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CARTAS BOCA ARRIBA

ANTONIO BUERO VALLEJO Y VICENTE SOTO EN 1952.
ANTONIO BUERO VALLEJO Y VICENTE SOTO
CARTAS BOCA ARRIBA
CORRESPONDENCIA (1954-2000)
Edición de
Domingo Ródenas de Moya
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL

COLECCIÓN DE OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Cuidado de la edición: Armero Ediciones
Diseño de la colección: Gonzalo Armero
Conversión a libro electrónico: Enredart
© Fundación Banco Santander, 2016
© Herederos de Antonio Buero Vallejo
© Herederos de Vicente Soto
© De la introducción y de la selección, Domingo Ródenas de Moya, 2016
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-16950-05-8
ÍNDICE
Introducción, por Domingo Ródenas de Moya
Sobre la edición de las cartas
Bibliografía
I. DISTANCIAS INSALVABLES (1954-1963)
II. DESHIELOS (1964-1968)
III. TRIUNFOS Y DESALIENTOS (1969-1975)
IV. ZONA DE TURBULENCIAS (1976-1985)
V. LA VIDA, FUERA (1986-2000)
Domingo Ródenas de Moya
INTRODUCCIÓN
Tengo a mis amigos
en mi soledad.
Cuando estoy con ellos,
¡qué lejos están!
Antonio Machado
«Dale esta carta a Vicente para que la guarde él en nuestra histórica correspondencia», le pide Antonio Buero Vallejo a su hijo Carlos Buero, que está en Londres, el 22 de septiembre de 1977. Vicente es el escritor Vicente Soto, y esa «histórica correspondencia» se había iniciado casi un cuarto de siglo atrás y aún se prolongaría otro cuarto de siglo más. Entre 1954 y 2000, de manera ininterrumpida, por etapas en un intercambio intenso, en otros momentos más espaciado, Buero Vallejo y Soto, uno en España, el otro en Inglaterra, mantuvieron una profusa y fascinante correspondencia epistolar. Fue casi medio siglo de cartas mensajeras en las que quedó registrada la vida familiar y profesional de ambos, sus logros y decepciones, y con ellos el fluir del acontecer colectivo, la posguerra terrible, los ciclos del franquismo y la plomiza atmósfera cultural que engendró, el final biológico de la dictadura, las convulsiones de la Transición y la consolidación de la democracia, el parsimonioso avance del olvido, en fin, el río de la Historia. Pero también quedó inscrita en ese extenso cuerpo epistolar la huella profunda de una amistad cuyas raíces se hundían en los lúgubres años cuarenta y que fue ensanchándose y robusteciéndose, año tras año, como un árbol formidable que estirara su ramaje amparándolos a los dos y, con ellos, a las respectivas familias conforme crecían, a Victoria Rodríguez, Carlos y Enrique Buero, y a Blanca García, Isabel y Vincent Soto.
La amplitud temporal del epistolario es en sí misma excepcional, pero más lo es el valor testimonial de las cartas que lo componen, las reflexiones, análisis y confidencias que encierran y la altura literaria de muchas de ellas. En las cartas hablan los corresponsales a través de lo que dicen y de lo que pasan en silencio, sujetos a una ineluctable contención respecto a las opiniones y actividades políticas que pudieran acarrearles problemas de caer en manos equivocadas. No se registra, por ejemplo, el backstage del compromiso de Buero Vallejo con la resistencia intelectual antifranquista, su vinculación, por poner un caso, con el comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura o su indignada estupefacción al descubrir que estaba financiado por la CIA (lo que ocasionó su rotundo rechazo), pero sí la ansiedad y desazón que la situación política le produce.
La veta principal de estas cartas procede del fuero interno de cada uno de los amigos, allí donde los sinsabores y regocijos de la batalla literaria se refuerzan con la sismografía afectiva de su vida familiar, con los estímulos del consumo cultural (el cine, la televisión, la radio, siempre los libros) y los sobresaltos y excitaciones de la actualidad, sea el asesinato de John Fitzgerald Kennedy o el referéndum de 1976 para la reforma política. Las misivas, yendo y viniendo, narran dos intimidades expuestas la una a la otra, y su filigrana visible no es otra que la línea ondulante del transcurso de los años, el inexorable marchitarse de las ilusiones y de los cuerpos, la decantación de los afanes y la llegada de la vejez con sus achaques y pérdidas, con sus nostalgias y su recuento de bajas.
A través de esas intimidades se delinean con toda claridad dos carreras literarias bien distintas, la de un dramaturgo consagrado en 1949 por el éxito descomunal de Historia de una escalera, a pesar de que todo estaba en su contra (su biografía de vencido, sus casi siete años de cárcel, el entorno hostil), y la de un narrador que hubo de exiliarse y al que el imperativo de la subsistencia privó de las mínimas condiciones adecuadas para cultivar su vocación. Pero afirmar que Buero Vallejo triunfó y que Soto fracasó sería una doble inexactitud, al menos si entendemos el triunfo y el fracaso en términos absolutos. Es obvio que Buero Vallejo recibió un sinfín de galardones y distinciones, entre ellos el Premio Nacional de las Letras y el Cervantes, pero también lo es que Soto ganó el prestigioso Premio Nadal con La zancada, una novela que fue un éxito rotundo, tras el que vinieron otros como el Hucha de Oro y el Gabriel Miró, los dos de cuentos, o, ya en 2002, el Premio Lluís Guarner o el de las Artes y las Ciencias de la Comunidad Valenciana. De igual modo, es ciertamente abrumadora la mala suerte que se ensaña con Vicente Soto, entorpeciéndole la publicación una y otra vez —incluso después de que La zancada fuera un best-seller en 1967— de las obras que laboriosamente ha arrancado a sus insomnios; sin embargo, también Buero Vallejo tuvo que sufrir impedimentos, zancadillas y tergiversaciones, si bien de signo distinto: a la censura, que le prohibió alguna obra, impuso cortes en la mayoría y dio largas a la aprobación de bastantes títulos, y al ostracismo oficial en los años sesenta —en represalia por su actitud ética frente a los desmanes de la policía franquista—, que llegó a tenerlo en el dique seco cuatro años, se añadieron quienes le acusaron de conformista con la dictadura o de pesimista sin esperanza, y quienes le recriminaban tibieza o falta de beligerancia, y con los años se unieron quienes, desde el otro extremo político, le amenazaban por rojo, desempolvando su antigua militancia comunista, o lo desdeñaban como autor anacrónicamente clásico y realista o, en fin, porque pertenecía a la vieja guardia intelectual y había llegado la hora de la renovación. Ninguno de los dos amigos recorrió un camino de rosas, aunque hoy Antonio Buero Vallejo figure inamoviblemente en la historia del mejor teatro español contemporáneo y Vicente Soto continúe en el purgatorio de quienes aguardan su restitución al lugar que les corresponde.
Un bordoneo doble se entrelaza a través de décadas y décadas, el de Soto clamando por un tiempo para escribir del que carece y contra un infortunio que no entiende y el de Buero deplorando la incomprensión, las embestidas y los ninguneos que sufre sin que sus quejas fueran, vistas desde hoy, gratuitas ni lastimeras. Desde ambas perspectivas se atisba un campo literario, el de la España de 1950 a 2000, cambiante en apariencia pero en esencia sujeto a unas permanentes leyes gregarias y tribales, donde la adscripción a un grupo ideológico o generacional (y, por lo tanto, a una red de intereses) podía determinar la suerte o desdicha de una carrera intelectual. Soto no estuvo «en la rueda» y eso lo dejó fuera de juego en su autoexilio londinense, siendo «el extraordinario escritor que fue y que debiera ser por siempre en este país tan duro con sus vivos y sus muertos», como escribió Luis Suñén a su muerte el 12 de septiembre de 2011. Buero no pudo sustraerse de jugar en un tablero fuertemente politizado y sus dramas e intervenciones públicas siempre frontalmente en contra de la dictadura y la represión de las libertades fueron juzgados de acuerdo con la posición que —a veces mezquina o especiosamente— se le atribuía.
Como las voces que se cruzan aquí son confidenciales y hasta ahora inaudibles, el retrato que configuran es también inédito. Las personalidades que se infieren de las cartas modifican la imagen pública de Buero y, hasta donde la tuvo, de Soto. El Buero Vallejo que se refleja aquí confirma su talante reflexivo, su propensión al enfoque intelectual de los problemas y un cierto pesimismo realista sostenido siempre en la esperanza, pero en conjunto difiere de la máscara adusta que lo acompañó en vida. Este Buero no carece de humor y está atento a los signos del mundo en que vive, es lúcido —hasta la crudeza si es preciso— en el análisis de la conducta de amigos y parientes y meticuloso con cuanto le interesa o le apasiona, que no parece ser la escritura en sí misma. Porque Buero escribe casi por deber, pugnando contra su pereza, padeciendo el texto desde su génesis, poseído en los primeros compases de cada nueva obra por la inseguridad, y asediado por el desaliento. Vicente le manda ánimos sin cesar, razonándole los motivos para seguir adelante (el primordial, su talento incuestionable) y sugiriéndole ideas para nuevos dramas, que van desde El curioso impertinente de Cervantes hasta las amenazas de muerte que recibió Buero en 1976, que le aconseja exorcizar llevándolas hasta las tablas. El Vicente Soto que revelan las cartas apenas guarda relación con la imagen de hombre reservado y comedido que ofrecieron la prensa y la televisión desde 1967, cuando ganó el Premio Nadal. Este Soto es un hombre sensible y vital, una mezcla perfecta de estoico y epicúreo que traduce su capacidad de resistencia y su hedonismo levantino en un estilo jugoso, lleno de ocurrencias chispeantes y giros coloquiales, cuando no escribe a matacaballo en un vagón de metro o en la oficina. Su ingenio es verbal (también de situaciones), está adherido a la vivencia cotidiana y al habla oral («estoy cabreao», «mecauendiez»), y a veces le arranca a Buero una exclamación admirativa y hasta le contagia algunas de sus peculiares acuñaciones, como la de «fuera» para expresar el descarte de lo que no tiene o no merece explicación, o la de «testamentos» para las cartas largas y circunstanciadas.
Tanto Buero Vallejo como Soto fueron conscientes pronto del carácter extraordinario del epistolario que iban construyendo, algo así como una autobiografía doble y fortuita, avanzando a trompicones y saltos. En esta memoria misiva quedaba retratado el devenir de una amistad nacida en el trato personal a finales de los años cuarenta y alimentada desde la lejanía geográfica durante decenios. Por las cartas se ven, cruzando los años, dos vidas, las de dos escritores españoles con suertes dispares, las de dos perdedores de la guerra que confiaron en que algún día volverían las luces democráticas. Dos vidas que ilustran el vivir y sinvivir de la España de la segunda mitad del siglo xx, las vicisitudes de los intelectuales progresistas bajo la dictadura, dentro y fuera de España, y las de esos mismos intelectuales después, cuando se recuperaron las libertades y empezó la era de los desencantos. Pero me parece que, además de esa lectura en clave española, los destinos capturados en este medio siglo de cartas, en sus elevaciones y caídas, en sus avances y retrocesos, representan también —y puede que principalmente— el itinerario de cualquier vida humana.
A estas cartas que han permanecido boca abajo tanto tiempo, custodiadas por las familias que las recibieron, les damos ahora la vuelta para que sus figuras y colores salgan a la luz y prosiga, ya sin fecha, el diálogo, ahora con los lectores, como tal vez pensaron que podría suceder algún día quienes las escribieron.
Cofrades lisboetas (1946-1954)
Buero y Soto se conocieron en una tertulia literaria, la que desde 1945 se venía reuniendo los sábados por la noche en el Café Lisboa, situado en el arranque de la calle Mayor de Madrid, cerca de la Puerta del Sol. Era una tertulia de escritores y artistas jóvenes, muchos egresados de la Facultad de Filosofía y Letras, la mayoría de los cuales engrosaban, en mayor o menor grado, el difuso contingente de los vencidos en la guerra. Ejercía de mantenedor el coruñés José Ares Montes, y entre los habituales se encontraban Francisco García Pavón, José Corrales Egea, Agustín del Campo y Arturo del Hoyo, todos ellos actores que entran y salen de la escena de este epistolario. También eran «lisboetas», como se llamaban a sí mismos los tertulianos, el veterano Luis Ruiz Contreras —segundón de la generación del 98—, Juan Eduardo Zúñiga, Ezequiel González Más, Emilio Alarcos Llorach, Antonio Rodríguez Huéscar, Flora Prieto e Isabel Gil de Ramales. Fue esta, casada con Arturo del Hoyo, quien probablemente llevó una noche a su primo Antonio Buero Vallejo al Café Lisboa.
Buero acaba de salir del penal de Ocaña en libertad condicional, después de casi siete años de cárcel y haber visto conmutada casi de milagro su pena de muerte. Había sido detenido en junio de 1939, en su casa, tras regresar de Valencia, donde le sorprendió el final de la guerra. Como otros republicanos, fue recluido en el campo de concentración de Soneja, cerca de Sagunto, y tras casi un mes de penalidades y frío mortal —al que no sucumbió gracias a otro recluso que compartió su manta con él—, las insostenibles condiciones del hacinamiento obligaron a liberar a muchos de aquellos soldados y él pudo volver a Madrid a finales de marzo. Pese al riesgo que ello comportaba, Buero había reanudado sus actividades clandestinas a las órdenes del Partido Comunista, en el que había ingresado en 1938, pero la delación de un camarada, obtenida mediante tortura, puso a la policía sobre su pista y acabó con él en la cárcel de Conde de Toreno. Allí se reencontró con Miguel Hernández —lo había conocido durante la guerra, en el hospital de campaña de Benicasim—, allí dibujó en 1940 el célebre retrato del poeta y allí se le notificó la condena a muerte tras un juicio sumarísimo. Pasó casi siete años encerrado, de prisión en prisión, de Conde de Toreno a Yeserías, de ahí al Dueso, en Santoña, donde estuvo tres años, luego Santa Rita y por fin el penal de Ocaña, en Toledo. Vio fusilar a cuatro de los camaradas que habían sido detenidos con él y salvó su vida gracias a las gestiones de la esposa de otro preso de cuyo expediente dependía el suyo, de modo que la conmutación de la pena de muerte del otro comportó también la suya. En 1946 se le comunicó, casi de un día para otro, que sería puesto en libertad condicional pero que se le desterraba de la capital. Eligió como lugar de destierro Carabanchel Bajo (entonces un municipio independiente), lo que le iba a permitir pasar el día en Madrid aunque tuviera que pernoctar allí.
Durante aquellos años, su vocación pictórica, afianzada con sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando antes de la guerra, convivió con otra vocación que venía también de lejos, la de escritor y, en particular, dramaturgo. A sus treinta años de edad, Buero recuperaba una libertad relativa, sujeta a vigilancia y limitada al territorio español, porque le había sido retirado el pasaporte y no podía salir al extranjero.
Buero se presentó en el piso familiar donde vivían su madre y su hermana Carmen y donde él mismo había vivido toda su vida. Durante unos meses realizó ciertos encargos pictóricos que le confirmaron que su vocación era ya irrenunciablemente literaria. El primer drama que escribió, aún en 1946, fue uno de los que más apreció, En la ardiente oscuridad, en parte inspirado por un preso que le habló del colegio donde se había educado un hermano suyo ciego, y en él pretendió abordar «la diferencia entre los motivos por los que creemos actuar y aquellos por los que realmente actuamos», como él mismo señaló en 1950 en el diario ABC.
Fue seguramente durante la escritura de En la ardiente oscuridad cuando su prima Isabel Gil de Ramales le invitó a acompañarla a la tertulia del Café Lisboa. Buero recordaría en varias ocasiones aquella reunión de amigos como un foco de fermento intelectual para todos y un semillero de talento. Siendo aún asistente, en 1951, se refirió a ella en el prólogo al primer libro, El tiempo, de una contertulia, la doctora Flora Prieto Huesca:
«Una oscura tertulia, de fervorosos amantes de la literatura que toman su café los sábados por la noche en la capilla del fondo del viejo “Lisboa”, de Madrid, y que conserva su misteriosa solera aglutinante a pesar de la intermitente asistencia, llena de ausencias prolongadas, de casi todos sus componentes. Los períodos brillantes de trabajo, lecturas y concursos literarios se alternan en ella con etapas de languidez aparente, en la que late, no obstante, la tenacidad y el orgullo tremendo de todos nosotros, aprendices de escritores».
Buero añadía que el primer premio teatral de su vida, por una pieza en un acto, lo había recibido en el Lisboa, en los concursos privados que organizaban los contertulios. En realidad, en 1948 Buero había arrasado con casi todos los premios del concurso, que habían convocado en tres modalidades: teatro, narrativa y poesía. Ganó el de teatro con Las palabras en la arena, el de narrativa con el cuento «Diana» (que permaneció inédito hasta 1981), y fue segundo en el de poesía. Al dar a la luz «Diana» treinta y tantos años después, Buero evocaría brevemente «los privadísimos concursos literarios celebrados en la inolvidable tertulia del Café Lisboa, donde unos cuantos escritores en agraz aprendíamos a tener paciencia».
Uno de esos escritores en agraz era Vicente Soto, que el mismo año 1948 acababa de estrenarse como narrador con el librito Vidas humildes, cuentos humildes, un modesto volumen de 132 páginas ilustrado por el artista alicantino Benjamín Mustieles y prologado por Agustín del Campo, casado con Carmen Buero Vallejo.
Casi cincuenta años después, Soto rememoraba la primera aparición de Buero en la tertulia, en 1946, y repetía la impresión que otros testimonios han dado sobre el dramaturgo en sus años jóvenes: la de asombrar con la claridad y pertinencia de su serena exposición.
«Los más de los reunidos, creo, no le conocíamos aún. El contertulio que le acompañaba nos lo presentó. Seguimos con nuestro debate y, sin duda porque se le pidió que lo hiciera, poco después Buero intervino en este. Es lo que necesito fijar, no el asunto debatido […] sino la impresión que Buero nos produjo: “Era asombroso…”. […] Buero no discurseó. Yo no le he oído discursear nunca. Charló. Magistralmente. Fumando, callándose en largas pausas. Y modelando palabras con las manos. Tranquilo (pero no sin pasión, ¿eh?). Esto, su madurez, su oficio (un oficio como innato, cosa que probablemente tampoco se puede decir), fue lo que nos ganó. Sin necesidad de ganar ni de perder, él no había tomado partido en la discusión, él no había hecho otra cosa que aclarar y ordenar conceptos. Ayudar.»
Desde aquella noche Buero fue uno más de la tertulia, pero no uno cualquiera. Su buen criterio, la ponderación de sus juicios, la autoridad de sus conocimientos hicieron que se distinguiera de manera natural en el grupo.
Vicente Soto era «lisboeta» nativo, por así decir. Acudía a la tertulia desde los primeros pasos de la misma en 1945. Él había llegado desde su Valencia natal en busca de medios de vida, pero su condición de excombatiente republicano no era entonces el mejor aval. Había hecho la guerra como soldado raso en Madrid, en el frente del Pardo, y al terminar la contienda había regresado a la querida tierra valenciana de su infancia y juventud, donde había militado en la FUE, el sindicato estudiantil de izquierdas, y donde había hecho sus primeros pinitos en el mundo del teatro, dentro del grupo El Búho. En Valencia estudió Derecho —carrera que acabó pero no ejerció—, pero el riesgo que entrañaba su notoria condición de republicano le aconsejó —aunque el consejo se lo dio un compañero de estudios que pertenecía a una familia de vencedores— marcharse a Madrid buscando un mayor anonimato. Debió de ser en 1944 y los primeros días le dio cobijo otro valenciano, el poeta —y pianista— Fernando Gaos, hermano del también poeta Vicente Gaos, del filósofo José Gaos y de la actriz Lola Gaos, en su propio cuarto de la pensión donde era inquilino. Gaos, además, le animó a presentarse a las oposiciones de auxiliar de segunda que había convocado la compañía aseguradora en la que él trabajaba, La Española, filial de la General Española de Seguros. Soto obtuvo el número 1 y fue contratado, lo que le permitió dedicar su tiempo libre a escribir, que es lo que venía haciendo desde tiempo atrás. De hecho, a comienzos de 1943 había terminado una comedia infantil titulada Rosalinda, con la que ganó el Premio Lope de Rueda, que se estrenó en el Teatro María Guerrero el 4 de marzo y de la que se hicieron cinco funciones hasta el 4 de abril. El diario ABC anunciaba así la obra: «¡Niños! ¡Niños! Al fin Rosalinda, la bella niña que tras de los malos actos de la perversa madrastra y de los engaños de la bruja voladora, llega a princesa. Hoy, jueves, en el Teatro María Guerrero». A pesar de que insistió en la comedia infantil con otra pieza, Leonor, no iba a ser el teatro para niños —ni siquiera el teatro, como veremos— el terreno donde fructificaran sus esfuerzos creativos.
Debió de ser en 1947 cuando Fernando Gaos, en un baile, propició el acercamiento de Vicente a Blanca García, una jovencísima compañera de trabajo a la que ya conocía —y en la que al parecer se había fijado—, que, con el paso de los meses, se convertiría en su novia y luego en su compañera de toda la vida.
Por esas fechas Soto ya conocía a Buero, desde finales de 1946. Fueron contertulios del Lisboa hasta 1954, cuando Vicente tuvo que abandonar España camino de un exilio económico ineludible. Casado ya con Blanca, padre de una niña, la precariedad de su situación se había vuelto insoportable. Como dijo ya en su vejez, él había sido «uno de tantos a los que se les dejaba vivir, a condición de que no vivieran». En aquellos ocho años Buero Vallejo y Soto mantuvieron su lealtad a la reunión de los sábados —a la que se incorporó Blanca—, que el primero simultaneaba con ocasionales visitas a los corrillos literarios del Café Gijón. Mientras Soto escribía los relatos de Vidas humildes, cuentos humildes, Buero hacía lo propio con Historia de una escalera, en 1947. Luego, el dramaturgo continuó añadiendo dramas a su lista de inéditos: Aventura en lo gris, El terror inmóvil. Soto, sin embargo, apenas obtuvo un discreto succès d’estime con su libro de cuentos y el vago prestigio de narrador sensible a las existencias maltratadas de los desheredados. En el prólogo, Agustín del Campo declaraba su cercanía a la génesis de aquellos relatos, señalaba la prioridad en ellos del dibujo psicológico del narrador y protagonista de los nueve textos, Evaristo Lillo, analizaba los rasgos de estilo de Soto y concluía que «es un extraordinario artista de la palabra».
A mediados de 1948 corrió la noticia de que el Ayuntamiento de Madrid iba a restablecer el Premio Lope de Vega de teatro que había quedado suspendido tras la guerra. La Comisión de Cultura redactó la propuesta el 6 de julio y se puso en marcha la convocatoria meses después. Buero acumulaba ya varias obras y bastó la insistencia de su amigo de infancia Ramón de Garciasol para que se decidiera a presentar dos de ellas: En la ardiente oscuridad e Historia de una escalera. Pero Buero escribía a mano y necesitaba mecanografiar los textos. Vicente no lo dudó y se ofreció a hacerlo él mismo: lo citó en la oficina de La Española, adonde acudió Buero con los textos manuscritos; se sentaron y, mientras Buero, a su derecha, gesticulaba precisando algún aspecto o hacía anotaciones en los papeles apoyado en sus rodillas, Soto empezó a teclear, cosa que siguió haciendo en días sucesivos, ya sin el amigo presente. Los vio Blanca desde su mesa —por ella conocemos la escena—, y Vicente, que ya la cortejaba, le explicó después quién era ese amigo y la índole del trabajo que estaba mecanografiando.
En febrero de 1949 se constituyó el jurado del premio, cuyos miembros representaban distintas instituciones y grupos de interés: el presidente del jurado fue Tomás Gistau (por parte del Ayuntamiento) y los vocales, Juan Ignacio Luca de Tena (de la RAE), Guillermo de Reyna Medina (Ministerio de Educación Nacional), Pedro Mourlane Michelena (Asociación de la Prensa) y Cayetano Luca de Tena (director artístico del Teatro Español). Concurrieron 206 obras y el jurado emitió su fallo, por unanimidad, el 12 de junio, que, como es sabido, recayó en Historia de una escalera. Inmensa alegría para el autor desconocido, inmensa alegría para el anónimo mecanógrafo.
La obra se estrenó el 14 de octubre en el Teatro Español, dirigida por uno de los jurados, Cayetano Luca de Tena. Asistieron los amigos de la tertulia, que debieron de disfrutar con el éxito resonante de la obra: un lisboeta había alcanzado el triunfo. Pero debían de estar divirtiéndose desde antes, quizá desde que el 15 de junio el periodista Raúl Santidrián, del diario Ya, había trabucado su nombre en una entrevista que tituló «Al habla con Antonio Bueno [sic], ganador del Premio Lope de Vega». El periodista Miguel Pérez Ferrero, en su crónica radiofónica «Oiga usted lo que pasó», el 18 de junio en Radio Madrid, celebró casi como un logro colectivo el premio, subrayando la pertenencia de Buero a la tertulia del Lisboa, con la que volvía la vida literaria a su antiguo emplazamiento de la Puerta del Sol.
Pero aquello fue un triunfo individual y apabullante. Buero se erigió de pronto en la esperanza del teatro serio, es decir crítico, en la posguerra, en la encarnación de la dignidad frente a la ominosa ausencia de libertad de expresión bajo la dictadura, pero sobre todo había obrado el milagro de que resucitara el teatro en España. Tanto él como Soto, como muchos de los lisboetas, eran gentes de izquierdas que trataban de sobrevivir en una atmósfera irrespirable. Una noche de 1949, no sé si antes o después de ganar el Lope de Vega —me lo cuenta el único testigo vivo, Juan Eduardo Zúñiga—, apareció hacia las diez por el Café Lisboa una señora que rompió a hablar de literatura muy animosamente, pero el resquemor de los habituales era mucho como para entrar a aquel trapo y todos medían sus palabras recelando de que pudiera ser una informadora de la policía. Hasta que, cansada de la estrategia indirecta, empezó a decirles que ellos no sabían bien qué había ocurrido durante la guerra, que estaban mal informados, por lo que Arturo del Hoyo, que había luchado en una brigada comunista en Aranjuez, decidió tomarle el pelo y poner fin a la pantomima.
El éxito de Historia de una escalera abrió los escenarios a Buero: en diciembre de 1949 estrenaba en el Teatro Español la tragedia en un acto Las palabras en la arena, y un año después veía en cartel, en el Teatro María Guerrero, En la ardiente oscuridad, con la excelente dirección de Luis Escobar y Huberto Pérez de la Ossa. Hasta 1954, fecha en que se inicia este epistolario, Buero estrenó cuatro obras más: La tejedora de sueños en enero de 1952, La señal que espera en mayo, Casi un cuento de hadas en enero de 1953, y Madrugada en diciembre del mismo año. Atrás quedaban dos piezas escritas entre 1948 y 1949 que tardarían tiempo en poder subir a las tablas: Aventura en lo gris, sobre la que volvería el escritor en 1963 para reescribirla, y El terror inmóvil. Esta retahíla de títulos y estrenos da una idea de la aceleración que experimentó la carrera teatral de Buero en solo un lustro. A su predicamento no fue inmune el cine, y a los pocos meses del estreno de Historia de una escalera Buero adaptaba la obra para el cine junto a José Romillo, Francisco Pérez Sánchez y el propio director, Ignacio F. Iquino. Aquella colaboración cinematográfica trajo otras, como el guion de Si yo volviera a nacer, escrito con los dos primeros.
La amistad entre Buero Vallejo y Soto formaba parte, en su inicio, de una red amical de la que participaban también Agustín del Campo y Arturo del Hoyo, emparentados con el primero, pero también Francisco García Pavón y José Corrales Egea o personajes que el correr de los años ha desdibujado, como José Bernal o Poyatos. Un 17 de mayo, seguramente de 1947, Luis Ruiz Contreras, «decano de las letras españolas» —según lo califica pomposamente una nota informativa—, presentó en el Ateneo de Madrid, en una lectura de cuentos, a «los jóvenes novelistas Arturo del Hoyo, Vicente Soto, José Corrales Egea y Francisco García Pavón». El gesto de Ruiz Contreras lo devolvieron los jóvenes con una conferencia de Ezequiel González Más sobre la obra de aquel viejo noventayochista, al que uno de ellos, Del Hoyo, publicaría en 1950 uno de sus últimos libros, Día tras día: correspondencia particular (1908-1922).
El 2 de julio de 1951 Vicente se casó con Blanca en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Madrid y Buero fue su testigo de boda. Se instalaron en el barrio madrileño de la Prosperidad, en Ciudad Jardín, donde permanecerían los tres años restantes hasta que Vicente resolviera que la supervivencia pasaba por la emigración. Ya le había tentado la idea tiempo atrás, cuando Fernando Gaos le había propuesto emigrar a México, donde estaban su hermano José y tantos miles de refugiados republicanos, pero, a diferencia de su amigo, que sí se marchó, él prefirió esperar. Al despuntar 1954 esa espera ya carecía de sentido, con su hija Isabel (Belín) recién nacida y, para desesperación suya, habiendo sido degradado en su empleo para favorecer, en un acto de nepotismo, a un familiar del encargado de planta. La rebaja en el salario acentuó las estrecheces y el hambre empezó a ser algo más que un temor. Sus conocimientos de la lengua inglesa pudieron decidirlo a elegir Londres como destino, pero no sin antes pasar por París. En agosto, en compañía de su amigo el fotógrafo Guzmán, viajó en tren hasta París, donde le esperaba José Corrales Egea, que lo exhortó a quedarse en la capital francesa. Soto y Guzmán, no obstante, decidieron probar suerte en Londres, así es que cruzaron el canal de la Mancha. Vicente entró en el país como un turista, sin permiso de trabajo ni residencia, asegurándole al agente del control fronterizo que iba a estudiar inglés. De sus primeras peripecias ya da cuenta a Buero Vallejo en la primera carta, tres meses y pico después, ya como administrativo (secretary) del restaurante donde había entrado como friegaplatos.
Se abría entonces una distancia geográfica insalvable porque Buero no podría salir de España hasta que recuperara el pasaporte en 1963, pero también una distancia profesional en la medida en que Soto iniciaba una interminable y anónima travesía del desierto hasta la obtención del Premio Nadal de 1966, mientras que Buero Vallejo consolidaba ya su posición prominente en el sistema cultural que iban configurando los intelectuales resistentes o disidentes dentro de la dictadura. Para cuando Soto tuvo que marcharse, Buero ya se carteaba con escritores exiliados, como Guillermo de Torre, al que en enero de 1954 le refiere la aparición de otro joven dramaturgo, Alfonso Sastre, y seis años antes de que estalle la polémica sobre el posibilismo plantea nítidamente los términos del problema:
«Algún drama más de interés: Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre, estrenado en teatro de cámara, y cuyo inconveniente mayor, dentro de su mérito, es que responde demasiado al criterio romántico y extremista que sustenta su autor de no hacer cosas que, siendo valiosas, resulten también viables. Y yo creo que uno de nuestros deberes más positivos en la situación actual de la cultura en España es el de la “viabilidad”. Sastre lo entenderá así seguramente, pues no carece de talento, cuando compruebe que no encuentra manera de estrenar sus cosas. Al fin y al cabo, la esplendorosa literatura del zarismo que ha llegado a nosotros fue la que consiguió pasar la aduana de la vidriosa censura de allí, tan semejante a la nuestra».
Como le dice a De Torre gráficamente en esa misma carta, «hay que llevar adelante el hecho literario aprendiendo a respirar sin dificultad en una atmósfera de oxígeno insuficiente. Mejor aún: a respirar como los árboles, en función de apariencia vegetativa, que devuelve, sin embargo, oxígeno a cambio de lo que respira». Y esa función clorofílica es la que denodadamente asumió Buero durante los decenios siguientes. Aunque ese mismo año tuviera que digerir, por una parte, la prohibición del estreno de Aventura en lo gris (que no se estrenaría hasta 1963) y, por otro, el amargo anticipo de las interpretaciones sesgadas y desvirtuadoras —o directamente interesadas— que iba a sufrir su obra a lo largo de toda su carrera: en Alemania, el estreno en febrero de En la ardiente oscuridad en el British Centre de Berlín había suscitado imputaciones de aquiescencia con el régimen: «En mi vida he visto más decidida voluntad de no entender lo evidente, tan solo porque la comedia destruye sus cómodas simplificaciones. Ni mayor deseo de autojustificarse por pasados nazismos», se lamenta con el mismo interlocutor.
D. R. M.
SOBRE LA EDICIÓN DE LAS CARTAS
El caudal de la correspondencia entre Antonio Buero Vallejo y Vicente Soto, desde finales de 1954 hasta el fallecimiento del primero en 2000, es ingente y su edición completa hubiera cubierto más del doble de la extensión de este epistolario. Lo que se presenta aquí es, pues, una selección, aunque también podría decirse que es una exclusión. No ha sido nada fácil dejar fuera muchas cartas que en su tono, informaciones y valor literario y biográfico en nada desmerecen a las que aquí se recogen. Sin embargo, creo que en esta amplia selección pervive el murmullo permanente del coloquio fraternal y la evolución de una amistad que fue haciéndose más entrañada y firme con las muestras de incondicionalidad por ambas partes. En los últimos años, el vaivén epistolar se espació bastante, complementado y en parte sustituido por el teléfono y también por las visitas de Vicente a Madrid, donde se había instalado su hija.
Para facilitar la lectura, he dividido el conjunto epistolar en cinco tramos cronológicos de acuerdo con criterios emanados de los acontecimientos personales o literarios que pautan la correspondencia. El primero, «Distancias insalvables (1954-1963)», cubre el periodo que va desde la llegada de Vicente Soto a Londres hasta que Antonio Buero recupera la libertad de salir de España. El segundo, «Deshielos (1964-1968)», abarca una etapa intensa para ambos en la que, tras un bache de sinsabores, obtienen rotundos éxitos con el Premio Nadal de Soto o los estrenos de El tragaluz y, en Inglaterra, de La doble historia del doctor Valmy. El tercer tramo, «Triunfos y desalientos (1969-1975)», comprende los años convulsos del final de la dictadura, las peripecias editoriales de Soto y la agridulce alternancia para Buero de los estrenos clamorosos o su ingreso en la RAE con obtusas descalificaciones. El cuarto apartado, «Zona de turbulencias (1976-1985)», corresponde a los años de la Transición y al acomodo de los dos escritores en el mapa de la frágil democracia. El quinto y último, «La vida, fuera (1986-2000)», adopta una frase de Vicente —con ella expresaba a la vez resignación y resolutivo descarte— para aludir a una etapa marcada por el accidente mortal de Enrique Buero en 1986 y la entrada en la senectud de ambos.
Cada uno de estos tramos va introducido por unas páginas en las que se contextualizan los hechos y los protagonistas aludidos en las cartas con el fin de evitar una farragosa anotación. También he añadido entre corchetes el nombre o los apellidos de las personas mencionadas para facilitar la identificación. Ello permite leer los escritos de Buero y Soto sin mediación ni interferencia. En esas introducciones, en aras de precisar una actitud o completar una información, cito pasajes de cartas entre Buero y Soto que no han sido incluidas aquí por razones de espacio o que pertenecen a otros epistolarios, como los que mantuvo Buero Vallejo con Max Aub o Guillermo de Torre.
Antonio Buero Vallejo siempre escribió a mano; Vicente Soto, por el contrario, prefirió mayoritariamente la máquina porque de ese modo escribía más en menos tiempo como consumado mecanógrafo que era. A veces, sin embargo, no tenía opción porque garrapateaba la carta —o las notas para la novela o el cuento en curso— en los largos trayectos en metro hacia la oficina, y entonces su caligrafía se apretaba y su sintaxis se acortaba como urgida por la marcha del convoy. Luego, escrita ya la carta a máquina o a mano, releía lo dicho y muy a menudo añadía apostillas o puntualizaciones que he señalado convenientemente entre corchetes.
Ofrezco el texto de las cartas íntegro, salvo en algún caso en que omito un párrafo que abordaba cuestiones prácticas irrelevantes. También he tenido que omitir muchos de los dibujos que se enviaban mutuamente, Soto los que hacían sus hijos (un pollito dibujado por Isabel o un retrato suyo trazado por Vincent) y Buero los que él mismo incluía en las cartas. De estos, sin embargo, he preservado algunas de las palomas que Buero Vallejo le enviaba a Soto como expresión de amistad y buenos deseos, casi siempre —pero no solo— por Navidad. Esas palomas se esperaban año tras año en Ashley Gardens.
Agradecimientos
Quiero hacer constar mi inmensa gratitud a las familias de Antonio Buero y Vicente Soto, a Victoria Rodríguez y a Blanca Soto, protagonistas de este epistolario tanto como sus esposos, y de manera muy especial a Carlos Buero, Isabel Soto y Vincent Soto, que han atendido con extrema diligencia y amabilidad mis consultas. Carlos e Isabel, además, han sido lectores minuciosos e insustituibles del libro; su lectura ha evitado no pocos errores e inexactitudes. Para decirlo sin rodeos, sin ellos —aquí no hay fórmula alguna sino declaración solemne— este libro sencillamente no existiría. De hecho estas Cartas boca arriba solo pueden ser suyas.
Asimismo, agradezco a Juan Eduardo Zúñiga, memoria viva de la tertulia del Lisboa, un par de charlas en las que accedió a rebuscar conmigo en su memoria, a veces asombrosamente precisa. Y a Juan Antonio Masoliver Ródenas por compartir algunos de sus recuerdos londinenses.
D. R. M.
BIBLIOGRAFÍA
Obra de Antonio Buero Vallejo
Se relaciona a continuación la obra teatral de Buero Vallejo siguiendo el orden cronológico de su composición, que se indica entre corchetes, e indicando la fecha de su estreno o, en su defecto, de su publicación. Salvo que se indique lo contrario, los estrenos tuvieron lugar en Madrid. Excepto las dos últimas obras, todas están recogidas en el primer volumen de la Obra completa, en edición de Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco, Madrid, Espasa-Calpe, 1994. El segundo reúne su Poesía, narrativa, ensayos y artículos, como reza su título.
En la ardiente oscuridad [1946]. Estreno: 1 de diciembre de 1950 en el Teatro María Guerrero.
Historia de una escalera [1947-1948]. Estreno: 14 de octubre de 1949 en el Teatro Español.
Las palabras en la arena [1948]. Estreno: 10 de diciembre de 1949 en el Teatro Español.
Aventura en lo gris [1948-1949 y 1963]. Estreno: 1 de octubre de 1963 en el Teatro-Club Recoletos.
La tejedora de sueños [1949-1950]. Estreno: 11 de enero de 1952 en el Teatro Español.
La señal que se espera [1952]. Estreno: 21 de mayo de 1952 en el Teatro Infanta Isabel.
Casi un cuento de hadas [1952]. Estreno: 10 de enero de 1953 en el Teatro Alcázar.
Madrugada [1953]. Estreno: 9 de diciembre de 1953 en el Teatro Alcázar.
El terror inmóvil [1949]. Edición de Mariano de Paco, Murcia, Universidad de Murcia, 1979. El segundo acto se había publicado antes como El terror inmóvil. Fragmentos de una tragedia irrepresentable, Madrid, Alfil, col. «Teatro», 100, 1954.
Irene, o el tesoro [1953-1954]. Estreno: 14 de diciembre de 1954 en el Teatro María Guerrero.
Hoy es fiesta [1954-1955]. Estreno: 20 de septiembre de 1956 en el Teatro María Guerrero.
Una extraña armonía [1956]. Publicada en Obra completa, i, págs. 621-693.
Las cartas boca abajo [1956-1957]. Estreno: 5 de noviembre de 1957 en el Teatro Reina Victoria.
Un soñador para un pueblo [1958]. Estreno: 18 de diciembre de 1958 en el Teatro Español.
Las Meninas [1959-1960]. Estreno: 9 de diciembre de 1960 en el Teatro Español.
El concierto de San Ovidio [1962]. Estreno: 16 de noviembre de 1962 en el Teatro Goya.
La doble historia del doctor Valmy [1964]. Estreno: 22 de noviembre de 1968 en el Gateway Theatre de Chester, Inglaterra.
El tragaluz [1966]. Estreno: 7 de octubre de 1967 en el Teatro Bellas Artes.
Mito [libreto para ópera, 1967]. Edición: Madrid, Alfil, col. «Teatro», 580, 1968.
El sueño de la razón [1968-1969]. Estreno: 6 de febrero de 1970 en el Teatro Reina Victoria.
Llegada de los dioses [1971]. Estreno: 17 de septiembre de 1971 en el Teatro Lara.
La Fundación [1972-1973]. Estreno: 15 de enero de 1974 en el Teatro Fígaro.
La detonación [1975-1977]. Estreno: 20 de septiembre de 1977 en el Teatro Bellas Artes.
Jueces en la noche [1978-1979]. Estreno: 2 de octubre de 1979 en el Teatro Lara.
Caimán [1980]. Estreno: 10 de septiembre de 1981 en el Teatro Reina Victoria.
Diálogo secreto [1983]. Estreno: 6 de agosto de 1984 en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián.
Lázaro en el laberinto [1986]. Estreno: 18 de diciembre de 1986 en el Teatro Maravillas.
Música cercana [1988-1989]. Estreno: 18 de agosto de 1989 en el Teatro Arriaga de Bilbao.
Las trampas del azar [1991-1992]. Estreno: 23 de septiembre de 1994 en el Teatro Juan Bravo de Segovia.
Misión al pueblo desierto [1997-1998]. Estreno: 8 de octubre de 1999 en el Teatro Español.
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Obra de Vicente Soto
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Mambrú no volverá, Madrid, Alianza, 2002.
Una hoja de otoño en el parabrisas, Madrid, Huerga & Fierro, 2002. [Volumen colectivo en el que quince narradores escribieron un cuento con el mismo título.]
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I. DISTANCIAS INSALVABLES (1954-1963)
Londres en 1954 era otro mundo. Entre Madrid y Londres no mediaban mil trescientos kilómetros sino un tiempo inmensurable que hacía que su sociedad y civilización parecieran al viajero pertenecer al futuro. Vicente Soto llegó a la ciudad a primeros de septiembre, sin permiso de residencia ni empleo, habiéndose dejado en España a Blanca y a su hija Isabel, la jambeta, que solo en febrero de 1955 podrían reunirse con él. A los nueve días de pisar Londres pidió trabajo como friegaplatos en un restaurante, el Majorca, cuyo propietario español llevaba muchos años en la ciudad; la suerte quiso que ese mismo día se despidiera al administrador (el secretary) del negocio y el dueño le ofreciera a Vicente cambiar el estropajo por las facturas y el trato difícil con los proveedores. En Londres —como diría Soto ya en el siglo XXI— «el hambre era menos inmortal, se dejaba matar más».
En la primera carta a Buero, a los tres meses de su autoexilio y solo días después de obtener el permiso de residencia, Vicente hace un resumen de su coyuntura y de sus asombros. El mayor de ellos es que «hay libertad» y la gente, respetuosísima con las normas de convivencia, no tiene que llevar una máscara político-religiosa ni necesita que la policía vaya armada para imponer el orden social. Se puede leer y ver lo que uno desee. Todo es nuevo y mejor, al parecer, aunque asome por el restaurante Camilo José Cela acompañado de Arturo Barea, «sujeto extraño, escritor, inculto y borracho» al que Soto no conoce, un Cela que trae, con su obsesión por lo escatológico y sexual, un aire de grosería española que le disgusta. Soto aún no conoce la trilogía de Barea La forja de un rebelde (primero en inglés y desde 1951 en español), pero sí la razón de esa compañía, y es que unos meses antes Barea había escrito el prólogo a la traducción inglesa de La colmena (The Hive), donde afirma hiperbólicamente que Cela «is the only eminent writer to emerge within Spain after the Civil War».
A pesar de las dificultades de sus primeros pasos como emigrante, Vicente Soto no ha renunciado a escribir; ni siquiera teatro, porque en 1953, aún en Madrid, había presentado dos piezas al Premio Calderón de la Barca para autores noveles. Lo ganó Jaime de Armiñán por Eva sin manzana, pero no por ello puede decirse que Soto fuera derrotado: sus obras quedaron fuera de concurso porque se olvidó de firmarlas.
Uno de los contactos de Vicente en Londres fue Vicente Terrádez, entonces profesor de español y bibliotecario del Instituto Español y militante del PSOE, con el que anduvo en tratos para la traducción de alguna obra de Buero destinada a los estudiantes de español. También conoció pronto al periodista Frederick A. Voigt, que había alertado en los años treinta del ascenso del nazismo en Alemania y se había convertido en un cronista muy reputado. Entonces trabajaba en una continuación de Unto Caesar (1938), el libro en el que analizaba el fascismo y el comunismo como secularizaciones revolucionarias de los mundos promisorios de la religión. Para Voigt, Soto traduce un fragmento de El acierto de la danza española, libro de Vicente Marrero, un ortodoxo tradicionalista que un par de años después fundaría la revista profranquista Punta Europa.
Entre la gerencia del restaurante y algunas clases de español, Soto araña horas para su vocación literaria. Es un tiempo menguante que llegará a ser angustiosamente escaso en pocos años, a medida que vaya acumulando compromisos profesionales como traductor y como colaborador en el Spanish Speaking Service de la BBC, la programación exterior de la radio británica. Desde el principio confía en consagrarse a través de un premio literario, quizá buscando repetir la fortuna de Buero, y por eso le pide las bases de premios como el Lope de Vega o el Calderón, de teatro, o el Café Gijón de novela corta. También desde el principio recibe de Buero las confidencias sobre la recepción de sus estrenos: Irene, o el tesoro recibió críticas tibias o directamente adversas que amargaron al dramaturgo, pero la dura crítica privada que le envía Soto en agosto de 1955 debió de convencerle de que la obra había sido fallida. Para entonces, Buero trabajaba en Hoy es fiesta, «hermoso, triste título», le dice Soto. Con esa obra, Buero regresaba al espacio cotidiano de una escalera de vecinos, ahora en la azotea, para representar formas diversas de esperanza. Pero la pieza, destinada a la temporada 55-56, fue rechazada por el María Guerrero alegando que convenía abrir juego a otros autores.
También desde el principio Buero le confía a Soto su dificultad para encontrar temas «viables que no sean imbéciles», una búsqueda que se repetirá muy a menudo, casi después de toda nueva obra, cuando el desánimo se apodera de él. Pero será asimismo habitual que Buero le refiera a Soto las buenas noticias, las ediciones y traducciones en el extranjero, los montajes de cámara, los encargos y las colaboraciones cinematográficas. Así, ya en 1956 le cuenta que ha vendido Madrugada para el cine y que ha firmado un contrato con la BBC para En la ardiente oscuridad, o, unos meses después, que el actor Alberto Closas, harto de interpretar comedias insulsas, le había encargado un drama que él escribe y titula Una extraña armonía, aunque no llegó a estrenarse y permaneció inédito hasta 1994. Y entre las mejores noticias que salpican la correspondencia están los estrenos triunfales, como el de Hoy es fiesta, al fin, el 20 de septiembre de 1956, por la que obtendrá el Premio Nacional, o el de Las cartas boca abajo en el Reina Victoria el 5 de noviembre de 1957.
Por las cartas discurre la corriente de la vida cotidiana y la vida histórica, envolviendo las vicisitudes profesionales. A Soto le hace una ilusión inmensa que Buero lo visite en Londres y lo invita una y otra vez, sin saber —porque Buero no se lo ha dicho— que tiene prohibido abandonar el país. Por eso, por carecer de pasaporte, Buero no pudo acudir a París cuando a finales de 1957 se estrenó L’Ardente Obscurité en el Nouveau Théâtre de Poche. Resignado a no ver al amigo, Soto le anuncia una escapada a Madrid en el verano de 1957 y se lamenta de que la amistad se enmohezca por falta de comunicación. Le participa el nacimiento de su hijo Vicente y Buero le confiesa la melancolía que, en 1956, le causa el cumplir cuarenta años solo, si bien a los pocos meses le habla de una muchacha que debía de ser ya su futura esposa, la actriz Victoria Rodríguez, a la que ha conocido en los ensayos de Hoy es fiesta. Soto da los primeros signos de añoranza de España, que Buero le frenará cautelarmente pero cuyo crecimiento no podrá impedir en años próximos; Soto se ilusiona con la posibilidad de ser contratado como traductor en la BBC sin que ello empañe su desaforada vocación (lo que «más me interesa: escribir»), en la que le alienta Agustín del Campo, que ya ha entrado a trabajar en la editorial Gredos, desde la que le envía en 1959 un ejemplar de la Antología de cuentistas españoles contemporáneos donde el antiguo contertulio del Lisboa Francisco García Pavón ha tenido la gentileza de incluir un cuento suyo, «Los albaricoques».
En los años cincuenta Buero está volcado en su obra, pero eso no lo aleja del mundo ni, por así decir, de otros mundos. Sigue la actualidad internacional y le preocupa la energía nuclear, sobre la que recomienda a Soto que lea y se informe. Le cautivan las paraciencias y, adelantándose dos décadas a la moda de la ufología de los setenta, ya en 1957 le advierte a Soto que, más «que los satélites, me interesan los platillos volantes. Cada día creo más en que tras ellos hay una impresionante realidad, no precisamente terrestre». Con todo, la actualidad noticiosa la ganaban los satélites desde que, en octubre de 1957, la URSS pone en órbita el Sputnik 1 y, un mes después, el Sputnik 2 con la sufrida perra Laika en su interior, arrancando así la carrera entre soviéticos y norteamericanos por llevar al hombre a la Luna, como constata Soto en la televisión inglesa. De los platillos volantes aún se hablaba poco, pero ya eran conocidas en Estados Unidos las investigaciones de la NICAP (National Investigations Commitee on Aerial Phenomena) y el doctor Joseph A. Hynek como ufólogo, término que aún no se había propagado y que designaría a los expertos en el fenómeno de los ovnis. Buero, por otro lado, trata de mantenerse en forma practicando yoga, en el que demuestra haber avanzado notablemente a juzgar por las asanas que le dibuja a Soto ya en 1956 y que no son de las más sencillas.
A finales de ese año confiesa salir de un flirt y entrar en otro, pero la relación importante que comienza en diciembre no es amorosa sino de amistad y por carta con un representante conspicuo del exilio intelectual, el escritor Max Aub. El contacto le llega a través de Arturo del Hoyo, su primo político, que lleva las riendas de la editorial Aguilar (había sustituido a Federico Carlos Sainz de Robles), y enseguida conecta con Aub, al que le dice en enero de 1957 que esas «primeras cartas nuestras, tarde o temprano, eran inevitables». Ahí mismo se extiende Buero en la cuestión palpitante del modo de hacer teatro dentro de las cortapisas de la censura a partir de su convicción de que todo arte —y por ende el teatro— «se crea en función de una circunstancia. A favor o en contra; para enjuiciarla, alabarla o satirizarla —a veces, para eludirla—, pero siempre con pretensión de comunicabilidad. Pretende ser —otra cosa es que lo consiga— posibilista. Podrá llevar dentro las más insobornables e independientes actitudes, pero a condición de que encuentre el lenguaje necesario, siquiera sea indirecto, para transmitirlas». Esa misma posición es la que expone a Miguel Luis Rodríguez en varios números de la revista Índice entre agosto y noviembre de 1958, en un enjundioso «Diálogo con Antonio Buero Vallejo» que fue, de hecho, una serie de cartas en respuesta a las inquisiciones del periodista. Ese mismo año se publicaba su fundamental ensayo sobre «La tragedia», encargo de Guillermo Díaz-Plaja para el volumen colectivo El teatro. Enciclopedia del arte escénico de la editorial Noguer, donde Buero exponía su concepción de una tragedia compatible con la esperanza.
Pero el acontecimiento magno de 1958 es otro, su compromiso matrimonial con la actriz Victoria Rodríguez, a la que había conocido tres años antes en los ensayos de Hoy es fiesta, cuando, a sus cuarenta años, parecía acomodado a una vida de soltería. Desde el verano de 1958 Soto sabe sin demora que Buero se casa y revalida la invitación a visitarlo en Londres, ahora en forma de regalo de boda. Tras el casamiento, a principios de 1959, se instalan en el piso familiar con la madre de Antonio, su hermana Carmen y su cuñado Agustín, pero a mediados de 1960, tras el nacimiento de Carlos, el primogénito de la pareja, la decisión más razonable es que el nuevo matrimonio permanezca en la casa y Carmen y Agustín se muden a otro piso, aunque con ellos se marcha también la abuela. El año había transformado la vida privada de Buero pero también le había agraciado con recompensas espléndidas, como el éxito estruendoso de Un soñador para un pueblo, estrenado por José Tamayo el 18 de diciembre de 1958, que le valió su tercer Premio Nacional, su segundo María Rolland y, sobre todo, el fabuloso premio (300.000 pesetas) de la Fundación Juan March, al que concurría con tres títulos, y que obtuvo por Hoy es fiesta. Soto lo celebra con emocionada y «horrible envidia», desde una empatía profunda —«siempre he participado de tus triunfos —y me he dolido de tus fracasos»— tocada por el orgullo de haber visto «antes que los demás» la valía de Buero. Por otro lado, la prestigiosa editorial Losada de Buenos Aires publicaba, en 1959, el primer volumen de Teatro, que recogía cuatro piezas (En la ardiente oscuridad, Madrugada, Hoy es fiesta y Las cartas boca abajo) y al que en 1962 se agregó el segundo, con otras cuatro (Historia de una escalera, La tejedora de sueños, Irene, o el tesoro y Un soñador para un pueblo).
En paralelo a esas compensaciones, Buero lleva un año dándole vueltas a una fantasía teatral sobre Velázquez en la que reincidía en el teatro histórico de significación contemporánea que había iniciado en Un soñador para un pueblo. Su pasión por la pintura es perceptible en la plasticidad y concreción material de su escritura dramática, pero también en la presencia en ella de motivos y temas artísticos. Velázquez había centrado su admiración desde sus años en la Escuela de Bellas Artes y ahora le va a servir en bandeja trazar un retrato (o autorretrato) del creador y su conflictiva relación con una realidad mendaz que le irrita y ante la que se rebela. Se trata de un eficaz método que le permite eludir (o intentarlo) la censura: simular una mirada hacia atrás (al pasado) para ver, y denunciar, las lacras del presente. A Buero le interesa sobremanera ver un boceto de Las Meninas que se conserva en la colección Kingston Lacy, en el condado inglés de Dorset, para verificar en él un «arrepentimiento» de Velázquez, y es Vicente Soto quien hace las pesquisas necesarias para satisfacer su curiosidad. Tras una gestación de dos años, la obra se estrena el 9 de diciembre de 1960 y se convierte en el éxito más clamoroso de Buero hasta ese momento, por el que obtendrá de nuevo el Premio María Rolland. El triunfo apareja reacciones hostiles e interpretaciones sesgadas; Buero lo sabe, pero saberlo no disminuye su contrariedad. Aunque el anuncio de un segundo hijo, que nacerá en 1961, tuvo que relativizar la importancia de esas objeciones. Enseguida acepta el encargo de versionar Hamlet, que ejecuta con tres traducciones a la vista más el texto inglés. En un año, en diciembre de 1961, con el recién nacido Enrique ya en casa, verá escenificado su Hamlet en el Teatro Español bajo la dirección de José Tamayo.
Entre tanto, Vicente Soto acusa los siete años de alejamiento de España, sus ímprobos esfuerzos por salir adelante, la frustrante dedicación residual a la literatura, a la que, contra viento y marea, se aferra proyectando un libro de cuentos sobre los exiliados, Lejos del sol (que irá variando su título en los años sucesivos), y una novela que escribe a salto de mata, a veces en los largos trayectos de metro hacia su empleo, angustiado por la falta de tiempo. De eso se queja el 14 de mayo de 1961 —será un bajo continuo en sus cartas—, tras leer Las Meninas, que se le antoja lo más armonioso que ha hecho nunca Buero y que le arranca una expresiva declaración: «Tú estás cada vez más alto, y yo cada vez más bajo». La escritura tenía que refugiarse ahora en las escurriduras del tiempo, como él decía.
Sin razón aparente, en octubre se abrió un paréntesis de silencio entre los corresponsales que se prolongaría todo un año, hasta noviembre de 1962, cuando Soto vuelve a escribirle a Buero con algo de aflicción: «Lo mismo que se olvida a los muertos, se olvida a los vivos», para confesarle que su «deseo de regresar a España se agudiza de manera intolerable», e insiste, en carta posterior, en la tortura que le inflige el hartazgo de Inglaterra, pese a la gratitud que le debe. No fue una buena época para Soto, a diferencia de su amigo. Porque justo ese mes en que se reanuda el carteo, Buero estrena El concierto de San Ovidio, su segunda pieza sobre ciegos. Hasta enero de 1963 no puede leer Soto esta parábola sobre la dignidad y la redención en la que se ponen en juego la libertad, la responsabilidad y la violencia; a Vicente le entusiasma y le inspira un penetrante comentario en el que señala como cima de todo su teatro la escena en que David mata a Valindin.
Sin embargo, Buero no iba a recuperar su plena libertad de movimientos sin antes encajar algunos reveses en su difusión internacional. Que una editorial alemana rechazara traducir El concierto le molesta, que Sir Lawrence Olivier desestime llevar a la escena inglesa En la ardiente oscuridad por «excesiva amargura» le decepciona, que Claude Planson, director del Théâtre des Nations de París, pretexte que no dispone de fechas libres para programar una obra suya le indigna. Especialmente porque Planson sí estrenó a Alfonso Sastre, con el que tres años antes Buero había mantenido una polémica acerca de la posibilidad o imposibilidad de hacer un teatro crítico bajo la dictadura. Desde posiciones ideológicas semejantes, frente a Sastre, que postulaba una escritura sin autolimitaciones, como si no existiera la censura, Buero propugnaba «la necesidad de un teatro difícil y resuelto a expresar con la mayor holgura, pero que no solo debe escribirse, sino estrenarse», es decir, un teatro no iluso respecto a sus condiciones reales de posibilidad, teniendo en cuenta que el objetivo primordial del autor es llegar al público. Es lo que Buero llamó un teatro «“en situación”, lo más arriesgado posible, pero no temerario». Esta disparidad de criterios venía de atrás, como prueba la carta a Guillermo de Torre que he citado más arriba (o sus declaraciones en Índice de 1958), y se había mantenido en un terreno privado, pero en 1960 Alfonso Sastre dio publicidad al debate desde la revista Primer Acto con el artículo «Teatro imposible y pacto social». Buero, directamente aludido como culpable de un «larvado conformismo», respondió en el número siguiente con una «Obligada precisión acerca del imposibilismo». Aquella controversia se enconó y dejó una estela muy duradera en el debate en torno a la libertad intelectual y la ética del escritor bajo la vigilancia coercitiva y punitiva de la censura.
Un irónico azar quiso que, en la protesta que ciento dos intelectuales firmaron en octubre de 1963 contra la represión policial sufrida por los mineros asturianos, Buero y Sastre figuraran uno detrás del otro, entre José Bergamín (a quien dirigió el ministro Manuel Fraga su respuesta) y Gabriel Celaya por delante y el editor Fernando Baeza y el crítico José María Castellet por detrás. Suscribir aquella protesta no le iba a salir gratis a Buero ni a nadie.
D. R. M.
1954
[1]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 5 de diciembre de 1954
Querido amigo Antonio:
Hola.
Más de tres meses llevo aquí, pero solo hace diez días que tengo concedido permiso legal. Hasta entonces no he sabido a ciencia cierta si podría continuar aquí o si habría de preparar las maletas. En tal estado de ánimo, lo que menos deseaba era escribir cartas faltas del contenido más substancioso para mis amigos: la información acerca del resultado de un viaje, el éxito o el fracaso. Puedes estar seguro, no obstante, de que te he recordado con frecuencia y de que no rara vez he hablado de ti.
Estoy contento. He tenido una suerte disparatada y, a los nueve días de mi llegada, comencé a trabajar como ¡The Secretary! de un importante restaurante. Desde hace unos días, además, como antes te digo, actúo con contrato legal de trabajo. Espero tener conmigo a Blanca y a la niña antes de quince días. Bien, esto va bien.
Para que te des idea de mi buena fortuna, te diré que los únicos raros empleos que al extranjero se le conceden son de tipo doméstico, modestísimos. En mi caso se produjo una carambola de bulto: el mismo día en que entraba en un restaurante, a pedir trabajo como lavaplatos, el secretario —gerente, en los restaurantes españoles— se iba de la casa. Entonces el dueño —exespañol— me sentó en la oficina.
He tropezado y tropiezo con dificultades angustiosas en mi labor. He sentido angustia real muchas veces, frente a problemas que ni Cristo podía echarme una mano. Desde el primer día tuve que habérmelas, ¡por teléfono!, con proveedores y clientes. A los dos días hube de pagar al personal —unas veinte cabezas de ganado—, tras confeccionar la nómina y deducir de ella los impuestos oficiales, el seguro y la Biblia. Y todo, por supuesto, en el sistema monetario más ilógico que puedas figurarte. La costumbre comercial es distinta a la española, además, y esto también pesa sobre mis libros y mis operaciones de pago o cobro. Los textos legales, escritos en un idioma que uno se hacía la ilusión de conocer, te pegan sustos de muerte. En fin. En fin.
Pero todo va bien. Ahora adivinando, ahora inventando, con el alma en vilo día y noche, he ido superando todo lo que se ha puesto por delante. Ya sumo mejor e incluso gozo cuadrando balances. Ya no temo las respuestas oficiales a mis cartas, ni me escondo cartas acusadoras antes de que las vea el dueño. Tú no sabes lo que he pasado, las risas de miedo que me he tragado, las carreras que me he pegado. Ni conoces el estupor de mis interlocutores ante mi inglés: definitivo; estupendo.
Creo que el dueño —viejo y fornido, inculto y vanidoso como él solo, y autor de una canción que consta de una sola nota, la nota «brrrr…»— me tiene por un buen chico, con buena voluntad y poca luz en el cerebro. No deseo otra opinión de él, por ahora. Cuando tenga todos los ases en la mano —y ya tengo algunos— le demostraré de un golpe toda su necedad.
Tengo un buen sueldo, aparte de mi comida —espléndida; la que yo elijo—. Son unas 5.000 pesetas al mes —que no lucen tanto como ahí—. Termino mi trabajo a las cinco de la tarde. Voy a dar clases de español —muy solicitado— a partir de esa hora. Mi inglés progresa también y están ya pasados los días difíciles en ese aspecto. Aprendo, además, una profesión de verdad interesante para ganar dinero en cualquier parte. En suma, créete que, para empezar, no puedo quejarme. Con la llegada de Blanca y la jambeta me sentiré un gigante.
Mi alegría viene también de que todo ello se está produciendo en Inglaterra. Me he enamorado de esto. Es algo muy serio, Tony; algo importante de verdad. He leído cosas y cosas acerca del fenómeno inglés; pero ninguna ha podido prepararme para la impresión real que después he sentido.
Lo primero que te llama la atención al pisar esto es la educación exquisita de todo el mundo. Pisas a un tío —me ha ocurrido— y te dice: «Lo siento». De verdad. Lo único que siente, claro está, es que le hayas pisado. Pero no está dispuesto a discutir encima. ¿Puedes creer que no haya presenciado una sola bronca en el autobús o en el metro? ¿Puedes creer que la riada interminable del tráfico rodado no produzca más sonido que el de la goma sobre el asfalto, sin un bocinazo, un grito, un timbrazo? He visto, en el bordillo de una acera, un llavero sobre una cuartilla: alguien perdió lo primero y alguien, después, para ayudar a aquel en su búsqueda, echó mano de su cartera y arrancó un papel, poniéndolo debajo del objeto perdido. Es absolutamente cierto lo de los puestos de periódicos sin vendedor, adonde llegas y, si no llevas suelto, tú mismo te cambias la moneda, tomas el periódico y te largas. El cobrador —cobradora, generalmente— se te dirige diciéndote: «Gracias».
Y mil y mil cosas más. La simplicidad de esta estructura social es ya algo maravilloso. No te puedes imaginar la serie de ingeniosidades que ponen en práctica para organizar la circulación, para que las señoras hagan la compra, o para que los perros no se lastimen —adoran a los perros y a los pájaros—. (Las calzadas suelen tener, cerca de cada cruce de calle, una como cinta de goma que las atraviesa; y cuando un coche la pisa, la luz de tráfico de la esquina da el rojo al vehículo que posiblemente venga por la calle transversal, de modo que este ha de parar y ceder paso al primero: así siempre en la inmensidad de calles apartadas, reguladas sin urbanos, que solo están en el centro).
Y hay libertad. No te lo digo con adjetivos ni admiraciones; me parece que la sola palabra, tan lastimada a menudo, te dirá bien lo que quiero decirte. Te es posible pertenecer a la religión que quieras o no pertenecer a ninguna, y ser del color político que te dé la gana o no tener color alguno. Te es posible ir por la vida sin máscara político-religiosa, cuya cruel presión entiende uno mejor cuando se mete en un tren, y se aleja, y, tímidamente primero, salvajemente enseguida, se la quita. Pues antes ha llegado uno a sentirla, tras tiempo y tiempo, casi más como cara que como máscara. Y esto es grave y es aterrador. Y el espectáculo de Hyde Park, donde los oradores más dispares dicen lo que quieren —a veces contra la policía, en tanto que la policía escucha respetuosamente con el espectador—, es conmovedor y triste, por lo que tiene de destello solitario en un mundo absolutamente falso.
Puedes leer lo que quieras. Hay exposiciones —preciosas— del libro soviético. Y puedes ver lo que quieras. Yo he presenciado una película sobre Hitler, en el reparto de la cual se leía: «Hitler: él mismo; Mussolini: él mismo; Eva Braun: ella misma; Rommel: él mismo; etcétera». ¡Y era verdad! Estaba todo hecho sobre films auténticamente nazis.
La policía pública va absolutamente desarmada, en demostración permanente de que las armas son innecesarias para imponer el orden —un orden ejemplar— y de que lo que imponen las armas es algo muy distinto. No he visto aún una sotana, y no más de tres oficiales del ejército. Es una vida eminentemente civil; y esto solo bastaría para hacerme feliz.
Más de 50 teatros levantan a diario el telón y exhiben desde Shakespeare hasta revistas musicales. Puedes ver gratis más de 40 museos —entre ellos el Británico, con un departamento egipcio sobrecogedor; yo creo que a estos solo les falta traerse de allá las pirámides—, y pagando muchos más. El número de cines es incalculable.
Te contaría más cosas, algunas magníficas. Pero me canso escribiendo así, de una sentada.
De propósito no te hablo de los ingleses como individuos. Lo que a mí me cautiva es su máquina colectiva. Uno por uno no me parecen superiores a nosotros. Con gran probabilidad son inferiores —si se mira a las dotes de rapidez y de intuición; y no lo digo de memoria, sino tras haber observado a muchos—. Son tenaces, orgullosísimos y —juicio unánime de cuantos españoles, numerosos, vivieron aquí la guerra— valientes como ellos solos; valientes sin pestañear y sin decir ni pío. Tienen un gusto absurdo para vestir —prendas estupendas, sin embargo—, para cortarse el pelo —¡horrendo!— y para divertirse. Bailan a grandes zancadas, por completo desprovistos de ritmo y de gracia. Su comida es pésima —buena, si se mira al aspecto nutritivo; quiero decir que es sintética, prefabricada, insípida y pesada; de un pueblo, en suma, que no sabe perder el tiempo en la cocina.
Hay más inglesas guapas de las que desde ahí uno imagina. ¡Demonio! Bueno, mira: de campeonato.
Recuerdo ahora una cosa fenomenal, que no puedo dejar de contarte, justamente para que veas el disparate constante que son estos tíos. Hace unas noches fui invitado a una fiesta en una casa. Llovía a mares. Llegué, sequé mis zapatos como pude contra una esterilla, colgué mi gabardina y pasé al salón. Fui presentado a unos y a otros y, entre ellos, a un respetable señor, el cual iba en zapatillas. Le tomé, claro es, por el dueño o por alguien de la casa. Y me olvidé de él. Hasta que entró una doncella y le dio un par de zapatos y un calzador. Entonces, sentándose, el hombre se descalzó y se calzó, envolvió las zapatillas en un papel y siguió bailando. Ya no pude contenerme y pregunté a una chica el significado de todo aquello. Y bien: todo aquello era que habiendo visto aquel señor —un invitado—, desde su casa, que llovía, decidió plantarse en el party con unas zapatillas bajo el brazo, a fin de no ensuciar el suelo con los zapatos mojados. La doncella los había secado cuidadosamente y ahora se los acababa de devolver. ¡Y todo el mundo feliz!
Está por aquí Cela. Justamente vino a caer por mi restaurante, que tiene nombre español: «Majorca». Venía con otro sujeto, sujeto extraño, escritor, inculto y borracho: Arturo Barea. ¿Lo conoces? Es español, exilado, y hasta que no lea algo bueno de él no creeré que sus ojos estúpidos puedan ver algo interesante para los demás. Bien, este Barea ha prologado la versión inglesa de La colmena y acompaña por aquí a Cela. Estuve charlando con los dos un buen rato. Cela dijo tantas porquerías, tantas y tan puercas cosas —obsesionado por todo lo escatológico y lo sexual, entregado ya cínicamente a su manía—, como no recuerdo haber oído a nadie en tan poco tiempo.
Mañana —quizá antes de que esta salga—, en Majorca, Barea y un grupo de españoles viejos homenajean a Cela con una cena. Pero ¿qué vidorra se pega este tío? Aquí ha venido a dar unas conferencias —habló en el Hispanic Council sobre «Tres figuras del 98»—. Me dijo que desde aquí marcha a Holanda, en el mismo plan. Y que de Holanda volará a América, «a perseguir negras».
¿Cómo van tus cosas? Poco después de venirme hubo de reponerte, en Madrid, Madrugada Cayetano Luca de Tena. Me figuro que eso fue bien.
¿Y qué más? Cuéntame algo. O mucho me equivoco o estás cerca de estrenar otra vez.
Si un día te decidieras a hacerme una visita, hablaríamos de muchas cosas. A lo mejor te homenajeábamos también en Majorca.
Vi el otro día, en un importante colegio, La malquerida, puesta en escena por ingleses estudiantes de español. Emocionante. Se les olvidaba el papel, sudaban tinta; pero llegaron al final. ¿Te imaginas a estudiantes españoles representando en inglés a Priestley? Te digo que estos tíos son de una tenacidad increíble. Los actores son honorables ladies y gentlemen, que se toman a pecho su clase de español; porque —como me decía uno de ellos, después— ¿para qué comenzar a estudiarlo, si no? (Fui llevado allí por un profesor del colegio, amigo mío).
Carta cumplida. Tardó, pero llegó. Escríbeme sin venganza, esto es, sin esperar otros tres meses. Realmente yo he tardado diez días: los que hace que conseguí el permiso.
Saluda, si quieres, a algún amigo. Da muchos recuerdos a tu madre, a tu hermana, a Agustín [del Campo] —para quien mando también carta—. Y recibe tú un buen abrazo de tu no menos buen amigo
V. Soto
Del Calderón me rechazaron mis dos obras porque las presenté… ¡sin firmar! Trabajo en nuevas cosas, cuentos, teatro.
Sé que estrenaste anteayer. Nada más sé. Ni el título de la obra conozco. Pero aquí te va mi enhorabuena.
1955
[2]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 22 de mayo de 1955
Querido amigo Tony:
Lo de siempre: escasísimo tiempo libre. Perdóname los largos plazos que median entre mis cartas, [ten por] seguro que quisiera poder escribirte más a menudo. Estoy en una [fase] demasiado activa para permitirme esos lujos.
De la mañana a la noche, sin parar, arrimando el hombro. El miedo a lo pasado aviva las ganas de conseguir algo, por modesto que sea; algo desde donde poder mirar el futuro con un poquitín de alivio. Tengo, sí, con caracteres ya de manía, el deseo de conseguir ese algo, ese pequeño negocio que me permita, por encima de todo, esto: no depender de otro patrón. No quiero nada más —¡nada menos!—. Veremos. Aún falta —si es que ha de llegar— mucho. Años. Alegres ideas me desvelan y hacen que me pase de largo siempre en el «metro». Son, por ahora, ideas en torno al mundo del turismo, del viaje, del restaurante… ¡Viva!
Pero ya te digo que me desvelan. No duermo, no. Cada semanita, un poquito de dinero más. A contar, a resobar los billetejos, encandilado por su alegre llama. Cada día más hundido en el miserable y confortable camino del ahorro. Comprendo casi lo que debe de haber gozado [José] Corrales [Egea], con bigotera y candil, sumando, empaquetando y oyendo el bulle-bulle del último gargarismo del día. ¡Ay, cuánto tiene que haber vivido este tío!
Estoy contento con mi trabajo. Es duro y absorbente. Voy conociendo una nueva profesión, muy difícil, sin duda. Prácticamente está en mis manos la organización de todo el restaurante, cuya complejidad no sospecha siquiera el que llega y se sienta a comer. El dueño, el enfatuado patrón, me es cada día más intolerable. Pero esto mismo, no sé si me comprenderás, me hace enfrascarme con mayor fuerza en mi trabajo —que, como el propio restaurante, en el fondo nada tiene que ver con él.
Después tengo mis clases de español, siempre bien pagadas —sin exagerar: en proporción de 10 a 1, con respecto a las de España.
Blanca me está ayudando. Le compré una máquina eléctrica de coser y, sin moverse de casa, va haciendo lo suyo, de semana en semana más importante. No quiero inflar mucho el perro aquí, porque esto lo leerá ella seguramente y enseguida me pedirá crema para la cara y un canesú.
¿Os ha invitado M.ª Rosa? Marchó de aquí vencida en toda la línea y espero cuente las cosas más falsas de Londres y de los ingleses. No la creáis, ni poco ni mucho ni ná. Lo que hace falta es deseo de trabajar. Esa frase parece encerrar una crítica superficial, pero resume muchas cosas. Como también parece fácil acusarla de que todo lo que buscaba era la aventura —a ser posible con final matrimonial—, y también la acusación resume mucho.
En fin. Una buena persona. Una buena persona completamente loca. Podría decir por qué lo creo así; tengo prisa.
Por favor, no le digas lo que pienso —debe sospecharlo ya— si va por ahí, a veros. No habría más remedio que reñir con ella del modo más violento.
Quisiera también hablarte de cómo, con una aclimatación más madura a esta simpática tierra de infieles, voy enriqueciendo mis sensaciones con algunas ya «de cepa», sin los primeros asombros del turista; del sabor único que tienen esas callejas del Soho y Piccadilly, donde se aprietan las cervecerías, los bailes oscuros y sofocantes, las freidurías continentales, y por donde se afana una multitud de todos los colores y de marineros y de chicas tristes —y del limpio silencio que duerme sobre todo ello en las primeras horas de la mañana, cuando lo atravieso de paso para mi trabajo—; de tipos que he conocido y de cosas sensacionales leídas, de anécdotas.
Pero hablemos de ti.
Supones bien suponiendo has de mandarme Irene. Espero tener que decir muchas cosas después de leerla.
Si no tuvieras editada en EE. UU. En la ardiente oscuridad, ahora estarías a punto de recibir una propuesta desde aquí y justamente con el alcance de aquella edición: como libro de lectura para estudiantes de español. No más lejos de anoche, Vicente Terrádez, director de la Biblioteca del Hispanic Council y personaje bastante ilustre dentro del profesorado de español de acá, me habló de ello —sabe que somos amigos y me pidió te lo planteara yo en principio—. Entonces comenté, del modo más inoportuno posible: «Sí, Vd. quiere algo parecido a lo que hicieron en Norteamérica». Y se vino todo abajo. Hecho ya el mismo trabajo y con respecto al mismo idioma, la cosa no tiene objeto para él. De nada valió que yo le sugiriese otras obras tuyas y que tratase de entrarle por aquí y por allá: era En la ardiente oscuridad lo que quería.
[…]
Yo te pediría alguna obra tuya, aparte de Irene. Cierto que yo tengo varias; pero están en Valencia, al fondo de un cajón de libros, claveteado y polvoriento. Mi madre no podría sacarlas sin riesgo de su vida. Digo que me las mandes para que yo pudiera dárselas a leer a Terrádez, si es que te interesa la posibilidad —ya más lejana— de que pique.
¿Trabajas en algo nuevo? No ensayo, ni prólogo o comentario: ¡obra nueva! No sabes cómo deseo un nuevo triunfo tuyo, que venga a aventar esas últimas cenizas y esas últimas sonrisas. Duro. No hay otro camino. Aun contando con esa situación adversa al teatro, tu propia y repetida experiencia te dice que puede ser. Bueno, yo sé que será. (No creas que lo digo para animarte; es que lo sé, simplemente).
No, no se confirmó lo del nuevo vástago. Tras una falsa retención, de nuevo los fatídicos signos normales. Veremos si hay más suerte ahora. Sí que la habrá.
Isabelín comienza a ir al colegio pasado mañana. «Nos hacen viejos» es la frase que empiezo a comprender.
Bueno, Isabelín está monísima y hecha una rependón casi en dos idiomas. Voy a ver si consigo que dibuje algo para ti y te lo mando con esta. Piensa que cumplió tres años hace un mes exactamente.
A lo mejor Blanca añade algo aquí.
Da muchos recuerdos a tu madre. Dales a Agustín y a Carmen [Buero]. Y tú recibe un fuerte abrazo de tu buen amigo
Sotoroto
1956
[3]
A Vicente Soto
Madrid, 8 de marzo de 1956
Querido Vicente:
Habrás estado esperando noticias mías y forjándote mil conjeturas por su tardanza. Pero yo he tenido mil cosas que hacer y en que pensar, y, entre ellas y los fríos terribles, he estado muy desganado para la correspondencia. En fin, aquí estoy de nuevo, sin otros percances de salud que una fuerte gripe y dispuesto a darte puntual noticia de mis cosas.
Supongo que la varicela de la jambeta se resolvería ya, y que Blanca enfila de proa su segunda prueba en perfectas condiciones. ¿Eres ya administrador de tu propia casa? ¿Empieza a adelantarse la crematística predicción de la italiana? Supongo que aún es pronto; pero a juzgar por los 140 cm de perímetro que confiesas sin el menor empacho, se diría que sí. ¿No te da vergüenza? Esa gordura es obscena; esa ostentación física no tiene nada de correcta; no es inglesa. ¡Salve King!
Repaso las dos cartas tuyas y encuentro la alusión a Terrádez. ¿Cómo no me conoces? Ni por un momento pensé en darle gratis nada. Sobre todo habiendo hecho una decente proposición inicial. Yo soy más inglés que él y me atengo a lo dicho, y no tengo prisa. De modo que lo consideré asunto liquidado y lo mandé mentalmente al diablo. Por cierto que tu penúltima carta la desarrollas efectivamente en un alarde de bolígrafo y pluma que, si no se debe a una reacción latina ante la comedida Navidad británica, no llego a explicarme, pues ambos instrumentos parecían funcionar perfectamente.
Muy interesantes los programas que me enviaste. Ignoro si el Cid de Madariaga terminaría por ser bueno o no, pero nada me extrañaría lo primero, pues la pluma de ese hombre es bastante mejor de lo que generalmente se sabe o se cree. También Escobar, según me entero ahora, estrenó su «Elena Ossorio» en ¿Ackworth, Pontefract, Yorkshire? el 20 de abril del 55.
En cuanto a mí, he firmado hace unos días contrato con la BBC para la televisión de En la ardiente… La traduce Mr. Derek Patmore, y desea los derechos para el teatro también, pues es posible que en la TV la represente una compañía que quiere luego incluirla en su repertorio. Esto último es, claro, muy dudoso; pero lo primero es seguro.
Esta noticia, y la de la venta al fin para el cine de Madrugada por una saneada cantidad, son las dos cosas gratas que por ahora puedo adelantarte de mí. Pues en el teatro propiamente dicho las cosas no van nada bien. Hoy es fiesta no fue, finalmente, aceptada para el María Guerrero, alegando según me dicen que «por haber estrenado en la misma sala la anterior temporada convenía espaciar más y dar paso a otros autores». Esto no impidió que fuesen también rechazadas una obra de Sastre y otra de Paso. Entonces la llevé —pero ya tarde y mal— a los otros dos sitios que podrían quizá aceptarla —pues su índole y montaje no son fáciles— y también pinché en hueso. Resultado: esta temporada no estreno, con lo cual se frotarán las manos más de cuatro… de los que, a mi vez, juro solemnemente reírme a carcajadas más adelante.
Lo malo es… lo de siempre, que con tanta dificultad, y tanta limitación y tantas cosas, es infernal la tarea de encontrar temas viables, y trabajo poco. (Temas viables que no sean imbéciles, naturalmente.)
Nunca estuve, sin embargo, más tranquilo. Preveo con temible evidencia que la partida está ganada: que ante la fuerza de las cosas auténticas serán vanas las coces contra el aguijón que achican y achatan de momento nuestra escena y la vida profesional de los escritores que la estamos salvando.
Es probable que estrene dentro de poco Madrugada en Buenos Aires. Pero no seguro. Como las cosas allí están tan revueltas, no es buen momento para el teatro; pero peor sería no estrenar. También me traducen ahora al alemán Hoy es fiesta y quizá la pongan; así cono Aventura en lo gris. Triste consecuencia de no haber logrado estrenar aquí ninguna de las dos, hoy por hoy.
Supongo que te deleitaría El pato salvaje. ¡Asombroso capo di lavoro! Lo leí a los dieciséis años; la vuelvo a leer a los treinta y nueve y no deja de maravillarme. Quizá sea lo mejor de él. ¡Qué pena me dan las gentes que, en su deformación, se espantan ante obras tan hermosas, honestas y humanas!
Te incluyo un recorte con los datos del Lope de Vega. ¡Anímate! A Delgado Benavente le ensayan ya, al fin, su Media hora antes para el próximo estreno en el Español. Entre tanto languidece el Proceso de Jesús —una cosa de Fabri, de idea interesante y detestable texto—. En el María Guerrero van a poner ahora también otra cosa de Fabri, creo que algo mejor: Proceso de familia. En ello se evidencia, una vez más, nuestra característica generosidad con el extranjero.
¡Escríbeme tú enseguida! ¡Recuerdos a Blanquita! Te abraza,
Toni
[4]
A Vicente Soto
Madrid, 9 de diciembre de 1956
Querido Soto:
Cinco meses de silencio y tu carta, en unión de otras muchas, esperando. Pero han sido cinco meses de campeonato. Resumiré: estreno triunfal de Hoy es fiesta en el María Guerrero el 20 de septiembre —y no falté a un solo ensayo desde mes y medio antes, y trabajé fuerte en ellos y en todo lo de la obra, incluido decorado, que quedó precioso, sobre idea mía perfilada por Burgos—; excelente crítica de conjunto al día siguiente; entradones que hacen augurar a los más pesimistas que hay obra para muchos meses. Esto último no ha sido así: la obra declinó al segundo mes y se mantuvo decentemente hasta las 147 representaciones, en que ha sido retirada. De todos modos un éxito muy franco y muy lisonjero —incluido el económico— y una atmósfera de prestigio recobrado como si el éxito hubiese sido de 300 representaciones. Pero, al tiempo de todo esto, escribiendo —sudando, mejor— otra obra. La historia es la siguiente: mucho antes del estreno y en momento en que nadie —salvo Claudio de la Torre— me mira a la cara, el gran actor Alberto Closas me encarga un drama. Está cansado de comedias monas y quiere que le vean aquí en el género dramático, que en Buenos Aires le ha dado su mayor prestigio. Tan gentil manera de desdeñar precauciones de taquilla me conmueve y se lo prometo. Luego se adelantan sus planes y tengo que apretar. ¿Quién piensa en correspondencia? A luchar entre el ajetreo de la obra a estrenarse, de la obra a escribir y —todo hay que decirlo— de un flirt que me lleva bastante tiempo. (O, mejor dicho, de dos: el de la entrante y el de la saliente.) Hace tres días terminé mi nueva obra: Una extraña armonía. Closas la estrenará en la Comedia de Madrid el 18 de enero, que se presenta de nuevo. En este momento —como suele ocurrirme— estoy ciego y desmoralizado ante lo escrito. Además, supongo que habrá que pagar el éxito de Hoy es fiesta y que me esperan con serruchos tras las esquinas. Y no considero a esta obra de ahora superior a Hoy es fiesta. Pero, en fin: todos estos gajes y peligros son los del oficio, y Closas debe estrenar mi obra, y yo con él. De modo que estoy casi en capilla de nuevo. Toquemos amplias cantidades de madera. Ya te enviaré Hoy es fiesta; aún no está publicada. […]
De otras cosas: ni idea de cuándo harán en cine Madrugada, pero me importa un pito, pues la tengo íntegramente cobrada, y cuanto más tarden, mejor. Por mí, como si la quieren hacer el día del juicio. Hoy por hoy, esto del cine no es más que un beneficio económico. Preocuparse por el aspecto artístico, tal como tú me recomendabas, no se deja de hacer, pero es baldío. De la Ardiente nada nuevo tampoco al respecto; la opción se ha prolongado hasta fin de año. Y me acaban de traducir al turco Historia de una escalera.
Pero hablemos de ti. Tengo una curiosidad loca por saber si sigues en el Majorca o tarifaste al fin con su patrón. Tal como me lo contabas, aquello parecía un drama de O’Neill. Por favor, relátame el desenlace, si lo hubo, y qué haces ahora si ya no estás allí.
Por aquí, todo por el estilo. La pareja sigue sin descendencia y tan contenta. A mi madre la operaron de una rija y en el futuro —ojalá sea muy lejano— tendrán que operarla de cataratas, que se le están formando, y a medio camino. Ella ve todavía —dice que «bien»—; trabaja como siempre, se obstina en coser y repasa el periódico. Su salud, en general, es buena. Pero se le están apagando los ojos y ello, unido a su leve sordera, ya antigua, confirma la esclerosis senil… Es un sentimiento perfectamente triste el que nos causa el ver cómo la implacable naturaleza va convirtiendo a los seres más queridos en objetos.
Cumplí mis cuarenta, solete. También esto comporta una leve melancolía. Pero estoy bien, y hasta hago algún ejercicio de yoga que pocos pueden hacer.
Este, por ejemplo:
O este: 
Muchos recuerdos a Blanca y a la jambeta, y a Visentico el poeta. Muchas felicidades en la Navidad y el nuevo año.
Te abraza,
Toni
1957
[5]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 9 de junio de 1957
Querido Tony:
Te escribo con el retraso ya habitual. Y ahora no es por culpa directa de la familia: estoy solo hace casi un mes. Pero esto, si bien me descarga de gritos y carreras, me añade mil puñeterías domésticas —lavado, compra, cocineo, etc. La solución a la española, de tomar una mujer para que lo ventile todo, aquí es impracticable, a menos que seas rico. En fin, que sigo sin tener tiempo ni para rascarme.
En agosto, como te dije, me tendréis ahí. Muy poco en Madrid, pero lo suficiente para que charlemos, refresquemos cosas y actualicemos nuestras noticias. Esto de actualizar se va haciendo ya necesario. Cierto que nunca nos hemos escrito a vuelta de correo. Pero cada vez vamos dando más largas a nuestras respuestas, de modo que casi nos imponemos la situación de los tiempos de Maricastaña, en que los correos tardaban meses.
¿Cómo condolerme, en junio, de que no estrenaras en enero? ¿Cómo alentarte para proyectos de traducciones, adaptaciones, etc., que pueden ya estar realizadas o desechadas? Lo peor es que la amistad, que tiene más de utilitario que de sentimental —lo que le da todo su sentido—, también se enmohece sobre «novedades» anticuadas y noticias pasadas de rosca. Ojalá no lleguemos al punto de solo felicitarnos por Navidad.
Bueno. A ver si consigo decirte algo vivo.
Ya te diría Agustín que recibí oportunamente tus diez Escaleras. (Claro que debí decírtelo yo. Claro. Pero, ¡ay!…) He hecho trabajar con esta obra —y también con Las palabras— a un grupo interesantísimo. Son personas inteligentes, casi todas mujeres. Conocen bien el español y han hecho críticas, en general, estupendas. Críticas positivas, de reconocimiento de altos valores en la literatura española de hoy. Es uno de mis objetivos. Espeluzna el desconocimiento del inglés sobre España. Me da la impresión de que Francia, plantada ante sus narices, le hace creer que el mundo termina en París; y me da la impresión de que siempre ha sido así. (Tema fascinante que tiene mil ramificaciones. Si suena la cuerda, ya lo tocaremos cuando nos veamos.) Para ellos el mundo latino es un simpático, intrascendente fenómeno, en donde el tiempo se estancó p[ara] solaz de las razas rubias en sus vacaciones. Todos los tópicos que ahí presentimos —nuestra pereza, intensidad sexual, valentía— tienen aquí plena confirmación. Poseen una idea romántica de nuestro mundo, que admiran, ¡ay!, con un suspiro desdeñoso. Es para ellos como una deliciosa reliquia, en la que ya no pasa sino el eco de lo que pasó. En un ensayo sobre el bailarín Antonio —el enorme Antonio—, que les entusiasma hasta el frenesí, leí: «Y lo que no pudo conseguir Felipe II en toda su vida, lo consiguió Antonio en una sola noche: conquistar Londres». Eso es todo: lo que pasó. Nada más vale la pena, no ya en el campo del pensamiento, sino en el ajuste de los datos más elementales. El Daily Telegraph —nada menos— ha dicho hace muy pocos días —conservo el recorte—: «El yate… llegó a Río de Janeiro (Argentina)».
Poseo anécdotas delirantes. Vamos, de echarse a llorar.
Y como esto sería interminable, bajaré de los cerros de Úbeda. En agosto te liquidaré esos diez ejemplares. Blanca lo hubiera hecho, de haberos visto. Pero no pudo visitaros: est[uvo] en Madrid —ahora está en Valencia— pocos días, maniatada, además, por los dos niños.
Más noticias. El pobre Terrádez ha muerto. Tenía, como cada hijo de vecino, sus defectos. Pero era un tremendo español y un castellano finísimo. Después de casi veinte años de exilio, enfermo y decepcionado, se disponía a darse un paseo por ahí este verano. Lo vivía ya. Y se ha muerto. La cosa me impresionó tanto más cuanto que escasos días antes habíamos estado juntos, en su casa. Estaba delicado, pero tan campante. En fin.
Volviendo a todo eso de la «actualización»: ¿es aún tiempo de preguntarte por ese amorío con una chiquita «que me quiere bastante y a la que yo, ay, no quiero demasiado»? Desearía conocerla para hablarle mal de ti.
No sé si me escribirás antes de mi viaje. Aunque no sea así, yo os haré saber a ti y a Agustín cuándo llego, a fin de que enseguida nos vayamos a cenar —cena que pagará Agustín; díselo.
Estoy enfrascado en grandes proyectos. Algo en relación con la televisión. En cierto modo deseo que salgan bien, por el peso que sobre mí supondrá lo contrario. Ya te contaré, si la cosa marcha.
¿Cómo sigue tu madre? (He aquí el botón de muestra: hasta dentro de…, no sabré tu contestación.)
Corto ya, Tony. Un fuerte abrazo.
Vicente
¿Qué pasa con mi ejemplar de Hoy es fiesta? Deseo cebarme.
[6]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 18 de noviembre de 1957
Querido Tony:
Enhorabuena por ese gran triunfo. «¡Buero, Buero!»: estupendo. Adelante. Sin fiarte ni un pelo de ellos, desde luego —consejo que no te descubre nada nuevo, pero que quizá sirva para recordarte algo.
Tengo, sin cumplidos, ganas de leer la obra, cuyo título —ambos títulos— me gusta. Os envidio a todos: a ti, sin disimulos, y a todos los que acuden a los estrenos y discuten, presumen, sueñan y, de madrugada, en tertulia ambulante, se van a tomar churros. No quiero, no debo impacientarme, pero volveré un día —si desde aquí resuelvo mi futuro económico de ahí; si no, solo de vacaciones—. Esto es tremendo, esto es inconmensurable; pero salí demasiado viejo de ahí. Pero no temas que cometa la tontería de regresar para volver a pasar apuros. Antes la muerte.
Recibidos los diez Fiesta; y perdona por el acuse de recibo tardío. ¡La vida! Te diré que alternan la lectura de tu obra con la de Platero y yo. Ná menos.
Te acepto el regalo. Muchas gracias. Lo malo es que ya cobré el libro a los alumnos. Bueno, no era para ellos el regalo.
Unas palabras —pocas; no temas— sobre tus «Comentarios». Has de creerme dos cosas: 1.ª, cuando te escribí mi última recordé perfectamente que una vez te aconsejé siguieras escribiéndolos; 2.ª, pensé que también tú lo recordarías. Pero creí sinceramente que mis observaciones de ahora no se oponían a aquel consejo. Sigo, como Agustín, alentándote a que comentes cada una de tus obras. Los comentarios de Bernard Shaw me gustan, a veces, más que el texto dramático. Pero, sin pretender que ahora recuerdo todos sus comentarios y los tuyos, me parece que los de él son como nuevas derivaciones artísticas y filosóficas aprovechando el tema de la obra; los tuyos son sobre todo de pura autocrítica —aunque no solo esto—. Dicho un poco brutalmente: Shaw es famoso, aparte de por otras cosas, por sus obras y por sus comentarios; tu fama, si no me equivoco, no debe nada a tus comentarios. ¿O sí? No me hagas caso.
Te estoy escribiendo en los entreactos de una obra que televisan: Hombre en una luna. No es mala la obra —ni mucho menos; hasta aquí, cuando solo falta un acto—. No lo señalo por la obra, sino para que te des idea de la crisis que los satélites desatan por aquí. Horrible y ridículo, todo a un tiempo, por increíble que parezca. Protestas de sociedades protectoras de animales por el lanzamiento del perro, anuncios de pésimo gusto con satélites que hablan, bailan y eructan, presagios acerca de cuándo irá el primer hombre a la Luna, etc. Supongo que ahí pasa algo también, pero no creo que el histerismo británico tenga par. Junto a esto lees los artículos más serios y mejor documentados, los cuales, naturalmente, no interesan. Repugnante.
Hasta la tuya, Tony. Blanca, que está a mi lado, me encarga te mande sus recuerdos. Se alegra también de tu éxito último (leyó la obra antes que yo y le gustó muchísimo).
Agustín me debe carta, pero quizá —quizá— le escriba yo antes de recibir la suya. Díselo, por favor.
Verás que ya nunca te hablo de tu venida. ¿Para qué, si no quieres venir? ¿Vas a París? (En tu última hay una frase que podría sugerirlo así.)
Un fuerte abrazo,
Vicente
Nada me dices de cierto cuentecillo que mandé a Agustín. Yo olvidé pedirle que lo leyeras. Supongo que, o no lo has leído por otra causa, o no te ha gustado y no quieres vapulearme. ¡Ay!
(Perdona la letra: escrito en el metro, a 1.000 por hora).
[7]
A Vicente Soto
Madrid, 30 de noviembre de 1957
Querido Vicente:
Lo he pensado mucho antes de incluirte el recorte que acompaño, pues ya es proverbial eso de que los amigos solo avisan de las cosas malas. Pero, al fin, he creído que debías estar enterado. Es un recorte del semanario español SP, de reciente aparición, y que está resultando bastante bueno. Pertenece al número del 24 de noviembre.
Bien. Quizá por él se te va al cuerno —al menos parcialmente— uno de tus más felices hallazgos literarios. Por experiencia propia sé lo que es esto: me he quedado con una hermosa obra sin escribir sobre la tumba del soldado desconocido porque fui advertido a tiempo de cierta novela de Faulkner que, en esencia, era lo mismo. Y la tenía ya muy pensada… Pero siempre es eso mejor que advertir el parecido después, como también me ha ocurrido en otras ocasiones. Este curioso recorte lleva dentro la confirmación de esa agridulce experiencia literaria: la de las increíbles coincidencias, que la gente, sobre todo aquí, atribuye siempre al plagio.
Me molesta hacerte llegar esa mala noticia, puedes creerlo. Esa es la única diferencia, pero es grande, entre mi acción y la de esos «amigos» que envían noticias similares con lágrimas de cocodrilo pero relamiéndose de gusto. A mí lo tuyo me ha dolido casi como si fuera mío: recuerda que siempre tuve interés por que perfilases y dieses a conocer tu drama. En la vida literaria también hay que correr… No es un reproche, sino la melancólica corroboración de algo que yo he sufrido. (Aventura en lo gris fue otro caso; y hasta podría hablarte de Si yo volviera a nacer, un guion muy antiguo que escribí con [José] Romillo y [Francisco] Pérez Sánchez y gran parte del cual he visto después en René Clair.)
Bueno. No pensarlo mucho y a otra. El escritor solo vence esas cosas produciendo y supongo que a todos les ocurre alguna vez.
Mi obra sigue viento en popa, pese a los augurios de quienes, ante el éxito, se agarraron a la suposición de que «duraría poco» —el ínclito farsante de Sastre, entre ellos, a quien su desdichado estreno de El cuervo en el María Guerrero, pese a la estupenda crítica de Marqueríe, solo le ha durado 39 representaciones a ratos casi vacías. ¡La némesis griega por la que el gran pedantón está sufriendo en carne propia todo lo que procuró que nos sucediese a los demás!
Mi obra va por sus 51 representaciones, con una media de 27.000 pesetas. Le ha dado al público por ahí, y esto permite suponer que la compañía, que se va el 6 de enero, llegará a esa fecha con ella.
Ayer estrené en París L’Ardente Obscurité. Al fin, no pude ir, pese a tener preparado y decidido el viaje, por una causa enteramente independiente de mi voluntad. Ignoro lo que habrá sucedido, pero tengo ya noticias de las avant-première: fueron calurosas. Esto de París se hace en sesiones relâché: nueve en total, hasta fin de año. Si cuaja mucho, mucho, quizá pueda ser pasada la obra a cartel diario.
Por primera vez me han concedido el Premio Nacional de Teatro: a Hoy es fiesta. Sin mover un dedo, claro: ya sabes que yo no pido nada y que ese premio es de concesión automática, sin presentarse a él.
Claro que leí tu cuento, y que me gustó francamente. ¡Adelante!
Más que los satélites, me interesan los «platillos volantes». Cada día creo más en que tras ellos hay una impresionante realidad, no precisamente terrestre. Los datos son ya numerosos y curiosos. Hace unos días el ABC publicó un informe de una escuadrilla portuguesa que te dejaba patidifuso. ¡Vivimos una gran época! (¿Pobres de nosotros?)
Saludos a Blanquita y para ti el abrazo cordial de
Toni
1958
[8]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 20 de abril de 1958
Querido Tony:
Como esta no va a ser corta y como tengo que escribir varias cartas en este paréntesis de libertad que me he fabricado, vas a perdonarme que te escriba otra vez a máquina.
Con todo el retraso que la separación y la vida imponen y con toda la alegría del mundo: enhorabuena por el éxito de Con las cartas boca abajo. Agustín me ha hecho el elogio de la obra. Ardo en deseos de leerla. A ver qué pasa.
He conocido a Felipe Lorda, quien me habló de que te había escrito pidiéndote tus obras —nos conocimos en la BBC, por los motivos que luego te explico—. Aun metiéndome en lo que no me importa, desearía poder darte una idea acabada del tipo y del proyecto. Poco sé. Él parece hombre interesado en cosas de literatura, muy bullidor, quizá con más formación periodística y «radiofónica» que de estudio serio. No sé, ni quiero precipitarme. El proyecto, como debes saber ya, es presentar lo que envíes a una señora empleada en la BBC y que forma parte de la dirección de Tavistock Theatre, el primer teatro experimental —si hay que creer a Lorda—de Londres. Sin pararme a pensar mucho, no sé si realmente te interesa. Económicamente, temo que no. Profesionalmente… Yo creo que el teatro experimental sirve para dar a conocer a autores que aún no han llegado y para dar a conocer a autores y obras prohibidos. Tú no estás en ninguno de los dos casos. Con los ingleses, además, no hay más que una llave: paciencia. Nada les mete prisa; prefieren siempre perder el tren a tomar uno equivocado. Les tiene absolutamente sin cuidado la novedad y se embarcan en lo viejo conocido, con tal que lleve una garantía mínima. Hace unos días pusieron por televisión Canción de cuna, de [Gregorio] Martínez Sierra. Hace unas semanas, Doña (no sé qué), de los Quintero. En fin, a lo mejor es acertado que envíes tus obras a Lorda. Hay otros puntos de vista: la vida es breve, hay que pegar el empujón como sea, etc. Decidas lo que decidas, estoy seguro de que obrarás con sentido común. Él me pidió que te escribiera, sin duda para reforzar su posición en cuanto a ese plan. Claro está que me interesa más tu posición. No ataco en absoluto a Lorda —¿por qué había de hacerlo?—, pero ahí queda dicho todo lo que pienso (bueno, creo que he dicho bien poco).
Paciencia con los ingleses. Bien me sé esa lección. El 31 de enero me examiné en la BBC para una plaza de traductor. Sé que el jefe de la Sección Española (lo sé por Lorda, quien, dicho sea de paso, no me lo soltó espontáneamente, sino al cabo de varias semanas de conversaciones y forzado por un tercero), en reunión con todos los miembros, les dijo, refiriéndose a mí, que se había examinado alguien que era más traductor que todos ellos juntos (no añado ni una letra). Pues bien: aquí me tienes. Esperando. Me llaman; voy. No me llaman; no voy. Tres semanas seguidas he estado yendo, a traducir y a leer ante el micro. La semana que empieza mañana debo ir tres días (por cierto: miércoles, jueves y viernes, esto es, 23, 24 y 25, puedes oírme, a las 10:30 —hora inglesa, que quizá sea la vuestra— y en un programa titulado «Panorama de actualidades»; díselo a Agustín; no tenéis más datos para reconocerme que el de mi voz, ni lo que leo en ese programa es mío; con seguridad casi absoluta podréis oírme en fechas sucesivas, hacia la misma hora). Hace ya casi tres meses que me examiné; casi seis horas traduciendo y escribiendo (terminé para el arrastre). Resultado: por una parte, ya te he transcrito lo dicho por Lorda (miembro de la Sección); por otra, que si informes morales y políticos (lo segundo lo supongo), que si tal y que si cual. Si tengo paciencia, claro está que entraré; si no, no. Y quizá no la tenga. Pues yo no soy inglés, sino español (dicho con un enorme complejo y con un enorme orgullo). ¿Sabes lo que significaría para mí entrar en la BBC? Acaso la solución de mi vida: sueldo espléndido (superior, con mucho, a cuanto yo hubiera podido imaginar) y un horario de trabajo que siempre te deja medio día libre. Es decir, ahuyentado el problema económico y resuelto el del tiempo para lo que, aparte de mi familia, más me interesa: escribir. Ya veremos. De momento no tengo otro camino que el de matarme a trabajar: primero ocho horas de traducir en mi oficina, después las clases, después la BBC. Salgo de casa a las 8:45 de la mañana y regreso a las once de la noche. (La BBC ya me está pagando por todos mis trabajos, y muy bien; pero no lo aceptaría, a no ser por la esperanza de conseguir el puesto definitivo.)
Nada de esto quería haberos dicho hasta que no fuese seguro. Como es muy posible que Lorda lo comente contigo en vuestra correspondencia, te lo digo. Por favor, cuéntaselo a Agustín. Se alegrará.
Me recomendabas en tu última que me interesara por las ciencias nucleares. No sabes, Tony, cuánto he de hacer en ese sentido; porque leo para mi capote y porque traduzco (cosas que entiendo y cosas que no entiendo). Uno comprueba aquí que algunos de los tópicos sobre España son inciertos; comprueba que otros son ciertos; y descubre cosas nuevas. El tópico de que nuestro país va cincuenta años detrás de los primeros países civilizados es desgraciadamente certísimo. No sé si cincuenta o ciento cincuenta: muy detrás. El nuevo horizonte en torno al átomo es aquí algo ya metido en la vida real. Las secciones de anuncios de la prensa piden técnicos y obreros para Calder Hall, para Harwell, para cien sitios. El programa de energía atómica está en marcha. No puedo trasladarte brevemente hasta qué punto el pueblo está familiarizado e interesado en ese nuevo mundo. En un plazo muy corto Inglaterra tendrá fluido eléctrico producido por desintegración atómica, ahorrando millones de toneladas de combustible y, con seguridad, arrinconando la necesidad del combustible tradicional en no muchos años.
¿Y España? ¡Qué angustia! Constantemente dialogo contigo, con Agustín, con otros amigos de Valencia o de Madrid, a quienes no conoces. España es siempre el tema de nuestras conversaciones. Pero si empiezo por este camino voy a escribir siete hojas. Ya hablaremos.
Ya hablaremos, pero no este verano. No voy, desgraciadamente. Demasiado que hacer aquí y planes desquiciados en Valencia (la mujer de mi hermano da a luz en junio y esto, por la presencia del rorro, trastornaría todos nuestros proyectos playeros). Con seguridad me veréis por ahí en el verano del 59. Si antes no vienes tú. Una vez más: ¿por qué no vienes? ¡Cuánto te gustaría! Yo prefiero —creo— París, pero apostaría de antemano a que esto te fascinaría a ti más —no es Londres: es la vida londinense—. Tengo cama y mesa para ti, demasiado lo sabes. Tú dirás. Cuenta con una… (bueno, cuenta con muchas cosas).
No quiero terminar sin comentar contigo el fenómeno extraordinario de potencia dramática ofrecida por el viejo [Eugene] O’Neill hace un par de semanas: a la vez, en una misma fecha, y con éxito estremecedor acaparó las dos emisoras de televisión y uno de los más importantes teatros. La BBC puso Extraño interludio, la ATV El emperador Jones (la primera, claro, dividida en dos largas noches). En el teatro se estrenó, bajo la admiración del público y de la crítica más severa, The Iceman Cometh (título que no me atrevería a traducir sin ver la obra y que literalmente significa El hombre de hielo viene). El gran O’Neill habrá sonreído agriamente desde su tumba.
Esta noche veo El pato salvaje, televisada por segunda vez desde que yo estoy aquí. Si vieras, además, qué representaciones… No se puede pedir más perfección. (Bueno, te supongo enterado de que la televisión se ha cargado del modo más espectacular y catastrófico a la industria del cine. Es ya un hecho.)
Me parece que voy a terminar ya. Iba a escribir más cartas… No, voy a trabajar en mi novelón. Tengo que terminarlo o me suicidaré.
No tardes en escribirme. Para mí, más que para vosotros, es un acontecimiento cada carta. Llega temprano. No la toco. Me afeito, desayuno. Le doy cien vueltas al sobre, me guardo la carta en el bolsillo. Y solo cuando ya estoy en el metro, sentado y con morosidad, abro y leo.
Muchos recuerdos, míos y de Blanca, para tu madre, Carmen, Agustín y tú, claro.
Y un abrazo para ti.
Vicente
[Al margen: Di a Agustín que le escribiré pronto.]
[9]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 20 de julio de 1958
Querido Tony:
Recibida la tuya. Recibida, antes, Las cartas… Vayamos por partes.
Enhorabuena por el notición. No quiero que sea esta una felicitación protocolaria. Cuando empecé a leer el párrafo en cuestión me dije: «Este se casa». En efecto, este se casa. Me entró un regocijo especial. Como si oyera musiquillas alegres o bebiera vino… Qué sé yo. Adelante. Estoy seguro de que has elegido bien. Me gustaría conocer a tu novia con el único y horrible propósito de fisgonear. Dale recuerdos míos, hasta que yo pueda saludarla el año próximo, en que iré por ahí. Porque ya veo (y comprendo) que no vienes; es decir, que no venís, aunque esto sería escenario ideal para esa escapatoria obligada de recién casados. Por tanto…
(No quiero repetir en otra cuartilla todo lo anterior. Quiero mandarte precisamente esta, en la que mi hijo se ha empeñado en escribirte su opinión sobre el matrimonio. Le he ofrecido otros mil papeles, pero había de ser este. Estampados los pensamientos que ves, me mira y dice: «Look, nice». Mira, estupendo. Chapurrea las dos lenguas y un día me lo comeré. Pero de verdad.)
Bueno, iba a decirte antes que, en vista de que no venís, mi regalo no podré dártelo hasta el verano del 59. Quiero que, si deseas una cosa concreta, me lo indiques con toda desvergüenza. Elige algo bien londinense. Si no tienes idea, pregúntale a tu novia (todas las novias tienen esa idea).
Las cartas boca abajo: una obra muy buena. La obra que a uno le gustaría ver después de leída. En algunos aspectos, no sé siquiera si deliberadamente por tu parte, definitiva: esa luz clara y triste proyectada sobre la clase media, tan heroica, tan dramáticamente pretenciosa; más «alma nacional», más entrañable y, claro es, más ignorada que ninguna otra. Mauro es, dentro de todo eso, admirable y despreciable: el personaje mejor pintado, creo yo. Anita, tremenda (muchas veces pensé si debía hablar [o] no; no, no debe hablar: una sola palabra suya ahuyentaría todo su valor de símbolo). Muy bien sentido el resignado cansancio de esa vida conyugal, mejor vista en lo que es hoy que su cansancio de ayer (demasiado aislada, demasiado precisa y lógica, para mi gusto; un argumento en una estupenda obra sin argumento, si comprendes lo que quiero decir; aunque pienso que tal vez sea una de esas piezas indispensables de estructura, como ocurre en alguna obra gigantesca que ahora mismo recuerdo). Y, desgraciadamente, el problema que quizá más angustia actual encierra o, dicho de otro modo, el que más interés universal tendría hoy está demasiado brevemente tocado: el de la relación entre los padres y el hijo. Claro que en la obra tiene un valor complementario; qué se le va a hacer. Qué se le va a hacer, porque, créeme, yo tuve algo así como la impresión de ver nacer de un árbol una rama más fuerte y hermosa que el propio árbol, condenada a ser podada. A lo mejor tomas un día entre manos el tema que tantas veces has tocado ya, ¿no? Terminando: no se ve, temo, el papel esencial que en algún momento parece que van a jugar los pájaros. «Volar…», dice ella varias veces. Quizá los pájaros son la única carta boca arriba de ella y, por tanto, la única que nunca pudo jugar. Bueno, peccata minuta, acaso solo existente en mis manías. Pocas veces te he felicitado tan convencionalmente como en este caso. ¡Qué tío!
No conozco a Cecil Madden. Pregunté a varios compañeros en la BBC. Resultó que uno lo conocía. Se sorprendió de que supiese español y se inclinó a suponer que daría tu obra a traducir, puliendo luego el estilo. Mera conjetura, desde luego. Lo importante es que te la van a televisar (¿o a radiar?). Avísame, si puedes, de la fecha; aunque como no la pongan un fin de semana, difícil me será verla.
[…]
Terminé mis clases. Coincidiendo con la última, un curso tercero acabó Hoy es fiesta. Útil de veras. Aparte de otras cosas, leyeron Platero y yo (obra en que, por cierto, y tal como me ocurrió hace muchos años, cada vez me gusta más Platero y menos Juan Ramón) y trabajaron sobre giros y expresiones idiomáticas de tu drama. Te sorprendería ver desde este ángulo lo que hay encerrado en ese diálogo popular. Me gustaría que un día, con el libro (ya lleno de subrayados) a la vista, lo comentásemos. Y si alguna vez vinieras habrías de visitar la clase.
Escribo mi novela. ¿Cuándo? Cuando puedo. Ahora me han encargado unos guiones en la BBC, aguándome la posibilidad de disponer del tiempo libre dejado por las clases. Pero todos los días, aunque solo sea para releer, corregir o añadir una idea, toco los papeles. Lo importante es no perder fiebre. Díselo a Agustín, a quien debo mucho del aliento que me empuja a seguir emperrado. A veces, leyendo cosas «de actualidad» —sociales, políticas—, me digo que estoy en la luna, tañendo una lira que ya nadie oye. De pronto veo que todas esas obras pasarán, como pasa una guerra o una canción de moda; y que (no faltaba más) la mía quedará, porque no es ambiciosa (?), ni se sirve de datos sensacionales, ni depende estrictamente de una generación. Ya veremos. Me falta mucho.
Di a Lorda el ejemplar que mandabas para él. Le gustó, en principio, la obra, sin entusiasmarle. Creo que le convencí de que, so pena de pasar por idiota, debía de gustarle con locura.
Corrales. ¡Corrales! Sí, ya sé que anda (aunque no sabía que en su propio coche) por Peñíscola. Estuvo a punto de venirse a pasar conmigo unos días (como yo lo estuve de ir a París), pero todo se frustró. Vida singular. Bohemio hogareño, intelectual ingenuo. Todo un tipo. Nunca sé si llegará o si se quedará a medio camino. Nunca acabo de verlo. Es posible que se venga (o que yo vaya) por Navidad. Está celoso (entiéndeme: te cuento esto como te conté que le convencí de que debía darse lavativas; me estoy muriendo de risa; ya no sé ni por dónde voy), está celoso porque te dije lo de la BBC, cuando a él se lo había ocultado. No está (o no lo dice) celoso contra Agustín, aunque también a este se lo dije. No. Me ha regañado como un viejo porque «pareces tener más confianza en Buero que en mí» (o algo por el estilo). ¿No es fenomenal?
Si tú o Agustín tenéis la dirección de [Pepe] Bernal, mandádmela. Sin prisas, pero quiero escribirle.
Corto, Tony. De nuevo enhorabuena por todo. Blanca se une a esas felicitaciones: le gustó muchísimo la obra y le alegró el notición.
Recuerdos a todos y un abrazo para ti.
Vicente
¿Están los Revilla por Madrid? Si los ves, dales recuerdos.
1959
[10]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 30 de marzo de 1959
Querido Tony; y querida Victoria:
Enhorabuena. Debiera habérosla dado mucho antes, ya lo sé. Ni siquiera trataré de justificarme hablándoos de mi muchísimo trabajo. Solo espero que me perdonéis. (Tengo verdadera avalancha de cartas por contestar, algunas importantes. A vosotros os escribo los primeros.)
Es demasiado transcendental lo que habéis hecho para que yo me salga ahora del paso con fórmulas tales como «sé que los dos habréis elegido bien» y «os deseo mucha felicidad». Lo que yo necesitaría es hablar muchas horas, especialmente con Victoria. ¿Cuándo podrá ser esto? No este verano; al menos, no en España. Voy a España, pero con muy poco tiempo para acercarme por Madrid; iré directamente a Valencia.
Y ahora, a ver si consigo ordenar algo que quiero deciros. Yo os debo un regalo. Esto es absolutamente indispensable; inútil que intentéis disuadirme. Es mejor que tratéis de ayudarme, orientándome: ¿qué queréis, qué necesitáis u os gustaría tener? Tenéis ya vuestra casa en marcha y sabéis ya de algo que os hace falta. Decídmelo, por favor. Me es difícil enviároslo desde aquí, pero sería fácil hacerlo desde Valencia. Si no me habláis, me descolgaré con algo absurdo. Estoy hecho un lío. ¿Cortinas? ¿Vasos? ¿Libros? Hablad.
Pero pensad en esta posibilidad. Muchas veces he dicho a Tony que venga. Ahora os digo a los dos que vengáis: ese sería mi regalo. Vosotros correríais con vuestros viajes; yo, con vuestra estancia aquí. Espera, Tony; no digas aún que no. Tengo coche —apaga esa sonrisa maligna—. Lo compré hace un par de meses y lo manejo ya sin tendencias homicidas. Está aún un poco duro —demasiado nuevo—, pero para cuando vinieseis ya lo habría terminado de «rodar». ¿Os figuráis lo que sería esto? Ir a Oxford, a Cambridge, a Bath; y, claro, escudriñar Londres de cabo a rabo. Todo ello, insisto, de mi cuenta. Renuncio a describiros lo que es Oxford —adonde fui hace unos días, conduciendo yo—, lo que son los bosques y ríos que hay que cruzar. Renuncio a deciros cómo es Cambridge, adonde fui, pero no en mi coche. Superior a toda ponderación. Sobrecogedor. Colleges —imposible traducirlo—, plazoletas dormidas desde hace siglos, cantinas de estudiantes, silencio, limpieza y dignidad. ¿Y Londres? Yo trabajo en la mismísima Fleet Street, centro del más rancio periodismo del mundo. Allí están el Times, el Observer, el Manchester Guardian, el Daily Telegraph. Allí hay tabernas en las que, por ejemplo, y desde hace siglos, no puede entrar una sola mujer y en donde se bebe una cerveza absurdamente buena. Claro que ya llevaríamos a Victoria a un buen «pub» abierto para señoras también. ¿Qué deciros? Mi consejo sería: avión Madrid-Londres. No mucho más caro que el tren —habida cuenta de maleteros, taxis, comidas, noche en coche-cama o en París— y… Iba a razonaros que es un medio mucho más rápido y limpio… Pa matarme, vamos. ¿Qué decides, Tony, qué decides, Victoria? Cuanto antes, mejor; no esperéis al otoño. Esta es la época. Deberíais salir de ahí un viernes, para estaros aquí unos, digamos, diez días. Se trata de que pescaseis dos «viernes-sáb-domingo», días en que yo estoy libre. Claro que el resto de los días también estaríamos juntos y, entre Blanca y yo, os llevaríamos a todos los rincones. Si voláis de noche, la combinación es mucho más barata. Yo os recogería en Waterloo de mañanita. Quizá, pues, mejor que viajaseis un jueves por la noche. El jueves que queráis, antes del 31 de julio, fecha en la que yo me largo a Valencia. O bien después del 20 de agosto, en que ya estaré aquí de regreso. Mejor antes de mi marcha. No os preocupéis de nada en absoluto. Tendréis una habitación tranquila y os comeréis cosas extrañas —por ejemplo, jamón asado con salsa de manzana—. Voy a daros mi último argumento: ¿no comprendéis que, lejos de constituir para mí un sacrificio, sería un acontecimiento? Sería formidable. Pero no insisto. Que me maten si esta invitación no es sincera. Si la rechazáis lo sentiré. Para Blanca —siempre en casa, aburrida— sería simplemente estupendo. Contestad pronto.
¿Cuándo leeré Un soñador para un pueblo? A la vista del título pensé —inevitable— en algo de corte ibseniano. Lo que me decías en tu última, sin embargo, prueba que la obra es española por los cuatro costados. Mi enhorabuena, también, por este gran éxito. Y si tienes un rato, cuéntame de vuestros proyectos. Por tiempo que estemos separados, siguen importándome mucho.
Tengo muchas ganas de escribir a Agustín. Con un poco de suerte, lo haré pronto. No es que haya de decirle nada concreto —aparte de comunicarle que Gredos, a la que, ¡ay!, aún no he dado las gracias, me envió la antología de Pavón, en que aparece un cuento mío—; solo es que tengo ganas de escribirle.
Termino. Esperaré con impaciencia vuestra decisión.
Abrazos.
Vicente
[Letra de Blanca: Estupendo si os animáis y venís. Conoceríais Londres y a Vicón —que no es menos asombroso—. De verdad, os esperamos, y cuanto antes mejor, ya le enseñaría yo a Victoria unas cuantas tiendas maravillosas para los ratitos perdidos. Un abrazo a los dos, y hasta pronto. Blanca.]
[11]
A Antonio Buero Vallejo
21 de diciembre de 1959
Querido Tony:
Primero por mi madre, después en recortes de prensa enviados por ella y por otros familiares, me entero de tu premiazo y pormenores del concurso. ¡300.000 pesetas! Lo primero que sentí fue una horrible envidia. Después —¡después!—, alegría. Gran alegría, Tony. Yo creo en ti —lo sabes— desde antes de que triunfaras, y siempre he tenido una actitud beligerante a tu lado. Ni sé por qué digo esto. Yo nunca hablo así —aunque una observación torpe puede quizá mostrarme equívocamente—. ¿Sabes lo que me pasa? En un sentido misterioso, siempre he participado de tus triunfos —y me he dolido de tus fracasos, pocos—. No, no se trata solo de amistad. Es incluso vanidad: la vanidad de haber visto antes que los demás un valor. Cada triunfo tuyo me llega siempre como un: «¿Qué tal, idiotas?», que yo lanzo a la cara de mil interlocutores invisibles.
Adelante. ¡Cuánto más tienes que hacer!
Si tuviera más espacio y tiempo, trataría de analizar algo. El premio de Hierro solo me ha dado alegría, mucho más moderada que la sentida por ti. El de Torrente Ballester, ni envidia ni alegría. Veo perfectamente todo lo que siento.
Bueno, yo solo quería felicitaros a ti y a tu mujer por Navidad —imposible substraerse al clima londinense de felicitaciones. De pronto llegó el notición y, claro, no te mando la habitual tarjeta navideña: no hay sitio allí para decir cosas.
Yo beberé whisky y ginebra, y comeré como un energúmeno. ¿Qué hacer, si no? Sé hacer unos «pepitos» —panecillos rellenos con un pisto de fórmula secreta, en la que entran pimiento morrón y el incomparable ajo, rebozados luego en leche y huevo, finalmente fritos a fuego lento— que me harán feliz e importante, durante la mañana del 25, en la cocina de casa.
En fin, lo de siempre: que esto de las cartas es muy pobre, que lo que me gustaría es una buena charla contigo. ¿Este verano? ¿Quién sabe?
Escribo también a Agustín, de quien no sé desde hace mil años.
Abrazos, muchos abrazos,
Vicente
[12]
A Vicente Soto
Madrid, 28 de diciembre de 1959
Querido Soto:
Conmovedora carta la tuya, desde la «horrible envidia» hasta el posible augurio de vernos en el verano. Respecto a lo primero, te recordaré aquel apólogo oriental que nos cuenta cómo a un derviche le fue concedida, en premio a su gran santidad, la realización de sus primeros deseos. Acto seguido empezaron a caer muertas personas a su alrededor, a los caballos se les quebraban las patas, etc. Horrorizado, suplicó a su dios. Alá le sonrió: «Te quitaré esa gracia —le dijo—. Pero no debes asustarte. El primer movimiento del ánimo no puede contar ni en un santo. Los que valen son los segundos».
Yo sé que con tu segundo movimiento del ánimo, que es el bueno, te has alegrado de verdad. Y te diré más: con ese sentirte a mi lado, con esa fe que no me quisiste regatear, me has ayudado mucho. De modo que no hay nada de literario en considerar que ese premio es también algo tuyo y de todos —no muchos, pero algunos— los mismos amigos que me han confortado siempre. Gracias a todos ellos; gracias a ti.
Sin embargo, no tomo esto como ninguna corroboración definitiva y, personalmente, lo acepto con muy moderada alegría. Ya antes del fallo pensaba incluso que prefería no ser premiado; lo he sido y no me viene nada mal, pero mi satisfacción principal es la de haberlo obtenido sin presentarme, sin poner buena cara a nadie y sin mover un dedo, como tuve ya buen cuidado en advertirlo, mediante cierta frase cortés pero serena, en la prensa del día siguiente.
Me van cayendo encima algunos premios, pero porque son de concesión automática y todavía, aunque no lo parezca, hay gentes de letras en los jurados que proceden con honestidad e independencia. Si hubiera que presentarse a ellos no los tendría —como no tengo ninguno de la Academia porque hay que presentarse—. Desde que gané en el 49 el Lope de Vega me propuse no volver a hacerlo si la vida no me apretaba mucho. Y así me han venido, sin pedirlos, los «María Rolland» y los nacionales; el último a Un soñador para el pueblo, paradójica recompensa en un país donde, por otra parte, esa obra no ha sido permitida en Jaén y en Málaga. El 8 de enero la estreno en Barcelona: hasta ahora va, por fortuna, de éxito en éxito, por provincias. Pronto te la envío, pues ya salió.
También ha salido el primer tomo de mi teatro en Losada —y también sin pedirlo—; quiero publicar pronto otro con otras cuatro obras.
Lo de Coventry, en cambio, se fue al cuerno por diversas razones.
Habrá que prepararse a las vacas flacas tal vez, pues este año ha sido excesivo: los griegos hablarían de hibris, pero, por mi parte, fue involuntaria. En él he tenido mi mayor éxito con el Soñador, en él me he casado; en él llovieron premiecillos, ediciones, y el premiazo que te permite respirar…, y en él se anuncia, amigo Vicente, un hijo. Este es otro de los varios premios de la vida, porque tampoco sabes, tal como está el mundo, si debes alegrarte. Solo sabes que has cumplido con la ley de tu carne y de tu alma, y que estás conmovido.
Mi mujer, a quien leo tu fórmula, se echa a reír con una maravillosa autenticidad —¡bendita sea!— y dice que esos «pepitos» los sabe hacer ella también.
De los dos, y para todos vosotros, nuestros cariñosos deseos en el 60.
¡Vicente, un gran abrazo!
Toni
1960
[13]
A Antonio Buero Vallejo
Londres, 2 de febrero de 1960
Querido Tony:
Pasan días y pasan ollas, y yo sin tiempo para escribirte. Pero hay dos puntos importantes que me obligan a hacerlo sin más demora, aunque esta me salga un poco degollada.
En rigor se trata de dos felicitaciones. En primer lugar por tu hijo, por tu futuro hijo. Tengo en este instante una cara muy seria. Te conozco y sé cuánto, cuán bien has de saber valorar ese hecho colosal. Con todo lo que tiene de azar humilde y doloroso y divino. No es que me sienta padre pedante; es que me emociona hablarte de tu hijo. No pierdas segundo en decirme qué fue y cómo fue todo. ¿Necesitaré extender esta felicitación a tu mujer?
Y ahora, brevemente, vamos con Un soñador para un pueblo. ¡Enhorabuena! Obra estupenda, honrada y renovadora, desde la misma dedicatoria a Machado (para mí no hay más que uno) hasta el final. No comprendo, sin aspavientos, cómo nadie ha podido ver ahí ni atisbo de reacción —recuerdo tu conversación con Corrales, de la que me hablabas en una carta—. Lo que pasa es que hay sueño, y vejez, y fatalismo resignado. ¡Pero si es un catalizador! La obra, desde otro punto de vista, es, además, tuya de cabo a rabo, con todos los elementos augurales, populares y especulativos tuyos. Magnífica de equilibrio, magnífica en su construcción. Sé poco, poquísimo, de Esquilache, pero conozco retratos que me parecen espléndidos sin haber visto al retratado —objeto que en el fondo no me importa—. Alguna vez te he oído —o leído— que uno de los escritores que pesaron en tu formación literaria fue Galdós. Es posible que tú no hayas pensado en él ni una vez al escribir el Soñador —lo dudaría—, pero yo creo haber visto más clara que nunca esa afinidad. En fin, salto de un punto a otro con mucha prisa. Leí muy despacio y dos veces la obra. Hay mucho más que te quisiera decir. No se puede.
Tony, un abrazo. Aún está en el aire lo de mi ida a Madrid este verano. Ya te diré.
Otro abrazo.
Vicente
[14]
A Vicente Soto
Madrid, 26 de julio de 1960
Querido Soto:
Carlitos Buero Rodríguez llegó ayer al mundo a la una y media de la tarde. 3 kilos, 600 gramos. Chico guapo, llorón, despejado y bien hecho. Sin pellejos colgantes y con buenos colores en la cara. Su madre se encuentra en perfecto estado. Hizo el parto «natural», que no es que no duela, pero duele como veinte veces menos que el histérico e ignorante parto de nuestros mayores. El padre se encuentra sin saber qué pensar y sin terminar de comprender que «eso» sea suyo. También hice, a mi modo, el parto natural: asistí a algunas clases para maridos y presencié el parto al lado de Victorita. Ahora, que los dioses nos sean propicios a los tres.
Los otros tres se irán pronto a un piso algo menor, pero perfectamente decente, que le he comprado a mi hermana —a falta del resto de hipoteca, que pagarán ellos—. Desde mi matrimonio, y de perfecto acuerdo, todos convinimos en desglosarnos cuando pudiéramos. Ellos buscaban por un lado; y nosotros por el nuestro, pese a que el piso es mío. Pero ellos no tienen apenas dinero y no encontraban lo que querían, y yo, aunque tenía más, tampoco encontraba por mi lado algo que no me arruinase del todo y que cubriese las necesidades futuras. Finalmente, ellos encontraron algo que les convenía y lo he pagado yo: que es como pagar el piso que ya tengo en buenas condiciones. En todo este tinglado el punto peor para mí era mamá, a la que de ningún modo quería yo disgustar. Por eso Victorita —con la que se lleva muy bien— y yo le hemos reiterado que se quedara con nosotros. Pero ella, claro, se va donde vaya su hija. De modo que, dentro de poco —uno, dos meses—, viviremos donde siempre, pero con mi suegra, y mamá, Carmen y Agustín en el otro piso, que es mono y con todo lo necesario.
Lejos de proceder atropelladamente, te has portado conmigo estupendamente y te lo agradezco de todo corazón. La foto del boceto llegó; tendría que verse, pero, por la foto, ni siquiera es seguro que sea de Velázquez, aunque [Carl] Justi opine lo contrario. Tus observaciones acerca de él son exactas en general. Y, por lo que respecta a mi trabajo, nada más necesito. Se me ha quedado, eso sí, cierta curiosidad por los problemas —que son varios— que plantea ese cuadrito. No es en absoluto preciso ya que leas The Athenaeum o vayas a Kingston Lacy solo por mí; pero si el humor te da por ambas cosas —pues me parece como si el asunto te hubiera llegado a picar personalmente—, sí me interesará que me des tu resumen y tus impresiones. Sobre todo de un detalle que, casualmente, queda muy borroso en la foto y que quizá esté también borroso o incompleto en el cuadrito: la pierna derecha de Nicolasito Pertusato. Tal vez dirían algo de eso en la revista; tal vez no. Tal vez, si vas a Kingston Lacy, te encuentres con que no está terminada, o tal vez sí. Esto puede ser importante porque, en el cuadro definitivo, es el único «arrepentimiento» —que se advierta— de Velázquez. El problema es este: a partir de la rodilla ¿por dónde va esa pierna en el «boceto»? ¿Sale de encuadre? ¿Se ve entrar el pie en encuadre? Esto es lo que pasa en Las Meninas. Por el contrario: ¿está completa —creo ver que no— en el boceto? Si no lo está, ¿se ve claro que la dejó sin terminar? Suponiendo que en el boceto salga de encuadre, ¿está terminada —dentro de lo que es un boceto— la parte que se vea hasta su salida, o menos terminada que el resto de la figura? ¿Se advierten tanteos diversos para colocarla? Aunque en la foto no se ve, creo saber que ese «boceto» tiene también la cruz de Santiago, pues así lo describe Jovellanos, a quien, al parecer, perteneció. Pero si no estuviese la cruz —ni rastro de que haya sido borrada—, dímelo. (Finalmente, una aclaración: lo del fondo no es cuadro, sino espejo, donde se refleja lo que Velázquez pinta. ¿Lo habías olvidado?) Bueno, todo esto ya te digo que no es necesidad, sino curiosidades que puedes dejar de satisfacer. Mil gracias por todo y, con recuerdos a Blanquita, un abrazo fuerte de
Antonio
[15]
A Antonio Buero Vallejo
2 de agosto de 1960
Queridos Victorita y Tony:
Vengo de poneros mi telegrama de felicitación. El nacimiento de ese indudable Carlos I exigía que yo os hubiese escrito antes. Imposible de todo punto. Las huellas del puritanismo pueden ser terribles: no ha habido servicio de correos ni estafetas abiertas durante dos largos días, domingo y lunes festivo. Esto ocurre cuatro o seis veces al año; y si, como me ha ocurrido ahora, no lo adviertes a tiempo, estás limpio. Claro que pude el sábado; pero si empiezo a contaros por qué no lo hice, no tendré espacio ni tiempo para hablar de Carlos.
Que es lo importante. Tony tiene que saber cuánto me alegró el notición. Va a ser, mientras lo veas crecer —es decir, siempre— la experiencia más rica que hayas vivido. En tu caso particular, además, te va a resultar especialmente compensador. No sé si estamos de acuerdo o si discutiríamos. ¿Para qué pedantear y predecirte un futuro que ya tienes en la mano? Un abrazo muy fuerte, Tony: me dio grandísima alegría. Blanca, que te estima —y que, nunca sé por qué, asegura que eres un pillo—, dice que has de estar loco de contento. «Porque —dice— Buero es muy chiquero». Y vuelta con que eres muy chiquero. Y vuelta con que a ver qué le regalamos al chico. Ya nos ves, pues, llegando el verano próximo a Madrid —esto parece ya indudable— con una manta inglesa purísima, aunque tejida en Escocia, pero importada de Holanda. No, yo creo que le llevaremos un traje de cowboy.
En fin, confío en que la madre esté perfectamente. Esas lecciones de entereza o de disimulo, para aguantar con paciencia el parto, deberían tener su continuación para resistir la extraña vitalidad del bebé durante, al menos, cuatro años.
Abrazos. Quisiera estar ahí. Abrazos,
Vicente
1961
[16]
A Vicente Soto
Madrid, 4 de enero de 1961
Querido Vicente:
Habrás atribuido mi largo silencio a egoísmo: recibida la foto y dados sus frutos el incordio al amigo, a no escribir. La verdad es muy otra: te he recordado a menudo, y también en el estreno. Lo que pasó —y sigue pasando— fue que estuve abrumado de trabajo: tenía que terminar mi drama a marchas forzadas, para lo que trabajé tarde y noche; luego vinieron los ensayos, con sus mil problemas y sus zozobras; luego, el estreno… Entre tanto, mi correspondencia pendiente, que ya va siendo la de un escritor a la americana, crecía, y a ella, por si fuera poco, se añadieron los christmas card de fin de año, y cuatrocientas cosas más. En fin: una etapa dura de veras, pero que, con inmensa suerte para mí, ha dado su fruto. Las Meninas se estrenaron, ante la estupefacción y la consternación de muchos al oír lo que oían, el 9 de diciembre, y su estreno fue el más clamoroso de todos los años: tú has presenciado alguno clamoroso, conque calcula. Su crítica, al día siguiente, fue —en general— también la más calurosa: la mayor parte dijo que era mi mejor obra —cosa que yo ni niego ni afirmo—. Pero, además, los días siguientes se repetían, como en el estreno mismo, las frases ovacionadas, los «bravos» y las llamadas al autor. Ayer mismo, a las cuarenta y tantas representaciones, pedían que saliese. Ha sido, o viene siendo también, es claro, mi mayor éxito económico hasta ahora. Llevamos una media de 39.000 y pico de pesetas diarias, cosa, en el Español, que trabaja a precios menores, inaudita. De modo que, si no ocurre nada anómalo, tenemos obra para mucho tiempo. La obra «está en la calle»; se comenta y discute a fondo. Produce también, de tanto en tanto, algún artículo venenoso… y el rechazo cortés en diversos periódicos, según he sido informado de otros que hablaban a mi favor y contra las interpretaciones malignas que se han querido dar a la obra. Yo he pintado un Velázquez íntimamente rebelde y forzado a hablar —y creo que debió ser así—; pero esto ha disgustado a muchos, claro. Y me acusan de demagógico y arbitrario, con notorio olvido de Quevedo, Gracián y otros ingenios del tiempo, de cuya mentalidad la de Velázquez no debía diferir mucho. Aunque Velázquez no fuese así, sería lo de menos tratándose de una creación literaria: pero como en realidad son estas las cosas que molestan en la obra, se excusan con el pretexto, discutible, de la inexactitud histórica de mi Velázquez.
¡Cuánta angustia, cuánto temor a perder esta difícil batalla, durante dos años, desde que empecé a pensar en escribir la obra! Me jugaba la vida y dos o tres temporadas de silencio. Pero la he ganado. El montaje es en general muy bueno: Victorita trabaja también y ha gustado mucho en la infanta María Teresa.
Carlitos está hecho un torete, guapo, sano y despierto. Ríe como un diablo y no es llorón. Una buena etapa que anuncia, inevitablemente, etapas no tan buenas; pero, poco a poco, vamos consolidándonos. Ahora, que yo mismo me lo he puesto muy difícil después de esto; noto, casi físicamente, la «verde envidia» rodeándome por todos lados. De momento preparo una versión que me han encargado de Hamlet: tres traducciones a la vista y el texto inglés al lado. Endemoniada cosa, pero la hago con escrupuloso cuidado. Tendré en cuenta en ella, también, ciertas alteraciones del orden de escenas que, al parecer, la crítica inglesa ha dado como preferente ateniéndose a un «cuarto» antiguo.
También te hablaría de la exposición «Velázquez y lo velazqueño» que se ha inaugurado aquí y en la que, pese a ausencias deplorables, hemos podido caernos de culo ante La Venus del espejo y diez o quince Velázquez más asombrosos, aparte de otros atribuidos y de muchas cosas de discípulos llenas de interés. Pero ya no queda espacio… Vicentito: gracias por tu ayuda y porque sé que esta carta te alegrará. Dale muchos recuerdos a Blanca de nuestra parte y que todos seáis muy felices en el nuevo año. Te envía un fuerte abrazo,
Toni
[17]
A Antonio Buero Vallejo
Febrero de 1961
Querido Tony:
Hace unos días comencé a escribirte. Tuve que dejarlo. Seguí un par de días después. Tuve que dejarlo. ¿Habrá suerte ahora? Veamos.
Enhorabuena grande, grande por tu triunfo con Las Meninas. Algo sabía ya, por carta de Agustín llegada poco antes que la tuya. Estoy seguro de que el éxito ha sido colosal. Me revienta la idea de que es muy, muy improbable que yo pueda ver la obra, cuyo tema me interesa mucho. En fin, algo sería poder leerla —ahí queda eso—. No creo que nadie se atreva ya a discutir honradamente tu altura —única, en el panorama actual—, ni dudo que en las camarillas de la envidia habrá reinado el más repugnante comadreo —atacando quizá a un biógrafo que se fabrican a su gusto, cuando ya no pueden atacar al dramaturgo.
De todo esto me gustaría poder charlar contigo. De esto y de mil cosas. Tengo unas ganas difícilmente sufribles de volver a vivir en España. Lo necesito. Me siento, después de casi siete años, tan extranjero como cuando llegué —sin ninguna de aquellas compensaciones turísticas, tan buenas, de los primeros días. Vivo, desde el punto de vista económico, tan bien como quizá jamás hubiera llegado a vivir ahí. Tengo profundos motivos de reconocimiento —y no solo financiero— hacia este país. Pero tengo también la posibilidad de hacerle una crítica y una disección terribles. No cabría aquí. No me hago tampoco ilusiones acerca de ese hipotético regreso: ni dejaría de irritarme horriblemente mi país, ni dejaría de añorar este —muy probablemente, avivado por mis propias críticas—. Pero tampoco es esto, sino algo más fatal que, si no regreso a España —a vivir, se entiende—, me entristecerá hasta matarme.
No tengo aquí ni un verdadero amigo. He llegado a la conclusión de que esto es así porque yo tengo una noción de la fidelidad a la amistad —a los viejos amigos— extrañamente orgullosa y cerrada. Acaso eso suene afectadamente; pero yo creo que es así. Tengo, sí, dos estupendos amigos en mis hijos. ¿Otra frase hecha? Ni hablar. He descubierto, con ellos y con Blanca, un pasatiempo sencillo y profundo: quemar leña en una chimenea estupenda que tenemos. No te puedes figurar la maravilla que hay ahí encerrada y de qué modo da plenitud a horas espantosamente vacías de los fines de semana. Tiene su ciencia quemar leños. Mi chico —cerca de cinco años— es el jefe. Hay que rascar el ascua del tronco, hay que golpear ligera y secamente el tronco, y darle vueltas, y hacer una buena cuna. Fuera sopla un frío que pela. Apagamos la luz y yo les cuento a mis chicos —la nena tiene casi nueve años— cuentos y mentiras de pastores españoles y de lobos españoles y de cazadores españoles. No sé quién lo vive más intensamente. A veces asamos a la lumbre chuletas y setas, que comemos con ajo arriero (o alioli, mucho más fino y civilizado que la mayonesa) y regamos —Blanca y yo; a los niños que les den morcilla— con un vinillo riojano que yo encuentro en el Soho.
Todo lo cual quedó escrito hace varios días. Terrible. Pero en medio de tanto trabajo —muy interesante, a veces— aún tengo tiempo —poco— para trabajar en mi novela. Me consuela la idea de que otros tardaron doce o catorce años en terminar una obra. Preparo también un libro de cuentos, Lejos del sol —es decir, de España—, por el que van desfilando emigrados con su tragedia y su cómica inadaptación a cuestas. Me parecía un libro necesario.
Pasaré este verano por Madrid. No estaré ahí más que un par de días, casi con seguridad el 4 y el 5 de agosto. Iré con el familión. Se me ocurre que quizá para entonces os habréis largado hacia vientos frescos. Lo sentiría mucho, mucho. Tengo verdaderas ganas de conocer a Victorita. Y en cuanto a Carlitos —a quien no llevaré una manta—, no te digo ná.
Nunca te he dicho que me compré una casa. Sí, me la compré. No un piso —aquí no existe eso apenas—, sino algo muy private, muy inglés: una especie de realización plena de lo que aspiraba a tener en Ciudad Jardín. Solo que, ¡ay!, no en Ciudad Jardín. Sí: raíces, intereses creados y un pasar de años pavoroso. Tal es el dilema: no hay más remedio que volver a España. Pero ¿cómo? ¿A pedir anticipos en una oficina? Aparte, claro está, del discutibilísimo derecho que yo pueda tener a arrastrar conmigo a mis hijos, que serán mayores muy poco después de que la tinta de esta carta se haya secado. Dios mío, Dios mío.
A ver si un día tienes cinco minutos para contarme algo y decirme si estaréis en Madrid. Blanca, que pa qué las ganas que tiene de conocer a los tuyos, os saluda. Bueno, yo también. Un fuerte abrazo,
Vicente
[18]
A Vicente Soto
Madrid, 27 de mayo de 1961
Querido Soto:
Casi con el pie puesto en el estribo, contesto a tus dos cartas pendientes —pues ya había una—. El 1 salgo con Victorita para Granada, donde Las Meninas comienzan una gira provinciana. Estaré unos días; luego vuelvo a Madrid, y en Madrid me estaré, pese a algún otro viaje fugaz, pues quiero ver si logro trabajar. Para agosto, cuando vengáis, también es posible que esté Victorita, pues ya va por el tercer mes de un segundo embarazo —conseguido merced a los más perfectos métodos de Ogino— y para entonces tal vez haya de ser sustituida. Entre tanto Carlitos —«Cucularo» para los amigos— terminará de hacerse un torete, pues ya es un becerro y un bestia, aunque no demasiado incordiante.
La obra se retiró a las 286 representaciones —a una semana de las 300— con 26.300 pesetas de media. Tamayo se disponía a terminar con ella la temporada —quedaban unos diecisiete días—, pues estaba vivísima, como sus datos muestran. Pero hubo más arriba otro criterio, tardío, que se justificó con el compromiso moral (!) de reponer (¡para diez días!) una obra de Marquina. Y así se ha hecho, y con ello habrán quedado algo menos fastidiados los que ya veían a la mía pasar de las 300 y agotar la temporada. Tampoco la permiten en los festivales oficiales pese a haberla estrenado en un teatro oficial; alegan al parecer que no cumple los propósitos para que estos fueron creados y que son los de una educación popular. Pero como eso no está prohibido, Tamayo la llevará privadamente y le dará más representaciones. Así son nuestras inefables paradojas.
No te puedes imaginar la murga que me han dado con que si yo falseaba la historia y a Velázquez. Lo cual, por otra parte, no es cierto, dentro de la libertad de creación del género histórico; y a algunos, verbalmente, les he tapado la boca con datos de la vida de Velázquez que no nos lo presentan precisamente como a un palatino manso y acomodaticio. Pero eran otras cosas las que irritaban, claro, aunque no lo hayan dicho. Los amigos del Sr. Sastre, eso sí, comentaron que en la obra se advertía cierto «posibilismo monárquico». Y es que él y un grupito se morían —pues nada varió al respecto desde tus tiempos— de envidia. No hace mucho tuve que contestarle públicamente a un artículo donde llegaba ya a cometer la avilantez de acusarme de conformista: así están las cosas. Ahora él ha estrenado a bombo y platillo en París, ayudado por plataformas no precisamente literarias; pero los críticos no se han tragado Ana Kleiber, que es malísima, y le han vapuleado ruidosamente. Volverá, por lo tanto, mucho más irritado contra mí… Paciencia. Habrá que seguir aguantándole petulancias y autopropagandas compensadoras de sus fracasos.
¿Y tú quieres volver a España? Esa frase de mi Velázquez no era inconsciente; cuando la escribí, me pesaba dentro tu caso, y el de tantos que emigraron y agonizan por volver. Pero yo —claro que lo digo desde aquí— no volvería. ¡Aguanta! Gástate el dinero en vacaciones españolas largas; suscríbete a las dos o tres revistas de aquí que merecen la pena; manda a los concursos cuando tengas obras, pero defiéndete y defiende tu casa de esta intemperie. Permanece allí, haz dinero si puedes; apriétate el corazón y usa la cabeza. Yo solo volvería si un día tuviera millones. ¡Ay, Soto, cuánto te comprendo y cómo me gustaría poder consolarte! Pero también convencerte…
Tú notaste algo en «D.ª Marcela» y no has errado. Nunca es tan armoniosa una obra, que no tenga lunares o cojeras. En el proyecto primitivo, su relación con la intriga y con Velázquez tenía más desarrollo y más desenlace. Pero otros equilibrios serían amenazados entonces, y hube de cercenar y sacrificar, como siempre ocurre. Esa es la servidumbre del teatro —bueno, y de todo arte.
Espero verte y abrazarte cuando vengas. Charlaremos. Recuerdos a Blanquita y todo el afecto de tu amigo,
Antonio
1962
[19]
A Antonio Buero Vallejo
16 de septiembre de 1962
Querido Tony:
Hace muchos meses que vengo diciéndome que lo mismo que se olvida a los muertos, se olvida a los vivos. Es terrible. Se desvanece el mundo del amigo, suplantado por un mundo sin amigos, pero acuciante. A qué seguir.
Bueno, ¿cómo estás? ¿Qué fue tu segundo hijo, chico o chica? ¿Cómo está Victorita? (No hay remedio: hasta preguntas tan tremendamente importantes como estas suenan a fórmula.)
Hace un año largo que no nos escribimos (no cuenta la lacónica tarjeta que te envié desde Ginebra, adonde fui en viaje rápido). Todo se ha desenvuelto durante ese tiempo con abrumadora normalidad: tengo más canas, más cansancio, las cosas —medidas por el rasero de un comerciante— no me van mal [Añadido al margen: Frase rebuscadísima, que parece ocultar y mostrar el amasar de una fortunilla. No hay nada de eso. Holgura sin montones de dinero. El Income Tax y mi insensatez se lo llevan todo.] y mi deseo de regresar a España se agudiza de manera intolerable. Hasta estuve ahí de vacaciones hace cosa de un mes (no, no en Madrid: precisamente la decepción de no haberte visto el año pasado, y de no haber visto a otras personas, y la seguridad de que en agosto no se puede ver a casi nadie en Madrid, me hicieron pasar de largo, hacia mi pueblecito del Mediterráneo, muy cerca de Valencia).
En tu última y lejana carta me hablabas de tu adaptación o traducción del Hamlet. Estoy seguro, sin cumplidos, y solo pensando en el tema y en ti, estoy seguro de que te salió algo bueno, que a lo mejor conoceré yo un día. (Probablemente te suena a vieja ya esa obra tuya, y has hecho otras cosas, de las que yo no tengo ni noticia: el mundo del amigo desactualizado, etc., etc.)
El futuro puede estar lleno de sorpresas, y no es imposible que un día haga yo un viaje relámpago a Madrid. Entonces te hablaré de muchas cosas.
¿Ves a Agustín? Voy a escribirle también. También se interrumpió nuestra correspondencia desde hace cosa de un año. Culpa mía, seguramente. Pero, ¿qué puede uno contra la distancia, el tiempo, la falta de este, el cansancio que le hunde a uno cuando piensa en las innumerables cosas que no ha contado a los amigos y en la irrealidad de todo lo que diga, despegado del pasado? Todo esto es muy raro. Llueve. Londres. Es domingo, domingo vacío y triste, que entristece hasta a los ingleses; solo que a ellos les gusta. Bueno, me voy con Blanca y los niños a un bosque que tiene gnomos, mosquitos, hadas y setas venenosas.
Abrazos, míos y de Blanca. A ver si robas un rato al Café Gijón y me dices «Hola». Que haga esta suya Victorita. Y a ver si una foto o dibujo hecho por el padre me trae un destello de lo que son tus jambets.
Abrazos,
Vicente
[20]
A Antonio Buero Vallejo
30 de septiembre de 1962
Querido Tony:
Tu carta me alegró mucho. No es fácil dar idea exacta de todo lo que le trae a uno la cordialidad y la claridad de visión de un buen amigo español.
Veo que te mantienes firme. Te veo con tu mujer y tus chicos, solitario y honesto, trabajando y aguantando el tipo. La caterva que invade el mundo de los artistas no sabe vivir en soledad y no tolera fácilmente ese fenómeno. Es como un reflejo de la obra que no saben hacer. ¡Habría tanto que hablar! Me gustaría —repitámoslo hasta la saciedad—, me gustaría estar ahí y oírte hablar de intrigas, ventas y disparates. Conforta.
Cuidado con la nueva obra que preparas. He estado con la pluma en alto, preguntándome qué derecho tengo a darte un consejo así. Pero es que no se trata de falta de fe en ti: se trata de temor a la caterva. Los experimentos más inmaturos y vacilantes de un Sastre, por ejemplo, provocan delirios (también habría mucho que hablar aquí). Como tú no les des no ya algo bueno, sino incontestable, estás apañao. Creo que no me equivoco. Y lo siento de veras, porque no sé si esto es bueno o malo. A ver si les largas otra como Las Meninas y descansas un año o dos. (Qué fácil, ¿eh?)
Yo creo que uno de los más terribles peligros de ahí —y de aquí, consuélate— es la pedantería. Dios te libre de un crítico pedante.
Bueno, espero con apetito ese Hamlet.
En cuanto a mí, todo igual. Me tortura constantemente una cosa: estoy harto de este país, con el cual tengo una deuda importante de gratitud. De ese contrasentido nacen otros. Como este, que me consume: no me decido a marchar por mis hijos, pero por mis hijos debería hacer las maletas mañana mismo. Que sean españoles, que mis nietos y mis tataranietos sean españoles, con pobreza y picardía españolas. Que Dios me conceda esto, solo esto. Es horrible la muerte organizada de aquí, las viejas y los clubs de viejas de aquí, los salmos puritanos y las latas de carne vitaminada para los gatos, las herencias que se dejan a gatos, el monóculo de antropólogo que el inglés se pone para juzgar a pueblos que le dan sopas con honda, Bertrand Russell haciendo el idiota y sentándose en las aceras, la propaganda martilleante para forjar todo lo que no tienen (comenzando por la idea de la familia y terminando por la de democracia). ¡Oh, qué British, qué re-British son! El español envidia al español, triste e inexorablemente. El inglés no envidia al inglés, ni sabe de autoaniquilamientos: el inglés envidia al extranjero, con una envidia que alimenta la inquina de otros pueblos. Estaría dispuesto a razonar esto.
Bueno, aparte de esta palabrería, ¿qué hago con mis hijos, que están ya muy, muy cerca de avergonzarse de mi acento extranjero cuando hablo inglés?
Calma. Salud y serenidad es todo lo que necesito para decidir (pero con cierta prisa: mi niña tiene ya cerca de once años, y apenas me descuide se me enamora de un pasmao de Oxford). Todo lo tengo bastante bien preparado. Es improbable, pero no es imposible que me vaya a otro país. En este caso tardaría unos cinco años en regresar a España. Si me quedo ahora aquí, dentro de tres años y medio o cuatro estoy ahí. En ninguno de los casos llegaré hecho un ricachón, pero sí con cierta cobertura renal y, probablemente, la representación de un par de buenas compañías. Anclaré, por deseo y por necesidad, en Madrid, en cuyas afueras edificaré mi casa (pero con bodega, con una bodeguilla subterránea, fresca y con telarañas, que me convenza de que vale la pena vivir el largo final de la vida).
Debo tener fiebre. En serio. Estoy exaltado y nervioso, y si mis hijos no se hubiesen acostado ya les reñiría estentóreamente. Por pura chulería. (Con Blanca no puedo: siempre me dice «¡Mira, pues, este!». Es una frase demoledora.)
Tony, te contaría más cosas. Pero hay que cortar. Te hablaría de cosas fenomenales. Como esta: voy a nadar todos los días. ¡En Londres! (Es la lógica de la desesperación.)
Ahora sí que corto. Me duele esa distancia —que yo trataría de acortar, seguramente con los efectos más inesperados— interpuesta entre tú y Agustín. Pero estoy seguro de que ninguno de los dos querríais que yo hablase de esto.
¡Ahora sí que corto! Figúrate que ya no puedo ni decirte «A ver si venís», etc. No sirve de ná. Abrazos, Tony. Muchos saludos a Victorita. Y a los peques, achuchones. Más abrazos.
Vicente
En mi próxima te hablaré de tu lumbago y del mío.
1963
[21]
A Antonio Buero Vallejo
13 de enero de 1963
[Añadido al principio: Perdona el bolígrafo. ¡Qué porquería!]
Querido Tony:
Comencé a escribirte hace una semana, antes de recibir tus obras. Me interrumpieron. A la mañana siguiente me llegaron tu Concierto y tu Hamlet.
No he leído aún la segunda; tenía demasiadas ganas de leer el Concierto. Gracias, Buero, por ese envío y, más aún, por tus dedicatorias, que yo sé cuánto valen viniendo de ti y de tu espíritu nada protocolario.
Y vamos con el Concierto. No me sorprende que produjese un efecto sensacional. Haría falta releer y estudiar mucho para valorarlo exactamente dentro y fuera de tu teatro. Yo creo que probablemente uno de sus momentos es la cima de todo cuanto hasta aquí has escrito. No me estoy arrebatando. Me refiero a la escena en que David mata a Valindin.
En tu primera obra de ciegos, Carlos, ciego, mata a Ignacio, ciego, solo para heredar de este un angustioso anhelo de violencia. Aquí, David, ciego, en la superación increíble de su tragedia, VE. Al precio irremediable: al precio de hacer que el hasta entonces vidente NO VEA, sumido en la oscuridad. Tenía que ser así; toda tu línea de pensamiento y todo el simbolismo de la relación entre el vidente y el invidente habrían quedado incompletos. La tragedia que, claro, no terminó al caer el último telón de tus primeros ciegos (y que, por lo demás, tampoco podría terminar ahora) se ha hecho ahora, con esa transposición, más grande, más redentora. Dicho de otro modo: no podrías haber intentado otra obra de ciegos para no llegar más lejos que la primera vez: no habría tenido sentido el intento. Y el mismo hecho oscuro de que te hayas embarcado en un segundo experimento —lleno de similitudes con el primero y exento por completo de repeticiones: he ahí otro rasgo extraordinario—, ese mismo hecho, creo, prueba que es cierto lo que digo.
Es difícil escribir a un viejo amigo cuando hay que elogiarle; es difícil, quiero decir, que esos elogios no suenen a exagerados. Preferiría estar escribiendo a un desconocido; le diría lo mismo, pero sin esta dificultad. No pretendo, por otra parte, haber hecho un descubrimiento. Supongo —y deseo de veras, porque lo que importa es que la gente se empape y se forme—, supongo que más de un crítico habrá señalado ese acierto obvio y fenomenal.
[Nota en el margen: Muy brevemente: ¡Qué intolerable me resulta Torrente Ballester! He ahí lo que yo llamo un crítico temible por lo pedante. Aquí triunfaría. Esa actitud de «si yo dijese todas las cosas importantes que puedo decir» le ganaría el afecto de los infinitos genios incomprendidos.]
No te voy a dar la lata con nuevos toques al simbolismo y al ansia de libertad y de liberación y de luz; también te lo habrán repetido. Sí quiero, en cambio, aunque solo sea de pasada, señalar dos cosas:
El acierto de identificar la música con la luz y todo lo que significa, y el de trasladar con emoción esa identificación al lector (sospecho que más aún que al espectador).
La otra cosa que quiero señalar es curiosa. Pienso ahora en todo tu teatro. Quizá cuando con más fuerza he sentido esto ha sido leyendo Las Meninas, pero solo con el Concierto me nació el pensamiento concreto. Creo que aunque no supiese nada de ti lo vería igual. Allá va: veo en muchos momentos de tus obras al pintor. Hay composición, hay luz y sombra, hay movimiento; yo creo que hay hasta dibujo y, desde luego, una vocación invencible hacia el análisis físico de la carne y de las cosas y de sus dimensiones. Hay, si me entiendes, la necesidad de pintar escribiendo —que es muy distinta y más profunda y literaria que la de escribir pintando.
El concierto de San Ovidio —título que me gustó y que me desorientó enormemente antes de conocer la obra— es una pieza que se queda ahí «pa los restos». ¡De cuántas cosas más habría que hablar! Tiene, desde el comienzo —aunque quizá ese primer acto te costase mucho— toda la fuerza anunciadora que tienen las cosas buenas, y verdadera gracia —ejemplo no nuevo en tu teatro— para enhebrar la inspiración en la historia sin subordinar aquella a esta (algo muy difícil, sin duda).
En la carta que había comenzado a escribirte te hablaba de cuánto me gusta tu actitud. No eres rico, me decías, y tienes que seguir luchando. Nadando contra corriente —añado yo— y, desde el primer instante, sin trampa ni cartón. Todo esto es formidable. Lo es el mismo hecho de poder vivir en España escribiendo; sin trampa y en España, donde si leer es un lujo, interesarse honradamente por el teatro bueno entra ya en el reino de la extravagancia. Pero acaso esa constante creación a contrapelo es la que te salva. Tiene que ser terrible eso de saber que los únicos errores que puede cometer uno son errores imperdonables; pero si hubieses seguido una línea jaleada y acomodaticia, no habría dentro de cincuenta años nadie que se acordase ni de tus errores. Hay, preservando a muchos creadores, una antipatía misteriosa.
Tu desgracia y tu salvación están, desde otro ángulo, en el hecho de que escribes en castellano. Cada vez me irrita y me ofende más el éxito —fabuloso, medido en dinero— del nubarrón constituido por los autores de aquí. Qué nefastos son, con su monóculo de intelectuales, y qué vulgares y vacíos, con su prurito de vanguardismo y de experimentación. Qué estériles, qué increíblemente malos son. Muchísimas veces me ha indignado el pensamiento de que tú, por la aplastante razón de ser español y por la aplastante razón de no ser British —dos ideas que se complementan, ya te lo razonaré—, seas un autor ignorado aquí.
Adelante, Tony. Tengo que cortar alguna vez; lo mismo te escribía 30 cuartillas más. Quizá en mi próxima te hable algo de mí. Mi tragedia está en que nunca terminé de salir de España; nunca me resigné al hecho de haber salido. Y aquí estoy, cociéndome en un monólogo que ya dura nueve años (casi).
Saludos de Blanca. Recuérdame a Victorita. Capones a tus hijos. Y un abrazo muy fuerte para ti.
Vicente
[Nota en el margen: (Carlos) Muñiz debe ser joven, al menos literariamente. (Ricardo) Doménech, el más interesante de los tres. Hace un frío espantoso. Nieve y hielo. 10 y 12º bajo cero muchas noches. Claro que también Madrid…]
[22]
A Vicente Soto
Madrid, 7 de julio de 1963
Querido Vicente:
Tus revistas no han llegado todavía, pero tu carta merece respuesta. Aunque no sea más que para decirte que esta vez sí nos encontrarás en Madrid, pues, por diversas razones, no saldremos este verano de Madrid. Bueno: pero la carta merece también respuesta por otros motivos.
Esta vez, de la manera menos inglesa posible en la forma y más inglesa en el fondo, comenzaré por mí. Aquí me tienes, en el mal momento: tengo que escribir otra obra. Y no tengo nada en la cabeza que merezca la pena y que, además, satisfaga las diversas condiciones a tener presentes. Tan cierto es que no se escribe lo que se quiere; no creo que lo hayan hecho ni los hombres más geniales. Pero aquí la complicación del problema se multiplica. Y más, en el teatro. A menudo me digo lo del cuento: «Quisiera saber quién me empujó». Ojalá cuando vengas pueda decirte: Sí. La cosa ya está en marcha. Y aun así, seguiré estando en la etapa inicial, que es durísima, amarguísima; llena de absoluta desconfianza en uno mismo. Por lo demás, ¡las compensaciones son tan pocas! Y no es que me preocupen demasiado a estas alturas: a mi edad se sabe ya lo que es la fama; lo que no es, sobre todo. Pero calcula tú si yo no tendré encima una experiencia, similar a la tuya pero más rica aún, del ningún caso que nos hacen. El jovencito treintañero —dramaturgo, claro— que asesora a cierta «Verlag» alemana ha desestimado la versión alemana de El concierto. Las razones que da son risibles; la razón verdadera es que es obra española, o que no es alemana, o que no es suya. Sir Lawrence Olivier y dos o tres más de esa talla han desestimado la versión inglesa de Oscuridad alegando excesiva amargura y otras lindezas, y recomendando que la lleven a TV, cosa que es hoy el gran recurso para rechazos. Dirás que, por lo menos, mis cosas llegan a ciertas alturas. Sí; pero también de ese modo la repulsa es aún más humillante. Lo de París, ya que me lo preguntas… Pues se fue al cuerno, claro. ¿Causas? Probablemente nunca las conoceré con exactitud. Aquí se acordó, pero después hubo lentitudes, demoras de trámite; poco interés, en fin. Y finalmente, el flamante director del Teatro de las Naciones, Mr. [Claude] Planson, contestó lamentando, debido a esta tardanza, no disponer ya de fechas. Creo haberte dicho en alguna otra ocasión lo muy bien que me conoce y lo muy poco que me estima este señor, cabezota amigo de Sastre y de los sastristas a pesar de ser en el rumor público —¡paradojas de las «amistades»!— un OAS o poco menos. Él vio El Concierto aquí, como había visto antes Las Meninas y todo lo anterior. Pero a la vuelta pidió un auto sacramental —aparte del cuadro flamenco, que él llevaba por su cuenta—. Que los parisienses me desconozcan por los siglos de los siglos, por él no quedará. A Sastre, en cambio, le estrenó Ana Kleiber, que es quizá lo peor que ha escrito, y ya es decir.
De tan lindo modo va uno aprendiendo «el arte de crearse enemigos» y lo caro que cuestan la honestidad y la independencia. Pues es muy cierto que los caminos del escritor se allanan asombrosamente cuando entra en capillas y otros medios de propaganda. Cuando vende su alma al diablo, en una palabra. Algunos españoles aprovechados podrían decir mucho de eso; y digo aprovechados, porque en la sinceridad de sus adhesiones creo muy poco.
Ahora bien: aun para estos la cuestión es gorda —si viven en España—. Pues somos nosotros mismos quienes nos desacreditamos ferozmente. Creo que en Juan de Mairena tiene Machado un párrafo donde habla del que «silba al aplauso» tras la gran faena, en los toros. Y lo recomienda para nuestra cultura como la gran ascesis que nos puede hacer realmente valiosos. En mi opinión, el gran don Antonio yerra en eso: recomienda y alaba nuestro vicio más destructor. Quién sabe si porque, a pesar de lo buena persona que era, lo escribió bajo la amargura de justísimos —en su caso— resentimientos. Pero, claro, cierta revista juvenil ya desaparecida, no mala pero agresiva y petulante, encabezó aquí un primer número con el famoso párrafo del silbidito, que le venía al pelo como argumento de autoridad, y se dedicó luego a no dejar títere con cabeza ni entre quienes no lo merecían, y a elogiar o magnificar sandeces adolescentes en literatura, pintura o música. Sus amigos, vamos. Todo esto me lleva a tu carta; a la comprensible irritación ibérica de tu carta. Pero para decirte que, a mi juicio, no eres objetivo. El orgullo nacional inglés es insoportable —como el francés, el alemán, el ruso y algunos otros—. Pero ojalá nosotros actuáramos de manera parecida, olvidándonos de lo del «silbido», y no solo para nuestros amigos adolescentes. Los ingleses magnifican un librito mediocre, como los otros países, pero, más que atacarnos, nos ignoran. No debieran ignorarnos, cierto, pero siempre podrán alegar que no se van a interesar por cosas de las que nosotros mismos hablamos mal. En pura moral, la cosa puede ser recusable; pero en nuestro tiempo, y si se admite la necesidad de tácticas derivadas de la competencia de las culturas, hacen bien, y nosotros, al no hacer lo mismo, somos tontos rematados.
Perdónales, pues, a los ingleses, tanta soberbia; al fin y al cabo, no carecen de serias razones para ejercerla. Tú has ido allí y has resuelto dignamente tu vida y la de los tuyos; acuérdate del puñado de cacahuetes que aquí te ha servido, más de una noche, de cena. Claro que España es, pese a todo, maravillosa; pero es un asco.
Lo lamentable de todo esto es lo poco que podremos hablar, en un día, de estas cosas, que requieren extensas charlas y sabrosos y amargos ejemplos que no caben en una carta. Nos diremos: «Estás más gordo. Estás más viejo. Los niños, monísimos. Etc.». Pero menos es nada.
Ya que vienes, me voy a permitir hacerte un encargo. Allí tiene que haber unos alfileres de acero para colgar cuadros en la pared —en lugar del bárbaro clavo o escarpia— de esta forma:
. Los acompaña el gancho de metal:
; pero eso es lo de menos. Lo importante son los alfileres, aquí también los hay, pero son nacionales y no son de acero ni de nada. Tráeme, si puedes, una docenita. Ya ves; los inventores de tuercas de Birmingham no son tan desdeñables…
Nuestros saludos a Blanquita y para ti un abrazo, con la alegría de dártelo pronto de verdad.
Toni
[23]
A Antonio Buero Vallejo
10 de julio de 1963
Querido Tony:
Bajo una avalancha de trabajo —horrible, de veras— hago sitio para escribirte. Es una frase de tu última la que me insta a hacerlo: solo un día. No, no tendremos más tiempo para charlar. Y ya sabes lo que decía Ortega de los temas: tienen su vida propia, mueren como uno no los desembuche a su tiempo; imposible almacenarlos. Además, esta, tan inmediata a la tuya, tendrá así más sabor de diálogo.
Me duele todo lo que me cuentas de tu situación; me duele sin sorprenderme: no sabría decírtelo de otro modo. Hay algo terrible en lo que te pasa. Está uno a punto de llegar a una conclusión trágica: el heroísmo —yo lo llamo así— puede no servir de nada. Es decir, todo el consuelo que la hombría y la ética de uno puedan darle, ¿lleva a alguna parte? Más aún —y más cruel—: ¿le consuela a uno?
Hay tanto que hablar, querido Buero. España, España, España, repite uno. Yo lo repito constantemente, y cuando oigo a alguien quejarse de Inglaterra y del orgullo inglés —a mi hermana, a Blanca, a un amigo— suelo contestar con palabras que podría tomar de tu carta: «El orgullo nacional inglés no es más insoportable que el ruso, el alemán, etc. No eres objetivo». Pero después me queda una furia íntima. Porque no es verdad. Porque el orgullo inglés es el más intolerable de todos. Los franceses tienen un sello dedicado a Cervantes. Pero no quiero seguir por ahí; necesitaría 100 páginas. La conclusión a que quería llegar, quizá consoladora, es esta: no estoy tan seguro de que aquí encontraras un reconocimiento más fácil que ahí. No lo digo porque Lawrence Olivier te haya rechazado (aunque la cosa sea tremendamente significativa). Lo digo suponiendo por un instante que hubieses nacido inglés. Recuerdo muy bien haber abominado en cartas a ti de la pésima calidad de lo que suele escribirse por aquí y del éxito indignante de esa informe pedantería, dándote acaso la impresión de que, por elemental comparación de valores, tu triunfo aquí habría sido sencillo. Querido Tony: ahí te estrellas con la envidia y aquí te estrellarías con —cuidado: lo he pensado— la paletez. El inglés es inmensamente paleto y zafio, en el pensar, en el comer y en el vestir. Se ha pasado su historia imitando astutamente al mundo latino —a través de Francia—, y uno de los más colosales espectáculos a que, sin apercibirse, ha asistido el mundo moderno ha sido el del fracaso del inglés por imponer un estilo de vida a los demás. Finamente, instintivamente se lo han rechazado desde Jamaica hasta Australia.
¡Ay, Tony! Una noche, tras llevar años y años aquí, me soltaron por televisión El ladrón de bicicletas. Ná menos. No me acosté llorando porque, con lo gordo que estoy, habría sido ridículo.
Corto. La avalancha —preguntas, teléfonos— me ahoga. Creo que no te he dicho ni aun aproximadamente lo que quería decirte. Creo también que, sin embargo, tú me entiendes. Ya hablaremos. Creo que iré a Madrid solo; Blanca se quedará en Valencia con los niños.
Recién llegado aquí, quemado por el sol de Madrid y con un traje claro —rasgos que hicieron a alguien preguntarme si yo era turco—, un día, en el Home Office, pedía yo intensamente al «Dios de los ingleses» que me permitiera quedarme. Hoy sigo dándole gracias con toda mi alma porque lo permitió. El valor espiritual del dinero sigue pareciéndome de lo más prodigioso —ya hablaremos de esto— que al hombre le ha sido dado gozar; algo con raíces en el mismísimo libre albedrío. Inglaterra, además, me ha dado una atalaya —como me decía un hombre bastante inteligente— que habré de agradecerle siempre. No, no hay ingratitud. Solo que eso no tiene nada que ver con la perspectiva de hablar en inglés a mis nietos y de tratar a «hijos políticos» que indefectiblemente hablarían mal a mis nietos de mí, de ti, de mi padre.
Te llevaré los clavitos.
Saludos a Victorita, besos a los peques, un fuerte abrazo para todos de
Vicente
II. DESHIELOS (1964-1968)
El lustro que abarca este tramo comportó varias formas de deshielo para los dos amigos, que al fin pudieron reunirse, y reconocimientos inequívocos de su labor creativa, pero no faltaron disgustos ni pesares, como la muerte de la madre de Buero en marzo de 1964 o su forzado alejamiento de las carteleras durante cuatro años, consecuencia de la protesta contra el trato ignominioso que dio la policía a los mineros asturianos. La sombra de Goya, de algún modo yendo y viniendo entre Londres y Madrid, presidió la etapa: Buero celebra el 1 de enero que la exposición «Goya and his Times», en The Royal Academy of Arts, esté causando furor entre los ingleses, sin poder sospechar que desde Londres Vicente Soto le iba a traer un par de años después la semilla de su Goya, es decir del Sueño de la razón.
La posibilidad de salir al extranjero, ya recuperado su pasaporte, permitió a Buero, pese a su desagrado por los viajes, escaparse un par de veces a París, donde se encontró con el lisboeta José Corrales Egea, visitar Italia, aceptar un tour de conferencias en universidades norteamericanas en 1966 y, sobre todo, atender por fin la invitación de Vicente, después de catorce años, de pasar con él unos días en Londres. La visita tuvo una excusa inmejorable: la inauguración, en noviembre de 1968, de una sala teatral, el Gateway Theatre, en la ciudad de Chester, en el condado de Cheshire, ni más ni menos que con una obra de Buero que había sido prohibida en España: La doble historia del doctor Valmy. Además, después de cuatro años de hibernación, su versión de Madre Coraje de Bertolt Brecht, por fin es autorizada en 1964, aunque habrá de prolongar la espera hasta octubre de 1966 para ser llevada a las tablas por Tamayo en el Teatro Bellas Artes. Y un año y un día después, el 7 de octubre de 1967, tuvo lugar el regreso de Buero a los escenarios con uno de los estrenos más resonantes de toda su carrera: el del Tragaluz. Con este «experimento en dos partes» se cerraba el ostracismo que había tenido que soportar cuatro interminables años. Varias temporadas de silencio durante las que escribió la «inestrenable» Valmy y El tragaluz, ambas con poderosas raíces autobiográficas, se planteó la necesidad de una renovación formal, se enfrascó en la composición de una ópera, Mito (que había de llevar música de Cristóbal Halffter), y empezó a dar forma a una sugerencia de Vicente para un drama sobre un Goya atormentado y obstinado en crear contra la conspiración de las circunstancias.
La chispa la hizo brotar Soto una noche en Madrid, adonde había vuelto por un motivo feliz: la promoción de su novela La zancada. Con ella había ganado, la noche de Reyes de 1967, el Premio Nadal. Era esa la novela en la que había estado abocando todas sus pocas horas libres desde hacía un montón de años, desde su llegada a Londres. Habían sido diez años de escritura sincopada y frustrante, de «calvario […] trabajando como un demente». En octubre de 1964, Soto la había dado por acabada y aún necesitó dos años más para resolverse a presentarla a algún premio, que fue el Nadal después de descartar el Planeta. La concesión del premio fue un terremoto en su vida ordenada y también el comienzo de incertidumbres y amarguras que hasta entonces desconocía. Convertido en escritor visible, Soto tuvo que someterse a entrevistas de prensa y televisión, venciendo su timidez y cierta inclinación misantrópica. Por primera vez conoció la tergiversación de sus palabras en los periódicos y la carcoma de una crítica reticente o fría. Y, pese a todo, Vicente Soto había conseguido al fin un triunfo, había roto su aislamiento y además por una vía que implicaba el reconocimiento de su valor literario.
Mientras tanto, el mundo se mueve y no en una dirección tranquilizadora. Buero habla de tiempos «de dureza, átomos y crueldad», mientras siente que hay una secreta unión entre la muerte del escritor Aldous Huxley en Los Ángeles y el magnicidio del presidente John Fitzgerald Kennedy, ocurridos el mismo día (22 de noviembre de 1963). No menos unidos estarán, en la primavera de 1968, los asesinatos de Martin Luther King (el 4 de abril) y el del presidente Robert Kennedy (5 de junio), atrocidades que producen a Vicente Soto tanto estupor como vergüenza. Tres días después de la muerte de Luther King, Massiel triunfa en Eurovisión y Buero no reprime un acerbo comentario: «Mientras la masonería de la frivolidad envuelve así en ficticia dulzura el mundo de asesinos en que vivimos, Lutero King se pudre y todos nos pudrimos con él». Bastante antes, en 1964, Soto se había consternado ante el fenómeno de masas —el «más extraño que yo he presenciado en mi vida»— que representaban The Beatles, «cuatro cretinos con flequillo» que, sin saber cantar, vendían por billones sus discos e histerizaban a las jovencitas.
Pero los sesenta literarios también afloran en las cartas, y no únicamente por las obras propias a las que me refiero más adelante sino por las lecturas hechas, los consejos mutuos y las preferencias. Soto compara a dos de sus autores favoritos, Thomas Mann —cuyo Doktor Faustus le enstusiasma— con James Joyce, y se queda con el primero por su potencia creadora. Buero confiesa admirar a Kafka por encima de Mann y subraya la excepcionalidad de Jorge Luis Borges, «a quien cualquier año le darán el Premio Nobel». Pero no es a Borges a quien le conceden el Nobel en 1967 —ni más tarde—, sino a Miguel Ángel Asturias, lo que da pie a Buero a comentar la existencia, dentro de la turbamulta de nombres latinoamericanos del «boom», de grandes escritores como Vargas Llosa, Cortázar, Carpentier, Guimarães Rosa o Rulfo, aunque algunos de estos pertenezcan a una generación anterior. De hecho, la admiración de Buero Vallejo por Borges es antigua y ya en junio de 1956 le había escrito a Guillermo de Torre: «Tengo entendido que Borges es su cuñado. No sé si su amigo —ni lo pregunto, claro—. […] Creo que es uno de nuestros más grandes escritores. Si hubiera nacido en Europa sería otro Kafka, otro Hesse, otro Wells. Lo es ya. Me tiene, literalmente, embotado». Y Soto, que lee La casa verde de Vargas Llosa, opina que es «un río de escritor», al tiempo que Buero le recomienda que no se pierda Cinco horas con Mario de Miguel Delibes.
Aquí y allá aparecen referencias a la misma correspondencia que mantienen y a la amistad que la sostiene, una amistad de palabras y por la palabra que se diría más intensa o menos inhibida en su expresión en Vicente Soto, cuyas largas cartas (o «testamentos»), cargadas de afectos y confidencias, fueron ganando sin duda la voluntad de Buero, definitivamente rendido a la calurosa generosidad de Soto cuando este se vuelca, a finales de 1968, con motivo del estreno del Valmy en Chester: lo acoge en su casa, le sirve de intérprete y de cicerone en Londres, le organiza la estancia en casi todos los detalles, incluida una recepción en el Instituto de España, y procura hacerle la estancia lo más fácil y grata posible. Buero había sabido a primeros de septiembre que la agencia Hope Leresche, que desde hacía poco tiempo representaba sus derechos en Gran Bretaña, había conseguido que la inauguración del Gateway Theater de Chester se realizara con una obra suya. La buenísima noticia intimida al escritor y pide ayuda a Soto, que se la va a prestar a manos llenas, desde los consejos indumentarios hasta la traducción al inglés de la nota «Al espectador no español», interesantísimo texto que él le sugerirá corregir con buenos argumentos. Será Soto quien haga la crónica y reseña para el programa internacional de la BBC, quien recopile luego las críticas aparecidas y quien serene a Buero aclarándole el sentido, menos agresivo de lo que parece, de alguna de ellas.
En octubre de 1964, más o menos cuando Buero había puesto el punto final a La doble historia del doctor Valmy, Vicente Soto viajó a Buenos Aires. Allí vivía su hermano menor, Pepe, con el que había estado a punto de emigrar. A la emoción del reencuentro después de catorce años se sumó la de volver a ver a un viejo amigo, el pintor y escritor Ricardo Bastid, exiliado en Argentina desde 1956. Bastid, que había sido militante de la FUE como Soto, había salido de España para evitar un consejo de guerra (el segundo que habría sufrido), pero la enajenación de su tierra se le había hecho insufrible y deseaba volver de algún modo (no pudo repatriarse porque hubiera tenido que saldar cuentas por estar declarado en rebeldía), aunque fuera a Europa. Las semanas americanas fueron un oasis de felicidad para Soto, que viajó a Río de Janeiro, Santiago de Chile y Montevideo. Lo que no sabía es que aquella estancia estaba incubando una pasmosa cadena de desdichas. El 11 de junio de 1966, Vicente escribe una carta dirigida a la vez a Buero y a Agustín del Campo en la que les comunica que Pepe, su «hermano-hijo», falleció tres meses atrás. Pero lo que le impulsa a escribirles es otro motivo trágico: hace solo una hora ha sabido que Ricardo Bastid ha muerto atropellado por un autobús en una calle de Buenos Aires y cree que, en realidad, se ha suicidado. Entiende que la muerte de Pepe y la imposibilidad de regresar a España, o cuando menos a Europa, han extremado la desesperación de Bastid hasta empujarlo al suicidio. Soto se siente directamente golpeado: había hecho gestiones en Londres para conseguirle un empleo y, una vez logrado, no había llegado a decírselo a Bastid, siguiendo el consejo de un médico amigo de este, quien le había escrito pidiéndole que descartara la idea debido al estado de agitación mental de Bastid. La respuesta confortadora de Antonio marca el territorio de la amistad. También Agustín le escribe, con retraso, pero que le haya escrito es un hecho descomunal en alguien que parece haber decidido romper relaciones con el mundo. El retrato que Buero traza de su cuñado Agustín del Campo lo sitúa entre el anacoreta y el misántropo: es «un oso» que rehúye el trato humano, un hombre de unas condiciones intelectuales sobresalientes, uno de los más brillantes discípulos de Dámaso Alonso, que se ha apeado de la vida en una oficina gris y en un trabajo gris (en la editorial Gredos): «Agustín está muerto desde hace años», sentencia.
Buero Vallejo se había encontrado con la demoledora carta de Soto al poco de regresar de Estados Unidos, donde había pasado los meses de abril y mayo. Aparte de sus conferencias universitarias, había aprovechado su paso por Nueva York para acudir a los teatros de Broadway y asistir a una clase de Lee Strasberg en el Actors’ Studio. Quizá había podido hablar sobre Strasberg un año antes con Orson Welles, con quien Strasberg había colaborado en El tercer hombre en 1949. Welles rodaba en España Campanadas a medianoche y necesitaba a un dialoguista en español de primer rango, y por entonces no parecía haber otro más indiscutible que Buero Vallejo. En marzo de 1965, Buero ha aceptado y trabaja contra reloj escribiendo «los diálogos castellanos de una importantísima película shakespeariana en inglés», le cuenta a Soto a las seis de la mañana después de pasar la noche en la tarea. Debía concluir esta en tres meses, la acabó en dos y recibió una retribución sustanciosa (200.000 pesetas), pero los diálogos no casaban bien con la vocalización de los actores y hubo que adaptarlos. Aquella falta de respeto a su trabajo enojó a Buero, que prohibió que se utilizara su nombre en los créditos de la película; el productor Emiliano Piedra, «con profundo disgusto» —como le comunica al dramaturgo en noviembre—, se aviene a suprimir su nombre.
Otras experiencias cinematográficas fueron, de fijo, menos frustrantes que esta, en especial aquellas en las que Buero participó como actor. En 1964 había hecho de alguacil en el primer film en color de Carlos Saura, Llanto por un bandido, donde Luis Buñuel también actuaba en el papel de verdugo; en 1965 se puso ante las cámaras de nuevo en El arte de vivir, de Julio Diamante; y en 1967 volvería a hacer un papelito en Oscuros sueños de agosto de Miguel Picazo.
Esta etapa, ensombrecida por la pérdida de seres queridos, por la imposibilidad de estrenar durante varias temporadas, culminó para los amigos con dos magníficas compensaciones: el éxito de taquilla y crítica de El tragaluz y el Premio Nadal concedido a La zancada, que Soto comunica a Buero muy pocos días después de que este acabe de escribir la pieza teatral y se lamente de haber cumplido cincuenta años, con la sensación de que se le está yendo la vida. Aún tendrá Buero que peinar y recortar el texto, aún habrá de esperar el dictamen de la censura y resolver la difícil escenografía hasta llegar al estreno apoteósico del 7 de octubre y recoger los frutos de taquilla y los laureles (Premio Leopoldo Cano y Premio El Espectador y la Crítica). En los meses intermedios, Soto por fin pudo conocer a la familia de Antonio, a su esposa Victoria y a sus hijos Carlos y Enrique. Había tenido que viajar a Madrid y Valencia para la promoción de La zancada y se había encontrado con la paradójica situación de verse en el papel de triunfador ante un Buero que acusaba en su ánimo fatigado los cuatro años de veto y el miedo a la inseguridad económica. En otoño ese miedo se disiparía, no así el cansancio que Soto había percibido y que le movió a proponerle a Buero el plan de pasar seis meses en Londres para desintoxicarse de España.
El desánimo de Buero Vallejo tenía múltiples raíces, y una de ellas procedió seguramente del descubrimiento, en marzo de 1967, de que el Congreso por la Libertad de la Cultura, de cuyo Comité Español formaba parte desde 1964, estaba financiado por la CIA a través de fundaciones norteamericanas como la Ford. Destapó la trama de financiación anticomunista la revista francesa Ramparts, en febrero, y el 4 de marzo la revista Triunfo destapaba el escándalo. El día 7 se reunió el comité, en el que estaban Dionisio Ridruejo, Pablo Martí Zaro, José Luis Cano y Fernando Chueca entre otros, ante el que Buero tomó la palabra para señalar que habían sido burlados y desacreditados y que, para los desinformados (la mayoría) podía «pasar por dogma de fe que no somos más que un elemento de la guerra fría y podemos quedar clasificados definitiva e irremediablemente como un apéndice de la CIA». Y aunque Ridruejo intervino para apaciguar la inquietud, Buero rompió su relación con el Congreso mediante una comunicación formal. La ilusión de ser un «voluntario y difícil participante de un magno congreso de libertad de la cultura sin sedes ni fronteras», como le había escrito a Guillermo de Torre en fecha tan temprana como el 4 de noviembre de 1952, se había hecho trizas.
Nada de todo esto le puede contar a Soto, quien desde el Nadal recibió un suplemento de ánimos que le estimuló a presentarse al Premio Lope de Vega (sin éxito) y al Gabriel Miró de cuentos. Aún con el viento a favor, ganó con el cuento «La prueba», aunque el que a él más le satisfacía era el otro que había presentado, «Lou», también finalista. Ambos cuentos pertenecían a la «novela en abanico» cuyo título iría cambiando desde No lejos del Támesis hasta Topotón, y de ahí a Casicuentos de Londres, como se verá, y que estaba compuesta por una serie de narraciones independientes enlazadas por el tema del desarraigo y algunos personajes recurrentes. Esta etapa de fecundidad le permitió también acabar una pieza teatral, Cardos para mi funeral, que, junto a otra, Cuando vuelva la luz, enviaría al Premio Lope de Vega en 1968 sin suerte. Soto rescataría en 1974 ese mismo título —que a Buero no le convencía, como en otras ocasiones— para un cuento que vería la luz en la revista Ínsula.
El vía crucis editorial de Topotón se inicia con el rechazo del libro por parte de Josep Vergés, el editor de Destino. Un hecho insólito, el de que un Premio Nadal vea rechazado su siguiente libro, que descoloca a Soto y con toda la razón, puesto que Vergés ni siquiera podía alegar un pinchazo en las ventas de La zancada: había sido el libro más vendido en España en 1967, detrás de Tres días de julio de Luis Romero. No obstante, Vergés tenía otras preocupaciones más acuciantes entonces: la revista Destino venía acumulando desde 1966 varios expedientes administrativos, pero en diciembre de 1967 ese acoso oficial se materializó en una sanción de 250.000 pesetas, una suspensión de dos meses y el procesamiento del director de la publicación, Néstor Luján. Fueran las que fueran las razones, lo cierto es que Topotón se quedó de pronto sin editor y eso hizo salir a escena a algunos de los antiguos contertulios del Café Lisboa: Francisco García Pavón, José Corrales Egea, Jorge Campos y Arturo del Hoyo.
En junio de 1968, Buero Vallejo envía Topotón a García Pavón, que entonces trabajaba en la editorial Taurus, con una nota en la que señalaba: «Me ha gustado una barbaridad». Las primeras noticias conducen a una previsión optimista: «Dalo por publicado», escribe Buero. Por los mismos días, preparando ya el veraneo en Navacerrada, adonde acude la familia puntualmente todos los años, Buero ha urdido los mimbres de su Goya a partir de la idea que le regaló Soto y prevé una travesía borrascosa: «Menuda me espera […] con el baturro». Mientras se pelea con el «sordo» (como lo llama), ya en las postrimerías del año, Buero tiene noticia de que el Topotón de Soto ha viajado hasta Barcelona, a las manos de Enrique Badosa, que dirige Plaza y Janés, y, sin decírselo al amigo, escribe a este poeta «no malo, y quizá bueno», que le acaba de enviar como obsequio navideño su libro Arte poética. Le cuenta que estuvo en Londres («y vi Hair, la famosa comedia musical hippy. Me pareció una Danza de la Muerte») con «mi entrañable amigo Vicente Soto, cuyo Topotón conozco y que sé que ahora tiene Vd. en estudio», para luego añadir: «A mí el libro me gusta muchísimo y me parece incomprensible que Vergés no se haya decidido a editarlo, después, sobre todo, del éxito de La zancada». No tiene grandes esperanzas respecto a la gestión, porque en España casi nada tiene remedio. Le irrita y le duele que algún crítico vaya proclamando que el teatro de Peter Weiss ha enviado al siglo XIX lo que hacen algunos dramaturgos españoles, siguiendo la corriente del tradicional menosprecio de la cultura española desde el extranjero, que —entiende— es lo mismo que ocurre con la novela, pues ahora los españoles «son muy malos comparados con los sudamericanos». Por eso exclama el 27 de diciembre: «¡Y tú quieres volver aquí! Valle-Inclán y Galdós nos dirían a los dos que somos idiotas: uno por haberse quedado y el otro por querer volver».
D. R. M.
1964
[24]
A Vicente Soto
1 de enero de 1964
Querido Vicente:
Ahora que Goya está demostrando a esos insulares lo pelotudos que somos, te envío esta cursilísima reproducción de Kowalski, un pintor eslavo-francés a la medida de los pintores melosos de la Inglaterra victoriana, aunque no tan bueno como Alma-Tadema. Es una postal cursi en tiempos inciertos, de dureza, átomos y crueldad. Un jueguecito con el tiempo, a la irónica manera inglesa. Huxley se ha muerto. Nadie se enteró porque asesinaron a Kennedy. Pero yo sentí muy unidas las dos muertes, pese a sus grandes diferencias. ¡Cuántas cosas te contaría también! Estrené, muy reformada —y, creo, mejorada— Aventura en lo gris: éxito de estreno pero crítica muy adversa. Ocho días en cartel. Y estrenos próximos no hay ninguno. Preveo uno o dos años de silencio, por muchas razones. Paciencia. La University of London Press me hizo una [edición] «escolar» de Escalera. Mis chicos, espléndidos. ¡Que el nuevo año nos sea propicio a todos! Abrazos.
Antonio
Victorita
[25]
A Antonio Buero Vallejo
13 de marzo de 1964
Querido Tony:
Si no lo hago así, apartando la montaña de papeles y sentándome a la máquina —que me permite correr mucho más—, me tiro otros tres meses sin escribirte. Supongo que sonará a exagerado si te digo que desde hace más de tres meses he querido día tras día escribirte. Día tras día. Un exceso verdaderamente formidable de trabajo, que me tiene en jaque desde noviembre —muchas semanas día y noche, y sin un sábado o domingo libres desde no sé cuánto tiempo—, me ha impedido hacerlo.
Coincidiendo con esa avalancha, una cadena increíble de circunstancias azarosas me han quitado mucha tranquilidad y tiempo. Enumeraré algunas brevemente; son como un ejemplo brillante de cuán inservible para la literatura puede ser la inverosimilitud de la vida. En noviembre operaron a mi chico. Nada: amígdalas; pero aquí se les hospitaliza en el acto, y esa ausencia pesa. Recién operado pescó una varicela de aúpa. Nada tampoco; es fortachón y se recuperó pronto. A los dos días de operar al chico, operaron en Valencia a mi madre. Terrible. Estuvo a la muerte (una cosa muy compleja de hígado) y durante muchos días tuve reservado sitio en el avión. Mi hermana marchó y estuvo allí un mes (todo su trabajo sobre mí, porque está en mi oficina). Poco a poco se rehízo mi madre. Regresó mi hermana, y a la semana de estar aquí la operaban una madrugada, temiendo peritonitis. Solo apendicitis aguda y una extraña infección de colon, de la que quizá no se rehaga nunca. Hasta ayer, después de más de mes y medio, no ha regresado a trabajar. Pero mucho antes de estar ella bien, mi niña agarró una escarlatina de no te menees…
Comprenderás que me da risa. En fin. En fin. Todo se ha ido pasando, y lo cuento ahora a título de curiosidad. No me gusta dar el tabarrón con penas.
Bueno, Tony: tu tarjeta navideña me preocupó. Un año o dos de silencio prevés. Comprenderás que no sé nada y que nada puedo decirte. Esto —tu temor— era lo que más me impulsaba a escribirte. La cosa puede ser terrible desde tu punto de vista profesional. Hago cábalas. Sé que no harías una afirmación precipitada. Sé también de tu serenidad y no puedo recomendarte mejor cosa que que recurras a ella. Estoy a ciegas y esto me cabrea lo indecible. No voy a cometer la idiotez de pedir que me cuentes; ya me contarás tú, si procede. Corto ese tema, con el que podría seguir hasta mañana.
Como la vida es tan rara, exactamente dentro de dieciocho días me voy a Barcelona. Motivo: la Feria Industrial Británica, en la que mi firma editorial ocupará un stand. Estaré allí diez o doce días, y casi con seguridad podré ir a darle un abrazo a mi madre (que vuelve a tenerme muy preocupado: hace muchos días que no sabemos de ella). Millones de veces he maldecido la ocurrencia de estos tíos de no celebrar esa feria en Madrid. ¿Qué se me ha perdido a mí en Barcelona? Es muy, muy, muy difícil que pueda acercarme a Madrid. Una remota posibilidad es que organice mi regreso para tomar el avión de vuelta en Madrid. Esto no me permitiría estar ahí quizá más de dos horas, pero aunque fuese a las seis de la mañana te telefonearía y te haría salir a la calle denostando (a menos que me diese tiempo de ir a tu casa). Absurdo hablar de ello: la combinación por Barcelona es mucho más directa. Bueno, yo lucharé.
Un tema que me gustaría comentar contigo es el de los Beatles. Dada la fama de estos, me parece posible que hayas oído ya de ellos. Créete que es, como reflejo de una personalidad —cuatro personalidades, en este caso— sobre la masa, el más extraño fenómeno que yo he presenciado en mi vida. Estoy harto de ver triunfar al arribista, al incompetente, etc. Estoy harto de ver el entusiasmo de la gente por cosas y tipos deleznables. Pero no se trata de eso. El éxito de esos cuatro muchachos, de los que tres tañen horrísonos guitarrones metálicos, acompañados del cuarto, que golpea la batería, es algo que rebasa todas las exageraciones para convertirse en una monstruosidad difícil de explicar. En menos de un año —datos oficiales, de un boletín de noticias— han desarrollado, entre sus fabulosas ganancias y las participaciones de los promotores, más de 6.250.000 libras (aproximadamente, 1.050.000.000 de pesetas). Sus fotografías, en revistas, periódicos, colecciones de cromos, se multiplican por millones. Hay un peinado Beatle, modelos de vestir Beatle y, para que los tenga uno hasta en la sopa, vajillas con las caras de los Beatles. Ataco el tema con repugnancia y me dejo fuera muchas manifestaciones. Cuando actúan, del público sale no el clamoreo que oyes en otros espectáculos, sino una masa de chillidos de rata (literalmente). Son chillidos patológicos, y la juventud —sobre todo la femenina— se amotina por millares, desborda a la policía, da un contingente considerable de heridos. Con antelación de días —y noches, claro— hacen cola ante los teatros en que los Beatles van a actuar. La televisión y la prensa gráfica presentan escenas espeluznantes: chicas ensangrentadas (en ocasiones porque golpean la cabezota contra una pared, de fervor, de histerismo), chicas desmayadas. El primer ministro, el príncipe Felipe, la Central Office of Information han hecho referencias públicas a ellos (la tercera, con estadísticas elogiosas; los dos primeros, cordialmente, pero en manera alguna ridiculizando). Y en la prensa ha aparecido ya la petición de que en la próxima List of Honours —en la que la Corona, a fin de año, distingue a los ciudadanos más destacados con títulos y menciones— figuren los Beatles.
Ahora bien, los Beatles, The Beatles, son cuatro cretinos con flequillo. No quito ni añadiría un pelo. No saben cantar, y si el teatro en que actúan es grande o el micro es flojo, suenan menos que cuatro almejas. No son beatniks o existencialistas, no tienen una mota de bohemia de altura (descontado ya que el arte ni lo huelen). Aún no se les ha quitado su aire de asombrada paletez. Te pido que los oigas un día (sus discos se venden por billones y es archiseguro que ahí los hay ya). Sin recurrir a la música clásica —sería demasiado ofensivo para esta—, en música ligera, negra o blanca, hay cosas excelentes, infinitamente superiores, que pasan inadvertidas.
Bueno, ya les he llamado cretinos y almejas; ya he pagado —como diría Ortega— mi tributo al dios de los tópicos. El análisis del fenómeno, muy interesante, me tendría escribiendo bastante tiempo. Abreviando: creo que solo refleja el hambre desesperada de ídolos que azota a este pueblo, el más descreído, el más desvalido de misterio que quepa imaginar. Aparte, claro está, de las ganas de comer unidas a esa hambre: los Beatles son British. No me canso de repetirlo: lo que sea es bueno desde un punto de vista de propaganda. Los he visto mirándose tímidamente unos a otros, acorralados entre la infame calidad del espectáculo que brindan los Beatles y la maravillosa oportunidad de «hacer patria». Un día, un crítico pedante del Times se atrevió a sentar no sé qué diabólico paralelo entre los Beatles y los coros griegos, o gregorianos, o alguna otra maldita, ininteligible falacia (con el mismo fundamento con que, por ejemplo, podría haber dicho que Beethoven ya se sirvió de la misma escala cromática). Te aseguro, sin temor alguno a equivocarme —y sin la menor posibilidad de comprobarlo— que si no viviéramos en la época de los registradores de sonido, del disco, de la cinta magnetofónica, la posteridad se vería forzada a creer que cuatro genios de voz angelical, catalizadora de todas las emociones, vivieron y triunfaron en nuestra época. Yo creo haber detectado la chispa inicial del éxito patológico que los rodea. Se trata de un gorgorito que fabrican y emiten con la boca pegada al micrófono; un gorgorito atiplado que desata el fragor de los chillidos y los cabezazos. (¿Has leído El predicador viajero, creo que de [Erskine] Caldwell? La masa de posesos contagiosos de aquellas reuniones es lo que más se parece a este espectáculo.) Eran, hasta la fabricación de ese gorgorito, cuatro malditos entre los infinitos cuartetos, tríos, dúos y gangs de malditos que viven a salto de mata por el mundo de las variedades. De pronto, pero tan de pronto como si ese gorgorito hubiese acertado a desintegrar átomos de otro modo inconmovibles, el estallido. La bomba con hongo. El disparate nacional más colosal de nuestros tiempos. Ya, aunque no hagan el gorgorito, aunque no canten, solo con salir a escena, la policía y las ambulancias han de intervenir (lamento que el pintoresquismo de lo que te cuento te lleve a creer que lo digo por añadir color; desgraciadamente, es verdad a secas).
El año pasado, cierto equipo de fútbol ganó no sé qué campeonato. Como me gusta dar datos, diré que me refiero al Tottenham Hotspur. Hubo protestas, publicadas en periódicos, de sacerdotes horrorizados porque los seguidores del equipo organizaron procesiones haciendo encarnar a ángeles (con alas, con halo) a los jugadores. Mucho antes de eso ya, y, por supuesto, todavía, cada vez que meten un gol, miles de gargantas entonan un «Aleluya». Como lo oyes.
Pienso en las innumerables sociedades, clubs, organizaciones y ligas de los ingleses*. Pienso, no tengo más remedio, que necesitan proteger y organizar humanamente lo que no saben delegar en ninguna divinidad. Pienso, en suma, que los Beatles llenan un vacío angustioso: ese es todo el secreto.
Pero, ¡qué tabarrón me ha salido! Ocurre que estoy solo: eso es todo. Tony, corto. Escríbeme. Muchos recuerdos a Victorita. ¿Cómo están los peques? Un fuerte abrazo,
Vicente
* Un día te daré títulos. Hay una para proteger a «los animales de África del Norte». Específicamente. ¿Por qué, Díos mío?
Otro día te contaré cómo perdí y me encontré por los interminables túneles del metro londinense tu Soñador para un pueblo.
Es rara esta carta, ¿no?
[26]
A Vicente Soto
Madrid, 15 de marzo de 1964
Querido Soto:
No: tu carta no es rara. Es espléndida y rezuma admirable sensatez. Incluso, diría, aunque quizá te disuene, una admirable sensatez inglesa. Pues a ti, ahora, los árboles no te dejan ver el bosque. Pero ese extrañísimo pueblo, que está loco, también es el más sensato del mundo —lo cual no es decir mucho, lo reconozco—. Los Beatles han asomado aquí también su carita despreciable en la TV y en las revistas. Sus discos se venden. El fenómeno es, negativamente, religioso; negativamente también, creo que sexual. En cuanto a su alcance social, explíquenlo los marxistas.
La racha que acabas de vivir se queda pálida al lado de los tres días que yo y los míos hemos vivido —y aún vivimos—. De corazón me alegra que tu madre haya salido adelante y de corazón me alegrará que te dure años incontables.
La mía, mi pobre madre, murió en la madrugada del 10. Estaba, dentro de su vejez, bien; pero la arterioesclerosis es traidora y el domingo 8, a las 10:30 de la noche, sufrió una trombosis que la mantuvo treinta horas en coma, del que ya no salió. Hemos hecho por ella todo lo que se podía hacer; lo poco que se podía hacer, y de nada ha servido. El 11 por la mañana trasladamos su cuerpo a Guadalajara, pues fue siempre deseo suyo, y allí ha quedado, en la modesta tumba familiar.
No ha sufrido, y si por rara casualidad hubiese salido de este ataque, habría sido peor; recuperación lentísima y cerebro completamente bloqueado. Esto, y la relativa felicidad que al fin tuvo en estos años últimos, con sus nietos y —¿por qué no decirlo?— con mis éxitos, es lo único que me hace tener alguna conformidad frente a esa muerte. Porque la muerte es la cosa más natural del mundo, pero es también lo más horrible, lo más intolerable, lo más demoledor e incomprensible. Así lo adviertes, al menos, cuando es la madre propia la que muere. ¿Qué podrá ser la muerte de un hijo? ¡Que nunca suceda!
Ya ves: una vida dura, llena de golpes espantosos, que, al fin, se extingue. ¿Dónde se puede protestar? Habría que protestar. En fin: no sé ni lo que digo.
Figúrate cómo está Carmencita. Ponle unas líneas a Agustín y a ella.
Te hablaría de otras cosas, pero ya no tengo humor para añadir nada más. Todos seguimos, en lo que cabe, bien. Victorita me ha demostrado en estos días, una vez más, su magnífica condición humana. Mis hijos, huérfanos de su abuela, aún no lo saben, y no lo sabrán. Siguen creciendo alegremente. Benditos sean ella y ellos.
Te abraza
Toni
[27]
A Vicente Soto
Madrid, 21 de diciembre de 1964
Querido Vicente:
Te debía carta desde agosto. No he escrito antes porque en la tuya me anunciabas tu partida inmediata. Pensé: A ver si se cree que es que me he enfadado por su crítica de Aventura en lo gris. Pero no había tal cosa, claro, y confié en que tú también desecharías la idea si por acaso te asaltaba y aguardarías con paciencia mis noticias. Las cuales, por indecisas y contradictorias, no merecían comunicarse.
Ahora el año se acaba, y el tintero también, según veo. Esperemos que el próximo sea mejor y que el tintero traiga dentro magias renovadas. Falta hace. Antes de que termine, ahí van mis noticias y mi abrazo de siempre.
Me preguntabas si estrenaba o maldecía. Más lo segundo que lo primero. Mi versión de Madre Coraje se retrasa indefinidamente. Está aprobada, sin embargo —más de cuatro años ha costado lograrlo—; pero Tamayo, que la iba a estrenar esta temporada, se fue a Suiza hecho polvo de los nervios y entre tanto llenan el Teatro Bellas Artes con expedientes provisionales. Y es él quien posee los derechos de la traducción, no yo.
Pero esto es lo de menos. Lo de más es lo de siempre: la labor propia, cada vez más difícil; cada día menos incitante. Me acerco ya a los cincuenta años y empiezo a sentirme melancólico. Esta es una partida que se pierde, al menos en lo que se refiere a suficientes compensaciones —no me refiero a las materiales, siempre parcas— en vida. El país no da para más. Y el extranjero, salvo a los cuatro astutos, o afortunados, que lo han conseguido, maldito el caso que nos hace. De tarde en tarde se obtiene alguna cosita, cierto; un par de estrenos de cámara en Tokio, un par de ediciones escolares en esa Inglaterra que te ampara, algunas más en los Estados Unidos… Nada, aunque mucho si se piensa que yo nada me moví para alcanzarlo. Junto a eso, el mal disimulado desdén de gentes a quienes les llegan mis obras y que, si bien dispensaron su aprobación a increíbles ñoscas de algunos países, están siempre demasiado dispuestos a concluir que las obras del español no son, en realidad, buenas. Así, directores de teatros franceses, asesores de «Verlags» alemanas, etc., etc… Todo ello, sospecho en parte y en parte sé, ayudado, naturalmente, por la actitud tenazmente adversa de más de cuatro españolitos que deberían ayudar… Bien. Las miserias de siempre.
Hace muchos meses que concluí —creo que algo te dije ya— La doble historia del doctor Valmy; un drama sobre tortura policial —situado en esos países imaginarios que a ti tanto te enfrían, pero no por hipocresía, sino porque quiero que sea, verdaderamente, un alegato del que nadie pueda creerse excluido—. Excuso decirte lo difícil que es estrenarlo. Más de tres empresas se atrevían, pero en condiciones que, inicialmente, no eran buenas para mí. Otras se han asustado y, o bien lo han dicho con franqueza, o bien han invocado a supuestos peligros «teatrales». Entregada la obra a censura por una de aquellas, las consultas parece que fueron laboriosas: verosímilmente, no querían prohibir y no se atrevían a autorizar. Al fin —meses enteros— dicen, de manera no oficial, que aprobarán, pero con unos cortes que yo no admito, y así lo he dicho. Ahora otra empresa —no muy animada— acepta la obra y se dispone a pedir el dictamen definitivo: veremos si los cortes han desaparecido o se mantienen, en cuyo caso no estrenaré. Y si estreno, sospecho muy fuertes reacciones. En fin: otra temporada en blanco, supongo. Entre tanto mi mujer, contratada en el Español, trae el dinero a casa. Y la pregunta ya me roe el hígado: ¿qué escribo ahora?
¡Mala carta para un fin de año! Que el 65 os sea propicio a vosotros y a nosotros. Abrazos muy fuertes de tu viejo amigo —a pesar de todo, no vencido,
Toni
1965
[28]
A Antonio Buero Vallejo
29 de enero de 1965
Querido Tony:
Por fin. No tengo ocasión aún de escaparme a casa, pero hago un alto en la oficina y te escribo. A máquina, para que me cunda más.
Tiene que haber sido la primera vez en más de diez años que dejé de mandarte noticias mías por Navidad. (No, me parece que ya el año pasado, coincidiendo con la enfermedad de mi madre, no te escribí tampoco). No es que no tuviese los dos minutos para poner cuatro letras en una tarjeta. Fue, creo —así lo veo ahora—, mi rebelión contra esta intolerable, agresiva manía inglesa de las felicitaciones navideñas. No mandé más que dos o tres indispensabilísimas. Créeme que es algo insufrible. Recibes tarjetas de desconocidos y, lo que es peor, de gente a la que ves diariamente muchas horas. ¿Cordialidad, espíritu fraterno? Nada de eso; el inglés es insolidario (lo cual, ciertamente, tiene encantos). Simplemente, deseo de batir cada año un récord. Lo general es recibir más de 200 tarjetas, muchas más. Se cuelgan de hilos en el cuarto de estar, el vecino las ve, el vecino dice al vecino: «Doce más este año que el pasado». Todas horribles, por supuesto: pajaritos con plumas reales, abalorios, purpurinas, nevadas de tarta. Todos los años experimento algo así como una verdadera indigestión física. [Añadido a mano: No casi todas las tarjetas. Todas son cursis.]
Corto. Te iba a hablar de muebles y de trajes. ¿Para qué?
Toni, Toni: me afectó tu carta. La vida es un asco. ¿Qué pasa realmente en tu caso? Es difícil de analizar. Temo, en vista de que en tu carta no lo citabas, que no recibiste la tarjeta que desde Buenos Aires te mandamos Ricardo Bastid y yo. [Añadido a mano: (Mandamos otra a Agustín. Naturalmente, ni pío. Comienzo a preguntarme por qué.)]
Inciso. Parece que no tenga nada que ver con el tema tuyo —quiero decir, de tu vida literaria—, pero verás cómo vengo a parar a él. Sí, estuve en Buenos Aires, y en Río de Janeiro, Montevideo, Santiago de Chile. Viaje corto, pero inolvidable. Fui en octubre, invitado con un grupo de periodistas. A cuerpo de emperador, ya puedes figurarte. En fin, una experiencia tan fabulosa que —lo he dicho varias veces— doy por buenos los diez u once años que ya llevo aquí, si de ellos salió esa oportunidad. No me detendré mucho en esto. Fue como un aerolito que me cayese del cielo. Entre otras cosas tuve ocasión de ver en Buenos Aires a mi hermano Pepe; a mi hijo-hermano, a quien no veía desde hacía catorce años. Descontando la emoción de ese encuentro —aunque solo pudimos estar juntos tres días—, y también la emoción de ver a Ricardo Bastid, lo más extraordinario —más que las playas del Pacífico, más que Copacabana, más que volar sobre los Andes— fue algo bien sencillo: entrar en una tienda de Santiago o de Buenos Aires o de Montevideo y hablar como si estuviese en Madrid, y oír a la gente como si estuviese en Madrid. No te lo puedo describir, pero te daré un hint para que me entiendas: iba desde aquí. Es un fenómeno que aún no he acabado de interpretar. Se me pone carne de gallina.
Bueno. Hablando con Ricardo —estuvimos juntos muchas, muchas horas: vino a esperarme al aeropuerto, vino a despedirme—, le pregunté cuál era la valoración que por aquellas tierras se daba a tu teatro. Debería haberme esperado la respuesta, porque conozco a los argentinos: no eres bastante «vanguardista» (seguro que me entiendes: no es que Bastid te acusara de eso; él no hacía más que darme la opinión de los demás). Tu teatro tiene una textura demasiado cuerda, se entiende demasiado. Deduzco que les llega una pieza de un adolescente francés y que, contando con que sea ininteligible y les dé ocasión para hacer experimentos de cámara y de esquemas y de mariconadas, éxito seguro y etiqueta de genio. Sé que estoy exagerando, pero tú me entiendes.
Me pareció que Bastid daba en el clavo. Y me recordó algo extraño que, en relación contigo, me ocurrió leyendo la Génesis de una novela, de Tomás Mann. ¿Conoces la obra? Quizá no; hay alguna mínima razón que acaso le haya vedado la entrada en España. No sé siquiera si está traducida al castellano. Bueno. Obra extraordinaria. El problema de la creación literaria abordado por un coloso, ajustándose a un caso muy concreto (su Doctor Fausto). Con ramalazos de chochez —escrita cuando ya Mann se metía en los setenta— y de un aristocratismo que, bien pensado, no debería haberme sorprendido. Pero quizá la hayas leído.
(Imposible terminar el 29 de enero; sigo hoy, 1 de febrero.)
Trato de recuperar el hilo. Hay un momento en esa obra —vuelvo a suponer que no la has leído— en que Mann se queja con cierta amargura del caso omiso que, al parecer, hacen de su creación ciertos críticos de James Joyce. No tengo la obra a mano y lo fío todo a la memoria. Es uno de los infinitos momentos de esa «génesis», entreverada con quehaceres cotidianos, compromisos sociales y, claro, la labor de escribir el Dr. Fausto. No es, pues, un ensayo detenido de la cuestión. Señala Mann su propia «tradición» o su técnica tradicional frente al «vanguardismo» de Joyce (una oposición en que, sin embargo, advierte proximidades y aun afinidades). Y en un punto dado recuerda la cita de un crítico, quien viene a decir que lo que cuenta literariamente en nuestra época no es la creación, sino la evocación teñida de vivencias personales. Le impresionó a Mann esa idea, aunque corta de raíz el tema y sigue con otras cosas.
Para mí Mann es el escritor más grande de nuestra época, o, ajustándome al distingo de ese crítico (Levin, creo), el creador más grande. Creo conocer bastante bien a los dos, a él y a Joyce —a quien también admiro hasta decir basta—, y no vacilo en preferir y en respetar más a Mann. (Cuando pienso en que Los Buddenbrook estaba ya publicada a sus veinticinco años —esto es, dadas las largas gestaciones de este tranquilo teutón, que probablemente estaba escribiéndola a los veinte—, me entra una especie de atontamiento que solo experimento en dos o tres casos más. Iba a citarlos, pero esto no terminaría nunca.) Ya ves: hasta el prestigio universal de Mann puede resentirse de enfoques literarios dentro de su campo.
Entonces, no sé por qué —probablemente porque venía a actualizar o a concretar mi valoración de tu obra—, pensé en ti y me dije que, en síntesis, ese era tu problema: el de un creador en una era de evocadores. Evocadores en teatro, en poesía, en pintura, en música. No es una era clásica, es una era que prefiere sentirse a sí misma y que aún no ha tenido tiempo de digerir a Proust y a Freud y, por supuesto, a Kafkha (o como se escriba).
Porque no nos engañemos, Toni. Durante todos estos años he esperado a ver tu triunfo en el extranjero. Y la falta de ese pleno triunfo tiene poco que ver, desde un punto de vista «de mercado», con los obstáculos que puedes hallar en España. Te digo esto con dolor. Yo soy muy parcial, a Dios gracias, y hace mucho tiempo que, como dicen los ingleses —frase de embarazosa traducción—, puse «todos mis huevos en un cesto»: el tuyo. No sé. Lo que me dijo Bastid en América confirmó en mí, dentro de mí, lo que vi leyendo ese «casi resentimiento» de Mann. Lo dramático aquí es que, teniendo ya comprado tu puesto para la posteridad —un puesto concreto y definido, de esto estoy seguro—, tengas que luchar año tras año por volver a hacértelo en el presente. Yo he asistido a algunos de tus más aplastantes estrenos. Detectando aquellos éxitos difíciles tuvo que nacerme la fe de que te hablo en tu triunfo universal. Pero…
Se abre aquí la puerta —porque se abre ella sola— a un tema delicado. No es hora de decir lo que debiste hacer; en primer lugar porque es muy fácil decir después lo que uno debió hacer antes. Ya sé que te has aferrado siempre a la tesis de que donde hay que estar y escribir es en España. Veo tan bien todas tus razones que alguna vez me han convencido. No sé si será por consolarme, pero creo firmemente que si hubieras salido habrías triunfado (y ya me molesta hablar tanto de triunfos, como si fueras un torero; es que no encuentro otra palabra). Lo creo, disecando esto escuetamente, por dos razones:
En primer lugar, porque no habrías tenido que volar siempre temiendo rozar en un aletazo el techo de la censura. Ah, no, no: nada de truculencias políticas; no voy por ahí. Es simplemente un hecho físico: el hecho de que esté o de que no esté ahí ese techo, para todas las ideas, para las del candor y las del pecado por igual, para todas las palabras y todas las estructuras, sin más límite que el cielo. El problema es más de actitud y de salud mentales que de rebelión. Dicho de otro modo: estoy convencido de que muchas de las obras extranjeras estrenadas en España no habrían podido ser escritas en España; sin que entrañen un ataque político, sin que entrañen siquiera una cuestión de moral al uso. Aparte de que cualquiera puede decir, por ejemplo, la palabra «París»; pero hay un abismo entre decir «París» habiendo estado en París y decirlo sin haber estado allí. (Pero esta es otra idea, con toda su importancia relativa, que no tiene nada que ver con la anterior.)
La segunda, poderosísima y pragmática razón es una que apuntaba Larra. No recuerdo exactamente si en relación con el dramaturgo; en todo caso, con el hombre que vive de la pluma. Decía Larra, que se las sabía todas, que ese hombre ha de tener una doble aptitud: la de saber escribir, ante todo, pero también la de saber colocar lo escrito. El mundo del editor y del empresario no vive exactamente del talento de los demás, sino más bien de la inteligente habilidad de los demás (hablo siempre de contemporáneos). No sé por qué pienso ahora en mi buen amigo Pavón, con quien hace mil años que no tengo contacto, pero de quien no vacilaría en afirmar que, teniendo la primera aptitud, tiene una riqueza fabulosa en cuanto a la segunda. Bueno. Dos veces he tenido que atender ahora el teléfono, para ventilar consultas estúpidas. Bueno. Ya no sé qué te quería decir. [Añadido a mano: (Sin duda, que tu contacto personal con el mundo teatral exterior te habría allanado montañas.)]
Te confiesas melancólico al borde de los cincuenta. Esto me cabrea (te advierto que antes de un mes he cumplido yo los cuarenta y seis). ¿No se puede hacer nada? ¿Has de estar ahí hasta que te mueras, tejiendo lo que los demás te destejen? No ya por ti, sino por tu obra, me parece una barbaridad. Cincuenta años no es nada como edad de escritor; es casi edad de empezar. Ya lo sé: dos hijos, mujer, familia en marcha; aparte de todas tus razones de enraizamiento en España. ¿No se puede hacer nada? Pero no me atrevo a seguir. Esto es demasiado personal ya. Pero piensa una cosa. No está en tu mano cambiar el mundo que te rodea. El tipo más gigantesco se hunde también en un pantano. Hay una ley de la proporción y una ley de la desproporción, y la obstinación frente a las dos esteriliza a cualquiera.
Dirás que me he pasado de rosca, que lo desproporcionado es esta lamentación ante un éxito que ya quisieran otros para sí, etc. Lo terrible es que yo no creo haberme pasado de rosca, que en mi opinión deberías estar hace varios años por encima de todas estas situaciones y valores relativos.
Pero prefiero hablarte un poco de mí, seguramente porque no sabía cómo terminar lo anterior. Se me ocurre una frase: aquí me tienes para todo lo que necesites. Es como una frase comercial o de campesino, pero son poquísimas las personas a quienes me ofrecería así, sin duda porque serían poquísimas las que me entenderían bien.
Ahora yo. Te habrás asombrado alguna vez de mis protestas de trabajo excesivo. Lo cierto es que es excesivo. En un gráfico de evolución sorprendentemente lógica veo la serie de mis años en Londres, desde que daba clases hasta hoy, pasando por un restaurante, una agencia de traducciones, distintas secciones de la BBC, la Central Office of Information, más agencias de traducciones o de información periodística, como una línea de consolidación. Ya lo he dicho: sorprendentemente lógica, sin que ni un año haya dejado de superar —financieramente— al anterior. Poco a poco y con pies de plomo he ido soltando cosas y tomando otras, y ni una sola vez me ha salido mal. Esto es lo malo: demasiado bien, dicho sin vanidad y sin ironía, cargando más el acento en el demasiado que en el bien. Acabo de dejar la menor de mis dos revistas (Argentina). Sigo con Industria Británica y todos los días estoy a las seis en casa. Ay, a traducir. Pues soltando y soltando más cosas me he quedado solo con una de esas organizaciones apabullantes de información. Engineering in Britain, se llama. Es el eterno problema: la mitad, por lo menos, de los trabajos que les hago (soy su único traductor al castellano) no necesitaría, económicamente, hacerlos; pero ¿quién corta esa relación? Esa o la que sea: ¿quién corta la relación que permite proyectar el futuro —el de los hijos, sobre todo— sin minar el presente?
Muchas veces me he dicho con amargura que soy como un hombre con vocación de matemático que hubiese de trabajar como contable. Con vocación de escritor, dedicado a escribir cosas que muy rara vez me interesan. Si ese símil fuera absolutamente cierto me habría muerto. Lo creo. Afortunadamente escribo mis cosas también, y espero darte una o dos sorpresas dentro de no demasiado tiempo. Ocurre, además, que aunque los temas traducidos no me atraigan, me encanta escribir. Me hace feliz. Aquí está el secreto de mi éxito como traductor (ya que no te lo dice nadie, te lo diré yo). Éxito nada difícil, por otra parte. Londres, que es más un pequeño país superpoblado que una gran ciudad —gracia especialísima que estos cretinos no ven, para estrellarse siempre en una comparación urbanística con grandes ciudades; no hace falta pensar en París: Madrid (bueno, Madrid es demasiado, créeme), media docena de núcleos sudamericanos y norteamericanos…; en fin, otro tema archivado—, Londres está lleno de «traductores». Hay ahí un fenómeno ingenuo, absolutamente honesto y del que, sin embargo, mana una falacia constante. Se trata de gente que, porque sabe español —o el idioma que sea— e inglés, cree que puede traducir de uno a otro idioma. El cliente lo cree también. Solo el lector, estupefacto, ve luego millares de palabras pertenecientes a su idioma, pero curiosamente ensambladas, giros que no trasladan nada, significados desplazados del contexto. Tengo guardadas verdaderas joyas. Claro, el cliente termina por enterarse, pero no importa: siempre hay más y más clientes, más agencias, más productores de películas, más editores, más industriales.
Bueno, a hacer gárgaras. Lo que pasa —otra vez— es que pienso cada vez más en mi regreso a España. Tú serás una de las personas a las que, a punto de dar el salto, preguntaré qué debo hacer. «Tengo esto y aquello, y espero tener esto otro —te diré—: ¿debo dar el salto?» De manera que no temas que me precipite. En todo caso no veo ese día antes de unos cuatro años.
Ya no se trata de que esto sea mejor, peor o equivalente. Es simplemente que me muero de ganas de volver a España. Experimento —creo que te lo decía una vez— como un olivo o un naranjo transplantado a Suecia. Eso es todo. He aprendido inglés, me gusta el té y recordaré estos años con verdadera emoción y con gratitud; pero me siento tan extranjero como al día siguiente de llegar, el 30 de agosto de 1954. No entro en si tengo o no la culpa. Ese es el hecho. Y de pronto, mirando a mi hija el otro día, me quedé frío: tiene ya casi trece años y es probabilísimo que si no nos movemos pronto se me case aquí. Lo que me dejó frío, porque nunca se me había ocurrido, es esto: si ella se casa y se queda aquí, yo me tengo que quedar. Porque yo quiero a mis hijos de una manera intolerable, absorbente, absolutamente desquiciada; y cualquier cosa, antes que separarme de ellos. Eso es todo.
Ya termino, claro está. La longitud de esta carta te dirá también cuán difícil me era ponerme a escribirla sin tiempo abundante mío.
¿Cómo se te ocurrió que podía pensar haberte ofendido con mi crítica de Aventura en lo gris? No, jamás. ¡Pero si, además, me gustó bastante: ¿no te lo dije? Mucho más que la primera versión. (Y aquí empezaría otra vez: en torno al hecho de que inconscientemente hay que pedirte a ti más que a otros, y de que lo que viniendo de otros se aceptaría como bastante bueno, viniendo de ti —es decir, comparado con otras cosas tuyas— se queda corto; y también al hecho de la creación y de la evocación, enmarcando Aventura en la segunda para probar en cierto modo que tu camino es el otro. Claro, con salvedades esenciales. Pero esto es horrible. ¿Nunca más nos veremos para hablar y hablar? No, nunca.)
Un fuerte abrazo,
Vicente
Escríbeme, que te vea yo animado.
Bastid me ha pedido venirse. Cierto, ya lo hablamos allí. Qué raro es aquel país y cuán erróneamente situado allí vi a Ricardo [Bastid]. Si todo sale bien, antes de año y medio habrá cruzado el charco.
[29]
A Vicente Soto
Madrid, 12 de febrero de 1965
Querido Vicente:
Me conmueve realmente la extensión y la cordialidad de tu carta, pues sé lo difícil que te resulta encontrar tiempo para escribirlas de ese tipo. Gracias. No creas que yo no he pensado muy a fondo, también, y a menudo, en todo cuanto en ella me dices. Solo haré una observación, que, en rigor, corrobora tus palabras: entre la presión ambiental sobre la mentalidad propia, y la habilidad o suerte para colocar la propia obra fuera de fronteras, creo mucho más determinante la segunda que la primera. El mundo es capaz de tragarse todo —bueno y malo, pero también universal y provinciano—; cuando la obra es universal, por serlo; cuando provinciana, por serlo también. Cuando es una mezcla de ambas cosas, lo mismo. Las imputaciones de provincianismo o de vanguardismo insuficiente carecen de importancia o se olvidan en otros casos; pero se recuerdan siempre, incluso de buena fe, ante el escritor español —sin que yo quiera incurrir en esta afirmación en manía persecutoria—. Son hechos: escritores muy grandes —que no yo—, cuya universalidad real es innegable, se murieron sin que el mundo se enterase —o apenas— de su existencia, porque eran nuestros. Galdós, Valle-Inclán, Unamuno, Gómez de la Serna —a quien cito porque, como literato vanguardista, ya lo hubieran querido los franceses para sí— continúan prácticamente desconocidos: citados pero no leídos, a lo más. Y dentro del mundo hispanohablante, un hombre tan excepcional como Borges, a quien cualquier año le darán el Premio Nobel, solo ahora, a sus sesenta años o más, empieza a ser aceptado en Europa… por pequeñas minorías. Y eso que, en su caso, y en el de Ramón, y en algunos otros, tampoco han faltado serias —y quién sabe si no del todo dignas— habilidades para darse a conocer en el mundo y colocar en él su literatura. No me quejo. Constato con melancolía que la partida se pierde, pero sé que es un hecho lógico —las causas generales serían largas de explicar ahora—. Me pasa lo que les pasó a otros más grandes: al fin y al cabo, yo he estrenado en Francia, en Alemania, en Noruega, en Japón; y la crítica ha reconocido a menudo «universalidad». Tengo dos ediciones escolares en Inglaterra, tres en USA, que van camino de seis; he sido radiado en Italia, representado por los Alpes austriacos; estos años me van a traer seguramente más cosas de esas… Todo ello es muy poco, ya lo sé. Pero es mi tranquilidad de conciencia. La forma natural de que un autor español que no mendiga, ni se mueve, ni se adscribe a unos u otros grupos de «propulsión», vaya siendo, sin embargo, reconocido lentamente.
Que si yo hubiese salido, otro gallo, a efectos prácticos, me cantara, lo sé muy bien. Y aun así no sería exactamente el mismo gallo, por ejemplo, de Goytisolo, porque seguramente su manera de ser y la mía son muy diferentes. Ni el de Arrabal —a quien admiro— porque mi teatro, aunque viviese fuera, no sería tan «vanguardista» como el suyo.
Pero sí, tal vez, algo más «vanguardista». Eso sí me preocupa, y sin salir de aquí; para hacerlo aquí, a cuerpo limpio frente a nuestro espantoso público, si fuera posible. Tus reflexiones sobre Mann y los «creadores» y evocadores tocan de cerca mis preocupaciones actuales; llevo tiempo afirmando en casi cada encuesta o entrevista que la integración entre —para entendernos— el polo Brecht y el polo Beckett es necesaria, pese a su aparente beligerancia. Traducido a mi propio teatro, significa que me están tentando —aunque bien ponderada siempre— las renovaciones formales. Porque el «creador» puede volverse externo, tópico, en su forma; pero el «evocador» alcanza, quizá, hallazgos que al otro le están vedados. Creo que intentaré algo, no nuevo, pero refrescado; en cierto sentido, algunos detalles técnicos (¿técnicos?) de mis últimas obras lo esbozan. Pues es curioso que a un escritor como a mí, de estilo más bien tradicional —aunque en su día y nunca anticuado, creo—, lo que realmente más le gusta es otra literatura: Kafka, por ejemplo, mucho más que Mann. Quizá quiero unir lo inconciliable, pero no lo creo: hay considerables ejemplos de ello, como —en novela— El Simplón guiña un ojo al Frejus, de Vittorini. Mas si algo llego a hacer en ese sentido no será por el deseo de que el mundo me reconozca, sino por una interior necesidad de evolución que me hace considerar con disgusto casi todo lo que hasta ahora he escrito —incluyendo mi última obra inestrenada, que no lleva camino de serlo.
He estado en París ya dos veces: la última, hace pocos días. Ningún motivo concreto: en ambas ocasiones, la generosa invitación de un buen amigo español que vive en Biarritz y que me quiere un poco paternalmente, y que tiene dinero. La primera vez no vi, literalmente, a nadie; la segunda, a casi nadie. Yo no iba a ver gente, sino a la ciudad y sus gentes, y sus museos y sus monumentos y sus teatros. Ninguna gestión, nada; lo que venga, tiene que venir a este despacho desde donde te escribo. Pero este último viaje me ha serenado mucho. Trataré de explicártelo. Desde aquí, la idea del triunfo en París era obsesiva: representaba el triunfo en el mundo. Pero sucede que, si bien reconoces siempre el alto grado de cultura del francés y de su capital, lo importante y vivo de su ambiente artístico, etc., cuando los tienes al lado, y ves al camarero, a la chica de pantalones, al conserje del hotel, al financiero prepotente, al profesor atareado, a la señorita del strip-tease, etc., etc. [nota en el margen: O cuando lees a sus críticos…], adviertes que ya los conocías: seres humanos. Y que, en rigor, no te importa demasiado que la ciudad te desconozca, pues también encierra mucha falacia, mucha trivialidad, mucho valor falso. Tu difusión te sigue interesando a efectos prácticos; pero te aseguro que no mucho a otros efectos. Esto ya me había sucedido en España; un segundo viaje, como persona perfectamente anónima, a la llamada capital del mundo me hace ya considerar con frialdad la falta de fama, y también la hipotética fama futura, si a ella llegase.
En este último viaje —no en el primero— vi al Brujo. Un mes atrás había estado él en Madrid, y al saber que yo había estado una vez en París sin verle, me dijo que eso no se debería volver a repetir. Tuve que verlo: unas horas en un café, de conversación cuidadosa y casi aséptica. En el fondo, es un chico protocolario.
En Madrid hablamos de ti algo. Me dijo —dolido y extrañado— que, no sé bien desde qué remota fecha, había dejado de recibir noticias tuyas, pese a insistirte él en carta. Se le notaba más disgustado por ello de lo que quería aparentar; me preguntó si yo tenía alguna idea del caso. Me brindé a inquirir de ti algo, como cosa mía. Todo salió de mi referencia a nuestra más o menos distanciada pero nunca interrumpida correspondencia; juraría que el hecho de que no me hubieras dejado de escribir, no escribiéndole a él, no fue de su agrado.
Sí que recibí la postal de [Ricardo] Bastid y tuya; olvidé citártela en mi anterior carta.
En fin, querido Vicente, puedes tranquilizarte, pues más tranquilo sí que estoy. Y eso que estoy pasando, aquí, por uno de mis más inciertos momentos. Pero una secreta tenacidad me sostiene y seguiré corriendo el riesgo de que resulte esterilizadora; porque algo me dice que, pese a todo, será mi manera de ir hacia delante. Te asombraría, quizá, a lo que me lleva a veces: yo he rechazado, por ejemplo, una representación de cámara en Londres de la versión de [Cecil] Madden de Oscuridad, ya planeada con el grupo de alumnos del teatro de la Sirena, porque era de cámara y en mala fecha. Como he rechazado, ahí y en París, radiaciones. A lo mejor, el resultado es la nada; pero quizá sea propiciar más adelante estrenos más normales.
Y si así no sucede, recordaremos con don Antonio Machado «que el arte es largo y, además, no importa».
¡Qué iguales somos todos, en el fondo! Ese amor intolerable, absorbente, absolutamente desquiciado, por tus hijos, es el mío por los míos. Uno experimenta cierta melancólica —pero también diabólica— satisfacción al comprobar hasta qué punto es un ser corriente; hasta qué punto acumulaba, para desarrollarlas después, las más comunes y normales pasiones. Porque en lo que no somos iguales al hombre medio es en la consideración de las mismas: en eso somos seres privilegiados y excepcionales.
Recuerdos muy cariñosos para Blanquita y para ti el cordial —y agradecido— abrazo de tu viejo amigo,
Toni
[30]
A Antonio Buero Vallejo
8 de marzo de 1965
Querido Tony:
Te empecé una carta el 3, después de recibir la tuya. A mano, bajo un complejo terrible tras recibir tus dos folios con tinta. Me interrumpieron tantas veces que hube de dejarla. Sigo ahora (es decir, comienzo de nuevo, como ves) a máquina: problema angustioso de tiempo. Y no quiero tardar en escribirte.
No te puedes figurar la alegría que me dio tu carta. Iba a escribirte otra vez, sin esperar tu respuesta. Pues tu primera, nunca te lo diré bastante, me ha afectado. No sé, cosas raras. Nunca te he sentido tan amigo mío como entonces. Más raro aún: sentía, al escribirte, que yo era tu amigo mayor, en vez de al revés. No me hagas caso. Basta.
Adelante. Así te quiero ver. Claro que has de estar legítimamente orgulloso de todo cuanto has conseguido. Contra viento y marea. Está bien que te digas eso de que la partida se pierde: tonifica. Pero adelante. Creo que sí, que debes hacer el esfuerzo por renovar la técnica. No es solo una cuestión económica —esencial no ya para vivir, sino para escribir—; es también, muy probablemente, la posibilidad de arrancar nuevas bellezas al tema. El tema. Uno de mis propósitos para escribirte otra vez era sugerirte algo que te parecerá peregrino. Pensaba en tu angustia, «sin ideas». Yo sé muy bien que los temas no son para «oídos», y que ni siquiera es el tema, sino el tratamiento del mismo, lo que cuenta. Pese a lo cual te voy a pedir un favor: que leas algo que conoces muy bien: El curioso impertinente. No improviso (te escribo a mil por hora). Siempre vi ahí maravillosas posibilidades dramáticas. Cierto: el problema del cornudo anhelante y el problemón del adulterio hacen tragar saliva desde un punto de vista de escenario español. Pero tienes el escudo de Cervantes (ná menos). ¡Si hasta es el cura quien da lectura a la historia! Yo creo que yo preferiría trasladarlo a nuestra época, o quizá saltar entre una época y otra, como quizá haría [Jean] Anouilh (Pobre Bitos: lástima de obra). Hay algo esencial de fondo en el diálogo actual y en las situaciones sugeridas de hoy que, lejos de destruir el mito y los complejos de ayer —de siempre—, les dan validez. Todo esto puede ser impertinencia, pero ya he empezado. Por favor, léelo; es un favor que te pido. Y, esto es importantísimo, olvídate de que yo te lo pido (no es imposible conseguirlo). Cervantes, sus fuentes (¿el Orlando? Sí).
¡Tantas cosas de que hablar! Mann, Kafka, París. Hasta Corrales. Recordaba perfectamente que prefieres Kafka a Mann. Te voy a ser muy sincero. Hacía mucho tiempo que me turbaba el pensamiento de Mann. Se cumplen los treinta, los cuarenta, los cincuenta. Hay que revisar y tener el coraje suficiente para salirse de los caminos trazados. Quizá podemos hacer poco contra vivencias infantiles, pero no es tan difícil —aunque lo es— respecto a impresiones juveniles. Hay aquí algo muy turbio y entrañable, porque todo viene de épocas en que uno daba de sí mismo demasiado. Uno de los fantasmas más duros de pelar es el de la pedantería juvenil; ya ves si te hablo con claridad. Hasta de leer La montaña mágica tenía miedo. Mucho. Entonces me tentó la Génesis de una novela. Recelando, casi sin comunicarme a mí mismo que iba a leer la obra.
Yo sé que tú vas a creerme: cuando yo te hacía el panegírico de esta obra en mi anterior, lo que realmente traslucía era mi emoción ante la proximidad del Dr. Fausto. Sí, era indispensable leerlo. Era un asunto grave para mí, créeme. La Génesis es interesantísima, sin línea de desperdicio. Qué lucha, qué misterio. Pero el Dr. Fausto, la «herida abierta» de la que el pobre Mann nos habla en la Génesis, es, desde la elección de la música como elemento donde plasmar las crisis y el caos de este pobre planeta (ya he puesto dos veces «pobre») hasta la revelación final, el esfuerzo más bello y más honrado que yo conozco en literatura moderna (quizá en todas). Me paran dos cosas: la prisa que tengo y el temor a darte el tostón; es decir, la creencia en que lo más probable es que lo hayas leído. (No recuerdo en absoluto haber comentado contigo el tema del Fausto —tan distinto en su tratamiento de este, y tan igual— y, sin embargo, creo recordar y no adivinar que te interesa mucho). En todo caso, un pequeño favor: me interesaría mucho saber dónde comprar la edición castellana del libro. Tiene que existir. Hay ahí, como seguramente sabes, un problema de lingüística peliagudo (y brillantemente resuelto en la traducción inglesa: una obra de romanos; esa traducción inglesa que tanto preocupó a Mann). Bueno, si te es posible dame el nombre de la editorial (que me figuro en Sudamérica). Resumiendo mucho: estoy contento.
Kafka. Lo conozco poco. El proceso; nada más. No creas que te hago una concesión: me parece, con ese solo botón de muestra —que me propongo ampliar—, asombroso. Aquí está mi hermana, quien podría decir con qué palabras se lo recomendé hace un par de meses.
Pero Kafka, para mí, es un genio surgido en lo subconsciente, por manida que suene la frase. Es un milagro vegetativo, o, mejor, un milagro, pero vegetativo. Es —no había más remedio que decirlo— un genio de la evocación.
Aún no le he llamado genio a Mann. Para mí Mann es, pese a todo lo que los separa, Cervantes, equilibrio clásico, humanismo, ironía —insuperable—, hombre de Occidente puesto a pensar con la cabeza. ¿Genio? Necesito otra palabra, muy difícil de encajar en el lindero entre su pensamiento y su arte. Hay que cortar.
Más. Me parece casi irremediable que prefieras a Kafka. Pues tú, querido Tony, tú estás con Mann y con Cervantes, con su amargura, su ironía y su frialdad. En el fondo tu preferencia por Kafka me parece un rasgo de generosidad absolutamente espontáneo: de idéntico origen al movimiento que llevaba a Mann a ver afinidades entre él y Joyce. ¡Cuánto me gustaría tener dos horas para darte la lata con esto! No creas que quiero convencerte; no hay aquí ni una palabra de adulación (obsérvalo). Casi me molestaría convencerte, casi me desilusionaría, porque habría probado que no tengo razón (y van tres «casis» de aúpa en este párrafo).
Antes de que se me olvide. Hay muchas páginas en el Fausto de Mann, sobre todo las abundantísimas referidas a nuevas técnicas musicales, que me dejan en ayunas (creo que harían pestañear a Yehudi Menuhin, por citar a un músico inteligente). Más de un lector, ignorante de la honestidad y la atención con que Mann se asesoró en contacto constante con los mejores musicólogos que pudo encontrar, creerá que se halla ante un fenomenal camelo. Siento dos necesidades de satisfacción imposible: estudiar alemán y estudiar composición y armonía. Bueno. Lo que iba a decir es que, pese a esa laguna importante, la obra me ha vuelto del revés y me ha hecho ver cuántos errores he cometido entusiasmándome (por decirlo de alguna manera) con obras realmente menores leídas en años recientes.
Corrales. No, no le escribo. Aciertas rotundamente figurándote su disgusto al descubrir que te escribo a ti. Es complejo esto. Lo quiero bastante. Hemos vivido mucho juntos, hemos gozado los dos con las alarmas y las bromas en que yo le hacía zozobrar (la lavativa y el «Don Pedro», el gorro de dormir, las abluciones rejuvenecedoras). Pero nada ocurre porque sí. No es ya que me parezca —que me lo parece— un hombre que a veces dice cosas interesantes, pero siempre equivocadas, un hombre con un instinto asustadizo que le lleva a la generalización (a partir de cuyo transporte deja de ver claro). No es eso. Tiene que haber en mí algún oscuro resentimiento. Tiene que haberme dolido algún rasgo suyo de egoísmo. Tendría que pararme a pensar mucho rato para ver algo aquí. Hay, además, esto: me aterran sus cartas de vieja refunfuñona. Por favor, no le digas esto jamás; si se lo digo yo un día, sabré cómo decírselo haciéndole reír. Si se lo dices tú —no tú, un tercero— se ofenderá. Quiero decir que invariablemente me reñía, pero muy avinagradamente, cada vez que me escribía por mi falta de puntualidad en contestarle. Tienes razón: chico protocolario. Pero yo lo quiero. En fin, todo esto es tan contradictorio y tan confuso que me dan ganas de romper esta. No sé. ¿Le escribiré un día? Es improbable.
Vivo desde hace una temporada, cerrando los ojos a la presión brutal del trabajo, metido en una crisis de efusiones y emociones. Nada tiene que ver con Mann, por supuesto. Quizá te hable de ello un día; quizá no lo haga. En todo caso, no te alarmes: no es alarmante, es maravilloso. Blanca comparte mi secreto.
Hablándote de Corrales, y de lo que me tengo reído con él, pienso que cada vez me río menos. Hosco, absurdo; pero no lo puedo remediar. Te diré también que, a medida que me hago viejo y pellejo, me río mejor, más pérfidamente. Quizá ya solo con Blanca. Ya sabes: tienes un ser predilecto con quien discutir, otro con quien charlar, otro con quien estar en silencio. Por alguna razón extraña, desde siempre me he reído con Blanca como un loco. Ahora, haciéndome viejo, llego ya a la fase en que le digo: «Blanquita, hija», y ella me llama «¡Bonito!» También aquí me detendría para decirte que una de las causas de mi deseado regreso a España está en la necesidad de reírme ahí. [Añadido a mano: (Sin demasiadas ilusiones.)] Si un día vienes, transcurridos muy pocos días dirás para tu capote: «Fuyamos desta nasción». [Añadido a mano: No es fino esto, no lo es.]
Si algún día vienes… Otro de los motivos que me habrían hecho escribirte aun sin tener carta tuya era ese: el deseo de invitarte muy en serio a que te vinieses tres o cuatro semanas. No te lo ocultaré: pensaba ofrecértelo como «cura de reposo», para que cambiases y refrescases ideas. Me dices que has estado dos veces en París. Eso me alegra; parece como si hubieses desvelado un extraño artilugio. Hazte el ánimo, ven a verme. No mañana, ya lo sé; también yo necesitaría que me dieses cierta preparación (para liquidar trabajos urgentes). Es algo que podríamos planear para dentro de unos meses.
Esta vida es un cachondeo. Quizá lo que pudiera ser más importante de esta carta va a ser lo menos importante: lo de El curioso impertinente. ¿En qué quedará eso? En nada.
Te parecerá larga esta. Lo cierto es que llenaría para ti ocho o diez folios más. No siéndome posible, da muchos recuerdos a Victorita y recibe un fuerte abrazo de tu buen amigo
Vicente
[31]
A Vicente Soto
Madrid, 13 de marzo de 1965
Solo unas líneas, querido y fraterno Vicente, por tus dos cartas admirables, conmovedoras.
No dijiste ninguna tontería en la primera y sí cosas muy interesantes en las dos. A Cervantes y a don Quijote los tenía desde hace tiempo, de una manera obsesivamente vaga, en cartera —todo mi teatro es quijotesco—. Voy a releer El curioso impertinente, y ¿quién sabe…? Gracias.
Pero no de inmediato pues ahora sí que estoy yo metido de hoz y coz en un trabajo contra reloj que me llevará todavía más de un mes y al que dedico todas mis horas: los diálogos castellanos de una importantísima película shakespeariana en inglés, bastante bien pagados, para lo que es España. Trabajo de ajuste dificilísimo, que obliga a sacrificar mil cosas —el inglés es generalmente mucho más corto de sílabas que el español—, y que siempre es imperfecto, aun en los mejores doblajes. Pero no es que sepa inglés, no; es que han insistido en que los haga yo, pese a mi resistencia, es que tengo cara y es que me ayudan. Y que soy escrupuloso.
Por eso no te escribo por ahora más largo: ahora son las seis de la mañana y acabo de dejar la tarea; recibí esta noche tu segunda carta y no quería dejar de contestarte.
Hasta pronto, con un fuerte abrazo de tu amigo
Toni
[32]
A Antonio Buero Vallejo
22 de diciembre de 1965
Querido Tony:
Un año más, una Navidad más. Muchas felicidades, a ti, a Victorita y a tus chicos.
¿Qué tal? Yo, eso: un año más. Aquí. Cabreao. A veces contento. Mis hijos, Blanca, la chimenea a estallar. Hace frío. Pienso en el frío que hace por ahí, o lo siento al pasar de una habitación a otra, y doy un grito. Un grito corto y profundo. Algo muy raro, que no podría hacer deliberadamente y que describo a mis hijos como «gritos de rico». Eso, la chimenea en marcha, la casa en marcha, traguito, ¡brrr!, cerremos los ojos al caos de la vida.
Ni rico ni ná, por supuesto. Pero se está tan bien en este silencio de Londres. No es imposible ver en los árboles de mi calle alguna ardilla, y todas las noches oímos los gritos de una lechuza extraordinariamente simpática (me doy cuenta ahora de que mis gritos se parecen bastante a los suyos). Blanca sigue llamándome «¡Bonito!» y también «Mi hombre», y mis hijos «pande» o simplemente «este».
Creí que te iba a escribir una carta malhumorada. La verdad es que estoy «desarrollando», como dicen por aquí, una misantropía que ha llegado a preocuparme. Vivo absolutamente aislado, y si se me descuelga un visitante —quizá un buen amigo de España— la complicación de la entrevista me aterra, el esfuerzo por sostener un interés que en general no me interesa me agota, y el malestar posterior puede durar varios días. Ya sé que esto le ocurre a mucha gente, pero en mi caso la cosa se convierte en intolerable. Trato de analizarlo (me he hecho todas las reflexiones imaginables) y de corregirlo. En vano. Me encuentro demasiado bien a solas con mi familieta. Mi chico tiene un tren eléctrico. La maquinita se va, hala, hala, hala.
Fuera el tema. Con una aclaración, quizá necesaria. Si un día fueses tú quien apareciese por aquí, me llevaría un alegrón. El hecho de que te esté escribiendo en este tono prueba lo que digo. No lo dudes.
Mucho trabajo, pero no en la cantidad enloquecedora de hace un año. Sin que yo haya hecho nada por modificar la situación. De pronto llegará la avalancha otra vez.
Tengo, pues, algún tiempo para escribir. Esto —enseguida te digo qué— no me preocupa, pero me tiene asombrado. No me interesa apenas publicar y quizá no me interesa nada que nadie lea lo que escribo. Sinceridad absoluta, aunque no es imposible que un día publique. Siento —me lo digo a menudo— más la necesidad de un pintor que la de un escritor. Es peligroso decir eso, pero así es. Yo, el más torpe del mundo para pintar o dibujar (incapacidad absoluta). Sí, así es. Angustia de un motivo —rarísima vez un argumento—, fuera. Otro motivo, fuera. Al cajón. Lo paso maravillosamente —sufriendo, qué duda cabe—, me quedo más tranquilo, vuelta a empezar.
Junto a eso, en una coincidencia que me hace bastante feliz —sufriendo, claro—, cada vez me interesa más la pintura. Veo cuanto puedo, compro librejos, me quedo atónito descubriendo lo que vergonzosamente aún no había descubierto.
Todo esto está dicho frívolamente —premura— y no recoge más que un fragmento de las cosas que me pasan.
Una y otra vez trato de cortarme para decirte: «Pero hablemos de ti». Claro, ¿cómo hablar? No sé nada. Viene alguien de España, pregunto. «No, creo que no ha estrenado últimamente». Me hablan de la muerte de Casona y del indignante fortunón que gana Paso. Los más enterados no pasan de saber eso.
El caso es que yo quisiera saber de ti. Lo repito a Blanca. Pero si no te apetece escribirme, no me escribas. Créete que lo comprendo muy bien.
¿Cuántos años hace que no nos vemos? Nos veremos un día, seguro. Viejos y renegantes. Pero también nos reiremos algo. ¿O no? Se va la vida, la maldita y adorada vida.
Enseguida se pone uno triste. Fuera.
Un minúsculo favor. Conoces, estoy casi seguro, a Jorge Campos. Leí hace meses sus Conversaciones con Azorín. Me encantó el libro. Limpio, espontáneo e impersonal. Siempre teme uno, en obras de este tipo, aprender más sobre el autor o sobre el objeto del título. Lo que ha hecho Jorge Campos ahí, desde ese ángulo, no lo mejora un espejo. Bueno. Si lo ves un día —en un café, en la calle—, ¿quieres decirle eso, darle mi enhorabuena? Le habría escrito cuando leí el libro, de haber tenido su dirección. Y si nunca le dices eso a J. Campos, porque no te lo encuentres o por lo que sea, tampoco pasa ná.
¿Qué es de Agustín? He ahí un tío al que quiero, a través de memorias y desmemorias. No nos escribimos. Un día lo hago. Qué extraordinariamente rara, qué fascinante es la vida.
Y no te he hablado de las ganas que tengo de volver por ahí. Pero para meterme en un rincón, para mirar y mirar inadvertido.
Queridísimo amigo Buero: que 1966 te traiga todo lo mejor. Yo creo que no es pedir mucho. Un fuerte abrazo,
Vicente
[33]
A Vicente Soto
Madrid, 27 de diciembre de 1965
Querido Vicente:
Esperaba tu carta. Que resulta melancólica. Pero quizás estos días son melancólicos. Estás experimentando lo que un tenaz luchador actual de aquí llama «la privatización de la vida»; en tu caso, el resultado natural de vivir en un gran país —pese a todo— y con el porvenir asegurado. En el caso de tantos españoles, una evasión. Que yo comprendo asimismo cuando me veo entre mis cuatro paredes, sin chimenea, pero con los libros y la acogedora estufa eléctrica que sustituyen en mí a la prosperidad; aunque, fuera de estas cuatro paredes —y filtrándose en realidad a menudo por ellas—, muchos otros problemas, urgencias y zozobras que no son privados me envuelven.
Mi «privatización», aunque fuese completa, tampoco resultaría compensadora; pues, profesionalmente, el porvenir sigue incierto. Una obra inestrenada —inestrenable— de la que te hablé; después, meses de perplejidad y de creciente tedio. Releí El curioso impertinente; no me sirve. Sería largo explicarte el porqué. Me fui a veranear con una vaga idea dramática, pero no logré concretar en el verano. Tampoco está hoy muy concreta ni satisfactoria; pienso, además, que pertenece al tipo de temas que aquí no gustan. Pero en ella estoy; en las primeras escenas de la obra. Tampoco la estrenaré en la presente temporada, claro, y esto es grave. Paciencia. Lo único que estrenaré —ya se está ensayando— será mi versión de Madre Coraje.
Aunque soy ya el hombre más sedentario de la tierra y lo he rechazado un par de veces, es muy probable que en la próxima primavera dé una gira de conferencias por los colleges de USA. Solo pensar en ese viaje, con mi nulo inglés, me abre las carnes; pero empieza a ser una obligación moral no desaprovechar tales oportunidades. Sobre todo porque en aquellos ambientes soy bastante conocido y seré bien recibido.
En el resto del mundo, sigo siendo el conocido-desconocido. De vez en cuando me llega alguna noticia que a mí mismo me sorprende: la representación de una obra mía, por ejemplo, por el Teatro Universitario de Budapest. Mi nombre, pues, circula entre ciertas minorías —y a menudo, supongo, figura para ser desdeñado.
Fenómenos naturales de un escritor español que sea verdaderamente independiente, y de los que ya te he hablado. El tiempo dirá si me quedo donde estoy o si ganaré aún algunos escalones dentro y fuera; me inclino a pensar lo último, objetivamente, pues creo tener algunos indicios de que así sucederá. El principal factor en contra soy yo mismo, el hastío de mi propia profesión. Debo, pues, vencerme.
En efecto: apenas hay otra cosa aquí que Casona —aun después de muerto— y Paso. Lo demás, cuando tiene interés, es accidental, esporádico, no enteramente profesional. Yo sí lo era, y ahora estoy en un largo bache. Aún queda alguna posibilidad de volverlo a ser. Si la crítica lo permite, si los imponderables lo permiten, si… etc.
Figúrate si comprenderé tus adquisiciones de libros de pintura. ¡Cuán verdadera es cuando es grande! Un día —si la estreno— leerás la obra que estoy escribiendo y en ella verás hasta qué punto la contemplación me parece fecunda y activa. Los «activistas» de nuestro tiempo han olvidado la contemplación, o la denuestan, pero la contemplación es esencial y la pintura es contemplación.
Trasladaré a Campos tu felicitación cuando lo vea. He estado buscando ahora mismo sus señas para sugerirte que le escribieses —seguro que lo conoces: su apellido es un seudónimo—, pero no las encuentro. Sé que el libro es bueno, pero no lo he leído. Si lo tienes, puedes escribirle si te peta a la editora misma, que le reexpedirá la carta. Seguro que le gustaría.
El binomio Agustín-Carmencita sigue su pacífica, feliz al parecer, «privatizada» vida. Él no escribe a nadie y no ve a casi nadie. Yo apenas lo veo. Ni siquiera en estos días. Él sigue en Gredos, contento según parece. Mi hermana viene con frecuencia a ver a los niños; él, nunca, y no por hostilidad, sino por esa mezcla que sigue siendo típicamente suya de timidez, pereza e indiferencia. Pues, cuando nos vemos, siempre se alegra de charlar conmigo.
Esta carta puede parecer el reflejo de un plácido lago; pero mi vida no es eso, ni tampoco lo que me rodea. Está llena de cosas y de expectativas.
Dale nuestros cariñosos saludos a Blanquita y recibid los dos —y los peques— nuestros cordiales deseos de felicidad.
Para ti un abrazo muy fuerte en el nuevo año, de tu amigo de tantos años,
Toni
1966
[34]
A Antonio Buero Vallejo
11 de junio de 1966
Querido Toni:
Pongo tres papeles. Una copia para Agustín, una copia para Toni. Supongo que el original será para mí. Me vais a perdonar los dos esta extraña manipulación. Todo se reduce a que siento necesidad de escribiros a los dos y a que no me siento con fuerzas para escribir dos veces una misma carta que va a ser demasiado triste. La misma carta esencialmente; a los dos os quiero decir lo mismo. Como si estuviésemos sentados juntos en un café, en casa de Toni; no sé, quizá eso no vuelva a ocurrir.
Bueno. Mañana se cumplen tres meses del fallecimiento de mi hermano Pepe en Buenos Aires. Aún me dura el atontamiento, aún leo —sin verlo— el telegrama con la misma sorpresa de angustia, como si aún no supiese nada. No sé. Mi hermano Pepe era para mí un hijo. Un hermano-hijo. Creí que iba a poderos decir muchas cosas; no recuerdo ninguna. Será que puedo seguir viviendo, puesto que sigo viviendo. Cuando estuve en Buenos Aires me equivocaba y le llamaba a Pepe Vicente (el nombre de mi hijo); aún me equivoco (y no quiero equivocarme, me parece un síntoma de vejez) y le llamo Pepe a Vicente (Vicky, Vincent). Me dije desde el primer momento que la única actitud decente en esta vida es seguir viviendo; hasta donde uno pueda vivir, esforzándose al máximo.
Cuando murió mi hermano iba una carta mía por el aire o por el mar para él. Todo fue tan inesperado, tan súbito. Días antes había recibido yo su última. He aquí, transcrita literalmente, la última frase de esa carta, quizá lo último que escribió en su vida: «Yo soy actor y mi vida es mi público». No tengo muchas ganas ahora de razonar eso. Demasiado actor para dejarse nada hecho, demasiado no autor. Estaba tremendo cuando lo vi. Un hombretón. Guapo. Tan endurecido para luchar, tan cuerdo.
Todo esto es demasiado horroroso. Veréis. La primera carta que recibí después del telegrama de la mujer de Pepe, contándome el hecho, fue una carta maravillosa de Ricardo Bastid. Bueno, ya no se puede demorar más esto: Ricardo Bastid ha muerto. Acabo de recibir (no hace una hora) carta de Nelly (la mujer de Pepe), con el certificado de defunción de mi hermano, que yo había pedido [nota en el margen izquierdo: y la última foto de Pepe, tan feliz, de vacaciones], y con la otra terrible noticia. Me manda un recorte de periódico que voy a transcribiros, para que sepáis lo mismo que yo (al pie de la letra, al menos).
No lo encuentro ahora; Blanca ha salido un momento a la calle. Lo habrá guardado; apenas regrese se lo pido y lo copio.
Murió Ricardo atropellado por un autobús el 23 de mayo. Pepe murió el 12 de marzo.
Les hice una película. En casa de Ricardo; preciosa casa, con el toque de buen gusto de Ricardo, rodeada de árboles, una gran explanada de árboles. Yo también estoy en la película. Sonríe uno, uno le pasa la mano por el hombro a otro, se ven palabras que ya no se oyen; Nelly y Carmen, la mujer de Ricardo, pasan y vuelven a pasar, tímidas y graciosas; Ricardo lleva un jersey azul, Pepe es el más grandón de todos. Hace solo poco más de año y medio. A fines de octubre del 64. ¿Me atreveré algún día a ver esa película de nuevo? Tengo la impresión de que cuanto más tiempo pase, más me impondrá.
Eso, como si estuviésemos reunidos a solas, os diré algo más triste aún. Tengo la profunda convicción de que Ricardo se ha suicidado. Os suplico que esto quede siempre entre nosotros; no pasa de ser una interpretación (fundada en datos demasiado expresivos).
Poco a poco he acumulado un archivo de cartas trágicas. Estoy mareado, me duele la cabeza, pero he de seguir. La carta en que Ricardo me describe la muerte de Pepe (síncope cardíaco, tras un par de días de malestar banal o indefinido, y tras quince años de tristeza y soledad) revela un alarmante anhelo de muerte propia. Deseo de que le entierren sin caja, directamente sepultado en la tierra, en cualquier sitio donde crezca la yerba. Tristeza infinita. Tanto, tanto que, apechugando con el desastre que aquellos días era mi vida, tuve que escribir animándole, casi riñéndole.
Muchos meses atrás recibí una carta que me dejó estupefacto. Carta de un médico español radicado en Buenos Aires, sobre Ricardo. Me decía que aunque la hipótesis de suicidio —de Ricardo— parecía por fortuna lejana, no había que descartarla. Yo había conocido a este médico en Londres, en visita relámpago que él hizo. Me trajo carta de presentación de Ricardo. Recibí la carta de este médico en la época en que Ricardo y yo estudiábamos la posibilidad de que él se viniese a Londres. Por una coincidencia extraordinaria, el mismo día en que recibí esa carta —explicándome que Ricardo atravesaba un estado caótico de excitación y de impaciencia por su creación artística, y por la ilusión de venirse, y pidiéndome que yo diese marcha atrás en cuanto al proyectado viaje—, ese mismo día iba yo a enviarle a Ricardo carta ofreciéndole bastante en firme algo muy atractivo para empezar aquí: un puesto en mi misma compañía que inicialmente le daría diez guineas semanales, trabajando solo por la mañana. Qué triste es todo esto. Hice lo siguiente: le mandé mi carta de oferta al médico para que él decidiese y le expliqué que yo no podía hacer la salvajada de echarle un jarro de agua fría a Ricardo, sin más. Debo deciros que, en medio de su acento alarmante, la carta de ese médico me pareció «pomposa» y retórica; pero había ya un criterio médico de por medio y me limité a animar a Ricardo. El médico no le dio nunca mi carta. Me pareció desde el primer instante un error formidable y hoy creo que Ricardo viviría aún: que el regreso a Europa, absolutamente, imperiosamente indispensable para él, le habría centrado y salvado. Yo seguí animándole y preguntándole qué pensaba hacer por fin, siempre abriéndole mis puertas, siempre muriéndome de ganas de hablarle del empleo concreto, de la solución. Pero eso: un criterio médico de por medio… Y también: un silencio enconado de Carmen. Durante una temporada Ricardo pareció vivir el proyecto de venirse en un tono amortiguado; sin darle nunca carpetazo y sin entusiasmo. En esa carta magnífica de que os hablo, la escrita por Ricardo en torno a la muerte de Pepe, me dice que tiene la pluma de Pepe para mí y que me la traerá a Londres. Dios mío.
Ya ha vuelto Blanca. Resulta que era yo quien había guardado esos papeles. Bueno. «Accidente fatal —en Corrientes y Pueyrredón. Ricardo Bastid Pérez, español, de cuarenta y siete años, casado, domiciliado en Brasil 2419, fue embestido por un ómnibus de la empresa Colta, que le causó la muerte en el acto».
Lo veo, no lo puedo remediar: andando por la acera o esperando en el bordillo, arrojándose en un momento seguro, sin dejar nada al azar. La redacción de la noticia, compuesta por un gacetillero que toma datos de cuarta mano, no me dice nada (más que el hecho brutal). La prisa y la frialdad oficiosas. Casado, domiciliado en.
Pero puedo estar equivocado y os suplico de nuevo que esta interpretación mía quede entre nosotros.
No estoy equivocado. Quince días antes se había separado Ricardo de Carmen. Si no aludo a esto, reviento. A la muerte de Pepe tuve el impulso de escribiros a los dos. Ya lo creo. Pero no tuve fuerzas. Literalmente. Duermo poco, estoy siempre con Pepe. No temáis, no hay nada enfermizo. Es una pena muy tranquila, una cosa muy tranquila.
Ahora, la segunda noticia increíble ha actuado como un revulsivo que no puedo controlar. Nada, adelante.
Hay en ese archivo trágico de que os hablo ilusiones, un tesoro de ilusiones, y de tristeza y de añoranzas y de fe en el futuro. Cartas de Pepe y de Ricardo, de Nelly. Y una carta, reciente —mucho— y vergonzosa de Carmen. Nada, reviento si no lo digo. Detestable. Aclararé que solo se trata de asuntos de ellos. Qué repugnante, qué lamentable. Aclararé también que Ricardo anhelaba esa separación y que fue hacia ella como hacia una liberación. Pero todo entra ya en una esfera demasiado íntima, que no me pertenece en absoluto. Intocable.
Desgraciadamente en mi última a Ricardo, respondiendo a su noticia sobre la separación, vi con clarividencia horrible y le pedí serenidad. «En lo que nos parece liberación se esconde a menudo el comienzo de nuestra destrucción.» Vivía ya solo, se guisaba en una cocinita y pintaba mucho.
Creo asimismo que la muerte de Pepe ha determinado decisivamente la de Ricardo. No está esto en contradicción con lo anterior; lo redondea, lo complementa. Los dos, los cuatro vinieron a recibirme al aeropuerto. Qué silencio, qué abrazos. A despedirme vino solo Ricardo. Pepe no hubiese podido. Llegó Ricardo hasta el avión mismo, esperó hasta ver «cerrar la lata», como luego me contaría. Se venía Ricardo, y en este venirse suyo yo me traía simbólicamente al Pepe que aún no me podía traer; todo eso se lo expliqué al médico.
Todos estamos en la película. Solo yo sigo adelante. Os diré con absoluta tranquilidad que espero de un momento a otro la noticia de la muerte de Carmen. Nelly está totalmente anulada, bajo tratamiento. Por una reacción extraña se le han caído los dientes. No sabe lo que me escribe. Su madre está gravísima (Pepe, exestudiante de Medicina, la cuidaba; colotomía [sic], una bolsa de esas puesta por ahí).
Perdonadme los dos. Francamente, perdón. Todo esto pierde hasta su sentido triste entre tanta truculencia.
Tengo la impresión de que me queda algo importante por hacer en esta vida [añadido a mano: y la impresión de que no lo haré]. «Vaya biografía de un momento, ¿eh?», le digo yo a Ricardo, también en mi última a él (aludiendo justamente a la extraña confluencia de fatalidad y alegría en el día recogido por la película).
Y no tengo otro remedio que hablaros de otra cosa. Está demasiado enredada en estas vidas y en estas muertes. Mi novela.
Mi novela, La zancada. Dios mío. La terminé después de un calvario (diez años trabajando como un demente, esperando con paciencia infinita dos horas libres para escribir, volviendo a tomar el hilo cuando ya todo lo anterior estaba desactualizado en mi corazón; rehaciendo, aprovechando viajes en el metro para escribir, buscando bajo tierra el oro del tiempo.) Claro que os tengo que contar esto; es un deber. Una y otra vez, miles de veces habéis estado los dos, «conspicuos e invisibles», en primera fila del grupo de espectadores que me veía escribir. Ya veréis esto un día. Probablemente.
La terminé en octubre del año pasado y, como bien sabéis, no os la mandé. Es dificilísimo aislar y ordenar razones, las razones que me impidieron enviárosla. Tenía, tuve todo el tiempo unas ganas locas de enviárosla. De pronto, al terminar —por fin, incrédulo—, me dije: «Precisamente. De ninguna manera. Fuera».
Me voy a descansar un poco. Enseguida vuelvo.
Pero esto es un poco frívolo. Tras el grave comienzo de esta carta, una novela. Siento, sin embargo, que es preciso hablar de esto. Trataré de ser breve.
En esa madeja de razones encuentro, teorizando y aislando con toda la rigidez que me es posible, unas que llamaré menores (y distintas respecto a cada uno de vosotros dos) y otra aplicable por igual a los dos y, para mí, concluyente. Respecto a Toni: respeto a su posición de escritor, esto es, repugnancia a molestarle con monsergas y manuscritos de «joven» ilusionado; y también esto otro: el sentimiento de que lo que yo escribo no le interesa probablemente (quiero decir literariamente, o puedo ofenderle hablando de reacciones personales; Toni es uno de mis muy escasos grandes amigos —pequeños amigos todos tenemos un millón). Es perfectamente posible que Agustín recuerde que le hablé precisamente en este tono cuando, en 1963 —creo—, nos vimos por última vez; en Madrid, verano, no estaba Toni. Y respecto a Agustín, a mi querido amigo Agustín: la consideración de que trabaja en una editorial. Esto es tan embrollado y estoy tan cansado que no veo con toda lucidez lo que quiero decir. Me interesa muy poco publicar; no improviso. Y creo que mi proverbial pedantería ha sido siempre una máscara tras la que se ocultaba una timidez que muy pocos han llegado a calar exactamente. No quería que Agustín sintiese siquiera que era innecesario decirme que en su editorial era imposible publicar. No sé si agoto así el razonamiento; me parece que sí (lee otra vez esa frase, por favor).
Pero esas eran razones menores que, no lo dudo, habría superado. La razón descomunal que en el último instante me detuvo la mano fue esta:
Ya está bien. Fuera. Agustín y Toni han sido siempre mis dos fantasmas críticos. El cuentecito, el dramita, la ilusión adolescente. Mandarles La zancada es meterla para siempre en la senda amateur en que he metido todo lo anterior mío. ¿Me comprendéis? Fue como una necesidad incontenible de cortar un cordón umbilical.
Los dos profundizáis, los dos me entendéis y no os ofendéis y sabéis que os estoy diciendo exactamente la verdad. Deseo incluso de que no veáis una obra mía hasta que lleve publicadas cinco o seis (absurdo: ¿no decía que no quiero publicar?) [añadido a mano: y el día menos pensado os mandaré «la 2»].
Me ha llevado a mi novela lo de la «biografía de un momento»: eso es La zancada (Unos meses en la vida de una familia), y de esa triste asociación le había hablado a Ricardo, como antes os digo.
Bueno, sí que la mandé a Pepe y a Ricardo; una copia para los dos, enviada a Pepe (por dignificarle, por darle importancia). Pepe leyó una pequeña parte. Luego, por una mezcla de impaciencia suya y de Ricardo, este se la llevó a su casa.
Pepe me hizo una crítica de lo que leyó. Tan exacta, que me dejó confuso. No es deslumbramiento ante la opinión de un desaparecido. Simplemente puso el dedo en la llaga. Y como, además, le gustó hasta sentirse arrebatado —cómo no, mi hijo, mi Pepe—, tomé con rabia una extraña decisión: presentarme a un concurso, en homenaje a él. Esto, como he dicho a mi hermano Paco, suena a cursi o a frase hecha. No podría ser una reacción más veraz, sin embargo. Detesto los concursos, donde creo que yo puedo con gran probabilidad perderlo todo contra la hipotética posibilidad de no ganar casi nada (si lo ganara me llevaría una alegría inmensa, por Pepe). Huelga decir que tomé la decisión absolutamente seguro de que me llevaría el premio, alucinado por la consideración de que el mundo no puede ser tan falso. Huelga decir que ahora ya no pienso así, pero sigo adelante: con sacrificar esa prevención mía, sigue el homenaje a Pepe. (Es casi seguro que voy al Nadal [añadido a mano: Solo espero una información, desde España, aclarándome un dato histórico], tengo el texto a punto. Paradójicamente, con un jurado cuyos componentes, con la excepción de [Rafael] Vázquez Zamora, me suenan, por sus apellidos, a vendedores de paños de Tarrasa, me parece una institución más seria y solvente que la del Planeta, que, no sé por qué, me suena a escandaloso y comercial, a pesar de que sus jueces suenan a solventes.)
Sería falso que ahora, en una avalancha de sentimientos y recuerdos, tratase de convencerme de que también voy a hacerlo por Ricardo. No. A Ricardo le impresionó profundamente —no sé si empleo sus palabras, no lo sé— mi novela (hizo dos o tres minúsculas salvedades, alguna acertada, compartida por mí, alguna totalmente mal vista, en mi opinión). No. Ni siquiera le había hablado de mi deseo de presentarme, cuando tuve ocasión de hacerlo.
Tengo muy avanzado otro libro (Casicuentos) que dedicaré a Pepe. El pobre sabía que le iba a dar «una sorpresa». Lo sabía. Quizá recuerde Toni que le hablé por carta de algo que escribía bajo un impulso extraño; sintiéndome más pintor que escritor. ¿Te acuerdas? Eso era. La noticia de la muerte de Pepe me rompió uno de esos relatos; la de la muerte de Ricardo ha venido a cortarme otro.
Me ha asustado Blanca. Me dice que yo había previsto el fin de Ricardo. ¿Se lo había dicho? Sí recuerdo que una noche, una de mis infinitas noches de agotamiento y desvelamiento, traspuesto al fin, abandonado de mis sentidos y de la razón, tuve en un sueño una visión clarísima del final trágico que esperaba al matrimonio Bastid.
No, no preveo mi muerte. Adelante. Deseo vivir muchos años, tengo que vivirlos. La vida sigue. A fines del mes próximo, otra vez de vacaciones. Qué horrible, Dios mío. A pararnos una vez más en la catedral de Chartres, a comer chorizo en una aldea de Aragón. Daría algo, algo valioso por no moverme. Pero mi madre. Esperándome. Mis niños. Esperando. Hay que decir que sí con inercia, dejarse arrastrar. Llega un momento en que conmociona más pararse que seguir.
Querido Toni, querido Agustín, perdonadme. Esta carta es totalmente desconsiderada. Lo sé. Hay que ser más parcos en el dolor, no hay que desbordarse, importa mucho la sensibilidad ajena. Solo me tranquiliza el pensamiento de que los dos sabréis ver que esta carta no es sino expresión de lo que os quiero a los dos. Efectivamente, necesitaba escribiros. Aquí, de parapeto tanto tiempo, recibiendo telegramas y cartas espantosas, abriendo sobres para comenzar a leer sin entender, esperando el teléfono, distribuyendo con tacto noticias entre familiares (mi madre, su vejez, su precaria salud; mis hermanos; los padres de Bastid, a quienes deberé escribir y ver). Solo siempre (con Blanca, desde luego, que es formidable). En fin. Dan ganas de tumbarse en el suelo, a ver si puede dormir uno tranquilito. No, no exactamente a dormir profundamente, a descansar para despertar con nuevo ánimo y con ganas de seguir adelante.
Es seguro que olvido deciros muchas cosas.
Un abrazo,
Vicente
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