Читать книгу: «Cómo cambiar tu vida con Proust»

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Título original: How Proust Can Change Your Life.

© Alain de Botton, 1997.

© de la traducción: Herederos de Miguel Martínez Lage, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO382

ISBN: 978-84-9006-855-7

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

UNO. CÓMO AMAR LA VIDA HOY EN DÍA

DOS. CÓMO LEER PARA UNO MISMO

TRES. CÓMO TOMARSE TIEMPO

CUATRO. CÓMO SUFRIR CON ÉXITO

CINCO. CÓMO EXPRESAR LAS PROPIAS EMOCIONES

SEIS. CÓMO SER UN BUEN AMIGO

SIETE. CÓMO TENER LOS OJOS BIEN ABIERTOS

OCHO. CÓMO SER FELIZ EN EL AMOR

NUEVE. CÓMO DEJAR UN LIBRO A MEDIAS

AGRADECIMIENTOS

Notas

UNO

CÓMO AMAR LA VIDA HOY EN DÍA

A pocas cosas nos dedicamos los seres humanos con tanto ahínco como a la infelicidad. Si un maligno creador nos hubiese colocado sobre la tierra con el único propósito de hacernos sufrir, tendríamos buenas razones para felicitarnos por nuestra entusiasta respuesta ante semejante tarea. Abundan las razones para el desconsuelo: la fragilidad de nuestro cuerpo, la volubilidad del amor, la falta de sinceridad que en gran medida domina la vida social, las renuncias y los reveses de la amistad, la insensibilidad que acarrea la costumbre. A la luz de tan persistentes males, con absoluta naturalidad podríamos dar por supuesto que no existe un acontecimiento tan esperado, deseado y apetecido como el momento de nuestra propia extinción.

Quien anduviera en busca de un periódico al que echar una ojeada en el París de los años veinte podría haber escogido uno cuya cabecera rezaba: L’Intransigeant. Se trataba de un periódico famoso por dar noticias basadas en la investigación, por dar cuenta de los cotilleos de la metrópoli, por sus exhaustivos anuncios por palabras y por sus editoriales mordaces. Asimismo, tenía la curiosa costumbre de idear grandes interrogantes que después planteaba a determinadas celebridades del momento. Una de esas preguntas fue: «¿Cuál considera usted que sería la educación ideal para su hija?». Otra: «¿Se le ocurre alguna recomendación para mejorar los atascos en las calles de París?». Durante el verano de 1922 el periódico formuló un interrogante especialmente complicado, que planteó luego a determinados colaboradores:

Un científico norteamericano ha pronosticado que el mundo acabará, o que al menos una parte enorme del continente será destruida, de forma tan repentina que millones de personas morirán inevitablemente. Si esta predicción se confirmase, ¿qué efecto cree que tendría en la gente, entre el momento en que cada uno adquiriese conocimiento de ello y el instante del cataclismo? Por último, y en lo que a usted concierne, ¿a qué dedicaría su última hora de vida?

La primera celebridad que respondió a ese siniestro planteamiento de aniquilación personal y mundial fue un hombre de letras entonces distinguido y hoy olvidado, Henri Bordeaux, quien sugirió que semejante noticia empujaría en masa a la población bien a la iglesia más cercana, bien al dormitorio más próximo, aunque él rehuyó tomar tan incómoda decisión y explicó, en cambio, que aprovecharía esa última oportunidad para subir a una montaña y admirar la belleza del paisaje y la vegetación de los Alpes. Otra de las celebridades parisinas de la época, una actriz llamada Berthe Bovy, no propuso ningún recreo de su cosecha, pero confió a los lectores su tímida y coqueta preocupación de que los hombres se despojaran de toda inhibición en cuanto sus actos dejasen de tener consecuencias a largo plazo. Este pronóstico tan poco halagüeño fue semejante al de una famosa quiromántica parisina, madame Fraya, para quien todo el mundo preferiría gozar de los placeres de este mundo, sin preocuparse por preparar sus almas para la vida en el más allá, sospecha que también confirmó otro escritor, Henri Robert, al afirmar con toda tranquilidad que en tal supuesto él se dedicaría a jugar por última vez al bridge, al tenis y al golf.

Finalmente se consultó acerca de sus planes preapocalípticos a un novelista célebre, solitario y bigotudo que apenas salía de casa, que no era precisamente famoso porque le interesaran el golf, el tenis o el bridge (aunque en cierta ocasión probó a jugar a los dardos, y por dos veces contribuyó a hacer volar una cometa), y que se había pasado los últimos catorce años en la cama, bajo una pila de mantas de lana fina, escribiendo una novela insólitamente larga sin tener siquiera una lámpara en condiciones en la mesilla de noche. Desde que en 1913 se publicó el primer volumen, En busca del tiempo perdido fue recibida como una obra maestra; un crítico francés llegó a comparar al autor con Shakespeare, un crítico italiano lo puso a la altura de Stendhal y una princesa austríaca le ofreció su mano en matrimonio. Aunque él nunca se había tenido en muy alta estima («¡Ay, si al menos me valorase un poco más! ¡Ay! ¡Es imposible!»), y a pesar de que había llegado a hablar de sí mismo como si fuera una mosca y a tildar sus escritos de trozo de turrón indigerible, Marcel Proust tenía sobradas razones para estar satisfecho. Hasta el embajador británico en Francia, un hombre de sobra conocido por su cautela cuando de enjuiciar a los demás se trataba, consideró apropiado otorgarle un gran honor, bien que no directamente literario, al describirlo como «el hombre más notable que he conocido en mi vida... ya que cena con el abrigo puesto».

Entusiasta a la hora de colaborar en los periódicos, y en todo caso un hombre franco e incluso campechano, Proust envió la siguiente contestación a L’Intransigeant y su catastrofista científico norteamericano:

Creo que si estuviéramos ante la amenaza de morir del modo en que usted dice, a todos la vida nos parecería repentinamente maravillosa. Piense solamente en la cantidad de proyectos, viajes, amores, estudios que nuestra propia vida nos oculta, y que son invisibles debido a nuestra pereza y a que por nuestra certeza de que existe un futuro posponemos sin cesar.

Pero si todo esto amenazara ser imposible para siempre, ¡qué hermoso volvería a ser! ¡Ah! Con tal de que el cataclismo no se produjera, no dejaríamos de visitar las nuevas galerías del Louvre, ni de arrojarnos a los pies de la señorita X, ni de hacer un viaje a la India.

Si el cataclismo no se produce, no haremos nada de cuanto nos apetece hacer, ya que nos veremos de nuevo en el seno de la vida normal, aquella en que la negligencia apaga el deseo. Y sin embargo ese cataclismo no nos habría hecho ninguna falta para amar la vida hoy en día. Habría bastado con pensar que somos seres humanos y que la muerte puede sobrevenirnos esta misma noche.

Sentir un gran apego a la vida tan pronto como caemos en la cuenta de la inminencia de la muerte, sugiere que quizá no sea la vida en sí lo que hemos dejado de disfrutar mientras el fin no está a la vista, sino que tal vez lo que hemos dejado de apreciar sea nuestra versión cotidiana de la vida, y por ello es posible que nuestras insatisfacciones sean más bien consecuencia de una determinada manera de vivir que el producto de la irrevocable taciturnidad de la experiencia humana. Una vez que renunciásemos a nuestra inveterada creencia en nuestra inmortalidad, nos acordaríamos de una amplísima gama de posibilidades, todavía inéditas, que acechan bajo la superficie de una existencia aparentemente indeseable, aparentemente eterna.

De todos modos, si el debido reconocimiento de nuestra mortalidad nos anima a reevaluar nuestras prioridades, bien podríamos preguntarnos cuáles habrían de ser estas. Podríamos haber vivido tan solo media vida antes de afrontar las implicaciones de la muerte; ahora bien, ¿en qué consiste exactamente toda una vida? El sencillo reconocimiento de nuestra inevitable desaparición no es garantía de que cuando tratemos de llenar las páginas restantes del diario encontremos una respuesta sensata. Presa del pánico que produce el tictac del reloj, podríamos recurrir incluso a más de una locura espectacular. Las sugerencias remitidas por las celebridades parisinas a la redacción de L’Intransigeant resultaron suficientemente contradictorias: admirar el paisaje de los Alpes, contemplar el futuro extraterrestre, el tenis, el golf... No obstante, ¿eran estas maneras fructíferas de pasar el tiempo antes de la desintegración del continente?

Las propias sugerencias de Proust (el Louvre, el amor, la India) no son mucho más útiles. De entrada, parecen reñidas con lo que sabemos acerca de su carácter. No era aficionado a frecuentar museos (de hecho, se pasó diez años sin pisar el Louvre), prefería ver las reproducciones a soportar la cháchara de los visitantes («La gente cree que el amor por la literatura, la pintura y el arte es algo muy extendido, cuando lo cierto es que no existe una sola persona que sepa nada al respecto»). Tampoco se caracterizaba por encontrar particularmente interesante el subcontinente indio, habida cuenta de lo difícil que era llegar hasta él: hacía falta tomar un tren a Marsella, un barco correo a Port Said y luego pasar diez días en un buque de pasajeros de la P&O para atravesar el mar de Omán, itinerario poco apropiado para un hombre que tenía dificultades incluso para levantarse de la cama. En cuando a la señorita X, y con gran intranquilidad por parte de su madre, Marcel nunca se había revelado como un ser receptivo ante sus encantos, así como tampoco lo fue ante los de las muchas señoritas que van de la A a la Z; por otra parte, había pasado mucho tiempo desde que se tomara la molestia de preguntar si tales damiselas no tenían un hermano menor a mano, después de llegar a la conclusión de que un vaso de cerveza bien fría ofrecía una fuente de placer más fiable que hacer el amor.

Pero es que incluso en el supuesto de que hubiera querido actuar de acuerdo con sus propuestas, Proust a la sazón tenía muy pocas posibilidades de hacerlo. Cuatro meses después de remitir su respuesta a L’Intransigeant, y no sin haber predicho durante años que tal cosa iba a suceder, pilló un resfriado y murió. Tenía cincuenta y un años. Estaba invitado a una fiesta y, aun cuando padecía los síntomas de una gripe incipiente, se envolvió en tres abrigos y dos mantas y salió. A la hora de regresar a casa se vio obligado a esperar un taxi ante un portal, con una temperatura polar, y allí se resfrió. A continuación tuvo fiebre muy alta, que podría haberse dominado si Proust no se hubiera negado en redondo a seguir los consejos de los médicos que lo visitaron en su dormitorio. Temeroso de que los doctores causaran una grave interrupción en su trabajo, rechazó sus propuestas —inyecciones de aceite alcanforado— y siguió escribiendo, sin comer ni beber más que leche caliente, café y fruta en compota. El resfriado se convirtió en bronquitis, y esta, en neumonía. Hubo esperanzas de que se recuperase cuando se incorporó en el lecho y pidió un lenguado a la plancha, pero para cuando le compraron el pescado y se lo cocinaron tuvo un acceso de náuseas y fue incapaz de probar bocado. Murió horas más tarde a causa de un absceso en el pulmón.

Por fortuna, las reflexiones de Proust acerca de cómo hay que vivir no se limitaron a la brevísima y un tanto confusa respuesta al caprichoso cuestionario que le planteó un periódico, y es que casi hasta el día mismo de su muerte estuvo trabajando en un libro en el que se había propuesto contestar, bien que de forma un tanto amplia y con una complejidad narrativa considerable, a una pregunta no del todo distinta de la que suscitó las predicciones del ficticio científico norteamericano.

Ya lo insinúa el título mismo de su extensísimo libro. Aunque a Proust nunca le gustó, y en distintas ocasiones lo calificó de «desafortunado» (1914), «engañoso» (1915) y «feo» (1917), En busca del tiempo perdido gozaba de la ventaja de apuntar directamente al tema central de la novela: una búsqueda de las causas que subyacen tras la disipación y la pérdida del tiempo. Lejos de ser una memoria en la que se vuelve al transcurrir de una edad más lírica, se trataba de una historia práctica y de aplicación universal acerca de cómo detener la dilapidación del tiempo para comenzar a apreciar y disfrutar de la vida.

Si bien el anuncio de un apocalipsis inminente sin duda tuvo que dar prioridad a esta preocupación en el ánimo de cualquiera, la guía proustiana ofrecía una esperanza de que ese tema nos llamara la atención poco antes de que la destrucción personal o global estuviera a punto de producirse, de modo que pudiéramos aprender a acomodar nuestras prioridades antes de que llegara el momento de jugar por última vez al golf y darlo todo por perdido.

DOS

CÓMO LEER PARA UNO MISMO

Proust nació en el seno de una familia en la cual el arte de hacer que los demás se sintieran mejor se tomaba ciertamente muy en serio. Su padre era médico, un hombre corpulento y barbudo, con una fisonomía característica del siglo XIX, cuyo aire autoritario y cuya mirada resuelta hacían que uno se sintiese como un tonto en su presencia. Transmitía esa superioridad moral característica de los miembros de la profesión médica, un colectivo cuyo valor para la sociedad es incuestionable y salta a la vista ante todo aquel que haya sufrido un catarro pertinaz o un ataque de apendicitis, y que por consiguiente provoca una molesta sensación de banalidad en quienes se dedican a vocaciones menos manifiestamente valiosas.

El doctor Adrien Proust, hijo de un tendero de provincias especializado en la manufactura de velas y cirios para uso doméstico y eclesiástico, había tenido un modesto comienzo profesional. Tras cursar con brillantez sus estudios de medicina, que culminó con una tesis titulada Diversas formas de reblandecimiento cerebral, se dedicó a mejorar los criterios imperantes en la salud pública. Se preocupó en especial por detener los avances del cólera y de la peste bubónica, y en sus múltiples viajes por el extranjero asesoró a los gobiernos de no pocos países en calidad de experto en enfermedades infecciosas. Recibió la debida recompensa a sus desvelos y fue nombrado caballero de la Legión de Honor y profesor de higiene en la Facultad de Medicina de París. El alcalde de Toulon, puerto mediterráneo particularmente propenso a las epidemias de cólera, le hizo entrega de las llaves de la ciudad; en Marsella, un hospital dedicado a enfermos infecciosos fue bautizado con su nombre. Cuando falleció en 1903, el doctor Proust era un médico de renombre internacional a quien casi podría creerse a pie juntillas cuando resumió su existencia en este pensamiento: «He sido feliz durante toda mi vida».

No es, pues, de extrañar que Marcel se hubiera sentido un tanto indigno al lado de su padre y que hubiese temido ser la pesadilla y el desdoro de su por lo demás satisfecha vida. Nunca albergó ninguna de las aspiraciones profesionales que constituían un distintivo de normalidad en los hogares de la burguesía a finales del siglo XIX. Solo le importaba la literatura, aunque durante buena parte de su juventud no pareció dispuesto a consagrarse a ella ni ser capaz de hacerlo. Como era un buen hijo, intentó dedicarse a algo que mereciese la aprobación de sus padres. Pensó en trabajar como funcionario para el Ministerio de Asuntos Exteriores, estudiar abogacía, ser agente de cambio y bolsa o ayudante en el Louvre. Sin embargo, la dedicación a una profesión determinada le resultó harto difícil. Dos semanas de trabajo como pasante de un abogado bastaron para espantarlo («En mis momentos de máxima desesperación, jamás he llegado a concebir nada tan horripilante como el bufete de un abogado»), y la idea de convertirse en diplomático fue descartada cuando cayó en la cuenta de que a la fuerza tendría que irse de París y alejarse de su amada madre. «Así pues, ¿qué me queda, teniendo en cuenta que he decidido no ser abogado, ni médico, ni cura...?», se preguntaba a sus veintidós años un Proust cada vez más desesperado.

Tal vez pudiera hacerse bibliotecario. Presentó una solicitud y fue admitido, al principio sin remuneración, en la biblioteca Mazarino. Esa podría haber sido la respuesta, pero Proust descubrió que el lugar era demasiado polvoriento para que lo soportaran sus pulmones y fue pidiendo una serie de excedencias cada vez más largas, todas ellas con el pretexto de su enfermedad; unas las pasó en cama; otras, de vacaciones; muy pocas, ante su escritorio. Llevaba una vida en apariencia regalada: organizaba cenas y festejos, salía a tomar el té, gastaba el dinero a espuertas. Cabe imaginar la inquietud de su padre, un hombre pragmático que nunca había manifestado un interés excesivo por el arte, aunque en tiempos fuera médico titular de la Opéra Comique, donde encandiló a una cantante norteamericana que le envió una foto suya en la que aparecía vestida de hombre, con unos bombachos repletos de puntillas y encajes. Después de un largo periodo en el que no se presentó a trabajar —de hecho, aparecía un día al año, o incluso menos—, sus jefes en la biblioteca Mazarino, por lo general tan tolerantes y comprensivos con él, terminaron por perder la paciencia y lo despidieron cinco años después de haberlo admitido. A esas alturas ya era evidente para todo el mundo, y no menos para su desilusionado padre, que Marcel jamás iba a tener un trabajo propiamente dicho y que siempre dependería del dinero de la familia para dedicarse a su tan diletante como en modo alguno remunerado interés por la literatura.

Todo lo anterior hace que cueste trabajo comprender una ambición que Proust confesó a su criada una vez que sus padres habían muerto, cuando por fin había empezado a trabajar en su novela: «Ah, Céleste, si al menos tuviera la seguridad de hacer por los libros tanto como hizo mi padre por los enfermos».

¿Hacer por los libros lo que Adrien había hecho por aquellas personas destruidas por el cólera y la peste bubónica? No hacía falta ser el alcalde de Toulon para comprender que el doctor Proust tenía en su mano el poder de introducir una mejora sustancial en las condiciones de vida del pueblo; en cambio, ¿qué clase de sanación tenía en mente Marcel con los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido? Su obra maestra bien podría ser una forma de entretenerse durante un largo viaje en tren a través de la estepa siberiana, pero ¿habrá alguien dispuesto a afirmar que sus beneficios están a la altura de los que comporta un sistema de sanidad pública que funcione debidamente?

Si descartamos la ambición de Marcel, tal vez se deba a un particular escepticismo respecto a las cualidades terapéuticas de la novela y la literatura en general, y no tanto a que dudemos del valor de la palabra impresa. Incluso el doctor Proust, en muchos sentidos contrario a la vocación de su hijo, no era del todo hostil a todos los géneros literarios, y ciertamente fue un autor prolífico y mucho mejor conocido en las librerías, durante no pocos años, que su vástago.

De todos modos, la utilidad de los escritos del doctor Proust nunca fue puesta en tela de juicio, al contrario que la de su hijo. A lo largo de sus treinta y cuatro libros publicados, se dedicó a considerar infinidad de modos para incrementar el bienestar físico de la población en general, y sus títulos van desde un estudio de La defensa de Europa frente a la peste hasta un breve volumen sobre un problema tan especializado, y en la época tan novedoso, como El saturnismo observado en los obreros relacionados con la fabricación de pilas eléctricas. Sin embargo, el doctor Proust quizá fuese mejor conocido entre el público lector gracias a un buen número de libros en los que transmitió de forma concisa, vivaz y accesible todo lo que uno quería saber acerca de la buena forma física. De ningún modo sería contrario al tenor de sus ambiciones describirlo como un pionero magistral de los manuales de autoayuda para mantenerse en forma.

El libro de autoayuda con que cosechó más éxito fue Elementos de higiene. Publicado en 1888, estaba profusamente ilustrado e iba dirigido sobre todo a las adolescentes, por considerar que este segmento de la población necesitaba consejos sobre cómo realzar su salud, a fin de contar con una nueva y vigorosa generación de ciudadanos franceses, sumamente escasos al cabo de todo un siglo de sangrientas aventuras militares.

Puesto que el interés en un estilo de vida saludable ha ido en aumento desde los tiempos del doctor Proust, quizá sea útil incluir al menos algunas de las muy atinadas recomendaciones del doctor.

CÓMO EL DOCTOR PROUST PUEDE MEJORAR SU SALUD

(I) Dolor de espalda



Por el contrario, debería seguir el ejemplo de esta señorita:




(II) Corsés

El doctor Proust nunca ocultó el desagrado que le producía esta prenda de moda, que describió como perversa y autodestructiva (en una diferenciación importante para todo el que esté preocupado por el correlato entre esbeltez y atractivo, informó a sus lectores y lectoras de que «la mujer delgada dista mucho de ser la mujer esbelta»). Y en un intento por disuadir a las muchachas que pudieran sentir la tentación de llevar estos corsés, incluyó una ilustración que ponía de manifiesto los catastróficos efectos de esta especie de faja sobre la columna vertebral.




(III) Ejercicio

En lugar de fingir la delgadez por un medio enteramente artificial, el doctor Proust proponía un régimen de ejercicio regular en el que incluyó buen número de ejemplos prácticos y en modo alguno exigentes; por ejemplo, saltar desde lo alto de una tapia...



... dar saltos...




... balancear los brazos...




... y columpiarse sobre un solo pie.




Con un padre tan magistral en la instrucción aeróbica, el uso de los corsés y la postura ideal para coser, diríase que Marcel pudo haber pecado de imprudente o quizá incluso de excesivamente ambicioso a la hora de equiparar la obra de toda su vida con la del autor de Elementos de higiene. En vez de echarle la culpa de ese problema, cabría en cambio preguntarse hasta qué punto tiene sentido esperar de cualquier novela que posea unas determinadas cualidades terapéuticas, y si el género novelesco en sí mismo es capaz de ofrecer más alivio del que obtendríamos de una aspirina, un paseo campestre o un dry martini.


Con afán caritativo, podría sugerirse el escapismo. Cuando uno se encuentra empantanado en circunstancias familiares, quizá resulte placentero adquirir un libro de bolsillo en el quiosco de la estación («Me atraía la idea de alcanzar un público más amplio, de llegar a esa clase de personas que compran volúmenes de ínfima calidad de impresión antes de tomar un tren», especificó Proust). Una vez a bordo, podemos abstraernos del entorno inmediato e ingresar en un mundo más agradable o, cuando menos, agradablemente distinto del que nos rodea, y distraernos de vez en cuando admirando el paisaje a la vez que sostenemos ese volumen de ínfima calidad de impresión abierto por la página en que un malhumorado barón, que luce el consabido monóculo, se dispone a entrar en el salón de su residencia, y así hasta oír anunciado nuestro destino por el sistema de megafonía del tren, momento en que los frenos emiten de mala gana un chirrido y de nuevo emergemos a la realidad, cuyo símbolo es la estación y la bandada de palomas de color pizarra que picotean aquí y allá los restos de alguna golosina (en sus memorias, la criada de Proust, Céleste, informa a quienes estén alarmados por no haber hecho grandes progresos en la novela de nuestro autor, lo cual es de agradecer, de que la novela no está escrita para ser leída entre dos estaciones de tren).


Es posible que la mejor indicación sobre la idea que tenía Proust del modo en que deberíamos leer se encuentre en su aproximación a la forma de mirar los cuadros. Después de su muerte, su amigo Lucien Daudet escribió acerca del tiempo que pasó con él, incluyendo la descripción de una visita que hicieron juntos al Louvre. Siempre que iba a mirar cuadros, Proust tenía la costumbre de relacionar las figuras representadas en los lienzos con personas que conocía personalmente. Daudet nos cuenta que entraron en una galería en la que había un cuadro de Domenico Ghirlandaio titulado Un viejo con un niño; la obra, que data de la década de 1480, representa a un anciano de mirada amable con la punta de la nariz llena de carbuncos.



Bridgeman Art Library


Proust se paró un momento a contemplar el Ghirlandaio; acto seguido, se volvió hacia Daudet y le dijo que aquel hombre era el vivo retrato del marqués de Lau, personaje de sobra conocido en el mundillo de la alta sociedad parisina.

Qué sorprendente resulta identificar al marqués, un caballero del París finisecular, en un retrato pintado en Italia a finales del siglo XV. Sin embargo, sobrevive una instantánea del marqués. Nos lo muestra sentado en un jardín con un grupo de damas ataviadas con aquellos vestidos que, para ponérselos, requerían la ayuda de cinco criadas al menos. Él lleva traje oscuro, cuello duro, gemelos y sombrero de copa; a pesar de la parafernalia decimonónica y de la mala calidad de la fotografía, cabe imaginar que efectivamente guarda un parecido asombroso con el hombre de la nariz llena de carbuncos que pintó Ghirlandaio en la Italia del Renacimiento, un hermano dramáticamente separado de él por la distancia y los siglos.




La posibilidad de realizar semejantes conexiones visuales entre dos personas que habitaban mundos en apariencia tan distintos entre sí explica el que Proust afirmase que «estéticamente, el número de los tipos humanos es tan restringido que continuamente, allí donde estemos, podemos disfrutar del placer de ver a personas ya conocidas».


Un placer como ese no es solo visual: el restringido número de los tipos humanos también implica que en reiteradas ocasiones tenemos la posibilidad de leer algo acerca de personas ya conocidas en lugares en los que nunca habríamos imaginado encontrarlas.


Albertine tenía la cabeza quieta al hablar, la nariz contraída, y movía únicamente el borde de los labios. De lo cual resultaba una sonoridad nasal y lenta, en la que entraban probablemente como causas herencias de parla provinciana, juvenil afectación de la flema británica, lecciones de una institutriz extranjera y una hipertrofia congestiva de la mucosa nasal. Este modo de hablar, que desaparecía enseguida cuando iba conociendo a la gente y se volvía más natural y más chiquilla, podía parecer desagradable. Pero era muy particular, y a mí me encantaba. Cada vez que se me pasaban unos días sin verla, yo me repetía todo exaltado: «Nunca se le ve a usted jugar al golf», con el mismo tono nasal en que ella lo dijera, muy tiesa, sin mover la cabeza. Y entonces pensaba yo que no había en la tierra ser más codiciable.


Cuando se lee el retrato de ciertos personajes de ficción es difícil no imaginar al mismo tiempo a ciertos conocidos de la vida real a quienes recuerdan muy estrecha e inesperadamente. Por ejemplo, me ha resultado imposible separar a la duquesa de Guermantes que pinta Proust de la imagen de la madre adoptiva de una antigua novia mía, una señora de cincuenta y cinco años que no habla francés, no tiene título nobiliario alguno y reside en Devon. Más aún: cuando un personaje tan titubeante y tímido como Saniette pregunta al narrador de Proust si podría visitarlo en su hotel de Balbec, el tono de orgullo y recelo con que enmascara sus intenciones amistosas me parece exactamente el de un viejo conocido de la universidad, que tenía la maniática costumbre de no ponerse jamás en una situación en la que corriera el riesgo de verse rechazado.

«No sabrá usted qué es lo que va a hacer dentro de unos cuantos días, ¿verdad? Lo digo porque yo probablemente estaré en las cercanías de Balbec. No es que sea un asunto de importancia, claro; tan solo se me ha ocurrido preguntárselo por si acaso», dice Saniette al narrador, aunque lo mismo podría haber sido Philip al proponer un plan para pasar la noche. En cuanto a la Gilberte de Proust, en mi imaginario se encuentra decididamente asociada con Julia, a quien conocí a los doce años, cierta vez en que fui a esquiar, y me invitó dos veces a merendar en su casa (comía los milhojas muy despacio, sin importarle que las migas cayeran en su vestido estampado), a quien besé en Nochevieja y a la que nunca más volví a ver, pues vivía en África, donde hoy bien podría ser enfermera, en el caso de que su deseo de adolescente se haya hecho realidad.


Qué oportuno es que Proust comente que «no es posible leer una novela sin atribuir a la heroína los rasgos de la mujer que amamos». Ello dota de cierto aire de respetabilidad al hábito de imaginar que Albertine, a quien vimos por última vez en Balbec, con sus ojos brillantes y risueños y su capota negra, tiene un parecido pasmoso con Kate, mi novia, que nunca ha leído a Proust y prefiere a George Eliot o bien hojear el Marie Claire si ha tenido un día complicado.



Kate/Albertine


Semejante comunión íntima entre nuestra vida y las novelas que leemos puede ser, de hecho, la razón por la que Proust sostenía que

En realidad, mientras lee, todo lector es el lector de su propio yo. La obra del escritor no pasa de ser un mero instrumento óptico que ofrece al lector para darle la posibilidad de discernir aquello que, sin su libro, tal vez nunca habría experimentado en sí mismo. Y que el lector reconozca en su propio yo aquello que dice el libro es la prueba de su veracidad.

Ahora bien: ¿por qué razón aspiran los lectores a ser lectores de sus propios yoes? ¿Por qué privilegia Proust la conexión existente entre nosotros y la obra de arte, tanto en su novela como en sus costumbres museísticas?

Una de las posibles respuestas es que se trata de la única manera en que el arte puede afectarnos como es debido, en vez de ser una simple distracción, y que, además, existe todo un flujo de extraordinarios beneficios inherente a lo que bien podría designarse como el «fenómeno del marqués de Lau» (FML), que consiste en la posibilidad de reconocer a Kate en el retrato de Albertine, a Julia en la descripción de Gilberte y, en términos generales, a nosotros mismos en aquellos volúmenes de ínfima calidad de impresión adquiridos en las estaciones de ferrocarril.

BENEFICIOS DEL FML

(I) Sentirse como en casa en todas partes

El hecho de que quizá nos sorprenda reconocer a alguien en un retrato pintado cuatro siglos atrás sugiere lo difícil que es sostener algo más que una creencia meramente teórica en la universalidad del carácter del ser humano. Tal como Proust veía el problema,

Las gentes de tiempos pasados nos parecen infinitamente lejos de nosotros. No nos atrevemos a suponerles intenciones profundas allende lo que expresan formalmente; nos quedamos pasmados cuando encontramos un sentimiento aproximadamente semejante a los que nosotros experimentamos en un héroe de Homero [...] dijérase que nos imaginamos al poeta épico [...] tan lejos de nosotros como un animal que hayamos visto en un parque zoológico.

Tal vez parezca muy normal que nuestro primer impulso cuando nos presentan a los personajes de la Odisea sea quedarnos mirándolos medio embobados, como si se tratara de una familia de ornitorrincos que no para de dar vueltas en su jaula del zoo municipal. Igualmente perplejos nos sentimos ante la idea de oír hablar a un personaje de turbia reputación, con un espeso bigote, que se encuentra en medio de unos cuantos amigos de aspecto distinguido y anticuado:



Sin embargo, una de las ventajas que tienen esos encuentros más dilatados con Proust o con Homero es que un mundo que hasta entonces había parecido amenazadoramente ajeno a nosotros se revela como algo muy similar, en esencia, al nuestro, y así se amplía el abanico de lugares en que nos sentimos como en casa. Ello supone que podemos abrir las puertas del zoo y liberar a una serie de personajes atrapados tanto en las guerras de Troya como en el Faubourg Saint-Germain, personajes a los que previamente habíamos contemplado con injustificada y provincial suspicacia por el mero hecho de tener nombres tales como Euricleia o Telémaco, o porque nunca nos han enviado un fax.


(II) Un remedio para la soledad

También podríamos liberarnos nosotros del zoo. Lo que se considera normal que sienta una persona en un lugar y un momento determinados está supeditado al hecho de que tal vez se trate de una versión abreviada de lo que en realidad resulta normal, de modo que las experiencias de los personajes de ficción nos proporcionan una imagen inmensamente ampliada de la conducta humana, y por tanto una confirmación de la normalidad esencial de los pensamientos o los sentimientos que no se mencionan en nuestro entorno inmediato. Después de incurrir en el comportamiento infantil de reñir con una amante que en el transcurso de una cena se mostró distraída, existe cierto alivio al oír que el narrador de Proust reconoce que «tan pronto descubrí que Albertine no estaba siendo agradable conmigo, en vez de decirle que estaba triste opté por portarme mal con ella», y revela que «nunca expresé mi deseo de romper con ella, salvo cuando fui incapaz de arreglármelas sin ella», después de lo cual nuestros caprichos románticos ya no parecen los de un perverso ornitorrinco.


Las muestras del FML, de igual modo, tal vez basten para que no nos sintamos tan solos. Tras ser abandonados por un amante que ha manifestado de la forma más amable que quepa imaginar su deseo de pasar algo más de tiempo a solas, qué consuelo se siente al permanecer en cama y ver cómo cristaliza en el narrador de Proust la idea de que «cuando dos personas se separan, la que no está enamorada es la que se encarga de los discursos más tiernos». Qué consuelo es darse cuenta de que un personaje (que en el transcurso de la lectura descubrimos milagrosamente igual a nosotros) padece las mismas aflicciones de una despedida endulzada y que, más importante aún, sobrevive.


(III) La capacidad de poner el dedo en la llaga

El valor de una novela no se limita a su representación de las emociones y las personas emparentadas con las que se dan en nuestra vida real, sino que se extiende hasta abarcar la capacidad de describirlas mucho mejor de lo que nosotros mismos habríamos podido hacerlo; esto es, que pone el dedo en la llaga de las percepciones que reconocemos como propias, aunque no habríamos sabido formularlas por nuestra propia cuenta.


Quizá hayamos conocido a alguien como la novelesca duquesa de Guermantes y hayamos sentido que existía algo tan superior como insolente en su talante, sin saber bien qué, hasta que Proust nos señala, con toda discreción, entre paréntesis, cómo reaccionó la duquesa cuando, durante una cena elegante, una tal madame de Gallardon cometió el error de portarse con demasiada familiaridad con la duquesa, también conocida como Oriane des Laumes, y se dirige a ella llamándola por su nombre de pila:


—Oriane —y aquí la duquesa miró asombrada y risueña a un tercer personaje, al que pareció tomar por testigo de que nunca autorizó a madame Gallardon para que la llamara por su nombre de pila— ...


Uno de los efectos que tiene la lectura de un libro que dedica su atención a plasmar tan tenues y sin embargo vitales temblores, es que una vez que dejamos el volumen y reanudamos nuestra vida, podemos prestar atención precisamente a las cosas ante las que el autor habría sido sensible, caso de hallarse en nuestra compañía. Nuestra mente será como un radar afinado de nuevo para captar la presencia de ciertos objetos que flotan en nuestra conciencia, el efecto será como el de introducir una radio en una habitación que habíamos creído vacía y silenciosa, para caer en la cuenta de que el silencio solo existía en una determinada frecuencia y que en todo momento habíamos compartido el lugar con ondas sonoras procedentes de una emisora ucraniana o de la cháchara nocturna de una banda utilizada por una compañía de taxis. Nuestra atención se verá atraída hacia las sombras del cielo, hacia los cambios de un determinado rostro, hacia la hipocresía de un amigo o hacia una tristeza sumergida provocada por una situación en la que previamente ni siquiera habríamos sabido si sentirnos tristes. El libro nos habrá sensibilizado, habrá estimulado nuestras antenas adormecidas mediante la evidencia de su sensibilidad recién desarrollada.


Y esa es la razón de que Proust propusiera, con palabras que modestamente jamás habría hecho extensivas a su novela, que


Si leemos la obra maestra escrita por un hombre de auténtico genio, nos deleita encontrar en ella reflexiones que nosotros mismos hemos llevado a cabo y que habíamos despreciado, gozos y zozobras que habíamos reprimido, todo un mundo de sentimientos que habíamos vilipendiado y cuyo valor nos enseña de pronto el libro en que los hemos descubierto.

TRES

CÓMO TOMARSE TIEMPO

Sean cuales fueren los méritos de Proust, incluso sus más fervientes admiradores tendrían serias dificultades para desmentir uno de los rasgos más ingratos de su prosa: la extensión. Tal como dijo Robert, el hermano de Proust, «lo triste es que las personas tengan que estar muy enfermas o tengan que haberse roto una pierna para disfrutar de la ocasión de leer En busca del tiempo perdido». Y cuando uno se encuentra en cama, con una pierna recién escayolada o porque le han diagnosticado tuberculosis, ha de hacer frente a otro reto: la extensión de las frases proustianas, construcciones serpentinas, la más larga de las cuales, localizada en el quinto volumen, tendría una longitud de casi cuatro metros, suficiente para rodear hasta diecisiete veces la base de una botella de vino, si estuviera dispuesta en una sola línea y con un cuerpo de letra normal:[1]





Alfred Humblot jamás había visto nada semejante. En su calidad de director de la muy estimada editorial Ollendorf, a comienzos de 1913 recibió la petición de considerar el manuscrito de Proust de cara a su posible publicación; le fue remitido por uno de los autores de la casa, Louis de Robert, quien había decidido ayudar a Proust en la medida de lo posible para que se publicase su libro.

«Mi querido amigo, es probable que yo sea obtuso —contestó Humblot tras echar un breve vistazo, completamente desconcertado, al arranque de la novela—, pero no logro entender por qué ese amigo suyo necesita treinta páginas para describir cómo da vueltas en la cama antes de quedarse dormido».


No fue el único. Pocos meses antes, Jacques Madeleine, asesor literario de la editorial Fasquelle, recibió el encargo de hojear ese mismo fajo de papeles. «Al final de las setecientas doce páginas de este manuscrito —informó—, tras los innumerables pesares de vernos ahogados en desarrollos insondables, con la irritante impaciencia que supone no poder aflorar jamás a la superficie, uno carece de una sola clave, siquiera de una, acerca de qué trata todo esto. ¿Qué sentido tienen todas esas páginas? ¿Cuál es su significado? ¿Adónde nos lleva? ¡Es imposible saber nada sobre todo eso! ¡Es imposible decir nada al respecto!».


Madeleine, no obstante, hizo el esfuerzo de resumir los acontecimientos de las primeras diecisiete páginas: «Un hombre padece insomnio. Da vueltas en la cama, rememora las impresiones y las alucinaciones del duermevela, parte de las cuales tienen que ver con la dificultad de conciliar el sueño cuando era niño y pasaba largas temporadas en la casa de sus familiares, en Combray. ¡Diecisiete páginas! Y hay una frase (al final de la página 4 y en la página 5) que se prolonga por espacio de cuarenta y cuatro renglones».


Como todos los demás editores se mostraron en sintonía con estos sentimientos, Proust se vio obligado a pagar de su propio bolsillo la publicación de la obra (y hubo de gozar con las disculpas y las muestras de arrepentimiento que le fueron transmitidas a mansalva en años posteriores). Sin embargo, la acusación de verbosidad no fue tan pasajera. A finales de 1921, cuando todo el mundo aclamaba su obra, Proust recibió una carta de una norteamericana que, según aseguraba, tenía veintisiete años, residía en Roma y era extremadamente bella. También le explicaba que durante los tres años anteriores no había hecho otra cosa que leer su obra. Sin embargo, existía un problema: «No entiendo ni palabra, no entiendo absolutamente nada. Querido Marcel Proust, déjese de poses y afectaciones; vayamos al grano y explíqueme en dos palabras qué es lo que de veras ha querido decir».


La frustración de esa belleza romana hace pensar en que Proust, con sus poses y afectaciones, había violado una ley fundamental sobre la extensión: aquella que estipula cuál es el número adecuado de palabras con que ha de relatarse una experiencia determinada. No es que hubiera escrito demasiado per se, sino que había incurrido en una digresión intolerable a la luz de los acontecimientos que sometía a su consideración. ¿Quedarse dormido? Dos palabras tendrían que bastar para decirlo; a lo sumo cuatro líneas, en caso de que el héroe padeciera una indigestión o que una perra alsaciana estuviese pariendo a sus cachorrillos en el patio de la casa. Sin embargo, con sus poses y afectaciones Proust no solo había realizado una digresión sobre el sueño, sino que había cometido el mismo error al relatar una fiesta, una cena, una seducción, una escena de celos.

Así se explica la inspiración del concurso «Resuma usted a Proust» que se celebró en el ámbito nacional en una de las poblaciones costeras del sur de Inglaterra bajo los auspicios de los Monty Python, un certamen público en el que los participantes debían resumir los siete volúmenes de la obra de Proust en quince segundos como máximo, amén de exponer oralmente el resultado obtenido primero en traje de baño y luego vestidos de etiqueta. El primer concursante fue Harry Baggot, de Luton, quien a toda prisa expuso el siguiente resumen:


La novela de Proust trata, de manera ostensible, del tiempo perdido, de la inocencia y la experiencia, de la reivindicación de los valores extratemporales y del tiempo recobrado. En definitiva, la novela es a la vez optimista y acorde con el contexto de la experiencia religiosa del hombre. En el quinto volumen, Swann visita...


Quince segundos no daban para más. «No está mal —anunció el presentador del certamen con dudosa sinceridad—, pero por desgracia nuestro concursante ha elegido una valoración general de la obra antes de entrar en los detalles específicos». Agradeció al participante su esfuerzo, alabó su bañador y le indicó la salida de escena.


A pesar de esta derrota personal, el concurso mantuvo un tono optimista: era posible realizar un resumen aceptable de la obra de Proust, había que tener fe en que aquello que en su origen había necesitado siete volúmenes para expresarse pudiera condensarse razonablemente en un máximo de quince segundos sin que perdiese gran parte de su integridad o de su significado, y para ello solo era necesario que apareciera el candidato idóneo.

¿Qué desayunaba Proust? Antes de que su enfermedad se agravase, dos tazas de café con leche bien cargado, servidas en una jarra de plata que ostentaba sus iniciales. Le gustaba que el café estuviera muy apretado en el filtro y que el agua hirviendo lo traspasara gota a gota. También tomaba un cruasán que le traía su criada de una panadería donde los hacían a la perfección, crujientes y cremosos, con abundante mantequilla, y que mojaba en el café a la vez que leía su correspondencia y hojeaba el periódico.


Sobre esta última actividad tenía sentimientos complejos. Por insólito que fuese ese intento de comprimir los siete volúmenes de una novela en un máximo de quince segundos, tal vez no haya nada que sobrepase, tanto por su regularidad como por su amplitud, la compresión que entraña un periódico. Relatos que cómodamente darían pie a una veintena de volúmenes se ven reducidos a muy estrechas columnas, donde compiten por la atención del lector con infinidad de dramas en su día profundos y hoy deslavazados.


«Mediante ese acto abominable y sensual al que llamamos “leer el periódico” —escribió Proust—, todos los infortunios y cataclismos del universo a lo largo de las veinticuatro horas precedentes, las batallas que cuestan la vida a cincuenta mil hombres, los asesinatos, las huelgas, las bancarrotas, los incendios y los envenenamientos, los suicidios, los divorcios, las crueles emociones de los estadistas y los actores, se transforman ante nuestros ojos, y eso que ni siquiera nos importa, en una golosina matinal, mezclándose maravillosamente, de forma particularmente excitante y tónica, con la recomendada ingestión de unos cuantos sorbos de café au lait».


Por supuesto, no debería sorprendernos que pensar en otro sorbo de café pudiera hacer descarrilar con toda naturalidad nuestro empeño por considerar con el debido esmero esas páginas apretadas, tal vez ya repletas de migas. Cuanto más se comprime la relación de un suceso, más parece merecer tan solo el espacio que le haya sido asignado. Así pues, qué fácil imaginar que no ha ocurrido nada en todo el día, olvidar los cincuenta mil muertos, suspirar, dejar el periódico a un lado y experimentar una mansa oleada de melancolía ante el tedio de la rutina cotidiana.


No era esa la manera que tenía Proust de abordarlo. Podría decirse que de un comentario que hizo Lucien Daudet de pasada, y que nos informa de lo siguiente, emerge toda una filosofía no ya de la lectura, sino también de la vida:


Leía los periódicos con gran esmero. Ni siquiera pasaba por alto la sección de breves. De hecho, un breve relatado por él daba pie, gracias a su imaginación y a su fantasía, a toda una novela de corte trágico o cómico.


La sección de breves de Le Figaro, el periódico que Proust leía a diario, no era recomendable para pusilánimes. Una mañana en concreto de mayo de 1914, el diario agasajó a los lectores con estas noticias:


Mientras enseñaba a un amigo el funcionamiento de una central eléctrica en Aube, M. Marcel Peigny puso el dedo sobre un cable de alto voltaje y quedó fatalmente electrocutado en el acto.


M. Jules Renard, profesor, se suicidó ayer en la estación de République del metropolitano disparándose un solo tiro de revólver en el pecho. M. Renard padecía una enfermedad incurable.


¿A qué clase de novelas trágicas o cómicas habrían dado pie estas noticias? ¿Jules Renard? Un profesor de química asmático e infeliz en su matrimonio, que trabaja en un colegio de señoritas de la orilla izquierda del Sena y a quien se diagnostica un cáncer de colon; ecos de Balzac, de Dostoievski y de Zola. ¿El electrocutado, Marcel Peigny? Muerto mientras trataba de impresionar a un amigo con sus conocimientos de electricidad, empeñado en casar a su hijo Serge, un muchacho de labio leporino, con la hija de su amigo, Mathilde, que nunca usaba corsé. ¿Y el caballo de Villeurbanne? Un salto mortal al tranvía provocado por un error de cálculo y la nostalgia de una vida dedicada a las exhibiciones de hípica, o bien por un deseo de venganza contra el tranvía que recientemente había matado a su hermano en la plaza del mercado, animal degradado más tarde al estado de filete; todo ello apto para ser contado en formato folletinesco.


Sobrevive un ejemplo algo más sobrio de los esfuerzos inflacionistas de Proust. En enero de 1907 estaba leyendo el periódico cuando se fijó en el titular de una noticia breve que rezaba: «Locura trágica». Un joven burgués llamado Henri van Blarenberghe, «en un arranque de locura», había apuñalado a su madre hasta matarla con un cuchillo de cocina. La buena mujer se puso a gritar: «Henri, Henri, ¿qué me has hecho?», levantó los brazos al cielo y cayó al suelo. A continuación, Henri se encerró en su dormitorio e intentó cortarse el cuello empleando el mismo cuchillo, pero no acertó con la vena indicada, de manera que se llevó el revólver a la sien. Ahora bien, como tampoco era un experto en el manejo de esta arma, cuando llegaron los oficiales de policía (uno de ellos casualmente se llamaba Proust) lo encontraron en su dormitorio, tendido sobre la cama y con la cara hecha un cuadro: un ojo colgaba fuera de su órbita, unido a esta por un hilo de tejido sanguinolento. Comenzaron a interrogarlo acerca del incidente, pero falleció antes de que lograse hacer una declaración en condiciones.


Proust bien podría haber pasado la página y haber dado otro sorbo a su café si no hubiese resultado que conocía al asesino. Había coincidido con el cortés y sensible Henri van Blarenberghe en unas cuantas cenas de etiqueta y se carteaban de vez en cuando. De hecho, Proust había recibido carta del joven pocas semanas antes; en ella se interesaba por su salud, se preguntaba qué podría depararles a los dos el año entrante y confiaba en que tuvieran ocasión de verse de nuevo bien pronto.


Alfred Humblot, Jacques Madeleine y la bella corresponsal norteamericana de Roma posiblemente hubiesen juzgado que la respuesta literaria correcta ante ese crimen espeluznante no debería pasar de una o dos palabras abrumadas. Proust, en cambio, escribió un artículo de cinco páginas en el que intentaba enmarcar el horroroso relato del ojo colgante y los utensilios de cocina en un contexto más amplio, considerándolo no un asesinato monstruoso que desafiaba todo precedente o intento de comprensión, sino más bien una manifestación de uno de los aspectos más trágicos de la condición humana, el mismo que había constituido el núcleo de muchas de las grandes obras maestras del arte occidental ya desde los griegos. En opinión de Proust, la ceguera de Henri mientras apuñalaba a su madre lo vinculaba con la furia confusa de Áyax cuando masacró a los pastores griegos y sus rebaños. Henri era Edipo, y su ojo colgante, un eco del modo en que había utilizado los broches de oro del vestido de Yocasta, una vez muerta esta, para arrancarse los ojos. La desolación que tuvo que sentir Henri al ver a su madre muerta le recordó a Proust el abrazo que da Lear a su hija Cordelia, ya muerta, y su exclamación: «Ha muerto, ha muerto para siempre. Está muerta como la tierra. ¡No, no! ¡Ya no hay vida! ¿Por qué ha de tener vida un perro, un caballo, una rata, mientras tú ya no respiras!». Y cuando llegó Proust, el oficial de policía, para interrogar a Henri cuando este ya expiraba, Proust, el escritor, tuvo ganas de actuar como Kent cuando dijo a Edgar que no despertase a Lear, en ese momento inconsciente: «¡No molestéis su espíritu! ¡Oh! ¡Dejad que pase de largo! Detesta al que quiera torturarlo un instante más sobre el potro de este mundo atroz».


Estas citas literarias no tenían por único objeto impresionar (si bien Proust a menudo entendía que «jamás deberíamos dejar pasar la ocasión de citar lo dicho por los otros, siempre y cuando sea más interesante que lo que se nos ocurre pensar al respecto»), antes bien, eran una manera de aludir a las implicaciones universales del matricidio. Para Proust, el crimen cometido por Van Blarenberghe era algo capaz de apelar a todos, y nadie podría juzgarlo como un hecho carente por completo de relación con su dinámica. Aun cuando solo hubiéramos olvidado enviar a nuestra madre una tarjeta postal para felicitarla por su cumpleaños, tendríamos que reconocer una huella de nuestra culpabilidad en los gritos de muerte de madame Van Blarenberghe. «“¿Qué me has hecho? ¿Qué me has hecho?”. Si nos tomásemos la molestia de pensarlo —escribió Proust—, tal vez tendríamos que reconocer que no hay una madre de veras amantísima que en el día de su muerte, y en muchas otras ocasiones, no pueda hacer semejante reproche a su hijo. La verdad es que a medida que envejecemos matamos a quienes nos aman a fuerza de preocupaciones, a fuerza de esa ansiosa ternura que inspiramos en ellos y que de continuo despertamos».


Mediante esos esfuerzos, un relato que parecía no merecer más que unas cuantas y truculentas líneas en una noticia breve queda integrado en la historia de la tragedia y en la historia de las relaciones maternofiliales, y su dinámica cobra dimensión a la luz de la compleja simpatía que por lo general uno otorga a Edipo sobre el escenario, pero que considera inapropiada e incluso fuera de lugar cuando se obsequia con ella a un asesino que ha aparecido en las páginas del periódico.


Lo anterior demuestra cuán vulnerable a las abreviaciones es, en el fondo, gran parte de la experiencia humana, y con qué facilidad puede despojarse de los mojones por medio de los que nos guiamos de manera más obvia a la hora de atribuir importancia a tal o cual suceso. No es difícil suponer que la mayor parte de la literatura narrativa y teatral habría carecido por completo de interés y no habría tenido nada que decirnos si previamente hubiésemos encontrado los asuntos de que trata a la hora del desayuno y en un breve del periódico.


Verona.— Trágico final para dos amantes. Tras pensar por error que su amada había muerto, un joven se quitó la vida. Una vez descubierto el aciago destino de su amante, la mujer también se suicidó.


Rusia.— A causa de sus múltiples problemas domésticos, una joven madre se arroja al paso de un tren y muere.


Francia.— En un pueblo de provincias una joven madre muere a causa de sus problemas domésticos.


Por desgracia, la maestría artística de Shakespeare, de Tolstoi y de Flaubert tiende a sugerir que incluso en la forma de una simple noticia breve habría resultado evidente que en Romeo, en Ana y en Emma había algo por demás significativo, algo que habría llevado a cualquier persona con dos dedos de frente a darse cuenta de que eran personajes aptos para la gran literatura o para una representación en el teatro Globe, si bien es obvio que nada los diferencia del caballo que dio el salto mortal en Villeurbanne o de ese Marcel Peigny que murió electrocutado en Aube. De ahí la afirmación de Proust en el sentido de que la grandeza de la obra de arte no tiene nada que ver con la calidad aparente del asunto de que trata, y en cambio tiene muchísimo que ver con el tratamiento subsiguiente que se dé a ese asunto. De ahí también sus otras afirmaciones análogas a estas, en el sentido de que todo es un asunto potencialmente fértil para el arte, y de que podemos hacer descubrimientos de gran valor tanto en un anuncio de jabón como en los Pensamientos de Pascal.


Blaise Pascal nació en 1623, y desde muy temprana edad sus allegados —no solo sus familiares, aunque estos con natural orgullo— reconocieron que era un genio. A los doce años había comprendido en profundidad las primeras treinta y dos proposiciones de Euclides; pasó después a inventar la matemática de la probabilidad, midió la presión atmosférica, creó una calculadora aritmética, diseñó un tranvía, contrajo tuberculosis y escribió la brillante y pesimista serie de aforismos en defensa de la fe cristiana que se conoce con el título de Pensamientos.


No ha de sorprendernos descubrir cosas de verdadero valor en los Pensamientos. Se trata de una obra que disfruta de una posición cultural privilegiada, hecho que nos anima a tomarnos el tiempo que sea necesario e imaginar que, si no captásemos sus ideas, la culpa no sería del autor sino de nosotros. De todos modos, no es probable que suceda, ya que están escritos con seductora inmediatez y abordan de forma clara, sucinta y moderna temas de interés universal. «No elegimos como capitán del barco al tripulante de más alta cuna», reza uno de los aforismos, y es bien fácil admirar la aguda ironía de esta protesta contra los privilegios hereditarios, que sin duda debió de ser mortificante para la sociedad en modo alguno meritocrática que primaba en tiempos del autor. El hábito de poner a las personas en cargos de relevancia debido sencillamente a la importancia de sus progenitores es ridiculizado con calma mediante una analogía entre la política de Estado y la navegación: los lectores de Pascal bien pudieron sentirse intimidados e incluso silenciados por el elaborado argumento de un aristócrata convencido de tener el derecho divino a determinar la política económica del momento, aun cuando no hubiera sido capaz de aprenderse del todo la tabla del siete, pero es improbable que se tragasen un argumento similar de labios de un duque que desconociese los rudimentos de la navegación y les propusiera hacerse cargo del timón en la travesía de un navio que ha de doblar el cabo de Buena Esperanza.


Qué espumoso y banal parece un jabón al lado de todo esto. Cuánto nos hemos alejado, a la deriva, del reino del espíritu con esta doncella de largos cabellos que se lleva la mano al pecho, embelesada, al pensar en su jabón de tocador, que guarda a mano con los collares, en un joyero forrado de terciopelo.



(Louvre, París/Giraudon); Mary Evans Picture Library


Parece difícil argumentar que la dicha del jabón sea verdaderamente tan significativa como los Pensamientos, pero esa no era la intención de Proust, quien se limitó a decir que un anuncio de jabón puede ser el punto de partida de pensamientos que podrían concluir de forma no menos profunda que los ya expresados con claridad y bien desarrollados en los aforismos de Pascal. Si antes era improbable que tuviéramos pensamientos profundos relacionados con los jabones de tocador, ello podría deberse, lisa y llanamente, a nuestra adhesión a las nociones convencionales sobre el origen de tales pensamientos, o a cierta resistencia frente al espíritu que había guiado a Flaubert cuando convirtió una noticia de periódico acerca del suicidio de una joven en Madame Bovary, o frente al espíritu que había guiado a Proust cuando abordó un asunto en principio tan poco propicio como es el hecho de quedarse dormido, para dedicarle una treintena de páginas.

Un espíritu similar es el que parece haber guiado a Proust en sus lecturas. Su amigo Maurice Duplay nos dice que lo que más le gustaba leer a Marcel cuando no podía conciliar el sueño eran los horarios de trenes.



La hora en que partía el tren de la estación de Saint Lazare era lo de menos para un hombre que no encontró ningún motivo para abandonar París en los últimos ocho años de su vida. Por el contrario, el horario de trenes era motivo de lectura y de disfrute, como si se tratase de una novela apasionante sobre la vida campestre, ya que los nombres de las estaciones de provincias bastaban para dar a Proust material de sobra con el que elaborar mundos enteros, imaginar dramas domésticos en el medio rural, los chanchullos de los ayuntamientos y la vida en los campos de cultivo.

Proust sostenía que el disfrute de esas lecturas tan caprichosas era característico de un escritor, de una persona con la que se podía contar para que desarrollase un notable entusiasmo por asuntos carentes en apariencia de cualquier relación con el arte, una persona para la cual

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9788490068557
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