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Lia Pistiner de Cortiñas
(Editora)
Bion en Buenos Aires
Seminarios, presentación de casos y supervisiones

Bion, Wilfred R.
Bion en Buenos Aires : seminarios, presentación de caso y supervisión / Wilfred R. Bion ; editado por Lía Pistiner de Cortiñas. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biebel, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
Traducción de: Elizabeth Tabak de Bianchedi.
ISBN 978-987-8362-09-0
1. Psicoanálisis. 2. Clínica Psicoanalítica. I. Pistiner de Cortiñas, Lía, ed. II. Tabak de Bianchedi, Elizabeth, trad. III. Título.
CDD 150.195
© Copyright © The Estate of W.R. Bion, 2019
© Joseph Aguayo, Lia Pistiner de Cortiñas and Agnes Regeczkey, Karnac Books Ltd, 2018
© Ediciones Biebel, 2020
Imagen de cubierta: Leo Ferretti
Realización de cubierta: Ramiro Pazo
Diagramación de páginas: Cálamus (contacto: calamus.doc@gmail.com)
Edición en formato digital: junio de 2020
Ediciones BIEBEL
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Libro de edición argentina
Producido en la Argentina
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Conversión a formato digital: Libresque
Agradecimientos
Deseo expresar mi gratitud a Darío Sor, quien fue mi analista y con quien más adelante supervisé y estudié a Freud, Melanie Klein y Bion.
También a Elizabeth Tabak de Bianchedi, con quien también supervisé y estudié a Freud, Melanie Klein y Bion, y quien fue además una muy querida amiga. Ambos, Darío Sor y Elizabeth T. de Bianchedi fueron muy generosas personas, estimularon mi propio desarrollo como psicoanalista y autora de libros relacionados con las ideas de Bion. Con ambos participé de la organización de la primera Conferencia Bion en 1999 en Buenos Aires, conferencias que se convirtieron en una tradición y actualmente tienen lugar cada dos años en Sudamérica, Norteamérica y Europa.
Quiero agradecer a Adriana, Eugenia y Alejandro Bianchedi –los hijos de Elizabeth, con quienes conservo un vínculo afectivo que de algún modo me sigue ligando a ella– el haber facilitado la copia de las traducciones que encontraron en el consultorio de Elizabeth, posibilitando así que el Bion en Buenos Aires pueda ser publicado en castellano.
Agradezco también a Leo Ferretti, arquitecto y artista plástico, por permitirnos ilustrar la tapa con la imagen de una de sus obras.

Elizabeth Tabak de Bianchedi en su consultorio, noviembre de 2013.
Fotografía: Adriana Bianchedi.
Homenaje a Elizabeth Tabak de Bianchedi, traductora de las conferencias, seminarios y supervisiones de Bion en Buenos Aires
Conocí a Elizabeth cuando yo de muy joven trabajaba en el Servicio de Adolescentes del Centro de Salud Mental n. 1, en aquel tiempo dirigido por Hugo Rosarios. Ella vino a darnos supervisiones y me impresionó por su inteligencia y su clínica. Esto me llevó a hacer grupos de estudios con ella sobre la obra de Freud, M. Klein y luego de Bion. También le pedí supervisiones y gran parte de mi aprendizaje en la clínica psicoanalítica se lo debo a ella. Con el tiempo nació una colaboración para escribir trabajos, organizar un Congreso Bion en 1999 en Buenos Aires, escribir junto con un grupo un libro Bion conocido/desconocido y una profunda amistad que duró hasta su lamentable fallecimiento. Todavía recuerdo que estaba esperando visitarla en la puerta de su casa cuando vi llegar a su hijo Alejandro, quien me dio la triste noticia de que estaba internada.
Poder publicar este libro en castellano (en inglés ya fue publicado por Karnac) con la traducción que ella hizo de los seminarios, conferencias y supervisiones que Bion dio en Buenos Aires, es un pequeño homenaje a una persona que fue una excelente analista, supervisora y de una capacidad increíble no sólo para transmitir las ideas de los autores que íbamos abordando sino para estimular nuestro propio pensamiento acerca de lo que íbamos aprendiendo. También, desde ya, implica la posibilidad de que las personas de habla castellana, interesadas en el pensamiento de Bion, tengan acceso a sus ideas transmitidas de un modo más coloquial en este libro, que en aquellos más complejos que escribió expresamente como libros.
Lia Pistiner de Cortiñas


Carta de agradecimiento enviada por Wilfred R. Bion a
Elizabeth Tabak de Bianchedi en agosto de 1968.
Dear Mme T. de Bianchedi,
Just a line to let you know I am reunited with my family after an air-journey in which much time was spent in avoiding storms.
The wheather here is warm but otherwise overeast and rather suggest that I have brought the winter you should have been having here.
May I say how much I appreciated your virtuosity and endurance as a translator. It astonished me that you could keep with the flow and in so far as I could tell (towards the end) make it so comprehensible. I hope you have had no ill effects.
With my very best wishes for you and your family including the baby (if this not too presumptuos since we have not been introduced!)
Your very sincerely
Wilfred Bion
Introducción
Lia Pistiner de Cortiñas
En julio de 1968 Bion estuvo en Buenos Aires invitado por la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) –cuyo presidente en ese momento era el Dr. Mom– para dar conferencias, seminarios y supervisiones. León Grinberg lo había escuchado en varios Congresos de la IPA y ya había formado un grupo de psicoanalistas que estudiaban la obra de Bion, entre los que estaban Elizabeth Tabak de Bianchedi, Darío Sor, Ana Kaplan, Pablo Grimaldi y otros. En estos seminarios –que tradujo al castellano Elizabeth Tabak de Bianchedi– Bion habló de sus ideas, algunas de ellas todavía no publicadas, como aquellas sobre el Místico, el Establishment y el Grupo y que luego fueron publicadas en 1970 en su libro Atención e interpretación. Muchos psicoanalistas de Buenos Aires estaban muy interesados en las ideas de Bion. Muchos asistieron a sus seminarios y posteriormente se realizó en APA una Jornada de discusión, cuyos contenidos se dieron a conocer en una publicación interna de esa institución.
La APA fue creada en 1942 y algunos de sus miembros, tales como Heinrich Racker, Marie Langer y Angel Garma, vinieron de Europa, refugiándose en la Argentina a causa del nazismo y de la Guerra Civil Española. Tenemos que tener en cuenta que la condición para que se desarrolle el psicoanálisis y el movimiento psicoanalítico es la existencia de un Estado que respete la ley y garantice la libertad de enseñar psicoanálisis. Esa clase de Estado tiene un poder sobre sus ciudadanos limitado por la ley. Sin libertad no es posible o es muy difícil trabajar como psicoanalista y enseñar psicoanálisis.
A partir de los años 60, pero también desde mucho antes, Buenos Aires era un lugar de interés y efervescencia psicoanalítica, sobre todo con una orientación kleiniana. Tanto es así que algunos psicoanalistas argentinos, tales como Arminda Aberastury y Emilio Rodrigué fueron a Londres para supervisar con M. Klein. En 1966 el Dr. Horacio Etchegoyen vivió en Londres y se analizó con Donald Meltzer.
La Facultad de Psicología se creó en Buenos Aires en 1957 y pronto tuvo prestigiosos psicoanalistas como profesores, entre ellos José Bleger, David Liberman, Fernando Ulloa, Rafael Paz, etcétera, por mencionar algunos, que en varios libros abordaron cuestiones psicoanalíticas con un pensamiento original. En la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires las ideas de M. Klein, junto con la obra de Freud eran una parte central de los programas de estudio.
Lamentablemente yo no pude participar y compartir los seminarios y supervisiones de Bion en Buenos Aires, ya que los psicólogos en esa época no podíamos ingresar a la Asociación Psicoanalítica Argentina, que era la única que pertenecía a la IPA en la Argentina. El gobierno militar del dictador General Onganía prohibía el ejercicio de la clínica psicoanalítica a los psicólogos. En cambio había muchos grupos de estudio privados, donde los psicoanalistas enseñaban Freud, Melanie Klein y Bion. Yo tuve la suerte de estar en un grupo de estudios sobre la obra de Bion con Elizabeth T. de Bianchedi y también de analizarme con Darío Sor. También pude supervisar con Elizabeth y con Darío Sor tiempo después de terminar mi análisis. En estos grupos de estudio y supervisiones me fueron transmitidas las ideas de Bion sobre la clínica psicoanalítica y cómo estas ideas habían transformado esta clínica. De este modo me fui acercando a la obra de Bion, a sus hipótesis teóricas y a sus muy significativos aportes a la técnica y clínica psicoanalítica.
Buenos Aires, 1968: la atmósfera psicoanalítica
Como ya dije, los profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires eran en su mayoría reconocidos psicoanalistas tales como José Bleger, Fernando Ulloa, David Liberman y Rafael Paz entre otros. Muchos de ellos también trabajaban en hospitales, de los cuales uno de los más reconocidos fue el Servicio del Dr. Mauricio Goldemberg en el Hospital Lanús. También en la sala del Dr. Florencio Escardó, del Hospital de Niños, se abrió una residencia para psicólogos de la que fui parte. Leyendo los seminarios y supervisiones que Bion dio en Buenos Aires podemos ver la atmósfera entusiasta hacia el psicoanálisis. A través de las preguntas de los analistas que participaron y las interesantes respuestas de Bion, nos damos cuenta del impacto que sus ideas tuvieron en Buenos Aires. Las cuestiones más significativas que Bion introduce en estos seminarios se refieren a ubicar la teoría y la clínica psicoanalítica en una nueva dimensión, dimensión que sin embargo conserva y refina la mayoría de los valores de Freud y de las contribuciones de M. Klein, tratándolas al mismo tiempo desde otra perspectiva. La originalidad del pensamiento de Bion estimulaba una nueva actitud en el analista. Así como Freud introdujo la dimensión inconsciente y la relación consciente-inconsciente, Bion desarrolló ideas sobre la relación finito-infinito, la tolerancia a la duda, a la incertidumbre y al misterio. Propuso nuevas ideas acerca de lo que llamó la relación entre la parte psicótica y no psicótica de la personalidad y en la última parte de su obra postuló como objetivo del psicoanálisis, además del conocerse a sí mismo, el devenirse auténtico, el devenirse sí mismo.
En 1967 Bion aceptó una invitación para dar Conferencias y supervisiones en Los Ángeles, Estados Unidos, y luego fue invitado a establecerse y trabajar allí. Habiendo sido por dos veces presidente de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, sintiéndose muy cargado de las obligaciones administrativas y con el peso de las medallas –que como decía él amenazaban con hundirlo–, decidió aceptar la invitación de trabajar en Los Ángeles. Por esa época también aceptó la invitación de dar conferencias y supervisiones en Buenos Aires. Allí iba a trabajar las próximas dos semanas, fines de julio y agosto de 1968. En Buenos Aires fue recibido por León Grinberg, quien habiendo escuchado a Bion en varios congresos de la IPA, había ya formado un grupo de estudios con analistas argentinos interesados en profundizar la comprensión de sus ideas. Muchos analistas sudamericanos que vinieron a escuchar a Bion en 1968 ya tenían un cierto conocimiento de las ideas de M. Klein, aunque no muchos conocían la obra de Bion ya publicada. Arminda Aberastury había supervisado con M. Klein en Londres y Emilio Rodrigué también, este último escribió un trabajo sobre el análisis de un niño autista.
Esta situación en Buenos Aires era un poco distinta entonces de la experiencia que Bion tuvo en abril de 1967 en Los Ángeles, adonde fue a supervisar y dar conferencias, antes de decidir irse a vivir y trabajar allí, ya que allí las ideas de M. Klein no estaban muy difundidas.
En cambio, por la llegada de analistas europeos durante y después de la Segunda Guerra Mundial, en Buenos Aires se conocía bastante el trabajo de M. Klein, sobre todo con niños, más que en lo referente a psicóticos.
Al extender el paradigma kleiniano incluyendo la necesidad y capacidad del analista de elaborar sus procesos subjetivos, ideas que se habían hecho más conocidas como la relación “continente/contenido”, Bion también introdujo nociones acerca de la necesidad de incluir y procesar esta sutil complejidad de los procesos subjetivos del analista, sobre todo en el tratamiento de pacientes muy perturbados. Estos factores del impacto de la propia subjetividad del analista en su tarea analítica, habían sido discutidas en Londres con contribuciones también de otros autores como El odio en la contratransferencia de D. W. Winnicott, y el trabajo sobre contratransferencia de Paula Heimann (1950), y también con la versión revisada de Bion de Experiencias en grupos. En Buenos Aires, ideas afines fueron desarrolladas por E. Pichon Rivière, H. Racker y D. Liberman, entre otros.
A través de sus conferencias y supervisiones nos podemos dar cuenta de que uno de los mayores méritos de Bion fue el de ubicar la teoría y la práctica psicoanalíticas en una nueva dimensión que conserva, sin embargo, lo más valioso de las contribuciones clásicas de S. Freud y M. Klein, encarándolas desde perspectivas (vértices) diferentes. Bion les agrega frescura y originalidad, estimulando una actitud nueva en el analista. Leyendo estos seminarios uno puede darse cuenta de que promueve el abandono de esquemas rígidos y de viejos clisés. Una y otra vez nos dice a los psicoanalistas que estamos solos en nuestra tarea, que el único compañero que tenemos es el paciente, que a su vez es poco fiable, por sus defensas. En estos seminarios se refleja su capacidad de producir aperturas hacia nuevas maneras de pensar en psicoanálisis. La riqueza de sus hipótesis, la amplitud de sus teorías y la flexibilidad de sus modelos, agregadas al consejo de instalarse “sin memoria, sin deseo y sin entendimiento” en la tarea de observación e investigación clínica, provocaron un enorme atractivo y también inquietud, cosa que se refleja en las numerosas preguntas que le hicieron. Se percibe en estos seminarios, así como también en el resto de su obra, que su intención apuntaba a estimular la capacidad creativa de los analistas, como si les dijera “atrévanse a pensar por sí mismos”; al mismo tiempo sus intervenciones parecen apuntar a incrementar el uso del sentido común y también el desarrollo de la intuición psicoanalítica, para ayudar al analista investigador de la personalidad del paciente, a colocarse en un “estado de descubrimiento”.
Estudiar la obra de Bion permite comprender en qué reside su estilo de exposición, que de algún modo también reflejan las hipótesis mismas. Bion habla de las dificultades para expresar, con palabras conocidas ideas nuevas y explica que esto lo lleva a veces a introducir términos desprovistos intencionalmente de significado, como alpha y beta, o a utilizar palabras conocidas con significados estipulados por él. Dice que el analista enfrenta una realidad externa de tipo muy particular y que esa realidad es virtualmente imposible de comunicar a nadie que no sea el paciente. Para Bion la comunicación lateral es muy mala; si el objeto –es decir el paciente– está allí, uno puede señalar esa realidad compartida con el paciente, que está presente en la sesión. En cambio los colegas analistas a los que uno trata de transmitir lo que ocurrió en la sesión y que no están presentes en ese análisis, en esa sesión, esa transmisión es muy difícil, si no imposible, puesto que la experiencia del analista con su paciente es una experiencia emocional única e irrepetible.
También en estos seminarios Bion les dice a los analistas que nuestras dificultades empiezan cuando se ha completado la formación, diferenciando entre hablar sobre psicoanálisis y hacer psicoanálisis. La formación debería ser seria y divertida al mismo tiempo, como un juego. Los analistas de niños sabemos que si un chico no juega es que tenemos que considerar problemas muy serios.
Es interesante cómo Bion recuerda su propia formación: a la noche en un cuarto lleno de humo y con el cansancio de un día de trabajo. No era culpa de nadie, puesto que los analistas en formación tenían que trabajar, pero lo recuerda como una experiencia difícil. Podemos para ello tener en cuenta que hizo su formación a una edad ya bastante avanzada, alrededor de los cincuenta y teniendo que ocuparse solo –ya que su primera esposa había muerto– de su pequeña hija Parthenope. Se refiere enseguida a lo que no puede ser aprendido en teoría, que implica no sólo la formación psicoanalítica, sino que la experiencia personal del analista le es necesaria para desarrollar su propia técnica, lo cual además significa conocer bien unas pocas teorías que deben pasar a formar parte de uno.
Se refiere también al recuerdo y al deseo y cómo se interponen entre el analista y la realidad, es decir interfieren en la experiencia emocional que está ocurriendo en la sesión con el paciente, y mientras el analista está intentando recurrir a “¿qué dijo ayer ese paciente?” o está pensando “qué voy a hacer este fin de semana” el análisis prosigue pero el analista no está presente.
En estos seminarios Bion dice que una vez que se ha completado la formación analítica es necesario evitar malos hábitos y quiere destacar su enfoque del análisis, citando una carta de Freud a Lou Andrea-Salomé, en la que Freud habla de la necesidad de cegarse artificialmente, dice que en el análisis es necesario arrojar un “penetrante rayo de oscuridad que ilumine la zona oscura”. En estos seminarios expone, para los analistas que lo escuchan, la necesidad de lograr estados mentales de “paciencia” para los momentos de “no comprensión” cuando el material de la sesión se presenta disperso, hasta haber encontrado el hecho seleccionado y en esos momentos poder lograr un estado de “seguridad” porque se ha encontrado un “hecho seleccionado” a lo que hasta entonces estaba disperso y que le da coherencia.
En su libro Transformaciones Bion utiliza un modelo para un aspecto de esa teoría: el modelo es el del reflejo de un árbol en la superficie de un lago: depende del estado de esa superficie, más calma o más tormentosa, así se verá el reflejo, es decir, el modelo es la atmósfera emocional. En ese sentido, en estos seminarios y en el intercambio con los analistas que lo escuchan y le preguntan, se percibe una atmósfera de mucho interés de parte del público y de una gran disposición al diálogo por parte de Bion. Al leer los seminarios, así como ocurre con otros escritos de Bion, se percibe que la fuerza y penetración de las ideas que expone equivalen a agitar la superficie del lago, ya que el lenguaje de Bion en estos seminarios de Buenos Aires contiene dudas, verdades a medias, misterios e incertidumbres.
Por último, no quiero dejar pasar en esta introducción un dato muy interesante: el analista que presentó el material clínico para la supervisión con Bion fue ni más ni menos que el Dr. Horacio Etchegoyen, que fue el primer analista latinoamericano presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Algunos de los comentarios de Bion al material clínico son muy interesantes: por ejemplo Bion dice que él piensa el training o formación psicoanalítica como un juego, tan serio y tan divertido como un juego. Enseguida se refiere a que los analistas conocemos los problemas que se presentan en los pacientes con inhibiciones en el juego y consideramos que esto es un síntoma muy serio. El niño que no puede jugar es siempre un paciente muy perturbado. Pero uno puede repetir los errores en el análisis. Bion dice que nuestro training psicoanalítico no es ni serio ni divertido y sostiene, en estos seminarios, que tendría que ser las dos cosas. En ese sentido recuerda su training analítico y lo recuerda como una experiencia que se realizaba en una habitación pequeña y calurosa, llena de humo, con un analista que estaba agotado, al igual que los estudiantes. Bion dice que no era culpa de nadie, pero que el análisis tenía que ser aprendido y enseñado en el tiempo que les quedaba libre, de modo que recuerda el tiempo durante su training analítico como una de las épocas más terribles de su vida. Llamo la atención sobre estos comentarios de Bion porque me parecen muy interesantes por la sinceridad que lo caracteriza y por el hecho de tratar de transmitir a los analistas que lo escuchaban en Buenos Aires no sólo sus hipótesis teóricas y clínicas sino porque, muy coherentemente con su personalidad y su forma de ser, intentó también transmitir su experiencia de vida.
Quiero terminar mi exposición recordando la última visita que hice al Dr. Etchegoyen antes que falleciera en julio de 2016. Cuando le pregunté sobre cómo había sido la supervisión con Bion me dijo que no recordaba al paciente pero que la supervisión con Bion había sido una experiencia muy interesante.
Referencias
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Bion en el Nuevo Mundo
De Los Ángeles a Buenos Aires1
por Joseph Aguayo
Esta breve introducción abre con dos partes cortas, la primera de la cual comienza con Bion en Los Ángeles en 1967. De ahí en más él continuaría una odisea de seminarios clínicos a través de una larga década en las tres regiones de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Los Seminarios clínicos que dio en Los Ángeles (2013) a su vez constituyeron el contexto para su trabajo en Buenos Aires y ahí algunos analistas, tales como León Grinberg, estaban ya familiarizados con las ideas de Bion, cuando llegó allí a finales de julio de 1968.
Cuando ya Wilfred Bion había vivido y trabajado en Los Ángeles por algunos meses en 1968, él se desvió de unas vacaciones con la familia y se fue a John F. Kennedy en New York para rápidamente cambiar de planes y dirigirse a Buenos Aires. Allí iba a enseñar y supervisar las dos semanas siguientes: a fines de julio/comienzos de agosto (Bion, CW 2, pp. 172-173). Fue recibido por León Grinberg, quien, habiendo escuchado a Bion en congresos internacionales de la Asociación Psicoanalítica Internacional, ya había formado un pequeño grupo de estudios con analistas argentinos interesados en profundizar la comprensión de sus ideas. La mayoría de los analistas sudamericanos que vinieron a escuchar a Bion en 1968 tenían un cierto conocimiento de las ideas de Melanie Klein, mientras que sólo algunos conocían directamente la obra publicada de Bion (Grinberg, en Talamo-Bion, Borgogno & Merciai, 2000, p. xx).
Esta situación en Buenos Aires era un poco diferente de la experiencia que Bion tuvo en abril de 1967 en la Sociedad Psicoanalítica y en el instituto de Los Ángeles, adonde fue a enseñar y supervisar antes de decidir ir a vivir y trabajar allí. El entonces visitante se convirtió en un residente de Los Ángeles. Suponiendo que los analistas de Estados Unidos, formados en el psicoanálisis del Yo, no estarían muy familiarizados con sus ideas sobre el modo kleiniano de comprender y tratar los casos de pacientes psicóticos y border, Bion enfatizó este aspecto al mismo tiempo que también transmitió a los analistas de Estados Unidos las más recientes ideas kleinianas sobre la técnica del “aquí y ahora”. Por otra parte, ya que las ideas de Melanie Klein habían estado muy en boga en la Argentina desde la Segunda Guerra Mundial, allí estaban más familiarizados con su trabajo, más con el de niños que con el de pacientes psicóticos (Etchegoyen & Zysman, 2005).
En Estados Unidos, entre los psicoanalistas de allí, las ideas más recientes de Bion sobre la técnica eran a sus vez fuente de perplejidad y crítica, especialmente entre aquellos a los que se les había pedido que comentaran su breve trabajo “Notas sobre la memoria y el deseo” (Bion, 1967, pp. 272-280; 2013, pp. 133-149). Al instar a los analistas de Estados Unidos a “abandonar la memoria y el deseo”, yo sostuve que Bion sobresaltó a muchos de los que lo escuchaban en Los Ángeles, quienes durante mucho tiempo estaban acostumbrados a los rigores de la definición clásica de la transferencia como un desplazamiento del pasado hacia el presente. Esta comprensión se ajustaba bastante bien con la idea de una lenta y gradual reconstrucción de los conflictos neuróticos infantiles y de los traumas. No obstante lo bien que estas ideas pueden haberse ajustado al tratamiento de pacientes neuróticos, analizables en Estados Unidos, Bion sostenía que los pacientes severamente perturbados requerían una comprensión diferente y un abordaje técnico distinto (Aguayo, 2014).
También al expandir el paradigma kleiniano para incluir el procesamiento subjetivo de las capacidades del analista, deviniendo ahora más popularmente conocido como “continente/contenido”, Bion también introdujo nociones acerca de cómo la sutil complejidad de los propios procesos subjetivos del analista, tenían que ser incluidos como factores en el tratamiento de pacientes severamente perturbados y que a su vez eran perturbadores. Mientras que esos factores del impacto de la propia subjetividad del analista habían sido discutidos y debatidos en la Sociedad Psicoanalítica Británica, desde la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, en trabajos tales como el de D. W. Winnicott, “Odio en la contratransferencia” (1949), el de Paula Heimann “Contratransferencia” (1950), y la versión revisada de Bion de la “dinámica de los grupos” (1955), estas ideas eran aún nuevas en los Estados Unidos, donde las ideas de la psicología del yo de analistas como Annie Reich (1960) todavía persistían. Desde esta perspectiva de la contratransferencia, las reacciones subjetivas excesivas del analista se veían más como problemas del analista, es decir que por lo tanto requerían más supervisión o análisis reparador. En la consideración kleiniana británica del trabajo de Reich sobre contratransferencia, ellos habrían considerado su definición como muy restrictiva, algo que dejaba afuera el impacto sobre el analista de las embrolladas y desorganizadas comunicaciones del paciente psicótico.
Cuando Bion vino a las Américas y transmitió estas más novedosas perspectivas sobre la subjetividad del analista –después de todo, el analista ahora tenía que considerar cómo él o ella oscilaban de aquí para allá desde el terreno caótico de la posición esquizo-paranoide a la posición “depresiva”– esto producía un choque de culturas analíticas. Parecía que los kleinianos británicos como Bion comprendían la teoría estructural de Freud de una manera diferente a la de los analistas formados en la psicología del yo de Estados Unidos. Este punto fue traído con sentido del humor cuando un analista de Los Ángeles le preguntó a Bion si él alguna vez hacía “consideraciones estructurales”. ¡Bion contestó que él consideraba que “continente/contenido” era una tal consideración estructural! (Bion, 2013, p. 92). Este mix de culturas analíticas llevó a una leve confusión de lenguas kleiniana/freudiana, pero pareció que en última instancia Bion encontró su recepción en Los Ángeles a su gusto, porque unos pocos meses después, a la edad de 70 años, dejó la Sociedad Británica de Psicoanálisis y se mudó con su esposa Francesca a Los Ángeles. Idealizado como estaba en Londres, tanto como presidente de la Sociedad Británica desde 1962 hasta 1965, y después como chair del Melanie Klein Trust, él renunció a esos puestos para vivir la última década de su vida en Los Ángeles.
Al mudarse a América, Bion devino un importante transmisor de la diáspora kleiniana, trayendo su versión de las ideas kleinianas a los analistas poco familiarizados con el proyecto de Melanie Klein de 1946 de conceptualizar y tratar psicoanalíticamente a psicóticos y a estados mentales psicóticos. Como la gran mayoría de los analistas formados en Estados Unidos eran médicos psiquiatras, muchos de ellos tenían pacientes psiquiátricos que no se acomodaban o no encajaban en el paradigma americano de la psicología del yo, paradigma más adecuado para aquellos a los que les iba bien. De modo que en su mayoría los psiquiatras de Los Ángeles escucharon muy atentamente a Bion cuando habló de psicosis. El grupo freudiano en Los Ángeles también mantenía una identidad algo disidente, en la medida en que era el único instituto americano que había recibido a analistas kleinianos tales como Hanna Segal, Herbert Rosenfeld, y ahora Wilfred Bion como un visitante regular desde los comienzos de 1960 (Kirsner, 2000).
La atmósfera receptiva inicial se volvió contra el trabajo de ellos al cabo de pocos años después de que Bion decidiera quedarse como un residente permanente en Los Ángeles. En síntesis, mientras que fue bienvenido como un visitante, al quedarse allí su presencia fue considerada por todos, menos unos pocos, con suspicacia y como con desengaño. En los años 1970, el cisma entre los freudianos americanos tales como Ralph Greenson y los pocos kleinianos británicos en Los Ángeles llegó a conocerse como el “tiempo de problemas” (Kirsner, 2000).
Pero ésta es otra historia. Quiero terminar mi introducción señalando algunas continuidades y discontinuidades entre los seminarios de Los Ángeles y los de Buenos Aires. Para comenzar con lo obvio: después de años de escribir monografías epistemológicas densas y opacas, Bion (1962, 1963, 1965) decidió destilar su pensamiento clínico bajo la forma de supervisiones clínicas y presentaciones de casos. Muy pocos de los que asistieron a los Seminarios de Los Ángeles y Buenos Aires se habrían dado cuenta de que durante mucho tiempo Bion estuvo poco inclinado a discutir en sus escritos un material clínico extenso, especialmente durante los años 1960. Muy poco material clínico se podría encontrar en las tres monografías cargadas de teoría, de modo que sería muy difícil –excepto para algunos colegas muy cercanos en Londres– tener alguna idea de cómo exactamente Bion analizaba a sus pacientes (Bion, 1962, 1963, 1965).
Pero en los Seminarios de Los Ángeles, Bion revirtió esta tendencia a través de ocuparse de dar en la mayor parte del Tercer y Cuarto Seminario relatos clínicos de aquello que él había destilado del método kleiniano. La característica organizadora más sobresaliente de los Seminarios de Los Ángeles, junto con una larga supervisión de un caso analítico que le fue presentado (Bion, 2013, pp. 107-131), ciertamente demostró la disposición de Bion de transmitir cómo él trabajaba, especialmente con pacientes muy perturbados, a un grupo de futuros colegas, de quienes él dependería para derivaciones una vez que se hubiera traslado a Los Ángeles dentro de unos pocos meses.2
Este énfasis en la presentación y supervisión de material clínico ahora devino un distintivo de los seminarios clínicos a lo largo de la siguiente década.3 De un particular interés aquí es la presentación de Bion en su Tercer Seminario de Los Ángeles de un caso borderline de un paciente gritón y bastante reprochador, que hacía tal cacofonía emocional en su consultorio que Bion terminó por exasperarse: “No podía siquiera escucharme pensar”. Parecería que podría aducirse que este paciente era tan difícil de tratar que Bion tomó la decisión de seguir presentando material de este caso en el año siguiente en Buenos Aires (véase seminario 5 de Bion). Es esto o hay simplemente un asombroso parecido entre estos pacientes. Al elegir el anterior punto de vista, pienso que este caso efectivamente forma parte de una de las más largas presentaciones de casos de Bion que hasta ahora hemos podido juntar, una que nos ayuda a entender algo de cómo era su implícito método de investigación clínica. También podemos ver qué presentador vulnerable Bion podía ser, en tanto que él estaba exasperado a punto tal que él mismo trajo al paciente el tema de terminar el análisis. Apreciamos el hecho de tener este largo ejemplo clínico que nos da una oportunidad de entender los varios elementos de este abordaje clínico único, un abordaje cuyo estudio cuidadoso retribuye al analista diez veces en cuanto a analizar sus pacientes difíciles de tratar.
1 Traducción de Lia Pistiner de Cortiñas.
2 Aquellos que están familiarizados con los comienzos de Bion en Los Ángeles recuerdan algunos meses preocupantes cuando muy pocos venían a consultar a Bion (James Grotstein, comunicación personal).
3 Un breve ejemplo de los Seminarios de Los Ángeles que es relevante para el material clínico presentado en los Seminarios de Buenos Aires: en respuesta a una pregunta en relación a pacientes excesivamente agradables, Bion brevemente discutió una clase de paciente que parecía estar en un constante acuerdo con el analista, pero en “términos que eran extremadamente ambiguos”. Un paciente en particular ejercitaba un uso magistral del inglés y se las arreglaba para atravesar un número de significados ambiguos (Bion, 2013, p. 17). En los Seminarios de Buenos Aires, Bion discutió el problema de la contratransferencia de sentirse enojado con un paciente que acordaba crónicamente con sus interpretaciones.
Parte I Los seminarios clínicos de Bion
Seminario 11
VIÑETA DE UN CASO • CONTRATRANSFERENCIA • LA SUBJETIVIDAD DEL ANALISTA COMO UN FACTOR EN LA TÉCNICA DE LA PRÁCTICA CLÍNICA • SIN MEMORIA Y SIN DESEO • PREGUNTAS DEL PÚBLICO
Señor presidente, señoras y señores, estoy muy agradecido por su amable bienvenida. Aprecio profundamente la oportunidad de estar aquí y de enterarme del tipo de trabajo que están realizando. Trataré de decir algo acerca de mi propia experiencia.
Cierta vez tuve un paciente de aproximadamente 31 años, cuya actitud era de gran cordialidad y cooperación. Me referiré ahora a una sesión bastante típica, en mi opinión, de casi toda la fase temprana de un análisis, esto es, el primer año, y casi molestamente característica del segundo año de tratamiento.
El paciente manifestó que había tenido un sueño que no recordaba muy bien, pero sí sabía que había salido a pasear con su novia, quien señaló un objeto en el cielo al tiempo que comentaba que era muy notable, pero él no pudo verlo y ella se sintió sorprendida. Esto, según creía el paciente, era todo el sueño. Manifestó luego que no la consideraba en realidad como su novia, pero que la conocía desde hacía muchos años y que esa amistad había ido adquiriendo un sentido más profundo durante los últimos meses. Le interpreté que me veía como a una novia o una hermana, que en realidad nunca había tenido, y eso significaba que para él se había hecho importante tener una relación con una especie de hermana analítica en lugar de una relación directa conmigo.
El paciente estuvo totalmente de acuerdo conmigo. Durante esta etapa del tratamiento, yo había comenzado a experimentar cierta desconfianza con respecto a la forma en que estaba llevando adelante el análisis, según la opinión de mi paciente. Consideraba que no había tenido hasta ese momento suficiente material como para hacer esa interpretación y me disponía a recordarle cierto material previo que me había servido de base para formularla, esto es, señalarle con qué datos contaba. En síntesis, me habría gustado decirle: “Bueno, ¿por qué piensa usted que eso es correcto?”. Pero resulta algo difícil plantear tal pregunta cuando uno acaba de decir que, en la propia opinión, esa interpretación es correcta. El paciente continuó hablando y manifestó que, en realidad, y como confirmando mi interpretación, su madre le había contado que una hermana había muerto antes de que él naciera, y siguió luego proporcionando material que corroboraba una vez más lo acertado de mi interpretación. Concluyó afirmando que a su madre le encantaría venir a verme y hablar conmigo sobre el asunto.
Le dije que yo me preguntaba por qué pensaba que su madre podría decirme más que él acerca de lo que yo quería saber, que probablemente debía haber alguna razón por la cual, en esta etapa del análisis, él consideraba que su información era incompleta y que su madre podía proporcionarme datos más exactos acerca de lo que pasaba en su mente. El paciente estuvo por completo de acuerdo conmigo; y aceptó que estaba en un error y dijo que sería mejor que él mismo me proporcionara esa información, cosa que hizo. Manifestó que esos objetos habían sido descriptos por su novia como nubes de formas muy definidas, casi demasiado definidas como para que fueran nubes; en síntesis, que se trataba más bien de objetos con forma de platos voladores. Le dije que esos objetos debían ser muy significativos para él y que le resultaba necesario tener una hermana que apareciera, por lo menos en un sueño, para mencionar esos hechos. Con todo, era bastante significativo que él hubiera tenido el sueño y lo recordara y, puesto que el sueño le pertenecía, la joven debía ser necesariamente un aspecto de su propia personalidad. Por supuesto, también aquí estuvo de acuerdo conmigo. Manifestó luego que era extraordinaria la frecuencia con que en medio de un día claro, aparecían nubes, comenzaba llover y todo se arruinaba.
El paciente siguió hablando sobre el asunto, pero no daré mayores detalles al respecto. Solo diré que sentí que él deseaba que le hiciera una interpretación sobre los dos objetos que lo atacaban durante ese paseo y que atacaban también su relación con su novia, y que la destruirían si él tuviera una novia en la realidad, quienquiera que fuese, incluyéndome a mí mismo en el tratamiento analítico. Una vez más, el paciente aceptó mi interpretación.
Ahora bien, este tipo de sesión, como ya dije, venía repitiéndose desde hacía un año y parecía que yo le daba excelentes interpretaciones que contaban con la entusiasta aceptación del paciente. Con todo, por esa época yo ya había empezado a sentirme algo cansado de estas maravillosas sesiones que, al mismo tiempo, no parecían ejercer el menor efecto. Las cosas siguieron así durante un tiempo, aunque yo realmente estaba convencido ya de que era necesario hacer algo al respecto. Asimismo comenzaba a sentirme algo irritado.
Ahora bien, estoy acostumbrado a que me digan que esto es una contratransferencia, con la que estoy de acuerdo, pero la experiencia me ha llevado a pensar que es muy improbable que alguna vez tengamos un análisis en que nos veamos libres de contratransferencia. Lo importante es esto: se dice que uno puede hacer uso de la contratransferencia, pero creo que, desde el punto de vista técnico, se trata de una idea errónea, pues pienso que el término contratransferencia debería reservarse para la respuesta inconsciente. Por tales razones, creo que la supuesta conciencia que el analista tiene de que se trata de una contratransferencia carece en realidad de toda importancia, dado que nada puede hacerse al respecto en el curso de la sesión. Quizá se podría hacer algo en tal sentido en nuestro propio análisis; de no ser así, solo queda lamentarlo. Debemos seguir trabajando como analistas y tratar de lograr las curaciones que podamos, a pesar de tales conflictos. Uno confía en estar razonablemente libre de ellos, cualquiera sea el significado de este término. No tiene sentido preocuparse por la contratransferencia pues si se trata de un motivo inconsciente es una pena, ya que no hay nada que podamos hacer al respecto: uno no puede recurrir al propio analista en medio de una sesión con su propio paciente.
Por lo tanto, parto de la base de que no se trata tanto de una contratransferencia como de una transferencia, en el sentido de que mi irritación está justificada por motivos que calificaría de conscientes o que por lo menos deberían ser conscientes. De cualquier manera, los inconscientes carecen de importancia aquí. Esto no significa que no necesitemos más análisis; sería muy difícil hacer tal afirmación en ningún momento, pero lo cierto es que llega un momento en que uno debe dejar de analizarse, le guste o no. Y uno confía en haber llevado a cabo un tratamiento que será suficiente. Se debe adoptar el criterio de que, en psicoanálisis, hay una participación consciente, de que el análisis es una labor que se realiza conscientemente, como cualquier otro trabajo, y que como psicoanalistas tendemos inevitablemente a desarrollar prejuicios, como resultado de nuestra tarea. Existen todos los motivos para creer en la importancia del inconsciente, y por eso tendemos a olvidar que lo consciente es aún más importante, y lo es para el psicoanalista cuando está psicoanalizando.
Ahora quisiera retroceder un poco y examinar el problema de la libre asociación. Creo que, en términos generales, y en relación con el caso que describo aquí, ocurre que el paciente habla, asocia, uno espera que lo haga mediante oraciones bien construidas del lenguaje corriente, y por lo general eso es lo que sucede. Al mismo tiempo, uno recibe o confía en poder recibir toda una serie de impresiones. Creo que lo fundamental es la interpretación. En el momento en que se hace una interpretación, ésta tiene importancia porque es fundamental que el paciente sepa cuál es la interpretación. Pero en lo que se refiere al analista, la labor que le hace posible dar esa interpretación ha sido llevada a cabo en las semanas, los meses o los años precedentes.
Ahora bien, cuando le doy a este paciente una interpretación del tipo descripto, confío en que, además del aspecto de su comunicación que le he interpretado, he recogido también una serie de impresiones que no le he interpretado y que no podría interpretarle porque no sé qué significan. Pero sí espero que algún día evolucionarán, como suelo decir, esto es, espero que lleguen a una situación en que se vuelvan preconscientes, conscientes y que luego se las pueda formular. De modo que, en el momento a que me refiero, digo que es el futuro del pasado y es el presente de una interpretación futura.
En mi opinión, esto es solo un ejemplo típico de muchas experiencias que me llevaron a reflexionar cuidadosamente sobre qué es lo que uno interpreta. Existe el peligro de interpretar lo que el paciente dice, cosa que el paciente no tarda en percibir y entonces se dedica a decir cosas que son adecuadas para una interpretación.
Consideremos, por ejemplo, la ansiedad. Nadie, absolutamente nadie, abriga la menor duda acerca de su realidad. Como analista, tampoco tenemos duda alguna con respecto a qué significa la ansiedad, hay todo un vocabulario correspondiente a ella. Sin embargo, este conocimiento basado en el sentido común no tarda en perder todo vestigio de sentido común, aunque sigue teniendo sentido. No se trata de sentido común, pues la gente no ha pasado por la experiencia que sí tiene una persona con formación analítica. Quiero decir que frente a un auditorio analítico no hay dificultad alguna en hablar sobre la ansiedad, pues todos saben muy bien qué significa. Esto se extiende incluso más allá de los límites del análisis, aunque no tanto como quisiéramos creer. Lo que estamos aplicando es sentido común, y éste puede ser utilizado por otras personas que también tienen intuición, aun cuando ésta no se haya visto ampliada por un tratamiento psicoanalítico. Tanto es así, que un analista no tiene mayores dificultades para reconocer que un paciente aparentemente hostil o furioso en realidad experimenta ansiedad.
Pero no muchas personas legas, dotadas de escasa intuición, aceptarían esa afirmación, de modo que uno sobrepasa muy rápidamente los límites del sentido común psicoanalítico. Lo que quisiera destacar aquí, es con cuánta rapidez olvidamos que, de hecho, tenemos mucha más experiencia que los legos porque toda nuestra formación, y creo que toda nuestra práctica después de haber completado aquella, nos enseña cuán poco sabemos y eso tiende a interferir en forma negativa en nuestra labor analítica. De modo que conviene tener en cuenta que, a pesar de ello, algo sabemos, quizás no mucho pero sí algo.
Esto me lleva a lo siguiente: creo que deberíamos manejarnos con esta realidad, con respecto a la cual no necesitamos abrigar duda alguna, como la ansiedad, por ejemplo, que carece de una contraparte sensorial, carece de forma, carece de color y, en síntesis, no es accesible a los sentidos. Así, lo que es necesario desarrollar es lo que llamo intuición. Como analistas, nos vemos aquí en dificultades puesto que esta palabra se ha utilizado antes. No se puede inventar un lenguaje nuevo, y cuando uno usa el habitual y dice, por ejemplo, “intuición”, todos creen entender lo que queremos decir, pero no es así. Los psicoanalistas sí lo comprenden; tienen motivos para ello porque la utilizan a diario en su labor. Por lo tanto, aunque uso ese término, pienso que los analistas lo empleamos en un sentido especial, que se asemeja a la connotación que tiene para los legos.
Espero haber dejado bien aclarado que manejamos aquí, inconfundiblemente para nosotros, una realidad externa. Esto es, el analista enfrenta una realidad externa de un tipo muy particular. En mi opinión, es imposible negar que se trata de una realidad virtualmente imposible de comunicar a nadie que no sea el paciente. Este tiene una ventaja injusta, por así decirlo, puesto que se encuentra allí, y eso le permite entender cuando uno dice: “Usted se siente muy ansioso”. Quiera hacerlo o no, cuenta con la oportunidad de percibirlo. Pero cuando se los digo, por ejemplo a ustedes que están aquí, exceptuando el hecho de que son analistas, no hay motivo alguno por el cual deban aceptar que se trata de una afirmación correcta, porque las pruebas en que me baso para decirlo no están aquí. Las pruebas existían cuando le hice esa interpretación al paciente, y a eso se debe que las interpretaciones que son eficaces y a las que el paciente no se opondría son criticadas por nuestros colegas. Estos tienen motivos para ello, no se trata de mera malicia, sino simplemente de que la comunicación lateral es muy mala. Si el objeto está allí, uno puede señalarlo; si no está presente en el análisis, no es posible hacerlo.
Ahora bien, se sentirán sin duda aliviados al saber que he llegado por fin al comienzo de mi trabajo, y quisiera decir que me parece que es muy importante comprender que nuestras dificultades empiezan precisamente cuando se ha completado la formación analítica. Así me siento ahora y me temo que lo mismo les ocurrirá a ustedes. Pero no puedo presentar las cosas como si fueran más simples de lo que son, pues entonces estaría hablando de algo completamente distinto. Sin embargo, quiero comenzar con una traducción aproximada de un pasaje de una carta de Freud a Andrea Salomé. Lamento decir que no la tengo aquí, pero espero no introducir demasiadas distorsiones y, de cualquier manera, como alguien dijo en cierta ocasión refiriéndose a la filosofía, no estoy escribiendo la historia del psicoanálisis, sino simplemente aprovechando cualquier fragmento de experiencia para hablar sobre el psicoanálisis en esta oportunidad y practicar el psicoanálisis en otras ocasiones. Freud dice:
“No puedo percibir muchas cosas que usted puede ver porque no las entiendo, pero sí comprendo su valor. Ello se debe, en parte, a que, cuando estoy tratando un tema, en cuanto llego a algo que es muy oscuro tengo que cegarme artificialmente para lograr que un penetrante rayo de oscuridad ilumine el punto oscuro”.2
Creo que podrían considerarse otros aspectos de esta frase, pero prefiero no hacerlo esta noche. Con todo, quiero llamar la atención sobre este punto, pues considero que es de gran importancia que todos los analistas puedan cegarse, en el sentido de despojarse de todo aquello que arroja luz, o parece hacerlo, sobre la situación analítica. Ahora bien, esto significa que cuando la situación se vuelve particularmente oscura, uno no se lanza a la caza de una interpretación adecuada. Es éste un problema con respecto al cual me resulta difícil explicar qué quiero decir, pero confío en que ustedes lo comprenderán y sacarán algún provecho de lo que me propongo exponer aquí.
En primer lugar, considero que es muy importante que todo analista trate de concentrar en su arsenal unas pocas teorías esenciales, esto es, unas pocas teorías que son esenciales para él, y para nadie más, tan económicas como sea posible, en el menor número posible, y que abarquen el área más amplia posible, porque no conviene perder el tiempo pensando en una interpretación durante el análisis; el tiempo es aquí demasiado valioso. Los cincuenta minutos de una sesión corriente son demasiado valiosos, constituyen la única oportunidad con que uno cuenta para obtener el material que permite dar una interpretación. En comparación con eso, ninguna otra cosa es importante. Esto significa que el analista debe mantenerse en un estado que le permita captar al máximo. Repito una vez más que acepto la necesidad fundamental de una formación analítica, pero me refiero aquí al desarrollo posterior de la propia técnica. Esto significa que uno debe conocer muy bien unas pocas teorías.
Por ejemplo, es necesario que uno esté absolutamente seguro de comprender acabadamente qué entendía Freud cuando hablaba de la situación edípica. Y cuando eso ha llegado a formar parte de uno, ya no es necesario preocuparse por recordarlo, uno ya puede dejar que se desarrolle, sin necesidad de lanzarse en su búsqueda. Ustedes habrán observado que cuando se encuentran cansados, o desconcertados, hay una tendencia a lanzarse a la búsqueda de una certeza, y una manera fácil de hacerlo es comenzar a buscar una interpretación que, según ustedes sienten, cuenta con la bendición de algún papa psicoanalítico.
Ahora bien, según mi experiencia, es posible establecer en forma relativamente fácil ciertas categorías no demasiado imprecisas, según espero, con respecto a determinados fenómenos mentales que intervienen y tienden a ejercer un efecto peculiarmente oscurecedor. Se interponen entre el analista y la realidad con que aquél debe ponerse en contacto. En líneas generales, quiero utilizar y de hecho los he empleado, los términos recuerdo y deseo para referirme a la mayoría de tales fenómenos. Por ejemplo, si se está a punto de terminar la sesión, creo que uno comienza a preguntarse cuándo llegará ese momento; lo mismo ocurre con la semana y con lo que uno hará después de esa sesión. Eso es precisamente lo que entiendo por deseo. Ahora bien, esas ideas interponen entre el analista y la realidad que debe estar manejando en ese momento una pantalla particularmente opaca.
Cuando digo recuerdo y deseo, utilizo sustantivos pero quiero que éstos tengan tiempo pasado y futuro. A título de ejemplo, en este sentido no tiene mucha importancia que uno empiece a pensar: “¿Qué dijo ayer ese paciente?” o “¿Qué voy a hacer este fin de semana?”. Son la misma cosa, tienen una cualidad idéntica y el mismo grado de opacidad. Mientras uno piensa en todas esas cosas, el análisis prosigue y uno no está realmente presente.
Habrán observado que he modificado el tema central de estos comentarios, que inicialmente se referían al paciente y a las interpretaciones que trataba de darle, y he pasado a hablar sobre el analista. Y ello se debe, no a que quiera dejar de lado al paciente, sino a que pienso que una vez que uno ha completado su formación analítica en la medida de lo posible, es necesario evitar malos hábitos que tienden a retrotraernos al estado en que nos encontrábamos originalmente cuando acudimos al análisis como pacientes. Y creo que, por lo tanto, es conveniente adquirir y mantener buenos hábitos en el curso de nuestro trabajo que, al fin de cuentas, ocupa una considerable parte de nuestro tiempo y regula gran parte de él.
Ahora bien, el enfoque que quiero destacar aquí, el enfoque que consiste en lograr que el penetrante rayo de oscuridad ilumine la zona oscura, padece de algunos defectos desagradables para el analista. No creo que se trate de algo insólito, pues incluso en algo tan simple como aprender a jugar al tenis, si uno sigue las indicaciones del entrenador, no jugará demasiado bien y lo sentirá como algo extraño hasta que llegue a formar parte de uno mismo. Y esto se aplica también a este intento particular de establecer un estrecho contacto con las realidades que el psicoanálisis debe encarar.
Creo que, en algún momento, la mayoría de la gente tiene la experiencia de sentir que su análisis andaría muy bien si pudiera librarse del analista y, además, qué excelente analista sería uno si pudiera librarse del paciente. Ahora bien, la experiencia a que me refiero exhibe la cualidad desagradable precisamente opuesta a esto. En la medida en que es posible alcanzar algún éxito, la situación emocional del análisis se ve enormemente realzada y creo que es justo decir que uno logra aproximarse a lo que Melanie Klein describió, esto es, la transición de la posición paranoide esquizoide a la posición depresiva. Ahora bien, no creo que sea conveniente utilizar tales términos en este contexto ni que resulte útil suponer que estamos libres de tales mecanismos. De modo que he tratado de dar por sentada, confío en que sin exagerar, la cordura de los psicoanalistas, y utilizar otros dos términos: para el paciente, paranoide-esquizoide y depresivo, y, para el analista, “paciente” y “seguro”, como la contraparte. Utilizo el término “paciente” porque, en inglés, significa al mismo tiempo tolerar la frustración y sufrir, y el término “seguro” tiene el doble significado de libre de peligro y de preocupación. Creo que se trata más de piadosas esperanzas que de descripciones precisas, pero pienso que hablar de paranoide-esquizoide y depresivo constituye una descripción más depresiva que exacta, de modo que prefiero inventar estos otros dos términos. Siempre considerando el problema desde el punto de vista del analista, pienso que sería difícil encontrar una mejor descripción de la posición paranoide-esquizoide tal como me refiero a ella en este momento, de la que ofrece Henry Poincaré al comentar su experiencia relacionada con el desarrollo de una fórmula matemática. Resulta interesante porque está muy fuera del psicoanálisis y también porque no creo, a pesar de mi profundo respeto por ella, que Melanie Klein fuera una escritora de talento. Pero Poincaré lo es, y describe una situación en la que debe confrontar una masa de fenómenos que no exhiben relación alguna que él pueda discernir, que carecen de significado lo cual configura una situación que a la mente humana la resulta muy difícil tolerar. Y, una vez que se ha encontrado la fórmula matemática el resultado es que, en cuanto uno la introduce, impone orden allí donde antes no existía, introduce significado allí donde no podía discernirse sentido alguno y pone de manifiesto una relación y una coherencia que no existían antes.
Ahora bien, creo que esa debe ser nuestra actitud dentro de la situación analítica. Es importante que, al encontrarse otra vez con el paciente mañana, no sea el paciente que el analista conocía, sino alguien a quien uno jamás ha visto antes. Ahora bien, no es nada fácil de lograr; no es nada fácil librarse de los recuerdos, y quizá es mejor que así sea. Pero lo importante es destacar que lo que debe verse es una situación nueva. Si algo se ha interpretado antes, ya ha cumplido su propósito. En caso contrario, cuando surja nuevamente ese material, tendrá una apariencia distinta. Por lo tanto, no hace falta preocuparse por lo que uno ha dicho antes, o por lo que el paciente ha expresado previamente, sino sólo por lo que está ocurriendo en ese momento. Lo importante es mañana, y no ayer o anteayer. Si el material es pertinente, volverá a aparecer en la evolución, como yo la llamo, de las interpretaciones. Surgirá y ocupará el lugar que le corresponde, como la imagen en la pantalla del televisor. Aparecerá no como uno recuerda en los sueños, sino más bien como cuando uno dice “Ah, eso me recuerda que tuve un sueño”. El sueño surge como un todo; eso es lo que entiendo por evolución. Si uno lo recuerda, surge en forma fragmentaria, de a poco, y nadie sabe qué son esos fragmentos.
El paciente no puede cooperar en este sentido. El paciente tiende a llegar y decir: “¿No me reconoce? Soy la misma depresión, la misma ansiedad, que usted conoció ayer y anteayer, y nos seguiremos encontrando durante los próximos años”. Creo que, mentalmente, uno debería decir: “Váyase. Hoy recibo a un nuevo paciente, y si usted quiere se lo voy a presentar”.
Ahora bien, existen ciertas compensaciones, pues por lo menos disminuye la carga de esos terribles tipos de análisis que se prolongan interminablemente y siempre de la misma manera, con la misma cooperación, los mismos sueños; en síntesis, todo aquello destinado a indicar que se trata siempre del mismo paciente. Ya he señalado el aspecto negativo de todo esto.
En lo que a mí respecta, creo que nunca podría librarme de ese leve sentimiento de persecución relacionado con el hecho de tener que enfrentar una situación que no comprendo. Preferiría conservar una situación que sí comprendo, y el paciente estaría más que dispuesto a darme el gusto, cosa que lograría proporcionándome el material que me llevaría a pensar que se trata de la misma persona que vi ayer, anteayer o el año pasado. No obstante, creo que es importante examinar estas situaciones incomprensibles, no relacionadas, incoherentes, en lugar de dedicarse a las que son comprensibles y coherentes. Estas últimas no son importantes, ya no hay nada que descubrir al respecto. Hay que fijar la mirada, por así decirlo, en los hechos incomprensibles, incoherentes y no relacionados.
Ese sentimiento de impaciencia, como diría para ser más elegante, y de persecución para ser un poco más directo, es de tal índole que uno anhela ponerle fin mediante el hallazgo de una interpretación, o recordando una interpretación, de ser ello posible. Es a esto precisamente que debemos resistirnos. Al paciente no le gustará, y a ustedes tampoco, pero creo que es necesario mantener la mirada fija en la situación incoherente, hasta que se vuelva coherente, en otros términos, hasta alcanzar la posición depresiva, la posición segura.
Ahora bien, he mencionado este problema relativo al analista y al paciente con este propósito: quiero referirme ahora al hecho de que cuanto más avanza uno hacia el objetivo de convertirse en analista, más se acerca uno a reemplazar al propio analista por el paciente. No quiero decir con esto que uno es analizado por los propios pacientes; ello puede ocurrir, pero sólo forma parte del material para las interpretaciones. Pero sí quiero decir que en nuestro trabajo los pacientes ocupan ahora una posición de gran importancia, de tan grande importancia que ejercen un efecto sobre nuestra vida emocional que no es completamente distinto del que ejerce sobre ella nuestro propio analista. Existen ciertas similitudes, una de las cuales consiste en que, si logran ustedes seguir el curso que sugiero aquí, puedo prometerles toda una vida de sentimientos de persecución o de depresión. Es una manera algo extrema de expresarlo, pero creo que comprobarán que tienden a atribuir esos sentimientos de paciencia o de seguridad a situaciones que, en realidad, pertenecen a la propia labor analítica. Y el rasgo peculiar de todo esto, suponiendo que en una sesión hayan tenido la suerte de hacer dos o tres interpretaciones que producen coherencia, que hacen que las cosas parezcan tener un patrón y un significado, es que resulta sorprendente comprobar con cuánta frecuencia se sienten deprimidos al terminar esa sesión. Y comprobarán que esa situación se vuelve negativa y que en sí misma requiere una teoría. Es precisamente a esa teoría que me estoy refiriendo ahora.
Menciono este punto porque creo que constituye un importante ejemplo, porque creo que esa es una manera importante de encarar nuestro trabajo y lo que hace que nuestra labor resulte tan dura. Pienso que a ello se debe también que nuestro trabajo sea valioso pero, al mismo tiempo, es lo que tiende a causar bajas entre nosotros. Es natural que, al manejar algo tan terrible como la mente humana, se produzcan bajas en lo que podríamos llamar el grupo psicoanalítico. Ello significa que es fundamental contar con un buen enfoque, o tratar de contar con él, aparte de la formación analítica. Como ya señalé, las dificultades comienzan precisamente cuando uno ya ha completado su formación; por lo tanto, el problema relativo a la manera en que uno encara su propio trabajo, el estado mental en que uno se encuentra, se plantea a partir del momento en que uno termina su propio análisis y cuando el analista ya no puede seguir analizándose.
Pregunta 1: Sobre la manera en que el analista llega a comprender y establecer esas pocas teorías que deben constituir su bagaje terapéutico; el interlocutor señala que el doctor Bion parece considerar que la labor analítica es muy penosa, sin tener en cuenta sus aspectos estimulantes.
Dr. Bion: Pienso que todo analista debe conservar el sentido de la proporción y reconocer el muy insignificante lugar que ocupa dentro de un movimiento más amplio. No creo que haya mucho mérito en mi capacidad para transmitir las cosas de un modo penetrante, de la que otras personas carecen. He tratado de decir esto mismo en numerosas ocasiones desde la Sociedad Psicoanalítica Británica, esto es, que si la gente examina lo que digo no encontrará nada original en mis palabras, y que se percatarán de ello cuando se den cuenta de que lo que digo es algo que en realidad ya conocían. Pero lo importante es que, así como los padres repiten una misma cosa una y otra vez hasta que, por fin, eso tan obvio que han estado diciendo se hace claro y nosotros decimos: “Ah, eso es lo que querían decir”, lo mismo parece ocurrir en el análisis: uno repite lo mismo una y otra vez hasta que, un día, la gente dice: “Ah, eso es lo que quería decir”. No creo haber descubierto nada nuevo al respecto, pues pienso que uno debe reconocer que hay ocasiones en que lo que se ha dicho ya muchas veces aparece de pronto como algo original. Ello tiene algo que ver con uno mismo, sin duda alguna, y también con el momento en que uno lo dice, y con la experiencia pasada de quienes escuchan. Es algo que se produce cuando la gente está dispuesta a escuchar, y creo que no es exagerado decir que esto se aplica incluso a Freud. Todo el mundo decía: “Bueno, ya sabíamos todo eso sobre el sexo incluso antes de que él empezara con este asunto”, cosa que el mismo Freud señaló en algunos de sus trabajos, pero el hecho es que los demás no lo dijeron, por lo menos no en esa forma, y eso fue el origen de todo.
Respuesta al comentario del doctor Pichon Rivière. Quiero agradecer profundamente al doctor Pichon Rivière por sus comentarios y decir que me resulta sumamente agradable que alguien me recuerde la vieja Asociación en la que también participó el doctor Rickman. Creo que es muy interesante escuchar a alguien que nos recuerda el desarrollo histórico del que fuimos solamente una parte, y no me sorprende en lo más mínimo comprobar que uno traza una especie de círculo que lo lleva de vuelta a una labor que ya ha sido realizada. Uno confía en poder agregar algo nuevo a ello y también en poder revivirlo y devolverle su vigencia. No cabe duda de que se dicen muchas cosas que son importantes, que luego se olvidan y permanecen enterradas y dormidas hasta que alguien las devuelve a la vida. Esta es una característica de toda la historia de la ciencia, y no algo peculiar del psicoanálisis, a pesar de lo cual creo que debemos tener consciencia de este hecho y estar dispuestos a apreciar y saludar a quienes han sido nuestros predecesores y han hecho una contribución al análisis que, si bien puede olvidarse durante un tiempo, inevitablemente vuelve a reaparecer, con renovada vitalidad.
Pregunta 2: Si el hecho de dejar de lado los datos históricos del análisis agudiza la percepción interna, y si el uso de esa percepción interna es lo que fundamenta el empleo de la intuición sobre la base de esa oscuridad esclarecedora mencionada por Bion.
Dr. Bion: Creo que es efectivamente así. No mencioné el aspecto displacentero inherente al intento de despojarse de todo recuerdo y de todo deseo, pero puede observarse en un caso externo, en el paciente psicótico que se ingenia para librarse de los estímulos provenientes de la realidad, porque le resultan intolerables, y creo que logrará evitarlos mediante una retirada, una regresión hacia lo que, a falta de un nombre mejor, debemos llamar el inconsciente, esto es, hacia su propio interior.
Ahora bien, esto no es lo que uno trata de lograr, y uno confía en que mediante el proceso de análisis uno estará en condiciones de cegarse artificialmente, como dice Freud, con un afecto genuino, sin provocar algo como una regresión total, lo cual, como resulta evidente, constituiría un desastre en cualquier análisis. Desgraciadamente, también es cierto que cuando se analiza a un paciente realmente psicótico, el analista puede, al realzar la existencia de sus motivos inconscientes, llevarlo a liberarse del conflicto mediante el recurso de descartar toda conciencia y por ende la cordura que pueda haber tenido antes desaparece y el analista se encuentra con un verdadero psicótico, para no hablar de la familia del psicótico. Por lo tanto, es importante insistir en el aspecto consciente de lo que el paciente dice cuando debemos tratar casos como éstos. Como ya dije, uno evidentemente no trata de hacer cosas de este tipo a menos que abrigue la certeza de estar muy familiarizado, por así decirlo, con el dominio de la vida mental. En tal caso, creo que uno se siente menos intimidado por las extrañas y desagradables experiencias por las que seguramente ha de pasar. Pero el paciente no está familiarizado con todo eso, y creo que ese peligro es muy real.
Creo que esto tiene que ver con lo que manifestó el doctor Rodrigué acerca de la necesidad de mantener la capacidad para el recuerdo y el deseo; temo que lo que dije puede dar la impresión errónea de que pienso que el analista se beneficia al mutilar su personalidad, cosa que no es cierta. Se trata de algo muy distinto. Creo que es muy importante que el analista viva y conserve su capacidad para llevar una vida corriente, lo cual incluye cosas como memoria y deseo, sea de experiencias felices, o de esperanzas o planes para el futuro, lo cual hace que todo resulte aún más difícil. Con todo, sigo pensando que lo que dije es muy importante –y de otra manera no les habría hecho perder su tiempo–, pero no si el precio que han de pagar por ello es su propia personalidad. Y creo que los analistas deben adiestrarse en ese sentido y retener la capacidad para librarse de la memoria y el deseo como parte de su función de analistas. No hay problemas que sean fáciles de resolver, y mucho menos en la manera “al por mayor”, por así decirlo, que está implícita cuando uno dice que hay que librarse de la memoria y el deseo. Es algo que tiene que ver con una labor particular que quizá sea una tarea muy importante en nuestras vidas como analistas, pero nunca a expensas de la propia personalidad. Y creo que uno de los motivos por los cuales el psicótico tiene un derrumbe es precisamente su manera “al por mayor” de perder contacto con la realidad.
1 Esta conferencia fue dictada en la Asociación Psicoanalítica Argentina el 30 de julio de 1968.
2 Letters of Sigmund Freud, editadas por E. L. Freud. Nueva York, Dover, 1992, pp. 312-313.
Seminario 2
LA NATURALEZA DE LOS OBJETOS INTERNOS Y EXTERNOS • EL MODELO PSICOANALÍTICO DE MELANIE KLEIN • LA IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA • LA TEORÍA DE CONTINENTE/CONTENIDO • EL MÍSTICO Y EL ESTABLISHMENT • CIENCIA Y CRISTIANISMO • PREGUNTAS DEL PÚBLICO
Quiero referirme hoy a algo que para mí es muy importante y que tiene que ver, no con la teoría psicoanalítica, sino más bien con la observación psicoanalítica porque, como ya dije antes, creo que el fracaso se debe una y otra vez a la imposibilidad de observar claramente y, aunque en el caso contrario, a las dificultades para transmitir a otros la impresión recibida.
No creo que la comprensión de la teoría psicoanalítica relativa a los objetos internos y externos ofrezca mayores dificultades; puede ser un ejercicio muy útil examinar la literatura pertinente, sobre todo las obras de Melanie Klein y de Freud, y hacer una antología propia sobre el tema. Pero el problema de reconocer a los objetos internos y externos en el consultorio, en el contacto con el paciente, resulta mucho más importante y no tan fácil de transmitir a otros, porque en los ejemplos clínicos lo que se nos ofrece es la descripción de un caso particular, y cada caso particular siempre parece distinto de los otros. Así, hay una multiplicación de casos particulares y una tendencia a creer que se necesita una teoría distinta para cada uno de ellos.
Ahora bien, el objetivo de toda ciencia es el de reducir una teoría en la medida de lo posible y, al mismo tiempo, tratar de formular una teoría que incluya a la mayor cantidad posible de casos particulares. Así, lo que me propongo hacer es tratar de salvar esta brecha, la que existe entre la teoría y el paciente tal como lo vemos en el consultorio durante el análisis. Con tal propósito, me propongo comenzar con los signos, el símbolo masculino y el femenino tal como se utilizan en biología, pero prefiero referirme a ellos como el continente y el contenido, a fin de hacerlos bastante más generales de lo que implica el uso de los signos habitualmente empleados para indicar sexo.
Una de las situaciones tempranas a las que Melanie Klein aplicó esta idea particular tiene que ver con la teoría de la identificación proyectiva y dicha idea consistía en que el bebé disocia parte de sí mismo (splits off), las coloca en el pecho de la madre –el pecho es la versión más primitiva de esto– y puede luego recuperarlas. Así, si el niño experimenta ansiedad, puede disociarla, colocarla en la madre, por así decirlo –tener su fantasía omnipotente, pues de eso se trata–, y luego recuperarla cuando aparentemente ha sido desintoxicada, es decir, cuando se ha vuelto menos atemorizante.
En cierta ocasión, tres o cuatro colegas y yo estuvimos examinando un caso que ocasionaba dificultades a uno de nosotros, y le sugerí entonces a Melanie Klein que ese caso no ofrecería dificultad alguna, esto es, lo que habitualmente se llama una reacción terapéutica negativa, si se tuviera en cuenta que es posible combinar varias teorías, la de la identificación proyectiva y sobre todo la teoría de que el lactante introducía en el pecho aquello que no podía manejar y luego lo retiraba cuando había sido objeto de una desintoxicación, con las teorías con que ella trabajaba en aquella época, concernientes a la envidia y la gratitud.
Ahora quisiera empezar a referirme a los modelos. Estas son sólo historias imaginarias, ideadas con el propósito de que ejercieran una suerte de aspecto psicológico sobre nosotros, en el sentido de ayudarnos a tener una idea acerca de la teoría, una idea aun más abstracta pero que, no obstante, se mantiene a una distancia reconocible con respecto a lo que podemos enfrentar en un consultorio. En primer lugar, un modelo para una identificación proyectiva fallida que, según sostienen nuestras teorías, sigue un cierto rumbo y es causa de adversidad para el paciente. El lactante experimenta el temor de estarse muriendo y llora. La madre reacciona con ansiedad y dice: “No sé qué le pasa a este chico”, y también ansiedad e impaciencia como respuesta.
Ahora, como modelo para la identificación proyectiva exitosa, suponemos un tipo de mujer afectuosa y maternal normal y un niño que también llora por temor a la muerte. La madre alza al niño, sonríe afectuosamente y dice: “Bueno, bueno, no es para tanto” y pocos instantes después el niño también sonríe y acepta que se lo deje nuevamente en la cuna. Según la teoría de la cual suponemos que esto es un modelo, el lactante disocia su temor a la muerte, como sugerí, lo coloca en el pecho de la madre, ésta lo desintoxica y el niño recupera un temor leve. Ahora bien, supongamos que por alguna razón la madre afectuosa y amorosa no está allí, sea porque no ama al niño o porque experimenta cierta ansiedad, o bien porque el niño es particularmente perturbado y siente temor a la madre, o sea, el tipo de cosa que ocurriría con un bebé psicótico. En el modelo para esa situación, se podría decir que el niño experimenta temor porque siente que se está muriendo, disocia ese temor y lo coloca en el pecho pero, en este caso, supondremos que hay algún problema de hostilidad, sea en el bebé o en la madre, que malogra la fantasía omnipotente e impide que el pecho desintoxique el temor. Aquí se tiene la sensación de que ese objeto malo despoja a las proyecciones del bebé, en forma ávida, envidiosa y hostil del significado que pueden haber tenido. Así el temor a morir que siente el niño se puede colocar en el pecho materno, pero cuando se lo recupera se trata ya de un terror inefable; en otras palabras, lo que se coloca en el pecho de la madre, el temor a la muerte, ha sido despojado incluso del significado que tenía y se ha convertido, como dije, simplemente en un terror sin nombre. Estas son tres situaciones totalmente imaginarias; no tengo la menor idea acerca de qué es lo que piensa un bebé y no creo que nadie la tenga jamás, y a cada uno de nosotros sólo le resta imaginar su propia versión. Pero lo importante de estos tres cuadros es el hecho de que proporcionan una suerte de imagen visual que permite comprender un poco más esa teoría tan abstracta.
Quisiera ahora ofrecer otros ejemplos de lo que en esencia es un mismo problema, o lo que sea que representen estos dos símbolos, femenino y masculino, el continente y el contenido, como los he llamado, con el propósito, como ya señalé, de hacerlos aun más abstractos. Por un lado, se podría considerar la existencia del lenguaje, que ha sido adaptado, cuyo vocabulario tiene una serie de significados, en los que cada palabra puede definirse y encontrarse en un diccionario. Ese es un estado rígido; esas palabras, por lo menos teóricamente, tienen un significado que no debería modificarse. Si esto fuera cierto, no habría ningún desarrollo del lenguaje. Es razonable utilizar diccionarios y también atribuir a las palabras existentes el significado correcto; quiero destacar esto porque volveré sobre este punto. No solo un lactante o niño, sino también un adulto, todos nosotros, podemos tener algo que comunicar y encontrarnos quizás en la situación del lactante que tiene una forma sumamente indiferenciada de lenguaje: cuenta con el llanto, que posee gran cantidad de significados, que algunos de nosotros podemos entender y otros no. Pero quiero referirme a algo más abstracto, esto es, a una situación en la que el intento de expresar un significado se hace a través del lenguaje y surge entonces una suerte de conflicto entre lenguaje que es un continente y el significado, que es el supuesto objeto contenido. Si el vocabulario es firme y está bien establecido, cuando se coloca en él un significado insólito, porque de eso se trata, algo que la persona que habla o el creador de la idea desea transmitir como una idea novedosa, se lo expresa con palabras que son tan rígidas o limitadas que la frase resultante despoja al significado de toda vida. Uso deliberadamente este lenguaje metafórico.
Consideremos un término como sexualidad infantil, o sexualidad adolescente. Ahora bien, es muy fácil establecer el significado de estas palabras: sexualidad infantil, adolescente. Si las personas que participan en una conversación en la que se emplean estos términos son hostiles, entonces dichas palabras no transmitirán un significado, sino que le quitarán toda vida. Tales frases no tienen significado, porque este ha sido asesinado por el continente, es decir, por las palabras, y por la persona que las utiliza, desde luego. Pero si se permite que las palabras se empleen de modo tal que se conviertan en continentes adecuados para las ideas que se colocan en ellas, entonces es posible llegar a la proliferación de la expresión de esta idea en la vasta literatura psicoanalítica concerniente a la sexualidad infantil y a la sexualidad adolescente. Resulta entonces posible que la idea se amplíe, sin causar daño al lenguaje, aunque este sufre cambios. Para el lego, las cosas son iguales: envidia, gratitud, sexo, todos saben qué significan, pero no qué significan para los analistas.
Supongamos que al niño le pasa algo. Está tratando de expresar algo, algo que necesita; el bebé lloriquea y finalmente grita. Supongamos que, en una etapa posterior, ya no quiere gritar, etcétera, y prefiere expresarse por medio del lenguaje; pero también aquí los sentimientos son tan intensos que, a menos que se trate de un niño que hable particularmente bien, le resulta difícil encontrar un método para expresarse. Sucede entonces que, o bien el lenguaje explota o nos encontramos con el tipo de situación que corresponde a la de un paciente que ofrece numerosas asociaciones libres, y de pronto dice “Temo que voy a suicidarme”, y sigue con otra serie de asociaciones libres. Es esta una situación en la que el lenguaje se utiliza para despojar de toda vida a emociones muy poderosas. Toda la serie de asociaciones dice en realidad muy poco en lo que se refiere a expresar o comunicar el temor al suicidio; en síntesis, constituyen una comunicación que tiende a pasar inadvertida para el analista precisamente porque tiende a despojar de toda vida a lo que el paciente en realidad quiere decir, en lugar de transmitir toda la fuerza de lo que aquel desea manifestar. Creo que el peligro de estas situaciones radica en que la naturaleza de las asociaciones nos induce a no preocuparnos en demasía, a no prestar demasiada atención precisamente a aquello que queda oculto, y de repente sucede que el paciente se suicida, aparentemente sin advertencia previa.
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