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Malditos viajes

WALTER DUER

Malditos viajes

Kamal

libros de viajes

Índice

Portada

Portadilla

Legales

PRÓLOGO: Su atención, por favor…

INTRODUCCIÓN: Por qué viajamos. En serio… ¿Por qué?

CAPÍTULO 1: Sobre los aviones y los aeropuertos PARTE 1:

Antes del embarque

El placer de vivir en una ciudad con dos aeropuertos

Por qué es preferible “cancelación” antes que “demora”

El upgrade a primera y otros mitos urbanos

Cómo llegar a ser VIP y cómo dejar de serlo

Los programas de millaje y cómo sufrir con ellos

Otro concepto de seguridad aeroportuaria

PARTE 2:

En el avión

El flagelo de la clase turista

Algunas palabras sobre las aerolíneas de bajo costo

¿Alguien alguna vez prestó atención a las indicaciones de seguridad?

Cuatro horas en manos de Jeff, piloto psicópata

Los terroristas deben viajar en clase turista, sí o sí

Características de un avión de la tercera edad

PARTE 3:

En el destino

La pérdida del equipaje y la compensación en la sucursal más cercana

Migraciones en Estados Unidos post-2001: el cuartito del horror

Por qué es imposible salir rápido de la cola de migraciones

CAPÍTULO 2: Sobre los hoteles

Las estrellas: obra del anticristo hotelero

La tecnología como un resaltador natural de la ineficiencia

Un concepto ampliado de amenities

Habitaciones con vista versus habitaciones sin vista

Digresiones sobre los desayunos de hotel

Digresiones sobre la caja fuerte de la habitación

Propinas en los hoteles: la diferencia entre el paraíso y el infierno

Instrucciones para los cleptómanos de hotel

Sobre los costos adicionales y otras fatalidades

El spa como un zoológico

Hoteles de cadena: encuentre las diferencias

Lo boutique: solución universal al problema del tamaño en el mundo del turismo

Apuntes sobre el concepto de hotel all-inclusive

En el otro rincón: el hostel y el bed and breakfast

Otra categoría: los hoteles presidio para ejecutivos

Las casas de familia: experiencias nunca felices

Cinco métodos infalibles para ser un huésped indeseable en cualquier hotel

CAPÍTULO 3: Sobre la gente

El que acarrea burros y otros trabajos de mierda en el mundo del turismo

Algunas digresiones sobre la incomunicación

El taxista como termómetro de una ciudad

Párrafo aparte: el cubano como trabajador de turismo

La globalización como vía para exportar miseria

Cómo los hippies afectan el bienestar del turismo

Habitantes locales: por qué a veces generalizar está bien

La importancia de saber regatear

Los buscadores de tesoros 2.0

Un nuevo concepto en alquileres

CAPÍTULO 4: Sobre los destinos

Cuando la ciudad a la que uno va está que explota

Algunos aspectos cortoplacistas sobre el cambio climático

Razones para odiar los tours

Sobre el flagelo de las gastronomías regionales

Cuando una ciudad confía en sus turistas

Mini crónica de un viaje en crucero: lujo y basura sobre el mar

Un breve análisis personal sobre el turismo aventura

Los restaurantes de ruta, la Capilla Sixtina y otras decepciones de los viajes

Mucho de lo mismo no hace una ruta

Instrucciones para disfrutar del mar en la Costa Atlántica argentina

Cosas en las que uno no piensa cuando organiza su boda en una isla paradisíaca

La diferencia entre una piedra y un monumento

Cuando el patrimonio depende de los individuos

Los baños públicos, los argentinos en el mundo y la sensación del culo sucio

Alquiler de autos y todo lo que puede pasar ante un volante ajeno

El GPS y la voluntad de perderse

Habiendo ómnibus, el miedo al avión es incomprensible

Pasos fronterizos: mini guía para delincuentes en ciernes

Lo pendiente de todo viaje: cada ciudad tiene su Via Appia

EPÍLOGO: Recuerdo de mis vacaciones


Duer, WalterMalditos viajes / Walter Duer. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Kamal.Libros de viajes, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-47724-1-11. Crónica de Viajes. I. Título.CDD 910.4

© 2021 - Kamal. Libros de viajes

Sencillo instrumento de origen árabe que servía para medir la altura de los astros sobre el horizonte

Dirección: Flavia Tomaello

Contacto: flaviatomaello@gmail.com

Colección Comorebi

Término Japonés que define la luz que se filtra a través de los árboles

© 2021 - Walter Duer

ISBN: 978-987-47724-1-1

Primera edición en formato digital: mayo de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción esta penada por las leyes 11.723 Y 25.446.

Hecho el depósito de ley 11.723

PRÓLOGO
Su atención, por favor…

El verbo leer, como el verbo amar, no pueden ser conjugados en modo imperativo, escribió (cito de memoria) Daniel Pennac, un excelente novelista y docente francés nacido en Túnez, además, promotor de la lectura.

Actualmente, el verbo viajar, ¿solo puede conjugarse en pretérito imperfecto o cualquier otro tiempo que denote “pasado”?

Parecería ser así, como aclara en su disclaimer inicial el autor de este delicioso libro, escrito totalmente mucho antes de que la pandemia nos privara de la posibilidad y hasta del deseo de viajar: todas sus crónicas están puntualmente datadas y, si esto fuera una película, admitiría la advertencia previa: “Basada en hechos reales”.

Como los viajeros frecuentes sabemos por experiencias propias, todo viaje, tanto turístico como profesional, implica afrontar inconvenientes de diverso grado que, cuando no son fatales, resultan opacados al final por los buenos recuerdos que dejan.

Mi padre, un médico de barrio que empezó a viajar a edad avanzada, decía frecuentemente que había que planificar los viajes con antelación, porque así se los disfrutaba tres veces: cuando se planificaban, cuando se hacían y cuando se recordaban al regreso (en su época, ese regreso significaba a menudo enganchar a amigos y parientes para que asistieran a aburridísimas sesiones de proyección de las diapositivas tomadas durante el recorrido).

Hay una larga tradición de libros satíricos sobre viajes en la que se inscribe más que dignamente el de Walter Duer: los del húngaro británico Georges Mikes sobre cómo ser un alien en Inglaterra; Un hotel es un lugar de Shelley Berman, un comediante de stand up norteamericano que describió con enorme gracia las desventuras que uno enfrenta habitualmente en esos establecimientos; Su atención por favor (Guía del turista perfecto) de Dave Barry, que ironiza acerca de las conductas de los viajeros ante “lo diferente” de cada destino. Lo que distingue a Malditos viajes es lo circunstanciado y preciso de sus anécdotas. Me recuerda a las muchas que incluye en su libro de memorias Un gran paso atrás el querido Jorge Schussheim, que recientemente partió para EL viaje, entristeciendo a quienes lo conocíamos, con la diferencia de que Jorge entraba en cólera ante cada contratiempo o enfrentamiento con choferes de taxi, changadores o recepcionistas de hoteles, eventos que describía con su agudo humor.

Seguramente cada lector se sentirá tentado de agregar sus propias experiencias en este campo. A mí mismo me costó reprimir el deseo de competir con el autor, incluyendo aquí algunas mías.

Soy (¿era?) uno de esos neuróticos relativamente pudientes que, después de mi retiro profesional, necesitaba tener por lo menos tres viajes a la vista planificados, con boletos y hoteles reservados, para ser feliz. Siento –y reconozco que es una frivolidad imperdonable– un síndrome de abstinencia cada vez que veo vacía la carpeta donde guardaba habitualmente los comprobantes impresos de esas reservas. No tengo derecho a quejarme por eso en estas circunstancias.

Leí inicialmente este libro hace varios años cuando su autor me lo presentó para que considerara la posibilidad de editarlo. Volví a leerlo ahora, antes de abocarme a estas líneas. En ambas oportunidades me hizo sonreír a menudo y reír a carcajadas varias veces. En el contexto en que va a aparecer, no sería extraño que los lectores terminen de leerlo llorando por la nostalgia ante los viajes imposibles y necesiten sus pañuelos, no para decir adiós en aeropuertos o estaciones, sino para enjugar sentidas lágrimas. A pesar de eso, invito a adentrarse en estas páginas de tersa prosa, por las que uno se desliza con la agilidad con que lo hace un esquiador haciendo slalom, experiencia que hasta ahora he sabido evitar.

Daniel Divinsky

American Advantage 4HF5086

Mileage Plus 00326 104 060

Fréquence Plus 1021 204 865

Aerolíneas Plus 04693230 (y siguen las firmas)

INTRODUCCIÓN
Por qué viajamos. En serio… ¿Por qué?

Disclaimer: este libro fue escrito antes de la pandemia de coronarivus de 2020, por lo que no solo se puede disfrutar como una crónica de viajes irreverente, sino también como un registro histórico.

Viajamos porque nos gusta. Viajamos porque necesitamos viajar. Viajamos porque amamos decir que viajamos. Viajamos para sacar fotos. Viajamos para comprar electrónicos que no se consiguen en nuestro país de origen. Viajamos porque se casan unos primos que viven en Inglaterra. Viajamos porque mamá murió en Buenos Aires y somos hijos únicos y alguien tiene que ir a vaciar la casa. Viajamos porque nos recomendaron un restaurante que queda a 140 kilómetros. Viajamos porque vivimos en un centro turístico y ahora que empieza la temporada alta se vuelve insoportable. Viajamos porque escapamos de una guerra o del hambre o de las dos cosas, que suelen venir empecinadamente juntas. Viajamos para estudiar afuera. Viajamos para visitar a un hijo que está estudiando afuera. Viajamos porque somos ejecutivos que nos tienen de aquí para allá todo el año, como si nos pagaran un sueldo que abarcara las 24 horas del día los siete días de la semana. Viajamos para dar una conferencia magistral. Viajamos para una feria. Viajamos porque tenemos que presentar un libro. Viajamos porque formamos parte de un circo. Viajamos para trabajar de lavacopas en Europa. Viajamos porque nos becaron. Viajamos para buscar un futuro mejor. Viajamos para olvidar un pasado peor. Viajamos para eludir un presente anodino. Viajamos.

Si uno se parase en una puerta de entrada de una estación de autobuses, de una terminal de trenes o de una aeropuerto y preguntase a cada uno de quienes pasan por allí: “¿Por qué viaja?”, lo más probable es que reciba una respuesta diferente por cada persona que decida contestar. Si la mini encuesta continuase, la segunda pregunta debería ser: “¿Le gusta viajar?”.

Aquí es donde sigue haciendo efecto el hechizo que en algún momento alguien ejerció sobre la humanidad toda y que aún no se rompe (y que, probablemente, no se rompa jamás): la mayoría dirá que sí, que seguro, que obvio, que faltaba más. En esa mayoría, habrá madres a punto de desmayarse porque llevan a upa a un niño de cuatro años desde hace horas, jóvenes con mochilas cuyos pesos duplican el de sus respectivas masas corporales y que ya establecieron un rictus de dolor en sus rostros, personas maduras que se acaban de despilfarrar medio sueldo sólo porque a los taxis que llevan hasta el aeropuerto decidieron cobrar más que el promedio y ancianos con problemas de movilidad que saben que tienen por delante horas y horas de incomodidad y esperas para llegar a una playita.

¿Cómo funciona? ¿Por qué una actividad tan orientada al público masoquista, como la de los viajes, tiene tantos adeptos?

No faltan las argumentaciones positivas, por supuesto:

 Se conocen países, lugares, culturas, formas de vivir.

 Se conciben amistades con personas afines que habitan en la otra punta del mundo.

 Se aprenden idiomas, costumbres, historias.

 Se saborean opciones gastronómicas nuevas, alternativas, diferentes.

 Se acumulan recuerdos, aromas, romances, anécdotas, fotografías.

Y las dos más neoliberales:

 Se juntan millas para seguir sufriendo en viajes sucesivos.

 Se compran productos en el free-shop.

Aquí, entonces, se cuela el análisis basal que da origen a este libro (leer lo que está entre signos de interrogación a los gritos, por favor): ¿Eso es todo? ¿Y vale la pena? ¿Gastamos una fortuna en pasajes y alojamientos para ver unos cachivaches rotos de hace miles de años cuya autenticidad somos incapaces de develar? ¿Soportamos que nos cacheen en un aeropuerto como si fuésemos los hijos biológicos de Osama Bin Laden y hubiésemos heredado sus peores conductas para hacernos amigos de un tipo al que ni siquiera le entendemos del todo bien cuando nos habla? ¿Toleramos demoras eternas de los medios de transporte para ver un tipo con taparrabos que tranquilamente podemos visualizar a través de YouTube desde nuestro living? ¿Pasamos horas en el aire en un aparato idéntico al que se cayó en Lost para ir un rato a una playa, juntar tres caracoles, comprar una remera con la inscripción “Aruba” y volver a volar esa misma cantidad de horas? Inconcebible. Pero real.

Es hora de hacer una aclaración: amo viajar. Por mi profesión, paso una buena parte del año en aviones, automóviles en ruta, autobuses, barcos y otros medios de transporte. Y soy parte de ese hechizo maléfico. En Buenos Aires, donde vivo, tomo un café de la mejor calidad y a los pocos minutos mi esófago estalla cual Vesubio de bilis. En el avión, bebo ese brebaje que bien podría ser agua de alcantarilla y mi aparato digestivo lo recibe como si fuese arroz integral. En Buenos Aires paso más de tres minutos en un embotellamiento de tránsito y los ojos me salen disparados de las órbitas. En la sala de espera de la terminal de ómnibus avisan por el altoparlante que el que me corresponde saldrá con ocho horas de demora, si es que sale, y sólo atino a estirar las piernas y revisar en mi mochila cuál será mi siguiente lectura. En Buenos Aires un señor me pide permiso para toquetearme la entrepierna y corro a avisarle al primer policía disponible (siempre y cuando no haya sido el policía el del convite). En un aeropuerto, un señor de seguridad me pide permiso para toquetearme la entrepierna y separo mis extremidades, generoso.

¿Por qué? Por las mismas razones esgrimidas unos cuantos párrafos más arriba. Porque hoy puedo presumir de haber estado en la MacWorld de Nueva York ese día de 1999 en que Steve Jobs hizo saltar desde un andamio al vicepresidente de su compañía, Apple, para mostrarle al público que la computadora que éste portaba seguiría conectada a internet, aún en el aire y sin estar enchufada a nada. O puedo sentirme orgulloso de haber estado en Ámsterdam para una cobertura freelance de la coronación de Máxima. O puedo comparar, con otros viajeros continuos, si es cierto que es más barato comer en París que en determinadas ciudades latinoamericanas o si es un mito que el aeropuerto de Piura es más precario que el de Puerto Príncipe. Hasta estoy habilitado para ser jactancioso de mis lamentos y contar que cuando falleció Juan Pablo II yo estaba muy cerca de allí, en Estambul, pero que no pude trasladarme para hacer una cobertura periodística porque no había pasajes ni presupuesto disponible.

Una de las tragedias del periodista en viaje es que casi siempre viaja de invitado. Es decir, no abona su pasaje, ni su hotel, ni sus comidas. Alguien lo hace por él. Esto, que parece una de las mejores cosas que a uno puede pasarle en la vida tiene, como todo, su lado B.

Porque se abren dos vertientes: los viajes que son pagados por el medio para el cual el periodista trabaja y los viajes que corren por cuenta de empresas privadas o entidades gubernamentales.

En el primero de los casos, casi siempre reservados a eventos de amplia necesidad de difusión internacional (la muerte de un Papa, la asunción de un presidente, una guerra), el periodista puede volcar todo su enojo y sus disconformidades en los artículos que va escribiendo. Semejante nivel de libertad se ve condicionado porque el medio suele ser amarrete y el periodista termina alojado en sucuchos insostenibles o viajando miles de horas para que la administración de su diario o su revista pueda ahorrarse 30 dólares del billete aéreo.

En el segundo, en el que se incluyen eventos de tecnología, presentación de hoteles, lanzamiento de destinos, incremento en la oferta de vuelos, catas y degustaciones, conferencias y cursos varios, principalmente superfluos, el periodista disfrutará, en cambio, de los mejores hoteles y, con un poco de suerte, de pasajes en primera. La contraprestación maléfica es que estará sumido en una suerte de condena por la cual sólo podrá ver las cosas positivas que hay a su alrededor y, a la hora de poner manos a la obra con sus artículos, volcar principalmente esa mirada rosa de la vida. No hay de por medio sobornos (siempre y cuando no consideremos cohecho toda esa plata invertida en la invitación propiamente dicha) ni amenazas. Simplemente, un acto de autocensura por el cual el profesional de la palabra siente que podría llegar a deberle algo a esa organización que tantas molestias se tomó por él.

Como estoy claramente ubicado en el segundo grupo, llevo una veintena de años sufriendo ineficiencias e inutilidades y acumulando acidez, que no suelo volcar en artículos de viajes, por las dudosas razones esgrimidas apenas unos renglones arriba. Este libro, entonces, podría definirse como una recopilación de anécdotas de viaje, personal y en primera persona, que, por la universalidad de los temas que trata, puede verse como un shock catártico de su autor, pero también como un manual de supervivencia para viajeros o, simplemente, como una guía para comprender qué tan masoquistas somos cada vez que decidimos pagarnos un pasaje para pasarla bien. Dicho de otra manera, en estas páginas nadie va a encontrar consejos para aprovechar mejor una estadía en Nueva York, tips para recorrer los lugares secretos de París ni secretos para descubrir las bodegas más exclusivas de la provincia argentina de Mendoza. Simplemente, hay información para saber a qué se atiene uno cuando se aleja de su casa.

CAPÍTULO 1
Sobre los aviones y los aeropuertos
PARTE 1:
Antes del embarque
El placer de vivir en una ciudad con dos aeropuertos

Entre todas mis fobias y paranoias relacionadas con los viajes, hay dos que resaltan por su frecuencia y cualidad enfermiza. La primera es haberme olvidado el pasaporte. Por eso, en el taxi que me lleva hacia el aeropuerto, suelo chequear cuatro o cinco veces en el compartimiento de la mochila que utilizo para guardarlo. La primera oportunidad en que descorro el cierre, introduzco mi mano, palpo el documento y vuelvo a correr el cierre, ya con el corazón palpitándome a un ritmo normal, puede calificarse de “razonable”. ¿Pero por qué vuelvo a hacerlo? ¿Acaso temo haberlo deslizado sin querer cuando saqué la mano del compartimiento durante el control anterior y dejarlo perdido en el asiento del auto?

La segunda psicopatología está relacionada con estar yendo al aeropuerto equivocado, cuestión que de nuevo tiene un fundamento racional. En particular, porque Buenos Aires tiene tres aeropuertos y la aerolínea de bandera nacional, cada tanto, modifica itinerarios entre dos de ellos.

Lo que sigue es una historia real de noviembre de 2009. Llegada a Aeroparque Metropolitano (el que queda dentro de la ciudad): 5 AM. Horario programado del vuelo: 6.55 AM. Placer por haber tenido un recorrido en taxi media hora más breve y cincuenta pesos más barato que si hubiese debido trasladarme a Ezeiza: Alto.

Todo iba de maravillas hasta que miré el monitor para ver los detalles de mi vuelo. Ahí noté que había muchísimas opciones de aviones que salían en todas las direcciones, pero que ninguno lo hacía a Río de Janeiro, el destino que indicaba mi pasaje (que también decía, claro está, AEP, la sigla que determina que los vuelos salen desde ese aeroparque). Me acerqué a un mostrador de informes y recuperé la tranquilidad. “Sale de acá, se ve que por algún problema no lo pusieron”, me dijeron. Acostumbrado a la ineficiencia que reina habitualmente en el puerto aéreo de la ciudad, confié en esas palabras. Pero todo volvió a desmoronarse diez minutos después, ya durante el check-in. “¿No le avisaron que el vuelo salía de Ezeiza?”.

Lloré amargamente, calculé que tenía tiempo para llegar a Ezeiza con un taxi y le rogué a la chica de Aerolíneas que avisara que estaba yendo para allá. “No puedo, porque si aviso y usted no llega…”, me dijo. Insistí. Insistió. Insistí. Insistió. Me di cuenta que estaba perdiendo el poco tiempo que me quedaba en insistencias, así que disparé sin saludarla.

El taxi que me llevó hasta Ezeiza voló, literalmente, y me depositó en el otro aeropuerto de la ciudad a las 6.15 AM. Pagué al chofer como pude y corrí hasta el mostrador. “A ver si todavía no está cerrado el vuelo”, me advirtió la señora que me atendió, que tenía cara de bruja de Disney pero muy buenos modos. “Mmmm”, dijo, como quien busca preparar a su interlocutor para lo peor. “Está lleno… Qué pena que no pidió en Aeroparque que le reservaran un lugar”. Me cayeron unas cuantas lágrimas más cuando traté de explicarle que, en realidad, yo sí me había percatado de eso, pero que no me habían dejado. “Espéreme un segundo, que voy a ver si puedo hacer un OS”. (Nota del autor: aquí pudo haber dicho cualquier otro par de letras, no me acuerdo cuáles ni sé de qué se trata eso que iba a hacer).

Me dejó solo en la ventanilla esperando hasta las 6.43 AM. Cuando ya no guardaba ninguna esperanza de subirme al avión, porque sólo faltaban poco más de diez minutos para el despegue, volvió, esbozó una sonrisa que reforzó su perfil brujesco, y me dijo que había conseguido el lugar para mí. Iba a ser en la última fila, en uno de esos asientos que no se reclinan. Subí al avión agotado de cansancio, pero con una única alegría: iba a poder contar a todos una anécdota sobre cómo llegué a un avión segundos antes de despegara. Tampoco tuve suerte con ese punto: por un desperfecto técnico, salió una hora más tarde.

Por qué es preferible “cancelación” antes que “demora”

Las líneas aéreas suelen ser tiranas cuando las cosas no les salen bien. Un avión que se descompone, un paro sorpresivo del personal, un camión de catering que pinchó goma de camino al aeropuerto o una guerra civil en el país al que se viaja y… ¡Pumba! El avión no sale a tiempo. En ese instante, en el que la última columna del renglón de la pantallita de informes del aeropuerto se vuelve rojo en lugar de verde, la cabeza comienza a funcionar a mil revoluciones por segundo. Si el viaje es laboral, las primeras entrevistas estarán perdidas y, seguramente, serán imposibles de reprogramar. Si el viaje es de placer, las excursiones iniciales, por supuesto las más onerosas y las únicas no reembolsables, se habrán perdido para siempre. Si no hay ninguna presión en el destino, no faltará la conexión ajustada en otro aeropuerto. Siempre, pero siempre, habrá un motivo de sufrimiento.

Soy amante de las certidumbres. Las dudas, las sorpresas y los finales abiertos me ponen nervioso. Por esto es que prefiero toda la vida que un vuelo se cancele, lo que significa que vuelvo a mi casa (si estoy en mi ciudad) o que duermo gratis en esos hoteles de aeropuerto que tienen nombre de cinco estrellas y categoría de pensión de barrio (si estoy en otro sitio) y que llamo a mis contactos en el destino y les explico, no sin cierto pesar, que no voy a poder cumplir con mis obligaciones, por razones que escapan a mi capacidad de control. Cuando un vuelo se demora, en cambio, empiezan a jugar todas las posibilidades psicópatas de los empleados de la aerolínea y a despertar todas las psicopatologías propias.

Ese día tenía que embarcarme rumbo a Miami para firmar un contrato laboral, nada menos. Ni bien llegué al aeropuerto, noté que la cola en el mostrador era más larga que lo habitual. Soy de naturaleza pesimista, por lo que sospeché que algo andaba fuera de su cauce. Mi optimismo oculto y remanente sufrió un duro revés: tenía razón. Los empleados estaban anunciando a los pasajeros que el vuelo, programado para las 20.30, estaba demorado. “¿Demorado cuánto?” preguntaban, no sin razón, aquellos que veían que su equipaje se iba por una cinta sin saber en qué momento volverían a reunirse con él. En todos los casos, la respuesta de los empleados era la misma. Cara al frente, mirada perdida. Como si entre ellos y el final del universo no hubiera nada ni nadie.

Mi optimismo oculto y remanente intentó una segunda jugada. “No importa, salen un montón de aviones a Miami, en última instancia pido que me reasignen en otro vuelo”, pensé. Pero claro, después de batallar durante un largo rato, de que nos dieran un vale para comer un mísero sándwich (para sacarnos un rato de encima, no porque la aerolínea se preocupara por nuestra alimentación) y de que nos agitaran con tanta falta de respuesta, el plasma de información se iluminó con un número concreto, pero precedido por un sustantivo que lo hacía un poco menos concreto. “Estimado: 23.40”.

Ese dato ocultaba una doble mala noticia. Primera, que al ser un horario “estimado”, las confirmaciones seguían brillando por su ausencia. Segunda, que a las 23.40 todos los otros vuelos a Miami ya habían partido, por lo que si en ese instante cambiaban la “demora” por “cancelación” ya no habría vuelta atrás. Mi optimismo oculto y remanente, harto de la situación, decidió dar un portazo y dejar de insistir, dando rienda suelta a mi pesimismo habitual.

De más está decir que a las 23.40 todavía no habíamos empezado el embarque. Como no uso reloj y había dejado el celular apagado desde un buen rato antes (no fuera cosa de que me olvidara de hacerlo con el avión ya en movimiento y estalláramos todos en el aire por culpa mía), no puedo determinar exactamente a qué hora salimos. Debe haber sido muy tarde, porque arribamos a Miami mucho después de lo que decía el plan de viaje que la empresa que me contrataba me había enviado por correo electrónico. Por suerte, arribé con el tiempo suficiente como para que pudiera completar todas mis obligaciones. Es evidente que tanto tardó en despegar el avión que mi pesimismo habitual debió de haberse quedado dormido.

Distinto fue lo que ocurrió en Denver, allá por 2000. Había ido a cubrir el evento de tecnología OneWorld, organizado por la empresa desarrolladora de software J. D. Edwards que, cual pez pequeño, fue devorada primero por PeopleSoft, que la compró en 2003 y luego por Oracle, que adquirió PeopleSoft en 2005.

Mi itinerario era Denver-Miami-Buenos Aires. Todo iba de maravillas: un check-in perfecto, un control de seguridad pre-Torres Gemelas muy poco invasivo, la noticia llegada desde Buenos Aires de que todo parecía indicar que Boca Juniors se alzaría con la Copa Libertadores luego de 22 años de sequía, en una final contra el Palmeiras de Brasil… Así estaba yo, sentado en la primera fila de la clase turista, sonriente, viendo cómo la hora de partida había pasado hacía ya un buen rato y el aparato seguía quieto.

La azafata, sentada de frente a nosotros, también sonreía. Hasta que en un momento sonó su teléfono anacrónico beige, lo atendió y se le dibujó una mueca de preocupación en su rostro, que claramente se leía como: “¿Y ahora cómo doy la mala noticia a toda esta gente?”. Tomó aire, presionó un botón y dijo: “Lamentamos informarles que el vuelo estará demorado por tiempo indeterminado”.

Ay, la demora. Ay, la incertidumbre. Salí disparado de mi asiento.

–¿Qué significa “indeterminado”? –inquirí.

–Que no está determinado –se ajustó ella al sentido común más básico.

–Es que no me entiende: tengo una conexión a Buenos Aires y si llego más tarde, la pierdo y debo quedarme 24 horas hasta que salga otro vuelo.

La chica levantó su dedo índice delante de mi rostro y se fue hacia la cabina. Volvió unos dos minutos después y me dio la luz que salvaría mi vida:

–Está saliendo en minutos un vuelo a Chicago y me dicen que existe conexión Chicago-Buenos Aires.

No sabía cómo agradecerle. En esa época, todos los materiales terroristas, como agua, dentífrico y perfume, estaban permitidos a bordo, por lo que no había tenido necesidad de despachar equipaje y tenía todo conmigo. Bajé corriendo. Recorrí la manga en sentido inverso. Salí a la sala principal. No llegué a caminar dos metros, que escuché por el altoparlante: “Informamos que salvado el inconveniente, el avión con destino a Miami está listo para despegar”. Decidí no mirar atrás. Hubiese llegado a tiempo de haber sido un poco más paciente, es cierto, pero si el destino quería que yo llegue a Buenos Aires vía Chicago y no vía Miami, así debía ser.

Llegué a la puerta de embarque del vuelo a Chicago empapado en transpiración. Expliqué lo que había sucedido. Estaban al tanto. Sonreí. “Pero lamento informarle que este vuelo está demorado por tiempo indeterminado”, me dijo el joven funcionario de la aerolínea. Dejé de sonreír.

El upgrade a primera y otros mitos urbanos

Esta historia la escuché decenas, centenas de veces. Me llegó de boca de parientes, amigos, conocidos y hasta desconocidos que trataban de generar conversación en un ascensor. Pero para mí, que estadísticamente estoy en condiciones de protagonizarla, sigue siendo una leyenda urbana. Como la del cliente de restaurante chino que se atragantó comiendo pollo y que resultó, considerando el huesito que le había quedado atravesado en la garganta y de acuerdo al diagnóstico del cuerpo médico que lo atendió después, que en realidad le habían servido rata. O como la del joven que volvió de la discoteca con una chica muy bella, la acompañó a su casa y le dejó su campera porque la noche estaba fresca y se enteró, al día siguiente cuando fue a recuperar su abrigo, que la mujer en cuestión llevaba años muerta.

Con algunas variantes (cambia el aeropuerto, cambia la fisonomía del empleado de la aerolínea, cambian las razones por las cuales se emprendió el viaje, cambian los motivos que producen que la anécdota existe), la historia dice más o menos así: alguien está haciendo los trámites de check-in para subirse a un vuelo y la persona que lo atiende le explica que por determinada razón (el vuelo está sobrevendido, el narrador le cayó simpático, el avión va vacío y nadie de la tripulación piensa delatar el desliz, entre muchas otras) ese alguien no va a tener que ir en esos miserables dos centímetros cuadrados que se destinan para la clase turista, sino que hasta podrá dormir en posición horizontal-horizontal, porque acaba de ser transferido a primera, o a business.

Entre pitos y flautas, contando vuelos internos, mini cabotajes, vuelos larguísimos, vuelos transatlánticos y vuelos fallidos que nunca salieron porque había niebla, debo haber atravesado el momento del check-in digamos, unas quinientas veces (saco las pocas oportunidades en las que genuinamente viajé en business). De cada diez personas que conozco (la gran mayoría con muchos menos vuelos que yo sobre sus espaldas), nueve ya me han contado esta bendita anécdota.

Por lo tanto, quedan sólo dos conclusiones posibles:

1 Tengo mucha mala suerte considerando el promedio de la gente con la que me rodeo.

2 Son todos mentirosos que jamás atravesaron la cortinita infranqueable que separa el lujo del tercermundismo cuando el aparato está en el aire.

Otra historia frecuente es la del pasajero a la que le ofrecieron muchísima plata por bajarse de un vuelo que estallaba de sobreventas. En este caso, no puedo atribuirla a la categoría “mito urbano”, porque me pasó un par de oportunidades. Ninguna de las dos pude hacer uso efectivo de la propuesta.

La primera fue en Fiumicino, conexión romana casi obligatoria para volver a los sures del mundo luego de haber cubierto el Carnaval de Venecia, en 2010. Al día siguiente debía estar en Buenos Aires porque me quedaban muy pocos días para entregar un libro que estaba haciendo en condición de escritor fantasma y sí o sí debía entrevistar al autor “formal” para que me completase la información. La segunda, en el aeropuerto de Bogotá, donde estaba de paso, de regreso de haber celebrado el primer aniversario de la independencia de Curaçao, en 2011 (Un pequeño paréntesis: hasta el momento, es el país más joven que visité en mi vida, tan solo doce meses habían pasado de su separación de las Antillas Holandesas). De nuevo, obligaciones impostergables (iniciaba otro viaje) me obligaron a desechar el dinero y una breve estadía de regalo en la capital colombiana.

Lo que sí experimenté en numerosas oportunidades, es el downgrade de clase. Cada vez que me acomodo en la primera fila de asientos de turista, con mis piernas estiradas, espero hasta el último segundo anterior al despegue que aparezca la azafata y me pida por favor que cambie lugares con algún otro pasajero que anda en muletas y necesita el espacio. Jamás me decepciono. O, ubicado en el pasillo y conciente de mi necesidad de orinar hasta diez veces durante un vuelo, llega el hombre que se sienta en el centro de la fila y me ruega que le intercambie el lugar para poder ubicarse justo al lado de su amada y de su pequeño hijo. Todavía no pude negarme.

Cómo llegar a ser VIP y cómo dejar de serlo

Durante mucho tiempo, en cada sala de espera de aeropuerto en donde me tocó estar, tuve la misma sensación: que en algún lado, en esos inalcanzables salones para pasajeros VIP, alguien se estaba dando la gran vida, leyendo periódicos internacionales, degustando vinos de primera línea, navegando por internet a altísimas velocidades… Fue una fantasía que duró muchísimos años. Más precisamente, hasta que comencé a circular con cierta frecuencia por los salones VIP.

Al principio, fue la tarjeta Gold de American Airlines. Mi primer pasaporte para atravesar la puerta vidriada y entrar en ese mundo de bienestar y emoción que cada aeropuerto importante tiene. No puedo negar que disfruté la primera o la segunda vez. Pocas cosas en el mundo se comparan con la satisfacción de combinar café con aceitunas y no pagar por ninguna de esas dos cosas. Luego, llegó el 2001.

Mientras el universo todo se preparaba para el Y2K informático, en Argentina nos costó prever que llegaba nuestra propia Apocalipsis de cambio de milenio, aunque más relacionada con el caldo político-económico que se había cocido durante diez años que con computadoras incapacitadas para comprender que 31/12/99 más uno era igual a 01/01/00. La crisis se llevó muchísimas cosas. Entre ellas, la cantidad obscena de viajes para prensa que organizaban por ese entonces las compañías de informática.

Como periodista especializado en cuestiones de tecnología, había viajado entre 1998 y 2000 unas cuarenta veces a diversos eventos en diferentes partes del mundo, si entendemos “mundo” como “Estados Unidos”. Algunos de los viajes eran para cubrir eventos interesantes, como tres MacWorld, dos en San Francisco y una en Nueva York, o como aquella vez que me tocó escuchar a Bill Gates en Denver. Otros, se producían sólo porque las empresas involucradas tenían demasiado dinero para marketing y, en lugar de invertirlo con criterio, preferían despilfarrarlo para poder ir tranquilas a la quiebra cuando mermaran sus ingresos. “¿Qué presentan?”, me preguntaba el editor de turno, para saber a qué atenerse o cuántas páginas reservar. “Creo que el chairman & CEO se tiñó el pelo de bordó”, era una respuesta. “Ok, te doy una página y media”, era la sorprendente conclusión. Es que ya se había construido un ecosistema: los editores, los periodistas, los agentes de prensa… todos queríamos seguir viajando gratis. La única forma de dar sostenibilidad al proyecto era que las revistas y los diarios reflejaran alguna conclusión de esos viajes. Si la revista publicaba, la empresa podía seguir invitando y todos podíamos continuar con esa rutina de aviones, hoteles de primera línea, comidas en lugares caros y eventos de media hora real de duración que nos dejaba a los profesionales de los medios el resto del día libre como para ir a pasear.

El momento en que sospeché que todo era una burbuja a punto de estallar fue un día en Cancún, México. Un grupo de unos cuarenta periodistas de todo Latinoamérica llegamos al Caesar Park a cubrir un encuentro de distribuidores de una empresa que, oh ironía, ya no existe. Una vez resuelto el check-in, uno de los colegas con mayor experiencia se atrevió a preguntar: “¿Cuándo nos darán la agenda de actividades?”. Los organizadores, jovencitos relacionistas públicos, se miraron como quien está conteniendo la risa.

“La agenda… eh, sí… la agenda… bueno… no tenemos agenda… así que armen alguna entrevista y vayan a la playa, que nosotros los llamamos”, respondió uno, sin que el colorado se subiese a sus mejillas en ningún momento. Los entrevistados posibles eran todos ejecutivos que vivían en Latinoamérica, por lo que teníamos la misma posibilidad de charlar sin haber salido de nuestras ciudades, tomando el ómnibus o el metro correspondiente que uniera nuestra casa con la oficina de la compañía. Así es como estábamos todos en la playa, tomando sol. Cada tanto, llegaba el RRPP y decía: “¿Quién tiene la entrevista de las tres?”. El periodista con ese horario se levantaba, sacudía los restos de arena de su malla, se colocaba la camiseta (que, si acababa de salir del mar, se humedecía hasta donde el agua acumulada en el short de baño podía escalar) y se dirigía a los salones del hotel, a conversar unos minutos con un ejecutivo de traje y corbata.

En pocos meses de esta vida, había acumulado la cantidad de millas suficientes como para ir varias veces a Miami o a Nueva York desde Buenos Aires sin pagar ni un centavo. También llegó a mi domicilio un sobre que encandilaba por lo dorado, donde se me advertía que por mi incansable actividad como habitantes de sus aviones, American Airlines estaba orgullosa de considerarme un pasajero de oro. Si el ascenso fue meteórico, la caída sucedió a la velocidad de la luz. Apenas bajé el ritmo de embarques y desembarques, como consecuencia de la mencionada crisis, me llegó una segunda carta, donde se me advertía que yo seguía siendo una buena persona, pero que ni se me ocurriera acercarme a un VIP en el futuro.

Sentí que jamás volvería a servirme café gratis con aceitunas. Hasta que en el aeropuerto de Ezeiza decidieron que tener una tarjeta American Express era lo suficientemente VIP como para poder ingresar al salón VIP. Apenas crucé la puerta por primera vez y me identifiqué ante las chicas sonrientes de la entrada, la felicidad que significaba el regreso a este modelo de vida basado en el lujo y en la individualidad, se trocó en preocupación. Porque el sitio está atestado de gente, no hay sillones libres y hasta pasan chicos con uniforme escolar que irán a vaya uno saber qué justa intercolegial en algún lugar del mundo o jóvenes con el clásico perfil de mochileros.

Desde cuándo lo VIP se había vuelto tan popular, pensé. Me bastó caminar unos pocos metros para llegar a una puerta vidriada con la inscripción “Sala exclusiva – Platinum Card”. En ese mismo instante supe la respuesta a mi duda existencial: la tarjeta de crédito tiene que satisfacer a todos sus clientes. A los de menos recursos, los hace creer VIP. Y a los más pudientes, los que frecuentaban los salones VIP cuando no había más de tres o cuatro personas por día… más VIPs que a los anteriores.

Los programas de millaje y cómo sufrir con ellos

En la larga lista de cosas para las que no soy cuidadoso, uno de los primeros lugares es ocupado por “Administración y gestión de millas de aerolíneas”. Junto miles por año, se me deben vencer otras tantas y no canjeo nada desde, al menos, 2004. ¿A qué se debe tanta desidia? En parte, a esta triste historia que voy a contar.

Durante 2005 y 2007 tuve una prodigiosa serie de viajes a Europa, todos sobre Air France o sobre alguna aerolínea del mismo grupo. Hice el tramo Buenos Aires-París-Zagreb-Estambul en marzo de 2005, gracias a los buenos amigos de Iberia, que decidieron dejar, como tantas veces, su avión estacionado en Buenos Aires mientras a mí me esperaban obligaciones laborales en el último de los destinos, lo que me forzaba a agarrar cualquier otra alternativas que pudiera circular por allí. En noviembre, hice Buenos Aires-Roma-Buenos Aires. En mayo de 2006, Buenos Aires-París-Ámsterdam-Atenas-París-Buenos Aires. En enero de 2007, ya en business, Buenos Aires-París-Buenos Aires.

En todas las oportunidades, pasé la misma tarjeta de pasajero frecuente de Air France, emitida, de color marfil, con la solidez de una tarjeta de crédito. Es decir, no el cartoncito que uno desprende del folletito publicitario, sino la posta-posta, la que llega al domicilio que uno indica. En todos los casos, la persona que me atendió tipió diligentemente los números y me entregó la tarjeta de embarque con mis datos de viajero frecuente incorporados.

En el Charles de Gaulle, a punto de retornar a la patria, extiendo mi tarjeta a la chica del mostrador de check-in con un doble orgullo. Primero, el de saber que viajaba en la categoría más alta. Segundo, el de tener una tarjeta tan linda, tan de marfil, tan verdadera.

–Esta tarjeta no existe –me dijo la chica en francés y, por su tono, podía leerse en el subtitulado: “Maldito estafador sudamericano y las ganas de hacerme perder el tiempo”.

–Yo diría que sí existe –respondí, todavía risueño, señalándole la tarjeta que tenía en sus manos con mis cejas.

–No existe en el sistema –demostró que no estaba para bromas, y me la extendió de nuevo.

Me resulta muy difícil reproducir la conversación que siguió luego de eso. Lloré, imploré, expliqué, apelé al raciocinio. Había usado esa tarjeta durante dos años. Ya con una voz desesperada, calcada de las malas traducciones al español de las novelas brasileñas, dije:

–¿Y ahora qué hago? ¿Qué hago?

–Llame al call center –me respondió, sin que su rostro refleje ningún tipo de emoción ni empatía.

En resumen: me hicieron mandar un fax (sí, todavía existía el fax) a una sede en Canadá, explicando todo mi problema y adjuntando copia de todos los boarding pass. Ese mes debo haber facturado menos porque dediqué la mayor parte del tiempo a completar ese menester. Jamás me respondieron. Cuando volví a llamar al call center, una voz mecánica me repitió: “Mande un fax…”.

Otro concepto de seguridad aeroportuaria

Haití, en 2011, a un año y medio del terremoto, era sinónimo de caos. No había ley ni autoridad. Los carteles con prohibiciones brillaban por su ausencia, por la simple razón de que, aún cuando fuesen instalados, nadie los respetaría. El aeropuerto de Puerto Príncipe no escapaba de esta regla.

El área de check-in era un cuarto infecto, mínimo, en el que se iban acumulando los pasajeros sin seguir las normas de convivencia básica. Un hombre dejaba tres valijas gigantes apoyadas sobre el único espacio, de unos treinta centímetros de ancho, que quedaba como pasillo. Otro abandonaba a un niño llorando en el medio de la sala, se iba a hacer los trámites, y volvía al rato, cuando al chico ya no le quedaban lágrimas para soltar. Un tercero apoyaba sus bultos sobre los bultos de otro, un desconocido, sin preguntarle antes si eso le estaba permitido.

Como llegué temprano, el hombre de la puerta, en español, me explicó que todavía no podía pasar. Atiné a girar, a mostrarle con mi mirada la masa de humanos ociosos y de escombros que se acumulaba, literalmente, en las afueras del aeropuerto, y le dije que no tenía problemas en esperar afuera, siempre y cuando él me indicara dónde. Por supuesto, no tenía cómo ayudarme, así que me dejó entrar de todos modos. “Siéntese allá, en el fondo”, me dijo. Pero en el fondo no había asientos. Me desplomé en el piso.

Llevaba 36 horas en el país y, paranoia instalada por médicos especializados en Buenos Aires mediante, no había comido nada excepto unas galletitas que viajaron conmigo desde tierras civilizadas. Además estaba sin bañarme, con una mezcla rancia de sudor, repelente para insectos Off de lata verde (los mosquitos aquí son vistos como una amenaza letal, casi como un revólver) y la permetrina con la que había impregnado mi ropa las dos noches anteriores. O sea, estaba más sucio yo que el piso. No obstante, me puse un poco de alcohol en gel, como si de una pócima mágica que ahuyenta todos los males se tratara.

Saqué mi cámara de fotos. La gente empujándose, el ámbito descascarado, la cortina de aire lila que atravesaba todo el techo pero que no sacaba aire… Todo era los suficientemente extraño como para dejarlo retratado. Apunté hacia la masa, tenía la imagen que quería en mi pantallita LCD y, de repente, lo vi. Se me venía encima, como una locomotora. Un guardia de seguridad del aeropuerto. O un funcionario. O alguien con un uniforme que se repetía muchas veces en diferentes personas.

No supe si amargarme porque me acababa de arruinar la foto o si alegrarme por la posibilidad de la existencia de una regla. En ningún aeropuerto dejan fotografiar a los pasajeros que están por subirse a los aviones. Era una tranquilidad saber que en el Toussaint Louverture tampoco. Pero no. “¿De cuántos gigabytes es?”, me preguntó en francés. Intercambiamos una breve charla tecnológica y nos caímos bien. Tanto, que cuando estaba por comenzar a chequear mi avión, me dio el alerta antes que a nadie, para que pudiese quedar primero en la fila. Y quedar primero en la fila en un sitio donde no hay ley ni autoridad es una verdadera bendición.

Hablando del lado B de la seguridad aeroportuaria (queridos millenials y posteriores que no tienen ni idea de qué es un lado B, pregunten a sus padres), lo último en esta materia lo vi implementado en Piura, Perú, en 2011: los rayos O.

Llegué y me encontré con una cola infinita antes de hacer el check-in. Me asomé por el costado de la masa humana que me precedía y descubrí el motivo de la demora: a cada uno de los pasajeros le estaban abriendo las valijas a despachar y le revisaban minuciosamente todas sus pertenencias. Criado bajo la amenaza aérea legada de las torres gemelas, comencé a elucubrar cuál podría ser la razón para semejante medida de seguridad.

–¿Había existido una amenaza de bomba para mi vuelo específico?

–¿Una denuncia anónima alertó sobre un narcotraficante famoso que estaba por subirse a este avión?

–¿Ese que estaba parado ahí adelante era Osama Bin Laden? (oficialmente muerto para esa fecha, aunque uno nunca sabe)

–¿Eran los empleados de ese aeropuerto perversos sexuales que se excitaban visualizando calzoncillos ajenos?

Confieso que tuve miedo. No tanto como aquella vez en Santiago, cuando en el counter de la aerolínea, mientras me chequeaba, la empleada que me atendía le dijo a su colega, ubicada a diez centímetros de distancia y como si yo fuera transparente: “No me sorprende, en esta empresa pasa siempre lo mismo. No hay nadie que sepa nada de aviones”. Pero me asusté. Por suerte, una vez que me tocó el turno, me aclararon: como el aeropuerto carecía del presupuesto como para adquirir una máquina de rayos X, no quedaba otro remedio que apelar a la vieja tecnología conocida como “rayos O”: los ojos de sus empleados.

PARTE 2:
En el avión
El flagelo de la clase turista

La clase turista fue diseñada por alguna persona que odia la raza humana. Los que viajan en primera o en business no van a comprender nada de lo que se diga en los próximos párrafos. Viven en un micromundo feliz, aún arriba del avión. Para no alterarles ese estado de placer, las azafatas tapan la miseria de la clase turista con una certera cortina (atención: descorrer esa cortina parecería ser tan “delito federal” como romper los detectores de humo del baño o llevar una bomba en el bolso de mano; incluso, muchas azafatas se violentan más ante un niño que espía qué hay detrás de ese trozo de tela que ante un adulto que las amenaza con un revólver).

Lo primero que se siente al llegar al asiento es la falta de espacio, potenciada porque uno, como una suerte de tortura programada, ya caminó antes por el pasillo de las categorías superiores y vio esos sillones confortables, las copas de champaña (o de juguito de naranja), los diarios del día y las azafatas más lindas.

La misión, una vez que se identifica el 32G y se echa a la anciana que se sentó allí por error (cada vuelo sale con tantas ancianas que se sentarán por error en el asiento de uno como asientos disponibles haya), es acomodarse. La pobre estructura corporal propia debe convivir con el codo de la vecina de al lado y las rodillas del niño que se empecinará en golpear nuestro respaldo todo el tiempo que dure el vuelo. A la persona más gorda del avión le tocará el asiento que está justo al lado nuestro, mientras que la más alta estará justo detrás. Si por alguna razón, además, sufrimos de alguna dolencia que nos requiere visitas asiduas al baño, es seguro que nos tocará el asiento del medio de una fila de cinco.

En ese contexto habrá que comer, siguiendo este proceso: se desmonta la tablita que está adelante del asiento, se ubica la bandeja que provee la aerolínea (que ocupa toda la tablita) y, como ésta está llena de cosas, se procede a un reordenamiento rápido, en el que se amontonan todas las porquerías que no se van a introducir en el aparato digestivo, como el pegajosos aderezo de limón para la ensalada o esos postres atestados de una crema dudosa, a un costado, para liberar algunos miserables centímetros que permitan ganar un ángulo como para poder mover un cuchillo o un tenedor. Luego hay que lidiar con el envoltorio metálico del plato caliente. Al ser metálico, toma una temperatura muy elevada y, como en general no se provee ningún adminículo como para desmontarlo, la única forma de acceder a su contenido es quemándose los dedos hasta las lágrimas. Si se mira hacia los costados, se observará empíricamente que el método más utilizado es el de dar pequeños tirones al envoltorio y retirar la mano pegando un sonoro aullido.

Las azafatas dan exactamente quince segundos para terminar la comida, por lo que se recomienda tragar sólo aquello que tenga forma conocida. Como los paquetes de sal, azúcar y pimienta son iguales y la identificación no es visible, lo más probable es que el pollo sepa muy dulce y el café, muy picante.

El baño es otro punto magnífico de diseño dentro del avión. En muchos modelos, la canilla sólo da agua si se mantiene apretado un botón. Por esto, la única forma de lavarse las manos es de a una (la otra tiene que estar ocupada, sí o sí, en el botón). Antes de ir al baño (que estará indefectiblemente ocupado y con cola afuera para acceder a él) hay que chequear que el carrito de las comidas no pasará en ese momento, dado que éste tiene el ancho del pasillo y, si nos sorprende, no sólo nos quedaremos sin comer, sino que, además, deberemos esperar cuarenta minutos al lado del sanitario a que la azafata termine su recorrido.

El sistema de entretenimiento a bordo tiene, hoy por hoy, dos vertientes muy marcadas: los aviones conservadores (por no decir faltos de mantenimiento o de inversión) siguen con algunas pocas pantallas distribuidas entre los asientos, que salen como por arte de magia del techo, mientras que los más modernos tienen una pantalla en cada cabezal, con un control remoto al lado del asiento que permite navegar entre opciones de películas, series y esos programas canadienses que engañan incautos y que hacen matar de risa a medio avión. Aquí, entonces, sus opciones son también dos. En el primero de los casos, su ubicación será el punto más lejano a la pantalla más próxima. En el segundo, notará que la única pantalla que no funciona de todo el avión es la suya.

Por último, ante un problema (se le cae la copa del vino encima de la ropa cuando faltan trece horas de vuelo, necesita un vaso de agua para tomar esa pastilla que le impide tener un infarto cuando se llega a la velocidad crucero, acaba de descubrir que su vecino de asiento lleva explosivos plásticos pegados alrededor de todo su cuerpo) no dude en presionar el botón que tiene el dibujito de una azafata. Hará un ruidito (“ding”) y se encenderá una lucecita justo encima de su cabeza. Muchas personas creen que eso es para llamar, precisamente, a la azafata. No se equivoque: la aeromoza nunca llegará. El botón es sólo para calmar sus ansias y que usted sienta que no importa qué le haya ocurrido, habrá alguien en camino para asistirlo. Por supuesto que ese alguien será el pariente que lo reciba en el aeropuerto de destino.

No obstante todo lo anterior, existe una única ventaja de viajar en turista respecto de hacerlo en business o en primera: que como los asientos están más atrás, si el avión cae de trompa al piso, el tiempo de sobrevida de los que compraron pasajes baratos será mayor.

Algunas palabras sobre las aerolíneas de bajo costo

Cuando los viajeros frecuentes de avión creíamos que nada iba a empeorar la experiencia de tener que quedar prisionero de los tres centímetros cuadrados que las aerolíneas asignan a cada asiento de clase turista, Satanás creó las low cost. Este tipo de empresas, que han sacado ofertas irracionales como puentes aéreos a un euro por persona o distancias interoceánicas a dos dígitos, pueden ser consideradas un nuevo modelo de turismo aventura: hasta que el avión está en tierra, en destino, el pasajero no sabe qué va a suceder.

Primero, porque las quiebras son tan repentinas que parecería existir la posibilidad de que, en pleno vuelo, el comandante de a bordo tome el micrófono y diga: “Estimados pasajeros, lamentamos informarles que la compañía acaba de quebrar, por lo que les solicitamos a todos que salten, de manera ordenada, tal como nosotros pensamos hacerlo en los próximos dos segundos. Chau”. Segundo, porque cuando una persona paga por un servicio menos de lo que ese servicio vale (o de lo que esa misma persona percibe que vale), desconfía.

Una vez a bordo del avión de bajo costo, el pasajero se dará cuenta de que:

 Su boarding pass puede no tener asignado un asiento (al menos, en EasyJet me pasó esto). Cada uno se sienta a medida que sube, por lo que quien sepa empujar y producir caos será, en definitiva, el que consiga la mejor ubicación.

 El avión al que se está subiendo es el mismo que llegó segundos antes al aeropuerto. ¿Conclusión? Que, como mínimo, no fue higienizado.

 Durante el vuelo, la gente se comporta como si estuviera en un ómnibus de corta distancia o, peor aún, en una kermés: gritos, bullicio, gente que se pasa galletitas entre asientos distantes…

 El interior explota de bolsos de mano, algunos del tamaño de un hipopótamo mediano. Esto ocurre porque los límites de peso para despachar equipaje son muy estrictos, entonces todo el mundo tiene la misma idea: llevar todo encima.

 Si uno paga una bebida o una comida a bordo (y todo a bordo se cobra), por ese mismo precio le hubiese convenido tomarse un trasbordador espacial.

 El aterrizaje no será en el aeropuerto principal de la ciudad, sino en el secundario. ¿Roma? Bajará en Ciampino y no en Fiumicino. ¿Berlín? Será Schoenfeld y no Tegel (por lo menos hasta 2014, cuando supuestamente Schoenfeld se convertirá en el principal aeropuerto de la capital germana… en ese momento, el avión de bajo presupuesto caerá seguramente en Tegel).

¿Alguien alguna vez prestó atención a las indicaciones de seguridad?

Siempre que termina ese horroroso video animado (cuando es actuado, es aún más horroroso) que explica, antes de que el vuelo despegue, todas las formas que tenemos de morir a bordo y las débiles herramientas con las que contamos para salvarnos, me hago la misma pregunta: ¿Es que acaso alguien escuchó algo?

Tengo una hipótesis: si el capitán decidiera tomar un examen antes de que los pasajeros descendamos del avión, la cantidad de reprobados sería exactamente igual a la de asientos ocupados. Incluso, cuando la representación de las normas de seguridad se hacen “en vivo”, son pocos los que, por pudor o pena, observan a las azafatas mientras hacen esa especie de nado de pecho entrecortado para indicar dónde están las salidas de emergencia.

¿Por qué los seres humanos somos capaces de semejante estupidez? ¿Qué produce que no prestemos una mínima atención a una explicación que, llegado el caso de una tragedia, podría salvarnos la vida? La única respuesta que conseguí hasta ahora para estas preguntas, son las últimas cuatro palabras de la segunda: “¿Podría salvarnos la vida?”.

O sea… una de las alas prende fuego en medio de la travesía… ¿De verdad vamos a estar bien si nos sacamos los zapatos de taco alto y nos tiramos por el tobogán de goma que se infla en el mismo lugar donde solía estar la puerta? Si el motor estalla en mil pedazos… ¿Es suficiente con dejar los objetos personales a bordo y ponerle la mascarilla al niño que tenemos al lado antes de hacerlo con nosotros mismos? Si se desprende el techo de la aeronave y la presión del aire comienza a absorber todo lo que hay dentro… ¿Volveremos sanos y salvos a casa por haber sido concientes de que destruir los detectores de humo del baño es un delito federal? Si el avión comienza a perder altura sobre una montaña… ¿Nos vamos a salvar porque sabemos soplar por la boquilla del salvavidas? ¡Es una montaña! ¿A quién se le ocurrió poner salvavidas en aviones que no vuelan por encima del mar?

Tengo, entonces, también una conclusión: ya que vamos a morir, sigamos leyendo, charlando con nuestro vecino de asiento, resolviendo sudokus o mirando sin pensar la sosa revista de la aerolínea… cualquier cosa, menos perder el poco tiempo potencial que nos queda en escuchar indicaciones de seguridad que, de todas formas, es muy probable que sean inútiles.

Cuatro horas en manos de Jeff, piloto psicópata

Todos aquellos que no prestaron jamás atención a las indicaciones de seguridad, de todas formas, deberían saber que a veces son necesarias. En especial cuando el piloto del vuelo en el que estamos montados muestra grandes dotes psicopáticas. Lo que sigue es una crónica pormenorizada de lo vivido por los pasajeros del vuelo AA900, que une Ezeiza con Miami, la noche del 14 de octubre de 2014.

8.10 PM. Súper puntual, el avión comienza a carretear en el momento exacto que indicaba el horario impreso en los boarding pass. Detrás quedaba la hora y media de cola frente a los counters, algo “que sucede todos los días desde que nos juntaron los cuatro vuelos a la misma hora”, según las declaraciones de una niña que trabaja allí y con cuyo nombre no nos vamos a meter. Mientras la aeronave se dirige hacia la pista, en las pantallas pasan el típico video con las normas de seguridad.

8.25 PM. El capitán Jeff avisa que uno de los generadores no funciona y que tiene que volver a la puerta de embarque. “Demoraremos entre 10 y 15 minutos”, tranquiliza al pasaje. “Es una falla menor”, enfatiza.

9.40 PM. El capitán Jeff asegura que en 10 ó 15 minutos terminan. Los pasajeros nos miramos los unos a los otros, admirados por su coherencia discursiva.

10.00 PM. El avión comienza a carretear. Mientras la aeronave se dirige hacia la pista, en las pantallas pasan el típico video con las normas de seguridad.

10.20 PM. El capitán Jeff dice: “Es obvio que hoy es uno de esos días…”. Sólo con esas palabras, medio pasaje queda paranoico esperando lo peor. Segundos después, el piloto aclara: los datos de la computadora de a bordo no coinciden con los del equipo central, ubicado en Tulsa, Oklahoma. “Debemos volver al gate para resetear”, lamenta.

10.40 PM. Ya estacionados en la puerta, el capitán Jeff prefiere dar de baja a los eufemismos y se muestra mucho más sincero que en la primera parada forzada: “La verdad, no sé cuánto vamos a tardar en arreglar esto”.

10.50 PM. Las azafatas reparten snacks y bebidas. Los más inocentes comen y beben con avidez. Los cínicos suponen que se trata de la primera señal de que el avión jamás saldrá del aeropuerto.

11.05 PM. Me acerco al fondo de la nave para conversar con una azafata. Le explico que seguramente perderé mi conexión a Orlando como consecuencia de la demora y le consulto sobre la mejor forma para salvar el inconveniente. Me mira con rostro sicótico y me responde: “¿Conexión? ¡Hay que ver si salimos! ¡Esperá que salgamos y después hablamos de conexión! (tampoco publico su nombre, pero no para salvaguardarla, sino porque temo que lea esto y se acerque hasta mi casa a hervirme el conejo). Decido volver a mi asiento y bambolearme abrazando mis rodillas, buscando la posición fetal.

11.40 PM. Medio pasaje sospecha que el avión funciona con Windows, si se considera lo dificultoso del reseteo.

11.55 PM. El capitán Jeff avisa que el intento de reiniciar el sistema de manera automática desde Tulsa falló. Pero que no nos preocupemos: él es perfectamente capaz de hacerlo de manera manual desde arriba mismo de la nave. Eso sí: “No sé cuánto tiempo me tomará”, dice. Alguno se persigna.

11.58 AM. La gente de económica circula libremente por los pasillos de primera y de business, sin que ninguna azafata intente impedirlo. Muchos leen esto como una de las señales del Apocalipsis.

12.15 AM. El 15 de octubre nos encuentra aún en Ezeiza. Unos diez pasajeros de business se amotinan en el pasillo izquierdo. Los encabeza un señor con cara de vivir pidiendo el libro de quejas. “Queremos hablar con alguien”, gritan. Luego de un exhaustivo proceso de selección, basado en la técnica de detín marín dedón pingüé, designan a una chica como la representante de American Airlines frente a los revoltosos. Me acerco maliciosamente, pero, al igual que con Facebook, no llego a entender los términos y condiciones del acuerdo.

12.30 AM. El avión carretea hacia la pista. Mientras la aeronave se dirige hacia la pista, en las pantallas pasan el video con las normas de seguridad. Por primera vez, a diferencia de lo mencionado en el capítulo pasado, todos lo miran con atención.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
220 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9789874772404
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Bookwire
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