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SANTA MARÍA DE MONTESA
LA ORDEN MILITAR
DEL REINO DE VALENCIA (SS. XIV-XIX)
SANTA MARÍA DE MONTESA
LA ORDEN MILITAR
DEL REINO DE VALENCIA (SS. XIV-XIX)
Enric Guinot, Fernando Andrés,
Josep Cerdà, Juan F. Pardo, eds.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación cuenta con una ayuda de la Conselleria d’Educació, Investigació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana para la organización de congresos (DOGV 30/01/2017). Dicha colaboración se inscribe en el marco de la convocatoria de subvenciones del Programa para la promoción de la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la innovación en la Comunitat Valenciana [2017/647].
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© de los textos: los autores, 2019
© de esta edición: Universitat de València, 2019
Coordinación editorial: Maite Simón
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Cubierta:
Ilustración: Jeroni Jacint Espinosa, retrato de Felip Vives de Canyamàs i Mompalau, caballero de Montesa (1634), óleo sobre lienzo, colección particular de los herederos de don Carlos de Orbe y Piniés
Diseño: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Letras y Píxeles S.L.
ISBN: 978-84-9134-510-7
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN, Enric Guinot, Fernando Andrés, Josep Cerdà, Juan F. Pardo
I ORÍGENES Y CONTEXTO
Algunos aspectos sobre la extinción del Temple y los orígenes de Montesa, 1294-1330, Luis García-Guijarro Ramos
La Orden de Calatrava en el contexto del nacimiento de Montesa, Carlos de Ayala Martínez
L’orde de l’Hospital i l’herència del Temple a la Corona d’Aragó. Politització i internacionalització, Maria Bonet Donato
Reflexos em Portugal de um «mundo» em mudança: A origem da Ordem de Cristo no século XIV, Paula Pinto Costa
Frey Arnau de Soler, segundo maestre de la Orden de Montesa (1320-1327), Vicent Garcia Edo
II MONTESA EN TIEMPOS DE SUS MAESTRES
Breu aproximació a l’orde de Montesa en la baixa edat mitjana: línies obertes d’investigació, Enric Guinot Rodríguez
L’orde de Montesa en la guerra de la Unió, Mateu Rodrigo Lizondo
¿Defensora de la fe o protectora del Reino? La Orden de Santa María de Montesa y la Guerra de los Dos Pedros (1356-1369), Pablo Sanahuja Ferrer
Problemes en l’exercici de la jurisdicció en la comanda de Sueca de part del mestre de Montesa en el segle XIV, Salvador Vercher Lletí
La correspondència de fra Romeu de Corbera, mestre de Montesa, a través del seu llibre de registre (1414-1415), Joaquín Aparici Martí
La Orden de Montesa, ¿siempre al servicio del rey? Casos de desavenencias notables, Juan Boix
III MONTESA ADMINISTRADA POR LA CORONA
Montesa en la época moderna: Historiografía e historia (1993-2017), Fernando Andrés Robres
La jurisdicción y la organización judicial en el señorío de la Orden de Montesa durante la etapa moderna foral, Javier Hernández Ruano
La Orden de Montesa vigilada por la Orden de Calatrava: Resultados y límites de la facultad de visita (1502-1602), Francisco Fernández Izquierdo
La Orden de Montesa en las Observationes de Cristóbal Crespí de Valldaura, Jon Arrieta Alberdi
La visita de inspección de Vilafamés en 1671, David Bernabé Gil
El acceso de los magistrados de la Audiencia de Valencia a la Orden de Montesa en el siglo XVII, Laura Gómez Orts
La actividad de la Junta de Contrafueros en el conflicto por la sucesión en la Encomienda Mayor de Montesa, Miquel Fuertes Broseta
«No hay resistencia contra el poder de los elementos enfurecidos»: el terratrèmol de Montesa-Estubeny del 1748, Armando Alberola
IV LOS MONTESIANOS
La nobleza en Xàtiva y la Orden de Montesa en el siglo XV y principios del XVI, Vicent Pons Alós
Un modelo de promoción social nobiliario al abrigo de la monarquía: Frey Lluís Despuig, maestre de Montesa, José Leandro Ortega Pérez
Los Borja y la Orden de Montesa: El uso familiar del ideal caballeresco, Santiago La Parra López
La trajectòria de don Josep de Cardona i Erill dintre de l’Orde de Montesa. Un lloctinent a qui se li va retirar l’hàbit, Maria Salas Benedito
Un altre diari del vicecanceller Crespí: don Cristóbal, cavaller de Montesa (1642-1670), Josep Cerdà i Ballester
V MÁS ALLÁ DE MONTESA MODERNA
A ordem portuguesa paralela à de Montesa (Ordem de Cristo) e as suas formas de identidade, Fernanda Olival
Virtudes y limpieza de sangre: La influencia española en la Orden de Malta en el siglo XVI, Anne Brogini
Apuntes para una historia de las órdenes militares tras la caída del Antiguo Régimen, Hipólito Sanchiz Álvarez de Toledo
INTRODUCCIÓN
El 10 de junio de 1317, después de largas negociaciones con el rey Jaime II, el papa Juan XXII otorgó la bula fundacional de la Orden de Santa María de Montesa, conocida a partir del año 1400 con el nombre de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, momento en el cual también adoptó como símbolo distintivo propio la cruz roja de San Jorge.
Las órdenes militares medievales nacieron en el primer tercio del siglo XII, a partir de la conquista de Jerusalén durante la primera Cruzada del año 1099, y se extendieron de forma muy rápida por toda Europa durante esa centuria. Ello se dio tanto en el ámbito de las llamadas órdenes internacionales (Temple, San Juan del Hospital, Santo Redentor, Caballeros Teutónicos...) como en su vertiente exclusivamente ibérica (órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara, Avís, etc.).
Durante los siglos medievales, la gran mayoría de ellas participaron activamente en las guerras con el mundo musulmán mediterráneo, basándose para ello en la creación de una densa red de señoríos y encomiendas por toda Europa. La consecuencia fue la progresiva acumulación de un inmenso patrimonio económico y político en los diversos países y reinos del continente, pero también un patrimonio arquitectónico, artístico y archivístico. La gran peculiaridad de su presencia en la Península Ibérica frente al resto de Europa es que mantuvieron en ella un segundo frente de confrontación con la sociedad musulmana. En el caso de la Corona de Aragón, participaron directamente en las conquistas tanto del sur de Aragón como de buena parte de la llamada Cataluña Nueva, y en el siglo XIII también en las de Mallorca y Valencia en tiempos del rey Jaime I. Esta presencia en la guerra y repartimientos en el nuevo Reino de Valencia es el origen, en buena medida, de la presencia medieval de templarios, hospitalarios, santiaguistas y calatravos en dicho Reino.
Pero, sin duda, una nueva época empezó en el año 1307, a raíz del inicio del proceso judicial abierto por el papa contra la Orden del Temple. Con la decidida colaboración de la monarquía francesa, durante los años siguientes se procedió a un embargo general de los bienes de esta orden, a la detención de sus freires miembros y, finalmente, tras el Concilio de Vienne de 1312, a su disolución de manera definitiva. Es así como, a lo largo de Europa, en determinados lugares, su patrimonio y sus bienes pasaron a otras órdenes militares, principalmente la de San Juan del Hospital; en otros territorios, al menos parte de sus bienes acabaron en manos de la corona respectiva, e incluso en otros se solucionó la cuestión creando una nueva orden militar. Esto es lo que pasó en Portugal y, también, en Valencia.
Efectivamente, en la Corona de Aragón el rey Jaime II no aceptó integrar todos los bienes templarios en la Orden del Hospital y, después de largas negociaciones durante más de cinco años y tras el paso de dos papas, Juan XXII aceptó la solución de crear una nueva orden militar, la Orden de Santa María de Montesa. Esta solo estaría radicada en el Reino de Valencia, pero en él se le asignaron la gran mayoría de los señoríos del Hospital, más una villa real: el castillo y villa de Montesa. Con todo, la resistencia de la Orden de Calatrava –a la cual quedó adscrita eclesiásticamente– a aceptar esta solución provocó que aún pasasen dos años más, hasta julio de 1319, para que finalmente tomaran posesión de los hábitos los primeros diez freires y uno de ellos fuese nombrado primer maestre por el papa.
La historia de la Orden de Montesa se extiende a lo largo de más de cinco siglos, hasta su disolución como institución del Antiguo Régimen en el año 1835, en el marco de la Revolución Liberal y la Desamortización de los bienes del clero en España. En su larga trayectoria, además, se distinguen claramente dos grandes etapas: la época de los maestres, desde su fundación hasta el año 1592, caracterizada por el autogobierno de sus miembros caballeros, así como por el escaso número de estos; y la época de dependencia de la monarquía, cuando la Corona pasó a ser administradora perpetua de ella en la citada fecha y hasta el primer tercio del siglo XIX. Dicho cambio, además, se vio reforzado por el permiso papal para admitir caballeros casados, con lo que desde finales del siglo XVI se multiplicaron los caballeros de hábito. Pese a esas diferencias, en el conjunto de toda su historia, la Orden de Montesa como colectivo y muchos de sus freires, caballeros o clérigos fueron parte activa en muy diversos ámbitos de la historia medieval y moderna de la sociedad valenciana. Una actividad aún hoy en día poco conocida en muchos aspectos.
Debe reseñarse igualmente la amplitud de su presencia geográfica por el territorio valenciano. De norte a sur del antiguo Reino se localizan sus encomiendas, más de una docena, y sus señoríos, en casi cincuenta poblaciones, abarcan las más diversas comarcas. No obstante, debemos resaltar su presencia dominante en el llamado Maestrat Vell, con localidades como, entre otras, Sant Mateu, Traiguera, Peñíscola, Benicarló o Vinaròs. La Orden también estuvo presente en la comarca de la Plana, con los señoríos de Onda, Vilafamés y parte del término de Borriana. Igualmente por la huerta de Valencia, con Montcada, Silla, Sueca y tierras y casas en la propia ciudad y su entorno. Y no podemos olvidar el magnífico castillo-convento de la localidad que le da nombre, Montesa, y la vecina Vallada, así como la posesión más meridional: la Vall de Perputxent.
Sus maestres y comendadores participaron de forma muy activa en la historia medieval y moderna de la sociedad valenciana, ocupando en diversas ocasiones cargos de gobierno del Reino de Valencia. Así, tuvieron un destacado protagonismo en la vida política a través de su presencia en las Cortes forales –donde Montesa ostentaba la segunda voz del Brazo Eclesiástico después del arzobispo de Valencia–, y también en la Diputación del General o Generalitat. Igualmente fueron usuales actores al servicio de los monarcas en la política exterior de la Corona de Aragón, por ejemplo junto al rey Alfonso el Magnánimo en el Reino de Nápoles, y lo mismo a finales del siglo XV en las campañas de la Guerra de Granada con los Reyes Católicos. Asimismo, durante la Edad Moderna sus caballeros también ocuparon cargos en los consejos reales, fueron destacados juristas y algunos de sus miembros clérigos llegaron a ser catedráticos de la Universidad de Valencia, especialmente durante el siglo XVIII.
Como lógica respuesta a esta larguísima trayectoria, la Orden de Montesa ha sido objeto de atención por parte de eruditos y cronistas desde la Edad Moderna. Dicho interés ha continuado ya con un enfoque más académico por parte de los historiadores a lo largo del siglo XX y principios del XXI.
En su historiografía son punto de partida las obras clásicas de frey Hipólito de Samper en el siglo XVII –expresamente concebida para reivindicar la importancia y los derechos jurisdiccionales de Montesa para situarla al mismo nivel que sus hermanas castellanas–, y de Joseph Villarroya en el XVIII –muy diferente, al intentar rescatar para las arcas de la monarquía un patrimonio decreciente desde el siglo XVI–. Ambas meritorias y útiles como primeras síntesis de su historia, si bien con un alcance y visión limitados dados los motivos para su redacción. Posteriormente, la actividad de eruditos durante la primera mitad del siglo XX ha aportado las primeras aproximaciones más claramente históricas, si bien frecuentemente con carácter descriptivo y, en parte, centrado en los pueblos que conformaron la Orden y no tanto en su historia como institución plurisecular. Finalmente cabe señalar el salto académico producido a partir de la década de 1980 y hasta la actualidad, con una intensa actividad investigadora protagonizada por muchos de los y las autoras presentes en esta obra, mediante la cual se ha ido explorando, estudiando y explicando tanto la historia de la Orden como la de sus miembros, los freires y caballeros montesianos.
Como actividad más reciente y con motivo de conmemorarse en el año 2017 el séptimo centenario de la bula fundacional de la Orden de Santa María de Montesa, diversos historiadores han animado un conjunto de actividades académicas en torno a su estudio y el conocimiento de su patrimonio. Es así como desde la Universitat de València se organizó un congreso internacional sobre la Orden y una exposición sobre la antigua biblioteca montesiana de los siglos XVIII y XIX, cuyo fondo, a raíz de la Desamortización, pasó a integrarse en la Biblioteca de dicha Universitat. En paralelo, el Archivo del Reino de Valencia acogió una exposición de parte del archivo histórico de la Orden, depositado en sus dependencias; las Cortes Valencianas patrocinaron un documental cinematográfico sobre la historia montesiana, y en otros ámbitos se impartieron conferencias y cursos en torno a Montesa.
Es en este contexto en el que se inscribe la presente obra. Un libro coral, incluso en su vertiente lingüística, que reúne a la gran mayoría de los investigadores montesianos en activo junto con algunos invitados. Los autores representan fielmente las diversas líneas de investigación que caracterizan en los últimos años el acercamiento a Montesa, pero también son reflejo del relevo generacional. Junto a algunos ya veteranos y con una obra amplia sobre la historia de la Orden, presentan aquí alguna de sus primeras investigaciones jóvenes historiadores.
Por todo ello son diversas las miradas sobre la institución, sobre su organización y sobre algunos de sus principales miembros a lo largo de quinientos años. Y lógicamente también son muchos los temas y aspectos que se reúnen en esta obra colectiva. Por la misma razón, no se trata ni mucho menos de una historia completa de la Orden de Montesa e, inevitablemente, han quedado fuera de ella bastantes cuestiones; sin ir más lejos, el proceso de integración de la Orden de San Jorge de Alfama en 1400, o el Colegio de San Jorge de formación de sacerdotes durante la Edad Moderna, o el propio convento montesiano. Y es que, no de forma gratuita, el conjunto de contribuciones aquí presentadas es hijo de las líneas de investigación individuales abiertas en estos últimos años, por lo que es lógico que resulte más complicado avanzar en aspectos poco tratados hasta ahora, aunque también los hay.
En cuanto a la estructura interna del libro y a la hora de ordenar las aportaciones, los editores hemos considerado que podía ser útil su distribución en cinco grandes apartados, si bien somos conscientes de que no están estrictamente separados unos de otros y de que alguna contribución podía encajar en otra sección distinta. Insistimos en que no ha sido nuestra intención clasificar porque sí, sino solo establecer un mínimo hilo conductor y facilitar la lectura sucesiva de los textos.
La obra se inicia con un bloque de contribuciones dedicado a la fundación de la Orden de Montesa a principios del siglo XIV y su contexto internacional, con la desaparición de la Orden del Temple y las diversas soluciones adoptadas en otros reinos: Castilla, Portugal y la propia Corona de Aragón. Así, el volumen se abre con el trabajo de Luis García-Guijarro sobre el final del Temple en la Corona de Aragón y en el Reino de Valencia. Una aportación que resume los estudios anteriores de este autor sobre las largas, y a veces tensas, negociaciones entre Jaime II y los dos papas que intervinieron en la fundación montesiana, así como sobre la actitud reacia en todo este asunto de la Orden de Calatrava, convertida en la institución supervisora de los nuevos freires.
Enlazando con el estudio anterior, el profesor Vicent García Edo aporta un texto muy documentado sobre la trayectoria del segundo maestre, frey Arnau de Soler, de facto el primero teniendo en cuenta el brevísimo maestrazgo de frey Guillem d’Erill. A partir de la documentación publicada en su tesis doctoral, especialmente el primer libro registro de la cancillería del maestre Soler, el autor ordena y enumera la gran diversidad de cuestiones a las cuales hubo de atender dicho maestre en los primeros años: organización de los miembros, caballeros y religiosos, pero también de los señoríos y gobierno de los vasallos.
Y para enmarcar mejor esta fundación, se incluyen a continuación tres aportaciones sobre cómo fue resuelta la disolución del Temple en comparación con el caso valenciano. El profesor Carlos de Ayala presenta un texto sobre la intervención de la Orden de Calatrava en las negociaciones fundacionales montesianas desde el punto de vista de la propia Calatrava, poniendo en evidencia las dificultades y desconfianzas entre la jerarquía nobiliario-religiosa castellana y el rey Jaime II. El motivo eran las intenciones de este de crear una nueva orden militar, y ello aunque Calatrava también tenía presencia en la Corona de Aragón desde la encomienda de Alcañiz.
Por su parte, la profesora Maria Bonet explica cómo se resolvió la gestión del patrimonio templario en el Reino de Aragón y el Principado de Cataluña, así como el proceso de su integración en las estructuras de la Orden de San Juan del Hospital. Igualmente estudia cómo se gestionó el paso de los primeros freires del Hospital a Montesa a raíz de su fundación. Y es también en este contexto de «otras soluciones» en el que hemos querido incluir el estudio de la profesora Paula Pinto Costa sobre la fundación de la Orden de Cristo en Portugal, el caso «gemelo» en aquel reino a la Orden valenciana. La autora explica en su texto cómo la en principio similar solución en ambos reinos derivó en Portugal hacia un cada vez mayor control de la nueva orden por parte de la corona.
El segundo gran apartado que proponemos en este libro reúne las aportaciones a la historia de Montesa durante el llamado periodo de los maestres. Abre los estudios una aportación de carácter general por parte de Enric Guinot, balance de los principales aspectos hasta ahora estudiados sobre la Orden en la Baja Edad Media y de las líneas de investigación que deberían ir abriéndose para avanzar en su estudio en estos momentos. El texto resalta cómo se ha avanzado de forma notable en aspectos institucionales de la organización de la Orden en encomiendas y Mesa Maestral y sobre las características de sus señoríos: patrimonio, rentas, relaciones con los vasallos, etc. En cambio, están aún prácticamente inéditos aspectos importantes, como la identificación de sus miembros durante los siglos medievales, la actividad cotidiana de caballeros y comendadores, la vida y organización de los religiosos en el convento de Montesa, la participación en la vida pública y política del Reino de Valencia y la Corona de Aragón del momento, etc.
Siguen los estudios del profesor Mateu Rodrigo Lizondo y de Pablo Sanahuja, quienes focalizan su investigación en dos momentos clave de la historia del reino valenciano a mediados del siglo XIV y en la participación del maestre y freires de Montesa en ellos. M. Rodrigo concreta su estudio sobre el papel de los montesianos durante la Guerra de la Unión (1347-1348), el grave conflicto civil de mediados de siglo, en el cual ciertos sectores del patriciado urbano de la ciudad de Valencia lideraron y protagonizaron una importante revuelta política contra la Corona en la figura del rey Pedro el Ceremonioso. El maestre de Montesa, frey Pere de Tous, se alineó inmediatamente con el monarca y devino un elemento político, económico y militar relevante en la victoria final de la corona frente a los unionistas; de ahí derivaron, probablemente, las pérdidas que la institución sufrió en diversas poblaciones de su señorío del Maestrat por la revuelta de sus vecinos contra la Orden.
La aportación de Sanahuja va dirigida a analizar la presencia de Montesa en la casi inmediata guerra de los dos Pedros, entre la Corona de Aragón y la de Castilla. En este caso, guerra internacional entre monarquías y Estados, en la cual de nuevo destaca la participación del maestre Tous, así como de los freires caballeros, en los acontecimientos bélicos. El estudio pone igualmente en evidencia la limitada capacidad militar de la que disponía la Orden dados los escasos miembros que la constituían, y no todos siempre con posibilidades de acudir, lo que contrasta aparentemente con las posibilidades para el combate de las órdenes militares castellanas.
En una cronología un poco más avanzada, el estudio de Joaquín Aparici se centra en el vaciado de uno de los primeros registros conservados de la cancillería del maestre frey Romeu de Corbera, entre 1414 y 1415. El autor hace un detallado balance de la muy diversa actividad que asumía el cargo a través de sus órdenes, gestiones, pagos, nombramientos, resoluciones y sentencias. Los temas podían ir desde cuestiones referidas a los miembros de la orden montesiana hasta, especialmente, las relaciones de poder político, económico y judicial del maestre con los vasallos de los pueblos de su señorío.
Finalmente, y todavía en época medieval, los estudios de Salvador Vercher y Juan Boix nos acercan, a su vez, a los problemas de funcionamiento judicial e institucional de la Orden de Montesa en relación con la Corona. Vercher analiza con detalle el largo litigio por la jurisdicción criminal o mero imperio sobre la villa de Sueca, derecho disputado entre la Corona y la Orden de Montesa. A través de diversos incidentes, pleitos, sentencias y alguna concordia, el autor sigue las alternancias en su posesión durante el siglo XIV, así como las argumentaciones de una y otra parte. En cuanto a Juan Boix, presenta una revisión de algunos de los principales conflictos de los siglos XIV y XV entre los monarcas de la Corona de Aragón y los maestres de Montesa, la gran mayoría de ellos de tipo político y, en algún caso, relacionados con un proyecto de disolución de Montesa en tiempos del rey Pedro el Ceremonioso. A partir de datos ya conocidos el autor aporta su propia visión para matizar la afirmación generalmente aceptada respecto de la fidelidad y buenas relaciones que secularmente habrían mostrado los montesianos con la Corona. En ese sentido, expone diversos casos en los que los maestres no fueron servidores silenciosos del monarca de turno y llegaron a confrontaciones de cierta entidad.
El tercer conjunto de textos en que se ha dividido la presente obra reúne los relacionados con la Edad Moderna, que constituyen, sin duda, un sensible avance en el conocimiento de la historia de la Orden en dicho periodo. Y ello doblemente. Por un lado, en cuanto a que asientan la investigación que hasta ahora se ha realizado. Por otro, porque un buen número de contribuciones exploran territorios o asuntos novedosos.
Abre la sección un balance general sobre la historiografía dedicada a la Orden en el último cuarto de siglo, que ha permitido asentar sobre bases sólidas la caracterización de lo que fue y significó Montesa entre finales del siglo XV y el XVIII, del que es autor Fernando Andrés Robres. A partir de un análisis conjunto de historia e historiografía de la Orden, propone una clara periodización. Primero, un largo siglo XVI en el que fue la única orden militar de las nacidas en la Península Ibérica todavía no incorporada a la Corona, lo que dio lugar a una historia marcada por el continuo enfrentamiento con la monarquía hasta que esta consumó su propósito. Después, desde 1592, negando anteriores tópicos según los cuales la incorporación habría supuesto poco menos que la desaparición de la institución, como de todas; muy al contrario, Montesa siguió teniendo una importancia capital en el Reino de Valencia en muchos sentidos. Contaba con el más extenso señorío, y su relevancia política fue indudable desde su representación en Cortes y desde su lugar entre los Estamentos hasta 1707. Pero su principal función fue seguramente la de regular los mecanismos de acceso a la condición nobiliaria. Por último, la trayectoria recorrida a partir de la Guerra de Sucesión (hondamente marcada por la destrucción de su castillo-convento en el trágico terremoto de 1748), hasta ahora solo entrevista, resta por descubrir en buena medida.
Es también puesta al día y arqueo de conocimientos la aportación de Javier Hernández Ruano, quien pone el foco de atención sobre la jurisdicción recayente en la institución (tarea nada sencilla, por la existencia de jurisdicciones varias: sobre el territorio en grados diversos, sobre los miembros; temporal, eclesiástica, espiritual), con especial atención a la forma compleja que adoptó la organización judicial en el señorío de la Orden de Montesa durante la etapa foral moderna. A este último objetivo se añade el ingrediente de calibrar, a lo largo del tiempo, la participación –o intentos de participación– de la justicia real en cuestiones concernientes a la Orden: una intervención cambiante en función de circunstancias diversas que el trabajo trata de fijar.
Otras contribuciones abordan también aspectos jurisdiccionales, pero desde diferentes puntos de vista. Las ordenamos atendiendo a su cronología. Francisco Fernández Izquierdo ofrece un recorrido completo, a partir de documentación original, del conjunto de visitas que en el siglo XVI cursó la madre Calatrava a su filiación valenciana. Cada visita, especialmente las más relevantes, es analizada desde el nombramiento de los visitadores hasta las definiciones. Algunas (las de 1552, 1556 o 1573) no estuvieron exentas de tensiones, pues fueron concebidas como elementos de control –y de presión– en la cada vez más decidida intención de Felipe II de conseguir la incorporación, incluyendo el intento fallido de hacer del Consejo de Órdenes instancia de apelación de los tribunales de justicia de la orden valenciana. En las visitas, además, resonaron cuestiones candentes en la vida del Reino o de la propia Orden, como la revuelta agermanada, las sangrientas luchas de bandos nobiliarios de mediados de siglo o el proceso de incorporación de Montesa, sobre el trasfondo del mandato del turbulento último maestre. El ciclo se cerraría en 1602, con la tentativa frustrada de celebrar una nueva visita, verificada ya la incorporación, a lo que Montesa se negó con vehemencia, lo que –al cabo– le valió en su propósito de poner fin para siempre a aquella tutela.
Jon Arrieta Alberdi nos brinda un enriquecedor estudio a partir de las conocidas Observationes (1662) de don Cristóbal Crespí de Valldaura, vicecanciller de Aragón y montesiano activo e ilustre; en concreto, de las dedicadas expresamente a la Orden. En su introducción, Arrieta incardina –primer aspecto novedoso– la incorporación a la Corona de la Orden de Montesa (1592) en un más extenso proceso de incorporaciones de jurisdicciones diversas (Teruel-Albarracín, Ribagorza). Pero, sobre todo, explica convincentemente, desde la obra de Crespí, la compleja y discutida situación jurisdiccional de los miembros de la Orden en tanto que exentos. La jurisdicción última sobre los caballeros de Montesa pertenecía al rey por secular cesión pontificia, si bien este respetaba la que competía al maestre; en consecuencia, tras la incorporación, convertido el monarca en administrador perpetuo, su delegado en la Orden, el lugarteniente general, ostentó un importantísimo poder. Las reflexiones sobre Montesa contenidas en las Observationes constituyeron un sólido sustento teórico-doctrinal al dominio jurisdiccional de la Corona sobre la Orden en un momento tan delicado para la monarquía como los últimos años de Felipe IV, y a cargo de quien, como Crespí, tan destacado papel jugaba en el gobierno de esta, mano a mano con el valido don Luis de Haro. La práctica gubernativa, por su parte, consagró la Lugartenencia.
Los límites y el permanente deslinde de fronteras jurisdiccionales entre la Orden y la Corona son también el asunto del que trata David Bernabé Gil desde el estudio de la aplicación del sistema de visitas –que tan bien conoce– a las encomiendas de la Montesa incorporada. Analiza en concreto la llevada a cabo en Vilafamés en 1671, por orden –como era preceptivo– del administrador perpetuo (el Rey), aunque a instancias del lugarteniente general de la Orden, don Juan Crespí y Brizuela. El interés se incrementa dada la particular situación de la citada encomienda, donde la orden poseía tan solo jurisdicción alfonsina –tradicionalmente cuestionada, además–, correspondiendo la suprema a la Corona. La visita, tensa y protestada, descubrió graves irregularidades en la administración local, pero se saldó con una composición negociada que proporcionó una apreciable compensación económica a la Corona, complacida en presentar una imagen de clemencia. Asimismo, la visita se revelaba como eficaz modo de reforzar el control sobre el Gobierno municipal; aunque, paradójicamente, en este caso fue antesala de la recuperación por la villa del mixto imperio en 1673.
Por su parte, Laura Gómez Orts lleva a cabo un estudio sistemático, caso por caso, a partir de los datos publicados por Josep Cerdà, del acceso de los magistrados de la Audiencia de Valencia –cuyas trayectorias profesionales reconstruye– a la dignidad de caballeros de la Orden durante el siglo XVII. La investigación corrobora la importancia al respecto del conocido fuero de 1626 que estableció que se concedieran hábitos de la Orden a los magistrados que actuaban como asesores del lugarteniente de Montesa en el Tribunal de la Orden, y que cambió el estado de las cosas: del hábito como posible recompensa por los servicios prestados en el largo plazo, a concesión implícita y automática una vez se alcanzaba la condición de miembro del Tribunal; una nueva vía de acceso a la milicia montesiana, muy valorada por los magistrados.
En el periodo final de esa misma centuria, Miquel Fuertes pone la lupa sobre un conflicto conocido ya, pero nunca antes con tanto detalle: el que por la posesión de un par de encomiendas de la Orden de Montesa enfrentó a Carlos II con las instituciones estamentales del Reino de Valencia, especialmente con la Junta de Contrafueros de las Cortes. En la disputa entró en juego la naturaleza de los candidatos –castellano uno (duque de Ciudad Real) y valenciano el otro (conde de Albalat)–, y, de resultas, el cuestionamiento respecto a la naturaleza de la propia Orden, limitada o no a su condición de institución del Reino y para naturales de este (aspecto fundamental sobre el que también aportan información en sus contribuciones Guinot y Andrés). El conflicto da cuenta de la relevancia de la Orden en el panorama político del Reino, pero también de las formas de autoridad, resistencia y negociación en el reinado de Carlos II. Un marco en el que no es casual el hábil planteamiento por parte de la Corona del ingreso en la Orden como segundo bautismo, que anulaba la fuerza del fuero; tampoco lo es la flexibilidad, ya a principios del reinado de Felipe V, para llegar a una solución satisfactoria para todas las partes.
Mención particular por su argumento y ámbito temporal merece el estudio que Armando Alberola Romá dedica al terremoto de 1748. Con aportación de nuevos datos, establece el estado de conocimientos sobre la catástrofe, con lo que hace –también– las veces de balance sobre el asunto. Pero el trabajo va más allá, al analizar la voluminosa información que el suceso generó y el intenso contacto que mantuvieron las autoridades locales y provinciales con el Consejo de Castilla (en la persona del marqués de la Ensenada), lo que hizo posible que desde la Corte se pudieran evaluar los daños con cierta precisión y acometer el socorro de forma razonablemente proporcionada. Pese a la impotencia frente a los «elementos enfurecidos», los diferentes niveles de la administración, renovada después de la Guerra de Sucesión, reaccionaron con relativa rapidez, desplegando numerosas acciones para paliar daños y atender a la población (lo que, muy probablemente, constituiría la base de experiencia necesaria para afrontar la nueva calamidad de 1755)... y, aunque, paralelamente –signo de los tiempos– no se dejaron de lado las devociones tradicionales como forma de conjurar el peligro.
El cuarto encuadre temático de la obra acoge, bajo el epígrafe general de «Los montesianos», diversos trabajos dedicados directamente a algunos de los miembros de la Orden, ya a sus peripecias vitales o a determinados aspectos de estas, tanto en relación con su actividad de freires como respecto de su participación política en la sociedad de sus respectivas épocas. Por ello, estos artículos proporcionan igualmente resultados de gran interés, al tratarse de personalidades no solo vinculadas a la corporación, sino también reflejo de la nobleza del Reino de Valencia.
Alguna de las aportaciones tiene un enfoque más general, caso de la aproximación que hace el profesor Vicent Pons Alós a la nobleza de la ciudad de Xàtiva como espacio social de linajes con miembros de la Orden durante los siglos XV y XVI. El autor reúne una detallada información sobre las familias nobiliarias de dicha urbe y la sistemática presencia de algunas de ellas en cargos del más alto nivel en Montesa, manteniendo estas al tiempo la alianza con otros miembros laicos del grupo familiar al servicio de la Corona.
En ese contexto de origen setabense se encuentra el protagonista del estudio realizado por José L. Ortega sobre la trayectoria vital y ascenso social al servicio de la monarquía Trastámara de uno de esos linajes: los Despuig, estrechamente ligados a Montesa durante los siglos XV y XVI. El autor presenta un nuevo balance sobre la figura del maestre frey Lluís Despuig durante la segunda mitad del Cuatrocientos. Un personaje ya objeto de estudios anteriores, en parte desde el punto de vista de su carrera diplomática y militar al servicio del rey Alfonso el Magnánimo y como mecenas cultural al final de su vida en la capital valenciana, donde llegó a ser virrey. Ortega aporta una actualización de su trayectoria personal, pero enmarcada en los procesos de ascenso social típicos del siglo XV. La relación del caballero y del linaje con el Estado y el servicio a la Corona se convirtieron en un mecanismo fructífero de ascenso social personal para personajes de la nobleza valenciana, caso del propio Alfonso de Borja, papa Calixto III, también con raíces en Xàtiva.
Precisamente, Santiago La Parra López nos ofrece una visión panorámica de la amplia y significativa presencia de la familia Borja en la Orden de Montesa. En sus propias palabras: no escribe sobre «Montesa y los Borja», sino sobre «los Borja en Montesa», lo que le lleva a situar la Orden en el horizonte de intereses de una familia que alcanzó las más altas dignidades terrenales y –casi– celestiales. Una vinculación que, por ejemplo, se tradujo en el monopolio del cargo de comendador mayor durante siglos. Pero Montesa no debía de ser la principal puerta de acceso de la familia al mundo de las órdenes –y de sus encomiendas–, condición que acabó correspondiendo a la tenida por más apetecible, la de Santiago. Y ello pese a la elevada devoción que el tercer duque tenía por «la cruz de Montesa», que, como escribió a su hijo santo en 1528, «por ninguna otra se debe dejar».
Otro de estos «montesianos» relevantes fue el lugarteniente general de Montesa don Josep de Cardona i Erill, personaje de interesante trayectoria a quien dedica su contribución Maria Salas, combinando trabajos ya publicados con algunas fuentes de archivo. Fue el último lugarteniente con los Habsburgo hispanos y, como destacado austracista, en la Guerra de Sucesión recibió el cargo de virrey de Valencia de manos del archiduque Carlos. A consecuencia de la contienda resultó despojado de hábito y encomienda, pero pudo gozar de un cómodo y reconocido exilio en la Corte de Viena, que tan bien conocía por haber desempeñado en ella diversas misiones desde temprana edad; incluso recuperó su encomienda montesiana tras la paz de 1725, poco tiempo antes de morir. Para un noble con poco más patrimonio que los lazos que en su juventud había trabado en la Corte austriaca, la carrera en Montesa fue un elemento esencial para su promoción política y social.
Cierra la relación de contribuciones sobre los montesianos una de las más novedosas. Se dedica a quien posiblemente cabe considerar como el segundo caballero montesiano más importante y reconocido de la época moderna (siendo el primero el maestre Galcerán). Nos referimos a don Cristóbal Crespí de Valldaura, vicecanciller de Aragón y asesor general de la Orden durante décadas. De su relevancia da cuenta, sin ir más lejos, que haya merecido la atención en este volumen de Jon Arrieta y de Laura Gómez. La recibe también de Josep Cerdà i Ballester. Don Cristóbal escribió, además de la obra jurídica ya mencionada, un interesante Diario de su ejecutoria como presidente del Consejo de Aragón que ha sido recientemente publicado. Pero fue autor también de un curioso texto manuscrito, de un cuaderno de anotaciones –por su estructura es también posible calificarlo como diario, segundo diario– en el que hace referencia al cumplimiento de sus obligaciones, precisamente, como caballero de Montesa, hasta ahora por completo desconocido y presentado aquí en primicia.
Finalmente, y en un último apartado, hemos reunido tres textos que podemos situar en el entorno de la Orden de Montesa durante la Edad Moderna o bien ya en su final, durante el siglo XIX. Oportuno ánimo comparativo tienen dos estudios que traen a colación el alcance europeo de las estructuras sociales, políticas e ideológicas forjadas en torno a las órdenes ibéricas en la época moderna. Así, Fernanda Olival presenta el contraste de la Orden valenciana con la Orden de Cristo, nacida en muy similares circunstancias, exactamente con la misma cronología, igualmente a iniciativa de la Corona, y también heredera del Temple. La imagen es, sin embargo, por completo diferente, siendo el distintivo de la Orden de Cristo durante la época moderna (y sobre todo entre finales del XV y finales del XVI) reivindicar la primera línea en la defensa de la Iglesia católica contra los enemigos de la fe..., si bien, al cabo, tal reivindicación fue más retórica –proclamada en los textos definitorios– que efectiva en la guerra. Lo que, por cierto, comprendía a los infieles musulmanes pero también a los piratas o protestantes que amenazaban las costas portuguesas y brasileñas.
Un objetivo distinto y referencias de comparación también diferentes (las milicias castellanas) enmarcan la contribución de Anne Brogini. Analiza, a partir de la vinculación de la Orden de San Juan de Jerusalén con la monarquía hispánica desde la enfeudación de Malta (1530), el refuerzo del carácter mediterráneo de dicha orden, el peso –económico y humano– de las «lenguas» españolas sobre el conjunto de la institución, la relación con la política militar hispánica y la difusión entre los caballeros y en el conjunto de la Orden de los valores nobiliarios y de cruzada. Y en este proceso de aristocratización queda clara la paulatina adopción por parte de las diferentes lenguas, por directa influencia de las órdenes españolas, de los estatutos de limpieza de sangre.
Por último –lugar que le corresponde solo por cronología–, el estudio de Hipólito Sanchiz reconstruye la deriva de las órdenes militares hispanas después del final del Antiguo Régimen y los sucesivos procesos desamortizadores, cuando, perdido todo patrimonio y jurisdicción, fueron quedando limitadas –lo siguen estando ahora– a la condición de instituciones honoríficas. La personalidad del autor, caballero de la Orden de Montesa, le ha permitido trabajar con fondos documentales de no fácil acceso normalmente, y el empeño ha sido acometido con respeto a las fuentes. Se trata, seguramente, del más completo intento de establecer lo ocurrido en esa menos alejada en el tiempo y tan distinta etapa de la historia de las cuatro órdenes –Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa– hasta el día de hoy.
Este largo recorrido por la Orden de Montesa tiene la virtud no solo de confirmar su importancia en la historia del Reino de Valencia, sino también de subrayar la necesidad de contar con ella en prácticamente cualquier investigación sobre este en la Baja Edad Media y la Edad Moderna. Las diversas promociones de historiadores que se dan cita en estos volúmenes dan fe de ello. Y anuncian el futuro que, como tema de investigación, aguarda a la Orden: historia de las instituciones; historia política y jurisdiccional; proyección de sus miembros en la sociedad valenciana, en la Corona de Aragón y en la monarquía hispánica; administración y gobierno de su patrimonio territorial; difusión de corrientes artísticas y culturales en su territorio; contribución a la forja de elementos definidores de la personalidad del Reino; sin olvidar su, por momentos precaria, supervivencia, junto a las otras órdenes militares, en el mundo contemporáneo. Montesa, la Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, es y seguirá siendo en el futuro un venero inagotable de arte, patrimonio y cultura, y un hito en la historia valenciana; pero también –y no menos importante– un atractivo objeto de investigación.
| Enric Guinot | Fernando Andrés | Josep Cerdà | Juan F. Pardo |
| Universitat de València | Universidad Autónoma de Madrid | Universitat de València | Universitat de Valènci |
I
ORÍGENES Y CONTEXTO
ALGUNOS ASPECTOS SOBRE LA EXTINCIÓN DEL TEMPLE Y LOS ORÍGENES DE MONTESA, 1294-1330
Luis García-Guijarro Ramos Universidad de Zaragoza
La supresión canónica de la Orden del Temple en el marco del concilio de Vienne el 22 de marzo de 1312, la fundación de la Orden de Montesa por bula papal de 10 de junio de 1317, su establecimiento efectivo el 22 de julio de 1319 y su subsiguiente inserción social e institucional en el Reino de Valencia durante la década de 1320 hasta la celebración del relevante capítulo general montesiano del 25 de mayo de 1330, broche que cerró la fase inicial de asentamiento y articulación, son jalones todos ellos que suscitan una serie de preguntas básicas relativas a aspectos estructurales profundos que otorgan sentido a la aparición del nuevo instituto,1 en definitiva, al por qué, cuándo, cómo y a través de quiénes tuvo lugar el conjunto de un proceso que discurrió a lo largo de poco más de dos décadas y estableció en los antiguos dominios templarios y hospitalarios valencianos una nueva orden militar de cuño monárquico que contrastaba grandemente con el universalismo de sus predecesoras.2
La acción coordinada que, durante la madrugada del viernes 13 de octubre de 1307, puso en manos de agentes reales de Felipe IV, Capeto, las distintas encomiendas templarias en el Reino de Francia y propició el apresamiento de los freires fue, sin duda, una actuación simbólica de un cambio de época marcado por la crisis de poderes universalistas, en este caso la Iglesia romana, y el afianzamiento dominante de unas monarquías que habían ido fortaleciendo su control sobre complejos haces de dependencias articuladoras de la vida política de los territorios.3 No es este el momento de centrarnos en la fulgurante intervención del monarca capeto sobre el Temple, sino de incidir en la rápida respuesta de Jaime II de Aragón en tierras ibéricas y en las razones de tan sorprendente celeridad. En efecto, el 1 de diciembre, solo mes y medio después del putsch capeto, el rey decretó desde Valencia el arresto de los templarios de dicho reino, extendiendo la medida a Aragón y Cataluña al día siguiente; las instrucciones iban acompañadas de la prohibición de prestar socorro alguno a los freires.4 Entre los días 2 y 7 del mismo mes delegados regios controlaron las encomiendas de Valencia, Burriana y Chivert; la fortaleza de Peñíscola se entregó el día 12 sin apenas lucha. Por último, Ares y la Tenencia de las Cuevas quedaron sometidos al rey el 26 de diciembre.5
Los rápidos movimientos de Jaime II precisan una explicación plausible, si tenemos sobre todo en cuenta que el monarca no parecía albergar duda alguna sobre la religiosidad templaria y sobre el positivo papel de la Orden en sus dominios. Es cierto que el papa Clemente V había escrito a los monarcas de la cristiandad, y entre ellos al rey de Aragón, el 22 de noviembre instando al arresto de los freires, pero tal comunicación no fue leída por Jaime II hasta bien entrado enero de 1308;6 luego, por tanto, su decidida intervención en el asunto templario no pudo estar propiciada por la bula. Con anterioridad, en el momento en que sus agentes estaban ocupando las encomiendas valencianas, el rey notificó al papa sus decisiones, relacionándolas con informaciones de Felipe IV y otros acerca de las primeras confesiones de los freires al otro lado de los Pirineos.7 Razones tan claras y nítidas sobre el comportamiento monárquico de diciembre parecen formar parte de un discurso elaborado para satisfacer a Clemente V y justificar las medidas unilaterales llevadas a cabo sin mandato papal; no hay que aceptarlas sin más como impulsoras de la radical acción monárquica en Valencia. Sobre todo una vez que son tenidas en consideración intervenciones reales destacadas en favor del Temple en dicho reino durante la década de 1290 y los primeros años del siglo XIV. Noticias recibidas de lo que estaba aconteciendo en Francia habrían probablemente afectado a un gobernante menos comprometido con los templarios; en el caso de Jaime II es difícil aceptar que esta fuera la razón de sus actuaciones a comienzos de diciembre de 1307.8 De hecho, en la contestación del 17 de noviembre a la misiva del monarca capeto del 16 de octubre en la que anuncia el apresamiento de los freires, el rey aragonés mostraba asombro, dados los servicios prestados por el Temple contra los sarracenos y su estricta ortodoxia en el pasado y en su época; por ello, Jaime II se negaba a actuar sin mandato pontificio o sin que aparecieran pruebas concluyentes que sostuvieran las acusaciones.9 Debía, además, ser consciente el rey aragonés de la enorme influencia de Felipe IV sobre el pontífice, ya sugerida por uno de los embajadores de Jaime II en carta de diciembre de 1305, poco después de la entronización de Clemente V.10 Por ello, noticias de todo tipo relativas al hecho consumado de octubre de 1307 recibidas por el rey aragonés a lo largo del mes de noviembre debieron de ser enmarcadas por Jaime II en ese contexto de tensión entre poderes, apostólico y capeto, y en consecuencia matizadas en cuanto a la veracidad de las supuestas herejías templarias.
Alan Forey argumentó en su estudio pionero y todavía canónico sobre los templarios en la Corona de Aragón que, a partir de Jaime I, la generosidad real con el Temple se había contenido, alarmados los reyes ante las consecuencias del acuerdo de 1143, que cerró posibles reclamaciones de la Orden derivadas del testamento de Alfonso el Batallador a cambio de cuantiosas entregas en bienes y derechos dentro de los territorios conquistados a los musulmanes.11 Ello concuerda con el precario anclaje templario en tierras valencianas tras la toma de la ciudad de Valencia y del resto de la taifa andalusí.12 Esta contención real no puede, sin embargo, extenderse sin más al reinado de Jaime II,13 pues en el tránsito del siglo XIII al XIV la Orden del Temple vio grandemente acrecentada su presencia en el norte del Reino de Valencia, una franja de especial significado estratégico al ser la zona de confluencia geográfica de los tres dominios básicos de la Corona: Aragón, Cataluña y Valencia.
La primera actuación real data de 1294. En septiembre de ese año se produjo el concambio de la ciudad de Tortosa por dominios monárquicos del norte valenciano, tradicionales unos, caso del castillo de Peñíscola, otros recientemente adquiridos para tal fin por el rey, como aconteció con la Tenencia de Cuevas, comprada en julio de 1293, o con Ares, fortaleza obtenida, también en el mismo mes, por medio de un intercambio de lugares con Artal de Alagón.14 El acuerdo entre Jaime II y el Temple ha sido habitualmente visto desde la perspectiva del ferviente deseo monárquico de controlar una ciudad de notable importancia estratégica en la desembocadura del Ebro, Tortosa. El monarca debió de ser plenamente consciente de que el intercambio establecía un fuerte poder templario en el norte del Reino de Valencia. Acontecimientos posteriores parecen avalar la idea de que el fortalecimiento del Temple en dicha zona no constituyó una simple derivación del deseo de poseer el enclave tortosino, sino que probablemente obedeció a una explícita voluntad real, quizá ligada a un equilibrio de poder de distintas órdenes militares en un territorio en el que el Hospital tenía una presencia destacada a ambos lados del río de la Cenia, es decir, en el extremo sur de Cataluña (encomienda de Ulldecona) y en el norte valenciano (Bailía de Cervera). La compra templaria de la Tenencia de Culla en 1303 refuerza la idea de un decidido interés monárquico en agrandar los dominios del Temple hasta el interior lindante con Aragón.15 La transacción fue entre dos poderes nobiliarios, la Orden y Guillem de Anglesola, pero el rey estuvo muy presente, estimulándola y favoreciéndola en todo momento; actuó de garante del vendedor y suscribió el documento de compraventa dos días después de su redacción. Resulta difícil comprender esta participación real activa desde una reticencia o recelo monárquico hacia la Orden. No es lógico que la actitud de decidido favor variara en menos de cinco años hasta el punto de propiciar una actuación insólita en contra de los dominios templarios en diciembre de 1307. No es sostenible tampoco que las informaciones sesgadas provenientes de Francia convencieran a Jaime II de la culpabilidad de unos freires que el monarca conocía bien y que gozaban de toda su confianza.
Si las comunicaciones de lo que acontecía en el reino capeto no hicieron mella sustancial en el ánimo del rey y la expresa conminación del papa era todavía desconocida, habrá que encontrar una explicación alternativa más coherente con la situación del este peninsular. Hay una primera cuestión que llama poderosamente la atención. Jaime II permaneció en la ciudad de Valencia, o en localidades del Reino, entre finales de noviembre de 1307 y comienzos de octubre del siguiente año, y así lo señala el itinerario construido al hilo de la documentación real.16 Evidentemente era una ciudad periférica dentro de los conjuntos políticos que el rey articulaba dinásticamente. No era habitual la presencia durante largo tiempo de un monarca medieval en un lugar, sobre todo si este era excéntrico. Por tanto, cabe deducir que, ya antes de tomar las decisiones drásticas de comienzos de diciembre, el rey estimaba que el centro de gravedad en el conjunto de sus reinos se situaba en Valencia tras los acontecimientos de octubre de 1307 y que no estaba dispuesto a abandonar la ciudad hasta constatar que la situación en esa zona quedaba encauzada. Por otra parte, el valle del Ebro en su totalidad, y no el norte valenciano, era la zona que agrupaba mayor número de encomiendas templarias y que probablemente aportaba también mayor valor cualitativo dentro de esta provincia de la Orden; sin embargo, fueron tierras meridionales, y no la columna vertebral de los dominios templarios, las que primero concitaron los desvelos monárquicos. Por tanto, razones relevantes retuvieron al monarca en Valencia y concentraron su atención prioritaria en el norte de dicho reino. No debían de ser estas de índole básicamente económica, como parece sugerir Malcolm Barber.17 Si el objetivo de fomentar allí poco antes el crecimiento de los dominios templarios podía obedecer a un intento de diversificación y equilibrio nobiliarios, la quiebra de esos dominios al hilo de los acontecimientos del momento podía alterar gravemente la estabilidad de los territorios más estratégicos de la Corona al confluir en ellos los límites mutuos de Aragón, Cataluña y Valencia. Jaime II debió de intuir que la crisis templaria no era puramente coyuntural, sino que aventuraba con ser definitiva, lo cual añadía el problema del futuro control de aquellas tierras y del conjunto de dominios templarios en el resto de unidades políticas de la Corona. Su actuación obedecía, pues, a una cuestión de elemental geoestrategia política feudal.
Determinadas encomiendas templarias en Aragón y Cataluña resistieron más que las valencianas por la firmeza de las fortalezas en que se hicieron fuertes los freires. La última, y una de las más simbólicas, Monzón, capituló finalmente el 1 de junio de 1309. Delegados regios pasaron a controlar todos los dominios de la Orden hasta que el papa decidiera su futuro. En otoño de 1311, Clemente V convocó en Vienne un concilio para dirimir todos los asuntos relativos al contencioso del Temple; la asamblea conoció el 3 de abril del siguiente año la bula clementina de 22 de marzo que decretaba la supresión canónica de la Orden, haciéndose eco de las graves acusaciones de que había sido objeto y del daño irreparable causado por ellas, pero no condenándola judicialmente; imponía, además, silencio sobre el tema en sesiones conciliares posteriores, claro signo este de ausencia de unanimidad entre los padres sinodales. Sabemos que la decisión tomada no contó con el favor de los obispos de la Tarraconense que asistían al sínodo, y en especial del prelado de Valencia, cuya discrepancia y argumentos conocemos a través de los embajadores regios aragoneses.18 Esta actitud muestra que la simpatía hacia el Temple no se limitaba al monarca, sino que se extendía entre amplios círculos eclesiales de los territorios del oriente peninsular.
En mayo de 1312 el pontífice decidió asignar los bienes del instituto extinto a la Orden del Hospital, con excepción de aquellos emplazados en los reinos ibéricos, cuya suerte se determinaría con posterioridad.19 Desde el momento en que el concilio comenzó sus sesiones en octubre de 1311, la posición de Jaime II fue defendida por embajadores, que en los años siguientes mantuvieron los principios sobre los que se sustentaba la postura regia, aunque la forma de plasmarlos en propuestas fue variando.20 Para el rey aragonés era innegociable cualquier solución que hiciera peligrar un control efectivo monárquico del norte valenciano y no asegurara un dominio más directo que el que hasta entonces había ejercido sobre templarios y hospitalarios en la zona. Evidentemente, la asignación general de bienes del Temple al Hospital decidida por el papa en mayo de 1312 era inaceptable para el monarca al consolidar un cinturón hospitalario que separaría Aragón, Cataluña y Valencia, a la par que reforzaba un instituto universalista que escapaba del radio de acción del monarca. El favor del que gozaba en Aviñón el traspaso de los dominios a los sanjuanistas hizo que Jaime II avanzara en enero de 1313 una propuesta de cesión global al Hospital de las encomiendas templarias en el oriente ibérico a cambio del paso a la Corona de diecisiete fortalezas y de las rentas anejas a ellas,21 también del juramento de fidelidad al monarca de los antiguos vasallos del Temple. Es del todo evidente que el rey quería asegurar la fidelidad de quienes serían nuevos dependientes hospitalarios y sustraer de un Hospital potencialmente agrandado los puntos fuertes más significativos, bien por su fortaleza militar bien por su carácter estratégico. Once de los escogidos se encontraban en el extremo sur de Aragón, bajo valle del Ebro y norte de Valencia; cuatro de ellos correspondían a esta última zona: Chivert, Culla, Ares y Peñíscola. El hecho de que un cuarto del total de los núcleos elegidos estuviera situado en el área de atención prioritaria en diciembre de 1307 avala las razones expuestas para la intervención real en esa fecha. Más de cinco años después, el rey seguía preocupado por la incidencia de la disolución del Temple en esa zona y en las aledañas del sur de Aragón y del bajo valle del Ebro.
Nada salió del anterior ofrecimiento y, poco a poco, fórmulas alternativas centradas en la Orden de Calatrava adquirieron relevancia. La conexión calatraveña garantizaba una vía cisterciense de mayor control sobre el nuevo instituto. Eso sí, Jaime II no deseaba injerencias castellanas, por lo que esta rama debería ser autónoma del maestre de la orden madre. Sobre este proyecto se desarrollaron las discusiones una vez que Juan XXII accedió al solio pontificio en agosto de 1316, tras un largo periodo de más de dos años de sede vacante. Jaime II perfiló el control monárquico al que aspiraba mediante confirmación del ofrecimiento de cesión del castillo real de Montesa como sede de la nueva orden; la fortaleza era presentada como punto fuerte en la frontera con los sarracenos, lo cual no era exactamente así, pero ofrecía una imagen positiva a ojos de la curia pontificia en Aviñón. Este fue el camino que finalmente dio frutos y condujo a la bula pontificia de fundación de la Orden el 10 de junio de 1317. El rey había conseguido alejar todavía más la presencia castellana al ligar el nuevo instituto al monasterio de Claraval, vía los cenobios cistercienses de Valldigna y Santes Creus, separándolo, por tanto, de la filiación respecto a la abadía de Morimond, a la que estaba sujeta la Orden de Calatrava. A su vez, aseguraba, mediante bula adicional, el homenaje del castellán de Amposta por los dominios templarios que el Hospital iba a recibir en Aragón y Cataluña.
No sorprende que el maestro calatraveño fuera extremadamente reticente al diseño escogido y que dilatara la fundación efectiva de la Orden, que precisaba de su asentimiento. Los dos años que discurrieron entre el establecimiento canónico y la implantación de hecho del instituto, que no tuvo lugar hasta el 22 de julio de 1319, estuvieron llenos de negociaciones y replanteamientos. Jaime II llegó incluso en 1318 a retomar la vieja idea de entregar los dominios valencianos a los hospitalarios, previa prestación de homenaje del castellán de Amposta, como ya lo había hecho este por los bienes templarios de Aragón y Cataluña, que habían pasado a poder de los sanjuanistas. Se añadía un pago de 100.000 libras.22 La propuesta no prosperó. Quizá la cantidad pareció inasumible al maestre Hugo de Vilareto, aunque solo era el cuádruple de la satisfecha en su día por el Temple por la compra de la Tenencia de Culla. De ser esto cierto, el hecho mostraría las debilidades de ciertas percepciones historiográficas comparativas sobre la situación financiera del Temple y el Hospital en esta época. Tampoco favorecieron el éxito de esta salida las reticencias papales respecto a esta. Un dato adicional respecto al frustrado giro hospitalario del monarca fue la afirmación real de que volvía sobre proyectos anteriores dada la dificultad de encontrar a miembros de la nueva orden que no fueran calatraveños; el recurso a estos no era considerado, ya que pondrían «su reino en grave peligro y el rey no los aceptaría de modo alguno».23 Las palabras de Jaime II dan pie a otra de las reflexiones que desarrollaré más adelante: el escaso número de freires montesianos en sus inicios y la lenta construcción de una arquitectura institucional en la década de 1320.
A pesar de las indecisiones y falta de plasmación definitiva que caracterizaron al bienio entre junio de 1317 y julio de 1319, la compleja transición inicial a dos bandas (Hospital, monarquía) comenzó con buen pie. En la propia fecha de emisión de la bula fundacional de Montesa, el papa instó al instituto sanjuanista a prestar juramento a Jaime II por los dominios templarios en Aragón y Cataluña, cosa que el castellán de Amposta hizo el 22 de noviembre.24 Ese mismo día el rey solicitó a la dignidad hospitalaria la entrega de las encomiendas valencianas, salvo Torrente y las casas de la ciudad de Valencia que retendría el Hospital.25 La transferencia de la más relevante, la Bailía de Cervera, a un delegado regio, pues la nueva orden no estaba constituida en la práctica todavía, no se demoró; el 3 de diciembre el comendador de Calatayud, en quien había delegado el castellán, cedió el distrito a Ramón Boil, representante del rey, al propio tiempo que eximía del vínculo de fidelidad a sus moradores.26 La contrapartida en Aragón y Cataluña debía de haberse hecho ya efectiva o lo sería pronto, pues en junio de 1318 el castellán reconocía que dichos dominios obraban ya en poder de la Orden.27 Este desarrollo sin contratiempos se vio frenado por las profundas reticencias calatraveñas, paralelas a los esfuerzos del propio rey por evitar una injerencia de dicha orden más allá de lo estrictamente necesario. Este impasse fue el que condujo al rey a pensar en alterar sustancialmente las fichas del tablero, dando de nuevo entrada a un proyecto hospitalario en Valencia, como he señalado con anterioridad.
Sin embargo, pasados los vaivenes de 1318, el panorama fue aclarándose definitivamente a comienzos del año siguiente. El 22 de julio de 1319 la Orden de Montesa comenzó a andar tras una ceremonia que tuvo significativamente lugar en el palacio real de Barcelona, testimonio del liderazgo monárquico en todo el proceso y del activo patrocinio del nuevo instituto por parte de Jaime II. En el acto referido, los primeros freires, unos escasos once miembros, profesaron; entre ellos, frey Guillem de Erill resultó elegido maestre. El más alto dignatario calatraveño había tenido que aceptar la solución escogida que limitaba en gran manera su papel y su intervención en la nueva orden. Hasta fechas cercanas al acto reseñado debió de seguir apostando por un protagonismo mayor, tal como denota el poder que otorgó el 11 de junio al comendador de Alcañiz para recibir del rey el castillo de Montesa y demás dominios del nuevo instituto, así como para admitir nuevos freires en él.28 El ceremonial del 22 de julio en Barcelona solo cumplió una parte mínima de dichas esperanzas. El comendador de Alcañiz fue únicamente vehículo institucional necesario para recibir la profesión de tres freires, que enseguida quedaron desligados de Calatrava; entre los tres, fue elegido frey Guillem de Erill como maestre a instancias del rey, quien también estuvo detrás del subsiguiente nombramiento maestral de otros ocho freires el mismo día.29 La participación directa calatraveña hubiera acabado aquí si la pronta muerte de frey Guillem de Erill, en los primeros días de octubre de 1317, no hubiera obligado a recurrir al procedimiento de julio dada la inmadurez del instituto que impedía la canónica elección interna. Una vez echó a andar la nueva orden, dos cuestiones relativas al modo de inserción social y a la estructuración administrativa en la década de 1320 requerirán atención prioritaria en el tratamiento de los orígenes montesianos. Se trataba de dos aspectos sustanciales relacionados con el establecimiento de dominio sobre las comunidades campesinas que el instituto iba a controlar, y con la articulación de una red de encomiendas, las cuales tardaron una década en adquirir conformación definitiva. El estudio de ambos asuntos puede realizarse con gran detalle dada la abundancia documental que destila la inserción de Montesa en la sociedad valenciana.30
La primera tarea que ocupó al recién nombrado maestre montesiano fue la recepción del patrimonio asignado que custodiaban oficiales reales. Distintos pasos marcaron este proceso de control sobre las que habían sido encomiendas templarias y hospitalarias y sobre el castillo de Montesa, cuya donación por Jaime II se había hecho efectiva el mismo 22 de julio.31 Las distintas comunidades recibieron la comunicación real de cambio de dominio, tras lo que se dispusieron a nombrar síndicos que procedieran a jurar fidelidad a la Orden y recibir de ella confirmación de los privilegios respectivos que disfrutaba cada villa o lugar. Una vez cumplimentada la representación, los actores confluyeron en cada uno de los puntos para presenciar la toma de posesión del nuevo señor y llevar a cabo el juramento a este en ceremonias ricas en expresividad feudal, que muestran cómo el desarrollo pleno de la relaciones de dependencia había extendido al conjunto social ritos que en siglos anteriores eran solo patrimonio de las clases altas.
Toda la secuencia anteriormente expuesta ocupó la actividad de la Orden entre agosto de 1319 y la primavera de 1320, concentrándose en dos momentos, el verano de 1319 y la primavera del siguiente año; el fallecimiento del primer maestre a comienzos de octubre frenó la incorporación de dominios, que solo se reanudó una vez el gobierno maestral volvió a la regularidad tras la elección de frey Arnaldo de Soler a finales de febrero de 1320.32 En la primera oleada, el instituto montesiano accedió al control de las bailías de Cervera y Moncada, así como de las encomiendas de Alcalá, Onda, Peñíscola y Villafamés, de la villa de Silla y del castillo de Montesa. La similitud ceremonial permite concentrarse tan solo en la bailía de Cervera a modo de ejemplo. Entre el 7 de agosto y el 31 del mismo mes fueron desarrollándose las distintas etapas de la entrada en dependencia de las comunidades de la bailía de acuerdo con la siguiente secuencia: entrega nominal por parte del apoderado real del castillo de Cervera el día 7, que se haría efectiva a final de mes;33 orden real de 8 de agosto a las villas de Cervera y San Mateo y a los lugares del distrito de que nombraran procuradores para prestar homenaje a la Orden,34 y elección de representantes con este fin el 30 de agosto.35 El día siguiente fue el señalado para el traspaso de dominio; Vidal de Vilanova, el embajador más permanente y decisivo en las negociaciones con la curia de Aviñón, dio posesión a la Orden, representada por el clavero frey Erimán de Eroles ante la enfermedad del maestre, de la villa de San Mateo y de los otros lugares del distrito, salvo Cervera. La expresividad plástica de la ceremonia no deja de llamar la atención: Vidal de Vilanova cogió las manos de frey Eriman de Eroles
y le introdujo dentro de las puertas de la Zuda de dicha villa y le dio las llaves de la casa fuerte; después salió, permaneciendo dentro frey Eriman de Eroles, el cual cerró las puertas de la Zuda e hizo que en una de las torres de la misma se izara pendón con la enseña de Calatrava, al son de tuba y añafil, mientras gritaba varias veces ¡Montesa, Montesa! en signo de auténtica posesión de los bienes entregados a la orden.36
No cabe mayor elocuencia simbólica de cambio de dominio.
El paso necesario de la toma de posesión se había dado. Era ahora el momento de que los procuradores juraran fidelidad y prestaran homenaje a la Orden, lo cual realizaron el mismo día en la iglesia mayor de San Mateo.37 No hay en los pergaminos que recogen esta ceremonia ni en la copia que aparece en el protocolo de Pere Llobet de Balanyà referencia al detalle de este juramento; no debió de diferir, sin embargo, del que aparece en el juramento de los síndicos del conjunto de comunidades dependientes del castillo de Peñíscola efectuado el 1 de septiembre: «tocando con sus propias manos los sacrosantos evangelios y la cruz del señor puestos ante ellos, arrodillados, prestaron juramento de fidelidad y homenaje ore et manibus [con la boca y con sus manos], según se debe y es acostumbrado hacer».38 Tras el juramento llevado a cabo en San Mateo, el clavero montesiano, acompañado del abad de Valldigna y de Vidal de Vilanova confirmaron provisionalmente los privilegios de todas las comunidades de la bailía representadas.39 No era este el caso de la villa de Cervera, que tuvo el mismo día 31 de agosto una ceremonia separada de toma de posesión, prestación de juramento y homenaje y de reconocimiento provisional de privilegios.40 El hecho de ser sede de la fortaleza central del distrito propició la conducción de rituales específicos para Cervera.
A partir de marzo de 1320, las comunidades que todavía no habían entrado oficialmente en la órbita de Montesa lo hicieron; se trataba fundamentalmente de Ares, Perpuchent y de las encomiendas de Cuevas y Culla. Jaime II instó el 1 de marzo a sus delegados a liberar estas villas y lugares de la dependencia al rey, argumento que precisamente el núcleo de Villanueva había esgrimido para no haberse sometido a Montesa.41 Los pasos y las ceremonias anejas al cambio de señor fueron idénticas a las que habían tenido lugar el verano anterior. En la primavera tardía de 1320 todos los dominios asignados al nuevo instituto habían entrado ya en dependencia efectiva, es decir, la Orden podía ya percibir la renta derivada de la misma. Frey Arnaldo de Soler, maestre que articuló Montesa en sus inicios, ordenó, nada más acceder a la dignidad a fines de febrero de 1320, un inventario de la población, los bienes y las rentas de los dominios, que incluyera los arrendamientos de las mismas que estaban en vigor.42 Este documento precioso, compilado con extrema rapidez, pues lleva fecha de 25 de marzo, no solo sirvió de guía al maestre para conocer el estado económico de las encomiendas y poder realizar cálculos elementales sobre las percepciones a las que tenía derecho Montesa; es de valor incalculable para el historiador al ofrecer datos precisos y verosímiles, no muy comunes en la época.43
Entrado el año 1320, Montesa había articulado ya su base socioeconómica, fijando la dependencia de todas las comunidades que le pertenecían. El siguiente paso era la ordenación administrativa de ese conjunto, pues el antiguo entramado templario y hospitalario no pudo reproducirse de inmediato, dado, entre otras razones, al número exiguo de once freires en los inicios de la Orden y, sobre todo, a la naturaleza distinta de un instituto centrado exclusivamente en el Reino de Valencia frente a unas encomiendas de Temple y Hospital insertas en un mundo mucho más amplio, las provincias respectivas, y, en última instancia, en la universalidad de dichos cuerpos eclesiales. Montesa experimentaba una peculiar paradoja ajena a los comienzos de otras órdenes: gozaba de extenso patrimonio, pero no de capacidad para estructurarlo de inmediato. Es sintomático que la Orden hubiera de confiar a oficiales reales tareas administrativas como la recogida de rentas en los primeros meses.44 El apoyo del rey también fue económico en estos momentos: el 9 de agosto Jaime II ordenó al tesorero real la entrega a frey Guillem de Erill de 10.000 sueldos;45 la recepción fue inmediata; el día siguiente el maestre extendía recibo de la percepción del dinero.46
El proceso organizativo interno del instituto, que voy abordar ahora, se dilató durante toda la década de 1320. Y puede ser dividido en cuatro etapas hasta culminar en el diseño de encomiendas y de reparto de sus rentas elaborado en la capítulo general de 1330. La inestabilidad en el gobierno de la Orden, fruto del temprano fallecimiento de su primer maestre, impidió plantear en los primeros meses la cuestión de la administración de los dominios montesianos; además, una parte sustancial de ellos no se había integrado todavía en el paraguas de la institución. Cuando este proceso finalizó en la primavera de 1320, frey Arnaldo de Soler pudo afrontar una primera tentativa de organización territorial. Dado todavía el escaso número de profesos (los freires habían ascendido tímidamente a quince contando al maestre, es decir, habían aumentado solo en cuatro respecto a los once iniciales), únicamente se pudo establecer una somera división geográfica norte-sur. La bailía de Cervera y los distritos de Chivert, Peñíscola, Ares y Culla quedarían bajo la administración de un freire y de un influyente vecino de la villa de San Mateo.47 El hecho de tener que recurrir a un administrador no profeso desvela penurias iniciales en lo relativo al propio capital humano interno de la Orden. El sur, es decir, Montesa, Perpuchent, Sueca, Silla y la ciudad de Valencia, quedaría bajo el control de un antiguo hospitalario, frey Berenguer de Montoliu, que había profesado en la Orden junto con frey Arnaldo de Soler.48
A medida que Montesa fue fortaleciéndose con nuevos miembros, la posibilidad de desmembrar operativamente las grandes divisiones geográficas establecidas se hizo más factible. En el verano de 1320, ocho profesos entraron en el instituto, sin contar la asignación forzada del infante Jaime, hijo mayor del rey, cuyo desequilibrio mental había desencadenado la renuncia a la sucesión y su aparcamiento en la Orden por voluntad de Jaime II tras su paso por el Hospital.49 Este incremento de freires propició una segunda etapa, al poco de que la primera se hubiera puesto en funcionamiento. El distrito septentrional se escindió en cuatro unidades que recordaban las circunscripciones del pasado: Culla y Ares, Peñíscola, Chivert y el castillo de Cervera; a su vez, emergió un nuevo núcleo en torno a Onda y Villafamés, lo cual muestra el deslizamiento hacia unidades más operativas conectadas con divisiones templarias y hospitalarias. Sin embargo, los distritos resultantes no tenían todavía el carácter de encomiendas; la documentación se refiere a los dignatarios al frente de ellas primordialmente como lugartenientes y procuradores del maestre, lo que apunta a un intento de control más efectivo por parte de frey Arnaldo de Soler, una vez que pudo contar con suficientes freires para la gestión. No empaña esta consideración el hecho de que frey Arnaldo de Pedriza recibiera documentalmente el 10 de octubre de 1320 la titulación de «lugarteniente del comendador del castillo de Cervera»; no existía tal comendador y es lógico suponer que era el delegado maestral en uno de los dominios más relevantes en el norte valenciano.50
El tercer paso no tardaría mucho en llegar. En el otoño, pero sobre todo ya claramente a comienzos de 1321, la titulación de comendador empezó a generalizarse. Un documento del 4 de mayo de dicho año presenta ya un mapa casi completo de encomiendas y comendadores.51 Sin embargo, la titulación no estaba todavía reflejando el pleno control de los altos dignatarios sobre las rentas de sus distritos, sino que estas permanecían indivisas. Por ello, estos comendadores seguían siendo todavía de hecho meros delegados del maestre. Hipólito de Samper en el siglo XVII y José de Villarroya en la siguiente centuria así lo entendieron y, por ello, dedujeron que las encomiendas montesianas no adquirieron forma definitiva hasta que las rentas fueron divididas y asignadas a los diferentes dignatarios en el capítulo general de 1330, que supuso el último salto que articuló definitivamente las circunscripciones, dotándolas de una cierta autonomía y especificidad, solo posibles cuando el nuevo instituto había adquirido un grado de estabilidad y primera madurez.52 Ello permitió separar las rentas específicamente maestrales a través de la selección de unos territorios vinculados directamente al maestre (mesa maestral), con lo que sus necesidades no quedaban subsumidas sin más en las del conjunto de la Orden; la bailía de Cervera fue destinada a este fin. El resto de las encomiendas, entre las que Peñíscola quedó asignada a una dignidad presente desde fechas tempranas, el gran comendador, tenía una parte importante de sus rentas arrendadas; de las cantidades percibidas, los comendadores recibían una cuota fija y el resto pasaba a un fondo común que también se alimentaba de los pagos satisfechos de manera directa, básicamente aquellos de carácter jurisdiccional. Perpuchent no entraba dentro de este esquema al pasar una cuota fija anual al clavero, quedando el resto de ingresos en manos del comendador del distrito. Los tesoreros recaudadores aseguraban que el fondo común percibiera las cantidades cuyos conceptos le estaban asignados. El conjunto incluía un gasto anual de 40.000 sueldos destinados a Juan, hijo de Jaime II, exarzobispo de Toledo, a quien el papa otorgó la dignidad de patriarca de Alejandría en 1328 y asignó tal renta, sin duda por petición paterna.53 La Orden era un lugar de acogida (caso del infante Jaime, en 1320 y hasta su fallecimiento en 1334) o de financiación (patriarca Juan, a finales de la década de 1320) para la familia real. El estudio pormenorizado de este entramado muestra su complejidad, solo posible desde una madurez organizativa institucional de la Orden, a la que se había llegado después de una década de progresiva configuración. La combinación de autonomía y flexibilidad con trabazón unitaria y centralidad, rasgos característicos de las órdenes militares o de cualquier otra surgida al calor de la reforma gregoriana, eran evidentes en el diseño organizativo que emergió del capítulo general de 1330.54
La información aportada por el documento que recoge las conclusiones del capítulo de 1330 aborda también otros aspectos, interesantes para calibrar el crecimiento de la Orden en la década tras su establecimiento efectivo. El número de freires asistentes a la reunión permite elaborar cálculos estimativos del conjunto de profesos a finales de la década de 1320. La prolija documentación de los años tras la fundación recoge un total de en torno a sesenta nombres, pero evidentemente esa es una cifra global de diez años de vida del instituto, y no la de un momento específico. El maestre frey Pedro de Tous y veinte freires firmaron el texto que recogía las decisiones del capítulo; de ellos once eran comendadores, un delegado maestral en la bailía de Cervera, un prior y siete caballeros.55 A esa importante asamblea no asistieron, salvo uno, los freires conventuales, que vivían en Montesa y que muy rara vez participaban en reuniones llevadas a cabo en el otro extremo del reino, San Mateo; concretamente la de mayo de 1330 les atañía solo tangencialmente, al no constituir encomienda y nutrirse del fondo común y de las rentas de la villa de Montesa. Una estimación aproximativa del número de conventuales la aporta un documento de 19 de diciembre de 1328, en la que dichos freires protestaron colectivamente de una asignación regular, a la cual ya he hecho alusión, de dos mil libras anuales otorgadas por el papa al patriarca Juan sobre rentas montesianas. La relevancia del desacuerdo parece sugerir una presencia masiva de conventuales; catorce de ellos son citados y solo frey Garcerán de Bellera apareció año y medio más tarde en el capítulo de San Mateo.56 Es, por tanto, coherente añadir trece freires a los veintiún presentes en la reunión de mayo de 1330 (es cierto que algún conventual pudo haber fallecido entre diciembre de 1328 y la fecha del capítulo de San Mateo). Si a esta cifra global entre capitulares y conventuales sumamos clérigos y freires al servicio del maestre o de los comendadores, de los cuales hay profusas referencias documentales, se puede llegar a un número entre cuarenta y cincuenta freires en el momento en que la Orden institucionalizó su estructura comanditaria. En una década, pues, Montesa había cuadruplicado sus miembros profesos y articulado administrativa y económicamente un legado patrimonial que en los inicios de la Orden había superado su capacidad de gestión. Once años después de su establecimiento efectivo, Montesa había dejado atrás las insuficiencias primeras y se presentaba ya como instrumento eficaz de la monarquía aragonesa, objetivo este que había impulsado a Jaime II a forzar un giro de los acontecimientos más allá de los designios iniciales del papado respecto a los dominios del Temple en tierras valencianas.
1. Dos artículos han tratado los orígenes montesianos desde perspectivas diferentes y complementarias: E. Guinot Rodríguez: «La fundación de la Orden Militar de Santa María de Montesa», Saitabi, 35, 1985, pp. 73-86; L. García-Guijarro Ramos: «Los orígenes de la Orden de Montesa», en Las Órdenes Militares en el Mediterráneo Occidental (siglos XIII-XVIII), Madrid, Casa de Velázquez, Instituto de Estudios Manchegos, 1989, pp. 69-83. Bula papal Vox in excelso de supresión del instituto templario de 22 de marzo de 1312 hecha pública en el concilio el 3 de abril, en J. Lorenzo Villanueva: Viage literario a las iglesias de España, Madrid, Impr. Real, 1806, vol. 5, doc. VI, pp. 207-221; G. Alberigo (ed.): Les conciles oecuméniques: Les Décrets, París, Les Éditions du Cerf, 1994, vol. II-I, pp. 336-343 (original latino y trad. francesa); trad. al inglés en M. Barber y K. Bates (eds.): The Templars: Selected sources, Manchester, Manchester University Press, 2002, doc. 76, pp. 309-318. Bula fundacional Pia matris ecclesie cura de 10 de junio de 1317, en Archivo de la Corona de Aragón (ACA), Cancillería Real (CR), Collectanea, Colección de Bulas (CB), doc. 390; transcripción en J. de Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa: Tratado de todos los derechos, bienes y pertenencias del patrimonio y maestrazgo de la Real y Militar Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, Valencia, Impr. Benito Monfort, 1787, vol. 2, libro 1, doc. 1, pp. 1-11, y en V. Ferrán y Salvador: El castillo de Montesa: Historia y descripción del mismo, precedida de un bosquejo histórico de la Orden Militar de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, Valencia, Impr. Hijos de F. Vives Mora, 1926, doc. 1, pp. 143-148. Descripción del establecimiento efectivo de la orden el 22 de julio de 1319 en Hipólito de Samper: Montesa Ilustrada: Origen, fundación, principios..., Valencia, 1669, vol. I, pp. 59-60, y en J. de Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa, vol. 1, pp. 29-30. Capítulo general de 25 de mayo de 1330, en Archivo Histórico Nacional (AHN), Sección de Órdenes Militares (SOM), Pergaminos (Perg.), Montesa, Particulares (P) 918 y 919; transcripciones en J. de Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa, vol. 2, libro II, doc. 1, pp. 140-151, y V. Ferrán y Salvador: El castillo de Montesa..., doc. 12, pp. 168-172.
2. L. García-Guijarro Ramos: «The Extinction of the Order of the Temple in the Kingdom of Valencia and Early Montesa, 1307-30: A Case of Transition from Universalist to Territorialized Military Orders», en J. Burgtorf, P. F. Crawford y H. J. Nicholson (eds.): The Debate on the Trial of the Templars (1307-1314), Farnham, Ashgate, 2010, pp. 199-211.
3. Un análisis sucinto del arresto de los templarios en Francia y de los primeros interrogatorios, en M. Barber: The Trial of the Templars, Cambridge, Cambridge University Press, 2.ª ed., 2006, pp. 59-87. El trasfondo del asalto por parte del monarca Capeto a la potestad universalista del papado inherente en el ataque al Temple en ibíd., p. 89; más adelante, este autor formula sin ambages la difícil posición del papa: «Clemente se vio arrastrado a una lucha sórdida y en esencia desigual, en la que él podía solo maniobrar con limitada capacidad de movimiento y de la que nunca pudo liberarse por completo» (p. 131).
4. A. Forey: The Fall of the Templars in the Crown of Aragon, Aldershot, Ashgate, 2001, p. 7.
5. Ibíd., p. 11.
6. H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens, Munster, Aschendorffschen, 1907, vol. II, doc. 53, p. 77. La bula Pastoralis preeminentie, transcrita en J. Villanueva: Viage literario a las iglesias de España, Madrid, Impr. Real Academia de la Historia, 1851, vol. 19, doc. XLVIII, pp. 317-319. Resumen de su contenido en M. Barber: The Trial of the Templars..., pp. 89-90
7. Carta de Jaime II al papa, del 4 de diciembre: ACA, CR, Registros (Reg.) 291, ff. 24v-25r. Felipe IV escribió al rey aragonés el 16 de octubre y, de nuevo, el 25 y 26 del mismo mes, inmediatamente después de que el maestre templario confesara la veracidad de las acusaciones, probablemente bajo tortura o por miedo a ella. M. Barber: The Trial of the Templars..., p. 81; A. Forey: The Fall of the Templars..., p. 2. Estas dos últimas comunicaciones, junto con otras, son las que habrían impelido al monarca a actuar, según refiere él mismo al papa
8. La aceptación de las acusaciones por el maestre frey Jacques de Molay y otras altas dignidades del Temple es para Alan Forey el hecho desencadenante de una rápida intervención del monarca aragonés, una vez que las confesiones llegaron a conocimiento de Jaime II en la segunda mitad de noviembre. A. Forey: The Fall of the Templars..., p. 6.
9. H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens..., vol. II, doc. 37, p. 56.
10. La coronación de Clemente V tuvo lugar el 14 de noviembre de 1305; en el despacho enviado desde Lyon por Juan de Borgoña a Jaime II el 9 de diciembre se expresaba ya esa impresión: «De rege Francie communis habet [Clemens V] vox et credimus esse verum, quod faciet, quidquid vult [rex Francie]». H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens..., vol. II, doc. 7, p. 9.
11. A. Forey: The Templars in the Corona de Aragón, Londres, Oxford University Press, 1973, pp. 31-36; también en The Fall of the Templars..., p. xii.
12. Solo tres dominios constituían la presencia templaria en el Reino de Valencia cuando Jaime II accedió a la realeza aragonesa en 1291: posesiones en la ciudad de Valencia y su entorno, incluyendo la Bailía de Moncada, casas y alquerías en Burriana y, por último, el castillo de Chivert, al que se había incorporado Pulpis en 1277.
13. «... tensiones entre la Corona y los templarios aragoneses... fueron claramente perceptibles en el reinado de Jaime II...». A. Forey: The Fall of the Templars..., p. xii; en las conclusiones del libro, Forey menciona «la existente política real de reducir el poder de las órdenes militares y de someterlas más a la Corona» (p. 252).
14. Con cambio de 15 de septiembre de 1294: AHN, SOM, Perg., Montesa, P 516 (perg. orig.), P 514 y P 515. Compra del castillo de Cuevas por Jaime II, en ACA, CR, Reg. 261, f. 111r-v. Adquisición real de Ares, el 14 de julio de 1293, en AHN, SOM, Perg., Montesa, Reales (R) 155.
15. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 575 y P 577; transcripción del primero de los pergaminos por Vicente Segarra en Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura (BSCC), 12, 1931, pp. 134-138; el segundo es transcrito por E. Díaz Manteca: «La venda del Castell de Culla al Temple: un procés llarg i difficultós (1303-1388)», en Imatge de Culla: estudis recollits en el 750é aniversari de la carta de població (1244-1294), Culla, Comissió de Cultura de Culla per al 750 Aniversari de la Carta de Població, 1994, vol. 2, p. 467.
16. J. M. del Estal: Itinerario de Jaime II de Aragón (1291-1327), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2009, pp. 345-361.
17. «Jaime II pudo haber estimado, por tanto, que si se demoraba mucho [en actuar], podría perder la oportunidad de sacar beneficios tangibles de esta situación... [El rey] estaba desarrollando un decidido interés por las propiedades templarias». M. Barber: The Trial of the Templars..., p. 231.
18. Carta de 27 de marzo de 1312. H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens..., vol. II, doc. 140, pp. 287-288. Los redactores tenían claro quién estaba detrás de la decisión papal: «... significam a la vostra senyoria, quel dimecres ans de pascha, II dies apres quel rey de França fo entrat en Viana, lo papa desfeu lorde del Temple...», ibíd., p. 287.
19. Bula Ad providam de 2 de mayo de 1312 en G. Alberigo (ed.): Les conciles oecuméniques..., vol. II-I, pp. 343-346 (original latino y trad. francesa); trad. al inglés en M. Barber y K. Bates (eds.): The Templars: Selected sources..., doc. 77, pp. 318-322.
20. Los delegados del monarca recibieron el 6 de septiembre de 1311 instrucciones de este antes de la apertura del concilio; dichas propuestas sintetizaban la postura de Jaime II, que sustancialmente mantuvo a lo largo de las negociaciones con el papado. H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens..., vol. II, doc. 125, pp. 230-238; resumen de las indicaciones en A. Forey: The Fall of the Templars..., pp. 156-158. Los aspectos más básicos estaban ya presentes en la mente de Jaime II desde el inicio del conflicto. H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens..., vol. II, doc. 60, pp. 89-90 (8 de febrero de 1308); síntesis en A. Forey: The Fall of the Templars..., p. 156.
21. ACA, CR, Reg. 336, f. 172v; A. Forey: The Fall of the Templars..., p. 165.
22. A. Forey: The Fall of the Templars..., pp. 180-182 y 194.
23. ACA, CR, Reg. 337, ff. 283v-284r; A. FOREY, The Fall of the Templars..., p. 180.
24. Bula Ad fructus uberes de 10 de junio de 1317: ACA, CR, Collectanea, CB, doc. 391; transcripción en AHN, SOM, Perg., Montesa, inserta en P 692. El juramento lo efectuó el castellán frey Martín Pérez de Oros en Valencia: AHN, SOM, Perg., Montesa, P 692.
25. AHN, SOM, Perg., Montesa, inserto en P 691.
26. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 691.
27. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 694.
28. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 697.
29. Esta secuencia fue descrita con precisión por los historiadores clásicos de la Orden de Montesa. H. de Samper: Montesa Ilustrada, vol. I, pp. 59-60, y J. de Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa, vol. 1, p. 13. Sobre el primer maestre de la Orden, vid. V. García Edo: «El efímero mandato de Guillem d’Erill, primer maestre de la Orden de Montesa (22 julio / 4 octubre 1319)», en R. Izquierdo Benito y F. Ruiz Gómez (coords.): Las Órdenes Militares en la Península Ibérica. vol. I, Edad Media, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 589-606.
30. He tratado más detenidamente el primero de los temas en L. García-Guijarro Ramos: «Los orígenes de la Orden de Montesa» (vid. supra, n. 1) y el segundo en «The Development of a System of Comanderies in the Early Years of the Order of Montesa, 1319-1330», en A. Luttrell y L. Pressouyre (eds.): La Commanderie, institution des ordres militaires dans l’Occident medieval, París, Ministère de l’Éducation Nationale, Ministère de la Recherche, Comité des travaux historiques et scientifiques, 2002, pp. 57-73.
31. AHN, SOM, Perg., Montesa, R 198, R 199 Y R 200; también ACA, CR, Reg. 217, f. 169.
32. Era todavía comendador hospitalario de Aliaga el 19 de enero de 1320: ANH, SOM, Perg., Montesa R 216 y R 217. Cartas reales del 1 de marzo se refieren ya a él como maestre; en el caso de la dirigida a Vidal Vilanova, principal negociador real en Aviñón en años anteriores, se indicaba su cercana elección, «magistro milicie monasterii supradicti noviter ordinato», AHN, SOM, Perg., Montesa, inserto en P 756, en P 760 y en P 759.
33. Archivo del Reino de Valencia (ARV), Clero, legajo (leg.) 895, caja 2357, Prot. Pere Llobet de Balanyà (Prot. PLB), f. 2, doc. 3.
34. AHN, SOM, Perg., Montesa, inserto en P 707, en P 709, referencia en P 703; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, inserto en doc. 10, ff. 5r-9v.
35. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 703; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, referencia en doc. 10, ff. 5r-9v.
36. «... Vitalis de Vilanova... accepit ipsum [Erimannum de Erolis] per manus et immisit eum intus portas Çude dicte ville eique tradidit quasdam claves ipsius Çude et postea exivit inde et dictus frater Erimannus remansit intus et clausit ianuas ipsius Çude et fecit ascendi et poni cum tubis et anafil pendonem ad signum Calatrave quod est proprium signum ordinis supradicti in quadam turri ipsius Çude vociferando et clamando alta voce pluribus vicibus Muntesa Munresa in signum vere possessionis sibi tradite de premissis...», AHN, SOM, Perg., Montesa, P 704 y P 706; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 11, ff. 9v-10v.
37. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 10, ff. 5r-9v; un extracto o minuta de este en doc. 12, ff. 11r-v; también en AHN, SOM, Perg., Montesa, P 707 y P 709.
38. «tactis per eos propriis manibus sacrosanctis evangeliis et cruce domini coram eis positis flexisque genibus fecerunt sacramentum fidelitatis et homagium ore et manibus prout debet et est fieri assuetum», en AHN, SOM, Perg., Montesa, P 711; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 18, f. 19r-v.
39. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, inserto en doc. 10, ff. 5-9v.
40. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 705 y P 708; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 14, ff. 12v-13v, doc. 15, ff. 13v-14r, doc. 13, ff. 11v-12v.
41. AHN, SOM, Perg., Montesa, inserto en P 756, en P 759 y en P 760, referencia en P 758, en P 761, en P 762 y en P 763; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, inserto en doc. 89, f. 84r-v, referencia en doc. 77, f. 77r-v.
42. Sobre el segundo maestre montesiano, vid. V. García Edo: «Arnau de Soler, segon Mestre de l’Orde de Montesa (1320-27) (itinerari i altres notícies del seu temps)», en Actes de les Primeres Jornades sobre els Ordes religioso-militars als Països Catalans, Tarragona, Diputació de Tarragona, 1994, pp. 555-565.
43. AHN, SOM, Libros manuscritos (LM), Montesa, 871-C; transcrito por E. Díaz Manteca: «Notas para el estudio de los antecedentes históricos de Montesa», Estudis Castellonencs, 2, 1984-1985, pp. 288-305.
44. El 11 de septiembre de 1319 el clavero frey Erimán de Eroles encargó al oficial real Berenguer de Cardona la percepción de rentas en las villas y lugares ya en poder de la Orden (AHN, SOM, Perg., Montesa, P 738; ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 41, f. 52r-v); el mismo día Vidal de Vilanova requirió al propio delegado real para que también actuara en aquellas otras sobre las que Montesa todavía no ejercía su dominio y que, por tanto, seguían dependiendo de la monarquía (ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 42, ff. 52v-53r).
45. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, referencia en doc. 6, f. 2v.
46. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 6, f. 2v.
47. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, referencia en doc. 74, ff. 74r-75r.
48. AHN, SOM, LM, Montesa, 820C, doc. 5, ff. 3v-4r; transcrito en V. Ferran y Salvador: El castillo de Montesa..., doc. 17, pp. 186-187.
49. El infante Jaime había renunciado a sus derechos sucesorios en favor de su hermano Alfonso el 22 de diciembre de 1319. Entró entonces en la Orden del Hospital de la mano de Arnaldo de Soler, dignatario a la sazón de dicho instituto. Una vez convertido este en maestre de Montesa, admitió al infante en la orden el 20 de mayo de 1320 (J. E. Martínez Ferrando: Jaime II de Aragón. Su vida familiar, Barcelona, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1948, vol. I, pp. 94 y 96-97); de dicha ceremonia informó al monarca (AHN, SOM, LM, Montesa, 820-C, doc. 7, f. 5r-v). Con independencia de que Jaime II pudiera haber dirigido este movimiento, lo cual parece lo más lógico, este es un signo más de la cercanía del nuevo instituto al monarca.
50. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 154, ff. 123v-124v.
51. ARV, Clero, leg. 895, caja 2357, Prot. PLB, doc. 204, f. 168v.
52. H. de Samper: Montesa Ilustrada, vol. II, p. 460; J. de Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa, vol. 1, pp. 153-154 y 168. Para las referencias archivísticas al capítulo de 25 de mayo de 1330, vid. supra, n. 1. Un esquema gráfico de la distribución de las rentas acordadas en el capítulo, en L. García-Guijarro Ramos: Datos para el estudio de la renta feudal de Montesa en el siglo XV, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1976, cuadro I, p. 133.
53. Sobre los avatares del infante Juan, vid. J. E. Martínez Ferrando: Jaime II de Aragón. Su vida familiar..., vol. I, pp. 141-151.
54. Un análisis de este diseño, que permitió la existencia de órdenes propiamente dichas, en L. García-Guijarro Ramos: «Commanderies and Military Orders in the medieval Iberian peninsula: A conceptual overview», en M. Rojas Gabriel (ed.): La conducción de la guerra en la Edad Media: historiografía y otros estudios, Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, en prensa.
55. Los comendadores eran los encargados de los distritos de Peñíscola, Sueca, Tenencia de las Cuevas, Chivert, Burriana, Tenencia de Culla, Perpuchent, Onda, Villafamés, Ares y Ademuz-Castellfabib.
56. AHN, SOM, Perg., Montesa, P 908. El número total de freires citados es de quince, pero frey Sanz Pérez del Ros no era conventual, sino comendador de Burriana, probablemente en visita al convento central en ese momento.
LA ORDEN DE CALATRAVA EN EL CONTEXTO DEL NACIMIENTO DE MONTESA
Carlos de Ayala Martínez Universidad Autónoma de Madrid
PLANTEAMIENTO
El nacimiento de la Orden de Montesa es obviamente consecuencia directa del proceso de disolución del Temple. Pero esta evidente asociación resulta insuficiente a la hora de explicar aquel nacimiento. Detrás de la disolución del Temple, y por tanto del nacimiento de la Orden de Montesa, hay todo un conjunto de circunstancias, un contexto que nos obliga a ampliar un poco el foco de análisis y que, en definitiva, constituye la trama explicativa para el estudio de todas las órdenes militares en el decisivo primer tercio del siglo XIV.
Esa trama explicativa se articula sobre la base de tres procesos distintos pero que afectan a todas y cada una de las órdenes militares:
1. El cuestionamiento de su papel a raíz del fracaso de las cruzadas tras la caída de Acre en 1291, un cuestionamiento generalizado que se traduce en críticas, advertencias y proyectos de reforma.
2. La voluntad generalizada entre las monarquías de Occidente de acelerar procesos de integración política que apuntaban directamente a las órdenes militares y que aspiraban a su control por parte de las respectivas coronas.
3. La intensificación de la tensión interna en cada una de las órdenes militares, orientada hacia una redefinición de sus estructuras en la que el protagonismo nobiliario adquiere cada vez mayor presencia.
Este cuadro que afecta al conjunto de las órdenes militares puede ejemplarizarse en una de ellas, la de Calatrava, que a lo largo de este primer tercio del siglo XIV vive con intensidad una dinámica conflictiva coincidente con el largo y complejo maestrazgo de García López de Padilla (1297-1336), y en la convendrá contextualizar, y en buena parte explicar, el nacimiento de la Orden de Montesa.
CRÍTICAS Y FÓRMULAS ALTERNATIVAS
Las críticas a las órdenes militares son antiguas, anteriores a la caída de Acre. Ya eran una realidad después de la derrota de Hattin, e incluso con anterioridad,1 pero es cierto que a raíz de aquel acontecimiento, el de la caída de Acre, esas críticas arreciaron y se tradujeron en búsqueda de fórmulas alternativas que devolvieran su eficacia a las milicias.2 La más conocida de todas ellas, y que involucra a la Orden de Calatrava, es el proyecto luliano de la Orden de la Milicia formulado en 1305. Todas las órdenes militares, empezando por templarios y hospitalarios y acabando en todas las peninsulares, se reunirían bajo el liderazgo de un bellator rex, un hijo de rey que debería acabar ciñendo la corona de Jerusalén.3
Estos proyectos nunca se materializaron, desde luego no en lo que se refiere a las órdenes militares peninsulares, y de manera muy imperfecta y lenta por lo que respecta a Temple y Hospital, cuando la disolución de la primera en 1312 comportó el teórico traspaso de sus bienes a la del Hospital. La razón del fracaso es que los reyes occidentales no veían con buenos ojos la concentración de tanto poder en una sola institución, a menos que quedara bien clara su directa dependencia respecto a la Corona.
Los papas, que habían defendido algunos de estos proyectos de unificación, hubieron de plegarse a la negativa de los reyes, pero eso no les impidió que intensificaran sus críticas sobre la ineficacia de las órdenes militares. De hecho, en 1320, ante los rumores que circulaban, Juan XXII ordenaba a su legado en la Península que investigara en qué se gastaban santiaguistas, calatravos y alcantarinos sus rentas y por qué desatendían la defensa de la frontera granadina.4 Más adelante, en 1327, el propio papa denegaba a Alfonso XI la creación de una nueva orden en Castilla al estilo de Montesa o Cristo, porque dudaba mucho de que pudiera tener alguna utilidad.5
El escepticismo del papa acerca del valor de las órdenes militares, en el caso concreto de la de Calatrava, pudo verse reforzado por el proceso al que fue sometido en 1325 ante la corte real su maestre, García López de Padilla, imputándole cargos tan graves como dejación de fortalezas fronterizas y huida del propio escenario del combate. El resultado del proceso fue su deposición.6
PROCESOS DE INTEGRACIÓN POLÍTICA
Este clima de desconfianza y de desapego papal hacia las órdenes militares fue decisivo para que los reyes aceleraran sus procesos de integración política, incluyéndolas en ellos. El razonamiento era evidente: si las órdenes militares no eran eficaces es porque los maestres no eran los hombres idóneos para dirigirlas, y ello se resolvía interfiriendo en los procesos de elección y nombrando a aquellos que, desde la fidelidad a la Corona, pudieran servirla eficazmente con sus recursos.7
Este fenómeno de mediatización, cuyos antecedentes hay que situar ya a mediados del siglo XIII, se vio particularmente intensificado a partir de la disolución del Temple y de las difíciles circunstancias que acompañaron el destino de sus bienes; y desde luego el fenómeno fue, como no podía ser de otro modo, especialmente visible en la Península Ibérica. Se manifiesta en ella básicamente de dos formas no excluyentes. La primera, mediante la creación de órdenes militares fuertemente dependientes de la realeza, siendo paradigmáticos los casos de Montesa en 1317 y de Cristo en 1319. Y la segunda, mediante procesos de reorganización interna promovidos por la Corona y tendentes tanto a racionalizar recursos como a garantizar la movilización de efectivos idóneos. Ejemplifica muy bien esta última iniciativa la monarquía portuguesa, que, entre 1321 y 1327, normativiza la disciplina de las órdenes de Cristo, Santiago y Avis, sobre una plantilla regularizada por la propia Corona en la que se especificaban recursos y hombres necesarios, así como la precisa red comendataria que debía articularlos.8
El caso castellano es algo más complicado. Coincidiendo con la disolución del Temple se iniciaba una larga regencia, la de la minoría de Alfonso XI, un tiempo de debilidad de la Corona que no finalizaría hasta 1325. Este fue el año en que, por vez primera, se puso de manifiesto su voluntad real de sometimiento de los maestrazgos a la Corona, y se hizo de la manera traumática que ya conocemos, mediante el sometimiento del maestre calatravo López de Padilla a un proceso por traición, que inevitablemente acabó en su destitución. Pero no pensemos que la trayectoria anterior del maestre había sido fácil. Su elección en 1297 había provocado un cisma que obligó a intervenir a la casa madre de Morimond,9 y más tarde hubo de afrontar dos intentos de deposición antes del de 1325, en los que incluso algún rival alternativo llegó a proclamarse «maestre por la gracia de Dios», un título a todas luces inusual.10
Varias claves están detrás de tanta turbulencia, pero una de ellas, y no la menos importante, es la de las conexiones del maestre con el rey Jaime II, unas conexiones de cercanía política que datan del comienzo mismo del maestrazgo de López Padilla, en el momento –su acceso se produjo en 1297– en que había guerra declarada entre Aragón y Castilla por la posesión del Reino de Murcia.11
Esta circunstancia contribuyó a debilitar de manera extraordinaria la figura del maestre en el interior de su propia orden, una orden castellana dirigida por el amigo del enemigo.12 No es raro, pues, que a raíz de la resolución del conflicto, y con toda seguridad de común acuerdo con Jaime II, el maestre quisiese blindarse obteniendo en 1306 del capítulo de la Orden la concesión vitalicia del convento aragonés de Alcañiz y de cuantas villas y castillos dependían de él en los reinos de Aragón y Valencia,13 una situación que, por otra parte, quizá venía ya produciéndose desde antes de que López de Padilla accediera al maestrazgo.14
La activa colaboración del maestre y la Orden de Calatrava en el cerco de Algeciras de 130915 no modificó en modo alguno este anómalo cuadro de un maestre castellano protegido por el rey de Aragón frente a la contestación de su propia Orden; y esta circunstancia, en un contexto de extrema debilidad de la monarquía castellana,16 explica que en 1311, la fecha de otra desestabilizadora maniobra interna de los freires calatravos que estuvo a punto de costarle el control de la Orden a su titular,17 se produjera la iniciativa del rey Jaime II de proponer al papa la creación de un maestrazgo calatravo aragonés, autónomo del de Castilla, aplicándole las rentas de la Orden del Temple en proceso de disolución.18 No lo sabemos con certeza pero todo parece indicar que el beneficiario sería el maestre García López de Padilla, que aquel mismo año, el de su crisis interna, se encargaba de notificar al rey aragonés hasta qué punto era comprometida la posición del rey de Castilla.19
La constitución de un nuevo maestrazgo calatravo en Aragón no fraguó por la oposición del papa, sin duda temeroso de crear un cisma tan grave en el seno de la Orden de Calatrava. Pero es un antecedente que es preciso tener en cuenta para explicar el nacimiento, solo seis años después, de la Orden de Montesa. No vamos a analizar esta cuestión, objeto de tratamiento específico de otra intervención del presente congreso, pero, si como todo indica, la nueva orden fue fruto de un segundo intento real por crear una institución religioso-militar propia, habría que preguntarse por qué no fue García López de Padilla propuesto para cubrir su maestrazgo, teniendo en cuenta su escaso enraizamiento en el tejido social de Castilla y de su propia orden.20
La respuesta debe relacionarse con las nuevas circunstancias por las que atravesaba la procelosa trayectoria del maestre castellano. En el momento del nacimiento del proyecto montesiano, López de Padilla había afianzado posiciones en la Corte de la mano del hombre fuerte de la regencia de Alfonso XI, el infante don Pedro, apoyado también por el rey Jaime II, su suegro.21 En estas condiciones, el maestre calatravo podía recuperar el control de su orden, y a su vez el rey aragonés crear la suya propia con la colaboración activa de García de Padilla. Esa colaboración pasaba por una moderada dependencia disciplinaria de la nueva orden respecto a Calatrava y por ignorar la sugerencia papal de suprimir la encomienda mayor de Alcañiz y aplicar sus territorios y rentas dependientes a la Orden de Montesa. Las aparentes dificultades del proceso de constitución de la nueva milicia y las trabas que el maestre calatravo pudo poner en práctica a lo largo de este no deben confundirnos.22
Pero la buena estrella del maestre calatravo en Castilla acabó cuando murió su protector, el infante don Pedro, en la vega de Granada en 1319. A partir de ese momento el maestre hubo de luchar en dos frentes, el que provenía de la propia Corte –para ello suscribió sucesivos pactos de hermandad con otras órdenes militares,23 con ciudades y villas del reino24 y con el arzobispo de Toledo–25 y el de los propios enemigos internos instrumentalizados, a su vez, por esta.26 Ante ello López de Padilla sí sucumbió, como hemos visto, en 1325, coincidiendo con la mayoría de edad del rey Alfonso XI.
Obviamente, el filoaragonesismo del maestre no era buena carta de presentación para un rey que aspiraba a crear un Estado soberano para Castilla,27 y el maestre se vio obligado a refugiarse en su encomienda de Alcañiz en los dominios del rey de Aragón. Desde allí, y pasando por distintas fases, no dejó de reclamar la dignidad de su maestrazgo hasta su fallecimiento en 1336.28 El cisma no finalizaría hasta 1348.29
TENSIONES INTERNAS
Ahora bien, como hemos visto, el complejo maestrazgo de García López de Padilla no solo fue el fruto de su declarado filoaragonesismo. De hecho, en ocasiones, ese filoaragonesismo le sirvió de apoyo frente a procesos desestabilizadores generados en la propia Orden, unos procesos en los que los intereses cortesanos se mezclaban con ansias de renovación interna.
Hablábamos al principio de tendencias de redefinición de estructuras que en las primeras décadas del siglo XIV son comunes a todas las órdenes militares. Esas tendencias son deudoras de un incremento de la presencia nobiliaria en ellas que, poco a poco, demandaba cuotas de participación activa en el poder hasta consolidar estructuras de gobierno oligárquico, y aunque ciertamente sea esta una afirmación que requiera una atención matizada, parece que la tendencia resulta bastante evidente.30
Pues bien, esas estructuras acaban cristalizando en un sistema de distribución dual de competencias que es lo que conocemos como mesa maestral, por un lado, y red comendataria, por otro. El momento de constitución de la primera31 puede situarse en los años inmediatamente anteriores a 1300,32 aunque concretamente para la Orden de Calatrava es 1322 la primera mención explícita que disponemos de la «mesa maestral».33
Este proceso de oligarquización de las órdenes militares, y concretamente de la de Calatrava, no se vivió pacíficamente. La dialéctica entre un autoritarismo maestral, de que es acusado López de Padilla en más de una ocasión, incluida la decisiva de 1325, y el reiterado asalto de altos dignatarios de la Orden a la más alta responsabilidad –en esta circunstancia fue el clavero Juan Núñez de Prado– son otra clave con la que entender la difícil coyuntura de la que estamos hablando.
* * *
De este modo, y en conclusión, puede decirse que una identidad cuestionada –la de unas órdenes militares sospechosas de ineficacia–, el ansia de las monarquías por hacerse con el control de sus recursos y una insatisfacción creciente de las oligarquías comendatarias frente a políticas maestrales que se consideraban abusivas, son los tres argumentos que recorren la vida de la Orden de Calatrava en el primer tercio del siglo XIV y que, siendo también telón de fondo para el análisis de las demás órdenes, nos ayudan, de un modo u otro, a entender el contexto en que nace la Orden de Montesa.
* El presente estudio forma parte del proyecto de investigación I+D Violencia religiosa en la Edad Media peninsular: guerra, discurso apologético y relato historiográfico (ss. X-XV), financiado por la Agencia Estatal de Investigación del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (referencia: HAR2016-74968-P).
1. Concretamente las críticas contra el Temple, la única orden militar realmente existente entonces, comenzaron a raíz del mismo fracaso de la «segunda cruzada». Véase M. L. Bulst-Thiele: «The Influence of St. Bernard of Clairvaux on the Formation of the Order of the Kingths Templar», en M. Gervers (ed.): The Second Crusade and the Cistercians, Nueva York, 1992, p. 63. Por otra parte, es bien conocido el carácter marcadamente crítico con la cruzada del anónimo analista de Würzburg, responsable de los Annales Herbipolenses; pues bien, en la narración correspondiente al año 1148, el del desastre de la ofensiva, aparece una clara acusación contra los templarios: su avaricia, perfidia, envidia y actitud fraudulenta explicarían sin dificultad ese fracaso. Cit. H. Nicholson: Templars, Hospitallers and Teutonic Knights. Images of the Military Orders, 1128-1291, Leicester University Press, 1993, p. 38. No debemos olvidar, por otra parte, las conocidas críticas del abad Isaac de L’Étoile –fallecido en torno a 1159–, en su famoso sermón 48 acerca de un «monstruo nuevo» refiriéndose al Temple. G. Raciti: «Isaac de l’Etoile et son siècle. Texte et Commentaire historique du sermon XLVIII», Cîteaux: Commentarii Cistercienses, 12, 1961, pp. 281-306, y 13, 1962, pp. 18-34. El texto ha vuelto a ser editado en A. Hoste y G. Raciti (eds.): Isaac d l’Étoile, Sermons, III, París, 1987, pp. 150-167. La opinión mayoritaria se decanta por considerar el Temple como el objeto de los comentarios del abad Isaac, pero existen visiones distintas. Estas han sido bien recogidas por Ph. Josserand: L’Église et pouvoir dans la Péninsule Ibérique. Les ordres militaires dans le royaume de Castille (1252-1369), Madrid, 2004, p. 1, n. 2. Con todo, es evidente que esas críticas se hicieron más intensas después de la frustrante caída de Jerusalén en 1187. A. Demurger: Auge y caída de los templarios, 1118-1314, Barcelona, 1986, pp. 227 y ss.
2. A. Demurger: Los templarios deben morir, Barcelona, Ediciones Robinbook, 2009, pp. 175-183.
3. Todo lo relativo a este tema no resulta nada claro, porque las ideas de Ramón Llull sobre su proyecto de unificación fueron variando con los años. En una obra inicial, Liber de passagio, de 1292, Llull, con el fin de hacer efectiva la recuperación de Tierra Santa, solicitaba del papa la creación de una orden militar que, bajo el nombre de «Orden del Espíritu Santo», sería el resultado de la fusión de las del Hospital, Temple, Teutónica y las hispanas de Santiago y Calatrava, y su maestre habría de ser «un rey devoto y valeroso que no tuviera esposa o estuviera en disposición de abandonarla». Más adelante, en 1305, en su Liber de fine, la orden fusionada pasa a denominarse «Orden de la Milicia», y su caudillo sería un bellator rex, el noble hijo de algún monarca, que, después de reconquistar Jerusalén, se proclamaría rey en la Ciudad Santa. Pero es que más adelante, en 1309, en otra obra que lleva por título Liber de adquisitione Terrae Sanctae, Llull dice que el maestre de la orden unificada sería un caballero y religioso, feudatario y servidor del papa (véase R. da Costa: «Ramón Llull, la cruzada y las órdenes militares de caballería», conferencia pronunciada en el seminario «Cristianisme i l’Islam –el cas de Tortosa i Tartous a la Mediterrània» [en línea]). En estas condiciones, no es fácil identificar al máximo responsable de la orden proyectada y que Ramón LLull, al menos en un principio, tenía en mente. Demurger sugiere a Felipe IV o a alguno de sus hijos (A. Demurger: Caballeros de Cristo. Templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes militares en la Edad Media (siglos XI a XVI), Granada, Universidad de Granada-Universitat de València, 2005, p. 254), pero quizá sea más razonable pensar que el franciscano mallorquín en realidad apuntaba hacia el rey Jaime II de Aragón o, mejor aún, a su hermano Fadrique, rey de Sicilia desde 1296, y al que tenía en particular estima. S. García Palou: «El candidato de Ramón Llull para el cargo de Maestre General de la Orden del Espíritu Santo», Estudios Lulianos, 11, 1967, pp. 1-15.
4. B. Palacios Martín (ed.): Colección diplomática medieval de la orden de Alcántara (1157?-1494), I, De los orígenes a 1454, Madrid, Fundación San Benito de Alcántara-Editorial Complutense, 2000, I, docs. 504-505, pp. 361-363.
5. En efecto, a la solicitud real el papa respondía mediante la bula Inter cetera de 28 de abril de 1327 con una contundente negativa que reiteró más tarde en la Litteras regias de 1331, justo cuatro años después. Los argumentos eran demoledores: una nueva orden, para cuya constitución los plazos concedidos por Clemente V habían sido superados, tenía una más que discutible utilidad, probablemente no mayor que la que pudiera ofrecer la Orden del Hospital, a la que teóricamente ya se habían transferido los bienes del Temple. Philippe Josserand resume bien toda la problemática en torno a este frustrado intento y contribuye a aclarar la cronología de la cuestión; en Ph. Josserand: Église et pouvoir..., pp. 81 y 625-626.
6. S. de Moxó: «Relaciones entre la Corona y las Órdenes Militares en el reinado de Alfonso XI», en VII Centenario del Infante Don Fernando de la Cerda, Instituto de Estudios Manchegos, 1976, p. 129; véase asimismo Carlos de Ayala Martínez: «Un cuestionario sobre una conspiración. La crisis del maestrazgo de Calatrava en 1311-1313», Aragón en la Edad Media, XIV-XV, 1999, pp. 73-89. El tema de las fortalezas fronterizas había sido ya objeto de queja por parte del propio maestre ante la corte real desde el comienzo de su gobierno: a finales de 1298 Fernando IV se había visto obligado, a instancias de García López de Padilla, a ordenar a las autoridades locales que impidieran a mercaderes no autorizados por el maestre negociar con el azogue de los pozos de Almadén, porque eran precisamente sus rentas las que la Orden destinaba a la retenencia de sus castillos fronterizos (A. Benavides: Memorias de don Fernando IV de Castilla, Madrid, 1860, II, doc. cxxviii, pp. 178-179). Por otro lado, había ya antecedentes de relajación de la Orden en este punto. En diciembre de 1303, y en nombre del papa, un cardenal de la curia solicitaba del maestre que acogiese nuevamente en la milicia, tras la correspondiente penitencia, a un freire acusado de haber dejado perder un castillo a manos de los musulmanes; el freire, ausente, había dejado la fortaleza a un pariente suyo, y este la había entregado a los musulmanes huyendo después a su tierra (AHN, OOMM, Calatrava, carp. 445, doc. 68).
7. C. de Ayala Martínez: «La Corona de Castilla y la incorporación de los maestrazgos», Militarium Ordinum Analecta, 1, 1997, pp. 257-290; C. de Ayala Martínez: «Las órdenes militares y los procesos de afirmación monárquica en Castilla y Portugal (1250-1350)», en As relações de fronteira no século de Alcanices. IV Jornadas Luso-Espanholas de História Medieval. Actas, Oporto, 1998, vol. II, pp. 1279-1312; C. de Ayala Martínez: Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media (siglos XII-XV), Madrid, Marcial Pons, 2003, pp. 714-716.
8. Monumenta Henriciana, I (73 y 74), Coimbra, 1960, pp. 150-160; C. de Ayala Martínez: «La escisión de los santiaguistas portugueses. Algunas notas sobre los establecimientos de 1327», Historia. Instituciones. Documentos, 24, 1997, pp. 53-69; L. Filipe Oliveira: «As definições da Ordem de Avis de 1327», en I. C. Ferreira Fernandes (coord.): As Ordens Militares. Freires, Guerreiros, Cavaleiros. Actas do VI Encontro sobre Ordens Militares, GESOS, Municipío de Palmela, Palmela, 2012, I, pp. 371-388.
9. Lo hizo en concreto el abad de San Pedro de Gumiel por delegación del de Morimond. También hubo mediación por parte de la Orden de Santiago: AHN, OOMM, Registro de Escrituras de la Orden de Calatrava (REOC), IV, 1344 C, ff. 219-222r. Más tarde intervendría también el maestre de Alcántara. A. Benavides: Memorias de don Fernando IV..., II, doc. clxxvi, pp. 241-242.
10. J. F. O’Callaghan: «The Affiliation of the Order of Calatrava with the Order of Cîteaux», Analecta Sacri Ordinis Cisterciensis, XVI (1960), en especial pp. 256-261 (reed. íd., The Spanish Military Order of Calatrava and its Affiliates, Londres, 1975, I); C. de Ayala: «Un cuestionario sobre una conspiración...», pp. 73-82. Sobre el inusual título de «maestre por la gracia de Dios», véase B. Casado Quintanilla: «Intitulatio y directio en la documentación de Calatrava», Cuadernos de Estudios Manchegos, 19, 1990, p. 42. Cit. Ph. Josserand: Église et pouvoir..., p. 533.
11. M. T. Ferrer Mallol: Entre la paz y la guerra. La corona catalano-aragonesa y Castilla en la baja Edad Media, Barcelona, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2005, pp. 27 y ss.
12. El hecho de que en plena ocupación de Murcia por las tropas de Jaime II, este, en 1298, concediera a García López de Padilla seguridades para los miembros y propiedades de la Orden en tierras aragonesas pudo no ser bien comprendido en la corte castellana (I. J. de Ortega y Cotes, J. F. Álvarez de Baquedano y P. de Ortega Zúñiga y Aranda: Bullarium Ordinis Militiae de Calatrava, Madrid, 1761 [ed. facs., Barcelona, 1981], p. 738, en adelante BC), y menos aún que Jaime II reconociera la lealtad del maestre castellano que actuaba en febrero de 1300 de auténtico «confidente» político del monarca aragonés; en aquella ocasión Jaime II se dirigía al maestre en contestación a la carta que este previamente le había mandado, reconociendo su lealtad. A. Giménez Soler: Don Juan Manuel. Biografía y estudio crítico, Zaragoza, 1932, doc. xxiii, p. 243. Poco después, en febrero de 1304, era el propio maestre quien, en consideración del afecto que Jaime II y sus antecesores habían mostrado hacia la Orden, confería vitaliciamente al infante don Juan, hijo del monarca aragonés, cuantos lugares, rentas y posesiones tenía la milicia calatrava en tierras italianas de Apulia, Principado y Romaña (Pedro Carlos Picatoste Navarro: «Intereses transalpinos de Jaime II en la época de conquista del reino de Murcia. La donación de los calatravos al infante Juan en 1304», en Jaime II, 700 años después, Alicante, 1997, pp. 463-464). Frente a estos datos, apenas resultan significativos indicios aislados que denotan algún tipo de fricción entre el maestre y el rey Jaime. Sirva de ejemplo la protesta que en junio de 1300 cursa ante la corte el subcomendador de Alcañiz y un procurador del maestre calatravo por la participación de los vecinos de Alcañiz y sus aldeas en la hueste del rey junto con los de Teruel, sin contar con el preceptivo permiso del maestre (AHN, OOMM, REOC, IV, 1344 C, f. 244).
13. La concesión incluía autorización para enajenar bienes, y sería confirmada por el abad de Morimond en el transcurso de su estancia en la Península en 1307: AHN, OOMM, Calatrava, carp. 462, docs. 182 y 185. Con todo, no era este el único medio que encontró el maestre para blindar posiciones. Sabemos que más adelante, en 1311, López de Padilla se comprometía a entregar anualmente dos caballos al cardenal Pietro Colonna, protector de la Orden en la curia pontificia, con el fin de facilitar la defensa de sus causas. AHN, OOMM, REOC, V, 1345 C, f. 86r. Cit. Ph. Josserand: Église et pouvoir..., pp. 128-129, n. 180. Otro cardenal, Francisco de Santa María in Cosmedin, acogía ese mismo año bajo su protección a las personas y bienes de la Orden de Calatrava (BC, p. 164).
14. AHN, OOMM, Calatrava, carp. 462, doc. 179. Cit. Ph. Josserand: Église et pouvoir..., p. 291, n. 334.
15. Se trataba, en cualquier caso, de una ofensiva conjunta de castellanos y aragoneses contra el emir de Granada. Lo cierto es que en ella contamos con claros testimonios de la participación de la Orden de Calatrava. Cuando las Cortes de Madrid, en las que se votaron los correspondientes servicios, aún no habían concluido, el maestre García López de Padilla había protagonizado una acción de cierta resonancia contra el arráez de Andarax, obteniendo al frente de 400 jinetes copioso botín (A. Giménez Soler: Don Juan Manuel..., doc. cxcii, p. 364). Un poco más adelante, en septiembre de 1309, el maestre se hallaba junto al rey en el cerco de Algeciras y participaba en la conquista de Gibraltar, al tiempo que algunos comendadores castellanos cum bonis familiis equitum colaboraban con el rey de Aragón, junto a los freires calatravos de Alcañiz, en el coetáneo sitio de Almería (BC, p. 758). Fernando IV reconoció expresamente esta colaboración en forma de significativas concesiones, como la entrega vitalicia a favor del maestre de todos los servicios que los vasallos de la Orden debían satisfacer al rey (AHN, OOMM, REOC, V, 1345 C, ff. 68-69; AHN, OOMM, Calatrava, carp. 428, doc. 175; A. Benavides: Memorias de don Fernando IV, II, doc. dxxxii, pp. 773-775).
16. El arcediano de Tarazona Domingo García de Echauri, en carta a Jaime II fechada en septiembre de 1311, comentaba que «tan grandes son los bolicios e assi con mal leuantados que ni el rey puede saber sy quienta sera la fin ny cuando» (A. Giménez Soler: Don Juan Manuel..., doc. ccxxxii, p. 400). Cit. C. González Mínguez: Fernando IV de Castilla (1295-1312). La Guerra civil y el predominio de la nobleza, Universidad de Valladolid, 1976, p. 315.
17. C. de Ayala: «Un cuestionario sobre una conspiración...», pp. 77-82.
18. «Y porque era ya muy público que la orden de los templarios se había de deshacer y que sus rentas se aplicarían a la orden del Espital, llevaban instrucción estos embajadores [del rey de Aragón] que se suplicase al papa que se instituyese, de las rentas que tenían en sus reinos, un maestrazgo de la orden de Calatrava que tenía origen y dependencia de la orden de Cistel, con que no fuese sujeto ni a corrección ni visitación del maestre ni del convento de Calatrava de Castilla, sino que estuviese subordinado a la corrección y visitación del convento y monasterio de La Gran Selva o de Fonfrida de la orden de Cistel». J. Zurita: Anales de la Corona de Aragón, 2, lib. V, caps. xciii y ci, Zaragoza, 1977, pp. 748-749; C. de Ayala: «Un cuestionario sobre una conspiración...», p. 82; Ph. Josserand: Église et pouvoir..., p. 50, n. 86; a él debemos confirmación de que el dato cronístico tardío tiene base documental. H. Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens, Münster, 1907, II, doc. 143, pp. 291-293.
19. En efecto, en septiembre de 1311 –la misma data del documento del arcediano de Tarazona a la que aludíamos en la nota 16–, y fechado en el Magistrado, García López informaba a un consejero del rey de Aragón de la alianza conformada en Castilla por infantes y ricoshombres en contra de Fernando IV, a cuyo hijo recién nacido se negaban a prestar homenaje (A. Giménez Soler: Don Juan Manuel..., doc. ccxxxi, p. 397).
20. Sirva como un ejemplo más el acuerdo alcanzado unos años antes, en 1313, entre el maestre y los hermanos Raimundo y Arnal Guillén Catalán, ciudadanos de Valencia, por el que recibían el arriendo por cinco años del 50 % de los estratégicos pozos de Almadén; de las ganancias del acuerdo, dos tercios de ellas irían a parar a los mercaderes valencianos (AHN, OOMM, REOC, V, 1345 C, f. 97r). Ese mismo año el maestre recordaba al rey Alfonso XI que las rentas de los pozos iban destinadas al mantenimiento de los castillos fronterizos de la Orden (AHN, OOMM, Calatrava, carp. 428, doc. 180; publ. E. González Crespo: «Castillos andaluces en época de Alfonso XI», Castillos de España, 91, 1986, doc. 1, p. 49). Pues bien, una buena parte de esas rentas beneficiaban a súbditos del rey de Aragón.
21. La boda entre el infante castellano Pedro y la infanta aragonesa María, hija de Jaime II, se había producido años antes, en enero de 1312, en un preciso contexto político. Á. Masiá de Ros: Relación castellano-aragonesa desde Jaime II a Pedro el Ceremonioso, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1994, I, pp. 179-184. Solo dos años después, cuando don Juan Manuel procediera a la detención del maestre López de Padilla, Jaime II informaría a su yerno, el infante don Pedro, de las gestiones llevadas a cabo para liberarlo y trasladarlo a Valencia (A. Giménez Soler: Don Juan Manuel..., docs. cclxxxviii, cclxxxix y ccxcii, pp. 442-444).
22. En efecto, esa colaboración se escenificó en medio de un panorama aparentemente tenso. Pensemos que el acuerdo inicial entre el papa y las autoridades aragonesas, contenido en la bula de 10 de junio de 1317 que daba paso a la constitución de la Orden de Montesa, incluía extremos en principio inaceptables para el maestre calatravo (BC, pp. 169-173). Aunque se reconocía el control disciplinario de Calatrava sobre la nueva milicia mediante las preceptivas visitas, ese control se hallaba condicionado por el protagonismo concedido al monasterio dinástico de Santes Creus y su filial valenciana de Valldigna. Por si fuera poco, y según el planteamiento recogido en la documentación pontificia, esta tímida sujeción calatravo-cisterciense de la nueva entidad debería acarrear la supresión de la encomienda mayor de Alcañiz, al menos como enclave calatravo en el Reino de Aragón directamente dependiente del maestrazgo castellano, y ello porque, tal y como expresaba una segunda bula de Juan XXII dirigida al maestre castellano fechada al día siguiente de la fundacional, era deseable la aplicación a la nueva Orden de Montesa de cuantos bienes disfrutara la institución calatrava en los dominios del rey Jaime II (J. Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa. Tratado de todos los derechos, bienes y pertenencias del patrimonio y maestrazgo de la real y militar Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, Valencia, 1787, II, pp. 16-19). En principio, por tanto, es fácil de entender el recelo que provocaría en el maestre García López de Padilla la propuesta inicial sancionada por Juan XXII. Ello explica la ralentización de movimientos por parte del maestre, que debió de ser amenazado con la excomunión por el papa para dar finalmente su consentimiento al nuevo proyecto montesiano, cuyo convento finalmente quedó constituido en julio de 1319 (H. de Samper y Gordejuela: Montesa Ilustrada, Valencia, 1669, I, pp. 30-55; J. F. O’Callaghan: «Las definiciones medievales de la Orden de Montesa, 1326-1468», Miscelánea de Textos Medievales, I, 1972, p. 214, n. 8 [reed. ibíd.: The Order of Calatrava, X]; E. Guinot: «La fundación de la Orden Militar de Santa María de Montesa», Saitabi, XXXV, 1985, pp. 73-86). Lo cierto es que, no sin algunos desencuentros previos, el rey aragonés acabó aceptando la exigencia del maestre de que los bienes calatravos aragoneses no pasaran a formar parte del patrimonio de la nueva orden. Este acuerdo final facilitó la definitiva aprobación del proyecto por parte del capítulo general del Císter en 1321 (BC, pp. 186-187; H. de Samper: Montesa Ilustrada..., I, pp. 124 y 127; J. Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa..., II, pp. 46 y 47-50; C. de Ayala Martínez: Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media [siglos XII-XV], Madrid, Marcial Pons, 2003, pp. 91-95).
23. En 1318 suscribía un primer pacto de hermandad con los maestres de Santiago y Alcántara. El acuerdo contemplaba aspectos de colaboración que iban mucho más allá de los relativos a la guerra con los musulmanes: incluía cláusulas de apoyo mutuo con vistas a la consolidación de los derechos y libertades de todas las órdenes, así como cara a la defensa de su integridad patrimonial; significativamente se contemplaban también garantías de solidaridad frente a eventuales conspiraciones interiores (B. Palacios (ed.): Colección diplomática de la orden de Alcántara..., I, doc. 485, pp. 325-328).
24. A finales de 1319 el maestre García de Padilla se sumaba a la hermandad de ciudades y villas andaluzas dispuestas a vetar el nombramiento de cualquier tutor del rey o adelantado de la frontera que no contara con su aquiescencia (AHN, OOMM, REOC, V, 1345 C, ff. 186-188r).
25. En agosto de 1321, en un clima de inestabilidad política creciente, el maestre calatravo suscribía un acuerdo con el arzobispo Juan de Toledo, al que también se sumaba el maestre santiaguista García Fernández, a fin de procurar la paz y el sosiego de la tierra (A. F. Aguado de Cordova, A. A. Alemán y Rosales y J. López Agurleta: Bullarium Equestris Ordinis S. Iacobi de Spatha, Madrid, 1719, p. 288).
26. La presión del papa tampoco ayudaba mucho en estos momentos. En agosto de 1319 Juan XXII exhortaba al maestre y Orden de Calatrava a combatir contra los infieles en defensa de la Cristiandad, ya que la existencia de un periodo de debilitamiento general por razones políticas había tenido funestas consecuencias para la frontera (AHN, OOMM, REOC, V, 1345 C, ff. 199-299).
27. C. de Ayala Martínez: «Guerra santa y secularización. El ideal caballeresco de Alfonso XI de Castilla», en C. de Ayala Martínez, J. S. Palacios Ontalva y S. Martín Ríos (eds.): Guerra santa y cruzada en el Estrecho. El occidente peninsular en la primera mitad del siglo XIV, Madrid, Sílex, 2016, pp. 23-63.
28. Ph. Josserand: Église et pouvoir..., pp. 542-543.
29. BC, pp. 756-760. El asunto colearía años después, y el intervencionismo de Pedro IV el Ceremonioso en los asuntos internos de las órdenes de Calatrava y Santiago formaría parte de las reclamaciones de Pedro I de Castilla a su homónimo aragonés en vísperas de la «Guerra de los Dos Pedros». A. Masiá de Ros: Relación castellano-aragonesa..., II, docs. 201/22 y 203/38, pp. 386 y 394.
30. Algunos especialistas tienden a retrasar estos fenómenos de aristocratización. Ph. Josserand: Église et pouvoir..., pp. 374 y ss.
31. Obviamente, la creación de redes comendatarias es anterior a la constitución propiamente dicha de las mesas maestrales, aunque en realidad no muy anterior, si consideramos dichas redes como el resultado de una evolución territorial que las va convirtiendo en un sistema sólido, eficaz y bien articulado. C. de Ayala Martínez: «Comendadores y encomiendas. Orígenes y evolución en las órdenes militares castellano-leonesas de la Edad Media», en Ordens Militares. Guerra, religião, poder e cultura. Actas do III Encontro sobre Ordens Militares, Lisboa-Palmela, 1999, I, pp. 101-147; ibíd., Las órdenes militares hispánicas..., pp. 332-336.
32. C. de Ayala Martínez: «Las órdenes militares en el siglo XIII castellano. La consolidación de los maestrazgos», Anuario de Estudios Medievales, 27(1), 1997, pp. 239-279; C. de Ayala Martínez: «Maestres y maestrazgos en la Corona de Castilla (siglos XII-XV)», en R. Izquierdo Benito y F. Ruiz Gómez (eds.): Las Órdenes Militares en la Península Ibérica, I. Edad Media, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 325-378; íd., Las órdenes militares hispánicas..., pp. 205-208.
33. Se trata de un documento en el que García López de Padilla concedía al concejo de Berninches libertad de uso del horno local y autorización de construir otros a cambio del pago de un censo a la «mesa maestral». AHN, OOMM, Calatrava, carp. 470, doc. 384. Cit. E. Rodríguez-Picavea Matilla: La formación del feudalismo en la mesa meridional castellana. Los señoríos de la Orden de Calatrava en los siglos XII y XIII, Madrid, Siglo XXI, p. 163; E. Rodríguez-Picavea Matilla: «Evolución de la orden de Calatrava durante el reinado de Alfonso X», Alcanate, 2, 2000-2001, p. 69, n. 5. Como ya hemos indicado, antes de esta fecha el maestre, en septiembre de 1311, databa en el Magistrado, un documento dirigido a la corte aragonesa (A. Giménez Soler: Don Juan Manuel..., doc. ccxxxi, p. 397).
L’ORDE DE L’HOSPITAL I L’HERÈNCIA DEL TEMPLE A LA CORONA D’ARAGÓ
Politització i internacionalització
Maria Bonet Donato Universitat Rovira i Virgili
L’abolició de l’orde del Temple va significar la reconfiguració del mapa dels ordes militars a la Corona d’Aragó, quan el de l’Hospital de Sant Joan de Jerusalem experimentà una important transformació patrimonial, administrativa, i una transcendent reorientació en les seves funcions i en les relacions de poder. En aquest sentit, es produí una clara politització i major internacionalització de la institució, que van ser conseqüències remarcables del procés de recepció de l’herència del Temple a Aragó i Catalunya. La transcendència de la intervenció del Temple explica, en part, la destacada atenció historiogràfica que ha merescut,1 que ens permet analitzar i repensar el què, el perquè, i el com de la recomposició de l’Hospital a la Corona d’Aragó.2 En certa forma, i com es mostra en aquestes pàgines, es va produir la refundació de l’orde.
EL PROJECTE D’UN «NOU ORDE» EN UN CONTEXT POLÍTIC I CROAT CANVIANT
La refundació de l’orde hospitaler responia a les directrius del papat de crear un nou orde, tal com Climent V va anunciar als reis, oficials i prelats hispans, l’Hospital es faria càrrec del patrimoni del Temple el 1312.3 La proposta de fusió de tots els ordes militars en un de sol s’havia plantejat en el concili de Lió de 1274 a instàncies del pontífex, però s’advertí que els reis d’Espanya no ho acceptarien perquè en tenien uns quants sota la seva dominació.4 Posteriorment, Ramon Llull va concebre la unió d’alguns ordes militars sota el comandament d’un rex bellator,5 que probablement hauria identificat amb Jaume II.6 Les noves idees responien a la necessitat de reformar el moviment croat, entès com un mitjà en el pensament lul·lià, i cercaven superar les crítiques que requeien en els instituts militars per la desfeta croada a Orient, circumstància que havia propiciat la proposta de fusió.7 Val a dir, però, que el projecte d’unir-los havia ocasionat l’oposició del mestre del Temple, qui assenyalà l’animositat entre els templers i hospitalers com un inconvenient.8 Tanmateix, després del traspàs dels béns templers alguns parlaven dels «hospitalers templers», i per tant, en certa manera es reconeixia la unió entre ells.9
La pèrdua de crèdit d’ambdós ordes coincidí amb la competència i l’augment de tensió amb altres poders, com ara els agents del sistema monàrquic a la Corona d’Aragó. En el darrer terç del segle XIII, templers i santjoanistes van pugnar amb els delegats del rei en contra de les exigències de tributs dels quals n’estaven exempts, la imposició de jurisdicció del rei, del mer i mixt imperi i les actuacions en el seu patrimoni.10 La nova definició dels ordes militars i dels seus dominis en temps de Jaume II s’explica en aquest nou escenari ideològic i polític. De fet, un parell d’actuacions del rei d’Aragó en el patrimoni d’aquests, formalitzades com a permutes, prefiguraven i apuntaven a la intervenció en els béns del Temple. El rei Pere el Gran el 1280, i Jaume II el 1294, van forçar que els hospitalers i els templers abandonessin dos centres principals com eren Amposta i Tortosa, amb fortificacions destacades en la cruïlla dels tres territoris principals del rei. Així, el poder reial aconseguí un control més directe sobre la regió fronterera entre els tres regnes i en l’estratègica sortida al mar del territori aragonès.11 A Amposta hi havia la seu hospitalera i Tortosa era una comanda templera força rica, que segurament eren dominis més valuosos que els obtinguts a canvi a Onda i Gallur; i Peníscola respectivament. Les dues institucions van retenir patrimoni a Amposta i Tortosa, cosa que demostra l’interès que tenien en aquests llocs. Les accions dels reis s’emparaven en el fet que els seus avantpassats havien estat benefactors importants, com ho recordava el Papa Climent V al rei Jaume II a propòsit de l’Hospital: «...que volrets quels Espitalers vos serversquen... per ço han aut de vostres predecessors ço que han...».12 El mateix Jaume II havia reivindicat els seus antecessors com a promotors del Temple a l’hora d’intervenir en temes interns.13 Semblantment, va recordar al mestre de Rodes que els seus avantpassats havien fet donacions i havien privilegiat els hospitalers, com també els templers.14
Després de la caiguda d’Acre el 1291, algunes de les crítiques van recaure directament en el patrimoni dels ordes, i des de la mateixa església s’emfasitzà la necessitat que els recursos occidentals d’aquests es destinessin estrictament a la defensa de Terra Santa. Fins i tot Pere Dubois va defensar en el De recuperatione Terre Sancte que els hospitalers i els templers devien subsistir únicament de les propietats a Síria i que les occidentals, un cop confiscades, servirien per a proveir subsidis per a les croades.15 Mentrestant, els dos instituts militars miraven d’instal·lar-se en altres indrets, i quan l’Hospital s’establí a Rodes el 1309 va quedar com a defensor de la Cristiandat llatina a Ultramar. Climent V (1305-1314) i Joan XXII (1316-1334) van reivindicar aquest paper de defensor de la Cristiandat i del sosteniment de Terra Santa en moltes de les butlles i missives emeses en relació amb la institució.16 S’iniciava un procés de llarga durada on l’orde hospitaler era identificat com a principal sustentador de la Cristiandat enfront dels perills musulmans a la Mediterrània oriental.
D’aquesta manera, un conjunt de canvis ideològics, polítics, geopolítics a la Mediterrània i també eclesials van propiciar la reorganització dels ordes militars internacionals en els territoris de la Corona d’Aragó a inicis del segle XIV. El resultat va ser una major incidència i tutela envers els hospitalers per part del poder polític des del regnat del rei Jaume II, i una major intervenció del papat en defensa dels seus drets i com a principals valedors del projecte croat. Els pontífexs van vetllar per la integritat patrimonial, la preservació del funcionament independent de l’orde, de les seves institucions i per la viabilitat del centre de poder a Rodes, però des de l’exercici de la realpolitik, que va permetre refundar l’Hospital. La institució assentada en un nou context mediterrani reforçà l’engranatge administratiu internacional, en especial en la provisió de rendes per al convent, tot aixoplugant-se en el papat i sovint per a limitar l’intervencionisme monàrquic en auge. D’altra banda, en el primer terç del segle XIV, el rei va propiciar una nova configuració patrimonial de l’orde santjoanista, que esdevingué un instrument del desplegament polític reial, sense menyscapte de les obligacions militars. Alternativament, el pontificat i el mestre de Rodes van emfasitzar els seus lideratges i activitat política en i a través de la institució. En aquest sentit, els fonaments de poder patrimonial i militar assolits anteriorment van culminar en la politització de l’orde, sovint relacionada amb la seva organització internacional. Les solucions derivades de la intervenció del patrimoni templer van ser el punt d’inflexió en la renovació de l’Hospital, que es convertí en una entitat política principal a l’empara del rei, del papa, del mestre de Rodes, i també a voltes dels estaments. La major operativitat internacional coincidí amb un desenvolupament administratiu i econòmic extraordinari, atractiu per als poders regionals i necessari per a la seva condició de peça destacada en el tauler polític internacional.
LA INTERVENCIÓ DEL TEMPLE I LA INCIDÈNCIA EN L’ORDE DE L’HOSPITAL A ARAGÓ I A CATALUNYA
L’abolició de l’orde del Temple va ser un procés polític que, conduït pel rei i avalat pel pontífex, va permetre que en el concili provincial de Tarragona de 1308, el rei Jaume II obtingués l’autorització per a detenir els templers i confiscar-ne les propietats.17 L’apropiació del patrimoni era central en el procés en contra de l’orde, i de fet el mateix Jaume II ja havia endegat el procés d’emparar-se dels béns a darreries del 1307.18 A més, poc abans una comissió de templers li havia manifestat la preocupació que les propietats fossin atacades per nobles.19 Els setges per a reduir els templers van ser llargs, en total es prolongaren més d’un any i mig, i el rei hi va negociar abans d’arribar a l’assalt final. Les tropes reials van trobar resistència en fortificacions com Miravet i Montsó, que van caure a finals del 1308 i el 1309, i a localitats veïnes que no volien abandonar els seus senyors com ara Cantavieja o Chalamera.20 En cap lloc de l’Occident feudal els templers van mostrar tanta oposició, i això segurament té relació amb l’envergadura de les fortificacions, l’organització militar i les adhesions dels dependents.
L’estabilització de l’Hospital a Rodes va permetre al papat defensar-lo com a beneficiari del patrimoni del Temple. Així es resolgué en el concili de Viena del Delfinat el 1312, on es va proclamar la dissolució del Temple i s’establí la transferència dels béns a l’Hospital amb la butlla Ad providam Christi del papa Climent V.21 Pocs dies després, el pontífex va exceptuar els territoris hispans i va suspendre la resolució, per bé que la va reservar a la seu apostòlica.22 En l’àmbit de la Corona d’Aragó es reuní un altre concili a Tarragona,23 que a diferència de França, establí l’absolució dels templers, ara subjectes al diocesà, i alguns d’ells van quedar-se en les seves comandes pensionats vitalíciament.24
El rei Jaume II no estava disposat a acceptar la proposta de passar el patrimoni del Temple a l’Hospital i va endegar una complicada negociació amb els papes Climent V i Joan XXII, així com amb altres representats de l’església. Joan XXII va manifestar que la «unió» dels ordes era perniciosa en el cas d’Espanya, a diferència d’altres llocs, però va precisar que no seria correcte «desfer» allò que havia previst el seu predecessor.25 El monarca volia mantenir dos ordes,26 perquè temia l’agrupació de patrimonis si se’n concentraven dos tan importants, i que això ocasionés una acumulació de poder, perquè «tot príncep e a tot senyor...» si té sotmès «al massa poderós ho ha a aver difícilment e trobay a vegades gran rebel·lió...». Per tant, el poder excessiu del nou institut militar podia desembocar en rebel·lió, a més advertia del perill que significaria per al rei, que, d’altra part, no seria d’utilitat per als senyors com ho havia estat anteriorment.27 Altres dignataris es feien ressò del «perill» que corria el regne si s’unien els ordes, clarament en institucions com les corts, segons el bisbe de València explicava al papa.28 El mateix pontífex va indicar als cardenals que la unió no es podia dur a terme als territoris del rei Jaume II a causa dels perills i perjudicis que li podien causar, així com al regne.29 A més d’això, es podria formar una franja de domini hospitaler en el corredor de l’Ebre i les comandes més enllà del riu Sènia, que separaria València d’Aragó i de Catalunya,30 situació que de forma més limitada ja havia estat objecte de les intervencions de 1280 i 1294.
En un altre ordre de coses, Jaume II volia fer-se amb el control de castells templers que tenien interès estratègic i patrimonial31 i a més planejava crear un nou orde amb els béns templers a València que tindria Montesa com a centre i estaria lligat a Calatrava. Argumentava que la pujança d’un nou orde hospitaler posaria en risc la defensa de la frontera situada en el regne de València, en quedar un únic orde que intervindria des d’un sol lloc. Així, era indispensable crear una cavalleria permanent i forta, que ocupés els castells d’aquella regió.32 Ja Pere el Catòlic havia fundat un orde sota la seva tutela per a la defensa costera a sant Jordi d’Alfama, el 1201, en un àrea de forta implantació hospitalera i templera, que, per cert, acabaria en mans de Montesa el 1400.
Mentre van durar les negociacions pel patrimoni templer, des de 1307 a 1317, el rei Jaume II va ser força escrupolós amb aquests béns.33 Així, va recuperar apropiacions en mans privades,34 tot i què va utilitzar beneficis i béns mobles dels templers per a recobrar el que havia gastat en els setges, per les elevades pensions dels frares, per a pagaments de tota mena i va ingressar sumes a la hisenda reial en una època de grans necessitats financeres.35
Finalment, el papa Joan XXII establí que tot el patrimoni templer havia de passar a mans dels hospitalers en el regne d’Aragó i a Catalunya, segons havien acordat amb el representant del rei Vidal de Vilanova. La butlla Ad fructus uberes del juny de 1317 va fixar les condicions en què s’havia d’executar el traspàs i de la nova configuració dels dominis dels hereus.36 En les primeres ratlles d’aquesta missiva dirigida a l’arquebisbe de Tarragona i altres prelats, el pontífex reivindicava l’Hospital, que n’era institució beneficiària. D’aquesta manera, destacava que els seus membres havien estat defensors de la fe ortodoxa, de la religió cristiana i que obraven pro recuperatione Terre Sancte. Calia remarcar la «utilitat» funcional d’una institució que, propera al Temple, ara havia de servir a l’eventual recuperació de Terra Santa. Per això i per la seva condició de fidelitat a l’ortodòxia, els hospitalers no podrien ser acusat de càrrecs que havien acabat amb els seus correligionaris. El pontífex feia, també, un breu recompte de com el papat havia previst la transferència del patrimoni del Temple a l’Hospital des de 1308. Després estipulava que en el cas del regne de València, el monestir de Montesa, al castell de Montesa, es quedaria amb el patrimoni dels hospitalers i templers, a excepció de la comanda de Torrent de València i les possessions a València dels hospitalers.37
Joan XXII destacava el paper que els montesians havien de jugar en la defensa del regne de València i dels cristians que hi vivien, així com en termes més generals en destacava que servirien per exaltar la Cristiandat i per a oprimir als infidels. Consignes semblants havien estat assignades als altres ordes militars en l’expansió de la Corona d’Aragó, però ara l’accent requeia en la defensa del regne i en atribuir tasques diferents als hospitalers, implicats en el rellançament del projecte croat. Des del punt de vista pontifical, cada institució havia de servir per a propòsits específics i s’assignava un rol regional i internacional a una i l’altra institució. Els hospitalers van consentir la cessió dels seus béns a canvi dels templers a Catalunya i Aragó.38
En atribuir el patrimoni templer als santjoanistes, el papa va disposar que el castellà d’Amposta, és a dir el principal mandatari a la Corona d’Aragó, i els comanadors haurien de prestar homenatge al rei en prendre possessió del seu domini. Aquesta exigència situava els dignataris santjoanistes en una posició de vassallatge envers el rei, i assimilava el priorat o castellania d’Amposta i les comandes en àmbits dependents del rei, més que en els temps anteriors.
Les garanties en la transferència dels béns als hospitalers
El papa Joan XXII va desplegar moltes accions per a garantir el procés de transferència dels béns als hospitalers, i per això va demanar a Jaume II que desemparés l’Hospital dels que havien estat del Temple i va revocar qualsevol alienació.39 Jaume II va lliurar finalment divuit comandes templeres a Catalunya i vint a Aragó al castellà d’Amposta, a les quals va afegir les de València i Mallorca el 1317, però hi hagué múltiples dificultats en l’acompliment definitiu del traspàs patrimonial.
A darreries de l’any 1317 es van fer els actes de presa de possessió per part del castellà d’Amposta davant del notari del rei. Aleshores, fra Martí Pérez d’Orós accedí al castell d’Ascó i localitats de la comanda, on va rebre el jurament de fidelitat dels jurats en nom de les respectives universitats després d’ocupar el lloc.40 En el document notarial s’explicava que la situació era el resultat de «la unió» dels béns del Temple amb l’Hospital per rescriptum papale sigilatum et bullatum, i que el castellà havia mostrat als homes d’Ascó i Riba-roja la carta del rei Jaume, on ordenava la transferència i el jurament de fidelitat d’aquells homes. Amb les referències als documents papal i reial, així com amb als juraments, es legitimava la presa de possessió per part dels hospitalers gràcies als registres escrits i expressions gestuals. En l’entrada de l’església del Temple a Tortosa, una làpida va servir per a perpetuar l’acte de presa de possessió feta pel castellà de tots els béns templers a Tortosa i, segons deia, de tot el que tenien a Catalunya i Aragó: «e puys aprés de tots los altres béns en Aragó e en Catalunya».41 Sembla força rellevant que la institució fes memòria dels actes que legalitzaven i garantien el canvi de la dominació feudal, i sobretot que en fes publicitat, en un lloc tan emblemàtic com Tortosa, en un gravat en pedra a l’entrada de l’església. D'aquesta manera, la presa de possessió seria recordada per sempre.
A més d’això, el pontífex va implicar els poders diocesans per a assegurar la correcta transferència dels béns, i va enviar missives amb instruccions generals i particulars per tal de restituir, o fins i tot defensar per la via judicial el patrimoni dels hospitalers que havia caigut en mans d’eclesiàstics i, sobretot, de laics.42 En aquest sentit, cal destacar la intervenció del papat, que fins aquelles dates havia estat un referent principal en la legitimació i defensa dels ordes en un pla més teòric que efectiu. En canvi, amb la seva actuació havia aconseguit que l’herència del Temple quedés en mans de l’Església i que l’Hospital fos una destacadíssima institució en les relacions internacionals, sobretot a l’àmbit mediterrani.
Pel que fa als lligams internacionals dels ordes i dels poders polítics, cal recordar que les accions de Jaume II envers el Temple s’iniciaren fortament condicionades per la necessitat de mantenir les recuperades relacions amb França. Això explica que el 1317, Jaume II trobés el suport de Robert de Nàpols per a apoderar-se dels béns dels templers a Aragó i Catalunya a canvi d’una renúncia aragonesa a Sardenya.43 El 1322 o a inicis de 1323, el mateix Robert feia una nova proposta per la qual Jaume II havia de rebre tots els béns hospitalers «en la terra sua» a Catalunya i Aragó, o bé de Montesa al regne de València, per a un dels seus fills a canvi de traspassar Sardenya i Còrsega al seu germà Frederic i Sicília als Anjou.44 La futura conquesta sarda, o la cessió de Sicília, s’equiparaven amb el patrimoni dels ordes militars, per bé que la renúncia s’acompanyava d’una important compensació econòmica. Val a dir que el rei Sanç I de Mallorca, refractari a la transferència dels béns templers, i forçat per una butlla de juliol de 1318, va rebre una suma destacada i una pensió anual dels hospitalers.45
Amb relació a la incorporació de les quaranta-una comandes templeres, cal dir que s’unien a les vint-i-vuit que ja tenia l’Hospital, i el nombre era clarament excessiu per a una demarcació prioral. Davant d’aquestes circumstàncies, a darreries de juliol de 1319, Joan XXII, d’acord,46 o segurament seguint una resolució del mestre de Rodes, Hélion de Villeneuve, va convenir la formació de dues entitats priorals. La castellania d’Amposta i el priorat de Catalunya, fixant-se la frontera en el curs de l’Ebre i el Segre, on el marge dret quedava per a la castellania amb les comandes aragoneses i des d’Almacelles a la Noguera Ribagorçana per al priorat de Catalunya. Pot resultar sorprenent que una informació de transcendència, almenys als ulls d’historiadors posteriors, no hagi deixat documentació original o traslladada en els arxius de l’orde, o en obres tan emblemàtiques de la «memòria» institucional com el cartulari magne.47 Hi ha, però, informacions indirectes com la carta de Joan XXII al primer prior de Catalunya per tal d’instar-lo a jurar fidelitat al rei, on explicava que el mestre Hélion de Villeneuve havia separat Catalunya d’Aragó per una millor administració dels béns hospitalers.48 Per tant, es tractava d’una solució administrativa, que emprengué el mestre de Rodes, i sembla que va ser reforçada o validada per la intervenció papal. Probablement la institució no degué identificar l’esdeveniment com a remarcable perquè el disseny de les circumscripcions, grans i petites, era dinàmic i, en general, s’havia anat adaptant a les circumstàncies.
Segons J. Miret i Sans, el priorat de Catalunya tenia vint-i-set comandes sumades a les del regne de Mallorca, mentre que la castellania d’Amposta en tenia trenta-una.49 Tot i la pèrdua territorial a València, cal destacar que la castellania va assolir un patrimoni extraordinari, molt homogeni en certes regions com ara a l’Ebre català, i en altres llocs de la conca de l’Ebre, i que a més esdevingué el domini eclesiàstic més important d’Aragó. En el cas català es van configurar tres regions diferenciades: la part de la Catalunya Vella, des del Penedès fins al Rosselló; la conca del Segre, amb dominis importants, i la zona de la Conca de Barberà, Segarra i Garrigues a la Catalunya central.
La proposta de partició de la castellania d’Amposta s’emmarcava en la renovació del mapa prioral que l’orde portà a terme en ampliar el seu patrimoni, com succeí amb el priorat de Sant Gil, que va perdre la part occidental constituït en el de Tolosa el 1315.50 Semblantment, el nou priorat de Catalunya abraçava el conjunt de territoris vinculats als comtats catalans i als seus àmbits d’expansió, com Mallorca. Cosa diferent passava amb la regió catalana de l’Ebre, que havia estat objecte d’interès per part del comtat de Barcelona i del rei d’Aragó en el primer terç del segle XII i potser això havia influït en el fet de quedar unida a Aragó. A més a més, el territori del darrer tram del riu aplegava importants comandes templeres i hospitaleres, i amb la fusió va configurar la més destacada regionalització de l’orde, que enllaçava amb altres preceptories situades a Aragó. Finalment, Amposta havia estat la seu del priorat dels territoris subjectes a la Corona d’Aragó i havia tingut una entitat i dignatari singulars en la denominació, com era la castellania i el mestre o castellà. Tot i la pèrdua de la major part de la comanda ampostina, Amposta era un lloc identitari, que complia amb un rol legitimador referencial i això explica que donés nom i formés part del priorat principal.
En definitiva, la divisió responia a les necessitats administratives de la institució, propugnada pel mestre de Rodes i legitimada pel pontífex, i es feia ressò de certa identificació «nacional» o «de territori històric» amb la separació de Catalunya i preservació de la unitat aragonesa, de manera semblant al que havia passat amb la fundació de Montesa. No obstant això, la castellania d’Amposta mantingué una concentració patrimonial regional específica a l’Ebre català, que juntament amb les comandes valencianes li aportava presència en les tres entitats territorials de la Corona. Tal vegada aquest disseny tenia una dimensió política. En aquest sentit, la castellania esdevingué el priorat principal, més preuat i força identificat amb la pròpia institució del rei. Així, el major rang i valoració de la castellania explica que membres de la família de Jaume II hi van estar vinculats i van tenir càrrecs, com les filles Blanca, priora de Sigena, i Maria, a la clausura, Sanç d’Aragó, fill natural de Pere el Gran i germanastre de Jaume, destacat castellà d’Amposta, i el primogènit Jaume, que va ser hospitaler uns mesos abans de vincular-se a Montesa. A la vista d’això, sembla que els interessos territorials, com els del mateix monarca, també van poder jugar algun paper en aquesta solució. En el cas de la castellania d’Amposta, es potenciava un senyoriu eclesiàstic en una territorialitat com l’aragonesa on els poders nobiliaris en ocasions havien estat refractaris al desplegament institucional de la monarquia, i per tant, el rei podria comptar amb un eventual aliat, com de fet va succeir. D’altra banda, les comandes templeres que havien protagonitzat la resistència a l’abolició de l’orde van acabar formant part de la castellania.
LA POLITITZACIÓ DE L’HOSPITAL.
TUTELA DE JAUME II I PROJECCIÓ INTERNACIONAL
La intervenció de Temple i el rellançament de l’Hospital des de l’arribada a Rodes van comportar una nova etapa en el desenvolupament institucional d’aquest orde. Aleshores esdevingué més subjecte als interessos i necessitats del poder reial i assolí una major entitat política a la Corona d’Aragó i a la Mediterrània. La major tutela del rei Jaume II es feia evident, però les interaccions del papa i el mestre envers els dominis hispans santjoanistes eren també més patents. Aquests dignataris van trobar solucions pactades com les referides al patrimoni, però també van pugnar per decidir sobre els dos priorats.
Al llarg del regnat de Jaume II, i molt específicament després del traspàs dels béns del Temple, el rei va tenir una major incidència en la institució,51 que es va manifestar en la implicació dels hospitalers en ambaixades diplomàtiques, en l’activitat militar, en la intervenció directa del rei en el nomenament dels màxims dignataris i, fins i tot, en les temptatives d’intervenir les responsiones. De fet, en una carta seva a Hélion de Villeneuve, mestre hospitaler, advertia que no tenia inconvenient amb la tramesa d’aquestes tributacions a Rodes, mentre que no perjudiqués els serveis que els frares li devien, sobretot els militars.52 Per contra, el papat va ser més actiu que abans en la defensa de les responsions davant del rei i els oficials, que els hi reclamava perquè servien al sosteniment del convent a les terres cismarines. Les contribucions a Ultramar tenien un valor fiscal i financer per al convent central; mentre que per al monarca en tenien un de patrimonial i de finançament. Per això, Jaume II amenaçava d’apropiar-se-les quan els frares no complien amb les seves exigències i d’acord amb el renovat vincle de dependència que oferia l’homenatge dels dignataris hospitalers.53 En aquest context i en contra de les regulacions institucionals, el monarca intervingué en nomenaments de càrrecs i actuà per tal d’emparar-se dels béns o responsions en resposta als incompliments militars.54 D’altra banda, els juraments, i per tant la vinculació amb el rei, esdevingueren també primordials per a l’orde, que va registrar curosament molts dels actes de jurament de fidelitat de priors, castellans i comanadors. Així, en l’ordenació arxivística del priorat de Catalunya hi havia un sac etiquetat com a homagiorum, i una secció d’homenatges, d’acord amb la importància atribuïda a aquest acte, on es conservaven, almenys, entre setze i una trentena d’actes de jurament de priors i comanadors respectivament.55
El jurament de fidelitat del castellà d’Amposta, fra Martín Pérez de Oros, va precedir el lliurament dels béns del Temple el 1317, que simbòlicament antecedia la «investidura» patrimonial. Les implicacions eren evidents per als coetanis perquè els cardenals es van oposar al jurament, tot i que el papa Joan XXII va fer del reconeixement públic de fidelitat un requeriment inexcusable en resposta a la petició del rei.56 El pontífex també va reclamar a fra Ramon d’Empúries, primer prior de Catalunya, que jurés fidelitat al rei el 1319. En el seu escrit novament recordava el procés de transferència dels béns a l’Hospital, on explicava que les resistències s’havien resolt amb el jurament de fidelitat que s’exigia al prior «pro securitate ipsorum regis et regni Aragonum». Aclaria, però, que el jurament era per la persona i no pas pels béns, i cal comprendre la posició del papat, perquè estava interessat a distanciar aquest patrimoni del rei. No obstant això, es preveia que si en deu dies no es portava a terme l’acte de fidelitat, el monarca podria disposar del càrrec i del patrimoni, i per tant afectaria el darrer.57 De fet, des de la perspectiva del rei, el patrimoni hospitaler i templer s’havia configurat mercès als donatius i patrocini del seus avantpassats,58 que reforçava l’argument del jurament com a reconeixement de la dependència a canvi del càrrec i del domini associat.
Teòricament, segons la butlla de 1317 el monarca no podia impedir el nomenament si no acceptava el jurament. En la pràctica, intervingué més que mai en l’elecció dels dignataris, i una sèrie de cismes i desavinences per l’elecció prioral i del castellà d’Amposta van marcar els anys posteriors al nou marc relacional entre el rei, els dignataris de l’orde, el mestre i el papa. Des de 1314 fins a 1330 es van produir eleccions cismàtiques, a vegades simplement es va contradir la proposta de Rodes, com va passar amb fra Ramon d’Empúries, primer relegat com a castellà d’Amposta pel mestre –cosa que no va acceptar el rei– i que finalment va ser prior de Catalunya. Aquest havia estat almirall de l’orde, havia participat en la conquesta de Rodes, va tenir protagonisme en altres afers internacionals i va reclamar el comtat d’Empúries.59 A través de la seva trajectòria es pot veure precisament la internacionalització i politització de la institució en aquests temps.
A vegades, l’oposició reial va forçar el mestre de Rodes a acceptar la persona proposada pel rei Jaume II i finalment el nomenament dels seus candidats a la castellania i al priorat, com ara fra Sanç d’Aragó i fra Arnau Alós.60 A més a més, Jaume II va amenaçar de retenir les responsions, perquè eren necessàries per a fer front a la lluita en contra dels enemics de la fe i per a la utilitat del regne. En això mantenia la posició dels seus antecessors, però anava més enllà en intentar quedar-se amb els tributs que justament es destinaven al convent de Rodes per a lluitar contra els infidels.61 Una nova deposició de fra Arnau Alós feta pel mestre de Rodes topà amb la contrarietat del rei, qui el va imposar com a prior també a pesar de l’oposició del papa; i de retruc aconseguí les prestacions militars dels hospitalers a Granada ja el 1331. El rei Alfons el Benigne havia amenaçat amb segrestar les responsions i fra Sanç d’Oros, lloctinent del mestre, autoritzà l’arrendament dels ingressos de la comanda de Torrent, a València, el 1330 per a fer front a les despeses.62
En les disputes pels càrrecs, el balanç era favorable al monarca, qui tractava l’Hospital com una extensió de les seves necessitats polítiques, clarament les militars, diplomàtiques i financeres. En aquest sentit, des de 1283 el castellà d’Amposta, i després el prior de Catalunya, sempre van participar en les corts catalanes en el braç eclesiàstic, que mostrava la plena integració en l’engranatge institucional,63 i a més a més el castellà d’Amposta va ser membre del braç eclesiàstic aragonès i valencià.64
El rei Jaume II confià en els hospitalers per a dur a terme ambaixades diplomàtiques, com a l’hora de negociar la pau amb Castella el 1301, o per concertar el matrimoni amb la princesa de Xipre, Maria de Lusignan.65 En el terreny militar, el rei Jaume II i el seu fill Alfons el Benigne van sol·licitar l’ajut militar en la frontera de Granada en vàries oportunitats i davant de la manca o insuficiència de les prestacions, van amenaçar d’intervenir les responsions i, fins i tot, van rebre pagaments compensatoris.66 Per tant, els reis Jaume II i Alfons el Benigne van exigir a l’orde la seva tradicional cooperació militar, però gaudint de més elements coercitius i assegurant-se beneficis econòmics. L’amenaça de confiscació i la intervenció dels oficials en les rendes i béns van ser recurrents en el marc d’una renovada relació de dependència. Així, al llarg de la dècada dels anys vint, el rei va exigir als seus oficials que no empenyoressin els béns dels santjoanistes a la castellania d’Amposta.67
La presència dels hospitalers aragonesos i catalans va ser remarcable en l’empresa de Sardenya de 1323 i 1324, que en principi quedava fora de les seves obligacions militars perquè tenien prohibit lluitar contra cristians. En canvi, tot apunta que van estar més interessats a participar en aquella expedició que en la frontera del regne de Granada. Hi havia una màxima identificació amb la política exterior i mediterrània de la Corona per part de l’Hospital, i del castellà d’Amposta, fra Martín Pérez de Oros, qui va comandar una companyia al setge de Vila d’Esglésies on va perdre la vida.68 A més, el priorat de Catalunya es va comprometre a aportar 50.000 sous i la castellania 100.000, contribució molt extraordinària i òptima expressió de la seva participació en la política del moment.69 Val la pena observar que les contribucions dels santjoanistes de la castellania anaven consignades al braç eclesiàstic del regne de València, que juntament amb Montesa aportaven quasi la meitat dels 300.000 sous; i en canvi no apareixien entre els contribuents de l’estament eclesiàstic aragonès. Dècades més tard, el rei Pere el Cerimoniós, en un regnat marcat per un destacadíssim intervencionisme en l’orde, proposava que hi hagués comanadors aragonesos i catalans a Sardenya.70 D’altra banda, els hospitalers van utilitzar impostos com a mitjà de finançament i fins i tot d’enriquiment.71
Davant de les ingerències o intervencions dels reis, el papat va intentar retallar-les en el primer terç del segle XIV. Missives secretes de Joan XXII els reclamaven que no es fes pagar als hospitalers aragonesos i catalans certes despeses perquè havien de fer front al sosteniment d’Ultramar des del convent. Així, demanava al rei que no els impedís cobrar les responsions72 i va implicar els prelats, com ara l’arquebisbe de Saragossa, qui va rebre l’encàrrec de vetllar en contra dels qui en privaven el cobrament. Una vegada més el pontífex recordava que era pel benefici dels cristians que regentaven les «parts ultramarines».73
A TALL DE CLOENDA
A darreries del segle XIII, la crítica situació del moviment croat va propiciar la redefinició dels ordes militars, sobretot internacionals, quan s’obrí pas el plantejament de creació d’un orde nou. Aquest projecte va agafar forma en el rellançament de l’Hospital després de l’abolició del Temple, que va romandre com a principal responsable de la defensa cristiana a la Mediterrània oriental. Mentrestant s’incrementava la ingerència de la monarquia i dels seus representants en els instituts militars. En aquest context, es produí la intervenció del rei Jaume II en el patrimoni templer, que convertí l’orde hospitaler en una poderosa i principal institució dominical a Aragó, i destacada en terres catalanes, encara que pràcticament havia perdut la presència a València. La regionalització patrimonial en determinades zones i la politització a la Corona d’Aragó coincidí amb l’enfortiment de la seva trama governativa i fiscal, conduïda des de Rodes. Aleshores la incidència del rei va augmentar envers l’Hospital i el nou orde de Montesa, ara més subjectes a les necessitats i al desplegament de les funcions de la monarquia, que es va concretar en una sèrie d’intervencions en l’administració, patrimoni i, fins i tot, recursos. Alternativament, el papat esdevingué un autèntic garant de l’organització santjoanista, sovint com a representant dels interessos de Rodes, i amb una major actuació que la que havia protagonitzat en els segles anteriors. La peculiar dimensió internacional del renovat orde va propiciar accions del poder reial, papal i del mestre, no lliures de disputes o contradiccions, i amb això els seus membres van esdevenir actors destacats en l’activitat política de la Corona d’Aragó.
* El present estudi s’ha fet gràcies al projecte de recerca HAR 2013-45266 del Ministeri d’Economia i Competitivitat.
1. Les principals referències sobre l’abolició del Temple a la Corona d’Aragó són: Heinrich Finke: Papsttum und Untergang des Templerordens, Münster, Druck und Verlag der Aschendorffschen Buchhandlung, 1907; Alan Forey: The Fall of the Templars in the Crown of Aragon, Aldershot, Ashgate, 2001; Josep Maria Sans i Travé: El procés dels templers catalans. Entre el turment i la glòria, Lleida, Pagès editors, 1990; Maria Vilar Bonet: Els béns del Temple a la Corona d’Aragó en suprimir-se l’orde (1300-1319), Barcelona, Fundació Noguera, 2000 i Esteban Sarasa: «La supresión de la orden del Temple en Aragón. Proceso y consecuencias», a Ricardo Izquierdo i Francisco Ruiz (eds.): Las órdenes militares en la Península Ibérica. Vol. I: Edad Media, Cuenca, Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha, pp. 379-401.
2. Partim d’estudis com el de Joaquim Miret i Sans: Les cases de Templers y Hospitalers en Catalunya. Aplech de noves y documents històrichs, Barcelona, Casa Provincial de la Caritat, 1910. Sobre les conseqüències amb relació a l’orde montesina, Enric Guinot Rodríguez: «La fundación de la orden militar de Santa María de Montesa», Saitabi, XXXV (1985), pp. 73-86, i Luis García Guijarro: «Los orígenes de la orden de Montesa», a Las órdenes militares en el Mediterráneo occidental (siglos XII-XVIII), Madrid, Casa de Velázquez, 1989, pp. 69-83.
3. H. Finke: Papsttum und Untergang..., t. 2, pp. 276-279, doc. 138: «e si el papa feya un orde novell», pp. 280-285, doc. 139: «a orde novellament faedor...». També es registrà en els arxius de la institució a Rodes, National Library of Malta (NLM), 10, docs. 48 i 49: «bona quondam domus et ordine milicie Templi ordem Hospitali sancti Ihoannis Ierosolimitani concedere quam ordinem de nouo creando»; i docs. 50, 51.
4. Joannis Dominici Mansi: Sacrorum Conciliorum Nova Amplissima Collectio, núm. 24, Venècia, 1790, pp. 134-135. La notícia procedia d’informacions posteriors. Jean Baptiste Martin: Conciles et bullaire du diocèse de Lyon: des origines à la réunion du Lyonnais à la France en 1312, Lió, 1905, p. 441, doc. 1821. No hi consta que el rei Jaume I es negués a un orde únic per l’excés de poder en el seu territori, a diferència del que explica Alain Demurger: Auge y caída de los templarios, Madrid, Martínez Roca, 1986, p. 233. Tot i que va assistir al concili, ho va fer al maig i aquesta qüestió es va plantejar a darreries de juliol.
5. Liber de passagium o Liber de fine, Sebastià Garcías Palou: «Sobre la identificació del “llibre del passatge”», Estudios lulianos, 16 (1972), Londres, pp. 216-230: 225; i Alan Forey: The Military Orders. From the Twelfth to the Early Fourteenth Century, Londres, Macmillan Education, 1992, pp. 217-220.
6. J. N. Hillgarth: Ramon Llull i el naixement del lul·lisme, Montserrat, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1998, pp. 93-94.
7. Gabriel Ensenyat: «Pacifism and Crusade in Ramon Llull», Quaderns de la Mediterrània, 9 (2008), pp. 137-144: 141. La proposta d’unió dels ordes es discutí en concilis provincials a petició del papa Nicolau IV després de la caiguda d’Acre, i fou acceptada; Alan Forey: «The Military Orders in the Crusading Proposals of the Late-Thirteenth and Early-Fourteenth Centuries», Traditio, 36 (1980), pp. 317-345: 321.
8. A. Forey: The Military Orders..., p. 219.
9. Anthony Luttrell: «Gli Ospitalieri e l’eredità dei Templari 1305-1378», a The Hospitallers of Rhodes and their Mediterranean World, Aldershot, Ashgate, 1992, III, pp. 67-86: 67.
10. Maria Bonet Donato: La orden del Hospital en la Corona de Aragón. Poder y gobierno en la Castellanía de Amposta, Madrid, CSIC, 1994, pp. 51-59.
11. Sobre la posició estratègica de Tortosa i Amposta, Jean Pierre Cuvillier: «La noblesse catalane et le commerce des blés aragonais au début du XIV siècle (1316-1328)», Mélanges de la casa de Velázquez, VI (1970), pp. 113-130: 114-118. Maria Bonet: «L’Amposta feudal: poders, societat i economia», a Actes de les Primeres Jornades d’Història d’Amposta, Amposta, Ajuntament d’Amposta, 2001, pp. 141-180: 163-166. L’interès del rei per Tortosa es constata també perquè va assolir la tercera part de Guillem de Montcada en dates properes a l’obtenció del domini templer a la ciutat; Laureà Pagarolas: «La fi del domini de l’orde del Temple a Tortosa», Anuario de Estudios Medievales, 28 (1998), pp. 267-291: 272.
12. H. Finke: Papsttum und Untergang..., t. 2, pp. 182-184, doc. 101. L’argument servia per a reclamar les prestacions militars que el rei exigia als hospitalers.
13. Heinrich Finke: Acta Aragonensia. Quellen zur Deutschen, Italienischen, Französischen, Spanischen zur Kirchen und Kulturgeschichte aus der Diplomatischen Korrespondez Jaymes II (1291-1327), t. 1, Scientia Verlag Aalen, 1968 (1a ed. 1908), pp. 115-116 (1302).
14. Iohannes Vincke: Documenta selecta mutuas civitatis Arago-Chatalanicae et ecclesiae relationes illustrantia, Barcelona, Biblioteca Balmes, 1936, pp. 302-303 (ca. 1325): «hoc nolumus ignorare... dictum ordinem Hospitalis in dominio nostro a nostris progenitoribus recolende memorie fuisse donatum et honorifique atque bene,... fere omnia bona oridinis Templi».
15. A. Forey: The Military Orders.., pp. 217-218.
16. NLM, 10, docs. 20, 28 i 50 (de Climent V); i NLM, 1126, ff. 196-199, NLM, 1136, ff. 130-134v i 167 (de Joan XXII).
17. J. M. Sans i Travé: El procés dels templers catalans..., pp. 75-82. No obstant això, se l’havia acusat d’emprendre les accions abans del concili, A. Forey: The Fall of the Templars..., p. 10.
18. Tomàs de Montagut: «El reial patrimomi i els béns del Temple (1307-1317)», Actes de les Primeres jornades sobre els ordes religioso-militars als Països Catalans (segles XII-XIX), Tarragona, Diputació de Tarragona, 1994, pp. 140-153. A inicis del 1308, Jaume II va escriure al bisbe de València, present en el concili provincial per a comunicar-li que el papa Climent V li manava detenir els templers i emparar-se del patrimoni, H. Finke: Papsttum und Untergang..., t. 2, pp. 77-79, doc. 54.
19. M. Vilar: Els béns del Temple..., p. 29.
20. A. Forey: The Fall of the Templars..., pp. 24-74 i M. Vilar: Els béns del Temple..., pp. 32-50.
21. AHN, Órdenes Militares (OM), Orden de San Juan de Jerusalén (OSJ), c. 853, doc. 58.
22. J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., pp. 378-379. La butlla Nuper in generali va donar pas a noves negociacions. Els representants del rei Jaume II a Avinyó van comunicar al pontífex que la resolució es prendria amb el seu consell, H. Finke: Papsttum und Untergang..., t. 2, pp. 295-298, doc. 145; pp. 298-302, doc. 146. Climent V seguí enviant missives als reis i prelats dels regnes peninsulars, com el d’Aragó, on indicava que els béns dels templers havien de recaure en els hospitalers; NLM, 10, docs. 47, 48, 49 i 50. Altres comunicacions recollien l’excepcionalitat de la decisió en els territoris hispans, NLM, 1139, a Bona templariorum, pp. 57-60. Val a dir que almenys des del 1211 els principals reis hispans estaven negociant conjuntament per aturar les accions del papat en el patrimoni templer; Jaime Villanueva: Viaje literario a las iglesias de España. Madrid, 1806, vol. 5, pp. 206-207.
23. J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., p. 377. Jaime Villanueva: Viaje literario..., vol. 5, pp. 196-197.
24. A. Luttrell: «Gli Ospitalieri...», p. 80 i J. M. Sans Travé: El procés dels templers catalans..., p. 282.
25. H. Finke: Acta Aragonensia..., t. III, 1922, pp. 315-316, doc. 149. El diplomàtic del rei a Avinyó, Arnau de Vilanova, ho explicava així a Jaume II, qui a més informava que el papa es mostrava a vegades airós i d’altres receptiu en parlar del tema.
26. Arxiu de la Corona d’Aragó (ACA), Reial Cancelleria (RC), 336, ff. 164v-167r: «era major profit e major seguretat que fossen dues ordens que una».
27. Idem: «...Et cert que·l poder del Espital seria tan gran que multitut d’omes, de castells et de forçes, et de rendes et d’altres coses que null altre poder del rey enfora no se poria comparar amb aquell, ans encara al poder del rey poria esser molt gran perill».
28. H. Finke: Papsttum und Untergang..., t. 2, pp. 294-298, doc. 145.
29. H. Finke: Acta Aragonensia..., t. III, pp. 332-337, doc. 158 (14 de maig de 1317).
30. L. García Guijarro: «Los orígenes...», p. 71.
31. Josep Maria Sans i Travé: Els templers catalans. De la rosa a la creu, Lleida, Pagès editors, 1996, p. 465.
32. Les peticions i arguments de Jaume II al papa l’any 1312, a H. Finke: Papsttum und Untergang..., t. 2, pp. 212-216, doc. 113, pp. 223-224, doc. 118, pp. 231-238, doc. 125, p. 265 i doc. 134, pp. 279-285, doc. 139.
33. A. Forey: The Fall of the Templars..., pp. 156-209.
34. E. Sarasa: «La supresión de la orden...», pp. 390-394. En aquest sentit, posteriorment va implicar als seus oficials perquè els hospitalers gaudissin dels drets que els templers havien tingut anteriorment en explotacions agràries i rendes, AHN, OM, OSJ, c. 589, doc. 173 (1318), 174 (1318).
35. A. Forey: The Fall of the Templars..., pp. 156-209, nota 33 i M. Vilar: Els béns del Temple..., p. 93. A diferència del rei Felip IV de França, qui s’apoderà de béns mobles, fingí ser creditor del Temple i obligà els hospitalers a pagar 200.000 lliures.
36. ACA, Reial Cancelleria, butlles, lligall 28, n. 10 i AHN, còdex 649, ff. 57-62, doc. 83, i còdex 659 ff. 29-40; aquests còdexs i els citats més endavant es troben a la secció d’ordes militars, orde de Sant Joan.
37. Val a dir que els tres primers frares de Montesa i els dos primers mestres eren hospitalers, però s’hi seguia la regla cistercenca de Calatrava, A. Luttrell: «Gli Ospitalieri...», p. 84.
38. J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., p. 381. No refereix la font documental, però l’acceptació és evident per la manca de disputes i per les accions executòries dels béns fetes pels mandataris de la institució.
39. AHN, còdex 649, ff. 56r-57r, doc. 81 (1317) i AHN, còdex 659B, ff. 40r-43r.
40. AHN, OM, OJS, c. 636, doc. 18. La presa de possessió de Miravet, AHN, OM, OJS, c. 610, doc. 92.
41. J. Villanueva: Viaje literario..., vol. 5, pp. 156-157.
42. El papa demanava al bisbe de Saragossa el retorn de les esglésies que eren del Temple i que pertanyien a l’Hospital, AHN, còdex 649, f. 57, doc. 82 (1317); i en termes més generals a tots els eclesiàstics, AHN, còdex 649, ff. 62r-67r, doc. 84 (1318), i semblantment AHN, còdex 649, ff. 69r-71r, doc. 87 (1318); als bisbes d’Osca i Tarassona per tal que defensessin els hospitalers en els plets sobre els béns ocupats, AHN, còdex 649, ff. 67r-69r, doc. 85 (1320).
43. H. Finke: Acta Aragonensia..., t. II, p. 718.
44. Antonio Arribas Palau: La conquista de Cerdeña por Jaime II de Aragón, Barcelona, Instituto Español de Estudios Mediterráneos, 1952, pp. 117-119. Robert de Nàpols deia que ell faria cedir aquests béns, conscient de la gran influència que tenia sobre el papat. El patrimoni dels ordes podia convertir-se en una mena d’apanage per als fills del rei.
45. J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., p. 382.
46. En la historiografia s’ha referit com una solució pontifical de conformitat al mestre: Joseph Delaville le Roulx: Les hospitaliers à Rhodes (1310-1421), Londres, Variorum Reprints, 1974, p. 49 i J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., pp. 387-388. Cap d’aquests dos autors citen la font. Iacomo de Bosio en dona la informació en explicar el perquè de la formació del priorat de Catalunya. Adverteix que malgrat la divisió i per algun temps els hospitalers catalans, aragonesos, valencians i mallorquins van continuar tenint alguns interessos en comú, i ho recollí «come appare nelle bolle registrate nella cancelleria di questa sacra Religione»; Iacomo Bosio: Dell’Istoria della sacra religione et illustrisima militia di San Giovanni Gierosolimitani, II, Roma, 1594, p. 29.
47. No queda clar que el document emès per Joan XXII fos una butlla, tot i que sembla que Bosio ho afirma, donat que no es registra en cap dels fons santjoanistes, ni tampoc s’ha pogut trobar en els documents papals de Rodes actualment custodiats a Malta a la NLM.
48. I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 246-249, doc. 347.
49. J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., p. 207.
50. J. Delaville le Roulx: Les hospitaliers..., p. 49.
51. Anthony Luttrell: «The Aragonese Crown and the Knights Hospitallers of Rhodes 1291-1350», English Historical Review, LXXVI, 298 (1961), pp. 1-19: 18-19.
52. I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 302-303, doc. 419.
53. Eren reclamacions i actuacions del rei pròpies d’una comprensió vassallàtica del lligam a diferència del que apunta Pierre Bonneaud, qui en nega el contingut vassallàtic. Argumenta que no figura la petició de consell ni auxili, o el terme vassall en el jurament: Els hospitalers catalans a la fi de l’edat mitjana. L’orde de l’Hospital a Catalunya i a la Mediterrània 1396-1472, Lleida, Pagès editors, 2008, p. 100. En les diverses versions dels juraments d’hospitalers, l’acte es refereix com a homagium, terme explícit de l’homenatge. Recordem, però, que ja no és l’època del feudalisme clàssic, i això justifica que no hi hagi la reclamació explícita d’ajuda i consell, per bé que era clarament implícita.
54. A. Luttrell: «The Aragonese Crown...», p. 7, i intervencions dels reis en responsions, pp. 9-10.
55. ACA, ordes religioso-militars, Gran Priorat de Catalunya, inventaris núm. 1103 (de darreries del segle XVII) i núm. 1111, des de p. 32. Val a dir que l’inventari 1111, amb poques coincidències amb els actes registrats del 1103, reuní també alguns juraments del castellà d’Amposta.
56. H. Finke: Acta Aragonensia..., t. III, pp. 332-337: «E tota la major força dels cardenals contradixeren ... especialment al sagrament e al homenatge dels hospitalers». També es van oposar a què els béns del Temple fossin donats a un altre orde que no fos l’Hospital, com va acabar passant amb Montesa, perquè anava en contra del concili general i «daria hom exemple als prínceps del món, que cada hu demanàs açò».
57. I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 246-249, doc. 347.
58. Ibíd., pp. 302-303, doc. 419.
59. Jochen Burgtorf: The Central Convent of Hospitallers and Templars. History, organization and personnel (1099/1120-1310), Leiden, Brill, 2008, pp. 628-629.
60. J. Delaville le Roulx: Les hospitaliers..., pp. 65-67; M. Bonet: La orden del Hospital..., p. 68. Sembla que el mestre volia forçar les vacants per a rebre beneficis. De nou, el rei Alfons el Benigne va demanar al papa l’elecció de fra Arnau Alós com a prior el 1331, després de l’oposició, i fins i tot excomunicació promogudes pel mestre i el papa, I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 357-359, doc. 490; actuacions del papa doc. 487 i p. 360, doc. 492 i NLM, 1136, ff. 398r-399r; 488r-489r i 526r, etc.
61. I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 302-303, doc. 419: «pro deffensione regni vel offensione inimicorum fidei ortodoxe, servicium ipsium honorifice possimus habere». Fins i tot el rei va arribar a amenaçar amb la confiscació del patrimoni, H. Finke: Acta Aragonensia..., II, pp. 818-820.
62. I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 357-9, doc. 490, i Pascual Jaume Chust Belasco i Josep Royo Martínez: «Una conseqüència de la guerra amb el regne musulmà de Granada en el senyoriu de Torrent. L’arrendament de 1330», Torrens, 3 (1984), pp. 45-51.
63. Antoni Udina Abelló: «Els ordes religiosos-militars i les Corts catalanes (1283-1412)», Actes de les primeres..., pp. 132-139.
64. Convocatòria a les corts aragoneses de 1291, I. Vincke: Documenta selecta..., pp. 29-30, doc. 56 i la proclamació dels membres del braç eclesiàstic de les corts de València el 1301, ibíd., p. 52, doc. 94.
65. Carlos Barquero Goñi: «Los hospitalarios y la monarquía castellano-aragonesa. Siglos XII-XIII», Archivos leoneses, 97-98 (1995), pp. 57-119, i M. Bonet: La orden del Hospital ..., p. 63.
66. Anthony Luttrell: «Hospitaller life in Aragon: 1319-1370», The Hospitallers..., XV, pp. 97-115: 100. J. Miret i Sans: Les cases de Templers..., p. 405 i Manuel Sánchez Martínez: «Las órdenes militares en la cruzada granadina de Alfonso el Benigno (1329-1334)», Anuario de Estudios Medievales, 28 (1998), pp. 31-58: 34-47.
67. ACA, RC, 924, f. 194 (1324); AHN, OM, OSJ, c. 586, doc. 141 i 151 (1324); i doc. 147 (1327).
68. A. Arribas Palau: La conquista..., p. 212.
69. Ibíd., pp. 184-185.
70. ACA, RC, 1227, ff. 119r-120r. De la implicació dels hospitalers en les activitats militars del rei Pere el Cerimoniós, en dóna testimoni el fet que es gastés les responsions en la guerra entre Aragó i Castella el 1358, J. Delaville le Roulx: Les hospitaliers..., p. 375. Ben coneguda és la proximitat amb el castellà fra Juan Fernández de Heredia, qui, per exemple, va entrar a València amb el comandament del rei i van reprimir els unionistes, A. Luttrell: «Hospitaller life...», p. 101.
71. Això explica que els hospitalers s’unissin amb altres per a comprar el bovatge el 1333; Manuel Sánchez Martínez: «La fiscalidad real en Cataluña (siglo XIV)», Anuario de Estudios Medievales, 22 (1992), pp. 341-376: 363.
72. Secretorum Johannis XXII, a NLM, 1136, ff. 527r-528v (1332). El papa argumentava de manera semblant en una reclamació perquè el rei de Portugal no es quedés amb les responsions, NLM, 1136, ff. 341, 342 i 343 (1330).
73. NLM, 1136, ff. 529r-v i 530r (1332).
REFLEXOS EM PORTUGAL DE UM «MUNDO»
EM MUDANÇA
A origem da Ordem de Cristo no século XIV
Paula Pinto Costa FLUP - CEPESE
UM «MUNDO» EM MUDANÇA FORA DE PORTUGAL
Acre, ano de 1291. A 28 de maio terá tocado a rebate em Acre, situada em tempos idos no reino latino de Jerusalém e hoje em território israelita. O castelo de S. João de Acre capitulou. Não foi apenas mais um, entre outros que assinalavam a presença ocidental nos territórios latinos, pois foi o palco da última grande derrota. Nesse final de maio, al-Ashraf Salah-ad-Din Khalil, sultão do Egito, com essa vitória sobre os Hospitalários, responsáveis pela fortaleza nos últimos 100 anos, conduziria o reino de Jerusalém, criado em 1099 como resultado da 1.ª cruzada, ao fim de uma etapa histórica. As condições de permanência no território seriam insuportáveis para as poucas pessoas ocidentais que lá se encontravam. A 14 de agosto, os Templários abandonam o chamado Castelo do Peregrino, situado a sul de Haifa, sobre o mar Mediterrâneo. Esta retirada significa a perda do último bastião do Reino de Jerusalém, localizado a uma distância de quase 40 km a sul de Acre. Por força desta sequência de acontecimentos, afastam-se deste território e instalam-se numa minúscula ilha mediterrânica centralizada no castelo de Arwad, situada bem mais a norte, na mesma latitude do Chipre, onde permaneceriam até 1303.1
A associação destes factos com a cruzada constitui um profícuo campo historiográfico. Porém, a escassa clarificação conceptual e a falta de uniformidade no uso do termo cruzada, assumida como a mais famosa e distinta forma de guerra santa cristã, constituem, por vezes, limitações que marcam alguns estudos.2 A derrota de Acre, por alguns considerada o fim das missões cruzadas, não representou, como é sabido, uma interrupção deste tipo de movimentos, embora tenha conduzido ao afastamento definitivo dos cristãos ocidentais desse oriente latino. A cruzada continuou a desenvolver-se no contexto da sociedade e economia tardo-medievais e foi um elemento crucial ao nível das transformações nas relações mediterrânicas nos séculos XIII a XV, em boa medida devido aos interesses que recaíam sobre aquela área, já que uma parte da economia ocidental dependia do controlo dos acessos ao Levante e ao Mar Negro.
A sucessão de várias derrotas militares cristãs e a consequente perda contínua de posições territoriais contribuiu para a deterioração da situação militar e económica, ao longo do século XIII, impondo o reforço da colaboração do Ocidente com verbas e com recursos humanos. O Papa Gregório X convocou um concílio ecuménico, onde foi discutido sobretudo o problema do domínio da Terra Santa e a união das Igrejas latina e ortodoxa. Com efeito, em 1274, no II Concílio de Lyon, foi criada uma taxa a aplicar na Cristandade para subsidiar a cruzada. Gregório X (1271-76) conferiu a esta taxação uma base institucional firme, através da definição da atuação de 26 coletores. Na verdade, este concílio redefiniu o papel da cruzada no plano interno da Cristandade, tendo em conta a defesa do que restava dos estados cruzados da Terra Santa.3
Nestas circunstâncias, desenvolveram-se formas de atuação que favoreceram a tomada de consciência em relação a estes assuntos. No II Concílio de Lyon estiveram presentes, entre outros, Guilherme de Beaujeu, Mestre do Templo, e Guilherme de Corceles, cavaleiro do Hospital, este último que há mais de 30 anos servia no Leste, sendo profundo conhecedor da situação que aí se vivia. A sua missão era discutir a forma de ajudar a Terra Santa e de defender as Ordens Militares das críticas episcopais. Perante o avolumar dos problemas, as Ordens Militares queriam continuar a enviar pequenos contingentes (enquadrados na categoria do que se designou por passagium particulare) para reforçar a posição no Levante.4
Apesar de todos os esforços, Acre capitulou e os Estados Latinos da Terra Santa foram desmantelados. As reações fizeram-se sentir de imediato. A partir destes factos, desenvolveram-se várias opiniões sobre a prossecução da cruzada,5 embora, na sua maioria, de cunho utópico. O tema da «recuperatio» da Terra Santa foi abordado em diversos tratados escritos entre os anos 70 do século XIII e inícios do seguinte.6 Ramon Llull no «Tractatus de modo covertendi infideles», redigido pouco depois da tomada de Acre, propõe que Templários, Hospitalários e Teutónicos dividam áreas de influência e de competência no cenário mediterrânico. Porém, este mesmo autor, um pouco mais tarde, na «Epistola summo pontifici Nicolao IV pro recuperatione Terrae Sanctae», propõe que se organize uma única Ordem, a partir dos Templários, Hospitalários, Teutónicos, Santiaguistas e Calatravenhos, que poderia ser designada por «Spiritu Sancto». De acordo com o tratadista, esta nova Ordem seria encabeçada por um filho de um rei, que seria chamado «rex bellator» e seria confirmado pelo rei de Jerusalém.7 Esta solução teria algum eco em Portugal no reinado de D. João I, o primeiro monarca que entregaria a administração das Ordens Militares aos seus próprios filhos. Por outro lado, quando no Concílio de Vienne foi decretada a supressão do Templo, a consequente entrega dos seus bens aos Hospitalários poderia ser interpretada como uma forma de união, como já salientou Alan Forey.8 Em 1309, no tratado sobre a cruzada, intitulado «Liber de acquisitione Terrae Sanctae», Ramon Llull mantem-se firme na defesa da recuperação da cruzada,9 em função da enorme influência que recebe por parte dos interesses aragoneses e franceses.10
O nexo de causalidade entre o desfecho de Acre e a supressão da Ordem do Templo é fácil de estabelecer. Em palavras sucintas, a Ordem, que tinha assumido como objetivo crucial da sua missão a defensa da Cristandade, tinha acabado de dar provas da sua incapacidade militar no Mediterrâneo oriental. Esta razão, a par de outras mais específicas relacionadas com o seu percurso histórico junto da corte capeta, tornava evidente a acumulação de pretextos que ameaçavam o futuro dos Templários. As Ordens Militares (umas mais do que outras) ficaram expostas ao que podemos designar por crise de identidade sem precedentes, em virtude do falhanço de uma das suas missões primordiais. A procura de soluções foi, desde logo, ensaiada e as reações não tardaram. O próprio Mestre Jacques de Molay, em 1305, opôs-se à união dos Templários com os Hospitalários, argumentando que estes últimos tinham sido criados para tratar de doentes. Ao apontar esta especificidade fomentou, como é óbvio, o destino negativo da sua própria instituição.
A partir de 13 de outubro de 1307, altura em que Filipe IV de França mandou deter os Templários,11 criou-se o ambiente que conduziu ao Concílio de Vienne, reunido entre outubro de 1311 e maio de 1312, sobretudo para discutir o destino da Ordem do Templo. Como resultado, a Ordem do Templo foi suprimida em 22 de março de 1312, pela bula «Vox in excelso»,12 do Papa Clemente V, na sequência de um longo processo. Os reflexos deste concílio fizeram-se sentir em toda a Europa13 e também em Portugal, que se fez representar pelo arcebispo de Braga e pelos bispos de Lisboa, do Porto e de Coimbra.14 Contudo, não é deste assunto que se trata aqui. O que importa é ter presente esta conjuntura e perceber como é que ela se manifestou em Portugal.
REFLEXOS EM PORTUGAL: A INSTITUIÇÃO DA ORDEM DE CRISTO
A conjuntura centrada no Mediterrâneo oriental e, em particular, a grande mudança da segunda metade do século XIII refletiram-se em Portugal de forma muito clara e coincidiram com alterações importantes. Dois episódios são suficientes para evidenciar o sincronismo com os acontecimentos vividos a longa distância: a conquista de Faro, o último povoado algarvio, em 1249, e a criação da Ordem de Cristo, em 1319. Esta cronologia estende-se ao longo de dois reinados: o de Afonso III, conhecido como o Bolonhês (1248-1279), e o de D. Dinis (1279-1325). Ambos tinham fortes ligações pessoais e políticas à Europa além-pirenaica, o que lhes garantia o conhecimento atualizado de boa parte do que se estava a passar no plano internacional.
Entre a capitulação de S. João de Acre, a 28 de maio de 1291, e a criação da Ordem de Cristo, a 14 de março de 1319, no rigor do tempo, passaram 27 anos, 9 meses e 17 dias. Se numa leitura objetiva ficamos com a ideia de que bastante tempo passou, numa interpretação mais histórica temos a convicção de que a ligação entre os dois acontecimentos é intensa e se estabelece de forma direta. Acre, apesar de estar tão longe (a cerca de 6.000 km de viagem terrestre), fazia-se sentir muito perto se pensarmos no impacto que tiveram em Portugal os acontecimentos que lá se desenrolaram.
Há também paralelismos cronológicos entre o que aconteceu em França e em Portugal que são muito sugestivos no contexto desta reflexão. O primeiro sinal a que a historiografia tem atribuído significado foi da iniciativa de Filipe IV de França e consistiu na decisão de mandar prender os Templários em 13 de outubro de 1307.15 Do ponto de vista da memória documental, em Portugal, o ano de 1307 coincide, precisamente, com a altura em que as provas arquivísticas relacionadas com esta Ordem sugerem a abertura de um ciclo de grandes alterações relacionadas sobretudo com o património destes freires.16 A situação era complexa e pela bula «Deus ultionum Dominus», de 12 de agosto de 1308, o arcebispo de Braga e o bispo do Porto foram nomeados administradores dos bens do Templo em Portugal.17
No alinhamento dos acontecimentos internacionais insere-se a decisão de suprimir a Ordem do Templo em 1312, a qual resultou de um processo longo e teve consequências enormes ao nível da gestão patrimonial. A solução superiormente encontrada foi protagonizada pelo Papa Clemente V que, pelas letras «Ad providam» de 2 de maio de 1312, determinou que os bens do Templo fossem transferidos para o Hospital, abrindo, porém, algumas exceções para dotar novas instituições, incluindo, entre elas, Portugal.18 O assunto seria bastante polémico e, em 23 de agosto de 1312, pela bula «Dum fili carissime», justifica-se a referida exceção.19 Na bula fundacional da Ordem de Cristo aponta-se a razão, nos seguintes termos: «per que os dictos bens que forom do Temple que eram nos seus rreynos non se podiam juntar nem encorporar aa dicta orden do Hospital sen gram perigoo e gran prejoizo seu e dos seus rreynos».20 De facto, a dimensão e a proximidade no terreno dos domínios Templários e Hospitalários situados em Portugal constituiriam sérias ameaças à prossecução da política régia de controlo destas instituições.
Outra consequência produzida pela bula «Vox in excelso» fez-se sentir na criação de um repositório documental de valor jurídico-probatório relacionado com a Ordem do Templo, com a finalidade de atestar uma parte do seu espólio patrimonial em Portugal. Desta altura conhecem-se tanto inquirições régias ao património dos Templários, como a cópia de documentos pertencentes aos freires e relacionados com os seus bens imóveis. Deste período, conservam-se nos arquivos portugueses, pelo menos, três inquirições de grande dimensão sobre os bens da Ordem do Templo, datadas de 1312,21 131422 e 1317,23 a que se podem acrescentar outras com objetivos mais específicos. A título de exemplo, sublinhe-se que o referido inquérito de 1314 se destinava a coligir informações organizadas em torno de 25 artigos sobre as jurisdições exercidas pelos Templários.24 As respostas obtidas são muito elucidativas dos objetivos que a coroa tinha definido em relação a esta instituição. As testemunhas mais contundentes afirmam que tudo pertencia e dependia do rei, desde os rendimentos auferidos pelo Templo à tutela das questões judiciais e militares, passando pela intervenção régia na organização interna da instituição, através da escolha dos freires e dos mestres e do controlo das reuniões capitulares.
Na sequência dos dados apurados, no ano de 1318, em Portugal, assistiu-se a grande atividade relacionada com a supressão da Ordem do Templo. Depois de no mês de agosto terem sido nomeados os procuradores de D. Dinis à Santa Sé,25 em 30 de setembro desse mesmo ano, em dois documentos distintos,26 foi copiada diversa documentação com efeitos probatórios sobre a Ordem do Templo.
Os procuradores enviados por D. Dinis à Santa Sé são João Lourenço de Monsaraz e Pedro Peres com a missão de negociarem junto da cúria romana o destino dos bens da Ordem do Templo em Portugal. Estes homens são, nem mais nem menos, um cavaleiro e um clérigo, respetivamente, representando a dupla condição dos freires. A procuração que receberam, datada de 14 de agosto de 1318, refere-os como «o nobre baron Joham Lourenço cavaleyro e o sagez baron Pero Peres, coonigo de Coymbra».27 A partir da citação, sublinhe-se a consciência da necessária capacidade de argumentação, já que da sagacidade com que os embaixadores expusessem os argumentos dependeria o sucesso da missão. Pela leitura da bula de fundação da Ordem de Cristo, percebe-se que a retórica se desenvolvia em torno da utilidade da nova instituição no contexto do poder régio e do impacto da condição fronteiriça da instalação dos freires no domínio da expansão da fé e da captação de proveitos materiais.
Perante tudo isto, a Ordem de Cristo foi oficialmente criada em 14 de março de 1319, pela bula «Ad ea ex quibus» outorgada pelo Papa João XXII.28 No dia seguinte, pela bula «Desiderantes ab intimis», D. Gil Martins foi nomeado Mestre da recém-criada Ordem.29 Estas bulas foram outorgadas em Avinhão, o que significa que o mensageiro que as trouxe até Portugal teria pela frente quase um mês de viagem.30
O Mestre escolhido – D. Gil Martins – tinha, até então, desempenhado funções similares na Ordem de Avis, precisamente a Ordem que viria a dar o nome à 2.ª dinastia portuguesa pelo facto de João, filho do rei D. Pedro I, que havia desempenhado o ofício de Mestre, ter sido convertido em Rei de Portugal em 1385. Falamos de D. João, Mestre de Avis, elevado ao trono com o nome de D. João I de Portugal. Segundo a bula fundacional, D. Gil Martins «gardara sempre lealdade ao dicto rrey», o que revela a necessidade de garantir, desde logo, a total cumplicidade com a coroa.31 No entanto, e com independência de quem é este homem, importa salientar que a sua escolha implica também a escolha da Ordem de Calatrava, com sede no reino vizinho e à qual estava ligado.
Para além dos argumentos régios já enunciados, houve outros fatores que reforçaram a justificação da criação da Ordem de Cristo, como a própria evolução económica e social do Ocidente medieval. Ao evidenciar-se a acumulação de problemas graves no contexto do sistema senhorial, fomentou-se a procura de novos espaços de afirmação, cada vez mais de perfil marítimo, revalorizando-se o potencial do Mediterrâneo para a história de Portugal.32 A este nível, tanto a já citada bula de criação da Ordem de Cristo como a de nomeação do seu primeiro Mestre expressam a intencionalidade de prossecução da cruzada em territórios situados para além da fronteira territorial.
A compreensão da criação da Ordem de Cristo implica o reconhecimento de duas outras questões capitais. Primeiro, não se pode reduzir à sua bula fundacional, pois a Ordem resulta de um processo que começa em 1307 e se prolonga até 1326. Segundo, não constitui uma ação isolada, sendo conhecidas manifestações da política régia de reforço da autoridade monárquica e de ambição de controlo de todas as outras Ordens Militares instaladas em Portugal.
Quanto à primeira questão, e do ponto de vista documental, há um conjunto de textos que fazem parte deste longo processo. A partir de 1307 foram produzidos documentos relacionados com a transição da base territorial do Templo para a administração régia, bens estes que só mais tarde seriam transferidos para a Ordem de Cristo.
A definição das áreas geográficas de influência da nova Ordem de Cristo constitui uma questão de resolução gradual. Castro Marim, assumida com toda a projeção na bula fundacional e integrada no bispado de Silves, foi escolhida para fixar a sede conventual. Era um lugar simbólico pela sua dimensão de fronteira, associada à cruzada. De acordo com a bula era «castelo muy forte a que a desposiçam do logar da seer defeso, que he na fronteyra dos dictos enmiigos e parte con eles, podiasse fazer nova cavalaria de lidadores de Jhesu Christo».33 Curiosamente, a sede dos Templários tinha funcionado bem mais a norte, em Tomar. Na mencionada bula de 14 de março de 1319 estabelecia-se a impossibilidade de revogação da doação régia da vila algarvia de Castro Marim, a par dos domínios situados em Castelo Branco, Longroiva, Tomar e Almourol, os quais tinham constituído o núcleo principal dos territórios Templários (à exceção de Castro Marim); a referência aos restantes bens imóveis era discretamente incluída numa expressão muito vaga, o que espelha o grande desconhecimento sobre a totalidade desse património. De acordo com as palavras do rei, D. Gil Martins «non sabe tambem hu esses beens son».34 As áreas de influência territorial da Ordem de Cristo eram bem mais amplas do que aquelas cinco propriedades que a bula fundacional menciona. Esta dispersão dominial por boa parte de Portugal (sobretudo em Trás-os-Montes, a sul de Coimbra e na Beira Interior, onde o rio Tejo funcionou como um eixo estruturante) refletia a configuração da propriedade da antiga Ordem do Templo.
A longa fase de transição dos bens de uma instituição para a outra, tendo os mesmos ficado, a título transitório, sob a administração régia, terá contribuído para a complexidade deste processo.35 Uma vez decidido o enquadramento para os bens dos Templários, em 24 de junho de 1319, D. Dinis restituiu à Ordem de Cristo determinadas propriedades.36 Por sua vez, em 20 de novembro de 1319, o Mestre D. Gil Martins deu carta de quitação ao rei, abrangendo todos os bens que recebera até então37 e, passados seis dias, toma posse desse património.38
A organização dos bens da Ordem de Cristo prolongou-se pela década de 20 do século XIV. As sucessivas Ordenações de 1319, de 1321, de 1323 e de 132639 demonstram a necessidade contínua de arrolar bens imóveis e de clarificar o seu estatuto no contexto da instituição. Comparados os estatutos jurídicos destes bens (organizados em cerca de 50 domínios), percebe-se o esboço de um processo de transferência de propriedade da tutela direta do Mestre e do convento para os comendadores, compatível com o reconhecimento de fidelidades à Coroa e à Ordem.
Exposta em síntese a evolução histórica da base patrimonial da Ordem de Cristo, chamamos a atenção para uma outra questão substantiva relacionada com a identificação das caraterísticas orgânicas e funcionais da própria Ordem. Em termos muito simples, que instituição é esta?
De acordo com a bula fundacional, devia organizar-se segundo a regra e as ordenações da Ordem de Calatrava, devia submeter-se à correição e visitação do Abade de Alcobaça da Ordem de Cister, tendo em conta a tutela de Cister sobre Calatrava.40 Já o Templo tinha tido uma matriz cisterciense, a qual terá condicionado a decisão papal de vincular a nova instituição a Calatrava, tendo por base um fundamento canónico.
Ao mesmo tempo que se fixava a base territorial através das sucessivas Ordenações, também se estabelecia o número de freires que compunham a Ordem de Cristo. As Ordenações de 131941 falam em 86 freires (71 cavaleiros, 9 clérigos e 6 serventes), as de 132142 apontam 84 freires (69 cavaleiros, 9 clérigos e 6 serventes), as de 132343 mencionam 80 (66 cavaleiros, 8 clérigos e 6 serventes) e as de 132644 recuperam os números da primeira versão, referindo 86 (71 cavaleiros, 9 clérigos e 6 serventes). Do ponto de vista nominal não se sabe quem era a esmagadora maioria destes homens. As perseguições aos Templários, ocorridas sobretudo em França,45 não parecem ter tido lugar em Portugal, pelo que alguns Templários terão transitado para a nova Ordem.46
A segunda questão que acima referimos, e que se afigura determinante para a compreensão da criação da Ordem de Cristo, consiste no reconhecimento de que não se tratou de uma ação isolada no contexto que então se vivia. O evidente controlo deste processo pela monarquia tem eco em outras manifestações do reforço da autoridade régia sobre todas as outras Ordens Militares.
Com o final da reconquista territorial em Faro em 1249, percebe-se que se tinham criado as condições que permitiriam inaugurar uma nova atitude frente às Ordens Militares, isto é, um novo ciclo caraterizado pela intervenção régia nas Ordens e pela gradual perda de autonomia. O controlo das Ordens Militares por parte da monarquia era obrigatório para garantir a convergência de interesses, preocupação mais do que evidente no reinado de D. Dinis. As Ordens Militares tornam-se fundamentais para o desenvolvimento político, funcionando como um estímulo, uma espécie de elemento de pressão, para que a própria monarquia encontrasse formas governativas cada vez mais elaboradas e afirmasse a sua maturidade. Neste sentido, as Ordens Militares são convertidas em instituições para servir a monarquia e submetidas à sua autoridade, como provam as ações concertadas que atingem todas elas, como apontamos de seguida em termos muito sintéticos.47
No que diz respeito à Ordem do Templo, a coroa forçou a procura da autonomia do ramo português. Neste contexto, estão documentadas sentenças contra a Ordem do Templo em 1272,48 1274,49 127850 e 1283.51 Mas, o mais significativo foi o aproveitamento da sua supressão internacional para a criação da Ordem de Cristo.
Quanto à Ordem do Hospital, D. Dinis procedeu a várias permutas patrimoniais com os freires nos anos de 1286,52 1305,53 132354 e 1324,55 fazendo prevalecer os interesses do poder central,56 ao mesmo tempo que aumentava o controlo sobre a instituição. As contendas com a coroa ao longo deste reinado podem ser interpretadas neste mesmo sentido disciplinador.57 A partir da última década do século XIII, intensificam-se os conflitos em que a Ordem esteve envolvida, como comprovam documentos de 1291,58 1309,59 131260 e de 1321.61
Em relação à Ordem de Santiago, desenvolve-se a autonomia do ramo português face ao convento de Uclés, através da eleição de um mestre para Portugal. Até 1288, Portugal era considerado apenas como uma comenda no âmbito da organização peninsular espatária. Só com Pedro Escacho se redigiu, pela primeira vez, uma lista de comendas de Portugal, o que é bastante significativo.62
Por último, no que toca à Ordem de Avis, também se trava um processo de independência em relação a Calatrava.63 O rei D. Dinis quer interferir na escolha do mestre e afirma que esta Ordem é «cousa minha e dos reys que forom ante mim e que depos mim am de viir»,64 numa atitude intrusiva ao nível da orgânica interna da instituição, já que os mestres, em teoria, seriam eleitos pelos freires no convento. À semelhança do que se verificou em organizações congéneres, também houve litígios entre esta Ordem e o rei, que se revelam cruciais para interpretarmos esta conjuntura.65
Protagonizando estas medidas, o monarca manifestava a consciência que tinha em relação ao poder ameaçador destas instituições de carácter religioso, militar e senhorial. Assim, a partir do reinado de D. Dinis,66 torna-se óbvio que o controlo das Ordens Militares pela monarquia é indispensável.
Confrontadas com este tipo de políticas, as Ordens de Santiago, de Cristo e de Avis fizeram um esforço de adaptação ao nível da sua reordenação interna e da inventariação do seu património. Com efeito, todas elas redigiram textos normativos nos anos de 1326-1327.67 Cabe, no entanto, questionar se estes textos resultam apenas da iniciativa dos ramos portugueses destas Ordens Militares, forçadas a isso pela monarquia (tanto mais que, em 1325, sobe ao trono D. Afonso IV, podendo as Ordens ter encontrado o momento oportuno para tentar clarificar a situação), ou se são o resultado de instruções dadas por Calatrava (tanto mais que, em dezembro de 1326, Calatrava visita Montesa para aprovar as suas primeiras definições).
CONCLUSÃO
Do ponto de vista cronológico, em Portugal a conjuntura que leva à criação da Ordem de Cristo manifesta-se sobretudo entre 1307 e 1317. Desta altura são conhecidos diversos documentos que sugerem que se trata de uma década de notória interferência régia sobre os bens do Templo, seguida da fase de criação da Ordem de Cristo, no ano de 1319, e da sua organização funcional, despoletada de imediato, e que culminaria na promulgação das Ordenações de 1326. O processo de transição do património da Ordem do Templo para a coroa e, por fim, para a Ordem de Cristo foi bastante lento e desenvolveu-se em três etapas até se estabilizar a base patrimonial desta nova instituição.
A coincidência cronológica com o que se estava a passar além da fronteira é sugestiva e conduz à hipótese de o rei de Portugal ter informação bastante atualizada, ou até privilegiada, no que toca a esta matéria. Em primeiro lugar, e ainda antes de Filipe IV ter decretado a prisão dos Templários em 13 de outubro de 1307,68 começou em Portugal um processo de confiscação da propriedade que estava na posse dos freires portugueses, cujo primeiro documento que se conhece é de 18 de agosto de 1307.69 Embora a curta distância, nesta fase inicial, D. Dinis age com precocidade quando comparado com o seu cunhado, Jaime II de Aragão, que em novembro de 1307 subscreve medida semelhante no que toca aos bens que os freires possuíam no seu reino.70 Em segundo lugar, assim que se tornaram públicas as decisões do concílio de Vienne em 1312, começaram também as inquirições régias sobre os bens dos Templários com o objetivo de deitar mão a essa propriedade.
Com a instalação da casa conventual da Ordem de Cristo perto da foz do rio Guadiana dava-se sinal de que se estava a desenhar uma estratégia de expansão marítima (suportada no plano ideológico pela cruzada tardia), da qual dependeria uma boa parte da projeção externa da soberania portuguesa e a qual o monarca não tinha capacidade de desenvolver sem o contributo destas Ordens Militares.
A Ordem de Cristo é uma síntese, diríamos, quase perfeita à luz da conjuntura em que foi instituída. Na perspetiva da crítica histórica, representa uma solução pouco inovadora e geradora de algum incómodo para a Coroa. Resultou, pois, da incapacidade de garantir a necessária aprovação do Papado em relação ao destino a dar aos bens que pertenciam à Igreja, por via da Ordem do Templo, implementando outra alternativa que ficasse à margem do enquadramento institucional de uma Ordem Militar. Ou seja, sabendo de antemão que os bens da Ordem do Templo nunca poderiam sair do círculo da Igreja, o rei limitou-se a decalcar um modelo preexistente, sugerindo a criação de uma nova Ordem Militar (tenha-se também em consideração o exemplo da Ordem de Montesa, instituída em 10 de junho de 1317),71 embora com um vínculo institucional à Ordem de Calatrava, dependente do rei de Castela, o que encerra uma contradição significativa. Para mitigar esta influência, que poderia minimizar a supremacia do rei de Portugal, estipularam-se duas cláusulas fundamentais: a Ordem ficava submetida à correição e visitação do Abade de Alcobaça, mosteiro português de Cister,72 e o Mestre de Cristo devia fidelidade ao rei de Portugal.73 Na perspetiva dos freires, esta manipulação régia poderia não constituir uma limitação e ser até conveniente, já que se viviam tempos em que a proximidade à Coroa viabilizaria o modo de vida destes homens, nomeadamente, os seus compromissos sociopolíticos. Por sua vez, na perspetiva de D. Dinis, não se sabe se prevaleceria um sentimento de satisfação e de segurança, por ter conseguido intervir de forma direta no universo institucional das Ordens Militares, exercendo apertado controlo sobre as mesmas, ou, um sentimento de frustração, por ter tido a pretensão de dar um outro destino a esses bens, mas de impossível resolução no quadro do Papado que dirigiu o processo.
1. Francesco Gabrieli: Arab Historians of the Crusades, 2.ª ed., London, Routledge & Kegan Paul, 1969, pp. 349-350.
2. Riley-Smith definiu cruzada como uma peregrinação armada proclamada pelos papas, destinada a recuperar ou a defender territórios e pessoas cristãos. Cada cruzado (ou, pelo menos, alguns deles) fazia um voto, colocava uma cruz nas suas vestes, recebia a garantia de privilégios espirituais, como a indulgência, e temporais. A cruz era associada a uma ideia de penitência e auto-santificação. Jonathan Riley-Smith: «Rethinking the Crusades», First Things, 101, março 2000, pp. 20-23. Disponível em: <http://www.firstthings.com/ftissues/ft0003/opinion/riley-smith.html>.
3. Franco Cardini: «Il ruolo degli ordini militari nel progetto di ‘recuperatio’ della Terrasanta secondo la trattatistica dalla fine del XIII al XIV secolo», em Francesco Tommasi (ed.): Acri 1291. La fine della presenza degli ordini militari in Terra Santa e i nuovi orientamenti nel XIV secolo, Perugia, Quattroemme, 1996, p. 137.
4. Judith Bronstein: The Hospitallers and the Holy Land. Financing the Latin East: 1187-1274, 1.ª ed., Woodbridge, The Boydell Press, 2005, pp. 103-132.
5. Antony Leopold: How to Recover the Holy Land. The Crusade Proposals of the Late Thirteenth and Early Fourteenth Centuries, Ashgate, 2000.
6. F. Cardini: Il ruolo degli ordini militari..., p. 137. Jonathan Riley-Smith: The Crusades. A History, 2.ª ed., Londres, Continuum, 2005, pp. 246-247.
7. F. Cardini: Il ruolo degli ordini militari..., p. 140. Alan Forey: «The Military Orders in the crusading proposals of the late-thirteenth and early-fourteenth centuries», em Military Orders and the Crusades, Variorum Reprints, 1994, p. 320, 334 y 337, n. 104.
8. A. Forey: «The Military Orders in the crusading proposals…», p. 321.
9. Norman Housley: «The Crusading Movement: 1274-1700», em J. Riley-Smith (ed.): The Oxford History of the Crusades, Oxford, Oxford University Press, 1999, pp. 258-290.
10. A. Leopold: How to Recover the Holy Land..., pp. 1-51. Os dois verdadeiros propagandistas deste período foram Ramon Llull e Marino Sanudo Torsello, mercador do patriciado veneziano e autor do tratado Liber secretorum fidelium crucis (1306-1321). Norman Housley: Contesting the Crusades, Blackwell Publishing, 2006, p. 123.
11. Alain Demurger: A grande aventura dos Templários. Da origem ao fim, Lisboa, A Esfera dos Livros, 2006, p. 449.
12. Disponível em: <http://www.documentacatholicaomnia.eu/03d/1311-1312,_Concilium_Viennense,_Documenta_Omnia,_LT.pdf > [consultado em 24.11.2017].
13. A. Demurger: A grande aventura dos Templários..., pp. 483-491.
14. António Domingues de Sousa Costa (ed.): Monumenta Portugaliae Vaticana, Braga, Editorial Franciscana, vol. II, 1970, p. XXIII.
15. A. Demurger: A grande aventura dos Templários..., p. 449.
16. O primeiro documento que se conhece em Portugal é de 18 de agosto de 1307. Torre do Tombo (TT), Gaveta 12, maço 1, n.º 7. Publ. Livro das Lezírias d’el rey Dom Dinis, Lisboa, Fundação para a Ciência e a Tecnologia, 2003, pp. 235-236, entre outros.
17. Referido por A. D. S. Costa (ed.): Monumenta Portugaliae Vaticana, vol. II, p. XX.
18. A exceção recaiu sobre os bens existentes nos reinos de Castela, Aragão, Maiorca e Portugal.
Publ. Magnum Bullarium Romanum, t. IX, 1741, pp. 148-150. Veja-se, também, A. Demurger: A grande aventura dos Templários…, pp. 486-491. María Bonet Donato: La Orden del Hospital en la Corona de Aragón. Poder y gobierno en la Castellanía de Amposta (ss. XII-XV), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1994, pp. 65-73. Esteban Sarasa Sánchez: «La supresión de la Orden del Temple en Aragón. Proceso y consecuencias», em Las Órdenes Militares en la Península Ibérica, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, vol. I, 2000, pp. 379-401.
19. Referido por A. D. C. Costa (ed.): Monumenta Portugaliae Vaticana, vol. II, p. XXXVI.
20. Monumenta Henricina, Coimbra, Comissão Executiva do V Centenário da Morte do Infante D. Henrique, vol. I, doc. 62, p. 112.
21. TT, Gaveta 7, maço 4, n.º 8; TT, Leitura Nova, Livro dos Mestrados, ff. 84r-85r.
22. Publ. Saúl Gomes: «A Extinção da Ordem do Templo em Portugal», Revista de História da Sociedade e da Cultura, 11, Universidade de Coimbra, 2011, pp. 100-116.
23. Publ. Saúl Gomes: «D. Gualdim Pais (c.1118/20-1195)», Revista População e Sociedade, 23, Porto, CEPESE, 2015, pp. 18-20.
24. Paula Pinto Costa e Joana Lencart: «A herança templária em Portugal: memória documental e patrimonial», em Ordens Militares – Entre Deus e o Rei. O mundo das Ordens Militares, Palmela, GESOS e Municipio de Palmela, 2018, pp. 647-699.
25. Procuração inserta em Monumenta Henricina, vol. I, doc. 61, pp. 97-110 e doc. 62, pp. 110-119 (versão em português de 11 de maio de 1320). Ref. A. D. S. Costa (ed.): Monumenta Portugaliae Vaticana, vol. II, p. XLIII.
26. Um dos documentos consta em TT, Gaveta 7, maço 16, n.º 2; TT, Leitura Nova, Livro dos Mestrados, ff. 23r-28v. O outro documento a que nos reportamos está em TT, Leitura Nova, Livro dos Mestrados, ff. 51v-77v.
27. Inserta em Monumenta Henricina, vol. I, doc. 61, pp. 97-110 e doc. 62, pp. 110-119 (versão em português de 11 de maio de 1320).
28. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 61, pp. 97-110 e doc. 62, pp. 110-119 (versão em português de 11 de maio de 1320).
29. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 63, pp. 119-120 e doc. 64, pp. 121-122 (versão em português). Sobre as origens da Ordem de Cristo, vejam-se os seguintes trabalhos de referência. Isabel Morgado Silva: «A Ordem de Cristo sob o Mestrado de D. Lopo Dias de Sousa», em Luís Adão da Fonseca (coord.), As Ordens Militares no Reinado de D. João I, Militarium Ordinum Analecta (1), Porto, Fundação Engº António de Almeida, 1997. Luís Adão da Fonseca: «La Orden de Cristo entre la cruzada y la monarquía: un marco ideológico con finalidad política», em Raquel Torres Jiménez e Francisco Ruiz Gómez (coords.), Órdenes militares y construcción de la sociedad occidental. Cultura, religiosidad y desarrollo social de los espacios de frontera (siglos XII-XV), Madrid, Sílex, 2016, pp. 681-699. Uma resenha mais completa de referências bibliográficas pode ser identificada a partir de Luís Filipe Oliveira, Luís Adão Fonseca, Maria Cristina Pimenta e Paula Pinto Costa: «Military Orders in the fifteenth century», em José Mattoso, Maria de Lurdes Rosa, Bernardo Vasconcelos e Sousa e Maria João Branco (eds.): The Historiography of Medieval Portugal, c. 1950-c.2010: a collective book and a collaborative project, Lisboa, Instituto de Estudos Medievais da Universidade Nova de Lisboa, 2011, pp. 425-457.
30. David Nicholas: «Economy», em Daniel Power (ed.): The Central Middle Ages. Europe 950-1320, The Short Oxford History of Europe, 1.ª edição, Oxford University Press, 2006, p. 78, onde se afirma que uma caravana demoraria entre 20 a 24 dias a percorrer a distância entre o Mediterrâneo e Paris, podendo este tempo ser reduzido praticamente a metade se a viagem fosse feita por uma pessoa sozinha a cavalo. Segundo o estudo de Maria Helena da Cruz Coelho e Maria José Azevedo Santos: De Coimbra a Roma. Uma viagem em meados de Quinhentos, Coimbra Editora, 1990, p. 39, uma comitiva saída do Mosteiro de Santa Cruz de Coimbra, a 16 de setembro de 1558, chegou a Roma a 16 de dezembro desse mesmo ano, sendo que demorou 19 dias a percorrer o caminho entre Saragoça e Lyon.
31. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 62, p. 116.
32. Por todos, veja a problematização feita por L. A. Fonseca: «La Orden de Cristo entre la cruzada y la monarquia...», pp. 681-699.
33. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 62, p. 112.
34. TT, Ordem de Cristo/Convento de Tomar, maço 1, n.º 16 (inserto em documento de 1781.06.16).
35. Joana Lencart: «As ordenações inéditas da Ordem de Cristo de 1319 e 1323 – estudo comparativo com as ordenações de 1321 e 1326», População e Sociedade. CEPESE, Porto, vol. 26 (dez. 2016), p. 101, nota 9. Disponível em: <http://www.cepesepublicacoes.pt/portal/pt/obras/populacao-e-socie-dade-n-o-26/as-ordenacoes-ineditas-da-ordem-de-cristo-de-1319-e-1323-2013-estudo-comparativo--com-as-ordenacoes-de-1321-e-1326> [consultado em 24.11.2017].
36. Publ. Frei António Brandão: Monarchia Lusytana que contem as historias dos ultimos 23 annos d’el rey D. Dinis, Sexta Parte, Lisboa, Officina de Joam da Costa,1672, pp. 291-292.
37. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 68, pp. 129-131.
38. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 3, ff. 154v-155r.
39. J. Lencart: «As ordenações inéditas da Ordem de Cristo de 1319 e 1323…», pp. 99-132.
40. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 62, pp. 113-115.
41. TT, Ordem de Cristo/Convento de Tomar, documentos particulares, maço 2, n.º 2, publ. J. Lencart: «As ordenações inéditas da Ordem de Cristo de 1319 e 1323…», pp. 121-126.
42. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 73, pp. 142-150. I. M. Silva: «A Ordem de Cristo sob o Mestrado de D. Lopo Dias de Sousa...», pp. 26-27.
43. TT, Ordem de Cristo/Convento de Tomar, Documentos Particulares, maço 2, n.º 5. Publ. J. Lencart: «As ordenações inéditas da Ordem de Cristo de 1319 e 1323…», pp. 127-132.
44. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 74, pp. 150-160. I. M. Silva: «A Ordem de Cristo sob o Mestrado de D. Lopo Dias de Sousa...», p. 28.
45. A. Demurger: A grande aventura dos Templários..., pp. 492-497.
46. P. P. Costa e J. Lencart: «A herança templária em Portugal: memória documental e patrimonial», em Ordens Militares – Entre Deus e o Rei. O mundo das Ordens Militares (no prelo).
47. José Augusto de Sottomayor Pizarro: D. Dinis (1261-1325), Lisboa, Círculo de Leitores, 2005, pp. 164-166.
48. Publ. Chancelaria de D. Afonso III, liv. I, vol. 2, n.º 526, pp. 115-116.
49. Publ. em Chancelaria de D. Afonso III, liv. I, vol. 2, n.º 640, pp. 218-220.
50. Publ. em Chancelaria de D. Afonso III, liv. I, vol. 2, n.º 687, pp. 254-255.
51. TT, Gaveta 3, maço 8, n.º 9, TT, Leitura Nova, Estremadura, liv. 11, f. 288.
52. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 1, f. 171v e Gav. VI, maço único, n.º 61; publ. Jean Delaville Le Roulx (ed.): Cartulaire Générale de l’Ordre des Hospitaliers de Saint-Jean de Jérusalem (1100 - 1310), Paris, vol. III, 1899, n.º 3937, p. 492, e Livro dos forais, escripturas, doações, privilégios e inquirições, com um estudo de José Mendes da Cunha Saraiva: Subsídios para a História da Ordem de Malta, II-IV, 3 vols., separata de Ocidente, vols. 25-28, Lisboa, Arquivo Histórico do Ministério das Finanças, 1946-48, vol. 3, doc. 314, p. 140. Ref. José Anastácio de Figueiredo: Nova história da Militar Ordem de Malta e dos senhores grão-priores della em Portugal, Lisboa, vol. II, 1800, p. 268 e ss.
53. TT, Gav. XII, maço 1, n.º 4 e Gav. VI, maço único, n.º 115 e n.º 261 e Leitura Nova, Direitos reais, liv. 2, f. 156. Publ. Cartulaire générale..., IV, n.º 4697, pp. 115-116, e As Gavetas da Torre do Tombo, introdução de A. da Silva Rego, 12 vols., Lisboa, Centro de Estudos Históricos Ultramarinos, tomo II, 1960-1977, p. 745. Ref. J. A. de Figueiredo: Nova história da Militar Ordem de Malta..., II, p. 356.
54. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 3, f. 154-154v, e publ. Livro dos forais..., vol. 2, doc. 11, pp. 30-31 e vol. 3, doc. 298, pp. 50-52.
55. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 3, f. 160v e Gav. VI, maço único, n.º 135 e 156, e TT, Corpo cronológico, I, maço 1, n.º 9; publ. Livro dos forais..., vol. 2, doc. 12, pp. 32-33 e Milenário de Aveiro. Colectânea de documentos históricos (959-1516), António Gomes da Rocha Madahil (organização, leitura e revisão), Câmara Municipal de Aveiro, 1959, doc. 62, pp. 120-121.
56. Situação semelhante aconteceu na Coroa de Aragão, como afirma M. Bonet Donato: La Orden del Hospital en la Corona de Aragón..., p. 53.
57. Paula Pinto Costa: «D. Dinis e a Ordem do Hospital: dois poderes em confronto», em Actas da II Semana de Estudios Alfonsíes, Puerto de Santa Maria, 2001 (separata).
58. TT, Gav. XII, maço 1, n.º 15 e Gav. VI, maço único, n.º 116 e 262, e Leitura Nova, Direitos reais, liv. 2, ff. 161-162.
59. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 3, ff. 68v-69.
60. TT, Gav. VI, maço único, n.º 28.
61. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 3, f. 141, e Gav. VI, maço único, n.º 66.
62. Derek Lomax: «El Rey D. Diniz de Portugal y la Orden de Santiago», Hidalguía, 30, 1982, pp. 477-487; Mário Cunha: «A quebra da unidade santiaguista e o mestrado de D. João Osório», em Isabel Cristina Fernandes (ed.): As Ordens Militares em Portugal e no Sul da Europa, Lisboa, ed. Colibri/C.M. Palmela, 1997, pp. 393-405; Carlos de Ayala Martínez: «La escisión de los Santiaguistas Portugueses: Algunas notas sobre los establecimientos de 1327», Historia. Instituciones. Documentos, 24, 1997, pp. 53-69. Mário Raul Cunha: A Ordem Militar de Santiago: das origens a 1327, Porto, ed. Policopiada, 1989, pp. 156-169, onde o autor analisa o processo de independência face a Uclés, destacando o período de D. Lourenço Eanes (1315-1318) e a atuação de D. Pedro Escacho, com a promulgação dos estabelecimentos de 1327.
63. Maria Cristina Almeida Cunha: «A Ordem de Avis e a monarquia portuguesa até ao final do reinado de D. Dinis», Revista da Faculdade de Letras, II série, vol. XII, 1995, p. 123. A autora destaca a primeira confirmação de um Mestre feita pelo Arcebispo de Braga, cuja autorização papal data de 10 de junho de 1330. Maria Cristina Cunha: «A eleição do mestre de Avis nos séc. XIII-XV», em I. C. Fernandes (ed.): As Ordens Militares em Portugal e no Sul da Europa..., pp. 373-392.
64. TT, Chancelaria de D. Dinis, liv. 3, f. 74, com data de 14 de abril de 1311.
65. M. C. A. Cunha: «A Ordem de Avis e a monarquia portuguesa...», p. 119. A autora, atendendo ao aumento do número de diplomas relacionados com litígios entre a Ordem de Avis e certas pessoas, entre os finais do séc. XIII e inícios do séc. XIV, conclui que D. Dinis, ao intervir na sua resolução, controla a milícia.
66. J. A. S. Pizarro: D. Dinis (1261-1325)..., pp. 164-166.
67. Luís Filipe Oliveira: «As Definições da Ordem de Avis de 1327», em Isabel Cristina Fernandes (coord.): As Ordens Militares - Freires, Guerreiros, Cavaleiros, Palmela, Município de Palmela/GESOS, 2012, pp. 371-388. Isabel Lago Barbosa: «A Ordem de Santiago em Portugal nos finais da Idade Média», em Luís Adão da Fonseca (ed.): As Ordens de Cristo e de Santiago no início da Época Moderna: A Normativa, Militarium Ordinum Analecta, 2, Porto, Fundação Eng.º António de Almeida, 1998, p. 234.
68. A. Demurger: A grande aventura dos Templários..., p. 449.
69. TT, Gaveta 12, maço 1, n.º 7. Publ. Livro das Lezírias d’el rey Dom Dinis, pp. 235-236, entre outros.
70. Enric Guinot Rodríguez: «La fundación de la Orden Militar de Santa María de Montesa», Saitabi, XXXV, 1985, pp. 75-76.
71. Enric Guinot Rodríguez: «La fundación de la Orden Militar de Santa María de Montesa», Saitabi, XXXV, 1985, pp. 73-86 (esp. p. 78).
72. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 62, pp. 113-115.
73. Monumenta Henricina, vol. I, doc. 62, p. 113.
FREY ARNAU DE SOLER, SEGUNDO MAESTRE DE LA ORDEN DE MONTESA (1320-1327)
Vicent Garcia Edo Universitat Jaume I
El día 4 de marzo de 1320 el rey Jaime II de Aragón comunicó al papa Juan XXII el nombramiento de frey Arnau de Soler1 como nuevo maestre de la Orden de Montesa. El documento2 va precedido por el siguiente título: «Significatio promotionis fratris Arnaldi de Solerio in magistrum monasterii Muntesie», y al comienzo contiene un resumen de las iniciativas llevadas a cabo por el propio monarca en los meses inmediatamente anteriores, con el fin de poder cubrir de manera tranquila y rápida la vacante producida tras la imprevista muerte3 del primer maestre, cuyo nombramiento tanto esfuerzo había supuesto a la Corona desde la promulgación de la bula fundacional de la Orden en junio de 1317. También deseaba ahora Jaime II poder situar al frente de la Orden a alguna persona de su confianza, y lo consiguió tras obtener del papa, dadas las circunstancias y solo por una vez, que el nombramiento del nuevo maestre lo efectuara únicamente el abad del monasterio de Santes Creus, quien, evidentemente, no se opondría a que una persona respetable propuesta por el rey accediese a esa dignidad.
Jaime II eligió a frey Arnau de Soler, miembro hasta ese momento de la Orden de San Juan del Hospital, a quien calificaba como «homo bonus, sapiens et discretus», cualidades que iban unidas al hecho de que, tal como se declara en el documento, durante más de doce años había sido consejero real y era persona cuyos méritos conocía muy bien el monarca. Sin embargo, fue necesario solicitar la oportuna licencia al prior de los hospitalarios en Cataluña, para que el candidato pudiera sustraerse al voto de obediencia que tenía contraído con ellos desde hacía bastantes años e ingresar, de este modo, en la Orden de Calatrava. Y desde esta, acceder a la nueva dignidad de Maestre de Montesa, tras ser nombrado por el abad del Monasterio de Santes Creus.
Conseguida la licencia que lo desligaba de la Orden del Hospital, el jueves 28 de febrero de 1320, año bisiesto, tuvo lugar en Tarragona el acto de recepción de frey Arnau de Soler en la Orden de Calatrava, a cuyo fin el rey Jaime II había convocado al comendador de Alcañiz, frey Gonzalo Gómez, que acudió sin demora, aunque no fue un viaje gratuito, sino que recibió de la Orden de Montesa la cantidad de 4.000 sueldos barceloneses de terno, que le fueron entregados por Simó Negre, vecino de Tortosa, como declaró por escrito, «racione expenssarum per me actenus factarum, racione magistratus predicti de Muntesa».4
EL PRIMER CAPÍTULO GENERAL DE LA ORDEN
El mismo 28 de febrero también tuvo lugar el nombramiento de frey Arnau de Soler como nuevo maestre de Montesa, quien pocos días después salió de Tarragona y marchó en dirección a Sant Mateu para tomar posesión de algunos lugares pertenecientes a la Orden.5 Sin embargo la estancia fue corta, pues su interés en ese momento era llegar al castillo de Montesa lo antes posible para celebrar el primer capítulo general de la nueva institución.
Antes, sin embargo, pasó por Valencia, donde está documentado el 16 de marzo.6 Ya en Montesa presidió el mencionado capítulo el día 23 de marzo de 1320, con asistencia de la práctica totalidad de miembros de la Orden. No conocemos el texto del acta de dicho capítulo, si es que la hubo, como parece lógico, pero sí algunos documentos relativos a varios acuerdos adoptados en él.
El principal fue el otorgamiento de poderes al maestre para poder confirmar a las poblaciones de la Orden y en la forma que considerase más oportuna sus respectivos privilegios, libertades, franquezas, inmunidades, fueros, buenos usos y costumbres. También le autorizaron para conceder nuevos privilegios y franquezas a esas mismas localidades, o a personas, así como efectuar establecimientos de heredades y, por tanto, licencia también para poder firmar los documentos necesarios para revestir de carácter legal tales actos de disposición.7
Otro de los acuerdos tomados fue el nombramiento del jurista Pere Celma, residente en Valencia, para desempeñar el oficio de abogado de la Orden con carácter vitalicio, quien por ello recibiría anualmente la cantidad de 400 sueldos, la mitad por San Juan y la otra por Navidad. En el supuesto de que tuviese que salir de la ciudad de Valencia por asuntos relacionados con cualesquiera causas o lites relativas a la Orden de Montesa, se le asignaría un escudero y dos palafreneros, así como dos animales de monta y carga para transportar cuanto necesitase. Si fuese necesario llevar libros, se añadiría un tercer animal de carga.8
Ese mismo día, seguramente ya fuera del capítulo, nombró a frey Fernando Pérez de Aragón9 comendador del castillo de Perputxent, convirtiéndose en el primer freire comendador de una encomienda de la Orden, aunque fue una decisión circunstancial, pues por aquellas fechas, apenas tres semanas después del nombramiento del maestre Soler, no se tenía una idea totalmente clara del modo en que se estructuraría la nueva orden, por lo que podría decirse que todos sus miembros estaban en expectativa de destino. Ahora bien, la situación cambió de manera muy significativa a partir de 1321, como veremos después, porque cada uno ya había ocupado el lugar que le correspondía y, por tanto, podemos hablar desde entonces de normalidad dentro del organigrama institucional.
DIGNIDADES Y OFICIOS DE LA ORDEN DE MONTESA EN 1320
Si el maestre Soler ostentaba la primera dignidad de la Orden, recaía la segunda en la figura del comendador mayor, oficio que no documentamos durante el efímero mandato de frey Guillem d’Erill, sino al comienzo del gobierno del maestre Soler y que recayó en la persona de frey Berenguer de Montoliu, quien lo ejerció al menos entre el 23 de marzo de 132010 y el 26 de mayo de 1322.11 Su principal cometido era el de ayudar al maestre en el ejercicio de sus funciones y sustituirlo cuando fuese necesario.
El clavero era la tercera dignidad de la Orden, pero el oficio fue establecido el primer día del mandato de frey Guillem d’Erill, y tuvo un papel muy importante en las semanas siguientes, pues la enfermedad sobrevenida del maestre provocó que el clavero, frey Erimán de Eroles, le sustituyera en el proceso de toma de posesión de las primeras poblaciones de la Orden de Montesa a las que tenían previsto acudir. Este primer clavero permaneció en su puesto al menos hasta el 20 de noviembre de 1320,12 pasando después a desempeñar otros cargos u oficios dentro de la Orden. Si nos atenemos al sentido estricto de la palabra, era misión del clavero la de custodia de las llaves del convento, pero las Definiciones13 de 1326 señalan, en su artículo 22, que el clavero debería proveer al convento de todo lo necesario para el sustento de los freires, y en caso de que en algún momento faltase pan, vino, carne, pescado, queso o aceite, estaría a pan y agua tantos días cuantos se hubiera carecido de alguna de estas cosas.
Durante el primer año de mandato del maestre Soler y, con carácter transitorio, hasta que se distribuyó el territorio de Montesa en encomiendas, en vez de comendadores hubo lugartenientes del maestre. Sus funciones figuran especificadas en los correspondientes títulos de nombramiento. Es ahí donde podemos leer que el maestre los declaraba sus procuradores, con licencia para regir, gobernar, procurar y administrar en el lugar de destino de que se tratase, lo que implicaba ostentar la autoridad maestral delegada sobre personas y bienes y, por tanto, podrían pedir o exigir y con ello recaudar las rentas pertenecientes a la Orden. También podían otorgar cartas de venta o establecimientos a favor de particulares, conceder cartas de pago o ápocas por cantidades recibidas, y en general llevar a cabo cuantos actos fuesen necesarios, incluso apertura de pleitos, para defender los derechos de la Orden. Se trata, en definitiva, de las mismas funciones que tendrían en adelante los comendadores, pero en esta etapa tan inicial, cuando todo estaba por hacer, estas cartas notariales de apoderamiento, pues es lo que en esencia parecen, eran instrumento jurídico suficiente para que en los diferentes pueblos de la Orden y sin mayor demora, sus habitantes se acostumbraran a tener en los administradores un referente que los vinculara directamente con la institución recién creada. Las lugartenencias documentadas son las siguientes:
| Año 1320 | ||
| 24/4 | Frey Berenguer de Montoliu | Montesa/Perputxent/Sueca/Silla14 |
| 22/6 | Frey Bernat Sarroca | Onda/Vilafamés15 |
| 23/6 | Frey Guillem Cerdà | Sueca16 |
| 23/6 | Frey Juan Pérez de Mallén | Casa de València17 |
| 28/7 | Frey Berenguer d’Erill | Peñíscola18 |
| 2/11 | Frey Arnau Pedrissa | Castell de Cervera (S. Mateu)19 |
| Año 1321 | ||
| 17/1 | Frey Berenguer de Montoliu | Tinença Coves de Vinromà20 |
Las lugartenencias fueron desapareciendo a partir de comienzos de 1321, con el establecimiento de los oficios de comendadores. Sin embargo, algunos de los lugartenientes continuaron ejerciendo funciones en los mismos lugares, tras ser ratificados en estos como sus primeros comendadores, como fue el caso de frey Bernat Sarroca en Onda, frey Berenguer d’Erill en Peñíscola y frey Bernat de Montsonís en Culla.
El oficio de comendador, por tanto, guarda un notable parecido con el de lugarteniente, al que sustituye. Casi no se conocen documentos de nombramiento de comendador durante el mandato de frey Arnau de Soler, aunque sí el del primero, frey Fernando Pérez de Aragón, antes referido, nombrado el 31 de marzo de 1320 para hacerse cargo del castillo de Perputxent. En unas pocas líneas se definieron sus competencias, y el fragmento que nos interesa dice así:
... que vos sciats comanador del dit castell e los hòmens d’aquell castell, axí christians com sarrahiïns, mantengats e deffenats, donan a cada ú dret e justícia en totes coses e per totes, e demanets, cullats e reebats, e demanar, cullir e reebre façats, calònies e tots altres drets a nós pertanyents en lo castell damunt dit e en sos térmens, e que puscats fer e espatxar totes altres coses que sien a profit de nós o del orde damunt dit...21
Desde comienzos de 1321 ya disponemos de numerosas noticias relativas a la existencia de comendadores en Ares, Borriana, Cervera, Coves de Vinromà, Culla, Onda, Peñíscola, Perputxent, Sueca, València, Vilafamés y Xivert. En Silla lo documentamos por vez primera en 1325. También existía la figura del subcomendador o lugarteniente de comendador, que no solo hacía funciones de alcaide, sino también otras, como la de sustituir la ausencia del titular de la encomienda.
El prior del convento de Montesa era el superior, o prelado ordinario. Durante los ocho años de mandato del maestre Soler encontramos en la documentación ocho freires ejerciendo ese oficio, demasiados para tan poco tiempo y en algunos casos coincidentes, lo que hace pensar que solo algunos lo eran del convento de Montesa y otros lo fueron en los prioratos de Cervera o Castielfabib. 22
Otros oficios. El rector de la iglesia de Montesa fue frey Berenguer d’Aravill entre 1320 y 1325, y el oficio de cantor lo ejercía frey Pere d’Olives en 1322. Fue sacristán frey Joan de Sant Pere entre 1322 y 1325; y el oficio de obrero lo tenían frey Ramón de Castellvell en 1322 y frey Bernat de Torre en 1323.
Freires. En el momento de creación de la Orden de Montesa fueron diez los freires que iniciaron la andadura en compañía del maestre Erill.23 Además de estos, a lo largo del mandato del maestre Soler hemos podido identificar un total de treinta y nueve más, de los cuales muchos desempeñaron uno o más oficios en la Orden, pero otros, en cambio, no ocuparon ninguno y su nombre es poco frecuente en la documentación conocida. Figuran todos relacionados en un apéndice a continuación de estas páginas.
Familiares y donados. Se trataba de personas que por devoción hacia la Orden de Montesa eran admitidas en ella a cambio de hacer entrega de sus bienes, total o parcialmente, en el mismo momento de su ingreso, o a su fallecimiento. También podían entrar como sirvientes, como fue el caso de Ramón Querol en 1322, que trabajó como acemilero y entregó a la Orden en el momento de su ingreso la cantidad de 700 sueldos, y prometió darle todos sus bienes a su fallecimiento.24
LA CASA DEL MAESTRE
Tal como la Casa Real, también el maestre Soler tuvo casa propia, desde el principio de su mandato, y por tanto una serie de personas dedicadas a su servicio, de las cuales tan solo conocemos a algunos de sus miembros, porque aparecen citados como testigos en documentos autorizados por el notario de la Orden, donde se indica su oficio y que son personas «de domo domini magistri».
El maestre solía ir siempre acompañado en sus desplazamientos por uno o más comendadores y freires de la Orden, que se identifican en la documentación al mencionarlos en cada ocasión como «socii nostri». También tenía varios escuderos, que le asistían y atendían en todo cuanto necesitase, incluso actuando como sus procuradores, o como oficiales de la Orden, como se desprende de la documentación conocida. Se han documentado hasta cuatro escuderos a la vez al servicio del maestre, de un total de siete25 identificados, de los cuales dos de ellos aparecen a su lado a lo largo de la mayor parte de su mandato: Galcerà de Cortes (1320-1326) y Arnau Tarragona (1320-1325). Este último es el que aparece con más frecuencia en la documentación y debió de ser persona de total confianza de frey Arnau de Soler, quien en enero de 1321 lo nombró con carácter vitalicio baile de Sueca;26 en 1322 fue procurador suyo ante la Santa Sede para pedir al papa la concesión de privilegios e indulgencias para la Orden;27 y en marzo de 1325 lo nombró apoderado para seguir los pleitos que la Orden tenía con el obispado de Segorbe por percepción de diezmos en Castielfabib y Ademuz.28
Igualmente formaba parte del entorno inmediato del maestre Soler el notario Pere Llobet de Balanyà, quizá asistido por algún escribano, lo cual sería lógico, pero no está documentado. Con anterioridad este profesional ejercía su oficio de notario en la Cancillería Real y debió de ser designado por el rey Jaime II para dirigir la escribanía29 de la Orden de Montesa, convirtiéndose en titular de esta durante un periodo que abarcó los mandatos de los maestres Erill y Soler, y también durante algún tiempo después. El notario Llobet estuvo presente en la práctica totalidad de actos solemnes de la Orden, como queda reflejado en la documentación, en donde aparece acompañando casi siempre al maestre, aunque también desempeñaba otras funciones, acompañando a comendadores u otros freires, y ejerciendo su oficio dentro y fuera del Reino de Valencia pues tenía el título de «notarius publicus per totam terram et dominacionem illustrissimi domini regis Aragonum», por lo que podía autorizar documentos de la Orden allá donde iba, y por eso tenemos ejemplos de su actuación por buena parte del Reino de Valencia, así como en Aragón (Alcañiz, Valderrobres) y Catalunya (Barcelona, Lleida).
Al frente de la casa del maestre figuraba un mayordomo que, a veces, era un freire de la Orden pero no siempre. De él dependían el resto de sirvientes. El mayordomo ejercía funciones de organización, control de gasto y abastecimiento de todo lo necesario para atender al maestre en lo que necesitase y contaría con varios asistentes. Durante los primeros años de la Orden podía ejercer ese oficio cualquier miembro de esta, pero a partir de la promulgación de las Definiciones de 1326, ese puesto lo ocuparía únicamente un freire caballero. Los mayordomos documentados al servicio de frey Arnau de Soler fueron frey Pere de Tous (12/1321-8/1323),30 que sería el siguiente maestre de la Orden, el escudero Arnau Tarragona (11/23),31 frey Bernat de Llagostera (1/1326-2/1327)32 y frey Arnau Pedrissa (9/1327-10/1327).33
A su cargo estaban los sirvientes, que se ocuparían de tareas de servicio doméstico, entre las que no eran menores las derivadas del transporte de los enseres necesarios para un maestre en constante itinerancia, entre los que se contarían ropas y objetos litúrgicos, puesto que el maestre tenía licencia para poder disponer de altar portátil. Conocemos un total de siete sirvientes distintos entre los años 1320 y 1323. La existencia de unos contratos de servidumbre fechados a finales de 132334 nos ayuda a entender mejor sus relaciones con la casa del maestre, pues, según se desprende de la lectura de uno de dichos contratos, Bernardo Agramunt de Pallars, Aznar Gonçalves del Reino de Navarra y Alfonso Rocafull, del Reino de León, se comprometían a estar por un año al servicio del maestre allí donde fuera, «faciendo omnia mandata et precepta sua licita et honesta die noctique». A cambio recibirían ropa, calzado y comida, incluso si por enfermedad no pudieran trabajar.
También contaba con médico propio, nombrado en tiempos de frey Guillem d’Erill y confirmado por el maestre Soler. Se trataba de Lanfranco de Cremona, cuyos servicios se contrataron el 23 de agosto de 1319, ya por causa de la enfermedad del primer maestre.35 Este médico residía en Xàtiva y, según estipularon, continuaría viviendo allí y recibiendo un salario de 400 sueldos anuales, así como dietas por desplazamiento cuando debiera acudir a atender no solo al maestre, sino también a freires, escuderos y familiares. Era una situación un tanto anómala, razón por la cual en 1323 y a petición del maestre se trasladó a Sant Mateu, en donde además de seguir ejerciendo su oficio al servicio de la Orden, los jurados de la bailía de Cervera le contrataron como médico de todos los pueblos de esta por diez años, a cambio de un salario de 600 sueldos anuales, de los cuales pagaría la mitad Sant Mateu y el resto los demás pueblos de la bailía. Cobraría aparte desplazamientos para atender a particulares.36
ASUNTOS RELEVANTES DEL MANDATO DEL MAESTRE SOLER
De la documentación conservada se ha podido establecer el itinerario del maestre Soler a lo largo de su mandato,37 así como conocer muchos de los asuntos llevados a cabo por él mismo en el ejercicio de su oficio. También conocemos los privilegios y concesiones otorgados a la Orden de Montesa por el rey Jaime II y el papa Juan XXII durante este tiempo. Nos ocupamos ahora solo de algunos de estos asuntos y, como no puede ser de otro modo, de manera muy breve.
a) El capítulo del Císter declara filial a la Orden de Montesa
Dentro de su política de consolidación de la Orden de Montesa, el 6 de agosto de 1321 el rey Jaime II solicitó al abad y capítulo general de la Orden del Císter que reconociese a la nueva Orden de Montesa como su hija, puesto que eran de una misma regla, al depender Montesa de la Orden de Calatrava, y esta a su vez del Císter. La respuesta no se hizo esperar y se contiene en un escueto documento fechado el 20 de septiembre de 1321, que únicamente conocemos a través de la publicación que hizo de él en el siglo XVIII José Villarroya, en el que unía el monasterio de Montesa a la Orden del Císter, al tiempo que autorizaba al abad de Santes Creus para instituir confesores.38
b) Jaime II confirma y concede privilegios
El 1 de abril de 1322, en documentos distintos, el rey Jaime II confirmó a la Orden de Montesa los privilegios concedidos por sus antecesores y por él mismo a la Orden del Temple, transcribiendo íntegramente el contenido de alguno de ellos; e hizo lo mismo con los obtenidos por la Orden del Hospital.39
c) Monedaje de Culla
El 21 de julio de 1323 el rey cedió a la Orden de Montesa el monedaje sobre el castillo y villa de Culla, así como el resto de lugares que componían su tenencia.40 El mismo día cedió su derecho sobre las apelaciones en Coves de Vinromà, Peñíscola y Ares, tal como en su momento ya pactó con la Orden del Temple.41
d ) Franquicias en Córcega y Cerdeña
El 25 de febrero de 1325 el rey concedió franquicias en Córcega y Cerdeña a los vasallos de la Orden por la ayuda prestada en su conquista.42
e) Juan XXII concede privilegios
El 15 de abril de 1322, a petición de la Orden de Montesa, el papa nombró a los obispos de Valencia, Barcelona y Tortosa jueces conservadores de la Orden para ayudarla contra personas que disfrutaban indebidamente de bienes de esta y se negaban a restituirlos.43 De no menor importancia fue la concesión papal de 23 de julio de 1326, por la que reconocía a la Orden derecho de luismo y fadiga por establecimientos de heredades.44 Con un carácter más doméstico, el 23 de julio de 1326 autorizó al maestre Soler para poder tener altar portátil y poder oficiar misa para él y sus familiares, aun en tiempo de entredicho. Las misas serían oficiadas por el capellán que le acompañase en sus desplazamientos.45 El mismo día concedió otro privilegio para que pudiera mandar celebrar misa en lugares que estuvieran bajo entredicho eclesiástico.46
f ) Renuncias al Fuero de Aragón y adopción del de Valencia
Desde tiempos de la conquista del Reino de Valencia a los musulmanes, las poblaciones pertenecientes a la Orden de Montesa habían sido repobladas por señores distintos a Fuero de Zaragoza o de acuerdo con la Costum de Lleida. Con el tiempo se entendió que el Fuero de Aragón sustituía al de Zaragoza, lo cual no era cierto, pero nadie se molestó en discutir esa cuestión, y en esa situación se mantenían un número importante de poblaciones de Montesa durante el mandato de frey Arnau de Soler, a pesar de que desde 1238 existían los Fueros de Valencia. Dichas poblaciones no tenían interés especial en efectuar cambio de fuero por si en la nueva situación se generara algún perjuicio que por falta de conocimientos en materia jurídica desconociesen. Sin embargo, en los primeros años de mandato, el maestre Soler llevó a cabo acciones para conseguir que los pueblos de la Orden renunciasen al fuero de Aragón y adoptasen el de Valencia. Con respuestas distintas, consiguió que lo hicieran Coves de Vinromà, Salzadella y Tírig. De manera voluntaria renunciaron los de Coves de Vinromà el 19 de septiembre de 1322. El 3 de abril de 1323 lo hicieron los de Salzadella, que presentaron alguna resistencia a pesar de que cedieron, aunque a cambio obtuvieron confirmación de privilegios; y el 7 de diciembre de 1323 los de Tírig fueron forzados a cambiar de fuero por el maestre, quien, para suavizar la tensión generada, les hizo una serie de concesiones.47
g) Dispensa perpetua de la visita «ad limina apostolorum»
Los maestres de la Orden de Montesa, como otras dignidades eclesiásticas, también tenían obligación de efectuar anualmente una visita «ad limina apostolorum», establecida no tanto para ir a orar ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo como para informar al papa del estado en que se encontraba la Orden. Una obligación de esa naturaleza no era fácil de cumplir, motivo por el cual ya a finales de 1320, el primer año de su mandato, el maestre Soler tuvo que delegar en un representante para que la efectuara en su nombre.48 El elegido fue un canónigo de Barcelona, Arnau Ses Comes, quien cumplió su mandato y el 12 de diciembre de 1320 obtuvo la oportuna carta testimonial de la visita.49 El 14 de abril de 1323 el maestre nombró a Guillem Adriá para ese mismo cometido y la carta testimonial50 correspondiente está fechada el 3 de octubre de ese año. Entre las gestiones del delegado también figuraría la petición de dispensa personal perpetua de dicha obligación, que fue concedida el 19 de octubre de 1323, con lo cual el maestre Soler nunca más tuvo obligación de realizar tal visita.51
h) Regulación del oficio de justicia de Sant Mateu
El 10 de marzo de 1322 el maestre Soler definió las características del oficio de justicia de Sant Mateu, un cargo para el que elegirían los propios vecinos a la persona más adecuada, y el 2 de marzo de 1326 el maestre concedió que dicho justicia pudiera conocer las causas civiles hasta la cantidad de 50 sueldos.52 El 2 de octubre del mismo año confirmó a la población todos los privilegios concedidos a esta hasta ese momento.53
i) Visita de la Orden de Calatrava
De enorme importancia fue la visita de la Orden de Calatrava a la de Montesa, acto que hacía años debería haber realizado, pero se demoró por razones muy diversas, entre otras por los graves problemas internos que afectaron a los calatravos por aquellos años. Sin embargo, el 2 de diciembre de 1326 el maestre de Calatrava, frey García López de Padilla, visitó Montesa en compañía del abad de Santes Creus, para otorgar las primeras constituciones o definiciones de la Orden de Montesa.54 Estas constan de un total de 42 artículos que tratan de cuestiones de moral, disciplina, costumbres, estructura y funcionamiento, bienes, delitos y penas, y otros asuntos de la vida cotidiana de la Orden de Montesa. Las Definiciones, según se establece en la última de ellas, habrían de leerse cuatro veces al año, con el fin de que nadie pudiese alegar ignorancia para su cumplimiento.
j) Enfermedad y muerte de Arnau de Soler
Es muy escasa la documentación de la Orden correspondiente a 1327, año en el que el maestre Soler permanece buena parte de él en Sant Mateu, lo que podría relacionarse con la existencia de problemas de salud que requerirían los servicios constantes de su médico, Lanfranco de Cremona, quien aparece firmando como testigo en algunos de los últimos documentos otorgados por el maestre. La enfermedad debió de motivar que el 20 de septiembre nombrase apoderado al rector de Montesa, frey Berenguer d’Aravill, para convocar y presidir un nuevo capítulo general de la Orden, y tratar asuntos que no se especifican en la carta de apoderamiento, pero de los que se dice que no admitían demora.55 Por el mismo motivo el 15 de octubre facultó a frey Pere de Tous, comendador mayor de la Orden en ese momento, para poder establecer a censo posesiones de la Orden en Borriana y otros lugares.56
El último documento conocido de frey Arnau de Soler está fechado el 25 de octubre de 1327 y contiene la confirmación de un establecimiento de tierras en Xivert a favor de Guillem Mercer.57 Según Samper, la muerte del maestre se produjo en Sant Mateu el 6 de noviembre de 1327. Justo una semana después el comendador mayor frey Pere de Tous fue elegido en capítulo general nuevo maestre de la Orden de Montesa.
Cuadro I.
Relación de freires de la Orden de Montesa documentados entre 1319 y 1327 58
| Nombre | Año | Oficio |
| Aguilar, frey Guillem d’ | 1319-20 | |
| Alguer, frey Ramon | 1327 | |
| Aragó, infant frey Jaume d’59 | 1320 | |
| Aramont, frey Bernat | 1319-25 | |
| Aravell, frey Berenguer d’ | 1320-27 | Prior / rector |
| Bellera, frey Galceran de | 1319-25 | Comendador Vilafamés |
| Blanes, frey Guillem de | 1326-27 | |
| Bonet, frey Pere | 1325-27 | |
| Carder, frey Joan de | 1325-27 | |
| Castellbell, frey Ramon de | 1322-27 | Comendador Casa de Valencia |
| Cerdà, frey Guillem | 1320-27 | Clavero / Com. Sueca / Com. Cervera / Com. Culla y Ares |
| Cruïlles, frey Dalmau de | 1320-27 | |
| Erill, frey Berenguer d’ | 1319-27 | Comendador Peñíscola / Com. Coves Vinromà / Com. Vilafamés |
| Eroles, frey Erimà d’ | 1319-27 | Clavero / Com. Cervera / Com. Borriana |
| Formigosa, frey Antoni | 1322-27 | Prior |
| Gonçalvo de Villel, frey Rodrigo | 1321-22 | Subcomendador |
| Gores, frey Antoni de | 1321 | |
| Huguet, frey Pere | 1323 | |
| Llagostera, frey Bernat de | 1321-27 | Mayordomo del maestre |
| Llorach, frey Pere | 1327 | |
| Pérez de Mallén, frey Joan | 1320-26 | Prior de Castellfabib |
| Martínez de Peralta, frey Gonçalvo | 1321-27 | Comendador de Ares |
| Martínez de Zorita, frey Gonçalvo | 1322 | |
| Mir, frey Bernat | 1323-26 | Prior |
| Montsonís, frey Bernat de | 1321-27 | Comendador Culla / Com. Cervera |
| Montoliu, frey Berenguer de | 1320-27 | Comendador Mayor / Com. Borriana y Vilafamés / Com. Peñíscola |
| Montanyana, frey Domingo de | 1322-27 | Comendador Borriana y Vilafamés / Clavero / Com. Sueca / Com. Onda |
| Olorda, frey Galceran | 1321-27 | Comendador de Xivert |
| Oromir/Olomir, frey Pere | 1320-27 | Presbítero |
| Horta, frey Jaume d’ | 1322-27 | |
| Olomar, frey Pere | 1326-27 | Prior |
| Pagés, frey Bernat | 1326 | |
| Pedrissa, frey Arnau | 1319-27 | Comendador borriana / Com. Perputxent / Lugarteniente comendador / Mayordomo |
| Pérez de Aragón, frey Ferran | 1319-22 | Comendador Ares / Com. Perputxent |
| Pérez de Ros, frey Sanxo | 1320-27 | Capellán del maestre / Com. Xivert |
| Pinós, frey Esteve de | 1323 | Subclavero |
| Poncet, frey Guillem | 1323-27 | Prior de Cervera |
| Ramon, frey Valentí | 1321-27 | Prior de Cervera |
| Riusec, frey Berenguer de | 1320-27 | |
| Sant Pere, frey Joan de | 1322-27 | Sacristán |
| Sarroca, frey Bernat | 1319-27 | Comendador Onda / Com. Peñíscola |
| Segura, frey Guillem | 1325-27 | |
| Ses Olives, frey Pere | 1322-27 | Cantor / Prior / Com. Valencia y Silla |
| Sicart, frey Bernat | 1327 | |
| Torrents, frey Berenguer | 1319-27 | Comendador de Xivert |
| Tous, frey Pere de | 1321-27 | Mayordomo / Com. Coves / Com. Onda y Castielfabib / Com. Sueca / Clavero / Com. mayor / Tercer maestre de la Orden |
| Torre, frey Bernat de | 1320-23 |
1. Estas páginas derivan del contenido de mi tesis doctoral en Historia, titulada La Orden de Montesa en tiempos de sus dos primeros Maestres. 1317-1327, defendida en julio de 1990 en la Universitat de València y que nunca consideré publicar. Contiene un elevado número de fuentes documentales inéditas, la mayor parte de las cuales continúan siéndolo actualmente y constituyen la base casi exclusiva de este breve relato –que lo es por imperativos de edición– de los hechos más notables ocurridos durante los ocho años de mandato del maestre frey Arnau de Soler (1320-1327), a quien se debe reconocer y atribuir el verdadero mérito de haber sentado unas firmes bases para el buen desarrollo de la nueva Orden de Montesa, institución para cuyo conocimiento histórico en general sigue siendo muy útil la obra de Hipólito de Samper Montesa Ilustrada (Valencia, 1669, 2 vols.). Desde una perspectiva distinta, otra obra clásica es la de Joseph Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa: Tratados de todos los derechos, bienes y pertenencias del patrimonio y maestrazgo de la Real y Militar Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, Valencia, 1787, 2 vols. Sobre los orígenes de la Orden en particular, véase Enric Guinot Rodríguez: «La fundación de la orden militar de Santa María de Montesa», Saitabi, XXXV, 1985, pp. 73-86.
2. Archivo de la Corona de Aragón [en adelante ACA], Cancillería, registro 245, ff. 287v-288v.
3. Frey Guillem d’Erill, primer maestre de Montesa, fue nombrado el 22 de julio de 1319 y falleció en los primeros días de octubre de ese mismo año a causa de una enfermedad sobrevenida muy poco después de su nombramiento. Vicent Garcia Edo: «El efímero mandato de Guillem d’Erill, primer maestre de la Orden de Montesa (22 julio / 4 octubre 1319)», en Las órdenes militares en la Península Ibérica, vol. I, Universidad Castilla-La Mancha, 2000, pp. 589-606.
4. Archivo Histórico Nacional, Madrid [AHN], Órdenes Militares [OOMM], Montesa, Pergaminos, carpeta 531, n. 751-P.
5. El 9 de marzo de 1320 el maestre Soler está documentado en Sant Mateu, día en que nombra a frey Arnau Pedrissa, freire de Montesa, y a Jaume d’Anglesola, vecino de Sant Mateu, como sus procuradores y administradores de la bailía del castillo de Cervera. Archivo del Reino de Valencia [en adelante ARV], Clero, Montesa, legajo 895, caja 2357. Notal del notario Pere Llobet de Balanyà, escritura 74 [en adelante Llobet, seguido del número de orden de escritura].
6. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 84.
7. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 1v-2r.
8. Ibíd., f. 1r-v.
9. Ibíd., ff. 2v-3r.
10. Ibíd., ff. 1v-2r.
11. Ibíd., f. 67r.
12. Ibíd., f. 16r-v.
13. Joseph O’Callaghan: «Las definiciones medievales de la Orden de Montesa (1326-1468)», Miscelánea de textos medievales, Barcelona, 1972, pp. 213-251.
14. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 3v-4r.
15. Ibíd., f. 10r-v.
16. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 128.
17. Ibíd., escritura 129.
18. Ibíd., escritura 140. Al parecer este nombramiento no llegó a tener efecto, según consta en nota al margen del documento en el notal.
19. Ibíd., escritura 159.
20. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 18v-19r.
21. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 142.
22. El más antiguo conocido es frey Antonio Formigosa, documentado el 22 de agosto de 1322. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 275.
23. Son los siguientes: frey Erimán de Eroles, frey Galcerà de Bellera, frey Fernando Pérez de Aragón, frey Bernat Montsonís, frey Berenguer d’Erill, frey Bernat d’Aramont, frey Guillem d’Aguilar, frey Bernat Roca, frey Berenguer Torrent y frey Arnau Pedrissa.
24. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 276.
25. Son sus nombres: Galcerà de Cortes, Pere Cerdà, Ramón de Sant Ginés, Pere Sicart, Ramón Andreu, Arnau Tarragona, Pere de Margat y Arnau de Bas.
26. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 19v-20v.
27. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 242.
28. Ibíd., Llobet, escritura 370.
29. Conservamos numerosos pergaminos firmados por este notario relativos a la totalidad del mandato del maestre Soler, con excepción del último año, del que han quedado pocos documentos; así como el primer notal o, si se prefiere, protocolo notarial de este profesional, que abarca desde julio de 1319, y por tanto el inicio del breve mandato del maestre Erill, hasta el año 1325, en pleno mandato del segundo maestre, lo que convierte este manuscrito en pieza clave para la reconstrucción de los primeros tiempos de la Orden de Montesa, como se desprende de las numerosas citas que hacemos de él en estas páginas.
30. Lo hemos identificado en el ejercicio de este oficio entre el 27 de diciembre de 1321 (AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, f. 31r) y el 21 de agosto de 1323 (AHN, OOMM, Montesa, Pergaminos, carpeta 533, n. 829-P).
31. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 315.
32. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 49v y 116r, respectivamente.
33. Ibíd., ff. 63v y 65r, respectivamente.
34. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escrituras 315 y 318.
35. El documento original no se conoce, pero existe una mención a este en la ratificación del contrato efectuada por el maestre Soler el 22-8-1322 (AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 36v-37r).
36. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 315. Documento de 10-6-1323.
37. V. García Edo: «Arnau de Soler, segon mestre de l’Orde de Montesa (1320-27). Itinerari i altres notícies del seu temps», en Actes de les Primeres Jornades sobre els Ordes Religioso-Militars als Països Catalans: segles XII-XIX). Montblanc 1985, Generalitat de Catalunya, 1994, pp. 555-566.
38. J. Villarroya: Real Maestrazgo de Montesa..., vol. II, pp. 45-47.
39. La matriz de este documento se conserva en ACA, Cancillería, reg. 221, f. 208v y ss.
40. AHN, OOMM, Montesa, Pergaminos, carpeta 487, n. 290-R.
41. Ibíd., 292-R.
42. Ibíd., 301-R.
43. Ibíd., carpeta 504, n. 46-E.
44. AHN, OOMM, Libros, Ms. 733-C, pp. 94-99.
45. AHN, OOMM, Montesa, Pergaminos, carpeta 504, n. 51-E.
46. Josep Trenchs Odena: «El reino de Valencia bajo Juan XXII», Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura, 1984, pp. 269-318.
47. AHN, OOMM, Libros, Ms. 542-C, ff. 108v-110r; ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 293, e ibíd., escritura 320, respectivamente.
48. Ibíd., escritura 164.
49. AHN, OOMM, Montesa, Pergaminos, carpeta 503, n. 44-E.
50. ARV, Clero, Montesa, caja 2357, Llobet, escritura 306; y AHN, OOMM, Montesa, Pergaminos, carpeta 504, n. 53-E, respectivamente.
51. Ibíd., n. 54-E.
52. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 102r-104v.
53. Ibíd., ff. 112v-115r.
54. Publicadas por J. O’Callaghan, «Las definiciones medievales...», a partir del manuscrito conservado en la Academia de la Historia, Madrid, Colección Salazar, ms. 9/579, ff. 2r-6v.
55. AHN, OOMM, Libros, Ms. 820-C, ff. 60v-61r.
56. Ibíd., ff. 61v-62r.
57. Biblioteca de la Universitat Jaume I, Pergaminos, copia autorizada del siglo XVII.
58. Se indica el nombre y apellido de cada uno, los años en los que consta su pertenencia a la Orden y, a continuación, la relación de los cargos u oficios principales conocidos que ocuparon en ella, que en todos los casos tenían fecha de caducidad, aunque no podamos reflejarlo en esta relación. La sílaba Com seguida de un punto la empleamos como abreviatura, cada vez que una misma persona es elegida para el oficio de comendador en una encomienda distinta.
59. El infante Jaime, primogénito del rey Jaime II, profesó formalmente en la Orden de Montesa el día 20 de mayo de 1320, procedente de la del Hospital, pero no volvemos a encontrarlo en la documentación, pues su vida se desarrollaba totalmente al margen de la Orden.
II
MONTESA EN TIEMPOS
DE SUS MAESTRES
BREU APROXIMACIÓ A L’ORDE DE MONTESA
EN LA BAIXA EDAT MITJANA
Línies obertes d’investigació
Enric Guinot Rodríguez Universitat de València
Arribats al setè centenari de la fundació de l’orde de Santa Maria de Montesa i Sant Jordi d’Alfama convindria començar assenyalant que, a hores d’ara, encara no disposem d’una història actual d’aquest orde militar valencià, tot i la seua llarga durada institucional de més de cinc segles, entre 1317 i 1833 aproximadament. És veritat que disposem de dues obres clàssiques, una del XVII i l’altra del XVIII, que són fins ara tant d’inevitable com d’obligada referència, les de H. de Samper i J. Villarroya, en les quals els investigadors hem pouat repetidament a la recerca de dades bàsiques tant de la cronologia política com de l’organització interna.1 Tanmateix, el seu abast, tot i ser encara de consulta actual, és limitat pel marc en el qual varen ser escrites, a saber, en plena època moderna i en el context d’un orde de Montesa que havia viscut els grandíssims canvis des de finals del segle XVI. Ens referim a la desaparició dels seus mestres propis, la intervenció d’oficials i institucions de la monarquia Hispànica en el seu cim, i la proliferació dels seus membres cavallers en esdevenir cavallers d’hàbit, casats i amb un caràcter cada vegada més honorífic que no d’organització col·lectiva a l’estil medieval. La qual cosa, tal com ha estudiat Josep Cerdà, donà per primera vegada un notable protagonisme als membres eclesiàstics en els darrers temps de la seua història.2
També és veritat que en el darrer mig segle aquest coneixement de la història de l’orde ha millorat bastant mercè al que comença a ser una considerable bibliografia. Això és el que pot constatar-se en els reculls bibliogràfics reunits per l’esmentat J. Cerdà en el web del Museu Parroquial de Montesa, i també en el web de l’organització del Congrés internacional «L’orde de Santa Maria de Montesa i Sant Jordi d’Alfama», celebrat a l’octubre de 2017.3 Una ràpida revisió dels títols ens evidència les qüestions que han estat més investigades fins ara, i, com en un espill, ens retorna la imatge dels diversos àmbits que resten per treballar. Així mateix, aquesta revisió bibliogràfica també posa en evidència les diferències d’aprofundiment entre les èpoques medieval i moderna, sens dubte en favor d’aquesta segona. Una realitat que té molt a veure amb la trajectòria investigadora de F. Andrés Robres i Josep Cerdà, els quals han obert camins sobre la història de l’orde que no tenen equivalent fins ara per al període medieval.
En tot cas, la nostra mirada ha de centrar-se en aquests segles baixmedievals, sobre els quals poden indicar-se, almenys, uns primers treballs d’aproximació generalista, resums en bona mesura d’allò més conegut a partir de les obres clàssiques citades en la primera nota, en la identificació de les comandes i en breus notícies sobre cadascú dels mestres.4 En general, però, domina la bibliografia especialitzada en aspectes concrets, com ara i en primer lloc sobre els orígens de l’orde i el procés de fundació entre el 1317 i el 1319.5 També tenim la informació bàsica sobre la successió dels mestres i els perfils d’alguns d’ells;6 sobre la vida política de l’orde en el context d’algun dels regnats,7 normalment sobre moments conflictius, com ara el període de la guerra de la Unió i del Compromís de Casp.8 Així mateix, disposem d’estudis sobre aspectes de la jurisdicció senyorial i els conflictes amb la Corona per aquest tema;9 sobre el patrimoni de l’orde i drets senyorials, pobles i comandes que el conformaren, la gestió de les rendes;10 sobre els aspectes principals de l’organització interna, especialment quant a la mensa magistral i les comandes,11 i també sobre alguns dels principals aspectes del seu patrimoni arquitectònic, històric i arxivístic, com ara el castell de Montesa,12 el palau del Temple de València,13 el palau de Sant Mateu,14 els castells montesians15 o els seus arxius.16
Tanmateix, el nostre coneixement sobre aspectes de la seua activitat política, especialment en relació amb l’activitat de l’Estat i la monarquia dels segles XIV i XV és bastant més deficient, malgrat que puntualment hi ha articles més específics sobre la vida política i militar d’alguns dels mestres montesians del segle XV, com ara sobre els primers temps de Romeu de Corbera i, sobretot, en referència a fra Lluís Despuig en temps d’Alfons el Magnànim i Joan II.17 Però són evidents les carències en altres aspectes com ara l’organització interna de l’orde, la nòmina dels seus membres i la seua extracció social, les relacions amb la resta de la noblesa i la ciutat de València com a poders fàctics de l’època, o les relacions quotidianes amb els seus vassalls, només per enumerar-ne alguns. També és cert que no tot és tan senzill d’estudiar ja que una de les limitacions de partida per avançar en aquestes investigacions és l’escàs nivell de catalogació de les fonts conservades, tant quant als pergamins com als registres de cancelleria dels mestres, radicats la major part a l’Arxiu Històric Nacional de Madrid i encara no digitalitzats.
Evidentment no és ara el lloc ni l’espai per donar solucions a aquestes qüestions, però almenys intentaré enumerar-ne algunes com a projecte de treball per al futur. Al principi dèiem que sabem alguna cosa més sobre les relacions de l’orde i especialment dels seus mestres amb la monarquia i la vida política de la Corona d’Aragó, per la qual cosa faré només algunes consideracions generals sobre aquest àmbit. Seguidament plantejaré, més que no explicaré, les activitats de Montesa com a institució en la política del regne de València dels segles XIV i XV, per a seguir amb la seua organització interna, especialment quant a l’administració local més enllà de la nòmina de comandes, i finalment dedicaré un darrer apartat a indicar el poc que sabem quant al reclutament social dels membres de l’orde en aquesta època medieval.
L’ACTUACIÓ POLÍTICA DE L’ORDE DE MONTESA EN EL MARC DE LA CORONA D’ARAGÓ BAIXMEDIEVAL
Un primer apropament a les relacions entre l’orde de Montesa i la monarquia a la baixa edat mitjana apunta al predomini general de l’enteniment i col·laboració entre ambdues institucions/poders, més enllà de divergències puntuals. Tant en el segle XIV com en el XV podem anar resseguint les vegades en què els successius mestres feren costat al monarca de torn en els conflictes i guerres interiors i exteriors de la Corona d’Aragó.18 Trobem els seus mestres i frares al costat de la Corona en les guerres de la Unió i en la guerra de Castella o dels dos Peres en el segle XIV;19 igualment en les noves guerres frontereres amb Castella en el segle XV, en la posterior guerra de Catalunya del 1462-1472, i en les guerres de conquesta de Granada en temps dels Reis Catòlics. Així mateix, fou habitual el suport a la Corona en els conflictes amb el regne nassarita de Granada i en general en el marc de la guerra marítima amb el món musulmà; també en les campanyes mediterrànies des de la conquesta de Sardenya el 1323, en les successives intervencions en Sicília i, marcadament, en les llargues guerres a Nàpols i tot Itàlia durant el regnat d’Alfons el Magnànim. Això, però, no vol dir que, des del punt de vista institucional, periòdicament no hi hagués conflictes per drets i privilegis amb la Corona com a tal i amb els seus oficials al regne de València, però apuntem que foren més habituals en el segle XIV –com ara els intents de Pere el Cerimoniós d’integrar l’orde de Montesa en el de Sant Joan de l’Hospital– que no posteriorment.20
Tanmateix, sembla necessari fer-se algunes preguntes. Es tractava d’un comportament marcat per l’actuació personal dels diversos mestres del segle XV? O hi havia una actuació col·lectiva del conjunt o almenys majoria de frares cavallers, amb la qual cosa podríem parlar d’una actuació col·lectiva de l’orde militar? I fins i tot, en un segon nivell d’apropament, si fou una actuació més col·lectiva, ho era per jerarquia de manament dels mestres, o perquè el capítol de l’orde prenia decisions de forma conjunta i marcava el comportament a seguir? El relat que ens aporta J. Sanahuja, per exemple, sobre l’actuació del mestre fra Pere de Tous en el conflicte de la guerra dels Dos Peres assenyala més clarament la via d’una mobilització de la institució com a tal, pot ser mediatitzada des del punt de vista militar pel reduït nombre de frares cavallers que podien participar-hi, no sempre per motius de les lògiques incidències de salut o per l’edat avançada. Aquest tipus d’actuació col·lectiva també es constata en temps dels mestres fra Galceran de Montsoriu i fra Bernat Despuig, en les dècades centrals del segle XV, en les guerres napolitanes d’Alfons el Magnànim. Al mateix temps, però, la trajectòria individual d’aquests dos mestres ens evidencia el paral·lel fort component personal que té la seua trajectòria en aquells anys al servei del rei, no com a orde militar en conjunt.21
MONTESA EN LA POLÍTICA INTERNA DEL REGNE DE VALÈNCIA
Com una de les grans institucions del poder feudal en el regne de València baixmedieval, l’orde de Montesa hi tingué una presència activa en la vida política interna durant els segles XIV i XV. Aquesta participació podem valorar-la a través de dos àmbits principals: primer, la seua influència com a poder fàctic entre l’elit política del regne i de tota la Corona, personificada en bona mesura en la figura dels successius mestres i en les relacions personals i les intervencions que podien fer, i feien, davant les autoritats reials i el mateix monarca. Es tracta doncs d’una influència indirecta, irregular i sens dubte marcada per les alternances i equilibris dels bàndols nobiliaris quant al seu accés privatiu al rei, però al mateix temps segurament bastant efectiva i real segons que els diversos mestres tingueren una major o menor relació personal amb els successius monarques. En aquest sentit, en la nostra opinió, podria establir-se una certa diferència entre el segle XIV i el XV ja que, d’acord amb els nostres coneixements actuals, els successius mestres del Quatre-cents (Corbera, Montsoriu i Despuig especialment) gaudiren d’aquesta influència directa atenent al seu protagonisme personal en el servei públic a la monarquia, tant en el context de la intervenció del rei Alfons el Magnànim al regne de Nàpols i tot Itàlia, com també en la guerra civil de Catalunya del 1462-1473.
D’altra banda, i en un sentit més estructural que no al caliu dels esdeveniments politicomilitars de l’època, hem de parlar de la presència pública de l’orde montesiana en l’aparell institucional territorial de la Corona en els diversos regnes, la qual cosa es concreta en una de més permanent, a través de les Corts i de la seua delegació, la Diputació del General del Regne de València, però també de forma més ocasional quan alguns membres cavallers de l’orde ocuparen càrrecs de govern al servei reial, especialment en el segle XV.
Quant a la participació en les Corts del regne valencià, fou institucionalment habitual des de la fundació de l’orde militar atés que era titular de senyories valencianes i, per tant, foren convocats sistemàticament com a membres del braç eclesiàstic de les Corts durant ambdós segles. La seua assistència també fou sistemàtica, tot i que no s’ha fet un inventari per saber si l’orde sempre era representat pel seu mestre del moment. Els indicis apunten que sí, però caldria fer aquest inventari i, evidentment, l’estudi de la seua actuació a les Corts pot ser un bon instrument per veure el tipus de visió política que mantingué Montesa en el marc dels debats en aquesta institució parlamentària. A més, hi ha suficients indicis per saber que, en el marc del braç eclesiàstic, els mestres de Montesa foren els principals actors conjuntament amb els respectius bisbes, i després arquebisbes, de València, tal com palesa entre altes coses el fet que en juny de 1438 siguen ambdós personatges els clauers del dit braç, i que en novembre de 1438 el mestre fra Romeu de Corbera siga un dels portaveus del braç eclesiàstic en les negociacions que es duen a terme amb els síndics del braç militar o nobiliari de les corts valencianes.22 En tot cas, sembla necessari endinsar-se en el funcionament d’aquest braç i identificar les coincidències però també les possibles dissensions entre els caps.
Com és sabut, a partir de les Corts de 1363 es constituí per primera vegada la Diputació del General per gestionar el cobrament de subsidis, compartiment i impostos que s’hi havia aprovat. Si bé inicialment la seua existència fou intermitent, des de principis del XV, més en concret des del 1418, passà a ser permanent com a Diputació del General, de tal manera que cada braç de les Corts hi tingué els seus diputats. Caldria comprovar que un dels eclesiàstics fou habitualment un representant de l’orde, però probablement no fou sempre el mestre, que atenia les obligacions del càrrec de diputat en territori valencià. Així, el 1438 el rei Alfons V es dirigia a fra Bernat Guda, prior de Sant Jordi de València, com a diputat del General, però l’any següent el mestre fra Romeu de Corbera nomenava procurador per cobrar el que encara se li devia del seu salari com a diputat del General, la qual cosa palesa el seu protagonisme.23
Dècades més tard, en agost del 1477, el mestre fra Lluís Despuig, com que li corresponia ser diputat del braç eclesiàstic de la Diputació del General del regne de València i havia de viatjar a Nàpols, delegava aquesta funció en fra Felip Aliaga, prior de Sant Jordi de València, en absència de fra Jaume del Bosch, comanador de Vilafamés.24
De fet és en temps d’aquest mestre fra Lluís Despuig (1452-1482), quan tenim més notícies de participació en institucions de govern de l’Estat. D’una banda, en el marc del final de la guerra de Catalunya, en setembre de 1472 i en les Corts de Catalunya celebrades a Pedralbes, dit mestre presentà dues peticions per a ser admès com a membre de les Corts al·legant que era mestre de l’orde de Sant Jordi d’Alfama, per tant amb patrimoni senyorial dins el territori de Catalunya, i d’una altra perquè el rei Joan II li havia donat poc temps abans la senyoria de la batlia d’Ulldecona,25 si bé no ens consta si això arribà a ser efectiu o no.
En tot cas pensem que aquesta qüestió podria ser més bé conjuntural, pel context de la guerra civil catalana i en funció de l’estreta relació personal i de servei de fra Lluís Despuig amb el rei Joan II. Perquè aquest és el context també en què es pot entendre el nomenament d’aquest mestre com a lloctinent general del regne de València per part del rei Ferran el Catòlic el 28 de juny de 1482,26 molt al final de la seua vida, i no tant com una pràctica «institucional» dels membres de l’orde en el servei públic de l’Estat.
L’ORGANITZACIÓ INTERNA DE MONTESA DURANT ELS SEGLES XIV I XV
Als pocs anys de la fundació de l’orde, concretament el 1330, un dels més importants capítols de Montesa va establir l’organització basada en la mensa magistral i les comandes, amb la ratificació de les deu existents en aquell moment i amb la corresponent assignació de rendes, a més de la identificació de quatre priorats.27 Aquest doblet de mestre i comanadors va perdurar majoritàriament durant el Tres-cents i el Quatre-cents, el primer dotat amb la mensa magistral corresponent a la vila de Sant Mateu i la batlia de Cervera i les seues rendes, i els segons amb les respectives vuit comandes: Culla, Ares, les Coves, Alcalà de Xivert, Vilafamés, Onda, Borriana, Perputxent i Castellfabib. A ells cal afegir el claver de l’orde, encarregat de sostenir les despeses del convent de Montesa i dels seus frares clergues amb les rendes de Sueca, Silla i Montroi. Alguns dels principals càrrecs, com el comanador major o el claver canviaren durant el segle XIV de comanda assignada, especialment els primers temps però, des del punt de vista de l’estructura bàsica organitzativa de l’orde, els únics canvis rellevants abans del 1500 varen ser la incorporació del petit orde de Sant Jordi d’Alfama sota la forma de nous priorats (el de Sant Jordi de València i el de Sant Jordi d’Alfama, prop del delta de l’Ebre i l’únic situat fora del territori valencià). I, especialment, la fragmentació de la comanda de Peníscola a principis del segle XV i durant tota la centúria arran de la seua alternança entre la Corona, l’orde militar i fins i tot la senyoria de Benet XIII, el papa Lluna, en les primeres dècades. Per aquesta raó, segons anys, hi havia la tradicional comanda de Peníscola, Benicarló i Vinaròs, o la més curta de Benicarló-Vinaròs. I també per aquestes raons i segons els moments, el càrrec de comanador major oscil·là entre Peníscola, Culla i les Coves.28
En total, doncs, s’organitzà durant tot el període medieval en onze unitats senyorials i administratives, deu de les quals eren comandes; això implicava que les possibilitats de recepció de frares cavallers foren bastant limitades durant tota aquesta època. Tanmateix, des de la mateixa dècada del 1330 l’orde instituí un mecanisme pal·liatiu en part d’aquestes limitacions numèriques amb la creació de la figura dels frares cavallers companyons, un per cada comanador i un altre del mestre, els quals havien de ser mantinguts pel respectiu comanador i sembla que normalment foren assignats als joves cavallers que entraven en l’orde, cosa que comportava la formació en certs aspectes dels nous membres.29
Tanmateix, també cal indicar que, des del punt de vista de la gestió i benefici de les rendes senyorials, tot apunta que hi hagué durant els dos segles baixmedievals alguns càrrecs eclesiàstics de major entitat i categoria que els de les comandes més petites i pobres en recursos econòmics, tot i que per ser ocupats per preveres sempre foren considerats secundaris en aquells segles. Ens referim al prior del Temple de València, al prior de Borriana, al prior de Cervera, al prior de Sant Jordi de València, al prior de Sant Jordi d’Alfama i al prior de Castellfabib. No coneguem tampoc amb detall les funcions i activitats no estrictament religioses d’aquests priors montesians però, en la recerca documental, almenys els priors del Temple i Sant Jordi de València apareixen sovint relacionats amb tasques de gestió, administració i polítiques equivalents a les que compleixen els comanadors, per la qual cosa caldria aprofundir en aquest àmbit.30
El funcionament de l’orde militar passava per un duet institucional: la direcció del mestre, amb una capacitat d’actuació autònoma en nom de l’orde molt considerable, segons es desprén de les definicions i la pràctica que documentem des de principis del segle XIV.31 Però no hem d’oblidar un segon àmbit col·lectiu, les reunions del capítol de l’orde. Constatem que aquestes, durant els segles XIV i XV, es feren a llocs diversos i no solament al convent del castell de Montesa sinó també a Sant Mateu, a la ciutat de València i encara a alguna ciutat italiana a mitjan segle XV. Sembla necessari procedir a una recopilació de les actes conservades dels dits capítols per constatar les funcions reals que exerciren, que en teoria estaven establertes en la regla de l’orde però caldria comparar-les amb la realitat. El cert és que hi havia qüestions de gestió del patrimoni i endeutament de la institució que requerien l’acord col·lectiu, però al mateix temps veiem que el mestre era qui negociava amb la Corona la concessió de privilegis o els gravàmens fiscals que havien d’assumir els vassalls. I també era el mestre qui negociava i pactava amb pobles de la seua senyoria, tot i que no tenim clar si ho feia sempre o primer hi actuava la figura del comanador. Per exemple, del primer terç del segle XV hi ha un grapat de negociacions de viles i llocs amb el mestre fra Romeu de Corbera, que li presenten establiments o ordenacions municipals perquè les aprove, la qual cosa fa, de vegades modificant-ne punts, i també sovint a canvi de diners, tal com apareix recollit en els registres de cancelleria del dit mestre, però tot sembla al marge de la figura del respectiu comanador.32
Aquests aspectes institucionals, malgrat les limitacions que acabem d’indicar, són els mes coneguts fins ara. Però la consulta de la documentació interna de l’orde de Montesa, especialment els registres de cancelleria dels seus mestres, ens aporta una imatge bastant més complexa del funcionament administratiu a nivell intern i local.
Evidentment hi ha un àmbit diferenciat com són els municipis de les viles i llocs, generals a totes les comunitats que formen part de la senyoria i estructurats segons la normativa foral del regne de València. Tanmateix, la seua anàlisi requeriria una aproximació més detallada ja que, tot i funcionar amb els seus jurats, consellers i justícia, són habituals les interferències del poder de l’orde. I no sempre institucionals, sinó també de forma puntualment arbitrària per part d’algun comanador; vull dir, que en ocasions hi ha un joc a tres bandes entre el mestre, el comanador i el municipi. D’altra banda, caldria plantejar-se com funcionaven les poques aljames sarraïnes locals que foren senyoria montesiana (Xivert, Artesa i Tales, moreria d’Onda, Montroi i la Vall de Perputxent). Raonablement, devien tenir la mateixa organització interna que coneguem per a les aljames reials, però són un àmbit clarament més opac segons la documentació conservada.
Quant a l’estructura administrativa de l’orde a nivell local, trobem una figura principal: els batles i els seus lloctinents, però també hi hagué algun alcaid de castell. Tot i que caldria fer-ne una recerca específica, aquests darrers semblen bastant ocasionals i potser eren una solució per a casos peculiars. Ho diguem perquè el més rellevant al segle XV és el cas del capità del castell de Peníscola, qui apareix de forma intermitent segons els daltabaixos de la seua possessió. Probablement fou creat per a gestionar la fortalesa, que en aquesta centúria no constituïa ja una comanda de l’orde. I igualment específic sembla el cas de Joan d’Estrés, alcaid del castell de Cervera, l’any 1419, ja que dit castell es trobava dins terme de la mensa magistral. 33
En tot cas els més significatius eren els batles, els quals, com és conegut, representen la gestió dels interessos de l’orde a nivell local, en general amb més competències sobre el control de les rendes i també sobre les relacions amb el funcionament municipal i les actuacions dels vassalls. En aquest cas sí que caldria primer de tot fer-ne un inventari prosopogràfic, però una tendència que hem detectat és el progressiu nomenament de familiars d’alguns dels frares cavallers, la qual cosa comporta que, com a membres de la noblesa, tendeixen a ser més absentistes. Per exemple, el 1419 el mestre fra Romeu de Corbera nomenà un veí d’Ares lloctinent de batle en dita vila i comanda perquè el batle titular era el cavaller mossèn Jaume March, qui vivia a València.34
També hem documentat l’existència d’administradors de les rendes de les batlies, si bé els casos coneguts apunten als pobles de la mensa magistral o als períodes de vacants en una comanda, ja que les rendes en aquest cas pertanyien al mestre. Així, en gener de 1419 el mestre Corbera nomenà Ramon de Torres, donzell d’Albocàsser, administrador de les rendes de la dita mensa a la tinença de les Coves fins la pressa de possessió del nou comanador major.35 I l’any següent, el mateix mestre nomenava el seu cunyat mossèn Bertomeu Sespujades, cavaller resident a Vilafranca del Penedés, com a regidor, administrador i protector del castell i vila de Cervera del Maestrat.36
Cal recordar que junt amb aquests càrrecs locals de l’orde, hi actuaven quotidianament els arrendadors de les rendes senyorials. D’entrada, sembla possible diferenciar fàcilment entre els àmbits d’actuació d’uns i altres: els batles i administradors com a recaptadors de la part de renda que pertoca a la senyoria, i els altres com a cobradors dels vassalls. Però també pensem que seria habitual el conflicte i competència entre uns i altres ja que no es limitaven a cobrar quantitats prefixades sinó que hi havia una gestió quotidiana de tots els pagaments de la renda senyorial.
Una qüestió en part diferent des del punt de vista organitzatiu és l’existència de les setenes. Es tracta de les agrupacions de set pobles, en algun cas no exactes, amb efectes de dur a terme els repartiments fiscals directes entre els municipis i comunitats vassalles de l’orde. L’ús més antic que n’hem trobat fins ara és en la pressa de possessió de Sant Mateu l’any 1319,37 la qual cosa fa pensar que puga procedir de l’organització de la senyoria de l’orde de l’Hospital. En tot cas, en la segona meitat del segle XIV i en el XV fou habitual el seu esment i ús als efectes fiscals que comentàvem, si bé no generà mai una burocràcia administrativa per part de Montesa.
Un darrer àmbit administratiu que trobem en l’estructura de l’orde és el de l’aparell judicial. Com és ben sabut, segons els privilegis del regne de València del segle XIII els municipis medievals tenien autonomia judicial en primera instància mitjançant la figura del justícia i el seu tribunal o cort. Però també hi havia el procediment de les apel·lacions de les sentències, bé a la Corona o al senyor del lloc segons els casos, a més dels plets que aquests darrers pogueren reservar-se. Per tant, hi hagué un aparell judicial senyorial montesià del funcionament del qual pràcticament no sabem res, a diferència del que passa per a l’època moderna. Fins ara el que hem trobat documentalment més ràpid és el nomenament de jutges per part del mestre de torn, com ara el 1474 quan mestre fra Lluís Despuig nomenava misser Gabriel Miquel i misser Guillem Mas juristes de Sant Mateu, jutges en nom seu del plet entre la vila de Vistabella i les altres de la tinença de Culla sobre pagament de salaris a guardians. En altres casos, els nomenaments són de veïns però no juristes, o al contrari, d’un altre frare de l’orde i un veí, com ara el mateix any quan el mestre nomena fra Sanxo Joan, prior de Cervera, i Joan Sellés, batle de Vinaròs i Benicarló, en un plet per matrimoni entre Tristany Jofre, donzell, i la filla d’un veí de les Coves. Pensem que aquests mínims exemples apunten vers una especialització segons el nivell legal del procés, i també jerarquització perquè, en intervenir un donzell, hi apareix un membre de l’orde.38
L’ORDE DE MONTESA COM A SENYOR DE VASSALLS
Aquesta és una qüestió que també a un nivell més estructural del conjunt de la baixa edat mitjana sí que ha estat estudiada en certs aspectes i moments, especialment quant a la tipologia de les rendes que cobrava Montesa durant el segle XV. Per aquesta raó no anem ara a estendre’ns en aquests aspectes.39
Des del punt de vista de la gestió econòmica de la senyoria, una obra de referència per al segle XV és, sens dubte, el llibre de Luis García-Guijarro sobre les rendes de la mensa magistral en alguns anys d’aquesta centúria.40 Tot i que la font és aïllada en el temps i no n’ha restat la comptabilitat general, a diferència de l’època moderna, és suficient per a conéixer les bases i nivells d’ingressos dels mestres en aquells moments, si bé, evidentment, no és possible fer una aproximació estadística a la seua evolució en el temps.
D’altra banda, i tal com el títol indica, no passa el mateix amb la resta d’ingressos de l’orde, desglossats en diversos nivells de beneficiaris que no passaven per una caixa comuna. Ens referim a les rendes i ingressos que comportava cada comanda per als frares cavallers, els ingressos dels càrrecs eclesiàstics i el funcionament econòmic del convent de Montesa mateix. Especialment aquest darrer sembla restar fins ara bastant opac al nostre coneixement i no hem acabat de localitzar documentació medieval sobre el seu funcionament.
I si atenem al funcionament de la senyoria, evidentment també caldria incloure en aquest apartat la necessitat d’estudiar el funcionament del sistema judicial de la senyoria montesiana sobre els seus vassalls, sobre el qual acabem de fer algunes observacions més amunt.
EL RECLUTAMENT SOCIAL DELS MONTESIANS EN LA BAIXA EDAT MITJANA
Una darrera qüestió que també seria necessari estudiar de forma urgent és la composició social de l’orde durant aquests segles medievals. En realitat, no estem parlant de tantes persones, l’orde de Montesa medieval tenia unes dimensions humanes limitades en comparació amb els altres ordes militars baixmedievals. Si fem només una revisió superficial a diversos capítols de l’orde en aquesta època, les xifres varien d’uns a altres, però si ens atenem especialment als capítols d’elecció dels nous mestres, estem parlant d’entre 20 i 25 cavallers, i al voltant de 20 eclesiàstics. La incertesa ens ve donada perquè les fonts clàssiques –Samper o Villarroya– aporten les nòmines de càrrecs (mestres, comanadors majors, clavers i poca cosa més, a banda que estan incompletes), però no aporten referències concretes al conjunt de frares cavallers i preveres. I tampoc no disposem per a aquesta època dels llistats de membres en anys puntuals que es van fer als segles XVII i XVIII, els quals ha treballat de forma detallada Josep Cerdà en les seues investigacions.41
Només en algun dels volums de manuscrits conservats a l’Arxiu Històric Nacional de Madrid consten recopilacions fetes al segle XVIII d’alguns documents del període baixmedieval sota la forma d’un regest documental i una llista dels noms dels frares signants. El problema és que de bell nou són llistes incompletes, que se cenyeixen als membres presents en el document corresponent, i molt irregulars en el temps. És probable que aquest tipus de documentació fos utilitzada per l’única aproximació de caràcter contemporani dirigida a reconstruir aquestes nòmines medievals. Ens referim al treball d’Antonio Vargas-Zúñiga y Montero de Espinosa, qui a finals dels anys 1950 publicà en la revista Hidalguía uns llistats de montesians, majoritàriament d’època moderna però també de medievals –amb el problema que dóna el nom, càrrec o condició de la persona i un any–, però no aporta ni tan sols la referència d’arxiu que avale la informació, la qual cosa la fa bastant inútil a efectes acadèmics.42
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