Читать книгу: «Demasiado sexy»

Шрифт:



Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Victoria Dahl

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Demasiado sexy, n.º 228 - enero 2021

Título original: So Tough to Tame

Publicada originalmente por HQN™ Books

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQN y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-669-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Este libro es para Jif, que intenta con todas sus fuerzas mantenerme casi cuerda.

Capítulo 1

La lluvia resbalaba por el parabrisas de su camioneta F-150 mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde. La plaza de Jackson Town estaba desierta, pero parecía que la luz estaba esperando a que los turistas pudieran cruzar la calle, aunque, en realidad, no hubiera ninguno. Walker Pearce puso el limpiaparabrisas y deseó que las escobillas pudieran borrar la sensación que ella le había dejado en la piel al acariciarlo con los dedos. La cabina de la camioneta todavía olía a su perfume. Sin preocuparse de la lluvia, bajó la ventanilla y, cuando se abrió el semáforo, metió la marcha y aceleró.

No la odiaba. Lo que ocurría era que, cuando ella lo había llamado, él había pensado que quería que hablaran. Pero, por supuesto, no era eso lo que Nicole quería de él. Nunca era eso.

Sabía que él tampoco tenía demasiados escrúpulos. La había besado. De hecho, se habrían acostado alguna noche si no se hubieran sobresaltado porque habían estado a punto de sorprenderlos. Así que no, no podía decirse a sí mismo que estaba por encima de aquellas cosas. Sin embargo, tontear con la mujer del dueño del rancho no le había parecido tan mal cuando sucedía por casualidad. Un momento inesperado en la sala de arreos. Un encuentro accidental después de una fiesta de verano. Él no lo había propiciado, ni ella tampoco. O, por lo menos, él trataba de convencerse de que las cosas habían sido así.

Sin embargo, ya no trabajaba en el Rancho Fletcher, así que Nicole no podía dejarlo todo al azar. Lo había llamado y le había pedido que quedara con ella en Old Warm Springs. Le había dicho que era por un asunto importante, que necesitaba verlo. A él le había gustado eso, lo de sentirse importante para una mujer como ella. Pero lo había malinterpretado todo.

Se pasó una mano por la boca, pensando que iba a tener que afeitarse si no conseguía librarse del olor de su piel.

Tampoco habían mantenido relaciones sexuales en aquella ocasión, a pesar de que ella se le había subido al regazo y se había apretado contra él. No sabía por qué estaba tan empeñado en proteger el matrimonio de Nicole, porque no parecía que a ella le importara mucho. Antes de que lo despidieran, Walker le había dicho que no podían hacer nada porque él trabajaba para su marido, porque estarían haciéndolo bajo el techo de su marido, porque a él lo despedirían si los sorprendiesen. Pero aquellas cosas ya no tenían importancia, así que… ¿por qué le tentaba incluso menos que antes?

Tal vez ella se hubiera equivocado al elegir el lugar para su encuentro. El manantial le recordaba a su época de instituto, al hecho de nadar con chicas que le volvían loco de lujuria, una época en la que el sexo le parecía algo inalcanzable, peligroso y romántico.

Pero el sexo ya no era inalcanzable, y el peligro de estar con Nicole no tenía nada de romántico. Ella le ponía triste. Además, le preocupaba que todo el mundo del rancho sospechara algo. Le habían despedido porque había vuelto a cometer un error en un asunto de papeleo, pero eso no era lo que más se comentaba alrededor de la hoguera del campamento. Había sido una excusa. Walker lo sabía, y su capataz, también. No sabía si eso significaba que el marido de Nicole sabía algo, o si el rumor se había extendido tanto que la dirección del rancho ya no podía pasarlo por alto.

Fuera cual fuera el motivo, le parecía mal volver a verla, pero su negativa había enfadado mucho a Nicole. Tal vez no volviera a llamarlo. Y eso solo le producía alivio.

Aparcó delante de su apartamento y bajó de la camioneta. No fue hacia su portal, sino hacia el bar estilo salón del Oeste que había en la puerta de al lado.

En realidad, echaba de menos el rancho. Echaba de menos a su perro. Necesitaba tomar algo, y rápido.

–¡Eh, hola!

Jenny Stone, la camarera, lo saludó desde el otro lado de la barra en cuanto él entró por la puerta.

–¡Eres precisamente el hombre a quien andaba buscando!

Walker sonrió sin poder evitarlo. Jenny era una rubia muy guapa.

–¿Ah, sí? ¿Es que hay algo que no te esté dando Nate, cariño? Yo estaría encantado de ayudar.

Jenny puso los ojos en blanco.

–Ya te gustaría.

–Es cierto. Pero intento mantenerme alejado de las mujeres cuyos novios tienen un arma. Dejan marca.

Se quitó el sombrero y se sentó en un taburete.

–¿Lo de siempre?

Él asintió, y ella se puso a tirar una cerveza. Después, miró con nerviosismo hacia al fondo del local. Walker se giró y miró, pero, como eran las tres de la tarde de un martes lluvioso, el bar estaba casi vacío.

Jenny le deslizó la cerveza por la barra y se inclinó hacia delante.

–¿Te acuerdas de Charlie Allington?

Al principio, él no supo de quién le estaba hablando Jenny. Había trabajado con muchos vaqueros, y algunos de ellos habían llegado y se habían ido tan rápidamente, que ni siquiera había tenido la ocasión de aprenderse sus nombres.

–Charlie –repitió, tratando de recordarlo. Sin embargo, la persona que le vino a la mente fue una gran sorpresa–. ¡Ah, Charlie! Claro.

Charlie Allington, conocida como Charlotte solo cuando uno trataba de irritarla, y él habían ido juntos al instituto. De hecho, ella había sido su tutora durante todo el tercer curso.

–Hace mucho tiempo que no la veía –dijo.

–Charlie es la prima de Nate. Prima segunda, o tercera, o algo así.

–¿Y le va bien? –preguntó él. Lo último que había sabido de Charlie era que se había ido a vivir a Las Vegas porque había encontrado un buen trabajo.

–Sí, muy bien. Ha vuelto al pueblo y está trabajando en uno de los hoteles de los Tetons, de responsable de seguridad, y ha llamado a Nate para preguntarle si conocía algún sitio donde pudiera alojarse.

–Ah, ¿y estás sugiriendo mi casa? –le preguntó él, guiñando el ojo automáticamente.

Sin embargo, se sintió culpable en cuanto lo dijo. La última vez que había visto a Charlie, ella era una adolescente muy maja cuyo principal interés era el equipo de atletismo.

–Bueno, ya sé que tu puerta siempre está abierta, pero necesito otra cosa.

–¿El qué?

Ella sonrió y ladeó la cabeza.

–Un favor.

Él la miró, y vio que ella lo abanicaba con las pestañas de un modo muy sospechoso.

–Rayleen lleva una temporada quejándose de que ha habido una invasión de mujeres en la Granja de Sementales.

–Bueno, yo no diría que Merry es una invasión de mujeres.

–Sí, bueno, pero Rayleen está enfadada porque Grace se marchase y consiguiera convencerla para que dejara quedarse a Merry. Quería que, para este invierno, los apartamentos siguieran como antes, llenos de tipos guapos y fuertes. Como de costumbre.

Él volvió a sonreír. La anciana Rayleen era la propietaria del edificio de apartamentos que había junto al salón. Solo alquilaba los apartamentos a hombres jóvenes y, por ese motivo, en el pueblo habían empezado a llamar al edificio «la Granja de Sementales».

El año anterior, Rayleen había roto la tradición de mala gana, porque había dejado que su sobrina nieta se quedara allí. Y, después, la mejor amiga de su sobrina nieta.

–¿Qué tiene eso que ver con Charlie? –preguntó Walker.

–Eh… Bueno, querría que tú convencieras a Rayleen de que le alquile un piso a tu vieja amiga Charlie. Ya sabes, otro vaquero que busca un refugio para este invierno…

–Otro… Ah, no. De eso, nada. Yo le caigo bien a Rayleen.

–¡Rayleen te adora! Por eso dejará que Charlie alquile uno de los apartamentos sin ni siquiera verla. Y, cuando ya se haya instalado, Rayleen no será tan mala como para echarla. Por no mencionar que sería ilegal echar a una inquilina solo por ser mujer.

–¿Y también sería ilegal echar a un inquilino por mentir sobre un nuevo arrendatario?

–Te lo perdonará. Eres demasiado grande, guapo y sexy como para que te tenga rencor durante demasiado tiempo –dijo Jenny, y volvió a abanicarlo con las pestañas.

–Me gusta mucho más que me llames sexy cuando no tienes un motivo oculto.

–Pero si es la única vez que te he llamado sexy, so bobo.

Él sonrió.

–¿Seguro, Jenny?

Jenny puso los ojos en blanco.

–Guárdate tu encanto para Rayleen, vaquero.

–Eh, tengo una idea. ¿Por qué no la engañas tú para que le alquile un piso a Charlie, y yo me mantengo al margen?

–Ni hablar. Rayleen es mi jefa, y podría despedirme. A ti no –dijo Jenny, y miró su vaso de cerveza vacío–. La casa invita si me haces el favor.

–¿A una miserable cerveza? No llevo tanto tiempo sin trabajo. No estoy tan desesperado.

–Una cerveza y el agradecimiento del ayudante del sheriff Nate Hendricks. Tener a un poli de tu parte podría serte muy útil. ¡Y piensa en tu vieja amiga Charlie!

Sí. Charlie, su compañera mona del instituto. Necesitaba un sitio en el que vivir, y la Granja de Sementales era una de las pocas opciones baratas y bonitas de un pueblo tan turístico como aquel.

–Mierda –murmuró.

Walker cabeceó y se pasó una mano por el pelo. Lo tenía demasiado largo y había empezado a rizársele por encima del cuello de la camisa. Llevaba varias semanas con la idea de afeitarse la barba y cortarse el pelo, pero había empezado a hacer frío, y se le habían quitado las ganas. Aunque, si lo hubiera hecho, Nicole habría tenido menos oportunidades de agarrarse a él…

Se terminó lo poco que quedaba de cerveza.

–No le voy a decir mentiras a una anciana. Pero haré todo lo que pueda, ¿de acuerdo?

–De acuerdo. Gracias. Eres el mejor, Walker.

–Sí, eso dicen.

–También eres incorregible. De lo cual, me alegro, porque Rayleen viene por ahí.

Él hizo un mohín y empujó el vaso hacia Jenny.

–¿Otra cerveza gratis?

–Creía que no estabas tan desesperado.

–No lo estoy. Lo que estoy es asustado.

–De acuerdo –respondió ella, riéndose–. Te invito a otra cuando lo hayas conseguido.

Walker respiró profundamente y se giró, sonriendo, hacia la anciana de pelo blanco, que tenía un aspecto inofensivo.

–Vaya, mi casera favorita. Hola, doña Rayleen.

–Date la vuelta otra vez, Walker –le espetó ella–. No había terminado de mirarte el culo.

–Yo creía que lo tendrías muy visto, a estas alturas. Lo miras demasiado a menudo.

–No hay demasiado que valga cuando se trata de un buen trasero, tonto.

–Vaya, gracias, señora.

Walker empezó a sonreír con más ganas. En realidad, quería mucho a aquella mujer tan peliaguda.

–Le estaba preguntando a Jenny dónde te habías metido.

Rayleen enarcó una de sus cejas plateadas y se sentó en su sitio de siempre, en una mesa que estaba en uno de los rincones del local.

–¿Es que has decidido aumentar la edad de tus conquistas? ¿Ya no te vale que tengan diez años más que tú?

Walker notó que le ardían las mejillas. ¿Se refería a Nicole? ¿Acaso lo sabía todo el mundo? Sin embargo, se quitó aquella idea de la cabeza. Rayleen solo estaba bromeando y, además, si él no quería tener que reconocer sus actos, lo primero que tenía que hacer era comportarse debidamente.

–No. Quería preguntarte por el apartamento que está enfrente del mío. ¿Sigue vacío?

Ella entrecerró los ojos.

–Puede ser. ¿Por qué?

–Charlie, una vieja amistad mía, está buscando piso.

–Ah. ¿Y cuántos años tiene?

–Bueno, es más o menos de mi edad.

Entonces, a ella le brillaron los ojos con más interés.

–¿Ah, sí? ¿Y trabaja en un rancho?

–No, no, es responsable de seguridad de un hotel, creo.

Ella se puso un cigarro en los labios y lo dejó allí, colgando. Él nunca la había visto fumar de verdad, pero parecía que a Rayleen le gustaba tener el tabaco a mano.

–¿Y qué estatura tiene? –le preguntó ella, mirándolo de arriba abajo. El cigarrillo se le movió entre los labios.

Walker se movió con incomodidad y carraspeó.

–Ah, demonios, Rayleen. No lo sé. Menos estatura que yo.

–Umm.

Todo el mundo sabía que a Rayleen le gustaba tener a chicos guapos alrededor. A Walker no le importaba. Él estaba muy contento por poder vivir en un apartamento bonito con un precio decente. Y, en aquella ocasión, podía sacar provecho de la admiración que tenía Rayleen por su trasero.

–A veces he oído que la gente decía que es una monería.

–¿Ah, sí? –dijo ella, y se puso a barajar unas cartas para empezar el primer solitario del día–. Bueno, iba a alquilarle ese apartamento a un profesor de snowboard, pero se ha roto la pierna, así que no va a poder venir esta temporada. Una pena. Era casi tan grande como tú. Aunque no sé, no estoy segura de eso de que sea una monería.

–Bueno –dijo Nate–, yo conozco a Charlie desde hace mucho tiempo. Fuimos juntos al instituto.

–¿Charlie qué?

Walker carraspeó de nuevo.

–Charlie Allington. ¿Conoces a los Allington?

Ella se encogió de hombros. Charlie se había ido del pueblo a estudiar en la universidad, así que tal vez nunca había estado en aquel bar después de tener edad suficiente para poder beber.

–Charlie es familia de Nate –le explicó a Rayleen.

Ella murmuró como si no le importara, pero él sabía que Nate le caía muy bien. Tal vez eso pudiera ser una ventaja. Rayleen sacó una carta y la puso boca arriba sobre la mesa. Jenny se acercó y, lentamente, pasó la bayeta por la barra.

–Está bien –dijo Rayleen, por fin–. Ya me estoy cansando un poco de la gente que viene a trabajar solo para la temporada de invierno. El último me destrozó la tarima de madera. ¿Qué demonios haría? ¿Jugar al hockey?

Él cabeceó comprensivamente. Todos habían oído quejarse a Rayleen porque había tenido que acuchillar el parqué y volver a barnizarlo, pero él se había enterado de que el verdadero motivo de su enfado era que el chico le había dicho que era una vieja bruja por quedarse con la fianza del alquiler. Walker cabeceó al acordarse. ¿Qué clase de tipo podía decirle algo así a una mujer?

Ella sacó otra carta.

–¿Cuánto tiempo quiere alquilar el piso? –preguntó.

Walker miró a Jenny.

–¿Durante este invierno?

Jenny asintió.

–Ah. Entonces, ¿querría un contrato de seis meses? –preguntó Rayleen.

–No estoy seguro. Posiblemente.

–De acuerdo. Dile que venga. No se admiten mascotas ni camas de agua. Un mes de fianza por adelantado. Si me gusta, le ofreceré el contrato de seis meses. Si no, será mes a mes, y puede marcharse antes de que empiece la temporada de esquí.

–Gracias, doña Rayleen.

Ella se encogió de hombros.

–No le estoy haciendo ningún favor a nadie. Solo quiero ocupar el apartamento antes de que empiece la temporada turística.

–Ah, eres más tierna de lo que aparentas.

Ella soltó un resoplido.

–No creas, vaquero…

Mierda.

–Bueno, hay una cosa que…

Ella lo miró al instante.

–¿Qué?

Walker miró a Jenny, que hizo un gesto negativo con la cabeza. Sin embargo, Rayleen se iba a enterar más tarde o más temprano y, a él, su madre no lo había educado para que dijera mentiras a las ancianas.

–Bueno, que, en realidad, Charlie es un diminutivo de Charlotte.

–¿Charlotte? –repitió ella, y soltó una risotada–. ¿Pero a quién se le ocurre ponerle Charlotte a un hijo…? –preguntó. Y, al instante, se le borró la sonrisa de la cara–. No –dijo, con firmeza y enojo–. No, señor. No me importa que tengas muchísimas ganas de meterte en sus pantalones vaqueros, no voy a permitir que te traigas aquí a una de tus novias.

–¡No es una de mis novias! ¡No la veo desde el instituto! –exclamó él, y, mirando su vaso de cerveza, murmuró–: Además, yo no tengo novias.

Rayleen soltó un resoplido.

–He dicho que no, y se acabó.

–Vamos, Rayleen. Charlie es una chica estupenda, y te va a cuidar muy bien el apartamento, no como un snowboarder de veintitantos años que estará buscando un piso para tomar copas con sus amigos y dar fiestones.

–Tiene razón –dijo Jenny–. Los dos últimos chicos a quienes se lo alquilaste eran una pesadilla. Y tú todo el rato estás diciendo que los hombres son muy desagradables.

–Hmpfff.

Rayleen volvió a tomar la baraja y siguió sacando cartas.

–Son desagradables. E idiotas. Por eso no tengo a ninguno en mi propia casa. Pero, de lejos, están bien.

Walker intentó no pensar en que los demás arrendatarios y él eran como animales de un zoo para Rayleen. La miró a los ojos, y le dijo:

–Solo serán unos meses, Rayleen. Por favor. De verdad, yo me encargo de que no juegue al hockey en el piso. De hecho, si se le ocurre algo así, yo mismo la echo del piso a patadas.

Rayleen frunció el ceño.

–Malditas mujeres. Van a empezar a reproducirse como conejos en el edificio. Cada vez que me doy cuenta, hay otra.

–Por favor, Rayleen. Hazlo por mí –le pidió él, tomándole ambas manos alrededor de la baraja.

Ella apartó las manos.

–Está bien, pero déjate de tonterías. Puede venir, pero que no pinte las paredes de rosa, ni ponga visillos. Esto no es un gallinero.

Walker le dio un beso en la mejilla antes de que ella pudiera reaccionar.

–Te debo una, Rayleen.

Ella se ruborizó mientras lo apartaba de un empujón.

–Vamos, déjame. Vete a la barra a ser guapo antes de que cambie de opinión –gruñó.

Walker se acercó a la barra y sonrió a Jenny.

–¿Esa cerveza? –le preguntó, empujando el vaso hacia ella.

–¡No puedo creer que lo hayas conseguido!

–Bah, Rayleen es una buenaza.

Jenny se echó a reír con tantas ganas, que tuvo que agarrarse a la barra.

–Sí, sí. Tú sigue diciéndote eso.

Sin embargo, Walker sabía que estaba en lo cierto. Rayleen era inofensiva, y Charlie le iba a caer muy bien. Estaba completamente seguro.

–¡Ah, Charlotte, aquí estás!

Charlie apretó los dientes al oír la voz de Dawn Taggert, pero sonrió y se dio la vuelta para saludarla. Sabía que lo más probable era que su jefa estuviera en aquella fiesta. Después de todo, la futura madre que había organizado la reunión para recibir los regalos que sus amigas iban a hacerle al bebé era otra chica como Dawn y como ella, que recibía invitaciones para todos los clubes de actividades extraescolares, pero a ninguna fiesta.

En aquella época, todas eran buenas chicas y, hasta aquel momento, ella era la única que había caído en desgracia, y Dawn se lo recordaba a la menor oportunidad.

Al verla, se dio cuenta de que Dawn se acercaba en compañía de la anfitriona, abriéndose paso entre la gente. Charlie esbozó una sonrisa forzada.

–¡Sandra! ¡Enhorabuena! Muchísimas gracias por haberme invitado. Hacía muchísimo que no nos veíamos.

–Sí, es cierto –dijo Sandra, mientras le daba un abrazo a Charlie.

–Estás guapísima –le dijo ella, y era cierto. Llevaba una melena corta parecida a la de Dawn, aunque Dawn tenía el pelo más rubio.

–Tú también estás estupenda.

–Gracias.

Charlie se pasó la mano por el jersey que se había puesto encima del vestido, con algo de azoramiento. No se sentía estupenda. Le parecía que no tenía gracia ni estilo, que estaba demasiado delgada y que su ropa era demasiado recatada, además de llevar unas bailarinas totalmente planas. Llevaba sin vestir así desde que había ido a las entrevistas para entrar en la universidad, y había estado intentado cambiar su imagen. Pero Dawn se había empeñado en que la responsable de seguridad de su hotel no podía llevar tacones y ser efectiva. Charlie tuvo ganas de decirle que se sentía mucho más efectiva e imponente con tacones y una falda ajustada, pero, por desgracia, no estaba en situación de discutir.

–Tienes una casa preciosa –le dijo Charlie a Sandra.

–Gracias. Peter la compró para darme una sorpresa cuando me hicieron socia.

Socia. Claro. Las dos carraspearon y se movieron con incomodidad, pero Dawn intervino rápidamente:

–Hablando de trabajo, Charlie, ¿te importaría ir temprano mañana? Vas a tener que hacer unas cuantas horas extra estas próximas semanas, antes de la apertura del hotel.

Charlie apretó los dientes al ver cómo apartaba Sandra la mirada. Sandra estaba incómoda, sí, pero también estaba intentando contener la sonrisa.

–He estado yendo temprano todos los días de esta semana. No será un problema.

–Sí, ya lo sé, aunque me sorprende, sabiendo cómo son tus horarios –dijo Dawn, y se volvió hacia Sandra–. Creía que habría sentado la cabeza después del lío que hubo en Tahoe, pero…

Las dos mujeres la miraron con lástima, pero, en realidad, esa lástima se parecía sospechosamente a la avidez. Después de todo, los escándalos eran algo delicioso, por lo menos, cuando era un escándalo sobre otras personas. A ella también le gustaban los escándalos y el cotilleo hasta hacía unos meses.

No quería ponerse a la defensiva, pero estaba sufriendo otro ataque, y eso la irritaba. Aunque, por lo menos, Dawn estaba disimulando su desagrado con amabilidad, en aquella ocasión.

–Todas las noches me las he pasado trabajando desde que me vine a vivir aquí –dijo, lentamente, con cautela.

–Sí, claro –respondió Dawn, con una sonrisa maliciosa–. Por eso el responsable de las instalaciones se quedó anoche en tu casa hasta las diez.

A Charlie se le borró la sonrisa. Últimamente estaba preocupada por si sus preocupaciones no eran más que paranoia, pero aquello era la confirmación de lo contrario: Dawn la había estado espiando.

–Estábamos trabajando –dijo ella, al final.

–Ya, ya –respondió Dawn.

Sandra le dio unas palmaditas en el brazo.

–Bueno, Charlie, nos alegramos de que hayas vuelto al buen camino.

El buen camino. Claro. Por ese motivo había regresado a Jackson, ¿no?

Había pasado unos cuantos meses perdida, encerrada en un apartamento que ya no podía permitirse y aterrorizada por lo que pudiera depararle el futuro. Sin embargo, ya había recuperado el control. Estaba trabajando mucho y llevando una vida discreta. Con la cabeza agachada. Mordiéndose la lengua. Con fuerza.

–Estoy haciendo todo lo que puedo con ella –dijo Dawn, como si fuera un proyecto suyo.

Teniendo en cuenta el espionaje al que la había sometido, no era una idea muy equivocada. Sin embargo, ella ya no podía ser el proyecto de Dawn. Estaba furiosa. Quería soltarle un par de verdades, pero no podía.

Estaba atrapada. Cada vez le costaba más contenerse, pero no podía perder aquel trabajo.

Su teléfono vibró justo en aquel momento y le proporcionó una buena excusa para escapar.

–Disculpadme, pero tengo que contestar. Puede ser algo de trabajo.

Antes de que se hubiera alejado, oyó que Dawn decía:

–No sé qué le ocurrió. Era tan prometedora…

Charlie cerró los ojos, respiró profundamente y contestó a la llamada. Era su caballero andante, su primo Nate, que la llamaba para darle exactamente la noticia que ella quería escuchar.

–Oh, Dios mío –susurró–. ¿De verdad lo has conseguido? Estoy allí dentro de veinte minutos. ¡No te muevas!

En aquella ocasión, cuando volvió a la fiesta, no le costaba sonreír. En absoluto.

–¡Sandra! –exclamó, y se acercó a ella para que se dieran otro falso abrazo–. Tengo que irme, pero enhorabuena otra vez. Vas a ser una madre estupenda.

Ciertamente, Sandra parecía estupenda en todo. Al contrario que ella, había estado a la altura de su prometedora adolescencia.

Antes de que Dawn pudiera preguntarle dónde iba, consiguió escapar y llegar a su coche. Era libre, al menos, durante unas horas.

Cuando había vuelto a Jackson, pensaba que le vendría bien recuperar el contacto con algunos amigos. Después de todo, estaba intentando de verdad volver al buen camino. Al principio, estaba tan hundida, que había pensado que el inicio de aquel buen camino estaba en el instituto, en la chica que era entonces. Una chica trabajadora y estudiosa, tan preocupada de ser como su madre, que ni siquiera salía con chicos.

Era evidente que en algún momento se había descarriado, así que, ¿por qué no iba a empezar en el momento en el que todo iba bien?

Sin embargo, había empezado a darse cuenta de que no todo había sido tan bueno. De hecho, se había pasado todos los años de instituto temiendo ser ella misma.

Musitando algunas palabrotas, se quitó el jersey mientras sujetaba el volante con las piernas, y lo arrojó al asiento trasero.

–A la mierda el jersey –dijo, triunfalmente, mientras llegaba al hotel.

Cinco minutos después estaba de nuevo en el coche, con el tipo de ropa que llevaba en Nevada: pantalones vaqueros ajustados, botas de tacón y una preciosa camiseta de rayas.

Aquel día iba a recuperar su buena forma, demonios, y la ropa era un pequeño paso hacia delante.

Puso la radio y condujo hacia el pueblo con las ventanillas bajadas. Hacía frío, pero no le importó. Cuando llegó a la dirección que le había dado Nate, se dio cuenta de que era la puerta de al lado del Crooked R Saloon. Su primo estaba delante del bar, en la acera, y la saludó con la mano.

Gracias a Dios que tenía a Nate. Ella tenía a un hermano en el pueblo, pero su hermano nunca le ofrecía ayuda a no ser que él también saliera beneficiado. Nate, por el contrario…

Charlie salió del coche de un bote y le dio un abrazo.

–¡Gracias, gracias!

–Eh, eh, calma. No es para tanto. Siento que no te saliera bien lo del alojamiento en el hotel.

–Bueno, es que… –dijo ella. Lo soltó y se cruzó de brazos para disimular su nerviosismo. No quería mentirle, pero tampoco sabía cómo explicárselo–. La construcción del hotel lleva retraso y, lógicamente, están terminando primero las habitaciones que van a ser para los clientes de pago. Espero que mi apartamento esté acabado dentro de pocos meses.

–Creo que Rayleen quiere alquilar el piso todo el invierno. Seis meses, según me ha dicho Jenny.

–Claro, lo entiendo. Por supuesto. No tengo ningún problema con eso. Te agradezco muchísimo que me hayas encontrado un apartamento.

–Bueno, en realidad, el que lo ha conseguido ha sido Walker.

Charlie se quedó asombrada.

–¿Walker Pearce?

–Sí, ¿te acuerdas de él?

–¡Claro que me acuerdo! ¿Sigue viviendo aquí?

–En la Granja de Sementales, precisamente.

Vaya, pues eso tenía sentido. Walker era todo un ligón cuando estaban en el instituto. A ella le gustaba muchísimo, aunque siempre había procurado que no se le notara. En realidad, la mitad de las chicas del instituto estaban locas por él. Cuando ella le daba clases de apoyo en la biblioteca, durante la hora de comer, las chicas se paseaban por allí, y había un desfile de rubias, morenas y pelirrojas, las chicas más guapas del instituto. Las animadoras y las reinas del rodeo. Y Walker se cercioraba de que sonreía a todas y cada una de ellas.

Charlie siguió a Nate. Entraron en el edificio de apartamentos y subieron al segundo piso. El rellano de doble altura estaba muy limpio y era luminoso, porque la luz entraba a raudales por las ventanas de la vieja granja que flanqueaban la puerta principal.

–Toma la llave. Tienes que ir al bar a recoger el contrato de alquiler.

–Muy bien.

–Una cosa, Charlie. Si está Rayleen Kisler, es mejor que le des la razón en todo. ¿Conoces a Rayleen?

–He oído hablar de ella.

–Walker la convenció para que te alquilara uno de los pisos, pero ella preferiría tener a un inquilino más… –Nate se detuvo delante de la puerta del apartamento C y cabeceó–. Más grande y peludo.

Charlie sonrió.

–Entonces, ¿no ha dejado sus aficiones?

–No. Le sigue gustando mirar. Pero ha hecho una excepción contigo. Aunque hay otra mujer viviendo en el apartamento que hay justo debajo del tuyo. Se llama Merry Kade. Así que ha sido un milagro que Walker consiguiera meterte aquí.

–Tendré que encontrar la manera de agradecérselo.

–No te será difícil. Vive justo ahí –dijo Nate, y señaló con la cabeza el apartamento del otro lado del rellano.

Ella miró con sorpresa hacia la otra puerta mientras abría la suya. ¿Walker vivía allí mismo? Eso podía ser interesante. O irritante, si, después de tantos años, continuaba el desfile de mujeres guapas. A lo mejor podía sentarse en un escalón con un libro y saludarlas a todas, para recuperar algo de la diversión de su adolescencia.

Charlie entró al apartamento y vio las sencillas paredes blancas y el brillo del suelo de madera. No se parecía en nada a su estudio del hotel. No tenía electrodomésticos de alta gama ni detalles de madera. No tenía una chimenea con el frente de piedra. Era modesto, estaba vacío y tenía privacidad.

Exhaló un suspiro de alivio.

–Tengo unas cuantas cosas en un guardamuebles. Voy a ir a buscarlas en cuanto firme el contrato.

–Avísame –le dijo Nate–. Te ayudo a traer lo que necesites.

–No tienes por qué hacerlo.

–Vamos. Ya sé que eres una experta en seguridad, pero no eres tan fuerte.

Ella le dio un puñetazo en el hombro, pero él ni siquiera se inmutó. Sí, no era tan fuerte. Ni tan experta en seguridad. En realidad, su punto fuerte era la observación. La vigilancia. La información. O, por lo menos, antes sí lo era.

Empezó a costarle esfuerzo sonreír, y se dio la vuelta para que su primo no la viera. Fingió que observaba con atención el apartamento.

–Bueno, de acuerdo. Te llamaré cuando necesite ayuda.

–Perfecto. Tienes la llave. Que no se te olvide ir a ver a Jenny por lo del contrato.

–Ah, la nueva novia, ¿eh?

Su primo se ruborizó.

–En realidad, no es tan nueva. Llevamos juntos desde febrero.

Charlie sonrió.

–Vaya. Tu madre debe de estar como loca. Y yo estoy deseando conocer a esa mujer. –¿Quieres venir al bar conmigo ahora?

Ah, qué encantador era. Qué maravilla ser una de esas personas que creían en el amor.

–Dame unos minutos. Iré enseguida.

En cuanto se marchó Nate, Charlie dejó de sonreír y recorrió el apartamento. Aunque sus entradas estaban separadas por el descansillo, se dio cuenta de que el apartamento de Walker y el suyo compartían la pared del salón, del baño y de la habitación. Esperaba que los muros fueran gruesos. El Walker a quien ella había conocido no le parecía un chico que favoreciera el silencio en el dormitorio.

Se rio suavemente al pensar aquello. Después, fue revisándolo todo para hacerse una idea de lo que necesitaba para que aquella casa fuera cómoda. Sus pasos resonaban en el suelo y en el techo, recordándole lo vacías que estaban las habitaciones.

El estudio que había ocupado en el hotel estaba completamente amueblado, así que todas sus cosas, salvo la ropa y algunos objetos personales, estaban en un guardamuebles, pero tenía muchos muebles bonitos de su antigua casa de Tahoe. Podría llevar algunos de ellos a aquel apartamento sin ayuda. Podría alquilar una camioneta y llevar todas las cosas de la cocina aquella misma noche. Tendría su mesa y sus sillas. Sus lámparas. Tal vez, incluso, su cama. Demonios, prefería dormir en el suelo que volver al hotel. Eso le resultaba insoportable. La mera idea de pasar otra noche allí le ponía la carne de gallina.

Ya tenía bastante con trabajar en aquel lugar y no poder despedirse.

Apagó las luces y cerró la puerta con llave al salir. Quería terminar con aquella parte. Le dolía el estómago por haber tenido que mentirle a su primo, pero no había podido evitarlo. No podía reconocer que había sufrido otra derrota. Ya eran demasiadas para aquel año.

Tuvo que pestañear para poder contener las lágrimas de frustración. Lo peor había quedado atrás, de eso no había duda.

Después de vivir tantos años en Las Vegas y Tahoe, de forjarse una carrera profesional y hacerse una buena reputación, todo se había ido al traste, pero, a partir de aquel momento, las cosas iban a ser distintas. No iba a volver atrás. No iba a volver a ser quien era en Tahoe, ni tampoco en el instituto.

Salió de la Granja de Sementales y sonrió forzadamente. Si quería ser una mujer nueva, era el momento de empezar.

Capítulo 2

–La odio –gruñó Rayleen desde su mesa del rincón. Walker se dio cuenta de que le estaba hablando a él.

Miró a Jenny, que puso los ojos en blanco.

–Charlie ha venido a firmar el contrato de alquiler –le explicó.

Rayleen soltó un resoplido.

–Se ha presentado aquí con unos vaqueros ajustados y una sonrisa petulante. Tú me habías dicho que era una chica agradable, Walker.

–¿Y qué pasa? –le preguntó él, con verdadero desconcierto–. ¿Es que las chicas agradables no llevan vaqueros ajustados?

–No, claro que no. Y no entran aquí como si fueran las dueñas del bar.

–Rayleen –dijo Jenny, con un suspiro–. Charlie ha sido muy amable. Lo que pasa es que no te ha caído bien porque no ha mordido tu anzuelo.

–¿Qué anzuelo? –le espetó la anciana a Jenny.

–Oh, bueno, pues cuando le has dicho que preferías a una persona más acorde con el nombre de Charlie, y ella ha guiñado el ojo y te ha dicho que también preferiría a un vaquero antes que a sí misma.

–Impertinente.

–¿Como tú?

Walker se ladeó el sombrero.

–A mí me gustan las chicas animadas y alegres. De lo contrario, ¿por qué iba a venir tan a menudo a tu bar, Rayleen?

–¡Pues porque está en la puerta de al lado de tu casa y no tienes trabajo!

–Vamos, vamos. Tengo bastantes puestos entre los que elegir, y voy a ponerme a trabajar muy pronto.

Rayleen hizo un gesto de desdén con la mano.

–Tú eres el que me metió en esto. No te hablo más.

–¿Es que quieres que me dé la vuelta para poder mirarme el trasero, Rayleen?

–Es una buena idea. Así tendré buenas vistas y no tendré que hablarte. Vamos, date la vuelta.

–Bueno, pero solo porque me lo has pedido con mucha amabilidad.

Walker se dio la vuelta y arqueó las cejas mirando a Jenny, que se inclinó hacia delante.

–Charlie ha sido encantadora. Rayleen quería intimidarla, pero Charlie encajó sus pullas con una sonrisa y un guiño. Más o menos, como tú, pero sí la parte de vaquero curtido.

–¿Qué parte de vaquero curtido? –preguntó Walker.

–Eres horrible.

–Vamos, vamos. Eso no es lo que has oído decir.

Jenny se echó a reír.

–Verdaderamente, eres incorregible, Walker.

–Eso sí tengo que reconocerlo. ¿Ya se ha instalado Charlie? Todavía no la he visto.

–Nate le dio las llaves hace dos horas, y se ha llevado el contrato al apartamento para leerlo. Eso tampoco le ha gustado a Rayleen. Ella prefiere los vaqueros que firman sin mirar el papel.

–En el fondo, somos unos aventureros.

–O unos tontos románticos.

–Eso también.

Ella le guiñó un ojo.

–¿Quieres una cerveza?

–No, no. Tengo que ir a ver a la nueva inquilina, y me he enterado de que hay un puesto de trabajo para el invierno cerca de Yellowstone, así que después voy a pasar por allí para ver de qué se trata. Para el otoño no tengo problema, pero quiero encontrar un trabajo para mantenerme esta primavera.

–Encontrarás algo, Walker. A la gente le gusta tu cara.

–Ja. Eso sí –dijo él.

Afortunadamente, a la gente le caía bien. Era una de sus grandes ventajas. De lo contrario, solo sería un vaquero más, un buen vaquero, bueno con las manos y con los caballos, eso sí. Dispuesto a soportar el calor y el frío, la nieve y la lluvia, el sueldo bajo y el trabajo físico, durante cincuenta años.

–Bueno, nos vemos luego, Jenny. Que tengas un buen día, Rayleen.

Rayleen le hizo un gesto desdeñoso sin levantar la cabeza.

El enfado se le pasaría, y Charlie tenía un sitio donde quedarse. Él ya había hecho su buena acción, y tenía que resolver sus propios problemas.

Encontrar trabajo no era difícil. Había trabajado varias veces para un viejo ranchero y era muy posible que le hicieran un contrato fijo en primavera. Y tenía ahorros para pasar el invierno. Las cosas le irían bien.

Pero… si corrían rumores sobre él y la mujer de su jefe… Entonces sí iba a pasarlo mal. Todos los jefes estaban casados, y ninguno quería que su mujer se acostara con un empleado.

Sin embargo, había algo más que le estaba molestando. Tal vez…

Dejó de pensar al ver a la mujer que estaba intentando subir una mesa redonda bastante grande por los escalones de la Granja de Sementales.

–¿Charlie? –dijo él, y se apresuró a quitarle la mesa de las manos.

Ella alzó la vista y abrió mucho los ojos. Eran de color gris.

–¡Oh, Dios mío! Walker, ¿eres tú el que está detrás de esa barba?

–Sí, el mismo –respondió él, con una sonrisa que iba aumentando a medida que la veía bien. Seguía siendo una monada de chica. De hecho, había pasado de ser mona a ser muy guapa durante aquellos últimos diez años–. Me alegro mucho de verte, Charlie. ¿Quieres que te lleve esta mesa a algún sitio? –le preguntó.

Ella lo miró con algo de irritación.

–No puedo creer que hayas agarrado esto como si no pesara nada, cuando yo he tenido que traerla rodando por el césped desde el coche.

–Eso ya lo veo –dijo Walker, apartando algunos trozos de hierba de la mesa. La alzó por el aire y se la colocó sobre el hombro–. Venga, vamos. Yo la subo.

–Gracias.

–Después de ti –dijo él. Ella le abrió la puerta y empezó a subir las escaleras.

Walker la siguió y se dio cuenta de que Charlie seguía siendo atlética, delgada y fuerte. Pero no tan delgada como en el instituto. No, ahora tenía caderas, y un buen trasero. Y unas botas de cuero negro que se le ajustaban a las pantorrillas. Y el mayor cambio de todos era que llevaba unos pantalones vaqueros ajustados.

Sí, obviamente, Charlie seguía siendo tan guapa como antes. O, quizá, más aún.

Walker miró la puerta de su apartamento cuando pasaron por delante.

Verdaderamente, estaba muy cerca.

Mierda. Tal vez aquella buena acción suya tuviera consecuencias, después de todo.

–Dios mío –murmuró Charlie, entre dientes, al ver cómo se le flexionaban los bíceps a Walker Pearce cuando metía su mesa de pino por la puerta del apartamento.

Llevaba una camisa de color gris, bastante desgastada, con el logotipo de Stetson, unos pantalones vaqueros ajustados, unas botas muy viejas y un sombrero de vaquero de color negro, cuya ala proyectaba una sombra sobre sus ojos azules. Pero eso era mejor, porque no quería ver sus ojos sonrientes en aquel momento. Estaba demasiado ocupada mirando su cuerpo.

En el instituto no tenía los hombros tan anchos ni los brazos tan musculosos. Y no era tan alto. Dios, ahora debía de medir un metro noventa centímetros. Era como una versión peligrosa y prohibida del Walker del que ella había estado enamorada. Y el sentimiento volvió a la vida inmediatamente, junto a un cosquilleo en sus partes más sensibles.

Él dejó la mesa junto a la barra de desayunos de la cocina.

–¿Está bien aquí?

–Ah, sí. Perfecto.

Charlie le miró la mano izquierda para asegurarse de que no llevara anillo, aunque no se imaginaba casado a Walker. Sería un marido terrible. Era despreocupado y no tenía objetivos, y lanzaba invitaciones llenas de feromonas a todos los ovarios del pueblo.

Todavía estaba intentando asimilar toda su imagen cuando, de repente, su pecho llenó toda su visión. Él la había abrazado.

–Bueno, y ¿qué tal estás, Charlie?

La apretujó con tanta fuerza que a ella se le escapó todo el aire de los pulmones. Cuando volvió a soltarla, ella inhaló con fuerza y se llenó los pulmones con su olor. Un olor a cuero, a heno y a cielo despejado, y a algo especiado, delicioso, que le hizo la boca agua.

–Tienes muy buen aspecto –le dijo él, mirándola con atención–. Te ha venido bien la vida en la ciudad.

Ella quería decir algo ingenioso, algo sexy. Pero, por primera vez desde hacía diez años, volvió a ser aquella chica de instituto demasiado tímida e insegura como para coquetear con Walker Pearce.

–Gracias.

–¿Qué más puedo hacer por ti, cariño? ¿Tienes una cama?

–¿Eh? –preguntó ella, mientras notaba que le ardían las mejillas, como si su cuerpo no quisiera que él supiese lo que había estado pensando. ¡Qué cuerpo tan estúpido! ¿Una cama? «¡Sí, por favor, una cama!».

–Me imagino que no habrás podido traer un colchón tú sola hasta aquí.

–¡Ah, una cama! –exclamó ella, mientras se reía nerviosamente–. Gracias, Walker. Está abajo, en la furgoneta de alquiler. Voy a ayudarte.

–No, quédate aquí deshaciendo las cajas. Yo te subo la cama en un abrir y cerrar de ojos.

Aquella era su oportunidad. Podía decirle, en broma, que se quedara para probarla cuando la hubiese subido. Lógicamente, no iba a meterse en la cama con él a los pocos minutos de haberse reencontrado, pero así le indicaría que era una posibilidad. Plantaría la semilla. Pero, no. Al final, se quedó mirándole el trasero mientras él se alejaba. Era un buen trasero, fuerte y musculoso.

Ay, aquello era como en el instituto. Siempre mirándolo desde lejos, aunque él estuviera muy cerca.

–Mierda –murmuró, y le dio una patada a la caja que tenía más cerca. Al oír el tintineo de los platos, se dio cuenta de que era mejor calmarse. Aquello no era el instituto, y ella había vivido muchas cosas desde entonces. Walker Pearce ya no era demasiado hombre para ella. Y, demonios, si lo fuera, su sueño se habría convertido en realidad: un vaquero grande y fuerte con quien cabalgar hacia la puesta de sol. Pero solo hasta la puesta de sol. Era mejor empezar las mañanas desde cero, sobre todo, con un chico tan voluble como Walker.

Charlie tomó la caja que acababa de patear y se la llevó a la cocina. Al abrirla y ver el color amarillo de sus platos, se sintió como si se le hubiera quitado un peso de los hombros. Acababa de mudarse y ya se sentía como en casa, mucho más de lo que se había sentido en el apartamento del hotel.

Le había entusiasmado aquel precioso estudio que le habían destinado como alojamiento. No era el procedimiento normal, pero ella no se había preguntado por qué tenía tan buena suerte. Había pensado que era consecuencia de ser amiga de Dawn, la directora del hotel y mujer del propietario. Dawn le había explicado que querían tener a un responsable de la seguridad siempre presente en las instalaciones, y lo había dejado así.

Sin embargo, Charlie se había dado cuenta de que aquel precioso apartamento no era más que una jaula.

Mientras sacaba los platos amarillos, recordó que tenía que volver al hotel a las ocho de la mañana, y frunció el ceño. Bueno, solo era un trabajo.

Walker entró poco después por la puerta, con la estructura de la cama en un brazo y el cabecero sobre el hombro. Llevó el mueble al dormitorio.

Ella lo siguió para mirarlo mientras él colocaba el cabecero de madera contra la pared, y se agachó para ayudar cuando Walker empezó a encajar la estructura en el cabecero.

–No tienes por qué hacer esto, Walker.

–Llevabas demasiado tiempo viviendo en Nevada si crees que un buen chico de Wyoming va a dejar que una mujer tire sola de sus muebles.

Ella sonrió.

–Supongo que tienes razón. Tengo que acostumbrarme otra vez a Wyoming. Más caballerosidad, menos juego y prostitución legalizada.

–Hay diferencias sutiles, pero las percibes, si sabes mirar.

–Gracias por el consejo. Voy a guardar mis tacones y mis plataformas y a tratar de encajar.

Él le guiñó el ojo y siguió encajando la estructura y el cabecero.

–No tienes por qué ser tan drástica, cariño. Sé tú misma, y todo saldrá bien.

Ella soltó un resoplido al oír aquella expresión de afecto. No iba a tomárselo en serio, porque Walker flirteaba con todo el mundo. Ella siempre había sido lo suficientemente lista como para darse cuenta. Sin embargo, por fin estaba preparada para devolverle aquellos flirteos.

–¿Tienes cervezas en ese frigorífico de la puerta de al lado, Walker? Podemos divertirnos mientras trabajamos.

No pareció que él se percatara de su sonrisa sugerente.

–Sí, bueno, siempre tengo cerveza, pero es que tengo que irme a Yellowstone y voy a tardar un par de horas. Pero, si quieres, traigo un par de botellines.

–No, no hace falta. Si tienes que irte, deberías irte.

–Pero ¿es que no has oído lo que te he dicho sobre los buenos chicos de Wyoming?

Niña, voy a tener tu cama preparada en cinco minutos.

Niña. Como el instituto. Charlie se irguió. Ella ya no era ninguna niña, y no era su compañera, ni su tutora, ni su atleta favorita. Aunque él no pudiera verlo todavía, iba a verlo.

A ella siempre le habían gustado los retos.

–Bueno, pues ve a recoger lo que falta de la estructura, machote de Wyoming. Esta noche, si te veo en el Crooked R, te invito a una cerveza.

–Trato hecho –le dijo él. Pasó por delante de ella y le revolvió el pelo.

Le revolvió el pelo.

Increíble. Eso fue lo que hizo falta para que se decidiera: Walker iba a caer en sus redes. Sin poder evitarlo. Y frecuentemente, además. Por fin iba a poder experimentar algo bueno con Walker Pearce. Por lo que había oído decir, era muy muy bueno.

Hacía varios meses que no mantenía relaciones sexuales con nadie, trabajando en un hotel que todavía no se había inaugurado, no había tenido demasiadas oportunidades. Sin embargo, la oportunidad definitiva estaba delante de ella. Y vivía en la puerta de al lado.

Capítulo 3

Walker no había encontrado sitio en el hostal. Todas las literas del Rancho y Hostal El Trineo Azul estaban ocupadas para el invierno. No le sorprendía. La mayoría de los vaqueros que trabajaban allí en verano se quedaban y, durante el invierno, no había tanto trabajo. Pero, al menos, le habían invitado a que volviera a ir allí en primavera, significara lo que significara.

Salió de la camioneta con una imprecación. El sol se había puesto hacía dos horas y hacía muchísimo frío. Estaba agotado, estresado por haber tenido que ir esquivando alces en plena migración por la carretera y por haber estado intentando descifrar la expresión de la cara de la directora del rancho. Le había parecido sincera. No lo había mirado con desdén, ni había flirteado con él, ni le había mencionado ninguno de los rumores que hubiera podido oír. Seguramente, era un poco paranoico por pensar que los demás pensaban que no era de fiar.

Por lo menos, aquella noche estaba demasiado cansado como para no poder conciliar el sueño de la preocupación. Le pesaban las piernas al subir los escalones de la Granja de Sementales. Se llevó una sorpresa cuando alguien abrió la puerta antes de que él pudiera hacerlo.

–¡Hola, Walker! –exclamó Merry Kade, mientras salía a la calle.

Automáticamente, él se levantó el sombrero y le sujetó la puerta.

–¡Tu amiga es muy simpática!

–¿Qué amiga?

Ella le dio un empujón en la pierna con la cadera al pasar.

–Charlie, bobo. Es graciosísima. Vas a venir, ¿no?

Él miró hacia el bar. No sentía ni la más mínima tentación.

–No. Estoy agotado. Ya iré en otra ocasión.

Merry se dio la vuelta en el último escalón.

–¡Pero, Walker, tienes que venir! Solo un ratito. Charlie dijo que lo consideraba su fiesta de bienvenida. Mira, me ha obligado a que me pusiera tacones –dijo Merry, alzando el pie del suelo para que él viera su bota.

–Pero yo me he dejado los únicos tacones que tenía en el rancho –replicó él, guiñándole un ojo.

Merry se echó a reír, pero no cedió.

–Incluso Rayleen se lo está pasando bien.

Eso le dio algo en lo que pensar. Y, entonces, Merry utilizó el argumento más difícil de ignorar para él:

–Vamos, Walker. Yo casi no puedo andar con estas cosas. Sé caballeroso y ofréceme tu brazo para ir al bar.

Vaya, no podía decirle que no, y ella lo sabía. Merry sonrió, y él se rindió con un suspiro.

–De acuerdo, te acompaño al bar, pero después me voy.

–Ya veremos.

Ella se agarró de su brazo, aunque él sospechaba que no necesitaba ninguna ayuda. Aunque, en realidad, no la había visto a menudo con tacones. Merry solía ir con pantalones vaqueros y zapatillas deportivas.

–¿Dónde está Shane? Me gusta verlo cuando se pone todo celoso por ti.

Ella sonrió.

–A mí también. Pero no creo que haya llegado a casa todavía.

–Ah, qué lástima. Iba a bailar contigo por todo el bar un ratito, solo para fastidiarlo.

–Yo no bailo cuando llevo tacones. Me voy a sentar en un taburete de la barra y a estar muy guapa.

–Entonces, lo mismo que sin tacones, ¿no?

Ella le dio un codazo y soltó un resoplido.

–Eres un ganso.

Eso era lo que le encantaba de Merry. Nadie le llamaba nunca «ganso». Y seguro que nadie se lo llamaba tampoco a Shane Harcourt, pero él había oído a Merry decírselo. No era de extrañar que Shane estuviera tan enamorado. Merry era muy dulce y lista. Por desgracia, aquel tipo de mujer nunca iba por él. O, al menos, no para mantener una relación seria.

Acompañó a Merry hasta las escaleras del bar y, al llegar a la puerta, vaciló. Por lo general, le gustaba salir por la noche, pero últimamente no estaba de humor.

Merry tiró de él hacia delante.

–Acompáñame al bar.

–Por si acaso piensas que no sé que me la estás jugando, sé que me la estás jugando –dijo Walker, pero abrió la puerta y le hizo una seña para que entrara.

La música country sonaba por todo el local y, al instante, su corazón empezó a latir a aquel ritmo. Tal vez no estuviera tan mal quedarse unos minutos, para ser amable. Merry lo llevó hasta la barra a buen paso. Ya había dejado de fingir que necesitaba ayuda, pero él no pudo reprochárselo, porque vio que lo estaba llevando directamente hacia una chica muy guapa con unos pantalones vaqueros ajustados.

–¡Mirad a quién me he encontrado! –gritó Merry, y varias personas se volvieron hacia ellos.

Sin embargo, él estaba concentrado en observar la melena castaña y larga de Charlie, que se volvió y le sonrió. Él pestañeó, porque volvió a sorprenderse de verla como a una adulta, con aquel trasero tan deslumbrante. Bajó la mirada y admiró sus piernas largas y los zapatos rojos de tacón de aguja que llevaba. Demonios.

–Hola, Walker –le dijo ella, cuando se acercó–. ¿Ya estás preparado para el pago que te prometí? –le susurró, por encima de su oído.

Él se alejó rápidamente.

–Te refieres a una cerveza, ¿no?

–Pues claro, a no ser que prefieras un Martini con granada.

Él miró a Jenny y señaló la copa que se estaba tomando Charlie.

–Una de estas –le dijo a Jenny, en voz alta.

Jenny puso los ojos en blanco, pero tomó la coctelera.

Charlie miró su sombrero y bajó la vista hasta sus botas, pero se quedó callada hasta que él tomó la copa que Jenny había dejado en la barra.

–Gracias –le dijo Walker, y dio un sorbito–. Perfecto.

–Estás adorable –le dijo ella–. Un vaquero hecho y derecho bebiendo un cóctel de chica.

–¿Ah, sí? –preguntó él, y se inclinó un poco hacia ella, a causa del hábito de ligar.

–Sí. Esos dedos ásperos curvados alrededor de una copa tan delicada… Resulta prometedor.

A él le subió unos cuantos grados la temperatura de la sangre. Así que a Charlie le gustaba ver sus dedos puestos en algo delicado, ¿eh? Ella también se había acercado un poco, y él podía percibir el olor de su pelo. Y le veía el escote por la abertura de la camisa roja; las curvas de sus pechos terminaban en el borde de un sujetador de encaje negro.

–Tú también eres muy prometedora, Charlie.

Al pronunciar su nombre, su sangre volvió a la normalidad. Walker pestañeó y se echó un poco hacia atrás, recordándose que aquella era su amiga del instituto, Charlie. Sin embargo, ella hizo chocar su copa contra la de él en un brindis, y sonrió.

–Gracias –murmuró.

Un segundo después, se giró hacia el hombre que acababa de aparecer a su lado.

–¡Eh, Nate! –exclamó, y abrazó a su primo.

Él aprovechó la oportunidad para admirarla desde un ángulo nuevo. La larga línea de su costado se convertía en una curva antes de llegar a su trasero perfecto y, después, a sus piernas. Él no se había fijado nunca en sus piernas durante el instituto. ¿Cómo era posible? Siempre había sido una de las chicas más altas de la escuela. Aunque midiera unos doce centímetros menos que él, aquella noche llevaba unos tacones que le añadían un poco más de estatura. Demonios, podría besarla durante horas sin que le doliera el cuello. Podría tenderla en una mesa y…

Apartó la mirada de su trasero, porque le horrorizó la dirección que había tomado su pensamiento. Se trataba de Charlie. Era una chica demasiado lista como para salir con un tipo como él, y demasiado buena como para utilizarla para satisfacer un ataque de lujuria. Pero, claramente, era mucho más fácil ser amigo suyo antes de que se hubiera hecho toda una mujer con tacones. Y que flirteaba. Con un brillo labial que hacía que su boca fuera carnosa, exuberante y…

Alzó la vista, y se dio cuenta de que Nate lo estaba fulminando con la mirada por encima de la cabeza de Charlie. Walker se encogió de hombros con una expresión de inocencia, como si no supiera por qué estaba disgustado Nate. Sin embargo, su gesto no sirvió para aplacar a Nate. Y las cosas no mejoraron cuando ella se echó hacia atrás, apoyó su cadera contra él y le pasó un brazo por la cintura. Además, alzó la cabeza hasta que Walker se inclinó para acercar su oreja a ella.

–¿Por qué me da la impresión de que mi primo quiere matarte? ¿Es que me estabas mirando el culo, Walker Pearce?

–Eh… –murmuró él, y carraspeó–. Bueno, sí, puede ser que estuviera haciendo eso.

–Puedes mirar. A mí también me parece un buen trasero. ¿Y a ti?

–Yo… eh…

–Vaya –dijo ella, e hizo un mohín–. ¿No te gusta? Pues a mí me parece que lo tengo bonito, redondo y firme.

Oh, Dios. ¿Qué estaba haciendo Charlie? ¿Acaso no sabía las imágenes que podían conjurar aquellas palabras?

–Demonios, Charlie…

–¿Qué?

–Ya está bien. Deja de tomarme el pelo. Tú no eres…

Walker se quedó callado y respiró profundamente.

–¿No soy qué?

–No eres de esa clase de chicas.

–¿De qué clase de chicas?

Él se ruborizó y se ajustó el sombrero para poder pensar con más claridad.

–Ya sabes. Tú siempre fuiste una chica lista. Nunca te metiste en líos con el resto de los chicos. Tú…

–Y sigo siendo lista –respondió ella, hablándole tan cerca, que le rozó la oreja con los labios–. Pero ya no soy esa clase de chica. Ahora soy una mujer adulta. ¿Es que no te has dado cuenta?

Sí, claro que sí. De hecho, su miembro estaba empezando a hincharse debido al cosquilleo que le habían producido sus palabras. Estaba claro que aquella no era la Charlie del instituto.

–Es impresionante –murmuró.

–¿El qué?

–Tu trasero. Es precioso. Pero no puedo darte mi opinión sobre si es firme o no. Tal vez sea el trasero más firme de todo el condado, pero no podría saberlo solo mirando.

Ella sonrió.

–¿Es que no me crees? –le preguntó.

Entonces, deslizó los dedos por su propia cadera, extendiéndolos un poco, como si fuera a probar la firmeza de su carne allí mismo.

Walker no se atrevió a mirar hacia arriba. Nate tenía que estar viendo que Charlie se había acurrucado contra él. Y Walker sabía que no iba a poder disimular el ardor de sus ojos, y que no iba a poder ocultar su erección si aquello continuaba así. No podía dejar de imaginarse a Charlie desnuda, extendiendo la mano sobre su trasero y observándolo con una sonrisa, y preguntándole si le gustaba. Y él respondería apretándole el trasero con fuerza y posando su miembro en sus nalgas redondeadas mientras…

–Dios… –dijo, y soltó una imprecación y una carcajada seca, mientras cabeceaba–. Te has vuelto muy cruel durante estos años, Charlie. Dios santo.

Ella se encogió de hombros.

–Puede que sea un poco cruel. Pero seguro que tú puedes soportarlo. Ya eres un chico grande.

Y se estaba haciendo más y más grande a cada segundo, demonios. Pero no parecía que ella se diera cuenta. Empezó a sonar una canción de sus días de instituto, y Charlie se alejó de él bailando.

–Rayleen, ¿se puede bailar aquí? –le preguntó.

Rayleen se quitó el cigarrillo de la boca y señaló hacia las mesas.

–Si encuentras sitio, adelante.

–Umm… –Charlie se giró a mirarlo de arriba abajo, y negó con la cabeza–. No, creo que este es demasiado grande como para ser hábil.

Rayleen se echó a reír con ganas.

–En eso tienes razón. No creo que te sirva.

–¡Eh! –protestó él.

Pero Rayleen se echó a reír otra vez.

–Mira qué cara, pobrecillo –chilló.

Charlie cabeceó con lástima.

–Es una pena. Voy a tener que buscarme otro compañero de baile.

–Soy muy hábil –gruñó Walker–. Nunca he tenido quejas.

Tenía que haberse dado cuenta de que la sonrisa de entusiasmo de Rayleen significaba que estaba a punto de causarle problemas, pero no fue lo suficientemente rápido como para contenerla.

–No –dijo Rayleen, con malicia–. Tiene buenas críticas, como un hotel de lujo. Hay fotos en Internet, y todo.

A Charlie se le iluminó la mirada.

–¿Cómo?

–Demonios, Rayleen, ¡eso no es verdad!

Sin embargo, Rayleen no cedió, y le dijo a Charlie:

–Sí, ya sabes, cuando los hombres se hacen una foto del…

–¡Eso no es lo que sucedió! –gritó él. Entonces, se dio cuenta del volumen de su voz y se encogió–. Disculpa, Rayleen.

Sin embargo, ella estaba riéndose a carcajadas y dando palmadas en la mesa, mientras Charlie los miraba a los dos alternativamente, con la boca abierta.

–¿En serio? –preguntó, con un jadeo de asombro.

–¡No, claro que no! No hay ninguna foto de esas mías en Internet. Ni en ningún otro sitio, que yo sepa.

–Ah. Las cámaras de los móviles son incontrolables, ¿eh? –preguntó Charlie, tratando de mostrarse comprensiva, pero no pudo evitar echarse a reír.

No, no había fotografías de su pene en ningún sitio, pero sí había un pequeño problema que…

Rayleen se tapó la boca con la mano como si fuera a contar un secreto.

–Alguien publicó una foto de su culo desnudo en Facebook.

–Rayleen –gruñó él.

–Tardé unos días en encontrarla, pero mereció la pena.

Walker cerró los ojos para no ver la cara de horror y deleite de Charlie. Después, cabeceó.

–¿Por qué tienes que contárselo a todo el mundo? Solo es la foto de un culo, por el amor de Dios.

De nuevo, volvió a dar las gracias por estar acostumbrado a dormir boca abajo. Tenía que haberse dado cuenta de que aquella mujer le causaría problemas. Había empezado a enviarles mensajes de texto a sus amigas a los cinco segundos de tener un orgasmo.

–Oh, Walker –le dijo Charlie, y le dio una palmadita en la mejilla. Él siguió sin abrir los ojos–. No has cambiado nada.

Aunque le habría gustado contradecirla, no podía cambiar la realidad. Aquella mañana, se había despertado con lo mismo que tenía cuando Charlie se había marchado a la universidad: una camioneta, una espalda fuerte, unas buenas manos y la posibilidad de conseguir trabajo en un rancho. Lo único que había conseguido añadir en todo aquel tiempo eran unos cuantos dolores, unos pequeños ahorros y un poco de pesar.

De repente, se acordó de que aquella noche estaba demasiado cansado como para salir.

Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que todo el mundo estaba a otra cosa. Rayleen había vuelto a su solitario. Nate y Merry estaban sentados en unos taburetes, apoyados en la barra, riéndose con Jenny, y Charlie… Charlie había despejado de sillas una pequeña zona junto a la jukebox y había convencido a un vaquero para que bailara con ella.

–Tenías razón –le dijo Rayleen, sin alzar la vista–. Es una chica maja. Me ha invitado a una copa y todo. En mi propio bar. De mi mejor whiskey.

–Me alegro de oír eso.

Rayleen asintió.

–Sí. Tenías razón. Me cae bien esa chica.

Pues sí. Por desgracia para su orgullo, a él también le gustaba Charlie.

Capítulo 4

A la mañana siguiente, Charlie se puso delante del espejo del baño y observó los efectos de su resaca. Tenía un color muy poco atractivo en la cara y el estómago, muy revuelto.

Hacía años que no tenía una resaca. Durante el primer año que había pasado en Las Vegas, después de unas cuantas noches muy poco recomendables, había aprendido a dosificar el alcohol.

Sin embargo, la resaca no era lo que le importaba. Hubiera temido ir al trabajo de cualquier forma. Iba a ser un mal día, con o sin el estómago revuelto y un buen dolor de cabeza. Por lo menos, la noche anterior se lo había pasado muy bien flirteando con Walker.

Con resignación, se bebió un buen vaso de agua, se duchó, se vistió y se maquilló para disimular las ojeras. Después, salió de casa y se puso en camino al Meridian Resort.

Al principio, había creído que aquel trabajo era su tabla de salvación, que Dawn iba a ayudarla porque era una vieja amiga suya. Sin embargo, ahora se sentía como si estuviera atada a las vías del tren, preguntándose qué había ocurrido.

Claro que,aquella situación no era exactamente algo que había ocurrido por casualidad. Ella era la que se lo había hecho a sí misma. No deliberadamente, claro, sino por su estupidez. Se había pasado veintinueve años pensando que no era tonta y, en un abrir y cerrar de ojos, la habían detenido por conspiración para cometer un delito. Y había aprendido la lección.

Llegó al pueblo de Teton enseguida, en menos de un cuarto de hora. Era una zona llena de preciosos hoteles y enormes casas de campo. La arquitectura era exquisita y el paisajismo estaba diseñado para mezclarse a la perfección con la nieve y el hielo. Hacía tres semanas, sentía entusiasmo mientras recorría aquel camino hacia el Meridian Resort, pensando que era estupendo tener aquella oportunidad.

Apretó los dientes mientras esperaba a que se abrieran las puertas del aparcamiento de empleados, mirando fijamente hacia delante para no fulminar con los ojos la diminuta cámara que había a su izquierda. Entró en el garaje y aparcó en su plaza. Otra pequeña cámara la observó durante su camino hacia la puerta de acero del muro de hormigón. En el piso de los huéspedes del hotel, las paredes de cemento estaban pintadas de un bonito color beis, y las puertas de emergencia estaban chapadas en madera. Sin embargo, el piso de los empleados tenía el aspecto de una cárcel. Apropiado.

Subió un tramo de escaleras y se dirigió a las oficinas del sótano, donde estaba el departamento de seguridad.

El despacho de Dawn estaba dos pisos más arriba. Tenía los techos muy altos y unas preciosas vistas. Sin embargo, Charlie no se sorprendió al verla sentada en una de las sillas de metal que había junto a la puerta de su despacho.

Dawn sonrió.

–Vaya, qué rápida eres, Charlotte.

–¿De qué estás hablando? –preguntó ella, con un suspiro, mientras abría la puerta de su despacho. En realidad, era tonta por molestarse en cerrar con llave, puesto que Dawn tenía las llaves de todas las cerraduras, y las utilizaba.

–No has pisado tu apartamento desde ayer. Supongo que ya has hecho nuevos amigos.

Charlie tuvo que contenerse para no poner cara de frustración mientras rodeaba su pequeño escritorio para sentarse.

–Lo que yo haga fuera del horario de trabajo no es asunto tuyo.

–Siempre y cuando no te acuestes con otros empleados del hotel, querrás decir. Ni con nadie de la dirección.

Su tono de voz siempre era amable, como si quisiera ayudar, lo cual hacía que sus palabras sonaran aún más amenazantes.

–No te preocupes por eso.

–Con tu historial, hay que tener cuidado, ¿no crees?

Charlie cerró los ojos con fuerza para no tener que ver la cara de angelito de Dawn.

–Ya te he explicado lo del encargado de mantenimiento. Dos veces. Y tu marido…

–No, no, a mí no me preocupa mi marido, Charlotte. A él le gustan las chicas buenas, como yo. No se arriesgaría a perder todo lo que ha conseguido solo por unos momentos de sórdido… ¿Cuál es la palabra que estoy buscando?

–¿Placer? –murmuró Charlie, pensando que Dawn debía de ser un auténtico aburrimiento en la cama, dado que era tan estirada que, seguramente, ni siquiera se rebajaría a decir algo sucio y, mucho menos, a hacerlo.

–No –dijo Dawn, secamente–. Vicio. O depravación.

–Deberías probar algo nuevo. A lo mejor te gustaría.

Dawn ya no tenía una expresión angelical. Se le habían puesto las mejillas muy rojas.

–Intercedí para que te dieran este trabajo, a pesar de tu reputación. No te querían en ningún otro sitio. No deberías olvidarlo.

Como si pudiera olvidarlo. Aquel era el único motivo por el que estaba sentada allí.

–¿Por qué?

–Porque, si se te olvida, vas a…

–No, me refiero a por qué quisiste tú contratarme.

Dawn respiró profundamente y se atusó la melenita rubia. Después, volvió a sonreír.

–Porque somos amigas. Y yo no soy de la clase de personas que le dan la espalda a una amiga en apuros.

Estaba loca. Esa era la única explicación. Dawn debía de haber perdido el juicio después del instituto. En aquel tiempo, sí, ya era un poco estirada y estaba en posesión de la verdad, pero era normal. Sin embargo, lo de ahora no era nada normal.

–Nadie más te habría contratado, Charlotee.

–Sí, eso ya me lo has recordado –dijo ella.

Era la verdad. Había enviado muchos currículum vítae y, con su educación y su experiencia profesional, debería haber conseguido entrevistas rápidamente. Sin embargo, no había recibido ni una sola llamada de teléfono. Hasta que Dawn se había puesto en contacto con ella.

–Y nadie volverá a darte trabajo si te marchas de aquí de mala manera.

Eso también era cierto. Tenía que aguantar, aunque solo fuese una temporada. Solo hasta que empezara a olvidarse lo que había ocurrido en Tahoe. Si consiguiera seguir trabajando allí uno o dos años, entonces sí podría empezar a buscar otro puesto, discretamente. Incluso, tal vez, marcharse al Este.

–Tienes que conseguir que esto funcione, Charlotte. Y yo estoy encantada de ayudarte, pero esperaba que cooperaras un poco más. Hoy estás muy desagradable. No sé qué te pasa –le dijo, y señaló con una mano la sexy falda negra de tubo que Charlie se había atrevido a ponerse–, pero tienes que cambiar de actitud.

Ella respiró profundamente. Sí, tenía que cambiar de actitud. Dawn era su jefa, al fin y al cabo.

–Y deja de confraternizar con los ejecutivos.

–Cuando tomé esa copa con tu marido, fue solo eso, una copa. Él quería comprobar qué tal funcionaba la carta del restaurante, y…

–Por supuesto que solo fue una copa –le espetó Dawn.

Charlie tuvo ganas de gritar de la frustración. Estaba completamente perdida. Volvió a tomar aire y abrió el ordenador portátil de su escritorio.

–Tengo que ponerme a trabajar.

–Pues sí. ¿Va a estar todo preparado a tiempo?

Charlie asintió. La inauguración del hotel se celebraría a las tres semanas y, como ella quería dar buena impresión, iba adelantada con el trabajo. Sin embargo, no podía retrasarse. Para empezar, mantenerse ocupada la ayudaba a contener el impulso de salir corriendo de allí.

–Muy bien. Volveré más tarde a ver qué tal va todo.

–Ya lo sé –musitó Charlie.

Dawn iba a vigilarla varias veces al día. Y, seguramente, también había ido varias veces por la noche, antes de que Charlie se hubiera marchado del estudio del hotel.

–Voy a dejar abierta la puerta de tu despacho –dijo Dawn, mientras se marchaba con sus zapatos de tacón de quinientos dólares. Sin poder evitarlo, Charlie sintió celos de aquellos zapatos tan impresionantes. En cuanto llegara a casa, ella también iba a ponerse unos tacones.

Por lo menos, había empezado a pasársele la resaca. Se sirvió una taza de café con leche y azúcar y se sentó a trabajar. Tenía que comprobar las referencias de todos los empleados que iban a ser contratados antes de la inauguración. Aunque ya estaban instaladas casi todas las cámaras de seguridad, no había mucho que monitorizar todavía, pero sí había muchas comprobaciones que hacer en cuanto al personal.

El responsable de seguridad de un hotel no podía cometer el error de contratar a alguien con antecedentes por robo o por agresión sexual. Un hotel de lujo como aquel tenía que mantener una impecable reputación. A ella le preocupaba más la seguridad, pero, por suerte, aquellas dos preocupaciones coincidían.

Se había cerciorado de que colocaran más cámaras de seguridad de las que había previstas en un principio en las zonas reservadas al personal. Eso era algo muy común en los hoteles dedicados al juego, en los que la dirección tenía especial interés en perseguir los posibles robos de los empleados. Sin embargo, Charlie había descubierto que las grabaciones de seguridad también eran de gran ayuda para descubrir y despedir a los encargados o superiores que acosaban a las empleadas. Había pocas cosas más gratificantes que enseñarle una grabación comprometedora a un imbécil que creía que podía actuar con impunidad porque sus subalternas eran mujeres que no hablaban bien inglés.

Pero, por el momento, en el Meridian Resort aquellas zonas seguían vacías, así que era hora de dedicarse a la comprobación de los currículum de los aspirantes.

Pasó una hora trabajando con plena concentración. Su dolor de cabeza desapareció, y con tres tazas de café, consiguió aclararse la mente. Dejó a un lado los currículum de los dos candidatos que le habían causado desconfianza, con intención de seguir investigándolos después de la hora de comer. Antes, tenía que hacer una investigación más personal.

La sala de seguridad era una cueva de luces oscuras y pantallas de vídeo muy brillantes, cuya iluminación le habría destrozado la cabeza unas horas antes. Sin embargo, ya estaba recuperada y preparada para poder entrar. Eli, uno de los guardias de seguridad, estaba en la sala, pero estaba haciendo un crucigrama. Si el hotel hubiera estado en funcionamiento, le habría cantado las cuarenta, pero, en aquel momento, le pareció superfluo.

–Hola, Eli. Por favor, ve a hacer rondas por las zonas de obras para que todos sepan que estás por aquí.

–Entendido –dijo él, y asintió amablemente.

Algunas veces, los guardias de seguridad eran unos machistas a quienes no les agradaba tener a una mujer como superior, pero ella había conseguido formar un buen equipo. Sin embargo, no sabía cuánto iba a durar. Las faltas de respeto de Dawn empezarían a conocerse entre el personal. Tenía que averiguar qué le ocurría a aquella mujer y detenerlo todo antes de que empezaran a correr los rumores.

Cuando Eli se marchó, ella tomó la cinta de la cámara que cubría el pasillo de su estudio, que estaba en el primer piso. Su apartamento estaba cerca de los ascensores, así que la cámara estaba a muy pocos metros de su puerta.

Hizo avanzar la grabación rápidamente para ver varias horas de vídeo en pocos minutos. Cuando llegó a las once y cinco de la noche, Dawn apareció en el pasillo, y Charlie ralentizó el avance de la grabación. No le sorprendió ver que Dawn llamaba a la puerta varias veces. Sin embargo, sí se sorprendió al ver que agarraba el pomo de la puerta, como si pensara que ella no iba a dejarla cerrada con llave o, peor aún, que no tuviera ningún problema con el hecho de que su jefa quisiera abrir la puerta de su estudio sin permiso.

Al ver que la puerta no se abría, Dawn miró el pomo un largo rato, con cara de pocos amigos. Después, se giró a mirar directamente a la cámara.

A Charlie se le puso la carne de gallina.

En el vídeo, Dawn fruncía el ceño y, después, se alejaba. Charlie rebobinó la cinta y la detuvo.

Aquella no era una de esas cámaras que se utilizaban en las tiendas veinticuatro horas. Era una cámara digital que proporcionaba unas imágenes nítidas. Ella había podido ver con toda claridad la tensión que desprendía la mirada de Dawn. La expresión furtiva de su boca.

La gente siempre se sorprendía al saber que Charlie trabajaba en aquel sector, pero la seguridad ya no era cuestión de tener en nómina a unos tipos grandes con armas escondidas. Bueno, no era solo cuestión de eso, aunque aquellos tipos todavía tenían su parte en el ecosistema. Hoy día, sin embargo, lo más importante era la prevención, y no los agentes. A ella se le daba muy bien analizar a la gente. Percibía las interferencias que alteraban la normalidad, y las pequeñas señales que revelaban las intenciones de las personas, y sabía adelantarse a ellas.

Después de la trampa que le habían tendido en Tahoe, había perdido un poco de confianza en sí misma, pero no era necesario ser muy experta para entender lo que estaba pensando Dawn. Su mirada era de irritación y arrogancia hacia la cámara: «Si no fuera por esa dichosa cámara, podría utilizar la llave maestra para entrar».

Pero… ¿por qué? ¿Por qué quería entrar? Era cierto que ella se había reunido con el marido de Dawn para tomar una copa, pero si Dawn estaba tan paranoica pensando que ella pudiera ser una mujer fatal, ¿por qué le había dado aquel trabajo? No tenía sentido.

En el instituto, a pesar de que tuvieran aficiones distintas, eran amigas. Ella ocupaba su tiempo con el voleibol, el atletismo y las tutorías, y Dawn era la presidenta del consejo de estudiantes y la directora de la sociedad del honor, y se había encargado de dirigir la mitad de las organizaciones de voluntariado de los estudiantes. Sin embargo, tenían una cosa en común: ni Sandra, ni Dawn, ni ella, ni otras cuantas chicas trabajadoras y estudiosas como ellas, tenían éxito con los chicos. Mientras otras chicas estaban bebiendo cervezas alrededor de una hoguera con vaqueros adolescentes y llenos de lujuria, su grupo y ella estaban, normalmente, en el colegio. Se decían las unas a las otras que preferían reservarse para el matrimonio, y que esas chicas tan fiesteras no iban a llegar a ninguna parte. Y cabeceaban con indignación por su falta de sentido común.

Sin embargo, también las envidiaban, en secreto. Al menos ella que hacía de tutora para aquellos chicos en la biblioteca después de las clases. Algunas veces, incluso había ido a sus casas y se había sentado en sus habitaciones con ellos. Sin embargo, nunca había corrido el peligro de convertirse en una descarriada. Ella era solo Charlie, era como uno de los chicos. Otra de las corredoras del equipo de atletismo. Más alta que la mayoría de ellos, y con el pecho plano, además. Ellos salían con ella como si fuera uno más. Le pedían que les dejara copiar sus deberes. Le daban un empujón con el hombro cuando hacían una broma y, después, se iban a ligar con las otras chicas.

Así que ella decía que no quería tener nada que ver con ellos, ni con sus manos inquietas, ni con sus bocas malhabladas, pero ¡vaya si no se imaginaba cosas!

Por suerte, cuando se había marchado a la universidad había conocido a un grupo de amigos nuevos, y había adoptado otro papel. Y había pensado que Dawn, también. Sin embargo, ahora se daba cuenta de que lo único que había hecho Dawn era volverse todavía más tensa y estirada.

Charlie cabeceó y volvió a poner la grabación en marcha. Vio el resto de las horas, pero no había sucedido nada más. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

En Tahoe, su instinto había fallado, pero no iba a permitir que volviera a suceder. Dawn estaba celosa, eso era todo. Tal vez su marido hubiera hecho algún comentario estúpido sobre el trasero de Charlie, o algo por el estilo. Tal vez Dawn esperaba que ella siguiera siendo la misma persona que en el instituto. Fuera cual fuera el motivo, aquel era un problema de Dawn, no suyo. Ella no iba a permitir que la implicara. Dawn había empezado a espiarla y a hacer comentarios sobre sus idas y venidas, y dando a entender que era una roba maridos, así que ella había tenido que dejar el estudio y buscarse otro alojamiento. Punto.

No iba a ponerse paranoica, no iba a asustarse. No iba a convertirse en una de esas personas que se dejaban arrastrar por la vida, que se llevaban revolcones y golpes cada vez que la corriente era demasiado fuerte. Como su madre, que nunca era capaz de sujetarse a nada, que nunca había podido encontrar un asidero.

No. Ella iba a trabajar mucho. Dejaría que se olvidara el escándalo de Tahoe. Pagaría las facturas de los abogados y, después, buscaría otro trabajo en otro sitio, lejos de Meridian Resort.

Sin embargo, por el momento, era suficiente con tener el apartamento en la Granja de Sementales. Se sentía un poco más fuerte, un poco más confiada. Aunque hubiera tocado fondo, había vuelto a levantarse, y no estaba dispuesta a dejar atrás las mejores partes de sí misma.

Capítulo 5

–¡Maldita sea! –gritó el capataz del rancho–. ¡Tirad!

Walker se enrolló la cuerda con más fuerza en la muñeca y tiró con ambas manos, mientras la vaquilla luchaba por salir del barro, con los ojos desorbitados por el pánico. Walker tiró con más fuerza e instó a los demás hombres para que siguieran tirando cuando ya querían parar. La pobre vaquilla iba a morir congelada si no la sacaban. Su destino era el matadero dentro de uno o dos años, cierto, pero no había ningún motivo para que muriera así, helada, muerta de miedo y temblando.

–A la mierda –murmuró el vaquero que estaba a su lado.

–Ya casi ha salido –dijo Walker, agarrando la cuerda con fuerza. En realidad, parecía que se estaba hundiendo más, pero él no iba a rendirse–. Vamos, con un par de tirones más, lo conseguimos.

Al final, hicieron falta unos cuantos tirones más, pero consiguieron sacarla de la charca. El animal salió tambaleándose, recorrió unos cuantos metros y cayó de rodillas.

Allí no tenían nada con lo que limpiarla, y estaban a un kilómetro y medio del rancho, así que Walker le pasó la mano enguantada por el flanco una y otra vez para quitarle el barro. Estaba temblando, pero había dejado de mugir de miedo. Cuando él se puso en pie y fue hasta su caballo para agarrar una manta, la vaquilla respiraba casi con normalidad. Se puso en pie y dio unos pasos hacia él.

–Vaya, mirad eso –dijo uno de los vaqueros, riéndose–. Qué bien se te dan las mujeres.

Otro de los hombres echó a reír.

–Yo había oído decir que te siguen como si fueran gatas en celo, pero, demonios, no sabía que las vaquillas también.

Walker se rio de las bromas y se fue a frotar un poco a la vaquilla para que entrara en calor. Después de unos minutos, ya estaba alerta, y se fue corriendo hacia el rebaño. Con suerte, se mantendría cerca de las demás reses y el calor colectivo haría el resto.

–Muy bien –dijo el capataz, secamente–. Llevadlas hacia el rancho y, después, venid a cobrar el jornal.

El hombre se alejó sin decir una sola palabra de agradecimiento.

Los vaqueros volvieron a montar para llevar al rebaño. Cuando estuvieron en marcha, el vaquero de más edad se acercó a él.

–El señor Kingham es un imbécil, pero el trabajo con los huéspedes está bien, si consigues que te contraten en la cabaña. He oído que estabas buscando trabajo.

Walker miró a su compañero. Se llamaba Tom, pero no sabía nada más.

–¿Dónde te has enterado de eso?

–Bueno, estás aquí, ¿no? –respondió Tom, y señaló al capataz con la barbilla–. Ese me pidió que te vigilara y que me fijara en cómo trabajas. Si un vaquero se pasa demasiados años en uno de esos ranchos de huéspedes, se ablanda.

–¿Tú crees?

Tom se encogió de hombros.

–¿Enseñando a las señoras a montar a caballo? –preguntó. Miró a Walker con picardía, pero sonrió y cabeceó al ver que Walker se quedaba serio–. Eh, no digo que tenga nada de malo. Solo digo que si estás acostumbrado a tener a mujeres guapas y cálidas cerca, luego puede resultar más difícil enfrentarse a una noche fría en pleno camino.

–Sí, pero lo de los huéspedes también tiene sus propios problemas.

–Ya lo sé. De todos modos, esa parte del negocio está muy parada. Es obvio que Kingham no es el mejor gestor turístico del mundo.

–Yo trabajé aquí hace diez años. Kingham no estaba entonces, pero sé que solo usan unas cuantas docenas de cabezas de ganado para la zona de los huéspedes, y que el resto del trabajo lo hacen en otras zonas.

–Bueno, no parece que te hayas ablandado. Hablaré bien de ti.

–Gracias.

Walker se lo agradecía, pero no estaba tan entusiasmado como debería por aquella posibilidad de conseguir un trabajo fijo. Tal vez Tom tuviera razón y él se hubiera vuelto un blando. Miró hacia los edificios alejados del rancho para huéspedes, que estaba casi escondido entre las colinas. Pero ellos no se dirigían hacia allá. Iban hacia la parte de trabajo del rancho, que tenía sus propios edificios y tráileres. El rancho para huéspedes solo era una rama más atractiva de un negocio que movía dos mil cabezas de ganado al año.

Sería un buen trabajo, pero a Walker se le encogió el corazón. Se había acostumbrado a estar con gente. Diez o quince vaqueros, todos los empleados de la casa y los clientes: madres, padres y muchos niños. Y, sí, de vez en cuando, un grupo de mujeres escandalosas que buscaban aventuras en las montañas.

Trabajar en un rancho de huéspedes era muy divertido.

Aquello, por otro lado… Bueno, por lo menos podría volver a su apartamento todas las noches. Eso, y el hecho de tener un sueldo fijo, cosa que posiblemente era lo mejor que podía decirse de aquel trabajo.

Empezó a llover, y las gotas de agua helada le golpearon el sombrero lentamente hasta que la llovizna se hizo constante. Aquella lluvia lo dejó aún más hundido. Podía haber dejado a la vaquilla mojada y llena de barro, porque iba a volver a estar igual.

Se subió el cuello de la chaqueta y se concentró en controlar a unas cuantas vacas que querían separarse del rebaño. Al poco rato, estaba en su camioneta de camino a casa, con la paga de aquel día en el bolsillo. Al día siguiente se ganaría unos cuantos dólares más. No era lo más cómodo del mundo, pero era algo. Prefería no tocar sus ahorros más de lo necesario.

Estaba pensando en la ducha caliente que iba a darse cuando sonó su teléfono móvil. Empezó a fantasear sin poder evitarlo. Tal vez lo que necesitaba era una ducha, una cerveza y a una mujer en su cama. Se sacó el teléfono del bolsillo, preguntándose cuál de sus antiguas amigas sería. Durante aquellos últimos años había tenido la mayoría de sus aventuras con las huéspedes del rancho, pero había algunas mujeres que…

Su fantasía de una buena noche de sexo se esfumó cuando vio la pantalla.

Era Nicole.

Parecía que a ella se le había pasado el enfado. Sin embargo, a él no. Aunque hubiera sido tan tonto de dejarse enredar por la mujer de otro hombre, no estaba dispuesto a empeorar las cosas.

Rechazó la llamada y volvió a guardarse el teléfono. Entonces, una ducha, una cerveza y su propia mano. Eso estaba muy bien, y era mucho mejor que estar con una mujer conflictiva.

Cuando llegó al apartamento, estaba tan cansado que respiró profundamente y cerró los ojos un momento. En otras circunstancias, nunca habría entrado en la furgoneta lleno de barro, pero en el rancho no había sitio para limpiarse en el barracón. Y no tenía fuerzas para limpiar las alfombrillas aquella noche. Ni el asiento. Además, al día siguiente iba a mancharlo igual; ya se encargaría de limpiarlo todo cuando terminara aquel trabajo.

Alguien tocó en el cristal de la ventanilla, y él abrió los ojos sobresaltado. Bajó la ventanilla y vio la cara de Charlie a pocos centímetros de la suya.

–¡Eh, vaquero! –le dijo ella. Se había puesto las manos sobre la cabeza para protegerse de la lluvia.

Él sonrió al instante, sin poder contenerse.

–Hola, Charlie. ¿Qué haces aquí fuera?

–Iba al bar. ¿Vienes conmigo?

Él miró hacia el porche del salón mientras tomaba la manilla de la puerta.

Charlie retrocedió cuando él abrió la puerta y salió.

Walker estiró la espalda con cuidado.

–No, lo siento. Estoy agotado. Necesito darme una ducha lo antes posible y, después, acostarme.

Ella lo miró de arriba abajo.

–Estás hecho un desastre. Parece que has estado…

–¿Llevando ganado a un rancho en pleno chaparrón?

–Pues sí, eso precisamente. Bueno, pues ve a ducharte y, después, pásate por el bar.

–Ojalá.

–Vaya, ¿de verdad estás tan cansado? –preguntó ella, con una sonrisita de desafío. Y él tuvo ganas de aceptarlo.

Estuvo a punto de inclinarse hacia Charlie, hasta que se acordó de que olía a caballo y a sudor.

–Me encantaría, pero después de ducharme no voy a ser capaz de salir otra vez con este frío.

–Bueno, supongo que no puedo reprochártelo. Pero no te voy a mentir: después del día que he tenido yo, estoy dispuesta a soportar cualquier incomodidad con tal de tomarme una copa.

–¿Problemas?

Charlie abrió la boca para responder, pero, entonces, volvió a mirar su cuerpo y cabeceó.

–Bueno, tengo que reconocer que yo no he estado guiando cabezas de ganado en medio del barro y la lluvia. Supongo que puedo recuperarme de las secuelas causadas por el ambiente de una oficina.

–Charlie, no digas eso. Cualquier paleto podría guiar a unas cuantas vacas. Pero si a mí me metes en una sala llena de ordenadores a hacer lo que haces tú, parecería un pulpo en un garaje.

Ella sonrió.

–Bueno, la verdad es que no te imagino de traje, sentado delante de un monitor.

–No, claro, nadie puede imaginarme así. Por eso nunca voy a ser nada aparte de un vaquero sucio y lleno de barro.

–Eso no tiene nada de malo –ronroneó ella–. El trabajo duro es algo muy bonito, Walker Pearce. De verdad.

–Por Dios, Charlie –dijo él, y se le escapó una risa ronca.

–Vamos, ve a ducharte. Puede que después me apiade de ti y te lleve una cerveza.

–Ja. Pues entonces, procuraré no estar todavía con la toalla puesta.

–Por mí no tienes que vestirte –respondió ella y, con esas palabras, se dirigió hacia el salón.

El dulce movimiento de su trasero acaparó toda la mirada de Walker.

De repente, ya no estaba tan cansado. De hecho, se sentía como si acabara de tener dos semanas de vacaciones. O eso pensaba, porque nunca había tenido más que unos días libres seguidos. Pero sí sabía divertirse en poco tiempo y, tal vez, pudiera aplicar aquellos conocimientos esa noche.

Se olvidó del barro que había dejado en la camioneta y entró en casa.

Capítulo 6

Claramente, aquella no era la Charlie que él había conocido en el instituto. Aquella Charlie era discreta y estudiosa. Era fácil estar con ella. La Charlie de hoy día estaba sentada en el regazo de un hombre en el bar, dirigiendo a todo el local mientras los parroquianos cantaban I’ve Got Friends in Low Places.

Walker cabeceó de asombro, pero se le escapó una sonrisa mientras iba hacia la barra. Se tocó el ala del sombrero cuando ella alzó la vista.

–¡Oh, Dios mío! ¡Walker!

Charlie se levantó de un salto del regazo del desconocido y se acercó corriendo a darle un abrazo.

–Pensaba que estabas demasiado cansado como para venir.

–Pero he decidido que no quería perderme la diversión.

–Pues acabamos de empezar.

Él enarcó una ceja.

–¿Y así es como empiezas tú?

Claro. Me quedan horas de diversión por delante, Walker. Puedo seguir toda la noche.

Sí. Claramente, lo estaba haciendo a propósito. Y, ahora que ya estaba limpio y olía bien, podía inclinarse hacia ella todo lo que quisiera.

–¿Cuándo te has vuelto tan ligona, Charlie?

–Siempre lo he sido.

–Mentirosa. Conmigo nunca intentaste ligar. Me habría dado cuenta.

Ella se echó a reír.

–No te habrías dado cuenta ni de casualidad, Walker.

–Claro que sí. Las chicas listas como tú nunca flirteaban conmigo, así que habría sido algo memorable.

–Sí, supongo que éramos demasiado listas como para meternos en problemas con los chicos como tú.

–Exactamente. Entonces, ¿qué ha pasado?

Ella lo tomó del brazo y lo atrajo hacia sí.

–Que ahora somos lo suficientemente listas como para saber exactamente el tipo de problemas que queremos.

No podía acostarse con ella. No podía. Y ella estaba flirteando con él de todos modos. No significaba nada, para Charlie sería como sentarse en el regazo de uno de los tipos del bar, pero, Dios, a él se le aceleró el corazón al pensarlo. Charlie. La dulce e inteligente Charlie, llenándole la cabeza con imágenes de sexo. No estaba bien. Y le intimidaba.

Ella siempre había sido más inteligente que él, y siempre lo sería. En el instituto había sido una gran tutora, pero a él todavía se le ponía el vello de punta al recordar cómo era tener que escribir delante de ella, concentrándose tanto en acertar con las letras de las palabras. Era muy vergonzoso que la única chica ante la cual tenía que hacer los deberes fuese también la chica más inteligente que había conocido.

Él detestaba aquella situación, pero, con su bondad, Charlie había conseguido que fuera menos duro quedar como un tonto delante de ella.

A pesar de todo, parecía que él todavía le caía bien. Y ya nunca más tendría que hacer los deberes con ella.

Charlie le puso una cerveza en la mano.

Él intentó devolvérsela.

–No me voy a beber tu cerveza.

–Tengo una jarra entera. Soy una chica mayor, pero no puedo beber tanta cerveza yo sola.

–Supongo. Eres alta, pero no tan alta como antes.

–Eso es porque tú cada vez eres más y más grande. Eso me gusta. ¿Alguna vez has dejado de crecer, Walker?

En aquella ocasión, cuando ella le puso la cerveza en la mano, él la aceptó, y se la bebió de dos tragos. Podía superar aquello. Era solo diversión, como un flirteo con cualquier otra mujer.

–Vamos –le dijo ella. Lo tomó de la mano y tiró de él hacia un rincón del bar–. Rayleen no puede verte bien el trasero y me está fulminando con la mirada.

Walker se dio la vuelta y vio a Rayleen, que le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Estaba irritada.

–Hola, Rayleen –le dijo él, cuando llegó hasta ella.

–De hola, nada. ¿Esa que está ahí no es una conocida tuya?

–¿Quién? –preguntó él, y miró a Charlie, que se encogió de hombros.

–No, allí –dijo Rayleen, y señaló hacia la mesa de billar.

Walker miró en la dirección que le indicaba y vio a Nicole. Entonces, sintió una punzada de pánico que le llenó el cuerpo de adrenalina.

Primero, porque Nicole estuviera allí. Segundo, porque lo estuviera mirando con furia. Y, tercero, porque alguien que no tenía por qué saber nada de ella sabía más de lo necesario.

Él se volvió a mirar a Rayleen con cara de asombro, pero la anciana se encogió de hombros.

–Donde tengas la olla no metas la polla –dijo.

Charlie miró a Rayleen y, después, a él. Walker se estremeció.

–¿Problemas sentimentales?

No. Nada de sentimientos.

–Joder… –dijo él, y se pasó la mano por la barba.

Charlie puso los ojos en blanco.

–Bueno, ¿eso es todo?

Al ver que se echaba a reír, él sonrió apagadamente. Charlie no se había ofendido, pero, si se enteraba de los detalles, sí se ofendería.

–Discúlpame –dijo, y se dio la vuelta.

Por un momento, se sintió desorientado buscando a Nicole. No la encontraba. Tal vez se hubiera ido. Pero no; de repente, la encontró justo delante de él, cruzada de brazos.

Walker carraspeó y miró hacia la puerta.

–¿Qué estás haciendo aquí?

–Tomarme una copa –respondió ella, y se apartó el pelo rubio de la cara con un movimiento de la cabeza.

–Sí, claro –dijo él, y fue girándose para apartarla de Charlie y del resto de sus amigos–. En el rancho hay muchas cosas que beber.

–Pero últimamente no hay buena compañía.

–Es temporada baja.

–Eso no es lo que quiero decir, y lo sabes –respondió Nicole, y miró hacia la barra–. ¿Quién es esa? ¿Tu nueva compañera de cama?

–Nicole –dijo él, con un suspiro–. No quiero hablar de eso. Tú estás casada.

–Ya. Eso no te impidió tocarme ni besarme, pero ahora, es una buena excusa para ignorarme, ¿no?

Mierda.

–Lo siento. De verdad. He estado muy ocupado. Estoy buscando trabajo.

–A lo mejor yo puedo ayudarte para que te contraten en algún sitio. Si…

–No creo que sea buena idea –dijo él–. Ya es lo suficientemente complicado –añadió. Y, al mirar a su alrededor, vio tantos ojos fijos en ellos, que se estremeció de nuevo–. Podríamos hablar fuera.

–¿No quieres que te vean conmigo?

–Por Dios, Nicole. ¡Tienes un marido!

Ella se encogió de hombros.

–Como si a él le importara.

–Pues parece que le importó tanto como para despedirme.

Ella frunció los labios de rabia y, al final, dijo:

–Está bien.

Se encaminó hacia la puerta, y él la siguió. ¿Por qué demonios había tenido que ir allí a llamar la atención de todo el mundo? Bueno, por lo menos, ya no tenía que preguntarse qué era lo que sabía la gente. Si no sospechaban nada antes, ahora, sí.

Estuvo a punto de bajar a la acera para llevarla a su apartamento, pero, rápidamente, se dio cuenta de que aquello sería una estupidez. El porche del Crooked R no era totalmente privado, pero ya se había puesto el sol, y hacía tanto frío, que no había nadie sentado en los viejos taburetes.

Nicole se chocó con él cuando Walker cambió de dirección hacia el fondo del porche.

–¿No vives ahí mismo?

–Sí –dijo él, y no dio más explicaciones.

Por un momento, tuvo la impresión de que Nicole iba a explotar. Apretó los dientes, entrecerró los ojos y tomó aire. Walker se preparó para oír algunos insultos como los que ella le había dedicado a su marido en algunas peleas, pero, al final, ella exhaló un largo suspiro y se acercó a la barandilla para mirar a la calle.

–Me estás tratando como a una mierda, ¿sabes? Sé que no soy tu novia, y que estoy casada, pero ¿cómo has podido dejarme así, como si no fuera nada?

–Lo siento –dijo él, con sinceridad–. No quiero que te sientas mal. Es que…

–Estoy sola, Walker. Mi marido y yo no nos hablamos, y tú eres la única persona que me ha tratado como si fuera algo más que la mujer del dueño. Y ahora es cien veces peor. La gente ni siquiera sabe si debería ser agradable conmigo.

–No deberíamos haber hecho lo que hicimos. Lo que pensábamos hacer. Si él cree que nosotros tuvimos…

–Oh, por favor. ¿Es que crees que él no me engaña? Todo el mundo sabe que esa tía morena que viene a quedarse en la Cabaña del Colono todos los años, en julio, no viene para estar en contacto con la naturaleza. Por el amor de Dios, el año pasado ni siquiera se molestó en dar un paseo por el monte. ¿Es que todos creéis que soy tonta?

–Ah –dijo Walker, y tragó saliva. Era cierto que todos lo sabían. Y era parte de la justificación que él se había dado a sí mismo para liarse con Nicole–. Entonces, ¿por qué no te divorcias?

Ella se puso muy tensa.

–¿Que por qué no me divorcio? ¿De verdad? Lo dices como si a mí nunca se me hubiera ocurrido.

Él se encogió de hombros.

–¿Y bien?

–¿Quieres que te diga la verdad? Mi marido quiere que me quede para que cuide de sus hijos, y yo me quedo por el acuerdo prematrimonial. Precioso, ¿a que sí?

Él no entendía a la gente rica. ¿No preferiría Nicole ser libre, aunque fuera un poco más pobre?

–Puedes marcharte, Nicole. Sigue con tu vida. Estoy seguro de que quieres a tus hijastros, pero ellos ya tienen una madre. Podrías empezar de cero.

Ella se giró hacia él.

–No quiero empezar de cero. Quiero lo que tenía. Una casa bonita. Una buena vida. Y a ti, Walker. Tú siempre estabas ahí cuando te necesitaba –dijo, y sonrió. Esbozó aquella pequeña sonrisa que usaba cuando quería algo–. Las cosas irían muy bien entre nosotros, y lo sabes.

–Sí, es verdad. Pero… no está bien. Lo siento. No quiero tratarte mal, Nicole. Pensaba que para ti solo era una diversión. Estabas aburrida, y yo estaba por ahí. Pero si tu marido sospecha algo… Sé que es una tontería, pero un hombre necesita ciertos estándares.

–Estándares, ¿eh? Vaya, Walker, qué agradable.

–¡No estoy hablando de ti! Y no soy uno de esos tipos. Los dos estábamos haciendo lo mismo. Estoy hablando de mí. No sé por qué, pero, durante un tiempo, me parecía algo inofensivo, unos cuantos besos, unas cuantas fantasías… pero no quiero llevarlo más lejos.

–Pues sí querías aquella noche en la sala de arreos.

Walker se quitó el sombrero y se pasó una mano por el pelo, intentando calmar el pánico que sintió al recordar lo que había sucedido. Sí, él ya le había subido la falda y se había bajado la cremallera del pantalón, cuando pasó alguien por delante de la puerta de la sala de arreos. Creyó que se le iba a salir el corazón del pecho, que alguien iba a abrir la puerta y los iba a sorprender. Solo había tardado un segundo en cerrarse la cremallera y colocarle la ropa a Nicole, y había sentido un gran alivio por aquella interrupción. Nicole, por el contrario, no se había sentido tan agradecida.

Ella se cruzó de brazos y se agarró los codos, como si quisiera conseguir un poco de seguridad.

–Te echo de menos –susurró.

Oh, Dios… ¿qué iba a responder a eso? No podía ser cruel.

–Estás sola, Nicole. Deberías marcharte del rancho. Encontrar otra cosa.

–No –dijo ella.

–Bueno, pero yo no puedo ser una distracción en tu vida.

Ella se apretó los codos, pero volvió a sonreír.

–¿Por qué no? Se te da muy bien, Walker. Eres muy divertido.

Sí, claro. Muy divertido. Todo diversión.

–Sí, ya lo sé. Pero, a causa de esa diversión, me han despedido, y me está resultando difícil encontrar otro trabajo.

Entonces, ella se soltó y se acercó para acariciarle el brazo.

–Lo siento, de verdad. Deja que te ayude. A lo mejor… A lo mejor puedo conseguir que vuelvan a contratarte en el rancho.

–Ni hablar. Ya no puedo trabajar allí, sabiendo lo que piensa todo el mundo.

–¡Nadie sabe nada! Todo irá bien, y yo podría verte todos los días. Hablaré con…

Walker la interrumpió.

–No puedo.

Ella asintió, pero su expresión se volvió tensa, y empezaron a brillarle los ojos.

–Entonces, ¿no quieres volver a verme?

–Vamos, yo no he dicho eso. Y puedes llamarme cuando quieras para hablar.

–Esto no va de hablar, Walker. Yo no quiero hablar.

Sí, claro. No era eso lo que ella quería de él. No era lo que quería nadie.

–Gracias por ser sincera.

Ella puso los ojos en blanco.

–¿Por qué tienes que ser así? Cuando estamos a solas, todo va bien. En cuanto me marcho, empiezas a arrepentirte de algo que queremos los dos. Llévame a tu casa y acuéstate conmigo, Walker. Me dijiste que no querías hacerlo porque trabajabas para mi marido. Porque era su casa y su rancho. Pero las cosas ya no son así, y yo te deseo.

–No puedo. Lo siento –dijo él, con suavidad.

–Te vas a arrepentir de esto. Me echarás de menos. Dale una semana.

Nicole se dio la vuelta y bajó los escalones del porche. Él permitió que se fuera. Estaba aliviado de que la conversación hubiera terminado. Debería haber aclarado las cosas con ella desde el principio, en vez de evitarla, pero había pensado que su amistad moriría de muerte natural. No esperaba que ella fuera a hacerle exigencias.

Al principio, a él le gustaba Nicole. Le había halagado que ella se fijara en él. Y se había dejado llevar por la emoción de flirtear con la guapa mujer del jefe.

Demonios…

Se dejó caer sobre uno de los taburetes del porche, y posó el sombrero en otro. Permaneció así un momento, indeciso.

No debería haber ido al bar, y quería volver a casa, pero tenía que entrar otra vez. De lo contrario, todo el mundo se daría cuenta de que había salido del bar con Nicole y no habían vuelto.

De repente, se sentía cien veces más cansado que una hora antes. Sin embargo, se puso en pie, tomó el sombrero, sonrió forzadamente y entró de nuevo al bar.

–¡Has vuelto! –exclamó Charlie, en cuanto lo vio.

–No me había ido.

Rayleen lo observó con suma atención, pero, por una vez, no dijo nada.

Él tomó una cerveza, pero solo se tomó la mitad. Cabeceó, y dijo:

–Mira, estoy agotado. Me voy a casa, a la cama.

Charlie lo miró un momento.

–De acuerdo. ¿Me acompañas a casa? Yo también estoy muy cansada.

¿Estaba intentando sorprenderlo en un renuncio? ¿Pensaba que Nicole lo estaba esperando en su apartamento?

–Hace un momento, estabas dirigiendo a todo el mundo para que cantaran una canción. Dijiste que podías seguir durante horas.

–Pues me equivoqué. No se puede ser tan impresionante siempre y no cansarse nunca.

No podía negarse a acompañar a casa a una mujer de noche, aunque solo tuvieran que atravesar el aparcamiento.

–Encantado de acompañarte, Charlie.

–Vamos.

Antes de que hubieran dado dos pasos, Rayleen gritó:

–¿Dónde vas?

–¡A dormir! –respondió Charlie–. Tengo que descansar para el fin de semana. Voy a ir a cazar hombres.

Rayleen se echó a reír.

–Pues yo te ayudo a marcarlos.

Walker no podía creerlo.

–A esa mujer no le cae bien nadie, ni sus familiares.

–Ah, pero yo le caigo bien a todo el mundo, Walker. Después de todo, ¿qué tengo que no vaya a gustarle a la gente?

Sin darse cuenta, él bajó la mirada hasta su cuello y a la suave elevación de su pecho.

–No mucho.

–¿Me estás diciendo que estoy plana?

Él alzó la vista mientras abría la puerta del bar.

–¡Claro que no! ¿Qué dices?

Ella no se molestó en responder, tan solo se echó a reír mientras salía.

–¿Quién era esa mujer? –le preguntó, cuando bajaban del porche.

–Una amiga.

–Ah, haciéndote el sueco, ¿eh? ¿Es una novia?

–No.

–¿Hay alguien más?

–No.

–¿Walker Pearce sin una mujer? Eso es raro. Debería insinuarme rápidamente.

Otra vez le estaba tomando el pelo. Presionándolo. Debería seguirle el juego para asustarla, pero, en su estado de ánimo, no quería asustarla.

Se había dado cuenta de que Charlie ya no era la misma chica del instituto, y se había quedado tan confundido, que no se había preocupado de averiguar quién era ahora.

Ya no era la misma muchacha dulce y estudiosa, obviamente. Se había convertido en una exitosa profesional, y era atrevida, bella y salvaje. Exactamente, el tipo de mujer por el que se sentía atraído. Y, exactamente, el tipo de mujer que lo veía tal y como era: un bobo grandullón para tener una aventura.

–¿Estás bien? –le preguntó ella, dándole un suave codazo–. Parece que todavía estás tenso. ¿Te ha causado problemas?

–No demasiados.

–Supongo que estás acostumbrado.

Él apretó los dientes.

–Umm.

–Ya en el instituto, siempre había alguna chica enfadada contigo. Siempre causas problemas, Walker.

–Sí –dijo él, y le abrió la puerta de la Granja de Sementales para que pudiera entrar–. ¿Y tú, Charlie? ¿Estás buscando problemas?

La pequeña sonrisa de Charlie se convirtió en una sonrisa amplia y llena de picardía.

–Lo dices como si no pudieras creerte que los estoy buscando.

–Me parece que has cambiado.

–He cambiado, sí –dijo ella, mientras él la seguía escaleras arriba–. Espero no decepcionarte. Puede que a ti te gustara cómo era esa chica inocente y precavida, pero puedo decirte, por experiencia, que la gente inocente y precavida se siente sola. Y lo de ser precavido no funciona mucho… Bueno, no importa. Por el contrario, estoy segura de que tú nunca te has sentido solo, ¿a que no?

Walker subió el último escalón y miró a Charlie a los ojos.

–Esta noche me siento solo.

Ella se quedó asombrada y abrió mucho los ojos. Y él esperó que se echara a reír, que cambiara de opinión y dijera: «Oh, Walker, yo nunca podría acostarme contigo. Así no. Somos amigos».

Sin embargo, no dijo nada de eso, y le brillaron los ojos grises.

–¿De verdad? –susurró.

–¿No lo parezco? –preguntó él, y dio un paso hacia delante.

Charlie dio un paso hacia atrás. Repitieron aquellos movimientos hasta que ella apoyó la espalda en la pared, y él se quedó delante de ella. Charlie alzó la cabeza y lo miró con una sonrisa, y posó las manos en su pecho. Con aquel contacto, Walker notó cientos de corrientes de electricidad por su camisa.

–No tienes por qué estar solo, Walker –susurró ella–. Yo estoy aquí mismo.

Entonces, él bajó la cabeza y la besó. Se olvidó de que le enfadaba ser solo un bobo grandullón con el que tener una aventura. Aquella noche, si Charlie quería, sería todo eso para ella.

Aquel fue un momento en el que Charlie había pensado muchas veces durante su juventud. Walker Pearce, inclinando la cabeza, despacio, hacia ella y posando las manos en sus caderas mientras la besaba suavemente. En su imaginación, el corazón le latía exactamente así. Los pezones se le endurecían exactamente así. Sin embargo, en lo demás, todo era diferente.

El beso no fue dulce y tímido, como había diseñado su mente adolescente, creando una suave y romántica versión que no existía para los chicos. Walker la besó apasionadamente, su barba le acarició la piel. Sus labios presionaron los de ella hasta que abrió la boca y, entonces, su lengua la rozó. Su sabor era… bueno.

Él tenía las manos en sus caderas, sí, pero eran mucho más grandes de lo que había imaginado, y la sujetaban con fuerza contra la pared.

El ala de su sombrero lo oscurecía todo alrededor de ellos dos. Aunque estuvieran en medio de la escalera del edificio, Charlie tenía una sensación de privacidad. Le lamió la lengua y suspiró de deleite al notar la presión de su cuerpo.

No importaba que estuvieran en un lugar público. Tenía los ojos cerrados y sentía la erección de Walker apretada contra ella. Ya no era su amiga, sino un cuerpo en el que él quería entrar. Era raro que quisiera luchar contra eso, contra el hecho de que la considerara un objeto. Pero, por lo menos, era algo sincero. Podía confiar en lo que Walker quería de ella.

Alzó las caderas hacia él y acogió más profundamente su lengua, tomándolo por la nuca para conseguir que bajara un poco más. Era tan grande, tan alto y sólido que, por primera vez en la vida, ella se sintió pequeña.

–Umm… –canturreó contra su boca.

Él respondió deslizando las manos por sus costados, hacia arriba, y volviendo a bajar. Apretó los dedos brevemente en la curva de sus caderas, como si le gustara su forma.

Entonces, alzó una mano, se quitó el sombrero y lo lanzó hacia la puerta de su apartamento. De repente, ella se sintió expuesta a la luz del descansillo. Pero Walker bajó la cabeza, puso la boca sobre su cuello y ella se olvidó de todo.

Sentir su boca cálida, los dientes duros y la suavidad de su barba en la piel fue algo muy placentero. Ella echó la cabeza hacia atrás y permitió que él se recreara con la piel sensible de su cuello.

–Oh, qué gozada –gimió. Él apretó las caderas aún más contra ella–. Oh, y eso también…

Él se rio contra su cuello y creó unas exquisitas vibraciones que se extendieron por su cuerpo. De repente, Charlie notó que tenía los pezones endurecidos, y que los nervios de entre sus muslos estaban muy tensos. Le latía el pulso con fuerza, y todo era por Walker.

Sin poder controlarse, deslizó las palmas de las manos por sus hombros, sus brazos, su pecho… y todo lo que tocó fue duro y sólido. Walker no tenía nada blando, ni suave. Empezó a desabotonarle la camisa, y tocó rizos de vello oscuro y cálido. Él le clavó suavemente los dientes en el cuello, y ella gimió. Ya estaba abrumada por tantas sensaciones maravillosas.

Cuando, por fin, desabrochó todos los botones, le sacó el bajo de la camisa de la cintura de los pantalones vaqueros, y se la abrió para poder deslizar las manos por su pecho con total libertad.

Él echó la cabeza hacia atrás para poder mirar hacia abajo mientras ella exploraba todos sus músculos con los dedos.

–Dios –gruñó–. No sé si… No sé si deberíamos entrar…

Ella asintió, pero el olor especiado de Walker era demasiado como para poder resistirse. Posó la boca abierta en su clavícula y saboreó su piel. Y tuvo la sensación de que todas las células de su cuerpo suspiraban de alivio, como si hubiera estado anhelando aquel sabor durante toda su vida. Era perfecto. Su piel, su pelo, su jabón y un ligero olor a sudor. Aquella era la química que había alimentado sus fantasías durante el instituto. No sabía si las cosas habían sido iguales para él, pero ella podría empaquetar el olor de Walker y vivir de él durante semanas.

–Charlie –gruñó él, y echó la cabeza hacia atrás mientras ella pasaba los labios abiertos por su garganta–. Vamos dentro.

Sin embargo, siguió acariciándole la espalda y la apretó con fuerza contra su erección.

Oh, Dios… Aquello era algo que también quería saborear. Pero…

–No podemos acostarnos –susurró Charlie.

–Sí. Por supuesto. Vamos a… ¿Cómo?

Ella sonrió contra su cuello.

–Bueno, sí podemos. Y sería muy fácil, a juzgar por lo húmeda que estoy ahora mismo –dijo, y, bajo los labios, notó que él se atragantaba al oír sus palabras–. Pero no vamos a acostarnos esta vez.

–¿Cómo? –repitió él, con desconcierto.

Entonces, Charlie retrocedió un poco para mirarlo.

–Quiero saborearte, Walker. ¿No crees que lo mereces?

–Eh… ¿no? O, tal vez, sí. No sé a qué te refieres.

–Vamos –dijo ella, y tiró de él hacia su apartamento–. Llevo mucho tiempo esperando esto. No quiero que se termine todo en unos pocos minutos.

–¡Eh, no sería así!

Ella soltó una risita y recogió su sombrero del suelo. La puerta de Walker no estaba cerrada con llave, así que ella pasó delante y tiró de él hasta el sofá.

–Vamos a meternos mano.

Por muy desconcertado que estuviera, Walker fue muy colaborador. Se sentó en el sofá y extendió los brazos hacia ella. Charlie le puso el sombrero en la cabeza y se sentó a horcajadas sobre su regazo.

–A meternos mano, ¿eh?

–Claro.

Charlie se quedó sin aliento cuando él posó las manos en sus pechos, pero siguió adelante.

–¿Cuándo fue la última vez que te divertiste de manera más bien inocente con una chica? ¿No crees que estaría bien?

Él sonrió y le acarició los pezones con los dedos pulgares.

–¿Inocente? No sé, no me acuerdo.

–Umm…

Ella se arqueó contra sus manos, con los ojos cerrados, y los pezones se le endurecieron más y más bajo sus caricias, como si su cuerpo quisiera decirle a Walker que lo aprobaba.

Y, en aquel momento, Charlie se alegró de que no hubieran hecho nada de eso en el instituto. En aquella época, ella estaba avergonzada de su cuerpo, de su falta de curvas y sus pechos pequeños. Ahora, sin embargo, cuando él empezó a subirle la camisa, ella le ayudó. A Walker se le cayó el sombrero, pero ella casi ni se dio cuenta.

Charlie no trató de taparse con las manos cuando él le quitó el sujetador. Abrió los ojos y observó la cara de Walker cuando la prenda se le deslizó por los brazos.

Una cosa que había aprendido era que a los hombres les gustaban los pechos, grandes, pequeños o medianos. Les gustaba la forma redonda, y les gustaba…

–Oh –jadeó ella, cuando él tomó un pezón entre los labios y se lo succionó. Sí, eso era lo que más les gustaba. Succionar, lamer y mordisquear.

Ella dijo su nombre con un gruñido, lo animó, y él respondió succionando con más fuerza. Extendió el placer por todo su cuerpo con la boca, y consiguió que todo se pusiera más y más tenso. Sería gozoso tenerlo dentro en aquel momento. Tan gozoso, que Charlie no entendía por qué no iba a permitir que sucediera.

Sin embargo, esa era su regla para la primera noche, porque pensaba que una sesión de manoseo era muy buena forma de juzgar cómo iba a ser un hombre en la cama. El hecho de hacer una criba antes de acostarse con ellos disminuía mucho el número de las relaciones sexuales, pero de ese modo se aseguraba de que, al menos, la dejaran satisfecha. Era lógico.

Walker, sin dejar de besarla, la tomó de las caderas y la apretó hacia abajo para presionarla contra su miembro. Los dos gruñeron al sentir el placer.

–¿De verdad no quieres que nos acostemos? –le preguntó él.

Ella se estremeció al notar su respiración en el pezón húmedo. Él alzó las caderas, y ella gruñó.

–No, pero sí quiero que nos divirtamos un poco.

Entonces, se deslizó hacia atrás para que su peso descansara en las rodillas de Walker y, bajo su mirada, comenzó a desabrocharle el cinturón. Le abrió los dos primeros botones del pantalón y se detuvo un instante para admirarlo. Él tenía abierta la camisa de color azul oscuro y los pantalones a medio desabotonar.

–Eres una maravilla, Walker.

–Tú tampoco estás nada mal –dijo él, y le acarició con un pulgar uno de los pezones. Ella tomó aire bruscamente. El más ligero roce de Walker podía conseguir que se derritiera. Aquello iba a ser divertido.

Le quitó la camisa bajándosela por los brazos y le abrió el resto de los botones de la bragueta. Entonces, acarició su erección con los nudillos por encima de la tela del calzoncillo.

–Umm… Qué bonito.

A él se le escapó una risa enronquecida.

–Gracias.

–Pero me parece que estás un poco tenso.

–¿Te ayudaría esto?

Charlie metió la mano bajo la cintura del calzoncillo y le agarró el miembro con la mano. Al darse cuenta de que era tan grueso como parecía, sintió una descarga de adrenalina en la sangre.

–Sí, Dios, sí me ayuda.

Como quería ver qué era exactamente lo que estaba manejando, le tiró de los vaqueros para bajárselos por las caderas. Entonces, liberó su miembro erecto del calzoncillo y Charlie tuvo que cerrar los ojos y respirar profundamente. Cuando estuvo preparada, abrió los ojos y lo miró.

–Dios santo, Walker, eso sí que es una polla bonita.

–¿Te gusta?

Por su tono de voz, ella se dio cuenta de que estaba sonriendo, así que volvió a agarrarle el miembro con la mano y apretó suavemente. A él se le escapó un jadeo, y se le borró la sonrisa petulante de la cara. Aunque, en realidad, tenía derecho a sonreír. Era una obra de arte, larga, gruesa y recta.

Se arrepintió de haber dicho que no iban a acostarse. Si hubiera cerrado la boca, podría estar cabalgando sobre aquel vaquero hasta que le dieran calambres en el trasero. Pero, ahora, prefería morir a que él pensara que la había convencido para que cambiara de opinión.

Tenía que ser fuerte y resistirse a su encanto. Sin embargo, decirle que no al pene de aquel hombre iba a ser muy difícil.

Lo acarició y sintió que temblaba debajo de ella.

–¿Por qué no me dices qué es lo que te gusta? ¿Esto te parece bien?

–Sí –respondió Walker, mientras ella lo acariciaba. Ahora era él quien tenía los ojos cerrados.

–¿Así? –le preguntó ella, bajando y subiendo la mano–. ¿O más rápido? –añadió, y aumentó la velocidad de sus caricias. Vio que él apoyaba la cabeza en el respaldo del asiento.

–Oh, Dios, así. Como lo estás haciendo ahora…

Ella hizo lo que le pedía, mirándole la cara cuando no estaba mirando su miembro. La piel de sus manos parecía muy pálida en comparación con su piel morena y sonrojada. Sonriendo, Charlie alzó la vista y vio que él se había recuperado lo suficiente como para observar la escena, y estaba absorto. Extendió los dedos sobre sus muslos y empezó a apretarla cada vez que ella lo acariciaba hasta la base del miembro.

–Dios, qué gozada, Charlie…

Alzó la vista para mirarla a los ojos, y ya no quedaba nada del Walker bromista. Tenía los ojos azules brillantes de lujuria, y los pómulos, tensos y enrojecidos.

–No pares –le pidió, cuando ella comenzó a moverse con más lentitud–. Sigue así, por favor. No pares.

A ella se le borró la sonrisa y asintió, mirándolo a los ojos.

–No te pares.

–¿Quieres correrte así? –le susurró.

Él apretó los dientes. Los párpados se le cerraron un instante y, después, bajó la mirada hasta sus pechos.

–Sí, sí…

Deslizó una de las manos hacia sus pechos y le pellizcó un pezón suavemente.

Charlie jadeó y vaciló un instante, pero él le tomó la mano e hizo que recuperara el ritmo que deseaba. Aunque era difícil concentrarse, porque él también le estaba dando placer con los dedos, frunció el ceño e hizo todo lo que pudo.

Él ya tenía la respiración entrecortada y estaba a punto de llegar al orgasmo, así que ella le apretó un poco más. Él jadeó y empujó hacia arriba con las caderas.

Бесплатный фрагмент закончился.

538 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
281 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413486697
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги