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El Camino del Duelo

Aprendiendo a vivir después

de una pérdida

Xavier Muñoz Gallego-Mariné

El Camino del Duelo

Aprendiendo a vivir después

de una pérdida

Segunda edición reformada y ampliada


1ª Edición: Febrero 2010

2ª Edición: Julio 2018

2018 – Xavier Muñoz Gallego-Mariné

Foto Portada: Xavier Muñoz Gallego-Mariné

Diseño cubierta: Jaume Salinas

Compaginación, maquetación y montaje cubierta: Veronika Planier

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https://www.taranna.es

Depósito legal: B 17306-2018

ISBN formato papel: 978-84-945608-5-9

ISBN formato ebook: 978-84-945608-6-6

Imprime:

Si desea contactar con el autor, visite el web

www.sentirlavida.com

“La luz del cuerpo es el ojo. Por tanto,

si tu ojo estuviese sano, todo tu cuerpo estará en la luz;

pero si tu ojo estuviese enfermo,

todo tu cuerpo estará oscuro.

Y si la luz que hay en ti son tinieblas,

¿cuánta será la oscuridad?”

(San Mateo 6:22,23)

A ti, Marta. Esposa, compañera, amante,

confidente y maestra en vida y más allá de

esta vida. Amada desde lo más profundo de

mi alma, en pasado, presente y futuro.

A ti, Isabel, fiel compañera de viaje

que con tu profunda dulzura y paciencia

me ayudaste a reencontrar el camino,

y mi propio ser.

A vosotros, Marc, Haizea, Iker y Odei.

Hijos y nietos queridísimos, porque siembre

habéis sabido estar, con vuestro amor,

vuestra presencia y vuestra paciencia

Y a ti, lector o lectora, para quien deseo

que estas páginas sean un espejo en el que

mirarte, y un poco de luz en este largo,

duro y complicado camino en el que te has

encontrado, sin vuelta atrás posible.

Buenos dias, amor

“Abro los ojos, está amaneciendo.

Veo los tuyos, me estás mirando.

Veo tu boca, me estás sonriendo.

La misma mirada, cada mañana,

la misma sonrisa… de papel.

Así son ahora tus buenos días,

silenciosos, pero yo los siento,

aquí dentro, profundamente.

Te sonrío y te contesto:

“Buenos días, Amor,

te quiero con toda mi alma.”

Y en silencio, me recuerdas,

cuánto me amas,

y yo lo siento aquí,

aquí dentro, profundamente.

Tan sólo deseo que hoy también,

tu luz ilumine la oscuridad

de mis pensamientos.

Y tu amor me pinte la cara

de color esperanza.

Buenos días, Amor,

esta noche te cuento…”

(Autor desconocido)

Prólogo

Hace ya 13 años comenzaba mi andadura por ese kafkiano camino llamado “Duelo”. Sabía que iba a ser duro, pero estaba lejos de imaginar hasta qué punto lo sería, como lejos estaba también de saber cuál sería el final tras tanto sufrimiento.

La vida me había robado a quien más quería. Aquella dulce mujer con la que todo tomaba sentido y con quien compartí hogar, trabajo, hijos, sueños, ilusiones, frustraciones, proyectos,… Me había quedado desnudo y aterrorizado ante la vida.

Sin Marta a mi lado sentí que lo había perdido todo. Los primeros días fueron un deambular por la vida cual un autómata sin rumbo ni sentido. Hasta mis propias percepciones me resultaban extrañas y desconocidas casi en su totalidad, observándome a mí mismo consciente de que aquel no era yo.

¿A qué me enfrentaba?, ¿cómo podía haber un final feliz en aquel pozo de desesperación y sin sentido en el que me hallaba, si con su pérdida también me había perdido yo?

La primera noche, la primera semana, el primer mes, el primer año,… y, con ellos, el primer aniversario, las primeras Navidades, los primeros Reyes, Semana Santa, Verano,… Un sinfín de fechas cargadas de dramatismo y dolor inhumanos, a los que enfrentarte sin más ayuda que tu propio ser interior. Un ser maltrecho que parecía no encontrar salida alguna, ni respuesta capaz de dar aliento a quien, desesperado, buscaba cualquier cosa a la que agarrarse, cualquier consejo, libro, palabra, … con tal de saber qué hacer y por donde tirar.

Desde entonces para acá ya han transcurrido 13 años. Hoy parecen muchos, y no sabría decirte si largos o cortos, quizás sólo esto, años hasta llegar a este momento en concreto, al hoy, un presente en el que el camino realizado te da aquella perspectiva y serenidad que nunca imaginaste llegar a conseguir jamás.

Parece mentira la enorme capacidad que llegamos a tener escondida en nuestro interior más profundo. Si en aquellos momentos hubiera imaginado o intuido su existencia, quizás hubiera sido todo un poco más llevadero, pero parece ser que sólo con el sufrimiento llegamos a aprender y crecer de verdad. Recorriendo este sendero nació mi libro “El Camino del Duelo. Aprendiendo a vivir después de una pérdida”, con la única intención de aportar mi experiencia a quienes se encontraran dando sus primeros pasos por semejante trayecto infernal. Sólo deseaba ser útil.

En su momento, y a pesar de mi formación académica, nada sabía acerca del Duelo. Había leído a la Dra. Elisabeth Kübler-Ross en su libro “La Muerte un Amanecer”, pero parecía no recordar ni estar en disposición de creer nada, a pesar de andar como loco buscando lecturas serias sobre la muerte y el duelo.

Poco a poco fui descubriendo más autores, así como la existencia de algunos centros especializados en el soporte a personas que estuvieran pasando por una pérdida, cosa que me hizo ver lo poco informados que llegamos a estar ante el reto de tener que afrontar una situación tan inevitable como dramática.

Como he dicho al comienzo de esta sección, han transcurrido ya 13 años, por lo que me veo en disposición de seguir contando lo sucedido, dado que estoy plenamente convencido de que puede ser de gran ayuda.

Lejos de intentar que nadie tenga que comprar el primer libro, he querido rehacerlo y ampliarlo con toda la experiencia acumulada durante estos años. Eso puede significar ofrecer una perspectiva bastante rica, a la vez que veraz, por lo que creo firmemente en su utilidad.

Espero y deseo de todo corazón que mi experiencia te sirva, y ojalá te ofrezca un poco de aire y esperanza.

Hoja de ruta

Si alguna vez alguien me hubiera dicho que un día como hoy estaría sentado frente al ordenador, dispuesto a escribir acerca del proceso del duelo, y que el contenido de este libro hablaría sobre mi propio discurrir por semejante senda, sencillamente no me lo habría creído.

Pero…, como suele ocurrir, no soy distinto al resto de la humanidad y, contra todo pronóstico, aquí me encuentro.

A pesar de todo, no quisiera que éstas fueran unas páginas de muerte y desasosiego, sino de amor y esperanza, porque a la muerte le ha salido un rival imbatible capaz de luchar hasta la extenuación. Ella quizás podrá acabar con todo, pero nunca con el amor. Al contrario que muchos otros sentimientos, éste no tiene fecha de caducidad, sino que vas a descubrirlo renovándose y creciendo a diario.

Este es, sin duda, el legado más precioso que me ha dejado la mujer de mi vida, a quien sigo amando más allá de la muerte física y a quien intento devolver, a través de mi evolución personal, solo una pequeña parte de todo lo que me ha dado y sigue entregándome a diario.

Hoy puede parecerte del todo imposible, pero te aseguro que, de la misma forma en que resulta inevitable recorrer este dantesco camino, también resulta inevitable llegar a un final en el que verás al amor vencer al dolor, tardes lo que tardes.

Introducción

Marta, mi queridísima esposa, falleció y, al morir ella, también lo hizo una buena parte de mí.

Como tantos otros, de la noche a la mañana me encontré abocado a una situación dantesca a la que “sobrevivir”. Sin disponer de recursos ni preparación alguna, fuera de mi propia capacidad de reacción, me hallaba frente a una realidad vertiginosa e inevitable. Para colmo, por si no hubiera suficiente con todo el dolor que rasgaba mis entrañas, pronto descubriría que incluso yo mismo me había convertido en un completo extraño para mí.

Con estas páginas desearía poder llegar a cualquier persona que, habiendo pasado o no por la pérdida de un ser querido, estuviera verdaderamente interesada en ahondar más en el verdadero significado de la vida y, ¿por qué no?, de la muerte. Esta vida tan valiosa que demasiado a menudo se nos escapa de las manos, sin que lleguemos a apreciar su grandeza, extrema belleza y significado.

Curiosamente, siendo unos seres cuya vida nos viene delimitada por dos acontecimientos cruciales, nacimiento y muerte, inconscientemente nos aventuramos a vivirla totalmente de espaldas a lo que ello pueda significar. Solemos andar totalmente a ciegas, y muchas cuestiones que podrían resultar básicas en nuestra forma de manejarnos por este laberinto al que llamamos vida, no acostumbran a formar parte de nuestros conocimientos y prioridades más absolutos.

La vida en sí es un regalo, y todo lo que acontece en ella debería ser foco de nuestra atención más intensa. Ella es lo más parecido a un árbol único e incomparable, un árbol de cuyas ramas cae una hoja a diario, una hoja inevitablemente irrecuperable. Caída ésta, nada ni nadie va a poder modificarlo, rectificar, o volver atrás para vivirlo de otra manera. Sencillamente ya no existe, y es de suma importancia no olvidar este detalle, puesto que solemos vivir centrados en “valores” y “obligaciones” que, muy a menudo, ocupan la casi totalidad de eso a lo que llamamos “día”. Trabajo, desplazamientos y obligaciones diversas suelen mantenernos ajenos a los verdaderos valores de lo que significa vivir plenamente.

Como muchos, yo tenía una vida “normal”. Me sentía felizmente casado, intentando aprender, crecer y ser mejor cada día. Apasionado por mi trabajo, buscaba encontrar aquello que, tanto en lo laboral, como en lo personal, pudiera permitirme alcanzar una vida de estabilidad y felicidad interiores.

Fallé estrepitosamente una y otra vez pero, a pesar de todos mis errores y limitaciones, que no han sido pocos, siempre fue intentando avanzar y ser honesto. Finalmente, después de muchas y grandes equivocaciones, apareció ella, un ser maravilloso con quien conocería muy de cerca el verdadero significado de las palabras amor y plenitud.

Mi esposa fue mucho más que esto. Se transformó en inspiración, soporte incondicional, confidente, amante, amiga, cómplice,…, participando plenamente de mi vida en todas y cada una de sus facetas. Compartíamos familia, trabajo, aficiones, proyectos, sueños… Aquello que para tanta gente resulta imposible, en casa fluía a diario, enriqueciéndonos incluso con las discusiones que, en más de una ocasión, también podían surgir.

Nuestros hijos vivían ya independizados y nos encontrábamos en un momento muy dulce y especial de nuestras vidas, ¡estábamos a punto de trasladarnos a vivir cerca del mar!, uno de nuestros grandes y anhelados sueños.

Pero…, un buen día, y sin previo aviso, como suele acaecer casi siempre en estos casos, algo empezó a ir mal. Sin tiempo a reaccionar, unas molestias en el abdomen nos pusieron frente a un hecho inesperado, increíble e irreversible. El cáncer había hecho mella en ella, invadiendo la totalidad de su precioso cuerpo.

En un abrir y cerrar de ojos, a sus 45 años pasó de ser una persona llena de vida, proyectos e ilusiones, a que una traidora metástasis le diera, como máximo, dos meses escasos de vida. Aquellos dos meses, tras luchar por vivir como nunca hubiera imaginado que nadie fuera capaz de resistir, terminaron por convertirse en dos años y cuatro meses, hasta que un 22 de octubre nos dejó definitivamente.

Con o sin tiempo para reaccionar, cuando la vida te pone frente a semejante situación, parece del todo imposible que nunca más puedas llegar a recuperarte mínimamente y volver a sentirte vivo. Todos tus esquemas interiores se van al traste. Lo que creías ser tu razón de vivir, y por lo que luchabas a diario, deja de tener ninguna validez, entrando en una fase de desconcierto y soledad fulminantes, donde te ahogas y desesperas hasta límites inconfesables. Nada va a volver a ser lo que era, nada va a tener el mismo significado, nada parece tener el más mínimo sentido, nada te interesa ni motiva y, a pesar de todo, tú sigues vivo y frente al peor de los retos, un día a día repleto de una profunda y salvaje dureza como nunca hubieras podido sospechar.

¿Qué hacer con tu vida?, ¿”vida…”, qué vida? ¿Cómo hacerle frente al nuevo día, si ya nada tiene sentido?, ¿existe alguna salida digna para ti?, ¿de qué manera encarar lo que te está por llegar, y cuyo contenido empiezas a intuir y a temer profundamente?

Desesperación y soledad extremas; desconcierto, enfado y angustia en dosis espantosas; miles de preguntas sin respuesta, llanto descontrolado,… no son sino parte de lo que se te avecina y, en mi más absoluta modestia, deseo que este libro sea capaz de ayudarte en el duro camino que empiezas a recorrer, a la vez que reconfortarte en la esperanza, puesto que, por mucho que hoy puedas creer como imposible e inalcanzable el que nunca más vuelvas a sentir la paz asentada en tu interior, te aseguro que estás lejos de imaginar en qué grado esto puede llegar a ser así.

Pero vas a tener que pasar por lo inevitable, pues parece ser que sólo así pueden ir creándose en tu interior las piezas de un nuevo puzle que, una vez terminadas, empezarán a encajar hasta dar forma a ese nuevo ser en el que vas camino de transformarte.

Para que sepas un poco más acerca de mí te diré que, en el momento de empezar a reescribir este libro, ya han transcurrido más de trece años desde la muerte de Marta. Tengo 65 años de edad y me jubilo en pocos días, lo estaré ya cuando leas estas líneas. He trabajado como psicólogo y asesor personal, y a fecha de hoy estoy involucrado en el acompañamiento al duelo, así como en la dirección de múltiples talleres de los que más adelante hablaré. A día de hoy sigo llevando a mi esposa incorporada en lo más profundo de mi ser, y su presencia constante me aporta una paz y una serenidad que nunca hasta el momento había conocido.

Siempre he sido una persona cargada de curiosidad y necesidad por ahondar en pos de respuestas que me permitieran conocer más a fondo la verdadera realidad del ser humano. Me había especializado en herramientas y técnicas de “auto control” y esto me había permitido observar centenares de experiencias en las que, a todas luces, mis semejantes me mostraron que somos mucho más de lo que pensamos.

Aquello que en la escuela fueron incapaces de hacerme entender, el trabajo me lo servía con todo lujo de detalles, y pronto llegaría a convencerme de que la frase “hechos a imagen y semejanza de Dios”, era mucho más cierta y palpable de lo que nunca hubiera imaginado. Evidentemente este se convertiría en uno de los principales contenidos en todas mis charlas y cursos, así como uno de los temas favoritos en nuestras largas conversaciones diarias.

El hecho de vivir y trabajar juntos motivó que a toda hora estuviéramos uno al lado del otro. Disfrutábamos una barbaridad hablando de nuestras cosas, paseando, jugando, bromeando, planeando cualquier actividad a desarrollar,… Pero aquello se había acabado para siempre, nada de lo que llenaba mi vida a diario iba a repetirse nunca jamás. Ella lo había sido todo para mí y, ya desde el primer momento, vi muy claro que no podría soportar su ausencia.

Estaban los hijos, esto es cierto, pero nuestra vida siempre estuvo marcada por una conciencia plena de que la familia era lo más parecido a un nido de golondrinas. Nuestra función era cuidar el uno del otro, disfrutarnos mientras manteníamos el nido en perfectas condiciones para así, entre los dos, criar a nuestros hijos preparándolos para que un día volaran libres y pudieran encontrar con quien crear su propia familia, mientras nosotros dos seguíamos compartiendo nuestra vida regresando año tras año al mismo lugar.

Esto significaba que vivíamos el uno para el otro, amando y disfrutando de ver crecer a nuestros hijos, a la vez que deseando que llegara ese día en el pudiéramos recobrar otra vez la libertad y, sin obligación alguna, más allá de las que nosotros dos consideráramos necesarias, reemprender un camino nuevo en el que disfrutar de una segunda juventud. Pero la vida no siempre parece dispuesta a darte lo que deseas o pides, y aquel cuento de hadas se acabó bruscamente, sin la posibilidad de más páginas para escribir.

Una de las primeras decisiones que tomé, y que más adelante iré detallándote, fue la de atreverme a asumir y respetar todas mis reacciones, fueran estas de la índole que fueran. Desde el primer momento acepté sin complejos la extrema necesidad que sentía por seguir contándole todas mis cosas, en cualquier lugar y a cualquier hora del día, como antes hacíamos, o de lo contrario iba a volverme loco. Por ello, y sin contárselo a nadie, no se me ocurrió nada mejor que, después de encontrar un bloc por estrenar, salir corriendo a la calle para comprar unos cuantos más, con la clara intención de empezar a escribirle a diario. Algo tenía que hacer si o si; o esto ¡o moría de desesperación!

He de confesar que en aquellos momentos ignoraba si ello iba a ayudarme, o sería una verdadera locura y del todo contraproducente. ¿Me estaría arriesgando a iniciar un proceso patológico grave? Pero decidí seguir pasara lo que pasara. Mi ser interior lo pedía a gritos. Estaba decidido a aceptar plenamente sus consecuencias aunque, en verdad, sentía que tampoco me importaba para nada lo que pudiera ocurrirme.

Quizás aquello fue, sin darme cuenta de su importancia, la primera decisión que tomé ya metido de lleno en ese nuevo camino al que llamaban “duelo”. Sin necesidad de consultar con nadie que no fuera yo mismo, y desde aquella soledad tan sentida y real para mi, sentí que quería seguir mis propios pasos, aceptando cualquier consecuencia y pasando de cualquier comentario o explicación. Había dejado de importarme cualquier cosa que no fuera ser fiel a mi propio sentir.

Por otro lado estaba totalmente convencido de que, de alguna u otra forma, ella seguía con vida y, ¿quién podía negármelo? quizás incluso podría verme y escucharme. Aquello me ofrecía la posibilidad de “sentirla”, o “imaginarla”, muy cerca de mí, y resultó lo más parecido a una bocanada de aire fresco en medio de un ahogo mortal. Una forma muy íntima y personal de mantener el diálogo y “contacto” con ella, escribiéndola al empezar y terminar el día, así como tantas veces como se me antojara. De esa forma, mientras daba salida a todo lo que iba ocurriendo en mi interior, me permitía seguir expresándole mis sentimientos y pensar.

Me dije también, y esa fue otra decisión importante tomada sin saber en aquel momento su gran trascendencia, que si ella seguía viva lo sería en otro estado distinto al que mis sentidos eran capaces de percibirla. Y por ello me prometí a mi mismo aprender a “despertar”, a “estar atento” y usar “otros sentidos” que me permitieran decirle lo mucho que la amaba y, de ser posible, llegar a percibir ni que fuera un atisbo de su presencia y amor hacia mí.

Hoy, a la vez que la paz se ha consolidado como compañera inseparable de viaje, agradezco en lo más profundo de mí ser aquella genial decisión. Por un lado me proporcionó una forma distinta de relacionarme con ella, suavizando un poco la terrible soledad y desesperación en la que quedé sumido. Poco a poco y día tras día me ayudó a comprender que la muerte no significaba ausencia, sino una presencia distinta. Por otro lado, al repasar y ver el camino recorrido, estoy plenamente convencido de que mi proceso puede ayudarte a comprender la situación por la que estás pasando en estos momentos, convirtiendo aquellos años de dolor en el calor de una mano amiga, o quizás en la tenue pero real luz de un faro muy lejano que te indica la certeza de un puerto esperando tu llegada.

También reconozco que, para mí, el hecho de que llegue este libro a tus manos, viene a ser una expresión más de mi amor a mi esposa, a la vez que reconocimiento y devoción pura por la inmensa riqueza que me ha aportado, y sigue aportando.

Encontrarás, junto a experiencias personales, un resumen de todas y cada una de las “fases” por las que habitualmente se suele pasar en el proceso del duelo, esperando que, al facilitarte esta información detallada, puedas disponer de suficientes datos como para entender que:

1.- Es absolutamente normal lo que sientes y te sucede en estos momentos.

2.- Existe un proceso lógico, unas “etapas” por las que vas a pasar. Éstas no son ni fijas ni inevitables, dado que el camino del duelo es algo muy personal e intransferible. Cada persona evoluciona a su ritmo, sin que pueda hacerse comparación ni valoración alguna entre quienes están transitando por semejante “viaje”. Pero sí pueden darte una idea aproximada acerca del momento en el que te encuentras.

3.- Aunque hoy pueda parecerte del todo imposible y, quizás, incluso insultante, es necesario que sepas que un día encontrarás la paz otra vez acomodada en tu interior. Es verdad, nada volverá a ser lo mismo, y en esto llevas toda la razón pero, a la larga, y después de mucho trabajo y sufrimiento, tu crecimiento personal te llevará al equilibrio. Vas a convertirte en alguien con unos valores que, hoy, pueden resultarte del todo inimaginables. Pero es lo que espera al final del camino que acabas de empezar, si perseveras. Te lo aseguro. Puedes convertirte en una expresión viva de la belleza de tu ser querido.

4.- En el caso de que no puedas llevarlo solo/a, debes saber que existen centros y grupos de ayuda especializados, donde hallarás el apoyo y soporte que precises. Úsalos sin dudar ni un instante. Ellos sí saben por lo que estás pasando, “hablan tu mismo idioma”, comprenden sin juzgar y serán un punto de referencia de valor incalculable.

5.- Ahora no es el momento de heroicidades ni grandes decisiones, necesitas tiempo. Tiempo para sentir, tiempo para llorar, tiempo para el silencio, tiempo para preguntas, tiempo para reflexionar, tiempo para... Date tanto tiempo como necesites y no tomes ninguna decisión importante en estos momentos. Para nada te estoy diciendo aquella típica frase de que “el tiempo lo cura todo”, porque no sé quien la inventó, pero lo que te puedo asegurar es que en su vida había pasado por una pérdida.

El tiempo NO cura nada, va a ser lo que hagas con ese tiempo lo que te va a permitir prestar atención a tus heridas. Identificarlas, darles nombre, buscar la cura, aplicarla y saber que le das su tiempo para que dé los resultados deseados. Y si se infecta, porque suele ocurrir, volver a ello tantas veces como haga falta, pues el único objetivo es llegar a su completa sanación, con cicatriz incluida, pero sin que por ello quede rastro de dolor. A eso, y no a otra cosa, es a lo que nos referimos cuando hablamos de darnos tiempo. Aprende a respetar y amar tus tiempos.

6.- No reprimas el llanto, ¡llora cuanto te apetezca!, es muy importante aceptar tu dolor y dejarlo salir a flor de piel. Cuando estés sólo/a, deja que las lágrimas lo expresen en la más absoluta intimidad, no las reprimas, no temas, te harán un bien inimaginable. No niegues ningún sentimiento, déjalos aflorar sin miedo, te ayudará a avanzar en tu dolor.

7.- No sufras en absoluto por si algún día puedes llegar a olvidar, eso no va a suceder NUNCA. No olvidamos, transformamos. El dolor poco a poco, muy lentamente, irá dando paso a la gratitud, reconocimiento y orgullo más profundos que puedas imaginar, viviendo e incorporando su “presencia” de forma muy limpia, clara y enriquecedora.

8.- Es importante que no olvides que en estos momentos no hay palabras de consuelo, y muy poca gente va a estar a la altura de lo que precisas, aunque no por falta de interés y buena voluntad por su parte. Nada nos preocupa más que ver sufrir a un ser querido, deseando su recuperación casi de forma milagrosa, y esto lleva a muchos a cometer errores de gran calibre, pero intenta no juzgar, no saben más.

Tu camino va a ser largo, y no siempre vas a encontrarte rodeado/a de personas capaces de entender y saber estar. Por mucho que te amen y deseen estar a tu lado, pocos van a ser con quienes sientas aquel espacio de cálido silencio, tan necesario como difícil de definir y explicar. No se trata de que tengan más o menos calidad, sólo que tu interior precisa de momentos imposibles de describir, y te irá llevando de la mano si le dejas fluir sin juzgar ni juzgarte. Simplemente sigue esas sensaciones internas, respétalas. Lo entenderás más adelante.

9.- Atrévete a pedir respeto a tu círculo más cercano. Vas a ver reacciones de todo tipo, te encontrarás con quienes creen saber lo que necesitas en cada momento, aquellos que, con toda la buena voluntad del mundo, imaginan que conocen tu situación a pies juntillas y, sin previo aviso ni consulta, llaman a tu puerta dispuestos a pasar el día haciéndote compañía. Tu vida se ha desmoronado por completo y necesitas tiempo y espacio para volver a darle forma. Pídeles que respeten tu llanto y tu soledad, si así lo deseas, sin intentar distraerte o animarte, a no ser que se lo pidas explícitamente. Puedes incluso disculparte por anticipado, por todas aquellas posibles salidas de tono provocadas por tu estado de shock; explícales que tal vez no reconozcan algunas de tus reacciones, simplemente porque ya no eres la misma persona…, has muerto junto con el ser que daba sentido a tu vida y vas a necesitar tiempo.

Y por tu parte, si puedes, intenta aprender a dejarte querer por aquellos que están deseando ayudarte, aunque no sepan exactamente cómo. Dales tiempo también y dátelo también a ti.

Te esperan muchísimas preguntas sin respuesta; arrepentimiento por errores cometidos; rabia por todo aquello que hubieras deseado decirle y no dijiste; soledad y desconcierto absoluto, ya no frente al futuro, sino ante la vida misma y el día que acaba de empezar,… Nada va a volver a ser lo que era, y encontrar un pilar donde poder aferrarte, por pequeño que este pueda ser, resulta vital para intentar llevar, o soportar, la lucha interior a la que, sin previo aviso ni autorización por tu parte, te has visto abocado/a. Pero difícilmente des con ello los primeros días, semanas, o incluso meses, puesto que éste sólo existe en tu interior, y va a ser el último lugar donde se te ocurrirá buscar. Pero no te preocupes, nos ocurre a todos/as.

No hay vuelta atrás y nada ni nadie van a cambiar lo sucedido. Tampoco eres el único ser del mundo que se encuentra en esta dantesca situación, no estás solo/a en medio de una humanidad insensible a tu dolor. Sois muchos los que os encontráis en estos precisos momentos hundidos en la más completa desesperación, y resulta importantísimo tomar consciencia de ello, aunque no por esto pierda ningún valor ni vaya a aligerar en lo más mínimo lo que estás viviendo. Pero tomar consciencia de ello resulta de una importancia crucial. Para un momento, reflexiónalo con cariño y, cuando veas que eres capaz de comprenderlo habrás dado un paso de gigante. Imperceptible en estos momentos, pero capaz de marcar una ruta distinta en tu proceso de duelo.

Solos, y sin capacidad ni para pensar, debemos empezar a tomar decisiones cuando todo se nos antoja infinitamente vacío y absurdo. Levantarse o morir, no hay término medio, pero… ¿hacia dónde?, ¿cómo?, ¿por qué a mí?, ¿resistiré?, ¿qué ha ocurrido?, ¿tiene algún sentido?, ¿porqué?, ¿Dónde estás amor?,...

Con estas páginas espero poder ser capaz de ofrecerte ni que sea un pequeño atisbo de luz a la que aferrarte, y puedas encontrar la fuerza que necesitas para seguir adelante.

Aunque hoy se te antoje imposible, al final del camino se encuentra la Luz. Y recuerda algo muy importante, el tiempo NO cura nada, es lo que harás con el tiempo lo que va a poder ayudarte.

“Todos estamos de visita

en este momento y lugar.

Sólo estamos de paso.

Hemos venido a observar,

aprender, crecer, amar

y volver a casa”

-Dicho aborigen australiano-

-CAPÍTULO I-

Primeros días, primeras reacciones

“Primera Fase del Duelo”

Posiblemente a causa del más absoluto agotamiento, o quizás del shock por lo acaecido, inimaginablemente aquella noche pude conciliar el sueño. Era un viernes 22 de octubre, justo un mes antes de nuestro aniversario de bodas, 22 de noviembre, que hoy me pregunto si no lo hizo expresamente conociendo como conocía mi dificultad en recordar fechas…

Su fallecimiento había ocurrido a las 20:30 hrs. Después de llamar a uno de nuestros hijos para contarle lo sucedido, y cumplimentar todo el papeleo y trámites pertinentes con una serenidad y frialdad que se me antojaban del todo anormales, me encontré recogiendo como un autómata toda su ropa y enseres. Incluso la habitación del pabellón de paliativos, donde habíamos pasado los últimos cuatro meses, parecía lejana, como impersonal, algo que no va contigo.

A pesar de que su cuerpo seguía postrado en la cama, cada vez que me acercaba para besarla, una extraña sensación me embargaba, como si algo estuviera diciéndome con mucha claridad que ella ya no estaba allí dentro. Aquel sentimiento, junto a la ausencia de reacción alguna por mi parte, me sorprendía una barbaridad. Me observaba de reojo sintiéndome irreconocible para mí mismo, algo así como saberme vivo pero ausente, a la vez que sereno pero al borde de una amenazante explosión incontrolada de sentimientos.

Intuía que aquello no era más que un método de defensa, algo que mi cerebro estaría utilizando para protegerme del inmenso dolor que estaba por venir, pero aún así no dejaba de sorprenderme.

(Sin saberlo, en aquellos momentos me encontraba en lo que los expertos denominan la Primera Fase del Duelo: Shock, insensibilidad y estupefacción.)

Pocos momentos antes, hablando con el médico, a punto estuve de estallar. Mientras éste rellenaba todos los papeles de la defunción y me explicaba los pasos a seguir a partir de entonces, comunicándome que no me preocupara del tanatorio pues él mismo en persona iba a ocuparse de llamarlos y dejarlo todo arreglado, sus lágrimas no me dejaron indiferente. Abiertamente expresaba sus sentimientos, algo que toda la planta sentía por la pérdida de Marta, aquel ser delicioso que a todos había enamorado. Su reacción inesperada me conmovió profundamente, sintiéndome acompañado por un calor muy especial, humano y cercano que nunca podré agradecer lo suficiente. Pero aún así algo me mantenía fuerte y gélido mientras seguía observándome sin reconocerme.

Ya en casa y sin cenar, puesto que la boca del estómago se me había cerrado a cal y canto, me dirigí a la cama temiendo pasar la peor noche de mi vida. Pero, como he comentado al inicio de este capítulo, a la mañana siguiente volví a sorprenderme al comprobar que ni tuve tiempo de cerrar los ojos. No puedo decir que descansara, pero agradecí a mi subconsciente la ayuda que me prestó tomando el mando por su cuenta y riesgo, y permitiéndome no permanecer despierto ni un solo minuto en aquellos duros momentos.

Una vez levantado, mientras dos de mis hijos se encargaban de llamar a familiares, amigos y conocidos, me dirigí al tanatorio con mis suegros. Andaba por la calle como un espíritu sin vida, frío como un témpano de hielo pero a la vez intentando analizar lo que estaba sintiendo, pues seguía sin entender mis propias reacciones. “Reconozco que nunca he sido de lágrima fácil, pero esto ya es demasiado” pensaba incrédulo, aunque prefería mil veces aquello a desmoronarme sin control.

Papeleo oficial, elección del modelo de caja mortuoria, ropa, recordatorios, presupuesto, forma de pago, modelo de urna para sus cenizas,…, todo de la mano de un individuo que realizaba su trabajo con una mezcla de frialdad y cortesía que aún daba un sentido más Kafkiano a mis primeros momentos y decisiones sin ella.

En la capilla ardiente fueron pasando las horas y, pésame tras pésame, la sorpresa iba en aumento. ¿Cuántas veces habría yo estrechado la mano y, con toda la buena intención del mundo, había dicho aquellas palabras tan típicas, lógicas y tópicas? De golpe descubría que ninguna de aquellas frases me llegaba lo más mínimo, algunas de ellas incluso me provocaban náuseas.

Nada parecía tener relación con lo que verdaderamente estaba sucediendo, nadie parecía estar a la altura de lo que yo necesitaba en aquellos momentos y que, ciertamente, ni yo mismo sabia reconocer. Era una sensación de no identificación con el lugar, situación, ni personas que iban desfilando una tras otra. Todos aparentemente se mostraban muy afectados, pero me sentía lejos, muy lejos…, en otro mundo, en otra galaxia…

Recuerdo mirar a mí alrededor y sentirme protagonista de algo que no iba conmigo, algo que no podía estar sucediendo. Una película de ficción en la que los actores principales, mi esposa y yo, no deberíamos estar allí ni tan siquiera como espectadores. Incluso aquellos seres tan queridos parecían irreales. Nuestros hijos, mis suegros, mi padre, mis hermanos, nuestros amigos,… ¿Qué hacía yo en un lugar como aquel?

En un momento dado, alguien, sin mediar palabra, se dirigió hacia mí y me abrazó con una ternura muy especial. Fue tal mi reacción que temí por un momento que, en un abrir y cerrar de ojos, se fuera al traste toda mi aparente entereza. Aquel gesto sincero me llenó momentáneamente de un calor indescriptible, burlando todas mis defensas y mostrándome lo falto que de ello estaba todo mi ser. Qué poca utilidad tiene la palabra en aquellos momentos… y cuanto puede llenarte un silencio profundo y cargado de amor y respeto, que no “comprensión”. “Estoy para lo que precises” terminó diciendo al marchar. “Gracias” respondí de corazón, con un ahogador nudo en la garganta, intentando sobreponerme a semejante descarga emotiva.

Más de dos años a su entero cuidado, casi sin salir de casa ni recibir visita alguna, junto a cuatro meses y medio en el hospital, donde nadie parecía haberse dado cuenta de mi existencia, me habían dejado absolutamente seco. Cuanta falta hace en estos casos que algunos profesionales de la salud lleguen a humanizarse un poco más, sabiendo reaccionar considerándote por lo que eres, un ser humano que está a punto de perderlo todo. Alguien que está viendo impotente, día tras día, como la muerte va apoderándose del ser a quién más ama y por quien lo daría todo. En todo ese tiempo sólo en una ocasión, justo la noche antes de fallecer Marta, una enfermera se me había acercado y, poniendo su mano en mí hombro con una ternura que nunca olvidaré, me preguntó si deseaba un café. Nadie puede imaginar lo que aquel simple gesto hizo en mí, creo que ni ella misma era consciente de ello.

Llegó el domingo y, con él, la hora de trasladar sus restos mortales al crematorio. Recuerdo perfectamente la sensación al de ver cómo introducían el féretro en el interior del coche mortuorio. Allí, sentado en mi auto, el espectáculo me era servido en primera fila. Aparcado justo detrás de la portezuela por donde entraban la caja en cuyo interior se encontraba el cuerpo de aquel ser amado, me hallaba yo, mirando... Instantes después les seguía, conduciendo en silencio “nuestro” automóvil, tomando consciencia de que ya nunca más la volvería a ver, ni la vería sentada a mi lado hablando tranquilamente de nuestras cosas.

La visión del féretro a pocos metros de distancia, en cuyo interior se hallaba su cuerpo inerte apartado de mí para siempre, empezó a generar otro nuevo y muy potente sentimiento. Ciertamente aún no acababa de identificarlo pero todo parecía indicar no presagiar demasiados buenos augurios, y yo empezaba a ponerme nervioso de verdad.

Al entrar al crematorio me dirigía, sin saberlo, al momento en que iba a romperme en mil pedazos. Nunca en mi vida había presenciado una ceremonia de cremación. Allí, frente a mí, apareció su ataúd pulcramente colocado delante de la entrada del horno. Abrieron la portezuela y, aterrorizado, vi aquellas dos hileras de llamas esperando. En pocos instantes se cerraba la portezuela metálica y en mi interior se desencadenaba el brusco y violento “despertar a la nueva realidad”, una absurda realidad no querida ni aceptada por mí, pero del todo inevitable e irreversible. Caí con todo mí ser. Me hundí de golpe en un oscuro callejón, rompiéndose cualquier esquema claro que hubiera podido tener hasta aquel preciso instante, y perdiendo todo el significado de mi vida y la vida en general.

Allí empezó un andar solitario, por un mundo absolutamente desconocido y tenebroso del que, a pesar de sentirme plena y absolutamente convencido de que no había salida posible, no era menos cierto que no había forma humana de evitarlo. ¡Yo seguía vivo! Y ello significaba que tanto daba que lo aceptara como no, el reloj y el mundo iban a continuar su implacable marcha, con o sin mi consentimiento.

La primera reacción fue aceptar plenamente mi negativa a querer regresar directos a casa, ¡necesitaba tiempo! ¿Tiempo para qué? lo ignoraba, pero en aquel instante demandaba con toda mi alma un cambio de entorno. Era mediodía y finalmente no se me ocurrió otra cosa que llevarme a nuestros hijos a comer fuera. No tenía ni pizca de apetito, pero tampoco deseaba abandonarme ni abandonarlos en aquel momento. Era consciente de que me venía encima algo extremadamente duro, y no deseaba bajar la guardia mientras pudiera.

Aquella sería una de las primeras decisiones que tomaba en plena soledad. Los llevé a comer a un restaurante frente al mar, un local donde Marta y yo solíamos ir muy a menudo porque nos encantaba como cocinaban la paella de marisco.

Ciertamente parecía una actitud temeraria, por no decir suicida, pero mi reacción fue absolutamente visceral. Sentí que en aquellos momentos era muy importante no intentar evitar los lugares que tanto habíamos disfrutado y frecuentado, o terminaría por no poder salir de casa. Sabía que aquello iba a dolerme una barbaridad, pero creía del todo necesario no esperar a que las cosas vinieran por su propio pie, decidiendo afrontarlas lo antes posible, sin dudar ni por un instante. Como ya he comentado, quizás podía parecer una actitud un tanto “suicida”, pero era ya tanto el dolor, que se me antojaba imposible que este pudiera aumentar aún más, por lo que nada tenía a perder y, quizás, mucho a ganar.

Pero sepas que aquello no fue en absoluto una heroicidad, ni una cuestión de capacidad, valentía, ni nada parecido, sólo fruto del shock al que estaba sometido y, por ello, parte de la frialdad que aún conservaba. Por mucho que mi profesión pudiera a suponer que estaba preparado para abordar el problema lo mejor posible, resulta más bien todo lo contrario. Por un lado ésta no era, ni de muy lejos, mi especialización, no disponiendo de más información que la que cualquier otra persona pudiera tener al respecto. Por otro, detrás de cualquier título u oficio se encuentra un ser humano, con todas sus virtudes, defectos y limitaciones, pudiendo este perderse con tanta facilidad como cualquier otro, al tener que enfrentarse a una situación de semejante índole.

También, a pesar de que muchos puedan creer que una muerte anunciada da tiempo a “prepararse”, esto resulta del todo falso. Nada tiene que ver lo que uno pueda pensar, sentir, y vivir antes y después del fallecimiento de tu ser amado. Es muy importante resaltar que, en este tipo de situaciones, no hay comparación ni valoraciones posibles que puedan hacer que unas pérdidas sean mejores, o peores que las otras. Estamos hablando de una vivencia personal e intransferible que nadie en el mundo puede pasar por ti, ni llevar siquiera una mínima parte de tu carga. Nunca más nada va a ser lo mismo y, quizás por esto, su efecto será profundamente devastador y transformador para todos.

Una “muerte anunciada” es sólo una forma de distinguir un hecho o acontecimiento. Detrás se esconde un diagnóstico que acaba con tu vida “normal” de un plumazo. Un encontrarte viviendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, la crueldad de ver impotente como ese ser tan querido es consumido por una enfermedad o accidente. Vivir en tus propias carnes el verdadero significado de saberte insignificante, impotente, inútil e inservible ante quien tanto amas y tanto necesita de ti y de la vida en general. Soportar semejante desgaste interior al descubrirte absurdo y sin herramienta alguna que te permita cambiar nada en absoluto, resulta una experiencia que puede acabar con cualquiera.

Este punto es recomendable tenerlo muy presente, tanto para quienes se encuentran en pleno duelo, como para aquellos que deseen “ayudar”. No se trata de “categorías o tipos de duelo”, ni de “tipos de vínculos”, ni de “superar”, ni “rehacer tu vida”, ni de que “tienes a tus hijos o nietos para cuidar”, ni tantas y tantas calificaciones o frases como se nos ocurren al principio, con tal de dar ánimos con la mejor intención del mundo. No hay ánimo posible, es necesario respetar, con el silencio y apoyo incondicional, dejando que aflore el dolor, con todos sus matices, y facilitar que la persona pueda expresar libremente lo que sienta en cada momento, sin que se encuentre con la desagradable situación de verse obligado u obligada a medir sus palabras para evitar ser juzgado, mal interpretado, o hacer sufrir a nadie. Ninguna lógica resulta útil en aquellos momentos salvo un sincero abrazo y un amor incondicional y sumamente respetuoso.

Hay quien deseará compañía, y hay quien buscará refugio en la soledad sin que por ello esté menospreciando a nadie, pero todos hemos de pasar por un proceso muy íntimo, personal, e intransferible, si deseamos salir bien parados. Y te aseguro que no va a ser fácil ni corto.

Aquí es donde va a aparecer otro de los problemas adicionales con los que nos encontraremos. Pasadas unas semanas, quizás meses, muchas de las espaldas donde nos apoyábamos para llorar van a convertirse en muros de incomprensión, llegando, más de una, incluso a mostrarse aparentemente agresivas, debido a la sensación de impotencia que crea el no saber qué hacer frente a alguien a quien se quiere, y anhela ayudar, pero que parece no reaccionar a la velocidad que uno desearía. Pueden pasar meses, e incluso años, hasta que reencontremos nuestro espacio vital. La rapidez o lentitud con la que empecemos a levantar cabeza nada tendrá que ver con nuestra calidad como sujetos, fortaleza, integridad, ni tampoco del amor que sentíamos, y seguimos sintiendo por nuestro ser perdido. Necesitamos sentarnos frente a la vida y volver a encontrarle sentido, tarea muy ardua y seria a la que muy poca gente se ha enfrentado nunca, y para la que no disponemos de ninguna preparación ni herramientas.

Solemos vivir de espaldas al verdadero significado del ser, y la muerte nos pone frente a tal situación que sólo encontrando respuestas válidas vamos a poder rediseñar una nueva vida, ciertamente no deseada en absoluto en estos momentos pero que, con el tiempo, iremos elaborando. Por ello, a la larga, los cambios que se darán van a ser de una calidad extrema, pero vamos a tardar y mucho.

Pero retomemos el hilo y volvamos a situarnos.

Aquel domingo, después de comer, y hablar largo y tendido con mis hijos, los dejé en sus respectivos hogares y regresé para casa. Al llegar era ya de noche y el simple hecho de entrar en el parking se transformó en una dolorosa experiencia. Nunca más íbamos a hacerlo juntos y debía ir acostumbrándome a ello. Aparqué, subí las escaleras observando, sorprendido otra vez, aquella extraña sensación interior de no identificación con nada, y me dispuse a abrir la puerta de casa. El silencio y la fría oscuridad del recibidor provocaron un doloroso nudo en mi garganta, muy difícil de describir en cuatro palabras. Aquello que tenia frente a mis ojos y que había sido nuestro hogar, ahora se me antojaba extraño y sin sentido pero, casi como un autómata, me dirigí al dormitorio sin pensarlo dos veces.

A la mañana siguiente, viendo que mi cabeza iba a estallar, fue cuando tomé una de las decisiones que, a pesar de temer que pudiera ser un error y muy peligroso, más me han ayudado hasta el día de hoy. Como ya he comentado en el capítulo anterior, iba a dedicar unas horas diarias a escribir a mi esposa, a la vez que llevar algo parecido a un “diario personal”. Una especie de amigo silencioso a quien contar cualquier cosa que se me pasara por la cabeza, sin necesidad de evaluar la conveniencia o no de lo que escribiera. Allí volcaría todos mis sentimientos, dudas, temores, desesperación y amor por Marta, dándome permiso para no reprimir nada, ni tan siquiera el llanto, algo extremadamente difícil para mí, por lo menos hasta entonces.

“Hola amor mío,

Poco pensaba que un día este bloc me serviría para esto, pero la vida lo ha decidido así y en estos momentos no tengo otra forma de hablar contigo que no sea escribiéndote.

El viernes te marchaste para siempre…, lo hiciste de la forma más dulce y suave que jamás hubiera podido imaginar, pero yo me he quedado con tantas cosas por decirte amor mío… ¡¡¡tantas…!!!!

¡¡¡¿Por qué?!!! ¿Qué sentido tiene la muerte? ¿Cuándo podré entenderlo? ¿Y porqué c… debo entenderlo? ¿Qué he hecho tan mal como para que la vida me castigue apartándome de ti para siempre? ¿Qué de bueno puede haber en todo esto?

Te prometí que saldría de ésta, quería que te marcharas en paz, pero… ¿qué significa “salir de ésta” si no es a tu lado?, ¿qué hago yo ahora?, ¿cómo lo hago?

Que pataleta te estoy montando, ¿verdad amor?

Donde te encuentras ahora ¿te llega este escrito?, ¿quizás los pensamientos y sentimientos que nacen de mi al hacerlo?, ¿quizás los de todo el día?, ¡¡¡¿quizás NINGUNO?!!! La vida resulta bien curiosa, y más el conseguir entenderla sin un puñetero manual de instrucciones…

¿Qué me gustaría al escribirte? Pues sencillamente hacerte llegar todo lo que siento y he sentido por ti, y contigo. Unos momentos al día destinados a estar a tu lado, sintiendo tu presencia y regalándote mi amor incondicional.

El nudo en la garganta y las lágrimas que a menudo salen, son de añoranza, melancolía, impotencia, amor, agradecimiento, deseo, rabia, miedo, …

Fumo demasiado, ¿verdad?

¿Dónde te encuentras en estos momentos?, ¿verdad que eres feliz como nunca lo habías sido?, ¿no habría alguna manera de que me visitases de vez en cuando?, ¿ni que fuera a través de los sueños…, pero que pudiera recordarlos claramente al despertar?

¿Sabes lo que representa mirar a mí alrededor y saber que, por mucho que te busque, NO ESTAS, NI ESTARAS NUNCA MÁS…?

¿Y qué hago yo ahora, amor?

¿Está en tus manos ayudarme de alguna forma, cielo…? ¿Ni que tan solo fuera dándome un poco de paz interior?

¿He hecho todo lo que estaba en mis manos por ayudarte?, ¿es la muerte una “decisión personal”, por encima de cualquier enfermedad, tratamiento, soporte, ayuda,…, o depende de todo lo que se pueda hacer para luchar contra ella?

¿Era necesario que te sedáramos, amor mío…, o quizás eso fue lo que te mató? Días enteros sin comer, durmiendo y sin poder hacer nada para combatir el sueño que te provocaban… ¿fue esto lo que acabó contigo y la lucha que llevabas?, ¿quizás fue la ayuda que necesitabas para traspasar?

¿Tu Ser interior fue quien mandó en todo momento? Estas dudas me taladran muy profundamente, ¿sabes?, mucho.

Creo que voy a ordenar el comedor, ¿de acuerdo?, por lo menos dispondré de un espacio con un cierto orden.

Regreso enseguida.”

Aunque muy veladamente, aquí ya empezaban a darse una serie de reacciones que, por bien que aparentemente muy suaves, aumentarían en intensidad y virulencia a medida que transcurrirían los días. Al ser una traducción literal, de un manuscrito hecho sin otra intención que la de aprender a soltar lo que llevaba dentro y, por si no fuera poco, en catalán, que es mi lengua materna, ni las formas ni su contenido deben tenerse demasiado en cuenta, no así los detalles que van surgiendo, propios de la primera fase del duelo.

Paso a transcribir las cuatro líneas escritas aquella noche e inmediatamente comentaremos los detalles a considerar.

“Primera noche solo. Muchas imágenes y recuerdos de estos cuatro últimos meses en el hospital. Miro el móvil y ya no tendré que llevármelo a la cama, por si acaso. De inmediato me viene tu voz a la mente, casi irreconocible, llorando, pidiéndome que venga a tu lado. Me levanto a buscar el cenicero y, justo en el suelo, aún hay una maleta. Miro y veo la linterna que ponías en la mesita de noche, para poder controlar la hora, la medicación y tus cosas en el hospital. Imágenes de ti muy debilitada, irreversiblemente deteriorada, y luchando con uñas y dientes, a la vez que llena de pánico a morir.

Necesito cambiar de chip o esto acabará conmigo.

Me voy a la cama. Buenas noches amor.”

Estas pocas palabras no son fieles al sentir real, dado que durante todo el día me encontraba dándole vueltas y más vueltas a tantas preguntas como uno pueda imaginar, a la vez que sometido a un bombardeo constante de imágenes y recuerdos de los dos años de enfermedad. Todos envueltos con un sentimiento desgarrador que me llevaba al llanto con una facilidad pasmosa.

La sensación interior era la de estar fuera de mi. Pánico a vivir; sentirme extraño conmigo mismo, como queriendo entender qué me estaba sucediendo, ya que no me reconocía en casi ninguna de mis reacciones; notar una sensación de impotencia abrumadora frente a todo; descubrirme como un ser vulgar y corriente, uno más de entre la multitud, alguien sin importancia.

Si una imagen me ha quedado grabada de los primeros días es la de encontrarme asomado a la ventana viendo pasar la gente por la calle, un tomar conciencia de lo insignificantes que llegamos a ser para el resto del mundo. Veía a la gente ir y venir, totalmente ajena a mi drama, y me sorprendía ver que todo siguiera igual. Incluso para aquellos que nos conocían, la vida continuaba igual que antes, con sus cosas, sus proyectos, su cotidianidad. Marta nunca más iba a estar allí y todos, con más o con menos dolor, tenían obligaciones y “normalidad” en sus hogares, sólo yo me encontraba frente a MI vacío, un vacío mortal al que no sabía cómo hacerle frente, ni de donde sacaría fuerzas para ello. Mi vida se había ido por entero al traste.

Era tal mi sensación de soledad y desespero, que me vi incapacitado incluso para poder comprender el dolor de personas muy queridas para mi, ni entender más reacción que la mía propia. Sus padres, que perdían a su única hija; su abuela, viuda y ya entrada en años; nuestros hijos…, nadie me parecía que pudiera estar pasando por lo que yo pasaba y, como tal, nadie parecía entender mi situación, por lo que la sensación de ahogo y soledad aún eran mayores. El error era evidente, pero en momentos así todos perdemos parte de nuestra capacidad de juicio y, en muchas ocasiones, esto va a ser la posible causa del rompimiento de lazos familiares, que aún hará más profundo el dolor y la soledad.

A todo esto había que sumarle una inapetencia absoluta, y el profundo desconcierto al encontrarme continuamente frente a sensaciones y reacciones para mí totalmente desconocidas. Aquello que antes podía gustarme o atraerme de verdad había dejado de motivarme lo más mínimo. Aficiones, intereses, preferencias, ideas, creencias, proyectos, cotidianidad,… todo se había esfumado, dejando sólo espacio para la desesperación más profunda, y una hipersensibilidad atroz. Sólo me mantenía vivo el recuerdo de sus últimos minutos de vida que, después de valorarlo mucho, pienso que merece la pena regalártelo y no dejarlo exclusivamente para mí.

Era viernes por la noche y, aunque durante todo el día tuve a la familia dando apoyo, me sentí muy aliviado cuando todos se marcharon a cenar. Otra vez quedábamos ella y yo solos, como tanto nos solía gustar. Llevaba dos días en estado de coma irreversible, y yo me sentía terriblemente angustiado. Su respirar parecía mostrar mucho sufrimiento, soledad, y miedo, y me sentía responsable de haber autorizado a los médicos para que le suministraran los sedantes. Algo así como haber firmado su sentencia de muerte.

Hacía escasamente unas semanas que la doctora de guardia, citándome en una sala a parte, me comunicaba que avisara a la familia porque Marta no pasaría de aquella noche. Consecuentemente habían decidido empezar a administrarle unos sedantes para ayudar a que no sufriera más, e hiciera el tránsito con serenidad. Consentí muy a regañadientes. Yo no podía saber lo que sus médicos habían visto en verdad, pero me aterrorizó la idea. Veía a Marta absolutamente deteriorada pero aún con vida y ganas de luchar y, aunque su aspecto era desolador, ella misma se encargaría de darme la razón.

Tan pronto se percató de que la medicación empezaba a darle sensaciones distintas a las habituales y que el sueño podía con ella, comenzó a luchar con uñas y dientes por no sucumbir a sus efectos. Intentando abrir los ojos con todas sus fuerzas me preguntó ansiosamente qué le habían dado y, al decirle yo que una ayuda para que descansara, me suplicó que se la retiraran de inmediato. Fue tanta su insistencia que, a las pocas horas y bajo la condición de que aceptara descansar de verdad, hablé con la médico de guardia prohibiendo que siguieran con ello.

La conversación que tuvimos fue muy breve, ella notaba que la estaban durmiendo y no lo aceptaba. Yo no podía hacer otra cosa que respetar y aceptar su decisión pues, aunque muy enferma, estaba en su sano juicio. Mi respuesta fue que si se abandonaba al sueño y se permitía descansar, yo le prometía hablar con la médico de guardia para que le quitaran cualquier medicación que la sedara. Fue decir esto y ella caer en un profundo sueño.

Quizás pueda parecer una estupidez pero aquel gesto suyo fue el abrazo más sincero y profundo que Marta podía haberme dado en toda su vida. Significaba un “te confío mi vida”. Tal cual, sin otra interpretación posible. Me estaba diciendo que era tal la confianza que tenía en mí, que simplemente se abandonaba dejando su vida en mis manos. ¿Puede existir algo más maravilloso y profundo que un gesto así? ¿Sería yo capaz de comprender el verdadero alcance de aquel gesto suyo? Aún hoy me faltan palabras para expresarle hasta qué punto me sentí amado en aquel momento. Simplemente fue como si detuviera el mundo para darme un instante de esa intimidad en la que nada ni nadie puede entrar a interrumpirla. Muy difícil de describir con palabras, porque no existe ninguna que se pueda ni tan siquiera acercar.

“Ningún moribundo pedirá una inyección si lo cuidáis con amor y si le ayudáis a arreglar sus problemas pendientes.”

(Dra. E. Kübler-Ross)

A pesar de todo, semanas después llegó el momento más temido por mí. Esta vez sabía que ya nada se podía hacer. Su cabeza ya no era la suya y todo anunciaba que el final estaba muy cercano. Se le administraron los sedantes y poco a poco entró en un sueño profundo, aunque su respiración seguía siendo un lamento a gritos. Nada podía hacerse, no había marcha atrás dado que su cerebro estaba ya alterado del todo, y aquel respirar me mataba lentamente. De pronto, sin más, sentí la necesidad de apoyar mi cabeza junto a la suya, invadiéndome de inmediato una extraña y fortísima sensación de paz y dulzura, que no sabría describir en palabras, algo así como si ella estuviera abrazándome con todo su amor.

De inmediato me encontré hablándole muy suavemente, contándole con tanta dulzura como era capaz que no tuviera miedo, que estaba a punto de encontrarse frente a una luz maravillosa que la llenaría de un amor y paz indescriptibles. Le conté que la estaban esperando y que iba a sentir una sensación de “hogar” preciosa, comprendiendo de inmediato lo fantástica y querida que llegaba a ser. Le dije cómo llegaba a amarla y le pedí que no sufriera por mí, que si se resistía a partir por no dejarme sólo, yo ya estaba preparado, prometiéndole que sabría salir de la situación en la que me quedaba, y que muy pronto íbamos a encontrarnos otra vez. Volví a hacer hincapié en lo maravilloso de lo que le estaba esperando, pidiéndole que marchara muy tranquila y llena de mi amor.

Justo al terminar de hablarle, hizo tres respiraciones lentas y muy suaves, sin ninguna muestra de tensión o sufrimiento, y su cuerpo quedó dulcemente inerte. Todo había terminado. Fue como sentirla abandonar su cuerpo, dejándome con una sensación de paz indescriptible, a la vez que un profundísimo agradecimiento, no solo por todo lo que me había dado, sino por regalarme su partida en la más íntima exclusividad.

Quizás esto pueda hacer pensar que su muerte sea más soportable que otras, pero hay que recordar que nuestro dolor es intransferible e imposible de cuantificar, por lo que no hay comparación posible a realizar. Es del todo cierto que nada tiene que ver una despedida de ese tipo a una visita o llamada para comunicarnos el fallecimiento inesperado de nuestro ser querido pero, a pesar de ello, el proceso en el que entramos es tan largo y complejo, que todos terminamos perdiendo absolutamente nuestro norte.

Pero ciertamente me siento afortunado por poder contar lo sucedido porqué me permite hablar de algo que considero muy importante. Ella estaba en coma. Entonces… ¿qué o quién hizo que me acercara a su cama, justo en aquel preciso instante y le hablara como lo hice?, ¿todo lo sucedido tiene algún otro significado que no sea el saber que, de alguna manera, ella me llamó, me “abrazó”, me contó su sentir, escuchó y decidió partir en paz y llena de amor, después de “besarme” dulcemente?

¿Decidir partir?, ¿escuchar y hablar en pleno estado de coma?, ¿nosotros ser capaces de “escuchar” con algo distinto a nuestros oídos?, ¿fue su último regalo el mostrarme que la vida es mucho más de lo que imaginamos?

Sinceramente, en aquel momento creo que recibí uno de los tesoros más valiosos que un ser humano puede recibir. Marta me mostró que el trance se efectúa sin dolor, que verdaderamente HAY vida después de la vida, y de una belleza sin igual, me mostró también que el ser humano puede comunicarse más allá del habla, que somos mucho más que cerebro y, si he de ser sincero, creo que todo lo que ella quiso decirme está grabado en lo más profundo de mi ser, a pesar de que hoy siga sin poder expresar lo que ello significa para mí.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
192 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9788494560866
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Правообладатель:
Bookwire
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