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HINAULT

EL TEJÓN

William Fotheringham


© William Fotheringham, 2015 del texto original.

Publicado originalmente bajo el título Bernard Hinault and the Fall and Rise of French Cycling in 2015 por Yellow Jersey, un sello de Vintage. Vintage es parte del grupo empresarial Penguin Random House.

© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2021.

Gordoniz 47B-bajo

48012 Bilbao

info@librosderuta.com

www.librosderuta.com

Autor: William Fotheringham

Traductor: David Batres Márquez

Edición: Eneko Garate Iturralde

Foto portada: Gilbert UZAN/Gamma-Rapho a través de Getty Images

Diseño portada y maquetación: Amagoia Rekero García

ISBN: 978-84-122776-8-5

eISBN: 978-84-122776-9-2

Depósito legal: BI 00851-2021

Impreso en España por Leitzaran Grafikak

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Para Andy Walker, Robert Vogt y su fallecida esposa Ginette, por aquel maravilloso verano de 1984.

ÍNDICE

Agradecimientos

El tejón atrapado

En el filo

El chico bretón

Rompiendo con el guion: ascenso y caída

El lento ascenso hasta la cima

El sistema Guimard

Chefs d’ouvre

Tejón

Ruptura

Sin clemencia

Bernard peut en cacher un autre (Detrás de un Bernard puede haber otro)

Un asesino y un chico encantador

Cara, yo gano, cruz, tu pierdes

No es un hasta luego, es un adiós

Renacimiento

Epílogo

Apéndice I

Apéndice II

Apéndice III

Apéndice IV

Bibliografía

Índice onomástico

AGRADECIMIENTOS

A pesar de que este libro se basa en entrevistas que datan de hasta veinticinco años atrás, debo agradecerles a las siguientes personas que me hayan prestado parte de su tiempo en 2014: Bernard Hinault, Robert Millar, Marc Madiot, Jean-François Bernard, Warren Barguil, Sean Kelly, Sean Yates, René Hinault, Sam Abt, Philippe Bouvet, Patrick Lefevere, Joop Zoetemelk, Stephen Roche, Philippe Crepel, Daniel Gisiger, Phil Edwards.

También he de agradecer a mi hermano Alasdair Fotheringham que entrevistara a Andrés Gandarias, Julián Gorospe y Pedro Delgado, y a Philippe Bouvet por conseguirme números de teléfono, copias de L’Équipe y por su inspiración.

He de darle también las gracias a mi agente, John Pawsey, y a todo el equipo de Yellow Jersey Press, por todo su apoyo y duro trabajo: a mi siempre paciente editor, Matt Phillips, a la correctora Justine Taylor, al diseñador Kris Potter, al productor Phil Brown y a Bethan Jones en el marketing.

Sin embargo, las personas que más han contribuido a este libro han sido mi esposa, Caroline, y mis hijos Patrick y Miranda; siempre me han ofrecido su cariño incondicional y su paciencia mientras que el estrés y las tensiones se acumulan con cada libro en producción.

Hacía mucho tiempo que el topo quería

conocer al Tejón. Por lo que le habían contado,

parecía ser un personaje de lo más importante.

Kenneth Grahame, El viento en los sauces

EL TEJÓN ATRAPADO

Todo lo que se afronta es un desafío, siempre.

Tienes que vigilar en todo momento,

pero también puedes convertirlo en un juego.

Bernard Hinault.

Bernard Hinault estaba atrapado. Hundido en el asiento del copiloto de aquel coche, en una calle de la ciudad normanda de Lisieux, no tenía dónde ir. Abrir la puerta le resultaba imposible, tal era la multitud. Tampoco podía bajar la ventanilla: demasiados cuerpos se apretujadan contra ella. Era una agradable tarde de mediados de verano, mientras el sol se encaminaba hacia el ocaso. Multitud de aficionados habían acudido hasta allí y llevaban ya un buen rato esperando. Ancianos, jóvenes, hombres, mujeres… todos querían verlo, tocarlo, pedirle un autógrafo.

Hinault se había demorado tanto como era de esperar para la salida del critérium de Lisieux, el 23 de julio de 1985, mientras que, según pasaba la tarde, se congregaba una multitud anticipándose a su llegada. Los primeros llegaron para asegurarse los mejores lugares del circuito; el resto se fue moviendo como por osmosis, llenando cada hueco libre de las aceras frente al edificio en el que los ciclistas debían cambiarse. La expectación era comprensible: dos días antes Hinault había logrado su quinto Tour de Francia, uniendo su nombre a los de Eddy Merckx y Jacques Anquetil en los libros de récords. Y aquí estaba, en carne y hueso.

No logro recordar cómo pudo, por fin, salir del coche y llegar hasta la puerta de los vestuarios. Pero lo que sí recuerdo es que, aunque todo hacía presagiar que presenciaríamos una muestra de aquella agresividad tan típica del Tejón qué menos que un bufido, si es que no sacaba las garras a relucir—, lo cierto es que no vimos nada parecido. Permaneció en su asiento, sereno, esperando a que los organizadores sacaran, de una vez, algo de músculo para hacerle un hueco por el que poder salir. Parecía sorprendentemente menudo —es uno de esos ciclistas que, cuando están sobre su bicicleta, dan la sensación de ser mucho más grandes de lo que lo son cuando se bajan de ella—, y tenía cierto aire de cansancio, algo poco sorprendente. No ganó. Ese privilegio se lo llevó el ciclista «local» Thierry Marie, neoprofesional que acababa de completar su primer Tour.

Yo no formaba parte de la marabunta que cercaba el coche en cuyo interior se encontraba el maillot amarillo. Y lo que es más irónico, ni tan siquiera acudí para ver a Bernard Hinault. No se puede negar que aquel Tour de 1985 tuvo su ración de drama y que se ganó un hueco en la historia, pero para muchos de nosotros el interés era mucho más provinciano. Junto con un pequeño grupo de compañeros del Etoile Sportive Livarotaise, club con sede en un pequeño pueblo dedicado a la industria quesera y de la sidra situado a quince kilómetros al sur, había acudido a ver a Thierry, que un año atrás había sido nuestro compañero. Thierry fue uno de los tres livarotais que formaron parte del gran espectáculo de aquella tarde: junto a él estaban François Lemarchand, otro neoprofesional que también acababa de terminar el Tour y Alain Percy, aficionado de primera categoría que había sido seleccionado por el equipo regional normando. Entrenábamos, bromeábamos y alternábamos con estos muchachos. Eran nuestro salvoconducto hacia el mundo de Hinault y compañía, el nodo de seis grados de separación que nos vinculaba con el Tejón.

Ese pequeño mundo que había engendrado a Hinault, Maurice Le Guilloux, Vincent Barteau, Laurent Fignon y tantos y tantos profesionales franceses desde el fin de la guerra, también era nuestro mundo. Un mundo en el que cada fin de semana había docenas de carreras, además de un buen puñado durante la semana. Había momentos del año en el que casi cada núcleo urbano de Normandía y Bretaña tenían su Prix du Comité des Fêtes o Prix du Cyclisme, por muy aislado que estuviera el villorrio o pequeña que fuera la aldea. Algunas incluso tenían dos o tres carreras durante el verano. Tanto Hinault como todos aquellos a los que veíamos habían comenzado a correr en esas carreras. Fueron escalando hasta llegar a las carreras mayores, las semiclásicas regionales en las que clubes como el nuestro defendían su orgullo; y de ahí, pasaron a la estratosfera. Esa era nuestra conexión. Para Livarot, un pequeño pueblo de lo más profundo de la Francia rural, que dos de sus ciclistas participaran en un mismo Tour era un logro extraordinario; al menos desde que los días de los equipos regionales tocaron a su fin durante la década de los 50. Era como si dos jugadores de un equipo de fútbol de pueblo jugaran la final de la Copa. Para nuestro patrón, Robert Voigt, era algo difícilmente mejorable.

Los critériums posTour sirven —servían— para que la gente pueda ver a sus héroes de cerca. Le añaden cierto toque personal a las fotografías y las noticias. Hinault había sido una parte muy importante de mi vida ciclista desde que esta diera comienzo en 1978; y, ahora, ahí estaba. Encerrado en un coche, saliendo de él para que se lo tragara un océano de cuerpos; y, después, pasando a toda velocidad en una fila de ciclistas a la que bañaban los últimos rayos del sol. Aquel pelo rizado de Hinault, sus frondosas cejas y sus siempre presentes dientes habían protagonizado las portadas de las copias de Miroir du Cyclisme que yo devoraba de adolescente. Podía perderme en su mundo hasta el punto de que, en las clases de física, para lograr hacerme regresar a la tierra de las ecuaciones y los mecheros Bunsen, el profesor tenía que echar mano de métodos de lo más abruptos, como un trozo de tiza certeramente apuntado. Los Tours y clásicas de Hinault eran los que mi difunto padre y yo habíamos escuchado por la radio, sintonizando emisoras de radio francesas de larga frecuencia, esos Tours que nos traían Jean-Rene Godart y Jean-Paul Brouchon.

Más allá de su más que obvio estatus como macho alfa dominante en el ciclismo, tampoco es que Hinault me llamara demasiado la atención. Me atraía más esa naturaleza fantasiosamente clandestina del ciclismo: el proceso de descubrir una cultura que muy pocos conocían, o por la que muy pocos se interesaban; un viaje guiado por un lenguaje que muy poca gente hablaba y cuyos medios de comunicación eran difíciles de obtener. Si quería comprar alguna revista debía ir al Soho y para escuchar la radio había que sintonizar las emisoras de radio correctas en el momento preciso. Eso sí, el ciclista que siempre reinaba en esos momentos memorables era Hinault, y el hecho de que aquellos momentos fueran tan escasos era lo que les otorgaba un mayor valor.

Durante unas vacaciones de Semana Santa que me pasé en un intercambio en 1979 no dejé de darle la lata a mis anfitriones para que me dejaran ver la París-Roubaix y la Lieja-Bastoña-Lieja, en las que Hinault se encontró entre aquellos que, impotentes, persiguieron a un Didi Thurau imperial. No recuerdo cómo encontré una radio en la que escuché la llegada al Balón de Alsacia en el Tour de 1979.

Aquel épico duelo de Hinault con Zoetemelk, tan sumido en el olvido ya como mi silueta adolescente haciendo picnic en las laderas de una colina de Devon, una tarde en la que salimos con los estudiantes franceses de intercambio cuando estos nos devolvieron la visita aquel julio. El Mundial que Hinault ganó en Sallanches, en 1980, lo pude ver por partes durante una tarde en la que estábamos de visita en nuestra ciudad hermanada de Normandía. Pude ver retazos de la carrera, interrumpidos por un largo almuerzo y un paseo en coche en el que mi hermano vomitó su Camembert.

Inspirado por aquel ataque con el que Hinault se fue del grupo al principio de la carrera de Sallanches, para escapar de la confusión que la lluvia provocaba en el pelotón, un año después intenté algo similar en los campeonatos autonómicos júnior de Devon y Cornwall. El problema es que lo que a él le salió tan bien a mí me fue fatal. En 1982 yo lucía aquella cinta amarilla y negra de Renault-Elf al estilo John McEnroe que habían popularizado Hinault y Laurent Fignon. Si el Tejón y el Profesor podían ir en contra de toda practicidad y buen gusto, ¿por qué no iba a hacer yo lo mismo?

El Tour de 1984, el de Hinault contra Fignon, fue el primero que viví íntegramente en Francia. En aquel momento no supe apreciarlo: a partir de 1990, como periodista, sería así como viviría la mayoría de Tours, a través de las pantallas de la televisión francesa y del periódico L’Équipe. Cada sobremesa de aquel bochornoso julio —siempre y cuando me lo permitieran los entrenamientos y la competición— ascendía de manera casi religiosa por la colina de Livarot que llevaba a la casa de Monsieur y Madame Vogt, en la que las cortinas tapaban el sol para que pudiéramos ver esa derrota de Hinault que tanto se demoró, y la consecuente victoria de Fignon. No pudimos evitar cierto orgullo por saber que nuestro Thierry correría un año después junto a Fignon y Guimard en el todopoderoso Renault-Elf. Visto en retrospectiva, resulta curioso recordar la alegría que nos trajo el mal ajeno de saber que Hinault había dejado a Guimard en el otoño anterior. Ahora le daban su merecido, y nuestro chico sería uno de los que patearían al Tejón en 1985. Nadie, en ese mes de julio, esperaba que el Tejón fuera capaz de contraatacar.

Casi treinta años después volví a presenciar la figura de Hinault encerrada en un coche, solo que en esta ocasión no había una multitud que evitar y yo también estaba dentro del coche. Era uno de aquellos Skoda Superb familiares rojos repleto de logotipos y engalanado con todo tipo de antenas de radio que pasean a los mandamases del Tour de Francia, y nos encontrábamos en la cima de Holme Moss. El páramo de Yorkshire estaba desierto, tal y como uno se esperaría de un día laboral a finales de marzo, y un viento que parecía llegar desde el este más lejano hacía que el frío se te metiera hasta los huesos.

Toda una institución nacional trasladada a territorio extranjero, fue divertido verlo aquel día primaveral de 2014. Habían contratado a Hinault para que visitara Yorkshire y promocionar la Grand Départ del Tour, que tendría lugar aquel mismo julio en Leeds y con esa intención el francés había comenzado su visita ceremonial en aquel Skoda rojo, parando en el pub Robin Hood en Cragg Vale. Se tomó una pinta y un pequeño pastel en la misma barra; la fotografía de Simon Wilkinson aparecería en muchos periódicos. Respondió una ronda de preguntas de los medios de comunicación locales y después se puso una equipación ciclista para dar una pequeña vuelta por lo que se suponía que sería la ascensión más larga y continuada en suelo inglés, mientras un grupo de ciclistas locales lo acompañaba. Había firmado todo tipo de objetos, desde pósteres a camisetas pasando por todo tipo de banderines con los que los oriundos tenían pensado adornar los postes de telégrafo cuando el Tour pasara por allí el 5 de julio.

Los años en que Hinault era considerado el gruñón del ciclismo francés habían quedado atrás. Ya no era aquel tipo que en una ocasión dijo que le encantaría tener una chaqueta con tachuelas para ahuyentar a todos aquellos que le daban palmadas en la espalda y que tantas molestias le causaban después de las etapas. Le Blaireau se había dulcificado, convirtiéndose en algo así como una figura paterna autoritaria, como el Tejón que Kenneth Grahame describía en El viento en los sauces. Pasaba por el circo mediático y mercantil con el mismo profesionalismo del que hizo gala durante sus años sobre la bicicleta, ese profesionalismo que se convirtió en su emblema: había firmado, así que tenía que cumplir con lo que se le pedía, sin contemplaciones.

Condujimos desde Cragg Vale pasando por la cima del Moss, subiendo y bajando por aquella miríada de pequeñas ascensiones que harían de la segunda etapa de aquel Tour, que terminaba en Sheffield, una de las etapas de arranque más duras de los últimos Tours. Habló incluso con entusiasmo lírico acerca de las murallas —«imagine la habilidad, la cantidad de horas de trabajo necesarias para alzar esos muros»—, especuló con el vino que maridaría mejor en caso de cazar y cocinar uno de esos faisanes que habitan en los campos del páramo, habló sobre terrieres y le gustó la comparación entre las gentes de Yorkshire y los bretones, tan conocidos por su dureza y lo taciturnos que se muestran. Sin duda que le gustó la sucesión de pequeños descensos por las estrechas carreteras y las descarnadas ascensiones que salpicaban el final de la etapa de Sheffield. «A los ciclistas no les va a gustar para nada, sobre todo como llueva», dijo con suficiencia. «Yo mismo me habría quejado, pero seguro que me lo habría pasado muy bien aquí».

Puede decirse que la idea del ciclismo profesional como diversión murió el mismo día en el que Hinault, de manera simbólica, colgó su bicicleta de un gancho tras su carrera de despedida en noviembre de 1986. La frase se faire plaisir —divertirse, pasarlo bien— sale una y otra vez a colación mientras se habla de ciclismo con él. Puede parecer un término llamativo cuando se habla de algo que requiere de tanto sacrificio y tanto dolor como es el ciclismo profesional, pero Hinault no estaba solo en la defensa de esta idea: lo mismo pensaba Fignon. En veinticinco años cubriendo el Tour solo ha habido un vencedor al que le he escuchado decir que se divertía compitiendo: Lance Armstrong. Pero esa es otra historia.

La carrera de Hinault hizo de puente entre dos épocas. Comenzó en 1975, en un deporte que apenas había cambiado su esencia tras la Segunda Guerra Mundial —mejores bicicletas y equipamiento, mejores carreteras, pero poco más— y para cuando colgó la bicicleta, el ciclismo comenzaba a parecerse a su encarnación actual, en pleno siglo XXI. Cuando se retiró, en 1986, el ciclismo era un deporte mucho más grande, mucho más orientado a la idea de negocio y mucho más internacional, en el que la cantidad de dinero sobre la mesa era muy superior y los patrocinadores eran mucho más numerosos. Durante el primer Tour de Hinault, en 1978, en el pelotón apenas convivían once equipos, sobresaliendo los fabricantes de bicicletas sobre el resto, ya fuera como patrocinador o copatrocinador. De aquellos once equipos, seis eran franceses. Los italianos ni tan siquiera se molestaban en ir; un sueco, un irlandés y un par de británicos (Barry Hoban y Paul Sherwen) eran los únicos ciclistas no originarios de la Europa continental. En 1986, el último Tour de Hinault, la carrera contó con veintiún equipos, entre los que había dos de Colombia y uno de los EE. UU., con una mezcla de lo más diversa de patrocinadores multinacionales, y con ciclistas de Australia, Noruega, Canadá y México, además de los europeos de siempre y una plétora de americanos, tanto del norte como del sur.

Cuando seguí la victoria de Hinault en el Tour de 1985 —frente al mismo televisor en el que lo vi en 1984— la carrera había comenzado ya su transición, pasando de ser un evento meramente francés con alguna pequeña nota de participación internacional a un deporte internacional que se desarrollaba, en su mayor parte, sobre suelo francés. En cuestión de unos pocos años se había convertido en un evento global. Algunos historiadores marcan el punto de inflexión en 1981, cuando el australiano Phil Anderson sorprendió a Hinault aferrándose a su rueda durante la ascensión a la meta de Pla d’Adet, en los Pirineos, y portó el maillot amarillo unos días. Anderson fue el primer no europeo en liderar la carrera, lo que llevó a Jacques Goddet a escribir aquel editorial sobre la globalización en L’Équipe, «un Tour mondialisé». La victoria del americano Greg LeMond durante el último Tour de Hinault fue la primera de un no europeo; para el veterano periodista de L’Équipe, Pierre Chany, que los cinco primeros de la general representaran a cuatro países diferentes era la prueba fehaciente de la «completa internacionalización del Tour». Chany recordaba a sus lectores que, apenas unos pocos años atrás, habría sido inimaginable que el maillot amarillo no fuera un ciclista europeo, y estaba deseando ver llegar el día en el que ningún país dominara el ciclismo; justo lo que ha ocurrido desde la llegada de este siglo XXI.

Hinault tuvo su importancia en esta transición que se dio durante los 80. Después de que su mentor, Cyrille Guimard, fichara a LeMond, tanto él como Hinault realizaron un famoso viaje a los EE. UU., que quedó en el recuerdo sobre todo por las fotografías «vestidos de vaqueros» en las que Hinault, LeMond y el director de Renault posaban con ropajes del Salvaje Oeste. Hoy, aquello parece un punto de inflexión. Que Hinault fichara después por La Vie Claire ejemplificó ese cambio en el ciclismo: Renault era un fabricante de coches propiedad del Gobierno, con toda la carga emocional que aquello acarreaba, mientras que La Vie Claire era una cadena de tiendas de comida saludable dirigida por el carismático —y truhan— capitalista Bernard Tapie. Su maillot, inspirado en la obra de Mondrian, rebosaba modernidad. Introduciendo a Tapie en el ciclismo, Hinault trajo las grandes fortunas.

Hay otro aspecto en el que también se reconoce a Hinault como el último gran campeón del ciclismo. Desde que se retiró, ningún ciclista que haya ganado el Tour de Francia —en el fondo, podemos decir que ningún ciclista— ha disputado toda la temporada con el objetivo de ganar todo en lo que participase. «Puede que sea el último de su estirpe, compitiendo desde primavera hasta el otoño, triunfando en todos los terrenos, sumando una gesta tras otra, hasta conseguir el segundo mayor palmarés de la historia del ciclismo, solo detrás de Eddy Merckx», escribió Olivier Margot en la introducción para el libro de L’Équipe que celebraba el centenario del Tour de Francia, en 2003.

Fignon secundaba a Margot, apuntando que el enfoque reduccionista de centrarse solo en el Tour de Francia ha reducido la talla de aquellos campeones que lo han adoptado: «Cuando Hinault estaba en forma se quitaba a todos de encima; ganaba todo lo que podía, desde el arranque de la temporada hasta el final. Por entonces, los grandes ciclistas, los campeones, no hacían las cosas a medias. Cuando el Tejón ganaba, lo hacía a lo grande».

«Con Hinault pasaban cosas, así de simple; como caerse en la Dauphiné [1977] y ganarla, o dominar la Lieja-Bastoña-Lieja [1980] bajo la nieve», recuerda Sam Abt, periodista que cubrió aquella época para el Herald Tribune. «Eran extraordinarias demostraciones de fuerza».

Hubo otro cambio mucho más amplio. En 1978 el periodista americano Felix Magowan podía afirmar que «en los países latinos el ciclismo es un deporte que practican, sobre todo, los menos favorecidos de la sociedad, los que, si no se dedican a ello, se dedicarían al boxeo… La mayoría de ciclistas son hijos de campesinos, ya sean jornaleros sin tierra o pequeños terratenientes. En Francia la mayoría provienen de la región de Bretaña, la provincia en la que el ciclismo disfruta de una popularidad similar a la que tiene en Bélgica». A finales de los 80 aquello prácticamente había desaparecido, en parte porque la mezcla internacional que nutría el pelotón profesional hacía que los ciclistas potenciales vinieran de un estrato social alejado de su tradicional campo de cultivo industrial y agrícola; pero, también, porque el cambio económico del que se benefició Europa hizo que cada vez hubiera menos agricultores y trabajadores industriales que necesitasen del ciclismo como una manera de escapar a su suerte. Durante los años en que Hinault fue profesional el ciclismo cambió su mezcla sociológica lo suficiente como para que Margot lo describiera como «uno de los últimos representantes simbólicos de la sufrida clase trabajadora».

Sin embargo, está más comúnmente aceptado que Hinault fue el último de los grandes patrones del deporte, una serie de figuras autoritarias que datan de los primeros años del ciclismo. Eran los hombres con el carácter más duro y las piernas más fuertes, los que dictaban el ritmo al que debía disputarse la carrera y ejercían su influencia sobre los organizadores y el resto de equipos. Sus caprichos podían afectar a las opciones de las que disfrutaban sus compañeros de profesión en otras carreras, valiéndose de su influencia para decidir el dinero que los ciclistas inferiores recibían en las carreras en las que eran contratados. Los patrones —Merckx, Rik Van Looy, Hinault, Anquetil— eran una mezcla de líder sindical y jefe de la mafia, pero con una cosa en común: reinaron sobre el deporte tanto de músculo como de palabra. Hinault estableció su estatus de patrón desde muy pronto, cuando desafió a los organizadores del Tour de Francia en 1978; y seguiría mandando sobre sus compañeros hasta el final de su carrera, tras lo cual, la figura del patrón se convirtió en algo parecido a un dodo.

Hinault también fue el último en otro sentido. En 1985 se daba por sentado el dominio francés sobre el Tour, básicamente por la historia más reciente. Pensar que pudieran pasar hasta treinta años sin que un francés ganara el Tour era un completo disparate, más disparatado incluso que la idea de que la carrera pudiera dar comienzo algún día en el condado británico de Yorkshire. Ambas cosas habrían provocado risas en las cunetas llenas de hierba que circundaban el circuito del critérium de Lisieux en 1985; pero que en el año 2021 los franceses siguieran esperando al siguiente francés capaz de ganar el Tour, era impensable. Los franceses habían logrado un buen número de victorias de etapa en el Tour; y habían ganado muchísimos Tours. Entre la última victoria de Eddy Merckx, en 1974, y la última de Hinault, 1985, los franceses habían conseguido nueve Tours de once posibles, cinco para Hinault y otros dos tanto para Fignon como para Thévenet. Los ocho años transcurridos entre Thévenet en 1975 y Roger Pingeon en 1967 parecían ya un espacio gigantesco, amén de una aberración —provocada por la excepcional valía de Merckx—, si se pensaba que en las décadas de los 50 y 60 los franceses habían presenciado victorias nacionales a montones.

Como tanto le encanta decir a los deportistas franceses, lo que hoy es cierto no tiene por qué serlo mañana. Las cosas cambian con gran rapidez. En 1990, cuando cubrí el Tour como periodista por primera vez, el dominio local comenzaba a tambalearse: las lesiones habían perseguido a Fignon, pero su casi victoria de 1989 hacía que todavía hubiera que contar con él como aspirante a lograr el Tour; y en Francia no había quien se acercara a su talla. Desde aquel momento, el declive fue tan pronunciado que cuando llegaron los 2000 incluso el mero hecho de que un francés ganara una etapa se convirtió en algo excepcional.

El escándalo de dopaje del Festina en 1998 fue un torpedo directo a la línea de flotación del ciclismo en Francia; se demostró, de manera humillante, que el mejor equipo del país, liderado por el favorito de la afición, Richard Virenque, se cimentaba sobre un dopaje institucionalizado, en el que toda una hilera de equipos y ciclistas estaban también implicados. Bajo aquella incertidumbre se multiplicaron las pruebas que demostraban el declive del ciclismo de base en Francia, desde propietarios de tiendas de bicicletas que se quejaban de que los jóvenes ya no querían competir en bicicleta hasta organizadores de carreras —en la misma zona de Normandía en la que el calendario había sido tan prolífico cuando yo corría allí apenas veinte años atrás—, que al paso del trazado del Tour blandían letreros en los que denunciaban que la federación nacional no mostraba interés alguno en las carreras locales. No es de extrañar que el ciclismo francés se llenara de pesimistas que consideraban que el deporte en Francia estaba en un declive permanente sin visos de recuperación. Philippe Brunel, redactor principal de L’Équipe, y el periodista Jacques Marchand se encontraban entre los que afirmaban que el público francés acabaría por darle la espalda al ciclismo de la misma manera en la que, terminados los días de Marcel Cerdan y Jean-Claude Bouttier, le dio la espalda al boxeo.

Pero el ciclismo francés no está, para nada, muerto y es probable que nunca lo esté, aunque la tortuosa búsqueda del sucesor de Hinault —no hablemos ya de un quíntuple ganador, basta con alguien que gane el Tour en una ocasión— está lejos de haber terminado. Lo que hace, por su parte, que la historia de Hinault siga, de alguna manera, inconclusa. La sucesión de Hinault es todo un problema, y no solo en Francia. ¿Por qué? Porque en la carrera que hoy en día es el principal escaparate del ciclismo «el asunto francés» sigue formando una parte crucial de la trama, y llegado el siglo XXI era algo que preocupaba a los extranjeros tanto como a los locales. Esto es así en parte porque, a diferencia de los grandes deportes de estadio, el ciclismo está definido, sobre todo, por el lugar en el que se corre. Por muchas pequeñas incursiones que haga la carrera más allá de sus fronteras, el Tour solo puede celebrarse en Francia. Pero este telón de fondo influencia la carrera de una manera en la que no puede hacerlo el lugar en el que se disputan Wimbledon o Roland Garros. La carrera atraviesa Bretaña y, mientras tanto, la afición y los medios buscan a los bretones. Dado que el Tour siempre tendrá sus raíces en Francia, los éxitos franceses repercutirán en él, atrayendo a los aficionados, atrayendo patrocinadores, engrasando los mecanismos burocráticos. Aquellos extranjeros que acuden a Francia para ver el Tour lo hacen por sus cualidades quintaesencialmente francesas, y esto incluye que los ciclistas franceses hagan un buen papel.

Volviendo a Francia, esa búsqueda de un espíritu nacional resulta comprensible. El éxito, o la falta del mismo, tiene repercusiones a lo largo de toda la cadena trófica del ciclismo, llegando al club ciclista Livarot, al critérium Lisieux y a las carreras más pequeñas. Pero viéndolo de manera más amplia, existe lo que los británicos denominaron como síndrome de Wimbledon —antes de Andy Murray, claro—: el sentido de frustración de una nación que crea un gran deporte internacional pero que se muestra incapaz de tener éxito en el mismo. El perfil mediático del Tour y la duración de la carrera hacen que, a lo largo de los últimos treinta años, la ausencia de ese campeón haya aplastado bajo su peso al país durante treinta días al año. Por eso, mientras que Bélgica dejó atrás la crisis sucesoria posterior a Merckx llegando a aceptar, de manera gradual, que no habría un segundo Caníbal, Francia sigue buscando desesperadamente a su segundo Tejón.

Aquel día de hace treinta años la multitud de Lisieux no fue a presenciar una vuelta a la época dorada del ciclismo francés, al último campeón de la época amateur o a un campeón que fuera el epítome de un deporte en plena transición, desde su páramo local al gran circo internacional; ni al último patrón. Ni tan siquiera el más pesimista habría ido a ver a un francés ganador del Tour pensando que era algo que no volvería a repetirse en mucho tiempo. Fuimos a ver a Hinault por sus méritos como campeón; que no eran pocos, precisamente.

Su palmarés en 1985 estaba prácticamente cerrado: sus cinco victorias en el Tour junto a sus tres Giros de Italia, sus dos Vueltas a España, los dobletes Giro-Tour y el Mundial de 1980. El maremágnum de victorias en carreras de un día, en ocasiones varias en una sola temporada, que en la actualidad quedan ensombrecidas bajo el interés obsesivo por el Tour: Giro de Lombardía, Lieja–Bastoña–Lieja, París–Roubaix, Amstel Gold Race, Gante–Wevelgem, Flecha Valona, el Gran Premio de las Naciones…

Pero más allá de tamaño palmarés —aunque no sea tan extenso como el de Eddy Merckx— estaba la forma en la que consiguió algunas de esas victorias: la épica Lieja bajo la nieve en 1980, el duelo de tres semanas contra Joop Zoetemelk en el Tour de 1979 y, cómo no, la brutalidad clínica con la que consiguió el título mundial en Sallanches. Algunos de los resultados de Hinault quedaron convertidos en una excentricidad por la imprudencia con que los logró: una victoria al esprint en los Campos Elíseos en 1982; un extravagante ataque junto a Zoetemelk para disputar un esprint cara a cara al final del Tour de 1979; la versión ciclista de ver quién tenía el atributo más prominente con Francesco Moser, y que tan de las manos se les fue durante la Lombardía de 1979.

Para los franceses Hinault era más que un mero ciclista. Era también un símbolo de La France qui gagne —una Francia vencedora—, en un momento en el que el país atravesaba por todo tipo de dudas fuera del mundo del deporte. El Tejón formó parte de una generación de oro de deportistas franceses cuyas carreras fueron prácticamente en paralelo, desde finales de la década de los 70 a principios de la de los 80: Michel Platini entre 1976-87, ganando los Mundiales de 1978, 1982 y 1986; Alain Prost, quien debutó en 1979 y ganaría su último gran premio en 1990; Yannick Noah, que pasó a profesionales en 1977 y ganó el abierto de Francia en 1983 y Wimbledon en 1985; Jean-Pierre Rives, el rubio y rebelde jugador de rugby salpicado de sangre que reinó desde 1975 hasta 1984 y recibió la Legion d’Honneur de manos de François Mitterrand junto a Hinault.

Sam Abt considera que aquellos triunfos llegaron en un momento complicado para Francia. «Desde finales de los 70 y durante todos los 80 hubo una crisis de confianza, una enorme fuga de capitales, nadie podía estar seguro ya de cuál era el lugar que Francia ocupaba en el mundo, o qué harían los socialistas. Cuando me mudé en 1971 era un país del segundo mundo; mi portero ni tan siquiera tenía frigorífico y mantenía la leche fresca sacándola fuera de la casa. No muchos tenían un coche. Así que un verdadero campeón sobresalía de verdad. Hinault parecía recubierto de teflón, nada podía detenerlo». El mentor de Hinault, Cyrille Guimard, no era, para nada, seguidor de Merckx —nunca se llevaron nada bien— y siempre coloca tanto a Anquetil como a Hinault por encima del Caníbal, incluso cree que Coppi también lo estuvo. Igualmente, aquellos que compitieron contra Hinault lo ponen en un pedestal, basándose en el daño que les infligía en la carretera. «Merckx fue el más grande, pero Hinault impresionaba más», reconoce Lucien Van Impe, quien disputó la victoria en el Tour tanto al Caníbal como al Tejón. «Jamás he visto una furia interior como la suya. Tenía la habilidad de ponerse al mando de la situación en una fracción de segundo».

«Físicamente, era superior a Merckx», es el veredicto de Joop Zoetemelk, otro de los que disputó el Tour a ambos. «Eddy quería ganarlo todo —critériums, pequeñas carreras, pruebas de seis días— pero Bernard era más razonable, comenzaba la temporada de manera más gradual, pero ganaba aquello que deseara. Bernard no buscaba ganar ocho etapas en un Tour; Eddy quería ganarlo todo: etapas, maillot verde, la montaña… Para mi gusto era demasiado avaricioso».

«Tenía un carácter completamente distinto al de los ciclistas que vinieron después, Miguel Indurain, Pedro Delgado, LeMond…», decía Robert Millar, quien presenció los primeros años de Lance Armstrong y los mejores de Bernard Hinault. «No corrían de la misma manera que él. A Hinault le podía interesar una carrera, o no interesarle, pero cuando le daba igual ganar se ponía a revolotear y te castigaba de vez en cuando, solo para que recordases que estaba ahí; con Greg o Miguel había veces que no sabías que estaban en carrera, pero con Hinault sí lo sabías, siempre. Era el tipo más impresionante de todos contra los que competí, incluido Lance», pensaba Millar. «Lance tenía la agresividad, pero Hinault tenía una argucia y una capacidad física superior. Seguramente habría descubierto la debilidad de Lance y lo hubiera derrotado».

Hinault tuvo que esperar hasta aquella época en que lo vi en Lisieux para lograr el cariño universal, tras sufrir una lesión que pudo acabar con su carrera y tras la derrota de 1984. A principios de los 80 estaba en algo parecido a una guerra fría con los medios de comunicación franceses, uno de los cuales describiría los Tours de 1978-82 —entre los que están las primeras cuatro victorias de Hinault en el Tour— como «los más aburridos de todo el periodo que siguió a la guerra». Hubo momentos en los que fue puesto en la picota por no seguirle el juego a la prensa, por adoptar el rol de anticampeón, desdeñando lo que lograba, «reduciendo el ciclismo internacional a la talla de una empresa provincial de medio pelo», de acuerdo con el periodista Olivier Dazat.

Guimard considera que la grandeza de un deportista depende de la manera en que él o ella juegan con las emociones de aquellos que lo contemplan; en su caso, Hinault provocaba una respuesta emocional mayor que la que provocaba Merckx, lo cual podía ser bien cierto entre los franceses. «La lógica deportiva no genera héroes. A partir de cierto nivel, si deseas que te amen ya no importará el número de victorias, ni su valor, sino las emociones que despierten, la manera en la que se desarrolla la trama y el papel que eliges tener en ella». Si la verdadera vara de medir la grandeza deportiva de un campeón es si se habla de él años después de que haya dejado de competir, Hinault saca matrícula de honor por su actuación en el que puede que sea el Tour más controvertido de la historia: 1986, su batalla «fratricida» con LeMond.

La carrera siguió un patrón: a lo largo de toda su carrera hubo momentos en los que Hinault dejaba la lógica a un lado y se dejaba llevar por las emociones. Mandaba todo plan a la basura y corría por el maldito placer de correr, como hacen los aficionados. A veces parecía destilar esa alegría genuina que se ve en el hombre obeso que esprinta contra su hijo adolescente para ver quien llega antes a la señal; todo aficionado al ciclismo puede identificarse con eso. Era algo que iba más allá de las estadísticas.

«Trabajar era estar siempre de pie, siempre frente a la misma máquina de metal, haciendo lo mismo, una y otra vez. Lo que hacemos —tanto usted como yo— es un juego», me dijo en 2014. «El ciclismo es un juego. C’est du bonheur. Para mí, competir siempre fue un juego. Puede doler, pero si duele es porque soy yo quien quiere que le duela, así de simple. Si hay algo que no quiero hacer, no lo hago».

«Jugar al póker es algo muy serio, porque puede tener una gran consecuencia financiera; pero para los demás es du bonheur, du plaisir. Incluso cuando no sale bien. Cuando las cosas no han salido bien hay que analizar el por qué. ¿Por qué no he ganado hoy? Porque hice alguna tontería, porque he competido fatal, porque no he entrenado lo suficiente. Es culpa de uno mismo, de nadie más. Jamás he culpado a nadie por mis derrotas. Son solo cosa mía. Y lo era cuando no era más que un crío, un júnior; siempre sentí ese placer».

Al preguntarle si ese deleite sigue acompañándolo, Hinault se limita a decir «siempre», añadiendo «jugar también es ganar. Demostrarse a uno mismo que es capaz de hacer algo diferente». Pero mantiene que es diferente de sentir esa absoluta necesidad de ganar que empujaba —sobre todo— a Eddy Merckx. «No veo las cosas exactamente de la misma manera que las veía él. Eddy quería ganarlo todo. Yo me limitaba a centrarme en cuatro o cinco objetivos a lo largo del año y con eso me bastaba. Pero si no los lograba no me quedaba nada contento. Me hacía a mí mismo esas preguntas: ¿por qué nos has ganado? ¿Qué errores has cometido? Gané muchísimas carreras más allá [de esos objetivos] solo porque quería divertirme». Su razonamiento es que lo importante era disfrutar con lo que hacía, no la victoria por sí misma. «Cuando se disputa una carrera uno está entre sus rivales, los vigila, a izquierda, a derecha, alrededor. Si alguien no está donde debe ¡bang!, se le ataca y se le elimina. La victoria es lo que llegará al final, como consecuencia».

«A Hinault no le motivaba el palmarés, sino darles la vuelta a las diferentes situaciones, luchar contra un adversario», piensa Philippe Bouvet, quien escribió en L’Équipe durante los años finales de Hinault. Ese es el motivo por el que no es una equivocación denominarlo «el último ciclista con un ardor verdadero», como escribiría Philippe Bordas en el libro Forcenés. «El paradigma de la exuberancia. El último en justificar el ciclismo como una manera de mostrarse diferente». Motivo por el que Bordas concluía: «La historia del ciclismo termina con Hinault».

EN EL FILO

Tout champion d’exception porte la

croix ou l’étendard de sa marginalité.

Todos los grandes campeones portan la cruz

de su marginalidad como una medalla al honor.

Cyrille Guimard.

En los cómics de Asterix, creados por Goscinny y Uderzo, la aldea de los irreductibles galos está situada en el extremo occidental de Francia, en Bretaña. Cuando René, el primo de Bernard Hinault, une los puntos de un croquis de las afueras del pueblo bretón de Yffiniac, cerca de Saint-Brieuc, en la costa norte, no aparece el más mínimo indicio de que exista un conjunto de cabañas reunidas tras una empalizada de troncos. «Lucie y Joseph Hinault vivían en esta cabaña con Bernard, sus hermanos y su hermana; los padres de Joseph vivían aquí, la hermana de Lucie —ella era una Guernion— y sus diez hijos vivían en esta casa; y otra hermana Guernion, mi madre, también vivía aquí».

Las cuatro cabañas situadas a las afueras del pueblo de Yffiniac —La Clôture, La Tenue, La Rivière y Levauriou— se alzaban una junto a la otra y se extendían 500 metros por una suave colina: una aldea llamada La Fraiche. Ambas, durante los 50 y los 60, fueron el hogar de veinte niños salidos de las cuatro ramas del clan de los Hinault-Guernion. Era una pequeña comunidad en sí misma, en la que todo el mundo sabía cómo le iba al otro, en la que varios miembros de la familia —sobre todo los niños— ayudaban a sus parientes durante la época de la cosecha y en la que los niños entraban y salían de las casas de los demás. La Clôture, hogar de Joseph y Lucie Hinault y sus cuatro hijos —de los cuales Bernard era el segundo—, era relativamente moderna. Joseph mandó construirla no mucho antes de que naciera Bernard, en noviembre de 1954; hasta ese momento, la familia había compartido La Tenue con los padres y el tío de Joseph.

Los terrenos eran modestos —el más grande, Levouriou, apenas cubría 30 hectáreas, lo que para la Bretaña de aquella época era considerable, pero para nada grande— y los campos se unían unos con otros. Existía un continuo tira y afloja entre la necesidad de manos que trabajaran la tierra y la necesidad de los jóvenes de forjarse su propia identidad, lejos del pueblo, tal vez de aprender un oficio antes de regresar. «En cuanto llegabas a la adolescencia, si dabas muestras de fortaleza, te ponían a trabajar. Todos nuestros padres tenían que mirar el dinero», cuenta René Hinault, que a los catorce años tuvo que abandonar el colegio para trabajar la tierra, lo que permitiría que sus hermanos pequeños pudieran ir, a su vez, al mismo.

Eran un clan muy unido. Como solía ocurrir, los padres de Bernard se conocieron en una boda familiar, la de los padres de René, donde eran la dama de honor y el testigo; la tradición dictaminaba que estos debían ser también los padrinos del primogénito; el resto, es historia. «Éramos un peu tête de cons», recuerda René. «Un poco duros de mollera. Cuando estamos convencidos de algo se necesita mover carros y carretas para hacernos cambiar». En sus múltiples recuerdos Hinault se recrea en su rebeldía juvenil, hasta el punto de que en ocasiones roza con lo autoparódico. «Yo fui el mayor sinvergüenza que Yffiniac haya conocido…», cuenta. «Burro, Gruñón, Bretoncillo Cabezota… durante los primeros doce años de mi vida me pusieron todo tipo de motes porque no dejaba de armar un lío tras otro, pequeñas trastadas y grandes faenas, con una insolencia y naturaleza hiperactiva que no hacía nada por controlar». Bernard y sus tres hermanos pequeños eran unos rabos de lagartija; apenas hay fotografías de ellos porque, tal y como cuenta, no eran de los que se podían quedar quietos «esperando al pajarito».

Bernard era el más hiperactivo de los cuatro torbellinos. «[De niño] era el crío más trasto que jamás haya visto», le contó Lucie, su madre, al periodista Jacky Hardy. «Solía llamarlo gamberrillo. No es que fuera malo, pero era incapaz de estarse quieto». El pasatiempo favorito del pequeño Bernard era dejar libres a las gallinas —y, como cuenta un cronista, matar con un palo a la que pudiera pillar—, pero las tundas y riñas que acarreaban sus gamberradas no parecían hacerle mella. Eran parte del asunto. «No era rencoroso», contaba su madre. «En el momento en el que dejabas de azotarle se echaba a tus brazos».

Dejar escapar a las gallinas era todo un problema, porque en la economía de La France Profonde hasta el último huevo tenía su valor, y el desarrollo de Hinault fue el típico del entorno rural. Joseph y Lucie se marcharon para buscarse la vida: al principio salieron de Bretaña y pasaron a Normandía, donde trabajaron en una granja antes de comprender que la agricultura no los llevaría a ningún lado. Esto condujo a la pareja a las afueras de París, donde Joseph consiguió la certificación profesional para trabajar como peón en la compañía nacional de ferrocarriles, SNCF, antes de regresar a Yffiniac.

La historia del chico de campo que busca ganarse la vida sobre dos ruedas en lugar de trabajando el campo ha sido una constante en el ciclismo desde el mismo momento en el que comenzaron a disputarse carreras durante el siglo XIX, y repetida hasta el último ciclista capaz de ganar cinco Tours de Francia, Miguel Indurain, que llegó unos pocos años después de Hinault. Tanto Hinault como su mentor, Cyrille Guimard, ponen en gran valor sus raíces rurales, sobre todo en la manera que tienen de forjar hombres de gran voluntad e independientes, atados a la tierra y a sus valores. Como la mayoría de las familias trabajadoras rurales, los Hinault tenían un gran jardín con gallinas y conejos y —como es tan típico en Bretaña— un campo de cebollas para ganar unos pocos francos extra.

«Gente normal», como escribió Guimard. «En todos lados, del alba a la noche, había una idea que dominaba la conducta de la familia: trabajar, trabajar antes de nada, trabajar en todo momento. Mi familia podía sacrificar cerdos, plantar patatas, plantar maíz y levantar muros. Ni más ni menos». Durante la adolescencia, a Hinault le gustaba trabajar el campo junto a su padre, cavando, plantando, sembrando, recolectando las judías y las cebollas. Había años en los que su parcela daba una tonelada de judías y diez toneladas de cebollas que iban a la cooperativa y «hacían un poco más sencillo llegar a fin de mes». Estos orígenes hacen que Hinault tuviera mucho más en común con otros ciclistas como Fausto Coppi, Raymond Poulidor o Jacques Anquetil que con Eddy Merckx, cuya familia dejó atrás las raíces rurales para llevar un existencia relativamente cómoda ganándose la vida con una tienda de comestibles en un barrio de las afueras de la ciudad.

Según Guimard, Joseph era un hombre introvertido. «Era discreto, casi pasaba desapercibido a la vista. Su esposa [Lucie] era más vivaracha, pero sin entrometerse jamás, sin interrumpir ni fomentar discusiones familiares». El joven Bernard confesaba que el trabajo de su padre, «que requería de lo que yo consideraba una gran responsabilidad y riesgos increíbles», le fascinaba. «Una especie de superhéroe», diría una vez. El trabajo en la construcción de ferrocarriles era una dura labor manual que no estaba bien remunerada, «como el de un convicto picando piedra», en palabras de un escritor francés. No tenía comparación alguna con la vida de un deportista en cuanto a responsabilidades, pero en lo referente al peligro, el esfuerzo físico y, a ojos de un hijo adolescente, cierto grado de glamur sí que tenía cierto parecido. Esta era una vida rural de mono de trabajo y, de hecho, Hinault habla del típico mono celeste de los ferrocarriles que llevaba su padre, tan extendido entre los paysans de aquella época y que vestían todos los días, a excepción de la mañana del domingo, cuando se cambiaban para ir a misa. Su padre era poco hablador, tenía mano firme y administraba disciplina, lo que hacía que los hermanos de Bernard se asegurasen de no sacar los pies del tiesto. Pero el segundo entre los hermanos, por su parte, no cejaba en su empeño por dejar libres a las gallinas.

Hinault era un joven muy combativo, al que apodaban Cerdan por el legendario boxeador francés de los 50. «Un barreur, un fajador», recuerda René. Este es otro rasgo del que Hinault sacó gran provecho, pues encaja perfectamente con ese personaje que acabaría labrándose en el ciclismo, el Tejón. «En el colegio me enfrentaba a quien fuera, incluso a los muchachos más mayores», le contó a Philippe Bouvet. «Me llevé unos cuantos guantazos, pero también propiné los míos». Su infancia tiene un trasfondo violento: el maestro les propinaba golpes en la cabeza con una regla de madera para corregir cualquier error cometido durante los dictados matutinos en el colegio; o esas peleas de regreso a casa que con tanto deleite recordaba Hinault en sus memorias, en las que los chicos de colegios rivales los emboscaban en estrechos caminos. «Había otras muchas maneras de llegar a casa, pero las peleas me gustaban demasiado como para ir por ningún otro. Tomar precisamente aquel camino era mi manera de desafiarlos. Cada tarde ponía a prueba mis miedos y mi valor, y no me dejaba amedrentar ni por la edad ni por el número de mis contrincantes… Me pregunto si lo que en realidad me gustaba de ir al colegio no sería la posibilidad que me brindaba cada tarde de medirme con los otros alumnos». En el fondo, como dijo, le gustaba «la bronca». Escribió que en una de esas peleas estuvo a punto de estrangular a uno de los alumnos del otro colegio.

Hinault no era buen estudiante. Tenía suficiente capacidad para memorizar, pero no era capaz de mantener la atención. Desde los primeros días, se escondía detrás de la gran estufa que había en el aula para poder mirar por la ventana. Pero le decía a su madre que «si no doy palo al agua en la escuela es porque no me gusta. Pero cuando hagan algo que sí que me guste, redoblaré esfuerzos y lo haré mejor que nadie». Da la sensación de que ponía un gran empeño en desafiar al sistema, fueran cuales fueran las consecuencias. Hacía novillos con sus amigos; como su padre siempre se acababa enterando, se ganaba una bofetada. Junto con sus amigos acabaron prendiendo fuego a aquella regla con la que el maestreo solía golpearlos. Se saltó dos años de catequesis e hizo la comunión a la vez que su hermano, que era dos años mayor; más tarde, en el colegio, recordaría un episodio en el que él y sus compañeros aprendices de mecánica tenían un profesor que solía columpiarse sobre las patas traseras de la silla; o lo hizo hasta que ellos colocaron una silla rota tras su escritorio y el profesor cayó de espaldas. Hinault era un alma independiente y deseaba con tal ahínco comenzar a trabajar que a los catorce años le hizo creer al dueño de un taller de la cercana Route Nationale 12 que tenía dieciséis años —edad mínima legal— para comenzar a trabajar como ayudante de gasolinera.

Un último empujón estudiantil hizo posible que obtuviera el certificate d’etude primaire con quince años, tras lo cual asistió a la escuela técnica de Saint-Brieuc, donde comenzó a estudiar para aprendiz de mecánico; él hubiera preferido dedicarse a la ebanistería, pero el curso ya estaba completo. Aquí sería donde comenzaría su breve flirteo con el atletismo, cuando cayó bajo la protección de un profesor de Educación Física llamado Daniel Carfentan, «el primero que me hizo desarrollar el cuerpo desde un punto de vista atlético». Se unió a la sección de atletismo del Club Olympique Briochine y Carfentan lo entrenó: en invierno se dedicaba al cross-country y en verano a las pruebas de 1500 y 3000 metros. Desde 1969 a 1971 el joven Hinault fue un atleta que mejoraba de manera sólida año a año, y lo suficientemente fuerte como para terminar décimo en los campeonatos nacionales júnior de cross-country, en Compiegne.

A la vez, el ciclismo comenzó a seducirle. Había estado siempre ahí, en segundo plano. Los Hinault veían el Tour de Francia en televisión, a las 4 en punto cada tarde de julio, aunque el trabajo en la gasolinera puso un paréntesis a esto. En una comunidad tan pequeña Bernard y el resto estaban al tanto de las carreras de fin de semana en las que participaba su primo René, y ellos mismos simulaban sus propias carreras utilizando una bicicleta roja que en un principio estaba destinada a pertenecer a Gilbert, el primogénito. Como los cuatro compartían todo ninguno se quedaba sin su turno para dar una vuelta; en su primer intento Bernard se estrelló contra un árbol, pero muy pronto se convirtió en el que más tiempo dedicaba a montar aquella bicicleta, aunque fuera demasiado grande y tuviera que apoyarse en un bloque de hormigón para poder subir a ella.

Regresaba a casa después de montar en bicicleta repleto de arañazos y moratones, mientras su madre le suplicaba que se lo tomase con un poco de calma. Pero era un joven impetuoso al que parecían encantarle los peligros. Pasó de dejar salir a las gallinas a poner largos hilos de pesca durante la marea baja en la cercana bahía de Saint-Brieuc, junto a sus primos. Una o dos veces estuvo a punto de meterse en un grave problema cuando la marea alta le pillaba vadeando uno de los canales en aquella gran extensión de bancos de arena. De repente le llegaba el agua al cuello y tenía que nadar con gran vigor. «Pensaba que no lograría cubrir aquellos cuatrocientos metros que me separaban». Pero eso no lo detuvo y siguió atravesando los bancos de arena en mitad de la noche, alumbrándose con un pequeño mechero de bolsillo.

Hinault acabaría precipitándose en los brazos del ciclismo. Los años que había pasado corriendo alrededor de la pista de atletismo hicieron imposible un ingreso paulatino, aunque ya se estaba preparando para ser ciclista sin ser consciente de ello. A los quince años le compraron una bicicleta como recompensa por haber aprobado sus exámenes y pedaleaba todos los días sobre ella rumbo a Saint-Brieuc, a la escuela técnica, librándose así de la caminata de dos kilómetros que tenía que cubrir desde la parada de autobús en Saint-Brieuc. Era un trayecto de diez kilómetros; a la ida, para ahorrarse cinco o diez minutos, el joven Bernard intentaba seguir el rebufo de alguno de los camiones que ascendían la larga colina desde Yffiniac. «Era un ejercicio peligroso: había que calcular muy bien durante la curva desde la que arrancaba la ascensión y conseguir el suficiente impulso como para mantener la cadencia de pedalada a lo largo de la subida. Me gustaba. Me juntaba lo más que podía a los camiones, y que no me descolgaran se convertía en una cuestión de honor. Ir a rebufo de aquellos camiones era un juego. Era divertido, pero a la vez, era un desafío en el que burlaba los peligros y mantenía un esfuerzo muy intenso. Era un desafío que me gustaba». Durante el descenso de regreso a casa el proceso era el mismo, solo que a la inversa: intentaba ir igual de rápido que los coches que aceleraban colina abajo.

Por eso no es de extrañar que no le costara aguantar el ritmo de René cuando comenzó a salir a pedalear con él, aunque este fuera ocho años mayor y llevara compitiendo desde 1965, a la vez que trabajaba el campo, lo que arruinaba su estado de forma en verano durante la época de la cosecha. René tenía una licencia de segunda categoría, por lo que estaba en mitad de la pirámide del amateurismo. El periodo clave fueron un par de semanas a finales de abril y comienzos de mayo, en 1971. Hacia finales de abril el joven Bernard salió con su vieja bicicleta a entrenar con René, «su primer entrenamiento de verdad», como recuerda su primo: 75-80 kilómetros plagados de subidas. «Yo estaba en buena forma, aquel mayo acabé corriendo diecisiete carreras —esas son solo las que terminé—, era de segunda categoría, ganaba carreras, y de repente me veo aguantando el ritmo de un niñato de dieciséis años en aquellas colinas. Para poder mantenerme con él tuve que bajar a una corona con dos dientes menos respecto a la que él llevaba». En otras palabras, aquel mocoso de dieciséis años movía las piernas con tal facilidad que el corredor maduro que iba a su lado tuvo que poner un desarrollo considerablemente más largo para poder mantener su misma velocidad. Según René, cada salida de entrenamiento con Bernard acabó convirtiéndose en una carrera.

La versión más común de la repentina decisión de Bernard Hinault de comenzar a competir es que presenció una victoria particularmente emocionante de René en una carrera local el 25 de abril, lo cual le llevó a sacarse su primera licencia de competición dos días después. Pero según René, Bernard ya había decidido comenzar a competir antes de aquella victoria, que fue en Plédran, el pueblo que hay al suroeste de Yffiniac. «Se suponía que él iba a correr aquel 25 de abril, porque también se celebraba una carrera de cadetes». Esta era una carrera para los de categoría sub-17, en la que estaba Bernard, y que se correría junto a la carrera sénior que René ganaría. «Durante el invierno había dicho que ganaría en Plédran, porque era el circuito cerca de Yffiniac que mejor me venía, un circuito que paraba justo por encima de Yffiniac. Así que le dije a Bernard que esperase una semana».

René ganó, tal y como prometió, en Plédran —una buena victoria en la que cerró el hueco que tenía un grupo de escapados que había atacado al comienzo, y aunque no pudo dejarlos atrás, les ganó en el esprint—, y parece ser que, por lo menos, sirvió para avivar las ansias competitivas de Bernard. El ciclista veterano quería que su primo pequeño se preparara de cara a su debut competitivo, que por los menos adquiriera algunas habilidades, pero Bernard era demasiado impaciente. Dio la casualidad de que el hermano mayor de Bernard, Gilbert, tenía una bicicleta de competición a la que no estaba especialmente atado; Bernard se adueñó de ella. Se sacó la licencia competitiva con el Club Olympique Briochin, que acababa de llegar a un acuerdo con el club de René, la Union Cyclistique Briochine, por el que los ciclistas más jóvenes pasarían a la école de cyclisme —actividades estructuradas y dirigidas por la mayoría de los clubes franceses para que los jóvenes ciclistas se interesaran por el ciclismo antes de pasar a competir— en COB, pasando después a UCB cuando crecían1.

El 2 de mayo, siguiente domingo, tomó la salida en su primera carrera en Planguenoual, a cuatro kilómetros de Yffiniac, al noreste subiendo por la carretera de la costa hacia cabo Fréhel. Participó en la carrera de cadetes; René iba a participar en la carrera sénior que habría un poco más tarde. El consejo de Robert Le Roux, que dirigía la COB école de cyclisme era que Bernard se limitara a aguantar como pudiera en el grupo; en lugar de eso, Hinault venció.

Pero todo pudo salir terriblemente mal aquella mañana. Más adelante Hinault, en un arrebato de sinceridad, admitiría que no tenía ni idea de cómo rodar en pelotón; ¿cómo iba a tenerla cuando todo lo que había hecho hasta entonces era correr a pie y tratar de seguir el rebufo de los camiones? «Cruzándome de izquierda a derecha por todo lo ancho de la carretera, me concentré en mantenerme fuera del pelotón, por miedo a caerme. Si alguien se me acercaba demasiado me imaginaba, de inmediato, que colisionábamos. Me dejaba caer hasta atrás del todo para luego subir hasta cabeza de pelotón y acabar más tarde en la cuneta». En ocasiones, corrió por el mismo borde. Una y otra vez se vio cerca de irse al suelo.

«Hacía viento. En la costa siempre hace viento y él siempre estaba expuesto porque no sabía cómo buscar refugio entre el resto del pelotón», cuenta René. El final fue digno de Hollywood: el debutante se escapó a mitad de carrera, lo que no preocupó al favorito local, Jean-Yves Ollivier, que había ganado las últimas cuatro carreras que había corrido y tenía mucha más experiencia que Bernard. Conocía a René, quien había dejado caer previamente que aquella era la primera carrera en que su primo participaba. En todo caso, se tomó la molestia de cerrar el hueco con el debutante con un buen contraataque, para después ponerse a su rueda hasta la meta. «Para llegar a la meta había que realizar una buena tirada hasta la mitad del pueblo», recuerda René. «Yo estaba en la parte baja de la ascensión; cuando vi a Bernard con Jean-Yves a su rueda pensé “bueno, por lo menos será segundo”». Jean-Yves debió de pensar lo mismo, pero no pudo creer lo que sus ojos veían cuando el joven Bernard comenzó a esprintar a trescientos metros de la meta. No pudo responder.

«Al llegar a casa abrieron una botella de champán y comieron crepes», recordaba Lucie Hinault. «Bernard estaba contento, pero tampoco demasiado. Pensaba que haber ganado era lo más normal».

Ganó sus primeras cinco carreras, perdiendo la sexta tras colisionar contra un espectador; después de ello pareció no encontrarse en buen estado de forma, seguramente porque el trabajo en la granja no le dejaba tiempo para entrenar. Pero eso no le impidió ganar doce de las veinte carreras que disputó. Se dio cuenta de que estaba intentando abarcar demasiado, entre la gasolinera y los estudios, así que tuvo que darle prioridad al ciclismo. «Tuve que tomar una decisión: mecánico o ciclista. Y elegí el ciclismo, centrándome completamente en él. Mala suerte para el resto de cosas».

Carfentan quería que siguiera con el atletismo, e incluso hoy en día Hinault no duda en decir qué fue exactamente lo que le hizo preferir el ciclismo al atletismo: «…la compétition, ir con mi primo a las carreras. Pensaba que podía ser mejor que él. Me gustaba el atletismo, pero me atraía más el ciclismo; y, además, era mejor con la bicicleta». Estaba muy claro qué era lo que podía seducir a un joven impaciente como él: la correlación entre trabajo y recompensa era mucho más inmediata en comparación con la lenta preparación que requerían las competiciones atléticas, por no hablar del subidón de adrenalina que el ciclismo le ofrecía a un joven al que tanto le gustaban los riesgos. Cada fin de semana había muchas carreras en las que participar, en la misma puerta de su casa. Muchísimas oportunidades de ganar.

La decisión de Bernard Hinault de centrarse en el ciclismo y no en su trabajo a tiempo parcial o sus estudios fue tan súbita que cogió a su familia por sorpresa. En julio de 1971 dejó brevemente la casa familiar tras un altercado con su padre. «Sucedió cuando regresé de entrenar», escribió en su autobiografía Le Peloton des Souvenires, añadiendo que sucedió no mucho después de dejar el trabajo en el taller para tener más tiempo para competir; y lo que es todavía más irónico, cuando había vuelto a ayudar a su padre a trabajar el terruño como había hecho de niño. «Mi padre me estaba esperando en la puerta. De repente me dijo que no estaba haciendo nada, que no valía para nada y me preguntó «¿qué piensas hacer?». Apoyé mi bicicleta contra la pared y lo miré. Él no me miró, pero comenzó a llamarme vago, canalla, antes de entrar en la casa».

Hinault lo explica así, «él no quería que me dedicara al ciclismo, quería que encontrase un trabajo, ese tipo de cosas». El joven recogió sus bártulos y se fue, marchándose a casa de sus primos, unos metros más abajo por la carretera —la familia de diez miembros en La Rivière donde tan a menudo había ido a jugar—, durmiendo entre la paja en el granero y vagando por el campo sin rumbo durante el día, resistiendo durante tres días los intentos de su hermano para que regresara a casa. Cuando lo hizo fue para decirle a su padre que dejaría el ciclismo y buscaría un empleo. «Mi padre bajó la mirada. “No, seguirás con el ciclismo”», y aquel tema jamás volvió a salir a colación. El episodio no fue ninguna excepción, dice René: «con el padre [de Bernard] todo se volvía siempre una confrontación. El problema no era que compitiera, el problema eran los entrenamientos. Suponía que cuando se salía a montar en bicicleta sin estar compitiendo, simplemente entrenando o dando una vuelta, era por mera diversión».

Aquello no le dejó a Hinault más opción que no fuera la de alcanzar el éxito en lo que había escogido. Su orgullo no le permitiría lo contrario. «Fui el único [en la familia] en tomar una decisión como aquella», me contó. «Puede que sea por terquedad. El resto no pudo disfrutar de la oportunidad de decidir, aprendieron un oficio y se dedicaron a él. Yo sí tuve oportunidad de elegir: pude ir a una fábrica o pude convertirme en ciclista. Y mi padre, que era quien me había sacado adelante, no lograba comprender que uno se pudiera ganar la vida con la bicicleta de la misma manera que se podía hacer en una fábrica. Pero yo sentía que sí [podía ganármela]. Le dije: “Soy yo quien tiene que elegir, no tú”. Pero en el mismo momento en el que se toma esa decisión, ya no puedes desdecirte».

Hinault no estaba escapando de nada, dice ahora. No trataba de salir de la pobreza; no intentaba ser diferente. La disputa con su padre surgió porque sentía que no podía hacer otra cosa que no fuera insistir en aquel camino que había dicho que seguiría, porque, tal y como él lo veía, la inversión que había hecho la había costeado él y solo él. «Tenía todo lo que necesitaba. Tenía suficiente para comer y tenía ropa para vestir. Suficiente. En cuanto al resto: si querían competir que se comprasen su equipo y se lo pagaran ellos mismos. Eso es lo que te hace querer ganar. Es tu equipamiento. Eres tú quien lo ha pagado. Si quieres algo, tienes que conseguirlo tú mismo. Y, entonces, será tuyo».

Hinault no quiso ser ciclista de competición porque lo inspirara alguna estrella del deporte, porque lo empujaran o porque soñara con ello. «Bernard Hinault no se consideraba ciclista, sino más bien mecánico; por el simple motivo de que le habían grabado desde siempre que tenía que ganarse la vida», escribió Benoît Heimerman en L’Équipe. Pero Hinault no tuvo por qué verse como un ciclista, porque desde sus primeras aventuras corriendo tras las gallinas había considerado que la vida era un desafío: pescar en la bahía era una manera de luchar contra el mar; el trayecto hacia el colegio era una competición contra los camiones; en cuanto al trabajo en aquel taller, se saltó la ley que dictaba que debía tener dieciséis años. Era Bernard contra cualquier cosa que el mundo le pusiera por delante en un momento determinado.

Hoy en día expone que puede obtener esa misma satisfacción al ver a su hijo vendiendo una buena bicicleta a alguien, en su tienda. «Venderle a alguien justo lo que necesita, con el montaje correcto. Eso es todo un placer. Ese es tu trabajo. Todo lo que se hace es un desafío permanente, tanto al competir en un deporte como en la vida normal. Hay que anticiparse a lo que pueda ocurrir, en todo momento, pero hay que considerarlo un juego. Y eso es algo que está en tu manera de ser. Está en ti mismo».

1Según se cuenta, el acuerdo se cerró en cuanto los directores del COB se dieron cuenta del potencial de éxito que Hinault atesoraba, cambiando los estatutos para poder mantenerlo en el club.

EL CHICO BRETÓN

Goude ma vezer skuizh ec’h aer c’hoazh pell.

Cuando estés agotado, todavía podrás

llegar un poco más lejos.

Proverbio bretón.

La carrera que acabó conociéndose como Le Championnat des Hinault se celebró en julio de 1972, en el pueblo de Hillion. René la recuerda muy bien: en cuanto cayó la bandera saltó del pelotón, haciéndose con todas las bonificaciones —premios por vuelta donados por el público— con las que pudo. Muy pronto se vio acompañado por Bernard, que ahora era júnior y podía competir con los que tenían más de 18 años. La ventaja ya era importante y la pareja acabó abriendo un hueco de tres minutos sobre el grupo perseguidor, en el que estaba Hubert, otro primo que terminaría cuarto; otros tres minutos más atrás estaba Michel, hermano de René, que acabaría imponiéndose en el esprint del pelotón quedando sexto.

«Todo el mundo apostaba a que Bernard me derrotaría», recuerda René. «Y pudo hacerlo, pero le sugerí que cruzásemos la meta juntos. Por mera cuestión sentimental —uno siempre se imagina haciendo algo así con algún familiar—, pero a los comisarios no les gustó nada y decidieron que al ir juntos no habíamos competido como debíamos». Aquel tenía que haber sido el homenaje perfecto al dominio de los primos —al dominio familiar— en aquella carrera, pero los commisaires decidieron que a ninguno de los dos se les haría entrega de los ramos de vencedor, así que no hubo ceremonia de podio. Incluso llegaron a intentar multar a René y Bernard. Lo irónico, como señala René, es que habían ido «a todo trapo» durante toda la carrera; «Bernard era incapaz de correr de otra manera».

No sorprende, pues, que René se ponga un poco emotivo cuando recuerda Le Championnat des Hinault y la batalla que siguió con los comisarios; pero Bernard también recordaba aquella carrera, y lo hacía con la suficiente viveza como para realizar una crónica de la misma durante una entrevista en televisión en 2013. Puede parecer sorprendente que un hombre con cinco victorias en el Tour de Francia pueda recordar los detalles de una pequeña carrera local celebrada cuarenta años antes, pero está claro que fue una tarde de lo más emotiva para aquel chico de diecisiete años; un par de horas de pura diversión frente a un público local, seguidas por un desenlace que solo pudo provocar un sentimiento: «no le caemos bien a nadie y nos da igual».

Conduzca rumbo noreste desde Yffiniac por la costa de camino a Hillion, que está apenas a cuatro kilómetros en la Baie de Saint-Brieuc, y regrese mentalmente cuarenta años atrás, a esas carreras que Bernard y René Hinault recuerdan; y cuando lo haga se dará cuenta de una cosa que le resultará sorprendente: todo sucedía en un área muy pequeña. Al igual que las casas de los Hinault se apelotonaban en aquella colina por encima de Yffiniac, lo mismo ocurría con las carreras: Plédran, Hillion, Planguenoual y todas las demás. Las salidas de las mismas estaban tan cerca las unas de las otras que René, Bernard y el resto de los Hinault podían acercarse fácilmente a ellas sobre sus bicicletas, junto con sus compañeros de club y sus amigos. Toda la familia podía ir allí y ver la carrera sin necesidad de perder mucho tiempo.

La breve carrera como aficionado de Bernard Hinault tuvo lugar justo a la mitad de la edad de oro del ciclismo local aficionado francés, que se extendió entre los 50 y finales de los 80. Y el epicentro se encontraba en la Bretaña de Hinault. La temible reputación de los bretones seguía viva una docena de años más tarde, cuando yo mismo competí un poco más al este, en Normandía; pero la provincia occidental ya se había convertido en una de las plazas fuertes del ciclismo competitivo francés a mediados del siglo XIX, y el deporte despegó completamente después de que se celebrara la París-Brest-París en 1891.

Bretaña había alumbrado un buen puñado de vencedores del Tour de Francia, entre los que estaban Lucien Petit-Breton, Jean Robic y Louison Bobet, el primer ciclista que consiguió tres Tours seguidos, entre 1953 y 1955. Bobet era una bestia; una bella bestia de pelo perfectamente engominado, hijo de un panadero de Saint-Méen-Le-Grand, en el corazón de Bretaña. Gracias a su versatilidad y su capacidad para dominar la escena mundial —justo cuando la estrella de Fausto Coppi comenzó a declinar— Bobet fue una figura clave durante la edad de oro del ciclismo bretón, cuando el Tour de l’Ouest atraía a multitudes, que llegaban a varias filas de espectadores en algunas cunetas, y los bretones lideraban tanto el Équipe de l’Ouest como el Équipe de France, como sucedió en el Tour de 1953.

La cantidad y calidad del ciclismo bretón de los 60 y comienzos de los 70 sigue siendo sorprendente. En 1960 se celebraron en esa región 1504 carreras, más de una en cada una de las diferentes localidades, contando con un circuito de critériums lo suficientemente grande como para que los ciclistas pudieran ganarse la vida sin tener que salir de esa área, y lo suficientemente amplio como para que se forjaran intensas rivalidades locales. Había un circuito de carreras en pista completo, con velódromos al aire libre incluso en las comunidades más pequeñas. Lugares con apenas un par de miles de habitantes como Plouay, Callac y Chateaulin pasaron a ser conocidas por toda Francia gracias a sus carreras.

El periodista británico Jock Wadley realizó una evocadora descripción de las courses des pardons, las cuales describía como «fiestas religiosas que se observan con el mayor de los fervores… Después de los ritos hay ferias, exhibiciones de danza y todo tipo de adorno carnavalesco. En la antigüedad, el plato fuerte solían ser los combates, pero en la actualidad la atracción secular principal son las carreras ciclistas». Esa tradición todavía pervive durante la semana de carreras conocida como la Mi-Août Bretonne. Las carreras ciclistas se combinaban con competiciones a pie, partidas de bolos y, a menudo, toda una feria. Algunos pueblos llegaban tan lejos como para construir trazados específicos para las carreras. Junto con Flandes y el País Vasco, Bretaña sigue manteniendo una de las identidades regionales más poderosas en el ciclismo, y no resulta sorprendente que, al igual que en Flandes, Bretaña tenga todavía un equipo profesional con el nombre de la región.

La imagen típica que se tiene de Bretaña presenta muchas similitudes con la Gran Bretaña céltica: una lengua amenazada y una conexión visceral con el ciclismo, casi idéntica a la que tiene Gales con el rugby o Escocia con el fútbol. Al igual que los escoceses, los bretones son «orgullosos», y al igual que ocurre con todas las naciones «fronterizas» celtas tienen un sentimiento identitario tremendamente enraizado; la bandera gwenn ha du (blanca y negra) se puede ver por todos lados, solo que con un pequeño matiz: su asociación con el separatismo no resulta ya tan fuerte, sino que es, más bien, un homenaje al sentido identitario de la región. Muchos bretones suelen utilizar el término «la tête dure» para describirse a sí mismos.

Este rasgo de los bretones se ve, a menudo, ligado a su ciclismo. En la introducción que Hinault escribe —seguramente tan solo firma— para l’Adventure du Cyclisme Breton, describe al ciclista bretón como alguien que sufre al dejar atrás su terruño, lo que era un fenómeno bastante extendido: «ese bretón taciturno que solo podía florecer en su propia tierra, allá donde tenía su marca genética, sus amigos, sus costumbres, su público, y donde podía seguir sus propios pasos». Pero también señala a otro tipo de bretón: el intrépido explorador, «el conquistador de un nuevo mundo». Un ejemplo ajeno al mundo del ciclismo sería el legendario regatista Eric Tabarly, doble vencedor de la carrera Observer Single-handed Trans-Atlantic Race y responsable, en gran medida, de la actual fama de la que goza este deporte en Francia.

Cyrille Guimard, que dirigiría a Hinault como profesional, se deleita en esa identidad compartida. «Los bretones nos comprendemos entre nosotros», escribió. «Hinault era el granito y los setos del bocage1». Los ciclistas bretones son hombres con un intenso vínculo con su hogar. Luchan de manera tenaz y obstinada por lo que quieren, son de verbo directo —Hinault recuerda las palabras que Robic le dijo a su esposa cuando marchó de casa para vencer en el Tour, «ahora eres pobre, pero dentro de tres semanas serás rica»— y se comportan con ferviente gallardía cuando hacen uso de su talento fuera de su región.

Al haberme sumergido en el mundo del ciclismo local francés como hice durante un par de años en las postrimerías del boom de la posguerra, puedo sugerir el motivo por el que los adolescentes se adentraban en este entorno. Como deja claro Le Championnat des Hinault, el ciclismo era, a menudo, un asunto familiar, en el que un hermano seguía a otro hermano, los hijos y los sobrinos seguían a los padres y tíos. El clan de los Hinault estaba lejos de ser único. Jean-Luc, mi compañero de carreras, tenía ciertas similitudes con los Hinault: hablaba sin rodeos, se comportaba de manera exuberante tanto en la vida como en las carreras y provenía de una gran familia que compartía una pequeña cabaña, por lo que no le gustaba estar encerrado. Su hermano mayor también competía, tal y como lo había hecho a su vez su padre. En un mundo en el que tantos competían y en el que cada pueblo tenía a su vieja gloria que había corrido el Tour o había competido contra alguien del pueblo de al lado que lo había hecho, tomar parte en una carrera carecía de todo componente intimidatorio, al igual que el paso a profesional no se veía como un cambio drástico. Era algo que formaba parte del tejido de la vida rural.

La atracción que suscitaban las carreras ciclistas en un chico de campo resultaba obvia. Los sacaba de esa monotonía que suponía el trabajo en la granja, introduciéndolos en un entorno rebosante de adrenalina, dinero contante y sonante, y el reconocimiento de la familia y los amigos. Comparado con alimentar al ganado o reparar los aparejos agrícolas, era puro glamur. Hasta la carrera más insignificante podía provocar que alguien sacara su silla al paso del pelotón. En un entorno tan monótono apetecía pararse a mirar ese pelotón de hasta doscientos ciclistas que ocupaba el ancho de la carretera. Cualquier carrera —Prix du Comité des Fêtes de un domingo al mediodía o una seminocturna del sábado por la tarde— volvía al pueblo o pequeña ciudad patas arriba, llenándose de ciclistas que se cambiaban en sus coches por todas las aceras de la población, orinando en masa en los setos y puertas. El ciclismo te unía con tus compañeros, te hacía parte de un grupo particular: un coureur cycliste. En las tiendas locales otras familias ciclistas siempre te daban algún artículo de ferretería o vegetales. El club se reunía una tarde de mediados de semana para realizar un entrainement collectif, en el que el coche del club los seguía a la cola del pelotón; en aquellos entrenamientos, se pedaleaba de manera imperial por las carreteras rurales y se bramaba al pasar por las tranquilas poblaciones.

Los trayectos de las carreras eran pequeños puntitos en los mapas de la guía Michelin. El formato se repetía siempre: un camión con su remolque hacía de tribuna, se improvisaba el sistema de sonido con un enorme amplificador, en la parte trasera del Bar-Tabac o la plaza principal se entregaban unos dorsales con miles de carreras a cuestas, los negocios locales donaban las primas, se repartía un programa en el que no aparecían los nombres de los ciclistas porque todos se inscribían el mismo día, pero que dejaba bien patente quiénes habían sido los patrocinadores que habían puesto el dinero. La carrera se desarrollaba en un pequeño circuito. Podía ser accidentada o peligrosa, incluso ambas cosas a la vez, porque tampoco había tantas carreteras disponibles en mitad de la campiña; siempre incluían una llegada abierta, que podía estar en la zona de feria o en la mairie local para atraer el mayor público posible, compuesto de gente del pueblo con aspecto de no haberse alejado jamás de su casa más allá de la villa más cercana. Nadie llevaba chichoneras, excepto en alguna rara ocasión; cuando considerábamos que las primeras vueltas podían ser peligrosas nos las poníamos, para después arrojárselas a algún ayudante a mitad de carrera. Por contra, cuando en el calendario veíamos las palabras casque obligatoire junto a alguna carrera, significaba que ese circuito era más delicado de lo normal.

Bernard y René no tardaron en moverse como pez en el agua en este pequeño mundo. En su primer año acudían a todo lugar en el que se celebrara una carrera sénior con una prueba cadete antes como apertura; Bernard competía con los cadetes, René corría en la prueba para los de segunda categoría. Llegada la segunda temporada de competición que disputó Bernard, cuando ya era júnior de primer año, podía correr con los séniores, lo que simplificaba todo el asunto. «Le recomendaba que no dijera siempre que iba a ganar», recuerda René «y él me respondía que yo mismo había dicho que iba a ganar aquella carrera en la que me vio vencer, en Plédran. Pero no era lo mismo. Me decía “si digo que voy a ganar, entonces no puedo permitirme el lujo de perder”. En todo caso, daba un poco igual, porque muy pronto todo el mundo pasó a considerarlo el favorito para ganar, dijera él lo que dijera».

No resulta complicado de olvidar, desde que comenzó el declive del calendario francés amateur, que hubo un tiempo en que era posible competir tres o cuatro veces a la semana. Había tantas carreras que ganar que los ciclistas de mayor talento aprendían a lograr la victoria con toda una batería de armas diferentes; Guimard, por ejemplo, consiguió cuarenta victorias en un solo año como aficionado. Pero también había un reverso en la moneda. Con tantas oportunidades de ganar el ansia de victorias de un ciclista competitivo podía llegar a empacharse mucho antes de llegar a profesionales. Hubo prolíficos campeones franceses aficionados que, una vez que pasaron a profesionales, no fueron capaces de lograr el éxito desde el principio y decidieron regresar a la categoría amateur, donde sí que podían saborear la satisfacción por la victoria cada semana. Este fue un fenómeno particularmente extendido en Bretaña y Normandía.

El joven Hinault precisaba de un elemento clave para poder salir adelante en este mundo: con apenas dieciséis años y medio no tenía los conocimientos necesarios para enfrentarse a otros adolescentes con una experiencia muchísimo mayor, por lo que tuvo que aprender a toda velocidad. Por descontado, René era la fuente de consulta más obvia, pero contó con otro elemento clave a su disposición: Robert Le Roux. No resulta nada complicado sentir el imperecedero respeto que Bernard Hinault profesa por la persona que dirigía el Club Olympique Briochine: «Todo el mundo lo llamaba Pépé Le Roux —abuelo—, pero no así Bernard», recordaba René Hinault. «Para él era Monsieur Le Roux». Incluso hoy en día Hinault sigue refiriéndose a su viejo mentor como M. Le Roux.

Según se cuenta, el que sería futuro soigneur de Bernard, Joel Marteil, le dijo al preparador que tenía que fijarse en aquel joven. «Celui la, c’est un futur super»; «pppphhhh», chifló M. Le Roux, «cada año me dicen lo mismo de veinte chicos». Hinault aparece en la cubierta de Coureur Cycliste, Ce Que Tu Dois Savoir, el libro en el que Monsieur Le Roux expone sus métodos y su filosofía. También aparece en la contracubierta, junto al autor; Hinault se apoya, agotado, contra la valla de un velódromo mientras Le Roux se arrodilla a su lado con un cronómetro colgando de su cuello, sosteniendo la mano de Hinault mientras le toma el pulso tras un duro esfuerzo mientras entrena.

En las guardas del libro aparece la fotografía de otro pupilo, un esbelto y caprichoso joven inglés que, a la fecha de publicación del libro, 1975, era la mayor estrella que Le Roux había ayudado a moldear. Cuando Hinault se unió a Le Roux apenas habían pasado doce años desde que le regretté Tom Simpson realizara su brillante paso por Saint-Brieuc y el COB; antes de su prematura muerte, en 1967, había logrado un Mundial en ruta, varias clásicas y había portado el maillot amarillo en el Tour de Francia. Cuando Hinault y Le Roux se conocieron el recuerdo de Major Tom seguía fresco en la memoria local, y el entrenador era conocido como el hombre que ayudó a aquel futuro campeón del mundo durante su etapa de formación.

Hinault no es un hombre que vierta sus alabanzas a la ligera, pero sí se explaya cuando se trata de Le Roux, insistiendo en que fue la única influencia real de sus primeros días que mantuvo a lo largo de su carrera, y todavía guarda su copia de aquel libro. Le Roux supervisó la brillante carrera de Hinault como aficionado —dos años como júnior, uno como sénior— y su influencia fue más allá. «Siguió guiándome hasta que tuve dieciocho años, puede que hasta un poco después, y cuando me convertí en profesional pude darme cuenta de que me había enseñado muchísimas cosas, pero que, de alguna forma, yo las había olvidado. [De joven] contaba con la potencia física suficiente como para ganar incluso cuando cometía los errores más estúpidos, pero cuando llegué a lo más alto, si seguía cometiendo aquellos errores, ya no ganaba. Y entonces me preguntaba “¿qué te ha enseñado Monsieur Le Roux? A pensar. A correr con la cabeza, no valiéndote solo de la fuerza bruta”. Y gracias a eso conseguía, de nuevo, encontrar el camino correcto».

La reseña del libro es de lo más efusiva: «Educador nato —en toda la amplitud de ese término— [Le Roux] ha forjado un ideal al que continúa aspirando y que todavía transmite a sus pupilos, inculcándoles, gracias a su autoridad paternal, una enorme fuerza de voluntad ante el sufrimiento, la fe en el esfuerzo, la rectitud moral y el amor por la justicia. Ese es el milagro de Le Roux: valerse del deporte para forjar hombres y dotarlos de las armas con las que responder a las vicisitudes y los golpes que da la vida». Esa «autoridad paternal» resultaba clave: Le Roux era tan resuelto como lo era el que fuera su pupilo más famoso. Era un hombre de enorme firmeza, con cierto toque de dictador, pudiendo ser tremendamente dominante sobre aquellos a su cargo. En ese sentido, al menos, la conexión fue excelente.

El Olympic Brionchine de Le Roux era un paraguas que albergaba toda una serie de deportes, entre los que estaban el baloncesto, el atletismo, el boxeo y el judo. Le Roux dirigía la sección de ciclismo, que tenía su sede en el velódromo de Beaufeuillage, en la parte noreste de Saint-Brieuc —precisamente en la cima de la colina que bajaba a Yffiniac—, y cuando se conocieron, en primavera de 1971, Hinault era un atleta con poco más que su determinación y su condición física como aval.

Le Roux ya tenía sesenta años; había sido campeón de Francia en gimnasia deportiva y era profesor de Educación Física. «Era una persona excepcional para tratar con la juventud», cuenta Hinault. «Jamás tuvo hijos, porque nunca llegó a casarse. Pero nosotros llenábamos ese hueco, en cierto modo. Cuidaba de los futbolistas, los ciclistas, los atletas, organizaba concentraciones veraniegas en la montaña… Estaba totalmente entregado a la causa de introducir a los jóvenes en el deporte. Puede que jamás encontrara a una mujer que lo llenara, por eso siempre dirigió su cariño hacia los jóvenes deportistas y, según creo, también se dejó gran parte de su dinero en ayudarlos. Gastaba [en nosotros] su propio dinero».

«[M. Le Roux] era esa persona que siempre querrías en todo club ciclista», añade Hinault. «Quería que sus ciclistas fueran multidisciplinares, que probaran con el ciclocrós, en la pista, en la ruta. Y siempre decía una cosa que yo mismo sigo diciendo a todos los jóvenes ciclistas: nunca han de cerrarse a un único deporte». Cuarenta años más tarde, el revolucionario libro The Sports Gene de David Epstein desarrollaba, de manera más exhaustiva, esa misma teoría. Prosigue Hinault: «Es necesario practicar deportes diferentes para encontrar aquel con el que uno disfruta más, experimentar ambientes diferentes, porque cada deporte cuenta con una atmósfera propia, requiere cosas diferentes, tiene campeones diferentes. No siempre se reduce a la aptitud física, sino que la habilidad o la visión que se tiene en determinado deporte también cuenta».

Le Roux era creyente, asistía a misa todas las semanas y hay cierto elemento de fuerza cristiana en la imprecación que hace a los padres de los ciclistas en ciernes con la que arranca el libro: «Usted debe aspirar, por encima de todo, a convertir a sus hijos en hombres. Por eso, ¡ha de convertirlos en deportistas! ¡Rápido!». La introducción termina con este mensaje: «Como asesor adjunto al juez del Tribunal de Menores de Saint-Brieuc he escuchado en innumerables ocasiones al juez o al agente de la condicional decir a los padres: “Si se hubiera dedicado al deporte no habría acabado aquí”». El tono del libro no solo es moral; Le Roux cierra el volumen con un manifiesto por un cambio en el ciclismo francés que beneficie a los atletas jóvenes. Pero lo que atraía a Hinault de su entrenador no era su idea de misión, ni tampoco la idea de estar haciendo nada trascendente. El joven necesitaba de alguien que lo guiara, alguien con una determinación similar a la suya; necesitaba canalizar aquella naturaleza indómita que tenía. Y para ello necesitaba de alguien con un sentido de la individualidad igual de poderoso, pese a que hubiera ocasiones en las que Le Roux tuviera que advertirle a René que llamara a su primo al orden. M. Le Roux era «assez directif, muy mandón», dice René. «Era una persona a la que le gustaba que las cosas se hicieran como él decía, que quería imponer su voluntad».

El libro es, sobre todo, práctico, se organiza siguiendo pequeñas perlas de sabiduría desarrolladas con filosofía práctica. Le Roux tiene ciertos principios, siendo el más importante: «en el día a día hay que estar con la cabeza puesta siempre en la carrera del próximo domingo, y ser consciente de los sacrificios que hay que hacer para llegar a la línea de salida en la mejor condición física posible. Y eso no es sencillo. Todo lo necesario para conseguirlo precisa de una voluntad de hierro… cada día». Hay también pequeños ejemplos de programas de entrenamiento para ciclistas de todas las edades, breves guías nutricionales y reglas que tienen cierta resonancia a las de los boy scouts: un capítulo titulado sommeil, sueño, dicta que la temperatura en el dormitorio debe estar alrededor de los dieciocho grados y que no hay que dormir con la misma ropa interior que se ha vestido a lo largo del día. Hay partes del libro que tienen cierto tufo a la vieja sabiduría popular —no ducharse justo después de haber comido, el mito de que poner los pies a remojo ayuda a evitar los constipados— mientras que otras son, hoy en día, conocimientos básicos de entrenamiento, como, por ejemplo, cuidar con esmero la higiene dental. Otros párrafos tienen un tono místico y casi ritual: los tubulares hay que comprarlos con ocho meses de antelación, cubrirlos de talco y guardarlos envueltos en papel, libres de la luz directa del sol o la luna. La cadena debe estar empapada de grasa; ninguna parte del sillín o de la tija ha de ser de aluminio.

Tal y como se esperaría de un profesor de Educación Física y antiguo gimnasta, el libro incluye un amplio programa de calistenia, además de incluir diagramas parecidos para ilustrar cómo se debe pedalear en el pelotón según sea la dirección desde la que sople el viento. Le Roux recomienda a sus pupilos que aprendan a nadar, en parte porque practicado con cautela es un ejercicio de lo más útil para el ciclista; pero también porque puede resultar útil en caso de caer en un río. Sin embargo, la frase clave que Bernard Hinault repite una y otra vez es la siguiente: «Aquel que quiera ganar carreras ciclistas ganará dinero. Pero el que solo persiga ganar dinero no será capaz de ganar carreras ciclistas».

Los años formativos de Hinault se reducen a tan solo tres temporadas. A principios de mayo de 1971 era casi incapaz de mantenerse en el pelotón. Un año más tarde, en su segunda temporada compitiendo, consiguió diecinueve victorias. Fuera de Bretaña, la primera sorpresa llegó a mediados de mayo de 1972 —justo un año después de aquel dubitativo debut— cuando, salido de ninguna parte, se alzó con el Premier Pas Dunlop, que acarreaba el título nacional júnior. La carrera se celebró cerca de Arras, lo que suponía un viaje de dos días desde Bretaña; Hinault era uno de los quince júniores de la región que viajaron en un minibús. Jean-Marie Leblanc, que dirigiría el Tour de Francia entre 1989 y 2006, se acababa de retirar del ciclismo en 1972 y daba sus primeros pasos como periodista; cubriría aquella carrera para el periódico en el que trabajaba, La Voix du Nord, y describió a Hinault «con su pelo largo, su aspecto de tener algo de sobrepeso, los calcetines a medio camino por sus pantorrillas y usando un desarrollo demasiado largo… dejó atrás a todo el mundo en la colina del Pas en Artois».

Hinault corría contra ciclistas un año mayores que él, entre los que se encontraban dos de los júniores más poderosos de Francia. Uno de ellos era Bernard Vallet, que ya tenía diecinueve victorias y acabaría teniendo una carrera profesional más que decente, en la que conseguiría el maillot de mejor escalador del Tour de Francia de 1982. El otro, Jacques Osmont, disfrutó de una buena trayectoria como aficionado pero jamás destacaría en profesionales. Vallet recordaría que cuando Bernard arrancó la moto él fue incapaz de seguirlo, así de simple; el joven bretón pedaleó en solitario los últimos cincuenta y siete kilómetros.

Pero M. Le Roux no estaba del todo contento. René había hecho que un mecánico local modificase la bicicleta de Bernard antes de la carrera —lo pagaría él mismo, pues el dinero seguía escaseando— haciendo que el mecánico montara una corona de trece dientes, con lo que Bernard llevó un desarrollo mayor del que solía utilizar. «Yo había reconocido el trazado, que era llano, y sabía que si comenzaba a soplar el viento y se marchaba del pelotón se le irían saliendo los pies de los pedales; con un piñón más pequeño iría mucho más rápido», explicó su primo. A M. Le Roux no le hizo ninguna gracia que Bernard comenzara a ensalzar las virtudes de los 13 dientes, porque ese piñón iba justo en contra de una de sus enseñanzas más importantes: que los jóvenes ciclistas debían centrarse en la cadencia, no en mover grandes desarrollos. En un párrafo de Coureur Cycliste, Ce Que Tu Dois Savoir, junto a una tabla con desarrollos, se puede leer «no busquen una corona de 13 dientes en esta tabla, no la encontrarán. Solo los profesionales son capaces de usarla; primero de todo, porque son mucho más fuertes que usted; y segundo, porque saben cómo usarla de manera conveniente… si usted la usara correría el riesgo de caer en un inmenso error, porque recurriría a ella demasiado a menudo»1.

La otra victoria de entidad llegó a finales de temporada, durante el Grand Elan Breton, una contrarreloj sobre sesenta kilómetros abierta a todas las categorías, en la que Hinault ganó con una velocidad media de 41,7 km/h, por delante del ciclista irlandés John Mangan. Mangan se encontraba por entonces en la flor de su juventud y su carrera entre los aficionados bretones se alargaría hasta la década de los ochenta; que su rival, más joven que él, lograse aquella victoria con apenas diecisiete años solo indicaba una cosa: Hinault contaba con un motor potentísimo.

Le Roux recomendó a Hinault que realizara el servicio militar obligatorio lo antes posible para quitárselo de en medio, considerando que, de todas maneras, la transición a la categoría sénior iba a resultarle complicada. Dado que antes o después tendría que pasarse doce meses alejado de la bicicleta, cuanto antes lo hiciera menos afectaría a su carrera. La mayoría esperaba hasta cumplir los veinte años; Hinault acudió con dieciocho. Lo normal era que los deportistas prometedores sirvieran en el Bataillon de Joinville4 que había sido fundado en los cincuenta para evitar a los deportistas franceses que el servicio militar cortara su proyección. Hinault no pudo optar a ello ya que apenas llevaba un año compitiendo; en lugar de ello se alistó en artillería. Aunque abandonó a última hora al no tener ningún interés en obtener la certificación, disfrutó, como era costumbre en él, ante aquel nuevo desafío: «No era mal artillero, en las maniobras podía acertar veintiocho proyectiles de treinta y dos, y era capaz de hacer volar por los aires un barril de gasoil a quinientos metros».

Regresó a Bretaña en diciembre de 1973, con un considerable sobrepeso después de haber estado un año sin pedalear —según la fuente, regresó con diez o doce kilos más—, y después tuvo que volver a trabajar. Los cuarenta kilómetros en bicicleta que tenía que recorrer cada día, para luego descargar camiones de treinta toneladas repletos de radiadores, le hicieron perder el suficiente peso como para ganar la primera carrera de 1974. Al no haber competido nunca como sénior ni haber movido un pedal en su segundo año como júnior, tuvo que comenzar de nuevo desde lo más bajo del ranking aficionado, en la cuarta categoría. Esta sería su única temporada como aficionado sénior. A principios de año su futuro compañero de equipo Maurice Le Guilloux se fijó en él en una carrera de tercera y cuarta categoría —una de esas carreras de ganarse las habichuelas que abundan en la categoría más baja del calendario francés aficionado— en el pueblo de Tramain; le intimidaba la reputación de Hinault, pero sus miedos desaparecieron. «Pesaba por lo menos setenta y tres kilos y me dije a mí mismo que con un cuerpo como aquel, jamás llegaría a profesional».

Sin embargo, cuando terminaba la temporada Le Guilloux volvió a ver a Hinault en acción, esta vez en Yffiniac, en una carrera para las categorías primera, segunda y tercera —casi en la cima de la pirámide amateur— en la que lo vio deshacerse de cuatro de los ciclistas locales más fuertes a un kilómetro de la meta. «Tenía el pelo largo, calcetines rojos y azules… parecía un auténtico globero, para nada un ciclista de verdad. Su bicicleta estaba hecha polvo, una antigualla. Cualquier ciclista actual la tiraría a la basura». Le Guilloux asumió de inmediato que «le habían dejado» ganar porque estaba corriendo en casa, pero más tarde pudo saber de boca de uno de los cuatro a los que dejó atrás que, en realidad, los cuatro habían formado una alianza para que el joven no ganara, pero que este había respondido a todos sus ataques, uno tras otro, hasta que contraatacó y los dejó atrás. «Pensábamos que sería como tantos otros jóvenes campeones que salían aquí y allá, pero Hinault se mantuvo fácilmente en cabeza, haciéndose con todas las bonificaciones. Había corredores que se aliaban para ir contra él, pero Hinault se limitaba a sacarlos de rueda, uno a uno».

En 1974 Hinault también regresó a la pista, consiguiendo los campeonatos bretones de persecución y del kilómetro, logrando que lo seleccionaran para el campeonato nacional de persecución. Ganaría la medalla de oro gracias a que el multicampeón olímpico Daniel Morelon le prestó unas ruedas ligeras, otra prueba de que Hinault seguía saliendo adelante sin contar con el mejor de los equipos. Pero, desde luego, eso no lo intimidaba: antes de la final le gritó al público «apuesten 10 000 francos por mí —francos antiguos— y no los perderán». El equipo nacional francés lo llevó a los Mundiales en pista de Montreal aquel agosto, donde cayó eliminado en las fases previas, siendo diez segundos más lento de lo que necesitaba para pasar el corte.

Con el apoyo de un fabricante y distribuidor de bicicletas local, Juaneda —que también patrocinaba a un pequeño equipo profesional, Magiglace-Juaneda—, sus apariciones en ruta causaron un mayor impacto. En la Route de France, la carrera por etapas amateur más importante del país, terminó segundo detrás de Michel Laurent —quien también pasaría a profesionales, aunque nunca llegara a desarrollar todo su potencial— pese a que todavía seguía corriendo con licencia de tercera categoría. Ya había ganado las suficientes pruebas como para ascender de cuarta a segunda categoría, pero la Federación de Bretaña todavía no le había expedido su nueva licencia. Su victoria de etapa en Vichy llegó tras una fuga de ochenta y seis kilómetros, aventajando en unos pocos metros a un pelotón que lo perseguía desesperado. Después siguió disputando carreras con su licencia de tercera categoría, consiguiendo dos victorias. Los que quedaron segundo y tercero reclamaron, dado que, técnicamente hablando, era un ciclista de segunda categoría. Fue descalificado.

La carrera crucial acabó siendo la Étoile des Espoirs, una prueba de una semana de duración organizada por el organizador de la París-Niza, Jean Leulliot, a principios de octubre, en la que se juntaban prometedores aficionados y jóvenes profesionales. Esta fue la única vez que Hinault corrió en ruta con el maillot de la selección nacional francesa como aficionado —él sospechaba que fue convocado porque otros ciclistas de mayor perfil no estaban disponibles, puesto que esa carrera se disputaba con la temporada casi cerrada— y logró causar una gran impresión siendo un relativo desconocido. En la contrarreloj final terminaría segundo tras Roy Schuiten. Aquello debió de ser toda una sorpresa, puesto que el holandés, que moriría en 2006, era uno de los mejores contrarrelojistas de los 70 y el vigente campeón del mundo profesional en persecución. Hinault terminó quinto de la general, justo por detrás de otro bretón que estaba dando las últimas pedaladas de su carrera por culpa de unos constantes problemas en las rodillas: Cyrille Guimard. La carrera incluyó un episodio de lo más cómico cuando al principio de una etapa Hinault saltó del grupo —como tan acostumbrado estaba a hacer en las carreras de tercera y cuarta categoría—, trazó mal una curva, se fue directo a un campo y colisionó contra una carreta. Pero, hablando de cosas más serias, demostró que tenía capacidad para plantarles cara a los profesionales.

Aunque él ya lo sabía desde comienzos de aquel mismo mayo. Para un ciclista de su escasa experiencia una carrera como La Route de France debería resultar intimidante, dado que era la carrera por etapas amateur más dura del país y en la que la elite del ciclismo aficionado demostraba su valor con la vista puesta en conseguir un contrato profesional. Durante aquella carrera Hinault se vio cortejado por Jean «Mickey» Wiegant, director del principal club ciclista aficionado de Francia, el Athlétique Club de Boulogne Billancourt. Wiegant advirtió a Hinault de que, si no se unía a su equipo, el ACBB, sus ciclistas impedirían que ganara en cada carrera en la que lo vieran competir. Mickey era una de las figuras más imponentes del ciclismo amateur francés, un hombre austero que exigía que le llamaran monsieur y que había dirigido a Jacques Anquetil, Shay Elliot, Jean Stablinski y André Darrigade. Su equipo actuaba como filial del todopoderoso Peugeot, el equipo más rico de Francia. Era un descubridor de talento legendario; les petits gris, como se conocía a los ACBB, inspiraban temor allá donde corrían. Pero a Hinault le dio igual todo aquello, pues respondió: «Pues muy bien. Me importa un comino. El próximo año seré profesional».

2Nota del traductor: Pequeñas parcelas típicas de la región con forma rectangular y que están separadas entre sí por pequeños muros de piedra o setos.

3La opinión de que el uso de grandes desarrollos podía ser dañino estaba muy extendida durante los 70; incluso en 1978 un director deportivo francés seguía prohibiendo el uso del 13 en su equipo profesional hasta abril, prefiriendo que se usara un desarrollo más corto, aunque esto significara no ganar carreras.

4El Bataillon quedó disuelto en 2002, después del cese del servicio militar. Su sucesor, en el ciclismo, es el equipo profesional del Armee de Terre.

ROMPIENDO EL GUION: ASCENSO Y CAÍDA

Una figura provocativa, pero en determinados

aspectos, de una madurez sorprendente.

Philippe Bouvet acerca del joven Hinault.

A mediados de los 70 se esperaba que los recién llegados al mundo del ciclismo profesional se comportaran de una manera muy determinada. Según dictaban las convenciones, establecidas más de una generación atrás, no debían alzar la voz y debían hacer lo que les dijeran tanto los veteranos como los que eran mejores que ellos. Existía una jerarquía bien marcada que había que respetar. Los neoprofesionales estaban en el escalón más bajo en lo que concierne al caché de contratación para las carreras y a la hora de gozar de oportunidades en la competición.

La posición que correspondía a cada cual en el escalafón cobraba una importancia capital en los critériums, que conformaban el grueso del calendario bretón y eran, además, la principal fuente de ingresos de los profesionales. La regla no escrita era que el público asistía para ver a los grandes nombres y verlos disputar la victoria. Las estrellas no podían competir al límite de sus fuerzas día sí y día también, por eso había que «dirigir» las carreras. Un grupo de veteranos dictaban el «guion de la carrera»: quién atacaría al principio, quién disputaría las primas, quién sería el ganador al final y quién quedaría segundo. Y había un motivo muy importante para atenerse a dicho guion: no solo que cualquiera que se revelase tuviera que afrontar los insultos de sus colegas, sino que, y esto era lo más importante de todo, tanto los profesionales veteranos como los agentes que les pagaban tenían influencia suficiente como para dictar qué jóvenes corrían en qué critérium. O lo que es lo mismo, el joven que no se amoldase al sistema no podría ganarse la vida.

Los «cabecillas» del pelotón —Rik Van Looy, Fausto Coppi, Jacques Anquetil y demás ciclistas de su cuerda— habían dirigido el negocio de esta forma desde siempre. Tampoco se puede decir que nadie se hubiera revelado ante este orden establecido. Se sabe de «extranjeros» como Tom Simpson, Barry Hoban y Shay Elliot que habían desobedecido las órdenes, sobre todo cuando sentían que los habían excluido de las decisiones que se hubieran tomado. Esto explica el revuelo que causó lo ocurrido durante la Semana Santa de 1975. En aquel fin de semana se celebraban dos importantes critériums en Bretaña: Camors, en la parte sur de la península, entre Lorient y Vannes, y que era un añadido relativamente reciente al calendario, y Ploërdut5, a cuarenta kilómetros al noroeste, y que se había celebrado desde 1948. El Gran Veterano del ciclismo francés, Raymond Poulidor, competiría en Camors por primera vez y, de acuerdo con Maurice Le Guilloux, compañero de entrenamientos y vecino de Hinault en aquel entonces, se suponía que era el elegido para ganar. «Esto no significaba problema alguno, era la tradición. Pero Hinault era un joven profesional, no formaba parte del trato, así que saltó del grupo a toda velocidad consiguiendo todas las bonificaciones, mientras el resto lo perseguíamos a unos cincuenta metros de distancia. Fue una auténtica locura».

Se le indicó a Jean-Pierre Genet y Barry Hoban, dos veteranos y compañeros de Poulidor, que advirtieran a Hinault de que bajara un poco el ritmo. Al terminar la carrera Cyrille Guimard, el ciclista bretón más veterano presente, comunicó a Hinault que no obtendría su paga, por haber «estresado» a todo el mundo. Guimard le advirtió a Hinault de que el día siguiente, en Ploërdut, no quería verle la cara; no quería verlo en cabeza de carrera ni terminar entre los diez primeros. De acuerdo con el relato de Le Guilloux, Hinault no se amedrentó: «Se tiró toda la carrera de Ploërdut cerrando ostensiblemente el grupo y el organizador, al que no le hizo ninguna gracia su descaro, le pagó la mitad. Cosa que tampoco le hizo gracia a Hinault».

Eso de buscarles las cosquillas a sus mayores sería una constante en los primeros años de Hinault. En agosto de 1975 se dio otro episodio similar en el critérium del Circuit de l’Aulne, en Châteaulin, otra prueba importante del calendario bretón, que también sigue en marcha hoy en día. La carrera —que se llama ahora Boucles de l’Aulne— data de la década de los 30 y el número de espectadores que acuden a presenciarla asciende a las seis cifras; pero su factor diferencial esta vez era la fecha en que se celebraba: la tarde posterior al Mundial, cuando el nuevo campeón voló hasta allí para lucir su maillot arcoíris.

Aquella tarde el veterano esprínter francés Jacques Esclassan era el encargado de repartir el dinero; solo los que habían acudido a los Mundiales —los corredores veteranos— estaban en el trato. Se repartirían las ganancias, incluyendo las bonificaciones. Antes de la salida Esclassan se acercó al ciclista que había viajado con Hinault, Raymond Martin, y le pidió que se uniera «al bote»; Martin se negó a menos que se incluyera en el trato al joven Bernard, con quien había dividido los gastos del viaje. No aceptaron su propuesta. Martin se lo contó a Hinault, quien sonrió «con una mueca tiburón», y le dijo «no me quites ojo». Al igual que en Camors Hinault saltó a por las bonificaciones, arrebatándole las tres primeras a Merckx y acompañando la acción con un gesto despectivo. Fue Merckx quien le diría a Charly Rouxel —compañero de Hinault en el Gitane— que calmara a su joven camarada, que lo incluirían «en el trato». Pero si querían calmar a Hinault, con hacerle un hueco no iban a lograrlo, precisamente: se aseguró de ganar la cuarta bonificación, para quedar por encima.

«Así es como Bernard Hinault se ganó un hueco en la elite», escribiría el historiador del ciclismo Benjo Maso. Pero la realidad es un poco más intrincada. Robert Le Roux le había recomendado a Hinault pasar a profesionales lo antes posible, basándose en el principio de que los grandes ciclistas no podían aprender gran cosa en las carreras de aficionados. Además, los Juegos de Montreal 76 estaban en el horizonte y la Federación Francesa estaba decidida a llevar a sus mejores aficionados al equipo nacional. Si Hinault no estaba ya en profesionales al comienzo de la temporada de 1975 era muy probable que no le dejaran obtener su licencia en la elite hasta septiembre de 1976, asegurándose con ello de que corría para el equipo francés en Montreal.

Ni él ni Le Roux deseaban esperar hasta que hubieran pasado los Juegos. Por contra, aquellos eran unos tiempos de vacas flacas, después de que dos de los grandes patrocinadores abandonaran el ciclismo, el Bic —que en su momento fue patrocinador de Anquetil y de Luis Ocaña— y la fábrica de televisores Sonolor, que había financiado un equipo dirigido por el que fuera campeón del mundo, Jean Stablinski, con el apoyo de la marca de bicicletas Gitane. Cuando Hinault se unió a Stablinski en enero de 1975 —habiendo quedado como únicos patrocinadores del equipo Gitane y Campagnolo, que era la marca que le suministraba los componentes— apenas recibiría 2500 francos mensuales; o lo que es lo mismo, el SMIC, salario mínimo interprofesional de Francia. Era comprensible: el equipo había perdido a su patrocinador principal y la salida de Bic significaba que, para los directores de equipo, había más oferta que demanda. La mitad del primer sueldo mensual de Hinault se esfumó en pagar su alojamiento durante la primera concentración del equipo, como era costumbre hasta los 80; pero incluso aunque no hubiera ocurrido esto, con ese sueldo no le daba como para mantenerse a sí y a su familia.

Se había casado a comienzos de diciembre de 1974. Conoció a Martine, su futura esposa, en una boda entre uno de sus numerosos primos y una de las vecinas de ella durante la primavera de 1973, el año que pasó cumpliendo el servicio militar. Se conocieron en el cortejo que las damas de honor y los familiares hacían desde el mairie hasta la iglesia; en sus memorias dejaría una frase para la posteridad, «a primera vista no me pareció nada del otro mundo; pero al final de aquel día ya no pensaba lo mismo, para nada. Habíamos pasado un montón de horas juntos y tuvimos la oportunidad de hablar bastante, apenas nos separamos». Se mudaron a un pequeño apartamento en Rue de l’Eglise, en Yffiniac, frente a la tienda de bicicletas local. Cuando Hinault se marchó a disputar sus primeras carreras como profesional ella ya estaba embarazada; pero para poder completar el escaso sueldo que tenía Bernard ella siguió trabajando como secretaria en la cooperativa de productores de leche local.

El contrato con Stablinski llegó a través del patrocinador del club de Hinault entre 1972 y 1974, Tertre, un minorista electrónico que trabajaba en estrecha relación con Sonolor, que hasta entonces había sido patrocinador de Stablinski. Además, Hinault había llamado la atención del esprínter del Gitane Willy Teirlinck durante algunos de los arranques estilo perro loco que tuvo el bretón durante la Étoile des Espoirs. Había cierto vínculo local: Gitane, el fabricante de bicicletas, tenía su sede en el oeste de Francia y había sido fundada en Machecoul en Loire-Atlantique en 1930. La compañía de propiedad estatal Renault había adquirido el 30% del holding Micmo, propietaria de Gitane, en 1974; patrocinar al equipo era parte de su estrategia para afianzarse en el mercado doméstico francés de la bicicleta, en competencia directa con Peugeot, pero sobre todo con otros dos pequeños fabricantes, Lejeune y Mercier6.

A finales de enero de 1975 Hinault recibió un telegrama indicándole dónde se celebraría la concentración del equipo —Saint-Paul de Vence, en el Sur de Francia— y, como era costumbre en aquel momento, este había sido el único contacto que mantuvo con el equipo durante el invierno tras la firma del contrato, por lo que tuvo que partir inmediatamente. Solo había un problema, además de encontrar un billete de tren: Hinault no tenía maleta y tuvo que pedirle una a su suegra. Ir en coche rumbo sur era imposible puesto que todavía no tenía carné. Más adelante compartiría viajes con Maurice Le Guilloux, quien recuerda verlo llegar a su casa montado en un ciclomotor azul, con una mochila de cuero del SNCF de su padre a la espalda y su equipación para la carrera en una alforja. En el sur comenzó a competir en cuanto se terminó la concentración, comenzando con la Étoile de Bessèges a comienzos de febrero.

Para un neoprofesional de apenas veinte años y que solo había competido una temporada como aficionado, los primeros resultados de Hinault resultan sorprendentes. En la París-Niza, compitiendo contra gente como Guimard y Merckx, terminaría séptimo. Le dejó a un reportero de radio una de esas declaraciones que tan familiares acabarían siendo para los que siguieron su carrera —«Merckx tiene dos piernas, igual que yo»— y demostró su gran potencial como escalador manteniéndose en el grupo de los líderes en el Mont Ventoux. Aquello hizo que L’Équipe le tomara la matrícula, junto con la de Michel Laurent, como ciclistas con un futuro prometedor. En abril de 1975 logró el Circuit de la Sarthe, una carrera open en la que los mejores aficionados del bloque soviético —en realidad eran deportistas a tiempo completo subvencionados por el Estado— cruzaron armas con los jóvenes profesionales. Más adelante terminaría segundo en la París-Bourges, sexto en el Gran Premio de las Naciones y, a finales de aquel año, ganó la Promotion Pernod, un galardón que premiaba al mejor neoprofesional de la temporada en Francia7.

Y todos estos resultados llegaron en un ambiente de lo menos propicio. Hinault era un joven bravucón que se vio arrojado a un entorno mucho más exigente que aquel al que se enfrentaba bajo la protección de M. Le Roux en Saint-Brieuc. Se acababa de casar y Martine y él esperaban su primer hijo, en junio. Apenas tenía veinte años, demasiado joven para ser profesional, y corría en un equipo que se encontraba bajo una gran presión tras haber perdido a su líder, Alain Santy, al comienzo de temporada tras romperse una muñeca en la París-Niza.

Era un entorno inmisericorde, y el hombre que debía guiarlo no era, precisamente, la persona con mayor aptitud para ejercer ese papel. Stablinski, que moriría en el 2007, era un hombre de rasgos marcados, con un trato agradable e incisivo, pero con cierto toque a padrino de la Mafia. Cuando lo entrevisté en el año 2001 me dejó la sensación de ser un hombre que tenía un concepto muy alto de su valía, lo que por otro lado es comprensible si tenemos en cuenta que pasó de trabajar en una mina de carbón a enfundarse el maillot arcoíris. Stablinski había sido uno de los personajes principales del ciclismo francés durante los 60, junto con su compañero de equipo Jacques Anquetil. En carrera era un ciclista muy listo e implacable, que no mostraba reparo alguno en pagar a otros ciclistas para que lo ayudaran a derrotar a uno de sus mejores amigos, Shay Elliot, con tal de conseguir el Campeonato del Mundo de 1962.

Hinault no era nada apocado: la primera cosa de la que se dieron cuenta sus compañeros era que el joven bretón «no le tenía miedo a nadie y que dejaba siempre clara su opinión». Era un jovencito que hacía las cosas a su manera. Maurice Le Guilloux recuerda una de sus primeras carreras juntos, a principios de 1975: fueron en coche a participar en el Tour de l’Oise y, de camino, Hinault insistió en que pararan a comer. Dio buena cuenta de un enorme filete y pidió una botella de vino tinto1. Le Guilloux, que era consciente de que tenían que participar en el prólogo contrarreloj aquella misma tarde, apenas se bebió un vaso y estaba seguro de que Hinault pagaría ese exceso por la tarde. El joven bretón terminaría tercero, mientras que Le Guilloux acabó trigésimo octavo. «Después se me acercó y me dijo “¿Te das cuenta de lo bobo que has sido? Deberías haberte acabado la botella”».

El conflicto era inevitable. En el pasado Hinault describió a Stab como «un caballero que parecía no tener ni la más mínima idea de ciclismo», pero en la actualidad se muestra más amable. «Estaba claro que no trabajábamos en la misma onda», resume. «No hay por qué tirarle piedras, las cosas cambian, así de simple». La filosofía de Stablinski era la típica de su tiempo: competir a menudo, hacer lo que se te ordena y, si todo eso no funciona, buscarte otro trabajo. Pensar a largo plazo, en labrarse una carrera, no formaba parte del ciclismo de aquella época; lo primordial eran los intereses del equipo a corto plazo. Hinault lo resume de la siguiente manera: «[Su actitud era] vale, salid y corred, veamos de lo que estáis hechos; sois como un buen limón, y en cuanto os haya sacado todo el jugo os tiraré a la basura». Para hacerle justicia a Stablinski, este era el mismo modus operandi que muchos directores deportivos han seguido utilizando hasta hace bien poco.

«Se preocupaba por los chavales, pero no tenía sentido alguno de la planificación, del entrenamiento o de establecer un programa de carreras», contaba Le Guilloux. «Con él, fueras veterano o debutante, siempre había que seguir las mismas reglas. Nada de favores, nada de atajos, a sudar y a no quejarse».

«Me hizo correr prácticamente todas las carreras en las que el equipo participó», recordaba Hinault. «Era una locura y no tardó en dejarme extenuado». Tampoco es que Hinault le cayera particularmente mal a Stablinski —cada vez que el joven le pedía algo de equipo extra este se lo daba gustoso— pero no tenía ni idea de las necesidades del bretón ni de cómo manejarlo.

Stablinski se daba por satisfecho con hacer correr a Hinault tan a menudo como fuera posible para que aprendiera su oficio; pero no era tan sencillo como eso, pues hay que tener en cuenta la tendencia del joven por correr a lo loco. Maurice Le Guilloux recuerda la primera carrera de Hinault en Bélgica: «No tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo. Atacó desde la misma salida y se tiró los primeros ciento cincuenta kilómetros en solitario, en cabeza». A los ciclistas más veteranos les había pedido que enseñasen al joven a correr cuando hacía viento, pero Hinault «no se enteró de nada; iba varios minutos por delante».

Stablinski respondía a las críticas en su biografía, Les Secrets du Sorcier. «Hinault comenzó ganando muy poco dinero, pero es que nuestro ciclista mejor pagado apenas llegaba a los cuatro mil francos al mes. No le pedíamos que ganara, solo que aprendiera su profesión, de la que apenas sabía lo básico. Por eso lo llevaba tan a menudo a Bélgica, pero en lugar de quedarse en el pelotón para aprender su funcionamiento —cómo pedalear cerca del que te precede, cómo correr cuando hay viento— atacaba. Jamás tuve ninguna discusión con Bernard, la culpa de todo fue siempre de la gente que había entre ambos, como Le Roux. Insistía en que le diéramos el programa de Bernard, pero el ciclismo amateur no se parece en nada al mundo profesional».

Como el propio Stablinski admitía, sus métodos le hicieron entrar en conflicto con las dos personas clave en la vida de Hinault: Le Roux y —de manera implícita— Martine Hinault. El acuerdo alcanzado con Le Roux establecía que se vigilaría con gran celo el progreso de su pupilo, que no habría prisas. Pero está claro que esto no sucedió así —lo que no es ninguna sorpresa teniendo en cuenta los antecedentes y el carácter del director—, y Stablinski no veía por qué tenía que hacer caso alguno de las opiniones de un maestro de escuela bretón. Le Roux era muy proteccionista con sus pupilos y seguía ayudando a Hinault, al que ayudó durante la preparación para el campeonato francés profesional de persecución en pista, que el bretón acabaría venciendo.

Como ocurría con muchos ciclistas bretones, a Hinault no le gustaba estar lejos de casa. De camino a una carrera en Bélgica tras una concentración en Midi, a principios de temporada, Hinault dio un largo rodeo por el oeste para visitar a Martine, sin decírselo a su equipo. «Nadie se esperaba que me fuera a casa, pero necesitaba hacerlo. Una noche, solo eso. Era importante para mí. Era joven, no solo pensaba en el ciclismo; hay necesidades emocionales que bien valen una escapada secreta». Martine no había visto una carrera ciclista antes de conocer a Hinault y admitiría, más tarde, que hasta 1978 no se dio verdadera cuenta de lo que implicaba en realidad la vida de un ciclista. Puede que esto fuera también parte del motivo por el que a su marido le costó tanto adaptarse a la vida bajo el mando de Stablinski.

La gota que colmó el vaso llegó a principios de junio, el día de la última etapa de la Dauphiné Libéré, cuando Stablinski le dijo a Hinault que a lo largo de aquel mes competiría en la Midi Libre y en el Tour de l’Aude. Incluso se llegó a mencionar que tomara la salida en el Tour de Francia de 1975; era consciente de que Hinault —con su manera de competir como si no hubiera un mañana— se ganaría muchos titulares al animar las primeras etapas, «aunque acabe hecho pedazos», como dijo Stablinski. Hinault recordaba que, cuando le comunicaron su calendario, «esa misma tarde decidí dejar a Stablinski. Había corrido la Dauphiné con el objetivo de demostrarle a mi director deportivo que todavía no era capaz de enfrentarme al Tour. Y no fue nada difícil». Stablinski negaría más tarde que su intención fuera que Hinault corriera aquel Tour, señalando a los patrocinadores.

Fue una gran pelea, según Hinault. «No me preocupaba demasiado que me pudiera poner de patitas en la calle, porque yo estaba a punto de arrojarlo por la ventana».

Hinault terminó la carrera y tomó el primer tren a casa desde Avignon, para estar junto a Martine mientras ella se preparaba para el nacimiento de su primer hijo, Mickael. Las semanas que pasaron alrededor del nacimiento coincidieron con un enorme bajón, motivado por la emoción del momento y su paupérrima relación con Stablinski. Su director estaba furioso ante la desobediencia del joven, quien, por su parte, estaba a punto de rendirse. «Mentalmente estaba destrozado. No era capaz de hacer nada y, desde luego, mucho menos de montar en bicicleta», dijo Hinault.

Participó en los campeonatos nacionales de Francia poco después de que naciera Mickael, sin haber entrenado nada; prosiguió con la Étoile des Espoirs, donde tuvo un papel más discreto que el del año anterior y se fue al suelo en la última curva de la contrarreloj, lesionándose la rodilla. En el Gran Premio de las Naciones corrió con la rodilla infiltrada y tuvo que superar un inmenso dolor para terminar sexto, superando a Raymond Poulidor y poniéndose cuarto en el Prestige Pernod, la clasificación anual por puntos que designaba al mejor profesional francés.

Con el beneficio que da mirar las cosas con los ojos del que ha vivido treinta años más, Hinault se muestra más templado a la hora de explicar lo que sucedió. «Me llevaba bien con Stablinski, pero nunca estábamos de acuerdo. Él quería ver cómo me las apañaba en todas las carreras, porque lo estaba haciendo bien, pero yo no quería seguir así. No puedo decir que conociera bien a Stab, porque tan solo estuvimos juntos durante una temporada; todo lo que sé es que cometía el error de pensar que todos los ciclistas estábamos hechos a su imagen y semejanza. Demandaba resultados inmediatos, y yo tenía la cabeza puesta en el largo plazo».

Llegó al típico callejón sin salida. Hinault no podía continuar con Stablinski, pero ¿dónde podía ir? Había contactado con el equipo GAN —patrocinado por el Groupe Assurance Nationale—liderado por Poulidor; pero este equipo estaba estructurado alrededor del veterano. Cuando llegó el momento de la clásica que ponía punto y final al calendario francés, la París-Tours, entró en escena el hombre: Cyrille Guimard, el feroz esprínter con rodillas de cristal que en aquel critérium en Camors había llamado al orden a Hinault. Guimard estaba a punto de retirarse con apenas veintiocho años y le habían pedido que tomara el control del Gitane, que, a su vez, había sido comprada por Renault. Y Guimard quería a Hinault. «Me preguntó “si tomo las riendas de Gitane ¿te quedarás?”. “Si eres tú quien lo dirige, sí; mientras sea Stab, no”. Me dijo que lo más seguro era que se hiciera cargo del equipo. Yo había corrido con él, tenía cierto conocimiento de su manera de ser, comprendía su manera de ver las cosas. Y eso me resultaba interesante; y, además, comenzó a contarme el plan que tenía para mi carrera».

Guimard no era una persona que cayera bien a todo el mundo. No era alguien a quien todo el mundo en el ciclismo francés quisiera, ni tampoco se mostraba particularmente cercano al resto de directores deportivos —por ejemplo, Sean Kelly recordaba que no se llevaba bien con Jean de Gribaldy, un habitual del circuito hasta mediados de los 80— y su intransigencia le hizo convertirse en algo parecido a un extraño en este mundo. Y todavía sucede. Sigue siendo una figura ligeramente remota, con algo de distante, propenso a sentar cátedra cada vez que habla. Como ciclista, Guimard era enérgico, creativo, pero su cuerpo no estaba hecho para seguirle en el intento. Un rival recordaba que «solíamos llamarlo “la pequeña rata” por lo perspicaz y listo que era; físicamente no era gran cosa, pero podía lograr mucho con muy poco. Y entonces puso su cerebro a trabajar al servicio de Hinault». Joop Zoetemelk, quien corrió con Guimard coincide: «En cuanto a potencial físico era muy poca cosa, pero sabía sacar el máximo partido a lo poco que tenía».

Guimard tenía una serie de cualidades clave que le permitieron fomentar una relación con Hinault. Para empezar, también era bretón. Había comenzado su carrera con una falta de respeto hacia el orden establecido similar a la de Hinault. Tenía una manera de pensar innovadora y era muy ambicioso. Al igual que Robert Le Roux tenía un carácter tan fuerte como el del hombre de Yffiniac. Su apodo, Napoleón, o Le Petit Chief [Jefecito], le venía como anillo al dedo; y en cuanto a creencia en sus virtudes, era idéntico a su joven pupilo. Su contrato como director deportivo de Gitane incluía algunas cláusulas poco convencionales: durante el primer año recibiría el salario mínimo, dado que no tenía ni idea de sus posibilidades de éxito, y comenzaría a trabajar después del Mundial de ciclocrós, a comienzos de 1976, donde puso punto y final a su carrera con una cuarta plaza, después de haber conseguido el campeonato francés dos semanas antes.

Estaba decidido a mantener a Hinault en su equipo. «Cuentan con un futuro ganador del Tour, [pero] tienen que apresurarse a conseguir su firma», le dijo Guimard a sus jefes cuando estaban negociando. «Con él, cualquier cosa es posible, pero no lo tendremos nada fácil si durante los siguientes años nos lo encontramos como rival». Ya se había fijado en Hinault mucho antes de que pensara en convertirse en director; lo había visto dominar un encuentro en pista amateur en Saint-Brieuc y había presenciado sus ataques «de perro loco» en primera línea, como los de la Étoile des Espoirs y la París-Niza. Guimard veía en Hinault la misma cualidad que le había llevado a él mismo, años atrás, a acosar sin piedad a Merckx desde el mismo momento en el que pasó a profesional: «ausencia de complejos», como ambos lo denominan siempre.

«Era obvio. Hinault sería uno de los grandes en el futuro», decía Guimard. «Yo lo sabía. Estaba seguro. Había corrido la Étoile des Espoirs con él y lo había visto, me di cuenta. Recuerdo ponerme a su lado y decirle que se calmara un poco, que si seguía gastando fuerzas saliendo a cada intento de escapada se estaría pegando un tiro en la sien. Era agresivo, demasiado. Era un purasangre como ningún otro que me hubiera encontrado. Solo hacía falta un poco de tiempo para pulirlo».

Con apenas veintiocho años Guimard fue uno de los directores deportivos más jóvenes que el ciclismo hubiera visto, más joven que muchos de sus ciclistas y toda una excepción entre los gestores de equipos. Al igual que sus colegas, era un exciclista reconvertido en director, solo que en su caso se había visto obligado a bajarse de la bicicleta cuando todavía era relativamente joven. Sus problemas de rodilla habían cercenado sus ambiciones como ciclista, con lo que podía pensarse que tenía algo que demostrar. Su intención, como cuenta en sus memorias, era proporcionar a sus ciclistas ese apoyo que a él le hubiera gustado tener cuando competía. No quería ser un director que no tratara con sus ciclistas, porque «desde el comienzo de los tiempos los ciclistas han sido seres frágiles —mucho más de lo que la gente creería— y necesitan apoyo, consejo, que los apacigüen, los guíen y, sobre todo, que los incluyan en la vida del equipo». Hinault describe que durante los primeros días Guimard no mostraba la actitud que mostraría un compañero ni tampoco la de un jefe, sino más bien la de otro ciclista, casi como el capitán de ruta, un profesional veterano que te daba consejos… solo que en su caso conducía el coche del equipo.

Guimard realizaba sus fichajes con mucho cuidado: las posibles incorporaciones eran invitadas a una concentración y después escuchaba las opiniones del resto del equipo sobre esas posibles llegadas. Si ese aspirante no encajaba, quedaba descartado, por muy impresionantes que fueran sus habilidades físicas. «Muy inteligente», opinaba Greg LeMond; «Un hombre con ese toque a lo Alex Ferguson», decía David Millar, uno de sus últimos fichajes. Guimard tenía su lado excéntrico y ominoso, como recordaba Fignon en un episodio de su carrera. «Durante la primera concentración Guimard se puso frente a todo el equipo. Parecía mucho más serio de lo habitual. El silencio era sobrecogedor. El jefe estaba a punto de decir algo. Y, de repente, lo que dijo nos dejó boquiabiertos: “Al que pille con un ligue en la habitación lo echo a la calle, tout de suite”. En seguida comprendimos que, en realidad, jamás había echado a nadie por haberlo encontrado con una chica en su habitación. Tan solo nos estaba soltando un disparo de advertencia».

«Era el joven con la mente más brillante de aquel momento», dice el escritor francés Jeff Quénet. «Fue el primer director deportivo en introducir la planificación. Antes que él, todo se reducía a “entrena y compite tanto como yo quiera”, pero Guimard redujo los días de competición y enfocó el trabajo de sus ciclistas a objetivos bien delimitados».

«Un muy buen entrenador, y todavía me inclino a pensar que sigue estando entre los mejores», dice hoy en día Hinault. «Me enseñó muchísimas cosas sobre competición. Cuando Cyrille comenzó apenas tenía veintiocho años. M. Le Roux tenía ya setenta; esa fue la diferencia. Ambos lo hacían bien. La visión de M. Le Roux era excelente, siempre y cuando siguieras siendo aficionado; pero, en todo caso, tampoco es que estuviera mal encaminado. El contrapunto entre ambos era que M. Le Roux se centraba en practicar deporte [en general], mientras que Cyrille se centraba en competir.

Para dos hombres con la reputación —de la que estaba claro que ambos disfrutaban y alimentaban— de ser unos bretones «cabezas de mula», Guimard e Hinault resultaron ser sorprendentemente pacientes el uno con el otro durante sus primeros años juntos. Hinault podía parecer inmaduro, pero demostró una paciencia impropia de alguien de su edad al adherirse al plan que su nuevo director había diseñado para él. Durante la temporada de 1976 se dedicaría a carreras menores, sobre todo carreras de escala media del calendario francés como la París-Camembert y el Tour de l’Aude, sin participar en las grandes carreras como la Dauphiné Libéré. Al mismo tiempo comenzaría su participación en clásicas de un día para familiarizarse con sus trazados; en 1977 subiría un escalón y competiría en estas carreras y, además, en la Dauphiné y el Gran Premio de las Naciones. En 1978 afrontaría la Vuelta y el Tour de Francia: para ganarlos. Comparado con el plan de Stablinski, que parecía el disparo de una escopeta de perdigones, el contraste era radical.

Guimard también demostró tener paciencia con un joven que estaba, todavía, reconociendo el suelo que pisaba. El equipo Gitane realizó una concentración a principios de 1976, justo después de que Guimard tomara el timón; Hinault se presentó con doce kilos de sobrepeso tras haberse abandonado durante el invierno; según él mismo admitiría, se había pasado los meses que estuvo sin competir dando de comer a Mickael, haciendo jardinería y cortando leña. Aunque Guimard se acababa de retirar estaba en plena forma, tras completar la temporada de ciclocrós, y podía pedalear junto a sus pupilos durante los entrenamientos. Intentaba dejar a Hinault de rueda en las subidas, luciendo, por lo general, una sonrisa sarcástica y realizando algún comentario o gesto burlón —por ejemplo, inflando las mejillas como si fuera un hámster— mientras que el rollizo jovenzuelo iba perdiendo metros. Eran trucos psicológicos básicos que buscaban provocar el carácter combativo de Hinault: Guimard no pretendía ridiculizar a su ciclista, solo lo desafiaba, pues sabía que este respondería. «Si hubiera pensado que lo hacía con mala idea podría haber mandado todo al infierno: podría haber dejado el ciclismo», diría Hinault más tarde.

Hinault llegó tarde a la primera salida de entrenamiento, Guimard le echó la bronca e Hinault refunfuñó «ni que estuviéramos en el ejército». Una vez más, el director deportivo dejó correr el asunto y se limitó a explicarse: si hubiera sido al revés y hubiera sido otro compañero el que hiciera esperar a Hinault, este no se lo habría tomado bien. Le advirtieron que si volvía a suceder tendría que entrenar a solas. Todo esto marcó el tono que seguiría su relación al principio: Guimard dictaba lo que debía hacerse e Hinault cedía, casi siempre; en ocasiones de mala gana. Sin embargo, a menudo acababa comprobando que Guimard estaba en lo cierto, como en el Gran Premio de las Naciones de aquel año, cuando el director insistió en que su pupilo realizara un calentamiento de ochenta kilómetros por la mañana. Pese a que Hinault no quería hacerlo acabó dándole buen resultado, así que aquello se convirtió en parte de su rutina.

La evolución de Gitane como equipo durante 1976 fue muy lenta, dado que Guimard todavía estaba rodeado de los ciclistas que había fichado Stablinski. Por fortuna para Hinault, entre esos ciclistas se encontraba el belga Lucien Van Impe, quien disputaba su séptima temporada enrolado en el equipo. Van Impe era todo lo contrario al joven francés, un ciclista conservador que aspiraba a éxitos más factibles, como los premios de la montaña y las victorias de etapa, y no tanto a apostarlo todo a espectaculares ataques en la montaña. Tenía tal aversión a asumir riesgos que Guimard tuvo que amenazarlo, prácticamente, para que desencadenase el ataque con el que consiguió la victoria en el Tour de 1976; pero gracias a su presencia en el equipo Guimard pudo mantener a Hinault por debajo del radar durante más tiempo.

Al igual que cuando Hinault comenzó su alianza con Robert Le Roux, había que canalizar la energía física y actitud combativa del bretón; le producía un malévolo placer atacar cuando los veteranos querían tomarse un respiro, pero Guimard se aseguró de que no hiciera movimientos de este tipo por el mero placer de fastidiar a sus colegas. «Si tenemos en cuenta su edad y su mentalidad atacante, su personalidad y su inmensa fuerza de voluntad, estaba claro que debía manejarlo con mucho cuidado, hacerle comprender sus objetivos», decía Guimard. «Me enseñó a competir», concedía Hinault. «Yo saltaba detrás de todo aquel que se pusiera en cabeza, lo que provocaba que llegara al final de las carreras agotado, tras haber malgastado todas mis fuerzas en todo tipo de esfuerzos vanos. Cyrille me hizo comprender rápidamente que no tenía que salir detrás de cada ataque. “Tienes que esperar al momento adecuado… Cuando decidas atacar podrás hacerlo invirtiendo todas tus energías en un gran movimiento, no como cuando haces diez pequeños esfuerzos. Y así verás cómo te vas en solitario, siempre”».

Aquel mayo Hinault logró tres carreras en diez días: el Circuit de la Sarthe por segunda vez consecutiva, la carrera de un día París-Camembert —una victoria en solitario en Vimoutiers escapándose en el Mur des Champeaux, manteniéndose por delante del grupo perseguidor por apenas doce segundos— y otra victoria en una carrera por etapas, el Tour d’Indre-et-Loire. Su versatilidad era similar a la de Eddy Merckx cuando este era joven. Disputaba a Jacques Esclassan, el mejor esprínter francés del momento, los esprints en grupo, quedando, normalmente, entre los tres primeros. Logró la contrarreloj del Tour d’Indre-et-Loire con una velocidad media por encima de los 44 km/h, derrotando a Roy Schuiten. Guimard prefirió mantenerlo alejado de la Dauphiné; en su lugar corrió y terminó tercero en la Midi Libre y ganó el Tour de l’Aude. Más tarde, en aquella misma temporada, añadió el Tour du Limousin. Eran carreras de segunda categoría, pero para ser su segundo año como profesional, fue una temporada prolífica en éxitos; los suficientes como para que consiguiera el Prestige Pernod, primero de sus siete consecutivos. Con veintiún años ya se había convertido en el mejor profesional francés de la temporada.

La relación entre Guimard e Hinault no siempre fue como la seda: eran dos personas que nunca se callaban lo que pensaban. Hinault estaba muy lejos de ser un ciclista maduro, mientras que Guimard estaba aprendiendo a mover los hilos como director deportivo. En 1977, su segunda temporada bajo el mando de Guimard, Hinault seguía marchándose a la francesa, como había hecho con Stablinski. Fue uno de los tres ciclistas del Gitane que desaparecieron en el Tour de Flandes de aquel año porque no querían jugarse la cara en el pavés, bajo la lluvia y el frío. Uno de ellos, Roland Berland, ni tan siquiera salió de su habitación en el hotel; Hinault y el otro, Jean Chassang, por lo menos se dejaron ver en la plaza de Sint-Niklaas para la salida, pero no se molestaron ni tan siquiera en ponerse las zapatillas de ciclismo. Apenas doscientos metros después de pasar la línea de salida Hinault se dio media vuelta, pedaleó hasta su coche y se fue a Bretaña, todavía vestido de ciclista. Guimard —consciente, seguramente, de que aquello era un motín en el que no solo estaba involucrado uno de sus ciclistas, sino tres— no dudó en mandar a Hinault una carta registrada dos días más tarde en la que le advertía de manera formal por su conducta.

Si aquella carta buscaba provocar una reacción en Hinault —y es más que probable que así fuera, dada la habilidad que tenía Guimard para saber qué teclas debía tocar— tuvo el resultado deseado diecinueve días después. En la Gante-Wevelgem, al igual que pasó en Vimoutiers un año atrás, Hinault logró una victoria en solitario valiéndose de sus habilidades contrarreloj, a pesar de un error que cometió su mecánico, que no le había cambiado el desarrollo tras la París-Roubaix, llana como la palma de una mano, que se había celebrado dos días antes. Hinault se dio cuenta de que llevaba un desarrollo mayor, pero tenía ya la suficiente experiencia como para reconocer el momento en el que el pelotón comenzó a dudar, a treinta kilómetros de meta, sin nadie dispuesto a tomar la iniciativa. «Atacó al pasar por Menen, en una carretera lisa como una tabla, volvió a atacar cuando se le acercaron y se mantuvo al frente hasta que comenzaron el esprint por detrás», recordaría Barry Hoban. El pequeño grupo perseguidor incluía a experimentados clasicómanos como Walter Godefroot y André Dierickx, además de dos futuros campeones del mundo como Gerrie Knetemann y Jan Raas. Pero ninguno de ellos tenía ni idea de lo que aquel ciclista que los precedía era capaz de hacer: ganó con una ventaja de 1:24 sobre el italiano Vittorio Algeri.

Aquella victoria de Hinault resultó muy valiosa para la fama del bretón en su país, dado que las victorias francesas en las clásicas eran —y siguen siéndolo— escasas. Solo un francés había ganado en Wevelgem antes que Hinault, ni más ni menos que un français llamado Jacques Anquetil. Sin embargo, los flamencos no se tomaron a Hinault demasiado en serio porque los mejores belgas del momento, Eddy Merckx, Freddy Maertens y Roger De Vlaeminck, no habían participado en la clásica de mediados de semana. Un periódico de Flandes salió con el titular «En la tierra de los ciegos el tuerto es el rey». «Imbéciles», dictaminó Guimard. Cinco días más tarde llegaría un golpe mayor en la Lieja-Bastoña-Lieja, en la que, esta vez, sí que se presentaron todos los grandes nombres: Merckx, el alemán Didi Thurau, Maertens, De Vlaeminck. Fue un día de perros: frío, con constantes chubascos y, para terminar, lluvia y nieve con la suficiente fuerza como para comenzar a cuajar sobre los coches que estaban en las cunetas. Durante la aproximación final, saliendo de las Ardenas y entrando en Lieja, el robusto clasicómano Dierickx atacó saliendo de un selecto grupo en la ascensión final, la Côte des Forges, a doce kilómetros de la meta; Hinault salió a su rueda.

Dierickx había ganado la Flecha Valona en dos ocasiones y parecía ir directo a añadir a su palmarés esa Lieja. Conocedor de la capacidad que tenía Hinault para los esprints largos Guimard le dijo que se pusiera delante de Dierickx en la recta de meta, que bajara la intensidad un instante y después volviera a esprintar. En la meta la carrera realizaba un giro de 180 grados junto al río Meuse, en el Bulevar de la Sauvenière, antes de regresar en sentido contrario hasta la bandera a cuadros; Guimard aparcó su coche a unos cientos de metros de la meta en el lado contrario del paseo central y —con el grupo perseguidor a la vista— le gritó a su ciclista cuando realizar su movimiento. «Me puse delante, tal y como me había dicho Cyrille», recordaba Hinault. «En aquel primer movimiento logré un par de metros sobre Dierickx; yo sabía que él llevaba un desarrollo mayor que el mío1, así que cuando me recuperó la desventaja volví a atacar, sin tener muy claro del todo dónde se encontraba la meta». A cincuenta metros Dierickx había puesto su tubular por delante del de Hinault, pero al cruzar la meta todavía se encontraba varios palmos por detrás. «Había subestimado la capacidad de aguante de Hinault tras seis horas y media de intensa carrera, y su capacidad para guardarse las suficientes energías como para esprintar», escribió el periodista británico Peter Drucker en International Cycle Sport.

Ganar en Bélgica estaba muy bien, pero el momento exacto en el que Hinault se asentó, de forma tangible, en la conciencia nacional francesa es muy concreto: la sobremesa del 4 de junio de 1977, descendiendo el Col de Porte durante la penúltima etapa de la Dauphiné Libéré. Este fue su primer intento de conseguir una gran carrera a su paso por las grandes montañas; el Porte estaba situado al final de una etapa que partió de Romans-en-Isère y terminaba en Grenoble, pasando otros dos grandes cols, el Granier y el Coq; después del Porte, la etapa concluía con la gran pendiente que ascendía desde la Bastilla de Grenoble hasta la fortaleza construida por Vauban. En el pelotón estaba la flor y nata del pelotón de mitad de los 70: Merckx, Thévenet, Poulidor, Hennie Kuiper, Joaquim Agostinho. También estaba el que fuera líder de Hinault, Van Impe, que aquel invierno dejó el equipo tras pedirle a Guimard un enorme aumento de sueldo. Sabiendo que Hinault estaba ya prácticamente a punto, Guimard no tuvo reparos en rechazar la petición de Van Impe.

La carrera había comenzado en el Col du Coq, donde Thévenet atacó; Hinault alcanzó a los líderes durante el descenso, pasando al ataque en el Col de Porte. En la cima tenía 1:30 sobre Thévenet y Van Impe: «Quería más y más, pasé volando por las tres primeras curvas de herradura del descenso, y en la cuarta… ¡boom!». Echó una rápida mirada a su derecha «y fue como si una mano gigante me agarrara del cuello. Afronté la curva con demasiada velocidad, frené, pisé una mancha de arena y volví a frenar, bloqueando las ruedas por completo». Cayó por el barranco, mientras el comentarista de televisión gritaba «oh-la-la», sin duda, temiendo por la vida de Hinault después de que este desapareciera de plano. Se puede perder la vida, una carrera profesional puede tocar a su fin por este tipo de accidentes, pero, milagrosamente, un árbol frenó su caída; Guimard bajó por el barranco y lo ayudó a salir poniéndole sus hombros como apoyo. «Ambos demostraron una sangre fría y unos reflejos impresionantes; casi daba la sensación de que aquello hubiera estado orquestado», escribió Olivier Dazat.

René Hinault había bajado la bicicleta de repuesto del techo del coche y su primo seguía todavía en cabeza cuando llegó a la Bastilla —la descomunal fortaleza que se yergue cien metros por encima de Grenoble, en la otra orilla del Isère desde el centro de la ciudad—, después de recibir los vítores de la gente que había presenciado la caída en la televisión y que había salido de sus casas para verlo pasar. El ascenso a la Bastilla tiene siete kilómetros, con una pendiente media entre el 13,5 y el 15 por ciento. Hoy en día la gente suele ir allí en teleférico. A quinientos metros de la cima, los nervios traicionaron al joven Hinault. Todavía traumatizado por aquella caída que podía haber resultado mortal, se bajó de la bicicleta, realizó a pie unos veinte metros antes de volver a subir a su máquina y lograr la victoria en la etapa con 1:20 sobre Van Impe. Aquella tarde, Guimard acudió a aquel barranco a recoger la bicicleta. El mecánico del equipo tuvo que bajar aferrado a una cuerda; estaba hecha pedazos, treinta metros más abajo de la carretera.

El escritor Philippe Bordas realizó una comparación entre el momento en el que Hinault sale de aquel barranco y un «parto violento». Todo esto pasó en directo, en la hora de máxima audiencia de un sábado por la tarde, en la televisión, ante la mirada de millones de espectadores. Desde entonces Hinault se convirtió en una figura nacional, de las que se esperaba que lograra el Tour de Francia. Tras aquello, Merckx designó al joven francés como su sucesor: la manera en la que el Caníbal le cedió el testigo fue ayudando a Hinault después de que este sufriera una crisis durante el último día, en el Col de la Forclaz, en cuya ascensión sufrió un dolor inmenso a consecuencia de la caída. «El muslo derecho me dolía una barbaridad, no podía sujetar el manillar ni podía casi respirar. Mentalmente, estaba destrozado». La caza tras una escapada que lideraba Thévenet resultó de lo más intensa, e Hinault terminó a 1:44, manteniendo el maillot de líder por apenas 17 segundos.

Thévenet se adjudicó la contrarreloj final por unos míseros 8 segundos. Hinault había derrotado al vencedor del Tour de 1975 y había sido mejor en las montañas que el ganador del Tour de 1976, Van Impe. Tres semanas después Thévenet conseguiría su segundo Tour, pero era consciente de lo que se avecinaba en un futuro muy cercano. «El año que viene», dijo, «Hinault será intocable».

5El Criterium de Camors, también conocido como Ronde des Korrigans, se sigue celebrando en la actualidad, solo que a finales de julio, como parte del circuito francés posTour. Ploërdut se siguió organizando de manera anual hasta 1981, con otra edición final en 1992.

6Gitane forma parte en la actualidad de Cycleurope, propiedad del conglomerado sueco Grimaldi Industri AB, mientras que la producción se ha llevado a Romillysur-Seine, al este de París

7El trío de premios Pernod a toda la temporada —Promoción (para los neoprofesionales franceses), Prestige (para el mejor profesional de Francia) y el Super Prestige International— se dilucidaban por una serie de puntos repartidos en las carreras importantes. Se otorgaron entre 1958 y 1987, cuando las leyes francesas contra la publicidad del alcohol y el tabaco acabaron con este patrocinio.

8El Tour de l’Oise fue rebautizado como Tour de Picardie en el año 2000.

9De acuerdo con la crónica, Hinault no llevaba puesta la corona de 13 dientes, sino un 14, mientras que Dierickx llevaba el 13. Seguro que M. Le Roux estaba de lo más orgulloso.

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