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TERESA ANDRÉS

BIOGRAFÍA

TERESA ANDRÉS

BIOGRAFÍA

Antonio Gómez Andrés

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© De los textos, los autores, 2013

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2013

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Ilustración de la cubierta: Teresa Andrés (1946)

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.

ISBN: 978-84-370-9336-9

Edición digital

A mi mujer y a mis hijos.

A mi familia, que siempre me ha ayudado generosamente.

A todos los que, desinteresadamente, me han proporcionado información y apoyo para escribir este libro.

ÍNDICE

CARTA ABIERTA A ANTONIO GÓMEZ ANDRÉS

PRÓLOGO

PARTE I: BIOGRAFÍA

PRIMEROS AÑOS Y PERIODO DE FORMACIÓN (1907-1935)

EL FRENTE POPULAR Y EL INICIO DE LA GUERRA CIVIL: 1936

EN VALENCIA (1937-1938)

BARCELONA Y EL FINAL DE LA GUERRA CIVIL (1938-1939) 91

EL EXILIO HASTA LA LIBERACIÓN DE PARÍS (1939-1944)

TRAS LA LIBERACIÓN

EL FINAL

BIBLIOGRAFÍA

PARTE II: ESCRITOS DE TERESA ANDRÉS

LAS BIBLIOTECAS GENERALES EN ESPAÑA

LA PARTICIPACIÓN DE LA MUJER EN EL MUNDO QUE NACE

LAS REALIZACIONES CULTURALES DE 1936-1939

CARTA ABIERTA A ANTONIO GÓMEZ ANDRÉS

Querido amigo:

Como usted sabe, las cosas relacionadas con la publicación de libros o periódicos han ocupado buena parte de mi actividad profesional y, por decirlo brevemente, de mi vida. Sé y reconozco, por tanto, que la argucia de cambiar el prólogo que usted quería por una carta abierta es un anacronismo en los hábitos literarios actuales. No creo que nadie caiga ya en él, excepto yo y probablemente algún autor próximo al ABC o a diarios semejantes. Discúlpeme por ello.

Como por nuestra edad y experiencia estamos más allá de ciertas timideces, me he decidido a adoptar este modelo ya infrecuente de presentación, porque permite escapar a las formas más rígidas del estilo supuestamente académico y, sobre todo, porque me facilita medianamente hablar de su libro de la manera más directa que pueda.

Claro está que la carta han de leerla usted y otros, todos los que sientan curiosidad por recorrer su libro y reflexionar sobre los datos enjutos y serenamente puestos sobre el papel que contiene. Espero que sean muchas personas. He procurado sugerir lo que viene a continuación, sin desvelarlo. En definitiva, no contar «el argumento» de su relato, pero tampoco dejar de lado lo que opino sobre él.

Le confesaré que, al principio, pensé que podría redactar un papel formulario y cortés, con frases del tipo «Las fotos y los escritos de Teresa Andrés reunidos por su hijo complementan las abundantes informaciones biográficas que él ha articulado, llenas de interés y presentadas de manera al mismo tiempo amena y sobria, equilibrada y rigurosa». Me intranquilicé en seguida. Esa solución, de mero trámite, no hubiese sido honesta ni justa, ni para con el biógrafo ni respecto a sus lectores. Usted, entre otras cosas por el trabajo de investigador que ha culminado, merecía por mi parte algunas palabras que en parte lo compensaran y que en cualquier caso resaltaran la importancia de lo conseguido con su esfuerzo y su tenacidad. Y el motivo de su laboriosa investigación reclamaba aún con más derechos mi opinión más sincera, fuera ya de las pautas habituales en los prólogos, las críticas y reseñas que de manera constante invaden a quienes aún se dejan invadir por ellas –le confesaré que no es mi caso, a estas alturas, y pienso que tal vez tampoco sea el suyo.

Buscar una relación más directa entre los textos del autor y del prologuista me parecía más necesario porque yo he sufrido con verdadera pesadumbre adentrándome en estas páginas que dedica a restablecer la personalidad de su madre. Acaso sea esta la causa de que una carta, aun abierta y pública, resulte en mi opinión más directa que un «prólogo».

Digo que he sufrido leyendo su libro. No seré el único, porque no creo que nadie pueda adentrarse con indiferencia en la descripción bien documentada, implacablemente clara, que ha hecho sobre la barbarie que se proyectó sobre la vida de Teresa Andrés y su familia, que trastocó todas sus expectativas y tal vez la llevó a morir a los 39 años, cuando aún tenía tanto por hacer y por decir. Cuando, fuera y libre de la España franquista, acabadas ya la ocupación alemana de Francia y la Segunda Guerra Mundial, había retomado su actividad pública y combativa, al mismo tiempo que su carrera profesional, tan prometedora desde que se inició.

Su trayectoria fue una muestra clarísima de cómo la sublevación de Mola, Sanjurjo, Queipo de Llano, Franco y sus cómplices impidió durante mucho tiempo progresos perdurables en el desarrollo cultural y científico en España.

La persecución y a veces el asesinato de científicos e intelectuales, el «atroz desmoche» de la Universidad de que hablaba Pedro Laín Entralgo –un arrepentido– y que ha servido como título para un estudio estremecedor, la censura y el exilio fueron prácticas brutales para imponer por medio de un eficacísimo sistema de terrorismo de Estado ciertas formas de pensamiento y de expresión, además de unas normas de conducta fundamentalmente hipócritas en el ámbito académico –y fuera de él.

Además, se instauró un sistema de enriquecimiento mafioso en el que se «formaron» familiarmente algunos de los responsables del saqueo que actualmente padecemos y que también va seguido de un nuevo exilio forzoso de jóvenes científicos y del empobrecimiento, tal vez hasta desmoronarla, de la Universidad pública y de la investigación científica independiente.

En ese ambiente, poco podría haber hecho su madre para desarrollar su ya brillante carrera profesional. Pero fuera de él, libre de él, podría haber hecho mucho. La muerte lo frustró.

Todas estas cuestiones tienen una presencia relevante en estas páginas. Y era necesario que así fuese porque, conviene repetirlo, decidió el destino de su madre y su padre, el de buena parte de su familia –su tío Eliseo Gómez Serrano, por ejemplo, fue asesinado por el franquismo.

Ha hecho usted un trabajo admirable de rastreo y reconstrucción de fragmentos. Hay que hacer muchos más como el suyo. Entre otras razones, para dejar claro, a través de cada caso individual, los efectos de una dictadura que aniquiló a una enorme cantidad de personas de toda clase y condición para proteger los beneficios de unos pocos.

En su narración hay, serenamente expuestas, una acumulación de tragedias. Alguien podrá decir con ademanes displicentes de perdonavidas: «casos como este hubo muchos otros». Ese alguien hipotético sería un imbécil. Conque hubiese sólo un caso semejante ya sería motivo suficiente para repudiar a quienes causaron tantas desgracias. Y, de cualquier forma, la historia que usted narra es ejemplificadora de muchos otros episodios semejantes, de los cuales sólo se conoce, después de tantos años, lo que los familiares, y algunos historiadores, han ido sacando a la luz antes de que se borre para siempre la memoria de la barbarie que de manera organizada y durante muchos años fue norma de conducta para los sublevados de 1936. Es la unión de todas las historias particulares la que nos permitirá rehacer una visión exacta y más completa de lo que pasó.

No quieren que se sepa lo que ocurrió en las zonas que fueron poco a poco controlando los rebeldes desde sus puntos de partida, donde de inmediato se aplicaron a la represión inmisericorde. Es lógico que aún haya quien no lo quiera. Pero el crimen generalizado fue tan grande que no pueden taparlo nuestros contemporáneos, que aún prosperan gracias a él, a la herencia que de las matanzas y del miedo recibieron.

Así, este libro resulta ser, al mismo tiempo, un relato emocionante y estremecedor y un testimonio historiográfico que cabe considerar de gran valor acerca de Teresa Andrés, una persona poco o nada conocida hasta hace algunos años. Y también acerca de las circunstancias excepcionales y en buena parte dramáticas que rodearon su vida, a consecuencia de la rebelión de 1936 y, después, del exilio al que tuvo que someterse para evitar las represalias de los vencedores, tres años después, y quién sabe si la muerte por asesinato, semejante a la que ya habían sufrido su padre y uno de sus hermanos.

Puedo pensar que en el origen de esta obra están las muchas preguntas que sobre Teresa Andrés ha debido formularse durante años usted, el médico Antonio Gómez Andrés, nacido en el París ocupado, el 10 de diciembre de 1941, y poco después enviado al triste Madrid, aquella «ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)» de la que hablaba Dámaso Alonso, donde había tenido que refugiarse su familia materna. Allí le enviaron sus padres, probablemente para protegerle de los peligros más inmediatos que podían acecharle, ya que estaban directamente vinculados a labores de resistencia contra los alemanes y los colaboracionistas franceses.

Como declara serenamente en estas páginas, su madre, que murió en el París de 1946, dos años después de la Liberación, fue para usted una completa desconocida. También lo fue durante mucho tiempo su padre, Emili Gómez Nadal, aunque a él logró volver a encontrarlo y, hasta que falleció, pudo mantener con él una relación constante aunque disminuida inevitablemente por la distancia geográfica.

Esta relación supuso sin duda una serie de descubrimientos sobre la personalidad de Teresa Andrés, ya que su padre, aun sin hablarle de ella, le dio documentos relacionados con la que había sido su primera esposa y también con él mismo. Sin duda, aquella desconocida empezó a tomar forma en el pensamiento de su único hijo superviviente, que continuó reuniendo con paciencia datos allá donde pudiera encontrarlos hasta construir esta biografía que ahora llega al lector.

Ha sido indudablemente un esfuerzo arduo, pero el resultado es excelente y viene a completar y reunir amplia y acertadamente otras investigaciones llevadas a cabo en los últimos tiempos sobre la vida y las obras de Teresa Andrés. Fue una mujer ciertamente poco común, incluso comparándola con muchas de las que durante la Segunda República destacaron por sus aportaciones a la defensa y la difusión de la cultura y la democracia y, además, a la profundización y la extensión en el reconocimiento y la práctica de los derechos de las mujeres.

Mientras escribía, he recordado cómo nos conocimos. Su padre, tras la segunda entrevista que mantuvimos Manuel Aznar y yo con él en Valença d’Agen, nos puso en contacto para que me proporcionase fotocopias de artículos publicados por él en revistas del exilio, cuyas colecciones le había dado. Por ello le vi en su domicilio de la calle del General Marvà de Alacant brevemente, creo que en 1981. Después hablamos alguna vez por teléfono cuando murió su padre y finalmente, por una decisión suya que siempre agradeceré, emprendimos juntos la edición de los pocos cuadernos salvados de los diarios de Emili Gómez Nadal. Puede creer que reproduzco con bastante fidelidad en mi memoria visual el momento en que él nos mostró, a Manuel Aznar y a mí, en una estantería de la segunda casa que tuvo en Valença d’Agen, la hilera de cuadernitos con anotaciones manuscritas y más o menos diarias que comenzaban en 1944, por la época de la liberación de París –antes hubiese sido temerario tomar este tipo de notas personales, si habían de ser veraces–. Yo no era ya exactamente joven, pero sí tan ingenuo que me pareció fácil que aquel documento –cuya trascendencia era más que evidente– podría no ya «salvarse», que es palabra ingrata, sino publicarse. Me equivoqué y es una de las equivocaciones que siento más profundamente. No sé de otra parte qué hubiese podido hacer para poner en marcha entonces un proyecto de edición de aquellos manuscritos que sin duda hubiesen sido un hito muy notable en el dietarismo en catalán del siglo XX. Se salvó solamente lo poco que su padre le dio, un documento magnífico.

Desde que usted la emprendió, he seguido con el mayor interés esta operación investigadora, en la que continúa buscando respuestas a lo que fue y no soñando con lo que podía haber sido. Yo no creo que los historiadores hagan otra cosa y usted se ha ocupado de la parcela que le correspondía con una visión deliberadamente externa y neutral, de una admirable claridad en las intenciones. De cronista, como mínimo.

De manera implícita, su trabajo es una reclamación de cuentas hacia quienes decidieron, sin saberlo, que la vida de su madre evolucionase como lo hizo. No sé cómo denominarían en casa de su abuela en Madrid a esta gente, algunos de cuyos apellidos vemos ahora constantemente repetidos a través de descendientes que también nos mandan. En la mía, en Valencia, cuando las personas mayores –que no pasaban de republicanos, de El Pueblo o de El Mercantil Valenciano– hablaban de ellos siempre decían «estos»: «estos han dicho», «estos pueden hacer». Y, sobre todo, había que evitar a «estos». Aquellos «estos» de finales de los años cuarenta del siglo pasado, lo supe fácilmente cuando crecí, eran los franquistas, los falangistas, los carlistas, el ejército, los alféreces provisionales, los que habían estado en la División Azul, la derecha española en todas sus formas y manifestaciones...

Contra esos «estos» dieron la cara y en parte la vida su madre y su padre. Y lo hicieron con decisión, admirablemente, con una valentía que no era común. Mientras escribía estas notas, por una especie de azar, me he ocupado en otras semejantes para la edición de la correspondencia entre su padre y su tío Nicolau Primitiu Gómez Serrano, que ha preparado con su eficacia habitual Josep Daniel Climent. Déjeme decir aquí que la lectura paralela de los dos libros abre amplias perspectivas para entender lo que pasó.

A pesar de las penalidades que para usted habrá supuesto el alejamiento de sus padres, tengo la seguridad de que estará contento de ver cómo, con el paso de los años, se ha ido reconociendo lo extraordinario de sus personalidades. Usted ha contribuido a ello, ciertamente, pero ya sabe que somos muchos los que admiramos y recordamos lo que supuso la gran tarea que desarrollaron aquí, mientras les dejaron, Teresa Andrés y Emili Gómez Nadal. Y también los que lamentamos que no hubiesen podido continuarla y ampliarla, como era del todo previsible, si las cosas no se hubiesen torcido de manera brutal en 1939.

Y aquí acabo esta divagación, mi querido amigo, con un saludo de admiración muy cordial. Probablemente, habré escrito con trazos más gruesos que usted, pero eso prueba su serenidad, su mayor capacidad para dominar sus sentimientos, o la manifestación de ellos, a la hora de ponerse ante los documentos y, después, ante el ordenador. Lo que resulta más admirable, cuando el escritor es en alguna medida protagonista de aquello que narra. Estoy con usted, mi querido amigo, en todo lo que pueda ayudarle para futuras indagaciones.

Con un abrazo muy cordial.

Francesc Pérez i Moragón

PRÓLOGO

El único título del autor de este libro, para atreverse a escribirlo, es ser el hijo de Teresa Andrés. Pero escribirlo en el sentido inmediato de la expresión, porque en realidad es una obra colectiva: la de las personas que, movidas por el recuerdo de mi madre, han aportado, de forma generosa y desinteresada, muchos de los materiales que en él se contienen. Teresa era una desconocida para su hijo. Murió a los 39 años, lejos de su país, y a mí, antes de cumplir los dos años de edad, me enviaron a España, a casa de mi abuela materna, con la que me crie; allí no se hablaba del pasado, como ocurría en tantos hogares que habían sufrido cruelmente la Guerra Civil. Mi padre se casó por segunda vez y formó una nueva familia en el exilio francés, en el que vivió hasta su muerte. Cuando pudimos conocernos personalmente, yo tenía 21 años y él no me habló de mi madre, lo que atribuí a su deseo, con la vida rehecha, de no recordar pasadas penalidades. Mi falta de confianza en aquel hogar extraño y su silencio me impidieron preguntarle por ella, en las contadas ocasiones en las que su esposa no estaba presente. En nuestros encuentros sucesivos, cuando hablaba de su pasado, parecía como si su vida anterior se hubiera detenido en el comienzo de la Guerra Civil; no mencionaba a mi madre y yo no me atrevía a forzar su silencio. Sólo veinte años después del primer encuentro me entregó unas carpetas que había guardado para mí, con documentos de mi madre, cartas y fotografías, además de unos pocos objetos personales sin valor material, cuya existencia yo ignoraba. Los leí emocionado y los guardé, pero no supe valorar su importancia como testimonio de una vida y una época.

En 2005 tuvo lugar, en la Biblioteca Nacional, una exposición sobre la Sección de Bibliotecas del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico del Ministerio de Instrucción Pública durante la Guerra Civil, de la que fueron comisarios Blanca Calvo y Ramón Salaberría. Ambos tuvieron la amabilidad de venir a Alicante, para solicitarme información sobre mi madre. Les dije que no recordaba nada de ella, pero les hablé de los documentos que me había dado mi padre y se los ofrecí. La exposición me hizo comprender que la relevancia de sus actividades, durante la Guerra Civil, era muy superior a lo que yo podía imaginar, e incluso a lo que conocían sus familiares, con los que yo había crecido, porque la guerra partió en dos a la familia y nada supieron los unos de los otros durante esta, salvo breves noticias a través de terceras personas.

Esta exposición, el interés que Blanca y Ramón habían mostrado por Teresa Andrés y los documentos que me dieron a conocer me estimularon a saber más de ella, a intentar conocer a mi madre, más allá del retrato que yo había recibido, a través de mi familia materna, de una mujer brillante y desafortunada que había muerto, joven, en el exilio.

En Educación y Biblioteca, de enero-febrero de 2005, había aparecido un dossier sobre ella. Blanca Calvo narraba en un artículo el viaje, buscando su huella, hasta Cevico de la Torre, en la provincia de Palencia, el pueblo donde había vivido la familia de mi madre y donde yo había ido una sola vez, en el verano de 1981, para conocerlo y donde no había vuelto jamás. Entonces aún existía la casa de mis abuelos, en la Plaza de la Olma, creo recordar que transformada en sucursal de una caja de ahorros. El artículo de Salaberria, Calvo y Girón, para establecer la biografía de mi madre, se titulaba «Reconstrucción arqueológica de Teresa Andrés». Puede parecer exagerado al referirse a una mujer que vivió entre 1907 y 1946, que tuvo una participación activa en la vida profesional y política de su tiempo y que, al fallecer prematuramente, dejó marido, hijo, madre y hermanos. Sin embargo, algo de eso había en el intento de reconstruir la vida de una persona de la que sólo quedaban datos indirectos. Ningún detalle de cómo era, cómo se movía, cómo hablaba, cuál era el metal de su voz; todos los que la conocieron habían fallecido y sólo quedaba su hijo, que no la recordaba.

Ambos, Blanca Calvo y Ramón Salaberría, a lo largo de este tiempo, han seguido ayudándome siempre que se lo he pedido, enviándome, además, cuantas noticias tenían que pudieran servir a mi propósito y proporcionándome contactos en un mundo tan ajeno a mí como es el de las bibliotecas y los bibliotecarios.

Albano de Juan es un médico de Palencia que desde hace años investiga todo lo referente a la Guerra Civil y la posguerra, en esa provincia, dentro de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de su ciudad. Es autor de una obra sobre la represión franquista en la provincia de Palencia, Los médicos de la otra orilla, publicada en 2005, centrada en este colectivo profesional al que pertenecía el padre de Teresa; lo mismo que los anteriores, de forma generosa y desinteresada, me ha enviado toda la documentación que guardaba y que podía ayudarme para escribir este libro.

Otras personas, movidas por el sentimiento que en ellas despertaba el nombre de mi madre, se han dirigido a mí, espontáneamente, para suministrarrne información, como Jesús Coria Colinos, director del IES Jorge Manrique, de Palencia, donde Teresa hizo el bachillerato y Adolfo Margüello, vecino de Villalba de los Alcores, el pueblo donde nació Teresa.

Isabelle Marchal-Labajos, hija de una de las niñas españolas acogidas en Bélgica durante la guerra, Emilia Labajos, me envió noticias sobre el Hogar de Limelette y sobre la periodista Jurgita Smolski. Mme. Frédérique Bazard, jefe del Fichero Central de Extranjeros del Gobierno Francés, se ha tomado un interés, por encima del meramente administrativo, para proporcionarme la documentación que allí se conserva.

Dentro del mundo bibliotecario, María Jesús Morillo y Rosa María Villalón, del csic, no sólo han jugado un papel fundamental en la recuperación de la tesis doctoral de mi madre, si no que nos recibieron con suma amabilidad, a Romà Seguí y a mí, cuando las visitamos en su lugar de trabajo y nos facilitaron copias digitales de los documentos. María Luisa López-Vidriero, directora de la Biblioteca de Palacio, me facilitó su artículo sobre Matilde López Serrano.

Francesc Pérez i Moragón, de la Universitat de València, que tanto relieve tuvo en la publicación de los «Diarios» de mi padre, y Romà Seguí, archivero y bibliotecario, tuvieron la paciencia de leer una primera versión de este escrito y me hicieron las atinadísimas observaciones que he seguido para reescribirlo. El primero ha seguido ayudándome con sus consejos y remitiéndome cualquier dato que él creyera que podría serme de utilidad, y el segundo, que conocía la primera redacción de esta biografía, ha llevado a cabo una investigación minuciosa sobre los aspectos públicos y políticos de la vida de Teresa durante la Guerra Civil, lo que le ha permitido publicar, recientemente, dos artículos completos sobre ella.1 Aparte de su actuación en la recuperación de la tesis, que mencionaré más adelante.

Y cómo no, agradecer a la Asociación Española de Documentación e Información que haya creado un premio de ensayo, sobre temas bibliotecarios, con el nombre de mi madre, aunque no tenga relación directa con este libro.

Pero además, algunas casualidades felices ayudaron a sacar a la luz noticias sobre Teresa. En 2006 se inauguró en Valencia una exposición sobre Nicolau Primitiu Gómez y la Guerra Civil. El erudito y bibliófilo valenciano era medio hermano de Emilio Gómez Nadal, mi padre; por aquellos años trabajaba yo en unos diarios suyos, que se publicaron en 2008, en edición de Francesc Pérez i Moragón y mía. Mi trabajo, fundamentalmente, fue transcribir la letra de mi padre, tarea ardua salvo para quien la conociera bien, como era mi caso, y seleccionar los fragmentos que habían de publicarse. En esta exposición había una libreta manuscrita cuya letra, de difícil lectura, se había atribuido a mi padre. Pero no era de su mano. La primera página con una alusión a Teresa me hizo pensar en uno de sus hermanos, Mariano Andrés, muerto en 1938 en el frente del Ebro, después de pasarse de las filas de los sublevados a las de la República. Este hallazgo y la amabilidad de los dos comisarios de la exposición, Carme Gómez-Senent, nieta de Nicolau Primitiu, y Josep Daniel Climent, me llevaron a una colección de documentos sobre mi familia materna de un marcado valor: tres cartas relacionadas con la tesis doctoral de Teresa y un grupo de documentos pertenecientes a su hermano, Mariano Andrés, que incluye cartas recibidas de su familia hasta comienzos de 1937 y dos libretas pequeñas, una con algunos apuntes personales escritos mientras estaba en el frente de Aragón y otra, más nutrida, a modo de diario de su estancia en Valencia en los primeros meses de 1937, con un relato de lo ocurrido en Cevico de la Torre, los días que precedieron y sucedieron a la sublevación militar. Gracias a la amabilidad de ambos pude obtener la digitalización de estos documentos, para utilizarlos en este libro. Además, Josep Daniel Climent, que trabaja en la publicación de la correspondencia de Nicolau Primitiu y en la de sus diarios de la Guerra Civil, de los que ya ha aparecido el correspondiente a 1936, me facilitó una copia de las cartas que se cruzaron entre mis padres, mi abuela Pilar Zamora y Nicolau Primitiu, además de la de los diarios pendientes de publicación.

¿Cómo llegaron los documentos de Mariano y Teresa al archivo personal de Nicolau Primitiu? El 9 de marzo de 1937, Mariano desertó de las posiciones franquistas en Villanueva del Huerva. Aunque la razón que se dio para su deserción eran las desgracias que su familia había sufrido en la zona sublevada, Mariano refiere que había tomado esta resolución antes de que lo movilizaran. Tras unos días en Barcelona llegó a Valencia, donde se alojó con su hermana y su cuñado en la casa de la madre de este, Vicenta Nadal Alberola, en el número 8 de la calle de Gonzalo Julià, en el mismo edificio donde vivía Nicolau Primitiu con su familia. Durante los días que estuvo en Valencia escribió su diario. Cuando fue enviado de nuevo al frente, este, junto a sus otros papeles, se quedó en aquella casa; y allí siguieron cuando su hermana y su cuñado se trasladaron a Barcelona y desde allí al exilio, dejándose también cartas y fotografías. A la muerte de Vicenta Nadal, en junio de 1940, Nicolau Primitiu recogió lo que había en la casa de su madrastra y guardó la documentación que encontró en ella. Tras su fallecimiento se incluyó en el legado que su familia hizo, de su biblioteca y archivo, a la Biblioteca Valenciana que ahora lleva su nombre. Gracias a su cuidado, han llegado hasta nosotros.

Otro aspecto de las actividades de Teresa, mal conocido, era el destino de su tesis doctoral, que yo sabía que tenía muy avanzada cuando empezó la Guerra Civil, pero que no había llegado a leer. A comienzos de 2010, buscando referencias sobre Teresa Andrés en internet, encontré tres citas de trabajos que podían ponerse en relación con el contenido de su tesis, la rejería española, en Dialnet, el portal de la Universidad de La Rioja. En uno de Estrella Fernández publicado en 1957, en el Archivo Español de Arte, 30, 20, y titulado «Hernando de Arenas y sus rejas de la Catedral de Cuenca», la autora escribe en la página 292: «La señorita Teresa Andrés, en su trabajo sobre rejería española atribuye esta reja a Sancho Muñoz, creador de la escuela conquense», en relación con la reja de la Capilla Mayor de la Catedral de Cuenca, y en la nota 4 de la misma página se da como referencia «Teresa Andrés: Rejería Española, pág. 168». Curiosamente es un error, porque consultada la tesis de Teresa, el dato citado se encuentra en la página 163. Margarita Estella Marcos publicó en el boletín del Seminario de Arte y Arqueología de 1985 (tomo 51, pp. 305-318) su artículo «Noticias artísticas de Torrelaguna». En la página 313, en la nota 31, cita: «Andrés Teresa, El Rejero Juan Francés. AEA 1956». Esta referencia permitía suponer que un fragmento de su tesis había sido publicado, a su nombre, diez años después de su muerte en el exilio. Pero la decepción fue grande porque en Dialnet se atribuía el trabajo a una catedrática de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza, con igual nombre y primer apellido. Sin embargo, la atribución era errónea y, de hecho, ya ha sido corregida. Los buenos oficios de Blanca Calvo permitieron deshacer el error y confirmar que, efectivamente, el trabajo era suyo. Blanca Calvo me puso en contacto con María Jesús Morillo, bibliotecaria de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del csic, y con Rosa María Villalón de la Unidad de Tratamiento Archivístico y Documentación del Centro de Ciencias Humanas del csic. Gracias a la amabilidad de estas personas conseguí el artículo «El Rejero Juan Francés», de Teresa Andrés, del Archivo Español de Arte, 29: 115, 1956, jul-sept., páginas 189-210. En la primera página, la nota 1 dice: «Archivo se honra en publicar este trabajo, parte de la tesis doctoral realizada hace años bajo la dirección de D. Manuel Gómez-Moreno». Y como culminación de esta serie de hallazgos felices, el más feliz de todos. A Romà Seguí le llegaron noticias de que se conservaba la documentación de la tesis en los archivos del que fue Centro de Estudios Históricos, custodiados en el csic, noticia que nos confirmó Rosa María Villalón. Merced a la bondad del personal del csic, al que quiero expresar aquí, de nuevo, mi gratitud, en junio de 2010 pudimos consultar los documentos referidos. A ellos había que añadir la correspondencia cruzada entre Teresa y Ricardo de Orueta, a la sazón director general de Bellas Artes, y un recibo del Instituto Diego Velázquez del csic (del que Gómez-Moreno había sido director honorario hasta 1950), a nombre de Teresa Andrés, por 620,40 pesetas, en concepto de cesión de los derechos de propiedad intelectual del artículo que «no se liquida. Fallecida esta señora hace varios años».

A todo lo anterior es preciso añadir que, en la tarea de publicar los diarios de mi padre, yo había revisado las colecciones de revistas publicadas por los exiliados en París, en las que mis padres habían colaborado y que mi padre me dio para que las guardara, libros publicados sobre el exilio español tras la guerra y la grabación de la entrevista que Pérez Moragón y Aznar Soler hicieron a mi padre, y que el primero me facilitó amablemente, en la que recordaba su vida. Esta grabación apareció luego, completa, junto a los diarios.

Me pareció que había materiales suficientes para establecer un retrato de Teresa Andrés, al menos en su camino profesional y político, aunque siempre incompleto, porque si el «quién» fue quedaba bastante explícito, el «cómo» fue solo podía deducirse.

Y paralelamente surgió otro relato: la historia pequeña, personal, de una familia de profesionales de clase media, «de pueblo», sus ilusiones, sus adversidades, su esfuerzo para mantener unas ideas «ilustradas», que recuerdan tanto a las de la Institución Libre de Enseñanza, aunque no hubieran tenido contacto directo con ella, en un pequeño pueblo castellano, Cevico de la Torre, de la provincia de Palencia, donde vivían 1.856 habitantes en 1930,2 y su brutal destrucción por los sublevados de 1936.

No es un hijo quien debe hacer un juicio de valor sobre su madre; este surgirá del conocimiento de sus actitudes y sus hechos. Pero si quisiera señalar aquí a dos figuras secundarias en esta historia, por su valor ejemplar: Mariano Andrés, el hermano de Teresa, que tenía entonces 23 años y que era un joven idealista, culto, sin miedo, que sólo pensaba en construir una España mejor y más justa; y su madre, Pilar Zamora, mujer de una enorme calidad humana, que se enfrentó a la muerte de los suyos, a la persecución personal y a la inseguridad económica en el último tramo de una vida, cuando podía esperar ya recoger el fruto de los esfuerzos hechos por ella y su marido y tuvo, sin una queja, que sacar adelante lo que quedaba de su familia: una madre anciana, una hija enferma, un hijo aún sin profesión, otro en la cárcel y, por si era poco, los dos hijos de Teresa, que, uno después de otro, esta le envió desde el exilio. Esta heroicidad silenciosa, modesta, cotidiana, que ella basaba en la necesidad de cumplir con su deber, esta aceptación resignada y valerosa de lo que la suerte le había deparado, me ha producido siempre una admiración inexpresable, la admiración por lo excepcional.

¿Qué hubiera sido de España, de nosotros, los que llegamos después, si figuras de esta calidad humana no hubieran sido destruidas o anuladas por una sublevación inicua, que sólo pretendía anclar a España en lo peor de su pasado?

Creo que este puede ser el mérito de este libro, si tiene alguno: el testimonio de los sufrimientos de unas personas corrientes, que no pretendieron ser héroes, sólo vivir con decencia y trabajar para mejorar la sociedad de su tiempo, lo que pagaron con el dolor y la muerte.

Notes

1 1. Seguí i Francès Romà: Teresa Andrés Zamora (1907-1946): el compromiso social y político como arma de cultura. MEI, II época, vol. 1, 2010, pp. 35-58. 2. Seguí i Francès Romà: Teresa Andrés y la organización Cultura Popular: una propuesta de coordinación bibliotecaria (1936-1938),MEI, II época, vol. 2, n.° 3, 2011, pp. 127-154. En las citas los mencionaré como R. Seguí, obra citada, 1., y R. Seguí, obra citada, 2.

2 Pablo García Colmenares: Víctimas de la guerra civil en la provincia de Palencia (1936-1945), ARMH y Ministerio de la Presidencia, Palencia, 2011, p. 418.

PARTE I: BIOGRAFÍA

PRIMEROS AÑOS Y PERIODO DE FORMACIÓN (1907-1935)

Según su partida de nacimiento, Teresa Andrés Zamora nació a las siete de la mañana del 27 de febrero de 1907, en la calle Procesión, de Villalba de los Alcores,1 provincia de Valladolid. Sus padres fueron Diógenes Andrés Rueda, nacido en Santovenia de Pisuerga en 1878 y asesinado el 2 de septiembre de 1936 en Villamuriel de Cerrato, médico titular del pueblo, y Pilar Zamora García, nacida en Renedo de Esgueva en 1881 y muerta en Madrid en 1967, maestra. De su madre se dice, en la partida de nacimiento, que «se dedicaba a las ocupaciones propias de su sexo», lo que no era cierto, porque, como se verá más adelante, ejercía de maestra en Villablino de los Aires, en la provincia de Salamanca. Son testigos de la partida de nacimiento Juan Muerentes y Mariano de Vega, labradores y vecinos de la villa.2 Fue bautizada el 10 del mes siguiente, en la iglesia de Santiago Apóstol de la misma localidad, siendo padrinos Lorenzo Sinova, de Piña de Esgueva y Victorina Zamora –tía de la madre–, de Cevico de la Torre, y como testigos, Valentín Álvarez y Bibiano del Campo, ambos vecinos de Villalba.3

Diógenes Andrés Rueda era hijo de Dionisio Andrés Villar, «labrador propietario», natural y vecino de Santovenia de Pisuerga, domiciliado en el número 5 de la calle «negra». Este, a su vez, era hijo de Ildefonso Andrés Masa y nieto de Agustina Masa Álvarez. Estaba casado con Manuela Rueda Cañas, natural de Renedo. Un hermano de Dionisio, Pedro Andrés Villar, vivía, pared por medio, en su misma calle. Dionisio Andrés falleció sin testar a los 49 años el 24 de octubre de 1888. Dejaba los hijos siguientes: Miguel, mayor de edad y casado, Agliberta, Erundina, Diógenes y Troadio Arístides, que en 1891 tenían 30, 18, 15, 13 y 8 años, respectivamente. A su muerte deja como bienes la mencionada casa, que tiene lagar, corral, pajar, etc., y una serie de tierras en el término de Santovenia, valorado todo en 25.349,25 pesetas.4

En una copia de su testamento, fechada en Valladolid el 6 de mayo de 1929, se menciona que Diógenes Andrés es natural de Santovenia de Pisuerga e hijo de Dionisio y Manuela. Son sus hijos Teresa, Troadio, Dionisio, Isabel, Mariano y Victoriano, «todos menores de edad». Nombra albacea a Eustasio García Quinta, «su convecino», y no hace mención de los bienes que posee, aunque refiere custodiar un premio de seis mil pesetas que ha ganado a la lotería su hijo Troadio, para entregárselo cuando sea mayor de edad.5

En 1946, su viuda Pilar Zamora García hizo una declaración de los bienes pertenecientes a su marido, con objeto de pagar los derechos reales, y en ella enumera una serie de tierras en el término de Santovenia, con una valoración estimada de 13.500 pesetas.6

La vida profesional de los padres de Teresa Andrés, antes de la Guerra Civil, se desarrolló primordialmente en Cevico de la Torre, en la provincia de Palencia. Antes, Diógenes, que había terminado la carrera de Medicina en junio de 1901, inició su ejercicio profesional en el pueblo de San Pelayo, probablemente el de este nombre situado en los Montes Torozos, en la provincia de Valladolid. En 1903 quedó vacante la plaza de médico cirujano de Villalba de los Alcores y la solicitó. La obtuvo por unanimidad, entre ocho postulantes, en enero de 1904. Durante estos años, en los que Diógenes estuvo en Villalba, se creó, en concreto en 1906, la Sociedad de Socorros Mutuos de San Roque para la atención de los enfermos menesterosos. Como el nombramiento era por cuatro años, en 1908 solicitó la renovación, pero antes de que el Ayuntamiento resolviese renunció a esta para trasladarse a Cevico de la Torre, adonde se mudaron a renglón seguido, porque su segundo hijo, Troadio, ya nació en Cevico en 1908. En la ficha de colegiado del Colegio Oficial de Médicos de la provincia de Palencia, sin fecha (probablemente fue 1926), se indica que ingresó en el mencionado colegio el 20 de diciembre de 1912 y que llevaba ejerciendo 23 años, siendo titular médico e inspector municipal de Sanidad en Cevico de la Torre, desde el 1 de julio de 1915, con domicilio en la calle de San Pedro Monedero.7

En la copia del testamento de Pilar Zamora García, fechado en Toro el 19 de enero de 1954,8 afirma tener 72 años y ser natural de Renedo de Esgueva. Sus padres fueron Claudio Zamora Trejo y María Antonia García Rojo, el primero natural de Cevico de la Torre y la segunda de Valladolid, ambos residentes en Renedo de Esgueva. Posteriormente nació su único hermano, Julio Andrés Zamora. Claudio Zamora era empleado de la familia Power en Renedo, en la finca y fábrica de harina que allí tenían. Pilar obtuvo, en 1899, el título de maestra superior con el título de sobresaliente. Su primer destino fue la escuela de párvulos de Gumiel de Izán (Burgos), desde 1900 a 1906. De allí pasó a la escuela de párvulos de Villablino de los Aires (Salamanca), desde 1906 a 1908. En este año obtuvo la titularidad de la escuela de párvulos de Cevico de la Torre (Palencia), donde permaneció hasta la Guerra Civil.9

Es verosímil que el motivo de la renuncia de Diógenes a su plaza en Villalba, aunque, a pesar de lo que expone en su escrito, no parece que tuviese la titularidad en Cevico, fuese el haber obtenido Pilar Zamora una escuela en este pueblo, de donde procedía su padre y donde tenía familiares y algunas posesiones, con el fin de que el matrimonio pudiera reunirse.

Teresa Andrés fue la mayor de seis hermanos. La seguían Troadio (1908), perito industrial, que durante la Guerra Civil fue teniente en el Estado Mayor del general Miaja, sufrió prisión en Ocaña tras la guerra y murió en Madrid en 1998; Dionisio (1910), médico, asesinado junto a su padre en 1936; Isabel (1911), maestra nacional, murió en Toro (Zamora) probablemente en 1952; Mariano (1913), abogado, soldado en el ejército de la República y muerto en el Frente del Ebro en 1938, y Victoriano (1916), farmacéutico, que murió en Madrid en 2001. Todos, salvo Teresa, nacieron en Cevico de la Torre, en el primer domicilio de la familia, en la calle de las Damas. De allí se trasladaron a la calle de San Pedro Monedero, y posteriormente a la plaza de la Olma, donde vivían cuando se produjo la sublevación militar de 1936. Esta casa es, ahora, un solar.10

Recibió la primera enseñanza y la preparación para ingresar en el instituto en la escuela de su madre, en Cevico de la Torre, y estudió el bachillerato en el Instituto de Palencia, donde se trasladó con su abuela materna, alquilando allí un piso. Obtuvo sobresaliente y el premio extraordinario en la reválida de grado, en la Sección de Letras, con un trabajo con el tema «Horacio y Fray Luis de León. Estudio comparativo».11 En agosto de 1927, concluida la licenciatura, solicitó una plaza de auxiliar o ayudante en la Sección de Letras de ese mismo instituto, que le fue concedida pero que no llegó a desempeñar, pese a haber tomado posesión del cargo en octubre de ese mismo año.12

Estudió en Valladolid de 1923 a 1927 la Licenciatura en Filosofía y Letras, Sección Historia, en la que obtuvo sobresaliente y el premio extraordinario de la licenciatura. En los dos cursos siguientes (de 1928 a 1930) se examinó de las asignaturas del doctorado en Madrid,13 donde coincidió con el que después sería su marido, Emilio Gómez Nadal, desplazado desde Valencia con el mismo objeto, completar las cuatro asignaturas durante el curso 1928-1929.14 Al mismo tiempo que estudiaba la licenciatura en Valladolid, en la Escuela de Magisterio de Palencia, como alumna «no oficial», completaba las asignaturas necesarias para obtener el título de Magisterio.15

Un documento curioso de esta etapa de la vida de Teresa Andrés es una página de la publicación «Los Previsores del Porvenir», de la mutualidad del mismo nombre, que sería el germen del que nacería el Banco Popular. Parece presumible que fue en un acto público de la mutualidad, celebrado en Cevico, donde Teresa leyó el extenso texto titulado «A la bandera», que firma en Cevico de la Torre, el 24 de junio de 1925; está ilustrado con una fotografía suya, ataviada con mantilla, y al pie de la fotografía se lee: «Srta. Teresita Andrés, que pronunció el discurso inserto en esta plana».

Al acabar la licenciatura se trasladó a Madrid para hacer el doctorado, se instaló en la Residencia de Señoritas, donde vivió entre los años 1928 y 1932,16 alojándose en el pabellón de Fortuny número 53, domicilio madrileño que figura en su ficha de la Universidad de Madrid y en los documentos previos a su viaje a Alemania. A la vuelta de este país, se trasladó al número 7 de calle de Espronceda, con su hermano Mariano, que estaba en Madrid estudiando Derecho y Magisterio.

La residencia había sido creada en 1915 por María de Maeztu. Su objeto, según Isabel Pérez-Villanueva,17 era, siguiendo las directrices de la Institución Libre de Enseñanza y la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, combinar la tradición y la innovación, facilitando la existencia de mujeres intelectuales y, al mismo tiempo, refinar, no sólo en el terreno cultural e intelectual, a mujeres procedentes de ciertos sectores de las clases medias. En opinión de la autora, esta línea contribuyó, muy notablemente, a configurar un tipo de mujer original, de cuyo valor no parece posible dudar.

Durante su existencia colaboró con otras instituciones españolas, como el Comité de Cooperación Intelectual de Madrid, el Lyceum Club Femenino, el Comité Hispano-Eslavo, la FUE y el Instituto de Filosofía Sanz del Río, y algunas extranjeras, como el Instituto Internacional.

El régimen interior de la residencia era muy severo y controlado, en todos los aspectos, por María de Maeztu y sus colaboradoras más directas. El tiempo se repartía entre las clases, las horas de estudio y actividades como conferencias, lecturas y recitales en los que la asistencia era, habitualmente, obligatoria. Se trataba de evitar que hubiera momentos de inactividad, para que las residentes no perdieran el tiempo. También había un control estricto sobre las horas de entrada y salida.

Además de las españolas a quienes estaba dirigida, se alojaban en ella estudiantes extranjeras, principalmente norteamericanas. A partir de octubre de 1930, el Smith College formalizó la estancia de un grupo de estudiantes americanas, que cumplían en España el Junior Year Abroad. Albergaba, también, a gran parte de las alumnas que seguían la enseñanza para extranjeros del Centro de Estudios Históricos, no sólo en verano, sino a lo largo del curso escolar. En 1934 se creó la Asociación de Alumnas. El coste mensual de la estancia era, en 1929-1930, de 153 a 173 pesetas, y en 1932-1933, de 165 a 185 pesetas, existiendo residentes becadas.

En los años en los que residió allí Teresa se impartieron cursos sobre temas diversos (filosofía, mineralogía, anatomía, química, derecho, matemáticas, etc.) para las españolas, más otros específicos para las extranjeras, sobre literatura, lengua, arte, etc.18 Además se dieron cursos de idiomas. Teresa Andrés se matriculó en inglés durante dos cursos (1929-1931);19 completó su conocimiento del inglés con un viaje como au pair a Inglaterra, en las vacaciones del verano de 1930, a la casa de los Scholl, propietarios de una cadena de tiendas de artículos para podología.20 Junto con el inglés llegó a hablar, también, francés y alemán.

Otro aspecto notable de la residencia eran los ciclos de conferencias. Entre 1928 y 1932 disertaron, entre otros, Clara Campoamor, Madariaga, Sainz Rodríguez, d’Ors, Américo Castro, Salinas, Bergamín, Gómez de la Serna, Ossorio y Gallardo, Zulueta, María y Ramiro de Maeztu, y leyeron textos propios Unamuno, Alberti y García Lorca. Además tuvieron lugar recitales de música y de danza.

En las conferencias, el tema de la mujer fue muy frecuente, y abarcaba temas específicos, como el feminismo, para el que contaron con Ramiro de Maeztu y su «Feminidad y Feminismo», o con Jeanne Beeckman de Vanderbelde y su «Féminisme»; la condición de la mujer, con Sánchez Albornoz y su «La Mujer en España hace mil años», con García Berenguer y su «La vida de la mujer en Marruecos», o con María de Maeztu y «Sobre las mujer en la novela y el teatro de Galdós». En esta línea, otras conferencias destacables fueron «Psicología femenina», de María de Maeztu, «La mujer ante el derecho», de Clara Campoamor, o «Sobre las necesidades alimenticias de la mujer», de Enrique García Carrasco.21

Al crearse el Instituto Escuela en 1918, su Sección Preparatoria sirvió a María de Maeztu como medio para juzgar la vocación pedagógica de las residentes, y acogió entre su profesorado a estudiantes de la licenciatura.22 Desde el curso 1927-1928,23 Teresa fue profesora de la sección preparatoria de este,24 y en 1930 pasó al magisterio secundario, para encargarse de la asignatura de Geografía e Historia.

Conservo un álbum fotográfico, entre los documentos que fueron de Teresa Andrés, que corresponde al curso 1928-1929 del doctorado. Es un cuaderno pequeño, con cubiertas de cartulina gris y doce hojas del mismo material. En la primera, en el recto, pone manuscrito: «Teresa Andrés (una rúbrica), Madrid 1-7-29». Le siguen catorce fotografías, que son retratos individuales de otras tantas personas (de 9 x 6 cm), y trece fotografías más pequeñas de grupos, en los que participan todos o algunos de los anteriores. De estas últimas, unas tienen como escenario un parque, tal vez el Retiro, en Madrid, y otras corresponden a una excursión a Sigüenza en mayo de 1929, según una leyenda escrita al dorso de cada una de ellas.

Al pie de los retratos individuales está escrito el nombre del personaje fotografiado y, en varios casos, su domicilio. Son, por este orden:

Carmen Guerra. Benavente; Sebastián González García-Paz. Sagasta 12-1.°, Pontevedra (Galicia);25 Julia Herraez Sánchez-Escariche. Cardenal Spínola, 3, Sevilla;26 Ernesto Taldes. Don Benito (Badajoz); Pilar Escofet. Alberto Llanas, 2 – La Salud, Barcelona;27 Joan Noguera. Paseo de Gracia 54, 3.°, 2.a, Barcelona.28 La foto siguiente es de una mujer sin identificar. Emilio G.a Chinchilla Rz. Teruel, José Zorrilla 13 y 15, 2.°, Segovia; Ursicina Martínez Gallego. Sta. Cristina de la Polvorosa, Zamora;29 Rafael Lafora, Carrera de San Gerónimo, 40, Madrid; Rosario Fuentes. Madrid, Cervantes, 30;30 E. Gómez Nadal. Valencia;31 Dagny Stabel-Hausen (no figura domicilio);32 Abel Romeo Castillo. Federación Hispanoamericana, Magdalena, 12, Madrid;33 Teresa (sin domicilio); José Bueno. Martínez Anido, 2, Tetuán de Madrid (sic).

Por último, en las fotografías de pequeño tamaño, correspondientes a la excursión a Sigüenza, aparecen diversos miembros del grupo, junto al profesor Elías Tormo.

Teresa Andrés figura en una lista de profesores del Instituto Escuela, del curso 1929-1930, como uno de los que están preparando oposiciones.34 Se trata de las oposiciones al Cuerpo Facultativo de Archivos, Bibliotecas y Museos, que acabaron convocándose el 24 de noviembre de 1930. Con fecha del 22 de diciembre de este año, Teresa eleva una instancia solicitando su admisión en dicha prueba.35

El 8 de agosto de 1931 se resuelve la oposición y Teresa Andrés obtiene la puntuación más alta, el número uno. De los 28 aspirantes siete fueron mujeres, que obtuvieron los siete primeros puestos.36

Teresa fue destinada al Museo Arqueológico de León, con un estipendio de 5.000 pesetas al año, según una orden ministerial del 8 de agosto de 1931, aparecida en la Gaceta el 16 del mismo mes, a petición propia, según lo manifiesta en una carta dirigida al director general de Bellas Artes, Ricardo de Orueta, desde Cevico de la Torre, el 9 de agosto,37 y en la que menciona que ya en una reunión anterior le había expuesto este deseo. Tomó posesión como directora del Museo Arqueológico el 25 de agosto, y dos días después solicitó, mediante una instancia, un permiso de veinte días para descansar, ya que su salud se había resentido por los esfuerzos realizados para aprobar la oposición. El 31 de agosto, un oficio de la Dirección General de Bellas Artes al gobernador civil le concede el permiso, que empieza a disfrutar el 7 de septiembre; pero antes, el día 2 de este mes, Ricardo de Orueta le escribe a Cevico: «Mi distinguida amiga. No me parece bien iniciar la vida administrativa disfrutando de una licencia; pero ha estado Vd. tan bien en las Oposiciones que no tengo más remedio que complacerla, aunque advirtiéndole de que pienso cobrarle esta concesión, exigiéndole un intenso trabajo cuando Vd. se reponga, con objeto de que quede admirablemente arreglado como yo espero el museo de León»;38 se reincorporó a su puesto el 27 de septiembre de 1931. Durante este periodo de descanso, Teresa escribe en dos ocasiones a Orueta; la primera, para agradecerle el permiso y, la segunda, con fecha del 16 de septiembre, para darle las gracias por su nombramiento de jefa del Archivo de Palacio, nombramiento que recibió en Cevico.

En efecto, un oficio con fecha del 9 de septiembre de 1931, del ministro de Instrucción Pública, Domingo Barnés, a Ricardo de Orueta, director general de Bellas Artes, adscribe a Palacio («el que fue Palacio Real») a diferentes facultativos del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. A la biblioteca, a Leonardo Jesús Domínguez y Sánchez-Bordona como jefe, con Matilde López Serrano y José Moreno Villa,39 y al Archivo, a Teresa Andrés como jefa, con Victoria González Mateos y Pilar Plaza Arroyo, estas dos últimas compañeras de oposición de Teresa40.

Un recorte del diario Ahora,41 rotulado con letra de Teresa («Otoño 1931»), muestra una fotografía en la que se identifica a Teresa Andrés, López Serrano y Moreno Villa, junto a dos mujeres y un hombre, que deben ser Sánchez-Bordona, González Mateos y Plaza Arroyo, con el siguiente pie: «Al hacerse cargo la República del archivo y biblioteca del ex real palacio, personal femenino y masculino del cuerpo correspondiente se ha encargado del servicio de los mismos».

Otra fotografía42 tomada en abril de 1935 la muestra entre los asistentes al Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía, del que se hace eco una noticia del ABC del 25 de abril de 1935, que la menciona junto a Navarro Tomás, Vicens, López Serrano, Miquel y Planas, etc.

Desde 1932 hay constancia publicada43 de su colaboración con el Centro de Estudios Históricos (CEH) de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigación Científica (JAE), donde trabajó con los profesores Elías Tormo y Manuel Gómez Moreno. A comienzos de este año participó en las Misiones de Arte, como atestiguan las memorias de la JAE y fuentes periodísticas; intervino en un cursillo sobre «El Arte español en tiempos del descubrimiento de América», organizado por la Unión Iberoamericana, en febrero de 1932, donde disertó sobre cerámica.44 En marzo de 1934 dirigió una visita al museo de Arte Moderno de Madrid, en una serie de visitas guiadas a museos, que las Misiones de Arte destinaban a la Asociación de Maestros Nacionales de Madrid.45 En febrero de 1935, en el seno de las Conferencias de Arte e Historia que organizaba el CEH, Teresa Andrés, «discípula del Profesor Manuel Gómez-Moreno», intervino en las conferencias sobre «El Arte Románico Español», junto con otros participantes.46 Además, participó en cursillos sobre arte español celebrados en Madrid y en Santa María de Nieva, Cuellar, Segovia y Alcalá de Henares, dirigidos fundamentalmente a maestros, con motivo de los cursillos de Magisterio sobre arte español,47 y dio un ciclo de cuatro conferencias sobre rejería, en el Ateneo de Bilbao, durante el curso 1933-1934.48

Pero el fruto principal de esta colaboración fue su tesis, que versaba sobre rejería española y que dirigía el profesor Gómez Moreno. Conservo en mi archivo notas manuscritas de Teresa sobre el tema, que siguió redactando durante su exilio, y correspondencia sobre esta, anterior y posterior a la Guerra Civil.

No llegó a leer la tesis, al sobrevenir la contienda, y se la daba por perdida. Ya he contado cómo, a través de la publicación en Archivo Español de Arte en 1956 de un artículo, «El Rejero Juan Francés», trascripción de un fragmento de la tesis, llegamos a encontrarla en los archivos del CEH en el CSIC.

La tesis doctoral consta de seis carpetas de documentos, con signatura correlativa, AT 916/1 a AT 916/6. Las tres primeras contienen sendos cuadernillos formados por cuartillas cosidas con hilo; la cuarta y la quinta contienen notas sueltas, fichas, apuntes biográficos, «notas de campo», etc.; la sexta contiene correspondencia sobre temas de la tesis. La mayoría de las hojas están manuscritas y algunas mecanografiadas. Contienen numerosas correcciones, tanto manuscritas como mediante papeles recortados, en blanco o escritos, pegados sobre los párrafos que se quiere suprimir. En la carpeta número 2 y con el título «Las Escuelas Españolas: Juan Francés», está el original del artículo publicado, fiel a lo escrito por Teresa, salvo por alguna pequeña corrección de estilo.

Las características de todos estos documentos creo que permiten sacar la conclusión de que no se trataba de una primera versión de la tesis, porque sólo está mecanografiada en algunos de sus capítulos y en estos hay numerosas correcciones, además de una extensa redacción manuscrita y abundantes notas sin ordenar. Parece más verosímil que, o bien trabajaba en la tesis en el local del CEH, o bien que, al iniciarse la guerra y llamada a responsabilidades políticas, la depositó allí a la espera de, una vez se resolviera el conflicto, seguir trabajando en ella. O tal vez ambas cosas. De que se proponía concluirla dan muestra las notas y cartas que, sobre ella, guardo en mi archivo, correspondientes a la etapa de su exilio.49 Como se verá más adelante, de su correspondencia se puede deducir que, como tantos otros exiliados, debió de creer que una vez acabada la Guerra Mundial las potencias vencedoras acabarían con la dictadura española y podría regresar a su patria.

Durante estos años, Teresa realizó numerosos viajes por España para recoger, sobre el terreno, los materiales de su tesis.50 Para estos viajes utilizaba las vacaciones, pues en el expediente conservado en el Archivo General de la Administración figuran los permisos de viaje que solicitó en su trabajo de la Biblioteca de Palacio. Igualmente aprovechó el mes de agosto para viajar a Londres en 1934, como lo indica un recibo del Victoria and Albert Museum que se conserva, solicitando la consulta, en su biblioteca, de unos libros sobre rejería.

Aunque ya era bibliotecaria, seguía viviendo en Fortuny, y en el mes de marzo de 1932, coincidiendo con las vacaciones de Pascua, setenta residentes de la Residencia de Señoritas, entre ellas Teresa, hicieron una excursión por Andalucía, y visitaron Córdoba y Sevilla, bajo la dirección de María de Maeztu.51

Ramón Menéndez-Pidal, vicepresidente de la JAE, solicitó a la Dirección General de Bellas Artes (DGBA), el 9 de enero de 1935, a Teresa Andrés «por sus conocimientos de arte y del idioma inglés», para que acompañara a un grupo de estudiantes de arte, de la Universidad Sudafricana de Durban, en viaje de estudios por España. El 10 de enero se le concedió un permiso de quince días, a partir del 22 de enero, con este objeto.52

El 14 de abril del mismo año, Teresa elevó una instancia a la DGBA pidiendo permiso para un viaje de estudios de quince días, «comisionada por la Dirección de Arqueología del CEH de la JAE, para hacer investigación artística en las catedrales de Cuenca, Valencia, Barcelona y Zaragoza». Acompaña la instancia de una certificación del CEH confirmando la comisión. El director de la Biblioteca de Palacio, Domínguez y Sánchez Bordona informó oponiéndose a su concesión, aduciendo el reciente permiso a comienzos del mismo año, la precariedad de medios de la biblioteca y que el objeto del permiso no era de interés para esta. Sin embargo, la DGBA lo concedió el 29 de abril y Teresa empezó a disfrutarlo el 6 de mayo. Quizá en este viaje se reunió con Emilio Gómez Nadal, al que había conocido durante los cursos del doctorado y con el que se casaría al año siguiente, como parece indicarlo una anotación del diario de este último: «Miércoles 18 (de agosto de 1982): Y por fin el retorno en 1935 a Segorbe y a Toledo con T. Pero entonces la nueva etapa ya había iniciado el vuelo».53 Pero no debió de ser este su primer encuentro tras los cursos del doctorado. La relación sentimental debía de haberse iniciado antes. En las cartas de una anterior pareja de Emilio, en su estancia en París entre 1933 y 1934, que se conservan en el legado de su hermano Nicolau Primitiu, en la Biblioteca Valenciana del mismo nombre, en una, fechada en enero de 1935, la autora dice que lo ve muy enamorado de su camarada de estudios, «militante como él». Puesto que Emilio había regresado de París, adonde había viajado en octubre de 1933, en el verano de 1934,54 y Teresa, como se verá a continuación, había estado en Alemania desde octubre de 1932 hasta septiembre de 1933, es muy probable que el reencuentro de ambos se produjera en la segunda mitad de 1934, fecha en la que, como se dirá después, Teresa ya debía de haber ingresado en el Partido Comunista; no así Emilio que, aunque simpatizante desde su estancia en París con el comunismo, desde donde envió a El Camí un artículo con estas ideas, que motivaron una polémica con el director de la revista, Joaquim Reig, no ingresó en el PCE hasta después de las elecciones de febrero de 1936.55

Pero el viaje más importante, que incluso pudo tener una influencia en su evolución política posterior, es el que desde octubre de 1932 a septiembre de 1933 hizo a Alemania, pensionada por la Junta de Ampliación de Estudios, según Orden Ministerial del 27 de julio de 1932,56 para profundizar en sus conocimientos en arqueología y arte.57 En el periódico La Vanguardia, con fecha del 4 de agosto de1932, aparece una reseña de pensionados para el extranjero en la que figura Teresa Andrés, con el texto siguiente: «A Doña Teresa Andrés Zamora, por once meses para hacer estudios arqueológicos en Alemania, con la asignación de 800 pesetas mensuales y 600 para viajes».58

En Alemania coincidió con Pilar Escofet Benítez, compañera en el doctorado y en la residencia, Juan Noguera Casajuana, también compañero del doctorado, los filólogos Ramón Aramon i Serra y Alfonso Serra Baldó,59 y el periodista «Augusto Assia»,60 corresponsal de La Vanguardia y amigo de Pilar, a cuyo padre le debía aquel la corresponsalía61 (ambos aparecen con ella en algunas de las fotografías que envió a su familia).62 Durante su estancia, Teresa fue testigo de un acontecimiento político de importancia. El 30 de enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller, el 28 de febrero ardió el Reichstag y en marzo una ley permitía a aquel gobernar por decreto. El nazismo había empezado. A este respecto, el autor recuerda haber oído de niño que, a su vuelta de Alemania, Teresa contó a su familia que su amiga Pilar Escofet, que tenía un aspecto físico mediterráneo, había sido molestada más de una vez, en la calle, porque la suponían judía. Se puede especular, como hace Romà Seguí,63 que esta experiencia la condujo a ingresar en el Partido Comunista, en su vuelta a España. Según una información que me ha proporcionado Alejandra Soler, cuando ella ingresó en el PCE, en 1934, Teresa Andrés ya era conocida como militante del partido.64

En el citado archivo figura también un resumen mensual de las actividades que debían enviar todos los pensionados. Además, en la «Memoria Bienal» de la JAE65 aparece publicado el resumen de sus actividades en Alemania, que entregó a la vuelta del viaje.66 Teresa enviaba a su familia fotografías desde Alemania, a veces con breves comentarios al dorso, sobre el clima, quiénes aparecían con ella, el lugar donde estaban tomadas o sobre la ropa que llevaba.

La última anotación en la Ficha de Teresa refiere que, en la convocatoria de 1935, ha pedido una beca para ir a los Estados Unidos. En la sesión del 9 de abril se acuerda abonarle los gastos «si la aceptan en el College respectivo».

Notes

1 Villalba de los Alcores se llamó Villalba del Alcor hasta 1916, cuando cambió su nombre por el actual, para evitar la confusión con un pueblo de la provincia de Huelva del mismo nombre.

2 Partida de nacimiento de Teresa Andrés, expedida el 4 de diciembre de 1930, que se conserva en el expediente de Teresa Andrés en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares. A partir de ahora, este archivo será referenciado como AGA.

3 Estas noticias, como las que siguen sobre la etapa profesional de Diógenes Andrés en Villalba, las debo a la amabilidad de don Adolfo Margüello Frontela.

4 Documento notarial fechado en Valladolid el 30 de noviembre de 1891, creando una «hijuela» para Diógenes Andrés Rueda. Archivo del autor.

5 Archivo del autor.

6 Archivo del autor.

7 Por tanto, como indica su ficha en el Colegio de Médicos de Palencia, y me confirma el médico e historiador Albano de Juan, durante unos años debió de ejercer como médico libre.

8 Archivo del autor.

9 AGA. Hoja de Servicios de Pilar Zamora García, dentro de su Expediente de Depuración. Expediente n°: 32/12865. Sin embargo, en 1936 no daba clase a párvulos, sino a niñas de 10 a 14 años, como ella misma declara en su escrito de descargo, conservado en el mismo expediente.

10 B. Calvo: «Viaje en busca de un tesoro: Teresa Andrés Zamora», Educación y Biblioteca, n.° 145, 2005, pp. 72-78.

11 Memoria para el Curso 1923-1924, del IES de Palencia. Documento que debo a la amabilidad de don Albano de Juan.

12 Debo este dato, que figura en el expediente que de Teresa se guarda en el IES Jorge Manrique de Palencia, a la amabilidad de don Jesús Coria Colino, director de dicho instituto.

13 AGA. Expediente de Teresa Andrés Zamora, n.° 223. Certificado oficial de estudios expedido el 20 de diciembre de 1930. Su ficha en la Universidad de Madrid lleva fecha del 11 de noviembre de 1928.

14 Emili Gómez Nadal: Diaris i records, A. Gómez Andrés y F. Pérez i Moragón (eds.), Universitat de València. Valencia, 2008, p. 377.

15 AGA. Ídem. Certificado de la Escuela de Magisterio de Palencia.

16 Raquel Vázquez Ramil: La Institución Libre de Enseñanza y la educación de la mujer en España. La Residencia de Señoritas (1915-136), tesis doctoral leída en 1989, Universidad de Vigo, capítulo V. «Actividades, organización interna y contactos de la Residencia de Señoritas», Betanzos. s.e., 2001, pp. 215-261.

17 Isabel Pérez-Villanueva Tovar: La Residencia de Estudiantes. 1910-1936. Grupo Universitario y Residencia de Señoritas, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2011, pp. 601 y ss.

18 Todos estos datos sobre la Residencia de Señoritas, en la obra citada de Isabel Pérez-Villanueva Tovar.

19 Romà Seguí, obra citada, 1.

20 Conozco este viaje por tradición familiar y guardo dos fotografías sobre él, en mi archivo.

21 Isabel Pérez-Villanueva, op. cit., pp. 740-743.

22 Ídem.

23 En los documentos que he podido consultar hay una cierta confusión sobre las fechas en las que Teresa Andrés fue profesora del Instituto Escuela. Por una parte, un escrito de María Maeztu, adjunto a su solicitud de la pensión para viajar a Alemania, certifica que ha sido profesora de la Sección de Letras en la Sección Preparatoria, en los cursos 1926-1927, 1927-1928 y la mitad del 1928-1929. Residencia de Estudiantes, Archivo de la JAE (disponible en: <http://archivojae.edaddeplata.org/jae_app>). Pero es difícil que fuera así, porque Teresa había acabado la carrera en 1927 y en agosto del mismo año solicitó una plaza en el IES de Palencia, para trasladarse a Madrid, probablemente, en el último trimestre de 1927, puesto que no llegó a ocupar la plaza en Palencia. En la ficha que figura en el mismo archivo se indica que se la admite, con fecha del 1 de enero de 1930, al magisterio secundario del I.E. en Historia y Geografía. Esta nota debe de corresponder a su paso a la enseñanza secundaria. Por eso creo que debe de haber un error en el certificado de María de Maeztu, y de acuerdo con Romà Seguí, en el artículo citado, creo que las fechas más verosímiles deben de ser estas.

24 Romà Seguí, op. cit., 1.

25 Encargado de la Cátedra de Historia del Arte de la Universidad de Santiago de Compostela, director del Servicio de Excavaciones del Instituto de Estudios Regionales, excavó el castro de Borneiro. Tras la Guerra Civil se exilió a Puerto Rico, donde fue decano de la Facultad de Humanidades. Solicitó pensiones para estudiar arqueología en Alemania en 1929, mientras hacía el doctorado, y en 1934 en Grecia, con el mismo objeto. Archivo de la JAE (disponible en: <http://archivojae.edaddeplata.org/jae_app>).

26 Publicó en 1946 Don Pedro Zapata de Mendoza gobernador de Cartagena de Indias, su tesis doctoral, y en 1993, junto a Julia Ysasi-Ysasmendi, Guía del Archivo Histórico Universitario, ambas en Sevilla.

27 Profesora del Instituto-Escuela de Barcelona y del Instituto Pi i Margall, compañera en la Residencia de Señoritas de Teresa Andrés y posteriormente en el viaje a Alemania, con sendas becas de la JAE; era hija del director de La Vanguardia José Escofet y falleció durante la Guerra Civil en noviembre de 1937.

28 En su ficha en el archivo de la JAE figura la solicitud de una pensión para estudiar, en Alemania, Arqueología Cristiana Medieval, en 1929, pero no consta que, entonces, le fuera concedida ni hay más anotaciones. Archivo de la JAE.

29 Fallecida en 2004, fue en 1930 directora del Museo de León, donde debió de preceder a Teresa Andrés, que lo fue en 1931. En 1940 era directora de la Biblioteca Pública de Zamora y fue, también, profesora en el Instituto Claudio Moyano de la misma ciudad.

30 Rosario Fuentes Pérez, catedrática del Instituto de Valladolid, solicitó en julio de 1933 una pensión para viajar a Alemania, aunque no consta que llegara a disfrutarla. Autora de La Expresión de las relaciones locales en la Lengua Francesa. Estudio Histórico comparado. Archivo de la JAE.

31 Profesor de Historia en la Universidad de Valencia, escritor y nacionalista valenciano. Posteriormente fue su esposo.

32 Dagny Stabel-Hansen Spolander, residente en el número 4 de la calle de Mejía Lequerica. Licenciada en Filosofía y Letras, profesora de Literatura y Lengua Francesa en el Instituto Nebrija de Chamartín. En junio de 1935 solicitó una pensión para estudiar, en Inglaterra y Alemania, la metodología de enseñanza de idiomas. En 1937, residiendo en Valencia, vuelve a solicitar una pensión con el mismo objeto, en Suecia, que se acepta el mes siguiente. Archivo de la JAE.

33 Escritor ecuatoriano, historiador, periodista, diplomático y político.

34 Romà Seguí, op. cit., 1. No era la única. Según I. Pérez-Villamil (op. cit., p. 608), en el curso iniciado en 1930 había veinte opositoras en la misma situación, número que se fue incrementando en los cursos siguientes.

35 AGA. Expediente de Teresa Andrés Zamora.

36 Romà Seguí, op. cit., 1. Una coincidencia notable es que el tribunal lo presidió Miguel Gómez del Campillo, el mismo que, acabada la Guerra Civil, fue encargado de la depuración del Cuerpo Facultativo de Archiveros. Expediente de Teresa Andrés en el Archivo de la JAE (disponible en: <http://archivojae.edaddeplata.org/jae_app>). E Inmaculada de la Fuente: El exilio interior. La vida de María Moliner, Turner, Madrid, 2011, p. 176.

37 Estas cartas cruzadas entre Ricardo de Orueta y Teresa Andrés se conservan en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales y debo sus conocimiento a la amabilidad de Rosa M.a Villalón Herrera y M.a Jesús Morillo Calero.

38 Ver nota anterior. Los subrayados en el original.

39 Sin embargo, Moreno Villa dice, en su autobiografía, que fue pasado de la Biblioteca de Farmacia a la Dirección del Archivo del Palacio Nacional, antes Real. José Moreno Villa: Vida en claro. Autobiografía, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1976, p. 173.

40 Romà Seguí, op. cit., 1.

41 Archivo del autor.

42 Archivo del autor.

43 Es probable que esta comenzara antes, en 1929. En el expediente que se conserva en el Archivo de la JAE antes mencionado hay una carta del historiador Francisco Antón Casaseca, autor de la obra Los Monasterios medievales de la provincia de Valladolid, publicada en esta ciudad en 1923, a propósito de una solicitud de información sobre el arte románico en dicha provincia, que le había enviado Teresa. Y en el mismo expediente figura un listado de monumentos románicos en Castilla y León y, aproximadamente, 86 fotografías sobre el mismo tema. Tal vez este fue el primer tema que escogió para escribir su tesis, que luego cambió por la rejería.

44 Hemeroteca de ABC. Números del 16 de febrero de 1932 y del 27 de marzo de 1932, pp. 38 y 52.

45 Ídem., 30 de marzo de 1934, p. 23.

46 Ídem., 3 de febrero de 1935, p. 49.

47 Memoria de la JAE para 1933-1934, pag. 226.

48 Ídem, p. 225.

49 Conservo abundantes notas de Teresa Andrés para la preparación de su tesis, en la que siguió trabajando durante el exilio en París y hasta pocos meses antes de su muerte. Son fichas sobre monumentos, fotografías, fichas bibliográficas y cuatro cartas. Dos de ellas están guardadas en el archivo de Nicolau Primitiu. También se guardan en este archivo algunas de las notas referidas. El grueso de esta documentación y dos cartas más están en mi archivo. Las dos cartas conservadas en el archivo de Nicolau Primitiu son las siguientes: una es una carta en francés, del 24 de mayo de 1936, dirigida a Teresa Andrés, firmada como E. Lambert, con el membrete «Université de Caen. Faculté des Lettres,» donde el corresponsal le da información de obras y museos sobre rejería, y concluye con un saludo para Manuel Gómez- Moreno, de quien se declara discípulo, y «para mis amigos del Centro de Estudios Históricos». La segunda es el borrador manuscrito de una carta de Teresa Andrés, junto al sobre, en cuyo membrete figura: «Junta para la Ampliación de Estudios. Centro de Estudios Históricos. Madrid», dirigida a D. Josep Gudiol i Cunill, Museo de Arqueología de Montjuich, Barcelona, pidiendo datos sobre el mismo tema, en la que afirma que es don Manuel-Gómez Moreno quien le está dirigiendo el trabajo. No está fechada, pero el destinatario falleció en 1931, lo que permite suponer que Teresa inició antes de esa fecha la recogida de materiales para su tesis.

50 Según las «notas de campo» que se conservan, visitó Burgos, Segovia, Zamora, Salamanca, Ávila (con Mombeltrán y Barco de Ávila), Palencia, Valladolid, León, Toledo, Albacete, Chinchilla, Orihuela, Valencia, Castellón, Segorbe, Barcelona, Lérida, Tarragona, Gerona, Vich, Cervera, Zaragoza, Teruel, Pamplona, Ujué, Tudela, Murcia, Córdoba, Andorra, Guadalupe, Oñate y Oviedo.

51 Raquel Vázquez Ramil, op. cit.. De este viaje el autor conserva varias fotografías en su archivo, incluido el original de una aparecida en una portada del periódico Ahora, con el siguíente pie: «Un viaje de estudios de las alumnas de la Residencia de Estudiantes de Madrid. Grupo de señoritas alumnas, que se encuentran actualmente en Córdoba, durante su visita a los Jardines del Alcázar, donde merendaron». Al dorso del original, una nota manuscrita con letra de Teresa dice: «Córdoba. Jardines del Alcázar. Excursión de la Residencia de Señoritas de Marzo de 1932». En la ficha de Teresa Andrés que se conserva en el Archivo de la JAE, hay un escrito de María de Maeztu del 24 de junio de 1932, que acompaña a su solicitud de la pensión para el viaje a Alemania, en que esta certifica que Teresa Andrés ha dirigido en su aspecto artístico esta excursión y que, además, ha dado una conferencia preparatoria con el mismo objeto. En la obra de Isabel Pérez-Villanueva, ya citada, en la página 695 hay una fotografía de grupo de este viaje en la que se ve a Teresa.

52 Disponible en: <http://archivojae.edaddeplata.org/jae_app> y AGA, Expediente de Teresa Andrés.

53 Emili Gómez Nadal; «Diaris i Records», p. 288. Original en valenciano, que traduzco.

54 En el expediente de Emilio Gómez Nadal en el mencionado Archivo de la JAE figura su situación en la Universidad de Valencia como profesor auxiliar y encargado de la Cátedra de Lengua y Literatura Españolas y la solicitud de una pensión para estudiar, en París, «Etnografía de los pueblos primitivos de América», pues la «Historia de la colonización de América» era su especialidad como historiador. En junio de 1934, cuando concluye el tiempo de su estancia en París, solicita una ampliación de la pensión para continuar sus estudios en Alemania, que le es denegada, por lo que debe regresar a Valencia. En una última carta se lamenta de la «aparente censura encubierta» que cree advertir en la negativa, ¿tal vez en relación con cartas anteriores en las que reclamaba, en nombre suyo y de otros compañeros pensionados, el dinero de la beca, que siempre se retrasaba?

55 Emili Gómez Nadal, op. cit., pp. 374 y 384.

56 La instancia solicitando la pensión es del 21 de febrero de 1932 y la acompaña un plan de estudios detallado con las actividades que hay que realizar y los profesores que debían tutelarla. Expediente de Teresa Andrés en el Archivo de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -Residencia de Estudiantes, Archivo de la JAE. Disponible en: <http://archivojae.edaddeplata.org/jae_app>.

57 En su ficha del Archivo de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -Residencia de Estudiantes, Archivo de la JAE, aparece la siguiente anotación: «19-7-1932. Por acuerdo sesión 24 de junio, propuesta para pensión de once meses desde 1° de Septiembre con 600 pts. mensuales y 600 para viajes, en Alemania.– Concedido por O. 27 julio.- Gac. 29-7—BO. 88». Y a continuación: «4-1-1933. O.M. concedida rehabilitación por 8 meses y 13 días con 600 pts. mensuales y 330 viajes. (Acuerdo sesión 9-12-32. Propuesta 2-1-33. Gac. 10-1-33. BO. 12). Además OM 9-2—BO-24». En el Expediente del AGA figura el permiso para efectuar la segunda parte del viaje, orden ministerial del 4 de enero de 1933 y notificación de que se ha reincorporado a su trabajo el 15 de septiembre de 1933. En las fotografías que se conservan del viaje (archivo del autor), existen dos fechadas en Copenhage, en diciembre de 1932.

58 Hemeroteca de La Vanguardia, número del 4 de agosto de 1932, aunque con un error en la dotación económica. La noticia aparece también, sin estos detalles, en ABC, de 31 de julio de 1932.

59 Ramón Aramon i Serra, filólogo, secretario del Instituto de Estudios Catalanes, con una labor muy activa en el mantenimiento de la cultura catalana durante la dictadura franquista. Alfonso Serra Baldó, filólogo, traductor al catalán de los trovadores provenzales y fallecido en Toulouse, en 1993, en el exilio.

60 Felipe Fernández Armesto, periodista bajo el seudónimo de «Augusto Assia», que fue corresponsal de La Vanguardia en Alemania, Inglaterra y Estados Unidos.

61 Hemeroteca de La Vanguardia, número del 13 de abril de 1973. Augusto Assia: «Una asociación feliz. 1».

62 Archivo del autor.

63 Romà Seguí, op. cit., 1.

64 Alejandra Soler en una carta al autor.

65 Junta para la Ampliación de Estudio e Investigaciones Científicas. Memoria correspondiente a los cursos 1933 y 1934. Madrid, 1935, p. 29.

66 Durante el semestre de invierno, trabajó en los museos de Berlín, Antiguo, Nuevo, del Kaiser Federico, Alemán, de Pérgamo y de Palacio. Además, realizó trabajos bibliográficos en la Biblioteca del Museo Estatal de Arte, del Estado Prusiano y del Instituto de Historia del Arte de la Universidad de Berlín. En este mismo instituto recibió clases de los profesores Giese, Brinckman, Fischer y Haufman. Durante el semestre de verano asistió a los seminarios de los Profesores Clemen y Neuss y siguió en Bonn los cursos de estos dos profesores y el del profesor Lüttgen, realizó un viaje de estudios dirigido por el profesor Clemen del Instituto de Historia del Arte, visitando Aquisgrán, Maastrich, la abadía de Süsteren en Roermond, Münster, Nimega y Cléveris. Y durante las vacaciones hizo un viaje de estudios por las siguientes ciudades: Dresde, Nuremberg y Bamberg.

EL FRENTE POPULAR Y EL INICIO

DE LA GUERRA CIVIL: 1936

El 16 de febrero de 1936, las elecciones dieron la victoria a los partidos de izquierdas unidos en el Frente Popular. Se inicia aquí, en el nuevo ambiente político, la incorporación de Teresa Andrés a la vida pública, que estará unida en una parte significativa a Cultura Popular.

Ramón Salaberría describe así el nacimiento de Cultura Popular:1

A principios de 1936, semanas antes de las elecciones, se autorizó la reapertura de muchas bibliotecas obreras que habían sido cerradas por el gobierno, tras la revolución de octubre de 1934. La afluencia de lectores fue mayor que nunca, desarrollándose aún más toda una serie de organizaciones culturales. Es en ese punto de ebullición cuando, a principios de ese año, se reúne un grupo de personas para intentar aunar los esfuerzos de tantos colectivos. Es el origen de Cultura Popular.

Esta se estructuró por secciones: Enseñanza y Universidad populares, Misiones populares, Teatro, Cine Club, Coros, Folklore, Artes Plásticas, Deporte, Bibliotecas, Ateneos y Publicaciones.

Para Romà Seguí,2 la organización nacida en abril de 1936 era afín al Partido Comunista. El Mono Azul,3 la revista de Unión de Intelectuales Antifascistas, daba noticia en su primer número (27 de agosto de 1936) de Cultura Popular y de su Comité Nacional: Tomás García,4 presidente; Juan Vicens, secretario de Bibliotecas; Manuel Noguera, secretario de Organización; Casimiro May, secretario de Prensa, y el «compañero Molina», secretario de Frentes. Dice Seguí, que Tomás García había sucedido a Teresa Andrés al frente de la organización, al integrarse Teresa en el equipo del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes (MIP), primero de la mano de Orueta y, luego de Renau, según refiere Seguí, donde en agosto, junto con Vicens, ya formaba parte de la Comisión Gestora del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. García, Vicens y la propia Teresa eran miembros del PCE.

Dentro de Cultura Popular, el fin de la Sección de Bibliotecas era establecer en las bibliotecas de los centros políticos y, sobre todo, en las bibliotecas obreras lo que aún no se había establecido en las bibliotecas oficiales de España: la coordinación de los servicios, estableciendo una oficina central que organizase el préstamo entre bibliotecas y centralizara la compra de las novedades que fueran apareciendo, la organización de servicios de información bibliográfica y biblioteconómica y la apertura de una escuela para bibliotecarios obreros.5

Pero fue la guerra la que dio relevancia a Cultura Popular, como escribe Teresa Andrés,6 y sobre todo desde la llegada del comunista Jesús Hernández al MIP, en septiembre de 1936,7 en el Gobierno de Largo Caballero, hasta su sustitución por el anarquista Segundo Blanco en abril de 1938.

Boza Puerta y Sánchez Herrador8 abundan en que la Sección de Bibliotecas era la más activa de Cultura Popular, como también lo fue la política bibliotecaria del MIP, durante el mandato de Jesús Hernández. Vicenç Allué9 añade que el 18 de julio representó un desencadenante que impulsó la organización a niveles nunca sospechados.

Tras el golpe de Estado de julio de 1936, la organización se incautó del Palacio de Revillagigedo, en el número 1 de la calle Sacramento, al lado de la Plaza de la Villa y del Ayuntamiento de Madrid. Aunque Emilio tenía su domicilio en la calle de Sainz de Baranda, el matrimonio se instaló en el palacio requisado, tras su boda. Así lo refiere Emilio en Diaris i Records:10

Allí había una serie de gente. Estaba Tomás García; había un chico, muy buen chico, que murió en París después de la guerra, que era Arturo Acebes. Por allí venía, de cuando en cuando, con una metralleta en cada hombro, Sender, el escritor, que era anarquista y un grupo de gente que venían del frente. En Cultura Popular residía Renau; Deltoro11 también estaba por allí. Todos vivían allí, era un palacio muy grande. Yo estaba porque mi mujer ya estaba allí. Era bibliotecaria del Palacio Real, de carrera, y se había metido en todo esto en tanto que intelectual; me quedé en Madrid el mes de octubre. Pasamos aquellos meses organizando bibliotecas portátiles para las unidades, sobre todo internacionales. Hacíamos requisas, teníamos muchos libros en lenguas extranjeras, en alemán, inglés, francés...

Refiere luego cómo fue nombrado secretario de Roces, en el Ministerio de Instrucción Pública, lo que obligó al matrimonio a trasladar su domicilio a Valencia, donde el Gobierno estaba desde el mes de noviembre. Y concluye sus recuerdos del Palacio de Revillagigedo:

En el ataque a Madrid, el seis de noviembre, nosotros estábamos en primera línea, en aquella calle del Sacramento y tuve que cerrar la terraza que había arriba del todo, porque la gente subía allí para mirar. Desde allí arriba se veían los combates, se veía venir a los fascistas que bajaban desde Carabanchel al Puente de Segovia. Estábamos a quinientos metros del frente de combate y eso sin contar los bombardeos en la calle del Sacramento y los heridos.

Los nombres de Teresa y Juan Vicens de la Llave aparecen unidos cuando se habla de la labor bibliotecaria de Cultura Popular. Romà Seguí, en su artículo sobre la Organización,12 hace un interesante análisis de cómo, por caminos bien diferentes, Teresa y Vicens habían llegado a la misma convicción de la importancia de las bibliotecas, en la extensión de la cultura entre las clases populares. Teresa, partiendo de una experiencia profesional clásica en la Biblioteca del Palacio Real, ejemplo de biblioteca «patrimonial» y Vicens, formado en su labor de inspector de bibliotecas rurales. Más adelante, contrapone a ambos con Rodríguez Moñino, erudito y bibliófilo, que no admitía que los libros modernos incautados, en lugar de conservarse en las bibliotecas del Estado, fueran entregados a Cultura Popular para su difusión.

Para el autor, esta actitud de Teresa sería atribuible a su paso por la Residencia de Señoritas y el Instituto-Escuela, pero creo que mayor influencia ejercieron su conocimiento directo de la miseria e incultura de una gran parte de los españoles, adquirido en un pueblo pequeño y atrasado de Castilla la Vieja,13 y su toma de posición política, dos años antes, ingresando en el PCE. Años más tarde, sin embargo, lamentaba no haber apreciado mejor el aspecto erudito de su trabajo. En 1944, cuando rellenaba un cuaderno con fichas bibliográficas del que hablaré más tarde, al reseñar una obra sobre el teatro español de Barreira y Leirado, añade: «Con su ayuda voy encontrando ediciones rarísimas de Comedias que me han pasado por las manos, inútilmente, en la Biblioteca de Palacio. ¡Qué cuatro años perdidos!».

Rosa San Segundo la califica de «activista y bibliotecaria»,14 y Vicenç Allué15 dice de ambos, Teresa y Vicens, que «fueron dos de los personajes que más lucharon por el desarrollo de este nuevo servicio bibliotecario y por la lectura pública en general», al menos en la primera parte del proyecto, porque a comienzos de 1937 Vicens fue destinado a París como delegado de Propaganda en la Embajada Española y, en febrero, Teresa era nombrada secretaria de la Sección de Bibliotecas del Consejo Central. Pero no se desligó de Cultura Popular, porque desde su puesto de responsable de Extensión Bibliotecaria, que simultaneó con la secretaría, siempre consideró que esta organización debía encargarse de la política bibliotecaria en todo lo referente a hospitales, cuarteles y frentes.16

Ramón Salaberría encomia el trabajo realizado por Teresa:17

Aunque el periodo temporal sea corto, dos años, no es fácil reflejar la actividad bibliotecaria de Teresa Andrés entre 1936 y 1938. Ejerce cargos de alta responsabilidad (los bibliotecarios alineados con el bando vencedor dirán de ella, una vez acabada la contienda, que fue la que dirigió el Cuerpo Facultativo), publica y asiste a reuniones profesionales internacionales.

Y añade que en el año que transcurre entre julio de 1936 y julio de 1937, Cultura Popular, desde las sedes de Madrid y Valencia, abierta esta última en febrero de 1937, consigue entregar 1.097 bibliotecas, con un total de más de 130.000 libros, a guarderías, hospitales, batallones, hogares del soldado y a organizaciones políticas, sindicales y antifascistas. Los datos sobre la actividad de la sede valenciana en el periodo agosto-diciembre de 1937 están en la comunicación que Teresa Andrés llevó al Congreso del año siguiente en Bélgica, al que me referiré más adelante. En junio de 1940, en el periódico España Democrática de Montevideo, apareció un artículo firmado por Teresa Andrés, con el título «Las Bibliotecas populares en España durante la guerra». En la entradilla se indica que el artículo «fue escrito antes de terminar la guerra en España», pero no menciona si había sido publicado anteriormente, ni si estaba escrito directamente por Teresa o era un resumen de la comunicación presentada en el Congreso belga. En él se dan las siguientes cifras para 1937: lotes de libros enviados al Ejército, las organizaciones obreras, los hospitales, las colonias de niños y otros: 734. Promedio de cada lote, 120 volúmenes, lo que hace un total de 87.860.18

Quien lea en la obra clásica de Hugh Thomas19 los sucesos ocurridos en los días anteriores a la sublevación militar tiene una agobiante sensación de conflictos sociales, violencia, crímenes que se suceden y que, muchas veces, son la reacción a otros previos, ante la aparente impotencia del Gobierno. Mientras, una parte del Ejército conspiraba y los generales Mola y Sanjurjo trataban con los carlistas, que ponían condiciones para sumarse a la rebelión.

El 11 de julio se produjo un suceso premonitorio en Valencia. Un grupo de falangistas ocupó la radio local y anunció la «revolución nacional-socialista» y luego desaparecieron sin ser detenidos. Así lo refleja el hermano de Emilio Gómez Nadal, Nicolau Primitu Gómez, en su diario:20

Domingo 12 de Julio de 1936. Estaba escribiendo junto al huertecillo de Massarrojos, recibiendo el frescor de la mañana por la ventana, cuando entró la criada y me dijo que la noche pasada habían pegado fuego a la Derecha21 y a las iglesias, y que desde el campanario se veían las llamas.

Espero con ansia los periódicos y compro el Mercantil Valenciano, ahora de izquierdas, y el Diario de Valencia, tachado de derechas, y sólo llevan una nota del gobernador en la que dice que, anoche, unos individuos, pistola en mano, entraron en la radio y amordazaron al espíquer y a otro y se pusieron a dar gritos de «viva el fascio» (comillas en el original) y contra las instituciones; que la gente se alborotó, pero que gracias a su intervención, solamente había ocurrido que entraron en el edificio que la Derecha tiene en la plaza de Predicadores y sacaron unos cuantos papeles que quemaron en la plaza.

Poco después vino mi hijo Domingo, que había pasado la noche en Valencia, y me dijo que no había tal, sino que habían pegado fuego a la Derecha, al edificio de la Federación Patronal de la Plaza de las Barcas y parece que a otros lugares.

¿Comentarios? ¿Para qué? Buscar a quien le interesa ese resultado y no estará muy lejos el culpable. Acusar a A porque C le haga un mal a B, que redunda en beneficio de las aspiraciones de C es muy revolucionario. Y muy cínico.

Por la tarde viene mi cuñado Pepe Senent y me dice que viene pasmado. 22A medio día han hablado por la radio un representante comunista y otro de la UGT (Unión General de Trabajadores), propugnando la desaparición de todos los centros de la derecha, el Diario, etc.

Si adivinas lo que llevo en la cesta, te doy un racimo.

Y en la entrada del 16 de julio anota: «Aquí, en Valencia, entre los detenidos por el asalto a la estación de radio gritando «viva el fascio» (el entrecomillado en el original) diciendo que toda España estaba en su poder y que había tranquilidad, figura un pistolero que había venido de Vigo y llevaba un carnet de la CNT (sindicalistas). ¡Qué cosas más raras se ven!».

El 12 de julio, a las nueve de la noche, fue asesinado en Madrid el teniente Castillo, de la Guardia de Asalto, atribuyéndose el hecho a pistoleros falangistas. En la madrugada del 13, un grupo de guardias de asalto sacó a Calvo Sotelo de su casa y, ya dentro del coche, lo mataron. Estos dos asesinatos tuvieron una repercusión excepcional. Mola, mediante un telegrama cifrado, dio la orden de que la sublevación militar comenzara el 18 de julio, a las cinco horas de la mañana.

En la noche del 16 al 17, Franco, su esposa y su hija, en un barco, se trasladaron desde Tenerife a Las Palmas, en cuyo aeropuerto los esperaba el Dragon Rapide, un avión que el corresponsal de ABC, Luis Bolín, había contratado para trasladar a Franco desde Canarias a Marruecos, aunque parece que la adhesión de este último a los conspiradores fue tardía, posterior al 10 de julio.23

En un pueblo de Palencia, Cevico de la Torre, no sólo los ecos de estos sucesos llegaban, sino que la comunidad estaba también dividida y enfrentada. Incluso había padecido la violencia criminal que impregnaba la vida en España. El 3 de mayo de 1936 hubo en Cevico una reyerta entre falangistas de dos pueblos próximos, Calabazanos y Villamuriel de Cerratos, y un grupo de vecinos, afiliados a la Casa del Pueblo, en un paraje conocido como Fuente de la Samaritana. Uno de los falangistas sacó una pistola e hirió en un brazo a uno de los vecinos; otro de los falangistas, Máximo Inclán, hijo del exalcalde de Villamuriel, recibió varias puñaladas que le produjeron la muerte. Ambos fueron, además, apaleados. Los motivos de la reyerta mezclan lo político –los falangistas habrían acudido al pueblo a un acto de propaganda– con lo personal –uno de los falangistas cortejaba a una mujer de Cevico, hija de uno de los mayores contribuyentes, y esto no era bien visto por los del pueblo–. La Guardia Civil detuvo a uno de los participantes en la reyerta, que fue condenado posteriormente a dieciesiete años de prisión por homicidio.24

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