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CARPE DIEM

ÁLVARO GONZÁLEZ DE ALEDO LINOS
CARPE DIEM
Vela solidaria en Santander
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2015
CARPE DIEM
© Álvaro González de Aledo Linos
© Fotografía de la portada: Pablo González de Aledo Marugán
Iª edición
© ExLibric, 2015.
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ISBN: 978-84-16110-41-4
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
CARPE DIEM
Vela solidaria en Santander
Álvaro González de Aledo Linos
Especialista en Pediatría y en Medicina Preventiva
y Salud Pública
Capitán de Yate a Vela y Motor
Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
Prólogo
Capítulo 1 Introducción. el porqué de todo este lío
Capítulo 2 Nuestra primera navegación
Capítulo 3 La isla de mouro
Capítulo 4 La isla de santa marina y el estuario del miera (“río cubas”)
Capítulo 5 El paipo-esquí
Capítulo 6 Los fuegos artificiales
Capítulo 7 El estudio de la fauna de los arenales
Capítulo 8 Las travesías de más de un día
Capítulo 9 Los días de meteorología adversa
Capítulo 10 Los días de pesca
Capítulo 11 Las islas de san juan y otros islotes
Capítulo 12 La isla de los ratones y la horadada
Capítulo 13 Las actividades con la cruz roja del mar
Capítulo 14 El día de los padres y el de los veteranos
Capítulo 15 Hacerles trabajar
Capítulo 16 Nuestras normas de seguridad
Capítulo 17 Lo que intentamos enseñarles
Capítulo 18 La organización y aspectos legales
Capítulo 19 Incidentes médicos
Capítulo 20 Incidentes de navegación
Capítulo 21 Una valoración profesional
Capítulo 22 Unas reflexiones sobre las luces y las sombras
Capítulo 23 Nuestros barquitos
Epílogo A los padres de mi grumetillo
Anexo 1 Transcripción de las dibucartas
Anexo 2 Pequeño diccionario de términos médicos y náuticos
A los 81 médicos, enfermeras, tripulantes
y maestras del Aula Hospitalaria que
han participado en la actividad en estos años.
No puedo citar a todos pero que quede claro que
sin ellos esta utopía no habría sido posible.
A Ana, mi compañera, por su ayuda diaria
en este lío y por sostenerme
en los momentos de desánimo.
Prólogo
Las enfermedades que existen y existirán nos ponen a prueba como personas. Cuando estas afectan a la edad pediátrica, presentan aspectos sin duda especiales.
En nuestro Sistema Público de Salud basado en la equidad como pilar, en la vocación de la mayoría de sus profesionales como motor y con los objetivos de mejora continua, eficiencia y seguridad en el paciente, nuestros niños reciben sus tratamientos.
Sin esperar nada, por necesidad de ofrecer en algunos casos y por deber moral en otros, muchos médicos, algunos de ellos además navegantes, y sus familias, ofrecen las tardes libres, los fines de semana y algún que otro desvelo nocturno a estos nuestros pacientes.
Este texto va dedicado a "nuestros niños" en primer lugar y a sus familias en segundo, por su coraje y valentía, por su alegría, por su verdad, por sus enseñanzas de aceptación sin resignación.Para que en el futuro próximo las mejoras en el tratamiento de soporte, nuevos agentes más selectivos y una terapia más personalizada faciliten la curación de estas enfermedades malditas.
Para que Carpe Diem y su filosofía perduren y nuestros niños se enriquezcan con el disfrute de la naturaleza y con el aprendizaje de la vela, y para que los oasis en medio del desierto de la enfermedad les hagan más fuertes y felices para derrotar al adversario.
Porque los niños son de verdad historias increíbles...
Dra. Mónica López Duarte.
Médica Adjunta de Hematología y Hemoterapia.
Hospital Universitario Marqués de Valdecilla
CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN.
EL PORQUÉ DE TODO ESTE LÍO
En 2003 unos pocos médicos navegantes de Santander tomamos la iniciativa de organizar a un grupo de sanitarios y capitanes, con la idea de disfrutar de la navegación a vela con niños enfermos de cáncer, que serían nuestros “grumetillos”. Parecía una idea descabellada y peligrosa, no había precedentes en España y su realización se antojaba imposible. Con unos niños tan delicados, unos tratamientos tan agresivos, un riesgo tan grande de infecciones y lesiones, una actitud familiar tan sobreprotectora, ¿sería posible? Y principalmente, ¿tendría algún beneficio para los niños? ¿Sus médicos de oncología lo aceptarían?
En nuestros primeros contactos con los especialistas, esperábamos una encuesta casi inquisitorial respecto a nuestras motivaciones. ¿Pretendíamos dedicar una parte de nuestro tiempo libre para compartir una afición desconocida para el gran público, y asumir el riesgo de cuidar de unos niños tan delicados en un ambiente hostil? ¿Y todo ello desinteresadamente? ¿Por qué? Supongo que cada médico y cada capitán que ha participado tendrán sus propias respuestas. Yo me adelanté para darles las mías. Soy pediatra desde 1983 y he trabajado 22 años (incluyendo la formación MIR) en distintas consultas y hospitales pediátricos, siempre en la sanidad pública, si bien actualmente me dedico, más que a la pediatría asistencial, a mi otra especialidad, la salud pública. En mi residencia de pediatría en el Hospital La Paz de Madrid estuve a punto de centrar mi subespecialización en la oncología pediátrica. Lo que más me motivaba era intentar aliviar tanto sufrimiento y, sobre todo, contribuir a descubrir la causa del cáncer. Pero finalmente las subespecialidades no se reconocieron dentro de la pediatría cuando finalicé mi formación. En los años de actividad asistencial he conocido de cerca (como cualquier médico) el sufrimiento humano provocado por las más variadas enfermedades, y al reflexionar más allá de los dilemas diagnósticos o terapéuticos de cada paciente, siempre quedaba sin respuesta la dolorosa pregunta de por qué de ese sufrimiento. Esa pregunta, y la falta de respuesta, son especialmente crueles en el caso de los niños, provocando en casos extremos la más inimaginable injusticia morir tras un proceso largo y doloroso, como por ejemplo el cáncer.
Aunque afortunadamente en muchos casos el cáncer pediátrico llega a curarse (globalmente el 85 %) lo hace a costa de un largo periodo de lucha en que sufre la integridad física y psicológica del niño y de su familia, que deja secuelas físicas y psicológicas, y la amenaza de una recaída o de un segundo tumor inducido por el tratamiento. Por eso pienso que, a pesar de la curación, la medicina queda en deuda con estos niños, y dentro de unos años, cuando se conozca la causa del cáncer, sufriremos la vergüenza de haber administrado tratamientos tan agresivos cuando carecíamos de tratamientos dirigidos contra la causa de la enfermedad y nos teníamos que limitar a destruir sus células. Pero no solo la medicina queda en deuda con ellos. La sociedad también, pues el cáncer pediátrico está aumentando su incidencia el 1.5 % cada año desde hace 30 años, lo que sin duda se debe a nuestra forma de vida consumista y contaminante. Estas reflexiones me rondaron siempre la cabeza en mi trabajo profesional, especialmente cuando me tocó vivir alguna tragedia de forma más cercana.
Aparte de mi faceta profesional, el mar ocupa la parte más importante de mi tiempo libre. Soy capitán de yate y he navegado desde niño, con un paréntesis forzado por mis estudios de medicina y de pediatría en Madrid, y acumulo más de 33.000 millas navegadas, incluyendo dos travesías del Atlántico, una vuelta a España completa en mi velero de 6 metros (volviendo del Mediterráneo al Cantábrico por el Canal de Midi)[1] cinco campañas como marinero en el motovelero “Zorba” de Greenpeace, dos travesías en el gigantesco velero ruso “Mir” y diversas navegaciones por la cornisa cantábrica, las Baleares y el Mediterráneo. También disfruto del kayac de mar y el submarinismo, o sea que el mar es una parte tan importante en mi vida como mi profesión, y todo ello me hace sentirme un hombre afortunado y privilegiado. Este contacto estrecho con el mar me ha permitido conocer el placer y la desinhibición psicológica que facilita el alejamiento físico de la vida terrestre, que se siente cuando te alejas de la costa en un velero. El silencio enorme del mar, solo roto por la pequeña ola que precede a la proa y el sonido del viento en la jarcia, la ausencia del ajetreo y de la multitud, la introspección que todo ello facilita, la dependencia de tus propios recursos para resolver cualquier dificultad… Todo ello fomenta un alejamiento psicológico (además de físico) que ayuda a relativizar los demás problemas y a encontrar fuerzas para superarlos.
El paso siguiente solo necesitó la justa maduración de la idea. Mis propios hijos crecieron y su independencia dejó paso a esa maravillosa serenidad y tiempo libre de la edad media de la vida, con ganas de concretar tu deseo de un mundo mejor, que no se satisface plenamente perteneciendo a distintas ONG. No tardó en esbozarse el proyecto de unir la afición a la vela con la profesionalidad de algunos sanitarios, y ofrecer el conocimiento y disfrute de la navegación a vela a los niños enfermos de cáncer. Tras unos contactos iniciales entre médicos navegantes de Santander, nos entrevistamos con la Dra. Encarnación Bureo, del Servicio de Hematología del Hospital Marqués de Valdecilla, y con el Aula Hospitalaria del mismo hospital, empezando las navegaciones, como ya dije, en el verano de 2003. Tras ofrecer la actividad a los niños del Servicio de Hematología y otros que atienden enfermos de tumores sólidos, se formaron los grupos de navegación incluyendo, si los padres lo deseaban, a algún hermano para romper lo menos posible la dinámica familiar, dar confianza a los más pequeños, y evitar la sensación de crear un “gueto” de enfermos. Tras la experiencia positiva del primer año, la actividad se ha repetido ya doce años, incluyendo a 92 niños (los más pequeños de 3 añitos, que no sabían casi ni hablar) incluyendo últimamente algunos niños con enfermedades crónicas no oncológicas.
En este libro cuento las anécdotas y el desarrollo de la actividad, las características de los lugares por los que navegamos en la bahía de Santander y sus alrededores, los escasos incidentes que ha habido en estos doce años, la valoración de los médicos y capitanes participantes, los problemas surgidos, nuestras propias dudas e incertidumbres y, finalmente, una valoración más profesional respecto a sus resultados. Como amante del mar, llevo dentro el espíritu de las navegaciones lejanas, oceánicas. Pero también sé que para un niño tiene la misma o más aventura una navegación de dos horas que le lleva a una islita distante solo seis millas, pero que le permite ver su ciudad, su hospital, sus médicos, su familia, sus problemas... desde fuera, como si estuviera al otro lado del océano. Y no digamos si allí lejos ha dejado su silla de ruedas porque en el barco no la necesita... También sé que la bahía de Santander reúne condiciones envidiables para un proyecto como este: un plano de agua casi cerrado que permite navegar todo el año, aunque fuera haya un viento o una mar de fondo del demonio, siete grupos de islas o islotes donde se puede desembarcar, numerosos lugares de fondeo, la posibilidad de practicar todas las maniobras de la vela en una sola tarde... Difícil encontrar tanto bueno junto. Pero si en algún lugar de España alguien receptivo lee esta experiencia y decide intentar repetirla, aunque solo sea eso, el esfuerzo de escribir este libro habrá merecido la pena.
En el texto se ha insertado en cada capítulo una dibucarta; son textos cuyas letras van configurando un dibujo y se deben leer de izquierda a derecha y, en la mayoría de los textos circulares, siguiendo el sentido de las agujas del reloj. Cuando el texto se interrumpe, lo hace con puntos suspensivos (dos o tres) debiendo continuar la lectura donde se repita ese número de puntos suspensivos. Para los que no consigan culminar el ejercicio de lectura, en un anexo al final del libro está la transcripción de todas ellas. También al final hay un anexo con un pequeño diccionario de términos médicos y náuticos, para facilitar la lectura. Cuando uno de estos términos aparece en el texto, lo hace en cursiva.
Por cierto, el lema “Carpe Diem” procede de la frase de Horacio “Carpe diem, quam minime credulus postero”, es decir, “atrapa o disfruta el día presente, confiando lo menos posible en el futuro”. Creemos que resume bien la filosofía positiva de la enfermedad grave o terminal, es decir, la necesidad de disfrutar cada día como si fuese el último. Y todos deberíamos aplicárnoslo, no solo los que ya están marcados por un diagnóstico grave.

1 Contada en el libro La vuelta a España del Corto Maltés. De Santander a Santander en un velero de 6 metros, de la editorial ExLibric, y en el blog: http://cortomaltes2012.blogspot.com
CAPÍTULO 2
NUESTRA PRIMERA NAVEGACIÓN
El primer año estrenamos la actividad con quince niños, cinco barcos y catorce tripulantes, entre los cuales había seis médicos y una enfermera. La mayoría de los diagnósticos fueron de leucemia o linfoma, pero también había un niño operado de un tumor cerebral, una niña ciega por un tumor ocular bilateral y una niña con una hemiparesia por un accidente de tráfico. Sobra decir que los tripulantes estábamos tan inquietos como los niños por la novedad, la responsabilidad que asumíamos con los padres, las dudas de si se adaptarían bien al barco, etc. Además, la tarde se presentaba desapacible, con el cielo completamente nublado y viento del Noroeste, que en Cantabria llamamos “gallego” y que anuncia lluvias. El típico día que los que tenemos la suerte de vivir junto al mar decidimos dedicar a otros asuntos y compromisos, ya que para navegar reservamos los días de buen tiempo, al no estar obligados a navegar un día concreto.
Durante la mañana, nos cruzamos los capitanes algunas llamadas sugiriendo suspender la navegación. No obstante, decidimos mantenerla porque en Cantabria estas condiciones meteorológicas son frecuentes en verano, y pensamos que si la suspendíamos, en adelante la mitad de las navegaciones no se harían. Además, sabíamos lo ilusionados que estaban los niños con navegar y habría sido una decepción para ellos. En el peor de los casos, nos quedaríamos en puerto enseñándoles algo de teoría o intentando pescar desde el pantalán. Por otra parte, este es el criterio que hemos seguido en lo sucesivo, y en doce años solo hemos suspendido dos navegaciones por el mal tiempo, concretamente por galerna. Casi todas las tardes que empiezan mal terminan clareando, y después de algún tiempo en el pantalán dedicado a la teoría, los nudos o la pesca, termina siendo posible dedicar unas horas a la navegación.
Yo había quedado con cuatro niños que no conocíamos, pues sus padres no habían estado en la reunión de presentación de la actividad que habíamos tenido un mes antes en el hospital. Habíamos concertado una cita en la pasarela de acceso al Club Marítimo de Santander, un edificio emblemático e inconfundible, pues está construido sobre pilotes encima del mar, en plena fachada marítima de la ciudad. Los pantalanes en el lado Norte de Puerto Chico, donde amarro mi barco, no están pilotados al fondo y, por lo tanto, no se puede dar la referencia de una letra (la del pilote) y un número para localizar un atraque. Por eso habíamos quedado allí, ya que ellos tampoco nos conocían. A la hora de la cita vimos aparecer a una de las dos niñas que nos acompañarían esa tarde (tenía entonces diez años y estaba convaleciente de una leucemia) y a su hermano de seis años, de la mano de su madre. A esa hora (las 15.30 de un sábado) apenas hay movimiento en los muelles, y menos un día tan desapacible, por lo que les reconocimos enseguida. Además, la niña, aunque ya había finalizado la quimioterapia, aún estaba delgada (en realidad “es” delgada todavía) y tenía el pelo, las facciones, las cicatrices, las ojeras, etc., de muchos niños que han pasado por ese diagnóstico. Más tarde aparecieron la otra niña, también convaleciente de una leucemia (entonces tenía ocho años), y su hermano mayor, de doce años, igualmente de la mano de sus padres.
Aquel primer día íbamos a navegar cuatro barcos. Nosotros entonces teníamos un Cóndor 20, de unos 20 años de antigüedad. Se trata de un derivador integral, construido en Santander, de unas prestaciones y una habitabilidad espectaculares para su talla (6 metros de eslora) del que hablaré en uno de los últimos capítulos. Nuestra versión era la de cuatro camas, aunque había otra de seis que, aunque es verdad que permitía “dormir” a seis adultos, no era demasiado práctico para seis personas en el resto de la vida a bordo. El detalle de que su interior estuviera revestido de moqueta se convirtió en un pequeño inconveniente para uno de los niños, que era asmático, ya que al entrar en la cabina sentía que se encontraba mal y cogió miedo a que la estancia en el interior le desencadenara un ataque, lo que nunca ocurrió. Pero esa aprehensión no se le quitó nunca.
En el velero más grande de aquel año embarcó una niña de seis años que había sufrido la extirpación de los dos ojos en la primera infancia por un cáncer ocular bilateral, por lo que no tenía ninguna visión residual. Dudamos al principio si incorporarla al grupo o no. La duda no era si el barco sería seguro para ella. Estos niños deben acostumbrarse a hacer vida normal cuanto antes, y se nos ocurrían decenas de actividades de la vida diaria iguales o más peligrosas que la navegación. Y tanto los profesionales médicos como escolares de la niña nos recomendaron que se incorporase. Lo que nos preocupaba es que no gozase de la navegación, al faltarle el disfrute visual del mar y de la bahía. Para ayudarla, embarcaron sus dos hermanas mayores. Hay que decir que se adaptó perfectamente a la vida a bordo. En los cuatro años que navegó con nosotros, procuramos embarcarla siempre en ese mismo barco para que conociese sus volúmenes habitables, su distribución interior, los peligros de la cubierta, la localización de los elementos de seguridad, el acceso a la plataforma de baño, etc. En pocos días, conocía perfectamente “su” barco y se movía por él, pasando una mano por el guardamancebos, como si nada. Incluso era capaz de dirigir el barco desde la rueda del timón por cortos periodos, sintiendo en la cara el ángulo con que le daba el viento. También perdió el miedo al mar. En realidad, sabía nadar en piscina, en un ambiente controlado. Pero tirarse al vacío del agua en un lugar de fondeo desconocido, y nadar hacia una neumática a varios metros de distancia, desde donde la llamaban otros niños... había que ser muy valiente para eso. Más adelante, una de las distracciones que encontramos para ella fue hacerla conocer la fauna de la bahía (polluelos de gaviota, cangrejos, quisquillas, erizos de mar, etc.) mediante el tacto, con lo que disfrutaba mucho. También debo decir que al principio nos angustiaba utilizar con ella frases hechas con las palabras “ver” o “mirar”. Por ejemplo, “¿quieres ver mi barco por dentro?”, o “mira el erizo, qué púas tan puntiagudas tiene”. Luego nos tranquilizaron sus profesores de la ONCE y sus padres porque son coletillas tan introducidas en el lenguaje que las personas ciegas no se sienten molestas ni ofendidas por oírlas. El otro grumete de ese barco era un niño de ocho años en tratamiento por una anemia crónica. Descubrió con nosotros su afición al mar, y terminó participando en un equipo de traineras cuando dejó de venir a vela con nuestro grupo.
En el tercer barco embarcaba una niña de ocho años que había sufrido un accidente de tráfico en el que había perdido a su madre y que le había dejado una parálisis parcial de medio cuerpo, que se le manifestaba sobre todo en el brazo. Su principal dificultad en el barco sería salir del agua después del baño, pues le costaba hacerse firme a la escalera y había que ayudarla. En realidad, la mano paralizada se le cerraba espásticamente sobre el pasamanos y su dificultad era soltarla. Aparte de eso, nadaba perfectamente con un solo brazo, no tenía ningún temor al mar y, por lo demás, se adaptó perfectamente. Más adelante se hizo seguidora incondicional del equipo de traineras de Pedreña, su pueblo, y disfrutaba mucho siguiéndoles para animarles en todas sus regatas. La otra tripulante era una mujercita de dieciséis años, sobreviviente de un linfoma y un trasplante medular, que posteriormente se licenciaría en turismo y llevaría una vida normal. Y finalmente, en el cuarto barco, embarcaba un niño de once años, superviviente de un tumor cerebral y con una discreta hemiparesia residual (que disimulaba muy bien, por ejemplo, no cogiendo la caña con la mano afectada) y su hermano de diez años, que también era asmático.
Antes de salir a navegar, enseñamos a los padres el interior de los barcos. La mayoría no conocían nada del mundo de la náutica y era su primera visita a un velero. Nuestro principal interés era que comprendieran que, en caso de dificultad, los niños irían a la cabina, y los adultos llevaríamos el barco a puerto sin riesgo para ellos. Como el conocimiento popular de los veleros se suele limitar a los que ven salir y volver a la rampa de las escuelas de vela (esto es, vela ligera), hasta un barco minúsculo como nuestro “Corto Maltés” les pareció una maravilla de habitabilidad y seguridad, y la mayoría lo compararían con una furgoneta o autocaravana de viaje. En lo que respecta a la seguridad de sus hijos, en principio se quedaron tranquilos.
Como dije, la meteorología ese primer día era muy desapacible. El “gallego” es un viento del Noroeste cargado de humedad que siempre anuncia lluvia. Pero algunos días el viento es de componente Sudoeste en vez de Noroeste (lo que llamamos “gallego asurado”), y aquí se suman las fuertes rachas y la mar picada del viento de componente Sur, pero sin la acusada subida de temperaturas debida al efecto Föhn (que explico en el capítulo 9) cuando el viento desciende por la cordillera Cantábrica. Aquel día llegamos a medir rachas de fuerza 7, aunque hay que reconocer el sesgo de esta medición. Cuando el anemómetro está en la perilla del palo, que es lo habitual, los balances del barco hacen que, cuando el palo bascula hacia el punto de donde procede el viento, la velocidad aparente de este se incrementa hasta en un grado de fuerza; así que lo realista es decir que la media era de fuerza 6. En el “Corto Maltés” navegamos ese día solo con el génova desenrollado un 30 % (que es una superficie vélica ridícula), y cuando cargaban las rachas o las olas, buscábamos el socaire de los barcos mayores. Los cuatro niños que llevábamos a bordo era la primera vez que navegaban y, al no tener referencias previas, aquel movimiento de coctelera les pareció lo normal. Uno de los niños se movía divertido por el barco y se colgaba de las drizas o de la botavara como si estuviera en un parque de juegos, y nuestra principal preocupación era que no cogieran demasiada confianza y alguno se cayera por la borda. Por supuesto, con aquel viento todos íbamos con chaleco, hasta los que sabían nadar.
Después de un par de horas dando bandazos, fuimos a fondear. Enseguida comprendimos que abarloarse con aquellas olas era imposible. La maniobra de abarloarse dos barcos es, a mi juicio, prescindible la mayoría de las veces. Al tratarse de veleros, hay que colocarse “de vuelta encontrada”, es decir, con las proas orientadas en sentido inverso, para que no coincidan las crucetas. He visto muchas veces la maniobra mal hecha, con ambas tripulaciones preparando las defensas en la banda de contacto de los dos barcos y, por lo tanto, inclinando los mástiles uno hacia el otro, y finalmente golpeando o enganchando las crucetas con riesgo de graves daños a la arboladura. Además, aunque se coloquen suficientes defensas, las olas habituales en la bahía por el paso de otra embarcación o por el viento, someten a las cornamusas de amarre a fuertes tirones que pueden llegar a aflojarlas o, en el peor de los casos, a arrancarlas. Así que optamos por fondear el barco mayor y los pequeños “colgarnos” en fila de su popa mediante una amarra simple. Esta distribución permitía pasar de un barco a otro acortando la amarra y con un cierto ejercicio de equilibrio circense, que para los niños más que una dificultad era un reto atractivo. Es la distribución que hemos adoptado desde entonces, juntándonos para merendar normalmente en el barco más grande, o bien de dos en dos. Una variación es amarrar la popa del segundo barco (en lugar de la proa) a la popa del primero más grande, de forma que se pueden mantener conversaciones de barco a barco con cada tripulación merendando en su bañera.
Aunque parezca imposible, algunos niños se bañaron. La meteorología externa no prejuzga la temperatura del agua, y menos aún las ganas de aventura de estos niños, habitualmente sobreprotegidos. La más lanzada en todos estos años ha sido la niña de diez años que salió conmigo aquel primer día, cuyo afán de superación y fuerza de voluntad son encomiables. Suelen decirme que ha sido mi preferida, y puede que sea cierto. Se junta la coincidencia de que fue mi primera grumetilla, los rasgos de su personalidad que tanto comparto, y el hecho de no haber tenido yo ninguna hija. Al preparar el baño, comprendimos la necesidad de unas medidas de seguridad excepcionales, que posteriormente detallaré en el capítulo 16, y que incluyen necesariamente lanzar un aro salvavidas o una defensa por la popa con un cabo largo. La bahía se llena y se vacía por una canal de 0.4 millas de ancho, que en mareas vivas puede generar corrientes de marea de cinco nudos o más (es muy habitual ver desde tierra veleros navegando “marcha atrás”, creyendo ellos mismos que están avanzando). Y es precisamente en las proximidades de este “embudo” donde más habitualmente se fondea, es decir, en las playas de La Magdalena, Los Peligros o El Puntal. Cualquier distracción aleja al bañista unos metros del barco y ya no consigue volver a él. El aro salvavidas es un último asidero al que agarrarse si no alcanza el barco, con la condición de que no se use para jugar en él, en cuyo caso una distracción te deja sin punto de seguridad. Además, insistimos a los niños en que, si de todas formas la marea se les lleva, no traten de volver al barco, sino que se agarren a un punto más alejado (una boya, otro barco), o incluso se dejen llevar a la isla de los Ratones, que suele quedarnos corriente abajo, donde iremos a recogerles.
Después de merendar y bañarse, regresamos al muelle antes de tiempo por la climatología tan adversa, y mientras esperábamos a los padres, nos dedicamos a otra de las actividades que posteriormente más les han entretenido: la pesca de quisquillas y cangrejos desde el pantalán. A los que nos hemos criado al borde del mar, nos resulta natural como el tomar aire, pero para los niños que son de tierra adentro (incluyendo muchos pueblos de Cantabria alejados de la bahía, y también a muchas familias de Santander que viven de espaldas al mar) la pesca de estos animalitos resulta fascinante. Para las quisquillas usamos un esquilero (en Cantabria se llama así a la red al extremo de un palo, que sirve para coger “esquilas”, que aquí es sinónimo de quisquillas), que se sitúa detrás de las quisquillas y se las llama la atención por delante con un palito. Como se escapan marcha atrás dando un coletazo caen ellas solas en el esquilero. Y para los cangrejos, lo más tradicional es apoyar un dedo encima y, cuando está inmovilizado, sujetar su caparazón por los lados con dos dedos, a donde no llega con las pinzas. Estas tonterías, así como estudiar las lapas, mejillones y toda la fauna que se pega a las partes sumergidas de los pantalanes, ha sido de lo más entretenido para los niños en estos años, tanto que posteriormente decidimos dedicar un día específicamente a estudiar toda la pequeña fauna de la bahía en los arenales que descubren en bajamar, como contaré más adelante.
Cuando vinieron los padres (en realidad bastante antes de la hora que habíamos quedado, por los nervios), aparte de las caras de tranquilidad, todo eran signos de admiración ante lo que contaban los niños de lo bien que se lo habían pasado, y de sorpresa porque no les hubieran echado de menos. Ese día fue la prueba de fuego y la demostración de que la actividad saldría bien. Los niños estaban deseando que llegase la siguiente navegación, los padres les veían contentos y no había pasado nada malo. No sé si ellos habrían descansado o no, pero lo cierto es que habían dispuesto de una tarde libre y despreocupada de la atención permanente a su hijo enfermo, y a la vuelta les veían felices. ¿Qué más se podía pedir?

CAPÍTULO 3
LA ISLA DE MOURO
La isla de Mouro (43º 28´ 23´´ N; 003º 45´ 20´´ W) está situada a la entrada de la bahía de Santander, a unas dos millas de la ciudad. Es una isla rocosa de 100 x 200 metros, con forma de cruasán, con una ensenada orientada al Sudoeste conocida como La Raposa. Está rodeada de acantilados escarpados de 30 metros de altura, donde rompen las olas del Cantábrico con fuerza. La isla forma parte del Espacio Natural Protegido de las Dunas del Puntal y el Estuario del Miera, y está prohibida la pesca de todo tipo en sus aguas. En su parte Nordeste hay una roca enorme de unos cinco metros con forma de dado que parece ir a caerse en cualquier momento, y en su vertiente Oeste una zona de acantilado que recuerda el perfil de Bart Simpson. En su cima hay un faro que, aunque cuando se inauguró en 1858 estaba al cuidado de dos torreros, ahora está automatizado desde hace años. Es de color blanco y su silueta domina el horizonte desde toda la fachada nordeste de la ciudad y las playas del Sardinero. Así mismo, en la meseta que hay en su cumbre, en la vertiente Sureste, existe una zona cubierta con un espeso manto vegetal de hinojos y geranios marinos que crecen entre las grietas de la roca. De este manto vegetal cogen las gaviotas la materia prima para sus nidos.
La ensenada de La Raposa está naturalmente protegida de los vientos térmicos predominantes en verano, que en Santander son del nordeste. Tiene fondo de rocas y permite el fondeo de dos o tres embarcaciones pequeñas con amarras echadas a tierra, para evitar el borneo, si bien suele ser incómoda por la entrada de olas rebotadas que la hacen, muchos días, inaccesible. Al fondo de la ensenada construyeron una escalinata de piedra para acceder al faro, y cerca del agua, una pequeña plataforma de hormigón con un noray y algunas argollas para amarrar embarcaciones pequeñas. Aunque la ensenada en sí misma sea tan reducida, a sotavento de la isla (en verano, la zona desventada está justo enfrente de la ensenada) hay una amplia zona con fondo de arena, a unos 50 o 100 metros del acantilado, que permite fondear a ocho o diez barcos aunque con limitaciones. En efecto, el calado oscila entre ocho y doce metros y la gran longitud necesaria de línea de fondeo (hay que fondear con entre tres y cinco veces más de cadena y cabo que la profundidad de agua) hace que el radio de borneo sea muy amplio. Además, los remolinos y corrientes que genera la propia isla hacen que cada barco se oriente y se mueva de distinta forma, según le afecte más el viento en la obra muerta o la corriente en la obra viva, por lo que el riesgo de colisión entre los barcos es alto. Nuestro barco, que es de orza abatible, hemos comprobado que con la orza bajada, se orienta de distinta manera que con la orza subida. En verano es habitual que la zona esté muy frecuentada y los barcos fondeen con poca cadena, y como en el Cantábrico las mareas pueden subir más de cinco metros en vertical, es bastante frecuente que alguna embarcación quede a la deriva al soltarse el fondeo en la pleamar. Un día quedamos todos sorprendidos por una motora pequeña que derivaba sin nadie a bordo. Un barco que iba contra él la retuvo con el bichero hasta que un rato después apareció su dueño. Había ido nadando a la isla y la dejó con la cadena justa, y al subir la marea se le desclavó el ancla. No paraba de repetir que el barco estaba bien fondeado, que solo se movía “por la inercia”. En fin, todos estos hechos hacen muy recomendable que en la isla de Mouro siempre se quede alguien a bordo vigilando.
Yo descubrí la isla en mis incursiones en piragua. Desembarcando en la plataforma de hormigón puede dejarse la piragua en la propia escalinata. Después de haberla conocido en las excursiones del verano, quedé gratamente sorprendido por lo que me encontré allí un día que desembarqué en primavera. En esta isla anidan la mayoría de las gaviotas patiamarillas que viven en el entorno de la bahía (hay otras especies de gaviotas en la bahía pero no se reproducen aquí). El espectáculo de vida que allí se desarrolla es impresionante. Por lo pronto te das cuenta de que algo raro sucede por el recibimiento de la colonia. En cuanto pones pie en tierra se desencadena poco a poco un estruendo de pájaros levantando el vuelo y graznando con estridencia. En el momento álgido, puede haber miles de pájaros revoloteando en el aire, formando una especie de nube ruidosa. A medida que subes por la escalinata hacia el faro, y en especial cuando te acercas a un nido (esto lo descubrí más adelante) recibes avisos más explícitos de sus dueños. Te hacen vuelos picados en silencio, y justo cuando están a un metro de tu cabeza sueltan su famoso graznido (¡menudo susto!) y a veces una defecación que, según la puntería, puede acertarte en la cabeza o en la espalda. Por eso una precaución elemental en esta época es desembarcar con gorra. Intentamos que los niños siempre la lleven, y les avisamos de estas tácticas de defensa para que no se asusten; no son más que fanfarronadas porque en realidad no atacan y solo excepcionalmente te pican en la cabeza.
Los nidos los construyen con todo tipo de materiales, predominando vegetales secos. No obstante, solo su análisis daría para un capítulo de un libro. He visto formar parte del nido con esqueletos de otros pájaros (conservo un cráneo completo de un correlimos saqueado de un nido de Mouro) o tiras de las de abrir el celofán de las cajas de cigarrillos, sedales de pescar, palitos de algodón de los de limpiar los oídos, etc. En sus alrededores suele haber egagrópilas (esas bolitas de material no digerido que regurgitan todos los pájaros) lo que sirve también para detectarlos. Cada pareja pone tres huevos del tamaño de los de gallina, pero de color marrón moteado, si bien hemos descubierto también huevos albinos indistinguibles de los de gallina. En las reservas naturales donde no se quiere que proliferen demasiado las gaviotas, una de las misiones de los guardas es destruir un huevo de cada nido, de manera que solo críen dos gaviotas cada pareja y la población se mantenga estable. No sé cuanto dura la incubación de estos huevos, pero lo que es seguro es que la temperatura acelera su eclosión pues los de los nidos situados en los lugares más soleados son los que lo hacen antes, con diferencias de varias semanas.
Desde el primer año de nuestras navegaciones con los niños, les llevamos a la isla de Mouro. La navegación puede llevar entre una y dos horas, según el puerto de salida, y la zona de fondeo es muy agradable en verano, al quedar a sotavento. Además, está amenizada por el concierto de la colonia de gaviotas. El único inconveniente es que, como entra mar de fondo rebotado, la permanencia en el barco suele marear a quien no está acostumbrado. Y ya comenté que debe quedarse un adulto a bordo responsable del barco mientras el grupo desembarca. La forma de desembarcar depende de los medios de que dispongamos cada día. Hemos desembarcado en neumáticas con motor o con remos, si bien esto último es agotador por la necesidad de hacer muchos viajes. Cuando hemos ido con veleros pequeños propulsados por fueraborda, a veces hemos adaptado el fueraborda del velero a una neumática que no lo tuviera. Otros días hemos desembarcado en piraguas, y otros a nado (es un trecho de 100 o 150 metros). Si desembarcamos a nado, utilizamos una defensa para amarrar el calzado de todos y poder calzarnos en la isla, pues descalzos es casi imposible por su suelo pedregoso, y un bidón estanco con las cámaras de fotos y un móvil para estar en contacto con los que quedan a bordo. Algún día se ha apiadado de nosotros alguno de los muchos submarinistas que merodean por allí con sus Zodiac, y nos han acercado. Y finalmente, lo más cómodo, los últimos años nos han desembarcado los socorristas de la Cruz Roja con una Zodiac, con los que quedamos más tarde para recogernos. Estos desembarcos los aprovechamos para enseñar a los niños el manejo de la neumática o la piragua, a remar y ciabogar, las precauciones a tener en el agua cuando se nada junto a un fueraborda, la forma de dirigir una Zodiac a motor, cómo abarloarse a un muelle de piedra que puede tener conchas cortantes, cómo repartir el peso en una embarcación pequeña, etc. Y, por supuesto, a bucear en un paraje natural protegido con fondos espectaculares.
Una vez en la isla, cada grupo que ha venido en un barco queda a cargo del adulto que ha navegado con ellos. Mouro tiene unos acantilados y grietas peligrosos, y hay que vigilar mucho los movimientos de los niños. Entonces nos dedicamos a la exploración de los nidos. El proceso de nacimiento de los polluelos es muy lento y puede seguirse si se desembarca varios días seguidos, o explorando nidos con distinta situación (más al sol o más a la sombra). El polluelo hace desde dentro un agujerito en la cáscara, por donde recibe el alimento de su madre durante varios días, o quizás semanas. Si te asomas por el agujerito ves solo su pico moviéndose y, a lo mejor, uno de los ojos. Cuando el cascarón se le queda pequeño, acaba rompiéndose entero y sale un pollito mojado y de color oscuro que tarda unas horas en secarse y en que sus plumas adquieran ese tacto de algodón típico de cualquier pollito, sea de la especie que sea. Mojado abulta muchísimo menos y parece un animal esquelético, pero en cuanto se seca, su cuerpo adquiere un volumen inusitado y el color cambia a beige o marrón clarito. En esta fase es cuando más les gustan a los niños, realmente parecen un juguete. Como no conocen a la especie humana, pues la isla está deshabitada, se dejan agarrar con naturalidad y acariciar. Les enseñamos las patas palmeadas, el pico, que no hace daño si te coge un dedo, las cañas de las alas y las plumas, el latido de su corazón a toda velocidad, la temperatura cálida a la que los mantiene la madre aunque ese día haga frío, cómo se acurrucan con sus otros dos hermanos del nido, cómo buscan la sombra a las horas de más sol en verano metiéndose bajo los arbustos cercanos a su nido (no suelen alejarse más de un metro), etc. Hay quien sostiene que se esconden bajo los arbustos para protegerse no del sol, sino de los ataques de otros adultos de la colonia. Hay que tener en cuenta que las gaviotas comen de todo, incluyendo sus propios congéneres. Estos polluelos son muy limpios y los puede coger cualquier niño, incluso los pequeños. Su conocimiento por el tacto era especialmente enternecedor para la niña ciega.
Los pollos más mayores ya son desconfiados y, cuando nos ven, salen corriendo. Esta huida a veces es dramática para ellos, pues he visto a alguno despeñarse mientras escapaba si todavía no sabía volar. Aquí es importante decir que las gaviotas no son en absoluto una especie protegida, sino más bien lo contrario: en los últimos años, su superpoblación ha hecho que empiecen a anidar en la ciudad de Santander, y el ayuntamiento dedica recursos para reducir su población. Estos polluelos alcanzan el tamaño de una gallina pequeña y ya son un poco guarretes, pues cuando los coges (a veces tras una divertida persecución, porque como todavía no saben volar solo corren por el suelo) se cagan encima o te regurgitan lo último que han comido, supongo que por el miedo. Además, se tiran a picar con su pico negro, aunque realmente no tienen fuerza para hacer daño. Pero los niños pequeños se asustan con ellos y no tienen el encanto de los recién salidos del cascarón. Por lo tanto, a estos los pequeños los “estudian” de lejos. Resulta interesantísimo contemplar cómo aprenden a volar. Se sitúan al borde del acantilado y, después de pensárselo mucho, acaban por tirarse al aire por las bravas. No sé de qué depende, pero unos remontan el vuelo a la primera mientras otros caen en picado. Los que caen, a veces lo hacen en plena roca y se matan o quedan con brechas en la cabeza, que supongo sean mortales a medio plazo. De hecho, lo más desagradable del desembarco para los niños son los cadáveres de polluelos de este tamaño que te encuentras por toda la isla en diferentes estados de descomposición (y ese es otro argumento para desembarcar calzados). Otros caen en picado al mar. Y nuevamente aquí hay un fenómeno diferencial de lo más curioso. Unos flotan con naturalidad, sus plumas están bien impermeabilizadas, y despacito se acercan a las rocas o a la misma escalinata por la que hemos desembarcado nosotros, y poco a poco van subiendo los escalones hasta encontrar su punto de partida en la colonia. Pero hay otros polluelos que, seguramente por un defecto en la grasa que debe impermeabilizar sus plumas, o quizás por haber querido aprender a volar cuando aún les faltaba esta protección natural, “se calan” hasta los huesos. Su cuerpo se carga de agua y, al nadar, se distingue perfectamente que su línea de flotación está muy alta, se mueven más torpemente que los otros y, si los coges, notas claramente que pesan mucho, por el agua que han acumulado. Si consiguen llegar a la orilla no tienen fuerza para sacar del agua un cuerpo tan pesado, y si te compadeces y los depositas en la escalinata, no consiguen saltar hacia arriba al siguiente escalón. Estos pollos mojados mueren siempre, y el mar está también lleno de sus cadáveres al principio del verano. Por cierto, a veces hemos visto cómo otras gaviotas adultas se los comían.
Finalmente, a mediados del verano los pollos son ya tan autónomos y autosuficientes que no hay manera de cogerlos ni de verlos de cerca. La colonia es ya de dos colores: los padres, con el típico plumaje blanco y el pico amarillo con una mancha roja, y los hijos, con el plumaje marrón y el pico negro, que conservarán hasta el año siguiente. Ya no se revolucionan cuando desembarcamos, pues todos los habitantes saben volar y no están indefensos en el nido, y una tranquilidad “relativa” vuelve a la isla. Así pues, el momento ideal para visitarla es en mayo y junio. Además de las gaviotas, en Mouro hay lagartijas y unos insectos de dorso rojo con manchas negras, que supongo son el alimento de las lagartijas.
Para los niños más aficionados a la naturaleza una experiencia preciosa es llevarse un cráneo de una de las gaviotas muertas. Metido en lejía durante unas horas, adquiere un color blanco y se desprende de toda su suciedad, mientras que el pico mantiene su color diferencial. La colección puede extenderse a cráneos de diferentes etapas del desarrollo del animal, donde puede verse desde el crecimiento del cráneo a la evolución del color del pico. Un día, un niño quiso ir más allá y apareció a bordo con una caja de cartón grande. Quería llevarse un pollito a casa. Eligió uno recién salido del cascarón, con toda su pelusa, y la experiencia fue encantadora para él y hasta sus padres le cogieron cariño. El pollito se portaba como los patos domésticos: comía de la mano del niño (por cierto, purés de pollo triturado) le seguía por la casa, y se dejaba acostar a dormir en la caja reservada. Le duró casi todo el verano. Sin embargo, otro día, a unas niñas les dejamos elegir entre coger un pollito o un huevo, y prefirieron el huevo para incubarlo en casa. Ya se estaban imaginando cómo lo calentarían, cómo alimentarían al pollito por el agujero de la cáscara antes de que la rompiera del todo, cómo lo secarían al nacer, etc. Pero de vuelta a puerto, el barco empezó a adquirir un olor apestoso. Buscando su origen, el olfato nos llevó exactamente al huevo. Os lo habéis imaginado bien, habían cogido un huevo echado a perder, el embrión había muerto y estaba podrido en su interior. Al aire libre, en la isla, no se notaba, pero en el espacio cerrado de la cabina del barco el olor lo delató. Naturalmente, acabó en el fondo del mar y las niñas prometieron que la próxima vez elegirían el pollito.
Aunque muy difíciles de ver, en la isla de Mouro anidan algunas parejas de paíño, el ave marina más pequeña de Europa pues apenas supera el tamaño de un gorrión, de color grisáceo y con una especie de verruga sobre el pico superior. Solo se acercan a la costa para anidar o para refugiarse de los temporales. Crían en grietas y agujeros de las rocas costeras en zonas prácticamente inaccesibles, al fondo de las cuales ponen un solo huevo de color blanco (son muy pocas las aves que ponen un solo huevo). En vuelo se identifican por el predominio del color negro en su plumaje, salvo una franja blanca en la parte inferior del ala y otra en la cola. En Cantabria también anidan en la isla de los Conejos (un islote inaccesible, frente a Suances) además de en la isla de Mouro, y en el País Vasco, en algunos islotes inaccesibles como el de Aketze cerca del cabo Matxitxako. La presencia de esta especie en una isla suele indicar ausencia de ratas en la misma. Aparte de su escasez, es de hábitos nocturnos, por lo que no es habitual que los veamos al desembarcar en Mouro, pero en ocasiones nos ha sorprendido ver algún pajarito revoloteando por los acantilados creyendo inicialmente que era un gorrión, y luego hemos comprobado que no (nunca vienen gorriones a Mouro, y si lo hacen no se meten por las grietas de las rocas). Por exclusión, hemos deducido que era un paiño, y aunque no tengamos conocimientos de ornitología, es emocionante saber que estás viendo un ave tan rara en nuestras costas. También de forma excepcional hemos visto anidamientos de distintas especies de patos, escapados del vecino parque público de Mataleñas, donde se crían en cautividad en un estanque.
Además de la propia isla de Mouro, a unos 90 metros al nordeste se encuentra una roca llamada la Corvera (43º 28´ 25´´ N; 003º 45´ 56´´ W), que es inaccesible a menos que el mar esté completamente en calma. El canal que la separa de Mouro no es navegable, pues unas rocas velan a pocos centímetros de la superficie. Pero es entretenido contemplarla desde los acantilados de Mouro, pues allí se concentran los “cormoranes grandes” (o “cuervos marinos”, tal vez de aquí le venga su nombre a esta roca) a secar sus alas. El “cormorán grande” es un pájaro más grande que las gaviotas, con plumaje negro y un típico cuello largo y retorcido con una zona blanca en la garganta. Hay otra especie, el “cormorán moñudo”, de menor tamaño, el único que se reproduce en Cantabria pero menos abundante en la bahía. El cormorán es la única ave acuática cuyas plumas no están impermeabilizadas con cera, y como pesca buceando (peces, moluscos, sepias, etc., que luego ingiere fuera del agua), vuelve de su caza mojado. Entonces debe secarse al aire y adopta una posición ridícula, con las alas separadas del cuerpo como si quisiera despegar y no pudiera, “secando los sobacos”. De hecho, si intenta remontar el vuelo mojado suele descender hasta tocar el agua con las patas, por culpa de su peso, y las mueve por la superficie como si estuviera corriendo por encima del mar. Es muy divertido contemplarlo.
Finalmente, buceando en la ensenada de Mouro es habitual ver multitud de animales en su hábitat, pues su entorno marino es una reserva natural desde 1986 y está prohibida la pesca. Se ven muchas conchas conocidas como “orejas de mar” por razones obvias de parecido con una oreja, especie que está en peligro de extinción pero que aquí aún se conserva. Y por cierto, me han contado que en la isla de Mouro hay una cueva con trazas de haber sido habitada en la prehistoria, cuando la isla estaba unida a tierra con lo que hoy es la península de La Magdalena, pero yo no la he visto.
Los desembarcos en Mouro los suspendimos en 2006 por la amenaza de la gripe aviar. Se consideró que algunas zonas de España eran de “especial riesgo” para la gripe aviar (300 municipios en siete comunidades) y en Cantabria concretamente las marismas de Santoña. Además, se definieron otras zonas llamadas “de especial vigilancia”, en las cuales las medidas sanitarias no eran tan estrictas, pero indirectamente esta propia catalogación hacía suponer que podrían también significar cierto riesgo. En Cantabria se consideraron “de especial vigilancia” la bahía de Santander, Oyambre y el embalse del Ebro. Posteriormente, se mantuvo esta precaución en los años sucesivos, aunque no se detectó ni una sola ave infectada en los sitios mencionados, y finalmente lo que nos vino fue una gripe porcina (en vez de aviar) en 2009. Pero una elemental prudencia con estos niños de salud delicada nos hizo dar prioridad a la seguridad por encima de la experiencia apasionante de descubrir la belleza de la isla. Personalmente, seguí desembarcando con frecuencia con mi piragua y comprobé que la ausencia de visitantes había conducido a cambios en las costumbres de las gaviotas, que construían los nidos en sitios inusitados, como en mitad de las escaleras o en el suelo de la propia superficie hormigonada delante del faro. Posteriormente, a partir de 2011, pasada la alerta de la gripe aviar, hemos vuelto a visitar la isla con los niños, si bien ahora por precaución les ponemos guantes para tocar a los pollitos, y al terminar organizamos una lavada general de manos en las escaleras, cerca del mar, que les hace mucha gracias porque la hacemos con limpiavajillas, el jabón que llevamos habitualmente a bordo.

CAPÍTULO 4
LA ISLA DE SANTA MARINA Y EL ESTUARIO
DEL MIERA (“RÍO CUBAS”)
La isla de Santa Marina (43º 28´ 22´´ N; 003º 43´ 47´´ W) está situada fuera de la bahía de Santander, a unas tres millas al este de la ciudad. Se encuentra al final de la playa de Loredo, la que prolonga el arenal del Puntal, separada de la costa por una pequeña canal de unos 200 metros, tan estrecha que cuando se navega hacia ella uno no se da cuenta de que se dirige a una isla hasta que está muy cerca. Muchos habitantes de Santander desconocen que allí hay una isla, porque desde la ciudad se ve la costa, pero no se puede percibir la canal de separación. La isla está incluida, junto con la de Mouro y la costa cercana de Loredo y el arenal del Puntal, en el Espacio Natural Protegido de las Dunas del Puntal y el Estuario del Miera (“Río Cubas”). Es alargada en sentido Norte-Sur y mide unos 750 x 300 metros. La canal que la separa de la costa es navegable con embarcaciones de pequeño calado, aunque es un ejercicio peligroso pues hay algunas rocas que afloran en bajamar. Alguno de los capitanes de nuestro grupo han navegado a vela por esta canal, pero después de recorrerla frecuentemente con embarcaciones ligeras y conociendo muy bien el terreno. Personalmente, conozco bien la canal por haberla atravesado en piragua muchas veces, pero aún no me he atrevido a hacerlo con el velero. En la costa Sur de la isla hay un playazo de arena fina de 70 metros, precisamente en la zona de sotavento de los vientos dominantes en verano en Santander, que son del nordeste. Por lo tanto, es un sitio ideal para fondear y desembarcar. No obstante, la mayoría de los veleros fondean al socaire de la isla pero a distancias prudenciales, buscando fondos de arena más cerca de la playa de Loredo o de Los Tranquilos, como se denomina el arenal más próximo a la isla, y desde allí se acercan al playazo con el chinchorro. En efecto, la zona cercana al citado playazo de la isla de Santa Marina está sembrada de rocas donde el ancla suele enrocarse, y además hay una peligrosa restinga que, partiendo del extremo Suroeste de la isla, se adentra en el mar unos 150 metros, y que solo aflora en bajamar. En mareas medias o pleamares solo la delatan las rompientes de las olas, que por cierto son aprovechadas por los surfistas. En verano es frecuente ver barcos que no tomaron la precaución de fondear con orinque y que, después de infructuosos esfuerzos por levantar el ancla, deben dejarla abandonada.
La isla de Santa Marina es rocosa y baja (unos treinta metros de elevación máxima) y en su mayor parte está cubierta por una vegetación densa de matorral que hace difícil su recorrido, y más en bañador, como suele accederse a ella. Algunos temporales de invierno son capaces de barrer con las olas toda su superficie y dejar su vegetación yerma y calcinada por la sal, pero la primavera resucita siempre su esplendor. Aunque la línea costera es de dominio público y, por tanto, se puede desembarcar, y con cierta dificultad recorrer el kilómetro y medio de su perímetro, la isla es de propiedad privada aunque está deshabitada. Tiene al Sur dos o tres chamizos, que utilizan los dueños como refugio provisional, cuando desembarcan en la isla para pescar... o para cazar. Pues sí, para cazar. Hace años se repobló con conejos con fines de caza, y el suelo de la isla está sembrado de sus típicas deyecciones redondas y pequeñitas, además de por numerosos cartuchos de perdigones, testimonio del uso cinegético de la isla. Tampoco es raro oír los perdigonazos cuando se navega por los alrededores. La isla tiene su propia colonia de gaviotas patiamarillas, que cuando desembarcamos vamos a investigar y a repetir las mismas experiencias relatadas en el capítulo anterior.
La navegación en verano con destino a la isla de Santa Marina es muy apacible cuando hay viento del nordeste, pues una vez alcanzada la boca de la bahía se llega a ella en un solo bordo amurados a babor en menos de una hora. Este recorrido discurre paralelo al famoso arenal del Puntal donde, aparte de su propia belleza por el contraste de la arena blanca, las dunas de la playa y los pinares de los montes cercanos, suelen concentrarse los surfistas, parapentes y practicantes de kite-surf o surf con cometas, que se acercan a los veleros a toda velocidad y solo se apartan en el último momento gracias a su pericia, lo que suele entretener mucho a los niños. Este bordo, que hacemos a unos 500 metros de la orilla, tiene un único peligro, que es el pecio de un pequeño barco de unos 20 metros de eslora ,que desde hace décadas yace sobre su costado en posición 43º 27´ 30´´ N y 003º 44´ 47´´ W. Este pecio está localizado a unos doscientos metros de la orilla y solo es visible en bajamar, y en cualquier otra altura de marea constituye un auténtico peligro pues no está balizado y está justo en la ruta de las numerosas embarcaciones de motor que navegan paralelas a la playa pero a distancias más cercanas que nosotros con los veleros. Este pecio ha provocado ya algunos accidentes y hundimientos de embarcaciones de recreo, por suerte sin riesgo para las vidas pues está tan cerca de la orilla que se la alcanza nadando en pocas brazadas, o incluso a veces haciendo pie, de manera que solo se pierde el barco.
Una vez a sotavento de la isla, la elección del sitio de fondeo y forma de desembarco depende de los veleros que hayan navegado ese día. Si se trata de barcos pequeños con orza abatible, solemos acercarnos a la misma playa y meter la proa en el arenal, que como ya dije es de arena fina y no entraña riesgos para la embarcación. Si se trata de barcos grandes de quilla fija, habitualmente fondeamos más cerca de la playa de Los Tranquilos, justo frente a la isla, y desde allí accedemos en la Zodiac. Es un lugar ideal para enseñarles a los niños a remar o incluso a usar el fueraborda del anexo, pues la distancia a recorrer es grande para hacerla remando (entre 200 y 300 metros) y sometida a la corriente de marea que discurre por la canal. Por lo tanto, solemos hacer varios viajes a motor para desembarcar todos. La playita termina en su extremo este con los restos de un pequeño embarcadero que es poco utilizable, pues carece de noray o anilla de amarre y está expuesto a las olas y corrientes de la canal. Así pues, lo práctico es varar el anexo directamente en la playa.
Las aguas de la isla son limpísimas por estar ya fuera de la bahía, y los fondos muy variados para bucear, pues se forman pasillos de arena entre acantilados de roca. Por lo tanto, es un lugar ideal para bañarse. Pero el aliciente principal es, lógicamente, la excursión a la isla. Esta excursión terrestre con los niños suele consistir en recorrer el perímetro de la isla por su zona más despejada de vegetación, exploración de los restos y rastros de los conejos y, si hay suerte, poder contemplar alguno, encontrar restos de cartuchos, alcanzar el vértice geodésico que hay en su cumbre (una simple columna de hormigón pintada de blanco) investigar los nidos de gaviotas como en Mouro, y dejarse sorprender por las olas que proceden de alta mar y rompen en los acantilados de la costa Norte, mucho más agreste. Para este recorrido hay que insistir a los niños en que desembarquen calzados, aunque de un primer vistazo la arena fina del playazo invite a hacerlo descalzo. Se puede merendar en la isla para cambiar la costumbre de los demás días de hacerlo en el barco, darse un baño en la playa y volver a bordo de nuevo con la Zodiac. Finalmente, la vuelta a Santander también es especialmente atractiva, pues lo hacemos rumbo al Oeste y el sol se pone justo delante de nuestra proa, tiñendo de distintos tonos naranjas, rojos y amarillos el cielo y el mar, en el marco de toda la entrada de la bahía, y con nuestro barco entre la península de la Magdalena a estribor y el Puntal a babor. Realmente, una navegación de regreso de lo más relajante. La mayoría de los días que llegamos tarde a puerto es por haber estado en Santa Marina, ya que la belleza del lugar nos retiene más de lo esperado, y al hacerse de noche, cae la brisa térmica del verano y las cinco millas que la separan, por ejemplo, del puerto de Marina del Cantábrico, o las siete del de Astillero, con esa brisita se tardan más de una hora en recorrer. El tiempo pasa deprisa en el mar cuando lo estás disfrutando.
Formando parte del mismo espacio natural y de la misma figura de protección está el estuario del río Miera, que todo el mundo conoce como “río Cubas”. Se llama así a los últimos meandros del río, sujetos a la influencia de la marea (por lo tanto, es una ría) que desemboca en el extremo este de la bahía, entre la península de Pedreña y el arenal del Puntal. Actualmente, es navegable en unas cuatro millas desde su desembocadura en Somo, a través de numerosos meandros que discurren entre un paisaje de pastos y tierras de cultivo, muchos de ellos ganados al mar mediante rellenos que han disminuido su lámina de agua prácticamente a la mitad. El problema para los veleros es el puente que cierra su entrada. Se inauguró el 7 de julio de 1977 (el mismo año que el aeropuerto de Parayas y que el ayuntamiento adquirió la península de La Magdalena) y a cambio de acortar en veinte kilómetros la distancia por carretera de Santander a Somo, bloqueó el acceso a este bellísimo estuario a los veleros, que ya no pudimos pasar con nuestros mástiles por debajo de sus arcos. Solo los pocos afortunados que disponen de barcos con vela latina (con un mástil más corto que se suple por una verga abatible) pueden acceder. Por eso, la excursión al río Cubas con los niños debemos hacerla en motoras.
Para esta excursión, debemos elegir un día de pleamar viva, más de 100 de coeficiente, para garantizar el acceso hasta el final de su recorrido y evitar sorpresas desagradables con los bajíos. Como todos los ríos y rías, la cartografía es solo aproximada y cada año o cada riada pueden modificar el calado en algunos puntos. Antes de hacer la excursión con los niños, hacemos una visita de exploración para evitar sorpresas, y hemos podido comprobar que la cartografía electrónica actualizada de tres o cuatro años atrás nos llevaba por alguna de las zonas de menor calado, con riesgo de varada. Además, hay que tener mucha precaución con los obstáculos inesperados, fundamentalmente árboles arrastrados por el río que han podido quedar encajados en el fondo y ser peligrosos por velar alguna rama entre dos aguas. Otra precaución es corregir la hora de la marea con un retraso aproximadamente de dos horas respecto a lo indicado en las tablas (que dan las horas de la marea a la entrada de la bahía), que es el tiempo que tarda la corriente de marea en alcanzar la parte alta de la ría, que dista unas seis millas del mareógrafo de La Magdalena tomado como referencia en las tablas.
La ensenada que nos encontramos nada más atravesar el puente es muy extensa (aproximadamente dos kilómetros de largo en dirección Norte-Sur y 500 metros de ancho en dirección Este-Oeste) pero de poco calado, y dispone de un balizamiento poco ortodoxo que suponemos han ido colocando los usuarios de esta vía de navegación, consistente en distintos artilugios flotantes fondeados y unos postes de madera con un aspa de color rojo en su extremo, que recuerdan a las estaciones de tren. Este balizamiento señala las canales que el río ha ido labrando en ese páramo poco profundo y son muy irregulares; solo a partir del segundo meandro puede seguirse el criterio general de buscar la zona más profunda en la orilla que haga la curva mayor en cada concavidad del río. La primera ensenada está rodeada de vegetación espesa, fundamentalmente bosque de eucalipto, que aunque sea criticable por no ser arbolado autóctono, estéticamente le da un aspecto salvaje muy seductor. En la orilla Oeste está, detrás de los eucaliptos, el campo de golf de Pedreña pero casi no es visible desde el agua. En la orilla este hay algunas viviendas particulares, muchas de ellas invisibles detrás de los eucaliptos, solo delatadas por los embarcaderos rústicos para su uso particular. Estos embarcaderos son muy curiosos por el desarrollo del ingenio que se ha utilizado para hacerlos duraderos en esta zona de grandes corrientes y crecidas del río.
Especialmente interesante es uno consistente en dos botes amarrados en línea y fondeados por proa y popa paralelos a la dirección de la corriente; su cubierta se ha modificado mediante la instalación de una plataforma lisa sobre la que apoya una pasarela con ruedas, que amortigua los cambios de altura de la marea con un movimiento de traslación sobre la citada plataforma. El velero que amarra allí (un barquito con vela latina y el bonito nombre de “Reina del Cubas”; ¡qué reminiscencia del “Reina de Africa”!) hace una imagen preciosa en aquellos paisajes desiertos. La canal del río en esta primera etapa discurre haciendo un arco por la orilla este, precisamente donde se ubican estos embarcaderos.
A partir de la primera curva del río empezamos a ver lo que será el principal atractivo de la excursión: las aves acuáticas. En efecto, este plano de agua poco concurrido y rico en nutrientes y todo tipo de vida microscópica en los fondos fangosos, es el paraíso de las aves limícolas (las que se alimentan de animalillos del barro) y de multitud de otras aves acuáticas que se encuentran allí en su elemento y sin ser molestadas por el hombre: garzas comunes y reales, garcetas, patos, y hasta algunas rapaces. Alguna parte del recorrido se navega muy cerca de los muros de contención de los terrenos ganados a la ría, y como la excursión la hacemos en pleamares vivas, es posible asomarse por encima de ellos y comprobar que el terreno de pasto se encuentra más bajo que el nivel del agua sobre el que navegamos. Cualquier defecto en la construcción del muro anegaría los campos vecinos. En un paisaje típicamente campestre más que marinero, desfilan por la borda campos de siega, pastos donde las vacas conviven con las garzas y garcetas, caballos, rollos de siega ensilados en plástico, un convento que se refleja en el agua de un meandro del río, y todo ello aderezado con las numerosas aves que levantan el vuelo cuando se acercan las motoras. Al final de la zona navegable, cuando el agua es predominante dulce por estar poco influida por la marea, es posible incluso ver tortugas de agua tomando el sol en las rocas o las orillas, probablemente ejemplares abandonados de acuarios caseros que han encontrado allí su hábitat, y sin duda les va bien, lo que se deduce de su gran tamaño (las hemos encontrado del tamaño de un casco de motorista).
A mitad del recorrido hay una poza en el río y en la orilla unos árboles enormes, de los que los vecinos han colgado una gruesa maroma para tirarse al agua. La llamamos “la liana” porque allí los niños juegan a Tarzán tirándose al río desde la orilla. El desnivel entre la tierra y el agua es grande y se sale del río gracias a una rampa en la que se han tallado unos escalones. Desde la posición más alta hay unos cinco metros, y tirándose desde allí con la liana se describe un movimiento pendular del que hay que descolgarse al llegar al otro extremo del recorrido, es decir, unos cinco metros sobre el agua. Los niños más pequeños pueden tirarse desde alturas intermedias, soltándose para caer al agua a menor altura. La diversión está garantizada, añadiéndose los días de crecida el aliciente de que el agua esté marrón, lo que da al baño cierto componente de transgresión de lo que les dejan hacer habitualmente. En efecto, entre la turbidez del agua y el barro de la orilla, suelen volver a bordo bastante guarretes y con los pies negros. Además, los días de pleamar que escogemos para la excursión los aprovechan también, lógicamente, las Pedreñeras que hacen excursiones organizadas para visitar el río. Inesperadamente, te cruzas en el trayecto con un barco alto de dos pisos, que puede aparecer sorpresivamente tras cualquier curva. Y si la Pedreñera pasa por delante cuando los niños se están tirando desde la liana los pasajeros intercambian expresiones de asombro en cada zambullida, incluso con aplausos si lo ha hecho bien. Estas expresiones les motivan bastante, sobre todo a los mayores.
Cerca del final de la zona navegable del río hay una isleta que lo divide en dos, y que debe bordearse por la canal de babor según se sube. Y en el siguiente meandro tras una curva cerrada hacia la izquierda, otra isleta cierra ya totalmente el río, y a partir de ella solo puede seguirse en piraguas o embarcaciones pequeñas, incluso en algunas zonas echando la piragua al hombro. Es el momento de dar media vuelta y emprender el camino de regreso. A estas alturas, los niños ya se han familiarizado con la nueva embarcación a motor y solemos dejarles llevar el barco a ellos, y ya en la ensenada de la boca de la ría (amplia y sin oleaje) o en la propia bahía, que aceleren a voluntad, lo que es una nueva experiencia que nada tiene que ver con la lenta navegación de los veleros a la que están acostumbrados. Como son niños, cuanto más bota la motora más se caen por el suelo de la bañera, y los que van sentados en el balcón de proa más se mojan, y entre unos y otros más se ríen. Este tramo final es lo que mejor recuerdan.

CAPÍTULO 5
EL PAIPO-ESQUÍ
Desde el primer año de nuestras navegaciones, nos dábamos cuenta con qué admiración contemplaban los niños a las otras embarcaciones que navegan mucho más deprisa que los veleros, especialmente las motos de agua y las motoras que remolcan esquiadores. De las motos hablaremos en otro capítulo. Respecto al esquí acuático, era evidente que no es un deporte muy adecuado para ellos, por la falta de fuerza que suelen tener debido a la propia enfermedad y los tratamientos, y porque requiere una destreza que no se adquiere en los pocos días que nosotros podríamos dedicar a ello. Por eso inventamos un tipo especial de arrastre, que llamamos paipo-esquí, que consiste en arrastrar la tabla de paipo desde el velero con el niño encima. Este mecanismo evita la fuerza de brazos necesaria en el esquí acuático para sujetar a pulso todo el arrastre del esquiador (en el paipo-esquí, el tirón se transmite a la tabla, no al niño) y como la tabla flota por sí misma, permite el arrastre a baja velocidad, a diferencia del esquí acuático, en el que no se despega del agua hasta haber adquirido una velocidad alta, siendo precisamente el despegue lo que más esfuerzo cuesta. Además, la poca velocidad lo hace más seguro para los pequeños y tiene menos riesgo de accidentes. Por otra parte, un velero no podría, con los motores lentos que suelen tener, alcanzar la velocidad del esquí acuático, mientras que el paipo-esquí podemos practicarlo incluso navegando a vela.
Para hacerlo, tomamos unas medidas de precaución especiales. Los niños suelen llevar traje de neopreno para no quedarse fríos, pues los baños son prolongados, y por supuesto siempre el chaleco salvavidas. Como el agua salpica mucho a la cara les recomendamos ponerse gafas de piscina o de bucear. Además de la línea de arrastre del paipo, lanzamos por la otra banda una mucho más larga que arrastra una defensa o un flotador. Es para que cuando el niño se caiga o se suelte del paipo, en lugar de tener que maniobrar con el barco para retroceder a recogerle, simplemente dé un par de brazadas en la dirección de esta línea de seguridad y se agarre a ella. Como cuando la alcanza ya hemos detenido el barco no recibe ningún tirón, y solo tiene que esperar a que la defensa le llegue a las manos y luego, desde el barco, le vamos acercando poco a poco al paipo para que se agarre de nuevo. Esta simplificación es muy útil cuando les arrastramos navegando a vela porque solemos hacerlo en empopada, y a este rumbo la maniobra de recuperación sería muy lenta. Además, el primer día que un niño nuevo hace paipo-esquí le enseñamos la maniobra para que no le pille de sorpresa cuando se caiga. También les enseñamos que no se tiren ni se acerquen al barco con el motor en marcha, y un código de señales para transmitir los principales mensajes entre el esquiador y el barco, ya que con el motor en marcha no nos oímos (ver dibujo). Este código tienen que aprendérselo antes del paipo-esquí y es como estudiarse los deberes, porque el que no se lo sabe no esquía.
El arrastre lo practicamos por las zonas de la bahía en que está permitido, es decir, fuera de las líneas de navegación de los mercantes que entran al muelle de Raos, en la práctica en toda la zona al Sur de la canal, por encima de lo que se conoce como “El Páramo”. El cabo de arrastre lo utilizamos bastante más corto que el del esquí acuático, principalmente para poder hacer fotos cercanas del esquiador. A los niños más pequeños les arrastramos en un paipo inflable o de porespán que flota por sí mismo, y se sujetan sentados a velocidades muy bajas (uno o dos nudos); así solo se mojan de cintura para abajo y no tienen sensación de peligro. A los mayores, en un paipo de porespán o en una tabla de madera de tomar olas, con la punta levantada para planear mejor; esta última no flota con el peso del esquiador y necesita un poco más de habilidad para sujetarse encima hasta que alcanza velocidad. También hemos utilizado tablas de “paddle surf”, “donuts” o “caballitos” inflables para arrastrarlos. Las tablas de “paddle surf” son tan anchas y flotan tanto que prácticamente todos los niños, hasta los más pequeños, consiguen mantenerse de pie, lo que les encanta. Además les enseñamos otra modalidad que llamamos “el torete”, que consiste en arrastrar una defensa de las grandes, y agarrado a ella hacer giros en espiral como si fuera un tornillo; la mitad de cada vuelta por lo tanto se hace debajo del agua, y hay que llevar gafas de bucear y coordinar la respiración cuando el cuerpo sale a la superficie; es más difícil que el paipo-esquí y no tiene tanta aceptación.
También aprenden a dirigir la tabla atravesando la estela y se familiarizan con el sistema, para luego ir más cómodos el día del paipo-esquí auténtico que luego comentaré. Una de nuestras mayores satisfacciones fue conseguir que hicieran paipo-esquí la niña parapléjica y la niña ciega. Para la primera, fue principalmente cuestión de confiar en sí misma. Empezó cuando ya había aprendido a nadar, a pesar de no poder ayudarse con las piernas. Esta niña estaba mucho más cómoda en el agua sin chaleco, pues en la piscina aprendió lógicamente sin él, pero principalmente porque la tendencia del chaleco es a colocarte panza arriba y es la acción de las piernas la que te mantiene vertical con el chaleco puesto. Al faltarle el control de las piernas, la posición horizontal y panza arriba le impedía agarrarse al paipo y aguantar los primeros momentos hasta alcanzar velocidad. Por eso, curiosamente, es la única a la que hemos dejado hacerlo sin chaleco. Los primeros intentos los hicimos arrastrando a la vez a uno de los médicos del equipo y a ella, pero era demasiado peso y aquello no tenía ningún aliciente. Así que se armó de valor y acabó probando sola, y todo fue sobre ruedas. Una vez alcanzada la velocidad de crucero, el esfuerzo es únicamente de las manos para no soltarse de la tabla y del tronco para guardar el equilibrio necesario. A partir de ese momento, se comportaba como cualquier otro del grupo y para ella era una enorme satisfacción, y no digamos para sus padres, al verla en las fotos haciendo lo que cualquier otro niño.
Para la niña ciega el reto fue por el contrario confiar absolutamente en nosotros. Ella sabía nadar desde pequeñita y podía usar chaleco, pero le faltaban las referencias, la distancia a tierra o al barco de arrastre, etc. Es fácil comprender la diferencia entre estar en la piscina con las corcheras a unos centímetros por cada lado, o en el mar a varios kilómetros de la tierra más cercana y, además, sin saber en qué dirección. En esa superficie tan enorme, lo más obvio para nosotros es una dificultad enorme para ella. Por ejemplo, el día que les explicábamos las normas de actuación si se caen al agua, le decíamos que tenía que nadar hacia el aro salvavidas que le habíamos lanzado. Los otros del grupo lo tenían claro, pero ella preguntó cómo sabía en qué dirección tenía que nadar para recogerlo. ¡Imaginaos ahora dejarse arrastrar a motor y la angustia de pensar que si se suelta pierde cualquier contacto con su referencia de seguridad y solo le queda esperar en mitad de la nada a que volvamos a recogerla! Pues, a pesar de ello, acabó atreviéndose. Se puso sus gafas de piscina (siempre nada con ellas pues lleva prótesis oculares, y es para que no las pierda ni se le pueda meter arena o cualquier otra cosa en el ojo) y se tiró al agua con un adulto del equipo, que le ayudó a situarse en la tabla. Curiosamente, este otro miembro del equipo es el que más nos preocupó a posteriori, pues la ayudaba a colocarse pero, en cuanto arrancaba, todo el mundo estaba pendiente de la niña, si se caía o no, si tragaba agua, si se asustaba, etc., y en pocos minutos el ayudante se encontraba lejísimos de nosotros, asomando solo la cabeza en mitad de la bahía aunque, eso sí, fuera de las líneas de navegación. Poco a poco, había que dirigir el rumbo, con paipo-esquí y todo, hacia donde le habíamos “abandonado”. La niña hacía paipo-esquí a la perfección, se agarraba a la tabla como a un clavo ardiendo y acabó disfrutando de la actividad como los demás.
Con estas experiencias previas de arrastre desde los veleros, poco a poco fuimos madurando la idea de dedicar una tarde monográficamente al esquí acuático en mejores condiciones. Así, a partir de 2005, conseguimos una motora, de un compañero médico que practica habitualmente el esquí acuático, y desde entonces cada verano lo repetimos. Ese día está centrado en el esquí acuático y no en la vela. Distribuimos a los niños en los veleros como siempre, pero solo a efectos de tenerlos repartidos y con una “base” donde cada uno se seque, se caliente al terminar, se cambie de ropa, pueda merendar, etc. Porque, de hecho, nada más salir de puerto, nos concentramos en una boya cercana al Páramo, donde la motora viene a nuestro encuentro. Los niños embarcan en la motora de pocos en pocos (normalmente los de cada barco), y allí se van turnando para hacer esquí acuático, paipo-esquí o torete, según sus habilidades, bajo la supervisión de dos o tres de los adultos. El esquí acuático en sentido literal hasta ahora ha tenido poco éxito por su dificultad, que requiere muchas horas de aprendizaje que nosotros no les podemos facilitar. Pero el mero arrastre en paipo es más emocionante por la alta velocidad que le imprime la motora, nada que ver con el arrastre desde un velero. Además, les dejamos “conducir” la motora y que ellos sean los que arrastren al compañero que va esquiando, lo que le da una emoción añadida y un punto de responsabilidad que les emociona. Hay que tener en cuenta que la motora tiene un timón de rueda como el volante de un coche, que se les deja controlar el acelerador, y que la sensación de velocidad en el mar es enorme, de manera que una motora a veinte nudos (que en tierra serían menos de 40 kilómetros por hora, la velocidad de un ciclomotor) te da la sensación de volar sobre el agua. Todo ello, impensable que se lo dejaran hacer en tierra, por ejemplo, con el coche de su padre. Un año le dieron tanta caña a alguno de los mayores que la tabla de madera se partió. Cuando el primer grupo termina, se acerca a otro velero, se cambia la tripulación y se repite el proceso. Según los niños que naveguen ese día, el turno se repite algunas veces hasta que llega la hora de volver a puerto. En los intervalos que no hacen paipo-esquí pueden bañarse, merendar, remar en las Zodiac o la piragua si las hay, o dar unos bordos a vela por la zona para ver las evoluciones de los que esquían.
Hay que decir que en esta actividad no ha habido ningún incidente. El médico responsable tiene experiencia de muchos años en este deporte y controla perfectamente el barco y al esquiador. Quizás lo más difícil sea adaptar la velocidad a la fuerza de cada niño, pues con adultos bien entrenados siempre se busca lógicamente el máximo de velocidad. Aquí se trata de disfrutar, aguantar lo máximo que pueda cada niño, porque si se fuerza demasiado enseguida se sueltan de la tabla y no disfrutan de recorridos largos, que es de lo que se trata. Un problemilla habitual es perder el bañador, que con la velocidad de arrastre se queda en popa si no se ha apretado bien la cintura; solemos advertirlo y les hace mucha gracia. Otro es la salpicadura permanente del agua en la cara, pues no suelen conseguir ponerse de pie ni de rodillas y entonces la cabeza va muy cerca del agua. Les aconsejamos llevar gafas de bucear o de piscina para que no tengan que llevar los ojos cerrados, y una de las señales (ver dibujo) es para recordarles que cierren la boca, pues suelen ponerse a gritarnos consignas y les entra agua y se la tragan. Otro “problema” habitual es que van poco a poco pidiendo más velocidad (señal con el pulgar hacia arriba: “quiero más deprisa”) y luego, cuando querrían disminuir, no pueden hacer el signo de “quiero más despacio” (pulgar hacia abajo) que requiere soltar una mano y les da miedo caerse si lo hacen. Por eso, la señal alternativa para disminuir la marcha es sacar la lengua. Todo ello requiere que a bordo de la motora vayan al menos dos adultos, uno responsable del timón, la velocidad y de supervisar al niño al que se ha dejado al mando, y otro de ir permanentemente mirando al esquiador hacia popa y de transmitir al timonel lo que este va pidiendo por señas o de dar la señal cuando se cae y se queda rezagado.
El día del paipo-esquí suele ser de los más valorados por los niños, aunque también hay que decir que cualquier actividad “nueva” es de las mejor valoradas, y la repetición en años sucesivos le resta atractivo. Aparentemente, prefieren cualquier actividad a la escueta navegación a vela, pero es porque navegan a vela quince o veinte veces en el verano y las otras actividades solo se hacen una o dos veces. Nos ha pasado lo mismo los años que hemos introducido los fuegos artificiales, el día de la Cruz Roja para montar en las motos de agua, el día de la pesca, las travesías, el día del marisqueo, etc. Luego pasa el tiempo, la repiten varios años, y llega a ocurrir que alguna de las actividades que habían sido las preferidas en años anteriores se tengan que suspender por falta de niños. La vida misma.
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