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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 174

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ A. OCHOA ANADÓN .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1992.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO278
ISBN 9788424932077.
INTRODUCCIÓN
Vida de Zósimo
La noticia consagrada a Zósimo en la Biblioteca de Focio (códice 98) contiene sólo dos datos biográficos: era cómite y antiguo abogado del fisco y profesaba la religión pagana. Ambos datos, los únicos directos, esto es, no deducidos acerca de la vida de Zósimo, aparecen paradójicamente repetidos; el primero figura en el encabezamiento del manuscrito que ha transmitido la Nueva Historia (Codex Vaticanus Graecus 156) , el segundo se infiere fácilmente de una lectura, aunque sea superficial de la obra. La reconstrucción de la biografía de Zósimo debe proceder, pues, a partir de la información recabable de su composición, una información siempre indirecta y deducida, ya que el autor no habla nunca de sus circunstancias biográficas.
La fecha de redacción de la Nueva Historia , y por tanto la época en que vivió Zósimo, está firmemente enmarcada entre dos topes cronológicos. Una cita (en V 7, 1) de Olimpiodoro de Tebas, cuya obra histórica se extendía hasta el 425, suministra el término post quem , mientras que el ante quem viene dado por la mención de Zósimo en la Historia Eclesiástica (V 24) de Evagrio Escolástico, terminada en el 592-594 1 . El ámbito temporal que resulta de ello (424-592-4) puede estrecharse considerablemente sin salir de los márgenes que proporcionan conjeturas muy fiables. En el pasaje citado Evagrio habla de Zósimo como fuente del historiador Eustacio de Epifanía, quien había dejado inconclusa su obra de forma que ésta llegaba sólo hasta el 502 2 . Según la preceptiva historiográfica bizantina, las composiciones históricas nunca debían tratar el reinado del emperador bajo el que aparecían; debe deducirse, pues, que si Eustacio trató el año 502, perteneciente al mandato de Atanasio I (491-518), su obra se publicó con posterioridad a dicho emperador, siendo el reinado de Justino I (518-527) el momento en que con más probabilidad cabe ubicar tal publicación: así la utilización de Zósimo por parte de Eustacio implica que la Nueva Historia circularía con anterioridad al 518-27. Por otra parte, cuando Zósimo trata, en II 38, de las innovaciones fiscales debidas a Constantino —el crisárguiro, la fijación del munus distribuido por los pretores al tomar posesión de su cargo y el follis —, la secuencia del texto parece indicar que todas estas imposiciones habían sido abolidas en el momento en que se compuso la Nueva Historia , lo cual data tal composición con posterioridad a mayo del 498, fecha de supresión del crisárguiro, la última de las tres cargas en ser abolida 3 ; en apoyo de ello se ha hecho notar que para Zósimo habría sido peligroso hablar, como lo hace, en términos denigratorios de contribuciones vigentes en su propia época 4 , y que además la supresión del crisárguiro fue sumamente celebrada por la publicística contemporánea, dándose el caso de que determinadas composiciones utilizan, al comentar este evento, vocablos y expresiones similares a las que áparecen en Zósimo 5 . El 498 y el 518-27 aparecen, por tanto, como términos entre los que, con un muy razonable grado de probabilidad, cabe situar la composición de la Nueva Historia . Si se acepta tal datación resultan comprensibles, finalmente, determinados rasgos de la obra a través de los cuales ésta reflejaría ciertas cuestiones particularmente vivas en su época 6 ; así la estrambótica afirmación de I 6, 1, según la cual la introducción de la pantomima fue causa principal de la decadencia del Imperio Romano, se explicaría como reflejo de los desórdenes que en el año 500 se produjeron en Constantinopla con motivo de la Brytae , fiesta pagana que incluía danzas pantomímicas de origen cultual 7 ; y la especial atención dispensada en la Nueva Historia a los isauros 8 constituiría un eco de la importancia que adquiere la cuestión isaura en la segunda mitad del siglo V .
Un segundo dato recabable de la obra es que Zósimo debió o ser originario de Constantinopla o haber residido en ella una parte de su vida, pues sólo así se explica la descripción de la ciudad contenida en II 30, 2-31, 3, descripción con toda probabilidad no retrotraíble a la fuente de ese pasaje, Eunapio 9 . Por lo demás, rasgos expresivos respecto a la personalidad pueden extraerse de su condición de cómite y antiguo abogado del fisco y de su acendrado paganismo.
Durante el Imperio tardío la profesión jurídica era entendida como un servicio público sometido a la tutela del Estado; todos los abogados debían inscribirse en la lista de un palacio de justicia determinado, lista sujeta a los límites de un numerus clausus . En principio el ejercicio de la abogacía no exigía ninguna preparación especial, pero los que se dedicaban a ella habían asistido usualmente a los cursos de retórica que representaban la forma habitual de educación superior 10 . Los abogados del fisco —a quienes competía la defensa ante los tribunales de los bienes del Estado y del emperador— se reclutaban entre los abogados en ejercicio según un procedimiento que implicaba el acceso al cargo sólo a edad bastante avanzada, pues el aspirante debía inscribir su nombre en un registro donde permanecía, progresando cada año un grado en el escalafón, hasta que se produjese una vacante 11 . En cuanto al título de cómite, la comitiva entendida como título honorífico, dispensado a quien ya ocupaba un cargo, se remonta a Constantino, teniendo desde sus orígenes una amplia difusión; otorgado con carácter de recompensa tanto a senadores como a otros ciudadanos, se dividía en tres grados, los comites primi, secundi et tertii ordinis , sin que sepamos a cuál de ellos correspondió la comitiva que ostentaba Zósimo —teóricamente los advocatì fisci de las cortes de justicia superiores podían acceder a la comitiva del primer grado, título que por su asimilación a los grados más altos del orden senatorial gozaba de cierto prestigio 12 —.
De todo ello cabe deducir que Zósimo poseyó una formación retórica —punto este corroborado por los ecos de Heródoto, Tucídides, Eurípides, Jenofonte y Demóstenes que se hallan en la Nueva Historia 13 — y que llegó a desempeñar cargos de alguna importancia. Dicho desempeño choca con su militancia pagana, pues si bien hasta el reinado de Justino I los paganos gozaron, en la práctica, de un alto grado de tolerancia, la profesión abierta de paganismo no sería recomendable para un funcionario que ocupara un puesto de relieve —de hecho una disposición imperial del 468 vedaba a los partidarios de la antigua religión el ejercicio de la abogacía 14 — y máxime cuando se trataba de un paganismo virulento como el de Zósimo, que vinculaba la decadencia del imperio al abandono del culto tradicional. Es probable, por ello, que Zósimo cultivase sus creencias en secreto, y lo es más aún que la Nueva Historia fuese publicada sólo tras su muerte 15 , posibilidad esta que cabe relacionar con el hecho de que la obra, según todos los indicios, no haya sido acabada.
Han habido varios intentos de relacionar al autor de la Nueva Historia con otros Zósimos de los que nos han llegado noticias por fuentes diversas: el Zósimo de Gaza o Ascalona del que habla la Suda, el mencionado por Cedreno, el presunto autor de una vida de Demóstenes o el discípulo de Procopio de Gaza 16 . Sin embargo, de todas las discusiones desarrolladas en torno a este punto pueden extraerse sólo suposiciones más o menos verosímiles, nunca afirmaciones definitivas 17 .
Contenido de la «Nueva Historia»
Tras unos capítulos iniciales en los que el autor declara sus intenciones, expone los principios de su filosofía histórica y efectúa un recorrido a vuelo de pájaro sobre el período correspondiente a Grecia y a la Roma republicana (capítulos 1-5), la Nueva Historia entra en lo que constituye su tema propio: la historia de la Roma Imperial. Si inicialmente el relato apenas es algo más que una simple enumeración de los sucesivos emperadores, a partir de Septimio Severo (cap. 8) la narración comienza a ser más pausada. Una nueva ralentización se produce en los caps. 14-22, dedicados al período que va desde los Gordianos a Filipo el Árabe. Finalmente, al llegar al cap. 23 la exposición se hace aún más morosa, de suerte que a partir de este momento Zósimo constituye una fuente importante para la turbulenta y mal conocida historia de la segunda mitad del siglo III . Al final del cap. 71, que concluye el relato del reinado de Probo (muerto en el 282), el texto ofrece una laguna provocada por la desaparición del cuarto quaternio del Vat. Graec . 156, manuscrito del que depende toda la tradición de la Nueva Historia ; la narración prosigue sólo en el 305, año de la abdicación de Diocleciano, tras una digresión sobre los Juegos Seculares situada ya en el libro II. La laguna en cuestión abarca, por tanto, el relato correspondiente a 23 años.
La digresión sobre los Juegos Seculares (caps. 1-7) constituye para nosotros el inicio del libro II, libro que se halla dividido en tres partes. La primera cuenta las luchas de Constantino hasta su instalación en el trono como soberano único (caps. 8-28); después de un capítulo que expone la conversión al cristianismo de este monarca, Zósimo entra en la segunda parte, donde trata, sometiéndolas a una malevolente crítica, las reformas administrativas y militares de Constantino (caps. 30-38); tras mencionar la muerte del monarca y narrar sumariamente los sucesos acaecidos desde ésta al 350 (caps. 39-41), la Nueva Historia se demora en el relato de la usurpación de Magnencio (caps. 42-54) y finaliza con un capítulo dedicado a la muerte del césar Galo.
El libro III se centra en Juliano, y sólo en tanto que se relaciona con él es mencionado Constancio. Después de narrar el ascenso de Juliano al cesarato (caps. 1-2), sus gestas en Galia (caps. 3-8) y su alzamieno contra Constancio e instalación en el trono (caps. 9-11), Zósimo inicia una detallada exposición de la expedición persa de Juliano: 23 caps. (del 12 al 34) se dedican a este episodio —cuya duración fue de unos cuatro meses (de principios de marzo a principios de julio del 363, cuando se firmó la paz con los persas)— y sus consecuencias. Los dos últimos caps. refieren la muerte de Joviano (en el 364) y la subsiguiente elección de Valentiniano.
La primera parte del libro IV (caps. 1-24) se dedica al reinado de Valentiniano y Valente, resultando favorecido este último, a cuya victoria sobre Procopio (caps. 4-8) y muerte en guerra contra los godos (caps. 20-24) se dedica especial atención. La segunda parte está dominada por Teodosio; las usurpaciones de Máximo (caps. 35-37 y 42-47) y Eugenio (caps. 52-58) así como las luchas y acuerdos con los godos son los asuntos que más detalladamente se tratan. La muerte de Teodosio concluye el libro.
Los sucesos comprendidos entre el 395 y el 409 constituyen la materia del libro V, cuyos primeros 25 capítulos están consagrados casi en exclusiva al Oriente; intrigas de la corte bizantina, rebelión de Gaínas y turbulencias producidas en Constantinopla alrededor de la figura de Juan Crisóstomo son los temas principies del relato. A partir del capítulo 26, el texto de la Nueva Historia sufre un brusco cambio: en primer lugar trata exclusivamente los asuntos del Oeste; en segundo lugar narra dichos asuntos sólo desde el 406-7, con lo que se silencian los sucesos correspondientes a diez años de historia occidental; finalmente varían los juicios del historiador sobre determinados personajes —en concreto Estilicón, hostilmente tratado en la parte anterior del relato, es mirado ahora con simpatía—y el estilo historiográfico mismo —se presta más atención, por ejemplo, a fechas y datos numéricos—. Esta última parte expone primero los sucesos que rodearon la muerte de Estilicón (caps. 26-35) y a continuación las guerras de Alarico en Italia hasta el otoño del 409 (caps. 36-51).
El libro VI comienza relatando, en una especie de salto cronológico hacia atrás, los orígenes de la usurpación de Constantino III (caps. 1-5). A continuación se reanuda la exposición de las guerras de Alarico en Italia. El libro finaliza súbitamente poco antes del saco de Roma por Alarico (24 de agosto del 410), tras sólo 13 capítulos.
Una descripción, aun sumaria como la presente, del contenido de la Nueva Historia pone en evidencia determinadas peculiaridades explicables únicamente cuando se considera la preceptiva historiográfica que sigue Zósimo, el debate ideológico en que se desenvuelve su obra y las circunstancias que rodearon el nacimiento de ésta. El contenido de la Nueva Historia es peculiar, primero, en tanto que limitado. Zósimo consagra su exposición ante todo a los asuntos políticos y militares; prácticamente sólo otros dos temas —reformas administrativas y oráculos o prodigios relacionados con el rumbo de los acontecimientos políticos— aparecen junto a éste, siendo además objeto de una atención mucho menor. Parcelas vitales para la época tratada —piénsese, por ejemplo, en las luchas religiosas— no encuentran cabida en la obra. Esta restricción temática es imputable a la tradición historiográfica en que se mueve Zósimo, la de la historiografía clasicista de la Antigüedad tardía; los presupuestos de dicha tradición imponían, en efecto, no sólo unos moldes formales (empleo de un estilo arcaizante que prohibía la aparición de términos y expresiones no presentes en la prosa de los modelos clásicos), sino también una limitación en el contenido por la que únicamente determinadas parcelas de la realidad —aquellas que habían sido tratadas por los grandes maestros del pasado— se consideraban dignas de admisión en el relato del historiador. Zósimo, pues, se inscribe en una tradición historiográfica cuya preceptiva actúa como un filtro colocado entre la composición histórica y la realidad, de tal manera que el peso de la tradición es el primer factor que moldea el contenido de la Nueva Historia 18 .
Una segunda peculiaridad se refiere al empleo, a lo largo de la Nueva Historia , de diferentes escalas narrativas. Conforme al procedimiento usual en los historiadores clásicos, Zósimo va ralentizando el relato a medida que avanza su composición, de suerte que la exposición se hace tanto más pormenorizada cuanto más se aproxima a la época del autor. Sin embargo, esta progresión se ve rota en el libro III, cuya escala narrativa es mucho más detallada —en una proporción de 10 a 4— que la empleada en los dos últimos libros 19 . Puesto que Juliano es una figura clave en la polémica política y religiosa desarrollada a finales del siglo IV y principios del V , la preeminencia otorgada a su figura por Zósimo delata cómo la Nueva Historia se instala en el seno de esta polémica. Por otra parte, dentro del libro III mismo la escala narrativa muestra considerables desigualdades: de los 29 capítulos durante los cuales Juliano domina la exposición, 11 encierran el período que va desde finales del 355 (Juliano proclamado césar) a marzo del 363 (inicio de la expedición persa), mientras que a la expedición persa, de una duración inferior a cuatro meses, se dedican 18 capítulos. Zósimo parece justificar esta anomalía cuando aduce (en III 2, 4) que las múltiples composiciones existentes acerca de la vida de Juliano le dispensan de extenderse en sus gestas. Tal justificación puede aclarar la brevedad con que se tratan los restantes capítulos de la biografía del Emperador, pero no explica la desproporcionada atención que se presta a la expedición persa, pues sabemos que precisamente ésta constituyó un suceso muy discutido y fue objeto, en consecuencia, de gran número de exposiciones 20 . Más bien debe pensarse que la desproporción comentada —una desproporción en la que Zósimo no está solo: sin ir más lejos Amiano dedica tres libros al mismo episodio— se debe a que la empresa en cuestión constituyó uno de los puntos más polémicos del reinado de Juliano: no sólo por la muerte en ella del Monarca —con su secuela de acusaciones paganas y refutaciones cristianas— sino también por el debate, abierto ya en vida de Juliano, en torno a su conveniencia y operatividad, un debate que además de enfrentar a paganos y cristianos promovió importantes divisiones en el seno del paganismo 21 . La preeminencia otorgada a oráculos y prodigios anunciadores del curso de los sucesos revela, por lo demás, el peso y la importancia que ostenta el elemento religioso dentro de la Nueva Historia .
El giro observable en el libro V señala otra importante característica de la Nueva Historia ; la explicación usual aclara dicho giro como resultado de una variación en la fuente utilizada por Zósimo: si hasta V 26 (con la probable excepción de I 1-46) Eunapio de Sardes constituye la fuente básica de la Nueva Historia , a partir de ahora es Olimpiodoro de Tebas quien cumple tal papel. Olimpiodoro centraba su obra en los asuntos de Occidente; la comenzaba en el 406-7; poseía un estilo historiográfico propio, que incluía una mayor preocupación por las fechas y los datos numéricos; y mantenía unos puntos de vista singulares —y en todo caso diferentes de los de Eunapio— sobre la política occidental 22 . Tales peculiaridades quedarían reflejadas en el triple hiato (geográfico, cronológico e historiográfico) del libro V, que incorpora una serie de características propias del nuevo autor. Esta explicación, cuya exactitud no parece dudosa, implica que Zósimo cambia su estilo, su temática e incluso sus juicios cuando cambia de fuente; ello patentiza un rasgo que hay que tener en cuenta al valorar la Nueva Historia : la enorme, la incluso servil dependencia de Zósimo respecto a sus fuentes.
El abrupto final del libro VI constituye otro de los rasgos cuya elucidación aclara determinados aspectos de la Nueva Historia . Ésta finaliza en un punto temporal que no es el esperado, ya que en él no se produce ningún acontecimiento que complete o marque la meta de la narración anterior; ese final contradice, además, el proceder usual de los historiadores de la época, quienes acostumbran a prorrogar la composición hasta el predecesor de aquel monarca bajo cuyo reinado se publica la obra 23 ; los múltiples errores, confusiones y oscuridades que ofrece el libro VI evidencian, por último, la ausencia de una redacción definitiva 24 . La conclusión lógica es que la Nueva Historia no ha sido acabada, lo cual parece apoyar la hipótesis de Mendelssohn referente a una publicación póstuma de la obra y a la clandestinidad que debió rodear su nacimiento.
Una última peculiaridad viene indicada por la atención que Zósimo dispensa a las reformas administrativas. Tales reformas pueden formar parte del repertorio de materias que maneja la historiografía clásica; pero raramente obtienen en ésta la preeminencia alcanzada en la Nueva Historia , una preeminencia a medir no sólo por el espacio físico que ocupa el tema dentro del texto, sino también por la operatividad del mismo en la estructura de la obra: de hecho las reformas administrativas constituyen una herramienta básica para devaluar el reinado de aquellos emperadores a los que Zósimo es hostil, pero cuya figura está rodeada de prestigio en la mayor parte de la tradición historiográfica (es el caso, especialmente, de Constantino I y Teodosio I). Evidentemente, ello conecta con el hecho de que Zósimo fuese abogado; de ninguna manera, sin embargo, puede reducirse a simple eco de una circunstancia biográfica individual. Como indica la compilación de los códigos de Teodosio II y Justiniano, durante los siglos V y VI el derecho y la cuestión jurídica en general adquieren gran importancia. La dimensión y difusión que cobran las cuestiones legales parece quedar reflejada en un aspecto concreto de la producción historiográfica contemporánea: gran parte de los historiadores activos durante ambos siglos fueron juristas o, al menos, tuvieron una formación jurídica 25 . Zósimo es, por tanto, sólo uno más entre los historiadores que en dicho período ejercieron la profesión de abogado o se relacionaron íntimamente con ella. Vistas las cosas a la luz de este dato, el relieve que adquieren los asuntos administrativos en la Nueva Historia puede intepretarse como efecto de la presencia viva y pujante de un tema candente en la época durante la cual fue compuesta la obra.
Fuentes de la «Nueva Historia»
Punto de partida para el estudio de las fuentes de Zósimo es la afirmación que hace Focio en su noticia sobre el historiador:
Se diría que éste [Zósimo] no ha escrito una historia, sino transcrito la de Eunapio, difiriendo sólo en la brevedad y en que no denigra, como hace aquél, a Estilicón 26 .
La afirmación de Focio debe corregirse, de entrada, en dos puntos: dado que la Historia de Eunapio comenzaba en el 270 y concluía en el 404, esta obra no puede estar ni tras la exposición de la Nueva Historia anterior a I 47, pues sólo aquí se alcanza el 270, ni tras la posterior a V 25, cuando se rebasa el 404. Respecto a lo segundo, ya se ha visto cuál es la solución unánimemente aceptada: la ruptura del libro V, que marca la incorporación al relato de una nueva disposición, la de Olimpiodoro, y el parecido general con los fragmentos de Olimpiodoro patente desde el punto de ruptura señalan a este autor como fuente de la última parte de la obra. Más difícil es contestar el interrogante que plantea la primera corrección.
Puesto que Eunapio presenta su obra como una continuación de la Crónica de Dexipo —historiador del siglo III a quien se deben dos obras, Crónica y Escíticas , además de una historia de los Diádocos que constituía un resumen de la composición dedicada al mismo tema por Arriano 27 — inicialmente se llegó a la conclusión de que el mismo Dexipo sería fuente de Zósimo I 1-46 28 . Dada, sin embargo, la existencia de discrepancias entre la Nueva Historia y determinados pasajes de la Historia Augusta procedentes de Dexipo, se supuso posteriormente que Zósimo manejaba además de Dexipo una segunda fuente no identificada 29 . En 1887, Mendelssohn se incorporó al debate introduciendo un argumento importante no sólo para el esclarecimiento del problema en cuestión, sino también por su significa do respecto al proceso de elaboración de la Nueva Historia . Según Mendelssohn, la posibilidad de que Zósimo se haya servido para I 1-46 de dos fuentes viene excluida por los límites mismos que impone el método de contaminación de este autor. Las características generales de la Nueva Historia indican, en efecto, que su autor se ciñe a una fuente única; de ella puede apartarse —y de hecho se aparta en ocasiones— para interpolar pasajes enteros de otra composición, pero lo que nunca hace Zósimo es entretejer en una narración única y continua datos procedentes de obras diversas. Como en I 1-46 no hay señales de sutura, debe suponerse que dicha sección maneja una sola fuente. Tal fuente sería inidentificable, pero las divergencias con la Crónica de Dexipo eliminan esta obra, a la par que las coincidencias entre Nueva Historia I 1-46, de un lado, y el relato que ofrece el continuador anónimo de Casio Dión, Pedro Patricio y Zonaras, de otro, apuntan a un texto común para todos ellos, texto cuya fuente sería no la Crónica de Dexipo, sino las Escíticas del mismo autor 30 . El debate prosiguió con posterioridad a Mendelssohn, pero sin que se aportaran nuevos datos de interés 31 , y los estudios más recientes se limitan a exponer la cuestión para concluir reconociendo la imposibilidad de solucionar el problema por falta de datos 32 . Sólo en fecha reciente Baldini ha expuesto una hipótesis original: puesto que Eunapio publicó dos ediciones de su Historia 33 y únicamente respecto a la segunda sabemos con certeza que comenzaba en el 270, cabe suponer que Nueva Historia I 1-46 tiene como fuente no la segunda edición de la obra —la habitualmente utilizada por Zósimo— sino la primera 34 .
El argumento de Mendelssohn concerniente al método de contaminación empleado por Zósimo ha alcanzado una especial fortuna, pues las continuas confusiones y errores en que incurre la Nueva Historia delatan un proceso de elaboración apresurado y poco cuidadoso, contrario, por tanto, al lento trabajo de acoplamiento, reflexión y cotejo que exige la contaminación de varias fuentes en una narración continua. Ante lo cual, y con el apoyo que proporciona la afirmación de Focio, gran parte de la investigación actual piensa que Zósimo utiliza —excepto, evidentemente, para el principio y el final de la obra— una sola fuente, la segunda edición de la Historia de Eunapio 35 . Ahora bien, las características de Eunapio son tales que, de alguna manera, su presencia tras determinados pasajes de la Nueva Historia resulta difícil de aceptar. Eunapio era un rétor, y su obra histórica ostentaba los rasgos propios de la historiografía retórica: predominio de lo anecdótico y novelesco, presencia de un lenguaje florido y efectista (cuyos despliegues pretenden con frecuencia ocultar una gran pobreza en el análisis y la exposición de datos), interés más por las actitudes moralmente consideradas que por las acciones examinadas racionalmente y, en suma, falta de precisión general en el tratamiento 36 . Así pues, aquellas partes de la Nueva Historia donde resaltan cualidades contrarias a éstas no deben, aparentemente, proceder de Eunapio. Una de esas partes sería la digresión sobre los Juegos Seculares que abre el libro II; puesto que en ella abundan las precisiones cronológicas, lo cual no sólo desentona con el estilo general de Eunapio, sino que va en contra del interés por la cronología que explícitamente manifiesta este historiador 37 , se ha concluido un origen no eunapiano para el fragmento en cuestión, siendo Flegón de Tralles el autor a quien más usualmente se contempla como fuente alternativa 38 . Otra de tales secciones sería aquella del libro tercero que narra la expedición persa de Juliano, el esclarecimiento de cuyas fuentes ha constituido uno de los capítulos mayores de la investigación sobre Zósimo.
Mendelssohn, autor de una teoría muy difundida sobre esta cuestión, maneja tres argumentos contra la procedencia eunapiana del relato de la expedición persa. En primer lugar la exposición de Zósimo presenta grandes similitudes con la de Amiano; y al comparar la versión de Zósimo/Amiano con los fragmentos de Eunapio concernientes al mismo episodio se observan respecto a Amiano sólo divergencias, respecto a Zósimo/Amiano conjuntamente omisiones en tanto que los últimos no incluyen desarrollos presentes en los fragmentos eunapianos; debe concluirse, pues, que Zósimo/Amiano dependen de una fuente de la que no participa Eunapio 39 . En segundo lugar el mismo Zósimo se refiere, en III 2, 4, al cambio de fuentes efectuado; el pasaje en cuestión dice así:
Las cosas que a partir de entonces y hasta el final de su vida llevó a cabo Juliano, las han registrado historiadores y poetas en libros muy voluminosos, aún cuando ninguno de los que se han ocupado del tema alcance la altura que merece su materia. Por otra parte, quien lo quiera puede enterarse de todo acudiendo a los discursos y cartas de Juliano, con cuya ayuda es como mejor pueden comprenderse sus gestas a lo largo de toda la ecumene. Como además es conveniente no romper la disposición de nuestra historia, narraremos por nuestra parte cada cosa en su debido lugar, atendiendo especialmente a cuanto los demás parecen haber omitido.
Según Mendelssohn, la expresión «los demás» contenida al final del pasaje debe entenderse como referida a Eunapio 40 . En tercer lugar, los fragmentos parecen indicar que la exposición eunapiana de la expedición persa incurría con especial énfasis en aquellos defectos de superficialidad, anecdotismo e incluso distorsión de la verdad propias de su visión retórica de la historia; en cambio Zósimo ofrece un relato ceñido a los hechos y sobrio; su exposición no puede, por tanto, venir de Eunapio. Es más, si los fragmentos de este autor delatan una exacerbación de las debilidades historiogáficas eunapianas en la parte de la obra referida a la expedición persa, cabe concluir que fue esa exacerbación lo que indujo a Zósimo a desecharlo como fuente para dicho episodio 41 .
La conclusión a que llega Mendelssohn —Zósimo utilizaría como fuente para la invasión de Persia al historiador Magno de Carras— no es idéntica a la que sostienen otros partidarios de una procedencia no eunapiana para esta sección 42 ; pero en su teoría quedan compendiados, de alguna manera, el conjunto de argumentos utilizados por dichos autores. Pues bien, ninguno de estos argumentos es terminante. Respecto a las diferencias de contenido y estilo —argumentos primero y tercero— debe decirse que conservamos sólo cinco fragmentos del relato eunapiano de la expedición persa 43 , cuya pobreza, además, no permite conjeturas mínimamente pormenorizadas sobre el carácter de ese relato; en principio nada se opone a que Zósimo haya utilizado a Eunapio, pues las diferencias existentes entre ambos autores revelan únicamente que el primero omite desarrollos contenidos en el segundo, y de ello pueden extraerse sólo argumentos e silentio de escasa o nula capacidad probatoria. El testimonio de Focio, según el cual la Nueva Historia difiere de la obra de Eunapio sólo por la brevedad, autoriza a pensar que el proceder usual de Zósimo habría sido el de extraer de una exposición colorida, pintoresca y verbosa un relato despojado y enjuto: éste sería también el caso de la expedición persa, con lo que las diferencias aludidas se explican sin tener que recurrir a un cambio de fuente. En relación al segundo argumento —las palabras con que Zósimo presenta su tratamiento de Juliano— cabe decir lo siguiente: ciertamente mediante estas palabras el autor singulariza su relato y marca distancias respecto a otras composiciones centradas en el mismo tema; pero es gratuíto suponer que el párrafo alude a un cambio de fuente, pues también cabe pensar que es la dificultad de la materia a tratar lo que aquí se indica. Juliano, en efecto, era una figura difícil, y ello no sólo para los tratadistas cristianos, sino también para los paganos; en su carrera convivían realizaciones cuyo mérito no parecía dudoso —las llevadas a cabo en Galia durante su mandato como césar— con decisiones sometidas a fuerte debate. En concreto, determinadas medidas adoptadas tras su instalación en el trono como único soberano —especialmente aquéllas referidas a la vida religiosa—, así como las ideas políticas y filosóficas subyacentes a esas medidas —su paganismo militante, su activismo político, su actitud frente a las teorías legitimadoras del poder, incluso su belicismo frente al Imperio Persa— despertaron reservas en casi todos los sectores del paganismo 44 . Así pues, si por un lado aparecía como el campeón de la religión tradicional frente a los cristianos, por otro su reinado no contaba con una aprobación generalizada entre los círculos paganos, y el fracaso que significó su muerte en el campo de batalla no hizo sino confirmar la creencia de que, por la razón que fuese, tampoco las fuerzas divinas secundaron su empresa. A la luz de esta dificultad intrínseca al tratamiento de Juliano debe interpretarse la disposición del libro III. En él se mantienen para la parte del reinado de Juliano no sometida a discusión los parámetros expositivos usuales en el resto de la obra, tanto en lo tocante a extensión (12 capítulos para 4 años) como en lo referente al contenido (se tratan las gestas militares de Juliano y sus medidas políticas y administrativas, mencionándose, asimismo, sus creencias religiosas). En cambio, al entrar en los capítulos más polémicos de la biografía del Emperador, Zósimo reacciona acentuando el carácter pragmático de su composición; de aquí que apenas se toquen las reformas administrativas de Juliano —en contraste no sólo con autores como Amiano o Libanio, sino también con el proceder del mismo Zósimo para otros emperadores 45 —; que no se hable de sus creencias religiosas —frente a lo que ocurre con Constantino, a cuya conversión al cristianismo dedica Zósimo un capítulo—; y que la narración se concentre en un relato de la expedición persa pormenorizado pero estrictamente ceñido a los aspectos militares y estratégicos. La disposición del libro III revela así un acercamiento cauteloso a la figura de Juliano. A esa cautela aluden las palabras con que Zósimo presenta su tratamiento del Emperador 46 , como alude igualmente el párrafo que inicia el relato de la expedición persa (III 12, 1):
Cuando ya finalizaba el invierno concentró su ejército y, después de enviarlo por delante unidad por unidad y en buen orden, abandonó Antioquía, por más que las víctimas sacrificales no le fueran propicias: en razón de qué, aun sabiéndolo, lo pasaré en silencio.
Ningún dato, pues impone la hipótesis de un cambio de fuente para el libro III, aquel para el que más se ha postulado la necesidad de una sustitución de Eunapio por otro autor; y lo mismo puede decirse del resto de la Nueva Historia , excepción hecha, evidentemente, del principio y el final de la obra 47 . Otra cuestión es que se quiera conceder a Zósimo capacidad para combinar más de una fuente; los defectos y signos de apresuramiento observables en el texto de la Nueva Historia hacen poco probable este supuesto, al cual, sin embargo, concede crédito un importante sector de la investigación 48 . Sea ello cierto o no, resulta evidente que la fuente principal de Zósimo es Eunapio; y dado que ambos autores se caracterizan por ser los únicos historiadores paganos que profesan un anticristianismo expreso y abierto, surge inevitablemente la pregunta de hasta qué punto el planteamiento ideológico de la Nueva Historia está coloreado por la ideología religiosa y política de su fuente, Eunapio.
Concepción histórica de Zósimo
Zósimo expone sus objetivos como historiador y su visión de la historia en el capítulo inicial de la Nueva Historia . Un nuevo párrafo, en I 57, 1, viene a completar esta exposición. De ambas manifestaciones se deduce un planteamiento historiográfico sostenido por dos pilares: el propósito de constituirse en el Polibio de la decadencia romana (lo que implica no sólo centrar su obra en la ruina del Imperio, sino, en conformidad con la preceptiva histórica polibiana, tratar el tema pragmáticamente, esto es, remitiéndose a las pruebas que suministran los hechos mismos) y la visión de tal decadencia como resultado del abandono romano de la religión ancestral.
Basándose en ello, distintos autores han atribuido a Zósimo una visión de la historia fuertemente original, con una originalidad que radicaría, ante todo, en el proyecto, no rastreable en ningún otro historiador pagano, de plantear la crisis de Roma en términos religiosos. Dicho proyecto explicaría tanto la abundante presencia de elementos sobrenaturales en la Nueva Historia como la importancia concedida en ella a ciertos momentos históricos —por ejemplo, la conversión de Constantino al cristianismo (II 29) o la negativa de Teodosio a financiar con fondos estatales el culto pagano (IV 59)— caracterizados por marcar hitos significativos en el abandono del paganismo: concretamente F. Paschoud ha aislado hasta cinco de tales momentos que, conforme a su interpretación, representarían otros tantos puntos cardinales en el diseño ideológico de la obra 49 . A L. Cracco Ruggini se debe una hipótesis que ha tenido gran aceptación; según esta investigadora, Zósimo habría intentado realizar un proyecto idéntico, pero inverso al realizado por los autores de las Historias Eclesiásticas . El propósito de éstos, para quienes la historia constituía un ámbito saturado por las manifestaciones del poder de Dios, era el de presentar el curso de los acontecimientos como un proceso que culmina con la instalación en el trono del emperador cristiano, marca de ingreso en un estadio histórico superior; frente a lo cual Zósimo, tomando como modelo las mismas Historias Eclesiásticas, habría perseguido el objetivo contrario: probar cómo el abandono de la religión tradicional fue causa fundamental de la decadencia de Roma al producir una pérdida de la protección que hasta entonces los dioses habían dispensado al Imperio 50 . Habría, pues, una voluntad de innovación que se refleja en el título mismo de Nueva Historia ; efectivamente, el adjetivo nueva (néa) , resulta insólito en el repertorio de títulos historiográficos de la época clásica y tardía, y no puede tener el sentido de «reciente» o «contemporánea», puesto que la obra parte de Augusto y narra con detalle acontecimientos más de cien años anteriores al momento de su redacción: debe más bien pensarse que nea tiene aquí la acepción de «original» o «inusitada» 51 . Este mismo espíritu innovador estaría detrás de la crítica a la institución imperial contenida en I 5, pasaje que no encuentra paralelo en toda la historiografía grecorromana: si para los historiadores eclesiásticos la figura del Emperador, garante del imperio cristiano, compendia la forma de gobierno cumplida y perfecta, la crítica a la monarquía que lleva a cabo Zósimo intenta invalidar esta creencia mostrando cómo el sistema monárquico que posibilitó el triunfo del cristianismo constituye un régimen político altamente falible 52 . L. Cracco Ruggini acentúa además el carácter pragmático, factual de la obra de Zósimo. Dicho carácter factual, que contrasta fuertemente con el retoricismo de su fuente principal, Eunapio, y contrapesa la impronta religiosa de su planteamiento historiográfico, es una de las razones que llevan a la autora a postular para la Nueva Historia un valor y una originalidad mayores de las que usualmente se le atribuyen; pues estas cualidades —subrayadas con anterioridad especialmente por W. Goffart y Z. Petre— afectarían no sólo al diseño ideológico de la obra, sino también al enjuiciamiento de sucesos tratados 53 .
La visión de la Nueva Historia como un proyecto inverso al que aparece en las Historias Eclesiásticas ha alcanzado gran resonancia. Paschoud ha subrayado cómo una serie de rasgos que individualizan la Nueva Historia frente a otras producciones contemporáneas de la historiografía secular se explican a través de esta hipótesis; especialmente el hecho de que la obra de Zósimo comience formalmente con la Guerra de Troya paraleliza el procedimiento seguido por los cronógrafos cristianos, cuyas composiciones se inician si no con Adán y Eva, sí al menos con Abraham 54 . No obstante, ni este autor ni otros aceptan la idea de una originalidad de Zósimo que además de afectar al planteamiento historiográfico implique independencia en el enjuiciamiento de los sucesos y, por tanto, cierto grado de autonomía respecto a sus fuentes 55 . Por otra parte, distintos estudiosos han intentado determinar los estímulos ideológicos bajo cuyo incentivo gestó Zósimo el proyecto de su obra. Paschoud creyó ver el germen de tal proyecto en una desaparecida Historia adeversus christianos que habría sido fuente ya de Eunapio y en la cual se desarrollaría un concepto de la historia programáticamente anticristiano 56 . Otros autores han visto en sus ideas la impronta de círculos intelectuales vigentes bajo Anastasio; así Goffart, para quien la obra de Zósimo constituye una composición abierta a los problemas planteados durante el reinado de este emperador. Por su parte Baldini retrotrae el proyecto historiográfico de Zósimo al clima ideológico dominante en determinados sectores de la corte de Anastasio; la ideología expansionista y agresiva que acompañó a la reconquista justiniana habría aparecido, según Baldini, ya en tiempos de Zósimo, aunque en estas fechas una orientación pagana sustituiría al signo cristiano de tal ideología, y ese ambiente espiritual habría inspirado a Zósimo el programa de su obra 57 .
Al enjuiciar la concepción historiográfica de Zósimo resulta imprescindible partir de un dato central, el de que su obra se inscribe en la tradición de la llamada historiografía profana, secular o clasicista 58 ; pues si es cierto que la Nueva Historia se singulariza en el marco de dicha escuela por una serie de rasgos, también lo es que comparte con otras producciones de la misma corriente historiográfica determinadas particularidades. Únicamente cuando se aclare cuáles son esas similitudes y cuáles esas diferencias podrá obtenerse un juicio ponderado de la originalidad de la Nueva Historia y de la profundidad de su planteamiento historiográfico.
Si no todos, gran parte de los historiadores clasicistas que precedieron a Zósimo fueron paganos, pero en ninguno de ellos, salvo Eunapio, aparece el anticristianismo abierto y directo que se despliega en la Nueva Historia ; por el contrario, su ecuanimidad ante las distintas opciones religiosas es tal que la adscripción al paganismo o al cristianismo de más de uno de estos autores ha sido objeto de polémica 59 . Ello no quiere decir que lo religioso, o mejor, lo sobrenatural, esté ausente de sus composiciones: de hecho, los elementos sobrenaturales se presentan en éstas abundantemente, aunque con una presencia peculiar, fruto de la obediencia a la preceptiva historiográfica heredada. La limitación a lo político y lo militar constituye, en efecto, una herencia del planteamiento vigente en la historiografía pragmática. Para dicha corriente, cuyo representante más destacado es Polibio 60 , la composición histórica debe brindar una explicación racional de los sucesos tratados, lo cual implica la prohibición de recurrir, para dar cuenta del desarrollo de los acontecimientos, a factores racionalmente incontrolables como la divinidad o el azar. De aquí nace, por una parte, la limitación a las acciones políticas y militares, ya que desde la óptica del historiador pragmático tales acciones son las únicas que cabe aducir legítimamente cuando se trata de explicar el curso de los sucesos; y por otra la actitud ante la religión, una actitud que tiene como presupuesto no la exclusión de los fenómenos sobrenaturales —pues el relato histórico podía registrar la presencia de prodigios o portentos—, sino el precepto en virtud del cual las ideas religiosas no deben formar parte de los instrumentos de análisis utilizados por el historiador.
Los historiadores clasicistas se atienen en principio a la preceptiva de la historiografía pragmática. Lo sobrenatural, sin embargo, está presente en sus composiciones —donde alcanza una presencia mucho mayor que en los productos de la historiografía anterior— por medio de una serie de recursos laterales: menciones abundantes de la divinidad y apelaciones a fuerzas transcendentes que rigen el curso de la historia, inclusión de numerosos oráculos, portentos y hechos milagrosos, atribución ocasional de causas sobrenaturales a determinados fenómenos o empleo de expresiones cargadas de valores teológicos y religiosos 61 . Y es la incrustación de estos elementos en un relato que inicialmente se ocupa sólo de lo político y lo militar el factor que, en gran medida, confiere a las composiciones históricas de la Antigüedad tardía su peculiaridad. Resulta característico de dichas composiciones, en efecto, la convivencia de dos esquemas historiográficos distintos; uno de ellos, que impone el tratamiento pragmático de los sucesos, se conserva formalmente; otro, que apunta a una potencia transcendente como agente real de la historia, se insinúa a través de alusiones oblicuas.
La tensión entre programa pragmático y planteamiento religioso modela toda la obra de Zósimo, dando origen a algunos de sus rasgos más notables. La voluntad pragmática se manifiesta al principio mismo de la composición, donde la cita de Polibio declara el propósito de ceñirse a un planteamiento factual, y tal declaración se ve reforzada por los abundantes pasajes en que el autor remite a los hechos para probar la verdad de sus afirmaciones 62 . Sin embargo, el programa que así se anuncia entra en contradicción con la presencia de una visión providencialista de la historia que aduce factores de índole religiosa para explicar el curso de los acontecimientos, y especialmente de aquel acontecimiento cuya elucidación constituye el tema central de la obra, la decadencia de Roma 63 . Consecuencia general de esta situación es una pérdida de perspectiva —entendiendo por perspectiva el procedimiento que ordena y organiza el espacio mediante un análisis intelectual de las formas 64 — en la articulación del relato. La Nueva Historia carece de perspectiva en tanto que personajes y acciones parecen vistos a una distancia desde la que no se aprecian con nitidez sus contornos individuales; el empequeñecimiento de figuras y paisajes narrativos que resulta de ello es consecuencia directa de la contraposición entre gestas humanas y dictamen divino, pues tal contraposición arrastra forzosamente una disminución del ámbito humano; y, por tanto, es a la tensa convivencia en el interior de la obra de dos esquemas historiográficos contrapuestos —el pragmático y el providencialista— a lo que cabe achacar esa depreciación de la actuación humana conducente a un relato falto de racionalidad. En la práctica —y dejando aparte las explicaciones religiosas, de índole irracional— Zósimo dispone de un sólo principio para dar cuenta del curso de los sucesos: la apelación al carácter de los agentes históricos, esto es, del emperador o de aquellas personas que, por la razón que sea, tienen una participación en el poder. El carácter, además, tiende a aparecer como un dato moral no sujeto a análisis, y por ello su utilización tampoco redunda en una visión clara de los sucesos: de hecho los agentes históricos de la Nueva Historia se asemejan, en la medida en que están dotados de un carácter individual, a títeres cuya conducta reproduce mecánicamente los rasgos distintivos del personaje que representan.
La ausencia de racionalidad y perspectiva parece ser característica general a los historiadores clasicistas al menos hasta Procopio; pues en todos esos autores opera aquella misma tensión entre planteamientos historiográficos contrapuestos, una tensión que produce efectos equiparables o similares a los presentes en la Nueva Historia . A la hora de juzgar esta característica deben tenerse en cuenta, por otra parte, las diferencias existentes entre la historiografía clasicista y la propiamente clásica. En el planteamiento clásico la obra histórica se propone ante todo ofrecer paradigmas referenciales cara al enjuiciamiento de la vida pública e incluso cara a la actuación futura de los hombres públicos, y tal pretensión exige que se ponga en evidencia mediante un análisis intelectual la trama subyacente a las actuaciones tratadas; en cambio el fin perseguido por los historiadores clasicistas es descubrir mediante su relato la verdad de lo ocurrido, el signifieado auténtico de los acontecimientos expuestos 65 , y en el marco de este planteamiento lo importante no es el examen racional de los sucesos, sino su presentación como cumplimiento de un designio superior que no tiene por qué obedecer a lógica de la razón humana.
La Nueva Historia comparte, pues, una serie de características con otras composiciones de la historiografía secular. Es cierto, sin embargo, que la obra de Zósimo ostenta también rasgos —especialmente la presencia explícita de una teología histórica a cuyas exigencias se acomoda la disposición de toda la obra— más propios de las Historias Eclesiásticas que del modelo seguido por los historiadores clasicistas. Se hace así necesario trazar entre los distintos dominios historiográficos una línea de demarcación con referencia a la cual situar la Nueva Historia . Ahora bien, esta línea no puede venir trazada por la mera presencia de una visión religiosa de la historia, ya que, de acuerdo con las ideas expuestas, lo religioso tiene un papel considerable en toda la producción histórica de la época tardía, ya sea cristiana o pagana. En razón de ello parece más adecuado partir del siguiente planteamiento: en la Antigüedad tardía conviven, entre otros, dos géneros historiográficos, el de las Historias Eclesiásticas y el de la historiografía clasicista. Ciertamente el primero de ellos lleva la impronta cristiana, mientras que el segundo se mueve en la tradición historiográfica pagana; pero las diferencias entre ambos derivan no tanto de concepciones distintas del acontecer histórico cuanto de la obediencia a preceptivas literarias discrepantes: si para las Historias Eclesiásticas el tema lo constituye la voluntad divina como tema expreso de la historia, en las composiciones clasicistas las acciones humanas ocupan el centro de la narración, y las cuestiones teológicas, el tratamiento religioso del tema está en principio excluido, aunque de hecho la presencia de Dios se introduzca por medio de recursos laterales. En este sentido puede decirse que lo distintivo de las Historias Eclesiásticas es la aceptación de una teología explícita cuyos dictados guían el curso de la historia 66 , mientras que en el historiador clasicista el plan divino que subyace a los acontecimientos históricos se mantiene implícito, —aun constituyendo, en realidad, el centro innominado de la obra—.
Planteadas así las cosas, lo que distingue a la Nueva Historia es la ambigüedad, el carácter incompleto de sus planteamientos. Por un lado Zósimo parece seguir el modelo de las Historias Eclesiásticas en tanto que, de manera explícita, coloca su obra bajo un argumento de índole religiosa, la visión de la decadencia romana como producto del abandono de las creencias ancestrales. Por otra, este programa, este providencialismo inverso, está lejos de penetrar toda la composición, pues, frente a las promesas del capítulo inicial, a lo largo de ella se manifiesta un hiato no explicado entre acciones humanas y voluntad divina. El más claro ejemplo de ello lo suministra Juliano, quien pese a su piedad fracasa por motivos que el autor deja en silencio; igualmente quedan sin explicar las razones por las que los dioses dispensan su protección —una protección que incluso se manifiesta en oráculos 67 — a la ciudad de Constantinopla, fundación del impío Constantino y capital del Imperio cristiano 68 . Finalmente la concentración en los temas políticos y militares, el tono literario y elevado, la dignidad general de su estilo, parecen situar la Nueva Historia bajo el signo de un ideal estético e historiográfico ausente en las Historias Eclesiásticas .
Ante todo ello, la solución más lógica es la de considerar la Nueva Historia como una composición híbrida, producto de la contaminación de dos géneros, el de las Historias Eclesiásticas y la historiografía clasicista. A la hora de juzgar esta contaminación deberán tenerse en cuenta tres observaciones.
En primer lugar no hay por qué esforzarse en buscar un origen concreto a las ideas que sustentan el diseño teórico de la Nueva Historia ; en realidad, ya desde el siglo III , al menos, circulaban interpretaciones que achacaban a los cristianos la responsabilidad de los desastres recaídos sobre el Imperio 69 , por lo que la tesis que sustenta la obra de Zósimo supone el cumplimiento de una posibilidad teórica evidente, aunque, al parecer, hasta el momento no aplicada sistemáticamente en el terreno de la historiografía.
En segundo lugar, la obra de los historiadores clasicistas, en el tramo que va de Amiano a Zósimo, está dominada por un delicado equilibrio entre paragmatismo e interpretación religiosa; sólo dos autores, Eunapio y el mismo Zósimo, rompen este equilibrio mediante la introducción de argumentos abiertamente anticristianos. Ambos autores se singularizan, además, por carecer de la experiencia política y militar que parecen haber poseído Amiano, Olimpiodoro, Prisco y Maleo. Estos últimos concibieron su obra, conforme a la más pura tradición clásica, como deposiciones testimoniales de hombres que habían estado especialmente próximos a los asuntos narrados o incluso que habían participado en ellos 70 ; en cambio Eunapio y Zósimo ocuparon una posición más marginal en la vida pública de su tiempo y se sitúan más lejos de los asuntos que tratan: el importante papel asignado a la religión en su obra puede así explicarse como resultado de un esfuerzo por suplir cualidades ausentes, esto es, como expediente destinado a sustituir la vivacidad y el interés propios del relato debido al hombre de acción que narra aquello que ha vivido o, al menos, aquello que ha indagado de testigos presenciales, sustitución tanto más necesaria cuanto que dichas cualidades constituían, de acuerdo con la preceptiva clásica, uno de los ingredientes esenciales de la composición histórica 71 .
Con la mezcla de géneros —o, más exactamente, con el proceder mecánico e irreflexivo adoptado por Zósimo al efectuar dicha mezcla— se relaciona, finalmente, una característica central de la Nueva Historia , su falta de claridad expositiva. El carácter confuso de su relato, su torpeza en la presentación de las distintas situaciones hacen de Zósimo uno de los historiadores griegos peor considerados —si no el peor— por la crítica moderna 72 . Tales defectos se deben, en gran medida, a la ausencia en su obra de un ingrediente básico para el relato obediente a la preceptiva de la historiografía clásica, la secuencialidad. Los grandes modelos de la historiografía pragmática griega, Tucídides y Polibio, compusieron historias fundamentalmente narrativas, esto es, composiciones integradas por afirmaciones factuales entre las que media una relación resultativa: cada uno de los hechos que se enuncian se sostiene en otro, y el conjunto aparece como una red de unidades enunciativas cohesionadas entre sí 73 . Esta propiedad, que cabe llamar secuencialidad, se mantiene, al menos para el período que va desde finales del siglo IV hasta Procopio, en los más apreciables historiadores clasicistas (Amiano, Olimpiodoro, Procopio mismo). Ciertamente la trabazón entre las unidades del relato se efectúa ahora de manera distinta a como se hacía en los modelos clásicos: en éstos —en Tucídides y Polibio— el análisis de las razones que guían a los sujetos actuantes, la reconstrucción de los cálculos mentales que dictaron su conducta a políticos y generales constituye el elemento cohesivo fundamental 74 ; para los historiadores clasicistas, en cambio, el carácter de los agentes históricos —un carácter que no se analiza, sino que se presenta como algo dado— proporciona el factor básico de ligazón entre las unidades narrativas 75 . Pero si se salva esa diferencia puede percibirse una línea de continuidad entre la historiografía clásica y la clasicista, pues ambas guardan la secuencialidad, la cohesión narrativa gracias a la cual el historiador mantiene el control del relato. Tal propiedad, sin embargo, está ausente en la obra de Zósimo, donde resulta característico un tipo de exposición que no conecta los hechos entre sí o los conecta mediante observaciones tan vagas, tan generales y tan sumarias que su efecto cohesivo es prácticamente nulo 76 . Para entender plenamente esta singularidad de la Nueva Historia debe tenerse en cuenta que, al colocar su obra bajo el signo de una teología explícita, Zósimo altera de forma esencial el planteamiento historiográfico del que parten historiadores clásicos y clasicistas; tanto unos como otros, en efecto, contemplan los acontecimientos desde una perspectiva humana, para la cual lo importante es que los hechos se sustenten y expliquen unos a otros, sin necesidad de hacer intervenir factores transcedentes a la actuación misma del hombre 77 : de aquí el imperativo de secuencialidad. En cambio, cuando la historia se presenta bajo una perspectiva teológica y providencialista —como hacen Zósimo y los autores de Historias Eclesiásticas — la exposición secuencial resulta seriamente obstaculizada; para tal perspectiva el rumbo de los sucesos humanos está determinado por una providencia que en definitiva es responsable de cuanto ocurre, y la pretensión de subrayar el plan divino que subyace a la historia o la procedencia divina de las vicisitudes mundanas conduce a insistir no en la trabazón de los hechos, no en su interconexión, sino en su dependencia de un agente suprahumano: el curso de la historia aparece así como una serie de eventos nacidos de una decisión superior y que, consecuentemente, no brotan unos de otros ni se explican por su mutua cohesión. De esta manera cabe concluir que el diseño teológico utilizado por Zósimo y la perspectiva transcedente que dicho diseño impone es el factor que priva a la Nueva Historia de secuencialidad y, por tanto, es el factor responsable de la falta de claridad dominante en su exposición.
Ciertamente a dicha falta de claridad deben haber contribuido factores de otra índole —como el apresuramiento o la falta de elaboración—; pero también para este proceder cabe buscar una razón profunda en la desafortunada mezcla de géneros que lleva a cabo Zósimo. Al emplear una perspectiva transcendente las Historias Eclesiásticas eliminaban una de las cualidades más valiosas de la historiografía clásica, la secuencialidad, la coherencia interna de la exposición; su ruptura con el estilo clásico, sin embargo, les permitía suprimir en gran medida la rigidez y las limitaciones inherentes a la historiografía clasicista, y así era posible, por ejemplo, el tratamiento de parcelas de la realidad ignoradas por estas últimas composiciones o la incorporación de documentos oficiales 78 . Por el contrario, en las composiciones clasicistas el empleo de los moldes de expresión clásicos y la consiguiente limitación lingüística y temática actuaba como un filtro entre la realidad y el historiador que entorpecía la exposición, pero el planteamiento historiográfico permitía la coherencia secuencial propia de la historiografía anterior. Pues bien, en Zósimo el empleo de una perspectiva transcedente liquida la secuencialidad, y el apego a los moldes clásicos envara y hace rígida la exposición: en tal sentido la Nueva Historia —lejos de fundir dos planteamientos historiográficos distintos para dar lugar a una nueva visión que supere las limitaciones de los modelos anteriores— se limita a yuxtaponer elementos de procedencia diversa dando lugar a un producto que participa de los defectos de los dos géneros historiográficos mezclados y que excluye las cualidades de cada uno ellos. Se ha dicho que el desorden es la mezcla de dos órdenes distintos; la Nueva Historia es una composición desordenada en el sentido que indica tal definición, lo que ocurre es que en ella desorden significa no profusión anárquica sino obstrucción y falta de fluidez. Tradicionalmente las incoherencias, los errores y las inexactitudes en que incurre la Nueva Historia se han explicado como consecuencias de una redacción apresurada y poco cuidadosa; es posible que esa explicación sea cierta, pero también es posible ver en la negligencia de Zósimo la reacción de un autor que deja su obra inconclusa al percatarse de los fallos que la recorren. Si ello se admite hay que admitir también que las deficiencias de la Nueva Historia son estructurales, pues brotan del planteamiento mismo del que parte la composición.
Estilo de Zósimo. La «Nueva Historia» como obra literaria .
Estilísticamente, la Nueva Historia acusa fuerte dependencia de la preceptiva vigente para la historiografía clasicista. Dicha preceptiva imponía una lengua elevada y culta que debía servirse preferentemente de los términos y las fórmulas expresivas empleados por los grandes historiadores del pasado. A nivel general, ello se traduce en la utilización de un lenguaje literario y artificial, absolutamente distanciado del habla contemporánea. A nivel de léxico, en la presencia de vocablos que, recogiendo una realidad ya fenecida, se utilizan ahora para designar contenidos inexistentes en el momento en que dichos vocablos fueron creados 79 . A nivel de construcción de la frase, por último, la Nueva Historia delata su obediencia a la preceptiva clasicista al elegir como unidad expresiva el período retórico 80 . La observancia de las leyes del ritmo vigentes para la prosa artística, el esmero en evitar cualquier malsonancia en la conjunción de unidades fonéticas (especialmente el hiato) y la generalizada presencia de aquellos artificios propios de una dicción literaria son rasgos sobresalientes del estilo de Zósimo. La frase es normalmente de amplias dimensiones, resultando especialmente frecuentes las construcciones participiales, ya absolutas, ya concertadas.
Si estas características son, en mayor o menor medida, comunes al conjunto de los historiadores clasicistas, la lengua de Zósimo ostenta también rasgos propios; el más conspicuo de ellos es la concisión, pero también resultan notables determinadas insuficiencias expositivas: la monotonía del tono narrativo, producto de la reiteración de un mismo esquema oracional —verbo personal en el centro, flanqueado por participios y con algún sustantivo en dependencia del verbo principal—; la sensación de acartonamiento y vaciedad que despiertan sus largas oraciones; las machaconas repeticiones de palabras, las explicaciones desmañadas y borrosas 81 y otros defectos similares que parecen derivados de un proceso de composición irreflexivo.
La concesión —cualidad que ya Focio subraya en su noticia sobre el historiador— constituye un ideal conscientemente perseguido en la Nueva Historia : baste recordar cómo Zósimo, enormemente dependiente de sus fuentes, modifica éstas en un solo sentido, en tanto que las despoja de cuanto no sea imprescindible para una exposición seca y descarnada. Tal aspiración se plasma, por un lado, en una dicción exenta de ornamentalismos y carente de colorido e imágenes verbales; por otro, se relaciona con una notoria ausencia, la ausencia de lo que podría llamarse momentos descriptivos. Es sabido que en los historiadores clásicos el relato se ve frecuentemente interrumpido por pasajes no narrativos: piénsese, por ejemplo, en la escenificación de batallas, en la recreación plástica de episodios y acontecimientos críticos o en algo tan común dentro de la historiografía grecolatina como la reproducción de discursos. Los historiadores clasicistas continúan este procedimiento, aunque la índole de los pasajes interruptores del relato pueda verse alterado: así los discursos cambian de contenido y de función, y aparece un elemento descriptivo nuevo, los retratos de emperadores. Pues bien, nada de esto se da en la Nueva Historia , donde ni están presentes los contenidos descriptivos más esperables teóricamente —discursos, retratos de emperadores y escenificaciones de batallas 82 — ni figuran descripciones de otro tipo que vengan a sustituir a éstas.
La ausencia prácticamente total de momentos descriptivos representa un factor de primer orden en la creación de esa atmósfera de sequedad y desnudez que impregna la Nueva Historia ; constituye además un rasgo que no brota de planteamientos puramente formales, sino de la ruptura con los principios historiográficos clasicistas que lleva a cabo Zósimo: en tal sentido no es casual que dicha ausencia aproxime, de nuevo, su obra a las Historias Eclesiásticas y la aleje de la producciones clasicistas. En un relato dominado por la secuencialidad los pasajes descriptivos desempeñan un papel esencial; a ellos corresponde, en efecto, la misión de explicitar cuáles son las reglas, cuáles son los principios lógicos que rigen las relaciones existentes entre las diferentes unidades enunciativas. Cabría así decir que los momentos descriptivos especifican la gramática a cuyas reglas se pliega la narración posterior; tal función es fácilmente observable en los discursos de Tucídides, donde, como es sabido, el autor expone la constelación de factores que determina la actuación de los diferentes personajes históricos, y de aquí que exista una relación de estrecha conexión, e incluso de dependencia entre discursos y trozos narrativos 83 . Puesto que la Nueva Historia carece de secuencialidad, su autor procede de manera consecuente al suprimir las descripciones, ya que la misión de éstas resulta ahora innecesaria; y la austeridad compositiva resultante en gran medida de esa supresión guarda coherencia con el factualismo de Zósimo, con su tendencia a presentar el curso de la historia como una sucesión de hechos que se explican no por su mutua trabazón, sino por su conformidad a los dictados de una potencia transcendente.
Un vez más, sin embargo, la coherencia de Zósimo es incompleta. La lengua empleada por la historiografía clásica y clasicista alberga un gran potencial de análisis y reconstrucción; Zósimo utiliza la misma lengua para consignar datos que ni analiza ni reconstruye. Este despilfarro —entendiendo como tal la no explotación— de posibilidades expresivas crea un desfase entre forma y contenido en virtud del cual las frases parecen huecas y el estilo rígido y artificioso. La vigencia de un procedimiento de exposición que no se demora en el examen de los hechos, sino que se satisface con registrarlos, hace que el mismo esquema enunciativo pueda ser utilizado, y de hecho lo sea, una y otra vez, de donde la impresión de monotonía. Las repeticiones, oscuridades y demás torpezas de expresión parecen, por último, traicionar la incomodidad del autor, su embarazo al tener que usar un instrumento de comunicación desajustado con las premisas historiográficas de su obra.
Historia del texto de la «Nueva Historia» 84 .
La ausencia de noticias referentes a Zósimo en la literatura bizantina parece indicar que la Nueva Historia circuló de manera clandestina; responsable de ello, evidentemente, es la tendencia anticristiana de la obra. A la misma tendencia —más exactamente, a la censura provocada por ella— se han atribuido las dos grandes lagunas que presenta el texto: la situada al final del libro I, donde falta un fascículo completo, y la producida tras V 22, 3, por la desaparición de un folio; la preservación de pasajes virulentamente anticristianos —especialmente V 29— parece, sin embargo, invalidar dicha hipótesis. En todo caso, la laboriosa composición del códice que transmite la obra y la abundancia en él de anotaciones fechadas en distintas épocas indican que, pese a su circulación clandestina, el texto de la Nueva Historia también fue objeto en Bizancio de atención, curiosidad y una firme voluntad de preservación.
La Nueva Historia se ha transmitido en un códice, el Vaticanus graecus 156, del que son apógrafos el resto de los manuscritos conocidos 85 . Dicho códice fue copiado entre los siglos X y XI 86 , y su presencia en la Biblioteca Vaticana esta atestiguada ya para 1475. Posiblemente fue este manuscrito el que utilizó Poliziano, quien en su Miscellanea , aparecida en 1489, reproduce el oráculo concerniente a los Juegos Seculares (I 58 = Zósimo, II 6), suministrando así la primera cita renacentista de la Nueva Historia . El pasaje referente a la fundación de Constantinopla fue traducido al latín por Pierre Giles, que incorporó la traducción a su De topographia Constantinopoleos , publicada en 1555 (I 3 = Zósimo, II 29, 3-30, 2). Una traducción latina, debida a autor desconocido, de la digresión sobre los Juegos Seculares fue reproducida por Onofrio Panvinio en su obra sobre el mismo tema fechada en 1558 (Thes. antiq. Rom . t. IX, págs. 1067 ss. = Zósimo, II 1-7).
Poco después el cardenal Sirleto, prefecto del Vaticano, recluyó el Vat. Graec . 156 en las profundidades de la Biblioteca Vaticana, hecho descrito por M. A. Muret, en carta del 2 de noviembre del 1572, con las siguientes palabras: «...Zosimus, quem Sirletus abdendum iampridem curavit in penitissimam partem bibliothecae Vaticanae, damnatum tenebris et carcere caeco» . Con ello el manuscrito quedó sustraído a la consulta de los eruditos, de suerte que todas las ediciones totales o parciales de la Nueva Historia hasta 1887 debieron efectuarse sobre copias defectuosas del Vat. Graec . 156. Una traducción latina completa realizada por Johannes Löwenklau (Leunclavius) apareció en 1576. Cinco años más tarde Henri Estienne (Stephanus) publicó el texto griego de los dos primeros libros. En 1590, Sylburg editó por primera vez el texto griego completo de la Nueva Historia . Le siguieron las ediciones de C. Keller (Cellarius ; su primera edición apareció en 1679; de 1713 data una segunda edición que fue reimpresa en 1729 y 1779), de T. Smith (también fechada en 1679) y de I. F. Reitermeier (1784); en lo referente al texto esta última ofrece escasas mejoras, pero el comentario histórico que lo acompañaba fue el primero que se hizo sobre la Nueva Historia . La edición de I. Bekker (1837) mejoró el texto de Reitermeier eliminando modificaciones poco acertadas y proponiendo un buen número de correcciones perspicaces.
Una nueva etapa en el conocimiento de Zósimo comienza cuando, en 1887, Mendelssohn publica su edición de la Nueva Historia basada en el Vat. Graec . 156. Acompañada de un aparato crítico que incluye valiosas notas de contenido diverso, la edición de Mendelssohn presenta un texto que aún hoy día puede utilizarse sin recelo; igualmente apreciable es la densa y penetrante introducción.
De 1971 a 1989 aparece la edición de la Nueva Historia realizada por F. Paschoud. Paschoud introduce pocas modificaciones respecto al texto presentado por Mendelssohn; pero su edición va acompañada de una excelente traducción francesa y de un amplio comentario que constituye una aportación de primer orden para el esclarecimiento de la Nueva Historia y, mas en general, para el conocimiento de la historia tardoimperial. La introducción, además, representa el más completo de los trabajos generales existentes sobre Zósimo.
La primera traducción de la Nueva Historia a lengua moderna fue la francesa de 1686; imprecisa, llena de lagunas y poco fiable, se debe a L. Cousin. Más correcta es la versión alemana publicada en 1802-1804 por Seybold y Heyler. A la traducción inglesa de J. J. Buchanan y H. T. Davies, fechada en 1967, cabe achacar su excesiva dependencia de la versión latina de Leunclavius. Una nueva, cuidada y fiable versión inglesa ha sido efectuada por R. T. Ridley (Camberra, 1982). Igualmente correcta es la traducción italiana de F. Conca (Milán, 1977). La Nueva Historia ha sido traducida también al checo por A. Hartmann (Praga, 1983).
La presente traducción, la primera al castellano de la Nueva Historia , ha sido realizada sobre el texto de Paschoud. La escasas ocasiones en que se acepta una lectura divergente están recogidas en la lista que sigue.
El estilo de Zósimo es retórico y artificioso; ha parecido oportuno mantener en la tradución estos rasgos, aun al precio de ofrecer un texto cuya comprensión requiere, en ocasiones, una lectura pausada y reflexiva.
Cualquier trabajo de investigación que utilice a Zósimo debe partir del comentario que acompaña a la edición de Paschoud. En él han bebido abundantemente nuestras notas, cuyo propósito, sin embargo, es más modesto, pues no pretenden servir de instrumento auxiliar al investigador, sino facilitar al lector la comprensión del texto; de acuerdo con ello persiguen exclusivamente cuatro objetivos: ofrecer una guía geográfica y cronológica; detectar los errores y confusiones tan frecuentes en Zósimo; consignar la existencia de versiones divergentes de la que presenta este autor; y restituir al relato la coherencia que no se desprende del texto desnudo de la Nueva Historia . Determinados pasajes de Zósimo, por otra parte, requieren un comentario cuya extensión supera las normas de la B. C. G. este comentario se ofrece en el libro La historia como instrumento de propaganda política y religiosa. Historiadores paganos e historiadores cristianos a finales de la Antigüedad , debido al autor de estas líneas y actualmente en prensa.
En el capítulo de los agradecimientos debo empezar citando a los profesores Jacques Fontaine y François Paschoud, que en enero-febrero de 1989 leyeron una primera versión de esta introducción y formularon observaciones que me han sido de gran utilidad; evidentemente los errores o insuficiencias que quedan en ella son de mi exclusiva responsabilidad. En más de una ocasión el profesor Antonio Bravo me ha orientado en la profusa selva de la historiografía bizantina; gracias a él, además, he tenido acceso a los fondos bibliográficos de la Biblioteca de Filología Clásica de la Universidad Complutense de Madrid. Por último, pero no en último lugar, quiero agradecer al profesor Carlos García Gual, asesor de la sección griega de la B. C. G., su estímulo y su paciencia ante las interminables demoras en que ha incurrido la terminación del presente libro.
DIVERGENCIAS RESPECTO A LA EDICIÓN DE PASCHOUD (PARÍS , 1971-1989)

RELACIÓN DE FUENTES ANTIGUAS POSTERIORES AL 300
(La presente lista recoge aquellas obras griegas y latinas posteriores al 300 que son mencionadas en las notas. Éstas utilizan para los autores griegos las abreviaturas y sistemas de cita empleados por A Greek-English Lexicon (H. G. LIDDELL y R. SCOTT , Oxford, 1968) y A Patristic Greek Lexicon (S. W. H. LAMPE , Oxford, 1961), para los latinos los del Thesaurus Linguae Latinae .)
AGUSTÍN (DE HIPONA ): 354-430. Obispo de Hipona, ha dejado una abundante masa de escritos, entre ellos De civitate Dei (civ.) , en 22 libros.
AMBROSIO : 339/40-397. Obispo de Milán. Además de abundantes obras teológicas, ha dejado himnos, cartas y dos discursos funerarios, dedicados a Valentiniano II (obit. Valent .) y Teodosio I.
AMIANO MARCELINO : segunda mitad del siglo IV . De sus Res gestae , que abarcaban en 31 libros desde el año 98 d. C. hasta el 378, se nos han conservado los 18 últimos libros.
Anonymus Valesianus (Anon. Vales.) : el título se refiere a dos obras distintas, debidas ambas a autor desconocido, el Anonymus Valesianus Prior , que trata la vida de Constantino y el Anonymus Valesianus Posterior , que trata la historia de Italia bajo Odoacro y Teodorico. Las citas en las notas se refieren siempre a Anonymus Valesianus Prior .
ARNOBIO : rétor africano. Tras su conversión al cristianismo publica, poco antes del año 300, su Adversus nationes (nat.) , en siete libros y dirigido contra la religión pagana.
ASTERIO (DE AMASEA ): muerto en el 410. De él nos han llegado más de 20 homilías.
AURELIO VÍCTOR : segunda mitad del IV . Nacido en África y pagano, su Liber de Caesaribus contiene biografías breves de emperadores desde Augusto hasta Constancio II, finalizando en el 360.
AUSONIO : 310-393/4. Rétor latino, nació y desarrolló su actividad en Galia. Su obra comprende poesías de contenido diverso y un epistolario.
CEDRENO (JORGE CEDRENO ): Posiblemente monje. Compuso hacia finales del XI o principios del XII una historia universal que comenzaba con la creación y alcanzaba hasta el 1057.
CLAUDIANO : Muerto poco antes del 410. Poeta y cortesano al servicio de Estilicón, es una de las figuras literarias más importantes del siglo IV . Nos ha dejado abundantes composiciones poéticas.
Codex Theodosianus (Cod. Theod.) : la más antigua de las recopilaciones romanas de leyes, contiene más de 2.500 disposiciones legales, comenzando en el 312. Fue realizada bajo el reinado de Teodosio II y sancionada por este monarca en el 438.
Collectio A vellana (A vell.) : Compilación de 243 cartas latinas de emperadores y papas que van desde el 367 hasta el 553.
Consularia Constantinopolitana (Consul. Constant.) : se trata de una lista eponímica acompañada de ocasionales y breves anotaciones. Divisible en tres partes, la primera se refiere fundamentalmente a la ciudad de Roma y abarca desde la implantación de la República romana hasta la fundación de Constantinopla. La segunda abarca desde dicha fundación hasta el 395 y concede especial atención a los asuntos de Constantinopla. La tercera, del 395 al 468, mira a Occidente, y sobre todo a los asuntos de Hispania.
Consularia Italica (Consul. Ital.) : conjunto de documentos (fundamentalmente crónicas y listas eponímicas acompañadas de breves anotaciones) que brindan noticias para el período que va desde los orígenes de Roma hasta el siglo VIII . Editados por Mommsen en 1892, en el tomo I de sus Chronica Minora (chron. I = Monumenta Germaniae Historica. Auctores Antiquissimi. IX 1) .
CONTINUADOR ANÓNIMO DE DIÓN CASIO : noticias sobre distintos emperadores, desde Valeriano a Licinio y Constantino, contenidas en el manuscrito que transmite los Excerpta de sententiis (Vat. Graec . 73 [olim 91]), donde siguen sin indicación ninguna a los excerpta de Casio Dión.
Cronógrafo del año 354 : recopilación de composiciones (calendario de fiestas, listas de cónsules, papas y prefectos de Roma, crónica de Roma y del mundo y otras más) en cuyo título figura como autor el calígrafo Furio Dionisio Filócalo.
Chronica Gallica (Chron. Gall.) : conjunto de documentos (básicamente una breve noticia de Valentiniano I, Valente, Graciano, Teodosio, Arcadio y Honorio y una crónica que va desde Adán hasta principios del siglo VI ). Editados por Mommsen en 1892, en el tomo I de sus Chronica Minora .
Chronicon Paschale (Chron. Pasch.) : crónica universal anónima que alcanza hasta el 628. Compuesta en griego durante el VII .
Epitome de Caesaribus (epit.) : conjunto de biografías imperiales desde Augusto hasta el 390. De autor anónimo, ha sido transmitida en el corpus manuscrito de Aurelio Víctor.
EUNAPIO : nacido en 349 y muerto en el primer cuarto del V . Rétor griego, de él se nos han conservado una Vidas de Sofistas (VS) y fragmentos de su obra histórica, que comprendía desde el 270 al 404.
EUSEBIO (DE CESAREA ): su vida transcurre entre el 260 y el 340 (aprox.). Obispo de Cesarea y consejero de Constantino, ha dejado una abundante e importante obra. Se le debe la primera Historia Eclesiástica (h. e.) y una Vida de Constantino (v. C.) .
EUTROPIO : Dignatario romano, desempeñó importantes cargos en la segunda mitad del IV . Su Epítome de historia romana abarca desde Rómulo hasta Joviano.
EVAGRIO (ESCOLÁSTICO ): Abogado de Antioquía, terminó en el 593/4 una Historia Eclesiástica que concluía en dicho año y se iniciaba en el 431.
FESTO : Ocupó importantes cuerpos en la administración estatal durante la segunda mitad del IV . Su Epítome abarca desde los orígenes de Roma hasta el 364, subrayando el crecimiento paulatino del Imperio Romano.
FILOSTORGIO : nacido en el 368, escribió una Historia Eclesiástica de tendencia eunomiana. Conservada sólo en fragmentos, continuaba la Historia Eclesiástica de Eusebio y alcanzaba hasta el 425.
FOCIO : Teólogo, erudito y dignatario eclesiástico del siglo IX , su Biblioteca presenta resúmenes y exposiciones del contenido de 279 obras.
GREGORIO NACIANCENO : 329/30-finales del IV . Teólogo, literato y obispo, dejó una abundante obra escrita. Sus discursos 4 y 5 son invectivas contra Juliano.
GREGORIO DE TOURS : obispo de Tours del 572 al 594, su Historia de los francos es fuente principal para la historia gala desde finales del IV .
Historia Augusta (HA) : Conjunto de 30 biografías de emperadores desde el 117 hasta el 285. Presuntamente escritas a principios del siglo IV por seis autores distintos, pero probablemente obra de un solo autor que vivió a finales de dicho siglo.
HIDACIO : 394-470 (aprox.). Obispo de Aquae Flaviae (act. Chaves, Galicia), escribió una crónica que continuaba la de Jerónimo hasta el 468. Fuente principal para la historia de Hispania.
JERÓNIMO : de formación retórica, asceta, erudito, secretario del papa Dámaso en el 382-385. Dejó abundantes escritos, entre ellos una crónica (traducción latina y prolongación hasta el 378 de la crónica universal de Eusebio) y abundantes cartas.
JORDANES : historiador latino de origen godo, obispo de Crotona; hacia la mitad del VI publica su Historia gética (Get ., historia de los godos desde sus orígenes míticos hasta la era de Jordanes; resumen de la Historia de los godos de Casiodoro) y su Historia romana (Rom ., historia de Roma desde los orígenes).
JORGE SINCELO : monje y secretario del patriarca de Constantinopla (a tal cargo alude el griego synkellos) , escribió el 806 una historia universal desde la creación hasta el 284.
JUAN DE ANTIOQUÍA : acreditado como autor de una historia desde Adán hasta el 610, no se sabe nada de su persona ni de la época en que vivió. De su obra se han conservado sólo fragmentos.
JUAN CRISÓSOTOMO : discípulo de Libanio, obispo de Antioquía primero y Constantinopla después, murió en el 407. Dejó una abundante obra compuesta por escritos teológicos, homilías y cartas.
JUAN LIDO : erudito nacido hacia el 490, sirvió en la administración bajo Justiniano. Escribió una composición sobre los cargos de la República y el Imperio, otra sobre los presagios y una tercera sobre los meses, las fiestas y costumbres, la ordenación de los días y el cómputo del tiempo (De mensibus) .
JULIANO : emperador muerto en el 362, sus escritos comprenden discursos, cartas y epigramas, además de fragmentos de la obra Contra los galileos .
LACTANCIO : rétor, nombrado en el 317 preceptor de Crispo, el hijo de Constantino. Entre sus obras se encuentran el Sobre la muerte de los perseguidores (mort. pers.) , fuente principal para la historia de la Tetrarquía, y las Instituciones divinas (inst.) .
LIBANIO : 314-393. Rétor de gran renombre en su tiempo, fue maestro y amigo de Juliano. Su muy abundante obra se compone de discursos y cartas.
MALALAS : de origen sirio, vivió en el VI y compuso una historia universal que comenzaba por la historia mítica de Egipto y llegaba hasta su época.
MACROBIO : erudito, estudioso de las antigüedades romanas y miembro del orden senatorial romano, compuso sus Saturnalia (sat.) probablemente poco después del 430.
Notitia Dignitatum (Not. dig.) : fechable hacia el 425, consiste en una lista latina de los altos cargos de ambas partes del Imperio.
Notitia Galliarum (Not. Gall.) : catálogo, fechable hacia el 400, de las provincias y ciudades galas.
OLIMPIODORO : Poeta, diplomático e historiador, su Silva histórica trataba los acontecimientos del Oeste desde el 407 hasta el 425.
OROSIO : presbítero, huido de la Península Ibérica a África en 414 para escapar a la invasión de los vándalos. En África y bajo el estímulo de San Agustín escribe su Historia contra los paganos , que trataba en 7 libros la historia universal desde Adán hasta el 417.
Panegíricos Latinos (Paneg.) : colección de 12 panegíricos dirigidos a emperadores (Trajano, Constancio I, Constantino I, Juliano, Teodosio I), en cuya presencia fueron recitados.
PEDRO PATRICIO : 500-562 (aprox.). Abogado, embajador y dignatario, sus Historias , conservadas fragmentariamente, comenzaban quizás en el Segundo Triunvirato y llegaban hasta Juliano.
POLEMIO SILVIO : dignatario galo, compuso hacia la mitad del V , entre otras obras, una lista de emperadores desde César hasta Juan Primicerio y un epítome histórico.
PRAXÁGORAS : además de otros escritos históricos, compuso una obra que trataba el reinado de Constantino I hasta su victoria final sobre Licinio. Fuertemente encomiástica hacia Constantino I, la obra fue quizás escrita con motivo de la fundación de Constantinopla.
PROCOPIO (DE CESAREA ): quizás la figura literaria más importante del siglo VI , es famoso sobre todo por sus composiciones históricas, centradas en las guerras libradas bajo el reinado de Justiniano.
PRÓSPERO TIRO : natural de Aquitania, hacia la mitad del V publica una crónica que tomando como base la crónica de Jerónimo alcanza hasta su época.
PRUDENCIO : 348-principios del V . Natural de Hispania y dignatario, es uno de los más importantes poetas latinos del IV .
PSEUDO JERÓNIMO : bajo tal autoría se designan las cartas dudosas o espúreas atribuídas a Jerónimo, algunas de las cuales son homilías genuínas, otras opúsculos o cartas debidas a diversos autores.
RUFINO : nacido en Aquilea hacia el 345, su Historia Eclesiástica traduce al latín de la obra del mismo título de Eusebio y prolonga el relato hasta el 395.
SERVIO : contemporáneo de Macrobio y como él relacionado con los círculos senatoriales, escribió un extenso comentario de Virgilio muy leído en la Edad Media.
SÍMACO : 370-413 (aprox.) Senador romano, de él nos han llegado discursos (entre ellos panegíricos), cartas e informes dirigidos al Emperador (relationes) .
SINESIO : 370-413. Filósofo y obispo de Tolemaide (Egipto). Ha dejado tratados de contenido diverso, entre ellos Sobre la Providencia (provid.) y Discurso sobre la realeza (regn.) .
SÓCRATES : 380-440 (aprox.). Abogado de Constantinopla, su Historia Eclesiástica continúa hasta el 439 la obra del mismo título de Eusebio.
SOZÓMENO : nacido en Gaza, ejerce la abogacía en Constantinopla. Hacia el 443/50 compone su Historia Eclesiástica , que trata el período del 324 al 425.
Tabula Peutingeriana : llamada así por el humanista K. Peutinger, consiste en un mapa o itinerario en que se consignan ciudades y caminos con indicación de distancias y de albergues. Conservado en un rollo de pergamino de unos 7×0,30 m. realizado en el XII sobre un modelo del IV .
TEMISTIO : filósofo, orador y dignatario, desempeñó importantes cargos en la segunda mitad del IV . Ha dejado discursos y comentarios a Aristóteles.
TEODORETO (DE CIRRO ): obispo de Cirro (al este de Antioquía). Dejó abundantes escritos, entre ellos una Historia Eclesiástica (h. e.) terminada hacia el 450 y que continuaba la de Eusebio hasta el 428 y una Historia religiosa (h. rel.) compuesta por biografías de monjes.
VEGECIO : autor de un Breviario de cuestiones militares dedicado a temas bélicos y relacionados con la actividad militar. Fue compuesto posiblemente a finales del IV .
ZONARAS : siglo XI . Oficial de la guardia imperial y monje después, compuso un Manual histórico que partía de la Creación y llegaba al 1118.
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1 Cf. G. F. CHESNUT , op. cit ., págs. 21-26.
2 EVAGRIO , III 37; MALALAS , pág. 399 [Bonn].
3 E. STEIN , op. cit ., II, pág. 203.
4 Véase F. PASCHOUD ed. cit., I, págs. XV-XVI.
5 Léase especialmente PROCOPIO DE GAZA , Panegyricus in imperatorem Anastasium 13. Para un tratamiento más amplio de este punto consúltese F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. XVI-XVII.
6 Argumento éste desarrollado por A. D. E. CAMERON , «The date...», cit. Véase también A. BALDINI , op. cit ., págs. 30-31.
7 Cf. A. D. E. CAMERON «The date...», cit. págs. 108-10; léase también la crítica que a esta hipótesis de Cameron hace F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. 132-33.
8 De ellos se habla en I 69-70 (donde se trata con detenimiento desproporcionado respecto al resto de la narración una rebelión protagonizada por bandas isauras), en V 20, 1-2 y en V 25, 1-4.
9 Cf. L. MENDELSSOHN , op. cit ., págs. XII-XIII; F. PASCHOUD , ed. cit., I, pág. XII.
10 Debe advertirse que en época tardoimperial la formación retórica sufrió la competencia de otro tipo de instrucción abocada al estudio del derecho y la lengua latina: (cf. A. GARZYA , op. cit ., pág. 308; L. CRACCO RUGGINI «Sofisti...», cit., pág. 408.
11 Sobre la profesión de abogado y la figura de abogado del fisco véase A. H. M. JONES , op. cit ., págs. 507-10. Sobre el abogado del fisco consúltese asimismo W. KUBITSCHEK , op. cit .
12 Sobre la comitiva así entendida véase A. H. M. JONES , op. cit ., págs. 526-28.
13 Cf. F. PASCHOUD , ed. cit., I, pág. LXXI. Para L. MENDELSSOHN , op. cit ., pág. XIII, de la Nueva Historia se deduce que su autor había estudiado a Heródoto, Tucídides, Polibio, Juliano y la filosofía neoplatónica.
14 Cod. Iust . II 6, 8: cf. L. MENDELSSOHN , op. cit ., pág. VIII.
15 L. MENDELSSOHN , op. cit ., págs. VII-VIII; XIII.
16 Estudio detallado de esta cuestión en F. PASCHOUD , ed. cit., I, pág. LXXI.
17 El dato más sugestivo al respecto es el de que en los Excerpta constantinianos los pasajes corespondientes al autor de al Nueva Historia aparecen bajo el nombre de Zósimo de Ascalona. L. MENDELSSOHN , op. cit ., pág. XI, sin embargo, parece tener razón cuando supone que ello es producto de una conjetura por parte de los excerptores , pues ni en el Vat. Graec . 156 aparece el nombre de la patria de Zósimo ni ésta era conocida por Focio.
18 Sobre las limitaciones estilísticas y temáticas impuestas por la preceptiva de la tradición clasicista véase A. M. CAMERON , A. D. E. CAMERON , op. cit ., passim; A. M. CAMERON , Procopius ..., cit., págs. 25-28; M. V. BIBIKOV , op. cit ., págs. 264-65.
19 Sobre la presencia en la Nueva Historia de una escala narrativa progresivamente pormenorizada, pero rota en el libro III, véase L. BERARDO , op. cit ., especialmente pág. 474.
20 Véanse los datos que proporciona J. ARCE , Estudios ..., cit., pág. 80.
21 Sobre la polémica desarrollada en torno a la expedición persa consúltese J. HAHN , op. cit ., pág. 226; D. CONDUCHÉ , op. cit ., págs. 376-79; L. CRACCO RUGGINI , «Simboli...», cit., págs. 77-89.
22 Una visión general de Olimpiodoro en R. C. BLOCKLEY , The Fragmentary ..., cit., págs. 27-47. E. A. THOMPSON , «Olympiodorus...», cit., págs. 47-50 y B. BALDWIN , «Olympiodorus...», cit., págs. 226-30 discuten su estilo historiográfico. Acerca de las opiniones mantenidas por Olimpiodoro sobre la historia política occidental consúltese J. MATTHEWS , «Olympiodorus...», cit., págs. 90-95. Su obra comenzaba en el 408, pero hacía alusión a asuntos anteriores que explicaban la situación existente en aquel año, véase F. PASCHOUD , «Le début...», cit.
23 Cf. F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. XIII-XIV; véanse asimismo las matizaciones que introduce V. M. DUVAL , op. cit ., pág. 172.
24 Cf. L. MENDELSSOHN , op. cit ., pág. VII.
25 Las fuentes otorgan a Sócrates (cf. G. F. CHESNUT , op. cit ., pág. 176), Sozomeno (G. F. CHESNUT , ibid ., pág. 200), Agatias (K. KRUMBACHER , op. cit ., pág. 240), Juan de Epifanía (K. KRUMBACHER , ibid ., pág. 245) y Evagrio (G. F. CHESNUT , ibid ., pág. 215) el título de abogado (scholasticós) ; formación jurídica, o al menos amplio conocimiento de las leyes, puede suponerse también para Procopio (B. RUBIN , op. cit ., cols. 304-5), Pedro Patricio (K. KRUMBACHER , ibid ., pág. 237) y Menandro (K. KRUMBACHER , ibid ., pág. 243). Acerca del ambiente cultural que parece haber rodeado la publicación del Código Teodosiano véase J. HARRIES , op. cit ., págs. 50-51.
26 FOCIO cod . 98. Véase el estudio que de este pasaje de Focio hace J. A. OCHOA , op. cit ., págs. 13-18.
27 Cf. JACOBY , comentario a FGrHist 100 F1-8.
28 Hipótesis que emitió por primera vez Reitermeier en 1784: cf. F. PASCHOUD , ed. cit., I, pág. XXXVI.
29 Suposición debida a W. BÖHME , op. cit ., págs. 13-5 (cf. F. PASCHOUD , ed. cit., I, pág. XXXVII.
30 L. MENDELSSOHN , op. cit ., págs. XXXIII-XXXIV.
31 Exposición de la polémica en F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. XVIII-XXXIX, y A. BALDINI , op. cit ., págs. 212-13.
32 Véase F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. XXXIX-XL; F. CONCA , op. cit ., pág. 23.
33 FOCIO , cod . 77.
34 A. BALDINI , op. cit ., págs. 213 ss; una discusión de esta idea de Baldini en F. PASCHOUD , «Sur Eunape...», cit. Relativamente reciente es la hipótesis emitida por R. C. BLOCKLEY («Was the First Book of...?, cit.), según la cual el primer libro de la Nueva Historia podría estar basado hasta en cinco fuentes distintas. Blockley, sin embargo, no considera el argumento concerniente al método de contaminación de Zósimo; consecuentemente, todo su razonamiento descansa sobre la hipótesis de que Zósimo pudo contaminar diversas fuentes a lo largo de la Nueva Historia) .
35 Así F. PASCHOUD , ed. cit. I, págs. LXI-LXII (véanse, sin embargo, matizaciones posteriores, inspiradas por Baldini, en F. PASCHOUD , «Sur Eunape...», cit., pág. 397).
36 Caracterizaciones de Eunapio como historiador en W. SCHMID , op. cit ., col. 1123, y R. C. BLOCKLEY , The Fragmentary ..., cit., págs. 9-15.
37 Véase EUNAPIO , f. 1 [MÜLLER ].
38 Discusión de esta hipótesis en F. PASCHOUD , ed, cit., I, págs. XL-XLI.
39 L. MENDELSSOHN , op. cit ., págs. XXXIX-XLI.
40 Ibid ., págs. XLV-XLVI; este autor insiste en que, a pesar de su colocación al inicio de la exposición concerniente a Juliano —exposición que comienza con las gestas del césar Juliano en Galia—, la frase en cuestión se refiere a la expedición persa, ubicada al final de dicha exposición.
41 Ibid ., págs. XLI-XLII; XLVI-XLVII.
42 Tratamiento pormenorizado de esta cuestión con discusión de las hipótesis emitidas en F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. XLII-XLIV.
43 Ff. 19-23 [MÜLLER ].
44 Sobre la actitud crítica de pensadores paganos hacia Juliano véase L. CRACCO RUGGINI , «Simboli...», cit., págs. 49 ss. Temistio); 76 ss. y 86 ss. (críticas de Eunapio al entorno teúrgico de Juliano; sobre este punto consúltese también J. OPELT , op. cit ., col. 832); J. FONTAINE , «Le Julien...», cit., págs. 56-61 (reservas de Amiano hacia Juliano). Incluso Libanio muestra reservas hacia el entorno del que se rodea Juliano tras su instalación en el trono, véase su Or. XVIII 200.
45 Resulta especialmente llamativo que Zósimo no comente la reforma de la Corte llevada a cabo por Juliano, reforma que llamó la atención de los contemporáneos como indican las noticias que consagran al tema Amiano y Libanio, véanse las referencias que ofrece J. M. CANDAU , «Teocracia...», cit., págs. 168-69.
46 Palabras que quizás procedan de Eunapio (cf. A. BALDINI , op. cit ., págs. 53-55).
47 Respecto a aquellos desarrollos de la Nueva Historia que por razones de cronología no pueden retrotraerse a Eunapio, como la mención (en IV 18, 2-4) del himno compuesto por el filósofo Siriano para celebrar la salvación milagrosa de Atenas, cabe pensar con F. PASCHOUD , ed. cit., I, pág. LXI, que son citas de memoria que Zósimo inserta en su narración.
48 Los principales representantes serían Goffart, Blockley y Cracco Ruggini (cf. A. BALDINI , op. cit ., págs. 41-42; R. C. BLOCKLEY , The Fragmentary ..., cit., pág. 98).
49 Desarrollo de esta idea en F. PASCHOUD , Cinc ..., cit., especialmente págs. 125-36; consúltese también IDEM , «Die Ursachenanalyse...», cit. Sobre la importancia de la conversión de Constantino en la estructura del libro II véase G. ZUCCHELLI , op. cit .
50 L. CRACCO RUGGINI , «The Ecclesiastical...», cit., págs. 119; 122-24.
51 L. CRACCO RUGGINI , «Publicistica...», cit., págs. 166; 181-83.
52 L. CRACCO RUGGINI , «The Ecclesiastical...», cit., págs. 120-21. La idea de que la crítica a la monarquía de Zósimo se inscribe en el seno de la polémica anticristiana de este autor había sido ya formulada por F. PASCHOUD , Cinc ..., cit., págs. 9-18 y 215; el mismo autor ha reinterpretado esta idea en el contexto del sistema etiológico de Zósimo («Die Ursachenanalyse..., cit., pág. 543).
53 L. CRACCO RUGGINI , «Simboli...», cit., págs. 82-83, 103-106, 116-19; «Pubblicistica...», cit., págs. 169-70.
54 F. PASCHOUD , Cinc ..., cit., págs. 215-16.
55 Ibid ., págs. 207-12.
56 F. PASCHOUD desarrolló estas ideas en su libro Cinc ..., cit., caps. 3 y 4, y especialmente págs. 147-69; véanse también sus afirmaciones posteriores en «Sur Eunape...», cit., pág. 396.
57 A. BALDINI , op. cit ., págs. 32-39.
58 Sobre esta escuela (en la que puede incluirse a Amiano: cf. R. C. BLOCKLEY , Ammianus ..., cit., pág. 17) consúltese especialmente A. M. CAMERON , A. D. E. CAMERON , op. cit.; R. C. BLOCKLEY , The Fragmentary ..., cit., págs. 86-94.
59 La actitud de los historiadores paganos frente al cristianismo ha sido estudiada en términos generales por A. MOMIGLIANO , «Pagan...», cit. Sobre el debate en torno a las creencias religiosas de Prisco, véase B. BALDWIN , «Priscus...», cit., págs. 44-47, y R. C. BLOCKLEY , The Fragmentary ..., cit., págs. 59-60. Respecto a Maleo véase B. BALDWIN , «Malchus...», cit., págs. 94-96, y R. C. BLOCKIEY , ibid ., pág. 77. El paganismo de Olimpiodoro no puede ponerse en duda; sin embargo su ecuanimidad en materia religiosa ha sido subrayada por E. A. THOMPSON , «Olympiodorus...», cit., pág. 43; J. MATTHEWS , «Olympiodorus...», cit., pág. 79; B. BALDWIN , «Olympiodorus...», cit., pág. 225; y R. C. BLOCKLEY , ibid ., pág. 40. La polémica sobre la adscripción al cristianismo o al paganismo incluye también a Procopio, consúltese A. M. CAMERON , «The Scepticism...», cit.; J. A. S. EVANS , op. cit . (con exposición de las distintas opiniones emitidas desde Gibbon); y A. M. CAMERON , Procopius ..., págs. 130-33. Amiano es claramente pagano, pero su falta de partidismo religioso es bien conocida, véase la integración de este dato en su personalidad literaria que hace A. MOMIGLIANO , «The Lonely...», cit., pág. 151.
60 Los ideales de la historia pragmática se encuentran expuestos en POLIBIO , XII 25g, 1; 25h, 4; 25i, 5-9; 28, 2-5 [PÉDECH ]. Modernamente M. GELZER , op. cit ., pág. 160, ha definido la historia pragmática como «la historia que puede escribir un hombre de estado —por tanto alguien que es a la vez político y militar— para la instrucción de los hombres de estado y de los que quieren llegar a serlo».
61 Distintos autores han subrayado de una manera general la fuerte presencia de lo sobrenatural en toda la producción historiográfica, cristiana o pagana, de la Antigüedad tardía: véase A. MOMIGLIANO , «L’età...», cit., págs 62-63, y «Popular...», cit., pág. 78; Y. M. DUVAL , op. cit ., pág. 143. El empleo por parte de Amiano de un lenguaje cargado de valores filosóficos y religiosos ha sido subrayado por J. FONTAINE , «Unité...», cit., pág. 472; Amiano mismo manifiesta, por otra parte, su creencia en una fuerza divina que rige el mundo y también el curso de la historia: léanse las referencias que suministra P. CAMUS , op. cit ., pág. 142. Apelaciones a la divinidad o intervenciones de la divinidad en los acontecimientos aparecen no sólo en EUNAPIO (ff. 54; 56; 58; 71 [MÜLLER ]), sino también en OLIMPIODORO (ff. 1, 15; 1, 27; 1, 34 [MÜLLER ]), PRISCO (ff. 17; 23 [MÜLLER ]; 1; 18; 30 [BLOCKLEY ]) y MALCO (ff. 4; 9 [MÜLLER ]).
62 Véase por ejemplo 1 1, 2; II 37, 2; III 32, 6; IV 21, 3, 59, 4.
63 F. PASCHOUD , ed. cit., I, LXIV-LXVI, enumera los pasajes en que Zósimo achaca la decadencia de Roma al abandono de la fe tradicional.
64 Sobre el significado de la pérdida de perspectiva en el arte tardoimperial consúltese R. F. NEWBOLD , op. cit ., págs. 235-36.
65 De hecho los historiadores tardíos buscan con su obra consolidar una verdad frente a otras verdades concurrentes: véase sobre este punto G. SABBAH , op. cit ., pág. 46.
66 Sobre las premisas historiográficas de las Historias Eclesiásticas consúltese M. MAZZA , op. cit .
67 Véase II 36-37.
68 Las dificultades que halla Zósimo para articular una teología pagana de la historia han sido subrayadas por W. E. KAEGI , op. cit ., págs. 120; 135-45.
69 Véanse los datos proporcionados por P. COURCELLE , op. cit ., págs. 151-53. Consúltese también A. DEMANDT , «Geschichte...», cit., pág. 260.
70 Olimpiodoro desempeñó tareas diplomáticas y recabó abundante información política en los círculos dirigentes romanos para componer su obra, véase J. MATTHEWS , «Olympiodorus...», cit., págs. 90-94. La actividad diplomática de Prisco al servicio del Imperio y en concreto su participación en los asuntos que narra está bien atestiguada (véase f. 8 [MÜLLER ]). Respecto a la participación de Maleo en los sucesos tratados en su obra consúltese B. BALDWIN , «Malchus...», cit., pág. 251; R. C. BLOCKLEY , The Fragmentary ..., cit., págs. 76 y 78.
71 Cf. G. AVENARIUS , op. cit ., págs. 36-40.
72 Véanse las observaciones de L. MENDELSSOHN , op. cit ., pág. XLVIII; F. PASCHOUD , ed. cit., I, págs. LXVIII-LXIX; C. A. THOMPSON , «Zosimus...», cit., pág. 446.
73 Sobre la presencia de esta característica en Tucídides véase J. DE ROMILLY , «L’utilité...», cit., págs. 54-63. Respecto a Polibio, coherencia, trabazón y ausencia de fisuras en el relato son cualidades que el mismo Polibio reclama expresamente para su obra: véase, por ejemplo, sus afirmaciones en III 1, 4; 32, 2; IV 28, 3; consúltese asimismo P. PÉDECH , op. cit ., pág. 76.
74 La presencia de este método en Tucídides está bien atestiguada: véase, por ejemplo, J. DE ROMILLY , Histoire ..., cit., págs. 51-54. Respecto a Polibio véase P. PÉDECH , op. cit ., pág. 210; 239-42.
75 Sobre la importancia que presenta el carácter en el planteamiento historiográfico de Amiano y Procopio consúltese R. C. BLOCKLEY , Ammianus ..., cit., págs. 139-41 y A. M. CAMERON , Procopius ..., cit., pág. 229.
76 El tramo que va de IV 22, 4 a IV 58, 6 suministra al menos tres ejemplos notorios de este proceder; el primero viene dado por la mención, en IV 22, 4, de los conflictos que agitaban la cúpula militar del Oriente: ninguna afirmación, ningún suceso anterior ni posterior explica o comenta dichos conflictos, que aparecen así como un dato cuya procedencia se ignora, un dato, por tanto, inexplicado. El segundo ejemplo lo suministran los abundantes capítulos y epígrafes destinados a tratar la política filogótica de Teodosio; tal política —que constituye una de las cuestiones básicas del reinado de Teodosio— se justifica exclusivamente mediante la afirmación (contenida en IV 30, 1) de que el Emperador percibía el fuerte descenso del ejército, afirmación no sólo excesivamente sumaria, sino contenida en un sintagma marginal (forma el objeto directo de un participio que acompaña al sujeto) e imprecisa (pues no queda claro si tal descenso se debía a las perjudiciales reformas de Teodosio, a las derrotas sufridas ante los godos o a la situación de desorden creada por la invasión goda). La descripción (en IV 58) de la batalla del río Frígido proporciona el tercer ejemplo: no se especifica por qué Teodosio atacó primero con las fuerzas bárbaras, ni por qué se decidió a lanzar un tercer ataque, ni cómo Arbogastes, un militar avezado, se dejó sorprender.
77 Otra cosa es que en los autores clasicistas esa perspectiva aparezca devaluada, horada por una serie de procedimientos laterales; inicialmente, sin embargo, su planteamiento es el mismo que el de los historiadores clásicos.
78 La ruptura con el estilo clásico constituye uno de los apartados en la caracterización literaria de las Historias Eclesiásticas realizada por SCHWARTZ en 1908; véase exposición de dicha caracterización y revisión de algunas de las opiniones de este autor en S. CALDERONE , «Questione...», cit., págs. 144-57.
79 El caso más llamativo es el del término «escita»: aunque los escitas habían desaparecido de sus asentamientos danubianos hacía varios siglos, los historiadores clasicistas siguen designando con tal nombre al conjunto de los bárbaros transdanubianos —godos, carpos, sármatas, etc.—, y la única razón para ello es que «escita» —y no «godo» o «carpo»— es el término consagrado por la tradición, esto es, el utilizado por los historiadores del pasado para aludir a los pueblos que habitaban al otro lado del Danubio; igualmente llamativa es la cuidadosa omisión de palabras que pertenecen a universos conceptuales ausentes en los historiadores clásicos: se ha puesto de relieve, por ejemplo, el embarazo que evidencian los historiadores clasicistas —y los circunloquios a que, consiguientemente, recurren— cuando han de aludir a significados específicamente cristianos, y sin salir de la Nueva Historia resulta notable la escasísima presencia de los términos «cristiano» y «cristianismo» en una obra concebida bajo el aliento de un propósito anticristiano (sobre este último punto véase A. M. CAMERON , A. D. E. CAMERON , op. cit .).
80 Sobre las características del período empleado por Zósimo véanse los estudios de H. CICHOCKA , cits.
81 En lo que respecta a repeticiones de palabras véase la tediosa reiteración del término ciudad en I 69, 2-3, o muralla en II 25, 1; como ilustración de explicaciones borrosas véase la exposición del viaje de Valesio en II 2, 1-2, o el plan atribuido a Juliano en III 24, 2. Los ejemplos podrían multiplicarse en ambos casos.
82 Los discursos y las escenificaciones de batallas son elementos de primera importancia en las composiciones historiográficas clásicas y cuya vigencia se mantiene en la historiografía clasicista (pero debe precisarse que, posiblemente, ni Olimpiodoro ni Prisco insertaron discursos en su composición, véase B. BALDWIN , «Olympiodorus...», cit., pág. 230; «Priscus...», cit., pág. 48). La frecuencia de las descripciones físicas de emperadores en la historiografía tardoimperial y bizantina ha sido puesta de relieve por C. HEAD , op. cit ., y B. BALDWIN , «Physical...», cit.
83 La interdepedencia entre relato y discurso en la obra de Tucídides ha sido muy comentada: véase, por ejemplo, J. DE ROMILLY , Histoire ..., cit., págs. 16; 49. Sobre los discursos de Tucídides como elementos organizadores de la consistencia narrativa consúltese C. SCHNEIDER , op. cit ., págs. 41; 46-47.
84 En todo este apartado sigo las exposiciones de L. MENDELSSOHN , op. cit ., págs. XV-XXI; F. PASCHOUD , ed. cit., 1, págs. LXXV-LXXXVIII, y A. M. FORCINA , op. cit ., págs. 26-29.
85 Fue A. KIESSLING , op. cit ., quien por primera vez demostró esta circunstancia.
86 De los cuatro copistas que intervinieron en la copia del Vat. Graec . 156 los dos primeros se sitúan en la segunda mitad del X y los dos segundos en la segunda mitad del XI (cf. A. M. FORCINA , op. cit ., págs. 16-25; para F. PASCHOUD , ed. cit., pág. LXVII, en cambio, la cuarta mano data del siglo XII ).
NUEVA HISTORIA
LIBRO I
SINOPSIS
1 . Crecimiento del Imperio Romano en breve tramo de años. Papel de la Providencia en la historia. — 2 -4 . Tras combatir a los persas, los griegos, quebrantados por guerras internas, fueron sometidos por Filipo y Alejandro. — 5 . Seguidamente el imperio del mundo recae en los romanos, que confían su gobierno al arbitrio de uno solo. — 6 . De Augusto a Domiciano. — 7 . De Nerva a Didio Juliano. — 8 . Vencidos Albino y Nigro, Severo guerrea contra los persas. — 9 . Caracala da muerte a Geta y a Papiniano. — 10 . Su muerte a manos de Macrino, que a su vez es vencido por Heliogábalo. — 11 Infamia y muerte de Heliogábalo. Sube al trono Severo Alejandro. Muerte de Ulpiano. — 12 . Usurpaciones durante el reinado de Alejandro Severo. — 13 . Maximino el Tracio. Su despotismo y avaricia. — 14 . Proclamación de Gordiano I y II. — 15 . Muerte de Maximino. — 16 . Muerte de Gordiano I y II. Proclamación de Gordiano III. — 17 . Usurpación de Sabiniano. — 18 . Guerra de Gordiano con los persas. Intrigas de Filipo. — 19 . Muerte de Gordiano y subida al trono de Filipo. — 20 . Guerras danubianas de Filipo. Usurpaciones de Jotapiano y Marino. — 21 -22 . Proclamación de Decio, que vence a Filipo. — 23 . En lucha con los bárbaros, Decio muere traicionado por Galo. — 24 -26 . Devastaciones de los bárbaros bajo el reinado de Galo. Muerte del hijo de Decio. La población diezmada por la peste. — 27 . Ataques de germanos y persas. — 28 -29 . Emiliano, que vence a los germanos, es proclamado emperador. Muerte de Galo y Emiliano y proclamación de Valeriano. Grecia devastada por los germanos. — 30 . Valeriano nombra corregente a su hijo Galieno, que guerrea contra los bárbaros transrenanos. — 31 -35 . Grecia y Asia Menor devastadas por los germanos. — 36 . Valeriano es capturado por los persas. — 37 -38 . Calamidades bajo el reinado de Galieno: los bárbaros invaden Italia, estalla una mortífera peste, usurpaciones. — 39 . Odenato guerrea contra los persas. A su muerte lo sustituye Zenobia. — 40 . Usurpación de Auréolo. Muerte de Galieno. — 41 . Proclamación de Claudio. — 42 -43 . Los germanos saquean Grecia. — 44 . Zenobia se apodera de Egipto. — 45 -46 . Claudio, tras vencer a los bárbaros y expulsarlos de Grecia, sucumbe a consecuencia de la peste. — 47 . Tras Quintilo ocupa el trono Aureliano. — 48 -49 . Aureliano guerrea con los bárbaros y se enfrenta a usurpadores. — 50 -56 . Aureliano combate y vence a Zenobia. — 57 -58 . El fin de los palmiranos había sido anunciado por oráculos y portentos. — 59 . Destino de Zenobia tras su derrota. — 60 -61 . Aureliano deshace un nuevo intento de rebelión en Oriente. A continuación reduce a Tétrico y adopta distintas disposiciones en Roma. — 62 . Fin de Aureliano. — 63 . Breve reinado de Tácito. — 64 . Floriano y Probo, ambos proclamados por sus tropas, se enfrentan. Victoria de Probo. — 65 . Probo castiga a quienes liquidaron a Aureliano y Tácito. — 66 . Usurpaciones bajo el reinado de Probo. — 67 -68 . Guerras de Probo contra los bárbaros. — 69 -70 . Revuelta de Lidio. — 71 . Diversos incidentes bajo el reinado de Probo. Proclamación de Caro y muerte de Probo.

Cuando Polibio de Megalópolis se decidió a registrar [ 1 ] los acontecimientos dignos de mención ocurridos en su propia época, creyó adecuado mostrar por medio de los hechos mismos cómo los romanos, en seiscientos años de lucha que siguieron a la fundación de la ciudad, no consiguieron adquirir un gran imperio, sino sólo hicieron suya una parte de Italia, parte de la que quedaron desposeídos con la invasión de Aníbal y la derrota de Canas, llegando a ver a sus enemigos al pie de las murallas mismas, para, a continuación, resultar favorecidos por la Fortuna hasta tal punto que en menos de cincuenta y tres años se apoderaron no sólo de Italia sino también de toda Libia 1 , sometieron tras ello a los iberos occidentales 2 , atravesaron después, estimulados por designios más ambiciosos, el Golfo de Jonia, subyugaron a los griegos, desposeyeron a los macedonios de su imperio y, tomando como prisionero al que entonces era su rey, lo condujeron a Roma. Ahora bien, [2] semejante empresa no puede ser achacada a la capacidad humana, sino a la necesidad impuesta por las Moiras, a las revoluciones de los ciclos astrales o a una voluntad divina que secunda nuestros empeños cuando van acompañados de justicia. Instancias estas que, al imponer una especie de encadenamiento causal sobre los sucesos futuros para que forzosamente acaezcan de una determinada manera, informan a cuantos juzgan rectamente los hechos de que el gobierno de las cosas humanas está encomendado a una Providencia divina, de suerte que florecen cuando concurren almas feraces, mientras que si prevalece la desgana se ven arrastradas a la situación que puede verse hoy día. Pero sean los hechos quienes evidencien la verdad de mis afirmaciones.
[ 2 ] Entre la expedición de Troya y la batalla de Maratón no ostentan los griegos hazaña alguna digna de mención, ni en luchas internas ni contra enemigos de fuera. Mas cuando Darío envió contra ellos, por medio de sus capitanes, mucha miríadas de soldados, ocho mil atenienses, poseídos como por un impulso divino, se armaron con lo que tenían a mano y, a la carrera, les salieron al encuentro, obteniendo tal victoria que aniquilaron a noventa mil enemigos y expulsaron a los supervivientes del país 3 . [2] Aquella batalla confirió un mayor lustre a los asuntos griegos. Y a la muerte de Darío, Jerjes aprestó un contingente mucho más numeroso y lanzó contra los griegos el Asia entera, llenando el mar de naves y la tierra de infantes; puesto que habían de pasar de Asia a Europa, como si los elementos no le bastaran para dar cabida a su ejército a no ser que se usurpasen el uno al otro el empleo que a cada uno corresponde, el Helesponto se vio sometido al yugo de un puente para ofrecer camino a quienes marchaban por tierra, y el Atos fue horadado para acoger mar [3] y naves. Grecia, aunque llena de espanto ante la sola noticia, se equipó en la medida de sus disponibilidades y, tras las batallas navales acaecidas en Artemisio primero y en Salamina después, alcanzó una victoria tanto más brillante cuanto que Jerjes se dio a la fuga, contento, aunque perdió la mayor parte de sus contingentes, por salvar la vida, mientras el resto de sus tropas fue totalmente destruida en Platea, lo que proporcionó a los griegos una gran reputación gracias a la cual conquistaron también la libertad de los griegos que vivían en Asia y se apoderaron de casi todas las islas.
Si se hubiese mantenido cada uno en su terreno y satisfecho [ 3 ] con lo que tenía, si atenienses y lacedemonios no se hubiesen enfrentado, llenos de mutua rivalidad, por la hegemonía de Grecia, jamás ningún otro se habría adueñado del territorio helénico. Pero la Guerra del Peloponeso minó las fuerzas de los griegos y sumió sus ciudades en la indigencia, con lo que Filipo halló ocasión de engrandecer, gracias a sabios y astutos procedimientos, un trono que, cuando lo recibió en herencia, no era digno de parangón con ninguno de sus vecinos. Asignó recursos, efectivamente, [2] al cuidado de sus propias fuerzas y de las de cuantos aliados se le añadieron, saliendo así de su humilde situación para alcanzar un lugar de prominencia, tras lo cual se enfrentó a los atenienses en la batalla de Queronea. Después de obtener la victoria mantuvo una actitud pacífica y suave, comenzando ya a pensar en hacer la guerra al rey de los persas; pero cuando había reunido las fuerzas necesarias para esta empresa, murió durante los preparativos.
Tomó el trono Alejandro, el cual, tan pronto puso [ 4 ] orden en los asuntos pendientes con los griegos, marchó, en el tercer año de su reinado y acompañado de huestes suficientes, en dirección a Asia. Habiendo vencido con facilidad a los sátrapas que se le opusieron, avanzó contra el mismo Darío, quien con un inmenso ejército se había establecido en la región vecina al Iso. Entablada batalla con los persas, logró contra todo lo que cabría esperar el trofeo de la victoria; y habiendo puesto a Darío en fuga, él por su parte emprendió el camino que lleva a Fenicia [2] y a la Siria Palestina. Lo que ocurrió en Tiro y en Gaza puede estudiarse en las obras de quienes historiaron las gestas de Alejandro; a continuación el rey marchó a Egipto, donde elevó plegarias a Amón y se ocupó con gran celo de las diversas cuestiones tocantes a la fundación de Alejandría, tras lo cual regresó con intención de llevar a [3] término la guerra contra los persas. Al encontrar que todos le eran ya adictos, atraviesa el territorio hasta llegar a Mesopotamia; y enterado de que Darío se había pertrechado de un ejército mucho mayor, se lanza al punto con las fuerzas de que disponía contra él; enfrentándosele en la batalla de Arbela 4 alcanza tamaña victoria que extermina prácticamente a todos los enemigos y consigue, huído Darío con un escaso séquito, abatir el Imperio de los persas.
[ 5 ] Una vez que Darío murió a manos de Beso y que Alejandro, tras sus hazañas en la India, regresó a Babilonia y perdió allí la vida, el Imperio Macedonio se divide en satrapías 5 ; menguado así por continuas guerras intestinas, la Fortuna acabó por entregar a los romanos el resto de [2] Europa. Pusieron pie en Asia, lucharon contra los reyes del Ponto, contra Antíoco y, finalmente, también contra los soberanos de Egipto: y mientras prevalecieron los usos de la aristocracia, el Imperio siguió creciendo cada año, al rivalizar los cónsules entre sí por alcanzar la palma de la virtud. Pero cuando el régimen político que les era propio quedó arruinado por las guerras civiles de Sila y Mario primero, y más adelante de Julio César y Pompeyo el Grande, dieron la espalda a la aristocracia y eligieron monarca a Octaviano 6 . Al dejar en sus manos el conjunto de las tareas del Estado, no se percataron de que apostaban a un golpe de dados las esperanzas de toda la humanidad, ni de que fiaban el riesgo que comporta tan gran imperio al empuje y la capacidad de un solo hombre. Pues en el [3] caso de que hiciese suyo el propósito de regir el imperio honesta y justamente, no alcanzaría a dispensar a todos por igual la debida asistencia —ya que le sería imposible socorrer con presteza a quienes se hallasen más alejados—, pero tampoco podría encontrar en número suficiente representantes de la autoridad a los que el pudor impidiese traicionar la confianza en ellos depositada, ni, en fin, adecuarse a tantos y tan diferentes géneros de vida. Y si trasgrediese los linderos de la realeza para incidir en hábitos de tiranía, si llevase la confusión a las instituciones y cerrase los ojos a los abusos, trocase la justicia por ganacia y reputase siervos a sus súbditos, como ha acaecido a los más, incluso al común de los soberanos; si este fuese el caso, forzosamente habría que tener por pública calamidad la potestad sin cuenta de quien ocupa el poder. Pues [4] son los que se valen del halago, acreedores de dones y prebendas a los ojos de ese soberano, quienes acceden a los más altos cargos, mientras que los hombres prudentes y rectos, cuyas inclinaciones están lejos de semejantes prácticas, se irritan, como es de prever, al no disfrutar de tales ventajas; en razón de lo cual las ciudades rebosan de sediciones y disturbios, y las autoridades del gobierno y del ejército, confiadas a funcionarios venales, hacen de la vida civil algo penoso y triste para los espíritus cultivados, y extinguen en los soldados el espíritu de combate.
[ 6 ] Que ello es así claramente lo demostró el curso mismo de los acontecimientos y los sucesos que en seguida tuvieron lugar bajo el reinado de Octaviano. Pues fue en aquellos tiempos cuando se implantó la danza de la pantomima —que antes no existía y a la que por primera vez incitaron Pílades y Batilo— así como otros muchos usos cuyos perniciosos [2] efectos se extienden hasta el día de hoy. Octaviano, sin embargo, se afanó por ejercer con moderación el poder, a raíz sobre todo de que se decidiera a poner en práctica los consejos de Atenodoro el Estoico. Pero Tiberio, que le sucedió en el poder, adoptó una postura de extrema crueldad y se mostró como una carga insufrible para sus súbditos, confinándose a sí mismo en un apartado lugar hasta que terminó por morir oculto en cierta isla. Todas su crueldades las sobrepasó Gayo Calígula, que fue asesinado, siendo Quéreas el que con este acto libró al Estado [3] de una amarga tiranía. Tras Claudio, quien puso el poder en manos de esclavos manumitidos y abandonó la vida en circunstancias vergonzosas, arribaron al trono Nerón y sus sucesores, de cuyos hechos decidí no hacer la más mínima mención a efecto de que ni recuerdo quede [4] de sus locuras e insanias. Vespasiano y su hijo Tito usaron de una mayor moderación en el ejercicio de la autoridad, pero Domiciano sobrepasó a todos en crueldad, impudor y arrogancia; durante un total de quince años hubo de soportar sus ultrajes el Estado, hasta que, asesinado por Estéfano, uno de sus libertos, pareció pagar el precio de su vileza.
A continuación accedieron al gobierno hombres valiosos [ 7 ] —Nerva, Trajano, tras este Adriano, Antonino Pío y la biga de los hermanos Lucio y Vero 7 — que se esforzaron en reparar muchos de los daños acecidos y, además de recuperar cuanto habían perdido sus predecesores, añadieron posesiones hasta entonces inexistentes. Pero cuando Cómodo, el hijo de Marco, accedió al poder, no sólo se entregó a usos tiránicos, sino también a vesánicos desmanes; siendo asesinado después por su concubina Marcia 8 , que asumió un designio propio de viril talante, finalmente Pértinax fue elegido soberano. No soportaron los guardias [2] pretorianos la minuciosidad que en lo tocante a la práctica y a los ejercicios militares desplegaba éste, y así, con menoscabo de la función que les era propia, le dieron muerte 9 . Poco faltó para que Roma se viese sumida en la confusión, al arrebatar aquella sección del Imperio, a quien competía custodiar al emperador, la potestad de designar monarca, desposeyendo por la fuerza al Senado de esta prerrogativa. Puesto el poder en venta, Didio Juliano, incitado por su mujer y más bajo el efecto de la demencia que en virtud de una decisión razonada, hace valer sus riquezas y compra el trono; con ello ofreció a los ojos de todos un espectáculo como antes jamás contemplaron. [3] Pues su entrada en el Palacio imperial no tuvo lugar bajo la escolta del Senado o de guardia alguna dispuesta por la ley a tal efecto, sino fueron sólo los soldados que lo habían designado quienes, con empleo de violencia, le entregaron el palacio y todo cuanto en él se guardaba. Sin embargo, tan pronto como fue proclamado, recibió muerte a manos de aquellos que lo elevaron, tras haber pasado igual que las imágenes que se ven en los sueños.
[ 8 ] Como el Senado se demorase en el examen de a quién debía confiarse el poder, resultó proclamado emperador Severo 10 . Mas Albino y Nigro habían concurrido a este mismo cargo, por lo que se entablaron entre ellos no pocas guerras civiles, con división de las ciudades, que se adhirieron a uno u otro bando. En medio de la gran confusión que se extiende por Oriente y Egipto, la facción de Severo se adueña de Bizancio, cuyos habitantes, exponiéndose a un altísimo riesgo, habían hecho suya la causa de Nigro y acogido a éste entre sus murallas. Muere Nigro y, tras él, Albino pierde el poder y al tiempo la vida, gracias a lo cual el Imperio revierte en Severo con exclusión de cualquier otro 11 . Aplicóse entonces a enmendar la pasada incuria y, antes que nada, procedió a castigar con dureza a los soldados que asesinaron a Pértinax y entregaron el poder a Juliano 12 . A continuación, aprestó cuidadosamente su ejército, marchó contra los persas y, de un solo golpe, se apoderó de Ctesifonte 13 y Babilonia; atravesó el territorio de los árabes nómadas, sometió toda Arabia y en muchas otras cosas adoptó excelentes disposiciones, mostrándose inexorable con los infractores e incautando en favor del Estado la hacienda de aquellos a quienes sus faltas llevaban a los tribunales 14 .
[ 9 ] Tras incrementar el lustre de muchas ciudades con espléndidas construcciones, designó emperador a su hijo Antonino 15 y, cuando se disponía a morir, estableció como destinatarios del poder a éste y a Geta, su otro hijo, dejándoles por tutor a Papiniano, varón de cumplida equidad que por conocimientos y aportaciones en materia de leyes sobrepasó a todos los legisladores romanos, tanto anteriores [2] como posteriores a él. Nombrado éste prefecto del pretorio, Antonino lo miraba con recelo por el solo motivo de que, al percatarse Papiniano de la aversión que abrigaba hacia su hermano Geta, le impedía en la medida de sus fuerzas que urdiese alguna conspiración. Quiso entonces apartar tal obstáculo de su camino, a cuyo objeto consiguió mediante intrigas que los soldados degollasen a Papiniano; hallando así vía libre, dio muerte a su hermano, a quien ni su madre, hacia la que corrió a refugiarse, pudo salvar 16 .
Cuando a su vez Antonino, poco tiempo después, expió [ 10 ] el asesinato de su hermano —no llegó a conocerse el nombre de quien descargó el golpe sobre él— las legiones estacionadas en Roma nombran emperador a Macrino, prefecto del pretorio, mientras que las de Oriente proclamaron a cierto adolescente de Emesa, aduciendo los lazos de parentesco que unían a éste con la madre de Antonino 17 . Dado que cada ejército mantuvo su propuesta, tuvo lugar [2] una guerra civil en la que los partidarios de Antonino de Emesa se aprestaron a conducir a Roma a su candidato, mientras que los de Macrino iniciaron la marcha desde Italia. Cuando ambos ejércitos se encontraron en Antioquía [3] de Siria, Macrino sufrió una completa derrota; tras huir abandonando su ejército, es capturado en el estrecho que separa Bizancio de Calcedón, donde muere despedazado 18 .
[ 11 ] Una vez que obtuvo la victoria, aplícase Antonino a perseguir, como elementos hostiles, a cuantos secundaron a Macrino; entregado en general a una vida de infamia y desvergüenza, consagró su tiempo a magos y charlatanes y se comportó de manera impía en lo que al culto de los dioses se refiere. No soportando los romanos tamaña impudicia, lo degüellan, descuartizan su cuerpo y proclaman emperador a Alejandro, que también descendía del linaje [2] de Severo 19 . Éste, joven aún y de buen natural, hizo que todos concibieran alentadoras esperanzas en relación a su reinado; nombró prefectos del pretorio a Flaviano y Cresto, hombres no inexpertos en cuestiones bélicas y capaces de una eficaz gestión en tiempos de paz. Pero como Mamea, la madre del Emperador, colocase junto a ellos a Ulpiano en calidad de árbitro y, en cierto sentido, de asociado al cargo —pues era un excelente legislador capaz de resolver eficazmente los problemas del momento y de prever con acierto los del porvenir—, los soldados, irritados con él, traman secretamente su muerte. Percatándose de [3] ello, Mamea se adelanta al intento y, a la vez, suprime a los conspiradores, con lo que Ulpiano se erige en jefe único de la prefectura del pretorio. Incurrió, sin embargo, en la desconfianza del ejército (el porqué no me es posible exponerlo con exactitud, ya que acerca de sus proyectos corren entre los historiadores relatos divergentes), y así se promueve una sedición a resultas de la cual muere sin que la ayuda del Emperador mismo bastase para salvarlo 20 .
A partir de entonces comenzó a retirarse paulatinamente [ 12 ] de los soldados la buena disposición hacia Alejandro; remisos a cumplir sus órdenes e inclinados, por temor a las consecuencias que su indolencia pudiese reportarles, a la rebelión, se pusieron de acuerdo y elevaron al trono a Antonino. Después de que éste, al no poder sobrellevar la [2] carga del Imperio, desapareciese de la escena dándose a la fuga, y de que cierto Uranio, salido de una familia de esclavos, fuese aclamado y, al punto, revestido con la púrpura y conducido ante Alejandro, seguía creciendo la animadversión hacia el Emperador; el cual, lleno de confusión ante el asedio al que por doquier se veía sometido, sufrió en su físico y en su natural manera de pensar una total transformación, de suerte que se apoderó de él una insana avaricia y diose a amasar riquezas cuya custodia confiaba a su madre 21 .
[ 13 ] Como su situación no era buena, las legiones establecidas en Panonia y Mesia, ya antes poco afectas a su persona, se veían incitadas ahora aún más a la sedición. Deciden, pues, rebelarse y elevan al trono a Maximino, en aquellas fechas comandante de la caballería panonia. Éste, tras concentrar cuantas fuerzas había a sus alrededores, marchó sobre Italia, en la creencia de que, al hallar al Emperador desprevenido, lo podría atacar más fácilmente. [2] Estaba entonces Alejandro en las provincias del Rin, desde donde emprendió el camino a Roma al conocer la rebelión. Tras prometer el perdón para los soldados y para el mismo Maximino si abandonaban su intento, al no lograr convencerlos renunció a toda esperanza y, por algún medio, se dio la muerte. Mamea, que había salido acompañada por los prefectos del pretorio con la intención de poner fin al tumulto, fue también acuchillada, y con ella [3] los prefectos 22 . Una vez que el Imperio quedó definitivamente en manos de Maximino, todos se arrepintieron, comprendiendo que habían trocado por amarga tiranía una monarquía moderada. Pues, de bajo nacimiento, tan pronto como se hizo con el mando empezó a exhibir, amparado en la libertad que le otorgaba el poder, las rudezas propias de su condición; a todos resultaba insoportable, ya que no sólo se comportaba abusivamente con los dignatarios, sino que ejercía el gobierno con la mayor crueldad, mostrando consideración sólo hacia los delatores, especialmente hacia aquéllos que se dedicaban a denunciar como deudores de las arcas imperiales a ciudadanos apacibles. En su ansia de riquezas llegaba al punto de ejecutar sin juicio previo, y se apropiaba de cuanto era patrimonio de las ciudades, además de arrebatar también sus haciendas a los habitantes 23 .
Hallándose las provincias sometidas a los romanos vejadas [ 14 ] por su extrema crueldad y llenas de turbulencia ante su no encubierta codicia, los habitantes de Libia nombraron emperadores a Gordiano y a su hijo del mismo nombre, y enviaron a Roma embajadores entre los cuales se encontraba Valeriano, varón de rango consular que más tarde habría de ejercer el Imperio 24 . El Senado acogió con júbilo la noticia y se aprestó a eliminar al tirano, con vistas a lo cual incitaba a los soldados al levantamiento y recordaba al pueblo las injusticias que, cada uno en particular [2] y todos en común, habían sufrido. Cuando todos estuvieron de acuerdo, escogieron a veinte hombres del Senado con experiencia en cuestiones militares. Elegidos dos de entre ellos, Balbino y Máximo, en calidad de comandantes supremos y ocupadas las avenidas de acceso a Roma, se hallaron prestos para resistir 25 .
Maximino, al recibir nuevas de ello, marchó sobre [ 15 ] Roma con tropas mauritanas y celtas; pero la guarnición de Aquilea lo encerró en el recinto de la ciudad y lo sometió a asedio. Como además las tropas que le secundaban se decidieron, tras mucho dudarlo, por lo que a todos convenía e hicieron causa común con quienes habían cifrado sus empeños en eliminarlo, Maximino, viéndose en gravísima situación, envió a su hijo con atuendo de suplicante a los soldados, en el pensamiento de que la juventud de aquél bastaría para hacerlos pasar de la cólera a la compasión. Pero éstos, con reduplicado encono, dieron a su hijo [2] una muerte despiadada, y a él mismo lo acuchillaron inmediatamente después. Y uno se adelantó, separó la cabeza del cuerpo y la llevó a Roma, haciendo de ella un claro indicio de victoria. Libres, pues, con esto de temor, pusiéronse a esperar que los emperadores llegaran de Libia 26 .
Éstos, sin embargo, perecieron en la travesía a causa [ 16 ] de una violenta tempestad, por lo que el Senado entregó el poder supremo a Gordiano, el hijo aún niño de uno de ellos 27 ; comenzó entonces el pueblo a reponerse del abatimiento en que se había visto sumido, pues el Emperador distraía a los ciudadanos con certámenes teatrales y gimnásticos. [2] Pero cuando todos estaban como despertando de un profundo adormecimiento, se prepara secretamente una conjura que apunta al Monarca y en la que Máximo y Balbino levantan a un grupo de soldados en su contra. Al ser descubierta, se da muerte a los jefes mismos de la maquinación y a la mayoría de los que se les habían adherido 28 .
[ 17 ] A su vez los cartagineses, no mucho tiempo después, como viesen que el Emperador había mudado el favor en que los tenía, elevan al Imperio a Sabiniano. Pero cuando Gordiano puso en pie las fuerzas estacionadas en Libia, llegan a un acuerdo con él y hacen entrega del aspirante al trono; obteniendo así el perdón, escapan a los peligros que les cercaban 29 . A todo esto, Gordiano desposa a la [2] hija de Timesicles 30 , hombre de reputada cultura al que nombró prefecto del pretorio; y pareció que mediante tal nombramiento compensaba las deficiencias que en el cuidado del reino pudiese causar su juventud.
Hallábase ya consolidado el Imperio cuando los persas [ 18 ] comenzaron a mostrar intenciones de atacar las provincias orientales —al heredar Sapor el trono de Artajerjes, quien había devuelto a los persas el poder caído en manos de los partos; en efecto, después de Alejandro, el hijo de Filipo, y de sus sucesores en el trono macedonio, cuando Antíoco gobernaba las satrapías superiores, Arsaces el parto, irritado por los desafueros cometidos contra su hermano Tiridates, inició una guerra contra el sátrapa Antíoco, brindando así a los partos ocasión para, tras expulsar a los macedonios, hacerse con el poder 31 —. Aprestó entonces [2] el Emperador todas sus fuerzas y marchó contra los persas. Pero cuando parecía que en el primer encuentro las tropas romanas habían obtenido la victoria, murió Timesicles, el prefecto del pretorio, con lo que se vió grandemente menguada la confianza del Emperador en la solidez de su caudillaje. En efecto, nombrado prefecto, Filipo poco a poco comenzó a disminuir entre los soldados el predicamento [3] del Emperador. Pues Filipo, que procedía de Arabia, pueblo detestable, y mediante afortunada carrera había avanzado hasta lo alto desde un origen no muy elevado, albergó ansias de realeza tan pronto como accedió al poder 32 . Dedicábase a recabar apoyo entre los soldados proclives a la sublevación cuando vio que habían sido reunidas provisiones suficientes para abastecer a las tropas; y como el Emperador permaneciese aún con el ejército en los alrededores de Carras y Nísibis, ordenó a los barcos que portaban el avituallamiento de las tropas que avanzasen hacia el interior 33 , a la espera de que las legiones, cercadas por el hambre y la carencia de lo más elemental, se alzasen en armas.
Sus previsiones se cumplieron, y los soldados, tomando [ 19 ] como excusa la falta de avituallamiento e imputando a Gordiano la ruina del ejército, en medio del mayor desorden rodean a éste, le dan muerte y, según lo pactado, revisten con la púrpura a Filipo. Filipo concluyó bajo juramento un tratado de amistad con Sapor, y una vez que liquidó así la guerra emprendió el camino a Roma 34 ; al tiempo se atraía a los soldados con abundantes repartos de dinero y enviaba mensajeros a Roma para anunciar que Gordiano [2] había muerto de enfermedad. Cuando llegó a Roma, y tras propiciarse mediante mesuradas palabras a los altos cargos del Senado, creyó conveniente entregar las magistraturas de mayor importancia a sus más allegados; encomendó, pues, a su hermano Prisco el mando de las tropas de Siria y a su cuñado Severiano le confió las fuerzas estacionadas en Mesia y Macedonia.
[ 20 ] Él, por su parte, creyendo que de esta manera se había asegurado el poder, marchó a la cabeza de una expedición contra los carpos, que se encontraban ya saqueando las regiones bañadas por el Danubio. Entablada batalla, los bárbaros, sin poder resistir el choque, se refugiaron en una ciudadela donde fueron sometidos a sitio. Como vieron, sin embargo, que los suyos, tras dispersarse cada uno por su lado, se habían vuelto a reunir, cobraron ánimo y efectuaron [2] una salida contra el ejército romano. Pero incapaces de aguantar el empuje de las tropas mauritanas, adelantaron propuestas de paz; Filipo accedió a ellas sin poner dificultades para, a continuación, retirarse 35 . La situación general era a la sazón sumamente turbulenta, ya que las regiones de Oriente, soliviantadas por las levas de impuestos y la persona de Prisco —quien, encargado del gobierno de las provincias de la zona, era objeto del aborrecimiento general— y decididas por ello a la rebelión, habían nombrado emperador a Jotapiano, y las tropas estacionadas en Mesia y Panonia a Marino.
Filipo, lleno de inquietud ante tales sucesos, pedía al [ 21 ] Senado o apoyo para afrontar la situación o, si su ejecutoria no les agradaba, licencia para dimitir. Al no obtener respuesta alguna, Decio, superior a él por linaje y prestigio y en quien, además, brillaban toda suerte de excelencias, le intentaba explicar cómo en vano se afanaba ante tal situación, pues todo ello se resolvería fácilmente por sí mismo al no poder hallar asidero en parte alguna. Y aunque [2] se realizase cuanto Decio, basándose en su experiencia, había conjeturado y tanto Jotapiano como Marino fuesen eliminados con poco esfuerzo 36 , no menguaban un punto los temores de Filipo, sabedor del odio que los jefes y oficiales de aquellas zonas suscitaban entre los soldados. Comenzó entonces a pedir a Decio que aceptase el mando de las tropas de Mesia y Panonia, y como éste rehusaba por estimar la medida poco acertada tanto para él mismo como para Filipo, recurre a esa persuasión imperativa que llaman tesalia 37 y lo manda a Panonia con objeto de reducir [3] a los partidarios locales de Marino. Y los soldados de allí, viendo que Decio iba a proceder contra los culpables, estimaron que para ellos la mejor salida sería la de nombrar a éste emperador; pues no sólo escaparían así al inminente peligro, sino que además Decio, dada su superioridad en cuestiones políticas y en experiencia militar, cuidaría mejor de los asuntos públicos y se impondría con facilidad a Filipo.
[ 22 ] Tras revestirlo, pues, con la púrpura, lo empujan a hacerse cargo de la situación, por más que él mismo, temiendo por su persona, se negaba. Filipo, una vez le fue anunciada la proclamación de Decio, reunió sus legiones con intención de atacar. Aunque los de Decio veían que sus contrincantes eran más numerosos, se mantenían animados confiando en la inteligencia de Decio y en la previsión [2] que siempre demostraba. Chocaron entre sí los ejércitos, superior el uno por número, el otro por las cualidades de su jefe, y cayeron muchos del lado de Filipo con ellos perece él mismo, siendo igualmente degollado su hijo, al que acababa de honrar con la dignidad de césar. De esta manera alcanzó Decio el poder supremo 38 .
Hallándose todo lleno de confusión a causa de la total [ 23 ] incuria de Filipo, los escitas 39 habían cruzado el Don y devastaban las comarcas en torno a Tracia. Contra ellos se dirigió Decio y, tras vencerlos en todas las batallas arrebatándoles asimismo cuanto botín hicieran, intentaba cortarles la retirada a sus hogares, con la intención de destruirlos por completo de suerte que no pudiesen, congregándose de nuevo, volver a atacar. Apostó, pues, a Galo con destacamentos [2] suficientes en las alturas que dominan el Don, al tiempo que él avanzaba al frente de las demás fuerzas. Y mientras todo sucedía de acuerdo con sus previsiones, Galo, decidido a la rebelión, envía mensajeros a los bárbaros invitándolos a asociarse en el complot contra Decio. Como éstos acogiesen la oferta con el mayor júbilo, Galo mantuvo su posición en las alturas sobre el Don, y los bárbaros se dividieron en tres partes, la primera de las cuales dispusieron en cierto lugar situado ante un pantano. Cuando [3] la mayoría de éstos fue destruida por Decio, apareció la segunda sección, y puesta en fuga también ésta, unos pocos de la tercera sección surgieron cerca del pantano. Como Galo le indicase que se lanzara sobre ellos a través del pantano, Decio, desconociendo el terreno, avanzó sin temor; atrapado con sus tropas en el barro, presa de los proyectiles que por doquier le dirigían los bárbaros, pereció junto a quienes le acompañaban, sin que ninguno pudiese escapar. De esta manera halló su fin Decio, que había sido un excelente emperador 40 .
[ 24 ] Cuando Galo —quien designó corregente a su hijo Volusiano, limitándose a no proclamar que Decio y su ejército habían perecido a causa del complot por él tramado— arribó al poder, cobró vuelo el buen momento en que se [2] hallaban los bárbaros. Pues no sólo les permitía Galo regresar a sus hogares con el botín, sino que también prometió pasarles cada año una determinada cantidad de dinero, y asimismo les permitió que se llevasen impunemente a los prisioneros —y entre ellos especialmente a los nobles—, la mayoría de los cuales habían resultado capturados con motivo de la toma de Filipópolis de Tracia 41 .
Después de adoptar tales disposiciones llegó Galo a [ 25 ] Roma, ufano por la paz conclusa con los bárbaros. Al principio se refería con todo respeto al reinado de Decio, y adoptó al hijo de éste que aún vivía. Pero a medida que [2] fue avanzando el tiempo, bajo el temor de que algunos de los que tienen por hábito introducir novedades rememorasen las virtudes de Decio como emperador y entregasen a su hijo el poder supremo, trama darle muerte, sin reparar ni en la adopción ni en sentimiento de honestidad alguno 42 .
Como Galo ejerciese de manera negligente el poder, los [ 26 ] escitas comenzaron hostigando los territorios que lindaban con ellos para, a continuación, devastar incluso las regiones que llegaban al mar mismo; de suerte que no dejaron por saquear ni uno sólo de los pueblos sometidos a los romanos, y que prácticamente toda ciudad no amurallada—y de las protegidas por muralla la mayoría— fue capturada 43 . [2] Y si la guerra se hacía sentir por todas partes, no menos mortandad causaba, entre la población que quedaba, la peste, causante de un estrago en vidas humanas mayor que el de ninguna época pasada 44 .
[ 27 ] En tal situación, sin que los que estaban en el poder pudiesen socorrer de forma alguna al Estado, y sin que se atendiese a nada de lo que ocurría fuera de Roma, godos, boranos, urugundos y carpos volvieron a devastar las ciudades de Europa que aún permanecían habitadas 45 . Los persas marcharon sobre Asia, arrasaron Mesopotamia [2] y avanzaron por territorio sirio hasta la misma Antioquía para apoderarse también de ésta, metrópolis de todo Oriente; de los habitantes, a unos los degollaron y a otros los llevaron a su país junto con un inmenso botín, y destruyeron cuantos edificios públicos o privados encontraron en la ciudad, sin hallar la menor resistencia. Ciertamente, los persas se habrían apoderado con facilidad de todo Oriente si no hubiese ocurrido que, llenos de alegría por la inmensidad de su captura, decidieron de buen grado ponerlo a resguardo volviendo a sus casas 46 .
Los escitas ocupaban con plena impunidad todo el [ 28 ] territorio de Europa e incluso habían devastado, tras pasar a Asia, los dominios que alcanzan hasta Capadocia, Pesinunte 47 y Éfeso, cuando Emiliano, comandante de las fuerzas de Panonia, después de animar cuanto pudo a sus soldados, que se hallaban sin ánimo para hacer frente al triunfal momento de los bárbaros, y recordarles la reputación de los romanos, marcha contra los bárbaros que se encontraban allí, quienes no se lo esperaban. Una vez que aniquiló [2] a la mayoría e hizo que sus soldados pasasen ya territorio enemigo y destruyesen inopinadamente cuanto encontraban, librando las regiones sometidas a los romanos, contra toda esperanza, del furor de aquéllos, es elegido emperador por los ejércitos de la zona 48 . Reunió entonces las fuerzas que allí había, llenas de ánimo por la victoria sobre los bárbaros, y se puso en camino hacia Italia con la intención de enfrentarse a Galo mientras éste se hallaba [3] desprevenido. Pero Galo a su vez, cuando oyó lo ocurrido en Oriente, comenzó a equiparse con los medios de que disponía, a la par que enviaba a Valeriano para que trajese las fuerzas estacionadas en Galia y Germania. Emiliano se aproximó a Italia con gran rapidez, y cuando los ejércitos estuvieron el uno cerca del otro, como quienes estaban con Galo advirtiesen la gran inferioridad de sus fuerzas y considerasen al mismo tiempo la incuria y dejadez de éste, le dieron muerte a él y a su hijo; y al ponerse al lado de Emiliano parecieron robustecer su autoridad.
[ 29 ] Valeriano avanzaba mientras con las fuerzas transalpinas hacia Italia, acompañado de grandes contingentes y ansioso de enfrentarse a Emiliano; pero los partidarios de este último, viendo que afrontaba los hechos más a la manera de un soldado que a la de un emperador, le hacen desaparecer por inepto para el desempeño de la realeza. Por su parte, Valeriano, una vez que por decisión común [2] llegó al poder supremo, se esforzaba por restaurar la situación 49 . Escitas que habían salido de sus habituales asentamientos y marcomanos devastaban a su paso los territorios vecinos al Imperio Romano, hasta el punto de que Tesalónica se vio amenazada por el mayor peligro; mediante vigorosa resistencia los tesalonicenses lograron, a duras penas y con gran esfuerzo, deshacer el asedio, pero entonces fue Grecia entera la que se vio envuelta en confusión. Incluso los atenienses se afanaban en sus murallas, de las [3] que no se preocupaban desde que fueron destruidas por Sila, mientras que los peloponesios fortificaban el Istmo y toda la Hélade se aprestaba a defender en común la integridad del país 50 .
Valeriano, percatándose del peligro que por todas partes [ 30 ] se cernía sobre el Imperio Romano, designó a su hijo Galieno corregente 51 . Y como la situación era confusa por doquier, se puso él en camino hacia Oriente para frenar a los persas e hizo entrega a su hijo de las regiones de Europa, encomendándole que con aquellos contingentes frenase a los bárbaros que avanzaban desde todos los puntos. [2] Galieno, como viese que entre todos los pueblos eran los germanos los más fieros y los que con mayor dureza castigaban a los habitantes de las regiones galas situadas en torno al Rin, se aprestó a enfrentarse personalmente con los enemigos de esta zona, y en cuanto a aquellos que se proponían saquear las comarcas que bordean Italia, las de Iliria y el territorio griego, ordenó a sus generales que los combatiesen con las fuerzas de cada zona. Él, por su parte, vigilaba, en la medida de sus fuerzas, los pasos del Rin, ya impidiendo que los cruzasen, ya oponiéndose a quienes [3] lo atravesaban. Enfrentado con fuerzas inferiores a una masa ingente, como se viese en apuros decidió paliar parcialmente el peligro mediante el establecimiento de un tratado de paz con uno de los caudillos germanos. Éste, en efecto, se aplicó a impedir los continuos intentos de los otros bárbaros por cruzar el Rin y a enfrentarse a los que lo cruzaban. Tal era la situación en las regiones vecinas al Rin 52 .
Boranos, godos, carpos y urugundos —pueblos éstos [ 31 ] que vivían alrededor del Danubio— continuaban saqueando hasta no dejar intacta parte alguna de Italia o de Iliria, devástándolo todo sin que nadie se les opusiera. Los boranos intentaban incluso pasar a Asia, cosa que lograron con facilidad gracias a los habitantes del Bósforo, pues éstos, más por temor que por convicción, les entregaron barcos y les guiaron en la travesía 53 . En efecto, mientras los bosforanos [2] se vieron gobernados por reyes que heredaban el poder de padres a hijos, perseveraron —movidos por los buenos términos que mantenían con Roma, por la prosperidad de sus mercados y por los obsequios que cada año les enviaban los emperadores— en impedir los intentos de los escitas por pasar a Asia. Pero cuando, extinguida la [3] línea real, se establecieron en el poder hombres indignos y abyectos, permitieron, temerosos por su propia seguridad, que los escitas entrasen en Asia a través del Bósforo, embarcándolos en navíos de su propiedad que luego recuperaban y traían de vuelta a casa 54 .
[ 32 ] Los escitas saqueaban cuanto se encontraban; y mientras los habitantes de la franja marítima del Ponto se retiraban hacia las tierras interiores, mejor fortificadas, los bárbaros comenzaron por atacar Pitiunte 55 , rodeada por una considerable muralla y dotada de un buen puerto. Nombrado Sucesiano comandante de las tropas allí estacionadas, hizo frente a los bárbaros con las fuerzas de que disponía y consiguió rechazarlos; y los escitas, temerosos de que, al enterarse, se añadiesen a los soldados de Pitiunte las guarniciones de otras plazas y los aniquilasen de raíz, se apoderaron de cuantos barcos pudieron y, en medio del mayor peligro, regresaron a casa tras perder a muchos de [2] los suyos en la guerra de Pitiunte. Los habitantes del Ponto Euxino, quienes se habían salvado gracias a la ejecutoria militar de Sucesiano, creyeron que los escitas jamás volverían a hacer un nuevo intento después de ser rechazados según acabo de narrar. Tras llamar a Sucesiano y designarlo prefecto del pretorio, Valeriano se ocupaba con él de organizar la región circundante a Antioquía y de reconstruir la ciudad 56 , cuando los escitas tomaron otra vez los barcos de los habitantes del Bósforo e hicieron un nuevo intento. Habiéndose apoderado de las naves y sin dejar, [3] como antes, que los bosforanos regresasen con ellas a casa, atracaron cerca del Fasis, donde dicen que se encontraba el santuario de la Artemis de Fasis y también el palacio del rey Eetes 57 . Después de intentar, sin conseguirlo, tomar el santuario, marcharon directamente hacia Pitiunte.
Una vez que, con toda facilidad, tomaron la plaza y [ 33 ] la despojaron de su guarnición, continuaron el avance. Teniendo a su disposición gran cantidad de barcos y sirviéndose para la navegación de los prisioneros que sabían remar, puesto que hubo bonanza durante prácticamente todo el verano, pusieron rumbo a Trapezunte 58 , ciudad grande, populosa y que, además de las tropas usuales, había acogido otros contingentes muy considerables. Aunque pusieron [2] cerco, ni en sueños albergaban la esperanza de apoderarse de la ciudad, que estaba guarnecida por una doble muralla. Pero como vieran que los soldados se hallaban entregados al ocio y a la francachela, que ni siquiera subían a la muralla y que en ningún momento abandonaban sus prácticas de molicie ni sus banquetes, apoyaron en el muro, por donde éste era accesible, unos troncos que tenían preparados de antes y durante la noche ascendieron por ellos en pequeños grupos; y tomaron así la ciudad, pues una parte de los soldados, llenos de espanto por lo súbito e inesperado de su llegada, huyeron de la plaza por otra puerta, siendo los demás liquidados a manos del enemigo. [3] Capturada de esta forma la ciudad, quedaron los bárbaros dueños de una indecible cantidad de bienes y prisioneros, pues ocurría que prácticamente todos los que habitaban en las inmediaciones se habían refugiado en ella considerándola un sólido reducto. Tras destruir los templos, los edificios y todo aquello en cuya construcción se había procurado hermosura o grandeza, tras hacer, además, incursiones por el resto de la comarca, volvieron a casa con gran número de naves 59 .
[ 34 ] Cuando los escitas de las regiones vecinas contemplaron las riquezas que habían traído, concibieron deseos de ejecutar algo semejante y aprestaron para ello barcos que construyeron con ayuda de prisioneros o también de gentes unidas a ellos por lazos comerciales. Decidieron no efectuar la misma travesía que los boranos, pensando que era larga, difícil y transcurría por lugares ya saqueados. [2] Aguardaron el invierno y entonces, teniendo a su izquierda el Ponto Euxino y acompañados por la infantería que, en la medida de lo posible, los seguía a lo largo de la costa, dejaron a la derecha Istro, Torneo y Anquíalo para llegar al lago de Fileatina 60 , que se encuentra junto al Ponto, al oeste de Bizancio. Y al enterarse de que los pescadores de allí se habían ocultado con las barcas de que disponían en los pantanos situados junto al lago, llegaron a un acuerdo para embarcar la infantería, tras lo cual continuaron su marcha con la intención de atravesar el estrecho que separa Bizancio de Calcedón. Había, en la misma Calcedón [3] y en toda la parte que se extiende hasta el Promontorio, situado en la boca del Ponto 61 , una guarnición muy superior a los asaltantes, pero una parte de los soldados se retiró con el propósito, decían, de salir al encuentro del general enviado por el Emperador, y los otros fueron presa de tal pánico que nada más recibir la noticia huyeron en desorden. Ante lo cual, los bárbaros, tan pronto como lograron atravesar, se apoderaron de Calcedón sin oposición ninguna, quedando así dueños de riquezas, armas y una inmensa cuantía de otros bienes.
Marcharon contra Nicomedia 62 , ciudad próspera y de [ 35 ] grandísima entidad, celebérrima por su riqueza y por su abundancia en toda clase de productos. Aunque, al tener noticia anticipada, sus habitantes se adelantaron a huir llevando consigo todo cuanto pudieron, los bárbaros se llenaron de asombro ante la magnitud de lo que allí encontraron, y a Crisógono, el que los había movido, instándolos desde tiempo atrás, para que fueran a Nicomedia, lo rodearon de toda suerte de halagos. Después de caer sobre [2] Nicea, Cíos, Apamea y Prusa, donde contaron con similar fortuna, se dirigieron contra Cícico. Como el río Rindaco fluía con gran caudal por las lluvias caídas, al no poder atravesarlo retrocedieron 63 . Prendieron fuego a Nicomedia y a Nicea, cargaron su botín en carretas y barcos y se ocuparon del viaje de vuelta a casa, poniendo así término a su segunda expedición 64 .
[ 36 ] Tras conocer lo ocurrido en Bitinia, Valeriano recelaba de encomendar a ninguno de sus generales la defensa contra los bárbaros; y habiendo enviado a Félix para que custodiase Bizancio, él por su parte hizo el camino de Antioquía a Capadocia para volver después sobre lo andado sin conseguir sino dejar exhaustas las ciudades a su paso 65 . Y en el momento en que una peste se había abatido sobre las legiones y la mayor parte de ellas perecía 66 , Sapor avanzó sobre Oriente amenazando con someterlo entero. [2] Valeriano, por debilidad y falta de entereza en sus hábitos, renunció a poner remedio a la situación, que había llegado ya a un punto extremo, y decidió acabar con la guerra mediante la entrega de dinero; pero los embajadores enviados a tal efecto fueron despachados con nulos resultados por Sapor, pues era al Emperador en persona a quien éste reclamaba para que acudiese a tratar lo que estimase necesario. Cuando Valeriano, sin pararse a reflexionar, accedió a lo que se le pedía y con la mayor despreocupación marchó al encuentro de Sapor acompañado de una pequeña escolta y en la creencia de que a lo que iba era a discutir un tratado, inesperadamente fue apresado por los enemigos. Reducido a prisionero de guerra, murió entre los persas, manchando para la posteridad el nombre de los romanos con la mayor vergüenza 67 .
Mientras en tal punto se encontraba la situación en [ 37 ] Oriente y todo era anarquía y abandono, los escitas se aunaron en un propósito común y congregaron todos sus pueblos y linajes en un solo cuerpo, una fracción del cual devastaba Iliria y saqueaba las ciudades de aquella zona, mientras que la otra, tras invadir Italia, marchaba sobre Roma. En tanto que Galieno se hacía fuerte en los lugares de [2] más allá de los Alpes y se ocupaba de guerrear contra los germanos, el Senado, viendo que Roma se hallaba en situación extrema, armó a los soldados que se encontraban en la ciudad, entregó igualmente armas a los más fuertes de entre la plebe y reunió un ejército que superaba en numero a los bárbaros; atemorizadas ante ello, las fuerzas enemigas abandonaron Roma pero se lanzaron sobre Italia, a la que castigaron prácticamente en su totalidad. También en Iliria la situación era extrema a causa del [3] avance de los escitas, y todo el Imperio se hallaba conmocionado hasta el punto de ver en peligro su supervivencia, cuando una peste de magnitud no igualada nunca antes cayó sobre las ciudades e hizo que las desgracias debidas a los bárbaros pareciesen más llevaderas, dando a quienes habían sido atacados por la enfermedad motivo para considerarse felices a sí mismos y a las ciudades ya capturadas, que quedaron totalmente desiertas 68 .
[ 38 ] Galieno, abrumado por todo lo que estaba pasando, emprendió el camino a Roma para poner fin a la guerra que los escitas habían llevado a Italia 69 . Y en eso se levantaron en su contra Mémoro el Mauritano, Auréolo, Antonino y muchos más, de los cuales casi todos recibieron castigo, perseverando sin embargo Auréolo en su enfrentamiento [2] con el Emperador 70 . Por su parte Póstumo, a quien estaba confiado el mando de los contingentes establecidos en territorio galo y que también había decidido rebelarse, tomó consigo las tropas que le secundaban en el alzamiento y marchó hacia Agripina 71 , ciudad de gran importancia situada junto al Rin; allí puso cerco a Salonino, el hijo de Galieno, diciendo que no levantaría el sitio a menos que le entregaran a éste. Cuando los soldados, forzados por el asedio, se lo entregaron junto con Silvano, a quien Galieno había encomendado la custodia de su hijo, Póstumo liquidó a ambos y quedó a su vez dueño de Galia 72 .
Después que los escitas hubiesen reducido Grecia al peor [ 39 ] de los estados y sitiado incluso Atenas, cuando ya se habían lanzado sobre Tracia, buscaba Galieno enfrentarse a ellos; y como Oriente se hallase en situación desesperada, encomienda los asuntos de aquella zona a Odenato, ciudadano de Palmira 73 cuyo linaje había sido honrado con aquellos favores que brinda la deferencia imperial. Éste añadió a las tropas que habían quedado allí el mayor número posible de sus fuerzas propias para, a continuación, marchar enérgicamente contra Sapor, recuperar las ciudades ya tomadas por los persas y derruir, tras tomarla al primer intento, Nísibis, que al haber sido capturada por Sapor favorecía [2] la causa persa. Persiguiéndolos hasta Ctesifonte en dos ocasiones, encerró en sus dominios a los persas, que hubieron de darse por satisfechos con lograr la salvación de sus hijos, sus mujeres y sus propias personas mientras él reorganizaba, en la medida de lo posible, las tierras ya devastadas. Y cuando hallándose en Emesa, en la celebración de una fiesta de natalicio, fue muerto por una conjura, se hizo cargo de los asuntos de allí Zenobia, su esposa, mujer de temple viril que, gracias a la asistencia de los que apoyaban a su esposo, se aplicó al gobierno con igual solicitud 74 .
Así se encontraban las cosas en Oriente cuando se le [ 40 ] anunció a Galieno, cuyos afanes estaban volcados en la guerra contra los escitas, la rebelión de Auréolo, el comandante de toda la caballería que, colocado en Milán para vigilar el paso de Póstumo a Italia, se había rebelado y aspiraba al poder supremo. Turbado por ello, tomó de inmediato rumbo a Italia, entregando la jefatura de la guerra contra los escitas a Marciano, hombre sumamente ejercitado en las lides bélicas 75 . Y mientras éste dirigía atinadamente [2] la guerra, Galieno sucumbe en el camino a Italia bajo el siguiente complot: el prefecto del pretorio Heracliano, tras hacer partícipe de sus miras a Claudio —tenido por el hombre que ocupaba el más alto lugar en el gobierno después del Emperador—, trama la muerte de Galieno. A tal efecto, halla un hombre idóneo en el comandante de la caballería dálmata, en cuyas manos pone el asunto. [3] Éste se presentó ante Galieno cuando se disponía a comer y afirmó que, según le había anunciado uno de los espías, Auréolo se acercaba acompañado de todas sus fuerzas, consiguiendo por medio de tales noticias llenarlo de sobresalto. Galieno comenzó entonces a pedir armas y a dar a sus soldados, después de saltar sobre el caballo, órdenes de que le siguieran con las armas dispuestas, y acabó por partir sin aguardar siquiera a su escolta. En ese momento, el comandante, al verlo desprovisto de protección, lo degüella.
[ 41 ] Y mientras los soldados, siguiendo la consigna de sus jefes, permanecían en calma, Claudio se hace con el poder absoluto, que ya antes el parecer de todos le había otorgado 76 . Por su parte, Auréolo, que durante largo tiempo había desafiado la autoridad de Galieno, despachó inmediatamente emisarios a Claudio para acabar entregándose, tras lo cual fue suprimido por los soldados que rodeaban al Emperador, llenos de cólera por su defección 77 .
Hacia estas mismas fechas, los escitas que habían quedado, [ 42 ] llenos de exaltación por el resultado de las incursiones precedentes, se concertaron con hérulos, peucas 78 y godos y, reunidos junto al río Tira 79 , que desemboca en el Ponto, construyeron seis mil navíos sobre los que embarcaron en número de trescientos veinte mil 80 ; cruzaron el Ponto y cayeron sobre Torneo, ciudad fortificada de la que fueron rechazados para, continuando el avance, llegar hasta Marcianópolis 81 , que pertenece a Mesia; y al ser rechazados también de ésta, siguieron adelante viento en [2] popa. Pero cuando alcanzaron la zona de estrechos de la Propóntide, resultó que no pudo tal multitud de embarcaciones sobrellevar la rapidez de la corriente; las naves chocaban unas con otras y las barcas eran arrastradas sin orden ni concierto, mientras los pilotos abandonaban el timón, de suerte que unas se hundieron con los hombres que transportaban y otras naufragaron sin sus ocupantes, siendo ingente la pérdida de hombres y barcos.
[ 43 ] A consecuencia de ello se alejaron los bárbaros del estrecho de la Propóntide y pusieron rumbo a Cícico. De allí se retiraron con las manos vacías 82 para costear el Helesponto hasta llegar junto al monte Atos, desde donde, tras reparar sus barcos, pusieron rumbo a Casandrea 83 y Tesalónica. Habían utilizado contra los muros máquinas de guerra y estaban a punto de tomarlas cuando supieron que el Emperador se acercaba, ante lo cual penetraron en el interior para devastar toda la comarca en torno a Dobero y Pelagonia 84 . Después de perder allí tres mil hombres [2] que chocaron con la caballería dálmata, con los que les quedaban se dispusieron a hacer frente a las fuerzas del Emperador. Tuvo lugar una batalla en la que, tras caer 〈muchos〉 de una y otra parte, los romanos se dieron la vuelta y a continuación, inesperadamente y por caminos que los otros no conocían, cayeron sobre ellos y liquidaron a cincuenta mil bárbaros. Una parte de los escitas emprendió travesía a lo largo de las costas de Tesalia y Grecia y se entregó a devastar estas zonas; como no podían acometer a las ciudades, que se les habían adelantado construyendo murallas y disponiendo lo necesario para la defensa, capturaban a los hombres que hallaban en los campos 85 .
[ 44 ] Así pues los escitas, según he narrado, estaban dispersos y habían perdido gran parte de sus hombres; y en esto Zenobia, ansiosa de empresas mayores y a la vista de que un egipcio, Timágenes, estaba a punto de conseguir para los palmiranos el dominio de Egipto, envía allí a Zabdas 86 . A un ejército de treinta mil hombres, formado por palmiranos, sirios y bárbaros, le hizo frente otro de cincuenta mil egipcios, y en la batalla resultante obtuvieron una amplia victoria los palmiranos, quienes se retiraron después [2] de dejar una guarnición de cinco mil hombres. Pero cuando Probo, que había recibido del Emperador la orden de limpiar el mar de piratas 87 , supo la toma de Egipto por los palmiranos, unió a sus contingentes cuantas fuerzas egipcias no favorables a los palmiranos pudo hallar, y atacando con ellos logró desalojar la guarnición. De nuevo atacaron los palmiranos y de nuevo reunió Probo un ejército de egipcios y libios; los egipcios, que eran superiores, empujan a los palmiranos fuera de las fronteras de Egipto, y Probo se adueña de la montaña que está situada junto a Babilonia 88 para desde allí cerrar a los enemigos la entrada a Siria; pero Timágenes, siendo como era conocedor de aquellos parajes, consiguió ocupar con dos mil palmiranos la cima de la montaña, cayó inesperadamente sobre los egipcios y los exterminó. Probo, que también resultó capturado con ellos, se suicidió 89 .
Egipto, pues, estaba en manos de los palmiranos, cuando [ 45 ] los bárbaros que habían sobrevivido a la batalla de Naíso 90 entre Claudio y los escitas gracias a que se ampararon en las carretas, emprendieron camino en dirección a Macedonia; a medida que marchaban, extenuados por el hambre —ya que carecían de víveres—, iban pereciendo tanto ellos como sus bestias. Y mientras avanzaban les salió al encuentro la caballería romana, que exteminó a un gran número de bárbaros y obligó a los demás a volverse hacia la Sierra de Hemo 91 . Rodeados por las legiones romanas [2] perdieron no pocos hombres. Pero cuando el Emperador, en vista de que caballería e infantería no se entendían entre sí, decidió enfrentar la infantería a los bárbaros, se produjo una recia batalla en la que los romanos acabaron huyendo. Mas, aunque no pocos murieron, al parecer la caballería les suavizó los efectos del descalabro.
[ 46 ] Continuaban los escitas avanzando y los romanos siguiéndoles cuando regresaron, sin haber hecho nada digno de mención, los bárbaros que habían llevado sus barcos en torno a las costa de Creta y Rodas. Sobre todos ellos cayó una peste bajo la que sucumbían, tanto en Tracia [2] como en Macedonia. Y cuantos sobrevivieron, o engrosaron el número de las huestes romanas o recibieron tierras en las que se dedicaron a la agricultura 92 . Cuando a su vez los romanos fueron alcanzados por la peste, gran parte del ejército pereció y también halló su fin Claudio, que destacó en todas las virtudes y legó a sus súbditos una profunda añoranza de su persona 93 .
Tras Quintilo, hermano de Claudio que, proclamado [ 47 ] emperador, vivió unos pocos meses sin llegar a realizar nada digno de memoria, asciende al trono imperial Aureliano —Quintilo, según algunos autores, recibió de sus allegados, tan pronto como se supo que el Imperio había sido ofrecido a Aureliano, consejo de apartarse y ceder voluntariamente el poder a quien era muy superior, lo que, cuentan, llevó a efecto mediante la incisión que uno de los médicos le practicó en una vena, dejando fluir la sangre hasta que quedó exhausto— 94 .
Una vez que hubo robustecido su autoridad, partió [ 48 ] Aureliano de Roma para dirigirse a Aquilea, desde donde marchó a las provincias de Panonia al saber que éstas sufrían la acometida de los escitas. Envió informadores que diesen la consigna de guardar en las ciudades alimentos, animales y todo cuanto pudiese ser de utilidad a los enemigos, pensando que de esta manera aumentaría el hambre que se cernía sobre ellos. Cuando los bárbaros cruzaron, [2] tuvo lugar en Panonia una igualada batalla, cuya victoria quedó indecisa para ambos por la llegada de la noche. Y por la noche los bárbaros atravesaron el río para, tan pronto se hizo de día, enviar emisarios de paz.
[ 49 ] Al enterarse el Emperador de que los alamanos 95 y los pueblos vecinos albergaban propósito de lanzarse sobre Italia, lleno de preocupación ante todo, y como es lógico, por Roma y su comarca, dejó en Panonia guarnición suficiente y se volvió a Italia; entablada batalla en las regiones extremas que circundan el Danubio, exterminó a muchas [2] decenas de miles de bárbaros 96 . A todo esto, en Roma y su entorno la situación era confusa, pues ciertos miembros del Senado acusados de haberse asociado para conspirar contra el Emperador fueron condenados a muerte 97 . Por aquellos tiempos se amuralló Roma, desprovista hasta entonces de murallas; comenzada bajo Aureliano, la muralla se terminó en tiempos de Probo. Hacia estas mismas fechas Septimio, Urbano y Domiciano, que habían concebido proyectos de rebelión, fueron al punto presos y castigados 98 .
De esta manera resueltos los asuntos de Italia y Panonia, [ 50 ] el Emperador comenzó a pensar en conducir una expedición contra los palmiranos, quienes, dueños ya de las provincias egipcias y todo Oriente hasta Ancira de Galacia 99 , había pretendido apoderarse también de la parte de Bitinia que llega hasta Calcedón, aunque los habitantes de esa zona, ante la noticia de que Aureliano era emperador, rechazaron someterse a los palmiranos. Cuando, de acuerdo [2] con tal propósito, avanzó el Emperador con su ejército, Ancira decide tomar partido a favor del Imperio Romano, y tras ella Tiana 100 , y a continuación todas las ciudades hasta Antioquía; en ésta halló a Zenobia pertrechada con un abundante ejército, ante lo cual —y como era de esperar, ya que también él se encontraba dispuesto— se adelanta [3] para combatir. Como viese que los jinetes del ejército de Palmira confiaban plenamente en su pesado y sólido armamento y que al mismo tiempo eran muy superiores a los suyos en cuestión de maniobras hípicas, separó a la infantería, apostándola en un paraje al otro lado del Orontes, y dio a la caballería romana consigna de no trabarse directamente con la caballería de los palmiranos mientras ésta se encontrase fresca, sino, tras aguardar el ataque, hacer amago de huir, repitiendo la operación hasta que viesen a jinetes y caballos incapacitados, bajo el calor y [4] el peso de las armas, para perseguirlos. Y he aquí que, como la caballería imperial se atuvo a la consigna, ocurrió lo previsto y cuando vieron que los enemigos ya se habían apeado y que cuantos se tenían en sus monturas permanecían inmóviles sobre los fatigados caballos, detuvieron sus propios corceles y marcharon contra ellos, que cayendo por sí solos de los caballos eran masacrados. Hubo así una confusa mortandad, aniquilados los unos a espada, los otros por los caballos propios o enemigos 101 .
[ 51 ] Habiendo entrado en Antioquía todos los que pudieron huir, Zabdas, el general de Zenobia, temía que los antioquenos les atacasen al conocer el revés sufrido en la batalla; al topar entonces con un hombre canoso cuyo aspecto parecía mostrar cierta vaga semejanza con el del Emperador, lo revistió del atuendo que debía llevar Aureliano cuando entró en combate, y de esta guisa lo lleva por la ciudad como si hubiese hecho prisionero al Emperador. Mediante [2] esa treta logró engañar a los antioquenos, tras lo cual salió de la ciudad, de noche y con lo que restaba de ejército, llevando consigo a Zenobia, en cuya compañía se retiró a Emesa. El Emperador, que había proyectado retomar su infantería por la mañana y atacar por uno y otro lado al enemigo ya en fuga, cuando supo la huída de Zenobia entró en Antioquía, siendo recibido jubilosamente por sus habitantes. Al encontrar que eran muchos los que habían [3] abandonado la ciudad ante el temor de recibir algún castigo por haber apoyado a Zenobia, envió por doquier proclamas en las que llamaba a los huidos y achacaba lo sucedido más a constricción y necesidad que a inclinación.
Tan pronto como tuvieron noticia de las proclamas acudieron [ 52 ] los huidos, acogiéndose a la buena disposición del Emperador, el cual partió para Emesa cuando hubo ordenado los asuntos de la ciudad. Al encontrarse con que un destacamento de palmiranos había tomado una colina que dominaba el suburbio de Dafne en la creencia de que, favorecidos por la posición, iban a impedir el paso de los adversarios, ordenó a sus soldados que juntasen sus escudos y, en apretada falange, marchasen en línea recta hacia arriba, rechazando con lo prieto de la formación los proyectiles y los peñascos, en caso de que también dejasen caer éstos. Consiguió que se atuviesen llenos de ánimo a [2] la orden. Una vez que efectuaron la escarpada ascensión según lo mandado, enfrentados a los enemigos en igualdad de condiciones al punto los pusieron en fuga. Unos murieron descalabrados al ser precipitados peñas abajo, a otros los perseguían hasta degollarlos tanto los que tomaron parte en la ascensión de la colina como quienes no habían aseendido. Y cuando, después de la victoria, pasaban sin temor [3] *** 102 , pues allí condujo sus pasos el Emperador. Lo acogen entonces Apamea, Larisa y Aretusa 103 . Al ver al ejército de los palmiranos —cuyo número, entre palmiranos mismos y cuantos habían decidido tomar parte a su lado en la campaña, era de unos setenta mil— congregado en las llanuras frente a Emesa, decidió hacerles frente con la caballería dálmata, con mesios y con panonios, así como con noricenses y retos, fuerzas éstas pertenecientes a los contingentes [4] celtas 104 . Estaban, además, los pretorianos, elegidos entre todos por su excelencia y que superaban a todos. También alineó con ellos a la caballería mauritana y, de Asia, a los contingentes de Tiana y a algunas unidades de Mesopotamia, Siria, Fenicia y Palestina escogidas de entre las más valientes. Los palestinos llevaban, junto a otras armas, garrotes y mazas 105 .
[ 53 ] Cuando chocaron entre sí los ejércitos, la caballería romana decidió ceder parcialmente ante el temor de que el ejército de Roma viniese a quedar, sin advertirlo, rodeado por la caballería de los palmiranos, que era superior en número y había iniciado maniobras envolventes. Pero cuando, después de que hubiesen retrocedido, los jinetes palmiranos se lanzaron a perseguirlos desbordando con ello su propia línea, el resultado para las tropas montadas de los romanos fue opuesto al que habían querido. Pues, sobrepasadas ampliamente por el enemigo, sufrieron auténtica persecución. Y como caían en gran número, he aquí [2] que la acción toda vino a quedar en manos de la infantería. En efecto, los palmiranos habían roto el orden de batalla al estar su caballería ocupada en la persecución, y ello fue observado por los romanos, que cerraron filas para acometer a los palmiranos mientras estaban desorganizados y esparcidos. Se produjo entonces cuantiosa masacre, pues en tanto que unos atacaban con las armas usuales, los palestinos descargaban sus garrotes y mazas sobre corazas de hierro y bronce, lo que en cierta medida fue causa esencial de la victoria, pues lo insólito de este ataque a maza atemorizó al enemigo. Entregados ya los palmiranos [3] a una desordenada fuga, al huir se atropellaban entre sí y eran liquidados por el enemigo, con lo que el llano comenzó a cubrirse de cadáveres de hombres y animales, consiguiendo cuantos lograron escapar alcanzar la ciudad.
Como es natural, un gran desánimo se apoderó de [ 54 ] Zenobia ante la derrota; y en una reunión que tuvo lugar para deliberar sobre los pasos que debían seguir, todos estuvieron de acuerdo en que se había de renunciar a cualquier plan concerniente a Emesa —dado que, incluso, los emesanos se mostraban desafectos a Zenobia y simpatizaban con la causa de Roma— e instalarse en Palmira para, desde la confianza proporcionada por la solidez de esta ciudad, examinar con más detenimiento la situación en que se hallaban. Entre la propuesta y su realización no medió intervalo alguno, sino que se apresuraron a poner en práctica el parecer común. Cuando supo Aureliano la fuga de [2] Zenobia, entró en Emesa, cuyos ciudadanos lo recibieron con alegría y donde encontró riquezas que Zenobia no había podido llevar consigo, tras lo cual tomó enseguida el camino de Palmira en compañía de su ejército. Una vez que estuvo ante la ciudad, apostó sus fuerzas alrededor de la muralla e inició el asedio, al que contribuían las provincias vecinas proporcionando los víveres para la tropa 106 . Como los palmiranos lanzasen pullas en la creencia de que la toma era imposible e incluso uno llegó a proferir palabras injuriosas contra el mismo Emperador, un hombre de nacionalidad persa que se encontraba junto a éste dijo: «si te place, podrás contemplar el cadáver de ese insolente». [3] El Emperador lo invitó a ello y el persa, tras colocar ante sí a unos pocos para que lo ocultasen, tensa el arco, ajusta la flecha y la dispara; ésta, efectivamente, viene a clavarse en el hombre —que, todavía enzarzado en lanzar insultos, había asomado el cuerpo fuera de las almenas—, lo derriba muro abajo y muestra al Emperador y al ejército su cadáver.
[ 55 ] Aunque resistían el asedio en la esperanza de que la falta de víveres disuadiría a los enemigos, al ver que éstos insistían —y presionados ellos a su vez por la escasez de alimentos—, planean hacer una salida hacia el Éufrates para obtener allí ayuda de los persas y traer nuevas complicaciones [2] a los romanos 107 . Una vez resueltos a ello montan a Zenobia sobre un camello *** 108 —son éstos los más rápidos camellos, superando en velocidad a los caballos—y la sacan furtivamente de la ciudad. Lleno de irritación por la huida de Zenobia, Aureliano, con la energía connatural a su talante, no desiste, enviando al punto jinetes para perseguirla. Los cuales, tras apresarla cuando ya se [3] disponía a cruzar el Éufrates y hacerla descender del barco, la conducen ante Aureliano. Éste sintió una gran alegría por lo inesperado de la visión, pero al considerar, en su ingénito afán de gloria, que no iba a adquirir lustre entre las gentes futuras por haberse apoderado de una mujer, se llenó de enojo.
En dos se dividían las opiniones de los palmiranos [ 56 ] encerrados en la ciudad, queriendo unos arriesgarse por su ciudad y luchar con todas sus fuerzas contra los romanos, mientras otros ofrecían desde la muralla ramos de suplicante y pedían que se les perdonase lo que habían hecho. Mas cuando el Emperador acogió sus súplicas y les exhortó a cobrar ánimo, se precipitaron fuera de la ciudad portando regalos y víctimas sacrificales. Aureliano mostró [2] aprecio hacia las víctimas, aceptó los regalos y dejó que marcharan sin castigo. Dueño de la ciudad y tras apoderarse de sus riquezas y demás bienes y ofrendas, regresó a Emesa, donde llevó a juicio a Zenobia y a los que se habían levantado con ella. Al dedicarse ésta a imputar responsabilidades en descargo de su propia persona, fue causa de que comparecieran muchos otros, a quienes presentó como inductores de ella misma, mujer al fin; entre ellos estaba Longino, cuyas composiciones son de gran utilidad a quienes se afanan por instruirse. Precisamente a éste, [3] y puesto que le fueron probados los cargos de que se le acusaba, le condenó a muerte inmediatamente el Emperador, pena que Longino sobrellevó con tal valor que incluso quienes se lamentaban por su infortunio se sintieron confortados; y tambien otros debieron sufrir castigo al ser denunciados por Zenobia 109 .
[ 57 ] Justo es, aunque componga mi historia, según se ve, con premura, que, atendiendo al propósito expuesto en el proemio, detalle lo sucedido antes de la ruina de los palmiranos. Pues si Polibio narró cómo los romanos ganaron en poco tiempo su imperio, lo que yo me dispongo a contar es cómo en poco tiempo, y por su propia insensatez, lo perdieron. Pero ello, cuando llegue al lugar oportuno [2] de mi historia. Volviendo a los palmiranos, quienes, según relaté, se habían apoderado ya de una no pequeña fracción de territorio romano, muchos indicios divinos les predijeron la ruina que iba siguiendo sus pasos. Y diré cuáles. En Seleucia de Cilicia 110 hay un templo bajo la advocación [3] de Apolo Sarpedonio, y en él un oráculo. Lo que dicen acerca de este dios —cómo a todos aquellos que se hallaban afligidos por la plaga de la langosta les enviaba, haciéndolos llegar con quienes habían ido a suplicarle, seleucíadas (son éstos unos pájaros que viven en el entorno del santuario) que se lanzaban a volar por donde estaban las langostas y las atrapaban con sus bocas, y así, al exterminarlas con toda rapidez, dispersaban en un instante incontable número de ellas y de esta manera alejaban tal calamidad de los hombres 111 — lo dejo a la dicha de los que entonces vivieron, ya que nuestra edad ha apartado de sí todo divino beneficio. Ahora bien, a los palmiranos, cuando consultaban si conservarían la hegemonía en Oriente, el dios les vaticinó de esta manera:
Salid de mi estancia, hombres falsos y malignos ,
que atentais contra la estirpe gloriosa de los dioses .
Y a unos que preguntaron por la expedición de Aureliano contra los palmiranos el dios repuso:
Halcón que a las palomas, él sólo contra muchas ,
helado llanto lleva. Se estremecen ellas ante su verdugo .
Otro caso similar acaeció a los palmiranos. Hay un [ 58 ] lugar, Áfaca, situado a medio camino entre Heliópolis y Biblo 112 en el cual se levanta un templo dedicado a Afrodita de Áfaca. Cerca de él se encuentra un lago parecido a un estanque artifical. Pues bien, por los parajes donde está el templo se deja ver en el aire un fuego semejante a una antorcha o a una bola, cuya aparición, con motivos de reuniones que en determinadas fechas tienen lugar, ha acaecido incluso en nuestros días. En el lago, y para honrar [2] a la diosa, los congregados solían arrojar presentes fabricados en oro o plata, e igualmente tejidos de lino, de biso 113 y de otros materiales que se cuentan entre los más preciados. Si resultaban aceptados, los tejidos se hundían de la misma manera que los objetos de peso, pero si eran motivo de rechazo y no aceptación podía vérseles —los tejidos y también aquello de plata o de oro o de otra materia que por efecto de su natural consistencia no queda en la [3] superficie sino que se hunde— flotando en el agua. Así pues, el año anterior a su ruina los palmiranos se reunieron con motivo de la fiesta, y para honrar a la diosa lanzaron presentes —de oro, de plata, tejidos— al lago; todos se hundieron hasta el fondo, pero al año siguiente con ocasión de la fiesta se les vio a todos flotar, mediante lo cual [4] la diosa indicó qué iba a ocurrir. He aquí una prueba de la buena disposición que hacia los romanos albergaba la divinidad mientras el culto sagrado fue objeto de observación. Y cuando alcance los tiempos en que el Imperio Romano, caído poco a poco en manos de los bárbaros, llegó a llevar una tenue existencia que también acabó por quedar extinguida, entonces aportaré las razones del infortunio y, en la medida de lo posible, expondré aquellos vaticinios que anunciaron lo que pasó 114 .
[ 59 ] Pero es hora de volver al punto del que partí para que no pueda parecer que descuido la ordenación de mi historia. Seguidamente Aureliano marchó a Europa y llevaba consigo a Zenobia, al hijo de ésta y a cuantos habían tomado parte en el alzamiento. En lo tocante a Zenobia, dicen que murió de enfermedad o porque dejó de atender a su sustento, y que los demás fueron, con excepción del hijo de Zenobia, lanzados al mar a mitad del estrecho entre Calcedón y Bizancio 115 .
Estaba Aureliano en camino a Europa 116 cuando le llegó, [ 60 ] noticia de que algunos de los que fueron dejados en Palmira se dedicaban, agrupados en torno a Apseo (el cual era también responsable de sus intentos previos), a tantear a Marcelino (éste había sido nombrado gobernador de Mesopotamia por el Emperador, quien había dejado en sus manos la administración de Oriente) para indagar si estaría dispuesto a vestir las insignias imperiales. Con objeto [2] de examinar los pasos a seguir, Marcelino daba largas, ante lo cual volvían a acosarlo, una y otra vez, con propuestas similares. Acabó él por informar al Emperador, mientras se refugiaba en palabras ambiguas, de lo que se tramaba, y los palmiranos por encerrase en Palmira tras revestir con manto de púrpura a Antíoco 117 .
Cuando Aureliano tuvo noticia de ello, partió de allí, [ 61 ] tal y como estaba, en dirección al Oriente; tomada Antioquía donde, mostrándose ante el pueblo mientras tenía lugar una competición hípica, llenó a todos de estupor por lo inesperado de su presencia, marchó hacia Palmira. Después de capturar sin lucha la ciudad, a la que arrasó, deja en libertad a Antíoco, sin juzgarlo, en razón de su baja condición, ni aún digno de castigo. Una vez que, mediante una rápida actuación, hubo sometido también a los alejandrinos, quienes se habían alzado con propósitos de sedición 118 , entró bajo triunfo en Roma, donde alcanzó la [2] más alta acogida por parte del pueblo y del Senado. Fue entonces 119 cuando hizo edificar el templo del Sol, al que, entre la mayor magnificencia, adornó con las ofrendas procedentes de Palmira, erigiendo estatuas del Sol y Belo 120 . Tomadas estas disposiciones, redujo sin esfuerzo a Tétrico y otros que se habían rebelado y les impuso la pena que [3] merecían 121 . Llegó incluso a distribuir entre el pueblo, y tras adoptar las medidas necesarias para que los miembros de la plebe hiciesen entrega de la moneda adulterada, nuevas piezas de plata, con lo que alejó la confusión de los tratos comerciales 122 . Obsequió además al pueblo romano con repartos de pan 123 . Cuando hubo organizado todos los asuntos abandonó Roma.
Durante su estancia en Perinto, cuyo nombre ha cambiado [ 62 ] ahora en Heraclea 124 , surge una conjura en los siguientes términos: entre los funcionarios imperiales había un tal Eros encargado de cursar las sentencias oficiales 125 . Al cual, y a causa de cierto error, el Emperador había amenazado haciendo que se sintiera asustado. Temeroso de que [2] las amenazas llegaran a realizarse, entra en conversaciones con algunos miembros de la guardia, aquellos a los que sabía en más alto grado audaces; les enseña unas cartas, cartas que él mismo había falsificado (ya que desde tiempo atrás se había ejercitado en la falsificación), y consigue, haciéndolos concebir sospechas de muerte (pues ello se podía conjeturar a partir de las cartas), moverlos a que asesinen [3] al Emperador. Lo acechan entonces para, cuando sale de la ciudad sin suficiente escolta, lanzarse sobre él con las espadas desnudas y darle muerte entre todos. Allí mismo fue enterrado por el ejército con toda la magnificencia, en atención a sus hazañas y a los riesgos que por el bien común había arrostrado 126 .
[ 63 ] Se había revestido Tácito de las insignias imperiales y ostentaba el poder cuando los escitas, tras cruzar el lago Meótide 127 , comenzaron a recorrer el territorio comprendido entre el Ponto y Cilicia. Tácito marchó contra ellos, que en parte sucumbieron en operaciones dirigidas por él mismo, en parte, cuando emprendió el camino a Europa, quedaron frente a Floriano, nombrado prefecto del pretorio 128 . En esto, he aquí que también él perece víctima de [2] una conjura que nació de donde sigue: había confiado a Maximino, un pariente suyo, el gobierno de Siria. Éste guardaba hacia los notables una conducta de tal aspereza que los llenó de resentimiento y temor. Y el odio ahí alumbrado terminó por desembocar en una conjura, de la que hicieron partícipes a quienes habían exterminado a Aureliano y a raíz de la cual se dirigieron contra Maximino y lo degollaron; y a Tácito le dan muerte, tras lanzarse en su persecución, cuando regresaba a Europa 129 .
La situación que se originó con ello desembocó en una [ 64 ] guerra civil, pues las provincias orientales eligieron emperador a Probo y las de Roma a Floriano 130 . Probo contaba con Siria, Fenicia, Palestina y todo Egipto, Floriano con el territorio comprendido entre Cilicia e Italia, obedeciéndole también las provincias transalpinas —Galia e Iberia, así como la isla de Britania— y además toda Libia y las tribus mauritanas. Ambos estaban prestos para la guerra [2] cuando Floriano, dejando inconclusa su victoria sobre los escitas del Bósforo, llegó a Tarso 131 y decidió establecer allí su campamento, con lo que permitió a los escitas bloqueados un regreso seguro a su casa 132 . Y mientras Probo dilataba la guerra —dado que la había afrontado con fuerzas muy inferiores—, sobreviene el calor estival en Tarso, a resultas del cual las tropas de Floriano, no habituadas por proceder de Europa el grueso del ejército, caen [3] gravemente enfermas. Al enterarse, resuelve Probo aprovechar la ocasión para atacar. Aún imposibilitados para ello, salieron los soldados de Floriano contra el enemigo, y ante la ciudad se produjeron escaramuzas pero ningún hecho digno de ser relatado, sino que, una vez separados ambos ejércitos, algunos de los que se alineaban en las huestes de Probo comparecen y despojan a Floriano del [4] poder. Tras lo cual fue puesto bajo guardia durante algún tiempo, pero como quienes le rodeaban afirmasen que lo ocurrido no se conformaba a los deseos de Probo, aceptó vestir de nuevo la púrpura hasta que regresaron los portadores de la verdadera opinión de Probo en torno a todo ello, los cuales hicieron que Floriano muriese a manos de sus propios soldados 133 .
[ 65 ] El Imperio había recaído en Probo, quien, continuando su avance, inició sus servicios al Estado mediante un acto digno de elogio. Pues resolvió castigar a los que habían ejecutado a Aureliano y actuado contra Tácito. Pero por temor de que a raíz de ello se produjera algún tipo de desorden, no ejecutó abiertamente su proyecto sino que, valiéndose de algunos hombres en cuyas manos confió el asunto, tendió una acechanza y convocó a los asesinos. Cuando éstos concurrieron a la espera de tomar parte en [2] la mesa del Emperador, Probo se retiró a un lugar situado en el piso superior desde donde se podía ver lo que iba a ocurrir e hizo una señal a los encargados de actuar. Los cuales atacan a los congregados, que se hallaban indefensos, y los degüellan a todos menos a uno, a quien no mucho después capturaron y, bajo la excusa de que por su culpa se habían visto en peligro, entregaron vivo a las llamas 134 .
Después que Probo hubo terminado con esto, Saturnino, [ 66 ] hombre de sangre mauritana muy allegado al Emperador y que por esa razón había recibido el gobierno de Siria, depuso su fidelidad al Emperador y concibió proyectos de rebelión. Habiéndose enterado Probo de ello, mientras planeaba salir al paso del intento, las tropas de Oriente se anticiparon y terminaron con el proyecto de usurpación y con el usurpador mismo 135 . También puso fin a otra [2] rebelión que se había preparado en Britania; fue por medio de Victorino, de linaje mauritano y a quien precisamente prestara oído cuando puso al frente de Britania al que se había rebelado. En efecto, tras llamar a su presencia a Victorino y reprocharle su consejo, lo envía para que redujera la insurrección. Éste partió hacia Britania y con sagacidad no exenta de cálculo liquida al usurpador 136 .
[ 67 ] Una vez resueltos estos asuntos de la manera que he consignado, obtuvo también muy importantes victorias contra los bárbaros, librando contra ellos dos campañas en una de las cuales participó él mismo, mientras la otra se la encomendó a un general. Como se viese obligado a llevar socorro a las ciudades de Germania que sufrían el acoso de los bárbaros limítrofes con el Rin 137 , él personalmente partió hacia el Rin; abatiéndose en plena guerra el hambre sobre todo aquel territorio, estalló una lluvia inagotable que hizo bajar, junto con las gotas, trigo, de forma que éste quedó amontonado por sí sólo en determinados lugares. Sobrecogidos todos por el prodigio, en principio [2] no osaban tocarlo para saciar con él el hambre, pero después, y puesto que la necesidad prevalece sobre cualquier temor, cocieron panes, los tomaron y de esa manera arrojaron de sí el hambre, al tiempo que, gracias a la fortuna del Emperador, se impusieron con facilidad en la guerra. Muchas otras guerras llevó a buen fin con poco esfuerzo, [3] y libró grandes batallas, primero contra los longiones 138 , pueblo germánico al que venció en combate y a cuyo caudillo, Semnón, capturó juntamente con su hijo; y cuando los longiones se le acercaron como suplicantes los recibió para, tras arrebatarles los prisioneros y todo el botín que tenían, dejarlos marchar una vez concluido un pacto y liberados Semnón y su hijo.
En una segunda batalla hubo de combatir a los franeos, [ 68 ] a quienes venció a través de sus generales y haciendo prevalecer la fuerza, después de lo cual combatió a burgundos 139 y vándalos. Como viese que sus tropas eran inferiores en número, pensó apartar una fracción de los enemigos y librar batalla contra ella. Y de alguna manera la [2] fortuna del Emperador secundó el proyecto. Pues cuando los ejércitos se encontraban a uno y otro lado del río Lica 140 , los romanos se dedicaron a incitar al combate a los bárbaros de enfrente. Irritados por ello, éstos comenzaron, cuantos estaban en posición de hacerlo, a cruzar. Chocaron entre sí los ejércitos, y de los bárbaros unos fueron degollados, otros quedaron en manos de los romanos. [3] Los restantes pidieron la paz bajo promesa de entregar el botín y los prisioneros que a la sazón tuvieran, pero una vez que lograron lo que solicitaban no hicieron entrega de todo. Indignado por ello, el Emperador los acometió cuando se retiraban, imponiéndoles justo castigo, pues los acuchilló e hizo prisionero a su caudillo Igilo 141 . A cuantos pudo capturar con vida los envió a Britania, isla en la que se establecieron y donde más tarde, cuando tuvo lugar un alzamiento, resultaron de utilidad al Emperador 142 .
Tales fueron las guerras que libró en torno al Rin, no [ 69 ] debiendo quedar en silencio los sucesos que por aquellos tiempos corrieron a cargo de los isauros. Lidio, hombre de sangre isaura que se había criado en los hábitos del bandidaje 143 , se hizo con un puñado de hombres parecidos a él en cuya compañía saqueaba toda Panfilia y Licia. Tras que concurrieran contingentes de soldados para capturar a los bandidos, como no fuese capaz de oponerse a un ejército romano, se apoderó de Cremna 144 , ciudad de Licia situada en una zona abrupta y parcialmente protegida por muy profundos precipicios, donde se encontró, como en lugar seguro y amurallado, con gran número de refugiados. Al ver que los romanos, puestos al asedio, aguantaban con [2] bravura lo prolongado de éste, mandó derruir los edificios, hizo la tierra arable y sembró trigo para proporcionar sustento a los sitiados. Pero como se percatase de que la masa de la población requería abundante avituallamiento, ordenó salir, expulsándolos de la ciudad, a aquellos a quienes la edad inutilizaba, tanto hombres como mujeres. Cuando los enemigos, al prever la intención de Lidio, de nuevo empujaron a los expulsados hacia la ciudad, los arrojó a los abismos que rodean la ciudad hasta acabar con ellos. Mandó, asombrosa empresa, excavar una galería que iba [3] de la ciudad al exterior, extendiéndola hasta más allá del campamento enemigo, y por ella enviaba a algunos desde la ciudad para que se apoderasen de ganado y otros alimentos. Mediante tal sistema brindó a los sitiados algo de sustento hasta que los enemigos, gracias a la delación de [4] una mujer, lo descubrieron. Pero ni aún así desistió Lidio, sino que poco a poco fue suprimiendo el vino a los que estaban con él, mientras racionaba el trigo en medidas menores de la usual; pero como incluso entonces faltasen los alimentos, forzó a morir a todos los de la ciudad con excepción de unos pocos, los que le eran más necesarios y le parecían suficientes para montar guardia. Retuvo también mujeres, a las que, con el fin de atender a las necesidades que la naturaleza impone, hizo comunes a todos los hombres.
[ 70 ] Después de esto, y una vez decidido a resistir hasta el final al precio que fuese, ocurrió lo siguiente: había con él un hombre avezado en la construcción de ingenios y capaz de lanzar mediante máquinas certeros proyectiles, de suerte que ninguna de cuantas veces le había mandado Lidio lanzar un proyectil contra determinado enemigo erró [2] el blanco. Habiéndole, pues, indicado que disparase contra uno de los adversarios, cuando por azar o intencionadamente falló el lanzamiento, lo despojó de sus vestidos y lo azotó despiadadamente, amenazándolo además de muerte. Irritado por el suplicio y temeroso de las amenazas, éste marchó de la ciudad tan pronto como tuvo ocasión. [3] Topó con los del campamento y, tras descubrirles lo que había hecho y lo que había padecido, les indicó un portillo que había en la muralla por donde Lidio solía observar cuanto ocurría en el campamento; y les prometió que cuando se asomase por allí, según acostumbraba, le acertaría [4] con un dardo. Después que el comandante del ejército lo acogiese bajo tal promesa, dispuso una máquina, colocó delante unos hombres que la ocultasen de manera que el enemigo no pudiera verla y, cuando descubre a Lidio asomándose por la rendija, dispara y le da de lleno. Incluso después de herido acabó Lidio con algunos de los que estaban a su lado e hizo jurar a cuantos quedaban que no claudicarían de ninguna manera ante el asedio, tras lo cual al fin expiró. Y los de la ciudad, sin poder soportar ya el asedio, se entregaron al ejército, finalizando de esta manera el alzamiento de los bandidos.
A Tolemaida de Tebaida, que se había rebelado contra [ 71 ] el Emperador y que durante un breve espacio de tiempo sostuvo una guerra contra los habitantes de Copto, la redujo Probo, a ella y a sus aliados los blemias, gracias a los generales que en aquella ocasión mandaron las tropas 145 . Acogió a los bastarnas, un pueblo escita que se le había sometido, estableciéndolos en territorio tracio 146 . Algunos pueblos francos se habían dirigido al Emperador [2] y habían obtenido un lugar para vivir; pero una fracción de ellos entró en rebeldía y, al disponer de abundantes naves, llevaron la confusión a toda Grecia, desembarcaron en Sicilia y atacaron Siracusa, donde efectuaron una gran matanza. Después de que hubiesen atracado incluso en Libia, donde fueron rechazados por las fuerzas traídas desde [3] Cartago, pudieron regresar a casa sin daño 147 . Durante el reinado de Probo ocurrió igualmente lo que sigue: unos ochenta gladiadores se concertaron, aniquilaron a sus guardianes y a continuación salieron de la ciudad para saquear cuanto encontraban, uniéndoseles, como suele ocurrir, muchos. Pero también contra ellos envió el Emperador tropas [4] que los exterminaron 148 . Todo esto había llevado a efecto Probo, administrando el Imperio con acierto y justicia, cuando se anuncia una sublevación nacida en Occidente, donde las tropas de Retia y Norico habían revestido de [5] la púrpura a Caro. Envió Probo 149 fuerzas para que le hicieran frente, pero quienes habían sido enviados se pasaron al lado de Caro, y atacaron al mismo Probo cuando se hallaba desprotegido y, sin que nadie se opusiera, lo liquidaron; había reinado hasta entonces seis años y cuatro meses.
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