
—Parece despabilado, sí —asintió Salcedo, mientras miraba los suelos y se rascaba los muslos y los antebrazos del modo más disimulado posible.
—¿Despabilado? —El alcalde sonrió y se llevó el dedo índice a la frente, tamborileando sobre ella—. ¡Lo más despejado del pueblo! ¡Lo que yo le diga! Y la lástima es que se haya quedado solo —se lamentó a continuación, chasqueando la lengua mientras movía la cabeza a un lado y otro—. La escuela está al otro lado del río, en manos de los portugueses, y como allí ahora solo se enseñan las cosas del fascismo, su padre se ha negado a que vaya. El rapaz está sin amigos. Los que tenía son ahora portugueses y apenas pueden verse.
—Y entonces, ¿qué hace durante todo el día? —se interesó Salcedo.
—Pues ya ve... Lee, estudia por su cuenta... Y el caso es que el chico aprende, claro. Es tan despierto, tan despejado, y tantos son sus afanes de saber, que no hay nada que se le escape. De todo mal pedo saca una buena lección, el muy bichejo.
El inspector creyó ver que algo corría por el patio, pegado a la pared, y de inmediato buscó refugio en el sillar de piedra más cercano a don Aurelio, sin dejar de observar el rumbo por el que había creído ver lo que fuera.
—Pues algo habría que hacer —comentó Salcedo, por compromiso, aparentando mostrarse de acuerdo con lo que decía el alcalde, aunque no estaba seguro de haberle oído bien por estar mucho más pendiente de las rastreras circunstancias imaginarias que lo amenazaban y atenazaban.
—¿Y acaso cree que no lo he hecho? —se defendió don Aurelio sin motivo, porque para Salcedo la situación del muchacho no figuraba entre sus actuales prioridades—. He escrito a varios pueblos de la comarca y al mismísimo delegado de Educación de Cáceres para ver si hay algún maestro que pueda venir al menos un día a la semana para hacerse cargo de él y de su gobernanza, pero ya ve los resultandos. Hasta me han prometido enviar a una de esas Misiones Pedagógicas, aunque mucho prometer, mucho prometer, pero nada más. Menos mal que, entre tanto, lee todo lo que cae en sus manos, algo es algo.
—Sí. Comprendo. —Salcedo continuó rebuscando la causa de sus temores entre las sombras.
Entonces don Aurelio levantó la cabeza y vio la silueta de la Estirá arriba, al final de la escalera, inmóvil. Entendió su presencia de inmediato.
—En fin, subamos a cenar, inspector —dijo, poniéndose en pie con cierto esfuerzo—. La cena está en la mesa.
—Ah, sí, sí, por supuesto. —Una brisa de alivio recorrió los sudores y miedos del inspector, que se puso de pie de un brinco—. Claro que, si supone alguna molestia —Salcedo cabeceó, fingiendo cortesía y pudor—, yo no...
—Ninguna, ninguna. —El alcalde abanicó el aire con una mano—. Seguiremos con nuestra charlatanería durante la cena. Vamos.
***
Sobre una mesa sin mantel y a la luz de dos velones esperaban dos platos de loza, una hogaza de pan, un plato de torreznos, un perol con un cucharón de madera y dos juegos de cuchillo y tenedor. Una botella de vino de la tierra y una jarra de agua con cuatro vasos de vidrio completaban la presentación.
El alcalde señaló a Salcedo su lugar y luego se sentó en el suyo.
La estancia, en penumbra, estaba deshabitada de muebles, pero resultaba acogedora y serena. Una chimenea de piedra gris sin leña ocupaba buena parte de una pared, sobre la que había una repisa de la que colgaban del asa dos jarras de barro y, de unas alcayatas gruesas, tres cucharones de madera y la badila con la que remover las yescas y recolocar los troncos cuando en invierno hiciera falta calentarse con el hogar en llamas. Sobre la repisa de adorno descansaban otras tres jarras de barro y hacía equilibrios un plato de cerámica decorado con flores azules y un ribete dorado.
De las paredes, aparentemente cuidadas y pintadas en blanco, no colgaban cuadros: solo un calendario de 1935 que todavía mostraba el mes de junio, con la estampa de un caballo en actitud contemplativa y la quijada altiva como si olisqueara la humedad del viento que le desmadejaba las crines. Se habían olvidado de arrancar la hoja y pasar de mes. Y en un rincón dormitaba un catrecillo de cuero viejo con respaldo en el que calentarse en las noches más crudas del invierno y más lejos un sillar en el que se sentaría la Estirá, sin duda, porque a duras penas podría resistir el peso y volumen de un hombre cuya sombra, a la luz de las velas, se reflejaba en las paredes como la de un gigante de cuento.
Cuando ya estaban sentados a la mesa y se había escanciado el vino y servido el agua en los vasos de vidrio, la Estirá removió el perol con el cucharón y volcó en cada plato un guiso de arroz con liebre que aún permanecía templado. Luego devolvió la cuchara a la olla y salió de la estancia sin hacer ningún ruido.
—Tengo una duda, alcalde —comentó el inspector, mientras removía con el tenedor el contenido del plato servido ante él.
—Y yo dos —sonrió socarrón el alcalde—. Una a cada lado del puente.
—No, en serio —replicó Salcedo, aceptando la broma con una sonrisa y recostándose en el respaldo de la silla. Acababa de probar el guiso y había decidido esperar a que se enfriara por completo. Tenía demasiado calor para ingerirlo de inmediato—. ¿Quién es la Marcelina?
—Luego, luego... Ya le hablaré de ella —respondió el alcalde, desdeñoso, llevándose a la boca una cucharada colmada de arroz—. Está muy bueno, no deje que se enfríe.
—Bueno —aceptó Salcedo e, incorporándose, le imitó.
—La Marcelina, dice usted... —murmuró don Aurelio—. Vive ahí enfrente. Tal vez la haya visto al llegar.
—No sé. —El inspector no levantó los ojos del plato.
—Fijo que sí. —El alcalde se llevó el vaso a los labios—. Esa mujer siempre anda curioseando. Se ha asomado a la ventana para fisgonear su llegada, yo la he visto.
—Puede —concluyó Salcedo, recordando los ojos que le habían mirado—. Está bueno, sí. —Saboreó otra vez el guiso. Volvió a introducirse una cucharada en la boca y encontró sabroso el arroz, demasiado salado quizá, o cargado de especias, con un regusto final que no supo definir—. ¿Romero? —preguntó, chasqueando la lengua.
—No. Tomillo salsero —respondió indiferente el alcalde. Y siguió a lo suyo—: Lo que pasó aquel día fue que el padre de la Lupe, el tío Dimas, descubrió su cuerpo sajado y destripado, tendido en el suelo del establo, cuando fue a buscar la vaca para sacarla a pastar. La chica tenía el vestimento desgarrado, hecho jirones, por aquí y por aquí. —Deslizó un dedo por su propio pecho y su vientre, marcando el itinerario de los desgarros—. Tuvo que ser el jodío Mario, a ver quién si no, así que fui en busca de los carabineros, los saqué del cuartel, me los llevé al otro lado del río y me traje al chico al cubo.
Бесплатный фрагмент закончился.
