Читать книгу: «Bejita»

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Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

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ISBN: 978-84-1386-520-1

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A Yadeli, mi hermanita menor

y mi fiel lectora.

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco,

y me siguen, y yo les doy vida eterna;

y no perecerán jamás, ni nadie

las arrebatará de mi mano”.

Juan 10:27-28

Capítulo 1

∞

Persecución En La Oscuridad

Les contaré la historia de una tierna oveja llamada Abejita Ovej y de qué manera un día se perdió en la temible selva.

Ella era una corderita muy alegre y simpática. Pertenecía al Rebaño de Ovejas Salvajes del Oeste de la pradera y todos le decían Bejita, incluso ella misma se presentaba siempre como Bejita Ovej.

Todos los animales la conocían muy bien porque era la única corderita con lana blanca, esponjosa y suave. Las demás, tanto grandes como pequeñas, tenían lana de un color pardo y grisáceo. Bejita era la más carismática de todas las corderitas y no había ningún miembro del rebaño que no la amara por su nobleza y simpatía, pues tenía un bondadoso corazón.

«Buenos días, señor y señora Ovej, ¿cómo está Bejita?» preguntaban las ovejas vecinas al pasar cerca de los padres de Bejita.

«Anda jugando con su hermanita Lili» respondían ellos con alegría, sintiéndose muy afortunados por ser los padres de una oveja tan linda y tan amada.

Bejita saltaba como un cervatillo pequeño sobre los tiernos pastos. Todos la veían retozar y se contagiaban de su alegría; era la felicidad de sus padres y el corazón que alegraba a todas las demás manadas de la pradera.

La familia Ovej era una de las familias más conocidas y prestigiosas del Rebaño de Ovejas Salvajes del Oeste, que eran las últimas ovejas salvajes del bioma, pues todas las demás ya habían sido domesticadas por los humanos.


También formaban parte del rebaño la familia Balar, los Maná, la familia Lana ―que era la más rica de todas―, entre otras.

La comunidad de animales que convivía en armonía y pastaba en la extensa y rica pradera estaba conformada por otras manadas como antílopes, búfalos, ñus, gacelas, cebras, entre muchas otras.

Bejita se perdió en la selva una tarde cuando el disco rojo del sol estaba a punto de ocultarse y todos los animales estaban terminando de pastar. El numeroso grupo de criaturas herbívoras emprendía el camino de regreso a sus hogares ubicados en los terrenos más altos del valle cercano, lejos de depredadores nocturnos. Las ovejas iban unas tras otras, haciendo una larga fila, en dirección al oeste.

Bejita y su hermana Lili se quedaron atrás, alejándose lentamente de todo el rebaño de ovejas y de las grandes manadas de distintos animales.

Lili habló en voz baja:

―Ei, Bejita, acompáñame a hacer pis, porfis. No aguanto más, ándale, ve conmigo.

―Pero puede ser peligroso ―respondió Bejita.

―Ya sé, pero no aguanto más. Será rápido, te lo prometo ―Lili hablaba apretando los dientes.

―Está bien, vamos ―dijo Bejita como buena hermana menor.

Se apartaron de las gruesas filas y se internaron entre unos arbustos tupidos a la orilla del camino, a bastante distancia de los demás animales.

Bejita miró que Lili se ocultó detrás de unos matorrales y se internó en un espeso follaje verde de altos árboles. Mientras tanto ella esperó a la orilla del camino, junto a los arbustos.

De pronto oyó a lo lejos que Lili gritaba muy asustada:

―¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡Ayuda!

Bejita, al oír los gritos, tuvo miedo y se petrificó de terror. Le comenzó a latir el corazón muy fuerte. «¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!», se escuchaba.

Aunque era una corderita muy valiente, de pronto se sintió desesperada por no saber qué hacer. Lo peor de todo era que la oscuridad acechaba y no podía ver con claridad más allá de cinco metros.

―¡Ayuda, Bejita! ¡Ayuda, hermanita! ―se escuchaba la voz desesperada de su hermana mayor.

Entonces Bejita recobró su valor y entró a lo más espeso del bosquecillo, tratando de tomar el camino que su hermana trazara antes.

Al llegar al otro lado del espeso follaje, Bejita se dio cuenta que Lili ya no estaba; lo más preocupante era que tampoco gritaba. Bejita solo alcanzó a oír cómo que arrastraban algo por el suelo o eso creyó, por el movimiento sutil de las hojas secas.

Fue hacia la dirección del sonido, pero al acercarse al lugar ya no escuchó nada más. Siguió avanzando, diciendo el nombre de su hermana entre susurros:

―Lili. Lili. Beee. Beee.

No sabía qué rumbo llevaba ni qué dirección, pues en lo espeso del bosque ya no podía ver bien.

Entonces, después de caminar buen rato sin rumbo y de pronunciar el nombre de Lili muchas veces, Bejita cayó en cuenta de que se había hecho de noche.

Ella estaba completamente sola en medio de un bosque espeso y tenebroso, con árboles enormes y tupidos que eran negros y altos como sombras espeluznantes. Tenían la forma de monstruos que amenazaban con abalanzarse sobre ella y devorarla de un bocado.

A pesar de eso no tuvo miedo y siguió caminando despacio, sin dejar de pronunciar en voz baja el nombre de su hermana muchas veces más, pero ella no contestaba.

―¡Lili! ¡Lili! ―Y nada―. ¡Lili! ¡Lili!

Bejita se detuvo y lo único que escuchó fue su respiración agitada y cansada. De pronto guardó absoluto silencio, pues sus orejas le anunciaron que un enemigo se acercaba. Sus balidos en medio de la oscuridad habían atraído a los depredadores nocturnos.

Rodeada solo de sombras, pudo reconocer el sonido de una criatura que caminaba en derredor, acechándola; solo se oía el crujido de las hojas secas tronando bajo sus patas.

Bejita observó detenidamente a la redonda. Solo había oscuridad y presintió alarmada que unos ojos la veían desde las sombras inescrutables.

―¡Esa corderita es mía! ―dijo una voz horripilante.

―¡No, es mía! ―aseguró una segunda voz, todavía más espantosa que la primera.

Era una voz ronca, malévola y despiadada.

―¡Que no, que es mía!

―¡Grrr! ¡Grrr!

Dos criaturas oscuras comenzaron a forcejar con furia en la noche profunda. El instinto de Bejita le decía que debía correr de inmediato. El problema era que no sabía hacía dónde, pues todo era oscuro y no podía ver ningún camino conveniente.

«No importa», pensó asustada, «solo debo correr lejos de esos monstruos».

Y así lo hizo. Corrió en sentido opuesto a las criaturas de la oscuridad.

―¡Se va! ―gritó una de las figuras negruzcas.

―¡Por tu culpa, tonto…!

Hubo una agresión fuerte, pues uno de los animales emitió un gruñido y el otro un chillido. Al darse cuenta que Bejita huía, corrieron tras ella a toda prisa.

Bejita apenas podía diferenciar el tronco de un árbol del de otro. Pasaba cerca de ellos lo más rápido que podía, tratando de no chocar, sin detenerse un segundo a saber dónde venían sus depredadores.

Sus papás le habían enseñado que cuando se trata de salvar la vida solo debía correr y correr sin descansar.

«Dónde estará Lili», pensaba mientras corría con la respiración muy agitada. «¿Acaso esas criaturas se la comieron y por eso dejó de gritar?». Esta idea la asustaba mucho. Entonces corría más rápido, temiendo que a ella también se la comieran.

Pero los monstruos ya estaban muy cerca de ella, pues eran mucho más veloces y ligeros. Estos se reían porque ya daban por hecho que alcanzarían a Bejita.

―¡Qué rico banquete vamos a tener! ―decían con sus voces roncas.

De pronto Bejita miró que un animal pequeño, un poco más bajito que ella, le salió al camino y se le emparejó, corriendo a su lado.

―Ven, sígueme ―le dijo el animal desconocido.

Bejita confió en su voz, que era amable y dulce, como la de un animal tan pequeño como ella. Por eso confió y lo siguió.

Salieron de los árboles espesos y pasaron por un claro donde se veía la luna alta y clara, rodeada de relucientes estrellas. Ahí Bejita notó que el animal que seguía tenía pelaje gris y orejas triangulares: era un cachorro de lobo, pero ella no había visto antes un lobo.


Cruzaron el claro y, luego de correr un largo trecho, el lobito llevó a Bejita a un escondite, logrando así que las dos criaturas que los perseguían les perdieran el rastro.

El escondite era un tronco hueco y viejo de lo que alguna vez había sido un árbol grande y frondoso. El pequeño lobo entró por un agujero pequeño y Bejita lo siguió.

En la penumbra, con la tenue luz de la luna que entraba por la abertura alta del tronco hueco, apenas si podían distinguirse uno del otro.

―Hola, me llamo Rafita, ¿y tú? ―preguntó el lobito.

―Me llamo Bejita Ovej. Gracias por ayudarme a escapar, Rafita. ¿Qué eran esas cosas que nos perseguían a toda prisa? ―preguntó ella con la respiración agitada todavía.

―Unos animales feos y sangrones ―contestó Rafita―. Pero no perdamos nuestro tiempo hablando de ellos, mejor dime, ¿eres una oveja de verdad? ―Al hacer esta pregunta, Rafita comenzó a rodear a Bejita, olfateándola con su húmedo hocico.

―Sí, soy una corderita ―dijo ella con orgullo y sacó el pecho―. De las corderitas del Rebaño de Ovejas Salvajes del Oeste de la pradera ―dio este dato porque sus padres le habían enseñado que si se perdía, entonces debía decir su nombre completo y el rebaño al que pertenecía―. ¿Tú qué tipo de animal eres? ¿Eres lo que llaman un chacal?

―No ―dijo de inmediato el lobito, como si no le gustara aquella idea―, claro que no. Pero no importa qué tipo de animal soy, lo que importa es que soy tu amigo ―contestó. Y en voz baja, para sí mismo, dijo: «Mi mamá dice que no debo hablar con las presas».

―¿Cómo? ―interrumpió Bejita―. ¿Qué es una presa? ¿Por qué tu mamá te dice que no debes hablar con las presas?

―No, no es nada ―respondió Rafita nervioso por sentirse descubierto―, no me hagas caso. Aunque, bueno, dicen que una presa es un lugar donde se reúne mucha agua.

―¿Y por qué no debes hablar con una presa? ―preguntó de nuevo Bejita, insistiendo.

―¿Eh? ―Rafita hacía como que no entendía.

Buscaba qué respuesta inventar para salir de aquella situación, pues no imaginó que la corderita tuviera tan buen oído. Debía dejar de andar hablando en voz baja sus pensamientos secretos.

―En realidad no quise decir eso ―aclaró, mintiendo―. Solo dije que no se puede hablar con las presas porque ya sabes, están llenas de agua y no pueden hablar. Es una locura solo imaginarlo ―y se rio como tonto, pero Bejita no se rio.

Rafita cambió de tema.

―Mira, puedes dormir aquí, estamos a salvo. Mañana buscaremos a tu familia en el rebaño salvaje… del oeste de… las ovejas.

Bejita notó que el lobito había dicho mal el nombre de su comunidad, pero no le refirió nada al respecto.

―Gracias, Rafita, por cuidarme y ayudarme. Y por ser tan bueno conmigo.

―No hay nada que agradecer, rica cena, digo, querida ovejita.

Bejita ya no respondió y se echó sobre el lecho de hierba seca que Rafita le había indicado y cerró de inmediato los ojos, pues se sentía agotada.

Un rato después, Rafita, creyendo que Bejita estaba dormida, se acercó a ella y le comenzó a besar la suave lana. Pero no eran besos amistosos, eran más bien mordidas: ¡se la quería comer!

―¿Qué te pasa, por qué me muerdes? ―reaccionó Bejita, enfadada.

―Lo siento, lo siento —dijo Rafita muy nervioso―. No-no sé qué me pasó. Si-sigue durmiendo ―y se alejó lamentándose.

Bejita no le creyó, pero aun así cerró los ojos.

Se estaba quedando dormida cuando, inesperadamente, sintió unos dientes filosos y pequeños que se enterraban en su piel, justo en el cuello. De un salto se puso de pie y gritó molesta:

―¡Tú me quieres comer! ―enfrentó a Rafita en tono agresivo.

―No, no ―respondió titubeante el lobezno―. Tu-tuve un sueño extraño. Es-estaba sonámbulo, pero mira, ya desperté; perdón, perdón ―dijo Rafita lloriqueando―. Mañana tenemos que ir con tu familia, te prometo que no te haré daño. Vue-vuelve a dormir, po-por favor. Co-confía en mí.

El lobito temía que por sus arrebatos hambrientos Bejita se le fuera a escapar y por eso hablaba cortado.

Ella hizo como que le creyó otra vez y fingió que dormía, pero estuvo alerta. Se quedó haciendo guardia por temor a que su falso adyuvante la atacara nuevamente. Por eso se dio cuenta cuando el pequeño lobo se quedó dormido.

En la madrugada, poco antes de que rayara el alba, escuchó que Rafita hablaba dormido.

«Sí, todos sabrán que soy el mejor lobo cazador de la selva. Ella será mi primera presa. Y la cazaré yo solito. Nos iremos por el lado de las piedras grandes para que ningún otro animal me la quiera quitar. Luego la llevaré hasta el arroyo que se dirige al río Tenebrosucio; enseguida, sin que se dé cuenta, la morderé en el cuello hasta que se desangre completamente; después la llevaré arrastrando hasta la guarida de mamá. Nadie sabrá que no la cacé realmente. ¡Se ve tan deliciosa! Seguramente su carne es muy blandita, como a mí me gusta. Ya me la quiero comer. Ay, yo nunca he comido corderita…»

Luego siguió hablando, pero Bejita ya no pudo entender más, pues lo hacía en forma de cuchicheos y en voz muy baja.

Ella supo que debía planear cómo escapar, pues aquel animalejo que parecía confiable en realidad también se la quería comer, engañándola con mentiras que ni él mismo se creía.

Todavía estaba oscuro y Bejita imaginaba que los monstruos que la habían perseguido durante la noche aún estaban al acecho esperando a que ella saliera de su escondite. Pensaba que a su hermana Lili ya se la habían comido y eso la llenaba de tristeza.

Tenía ante sí una disyuntiva: por un lado, si se quedaba, aquel animal pequeño, que se había dicho su amigo, la traicionaría durante el transcurso de esa mañana; por otro lado, si escapaba en ese momento, era muy seguro que otro animal la atrapara y se la comiera enseguida.

Entonces debía elegir entre arriesgarse a ser devorada huyendo en ese momento o quedarse con el falso amigo para ganar tiempo y elaborar un buen plan para escapar.

Eligió ganar tiempo y ya no pudo dormir más.

Capítulo 2

∞

Una Oveja Entre Lobos

En cuanto el astro rey anunció el alba y hubo claridad, Bejita despertó al lobito que roncaba plácidamente.

―Rafita, Rafita ―le dijo a viva voz―, debemos irnos ya.

Había luz, pero no estaba completamente amanecido.

«No, no escapará…» dijo Rafita y despertó sobresaltado, como si hubiera tenido una pesadilla.

Se puso de pie de inmediato y al ver que Bejita todavía permanecía a su lado, pareció aliviado.

Rafita se acercó a la que imaginaba su futura víctima y su próximo desayuno y le dijo:

―Nos iremos por un lugar seguro. Debemos evitar un río llamado Tenebrosucio, ya que allí los cocodrilos les han quitado la vida a muchos animales.

―De acuerdo, hay que ponernos en marcha entonces ―sugirió Bejita.

―Sí, por supuesto. Pero también hay que evitar otro lugar terrible conocido como el Pozo Negro. Ahí vive un monstruo que devora a todos los animales que pasan cerca ―Rafita hablaba como si se tratara del ser más horrendo del mundo.

Bejita ya no confiaba mucho en el lobito, pero aceptó seguirlo por temor a que pudiera ser verdad lo que decía. Mientras no le atascara los colmillos en el cuello todo iría bien, pero procuraría siempre ir a sus espaldas, jamás adelante. Ya buscaría la oportunidad de escapar en alguna parte del camino.

Se pusieron en marcha y Rafita iba indicando la dirección. Caminaron bastante rato por entre los troncos de los árboles más viejos del bosque. Bejita tenía la sensación y casi la certeza de que aquel pequeño depredador la estaba alejando cada vez más de su hogar.

Rafita iba adelante y corría de un tronco a otro. Luego le hacía una seña a Bejita para que lo imitara. Ella obedecía.

Después de hacer esta acción repetidas veces, llegaron a una zona con menos árboles, donde abundaban piedras muy grandes, algunas gordas y chaparras, otras altas y flacas. Entre ellas había altos matorrales y arbustos, pero el lugar era más bien un espacio al aire libre, por la escasez de árboles.

Antes de entrar a esa zona pedregosa, Bejita y el lobito se estacionaron en una rama caída de encina que los cubría muy bien.

Rafita dijo susurrando:

―Ahora haremos lo mismo que antes, yo iré hasta una piedra y cuando vea que no hay peligro, te haré una seña para que avances hasta donde yo estoy.

―De acuerdo ―decía Bejita moviendo la cabeza afirmativamente.

Aquella estratagema del lobito podría generar la sensación de que estaba protegiendo a Bejita, y así era; sin embargo, lo hacía no porque temiera que otros animales la fueran a descubrir, sino porque quería llevarla sana y salva hasta el arroyuelo cercano a la guarida de su madre y ahí atacarla sin compasión.

Por eso cuidaba a Bejita, no porque realmente la estimara, sino porque la quería cazar y presumir ante los demás lobos.

Rafita estaba a punto de salir de la rama de encina y correr hacia una piedra gorda cuando escuchó unas voces maléficas que provenía de unas piedras no muy lejanas.

Bejita identificó las voces de inmediato: ¡eran las criaturas que la habían perseguido la noche anterior! Pero ya no discutían, sino que conversaban con una tercera voz:

―¿Cuál secreto? ―preguntaba la voz nueva, que era muy aguda y ridícula.

―Un secreto que no podemos decirte, Casimiro ―respondió una de las voces malévolas de la noche anterior.

―¿Por qué no, Roffo? Yo sé guardar secretos. Tú y Ruffo lo saben bien.

De las dos voces, Bejita escuchó que la más espantosa y ronca tomó la palabra y se dirigió al que tenía la voz menos horrible y le dijo en voz baja:

―Ven, hablemos a solas.

Se alejaron del otro animal y conversaron en cuchicheos.

Rafita y Bejita no entendieron lo que dijeron porque lo hicieron entre murmullos. Luego regresaron a donde estaba el que se llamaba Casimiro.

El animal de la voz más ronca y horrenda, que al parecer se llamaba Ruffo, dijo con su acostumbrada voz malhumorada:

―Hemos decidido decirte el secreto, siempre y cuando nos hagas un favor.

Casimiro respondió:

―¿Y yo qué gano haciéndoles ese favor?

―¿Cómo que qué? Pues saber cuál es el secreto, tonto ―dijo Ruffo.

Casimiro parecía considerar.

―Me parece justo ―replicó―. A ver, ¿cuál es el favor que quieren que haga a cambio del secreto?

―Que nos ayudes a hacer algo ―respondió Ruffo.

―¿Qué cosa?

―Si te decimos, sabrás cuál es el secreto.

―Y si no me dicen, no lo sabré ―respondió Casimiro.

―Él tiene razón, Ruffo ―agregó Roffo como si hubiera descubierto una gran verdad.

―Sí, pero tiene que prometer que hará lo que le digamos sin pedirnos nada más a cambio, pues su recompensa será saber cuál es el secreto.

―Está bien, lo prometo ―dijo Casimiro, que al parecer era muy curioso y le gustaba enterarse de todo.

―Y si no cumples tu promesa, que te caiga un rayo cuando estés volando en lo alto de los cielos ―sentenció enérgico Ruffo.

―¡Si no cumplo, que me caiga un rayo cuando esté volando en lo alto de los cielos! ―rezó Casimiro en el mismo tono.

―Dicho esto, te diremos el secreto ―anunció Ruffo―. Es este: anoche nosotros dos encontramos una corderita salvaje perdida en la zona del Bosque Espeso, estaba solita en medio de la oscuridad. Cuando nos descubrió por culpa de este tonto… ―Y al decir «tonto» se escuchó el gemido que dio Roffo por el golpe que le asestó Ruffo en alguna parte de su cuerpo.

―¡Ay! ―se quejó Roffo―. También fue culpa tuya, Ruffo, pues te la querías comer tú solo y lo justo…

―Cállate ―interrumpió Ruffo―, yo estoy contando lo que pasó, no tú… Como te decía, Casimiro, si no hubiera sido por este bueno para nada, que además es un tonto ―al parecer le gustaba mucho decir esa palabra―, anoche nos hubiéramos comido a la corderita de la que te hablo. Pero escapó corriendo a toda prisa entre los troncos de los árboles. Después, cuando llegamos a un claro donde se veía la luna plateada le perdimos la pista por completo. La hemos estado buscando por toda la zona, rastreándola con nuestros olfatos, pero no la hemos hallado, aunque estamos seguros de que no debe estar muy lejos. Ese es el secreto. Ahora te diré el favor que nos prometiste hacer por revelártelo.

―A ver, dime qué favor es ―preguntó Casimiro.

―Es muy sencillo: debes ayudarnos a encontrar a la corderita, vigilando con tus ojos desde los altos aires y, cuando la veas y sepas el lugar de su ubicación, nos deberás decir dónde está para ir por ella. Recuerda que si no nos ayudas, entonces te caerá un rayo cuando estés volando en lo alto de los cielos.

Casimiro respondió:

―Yo cumplo mi palabra y haré lo que prometí, aunque no sé si pudiera pedir un poquito de los huesos o la cabeza de la corderita, digo, ya que esté muerta y echada a perder ―dijo como si fuera cualquier cosa, acostumbrado a expresarse de esa manera.

―Luego hablamos de eso. A volar ―ordenó Ruffo, imperativo.

―Nos vemos, muchachos ―contestó Casimiro.

Bejita y Rafita miraron que un buitre negro de buche rojo subía por los aires trazando círculos, mirando con un solo ojo hacia abajo, como si buscara minuciosamente algún animal en movimiento.

Rafita le dijo a Bejita en voz muy baja:

―No te vayas a mover ni un poquito. Esos pajarracos son capaces de mirar hasta una pulga.

Bejita obedeció y se mantuvo quietecita debajo de la rama de encina que ahora les servía de parapeto.


Luego de que el buitre estuviera sobrevolando la zona un buen rato, Rafita y Bejita vieron que bajaba aleteando y aterrizaba sobre unas piedras, hablando al mismo tiempo:

―No hay nada sobre la corderita blanca en estos parajes, iré a la zona del río Tenebrosucio y al Bosque Espeso, tal vez esté por allá.

―Date prisa y habla menos ―ordenó Ruffo.

Bejita y Rafita nuevamente vieron a Casimiro subir y perderse en el aire como un punto negro que se aleja hasta desaparecer.

Los otros dos animales comenzaron a caminar. Bejita y Rafita pudieron verlos claramente: eran dos lobos.

Tenían pelaje grueso y de un color gris oscuro. Sus patas eran largas y peludas. Se veían desnutridos. Ambos estaban flacos porque eran unos lobos fracasados en la caza y vivían de puro milagro, buscando alimentarse sin el menor esfuerzo. Comían insectos, bichos y anfibios, incluso tierra por tal de no cazar. Eran unos haraganes.

Lo malo de que hubieran comenzado a caminar es que lo hicieron en dirección a la encina caída donde estaban la oveja y el lobito. Bejita notó que los dos animales grises se parecían mucho a Rafita y su confianza disminuyó a cero.

―No te muevas ―le dijo Rafita en voz muy baja, asustado por ver que aquellos dos animales se acercaban a ellos y él no podía evitarlo.

Los dos lobos grandes conversaban:

―¿Hueles lo mismo que yo? ―preguntó Ruffo a Roffo, olisqueando el aire con los ojos cerrados.

―Sí, ese rico olor otra vez, el de anoche: carne fresca y blandita de corderita.

Ambos animales se relamían el hocico húmedo y lo levantaban tanto como podían, como si eso pudiera evitar que el olor escapara.

Las hojas de encina que protegían a Rafita y Bejita eran grandes y tupidas, pero no tenían un olor capaz de apagar el que emanaba de Bejita.

El agudo olfato de los dos lobos negruzcos los conducía hacia la rama caída de encina.


―Es por aquí ―dijo Roffo animado, y caminó hacia el escondite improvisado de la ovejita y el lobito.

―Cuando yo te diga, corres ―le dijo susurrando Rafita a Bejita .

A ella le latía muy fuerte el corazón en ese momento y sentía que se le iba a salir del pecho, como en la noche anterior.

Entonces Rafita salió de su escondite envalentonado, dispuesto a defender a la corderita que consideraba de su propiedad.

Bejita no dejó de verlo mientras él avanzaba hacia los lobos grises. Notó que Rafita, mientras caminaba, se iba orinando. Pensó que el pobre lobito, aunque era un traidor, estaba tan lleno de miedo como ella. Pero Rafita no se había orinado de miedo, sino por otra razón.

―Hola, queridos tíos ―dijo Rafita y Bejita se sorprendió.

El olor a orines del lobito llegó al olfato de los lobos escuálidos y ya no percibieron el aroma de Bejita.

―Rafita, sobrino, qué hacías metido en ese lugar ―preguntó Ruffo, sorprendido y arrugando el hocico.

El pequeño lobo era astuto y respondió:

―¿Cuál lugar? Ah, sí. Bueno, es que acabo de terminar de comerme una sabrosa corderita que cacé esta mañana. Estaba muy rica, pero ya me la terminé y no quedó ningún pedacito siquiera.

―¿Qué estás diciendo? ―reaccionó Ruffo molesto, pero fingiendo sorpresa―. ¿Tú, un lobezno de solo meses, cazador de una corderita? No lo puedo creer ―las palabras de su sobrino despertaron su mal humor.

Roffo también quiso comentar:

―¿Dónde estaba ese manjarsote? ¿Cómo fue que la encontraste? ―preguntó efusivamente, alterado por la noticia de que la corderita que estaban buscando ya había sido comida por otro animal.

Rafita ponía a trabajar su mente tan veloz como podía. Tenía que decir algo que pudiera convencerlos y evitar que se acercaran a la rama de encina. Recurrió a la invención y sus dotes actorales.

―Este, pues… Estaba herida, como que se había caído y tenía la cabeza toda bañada de sangre… Luego… Em… Lue… Me-me di cuenta que era mi mañana de suerte, así que… Solo le atasqué los colmillos en la garganta y se… Se desangró por completo… Em… Luego… Luego la jalé con mis fuertes dientes hacia donde había más monte y… Ahí… Pues ahí me la comí despacito, sin hacer ruidos… Para no llamar la atención y así nadie me la fuera a quitar.

»Ay, era muy pequeñita y ya saben que yo soy muy tragón, así que no me duró mucho el gusto… Allá se quedaron algunos huesos, muy cerca de los árboles tupidos que están entre la selva y el Bosque Espeso… Hace rato miré a Casimiro que iba volando para allá, a lo mejor los va a encontrar y se los va a comer, ya saben que le encantan los animales muertos. Yo puedo llevarlos si quieren, al fin y al cabo, que ya no tengo nadita de hambre y a varios pellejos todavía les quedó carnita.

―Con razón olía tanto a corderita en la dirección que venías ―comentó Roffo―, pero luego el aire se llenó de un olor asqueroso.

―Lo siento ―dijo Rafita fingiendo vergüenza―, es que estaba haciendo pis y ustedes me interrumpieron. También iba a hacer popis, pero solo alcancé a hacer pis. Fue en ese momento cuando ustedes iban llegando. Bueno ―continuó Rafita, corrigiendo sus palabras―, ahora que recuerdo también hice poquita popis y la dejé enterradita detrás de esa rama de encina. Yo no les aconsejo que se acerquen porque ahí es más fuerte el olorcito.

―¡Iugh! Qué asco, sobrino ―rezongó Roffo―, no andes diciendo esas cosas.

―¡Guácala! Pero qué desagradable ―dijo Ruffo, articulando un gesto de repugnancia en su rostro peludo―. Pero no entiendo ―continuó en tono suspicaz―, qué haces aquí cerca del Pedregal, si el Bosque Espeso está en aquella dirección ―apuntó con su alargado hocico hacia donde creía que estaba el lugar que había mencionado.

―Tío Ruffo ―respondió Rafita―, ya sabe usted que yo soy muy penoso y no me gusta hacer del baño en cualquier parte. Aquí hago a veces, cuando paso cerca.

―Ya deja de hablar de eso y llévanos adonde están esos restos de corderita antes de que llegue Casimiro ―dijo Ruffo a modo de mandato.

―Sí, ya quiero lamer y mordisquear esos pellejos de corderita ―expresó entusiasmado Roffo.

―Te advierto, tarado ―dijo Ruffo a Roffo en tono autoritario y dominante―, que yo lameré y mordisquearé primero esos pellejos, si queda algo te compartiré, sino no. Llévanos ya, Rafita ―ordenó sin dar lugar a réplicas.

―Sí, tío Ruffo, es por acá; vengan.

Rafita pensó en el lío que se estaba metiendo, pues si llegaban al lugar que había dicho y no hallaban nada —como ocurriría—, estaría en serios problemas. Sin embargo, sería fácil decir que algún jabalí, una hiena, un leopardo u otra fiera se había comido los restos de la corderita y no había dejado rastro alguno ni para saborear.

Respecto a Bejita, Rafita confiaba en que lo esperaría en ese lugar, pues estaba convencido de que solo él se la comería y ningún otro animal.

Rafita tomó un rumbo opuesto a la rama de encina, pues mientras más lejos estuvieran sus tíos de su manjar, era mucho mejor.

Ya se habían alejado bastantes metros cuando Ruffo dijo algo en tono desconfiado:

―A ver, espera, Rafita. Sóplame en el hocico ―ordenó.

Rafita se sorprendió de aquellas palabras.

―¿Para qué, tío? ―preguntó desconcertado―. Es de mala educación soplar en la cara de los demás.

―Todavía sigo percibiendo el olor a corderita, quiero confirmar que proviene de tu hocico.

Sin más, Ruffo acercó su alargado hocico al del pequeño lobo. Lo olfateó minuciosamente.

―¡Tú no hueles a corderita! ―vociferó Ruffo con su voz ronca y horrenda, sintiéndose burlado.

―Es que… Es que ―hablaba nervioso Rafita, tratando de no titubear, pero no tenía éxito―, e-eso fue muy temprano, cuando salió el so-sol. De-después me lavé los dientes y los colmillos con pa-pasto fresco…, como uno debe lavarse los dientes después de comer; es… es normal que ya no me huela la boca.

Le temblaban las corvas de sus patas traseras.

El tío lobo gris y maltrecho lo miró desconfiado, con los pelos erizados por la cólera que lo comenzaba a dominar en ese momento al saberse engañado por su sobrino. Su olfato no lo podía estar engañando y confiaba más en este que en su pequeño sobrino mentiroso.

Sucedió que al alejarse de la orina que había dejado regada el pequeño lobo, el olor a corderita había llegado por otros lados, con otros aires.

―Pues yo voy a asegurarme de que no hay nada detrás de esa rama de encina ―advirtió Ruffo, mirando con recelo a su pequeño sobrino.

Luego se dio la media vuelta.

Rafita vio que su tío comenzó a caminar hacia donde estaba su presa, por eso gritó a todo pulmón:

―¡¡Bejita, corre!!

Cuando Ruffo escuchó el grito, miró que un bulto blanco y esponjoso con patas delgadas y larguiruchas salió disparado de entre las hojas de encina y se perdió enseguida entre el follaje verde. No cabía duda: ¡era la corderita blanca!

Se dio media vuelta y quedó frente a Rafita:

―¡Muchachito tonto! ―espetó a su sobrino y le dio una mordida punzante en el cuello. Rafita emitió un chillido lastimero. Ruffo miró al otro lobo:

―Encárgate de él, yo voy por la corderita ―y se echó a correr tras Bejita a toda velocidad.

Roffo se acercó a Rafita con ojos violentos y le dijo con voz sórdida:

―Nos engañaste, mocoso embaucador y marrullero. Aunque seas hijo de nuestra hermana Libia, te daré una buena paliza para que aprendas a no mentir y no proteger la comida.

―Tío Roffo, no te das cuenta, el tío Ruffo se fue tras la corderita, se la comerá él solo y no te dará nada ―ante estas palabras Roffo dudó. Sus dientes y estómago querían correr también tras la corderita―. Vas a perder tiempo castigándome ―continuó Rafita al ver que sus palabras hacían efecto en su tío―, y mi tío habrá acabado con ella y no te compartirá ni una patita siquiera. Eso no es justo para ti que tanto lo ayudas en todo.

Entonces Roffo solo peló los dientes y los colmillos, dio un gruñido grave y se fue tras Ruffo y Bejita.

Rafita se quedó solo.

―¡Chin, no puede ser! ―dijo para sí mismo―. Espero que no la atrapen. Aunque es poco probable, ella es muy rápida y ligera. El rumbo que tomó Bejita es terreno de bajada y no tardará en llegar al sendero que pasa por el Pozo Negro, solo hay esa salida. Trataré de ir hacia allá y llegar antes de que se acerque demasiado a la cueva, no vaya a ser que el monstruo se la coma; esa corderita es mía y nadie me la quitará, ni siquiera el monstruo del Pozo Negro. Solo espero que de verdad no la alcancen mis tíos ―concluyó y tomó un atajo hacia el lugar que decía, el famoso Pozo Negro, que estaba cerca de la cañada.

Capítulo 3

∞

Un Amigo Misterioso

Pero Bejita no corrió hacia el Pozo Negro, que según decían, era una cueva profunda y maloliente donde vivía una criatura monstruosa que devoraba a cualquier animal que pasara cerca. Comía desde insectos hasta gigantes rinocerontes.

El lugar era un agujero enorme que estaba cerca del camino, y Rafita pensó que Bejita pasaría por ahí, pero estuvo equivocado.

Bejita llegó al sendero que había dicho Rafita y corrió en la dirección opuesta, hacia el río llamado Tenebrosucio. En la corriente de ese río había muchos cocodrilos siniestros que todo el tiempo estaban hambrientos.

Bejita salió a toda prisa de la espesura del bosque dando saltos como lo hacía en la pradera y corrió por entre los matorrales verdes hacia el río cenagoso.

Los lobos gruñían y tropezaban tras ella con sus patas silenciosas y veloces.

Bejita miró en el aire un buitre de buche rojo y arrugado. Lo reconoció de inmediato. El espantoso animal gritaba a todo pulmón:

―¡La encontré, la encontré! ¡Encontré a la corderita!

Los lobos le decían gruñendo:

―¡Cierra el pico, animal! ¡No estés gritando!

―¡No olviden que yo quiero el cuero! ―les gritaba Casimiro desde el aire, sin atender a lo que decían los lobos.

El río estaba sucio ese día, pues hacia el norte siempre llovía y las aguas no dejaban de estar cochinas por las nuevas crecidas. Parecía de chocolate, pero nada apetecible. Entonces Bejita, al llegar a la orilla, se sintió perdida.

Miró que un puñado de ojos turbios y malignos la observaban desde las aguas. Luego un cuerpo muy grande y pesado, escamoso y reseco comenzó a nadar en dirección a ella. Pero no era uno ni dos, sino más de cinco. Eran cocodrilos grandes y la miraban con ojos hambrientos.

―¡Ni se les ocurra, tontos cocodrilos, nosotros la miramos primero! ―gruñeron los lobos, que ya estaban muy cerca de Bejita.

―Será del que la atrape primero ―contestaron los cocodrilos con voz cavernosa y prepotente.

Bejita trató de mantenerse alejada del río y corrió por la ribera hacia el norte, pues los lobos ya le habían bloqueado el lado del bosque.

La pequeña corderita, muy asustada, no tardó en ver unas hienas que se acercaban a toda prisa por el sur. Soltaban unas carcajadas estrepitosas. Así que su única salida de escape era hacia arriba, por donde afortunadamente no venía ningún depredador acercándose.

Corrió lo más rápido que pudo. Por fortuna los cocodrilos no nadaban tan rápido como ella corría y pronto estuvo un paso adelante de ellos. Pero los lobos ya estaban muy cerca, a escasos me tros de atraparla.


Bejita notó que no muy lejos de ahí, junto al río, unos metros más arriba, estaba un árbol caído que había quedado montado sobre dos piedras y por debajo le pasaba el agua.

Si lograba llegar hasta allá, podría tomarle ventajas a los hambrientos lobos y las burlonas hienas, que ya preparaban los filosos colmillos para morderla.

Intentó esta salida improvisada, aunque no sabía si iba a tener éxito, pero la lucha le haría. Aquel árbol caído parecía la única ruta de escape.

Pero esta ilusión terminó cuando miró a una bandada numerosa de buitres negros aterrizar sobre él.

Estos bloquearon la única vía de escape de Bejita. Ella estaba por llegar al árbol caído, cuando vio a los nuevos enemigos y se sintió perdida.

―Primero la matamos y luego nos la llevamos a las altas montañas para disfrutarla nosotros nada más, donde esos lobos no nos estorben ―dijo Casimiro a sus acompañantes con su ridícula voz de cacatúa atragantada.

Los cocodrilos no perdían la esperanza, imaginando que en algún momento la oveja no tendría otra opción que lanzarse al río. Los lobos ya babeaban por imaginarla entre sus fauces. Y las hienas, esas iban a ver si podían rapiñar algo como de costumbre.

No era seguro, pues había bastante competencia, pero no perdían la esperanza. Con que alcanzaran a carroñar algo se daban por satisfechas, aunque si por alguna extraña razón ocurría que podían tenerla toda para ellas nada más no les molestaría en lo más mínimo.

Bejita estuvo a la altura del árbol caído. Miró hacia el río, donde los cocodrilos la saborearon con los ojos; sobre las ramas del árbol los buitres parecían esperar pacientes, seguros de su triunfo, y no sin razón, pues podían atacar por dos frentes: tierra y aire.

Los lobos dijeron:

―Eres un traidor, Casimiro, espero que te caigan mil rayos cuando estés volando en el alto cielo por andar rompiendo la promesa sagrada ―vociferó Ruffo.

―No lo creo, Rufito ―se burló el buitre―, yo cumplí la promesa y a su debido tiempo te dije que había encontrado a la corderita. Jamás prometí que no la mataría para comerla después, con mis amigos y familia ―respondió Casimiro en tono valiente, sintiéndose seguro por la compañía de los demás gallinazos.

―Ay, papi, cuando esté muerta, va a tener un sabor exquisito ―dijo un buitre pequeño, de buche rojo y arrugado, exhibiendo un copete pronunciado de plumas negras.


―Ya hay que darle matarile ―comentó otro, pero tenía voz femenina―. A mí me gusta más que esté muertita.

Bejita se sorprendía por la crudeza con la que hablaban refiriéndose a ella y eso no la dejaba pensar con claridad qué hacer.

Las opciones no eran nada alentadoras: una era ir hacia el árbol caído y ser devorada por buitres, otra era esperar a que los lobos llegaran, le atascaran los colmillos y lucharan contra las hienas por su cuerpo, o bien, la otra era aventarse al río para que los cocodrilos tuvieran un rico festín.

Esto significaba que la única opción era dejarse asesinar, pero el dilema era elegir qué animal se la comiera. ¿Cuál sería la muerte menos dolorosa? Entonces pensó en Lili, en sus padres: el señor Ovej y la señora Ovej, ya nunca los volvería a ver.

Miró en todas direcciones. Su mente se volvió un amasijo de pensamientos y recuerdos y le dieron muchas ganas de llorar.

De pronto escuchó un sonido que proveía de quién sabe dónde.

―¡Psst!, psst¡, ¡ey, ey, por aquí!

Bejita trató de enfocar la vista hacia el lugar de donde provenían el sonido y la voz.

Y allá, lejos, cerca de un montículo de tierra cubierto por matorrales y prominentes piedras, miró un animal pequeño, con piel amarilla y bigotes negros, que movía la cabeza y le indicaba que fuera en esa dirección.

Bejita no sabía qué clase de animal era, seguramente también se la quería comer, pero era pequeño, comparado con los monstruos que ahora la acechaban. Esa pequeñez aparente le dio confianza y corrió hacia él.

Los buitres se dieron cuenta y emprendieron el vuelo tras ella. Los lobos, al ver los movimientos de los rapiñeros, también se dirigieron hacia la anhelada corderita. Los cocodrilos, sin pensarlo dos veces, salieron del agua y avanzaron en la misma dirección que los demás, sobre los brezos y pastizales. Eran cinco cocodrilos largos, de piel roñosa y hocicos tupidos de dientes filosos como dagas.

Bejita corrió tan rápido como pudo. Quien la había llamado, le gritaba:

―¡Corra, corra!

La runfla de animales estaba a punto de alcanzarla. Los buitres alistaron las garras y sus picos. Los lobos y las llenas estaban a centímetros de hincarle el colmillo.

Pero llegó justo a tiempo para entrar a un hoyo oscuro. Lo hizo de inmediato. El animal amarillo entró primero y Bejita corrió tras él. Quizás morir bajo tierra era mejor que hacerlo entre las garras y dientes de aquel grupo desalmado de fieras asesinas.

―¡Corra, corra! No se detenga ―le decía la voz apremiante de su desconocido salvador que iba adelante. Era una voz juvenil que a Bejita le inspiraba confianza. Por eso había ido hacia él.

Bejita se internaba cada vez más por el pequeño túnel. Allá, afuera, se escuchaban los gruñidos de los lobos y las risas burlonas de las hienas. Los buitres chillaban y los cocodrilos no decían nada, como siempre tan callados, con su siniestro silencio.

Luego Bejita dejó de oír esos sonidos y siguió ganando terreno en las reducidas galerías de aquel pasadizo que parecía haber sido construido por una marmota, un topo o un tejón. Por fortuna tenía el tamaño suficiente para que ella cupiera y también su protector anónimo.

Bejita tenía la respiración agitada. Mientras avanzaba pensaba un poco en su situación. Qué bueno que no todo era hostil en aquel lugar, había alguien que la estaba ayudando. ¿O no? ¿Qué o quién era aquella criatura? ¿Hacia dónde se dirigían? ¿Presa o depredador? Sus dudas pronto tuvieron respuesta.

Aquel túnel los condujo a un lugar más amplio. Seguía siendo bajo tierra, pero más amplio. El agujero desembocaba en un espacio esférico, ancho y con techo en forma de cúpula. Un delgado chorro de luz entraba por un agujero pequeño y descendía desde lo más alto del techo esférico, permitiendo ver mejor el interior gracias a las reverberaciones de la luz en la pared.

Cuando Bejita llegó al nuevo recinto, el animal que la había guiado hasta ese lugar estaba esperando verla salir. Ella lo hizo y caminó al centro de aquel lugar y se sintió libre por un momento.

Sabía que la otra criatura la observaba, aunque no sabía desde qué punto ni de qué manera. ¿Ojos hambrientos? ¿Amigo o enemigo?

―Hola ―y oyó el eco de su propia voz―. ¿Quién eres? ¿Por qué me ayudaste? ¿También tú me comerás?

El animal la rodeó lentamente sin decir nada hasta quedar frente a ella. Eran del mismo tamaño, pero de fisonomía distinta.

Por un momento ella creyó que se trataba de Rafita, pero el que tenía ahora en frente era de otro color y le parecía de una raza mucho más elegante, como descendiente de un género distinto, más elevado e importante. Miró sus orejas, que no eran triangulares como las de Rafita, sino de perímetro circular.

―Hola ―dijo el que estaba frente ella y luego soltó una risilla como de niño inocente y juguetón al que le parece gracia hablar a solas con alguien debajo de la tierra y en la semioscuridad―. No me la voy a comer, guácala, ni que estuviera loco ―dijo y su risa traviesa se oyó de nuevo.

―¿Quién eres? ―preguntó Bejita, intrigada, pero sintiendo más confianza.

―Mi nombre es Leo y puede considerarme un amigo en el que puede confiar ―le contestó el animal.

En la penumbra la pupila de Bejita se fue adaptando y empezó a ver mejor los bigotes de su interlocutor, su nariz negra y húmeda y su pelaje amarillo y ¿sedoso? Era un cachorro de león.


―Yo me llamo Bejita Ovej. Mucho gusto, Leo ―dijo amablemente.

Ambos hicieron un gesto reverente al saludarse en la penumbra. Eran muy educados.

―El gusto es mío, Bejita. Este es mi escondite secreto. Lo llamo la Guarida Esférica y puede considerarla su casa. Sí que estaba en apuros hace unos momentos, muy cerca de la muerte. ¿Les hizo usted algo a esos animales?

―¿Qué? ―dijo Bejita sorprendida―. ¿Yo hacerles algo? Ni los conozco. De repente todos me perseguían y no con la intención de ser mis amigos, más bien pienso que me querían comer.

El pequeño león, con su paso majestuoso, paseó alrededor y habló en tono enojado:

―Ya lo creo, todos ellos son unos sucios carnívoros. Aman comer carne.

―¿Tú no eres carnívoro? ―preguntó Bejita. Aquella pregunta pareció ofender al pequeño león.

―Sus palabras lastiman mi corazón, Bejita. Yo jamás he probado un bocado de carne. Mis padres me inculcaron el respeto a la vida de otros seres vivos como yo. Jamás atentaría contra la vida de un ser semejante a mí. Eso sería homicidio.

Bejita comprendió que había herido sus sentimientos y se retractó.

―Lo siento mucho, señor Leo, no fue mi intención ofenderte.

El pequeño león se rio otra vez de modo risueño, olvidando rápidamente la ofensa.

―Pero qué ocurrencia la suya, Bejita, decirme señor a mí. Solo un adulto es señor, yo a lo mejor todavía paso por niño, pues joven aun no soy.

Cuando dijo esto, Bejita tuvo curiosidad por algo y preguntó:

―Por cierto, dónde están tus padres. Este espacio es muy pequeño para que quepan seres más grandes. O acaso esta es una especie de cámara que sirve para dormir y tus padres tendrán una mucho más grande donde ellos cabrán mejor. No lo sé, muero por saber.

―No, ellos no están aquí, ellos… Murieron hace tiempo. Hará tres semanas que ocurrió. Pero no hablemos de eso, que me pone triste. Dígame algo, ¿usted come carne?

―Uy no, nunca la he probado. Y la verdad es que no me apetece. ¿Crees que será buena?

―No, para nada, dicen que es asquerosa, ni probarla siquiera es antojable ―respondió de inmediato el pequeño león, haciendo un gesto de rechazo.

―Seguro que no lo es ―contestó Bejita―, nada puede compararse al pasto verde y tierno de la mañana, cubierto por una capa fina de rocío. Es como comer y beber al mismo tiempo.

El cachorro se echó sobre el suelo cubierto de paja, que era muy cómodo. Bejita también se echó.

―Me alegra que sea usted herbívora, Bejita. Creo que llegaremos a ser buenos amigos. Dígame algo, qué piensa de las zanahorias y los arbustos silvestres.

―¿Zanahorias? No sé qué es eso. Pero los arbustos me gustan mucho, son un poco ásperos al principio, pero cuando uno les encuentra el sabor, ya no puede dejar de comerlos y la aparente rugosidad del principio desaparece.

―¿Verdad que sí? ―repuso enseguida Leo, entusiasmado―. Y qué opina de…

Estuvieron conversando sobre plantas y legumbres bastante rato. Leo parecía más versado en el tema, explicándole a Bejita las propiedades nutritivas de las frutas y verduras y asegurándole que comer carne no es tan necesario, sino un invento para justificar el matar a los demás animales, acto que a él le parecía de lo más vil y abyecto.

Además, le comentó que era una oveja muy simpática y que estaba muy contento de que fuera su invitada de honor.

Le ofreció de beber rocío del amanecer que tenía en un bebedero natural y le dijo que muy temprano había ido a recoger algunas verduras y que estaban todavía frescas y jugosas por si deseaba comer en ese momento. Podía comer las que deseara. También tenía pasto verde, hojas jugosas y plantas de muchos tipos. Con las carreras que había dado Bejita el apetito había florecido desde temprano, por lo cual aceptó.

Ella comió bastantes hierbas verdes, verduras de distintas formas y tamaños y hojas de variadas plantas, por último, volvió a beber agua de rocío, que estaba muy fresca. Luego hizo algunas preguntas.

―¿Tú hiciste esta… qué es… casa, guarida, habitación… hogar? Este lugar, ¿qué es?

―Digamos que es mi morada ―respondió Leo.

―¿Tu morada? ―preguntó Bejita confundida.

«¿Será que por lo oscuro que está no distingo el color?» pensó Bejita para sí.

Su madre le había enseñado todos los colores, desde el azul del cielo, el amarillo de las mariposas hasta el rojo de la sangre y el negro de la noche.

―Sí, mi morada ―respondió Leo amablemente―, un lugar donde me refugio y me protejo mientras logro pasar al otro lado del río. Aquí he vivido varios días. Tengo bastante tiempo aquí, esperando.

―¿Esperando a qué? ―cuestionó Bejita en tono de detective.

―A que mis amigos los castores y los pájaros carpinteros derriben el árbol gigante que está a la orilla del río. Una vez que lo hagan podré cruzar e ir con mis parientes que viven al este del valle, mucho más allá del río Tenebrosucio. A kilómetros y kilómetros de aquí.

―¿Y por qué te vas? ¿No estás a gusto en este lugar?

―No es eso. Lo que pasa es que aquí no tengo a nadie y ellos son los únicos parientes que me quedan. Y debo estar con mi manada, si no, dicen que puedo morir de tristeza y de abu… Algo así.

―Entiendo. Pues yo vivo con un gran rebaño de ovejas salvajes. Somos muchas, cientos de ovejas rebeldes y pleitistas, aunque yo no lo soy tanto. Pastamos en el oeste, en la pradera, la que está cerca del Bosque Espeso, antes de la selva. Están bien pegaditas una de otra, creo que el bosque de árboles altos y tupidos marca el inicio y fin de cada territorio. Es como la frontanera.

―La frontera querrás decir ―corrigió el leoncito, riéndose con su acostumbrada risa juguetona.

―Sí, sí, eso, creo que el bosque es la frontera. Lo que separa a la pradera de la selva.

Cuando dijo esto, el pequeño león preguntó:

―¿Y qué haces aquí en la selva que es tan peligrosa? ¿Cómo es que llegaste tan lejos de tu tierra y de tu familia? ―luego de formular estas preguntas, Leo cayó en cuenta que tuteaba a Bejita, es decir, ya no le hablaba de usted como al principio. Esto definitivamente se debía a que la conversación les permitía conocerse más y tener más confianza entre ellos.

―Es una larga historia ―contestó Bejita―. Yo estaba cerca de la frontanera, bueno, la fron… esa… ―Se rio―. Luego me perdí y llegué al bosque oscuro –al que llaman Bosque Espeso– y escapé de unos animales que me querían comer: luego supe que eran unos lobos asesinos. Hoy por la mañana me encontraron de nuevo y me persiguieron hasta el río, ese al que llaman Ternerosucio. Y ahora aquí estoy, hablando contigo.

Bejita omitió, deliberadamente, la parte de su hermana Lili, porque pensó que no tenía caso contarle sus tristezas a aquel pobre leoncito que ya había perdido a sus dos padres. Tampoco le habló de Rafita, pues ya lo incluía cuando había dicho lobos asesinos.

―No es Ternerosucio, sino Tenebrosucio ―aclaró Leo, riéndose con discreción―. Se llama así porque es un río tenebroso y a veces está sucio.

―Ah, yo creí que era Ternerosucio ―dijo carcajeándose Bejita―. ¿Y qué significa eso de tenebroso?

―Se le dice así a lo que inspira miedo por el aspecto oscuro y sombrío que posee. Al río se le llama así más que nada por los desalmados cocodrilos que habitan en él y por esas miradas turbias que lanzan a todos los animales que se acercan a beber agua. Pero, pasando a otro tema, creo que tú y yo vamos en caminos opuestos, Bejita. Tú quieres llegar al oeste y yo me dirijo al este. Podría ayudarte ahorita que todavía hay tiempo y mis amigos los castores y los pájaros carpinteros no han derribado el árbol.

―¿Te refieres al árbol que está caído a la orilla del río? En la penumbra ―intervino Bejita.

Los ojos del pequeño león parecieron brillar al saber que Bejita también sabía del asunto.

―¿Acaso ya está caído?

―Sí, por ahí pensaba cruzar para ir al otro lado del río, pero unos animales voladores, negros y con cuello desangrado me cerraron el paso. Eran de los animalejos que me querían comer.

―Ah ―interrumpió Leo―, creo que te refieres al árbol que está de este lado del río, pero yo me refiero al que está del otro lado. Verás ―dijo en tono cariñoso y tratando de ser lo más claro posible―, el de este lado cayó sobre dos grandes piedras y por debajo pasa el agua del río, pero falta el otro para que el paso esté completo. Si uno camina por el árbol que está caído ahorita, llegará solo hasta la mitad del río, pues ese árbol es como la mitad de un puente. Ya con el otro roble se completa el puente y se puede pasar el río. Pero ese todavía no ha sido derribado.

«Ah», pensó Bejita, «con razón ese animalejo volador dijo que no iba a llegar muy lejos si avanzaba por ese árbol. Si hubiera seguido, aunque no hubieran llegado los asesinos voladores y feos, de todos modos, hubiera sido acorralada por los lobos y al llegar al límite del tronco del árbol no iba a tener otra opción que entregarme a los cocodrilos. ¡Uf!, qué bueno es conmigo el que habita más allá de las estrellas, me puso a este gentil gatito para que me ayudara».

Bejita se dio cuenta que Leo seguía hablando y se le hizo una grosería no ponerle atención.

―…mis amigos los castores, los pájaros carpinteros y algunas ardillas están trabajando en ello. Son expertos en la madera. Ellos derribaron el viejo y enorme roble, todos le decían El Farol, pues servía de guía para muchos, pero ya estaba viejo, por eso lo derribaron. Aunque debo aclarar que esa fue mi idea. Lo hicieron con la promesa de que una vez que pase yo, los van a quitar para que no se vaya a hacer un pasadero entre los territorios, porque luego van a decir que fue idea mía y me van a querer sacrificar. Es una larga historia que espero poder contarte más adelante, pero ahorita no es posible. Entonces, mientras mis amigos terminan de trabajar, yo te ayudaré a llegar al Oeste sana y salva, ¿qué te parece?

―¿De verdad harías eso por mí? ―preguntó Bejita con ojos llorosos y con el corazón alegre.

Leo se puso de pie y se acercó a Bejita.

―Para eso están los amigos ―le dijo mostrándole lo que parecía una sonrisa de leoncito―. Pero tenemos que armar un plan. A esos lobos ya los conozco, son del clan de los Rufianes y no van a descansar hasta que den contigo. Le hablaré a una amiga muy querida para que nos informe de lo que ocurre allá afuera.

Leo se acercó a un pequeño hoyo y dio un rugido.

Después de eso siguieron platicando sobre la ayuda que le brindaría Leo a Bejita para que regresara a su hogar. Pasaron bastantes minutos y entonces llegó una luciérnaga que brillaba en la oscuridad.

―Bienvenida, querida Lucía ―dijo Leo.

―Hola, joven Leo. ¿Para qué soy buena? ―preguntó la brillante luciérnaga con una voz muy delgadita.

―Está conmigo Bejita, una buena amiga. Ella se está refugiando de unos sucios carnívoros que querían comérsela hace rato. Te mandé llamar porque me gustaría que me hicieras un favor muy importante. Necesitamos información de lo que ocurre afuera y sé que tú podrías ayudarme sin que te descubran.

La luciérnaga saludó cordialmente a Bejita con una voz muy delgadita, pero potente.

―Hola, Bejita ―y parecía que le sonreía―. Iré a ver qué pasa, con su permiso, príncipe.

Y se fue volando por el pequeño agujero por el que entró. No tardó mucho en regresar. Venía muy agitada.

―Malas noticias, príncipe Leo.

―¿Cómo que malas noticias? ―preguntó ceñudo el cachorro.

―Sí, esta zona está rodeada por muchos animales depredadores. Al parecer el mitote se hizo grande. Dicen que andan buscando a esta corderita y que van a espulgar toda la zona hasta encontrarla. Los lobos, de la familia Roffer, alegan que ella les pertenece. Lo mismo alegan otras familias de lobos, como los Lorren, quienes dicen ser los auténticos dueños. Pero eso no es todo, están los cocodrilos de la casta Cocodril, quienes aseguran que la corderita es de ellos, pues estuvo bebiendo agua en el río Tenebrosucio y que todo el que bebe agua en ese río les pertenece.

«Ni siquiera bebí una sola gota, aunque parecía chocolate no se antojaba» pensó Bejita.

―También los carroñeros ―continuó la luciérnaga―, tanto zopilotes, cóndores y quebrantahuesos, alegan que ellos la vieron desde el cielo y que todo lo que ven desde el cielo les pertenece. Y qué decir de las hienas y los chacales, esos están peor, pues alegan que, si no les dan la corderita a ellos, van a hacer un escándalo tan grande que llegará hasta la Corte Real. Que no van a permitir un atropello a sus derechos y wara wara, no sé qué más. Ya sabe usted como son las hienas de argüenderas y los chacales de escandalosos y chimoleros. Entre todos tienen un gran alboroto.

Leo miró a Bejita con ojos compasivos. Iba a decirle algo, pero Lucía continuó con su delgadita voz:

―Pero ahí no acaba la cosa. Los lobos mandaron llamar a unos topos, esos que trabajan por dinero, para que agujereen el túnel que conduce a esta cueva donde está usted, majestad, y… ―Aquí, Leo iba a interrumpir a Lucía para decirle que él no era ninguna majestad y ningún príncipe, por lo tanto, debía evitar llamarlo así, pero no lo hizo, solo lo pensó y escuchó que Lucía concluía―. Y no han de tardar en llegar, porque desde hace rato que están trabajando en eso.

Leo se movió impaciente de un lado para otro, pero no desesperado, sino pensativo, elaborando un plan para contrarrestar aquel ataque.

Bejita lo veía ir y venir de un lado a otro. Su rostro, inocente y puro, se le figuró a Leo como el rostro de la criatura más digna de ser protegida en todo el mundo animal. Pobre de ella, con tantos enemigos y sin ninguna culpa.

―Tenemos que salir lo antes posible ―dijo Leo como respuesta―, así cuando lleguen no nos hallarán aquí. Llama a Saulo, dile que venga lo más rápido que pueda, ya sabes dónde encontrarlo.

―Como usted ordene, príncipe ―dijo Lucía, y se fue.

Leo reprimió el deseo de censurar a Lucía nuevamente, pero ya se había ido, así que miró a Bejita e hizo un gesto, como una sonrisa.

―Bejita Ovej, todo estará bien, yo te cuidaré; confía en mí.

Ella sonrió nerviosa.

Capítulo 4

∞

Ayudando a Quien Más lo Necesita

Leo le explicó a Bejita que Saulo era un tejón, experto en abrir túneles y pasadizos bajo tierra. Que los topos también eran buenos excavadores, pero la mayoría eran corruptos y tramposos y por unas migajas de dinero estaban dispuestos a vender su trabajo al mejor postor.

En cambio, Saulo era su amigo y había hecho ese túnel con muchos pasadizos secretos por si algún animal quería entrar se perdiera en el camino.

No tardó en aparecer el tejón Saulo. En la oscuridad casi no se podía ver, pero su voz, risueña y graciosa, le generaron mucha confianza a Bejita.

―Mi señor Leo, aquí estoy para lo que me necesite ―dijo servicial.

Una vez más, tal como ocurrió con Lucía, Leo le iba a decir a Saulo que no se dirigiera a él con tanta formalidad, pues se sentía incómodo. Pero no le dijo nada, solo lo miró y le explicó rápidamente la situación. Le dijo también que había estado pensando en una posible solución.

―Lo más recomendable es dirigirnos al Huerto Sagrado, de donde traemos todas las verduras. ¿Qué opinas, Saulo? Tú puedes encargarte de confundir a los topos si llegan hasta aquí.

El tejón, cuando escuchó la propuesta, respondió con su estilo gracioso:


―Sus palabras son órdenes para mí, alteza.

En esta ocasión, Leo se acercó a él y le dijo en voz muy bajita junto a la oreja, para que Bejita no oyera:

―Amigo Saulo, deja de dirigirte a mí de esa manera, o ya no seré tu amigo, ¿de acuerdo?

En el mismo tono de voz, Saulo contestó:

―Es difícil para mí hacer lo que me pide, pero lo intentaré.

Bejita los veía cuchicheando. Luego Saulo habló en voz alta:

―Está bien, Leo, entonces iremos hacia el Huerto Sagrado. Adelántense ustedes dos. Yo me quedaré aquí para tapar estos hoyos y evitar que esos topos tramposos sigan avanzando y sepan cuál es el rumbo hacia el Huerto. No sé de qué familia sean esos topos, pero les aseguro que han de ser de esas familias que no tiene educación ni clase, ni siquiera han de haber tenido amor. Cuando hay amor en un hogar, los hijos son felices y no venden su trabajo con fines perversos.

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9788413865201
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