Читать книгу: «La verdad oculta de Cordelia de Miñares»

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Primera edición: septiembre de 2021

© Copyright de la obra: Ada de Goln

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-123328-8-9

Código ISBN digital: 978-84-123328-9-6

Depósito legal: B-7987-2021

Portada: Celia Valero

Corrección: Teresa Ponce

Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

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La verdad oculta de

Cordelia de miñares

Ada de goln

Dedicatoria

Dedico este libro a mis padres, tesoros de mi vida, por apoyarme en todo lo que hago y alentarme a seguir luchando. Ellos conocen esta historia con mucha exactitud, yo misma les leía los capítulos conforme los iba desarrollando en mi etapa adolescente. Para ellos es esta historia.

Y no puedo olvidarme de Isabel Montes, mi querida editora, quien apostó por mí desde el primer momento y me ayudó a desempolvar esta novela con tanto cariño y tesón. Con ella cumplo mis sueños.

PRÓLOGO

Al pasar la barca

me dijo el barquero,

Las niñas bonitas no pagan dinero.

Yo no soy bonita...

la-la-la-la-la…

Me veo entonando esa canción con el ir y venir de la comba, o jugando con Cordelia en el salón de los trofeos, dando saltitos por las baldosas del suelo.

Si cierro los ojos, vuelvo a vivir las tardes de lluvia bordando junto a nuestra madre, dejándonos la vista en los malditos puntos de cruz, y en la penumbra del salón del hogar soy capaz de ver cómo mi hermana y yo procuramos disimular un evidente aburrimiento. Nos ponemos a cantar, pero Elena de Miñares nos hace callar. Tengo buena memoria, y la facultad de revivir el pasado. Es como magia, nunca lo he sabido entender.

Sé también muchos cuentos, miles de historias que a lo largo de mi vida he aprendido de mis padres, mis hermanos, o de Basilisa, la cocinera, que entre guiso y guiso me sentaba en su regazo y me explicaba cosas de cuando era niña. Pero hay una historia, una en concreto, que me tiene retenida el alma. Si la recuerdo me altero, pero es tan imposible olvidarla como imposible es volver a ser niña. Sin embargo, si traigo a la memoria ese recuerdo, lo de ser niña se hace posible otra vez. Y vuelvo a serlo.

CAPÍTULO 1

Hubo una vez una niña reina. Vivía en una casa enorme rodeada por cuatro jardines: los del norte, sur, este y oeste. Una noche, la niña reina soñó que en los jardines del sur brotaba de la tierra un hermoso pozo. En sueños abrió la puerta de su habitación y bajó las escaleras hasta llegar a la puerta principal, desde donde una voz espectral clamaba su nombre. La niña reina salió a los jardines y se postró ante el pozo, impresionada ante la majestuosidad del monumento y asustada por las voces que en realidad provenían de las profundidades del mismo. La voz la invitaba a asomarse a sus adentros, pero un miedo aterrador le impedía dar un paso adelante. Así que, como solo puede ocurrir en las pesadillas, la niña reina se acercó sin voluntad al pozo, subió al escaloncito que se alzaba desde el suelo y miró en su interior. El mismo grito que dio en el momento de asomarse al pozo fue el mismo que la despertó encharcada en sudor en su cama. Cuando abrió los ojos se encontró rodeada de sus padres, su hermana mediana y yo, Goyo, el mayordomo, que aseguré que aquella noche la niña se levantó en sueños y la tuve que subir en brazos desde el primer escalón. La pequeña Dama, que entonces solo era un cachorrito de setterland irlandés, miró a la niña un poco extrañada desde lo alto de la cama y se acercó a ella para lamerle las manos, posiblemente teniendo conciencia de que el primer cambio de su pequeña ama comenzaba a tomar forma. La niña reina supo que algo no iba bien en cuanto las miradas de los suyos se fijaron en sus cabellos, pero no conoció la verdad hasta que se levantó y se postró ante el espejo de cuerpo entero que tenía junto a la cómoda: un mechón de su larga cabellera pelirroja había adquirido el color blanco de la vejez más avanzada, y no sabía por qué. En realidad nadie supo por qué de la noche a la mañana a la niña le ocurrió aquel extraño fenómeno, pero también dicen que el miedo y el sufrimiento vuelven el pelo blanco a quienes los padecen.

Sin embargo, no fue una, ni dos, ni tres las veces que la niña reina soñó con el pozo: siete fueron las ocasiones en las que aquella niña despertó a su familia sobresaltada por el mismo sueño. Siete sueños con voces susurrantes clamando su nombre, pero gracias al cielo no hubo más mechones blancos ni más pánico incontrolado. No obstante, tanto se acostumbró la niña a la presencia del pozo que el primer día que dejó de soñar con él lloró de pena y melancolía, y, naturalmente, como muy bien aseguraron sus padres, la niña perdió el juicio.

—¡Quiero un pozo! ―exigió la niña a sus padres una mañana―. Quiero un pozo en los jardines del este. Traedme un papel y lápices de colores. Os dibujaré lo que deseo que me construyáis.

Los padres se echaron las manos a la cabeza ante tal disparate, pero por aquel entonces aquella pequeña era el centro de atención de la familia ―lo de niña reina no lo digo por decir― y cada excentricidad que se le ocurría acababa siendo concedida. Aunque la primera respuesta solía ser un no rotundo, las pataletas consiguientes eran tales que evidentemente lograba sus propósitos. Así que, poco tiempo después, la niña reina tuvo el pozo de sus sueños erguido en los jardines del este, y desde la ventana de su habitación lo podía ver cada vez que quisiera. Ni siquiera ella misma sabía la razón por la que ansiaba tanto construir aquel pozo frente a su ventana, ni tampoco fue capaz jamás de recordar qué es lo que vio en el interior del pozo de sus sueños para que un mechón de su cabello se tornara del color de la nieve. Sin embargo, nada ya le importaba, y bien cierto es que a partir de aquel día su vida fue convirtiéndose en un ramal de decepciones e inquietudes, y la niña reina fue destronándose poco a poco sin que los demás tuvieran mucha percepción de ello.

Este es, pues, el comienzo de esta historia.

CAPÍTULO 2

Ahora mi mirada atraviesa los cristales de mi ventana y la barrera del tiempo. Los secretos de mi hermana me ayudan a recomponer todo lo que aconteció. Vuelvo a tener once años; llevo el cabello recogido en dos horribles trenzas y Dama pega saltitos alrededor de mis pies. Está lloviendo a mares ahí fuera, pero aun con el manto de lluvia se puede distinguir un hermoso monumento de piedra, el pozo, con su arco de bronce artesonado y su cubo de latón colgando de la cuerda de la polea. Unos terribles retortijones en el vientre me están matando, pero estas son las consecuencias que he de pagar por comer doble ración de frambuesas. Ese ha sido el diagnóstico del doctor Rosales, quien ahora toma el té junto a mi madre en el salón del hogar. Imagino que estarán hablando de mi estómago y de mi mechón, sus temas favoritos, y de Cordelia, por supuesto.

Tengo los pies helados, pero aguanto con risas viendo a Martín, el jardinero, que se ha calado hasta los huesos. Lo veo mojarse desde mi ventana, recogiendo con prisas sus herramientas y corriendo a grandes zancadas bajo el frío chaparrón de octubre, y tales maldiciones salen por su boca que ni los truenos ni el sonido de la lluvia son capaces de ahogar sus gritos. A Cordelia, sin embargo, la he oído llegar hace unos minutos. De no haberse dado prisa en regresar, también se hubiera empapado, porque al percibir los estruendosos y engarrotados truenos, y ver aproximarse allá a lo lejos una especie de amoratados almohadones en el cielo, ha abandonado a Martín para cobijarse bajo el techo de la gran morada, donde sabía estaría segura. Esto lo sé porque he podido leer sus diarios, donde lo cuenta todo tan explícitamente que es como si lo viviera en primera persona.

Por eso sé que en el vestíbulo mi hermana ya respira tranquila. Está apoyada en la pared con las manos sobre su pecho y tiene el semblante perdido en un sueño feliz. Ha sido rápida, ha burlado a la lluvia y ha tenido suerte de encontrar la puerta principal casi abierta. La ha cerrado tan delicadamente que el sonido de la cerradura no ha resultado sino mudo. Sin embargo, en la gran casa existe un guardián que lo oye y lo ve todo, un águila avizor que abre sus alas emprendiendo el vuelo día y noche defendiéndonos de intrusos, y desde la biblioteca, donde desempolva los libros de nuestro padre, nuestro fiel mayordomo, el estirado y bien amado Goyo, ha advertido muy pronto que la niña Cordelia regresaba atravesando a la carrera la incipiente lluvia. No ha tardado Cordelia en hacer desaparecer su gesto ensimismado, pues enseguida ha percibido sus pasos por el corredor y su figura aparecer desde la penumbra. Le ha cambiado el semblante, y pronto se ha devuelto a sí misma la compostura y puesto en orden las arrugas del vestido. Cordelia no es amiga de Goyo, pero yo sí lo soy.

—¿Se ha mojado, niña Cordelia? ―le pregunta Goyo con su voz extrañamente suave para su condición de ave rapaz.

—Diría que es evidente que no —la oigo contestar altiva, como siempre con Goyo―. Subo a mi habitación. Voy a descansar un poco.

—Su madre le espera en el salón del hogar hace rato —le interrumpe viéndola marchar decidida hacia la escalinata de mármol—. Está preocupada. El doctor Rosales toma el té junto a ella.

Ay, Cordelia. El doctor Rosales toma el té junto a mamá en el salón del hogar. Ha acudido rápido a verme, como siempre, en cuanto nuestra querida madre le ha avisado de mis retortijones. Y a verte a ti, es obvio. No te esperabas esta sorpresa, ¿verdad? Por eso te has puesto tan nerviosa y a estas alturas quisieras estrangular a Goyo y a mamá. Lo sé. Cuánto haces sufrir a nuestra pobre madre, ella que quiere tanto al doctor y que sueña con vuestro compromiso incansablemente. Pero no se lo pones muy fácil, y no lo entiendo. El doctor es tan buen mozo…

—¡Cordelia! ―se oye exclamar desde el otro lado de la puerta un poco abierta del salón, donde mamá y el doctor esperan―. ¡Cordelia, hija! ¿Eres tú?

Goyo da media vuelta y se va por el corredor de la biblioteca, confundiéndose de nuevo con la penumbra producida por la falta de luz, y por el camino se le oye decir: «Vaya, niña Cordelia. Vaya a reunirse con su madre y el doctor». Cordelia lo ve desaparecer en la oscuridad poco a poco. Goyo es alto, apuesto, y camina estirado como si se hubiera tragado un paraguas. Ronda los sesenta años, pero aún está de muy buen ver. Lleva una década sirviendo a mis padres, y yo lo quiero tanto que a veces pienso que es un tío lejano que ha llegado a casa para cuidar de nosotros y quedarse para siempre.

—¡Cordelia! ¡Cordelia! —sigue insistiendo nuestra madre.

Con ánimo resignado, mi hermana respira profundamente, abre del todo la puerta del salón del hogar y entra tratando de mostrar la mejor de sus sonrisas, aunque en realidad lo único que le sale es una mueca casi grotesca. Me imagino a mamá de pie junto a la ventana, mirando para ella, y con el ceño fruncido. Al doctor Rosales, en cambio, lo imagino tomando una taza de té sentado en un silloncito junto al hogar.

—¡Cordelia, hija mía! ¿Se puede saber dónde te metes? ¡Con esta lluvia...! ¿Quieres coger una pulmonía? —dice nuestra madre acercándose al hogar encendido―. Anda, tómate una taza de té caliente.

Mamá mira a Cordelia con resignación e impotencia mientras le ofrece su té. Se ha dado cuenta de que su mueca no es sino forzada, que en realidad no sonríe, más bien se le ha quedado el semblante de quien come limones. La ve sentarse en el pequeño sofá, que forma un triángulo abierto con los únicos dos sillones que hay en el salón, uno vacío y otro con el doctor Rosales sentado en él. Cordelia se arregla el vestido, se retoca el cabello, y cruza sus manos delicadamente sobre su regazo, mientras distraída desvía su mirada hacia el fuego de la chimenea. En cambio, el doctor sonríe viéndola tan inquieta. Es capaz de oír el latido potente de su corazón a través de su vestido azul celeste. No sabe de dónde viene, pero imagina que ha sido sorprendida por la lluvia y que la carrera la ha dejado exhausta, pues respira agitadamente. El doctor Rosales es amigo de Víctor, nuestro hermano mayor, y a buen seguro sé que ama a mi hermana sobre todas las cosas. No se lo ha dicho a nadie, pero esas cosas se saben. Hasta una niña de once años sabe esas cosas.

—Buenas tardes, Cordelia ―se atreve por fin a decir el doctor—. Qué suerte no haberte mojado. Hace una tarde de perros…

—Sí, llueve bastante ―responde Cordelia mientras sujeta la taza de té caliente que le acaba de dar nuestra madre. Contesta sin mirarle a la cara, se muestra altiva todo el rato, pero el corazón le late tan fuerte que le duele en el interior de su pecho. No puede evitar un guiño de dolor.

—¿Dónde has estado? —pregunta nuestra madre Elena observando su mueca y el tintineo de la taza rozando el plato—. Tu hermana ha preguntado toda la tarde por ti.

—He salido a pasear, mamá.

Y sorbe un traguito de té al mismo tiempo que el doctor la mira embelesado, pendiente del temblor evidente de su mano y del contenido de la taza, no vaya a caérsele sobre el vestido.

Cordelia está tan linda, tan virginal y cándida, que a Ernesto Rosales le tiembla el pulso. Desde mi habitación la imagino fijando su mirada en cualquier lugar, teniendo la capacidad de viajar a otro mundo sin ni siquiera pestañear. Está ausente, no es consciente de que Ernesto la mira. En cambio, él ha fijado sus ojos en su boca, esos labios rojos gruesos por naturaleza y por herencia de nuestro padre, suculentos e inflamados por la tibieza del líquido de la taza, que tanto desearía besar.

Mi madre es la única que alterna su vista entre uno y otro. Si pensara en voz alta se la escucharía llamarles a los dos majaderos y estúpidos, pues ansía con impaciencia que esas dos almas se unan por fin, que pierdan sus remilgos y, si es preciso, se besen ardientemente ante ella, pero sabe que su hija es un espíritu sin remedio que sueña despierta a todas horas del día, quizá esperando un príncipe azul, y que él, muy a su pesar, es tan correcto y retraído que se caería de culo si Cordelia le sonriera una sola vez.

Ah, mamá, mi queridísima madre Elena, tan hermosa, tan esbelta y con su peculiar olor a jabón de rosas. Liberal, demasiado apasionada para su época, y rara y anómala para todos aquellos que la conocen poco. Pinta lienzos familiares desde que tengo razón, y nos tiene esculpidos a todos a lo largo del pasillo de la última planta. Nos hace posar junto a ella hasta que rendidos nos desplomamos en el suelo y le pedimos con clemencia un momento de descanso. Para pintarse a sí misma se mira a un espejo, pero nunca hace honor a su extremada belleza, ni siquiera con los retoques que entre todos le asesoramos. Nuestra madre es mágica, sublime, encantadora, pero su carácter nos pone a todos sobre aviso si se enfada; no le cuesta estar de mal humor. Cordelia ha heredado su hermosa piel, su perfecto talle, su nariz pequeña, su lunar sobre su pecho izquierdo, su elegancia indiscutible y su magia. Yo, sin embargo, solo puedo alardear de tener su color espléndido de cabello, igual que el de las cerezas, y el de sus magníficos ojos verdes. También he heredado su fuerte carácter y su pesimismo. Siempre hay quien tiene que perder, y en este caso me ha tocado a mí.

Sigue lloviendo. Mi pozo se ha vuelto invisible bajo tal chaparrón. Damita se revuelve entre mis pies y yo decido regresar a mi cama; no estoy bien. Mi colección de cuentos se ve desparramada en lo alto de las mantas, y me encuentro tan mal que he de sacar el orinal de debajo de la cama para vomitar. Damita se retira al oírme las arcadas y se queda quieta a unos metros, con las orejas de punta, y mis arcadas resultan tan estridentes que Belinda acude enseguida a verme. Belinda es una de nuestras dos criadas, la más joven de las dos hijas de Basilisa y Nicolás, que también trabajan para nosotros. Es fea y desgarbada, pero la quiero muchísimo, quizá porque ella es el espejo que me indica cómo seré yo cuando sea mayor.

—Elvirita, niña, ¿otra vez vomitando? Llamaré ahora mismo al doctor ―me dice preocupada, sujetando mi cabeza como una madre.

—¡No, Belinda, al doctor no! ―logro decir.

Y en verdad lo digo porque estoy harta de que Ernesto Rosales me vea siempre como una niña enferma. Belinda me dice que soy hermosa por fuera y por dentro, y que con el tiempo conseguiré acrecentar mi belleza, que eso se consigue con los años y que los hombres son los primeros que lo notan, pero una vez me enseñó una fotografía de cuando era niña y su gracia poco ha cambiado desde entonces. Me gustaría creerla, pero ella no es buen ejemplo.

—Belinda, siento como si se me retorcieran las tripas. No debí comer tantas frambuesas, ¿verdad?

—Sin duda, niña ―me responde ayudándome a reposar la cabeza en la almohada y sujetando con la otra mano el orinal y sus fluidos espesos y asquerosamente rojizos―. Debería descansar un poco, y no se le ocurra levantarse. Hoy es día para quedarse en la cama.

—No me levantaré. Trataré de dormirme, lo prometo.

—Hágame caso, niña, por menos de un atracón de frambuesas las niñas se mueren. No me obligue a avisar al doctor.

Belinda me sonríe y me besa la frente. Me dice que sueñe con los angelitos, como si yo fuera una niña de teta, y se va con su desgarbeo y mi orinal bien sujeto con las dos manos. Dama ha vuelto a mi lado y apoya su cabeza peluda sobre mi regazo. Parece que amaina la tormenta.

Abajo mamá, el doctor y Cordelia son víctimas de un silencio forzado, incómodo. Toman el té mudos, los tres sentados, cada cual tiene sus pensamientos en un escenario diferente, pero ya es hora de regresar al mundo terrenal.

—¿Más té, Ernesto? ―pregunta mamá rompiendo el silencio sepulcral.

—No, gracias, Elena.

—¿Más té, hija? ―pregunta ahora a Cordelia.

Pero mi hermana tiene la vista perdida en los cristales humedecidos y de repente se ha quedado tonta al recordar su primer beso. No contesta, no reacciona, pues ese beso ha sido esta misma tarde, antes de la tormenta. Está muy reciente.

Los he visto besarse muy cerca de mi pozo. Poco discretos, eso sí. Conozco muy bien lo que hay entre ellos dos, y Cordelia ni siquiera lo sospecha. Qué tonta es. Hace tiempo que capté sus miradas, las sonrisas coquetas y castas al mismo tiempo. Él se fija en su busto recién estrenado, y ella anda perdida imaginando que va de su mano. Martín es buen jardinero, pero solo cuando Cordelia está lejos. Tiene veinte años y los instintos a flor de piel. Mi hermana solo dieciséis y más inocencia y menos picardía que una mosca.

Lo siento, Cordelia, pero he descubierto tu diario y doy fe de que efectivamente esto es lo que te pasa. Los celos de hermana pequeña han podido conmigo y me apetecía fastidiarte hurgando en tu intimidad. Lo he conseguido, a pesar de que ahora me siento un poco mal. No ha sido difícil entrar en tu alcoba y robarte tu tesoro más preciado, porque cuando juegas al naipe con papá no vives para otra cosa. Te olvidas de que existo, nunca juegas conmigo y te recluyes en la sala de los trofeos de caza muy pegadita a nuestro padre, que, dicho sea, poco para en casa a causa de sus viajes. Le absorbes su tiempo como una sanguijuela, y a mí apenas sí me dejas un rato a solas con él.

La tarde que cogí el diario leí varias páginas seguidas escondida bajo la cama de mi hermana, pero olvidé ajustar la puerta. Cegada por el contenido de aquellas hojas cargadas de románticas y cursilonas frases, oí los pasitos de Dama atravesar la habitación, que guiada por su olfato se metió junto a mí bajo la cama. No hubiera tenido que preocuparme por nada si mi perrita no hubiese agarrado el diario entre sus dientes y hubiera escapado escaleras abajo con él, pero Dama quería jugar. «¡Dama, suéltalo! ¡Suéltalo te digo!», mas no lo soltó. Sabía que lo que llevaba entre los dientes era tan importante para mí como para ella las sobras de los domingos. «Te estrujaré el cuello si me sorprenden con el diario por tu culpa, Dama tonta», la amenacé desde la mitad de la escalinata de mármol que llevaba al vestíbulo. Pero entonces salió Goyo de las cocinas, serio y tranquilo como siempre, y sin ningún esfuerzo agarró el diario de entre las mandíbulas de Dama y simplemente me lo ofreció desde abajo. «¿Es tuyo esto, Elvirita?», me dijo, y yo bajé las escaleras de dos en dos hasta hacerme con él. «Gracias, Goyo». Cuando devolví el diario a su lugar y me encontré de nuevo sola, descubrí que me temblaban las piernas.

Ahora es Cordelia la que tiembla al recordar su primer beso de amor. Se ha quedado como tonta mirando para la ventana, viendo caer los goterones en los cristales y escuchando los truenos. El doctor Rosales la sigue mirando embelesado y de vez en cuando se le escapa una sonrisita nerviosa. Mamá está tan furiosa viéndolos inmersos en dos mundos tan diferentes que bien se levantaría y los abofetearía sin remisión. «Qué buen mozo es, y qué tonto que no la corteja. Míralo, se le cae la baba mirando para ella y sin embargo no tiene el empuje para decirle que la quiere ―piensa, y no le faltan ganas para decirlo en voz alta―. Tonta, tonta. Belleza no te falta, hija, pero sí viveza. O te haces la tonta, que te lo haces muy bien, o realmente eres boba».

Ernesto Rosales tiene porte germánico, aunque es moreno de ojos verdosos. Su abuelo era alemán y, según me contó una vez, el viejo medía cerca de los dos metros. Él ha heredado sin duda alguna el porte de su abuelo, aunque no sobrepasa el metro ochenta. Su rostro refinado y sus delicadas manos de médico provocan en mí como un encantamiento extraño, aunque no significan nada para Cordelia; yo así lo prefiero. A mí me gusta que sea mi médico, pero por el tiempo del mechón me miraba como a un lagarto sin ojos, perplejo ante mi cabello blanco. Recuerdo sus llegadas montado en su Ford T. Entonces estudiaba medicina y acudía a nuestra casa como amigo de Víctor. «Cuéntame ese sueño», me decía, y yo me iba corriendo con mis muñecas de porcelana a sentarme junto a mi pozo y a aislarme del mundo. Nunca me ha gustado sentirme como un mono de feria, aunque ahora sé que insistía tanto porque quería ayudarme.

La mañana que me enamoré de Ernesto escuché un coche a lo lejos, pero no era el ruido de su motor. Su Ford T le había dejado tirado en medio del camino y lo traía un señor desconocido que muy amablemente lo había acompañado a nuestra casa. Lo vi despedir a aquel hombre desde el porche, donde yo jugaba con mis muñecas, sola y aburrida, pues papá había regresado de un viaje a Argentina por asunto de los vinos y Cordelia se las había arreglado para secuestrarle, como siempre hacía, en el salón de sus trofeos. Lo vi hablar con Nicolás, uno de nuestros criados, y enseguida apareció Guillermo, el chófer de papá, quien muy pronto salió al trote hacia las cocheras para ir en busca del Ford T estropeado. Controlado el percance, pues, Ernesto me vio y se acercó al porche.

—¡Hola, Elvirita, guapa! ―me dijo―. Vengo a verte, ¿ya estás mejor?

«¿Ya estás mejor?». Naturalmente con esa pregunta se ahorró la que en verdad me quería hacer, que no era otra que «¿Me vas a contar tu sueño?», pero yo no quería hablar del mechón. No hubiera tenido que explicar lo que tanto odiaba contar si Ernesto no se hubiera sentado junto a mí, pero estaba escrito que aquel día yo le iba a confesar muchas cosas, y cierto es que, gracias a mi confesión, aquel día yo empecé a crecer un poquito más.

—¿Qué quieres? ¡Va! ¿Qué quieres? ―le pregunté.

Se rio porque escuché una especie de resoplido, como cuando vas a carcajear y la risa se te corta de golpe. Luego sentí su dulce aliento en el lado derecho de la cara y me dijo:

—Elvirita, recuerda que voy a ser tu médico.

—Deja de mirarme como a un bicho raro. ¡Solo soy una niña! ―grité.

Y me puse a llorar tan fuerte que hasta mamá, que estaba dentro de la gran casa, abrió una de las ventanas por ver qué me pasaba. Naturalmente volvió a cerrarla tranquila cuando vio que Ernesto Rosales estaba conmigo. Ya entonces mamá lo adoraba por encima de todas las cosas; ya entonces lo veía como el hijo político que iba a tener años más tarde.

—No llores, Elvirita ―trataba de consolarme Ernesto―. Claro que eres una niña, ¿qué hablas de bichos raros? Perdona si soy pesado con tu mechón, a los médicos nos pasa eso cuando nos preocupamos por saber. Va, niña linda, seguro que no te has parado a pensar en lo hermosa que serás cuando crezcas y recojas tus cabellos entre horquillas de perlas. Más que las perlas, la gente admirará tu maravilloso mechón, tenlo presente.

—¡Eso es mentira! ―repliqué―. Seré fea y desgarbada, tendré mal color de cara y los raparigos huirán de mi porque tengo un mechón blanco.

—Oh, vamos, Elvirita. ¿Desde cuándo predices el futuro? ―Se rio―. No hables más de la cuenta, anda. También Cordelia era menos bonita hace cinco años, en cambio fíjate en su belleza de ahora. A ti te pasará lo mismo, créeme.

—¿De verdad?

—De verdad.

CAPÍTULO 3

Aquella fue la mañana en que me enamoré de Ernesto, la misma mañana en que le expliqué, detalle a detalle, la razón de mi sueño. Aquella fue también la mañana en que quise de repente ser muy mayor y muy bonita, mucho más hermosa que mi hermana Cordelia. Necesitaba burlar al tiempo y madurar para que mi hermana no me aventajase en belleza ni inteligencia, porque ella ya hacía unos meses que había empezado a crecer y los hijos de las señoras amigas de mamá ya comenzaban a fijarse en ella. El imán lo tuvo ya desde entonces, desde que el cuerpo le empezara a contornear y los ángulos de su cara comenzasen a dibujarse como los nervios de una hoja. Necesitaba verme bonita para que Ernesto no se fijase nunca en otra muchacha, y mucho menos en Cordelia, pero por desgracia mi belleza aún tardó mucho tiempo en florecer.

Cordelia embellece día a día y yo me quedo atrás, como los cangrejos, con las trenzas todavía atadas a mi cabeza y mi mechón blanco ondeando los vientos. Es verdad que he crecido mucho, ahora tengo once años, pero mi aspecto desgarbado y sin curvas no atrae a los mozos como lo hacen las formas perfectas de Cordelia o su rostro angelical. Yo tengo la palidez del mármol, sin el buen color de las niñas sanas, y desde hace unos años decenas de pecas invaden mis mejillas sin compasión. Soy lo que se dice una niña poco agraciada. También es cierto que la diferencia de edad es considerable entre mi hermana y yo. Cordelia me lleva cerca de cinco años y se nos nota. Es lógico pensar pues, en mi decadencia, que avanza día tras día.

Ahora Ernesto se ha convertido en el doctor Rosales por exclusivo deseo de mis padres, pero solo para mí. A Cordelia sí le está permitido llamarle por su nombre, quizá porque, para su desgracia y si mamá se sale con la suya, se va a convertir en su esposa a corto plazo.

—¿Cómo estará Elvirita? ―pregunta de repente Cordelia, rompiendo el silencio del salón del hogar y sorprendiendo a los dos acompañantes―. Voy a subir a verla. La pobre estará muy aburrida...

Pero tras su comentario nuestra madre, que es muy lista y en el fondo sabe que lo que busca Cordelia es desaparecer de la escena, le responde arrancándole así las esperanzas de huida:

—No te preocupes, subiré yo.

Y Cordelia se queda sin fuerzas, sentada en el pequeño sofá, junto al hombre que a su pesar tanto la ama.

Mamá se levanta con aire delicado de su precioso sillón de terciopelo verde y se pone en orden las arrugas del vestido.

—Mi querido Ernesto, me podrás perdonar ―dice acercándose al joven doctor―. He de ir a ver a Elvirita, que la pobre a estas alturas estará diciendo que nos hemos olvidado de ella. Supongo que te quedarás a cenar con nosotras.

—Pues, yo... ―responde el doctor Rosales, un poco aturdido porque sorprendentemente Elena de Miñares les va a dejar solos y ahora mismo tiene la cabeza llena de frases que se van y se vienen, por ver cuál es la más oportuna para el momento en que ella se vaya del salón. Al pobre le ha parecido escuchar una invitación a cenar, pero solo se le ocurre decir―: Me iré en cuanto se vaya la tormenta y, claro está, si Elvirita se encuentra mejor.

—Bueno, bueno, aquí os dejo, primores ―dice mamá mientras se pasea entre los dos hasta llegar a la puerta de dos hojas―. No os mováis de aquí, os lo ruego, quiero que cenemos juntos. Serafín no viene hasta mañana, tengo el estómago encogido hasta que no lo vea aparecer por esa puerta, por eso mi deseo es que te quedes hoy a cenar, Ernesto. Hijo mío, quédate a cenar con nosotras.

Y tanto insiste nuestra madre que Ernesto asiente tímido viendo desaparecer a mamá tras la puerta de dos hojas. En realidad no quiere quedarse, pues se siente muy incómodo, además, se acaba de crear un silencio cortante en el salón del hogar con su ausencia. Demasiada tensión. Cordelia ha bajado la mirada hacia sus manos, entrelazadas sobre su regazo, y trata de concentrarse en el sonido de la lluvia que repiquetea en los cristales; ahora odia mucho más que nunca a mamá. Ernesto Rosales en cambio se ha levantado con decisión en vista de la molesta situación y se acerca a la ventana, inquieto.

—Tormenta de los demonios ―dice―. No tiene pinta de parar. Creo que no me voy a quedar a cenar, Cordelia. Será mucho mejor que me marche.

Y oído esto Cordelia puede respirar mejor, y Ernesto también. Ahora sin querer ambos se han mirado y se han sonreído, los dos un poco cómplices de la coartada para no estar más tiempo solos. Él necesita fumarse un cigarrillo, aunque no debe porque hace meses que no fuma, y ella necesita perderse en su alcoba y en sus pensamientos, muy alborotados.

—Te entiendo, Ernesto ―dice mi hermana levantándose junto a él―. Aprovecha y vete ahora que no llueve mucho. No te preocupes por mamá, yo le explicaré.

Y dicho esto Ernesto hace una reverencia dando muestra así de su refinada educación. «Que tengas buenas noches, Cordelia», dice el doctor. «Tú también, Ernesto», responde Cordelia, y ese es el final de su primer momento a solas. Desaparece Ernesto del salón del hogar y desde allí Cordelia lo escucha llamar a Goyo, el mayordomo, para que le traiga el paraguas, su abrigo y su maletín de médico. Junto a la chimenea queda Cordelia, mucho más relajada, y mirando para el fuego se ha reído con ganas, eufórica, porque una vez más ha ganado la batalla.

Arriba estoy yo, metidita entre las sábanas. No puedo conciliar el sueño, demasiados truenos, demasiada lluvia. Tengo miedo. Dama se ha quedado dormidita en su cuna de mimbre, arropada con una manta que la propia mamá le ha tejido. La pobre se ha asustado muchísimo al escucharme vomitar, y la tormenta también la ha trastornado un poco. Ahora está ahí, tumbada en su canasto, con su lindo hocico escondido entre sus patas y ajena a mis dolores de estómago. Entonces oigo el pomo de la puerta abrirse: es mamá. Se acerca a mi cama con la sutileza de las hadas y me pregunta si duermo. Le digo que no y me besa la frente, y su beso es tan dulce como no puede haber nada más dulce.

—¿Cómo te encuentras, cielo? ¿Te sigue doliendo?

—Sí, mamá. No ha parado de dolerme en toda la tarde.

—¿Quieres que vuelva a subir el doctor, hija? Está abajo, con Cordelia.

Quiero decir que sí, que deseo y necesito que suba el doctor, porque se ha quedado a solas con Cordelia y no me hace mucha gracia, pero debo estar muy fea después de la vomitera. Mejor no, que no suba.

—Mami, ¿de qué hablan?

—¿Quiénes, mi vida?

—Cordelia y el doctor.

—De sus cosas, cielo. Ya va siendo hora de que empiecen a conocerse más íntimamente y he pensado que dejarles solos un rato les iría bien. Tienen muchas cosas de las que hablar. ¿Por qué?

—Por nada. Oye, mamá, ¿Cordelia ama al doctor?

Mi habitación está en penumbra. Ya ha anochecido y continua lloviendo a cántaros, pero entre sombras soy capaz de ver el rostro sorprendido de mamá al oírme pronunciar esa última pregunta. Para ella es demasiado difícil reconocer que a su hija mayor le aterra quedarse a solas con Ernesto Rosales; sin embargo, no me responde, sino que vuelve a acariciarme el rostro y se queda muda, sin saber qué decir.

—Te voy a contar un cuento ―dice de repente, y mi pregunta se queda flotando en el aire.

Qué linda es. En la penumbra mi madre es como una virgen de cera, irreal, sublime, y su voz con el cuento es tan aterciopelada que si cierro los ojos me puedo dormir. Me explica la historia de dos hermanos que se pierden en el bosque y son rescatados por dos entes de luz. No pasan hambre ni frío, porque esos entes los protegen. El cuento tiene un final feliz, pero yo no quiero que termine, no quiero dejar de oír su hermosísima voz de alondra. «Cuéntame otro, mamá», le digo, y empalma a otro cuento, hasta un máximo de tres.

Mi familia está llena de excentricidades, y no lo digo por decir, pues lo dicen todos los que nos conocen. Mamá está envuelta en un aura mágica y quien la ve por primera vez puede creerse frente a una diosa griega de esas que plasmaban desnudas los artistas antiguos. Tiene las carnes blancas, demasiado firmes para los tres embarazos que ha tenido que soportar, y un rostro tan bello y angelical que bien se parece a las imágenes religiosas de las iglesias. Inventa cuentos llenos de misticismo, para ella los espíritus de los que se van y las hadas son las claves para una hermosa historia, y, además de pintarnos a todos, escribe relatos con tan buen embrujo que cualquiera que la oiga podría prestar atención durante horas sin ni tan siquiera pestañear. Toma café a todas horas porque, si no, se dormiría de pie, es como una marmota. Anda en camisón muchas horas al día con una taza de café en la mano, y bosteza descaradamente sin pensar en los empleados. Se siente cómoda así, con su bata de seda ondeando a su paso, pero tiene costumbre de salir de su alcoba desperezándose a gusto y corre el riesgo de toparse con don Eduardo Rodríguez Batiente, nuestro profesor de matemáticas, que anda muy enamorado de ella y al pobre se le cae la baba con sus insinuantes transparencias. A mamá no le gusta don Eduardo, pero a nosotras sí, y es muy amigo de papá. Debe medir sus encantos, nada más. Muchos la critican de anómala, tal vez porque toda la casa la tiene adornada con moquetas y tapices de todos los tonos verdes del mundo, pareciendo nuestra casa una verdadera jungla y no un hogar normal, pero a ella le da igual y para darles a todos en las narices no para de invitar a gente para que así la critiquen de verdad.

A papá en cambio no le gusta la pintura, ni el café, ni el color verde. Él colecciona reptiles en la sala de la biblioteca, y, aunque mamá le censura de repugnante y zafio, al fin y al cabo, lo acepta. Una rareza por la otra. A los bichos papá los tiene ubicados en un pequeño cajón traslúcido y relleno de tierra, una gran pecera cubierta por arriba que permite ver arrastrarse a unos y saltar a otros de una manera cómoda y segura. Papá me deja verlos y ahora también tocarlos, porque soy la única capaz de acercarme a ellos sin morirme del asco. Por eso tengo un par de guantes de gamuza guardados en la mesa de la biblioteca, que naturalmente me pongo si los quiero coger y observarlos de cerca. A los insectos y gusanos papá los tiene guardados en potes de cristal, situados en una estantería de madera resistente justo encima del terrario, donde se mueven y arrastran con intención de escaparse; son la chicha de los reptiles.

Por los primeros tiempos del capricho de papá uno de ellos se escapó y estuvo tres días sin aparecer. Cordelia y yo, que éramos más pequeñas, no podíamos dormir por las noches pensando en la mascota de papá, y durante aquellas tres noches mi hermana y yo nos acostamos juntas en mi cama. Cuando la segunda mañana encontramos a la perra Dorothy, la mamá de Dama, tumbada sin vida en la caseta que habíamos montado en los jardines del este, supimos que la pequeña bestia se hallaba cerca. La perra acababa de parir tres cachorritos, de los cuales tan solo Dama había logrado sobrevivir, y la chiquitina se había quedado dormidita bajo su madre, ya sin vida, con la suerte de no haber sido también mortalmente mordida. Cuando descubrimos que estaba muerta a mí me dio un ataque de histeria y Cordelia estuvo dos días llorando. Fue en el tercer día de la búsqueda que encontramos al reptil, escondido entre los cortinajes oliváceos del salón, resguardado del frío entre los encajes de las cálidas cortinas. Papá se encargó de dar muerte a su más preciada mascota, pues lo cortó por la mitad con las tijeras de las cocinas. El tritón se cayó en dos trozos al suelo y las cortinas tuvieron que lavarlas de inmediato, ya que el rojo de la sangre penetró en el tejido, y a Basilisa le costó sudores quitarlo. Aún recuerdo a nuestra querida cocinera batiendo sus orondas carnes en su carrera tras papá, amenazándole con tirar las cortinas y las tijeras a la basura y pidiéndole dinero para otras. «¡Habrase visto qué asquerosidad! ¿Y qué hago yo con estas tijeras? ¡A la basura, desde luego! ¿Me oye, don Serafín? ¡A mí me da usted dinero para otras cortinas y otras tijeras!». Pero papá la hizo callar con tan solo una mirada que la inmovilizó de inmediato y paró sus escandalosos gritos de verdulera. Así es papá.

Lo mismo le ocurre en sus negocios de vinos, donde ha logrado un prestigio digno de reyes. Hasta en el extranjero se rifan su famoso elixir, un vino dulce extraído de nuestros viñedos que resucitaría a los muertos, el Miñares de Osorio. Papá se codea con los grandes cosechadores del mundo, pero bastaría una sola mirada suya para acobardar al más osado en poner en duda la categoría o la calidad de sus viñas. Gracias a él somos ricos, y entre nuestra fortuna y nuestros raros hábitos nos hemos convertido en la familia más conocida y criticada de todo Pontevedra.

Como se ve, estamos cargados de manías, pero no seríamos una familia feliz sin estas excentricidades. Víctor, mi hermano mayor, para todo el mundo es el más normal de los De Miñares, pero aquí todos sabemos que fuma opio en Londres y que se aplica laca transparente en las uñas para que no se le agrieten. No es mariquita, porque se casa en breve con Evangelina, pero tiene las maneras de un donjuán francés. Ay, y tantos son los caprichos de todos que ahora me da risa pensar que mis padres mandaran construir el pozo de mis sueños tal y como lo vi. Si hubiese soñado con un elefante con alas y una trompa de mosquito, no tengo la menor duda de que hubieran hecho las mil y una por complacerme. Y a Cordelia le hubieran comprado aquel columpio de tres sillas sin ni tan siquiera pedirlo, con tan solo imaginarlo. Así son mis padres, y nosotros no podemos ser muy diferentes.

—… Y casi sin pensar, la pastorcilla reunió a sus ovejas y las fue escondiendo una a una en aquel refugio, y las nubes se tornaron violetas hasta que muy pronto descargaron toda su ira sobre aquella montaña seca que tanto necesitaba las aguas de lluvia.

Mamá me explica el último cuento con la voz tan bajita que parece la voz de un aparecido. Me he relajado tanto que apenas sí me duele la tripa, y la magia de los cuentos de mi madre ha surtido tanto efecto que muy pronto he podido volar al mundo de los sueños. Estoy por fin dormida.

27 de octubre 1918

Querido diario:

Hoy es un gran día para mí. No lo sería si todo fuese lo normal y aburrido que lo es siempre, pero esta mañana es especial porque ha regresado papá de su viaje a Barcelona, y el tenerle aquí me llena de una gran felicidad y una calma que en su ausencia no existen. Esta casa sin él es como un cementerio en el que todo huele a flores y a aburrimiento. No es que papá sea unas castañuelas y que monte un circo en esta casa cuando está con nosotros, pero es alegre y su estancia aquí me garantiza que estoy a salvo de mamá y de sus propósitos, tan poco delicados conmigo. Seguro que tengo tiempo suficiente para jugar al naipe con él en la sala de los trofeos hasta cansarme, aunque a la recatada de mamá no le guste demasiado que juegue al naipe. Dice que esos juegos son de hombres, pero parece que papá está encantado de que yo le gane todas las partidas.

Ha regresado a las nueve, y, como hoy es martes y no hay clases de literatura, he podido dormir una hora más. Le he oído dar los buenos días tan eufórico que me he despertado de golpe, poniéndome con prisas las zapatillas y saliendo a zancadas a darle la bienvenida. Elvirita no ha podido hacerlo porque se ha quedado todo el día en cama; se atiborró de frambuesas y la pobre tiene una indigestión de mucho cuidado. Hoy se encuentra mejor.

Mamá se ha levantado más tarde porque le encanta dormir, pero en cuanto ha podido me ha arrebatado a papá y lo ha engullido hacia su habitación, cerrando la puerta con el pestillo. No se lo censuro porque se aman muchísimo, pero siempre me ha parecido grotesca su imagen coqueta dentro de su bata de seda blanca, apoyada en el quicio de su puerta con los brazos estirados, aguardando al amor. Papá quiere estar conmigo, pero los encantos de mamá son peligrosísimos. Mamá es hermosa, y alborota a los habitantes de esta casa con sus manías y algarabías. Cuando papá viene de un viaje largo ella lo secuestra durante horas, y se aman con tal desenfreno que a mí se me llevan los demonios. Elvirita y yo ya estamos acostumbradas a dormir con tapones de algodón en los oídos.

Mamá es demasiado particular y me revienta que lo sea conmigo más que con nadie. Se está metiendo en mi vida de una forma muy poco discreta desde que cumplí los quince años y desde entonces, con tapones y sin tapones, no puedo conciliar el sueño. No me lo permiten mis pensamientos... ni tampoco mi corazón. Es una tarea difícil de llevar y no conseguiré que se haga fácil hasta que ella me deje pensar y sentir por mí misma. Cuando la oigo gemir bajo papá es ella quien piensa y siente, nadie lo hace por ella, y si está casada con el hombre más maravilloso del mundo es porque ella así lo quiso. Nadie la obligó. Todos los corredores llenos de nuestras imágenes en mármol y al óleo, todas las tapicerías y telas verdes de esta casa... Todo está a su gusto. Es ella quien decide por todos. Pero no puede tratar de conseguir lo imposible, porque le puede salir el tiro por la culata.

Daría lo que fuese porque dejase de presionarme con Ernesto. ¿Es que no se da cuenta de que no estoy enamorada de él? Me da igual si se enfada conmigo por toda la eternidad, pero mis sentimientos se van de su persona. Es obvio que no siento nada especial por él que no sea cariño. Ya sé que es un candidato perfecto para ser mi futuro esposo, pero no le quiero, no de la forma que ella espera. Me molesta tener que esconder la mirada cada vez que lo veo, o intentar disimular mi timidez y mi sonrojo, porque para mí Ernesto siempre ha sido Ernesto, el mejor amigo de mi hermano, y si le quiero es como a Víctor. Quiero decir con eso que le quiero como a un hermano. Mamá está consiguiendo que lo vea como a un monstruo al que tengo que evitar y tampoco deseo que así sea. No se merece lo que le hago. No me puede forzar a quererle.

A veces me pregunto si realmente él adopta esa mirada de tonto porque le gusto o porque se pone de acuerdo con mamá para hacerme pasar un mal rato. Si es así, desde luego lo consigue. Hay un abismo entre una cosa y la otra, pero nunca me atrevo a preguntarle. Prefiero que las cosas sigan como están, que de por sí ya son demasiado complicadas.

Cuando mamá nos dejó ayer a solas en el salón, no supimos de qué hablar, y, gracias a Dios, Ernesto se marchó enseguida. Fue entonces cuando pude al fin pensar en Martín. Lo recordé mientras oía la lluvia golpeando los cristales, y mirando al fuego me perdí en mis pensamientos, con el rostro del jardinero reflejado en mi mente. Ayer lo tuve muy cerca, y por fin olí su aliento de rosas y jazmines, y su boca de fresa besó al fin mi boca de fresa. La aventura del beso empezó después del aburrimiento, cuando después de las cinco abandonara a Elvirita postrada en su cama, vomitando. Entonces había un sol magistral fuera de la casa y ni por asomo hubiera pensado que dos horas más tarde se desencadenaría aquella bestial tormenta. Aun sabiendo que el doctor venía de camino, mamá me dio permiso para salir a los jardines y como me había pasado todo el día en casa, no me lo pensé dos veces. En cambio, la pobre Elvirita se quedó recluida en su cama, con su mal de barriga y la melena revuelta.

A mamá la dejé apoyada en el quicio de la puerta, con la mano puesta en la boca y sin poder decirme ni media, porque si lo hacía me echaba la bocanada encima. Luego me hizo un ademán para que me marchara. Por las escaleras me encontré a la oronda Basilisa que subía una infusión de manzanilla con mucho azúcar en una bandeja y en el otro brazo llevaba a la revoltosa Dama, que había ido a revolucionar las cocinas cuando a mi hermana le dio por arrojar las frambuesas, huyendo de sus arcadas. Cuando llegué al vestíbulo, Goyo me informó de que el doctor Rosales había llegado, y, sin poder evitar mis nervios, aun sabiendo que Goyo se iba a percatar de mi escapada, corrí hacia las puertas de las cocinas con tal de no toparme con él. Y me funcionó, porque no le vi. Me fui corriendo a los jardines del este, derecha al pozo de Elvirita, con una moneda entre mis manos como solía hacer cuando me sentía acosada. Y poco después de lanzarla a las profundidades del pozo, la voz de Martín me logró poner los pelos de punta. Me di la vuelta y lo vi allí, tan cerca, con una moneda entre sus dedos. «¿Estabas pidiendo un deseo?», me dijo, y entonces él subió al escaloncito del pozo, lanzó la moneda y pidió su deseo. «Mi deseo es estar contigo», me dijo, y supongo que se me quedó cara de tonta. Empezó a chispear, y yo quise salir corriendo, pero pareció que los pies se me habían clavado en la tierra. «Vete, va a diluviar», añadió, pero no podía moverme en el estado en que me encontraba. Para disimular le dije que me iría cuando yo quisiera, y entonces para mi sorpresa me propinó un beso sin más en los labios. No me caí redonda al suelo por puro milagro, pero de lo que sí tengo conciencia es de que recuperé el movimiento de mis piernas y salí corriendo hacia mi casa, con una sonrisa tonta en los labios y un latir en mis sienes que aún me dura. Entonces se desataron también los truenos, y por suerte para mí empezó a llover con fuerza nada más llegar yo a los porches, con lo cual no me mojé. No sé yo si Martín tuvo la misma suerte.

Cuando entré en la casa me faltaba el aliento, sin embargo, en mi rostro sé que habitaba una expresión de cierta satisfacción que todavía hoy, un día después, no se me ha borrado. Necesito pensar en todo esto con más tiempo, porque ahora mi cabecita está hecha un tremendo lío. Solo espero no volverme loca. Hasta la próxima, querido diario.

1 de diciembre de 1918

Querido y paciente diario:

Te preguntarás cómo van las cosas con Ernesto y Martín, y yo tengo que responder que por la misma senda de siempre, una senda llena de guijarros, sin duda. Sabes que el trío de las De Miñares salimos cada mañana a pasear por los jardines, y en ese trío está la recelosa mamá, resguardando su delicada piel bajo su sombrilla mientras Elvirita juega a cazar mosquitos junto a Dama y yo observo cabizbaja los alrededores, buscando rastros del apuesto jardinero. Estos días hace frío y mamá está resfriada, así que Elvirita y yo vamos solas en nuestro paseo matutino muy abrigadas con nuestros abrigos. Gracias a Dios y al enfriamiento de mamá podemos ir sin vigilancia, juntas pero separadas, y es por eso por lo que ayer pude ver a Martín unos minutos e intercambiamos algunas palabras.

Fue en la zona del pozo, donde Elvirita lanzaba sus monedas subidita al escalón, cuando Martín se me acercó disimulando, como el que no quiere la cosa. «¿Aún sigues enfadada por lo del beso?», me preguntó, y yo le respondí, muerta de espanto: «Cállate, loco, no me hables de eso delante de mi hermana. ¿Quieres que nos maten a los dos?». Y cuando le dije esto Martín se rio y, dejándome olvidada, se acercó a mi hermana pequeña y le preguntó qué hacía lanzando monedas al agua del pozo, «¿qué es lo que pides en tus deseos?». Y mi hermana le respondió: «Eso no te lo puedo decir. Si te lo cuento, no se cumple». Con la misma sonrisa perenne, Martín se subió al escaloncito y le pidió una moneda a Elvirita: «Préstame una de tus monedas. Yo también quiero pedir un deseo», y dicho esto cogió una moneda y la lanzó dentro del pozo. Después le dio las gracias a Elvirita y a mí me guiñó un ojo. Como comprenderás, aún me dura el pasmo, y no paro de pensar en la hora de mi paseo matutino de mañana. Hoy ha llovido mucho y no hemos salido. ¿Qué pasará mañana? Tengo que rezar para que mamá siga resfriada y nos deje solas más tiempo, pero temo que, si no mejora, Ernesto vendrá a visitarla y con él volverán de nuevo mis trastornos. Pobrecito Ernesto, es tan víctima como yo de las artimañas de mamá, pero nos quiere mucho y no permitirá que mi madre empeore.

Ayer recibimos carta de Víctor comunicándonos que pasaría las navidades con nosotros, y el tenerle aquí otra vez en unas fechas tan señaladas nos llena a todos de una alegría incontrolable. Cuando se entere Evangelina se va a poner muy contenta, la pobre espera su casamiento como agua de mayo. Pero, aunque esté deseando que lleguen las navidades para tener a Víctor entre nosotros, no logro olvidar que mientras él esté aquí también estará Ernesto, su amigo inseparable. Mamá puede estar insoportable durante todo ese tiempo, aunque intentaré dominar mis emociones y sentimientos de forma que ella no pueda hacerlo. No sería justo. Esperaré la llegada de Víctor con la mayor alegría del mundo. Es mucho un año sin verle.

Hace tan solo un momento que papá rescató una de sus repugnantes lagartijas verdes. Se le escapó esta mañana cuando él mismo limpiaba el terrario, pero esta vez no ha cundido el pánico. Por la época de la muerte de Dorothy se nos volvió insoportable la convivencia con esos bichos, pero ahora es diferente. A mamá le entran a veces ataques de histeria cuando a papá se le escapan los gusanos de los botes, pero créeme que incluso los chillidos de mamá son más soportables que el saber que alguno de esos bichos merodea por algún lugar de la casa. Estos son los inconvenientes de la manía esta de papá de criar bichos bajo nuestro mismo techo.

Hasta la próxima, mi queridísimo diario.

CAPÍTULO 4

El día amaneció fresco y soleado. Ni por un momento nadie podía pensar que rompería a llover como días atrás, porque el sol radiante de la mañana y el aroma agradable de las flores quebraban, a su modo, la estación invernal. Los jardines de las cuatro zonas permanecían radiantemente impecables gracias a la lluvia y a los desmedidos mimos de Martín, el jardinero, y en la gran casa se había dibujado una especie de aura luminosa que a lo lejos parecía una corona de diamantes.

Era el día más esperado del año: la llegada del primogénito. Parecía mentira que el mayor de los De Miñares hiciera su regreso después de un año, porque durante ese tiempo apenas sí se habían recibido noticias suyas; tres o cuatro cartas, no más. Lo esperaban todos con ansia, sobre todo las hermanas, Cordelia y Elvirita, que ya empezaron a impacientarse hacia las once y se dedicaron a vigilar el paseo de los olmos a través de la pequeña ventanilla del desván, desde donde podrían divisar toda la finca. «¡Yo lo veré primero!», gritaba Elvirita. «¡Pero yo avisaré antes que tú!», respondía Cordelia. Y se aglutinaron las dos hermanas en la redonda ventana del desván, igualitas a los reptiles del terrario de Serafín de Miñares, observando el paseo de los olmos cada vez más impacientes, empujándose la una a la otra y haciendo callar a Dama, que, a juzgar por su meneo de cola y sus piruetas, también parecía estar ansiosa por ver a Víctor.

Abajo Elena, que andaba a trompicones por todos los rincones de la planta baja poniendo en orden hasta el más mínimo detalle, se había convertido en un gran manojo de nervios. Aquella mañana se despertó más temprano que de costumbre y todos se lo notaron. No había más que verle la cara u oírla hablar para asegurar que no había pasado muy buena noche, porque sus hermosos ojos verdes se le habían hinchado de no dormir y su mal carácter se le acentuó de tal forma que a todos puso sobre aviso. Nadie la contradijo, ni siquiera Serafín de Miñares, su amado esposo, que se tuvo que encerrar en la biblioteca por preferir el silencio de sus mascotas a los gritos histéricos de su esposa. De madrugada se levantó nerviosa, porque no pudo hacer frente a su ansiedad y se quedó despierta, sentada en su mecedora, hacia las seis de la mañana. Cuando Serafín se despertó ya había luz de día y la figura de su esposa sentada en su mecedora le recordó a la de los ángeles. Parecía dormida, pero no lo estaba. Elena abrió los ojos cuando sintió los pelillos del bigote de su esposo rozándole la mejilla y, cuando le preguntó qué hora era, lanzó un bostezo de casi medio minuto. No había pegado ojo en toda la noche y su aspecto parecía tan cansado como su estado de ánimo.

—Estoy contenta, querido, pero no he podido descansar pensando en nuestro Víctor. Me muero porque se olvide ya de Londres y de esos estudios de las altas finanzas. ¿Cuándo se va a terminar esto?

—Elena, de sobras sabes que al negocio de los vinos ha de hacerle frente un cerebro formado e instruido como el de nuestro hijo. Londres se está acabando, no creo que quede mucho tiempo de viajes ya.

—Dios te oiga ―dijo Elena, y cerró los ojos mientras suspiró meciéndose lentamente, con las manitas cruzadas en su pecho.

Elena de Miñares aquella mañana se puso muy nerviosa y con sus manías consiguió alterar los nervios de la servidumbre. Parecía grotesca su figura esbelta rondando por cada rincón de la casa y poniendo hasta el más mínimo detalle en su sitio. De vez en cuando se miraba a los espejos y se daba unos toquecitos en su peinado, y lograba ponerse realmente histérica cuando veía rondar a Dama por el salón y el vestíbulo. «¡Que alguien coja a esa perra! ¿No veis que viene del jardín y lo va a poner todo perdido?». Dama se había aburrido de esperar junto a Cordelia y Elvirita y no paraba de ir de un lado para otro. Ahora se divertía dando saltitos en la moqueta del suelo, quizá porque también se estaba empezando a impacientar.

—¿Se puede saber dónde se han metido mis hijas y mi esposo? ―gritaba Elena dirigiéndose a Belinda y Julita, las hijas de Basilisa y Nicolás, que estaban terminando de adornar la puerta principal y dejaron sus quehaceres para prender a la perra Dama.

—No lo sabemos, señora ―contestó Belinda, que había podido coger a Dama después de varios intentos y se la llevaba escaleras arriba, a ver si la encerraba un rato en alguna de las habitaciones.

—¡Dios santo bendito! Este hijo a punto de venir y todo el mundo tan tranquilo. ¡Todos tocando a zoca!

Elena estaba de un humor de perros y a regañadientes las criadas la oyeron decir que se estaba volviendo loca. Luego respiró profundamente e intentó serenarse, y se fue con paso enérgico hacia las cocinas.

Al otro lado de la casa, bien retirado del jaleo de la bienvenida y de los ladridos de Dama, Serafín de Miñares no hacía otra cosa que poner en orden sus muchos papelotes de encima de su escritorio, aunque el pobre del orden sabía bien poco, y lo único que conseguía era apilarlos de un lado a otro. También había dado de comer a sus reptiles, porque, si les dejaba por mucho tiempo sin sus manjares, se ponían como locos, e incluso se podían comer los unos a los otros; no hubiera sido la primera vez. Se aglutinaban los bichos en las paredes de vidrio cuando Serafín o Elvirita se acercaban con el pote de los gusanos e insectos, y gracias a Dios que las regañinas de Elena obligaron a Serafín a subir unos centímetros más el cristal del terrario, porque los bichos habían crecido y todos en la casa clamaban más seguridad. A cada uno le tenía asignado un nombre diferente que para todos era imposible de pronunciar. Los tenía apuntados en un papel blanco pegado en el mismo terrario, donde Serafín ofrecía a sus amigos y socios la posibilidad de conocerlos uno a uno, sin necesidad de preguntarle. Casi todos fruncían el ceño cuando leían los nombres, e incluso algunos acercaban sus grandes narices al vidrio por tal de observarlos mejor. «¡Qué bichos más feos!», decían, y Serafín de Miñares les enseñaba a escucharlos. «¿No oís su respiración?», les decía, entusiasmado con lo que solo él podía escuchar, pero con el tiempo todos en la casa aprendieron a escuchar aquellos sonidos, sobre todo cuando llegaba la noche.

Arriba Cordelia y Elvirita seguían atisbando desde la pequeña ventana del desván. Dama se había escurrido de las manos de Belinda y volvió a subir con ellas, de nuevo ladrando y más revoltosa que antes. «¡Calla, Dama!», gritó Cordelia cuando creyó escuchar el motor de un coche. «¿No has oído un ruido como de un motor?». La pequeña de los De Miñares pegó el oído al cristal y asintió distraída, pero al ver que Dama volvía a bajar ladrando y que el ronroneo del motor parecía cada vez más claro, miraron para el paseo de los olmos. «¡Ya viene!», gritaron las dos al unísono mientras veían acercarse desde la lejanía el coche de Guillermo, que ya comenzaba a atravesar el paseo de los olmos. «¡Ya llega!». Las dos quisieron bajar al mismo tiempo por la escalinata del desván y estuvieron a punto de caerse por ellas. «¡Ya viene! ¡Ya viene!». Recorrieron el corredor de las habitaciones y a Cordelia le faltó muy poco para llevarse por delante la última estatua de mármol de su padre, repuesta hacía poco más de un mes.

Ya en el vestíbulo, las dos vieron cómo Elena sonreía nerviosa entrelazando las manos al pie de la puerta principal. Su rostro se había convertido en una mueca constante y permanente y sus ojos, en cosa de segundos, se vieron arrasados en lágrimas. «¿Estáis seguras, niñas, de que ya viene?». Las dos hijas dijeron que sí con la cabeza y se acercaron excitadas a la puerta, impacientes por ver por fin a su hermano.

Serafín también escuchó los gritos de sus hijas y dejó de ordenar sus papeles para recorrer a toda marcha el largo pasillo de la biblioteca. Cuando llegó al vestíbulo, las tres damas ya habían salido al porche.

También Goyo, que se había pasado toda la mañana limpiando las estatuas familiares, y el resto de la servidumbre se habían reunido inertes en la entrada, detrás de Elena y sus hijas. Se alinearon en dos filas, dejando la entrada despejada y, salvo Martín, el jardinero, que parecía bastante indiferente frente a tanto protocolo y sentimentalismo, todos parecían contentos. Delante Elena formaba el centro, con una hija a cada lado, y hasta que no vieron aparcar a Guillermo en la parte delantera no bajaron los escalones. Serafín se añadió al trío en ese mismo momento y descubrió en su esposa una mirada de recriminación ante la que no pudo justificarse. Serafín y la impuntualidad eran una única cosa, pero Elena tan solo utilizó esa mirada de reproche durante unos pocos segundos. No era momento para enfados.

A Víctor se le podía ver tras los empañados cristales de la oscura ventanilla trasera. Sonreía ampliamente cuando Guillermo bajó del coche y le abrió la puerta para poder así abandonar el auto. No tardó en aparecer ante ellos, y esta vez todos vieron que había cambiado bastante. El cuerpo destartalado de hacía ahora justamente un año se había tornado esbelto y fornido, y se había dejado crecer una barba con la que semejaba un aventurero inglés. La fuerte disciplina de Londres lo había cambiado de una manera resaltante y ahora su nuevo físico realzaba aún más su semblante serio y respetuoso. Muy cerca de él la perra Dama se lo quedó mirando sin parar de agitar su colita, pero hasta que Víctor no abrió la boca no lo reconoció del todo.

—¡Ya estoy en casa! ―Entonces Dama saltó contenta y comenzó a ladrar, pero para entonces Elena de Miñares ya había saltado a los brazos del hijo recuperado, dejando a los demás en un segundo plano―. ¡Vale, vale, habrá para todos! ―dijo el joven.

Tras su gracia Serafín se acercó a su hijo, secuestrado impulsivamente por Elena, y de momento se conformó con un buen apretón de manos y una palmadita en la cara. Elvirita y Cordelia esperaron turno tras sus padres, muy impacientes por abrazar al hermano mayor.

—¡Mamá, que no vengo de la guerra! ―añadió Víctor casi pidiendo clemencia mientras su madre le oprimía en su abrazo todos los músculos―. Tenías ganas de verme, ¿eh? Yo también a vosotros.

Víctor era tan alto que la cabeza de Elena le llegaba al pecho y, para poder liberarse de la opresión a la que era sujeto, tuvo que hacer verdaderas artimañas.

—Mamá, permíteme respirar un poquito. ¡Dios santo! ¡Que he venido para quedarme!

—¡No lo dices en serio! ―exclamó excitada Elena de Miñares llevándose una mano a la boca.

—Sí, mamá. Londres se ha acabado, y ya me quiero casar con Evangelina. Son muchos años por ahí fuera, uno tiene melancolía de su España. Como aquí en ningún sitio.

—¡Ay, menos mal que alguien en la familia ha entrado en razón! ―dijo Elena muy emocionada―. No sabes lo feliz que me haces, hijo mío.

Víctor no dejaba de sonreír y hacerle carantoñas a su madre Elena, quien por fin se le desencajó del cuerpo y dio paso a los demás, que muy impacientes esperaban su abrazo de bienvenida. Serafín de Miñares y las niñas se enzarzaron en un mismo saludo con el joven, y desde otro ángulo Elena los observó emocionada. Dama, en cambio, prefirió seguir manteniéndose en un segundo plano dando saltitos alrededor de la escena familiar.

—Bienvenido a casa, hijo ―dijo Serafín de Miñares emocionado―. ¿Cómo has hecho el viaje? Qué ilusión lo que acabas de decirnos, la mejor noticia en mucho tiempo, Víctor.

—Lo sé, papá. Qué ganas tenía de regresar y veros a todos, sobre todo a estas lindezas. Qué bonita estás, Cordelia, y tú, Elvirita, ¡cómo has crecido! ¡Pero vayamos dentro! Estoy tan cansado que no puedo sostenerme un minuto más en pie... Me muero de agotamiento... ¡y de hambre!

En el porche también esperaba sonriente por dar la bienvenida al primogénito el séquito de la servidumbre, a quienes Víctor fue saludando uno a uno de una manera cordial y correcta. Sin embargo, el saludo más efusivo fue para Goyo, a quien propinó un caluroso abrazo familiar que bien le agitó todos los huesos del cuerpo. Siempre se llevó muy bien con el mayor de la familia. Más que un empleado, Víctor lo veía como a un familiar cercano.

—Goyo, Goyo, mi buen amigo. ¡Qué viejo te veo! ―le dijo, y Goyo asintió sonriente colaborando con la broma.

—En cambio usted está de muy buen ver. Deben ser los aires londinenses…

—Pero qué dices, ¡si estoy hecho un asco! ¡Mira qué barbas! Ay, Goyo, Goyo, qué ganas tenía de volver a casa…

Nadie reparó, no obstante, en la mirada de Martín hacia Cordelia. Tanto alboroto con Víctor era suficiente razón para no dar cuenta de nada más, pero, aun con la alegría de la llegada de su hermano, Cordelia no pudo pasar por alto la presencia de Martín. Lo vio observarla con descaro todo el camino que emprendió hacia el porche, y se empezó a sentir tan sonrojada que rezó para que nadie más lo hubiese visto. Pero para su desasosiego, antes de llegar a su altura y mientras subía los escalones hacia el porche, Cordelia ya intuyó un extraño movimiento en el atrevido jardinero. Lo sorprendió metiéndose una mano en el bolsillo y mirándola al mismo tiempo, con una sonrisita dibujada en sus labios de perverso truhan, y, al pasar junto a él, Martín no hizo otra cosa que emitir un beso mudo y pasarle con su mano un papelito arrugado que a pique estuvo de caérsele a Cordelia de la mano a causa del tembleque. La pobre tragó saliva, no se atrevió ni a respirar, pero, para suerte de ambos, nadie que no fueran ellos se dio cuenta del delicado percance. Los demás criados sonreían a su paso, sin contar con su sonrojo, y más que estar pendientes de ella, lo estaban sin duda de Víctor. Sin embargo, Cordelia no pudo respirar tranquila hasta que entraron a la casa y dejaron atrás el séquito de los criados. Guillermo se encargó de pasar el equipaje a la casa, y poco a poco toda la servidumbre fue integrándose de nuevo a sus puestos.

Se cerró la puerta principal.

—¡Vaya, qué bonito está todo! ―exclamó Víctor paseando su mirada por todas partes―. ¿Todo este carnaval se supone que es por mí?

—¡Claro, tonto! ¿Para quién si no iba a ser? ―dijo Elena cogiéndole del brazo y achuchándole con cariño―. ¡Ay! Me parece mentira tenerte otra vez aquí, hijo. Verte de año en año me mata. Espero que la promesa de no irte más a Inglaterra la cumplas de verdad.

—Sí, mamá, he venido para quedarme. ¿Qué pensaría Evangelina si después de mis promesas me vuelvo otra vez a Londres? En serio, mamá, estoy agotado y tengo tanta hambre que me comería un carnero con cebolletas de esos que tan bien sabe cocinar Basilisa, y una ensalada de pepinos y tomates de nuestro huerto, y un trozo de tarta de mandarinas y arándanos. ¡Allí me tenían muerto de hambre! Qué mal se come en Inglaterra… Vayamos al salón, necesito sentarme y sentirme en mi casa.

Los cinco miembros de la familia se fueron directos al salón del hogar, donde el acogedor calor de las brasas los envolvió a todos. Víctor se sentó con ansia al lado de la chimenea y se encendió un cigarrillo; Serafín de Miñares le hizo compañía con otro.

—Mmmm, tabaco... Guillermo no me ha dejado fumar en el coche. Todavía sigue siendo tan refinado como siempre... ―dijo aspirando profundamente el humo del cigarrillo―. Aún no sé cómo he aguantado tanto tiempo sin fumar. Este es el mayor placer del mundo…

—A mí tampoco me permite fumar cuando vamos juntos de viaje. Prefiere que lo haga fuera y yo se lo respeto. Yo le pago por ser mi chófer, pero tiene alergia al tabaco y el pobre se muere si huele a humo ―afirmó Serafín de Miñares, que se sentó junto a él―. No creo que a tu madre le haga mucha ilusión que fumemos en su salón, pero me da igual… Es bueno este tabaco, ¿es inglés?

Elena tomó asiento en su precioso sillón de terciopelo verde y agitó una mano por quitarse el humo de delante, pero ninguno de sus dos hombres se dio por aludido y continuaron fumando a placer. Cordelia se sentó en las rodillas de su padre, más por disimular su sofoco que por apetecerle, y Elvirita se quedó en el suelo, frente al hogar, jugueteando con la pequeña Dama, que de vez en cuando miraba a Víctor con aire desconfiado.

—El tabaco debe ser peligroso, pero vosotros ahí fumando sin parar. ¡Qué más da! Luego el salón olerá a requemado y para entonces no habrá perfume que logre borrar la peste ―apuntó Elena de Miñares―. Pero bueno, es igual, tampoco vais a apagar el cigarrillo por mucho que yo os diga.

—Ay, mamá, no has cambiado en nada. Tan preciosa y tan pesada como siempre―. Víctor se carcajeó junto a su padre y Elvirita. Cordelia se distrajo y cuando los vio reírse no supo por qué era.

—Hijo mío, no me llames pesada. Solo quiero vuestro bien, ya sabes como soy. Pero dime, cuéntame por qué te has dejado esa barba. ¿No te molesta?

—No me molesta, mamá, al contrario. Para mí es tan cómodo como ir sin corbata. No es que me haya vuelto un descuidado, pero allí casi no tengo tiempo ni de comer, así que menos para afeitarme. ¿Qué pasa? ¿No os gusta mi nueva imagen?

Entonces escucharon a Dama ladrar. Se había escondido entre los vestidos de las dos hermanas y ahora sacaba su cabecita como en aviso de su presencia. Seguía mirando hacia Víctor con aire desconfiado.

—A todos nos gusta tu nueva imagen, Víctor, pero a Dama parece ser que no ―dijo riendo Elvirita, que había sacado a Dama de su escondite y la había puesto delante de Víctor―. No le has dicho nada en todo el rato y la pobre clama tu atención.

—¡Damita! No me gruñas, que en el fondo sigo siendo el mismo. ¡Ven aquí, a mi regazo! Quiero recordar mis viejos tiempos ―dijo, pero Dama no se mostró muy confiada y gruñó unas cuantas veces desde un rincón sombrío.

Víctor no pudo evitar acordarse de la madre de Dama, la perra Dorothy, por los tiempos en los que el cachorro vivió con él durante tres meses en una pequeña habitación de un hotel cercano a Scotland Yard. Fue un regalo de un fugaz amor. Se apostó con un amigo que la dueña del hotel no advertiría la presencia de la perra, pero no fue así, y perra y huésped fueron echados sin ningún miramiento. «Véndela», le dijo el amigo después de cobrar el dinero de la apuesta, y como el muchacho le había cogido cariño y lo último que quería era deshacerse de ella, decidió llevársela a Pontevedra y dejarla a recaudo de la familia. Lo hizo con la mejor de las intenciones, pero cómo iba a imaginar Víctor el destino que le esperaba a aquella perrita en su propia casa. Aquel cachorrillo que fue creciendo junto a Elvirita y Cordelia, y que pronto tuvo un romance con el mejor can de caza de su padre, Cosmo, tenía los días contados.

El día que encontraron muerta a la perra Dorothy, envenenada por el mordisco de uno de los reptiles de Serafín de Miñares, a todos se les vino el mundo encima. Nadie supo sin embargo cómo se sintió Víctor al conocer la noticia por carta.

Ahora, mirando a los ojitos de Dama, Víctor no pudo remediar que se le acongojara el corazón.

—¡Venga, Víctor! Cuéntanos cosas de Londres ―gritó Elvirita rompiendo por suerte sus tristes cavilaciones.

—Prefiero ir a comer, si no te importa. Cuento mejor mis historias con el estómago lleno. ―Y en ese momento Goyo entró al salón con un platito lleno de aceitunas sin hueso y una copita de vino blanco bien frío―. ¡Goyo! ¡Tú sí que sabes!

—Es un pequeño tentempié. En las cocinas no descansan preparando sus manjares favoritos, señorito Víctor. Espero que todo esté de su gusto.

—¡Estupendo! ―exclamó el joven.

A pesar de que Víctor le persiguió por todo el salón para que se quedara con ellos, Goyo fue fiel a su discreto y responsable trabajo, saliendo al vestíbulo y haciendo caso omiso del afable muchacho.

Era cerca de la una y, aunque en casa de los De Miñares no acostumbraban a comer muy temprano, Elena mandó que preparasen la mesa enseguida. Desde el otro lado del salón Goyo pudo ver la escena familiar discretamente, sin ser visto, observándoles por la hoja de la puerta medio cerrada, medio abierta, a través de los cortinajes oliváceos. El mayordomo se sintió orgulloso de tener al joven De Miñares entre ellos de nuevo, y sin más se dirigió hacia las cocinas. Todo estaba ya listo para comer.

23 de diciembre de 1918

Ya hace dos días que Víctor está con nosotros. Ha sido muy emocionante verle después de todo un año y mamá y papá están muy contentos desde que regresó de Londres. ¡Y es que esta vez nos ha venido hecho todo un caballero!

¡Ay! Cuando Evangelina vino el martes para verle pensé que Víctor se moría de los nervios. Mi hermano no es de esos muchachos a los que el amor les viene por sorpresa y se les pone cara de bobalicones. Es mucho más práctico que todo eso, supongo que porque es hijo de papá. Sí es verdad que se quiere casar con Evangelina y que cuando la mira lo hace con un orgullo indescriptible. Son novios desde hace dos años, pero el romanticismo a Víctor siempre se le ha ido de las manos. Por esa razón esa tarde me entró la risa cuando le vi hechito un manojo de nervios al aparecer Evangelina junto a su señora madre por el umbral de la puerta. Al pobre le empezaron a sudar las manos, y se le puso tal cara de tonto que por un momento me recordó al pobre Ernesto. En cierto modo, a nadie le extrañó tal comportamiento, porque Evangelina se ha convertido en un año en una preciosa mujercita que bien puede hacer perder la cabeza a cualquier varón, por muy joven o viejo que sea. Ahora lleva el pelo recogido y no la melena suelta con cola de gato de hace un año. Tiene dos años más que yo y ya es tan alta como Víctor, por lo que pienso que su estatura y su nueva belleza han sido las principales razones que han provocado el sudor de manos de mi hermano. Evangelina, al principio de verlo, se asombró mucho de su cambio de aspecto, y quizá no le guste demasiado la barba que se ha dejado. No obstante, la que pareció haberse escandalizado con su nueva imagen fue doña Patricia, su señora madre, que se echó la mano a la boca para irremediablemente soltar un «¡Virgen santa!» que solo quedó amortiguado por su mano, pero que todos escuchamos. Esa misma expresión deberíamos haber soltado todos nosotros al verla entrar en la casa, porque la señora venía ataviada con un inmenso sombrero verde de guirnaldas a juego con su vestido rococó que casi no cabía por la puerta. Esa mujer siempre tiene que ser el centro de atención; si no se destaca, se muere, pero lo que doña Patricia no sabe es que estando mamá cerca ella es como un champiñón arrugado y sin gusto que a nadie interesa si no es para reírse un rato.

Los dejamos solos, porque era de suponer que tenían cosas de que hablar. Se marcharon a pasear por los jardines y los demás nos quedamos en el salón, tomando el té de las cinco. Sé que se quieren, y también sé que han estado a punto de romper su relación a causa de la distancia. Víctor se pasa muchos períodos de tiempo sin venir y apenas le escribe, porque todos sabemos que mi hermano no es muy expresivo y con media hoja le basta y le sobra para mostrar sus sentimientos. Evangelina, en cambio, le ha llegado a escribir diez hojas de un tirón, y Víctor se cansa muy pronto de leer.

Es extraño, pero Ernesto no ha parado por aquí en estos dos días. Sé que Víctor está deseando verle y, aunque yo no tenga nada en contra de su presencia en esta casa, rezo para que al menos no esté mamá por medio. Me volvería a hacer sentir mal y me pongo de muy mal humor ante su actitud de madre celestina. Me consta que Ernesto sabe de la llegada de Víctor, pero me pregunto también por qué no ha venido a visitarlo todavía. Hay veces en las que de manera irremediable olvido su papel de médico de familia y relaciono su persona con otros temas, como por ejemplo el de donjuán, que apenas sí se le da bien. He advertido que se pone nervioso cuando me ve y que se vuelve un poco torpe, y, aunque nunca he dudado de sus dotes encantadoras y su belleza germánica, sí estoy segura de que todo este lío en el que se ve envuelto no le va demasiado bien a su persona, como a mí. ¡Oh, Dios! A veces me pregunto cómo es capaz de soportar a mamá, porque se pone de un pesado cuando el pobre está por aquí... Seguro que ya se ha dado cuenta de sus pretensiones, y no me extraña en absoluto que a veces se vuelva torpe. A mí me pasa lo mismo. No hace falta ser muy listo para saberlo. Supongo que a la fiesta de Nochebuena no faltará. Mi hermano no se lo perdonaría y supongo que mamá tampoco. ¡Dios, apiádate de nosotros dos!

Desde que llegó Víctor todo el mundo ha estado demasiado ocupado en la gran casa. Mamá se pasa los días enteros con los preparativos para la fiesta de Nochebuena, que también será en honor a Víctor, y anda como loca confeccionando la lista de los invitados y pidiendo presupuestos de orquestas para ambientar mientras se cena; siempre ha sido ella la encargada de esos berenjenales. En cambio, papá se ha pasado estos días adornando el gran árbol de Navidad y todos los rincones de la casa, sobre todo el gran salón, que es donde celebraremos la fiesta. Elvirita sigue con sus cuentos y sus muñecas de porcelana, pegadita cuando hace bueno a su pozo o correteando por toda la casa con Damita a sus espaldas cuando llueve o hace frío. Víctor y Evangelina no se han separado ni un solo momento desde que se vieron la otra tarde, y a mí se me cristalizan los ojos de pensar si habrá un día en mi vida en que Martín y yo podamos pasear del brazo por los jardines de la gran casa, como ellos, solos y enamorados, con las flores como únicos testigos de nuestro amor.

Te he contado demasiadas cosas, todas soñadas, todas humildemente confiadas a ti, querido diario, pero no sé si el explicarte lo que ronda por mi cabeza en estos momentos es lo más apropiado para una muchacha de mi condición. Ese sueño de ir del brazo paseando junto a Martín está para mi desgracia demasiado lejos de alcanzarse, pero ha de haber una manera, aunque sea clandestina, para amarnos sin que nadie ponga objeción ni opine sobre ello. No me importa mi madre, ni lo que ella piensa, ni lo que quiere hacer con mi vida, que no es sino romperla en mil pedazos. Solo me importa este sentimiento abrasador que ha nacido en mí y que me persigue noche tras noche y día tras día. Todos andan demasiado ocupados, y eso es lo que me mancilla mis pensamientos. Incluso Goyo, fiel águila de esta casa que nos vigila a todos incluso en sus sueños, está terriblemente ocupado con la fiesta de Nochebuena. Desde la otra tarde en que Víctor hiciera su regreso, el corazón no ha parado de latirme de una manera desequilibrada. He empezado a tener pesadillas, y el estómago se me ha hecho un nudo; apenas sí puedo probar bocado. Me siento un poco sucia del alma, y si miro a Elvirita cuando juega con sus muñecas de porcelana, me pregunto si el desear ser cómo ella no es del todo lógico. Pero yo he crecido y las muñecas de porcelana han dado paso a los devaneos del primer amor. Espero la noche con ansia para poder sincerarme contigo, es por lo tanto mi deber contarte el propósito de mis planes.

Vi a Martín cuando salimos a recibir a Víctor, en la entrada, junto a los otros empleados. No parecía muy entusiasmado con todo el jaleo de la bienvenida y se le notaba, pero escuché a Goyo obligarle a guardar la compostura, a ponerse recto y a sonreír. Durante ese momento ni siquiera lo miré, puesto que permanecí de espaldas a ellos, al lado de mamá, Elvirita y papá, hasta que el coche de Guillermo aparcó en la parte delantera de la casa, frente a nosotros. Cuando nos dirigíamos a la entrada, con Víctor por delante, me di cuenta de algo. Yo estaba demasiado ocupada en no perder atención a mi hermano, pero entonces, sin poder remediarlo, la mirada se me fue hacia él, todavía erguido junto al séquito de la servidumbre, totalmente ajeno a Víctor y con sus ojos clavados en mí. Mientras los demás daban efusivos saludos a mi hermano, él consiguió ponerme nerviosa con su penetrante mirada y su sonrisa pícara. Intenté camuflarme entre el barullo de la gente, pero no hubo manera porque papá me cogió del brazo y tuve que pasar justo por su lado. Si papá hubiese advertido el beso mudo que me lanzó, lo habría despedido sin más y yo a estas horas estaría llorando en mi cama, pensando en cómo hacer para meterme a monja y recluirme en un convento. Fue un beso disimulado, lanzado al aire como el que no quiere la cosa, y, como pasé muy cerca de él, el sinvergüenza me rozó la mano y para asombro mío introdujo un papel en ella. Cuando al fin pude hallarme a solas en mi habitación, desdoblé con cuidado el papelito, que muy discretamente me había guardado en un pliegue del vestido, y en él leí estas palabras, escritas de su puño y letra: «Nochebuena en albergue. Te esperaré dormido».

Nochebuena es mañana y mi casa estará abarrotada de gente. Todo el mundo estará demasiado ocupado para que todo salga a la perfección, y eso es lo que verdaderamente me preocupa. Si me fío de que no habrá nadie por los alrededores y en mi escapada me encuentro a Goyo vagando como siempre entre las sombras, no sabré qué decirle, ni qué excusa voy a dar a mamá y papá para mantenerme fuera de la fiesta. Tengo miedo de que alguien me descubra y entonces sí que la liaría.

Queridísimo diario, hasta dentro de dos días. Recuerda que mañana no podré estar por ti.

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Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2025
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231 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788412332896
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