Читать книгу: «Entramados vinculares y subjetividad»
Índice de contenido
Portadilla
Prefacio, por María Eugenia Otero
Prólogo, por Janine Puget
Sección I. Violencias y Alteridad
Introducción, por María Eugenia Otero
Niños/as y adolescentes: violencia fundamental y filiación, por Adrián Grassi y otros
Violencia hoy: ¿condición humana, síntoma social, problemática política?, por Janine Puget
El método Ludovico o el fundamentalismo conductista, por Mario Waserman
Medea: una dimensión trágica de los divorcios controvertidos, por Néstor Carlos Córdova
Parentalización y des-parentalización en los divorcios controvertidos. La pasión, por Adrián Grassi y otros
En-tramando lo traumático. Haciéndo-se sujeto de su historia, por Mariana Britos y Adrián Grassi
Violencias y derechos. Subjetivación e intervenciones, por Adrián Grassi y otros
El devenir niño y adolescente. Violencia, funciones parentales y sus efectos de poder, por Hernán Altobelli, Agustina Guaragna y María Eugenia Otero
Situaciones familiares donde lo difícil desata: ¿violencias o potencialidad vincular?, por Mariana Soler
Sección II. Recorrido y actualidad en el pensamiento de Piera Aulagnier
Introducción. María Eugenia Otero
Un punto de encuentro con Piera Aulagnier y su historia, por Cristina Blanco
Visitando a Piera Aulagnier, por María Eugenia Otero
Lo originario. Un aporte a la conceptualización de integración psicosomática y subjetividad, por Adrián Grassi
De la historización al proyecto identificatorio. Aportes de las teorizaciones de Piera Aulagnier a la práctica de la Orientación Vocacional, por María Inés Gutiérrez
La historización como construcción subjetivante, por Silvia Amalia Lastra
De la genealogía al proyecto identificatorio. Algunas puntualizaciones acerca de adolescencia y transmisión, por Silvia Amalia Lastra y Graciela Saladino
Lecturas de Piera Aulagnier. Construcciones acerca de la clínica y la transmisión docente, por Silvia Amalia Lastra y María Eugenia Otero
Sección III. Subjetividades contemporáneas. Psicopatología y clínica. La práctica psicoanalítica en instituciones comunitarias, hospitalarias y en la universidad
Introducción. María Eugenia Otero
El deterioro de la capacidad reflexiva: desresponsabilidad y moral técnica, por Hernán Altobelli, Gabriela Giorla, Lila Grandal y Marcela Guglielmo
Fragilidades, por Sonia Kleiman
La Universidad abierta a la comunidad: una invitación a pensar el psicoanálisis extramuros, por Cristina Blanco, Agustina Cóccaro, Natali Cozak, Patricia De Paula, Silvia Amalia Lastra, María Eugenia Otero, Graciela Saladino, Graciela Suárez y Sofía Weinmann
Grupos de confrontación generacional en un Servicio de Adolescencia, por Susana Toporosi
Rol del profesional en salud mental en condiciones de vulnerabilidad, por Miriam Lepka
El ejercicio profesional desde una perspectiva de derechos. Entrelazando psicoanálisis, C.I.D.N. y Nuevo Código Civil y Comercial, por Cristina Blanco
Reflexiones sobre adolescentes en conflicto con la ley penal. Distinciones clínicas y nuevos dispositivos, por Martín Meiss
Posibles usos y des-usos de las drogas en tiempos adolescentes, por Federico Liñares
Bibliografía
Los autores
Entramados vinculares y subjetividad
Niños/as / adolescentes y familias en psicoanálisis
Adrián Grassi – María Eugenia Otero (Comps.)
Altobelli, H.; Blanco, C.; Brea, N.; Britos, M.; Cóccaro, A.; Córdova, N.; Cozak, N.; De Paula, P.; Giorla, G.; Grandal, L.; Guaragna, A.; Guglielmo, M.; Gutiérrez, I.; Kleiman, S.; Lastra, S.; Lepka, M.; Liñares, F.; Meiss, M.; Puget, J.; Saladino. G.; Soler, M.; Suárez, G.; Toporosi, S.; Waserman, M.; Weinmann, S.
Prólogo de Janine Puget
Entramados vinculares y subjetividad
Adrián Grassi - María Eugenia Otero (Comps.)
ISBN: 978-987-46503-8-2
Primera Edición Editorial Entreideas, septiembre de 2019
Edición EPUB, abril 2020
Dirección editorial: Marcela Pereira
Diseño tapa e interior: Adriana Llano
Corrección de estilo: Nicolás Bocles
© Editorial Entreideas
www.editorialentreideas.com.ar
info@editorialentreideas.com.ar
Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723
Grassi, Adrián
Entramados vinculares y subjetividad : niños, niñas, adolescentes y familias en psicoanálisis / Adrián Grassi ; María Eugenia Otero ; compilado por Adrián Grassi ; María Eugenia Otero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Entreideas, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-46503-8-2
1. Clínica Psicoanalítica. I. Otero, María Eugenia II. Grassi, Adrián, comp. III. Otero, María Eugenia, comp. IV. Título.
CDD 150.195
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, en castellano o en cualquier otro idioma.
Digitalización: Proyecto451
Prefacio
María Eugenia Otero
“…un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar”
Jorge Luis Borges
Entramados vinculares… y pienso tu nombre, Adrián Grassi, amigo querido, y te llamo por si acaso y recorro despacito los últimos veinte años de mi vida y pienso cómo se congelan los recuerdos uno a uno, en un mar de fuego y de memoria.
Rescato nuestras risas, tus ganas contagiosas e imparables de crear, tu apetito voraz por pensar y hacer de las ideas una constante fuente de placer, la grupalidad como una marca registrada de tu mano, el pensar-hacer.
La grupalidad como una trama visible-invisible de afectos que anida allí, en cada uno de nosotros, en quienes trabajamos a tu lado en la cátedra de Psicología Evolutiva Adolescencia II, en la Práctica Profesional Problemáticas Clínicas en Niñez, Adolescencia y Familia, en el entrañable Programa de Extensión Universitaria “Modelo de Intervención Psicoterapéutico para niños y adolescentes en situación familiar difícil” (que dio origen a todos los escenarios antes mencionados), en los proyectos de investigación UBACyT, en las clases de grado y postgrado.
Múltiples escenas que se bifurcan y se abren como líneas de fuga, en un territorio tan querido: la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
Sentada frente a la computadora, acaricio las letras y pienso: ¿cómo condensar en un párrafo fragmentos de tu hacer constante? Una máquina de desear que potencia en otros el placer por pensar, por vivir…
Y otra vez decido rescatar instantes de nuestro mar, y aparecen las clases y las escrituras: los artículos en los libros, que balizan las geografías compartidas en ese entramado permanente y fluido con los alumnos, primero en los pasos iniciales de la carrera y luego el reencuentro con ellos recibidos, cuando eligen formarse como noveles terapeutas y dar los primeros pasos en la clínica, en el marco del programa de extensión. Y sin querer, allí, desde el territorio del programa, vamos diseñando una red que nos cobija para pensarnos en la trinchera, en el barro de la realidad frágil y dolorosa que habitan los niños y los adolescentes hoy.
Entonces este libro se abre como una suma de intensidades, una cartografía que conduce al lector por aristas infinitas. Así lo pensamos, como un mapa que permite una interpretación del territorio, y que es posible recorrer en múltiples sentidos, impulsando al lector hacia inéditos campos de pensamiento.
Tres secciones atraviesan nuestro libro. Cada una se supera a sí misma, produciendo un efecto de transmisión de la experiencia clínica y la potencialidad creativa de cada autor en el campo de la teoría psicoanalítica.
Los capítulos invitan a la aventura de pensar con otros. Colegas amigos, muy queridos, recorren las páginas. Con hilos (in)visibles se han sumado al entramado vincular de este gran equipo de trabajo cotidiano. Quiero destacar la amorosa presencia en este libro de Janine Puget, Mario Waserman, Sonia Kleiman, Susana Toporosi y María Inés Gutiérrez.
La pluma agazapada del psicoanalista garabatea las redes del deseo. En su interior la esperanza de producir nuevos sentidos en el encuentro de la teoría con la clínica. Allí reside el desafío: transmitir la valiosa experiencia del oficio.
Gracias Adrián, por tu generosidad para que nos sintamos libres en la transmisión teórica de un psicoanálisis no encorsetado, vivaz, preocupado por salir de lugares cómodos y poner en tensión los vínculos entre la niñez, la adolescencia y la familia, con el sesgo de la época que habitamos y pensamos.
¿Cuántos pétalos pueden expandirse y danzar vertiginosos hacia el cielo, y caer de nuevo a la tierra para ascender una vez más…? Y así reencontrarnos, ya no en sueños vencidos, sino en estos: en los que se han cumplido y en otros que estarán por venir.
Tu risa celeste y la alegría de un proyecto compartido son el escenario para que Entramados vinculares y subjetividad. Niños/as/adolescentes y familias en psicoanálisis se deslice como un acontecimiento en el quehacer clínico y en otros modos de pensar la subjetividad.
Buenos Aires, invierno de 2019
Prólogo
Janine Puget
Quiero compartir estas líneas con los posibles lectores y decirles que contienen un antes y un después. En el ayer las hubiera compartido con Adrián Grassi pero no me dio tiempo y se fue bruscamente; en el ahora solo me queda escribir algo que dé cuenta de mi reconocimiento por la ayuda y el estímulo que me brindó en todo momento. Estímulo que también recibieron los autores de este libro, que nos presentan aquí una pincelada que señala algunas situaciones actuales que nos proponen desafíos varios. Estas líneas se alimentan de la fuerza que da un recuerdo alentador y cariñoso. Resuena en mi mente la voz de Adrián Grassi que me ayuda a comentar este libro, que pasa a formar parte de una serie ininterrumpida de publicaciones universitarias dirigidas por nuestro amigo.
Aquí más que comentar trato de anticiparles que van a disfrutar de lo que él nos dejó. Su entusiasmo era contagioso, motivo por el cual logró estimular a varios autores para que participen de una creación conjunta que se inserta en la línea de las publicaciones anteriores. Estos textos nos ponen en contacto con el pensamiento de colegas preocupados por aprehender y hacer algo con las formas violentas en las que aparecen las situaciones vinculares actuales. Grassi se fue pero su presencia-ausencia sigue sobrevolando estos espacios y nos incita a indagar y hacer circular ideas que puedan ayudarnos a pensar lo que nos propone el mundo hoy.
El capítulo escrito por Adrián y Mariana Britos, que tiene por título “En-tramando lo traumático. Haciéndo-se sujeto de su historia”, es una síntesis de lo que entienden por ir pensando. Y así veremos cómo encaran el ir adviniendo y se tornan sujetos de esta historia. El título alude maravillosamente a lo que Adrián hizo en su vida y lo que cada uno debiera poder hacer: despegarse de definiciones categóricas e identificatorias y aceptar navegar en aguas borrascosas.
Publicar, estudiar, reunir colegas para intercambiar opiniones, formaba parte de la rutina de nuestro incansable colega. Los lectores podrán apreciar la presencia en esta publicación de una diversidad de marcos referenciales que dan cuenta de los intereses de cada uno de los autores. Y así nos transmiten cómo, partiendo de un cierto estado de virginidad, pueden reflexionar para abordar temas que fueron ubicados en los extramuros del psicoanálisis. Sabemos que suele costar escuchar lo totalmente diferente y, sin embargo, es tan necesario crear a partir de la ignorancia y dejar de lado el “Ya lo sé”.
Para navegar en territorios extraños se requieren nuevas herramientas y abordajes, como se irá comprobando al leer los diversos capítulos. Una consecuencia de estas búsquedas es que fueron apareciendo nuevos vocabularios que hacen a lo actual y a cada situación particular. Y ello debiera ocurrir siempre que un profesional se ocupe de lo atinente a la subjetividad social y trabaje en medios precarios donde las condiciones sociales coyunturales no se parecen a las del pasado y tienen que ver con la particularidad de cada momento de la vida. De otro modo se correrá el riesgo de colocar lo nuevo y no conocido en el lecho de Procusto.
El tema de las familias y las nuevas formas que adquieren ocupa un lugar importante en este libro, siempre recalcando la necesidad de aceptar desterritorializar y reterritorializar procesos infinitos. Y entonces nos encontramos con nuevas formas de subjetivación que son las que adoptan los sujetos de esta época. Los trabajos vinculados a los proyectos de investigación UBACyT dirigidos por Adrián y realizados con su equipo de trabajo, que ocupan la primer sección de este libro, estimulan el pensar acerca de las familias, los entramados vinculares y la violencia como un signo del presente.
Es interesante que una de las secciones del libro se ocupe de Piera Aulagnier, psicoanalista francesa dedicada a cuestionar sus propias ideas y hacer formulaciones que han permitido a muchos colegas dar un lugar particular a procesos de subjetivación que llevaron a revisar hipótesis anteriores. Son ya famosos sus escritos referidos al contrato narcisista y a la historización, que han servido de base para expresar nuevas formulaciones. En esa sección, desde un mismo marco referencial nació un ramillete de ideas a partir de las cuales los conceptos heredados adquirieron nuevos significados.
Y ya en la tercera sección entraremos de lleno en la sociedad en la cual vivimos. Allí se proponen miradas originales, lo que suele ocurrir cuando se acepta una cierta ignorancia que, en este caso, proviene del hecho de trabajar en medios sociales ubicados en los extramuros. Vale como ejemplo el Programa de Extensión Universitaria “Modelo de Intervención Psicoterapéutico para niños y adolescentes en situación familiar difícil”, usina de teorizaciones y modos de pensar la clínica desde su creación, en el año 2001, de la mano de Adrián y su equipo de trabajo.
Son necesarias nuevas herramientas que permitan proponer, por ejemplo, en los servicios hospitalarios, crear grupos a los cuales llaman “de confrontación” y dar importancia a la particular fragilidad que experimentan los sujetos en algunos medios sociales: algunos de ellos son los que se ocupan de la salud mental. A raíz de este contacto fueron introduciendo un vocabulario que hace a las nuevas maneras de pensar, a lo que conlleva vivir entre varios, habitar diversos espacios sociales y familiares, ejercer la profesión en condiciones adversas. Y todo esto ha sido incorporado como una fuente de energía que estimula a mantenerse abierto y ubicarse en el hoy diferenciándolo del ayer, de un pasado que proponía otros panoramas. Tal vez en este sentido, introducir el pensamiento de Piera Aulagnier dándole un espacio especial, pueda representar la presencia de un eslabón teórico y clínico que fue puente entre el ayer y el hoy.
Lo que va quedar claro para los lectores es que el psicoanálisis debe ser pensado a diario y que, dependiendo del medio en el cual se lo piense, irá cambiando de color y abriendo otros derroteros. No somos los mismos en la calle, en nuestros cómodos consultorios, en la universidad, en medios sociales desfavorecidos o en los hospitales. Las familias de hoy hablan diferentes idiomas que tenemos que aprender, dado que responden a formaciones que no necesariamente dependen de la diferencia de sexos, de la historia, de las diferencias de edad, sino tan solo de lo que se va produciendo en cada circunstancia. Y esas son algunas de las enseñanzas que recogemos de la lectura de este libro compilado por Adrián Grassi y María Eugenia Otero.
Buenos Aires, agosto de 2019
Sección I.
Violencias y Alteridad
Introducción
María Eugenia Otero
Pablo Picasso no conoció nunca Guernica (1). No observó con sus propios ojos aquel poblado vasco inmerso en la tragedia, bombardeado por la Legión Cóndor alemana durante la Guerra Civil Española, pero su destino lo conmovió.
El Guernica de Picasso es probablemente la obra más admirada del artista. Una geografía sitiada por negros y grises, impactada por sus trazos, que resulta el emblema de una sociedad arrasada por el dolor y la crueldad.
Una anécdota cuenta que un oficial nazi entró al estudio de Picasso, en París, y al ver el boceto del Guernica, le preguntó: “¿Esto es obra suya?”. A lo que el pintor simplemente respondió: “No, ustedes lo hicieron…”.
El arte y sus variadas expresiones revolotean como mariposas en las cenizas, como las producciones (gráficos, collages, modelados) de niños y adolescentes inmersos en situaciones de violencias familiares y sociales.
Chicos sumergidos en entramados vinculares donde el odio, el desamparo y la vulnerabilidad en el ejercicio de las funciones parentales, tiñen en grises y negros los efectos de la violencia de una generación en otra. Ellos y sus familias han sido objeto de estudio, a lo largo de los últimos años, de nuestras investigaciones en el marco de los proyectos UBACyT (2) y en el abordaje clínico, apasionado, que venimos desarrollando desde el año 2001 en el Programa “Modelo de Intervención Psicoterapéutico para niños y adolescentes en situación familiar difícil” (3).
En esta primera sección del libro, presentamos algunos artículos que hemos escrito a partir de un ejercicio ligado al placer por pensar con otros.
Nos acompañan los aportes de Janine Puget junto con las contribuciones teóricas de Mario Waserman. Ambos resultan hallazgos luminosos para reflexionar acerca de los estragos de la crueldad en los contextos epocales y su incidencia en los procesos de subjetivación en la infancia y en la adolescencia.
En cada una de estas notas habita nuestro crecimiento como grupo de trabajo, y la tarea de proponer algunas reflexiones acerca del encuentro inagotable entre la teoría y la clínica.
Como señala Yolanda Gampel: “A través del psicoanálisis, se supone que cada uno puede elaborar una libertad de pensamiento y una búsqueda continua de uno mismo y del otro. Frente a circunstancias extremas, tales como la violencia social, la capacidad de pensar puede verse amenazada. El terapeuta debe mantener una distancia crítica para reconocer, analizar y vencer las diversas resistencias de su paciente a la dolorosa percepción de los hechos y a su evaluación. Pero su actitud también debe estar basada en el sentido común, la intuición y el corazón…” (2005: 19).
1. Tomo como disparador la lectura del artículo de Martina Putruele, “Guernica, la obra maestra de Picasso que denunció los horrores de la guerra”, publicado en Infobae el 8 de abril de 2017.
2. Desde el año 2010 hasta el año 2017, dirigidos por Adrián Grassi (Director) y Néstor Córdova (Co director) desarrollamos tres proyectos de investigación UBACyT:
-“Constitución psíquica en niñ@s/adolescentes con conflictos familiares por divorcios controvertidos” (2010-2012)
-“El trabajo clínico con niños/niñas/adolescentes con familias en proceso de separación o divorcio controvertido. Perspectiva psicopatológica, su articulación con los cambios socio-culturales” (2012-2015)
-“Estructuración psíquica en niños/as- adolescentes y funciones familiares. Diferentes formas de organización, desorganización (especialmente los divorcios controvertidos) y recomposiciones familiares. Redes interdisciplinarias de intervención” (2015-2017).
3. Programa dependiente de la Secretaria de Extensión Universitaria, Facultad de Psicología de la UBA, creado por Adrián Grassi en el año 2001 y actualmente bajo mi dirección.
Niños/as y adolescentes: violencia fundamental y filiación (1)
Adrián Grassi, Hernán Altobelli, Cristina Blanco, Norma Brea, Mariana Britos, Néstor Córdova, Agustina Guaragna, Miriam Lepka, Martín Meiss, María Eugenia Otero y Mariana Soler
Introducción
Si bien el término controversias proviene del ámbito jurídico, no obstante nos sitúa ante una problemática inherente a la subjetividad, ya que las controversias conllevan una violencia que denominamos violencia fundamental (Bergeret, 1990). Caracterizamos esta violencia cuando organiza los vínculos y procesos de filiación entre los progenitores y entre los progenitores y los hijos. Nos interesamos en el seguimiento de estos efectos en la estructuración psíquica del niño/a/adolescente.
Esta violencia fundamental tiene la lógica y los procedimientos del pensamiento fundamentalista, y de allí toma su nombre. No respeta ni los tiempos ni las formas jurídicas. Transforma los divorcios en “separaciones interminables” ya que anuda los vínculos por un período mucho más prolongado que el proceso de divorcio mismo: se instala con anterioridad, continuando más allá de su culminación. Y si bien el divorcio desanuda y reorganiza las relaciones entre los excónyuges y sus hijos (régimen de visitas, alimentos, etc.), la violencia fundamental comanda la organización de estas prácticas, determinando modos de relación que marcan la subjetividad de quienes integran la escena, generando efectos de violencia secundaria (Aulagnier, 1997).
La violencia fundamental plantea dicotomías con oposiciones excluyentes (“o lo uno, o lo otro”). Ejemplos de su funcionamiento nos son sobradamente conocidos en el campo de la política, de lo social y de las relaciones interpersonales. Su lógica y razón es la de plantear la existencia y afirmación de uno de sus términos a partir de la degradación destructiva del otro. Por ejemplo: se es bueno como padre por lo mala o inoperante que es la excónyuge como madre y/o viceversa. Tiene implicancias y derivaciones tales como la manipulación, el dominio y el ejercicio de poder “de uno sobre el otro”. Cuando esta violencia fundamental comanda la organización de los vínculos parentales, la denominamos “paradoja en la escena originaria”, e instala un conflicto sin salida entre los progenitores y entre los progenitores y los hijos.
En trabajos anteriores (Grassi, 2010) hemos descripto su funcionamiento en los casos de divorcio controvertidos con la fórmula de “la mutua exclusión del uno por el otro”. Uno de los progenitores excluye al otro de un circuito en el cual está inscripto como progenitor. Así no se permitirá la visita del padre/madre al hijo/a el día de su cumpleaños, el día del inicio del ciclo escolar, el día de las segundas nupcias, en el nacimiento de otro hermano, al momento de salir de vacaciones, etc. Estas exclusiones del circuito se hacen extensivas, las más de las veces, a todo lo que rodea parentalmente al otro progenitor: antes compañero, socio de crianza, ahora adversario o contrario, como todo lo que viene de su rama genealógica. De este modo tampoco se posibilitará la visita a un abuelo/a, o se prohibirá que el hijo/a nombre en una casa algo de lo que trae de su otro hogar, el del otro progenitor, que use la ropa o los juguetes que evocan a través de sus olores u otras conexiones asociativas la pertenencia a la otra rama genealógica o filiatoria, y muy especialmente si hay conformada una nueva pareja o familia: “Soy un agente secreto del otro bando, tanto en la casa de mi viejo como en la de mi vieja”, tal la disociación planteada por un adolescente al escindirse entre dos oposiciones.
Diferenciamos las paradojas por el potencial traumático que conllevan. Las paradojas que implican una disyunción simple entre sus términos tienen la posibilidad de ser simbolizadas por lo que permiten el desarrollo de un conflicto que puede ser mentalizado. A diferencia de las paradojas que presentan una oposición disociativa entre sus términos, lo que obstaculiza o impide su simbolización, por lo cual el conflicto no puede ser mentalizado. Estas últimas implican un mayor grado de potencial patógeno.
En gran parte de los casos en que el conflicto toma una derivación paranoide, lo cual sucede muy frecuentemente, se encontrará que en la “otra parte” de la rama genealógica hay algún enfermo mental, algún delincuente o algún violento al que se asocia al progenitor en cuestión.
Algo a destacar es que el tipo de vínculo que este funcionamiento convoca es el de las respuestas especulares que reduplican en el otro progenitor la degradación y exclusión planteando así réplicas de equivalente tenor violento.
Al instalar estas oposiciones excluyentes se presenta al niño un oposicionismo irreductible (su fórmula: “se es hijo de un progenitor excluyente del otro y viceversa”). La lógica de la violencia fundamental es la de introducir un elemento o rasgo materno o paterno para plantear su exclusión. No tanto su “no existencia”, como su “existencia negativizada”. En general hay una referencia a la participación del otro partenaire en la escena de los orígenes del niño y sus vinculaciones con una genealogía, pero se convoca la presencia a través de su negativización (“la loca de tu madre”, o el decálogo de los incumplimientos del padre, “el ladrón de tu abuelo”, etc.).
Se conserva disociada una “escena de los orígenes” con la inclusión negativizada de ambos partenaires. Tampoco se trata del duelo que implicaría el desinvestimento libidinal del otro. Son las exclusiones mutuas entre los progenitores que introduce elementos a metabolizar por los hijos creando condiciones para un desarrollo psicopatológico ya que allí anida en germen el “trabajo de lo negativo, que opera sobre la filiación como esfuerzo de des-parentalización” (Córdova, 2008). No obstante, no le otorgamos de antemano un valor traumático por sí mismo, aunque pueda tenerlo en consideración de la totalidad del caso y de la historización posible, sino que lo pensamos como “potencial traumático” (Aulagnier, 1977).
Área de Investigación
Nuestra área de investigación es la Psicología Clínica y la Psicopatología del niño/adolescente, y pensamos, como planteara P. Aulagnier (1986: 194):
“(…) la primera de estas notas tratará sobre el trabajo del historiador en este tiempo de apertura del proceso identificatorio, en que un niño pasa a sustituir al infans que ya no es. La segunda estará referida a lo que se instala en ese tiempo de clausura que pone fin a un primer modo de identificación y da acceso a un segundo, que deberá tomar en cuenta lo que llamaré efecto del encuentro. Es en ese tiempo de conclusión cuando el yo firmará un compromiso con la realidad cuyas cláusulas decidirán sobre los posibles de su funcionamiento psíquico (es lo que designa el término potencialidad)… tres momentos que deciden sobre el trayecto identificatorio que ha de seguir el yo transcurrida la infancia”.
No obstante advertimos que hay dadas condiciones en el medio ambiente para una temprana elección y rigidización en la elección de los mecanismos de defensa por parte del niño/adolescente.
1) POTENCIAL PATÓGENO: paradoja de los orígenes como elemento a metabolizar por parte del niño/a/adolescente (entre los progenitores en conflicto y entre los progenitores y los hijos por lo que instala la violencia fundamental). Cuánto de repetición introducen los divorcios controvertidos como resultado, consecuencia y desencadenamiento de la patología familiar previa, de la historia familiar (inter y transgeneracional) y de la conformación psíquica de cada uno de los integrantes del conflicto. A la vez que el desanudamiento de la pareja y la reorganización familiar, pueden operar como “momento traumático” de alguno de los integrantes del grupo familiar.
2) POTENCIAL SALUDABLE: al conformarse nuevas parejas o familias ensambladas, se introducen nuevos elementos a metabolizar en la organización de la dinámica familiar, que pueden operar como factores de salud. Destacamos el valor subjetivante que pueden también producir los vínculos: a) con los progenitores a partir de la situación de no convivencia y b) con otros actores de la escena, que puede implicar tanto a familiares (hermanos, abuelos, etc.), a otros integrantes del nuevo grupo familiar si lo hubiera, a otros actores sociales (escuela, amigos), como al terapeuta.
Se consideran dos dimensiones que nos permiten abordar el sufrimiento psíquico implicado y sus consecuencias:
1) LO INTRAPSÍQUICO: con herramientas que provee el psicoanálisis como teoría de los procesos subjetivos, con la idea de aparato psíquico en constitución, esta primera dimensión circunscribe los procesos propios y específicos del niño, sus modos de procesamiento y sus respuestas, para lo cual consideramos:
A) Motivos de consulta: referidos a las manifestaciones clínicas del niño/adolescente por el cual se consulta. Momento de aparición y momento de consulta.
B) Manifestaciones clínicas articuladas con los procesos de subjetivación del niño-a/: síntomas, trastornos en la estructuración psíquica, trastornos en los procesos de simbolización, aprendizaje y conducta. Enfermedades y/o trastornos psicosomáticos. Trastornos en la adquisición de funciones corporales (marcha, control de esfínteres, funciones de maduración del aparato genital). Trastornos alimentarios, del sueño y del lenguaje.
C) Modos predominantes de procesamiento psíquico: derivaciones de la angustia y mecanismos de defensa utilizados con mayor frecuencia. Estereotipia o variabilidad de los mismos.
D) Estado de la estructuración psíquica: su relación con el momento del desarrollo. Relaciones entre estructura e historia, la articulación entre la edad y los procesos de subjetivación.
E) Si el niño/a/adolescente tiene una versión propia del conflicto o se repite en él en los mismos términos en que está planteado en los progenitores.
F) Respuestas saludables y/o resilientes: capacidad de respuestas espontáneas y/o repetición de formas discursivas de otros. Capacidad de jugar, de soñar, de simbolizar. Cómo son las producciones del niño en sesión. Potencialidad vinculante. Capacidad para el humor. Especialmente para adolescentes: capacidad para la construcción de un proyecto futuro, capacidad para la conformación e inclusión en grupos de pares. Modos de relación con otros.
G) Posibilidades de establecimiento de un trabajo psicoanalítico con el niño/a/adolescente.
2) LO INTERSUBJETIVO: para el abordaje de esta otra dimensión consideramos los modelos de la teoría del pensamiento de lo complejo (Morin, 2010) como aparato psíquico abierto y damos fundamental importancia a los vínculos en la medida en que son uno de los pilares en que se asienta la subjetividad (Kaës, 2010). Se tiene en cuenta:
A) Cómo es la organización y configuración familiar actual: Características del grupo de convivencia. Estado del conflicto entre los padres. Régimen de visitas y alimentos. Capacidad de cada uno de los progenitores para la simbolización del conflicto con la violencia que implica. Evaluación sobre si en el transcurrir del conflicto los padres pierden o no de vista las necesidades del niño. Si se conserva la sintonía o entonamiento con el niño, si es que existía previamente. Calidad de vida y de vida psíquica previa al cambio de las condiciones familiares.
B) Cuál es la calidad de las investiduras libidinales: adecuadas o no, a las necesidades del niño como sujeto. Si existe registro del hijo como alteridad.
C) Funciones parentales y vínculo: si se desarrollan las funciones familiares de contención, sostén, conexión con la genealogía y memoria familiar, funciones de grupalidad y filiación. Potencialidad vinculante en forma autónoma de cada uno de los progenitores respecto del otro partenaire.
D) Posibilidades de realización de los trabajos de duelo implicados para todo el grupo familiar, tanto por la configuración familiar, como por los cambios que toda la situación implica.
E) Cómo es la transmisión: modos predominantes de transmisión de la historia, la genealogía y el conflicto.
F) Nueva configuración familiar: conformación de nuevos vínculos, cualidad de las nuevas relaciones y nominaciones de los nuevos vínculos.
Sobre los cambios epocales y culturales
Aunque no son las transformaciones familiares objeto específico de la presente investigación, son varios los motivos que nos llevan a hacer esta referencia. Al formar parte del contexto cultural en el cual se producen los divorcios y la formación de nuevas organizaciones familiares, acompañan a esta investigación, en la medida en que los cambios producidos en la familia como institución de la cultura, colaboró de manera importante con las representaciones en el imaginario colectivo del sentido que toma para el niño/a adolescente, la conformación familiar propia. Sin ir demasiado lejos en la historia de las transformaciones familiares, la proporción de chicos cuyos padres no conviven (con la importancia que tiene para un niño convivir en dos casas, que los padres conformen nuevas parejas, tener nuevos hermanos de padres diferentes, hasta en ocasiones cuatro pares de abuelos), ha variado considerablemente respecto del pasado.
Otro es el tema de las nominaciones. Cabe destacar que en la conformación de los nuevos grupos familiares, o las familias ensambladas, las nominaciones guardan un grado de ambigüedad que produce una posición de tensión y diferencia no definida del todo en las formas tradicionales: pareja de la madre, tercer padre, madrastra, medios hermanos, etc. Todos términos ligados a las relaciones de parentesco propias del modelo de familia burguesa tradicional, a la que la toman como modelo y referencia, ya que aún las nuevas organizaciones familiares no encuentran su lugar en lo simbólico (Derrida y Roudinesco, 2003). Nos interesa en este sentido cuáles son los términos utilizados tanto por el niño, como por todo el contexto familiar para hacer referencia a los nuevos modos de relación.
Conclusiones provisorias y proyección de la investigación
Ubicada en el campo de la Clínica y la Psicopatología del niño/adolescente, esta investigación destaca que las formaciones clínicas más recurrentes encontradas en los casos por quienes se nos consulta (muestra de 300 casos aprox.), son aquellas que organizan el funcionamiento psíquico en torno a mecanismos de defensa ligados a distintas formas de disociación y escisión.
Los cuadros más severos presentan trastornos narcisistas (no psicóticos) con importantes obstáculos en la autoestima y alteración en los procesos de simbolización y sublimación. En chicos más pequeños la problemática se juega más en el terreno de la depresión y equivalentes depresivos, con alteración en las funciones corporales, somatizaciones, enfermedades y trastornos psicosomáticos. En púberes/adolescentes, se hacen notorias las alteraciones en la elaboración psíquica de la agresión tomando una especial importancia la impulsividad con actuaciones tanto en el terreno de las conductas (con conductas de riesgo) como en el de actuaciones sobre el propio cuerpo (con posibles implicancias en funciones vitales y/o automutilaciones).
Es de importancia destacar la variabilidad de los dispositivos clínicos para el abordaje de los casos: sesiones individuales, vinculares, familiares, sesiones grupales y la inclusión, en determinadas ocasiones, de más de un terapeuta.
En el terreno de la transmisión y el vínculo, es notorio cómo el fracaso en los trabajos de duelo de los progenitores requiere de la exhibición de la carencia de la función materna/paterna del otro progenitor, y de un exceso de mostración del vínculo odiante entre los progenitores (cualquier lugar y situación es apropiada para la irrupción de la violencia). Todo esto es puesto al servicio de la partición de la genealogía: un esfuerzo de desparentalización que reniega de la historia de la relación parental y familiar.
En este sentido dejamos abierta la pregunta sobre los modos de inscripción en el niño/adolescente de las funciones parentales y sobre sus futuras elecciones de objeto, en consideración de los posibles relacionales y de las nuevas experiencias y reinscripciones a partir de nuevos vínculos parentales como de sus elecciones amorosas.
1. Los recortes teóricos desarrollados en este trabajo se desprenden de formulaciones teóricas planteadas en el marco del proyecto de investigación UBACyT 2010-2012: “Constitución psíquica en niñ@s/adolescentes con conflictos familiares por divorcios controvertidos”.
Violencia hoy: ¿condición humana, síntoma social, problemática política?
Janine Puget
¿La violencia es condición humana?
El de la condición humana es un concepto tan amplio que aquí me limitaré a encararlo a partir del lugar que ocupa la violencia como una de las posibles causas ataque a dicha condición. La violencia es una de las tantas formas peculiares de comunicación en la que se recurre a acciones que alteran la relación entre dos o más otros, ya sea en vínculos tales como los de pareja, familia, amigos o en micro y macro conjuntos subjetivantes. En cada uno de ellos sus efectos no son uniformes y es interesante descubrir cómo se manifiestan y qué significan en cada situación. Además cabe preguntarse cómo transformar la violencia en medios de comunicación con mayor contenido simbólico, o sea, que contemplen reglas que no anulen la alteridad del o de los otros.
En la medida en que la violencia incluye violación de algo, sean valores, reglas, leyes, territorios, etc., es posible pensarla como una de las formas de las que dispone el ser humano para des-subjetivar al/los otro/s o producir estallidos que enceguecen. Cuando adquiere la forma de síntoma social, es fundamental saber mirar los ropajes con los cuales se reviste dado que estos dependen de cada época y de cada contexto. También habrá que aprender a detectar cuándo la violencia genera un malestar a veces subliminal y otras veces visible, que traba la producción vincular. No siempre la violencia visible es la más dañina porque a veces esta encubre a otra que ha sido invisibilizada como puede suceder a nivel político o incluso a nivel de la dinámica de una familia o de una institución.
Ubicarnos en el contexto de la problemática política requiere ir definiendo algunas hipótesis teóricas y clínicas, que dan cuenta de un desafío para el psicoanálisis al que podemos designar como clásico. Tomemos en cuenta, por ejemplo, que los psicoanalistas como cualquier sujeto social tienen opiniones políticas que hacen a su manera de entender las noticias, sus derechos y obligaciones como miembros de conjuntos sociales, los valores que cada uno sostiene conscientemente o no y que todo ello se conjuga para ir determinando su manera de escuchar e intervenir en la clínica. Y digo intervenir porque ello no corresponde a lo que se entiende comúnmente por interpretar. De alguna manera al intervenir, el analista activa lo que llamo el “efecto de presencia”, o sea que se hace presente como un otro que no habrá que confundir con el analista sujeto-objeto de transferencia. Dos lógicas se superponen: una en la que el analista es sujeto-objeto de transferencia y otra en la que analizado/s y analista son dos sujetos que van construyendo un vínculo, respetando la alteridad y ajenidad del otro, o de los otros, que siempre interfiere en la mente de cada uno.
¿Intervenir cómo y dónde?, ¿con qué herramientas teórico-clínicas?, ¿intervenir para qué?, ¿cómo aplicar nuestros conocimientos y definir cuáles son los conocimientos útiles? No se trata de trasladar lo que sabemos acerca de la constitución del aparato psíquico singular para encarar lo que hace a la constitución de los vínculos y por ende a lo que concierne a la subjetividad social y familiar. Cada corpus teórico crea sus propias herramientas y es en este contexto que me permito diferenciar el analista que interpreta del que interviene.
Violencia convertible e inconvertible
Puede resultar útil ubicar el tema de la producción de violencia y sus efectos partiendo de las categorías propuestas por E. Balibar (2010). Este autor se refiere extensamente a dos modalidades de violencia -convertible y no convertible-, y las relaciona con la adquisición de la civilidad en sus derroteros específicos. Y al ocuparse del tema político en su relación con las diferentes formas de civilidad, asocia civilidad a respeto y responsabilidad. Balibar diferencia una violencia a la que llama ultra-objetiva y una violencia ultra-subjetiva. La primera, que corresponde a las grandes destrucciones climáticas, es del orden de lo inconvertible. La otra, la ultra-subjetiva, es producida por el sujeto humano y puede ser convertible. Y aquí propongo diferenciar escenarios en los que se respeta la alteridad del/de los otro/s en el marco de una violencia convertible, de aquellos que aplastan o anulan todo intento de civilidad y que responden a una violencia inconvertible, la que se incorpora en la historia y en la vida de dichos conjuntos y desde ahí sigue produciendo efectos tales como la legalización de la falta de respeto (1). Cuando la devastación es producida por el sujeto humano y ya no solo por condiciones climáticas, corre el riesgo de contener un componente inconvertible subliminal que tiende a hacer síntomas de los más variados y difíciles de detectar.
La violencia invisibilizada socava solapadamente las relaciones entre las personas, apareciendo luego fuera de contexto, dando lugar a un malestar vago y a diversas formas de sufrimiento e intranquilidad. Un ejemplo de este doble trayecto de devastación arrasadora y reaparición bajo otros ropajes concierne los efectos de algunas producciones exhibidas en las pantallas de TV o en los medios masivos de comunicación. Estas parecen inocuas soslayando el hecho de que pueden generar sutilmente violencias en el entorno familiar o escolar, e incluso manifestarse en el transcurso de discusiones políticas. Recordemos algunos hechos violentos perpetrados en universidades norteamericanas que parecían ser una reproducción de escenas transmitidas por TV. Pensemos también cómo los niños y las familias podrán ir procesando el estado de violencia política y racista instalado en Medio Oriente y en países lejanos que van adquiriendo una suerte de familiaridad con escenarios bélicos, ayudando a construir una piel dura para resistir al impacto devastador. Pensemos la dificultad en nuestros medios de intercambiar opiniones políticas que tal vez tengan un sesgo de fanatismo. Así como en los efectos a distancia de decisiones políticas que pueden perjudicar a parte de la población sin que tenga la posibilidad de defenderse.
Violencias políticas y el corpus teórico clínico del psicoanálisis
Para seguir precisando lo que entiendo en este contexto por política, tomo algunos conceptos de Espósito (2006) quien diferencia territorios en los que predomina la crítica y en los que se puede asumir que la única realidad política es el conflicto en el presente, de aquellos que surgen al deconstruir las categorías políticas modernas introduciendo lo impensado, lo irrepresentable, en lo que la política deja así de tener un efecto constructivo para pasar a visualizarse como un ataque a las reglas de convivencia. En otras ocasiones lo impensado tiene que ver con el vacío necesario para que haya relaciones y aquí ubico lo impolítico (2). En este caso se hace posible trabajar en los bordes, que no implican lo exterior a la política, sino aquel espacio que parece no tener lugar ni en lo político ni en la política. El conflicto es del orden de una práctica que abarca lo impensado y lo inexpresable, lo impropio. La comunidad no nos puede pertenecer nunca y sin embargo en ella vivimos. La impolítica no se opone a la política, tiene que ver con lo impropio de la pertenencia, con las relaciones de poder en sus dos significados: el poder como potentia -capacidad de hacer- y el poder como potestad -como dominación en sus diversas modalidades-. Una de esas modalidades sumamente complejas es la que atañe a los sistemas inmunitarios que nos debieran proteger, enfermándonos y que contienen dominación y protección que de alguna manera pueden asociarse a diferentes maneras de ejercer los derechos de los humanos, etc. Y a ello se agrega lo que incumbe a los grandes gurús en tanto sujetos políticos que hoy rigen nuestras vidas protegiéndonos o desprotegiéndonos. Uno de esos gurús seguramente es el Mercado. Las violencias políticas responden tanto a fuerzas arrasadoras-devastadoras como a fuerzas que expulsan del cuerpo social a una parte del mismo. Son entonces productoras de un anquilosamiento particular, la anulación o reducción de una parte de la población a estados vegetativos, creadoras de comunidades conformistas o por el contrario, en permanente oposición sin que esta tenga un contenido transformador. Ello cuestiona nuestras formas de pertenencia social creando síntomas sociales actuales y dominantes.
Un síntoma puede ser el de los miedos difusos, incertezas que se atribuyen a la desprotección de un “alguien”, el Estado, o a quienes administran una institución. Si bien no es un invento de la actualidad, el miedo determina formas epocales de pertenencia a los conjuntos en los cuales vivimos.
Otro síntoma social se manifiesta como una actitud quejumbrosa y despreciativa: un otro imaginario no hace o no ha hecho algo para que el mundo funcione, lo dificulta… (3). Es una figura enigmática que alude al aura de lo impropio de cualquier comunidad a la cual se intenta personificar de una manera particular… escurridiza. La queja facilita un pertenecer sin compromiso, no responsable y a veces conformista. Se elude así el dilema entre ser responsable y no responsable: dos modalidades que se superponen. No responsable son las empresas que despiden personal o van creando dificultades a los habitantes
Otras figuras nacen del “mirar para otro lado”. Si bien sería imposible mirar con el mismo compromiso lo que llamaré “lo que pasa”, no es menos cierto que corremos el riesgo de tornarnos indiferentes, conformistas, egoístas y no responsables.
Lo político y el psicoanálisis ubican en un lugar central a la opinión en sus diversos significados. Sostener diversas opiniones e inventar procedimientos de diálogos que partan de la tensión inherente a las diferencias crea interrogantes que se anulan, por ejemplo, con el par amigo-enemigo. Es central indagar cómo nuestros pacientes se van formando una opinión y poder ampliar las categorías que la sostienen, las que muchas veces contienen componentes racistas, discriminatorios, prejuiciosos y se tornan no cuestionables.
La política define el territorio de la administración de las desigualdades, del desentendimiento, de los desacuerdos, de la toma de decisiones en la que se juegan intereses, afectos, convicciones acerca de cómo debieran vivir y agruparse las personas. Concierne el con-vivir, hacer algo con lo impropio... lo inapropiable: apropiarse es siempre incompleto. El desacuerdo, según Rancière (2005), puede generar violencia, rompe con un ideal de semejanzas, es signo de lo irreconciliable, de la vida en comunidades, donde se juegan como lo sugiere J. L. Nancy (2000), la desposesión, el desplazamiento indeterminable e interminable del y de los sujetos que se tornan errantes. Apropiarse no es adueñarse. La diversidad de posiciones forma parte de lo argumentable, de la propia pertenencia y del hacer entre varios. ¿Cómo ocuparnos de los desacuerdos que parten de la tensión del entre dos y hacen al posicionamiento político nuestro y de nuestros analizados? Nadie es dueño de un sentido único, propietario, contrariando el anhelo de la apropiación definitiva.
Violencia y corrupción
Cuando la violencia arrasa con valores que hacen a la civilidad, se infiltran y naturalizan en el campo social valores cuyo efecto contagioso proviene de la violencia inconvertible: “ya que otros lo hacen, por qué yo no…”. Quienes sostienen la lógica corrupta gozan de inmunidad. Esta arrasa y naturaliza valores que hacen a la civilidad al incluir decisiones y reglas singulares, de extrema fragilidad y simultáneamente de extrema solidez sostenidas por el particular manejo de lo secreto, por criterios arbitrarios y contagiosos así como por la búsqueda de cómplices. Para robar o conseguir un plus de beneficio fuera de la Ley los medios justifican el fin. La lógica corrupta se instala a la sombra de la Ley y se superpone subrepticiamente al contexto de legalidad. Irrumpe una subjetividad situacional que depende de la particular interpretación de las reglas. Por ejemplo, un policía tiene la orden de no permitir que se produzcan desmanes: él decidirá lo que es un “desmán” según su buen saber y entender y lo que entiende por “no permitir”, lo que puede incluir cobrar coima o arrestar jóvenes, incluso matar a quienes concurren a los boliches. En el consultorio ofrece dificultades el descubrir y hacer descubrir a los analizados cuando el material alude a algún tipo de participación en actos corruptos. A veces los signos son la búsqueda de complicidad, que “miremos para otro lado”, transformarnos en juez, espectador y testigo pasivo. Con paciencia habrá que ir aclarando confusiones sin evitar la dificultad, decidiendo si algo no es material.
Violencia y crueldad
Balibar (2010), propone una topografía de la crueldad en la que se superponen y confunden una crueldad ultra-subjetiva que incumbe a los delirios de identidad, las exterminaciones y todas aquellas formas que violentan la Ley, y una crueldad ultra-objetiva que corresponde a una exagerada explotación capitalista productora de prescindibles. De esta manera se dibujan dos contextos de significación. Cruel e indigerible se asocian. La imposibilidad de digerir / pensar / hacer lo que un otro transmite / hace / impone despoja a un otro humano, perdurable o momentáneamente, de alguna de las cualidades que le transforman el hacer entre dos en una experiencia útil, “digerible”.
La crueldad altera la potencialidad vincular, imposibilita la tramitación de la información hasta llegar a destituir, despojar, descarnar e incluso anquilosar a quienes habitan estas escenas. Opera sin mediatización y tergiversa la capacidad de pensar, asimilar y protegerse. Lo cruel puede ser una escena pública, la del espectáculo, degollar a alguien por TV, u obligar a que algo privado se torne público (4). Puede también ser la compulsión a la verdad. Hay ejemplos varios en temas como la fertilización asistida y la adopción.
Cada conjunto, cada país, tiene sus propias maneras de ejercer actos crueles en nombre, por ejemplo, de una “buena causa”, de un ideal sostenido por un grupo, un conjunto o un sujeto.
Violencia y extirpación: extranjeridad
Deleuze se ocupa de una tendencia a “extirpar al cuerpo extranjero y a lo extranjero del cuerpo social” (en Balibar, 2010: 85), a la extranjeridad amenazante. Extirpar-erradicar deja marcas imborrables, agujeros negros que atrapan e incrementan la fuerza destructora de la red social. Puede ser que haya en este momento en el conflicto israelí-islamistas extremistas el deseo de extirpar Israel de Medio Oriente y como en nuestras latitudes se procedió en el pasado a crear territorios extirpando partes de la población.
La globalización: una violencia invisible
En la globalización se conjugan varias formas de violencia invisible para una parte de la población. Según Ignacio Lewkowicz (2004) el proceso actual revela una tendencia a imponer una condición única de pensamiento para lo político, lo económico y lo social y formatea nuestro pensamiento, nuestra práctica y técnica psicoanalítica. La globalización ejerce un poder oculto sostenido por la diversidad de intereses y capitales que llevó a la pérdida de sentido de las fronteras visibles entre los países. Crea espacios que no tienen adentro/afuera, que dependen de lo que demanda el factor político y económico predominante. Se valora la eficacia y un manejo de la competitividad dirigida a construir un lugar de pertenencia. El mundo globalizado dispone de una fuerte capacidad de despojar de su cualidad y significado al horror de la pobreza. Se sabe el texto pero no produce acciones acordes. El monopolio de la riqueza y el incremento de los sectores de pobreza se producen simultáneamente. Un sujeto vale hoy por lo que produce, es un objeto de consumo. Es posible que a ello se deba un sentimiento de soledad social actual que se revela cuando, en el discurso, los analizados se lamentan por las llamadas nuevas costumbres cotidianas, por el uso en la casa de las computadoras, donde cada uno tiene la suya, etc.
Algunos conjuntos logran desengancharse del flujo económico y producen creativamente basándose en un sentimiento de solidaridad que es el que se puede perder cuando se activan las cualidades más negativas del mundo globalizado.
Y para terminar
Este rápido bosquejo donde intenté abordar el tema de la violencia social pone el acento en las consecuencias directas o indirectas de la violencia y en la urgencia en implementar miradas que posibiliten detectar sus efectos en la relación analítica creando herramientas útiles. Recalqué algunos signos de la misma como por ejemplo el conformismo (5) o una oposición sin contenido, la indiferencia, una apatía política, la falta de compromiso y de responsabilidad, el mirar para otro lado, el “prefiero no saber” (6), el ignorar no solo de los analizados sino también de nosotros.
1. Como ejemplos podemos mencionar el Holocausto, el terrorismo de estado, el atentado en las Torres Gemelas, etc.
2. Es un concepto que utilizo apoyándome en Espósito y H. Arendt, los que lo emplean en varios escritos. Espósito alude “al vacío, la ausencia, que lo político abre cuando pone en juego (…) la propia dimensión de presencia (es decir de representación)”. Se refiere a aquello que nace de lo irrepresentable.
3. Vale la pena volver a Castoriadis (1975) cuando habla de la institución imaginaria, si bien ello merece un trato que no puedo dedicarle en esta oportunidad.
4. Una especial crueldad ejerció la dictadura con las familias de los desaparecidos. Se la llamó “insoportable”, lo que podría aludir a sus efectos aniquilantes en los que se mezclaban dolor infinito, incerteza e ilusión. El recordar sin cesar se tornaba crueldad al perder el derecho al olvido. Ello fue bellamente captado por Braun y Pelento, que supieron crear el concepto de “duelos especiales”. Olvidar equivalía en la mente a matar al desaparecido.
5. Este concepto fue desarrollado por Silvia Amati (1985) cuando propone que el conformismo es uno de los síntomas actuales en parte de las poblaciones.
6. Recuerden el “preferiría no hacerlo” del escribiente de Bartleby en el cual se manifiesta la negatividad de la elección.
El método Ludovico o el fundamentalismo conductista
Mario Waserman
Este trabajo se interroga sobre los métodos usados para curar a los jóvenes de sus conductas violentas. Toma como ejemplo un método inventando por Anthony Burgess en su famosa novela La naranja mecánica. Es el método Ludovico que pone en juego los principios del conductismo que aparentemente se consideraba una técnica confiable avalada por la ciencia, a diferencia del psicoanálisis que nunca tuvo esa validación. Hoy en día, ese prestigioso aval científico que se le niega al psicoanálisis, lo tienen los métodos cognitivos de las terapias sistémicas. Este texto también se interroga sobre la psicopatología descriptiva de inspiración psicoanalítica y sus limitaciones para comprender esas conductas y abordarlas.
Si bien, como sostuve en otros trabajos, el vértice ético debe ser diferenciado del vértice psicoanalítico, el psicoanálisis desde el punto de vista de su concepción del psiquismo, no puede dejar de interrogarse sobre el mal. En La naranja mecánica el mal se manifiesta tanto en la conducta de un grupo adolescente que la porta como estandarte, como en los métodos que los adultos implantan para erradicarlo.
Los trastornos propios de la adolescencia tienen sus picos. En un pasado reciente trabajábamos sobre todo en los trastornos de la alimentación. Ahora nos ocupan trastornos vinculados a adicciones y trastornos vinculados a la ultra violencia juvenil. Esta ultraviolencia se expresa en conductas delictivas innecesariamente crueles, generalmente llevadas a cabo en pequeños grupos. Incluyen modos violentos de diversión con peleas a golpes, e incluso con armas de fuego. Estas fiestas se convocan con la consigna expresa de llevar armas blancas y armas de fuego, es decir, de ir a herir o matar. Se evidencian también conductas de bullying intensamente cruel que busca el suicidio de la víctima, y matanzas masivas que se ejecutan en su mayoría individualmente. Todas estas manifestaciones son muy diferentes entre sí, pero semejantes en hacer de la violencia extrema su objetivo, es decir su vector de satisfacción. En ese campo, no hay satisfacción sin violencia extrema. Introducimos el concepto de vector para designar el destino manifiesto de una conducta, aceptando, desde ya, que haya un vector de la conducta que permanezca inconsciente tanto para el que la ejecuta como para el que la observa y la califica. Así, el vector inconsciente de un asesinato puede ser la meta suicida: el sujeto busca, en última instancia, hacerse matar. A los analistas nos interesa encontrar algo así como el vector o vértice inconsciente o latente de una conducta consciente y manifiesta. Esto nos diferencia radicalmente de cualquier aproximación biológica o conductista. Estos tiempos ultraviolentos parecen mostrar que en el espacio social se gesta un “empuje a matar” que se ve muy favorecido por la tecnología del arma de fuego, que solo requiere de un pequeño “clic” para eliminar el obstáculo que representa el otro. Un ejemplo de este empuje que nos sorprende es el de los femicidios que, a pesar de todas las campañas en su contra, no parecen disminuir.
En este artículo nos interesa analizar uno de los modos en que estas manifestaciones violentas son tratadas para su cura. En algunos métodos se las trata con una crueldad tan intensa como la de los actos que les dieron inicio. El método de curación ultraviolento fue ejemplificado en la novela La naranja mecánica de Anthony Burgess, escrita en 1962, con la aplicación del método Ludovico, cuyo modelo fue el del conductismo. El método Ludovico es el tratamiento que le aplican a Alex, el protagonista de la novela, un joven ultraviolento, líder de una banda juvenil. Para el entorno que la aplica, la técnica es depositaria de un alto valor científico porque las respuestas de rechazo a los estímulos (imágenes de violencia) pueden ser medidas en una escala, y la medida es justo aquello que otorga prestigio científico (en tanto que el psicoanálisis es refractario a la cuantificación, por lo cual no es considerado una ciencia). La premisa epistemológica es que todo lo que se puede medir y tabular es científico, mientras que aquello “inmedible” queda por fuera (premisa que es una herencia indeseada del Positivismo). Este método se usa para abortar en el sujeto violento cualquier impulso agresivo. Funciona del mismo modo que la terapia conductista de estimulación aversiva que se le aplica al alcohólico para ayudarlo a abandonar su adicción: El paciente llega a considerar repugnante el alcohol y abandona su consumo gracias al uso de fármacos como el Disulfiram, que provoca fuertes y repentinas resacas siempre que se consuma alcohol. Así, Alex aprende a rehuir cualquiera de sus conductas violentas gracias a una medicación semejante al Disulfiram, administrada repetidamente y asociándola a imágenes de violencia. Esas imágenes asociadas al malestar físico harían que abandonase el querer deleitarse con conductas violentas. Se asemeja así al método usado por algunas terapias conductistas con bulímicas, a las que se hace tragar su propio vómito, con el objetivo de que, queriendo evitar esa consecuencia tan desagradable, dejen de provocárselo.
Que la psiquiatría conductista lleva buscando el modo de deshacer la mente del individuo para volver a reconstruirla a su antojo es evidente desde sus inicios. Quienes han desarrollado los actuales métodos de tortura empleados en múltiples cárceles con el objeto de despersonalizar al sujeto y conseguir información preciada, han sido psiquiatras conductistas. Su obsesión es desarmar la mente del enfermo (terrorista, violador, antisocial, etc.) y volver a reconstruirla sobre fundamentos más civilizados. Desgraciadamente, la psiquiatría conductista solo ha demostrado éxito en la primera parte del proyecto, es decir, en destruir la mente de sus pacientes. Para modificar la conducta es necesario antes “lavar el cerebro”. El conductismo es un intento de quitar el mal de la mente, sea esta la ideología, la perversión o la locura. Parece un método menos cruel que la lobotomía, pero el principio que lo sostiene es el mismo. Podríamos decir que el objetivo del conductismo es hacer tabula rasa y meter determinados contenidos, mientras que el del análisis no es que el sujeto se deshaga del mal, sino que lo asuma y lo transforme dejando que sea el mismo individuo el que decida sobre su deseo.
Veamos la vivencia que el método produce en Alex, nuestro sujeto de la experimentación curativa de la violencia. Esta escena ocurre después de administrarle la droga diciéndole que eran vitaminas:
“Y ahora un veco de chaqueta blanca me ató la golová a una especie de apoyo, y todo el tiempo vanosa y calosa canción pop -¿Para qué es esto? pregunté. Y el veco replicó… que era para mantenerme fija la golová y obligarme a mirar la pantalla. Pero dije -yo quiero mirar la pantalla. (…) Nunca se sabe. Oh! nunca se sabe. Confíe en nosotros, amigo, es mejor así. Y entonces descubrí que me estaban atando las rucas a los brazos del sillón y las nogas a una especie de apoyapiés. (…) Pero una cosa no me gustó, y fue cuando me aplicaron broches sobre la piel de la frente, levantándome los párpados y arriba, arriba cada vez más arriba, y yo no podía cerrar los glasos por mucho que quisiera: -Tiene que ser una película realmente joroshó si tanto les preocupa que la vea… Joroshó es la palabra amigo. Una joroshó de horrores…” (Burgess, 1962).
Las escenas que se le van mostrando a Alex son una recreación superrealista de los ataques sádicos que él y su banda realizaron en sus andanzas. Esto se acompaña de una música atronadora y un malestar físico producido por la droga aversiva. Estaba, como él lo cuenta, atado y sus párpados sujetos para mantener sus ojos abiertos. Él va experimentando en esas sesiones de tortura, un rechazo a la muestra de las escenas violentas. Se lo podría definir, en lenguaje psicoanalítico, como un intento de reintroyección violenta de contenidos intolerables. Hacerle asumir el mal a la fuerza, de manera similar a la que recuperamos cuando hablamos sobre cierto tratamiento para las bulímicas donde se las obligaba a comerse su propio vómito, a reintroyectar lo que querían expulsar, que era el atracón (el mal) precedente.
¿Qué hicieron previamente Alex y su banda? La novela elige cuidadosamente los objetivos de sus ataques. En primer lugar, los viejos. Especialmente uno que porta libros de estudio. Interpreto que atacan al viejo y sus libros de estudio porque ven en él lo que el mundo adulto desea para ellos: que dejen de lado la pulsión y se sometan al conocimiento. A esto responden con total rebeldía e invirtiendo la posición del débil (“¡¿Quiénes son estos viejos para imponernos ese modelo para vivir?! Nosotros mostraremos que con la fuerza de nuestras pulsiones podemos doblegarlos, que nuestras armas son más poderosas que sus palabras”). Otras víctimas son unas señoras mayores que se dejan seducir por los buenos muchachos que les invitan el café y las transforman en cómplices y estúpidas. Luego atacan a una pareja adulta: un escritor que está escribiendo una novela (La naranja mecánica), y a su esposa a la que violan en grupo. La determinación por la maldad y la crueldad es más fuerte que el mismo autor del libro. Aparece como un acierto que el autor se haya incorporado como personaje rompiendo la distancia con la novela y mostrando que perfectamente podría ser él una víctima de alguna de esas bandas. Esto lo aleja de cualquier tipo de “buenismo” progresista que discurre sobre la bondad de los jóvenes sin haber pasado nunca por una experiencia de terror. Luego Alex y su grupo agreden a otra banda juvenil para dirimir territorios. Y la misma violencia es sufrida por los integrantes de su propia pandilla cuando quieren disputarle el liderazgo. Luego muestra una actitud totalmente despreciativa hacia -como él los llama- su “Eme” y su “Pe” (sus padres). Ataca también a dos niñas adolescentes a las que trata como tontas y, en otros episodios, demuestra su total rechazo a todos los grupos sociales que lo rodean, a los que coloca en el lugar de la estupidez que es vencida fácilmente por la crueldad. Él y su grupo están convencidos del poder del Mal. Alex parece no creer en nada, más que en su propio goce… que incluye a Beethoven por el cual siente una admiración y un amor sin límites.
El misterio de Beethoven
¿Por qué incluye Burgess esa pasión por Beethoven en Alex? Zizek hace una observación interesante sobre este elemento y dice, con razón, que Beethoven ha sido usado por todos los gobiernos, sean estos demócratas o tiranos. Recurren siempre a la novena sinfonía para enaltecer sus proyectos. Evidentemente, no se debe ingenuamente valorar un estado por la música que elige. Muchos han señalado cómo la música es un instrumento muy eficaz para el engaño. Tanto es así que las marchas militares se usan para que los soldados vayan contentos a su propia muerte. Zizek piensa que Beethoven es tan grande que su música puede integrar a aquellos que en nombre del bien, queremos dejar fuera de lo que es ser un “ser humano”. Yo acuerdo en que el gran artista no expulsa sino que comprende, pero yo arriesgo otra respuesta: Burgess ve que el gran arte es capaz de contener la ultraviolencia o la agresividad en su interior, del mismo modo que Kant incorpora cierta dimensión positiva de lo terrible en lo sublime. Burgess o Alex, su protagonista malvado, encuentran en el arte la misma pulsión ultraviolenta, la misma potencia de la pulsión cuyo placer debe ser experimentado para sentir la vida en su plenitud. La diferencia, claro está, es que el artista transforma la violencia propia de la pulsión en creación. Del mismo modo que la santidad es una pasión por el bien del otro. Ahí podríamos acordar con Freud y decir que la cultura le exige al sujeto una renuncia pulsional, pero también diferir, sosteniendo que además le da los medios para que la satisfaga cuando la pone al servicio del otro. Tanto en el bien como en el arte no prima ningún sacrificio pulsional. No es una renuncia, sino una apuesta. El adolescente, como el artista, lo debe poner todo allí. Solo si lo pone todo, la vida estará lograda. A veces lo pone todo en la consumación del mal con los resultados catastróficos que conocemos: cárcel o muerte. El arte es un espacio donde no es necesario amenguar la fuerza de la pulsión. Hay una transmutación donde el éxtasis del goce puede alcanzar su cenit. Es por eso que se apuesta al arte para incluir a los jóvenes al espacio social.
Burgess nos está indicando que Alex reconoce en Beethoven la pasión que él mismo siente cuando se arroja a la intensidad de sus experiencias. Y al mismo tiempo nos está diciendo algo del arte que no pasa por el adaptacionismo: existe en el arte una revuelta que busca la autenticidad de la experiencia. Y eso es lo que está en el corazón de la auténtica adolescencia.
¿Por qué somos violentos?
Una buena pregunta para hacerse ahora es: ¿por qué tenemos hacia esos trastornos reacciones tan violentas?, ¿por qué pensamos que los vamos a ayudar infringiéndoles fuertes sufrimientos? La respuesta es simple: pensamos que debemos aplicar la misma fuerza que origina la satisfacción, hacia la repulsión para que sientan el miedo al castigo de tal forma que ese miedo sea superior a la gratificación que esperan conseguir. Se trata de instalar un miedo a un superyó externo que castigue con una violencia tanto o más cruel que la que el yo genera. Una policía siniestra con su ojo en nosotros: esa es nuestra terapia. Ese miedo funciona bastante bien y genera la impresión de que la mayoría de la gente es empática y pacífica. Por otra parte ese tratamiento cruel hacia los jóvenes nos hace gozar de nuestra propia agresividad. Al igual que ellos, no queremos limitarnos: “ojo por ojo, diente por diente”. Aunque nos pese, somos violentos porque nos gusta.
Llegar a entender la motivación que genera y guía esas manifestaciones ultraviolentas es algo muy complejo que preferimos no encarar. Debemos reconocer en la obra de Winnicott avances extraordinarios en esa comprensión. Además, concebir un acceso a las modificaciones que un sujeto necesita para cambiar el modo de expresar su sufrimiento es aún mucho más difícil. Es por eso que elegimos la respuesta simple que nos propone el conductismo. Hay un mal por cuyo origen no nos interrogamos demasiado, probablemente producto del aprendizaje de conductas incorrectas, y debemos eliminarlo e instalar nuevas conductas, esta vez, sí, correctas. El psicoanálisis que ha sido rechazado como inadecuado e inútil, conserva la potencia de poder llegar a entender qué fue lo que le pasó al joven que nos aterroriza, y evitar una sobresimplificación que idiotiza al paciente y a nosotros mismos. Freud observó que la compasión es un logro que adviene. No es algo natural. Se construye en la evolución psicosexual, en una lucha entre la agresión y la ternura. ¿Qué pasa en esa evolución con un sujeto o un grupo para que esa instancia empática no advenga? ¿Por qué que la compasión solo se aplica al propio bando? Esa pregunta el psicoanálisis se la hace a sí mismo aunque muchas veces no pueda responderla en su totalidad. El psicoanálisis debe ser valorado por las preguntas que se hace, no por las respuestas que consigue.
¿Qué papel juega el medio cultural?
Otra cosa que debemos preguntarnos es: ¿hay una incitación social-cultural para esas conductas? Sí, la hay. Les publicitamos a los niños y jóvenes gratificaciones superintensas muy difíciles de concretar y así los hacemos, a la larga, infelices. Cuando no alcanzan la gratificación que nuestras propias imágenes de la felicidad les proponen, los hacemos responsables de un fracaso personal. Son loosers. Todos los placeres intensos los concebimos para la adolescencia y la juventud. La adultez la concebimos como un dejar de lado los ideales y la pasión, en favor del realismo. No resulta muy atractivo llegar a la adultez. Ellos ven que esa felicidad se puede conseguir por distintos medios, de los cuales los violentos y los delictivos parecen asegurar mejor la conquista de las metas que los medidos y esforzados. No hay condena social alguna para los violentos exitosos. Importa el éxito, no los medios. Al mismo tiempo concebimos los tratamientos adolescentes como una forma de despojarlos de esa gratificación morbosa que quieren experimentar y que nosotros les proponemos. Está claro en nuestra propuesta publicitaria, que nosotros no priorizamos al otro: priorizamos el yo. Y cuando los ideales megalómanos no se realizan la depresión está cerca.
Esta desazón por el no éxito, causa de estados depresivos crónicos masivos, atraviesa todas las edades, desde los niños hasta los ancianos. En los niños, crea la vivencia de que nunca alcanzarán las metas que otros alcanzan. Los ancianos sienten su vida como un fracaso porque el éxito es un valor que aparece solo en el espacio público (diarios, radio, televisión), y en ese espacio ellos ven un desfile de honores y reconocimientos para unos pocos, mientras se quedan con la sensación de una vida pobre, que solo encuentra cierto consuelo social en el Facebook, donde desarrollan su propia prensa.
Dejando el psicoanálisis cada vez más en el fondo de la bolsa de residuos descartables, esperamos de métodos más cortos y pragmáticos la readaptación del sujeto extraviado a las filas del rebaño adecuadamente castigado y domesticado. Nuestra crítica no va solo contra el renacer del conductismo, sino también contra una psicopatología meramente descriptiva que se limita a enunciar rasgos sin importarle demasiado la dinámica del sujeto. Para ser claro, me refiero a los psicoanalistas que recorren los medios de difusión o escriben tratados para informarnos que tal o cual es un psicópata porque carece de empatía y superyó, y con eso dan por terminada la explicación del caso. El debate se centra en si se le puede implantar superyó y empatía a una persona que no la tiene, o si se trata de casos expuestos a una degeneración psíquica irrecuperable. El psicoanálisis pretende afinar el conocimiento hasta llegar a ese sujeto en particular, a entender sus síntomas en el entramado de su historia. Cada sujeto es único y sus actos se entienden en su propia historia. El diagnóstico en psicoanálisis es un comienzo, una primera impresión, no la impresión final. En la diferenciación entre una psicosis y una neurosis o una perversión recién empieza la cosa a definirse, no termina.
La naranja mecánica fue escrita pocos años antes de la revuelta del 68, una revuelta juvenil de proporciones gigantescas que ponía a los jóvenes al frente de un intento de revolución social que se inició en París y se extendió posteriormente a los jóvenes de todo el mundo. En la novela de Burgess se pueden ver los antecedentes de esa revuelta en el cuestionamiento que hacen estos jóvenes de toda la sociedad que los rodea. Una sociedad que propone el statu quo y la pulsión debilitada.
Al igual que la incidencia cultural es clara la incidencia económica: las estadísticas de la violencia juvenil dejan bastante en claro que la mayoría de los delincuentes juveniles se forman en los márgenes sociales. Lo llamativo es que es más común en los dos extremos: los más desvalidos y los más impunes. Para los más desvalidos la violencia es un modo de insertarse en la cultura, de ahí que hagan ostentación de su delincuencia. Los más poderosos están acostumbrados a disfrutar de la impunidad y ocultan sus crímenes. Para ello cuentan con jueces amigos.
La violencia y sus tipos
Slavoj Zizek (2009) distingue tres clases básicas de violencia: a) la violencia subjetiva, ejercida directamente por sujetos específicos fácilmente identificables. Esta se desenvuelve en las vivencias cotidianas y en el imaginario colectivo; b) la violencia simbólica, propia de la arbitrariedad del lenguaje y las significaciones sociales que construye e impone cierto campo simbólico; y c) la violencia sistémica, inherente al sistema y menos perceptible ya que construye el estado de cosas que se considera normal. Zizek hace hincapié en el sistema capitalista como causal de las violencias por la desigualdad que se establece debido a la explotación de una clase por otra. Para el filósofo esloveno, la violencia subjetiva, la que sentimos frente a un hecho violento, nos imposibilita el pensar: reaccionamos emocionalmente. Solo pensamos si tomamos en cuenta la violencia simbólica y sobre todo la sistémica. Evidentemente Zizek piensa inspirado en la división de Marx entre estructura y superestructura. La superestructura, el fenómeno cultural, las conductas violentas serían consecuencia de la estructura económica, por ejemplo.
Nos gustaría hacer algunas puntualizaciones sobre esta clasificación que hacen a nuestro tema. La violencia subjetiva, que como dijimos, es la escena violenta desplegada a nuestra vista, es lo que podríamos llamar en psicoanálisis el contenido manifiesto de la imagen del sueño. Es la crueldad a la vista. Es el victimario destruyendo a la víctima inocente. Pero allí no podemos leer su causa. No podemos pensar la violencia si no enfocamos en el sistema que la produce (la violencia sistémica). Sin embargo, estas reacciones emocionales son altamente interesantes porque son muy opuestas entre sí, aun ante un mismo fenómeno. En general reaccionamos ante la violencia con rechazo u horror, pero al mismo tiempo es muy cierto que somos capaces de gozar abiertamente de la violencia que vemos. No hay más que pensar en el Coliseo romano, donde el goce estaba en ver el tormento de los protagonistas, o en el interés por los videos que recorren las redes sociales y muestran las peleas de los jóvenes. Hay algo que se impone, hay un goce de la agresividad que nos atraviesa. Muchas veces los ejecutores del acto violento experimentan una exaltación. Disponer del otro de un modo omnipotente los embriaga. Por otra parte, gozamos secretamente con el mal. Los diarios se venden más por las malas noticias que por las buenas. Este goce es una materia en sí para ser pensada. Esa es la que toma a Alex y sus compañeros: mientras violentan, gozan de mirar lo que están haciendo. La violencia objetiva que afecta a los jóvenes y que genera su propia conducta violenta es la expulsión que se genera en una clase social integrada por adolescentes que quedan sin acceso a los lugares desde los cuales podrían adquirir todas las mercancías que representan el éxito personal y el logro de la felicidad. Si bien no es totalmente definitorio, es un hecho estadístico que la mayoría de los delincuentes juveniles provienen de clases bajas y sectores lumpen, que solo pueden acceder a determinados bienes a través de la violencia. Sabemos la causa social, pero no parecemos capaces de cambiarlo: tan fuerte es la estructura que sostiene ese orden social. ¿Por qué es tan fuerte? Porque no queremos abandonar los sueños que los lugares de goce nos proponen. El sueño del self made man es algo que nos atañe a todos: “hay uno que lo puede conseguir y ese puedo ser yo”. Por otra parte no adherimos al buenismo progresista. Hay algo atroz que está sucediendo allí y no debemos ocultarlo.
Zizek nota que entre la violencia sistémica, el régimen económico, y la violencia subjetiva está el lenguaje: el sistema simbólico. La infraestructura no produce sus efectos de manera directa sino que es el universo simbólico, su intermediario, el que arma la realidad que vivimos. Son las significaciones sociales, como las llamaba Castoriadis, las que organizan nuestra percepción de la realidad.
Detengámonos en la violencia simbólica. He ahí un enorme acierto de Burgess en su novela. Lo primero que impresiona del libro de Burgess es su lenguaje. Tomemos dos aristas de esta creatividad simbólica. Nos enfrenta de entrada con la intervención del adolescente y el joven en el lenguaje. El joven crea un lenguaje que no es el lenguaje de los adultos que lo precedieron y que, a los adultos, les resulta difícil de entender. Cuando aprenden sus modismos y, quedando en ridículo, los utilizan, los jóvenes ya están inventando otros. Toman el lenguaje como se toma una masa y la van modelando para expresar su mirada, su novedad. La modificación que el grupo de Alex le hace a las palabras, introduciendo una musicalidad eslava al inglés, es tan ultraviolento y poético como lo van a ser sus acciones. El lenguaje marca el cambio generacional. Se crea en las orillas, toma allí el nombre de argot, del cual el lenguaje tumbero es la expresión extrema. Con el tiempo se incorpora a la academia. En nuestra época esto ocurre con el lenguaje inclusivo. Burgess crea para la pandilla su propio lenguaje, que hemos conocido en la cita textual al comienzo del artículo. Y es a través de ese lenguaje que entramos y vivimos en su mundo. Vivimos sumergidos en un mundo de imágenes y de palabras que funcionan como imágenes. Estos símbolos crean gran parte de la realidad. Baste como ejemplo la misma novela que estamos utilizando: todos los personajes y lo que hacen, son solo el invento de una mente, la de Burgess. Pero para nosotros, lo que estos muchachos hacen es lo real. Al leerlos son para nosotros personas, no personajes. Del mismo modo, las imágenes publicitarias, tan cuidadosamente elaboradas, nos hacen creer que son personas las que se hacen felices a través de la posesión de un producto. Es tal el efecto de realidad de lo simbólico que tenemos que dejar la lectura o apartar la vista de la imagen cuando la violencia se presenta en ellas. Reaccionamos del modo que reaccionaríamos frente a un hecho real. El método Ludovico va a tratar de utilizar esa realidad de la imagen para provocar el rechazo a la violencia.
La violencia simbólica se deja ver, como dijimos, en ese universo de signos que nos envuelve, en el lenguaje, o en su falta, en la potencia expresiva del significante o en la potencia expresiva de su falta. Un buen ejemplo de esta violencia es la palabra Achtung (‘Atención’) escuchada o leída en cualquier cartel que un sujeto se encontrara en un campo de exterminio nazi. Auschwitz y Achtung tienen en tanto significante un efecto inmediato de devastación. Su impacto no pasa por el significado verbal sino por el terror emocional que despierta en el recluido en el campo y que aún hoy suena siniestro en nuestra mente. Del mismo modo el silencio sobre un abuso es un ejemplo fuerte de la violencia simbólica.
En la novela cada uno de los cambios que introduce el grupo del cual Alex es el líder, deforma el significante, creando así un significado novedoso que es imposible de precisar, al igual que no se puede precisar una música en términos verbales. Es la música del significante la que nos habla, la que porta la novedad. Así es en la novela y así lo es en el lenguaje adolescente. Es por eso que siempre nos suena raro cuando un niño o un adolescente, habla como un adulto y también nos da gracia cuando un adulto usa el lenguaje o la vestimenta adolescente. Cada momento tiene su ropa. Cada momento, su lenguaje. Es en los márgenes sociales, del cual el arte es un ejemplo, donde el nuevo lenguaje se crea.
El grupo de Alex disfruta del lenguaje. Aparecen ante nosotros: slovos, drugos, molchicos. Los nuevos nombres para designar a los amigos, a los viejos, a las mujeres, a los varones, en fin, a todo. Lo que la novela nos muestra es la aparición de una nueva generación que está ahí para destruirlo todo, violentamente. El grupo de Alex no pretende cubrirse vendiendo nuevos ideales, quiere la cosa sin nada que la disfrace.
Lo primero que el grupo juvenil violento quiere hacer es destruir a los viejos. Porque los viejos representan el conservadurismo más radical. Para los viejos todo tiempo pasado fue mejor y por ello los jóvenes no traen nada bueno. Para el grupo ultraviolento de Alex y sus drugos lo primero es mancillar a los viejos. Los ven como zombis: ejércitos de zombis, tan de moda en las series de televisión actuales. Imagen clara de lo muertos que estamos y de cómo perseguimos a los vivos para contagiarles la muerte. El asesinato simbólico del padre, que traspasa la adolescencia, se fortalece cuando lo dominante de una cultura es la supremacía de lo juvenil. Para aprender la violencia no hay que esperar mucho, se puede aprender rápido y cuanto más joven y más concreto, mejor.
El método Ludovico y la violencia subjetiva
El grupo de Alex deja claramente marcado su desprecio a las generaciones precedentes que solo han podido entrar en un ciclo cada vez más depravado de debilidad y desprotección. Está bastante claro cuando uno ve las condiciones de vida de los jubilados y el grado de desamparo al que son arrojados. Nada han hecho que los proteja de la crueldad del final.
La dimensión de este trabajo, que conlleva un límite de extensión, no nos permite pasearnos (no sin angustia) por todo el texto. Solo diremos que en sus andanzas no hacen más que empeorar las cosas y conducen a la clásica acción policial-judicial. Solo agregaremos que es muy importante la descripción de los padres de Alex que son, como es de suponer, débiles y culposos. El hijo se ha adueñado del hogar y los padres se sienten culpables de sus ataques y su desprecio hacia ellos. Es el momento de hacer una crítica del buenismo progresista tan magistralmente retratado por Woody Allen en su film Café Society donde la hija de una familia millonaria demócrata con ideas de izquierda trae a su hogar a un novio delincuente, que termina secuestrando a su novia para cobrar un rescate. Compartimos esa crítica a la ingenuidad progresista y el hecho de que estemos en contra de la crueldad en los enfoques de la conducta juvenil delictiva no nos lleva a negar la crueldad extrema del victimario. No son solo niños tristes. Han sustituido la tristeza por la crueldad.
No nos corresponde repetir la conducta de los padres de Alex que es la de “hacerse los boludos” o sentirse culpables por las cosas que le están pasando a su hijo. Se trata de enfrentar lo atroz. Lacan aconsejaba no retroceder ante el deseo: nosotros decimos lo mismo ante lo atroz. Se trata de enfrentarlo en tanto atroz. Lo atroz en tanto parte de lo que llamamos “ser humano”. Pero es tan atroz el crimen como algunos de los métodos de tratar lo atroz. Hay que volver a transformar la crueldad en tristeza y evitar que esa tristeza lleve al acto suicida. Cabe recordar a Freud cuando incluye al psicoanálisis como una de las tareas imposibles. Pero, ¿acaso no está ahí también su atractivo?
Medea: una dimensión trágica de los divorcios controvertidos
Néstor Carlos Córdova
En memoria de Adrián Grassi
En la clínica con niños y adolescentes se comprueban los efectos de la particular violencia característica de las separaciones y divorcios controvertidos, que estalla en el espacio íntimo familiar pero lo excede para exponer de manera obscena las consecuencias de la degradación de un vínculo en el que el amor ha mutado al odio.
Medea, célebre tragedia de Eurípides, ha trascendido la cultura griega antigua para arribar a esta nueva era y transmitirnos de un modo aleccionador, una problemática universal que atraviesa los tiempos: las estremecedoras consecuencias en los hijos de las separaciones controvertidas de los padres.
El desencadenamiento del odio obedece a la desligadura de la pulsión de muerte. Até, el error fatal e Hýbris, la desmesura, sobrevuelan el escenario familiar provocando el desenlace irreversible de la tragedia.
Las separaciones controvertidas tienen un borde trágico por sus efectos mortíferos sobre los hijos y las siguientes generaciones.
El lugar de la pareja en la estructura psíquica
¿Qué lugar ocupa la pareja en la estructura psíquica de cada uno de los cónyuges? ¿Qué se pierde junto con la pareja en una separación? ¿Por qué algunas separaciones desatan lo peor, bordean la tragedia y ponen en escena ese viraje siempre inesperado hacia lo siniestro? ¿Cuál es el lugar de los hijos en estas separaciones? ¿Cómo inciden en los procesos psíquicos de niños y adolescentes? ¿Por qué el des-enlace de la pareja, en muchos de los casos, termina produciendo una abdicación definitiva de la función parental? ¿Cómo procesa el hijo el divorcio controvertido de los padres?
Lacan advierte que la pareja se constituye a partir de un pacto simbólico, de una palabra empeñada, una promesa entre ambos partenaires cuya ruptura en ciertos casos puede conducir a lo peor.
Ciertos momentos cruciales como la paternidad y la maternidad representan una puesta a prueba de la estructura psíquica, y de acuerdo a la potencialidad del sujeto, algo más grave aún: el pasaje generacional es vivido como una amenaza al narcisismo.
Los divorcios controvertidos tienen graves consecuencias subjetivas y psicosomáticas: traumas y secuelas que suelen recaer sobre los hijos y transmitirse a las siguientes generaciones como un estigma que da cuenta de lo eterno de los vínculos sellados por el odio.
Medea: el núcleo de la tragedia
Comenzaremos por este breve recorte de un diálogo en Medea cuando aún no se ha desencadenado la tragedia, aunque Jasón ya ha decidido su nuevo casamiento y Medea, abandonada y condenada al destierro, ha decidido su venganza:
“JASÓN
‘¿Por qué, pues, tanto llanto por tus hijos?’
MEDEA
‘Yo los di a luz y cuando tú rogabas porque tuviesen vida un dolor secreto me asaltaba y dudaba si podría realizarse ese deseo...’” (2000: 63).
Este diálogo constituye el núcleo de la tragedia, ya que Eurípides a continuación hace cambiar abruptamente de tema a Medea y nos deja con un enigma, como si se sugiriera, en esa frase de valor significante, un sutil giro, un estremecimiento que anticiparía un viraje del amor al odio.
Medea ya ha decidido su venganza. Por lo tanto, Eurípides no nos anticipa un desenlace, sino que nos ubica, en un movimiento retroactivo, de resignificación (lo que Adrián Grassi llamó “momento de la fisura”), cuando hace decir a Medea respecto del nacimiento de los hijos: “un dolor secreto me asaltaba”.
Hay momentos cruciales para el psiquismo del hombre y la mujer, como la paternidad y la maternidad. Se da una conmoción de la estructura o, de acuerdo a la potencialidad del sujeto, algo más grave aún: el pasaje generacional puede ser vivido como una amenaza al equilibrio psíquico y, a veces, como una amenaza a la propia vida.
La tragedia avanza y el desenlace se aproxima cuando Medea y sus hijos son condenados al destierro por Creonte: decisión que no le deja a la irascible Medea otra salida que la venganza más terrible. Pero podría leerse también en la aceptación de Jasón del destierro de su mujer y sus hijos, un movimiento de odio paterno que conduce al abandono de su función, en la modalidad “no verlos nunca más”.
Medea le recuerda su lugar de padre y le hace los mismos reproches y acusaciones que podemos escuchar actualmente, mucho más de veinte siglos después, en muchos divorcios controvertidos.
“JASÓN
‘Sin embargo, yo ni aún por ello falto a mis amigos, y vengo aquí, mujer, para mirar por ti, atento a que no te vayas sin recursos con tus hijos y que no te falta nada. El destierro arrastra consigo muchas necesidades, y por más que tú me detestes jamás podré desearte mal’
MEDEA
‘¡Oh, el más grande de los malvados! Es el mayor insulto que puedo hacerte por tu cobardía. (…) Ultrajar a los amigos y mirarlos de frente no es firmeza ni valor, sino desvergüenza, el mayor de los vicios humanos. (…) ¡Oh mi diestra que tantas veces estrechaste! ¡Ay de mis rodillas que en vano tocó un hombre pérfido!’” (2000: 46).
Jasón, que hasta el momento estaba viviendo su feliz himeneo por haber desposado a Glauce, la hija del soberano Creonte y apostado todo por un nuevo matrimonio que le daría poder, riquezas e hijos nobles, parece en este diálogo registrar algo de la catástrofe que se avecina habiendo desestimado el efecto de sus actos en la potencialidad violenta de Medea.
Jasón desafía con torpeza la ira de Medea humillando a quien ha cometido los crímenes más horrendos movida por una desmesurada pasión, un acto de locura. Jasón es un hombre que ha mostrado su debilidad pero pretende ahora valerse por sí mismo desconociendo qué anudamiento intersubjetivo ha puesto en juego con su promesa y qué consecuencias tendrá este brutal desprecio para su mujer y sus hijos y, por consiguiente, para él mismo. Se trata del padre que deja a sus hijos a merced de la locura materna que él mismo ha desatado.
El asesinato de los hijos
Estamos en el tiempo final de la tragedia, un tiempo previsible y no por ello menos escalofriante. Ya Medea ha planeado el final que todos conocemos, asesinar a la nueva esposa y al padre de aquella. Pero la tragedia puesta en movimiento no se detendrá, la consecuencia más siniestra de esa Até (error, fatalidad), es que Medea ya ha decidido el acto final de asesinar a sus propios hijos y de ese modo destruir toda posibilidad de descendencia de Jasón. En ese pasaje al acto lo destituye como padre de la manera más atroz.
Los hijos son objetalizados por el odio (como es habitual en un divorcio controvertido) para ejecutar primero una de las venganzas, enviar un regalo mortal a la nueva mujer de Jasón.
El odio al partenaire se ve aquí ligado a los hijos en dos modalidades diferentes, pero igualmente trágicas. La representación de los hijos está soldada a la representación del padre en el psiquismo de Medea.
Desde la dimensión de la transmisión entre generaciones, la extinción de toda descendencia de Jasón y Medea responde a un intento desesperado de poner fin a una transmisión en crudo de un acontecimiento generacional vivido como inconfesable y atroz que inevitablemente anidará en sus descendientes. Un movimiento para detener la maquinaria de la repetición incesante de aquello que siendo impensable e inenarrable se juega en la puesta en acto de la locura asesina de Medea asociada a la transgresora ambición de Jasón.
El final, una vez completada su venganza, nos muestra a Medea y Jasón aún ligados en una discusión ante el cadáver de los hijos. La muerte no consigue desligarlos, transitan ese callejón sin salida de la confrontación imaginaria desatada hasta el final de sus días. Leemos atentamente el texto:
“JASÓN
‘No hay en toda la Hélade mujer que se atreva a cometer semejantes horrores; y, sin embargo te preferí a ellas y me casé contigo, matrimonio perjudicial y desastroso para mí...
Sólo me queda lamentar mi destino, ya que no puedo disfrutar de mi nuevo himeneo, ni vivos puedo dirigirme a los hijos que engendré y crié. ¡Los he perdido!’
MEDEA
‘No era posible que después de ultrajar mi lecho para hacerme vivir una vida de escarnio, ni tú ni la princesa pasaseis la vida riéndonos de mí...’
JASÓN
‘¡Ah, pero tú también sufres y participas de mi dolor!’
MEDEA
‘Ciertamente. Pero me es grato este dolor, porque no puedes reírte de él.’
JASÓN
‘¡Oh hijos míos, que madre tan malvada os tocó!’
MEDEA
‘¡Oh hijos míos, que sucumbisteis por el capricho de vuestro padre!’
JASÓN
‘Pero no fue ciertamente mi diestra la que los asesinó.’
MEDEA
‘Pero sí tu ofensa y tu nuevo himeneo.’
JASÓN
‘¡Y crees que ese matrimonio era causa para matarlos!’
MEDEA
‘¡Y juzgas eso pequeña amargura para una mujer!’
JASÓN
‘Si es prudente, sí. A ti todo te parece malo.’
MEDEA
(Mostrándole los cadáveres). ‘Perecieron. Eso es lo que te destrozará el corazón.’
JASÓN
‘Viven ¡ay de mí! como genios vengadores sobre tu conciencia.’
MEDEA
‘Los dioses saben quién origino estas desgracias.’
JASÓN
‘Verdad, conocen tu abominable corazón.’
MEDEA
‘Te odio y detesto tus amargas palabras.’
JASÓN
‘Y yo las tuyas. Fácil es nuestra separación’” (2000: 77-79).
La separación no es posible. Los une el odio, tan eterno como el amor (Landeira, 2002).
“JASÓN
‘Voy huérfano de mis dos hijos.’
MEDEA
‘Todavía no te lamentes. Aguarda la vejez.’
JASÓN
‘¡Oh mis hijos amadísimos!’
MEDEA
‘Amado no de ti, mas de su madre.’
JASÓN
‘Que, sin embargo, lo mató.’
MEDEA
‘Para atormentarte’
JASÓN
‘¡Ay, infeliz de mí! Anhelo besar las bocas queridas de mis hijos.’
MEDEA
‘Ahora los llamas, ahora quieres besarlos y antes los rechazabas.’” (2000: 81).
Esta tragedia ofrece variadas lecturas. Hemos elegido una de ellas para interrogarnos sobre la naturaleza de algunos procesos singulares de pareja y familia, procesos sutiles y profundos que operan en los enlaces y des-enlaces conyugales, y sobre las consecuencias en los hijos de las separaciones controvertidas cuya dimensión trágica, de no mediar un trabajo de elaboración, se transmitirá a las generaciones siguientes.
Final
Cuando el amor cesa, el odio se postula como garante de la unión indisoluble de los partenaires, “hasta que la muerte los separe”. Esa muerte puede ser precisamente en lo real la muerte de los hijos, muerte por asesinato, accidentes fatales o enfermedades psicosomáticas graves. También la muerte simbólica, en tanto en los divorcios controvertidos, un considerable número de progenitores deja de vincularse con sus hijos, no siempre por impedimento del partenaire. La pareja se hace portadora de escenas mortíferas para el psiquismo del niño en el lugar de tercero testigo de un deseo de asesinato que no se concreta pero se vuelve contra su subjetividad en construcción.
La locura de una confrontación que no cesa. La ausencia afectiva o el alejamiento real, posiciona a los niños, niñas y adolescentes, en los casos más graves, en el lugar de objeto sacrificial de sus progenitores. Los hijos e hijas sometidos a estos conflictos de la pareja, sufren las consecuencias de un proceso de desparentalización, es decir la pérdida parcial o definitiva y total de las necesarias funciones parentales.
Parentalización y des-parentalización en los divorcios controvertidos. La pasión (1)
Adrián Grassi, Hernán Altobelli, Cristina Blanco, Norma Brea, Mariana Britos, Néstor Córdova, Agustina Guaragna, Miriam Lepka, Martín Meiss, María Eugenia Otero y Mariana Soler
Introducción
Este trabajo nos ha permitido el estudio de las relaciones entre el niño/adolescente y la familia en relación con las funciones que, como grupo, esta cumple en la estructuración psíquica. Se presentan en la actualidad distintas formas de organización familiar, con sus momentos de crisis y recomposiciones, lo que constituye parte de nuestros desarrollos teóricos y de nuestro trabajo clínico.
La multiplicidad de escenarios familiares nos lleva a la geografía de la diversidad: familias en primeras nupcias, ensambladas, monoparentales, homoparentales, niños que nacen o no de una pareja, o que nacen de una pareja legalmente constituida o no, familias en las que los hijos advienen de modo “natural” o a través de inseminación artificial o adopción. Recientes lógicas culturales acogen otras modalidades de filiación. Contratos singulares que requieren del analista concepciones abiertas (Otero, 2015). Como propone María Cristina Rojas:
“Si pensamos las parejas de hoy con los parámetros del modelo burgués nuestras intervenciones pueden generar otros modos de sufrimiento: me refiero a los efectos a veces nocivos de la puesta en juego de concepciones teóricas de fuerte raigambre ideológica; por ejemplo, el ideal de coincidencia de la conyugalidad con la parentalidad. De allí la importancia de no basar en creencias nuestras intervenciones en este comprometido campo del abordaje parental, sino tratando de centrarnos en concepciones teóricas ligadas a los modos psicoanalíticos de pensar la constitución y sostén del psiquismo singular, los procesos de filiación y las modalidades de vinculación de la pareja y la familia” (2005:14).
Los divorcios controvertidos constituyen un caso particular de estos cambios, y los consideramos en la medida en que son crisis que imponen condiciones especiales a los trabajos psíquicos del niño/adolescente y también a sus progenitores o cuidadores. En el presente trabajo les dedicamos un apartado especial que recoge a la vez desarrollos de las investigaciones mencionadas.
Estas transformaciones en la organización familiar son acompañadas de cambios en la legislación que la regula como institución social y que en nuestro país, se ven reflejadas en el nuevo Código Civil vigente a partir del 2005 (Ley 26.994).
Familia
Hemos caracterizado a la familia como un núcleo social entramado en la red de sujeto, vínculo y cultura. Una organización multidimensional y fluctuante, caracterizada por el flujo y la diversidad, que promueve puntos de anclaje a un orden simbólico. Conjunto intersubjetivo en el cual se despliegan procesos y mecanismos psíquicos inconscientes. Los modos de funcionamiento del psiquismo incluyen marcas y determinantes que devienen del otro y el conjunto (Otero, 2015).
La prematuración del infans y el crecimiento de hijos niños y adolescentes apuntalados en las funciones parentales nos lleva a pensar lo familiar como una red donde se correlacionan tres espacios psíquicos descriptos por Kaës (2010): lo transgeneracional, lo intersubjetivo y lo intrapsíquico. En trabajos anteriores (Grassi et al., 2012, 2013, 2014, 2015) (2) hemos descripto funciones de la familia en la estructuración psíquica. Estas funciones de orden simbólico son: apoyatura de la estructuración psíquica del niño/adolescente; contención e interdicción, sostén y corte; instalación de la renuncia pulsional al incesto y la violencia; implantación de la ternura-represión de la sexualidad del adulto; conformación del apuntalamiento intersubjetivo del psiquismo (Kaës, 2010), que toma la forma del apoyo fusional en la primera fase de crianza e incluye la marcación de lugares diferenciados, favoreciendo en ese momento vital la asimetría del lazo parento-filial y reforzando la pertenencia dadora de identidad; provisión de anclajes que constituyan puntos de referencia para el psiquismo en constitución, dentro de un marco tendiente a favorecer el acceso a vínculos creativos que vayan enfatizando los caracteres de asimetría y mutualidad.
Transformaciones
Jacques Derrida (2003) expresa que no podría afirmar sin vacilar, que la familia es eterna, pero hay y habrá algo inalterable que seguirá existiendo a lo largo de la historia y es un lazo social organizado en torno a la procreación que es dado en llamarse familia.
Siempre habrá un lazo familiar en torno a un nacimiento: no la familia, sino figuras no previsibles de antemano de lo que se puede designar como familiar. Por eso la familia tiene un carácter transhistórico: cualquiera sea la forma que adopte la cultura siempre habrá familia. La cuestión es que ya no se puede predecir qué formas adquirirán esas familias en devenir.
Eric Laurent (2008), quien expresa que la familia conyugal se configuraba a partir del casamiento entre un hombre y una mujer, se pregunta: “y hoy ¿quién sabe qué es exactamente un hombre o una mujer en una época de trastorno de género generalizado? (…) Igualmente para criar a los niños, ¿quién sabe hoy qué es la educación?, ¿quién sabe hoy lo que significa criar a un niño?”.
La época trae consigo la caída de las certidumbres de la modernidad: las instituciones no son lo que eran, las familias tampoco, lo mismo ocurre con la infancia y hoy se habla del borramiento de las diferencias entre niños y adultos.
Las incertidumbres se proyectan al futuro: ¿Cómo serán las nuevas familias, y las nuevas infancias a la luz de las cambiantes formas de parentalidad y la irrupción de la ciencia y tecnología médica al servicio de la reproducción y la manipulación embrionaria haciendo estallar las relaciones entre sexualidad y concepción?
Las innovaciones tecnológicas progresan en forma exponencial haciendo imprevisibles sus alcances en un futuro cercano de tal manera que están fuera del control de los propios científicos y parecen libradas a una dinámica propia independiente del pensamiento y voluntad de sus creadores. La ciencia avanza, entonces, sin titubeos, en todas direcciones y una de ellas es la de hacer posible la materialización y naturalización del delirio narcisista del auto engendramiento a través de la clonación. La manipulación de material genético y células humanas permite generar vidas embrionarias y nacimientos prescindiendo del acto sexual, de las diferencias entre los sexos y las generaciones y originando importantes dudas sobre su ética reguladora.
Dentro de este panorama en que los cambios de formato traen incertidumbres propias de un devenir no previsible, no obstante persiste un campo privilegiado para el estudio de las funciones de parentalización, que incluyen funciones de filiación-afiliación, de maternalización, de grupalidad, de transmisión y de vínculo, las que se mantienen como invariantes en el contexto de los cambios e incertidumbres propios de las transformaciones epocales culturales de los grupos que se organizan como familias en torno a un nacimiento y a la crianza.
Parentalidad
Serge Lebovici introduce en psicoanálisis el concepto de parentalidad como proceso psíquico, para diferenciarlo de la reproducción biológica y del parentesco tal como se lo puede tratar desde la antropología. En este sentido parentalidad hace referencia a las funciones que denominamos de crianza y que implican el investimento libidinal del hijo como también de la función misma y el vínculo establecido con él, pero también con el otro progenitor o compañero de crianza.
La noción de parentalidad recubre el campo de las relaciones de parentesco y filiación más allá de la presencia o prescindencia de la relación sexual en la concepción de un niño, y más allá de la diferencia de los sexos, de la diferencia hombre-mujer, de la diferencia padre-madre (progenitores). Es un término que no requiere especificar el modo de concepción y origen del niño, el género de quienes la encarnan, ni las relaciones de parentesco sanguíneo.
Brousse afirma que la palabra “parentalidad” es un neologismo que desplaza los términos maternidad y paternidad, porque va más allá de las diferencias de los sexos y las relaciones de consanguineidad y que, dada su versatilidad, tiende a reemplazar a la noción de familia. En este sentido es más amplio que el término “familia” y admite todas esas transformaciones en su organización, en las cuales se despliegan funciones en un grupo conviviente o no y que constituyen parte de los eslabones y ligaduras que el psiquismo requiere en su constitución. El autor reflexiona: “La familia (parentalidad) es una función que viene a reemplazar al padre y la madre (…) Confiado a la ciencia, lo real de la reproducción se encuentra separado de lo simbólico y la filiación” (2016: 51).
Prontamente el término “parentalidad” tendrá que ser revisado junto con el de “familia” dado que la lógica epocal exige nominaciones prêt-à-porter (del francés: ‘listas para llevar’): cuanto más leves y más prontas a ser descartadas y remplazadas de acuerdo a las biopolíticas del poder, los avances tecnológicos y las tendencias del mercado, mejor. Pensar la familia en la actualidad requiere dejar de lado las representaciones sociales que imponen un ideal y conducen a suponer la existencia de una familia donde no la hay, ideal sostenido en ilusiones y ficciones que enmascaran la ausencia de vínculos y funciones en la estructuración psíquica.
Funciones de la parentalidad
La ampliación de la familia clásica hacia otras formas de organización vigentes en la actualidad incluye la diversidad y las reúne en el término “familias”. Esta ampliación y una lectura psicoanalítica de sus transformaciones, posibilita visibilizar funciones de la parentalidad, ocluidas en su formato clásico, reprimidas por la dominancia del complejo de Edipo. Se fueron desglosando las funciones en el grupo relativas a la crianza: filiación-afiliación, maternalización, grupalidad, genealogía, transmisión, vínculo.
Los términos “filiación-afiliación” señalan la capacidad del padre de generar descendencia y de incluir-se e incluir al hijo en la cadena generacional. La filiación planteada en el contexto de la parentalidad, es mucho más que el hecho biológico de la procreación. Función simbólica de reconocimiento, de investimento del hijo y de reconocimiento de pertenencia a una cadena generacional con sus ramas genealógicas, reconocimiento del compañero/a de co-filiación, con su genealogía. Filiación implica pertenencia a una cadena generacional de la cual se es deudor, beneficiario, heredero, transmisor (Freud, en Tótem y tabú). Capacidad de producir eslabón, enlaces en la cadena con ensamble de otra genealogía, la genealogía del partenaire. Allí se producirán funciones relativas a la transmisión y lo vincular (3).
Lo vincular encuentra un terreno fértil de desarrollo en las formaciones múltiples, de pluralidad, en el sentido de que si bien el sujeto en ciertos pliegues intrapsíquicos prescinde del otro, no es así en los pliegues por los cuales es producido en el vínculo (siendo el vínculo una de las patas, sostén constitutivo de subjetividad). A la cuestión de la responsabilidad subjetiva, se adiciona la responsabilidad por el vínculo. Aquello a lo cual el sujeto por formar parte de su historia “debe”, en alguna medida, un reconocimiento. Llamamos “responsabilidad vinculante” (4), y trabajo de vínculo a la producción en determinada configuración e historia vincular. Será en ese vínculo, en esa particular configuración vincular y en ese estado vincular donde se produzca esa producción subjetiva, producto del trabajo de lo vincular. Retomaremos, más adelante, la idea de lo vincular relacionado con el reconocimiento de alteridad. De momento destacamos su carácter de producciones “entre”. Relacionado con el concepto de lazo, también en lo vincular, se destaca un carácter benéfico al sujeto: “lazo de los sujetos en tanto se agrupan” (Milner, 1999). Vínculo como función psíquica que junto con la sexualidad infantil y el lenguaje, son las apoyaturas de la subjetividad (Kaës, 2010). De hecho, ni la sexualidad infantil ni el acoplamiento al lenguaje prescinden del otro. Este carácter benéfico al sujeto, singularidad en la grupalidad, es posibilitador, sublimatorio, elaborativo, lazo al otro, y aquí la referencia a la alteridad, que diferencia la grupalidad del fenómeno de masa. El lazo al otro, la agrupación, la grupalidad, el trabajo de lo vincular marcado por el reconocimiento de alteridad es benéfico al sujeto en tanto instala cohesión con diferencia, co-fusión. Las formaciones de masa (ver Psicología de las masas y análisis del yo, de Freud), prescindiendo de la cantidad de sus integrantes y de su pertenencia a tal generación, producen en esa pluralidad el efecto de aplanamiento subjetivo, reducción de alteridad, alienación, confusión.
Interesa especialmente destacar este punto en la medida en que nos permite una lectura de la psicopatología, de la clínica y de la estructuración psíquica en términos de las particularidades de un vínculo. Se podría decir como una generalidad que alguien es violento (por ej.: un desarrollo psicopatológico subjetivo, que puede seguir las líneas de las estructuras clínicas que ordenan el campo de la psicopatología), pero al pensamiento vincular interesa no tanto las definiciones esencialistas, sino los fenómenos circunscriptos, circunstanciales, históricos: cómo ese determinado vínculo, esa configuración vincular, bajo ciertas condiciones, no es que despierta lo que había, sino que produce algo nuevo en la articulación, en la juntura, en el trabajo de vínculo y en sus fracasos. “Yo no soy violento, es que ella sabe que botón tocar para sacarme”, plantea el marido en una pareja para explicar una ola de violencias en espiral que tampoco encuentra freno con la presencia de los niños, que la reproducen. Identificaciones masificantes, aglutinantes.
Бесплатный фрагмент закончился.
