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© Círculo de Tiza
© Del texto: Alberto Olmos
© De la fotografía Sergio LOES
© De la ilustración Belén García Mendoza

Primera edición: junio 2020

Diseño de cubierta: Miguel Sánchez Lindo
Maquetación: María Torre Sarmiento
Impreso en España por Kadmos, S.C.L.

ISBN: 978-84-120532-2-7
e-ISBN: 978-84-121034-6-5
Depósito legal: M-30531-2019

Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra ni su almacenamiento, tratamiento o transmisión de ninguna manera ni por ningún modo, ya sea electrónico, óptico, de grabación o fotocopia sin autorización previa por escrito de la sociedad.
A la memoria de mi hermano Héctor

Sus amigos le habían dicho que si quería hacer carrera como escritor tenía que dejar de destrozar el trabajo de otros, pero eso era como pedirle a un pájaro que no volara o a un gato que no cazara. Y además, ¿qué valor tendría su poesía si vivía encerrado en el mismo zoo que los demás animales desnaturalizados, a salvo pero sin libertad? Y eso sin mencionar siquiera que el crítico tenía el valor moral de corregir la tendencia de la cultura a desviarse tanto hacia la seguridad como hacia la mediocridad, una responsabilidad que era imposible medir por el número de invitaciones a cenas.

Rachel Cusk


1. La cuestión de escribir

Todos los escritores quieren trabajar para el banco

Ya va para varios años que los escritores dejaron de interesarse por conseguir que los lean y se centraron en un objetivo mucho más noble: conseguir que les paguen. Cobrar por un libro las horas exactas que has empleado en escribirlo es algo que casi nunca se da. Por eso la literatura era un arte, porque ponía a la gente a trabajar contra todo sentido práctico.

El logro de un escritor medio en nuestros días, sin embargo, es hacerse con muchas becas y residencias; esto es, con patrocinios y manutenciones. Ya hasta se lucen estos subsidios en la biografía del autor, muy orgulloso de que su escritura haya estado subvencionada y florezca, por tanto, en invernadero.

Hay algo de sospechoso en que muchas de estas becas concedidas para escribir un libro no exijan la entrega de ese libro al final del periodo estipulado para su escritura. Se tira de madurez o profesionalidad ajenas para no preocuparse de qué ha hecho un señor con tu dinero (que suele ser dinero público) en Roma o Sebastopol. También debe señalarse que algunos escritores piden becas para escribir libros que ya tienen escritos y la beca se la toman como unas vacaciones muy merecidas en Roma o Sebastopol.

Quiere decirse que las becas a la creación literaria arrojan como resultado en numerosas ocasiones que nadie escriba nada; o nada nuevo, o nada de valor. Cuando hablo de valor, miren si no estoy hablando de coraje.

Hace tres o cuatro años un banco español lanzó unas becas fastuosas que incluían la categoría de creación literaria, y ahora mismo no hay otra cosa que preocupe más a los escritores de mediana edad de nuestro país que la nueva convocatoria de esas becas. Lo compruebo cada vez que salgo de casa y hablo con algún autor de entre treinta y cincuenta años: todos han pedido la beca, todos han perdido la beca y todos van a volver a solicitar la beca. Está lloviendo dinero sobre la literatura, amigos.

La buena fe de este banco le ha hecho pensar que la literatura irá mejor si deja caer varios miles de euros en los libros que los escritores desean escribir. Esto ha provocado que los escritores deseen escribir más libros que nunca, pues las cifras que maneja el banco son escandalosas: hasta 50.000 euros le pueden dar un tipo por escribir un libro que normalmente le reportaría entre 1.000 y 10.000. Ríete tú del PSG haciendo saltar por los aires el mercado del fútbol. El banco, con menos dinero, ha hecho saltar por los aires dos siglos de Romanticismo.

Mi conocimiento de la existencia de esta beca coincidió con mi paternidad venidera, así que tuve que elegir entre los pañales de mi hija y la pureza de mi arte. Elegí los pañales de mi hija. Cuando no me la dieron me encabroné bastante, pero luego di gracias a Dios por poder seguir escribiendo en la cuerda floja. De buena me había librado.

Porque, según yo lo veo, si ya has hecho dinero por un libro que todavía no has escrito, tener luego que escribirlo pasa a ser un engorro. Lo normal es que uno no sepa si acabará el libro que está escribiendo, ni siquiera si lo verá publicado; por eso es bonito escribirlos. Sin embargo, si un libro en blanco te ha reportado ya 24.000 euros, ¿qué te ofrece el libro si lo escribes? Tú mismo has accedido a que te midan el talento en miles de euros y a partir de esa medición no puedes contemplar tu libro en marcha desde la posibilidad de que fracase. Por lo tanto, ya no quieres escribir, quieres cumplir. Necesitas que el libro salga; necesitas algo, pues, si no, el banco te pedirá que le devuelvas el dinero.

Ese algo —opino— ya no puede ser arte, pues desactivando lo artístico nos encontramos la perentoriedad de un plazo: el año que te da el banco para que le entregues el libro. Ningún libro para el banco va a tener 700 páginas, lógicamente. Tampoco puedes permitirte un bloqueo de ocho meses ni probar con una novela que parezca un manual de instrucciones. A lo mejor el banco cree que es un manual de instrucciones.

La entidad ha pitado un penalti a tu favor, de modo que tu libro no será el gol del siglo, pues no tienes que regatear a nadie, buscar la escuadra; no tienes que regatear el riesgo. Tira fuerte y al centro y cobrarás.

No les sorprendo si les digo que los libros que salen de las becas suelen ser bastante malos; para qué nos vamos a engañar. Yo he leído tres o cuatro fruto de esta beca bancaria y se cuentan entre lo peor de sus autores. Y es que solo veo una forma de hacer que el dinero anticipado para escribir una novela y la obligación de entregarla en un plazo concreto den buenos resultados: convertirlos en el tema de tu libro.

Eso hizo Mario Levrero con su beca Guggenheim, que se convirtió en «Diario de la beca» (La novela luminosa) o Ben Lerner con 10:04, novela que trata sobre un escritor que ha cobrado medio millón de dólares por un libro inexistente y que solo puede escribir sobre dicho disparate. Levrero y Lerner vieron enseguida que tanto dinero no les permitía hacer literatura y que la única solución pasaba por reconocer en su escritura ese conflicto.

Una beca nos descubre que, al contrario de lo que se piensa, los escritores no necesitan tiempo y dinero para escribir, sino la certeza de que siempre podrían no escribir. Si me das tiempo y dinero para escribir, ya no es extraordinario.

Pero escribir es extraordinario.

La poesía no se lee, pero está bien pagada

Si uno pasa un rato largo en una librería, es difícil que no llegue a una sección que guarda muchas similitudes con el interior de una tienda de placas y trofeos en el centro de Albacete. Es la sección de poesía.

«1er Premio de Natación, Accésit de Ajedrez, Mención Especial en Balonmano Alevín»… Leemos en las plaquitas de la tienda de trofeos. 1er Premio de Poesía, Accésit de Juegos Florales, Mención Especial de Sonetos Amorosos… leemos en la sección de poesía.

La evolución del verso en España, desde el romancero a nuestros días, pasando por Lope y Espronceda y el 27, es la historia de una institucionalización. Casi nada que hoy tenga que ver con la poesía carece de subvención, sea esta pública o privada, de modo que los poetas, que habitaron en tiempos las buhardillas más miserables de París, se han convertido en una nueva clase de funcionario, el interino lírico.

Hace nada se ha entregado el premio mayor de este género en España, auspiciado por la marca de ropa de lujo Loewe, con gran afluencia de poetas antaño inopes y hoy aseadísimos, muy cómodos en el salón espléndido de un hotel de cinco estrellas donde solo de casualidad alguien diría que la vida merece un verso.

No pasa nada porque Loewe lleve varias décadas creyendo que la poesía vale algo. Es más grave que decenas de ayuntamientos en toda España crean que entregar miles de euros a poetas sea mejor que —incluso— robarlos.

Burgos, Melilla o Barbastro retiran de sus fondos públicos unos 30.000 euros por ejercicio para dárselos a un libro de poemas, libro que casi siempre viene firmado por el mismo poeta que ganó otro premio en la ciudad vecina y avalado por un comité de expertos que, casualmente, se pasa el año entero dando premios a un puñado de liróforos escandalosamente reiterativos.

Entiendo que alguien le cuela en algún momento al concejal de cultura de una ciudad mediana o pequeña que la poesía hay que fomentarla, y que nada mejor para ello que fundar un premio y soltar amarras en el presupuesto de cultura. El concejal, ingenuo como una oveja, cree que promociona la escritura y la lectura del noble arte de Quevedo, y así pasan los años regados de millones y nadie acaba de comprobar si tanto empuje por parte del erario público ha servido para que una sola persona en todo el país despierte a las delicias del poema.

De hecho, puede afirmarse sin margen de error que todo el dineral que han dedicado decenas de ayuntamientos, diputaciones, conserjerías —amén del Ministerio de Cultura— a promover la poesía en España ha dado un resultado igual a cero. No solo no leemos poesía, sino que ningún poemario premiado es tenido en cuenta por la propia poesía española pasadas veinticuatro horas desde su publicación. ¿Están los poetas inquietos por la falta de lectores para libros que han escrito con todo el amor del mundo y que les han reportado 15 o 20.000 euros? No, no están inquietos. Les importa un huevo.

Cuanto menos talento tiene un autor, más pequeño es el lugar donde se cobija. El género de la poesía cobija tantos autores mediocres y tantos vendedores de humo que es normal que lo último que quieran es que abras sus libros. Sobre la catadura estética del falso poeta ha publicado una novela muy simpática David Pérez Vega: Los insignes.

Con todo, el poeta que no es de postal me cae casi peor. Al igual que Cristiano Ronaldo o Neymar, el poeta serio gusta de hablar de sí mismo en tercera persona, otorgándose toda esa importancia que procura el distanciamiento. «El poeta mira la vida», «el poeta trabaja con el silencio», «el poeta…», dicen los poetas sin parar, mientras se ajustan el pañuelo del cuello.

Antonio Gamoneda es uno de los autores de poesía más valorados en nuestro tiempo. Practica esa poesía a la que, como hacía Andrés Trapiello con los poemas de Octavio Paz, puedes cambiarle los versos de sitio y ni se nota. Últimamente ha salido en los papeles al hilo de sus problemas con el fisco. (¡Quién le iba a decir al poeta famélico del XIX que al poeta del XXI le reclamaría dinero Hacienda, igual que a Messi!).

Pues bien, va Gamoneda y afirma que, como no le cambien la ley, deja de escribir. Lo tiene claro: entre el dinero y la poesía, se queda con el dinero.

Y así todos.

El Vips es la mejor librería de la ciudad

Hace tiempo que quería gritar a los cuatro vientos que el Vips es la mejor librería de la ciudad, pero me faltaba valor. Luego he leído de un tirón Mac y su contratiempo, de Enrique Vila-Matas, y Cómo ser Bill Murray, de Gavin Edwards, y me he dicho: yo he nacido para gritar a los cuatro vientos que «El Vips es la mejor librería de la ciudad», ¿para qué engañarnos?

Vila-Matas y Bill Murray hacen con su vida una cosa que, la verdad, todos deberíamos practicar un poco más: el tonto. Hacer el tonto —lo que los franceses llaman «situacionismo»— genera entornos de anormalidad, lo cual, necesariamente, acaba dando al día huella narrativa. Quiere decirse que llegas a casa y tienes algo que contar, a diferencia de todos ustedes, que solo tienen algo que reportar.

Esta disciplina de la estupidez, que ya confesaba Salvador Dalí en sus diarios («no estoy loco, hago como que lo estoy para provocar a la vida»), solo tiene un problema: no es apta para tímidos. Como todos somos tímidos, no podemos ir por la calle y taparle los ojos a un desconocido y preguntarle: «¿Quién soy?», como hace Bill Murray; o meterle dinero en el bolsillo a la gente, cosa que también ha hecho. Tampoco podemos ir a la Grand Central Station en Nueva York con En Grand Central Station me senté y lloré, de Elisabeth Smart, en el bolsillo y sentarnos y llorar, como hizo Enrique Vila-Matas.

Por mi parte, lo único que puedo hacer es titular un artículo «El Vips es la mejor librería de la ciudad» y ver qué cara me ponen.

Y adónde nos lleva todo esto.

Porque lo normal es que la mejor librería de la ciudad esté en una coqueta calle del barrio bohemio y ande siempre llena de hipsters con un libro de Blackie Books en cada mano, al punto de que no saben por dónde anda su patinete. La mejor librería de la ciudad sale en los tops de mejores librerías de la ciudad y es visitada por los propios escritores, que la eligen para presentar sus libros. La mejor librería no vende Cincuenta sombras de Grey ni el último premio Planeta. Sus dueños son amorosos y saben de libros y, si eres autor, debes adorarlos. Cuando la mejor librería de la ciudad cierra, el cosmos se contrae, casi parece imposible que a la mañana siguiente salga el sol.

Esta es la tesis normal, loable. Algunas veces hasta estoy de acuerdo con ella.

Así, en Madrid molan Tipos Infames, Cervantes y Cía, La buena vida o La Central. Si leen Librerías, de Jorge Carrión, podrán ver las librerías que molan en casi todas las ciudades del mundo.

Muy bien. Pues a mí la librería que me mola es el Vips. En concreto, el Vips de la calle Ribera de Curtidores de Madrid.

¿Por qué le hago publicidad al Vips? Bueno, porque me da la gana. Siguiente pregunta.

¿Cómo coño va a ser el Vips la mejor librería de la ciudad? Esa es buena.

Pues yo voy al Vips y me pongo a mirar entre toda la increíble porquería de libros que tienen allí y me lo paso en grande. El hecho de que el 90% de los libros esté rebajado, con una etiqueta rojo fracaso pegada en la cubierta, me dice mucho sobre el mundo editorial.

Además, siempre que voy al Vips me apetece comprar uno o dos libros. Cuando entro en una librería independiente, con tantos libros preciosos, escogidos con mimo, de sellos respetables y cuyos autores sé que se han dejado la vida escribiéndolos, me dan ganas de comprarlos todos. ¿No hay más veneno capitalista en una tienda pequeña que busca que te arruines —encima: en libros— que en una cadena comercial que te deja dinero para comer mañana? Cuidado con esos prejuicios.

Además, cuando quieres comprarlo todo, no sabes qué comprar y no compras nada. Pero si vas al Vips, como todo es una mierda, ves un libro medio literario y piensas: lo han puesto aquí para mí, me lo tengo que llevar. ¡Tengo que salvarlo!

Por eso yo me gasto dinero en la librería del Vips siempre, amigos. Siempre. El Vips es mi ONG.

Me ayuda el hecho de que en el Vips el que más sabe de libros es el que entra a comprarlos. ¿Quién necesita a un listillo diciéndole que lea a Pascal Quignard? El cliente siempre tiene la razón, pero ¿cómo va a creer que tiene razón si no sabe quién es Pascal Quignard y tú vas y se lo restriegas por la cara?

El éxito del Vips con gente como yo es que su librería no tiene ningún criterio, salvo que cualquier cosa que publique Anagrama, gane un premio o sea basura estará disponible. Lo demás es un gran misterio maravilloso.

Por ejemplo, el otro día. Voy al Vips. Basura por doquier. De pronto, La uruguaya, de Pedro Mairal. ¿Cómo ha llegado aquí este libro? Me lo pregunto hasta enloquecer. ¿Cuántos errores de mozos de almacén y de transportistas han hecho que la novela de este escritor argentino completamente desconocido en España esté en un Vips? ¿No tiene más mérito que esa novela esté en el Vips que el hecho mismo de que Mairal la haya escrito?

Un poco más allá: Sonatas, de Ramón María del Valle-Inclán. En serio: ¡60 personas comiendo sándwiches tan tranquilos sin saber que a lo mejor se les suben a la cabeza y acaban comprando todas las Sonatas de Valle-Inclán, no una ni dos!

Y lo más increíble: Tratado del socorro de los pobres, de Juan Luis Vives, edición facsimilar, 9 euros.

¿Cómo no te vas a comprar el Tratado del socorro de los pobres, obra escrita en latín en el siglo XVI, traducción al castellano del siglo XVIII, en un Vips?

Si puedes pagar por algo más divertido que esto, tiene que ser ilegal*.

*Nota del autor: lamentablemente, el Grupo Vips cerró todas sus librerías en las primeras semanas de 2018.

¿Quieres que te firme mi libro con sangre?

Solo hace dos años me enteré de verdad de qué iba eso de firmar en la Feria del Libro de Madrid.

Yo acababa de publicar mi novela Alabanza en Random House y me pasaron un estadillo con los números de las casetas y los horarios correspondientes. Los autores firman de doce a dos y de siete a nueve, los sábados y los domingos. Cuando uno solo tiene que firmar en una caseta —normalmente la del pequeño sello que le publicó su novela— puede solventar el compromiso tirando de cuatro amigos y cuatro familiares, de un despistado que le confunde con otro autor y de una exnovia que ha oído su nombre por megafonía.

Sin embargo, cuando uno tiene que firmar en ocho, diez o doce casetas —es decir, velar las armas de sus libros durante dieciséis horas o más— los amigos nunca son suficientes, los familiares se gastan a la primera ocasión y tampoco es cierto que acabáramos tan bien con tantas novias. Hay escritores que se libraron de la mili y ha tenido que ser la Feria del Libro la que les enseñe el frío que hace en una garita.

A pesar de que la prensa vende este trapicheo de firmas como un «encuentro con los lectores», lo cierto es que en la feria la mayoría de los escritores solo se encuentra consigo mismo. Casi nadie cuenta con sesenta personas que no solo lean con gusto sus libros, sino que además practiquen la pasión por el autógrafo y le llenen esa guardia de dos horas en la caseta. Sesenta personas por la mañana, sesenta por la tarde, y lo mismo al día siguiente y el fin de semana que viene. Sería lo necesario para que el escritor se librara de encarar la sutil tortura de verse solo con sus libros a unos cuarenta grados de temperatura durante horas interminables y con el piadoso librero dándole conversación. Y alguna excusa: es que ya no se vende como antes, ay.

Una vez coincidí con Julia Navarro en una sala de espera de la Cadena SER. Acababa de venir de firmar en la feria y, según dijo, le dolía la muñeca, pues había firmado, en una sola tarde, 435 ejemplares. 435 ejemplares es lo que venderán de su libro muchos autores desde el día que lo publicaron hasta que llegue el fin del universo conocido.

Arturo Pérez-Reverte o Lorenzo Silva también venden bien, firman de lo lindo. El año del que hablo el que estampó garabatos hasta desangrarse fue El Rubius. Cocineros, gentes de la tele y autoras de novela gráfica completan el catálogo de estrellas que consiguen escocer a todos los demás con sus largas colas de fetichistas de la firma.

Cuando te toca justo al lado de una estrella, te atiborras de paciencia y buenos sentimientos, pues todo lo que firma el vecino es, a fin de cuentas, por el bien de la industria. Además, la cola del vecino popular suele ser tan larga y desordenada que tapa tu propia firma, por lo que nadie puede ver que estás ahí solo haciendo el canelo. Sin embargo, esta loable majestad en la derrota se ve desbaratada cuando —y sucede a menudo y reiteradamente— los lectores del otro escritor se acercan a ti… (te vienes arriba durante un segundo) y te preguntan si el libro de tu vecino lo tienen que pagar antes de que lo firme. Te han confundido con un dependiente.

Es entonces cuando ni el más duro de carácter puede evitar salir de la caseta por la parte de atrás con la excusa de ir a fumar y hacer una llamada a su madre.

¿A quién se le ocurre ir de firmas a la feria y pensar que los lectores vendrán solos? A mí, de hecho.

Pero no a Juan Carlos Monedero. El memorable año de aprendizaje que aquí gloso también me tocó firmar al lado de Juan Carlos Monedero. Su libro no era de ripios, por mucho que se titulara Curso urgente de política para gente decente. El fundador de Podemos llegó media hora tarde y enseguida se puso a vender libros como quien acaba de recibir marisco fresco. Gritos, voces, risotadas y aspavientos hacían imperdonable que alguien que pasara frente a nosotros no se fijara en ese hombre en chaleco que quería hacer un poco más rico al Grupo Planeta. «Acérquense, que no muerdo», decía el buen hombre.

Ese mismo día, por la tarde, firmé —es un decir— con otro autor/emprendedor. Era un elegante anciano que estuvo las dos horas de pie, que daba consejos para llegar a su limítrofe edad (agua y andar, en resumen) y que hablaba de su propia novela más o menos como un panadero hablaría del pan que sale de su horno: que es, hombre por Dios, el mejor del mundo.

«Engancha desde el principio», les decía a los visitantes de la feria a nada que conseguía, con pasmosa habilidad, que se le acercaran. Casi todos se iban con un ejemplar de su novela bajo el brazo. Qué hombre tan encantador, debían de pensar.

He visto a los mejores cerebros de mi generación pudrirse de aburrimiento en una caseta. He visto a autores consagrados tan solos con sus libros que no me acerqué a saludarlos únicamente porque no supieran que yo sabía que estaban tan solos, mirando su pequeña faja de segunda edición. He visto a escritores irse de la feria tras dos horas en una caseta donde firmaron cero (0) libros. ¿Tanto les cuesta ponerse el traje de tendero y vender sus libros como si fueran melones en un cruce de semáforos?

Son los monjes, los dignos, escritores que no engañan a nadie, que escribieron su libro con toda la pasión que tenían y ahora se sienten incapaces de contemplar su obra a tanto el kilo.

Estos autores firmarían con sangre su propio libro. Si en la feria se firmara con sangre del autor, a lo mejor eran los que más vendían.

A favor de las faltas de ortografía (si está ardiendo mi casa)

Fue en la época dorada de las redes de blogs cuando me di cuenta de que saber escribir no tenía ningún valor en nuestra sociedad. ¿Qué es saber escribir? Bueno, poner un punto y coma de vez en cuando, usar el subjuntivo y, básicamente, utilizar las palabras según el sentido y la grafía que vienen fijados por el diccionario. Una chorrada, vamos.

En la época de la que les hablo muchos pensaban que podían hundir al grupo PRISA inventándose ocho blogs temáticos (cultura, decoración, tecnología, cocina…) y consiguiendo que sus contenidos tuvieran un posicionamiento óptimo en Google. El modelo era Weblogs SL. La clave del asunto estaba en que los contenidos eran despreciables. La gente pinchaba en el link y eso era todo. Si leían o no un post entero daba igual, porque ya contaban para enseñarle a los anunciantes cuánta gente visitaba la página.

Por ello, había redes de blogs que ofrecían a sus redactores un euro (1 euro) por cada post. Los más generosos daban nueve. Licenciados en Periodismo y en otras carreras demenciales acababan escribiendo textos por cantidades que podían conseguir, mucho más fácilmente, agitando una lata vacía en la puerta del Zara.

Ser analfabeto no impide triunfar en este mundo nuestro. Eso es lo que tenemos que enseñarles a nuestros hijos. No hay ningún tuitstar o youtuber de éxito que sea capaz de escribir una sola frase sin faltas de ortografía. Son ricos. Los futbolistas, los cantantes y los presentadores de televisión, que también son ricos, necesitan dos videotutoriales para las tildes: uno, para ponerlas; y otro, para no ponerlas. No pocos columnistas de renombre serían incapaces de reconocer sus propios artículos si se los dieran a leer sin firma, de tanto que se los corrige el redactor raso de turno. «Se vestía mientras tomaba un café con leche y dejaba una nota para su marido», leemos en la novela de éxito El guardián invisible, de Dolores Redondo. ¿Cómo puede uno vestirse al mismo tiempo que toma café y escribe sobre un papel? Olé. «Normalmente ya como algo mejor», nos dicen en un anuncio de yogures. Yo normalmente ya no me meto crack.

Toda la prensa nacional habla continuamente de «crisis humanitarias». Como dicen miles de psicópatas en Twitter, la prensa miente: no existen crisis humanitarias. Nunca en la historia de la humanidad ha habido una crisis humanitaria. Tampoco una emergencia humanitaria o un desastre humanitario. Dense cuenta de que a las crisis humanitarias enviamos ayuda humanitaria, y quizá debido a esta redundancia no acabamos de ayudar a nadie. Y es que hay mucha confusión sobre qué resulta más humanitario, matar a la gente o salvarla.

Humanitario tiene tres acepciones en el diccionario: una, sinónimo de benigno; otra, referido al bien del género humano; la tercera, alivio de los estragos de la guerra. Así, la «crisis humanitaria» esa que dicen debe de ser o una «crisis benigna» (¿cómo va a ser benigna una crisis?) o una crisis de bondad (la gente es cada vez más mala, entendemos) o una crisis en nuestra empatía hacia los damnificados durante un conflicto bélico, a los que, de pronto (crisis) no ayudamos.

Así está el patio. Pero no tiene ninguna importancia: es tan poco lo que tenemos que decir que nos entendemos incluso expresándolo mal.

Por ello, me ha sorprendido ver en pocos meses dos noticias acerca de las pruebas ortográficas a las que deben enfrentarse aquellos que aspiran a ocupar determinados empleos públicos en nuestro país. En concreto, los bomberos de Burgos y los policías de Madrid.

En Burgos, el 60% de los aspirantes a bombero fue eliminado de la oposición tras no superar un dictado. O sea, por poner uve en lugar de be o comerse una hache aquí y una tilde allá. ¿Se imaginan que empieza a arder su casa y viene a socorrerles un bombero con una manguera en la mano? Cualquiera, en semejante trance, daría por perdida su vivienda y todos sus objetos personales. ¡Un bombero que no trae diccionario qué fuego va a apagar, por Dios santo!

En Madrid, los opositores a Policía Nacional tuvieron la suerte de que un test léxico quedara invalidado después de que las autoridades competentes se dieran cuenta de que iba a tener que patrullar la ciudad un gilipollas premio Nobel de Literatura si se empeñaban en mantenerlo.

Yo he hecho este último test dos veces. Primero obtuve un 62 y luego un 68. No solo el test no tiene nada que ver con ser policía; apenas tiene que ver con saber escribir. ¿Quién está al corriente de si la Real Academia Española de la Lengua admite o no «almóndiga»?

Es fascinante que a una sociedad tan desinteresada por la ortografía y la gramática como la nuestra se le ocurra pedir a un hombre o a una mujer que solo quiere apagar fuegos o atrapar yihadistas saber que se escribe «bienfortunado» y no «bienafortunado». En mi infinita suspicacia y mal pensar he llegado a temerme que todo esto no sea otra cosa que una estratagema para amañar las oposiciones y que solo las pasen el sobrino de un teniente y la hija de un concejal.

Con todo, en Burgos deben de estar encantados con el espectáculo de ver arder cosas mientras sus bomberos se ponen hojas de laurel unos a otros en el casco.

¿En tu casa no había libros?

El otro día oí una frase tan llamativa como inquietante: «Los libros son una especie de basura». Lo de llamativa no me lo negarán. Lo de inquietante tiene una explicación: la frase la formulé yo mismo.

Andaba oyéndome pensar y, por esas cosas que tiene perderse en las barriadas menos recomendables del cerebro, me topé con esas siete palabras. A veces uno se lanza ideas de un hemisferio al otro, ideas que no piensa exactamente, sino que afloran por su cuenta, como herrumbre neuronal.

El caso es que me seguí el juego y me repliqué alegremente: «Entonces acumular libros en casa es una suerte de síndrome de Diógenes…».

Me hice tanta gracia que he escrito este artículo.

Estarán hartos de oír, de boca de escritores llorones, esta otra afirmación: «En mi casa no había libros». Bueno, pues en mi casa no había libros. No digo 2.000 libros; digo dos, digo uno.

Hay un gilipollas en Twitter que, cada vez que me nombra, me llama «el señorito Olmos». Seguro que cree que me crie en lo alto de una biblioteca familiar inabarcable, dado que puedo llamarle gilipollas. No fue así y, ahora que veo libros por mi casa, lo cierto es que no ameritan el calificativo de biblioteca, pues apenas llegarán a los 200. Además, la mayoría está dentro de un armario, sin ordenar siquiera.

Odio tener libros y, sin embargo, cuando veo a otros escritores fotografiarse junto a sus bibliotecas privadas y declarar ufanos la cifra milenaria de ejemplares que las componen, me dan mucha envidia. ¡Qué casa tan grande debes de tener si te caben 20.000 volúmenes!

La gente, así en general, gusta de tener libros. Quizá para demostrar que les sobra casa. O quizá en virtud de esta fórmula social que acabo de inventarme: la superficie en metros cuadrados de todos tus libros juntos —vistos de canto— debe ser superior a la superficie de la pantalla de tu televisor. Entonces eres un ciudadano con criterio propio y conciencia social.

Pero ¿qué hacen los libros en la casa?, ¿quién los lee?, ¿cuánto lleva ese premio Planeta sin salir de su apretura?, ¿y el Quijote ilustrado?

Cuando uno compra yogures o pomadas y los consume, los envases y botes que contenían esos mejunjes acaban en el cubo de la basura. Sin embargo, cuando uno compra un libro y lo lee, luego lo pone en un mueble, como un fumador que fuera dejando cajetillas de Marlboro vacías en unas baldas clavadas en el pasillo y les dijera a las visitas: «Mirad todo lo que he fumado».

Casi nadie lee un libro dos veces, pues ya es admirable que se lean una sola vez, de modo que darles cobijo en casa es exactamente igual que dar cobijo a un libro en blanco o a esos libros falsos que hay en el Ikea. O, en fin, a la basura.

Supongo que algo así quería decirme yo con la frase que origina estas letras.

Yo creo que vamos camino de que tener libros en casa sea considerado una tontería. Cuando uno escribe viene bien tener a mano un Faulkner o un Umbral —o libros de autores que nos inspiren— para abrirlos a voleo en busca de auxilio, un tono que imitar, un ritmo, cierta confianza que da leer a un maestro y tratar luego de acompasar la propia voz a la suya… Aquellos que leen, pero no escriben, sin embargo, ¿para qué tienen los libros?

Algo hay de herencia en vida para los hijos. Se puede decir que los niños, viendo libros por todos lados, acabarán leyendo. Se puede decir también que, cuando les sea necesario leer tal o cual clásico, ahí lo tendrán, inmediatamente a mano.

Pero lo cierto es que los niños no acaban leyendo porque estén rodeados de libros —seguramente solo leen si ven a sus padres leer— y que casi ninguna biblioteca familiar está compuesta ni exclusivamente de clásicos ni forzosamente de libros que las nuevas generaciones necesiten conocer. He visto muchos Vizcaíno Casas en esta vida de husmear bibliotecas ajenas, amigos.

El único motivo de la existencia de las bibliotecas privadas es que son, justamente, propiedad privada, algo que costó dinero y que obviamente uno se resiste a tirar. O, por usar las palabras de Thorstein Veblen, sirven para la «comparación odiosa», esto es, «la prepotencia de quien posee esos bienes y está por encima de otros individuos dentro de la comunidad», amén de que el ciudadano «debe encontrar algún medio de demostrar su entrega a la ociosidad durante el tiempo en que no está a la vista de sus espectadores», pues «para que el gasto sea prestigioso ha de ser derrochador. No se deriva mérito alguno del consumo de las cosas necesarias para vivir» (Teoría de la clase ociosa, 1899).

Y esa es toda la razón, a mi juicio, de que entendamos como prueba de bienestar y bonanza social el que haya libros en una casa, rémora del honor personal que arrastramos desde el siglo XIX y que las nuevas tecnologías, la no lectura y, sobre todo, este artículo mío acabarán por eliminar del sistema de valores de Occidente.

Así, para el año 2078, «en mi casa no había libros» será una frase misteriosa, como «en mi casa no había cartón».

De defender la cultura libre a venerar la televisión de pago

Niños, si queréis conocer el grado de progreso de la sociedad en la que vivís, no busquéis sus logros, no contéis infraestructuras ni derechos, no os perdáis en números per cápita ni en rentas de trabajo. Fijaos solamente en qué discusiones monopolizan el debate público, en los periódicos, en las redes sociales, en la televisión. Hubo un tiempo en que aquí se discutía sobre cultura libre. Íbamos sobrados.

¿Que qué era eso de cultura libre? Bueno, es fácil de explicar en la pizarra, aunque fuera de clase no haya manera de entenderse. Imaginad que todas las películas, todos los libros y todas las canciones —por no extenderme— estuvieran a disposición de todo el mundo de forma inmediata y gratuita. Puedes leer cualquier novela sin pedirle dinero a tu padre para comprarla, puedes ver cualquier película, aunque su producción haya superado los cien millones de euros y esa canción que alguien ha grabado en cualquier lugar del mundo tú tienes derecho a escucharla, porque te forma y te enriquece culturalmente.

Calma, calma, no os revolucionéis, que ahora hay que salir de la pizarra. Había una gente ahí fuera muy antigua que se oponía a esta arcadia del saber: los autores. Los muy idiotas confundían cultura libre con cultura gratis. Tuvimos que decirles: «No, hombre, no. No es lo mismo libre que gratis, aunque la única diferencia sea que tú nos haces el favor —poniendo un sellito en tus obras que lo explicite— de renunciar al usufructo de tus creaciones, pues te basta con el aplauso del pueblo».

Era el año 2010 y no teníamos otra cosa mejor de la que hablar ni por la que pelearnos.

¿Que cómo se le ocurrió a tanta gente defender de pronto la cultura libre? Bien, esto es lo que podemos llamar «política de hechos consumados»: la cultura ya era libre, porque la pirateábamos. ¡La de música que me bajé yo gratis e ilegalmente en esos años! (No se lo digáis al director, por favor; ni a vuestros padres). ¡La de películas de estreno que me vi sin pagar entrada, majos! Era tan maravilloso apretar tres botones y conseguir la canción de moda que, la verdad, no entendíamos por qué no era el mundo así todo el tiempo, dado que ya era, de facto, así. Fue la tecnología —básicamente la digitalización de contenidos y su distribución incontrolada en la red— la que nos puso la miel en los labios. Solo faltaba que los autores se avinieran a poner el sellito (Creative Commons, se llamaba), porque, en rigor, lo único que queríamos era dejar de ser delincuentes, que se legalizara nuestro expolio, similar a cuando un huracán pone patas arriba una ciudad y todo el mundo se lleva lo que quiere de las tiendas. Nosotros estábamos a favor del huracán permanente, el huracán del bien común.

¿Por qué se defendía con ardor que los autores de canciones regalaran su trabajo al mundo y a nadie se le ocurrió pedir que el iPod fuera gratis?, pregunta con voz muy bajita vuestro compañero repetidor del fondo. Hombre, internet desmaterializó la cultura, mientras que el iPod llevaba un montón de titanio o de no sé qué (preguntad al de Ciencias). Además, ¿tú sabes el placer que daba pagar por un iPod o un iPhone, sabiendo que no todos podían tenerlo? Queríamos que fuera gratis lo que todo el mundo podía pagar y muy caro lo que solo nosotros podíamos comprar.

La cosa iba a mayores, niños, estábamos al borde de la debacle. La gran pancarta de los defensores más radicales de la cultura libre decía: «¡Que den conciertos!». Es decir, si no puedes vivir de tu canción pegadiza porque todo el mundo se la descarga gratis, siempre puedes dar un concierto, muchos conciertos, arrastrar ese estribillo hasta el final de tus días por todos los antros de España. Era una manera elegante de decir: «¡Que se jodan!». ¿No habían desaparecido los aguadores, los fabricantes de abanicos o el mismo Messenger? Así es la vida (y la solidaridad en Occidente). Pensad en esa vieja profesión hoy residual llamada taxista; a ellos también se les dedicó un claro «¡que se jodan!».

¿Y las bibliotecas?, pregunta otra vez con voz muy bajita vuestro impenitente compañero de ahí atrás. Ah, las bibliotecas, miles de libros gratis, miles de cedés… Hombre, ¿no ves que ese material no estaba de moda? ¿No ves que la cultura libre solo demandaba poder acceder a la película, la novela y el disco del que todo el mundo estaba hablando? Un ejemplo: cuando Pa negre ganó el Goya a la mejor película de ese mismo año 2010 era imposible verla online porque nadie se había molestado en piratearla. Solo se pirateaba lo popular, es decir, aquello en lo que alguien había gastado millones de euros en publicidad para que fuera popular. La cultura libre era, en definitiva (primera ironía de esta clase), una validación del mercado.

Niños, íbamos sobrados, pero en 2008 empezó una crisis económica que llevó la tasa de paro de nuestro amado país al 25%. Era el año 2012 y todos los pijos que defendían la cultura libre dejaron de hacerlo porque, claro, resultaba de muy mal gusto. Imaginaos a cuarenta niñatos gritando: «¡El pueblo quiere Harry Potter gratis!» mientras seis millones de personas no tienen trabajo. Un poco de decoro social acabó con la polémica.

Mientras, Apple seguía vendiendo a espuertas sus teléfonos y tabletas, auténticos juguetes sexuales de nuestro siglo. Los mismos que en 2010 defendían el Kindle de Amazon, estos cacharros de Apple o cualquier otro gadget molón (lo defendían comprándolo mientras pedían que los contenidos de estos aparatos fueran gratis, digo), acabaron venerando, promocionando e imponiendo ¡la cultura de pago!

Calma, calma, desenclavad los lápices de las mesas, por favor.

Sí, exactamente los mismos nombres que en 2010 pedían cultura libre firmaban en 2017, y exactamente en los mismos diarios digitales de entonces, artículos como «La serie que tienes que ver», «La serie que no te puedes perder», «Qué series debes ver este verano» y «Qué maravillosa es esta serie». Un ejemplo sintomático fue Juego de Tronos.

Todo el mundo hablaba de Juego de Tronos, hasta Pablo Iglesias, líder del partido más a la izquierda en el arco parlamentario. ¿Qué era Juego de Tronos? ¿La ponían en la 1, en La Sexta? ¿La daba gratis un enano en la Puerta del Sol? No, majos, la daba de pago una cosa llamada HBO. ¿Por qué no decían nunca estos artículos que la serie no era como el Un, dos, tres o la Vuelta a España, que sí podía ver todo el mundo? ¿Por qué parecía que el país entero estaba en disposición de ver esta serie cuando solo podían verla legalmente aquellos que pagaran a HBO o a otra cosa llamada Movistar Plus? ¿Por qué debíamos, teníamos y no nos podíamos perder esta serie?

8 euros al mes costaba HBO. 8 euros al mes costaba Netflix, que también emitía sin parar series que tenías que ver. 16 euros al mes (192 euros al año) te conminaban a pagar los antiguos defensores de la cultura libre para no ser un paria intelectual de tu tiempo.

Daos cuenta, queridos niños, de que, según el ministerio competente, en 2015 cada español se gastó 260 euros en cultura; en toda la cultura.

Titulad esta lección «Cómo los adalides de la cultura libre pasaron de defender “un derecho del pueblo” a defender a HBO».

Podéis ir saliendo, niños. Y recordad siempre que el pasado es todo lo que no tenéis.

Cuando ser escritor era una juerga

2,95 euros cuesta contemplar el enternecedor y, a veces, lamentable ocaso de los sueños literarios.

Luis Mancha entrevista en Generación Kronen a los escritores José Ángel Mañas, Ray Loriga o Luis Magrinyà, y a los editores Chavi Azpeitia, Pote Huerta y Constantino Bértolo. El documental incluye una incomprensible sección dedicada al cine de los noventa (por suerte, muy breve), pero deja algunos momentos simpáticos, como cuando Juan Manuel de Prada pregunta al realizador si Mañas sigue escribiendo o cuando el propio Mañas afirma no ser «nada» en la literatura de hoy. También da a conocer algunos datos impresionantes: Juana Salavert reconoce que era normal en aquellos años recibir unos 25.000 euros por novela y Pedro Maestre asegura haber vendido 80.000 ejemplares de Matando dinosaurios con tirachinas, cifras completamente quiméricas a día de hoy para casi cualquier escritor.

La pieza es bastante irregular y parece haberse montado con prisas y sin exprimir del todo el testimonio que los propios entrevistados deseaban dar. Con todo, capta muy bien la esencia de aquellos años y la resaca en la que viven ahora varios de los escritores que conocieron —y es mucho conocer— el sabor auténtico de la gloria.

Todo empezó en 1992, cuando Constantino Bértolo publicó Lo peor de todo, de Ray Loriga. Ya el nombre del autor dejaba claro que no nos iba a hablar ni de la Guerra Civil ni de entrañables veranos en Cadaqués. Loriga traía la modernidad a la literatura española, influido por autores norteamericanos y, sobre todo, por la música y el cine. Prácticamente hizo veinte años antes todo lo que luego creyó estar haciendo la Generación Nocilla.

Héroes se publicó en 1994, con la foto del propio autor en la portada: llevaba el pelo largo y anillos con forma de calavera, tatuajes en los brazos y una cerveza en la mano. Ningún escritor de la historia de la literatura española ha sido tan atractivo para los medios como él.

Ese mismo año, José Ángel Mañas quedó finalista del premio Nadal con Historias del Kronen, la turbia crónica de la vida loca que los niños pijos de Madrid llevaron en el verano de las olimpiadas de Barcelona. El libro supuso una conmoción social y hasta Jesús Hermida dedicó uno de sus debates televisivos a sopesar seriamente si «nuestros hijos» se drogaban tanto.

En 1996, es decir, hace justo dos décadas, Montxo Armendáriz llevó el Kronen al cine (Mañas ganó el Goya a mejor guion adaptado) y nuevamente el premio Nadal marcó tendencia: el desconocido Pedro Maestre se hacía con el premio con su primera novela, Matando dinosaurios con tirachinas, «escrita en quince días».

La industria editorial se volvió loca. Juventud era todo el talento que necesitaba alguien que mandara su libro a una editorial. «Traficantes de juvenalia», llamó Jorge Herralde a algunos editores.

La lista de autores menores de treinta años que surgieron en los noventa es inagotable. Lucía Etxebarria, Juan Bonilla o Juan Manuel de Prada vieron publicados sus primeros libros y, enseguida, consiguieron algún premio importante o, en todo caso, continuaron su carrera en sellos de primera fila.

Se rizó el rizo: Violeta Hernando publicó Muertos o algo peor con diecisiete años; Espido Freire ganó el Planeta con veinticinco. La editorial Lengua de Trapo hizo una lista de agraciados en 1998, a la que tituló Páginas amarillas.

Yo estaba allí en aquellos años, leyendo cantidades industriales de libros inútiles. No hay escritor de los noventa del cual yo no haya leído hasta su libro menos importante. José Machado, Berta Vías Mahou, Tino Pertierra. Díganme uno.

A pesar de que críticos como Ignacio Echevarría desprecian alegremente la literatura de aquellos años, lo cierto es que la demencia editorial de los noventa hizo un favor fundamental a la industria: acercar los libros a los jóvenes.

Cuando uno veía a Mañas en la tele o a Maestre en los periódicos se sentía concernido: la literatura también hablaba de nosotros, de los que entonces teníamos veinte años. Es más: las editoriales estaban dispuestas a publicarte un libro. Si yo no hubiera asistido a todo este espectáculo de permeabilidad editorial, nunca se me hubiera ocurrido mandar mi primera novela a Anagrama, novela que efectivamente me publicó.

¿Qué tenemos hoy, sin embargo? Una literatura vieja, aburrida; un premio Nadal echado a perder y cuyos ganadores no importan a nadie. Decenas de escritores jóvenes (pueden conocer a veinte de ellos en la antología que preparé para Lengua de Trapo: Última temporada) cuyos libros son prácticamente inencontrables, pues las grandes editoriales ya no están interesadas en publicar a menores de treinta años. Y, finalmente, miles de lectores potenciales —los más jóvenes— para los cuales la literatura es ese lugar donde no se habla de ellos. Es decir: un futuro muy negro para los libros.

Es verdad que muchas de aquellas novelas eran una auténtica mierda y que varios de los autores que lloriquean en el documental Generación Kronen no se merecen otra cosa que el olvido en el que penan, pero la propia Historias del Kronen sigue siendo un digno testimonio —¿y qué otra cosa es la literatura sino testimonio?— de la vida en Madrid en los años noventa, Ray Loriga tiene grandes libros en su haber, como Trífero o El hombre que inventó Manhattan (cuando digo grandes, digo que podrán ser leídos con placer dentro de cincuenta años) y Juan Manuel de Prada escribe novelas de una solidez y pujanza que nada tienen que envidiar a, pongamos, Gonzalo Torrente Ballester. Juan Bonilla, Belén Gopegui o Antonio Orejudo son fruto de aquellas alegrías.

No es poca cosa, la verdad. Es, de hecho, todo lo que tenemos.

La novela negra nos enterrará a todos

La novela negra no tiene nada que envidiar a la peste negra, ni siquiera los muertos. Se expande por las librerías, que colocan ya este tipo de libros en un espacio particular y privilegiado; invade las bibliotecas, que absurdamente entienden también necesario pastorear a los lectores hacia los libros más comerciales; clava su estandarte en el catálogo de sellos hasta ahora estrictamente literarios con colecciones o minicolecciones llamadas a llevar el peso anual de una cuenta de resultados. Novela negra es lo que gana últimamente el premio Nadal, para sonrojo de los que aún se acuerdan de El Jarama o de Las ninfas; novela negra es lo que gana el premio Planeta, el premio Primavera… (¡hasta los premios de novela negra los ganan novelas negras!; no es que haya habido un intercambio de propósitos entre certámenes literarios, no). Y más: una escritora de novela negra dirige Babelia, el suplemento de libros más (o menos) prestigioso de España. Este fin de semana dedicaron el número entero a vendernos novela negra.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Sin duda, matando a alguien.

Dice Ricardo Piglia que Edipo fue la primera historia detectivesca de todos los tiempos, pues en ella hay un crimen y un hombre que trata de resolverlo (para concluir que él mismo es el asesino). Menos osada es la genealogía que localiza el origen de la novela negra en algunos textos de Friedrich Schiller, Anne Radcliffe o Adolf Müllner. Sin embargo, existe consenso en señalar finalmente Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, como el primer peldaño del género.

Permítanme decir que es una de las narraciones más inverosímiles que he leído en mi vida.

Con todo, su inverosimilitud fue, al parecer, original. Se trataba de llevar la papiroflexia al argumento, de retar al lector, fabricando un crucigrama de vidas en el que dos preguntas hacían la ola desde la primera página: ¿quién lo hizo? y ¿cómo lo hizo?

La novela enigma (como la llama Andreu Martín en su iluminador ensayo Cómo escribo novela policíaca) alcanzó velocidad de crucero gracias a una lupa, un macferlán y un pico de heroína: Sherlock Holmes. Agatha Christie tomó el relevo (siempre británico) de Arthur Conan Doyle, acometiendo sucesivas virguerías aún hoy estimulantes: que el narrador fuera el asesino (El asesinato de Roger Ackroyd) o que todos fueran el asesino (Diez negritos).

En las historias del género siempre se presenta la novela negra americana (o hard boiled) como una evolución o salto a la madurez de la novela enigma. Dashiell Hammet, Raymond Chandler y James M. Cain son considerados los fundadores y maestros de este nuevo arte de matar, más embarrado.

Dijo Chandler: «Hammett alejó el asesinato del jarrón veneciano y lo llevó al callejón».

En realidad, la novela negra o policial al estilo de Raymond Chandler (ya saben: detective problemático, sociedad corrompida, bajos fondos, crítica del sistema y final sorprendente) le debe —a mi juicio— mucho más a la novela naturalista de Zola que al macramé narrativo de Agatha Christie, del que eventualmente podría incluso prescindir. Basta con leer La bestia humana para saber por dónde voy.

La novela negra (años cincuenta del siglo XX) evolucionó mediante la traslación de una serie de patrones de probada eficacia a nuevos ambientes (el entorno «sureño» de Jim Thompson; el Harlem de Chester Himes, etcétera), tuvo un momento de flaqueza con la irrupción de la novela de ciencia ficción en los años sesenta (Raymond Chandler, con su habitual bonhomía, afirmó tras leer algunas páginas de una novela intergaláctica: «¿Pagan por escribir esta mierda?») y se recuperó para llegar sana y pletórica hasta nuestros días a caballo de cientos de autores y de miles de novelas que, parece, nadie se ha molestado en catalogar.

Yo diría que hoy el género se halla instalado en una etapa muy clara: el folclore policial. Ya no importa quién lo hizo, ya no importa cómo lo hizo, pues hemos leído —o visto en el cine— todos los posibles asesinos y todas las posibles formas de asesinar. Importa dónde lo hizo. Es decir, los usos y costumbres de un pueblo.

La exitosa trilogía de Dolores Redondo, por ejemplo, no aporta otra cosa al género que un minucioso repaso de la repostería navarra con la selva de Irati de fondo; del mismo modo, Domingo Villar (salvando las enormes distancias) hace lo propio con la costa gallega. Se pone de moda la novela negra sueca, mayormente, por lo de sueca; la frontera mexicana es lo único novedoso en la obra de Don Winslow, que mata igual que se mataba hace casi cien años o un poco peor.

Si usted quiere ser un autor de éxito de novela negra, no piense ya en inventar un detective estrambótico ni en recrear crímenes aún más bizarros: piense en que alguien investigue crímenes en lugares hasta ahora no visitados por los lectores. El Vaticano ya se le ocurrió a Dan Brown, por cierto.

Lo de nuestro país lo deja claro Andreu Martín en el citado Cómo escribo novela policíaca: «En España surgió el boom de la novela negra como reacción contra unas formas literarias que no interesaban a nadie». Habla de los años setenta, y las formas literarias que no interesaban a nadie son, básicamente, las que cualquier persona cabal entiende como Literatura.

Martín-Santos, Benet, el Cela de Oficio de Tinieblas 5 o Juan Goytisolo.

«Estábamos hartos de esa literatura ensimismada que necesitaba veinte páginas para subir una escalera», subraya enseguida en el mismo ensayo Juan Madrid.

Desde los años setenta hasta ahora se han sucedido los autores, las modas y los festivales de novela negra. Hay librerías y revistas especializadas en novela negra y premios propios y una cosa llamada «Semana Negra de Gijón», que muchos piensan que podría llamarse «Semana de la Cerveza Negra de Gijón» y nadie notaría la diferencia. Eduardo Mendoza creó el subgénero de novela negra paródica y aún hoy tiene imitadores. Javier Marías o Antonio Muñoz Molina han recurrido a este tipo de relato en novelas como El invierno en Lisboa o Los enamoramientos. Actualmente disfrutan de un considerable éxito, aparte de Dolores Redondo y del propio Mendoza, Víctor del Árbol, Lorenzo Silva o Carlos Zanón.

Si nadie te conoce, además, siempre funciona decir que tus novelas negras son un éxito en Francia.

La novela negra supone prácticamente el fin de la literatura. En la mayoría de los autores del género no hay ni un gramo de esa sustancia blanca que define este arte: el estilo. Todos los narradores policiales escriben igual, e igual a como escriben los narradores policiales de cualquier otro país. Traducir una novela negra se diferencia muy poco de escribirla.

La novela negra degrada la literatura a una suerte de cine de bajo presupuesto, dado que convierte la ficción escrita en el campo de pruebas de una historia. Si esa historia funciona comercialmente, se pasará a mayores: se hará una película.

Desde la aparición del hard boiled, además, se ha difundido el mantra de que la novela negra es en verdad narrativa comprometida, un vehículo para la denuncia social. Lo cierto es que todos los grandes escritores de novela negra eran, al mismo tiempo, grandes reaccionarios. De hecho, el más destacado escritor de novela negra de nuestros días, James Ellroy, admira a Ronald Reagan y, para escribir Seis de los grandes, fue, según desvela en A la caza de la mujer, «en todo momento el racista provocador adherido a las almas de mis asesinos derechistas».

Esto es así porque la novela negra auténtica está escrita a partir de experiencias vividas en primera persona. O, dicho con mayor malicia, la novela negra es la novela de ese obrero que vota a la derecha.

El viaje por los bajos fondos que ofrecen estos libros es un viaje por todo lo que sobra para que nuestro sistema capitalista sea perfecto. De ahí que sobren los delincuentes y los mafiosos, pero, a menudo, también los homosexuales, los negros, las mujeres con iniciativa y los comunistas.

Por supuesto, hay novela negra intencionadamente izquierdista, pero siempre será de segunda división: el escritor ha tenido que documentarse y copiar a los grandes.

«Siempre que hay poder hay discurso oficial y, mientras haya discurso oficial, habrá una novela negra para desmentirlo», dice de nuevo —ebrio de heroicidad— Juan Madrid.

Volvamos al principio: ¿es posible que la novela negra vaya contra el discurso oficial o contra el poder cuando ocupa sitios destacados en librerías y bibliotecas públicas, recibe los principales premios comerciales del país y hay escritores de novela negra dirigiendo importantes suplementos literarios, antiguamente tan exquisitos?

Al conservadurismo ideológico del género hay que sumar una poética rutinaria que no admite riesgo y una vocación de complacencia masiva que —ay— solo tiene un objetivo: el mercado. No hay ningún escritor de novela negra de prestigio que no venda libros; de hecho, ser un buen escritor de novela negra es vender libros. Hacer dinero.

Me imagino en el futuro perdido dentro de una librería buscando un libro humilde, un poemario o una novela minoritaria; me imagino recurriendo al librero para localizarlo y que me diga, después de cubrir con un ademán medio establecimiento: «Todo esto es novela negra, el resto es literatura».

De cómo la autoficción se convirtió en autopromoción

Partamos del supuesto de que la historia de la novela es una historia de la diferencia. El arte de narrar no es otra cosa que un catálogo de formas. La novela que encuentra sitio en el canon, en las universidades o en los manuales de literatura siempre es una novela que dio inicio a una corriente estética o que la llevó hasta sus límites, incluso agotándola.

Supongamos también que en el siglo XIX la novela alcanzó la perfección. Era así como debía hacerse una novela. Capítulos y partes, descripciones y atención a los detalles, casi siempre un narrador en tercera persona que se deja llevar por el estilo indirecto libre; planteamiento-nudo-desenlace, diálogos y un final climático. Tolstói, en suma; Flaubert. ¿Se podían escribir más novelas después de Guerra y paz? ¿Se podían narrar de forma diferente a Madame Bovary?

La historia de la novela del siglo XX es la historia de cientos de novelistas que intentaron dinamitar la morfología narrativa de ese realismo depurado. Lo que queda del siglo XX (porque es leído, comentado, imitado o estudiado) es el modernismo, la generación perdida, el nouveau roman, Oulipo o la posmodernidad. Es decir, un legado eminentemente formal.

Si el modernismo fue un juego (una exploración) de los elementos básicos del relato, la posmodernidad es el juego (la exploración) de la recepción. Ya poco nos quedaba por explorar aparte de la figura del lector.

Y es ahí donde entra en escena la autoficción.

«Why so serious?», que diría el Joker. Bueno, aquí vamos de la gravedad a la patochada: denme tiempo. Y sigamos.

La autoficción es el legado literario de comienzos del siglo XXI. Autores como Emmanuel Carrère o Javier Cercas, entre otros muchos, quedarán como representantes de la novela que se hacía en el primer cuarto del presente siglo. También se han escrito otro tipo de novelas, evidentemente, pero lo que atesoramos como «canon», va dicho, ha de ser siempre otra cosa, una anomalía.

La autoficción de Carrère o Cercas es algo tan sencillo como novelas en las que el protagonista tiene el mismo nombre que el autor (o exactamente la misma profesión, edad, situación familiar…, en fin, identidad). De este gesto temerario se derivan consecuencias inmediatas para el lector: ¿es verdad lo que leo?; incluso: ¿qué es la verdad?

Si alguien escribe su autobiografía, el lector entiende que todo lo que se cuenta en ella son los hechos ciertos de una vida; si escribe una novela, el lector asume el carácter imaginario de lo narrado. Por ello no hay autobiografías donde una persona se convierta en un escarabajo o vuele. Es lo que se conoce, respectivamente, como «pacto autobiográfico» y «pacto de la ficción».

La autoficción no respeta estas convenciones, mezcla datos reales con otros inventados, lo que lleva al lector a una situación infrecuente: duda sobre qué está leyendo exactamente. Hay incluso lectores que se enfadan (el enfrentamiento de Arcadi Espada con Javier Cercas a raíz de Soldados de Salamina va por ahí), pues entienden que no están ante malabarismos del arte literario, sino frente a una desvergonzada estafa (imaginen que yo escribo una novela sobre un Alberto Olmos que fue violado de niño. ¿Se atreverían a decirme que es mala?, y ¿cuántos premios me darían?).

No es fácil huir de las modas, escribir sin atender a lo que tiene éxito o cosecha elogios. Por ello, numerosos escritores se han puesto a escribir autoficción, después de años haciendo novela más o menos tradicional.

La novela de Álvaro Colomer, Aunque caminen por el valle de la muerte, es —amén de un buen libro— un ejemplo de resistencia. Lo que se nos cuenta en ella es una batalla real y el relato se sustenta en una documentación exhaustiva. Sin embargo, el autor no aparece por ningún lado.

Lo que tendría que haber hecho Colomer para estar a la moda —quizá incluso para tener un enorme éxito— sería narrar no la batalla, sino cómo se documentó sobre la dichosa batalla: tomé un avión, llegué a El Salvador, pisé Irak, me dijo Fulano que no escribiera esta historia, que iba a tener problemas, mi novia me echaba mucho de menos en estos viajes… Todo ello entreverado con el relato de la propia batalla.

Es lo que hacen —un libro sobre cómo escribo el propio libro— muchos otros autores.

Sin embargo, lo cierto es que la autoficción se encuentra ahora mismo en un momento crítico. Personalmente no puedo ya más con tanta gente hablando de sí misma. Entre novedades, manuscritos a los que tengo acceso e incluso artículos de prensa, el grado de narcisismo de los autores hace tiempo que superó la categoría de ridículo y se dirige a toda velocidad hacia el diagnóstico de demencia.

El otro día tuve una iluminación, después de leer un texto particularmente vomitivo. La obra literaria se ha visto contaminada por las redes sociales: he ahí mi iluminación. Si los autores jóvenes y no tan jóvenes dedican diariamente varias horas a autopromocionarse en Facebook o Twitter (cualquier cosa buena que se diga de ellos es enlazada y aireada, amén de exagerada), a la hora de escribir novelas también creen que deben vendernos su éxito literario. Esto ha llevado a que abunden las novelas donde la auténtica trama es la ficción de un éxito, es decir, novelas que tratan de un autor que se nos propone como tal —justamente porque nadie lo conoce o valora, pocos lo leen, nadie lo traduce o nadie lo cita—.

El pringoso consejo según el cual para ser un escritor de éxito primero tienes que parecer (por el modo de vestir y de comportarte) un escritor de éxito alcanza en estos minutos de la basura de la autoficción su corolario definitivo: la propia obra. Escribo para que te creas que soy escritor, para creérmelo yo mismo.

Los rasgos de esta autoficción degradada son muchos: decir siempre que uno «solo sirve para escribir», hacer que los demás personajes te apelen como escritor, incluir algún viaje transoceánico para dar una charla en un festival donde también asistan escritores consagrados (dar sus nombres), ¡sacar a tu novia por su nombre de pila! (esto es muy importante), abusar del posesivo de primera persona («mi editor», «mi agente»…), así como transformar cualquier verbo de acción en un verbo que sugiera a los lectores que el universo gira en torno a ti (nunca «fui»: «me llamaron»; nunca «llegué»: «me recibieron»…) y, sobre todo, disponer de una potente excusa narrativa para levantar todo este tinglado egomaníaco (algo grave, por ejemplo, la muerte del padre).

La autoficción como autopromoción, como vehículo de vanidades, no puede sino ahuyentar a los lectores. ¿Quién quiere leer un libro sobre lo mucho que el autor se gusta a sí mismo? Sin embargo, llevo dos semanas leyendo libros, manuscritos y artículos de autores que se gustan mucho a sí mismos. Sin ironía (como aquel «Yo. Yo. Yo. Yo.» con el que empezaban los Diarios de Gombrowicz); sin empatía (como la que sentimos por el Javier Cercas de Soldados de Salamina, solo, sin trabajo y deprimido); sin modestia (no conozco buena literatura cuyo único presupuesto sea la soberbia).

Así las cosas, ¿cómo distinguir el yo mercadotécnico del auténtico yo literario? En realidad es muy fácil: con el segundo sientes que el autor habla de ti. Decenas de autores hoy en día parten de la premisa: «Lo yo cuento interesa porque trata de mí», cuando la literatura autobiográfica interesa porque, bien hecha, trata de todos nosotros. Es la diferencia entre lo doméstico y lo íntimo (que es lo universal).

El yo del nosotros: ese es el yo que estamos perdiendo.

Bolaño y yo: la historia jamás contada

Dicen los ganadores que nunca ganan, pero casi, que del subcampeón no se acuerda nadie. Y yo fui subcampeón del premio Herralde que se llevó Roberto Bolaño con Los detectives salvajes. Mi obra se titulaba A bordo del naufragio. Tenía yo veintitrés años.

Roberto Bolaño y un servidor iniciamos entonces trayectorias paralelas y, mientras él se ha convertido en un mito literario, yo tengo esta columna.

Poder mostrar fotos con Roberto Bolaño y haber cruzado con él algunas palabras se fue volviendo con el paso de los años algo excepcionalmente referible, sobre todo a partir de su muerte, momento en el que su figura agigantada hasta el delirio se afilió a la hermandad de inmortales donde Borges, García Márquez o Vargas Llosa llevaban décadas de monótono oligopolio.

Lo que nunca he olvidado de Roberto Bolaño es su jersey con bolitas. Yo he visto, en definitiva, a un jersey con bolitas volverse mítico. Quiero decir que Bolaño, en la Barcelona de 1998, recibiendo el premio Herralde, era un señor que lo tenía todo para fracasar, eminentemente esas bolitas fruto de un jersey resobado, amén del resto de su indumentaria, vieja y ajada, el rostro magullado por las carencias dentales y la desazón, las gafas desequilibradas y el andar raquítico.

Todo eso, hoy en día, no hay foto que lo delate. Ves una foto de Roberto Bolaño y siempre ves a un galán de las letras; bohemia y no miseria, intención y no dejadez, estilo y no cutrerío. La fama debida a esto de la literatura vuelve apolínea toda vulgaridad.

¿Cómo era Roberto Bolaño antes de que Los detectives salvajes saliera a la venta, vendiera, se tradujera y resultara premiada por segunda vez (Rómulo Gallegos)? Pues era un señor que no conocía nadie. Yo había leído a bastantes autores de la editorial Anagrama, pero admití ante Jorge Herralde que no sabía junto a quién me estaba premiando. Es un autor de gran calidad, pero poco conocido, me vino a decir el editor.

Bolaño andaba por aquellos días viendo películas de David Lynch y le daba muchas vueltas al sentido último de la trama de Carretera perdida. También —en aquellas horas primeras de conocerlo— vine a notar que practicaba con soltura el elogio desmedido y la afirmación irreversible y, así, todo era lo mejor, lo más, lo sumo o, por el contrario, lo peor, lo más bajo, lo ínfimo dentro de su especie. Recuerdo oírle decir que Jaime Bayly era el escritor en español con mejor oído para los diálogos. Luego escribió o dijo que Javier Marías era «de largo» el mejor prosista en español de nuestro tiempo o que Georges Perec era «sin duda» el mejor escritor de la segunda mitad del siglo XX. Este criterio tenía Bolaño, sin matices, sin mesura; sin mucha responsabilidad.

Lamento informar a sus biógrafos y devotos que no recuerdo si en la cena que sigue a la entrega del premio Herralde —entonces celebrada en La Balsa— Bolaño tomó carne o pescado.

Y de La Balsa en Barcelona, en puente aéreo costeado por la editorial Anagrama, llegamos a un día de diciembre de 1998 en Madrid, en el Bar Hispano, lugar habitual —hasta que la crisis disuadió al sello fundado por Jorge Herralde de perseverar en semejante dispendio— de la presentación de las novelas reconocidas con el premio de marras.

«Anochece sobre Pozuelo», así empezaba el texto con el que Soledad Puértolas presentó Los detectives salvajes. Seguramente muchos de ustedes no se podrán creer que Soledad Puértolas fuera la presentadora de Roberto Bolaño. Pues fue. ¿No había nadie mejor, más ilustre, menos comercialote? Sin duda, no lo había, pues Roberto Bolaño, en 1998, reunió en la presentación de Los detectives salvajes en Madrid a no más de diez o quince personas, lo que sumado a las doce que llevé yo daba una bonita cifra de fracaso.

Al año siguiente, con Luis Magrinyà y Pablo d’Ors como ganadores del premio, el Bar Hispano disfrutó de aforo completo: estaba, como se decía antes, «el todo Madrid».

¿Dónde estaban entonces, en 1998 y en Madrid, todos esos autores, críticos, lectores y editores que, apenas un año después —y no digamos siete años después— declararían que Bolaño era el mejor escritor del mundo? Supongo que esperando a que se hiciera famoso para poder confesar que lo llevaban apoyando desde el principio.

Llevo casi veinte años tratando de que me guste Roberto Bolaño. Que Los detectives salvajes quedara por delante de mi novela debut no ha afectado a mi juicio sobre su obra completa pues, a fin de cuentas, y como dice el rapero, en 1998 Bolaño jugaba «al mismo deporte en otra liga».

Así las cosas, lo más interesante de la figura de Roberto Bolaño es que supuso el primer caso de canonización literaria vivida en directo por todos los autores y lectores de mi generación. Nunca antes un escritor había recorrido para nosotros de forma completa el camino hacia la gloria literaria. Hay que señalar que el Quijote y Cien años de soledad, para un bachiller, son clásicos por igual, aunque a uno lo acrediten cuatro siglos y al otro nos lo hicieran estudiar solo treinta años después de haberse publicado.

Vista la «canonización en directo» de Bolaño uno puede ya por fin enunciar la clave de la inmortalidad literaria. Basta una palabra: potra.

Había —y hay— decenas de escritores latinoamericanos mucho mejores que Roberto Bolaño, o igual de medianos y sugestivos. Sin embargo, Bolaño ha aniquilado toda posibilidad de que Piglia, Aira, Vallejo, Bellatin o Fuguet consigan una recepción ni remotamente parecida a la que él goza hoy en día.

Los fans locos de Bolaño creen que su santo autor lo hacía todo bien. Sus poemas son muy buenos, sus cuentos son excelentes y sus novelas son extraordinarias. Hasta sus apreciaciones críticas son subrayadas en los libros que las compilan como si Bolaño las hubiera sopesado por más de dos minutos.

A mi juicio, los poemas de Bolaño son infames; sus cuentos, mediocres; y sus novelas, un amontonamiento de sus cuentos menos mediocres. Creo que Los detectives salvajes es una buena novela. Creo que 2666 es un disparate. Las cinco novelas que la componen parecen necesitadas de comparecer juntas para intimidar al lector pues, leídas sueltas, no satisfarían al menos demandante de ellos. Por otro lado, su decálogo para escribir cuentos es de las estupideces más bochornosas que yo he leído nunca dentro del género teórico.

Bolaño dijo en los días que lo conocí que escribió Los detectives salvajes en un año. Yo le creo, porque entiendo que toda su obra está elaborada deprisa, sin mucha dubitación, a caballo de una prosa funcional y atiborrada de clichés («duerme como un ángel», «pobre como una rata») y de un gusto por narrarlo todo, particularmente qué comen los personajes y qué llevan puesto. Es difícil tomar una página al azar de Bolaño y otra a voleo de García Márquez y defender que, a su vez, juegan en la misma liga.

También entiendo que la obra de Bolaño tiene algo de boom recalentado, sirviendo al mismo tiempo de epílogo a Borges, a Cortázar y a Vargas Llosa. Nada de lo que hay en la obra de Bolaño es propio de la literatura del siglo XXI, caracterizada por la autoficción y los juegos con la recepción, amén de por todos esos autores (Franzen) que no soportan ni la autoficción ni los juegos con la recepción y tratan de volver a Tolstói.

Mi interpretación de la «potra» de Bolaño tiene que ver con los días marginales que vive la literatura. Desde hace años ya se habla de «novela literaria» para designar una obra que no ha sido concebida con intención de convertirse en un bestseller. La perversión en esta dualidad creada para las obras de ficción («novela literaria» frente a «novela comercial») ha llegado pronto y consiste en colar novelas claramente escritas para una fácil lectura en un catálogo editorial que se supone exigente. Creo que Bolaño, en la mayoría de sus páginas, propicia una lectura enormemente facilona (no en vano, lo que se escribe a toda prisa se lee casi siempre a toda prisa). A la gente le gusta Bolaño del mismo modo que le gusta Dan Brown, lo que pasa es que pueden mirar por encima del hombro a todos aquellos a los que solo les gusta Dan Brown.

¿Cómo distinguir a un genio de un payaso?

Puede que convertirse en un genio de la literatura, y no en un escritor, fuera exactamente lo que queríamos todos en la universidad. También es posible que los que se empeñaron en ser genios de la literatura no llegaran ni siquiera a ser escritores, porque escribir un libro supone muchas concesiones a la normalidad, algo tan poco estridente como sentarse en una silla.

En todo caso, ¿qué es un genio? La pregunta no es fácil de responder, pues la realidad del genio está llena de paradojas. Un genio, para serlo, necesita sobre todo de re­­conocimiento. Nadie es un genio si los demás no se dan cuenta de ello. Sin embargo, ¿cómo puede una inteligencia suprema quedar en manos de inteligencias inferiores, que son las que tienen que ensalzarlo? Decirle a alguien que es un genio significa reconocerle que eres más tonto que él, lo cual lleva implícito el descrédito de tu propio juicio. Esto lo saben los genios y por eso no hay nada que desprecien más que la gente que los llama genios.

Con todo, la paradoja principal es la que se deriva de considerar que, en rigor, solo el genio se comprende a sí mismo. Por ello, únicamente él puede saberse genio y determinarse genio y darse el título de genio. Pero decir «soy un genio» es la cosa más estúpida del mundo.

Viene todo esto al hilo de dos volúmenes de ensayos y anotaciones que le han publicado en España al escritor argentino César Aira (Coronel Pringles, 1949). Uno de ellos lleva un título como de recopilatorio de Los Planetas: Continuación de ideas diversas; el otro suena más a radiofórmula: Evasión y otros ensayos. Los he leído con sumo interés porque César Aira es considerado un genio por buena parte de los autores de mi gene­­ración.

Yo empecé a leer a Aira por curiosidad, cuando desembarcó en nuestro país con Varamo; seguí leyéndolo porque decían que era un genio y, como no han dejado de decirlo, he seguido leyéndolo hasta verme atrapado en mi propia paradoja de lector: que ya necesito que sea un genio para que pasar tanto rato con sus libros no haya sido una equivocación.

Por ello, he leído sus ensayos buscando la palabra genio y sus manifestaciones míticas. Enseguida, en Continuación de ideas diversas, vi legitimado este filtro de lectura: «Yo quería ser un gran escritor, un genio…» Y poco después: «… porque siendo un genio como quería ser…». La figura de Julio Cortázar (aportación argentina al álbum de cromos de los genios del siglo XX) aparece en varias ocasiones, además, y siempre impugnada. Rayuela es «patéticamente pueril»; El perseguidor es «malo al punto de lo impublicable». Aira es tan consciente de sus aspiraciones de genialidad que hasta le torturan: «¿Qué razón hay para escribir estos vanguardismos que escribo yo?».

Fue precisamente Julio Cortázar en Rayuela el que sentenció: «El genio es elegirse genial y acertar». A mí esta afirmación me parece de lo más inteligente que se ha dicho nunca sobre ser un genio.

Cortázar subraya (poniéndola en cursiva) la palabra acertar. Con ello quiere decir que un genio solo es una vanidad electoral, una candidatura. Necesita el refrendo en la recepción. Por eso, cuando leemos la afirmación de Truman Capote: «Soy homosexual. Soy alcohólico. Soy un genio» o la de Vladimir Nabokov: «Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido», nos acongojamos, porque las leemos desde la conformidad de la Historia de la Literatura, que ha convenido su brillantez como escritores. Sin embargo, un tal Joaquín Grau afirmó a principios de siglo: «Estamos Shakespeare, Esquilo y yo. No hay más», declaración que nos parece una payasada justamente porque no sabemos ni qué escribió Joaquín Grau. Sería muy distinto que Tolstói hubiera dicho: «Estamos Shakespeare, Esquilo y yo. No hay más». Cuando te toca la lotería puedes decir que eres rico, pero resulta ridículo decirlo nada más comprar el boleto.

No me ha extrañado por ello que el ensayo más brillante de Aira sea el que dedica a Salvador Dalí (en Evasión y otros ensayos). De hecho, la pregunta germinal de esta pieza no deja lugar a dudas: «¿Cómo es posible decir: soy un genio?».

Aira describe perfectamente la operación de Dalí: «Apropiarse del consenso». Dado que hay que esperar mucho —incluso morirse— para ser considerado un genio, ¿por qué no anticipar el veredicto y ser además uno mismo su propio juez? A fin de cuentas, ¿qué sabe nadie lo que es un genio de la pintura?

Dalí triunfó como genio por los mismos motivos por los que Albert Einstein triunfó como genio: no por pintar (esto es, no por su e = mc2), sino por engrasarse el bigote (la gente cree que Einstein es un genio por esa foto donde sale sacando la lengua, no nos engañemos). Que Einstein fuera un genio de verdad y Dalí, un payaso, carece de importancia. El farsante se cree la ficción que el genio vive, pero ambas son ficciones.

César Aira, por tanto, merodeaba la genialidad desde el principio de su vocación y perseveró en su conquista en sus innumerables novelas breves (llenas de desvíos sobre el esquema argumental canónico) y en estos ensayos estimulantes y juguetones. Por suerte, su obsesión con el genio no le ha llevado a falsificarse la vida y en todas sus fotografías aparece como una persona normal, sin proponer esa excentricidad que el lector de paso podría asumir como genial.

Quizá sea el cuento corto «El carrito» una forma inmejorable de acercarse a su obra; quizá podría seguirse con otro cuento, «El perro». Después, la novela El congreso de literatura pondrá a prueba definitivamente los nervios del lector.

Con este último título estuve a punto de aceptar que César Aira era un genio. Pero preferí dudar, seguir leyendo.

2. La cuestión de leer

Carta abierta a Andrea Levy

Leída Andrea:

No me sigues en Twitter. Desde hace más de dos meses yo sí te sigo y entro todos los días a ver si has reparado en mi seguidismo; y no. Esto al margen, te digo.

Pues que andaba el otro día por Twitter y, después de comprobar que sigues sin seguirme, vi tu nombre entre las diez cosas que hacen que merezca la pena vivir criticándolas sin fundamento (en inglés se llega antes: Trending Topics). Al principio me alegré; me dije: que se joda, ni siquiera me sigue. Luego pude comprobar que no te linchaban por no corresponder a un escritor como hay tantos, sino por leer libros.

Te habían entrevistado en Zenda, la revista literaria digital que capitanea Pérez-Reverte, y bastó el titular que te pusieron para desenterrar todos los móviles olvidados en las playas y, de paso, agitar la bilis de agosto, normalmente adormecida. Decía el titular, decías tú: «La casa de Bernarda Alba es el libro que me ha hecho reivindicativa y revolucionaria». Estás muy loca, Andrea.

Twitter vio enseguida lo loca que estás y consideró masivamente que tú no podías leer a Lorca, primero, y, segundo, que no podías considerarte a ti misma revolucionaria. Había mil tuits por minuto diciéndote lo primero y otros mil por minuto avisándote de lo segundo. Curiosamente, no leí ningún tuit que resumiera ambas reconvenciones, y eso que era un tuit muy sencillo: «Andrea Levy, tú no puedes ser del PP».

Me permito un desvío para decirte que tú no eres del PP, Andrea. Olvídalo, no nos engañas. Aunque seas del PP, no eres de verdad del PP. Solo trabajas allí. Todos tenemos que comer y mírame a mí en El Confidencial. Cada uno es víctima de sus propias inercias acomodaticias. Yo debería estar en el New York Times Review of Books, pero me quedaba lejos de casa.

Volviendo al tema, yo sí creo que eres una revolucionaria. Si tú no has revolucionado el PP, es que yo no sé nada de revoluciones, es que no se ha hecho una sola revolución en el mundo. Uno repasa la lista de mujeres que han abanderado al PP en las últimas décadas (Esperanza Aguirre, Rita Barberá, Celia Villalobos) y, al toparse contigo, con tu nombre, es como si se rayara el disco de pasodobles, te lo juro. Eres un scratch en un disco de pasodobles, Andrea. Si el scratch revolucionó la música, y si cada veinte minutos Apple o McDonald’s o el PSG revolucionan su sector, tú también puedes echar mano de semejante familia léxica levantisca. No veo a nadie criticando a Apple por revolucionar (sic) nuestra vida todo el tiempo, a nada que le ponen un botón nuevo a su teléfono.

Otro tema es que puedas leer a Lorca y que Lorca pueda servirte de inspiración. Tú mataste a Lorca, Andrea, queda mal que digas ahora que lo lees. Lo mataste a finales del siglo XX, justo un segundo después de hacerte del PP.

Ya sé que es una gilipollez consideraros a todos los del PP asesinos de Lorca, pero es que a la gente auténticamente de izquierdas nos va la revancha con ochenta años de retraso y sin jugarnos nada en ella. Cuando mis amigos de izquierdas y yo quedamos, hasta ganamos la Guerra Civil de lo valientes que somos. No dejamos un solo facha vivo, tía. La cosa además es así: para ser auténticamente de izquierdas no vale con defender unas ideas, tienes que defenderlas además con mucha más intolerancia y brutalidad que los otros que se dicen de izquierdas. Si yo tuiteo que a lo mejor resulta un poco provocador que justamente Lorca te enseñara a ser revolucionaria, quedo como un blando, casi un socialdemócrata, sobre todo comparado con alguien que tuitee: «Esa zorra facha asesina de Lorca que cierre la boca». Este tuit solo puede firmarlo alguien verdaderamente de izquierdas.

Date cuenta también de que, por ser del PP, no eres mujer. En Twitter, los insultos, menosprecios y bromas que te dedicaron, si no fueras del PP, habrían servido como censo de machistas al observatorio de turno. Como eres del PP, qué alegría, qué machismo tan estupendo pudimos disfrutar. Que si no sabes leer, que si careces de comprensión lectora, que si no tienes cerebro. Qué bien poder meterse con una mujer sabiendo que todos creen que me estoy metiendo con un sujeto político asexuado del PP.

Esta es la lista de libros y autores que citas en tu entrevista en Zenda: El principito, de Antoine de Saint-Exupéry; La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca; La divina comedia, de Dante; Rojo y negro, de Stendhal; Pulp y La senda del perdedor, de Charles Bukowski; John Fante; Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; Anaïs Nin; El diablo a todas horas, de Donald Ray Pollock; Hilbilly, una elegía rural, de J. D. Vance; Cuentos prohibidos de Corea del Norte; Don Quijote, de Miguel de Cervantes; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; y los Diarios, de Jaime Gil de Biedma. En fin, lecturas básicas que todo el mundo —sobre todo si te insultó en Twitter— domina. ¿Hay alguien que no haya leído los Diarios de Jaime Gil de Biedma? Por desgracia, te faltan Patria y dos o tres Harry Potter para estar al nivel medio del lector en esa red social.

En definitiva, creo que ha quedado claro que solo tienes dos opciones: o dejas de leer tanto libro o dejas de ser del PP. Las dos cosas a la vez no pueden ser, Andrea; no te lo consentimos. Mientras te vas decidiendo, eso sí, disimula y evita lecturas de autores de izquierdas. ¿No ves que la cultura es eso, leer solo lo que me da la razón y desdeñar lo que puede hacerme dudar?

Por el bien de la cultura, no leas.

Un saludo iletrado.

P. D.: Dale al follow.

Cómo dejé de odiar a los argentinos

No es necesariamente incontestable que los argentinos sean la gente más insufrible del planeta. El estereotipo que pinta a los argentinos como engreídos, sofisticados, parlanchines y socialmente rampantes tiene un origen confuso y una perdurabilidad más que asegurada. Pero no sé de dónde viene. He preguntado por ahí y todos citan los flujos migratorios de ida y vuelta como posible causa de su sobrecargada imagen. También me han señalado la justa diferencia que ha de establecerse entre el argentino de Buenos Aires y el argentino del interior. Alguien más me ha comentado que el prejuicio que pesa sobre los argentinos viene simplemente de la observación: son, en efecto, así de agotadores.

Me puse a pensar qué responsabilidad podía tener la literatura en esa visión de los argentinos como gente afectada y muy pagada de sí misma. Lo cierto es que solo me venían a la cabeza nombres de autores que a uno le cuesta mucho imaginarse que pudieran estar callados durante más de cinco minutos. Cortázar como papagayo, Borges como vocinglero, amén de todos esos autores actuales que sin duda ustedes ya tienen en mente.

Además, la obra de cualquier argentino que me venía a la cabeza era siempre una obra primorosa, marginal, selecta, única, desviada, minoritaria, caviaresca. Perdonen la frase argentina en sí misma. Aira, por ejemplo, don César. Piglia, sin duda, don Ricardo. Cuando un autor argentino debuta en España, lo hace siempre con todas las luces puestas, como si por fin pudiéramos los lectores dejarlo estar, esto de la literatura. La literatura era él.

El único vado que se permite a esta literatura tan abusivamente argentina lo representan las autoras, gente como Samanta Schweblin o Selva Almada, que proponen su obra sin ruido alguno, sin esas ristras de latas atadas que parecen arrastrar los libros de sus compatriotas varones.

Mi propio desmantelamiento del estereotipo argentino se inició cuando viajé hace algunos años a Buenos Aires y ha terminado este mismo verano, tras la lectura de Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal. Estos dos hitos, mediados por algunas otras experiencias y lecturas, han propiciado en mí un gran afecto por los argentinos, entendidos como todo eso que no sabemos de ellos.

Llevo tiempo convenciéndome de que hay una realidad menos imbécil que la nuestra y que está en medio del campo. Traté de explicarlo aquí en un artículo sobre Lo Pagán que nadie en Lo Pagán entendió, lo cual me confirma en mi defensa de Lo Pagán, un sitio impermeable a la ironía. Semanas después de conseguir ser nombrado persona non grata en Lo Pagán me fui a Cedeira, en las Rías Altas de Galicia. Mi novia me ha pedido por favor que no escriba sobre Cedeira, en las Rías Altas de Galicia.

El caso es que me gustan los pueblos porque allí nadie tiene problemas imaginarios, identidades dignas de defensa ni libros de charlatanes como Yuval Noah Harari.

Y estando de pueblos y provincias (Ferrol, Villafranca del Bierzo, La Seca…) por media España, me leí la historia de un tipo que cruza media Argentina para perder la virginidad con una estrella del porno.

Una noche con Sabrina Love fue el debut de Pedro Mairal hace veinte años y aquí la propuso sin mucho éxito Anagrama poco después. Ahora Libros del Asteroide ha vuelto a publicar la novela tras el éxito de La uruguaya.

El libro lo protagoniza un muchacho que hace autoestop desde el pueblo donde ya trabaja y se pudre hasta Buenos Aires, donde le espera una noche de sexo gracias a un estrambótico sorteo. En su periplo, el joven socializa con decenas de personas, entre ellas camioneros, soldados, vendedores ambulantes y taxistas; ha dejado atrás a un hermano en paro y muchos amigos sin más ambición que beber hasta morir. Todos ellos son la gente. Yo creo que nunca había leído una novela argentina donde apareciera la gente.

Y la gente es igual en todas partes: creo que a eso voy con este artículo.

La implacable sencillez, redondeada de puntuales accesos líricos, que emplea Mairal en este debut deslumbrante traza un retrato conmovedor de las personas sin historia, sin ego, sin libros a su nombre. Desde el pueblo y toda la región entrerriana que vemos en la primera mitad del libro hasta ese Buenos Aires asfixiante y superviviente que impacta al muchacho cuando llega a su destino, Una noche con Sabrina Love es casi un himno a la Argentina que no merece la pena exportar ni por supuesto contar, porque es demasiado cutre. Gente que no tiene para tomar un autobús, gente que come bocadillos, gente que se mancha las manos cuando trabaja. Y un chico que quiere perder la virginidad con una estrella del porno, diva intocable y perfumada que, a la postre, no es más que una señora sórdida.

Contra el cordón del islote de cemento el viento acumulaba una arenisca sucia con pequeños vidrios de parabrisas y faros rotos, bolsas de polietileno, pedazos de plástico de tazas de neumáticos y de paragolpes, latas aplanadas, cartones. Todo formando una misma resaca dejada por la marea del tráfico, una arena hecha, no de piedra, sino de autos; el sedimento depositado por los accidentes.

La Argentina de Una noche con Sabrina Love es, de hecho, muy española; es decir, bastante coreana; es decir, universal.

De censor y delator a provocador

Anoten por favor que soy el único crítico de España que visita o habla siquiera de las bibliotecas públicas. En una andaba recorriendo la signatura FER. la larguísima signatura FER, porque yo soy un usuario de biblioteca pública como Dios manda: hay que mirar los libros directamente en las estanterías, y así te llevas el que no habías ido a buscar, y eso es la Cultura.

FER. Anda que no hay escritores y muertos apellidados Fernández. Iba leyendo títulos vanos y fracasos sin cuenta, todos a cargo de Fernández y más Fernández, cuando di con uno que me interesó: Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez. Había encontrado lectura; había encontrado, de hecho, hasta escritura.

Yo no sé qué tiene el verano que siempre me lleva a leer a fachillas. El fachilla es un escritor olvidado que además era de Franco. Darío Fernández Flórez fue censor, ganadero y escritor. No dejó un palo sin tocar.

Cuenta en un artículo Ernesto Escapa que Darío Fernández Flórez fue quién denunció a Julián Marías, como revivía su propio hijo Javier en Tu rostro mañana, pero sin dar el nombre. DFF, por tanto, lo tiene todo para que nadie lo lea, para que su obra sea sepultada, para que su nombre reducido a las siglas ocupe una peana muy pequeña en el museo provincial del polvo. Que es un museo que yo visito con frecuencia.

Me gusta leer a los antiguos y olvidados porque todos escriben mejor que yo, que tú, que cualquiera. Ha caído el tiempo sobre su prosa y es un gusto pasearse por ella, ver que tal mote o insulto o vocativo se decía ya hace sesenta o setenta años, comprobar qué expresiones se han perdido, qué semántica se ofrecía a miles de lectores ahora muertos.

«Morirse a chorros», dice dos veces Darío Fernández Flórez en este libro.

Mi ejemplar de biblioteca es de 1973 y de Círculo de Lectores. La editorial avisaba entonces de que se trataba de una edición «no abreviada». ¿Qué era lo que había que abreviar?

Lola, espejo oscuro son las memorias de una prostituta de lujo. «Ante todo, debo advertir que soy una chica muy mona. Muy mona y muy cara». Durante 300 páginas Lola nos cuenta su dedicación al oficio, desde su Andalucía natal hasta el promisorio Madrid, pero sin entrar nunca en carnalidades. Lo único erótico del libro es ver a Lola sacarle todo el dinero que puede a los hombres ricos.

Adscrita a la nueva picaresca que se puso de moda en la posguerra, Lola, espejo oscuro es una lectura magnífica. A la verosimilitud de todos esos lances que hoy nos parecen increíbles se une una prosa vivaz, risueña y hasta poética. «Seguía teniendo, claro está, mis catorce años y me vi negra para no perderlos y llegar a Cádiz tan entera como salí de Ronda, aunque bien es verdad que algo más sobada porque pasé malos ratos por los puertos y la bahía, y hube de apagar un tanto los fuegos de mi fiereza». Si uno se lee las 300 páginas de una novela de la que no va a poder hablar con nadie, indudablemente es que esa novela está muy bien.

Luego están las lecturas transversales, esnobs, concienzudas. Vean la ironía, incluso la acrobacia, de ser censor y delator y escribir luego una novela que es capaz —siendo su asunto exclusivamente el intercambio de sexo por dinero— de burlar la censura. Aquí Freud y Elia Kazan tendrían mucho que comentar.

Además está Lola, obligada por la solemne pobreza en la que nace a malvivir y penar, pero que utiliza su cuerpo para enriquecerse y, mayormente, hacer sufrir a todos los hombres que se cruzan en su camino. Esta «mala mujer» encontraría en nuestro tiempo comprensión y hasta aplauso, pues su caso puede razonarse desde el feminismo al punto de acabar convertido en heroico.

¿#MeToo? Vean el cine español de los años cuarenta: «Hube de someterme a sus deseos para seguir caminando los rumbos del cine, porque, como dice Juan, muchas de nuestras películas se hacen en la cama, y así salen ellas». Y más: «Seguí, pues, pagando portazgos con un director, un jefe de producción, un guionista, un galán nada galante […] y hasta con un gerente de la casa Balbin Films; tan solo, entre las altas jerarquías de aquel tinglado, escapé del operador, porque era extranjero y no le interesaban las mujeres».

Cabe preguntarse también cómo se leería esta frase en la España de 1950: «Por eso los hombres dicen que soy muy mala y en el fondo me odian como se odia al amo que nos tiraniza».

Por si fuera poco, el libro desemboca en un epílogo donde un escritor llamado Darío manifiesta su desaliento ante el género de la novela y, como ya registraba Manuel Alberca en La máscara o la vida, considera que los españoles «somos anticonfesionales y todas nuestras confidencias resultan absolutamente falsas».

Autoficción franquista, lo que nos faltaba.

La literatura de verdad va en autobús hacia Usera

En el momento en que Ida Vitale fue galardonada con el premio Cervantes de las Letras yo andaba leyendo extasiado a Rachel Cusk, una autora canadiense que se crio en Estados Unidos y que ahora vive en Inglaterra, meneo geográfico que a lo mejor hace difícil que algún día le caiga algún premio. Los canadienses no la considerarán canadiense, los estadounidenses no la considerarán compatriota y los ingleses la mirarán aún como a una intrusa. Para esto de los premios hay que estarse muy quieto y sujetar el palo de una única bandera.

Ida Vitale la tengo leída y mis notas sobre sus poemas dicen cosas horribles. Abrí esas notas cuando ganó el premio y me asusté. Parece que no me gustó nada, en su día. Tanto da. El caso es que Ida Vitale había ganado seis premios gordos en los últimos diez años y darle el Cervantes era fácil, la simple obesidad del éxito. Rachel Cusk, por su parte, luce en su entrada en la Wikipedia un encantador rosario de fracasos: en los últimos veinte años ha quedado finalista (shorlist o longlist, por sus humillaciones en inglés) de diez premios, de modo que, según la oficialidad, siempre ha habido alguien mejor que ella.

Por otro lado, me resulta simpático pensar en el jurado del premio Cervantes de este año. Se supone que es gente que se junta para dar un reconocimiento a aquel autor o autora que, entre todos, entiendan que ha completado una obra singularmente digna de publicidad, fama y dinero. Sin embargo, hay una ley tácita (dicen), como de ruleta amañada en el casino, según la cual un año da la casualidad de que el autor o autora es español y otro da la casualidad de que el premiado es latinoamericano. Además, este año feminista está claro que alguien (misterio, ministerio) ha decretado que se premien mujeres. Sumando ambas taciturnidades era lógico que el premio Cervantes recayera en una autora española. ¿No es curioso que este jurado haya sido incapaz de encontrar o ponerse de acuerdo en una autora española digna del premio Cervantes? ¿Qué nos dice eso? ¿Que no hay autoras españolas de calidad o que Belén Gopegui, Marta Sanz, Cristina Fernández Cubas o Anna Caballé son más difíciles de premiar —esto es, habría más rifirrafes por premiar a tu amiga antes que a mi amiga— que una señora uruguaya de noventa y cuatro años que ya tiene seis premios gordos?

Desde el Nobel hacia abajo, todos los premios literarios son perfectamente ridículos, eso es algo que me gustaría que tuvieran claro. Ningún verdadero amante de la literatura sabe quién ganó el premio Nobel hace dos años, hace tres o en 1984. Del mismo modo, la gente a la que le gusta de verdad el cine no hace aprecio alguno del Óscar, ni aquellos que llevan toda la vida escuchando y estudiando la música pop dan ninguna importancia a los Grammys. Estas cosas —Nobel, Óscar, Grammy— se hacen para la plebe, como el papel higiénico o las campanadas de fin de año.

Lo único que da prestigio en esta vida es ser leído, inmejorablemente por mí. Leía yo precisamente Prestigio, de Rachel Cusk, y lo hacía en un autobús en dirección a Usera. El placer puntual que recibí en ese viaje, pasando veinte páginas, fue en un momento dado tan insoportable que levanté la vista hacia el resto del pasaje. El autobús iba hasta los topes y miré a la gente, a ese 60% de gente que, según la encuesta falsa anual que hace no sé quién, lee libros en España (en el autobús no leía nadie, naturalmente), y quise decírselo: oigan, esto es realmente excepcional, como si hubiera recibido una buena noticia a través de mi móvil y, no teniendo con quien compartirla, optara por comunicársela a un extraño. Pero a la gente de camino a Usera no le interesaba Rachel Cusk; a lo mejor le interesaba un poco el premio Cervantes que se acababa de dar.

Entonces cabe preguntarse si ser leída (Rachel Cusk) con absoluta admiración en un autobús que va a Usera es mejor o peor que ganar el premio Cervantes, del que todos los que no leen en un autobús van a enterarse ese día, aunque luego no te lean y tu nombre lo olviden, y también tu cara y tu nacionalidad.

Prestigio es el cierre de una trilogía que empezó con A contraluz y siguió con Tránsito, trilogía que estoy leyendo al revés. Es difícil explicar la genialidad de esta trilogía si usted no ha leído absolutamente nada, pero lo intentaré.

En principio, Prestigio o Tránsito parecen un cruce de Joy Williams con W. G. Sebald: a lo mejor hay mil personas en España a las que esta frase les dice algo. De Joy Williams retiene la cotidianidad más grotesca, esas vidas ordinarias que de pronto caen en lo estrambótico. De Sebald toma el estilo indirecto, pues Rachel Cusk es una narradora testigo que recoge con aparente neutralidad las historias de los otros.

Enmarcada en el género de la autoficción, Rachel Cusk, sin embargo, deja hablar a todos menos a sí misma: ha inventado la autoficción modesta, que es como inventar el egoísmo generoso o la masturbación poliamorosa. Hay un momento muy apreciable en este sentido en Tránsito. Cusk asiste a un festival literario, da una charla junto a otros dos autores autobiográficos. Uno de ellos parece ser Karl Ove Knausgård. Los lectores asistimos a la intervención de ambos escritores durante una decena larga de páginas. A Cusk le ha tocado hablar la última y, después de mostrarnos lo que los otros han dicho, su propia intervención es elidida: «Leí en voz alta lo que había escrito. Cuando hube terminado, doblé los papeles y volví a meterlos en el bolso». Este hacer autoficción sin darse el menor protagonismo es lo que nos atrevemos a calificar aquí de genialidad.

Se habla mucho de literatura en Prestigio, aunque no sea un libro sobre el mundillo, sino un libro sobre la frustración y el victimismo: todos hablan para buscar al culpable de su infelicidad. Pero cerremos con esta curiosa reflexión:

Mientras tanto, el gigante imparable de la literatura comercial seguía triunfando, aunque tenía la sensación de que el matrimonio entre ambos principios —negocio y literatura— no pasaba por su mejor momento. Bastaría con un mínimo cambio en los gustos del público, con la decisión irreflexiva de gastarse el dinero en otra cosa, para que todo —la industria global de la edición de ficción y sus empresas auxiliares— se derrumbara en un instante, mientras que la pequeña roca de la auténtica literatura seguiría en pie, donde siempre había estado.

¿Eres lo suficientemente hijo de puta para triunfar?

Me gustaba esa frase de Henry Miller leída en alguno de sus trópicos, o en Primavera negra, que dice más o menos así: «Si un hombre dijera alguna vez su verdad, su auténtica verdad, creo que el mundo estallaría en pedazos». Ahora sé que un hombre o una mujer pueden decir su verdad y que no pase absolutamente nada.

Imaginemos, por tanto, un momento previo al escándalo, por ejemplo, al de Clinton con Mónica Lewinsky en 1998. Esa verdad, anticipada, nos habría hecho pensar que Clinton no duraría en la Casa Blanca más de veinticuatro horas. Lo cierto fue que completó su mandato, que su mujer ni siquiera se divorció de él y que, a día de hoy, aquello apenas resuena como un chisme palatino más a pie de página de la Historia. Grandes filtraciones como Wikileaks o Football Leaks, o los papeles de Panamá, parecían mover el suelo de lo real: ahora sabíamos cómo funcionaba el mundo. Pero al día siguiente íbamos a trabajar, hacíamos algunas compras y, en fin, nos olvidábamos.

Así, el libro de David Jiménez, donde todos los poderes de España quedan en entredicho, muy afeados y averiados, y donde se confirman los tópicos populares oídos desde siempre (los políticos roban, los periodistas mienten, los policías delinquen, los bancos estafan) nos hubiera parecido una bomba de haber sabido que se estaba escribiendo, pero, como ya está escrito y publicado, su detonación admite el adjetivo de controlada, como la de esos explosivos que los artificieros desactivan con mucho espectáculo, pero sin daños.

Quizá es la intuición que Baudrillard destiló en su concepto «exceso de realidad» la que explica que saber no suponga cambiar. O quizá es que esas llamadas de los hombres (y las mujeres) con poder para despedir a uno, poner a otro, detener una noticia o filtrarla interesadamente son las llamadas que nosotros haríamos si fuéramos hombres o mujeres con poder. También usted ha llamado alguna vez para que algo no se cuente, alguien no sea invitado, algo se sepa en perjuicio de otro. Quizá todo es cuestión de escala.

Hace tiempo que inicié un archivo con las miserias del mundo (ojito conmigo). De vez en cuando insto a gentes que trabajan en sectores que no conozco a que me las cuenten. No se salva nada, está todo mal. ¿Sabían que los camioneros (o algunos camioneros) tienen un aparatito que pegan al tacógrafo y que les permite conducir más de las cuatro horas seguidas a las que están obligados como máximo? ¿O que en los colegios públicos (o en algunos colegios públicos) el director informa de que ya no quedan plazas, aunque queden, para que no le manden alumnos conflictivos ni extranjeros? Lo de que en España todo el mundo paga en B una parte del precio de adquisición de su vivienda ustedes ya lo saben. Lo han hecho.

Y, sin embargo —he aquí mi pasmo—, la cosa funciona. España funciona, nos gusta, es (lo mires como lo mires) uno de los mejores países del mundo. En Breve historia de la corrupción, el italiano Carlo Alberto Brioschi lo explica muy sencillamente: sin corrupción no se hubiera construido el metro en Milán. La contradictoria consigna sería: para que haya progreso común, unos pocos tienen que recibir muchísimo más que los demás.

¿Quiénes son esos pocos? Pues los triunfadores. Y aquí tengo que meterme un poco con el feminismo, espero que me perdonen.

Pues resulta que hoy el feminismo, entre sus muchos mensajes, incluye uno que siempre me ha sorprendido: que hay que triunfar. Como hay pocas mujeres en el IBEX, tiene que haber más, y tiene también que haber más mujeres dirigiendo periódicos, y de ministras y de presidentas, y más millonarias. Que es como decir, según funcionan las cosas, que tiene que haber más mujeres hijas de puta.

«¿Era ya lo suficiente hijo de puta para ser director de un periódico?», se pregunta David Jiménez en su libro, mientras narra cómo un banquero contrata a un turbio policía para espiar a otro, cómo un constructor quita directores de periódico y tertulianos o cómo un ministro crea una policía paralela para arruinar la vida de los enemigos del Gobierno. No sé si yo querría ver a mi hija de ministra y maniobrando para joder la vida de los demás, la verdad.

Porque esto, en fin, va de los hijos. ¿Qué le dice uno a sus hijos? ¿Que solo vale triunfar? ¿Que se está muy bien allá arriba y hay bonitas vistas? ¿Que todo es esfuerzo y mé­­rito y los concursos de la tele los ganan los que se saben más preguntas, no los que dice el guion? Me alivia, con todo, algo que apunta Arnold Bennett en Cómo vivir con 24 horas al día, porque creo que es verdad: «La mayoría de la gente no desea triunfar, por tanto, el número de fracasados es sorprendentemente bajo». Triunfar sale carísimo, amigos, al menos en escrúpulos.

Así que a los hijos habrá que decirles que sean honrados y felices; honrados porque es lo que les debemos a los demás, y felices porque es lo que nos debemos a nosotros mismos. Es decir —por usar el sistema de pesas y medidas morales de nuestro tiempo—, habrá que decirles que fracasen.

La vida privada de Franz Kafka es como la tuya: un coñazo

De las 2.200 páginas que tiene la biografía de Kafka escrita por Reiner Stach me he saltado 1.000. Supongo que un lector más honrado, diligente y escrupuloso se hubiera saltado 1.500. A mí me ha llevado como tres semanas saber qué 1.000 páginas de este libro debía saltarme.

Decía Roland Barthes que uno se salta páginas hasta de En busca del tiempo perdido, pero que no son siempre las mismas, y por eso hay que leerlo más de una vez. Otro francés, Daniel Pennac, se atrevió a establecer una lista de derechos para los lectores, entre los cuales incluía, lógicamente, el de saltarse páginas.

En realidad, no hacen falta franceses para leer en diagonal, ignorar las descripciones o desatender las notas a pie de página. Basta con mirar un calendario, con mirar luego por la ventana y ver qué bonita está la tarde. Pocas me parecen 1.000 páginas saltadas de Kafka habiéndolo leído en plena primavera.

Y es que, como intuía otro francés más, Pierre Bayard, en Cómo hablar de los libros que no se han leído, hay mucha dificultad en distinguir la lectura completa de un libro de su no lectura, conforme pasan los años y del libro que leímos no recordamos ni el título. La memoria y el tiempo se alían, destructivamente, para que lo leído, lo leído a medias, lo leído en diagonal y lo no leído confluyan en la más pura nada. Leer es olvidar luego.

Reiner Stach comparte con tantos otros biógrafos anabólicos la creencia de que cuanto más gorda es una biografía más definitiva resulta. En España todos los críticos han dicho que esta biografía es muy definitiva, no sea que venga alguien nuevo y haga otra todavía más gorda.

Para llenar 2.200 páginas Stach ha tenido que contarlo todo, incluido aquello que no tiene ningún interés. Dado que Kafka era de Praga, el biógrafo nos cuenta la historia de Praga, y un poco la de Checoslovaquia, y otro poco la de Europa, cuando llega 1914 y asesinan a un archiduque en Sarajevo. ¿Y la historia del cosmos, eh? ¿No es menos cierto que para la existencia de Franz Kafka antes fue necesaria la existencia del planeta Tierra y de los dinosaurios? Ahí ha dejado escapar Reiner Stach otras 400 páginas innecesarias que yo podría haberme saltado con sumo gusto.

¿Qué hay de autobiográfico en tu vida?, se preguntaba Unai Elorriaga en una conferencia. Es decir: ¿qué entendemos por biografía?

Lo único que hace interesante una biografía sobre Franz Kafka es que Franz Kafka escribió libros muy buenos, eso es lo que le diferencia de todos nosotros. Por ello, su biografía tiene que atender a los alrededores de esos libros, y es mucho más jugoso saber si los escribió con tinta verde, si vendieron treinta y cuatro ejemplares o si fueron rechazados por este o aquel editor, que conocer cómo era la casa donde se mudó a vivir él solo. ¡Me trae sin cuidado cuántas habitaciones tenía su casa de soltero, amigo Reiner!

La prueba de esto que digo es que uno no puede ir por la vida comentando el número de habitaciones que tenía la casa de Kafka. Quiero decir, si quedo con amigos escritores, con gentes más o menos cultas, no puedo lucirme diciendo: «¿Sabíais que Kafka se mudó y que estaba muy contento porque le entraba mucha luz por la ventana?». Sin embargo, ante lectores avezados, el dato de que Kafka había empezado una novela epistolar, que finalmente se perdió, sí me granjearía alguna atención. Todos los viajes de verano de nuestro autor, sus visitas al campo, sus horas muertas en la oficina son exactamente igual de coñazo que las tuyas. No hay biografía —es decir, material que despierte la curiosidad ajena— en la mayor parte de una vida.

No quiero seguir adelante sobre Kafka sin atribuirme algún mérito como lector en diagonal. Fíjense si me ha costado trabajo saltarme páginas de este libro que hasta he encontrado dos erratas.

La primera es una falta de ortografía que figura en la página 1.897. Yo creo que los editores ponen las erratas hacia el final para descubrir quién deja sus libros a la mitad. Es bagage (por bagaje).

La segunda: que durante cientos de páginas a La metamorfosis se la llama aquí La transformación, pero en la famosa carta de Kafka pidiéndole a Max Brod que queme buena parte de su obra (página 2.107), al listar lo poco que merece salvarse leemos «La metamorfosis». Qué mejor argumento en favor de mantener el título como siempre lo conocimos, amigos.

Reiner Stach me irrita en cientos de páginas porque habla de los sentimientos de Kafka como si los conociera de primera mano. Atiendan a estas frases: «Hacía diez años que Kafka no veía el mar, y le pareció como si se hubiera vuelto más bello durante ese largo tiempo. Le hacía feliz verlo, aunque ya no pudiera sumergirse en él con tanta inocencia como antes». Todo esto se lo inventa Reiner Stach así porque sí, como si dijera: pruébenme que Kafka no era feliz mirando el mar. No aporta citas directas, cartas, telegramas, testimonios de lo que sentía Kafka mirando ese mar después de diez años sin verlo. ¿Cómo no te vas a saltar estas chorradas?

Sí empotra en su biografía Reiner Stach decenas de páginas de los Diarios y de las cartas de Kafka, incluida la Carta al padre. Esto también me ha molestado, pues no dejaba de pensar: ¿por qué estoy leyendo 2.200 páginas sobre Kafka llenas de citas de su obra cuando las Obras completas de Kafka publicadas por DeBolsillo en nueve volúmenes ocupan casi lo mismo, 1.918 páginas?

O dicho con un símil marino: ¿por qué no voy a ver el mar en lugar de dejar que me lo cuenten?

Alain Badiou echa de menos la mili

La ancianidad se ve amenazada por numerosos peligros: tropezar y romperse la cadera; tropezar y ponerse a darle consejos a los jóvenes; morir. En el segundo tropiezo ha incurrido Alain Badiou, prestigioso filósofo francés.

En realidad, «prestigioso filósofo francés» es una redundancia. ¿Se puede ser francés y no tener prestigio? Un cocinero francés, un futbolista francés, una actriz francesa… Nadie se pregunta: ¿tienen prestigio? En España se lo damos; a fin de cuentas, nosotros el prestigio no lo queremos para nada.

La vida verdadera es el nuevo libro de Badiou, un libro corto, casi un cuaderno para hacer la comunión, destinado en principio a orientar a la juventud por el camino de la filosofía y no dejarla en manos de la realidad, que de la realidad no se sale.

Badiou no está solo aleccionando a los jóvenes: Sócrates lo hizo antes. Dicho esto, Badiou se suma a su visión de la filosofía como forma de corromper a la juventud, en el sentido de que los aleja del camino trillado (encontrar trabajo, casarse, tener hijos) y los lleva a un mundo maravilloso (donde también encuentran trabajo, se casan y tienen hijos, pero todo mejor, más enrollado). La verdadera vida es esta: acabar como todo el mundo, pero habiendo leído antes a Badiou.

Los jóvenes, según el maestro, solo pueden hacer dos cosas mientras son jóvenes: destruir o construir. Esto es: «o quemar la vida o construirla»; ser rebeldes o aplicados, dejar la carrera o sacar matrícula de honor. ¿No hay término medio? No, no lo hay. Badiou le habla a una juventud muy concreta (aunque él crea que le habla a toda la juventud): a la que sale en las portadas de las revistas. Solo así se explica que un joven hoy en día no tenga más opciones que ser terrorista o broker, para el filósofo.

«Entonces, ¿es una ventaja ser joven en la actualidad?», se pregunta en un momento dado nuestro autor, y muy seriamente. Hombre, está el abono joven. Fuera de eso, quizá es mejor tener setenta y nueve años.

Badiou parcela su panfleto en tres partes y dedica una a los chicos y otra a las chicas. Esto ya muestra lo avanzado de su pensamiento.

A los chicos les dice que qué suerte haberse librado del servicio militar, pero no del todo. Según él, la mili marcaba a los hombres, les decía: he ahí la vida adulta.

Como ya no hay mili, los chicos nunca acaban por ser hombres, pues nadie les ha avisado de que su adolescencia y posadolescencia se acaban. Como yo mismo, al exponer esta inefable estupidez, no me acabo de creer que salga en el libro, voy a citarlo: «Mi tesis sobre los hijos es esta: la ruina de los procedimientos de iniciación, de entre los cuales el principal era el servicio militar, conlleva que los hijos no tengan ningún punto de apoyo simbólico para convertirse en algo distinto de lo que son».

De donde deducimos que, si hiciste la objeción o fuiste insumiso, no has madurado. ¿Cómo vas a madurar viendo tu nombre en la lista de busca y captura del Ejército? Eso te vuelve un niño para siempre.

¿Y las chicas? Como yo, Badiou es tímido con las chicas, por eso escribe esto: «Una mujer es un ir-más-allá del Uno disfrazado de un pasar-entre-Dos». Bueno, Badiou, ¡hay chicas de muchas maneras! No te pongas en lo peor.

No contento con esta exhibición de músculo oscurantista (que diría Steiner), Badiou se regodea con su hallazgo, con esa definición de «chica», y añade: «Nuestro problema inicial, el de las hijas en el mundo contemporáneo, queda ahora más claro». Un ir-más-allá del Uno disfrazado de un pasar-entre-Dos: yo lo veo cristalino.

Lo que quiere decir Badiou (o no: ¿alguien puede saber lo que quiere decir Badiou?) es que, al contrario que los chicos, las chicas se ven empujadas a comportarse como mujeres (maquillaje, ropa, modales) prematuramente, por lo que no llegan a ser la mujer que realmente son debido a que han detenido su desarrollo en una especie de borrador inamovible. Que haya chicas que no se pasan la vida pintándose las uñas, sino, por ejemplo, leyendo, no se le ha ocurrido a Badiou.

En conclusión: ni los jóvenes ni las jóvenas de hoy pueden llegar a desarrollarse como personas, los unos por culpa de la mili y las otras por culpa del gloss. Firmado: Alain Badiou, París, 2017; y olé.

Tras leer este librito me he puesto a pensar en si es realmente posible escribir consejos para los jóvenes, algo sólido, claro, honesto. No he sido capaz de recordar ningún manual de esta especie que merezca la pena, pero algunas citas de novelas han tenido a bien aflorar en la parte navegable de mi memoria. Son ideas hacia las que yo dirigiría la atención de una persona de dieciocho años.

El comienzo de El gran Gatsby, por ejemplo, con aquello de que uno debe tomar siempre en cuenta que no todos han tenido sus oportunidades; esta noción de Cervantes: «Ser orgulloso con los orgullosos y humilde con los humildes»; o la conversación entre Martin Amis y su hijo que el autor inglés relata en Experiencia. Dice el hijo: «Papá, ¿nosotros de qué clase social somos?». Dice Amis: «De ninguna. Nosotros no creemos en eso».

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
305 стр. 9 иллюстраций
ISBN:
9788412103465
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