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DIARIO

Espero poder confiártelo todo como no he podido todavía hacerlo con nadie; espero también que serás para mí un gran sostén.

ANNE FRANK

Domingo, 14 de junio de 1942

El viernes 12 de junio me desperté antes de que dieran las seis, cosa comprensible, pues era el día de mi cumpleaños. Como en casa no me dejan levantarme tan temprano, tuve que contener mi curiosidad una hora más. Al cabo de cuarenta y cinco minutos, ya no podía aguantarme. Me levanté, fui al comedor, donde Mauret, el gato, me recibió frotando su cabeza contra mí y haciéndome mil gracias.

A las siete fui a dar los buenos días a papá y a mamá, y por fin, en el salón, pude desenvolver mis regalos. La primera sorpresa fuiste tú, probablemente uno de mis regalos más hermosos. Sobre la mesa había, además, un ramo de rosas, una pequeña planta y dos ramas de peonias. Éstos fueron los regalos mañaneros, a los que siguieron otros muchos durante el día.

Papá y mamá me han colmado, sin hablar de los amigos y conocidos de casa, que han sido muy amables conmigo. He recibido, entre otros regalos, un juego de salón, un rompecabezas, bombones, chocolate, un broche, los libros Mitos y leyendas neerlandeses, de Joseph Cohen, La cámara oscura, de Hildebrand, Daisy’s Bergvacantie, un libro estupendo, y un poco de dinero que me permitirá comprar Los mitos griegos y romanos. ¡Magnífico!

Más tarde, Lies vino a buscarme para que fuéramos juntos a la escuela. Durante el recreo, ofrecí unas galletas a los profesores y a los alumnos, y después debimos volver a clase.

Por hoy nada más. ¡Te saludo, Diario, te encuentro maravilloso!

Lunes, 15 de junio de 1942

Ayer por la tarde tuve mi pequeña fiesta de aniversario. La proyección de una película, El guardián del faro, con Rin-tin-tin, gustó mucho a mis compañeros del colegio. Resultó todo muy bien y nos divertimos mucho. Éramos muchos. Mi madre quiere siempre saber con quién me gustaría casarme cuando sea mayor. Desde luego, no pensará más en Peter Wesel, pues a fuerza de hablarle decididamente, sin ruborizarme ni pestañear, he conseguido quitarle esta idea de la cabeza. Durante unos años he estado muy unida con Lies Goosens y Sanne Houtman. En este tiempo, conocí a Jopie de Waal en el colegio judío. Siempre vamos juntas y ella ha llegado a ser mi mejor amiga. A Lies la veo con frecuencia, pero se ha hecho muy amiga de otra niña, y Sanne, al ir a otro colegio, ha hecho también amistades.

Sábado, 20 de junio de 1942

Hace días que no escribo. Necesitaba pensar de una vez por todas lo que significa un Diario. Es para mí una sensación muy singular expresar mis pensamientos, no sólo porque no he escrito nunca todavía, sino porque me parece que, más tarde, ni yo ni nadie se interesará por las confidencias de una colegiala de trece años. En fin, la cosa no tiene ninguna importancia. Tengo ganas de escribir, y más aún, de sondear mi corazón sobre toda clase de cosas.

“El papel es más paciente que los hombres.” Esta frase me impresionó un día que me sentía invadida por una leve melancolía y me aburría mucho, con la cabeza entre las manos, demasiado malhumorada para decidirme a salir o a quedarme en casa. El papel es paciente, en efecto, y como me imagino que nadie va a preocuparse por este cuaderno con tapas de cartón dignamente titulado Diario, no tengo la intención de darlo a leer nunca, a menos de que encuentre en mi vida al Amigo o la Amiga a quien pudiera enseñarlo. He llegado al punto de partida, a la idea de empezar un Diario: no tengo ninguna amiga.

A fin de ser más clara, me explicaré más. Nadie querrá creer que una muchachita de trece años se encuentra sola en el mundo. Claro está que esto no es del todo verdad: tengo unos padres a los que quiero mucho y una hermana de dieciséis años; tengo, además, unas treinta compañeras y entre ellas algunas, digamos, amigas; tengo admiradores que me siguen con la mirada, y los que en clase están mal colocados para verme, intentan captar mi rostro por medio de espejitos de bolsillo.

Tengo otra familia, tíos y tías que me tratan con cariño, un hogar grato; en fin, en apariencia no me falta nada, excepto la Amiga. Con mis compañeras me limito a divertirme: no puedo hacer otra cosa. Las conversaciones versan sobre banalidades, y esto incluso con mis amigas, pues no existe la posibilidad de intimar, ésta es la cosa. Quizás esta falta de confianza sea un defecto mío, pero, sea como sea, estoy ante un hecho que lamento no poder ignorar.

Ésta es la razón de ser de este Diario. En él no me limitaré, como hacen muchas, a anotar simplemente los hechos. Mi Diario va a personificar a la Amiga, la Amiga que espero siempre. Y se llamará Kitty.

Kitty no me conoce aún, y por ello debo contarle a grandes rasgos la historia de mi vida. Mi padre era un hombre de treinta y seis años cuando se casó con mi madre, que tenía veintiocho. Mi hermana Margot nació en 1926, en Fráncfort del Meno. Yo, el 12 de junio de 1929. Nuestra condición de judíos cien por cien nos obligó a emigrar a Holanda en 1933, donde mi padre fue nombrado director de Travies N. V., empresa asociada con la Kolen y Cía., de Ámsterdam. Las dos razones sociales, de las que mi padre poseía acciones, estaban domiciliadas en el mismo edificio.

Desde luego, al verse nuestra familia bajo la férula de las disposiciones hitlerianas contra los judíos, la vida nos deparó bastantes sobresaltos. A consecuencia de las persecuciones de 1938, mis dos tíos maternos consiguieron huir y llegar sanos y salvos a Estados Unidos. Mi abuela, que a la sazón contaba con setenta y tres años de edad, se reunió con nosotros. Después de 1940, la situación empeoró rápidamente. En primer lugar, la guerra, la capitulación y la invasión alemana, que para nosotros significaba la miseria. Las medidas contra los judíos se sucedían una a otra. Los judíos se vieron obligados a llevar la estrella distintiva, a ceder sus bicicletas. Se les prohibió subir a los tranvías y conducir coches. Debían hacer sus compras exclusivamente en los almacenes señalados con el distintivo de “tienda judía”, únicamente de tres a siete de la tarde. Se les prohibió salir de casa después de las ocho de la noche e incluso pasear por sus propios jardines o quedarse en casa de algún amigo. Se les prohibió ir al teatro, al cine o a cualquier lugar de diversión. Se les prohibió practicar cualquier deporte en público; no se les permitió entrar en las piscinas, en las pistas de tenis y de hockey, ni en ningún otro lugar de entrenamiento. Se les prohibió frecuentar a los cristianos. Se les obligó a asistir a las escuelas judías; todo ello sin contar con muchas otras restricciones de esta clase.

Y así seguimos malviviendo, sin poder hacer esto ni aquello ni lo de más allá. Jopie suele decirme: “No me atrevo a hacer nada por miedo de que esté prohibido”. Nuestra libertad ha sido objeto de severas restricciones; sin embargo, la vida aún se puede soportar.

Mi abuela murió en enero de 1942. Nadie sabe cuánto pienso en ella y lo mucho que la quiero todavía.

Ingresé en la clase de preescolar de la Escuela Montessori en 1934, y seguía asistiendo a ella. Al alcanzar la clase 6 B, tuve como profesora a la directora del establecimiento, la señora K. A fin de curso, lloramos las dos en una emotiva despedida. En 1941, mi hermana Margot y yo ingresamos en el Instituto judío de Segunda Enseñanza.

Nuestra reducida familia de cuatro personas no tuvo demasiados motivos de queja. Así llegamos hasta el día de hoy.

Sábado, 20 de junio de 1942

Querida Kitty:

Heme aquí dispuesta: hace buen tiempo y reina la calma. Mis padres han salido y mi hermana Margot está con otros compañeros en casa de una amiga suya, jugando al ping-pong.

Yo también practico mucho el ping-pong en estos últimos tiempos. Mis compañeros de juego son muy aficionados a los helados, sobre todo en verano, cuando el juego nos hace sudar a chorros. Entonces la partida acaba generalmente en la pastelería más próxima —autorizada para los judíos, claro—, es decir, en casa Delphes o en el Oasis. Casi nunca debemos preocuparnos por el dinero, pues acude tanta gente al Oasis, que casi siempre se encuentra un señor, o un admirador de nuestro extenso círculo de amistades, que nos ofrece helados sin cobrar.

Probablemente te sorprenderá oír hablar de admiradores a una muchacha de mi edad. ¡Válgame Dios! Hay que resignarse a lo que parece constituir un mal inevitable de nuestra escuela. Un compañero me pregunta si le permito acompañarme a mi casa en bicicleta; empezamos a hablar por el camino y nueve de cada diez veces se trata de un muchacho con la fastidiosa costumbre de inflamarse en el acto, y se pone a mirarme insistentemente. Al poco rato, la pasión disminuye por la sencilla razón de que yo no hago caso de sus ardientes miradas y sigo pedaleando a buena marcha. Si se da el caso de que el joven se precipite y pida permiso para “hablar con papá”, me inclino un poco en mi bicicleta, dejo caer mi bolso y el pretendiente se ve obligado a pararse para recogerlo, cosa que yo aprovecho para cambiar de conversación.

Te he puesto uno de los más inocentes ejemplos. Los hay, naturalmente, que me envían besos o intentan tomarme del brazo. Éstos se equivocan. Yo me apeo y les digo sin rodeos que puedo prescindir muy bien de su compañía, o me hago la ofendida y les ruego que me hagan el favor de marcharse.

Y con esto creo que han quedado sentadas las bases de nuestra amistad. Hasta mañana.

Tuya,

ANNE

Domingo, 21 de junio de 1942

Querida Kitty:

La quinta clase entera está temblando en espera de la junta de profesores. La mitad de la clase se dedica a apostar sobre los alumnos o las alumnas que van a aprobar los exámenes. Miep de Jong y yo nos partimos de risa ante nuestros vecinos de clase Win y Jacques, que han apostado uno contra otro todo el dinero del que van a disponer para sus vacaciones. Todo el día están con las mismas: “Vas a aprobar”. “No.” “Sí.” Ni las miradas que Miep les dirige suplicando que se callen, ni mis accesos de cólera, bastan para calmar a aquellos dos energúmenos.

A mi entender, la cuarta parte de la clase debería quedar para septiembre, dada la cantidad de asnos que hay en ella, pero los profesores son la gente más caprichosa del mundo y, a lo mejor, por una vez les da por el capricho de sentirse generosos.

Por lo que se refiere a mis amigos y a mí, no me da ningún miedo: creo que aprobaremos. En matemáticas no estoy muy fuerte, la verdad; pero, en fin, esperaremos y procuraremos, mientras tanto, darnos ánimos mutuamente.

Mis relaciones con los profesores, nueve en total, siete hombres y dos mujeres, son bastante buenas. El viejo profesor de matemáticas, el señor Kepler, estuvo enfadado conmigo bastante tiempo porque yo no dejaba de hablar durante sus explicaciones: tras repetidas advertencias me castigó. El castigo consistió en mandarme escribir un ensayo sobre el tema: “La parlanchina”. ¡Una parlanchina! ¿Qué se podía decir sobre el particular? ¡Bueno, más tarde pensaría en ello! Anoté el tema en mi cuaderno y traté de permanecer callada.

Por la noche, en casa, después de haber acabado mis deberes, vi la nota del castigo. Me puse a pensar, mordiendo la punta de mi estilográfica. Podía llenar las páginas que me había impuesto mi profesor con algunas ideas expresadas en letra grande y separando mucho las palabras, claro. Pero lo que yo quería era demostrar la necesidad de hablar. Seguí pensando, y de pronto, ¡eureka! Me sentí satisfecha de poder llenar las páginas sin gran esfuerzo. El argumento era el siguiente: ser parlanchina es un defecto femenino del que yo bien quisiera corregirme todo lo posible en vista de la imposibilidad de deshacerme del todo de él, pues mi madre habla tanto como yo, si no más. Por consiguiente, como se trataba de un defecto hereditario, poco podía hacer.

Mi argumentación hizo reír al señor Kepler, pero cuando en el curso siguiente volví a las andadas, me castigó con un segundo tema a desarrollar: “Una parlanchina incorregible”. Cumplí el castigo y el señor Kepler no tuvo motivo de queja durante dos clases. A la tercera, me pasé de la raya.

—Anne, me veo obligado a imponerle un nuevo castigo por habladora. Va usted a desarrollar el tema: “La cotorra”.

La clase entera soltó la carcajada, y yo con ella, como es natural. Pero ya sabía yo que mi imaginación no daba más de sí con respecto al tema. Tenía que encontrar algo original. Tuve la suerte de que mi amiga Sanne, buena poeta, se prestase a redactar el tema por mi cuenta, de cabo a rabo. Me puse a saltar de gozo. Si el señor Kepler quería ponerme en evidencia ante la clase, se iba a encontrar con la horma de su zapato.

El tema en verso resultó magnífico. Se trataba de un pato y una pata, con sus tres patitos, y éstos, por meter demasiado alboroto con sus cua-cuá, fueron muertos a mordiscos por su padre. Por fortuna, la broma fue del gusto del señor Kepler, que la leyó ante nuestra clase y ante otras varias y la comentó favorablemente.

Después de este acontecimiento, no volví a ser castigada por hablar. Al contrario, el señor Kepler es siempre el primero en gastar alguna broma sobre el tema.

Tuya,

ANNE

Miércoles, 24 de junio de 1942

Querida Kitty:

¡Qué bochorno! Nos estamos asando, nos ahogamos y todo el mundo anda con la lengua de fuera. Lo peor del caso es que me veo obligada a ir a pie a todas partes. Ahora empiezo a comprender lo maravilloso que es un tranvía, pero los judíos nos vemos privados de este placer. El único medio de locomoción que se nos permite es el de nuestras piernas. Ayer por la tarde tuve que ir al dentista, que vive en la calle Jan Luykens, bastante lejos de la escuela. Al volver, casi me dormí en clase. Por fortuna, se está generalizando la moda de invitar a tomar algún refresco y la ayudante del dentista es verdaderamente gentil.

Todavía se nos permite el acceso a las barcas que hacen la travesía del río. En el muelle Joseph Israels, una pequeña embarcación presta servicio, y el barquero accedió a pasarnos. La miseria en que se ven sumidos los judíos no puede achacarse en modo alguno a los holandeses.

Desde que me robaron mi bicicleta el día de Pascua y la de mi madre fue confiscada para los cristianos, no me gusta ir a la escuela. Felizmente las vacaciones están cerca. Sólo me queda una semana de sufrimiento, que será pronto olvidada.

Ayer por la mañana tuve una grata sorpresa. Al pasar por delante de un garaje de bicicletas, oí que alguien me llamaba. Me volví, era un simpático muchacho que estaba la víspera en casa de mi amiga Eva y que no me había pasado desapercibido. Se acercó tímidamente y se presentó: Harry Goldman. Como no sabía a ciencia cierta de qué se trataba, me quedé algo sorprendida. Muy sencillo: quería acompañarme a la escuela.

—Si sigue usted el mismo camino, no tengo inconveniente —le dije.

Y nos pusimos en marcha. Harry tiene ya dieciséis años y es bastante divertido. Su conversación es amena. Esta mañana estaba parado en el mismo lugar. No veo la razón de que no venga a esperarme en lo sucesivo.

Tuya,

ANNE

Martes, 30 de junio de 1942

Querida Kitty:

Hasta hoy no he tenido un momento para escribir. El jueves por la tarde estuve en casa de unos amigos. El viernes tuvimos visitas, y así hasta hoy. Mi amistad con Harry ha ido adelantando durante la semana: empezamos a conocernos. Me ha contado una buena parte de su vida. Llegó a Holanda solo y vive en casa de sus abuelos. Sus padres viven en Bélgica.

Harry tenía un flirt: Fanny. Yo la conozco: es un modelo de dulzura y de pesadez. Desde que nos encontramos, Harry se ha dado cuenta de que la presencia de Fanny era una invitación al sueño. Yo le sirvo de despertador o de estimulante, como quieras. No se sabe nunca para qué se puede servir en la vida.

El sábado por la noche, Jopie se quedó a dormir en mi casa, pero el domingo por la tarde se fue a casa de Lies, mientras yo pasaba una tarde mortalmente aburrida. Habíamos quedado en que Harry iría a verme, pero a eso de las seis me llamó por teléfono. Contesté yo misma y le oí decir:

—Soy Harry Goldman. ¿Puedo hablar con Anne?

—Soy yo, Harry.

—Buenos días. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias.

—No voy a poder ir a tu casa, lo lamento, pero tengo algo que decirte. ¿Te parece bien que nos encontremos en la puerta de tu casa dentro de diez minutos?

—Bien. Hasta al rato.

—Hasta al rato.

Colgué. Me cambié de ropa en un momento y me arreglé un poco el pelo. Acto seguido, me asomé a la ventana, hecha un manojo de nervios. Por fin lo vi llegar, y por un milagro no me precipité escaleras abajo. Me contuve hasta que oí el timbre. Bajé yo misma a abrirle la puerta, y él fue derecho al asunto.

—Oye, Anne. Mi abuela cree que eres demasiado joven para ser amiga mía y me ha recomendado que vuelva con Fanny Leurs. Pero tú ya sabes que he roto con Fanny.

—No, no lo sabía. ¿Se pelearon?

—No, al contrario. En vista de que no nos entendíamos, le dije a Fanny que era inútil que siguiéramos viéndonos; le dije también que podía ir a mi casa cuando quisiera y que yo esperaba seguir yendo a la suya, como un buen compañero. Yo tenía la impresión de que ella frecuentaba, como se dice, a otro muchacho, y por esto traté el asunto con cierto desapego. La cosa resultó no ser cierta y entonces mi tío me dijo que debía presentar excusas a Fanny, pero no quiero. Por eso he roto con ella. Bien, ésta es una de las muchas razones que hay. Mi abuela insiste en que salga con Fanny y no contigo, pero yo no quiero. Los viejos están chapados a la antigua, ¿qué le vamos a hacer? Yo necesito a mis abuelos, desde luego, pero en cierto modo ellos me necesitan a mí… Yo tendré libres las tardes de los miércoles. Mis abuelos creen que asisto a clase de talla en madera, cuando en realidad voy a un club del movimiento sionista, cosa que mis abuelos no me permitirían porque están en contra del sionismo. Sin ser ningún fanático, este movimiento despierta algo en mí, y me interesa. Pero en estos últimos tiempos hay tal barullo en ese club que me parece que voy a dejarlo. Iré por última vez el próximo miércoles. En este caso, podría verte los miércoles por la tarde, los sábados después de comer y al anochecer, y los domingos por la tarde, incluso con mayor frecuencia.

—Pero si tus abuelos se oponen, tendrás que mentirles.

—En el amor nadie manda, ésta es la cosa.

Habíamos andado un buen rato juntos. Al pasar por la librería de la esquina, vi a Peter Wesel hablando con dos amigos suyos. Era la primera vez que me saludaba en mucho, muchísimo tiempo, y esto me produjo una verdadera alegría.

Seguimos deambulando por las calles Harry y yo, y, al fin, nos pusimos de acuerdo para una cita: yo estaría el día siguiente, a las siete menos cinco de la tarde, delante de su casa.

Tuya,

ANNE

Viernes, 3 de julio de 1942

Querida Kitty:

Harry vino ayer a mi casa para conocer a mis padres. Yo había comprado una tarta, bizcochos y bombones para el té. No faltaba nada, pero ni Harry ni yo podíamos estar mucho tiempo sentados el uno al lado del otro, así es que salimos a dar un paseo. Cuando me dejó en la puerta de mi casa eran ya las ocho y diez minutos. Mi padre se enfadó mucho y me dijo que yo no tenía el derecho de volver tan tarde, en vista del peligro que para los judíos suponía encontrarse fuera de casa después de las ocho. Me hizo prometer que en lo sucesivo estaría de vuelta a las ocho menos diez.

Mañana estoy invitada a ir a su casa. Mi amiga Jopie me fastidia sobre el asunto de Harry. En realidad, no estoy enamorada, pero creo que tengo derecho a tener amigos. Nadie encuentra nada extraordinario en el hecho de que tenga un compañero, o, como dice mi madre, un “adorador”.

Eva me ha contado que una tarde que Harry estaba en su casa, le preguntó: “¿Quién te gusta más, Fanny o Anne?”. Él le contestó: “Esto no te importa”. Ya no tuvieron ocasión de volver a hablar en el resto de la velada, pero al marcharse, él le dijo: “Si de verdad quieres saberlo, te diré que la preferida es Anne, pero no se lo digas a nadie. Hasta la vista”. Y se fue.

Mil detalles revelan que Harry está enamorado de mí. Esto me divierte y en cierto modo me transforma. Margot diría de él: “Es un buen muchacho”. Esto creo yo también, y algo más. Mi madre no se cansa de alabarlo: es un muchacho apuesto, bien educado y muy amable. En mi casa todos lo elogian y esto me gusta. Por su parte, Harry corresponde. Encuentra que mis amigas son unas chiquillas, y no se engaña.

Tuya,

ANNE

Domingo, 5 de julio de 1942,

por la mañana

Querida Kitty:

La ceremonia de fin de curso, celebrada el pasado viernes en el teatro judío, estuvo muy bien. Mis notas no son malas: una asignatura suspendida, un 5 en álgebra, 6 en dos asignaturas más, y el resto un 7 y dos 8. En casa se alegraron, pero por lo que se refiere a las notas buenas o malas, mis padres reaccionan de una manera diferente a los demás. Se despreocupan de ellas, al parecer, y les basta con que mi salud sea buena, que no me porte como una muchacha insolente, aunque tenga el derecho de divertirme. Dicen que lo demás ya se irá arreglando por sí solo. Esto es lo que creen. Yo no opino así: quiero ser buena alumna, toda vez que he sido admitida provisionalmente en el Instituto de Segunda Enseñanza, pues perdí un año al salir de la Escuela Montessori. Ello fue debido a la orden de transferir a todos los alumnos judíos a las escuelas judías, aunque el director, después de haber hablado del asunto, nos admitió a Lies y a mí con ciertas condiciones. No quisiera decepcionarlo. Como de costumbre, las notas de Margot son brillantes. Si en el Instituto existiera la “Matrícula de Honor”, seguro que la hubiera obtenido. ¡Qué cabezota!

En estos últimos tiempos, mi padre se queda a menudo en casa. Oficialmente está retirado de los negocios. Para él, la sensación de sentirse inútil debe ser muy desagradable. El señor Koophuis se ha puesto al frente de la casa Travies, y el señor Kraler, de la Kolen y Cía. El otro día, paseando por nuestro barrio, mi padre empezó a hablar de un escondrijo.

—Para nosotros va a ser muy difícil vivir separados por completo del mundo exterior —dijo.

—¿Y qué razón hay para hablar ya de esto? —le pregunté.

—Oye, Anne —me contestó—, tú sabes bien que desde hace un año estamos trasladando muebles, vestidos y suministros a las casas de algunos amigos. Debemos evitar que nuestros bienes caigan en manos de los alemanes y, lo que es más importante, hemos de evitar caer nosotros mismos. No vamos a esperar a que vengan a buscarnos, como es probable que pase, y por esto debemos estar dispuestos a marcharnos de casa.

—¿Y cuándo va a ser? —le pregunté.

Las palabras y el semblante grave de mi padre me habían llenado de angustia.

—No te alarmes. Ya nos ocupamos de todo. Procura divertirte y aprovecha mientras tengas todavía ocasión de hacerlo.

Esto fue todo. Dios quiera que estos sombríos proyectos no sean una realidad… demasiado pronto…

Tuya,

ANNE

Miércoles, 8 de julio de 1942

Querida Kitty:

Me parece que han pasado años entre el domingo por la mañana y hoy. Los acontecimientos se han precipitado, como si el mundo entero se hubiera vuelto al revés. Sin embargo, Kitty, ya ves que sigo viviendo, y esto es lo principal, como dice mi padre.

Sigo viviendo, efectivamente, pero no me preguntes dónde ni cómo. No comprendes nada, ¿verdad? Bien, voy a explicarte enseguida lo que ha ocurrido desde el domingo por la tarde.

A las tres, cuando Harry acababa de marcharse, llamaron a nuestra puerta. Yo no lo oí, pues estaba leyendo en la veranda, perezosamente tendida al sol en una butaca. De pronto, Margot apareció, visiblemente alterada, en la puerta de la cocina.

—Papá ha recibido una citación de las S.S. —murmuró—. Mamá acaba de irse a casa del señor Van Daan.

Van Daan es un colega de papá y amigo de casa. Yo me asusté, pues nadie ignora el significado de una citación. Por mi cabeza desfilaron campos de concentración y celdas solitarias. ¿Íbamos a dejar que se llevasen a papá?

—Naturalmente, papá no se presentará —dijo Margot mientras esperábamos el regreso de mamá, las dos en nuestro cuarto.

—Mamá ha ido a casa de los Van Daan para ver si mañana mismo podemos trasladarnos al lugar elegido para escondernos. Los Van Daan se ocultarán con nosotros y en total seremos siete.

Permanecimos calladas, incapaces de pronunciar una sola palabra, pensando en nuestro padre, que, desde luego, temía lo que iba a ocurrir y había ido a visitar a unos ancianos que residían en el Asilo judío. No nos dejaban hablar la espera, la tensión y el calor.

De pronto, llamaron a la puerta.

—Debe ser Harry —dije.

—No abras —dijo Margot deteniéndome.

No hice caso porque pudimos oír a mamá y al señor Van Daan hablando con Harry antes de entrar y después cerrar la puerta tras ellos. Cada vez que sonaba el timbre, Margot bajaba sin hacer ruido, o bajaba yo para ver si era papá, pues no pensábamos abrir a nadie más.

Como el señor Van Daan deseaba hablar a solas con mi madre, Margot y yo nos vimos obligadas a salir de la habitación. En nuestro cuarto, Margot me confesó que, en realidad, la citación no iba dirigida a papá, sino a ella. Me entró miedo y empecé a llorar. Margot tiene dieciséis años. Con ello quedaba claro la intención de llevarse a las muchachas de su edad. Mamá ha dicho que, desde luego, Margot no se marchará. Cuando mi padre me hablaba de nuestro escondite, seguramente debía aludir a esta eventualidad.

¿Adónde iríamos a escondernos? ¿Sería en una casa en la ciudad, o en una choza en el campo? ¿Y cuándo? ¿Y cómo? No me atrevía a preguntar nada, aunque la curiosidad no dejaba de asaltarme. Margot y yo guardamos lo estrictamente indispensable en nuestras carteras. Por mi parte, lo primero que puse fue este cuaderno, luego mis rulos para el cabello, pañuelos, libros de texto, peines y cartas viejas. Estaba obsesionada por la idea de que íbamos a escondernos y empaqueté las cosas más inverosímiles. No lo lamento, pues tengo en más estima mis recuerdos que mis vestidos.

Por fin, a las cinco llegó mi padre. Telefoneamos al señor Koophuis para rogarle que viniera a nuestra casa aquella misma tarde. Van Daan fue a buscar a Miep, que está empleada en el despacho de mi padre desde 1933 y se ha convertido en una gran amiga nuestra, lo mismo que Henk, con quien se casó hace poco. Miep vino y se llevó un bolso lleno de zapatos, calcetines, ropa interior, trajes y abrigos, y prometió volver por la tarde. Después, la casa quedó sumida en una profunda calma. Ninguno de nosotros cuatro tenía apetito, hacía calor y todo parecía extraño. Habíamos alquilado una gran habitación del primer piso a un tal señor Goudsmit, un divorciado que pasaba de los treinta años. Aquella tarde parecía no tener nada que hacer y no pudimos desembarazarnos de él hasta pasadas las seis, a pesar de las reiteradas indirectas que le dirigimos con la idea de echarlo antes. Miep y Henk van Santen llegaron a eso de las once, para volver a salir a medianoche cargados de calcetines, zapatos, libros y ropa interior, que embutimos en un bolso de Miep y en los amplios bolsillos de Henk. Yo estaba extenuada y me dormí inmediatamente, aun cuando me daba cuenta de que era la última noche que dormía en mi cama. Mamá me despertó el día siguiente a las cinco y media de la mañana. Afortunadamente, gracias a una lluvia tibia que no debía cesar en todo el día, el tiempo era más fresco que el domingo. Cada uno de nosotros se vistió como para emprender una expedición al Polo Norte, tal era la cantidad de vestidos que llevábamos encima. En aquellas circunstancias, ningún judío se hubiera atrevido a salir de su casa con una maleta. Yo me había puesto dos camisas, tres calzones, un vestido y una falda encima, una chaqueta y un abrigo de entretiempo, dos pares de calcetas, unas botas, una boina, un chal y no recuerdo qué otras cosas más. Me ahogaba ya antes de salir, pero no hacía caso de ello.

Margot había salido en bicicleta, con la cartera llena de libros de texto, para seguir a Miep hacia el lejano destino que no conocíamos. Yo seguía ignorando dónde se encontraba el misterioso lugar que iba a ser nuestro refugio. A las siete y media cerramos la puerta de la casa. Me despedí del único ser viviente que quedaba allí, el gato, que iba a refugiarse en casa de unos vecinos, según las instrucciones que dejamos escritas en una carta para el señor Goudsmit.

En la cocina dejamos medio kilo de carne para el gato y la vajilla para el desayuno, y quitamos las sábanas y las colchas de las camas, pues queríamos dar la sensación de una marcha precipitada. Pero la impresión que pudiera producir la casa no tenía mucha importancia para nosotros; lo que nos importaba era partir y llegar a buen puerto.

Mañana continuaré.

Tuya,

ANNE

Jueves, 9 de julio de 1942

Querida Kitty:

Nos pusimos en camino bajo una lluvia persistente. Papá y mamá, cada uno con un bolso de compras atiborrado de toda clase de provisiones, y yo con mi cartera llena a rebosar.

Los obreros madrugadores nos contemplaban con un aire de lástima, y sus rostros reflejaban la pena que les causaba no poder ofrecernos medio alguno de locomoción. Nuestra estrella amarilla bastaba para impedírselo.

Por el camino, mis padres me fueron revelando poco a poco la historia de nuestro escondite. La fecha prevista para nuestra voluntaria desaparición era el 16 de julio, pero desde hacía ya algunos meses habían mandado trasladar allí parte de nuestros muebles, pieza a pieza, y asimismo ropa para el servicio de la casa y vestidos. A causa de la citación tuvimos que anticipar la marcha diez días, de modo que íbamos a tener que conformarnos con una instalación más rudimentaria. El escondite se hallaba en el edificio donde estaban las oficinas de mi padre. Esto es algo difícil de comprender si previamente no se está al corriente de las circunstancias; por esto voy a procurar explicarlo. El personal que trabajaba con mi padre no era muy numeroso: los señores Kraler y Koophuis, Miep y, por último, Elli Vossen, una mecanógrafa de veintitrés años. Todos ellos estaban al corriente de nuestra llegada. El padre de Elli, el señor Vossen y los dos hombres que lo secundaban en el almacén no habían sido puestos al corriente de nuestro secreto.

La disposición del inmueble es la siguiente: en la planta baja, un gran almacén que sirve también de depósito. Al lado de la puerta del almacén está la de la entrada principal de la casa, tras la cual una segunda puerta da acceso a una pequeña escalera (A). Subiendo por ella se encuentra una puerta cuya parte superior es de vidrio deslustrado donde tiempo atrás campeaba un rótulo en letras negras: Despacho. Es, en efecto, el despacho que da sobre el canal, una habitación espaciosa y clara cuyas paredes aparecen ocupadas por archiveros, y demasiado llena de muebles para el personal reducido que trabaja en ella durante el día, tres en total: Elli, Miep y el señor Koophuis. A través de una especie de vestidor, donde está la caja fuerte y un armario que contiene material de oficina, se llega a una habitación pequeña y oscura que da al patio; en ella trabajaban antes los señores Kraler y Van Daan, pero ahora es del exclusivo dominio del señor Kraler. Hay otro acceso a este despacho, una puerta encristalada, que se halla al final del vestíbulo y se abre desde el interior del despacho, pero no desde el exterior.

Por otra salida del mismo despacho se va a parar a un estrecho pasadizo, en el que se encuentra la carbonera, y al final, subiendo cuatro peldaños, se llega por fin a un digno santuario orgullo de la casa, en cuya puerta se puede leer: Privado. En la habitación a que da acceso se pueden contemplar unos muebles suntuosos y oscuros, el piso cubierto con unas hermosas alfombras, una lámpara magnífica y un aparato de radio, todo de primera calidad. Al lado de esta habitación hay una espaciosa cocina con dos hornillas de gas y una caldera para el baño. Al lado de la cocina, los baños. Éste es el primer piso.

Partiendo del corredor de la planta baja, se sube por una escalera de madera blanca (B), hasta un descansillo que forma un corredor, con puertas a derecha e izquierda; las de la izquierda dan acceso a la parte delantera de la casa, en la que hay unas grandes habitaciones que sirven de almacén y de depósito, con un desván y una buhardilla en la parte anterior. Se llega también a las habitaciones de delante por una segunda puerta de entrada (C), subiendo por una escalera muy empinada, característica de las casas holandesas, y muy a propósito para romperse los brazos y las piernas.

La puerta de la derecha conduce a las habitaciones del anexo, que dan sobre el jardín. Nadie sospecharía que detrás de esta puerta pintada de gris hubiera tantas habitaciones. Se llega a ella subiendo algunos peldaños, y al abrirla se entra en el anexo.

Frente a esta puerta hay una escalera muy empinada; a la izquierda, un corredor lleva a la estancia que desde ahora va a ser el hogar de los Frank, y al mismo tiempo el dormitorio del señor y la señora Frank. Al lado de ésta, otra habitación más reducida se ha transformado en el cuarto de estudio y dormitorio de las señoritas Frank. A la derecha de la escalera hay una habitación sin ventana alguna, con una pila para lavarse, y un pequeño reducto con un lavabo. Una puerta da acceso a la habitación que voy a compartir con Margot.

Al abrir la puerta del rellano del segundo piso, uno se queda sorprendido de encontrar tanto espacio y tanta luz en el anexo de una casa tan vieja. Las casas que bordean los canales de Ámsterdam son las más antiguas de la villa. La habitación servirá de dormitorio del matrimonio Van Daan y, además de cocina, sala de estar, comedor y estudio o taller. Es muy espaciosa y hasta ahora había servido de laboratorio. Hay un horno de gas y un fregadero. Otra pequeña habitación, que en realidad es un pasadizo, va a constituir el dominio de Peter Van Daan. En esta parte trasera de la casa, hay también un desván y una buhardilla. Tengo, pues, el honor de introducirte en nuestro suntuoso anexo.

Tuya,

ANNE

Viernes, 10 de julio de 1942

Querida Kitty:

He debido de aburrirte mucho con mi larga y fatigosa descripción de nuestra nueva residencia, pero considero muy importante que sepas en qué rama me he posado.

Voy a continuar mi relato, pues no he terminado todavía. Cuando llegamos a la casa sobre el Prinsengracht, Miep nos hizo subir al anexo y cerró la puerta en cuanto entramos. Estábamos solos. Margot, que había ido en bicicleta, nos esperaba ya. En la espaciosa habitación que íbamos a ocupar, así como en las demás, reinaba un desorden inimaginable. Las cajas transportadas durante los meses precedentes estaban esparcidas por el suelo, encima de las camas, por todas partes. En la habitación destinada a Margot y a mí, la ropa blanca y las colchas se apilaban hasta el techo. Si queríamos dormir aquella noche en la cama teníamos que remangarnos y poner manos a la obra sin perder tiempo. Mi madre y Margot, extenuadas, se dejaron caer sobre los colchones. Mi padre y yo, los únicos ordenados de la familia, opinábamos que debíamos entregarnos a la tarea sin tardanza.

Pasamos el día desembalando cajas, guardando la ropa en los armarios, poniendo orden en el caos que reinaba, para poder, por fin, dejarnos caer muertos de cansancio en las camas recién hechas. Mi madre y Margot porque estaban extenuadas y nerviosas, y mi padre y yo porque teníamos mucho trabajo, no probamos bocado en todo el día.

El martes por la mañana reanudamos el trabajo que había quedado por hacer. Elli y Miep, que se ocupan de nuestro aprovisionamiento, fueron a buscar nuestras raciones. Mi padre se dedicó a camuflar las luces; fregamos y lavamos el suelo de la cocina, total que no nos dimos punto de reposo en todo el día. Hasta el miércoles no encontré un minuto para pensar, en medio del ajetreo, que de la noche a la mañana mi vida había cambiado por completo. Por fin lo he encontrado también para contarte todo esto y para darme cuenta de lo que me ha sucedido y de lo que aún puede suceder.

Tuya,

ANNE

Sábado, 11 de julio de 1942

Querida Kitty:

Ni mi padre ni mi madre ni Margot pueden acostumbrarse al campanario de la Westertoren, que toca cada cuarto de hora. En cambio, yo me he habituado enseguida y lo encuentro maravilloso, sobre todo por la noche, porque su sonido familiar da confianza. Quizá te interese saber si me encuentro a gusto en mi escondite. No puedo contestarte; ni yo misma lo sé. Me parece que no llegaré a considerar esta casa como mi casa; esto no quiere decir que me sienta desgraciada en ella. Más bien tengo la sensación de que estoy pasando unas vacaciones en una pensión original. Tratándose de un escondite, esta opinión tal vez te parezca pintoresca, pero yo lo veo así. Como refugio, nuestro anexo es ideal. Aunque húmedo e irregular, es un rincón suficientemente confortable y único en su género. No se encontraría otro igual en todo Ámsterdam y tal vez en Holanda entera.

Nuestro pequeño dormitorio, con sus paredes lisas, ofrecía un aspecto de desnudez, pero gracias a mi padre, que había llevado ya antes mi colección de postales y mis fotos de artistas de cine, he podido, con un poco de cola y un pincel, convertirlo en una vasta ilustración. Ahora es mucho más alegre, y cuando lleguen los Van Daan veremos el partido que se puede sacar de la madera que hay en el desván. Tal vez podamos construir algunos estantes y otros adornos.

Mamá y Margot se van recuperando. Ayer, por primera vez, mamá tuvo la idea de hacer sopa de chícharos, pero por estar platicando se olvidó de ella y no fue posible arrancar de la cacerola los chícharos carbonizados.

El señor Koophuis me ha traído un libro, Boek voor de Jeugd. Ayer por la noche fuimos los cuatro al despacho privado a escuchar la radio de Londres. Me asustaba tanto pensar que alguien pudiera oírnos que literalmente supliqué a mi padre que volviéramos al anexo. Mi madre comprendió mi angustia y subió conmigo. Vivimos en un constante sobresalto, con un miedo horrible de ser oídos o vistos por los vecinos. El día de nuestra llegada confeccionamos unas cortinas. Propiamente hablando, no son cortinas, pues para confeccionarlas hemos aprovechado unos retazos que no se parecen en nada entre ellos, ni en la forma, el color, la calidad o el dibujo. Por si faltaba algo, mi padre y yo cosimos los retazos con la poca gracia del profano en el oficio. Estos abigarrados ornamentos se sostienen en las ventanas por medio de chinchetas y allí estarán hasta el fin de nuestra estancia.

El edificio de la derecha está ocupado por una gran casa de mayoristas y el de la izquierda por un fabricante de muebles. ¿Podrían estos hombres oírnos? Cuando termina la jornada de trabajo no queda nadie en estos locales, pero nunca se sabe, y tenemos miedo de que nos oigan. Margot se ha resfriado y le hemos prohibido que tosa por la noche. Para ayudarla, la atiborramos de codeína.

Me alegro de la llegada de los Van Daan, prevista para el próximo martes. Seremos más, tendremos más distracciones y habrá menos silencio, pero será más alegre. El silencio es lo que me pone más nerviosa, día y noche. No sé qué daría por que uno de nuestros protectores viniera a dormir aquí.

Me siento oprimida, indeciblemente oprimida por el hecho de no poder salir nunca. Tengo miedo de que nos descubran y nos fusilen. Ésta es, naturalmente, una perspectiva menos halagüeña.

Durante el día tenemos que andar de puntillas y hablar en voz baja, a fin de que no nos oigan desde el almacén. Me llaman.

Tuya,

ANNE

Viernes, 14 de agosto de 1942

Querida Kitty:

Hace un mes que no me ocupo de ti, pero en realidad no ha habido novedades dignas de ser anotadas cada día. Los Van Daan llegaron el 13 de julio. Los esperábamos el 14, pero entre el 13 y el 16 los alemanes prodigaron las citaciones de tal modo que cundió la inquietud y los Van Daan prefirieron anticipar su llegada como medida de precaución. El primero en llegar fue Peter, el hijo de los Van Daan, a las nueve y media, y nos encontró desayunando. Es un muchacho de aventajada estatura que no ha cumplido aún los dieciséis años, tímido y un poco pesado. No espero gran cosa de semejante compañero. Vino con su gato Mouschi. Media hora más tarde llegaron sus padres. La señora Van Daan nos hizo reír al sacar un orinal de una gran caja para sombreros.

—Sin el orinal al alcance, me parece que no estoy en casa —nos dijo.

Fue el primer objeto que encontró lugar adecuado, debajo del sofá-cama. El señor Van Daan no trajo ningún orinal, pero sí, en cambio, una mesita plegable para tomar el té.

Los tres primeros días hicimos las comidas juntos, en una atmósfera de gran cordialidad. Tras estos primeros días, todos sabíamos ya que formábamos parte de una sola y gran familia. Como toda la semana los Van Daan habían formado parte todavía del mundo exterior, tenían mucho que contarnos. Entre otras cosas, nosotros teníamos gran interés en saber lo que había sido de nuestra casa y del señor Goudsmit. El señor Van Daan nos dijo:

—El lunes por la mañana me llamó el señor Goudsmit por teléfono y me preguntó si podía pasar por su casa, lo que hice sin tardar. Estaba fuera de juicio. Me enseñó una nota que habían dejado los Frank y me preguntó si debía llevar el gato a casa de los vecinos. Yo le dije que sí, desde luego. El señor Goudsmit temía un registro y, en previsión, echamos una ojeada por todas las habitaciones poniendo un poco de orden en ellas y quitamos la mesa que estaba puesta. De pronto, en la mesita de escribir de la señora Frank, vi un librito de notas en el que había escrita una dirección de Maastricht. Simulé sorpresa y temor, aun cuando yo sabía ya que ustedes la habían dejado intencionadamente, y rogué al señor Goudsmit que quemase inmediatamente aquel papel tan comprometedor. Sostuve sin cejar que ignoraba los detalles de la desaparición de ustedes y, tras haber visto el papel escrito, se me ocurrió una idea y le dije: “Señor Goudsmit, creo recordar algo que podría tener alguna relación con esta dirección. Me viene a la memoria la visita de un alto oficial al despacho del señor Frank hace unos seis meses. Aquel oficial estaba destinado a la región de Maastricht y parecía ser amigo de juventud del señor Frank, pues le prometió ayuda ‘en caso de apuro’ ”. Añadí que probablemente dicho oficial había mantenido su palabra facilitando de una u otra forma la huida de la familia Frank a Suiza, a través de Bélgica. Le recomendé que divulgara la noticia entre los amigos que se interesasen por los Frank, sin mencionar para nada Maastricht. Después me fui. Tuve ocasión de comprobar por diversos conductos que la mayoría de los amigos de ustedes habían sabido lo que yo le dije al señor Goudsmit.

La historia nos pareció divertida y nos reímos más aún de la desbordada imaginación de la gente, según otras historias que nos relató el señor Van Daan. Había quien nos había visto a los cuatro en bicicleta una madrugada, y una señora llegó a afirmar que sabía de muy buena tinta que habíamos marchado, en plena noche, en un automóvil militar.

Tuya,

ANNE

Viernes, 21 de agosto de 1942

Querida Kitty:

En lo sucesivo, nuestro escondite puede reivindicar justamente este nombre. El señor Kraler opinaba que debíamos colocar un armario delante de la puerta de acceso a nuestras habitaciones, pues se están practicando muchos registros para encontrar bicicletas ocultas, pero un armario giratorio que se abriera como una puerta.

El señor Vossen ha trabajado con verdadero ahínco en la fabricación de esta invención. Entretanto, ha sido puesto al corriente de las siete pobres almas escondidas en el anexo, y se desvive por servirnos. Ahora, desaparecidos los peldaños que había delante de la puerta, debemos inclinarnos primero y saltar después, siempre que queremos ir a las oficinas. A los tres días, no había cabeza sin su correspondiente chichón por haber chocado contra el bajo dintel de la puerta. En vista de ello, pusimos una especie de parachoques, en forma de un pedazo de tela relleno de virutas. Vamos a ver si con ello remediamos algo.

Apenas estudio. Me he tomado vacaciones hasta septiembre. Después, mi padre será mi profesor. Mucho me temo que habré olvidado buena parte de lo que aprendí en el colegio.

Nuestra vida ofrece pocas posibilidades de cambiar. No hago buenas migas con el señor Van Daan, que, en cambio, se entiende de maravilla con mi hermana Margot. Mi madre me trata como una niña, lo que me resulta insoportable. Aparte de esto, vamos tirando. Con el trato, Peter no gana nada: es cargante y bastante perezoso. Se pasa el día tumbado en la cama. A veces se entretiene en trabajos de ebanistería para volver a descabezar un sueño. ¡Qué imbécil!

En la calle hace buen tiempo y bastante calor. A pesar de todo, lo aprovechamos lo más posible relajándonos en la cama plegable del desván, donde el sol entra a raudales por la ventana abierta.

Tuya,

ANNE

Miércoles, 2 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

El señor y la señora Van Daan se han peleado de una manera inaudita. Nunca he visto cosa igual en mi casa, pues mis padres se guardarían mucho de gritarse de aquel modo. La causa fue una tontería que no valía la pena. ¡Qué le vamos a hacer! Cada uno es como es.

Esto es, naturalmente, menos divertido para Peter, que está siempre atrapado entre uno y otro. Pero perezoso como es y, por añadidura, delicado, nadie lo toma en serio. Ayer se puso tonto porque la lengua se le puso azul, en vez de roja, singularidad que por otra parte desapareció en un momento. Hoy tiene tortícolis y se paseó con una bufanda enrollada al cuello. El señor Van Daan, a su vez, se queja de lumbago. Es un experto en los dolores de la región comprendida entre el corazón, el pecho y los riñones. Yo creo que es un verdadero hipocondriaco. (Se dice así, ¿verdad?)

Las relaciones entre mi madre y la señora Van Daan no son precisamente muy buenas; la verdad es que hay motivos de queja. Para darte una pequeña muestra: del armario donde se guarda en común la ropa blanca, la señora Van Daan ha retirado sus sábanas, dejando sólo tres, y le parece natural que la ropa de cama de mi madre sirva para todo el mundo. Se va a quedar chasqueada al ver que mi madre ha seguido su ejemplo.

Otra cosa: la señora Van Daan está molesta, y no lo disimula, porque la comunidad se sirve de su vajilla y no de la nuestra, y por todos los medios trata de saber dónde hemos metido nuestra vajilla. Lo cierto es que no está muy lejos, está mucho más cerca de lo que ella cree: en el desván, empacada en cajas y detrás de un montón de carteles. No hay manera de encontrar la vajilla, lo que debe interpretarse en el sentido de que tomamos precauciones por si nuestra estancia se prolonga. A mí siempre me ocurren desgracias: ayer, por ejemplo, se me cayó un plato sopero de la vajilla de la señora Van Daan y se hizo pedazos.

—Ya podías tener un poco de cuidado —me gritó furiosa—. Esta vajilla es todo lo que poseo.

En estos últimos días, el señor Van Daan se desvive para atenderme. Si esto le satisface… Esta mañana mi madre me ha abrumado otra vez con sus sermones; esto me horroriza. Nuestras opiniones son completamente opuestas. Mi padre es un encanto; a veces se enfada conmigo, pero su enfado no dura nunca cinco minutos.

La semana pasada, un pequeño incidente vino a alterar la monotonía de nuestra vida. Se trataba de un libro sobre la mujer, de Peter. A título de información, a Peter y a Margot se les permite leer todos los libros que nos presta el señor Koophuis, pero tratándose de un libro sobre un tema tan delicado, se consideró que solamente debía ser leído por las personas mayores. Esto bastó para despertar la curiosidad de Peter. ¿Qué podía haber de prohibido en aquel libro? Se lo quitó a hurtadillas a su madre mientras estaba hablando con nosotras, y se fue al desván con el botín. La cosa fue bien durante unos días. La señora Van Daan se había dado cuenta de los manejos de su vástago, pero no decía nada a su marido, hasta que éste lo sospechó. Se puso fuera de sí, pero consideró que, con recobrar el libro, el incidente quedaba liquidado. El hombre no contaba con la curiosidad de su hijo, que no se dejó intimidar lo más mínimo por la cólera paterna.

Peter pretendía leer hasta el final, por todos los medios, el libro, que era muy interesante. Entretanto, la señora Van Daan había solicitado la opinión de mi madre. Mi madre opinaba que este libro no era indicado para Margot, aun cuando le permitía leer la mayor parte de los demás que teníamos.

—Entre Margot y Peter hay una gran diferencia, señora Van Daan —dijo mi madre—. En primer lugar, Margot es una muchacha, y no ignora usted que las jóvenes suelen ser más precoces que los muchachos. Además, como Margot ha leído ya bastantes libros para personas mayores, no siente ninguna inclinación por los libros prohibidos; y por último, Margot, con sus cuatro cursos de segunda enseñanza, está más ilustrada y ha desarrollado más su inteligencia.

La señora Van Daan estuvo de acuerdo con mi madre, pese a no aconsejar que se permitiese a los jóvenes la lectura de libros para adultos.

Peter seguía buscando los momentos propicios para apoderarse del botín, cuando los mayores estaban distraídos. La otra tarde, a eso de las siete y media, mientras los demás estábamos escuchando la radio en el despacho privado, se fue con su tesoro al desván. Hubiera debido bajar a las ocho y media, pero el libro era tan interesante que se le fue el santo al cielo y no se acordó de la hora. Al volver, se encontró con su padre que entraba en la habitación. Ya puedes imaginarte la escena. Un golpe, una bofetada y un minuto después el libro estaba sobre la mesa y Peter en el desván. Ésta era la situación a la hora de la cena. Nadie se preocupaba por Peter, que seguía castigado. La comida transcurría como si tal cosa; reinaba el buen humor, hablábamos, nos reíamos. De pronto palidecimos al oír un agudo silbido. Todos dejamos en el acto los tenedores y cuchillos encima de la mesa y nos miramos aterrados. Después se oyó la voz de Peter que decía por el tubo de la estufa: “Están en un error si creen que voy a bajar”. El señor Van Daan dio un salto, tiró su servilleta y, rojo de ira, aulló: “Ya basta, ¿me oyes?”. Temiendo el escándalo, papá lo tomó por el brazo y subió al desván con él. Se oyó una disputa y unos golpes. Peter se fue a su habitación, cerró la puerta y los hombres se sentaron otra vez a la mesa. La señora Van Daan quería guardar un bocadillo para su hijo, pero su marido se mostró inflexible: “Si no se excusa inmediatamente le voy a obligar a pasar la noche en el desván”.

Los demás procuramos calmarlo, diciendo que ya era castigo bastante dejarlo sin comer. Y si Peter atrapara un resfriado, ¿adónde iría a buscar un médico?

Peter no quiso excusarse y volvió al desván. El señor Van Daan decidió que ya se había hablado bastante del asunto. Sin embargo, a la mañana siguiente pudimos comprobar que su hijo había dormido en la cama, aunque a las siete estaba otra vez en el desván. Fueron necesarios los buenos oficios de mi padre para persuadirlo de que bajase. Durante tres días se encerró en un silencio obstinado, acompañado de hurañas miradas. Después renació la calma.

Tuya,

ANNE

Lunes, 21 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

Hoy me limito a las noticias corrientes del anexo.

La señora Van Daan es insoportable; yo me gano una reprimenda tras otra por mi parloteo interminable. La señora Van Daan no pierde ocasión para ponernos los nervios de punta. Su manía más reciente consiste en no lavar las cacerolas y en vez de quitar lo que queda en ellas y guardarlo en un plato, como solemos hacer, lo deja hasta que se estropea. Y cuando le toca a Margot el turno de fregar la vajilla y se encuentra con que hay siete platos y siete vasos que esperan ser limpiados, le dice, como si nada: “¡Margot, buen trabajo te ha caído!”.

Mi padre me ayuda a establecer nuestro árbol genealógico paterno. Y me cuenta de cada uno de los personajes alguna historia sugestiva que me interesa mucho.

El señor Koophuis me trae libros cada quince días. La serie Joop ter Heul me entusiasma. Me gusta especialmente toda la obra de Cissy van Marxveldt. He leído por lo menos cuatro veces Een Zomerzotheid, y cada vez vuelvo a reírme con las situaciones jocosas que se encuentran en él.

He reanudado mis estudios. Trabajo mucho en francés y cada día me aprendo de memoria cinco verbos irregulares. Peter ha empezado a estudiar inglés suspirando mucho. Nos han traído algunos libros de texto y por mi parte dispongo de buena provisión de cuadernos, lápices, gomas y etiquetas, que había traído en previsión. A veces escucho la radio Holanda de ultramar. Ahora acaba de hablar el príncipe Bernardo. Tendrá otro hijo en enero, según ha dicho. Me alegro. Todos se asombran de que yo sea tan monárquica.

Hace unos días, los mayores opinaban que, después de todo, yo era bastante ignorante. Al día siguiente tomé la firme resolución de ponerme inmediatamente a trabajar. No me gusta nada la perspectiva de encontrarme en la misma clase a los catorce o quince años.

A continuación, hablaron de libros, pero casi todos los libros de los mayores están prohibidos para mí. Mi madre está leyendo ahora Heeren, knechten en vrouwen, que también puede leer Margot, pero yo no. Antes debo ilustrarme más, como mi inteligente hermana. También hablaron de mi ignorancia; no sé nada de psicología, de filosofía y de fisiología. Quizás el año próximo sea menos ignorante. He copiado estas raras palabras del diccionario.

Me he dado cuenta de una cosa desastrosa: no tengo más que un vestido de manga larga y tres chalecos para el invierno. Mi padre me ha permitido tejer un suéter blanco de lana; la lana no es muy bonita, pero en compensación me dará calor. Tenemos aún vestidos guardados en casa de algunos amigos, pero es una lástima no poder recuperarlos antes de terminar la guerra, y, además, no sabemos si nos los van a guardar hasta entonces.

Hace un momento, apenas acababa de escribir algo sobre la señora Van Daan, ésta tuvo la ocurrencia de entrar en mi cuarto. ¡Clac! Diario cerrado.

—Entonces, Anne, ¿no me dejas echar una ojeada a tu Diario?

—No, señora.

—Vamos, sólo la última página.

—No, señora, ni la última página.

Sentí un gran pánico. Precisamente en la última página la señora Van Daan no había sido muy favorecida.

Tuya,

ANNE

Viernes, 25 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

Anoche estuve de “visita” en casa de los Van Daan para charlar un poco, lo que ocurre de vez en cuando. A veces se pasa un rato agradable. Tomamos bizcochos que saben a insecticida, pues la lata donde los guardan está metida en un ropero que huele a eso, y bebemos limonada.

Hablamos de Peter. Yo dije que Peter tenía la costumbre de acariciarme la mejilla, que esto me parecía insoportable y que no me gustaban ni poco ni mucho aquellas demostraciones.

Me preguntaron en un tono paternal si yo no podía verdaderamente sentir algún afecto por Peter, pues él me quería mucho, según dijeron. Yo pensé: “¡Dios mío!”, y dije: “¡Oh, no!”. ¡Qué idea!

Dije también que encontraba a Peter algo torpe y tímido, como todos los muchachos que no están acostumbrados a ver muchachas jóvenes.

Debo decir que nuestros protectores, sobre todo los hombres, demuestran mucho ingenio. Oye lo que se les ha ocurrido para dar noticias nuestras al apoderado de la Travies, el señor Van Djick, responsable de las mercaderías clandestinas y buen amigo. Nuestros protectores remiten una carta escrita a máquina a un farmacéutico cliente de la casa, que vive en la Zelanda meridional. Éste encuentra en la carta un sobre escrito de puño y letra por mi padre y entonces el farmacéutico se sirve de él para mandar su respuesta. Tan pronto como ésta llega, nuestros protectores sustituyen la carta del farmacéutico por una preparada por mi padre, dando señales de vida; la carta de mi padre se la enseñan al señor Van Djick dándole a entender que ha pasado clandestinamente por Bélgica y ha sido remitida vía Zelanda, y éste la lee sin desconfiar lo más mínimo. Han escogido Zelanda por ser limítrofe con Bélgica, donde el contrabando es cosa corriente, y también porque se puede ir hasta allá sin un permiso especial.

Tuya,

ANNE

Domingo, 27 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

Mi madre ha vuelto a tomarla conmigo, como de costumbre en estos últimos tiempos. Es lamentable, pero no nos entendemos, y lo mismo me ocurre con Margot. Desde luego, en casa no se dan los escándalos que a veces se oyen en la de nuestros vecinos de arriba, pero no por ello la situación es menos desagradable para mí. El modo de ser de mi madre y de Margot me es totalmente extraño. Llegué a comprender mejor a mis amigas que a mi propia madre. ¡Es lamentable!

La señora Van Daan vuelve a estar de un humor desesperante. Es muy caprichosa y ahora le ha dado por guardar bajo llave sus cosas, lo que hace cada vez con menos disimulo. A la desaparición de un objeto de los Frank, mi madre podría contestar con la de otro de los Van Daan. Así aprendería aquella señora.

Hay personas que se empeñan en educar a los hijos de los demás, además de los propios. Los Van Daan pertenecen a esta categoría. No se ocupan de Margot, por supuesto, ya que es la prudencia, la amabilidad y la inteligencia personificadas. Ahora bien, las personas mayores parecen necesitar algún chivo expiatorio, alguien a quien poder llamar díscolo e insoportable, y ahora este alguien soy yo, por supuesto. Todo lo que no puede caer sobre las espaldas de Margot, cae sobre las mías. A veces en la mesa, los reproches, con sus correspondientes réplicas insolentes, suben de tono. Mis padres me defienden ardorosamente, de tal modo que sin ellos no me vería capaz de sostener semejante lucha y mantener mi amor propio. A pesar de las recomendaciones de mis padres, que me reprochan continuamente mi locuacidad y querrían que no me metiera en nada y me mostrase más dócil, debo confesar que cosecho más fracasos que éxitos. Y si mi padre no fuese tan paciente conmigo, no me quedaría ninguna esperanza de poder llegar a contentarlos. Y no es que sean demasiado exigentes, la verdad.

Si se me ocurre servirme poca legumbre o algunas papas más, los Van Daan no salen de su asombro y aprovechan la ocasión para decir que soy una niña mimada.

—Toma un poco más de verdura, Anne, vamos…

—No, señora, gracias —contesto yo—. Me basta con las papas.

—Las verduras son buenas para la salud. Tu madre opina lo mismo. Vamos, toma un poco.

Y sigue insistiendo hasta que interviene mi padre aprobando mi negativa.

Entonces la señora se desmelena:

—En mi casa no ocurriría esto, porque sabemos educar a nuestros hijos. ¡Y ustedes llaman educación a esto! Si Anne fuera hija mía, no le permitiría que se portara así…

El disco de la señora Van Daan siempre empieza y termina del mismo modo:

—Si Anne fuera hija mía…

A Dios gracias, no lo soy.

Pero volviendo al asunto, las últimas palabras de la señora fueron seguidas de un silencio total. Después mi padre repuso:

—Yo creo que Anne está muy bien educada. Incluso ha aprendido a no contestar a los inacabables reproches que usted le dirige. Y en lo concerniente a las verduras, el reproche es especialmente inoportuno viniendo de usted.

¡Buen vapuleo el que se llevaba la señora! Con esto de “reproche inoportuno” mi padre aludía a la ínfima cantidad de verdura que acostumbraba servirse la señora Van Daan, que se concede el derecho de mimarse un poco porque, según dice, padece del estómago y las verduras le sientan mal si las toma antes de acostarse. Bien, pues que cierre el pico y me deje en paz. Es grotesco ver cómo se pone colorada por cualquier cosa. Yo, en cambio, no, y esto la saca de sus casillas, pero procura disimularlo.

Tuya,

ANNE

Lunes, 28 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

Ayer tuve que dejar de escribir sin terminar la carta. No resisto la tentación de ponerte al corriente de un nuevo malentendido que se ha suscitado, pero antes de esto, otra cosa:

Me parece ridículo que las personas mayores discutan con tanta facilidad por cualquier cosa. Hasta ahora estaba convencida de que esto de pelearse era una costumbre de chiquillos, que desaparecía con los años. Puede producirse una “verdadera” disputa por una razón seria, pero las palabras ofensivas que oigo constantemente aquí no tienen ninguna razón de ser y, sin embargo, están a la orden del día. Debería acostumbrarme a ellas, pero no lo consigo, ni lo conseguiré nunca mientras estas discusiones, las llaman así en vez de “peleas”, se produzcan por mi causa. No me conceden ninguna cualidad, en mí no hay nada bueno, absolutamente nada. Nunca acaban de criticar y de condenar mis maneras, mi aspecto o mi carácter. Ahora bien, hay una cosa a la que no me he acostumbrado: los gritos y palabras duras que me veo obligada a escuchar sin descomponerme. Esto es más fuerte que yo y no puede durar. Me niego a aguantar tantas humillaciones y voy a demostrarles que Anne Frank no nació ayer, y cuando les diga que antes de preocuparse por mi educación se preocupen de la suya, se quedarán de una pieza y acabarán por cerrar el pico. ¡Vaya maneras! ¡Son unos bárbaros! Cada vez que esto ocurre, me desconcierta tanta rudeza y, sobre todo, tanta estupidez (señora Van Daan), pero en cuanto me acostumbre, y esto será pronto, le devolveré los golpes uno a uno sin ningún miramiento. ¡Esta música va a cambiar!

¿Realmente soy tan maleducada y tan pretenciosa, tan obstinada, tan insolente, tan ignorante, tan perezosa, etcétera, etcétera, como ellos pretenden? No me pasan desapercibidos mis defectos, pero no hay que exagerarlos tanto. ¡Si tú supieras, Kitty, cómo estas injurias, estos insultos me hacen hervir la sangre! Esto no va a durar mucho, porque un día voy a estallar.

Bueno, ya te he aburrido bastante con mis disputas. Con todo, en la mesa se desarrolló una interesante conversación, que te voy a referir con gusto.

Ya no recuerdo cómo salió a relucir la legendaria modestia de Pim (Pim es el apodo que damos a mi padre). Nadie, ni aun los más idiotas, podrían negarlo. De pronto, la señora Van Daan, que es incapaz de sostener una conversación sin ponerse de ejemplo, dijo:

—Yo también soy modesta, incluso más que mi marido.

¡Qué desfachatez! Con sólo decir esto demuestra su falta de modestia. El señor Van Daan, que consideró indispensable aclarar lo de “incluso más que mi marido”, contestó con mucha calma:

—No me tengo por modesto. Sé por experiencia que las personas modestas no llegan muy lejos en la vida.

Y volviéndose hacia mí, añadió:

—Anne, no seas nunca modesta, porque no te servirá de nada.

Mi madre se mostró de acuerdo con este punto de vista, pero, naturalmente, la señora Van Daan tenía que intervenir dando su opinión sobre el interesante tema de la educación. Por una vez, no se dirigió directamente a mí, sino a mis padres:

—Al hacer esta recomendación a Anne, demuestran ustedes una concepción de la vida bastante original. Cuando yo era joven… Bueno, había mucha diferencia. El caso es que estoy convencida de que esta diferencia sigue existiendo, excepto en familias tan modernas como la suya.

La última alusión apuntaba claramente a los modernos métodos educativos que mi madre había defendido de manera reiterada.

La señora Van Daan, como de costumbre, se había puesto roja como un pavo por la emoción. Mi madre, en cambio, permanecía impasible. Las personas que se ruborizan se ven cada vez más arrastradas por sus emociones y corren el peligro de perder la partida. Mi madre, cuya palidez no se había alterado, quiso liquidar rápidamente el asunto y, sin tomarse tiempo para pensarlo, contestó:

—En efecto, señora Van Daan, creo que es mejor prescindir un poco de la modestia. Mi marido, Margot y Peter son excesivamente modestos. En cambio, su marido, Anne, usted y yo no lo somos… Quiero decir que no nos doblegamos fácilmente.

La señora Van Daan contestó:

—Mi querida señora Frank, no lo entiendo. Yo soy la personificación de la modestia… ¿Qué motivos tiene usted para dudar de ello?

Mi madre repuso:

—Ninguno en especial. Pero la verdad es que nadie que la conozca a usted puede decir que brilla por su modestia.

La señora Van Daan:

—Me gustaría saber en qué se conoce que no soy modesta. Aquí, por ejemplo, si yo no me las arreglase por mi cuenta, nadie se ocuparía de mí y me dejarían morir de hambre. Ésta no es razón suficiente para no admitir que soy tan modesta como su marido.

Mi madre no pudo menos que reírse de esta ridícula autodefensa. La señora Van Daan, cada vez más nerviosa, siguió hablando con su prosa salpicada de palabras altisonantes, en su original lenguaje alemán-holandés y holandés-alemán, hasta perderse en el laberinto de sus propios conceptos, y acabó abandonando la habitación. Al levantarse se volvió para fulminarme con la mirada. Había que verla. Apenas hubo vuelto la espalda, tuve la desgracia de mover la cabeza con un gesto de compasión, con una chispa de ironía. Lo hice casi inconscientemente, pero bastó para suscitar la ira de la señora, que se puso a proferir insultos en alemán, haciendo gala de un lenguaje bastante grosero, como una verdulera. Estaba colorada como un cangrejo. Me hubiera gustado dibujarla en tan grotesca actitud. Bueno, es una pobre mujer, una estúpida.

Esta escena me sugirió la convicción de que, peleándose de una vez por todas, se llega a conocer a fondo a una persona y se puede juzgar sobre su carácter sin temor a equivocarse.

Tuya,

ANNE

Martes, 29 de septiembre de 1942

Querida Kitty:

Las personas que viven ocultas tienen a su alcance experiencias muy pintorescas. Como no tenemos bañera, nos lavamos en una tina pequeña. Y como disponemos de agua caliente, que está en el despacho, en el piso de abajo, los siete aprovechamos esta ventaja por turno.

Y como somos muy distintos unos de otros, para algunos se plantea el problema del pudor, que cada cual posee en diferente medida. Así, cada cual tiene su rincón preferido, que utiliza a manera de cuarto de baño. Peter lo hace en la cocina, a pesar de que sólo está separada por una puerta con cristales. Cuando se dispone a bañarse, anuncia previamente que durante media hora no se deberá pasar por delante de la puerta de la cocina, y esto le parece suficiente. El señor Van Daan se baña en su habitación y la seguridad de estar en su casa le compensa la fatiga de subir el agua hasta el segundo piso. Mi padre utiliza el despacho privado y mi madre la cocina, tras la mampara. Margot y yo nos bañamos en el despacho de la parte del frente, allí nos pasamos un buen rato chapoteando. Los sábados, después de comer, corremos las cortinas, y la que está esperando turno acecha por una estrecha rendija a los curiosos que pasan por allí.

La semana pasada decidí buscar una instalación más confortable, pues la que utilizamos no me acaba de gustar. Peter me dio una idea. Voy a instalar mi tina en el espacioso baño del despacho, lo que me permitirá hasta sentarme y encender la luz, echar el cerrojo en la puerta y quedar al abrigo de miradas indiscretas. El domingo me he servido por primera vez de mi nuevo cuarto de baño, y la verdad es que me parece el más práctico de todos.

La semana pasada, los fontaneros estuvieron trabajando en el piso de abajo, en la conducción de agua desde el baño de los despachos hasta el corredor. Este cambio obedece a una precaución contra un invierno riguroso, con objeto de evitar que se congele el agua en las tuberías exteriores. La visita de los fontaneros nos resultó bastante incómoda, pues no podíamos abrir ningún grifo durante el día ni usar el baño. Tal vez no sea demasiado delicado contarte lo que hemos hecho en vista de las circunstancias, pero no soy lo bastante melindrosa como para pasar la cosa en silencio.

Desde nuestra instalación en el anexo y a falta de orinales, mi padre y yo habíamos improvisado unos cuantos con unos tarros de cristal de boca ancha, que encontramos en el laboratorio. Durante el trabajo de los fontaneros, tuvimos que guardar por fuerza los bocales en la habitación. Con todo, esto me parecía menos insoportable que la obligación de estar todo el día encerrada en una habitación, inmóvil, sentada en una silla, sin poder abrir la boca en todo el día. No puedes imaginar el suplicio que esto representaba para una señorita parlanchina. Hay que tener en cuenta que durante las horas de oficina debemos hablar en voz baja, pero estarse callada y sin poder moverse es cien veces peor. Después de tres días de semejante régimen, yo tenía el trasero insensibilizado, como con agujas. Felizmente, algo remediaba la gimnasia de la noche.

Tuya,

ANNE

Jueves, 1 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Ayer pasé un miedo tremendo. A las ocho alguien tocó insistentemente el timbre. Creí que eran “ellos”. Pero los demás dijeron que debía ser algún golfillo o el cartero, y esto me tranquilizó.

Cada día que pasa, el silencio se hace más denso a nuestro alrededor. Hay un químico farmacéutico judío, Lewin, que trabaja en la cocina del despacho, a las órdenes del señor Kraler, y conoce la casa hasta los más ocultos rincones. Por esto tememos que un buen día pueda ocurrírsele subir a echar un vistazo a su antiguo laboratorio. Permanecemos muy quietecitos. ¿Quién iba a sospechar que el manojo de nervios que era Anne hace dos meses sería capaz de permanecer horas y más horas clavada en una silla, sin moverse?

El día 29 fue el cumpleaños de la señora Van Daan. Sin llegar a festejarlo con pompa, la celebramos con unas flores, unos modestos regalos y hasta con alguna golosina. Los claveles rojos que le regaló su esposo parecen obedecer a una tradición familiar. Y ahora que hablamos de la señora Van Daan, te diré que su flirteo con papá me pone los nervios de punta. Le da palmaditas en la mejilla, le acaricia los cabellos, se sube la falda hasta más arriba de la rodilla, se las da de graciosa, y todo para llamar la atención de Pim. Afortunadamente a Pim no le gusta ni le divierte, y no le sigue el juego. Por si no lo sabías, soy muy celosa, de modo que no puedo soportarlo. A mi madre no se le ocurre coquetear con el señor Van Daan, cosa que ya le he dicho a la señora.

En contra de lo que yo creía, Peter a veces se muestra ocurrente. A los dos nos gusta disfrazarnos y el otro día nos reímos mucho con ello. Él se puso un vestido de su madre, que le quedaba muy ceñido, y un sombrero de señora, y yo un traje suyo y una gorra. La gente mayor se doblaba de risa y nosotros lo pasamos muy bien.

Elli ha comprado una falda para Margot y otra para mí, en la tienda “De Bijenkorf”. Son de lo peor que puede haber en confección, verdadera tela de arpillera, pero costaron veinticuatro y siete con cincuenta florines, respectivamente. ¡Qué diferencia de antes!

Voy a explicarte nuestra última diversión. Elli se las arregló para que Margot, Peter y yo podamos seguir un curso de taquigrafía por correspondencia, y ya contamos con ser unas perfectas taquígrafas el año que viene. Sea lo que sea, me siento un personaje con la idea de aprender esta especie de código secreto.

Tuya,

ANNE

Sábado, 3 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Ayer hubo otra pelotera. Mi madre informó a papá de todas las faltas que yo había cometido. Hizo una escena terrible. Se puso a sollozar y yo también, y por añadidura me entró una jaqueca espantosa. Al final, le dije a papá que lo quería mucho más que a mi madre. Él me contestó que todo pasaría, pero no le va a ser fácil hacerme creer esto. Debo esforzarme en conservar la calma ante mi madre. Mi padre querría que yo me mostrara solícita cuando mi madre no se encuentra bien. Debería atenderla sin esperar que me lo pidiese, pero nunca lo hago.

Trabajo mucho mi francés, y estoy leyendo la Belle Nivernaise.

Tuya,

ANNE

Viernes, 9 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Hoy no tengo más que malas noticias. La Gestapo va deteniendo sin cesar a muchos judíos, amigos nuestros. Los hace objeto de malos tratos y los transporta en vagones para ganado al gran campo de concentración para judíos en Westerbork, en el Drente. Westerbork debe ser algo de pesadilla. Centenares y centenares de personas se ven obligadas a lavarse en una sola habitación y no disponen de baño. Hombres, mujeres y niños duermen en la más completa promiscuidad, unos encima de otros, en el primer rincón que pueden encontrar. No hay que hablar de las consecuencias en esta mescolanza. Son muchas las mujeres y las muchachas que han quedado embarazadas. No tienen medio de huir, pues la mayoría se distinguen por su cabeza rapada y otros por su tipo judío.

Si esto ocurre ya en Holanda, ¿qué es lo que debe suceder en las bárbaras y lejanas regiones de las que Westerbork es únicamente la antesala? No ignoramos que esa pobre gente va a ser asesinada. La radio inglesa habla de cámaras de gas; a fin de cuentas, quizá sea éste el mejor medio para morir rápidamente. Esto me pone enferma. Miep nos cuenta tan a lo vivo estos horrores que ella misma está trastornada. Por citarte un ejemplo reciente, Miep se encontró delante de la puerta de su casa con una vieja judía paralítica, en espera de los hombres de la Gestapo que habían ido a buscar un coche para transportarla. La pobre anciana estaba aterrorizada bajo el bombardeo de los aviones ingleses; estaba temblando al contemplar los haces luminosos que se cruzaban como flechas en el cielo. Miep no tuvo el valor de hacerla entrar en su casa. Nadie lo hubiera tenido, por otra parte, pues se hubiera expuesto a un severo castigo de los alemanes.

Elli está también muy afectada. Su prometido debe partir para Alemania y teme que los aviones que sobrevuelan nuestras casas dejen caer su cargamento de bombas, a veces millares de kilos, sobre la propia cabeza de Dirk. Las bromas, como que “no le alcanzarán mil kilos” y “basta con una sola bomba”, me parecen de un gusto dudoso. Dirk no es el único obligado a partir, desde luego. Cada día salen trenes llenos hasta el tope de muchachos destinados al servicio obligatorio del trabajo en Alemania. Si el convoy se detiene en alguna estación del camino, hay siempre algunos que intentan escapar, pero son muy pocos los que lo logran.

No he llegado todavía al final de mi oración fúnebre. ¿Has oído hablar alguna vez de rehenes? Es lo último que se les ha ocurrido para castigar a los saboteadores. Es lo más atroz que se pueda imaginar. Ciudadanos inocentes y perfectamente respetables son detenidos y esperan su condena en la cárcel. Si el saboteador no es encontrado, la Gestapo fusila a cinco rehenes, así de simple. Con frecuencia los periódicos publican avisos de defunciones con el título: “Accidente fatal”. Pueblo de buenos sentimientos el alemán. ¡Y pensar que yo formaba parte de él! Pero no, hace ya mucho tiempo que Hitler nos ha convertido en apátridas. Por otra parte, no hay enemigos más encarnizados que los alemanes y los judíos.

Tuya,

ANNE

Viernes, 16 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Estoy muy ocupada. Acabo de traducir un capítulo de la Belle Nivernaise, tomando nota de las palabras que no conozco. He resuelto también un problema odioso y he hecho tres páginas de gramática francesa. Cada día me siento más abrumada con los problemas. Mi padre los detesta también, y generalmente los resuelvo yo mejor que él. La verdad es que no estamos muy fuertes ninguno de los dos, y con frecuencia tenemos que pedir auxilio a Margot. En taquigrafía, yo soy la más fuerte.

Ayer acabé de leer De Stormers. Es un libro muy bueno, pero muy por debajo de Joop ter Heul. Cissy van Marxveldt, en general, me parece una autora extraordinaria. He decidido que mis hijos lean todos sus libros.

Mi madre, Margot y yo somos otra vez las mejores amigas del mundo. Es mucho más agradable. Ayer por la tarde, Margot se recostó a mi lado. Era la mar de divertido estar recostadas en mi pequeña cama. Me ha preguntado si un día podrá leer mi Diario. Le he dicho que sí, limitando la lectura a ciertos pasajes, y le he pedido lo mismo con relación al suyo, y hemos quedado de acuerdo. Hablando, hablando, ha surgido el tema del porvenir. Le he preguntado cuáles eran sus planes, pero se resiste a hablar de ello y prefiere mantenerlo en secreto. Hemos hablado también vagamente de la enseñanza. No sé si piensa dedicarse a esto, pero creo que sí. En el fondo, yo no debería ser tan curiosa…

Esta mañana me acosté en la cama de Peter, después de haberlo echado. Se puso furioso, pero a mí me tiene sin cuidado. Ya es hora de que se muestre un poco más atento conmigo. Ayer en la tarde, sin ir más lejos, le regalé una manzana.

Le pregunté a Margot si me encontraba muy fea. Me contestó que tengo un aire divertido y unos ojos muy bonitos. Bastante vago, ¿no te parece?

Hasta la próxima.

Tuya,

ANNE

Martes, 20 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Hace dos horas pasamos un susto terrible, que ya debería haber olvidado, pero el caso es que todavía estoy temblando. En la casa hay cinco aparatos Minimax contra incendios. El carpintero, o un obrero cualquiera, debía venir a llenarlos. Nosotros lo sabíamos, pero nadie nos advirtió que sería precisamente hoy.

Resulta, pues, que ninguno de los refugiados ha observado las normas de prudencia exigidas en semejantes casos. En un momento dado, desde el descanso, oí unos martillazos al otro lado de la puerta-armario. Inmediatamente pensé que sería el carpintero y fui a decírselo a Elli, que comía con nosotros, a fin de que no bajara. Mi padre y yo montamos la guardia para vigilar la partida del obrero. Después de haber trabajado un cuarto de hora, puso su martillo y otras herramientas encima del armario, o así lo creímos nosotros, y llamó a nuestra puerta. Todos palidecimos. ¿Habría oído algo y quería examinar el misterioso andamiaje? Así parecía, pues el hombre golpeaba, tiraba y empujaba sin cesar. Aterrorizada, casi me desvanecí al pensar que el desconocido iba a descubrir nuestro escondite. Y en el momento en que creí desfallecer, oí la voz del señor Koophuis que decía:

—Abran, por favor… Soy yo.

Abrimos de inmediato. Se había enganchado el pestillo que sujeta la puerta al armario y que los iniciados pueden descorrer desde fuera. Por esto nadie había podido avisarnos de la hora en que empezaría el trabajo. El obrero se había marchado ya y el señor Koophuis, que venía a recoger a Elli, no podía abrir la puerta-armario.

Me sentí aliviada. En mi imaginación, el hombre dispuesto a entrar en nuestro refugio alcanzaba proporciones desmesuradas hasta convertirse en un verdadero gigante y, por añadidura, en el más fanático de los nazis.

Bueno, por esta vez sólo ha sido el susto, gracias a Dios.

En compensación, el lunes nos divertimos mucho. Miep y Henk van Santen pasaron la noche con nosotros. Margot y yo dormimos en la habitación de nuestros padres, pues cedimos la nuestra a los recién casados. Hicimos una comida deliciosa, pero el festín fue interrumpido por un cortocircuito producido en una de las lámparas. ¿Qué hacer? En la casa no faltaban fusibles, pero el tablero eléctrico está en el fondo del almacén, por lo que resultaba muy complicado llegar hasta allí a oscuras. Con todo, los hombres decidieron arriesgarse, y a los diez minutos ya pudimos apagar la improvisada iluminación de las velas, que resultaba muy graciosa.

Hoy me levanté muy temprano. Henk debía irse a las ocho y media. Miep bajó al despacho después de haber desayunado animadamente en familia, encantada de ahorrarse el trayecto en bicicleta, pues estaba lloviendo a torrentes.

La próxima semana, Elli vendrá a su vez a pasar una noche con nosotros.

Tuya,

ANNE

Jueves, 29 de octubre de 1942

Querida Kitty:

Mi padre está enfermo y su estado me inquieta terriblemente. Tiene ronchas y una temperatura muy alta. Diríase que es el sarampión. Figúrate, no podemos siquiera ir a buscar a un médico. Mamá hace todo lo posible para hacerlo sudar. Tal vez esto hará que le baje la fiebre.

Esta mañana, Miep nos explicó que el apartamento de los Van Daan fue saqueado. Todavía no se lo hemos dicho a la señora Van Daan, que está ya demasiado nerviosa en estos últimos tiempos. No nos seduce la perspectiva de escuchar sus lamentaciones acerca de su magnífica vajilla y de las magníficas sillas que habían quedado en el apartamento. También nosotros tuvimos que abandonar muchos y muy buenos objetos, pero no se gana nada con lamentarse.

Desde hace poco se me permite leer algunos libros de mayores. Estoy devorando Eva’s Jeugd, de Nico van Suchtelen. No veo mucha diferencia entre los libros aptos para muchachas y éste. En él se habla de mujeres que exigen mucho dinero a cambio de vender sus cuerpos a hombres desconocidos en callejuelas de mala nota. Yo me moriría de vergüenza. Después resulta que Eva pasa unos días al mes indispuesta, y lo dice muy claro. A mí me gustaría también estarlo; me sentiría más importante.

Mi padre ha sacado de la biblioteca las tragedias de Goethe y Schiller, y me va a leer unas páginas cada noche. Hemos empezado por Don Carlos.

Siguiendo el ejemplo de mi padre, mamá puso en mis manos su libro de oraciones. Para descargar mi conciencia, he leído algunas en alemán. Son muy bellas, pero no dicen gran cosa. ¿Por qué se empeña mi madre en inculcarme sentimientos religiosos?

Mañana vamos a encender la estufa por primera vez. Ya estoy viendo el humo que va a echar, después de tanto tiempo de no limpiarla. Esperemos que funcione.

Tuya,

ANNE

Sábado, 7 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Los nervios de mi madre me enervan terriblemente. ¿Es casualidad que yo sea siempre el blanco de sus iras y nunca Margot? Por ejemplo, ayer por la noche, Margot estaba leyendo un libro adornado con magníficas ilustraciones; se fue un momento de la habitación y dejó su libro para volver a tomarlo cuando volviera. Yo no hacía nada en aquel momento y lo tomé para mirar las láminas. Al volver Margot, viendo su libro en mis manos, frunció el entrecejo y pidió que se lo devolviera. Yo quería hojearlo todavía un momento. Margot se enfadó de verdad y entonces mamá intervino:

—Margot lo está leyendo y tienes que devolvérselo.

En aquel momento entró mi padre y se dio cuenta del aire de víctima de Margot. Sin saber a ciencia cierta qué ocurría, estalló:

—Me gustaría ver qué dirías si Margot se atreviera a hojear uno de tus libros.

Yo cedí de inmediato, puse el libro sobre la mesa y salí de la habitación, vejada, según dijo mi padre. No se trataba de una vejación ni de un enfado. Estaba apenada.

Mi padre no fue justo al reñirme sin preguntar siquiera la causa de nuestra contrariedad. Si no se hubieran mezclado mis padres, yo hubiera devuelto el libro a Margot más deprisa; pero en vez de preguntar qué pasaba, se pusieron de parte de Margot inmediatamente, como si el hecho de tomar su libro un momento hubiese constituido una grave falta.

Mi madre protege a Margot, por supuesto. Las dos se protegen mutuamente. Estoy ya tan acostumbrada a ello que me he vuelto totalmente insensible a los reproches de mi madre y al humor irritable de mi hermana.

Sólo las quiero porque son mi madre y mi hermana. Por lo que respecta a mi padre, es otra cosa. Cada vez que demuestra su preferencia por Margot, cada vez que aprueba su conducta o la colma de elogios y de caricias, me muero de rabia, pues estoy loca por Pim. Él es mi gran ideal. No quiero a nadie en el mundo tanto como a mi padre.

Él no se da cuenta de que a mí no me trata de la misma manera que a Margot. Margot es indiscutiblemente la más inteligente, la más amable, la más bonita y la mejor. Pero tengo también un poco el derecho a ser tomada en serio. He sido siempre el hazmerreír de la familia, la chiquilla insoportable, el chivo expiatorio. Soy siempre la castigada, la que paga, aceptando los reproches o guardando para mí sola mi desesperación. Las atenciones que de vez en cuando me dedica mi padre un poco de pasada y las conversaciones consideradas serias no me satisfacen. Espero de papá algo que no es capaz de darme. No estoy celosa de Margot. Nunca lo he estado, ni he envidiado su inteligencia ni su belleza. Lo único que pido es el amor de mi padre, su afecto verdadero, no sólo para su hija, sino para Anne hecha y derecha.

Me acerco a él porque es el único que mantiene en mí los últimos restos de sentimiento familiar. Pero no quiere comprender que, a veces, siento una imperiosa necesidad de desahogarme, de hablarle de mi madre. Se niega a escucharme y evita todo lo que pueda hacer referencia a sus defectos.

Lo que más me pesa es el carácter de mi madre y sus defectos. Esto me oprime el corazón. No sé nunca qué actitud debo tomar. No puedo decirle brutalmente que es desordenada, dura y sarcástica. Y, sin embargo, no puedo soportar verme constantemente acusada.

En todo caso, yo soy estrictamente opuesta a ella y los choques entre las dos se producen fatalmente. No soy yo quien debe juzgar el carácter de mi madre, desde luego; lo único que hago es compararla con mi ideal. Mi madre no es para mí “la” madre, y por esto me veo obligada a llenar yo misma este vacío. Estoy distanciada de mis padres, voy un poco a la deriva y por el momento no tengo la menor idea de dónde pueda hallarse mi refugio. Todo esto ocurre porque en mi alma anida una imagen ideal: la de la mujer madre, que en nada se parece a la que tengo que llamar Madre.

Me hago el propósito renovado de perseverar en ver sus cualidades y no solamente sus defectos y de tratar de encontrar en mí misma lo que busco en vano en ella. Pero no lo consigo, y lo que más me desespera es que ni mi padre ni mi madre sospechan hasta qué punto los necesito en mi vida, y esto es lo que les reprocho. ¿Existen realmente padres capaces de dar entera satisfacción a sus hijos?

A veces pienso que Dios quiere ponerme a prueba, no sólo ahora, sino también más adelante. Lo principal es sentar la cabeza, sin ejemplos y sin palabras inútiles, a fin de ser más tarde la más fuerte.

¿Quién leerá nunca estas cartas sino yo misma?

¿Quién podrá consolarme? Porque con frecuencia necesito consuelo; con frecuencia me abandonan las fuerzas, no logro perseverar y así no llego a ninguna parte. Yo me doy cuenta de ello y trato de corregirme. Y cada día, vuelta a empezar.

Me tratan de un modo sorprendente. Un día, Anne resulta ser la inteligencia personificada y se puede hablar de todo delante de ella; al día siguiente, Anne no es más que una tonta que se imagina haber descubierto en los libros el secreto de las cosas, cuando en realidad no sabe nada de nada. Pero yo no soy la chiquilla cuyas gracias se celebran entre risas benévolas, tanto si son oportunas como si no. Soy una muchacha que tiene su ideal o, mejor dicho, tengo ideales, ideas, propósitos y proyectos, aun cuando todavía no logre expresarlos. Cuando estoy sola, por la noche, y hasta de día, mi alma se llena de proyectos. Mientras tanto, me veo obligada a soportar personas que me aburren y toman al revés cuanto yo digo. Al final, me refugio de nuevo en mi Diario, que para mí constituye toda mi vida, pues Kitty me escucha siempre pacientemente. Yo le prometo que, sea como sea, me mantendré firme y seguiré mi camino. Pero tengo que beberme mis propias lágrimas. ¡Me gustaría tanto obtener algún resultado, siquiera una sola vez, y tener una persona querida que me animase!

No me juzgues por lo que has leído. Considérame simplemente como un ser que a veces siente que el cáliz de su amargura está lleno hasta los bordes.

Tuya,

ANNE

Lunes, 9 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Ayer celebramos el aniversario de Peter. Cumplió dieciséis años. Recibió muchos regalos, entre ellos una ruleta, un encendedor y una máquina de afeitar. Lo del encendedor fue más bien un detalle, porque raramente fuma.

A la una, el señor Van Daan nos dio la gran sorpresa al anunciarnos que los ingleses habían desembarcado en Túnez, Argel, Casablanca y Orán. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que esto significa el principio del fin, pero Churchill, el primer ministro inglés, que probablemente habrá escuchado parecidas opiniones, ha dicho: “Este desembarco es, en realidad, un gran acontecimiento, pero no puede ser considerado como el principio del fin. Yo diría mejor que se trata del fin del principio”. ¿Eres capaz de comprender la diferencia? De todos modos, hay motivos para sentirse optimista. Stalingrado, defendido por los rusos desde hace tres meses, sigue sin caer en manos de los alemanes.

Para que comprendas el lenguaje del anexo, voy a explicarte cómo nos aprovisionamos. El pan nos lo suministra un panadero muy amable, conocido del señor Koophuis. No lo tenemos en tanta abundancia como antes, pero nos basta. Adquirimos clandestinamente cartillas de racionamiento, cuyo precio sube sin cesar: de veintisiete florines a treinta y tres en este momento. ¡Esto cuesta un trozo de papel impreso!

Nuestros vecinos del piso de arriba comen mucho. Aparte de ciento cincuenta botes de verduras en conserva, hemos adquirido ciento veintitrés kilos de legumbres secas, que se compartirán también con el personal del despacho. Estas legumbres estaban guardadas en sacos colgados del techo del pequeño corredor que está detrás de la puerta-armario, pero algunos sacos se han descosido a causa del peso excesivo. En vista de ello, decidimos guardar las provisiones de invierno en el desván. Peter se encargó de subirlas. Cinco de los seis sacos llegaron a su destino sin contratiempo. Pero cuando el muchacho estaba subiendo el sexto, cedió la costura inferior y desde lo alto de la escalera empezó a caer una lluvia, o mejor dicho, una granizada de alubias rojas. El saco, que pesaba veintitrés kilos, soltó lo que llevaba dentro con tanto estrépito que en el despacho creyeron que la casa se hundía. Gracias a Dios, sólo estaban los iniciados. Tras el consiguiente susto, Peter soltó la carcajada al verme al pie de la escalera, como una isla inundada por el oleaje de alubias rojas, que me llegaba hasta los tobillos. Nos pusimos a recogerlas, pero como son tan pequeñas y tan lisas, resultaba difícil llegar hasta las que se habían metido por los rincones. Después de este accidente, cada vez que alguien pasa por la escalera, recupera, a fuerza de contorsiones, alguna de las alubias que han quedado esparcidas y las entrega a la señora Van Daan.

Olvidaba decirte que mi padre se halla por completo restablecido.

Tuya,

ANNE

P. D. Por radio acaban de anunciar la caída de Argel. Marruecos, Casablanca y Orán están ya en manos de los ingleses desde hace días. Estamos esperando que le toque el turno a Túnez.

Martes, 10 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Una noticia sensacional. Vamos a acoger a una persona más en nuestro escondite. En realidad, siempre hemos creído que podríamos alojar y alimentar a otra persona. Lo único que temíamos era abusar de la responsabilidad de Koophuis y Kraler. A consecuencia del recrudecimiento del terror, mi padre decidió tantear el terreno; nuestros dos protectores estuvieron de acuerdo. El peligro es el mismo por ocho que por siete.

En vista de ello, nos pusimos a deliberar y pasamos revista al círculo de nuestros amigos. ¿Quién, entre ellos, estaba solo y podía venir a vivir con nosotros? No era difícil encontrar uno. En una especie de consejo de guerra, durante el que mi padre rechazó ciertas proposiciones de los Van Daan a favor de alguno de sus familiares, se llegó a un acuerdo sobre la persona escogida: un dentista llamado Albert Dussel, cuya esposa estaba a salvo en el extranjero. Era un simple conocido, pero tanto los Van Daan como nosotros mirábamos con simpatía su reputación de hombre ordenado. Miep, que lo conocía, fue la encargada de darle a conocer nuestra proposición y, en todo caso, organizar la cosa. Si Dussel acepta, Margot dormirá en la cama de campaña y él compartirá el cuarto conmigo.

Tuya,

ANNE

Jueves, 12 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Miep nos dijo que Dussel se mostró encantado. Ella le recomendó que se preparara lo más pronto posible, para el sábado si podía ser. El hombre le dijo que antes debía poner sus ficheros en orden, pasar los asientos de caja al día y atender a dos clientes, por lo que no le sería posible trasladarse en la fecha prevista. Miep nos ha puesto al corriente del retraso esta mañana. Nosotros no somos partidarios de prolongar el plazo, pues los preparativos que se dispone hacer obligarán a Dussel a dar ciertas explicaciones a personas que preferiríamos que ignorasen cualquier cosa que, de cerca o de lejos, pueda relacionarse con nosotros. Miep va a intentar convencer a Dussel para que se traslade el sábado.

No ha habido manera. Dussel se ha negado y dice que llegará el lunes. A mí me parece una tontería que no se someta inmediatamente a una proposición tan sensata. Si lo atrapan en la calle, no va a poder poner sus fichas en orden, ni su caja al día, ni atender a sus clientes. ¿Por qué retrasar la cosa? Yo creo que mi padre se ha equivocado al consentir en el retraso. No hay otras noticias.

Tuya,

ANNE

Martes, 17 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Dussel ha llegado, por fin, sin contratiempos. Miep lo citó a las once de la mañana delante de la oficina de correos, donde encontraría a un señor que lo estaría esperando para acompañarlo. Dussel llegó puntual y se encontró con el señor Koophuis, a quien conocía, que le rogó que se pasara por el despacho donde lo esperaba Miep, pues el señor que debía acompañarlo no había podido acudir. Koophuis tomó el tranvía en dirección al despacho y Dussel lo siguió a pie; llegó a las once y veinte. Llamó a la puerta y Miep lo ayudó a quitarse el abrigo, procurando que no se viera la estrella, y lo llevó enseguida al despacho privado, donde Koophuis lo retuvo hasta que se marchó la mujer de la limpieza. Entonces, con el pretexto de recibir una visita en aquel despacho, Miep condujo a Dussel arriba, abrió el armario giratorio y franqueó el umbral del anexo ante el atónito visitante.

Nosotros estábamos esperando a nuestro convidado tomando café y coñac en la habitación de los Van Daan, alrededor de la mesa. Miep lo introdujo primero en nuestras habitaciones. El hombre reconoció enseguida los muebles, pero de esto a pensar que solamente un tabique lo separaba de nosotros… Cuando Miep se lo dijo, por poco se desmaya, pero ella no le dio tiempo y le enseñó el camino.

Dussel se dejó caer en una silla y nos fue mirando uno a uno sin poder articular palabra, como si tratase de leer la verdad en nuestros rostros. Luego, balbuceó: “Pero… aber, ¿no sind ustedes en Bélgica? ¿No llegó der militar… en el auto, la huida, nicht fracasó?”. Entonces le explicamos la verdadera historia del oficial y del auto, el rumor que habíamos hecho circular para desorientar a los curiosos y sobre todo a los alemanes, que tarde o temprano nos hubieran buscado. Dussel se quedó pasmado ante el ingenioso truco y volvió a mirarnos a todos hasta que, por fin, nos rogó que le dejáramos ver de cerca nuestro suntuoso anexo, maravillosamente práctico.

Después de haber comido con nosotros, fue a descansar un rato, y más tarde tomó una taza de té y empezó a ordenar sus cosas, que Miep había traído antes de su llegada. Empezaba a sentirse ya como en su casa, sobre todo cuando le entregamos el reglamento del anexo, obra del señor Van Daan:

Prospecto y guía del anexo.

Instalación especial para estancia provisional de judíos y simpatizantes.

Abierto todo el año.

Paraje aislado, rodeado de verdor, en el centro de Ámsterdam. No hay vecinos. Puede irse a él en bicicleta, en coche o tomando los tranvías 13 y 17. Caso de que los alemanes prohíban los citados medios de transporte, se puede ir a pie:

Alquiler: gratuito.

Régimen: sin materias grasas.

Cuarto de baño con agua corriente, pero sin bañera.

Amplios espacios reservados a mercaderías de cualquier género.

Hay un aparato de radio, en el que se pueden oír emisiones directas de Londres, Nueva York y Tel Aviv y muchas otras capitales. A partir de las seis de la tarde, el aparato está exclusivamente al servicio de los habitantes de la casa, que no se preocupan de las prohibiciones. Excepcionalmente se puede escuchar una emisora alemana, cuando da música clásica.

Horas de descanso: de diez de la noche a ocho de la mañana. Los domingos, hasta las diez y cuarto. En vista de las circunstancias, se observan asimismo las horas de descanso diurnas, indicadas por la dirección. En interés general, cada cual debe observar estrictamente las horas de descanso prescritas.

Lenguas extranjeras: sea la que sea, se ruega hablarla en voz baja y emplear un idioma civilizado. El alemán no, por supuesto.

Cultura física: todos los días.

Vacaciones: prohibido rigurosamente abandonar el lugar hasta nueva orden.

Lecciones: una lección semanal de taquigrafía. Inglés, francés, matemáticas e historia a todas horas.

Departamento especial para animales domésticos: se garantiza que serán bien atendidos, excepto los gusanos, para los que debe solicitarse autorización especial.

Horario para las comidas: desayuno, cada día, excepto los festivos, a las nueve de la mañana. Domingos y fiestas, hasta las once y media.

Almuerzo: parcial o completo, de la una quince a la una cuarenta y cinco.

Cena: caliente o fría, sin hora fija, a causa de las emisiones de radio.

Obligaciones del Comité de aprovisionamiento: estar siempre dispuestos a secundar a nuestros protectores.

Baños: la tina está a disposición de cualquier inquilino, todos los domingos a partir de las nueve de la mañana. Se pueden bañar en el baño, la cocina, el despacho privado o el del frente, a elegir.

Bebidas alcohólicas: solamente por prescripción facultativa.

Fin.

Tuya,

ANNE

Jueves, 19 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Dussel es una persona muy correcta; no nos hemos engañado con él. Ha consentido en compartir conmigo la pequeña habitación que ocupábamos con Margot; a decir verdad, no estoy lo que puede decirse encantada, pues un extraño va a servirse de mis cosas, lo que está lejos de agradarme. Pero todos debemos poner buena voluntad, y hago este pequeño sacrificio de buen grado. “Ante la posibilidad de poder salvar a alguien, lo demás no cuenta”, dice mi padre, y tiene razón.

Desde el primer día, Dussel me ha pedido toda clase de informaciones. Así, por ejemplo, cuáles eran las horas de la mujer de la limpieza, cómo nos las arreglamos para bañarnos, las horas en que se puede usar el baño. No es cosa de reír. La vida no es tan sencilla en un refugio como el nuestro. Durante el día hemos de tener cuidado de no ser oídos desde el despacho, sobre todo si hay en él algún forastero, como la mujer de la limpieza; en estos casos todas las precauciones son pocas. Se lo he explicado todo lo más claramente posible, pero, con gran sorpresa por mi parte, he observado que es un poco lento para comprender; repite las preguntas dos veces y no recuerda las respuestas. Espero que esto mejore; tal vez lo que le pasa es que no se ha acostumbrado todavía a un cambio tan brusco.

Por lo demás, esto va marchando. Dussel tenía muchas cosas que contarnos de ese mundo del cual hace tiempo no formamos parte. Lo que cuenta es triste. Han desaparecido muchos amigos nuestros y tenemos sobrados motivos para temer por su suerte. Aún no es de noche cuando infinidad de coches militares verdes o grises recorren la ciudad. Los alemanes no dejan puerta por abrir para cazar judíos. Los que no se han escondido no pueden escapar a su destino. Si encuentran alguno, los alemanes se lo llevan, con toda la familia; si no, llaman a la puerta contigua. La persecución se realiza sistemáticamente, lista en mano, llamando a la puerta tras la cual les espera un rico botín. A veces se conforman con un rescate, a tanto por cabeza, como en los mercados de esclavos de antaño. La cosa es demasiado trágica para que puedas tomarla como un chiste. Por la noche, veo a veces desfilar esos grupos de inocentes, con sus chiquillos llorando, andando penosamente al mando de algunos brutos que los azotan y los maltratan hasta dar con ellos en el suelo. No respetan a nadie; lo mismo les da que se trate de ancianos, como de criaturas, como de mujeres embarazadas o de enfermos. Para el viaje hacia la muerte, todos son buenos.

¡Qué bien estamos aquí al abrigo de esos horrores y con esta tranquilidad!

Podríamos cerrar los ojos a toda esa tragedia, pero están las personas queridas, a las que debemos dejar abandonadas, sin poder socorrerlas.

En mi cama tibia pienso en mis más queridas amigas, arrancadas de sus hogares y arrastradas a este infierno, y me siento menos que nada. Me horroriza la idea de que las que fueron mis compañeras están ahora en manos de los verdugos más crueles del mundo.

Por la sola razón de ser judías.

Tuya,

ANNE

Viernes, 20 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Ya nadie sabe cómo tomar las cosas. Hasta ahora, las noticias sobre el terror reinante nos iban llegando con cuentagotas, y habíamos tomado el acuerdo de mantener la moral conservando nuestro buen humor tanto como nos fuera posible. Cuando a Miep se le escapaba una mala noticia referente a alguno de nuestros amigos, siempre ocurría lo mismo: mi madre y la señora Van Daan se echaban a llorar. Así, Miep decidió no contarnos nada. Pero cuando vino Dussel, lo asaltamos y nos contó tantos horrores espantosos y tantas barbaridades que no pudimos olvidarlos más. No obstante, esto también acabará por pasar y no habrá más remedio que volver a las burlas y a las bromas pesadas. Este humor sombrío que nos domina ahora no sirve de nada, ni a nosotros ni a los que están en peligro. No tiene ningún sentido dejar que la melancolía se apodere de todo el anexo.

No puedo hacer nada sin pensar en los que se han ido. Si me sorprendo riendo, se me congela la risa en los labios y me digo que no tengo derecho a estar alegre. Pero ¿es necesario que me pase los días llorando? No, no soy capaz de ello; esta tristeza es pasajera, lo sé.

A todo esto, hay que añadir otra pena, pero es estrictamente personal, y no debería contar en absoluto al lado de las que acabo de relatarte. Sin embargo, no puedo dejar de decirte que me siento cada vez más abandonada, como si el vacío aumentase a mi alrededor. Antes, los amigos y las diversiones no me dejaban tiempo de pensar a fondo. Pero estos días, sólo se me ocurren pensamientos tristes, sea a causa de los acontecimientos, sea a causa de lo que me pasa a mí. A medida que avanza el tiempo, me voy dando cuenta de que mi padre, a pesar del cariño que le profeso, no puede reemplazar a mis amigos de antaño, a mi pequeño reino. Pero ¿por qué he de importunarte con estas tonterías? Kitty, soy terriblemente ingrata, lo sé, pero riñéndome siempre, me desorientan verdaderamente y, además, por si faltaba algo, están todas estas miserias que acabo de contarte.

Tuya,

ANNE

Sábado, 28 de noviembre de 1942

Querida Kitty:

Hemos gastado mucha más electricidad. El resultado es que debemos economizar, porque la perspectiva de que nos corten la corriente durante quince días no tiene nada de divertida, ¿verdad? Pero ¿quién sabe? Tal vez con un poco de suerte… A partir de las cuatro o de las cuatro y media está tan oscuro que no se puede leer. Entonces matamos el tiempo con toda clase de tonterías, como adivinanzas, gimnasia, prácticas de conversación en francés, crítica de libros, pero pronto nos cansamos. Ayer por la tarde hice un descubrimiento: tomo los binoculares y miro las habitaciones iluminadas de nuestros vecinos. Durante el día, no tenemos permitido abrir las cortinas ni siquiera un centímetro, pero por la noche no veo ningún peligro.

Antes, nunca me había dado cuenta de que los vecinos podían ser personas interesantes, por lo menos los nuestros. He sorprendido a una familia en el momento de cenar, otra pasando una película y al dentista de enfrente arreglando la boca a una anciana miedosa.

El señor Dussel, que tenía fama de ser muy aficionado a los niños y de entenderse maravillosamente con ellos, se está revelando como un educador chapado a la antigua. En todo el día no cesa de hacer advertencias.

Como tengo la envidiable suerte (?) de compartir la misma habitación, muy reducida, con el honorable pedagogo, y como tengo fama de ser la peor educada de los tres jóvenes que hay aquí, no sé cómo esquivar sus reproches y sus sermones, y he acabado por hacerme la sorda.

Hasta aquí la cosa sería soportable, pero como el señor resulta ser un chismoso de primer orden y hace de mamá otra chismosa, no te digo nada.

Primero me agarra él y enseguida mete la cuchara mi madre. Con un poco de suerte, cinco minutos más tarde, me llama la señora Van Daan para hacerme responder de tal o cual cosa. A derecha, a izquierda, por encima de la cabeza, por todas partes, estalla la tormenta.

La verdad es que no es nada cómodo ser el símbolo de todos los defectos en una familia autoritaria. Por la noche, en mi cama, paso revista a los numerosos pecados y faltas que me han sido atribuidos durante la jornada y me pierdo como un náufrago en aquel mar de acusaciones. Entonces me echo a reír o a llorar. Depende de mi estado de ánimo.

Después me duermo con la extraña sensación de querer ser otra de la que soy o de no ser como quiero, tal vez de comportarme de una manera distinta a como yo quiero o a como soy en realidad. Te pido perdón por este lío, pero no me gusta hacer tachaduras y la falta sobre todo de papel nos impide romperlo. Te aconsejo que no vuelvas a leer la frase precedente, y no trates de comprenderla, porque no lo lograrás.

Tuya,

ANNE

Lunes, 7 de diciembre de 1942

Querida Kitty:

Nuestra Januká y el día de San Nicolás han coincidido con un solo día de diferencia. Para la Januká hicimos poca cosa: unas golosinas y, sobre todo, las velitas. A causa de su escasez, sólo las tuvimos diez minutos encendidas; pero no olvidamos el canto ritual, y esto es lo principal. El señor Van Daan fabricó un candelabro de madera y la ceremonia se desarrolló como era debido.

El sábado por la noche, la fiesta de San Nicolás resultó más divertida. Elli y Miep habían encendido nuestra curiosidad tras pasar un rato cuchicheando con mi padre, por lo que dedujimos que algo preparaban.

No nos defraudaron. A las ocho de la tarde descendimos todos por la escalera de madera para desembocar en las tinieblas del largo pasadizo. A mí se me puso la carne de gallina y quise volverme atrás. Por fin llegamos al vestidor. Como es un cuarto sin ventanas, pudimos encender la luz. Mi padre abrió el gran armario que hay allí. “¡Qué maravilla!”, exclamamos todos. En medio del armario había una gran cesta adornada con papeles de colores y rematada por una máscara de Pedro el Negro.

Nos apresuramos a trasladar la cesta a nuestras habitaciones, y una vez allí, cada cual encontró su pequeño regalo, con un cumplido de circunstancias, según la costumbre holandesa.

Para mí había un pastel en forma de muñeca, para mi padre un sujetalibros, etc. Los regalos eran muy originales y lo pasamos muy bien, tanto más cuanto no habíamos celebrado nunca el San Nicolás. Fue un éxito.

Tuya,

ANNE

P. D. También teníamos regalos para todos los del piso de abajo, algunas cosas que todavía conservábamos de los buenos viejos tiempos; además, Miep y Elli siempre agradecen el dinero.

Hoy escuchamos que el cenicero del señor Van Daan, el marco de fotos de Dussel y los sujetalibros de mi padre fueron hechos nada menos que por el mismo señor Vossen. ¡Cómo puede alguien ser tan hábil con sus manos es un misterio para mí!

Jueves, 10 de diciembre de 1942

Querida Kitty:

El señor Van Daan había sido comerciante de salchichones y embutidos y otras especialidades. Se incorporó al negocio de mi padre por su experiencia en las ventas. Estos días hemos tenido ocasión de apreciar su labor de charcutero.

Encargamos una buena cantidad de carne en el mercado negro, por supuesto, a fin de elaborar conservas en previsión de tiempos difíciles. Era un curioso espectáculo ver cómo las tripas se convertían en salchichas, una vez rellenas de carne picada y vuelta a picar, sazonada con especias. Sobre la marcha, nos regalamos con ellas a la hora de comer, con un poco de chucrut. Pero los salchichones serán puestos a secar, colgados del techo, con un bastón y unos cordeles. Al entrar en la habitación y ver la exposición de salchichas frescas, todo el mundo se echaba a reír, y no sin motivo.

La habitación estaba desconocida. El señor Van Daan se había puesto un delantal de su mujer, lo que lo hacía lucir más voluminoso todavía, y estaba muy ocupado con la carne; llevaba sangre en las manos y en la cabeza, y con el delantal manchado también de sangre, presentaba el aspecto de un verdadero carnicero. Su esposa se ocupaba de un sinfín de cosas a la vez: aprender su lección de holandés, vigilar la sopa, mirar a su marido y suspirar, y quejarse de dolor al recordar su costilla rota. Esto le enseñará a no hacer ejercicios gimnásticos impropios de su edad. Y todo lo hace para rebajar un poco su enorme trasero.

Sentado cerca de la estufa, Dussel se aplicaba compresas de manzanilla en el ojo inflamado. Pim había colocado su silla en el leve rayo de sol que se filtraba por la ventana y de vez en cuando alguien tropezaba con él. Parecía sentir su reuma, pues recordaba a un viejo diácono encorvado mientras miraba los dedos del señor Van Daan con aire irritado. Peter se distraía jugando al trompo con su gato. Mi madre, Margot y yo estábamos pelando papas. En suma, nadie estaba haciendo bien sus labores porque todos teníamos puesta la atención en el señor Van Daan.

Dussel ha inaugurado su nuevo gabinete de dentista. Si te divierte, te voy a contar cómo fue. Mi madre estaba planchando cuando la señora Van Daan se presentó como su primera cliente. Se sentó en medio de la habitación. Dussel abrió su estuche y sacó los instrumentos dándose importancia. Pidió agua de colonia como desinfectante y vaselina en sustitución de la cera.

Examinó la boca de la señora y le tocó un diente o una muela, lo que la hizo estremecer como si fuera a morir de dolor mientras emitía unos sonidos inverosímiles. Después de un largo reconocimiento según la señora, aunque en realidad no duró más de cinco minutos, Dussel empezó a escarbar una caries. Pero no hubo manera. La señora, tomada por sorpresa, empezó a mover los brazos y las piernas como aspas, hasta que Dussel soltó bruscamente el pequeño gancho que quedó prendido en la muela de la señora.

Entonces empezó lo bueno. La señora se puso a agitar los brazos en todas direcciones llorando todo lo que se puede llorar con un gancho en la boca, y tratando de arrancarse aquel instrumento, que se hundía cada vez más. Dussel permanecía tranquilo contemplando la escena, con las manos en las caderas. Los demás espectadores nos doblábamos de risa. Desde luego, no estaba bien, pues estoy segura de que yo hubiera gritado mucho más que ella.

La señora logró sacarse por fin el gancho, no sin hacer muchas contorsiones y lanzar gritos y pedir ayuda. Entonces el señor Dussel prosiguió su trabajo como si tal cosa. Esta vez actuó tan deprisa que la señora no tuvo tiempo de volver a empezar, gracias a la ayuda que le prestamos el señor Van Daan y yo como asistentes. Esto me hizo pensar en un grabado medieval que llevaba la leyenda: “Charlatán trabajando”.

Al fin, la señora se impacientó. Tenía que vigilar “su” sopa y toda “su” cena. Una cosa es cierta: que ella no va a volver a ofrecerse como cliente a nuestro dentista.

Tuya,

ANNE

Domingo, 13 de diciembre de 1942

Querida Kitty:

Estoy confortablemente instalada en el despacho del frente y puedo mirar afuera a través de la rendija de las cortinas. Estoy en la penumbra, pero con luz suficiente para escribirte.

Es curioso contemplar a la gente que pasa. Me parecen todos muy presurosos y me dan la impresión de que van a tropezar con sus propios pies.

En cuanto a los ciclistas, pasan tan de prisa que no consigo siquiera distinguir sus caras.

El personal del barrio no tiene nada de atractivo, sobre todo los chiquillos, que se ven muy sucios. Habría que agarrarlos con pinzas. Verdaderas estampas de chiquillos de barrio, llenos de mocos y hablando una jerga incomprensible.

Ayer por la tarde, cuando Margot y yo habíamos tomado nuestro baño, le dije:

—Si pudiéramos pescar a esos chiquillos, darles un baño, lavarlos, cepillarlos, zurcirles un poco la ropa y después soltarlos…

Margot me interrumpió:

—Al día siguiente volverían a estar sucios, con los mismos andrajos…

Pero yo me dejo ir. Hay otras cosas que ver: los autos, los buques, la lluvia. Oigo el ruido del tranvía y me divierte.

Nuestros pensamientos cambian tan poco como nosotros mismos y forman un perpetuo carrusel, de los judíos a la comida y de la comida a la política. Entre paréntesis, hablando de judíos, ayer vi pasar a dos por la rendija de la cortina. Me puse triste, con la sensación de estar traicionando a aquella pobre gente y espiando su desventura. Precisamente enfrente de la casa hay una barcaza habitada por un batelero y su familia. Tienen un perrito al que conocemos por sus ladridos y que menea la cola al pasear por el buque.

La lluvia persiste y la gente se oculta bajo su paraguas. ¡Qué le vamos a hacer! No veo más que impermeables, y a veces una nuca tocada con una boina. Casi no vale la pena mirarlas. Estoy cansada de ver a las mismas mujeres, gordas de tanto comer papas, vestidas con un abrigo verde o encarnado, con los tacones gastados y el bolso colgando del brazo. Algunas de ellas tienen una expresión ingenua, otras un aspecto desabrido. Esto debe depender del humor de sus maridos.

Tuya,

ANNE

Martes, 22 de diciembre de 1942

Querida Kitty:

Todos los que vivimos en el anexo nos hemos alegrado de la noticia. Por Navidad, tendremos 125 gramos de mantequilla. El diario anuncia un cuarto de kilo, pero esa ración está reservada a los privilegiados que pueden obtener sus cartillas del Estado y no para los pobres judíos escondidos que, por economía, adquieren cuatro cartillas para ocho personas. Cada uno de nosotros ha querido hornear algo con la mantequilla. Esta mañana, hice algunas galletas y dos tartas. Tenemos mucho que hacer y, para obedecer a mi madre, he tenido que interrumpir las lecciones y la lectura hasta que el trabajo de la casa estuviera terminado.

La señora Van Daan guarda cama a causa de su costilla rota. Todo el día se está quejando, hay que cambiarle constantemente las compresas y nunca queda satisfecha. Hay que hacerle justicia. Es una mujer muy activa y ordenada, por esto me gustaría verla restablecida e incorporada de nuevo a sus quehaceres; incluso es una persona que hace compañía, cuando se encuentra en buen estado físico y moral.

Durante el día, cuando hago un poco de ruido, mi compañero de cuarto se cree autorizado a hacer: “¡Chist!” y durante la noche, si me revuelvo en la cama, oigo lo mismo: “¡Chist!”. Hasta ahora me he hecho la desentendida, pero la próxima vez que se permita advertirme, le voy a replicar a mi vez: “¡Chist!”.

Los domingos por la mañana, sobre todo, me saca de mis casillas. Se pasa horas y horas, al menos esto me parece, haciendo gimnasia con la luz encendida, y lo peor es que no para de mover las sillas que me sirven de cabecera de la cama y me despierta cada vez. Cuando acaba sus ejercicios moviendo los brazos como aspas de molino, el señor empieza a asearse. Primero va a buscar unos calzoncillos, y después vuelve por su corbata, que ha olvidado encima de la mesa, tropezando, como es de suponer, con mis sillas. No deja un momento de andar de un lado para otro.

Bueno, te estoy aburriendo con cuentos de viejos insoportables. Mis lamentaciones no van a cambiar las cosas. A veces se me ocurren cosas para vengarme: aflojar la bombilla, por ejemplo, o cerrar la puerta con llave, pero me contengo a fin de no alterar la paz.

Me estoy volviendo muy modosa. Aquí hay que ser razonable siempre: para escuchar, para prestar ayuda, para callarse, para ser atenta y para Dios sabe qué. Temo que están poniendo a prueba mi cerebro, ya no muy brillante de por sí, y no me va a quedar ni un poco para después de la guerra.

Tuya,

ANNE

Miércoles, 13 de enero de 1943

Querida Kitty:

Me han estado fastidiando toda la mañana y no he podido hacer nada bien.

En la ciudad reina el terror. Los transportes de proscritos siguen sin cesar, día y noche. Van con su pequeño hato a la espalda y un poco de dinero en el bolsillo, pero por el camino los despojan aun de estos últimos bienes. Las familias son dispersadas, agrupando por separado a hombres, mujeres y niños.

Al volver de la escuela, los niños no encuentran a sus padres. Al volver del mercado, las mujeres encuentran selladas las puertas de su casa y a su familia desaparecida.

Los cristianos holandeses se ven igualmente afectados, pues sus hijos son trasladados por la fuerza a Alemania. Todo el mundo tiene miedo.

Centenares de aviones vuelan sobre Holanda, en ruta hacia Alemania para bombardear y destruir sus ciudades. En Rusia y en África del Norte mueren centenares de hombres cada hora que pasa. Nadie puede considerarse al abrigo de la guerra, pues ésta abarca al mundo entero, y si bien los Aliados van ganando terreno, no se vislumbra todavía el fin.

Nosotros estamos bien, mucho mejor, claro está, que millones de otros seres: todavía estamos seguros y vivimos de nuestro dinero. La verdad es que somos unos egoístas. Nos permitimos hablar de la posguerra gozándonos en la perspectiva de vestidos nuevos, zapatos, etc., cuando deberíamos ahorrar hasta el último centavo para poder ayudar a la gente que después de la guerra habrá quedado sumida en la miseria o, por lo menos, salvar lo que se pueda.

Vemos a los niños circular por la calle con una blusita de verano y zuecos, sin abrigo, calcetines o boina, y nadie les ayuda. No tienen nada en el estómago y abandonan sus heladas casas mordisqueando una zanahoria, para salir a la helada calle y dirigirse a una clase más glacial todavía. Son numerosos los pequeños que detienen a los transeúntes pidiendo un pedazo de pan. Holanda ha llegado a esto.

Podría pasar muchas horas hablándote de la miseria que ha traído la guerra, pero esto me descorazona cada vez más. No podemos hacer más que resistir y esperar el fin de tanta desventura. Esperan los judíos y los cristianos, espera el mundo entero, y muchos esperan la muerte.

Tuya,

ANNE

Sábado, 30 de enero de 1943

Querida Kitty:

Me carcomo, ardo de ira sin poder demostrarlo. Querría gritar, patalear, llorar, sacudir a mi madre, sacudirla bien, no sé lo que querría… ¿Cómo soportar cada día de nuevo palabras injuriosas y ofensivas, miradas burlonas, acusaciones lanzadas como flechas con un arco tenso, que me atraviesan de parte a parte y se quedan clavadas en mi cuerpo?

Quisiera gritarles a Margot, Van Daan, Dussel, y también a mi padre: “Déjenme en paz, déjenme dormir siquiera una noche sin humedecer con mis lágrimas la almohada, sin sentir que mi cabeza está a punto de estallar y que arden mis ojos. Déjenme marchar, abandonarlo todo, sobre todo este mundo”.

Pero no puedo mostrarles mi desesperación, me siento incapaz de dejar que vean las heridas que me causan y tolerar que me compadezcan o me abrumen con sus palabras irónicas. Esto me desesperaría aún más. No puedo abrir la boca sin verme acusada de afectación ni callarme sin ser ridícula; me llaman insolente si contesto y estúpida si me callo; si estoy fatigada soy una perezosa; si tomo un bocado de más, soy una egoísta calculadora, y así sucesivamente. Todo el día no oigo más que esto, que soy una chiquilla insoportable. Aunque procuro tomarlo a risa y fingir que no me importa, la verdad es que me afecta mucho. Querría pedirle a Dios que cambiase mi manera de ser y me convirtiera en una persona que no provocase la cólera de los demás.

Esto es imposible, no puedo cambiar y, por otra parte, no soy tan mala como dicen, estoy segura de ello.

Pongo buena voluntad en complacer a las personas que me rodean, hasta el punto de que si supieran los esfuerzos que hago para lograrlo se asombrarían. Así, cuando estoy en casa de los Van Daan, me río por cualquier cosa para que no comprendan lo desgraciada que soy.

Más de una vez, después de los reproches interminables y caprichosos de mi madre, he llegado a arrojarle a la cara: “Todo lo que tú puedas decirme, por un oído me entra y por el otro me sale. Déjame en paz de una vez. Soy un caso desesperado, sí, de acuerdo”. Entonces, claro, me llama insolente, y durante dos días ignora mi existencia, o bien se olvida enseguida del altercado y renace la calma… para los demás.

No puedo hacer un día el papel de niña dócil, cuando la víspera he estado a punto de lanzarles todo mi odio a la cara. Prefiero mantenerme en un justo medio, que no tiene nada de justo, por supuesto, y guardarme lo que pienso. Si vuelven a tratarme con desprecio, voy a pagarles con la misma moneda, por lo menos voy a probar una vez.

¡Ah, si yo fuera capaz de hacerlo!

Tuya,

ANNE

Viernes, 5 de febrero de 1943

Querida Kitty:

No creas que cesaron los disgustos porque no te he hablado de ellos; la situación no ha experimentado cambio alguno. Poco después de su llegada, el señor Dussel, ante el hecho de nuestra incompatibilidad de humor, lo tomó por lo trágico, pero ya se ha ido acostumbrando y ha dejado de intentar arreglar las cosas.

Margot y Peter son tan aburridos y desangelados que parece mentira que sean jóvenes. Yo hago el papel de niña antipática y a cada momento oigo: “Margot y Peter no harían esto”. Siempre, a cada paso, el eterno ejemplo de los dos personajes. Me ponen los nervios de punta.

Confieso que no me gustaría parecerme a Margot; la encuentro demasiado indiferente y blanducha. Siempre es la primera en ceder en las discusiones y toma el partido del último que le habla. Yo, en cambio, aspiro a una mayor firmeza espiritual, pero esto me lo guardo. Me temo que si lo empleara como argumento para defenderme, se burlarían de mí.

La atmósfera está casi siempre muy cargada en la mesa. Afortunadamente, la tensión cede un poco ante la presencia de los iniciados del despacho que vienen a tomar un plato de sopa con nosotros.

Esta tarde, el señor Van Daan ha dicho una vez más que Margot come muy poco. “Debe hacerlo para conservar la línea”, ha añadido en un tono de burla. Mi madre ha replicado, defendiendo a Margot, como de costumbre: “Estas estúpidas observaciones son insoportables”.

La señora Van Daan se puso colorada como un pimiento. El señor Van Daan se limitó a mirar fijamente a mi madre, pero se calló. Tarde o temprano, acaban por hacernos reír. No hace mucho, la señora Van Daan se hizo la interesante relatando sus recuerdos de juventud, de una estupidez irresistible: se llevaba muy bien con su padre, había tenido un sinfín de pretendientes, y así sucesivamente. “¿Sabe usted? Mi padre me aconsejó que le dijera a un individuo que se mostraba muy expresivo: ‘Caballero, no olvide usted que soy una dama’.” Cuando la señora Van Daan dijo esto nos doblamos de risa.

Tuya,

ANNE

Sábado, 27 de febrero de 1943

Querida Kitty:

Pim cree que los Aliados van a desembarcar de un momento a otro. Churchill ha estado enfermo de neumonía y se va restableciendo lentamente. Gandhi, el libertador de la India, hace una vez más huelga de hambre.

La señora Van Daan presume de fatalista, pero se muere de miedo durante los bombardeos.

Henk nos ha traído el sermón que los obispos han distribuido entre sus fieles. Está muy bien escrito y lo encuentro magnífico: “Neerlandeses, no permanezcan inactivos, luchen, todos y cada uno, con sus propias armas, por la libertad de la patria, del pueblo y de la religión. Presten ayuda sin vacilar”. Y esto lo dicen en el púlpito. No sé si el pueblo va a secundar esta actitud. Los que no lo harán serán nuestros correligionarios.

Ha ocurrido algo grave. El propietario de este inmueble lo ha vendido sin advertir previamente a Kraler o a Koophuis. El otro día, por la mañana, se presentó el nuevo propietario, acompañado de un arquitecto, a hacer una visita al edificio. Afortunadamente estaba el señor Koophuis, que los atendió, enseñándoles toda la casa excepto nuestro anexo, diciéndoles que tenía la llave en su casa. El nuevo propietario no insistió. Si vuelven para echar un vistazo al anexo estamos perdidos.

Mi padre ha arreglado un fichero que nos servirá a Margot y a mí para los libros que hemos leído ya. Cada una de nosotras inscribirá el título del libro, el autor y otros detalles. Yo tengo un cuaderno especial en el que anoto las palabras extranjeras.

Hace unos días que mis relaciones con mi madre van algo mejor, pero, con todo, jamás llegaremos a hacernos verdaderas confidencias. Margot está cada vez más arisca y a mi padre algo debe de fastidiarle, pero se muestra solícito como siempre.

Hemos revisado las raciones de mantequilla y margarina que debemos consumir. En cada plato ponemos las materias grasas correspondientes. A mi juicio, los Van Daan no tienen ni idea de lo que significa un reparto equitativo, pero mis padres no se atreven a plantear la cuestión para evitar altercados. Por lo que a mí se refiere, si se me presenta una ocasión de echárselos en cara, no dejaré de hacerlo.

Tuya,

ANNE

Miércoles, 10 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Anoche, durante un bombardeo, se produjo un cortocircuito. No consigo sobreponerme al miedo que me causan los aviones y las bombas, y paso casi todas las noches en la cama de mi padre, en busca de protección. Comprendo que es una puerilidad, pero si estuvieras en mi lugar… Los cañonazos meten un estruendo de todos los diablos y mientras dura el bombardeo no hay modo de entenderse. La señora Van Daan, la fatalista, decía con un hilillo de voz, casi lloriqueando:

—¿Por qué están tirando de este modo? ¡Qué desagradable resulta!

En realidad, quería decir: “Estoy muerta de miedo”.

La luz de las velas disipaba un poco las sombras del terror. Yo me puse a temblar como si tuviese fiebre y supliqué a mi padre que encendiera una vela, pero él se mostró inflexible. Teníamos que permanecer a oscuras. De pronto se oyó el tabletear de las ametralladoras, que a mí me asusta mucho más que el retumbar del cañón. Mi madre se levantó de la cama y encendió una vela a pesar de las protestas de mi padre. Mi madre se mantuvo firme diciéndole: “Tú crees que Anne es un veterano de guerra”. Y ahí se acabó la cosa.

¿Te he hablado de otras cosas que asustan a la señora Van Daan? Voy a hacerlo, a fin de ponerte al corriente de los menores detalles de nuestra vida en el anexo. Una noche creyó oír pasos en el desván. No era una ilusión. Probablemente eran ladrones. Llena de miedo, despertó a su marido, pero en aquel preciso momento los ladrones debieron desaparecer, pues el señor Van Daan no oyó más que los fuertes latidos del corazón de la fatalista mujer:

—Oh, Putti (el apodo del señor Van Daan), seguramente se han llevado los salchichones y nuestros sacos de alubias. ¿Y Peter está en su cama?

—No te asustes, no han robado a Peter. No tengas miedo y déjame dormir.

Pero no había nada que hacer. El pánico que se había apoderado de la señora le impedía volver a conciliar el sueño. Unas noches después volvió a despertar a su marido y a su hijo. Había vuelto a oír ruido. Peter subió al desván provisto de una lámpara de bolsillo. ¿Y qué vio? Rrrr… ¡Una legión de ratas que huían! Los ladrones habían sido descubiertos. Dejamos a Mouschi en el desván para ahuyentar a los indeseables visitantes que no han vuelto a presentarse, al menos por la noche.

Una tarde, Peter subió a la buhardilla a buscar periódicos viejos. Al bajar la escalera, se aferró a la trampilla a fin de mantener el equilibrio, pero con tan mala fortuna que, sin darse cuenta, puso la mano… encima de una enorme rata. Le faltó poco para bajar la escalera rodando, del susto y del dolor, pues la rata le mordió el brazo. Al entrar en nuestro cuarto estaba pálido como un muerto y su pijama estaba manchada de sangre. ¡Qué mala suerte! No tiene ninguna gracia acariciar a una rata que, por añadidura, le muerde a uno. Debe ser espantoso.

Tuya,

ANNE

Viernes, 12 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Voy a presentarte a mamá Frank, última protectora de los niños. Ha reclamado para nosotros un suplemento de mantequilla, pues así lo exige el trato que debe darse a la juventud en los modernos tiempos. Mi madre ha tomado la defensa de la gente joven y, a pesar de las protestas de los mayores, se sale con la suya.

Se nos ha estropeado un frasco de lengua en conserva. Comida de gala para Mouschi y Boschi.

No conoces todavía a Boschi, a pesar de que formaba parte de la casa ya antes de nuestra llegada. Es el gato del despacho o, mejor dicho, del almacén, y mantiene a raya a las ratas en sus dominios. Voy a aclararte el porqué de su nombre político. La empresa tenía dos gatos, uno para los almacenes y otro para el desván. A veces, los dos se encontraban y tenían enconadas batallas. El del almacén era siempre el primero en atacar, pero era el otro el que salía vencedor al final. El gato del almacén se ganó el nombre de Boschi (alemán) por su agresividad y el del desván fue llamado Tommy por su temperamento inglés. Tommy desapareció un buen día y Boschi nos sirve de distracción cuando bajamos al despacho.

Comemos tantas alubias blancas o rojas que han acabado por repugnarme. Sólo pensar en ellas me da náuseas. Hemos suprimido la colación de antes de acostarnos.

Papá no disimula su mal humor. Su mirada se ha vuelto triste. ¡Pobre papito!

El libro que estoy leyendo, de Ina Boudier-Bakker, De Klop op de Deur, me tiene subyugada. Está muy bien escrito y la descripción de la familia es maravillosa: en cambio, no me gustan los pasajes que tratan de la guerra y de la emancipación de la mujer. La verdad es que estos temas no logran interesarme.

Arrecian los bombardeos sobre Alemania. El señor Van Daan está malhumorado porque ha agotado su provisión de cigarrillos. Hemos deliberado sobre la cuestión de si debíamos comer o no las verduras en conserva. Resultado favorable. Mis zapatos ya me quedan estrechos y me veo obligada a usar las botas, poco prácticas para andar por casa. Unas sandalias de paja trenzada, que costaron seis florines y medio, me han durado exactamente una semana. Quizá Miep encuentre algo en el mercado negro. Voy a cortar el pelo a Pim. Dice que después de la guerra no cambiará de peluquero, en vista de mi habilidad en el oficio. Yo no acabo de creérmelo porque con frecuencia le hago un corte en la oreja.

Tuya,

ANNE

Jueves, 18 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Turquía va a entrar en la guerra. Gran emoción. Esperamos las emisiones conteniendo la respiración.

Tuya,

ANNE

Viernes, 19 de marzo de 1943

Querida Kitty:

A la alegría ha seguido la decepción en el breve intervalo de una hora. Turquía no ha entrado en la guerra. El discurso del ministro no era más que una llamada contra la neutralidad. Un vendedor de periódicos del centro de la ciudad gritaba: “¡Turquía del lado de Inglaterra!”. Vendió los periódicos enseguida. Uno ha llegado a nuestras manos con sus falsas noticias.

Van a ser retirados de la circulación los billetes de quinientos y de mil florines, declarados sin valor. Los traficantes del mercado negro se van a ver en un aprieto, pero la cosa es aún más grave para los que ocultan su dinero y para los que están escondidos por la fuerza de las circunstancias. Para cambiar un billete de mil florines hay que declararlo previamente y justificar su procedencia. Hasta la próxima semana estos billetes pueden utilizarse para el pago de los impuestos.

Dussel ha mandado traer su taladro de dentista y me preparo para someterme en breve a un minucioso reconocimiento.

El Führer de los alemanes ha hablado ante sus soldados heridos. Triste emisión. Preguntas y respuestas poco más o menos como éstas:

—Me llamo Heinrich Scheppel.

—¿Dónde fue usted herido?

—En Stalingrado.

—¿Qué heridas?

—Los pies congelados y fractura del brazo izquierdo.

La emisión recordaba un teatro de marionetas. Los heridos parecían orgullosos de sus heridas. Cuantas más tenían, más satisfechos se mostraban. Uno de ellos estaba demasiado emocionado y no pudo articular palabra. El motivo era que el Führer le permitió estrecharle la mano… si, por lo menos, le quedaba una.

Tuya,

ANNE

Jueves, 25 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Ayer, cuando estábamos reunidos pasando una agradable velada, papá, mamá, Margot y yo, Peter entró bruscamente y le susurró unas palabras al oído a mi padre. Pude entender vagamente que en el almacén se había volcado un tonel y que alguien estaba hurgando en la puerta. Los dos salieron inmediatamente. Yo me puse lívida, a pesar de los esfuerzos de Margot por calmarme.

Solas las tres mujeres, lo único que podíamos hacer era esperar. Apenas transcurridos dos minutos, llegó silenciosamente la señora Van Daan, que había sido advertida por Pim. Cinco minutos después, Peter y Pim regresaron. Estaban pálidos y nos contaron lo ocurrido. Se habían puesto al acecho al pie de la escalera, y por el momento nada pudieron observar. De pronto oyeron dos fuertes golpes, como de una puerta que se cierra violentamente. No cabía duda, Pim volvió a subir de un salto y Peter, al pasar, avisó a Dussel que, como de costumbre, había sido el último en reunirse con nosotras. Nos quitamos los zapatos y subimos todos a la habitación de los Van Daan. El señor Van Daan estaba en cama con un fuerte resfriado y nos pusimos a su alrededor para cambiar impresiones, en voz baja, sobre el caso.

Cada vez que el señor Van Daan tosía, la señora Van Daan y yo nos asustábamos tanto que poco nos faltaba para desvanecernos. Alguien tuvo la luminosa idea de atiborrarlo de codeína y esto calmó los comprometedores accesos.

Después de una espera interminable, al no repetirse los ruidos, supusimos que los rateros habían oído nuestros pasos en el despacho cerrado y se habían dado a la fuga. El aparato de radio, conectado con Inglaterra, alrededor del cual estaban aún dispuestas las sillas en círculo, fue motivo de una gran preocupación. Si realmente habían forzado la puerta y se habían dado cuenta, podían denunciarlo a la policía, lo que podría acarrearnos graves consecuencias. El señor Van Daan se levantó, se puso el abrigo y el sombrero y, seguido por mi padre, bajó la escalera. Peter se reunió con ellos, armado con un gran martillo. Las señoras, Margot y yo quedamos en una angustiosa espera que duró cinco minutos. Por fin, los hombres volvieron diciendo que todo estaba en calma en la casa. Decidimos no usar los grifos del agua ni tirar de la cadena del retrete, pero como la emoción produjo un efecto general, hubo fila para ir al baño. Ya puedes imaginarte el olor…

Una desgracia no llega nunca sola. Esta vez ocurrió que el campanario de la Westertoren dejó de sonar y me vi privada de la compañía de este amigo que me inspiraba confianza. Nos preguntábamos si la puerta habría quedado bien cerrada la víspera, pues el señor Vossen se había ido antes de la hora de cerrar e ignorábamos si Elli le había pedido la llave antes de que se marchara.

Hasta las once y media de la noche no empezamos a sentirnos tranquilos. La alarma causada por los rateros había empezado alrededor de las ocho, de modo que, a pesar de su rápida huida, nos hicieron pasar una velada de gran incertidumbre. Pensándolo mucho, llegamos a la conclusión de que era poco probable que un ladrón se arriesgara a forzar una puerta que da a la calle, a una hora en que todavía circulaba mucha gente. Alguien sugirió, además, que el contramaestre de la casa contigua podía haberse quedado trabajando hasta más tarde y el ruido podía proceder de aquel lado, pues las paredes no eran muy gruesas. En este caso, la emoción general nos habría jugado una mala pasada y nuestra desbordada imaginación había puesto lo que faltaba en unos instantes tan críticos.

Por fin nos acostamos, a pesar de que nadie tenía sueño. Mi padre, mi madre y Dussel pasaron la noche en blanco, y yo puedo decirte sin exagerar que apenas pegué un ojo. Los hombres bajaron al amanecer para comprobar la cerradura. No estaba forzada y esto hizo renacer la confianza en nuestras habitaciones.

Nuestros protectores se burlaron de nosotros al contarles lo ocurrido y la inquietud que nos había causado. Bueno, es fácil reírse después de las falsas alarmas. Elli fue la única que nos tomó en serio.

Tuya,

ANNE

Sábado, 27 de marzo de 1943

Querida Kitty:

Terminamos el curso de taquigrafía por correspondencia y ahora vamos a dedicamos a hacer prácticas de velocidad.

¡Cómo nos estamos ilustrando! Tengo aún muchas cosas que contarte en relación con mis estudios durante este periodo de tumba, que así es como llamo yo a este periodo que nos obliga a vivir ocultos con la esperanza de que no se prolongue demasiado. Me divierto mucho con la mitología, sobre todo con los dioses griegos y romanos. Los moradores de este escondite creen que se trata de un capricho pasajero, pues, según ellos, no existen antecedentes de una colegiala que aprecie a los dioses hasta este punto. Bueno, yo seré la primera.

El señor Van Daan sigue resfriado, o mejor dicho, tiene la garganta irritada. No habla de otra cosa, es fantástico. Se pasa el día haciendo gárgaras con infusión de manzanilla, se da toques con azul de metileno, se desinfecta los dientes y la lengua, se da inhalaciones y por si faltaba algo, está de un humor de perros.

Un pez gordo alemán, Rauter, pronunció un discurso: “Todos los judíos deberán abandonar los países germánicos antes del 1 de julio. La provincia de Utrecht será depurada del 1 de abril al 1 de mayo, como si se tratase de extirpar cucarachas. Después les tocará el turno a las provincias de Holanda del Norte y del Sur, desde el 1 de mayo hasta el 1 de junio”. Esos pobres seres son conducidos al matadero como un rebaño de bestias enfermas y sucias. Prefiero no hablar de esto: me da pesadillas.

Una buena noticia: ha sido incendiada por los saboteadores la Oficina de Colocación alemana. Pocos días más tarde se repitió el hecho en las oficinas demográficas. Unos hombres disfrazados de policías alemanes ataron a los centinelas y se apoderaron de importantes documentos.

Tuya,

ANNE

Jueves, 1 de abril de 1943

Querida Kitty:

No estamos para bromas, a pesar de ser el día, sino todo lo contrario. La cosa está muy seria, tanto que puedo volver a decir justificadamente que una desgracia nunca viene sola.

En primer lugar, nuestro protector, el señor Koophuis, que constantemente nos da ánimos, sufrió una fuerte hemorragia de estómago y deberá guardar cama por lo menos tres semanas. Además, Elli tiene gripe. Y, por último, el señor Vossen, que probablemente también tiene una úlcera de estómago, va a ingresar en el hospital la semana que viene para someterse a una intervención quirúrgica. Debía celebrarse una conferencia sobre importantes negocios, inmediatamente, cuyos detalles habían sido ya acordados entre mi padre y el señor Koophuis, y no había tiempo de poner al corriente de ello al señor Kraler, el único nexo que nos quedaba con el exterior.

Esta conversación de negocios que debía tener lugar en el despacho privado, tenía muy inquieto a mi padre en cuanto a su resultado.

—¡Si pudiera estar presente! —exclamaba.

—Si pegase el oído a la pared, dado que la reunión se celebra en el despacho privado, podría oírlo todo —le aconsejó alguien.

El rostro de mi padre se iluminó. Ayer por la mañana, a las once y media, mi padre y Margot se tendieron en el suelo cuan largos eran, en su puesto de escucha, pues valen más cuatro oídos que dos. La conversación, que no había terminado por la mañana, continuaría por la tarde. Papá tenía intensos dolores musculares a causa de la forzada posición en que había tenido que mantenerse. A las dos y media, hora en que volvieron a oírse las voces, se confesó incapaz de proseguir el espionaje y me pidió que ocupase su puesto al lado de Margot. Las conversaciones no acababan nunca y eran tan aburridas que me dormí sobre el frío y duro linóleo. Margot, por miedo a delatar nuestra presencia, no se atrevió a tocarme y menos aún a llamarme. Al cabo de media hora desperté, pero lo había olvidado todo. Gracias a Dios, la atención de Margot no había flaqueado.

Tuya,

ANNE

Viernes, 2 de abril de 1943

Querida Kitty:

¡Ay de mí! Otro pecado viene a añadirse a la larga lista de los que llevo cometidos.

Anoche estaba ya acostada esperando a mi padre, que acostumbra a decir sus oraciones conmigo, antes de darme las buenas noches. Mi madre entró en la habitación, se sentó al borde de la cama y me preguntó muy discretamente:

—Anne, ya que tu padre no ha venido todavía, ¿quieres que oremos juntas hoy?

—No, mamá —le contesté.

Mi madre se levantó, dudó un momento y luego se dirigió lentamente hacia la puerta. Antes de salir se volvió. Su semblante reflejaba una profunda angustia.

—Prefiero no enfadarme —me dijo—. No puedo obligarte a quererme. El cariño no puede imponerse.

Al cerrar la puerta, las lágrimas bañaban su rostro.

Yo permanecí inmóvil. Me encontré odiosa por haberla rechazado tan brutalmente, pero sabía que me hubiera sido imposible contestarle de otra manera. Soy incapaz de fingir, incapaz de decir mis oraciones con ella a gusto. Lo que me pedía era totalmente imposible.

Sentía lástima por mi madre, la compadecía de todo corazón, pues, por primera vez, me había dado cuenta de que mi fría actitud no le era indiferente. Cuando dijo que el cariño no puede imponerse, en su rostro se reflejaba una gran tristeza. La verdad es dura, pero lo cierto es que mi madre me ha rechazado y me ha abrumado con sus observaciones inoportunas, faltas de tacto, y se ha burlado de cosas que a mí no me parecen dignas de burla. Se ha estremecido al darse cuenta de que el amor dejó de existir entre las dos, lo mismo que yo me estremecía cada vez que debía escuchar sus duras recriminaciones.

Mi madre ha llorado mucho y se pasó la noche en blanco. Mi padre apenas si se digna mirarme y cada vez que nuestras miradas se cruzan me parece leer en sus ojos un reproche: “¿Cómo puedes ser tan mala y causar tanta pena a tu madre?”. Seguramente esperan que les pida perdón, pero se me hace imposible, porque, tarde o temprano, mi madre se vería obligada a reconocer la verdad que encierran mis palabras. Las lágrimas de mi madre y las acusadoras miradas de mi padre me dejan indiferente y, por tanto, es difícil que me sienta inclinada a pedir perdón. Por primera vez, se dan cuenta los dos de mi estado de ánimo. Compadezco a mi madre, al verla obligada a reprimirse delante de mí, pero esto es lo único que siento. He decidido guardar silencio y permanecer fría. No pienso retroceder ante ninguna verdad que las circunstancias me obliguen a decir, pues cuanto más tarde en decirla, más dura será de oír.

Tuya,

ANNE

Martes, 27 de abril de 1943

Querida Kitty:

En la casa todo son desacuerdos. Mi madre está contra mí, los Van Daan contra mi padre y la señora contra mi madre. Todo el mundo se muestra irritado. Muy gracioso, ¿verdad? Las innumerables faltas de Anne vuelven a ser objeto de amplia consideración.

El señor Vossen está en el hospital y el señor Koophuis se ha restablecido más pronto de lo que esperábamos. La hemorragia de estómago que padece ha podido ser cortada esta vez. Nos contó que en las oficinas del Servicio Demográfico los bomberos no sólo se limitaron a extinguir el incendio, sino que lo dejaron todo inundado. Me alegro.

El Hotel Carlton fue destruido. Dos aviones ingleses descargaron sus bombas sobre el Offiziersheim y se incendió todo el edificio. Los ataques de la RAF sobre las ciudades alemanas son cada vez más frecuentes. Por la noche no hay modo de descansar; estoy ojerosa de no poder dormir. Nuestra alimentación ha empeorado mucho. Pan seco y sustitutos de café para desayuno. Las comidas se limitan, desde hace quince días, a espinacas o ensalada. Las papas saben a podrido. A las personas que deseen adelgazar les recomiendo el régimen de vida de este anexo. Nuestros vecinos se quejan constantemente, pero en casa no tomamos la cosa tan a pecho. Todos los hombres que fueron movilizados o combatieron en 1940 han sido llamados para incorporarse a las filas del trabajo obligatorio en Alemania. Probablemente se trata de una medida de precaución contra el desembarco.

Tuya,

ANNE

Sábado, 1 de mayo de 1943

Querida Kitty:

De vez en cuando pienso en la vida que llevamos y siempre llego a la misma conclusión. Si nos comparamos con los judíos que no se han ocultado, estamos en el paraíso. Más adelante, sin embargo, cuando las cosas hayan vuelto a su cauce normal y volvamos a disfrutar de nuestra casa confortable como antes, recordaré la situación a la que nos vemos sometidos ahora. No lo podré evitar ni podré evadir el asombro que habrá de producirme.

Vivimos reducidos, en el verdadero sentido de la palabra. Por ejemplo, desde que nos instalamos aquí, no hemos podido cambiar el hule de la mesa, cuya limpieza deja mucho que desear después de tanto tiempo. Yo me esfuerzo en fregarlo con un viejo trapo de cocina, pero está muy agujereado. Con la mesa ocurre lo mismo, no hay manera de dejarla limpia. Los Van Daan han dormido todo el invierno con el mismo pedazo de franela que les sirve de sábana, cuyo lavado es difícil aquí, por la mala calidad de los jabones. Mi padre lleva un pantalón raído y la misma corbata deslucida. El corsé de mamá hoy ha quedado fuera de uso, y Margot lleva un sostén dos tallas más pequeño.

Mi madre y Margot han usado durante todo el invierno, alternándolas, tres únicas camisas; las mías se me han quedado tan cortas que no me llegan al ombligo.

Todo esto son pequeñeces, ya lo sé, y no hay que darles importancia, pero lo malo es que me asaltan ciertas aprensiones. Me pregunto si después de esta etapa en que nos hemos acostumbrado a vivir sirviéndonos de objetos muy usados, desde mis calcetas hasta las hojas de la maquina de afeitar de mi padre, lograremos volver al nivel de vida de antes de la guerra.

Esta noche sufrimos cuatro bombardeos. Yo empaqué mis cosas. Hoy incluso preparé una pequeña maleta con lo estrictamente indispensable por si tenemos que huir. Mi madre me dice, y con razón: “¿Y adónde piensas huir?”. Holanda entera ha sido castigada a causa de las numerosas huelgas declaradas. Se proclamó la ley marcial y la ración de pan se redujo a cien gramos por persona. Esto es lo que les ocurre a los chicos traviesos.

Tuya,

ANNE

Martes, 18 de mayo de 1943

Querida Kitty:

Pude contemplar una batalla entre aviones ingleses y alemanes. Desgraciadamente, algunos aviadores aliados se vieron obligados a abandonar sus aparatos y saltar en paracaídas. Nuestro lechero, que vive en las afueras de la ciudad, encontró cuatro canadienses en la cuneta de la carretera. Uno de ellos, que hablaba correctamente el holandés, le pidió lumbre para su cigarrillo y le dijo que formaban parte de una tripulación de seis hombres. El piloto había quedado carbonizado, y el quinto tripulante no sabían dónde había podido esconderse. La policía se llevó a los cuatro hombres, que habían resultado ilesos. Yo me pregunto cómo es posible conservar la serenidad después de un salto tan formidable.

A pesar del calor que empieza a sentirse, nos vemos obligados a encender lumbre cada día con objeto de quemar la basura, pues no podemos depositarla en la cubeta para no despertar sospechas del empleado del almacén. La más pequeña imprudencia nos delataría.

Los estudiantes que acaban este año sus estudios y los que se proponen continuarlos tienen que firmar un cuestionario, propuesto por la dirección, en el que declaran su simpatía por los alemanes y el nuevo orden. El ochenta por ciento de los estudiantes no ha querido renegar de su conciencia y sus convicciones y ha sufrido las consecuencias. Todos los que se han negado a firmar serán enviados a los campos de trabajo obligatorio alemanes. ¿Qué va a quedar de la juventud holandesa si los muchachos son condenados a trabajos forzados en Alemania?

La pasada noche estaba en la cama de mi padre. Mamá había cerrado la ventana a causa de los bombardeos. De pronto oí que uno de nuestros vecinos se tiraba violentamente de la cama. Era la señora Van Daan. Casi al mismo tiempo se oyó el estallido espantoso de una bomba. Yo me puse a gritar pidiendo luz. Pim encendió una vela. De un momento a otro, esperaba ver la habitación devastada por las llamas, pero no ocurrió nada. Subimos en el acto con objeto de indagar la causa de la alarma en casa de los Van Daan. Nos dijeron que habían visto un resplandor rosado en el cielo. El señor Van Daan pensó que se había prendido fuego cerca de la casa y la señora creyó que la casa era pasto de las llamas. El estallido de la bomba la hizo arrojarse de la cama y las piernas le temblaban. En vista de que no había ocurrido nada grave, volvimos a acostarnos.

Apenas transcurrido un cuarto de hora, se repitieron los disparos. La señora Van Daan se levantó y bajó a la habitación del señor Dussel en busca del sosiego que no hallaba al lado de su marido. Dussel la recibió con estas palabras: “Échate en mi cama, chiquilla”. La ocurrencia provocó una histérica carcajada general, que tuvo la virtud de ahuyentar el miedo y hacernos olvidar el estruendo de los cañones.

Tuya,

ANNE

Domingo, 13 de junio de 1943

Querida Kitty:

No puedo pasar en silencio el delicado gesto de mi padre el día de mi cumpleaños. Escribió un poema para mí. Como solamente sabe componer versos en alemán, los tradujo Margot. Por el fragmento que transcribo a continuación, podrás apreciar que Margot ha hecho una traducción muy buena. Voy a suprimir el principio, que se reduce a un resumen del año escolar:

Eres la más joven, pero ya no una chiquilla.

La vida no es fácil; cada cual se cree con derecho

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9786075573960
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