Читать книгу: «La música de acá»

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Iliana Ávalos

Primera edición electrónica, 2018

Textos

© José Alfredo Sánchez Gutiérrez

Fotografías y videos

© Jorge Alberto Bidault Ange

D.R. © 2018, Universidad de Guadalajara


Editorial Universitaria

José Bonifacio Andrada 2679

44657, Guadalajara, Jalisco

01 800 UDG LIBRO

www.editorial.udg.mx

ISBN 978-607-547-070-2

Mayo de 2018

Conversión gestionada por:

Sextil Online, S.A. de C.V./ Ink it ® 2018.

+52 (55) 52 54 38 52

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Made in Mexico

Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro existente o por existir, sin el permiso por escrito del titular de los derechos correspondientes.

Agradecimientos

Este libro está dedicado a mi esposa Teresa, quien se ocupó, entre muchas otras cosas, de la ardua labor de transcribir las entrevistas grabadas.

Agradezco a todos quienes me apoyaron de una u otra manera en su realización. A mis hijos Helena y Luciano que siempre están presentes en lo que hago, mis amigos Zeyda Rodríguez, Carlos Barba, Adrián Acosta y Celia del Palacio, quienes leyeron el manuscrito y me hicieron importantes sugerencias. A Juan Carlos y Eduardo Flores, que me abrieron las puertas de la casa de Carmen Peredo, su mamá. A Juan Vázquez Gama por sus aportaciones, Juan José Doñán por sus sugerencias, Julieta Marón por facilitarme las entrevistas con Carlos de la Torre. A Jorge Bidault, quien registró en video las entrevistas, Raúl Peguero, por las grabaciones. A Cecilia Uribe, Graciela García y Karla Jáuregui por su apoyo en el pecda. A Rosa María Valdés y a José Luis Muñoz por las fotografías que me proporcionaron.

Y, en especial, a todos los músicos que accedieron a conversar conmigo para este libro.


Índice

Introducción

Carmen Peredo

Vocación por la música

Leonor Montijo

Una vida para el piano

Arturo Xavier González, Domingo Lobato y Manuel Cerda

Entre lo sagrado y lo profano

Ernesto Cano

¡Al rescate!

Carlos Sánchez Gutiérrez

De monero a compositor

Carlos de la Torre, Javier Soto y otros cómplices

Copenhagen 77

Fernando Quintana

Fernando y la Dinastía Quintana

Guillermo Brizio

El Willow

Enrique Sánchez Ruiz

Dos personas en un mismo cuerpo

José Pulido

Chepe y la Casa del Boogie

Tony Vierling

La voz de las arañas

Javier Martín del Campo

Javier y su revolución

Genaro Palacios Clemow

Elegido por el blues

Carmen Ochoa

Entre Cuba, Nueva York y México

Jorge Álvarez Ochoa

Un malandro nómada

Ingenieros de grabación

El sonido también canta

Bibliografía

Introducción





Los pequeños relatos en conjunto pueden aportar una visión más amplia acerca de una región. La pretensión de este libro es periodística: entrevista, relato, crónica, retrato, hay mucho de todo ello, tiene un carácter híbrido; contiene textos que recurren al testimonio y que aspiran a describir la personalidad del entrevistado pero también el entorno y el contexto en el que se desarrolló su vida personal y profesional. En ese sentido, la intención es contribuir a la historia cultural de la región.

Quise indagar con curiosidad en lo que podían contarme algunas personas ligadas a la vida musical de Jalisco y, más específicamente, de la ciudad de Guadalajara. Aunque varios entrevistados nacieron en lugares distintos a la capital de este estado, ha sido ahí en donde desarrollaron preponderantemente su actividad profesional. Mi curiosidad inicial surgió a partir del cuestionamiento “¿es posible construir una panorámica de momentos en la vida musical de Guadalajara a partir de los testimonios de algunos de sus protagonistas?”. Aún con lo desmesurado que pueda sonar, creo que la respuesta es que sí, o en todo caso aspiro a que se pueda tener una aproximación a esa panorámica.

Claro que también me interesaba conocer más a fondo a aquellos elegidos para formar parte del libro, músicos a quienes he admirado y he visto en escena o de quienes he tenido noticias por otras bocas y a quienes considero parte importante de una historia regional que aún está por contarse. Estos textos también son una suerte de “historias de vida”.

Un antecedente de este libro es uno anterior titulado De memoria (2013), donde escribí acerca de personajes, lugares y movimientos culturales y artísticos de la Guadalajara de las décadas de los setenta y ochenta. Varios músicos relevantes para la historia cultural tapatía aparecieron ahí: Antonio Navarro, Austreberto Chaires, Eduardo Arámbula, Arturo Cipriano, Reynaldo Díaz, Gerardo Enciso, José Fors, Julio Haro y otros, quienes formaron parte del rock tapatío de los setenta. En aquella publicación también me referí a ciertos movimientos y lugares de la ciudad donde se desarrollaron proyectos interesantes no sólo vinculados con la música sino también con otras artes y que, según yo, contribuyeron a conformar la fisonomía cultural de Guadalajara.

Mi interés con esta obra es continuar con aquella exploración, pero ahora centrada más en la música y sin reiterar lo que ya había abordado con anterioridad. Por ello, algunos músicos importantes no aparecen en este nuevo libro, aunque ciertamente hay algunos que regresan –específicamente los rockeros setenteros– aunque con un tratamiento más enfocado a las historias de vida.

Una de las primeras disyuntivas fue a quiénes incluir. Estaba interesado en abarcar determinados temas: el ya citado rock de los setenta que de alguna manera puso a Guadalajara en el mapa musical del país de aquellos años; la escena jazzística de donde han surgido personajes relevantes aunque no suficientemente valorados; el blues que a lo largo de muchos años ha mantenido el interés de varias generaciones de músicos; los maestros que en la música académica han transitado lo mismo por la enseñanza que por la promoción o el concertismo; el modo en que han sido registrados los sonidos musicales de la ciudad en diversos estudios de grabación; las anécdotas que a veces forman parte de ciertas leyendas urbanas que circulan por ahí; las permanentes dificultades económicas con las que se han topado los músicos y que han determinado sus decisiones profesionales.

Estas ideas poco a poco fueron ayudando a conformar y depurar una lista de sujetos entrevistables. Toda lista es discutible y la mía no es, por supuesto, definitiva: no están todos los que son y acaso habrá quien levante la ceja para reclamar “¿por qué no incluiste a fulano o mengana?”, o “¿por qué no está más representado cierto género?”. De entrada debo admitir que hubo algo de caprichoso en mi selección y que respondí a ciertas intuiciones periodísticas, determinadas por los temas que me interesaban o por aquellos sobre quienes juzgué oportuno indagar. En mi descargo debo decir que me pareció una selección, si bien no exhaustiva, sí representativa.

En el área académica elegí a un par de maestras muy significativas en la enseñanza pianística: Leonor Montijo1 (1932-2018) y Carmen Peredo (1928-2017) –quien murió poco después de que charlé con ella–, quienes animaron la vida musical de la ciudad de modo muy destacado desde la década de los sesenta; aparecen también Ernesto Cano (1952) y Manuel Cerda (1949), académicos de la Universidad de Guadalajara pero que también han tenido una vida musical muy activa en otros territorios: la investigación, la composición y la interpretación de géneros diversos; junto a ellos hay pinceladas de otros maestros que los precedieron: Domingo Lobato (1920-2012), Hermilio Hernández, Arturo Xavier González (1923-1981), Francisco Orozco, todos inspiradores de muchos de quienes se acercaron a sus conocimientos; en el campo del jazz y el blues conversé con Javier Soto (1961), Genaro Palacios (1949) y Fernando Quintana (1963) quienes, además de contarme pormenores de sus vidas, me ayudaron a entender la importancia de otros personajes clave hoy ausentes como Carlos de la Torre (1940-2001) o Charly Jiménez; el rock acaso haya sido el más abundante en mi selección, con gente como Guillermo Brizio (1951), Javier Martín del Campo (1951), Tony Vierling (1951), José Pulido (1946), Carmen Ochoa (1959), Enrique Sánchez Ruiz (1948), todos vinculados a una escena que fue muy vital y que se las ha arreglado para mantener alguna vigencia; está también presente el compositor Carlos Sánchez Gutiérrez (1964); aparece también un personaje anfibio como Jorge Álvarez (1951), ligado lo mismo a la música que a las artes visuales; y también están algunos responsables de grabaciones importantes que se han hecho en la ciudad, como Raúl Cuevas (1968), Sergio Naranjo (1958) o Arturo Perales (1971).

Es una selección ecléctica, sin duda, pero como en toda lista hay ausencias o presencias oblicuas que se asoman aquí y allá: Áurea Corona, Servando Ayala, Ignacio Arriola, Ernesto Flores, Guillermo Olivera, Miguel Ochoa, René Alonso, José Luis Zúñiga, Guillermo Dávalos, Manuel Enríquez, Mario Arellano, Roberto González Vaca, Mario Pulido, Hipólito Ramírez, Beverly Moore son algunos que, si bien no tienen dedicado ningún capítulo completo, son mencionados como parte importante del periodo que comprende este trabajo, que va desde mediados de la década de los sesenta hasta el fin de los ochenta y con algunas referencias a temporalidades más cercanas, los noventa y, ocasionalmente, los dosmiles.

Es, pues, un libro centrado en la música y los músicos. La música ha sido motivo de mi interés toda la vida y he atestiguado algunas de las transformaciones que ha sufrido la vida musical de la ciudad, pero también me he percatado de los cambios en la ciudad misma: su fisonomía, su nomenclatura, sus dimensiones, su habitabilidad, son muy diferentes de lo que eran.

A partir de la segunda mitad del siglo xx la ciudad fue transformándose en diferentes ámbitos. El libro del escritor Emmanuel Carballo donde relata sus años de niñez y juventud en Guadalajara entre 1929 y 1953 se llama significativamente Ya nada es igual (2004), frase que se podría utilizar década tras década para definir a esta ciudad que cambia y no siempre para bien. No lo digo con el inútil ánimo nostálgico de quien piensa que todo pasado fue mejor, sino con la visión crítica que me hace reflexionar sobre lo irracional de muchas de las transformaciones que la urbe ha sufrido a través de los años.

Guadalajara es una ciudad fundada como lugar de tránsito, y gracias a ello ha conservado el rasgo de ciudad propicia para el comercio y el intercambio, pero no le han sido ajenas las transformaciones, a veces radicales. Recurro, casi de memoria, a una desordenada enumeración de cambios y modificaciones que ha sufrido la capital jaliciense:

El centro de la ciudad fue parcialmente destruido –el Templo de la Soledad y el Palacio Episcopal, como ejemplos de mártires caídos– para hacer lugar a las varias plazas que se construyeron en torno de la Catedral: la de la Liberación, la de Los Laureles –hoy rebautizada como Plaza Guadalajara– y la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Cayó la plaza de toros El Progreso y brotó la cuestionable Plaza Tapatía. Las necesidades viales condujeron a la demolición de muchas fincas para que pudiera abrirse una gran avenida como Federalismo o se ampliaran otras como Juárez o Hidalgo –nombradas “par vial” en su momento–. Pasos a desnivel y puentes que antes no existían ahora son cosa corriente. La vida nocturna de la ciudad se restringió notablemente cuando fueron suprimidos, con criterios en buena medida moralistas, los locales cercanos al mercado de San Juan de Dios y con la prohibición a bares, cabarets y prostíbulos que proliferaban más allá de la Calzada Independencia: locales como El Sarape, el Luna de Miel, La Tarara, el King Kong, el 1,2,3, el Afro Casino o aquellos que regenteaban personajes como La Comanche o Rosa Murillo, son cosa de un pasado cada vez más remoto. Eso sí, hoy abundan “salones de masaje para caballeros” en todo tipo de zonas de la ciudad.

La nomenclatura de las calles se fue transformando: desaparecieron nombres como Munguía, Bosque, Avenida del Sur, Lafayette, Santa Eduwiges, Monte Casino, Costa Rica. Fueron sustituidos los comercios locales como Maxi, Hemuda, Blanco o Novedades Bertha por otros traídos de fuera: Gigante, Aurrerá, Soriana, Walmart, Comercial Mexicana. Las Fábricas de Francia, aunque conservan su nombre, ahora son propiedad de la empresa foránea Liverpool, y otros almacenes como Franco y Roberto Orozco hace rato dijeron adiós. La ciudad se fue extendiendo horizontalmente y muchos han dejado el centro y las colonias residenciales para refugiarse en cotos de la periferia. Han proliferado en los últimos tiempos las altas edificaciones que anuncian nuestro imparable “crecimiento vertical”. La población aumentó y lo sigue haciendo: muy lejos está aquel año 1964 cuando Guadalajara festinaba la llegada del “habitante un millón”.2

Desaparecieron viejos medios de transporte: camiones azules, rojos o amarillos que indicaban las rutas Centro-Colonias, Oblatos, Analco-Moderna, Circunvalación, y fueron sustituidos por otros que, sin embargo, están muy lejos de satisfacer adecuadamente las necesidades de movilidad de los tapatíos. Han cambiado los signos políticos que gobiernan: luego de muchos años de monopolio priísta la ciudad fue gobernada por el PAN, luego otra vez por el PRI y después por un nuevo partido, Movimiento Ciudadano. Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá dejaron de estar lejos para integrarse a una cada vez más conflictiva “zona metropolitana”. La inseguridad y la contaminación se han apoderado, incontenibles, del entorno urbano.

Han desaparecido foros y lugares de esparcimiento y se han inaugurado recintos nuevos, aunque algunos, como los teatros Degollado o Experimental, siguen vigentes. Los casinos y lugares de apuestas, antes proscritos, ahora abundan en todos los rumbos de la capital jalisciense. El Parque de la Revolución ahora es llamado por los jóvenes “Parque Rojo” y sus transformaciones incluyen una estación del tren ligero en su subsuelo. Hace tiempo desapareció la empresa que fue estandarte de la industria tapatía: Calzado Canadá.

El tequila y el mezcal gozan hoy de un auge que no tuvieron en épocas pasadas. Algunas cantinas legendarias, como el Bar Cué, fueron demolidas y otras han desaparecido. Se fueron las viejas tiendas de discos e instrumentos musicales: Wagner, Lemus, Musics, Polifonía, La Manzana Verde, y en su lugar llegaron Mister CD y Mix Up, aunque hoy han transformado sus giros para adaptarse a la modernidad y a una vida en la que los discos han perdido su vigencia. Aquellas estaciones de radio con las que muchos nos educamos en la llamada “música moderna” –Canal 58, Radio Internacional, Stereo Soul y otras más– desaparecieron o transformaron sus perfiles radicalmente. Desapareció el Canal 6, símbolo de una añeja televisión local que no pudo sobrevivir ante la fuerza de las cadenas nacionales. El Pullman, aquel ferrocarril en el que muchos viajamos con frecuencia a la Ciudad de México, fue cancelado sin remedio, como también todas las opciones de vías férreas para pasajeros.

Se han consolidado la Feria Internacional del Libro y el Festival de Cine de Guadalajara, ambas empresas ideadas por el poderoso exrector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla. La escultura urbana que sería nuestro saludo al nuevo milenio –“los Arcos del Milenio” – nunca se pudo terminar y sigue ahí, como símbolo de una modernidad inconclusa. Han brotado muchas plazas comerciales en diversos rumbos de Zapopan y Guadalajara, que responden al actual modelo aspiracional de consumo de los tapatíos. Y la zona metropolitana se sigue inundando en cada temporal de lluvias.

En lo estrictamente musical hay cosas que decir, sitios que añorar, lugares que fueron importantes y que, como en algunas entrevistas del libro se destaca, desaparecieron por diversas razones.

La Sala Juárez, emblemática para la difusión de la música de cámara, fue abusivamente demolida junto con su aledaño edificio universitario. Instituciones donde había música y conciertos, como el Instituto Goethe, la Alianza Francesa, el Instituto México-Americano o el Anglo Mexicano han desaparecido o disminuido notablemente su actividad en esa área. El centro cultural La Puerta, librería y café con un foro por el que pasaron muchísimos artistas locales, nacionales e internacionales, tuvo que cerrar luego de una fructífera vida en la década de los ochenta, y ha quedado como un apreciable símbolo de aquellos años. Lo mismo que el Roxy, que en los noventa fue sitio emblemático del rock nacional. La Peña Cuicacalli, que inició a mediados de los setenta para difundir la música latinoamericana, durante su larga vida de treinta años se fue abriendo a diversas expresiones musicales. Otros foros emparentados con este último pero de vida más breve: La Peñita y El Despeñadero; ¡Lucifer Proyecta!, que recibía cada semana a grupos de rock de distintos rumbos del país; el Rojo Café que, agobiado por la burocracia municipal cerró sus puertas luego de poco más de diez años de vida; y aunque era más bien un restaurante, el Copenhagen 77 –y su hermano menor Arturo’s Copenhagen– que se significaron durante muchos años como espacios únicos para la ejecución del jazz, como se constata en uno de los textos de este libro. Y otros, modestos pero importantes para la vida de la ciudad: El Kiosko, el Teep, la Sala Chopin, el foro Jim Morrison, el bar Revolución, el Starwood, El Bodegón, la Legión Americana y muchos más.

También vale la pena decir que la música popular, en especial el rock, se solía interpretar en foros como el Auditorio del Estado –que más tarde fue renombrado “Benito Juárez”–, la ya desaparecida pista de hielo de avenida México, La Gran Fonda de Ávila Camacho y varios de los llamados “casinos”: el Agua Azul, el Real de Minas, el Arlequín, el Francés, el Español, el Talpita, el Modelo.

También es justo mencionar que la noción de “lo tapatío” se ha modificado con el paso de los años. De ser una sociedad más bien cerrada y celosa de su regionalismo –recuerdo épocas en las que se miraba con recelo a los “fuereños” que llegaban– la de Guadalajara se ha visto forzada a recibir, a veces a regañadientes, a gente de todas partes que ha hecho aportaciones culturales y sociales importantes. Como ejemplo de ello sería posible citar la llegada desde finales de los sesenta de jóvenes del norte del país –y a veces de algunos estados del centro– que venían a estudiar en las instituciones de educación superior de las que carecían en sus estados de origen. La Universidad de Guadalajara, el iteso o la Autónoma de Guadalajara recibían a muchos estudiantes de Tamaulipas, Chihuahua, Sonora, Sinaloa y Coahuila, quienes muchas veces, luego de terminar sus estudios, se quedaban a trabajar en Guadalajara y fueron dejando su huella en la ciudad: costumbres, modos de hablar, preferencias alimentarias, músicas favoritas que han contribuido, creo yo, a transformar esa noción de lo tapatío.

Otros fenómenos también han estimulado las transformaciones culturales de la región, como el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, que provocó un éxodo de muchos capitalinos quienes, huyendo de su maltratada ciudad, llegaron a Guadalajara y se establecieron definitivamente acá.

Y, por supuesto, hay muchos otros fenómenos tanto económicos como sociales que han contribuido a esa transformación y que serían más bien tema de estudios económicos, sociológicos o antropológicos: el auge del narcotráfico, las boyantes industrias de la construcción y de la electrónica, las segmentaciones sociales a causa de la desigualdad y la falta de oportunidades, el aumento de opciones educativas (si bien muchas ubicadas en lo que se conoce coloquialmente como “universidades patito”) y otros más.

Quisiera pensar que a lo largo de los textos que conforman este libro es posible darse cuenta de algunos de los cambios que han transformado a Guadalajara, no nada más en lo estrictamente musical sino en otros ámbitos relativos a la convivencia social, al desarrollo económico y cultural. Hay en las palabras de varios entrevistados recuerdos nostálgicos que nos hablan de una Guadalajara donde abundaban las flores y no existían las multitudes que la pueblan hoy. Algunos se expresan con añoranza y otros con un poco de enojo. Hay quienes suenan agradecidos por la ciudad donde se desarrollaron musicalmente y también hay quienes manifiestan cierta frustración por no haber sido suficientemente reconocidos. Varios de los músicos entrevistados tuvieron que dedicarse a otros oficios complementarios –a veces por vocación, otras por necesidad– o se vieron obligados a ejercer en géneros musicales que no eran de su completo agrado. En algunas charlas se trasluce el descontento por la precaria situación económica que suelen padecer, sobre todo en los años recientes, quienes han optado por la música como profesión. También hay quienes han vivido razonablemente bien y no tienen mayores quejas.

Y en todos los casos me queda la sensación de que quienes eligieron a la música, no se arrepienten. Si bien hay algunas historias de frustración y varios se han replegado por temporadas más o menos largas del ejercicio profesional, todos han abrazado a la música con pasión y agradecimiento. Y todos quienes aparecen en estas páginas son, sin lugar a dudas, parte de esta historia cultural que aún se tendrá que investigar mucho más. Son parte, pues, de la música de acá.


Se pueden ver fragmentos de los videos de las entrevistas en:


1 Durante el proceso de edición de este libro se conoció la triste noticia de la muerte de la maestra Montijo (5 de mayo) en Hermosillo, Sonora. Se le rindió un homenaje póstumo en el paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara, en su calidad de Maestra Emérita.

2 Y como un dato significativo del crecimiento, en noviembre de 2017 se dio a conocer oficialmente que había nacido “el tapatío 5 millones”, es decir, en menos de cincuenta años la población se quintuplicó.


Carmen Peredo
Vocación por la música3

En ese tiempo las niñas estudiaban piano, era una cosa de clase...

El círculo de amigos del matrimonio Flores-Peredo incluía nombres que son parte de la historia cultural de Guadalajara desde la mitad del siglo xx: el compositor Hermilio Hernández, el cellista Arturo Xavier González, el escritor y diplomático Hugo Gutiérrez Vega, el pintor Gustavo Aranguren, el sacerdote Ignacio Gómez Robledo, el director de teatro Rafael Sandoval, la pianista Leonor Montijo, el cronista Guillermo García Oropeza, el dramaturgo Ignacio Arriola Haro, por citar a los más notables. Con algunos de ellos convivían en la Escuela de Música de la Universidad y con otros en la tertulia semanal que organizaba Nacho Arriola en su casa de la calle Colonias casi esquina con Lerdo de Tejada. Ahí se reunían a veces solamente para platicar, en ocasiones para leer textos, otras hasta para presenciar alguna escenificación en el pequeño foro que había montado Nacho en la casa. Además de algunos ya mencionados, a la tertulia solían acudir personajes como don Salvador Echavarría –quien a decir de Emmanuel Carballo en su libro de memorias Ya nada es igual, fue uno de los intelectuales tapatíos más representativos de los años cincuenta y sesenta–, los notarios públicos Sergio López y Víctor González Luna, que muchos años después alcanzó notoriedad mediática por haber sido novio de Elizabeth Taylor. A veces llegaban invitados de la Ciudad de México e incluso del extranjero: gente de teatro como Héctor Azar, Hugo Argüelles o Luis de Tavira; de las letras y la academia como Ramón Xirau, Luis Alonso Schöekel o Antonio Alatorre.

Para ejemplificar el clima relajado que privaba en aquellas reuniones, Carmen Peredo me cuenta con evidente regocijo una anécdota:

Hubo un montaje de una obra de Nacho quien, deliberadamente, sentó al padre Gómez Robledo en primera fila. En la escenificación aparecía una mujer desnuda y el padre, pudoroso, volteaba el crucifijo que traía colgado en el cuello. Todos se divertían con el gesto de don Antonio y se hacían guiños de complicidad: “Ay Nacho, si serás...”

Ignacio Arriola, es justo decirlo, fue un hombre de lengua afilada y humor corrosivo pero también un excelente dramaturgo y promotor cultural dentro de la Universidad de Guadalajara: animó las actividades de la extinta Sala Juárez, dirigió el Departamento de Actividades Estéticas de la Universidad de Guadalajara y fue subdirector de la radio universitaria desde su fundación en 1974 y hasta finales de los ochenta del siglo xx.

Carmen Peredo fue una de las más destacadas promotoras musicales de Guadalajara, sobre todo en la música de cámara. El Exconvento del Carmen, el Cabañas, el Teatro Degollado, la Universidad Panamericana, fueron sitios donde desarrolló su labor durante muchísimo tiempo. También fue pianista y profesora de ese instrumento en la Universidad de Guadalajara durante más de treinta años, en la Escuela de Música que había colaborado a fundar. A sus 88 años de edad, y con algunos problemas de salud ocasionados por sus huesos débiles, pero sin perder ni por un segundo el buen humor y la picardía, me recibió el 18 de mayo de 2016 en la sala de la casa que compartió con su esposo, el poeta y maestro Ernesto Flores Flores, muerto en 2014. La casa está en la avenida La Paz con los muros de su interior repletos de libros, discos y partituras.


Carmen, jovencita, al piano.

“Yo la verdad sí estoy un poco molesta con Ernesto por la cantidad de cosas que compró, ya no sé qué voy a hacer con todo esto”, me dice con una sonrisa señalando los estantes donde se acumulan discos de acetato, discos compactos, libros, partituras y muchas ediciones diversas.

“Yo creo que las partituras se las voy a dar a las muchachas que estudian piano, a ver si les sirven... algunos discos ya se los está llevando Juan Carlos, que dizque los vende... y falta ver qué hacemos con la biblioteca”.4

Ernesto a veces se escabullía de la casa sin decirle a nadie. Ya bastante mayor se trepaba, osado, en su viejo Tsuru y se iba un buen rato en la tarde a alguna tienda de discos. Regresaba cargado de cosas interesantes que había encontrado. Carmen le solía preguntar: “¿Y ya oíste todos los discos que has comprado? No, cómo crees. Para eso sólo que tuviera otra vida... Pero seguía compre y compre y compre”.

Ernesto, además de haber sido poeta, reconocido profesor universitario, creador y director de revistas literarias –Coatl, Esfera, Revista de la Universidad, La Muerte…– y primer director de literatura del Departamento de Bellas Artes de Jalisco, era un amante de la música y gran conocedor de ella. De hecho Carmen y él se conocieron cuando ambos estudiaban piano con la maestra Áurea Corona y formaron parte de un grupo llamado Juventudes Musicales que se dedicaba a organizar conciertos. Pero Ernesto, pianista un tanto desordenado, según Carmen, se decantó por las letras.

Juntos, Carmen y Ernesto planeaban programas de conciertos y, a veces, hasta hacían los propios donde la música y la literatura se unían, como en el recital La Historia de Babar, con texto de Jean de Brunhoff y música de Francis Poulenc, que presentaron muchas veces, ella al piano y él en la narración.

Yo no tuve madre ni padre. Mi madre se murió cuando yo nací, y desde entonces viví con una tía y con mi tío Benjamín que fue actor de teatro itinerante. En ese tiempo todas las niñas estudiaban piano, era una cosa de clase. Mi tía me puso a estudiar piano y me gustó mucho. Pero como carrera estudié administración en la academia Julio Sierra. Cuando me di cuenta de que la música me gustaba muchísimo más, dejé la administración, empecé a dar clases con Áurea y luego en clases particulares.

Eso cuenta doña Carmen, quien reconoce que con Áurea Corona aprendió mucho pero luego percibió un cierto estancamiento. Era la época de la Segunda Guerra Mundial y los pianistas que no tenían trabajo en Europa empezaron a venir a México y a Guadalajara: Alfred Brendel, Bernard Flavigny, György Sándor, de todos ellos aprendió cosas que en Guadalajara no se conocían. También de pianistas mexicanos como Miguel Bernal Jiménez o Fausto García Medeles: “De Fausto aprendimos de música pero también de cocina, sobre todo de postres”, me dice, divertida.

A la maestra Peredo le gustaba conversar, era muy entretenida, con una memoria envidiable, se sabía muchas anécdotas, historias y chismes que contaba con absoluta naturalidad. Era observadora: durante la conversación deslizaba comentarios donde me hacía notar su conocimiento de cosas incluso de mi vida personal. Y no tenía empacho en decir con franqueza lo que pensaba, aunque al final solía matizar: “Bueno, eso es lo que pienso yo, aquí, donde me ves ya retirada, pero puedo estar equivocada...”.

Me contaba, por ejemplo, que a Martha González –quien dirigió el Departamento de Bellas Artes mucho tiempo– le gustaban nomás las óperas convencionales y esas eran las que se montaban, ningún título novedoso o arriesgado, puro siglo xix: “Martha decía que a la gente le gustaban nomás Payasos o Rigoletto, que cuando mucho algunas de Verdi. Y cada año lo mismo, y Martha decía: yo necesito que la gente vaya, no quiero poner nada nuevo. Ni se arriesgaba ni le gustaba”.

Me compartió el episodio cuando la misma Martha corrió de la dirección de la Sinfónica de Guadalajara a Francisco Orozco: “Estaba dirigiendo un ensayo cuando la jefa de Bellas Artes interrumpió y le dijo: desde hoy el director es José Guadalupe Flores y no usted”.

También me contaba con enojo su experiencia con Sofía González Luna, secretaria de Cultura durante la gubernatura del panista Francisco Ramírez Acuña:

La Tía Chofi, como le decían, me echó a perder uno de los mejores conciertos, uno con música de Carlos Chávez –la Tocatta para Percusiones y la Sonatina– que hice con mucha ilusión. No nos dejó hacerlo en la Capilla Tolsá porque montó ahí un mercado de chocolate y tortillas y nos mandó al cine, que estaba lleno de ratas, mugroso. Me quedé frustradísima porque era mi gran concierto.

También me platicaba de la época de Radio Universidad cuando la subdirigía Nacho Arriola y colaboraban Ernesto, Gutiérrez Vega, García Oropeza y otros más. “Era una buena estación... pero llegó Carlitos”, me dice con un gesto de desdén. Se refiere a Carlos Ramírez Powell, quien fue nombrado director en 1989 y cambió radicalmente el perfil de la emisora dando entrada a gente joven, como él mismo. “Antes ponían puro clásico, pero llegó Carlitos y dijo: ¡a la chingada todos! Ernesto hacía su programa y ponía cosas de Von Karajan… y Carlitos le decía: ¡todo eso afuera, porque son nazis! Y Ernesto le replicaba: no seas pendejo, Carlitos, esos van a permanecer toda la vida. Pero no hubo modo de convencerlo”.

Y también expresaba su escepticismo acerca de las autoridades actuales en cultura. Le parecía todo desfasado: “La secretaria Myriam Vachez no está muy enterada y noto un bajo nivel en lo que se hace”. Y se alarmaba del número de empleados que laboraban ahí: “En mis tiempos yo nomás tenía una secretaria. Como decía una amiga: si quieres hacer una cosa bien, con una gente; si quieres que no se haga, con mucha gente”.

Carmen Peredo trabajó en aquel primer Departamento de Bellas Artes fundado a principios de los setenta por Juan Francisco González. Su esposo Ernesto estaba al frente de Literatura y ella fue convocada como responsable de Música. Desde ahí empezó a organizar recitales de música de cámara en el Exconvento del Carmen. Gracias a sus contactos podía convocar a músicos de alto nivel que accedían a tocar ahí: Carlos Prieto, Manuel Enríquez y muchos otros. Se animaba a programar obras ambiciosas del siglo xx, de Bela Bartok, de Stravinsky; estrenó obras de mexicanos como Blas Galindo, Domingo Lobato, Manuel Enríquez, Hermilio Hernández, Victor Manuel Medeles y le dio mucha vida a ese espacio que durante años fue un referente semanal en la música de cámara. También se empeñó en que se comprara un buen piano para el sitio, un Petrof al que se le sacó mucho jugo.

Durante su labor en Bellas Artes hizo muy buena amistad con músicos destacados que venían a la ciudad: María Teresa Rodríguez, Flavigny, George Demus, Paul Badura-Skoda, Luz María Puente, Pepe Kahn, Carlos Prieto. Del pianista Jorge Federico Osorio me dice que se negó a tocar en el Exconvento “porque le pareció poca cosa... ni modo”.

Luego trabajó en el Cabañas. María Fernanda Matos, destacada investigadora y especialista en museos y en artes plásticas, dirigía aquel recinto y desde entonces fueron amigas muy cercanas “a pesar de que Fernanda es mucho más joven que yo”, aclaraba Carmen y recalcaba: “Es una gran y muy leal amiga”. Con ella organizó un ciclo musical del que conservaba muy buenos recuerdos: desde música medieval hasta barroca y moderna. La misma Matos poco después le dejó su lugar al frente del Centro de Educación Artística (Cedart), la escuela que fue pionera en la enseñanza de las artes y que dirigió durante tres o cuatro años. “Era cuando estaba por Bosque”, me decía Carmen aludiendo a la vieja nomenclatura de las calles tapatías. “Tenía una alberca pero Nacho, el de la tienda, metía a sus animales a nadar. Yo le reclamaba y él me decía: ¿y en qué le estorban? Metía hasta caballos ahí, yo le decía: ¡es que es una escuela de arte! Y no me hacía caso. Y ni modo, era el vecino”.

Guadalajara era una ciudad muy distinta cuando Carmen y Ernesto eran jóvenes y luego cuando fueron funcionarios de Cultura. Una ciudad muy conservadora y demasiado quisquillosa. A un músico de la orquesta lo separaron de su cargo porque osó casarse con una mujer divorciada, me contaba Carmen a modo de ejemplo. También me relataba lo que decía Hugo Gutiérrez Vega, aquello de que los jalisquillos son tan exigentes que cuando llegan al cielo les dicen: “Pase primero para ver si le gusta...”.


Carmen (con bolsa) y Ernesto Flores (abajo a la derecha) con alumnos.

Pero Ernesto Flores no nació aquí, fue originario de Santiago Ixcuintla, Nayarit, aunque llegó joven a Guadalajara para estudiar el bachillerato a mediados de los cuarenta. Luego estudió odontología aunque nunca ejerció de dentista. Se casó con Carmen Peredo con quien procreó cinco hijos, todos con algún vínculo artístico: Laura, historiadora y maestra con gusto por el arte; Mariana, que también ejerce la música pues es violoncelista y ha tocado con orquestas importantes del país; Eduardo, arquitecto pero que también es un fino compositor y que durante una buena temporada se dedicó a tocar sus canciones; el menor, Juan Carlos, se dedica a la promoción musical; Gabriela es pianista y maestra como su madre: estudió con Rosario Manzano, Luz María Puente, Leonor Montijo, luego en Estados Unidos con Rea Sadowsky y fue la pianista titular de la Orquesta Sinfónica durante doce años, además de haber tocado bajo la batuta de Manuel de Elías, Kurt Redel, Fernando Lozano, Luis Herrera de la Fuente. Gaby es además vecina, pues vive en la casa contigua a la de Carmen.


Carmen y Alfredo Sánchez durante la entrevista en 2016.

“Me casé con Ernesto y creo que hicimos una muy buena pareja. Nos gustaban las mismas cosas, a él le gustaba mucho la música, me impulsó a ir a México a estudiar”, recordaba la maestra Peredo. Pero a diferencia de varios de sus amigos y contemporáneos –Gutiérrez Vega y Emmanuel Carballo, por citar dos casos–, Ernesto decidió quedarse en Guadalajara y ejercer desde aquí la escritura y el magisterio. Trabajó en la Casa de la Cultura, animó publicaciones de escritores importantes y escribió e investigó mucho sobre dos poetas de los que se convirtió en el mayor conocedor: Francisco González León y Alfredo R. Placencia. Impartió clases de literatura a preparatorianos de la Escuela Vocacional, muchos de ellos lo siguen recordando con afecto.

Ernesto fue feliz dando sus clases en la Vocacional. Luego lo pasaron a Filosofía y Letras y dijo: no aquí puro pendejo, yo quiero irme a la Vocacional con los muchachos. Estuvo muy poco en Letras [...]

Cuando Ernesto murió recibí muchas muestras de cariño de parte de los muchachos, que ya no eran tan muchachos: grandes, canosos, viejones. Fuimos muy felices en la Universidad, los dos en lo que nos gustaba...

En Bellas Artes Ernesto también trajo a notables personalidades a Guadalajara: Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, Carlos Monsiváis, quienes impartieron conferencias. Una vez invitó al poeta Efraín Huerta quien, a decir de la maestra Peredo, llegó muy pasado de copas. ¿De qué vas a hablar?, le preguntó Ernesto; de Octavio Paz, respondió Huerta. Y durante la conferencia dijo cosas horribles de Paz. “Yo pensaba”, recordaba Carmen, “¿a qué hora se va a callar este hombre que está destapando cosas tan feas?... Pero eso sí: terminó diciendo que lo que tenía muy bonito Octavio Paz eran sus manitas”.

Luego me contó que en los ciclos de cine que animaba Nacho Arriola en la Sala Juárez las proyecciones estaban a cargo de cácaros excepcionales, entre ellos varios jóvenes que luego llegarían a ser rectores de la Universidad: Raúl Padilla López, su hermano José Trinidad y Tonatiuh Bravo Padilla. Nacho siguió siendo muy amigo de Raúl y de Trino a pesar de que Raúl le quitó la subdirección de Radio Universidad, me confiesa Carmen. Era un hombre muy institucional. A veces Ernesto Flores recordaba sus tiempos con aquellos cácaros cinematográficos y decía de broma: “¡Ay, mejor hubiera cacareado yo también, me habría ido mejor en la vida!”.

Doña Carmen reconocía no entender ciertas cosas del mundo que le tocó al final de su vida. Su hijo menor, Juan Carlos, le decía que era demasiado cuadrada, la trataba de convencer de que en estos tiempos ya todo se mezclaba: lo clásico y lo popular, sin distinciones. Ella no estaba de acuerdo y se apoyaba en Mario Lavista, el destacado compositor mexicano a quien ella admiraba mucho. Lavista escribía textos donde protestaba contra la vulgarización operística de los llamados “3 Tenores”, se quejaba de que Guadalupe Pineda y otras cantantes populares grabaran piezas clásicas sin ser verdaderas cantantes del género. Ella creía, como Lavista y a riesgo de ser calificada de anticuada, que cada cosa debía estar en su lugar.

Y también alzó la voz para defender la dignidad de los músicos de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ). Lo hizo en 2015 al recibir del Seminario de Cultura Mexicana la medalla Alfredo R. Placencia, por sus méritos como maestra y promotora musical. En esa ocasión su discurso fue interrumpido por los aplausos de quienes la escucharon decir: “Los músicos de la orquesta merecen ser tratados con dignidad, no son cosas, ellos animaron durante decenios el panorama musical de la ciudad, ellos sostuvieron la programación de la orquesta, ellos han sido el alma musical de Guadalajara y ahora se les pretende echar de una forma indigna”. Las palabras de Carmen aludían al conflicto en la ofj, donde su director Marco Parisotto emprendió una renovación y decidió prescindir, con criterios discutibles, de muchos músicos de la orquesta.

Y es que doña Carmen conocía muy bien ese terreno: además de haber actuado numerosas veces como solista de la Sinfónica de Guadalajara –como se llamaba antes– bajo la dirección de Helmuth Goldman, Luis Jiménez Caballero, Keneth Klein o José Guadalupe Flores, fue gerente de la propia orquesta entre 1983 y 1986. También creó la orquesta de cámara Consorcio Musical Guadalajara donde participaban muchos músicos de la ciudad con quienes tuvo una relación de mucha cercanía.

“Todos los de la orquesta fueron compañeros conmigo, ayudaban, eran generosos, buena onda, buena vibra, te seguían. A muchos de la orquesta los recuerdo por sus sobrenombres: el Veneno, la Pantera...”.

Cuando se acercaba el final de la entrevista, Eduardo, el hijo de la maestra que había sido testigo de la charla, preguntó: “¿Abrimos un vinito para brindar?” Y Carmen lo animó de inmediato. Brindamos y seguimos platicando de asuntos varios bajo la mirada de uno de sus tres gatos: Mati, cuya longevidad de veinte años nos asombraba. Platicamos de que sus dos hijos varones y dos de sus nietos ahora vivían con ella. Me decía que todavía se da sus tiempos para tocar un poquito el piano, aunque durante todo ese año casi no lo hizo por cuestiones de salud, tuvo una contractura que, sumada a sus problemas de columna y de osteoporosis, la hizo padecer mucho. “Pero ya me alivié... dentro de lo que cabe”, me decía con resignación. Y como queriendo que la charla ya dejara de centrarse en ella, reviraba: “Ahora cuéntame tú de tu vida privada, ha de ser interesante... digo, para saber con quién estoy hablando”, me decía con picardía.

La maestra Peredo murió poco más de un año después de la charla que tuvimos. Su hijo Juan Carlos me había llamado en julio de 2017 para contarme que su madre se había puesto mal en varias ocasiones: idas y venidas al hospital pero siempre con pronósticos más o menos alentadores. Sin embargo el domingo 13 de agosto, como a las 10 y media de la noche, llegó el desenlace. “Se fue apagando poco a poco”, me dijo su hijo. Algunos meses antes había muerto Mati, el gato longevo. Finalmente doña Carmen fue a alcanzar a Ernesto.

4 Pocos días antes de la muerte de doña Carmen los libros de Ernesto Flores fueron donados a la Biblioteca Pública Juan José Arreola de la Universidad de Guadalajara.

3 Una versión radiofónica de este texto ganó el Premio Jalisco de Periodismo 2017.


Leonor Montijo
Una vida para el piano

A mí, el que me aguanta, me aguanta.

Leonor Montijo Beraud, pianista y maestra, repela cuando ve a Jorge Bidault, mi camarógrafo, bajar su equipo del auto. ¿Qué es eso?, pregunta y luego afirma su negativa: yo no quiero fotos, ya estoy vieja y no me gustan. No son fotos, maestra, es video. ¡Peor!, no, eso no lo quiero.

Cuando le llamé para acordar la cita no le dije lo de la cámara. Mea culpa. Estaba claro que nos esperaba aquel 22 de junio de 2016: antes de que timbráramos ya había escuchado el sonido del auto y abrió la puerta de su casa, ubicada ¡en la calle Beethoven!, en La Estancia. Estaba arreglada y perfumada, en excelentes condiciones físicas. Tuvimos que hacer una leve labor de convencimiento para que admitiera la cámara. En el fondo sentí que sí quería, que el rechazo era algo instintivo de quien se siente un poco inseguro con su imagen.

Un par de veces nos dijo su edad en voz baja, como si estuviera cometiendo una indiscreción consigo misma –tengo 86, decía susurrando. Pues no se le notan, maestra. Cómo no, si ya estoy grande. ¡Qué va! ya quisieran otros estar como usted... y así durante un ratito.

Lo cierto es que Leonor Montijo, sonorense nacida en Hermosillo, tenía aquella tarde un aspecto envidiable, una lucidez y memoria notables y un acento norteño que a pesar de sus muchos años en Guadalajara no ha perdido del todo.

Mi mamá y mi tía Leonor eran pianistas. Mi mamá, que se llamaba Magdalena Beraud, fue mi primera maestra y yo siempre digo que es la mejor que he tenido. Nadie me ha corregido las manos ni nada, después de ella. Pero como a los catorce o quince años, nada menos que el señor obispo de Hermosillo habló con mi mamá y le dijo que yo tenía que salir de ahí. Mi mamá se enojó y le dijo: ¿Qué, no soy yo buena maestra? Sí, eres muy buena pero Leonor tiene que ver otro mundo. Y entonces me vine aquí y me hice jalisciense, porque tengo setenta años viviendo aquí.

En la espaciosa sala de su casa hay tres pianos: un Steinway negro de cola completa que alguien prácticamente le regaló hace algunos años: usted es quien debe tener ese piano, le dijeron; un Petrov color café, también de cola, que se trajo desde Hermosillo; y un piano vertical que completa el trío. Ahí aún recibe a algunos alumnos ocasionalmente, aunque las clases las sigue dando en la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara, donde ha laborado los últimos 56 años. Es maestra emérita y ya está jubilada, pero no quiere abandonar sus clases, porque puede, porque quiere y porque sus alumnos no la dejan ir: “Ahorita en la UdeG tengo once, pero no tengo idea de cuántos alumnos he tenido a lo largo de mi vida, deben de ser muchos, más de mil. De repente me dicen en la calle, ¡maestra, yo fui alumno suyo!, y no sé quién es. Tendría que hacer la lista de los alumnos que he tenido”.

¿Y cómo ha sido usted como maestra?, le pregunto aún conociendo su bien ganada fama de estricta.

Bueno, pues el que me aguanta, me aguanta. No cualquiera, porque sí soy medio mala. He sido mala....pero la cosa es esta: mi madre así me trajo, fue muy dura conmigo desde los siete años: ¡cuenta, levanta el dedo, la nota, lee esto!, y yo tengo que ser igual, porque si no tienen disciplina, ¿para qué entran? La disciplina es básica para esto. Yo he conocido algunos muy talentosos y no llegan a nada, ¿por qué? Porque no tienen disciplina.


Leonor al piano.

Javier Juárez Woo5 fue su alumno en alguna época de su vida. Antes Javier había tenido varias maestras célebres de Guadalajara: por ejemplo Áurea Corona, quien también tenía fama de severa. Contaba Javier: “Corría la leyenda de que daba regletazos para corregir la posición de las manos, pero como yo recibía la clase a las 7:00 am, ella estaba fresca y dichosa. Vivía en la planta alta de la Escuela y recuerdo que su aparición era precedida por una irrespirable nube de Esteé Lauder. Con ella estudié la tripleta usual: Beyer, Bürgmuller y Lemoine”.

La accidentada carrera pianística de Javier se interrumpió. Luego continuó con Amelia García de León, quien “ decidió que mis oídos estaban ‘anquilosados’ con armonías propias de los métodos que había estudiado antes, de manera que decidió que había que deconstruir aquello... ¿cómo?, estudiando, en mi caso, Mikrokosmos i, ii y iii de Bartok”. Luego de otra interrupción, Javier volvió a la escuela de la maestra Corona y ahí se convirtió en alumno de Leonor Montijo:

Nada más llegar a la primera sesión, la maestra me interrogó sobre mis anteriores profesores. Al enterarse de que habían sido cinco, comentó: ¡Malo, tener tantos profesores nunca es bueno!

Pues de ahí pal real: mi postura, mi cuenta del tiempo, mi solfeo, mi incapacidad para ejecutar “pianísimo”, todo eso me fue achacado. Además, después de haber tocado Bach y algún Schumann, me puso una sonata facile de Clementi, o sea una degradación. Las cosas se hicieron tan tensas que pensé que en algún momento le iba a faltar al respeto y hasta ahí quedó mi carrera. Ahora creo que ya no tendré tiempo de volver a recibir clases, de manera que todo aquel talento se fue a la goma, ni modo.

En cambio, otra de sus alumnas, Rosa María Valdés, habla de Leonor con mucha admiración:


Leonor con el maestro Arturo Xavier Gozález.

Vivo en Guadalajara pero soy sinaloense, así que nunca me sorprendieron ni su tono de voz ni sus regaños durante mis largos años como su alumna. Eso sí, siempre la caracterizaron su puntualidad, su disciplina y su pasión por la música. Está actualizada sobre pianistas internacionales, la emocionan los nuevos proyectos, y siempre está pensando en el siguiente programa para estudiar. Tiene gran disposición para viajar, conocer lugares nuevos, restaurantes y comidas. Me encanta su actitud optimista ante la vida.

Cuando salió de Hermosillo, Leonor llegó a Guadalajara y su primer profesor fue el presbítero Manuel de Jesús Aréchiga, quien además de maestro fue un reconocido pianista, además de organista de la Catedral de Guadalajara durante veintisiete años. También fue director de orquesta y coros. Después viajó a la Ciudad de México y estudió con Fausto García Medeles, fue a Londres con el notable pianista suizo Albert Ferber. Tuvo contacto, por medio de Arturo Xavier González, con el gran pianista Alfred Brendel, quien incluso le llegó a corregir su interpretación de la fantasía Wanderer de Schubert (contaba Leonor que, cuando fue a Viena, Brendel la reconoció y exclamó al verla: “¡Guadalajara!”). Luego quiso regresar a México por consejo de su amiga María Teresa Rodríguez –“la mejor pianista mexicana” según Leonor–, pero se encontró con Domingo Lobato, quien insistió en que la necesitaba en Guadalajara.

No, le dije, me voy a México. ¡No!, me dijo, te quiero aquí. Primero no le hice caso y me fui a México, y no sé cómo consiguió mi teléfono, a los tres días me llamó y me dijo que ya estaba mi nombramiento en la Escuela de Música de la Universidad, que él dirigía. Me regresé y le dije: Nomás por un año. Sí, cómo no, un año...¡tengo cincuenta y seis años en la Escuela de Música!

Su relación con el maestro Lobato, reconocido compositor de origen michoacano pero avecindado en Guadalajara hasta su muerte, ocurrida el 5 de noviembre de 2012, fue muy cercana:

Fue como si el cielo nos hubiera querido poner juntos porque llegamos a Guadalajara en el mismo año, 1946, él de Morelia y yo de Sonora. Fue mi maestro de armonía, de contrapunto y de composición. Luego fui hasta su secretaria, fue mi compadre, le bauticé a la última hija. Éramos muy amigos. Todavía veo mucho a su familia: a su esposa, a sus hijos. Siempre he estado en contacto con ellos y yo no dejo de tocar cosas del maestro Lobato. Es raro un recital en el que no ponga algo del maestro.

El viejo edificio donde estuvo la Escuela de Música de la Universidad, construido por el arquitecto Alfredo Navarro Branca, fue demolido el 12 de diciembre de 1980. Un clásico “sabadazo”: para evitar las críticas por la destrucción de un inmueble querido y valorado, se recurrió a los hechos consumados, un día en el que nadie podría haberlo impedido. A la muerte del rector de entonces, Jorge Enrique Zambrano, en 2016, se supo que la decisión no había sido solamente de él, sino que el gobernador Flavio Romero también había estado de acuerdo. Da lo mismo. Hay una foto anónima que ha circulado y que consigna el dramático momento del derrumbe, triste documento que registró la destrucción de una pieza importante del patrimonio de Guadalajara. Pero claro, había que construir un nuevo edificio administrativo para la Universidad y aquella antigualla ubicada en Juárez y Tolsa estorbaba.

Dos días después de la destrucción, el 14 de diciembre de 1980, organizaciones ciudadanas como Pro Hábitat, la Sociedad de Información sobre Guadalajara y la Unión de Artistas Plásticos publicaron un desplegado de indignación en el diario El Occidental, pero el daño ya estaba hecho:

La ciudadanía tapatía ha presenciado indignada el bochornoso y denigrante espectáculo de la alevosa destrucción de un edificio que formaba parte de nuestro patrimonio histórico, cultural y urbano. Es indignante e incomprensible porque la autoridad de la más alta institución cultural del estado, cuya misión es preservar y difundir la cultura, es la que en forma arbitraria y soberbia destruyó un edificio que nos pertenece a todos, sin importarle a las autoridades y a la opinión pública.

El dolor por la pérdida de aquel amado edificio ha acompañado a la maestra Leonor toda su vida: “Es algo que traigo como una espina en el corazón, fue muy doloroso que lo tiraran, cada vez que me acuerdo me dan ganas de llorar, sobre todo porque ahí estaba la Sala Juárez que era una hermosura... ¡tantos conciertos que hicimos ahí! ¡Yo hasta barrí la Sala Juárez!”.

La Sala Juárez era el sitio de los conciertos, especialmente para la música de cámara. Leonor tocó ahí, igual que muchos de sus colegas, infinidad de veces, en recitales de piano solo o acompañando a otros instrumentistas o cantantes, lo cual se convirtió en su especialidad.

Después de que tiraron el edificio, y con él la entrañable sala, la escuela de música se mudó al Exclaustro de San Agustín, a un costado del teatro Degollado. Ni modo, desde entonces Leonor va ahí a dar sus clases, escaleras arriba en el Claustro. “Ahí tengo a mis muchachos, voy arriba y hasta eso que estoy contenta”.


Leonor, Carmen Peredo y Arturo Xavier González.

En aquellos tiempos lejanos había un ambiente de mucha camaradería entre los colegas músicos. La Universidad era diferente: “los maestros nos juntábamos para todo, para discutir, para votar. Nosotros decidíamos quién iba a ser el director, votábamos para eso, ahora ya no”.

Todos eran muy amigos y salían con frecuencia por las noches: con Carmen Peredo, su gran compañera fallecida en 2017, hasta pocos días antes de su muerte se juntaba a tomar café algunas tardes. Otros también se han muerto ya: el compositor y maestro Hermilio Hernández; Ernesto Flores; Arturo Xavier González, chelista con quien Leonor mantuvo durante muchos años uno de los duetos más memorables en la historia musical de la ciudad.6 “Arturo y yo fuimos casi hermanos. Sus hijas me dicen mamá y su esposa fue también muy amiga mía. Yo viví con ellos como familia. Tocamos en todos los pueblos de Jalisco, en los de Sinaloa, a muchas partes fuimos. A las hijas yo las vi nacer. Lamentablemente murió muy joven, a los 57 años”.

Con Arturo Xavier González le surgió a Leonor el gusto por acompañar, y se convirtió en la más solicitada pianista para ello. Claro que también tocaba mucho sola en recitales o con orquestas como la Sinfónica de Guadalajara desde la década de los cincuenta: música de Bach, el Concierto número 4 de Beethoven, las Variaciones Sinfónicas de Cesar Franck, el Concierto en Re bemol de Gonzalo Curiel y muchísimas cosas más. Pero siempre ha encontrado un placer especial en tocar con alguien, de manera más íntima:

Yo he tocado mucho sola, desde que estuve en Londres toqué con orquestitas del Conservatorio, pero antes de irme para allá conocí a Arturo Xavier González y él fue el que quiso que comenzara a acompañarlo y ya no me dejó, lo acompañé como 30 años. Claro que también acompañé a otros: a Manuel Enriquez, a Carlos Prieto. Y es que lo que me dejó Arturo fue el gusto por acompañar. Él era una cosa increíble, un músico muy completo. Pocos chelistas han tenido un sonido como el suyo, un sonido precioso, era un musicazo y tuve la suerte de tenerlo cerca, porque aprendí mucho de él. Tocamos muchísimas cosas, yo creo que nadie ha tocado tanta música como la que toqué con el Güero. A veces cuando toco con algún chelista joven de la escuela y no me gusta cómo suena, le digo: No te estoy regañando yo, te está regañando el Güero desde allá arriba.

Para Leonor Montijo el piano ha sido su vida. Todo se lo han dado mutuamente, es su pareja, su marido. Leonor nunca se casó porque su matrimonio fue con el piano pero, paradójicamente, él le ha dado muchos más hijos que los que podría haber tenido con una pareja: sus montones de alumnos que la siguen visitando, que la vienen a ver a su casa.

Ese piano en el que ha tocado de todo: desde su gran amor por los impresionistas heredado de la sangre francesa de su madre –“¡Imagínate: ella tocaba a Debussy cuando aún estaba vivo Debussy!”–, hasta la música exigentísima de Brahms –“¡es el más difícil para interpretarlo bien!”.

Cuando decidí dar por terminada la entrevista, la maestra nos dijo: “¿Y no se quieren tomar una cervecita?”. Tratamos de negarnos sin mucha convicción, pero finalmente se la aceptamos y seguimos la charla ya más relajados, sin cámara ni micrófono. Jorge se anima a pedirle que toque algo. Ella también rechaza la petición al principio, pero casi de inmediato se sienta en el Steinway: “Tengo los dedos tiesos, estoy medio temblorosa, me puso nerviosa la entrevista”, dice, pero con todo y todo comienza a tocar. “Les voy a tocar una pieza del maestro Lobato, es La Guacamaya Pinta de Domingo Lobato”. Y se arranca con la melodía de aire folclórico que por lo visto le encanta tocar.

Después de eso tratamos de despedirnos, pero nos ataja con cierto aire pícaro: “¿No quieren que les toque un bolero? Me sé todos, el que ustedes me pidan me lo sé”. Y se sienta de nuevo al piano para atacar una versión muy adornada de “Tú, mi delirio”, del cubano César Portillo de la Luz.

Se nota que también le encanta tocar eso a Leonor Montijo.

5 Biólogo de profesión y amante de la música. Fue amigo de Julio Haro, el líder del grupo El Personal, y llegó a cantar coros en el disco No me hallo de ese grupo y en alguna presentación ocasional. Como parte de su profesión de biólogo trabajó en el Museo de Paleontología de Guadalajara y fue profesor en la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ecro). Javier murió en diciembre de 2017.

6 Más sobre Arturo Xavier González en el capítulo siguiente.


Arturo Xavier González,
Domingo Lobato y Manuel Cerda
Entre lo sagrado y lo profano

Los tres músicos de este texto pertenecen a generaciones distintas, dos de ellos ya murieron. ¿Qué los unió? La respuesta se desprende de esta crónica, pero adelanto que hubo una conexión importante entre los tres: el maestro Lobato dirigió la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara durante muchos años, y en esa escuela Cerda y González fueron maestros. Pero hay más: Manuel tocó durante un periodo largo en la orquesta de baile de Arturo Xavier González y también fue alumno de Domingo Lobato. En todo caso los unió su amor por la música, por la enseñanza, y por la institución educativa donde pasaron tantos años: la Universidad de Guadalajara.

Mediaban los años setenta. Para los de más edad solía haber una orquesta, casi siempre la del maestro Arturo Xavier González, la más popular de todas y acaso la mejor; para los jóvenes algún grupo que tocara las canciones de moda, esas que reproducía la AM: Radio Internacional o Canal 58. Las fiestas –graduaciones, bodas, quinceaños– solían realizarse en salones de hoteles donde solamente podían tocar músicos que pertenecieran al sindicato. La primera vez que contrataron a aquel “conjunto moderno”, como se les decía, apareció ante ellos alguien que se identificó como delegado y les dijo que no podían tocar esa noche pues no eran sindicalizados. Pero había una forma: pagar una “cuota de desplazamiento” que él mismo se encargaba de cobrar otorgando a cambio los recibos correspondientes. Luego, el delegado se subía al escenario y tocaba el sax con la orquesta de los mayores. La orquesta de verdad sonaba bien, en ella participaban algunos de los mejores instrumentistas de la ciudad, los arreglos eran muy pulidos y el repertorio ponía a bailar a todo mundo. No en balde tocaban tanto: en Guadalajara, en el interior de Jalisco y en otros estados de la república a donde viajaban con mucha frecuencia. Don Arturo, el director, a quien también apodaban el Güero, se paraba al frente y decía cuál era la pieza que seguía, daba la entrada y luego dirigía con ademanes suaves y mirando ocasionalmente al público a través de sus gruesos lentes, con una sonrisa. Entre los músicos había uno que tocaba el piano con enjundia y concentración, aunque a veces se reía y hacía bromas con sus compañeros mientras ejecutaba pasajes intrincados. Era Manuel Cerda, un músico con una gran formación académica, como muchos otros de los integrantes de aquella agrupación.

Proveniente de una familia de músicos de La Barca, Jalisco, Manuel Cerda Ortiz nació en 1949. Además de músico, su padre era carpintero;

el abuelo era músico, un tío abuelo fue trompetista fundador de la Sinfónica Nacional en tiempos de Carlos Chávez. Otro tío, también trompetista, tocaba en la Banda de Marina. En la casa se escuchaba música todo el día. A Manuel, su padre le empezó a enseñar desde muy pequeño: a los cinco o seis años lo ponía a cantar escalas y luego lo mandó a un coro infantil. Poco después quiso aprender piano pero lo único que había a la mano era un armonio en la iglesia y ahí comenzó a tocar y a relacionarse con la música religiosa. El siguiente paso era la Escuela de Música Sacra, en Guadalajara, pero aún era muy niño para ingresar, así que primero se metió a la academia del maestro Rosalío Ramírez. Cuando cumplió quince ya lo aceptaron en dicha escuela.

El sueño de Manuel era convertirse en maestro de capilla, como lo habían sido grandes músicos en distintos lugares del mundo, pero después del Concilio Vaticano II se determinó que solamente las principales catedrales los tuvieran. Además, con esos cambios se dejaron de cantar las grandes misas en la mayoría de las iglesias, lo cual decepcionó un poco a Manuel, quien se consoló con estudiar la Licenciatura en Órgano.

En eso estaba cuando la vida lo llevó provisionalmente por otro camino: un amigo lo convenció de ir a Puerto Vallarta a aventurarse con otros tipos de música, y lo hizo. Conoció músicos, tocó en bares y hoteles, escribió arreglos para grupos y, en general, se involucró con algo que le había sido ajeno: la música popular. Aquello –que era francamente profano– le gustó, pero había dejado a medias su carrera de composición, así que en algún momento decidió regresar a lo sagrado, a su escuela, y se inscribió con Domingo Lobato, un hombre estricto, duro, pero extraordinario maestro con quien aprendió contrapunto, fuga, y abrió sus oídos a otras maneras de concebir la música. Si a Lobato no le gustaba un trabajo, decía sin remordimientos: “Eso no sirve, vete, no me hagas perder mi tiempo ni pierdas el tuyo”.

Lobato fue, a decir de Manuel Cerda, el pilar de la composición en Jalisco. Él llegó a Guadalajara muy joven, como de veinticinco años, y formó a otros maestros como Hermilio Hernández, Víctor Manuel Amaral, Javier Hernández, Ramón Orendáin, José Luis González. “Como maestro le debemos todo”, dice Cerda con convicción. Pero ¿quién era Domingo Lobato?

“Yo había terminado mi magisterio, tanto en composición como en canto gregoriano en Morelia, y en el año del 46 vine a Guadalajara”, me contaba Domingo Lobato en una entrevista de 2011, menos de dos años antes de su muerte. Lobato había estudiado en Morelia con maestros como Ignacio Mier, Miguel Bernal Jiménez y el sacerdote José María Villaseñor. Luego llegó a la capital de Jalisco y se hizo cargo de la cátedra de composición en la Escuela Superior Diocesana de Música Sagrada (la Sacra, como se le conoce). En 1952 se abrió la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara en donde desde entonces, y hasta su jubilación, trabajó impartiendo las clases de armonía, composición y análisis musical. Incluso fue director de la escuela durante dieciocho años:

En la primera etapa de lo que fue la escuela de música me tocó elaborar los planes de estudio y los programas de trabajo, asesorado por las relaciones que tenía yo en México con Blas Galindo, con el maestro Rodolfo Halffter, inclusive con Silvestre Revueltas –a quien conocí–, el maestro Ponce –que también conocí–, es decir los maestros de México más destacados. También el maestro Carlos Chávez que varias veces vino a Guadalajara y visitó la Escuela de Música de la Universidad, el maestro Julián Carrillo, que en el periodo de la gubernatura de Agustín Yáñez adelantó muchas de las relaciones de la escuela con el medio musical tanto de México como del extranjero.

Aquella misma entrevista se realizó en su casa, un día antes de un concierto de homenaje que con su música le habían organizado algunos maestros de la propia Universidad de Guadalajara, encabezados por su amiga y discípula Leonor Montijo. Yo le preguntaba: “¿Cómo se siente de que le hagan este reconocimiento?”, y el maestro respondía: “Siempre un reconocimiento es algo que lo enorgullece a uno. He conocido a casi todo el ambiente musical de Guadalajara, casi todos los profesores jóvenes y algunos ya mayores pasaron por mi cátedra”.

—¿Y qué siente de que toquen su música?

En realidad nunca pensé que se pudieran hacer conciertos con mi música. Mi composición era en mis ratos de descanso de la docencia y de la organización de la institución. Toda mi música ha sido muy accidentada, tanto dentro del terreno profano como en el religioso.


El maestro Arturo dirigiendo.

—¿Le habría gustado componer más durante su vida?

Yo creo que sí, y yo creo que mientras no me muera voy a componer alguna otra cosa. Siempre tiene uno un proyecto a pesar de los problemas visuales que padezco, pero de alguna manera tiene uno que salir adelante, no puedo estar solamente viendo el sol.

—¿Qué tipo de obra está componiendo?

Pues hay varias cosas porque algunas se quedaron pendientes. He corregido algunas otras que para muchos van a ser novedad porque fueron escritas hace veinte o treinta años.

—Pues ojalá que viva muchos años más.

Ahora está más de moda la gente muy longeva, pero quién sabe si nos toque o no...

Eso lo decía a sus 91 años, longevo ya era. Domingo Lobato murió el 5 de noviembre de 2012 a los 92 años.

Regresemos a Manuel, en quien el gusanito de lo popular, de lo profano, ya se había instalado. Al mismo tiempo que estudiaba con el maestro Lobato en la Sacra, entró a trabajar como pianista a la orquesta de Arturo Xavier González. La fecha la tiene muy presente: el 18 de noviembre de 1970. Durante once años estuvo ahí, primero nada más como pianista y luego también como arreglista.

Le pedí al maestro una oportunidad para escribir y me dijo: Ahí está la orquesta... y empecé a escribir arreglos para esas canciones, no sé si recuerdas por ejemplo aquella de Yellow River –original del grupo inglés Christie–. Puras cosas de esas, las que estaban de moda. Empecé a hacer algunos experimentos y Arturo me dio la oportunidad, aunque él era también muy exigente a pesar de que tocábamos música popular. Había otros arreglistas como Pepe Hernández o el mismo Arturo que a veces los escribía. Pero después me dejó a mí toda la responsabilidad de eso. Toda la música disco de aquellos años me tocó a mí. Y tanta confianza me tuvo que me invitó también a la Banda del Estado, que igualmente dirigía. Y me quedé diecisiete años como arreglista ahí también.


Manuel Cerda (cuarto de izquierda a derecha en la ultima fila) y cómplices musicales.

Pero el maestro González era consciente de las capacidades de Manuel Cerda también para la música más seria. Por ello le insistió en que continuara sus estudios de piano y le recomendó a la maestra Montijo, con quien efectivamente Manuel estudió. Ella lo puso a tocar cosas que no se veían en la Sacra: Hindemith, Bartok, Liszt, Chopin, así que, además de todo el aprendizaje con la música popular, Manuel también le debe a Arturo Xavier González un caudal de conocimientos en el terreno clásico, del cual sabía muchísimo. Dice Manuel con reverencia:

Nosotros le teníamos mucho respeto y admiración al maestro. Era muy amigable y siempre estaba dispuesto a ayudarte. Yo puedo considerarme afortunado de haber platicado muchísimo sobre orquestación con él. Me llevó a analizar a Sibelius, Tchaikovsky, Brahms, cosas así. Él sabía mucho porque había estudiado dirección con Celibidache, un gran director. Sabía, además, muchos trucos. Un día me dijo: Haz la Tocata y fuga en Re menor para la banda del Estado. Le dije, maestro, yo la toco en el órgano pero, cómo le voy a hacer con aquello de la sol la fa la mi la re... Y me dice, ¡Ay Manuel, por atriles! Mira: la sol la fa la mi la re , ti ri ti ri ti ri. ¡Pero no van a poder respirar, maestro! Y me dice: Un atril, otro atril, un atril, otro atril, alternándose las notas. Un colmillazo tremendo del maestro.

El literato Eusebio Ruvalcaba, quien escribió mucho sobre música, era hijo del célebre violinista Higinio Ruvalcaba, cuyo nombre se tomó para la sala de conciertos de cámara del Exconvento del Carmen, en Guadalajara. Higinio había sido integrante del Cuarteto Lener, uno de los más importantes de México. En ese cuarteto alguna vez tocó el chelo Arturo Xavier González. Eusebio le dedicó estas líneas: “Le decían el Güero. Tocaba Paganini al chelo como cualquier cosa. Nació en Tequila y murió en Guadalajara. Fue director de la Banda del Estado y de una orquesta de baile. Sus ojos eran verdes”.

Efectivamente, Arturo Xavier González Santana el Güero fue un chelista excepcional, el mejor de México, para algunos. Fue primer cello de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara cuando la dirigía Manuel M. Ponce y tocó muchas veces como solista –los conciertos de Haydn, Saint-Saëns y Dvorak, por ejemplo– y además estuvo en el podio de director algunas veces: en 1953 dirigió Beethoven, Tchaikovski y Chopin; en 1963 una obra para orquesta de Hemilio Hernández y piezas de Khatchaturian, Rossini y Blas Galindo; en 1977, Franck y Sibelius... por citar nada más algunos ejemplos.

Y sí, nació en Tequila en familia de músicos: su padre Avelino González le enseñó a tocar la flauta, el clarinete, el saxofón, el trombón y el piano. Con su madre, Eloísa Santana, aprendió solfeo. Cuando aún era niño lo enviaron a Guadalajara y ahí estudió con Ignacio Camarena, quien le descubrió sus grandes dotes para el violonchelo, que se convirtió en su instrumento.

Tocó además con la Orquesta de Jalapa, a dueto con las pianistas Áurea Corona y Leonor Montijo, dirigió la Banda del Estado durante veintiocho años amenizando las serenatas en la Plaza de Armas y atendía su orquesta de baile. Eso sí, su vida fue corta: no había cumplido 58 cuando murió. Pero no se cuidaba, dicen. Era diabético y solía traer chocolates en las bolsas del saco, además de que las desveladas no ayudaban.

Carmen Peredo, quien fue muy amiga suya, contaba que era un músico extraordinario y con muchas facetas personales:

A veces llegaba a las dos de la mañana y gritaba desde la calle: ¡Gordo! –llamando a mi marido Ernesto, a quien le decían así–. ¿Quién es? ¡Soy Arturo, ábreme! Venía, se acostaba aquí y se quedaba hasta el día siguiente. Es que tocaba diario con su orquesta... era un tipo un poco exótico. Un día que me lo encontré me dijo: Mejor quisiera que me matara un coche antes que llegar a clases, porque no me siento bien. Acompáñame a la botica, Carmelita, para comprar mi medicina. Y compró unas pastillas medio alucinógenas, en forma de corazón, las vendían sin receta. Esas son las que tomo para aguantar las desveladas, me dijo. Y yo también agarré la maña, jajaja...

Manuel Cerda tiene su estudio de grabación cerca de la salida a Chapala y al aeropuerto, en El Álamo, una zona que pertenece al municipio de Tlaquepaque y que está muy cerca del famoso hotel El Tapatío y ahí es donde lo entrevisté el 5 de septiembre de 2016. Lo construyó en 1994 luego de una larga experiencia como arreglista de música comercial. En la década de los ochenta, y después de que se salió de la orquesta de don Arturo, lo solicitaban mucho para “afinar músicos” norteños, mariachis, bandas, tropicales. Iba a las grabaciones y cuidaba que todo estuviera afinado, lo cual era una labor a veces difícil. También orquestaba jingles y producciones de artistas muy diversos. Le iba bien: las compañías de discos lo llamaban, le pedían que fuera a dirigir grabaciones a México, a Estados Unidos, le solicitaban arreglos para orquesta. Prácticamente se alejó de la música seria durante esos años y se involucró en la música comercial. Se inclinó entonces por lo profano.

Y entonces se decidió a poner su propio estudio. Aprovechó que tenía clientes y continuó por ese camino de modo más independiente, convenció a la familia y se lanzó a la aventura. El estudio es espacioso: la sala de grabación permite meter a una orquesta, cosa poco usual en los estudios de Guadalajara. Manuel quería un lugar versátil, que le permitiera hacer muchas cosas, grabar cuerdas, un piano de cola, meter grupos numerosos, comentó: “He llegado a meter poco más de sesenta músicos de la Filarmónica de Jalisco... eso sí, apretaditos”. Contrató a un diseñador norteamericano especializado en estudios de grabación para que le hiciera el proyecto.

Ahí ha grabado a artistas comerciales de renombre: Julio Preciado, Pablo Montero, Ángela Carrasco, Bertín Osborne y muchos mariachis y bandas sinaloenses. También ha recuperado un poco el terreno clásico grabando orquestas, aunque a veces trasladándose a las ciudades de donde son oriundas: Jalapa, Querétaro, Aguascalientes. Trabaja mucho con José Guadalupe Flores, quien estuvo mucho tiempo al frente de la orquesta de Querétaro; ha grabado con él desde que dirigía la Filarmónica de Jalisco, ya grabaron las nueve sinfonías de Beethoven y tienen el proyecto de grabar próximamente las cuatro de Brahms.

Es obvio que con el tiempo ha actualizado la tecnología del estudio. Me mostró una pequeña bodega junto a la sala de controles donde tiene lo que va quedando en desuso. Con entusiasmo y cierta nostalgia me enseñó una antigua máquina para cinta de dos pulgadas, de las que se usaban mucho antes de la era digital; también tiene una reliquia de la que habla con orgullo: una vieja máquina primitiva de reverberación.

Manuel nunca se vio a sí mismo como maestro, sin embargo, ejerce la docencia desde hace veinte años en la Universidad de Guadalajara. ¿Cómo ocurrió? Un día en una comida, el director José Guadalupe Flores le dijo a Enriqueta Morales, entonces directora de la Escuela de Música de la Universidad: “Mira Queta, tú a quien tienes que invitar a dar clases es a Manolo, aquí presente”. La maestra Morales le confesó que desde 1975 habían intentado incluirlo como maestro pero hubo rechazos: ya hay demasiados “sacros”, dijeron. Había mucho pique entre ambas escuelas. En la Sacra se enseñaba mucha armonía, contrapunto y los alumnos que salían eran muy buenos organistas; en la UdeG lo fuerte era el piano.

“Querían que yo diera contrapunto y fuga... No maestra, yo hace mucho que no hago eso, ¡mejor doy orquestación!... —¿Cómo va a dar orquestación si no tenemos alumnos de composición? Usted da armonía, contrapunto, así apuntalamos la carrera de composición... Entonces propuse un programa, lo aceptaron y comencé”.

¿Qué pasará que en las últimas épocas se ha incrementado el interés de los jóvenes por inscribirse en composición? Quién sabe, pero el caso es que en el 2015 solicitaron ingreso treinta y solamente hubo cupo para diez. En el año siguiente se calculaba que tendrían que aceptar a veinte, pero Manuel dice que serían demasiados, que él no los puede atender a todos. Es necesario, en su opinión, renovar la planta docente, preparar más gente que entre al quite. “Hay mucho talento, hay una especie de boom. Por una parte me da gusto pero es necesario que se amplíe el número de maestros. Hemos cambiado dos o tres veces el plan de estudios pero nos hace falta gente. Yo no sé por qué llegó de pronto tanto entusiasmo por la composición”.

En los últimos tiempos Manuel ya casi no toca el piano, salvo en alguna grabación ocasional. Ha dedicado sus tiempos libres más bien a componer, actividad que había dejado de lado durante cerca de veinticinco años. La última que compuso en aquellos lejanos tiempos se llama El ciclo de la vida y estaba influida por Stockhausen y ese tipo de autores de vanguardia, con pocos instrumentos y una cinta grabada que incorporaba efectos electrónicos, reverberaciones y cosas así.

Reconoce que ha sido un tanto descuidado para organizar y promover su propia obra: ni siquiera ha tenido el cuidado de registrar sus composiciones y arreglos, lo cual le podría haber reportado beneficios económicos. Así es él, acaso por pertenecer a una época en la que no se daba tanta importancia a esos asuntos: lo central era hacer música y ya.


Manuel Cerda con su grupo de jazz.

Ahora ha estado principalmente reescribiendo algunas cosas que tenía guardadas: una obra en tres movimientos que se llama Influencias, un concierto para clarinete, otro concierto para metales que ya se tocó con la orquesta de Querétaro, una pieza que compuso por encargo para el Bicentenario de la Independencia. Estas dos últimas son de las pocas que han sido grabadas, una paradoja en la vida de Manuel Cerda: él, quien se ha dedicado a grabar tantas cosas en su estudio, ha sido poco grabado con su obra personal. Se lo hago notar y sonríe como diciendo: cosas de la vida... uno que ha tenido que andar en tantos asuntos, a veces medio sagrados, a veces medio profanos.

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Возрастное ограничение:
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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
257 стр. 62 иллюстрации
ISBN:
9786075470702
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