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Viento Joven
I.S.B.N.: 956-12-3036-1.
I.S.B.N. digital: 978-956-12-3550-2
34ª edición: octubre de 2020.
Obras Escogidas
I.S.B.N.: 978-956-12-3129-0.
35ª edición: octubre de 2020.
Ilustración de portada:
Collage compuesto por Juan Manuel Neira
en base a imágenes de www.shutterstock.com.
Editora General: Camila Domínguez Ureta.
Editora Asistente: Camila Bralic Muñoz.
Director de Arte: Juan Manuel Neira Lorca.
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El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Índice
Primera Parte
Segunda Parte
Tercera Parte
Apéndice
Los principios de la neolengua
George Orwell
Primera Parte
1
Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con el mentón clavado en el pecho en un esfuerzo por esquivar el viento, se deslizó rápidamente a través de las puertas de vidrio de los edificios de la Victoria, aunque no lo suficientemente rápido como para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a repollo cocido y a trapos viejos. Al fondo y pegado sobre la pared, había un cartel en colores demasiado grande para el interior. Retrataba un enorme rostro de más de un metro de ancho: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un gran bigote negro y facciones rudamente atractivas. Winston se dirigió a las escaleras. Era inútil tratar de usar el ascensor. Incluso en los mejores tiempos funcionaba con poca frecuencia, y ahora, con las restricciones previas a la Semana del Odio, había cortes de luz durante el día. El departamento quedaba en el séptimo piso. Winston, de treinta y nueve años y con una úlcera de várices en el tobillo derecho, subió despacio y descansó en más de una oportunidad. En cada piso frente a la puerta del ascensor, el enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos siguen todos tus movimientos. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decía al pie del cartel.
Dentro del departamento una voz melosa leía cifras que algo tenían que ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una oblonga placa de metal similar a un espejo empañado, que formaba parte de la pared lateral. Winston disminuyó el volumen aunque las palabras se seguían distinguiendo. El instrumento (llamado telepantalla) podía ser regulado pero no había manera de apagarlo completamente. Luego se acercó a la ventana: la pequeñez de su figura, frágil y delgada, era enfatizada por el overol azul, uniforme del Partido. Tenía el pelo rubio, la cara rojiza, la piel áspera por culpa del jabón barato, las hojas de afeitar gastadas y el frío invierno que acababa de terminar.
Afuera, incluso a través de los ventanales, el mundo se veía frío. Calle abajo, pequeñas ráfagas de viento formaban torbellinos de polvo y de pedazos de papel y, aunque el sol brillaba y el cielo era de un azul intenso, nada parecía tener color, salvo los carteles pegados por todas partes. El rostro de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas dominantes. Había uno en la casa de enfrente. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las letras, mientras los ojos oscuros miraban fijamente a Winston. En la calle había otro cartel que, roto en una punta, flameaba con el viento cubriendo y descubriendo la palabra INGSOC. A lo lejos, un helicóptero rozó los techos, se quedó suspendido por un instante y luego retomó su vuelo. Era la patrulla policial, husmeando a través de las ventanas. Sin embargo, las patrullas no tenían mayor importancia. Lo que verdaderamente importaba era la Policía del Pensamiento.
Detrás de Winston la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido superior a un leve susurro que Winston emitiera era captado por ella. Además, mientras permaneciera dentro del radio visual de la placa metálica, podía ser visto. Por supuesto, no había manera de saber si te estaban vigilando. La frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar cada línea privada eran una incógnita. Incluso se conjeturaba que todos eran vigilados a la vez. Estaba claro que podían intervenir tu privacidad cuando se les antojara. Tenías que vivir –y en eso el hábito se convertía en un instinto– sabiendo que cualquier sonido emitido podía ser registrado o escuchado por alguien y que, salvo en la oscuridad, todos tus movimientos serían observados. Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro, aun cuando –como bien lo sabía– una espalda podía ser muy reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde trabajaba Winston, se levantaba vasto y blanco sobre el sucio paisaje. “Esto es Londres –pensó con una vaga sensación de disgusto–, la capital de la Aerofranja Uno, la tercera provincia más poblada de Oceanía”. Trató de recuperar de su memoria algún recuerdo infantil que le dijera que Londres siempre había sido así. ¿Siempre hubo estos paisajes con casas del siglo XIX pudriéndose, con las murallas recubiertas de madera, las ventanas tapadas con cartón, los techos parchados con planchas de zinc y viejas paredes a punto de caer? ¿Y esos lugares bombardeados, con restos de yeso y cemento revoloteando por el aire y malezas amontonadas en los escombros? ¿Y los sitios donde las bombas abrieron extensos espacios y surgieron sórdidas colonias de chozas de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no podía recordar nada: nada quedaba de su infancia, excepto una serie de cuadros iluminados y vacíos que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad –Miniverdad en neolengua*– era alarmantemente diferente de cualquier otro objeto a la vista. Era una enorme y reluciente estructura piramidal de concreto blanco que se elevaba, terraza tras terraza, unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se encontraba podía leerse, grabadas en elegantes letras, las tres consignas del Partido:
GUERRA ES PAZ
LIBERTAD ES ESCLAVITUD
IGNORANCIA ES FUERZA
Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil habitaciones sobre el nivel del suelo y las correspondientes ramificaciones subterráneas. En Londres sólo había otros tres edificios de similar aspecto y tamaño. Empequeñecían de tal manera la arquitectura de los alrededores que desde el techo del Edificio de la Victoria se podía distinguir los cuatro a la vez. Eran los cuatro ministerios que dirigían todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, que mantenía las reglas y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, encargado de los asuntos económicos. Sus nombres, en Neolengua, eran: Miniverdad, Minipax, Miniamor y Miniabundancia.
El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía ventanas. Winston nunca había estado dentro de él, ni siquiera a medio kilómetro de distancia. Era imposible entrar allí, salvo por algún asunto oficial, y en ese caso, había que atravesar un laberinto de alambres de púa, puertas de acero y nidos ocultos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas exteriores estaban cuidadosamente vigiladas por guardias de uniformes negros con cara de gorila y armados con garrotes.
Winston se volvió abruptamente. Su rostro había adquirido una expresión de tranquilo optimismo que era prudente mostrar a la telepantalla. Cruzó la habitación hacia la pequeña cocina. Al salir del Ministerio a esa hora renunciaba al almuerzo en el casino, y sabía que no le quedaba más que un pedazo de pan negro destinado al desayuno de mañana. Sacó del estante una botella de un líquido incoloro con una sencilla etiqueta que decía: Gin de la Victoria. Olía a medicina, parecido al licor de arroz chino. Winston se sirvió una tacita llena, preparó sus nervios para el impacto, y se lo tragó de un golpe como si fuese un jarabe.
Instantáneamente su cara se tornó roja y sus ojos empezaron a llorar. Aquel líquido parecía ácido nítrico; además, al tragarlo, daba la sensación de haber sido golpeado en la nuca con un garrote. Sin embargo, unos segundos después, se calmó el ardor en el vientre y el mundo comenzaba a verse más alegre. Sacó un cigarrillo de un paquete arrugado que decía Cigarrillos de la Victoria, descuidadamente lo cogió al revés y el tabaco se cayó al suelo. Tuvo más suerte con el siguiente. Volvió al living y se sentó ante una mesita a la izquierda de la telepantalla. Sacó del cajón una pluma, un tintero y un libro en blanco, con el lomo rojo y la tapa jaspeada.
Por alguna razón, la telepantalla estaba en una posición inusual. En vez de encontrarse, como era normal, en la pared del fondo dominando toda la habitación, se hallaba en la pared lateral frente a la ventana. A un lado de ella había un hueco –seguramente destinado para guardar libros–, dentro del cual Winston podía mantenerse fuera de su alcance visual; sin embargo, no podía evitar ser escuchado. En parte, fue la insólita distribución de la habitación lo que lo indujo a lo que ahora se disponía a hacer.
Pero también lo ayudó el libro que acababa de sacar del cajón. Era un libro peculiarmente hermoso. Sus hojas eran suaves, cremosas y un poco amarillentas por el paso del tiempo, de un papel que no se fabricaba hace ya unos cuarenta años. Sin embargo, Winston conjeturó que el libro era aún más viejo. Lo había visto en la vitrina de una tienda ubicada en algún barrio miserable de la ciudad (no recordaba exactamente en cuál), y al momento sintió un inmenso deseo de poseerlo. Los miembros del Partido no debían frecuentar ese tipo de tiendas (aquello era llamado “traficar en el mercado libre”), pero no se acataba rigurosamente la orden, pues había varias cosas, como cordones y hojas de afeitar, que era imposible conseguir de otro modo. Antes de entrar a la tienda, Winston se aseguró que nadie lo estuviese mirando, y luego adquirió el libro por dos dólares cincuenta. No sabía exactamente para qué lo quería. Lo guardó en su maletín y lo llevó a su casa con una sensación de culpa. Aún en blanco, poseerlo era muy comprometedor.
Winston se disponía a escribir en el diario. Esto no era considerado ilegal (nada lo era, pues no habían leyes); pero si lo sorprendían podía estar seguro de que lo condenarían a muerte, o por lo menos a veinticinco años de trabajos forzados. Tomó la pluma y la limpió con su lengua. Era un instrumento arcaico. Ya no se usaba ni para firmar, pero él consiguió una clandestinamente y con dificultad, pues tenía la sensación de que tan bello papel merecía una pluma con tinta de verdad. Winston no estaba acostumbrado a escribir a mano. Aparte de notas muy breves, lo usual era dictarle todo al hablaescribe, imposible en las actuales circunstancias. Mojó la pluma en el tintero y vaciló por unos segundos. Un temblor lo sacudió. El acto decisivo era marcar el papel. En una pequeña y torpe letra escribió:
4 de abril de 1984.
Se echó hacia atrás. Fue invadido por una sensación de desamparo. Ni siquiera sabía con certeza que ese año fuese 1984. Debía ser una fecha aproximada, pues estaba seguro de tener treinta y nueve años y creía haber nacido en 1944 o 1945; pero era imposible precisar alguna fecha en esos días.
De pronto se le ocurrió preguntarse para quién estaba escribiendo ese diario. Para el futuro, para los que aún no han nacido. Su mente se detuvo un instante en la fecha que acababa de escribir y sorpresivamente se le presentó la palabra en neolengua ‘doblepensar’. Por primera vez comprendió la magnitud de lo que se disponía a hacer. ¿Cómo iba a comunicarse con el futuro? Era imposible: o el futuro se parecía al presente y entonces no lo tomarían en cuenta, o sería diferente y sus palabras no tendrían significado.
Se quedó mirando tontamente el papel. La telepantalla transmitía ahora una estridente música militar. Era curioso: no sólo parecía haber perdido la capacidad de expresarse por escrito, sino que también había olvidado lo que quería decir. Durante semanas se había preparado para este momento y nunca se le ocurrió pensar que necesitaría algo más que coraje. Escribir sería fácil. Sólo tenía que traspasar al papel aquel interminable monólogo que desde hace años daba vueltas en su cabeza. Sin embargo, en aquel momento hasta el monólogo había desaparecido. Además, sus várices comenzaron a picarle de manera insoportable. No se atrevía a rascarse porque cuando lo hacía se le inflamaban. Avanzaron los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del papel ante sus ojos, la picazón en el tobillo, el estruendo de la música y un leve mareo producto del gin.
Sorpresivamente, comenzó a escribir con rapidez y pánico, casi sin entender lo que hacía. Con letra infantil fue llenando la página, omitiendo las mayúsculas primero, y luego hasta la puntuación:
4 de abril de 1984. Anoche en el cine. Todas películas de guerra. Una muy buena sobre un barco lleno de refugiados que bombardean en algún lugar del Mediterráneo. El público feliz con las tomas de un inmenso gordo que intentaba escapar nadando de un helicóptero, primero se lo veía chapoteando como un delfín, luego lo veías desde la mira de las ametralladoras del helicóptero, luego lo agujerean a tiros y el agua a su alrededor se tornaba roja y el gordo se hundía como si el agua le entrara por los agujeros, el público muerto de la risa cuando se hundió. Después se veía un bote de salvavidas lleno de niños con un helicóptero encima. había una mujer madura que podía ser judía sentada en la proa con un niño de tres años en los brazos. el niño chillaba con terror y hundía su cabeza en los pechos de la mujer y ella lo consolaba pero también estaba azul de miedo, todo el tiempo cubriéndolo como si sus brazos fueran a protegerlo de las balas. entonces el helicóptero lanza una bomba de veinte kilos, flash espectacular, y el barco se convirtió en astilla. luego una toma maravillosa del niño subiendo subiendo subiendo por el aire, creo que el helicóptero debe haber tenido la cámara en la nariz para seguirlo y la gente aplaudió muchísimo pero una mujer ubicada entre los proletarios armó un escándalo terrible chillando que no debían mostrarle esas películas a los niños, hasta que la policía la sacó arrastrando no creo que le hayan hecho nada a nadie le importa lo que dicen los proletarios reacción típica de los proletarios que nunca...
Winston dejó de escribir, en parte por culpa de los calambres. Ignoraba qué le había hecho escribir esa porquería. Lo curioso fue que mientras lo hacía, un recuerdo totalmente distinto se había aclarado en su mente y ahora era capaz de escribir lo que realmente quería. Entendió entonces que justamente ese incidente lo había hecho venir a su casa y comenzar el diario hoy.
Había ocurrido esa mañana en el Ministerio, si es que algo tan nebuloso podía haber sucedido.
Eran cerca de las once en el Departamento de Registros, donde trabajaba Winston; sacaban las sillas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los Dos Minutos de Odio. Winston estaba ubicándose en una de las filas del medio, cuando dos personas, a quienes sólo conocía de vista, entraron inesperadamente al salón. Una de ellas era una joven con la que se topaba frecuentemente en los pasillos. No sabía su nombre pero sí que trabajaba en el Departamento de Ficción Narrativa. Probablemente –ya que recordaba haberla visto con las manos engrasadas y acarreando un destornillador– tendría alguna labor mecánica en una de las máquinas escribe-novelas. De aspecto audaz, tendría unos veintisiete años, el pelo negro y espeso, la cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos. Un angosto cinturón escarlata, emblema de la Liga Juvenil Anti-Sexo, daba varias vueltas alrededor de su cintura, resaltando la forma de sus caderas. A Winston le desagradó desde la primera vez que la vio. Y sabía la razón: era la atmósfera de los campos de hockey, duchas frías, excursiones colectivas y en general el aire de conciencia limpia que trascendía de ella. Le desagradaban casi todas las mujeres, en especial las jóvenes y bonitas. Pues ellas, sobre todo las jóvenes, eran fanáticas adherentes del Partido, se tragaban todos los eslóganes y eran espías aficionadas de las actitudes poco ortodoxas. Y esta muchacha en particular le parecía más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor, ella le lanzó una mirada intensa que por unos momentos lo llenó de terror. Winston incluso llegó a pensar que podía ser un agente de la Policía del Pensamiento. La verdad es que no era muy probable. Sin embargo, él seguía sintiendo una extraña intranquilidad, mezcla de miedo y hostilidad, cada vez que estaba cerca de ella.
La otra persona era un hombre llamado O’Brien, miembro del Partido Interno, en donde ocupaba un cargo tan importante y remoto que Winston tenía una vaga idea de su naturaleza. La llegada del overol negro, distintivo de los miembros del Partido Interno, produjo un momentáneo silencio entre la audiencia. O’Brien era un hombre alto y corpulento, de cuello ancho, cara tosca, brutal y sin embargo simpática. A pesar de su apariencia, sus modales eran bastante agradables. Solía ajustarse los anteojos en forma curiosamente cautivadora, de una manera indefinible, pero singularmente civilizada. Aquel gesto recordaba –si alguien todavía era capaz de pensar así– a un aristócrata del siglo XVIII ofreciendo rapé. Winston lo había visto una docena de veces en varios años. Se sentía fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre sus delicados modales y su apariencia de boxeador, sino porque tenía la convicción –o más bien, la secreta esperanza– de que la ortodoxia política de O’Brien no era perfecta. Algo en su rostro lo sugería irresistiblemente. Y quizás ni siquiera fuera heterodoxia lo que había en su cara, sino simplemente inteligencia. De todos modos, parecía de aquellas personas con las que se podía conversar, si se pudiera eludir la telepantalla para estar a solas con él. Winston nunca había hecho el menor esfuerzo por comprobar su sospecha; en realidad, no había forma de intentarlo. En ese momento, O’Brien miró su reloj y al notar que eran casi las once, decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que terminasen los Dos Minutos de Odio. Se sentó en la misma fila que Winston, a un par de lugares de distancia. Una mujer baja, de pelo color arena, que trabajaba en el cubículo contiguo a Winston, se instaló entre ellos. La joven de pelo negro estaba sentada inmediatamente detrás.
Al momento se oyó un espantoso ruido en la telepantalla, como el chirrido de una máquina sin engrasar. Era un sonido que hacía rechinar los dientes y ponía los pelos de punta. El Odio había comenzado.
Como de costumbre, la cara de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo, irrumpió en la pantalla. Se escucharon chiflidos provenientes del público. La mujer del pelo color arena dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado y el descarriado que alguna vez, hace mucho tiempo atrás (nadie recordaba cuánto), había sido una de las figuras líderes del Partido, casi al mismo nivel que el propio Gran Hermano; luego se dedicó a actividades contrarrevolucionarias, fue condenado a muerte, pero logró escapar y desapareció misteriosamente. El programa de los Dos Minutos de Odio variaba todos los días, pero Goldstein siempre era el protagonista. Era el traidor por excelencia, el primer profanador de la pureza del Partido. Los subsiguientes crímenes contra el Partido, todas las traiciones, herejías, desviaciones y sabotajes provenían directamente de sus enseñanzas. En algún lugar seguía vivo y conspirando: quizás en ultramar, bajo la protección de enemigos extranjeros, quizás –se rumoreaba– en algún sitio de la propia Oceanía.
El diafragma de Winston se contrajo. Nunca pudo ver la cara de Goldstein sin experimentar una dolorosa mezcla de emociones. Era un delgado rostro judío, con una aureola de pelo blanco y una barba de chivo, una cara inteligente que de alguna manera tenía algo despreciable, y una especie de tontería senil, gracias a los anteojos que le colgaban en la punta de su larga nariz. Su rostro y su voz se parecían al de una oveja. Goldstein profería su habitual y venenoso ataque contra la doctrina del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño podía ver a través de él, sin embargo lo suficientemente creíble como para alarmarse de que fuese a influir a la gente menos instruida. Insultaba al Gran Hermano, denunciaba la dictadura del Partido y exigía la inmediata paz con Eurasia, abogaba por la libertad de palabra, de prensa, de reunión y de pensamiento, gritando histéricamente que la Revolución había sido traicionada. Todo esto en un acelerado y polisílabo discurso que parodiaba el estilo habitual de los oradores del Partido, incluso usaba algunas palabras en neolengua; de hecho Goldstein usaba la neolengua más que cualquier otro miembro del Partido. Y mientras esto ocurría, para que nadie interpretara como simple palabrería la oculta maldad de sus frases, detrás de él marchaban interminables columnas del ejército eurásico. Filas y filas de sólidos e impasibles rostros asiáticos aparecían en primer plano y luego desaparecían. El sordo y rítmico clamor de las botas militares era el contrapunto de los balidos de Goldstein.
Antes de que el Odio hubiera llegado a los treinta segundos, incontrolables exclamaciones de rabia llenaron el salón. La satisfecha y ovejuna faz en la pantalla y el aterrador poder del ejército tras de ella, eran insoportables. Además, ver o sólo pensar en Goldstein provocaba automáticamente miedo e ira. Era un objeto de odio más constante que Eurasia o Extasia, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias, solía estar en paz con la otra. Pero lo extraño era que Goldstein, a pesar de ser odiado y despreciado por todos mil veces cada día, en las tribunas, en la telepantalla, en los diarios y en los libros; sus teorías refutadas, aplastadas y ridiculizadas, desenmascaradas como basura; a pesar de todo, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevas víctimas inocentes que se dejaban seducir por sus palabras. No pasaba ni un solo día sin que los espías y saboteadores que trabajaban bajo sus instrucciones, fueran atrapados por la Policía del Pensamiento. Era el comandante de un ejército que actuaba en la sombra, una clandestina red de conspiradores cuyo fin era derribar al Estado. La Hermandad, se llamaba. También corrían rumores acerca de un libro terrible, el compendio de todas las herejías atribuidas a Goldstein, que circulaba secretamente. Si lo nombraban, simplemente le llamaban el libro. Uno se enteraba de estas cosas sólo a través de vagos rumores. Ni la Hermandad ni el libro eran temas comunes de la gente del Partido, a menos que no pudieran evitarlo.
En su segundo minuto, el Odio alcanzó el frenesí. La gente saltaba y gritaba enfurecida tratando de acallar con sus gritos el balido ensordecedor que salía de la pantalla. La mujer del pelo color arena se había puesto roja y su boca se abría y cerraba como la de un pescado. Incluso la dura cara de O’Brien enrojeció. Estaba sentado muy rígido en su silla, respirando con esfuerzo como si estuviese resistiendo la presión de una enorme ola. La joven de pelo negro comenzó a gritar: “¡Cerdo, cerdo, cerdo!” y, de pronto, agarró un pesado diccionario de neolengua y lo arrojó a la pantalla. Éste rebotó contra la nariz de Goldstein, pero su voz continuó inexorablemente. En un momento de lucidez, Winston se percató de que estaba gritando como los demás y dando fuertes patadas contra la silla. Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era que te obligaran a participar, sino que era imposible evitarlo, pues lo hacías compulsivamente. A los treinta segundos no era necesario fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar y de aplastar cabezas con un martillo, parecía recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica, convirtiéndolos –incluso contra su propia voluntad– en locos vociferantes y gesticuladores. Y sin embargo, aquella rabia era abstracta, sin objetivos, y podía ser aplicada hacia un objeto u otro como la llama de un soplete. Así, en un momento, el odio de Winston no se dirigía contra Goldstein, sino contra el propio Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento; y entonces su corazón estaba con el solitario e insultado hereje de la pantalla, único guardián de la verdad y la cordura en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se unía a la gente y todo lo que decían de Goldstein parecía ser cierto. Su secreto odio contra el Gran Hermano se transformaba en adoración, y lo veía levantarse como una invencible torre, como una valiente roca capaz de resistir el ataque de las hordas asiáticas. Y Goldstein, a pesar de su aislamiento, su desamparo y de su dudosa existencia, se transformaba en siniestro brujo, capaz de demoler la civilización con el solo poder de su voz.
En ciertos momentos incluso era posible desviar el odio en una u otra dirección mediante un acto de voluntad. De pronto, con el mismo esfuerzo violento con que se arranca de una pesadilla, Winston consiguió dirigir su odio hacia la muchacha de pelo negro que se encontraba detrás de él. Vívidas y hermosas alucinaciones cruzaron por su mente. La azotaba hasta la muerte con un garrote de goma. La ataba desnuda en una estaca y la atravesaba con flechas igual que a San Sebastián. La violaba y en el momento del clímax la degollaba. Ahora más que nunca se daba cuenta por qué la odiaba. La odiaba porque era joven, bonita y asexuada, porque quería irse a la cama con ella pero no lo haría nunca porque alrededor de su hermosa cintura, que invitaba a abrazarla, llevaba el odioso cinturón escarlata, agresivo símbolo de castidad.
El Odio llegó a su apogeo. La voz de Goldstein se había convertido en un auténtico balido, y por un instante su cara se transformó en la de una oveja. Luego aquel rostro se fundió con el de un soldado de Eurasia, que avanzaba formidable y aterrador con el rugir de su metralleta, hasta que pareció salirse de la pantalla, tanto que los espectadores de la primera fila se echaron hacia atrás. Pero en ese mismo instante, produciendo un hondo suspiro de alivio, la amenazadora figura daba paso al rostro del Gran Hermano, con su pelo y sus bigotes negros, lleno de poder y de una misteriosa calma, tan vasto que casi llenaba la pantalla. Nadie oyó lo que decía. Eran unas cuantas palabras de aliento, aquellas que se les dicen a las tropas en cualquier batalla y que no es preciso entenderlas una por una, pero que infunden confianza por el solo hecho de ser pronunciadas. Luego el rostro del Gran Hermano comenzó a desvanecerse y en su lugar aparecieron en letras grandes los tres eslóganes del Partido:
GUERRA ES PAZ
LIBERTAD ES ESCLAVITUD
IGNORANCIA ES FUERZA
Pero daba la impresión de que el rostro del Gran Hermano perduraba en la pantalla, como si el impacto que causó en los presentes fuera demasiado intenso para borrarse de inmediato. La mujer del pelo color arena se lanzó hacia adelante y con un trémulo susurro parecía decir algo como “¡Mi salvador!”. Después ocultó su cara entre las manos. Aparentemente estaba diciendo una oración.
En ese momento, todos prorrumpieron en un profundo, suave y rítmico salmo: “¡G-H!... ¡G-H!... ¡G-H!”, una y otra vez, lentamente, haciendo una pausa entre la “G” y la “H”. Era un canto pesado y susurrante, con algo de salvaje, en cuyo fondo parecían oírse pisadas de pies descalzos y golpes de tambores. Se prolongó por más de treinta segundos. Era un cántico que solía oírse en las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte era un himno a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, era un acto de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la conciencia por medio de un zumbido monótono. Winston se sobrecogió. En los Dos Minutos de Odio no podía evitar compartir el delirio colectivo, pero aquel coro subhumano lo llenaba siempre de terror. Por supuesto que cantaba con los demás, era imposible no hacerlo. Disimular las emociones, controlar los gestos, hacer lo que todos hacían, era una reacción instintiva. Pero hubo un par de segundos en que sus ojos parecieron haberlo traicionado. Y fue exactamente en ese instante cuando algo significativo sucedió... si es que realmente había ocurrido.
Momentáneamente sorprendió la mirada de O’Brien. Se había levantado y ajustado sus anteojos con aquel gesto característico. Pero durante una fracción de segundo sus ojos se encontraron y Winston supo –¡sí, lo supo!– que O’Brien pensaba lo mismo que él. Se transmitieron un inconfundible mensaje. Fue como si las dos mentes se abrieran y los pensamientos fluyeran de la una a la otra a través de los ojos. “Estoy contigo”, pareció decirle O’Brien. “Sé precisamente lo que estás pensando. Conozco tu desprecio, tu aversión y tu asco. Pero no te preocupes, estoy de tu lado”. Entonces el destello de inteligencia desapareció y la cara de O’Brien volvió a ser tan inescrutable como la de los demás.
Eso fue todo, y Winston ya tenía dudas de que realmente hubiese ocurrido. Tales incidentes no tenían secuela, pero mantenían viva la fe y la esperanza de que otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás aquellos rumores de las conspiraciones clandestinas eran verdad después de todo, ¡a lo mejor hasta existía la Hermandad! Era imposible, a pesar de los arrestos, las confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no fuera un mito. Algunos días lo creía, otros no. No había pruebas, sólo chispazos fugaces que podían significar algo o no significar nada: retazos de conversaciones ajenas oídas al pasar, garabatos en las murallas de los baños; incluso, el movimiento de manos en el encuentro de dos desconocidos, podía ser una señal. Eran todas suposiciones, probablemente había imaginado todo. Winston regresó a su cubículo sin mirar otra vez a O’Brien. La idea de prolongar ese encuentro momentáneo no se atravesó por su mente. Aun cuando hubiera sabido cómo hacerlo, resultaría inconcebiblemente peligroso. Por un segundo o dos, habían intercambiado una equívoca mirada, y ahí terminaba la historia. Pero hasta eso resultaba memorable, debido a la absoluta soledad en que vivía.
Winston se sacudió aquellos recuerdos y se sentó derecho. Se le escapó un eructo. El gin le revolvía el estómago.
Sus ojos enfocaron otra vez la página. Descubrió que durante todo ese tiempo había estado escribiendo como un autómata. Ya no era la torpe letra de hace un rato. La pluma se había deslizado voluptuosamente por el suave papel, escribiendo en grandes letras:
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
una y otra vez, llenando media página.
No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era más peligroso que el acto inicial de comenzar un diario; sin embargo, por un momento, estuvo tentado de romper las páginas y abandonar por completo su propósito.
Pero no lo hizo, porque sabía que era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o no, daba lo mismo. Seguir con el diario o no, venía a ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo agarraría de todas formas. Había cometido –incluso aunque no hubiese escrito una sola letra– el crimen esencial que contenía a todos los demás crímenes. El crimental lo llamaban. El crimental no podía ocultarse eternamente. Podías esconderlo por un tiempo, incluso años, pero tarde o temprano te atraparían.
Los arrestos sucedían siempre de noche. El repentino tirón que te despertaba, la brutal mano sacudiendo tu hombro, la luz encandilando tus ojos y un círculo de duras caras alrededor de la cama. En la mayoría de los casos no había proceso ni reporte del arresto. La gente simplemente desaparecía, siempre durante la noche. Tu nombre era eliminado de los archivos, todo registro de lo que hubieses hecho en la vida era borrado, toda tu existencia negada y luego olvidada. Eras abolido, aniquilado: vaporizado, era la palabra que se usaba.
Por un momento fue invadido por una especie de histeria. Comenzó a escribir rápidamente y con muy mala letra:
me van a matar no me importa me van a dar un balazo en la nuca no me importa abajo el gran hermano siempre te disparan en la nuca no me importa abajo el gran hermano
Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí mismo, y soltó la pluma. Al instante, se sobresaltó violentamente. Estaban golpeando la puerta.
¡Tan pronto! Permaneció sentado tan inmóvil como un ratón, con la absurda esperanza de que, quienquiera que fuese, se marchara después de golpear una sola vez. Pero no, el golpe se repitió. Lo peor sería demorarse. Su corazón latía como un tambor; pero su cara, a fuerza de la costumbre, no tenía expresión. Se levantó y se acercó pesadamente a la puerta.
2
Al poner la mano en la manilla de la puerta, Winston recordó que había dejado el diario abierto sobre la mesa. ABAJO EL GRAN HERMANO estaba escrito en él con letras tan enormes que podía ser leído desde la entrada. Era una inconcebible estupidez, pero se dio cuenta de que incluso en medio del pánico no había querido estropear el cremoso papel con la tinta aún húmeda.
Tomó aliento y abrió la puerta. Al segundo se sintió aliviado. Una insignificante y avejentada mujer, con el cabello desordenado y la cara llena de arrugas, estaba de pie afuera.
–¡Ay, camarada! –empezó a quejarse con deprimente voz–. Me pareció sentirlo llegar. ¿Podría venir a ver mi lavaplatos? Se tapó y...
Era la señora Parsons, la esposa de un vecino (señora era una palabra desaprobada por el Partido –había que decirle “camarada” a todo el mundo–, pero todavía se usaba instintivamente con algunas mujeres). Tenía alrededor de treinta años, pero aparentaba mucho más. Daba la impresión de tener polvo en las arrugas de su cara. Winston la siguió a través del pasillo. Estas reparaciones caseras eran molestia de casi todos los días. Los Edificios de la Victoria eran muy viejos, construidos aproximadamente en los años treinta, y se estaban cayendo a pedazos. El estuco se desplomaba constantemente de las paredes y techos, las tuberías se reventaban con cada helada, el techo estaba lleno de filtraciones y el sistema de calefacción funcionaba a medias cuando no era totalmente cortado por motivos de economía. Las reparaciones, excepto las que podía hacer uno mismo, debían ser autorizadas por comités que demoraban hasta dos años en arreglar una ventana.
–Lo molesto sólo porque Tom no está en casa –dijo vagamente la señora Parsons.
El departamento de los Parsons era más grande que el de Winston, y mucho más descuidado. Todo se veía maltratado y pisoteado, como si allí viviese un enorme animal salvaje. Desparramados en el suelo se encontraban palos de hockey, guantes de box, una pelota pinchada, un par de shorts dados vuelta; sobre la mesa un montón de platos sucios y cuadernos escolares con las puntas crespas. En la pared, unos carteles rojos de la Liga Juvenil de Espías y un afiche tamaño natural del Gran Hermano. El usual olor a repollo cocido, común a todo el edificio, aunque definitivamente más fuerte en este departamento, se mezclaba con el olor a transpiración de una persona ausente. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar el ritmo de la música militar que aún salía de la telepantalla.
–Son los niños –dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva a la puerta–. Hoy no han salido. Y claro...
Tenía la costumbre de dejar las frases en la mitad. El lavaplatos estaba casi rebalsado de agua verdosa y olía aún peor que el repollo. Winston se arrodilló y examinó el ángulo de unión de la tubería. Odiaba usar sus manos y también tener que arrodillarse, porque esa postura siempre le provocaba tos. La señora Parsons lo miró con impotencia.
–Naturalmente, si Tom estuviese aquí lo arreglaría en un segundo. Le gustan estas cosas. Es muy hábil con sus manos, si Tom...
Parsons era compañero de trabajo de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre más bien gordo, pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmo imbécil; uno de esos tontos devotos e incondicionales en quienes –más que en la Policía del Pensamiento– residía la estabilidad del Partido. A los treinta y cinco años acababa de ser separado, contra su voluntad, de la Liga Juvenil; y antes de graduarse de ésta había conseguido permanecer en los Espías un año más del reglamentario. En el Ministerio estaba empleado en un puesto subordinado que no requería de inteligencia; pero, por otra parte, era la figura líder en el Comité de Deportes y en todos los otros comités dedicados a organizar excursiones comunitarias, manifestaciones espontáneas, campañas de ahorro y otras actividades voluntarias. Contaba con orgullo, entre chupadas a su pipa, que en los pasados cuatro años no había dejado de ir ni un solo día al Centro Comunitario. Un fortísimo olor a sudor, testimonio inconsciente de su constante actividad, lo seguía a donde fuera y dejaba impregnado el aire cuando se iba.
–¿Tiene una llave inglesa? –dijo Winston tocando la cañería.
–Una llave inglesa –repitió la señora Parsons con poca voluntad–. No sé, no estoy segura. Quizás los niños...
Con fuertes pisadas de botas y más silbidos con el peine, los niños irrumpieron en el living. La señora Parsons trajo la llave inglesa. Winston dejó correr el agua y removió con asco el montón de pelos que había tapado la cañería. Limpió sus manos lo mejor que pudo con agua fría y regresó a la otra habitación.
–¡Arriba las manos! –chilló una voz salvaje.
Un rudo y hermoso niño de nueve años había aparecido inesperadamente por detrás de la mesa y lo amenazaba con una pistola de juguete, mientras su hermanita, aproximadamente dos años menor, hacía el mismo gesto con un pedazo de madera. Ambos estaban vestidos con short azul, polera gris y un pañuelo rojo al cuello, el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos a la altura de su cabeza con una sensación intranquila, pues la agresión del niño era tan amenazante que no parecía un juego.
–¡Traidor! –gritó el niño–. ¡Eres un criminal-mental! ¡Un espía de Eurasia! ¡Te voy a matar, a vaporizar y te mandaré a las minas de sal!
De pronto, los dos niños comenzaron a saltar a su alrededor, gritándole traidor y criminal-mental; la pequeña niña imitaba todos los movimientos de su hermano. Aquello era un poco aterrador, algo así como dos cachorros de tigre que luego se convertirán en devoradores de humanos. Había una especie de calculada ferocidad en la mirada del muchacho, un deseo evidente de golpear o patear a Winston y la conciencia de que casi tenía la edad para hacerlo. “Por suerte la pistola no es real”, pensó Winston.
Los ojos de la señora Parsons pasaban rápidamente de Winston a los niños y nuevamente volvían a Winston. Como el living estaba mejor iluminado, él pudo notar que efectivamente había polvo en las arrugas de la mujer
–Son tan ruidosos –dijo ella–. Están desilusionados porque no pudieron ver el ahorcamiento, por eso es. Yo estoy muy ocupada para llevarlos, y Tom no volverá a tiempo del trabajo.
–¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan? –rugió el niño con voz tremenda.
–¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! –canturreó la pequeña sin dejar de saltar.
Winston recordó que algunos prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, serían colgados en el parque aquella tarde. Esto ocurría una vez al mes y era un espectáculo popular. A los niños les encantaba. Se despidió de la señora Parsons y se dirigió a la puerta. Pero no alcanzó a dar seis pasos por el pasillo cuando algo lo golpeó dolorosamente en la nuca. Era como si le hubieran aplicado un fierro hirviendo por detrás del cuello. Se volvió a tiempo para ver a la señora Parsons arrastrando a su hijo hacia dentro mientras éste guardaba una honda en su bolsillo.
–¡Goldstein! –gritó el niño antes de que se cerrara la puerta. Pero lo que más impresionó a Winston fue el terror en la cara gris de la mujer.
De vuelta en su departamento, cruzó rápido frente a la telepantalla y se sentó otra vez ante a la mesa, todavía sobándose el cuello. La música había cesado. En su lugar, una voz militar leía, con un toque brutal, una descripción de los armamentos de la nueva Fortaleza Flotante que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Faroe.
Con aquellos niños, pensó, la infeliz mujer debía vivir aterrada. En uno o dos años más, la estarían vigilando día y noche para detectar algún síntoma de heterodoxia. Casi todos los niños eran terribles en estos días. Lo peor de todo era que organizaciones como los Espías los convertían sistemáticamente en pequeños salvajes ingobernables, y sin embargo esto no producía ninguna rebeldía contra el Partido. Por el contrario, adoraban tanto al Partido como todo lo que se conectaba con él. Las canciones, las marchas, los carteles, las excursiones, la instrucción con rifles de juguete, los eslóganes gritados a coro, la adoración al Gran Hermano; todo era como un glorioso juego para ellos. Toda su ferocidad se volcaba hacia afuera, contra el enemigo del Estado, contra los extranjeros, traidores, saboteadores y criminales-mentales. Era casi normal que las personas de más de treinta sintieran miedo de sus propios hijos. Y con razón, pues no pasaba una semana en que el Times publicara unas líneas describiendo cómo algún pequeño soplón –“niño héroe”, era la frase generalmente usada– había delatado a sus padres a la Policía del Pensamiento por un comentario comprometedor escuchado en su casa.
La punzada causada por el proyectil había disminuido. Tomó sin muchas ganas su pluma, preguntándose si tenía algo más que escribir en su diario. De pronto comenzó a pensar otra vez en O’Brien.
Años atrás –¿Cuántos? Serían unos siete– había soñado que caminaba a través de una pieza oscura. Y alguien sentado a su lado le dijo al pasar: “Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad”. Se lo había dicho con mucha calma, de manera casual, más como una afirmación que una orden. Winston había seguido caminando. Lo curioso fue que en ese momento, en el sueño, las palabras no causaron mucha impresión en él. Sólo después y gradualmente comenzaron a tener significado. Ahora no podía recordar si fue antes o después del sueño que vio a O’Brien por primera vez; tampoco se acordaba de cuándo había identificado aquella voz con la de O’Brien. Pero la identificaba. Fue O’Brien quien le habló desde la oscuridad.
Winston no podía estar seguro –incluso después del fugaz encuentro entre las miradas de esta mañana– si O’Brien era un amigo o un enemigo. Tampoco importaba mucho. Había un vínculo de entendimiento entre ellos más importante que el afecto o la complicidad. “Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad”, había dicho. Winston no sabía lo que significaba, pero sí que de alguna manera u otra sería realidad.
La voz de la telepantalla se detuvo. Un claro y hermoso toque de trompeta flotó por el aire estancado. Y la voz chirrió:
“¡Atención! ¡Su atención, por favor! Nos ha llegado un flash de último minuto desde el frente Malabar. Nuestras tropas en India del Sur han triunfado victoriosamente. Estoy autorizado para decir que esta acción puede aproximarnos al fin de la guerra. He aquí el texto...”.
Malas noticias, pensó Winston. Y no se equivocó. Después de una sangrienta descripción del aniquilamiento del ejército de Eurasia, con estupendas cifras de muertos y prisioneros, anunciaron que, desde la próxima semana, la ración de chocolate se reduciría de treinta a veinte gramos.
Winston volvió a eructar. El gin perdía su efecto, dejándolo decaído. La telepantalla –quizás para celebrar la Victoria o quizás para olvidar el chocolate perdido– irrumpió con los acordes de "Oceanía, todo por ti". Se suponía que debía escuchar el himno de pie. Sin embargo, desde su actual posición era invisible.
"Oceanía, todo por ti" dio paso a una música más ligera. Winston caminó hacia la ventana, dando la espalda a la telepantalla. El día seguía claro y frío. A lo lejos, estalló un misil con un sonido sordo y prolongado. Cerca de veinte o treinta estallaban en Londres todas las semanas.
Abajo en la calle, el viento hacía flamear la punta rota del cartel, y la palabra INGSOC aparecía y se desvanecía. Ingsoc. Los sagrados principios de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, la mutabilidad del pasado. Sintió que recorría una selva submarina, perdido en un monstruoso mundo donde el monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado, muerto; el futuro, inimaginable. ¿Qué certeza tenía de que al menos una criatura humana estuviese de su lado? ¿Y cómo saber que el dominio del Partido no duraría para siempre? Como respuesta, los tres eslóganes sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad le contestaron:
GUERRA ES PAZ
LIBERTAD ES ESCLAVITUD
IGNORANCIA ES FUERZA
De su bolsillo sacó una moneda de veinticinco centavos. También ahí, y grabadas en letra clara, las tres consignas, y en el reverso, el rostro del Gran Hermano. Incluso desde la moneda sus ojos te seguían. En monedas, en estampillas, en las tapas de los libros, en los paquetes de cigarrillos, en todas partes. Siempre los ojos mirándote y la acosadora voz. Dormido o despierto, trabajando o comiendo, dentro o fuera, en el baño o en la cama, no había escapatoria. Nada era individual, excepto unos pocos centímetros cúbicos dentro de tu cráneo.
El sol se había desplazado y las innumerables ventanas del Ministerio de la Verdad que ya no recibían luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Su corazón se encogió ante aquella enorme estructura piramidal. Era demasiado fuerte, no podía ser vencida. Ni siquiera un millar de misiles podría abatirla. Se preguntó nuevamente para quién estaba escribiendo el diario. Para el futuro, para el pasado, para una época imaginaria. Frente a él no se presentaba la muerte, sino la aniquilación. El diario sería reducido a cenizas y él, a vapor. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él había escrito, antes de que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo podías hacer un llamado al futuro si no hay vestigios de ti, si ni siquiera una letra escrita en un pedazo de papel tendría la posibilidad de sobrevivir?
La telepantalla dio las catorce. Debía marcharse en diez minutos. Tenía que volver a su trabajo a las catorce y treinta.
Curiosamente, el aviso de la hora lo reanimó. Era un fantasma solitario pronunciando una verdad que nadie nunca oiría. Pero mientras la pronunciara, de alguna oscura manera la continuidad no se rompería. La herencia del ser humano se transmitía no haciéndose escuchar, sino permaneciendo cuerdo. Volvió a la mesa, tomó la pluma y escribió:
Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, cuando seres humanos sean diferentes unos de los otros y no vivan solos. Para el tiempo en que la verdad exista y no se pueda destruir.
Para la era de la uniformidad, desde la era de la soledad, desde la edad del Gran Hermano, desde la época del doblepensamiento. Los saludo.
Winston comprendió que ya estaba muerto. Le pareció que solo ahora, que había empezado a formular sus pensamientos, había dado el primer paso. Las consecuencias de cada acto estaban incluidas en el acto mismo. Escribió:
El crimental no acarrea la muerte; el crimental ES la muerte.
Ahora que se sabía hombre muerto, entendió la importancia de permanecer vivo el mayor tiempo posible. Dos dedos de su mano derecha estaban manchados con tinta. Era ese el tipo de detalle que te puede delatar. Cualquier fanático entrometido del Ministerio (probablemente una mujer; alguien como la mujer del pelo color arena o la joven de pelo negro del Departamento de Ficción Narrativa) podría preguntarse por qué estuvo escribiendo durante la hora del almuerzo, por qué usó esa pluma pasada de moda, qué estaba escribiendo; y luego llevar el chisme al lugar correspondiente. Fue al baño y cuidadosamente frotó la mancha de tinta con un arenoso jabón que raspaba la piel como papel de lija y resultaba, por lo tanto, muy eficaz para su propósito.
Guardó el diario en el cajón de la mesa. Era inútil tratar de esconderlo, pero al menos quería saber si su existencia había sido descubierta. Un cabello entre las páginas era demasiado obvio. Con la punta de sus dedos tomó una insignificante partícula de polvo y la colocó en la esquina de la tapa, de donde caería si el libro era tomado.
3
Winston estaba soñando con su madre.
Debía tener alrededor de unos diez años cuando su madre murió. Era una mujer alta, escultural, más bien silenciosa, de movimientos suaves y magnífico pelo rubio. A su padre lo recordaba vagamente como un hombre moreno, delgado y siempre vestido con impecables trajes oscuros (Winston recordaba especialmente las finas suelas de sus zapatos) y usaba anteojos. Seguramente ambos habían sido devorados por una de las primeras grandes purgas de los años cincuenta.
En el sueño, su madre estaba sentada en un lugar muy profundo debajo de él y con su hermanita en los brazos. Él casi no recordaba a su hermana, excepto que era una criatura pequeña y débil, siempre en silencio, de grandes ojos observadores. Ambas mujeres lo estaban mirando hacia arriba. Ellas se hallaban en algún lugar subterráneo –como el fondo de un pozo o una fosa muy honda– pero era un sitio que, estando ya muy lejos de él, se hundía continuamente. Era el salón de un barco hundido desde donde la madre y la hermana lo miraban a través del agua oscura. Todavía quedaba aire en el salón por lo que ambas aún podían mirarlo y él a ellas, pero no dejaban de hundirse dentro de las aguas verdosas que de un momento a otra las ocultaría para siempre. Winston estaba al aire libre y a la luz mientras a ellas se las tragaba la muerte y se hundían porque él estaba allí arriba. Él lo sabía y ellas también lo sabían, él veía en sus caras que lo sabían. No había reproche en sus caras ni en sus corazones, sólo la certeza de que debían morir para que él viviera, y esto formaba parte del inevitable orden de las cosas.
Winston no pudo recordar qué había pasado, pero supo en su sueño que las vidas de su madre y de su hermana habían sido sacrificadas para salvarlo. Fue uno de esos sueños que, a pesar de tener la típica apariencia onírica, son una continuación de nuestra vida intelectual y en los que nos damos cuenta de hechos e ideas que continúan teniendo valor después de despertar. Lo que repentinamente golpeó a Winston fue que la muerte de su madre, cerca de treinta años atrás, había sido trágica y dolorosa, de una manera que ya no era posible. La tragedia pertenecía a los tiempos antiguos, a una época en que aún existía la privacidad, el amor, la amistad y cuando los miembros de una familia permanecían unidos sin necesitar una razón. El recuerdo de su madre le desgarraba el corazón porque murió queriéndolo, cuando él era muy joven y egoísta para retribuirlo, y porque de alguna manera, no recordaba cómo, ella se había sacrificado a un concepto de lealtad que era privado e inalterable. Tales cosas, pensó, hoy no podían suceder. Hoy existía el miedo, el odio, el dolor, pero no la dignidad de la emoción, o las penas complejas y profundas. Todo esto le pareció ver en los ojos de su madre y de su hermana, mirándolo a través del agua verdosa, a una inmensa profundidad y sin dejarse de hundir.
De pronto estaba parado sobre un prado, una tarde de verano con tenues rayos de sol cayendo sobre la tierra. El paisaje era tan recurrente en sus sueños que nunca estaba completamente seguro si lo había visto en el mundo real. Cuando estaba despierto lo llamaba el País Dorado. Era un antiguo pastizal de conejos, serpenteado por un sendero. Al fondo, en el lado opuesto del parque, se veían unos olmos que se balanceaban con la brisa, la masa espesa de sus hojas parecía el cabello de una mujer. En algún lugar cercano, fuera del alcance de la vista, había un riachuelo lento y cristalino donde los peces nadaban bajo los sauces.
La joven de pelo negro caminaba hacia él a través del parque. Con un solo movimiento se despojó de su ropa y la arrojó desdeñosamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertó deseos en él, de hecho, apenas lo miró. Lo que lo entusiasmaba en ese instante era la admiración por el gesto con que la joven dejó sus ropas a un lado. Su gracia y su descuido parecían aniquilar toda su cultura, todo el sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensamiento pudieran ser barridos hacia la nada con el simple movimiento de un brazo. Ese gesto también pertenecía a los tiempos antiguos. Winston despertó con la palabra “Shakespeare” en sus labios.
La telepantalla emitía un silbido que partía el tímpano y que continuaba con la misma nota por treinta segundos. Eran las cero siete quince, la hora de levantarse para los trabajadores. Winston se salió de la cama –desnudo, porque los miembros del Partido Externo recibían solo tres mil cupones anuales para ropa, y un pijama costaba seiscientos– y se puso una camiseta sucia y unos shorts que estaban tirados sobre una silla. Las Sacudidas Físicas comenzarían en tres minutos. Al instante fue invadido por un violento ataque de tos, que siempre le venía al levantarse. Vació tanto sus pulmones que para volver a respirar tuvo que tenderse de espaldas y aspirar profundamente. Sus venas se hincharon con el esfuerzo de la tos y sus várices comenzaron a picar.
–¡Grupo de treinta a cuarenta! –ladró una aguda voz de mujer–. ¡Grupo de treinta a cuarenta! Tomen sus puestos, por favor. ¡Treinta a cuarenta!
Winston se puso de un salto frente a la telepantalla, en la cual había aparecido la imagen de una mujer de aspecto juvenil, flacucha pero musculosa, vestida con una túnica y zapatillas.
–¡Doblen y estiren los brazos! –dijo bruscamente–. ¡Cuenten conmigo: un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Vamos camaradas, un poco más de energía! ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos, tres, cuatro!...
El dolor provocado por la tos no había eliminado de la mente de Winston la impresión causada por el sueño, y los movimientos rítmicos de los ejercicios la mantuvieron aún más. Mientras abría y cerraba los brazos automáticamente, con la correspondiente cara de alegría que era apropiada para las Sacudidas Físicas, se esforzaba por traer de vuelta a su memoria el primer periodo de su niñez. Era extremadamente difícil. Más allá de los años cincuenta todo se desvanecía. Cuando no había datos externos de referencia, incluso el contorno de tu propia vida perdía nitidez. Recordabas grandes eventos que probablemente no habían sucedido, recordabas detalles de algún incidente pero no eras capaz de captar la atmósfera, y había extensos periodos en blanco a los cuales era imposible asignarles algo. Todo había sido diferente entonces. Hasta los nombres de los países y sus formas en los mapas. La Aerofranja Uno, por ejemplo, no tenía ese nombre en aquellos días: se llamaba Inglaterra o Gran Bretaña, aunque Londres –estaba casi seguro– siempre se había llamado Londres.
Winston no podía recordar con precisión una época en que su país no hubiese estado en guerra, pero había habido un largo periodo de paz, porque uno de sus recuerdos era el de un ataque aéreo que había tomado a todos por sorpresa. Quizás era el tiempo en que la bomba atómica cayó sobre Colchester. No podía recordar el bombardeo, pero sí la mano de su padre apretando la suya mientras bajaban, bajaban y bajaban precipitadamente hacia algún profundo lugar subterráneo, dando vueltas en una escalera de caracol que resonaba bajo sus pies, hasta que la fatiga y los sollozos lo hicieron detenerse para descansar. Su madre, en la pausada manera del sueño, los seguía a bastante distancia. Cargaba a su hermanita; o quizás era sólo un bulto de frazadas. Winston no estaba seguro si su hermana había nacido para ese entonces. Finalmente llegaron a un sitio ruidoso y lleno de gente, que identificó como una estación de metro.
Las personas estaban sentadas en el suelo de piedra; otras, arrimadas sobre bancos de metal, unas encima de otras. Winston y sus padres encontraron un espacio en el suelo, cerca de una pareja de ancianos sentados al lado de un banco. El viejo vestía un respetable traje oscuro y una gorra de paño negro echaba para atrás su pelo blanco; su cara estaba roja y sus ojos azules llenos de lágrimas. Exhalaba gin. El olor parecía salirle de los poros en vez de sudor, y podría haberse pensado que lo que brotaba de sus ojos también era puro gin. Sin embargo, a pesar de una ligera borrachera, su sufrimiento provenía de un dolor genuino e insoportable. A su manera infantil, Winston comprendió que algo terrible, algo más allá del perdón y que jamás podría tener remedio, acababa de suceder. También le pareció saber de qué se trataba. Alguien que el viejo quería mucho, quizás una pequeña nieta, había muerto con el bombardeo. Cada pocos minutos, el viejo repetía:
–No debimos haber confiado en ellos. Te lo dije, Ma, ¿verdad? Esto nos pasa por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho. Nunca debimos confiar en esos canallas.
Sin embargo, lo que Winston no podía recordar era quiénes eran esos de los que no había que fiarse.
Desde entonces, la guerra había sido literalmente continua, aunque estrictamente hablando no siempre fue la misma guerra. Durante varios meses de su niñez hubo confusas luchas callejeras en Londres, algunas de las cuales recordaba con claridad. Pero reconstruir la historia de todo ese periodo, saber quiénes peleaban con quién y en qué momento, era completamente imposible, pues no había documentos escritos ni testimonio oral que hiciera mención de una situación bélica distinta de la actual. Por ejemplo, en ese momento, en 1984 (si es que era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y era aliada de Extasia. En ningún discurso público ni conversación privada se admitía que estas tres potencias hubieran estado agrupadas de diferente manera. Pero la verdad, y Winston lo sabía muy bien, es que hace sólo cuatro años Oceanía había estado en guerra con Extasia y en alianza con Eurasia. Pero esto no era más que un conocimiento furtivo que tenía porque su memoria no se encontraba satisfactoriamente bajo control. Oficialmente, el cambio de alianza jamás había sucedido. Oceanía siempre había estado en guerra con Eurasia; por lo tanto, Oceanía siempre había luchado contra Eurasia. El enemigo del momento representaba el mal absoluto, y de ahí resultaba que cualquier acuerdo pasado o futuro con él era totalmente imposible.
Lo aterrador, pensó por diezmilésima vez mientras forzaba dolorosamente los hombros hacia atrás (con las manos en las caderas, giraba su cuerpo por la cintura, ejercicio que se suponía era bueno para los músculos de la espalda), lo terrible era que todo podía ser verdad. Si el Partido podía meter su mano en el pasado y decir que este o aquel acontecimiento nunca ocurrió, esto, indudablemente, era más aterrador que la mera tortura y la muerte.
El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía sí había estado en alianza con Eurasia hacía sólo cuatro años atrás. ¿Pero dónde constaba este conocimiento? Sólo en su conciencia, la cual, de todas formas, pronto sería aniquilada. Y si todos aceptaban las mentiras que el Partido imponía –y si todos los registros contaban el mismo cuento– entonces la mentira entraba en la historia convertida en verdad. “Quien controla el pasado –decía el eslogan del Partido– controla el futuro; quien controla el futuro, controla el pasado”. Y sin embargo, aun cuando la naturaleza del pasado era alterable, nunca había sido alterado. Lo que era verdad ahora, era verdad desde siempre y para siempre. Era muy simple. Todo lo que se necesitada era una interminable serie de victorias sobre tu propia memoria. “Control de la realidad”, se llamaba; en neolengua: “doblepensar”.
–¡Descansen! –ladró la instructora, con voz más cordial.
Winston dejó caer los brazos a los lados y lentamente llenó sus pulmones de aire. Su mente se deslizó por el laberíntico mundo del doblepensar. Saber y no saber; tener conciencia de lo que es verdad mientras se está cuidadosamente construyendo una mentira; mantener simultáneamente dos opiniones contradictorias y creer en ambas; usar la lógica contra la lógica; repudiar la moralidad en nombre de la moral; creer que la democracia es imposible y creer que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar lo que es necesario olvidar, recordarlo cuando es necesario y luego volver a olvidar; y sobre todo, aplicar este proceso al proceso mismo. Esta era la sutileza suprema: inducir conscientemente la inconsciencia y, luego, una vez más, volverse inconsciente del acto de hipnosis que se acababa de realizar. Incluso para comprender la palabra “doblepensar” había que hacer uso del doblepensar.
La instructora había vuelto a pedirles la atención.
–Y ahora veamos quién de ustedes puede tocarse la punta de los pies –dijo con entusiasmo–. ¡Sin doblar las rodillas, por favor, camaradas! ¡Un, dos! ¡Un, dos!...
Winston era reacio a este ejercicio, pues le provocaba fuertes dolores desde los pies hasta las nalgas y terminaba en otro ataque de tos. Ya no disfrutaba con sus meditaciones. El pasado, pensó, no sólo había sido alterado sino que estaba siendo destruido. ¿Cómo ibas a establecer el hecho más evidente si no existían registros ni siquiera en tu propia memoria? Trató de recordar en qué año oyó por primera vez el nombre del Gran Hermano. Debió ser en algún momento de los años sesenta, pero era imposible estar seguro. Por supuesto que en la historia del Partido, el Gran Hermano figuraba como líder y guardián de la Revolución desde sus primeros días. Sus hazañas habían retrocedido gradualmente en el tiempo hasta extenderse en el fabuloso mundo de los años cuarenta y cincuenta, cuando los capitalistas, con sus extraños sombreros cilíndricos, todavía manejaban sus relucientes autos a motor o sus carrozas con ventanas de cristal por las calles de Londres. No había manera de saber cuánto de esta leyenda era verdad y cuánto era inventado. Winston no podía siquiera recordar con qué fecha el Partido había comenzado a existir. Creía no haber escuchado la palabra Ingsoc antes de 1960, pero era posible que en su versión en hablantigua –Socialismo Inglés– fuera usada desde mucho antes. Todo se había desvanecido en la niebla. Sin embargo, a veces se podía detectar claramente una mentira. Por ejemplo, no era verdad, como pretendían los libros de historia del Partido, que éste hubiese inventado los aviones. Él recordaba haberlos vistos desde la niñez. Pero tampoco podía probarlo. Nunca se encontraban evidencias. Sólo una vez en toda su vida tuvo en sus manos un innegable documento que probaba la falsificación de un hecho histórico. Y en aquella ocasión...
–¡Smith! –gritó la fiera voz de la telepantalla–. ¡6079 Smith W! ¡Sí, usted! ¡Inclínese más, por favor! Usted puede hacerlo mejor que eso. No está tratando. ¡Despacio, por favor! Así está mejor, camarada. Ahora descansen y fíjense en mis movimientos.
Un repentino sudor caliente brotó por todo el cuerpo de Winston. Su rostro permanecía completamente inescrutable. ¡Nunca mostrar flaqueza! ¡Nunca reflejar resentimiento! Un mínimo pestañeo te podía traicionar. Se mantuvo observando cómo la instructora levantaba los brazos por sobre la cabeza –quizás sin gracia, pero con notable soltura y eficiencia– y luego se doblaba hasta tocar con los dedos la punta de los pies.
–¡Así, camaradas! ¡Así es como quiero que lo hagan! Mírenme otra vez. Tengo treinta y nueve años y cuatro hijos. Miren –se inclinó nuevamente–. Ven que mis rodillas no se doblan. Si ustedes quieren podrán hacerlo –agregó enderezándose–. Cualquier persona de menos de cuarenta y cinco es perfectamente capaz de tocarse la punta de los pies. No todos tenemos el privilegio de estar combatiendo en el frente, pero al menos mantengámonos en forma. ¡Recuerden a nuestros muchachos en el frente Malabar! ¡Y a los marinos en las Fortalezas Flotantes! Sólo piensen en lo que ellos han tenido que soportar. ¡Ahora, traten otra vez! Así está mejor, camarada, mucho mejor –agregó dirigiéndose a Winston, quien con un violento esfuerzo y sin doblar las rodillas, logró tocarse los dedos de los pies por primera vez en muchos años.
4
Con ese profundo e inconsciente suspiro con que iniciaba cada día de trabajo, que ni la proximidad de la telepantalla lograba reprimir, Winston acercó el hablaescribe hacia él, lo sopló para sacudir el polvo del micrófono y se puso los anteojos. Luego desenrolló y juntó con un clip cuatro tiras de papel que acababan de caer por el tubo neumático sobre el lado derecho de su escritorio.
En las paredes de su cubículo había tres orificios. A la derecha del hablaescribe, un pequeño tubo neumático para mensajes escritos; a la izquierda, uno más ancho para los periódicos; y en la otra pared, al alcance de la mano, una larga y oblonga abertura protegida por una rejilla de alambre. Esta última servía de basurero. Había miles o decenas de miles de hendiduras semejantes repartidas por todo el edificio, no sólo en cada oficina, sino también a lo largo de cada pasillo. Por alguna razón se les llamaba hoyos de la memoria. Cuando algún empleado sabía que un documento debía ser destruido, o cuando alguien veía un pedazo de papel tirado, era un acto automático el levantar la tapa del hoyo más cercano y arrojarlo en él. Una corriente de aire caliente lo arrebataba y llevaba a los enormes hornos ocultos en algún lugar del subterráneo del edificio.
Winston examinó las cuatro tiras de papel que acaba de desenrollar. Cada una contenía un mensaje de no más de dos líneas escritas en la jerga abreviada –con muchas palabras en neolengua– que era usada en el Ministerio para propósitos internos. Decían así:
Times 17.3.84. gh discurso malinforma áfrica rectificar
Times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto trimestre 83 erratas verificar edición actual
Times 14.2.84 miniabundancia malcitado chocolate rectificar
Times 3.12.83 informe gh ordendía doblemásnobueno refs nopersonas rescribir completo revisuperior prearchivar
Con cierta satisfacción, Winston apartó el cuarto mensaje. Era un asunto intrigante y de responsabilidad y prefería dejarlo para el final. Los otros tres eran trabajos de rutina, aunque el segundo probablemente lo obligaría a una tediosa búsqueda de cifras.
Winston digitó “números atrasados” en la telepantalla y pidió los ejemplares indicados del Times, los cuales salieron por el tubo neumático a los pocos minutos. Los mensajes que había recibido se referían a artículos o noticias que por alguna u otra razón era necesario alterar, o, para usar el término oficial, rectificar. Por ejemplo, en el Times del diecisiete de marzo aparecía un discurso que el Gran Hermano había dado el día anterior, el cual predecía que el frente de la India del Sur permanecería en calma, pero que pronto se iniciaría una ofensiva del ejército eurásico en África del Norte. Finalmente resultó que el Alto Comando Eurásico había decidido atacar India del Sur y dejar tranquila a África del Norte. Por eso era necesario reescribir un párrafo en el discurso del Gran Hermano, de manera que predijera las cosas tal cual habían sucedido. Por otra parte, el Times del diecinueve de diciembre publicó los niveles oficiales sobre el consumo de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983, que también correspondían al sexto trimestre del Plan Trienal. La edición de hoy contenía el informe del consumo actual, mostrando que las proyecciones estaban excesivamente equivocadas. El trabajo de Winston consistía en rectificar las cifras originales haciéndolas coincidir con las posteriores. En cuanto al tercer mensaje, este se refería a un error muy sencillo que se podía arreglar en un par de minutos. En febrero recién pasado, el Ministerio de la Abundancia se había comprometido (un “compromiso categórico” eran las palabras oficiales) a no reducir la ración de chocolate durante 1984. Pero la verdad era, como Winston sabía muy bien, que la ración de chocolate sería reducida de treinta a veinte gramos al terminar la semana. Todo lo que necesitaba era sustituir la original promesa por la advertencia de que probablemente habría que reducir la ración en alguna fecha de abril.
Tan pronto como Winston terminó con cada mensaje, unió con un clip las correcciones hablaescritas junto con la copia correspondiente del Times y las mandó por el tubo neumático. Luego, con un movimiento casi inconsciente, arrugó los mensajes originales y todas las notas que había hecho y las arrojó por el hoyo de la memoria para que fueran devoradas por las llamas.
No sabía exactamente qué sucedía en el invisible laberinto de tubos neumáticos, pero tenía una idea general. Tan pronto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario hacer para un determinado número del Times, el ejemplar era reimpreso, la copia original destruida y la copia correcta ocupaba su lugar. Este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino también a los libros, revistas, folletos, carteles, panfletos, películas, grabaciones, caricaturas, fotografías; a cualquier tipo de literatura o documentación que pudiera contener algún significado político o ideológico. Día tras día, minuto a minuto, el pasado se actualizaba. De este modo, existían evidencias documentadas de que todas las predicciones hechas por el Partido eran correctas; no quedaba en los archivos ninguna noticia, expresión u opinión que se opusiera a las necesidades del momento. Toda la historia era un palimpsesto, borrado y reescrito todas las veces que fuese necesario. En ningún caso habría sido posible demostrar la existencia de una falsificación. La sección más grande del Departamento de Registros, mucho mayor que aquella donde trabajaba Winston, se componía simplemente por personas cuya única labor era recolectar todas las copias de libros, diarios y otros documentos que habían sido reemplazados y debían destruirse. Un número del Times que, por causa de cambios en el alineamiento de la política o de errores en las profecías hechas por el Gran Hermano, había sido reescrito una docena de veces, continuaba en los archivos con su fecha original, y no existía otra copia para contradecirlo. También los libros retornados y reescritos una y otra vez, eran invariablemente editados sin admitir ninguna de las alteraciones hechas. Incluso las instrucciones escritas que Winston recibía y que destruía en cuanto las ejecutaba, nunca admitían que se iba a cometer una falsificación; siempre se referían a erratas, omisiones, errores de imprenta o citas equivocadas que era necesario corregir en bien de la exactitud.
Pero en verdad, pensó Winston mientras ajustaba unas cifras del Ministerio de la Abundancia, ni siquiera se trataba de una falsificación. Era meramente la sustitución de un sin sentido por otro. La mayor parte del trabajo con que allí lidiaban no tenía ninguna conexión con el mundo real, ni siquiera esa clase de conexión que implica una mentira directa. Las estadísticas eran tan fantásticas en su original como en la versión rectificada. Muchas veces se esperaba que uno mismo las sacara de su cabeza. Por ejemplo, las predicciones del Ministerio de la Abundancia estimaron la producción trimestral de ciento cuarenta y cinco millones de pares de botas. La producción real era de sesenta y dos millones. Sin embargo, al reescribir la proyección, Winston rebajó la cantidad a cincuenta y siete millones para que se pudiera decir que la cuota había sido sobrepasada. En todo caso, sesenta y dos millones no estaba más cerca de la verdad que cincuenta y siete millones o que ciento cuarenta y cinco millones. Lo más probable es que no hubieran fabricado ni siquiera un par de botas. Aún más, nadie sabía cuántas botas se habían producido y a nadie le importaba. Lo único que se sabía es que cada trimestre se producían cantidades astronómicas de botas en el papel, mientras quizás la mitad de la población de Oceanía andaba descalza. Y esto mismo sucedía con toda clase de datos, importantes o insignificantes. Todo se desvanecía en un mundo de sombras en el cual, finalmente, hasta la fecha del año era incierta.
Winston miró a través del pasillo. En la cabina de enfrente un hombre pequeño, meticuloso y de barbilla oscura, llamado Tillotson, trabajaba resuelto, con el periódico en las rodillas y la boca pegada al micrófono del hablaescribe. Daba la impresión de querer mantener lo que decía como un secreto entre él y la telepantalla. Levantó la vista y sus anteojos lanzaron un rayo hostil hacia Winston.
Winston no conocía muy bien a Tillotson, ni tenía idea del trabajo que le asignaban. Los empleados del Departamento de Registros no hablaban de sus tareas. En el largo pasillo sin ventanas, con su doble fila de cabinas, el interminable rumor de papeles y las voces murmurando a la telepantalla, había a lo menos una docena de personas de las cuales Winston ni siquiera conocía su nombre, a pesar de que diariamente los veía corriendo por los pasillos y gesticulando en los Dos Minutos de Odio. Sabía que en la cabina contigua a la suya, la mujer de pelo color arena se esmeraba día a día ubicando y borrando de la prensa los nombres de las personas que habían sido vaporizadas y que, por lo tanto, nunca habían existido. Estaba especialmente capacitada para este trabajo, ya que su marido había sido vaporizado dos años atrás. Y a una pocas cabinas más allá, una criatura pasiva, ineficaz y soñadora llamada Ampleforth, con orejas muy peludas y un talento sorprendente para rimar y medir los versos, estaba encargado de producir las versiones mutiladas –textos definitivos, los llamaban– de poemas que se habían vuelto ideológicamente ofensivos, pero que por alguna u otra razón continuaban formando parte de las antologías. Esta sala con sus cincuenta empleados aproximadamente, era sólo una subsección, una simple célula en la enorme complejidad del Departamento de Registros. Más allá, arriba, abajo, otros enjambres de empleados trabajaban en una inimaginable multitud de tareas. Allí estaban las gigantescas imprentas con sus subeditores, sus expertos en tipografía, y sus equipados estudios para falsificar fotografías. Estaba la sección de teleprogramas con sus ingenieros, sus productores y su equipo de actores especialmente escogidos por su habilidad para falsificar voces. Había un ejército de oficinistas cuya labor consistía en elaborar listas de libros y periódicos que debían ser corregidos. Estaban los vastos depósitos donde se almacenaban los documentos corregidos y los hornos ocultos donde se destruían los originales. Y en algún lugar u otro, bajo el anonimato, estaban los cerebros que dirigían y coordinaban todos los esfuerzos y establecían las líneas políticas según las cuales un fragmento del pasado podía ser preservado, falsificado o borrado de la existencia.
El Departamento de Registros, después de todo, no era más que una simple rama del Ministerio de la Verdad, cuya principal tarea no era reconstruir el pasado, sino proporcionarle a los ciudadanos de Oceanía diarios, películas, textos, programas de telepantalla, obras de teatro y novelas con toda clase de información, instrucción o entretenimiento; desde una estatua hasta un eslogan, desde un poema lírico a un tratado biológico, desde libros de ortografía para niños hasta un diccionario de neolengua. Y el Ministerio no sólo debía atender las múltiples necesidades del Partido, sino repetir toda la operación en un nivel más bajo para beneficio del proletariado. Existía toda una cadena de departamentos separados que se ocupaban de la literatura, música, teatro y entretención proletaria. Allí se elaboraban periódicos populares que no contenían más que deportes, crónicas rojas, horóscopos, novelitas baratas, películas inundadas de sexo y canciones románticas compuestas por una máquina con una especie de caleidoscopio llamado versificador. Incluso había toda una subsección –llamada Pornosec en neolengua– encargada de la producción de la más baja pornografía, la cual era enviada en paquetes sellados que ningún miembro del Partido, salvo los que allí trabajaban, podía ver.
Tres mensajes habían salido del tubo neumático mientras Winston trabajaba; pero eran asuntos sencillos y los había despachado antes de ser interrumpido por los Dos Minutos de Odio. Cuando el Odio terminó, regresó a su cabina, tomó del estante el diccionario de neolengua, apartó hacia un lado el hablaescribe, limpió sus anteojos y se dedicó a su principal tarea de la mañana.
El mayor placer en la vida de Winston era su trabajo. Gran parte de él era tediosa rutina, pero también incluía labores tan difíciles e intrincadas que uno podía perderse en ellas como si fueran un complejo problema matemático. Delicadas piezas de falsificación en las cuales sólo tenía como guía su conocimiento de los principios del Ingsoc y su percepción de lo que el Partido quería que dijera. Winston era bueno para esta clase de cosas. En ocasiones le habían confiado la rectificación de artículos de la primera plana del Times, escrito enteramente en neolengua. Desenrolló el mensaje que había dejado para después. Decía:
Times 3.12.83 informe gh ordendía doblemásnobueno refs nopersonas rescribir completo revisuperior prearchivar.
En hablantigua (o inglés estándar) esto significaba:
El informe de la Orden del Día del Gran Hermano en el Times del 3 de diciembre de 1983 es extremadamente insatisfactorio y hace referencia a personas inexistentes.
Reescribirlo por completo y presentar el borrador a la autoridad superior antes de archivarlo.
Winston leyó el artículo en cuestión. La Orden del Día del Gran Hermano se había dedicado a alabar la labor de una organización conocida como FFCC, que proporcionaba cigarrillos y otros lujos a los marinos de las Fortalezas Flotantes. Cierto camarada Withers, un prominente miembro del Partido Interior, había sido destacado con una mención especial y condecorado con la Orden al Mérito Conspicuo, Clase Dos.
Tres meses después, la FFCC había sido disuelta repentinamente y sin explicación. Se podía suponer que Withers y sus colaboradores habían caído en desgracia, sin embargo, no hubo ningún informe sobre este asunto ni en la prensa ni en la telepantalla. Era lo usual, ya que muy pocas veces los delincuentes políticos eran denunciados o procesados en público. Las grandes purgas que involucraban a miles de personas, con juicios públicos de traidores y criminales mentales que confesaban abyectamente sus crímenes antes de ser ejecutados, eran espectáculos especiales que sólo se daban una vez cada dos años. Lo habitual era que las personas que perdían el favor del Partido simplemente desaparecieran y no se oía hablar de ellas nunca más. Nunca existía ni la menor pista que indicara lo que pudiera haberles ocurrido. En algunos casos ni siquiera habían muerto. Sin contar a sus padres, Winston conocía cerca de treinta personas que habían desaparecido en una u otra ocasión.
Se rascó la nariz con un clip. En la cabina de enfrente, el camarada Tillotson seguía secretamente inclinado sobre el hablaescribe. Levantó la cabeza por un momento: otra vez el rayo hostil de sus anteojos. Winston se preguntó si el camarada Tillotson estaba haciendo el mismo trabajo que él. Era perfectamente posible. Una labor tan delicada jamás sería confiada a una sola persona; por otro lado, llevarlo a un comité era admitir abiertamente que se trataba de una falsificación. Probablemente una docena de personas estaban trabajando en distintas versiones rivales de lo que el Gran Hermano había dicho efectivamente. Y algún cerebro maestro del Partido Interior elegiría esta o aquella versión, la reeditaría y pondría en movimiento el complejo proceso de referencias cruzadas, hasta que la mentira seleccionada pasaría a los registros permanentes convertida en verdad.
Winston no sabía por qué Withers había caído en desgracia. Tal vez por corrupción o incompetencia. Quizás el Gran Hermano quería eliminar a un subordinado demasiado popular. Tal vez Withers o alguien cercano a él se había vuelto sospechoso de herejía. O quizás –y esto era lo más probable– las cosas simplemente habían pasado porque las purgas y las vaporizaciones son fundamentales para la mecánica del gobierno. El único indicio real eran las palabras “refs nopersonas”, que indicaban la muerte de Withers. Tampoco se podía asumir que este era el caso de todas las personas arrestadas. A veces las soltaban y se les permitía vivir en libertad por un año o dos antes de ser ejecutadas. Ocasionalmente, alguien que todos creían muerto por mucho tiempo, reaparecía como un fantasma en un juicio público comprometiendo a centenares de personas con su testimonio antes de desaparecer, esta vez para siempre. Sin embargo, en el caso de Withers, estaba claro que ya era una nopersona. No existía; nunca había existido. Winston decidió que no sería suficiente con cambiar el sentido del discurso del Gran Hermano. Era mejor hacer que se refiriera a un asunto completamente desconectado del tema tratado.
Podía revertir el discurso hacia una habitual denuncia de traidores o criminales mentales, pero eso era demasiado obvio; mientras que inventar la victoria en el frente o algún triunfo en la sobreproducción del Noveno Plan Trienal podía complicar demasiado los registros. Lo que necesitaba era una pieza de fantasía pura. Repentinamente estalló en su mente la imagen de cierto camarada de nombre Ogilvy, recientemente muerto en la batalla, bajo heroicas circunstancias. Había ocasiones en que el Gran Hermano dedicaba su Orden del Día para conmemorar a algún humilde y anónimo miembro del Partido cuya vida y muerte eran un ejemplo digno de seguir. Hoy recordaría al camarada Ogilvy. Desde luego, no existía ninguna persona con ese nombre, pero unas cuantas líneas de texto y un par de fotografías falsas eran suficientes para traerlo de inmediato a la existencia.
Winston reflexionó por un momento, luego acercó el hablaescribe hacia él y comenzó a dictar en el familiar estilo del Gran Hermano: un estilo militar y pedante a la vez, y fácil de imitar debido al truco de hacer preguntas y responderlas de inmediato (“¿Qué lección aprendemos de esto, camaradas? La lección –que también es uno de los principios fundamentales del Ingsoc– es...”, etc., etc.).
A la edad de tres años, el camarada Ogilvy había rechazado todos los juguetes excepto un tambor, una metralleta y un helicóptero. A los seis –un año antes de lo reglamentario, por una excepción especial– se había unido a los Espías; a los nueve, era jefe de tropa. A los once denunció a su tío a la Policía del Pensamiento, después de escuchar una conversación que le pareció tenía tendencias criminales. A los diecisiete había sido organizador en su distrito de la Liga Juvenil Anti-Sexo. A los diecinueve diseñó una granada de mano adoptada por el Ministerio de la Paz y que, en su primera prueba, dio muerte a treinta y un prisioneros eurásicos. A los veintitrés había muerto en acción. Perseguido por aviones enemigos mientras volaba sobre el Océano Índico con información confidencial, se arrojó al mar atado a su ametralladora y se hundió con los documentos. Un final –decía el Gran Hermano– imposible de contemplar sin sentimientos de envidia. El Gran Hermano añadía algunos comentarios sobre la pureza y la rectitud de la vida del camarada Ogilvy. No fumaba ni bebía, no tenía recreaciones más que una hora diaria en el gimnasio, y había tomado un voto de celibato porque creía que el matrimonio y el cuidado de la familia eran incompatibles con las veinticuatro horas dedicadas al cumplimiento del deber. No tenía más tema de conversación que los principios del Ingsoc, ni más finalidad en la vida que la derrota del enemigo eurásico y la caza de espías, saboteadores, criminales mentales y traidores en general.
Winston dudó si debía o no concederle al camarada Ogilvy la Orden del Mérito Conspicuo; al final decidió que no, pues aquello obligaría a realizar una gran cantidad de referencias cruzadas innecesarias.
Una vez más miró a su rival de la cabina de enfrente. Algo le decía que Tillotson estaba realizando el mismo trabajo. No había forma de saber cuál versión sería finalmente adoptada, sin embargo, sintió una profunda convicción de que sería la suya. El camarada Ogilvy, inexistente horas atrás, era un hecho. Le pareció curioso crear hombres muertos que nunca habían existido. El camarada Ogilvy, que nunca había existido en el presente, ahora existía en el pasado. Y cuando el acto de falsificación fuese olvidado, su existencia tendría la misma autenticidad y pruebas que la de Carlomagno o Julio César.
5
En el casino subterráneo, la cola para el almuerzo avanzaba lentamente. El lugar estaba lleno de gente y el ruido era ensordecedor. De las cocinas ubicadas atrás del mostrador, salía el olor del estofado, cuyo aroma metálico y amargo no lograba atenuar las emanaciones del Gin de la Victoria. Al extremo del casino había un pequeño bar, un mero hueco en la pared, donde el gin podía ser adquirido a diez centavos el vaso.
–¡Precisamente al que andaba buscando! –dijo una voz a espaldas de Winston.
Se dio vuelta. Era su amigo Syme, que trabajaba en el Departamento de Estudios. Quizás “amigo” no era exactamente la palabra correcta. Ahora no había amigos, sólo camaradas; pero había camaradas cuya compañía era más agradable que la de otros. Syme era filósofo, especialista en neolengua. De hecho, pertenecía al enorme equipo de expertos encargados de compilar la undécima edición del Diccionario de Neolengua. Era una criatura pequeña, más bajo que Winston, con cabello negro y largo, ojos prominentes, tristes y burlones, que parecían escrutar con la mirada a quien hablara con él.
–Quería preguntarte si tienes hojas de afeitar –dijo.
–¡Ni una! –repuso Winston con sentimiento de culpa–. He buscado por todas partes. Ya no hay.
Todos te preguntaban por hojas de afeitar. En realidad él tenía dos sin usar que guardaba en su casa. Hace dos meses había total escasez de ellas. En todo momento había algún artículo de vital necesidad que las tiendas del Partido no podían proveer. A veces eran botones, otras, agujas para lana, a veces, cordones de zapatos; ahora se trataba de hojas de afeitar. Sólo se podían conseguir, y con dificultad, rastreando más o menos furtivamente en el mercado “libre”.
–He usado la misma hoja por más de seis semanas –mintió Winston.
La cola avanzó otro paso. Al detenerse, volvió a mirar la cara de Syme. Cada uno tomó una grasosa bandeja de metal de un montón apilado en el mostrador.
–¿Fuiste a ver el ahorcamiento de los prisioneros ayer? –preguntó Syme.
–Estaba trabajando –dijo Winston con indiferencia–. Supongo que lo veré en el cine.
–Un sustituto muy inadecuado –comentó Syme.
Sus ojos burlones se pasearon por la cara de Winston. “Te conozco”, parecían decir, “veo a través tuyo, y sé muy bien por qué no fuiste a ver el ahorcamiento de los prisioneros”. De una manera intelectual, Syme era venenosamente ortodoxo. Podía hablar con una satisfacción repugnante de los ataques aéreos a los pueblos enemigos, de juicios y confesiones de los criminales mentales, de las ejecuciones en los sótanos del Ministerio del Amor. Para hablar con él había que alejarlo de estos temas y sumergirlo, si era posible, en los tecnicismos de la neolengua, en lo cual era experto y brillante. Winston movió un poco la cabeza para evitar el escrutinio de aquellos grandes ojos oscuros.
–Fue un buen ahorcamiento –dijo Syme recordando–. Pero creo que lo estropean cuando les atan los pies. Me gusta verlos patalear. Y sobre todo al final, cuando sacan la lengua y se les pone azul, de un azul brillante. Ese es el detalle que más me gusta.
–¡El siguiente, por favor! –gritó la proletaria de delantal blanco tras el mostrador.
Winston y Syme pusieron sus bandejas en el mesón. A cada uno se le sirvió su ración: estofado con un poquito de carne, un trozo de pan, un cubito de queso, un tazón de Café de la Victoria y una pastilla de sacarina.
–Allí hay una mesa, debajo de la telepantalla –dijo Syme–. Recojamos el gin en el camino.
Les sirvieron el gin en unos tazones sin mangos. Se abrieron paso a través de la multitud y colocaron sus bandejas sobre una mesa de metal, en una esquina de la cual alguien había desparramado el estofado, dejando una masa líquida asquerosa que parecía vómito. Winston tomó su taza de gin, hizo una pausa para darse ánimo y se tragó de un golpe aquel líquido con sabor a aceite. De pronto, al limpiarse las lágrimas que aparecieron en sus ojos se dio cuenta de que tenía hambre. Comenzó a tragar grandes cucharadas del estofado que contenía pequeños cubitos de algo que probablemente era una preparación de carne. Ninguno de ellos volvió a hablar hasta que vaciaron sus recipientes. En la mesa ubicada a la izquierda de Winston, un poco detrás de él, alguien hablaba rápidamente y sin cesar, una cháchara que era casi el graznido de un pato, y que perforaba el murmullo general del salón.
–¿Cómo va el Diccionario? –preguntó Winston, alzando la voz por sobre el ruido.
–Lento –respondió Syme–. Estoy trabajando en los adjetivos. Es fascinante.
La cara le brilló inmediatamente a la mención de la palabra neolengua. Apartó el plato hacia un lado, tomó su trozo de pan con un gesto delicado y con la otra mano tomó el queso, y se inclinó sobre la mesa para poder hablar sin tener que gritar.
–La undécima edición es la edición definitiva –dijo–. Le estamos dando al idioma su forma final, la forma que tendrá cuando nadie hable otra lengua. Cuando terminemos nuestra labor, la gente como tú tendrá que aprenderlo entero otra vez. Seguramente crees que nuestro trabajo es inventar nuevas palabras. ¡Pero no tiene nada que ver! Estamos destruyendo palabras, centenares de ellas, cientos, todos los días. Estamos reduciendo el lenguaje hasta los huesos. La undécima edición no contendrá ni una palabra que se vuelva obsoleta antes del año 2050.
Dio un hambriento mordisco a su pan y tragó antes de seguir hablando con una especie de pedante pasión. Su delgada y oscura cara se volvió animada, sus ojos perdieron aquella expresión burlona y se volvieron casi soñadores.
–La destrucción de las palabras es algo muy hermoso. Por supuesto que el mayor derroche está en los verbos y en los adjetivos, pero hay cientos de sustantivos de los que se puede prescindir. No sólo los sinónimos, también los antónimos. Después de todo, ¿qué justificación hay para una palabra que es simplemente la opuesta de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Tomemos, por ejemplo, “bueno”. Si tienes una palabra como “bueno”, ¿qué necesidad hay de la palabra “malo”? “Nobueno” sirve exactamente igual, mejor aún, porque es el exacto antónimo de la palabra. Ahora, si quieres una palabra más fuerte para “bueno”, ¿qué sentido tiene usar la lista completa de palabras vagas e inútiles como “excelente”, “espléndido”, u otras por el estilo? “Másbueno” significa lo mismo, o “Doblemásbueno”, si quieres algo aún más fuerte. Claro que ahora usamos todas esas formas, pero en la versión final de la neolengua no habrá nada más. Al final, todas las palabras relacionadas con los conceptos de maldad y bondad serán reducidas a seis términos; en realidad, sólo a una palabra. ¿Ves la belleza de esto? Por supuesto que fue una idea original del Gran Hermano –agregó tardíamente.
Al oír nombrar al Gran Hermano, el rostro de Winston se animó rápida e insípidamente. No obstante, Syme detectó de inmediato su falta de entusiasmo.
–Tú no aprecias realmente la neolengua, Winston –dijo casi con tristeza–. Incluso cuando escribes, continúas pensando en hablantigua. He leído algunas de las cosas que ocasionalmente escribes en el Times. Son muy buenas, pero son traducciones. En tu corazón prefieres el hablantigua, con toda su vaguedad e inútiles sutilezas de significado. Tú no aprecias la belleza de la destrucción de palabras. ¿Sabías que la neolengua es el único idioma en el mundo cuyo vocabulario se vuelve más pequeño cada año?
Por supuesto que Winston lo sabía. Sonrió con simpatía pero sin atreverse a hablar. Syme mordió otro pedazo de pan negro, lo masticó un poco y prosiguió:
–¿No ves que toda la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento? Al final lograremos que el crimental sea literalmente imposible, pues no habrán palabras para expresarlo. Cada concepto que se necesite será expresado con una palabra exacta, y sus significados afines borrados y olvidados para siempre. Ya en la undécima edición no estamos lejos de ese objetivo. Pero el proceso continuará incluso después de que tú y yo hayamos muerto. Cada año menos y menos palabras, y el alcance de la conciencia siempre será un poco menor. Naturalmente, ahora tampoco hay justificación o razón alguna para cometer un crimental. Es sólo una cuestión de disciplina, de control de la realidad. Pero al final ni siquiera habrá necesidad de eso. La Revolución estará completa cuando el lenguaje sea perfecto. La neolengua es Ingsoc e Ingsoc es la neolengua –agregó con una especie de mística satisfacción–. ¿Alguna vez se te ha ocurrido, Winston, que a más tardar el año 2050, ningún humano podrá entender una conversación como la que estamos sosteniendo ahora?
–Excepto... –comenzó Winston lleno de dudas, pero se detuvo.
Había tenido en la punta de la lengua la frase “Excepto los proletarios”, pero se reprimió pues no estaba totalmente seguro de que fuera una observación ortodoxa. Sin embargo, Syme adivinó sus palabras.
–Los proletarios no son seres humanos –dijo descuidadamente–. Hacia el 2050, o quizás antes, todo conocimiento efectivo del hablantigua habrá desaparecido. Toda la literatura del pasado será destruida. Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron existirán sólo en versiones en neolengua, no meramente cambiadas en algo diferente, sino que convertidas en algo contrario de lo que eran. Incluso la literatura del Partido será alterada. Hasta los eslóganes cambiarán. ¿Cómo podrás tener un eslogan como “libertad es esclavitud” cuando el concepto de libertad haya sido abolido? Toda la estructura del pensamiento será cambiada. De hecho, no habrá pensamiento tal como nosotros lo entendemos. Ortodoxia significa no pensar, no necesitar pensar. Ortodoxia es inconsciencia.
Uno de estos días, pensó Winston con profunda convicción, Syme será vaporizado. Es demasiado inteligente. Ve todo muy claramente y habla con excesiva franqueza. Al Partido no le gusta ese tipo de personas. Un día desaparecerá. Está escrito en su cara.
Winston había terminado su pan y su queso. Se acomodó en la silla para beber su tazón de café. En la mesa de la izquierda el hombre de estridente voz seguía hablando sin cesar. Una joven mujer, quizás su secretaria, sentada a espaldas de Winston, le escuchaba y parecía estar de acuerdo en todo lo que decía. De vez en cuando, Winston captaba algún tipo de observación como: “Creo que tiene razón, estoy totalmente de acuerdo”, pronunciada con voz juvenil y algo tonta. Pero la otra voz no cesaba, ni siquiera cuando la joven hablaba. Winston conocía al hombre de vista, aunque no sabía más de él salvo que tenía un importante puesto en el Departamento de Ficción Narrativa. Tenía aproximadamente treinta años, un largo cuello musculoso y una boca movediza. Su cabeza estaba echada un poco para atrás, y quizás, debido al ángulo en que se encontraba sentado, sus anteojos reflejaron la luz y mostraron ante Winston dos discos blancos en vez de ojos. Lo terrible era que del torrente de ruido que brotaba de su boca casi no se podía distinguir una palabra. Una sola vez Winston captó “completa y final eliminación del Goldstenismo”, pronunciada con tanta rapidez que parecía una sola pieza, como un bloque sólido. El resto era sólo ruido, un continuo cuac-cuac. Y sin embargo, aunque no se podía oír lo que el hombre decía, no cabía duda de su naturaleza. Podía estar denunciando a Goldstein y demandando medidas más duras contra los criminales mentales, podía estar pronunciando diatribas contra las atrocidades del ejército de Eurasia, podía estar alabando al Gran Hermano o a los héroes del frente Malabar; no había mayor diferencia. Fuera lo que fuera, podías estar seguro de que era ortodoxia pura, puro Ingsoc. Al mirar esa cara sin ojos y esa mandíbula moviéndose rápidamente, Winston tuvo la curiosa sensación de que no era un ser humano sino que un tipo de títere. No era el cerebro de un hombre lo que hablaba; era su laringe. Lo que salía de él eran palabras, pero no un verdadero discurso con sentido; era un ruidoso murmullo inconsciente, como el graznido de un pato.
–Hay una palabra en neolengua –dijo Syme–, no sé si la conoces: patohablar, graznar como un pato. Es una de esas interesantes palabras que tienen dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario, es un insulto; aplicada a alguien con quien estés de acuerdo, es un elogio.
No cabía duda de que Syme sería vaporizado, volvió a pensar Winston. Lo pensó con cierta tristeza aunque sabía muy bien que Syme lo despreciaba y que era perfectamente capaz de denunciarlo como criminal mental si encontraba una razón para hacerlo. Había algo sutilmente equivocado en Syme. Algo le faltaba: discreción, indiferencia, algo como una estupidez salvadora. No podía decirse que no fuera ortodoxo. Creía en los principios del Ingsoc, veneraba al Gran Hermano, se regocijaba con las victorias, odiaba a los herejes y no sólo con sinceridad sino que con cierto inquieto celo, manejando más información que cualquier miembro ordinario del Partido. Y sin embargo, siempre se le adhería un leve aire de mala fama. Decía cosas que era mejor no decir, había leído demasiados libros, frecuentaba el Café del Castaño, antro de pintores y músicos. No había ley, ni siquiera una prohibición tácita, contra quienes acudían al Café del Castaño; sin embargo, el lugar de alguna manera tenía mal agüero. Los antiguos y desacreditados líderes del Partido solían reunirse allí antes de ser purgados. El mismo Goldstein –decían– había sido visto en ese lugar hace años, décadas atrás. El destino de Syme no era difícil de predecir. Y no obstante, era un hecho que si Syme llegaba a conocer, aunque fuera por tres segundos, la naturaleza de las secretas opiniones de Winston, lo delataría de inmediato a la Policía del Pensamiento. Lo mismo haría cualquier otro, pero Syme más que nadie. El celo no era suficiente. La ortodoxia era la inconsciencia.
Syme levantó la vista.
–Ahí viene Parsons –dijo.
Algo en su tono de voz pareció agregar “ese maldito idiota”. Parsons, vecino de Winston en los Edificios de la Victoria, efectivamente se abría paso a través del salón. Era un gordinflón de mediana estatura con pelo claro y cara de sapo. A los treinta y cinco años ya tenía rollos de grasa en el cuello y la cintura, pero sus movimientos eran ágiles y juveniles. Toda su apariencia hacía pensar en un niño muy crecido, y a pesar de usar el overol reglamentario, era casi imposible no imaginarlo vestido con los shorts azules, la polera gris y el pañuelo rojo de los Espías. Al verlo, siempre se tenía la imagen de un muchacho con las rodillas sucias y las mangas arremangadas. Y en efecto, Parsons se ponía shorts para cada excursión colectiva o cualquier otra actividad física que le diera una excusa para hacerlo. Saludó a ambos con un alegre “¡Hola, hola!” y se sentó en la mesa, esparciendo un intenso olor a sudor. Su cara rojiza estaba llena de gotas de sudor. Su capacidad de sudar era extraordinaria. En el Centro Comunitario siempre sabían cuando había estado jugando ping-pong, por la humedad en el mango de la paleta. Syme sacó una tira de papel con una larga columna de palabras, y las estudiaba con una lapicera de tinta entre sus dedos.
–Míralo, trabajando en la hora de almuerzo –dijo Parsons codeando a Winston–. ¿Qué aplicado, eh? ¿Qué tienes ahí, viejo? Algo demasiado intelectual para mí, supongo. Smith, viejo, te diré por qué te andaba persiguiendo. Olvidaste darme dinero para la donación.
–¿Cuál donación? –dijo Winston, buscando automáticamente el dinero. Alrededor de una cuarta parte del sueldo se destinaba para donaciones voluntarias, y eran tantas que resultaba difícil seguirles la pista.
–Para la Semana del Odio. Tú sabes, la colecta casa por casa. Soy el tesorero de nuestra cuadra. Estamos haciendo un gran esfuerzo para montar un espectáculo tremendo. Te digo, no será mi culpa si los viejos Edificios de la Victoria no tienen el mejor despliegue de banderas en la calle. Me prometiste dos dólares.
Winston le pasó dos billetes arrugados y grasientos que encontró en su bolsillo, y que Parsons registró en una libretita con la clara caligrafía de los iletrados.
–A propósito, viejo –dijo–, oí que mi pequeño bandido te disparó ayer con su onda. Le di su merecido. Hasta le dije que si lo volvía a hacer le quitaría la honda.
–Creo que estaba un poco enojado por no ir a la ejecución –dijo Winston.
–Ah, bueno... lo que quiero decir es que muestra el espíritu correcto, ¿no? Los bandidos son muy traviesos, ¡pero qué astutos! Naturalmente, en lo único que piensan es en los Espías y en la guerra. ¿Sabes lo que hizo mi chiquilla el sábado pasado cuando fue de excursión con su tropa a Berkhampstead? Junto con otras dos niñas se separaron de la excursión toda la tarde para seguir a un hombre extraño. Le siguieron el rastro por dos horas a través del bosque, y cuando llegaron a Amershan, lo entregaron a las patrullas.
–¿Por qué hicieron eso? –preguntó Winston sobresaltado.
Parsons continuó triunfante:
–Mi hija se aseguró de que fuera algún tipo de agente enemigo, que a lo mejor pudo haber llegado en paracaídas. Este es el punto, viejo. ¿Qué crees que la hizo sospechar? Notó que usaba unos zapatos muy raros, que ella no había visto antes. Así que debía ser extranjero. Bastante inteligente para una chiquilla de siete años, ¿no?
–¿Qué pasó con el hombre? –preguntó Winston.
–Ah, no sabría decirte. Pero no me sorprendería si... –Parsons hizo como si disparara un rifle y chasqueó la lengua imitando un disparo.
–Bien –dijo Syme abstraído, sin levantar la vista de su pedazo de papel.
–Claro, no podemos correr riesgos –agregó Winston obedientemente.
–Lo que pasa es que estamos en guerra –dijo Parsons.
Como confirmación de esto, una trompeta sonó en la telepantalla justo sobre sus cabezas. Sin embargo, esta vez no era la proclamación de una victoria militar, sino simplemente un anuncio del Ministerio de la Abundancia.
–¡Camaradas! –gritó una ansiosa voz juvenil–. ¡Atención, camaradas! Tenemos una gloriosa noticia. ¡Hemos ganado la batalla de la producción! Los últimos datos sobre el nivel de consumo están completos y demuestran que el nivel de vida se ha elevado en un veinte por ciento más que el año pasado. Esta mañana ha habido en toda Oceanía irrefrenables y espontáneas manifestaciones; los trabajadores marcharon fuera de sus fábricas y oficinas, y desfilaron a través de las calles portando banderas que proclamaban gratitud hacia el Gran Hermano por la nueva y feliz vida que su soberanía nos ha proporcionado. Aquí están las cifras completas. En alimentación...
La frase “vida nueva y feliz” se repitió varias veces. Eran las últimas palabras favoritas del Ministerio de la Abundancia. Parsons, atraído por el sonido de la trompeta, escuchaba con la boca abierta y solemne, con algo de aburrimiento virtuoso. No podía seguir las cifras, pero entendía que de alguna manera eran motivo de satisfacción. Había sacado una enorme e inmunda pipa que tenía la mitad del tabaco a medio fumar. Con la ración de tabaco de cien gramos a la semana era imposible llenar una pipa hasta el tope. Winston fumaba un Cigarrillo de la Victoria, cuidando de mantenerlo horizontal. La nueva ración la entregarían mañana y sólo le quedaban cuatro cigarrillos. Por el momento había cerrado sus oídos a los ruidos remotos y estaba escuchando lo que salía de la telepantalla. Parece que también hubo manifestaciones de agradecimiento al Gran Hermano por aumentar la ración de chocolate a veinte gramos por semana. Y apenas ayer, reflexionó, se anunció que la ración sería reducida a veinte gramos por semana. ¿Era posible que la gente se tragara eso, si sólo habían pasado veinticuatro horas? Sí, se lo tragaban. Parsons se lo tragaba fácilmente, con la estupidez de un animal. La criatura sin ojos del otro lado de la mesa se lo tragaba fanáticamente, apasionadamente, con un furioso deseo de rastrear, denunciar y vaporizar a cualquiera que sugiriera que la ración de la semana pasada había sido de treinta gramos. También Syme –de una manera más compleja, que involucraba doblepensar– se lo tragaba. ¿Era sólo él, entonces, el único poseedor de memoria?
Las fabulosas estadísticas continuaron brotando de la telepantalla. En comparación con el año pasado, había más alimento, más ropa, más casas, más muebles, más ollas, más bencina, más barcos, más helicópteros, más libros, más recién nacidos; más de todo excepto enfermedades, crímenes y locura. Año tras año y minuto a minuto, todos y todo mejoraba vertiginosamente. Como Syme hace un rato, Winston tomó su cuchara y empezó a dar toquecitos en la descolorada salsa chorreada sobre la mesa, dibujando una larga línea fuera del charco. Meditaba resentido sobre la física textura de la vida. ¿Siempre había sido así? ¿La comida siempre había sabido igual? Miró alrededor del casino. Un salón de techos bajos atiborrado de gente, las paredes sucias por el contacto de innumerables cuerpos, deterioradas mesas y sillas de metal ubicadas tan cerca que la gente se tocaba los codos; cucharas dobladas, bandejas abolladas, tazones grasientos; todas las superficies manchadas, mugre en cada rotura; y un amargo y saturado mal olor mezcla del gin, del café malo, del estofado metálico y de las ropas sucias. Siempre en tu estómago y en tu piel había una especie de protesta, un sentimiento de que te han privado de algo a lo que tenías derecho. Era verdad que él no recordaba nada que fuera diferente. En todas las épocas que alcanzaba su memoria, nunca hubo suficiente comida, jamás calcetines y ropa interior sin hoyos, los muebles siempre estaban deteriorados, las habitaciones sin calefacción, los vagones del metro atestados, las casas cayéndose a pedazos, el pan oscuro, el té escaso, el café sin sabor, los cigarrillos insuficientes; y no había nada barato y abundante, excepto el gin sintético. Y aunque, por supuesto, todo empeoraba a medida que uno envejecía, no había signo de que este no era el orden natural de las cosas. Si el corazón enfermaba con las incomodidades, la suciedad y la escasez, los interminables inviernos, los calcetines pegotes, los ascensores que nunca funcionan, el agua fría, el jabón áspero, los cigarrillos que se deshacían, la comida con ese extraño y horrible sabor..., ¿cómo iba uno a considerar todo esto intolerable si no fuera por una especie de recuerdo ancestral de que las cosas alguna vez fueron diferentes?
Miró otra vez alrededor del casino. Casi todos eran feos, y seguirían siéndolo incluso si no llevaran el uniforme del overol azul. En un extremo del salón, sentado solo en una mesa, un pequeño hombre curiosamente parecido a un escarabajo, bebía una taza de café; sus pequeños ojos lanzaban miradas suspicaces de un lado a otro. Era fácil, pensó Winston, siempre que no se mirara el entorno, pensar que el tipo físico fijado por el Partido como ideal –altos y musculosos jóvenes y muchachas de escaso pecho, cabellos rubios, vitales, bronceadas y desenvueltas– existía e incluso predominaba. Pero la verdad, hasta donde él podía juzgar, la mayoría de las personas en la Aerofranja Uno eran pequeños, oscuros y repulsivos. Era curioso cómo el tipo escarabajo proliferaba en los ministerios: hombrecillos regordetes, volviéndose corpulentos a temprana edad, de piernas cortas, de movimientos veloces y escurridizos, e inescrutables caras gordas con ojos muy pequeños. Era el tipo que parecía florecer bajo el dominio del Partido.
El anuncio del Ministerio de la Abundancia terminó con otro llamado de trompeta y fue seguido por una música ligera. Parsons, lleno de vago entusiasmo por el bombardeo de cifras, se sacó la pipa de la boca.
–Ciertamente el Ministerio de la Abundancia ha hecho una muy buena labor este año –dijo asintiendo con la cabeza–. A propósito, Smith, viejo, supongo que no tienes ninguna hoja de afeitar que me convides.
–Ni una –dijo Winston–. He usado la misma por más de seis semanas.
–Ah, bien... sólo preguntaba, viejo.
–Lo siento –dijo Winston.
El graznido de la mesa vecina, temporalmente silenciado durante el comunicado del Ministerio, comenzó otra vez, tan fuerte como siempre. Por alguna razón, Winston empezó de pronto a pensar en la señora Parsons, con su cabello desordenado y las arrugas llenas de polvo. Dentro de dos años esos niños la denunciarían a la Policía del Pensamiento. La señora Parsons sería vaporizada. Syme sería vaporizado. Winston sería vaporizado. O’Brien sería vaporizado. Por otro lado, Parsons nunca sería vaporizado. La criatura sin ojos con voz de pato nunca sería vaporizada. Los pequeños hombres escarabajos que se escabullían ágilmente por los laberínticos corredores de los Ministerios, tampoco serían vaporizados. Y la joven de pelo negro, la del Departamento de Ficción Narrativa tampoco sería vaporizada. Le parecía saber instintivamente quien sobreviviría y quién perecería, aunque no era fácil decir lo que permitiría sobrevivir a una persona.
En aquel momento fue violentamente sacado de un tirón de su ensueño. La joven de la mesa vecina se había dado vuelta y lo estaba mirando. Era la muchacha de pelo negro. Lo estaba mirando de reojo pero con una intensa curiosidad. En el instante en que se cruzaron sus miradas, ella desvió la vista.
El sudor comenzó a correr por la espalda de Winston. Lo invadió un horrible espanto. Se le pasó de inmediato, pero le dejó una especie de insistente temor. ¿Por qué lo estaba mirando? ¿Por qué lo seguía constantemente? Por desgracia no podía recordar si ella ya estaba en la mesa cuando él se sentó, o había llegado después. Pero ayer, sin duda, durante los Dos Minutos de Odio, se había sentado inmediatamente detrás de él sin que aparentemente tuviera necesidad de hacerlo. Seguramente su real objetivo era escucharlo y asegurarse que gritaba lo bastante fuerte.
Su primer pensamiento volvió hacia él: probablemente ella no era miembro de la Policía del Pensamiento, pero los espías aficionados eran los más peligrosos de todos. Winston no sabía por cuánto tiempo ella lo había estaba observando, pero quizás por mucho más de cinco minutos, y era posible que sus facciones no hubiesen estado perfectamente bajo control. Era terriblemente peligroso dejar vagar tus pensamientos en público o cerca del alcance de la telepantalla. Hasta el más pequeño detalle podía traicionarte. Un tic nervioso, una inconsciente mirada de ansiedad, la costumbre de hablar solo; cualquier cosa que sugiriera algo fuera de lo normal o la necesidad de ocultar algo. En todo caso, hacer una inapropiada expresión con el rostro (por ejemplo, mirar con incredulidad cuando una victoria era anunciada) era en sí mismo un delito. Incluso había una palabra en neolengua para ello: caracrimen.
La joven le había dado la espalda otra vez. Quizás después de todo no lo estaba siguiendo; quizás fue sólo una coincidencia el que por dos días seguidos se sentara cerca de él. Su cigarrillo se había apagado y lo puso cuidadosamente en el borde de la mesa. Lo terminaría de fumar después del trabajo, si el tabaco no se derramaba. Probablemente la persona que estaba sentada en la mesa de al lado era un espía de la Policía del Pensamiento, y era probable que terminara en los sótanos del Ministerio del Amor dentro de tres días, pero una colilla no se podía despreciar. Syme dobló su tira de papel y la guardó en el bolsillo. Parsons había empezado a hablar otra vez.
–¿Te conté, viejo, la vez en que mis dos bandidos encendieron fuego en la falda de una vendedora del mercado, porque la descubrieron envolviendo una salchicha con un afiche del Gran Hermano? –dijo riendo con la pipa entre sus dientes–. Se escondieron detrás de ella y la incendiaron con una caja de fósforos. Creo que le causaron graves quemaduras. ¿Pequeños bandidos, no? ¡Pero qué despiertos! Ahora les dan un entrenamiento de primera en los Espías; incluso mejor que en mi época. ¿Qué crees que es lo último que les han dado? ¡Audífonos para escuchar a través de las cerraduras! Mi pequeña los trajo a casa la otra noche, lo probó en la puerta de nuestra salita, y dijo que se escuchaba el doble que pegando el oído al agujero. Por supuesto que es sólo un juguete; pero así se entrenan desde niños, ¿no?
En ese momento la telepantalla dio un penetrante silbido. Era la señal de volver al trabajo. Los tres hombres se pusieron de pie, uniéndose a la multitud que luchaba por un lugar en los ascensores. El resto del tabaco se cayó del cigarrillo de Winston.
6
Winston escribía en su diario:
Fue hace tres años. Era una tarde oscura, en una angosta calle cerca de una de las grandes estaciones de ferrocarril. Ella estaba de pie y apoyada en la pared cerca de una puerta, bajo la luz tenue de un farol. Su cara era juvenil y pintarrajeada. Lo que me atrajo fue la pintura, la blancura de ella, como una máscara con labios de un rojo brillante. Las mujeres del Partido nunca pintaban así sus caras. No había nadie más en la calle, ni siquiera una telepantalla. Ella dijo dos dólares. Yo...
Por el momento le resultaba difícil continuar. Cerró los ojos y apretó sus dedos contra ellos, tratando de borrar la recurrente visión. Sentía una casi irresistible tentación de gritar a viva voz palabras obscenas. O de golpear su cabeza contra la pared, de patear la mesa y arrojar el tintero por la ventana; de hacer cualquier cosa violenta, ruidosa o dolorosa que borrara el recuerdo que lo atormentaba.
El peor enemigo, reflexionó, es tu propio sistema nervioso. En cualquier momento la tensión interior puede traducirse en algún síntoma visible. Pensó en un hombre con quien se había cruzado en la calle hace tres semanas: un hombre común y corriente, un miembro del Partido, de aproximadamente treinta y cinco o cuarenta años, alto y delgado, cargando un maletín. Estaban separados por sólo unos metros cuando repentinamente el lado izquierdo de la cara de aquel hombre se contrajo por algún tipo de espasmo. Sucedió de nuevo cuando se cruzaron: fue sólo una sacudida, tan rápida como el clic de una máquina fotográfica, pero obviamente habitual. Recordó lo que pensó en ese momento: ese pobre diablo está perdido. Y lo aterrador era que la acción era probablemente inconsciente. El peligro mortal era hablar en sueños. Hasta donde podía ver, contra eso no había remedio.
Tomó aliento y siguió escribiendo:
Atravesé con ella la puerta y cruzamos el patio para llegar a una cocina que estaba en el sótano. Había una cama contra la pared, y una lámpara sobre la mesa que daba una luz muy baja. Ella...
Le rechinaron los dientes. Le hubiera gustado escupir. A la vez que pensaba en la mujer del sótano, pensó en Katharine, su esposa. Winston estaba casado, o había estado casado; probablemente aún lo estaba, pues, hasta donde él sabía, su esposa no había muerto. Le pareció volver a respirar el tibio olor de la cocina, un olor a insectos, ropa sucia y perfume barato, que sin embargo seducía, pues ninguna mujer del Partido usaba perfume ni podías imaginarla usándolo. Sólo los proletarios lo usaban. En su mente, el olor estaba inevitablemente mezclado con fornicación.
Cuando estuvo con esa mujer fue su primera caída en dos años o más. Por supuesto que juntarse con prostitutas estaba prohibido, pero era una de esas reglas que ocasionalmente podías romper. Era peligroso, pero no un asunto de vida o muerte. Ser sorprendido con una prostituta podía significar cinco años de trabajos forzados; no más que eso, si no se estaba comprometido en otro delito. Y era bastante fácil, si evitabas ser descubierto en el acto. Los barrios pobres abundaban de mujeres siempre dispuestas a venderse. Algunas se vendían por una botella de gin, bebida que se suponía los proletarios no debían beber. Tácitamente el Partido alentaba la prostitución como salida de los instintos que no podían ser reprimidos. Esas orgías no importaban mucho mientras fueran furtivas y sin placer, y sólo involucraran a mujeres de una clase sumergida y despreciada. El crimen imperdonable era la promiscuidad entre los miembros del Partido. Sin embargo –aunque este era uno de los crímenes que los acusados siempre confesaban en las grandes purgas– era difícil imaginar que algo así sucediera.
El objetivo del Partido no era simplemente impedir que hombres y mujeres formaran vínculos imposibles de controlar. El verdadero e indeclarado propósito era eliminar todo placer en el acto sexual. No tanto el amor sino el erotismo era el verdadero enemigo tanto dentro como fuera del matrimonio. Todos los matrimonios entre los miembros del Partido debían ser aprobados por un comité formado especialmente para este propósito, y –aunque el principio no había sido jamás declarado– el permiso siempre era refutado si la pareja daba la más mínima impresión de sentir atracción física. El único fin reconocido del matrimonio era engendrar hijos que sirvieran al Partido. El acto sexual era visto como una molesta operación menor, parecido a un enema. Esto tampoco se decía abiertamente, pero de una manera indirecta quedaba grabado desde la infancia en los miembros del Partido. Habían incluso organizaciones como la Liga Juvenil Anti-Sexo, que proclamaban el total celibato para ambos sexos. Todos los niños debían ser concebidos por inseminación artificial (insemart, se le llamaba en neolengua) y educados en instituciones públicas. Winston sabía que esto no se planteaba muy en serio, pero de alguna forma se ajustaba a la ideología general del Partido. El Partido estaba tratando de eliminar el instinto sexual, o, si no podía ser eliminado, al menos deformarlo y ensuciarlo. Él no sabía por qué lo hacía, pero parecía natural que fuera así. Y era particularmente en las mujeres donde los esfuerzos del Partido eran más exitosos.
Nuevamente pensó en Katharine. Debían hacer nueve o diez, casi once años que estaban separados. Era curioso lo poco que pensaba en ella. Era capaz de olvidar por días enteros que había estado casado. Sólo estuvieron juntos durante quince meses. El Partido no permitía el divorcio, pero apoyaba las separaciones en los casos en que no había hijos.
Katharine era alta, rubia, muy derecha y de espléndidos movimientos. Tenía un rostro audaz y aguileño, una cara que podía llamarse noble hasta descubrir que no había nada detrás de aquellas facciones. En los primeros días de su matrimonio, Winston comprendió –aunque sólo fuera porque la conoció más íntimamente que a la mayoría de la gente– que ella era, sin excepción, la mujer más estúpida, vulgar y vacía que jamás había conocido. No tenía otra cosa en su cabeza que no fuera un eslogan, y no había absolutamente ninguna imbecilidad dicha por el Partido que ella no se tragara. En su mente Winston la llamaba “la banda sonora humana”. Pero habría soportado vivir con ella a no ser por una cosa: el sexo.
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