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DISCIPLINAS, SABERES Y PRÁCTICAS

FILOSOFÍA NATURAL, MATEMÁTICAS Y ASTRONOMÍA EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LA ÉPOCA MODERNA

DISCIPLINAS, SABERES Y PRÁCTICAS

FILOSOFÍA NATURAL, MATEMÁTICAS Y ASTRONOMÍA EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LA ÉPOCA MODERNA

Víctor Navarro Brotons

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© De los textos Víctor Navarro Brotons, 2014

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2014

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Diseño de la maqueta: inmaculada Mesa

Imagen de la cubierta: Astrolabio atribuido a G. Arsenius con el cuadrado náutico diseñado por Gemma Frisius (Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, Madrid) Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9611-7

A José María López Piñero y

Vicent L. Salavert Fabiani

In memoriam

ÍNDICE

Prólogo


I. España y la Revolución Científica: aspectos historiográficos, reflexioi. nes y perspectivas

SIGLO XVI Y COMIENZOS DEL XVII: EL RENACIMIENTO CIENTÍFICO


II. La práctica de las matemáticas en la España del Renacimiento. Una revisión historiográfica
III. La enseñanza de la filosofía y las ciencias en las universidades: la reglamentación y la práctica
IV. Escolasticismo, humanismo y ciencia en la Universidad de Valencia
V. Copérnico en España. el caso de Diego de Zúñiga
VI. Materia y forma: las teorías corpusculares
VII. Humanismo y mecánica
VIII. Astronomía y cosmografía entre 1561 y 1625
IX. Aspectos de la obra cosmográfica de Pedro Nunes y su influencia en la cosmografía ibérica
X. El cultivo de la geografía y las relaciones entre la geografía y la cosmografía
XI. Imaginar y describir el territorio en el País Valenciano
XII. Relaciones científicas entre los Países Bajos y España
XIII. Las novedades celestes: entre 1572 y 1618

SIGLO XVII Y COMIENZOS DEL XVIII: LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA EN LA ÉPOCA DE LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA


XIV. El cultivo de las disciplinas físico-matemáticas y la contribución de los matemáticos jesuitas
XV. La astronomía en las décadas centrales del siglo XVII: circulación de los conocimientos y prácticas entre los Países Bajos, italia y España
XVI. Filosofía natural y disciplinas matemáticas: Galileo en España
XVII. La Libra astronómica y philosóphica de Sigüenza y Góngora: la polémica sobre el cometa de 1680 y la crisis de la astrología
XVIII. La renovación científica en la Valencia moderna: los «novatores» y las disciplinas físico-matemáticas

SIGLO XVIII (HASTA 1767)


XIX. La actividad científica en la España del siglo XVIII y el papel de los jesuitas hasta la expulsión de la Compañía (1767)

Fuentes impresas

Bibliografía

Procedencia de los trabajos

Agradecimientos

Índice onomástico

PRÓLOGO

Hemos reunido un conjunto de trabajos publicados entre 1995 y 2012 en diversas revistas, como capítulos de libros o en actas de congresos, todos ellos referidos a la actividad desarrollada en el ámbito de las disciplinas matemáticas o físico-matemáticas y sus aplicaciones, así como en filosofía natural, en la España de los siglos XVI-XVIII, es decir, en lo que los historiadores llaman la época moderna. Hemos incluido también un trabajo dedicado a México y en algunos casos hemos ampliado el ámbito de nuestro interés al mundo ibérico, es decir, incluyendo Portugal. Más abajo indicamos la procedencia de los trabajos.

No es necesario señalar que los trabajos se sitúan en lo que a la historia de la ciencia se refiere, en el periodo conocido habitualmente como Revolución Científica, o como el período del Renacimiento y la Revolución Científica. Sin entrar a discutir el sentido y la validez de estos términos y de la periodificación adecuada de los procesos de renovación y cambio científico y filosófico que tuvo lugar en esta época en el mundo occidental, nuestros trabajos se sitúan necesariamente en este contexto sin más pretensión que mostrar la actividad desarrollada en España en las disciplinas, saberes y prácticas mencionados desde una perspectiva comparada.

Este libro en cierto modo pretende ser complementario del que publicó López Piñero dedicado a la «Medicina e Historia Natural en la sociedad española de los siglos XVI y XVII», que es una reedición revisada de su gran libro Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII (1979). Al planear la reedición López Piñero decidió no incluir las partes dedicadas a los saberes físicos-matemáticos y sus aplicaciones porque consideró que el desarrollo de la historiografía exigía que alguien más especializado que él en estas materias se ocupara de las mismas. En consecuencia y con gran generosidad me invitó a que me ocupara yo de esa parte. Así, en la contraportada de su nuevo libro anunció expresamente que dejaba «los saberes físico-matemáticos para otra obra en proyecto de víctor Navarro Brotons». Con el presente libro he pretendido cumplir esta tarea en la medida de mis posibilidades y con el formato que me ha parecido más adecuado en el momento actual.

Hemos dividido el libro en tres partes, dedicadas a tres períodos de la historia de la ciencia en la época moderna, además de dos capítulos de carácter principalmente historiográfico. Una periodificación que, si bien se ha discutido y es discutible para la cuestión general de la Revolución Científica, resulta muy adecuada para el caso de España.

El capítulo i, intenta hacer un balance sobre el estado de la cuestión que da título al capítulo: «España y la Revolución Científica». Particularmente después de varias décadas de trabajo por parte de un conjunto notable de historiadores que han intentado ir más allá de los planteamientos rudimentarios, esquemáticos y poco fundamentados de los protagonistas de la famosa polémica de la ciencia española. En este capítulo se hace un rápido recorrido por la historiografía sobre la cuestión, se exponen las cuestiones abiertas y los nuevos retos y nuevas exigencias que la historiografía general de la ciencia nos plantea.

El capítulo II, a pesar de su carácter historiográfico, lo hemos incluido en la parte 1ª porque en alguna medida puede servir de introducción de la misma. En este capítulo hemos aprovechado las reflexiones y sugerencias de Menéndez Pelayo sobre el «esplendor y decadencia de la cultura científica española» para examinar la actividad matemática en la España del siglo XVI desde una perspectiva historiográfica. Aquí nos hemos basado en los trabajos y conclusiones de Jim Bennett y otros autores acerca de la importancia de lo que Bennett llama «the practical mathematical tradition» para la construcción de la ciencia moderna, especialmente para la emergencia de la filosofía mecánica o la nueva filosofía natural del siglo xvii. El trabajo pretende mostrar, a partir de la rica historiografía con la que ya contamos, que en el mundo ibérico, prácticamente ignorado por Bennett, se produjo una importante actividad en estas materias (astronomía práctica, topografía, agrimensura, perspectiva, cartografía, arquitectura, fortificación, ingeniería y máquinas, el arte de la guerra y la náutica, que son las actividades mencionadas por Bennett). También sugerir algunas reflexiones sobre el alcance y límites de esta actividad y en relación con ello la validez y actualidad de las ideas de Menéndez Pelayo.

Los capítulos III y IV se ocupan de comentar algunos aspectos relevantes de la reglamentación (constituciones, estatutos y otras disposiciones) y de las enseñanzas de lógica y filosofía (filosofía natural y metafísica) y de las disciplinas matemáticas (aritmética, geometría, astronomía, óptica, cartografía, geografía, náutica y astrología) en la España del siglo XVI. El capítulo III en particular se ocupa de la reglamentación y la enseñanza en las universidades de valencia, Salamanca y Alcalá, es decir, en las tres universidades más relevantes de España en la enseñanza de las mencionadas materias. Se trata de mostrar la evolución y cambios en los estatutos y constituciones y en paralelo la evolución y cambios en los contenidos reales de las enseñanzas. En general, la reglamentación de las enseñanzas es insuficiente para dar cuenta de las mismas y debe combinarse con el estudio de los textos impresos y manuscritos y con todo tipo de testimonios, disposiciones y acuerdos.

El capítulo IV se centra en la Universidad de valencia, sin duda una de las más importantes de la España del siglo XVI. La función de las universidades en la construcción de la ciencia moderna ha sido y sigue siendo reevaluada profundamente. En este sentido, el rico panorama de doctrinas y personalidades que se reunieron entorno a la Universidad valenciana en el siglo XVI permite acercarnos a algunos aspectos de esta reevaluación. Se destaca, en el primer tercio de siglo, la presencia de notables representantes del que se ha llamado el grupo de «calculatores» de la Universidad de París, como Juan de Celaya; del corpuscularismo en la tradición averroísta del médico Pere d’Olesa; la crisis del nominalismo y la hegemonía de la orientación humanista; los avances de las matemáticas en el marco del programa humanista, con la gran figura de Jerónimo Muñoz, y finalmente la decadencia y la reescritura contrarreformista de Aristóteles.

La cuestión del copernicanismo, o la teoría heliocéntrica, tal y como la formuló Copérnico, y su difusión y recepción en Europa ha sido uno de los temas más estudiados de la actividad científica y filosófica del Renacimiento. Sobre su recepción en España el caso más famoso y citado es el del filósofo y teólogo salmantino Diego de Zúñiga, cuyos Comentarios a Job fueron prohibidos hasta su corrección por la inquisición romana junto con la obra del propio Copérnico. Zúñiga había defendido que la teoría de Copérnico describía mejor que las anteriores el movimiento de la Tierra y que este movimiento no era incompatible con las Escrituras. Posteriormente, en un tratado de filosofía Zúñiga rectificó su opinión y afirmó que el movimiento de la tierra era imposible. El capítulo v está dedicado a exponer las ideas de Zúñiga y tratar de explicar su defensa inicial de la teoría de Copérnico y su posterior cambio de actitud. Para ello y para contextualizar adecuadamente a Zúñiga se describen los aspectos fundamentales de la recepción de Copérnico en la España del siglo XVI.

El capítulo VI está dedicado fundamentalmente a exponer las ideas sobre la materia y la forma de algunos destacados médicos españoles del siglo XVI, y muy especialmente, las del médico mallorquín afincado en valencia Pere Bernat d’Olesa i Rovira. Olesa hizo uso de la noción de minima naturalia en relación con la estructura de la substancia material y la estructura y formación de compuestos o mixtos. Aunque se ha querido ver en Olesa el punto de partida de una tradición atomista en España, continuada en dicho siglo por Francisco valles y Gómez Pereira, el único autor que defendió ideas, sino atomistas, sí corpuscularistas similares a las de algunos filósofos eclécticos del siglo XVII con tendencias atomistas, fue el médico mallorquín. No obstante, el estudio de las obras de valles y Gómez Pereira muestra la variedad de respuestas que se dieron a esta u otras cuestiones de la filosofía natural, en el marco general del aristotelismo renacentista, y el notable eclecticismo de los seguidores del aristotelismo, como ya apuntó Charles Schmitt.

El capítulo VII está dedicado al cultivo en la España del siglo XVI de la mecánica o teoría de las máquinas, de acuerdo con el significado del término en la época. Fue cultivada en España por humanistas, ingenieros, cosmógrafos y matemáticos con una orientación fundamentalmente práctica, aunque sus cultivadores también destacaron la nobleza de la disciplina en virtud de su relación y dependencia de las matemáticas. Entre los humanistas destaca Diego Hurtado de Mendoza, embajador imperial en venecia, que animó los primeros estudios de mecánica de Alessandro Piccolomini y estableció una estrecha amistad con Niccolò Tartaglia. Hurtado de Mendoza tradujo, además, al castellano las Cuestiones Mecánicas pseudo-aristotélicas. El estudio de la mecánica contó en España con un espacio institucional excepcional en la Europa de la época, la Academia de Matemáticas de Madrid, creada a iniciativa de Juan de Herrera. Un discípulo de Herrera, Juan Bautista villalpando, se interesó por el equilibrio estático en relación con la arquitectura, basándose en el pseudo Aristóteles, Pappus y Commandino. También se destaca el cultivo de la artillería, particularmente la obra de Diego de Álava. Pero el estudio de la mecánica, con la excepción ocasional de la artillería, fue excluido de las enseñanzas universitarias, y los filósofos escolásticos no mostraron ningún interés por esta materia, lo que impidió el contacto entre el estudio del movimiento y la teoría de las máquinas. Y fue precisamente ese contacto el que le permitió a Galileo sentar las bases de una nueva ciencia.

El capítulo VIII se ocupa de describir diversos aspectos de las relaciones astronomía-cosmografía en los tiempos de los primeros felipes. Se dedica especial atención a los proyectos de reforma de los instrumentos, regimientos y cartas de navegar por parte del Consejo de indias y a los resultados alcanzados y, de manera general, a las actividades astronómicas y propuestas de nuevas tablas de algunos de los más destacados autores portugueses y españoles en el ámbito de la cosmografía y la astronomía. En particular, se describen las observaciones, cálculos e instrumentos utilizados por Andrés García de Céspedes para revisar el regimiento del Sol y de la Polar. García de Céspedes y sus colaboradores fueron, junto a Harriot en inglaterra, los primeros que calcularon de nuevo la longitud del Sol y la oblicuidad de la eclíptica para elaborar las tablas de declinación. Es decir, no se sirvieron de las Ephemerides de uno u otro autor ya publicadas, como acostumbraban a hacer los autores de tablas y regimientos.

El capítulo IX está dedicado a la figura del portugués Pedro Nunes, especialmente a describir sus contribuciones principales a la fundamentación científica (matemática y astronómica) del «arte y ciencia de navegar» y a la influencia que estas contribuciones tuvieron en los cosmógrafos españoles y portugueses afincados en España (el caso de Lavanha) de las últimas décadas del siglo XVI y primeros años del xvii.

El Capítulo X intenta reivindicar la importancia de la geografía y la cartografía en la construcción de la ciencia moderna, de acuerdo con las indicaciones y sugerencias de autores como Jim Bennett y David Livingstone y en consonancia con la profunda renovación historiográfica de la historia de la ciencia y la notable diversificación de sus cultivadores. Ello está haciendo posible la integración de la geografía en la ciencia moderna. Pero además, la historia de la geografía no puede entenderse en toda su complejidad si su estudio no se integra con el de la cosmografía, la náutica, la cosmología, la astronomía, los instrumentos y las matemáticas. Este capítulo, junto a estas propuestas programáticas, explora estas relaciones en el caso español y recoge testimonios de los propios agentes históricos.

El capítulo XI está dedicado a describir las contribuciones a la geografía del matemático y humanista Jerónimo Muñoz. Muñoz, profesor de matemáticas y astronomía, enseñaba las técnicas para elaborar mapas y calcular la localización de los lugares, así como los fundamentos de la geometría descriptiva. Además, realizó una importante labor cartográfica y fue posiblemente la principal autoridad en la que se basó Abraham Ortelio para el mapa del Reino de valencia que incluyó en su famoso Atlas.

El capítulo XII trata de ciertos aspectos de las relaciones científico-técnicas entre los Países Bajos y los reinos peninsulares de la monarquía española del siglo XVI. Las circunstancias políticas de los países implicados, que cambiaron considerablemente a lo largo de la centuria, condicionaron esas relaciones. Pero a pesar de lo adverso del contexto político e ideológico, éstas se mantuvieron y en algunos casos se intensificaron, especialmente en el último tercio del siglo XVI y en la primera década del xvii. Fueron particularmente intensas en historia natural, botánica, medicina, así como en astronomía, geografía, cartografía y en el arte de navegar. En el presente trabajo nos centramos en las relaciones concernientes a la astronomía, la geografía, la cartografía y la náutica.

El capítulo XIII se ocupa del impacto que tuvieron las novedades celestes en España, particularmente las novae y cometas, entre los matemáticos, humanistas, cosmógrafos y filósofos (o médicos-filosófos) en el período 1572-1616. Se destacan en primer lugar los trabajos de Jerónimo Muñoz sobre la supernova de 1572, que realizó el mejor estudio desarrollado en España sobre el fenómeno y uno de los mejores de Europa. Se estudian los trabajos dedicados por diversos autores al cometa de 1577 y la actitud de algunos filósofos ante las novedades celestes; a la nova de 1604, con especial atención a la obra de Núñez Zamora, y se comenta aspectos de los trabajos de los cosmógrafos sobre los cometas. Se pone de relieve que el desafío de las novae y cometas contribuyó de forma muy relevante, también en España, a la crisis del cosmos aristotélico-escolástico.

Con el capítulo XIV comienza la segunda parte dedicada al siglo XVII. A pesar del relativo aislamiento y decadencia de la actividad científico-técnica que tuvo lugar en España en el siglo XVII, en este capítulo se trata de mostrar que aislamiento y decadencia no deben entenderse como ausencia de actividad científica digna de ser considerada y estudiada. A través de algunas instituciones, personalidades o grupos más o menos aislados los nuevos conocimientos fueron penetrando en este país. Durante gran parte de la centuria la institución más destacada en este sentido fue el Colegio imperial de Madrid, regentado por los jesuitas. Con la fundación en él de los Reales Estudios en 1625 se crearon cátedras de matemáticas y de historia natural, además de la ya existente de la llamada Academia de Matemáticas, que también fue asumida por los jesuitas. En relación con ello, se describe la actividad desarrollada por los matemáticos jesuitas vinculados al Colegio imperial, a través del estudio de sus obras impresas y de un importante volumen de manuscritos. También se estudia la actividad científica de otros autores no jesuitas, que mantuvieron estrecha relación con éstos, no sólo con los del Colegio imperial, sino con algunos destacados matemáticos jesuitas de otros países.

La astronomía fue uno de los temas en que la circulación de los conocimientos fue más intensa, llegándose a formar importantes redes de relaciones y correspondencia. En el capítulo XV se estudia la circulación de los conocimientos entre los Países Bajos, italia y España, de gran importancia para el desarrollo de la actividad astronómica en este país en un período de relativa decadencia de la actividad científica. En primer lugar, a través de la actividad de destacados matemáticos de los Países Bajos como Jean Charles della Faille y Michael Florent van Langren. En segundo lugar, a través de las relaciones de destacados autores españoles, y especialmente de Juan Caramuel, con científicos de los Países Bajos. En tercer lugar a través de redes de comunicación en las que los astrónomos de los Países Bajos tuvieron una notable presencia. Nudos importantes de esas redes fueron autores como Gasssendi, Giambattista Riccioli, ismaël Boulliau y Athanasius Kircher. De particular importancia fue la red centrada en Riccioli. Uno de sus principales corresponsales fue precisamente el mallorquín Vicente Mut, el observador más destacado de la España del siglo xvii.

En el capítulo XVI se estudian las relaciones, influencia y/o recepción de Galileo en España. En primer lugar, se comentan brevemente las negociaciones de Galileo con el gobierno español relacionadas con sus aspiraciones al premio ofrecido para resolver el problema de la determinación de la longitud en el mar. Seguidamente se describen los primeros testimonios de la difusión en España del Sidereus Nuncius y las observaciones telescópicas de Galileo. La recepción de las novedades celestes y la discusión de sus implicaciones cosmológicas entre los profesores del Colegio imperial de Madrid. Las primeras referencias a la dinámica galileana. La difusión en España de los compendios y cursos de matemáticas publicados por autores como el español Caramuel o el francés Milliet Dechales, que incluían una amplia discusión de la obra de Galileo. La enseñanza de la filosofía natural en las universidades españolas: la hegemonía de la tradición escolástica y la escasa y limitada recepción y discusión de las novedades en los tratados y cursos de esta materia en el siglo XVII. La obra de los «novatores valencianos» y su labor en la recepción, asimilación y difusión en España de la obra de Galileo.

La astrología formaba parte, desde la Antigüedad, del repertorio de saberes, técnicas y habilidades del matemático-astrónomo. Durante el Renacimiento la astrología se enseñaba en las universidades, la practicaban la mayoría, sino todos, los matemáticos-astrónomos y formaba parte de su legitimación social. Con el avance de la Revolución Científica el cultivo de la astrología fue disminuyendo, aunque la crisis y decadencia de esta actividad obedece a una multiplicidad de causas y no únicamente a su descalificación científica. Un caso de gran interés para estudiar algunos aspectos de esta cuestión nos lo ofrece la polémica sobre el cometa de 1680 entre el poeta, historiador y astrónomo mexicano Carlos Sigüenza y Góngora y el jesuita Eusebio Kino. En 1681 Sigüenza redactó un Manifiesto philosófico destinado a criticar las doctrinas astrológicas y las creencias asociadas con los cometas. El escrito de Sigüenza fue criticado por varios autores, entre ellos el mencionado Eusebio Kino. Sigüenza elaboró una amplia y detallada respuesta a Kino: la Libra astronómica y philosófica. En el capítulo XVII se analiza el contenido de la obra de Sigüenza, sus ideas astrónomicas y cosmológicas, la evolución de sus puntos de vista sobre la astrología, y la controversia con Kino. Todo ello, en el contexto de las ideas circulantes en la época sobre estos temas, tanto en el ámbito hispánico como en el europeo.

Uno de los principales escenarios del proceso de renovación científica y filosófica en España de finales del siglo XVII y primeras décadas del XVIII fue la ciudad de valencia, tanto en el campo de la medicina y saberes biológicos relacionados con ella como en el de la filosofía natural y las disciplinas físico-matemáticas. El capítulo XVIII está dedicado a describir la labor desarrollada por los protagonistas de este movimiento de renovación, especialmente Baltasar de Íñigo, Juan Bautista Corachán y Tomás Vicente Tosca. Esta renovación se caracterizó por un notable esfuerzo de asimilación de las nuevas corrientes científicas, tecnológicas y filosóficas, tanto de las ideas, como de los métodos y procedimientos de argumentación, el recurso sistemático a la observación y la experimentación, el uso de instrumentos y las aplicaciones de la ciencia. Los matemáticos valencianos se reunían en tertulias y, hacia 1687, constituyeron una Academia Matemática tomando como modelo las sociedades científicas europeas. Asimismo, trataron de reformar las enseñanzas científicas en la Universidad. Corachán dejó un importante volumen de manuscritos de contenido físico-matemático, preparados muchos de ellos para sus enseñanzas privadas o universitarias. La contribución de los novatores valencianos a la renovación científica culminó con la publicación por Tosca de su Compendio Mathemático (1707-1715) en nueve volúmenes, y el Compendium philosophicum (1721) en 5 volúmenes.

El último capítulo está dedicado a describir a grandes rasgos los principales aspectos del considerable desarrollo científico español del siglo XVIII, que comenzó a manifestarse ya en la primera mitad del siglo, y el papel que los jesuitas desempeñaron en ese desarrollo hasta su expulsión en 1767. Aunque los jesuitas perdieron el protagonismo que habían tenido en el siglo anterior, continuaron participando activamente en el nuevo desarrollo de las ciencias en España. Además de la cátedra en el Colegio imperial, los jesuitas impartieron enseñanzas científicas en el Seminario de Nobles de Madrid, fundado en 1725, y en Barcelona, en el Colegio de Nobles de Cordelles. También fue muy destacada la presencia jesuítica en la Universidad de Cervera. En este capítulo se describe la actividad desarrollada en estas instituciones por diversos matemáticos jesuitas, algunos de ellos, como Johannes Wendlingen y Christian Rieger, procedentes de otros países. Finalmente se comenta la actividad desarrollada por algunos de los jesuitas expulsos en italia.

Desde que comencé a trabajar en el campo de la Historia de la Ciencia, a finales de los años sesenta, bajo la dirección de José María López Piñero, mi principal línea de investigación ha sido la actividad científica en la España moderna en las materias de las que trata este libro. Publiqué mi primer trabajo, dedicado a los «novatores» valencianos, en 1972. Por ello, este conjunto de trabajos aparecidos desde 1995 son una parte substancial, pero no agotan lo que he venido escribiendo desde aquellos primeros años hasta hoy sobre estos temas. Sea cual sea, por lo demás, el valor de los mismos. En cualquier caso, en la Bibliografía incluida hacia el final de este libro pueden verse referencias a buena parte de mis otros trabajos.

I. ESPAÑA Y LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA: ASPECTOS HISTORIOGRÁFICOS, REFLEXIONES Y PERSPECTIVAS

En un artículo incluido en la Géographie moderne de la Encyclopédie Méthodique, en 1782, Nicolás Masson de Morvilliers, tras ponderar diversos aspectos de la geografía española y de sus habitantes, preguntaba: ¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro siglos, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa? Aunque finalmente Masson reconocía que había claros signos de recuperación, la cual sería posible finalmente con la ayuda de las metrópolis ilustradas, particularmente de Francia. Entre las causas aducidas por Masson estaban la despoblación de España, la gran cantidad de frailes y monjas, la Inquisición, los impuestos excesivos, el régimen dietético de los españoles, el clima y la emigración de los españoles.1 Por la misma época, una afirmación similar acerca de las deudas a España había sido lanzada en suelo italiano por varios autores, particularmente Girolamo Tiraboschi y Saverio Bettinelli, aunque más centrada en la literatura: según estos autores, los españoles, desde la época de Séneca y Marcial, habrían importado a Roma el mal gusto que habría corrompido las letras latinas, y en la época moderna Góngora y sus discípulos habrían introducido de nuevo esa misma corrupción en la literatura italiana.2

En un artículo dedicado a la filosofía española de los siglos XVII y XVIII, el destacado estudioso Anthony Pagden (Pagden, 1988: 139) afirmaba: «España nunca experimentó una revolución científica o alguna cosa semejante que se pueda acomodar a una descripción de este tipo». Otro muy notable historiador, Allen G. Debus, bien informado del desarrollo de la historiografía de la ciencia en España, a juzgar por la amplia bibliografía que cita, ha escrito un artículo dedicado a «Paracelsus and the Delayed Scientific Revolution in Spain». Ahora, en este caso, estamos ante un retraso, no una inexistencia. Según Debus: «Sería difícil defender que la ciencia y la medicina ibéricas fueron innovadoras como lo fueron la ciencia inglesa, francesa, italiana o alemana» (Debus, 1998: 147-148). Afirmación que Debus ilustra en parte por la reacción española a la obra de Paracelso y a la medicina química: todo queda explicado por el esfuerzo de Felipe II para preservar la ortodoxia religiosa. Afirmaciones semejantes se pueden encontrar en otros autores; aunque, es justo decirlo, también ha aumentado, y aumenta cada día, el interés de los historiadores por la historia de la actividad científica y filosófica en la Península y en las Islas.

Cuando, en los años 70, me sumé al programa de mi maestro, el profesor López Piñero, de reconstrucción de la actividad científica en la historia de España, uno de los primeros textos que leí fue la obra de Marie Boas: The Scientific Renaissance. En este magnífico libro, al mismo tiempo que se ponderaba y elogiaba la literatura española de historia natural sobre América, se decía, a propósito de la difusión de la obra de Copérnico: «Por alguna perversidad del desarrollo intelectual, países como Inglaterra y España, previamente atrasados en los avances culturales y sobre todo en los científicos se hicieron eco muy pronto de las novedades astronómicas. Quizás esto se debió a que no estaban en firme posesión de las antiguas». Esto, que puede ser cierto para Inglaterra, es, desde luego, totalmente erróneo para el caso español.

David Goodman, uno de los mejores conocedores de la actividad científicotécnica española del siglo XVI, de la que ha ofrecido una rica y compleja imagen, al referirse al siglo XVII español coincide en parte con estas conclusiones. Así, en una síntesis sobre «The Scientific Revolution in Spain and Portugal» afirmaba (sin duda obligado por las exigencias de la síntesis): «tan completo fue el colapso que es difícil encontrar alguna contribución a la Revolución Científica del siglo XVII». No obstante, en otro trabajo matizaba que en 1680 comenzó «un esfuerzo conjunto para modernizar la ciencia española».

Concluiré este pequeño repertorio de citas con una anécdota reciente: en un Congreso internacional de historia de la Ciencia dedicado a Galileo y celebrado en territorio español, un destacado estudioso americano dijo en sus conclusiones que aquella reunión mostraba que España podía considerarse ya un país moderno (moderno, bien entendido, no postmoderno: aún más recientemente, se puedo escuchar en Boston, en una reunión dedicada a los jesuitas y la cultura, una conferencia sobre un filósofo y naturalista español del siglo XVII, Juan Eusebio Nieremberg, al que se calificaba de moderno, premoderno y postmoderno a la vez).

La cuestión de ¿qué se debe a España?, planteada por Masson, se considera uno de los orígenes de la llamada polémica de la ciencia española, y está sin duda relacionada con la llamada «leyenda negra» (término inventado por el político e historiador Julián Juderías en 1913).3 Sobre esta supuesta «leyenda» decía Pierre Chaunu: «La leyenda negra es el reflejo de un reflejo, una imagen doblemente deformada, la imagen exterior de España, tal y como la España la ve. La especificidad de la leyenda negra radica no en la supuesta especial intensidad negativa de las críticas, sino que la imagen exterior ha afectado a España más que su imagen exterior ha afectado a cualquier otro país. La leyenda negra es por tanto, por así decirlo, el conjunto de rasgos negativos que la conciencia española descubre en la imagen de sí misma» (Chaunu, 1964). En la misma línea François Lopez apuntaba certeramente que toda la Ilustración española fue una gran revisión del legado del pasado y de las tradiciones nacionales. Nunca, añadía, la imagen de España proyectada en los otros países ejerció, al recibirse en el país, tanta influencia sobre el pensamiento y el actuar de la elite instruida. Probablemente no hubo en esa época ni una sola gran empresa intelectual que no tuviera por finalidad confesa rehabilitar a la nación denigrada por los extranjeros y abrir los ojos a los propios españoles (Lopez, 1999: 332-333).

En este último sentido, los debates de la época de la Ilustración produjeron trabajos nada desdeñables. Recordaré aquí las obras de Francisco Lampillas y Juan Andrés, dos jesuitas expulsos, que marcharon a Italia e intervinieron en la polémica contra Tiraboschi y Betinelli. Lampillas, en su Saggio storico apologetico della Letteratura Spagnuola contro le preggiudicate opinioni di alcuni moderni scritori italiani (1778-1781, 6 vols.), mostró un amplio conocimiento de la actividad, digamos hispánica, en medicina, historia natural, navegación, arte militar, filosofía natural y humanismo en sus diferentes orientaciones y manifestaciones. Por otro lado, Lampillas reconoció los pocos progresos realizados en España en el período más reciente en matemáticas y física; rechazó, sin embargo, la atribución a factores como el clima, esgrimido por sus oponentes, así como el concepto de un «temperamento nacional» o «genio» inalterable. Ante todo eso, introdujo una perspectiva histórica y adoptó un punto de vista relativista.4

En la época contemporánea, es decir, en los siglos XIX y XX hasta la Guerra civil, la polémica acerca de ¿qué se debe a España? o «de la ciencia española» continuó, con resultados diversos. La crisis de los ideales ilustrados, que se manifestó dramáticamente en los Años de la Guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII, hizo de nuevo muy difícil el desarrollo normal de la actividad científica española, aunque desde luego no lo ahogó totalmente; ello dio de nuevo argumentos a los más pesimistas acerca del papel y posibilidad de la ciencia en la historia española. Conservadores y liberales incorporaron en sus combates ideológicos la cuestión de la ciencia española; pero, al propio tiempo, se realizaron repertorios bio-bibliográficos de gran utilidad y estudios monográficos o historias, por parte de algunos científicos, de las propias disciplinas centrados en las realizaciones españolas en diversos periodos.

Algunos destacados científicos, como Cajal, criticaron, por su insuficiencia o inconsistencia, las teorías esencialistas propuestas como explicaciones de la debilidad de la cultura científica en España. Cajal, no negaba la influencia de algunos de estos factores, como la intolerancia religiosa o el orgullo y arrogancia española, aunque criticaba su exageración: «nuestros males no son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios», concluía el sabio.5

Sin embargo, las explicaciones basadas en el «carácter nacional» y en los rasgos esenciales de lo «español» continuaron siendo utilizadas por historiadores tan relevantes como Sánchez Albornoz y Américo Castro. Américo Castro afirmó que la ciencia fue una víctima de las guerras contra el Islam, que produjeron el efecto de alentar determinados valores y prácticas (honor, coraje, fervor religioso) y desalentar otros (racionalidad, ciencia, trabajo manual). «Nunca hubo en España auténtico y propio pensamiento científico», afirmaba Castro en 1953, ya que este pensamiento habría sido ajeno al modo de existir de los españoles, a su «vividura».6 Para Sánchez Albornoz, Castro había exagerado tanto la extensión como la naturaleza del contacto entre musulmanes y cristianos, que fue conflictivo y por lo tanto no podía conducir a un intercambio cultural creativo; además, la mayoría de los componentes de la cultura «española» serían idiosincrásicos o estaban formados por elementos romanos, góticos u otros no semíticos. En su España, un enigma histórico Sánchez Albornoz apenas dedicó a la actividad científica una docena de páginas de las 1.500 de la obra, con muchos errores y siguiendo la peor tradición apologética.

En los años sesenta una nueva generación de historiadores de la medicina y de la ciencia comenzó a desarrollar un programa de reconstrucción de la actividad científica en la historia de España. Sus protagonistas trataron de superar los planteamientos de la polémica de la ciencia española mediante la investigación rigurosa y el recurso a los nuevos presupuestos, orientaciones y modelos de la historia social de la medicina y de la ciencia. Sin duda, la personalidad más destacada en este sentido fue José María López Piñero, y la obra más importante, en el tema que nos ocupa, Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Esta obra, aparecida en 1979, puede considerarse una síntesis de la historiografía existente sobre el tema hasta esta fecha, incluidas las contribuciones del propio por López Piñero y sus colaboradores o discípulos. Formado en Alemania, en historia de la medicina, López Piñero asimiló los presupuestos de la historia social de la medicina de Sigerist a través de Erwin Ackernecht, presupuestos que trataría de aplicar a la actividad científica en general; asimismo, se familiarizó con las ideas y propuestas de la escuela de los Annales y con el programa planteado inicialmente por Henri Berr de «histoire intégral» o «historia total». López Piñero enarboló como uno de los objetivos principales de su labor como historiador contribuir a esta historia integrando en ella la actividad científica y técnica. También se interesó por la tradición funcionalista y por la obra de Merton, aunque no estaba de acuerdo en recurrir como causas explicativas, a motivaciones y valores de raíz religiosa, como el calvinismo. Para López Piñero, los mecanismos por los que la actividad científica se desarrolla o no, son principalmente formales y conscientes, es decir, institucionalizados y canalizados por la acción de todas las instituciones de los grupos dominantes que detentan el poder. No obstante, López Piñero también reconoció que la represión ideológica fue una de las causas destacadas de la decadencia de la actividad científica en España y de su relativo aislamiento, con lo que acabó presumiendo consecuencias no anticipadas de acciones no dirigidas conscientemente contra la ciencia. Asimismo, al referirse a los «valores impuestos por la moral contrarreformista», reconoció su peso negativo, si bien como un elemento secundario en una «dinámica socioeconómica muy compleja».7 Su historia social de la ciencia se refiere principalmente al externalismo social: de qué manera actuarían las estructuras de poder y las necesidades sociales y económicas como mecanismos selectivos de las alternativas en la ciencia. En cuanto al externalismo cognoscitivo y los planteamientos constructivistas en la línea del strong programme, López Piñero nunca ha negado su legitimidad, al menos en su versión moderada; y en el caso de la medicina ha insistido en el concepto de sistemas médicos de las diferentes culturas. Pero no le ha interesado mucho la sociología del conocimiento científico propiamente dicha y entendida como el estudio de la influencia causal de los factores sociales y no-científicos en las corrientes intelectuales y en los contenidos conceptuales de la ciencia. En cualquier caso, lo que me parece interesante subrayar, como perspectiva u orientación básica de López Piñero, es su interés por reconstruir la actividad científica, agrupada en diversas áreas, que trató de establecer según la organización propia de los saberes y prácticas en la época en estudio.

Una cuestión básica para tratar el tema de España y la Revolución Científica es el de delimitar qué se entiende por «España» en los siglos XVI y XVII. Una solución habitual es entender por tal el conjunto de reinos de la época que constituyen la actual España, con todas las cautelas que imponen las enormes diferencias administrativas, y de otros órdenes. Como señala Maravall, al hablar de la Monarquía española hay que distinguir tres planos: cada reino peninsular, el conjunto de los reinos de tradición hispánica y el conglomerado imperial que había venido a constituirse bajo la Corona de España. Esto último quizás afectaba más a la política que a la estructura del Estado naciente, aunque aquella –el complejo imperial– perturbó y acabó destrozando a ésta (la estructura del Estado); por ello, añade Maravall, se podría titular esta fase de la historia española: la Monarquía contra el Estado. En lo que se refiere a la ciencia y a la técnica, los tres niveles afectaron a la actividad científica: el proyecto imperial, la construcción del Estado moderno y la diversidad de los reinos peninsulares, con su propia organización político-social y sus propias tradiciones culturales.

Otra cuestión es la relativa a qué entendemos por Revolución Científica y todos los debates asociados: revolución versus continuidad, cómo definir y delimitar el cambio científico, qué entendemos por ciencia en los siglos XVI y XVII y la conveniencia o no de mantener este término, con todas las cautelas hermenéuticas necesarias. Sin entrar a discutir esta cuestión, ahora sólo quiero señalar la provisionalidad de las afirmaciones comparativas sobre el nivel de la actividad cientificotécnica y filosófica en «España», como en cualquier otra área geopolítica o cultural de la Europa de los siglos XVI y XVII. Tanto más, por cuanto carecemos de estudios comparados basados en criterios adecuados y homogéneos de comparación que permitan establecer un balance entre los procesos generales y los culturalmente específicos. Como es sabido, la pesadilla de todo editor de estudios comparados es lograr que los autores utilicen criterios que permitan posteriormente tal comparación. Por poner un ejemplo, el libro editado por Porter y Teich (1992) sobre The Scientific Revolution in National Context, pionero en este planteamiento de la Revolución Científica, no va más allá de un conjunto de ensayos muy interesantes pero sin una auténtica perspectiva comparada y sin que se hagan explícitos los problemas de definir las «naciones» europeas estudiadas en esta época: «Italy», «German Nations», «Poland», «Spain and Portugal», etc… Aunque estamos completamente de acuerdo con los editores del volumen en que los procesos de cambio científico global no pueden ser aislados y entendidos sin tener en cuenta cuestiones de lenguaje, educación, redes de comunicación, instituciones, economía, relaciones sociales y políticas, religión, mecenazgo y otros elementos comparables. Sin embargo, como dice Pyenson (2002: 264-265), no queda claro en este libro que la «nación» sea una unidad de análisis mejor que las comunidades lingüísticas, las regiones, ámbitos geográficos determinados o definidos o las ciudades.

Hemos de considerar también las cuestiones de cronología y periodificación. Y a la hora de evaluar los procesos de evolución cultural y científica y cambio cultural-científico, hemos de dar cuenta adecuadamente de los substratos culturales y esclarecer qué fenómenos estimularon el cambio cultural y dirigieron su velocidad y dirección; asimismo, en qué medida los substratos culturales anteriores limitaron el alcance de tal cambio. Y también ha de atenderse al impacto del contacto cultural. La interpretación de Américo Castro acerca de la configuración de la cultura española, tuvo el mérito de desacreditar para siempre la idea de una España eterna al plantear que esta cultura fue el resultado de la interacción entre cristianos, musulmanes y judíos en la España medieval. Pero, como señala Glick, esta interpretación pierde toda su fuerza explicativa al privar a esa interacción de su sentido evolucionista de competición. Según Glick, Castro no sería tanto un neoidealista hegeliano, influido por Dilthey (el erlebnis de Dilthey sería la vividura o vivencia de Castro), como un neolamarckiano: la competitividad se convierte en Castro en un impulso interior, no diferente a la «fuerza vital» de neolamarckianos confesos como George Bernard Shaw. Finalmente, en la perspectiva de Castro, los procesos culturales se habrían desarrollado en un vacío social, independiente en gran medida de las fuerzas sociales.

En relación con todo esto, el esfuerzo realizado por Beatriz Helena Domingues en su libro Tradição na Modernidade e Modernidade na Tradição. A Modernidade ibérica e a Revolução Copernicana es muy digno de consideración. Sobre todo al replantear la cuestión de la peculiaridad española a partir de una amplia discusión del concepto de modernidad y de una crítica del finalismo en la historiografía de la ciencia. Finalismo que sólo considera un camino predeterminado hacia dicha modernidad, entendida ésta asimismo de manera unívoca. Helena también critica el recurso a la doctrina del «carácter nacional»: «la opción ibérica, dice Helena, no fue resultado de ningún carácter nacional, sino de un desarrollo histórico y cultural que puede y merece ser dilucidado». Sin embargo, esta autora no consigue liberarse de las ideas de Américo Castro. Como se advierte en la cita, Helena habla de «opción ibérica» y en otros lugares de su libro da a entender con más claridad que el caso español, o «ibérico» fue resultado de una elección consciente de un supuesto sujeto histórico: Iberia o España: «Mucho más que algo completamente aparte o exótico en relación a la tradición europea occidental (el caso ibérico) fue otra lectura de la misma tradición». Por ello propone el nombre de modernidad medieval. Y aunque se puede entender todo ello como un tropo, el riesgo es oscurecer la perspectiva evolucionista.

En lo que se refiere a la actividad científico-técnica y filósofica en la España bajomedieval, comparada a la del resto de Europa, estuvo afectada por cuatro factores de particularismo, como ya señaló Guy Beaujouan: la presencia musulmana, la debilidad de las universidades, la precoz madurez de las lenguas peninsulares y el papel excepcional de los judíos. Los monasterios, las catedrales, las cortes y círculos nobiliarios, y las aljamas judías fueron, junto con algunas, muy pocas, universidades, los lugares donde se cultivaron los saberes científicos, médicos y filosóficos. En los últimos años se han realizado un buen número de investigaciones que han permitido reevaluar aspectos importantes de esta actividad, tanto para la Corona de Castilla como en la de Aragón. En cuanto a la primera, ha aparecido recientemente una obra de síntesis; y en cuanto a la segunda, está ya editada una obra similar relativa a los países de lengua catalana.8 Pero algunas cuestiones permanecen sin una explicación satisfactoria. Una de ellas es lo que Luis García Ballester llamó «reflujo de la escolástica»: los libros de filosofía natural y medicina traducidos en Toledo (y en el Sur de Italia) «fluyeron» hacia los centros intelectuales europeos, para volver luego a los centros hispanos esos mismos libros, una vez reconocidos y valorados en Bolonia, Padua, Aviñón, Viterbo, París u Oxford. Y algo similar sucedió, al parecer en astronomía, con las Tablas Alfonsíes. Otro aspecto relacionado es: ¿porqué en el ámbito hispánico, en las coronas de Castilla y Aragón, no se siguió durante los siglos XIV y XV el ritmo de creación de universidades que se dio en la Europa Central, cuando por demografía, riqueza circulante y existencia de minorías propicias pudo hacerse? De ahí que lo más interesante en la actividad científica y médica se llevó a cabo principalmente fuera del mundo académico, en la sociedad cristiana y en el seno de la minoría judía (habría que excluir el caso muy especial de Montpellier, que perteneció a la corona de Aragón hasta 1348, con personalidades de tanto relieve como Arnau de Vilanova; Salamanca, en cambio comenzó su periodo de esplendor en la segunda mitad del siglo XV).9

Esta tradición ofrece importantes contrastes con el panorama del siglo XVI. En este siglo se crearon en la Península un considerable número de universidades (18 en la Corona de Castilla y 12 en la de Aragón), algunas de notable relieve, como las de Alcalá y Valencia. Otras, ya existentes, como la de Valladolid, se consolidaron y alcanzaron mayor importancia. Por otra parte, las corrientes nominalistas, tanto en lógica (la lógica «terminista»), como en filosofía natural y en teología, que apenas habían tenido eco en la España de finales de la Edad Media, alcanzaron una gran difusión en la primera mitad del siglo XVI en las universidades de Salamanca, Alcalá, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Ello tuvo lugar en gran medida gracias a un buen número de profesores españoles, formados en París bajo la influencia de John Maior y Jerónimo Pardo, que fueron protagonistas destacados de dichas orientaciones, importándolas a su regreso a España o influyendo en los profesores de las Universidades españolas con sus libros.

Durante gran parte del siglo XVI la actividad científico-técnica y filosófica en los reinos peninsulares tuvo una gran vitalidad, en estrecho contacto con las corrientes europeas, y con algunas peculiaridades propias derivadas de la tradición medieval y de nuevos factores aparecidos en el escenario en relación con la nueva configuración política y las ambiciones imperiales. Hechos como la expulsión de los judíos o su conversión forzosa tuvieron sin duda un efecto negativo para el cultivo de la medicina y de ciertas actividades técnico-científicas, pero este efecto es difícil de precisar dado el gran número de judíos conversos que siguieron desempeñando sus profesiones, especialmente la de medicina. Como acertadamente lo ha expresado Goodman (1991:131): «la Sociedad española del siglo XVII no podía prescindir de sus médicos conversos». En todo caso, el problema de los conversos contribuyó mucho a la atmósfera de sospecha e intolerancia, siempre muy negativo para la actividad científica.

En las Universidades de Salamanca, Alcalá y Valencia, en las enseñanzas en la facultad de artes (lógica y filosofía) convivieron en las primeras décadas del siglo las corrientes nominalistas y realistas (la enseñanza según las tres vías o «perspectivas») con las orientaciones humanistas. Hacia mitad del siglo las corrientes nominalistas fueron desapareciendo, bajo la presión del humanismo y de la vuelta al llamado «verdadero Aristóteles». Pero si bien es cierto que algunos humanistas como Pedro Juan Núñez insistían en la necesidad de una rigurosa hermenéutica del Corpus Aristotélico, complementado con otros materiales de otras corrientes doctrinales y con materias científicas, la tendencia fue, frecuentemente, más a volver hacia el siglo XIII –Tomás de Aquino, en especial, pero no únicamente– que al «verdadero Aristóteles». Doctrinas como las de la intensio y remissio de las formas y todas las cuestiones de la tradición de los llamados calculatores se exponían ahora, en las obras de las últimas décadas del siglo, de manera breve y confusa o simplemente se ignoraban o rechazaban porque mezclaban las matemáticas y la física. No obstante, los filósofos jesuitas continuaran dedicando atención a estos temas, bajo la influencia de Domingo de Soto, en las obras del cual aún se discutían ampliamente los temas del movimiento, tanto desde el punto de vista de las causas como de los efectos.

En las primeras décadas del siglo los profesores españoles de lógica, filosofía y teología que estudiaron y enseñaron en París y en España, también se interesaron por cuestiones de matemáticas, astronomía y geografía, siguiendo la tradición de los calculatores mertonianos: así Pedro Ciruelo, profesor de teología en Alcalá, es autor de una obra enciclopédica que incluía varios tratados de astronomía, astrología y matemáticas y comentarios a los Analytica posteriora de Aristóteles en los que consideraba las matemáticas como ejemplo perfecto de demostración aristotélica. Junto a Ciruelo, cabe citar, como especialmente relevantes, a Pedro Margalho, Juan Martínez Silíceo, Pedro de Espinosa y Gaspar Lax entre los profesores de lógica y filosofía que también publicaron textos de las disciplinas matemáticas. En las últimas décadas del siglo, se advierte entre los profesores españoles un esfuerzo por demarcar con claridad las matemáticas de la filosofía natural, aunque no siempre de manera consistente. Ello puede verse, por ejemplo, en la obra médico-filosófica de Francisco Valles, quién, a pesar de sus protestas contra la mezcla de las matemáticas y la filosofía natural, no deja de recurrir a las matemáticas para resolver determinados problemas (como, por ejemplo, el de los grados de las cualidades, sobre el que introduce una larga discusión). En su discusión de la gravedad, Valles se basa en Arquímedes para explicar el carácter relativo del peso.10

Las Universidades de Valencia, Alcalá y Salamanca también contaron con cátedras de matemáticas, en las que se enseñaba un amplio repertorio de materias, incluida la cosmografía (geografía matemática y descriptiva y cartografía) y algunos de sus profesores intervinieron activamente en los debates cosmográficos y cosmológicos y circularon entre los espacios académicos, cortesanos y los relacionados con las navegaciones. La introducción de la obra de Copérnico en los Estatutos de 1561 de la Universidad de Salamanca no fue efecto de ninguna especial perversidad del desarrollo intelectual, como decía Boas (Boas, 1970). Fue obra de los hermanos Aguilera, que residieron en Roma en los años 40, siendo Juan de Aguilera médico de los papas Pablo III y Julio III. Los Aguilera frecuentaban las reuniones en el Palazzo Colonna, a las que asistían otros españoles como Andrés Laguna, y en el ambiente italiano los Aguilera debieron conocer el De revolutionibus. Por otra parte, la cátedra de matemáticas y astronomía de la Universidad de Salamanca llevaba ya más de un siglo funcionando con profesores competentes. El propio Juan de Aguilera la desempeñó como sustituto en 1538. A partir de 1578 la cátedra la desempeñó Jerónimo Muñoz, uno de los científicos más destacados de la España del siglo XVI: matemático, astrónomo, geógrafo, cartógrafo, helenista y hebraísta, Muñoz fue requerido para ocupar la cátedra ofreciéndole un salario equiparable a las cátedras mejor retribuidas. Tanto en Valencia, que fue su primer destino como catedrático de matemáticas (lo había sido de hebreo en Ancona), como en Salamanca, Muñoz impartió una enseñanza de gran calidad de aritmética, geometría, trigonometría, óptica o perspectiva, introducción a la astronomía, geografía y cartografía (incluidos los rudimentos de la geodesia), modelos planetarios y uso de tablas e instrumentos. También se ocupó de cuestiones de ingeniería e hizo experiencias de balística descritas por su discípulo, el tratadista de ingeniería militar Diego de Álava. Muñoz se consideraba perfectamente legitimado para discutir cuestiones cosmológicas como astrónomo –aunque, en sus Comentarios a Plinio, leídos en Valencia, al exponer con claridad sus ideas cosmológicas también usó hábilmente su condición de teólogo, profesor de hebreo-Sagradas Escrituras–. Muñoz intervino activamente en los debates cosmológicos de la época, especialmente en relación con la supernova de 1572. Sus ideas cosmológicas eran afines a la tradición estoica y antiaristotélicas en aspectos fundamentales y fueron criticadas por algunos filósofos y teólogos aristotélicos; Muñoz, tras su texto sobre la supernova y un folleto sobre el cometa de 1577 ya no publicó más obras (se conserva, en cambio, un buen volumen de manuscritos), pero continuó defendiendo sus ideas en Salamanca, donde formó un buen número de discípulos: dos de ellos le sucedieron en la cátedra de Salamanca, y siguieron defendiendo ideas similares, aunque más cautelosamente; otros se orientaron hacia la cosmografía y se convirtieron en cosmógrafos del Consejo de Indias y miembros de la Academia de Matemáticas de Madrid. Estos últimos, los cosmógrafos y matemáticos de la corte, apenas insinuaron las cuestiones cosmológicas y adoptaron una postura pragmática hacia la astronomía, al servicio de la geografía matemática, la cartografía y el arte y ciencia de navegar, como lo hizo el gran matemático, tutor de príncipes y cosmógrafo mayor de Portugal Pedro Nunes.11

La cartografía, la geografía, la astronomía náutica y el arte de navegar fue impulsada por el gobierno, sin duda en relación con el reconocimiento, control y dominio de las nuevas tierras descubiertas y la expansión territorial ultramarina. También en relación con los territorios europeos de la monarquía. A tal efecto se crearon nuevas instituciones. Todo esto es bien conocido en sus líneas generales: en Sevilla se creó la Casa de la Contratación con diversos cargos asociados como el de Piloto Mayor (1508), encargado de examinar a los pilotos y dirigir la elaboración del mapa patrón; el oficio de «cosmógrafo y maestro de hacer cartas y astrolabios y otros ingenios para la navegación» (1523); nuevos puestos con un cometido similar (1537); «cosmógrafos de honor», como Pedro Medina; y finalmente, ya en la época de Felipe II, en 1552 se creó la cátedra de cosmografía y arte de navegar. En la corte, Carlos V fundó el Consejo de Indias (1524), en el que se creó en 1571 el puesto de cronista-cosmógrafo mayor de Indias, que se separaría en dos. Finalmente, en 1582 comenzó a funcionar la llamada Academia de Matemáticas de Madrid, impulsada por Juan de Herrera, donde se enseñaba un repertorio de disciplinas matemáticas análogo al de la Universidad de Salamanca, si bien con mayor énfasis en lo relacionado con la cosmografía y la náutica. También inicialmente se enseñaba en la Academia materias relacionadas con la ingeniería militar, si bien finalmente se estableció una cátedra independiente de esta materia, dependiente del Consejo de Guerra.12

En el reinado de Felipe II y a partir de la Contrarreforma, el control ideológico y la represión de la libertad de pensamiento comenzó a pesar muy negativamente en el desarrollo de la ciencia y la filosofía. No hace falta recordar la pragmática de Felipe II prohibiendo a los españoles estudiar o enseñar en el extranjero, que dificultó considerablemente la comunicación con el resto de Europa a los intelectuales españoles. Pero, por otra parte, como han puesto de relieve López Piñero, David Goodman y otros diversos autores, también en esta época se dio un impulso notable a determinadas actividades científico-técnicas, en relación con los intereses del estado y de la monarquía. Todo ello ha llevado a algunos historiadores a señalar que fue precisamente el carácter excesivamente utilitario y pragmático de la promoción de la actividad científico-técnica, aislada del pensamiento especulativo, y sometido este a un severo control, lo que marcó sus límites y dificultades para desarrollarse creativamente y asimilar las nuevas corrientes de pensamiento.13

En conjunto, las realizaciones españolas (en España o por autores afincados en este país) en el siglo XVI en campos como la geografía, la cartografía, el magnetismo terrestre, la astronomía (sobre todo, pero no únicamente, en relación con la náutica) o la historia natural fueron muy notables, y aunque en muchas ocasiones el secreto impuesto por el gobierno limitó su difusión, no la impidió, y por diversos cauces entraron a formar parte del patrimonio europeo del saber. También fueron notables las contribuciones en el campo de la técnica, como han puesto de relieve varios autores y especialmente Nicolás García Tapia. Y aunque algunas realizaciones importantes fueron llevados a cabo por ingenieros extranjeros, se puede decir que los españoles hicieron obras de gran importancia, algunas de las cuales constituyeron hitos en la ingeniería del momento. Esto fue lo que ocurrió en el campo de la ingeniería hidráulica, sobre todo en la construcción de presas y azudes y en los molinos, algunos de cuyos tipos, como los llamados de regolfo, fueron los precedentes de las turbinas hidráulicas actuales.14

No considero necesario extenderme comentando también las actividades en el campo de la medicina, bien conocidas gracias a los trabajos de López Piñero y otros autores; baste recordar que en España se asimiló con rapidez la renovación anatómica simbolizada por Vesalio, por discípulos directos de este, que hicieron algunas contribuciones; y que la Universidad de Valencia contó con la primera cátedra dedicada a los medicamentos químicos: un caso excepcional de incorporación del movimiento paracelsista a una institución académica.15

En el siglo XVII, la actividad científica descrita experimentó una profunda decadencia, paralela a la intensa crisis y decadencia en el ámbito político, económico y social que experimentó España, muy especialmente Castilla, pero también los otros reinos peninsulares. Los intentos desesperados de los nuevos monarcas y sus ministros para mantener una posición hegemónica en Europa no llevaron sino a nuevos desastres y a profundizar en la crisis. Sobre las causas, tanto de la decadencia político-económico-social, como de la científico-técnica, y la interacción entre ambas, aún no existe una descripción o modelo satisfactorio y unánimemente aceptado. No obstante, conviene recordar, en primer lugar, que la crisis económica, política y social no fue un fenómeno exclusivamente español, aunque, ciertamente, España fue sin duda uno de los países donde fue más intensa. Segundo, que la correlación decadencia político-económico-social y decadencia científico-técnica no es nunca perfecta. Tercero, que esta decadencia relativa no tiene que confundirse con ausencia de actividad científico-técnica. En su libro Ciencia y técnica López Piñero no ofreció una explicación articulada de la decadencia de la actividad científica, paralela a la política, económica y social, aunque a lo largo de su obra presentó o sugirió una constelación de factores: el avance de la Contrarreforma, con la consiguiente hegemonía del escolasticismo contrarreformista y la represión de la actividad científica; el declive económico y la «traición de la burguesía», es decir, el que los estratos medios de las ciudades, que constituían uno de los núcleos básicos de la actividad científica, no se convirtieran en una burguesía propiamente dicha y adoptaran, por el contrario, los valores impuestos por la moral contrarreformista; el retroceso consiguiente de la secularización; la actitud agresiva y excluyente hacia los judíos conversos, entre los que abundaban los médicos y científicos; el cambio regresivo de la mentalidad de los grupos políticos dirigentes y finalmente, los condicionamientos socioeconómicos, políticos y religiosos. Naturalmente, todos estos factores deben ser cuidadosamente cualificados en cuanto a su verdadero significado, contenido y alcance, y cabe preguntarse también si, aún siendo necesarios son suficientes para ofrecer una explicación convincente. Junto a ellos, habrá que ponderar también las peculiaridades, limitaciones y fragilidad que tuvo, en el siglo XVI la actividad científico-técnica en el ámbito hispánico.

Recientemente, Mordechai Feingold proponía, como una de las claves explicativas del éxito de Inglaterra al adaptarse rápidamente en el siglo XVII a las nuevas corrientes científico-filosóficas y técnicas, que ello se debió en parte a la gran debilidad del pensamiento escolástico y su escasa presencia en las universidades inglesas en el siglo XVI.16 En el caso de España, el enorme espesor que este pensamiento fue tomando hizo cada vez más difícil su eventual evolución y transformación.

Pero, en todo caso, crisis, aislamiento y decadencia no debe confundirse con ausencia de actividad científico-técnica digna de ser tenida en cuenta. Además, y como siempre suele suceder, el aislamiento científico y filosófico distó mucho de ser completo. El propio López Piñero propuso la periodificación de la actividad científica española del siglo XVII en tres fases: la primera, que correspondería aproximadamente al tercio inicial de la centuria, en la que dicha actividad habría sido básicamente una prolongación de la renacentista, ignorando las nuevas corrientes científicas. La segunda, que comprendería a grandes rasgos los cuarenta años centrales del siglo, se caracterizaría por la introducción en el ambiente científico-médico español de algunos elementos «modernos», que fueron aceptados como meras rectificaciones de detalle de las doctrinas tradicionales o meramente rechazados. Finalmente, en las dos últimas décadas del siglo, algunos autores rompieron abiertamente con los esquemas clásicos o tradicionales e iniciaron la asimilación sistemática de las nuevas corrientes filosóficas y científicas europeas.17

Esta periodización que durante bastante tiempo nos ha proporcionado un marco general de trabajo, es muy problemática, como el propio López Piñero ha reconocido, porque plantea la cuestión de forma asimétrica. En efecto, presupone un modelo o proceso de revolución científica determinado, y el caso español como uno de aislamiento, y separación del modelo europeo, aislamiento que se superaría después a través de la recepción de la «ciencia moderna» elaborada en Europa. Pero la llamada Revolución Científica fue un largo proceso de cambios, cuya cronología es difícil de precisar; y tan poco riguroso y convincente es, a nuestro juicio, reducir el escenario de la Revolución Científica a unos países determinados, como tratar de describirla según un modelo determinado o a partir de las realizaciones de un pequeño grupo de grandes figuras o genios. Por otra parte, no olvidemos, sobre el tema del aislamiento español, que la monarquía hispánica incluía en el siglo XVII, además de los territorios peninsulares e insulares varios territorios europeos (los reinos de Nápoles y Sicilia, el Milanesado, los Países Bajos y el Franco Condado), además de los americanos. Asimismo, que el control de la circulación de saberes y prácticas es un empeño que siempre fracasa, como la historia muestra una y otra vez.

En todo caso, lo que es indudable (invirtiendo la afirmación de Pagden) es que, si en el siglo XVII hubo una decadencia relativa de la actividad científica, finalmente «España experimentó una “revolución científica” o una serie de cambios que pueden plausiblemente acomodarse a su descripción»: la mecánica newtoniana, la química de Stahl, Boerhaave y Lavoisier, la naciente ciencia de la electricidad, la botánica de Linneo, las diversas corrientes en fisiología y medicina, las nuevas tecnologías, incluida la máquina de vapor, la nueva instrumentación científica, las nuevas organizaciones científicas (sociedades y academias), la introducción de la ciencia en la esfera pública, el periodismo científico, y otros rasgos de lo que se considera la ciencia-técnica europea moderna se pueden reconocer en la España del siglo XVIII, además de la circulación de las nuevas corrientes filosóficas: el mecanicismo, el sensualismo de Locke y Condillac, las corrientes leibnizianas, las corrientes deístas, el hedonismo materialista, etc.18

La cuestión que preocupó a los historiadores españoles e hispanistas es si esa revolución (renovación y cambios) comenzó súbitamente en España con la nueva dinastía borbónica o bien estuvo «preparada» (en sentido retrospectivo, claro) ya en el siglo XVII. En relación con ella, hoy ya contamos con un buen conjunto de estudios, que se han sumado a las últimas décadas a los trabajos y a la síntesis de López Piñero y otros autores anteriores, sobre la renovación científica o el movimiento novator, relativos tanto a las disciplinas matemáticas y físico-matematicas como a las médicas y biológicas. Estudios que muestran sin dudas que si bien el desarrollo del período ilustrado fue favorecido por las exigencias y objetivos del nuevo estado borbónico y las políticas reformistas de sus líderes, fue también continuación de un proceso de renovación iniciado en el siglo XVII en contextos «regionales» o locales, con cierto patrocinio o sanción por parte del gobierno en algunos casos.

Sobre la actividad en algunos campos y el tema del «aislamiento» o «atraso», en relación con el estado actual de la historiografía y las nuevas perspectivas historiográficas, me limitaré a señalar algunos puntos:

En el siglo XVII, la enseñanza de la lógica y la filosofía natural en las universidades españolas siguió las ideas y orientaciones que habían dominado al final del siglo anterior: ideas y orientaciones que parecen justificar la expresión de «bastión del escolasticismo tardío» utilizada por autores como Trentman (1998) para referirse a España como un todo (juntamente con Portugal). En este siglo se publicaron en la Península y fuera de ella por autores peninsulares un considerable número de obras de estos temas (lógica, ética, filosofía natural y metafísica, además de teología), en forma de comentarios, o de tratados reunidos frecuentemente en Cursus philosophicus, habitualmente en relación con la enseñanza en las universidades y órdenes religiosas. Pero una buena parte de estas obras no han sido leídas o analizadas nunca o, en todo caso, analizadas con criterios hermenéuticos y historiográficos satisfactorios (para nosotros, hoy en día). Y además de las obras impresas, hay un considerable conjunto de manuscritos que esperan un paciente análisis. Muchas de estas obras (presumiblemente la mayoría) pueden caracterizarse, sin duda, según la primera de las cuatro categorías adelantadas por Charles Schmitt (1983), en la medida en la que muestran una ignorancia de las nuevas orientaciones filosóficas y científicas del siglo XVII y tienen poco a ver con ellas. Otras, las menos, caerían dentro de la tercera categoría de Schmitt: la aceptación ad hoc de algunas nuevas doctrinas en el marco de una organización y estructura básicamente peripatética. Un ejemplo de esta categoría sería el Cursus de Francisco de Oviedo; o el de Rodrigo de Arriaga, publicado en Amberes, París y Lyon y difundido en España de manera aún por precisar. Otros, finalmente, iniciaron la ruptura con la tradición aristotélico escolástica, bajo la influencia de otras corrientes filosóficas, tales como las distintas formas de atomismo o corpuscularismo que circulaban por Europa; tal es el caso del médico, profesor de medicina y filosofía natural en la Universidad de Salamanca Luis Rodríguez de Pedrosa, o de otros médicos influidos por autores eclécticos como Danniel Sennert. En las últimas décadas del siglo XVII el eclecticismo se hizo ya mucho más claro y evidente en algunos autores. Por otra parte, en obras de los autores escolásticos, en su esfuerzo por conceptualizar y esclarecer las grandes cuestiones de la tradición aristotélico-escolástica podemos encontrar nuevos conceptos más próximos al pensamiento llamado moderno (como, por ejemplo, lo ha mostrado Baldini a propósito de Gabriel Vázquez en relación con el estudio del movimiento).19

Ciertamente, en el ámbito hispánico, en este siglo el interés de los profesores de filosofía por las disciplinas matemáticas fue muy escaso, acentuándose la relación de subordinación y distinción entre las áreas. Las disciplinas matemáticas y físico-matemáticas fueron cultivadas por cosmógrafos, ingenieros, arquitectos, y profesores de estas materias en la Universidad y por los matemáticos jesuitas. En las décadas centrales de la centuria el número de cultivadores fue escaso y su relieve también muy limitado si se lo compara con los grandes centros europeos de Inglaterra, Francia, Holanda e incluso Italia. El núcleo más importante lo constituyeron los matemáticos jesuitas del Colegio Imperial de Madrid, donde en 1625 se crearon los Reales Estudios, que incluían dos cátedras de matemáticas y otras de cronología e historia natural, además de las de lógica, filosofía, etc. Los jesuitas, además, asumieron el puesto y tareas del cosmógrafo mayor del Consejo de indias y la cátedra asociada. Se conserva un considerable volumen de manuscritos de los matemáticos y naturalistas del Colegio Imperial: Hugo Sempilius, Claude Richard, Jean Charles della Faille, Francisco Antonio Camassa, José Martínez, Francisco Isasi, Juan Eusebio Nieremberg, entre los de las primeras generaciones; José de Zaragoza, Juan Carlos Andosilla, Bartolomé Alcázar, Jacobo Kresa, Jean François Petrey, Pedro de Ulloa, entre los de la segunda mitad del siglo XVII. Su estudio está poniendo de relieve el alcance de su labor y sus esfuerzos por mantenerse bien informados de los progresos en estas materias y sus precauciones para mantenerse dentro de lo permisible. También los condicionamientos y limitaciones de su tarea.20 Algunos de los jesuitas citados, como José de Zaragoza –por citar un español– eran matemáticos de gran inteligencia: Zaragoza, además de sus trabajos de astronomía –fue el primero en observar el cometa de 1677, como reconoció Cassini– formuló varios teoremas de matemáticas, como el de Ceva, cuatro años antes que Ceva, y elaboró un amplio y original programa de trabajo en geometría, pero la escasa difusión de su obra impidió su reconocimiento en Europa. Otros núcleos de actividad matemática existían también en Mallorca, Valencia o Salamanca. En Mallorca, Vicente Mut –administrador e ingeniero– y sus colaboradores leían a Galileo, Brahe, Kepler, Gassendi, Boulliau, Lansberg, Cassini, Kircher y Riccioli. Mut mantuvo correspondencia con Kircher y sobre todo, con Riccioli. Riccioli incorporó una enorme cantidad de observaciones y determinaciones de Mut en sus obras. Mut apuntó que las trayectorias de los cometas podían ser parábolas.21 A través de las matemáticas «mixtas» o «físico-matemáticas»: la música o armonía, la mecánica, la hidrostática, la arquitectura civil y militar, la artillería, la geografía matemática, la óptica, la astronomía y la cronografía, los matemáticos españoles, jesuitas o no, fueron asimilando y difundiendo las nuevas ideas y procedimientos científicos.22

La actividad en historia natural en relación con el Nuevo Mundo disminuyó considerablemente en el siglo XVII, pero no desapareció, como lo prueban obras como la de Bernabé Cobo (1580-1657), que incluye el primer estudio detallado de la flora del Perú. Por su parte, Juan Eusebio Nieremberg difundió por Europa en su Historia Naturae las contribuciones de los naturalistas ibéricos del siglo XVI, incluida una parte importante de la extraordinaria obra de Francisco Hernández. La botánica continuó enseñándose y practicándose con dignidad en algunas facultades de medicina como la de Valencia; en Cataluña, la familia de los Salvador desarrolló una intensa actividad botánica, colaborando estrechamente con Tournefort.23

Como las investigaciones más recientes están poniendo de relieve, la obra de Paracelso así como la «chemical philosophy» en general circularon mucho más en el siglo XVII de lo que se suele afirmar, a pesar de las prohibiciones. López Piñero mostró ya en 1972 la existencia de manuscritos de alquimia de la primera mitad del siglo XVII que incluían traducciones de obras de Paracelso. Por otra parte, el uso de medicamentos químicos debió estar muy difundido, ya que estos preparados figuran descritos en los principales textos farmacéuticos españoles de la época. Destacados médicos que criticaban algunas de las teorías de Paracelso, no dejaban de prescribir el uso de medicamentos químicos en determinados casos. En los reinados de Felipe II y Felipe IV se mantenía el oficio de destilador real (destilatorio del Palacio del Buen Retiro) y en el de Carlos II se llegó a crear un Real Laboratorio Químico.24 Médicos como Gaspar Bravo de Sobremonte, catedrático de la Universidad de Valladolid y médico de cámara de Felipe IV y Carlos III que conocía perfectamente la obra de Harvey, Aselli, Pecquet, Highmore y otros modernos, trataba de conciliar las nuevas ideas con las de Galeno. También aceptaba el uso de medicamentos químicos, aunque criticaba las doctrinas de los paracelsistas (López Piñero, 1972, 1976).

Como hemos avanzado, siguiendo a López Piñero (1979), en las últimas décadas del siglo XVII, los que deseaban romper con el saber tradicional y sus presupuestos adoptaran un programa más o menos claramente delineado de asimilación de los nuevos procedimientos e ideas filosóficas y científicas. Naturalmente, se trataba de grupos minoritarios, que hubieron de enfrentarse frecuentemente con la oposición de los conservadores, que seguían siendo mayoría, o simplemente con la indiferencia de una gran parte de las elites dominantes.

El mismo López Piñero observó que las resistencias a la renovación no fueron las mismas en los diferentes campos de estudio o disciplinas. Resultado de ello fue que el movimiento de renovación consiguió mayor claridad y energía en los campos de la medicina y en los saberes químicos y biológicos asociados. En cambio, en matemáticas, astronomía, cosmología, filosofía natural y otras materias relacionadas, el movimiento fue menos coherente que en las disciplinas y saberes biomédicos. En consecuencia, el eclecticismo habría tenido más importancia en esas materias que en medicina, biología o química. Un posible signo de esta diferencia podría ser la diferente actitud ante las propias tradiciones de los matemáticos y los médicos. Como han puesto de relieve recientemente Alvar Martínez y José Pardo (1995), comentando las respuestas suscitadas por la afirmación de Régis que los españoles, juntamente con los lusitanos y los moscovitas, permanecían sumergidos en las tinieblas, los médicos renovadores opusieran generalmente un discurso orientado a legitimar la nueva ciencia y la nueva medicina rechazando o ignorando la tradición propia. Los renovadores en el campo de las disciplinas fisicomatemáticas, como los valencianos Corachán o Tosca, se consideraban continuadores de una tradición representada en el siglo XVII por los matemáticos y filósofos jesuitas y por figuras como Sebastián Izquierdo, Vicente Mut, José de Zaragozá, Juan Caramuel o Hugo de Omerique, tradición que les servía para legitimar su propia actividad. Con todo, estas cuestiones merecen aún nuevas búsquedas en la línea de las desarrolladas por los autores citados.

Por otra parte y como también ha subrayado reiteradas veces López Piñero, aludiendo al relativo retraso de la historiografía del siglo XVII (en relación a España), aún queda mucho por hacer: necesitamos seguir profundizando en el conocimiento de la actividad desarrollada en este siglo, en relación tanto con las tradiciones propias y ajenas (intereses, objetivos, problemas a los que se quiere responder, mecenazgo, roles, profesiones y ocupaciones, demandas, exigencias, condicionamientos, controles…), como con el cambiante contexto europeo y la dialéctica continuidad-cambio. Todo ello, en una forma consonante con los objetivos de la actual historiografía de la ciencia, su pluralidad de perspectivas y modelos y sus criterios historiológicos. Para ello, además de interesarnos por los descubrimientos, ideas, teorías y escuelas de pensamiento, hemos de dirigir nuestra atención a la ciencia como una actividad, como una indagación o «caza» de los secretos de la naturaleza, según una metáfora muy difundida en la época, como acción y resolución de problemas, y no privilegiar el conocimiento sobre la acción.25

1 Géographie moderne, t. I, pp. 554-568, de la Encyclopédie Méthodique, Paris, 1782. Se puede leer en versión castellana, en García Camarero y García Camarero (1970), pp. 47-53.

2 Sobre esta polémica, véase Batllori (1966) y Lopez (1999).

3 Véase García Cárcel (1998).

4 Sobre Lampillas, véase Batllori (1966) y Lopez (1999), especialmente pp. 328 y ss.

5 Véase el texto de Cajal sobre la cuestión en García Camarero y García Camarero (1970), pp. 373-399. Véase también una revisión reciente de algunos aspectos de la «polémica» en NietoGalán (1999).

6 En un artículo publicado en El Nacional, Caracas, 5 de febrero de 1953, titulado «Mínorías y mayorías» y reproducido en Castro (1973), pp. 177-185. Sobre las ideas de Castro y Sánchez Albornoz, véase Glick (1992), pp. 118 y ss.

7 Véase un interesante análisis de estas cuestiones en Glick (1996).

8 Historia de la ciencia en la Corona de Castilla, 4 vols., Valladolid, Junta de Castilla y León, 2002; los dos primeros volúmenes están dedicados a la Edad Media y los coordinó Luis García Ballester, autor también de García Ballester (2001). La ciència en la història dels Països Catalans se ha publicado en tres volúmenes. Véase Vernet y Parés, dirs. (2004-2009).

9 Véase García Ballester (2001).

10 Véase Navarro (2002e). En conjunto, la evolución de la filosofía natural en este período exige más búsqueda analítica: muchos textos deben ser aún leídos o analizados por primera vez; otros han estado estudiados, pero frecuentemente con criterios que ya no son los nuestros.

11 Sobre la enseñanza de las disciplinas matemáticas en las universidades, véase Navarro Bro-tons (1998, 2006a, 2006b). Sobre Muñoz, véase además Navarro y Rodríguez (1998). Sobre la actitud de los cosmógrafos, véase Navarro Brotons (2004, 2009).

12 Véase López Piñero (1979); Goodman (1990); Vicente Maroto y Esteban Piñeiro (1991). Este último, fundamentalmente, para la Academia de Matemáticas.

13 Según mis conocimientos, el primero que sugirió esta tesis y la propuso de forma muy general fue Menéndez Pelayo: «En este país de idealistas, de místicos, de caballeros andantes, lo que ha florecido siempre con más pujanza no es la ciencia pura (de las exactas y naturales hablo), sino sus aplicaciones prácticas, y en cierto modo utilitarias». Para Menéndez Pelayo este «utilitarismo» fue una de las principales causas de la decadencia científica española. Véase su «Discurso leído en su recepción pública ante la Real Academia de Ciencias» (Madrid, 1983), publicado en García Camarero, García Camarero (1970), pp. 309 y ss. Véase también el capítulo 2 del presente libro.

14 Véase García Tapia (1989, 1990).

15 Véase López Piñero (1979).

16 En su intervención en el Simposio: «The Universe of Learning in the Sixteenth and Seventeenth Centuries» celebrado el año 2002 en la Herzog August Bibliothek de Wolfenbüttel.

17 Véase López Piñero (1965).

18 Sobre la actividad científica en la España del siglo XVIII, véase la síntesis de Lafuente y Peset (1988). Véase también el volumen editado por Sellés et al. (1988); los capítulos relevantes en Vernet (1975); López Piñero et al. (1988); Peset, dir. (2002); Vernet y Parés (2004). Acerca de las ideas filosóficas, véase Sánchez Blanco (1991); para la física, véase también Navarro Brotons (1983b). La obra, ya clásica, de Sarrailh (1954), usada juiciosamente sigue siendo una valiosa fuente.

19 Véase Baldini (2004). Baldini muestra como Vázquez se acerca mucho a las nuevas concepciones del movimiento de Galileo y Descartes.

20 Véase Navarro Brotons (1996) y el capítulo XIV del presente libro.

21 Véase Navarro Brotons (2002d) y Navarro Brotons, ed. (2009).

22 Véase Navarro Brotons (1978a, 1997, 2002e y f).

23 Sobre Valencia, véase Felipo (1991) y sobre los Salvador, Camarasa (1989).

24 Véanse los trabajos reunidos en Puerto Sarmiento et al. (2001). También Gago et al. (1981) y Rey Bueno (1998).

25 Sobre la metáfora de la caza, véase Eamon (1996). Sobre la ciencia como actividad y resolución de problemas, véase Bennet (1998).

SIGLO XVI Y COMIENZOS DEL XVII: EL RENACIMIENTO CIENTÍFICO

II. LA PRÁCTICA DE LAS MATEMÁTICAS EN LA ESPAÑA DEL RENACIMIENTO. UNA REVISIÓN HISTORIOGRÁFICA

En este trabajo me ocuparé, como sugiere el título, de la práctica de las matemáticas en los reinos peninsulares de la monarquía hispánica (más precisamente, de lo que acostumbramos a llamar España) en el siglo XVI.1 Entiendo el término «matemáticas» tal y como entonces se usaba y más que una revisión historiográfica exhaustiva, lo que requeriría muchos más pliegos, presentaré algunas notas y consideraciones o reflexiones sobre ello y algunas indicaciones sobre el estado de la cuestión. Además, situaré el asunto en el contexto más general de la historiografía de la construcción de la ciencia moderna y el mundo ibérico.

La cuestión relativa a la actividad y contribuciones a las matemáticas en la España moderna fue precisamente uno de los principales temas de debate en la llamada «Polémica de la ciencia Española» iniciada en el siglo XVIII y continuada en la segunda mitad del siglo XIX. Sin entrar a discutir los diversos aspectos de este debate, que en muchos aspectos fue puramente ideológico, podemos concluir que al menos contribuyó a estimular la producción de una serie de repertorios bibliográficos el más famoso de los cuales fue el que Menéndez Pelayo incluyó en su libro La ciencia española.2 Asimismo, la polémica produjo algunas reflexiones o interpretaciones no carentes de todo interés.

Uno de los escritos derivados de la «polémica» fue el redactado por Menéndez Pelayo con el título «Esplendor y decadencia de la cultura científica española» y presentado como comentario crítico al discurso de ingreso de Acisclo Fernández Vallín en la Real Academia de Ciencias Cultura científica en España en el siglo XVI.3 En su comentario al trabajo de Vallín, Menéndez Pelayo hacía una autocrítica de sus propias obras de juventud y planteaba una serie de importantes cuestiones, a modo de precipitado de las preocupaciones y reflexiones derivadas a lo largo de los años de los debates y trabajos sobre «la ciencia española». Admitía que «la historia de nuestras ciencias exactas y experimentales… tiene mucho de dislocada y fragmentaria»; subrayaba la falta de continuidad en los esfuerzos y una especie de falta de memoria nacional… Pero, sin dejar de reconocer la relativa inferioridad de las disciplinas matemáticas con respecto a otras materias como la historia natural, Menéndez Pelayo observaba que la historia de la ciencia no ha de atender sólo a los grandes resultados y a los grandes descubrimientos. Asimismo, que además de catalogarlos, hay que leer los libros y analizarlos desde una perspectiva comparada. Hay que dar cuenta adecuadamente de los substratos culturales, atendiendo a las huellas de las «ideas e instituciones de todos los pueblos que han pasado por nuestro suelo». Y como explicación general de la inferioridad de las disciplinas matemáticas, aventuraba que, «paradójicamente» «en este país de idealistas, de místicos, caballeros andantes, lo que ha florecido siempre con más pujanza no es la ciencia pura (las exactas y naturales), sino sus aplicaciones prácticas y en cierto modo utilitarias». Así, si por ejemplo la astronomía teórica no hizo más progresos y España dejó definitivamente de ser el centro de ella la causa principal estaría en que los hombres más dotados para esta materia se dedicaron a la astronomía práctica. Por ello, concluía su discurso diciendo que para la regeneración científica de España había que convencer a los españoles de «la sublime utilidad de la ciencia inútil».

Menéndez y Pelayo no profundizó en las causas del supuestamente excesivo pragmatismo de nuestros científicos, más allá de las alusiones generales a las necesidades de la monarquía, y sus ambiciones imperiales, como el control y dominio de las tierras descubiertas. Ni aceptó los posibles efectos negativos del control y represión por causas ideológicas del pensamiento filosófico y científico, por parte de la inquisición u otras instituciones, como tampoco aportó ninguna reflexión sobre el divorcio entre los filósofos y los matemáticos y sus efectos.

No obstante estas y otras limitaciones que se pueden señalar en el balance, este texto de Menéndez y Pelayo planteaba con gran perspicacia una serie de importantes cuestiones y todo un programa de trabajo. Programa de trabajo que sería asumido por las generaciones de la posguerra española a partir sobre todo de los años sesenta, cuando López Piñero y sus colaboradores comenzaron a desarrollar el proyecto de una historia social de la ciencia con particular atención al caso español. Al propio tiempo, otras personas y/o grupos irían surgiendo en años sucesivos en otros lugares de la geografía española. Y más recientemente con la expansión de la disciplina, algunos jóvenes historiadores de otros países, principalmente de Estados Unidos, se han sentido atraídos por el mundo ibérico. No obstante, y como se ha señalado repetidas veces, y nosotros mismos lo hemos recordado recientemente en nuestra introducción al libro Mas allá de la Leyenda Negra: España y la Revolución Científica, el mundo ibérico sigue estando usualmente ausente de los relatos acerca de la Revolución Científica.4

En las últimas dos décadas, el historiador Jim Bennett, en una serie de trabajos ha destacado la importancia de lo que el llama «the practical mathematical tradition» para la construcción de la ciencia moderna, especialmente para la emergencia de la filosofía mecánica o la nueva filosofía natural (reformed, dice Bennett), del siglo XVII.5

Según Bennet, los historiadores que se han ocupado de la reforma o cambios en la filosofía natural no han sabido apreciar el significado del éxito anterior del programa de matemáticas prácticas, que era a su vez una respuesta a los cambios sociales, políticos y económicos del Renacimiento. En este sentido Jim Bennett ha destacado que la idea de «operative knowledge» de la nueva cultura del conocimiento de la naturaleza de finales del siglo XVII sugiere una relación muy importante con el desarrollo de las matemáticas prácticas. Por ello, Bennet nos invita a que, además de interesarnos por los descubrimientos, ideas, teorías y escuelas de pensamiento, dirijamos nuestra atención a la ciencia como una actividad, como medios de acción y resolución de problemas. Y a integrar el amplio dominio de actividad de las matemáticas prácticas en el relato de la Revolución Científica.

Por matemáticas prácticas entiende Bennett materias como la astronomía práctica, la topografía y la agrimensura, la perspectiva, cartografía, arquitectura, fortificación, ingeniería y máquinas, el arte de la guerra y la náutica. Añade también el diseño de instrumentos, y las proyecciones geométricas y sus usos, como técnicas comunes. Es interesante comparar la lista de Bennett con la que ofrecía Juan de Herrera en el texto que escribió sobre los objetivos de la Academia de Matemáticas de Madrid que le propuso fundar al Rey Felipe ii: así, la Academia se dedicaría a formar aritméticos teóricos y prácticos, geómetras, astrónomos, músicos con formación teórica, cosmógrafos, pilotos, arquitectos y fortificadores, ingenieros y maquinistas («entendidos en el arte de los pesos y en todo género de máquinas»), artilleros e instrumentistas, fontaneros y niveladores de aguas, expertos en relojes, expertos en perspectiva y escultores y pintores formados en esta última materia.6

Jim Bennett ha insistido especialmente en la necesidad de prestar mayor atención a los instrumentos relacionados con la geometría práctica: esferas, astrolabios, ballestillas o radios astronómicos, cuadrantes, sectores, teodolitos, etc. Y ha insistido también acerca de la geografía y la cartografía como una parte central del programa matemático, junto con la astronomía y sus aplicaciones. Asimismo, ha indicado que hubo también áreas de intersección entre las matemáticas prácticas y la filosofía natural, y pone como ejemplos la astronomía (y sus implicaciones cosmológicas) y el magnetismo terrestre.

En estos importantes trabajos Bennett no ha prestado, sin embargo, ninguna atención al mundo ibérico, salvo algunas menciones aisladas a autores como Pedro Nunes. Ello, a mi juicio por al menos dos razones. La primera por su principal interés por el caso inglés. La segunda por un prejuicio muy común: dado que España (y Portugal) participó de manera escasa y marginal en la Revolución Científica del siglo XVII, nada interesante y digno de ser tenido en cuenta debió ocurrir en el período anterior. Y ello a pesar de que historiadores ingleses de la cartografía, la geografía o la náutica como Charles Cooter, Eva Taylor o David Waters han puesto de relieve la importancia de las contribuciones ibéricas en estas materias.

Sin embargo, las propuestas historiográficas de autores como Jim Bennett y otros pueden resultar muy adecuadas para el estudio de la cultura matemática, en el sentido expresado anteriormente, en la España del Renacimiento (y en el mundo ibérico, en general). Especialmente por la importancia que le han dado al conocimiento operativo o práctico y a la estrecha unión entre el conocimiento especulativo o teórico y el manipulativo. También, a la transferencia de prácticas de un domino a otro en la llamada matematización de la naturaleza, un aspecto clave de la Revolución Científica.7

En 1979 López Piñero publicó una obra de síntesis titulada Ciencia y técnica en la sociedad Española de los siglos XVI y XVII.8 Combinando diversas técnicas y procedimientos historiográficos: prosopografía, análisis estadístico de las publicaciones, estudio de las instituciones y de las profesiones y ocupaciones científicas, con un estudio interno de las fuentes y una síntesis equilibrada y ponderada de todo lo más relevante escrito sobre el tema, esta obra marcó un punto de inflexión y se convirtió en una obra de referencia indispensable para los estudios históricos de la ciencia en España en la época moderna.

López Piñero se esforzó por evitar la aplicación de categorías y distinciones actuales sobre la ciencia y lo científico, sin rehuir la dimensión retrospectiva de la labor histórica en cuanto diálogo con el pasado. Para ello trató de delimitar diversas áreas de actividad científica, dedicando estudios particulares a cada una de ellas, como las matemáticas, la cosmografía y astrología, el arte de navegar, la geografía, la filosofía natural o la ingeniería, no sin mostrar los solapamientos o intersecciones entre las áreas.

En el libro citado López Piñero realizó un estudio prosopográfico de 572 autores con algún tipo de actividad científica reflejada en publicaciones, manuscritos o aportaciones técnicas. Ofreció una tabla por áreas de dedicación, resultando en matemáticas 67 autores, en cosmografía y astrología 99, en geografía 66, en arte de navegar 65, en arquitectura e ingeniería 25, en arte militar 26 y en filosofía natural 66 (tabla 1). También ofreció una tabla de ocupaciones y profesiones (tabla 2). El mayor número de éstas lógicamente

TABLA 1

Distribución por áreas de las dedicaciones de los cultivadores de la ciencia en España (1481-1600)


Áreas científicas Número de dedicaciones Porcentajes
Matemáticas 67 9,67
Cosmografía y astrología 99 14,29
Filosofía natural 66 9,52
Geografía 56 8,08
Arte de navegar 65 9,38
Beneficio de minerales 25 3,61
Ensayo de metales 3 0,43
Destilación y alquimia 7 1,01
Arquitectura e ingeniería 25 3,61
Arte militar 26 3,75
Historia natural 44 6,35
Medicina 177 25,54
Albeitería 9 1,30
Agricultura 9 1,30
Arte de la caballería 9 1,30
Caza 6 0,87
TOTAL 693

corresponde a los médicos, que suman 188 y a los clérigos que suman 107; pero tras los médicos y clérigos, el conjunto de ocupaciones más importante está directamente relacionados con las matemáticas: ingenieros, arquitectos, artilleros, cosmógrafos, marinos, cartógrafos, profesores universitarios, comerciantes; pero además, un número de médicos y clérigos se interesaron por las matemáticas y la astronomía-astrología. Así, si examinamos la tabla de áreas cultivadas por autores con ocupaciones sin relación obligada con la ciencia, como funcionarios, abogados, clérigos o nobles (tabla 3), nos encontramos con que las matemáticas destacan entre las áreas cultivadas.

Posteriormente se han realizado otros estudios prosopográficos relacionados con las matemáticas y sus aplicaciones. Yo llevé a cabo uno de 110 cultivadores de la astronomía en España (1481-1606) y concluí que los tres ámbitos ocupacionales principales de estos autores fueron la medicina (22,7%), el académicouniversitario (18,2%) y todo lo relacionado con las actividades cosmográficas: astronomía náutica, cartografía y geografía, organizadas o dirigidas por la monarquía9 (tabla 4). En este trabajo destaqué la práctica ausencia del astrónomo de corte, es decir, de un contexto no académico para la práctica de la astronomía

TABLA 2

Distribución por ocupaciones y profesiones de los cultivadores de la ciencia en España (1481-1600)


Ocupaciones y profesiones Número de biografías Porcentajes
Médicos y cirujanos 188 32,87
Boticarios 12 2,10
Albeitares 6 1,05
ingenieros 11 1,92
Artilleros e ingenieros militares 8 1,40
Arquitectos y maestros de obras 9 1,57
Cosmógrafos 21 3,67
«Astrólogos» 3 0,52
«Maestros de hacer cartas» 13 2,27
Marinos 32 5,59
Mineros 16 2,80
Ensayadores 2 0,35
«Destiladores» 1 0,17
Orfebres 1 0,17
«Ullerers» 1 0,17
Sastres 1 0,17
Comerciantes 1 0,17
Libreros e impresores 2 0,35
Profesores universitarios de artes 36 6,29
Maestros de estudios de gramática 3 0,52
«Maestros de escribir y contar» 5 0,87
Preceptores privados 7 1,22
Militares 23 4,02
Funcionarios 7 1,22
Abogados 14 2,45
Clérigos seculares 63 11,01
Clérigos regulares 44 7,69
Nobles con título 10 1,75
No consta 32 5,59
TOTAL 572

libre de los condicionamientos del curriculum universitario. Asimismo, discutí si hubo o no patronazgo de la ciencia tal y como lo ha descrito Biagioli, y apunté que los cosmógrafos-astrónomos españoles tenían un status de funcionarios y no de cortesanos, es decir, pertenecían al ámbito administrativo de la Corte, no al cortesano o simbólico. Más recientemente hemos puesto de relieve en algunos casos las tensiones entre las ambiciones de los cosmógrafos (como García de Céspedes) con sus imágenes del conocimiento cosmográfico-astronómico (usando la terminología de Elkana y sus distinción entre cuerpo del conocimiento e imágenes del conocimiento), y los condicionamientos que su estatuto profesional como funcionarios les imponía para realizar sus ambiciones.10

TABLA 3

Áreas cultivadas por españoles con ocupaciones sin relación obligada con la ciencia (1481-1600)


TABLA 4

Distribución por ocupaciones y profesiones de los cultivadores de la astronomía en España (1481-1606)


Ocupaciones y profesiones Número de biografías Porcentajes
Médico 25 22,7
Profesor universitario 20 18,2
Cosmógrafo 18 16,4
Clérigo secular 9 8,2
Clérigo regular 4 3,4
Abogado 4 3,4
Funcionario 4 3,4
Noble 4 3,4
Piloto 2 1,8
Preceptor privado 2 1,8
Maestro de escribir y contar 1 0,9
No consta 17 15,5
TOTAL 110

TABLA 5

Profesión de los aritméticos españoles (1482-1600)


Ar. Universitaria Ar. Práctica
Maestros (22) – 17
Profesores universitarios 8 4
Eclesiásticos 4 4
Nobles – 2
Administración monarquía (23) – 1
Calígrafos – 1
Libreros – 1
Desconocida 38
TOTAL 15 38

TABLA 6

Tipos de ingenieros (España. Siglo XVI) según su formación


E.: españoles; i.: italianos; A.: alemanes; P.B.: Países Bajos.

Se han realizado otros estudios prosopográficos dedicados a materias o áreas particulares, como la aritmética o la ingeniería-arquitectura. A partir de 47 autores de libros de aritmética (12 de aritmética universitaria y 35 de aritmética práctica) Vicente Salavert, en sus importantes estudios de la aritmética, elaboró la siguiente tabla11 (tabla 5). Posteriormente, autores como Javier Docampo han introducido nuevas precisiones sobre los cultivadores de la aritmética.12

Por su parte, Nicolás García Tapia, autor de numerosos e importantes trabajos de historia de la técnica en España, hizo una prosopografía de 186 ingenieros que trabajaron en obras civiles en España en el siglo XVI. García Tapia los clasifica en ingenieros teóricos (9,7%), ingenieros-arquitectos (24,7%), ingenieros prácticos (53,8%) e ingenieros ocasionales o inventores (11,08%) (tabla 6). También nos presenta García Tapia la especialidad de los ingenieros (tabla 7), en la que como puede verse la mayoría trabajaron en el ámbito de las practical mathematics en el sentido de Bennett. Y es interesante señalar que el 72,6%

TABLA 7

Especialidad de los ingenieros


E.: españoles; i.: italianos; P.B.: Países Bajos; A.: alemanes.

de los ingenieros eran españoles, procediendo el resto de italia, Países Bajos y Alemania, principalmente.13

Continuando con esta descripción estadística de las actividades relacionadas con las matemáticas, nos detendremos brevemente en los libros publicados en España (o por autores españoles). En nuestra Bibliographia physico-mathematica hispanica (1475-1600) hicimos el inventario de 1.085 obras de estas materias y características, siendo las unidades los textos editados y no las primeras ediciones.14 Ofrecemos una distribución por décadas y materias, otra por décadas e idiomas y otra por décadas y ciudades (tablas 8, 9, 10). Como puede verse, y era de esperar, la filosofía natural concentró el tercio de las impresiones recogidas (32,6%). Luego destaca la astronomía con una cifra importante (20%) gracias en gran medida a los lunarios; pero también incluye un número importante de ediciones de la esfera o tratados sobre instrumentos como el astrolabio, el ecuatorio y los relojes solares; sigue la aritmética (10%), tanto la académica como la práctica o mercantil, que es la más numerosa (un 73% de aritméticas prácticas); la náutica y la cosmografía reúnen un 12,4% y el arte militar y la arquitectura un 5,6%. A destacar la presencia del castellano y el importante número de obras editadas fuera de España: en París, Venecia, Lyon, Roma, Amberes o Londres. La tabla 8 muestra la importante presencia de las lenguas vernáculas, principalmente el castellano. Si sumamos el catalán, juntos superan el latín. También es interesante observar el apreciable número de ediciones en lenguas no peninsulares. Finalmente, en la Tabla 9 se advierte el gran número de ediciones realizadas en talleres no peninsulares. Así, entre las primeras cinco ciudades con mayor número de ediciones tres son extranjeras: París, Venecia y Lyon.

TABLA 8

Bibliographia physico-mathematica hispanica (1475-1600).

Distribución por décadas y materias



TABLA 9

Bibliographia physico-mathematica hispanica (1475-1600).

Distribución por décadas e idiomas



TABLA 10

Bibliographia physico-mathematica hispanica (1475-1600).

Distribución por décadas y ciudades



Junto a las obras impresas, hay que tener en cuenta la producción manuscrita, muy difícil de inventariar y cuantificar, pero de enorme importancia. Muchas obras de autores destacados quedaron sin imprimir por diversas razones, desde el secreto impuesto por la monarquía, hasta los problemas económicos de los autores e impresores. Así, autores muy destacados como Alonso de Santa Cruz, Jerónimo Muñoz o Diego Pérez de Mesa dejaron toda o la mayor parte de su obra sin imprimir, lo que no implica que no se difundiera. En las últimas décadas se ha avanzado mucho en el estudio de la producción manuscrita, aunque estamos lejos de tener un inventario aproximado de la misma. Autores como los citados han merecido importantes estudios ya bien conocidos.15 Entre los trabajos recientes, quiero destacar los estudios de una serie de manuscritos de aritmética que han puesto de relieve aspectos muy interesantes sobre el cultivo de esta materia y del álgebra en España en los siglos XV y XVI.

Como hemos apuntado, las exploraciones geográficas llevadas a cabo por los navegantes portugueses y españoles, el control y dominio de las tierras conquistadas, el mantenimiento de los imperios y la construcción de los estados plantearon una serie de exigencias técnico-científicas. Se crearon instituciones donde, además de funciones administrativas de todo lo relacionado con las navegaciones, se llevaban a cabo otras tareas como el diseño de instrumentos y mapas, se centralizaba y sistematizaba la información y se impartía instrucción en materias de náutica y cosmografía. Así surgieron la Casa de la Contratación de Sevilla, el Consejo de indias y sus cargos asociados y la Academia de Matemáticas de Madrid. Como consecuencia aparecieron nuevos grupos de profesionales: cosmógrafos, pilotos y «maestros de hacer cartas», en particular, que se ocuparon de diseñar y poner a prueba los instrumentos, cartografiar mares y tierras, revisar y poner al día las tablas y regimientos, analizar, discutir y poner a prueba los distintos métodos y técnicas de observación, en particular para la determinación de las coordenadas geográficas y la declinación magnética, y elaborar manuales precisos y didácticos para la enseñanza de las nuevas técnicas. Algunos de estos manuales, como los de Pedro Medina y Martín Cortés, tuvieron una gran difusión europea e influyeron enormemente en la expansión de la astronomía náutica y el arte de navegar.

Sobre la actividad y obras de pilotos, cartógrafos y cosmógrafos hay una abundante literatura que se ha enriquecido recientemente con algunas aportaciones como las de Antonio Barrera, Alison Sandman, o María M. Portuondo.16

Antonio Barrera ha tratado de mostrar la importancia de las actividades españolas en el mundo Atlántico para explicar el surgimiento de las prácticas empíricas en el estudio de la naturaleza en los siglos XVI y XVII. Barrera además ha profundizado particularmente en el impacto del ejemplo español en inglaterra.

Alison Sandman, continuando los trabajos de Ursula Lamb sobre las disputas legales en la práctica de la navegación, ha estudiado la construcción de la idea de utilidad de la ciencia y el crecimiento del patronazgo estatal de la ciencia.17 Un grupo de cosmógrafos españoles de mediados del siglo XVI llamados por Sandman «theory proponents» estaban convencidos del carácter fundamental de los métodos generalizables y aplicables universalmente. Por el contrario, los pilotos, «practice proponents», ponían el énfasis en la práctica, la experiencia y el conocimiento detallado de las condiciones locales. La cuestión no se decidió únicamente sobre bases o argumentos técnicos, sino por las implicaciones amplias de tipo político del debate. Según Sandman, este éxito de los «theory proponents» pone de relieve su fundamental impacto: crearon un ámbito institucional para las gentes interesadas en proseguir las ciencias útiles para el estado.

María M. Portuondo, en su reciente libro Secret Spanish Cosmography and the New World ha tratado de describir y caracterizar las actividades, metodologías y estilos de los cosmógrafos españoles de la segunda mitad del siglo XVI, especialmente los vinculados al Consejo de indias. Según Portuondo, los trabajos de cosmógrafos como Santa Cruz, López de Velasco o García de Céspedes carecían casi completamente de especulación filosófica. Las exigencias del imperio y las demandas utilitarias asociadas apartaron a los cosmógrafos reales españoles de la filosofía natural especulativa, privilegiando el trabajo que representaba la naturaleza como un inventario del mundo real, visible y tangible. Para Portuondo, la labor de los cosmógrafos españoles tendría que ver con el papel del experimentalismo y las prácticas empíricas refinadas en el socavamiento de los fundamentos epistemológicos de la filosofía aristotélica basada en la búsqueda de la causalidad. Abundando en estas tesis, Portuondo subraya la indiferencia de los cosmógrafos a las cuestiones «especulativas»: «la misión de los cosmógrafos era describir más que explicar y la filosofía natural aristotélica bastaba para las dos cosas». Y en una nota añade que el desinterés por el pensamiento especulativo no fue raro entre los cultivadores de las matemáticas del siglo XVI, tal y como Jim Bennett habría mostrado.18

Pero Bennett, en su esfuerzo por mostrar la importancia de la tradición de las matemáticas prácticas en la construcción de la filosofía mecánica, no sólo ha puesto de relieve la importancia de algunas de sus características más relevantes, tales como su utilidad y aplicabilidad a un amplio dominio de materias, su uso de instrumentos, su recurso a la experiencia y la experimentación (en el sentido de ensayos prácticos) y su carácter progresivo; también ha puesto énfasis, como hemos apuntado anteriormente, en las intersecciones de diferentes aspectos de las matemáticas prácticas con la filosofía natural, lo que Portuondo parece ignorar o no entender.

Es indudable que los diferentes espacios o ámbitos de cultivo de las disciplinas matemáticas impusieron condiciones en los discursos y prácticas resultantes, pero no impidieron la circulación de gentes, conocimientos y prácticas entre esos espacios. La formación de los cultivadores de las matemáticas fue muy diversa, como también lo fue el papel, estatuto e imágenes del conocimiento de dichos cultivadores. En el caso de la cosmografía, en algunos trabajos recientes me he ocupado de su perfil en el mundo académico así como el de la practicada en el contexto del Consejo de indias; también he tratado de poner de relieve sus conexiones, semejanzas y diferencias en las últimas décadas del siglo XVI y primeros años del XVII. Resumiré algunos resultados de estos trabajos.19

En las últimas décadas del siglo XVI la cosmografía universitaria estuvo dominada por Jerónimo Muñoz y sus discípulos y seguidores. Después de estudiar en Valencia, París, y Lovaina, Muñoz vivió durante algún tiempo en italia, enseñando hebreo en Ancona y desarrollando alguna labor como geógrafo. A su regreso a España ejerció de profesor de hebreo y matemáticas en Valencia y Salamanca, llegando a adquirir una notable fama como matemático, astrónomo y geógrafo. Directa o indirectamente fue profesor de un buen número de los mejores matemáticos y cosmógrafos del periodo y sus enseñanzas tuvieron una gran influencia tanto en el mundo universitario como en los cosmógrafos del Consejo de indias y de la Academia de Matemáticas de Madrid (así como en los de Sevilla).20

Muñoz publicó muy pocas obras, pero dejó una importante cantidad de manuscritos relacionados con sus enseñanzas en Valencia y Salamanca. Estos manuscritos contienen textos de geometría, trigonometría, óptica, instrumentos científicos, astronomía, geografía y filosofía natural. En su introducción a la Astronomía y la Geografía, uno de los textos que escribió en Valencia para sus clases, describe con gran detalle la construcción de globos terráqueos y celestes y dedica mucha atención a las representaciones cartográficas de la superficie terrestre. Para ello describe las proyecciones de Ptolomeo y las usadas por los cartógrafos europeos en su época. Discute la determinación de las coordenadas geográficas. Conservamos de él un magnífico mapa de España y una tabla de latitudes en las que Muñoz fue más preciso que todos sus contemporáneos. También conservamos una descripción de lugares, ciudades, distancias y accidentes geográficos de España y una «Descripción de los límites del Reino de Valencia». Además, el mapa más antiguo del Reino de Valencia, que fue publicado por Abraham Ortelio, se basó en los trabajos de Muñoz.

En suma, Muñoz concentró sus intereses científicos en torno a la cosmografía y las matemáticas prácticas. Pero también se interesó, de manera muy especial, por las cuestiones cosmológicas. Estaba firmemente convencido de la pertinencia de la astronomía para resolver cuestiones de filosofía natural. En sus trabajos sobre la «Nova» de 1572 Muñoz usó argumentos matemáticos, astronómicos y astrológicos para cuestionar los dogmas básicos de la doctrina aristotélica y legitimar sus ideas cosmológicas, mucho más cercanas a la tradición estoica que a la aristotélica. Por ello, es decir, por sus críticas a Aristóteles, fue «rociado de injurias», según él mismo manifestó, por filósofos, teólogos y palaciegos del rey Felipe. Muñoz también insistió en la necesidad de reformar tanto la astronomía como la astrología. Y en geografía y cartografía, Muñoz insistió en la necesidad de revisar todas las tradiciones heredadas, desarrollar nuevas observaciones con nuevos instrumentos y técnicas (fue de los primeros en usar la técnica de triangulación descrita por su maestro Gemma Frisius) y con la mayor precisión posible.

En la época de Muñoz la actividad cosmográfica impulsada y protagonizada por la monarquía se centró en el Consejo de indias, que llevó a cabo una serie de reformas impulsadas por Juan de Ovando. Un resultado importante fue la creación del puesto de cosmógrafo-cronista mayor de indias, para el que Ovando nombró a López de Velasco, sobre cuyas actividades cosmográficas se han realizado importantes estudios.21 Pero mi interés ahora se centra en el desarrollo de la cosmografía a partir de 1580, es decir, del año de la anexión de Portugal, y en las actividades de Juan de Herrera, el arquitecto real y aposentador de Palacio.

Herrera fue el principal consejero de Felipe ii en cuestiones técnicas y científicas. Como arquitecto, Herrera siguió el modelo de Vitrubio con respecto a la importancia de las matemáticas, la mecánica y las cuestiones tecnológicas. En opinión de Herrera, «la arquitectura… presupone algo de todas las artes y ciencias… particularmente la geometría, la aritmética,, la perspectiva, la música, la astrología, la gnomónica y la mecánica».22 Además de la arquitectura, Herrera practicó otras disciplinas, incluida la cosmografía y la instrumentación científica. Herrera, que según algunos testimonios ya había diseñado algunos instrumentos, intensificó sus intereses en cosmografía y náutica durante su estancia en Portugal, tras la anexión de este reino a la monarquía hispánica. Los portugueses habían inventado el arte de navegar y algunos de sus matemáticos/cosmógrafos, y en particular Pedro Nunes, habían desarrollado los fundamentos matemáticos del arte y ciencia de navegar más que ningún otro autor. Así, junto a la tradición española, Herrera en Portugal pudo entrar en contacto directamente con las novedades más adelantadas de Europa en el ámbito de la cosmografía y la náutica.

Herrera desarrolló varios proyectos conectados con sus nuevos intereses. Uno de ellos fue la creación de la Academia de Matemáticas en Madrid.23 Anteriormente he citado los objetivos de la Academia según Herrera. Para cada materia o actividad Herrera recomendó un grupo relevante de textos, que muestran su gran familiaridad con las disciplinas matemáticas y sus aplicaciones. Además, recomendó que las clases se enseñaran en castellano. Para facilitar esto, se preparó un amplio plan de traducciones de textos de matemáticas. Pedro Ambrosio de Ondériz, que había estudiado lenguas clásicas, tradujo la Óptica y la pseudo-Catóptrica de Euclides; los libros XI y XIII de los Elementos, los Esféricos de Teodosio y Sobre el equilibrio de los planos de Arquímedes.

Como es bien sabido, João Baptista Lavanha, un cosmógrafo portugués, fue nombrado en 1582 «para que se ocupe en nuestra corte y donde se le ordenare en cosas de Cosmografía, Geografía y Topografía, y en leer matemáticas». Al propio tiempo se nombró a Pedro Ambrosio de Ondériz ayudante de Lavanha y se le encargó de la traducción de textos científicos, como ya he señalado. No tengo tiempo para describir las actividades de esta academia, sobre la que tenemos una información fragmentaria, a pesar de los esfuerzos de algunos estudiosos como isabel Vicente y Mariano Esteban.24 Sólo quiero destacar algunos aspectos relevantes para mis propósitos. En primer lugar, parece indudable que uno de los principales objetivos de la Academia fue la formación de cosmógrafos y pilotos. Pero también tenemos testimonios de que en la Academia se enseñaron, en algunos periodos (al final del siglo, en particular) táctica militar, fortificaciones, artillería y mecánica, todo ello más orientado a la formación de ingenieros y arquitectos. Pero además la Academia ayudó a crear un espacio de sociabilidad y discusión de diversas cuestiones científicas. En otro trabajo me he ocupado de algunos debates entre los académicos, como el relativo al Mechanicorum liber de Guidobaldo del Monte y las proposiciones sobre la balanza.25

Uno de los «académicos» que intervino en este debate fue Andrés García de Céspedes, un distinguido cosmógrafo, astrónomo e ingeniero, autor de numerosos trabajos sobre estos temas de los que dos fueron publicados: el Libro de instrumentos nuevos de geometría para medir distancias y alturas (1606) y el Regimiento de Navegación (1606).26

El Libro de instrumentos incluye, además de la descripción y uso de una serie de instrumentos como el cuadrante, la ballestilla, y el nivel, un tratado de hidráulica, el más amplio sobre el tema publicado en la España de esta época, según García Tapia.27 El libro también incluye un capítulo sobre balística. García de Céspedes señala que la artillería «se puede llamar máquina de las máquinas» y añade que su escaso progreso se debe a que de ella se han ocupado gentes que no son matemáticos ni filósofos. Para explicar la «potencia» del tiro según el ángulo del mismo, se basa en el Mechanicorum liber de Guidobaldo.

El Regimiento de Navegación de García de Céspedes no era un manual del arte de la navegación para uso de los pilotos, sino más bien un tratado de cosmografía aplicado a la navegación. Además era una auténtica suma y síntesis de los conocimientos y técnicas desarrollados en España y Portugal sobre el arte y ciencia de navegar. La obra constaba de dos partes. La primera era una revisión de todos los regimientos, tablas e instrumentos; la segunda, una revisión de la construcción de cartas de navegar particulares y del mapa padrón universal de acuerdo con toda la información disponible en la época.

Para revisar el regimiento del Sol y el de la estrella del Norte, García de Céspedes llevó a cabo una serie de observaciones con nuevos instrumentos designados a tal propósito. Quiero indicar que, según mi conocimiento, García de Cépedes en España y Thomas Harriot en inglaterra fueron los primeros autores de tablas de longitud solar basadas en nuevas observaciones y en el cálculo de la órbita solar (independientemente de Tycho Brahe y orientadas a la astronomía náutica).28 García de Céspedes llevó a cabo sus observaciones durante su estancia en Lisboa al servicio del archiduque Alberto, gobernador de Portugal, entre 1583 y 1593. A su regreso a Madrid y entre 1593 y 1596, García de Céspedes le propuso al monarca establecer un observatorio astronómico cuyo principal objetivo sería corregir las tablas astronómicas, tarea que continuó llevando a cabo por su cuenta.29

García de Céspedes, como científico cultivador de las matemáticas tenía ambiciones teóricas que trascendían sus funciones como cosmógrafo del Consejo de indias, aunque es cierto que en sus obras publicadas encontramos muy escasas referencias a las cuestiones de filosofía natural; más bien hay una defensa de la certeza de las matemáticas frente a la incertidumbre de las especulaciones filosóficas. García de Céspedes estuvo al frente de la Academia de Matemáticas entre 1607 y 1611. En cuestiones astronómicas y cosmológicas tenemos algunos indicios de que sus ideas eran similares a las de Muñoz y sus discípulos, aunque no las expresó públicamente.

El sucesor de Garía de Céspedes al frente de la Academia fue Juan Cedillo Díaz, que ocupó el puesto entre 1611 y 1625, aunque anteriormente ya había ejercido como profesor de la Academia, al menos desde 1597. Cedillo continuó la labor de traducción de textos de matemáticas iniciada por Ondériz. Se conservan manuscritos de sus traducciones del Arte atque ratione navigandi de Pedro Nunes, de los Elementos de Euclides, de la Nova Scientia de Tartaglia, de los tres primeros libros del De revolutionibus de Copérnico, y del Discurso del flusso e reflusso del mare de Galileo. También es posiblemente autor de la traducción del texto de Camillo Gloriosi dedicado a las cometas, que se conserva entre los manuscritos de Cedillo. Además se conservan observaciones suyas y de sus discípulos de cometas. En su traducción del texto de Copérnico presentó algunas de sus ideas cosmológicas, no totalmente coincidentes con las de Copérnico y similares a las de Muñoz. Tal es su afirmación de que los planetas se mueven por el aire cósmico como peces en el agua, como Jerónimo Muñoz (su probable profesor de astronomía) había afirmado. Pero Cedillo no publicó sus traducciones.30

Diversos condicionantes y el control ideológico pesaron negativamente en el desarrollo del pensamiento libre y creativo indispensable para la actividad científica. Ello promovió el divorcio entre los matemáticos y los filósofos. En otro lugar he indicado como la separación entre la mecánica, practicada por humanistas como Diego Hurtado de Mendoza y matemáticos prácticos como Herrera, García de Céspedes o Cedillo, y la filosofía natural escolástica impidió que la ciencia de las máquinas se vinculara al estudio del movimiento.31

En las primeras décadas del siglo XVI, algunos filósofos portugueses y españoles, seguidores de los nominalistas y calculadores de París y Oxford del siglo XIV, que habían estudiado en París, difundieron sus doctrinas en las universidades españolas y desarrollaron el interés por las aplicaciones de las matemáticas a las cuestiones físicas y teológicas. Los llamados «calculatores» ibéricos publicaron en París y en la Península diversos textos de matemáticas siguiendo la tradición bajomedieval.

Así Gaspar Lax publicó varios textos en París y en Zaragoza de Arithmetica Speculativa y Proportiones and Calculationes generales philosophice; Pedro Sánchez Ciruelo publicó la aritmética y la geometría de Bradwardine y un Curso de matemáticas dedicado a la aritmética, geometría, perspectiva y música; también un tratado de aritmética dirigido a estudiantes de filosofía y astronomía; el portugués Alvaro Thomaz publicó su importante Libro de triplici motu y Margalho, Silíceo y Pedro de Espinosa publicaron también obras similares.

Los calculatores ibéricos también se interesaron por cuestiones de astronomía y cosmografía: Ciruelo, profesor en París y Alcalá, publicó comentarios a la Esfera de Sacrobosco y textos de astrología, y Pedro Margalho, profesor en la Universidad de Salamanca, publicó allí un Physices compendium que incluía un tratado sobre la Esfera basado en Gémino, Arato, Cleómedes y Ptolomeo. Margalho revisó las doctrinas medievales sobre la distribución de las tierras y el agua a la luz de las experiencias de los navegantes.32

En la segunda mitad del siglo XVI el acercamiento nominalista o terminista a la lógica cayó en similar declive al que había sufrido ya en París y en otras universidades europeas. De este modo, temas tratados en los cursos de filosofía natural como la doctrina de la intensio y remissio de las formas, prácticamente desaparecieron de los libros, o se exponían de manera breve y confusa, o eran simplemente rechazados por mezclar las matemáticas con la física, como hizo Francisco Valles, por ejemplo. Sólo algunos filósofos jesuitas continuaron dedicando alguna atención a estos temas, basándose en particular en Domingo de Soto, en cuyas obras aún se puede encontrar una amplia discusión del tema del movimiento, estudiado tanto desde el punto de vista de las causas como de los efectos.

No obstante, aún no tenemos un estudio amplio y riguroso del status epistemológico de las matemáticas y de la existencia o influencia entre los filósofos españoles, si la hubo, de la quaestio certitudine mathematicarum en España en el periodo que estudiamos. Como ya he recordado, los calculatores ibéricos defendieron la relevancia de las matemáticas para la filosofía natural. En esta línea, Pedro Sánchez Ciruelo, en su comentario a los Analíticos Posteriores de Aristóteles (Alcalá, 1529), consideró que en las matemáticas se encontraba el caso más perfecto de demostración aristotélica y en su comentario a la Esfera de Sacrobosco situó a las matemáticas por encima de todas las otras ciencias y sólo después de la metafísica. Y entre las disciplinas matemáticas el lugar más elevado correspondería a la astronomía, debido a la dignidad de su objeto. Pero la influencia de los calculatores fue disminuyendo progresivamente en España, como hemos señalado.

Algunos filósofos humanistas, tales como Pedro Juan Núñez, uno de los introductores de las orientaciones ramistas en España, afirmaron la importancia de las matemáticas, tanto por su valor práctico como porque eran necesarias para entender a Aristóteles, pero no discutieron las cuestiones epistemológicas implicadas. Por otra parte, en los colegios jesuitas la enseñanza de las matemáticas no comenzó hasta el siglo XVII de manera significativa. Este hecho contrasta con la actividad de algunos jesuitas españoles fuera de la Península en la enseñanza de las matemáticas o en el debate sobre la epistemología de las matemáticas (la quaestio certitudine mathematicarum). Recordemos en este sentido a Baltasar Torres, el primer profesor de matemáticas del Colegio Romano. O a Jerónimo Hurtado, que enseñó matemáticas y filosofía en Nápoles. O a Benito Pereira, profesor de lógica, filosofía, metafísica y teología en el Colegio Romano, bien conocido por su intervención en la quaestio defendiendo que las matemáticas no eran verdaderas ciencias en el sentido aristotélico.33

Según lo que hasta ahora sabemos, cabe concluir que el acercamiento que más prevaleció en España en la segunda mitad del siglo XVI entre los profesores de filosofía era opuesto al uso de las matemáticas en cuestiones de filosofía natural.

Al contrario que los filósofos, Jerónimo Muñoz y sus discípulos, que enseñaron matemáticas en las universidades de Valencia, Salamanca y Alcalá (y en Sevilla en una cátedra especial para Pérez de Mesa) defendieron la legitimidad de las matemáticas para tratar cuestiones de filosofía natural, y ello en abierta polémica con los filósofos. Así, en su libro sobre la Nova de 1572 Muñoz se sintió perfectamente autorizado para extraer conclusiones de naturaleza cosmológica (y contrarias a las doctrinas aristotélicas) de sus observaciones y cálculos matemáticos. Por su interpretación de la nova y sus críticas a Aristóteles, Muñoz fue «rociado de injurias por muchos teólogos, filósofos y palaciegos del rey Felipe», según le escribió el mismo Muñoz a un amigo y colega de Viena.34 A pesar de ello, Diego Pérez de Mesa, un discípulo de Muñoz profesor de matemáticas en Alcalá y en Sevilla, defendió ideas similares a las de Muñoz y afirmó que la astronomía es una «ciencia casi mixta con la filosofía y por eso averigua muchas cuestiones hermosísimas de la misma filosofía». Y el sucesor de Muñoz en la cátedra de Salamanca, Antonio Núñez Zamora, en su libro sobre la Nova de 1604 defendió la naturaleza celestial de los cometas y dijo que los filósofos, en particular los seguidores de Aristóteles, habían atacado a los astrónomos por sus puntos de vista cosmológicos. Contra estas críticas, Núñez Zamora afirmó el carácter demostrativo de las disciplinas matemáticas y la certeza con la que las matemáticas establecen sus conclusiones.35

CONCLUSIÓN

Ursula Lamb, destacada historiadora de la cosmografía ibérica, concluyó uno de sus magníficos trabajos diciendo que la España de los Habsburgo desempeñó un papel muy importante en el cambio de la manera como se construyeron las ciencias de la naturaleza.36 Este hecho aún no está suficientemente reconocido por los historiadores de la ciencia extranjeros, como subrayamos el profesor William Eamon y yo en el volumen sobre España y la Revolución Científica, y como hemos visto en el caso de Jim Bennett. No obstante, hemos avanzado mucho en este reconocimiento, a medida que avanzamos también en el conocimiento de nuestro pasado científico, con inventarios, biobibliografías, prosopografías y estadísticas y con estudios monográficos desde una perspectiva comparada. Todo ello de acuerdo con el programa de trabajo que ya planteó Menéndez Pelayo, que también reclamaba cátedras de historia de las ciencias en las Universidades españolas.

El diagnóstico de Menéndez Pelayo parece ahora más certero de lo que él pensaba, con la importante matización de que el cultivo de las matemáticas prácticas contribuyó de manera más destacada de lo que él sospechaba a la construcción de la ciencia moderna. También acertó al pensar que una orientación exclusivamente utilitaria o pragmática, sin ambiciones teóricas no bastaba para construir la ciencia moderna. Pero llevado en parte por el positivismo de la época practicado por los historiadores de la ciencia que distinguían entre ciencia y filosofía (los positivistas consideraron la historia de las ciencias como una fuente de confirmación de su propia filosofía, al tiempo que rechazaron la idea del contexto filosófico de los descubrimientos científicos. Consecuentemente, el proyecto positivista de una historia de las ciencias se desarrolló en un contexto ideológico de tensión dialéctica con la historia de la filosofía),37 consideró el desinterés teórico de los matemáticos como lo hace Portuondo, es decir, puramente derivado de sus urgencias prácticas. Pero como hemos visto las cosas son más complicadas: los matemáticos tenían ambiciones teóricas, atacadas por los filósofos, y condicionadas fuertemente por su status profesional y el control ideológico desde los aparatos del estado.

La construcción de la ciencia moderna implicó, como es sabido, cambios profundos de varios órdenes: metodológico-instrumentales, teóricos y organizativo-institucionales, todo ello en el contexto de un intenso cambio cultural y de transformaciones profundas de la escena política europea. España (representada por la Monarquía española), que llegó a poseer el imperio más grande del mundo, desempeñó un importante papel en este proceso, sobre todo en la etapa Renacentista. Hoy comprendemos bastante bien estos hechos, así como las limitaciones e insuficiencias que finalmente llevaron a una relativa decadencia de la actividad científico-técnica en España, frente al protagonismo que alcanzaron países como inglaterra, Holanda y Francia en el siglo XVII. Aunque aún quedan muchas incógnitas y mucho trabajo por realizar.

1 Véase el capítulo anterior sobre el término «España» para esta época.

2 Véase el capítulo titulado «Los estudios históricos sobre la actividad científica en la España de los siglos XVI y XVII», en López Piñero (1979), pp. 15 y ss. y sobre la polémica, véanse las referencias en el capítulo anterior del presente libro.

3 Vallín y Bustillo (1893). Para el texto de Menéndez Pelayo, publicado en 1894 en La España Moderna, año VI, tomo LXII, pp. 138-178, he utilizado el incluido en la edición de 1953 de La ciencia española. Véase Menéndez Pelayo (1953), vol. II, pp. 403-438.

4 Navarro Brotons y Eamon, eds. (2007). Véase también el capítulo anterior del presente libro.

5 Véase Bennett (1986, 1991 y 1998).

6 Véase Herrera (1584).

7 Sobre las relaciones entre el conocimiento especulativo y el manipulativo o constructivo, véase recientemente Roberts et al. (2007).

8 López Piñero (1979).

9 Este estudio prosopográfico lo realicé en colaboración con Vicente Luis Salavert y Victoria Rosselló. Lo publiqué en el estudio preliminar de Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998), pp. 17-249, en pp. 181-189. Véase también, sobre el cultivo de la astronomía en España en esta época, Navarro Brotons (1992, 2002c y 2006a).

10 Navarro Brotons (2009).

11 Salavert Fabiani (1994).

12 Docampo Rey (2004).

13 García Tapia (1990).

14 Navarro Brotons, et al. (1999).

15 Véanse los trabajos citados en la nota 9 y la bibliografía citada en ellos.

16 Barrera (2006); Sandman (2001); Portuondo (2009). Véanse también los trabajos de estos autores incluidos en Navarro Brotons y Eamon, eds. (2007). Habría que añadir asimismo el reciente trabajo de Sánchez (2010).

17 Véanse, además de los trabajos citados de Sandman, los trabajos de Ursula Lamb reunidos en Lamb (1995).

18 Véase Portuondo (2009), p. 304, nota 4: «Stirking speculative thinking was not uncommon, however, among sixteenth century European mathematical practitioners».

19 Véase, en particular, mi trabajo Navarro Brotons (2009).

20 Sobre Muñoz, véase Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998) y los estudios preliminares en Muñoz (2004).

21 Sobre el Consejo de indias y la actividad de Ovando y López de Velasco, véase Schäfer (2003); Lamb (1995); Goodman (1988); Vicente Maroto y Esteban Piñeiro (1991); Álvarez Peláez (1993); Portuondo (2009).

22 Herrera (1584), p. 15. Para los datos biográficos de Herrera véase Arcaute (1936); Wilkinson-Zerner (1993).Véase también en Herrera (1976) una colección de documentos relacionados con Herrera, incluido alguno de sus trabajos como el citado en el título del libro (Discurso sobre la Figura cúbica). Véase también la colección de trabajos dedicados a Herrera en AramburuZabala y Gómez Martínez, coords. (1993).

23 Véase Vicente Maroto y Esteban Piñeiro (1998), sobre la reforma del Consejo de indias y la fundación de la Academia de Matemáticas. Véase también Esteban Piñeiro y Jalón (1998) y Navarro Brotons (2006).

24 Véase Vicente Maroto y Esteban Piñeiro (1998).

25 Navarro Brotons (2008). Véase el capítulo VII del presente libro.

26 Sobre García de Céspedes, véase Picatoste Rodríguez (1891), pp. 120-127; Vicente Maroto y Esteban Piñeiro (1998); Navarro Brotons (2002c y 2009); Sandman (2004); Portuondo (2009).

27 Véase García Tapia (1990), pp. 158-159.

28 Véase Navarro Brotons (2000a y 2009) y el capítulo VIII del presente libro; y sobre Harriot, véase Roche (1981).

29 Véase en Navarrete (1846) un resumen del informe de García de Céspedes sobre los instrumentos y objetivos del Observatorio «Dos grandes globos celeste y terrestre de metal dorados…; un gran cuadrante de ocho palmos, y un radio astronómico de diez para averiguar los verdaderos lugares del Sol y de la luna… Por este medio se corregirían muchos errores que se notaban en los movimientos celestes…».

30 Sobre Cedillo, véase Vicente Maroto y Esteban Piñeiro (1998) y Esteban Piñeiro y Gómez Crespo (1991). Sobre la traducción de Copérnico y las ideas cosmológicas de Cedillo, véase también Navarro Brotons (2002c y 2007c).

31 Navarro Brotons (2008). Véase el capítulo VII del presente libro.

32 Sobre estos autores, véanse las entradas del Diccionario Histórico de la Ciencia Moderna en España, López Piñero (1983). Véase también Navarro Brotons (2002c y 2006b) y el capítulo iii del presente libro, et al., dirs. (1983).

33 Sobre Baltasar Torres, véase Baldini (1992), pp. 572 y ss. y la bibliografía citada en este trabajo. Sobre Jerónimo Hurtado, véase Gatto (2007). Sobre Perera, la literatura es enorme; véase la entrada correspondiente (como Pereira) en López Piñero et al., dirs. (1983), vol. I, pp. 153-155 y recientemente, el trabajo de Richard Blum (2006).

34 Véase la carta de Muñoz a Reisacher, editada por V. Navarro en Muñoz (1981).

35 Sobre Pérez de Mesa y Núñez Zamora, véase Navarro Brotons (2002c, 2011 y 2012).

36 Véase Lamb (1972a), «La nueva ciencia geográfica», Revista de Occidente, 37, 162-183, reeditado en Lamb (1995), nº iV.

37 Véase Motzkin (1989).

III. LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA Y LAS CIENCIAS EN LAS UNIVERSIDADES: LA REGLAMENTACIÓN Y LA PRÁCTICA

El propósito del presente trabajo es comentar algunos aspectos relevantes de la reglamentación (constituciones, estatutos y otras disposiciones) de las enseñanzas de lógica y filosofía (filosofía natural y metafísica; no trataré la ética) y de las disciplinas matemáticas en las universidades de Valencia, Salamanca y Alcalá, comparando la reglamentación con la práctica docente y con la actividad de los profesores.

La Universidad de Salamanca, que había sido el más importante centro universitario español durante la Baja Edad Media, alcanzó en el siglo XVI su máximo esplendor. A finales del siglo XVI llegó a tener setenta cátedras. En la orientación de sus estudios predominaron claramente la teología y el derecho canónico. Sin embargo, la enseñanza médica y la de las materias lógicas, filosóficas y matemáticas en la facultad de artes, aunque de mucho menor peso en el conjunto de la Universidad, se encontraban entre las mejor atendidas de la Corona de Castilla.

La Universidad de Alcalá fue una típica fundación renacentista. Comenzó a funcionar el curso 1508-1509. Contaba con enseñanzas de teología, artes, medicina, derecho canónico y gramática. Se enseñaba también retórica y en el llamado Colegio Trilingüe o de San Jerónimo se enseñaba griego, hebreo, árabe y caldeo. Llegó a contar también con una cátedra de matemáticas. Se excluyó el derecho civil por considerar que estaba bien atendido en Valladolid y Salamanca.

La Universidad de Valencia se fundó también en este siglo (1499-1500) y empezó a funcionar en 1501, convirtiéndose en los años centrales de la centuria en la más importante de la Corona de Aragón. Contaba con cátedras de teología, cánones, leyes, medicina, lógica, filosofía, matemáticas, gramática y humanidades (Lorenzo Valla, Poesía, Oratoria, Retórica, Prosodia e Historia). Desde 1524 contó con una cátedra de griego y desde 1544 de hebreo –cátedra que ya había funcionado en el periodo 1532-36. Destacó mucho en la enseñanza de la medicina, siendo el centro desde el que irradiaron al resto de España las reformas en la enseñanza de la anatomía simbolizadas por Vesalio. También contó con enseñanza de la botánica aplicada a la medicina y con un jardín botánico universitario. La cátedra de matemáticas y astronomía también tuvo mucho relieve cuando la ocupó el destacado astrónomo Jerónimo Muñoz.

LA LÓGICA, LA FILOSOFÍA NATURAL Y LA METAFÍSICA

En las enseñanzas de lógica y filosofía, en las primeras décadas del siglo hay que destacar, en las tres universidades, la enorme influencia de la Universidad de París y de las orientaciones «nominalista» y terminista, en filosofía y en lógica. Recordemos que hacia finales del siglo xV y bajo la influencia del escocés John Maior y el español Jerónimo Pardo se produjo en la Universidad de París un renovado interés por las doctrinas de Buridan, Alberto de Sajonia, Oresme y los mertonianos en filosofía natural y por la orientación nominalista o terminista en lógica. En estos años y en las primeras décadas del siglo XVI estudiaron y enseñaron en París un importante grupo de españoles y portugueses que llevaron a convertirse en el núcleo más activo en relación con el estudio y discusión de las mencionadas doctrinas y orientaciones: entre otros, Luis Núñez Coronel de Segovia y su hermano Antonio, Gaspar Lax –uno de los maestros de Vives–, el portugués Álvaro Thomaz, Pedro Sánchez Ciruelo de Daroca, Juan de Celaya, Juan Martínez Silíceo y Fernando de Enzinas. Muchos de estos autores a su retorno a España se integraron en las Universidades españolas, donde la corriente nominalista perduró hasta mediados del siglo, aproximadamente, aunque su influencia fue mucho más dilatada. Con todo, conviene recordar que el nominalismo se consideraba una escuela independiente, que no reconocía maestros, por lo que resulta difícil encontrar características totalmente comunes. Como lo expresaba el segoviano Antonio Núñez Coronel: «nominales neminem sequuntur praeter veritatem».1 Ellos mismos se caracterizaron en lógica: 1) Por su actitud simplificadora, rechazando las múltiples distinciones reales de los tomistas y las formalidades escotistas; 2) Por sus estudios de la dialéctica o lógica centrados en: a) Las propiedades lógicas de los términos, necesarias para determinar la verdad y falsedad de los enunciados, a saber: suposición, apelación, ampliación, restricción, distribución y los signos exponibles; b) Los insolubilia y las obligaciones; c) Las consequentia.2 En cuestiones de filosofía natural, el eclecticismo de estos autores es aún más patente. Como ha señalado Wallace, gracias a este eclecticismo proporcionaron un detallado análisis de las diferentes doctrinas relativas a temas como el del movimiento que podrían interesar tanto a un nominalista como a un realista como a cualquiera inclinado a ver elementos de verdad en las diferentes posiciones doctrinales.3 En cuanto a la lógica, quiero recordar lo señalado por Ashworth: que los trabajos más interesantes de lógica (desde el punto de vista de la historia interna de esta disciplina) en el periodo post-medieval (en el Renacimiento) se llevaron a cabo en París entre 1480 y 1520, aproximadamente.4 Y un buen número de ellos los llevaron a cabo los autores españoles y portugueses. Y en cuestiones de filosofía natural, el eclecticismo de estos autores es aún más patente.

En la Universidad de Alcalá, las materias señaladas por las Constituciones fundacionales eran: el primer año o curso de «Súmulas logicales» estaba preceptuada la lectura de las Súmulas de Pedro Hispano o de otro maestro, con glosas, anotaciones y argumentos según las directrices del rector y de la facultad. El segundo año, o curso de lógica magna, se debían enseñar los Predicables de Porfirio, los Predicamentos de Aristóteles, así como el Perihermeneias, los Analíticos, los Tópicos y los Elencos. En el tercer año, o curso de filosofía, los ocho libros de la física, junto con los tres libros De coelo et mundo, aunque podía omitirse el tercero. Los dos De generatione et corruptione, los tres primeros De metheoris, pues el cuarto se suprimía, los tres libros De Anima y los cuatro libros De parva naturalia.

Para graduarse de bachiller era obligatorio haber estudiado los tres primeros cursos y en el examen sólo se exigía súmulas, lógica y los cuatro primeros libros de la Física de Aristóteles. El cuarto año o «curso de metafísica» era obligatorio para los que pretendían la licenciatura. Las Constituciones de 1510 preceptuaban el estudio de seis libros de la Metafísica de Aristóteles. Sin embargo, las mismas Constituciones, al dar el detalle de las materias ordenaban que se iniciara el curso continuando con los ocho libros de la Física y se prosiguiera después hasta terminar toda la filosofía natural. Concluidas estas materias, el mismo profesor tenía que exponer los seis libros de la Metafísica y el profesor de ética al menos seis libros de moral.5

El muy reducido tiempo dedicado a la metafísica ha suscitado la cuestión de si realmente se llegó a enseñar. Y el estudio de los libros de visitas permite concluir que no se llegó a enseñar de hecho, sino muy ocasionalmente, esta materia en Alcalá en el siglo XVI. Lo que no excluye que se abordaran cuestiones pertinentes a la metafísica en los estudios de lógica y filosofía.6

Las Constituciones estipulaban ocho «maestros regentes de Artes y tres teólogos que rijan las cátedras de Artes y Teología». En teología se establecían tres cátedras: de Nominales, Escoto y Santo Tomás y lo mismo en lógica. Todo ello bajo la clara influencia de París.

En la primera mitad del siglo hubo en Alcalá un claro predominio de la lógica, tema sobre el que los profesores de artes escribieron y publicaron un buen número de trabajos. En cambio, publicaron muy pocos de filosofía natural. Entre los profesores de Alcalá que escribieron obras de lógica cabe destacar a Fernando de Enzinas, Jacobo Naveros, Pedro Ciruelo y Domingo de Soto, los dos primeros, excelentes representantes de la lógica terminista. De esta materia, y hasta la aparición de la obra de Domingo de Soto, se debieron usar los textos de los mismos españoles formados en París, además de los de Jacques Lefèvre d’Estaples junto con el comentario de Paulo Veneto al De caelo e mundo.7 Por otra parte, en 1517, por encargo del propio Cisneros, Juan de Vergara inició la traducción del griego al latín de las Obras de Aristóteles.8

Entre los profesores de Alcalá que escribieron obras de lógica cabe destacar a Fernado de Enzinas, formado en París, donde enseñó artes en los colegios de Santa Bárbara y de Bauvais. Enseñó súmulas en Alcalá el curso 1522-23. Sus diversos escritos de lógica, publicados en París, Lyon, Alcalá y Salamanca fueron ampliamente utilizados en Alcalá en los años 20 y 30 y constituyen una verdadera enciclopedia de todo el saber sumulista de la época. También merece mención Jacobo Naveros, un excelente conocedor de toda la literatura lógica, que se convirtió en símbolo de la lógica que los humanistas y los autores de la segunda mitad del siglo combatieron, influidos por las corrientes humanistas y por el retorno a Aristóteles.9

En el apartado de lógica también merecen citarse Pedro Ciruelo y Domingo de Soto. Aunque Ciruelo, autor de obra enciclopédica, no explicó lógica en Alcalá, sino teología, publicó en esta ciudad trabajos de lógica. Entre estos trabajos figura un gran comentario a los Analíticos Posteriores de Aristóteles (Alcalá, 1529), en el que considera a la matemática como el caso más perfecto de demostración aristotélica. Cabe señalar que Ciruelo publicó varias obras de matemáticas y astronomía y si bien subordinaba la astronomía a la teología, en cambio consideraba a la astronomía superior a todas las otras ciencias, por la dignidad de su objeto y por su certeza.10

Domingo de Soto, formado también en París donde fue discípulo del valenciano Juan de Celaya, inició su carrera como profesor en la facultad de artes de Alcalá, mientras estudiaba teología, de la que luego sería catedrático en Salamanca. Las Summulae de Domingo de Soto (Burgos, 1529), ampliamente utilizadas en Alcalá y en Salamanca, en sus sucesivas reediciones constituían una notable reforma de la enseñanza de la lógica, en la que se advierte la influencia de las corrientes humanistas y de los que preconizaban el retorno a Aristóteles. El esfuerzo de Soto se orientó a presentar las súmulas no como una suma o compendio del Organon aristotélico, sino como una introducción al mismo. Aunque Soto compartía las críticas a los excesos medievales que habían hecho la lógica inaccesible a los estudiantes, pensaba no obstante que aún era necesario un texto introductorio. No era suficiente, en su opinión, tomar algunos ejemplos de Cicerón y pensar que ya se había tratado bastante sobre lógica.11

En la Universidad de Salamanca, y bajo la influencia de la Universidad de Alcalá, a partir de 1508 se introdujo la orientación nominalista, tanto en las enseñanzas de lógica y filosofía como en las de teología. Entre los que enseñaron en Salamanca según la orientación nominalista figuran: Juan de Oria, Miguel Carenas, Alonso de Córdoba, Pedro Margalho, Juan Martínez Silíceo y Pedro de Espinosa.12

Pedro Margalho, Juan Martínez Silíceo y Pedro de Espinosa son autores de especial relieve, tanto en lógica como en filosofía natural. Los tres publicaron también textos de las disciplinas matemáticas. Así, el portugués Pedro Margalho (nacido c. 1473), además de un texto de lógica (Salamanca, 1520) dedicada a los términos y sus propiedades, siguiendo «las tres vías» publicó un Phisices compendium, que incluye: 1. Un tratado de Sphera basado en Gémino (a través del pseudo-Proclo), Arato, Cleómedes y Ptolomeo. 2. Un tratado De proportione. 2. Phisices Epithome, donde se ocupa de temas de la física aristotélica como el movimiento y el lugar así como del alma. 6. Un tratado «de intensione et remissione formarum» donde expone las doctrinas de los calculatores y nominalistas de Oxford y París. En su tratado de la Esfera, Margalho confrontó las doctrinas medievales sobre la distribución del agua y la tierra con la experiencia de los navegantes portugueses y defendió que estos dos elementos formaban una misma y única superficie. Este es uno de los diversos ejemplos que muestran que los filósofos escolásticos seguían con atención los progresos en la cosmografía y en los conocimientos geográficos.13

Por su parte, Juan Martínez Silíceo (1477-1557), formado también en París, publicó en esta ciudad un tratado de aritmética con el título Liber Arithmetica practice Astrologicis, Phisicis et Calculatoribus admodum utilis (1513) varias veces reeditado. En Salamanca, Silíceo publicó varias obras de lógica de tendencia nominalista o terminista, así como una edición del Liber Calculationum de Richard Swineshead. Asimismo, fomentó la propagación e impresión en la misma ciudad de otras obras de lógica de parecida tendencia de los profesores de París.14

Pedro Espinosa, discípulo de Silíceo además de dos obras de lógica compuso un Tractatus proportionum (1545), un comentario a la Sphaera de Johannes de Sacrobosco (1550) y una Philosophia naturalis (1535), de acuerdo con la orientación ecléctica que hemos comentado.15

En la Universidad de Valencia, en las primeras décadas del siglo XVI, las enseñanzas de lógica y filosofía natural en la facultad de artes se desarrollaron también con una notable influencia del modelo de la Universidad de París y del nominalismo, que también influyó en las enseñanzas de teología. Tras unas primeras tentativas, en 1503, a partir de 1514-1515, la corriente nominalista se incorporó a la enseñanza de manera oficial, tanto en lógica como en filosofía natural (y en teología). Desde esta fecha y hasta mediados de siglo coexistieron las orientaciones nominalistas y realistas con las humanistas, que fueron ganando terreno.16 El autor valenciano más destacado de lógica fue Juan de Celaya, aunque no la enseñó en Valencia, sino en París. En 1524 regresó a Valencia, en cuya Universidad fue nombrado rector perpetuo y profesor de teología. Celaya publicó un buen número de obras de lógica y filosofía natural en París, varias de las cuales fueron reeditadas en Valencia. Sus trabajos de estas materias tuvieron una gran influencia en muchos autores españoles de la primera mitad del siglo, varios de los cuales, como Domingo de Soto y Martínez Silíceo fueron discípulos suyos en París.17

En 1517 Celaya publicó en París un tratado titulado In octo libros physicorum Aristotelis cum quaestionibus eiusdem, secundum triplicem viam beati Thomae, realium et nominalium. Y el año siguiente, dos obras dedicadas a exponer y comentar De generationes et corruptione y De coelo et mundo. En la obra dedicada a la física, según las «tres vías», Celaya, al estudiar el movimiento, incorporó las principales contribuciones de los filósofos bajomedievales: mertonianos (Thomas Bradwardine, William Heytesbury, Richard Swineshead…), parisinos (Jean Buridan, Alberto de Sajonia…), italianos (Pablo de Venecia, Gaethano da Thiene, Bernardo Torni…), así como los trabajos desarrollados por los maestros y contemporáneos de Celaya que enseñaban en París, en particular los de su colega portugués Álvaro Thomaz. En dinámica, Celaya expone con detalle la teoría del impetus de Buridan. Estudia también con amplitud los problemas relativos a las latitudines y a los procesos de intensio y de remissio en el movimiento local y se muestra partidario de las aplicaciones de esta teoría a la medicina y a la teología. Esta obra es de gran importancia, en particular por la influencia que tuvo en su discípulo Domingo de Soto.

En sus comentarios a De coelo et mundo discute las cuestiones relativas a la forma de la Tierra, defendiendo las tesis de Buridan y Alberto de Sajonia, así como la doctrina de las zonas. A propósito de las zonas, Celaya critica enérgicamente la teoría de la inhabitabilidad de la zona tórrida, apoyándose en las navegaciones y exploraciones portuguesas. Sobre el movimiento planetario, Celaya defiende la astronomía ptolemaica de las tesis averroístas.

Los médicos valencianos que enseñaban en la Universidad no publicaron obras de filosofía natural en esta época. La única excepción la constituye el mallorquín afincado en Valencia Pere Bernat d’Olesa i Rovira (ca. 1460-1531). Olesa fue examinador de médicos y titular de una cátedra de medicina que desempeñó sólo unos meses. En 1536, muerto ya su autor, apareció su obra Summa totius philosophiae et medicinae de orientación muy diferente a la de Celaya y los seguidores de los nominalistas del siglo XIV. Los temas de filosofía natural que le interesaban a Olesa eran aquellos que considera más relevantes para fundamentar las doctrinas sobre la estructura y funcionamiento del cuerpo humano, los sentidos y las sensaciones y los conceptos básicos de salud y enfermedad. Olesa dedicó especial atención al problema de la estructura de la sustancia material y en este sentido, su obra es uno de los intentos más serios y rigurosos por reinterpretar algunas de las principales nociones de la filosofía natural aristotélica, como la de forma, en términos corpuscularistas.18

En la segunda mitad del siglo, la orientación nominalista o terminista en lógica sufrió una decadencia similar en las universidades españolas a la que había tenido lugar ya en París y en otras universidades europeas, en gran medida por las críticas y la influencia del humanismo. De hecho, en España, las críticas a esta lógica ya las habían iniciado en las primeras décadas del siglo autores como Hernando Alonso de Herrera, Elio Antonio de Nebrija y, desde luego Luis Vives, cuyas obras tuvieron una notable difusión en España, a pesar de que Vives nunca regresó a su país. Por otra parte, la enseñanza de la filosofía natural se intensificó, perdiendo terreno la lógica. En cuanto a los temas de filosofía natural, diversos aspectos ampliamente tratados en las obras de autores como Celaya, Coronel, etc., como la doctrina de la intensio y remissio de las formas, prácticamente desaparecieron de los textos, o se exponían de manera breve y confusa, o simplemente eran rechazadas por mezclar las matemáticas con la física, como hizo Valles. Aunque los filósofos jesuitas siguieron concediendo interés a estos temas, basándose en autores como Domingo de Soto, en cuya obra todavía se encuentra una amplia discusión del tema del movimiento, tanto según las causas como según los efectos.

Los Comentarios y Cuestiones a la Física de Aristóteles de Domingo de Soto fueron utilizados ampliamente como texto en Alcalá y en Salamanca, alcanzando nueve ediciones en Salamanca y dos en Venecia.19 La importancia de esta obra ha sido destacada por muchos autores, y el profesor Wallace ha realizado un notable esfuerzo por esclarecer lo que Koyré llamó «el enigma de Domingo de Soto»: ¿cómo llegó Soto a interpretar el movimiento de caída como un ejemplo de un movimiento uniformemente acelerado? Como es sabido, Soto, discípulo de Celaya en París, estudió en esta obra el movimiento tanto desde el punto de vista dinámico como cinemático (según los efectos). Esto último lo hizo siguiendo la tradición inaugurada por los mertonianos, con especial énfasis en las aplicaciones al mundo físico. En cuanto a si el movimiento es o no distinto de la cosa movida, Soto reconoció que tanto las doctrinas nominalistas como las realistas tienen elementos de verdad. En cuestiones relativas a la cosmología, Soto se adhirió en general a las tesis aristotélico-tomistas, aunque esto merece un estudio más detenido.20

En Alcalá, en la segunda mitad del siglo se utilizaron también como textos para la enseñanza de la filosofía las obras de esta materia del destacado médico Francisco Valles, tales como sus Controversiarum naturalium ad Tyrones (Alcalá, 1563), dedicadas a comentar los ocho libros de la física aristotélica, junto con su versión de esta obra acompañada de comentarios: Octo librorum Aristotelis de physica doctrina (Alcalá, 1562), así como los comentarios a los libros acerca de los meteoros: Commentaria in quartum librum Meteorum Aristotelis (Alcalá, 1558). Esta última obra la dedicó Valles específicamente a explicar aspectos de la fílosofía natural aristotélica a los médicos y estudiantes de medicina.21

Además de estas obras, Valles discutió mucho temas de filosofía natural en sus obras médicas, especialmente en las Controversiarum medicarum et philosophicarum (1ª ed. 1556). También de gran importancia e influencia fue su obra De iis, que scripta sunt physice in libris sacris, sive de sacra philosophia, liber singularis (Turín, 1587). Aunque Valles en sus obras filosóficas trató de seguir principalmente a Aristóteles y de restituir su verdadera doctrina, no dejó de exponer las diversas interpretaciones que sus doctrinas habían merecido desde la Antigüedad y no rehuyó plantear o discutir doctrinas alternativas. Así, por ejemplo, acerca del movimiento de los proyectiles, Valles recurrió a la teoría del impetus. No obstante, se aprecia una notable diferencia entre sus obras escolares y la Sacra philosophia, donde la revisión de las doctrinas aristotélicas es mucho más profunda.22

Junto a las obras de Domingo de Soto y Valles, en la segunda mitad del siglo XVI se utilizaron también como textos en Alcalá los Comentarios y Cuestiones a la Física, De generatione et corruptione y De coelo de Gaspar Cardillo de Villalpando (1527-1581), que empezaron a publicarse en 1558. Las obras de este autor representan la reacción contra la tradición de los nominalistas y «calculatores» y contra el eclecticismo de estos autores, y la vuelta al «verdadero aristóteles» y al tomismo. Cardillo cita pocos autores: entre los más citados figura Valles, muchas veces para mostrar desacuerdo con las opiniones de éste. Asimismo, su obra de lógica, reunida en la Summa summularum (Alcalá, 1557), que fue declarada texto oficial en Alcalá, representa la reacción contra la lógica nominalista o terminista. Esta obra incluía, además de la Súmulas, una Isagoge sive Introductio in Aristotelis dialecticam y una Summa dialecticae Aristotelis. La Isagoge de Cardillo responde a la dialéctica como ars disserendi, de acuerdo con la tradición de Cicerón y Agrícola. Cardillo se basa también en la lógica de Agrícola de la inventio et iudicium para interpretar el Organon. Pero su distinción entre lógica y dialéctica no es muy consistente. Comparte con Ramus y Talón el común fervor ciceroniano, su insistencia en el método natural (ordo naturae), su aprecio por la obra de Agrícola, su estima por la dialéctica y la retórica y la inclinación a proyectarla sobre la lógica demostrativa.23

La reforma en la enseñanza de la lógica propugnada por los humanistas también se extendió a la Universidad de Salamanca. En esta Universidad, en las constituciones de 1536 y 1561 se advierte claramente la disminución de la enseñanza de la lógica a favor de la filosofía natural y los estudios de ética, economía y política. En los estatutos de 1561 el estudio de la filosofía natural comienza ya en el segundo curso de artes. Por otra parte, en los estudios de lógica la ordenación es muy similar al programa de Soto: las súmulas como introducción a la lógica y ésta como introducción a la filosofía. La metafísica siguió sin contar con una cátedra, enseñándose de forma fragmentada en las cuestiones de súmulas, lógica y física. El profesor de la facultad de artes Narciso Gregori (1516-1561) editó la obra de Rodolfo Agrícola De inventione dialectica (Burgos, 1554) que usaba en sus clases. Gregori también editó el Organon aristotélico en versión de Boecio y con escolios de Giorgio Valla y Joaquim de Perion. Al propio tiempo propugnó un recorte radical en las súmulas. Gregori enseñó lógica y filosofía natural y tuvo cierto prestigio como médico.24 Por otra parte, la obra de Petrus Ramus despertó fuertes polémicas en Salamanca, llegando a contar defensores y seguidores como Francisco Sánchez el Brocense, profesor de retórica y griego. La investigación y recogida de los escritos de Ramus en 1568 por la Inquisición no impidió que su influencia se mantuviera, sobre todo en el Brocense y en sus discípulos, como se advierte en los tratados de retórica de éstos. Asimismo, la investigación inquisitorial puso de relieve la difusión del ramismo, particularmente entre los amigos y admiradores de Fray Luis de León.25 Sin embargo, el más importante de los ramistas españoles fue el valenciano Pedro Juan Núñez (1522-1602), que fue asimismo uno de los más destacados helenistas españoles del siglo XVI. Núñez entre 1552 y 1556, al tiempo que enseñaba en la facultad de artes valenciana, publicó nueve obras que incluyen unas Institutiones Oratoria que es un resumen de la retórica de Talon, el colaborador de Ramus, y un texto de dialéctica, que es una síntesis de la Dialectica del propio Ramus, además de ocuparse de editar todo el Organon aristotélico.26

Las obras de Núñez representan muy bien los cambios experimentados en la Universidad de Valencia, particularmente la pérdida de vigencia de la orientación nominalista en las enseñanzas de lógica y filosofía, que ya había comenzado en los años cuarenta. El año 1540 se hicieron nuevos estatutos para las enseñanzas de artes en las que aún se mantenía, aunque muy debilitada, la orientación nominalista y se estableció la obligatoriedad de la obtención del grado de bachiller en artes para los estudiantes de medicina, como ya lo era para los de derecho y teología. En 1541 se estableció que el catedrático de Súmulas, Jaime Ferruz, leyera a Aristóteles en lugar de las Súmulas. En esta misma fecha se comenzaron a publicar en Valencia un importante conjunto de obras de Aristóteles y otros autores clásicos. En 1548 se ordenó a los catedráticos de artes que leyeran en sus clases los textos de Aristóteles y que tomaran por comentador ordinario a Santo Tomás, y si lo creían oportuno, a los comentaristas griegos y latinos. También se dictaron normas para los catedráticos de tercer año de artes, que deberían enseñar también filosofía moral y metafísica. Todos los cambios y novedades aparecen ya muy bien reflejados en los estatutos de 1555 y en las nuevas Constituciones de 1561. En los estatutos de 1555 se establece claramente que los profesores se han de basar en el Organon aristotélico, aunque se insiste en la conveniencia de comenzar por una «introducción» de carácter propedéutico de cinco meses de duración. También se señala que antes de explicar los Analíticos se den algunas clases de geometría. En filosofía natural se estableció el estudio de las obras de Aristóteles: Física, De coelo, De generatione et corruptione, Meteoros, De anima, algunas lecciones de metafísica y Parva naturalia. En las Constituciones de 1561 no se menciona la metafísica; pero estas constituciones fueron anuladas en 1563, permaneciendo en pleno vigor la legislación anterior. Finalmente, en 1587 se creó la cátedra de metafísica, siendo la Universidad de Valencia la primera de España en tener una cátedra independiente de esta materia.27

Charles Lohr ha comentado la reestructuración del curriculum de filosofía de Valencia, poniendo de relieve su similitud con las reformas introducidas por la misma época en el Colegio Romano. Según Lohr, estas reformas estuvieron relacionadas con la preocupación, tanto por parte de los jesuitas del Colegio Romano como de los profesores de las Universidades españolas y portuguesas por la amenaza a la interpretación cristiana de Aristóteles. En el caso de Italia, esa amenaza procedía del aristotelismo secular, mientras que en España tenía que ver con la excesiva concentración en lógica y filosofía natural en las facultades de artes. Dado que la metafísica tenía la función apologética de establecer los principios mostrando el acuerdo básico entre la doctrina cristiana y la filosofía aristotélica, tenía que ser parte de una filosofía completamente independiente de la teología revelada. Pero en el mundo ibérico la metafísica se enseñaba no como culminación de los cursos de artes, sino en la teología. Consecuentemente, el esfuerzo por devolverle a la metafísica su lugar adecuado en los estudios de filosofía implicaba la reforma de todo el curriculum. Reforma que se inició en Valencia con medidas similares a las adoptadas por el Colegio Romano que culminaría con la creación de la cátedra de metafísica.

El mismo Lohr se refiere a las oraciones pronunciadas por tres destacados profesores de la Universidad de Valencia: Bartolomé José Pascual (De optimo modo explanandi Aristotelem, 1565), y Juan Bautista Monllor (De utilitate Analiseos 1569) y el texto De recta ratione conficiendi curriculi Philosophiae, de Pedro Juan Núñez, publicado en 1594 pero escrito años antes por encargo de los valencianos, todos los cuales subrayaron la importancia de esclarecer y destacar los verdaderos principios de la ciencia Aristotélica. Núñez, en particular, dividió el estudio de la metafísica en dos partes, de forma similar a como lo había hecho el profesor del Colegio Romano Benito Perera. La última parte de la metafísica trata de los principios de las cosas y comprende los últimos tres libros de la obra aristotélica; la primera parte, integrada por los once primeros libros, trata de los principios de las artes y las ciencias. Núñez opina que la primera parte ha de enseñarse antes que la filosofía natural y la otra con posterioridad a ésta.

Continúa Lohr que el proceso de reforma del curso de artes devolviéndole a la metafísica su papel de rectora de todas las ciencias caracterizó los tratados escolásticos del Siglo de Oro sobre esta disciplina. En este sentido, el primer tratado sistemático español de metafísica se publicó en Valencia el mismo año que se estableció la cátedra de metafísica. Su autor, Diego Mas, era un fraile dominico formado en Valencia y Salamanca. Mas comenzó a enseñar en la Facultad de Artes de Valencia en 1581 lógica y filosofía y en 1587 fue nombrado catedrático de teología. Aunque Mas no ocupó la cátedra de metafísica, compuso su obra en relación con ella y como resultado también de sus enseñanzas cuando fue profesor de lógica y filosofía.28

Otro centro en el que se creó una cátedra de metafísica fue la Universidad de Barcelona. En esta Universidad, en las Constituciones de 1559, año en que comenzó a funcionar como tal Universidad, el curso de artes se estructuró en tres años y hay pruebas de que en el tercer año se enseñaba la metafísica, ya que se conservan manuscritos de las explicaciones. En 1599 se creó la cátedra de metafísica, que se suprimió en 1629 por considerarse que los temas de metafísica quedaban suficientemente explicados por los maestros de Artes.29

En las Universidades de Alcalá y Salamanca no se llegó a crear, en cambio, una cátedra separada de metafísica en este siglo. La enseñanza de la metafísica se realizaba a través de los tratados de lógica y filosofía natural y se completaba en la misma teología, o se le dedicaba en el tercer año de artes un cursillo-resumen de la metafísica de Aristóteles, o se hacía un comentario al tratado De ente et essentia de Santo Tomás. Por ello, la interpretación de Lohr parece válida para Valencia, y también expresa muy bien las intenciones de Francisco Suárez y Diego de Zúñiga, los otros dos autores, junto a Diego Mas, de los primeros tratados de metafísica sistemáticos, pero su aplicación en la práctica no fue tan general como Lohr parece dar a entender.

Suárez publicó sus Disputationes en 1597, cuando era catedrático de teología en Salamanca. No obstante, la preocupación de Suárez por la reforma de las enseñanzas en la facultad de artes salmantina y el papel que le quiere otorgar a la metafísica queda claramente reflejado en el cuarto de los índices que acompañan a sus Disputationes Metaphysicae señalando: «Quartus (index) est philoso-phicus, continens quaestiones metaphysicas iuxta ordinem earum quae in Philosophiae curriculo disputari solent».30

LAS DISCIPLINAS MATEMÁTICAS

Las tres universidades que estudiamos contaron con una cátedra independiente de matemáticas, cuyas enseñanzas experimentaron una notable evolución a lo largo del siglo, parcialmente reflejadas en las reformas estatutarias o constitucionales, a partir del esquema básico medieval del quadrivium: aritmética, geometría, astronomía y música, a lo que se añadía frecuentemente la óptica geométrica o perspectiva. A lo largo del siglo XVI se fueron añadiendo otras materias, como la geografía, la cartografía o la náutica. Además, los profesores de filosofía natural también introducían más o menos ocasionalmente en sus cursos enseñanzas de matemáticas o de cosmografía.31

Salamanca contaba desde el siglo xV con una cátedra de astronomía, con excelentes profesores, en la que se impartía también astrología. Además, a finales del siglo xV y principios del XVI, fue un activo centro de estudio y discusión de las cuestiones cosmográficas, en gran media por influencia del humanismo científico impulsado por Nebrija. En 1529, siendo Fernán Pérez de Oliva rector se elaboraron unos estatutos que sirvieron de base a los de 1538. En ellos se incluyó la cosmografía entre las materias a enseñar por el catedrático de matemáticas, quién debería leer: aritmética, geometría, astrología, perspectiva y cosmografía, según los oyentes pidieren.32 La presencia de la cosmografía se mantuvo en los estatutos de 1561, que incluían otra importante novedad (novedad incluso en el ámbito europeo): la alternativa entre Ptolomeo (o algunos de sus comentadores) y Copérnico en la enseñanza de la astronomía, «al voto de los oyentes».33 Esta novedad ha suscitado el interrogante de si se llegó a enseñar de manera efectiva la teoría de Copérnico. La respuesta correcta a esta pregunta exige distinguir entre las cuestiones técnicas y matemáticas de la astronomía y las propiamente cosmológicas. En cuanto a las primeras, los profesores de Salamanca en la segunda mitad del siglo, a saber, Hernando de Aguilera, y Jerónimo Muñoz y sus discípulos, explicaban las técnicas, modelos e instrumentos a partir de la tradición ptolemaica, pero discutiendo e incorporando los avances realizados hasta entonces, incluidos los aportados por Copérnico.34 En cuanto a las cuestiones cosmológicas, las ideas de Muñoz y sus discípulos eran en parte antiaristotélicas y más afines a la tradición estoica, por los que tampoco aceptaban la teoría heliocéntrica, aunque no dejaban de discutirla en sus líneas más generales.

La personalidad, obras e influencia del matemático y humanista valenciano Jerónimo Muñoz son fundamentales para entender las enseñanzas de las matemáticas en las universidades que estudiamos y su reflejo en la reglamentación de las mismas. Muñoz fue profesor de matemáticas en las Universidades de Valencia y Salamanca; pero, además, sus discípulos enseñaron tanto en Salamanca, como en Alcalá, hasta las primeras décadas del siglo XVII.35

En Valencia, en 1503 se estableció una cátedra de matemáticas, sin especificarse el contenido de las enseñanzas. Su primer titular, el salmantino Tomás Durán, editó en Valencia una obra que contenía la Aritmética y la Geometría de Bradwardine y la Óptica de Pecham (junto a las Cuestiones de óptica de Henricus o Heinrich de Hesse). Estas materias, junto a la Sphera serían las que se enseñaban en el Estudi General valenciano, bajo la influencia de la Universidad de París. Cabe apuntar que en Alcalá se comenzó con el mismo esquema: «el tratado de la esfera, la aritmética pequeña, la geometría breve de Thomas de Bradwardine, y finalmente la perspectiva común del arzobispo de Canterbury (John Pecham)», según establecían las constituciones cisnerianas. Si bien en Alcalá debieron utilizarse las ediciones de estas obras de Pedro Ciruelo, publicadas en París y en Alcalá. Con la disminución de la influencia del nominalismo, la creciente influencia de los humanistas y sus propuestas educativas, y las demandas de personas bien formadas en las disciplinas matemáticas para desempeñar funciones técnicas y cosmográficas, las materias y los contenidos experimentaron notables cambios.

Las constituciones de 1561 de la Universidad de Valencia, en lo relativo a la «càtedra de matemàtiques i astrologia» sólo se refieren a la enseñanza de la astronomía y la astrología.36 Sin embargo, ya en los años 1540-1550 tenemos testimonios de que los estudios de matemáticas incluían aritmética, geometría, perspectiva, música, astrología judiciaria y cosmografía (astronomía y geografía).37 Con el auge del humanismo, el cultivo de la astronomía y la astrología se intensificó entre los médicos humanistas que veían en ella un excelente apoyo para interpretar los textos hipocráticos. Así Pedro Jaime Esteve, en sus comentarios al libro segundo de las Epidemias hipocráticas subrayaba con énfasis: medicus astronomiae ignarus non est sectator hipocratis.38 En 1555 hubo, episódicamente, dos cátedras, una de matemáticas y otra de astronomía, esta última a cargo precisamente del mismo Pedro Jaime Esteve.

En 1553 publicó Baltasar Manuel Bou un tratado sobre la Sphaera. En ella Bou se reconoce discípulo del astrónomo y astrólogo napolitano Luca Gaurico (1475-1558), lo que indica que debió residir y adquirir su formación en estas materias en Italia. La obra de Bou es una versión libre de la Sphera de Sacrobosco, estructurada básicamente siguiendo el esquema de este autor. En ella figuran dos dedicatorias de los médicos Pedro Jaime Esteve y Antonio José Villafranca. Bou ocupó la cátedra de astronomía el período 1559-62. Por otra parte, en 1554 la imprenta de los Mey publicó el tratado De Mundo Sphera Libri IIII de Oronce Finé, profesor del Colegio de Francia, texto probablemente también usado en las enseñanzas de la Universidad.

Conocemos muy bien el contenido de las enseñanzas a partir de 1566, cuando ocupó la cátedra de matemáticas Jerónimo Muñoz, ya que se conservan manuscritos e impresos preparados para sus clases de matemáticas. Jerónimo Muñoz es uno de los científicos más destacados de la España del siglo XVI. Muñoz inició sus estudios en Valencia y los prosiguió en diferentes lugares de Europa. Por sus propios testimonios sabemos que fue alumno de Oronce Finé en París y Reiner Gemma Frisius en Lovaina. Vivió en Italia durante algún tiempo y enseñó hebreo en la Universidad de Ancona. Tras su regreso a Valencia, en 1563 obtuvo la cátedra de hebreo del Estudi General y en 156 unió a esta cátedra la de matemáticas. En 1578 se trasladó a Salamanca, donde llegó a ocupar las mismas cátedras.

En Valencia, Muñoz enseñaba aritmética, geometría, trigonometría, óptica geométrica, astronomía, geografía (incluida la cartografía) y astrología. De todas estas materias se han conservado manuscritos, hológrafos o copias hechas por algunos de sus alumnos.39 Muñoz fue bien conocido en España como matemático, geógrafo, helenista y hebraísta. En el resto de Europa, su fama se debió sobre todo a sus trabajos sobre la supernova de 1572, divulgados mediante el libro que escribió sobre el fenómeno, que fue traducido al francés, y por la correspondencia que mantenía con algunos destacados astrónomos europeos.40

Por otra parte, los trabajos de Muñoz sobre la supernova deben situarse en el contexto de un ambicioso programa de revisión de la cosmología aristotélica y de la astronomía ptolemaica, que aparece reflejado en sus comentarios al segundo libro de la Historia Natural de Plinio, leídos en la Universidad de Valencia en 1568 al parecer en forma de lecciones extraordinarias, y en sus adiciones y comentarios a los Comentarios de Teón de Alejandría al Almagesto de Ptolomeo. Muñoz inició esta última obra en Valencia hacia 1568 y la concluyó en Salamanca hacia 1582, aunque siguió añadiendo notas y datos de observaciones hasta, al menos, 1589.41

El repertorio de materias que enseñaba Muñoz en su cátedra de matemáticas se ajusta muy bien a las indicadas en las constituciones de 1611. Estas constituciones establecían la enseñanza de los seis primeros libros de los Elementos de Euclides, geometría práctica y perspectiva, astronomía, geografía y cartografía, hidrografía, astrolabio y relojes solares, teóricas de planetas, tablas astronómicas de Alfonso el Sabio y astrología. Si bien Muñoz también explicaba trigonometría y, en cuanto a las tablas, usaba tanto las alfonsíes como las pruténicas (basadas en los modelos y parámetros copernicanos). En estas últimas constituciones se excluían explícitamente las discusiones cosmológicas, lo que sugiere que las incursiones de Muñoz y alguno de sus discípulos en estas cuestiones no eran bien vistas por los filósofos y teólogos.

Muñoz se trasladó a Salamanca en 1579 y allí, como en Valencia, enseñaba un amplio espectro de materias. Así, gracias a los libros de visitas a las cátedras sabemos que las materias enseñadas por Muñoz en Salamanca entre 1579 y 1587 incluían: aritmética, geometría y perspectiva según Euclides, la esfera e introducción a la astronomía, modelos planetarios, tablas e instrumentos, astrología, geografía, cartografía y arte de la navegación.42 Por otros testimonios sabemos que probablemente enseñaba también cuestiones de arte militar (artillería, en particular).43 Con respecto a la teoría de Copérnico, Muñoz la describe sumariamente en sus Comentarios a Teón, en sus Comentarios a Plinio y en su Introducción a la Astronomía y la Geografía y trata de refutarla con argumentos astronómicos, si bien menciona ocasionalmente el argumento del tiro vertical de los proyectiles. Las ideas cosmológicas de Muñoz, afines a la tradición estoica, eran contrarias a la doctrina aristotélica en aspectos destacados, pero exigían la centralidad de la tierra en el universo.

El repertorio de materias que Muñoz enseñaba en Salamanca aparece bien recogido en los estatutos de 1594, que sin duda se redactaron mediante la intervención de los discípulos de Muñoz, particularmente Gabriel Serrano, que había sucedido a Muñoz en la cátedra en 1592 y Antonio Núñez Zamora, responsable de un «partido» de matemáticas establecido en 1590 para reforzar las enseñanzas de estas disciplinas.44 En los mencionados Estatutos, para la cátedra de matemáticas y astrología, se establecía, en matemáticas, los seis primeros libros de Euclides y la perspectiva del mismo, aritmética «con las raíces cuadradas y cúbicas declarando la letra del séptimo, octavo y nono de Euclides», agrimensura y, en la sustitución, los esféricos de Teodosio, todo ello el primer año. El segundo año correspondería a la astronomía: el primer libro del Almagesto, la trigonometría plana y esférica según Clavius «u otro moderno»; el segundo libro del Almagesto (astronomía esférica) y tablas del «primer móvil» según Regiomontano o Reinhold; la teoría del Sol según Peurbach, el libro tercero del Almagesto (longitud del año y teoría del Sol) y Tablas de Alfonso el Sabio; seguidamente, lo mismo en los demás libros del Almagesto, es decir, primero una presentación de los modelos según Peurbach, luego exposición del tema según el Almagesto y Tablas correspondientes de Alfonso. A continuación, se establece que en el «segundo quadrienio léase a Nicolás Copérnico y las tablas Pruténicas en la forma dada», y «en el tercer quadrienio a Ptolomeo, y así consecutivamente». Para el «segundo año», la Geografía de Ptolomeo, la Cosmografía de Pedro Apiano, cartografía, astrolabio, planisferio de Rojas, el radio astronómico y el arte de navegar. En la sustitución, el arte militar. Finalmente, el «cuarto año», «la esfera y la astrología judiciaria por el Quadripartito de Ptolomeo, y por el Alcabisio corregidos». En la sustitución, teóricas de planetas.

El esquema sería, pues: el primer año, matemáticas y sus aplicaciones; el segundo, astronomía; el tercero, cosmografía, náutica e instrumentos y el cuarto astrología. La referencia al segundo «quadrienio» no la logro entender bien; sugiere una alternancia entre Copérnico y Ptolomeo en la enseñanza de la astronomía, cada período completo de cuatro años. Otra interpretación, más dudosa aunque no carente de lógica sería que tras exponer la astronomía ptolemaica el catedrático debería explicar la copernicana con las tablas de Reinhold derivadas de los modelos copernicanos. En cualquier caso, ahora no se somete el tema «al voto de los oyentes». Dado el carácter retrospectivo de los Estatutos, a mi juicio estos no hacen sino confirmar la importancia que Muñoz y sus discípulos concedían a los aspectos técnicos o cuantitativos de la obra de Copérnico y las Tablas pruténicas. Como hemos explicado, Muñoz exponía en sus clases de forma esquemática la teoría heliocéntrica, para mostrar su desacuerdo con ella y refutarla con argumentos principalmente astronómicos. Al propio tiempo, en su traducción comentada de los Comentarios al Almagesto de Theón de Alejandría, que al parecer también usó para sus clases, se remite con frecuencia a los datos y técnicas de cálculo de Copérnico y contrasta, en muchas cuestiones, los resultados obtenidos por Copérnico con los de Ptolomeo, las Tablas Alfonsíes y otros autores, amén de con los suyos propios. En este sentido, conviene señalar que desde un punto de vista predictivo ni las tablas y parámetros de Copérnico ni las de Reinhold significaban una mejora general importante y obvia con relación a las alfonsíes.

En la Universidad de Alcalá, aunque estamos peor informados de los contenidos de las enseñanzas, cabe suponer una evolución idéntica a la experimentada por Valencia y Salamanca. Allí enseñó, en la segunda mitad del siglo, Pedro Esquivel, experto cosmógrafo que llevó a cabo, por encargo de Felipe II, uno de los primeros intentos de descripción geodésica de un país.45 También enseñaron en Alcalá dos discípulos de Muñoz: Gabriel Serrano y Diego Pérez de Mesa, al parecer, siguiendo un esquema de enseñanzas similar al de su maestro en Salamanca.46 En la Reforma de Obando de 1564 se establece como materias a enseñar: «las cuatro liberales, aritmética, geometría, perspectiva y música»47 así como «astrología especulativa» (es decir, astronomía): esfera, teóricas de los planetas, tablas y «si tiempo sobrare (del año) astrolabio o algunos otros instrumentos». Además, «si algunos discípulos fueren suficientes y pidieren otras lecciones como Almagesto de Ptolomeo, o Copérnico o algunos otros autores especulativos que sea lección en otra hora para que las lecciones ordinarias no falten».48 Es decir, también en Alcalá se sugirió la obra de Copérnico como alternativa a la de Ptolomeo para la enseñanza de la astronomía. En la Reforma de Gómez Zapata de 1584 el texto para la enseñanza de las matemáticas es idéntico.49 En la Reforma de Portocarrero de 1603 se establece la enseñanza de las matemáticas en tres años.50 En el primero, las materias eran aritmética práctica (siguiendo a Gemma Frisius o a Oronce Finé), los seis primeros libros de Euclides, trigonometría, perspectiva (siguiendo a Witelo o a Alhazen) y geometría práctica siguiendo a Oronce Finé o a Fernel. El segundo año, la esfera de Sacrobosco «demostrando sus conclusiones con geometría y perspectiva, en cuanto fuere posible», el uso del astrolabio por Gemma Frisius, la Geografía de Ptolomeo y la navegación «por el compendio que pareciere al catedrático». El tercer año estaba destinado a las «teóricas» (es decir, modelos planetarios) según Peurbach, «interpretando cada teórica por Ptolomeo», Tablas Alfonsíes, «De ratione temporum» y cómputo eclesiástico. Este repertorio de materias corresponde a las que muy probablemente habían impartido en las dos últimas décadas del siglo XVI los discípulos de Muñoz Gabriel Serrano y Diego Pérez de Mesa y son similares a las que enseñaba Muñoz en Valencia y Salamanca. No obstante, es interesante destacar algunas diferencias: en primer lugar, es notable la ausencia de toda referencia a la astrología, aunque es muy probable que, a pesar de ello, Serrano y Pérez de Mesa enseñaran esta materia. Recordemos que Pedro Ciruelo, uno de los profesores más destacados de Alcalá de las primeras décadas del siglo fue un notable defensor de la astrología contra los ataques de Pico della Mirándola.51 En el caso de la óptica, mientras que Muñoz seguía la tradición de Euclides, la Reforma de Portocarrero recomienda seguir a Witelo o Alhazen, más en consonancia con la tradición de Pedro Ciruelo. En astronomía, el texto elimina la referencia a Copérnico que figuraba en las reformas anteriores. Esto puede atribuirse a los crecientes temores e inquietudes por parte de los filósofos y teólogos escolásticos de los riesgos que implicaba la obra de este autor; pero lo mismo cabría decir de Salamanca y sin embargo la referencia a Copérnico se mantuvo en los estatutos de esta Universidad, figurando en los de 1624, es decir, después de la condena hasta su corrección del libro de este autor y de la obra del teólogo y filósofo salmantino Diego de Zúñiga.52 Por ello, esta cuestión queda abierta a futuras investigaciones. Finalmente es de destacar también la inclusión de la geografía y el arte de navegar, consonante con la preocupación de los gobernantes españoles de que las universidades proporcionaran una buena formación en cosmografía.

En suma, en el caso de las disciplinas matemáticas, las constituciones y estatutos solían tener un carácter retrospectivo y, desde esa perspectiva, reflejan bien la evolución de las enseñanzas, pero obviamente son insuficientes para dar cuenta de las mismas. Deben combinarse con los estudios de los textos impresos y manuscritos relacionados con esas enseñanzas y con otro tipo de testimonios, disposiciones y acuerdos.

APÉNDICE

Universidad de Salamanca. Estatutos de 1561. Cátedra de Astrología

«En la Cáthedra de Astrología, el primer año se lea en los ocho meses Esphera y Theóricas de planetas, y unas Tablas; en la sustitución, Astrolabio.

El segundo año, seys libros de Euclides y Arithmética, hasta las raízes cuadradas y cúbicas, y el Almagesto de Ptolomeo, o su Epítome de Monte Regio, o Geber, o Copérnico, al voto de los oyentes; en la sustitución, la esphera.

El tercer año, Cosmographía, o Geographía, un introductorio de Judiciaria y Perspectiva, o un instrumento al voto de los oyentes; en la sustitución lo que paresciere al cathedrático comunicado con el Rector».

Universidad de Salamanca. Estatutos de 1594. Cátedra de Astrología

1. En la cátedra de Mathemáticas el primer año léanse en los ocho meses de la geometría, los seis primeros libros de Euclides, y la Perspectiva del mismo, y la Arithmética con las raíces cuadradas, y cúbicas declarando la letra del séptimo, octavo y nono libros de Euclides, y la agrimensura, que es el arte de medir el área de cualquier figura plana.

En la sustitución los tres libros De triangulis sfericis de Theodosio.

2. El segundo año se ha de leer sola la Astronomía, comenzando por el Almagesto de Ptolomeo, y habiendo leído el primer libro, léase el tratado De signis rectis, el De triangulis rectilineis, y sphereis por Christóforo Clavio, u otro moderno, después de leído el libro segundo se han de enseñar a hacer las tablas del primer móvil, como son las de direcciones de Joan de Monte Regio, o de Erasmo Reynoldo. Acabado el libro segundo con sus adherentes, léase la theórica del sol por Purbachio, y luego todo el libro tercero del Almagesto, y luego el uso de esto por las tablas del Rey Don Alfonso. Lo mismo se haga en los demás libros, leyendo primero la theórica de Purbachio, después la letra de Ptolomeo, y lo último lo mismo por las tablas del Rey Don Alfonso, y con esta doctrina se enseñen a hacer Ephemérides.

3. El segundo quadrienio léase a Nicolás Copérnico, y las Tablas plutérnicas (sic por pruténicas) en la forma dada, y en el tercer quadriennio a Ptolomeo, y assí consecutivamente. En la sustitución lea la Gonomónica, que es el arte de hacer reloges solares. El segundo año léase la Geographía de Ptolomeo, y la Cosmographía de Pedro Apiano, y arte de hazer mapas, el Astrolabio, el Planisferio de Don Joan de Rojas, el radio Astronómico, la arte de navegar. En la sustición la arte militar.

4. El quarto año la esfera y la Astrología judiciaria por el Quadripartito de Ptolomeo, y por el Alcabisio corregidos, leyendo primero la introductoria, y luego de eclipsibus, De cometis, De revolutionibus annorum mundi, De nativitatibus, lo que se permite, y De decubitu aegrotantium.

5. En la sustitucion theóricas de planetas.

1 Antonio Núñez Coronel, In Posteriora Aristotelis, Lyon, 1528, f. 40r. Citado por Muñoz Delgado (1967a), en p. 173, nota 4.

2 Muñoz Delgado (1968) pp. 163-164. Sobre la lógica nominalista o terminista desarrollada en París y en las universidades españolas de las primeras décadas del siglo XVI, véanse, además de las obras citadas de Muñoz Delgado, del mismo autor, Muñoz Delgado (1964, 1970, 1972). Véase también Ashworth (1974). Sobre los españoles que estudiaron y enseñaron en París en este periodo, véase García Villoslada (1938) y Elie (1950-51).

3 Wallace (1968-69).

4 Ashworth (1974), p. 21.

5 Para las Constituciones véase Universidad Complutense. Constituciones originales cisnerianas (1984). Sobre la enseñanza de la metafísica en Alcalá, véase Gallego Salvadores (1972, 1973).

6 Así, en la visita de 9 de enero de 1528 se insistió en que se cumplieran las Constituciones, y se trazó un nuevo plan de estudios en el que se amplió el tiempo dedicado a la filosofía natural, pero la enseñanza de la metafísica quedó reducida a una clase desde el 1 de enero hasta el 2 de febrero y ni siquiera hay testimonios de que se cumpliera esto. Véase Gallego Salvadores (1973), p. 21, quien remite para la visita de los años 1527-1528 a los «Papeles pertenecientes a la Universidad y colegio de Alcalá de Henares», Ms. del Archivo Histórico Nacional, Lib. 1222, fols. 257-265. Gallego critica a Urriza (1941), y a otros historiadores de la Universidad de Alcalá que han dado por supuesta la enseñanza de la metafísica sin analizar con detalle el asunto, como lo hizo el propio Gallego Salvadores en trabajos anteriores según él mismo reconoce.

7 Todo ello aparece citado en algunas visitas de los años 30. Véase Urriza (1941), pp. 122-123.

8 Tradujo la Física, De anima y los ocho primeros de la Metafísica, aunque no llegaron a imprimirse. Véase Gallego Salvadores (1973), pp. 28-29.

9 Sobre Enzinas y Naveros, véase Muñoz Delgado (1968), y sobre Enzinas, también Ashworth (1974).

10 Sobre Ciruelo como lógico, véase Muñoz Delgado (1956). Sobre su obra científica en general, véase Navarro Brotons (1983k); Cirilo Flórez et al. (1990); Navarro Brotons (2002c y e).

11 Sobre Domingo de Soto como lógico, véase Muñoz Delgado (1964b y c); Ashworh (1974). Para una relación completa de las obras de Soto véase Beltrán de Heredia (1960). Sobre la obra científico-filosófica de Soto en conjunto, un resumen y referencias bibliográficas en Navarro Brotons (1983j). Sobre la física de Soto son fundamentales los diversos trabajos de William A.Wallace, que ha estudiado sus ideas sobre el movimiento local en el contexto de la evolución que sufrieron las teorías sobre este aspecto de la física entre los filósofos españoles del siglo XVI a partir de la tradición parisina. Véanse los trabajos de este autor reunidos en Wallace (1981).

12 Véase Muñoz Delgado (1964a y 1967a), y sobre las circunstancias de la introducción del nominalismo en Salamanca, véase Beltrán de Heredia (1942).

13 Margalho (1520). Sobre Margalho, véase Flórez Miguel et al. (1990), pp. 67-123. Sobre sus ideas acerca del globo terráqueo, véase Randles (1994). Según este autor, Margalho plagió un texto de Raffaello Maffei en su Commentariorum urbanorum libri XXXVIII, Roma, 1506, sobre la nueva imagen del ecumene que resultaba de los descubrimientos geográficos.

14 Sobre Silíceo, véase Picatoste (1891); Reyes Prósper (1911); Rey Pastor (1926). Sobre sus obras de lógica y algunos datos biográficos véase Muñoz Delgado (1964a), especialmente pp. 97-114, 189-190 y 209-274; Muñoz Delgado (1967a), espec., pp. 182-184. Véase también Navarro Brotons (1983e).

15 Los trabajos de lógica de Espinosa han sido estudiados por Muñoz Delgado (1967a). Véase también sobre este autor Navarro Brotons (1983m).

16 Véase Gallego Salvadores (1975).

17 Sobre la obra lógica de Celaya, véase Muñoz Delgado (1970), pp. 259-268. Sobre la física y cosmología de Celaya, veáse Wallace (1981); Navarro Brotons (1983c); López Piñero y Navarro Brotons (1995). Sobre su actuación como rector en Valencia, véase Febrer Romaguera (2003).

18 Del texto de Olesa solo se ha localizado un ejemplar en la Biblioteca Pública de Mallorca. Fue descubierto por López Piñero y García Sevilla (1969). Un estudio de la filosofía natural de d’Olesa en Navarro Brotons (2013) y en el capítulo VI del presente libro.

19 Véase Navarro Brotons et al. (1999), Bibliographia…

20 Véanse las obras citadas en la nota 11.

21 Como Craig Martin (2002) ha puesto recientemente de relieve.

22 Sobre las obras médicas de Valles, véase López Piñero y Calero (1988); López Piñero (1983b). Sobre las ideas de Valles de filosofía natural, véase Solana (1941), pp. 297-347; Navarro Brotons (2002e).

23 Sobre la lógica de Cardillo de Villalpando, véase Muñoz Delgado (1971). Sobre este y otros aspectos de su obra, véase Solana (1941), vol. II, pp. 81-91; Urriza (1941), pp. 156-163 y passim; Gallego Salvadores (1973).

24 Véase Muñoz Delgado (1963 y 1964d).

25 Véase Asensio (1981). Sobre la influencia de Ramus en España, véase también Alcina (1998).

26 Sobre Pedro Juan Núñez véase Barbeito (2000).

27 Véase Gallego Salvadores (1972a); Febrer (2003). Para los estatutos y constituciones de la Universidad de Valencia, véase Bulas, constituciones y estatutos de la Universidad de Valencia (1999).

28 Lohr (1988). Sobre Diego Mas, véase Gallego Salvadores (1970 y 1973b). Navarro Brotons (2003b). Véase también el capítulo IV del presente libro.

29 Véase Gallego Salvadores (1972a).

30 F. Suárez, Disputationes Metaphysicae, vol. 2, Paris, 1877, pp. 1087-1091. Citado por Gallego Salvadores (1976), p. 219.

31 Me he ocupado de la enseñanza de las disciplinas matemáticas en las universidades españolas en diversos trabajos, especialmente en Navarro Brotons (1995, 1998 y 2006a y b).

32 Véase Estatutos de la Universidad de Salamanca (1984).

33 Los Estatutos los transcribe Esperabé de Arteaga (1914), vol. I, pp. 217 y ss.

34 Sobre la introducción de la obra de Copérnico en los estatutos, véase Bustos Tovar (1973). Sobre si se enseñaba o no la obra o la teoría de Copérnico, véase Fernández Álvarez (1974); Navarro Brotons (1995 y 1998) y el capítulo V del presente libro.

35 Sobre Jerónimo Muñoz y sus actividades, véase el estudio preliminary en Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998) y el estudio preliminar a cargo de Navarro Brotons y Salavert Fabiani en Muñoz (2004).

36 Sobre estas constituciones, véase Gallego Barnés (1972). Sobre la enseñanza de las disciplinas matemáticas en Valencia, véase, además de los trabajos citados arriba, Navarro Brotons (1999).

37 Véase Ardit Lucas (1970); Navarro Brotons y Rosselló Botey (1992).

38 Esteve (1551), fol. 5v.

39 Véase Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998), sobre los manuscritos de Muñoz. Se conservan manuscritos de geometría (Comentarios a los libros I al VI de Euclides), trigonometría, óptica geométrica (según Euclides), astronomía, geografía y cartografía, astrología y descripción y uso del astrolabio, además de un tratado de aritmética impreso, preparado también para la enseñanza.

40 Muñoz (1573). Una edición facsímil de esta obra acompañada de un estudio preliminar en Muñoz (1981).

41 Sobre estas obras, véase Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998).

42 Véase Fernández Álvarez (1974). Este autor, en su relación de materias enseñadas según los libros de visitas no incluye la náutica. Nosotros hemos examinado el Libro de visitas (Archivo Universidad de Salamanca) correspondiente a 1586, donde se lee, en la visita de 3 de septiembre y a propósito de las lecciones de Muñoz, «de navegación y magnete» (fol. 55r).

43 Por lo que afirma su discípulo en Salamanca Diego de Álava en la dedicatoria a su obra, Álava (1690).

44 Véase Navarro Brotons (2002c), pp. 283-287.

45 Sobre Esquivel, véase Reparaz Ruiz (1950); Esteban Piñeiro (1996); Gómez Crespo (2008).

46 Sobre estos autores, véase Navarro Brotons (2002c), pp. 283-287.

47 Estas son las materias del texto de Pedro Ciruelo Cursus quattuor mathematicarum artium liberalium (1516), que coinciden con el quadrivium salvo en la ausencia de la astronomía (recordemos que el quadrivium incluía la aritmética, la geometría, la astronomía y la música), y la distinción de la perspectiva de la geometría, de acuerdo con la tradición bajomedieval.

48 Citamos por la edición del texto de la reforma de González Navarro (1999), en pp. 227-228.

49 El texto de la reforma en González Navarro (1999), pp. 285-431 y en p. 335 lo relativo a las matemáticas.

50 Ibid., pp. 431-626, y en pp. 499-500 lo relativo a las matemáticas.

51 Véase Navarro Brotons (2002c), p. 294.

52 Sobre Zúñiga, véase Navarro Brotons (1995) y el capítulo V del presente libro.

IV. ESCOLASTICISMO, HUMANISMO Y CIENCIA EN LA Universidad DE VALENCIA

RENACIMIENTO Y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

Antes de todo, debemos recordar que la categoría historiográfica que llamamos Renacimiento nació para referirse principalmente a un movimiento cultural y artístico. Su éxito provocó que el término fuera extendiéndose por la sociedad moderna y ha acabado definiendo toda una época. Ahora bien, cuando desde la historia de la ciencia se asumió el concepto, varió su abanico cronológico en relación al considerado habitualmente desde la llamada historia general, ya que se asimiló a la Revolución Científica: otro concepto que también ha ido cambiando con el tiempo y con los presupuestos historiográficos.1 En efecto, entre los siglos XV y XVIII y en el marco de un conjunto de profundas transformaciones económicas, sociales, culturales y políticas, se produjeron en Europa una serie de procesos de cambio científico y filosófico que fueron calificados como una Revolución Científica, de la que habría surgido la ciencia moderna. El término «revolución» aplicado al cambio científico empezó a usarse en la historiografía ilustrada y, en nuestros días, se usa para subrayar sobre todo el carácter irreversible, de punto de no-retorno, de los cambios que se produjeron entonces en los conocimientos sobre la naturaleza, en los instrumentos y métodos empleados para conocerla y en la propia manera de organizar esta actividad cognoscitiva.2 Tanto la naturaleza exacta de estos cambios, como sus causas han sido y siguen siendo objeto de intensas investigaciones por parte de los historiadores de la ciencia. La diversidad de respuestas que se han dado y dan a estas cuestiones, y el mayor o menor énfasis en unos factores u otros: sociales, económicos, políticos, derivados o no del propio desarrollo «interno» de cada ciencia o del conocimiento, etc., se asocia obviamente con los presupuestos historiográficos e intereses de los distintos autores. A pesar de todo eso, hay cierto consenso en que un solo grupo de factores, «internos» o «externos», no puede explicar la complejidad del proceso.

Tampoco puede decirse que haya unanimidad sobre la periodificación de las distintas etapas o fases de la Revolución Científica, si bien es frecuente que se reserve el calificativo de «revolución», en el sentido expresado de cambios irreversibles o rupturas, al siglo XVII, cuando Galileo y Kepler empezaron la construcción de la física y la astronomía modernas desde bases completamente nuevas, Harvey estableció los fundamentos de la nueva fisiología y Descartes formuló los principios del mecanicismo.3 Desde esta perspectiva, el período anterior, es decir, el Renacimiento, tiene como mínimo un estatus ambiguo, tanto en relación con esta Revolución Científica del siglo XVII como en relación a la Edad Media, mucho más fecunda desde el punto de vista científico y filosófico del que se solía suponer antes de los renovadores estudios de Pierre Duhem y otros autores. Por una parte, muchos de los aspectos de la actividad que podemos calificar, retrospectivamente, de científica, en el Renacimiento y también aspectos destacados de la actividad técnica fueron mera continuación de desarrollos medievales y resulta muy difícil trazar fronteras cronológicas precisas. Por otra parte, sin embargo, en el Renacimiento aparecieron en escena nuevos elementos que, de forma compleja, e incluso contradictoria, contribuyeron notablemente a crear las condiciones de posibilidad de la nueva ciencia y a preparar su emergencia.

El Renacimiento fue o quiso ser, en primer lugar, una restauración o recuperación de la cultura y del saber clásicos. Para los humanistas, se trataba de restituir lo que verdaderamente habían dicho los autores de la Antigüedad mediante un depurado trabajo filológico y, hasta donde fuera posible, a partir de las fuentes originales. Además, el movimiento humanista se planteó restituir todo el legado clásico, ya que había muchos textos importantes de este legado poco, mal o nada conocidos en la Edad Media, como la Geografía de Ptolomeo, el De rerum natura de Lucrecio, varias obras de medicina e historia natural y una parte importante de las obras de los grandes matemáticos griegos: Apolonio, Diofanto, Pappus, Arquímedes, la mecánica pseudoaristotélica, Herón, etc. Y en esta tarea, humanistas y científicos colaboraron estrechamente y estuvieron vinculados a través de relaciones personales y de mecenazgo en un grado muy elevado. Los humanistas coleccionaron textos, reunieron magníficas bibliotecas, los editaron y tradujeron y los pusieran a disposición de los científicos, llegando incluso a incorporarlos en las nuevas enciclopedias del saber, como hizo Giorgio Valla, en De Expetendis, donde intentó fusionar las matemáticas, la medicina y la filosofía con los studia humanitatis.4

Así, después de superar la «barbarie» de las traducciones y de las interpretaciones medievales, se pasó a comparar los textos de los clásicos, con el resultado de empezar a descubrir las contradicciones. Con la misma intención en principio –con el fin de ver ejemplificadas las doctrinas clásicas–, se procedió también a relacionar su contenido con la observación de la realidad y con las nuevas evidencias. El resultado fue, en este caso, de mucho más alcance, porque la comprobación de lagunas y contradicciones, sumada a la vinculación de los textos a un tiempo y a una situación histórica bien definida, condujo a la crisis del criterio de autoridad como base del conocimiento científico.5

A esta relativización y crítica de la autoridad de los clásicos también contribuyeron de forma destacada los descubrimientos geográficos, que obligaron a revisar completamente las concepciones geográficas tradicionales y aportaron una auténtica explosión informativa. Asimismo, estos descubrimientos impulsaron el desarrollo técnico y científico acelerado en dominios tales como la astronomía náutica, la cartografía y la geografía, el geomagnetismo, la arquitectura naval y militar, la hidrografía, la botánica y la materia médica, la zoología, la antropología y la etnografía, etc.

En este contexto, debemos recordar las diferentes posiciones en la historiografía de los orígenes de la ciencia moderna, o de la Revolución Científica, aunque hoy ya abandonadas en sus formas extremas: la de los defensores de la continuidad entre el saber bajo-medieval y la llamada ciencia moderna, y la de los que ponen el acento en los cambios teóricos operados en el siglo XVII, que serían considerados como radicales e irreductibles a la tradición medieval. Aunque se está lejos de conocer la naturaleza exacta del proceso que condujo a la constitución de las modernas ciencias de la naturaleza, en las últimas décadas se ha avanzado considerablemente hacia este conocimiento, gracias, en gran manera, a la introducción de nuevas categorías y perspectivas historiológicas. Destacaremos, por ejemplo, dos: el primero, evitar las fáciles dicotomías y simplificaciones, tales como humanismo versus escolástica, o Universidad versus otro ámbitos extrauniversitarios, como las cortes, academias u otros centros de reunión más o menos privados; el segundo, evitar la valoración de uno u otro término positivamente o negativamente, dependiendo de los intereses personales del historiador. Se considera más apropiado atender a todos los aspectos o posibles factores en juego y sus complejas relaciones e interacciones dialécticas, y, más que juzgar, comprender a los agentes o actores históricos. Ciertamente, la dimensión retrospectiva de todo acercamiento al pasado es inevitable; precisamente por ello hay que tener presente que toda hermenéutica histórica está obligada a reconocer y asumir los problemas de reflexividad consecuentes a la posición del historiador en el círculo hermenéutico.

Otro factor que hay que tener en cuenta, ya que cambió sustancialmente las maneras de la actividad intelectual medieval y favoreció la actividad de los humanistas y la reestructuración del mapa del conocimiento fue la invención de la imprenta. La imprenta fue, sin duda, un «agente de cambio», según la afortunada expresión de Elizabeth Eisenstein. La posibilidad de grandes tiradas de libros y la reducción de costes multiplicaron el número de compradores y lectores, cosa que aceleró la circulación de ideas y extendió el alcance geográfico, ya que acortó el tiempo necesario entre la producción y la difusión. El creciente fondo de fuentes impresas inauguró una fructífera era de lecturas comparadas de los clásicos. Las ilustraciones botánicas, zoológicas, anatómicas y de fósiles y minerales permitieron el estudio comparado de los especímenes y formas descritas con la realidad observada, la comunicación entre los científicos y la crítica científica.6

Por otro lado, en el Renacimiento, los centros de transmisión y producción del saber aumentaron y se diversificaron considerablemente; aparecieron junto a las universidades otros centros de cultura y de ciencia como las academias públicas y privadas o las escuelas dirigidas por órdenes religiosas. No obstante, las universidades siguieron siendo los centros donde recibieron su educación la mayoría de los protagonistas de la Revolución Científica, como lo muestran con claridad recientes estudios históricos y prosopográficos. Así, a partir de las entradas de una de las obras de referencia más usadas en la historia de la ciencia: el Dictionary of Scientific Biography, John Gascoigne ha calculado que aproximadamente el 87% de los científicos europeos nacidos entre 1450 y 1650 e incluidos en esta obra recibieron su primera formación en las universidades. Al propio tiempo, una gran proporción de este grupo, no solo se formó en las universidades sino que enseñó en ellas. Por tanto, y sin dejar de reconocer que de alguna manera el carácter conservador tradicionalmente atribuido a las universidades en la Revolución Científica es cierto, su papel en este proceso ha empezado a ser reevaluado de manera significativa.7

HUMANISMO Y CIENCIA EN LA Universidad DE VALENCIA

De entrada, quiero aclarar que entiendo el término «ciencia» de una manera muy general, referido a todos aquellos aspectos de la actividad intelectual relacionados con el conocimiento y descripción de la naturaleza, lo cual incluye tanto la filosofía –o filosofías– de la naturaleza, como las matemáticas y aquellas disciplinas llamadas por Aristóteles la «parte más física de las matemáticas» y por los autores bajo-medievales «ciencias medias»: la óptica geométrica, la astronomía, la música o armonía, y la mecánica. También otras disciplinas, como la geografía, descriptiva y matemática, la cartografía y la navegación astronómica, que se pueden considerar aplicaciones de las matemáticas. En cuanto a las disciplinas biomédicas o los temas y cuestiones de historia natural, como los relacionados con la botánica o la zoología, remito a los trabajos de López Piñero y otros autores que se han ocupado de ellas. Con todo, conviene tener presente que en el período renacentista se inició una profunda reestructuración del saber y las disciplinas, que contribuyó a preparar los cambios científicos que caracterizan la Revolución Científica. En cuanto al término «humanismo», o programa humanista, como ya hemos comentado, también lo usaremos de forma muy general, aunque nos interesa especialmente su contribución a la recuperación del legado clásico, la influencia en el desarrollo de la ciencia que esto tuvo, y la insistencia en la dimensión pragmática o utilitaria del saber, lo cual llevaba asociada una revalorización de la técnica –de las artes mecánicas– y, consiguientemente, de las relaciones arte-naturaleza. Por otro lado, considero que el rico panorama de doctrinas y personalidades que se reunieron entorno a la Universidad de Valencia en el siglo XVI, nos puede ayudar a repasar algunas de las novedades historiográficas que se han producido últimamente con respecto a los dos conceptos mencionados: Renacimiento y Revolución Científica.

EL ARISTOTELISMO ESCOLÁSTICO DE Juan DE CELAYA

Por lo que respecta a la filosofía natural, las diversas corrientes y formas de aristotelismo han estado estudiados de forma renovadora por Charles b. Schmitt, Charles H. Lohr, William Wallace, Eckhard Kessler y Ugo baldini, entre otros destacados autores.8 Schmitt ha puesto de relieve que la supuesta decadencia o hundimiento del aristotelismo en el Renacimiento, a causa del humanismo, es difícil de sostener y casi se puede afirmar lo contrario, ya que el aristotelismo continuó situado en primer lugar en toda Europa, tanto en la enseñanza como en la cultura de las élites intelectuales. No en vano continuará determinando durante la mayor parte del período la estructura del saber, la división de las disciplinas académicas y su marco de referencia, incorporando el humanismo para su propio uso, al apropiarse de sus técnicas de trabajo. De hecho, otras corrientes, como el platonismo, quedaron confinadas hasta el siglo XVII en gran manera a las academias y a pequeños círculos de intelectuales, y si se difundieron fue gracias principalmente a lecturas privadas de las obras impresas.

Si bien el aristotelismo se modificó según el ambiente intelectual, las cuestiones filosóficas debatidas y el contexto hermenéutico, en el Renacimiento es imposible identificarlo exclusivamente con una u otra religión. Todas las iglesias –anglicana, católica, calvinista o luterana– continuaron usándolo como la institución básica del saber y las distintas escuelas aristotélicas atravesaron las barreras confesionales. Esta notable supervivencia se debió en gran manera a su gran capacidad de adaptación a varios usos y necesidades, que lo hacía dúctil y diversificable según los contextos y que llevó a una pluralidad de aristotelismos eclécticos, caracterizados por la manera como cada uno usaba y seleccionaba partes del corpus aristotélico en relación a diferentes campos de interés y en la resolución de problemas específicos, y por su combinación con diversas corrientes intelectuales. Así pues, tampoco se puede afirmar sin más precisiones que el mantenimiento de la adhesión a los temas aristotélicos retrasó el progreso de la filosofía y de la ciencia. En efecto, si se comparan las posiciones doctrinales y metodólogicas de varios autores aristotélicos, se descubre que estamos ante un amplio espectro de interpretaciones diferentes de un complejo corpus de escritos. El aristotelismo renacentista fue ecléctico en dos sentidos; en primer lugar, los autores absorbieron elementos de otras filosofías –Platón y neoplatónicos, estoicismo, etc.– en su síntesis; en segundo lugar, trataron de acomodar los nuevos conocimientos y desarrollos en el marco general aristotélico.9

En la Universidad de Valencia, a las primeras décadas del siglo XVI, la enseñanza de la filosofía en la facultad de artes se desarrolló en gran manera bajo la influencia del modelo de París y del nominalismo. Lo que no sabemos es el contenido concreto de las enseñanzas en filosofía natural, aunque cabe presuponer que se utilizarían obras semejantes a las producidas en París por los seguidores de los nominalistas y calculatores del siglo XIV, encabezados por John Mair, entre los que figuraban un importante grupo de españoles y portugueses, que continuaron su labor en la península. A este grupo, como es sabido, perteneció Juan de Celaya, el que llegaría a ser rector perpetuo del Estudio General valenciano.10

Juan de Celaya nació en Valencia hacia 1490. Después de realizar sus primeros estudios, se trasladó a París e ingresó en el Colegio de Montaigu, donde siguió los cursos de artes, que acabó hacia 1509. Entre sus maestros estaban Gaspar Lax y Jean Dullaert de Gante, ambos discípulos de John Mair. De Montaigu, Celaya pasó al Colegio de Coqueret como maestro de artes, donde tuvo de compañeros al portugués álvaro Thomaz y al escocés Robert Caubraith. Desde 1515 hasta su vuelta a Valencia, el 1524, Celaya enseñó en el Colegio de Santa bárbara de París. Al mismo tiempo, continuó sus estudios de teología, y recibió la licenciatura y el doctorado en esta materia en 1522. Entre sus discípulos, destacan Domingo de Soto, francisco de Vitoria, Martínez Silíceo y el portugués João Ribeiro.

Celaya publicó numerosos trabajos de lógica, de acuerdo con la tradición nominalista o terminista, en forma de breves tratados sobre análisis de los términos de las proposiciones o introducción a la dialéctica, Suppositiones, Exponibilia e Insolubilia et Obligationes, destinados a introducir a los estudiantes en las sutilezas de la dialéctica, que tanto irritaban a Vives. Además, editó comentarios a los tratadistas consagrados de lógica, en particular a los Primeros y Segundos Analíticos de Aristóteles, es decir, la obra fundamental del filósofo griego sobre los métodos y procedimientos de la ciencia, los elementos de la demostración, las distintas clases de demostración y la distinción entre ciencia y opinión. En todas estas obras Celaya mostró su excelente formación lógica y su gran erudición. Los humanistas, más interesados por el lenguaje como instrumento de comunicación –ágil más que constrictivo y versátil más que riguroso–, dirigieron fuertes críticas a la lógica terminista.11 También publicó Celaya varias obras de filosofía natural, en forma de comentarios a los tratados aristotélicos de esta materia, donde incorporó las principales contribuciones de los filósofos escolásticos de las postrimerías de la Edad Media y del Renacimiento.

No voy a hacer aquí un análisis detenido de estas obras, que ya han merecido la atención de varios historiadores del pensamiento filosófico y científico, en especial a causa de las contribuciones de su discípulo Domingo de Soto, al estudio del movimiento y del problema de la posible influencia de las enseñanzas de estos autores en Galileo.12 Lo que quiero destacar es cómo los llamados «doctores parisienses», además de continuar la tradición filosófica y lógica del siglo XIV, no se mostraron totalmente indiferentes ante las novedades. En los comentarios al tratado aristotélico Sobre el cielo y el mundo (París, 1517), Celaya aborda uno de los temas más debatidos de la cosmología del momento: la forma y estructura de la Tierra, que ya había preocupado a autores como buridan, Oresme y Alberto de Sajonia y de la que también se había ocupado el teólogo valenciano Jaime Pérez. El problema era cómo conciliar la teoría aristotélica de los elementos, distribuidos en esferas con la emergencia de los continentes. Recordemos que Sacrobosco, en su tratado de la Esfera –el manual de iniciación a la astronomía más usado en las universidades hasta el Renacimiento–, afirmó que los tres elementos aristotélicos (fuego, aire y agua) rodeaban la Tierra en forma de capa esférica, «salvo donde la sequedad de la Tierra obstaculiza la humedad del agua, con la finalidad de conservar la vida de los seres animados». Buridan y Alberto de Sajonia habían tratado de resolver estos problemas con explicaciones naturales y sin el recurso a la Providencia. El debate continuó en el siglo XV, hasta que los descubrimientos geográficos permitieron construir el nuevo concepto de globo terráqueo, es decir, la idea de la Tierra como un sólido tridimensional con una superficie diversificada, compuesta por varias porciones de tierra y de mar. Celaya, en la obra mencionada, discute todas estas cuestiones, defiende la tesis de buridan y Alberto de Sajonia y también se ocupa de la teoría de las zonas y los climas, difundida igualmente por Sacrobosco en su tratado de la Esfera. Esta teoría, de origen griego, dividía la Esfera en cinco zonas: dos heladas e inhabitables, cerca del polo; dos templadas, habitables, a las dos partes del Ecuador; y una tórrida, junto al Ecuador, inhabitable. Celaya, con el apoyo de las navegaciones y exploraciones de los portugueses, criticó enérgicamente esta teoría de la inhabitabilidad de la zona tórrida.13

Otro ejemplo, más interesante aún es el de Juan Dullaert de Gante, maestro de Vives en París. En su comentario al primer libro de los Meteorológicos de Aristóteles, editado por Vives, Dullaert discute la opinión que solo una cuarta parte de la Tierra estaría descubierta de las aguas, y si las estrellas del Hemisferio Norte son o no más nobles que las del Sur. Refuta ambas opiniones basándose en las navegaciones de portugueses y españoles, con una cita expresa a Américo Vespuccio y al Nuevo Continente: América. La fuente de información, según parece, es Waldseemüller. En otro lugar, defiende que la Vía Láctea no es de naturaleza elemental, apoyándose en el argumento de la paralaje estelar –desde dos lugares de la Tierra distantes entre sí una cantidad apreciable, no se vería la Vía Láctea en el mismo lugar del Cielo– y en la autoridad de Ptolomeo.14

LA TRADICIÓN AVERROÍSTA Y EL CORPUSCULARISMO EN LA FILOSOFÍA NATURAL DE PERE D’OLESA

Una orientación muy diferente a la de Celaya y los seguidores de los nominalistas del siglo XIV, es la que presenta el médico mallorquín, establecido en Valencia, Pere d’Olesa en su Summa totius philosophiae et medicinae, aparecida en 1536 en esta ciudad muerto ya su autor. Los temas de filosofía natural que le interesaban a Olesa eran aquellos que considera más relevantes para fundamentar las doctrinas sobre la estructura y funcionamiento del cuerpo humano, los sentidos y las sensaciones y los conceptos básicos de salud y enfermedad. Así Olesa discute ampliamente todo lo relativo a la estructura de la sustancia material: los conceptos de materia y forma substancial, la doctrina de los elementos y las cualidades, la formación de los compuestos o mixtos y los procesos de cambio, la naturaleza y propagación de la luz, y las diferentes doctrinas de la visión. La cosmología de Olesa y el marco general de su pensamiento es, desde luego, el aristotelismo, principalmente tal como fue interpretado y transmitido por Averroes. Pero Olesa muestra una gran libertad filosófica, acorde con el nuevo espíritu renacentista que se vive en Italia, donde estudia, y en Valencia, donde compone su obra, y se separa de Averroes (y de Aristóteles) en aspectos relevantes de la física. Particularmente, se distancia de aquellos grandes «maestros» en su interpretación del concepto de forma substancial y de la composición de la sustancia material constituida, según Olesa, por partículas o «mínimos naturales» de los elementos, que son intransmutables, y permanecen con su forma substancial inalterada en los mixtos. Aunque Olesa no suscribe plenamente la idea del atomismo clásico, según la cual el átomo sería indivisible y sin cualidades, ni tampoco la cosmología atomista, su obra debe considerarse uno de los intentos más serios y rigurosos por reinterpretar algunas de las principales nociones de la filosofía natural aristotélica, como la de forma, en términos corpuscularistas.15

LAS DÉCADAS CENTRALES DEL SIGLO: LA ORIENTACIÓN HUMANISTA

En Valencia, los profesores de filosofía natural de orientación nominalista debieron utilizar los textos de los terministas y calculatores de la Universidad de París, especialmente los de su compatriota Celaya. Este, sin embargo, al volver a su ciudad natal se orientó hacia la teología y perdió el interés por sus anteriores estudios de lógica y física, aunque su discípulo Ribeiro continuó reeditando algunos de sus trabajos de lógica. En las décadas centrales del siglo, con la desaparición oficial del nominalismo de la Universidad y el retorno al verdadero Aristóteles proclamado por los humanistas, menguó también sobremanera el interés por las brillantes especulaciones de los doctores parisienses, así como la influencia de la orientación averroísta. La reclamación de una lectura de Aristóteles dictada por la libertad consustancial al auténtico pensamiento filosófico, no se debe considerar, sin embargo, como monopolio de los humanistas. Murdoch ha señalado, que muchos comentarios renacentistas del Estagirita, que asumieron los presupuestos del humanismo, adoptaron un punto de vista más conservador que los escolásticos como Celaya, por lo que respecta a su contenido doctrinal. Citaban más fuentes, sobre todo antiguas y contemporáneas, pero cuando llegaban a los conceptos y a las doctrinas utilizadas para decidir la cuestión tratada, se basaban en pocos textos y autores: principalmente Aristóteles, frecuentemente con la interpretación averroísta, y Tomás de Aquino. Eso se ve claramente en algunos de los autores más representativos del escolasticismo contrarreformista de las últimas décadas del siglo, como el dominicano Diego Mas, uno de los pocos que aún muestra la influencia de las especulaciones que caracterizaban a los doctores parisienses.

Las directrices del programa humanista se reflejan muy bien en el texto de la oración pronunciada por Pedro Juan Núñez, Sobre las causas de la oscuridad de Aristóteles y sus remedios, con motivo de su nombramiento como catedrático de artes, en la que defiende la vuelta al auténtico Aristóteles.16 Como ha explicado Pilar barbeito, Núñez hizo en él un detenido análisis de esas supuestas causas, unas de orden extrínseco, como el problema de la transmisión de los textos y su traducción al latín, y por las citas incorrectas que de ellos se hacen; otras de orden intrínseco relacionadas con el uso de la lengua por parte de Aristóteles e incluso de sus propios errores lingüísticos.17 De acuerdo con el programa del humanismo, Núñez subraya que hay que confrontar los distintos manuscritos griegos, escoger la lectura más verosímil y ofrecer las otras lecturas. Al propio tiempo, también señala que hay que demarcar bien las doctrinas de Aristóteles de los otros autores o corrientes doctrinales, no ignorar sus errores y proporcionar una formación adecuada en disciplinas como las matemáticas y la astronomía para entender las ideas de Aristóteles; pero también atender a todas las cuestiones importantes que no están tratadas en el corpus aristotélico. Insiste en que hay que añadir lo que falte, sin temor, porque no se trata de seguir a un hombre, sino a la verdad.

Núñez hace una larga enumeración de explicaciones aristotélicas que le parecen erróneas o injustificadas, el carácter controvertido de muchas de sus doctrinas y la pluralidad de autoridades; así, nos dice que Galeno refuta a Aristóteles sobre el origen de los nervios, las razones del sueño, la participación del sexo femenino en la generación, la explicación de la visión, la importancia del cerebro, la sede de las sensaciones, el número de los ventrículos y la anatomía del corazón, en la actuación de la naturaleza en los animales y las plantas, en la acción de los órganos omitidos, en la comparación del varón y la mujer y si la mujer es menos perfecta que el varón; en la utilidad de las uñas, en la tripartición del alma (por Platón y Galeno) en tres almas o facultades en una sola naturaleza, en la explicación de los nervios, en las cualidades primarias, si hay dos o cuatro, etc. Una excelente muestra de la notable erudición de Núñez, quien añade que muchas veces se atribuyen también doctrinas a Aristóteles que no son suyas, como la asignación de las ideas (o formas platónicas) a Dios, que es una afirmación de Platón y entra en conflicto con la doctrina de la eternidad del mundo, defendida por Aristóteles.18

Hay en esta oración una interesante referencia a Copérnico, cuya obra se había publicado en 1543. Comentando un pasaje de Aristóteles del De Caelo, donde este discute la cuestión de los primeros principios de las ciencias, dice Núñez que según Platón y sus seguidores, las «positiones» son aquellos enunciados que aunque no sean la auténtica causa de los efectos, se pueden imaginar y utilizar como causa si convienen con los efectos. Así, el movimiento de la Tierra y el reposo del cielo, supuesto por Nicolaus Copernicus, explica muy bien los fenómenos como si fueran sus causas.19 La obra de Copérnico circulaba tempranamente, al parecer, entre los humanistas valencianos. Esta es de hecho una de las primeras referencias a Copérnico que he encontrado en toda la literatura científica y filosófica española. Núñez parece interpretar la teoría de Copérnico siguiendo la propuesta del prólogo de Osiander, es decir, como una suposición ficticia, sin pretensión de verdad. Como es bien sabido, esa no era la posición de Copérnico, que pretendía haber encontrado la verdad acerca del mundo.20

Como hemos dicho, la oración de Núñez fue reeditada en frankfurt en 1591, junto a las oraciones de otros dos profesores valencianos, bartolomé José Pascual y Juan bautista Monllor, que habían estado ya divulgadas por estos anteriormente y que son más breves, si bien la orientación es similar.21 La de Pascual había estado pronunciada en 1565 y la de Monllor figura, una parte, en su Paraphrasis et Scholia in duos priores libros Analyticorum y la otra a De entelechia apud Aristotelem, disputatio (Valencia, 1569). Pascual insiste en que hay que interpretar Aristóteles a partir de él mismo y Monllor, en la segunda parte de la oración, defiende enérgicamente la libertad filosófica: el filósofo debe posponer todo a la verdad; Aristóteles fue un hombre y se podía equivocar, y no hay que darle crédito en todas las cosas, puesto que la filosofía no es una cuestión de fe. En muchos temas, se puede encontrar mejor tratamiento en otros autores; por ejemplo, en astronomía Aristóteles no era muy competente y es preferible seguir a Ptolomeo. La guía del filósofo debe ser la razón, la experiencia y los sentidos. No obstante, la libertad filosófica debe combinarse con la solidez y la madurez.

Las décadas centrales del siglo fueron unos de los periodos de mayor relieve de la medicina y la ciencia en la Universidad de Valencia. En los años treinta y cuarenta, Miguel Jerónimo Ledesma y Pedro Jaime Esteve impusieron la orientación humanista en la enseñanza de la medicina, labor que sería continuada por Pedro Jimeno y Luis Collado. Estos últimos, discípulos y seguidores de Vesalio, introdujeron las reformas en la enseñanza de la anatomía que éste propugnaba en Valencia y, directa o indirectamente, las introdujeron también en otras destacadas universidades de las coronas de Aragón y Castilla, como las de Zaragoza, barcelona, Alcalá y Salamanca. Asimismo, y aunque desde su fundación la Universidad contaba con una cátedra de materia médica unida a la de anatomía, su verdadero relieve se inició cuando ocupó esta cátedra (llamada de anatomía y simples) Pedro Jaime Esteve, en 1545, el cual llevó a cabo una importante labor botánica aplicada al País Valenciano. Labor que sería continuada por su sucesor Juan Plaza en 1567, cuando la cátedra de simples se separó de la de anatomía. La cátedra de simples, además, contó con un «huerto» o jardín botánico, siendo el primero establecido en España y uno de los primeros de Europa de tipo universitario.22

LOS PROGRESOS EN LAS MATEMÁTICAS DENTRO DEL PROGRAMA HUMANISTA

Desde 1503, existía también una cátedra de matemáticas en la que, en los años cuarenta se enseñaba aritmética, geometría, perspectiva, música, astrología judiciaria y cosmografía (astronomía y geografía).23 El cultivo de las matemáticas y sus aplicaciones experimentó una gran expansión en la Europa renacentista y cambios profundos en el status social de la disciplina y sus practicantes. Todo ello relacionado con las transformaciones económicas y sociales y el desarrollo técnico de la época. El crecimiento urbano y el desarrollo de los estados absolutistas planteó múltiples exigencias administrativas y técnicas, tales como problemas de provisión de aguas, reclamaciones de tierras, realización de catastros sistemáticos, redes de carreteras, técnicas de construcción de puentes, trazado de mapas para el control del espacio, además de todas las actividades relacionadas con la expansión marítima y el control de las tierras descubiertas. A ello hay que añadir la revolución en las técnicas de guerra y fortificación, el desarrollo del comercio y la actividad mercantil. Además, las matemáticas también se desarrollaron enormemente gracias al esfuerzo combinado de los humanistas y los científicos, que a menudo eran la misma persona, por recuperar el legado de los matemáticos de la antigüedad clásica en su integridad. Los humanistas, además, insistieron en la utilidad práctica de estas disciplinas. Así, Vives, en su tratado sobre la enseñanza de las disciplinas, a propósito de las matemáticas, dice, de la aritmética, que ningún aspecto de la vida puede prescindir de ella, y critica las actitudes de algunos nobles de desdén por esta materia; sobre la geometría, subraya sus aplicaciones a la óptica o perspectiva, la arquitectura, la mecánica y la topografía; sobre las aplicaciones de la astronomía, menciona la medida del tiempo y el cálculo de coordenadas geográficas para la cartografía y la náutica.24

Aunque la actividad matemática que hemos citado en relación a las nuevas exigencias se desarrolló en gran medida fuera de las universidades, estas últimas no quedaron al margen de esta expansión, si bien la respuesta varió considerablemente de unos centros a otros y entre los diversos países o ámbitos culturales. En la Universidad de Valencia, la enseñanza de las disciplinas matemáticas tenía una función propedéutica. La aritmética y la geometría se consideraban necesarias para entender el Organon aristotélico y la filosofía natural. En relación con ello cabe citar los Elementa Arithmeticae ac Geometricae, ad disciplinas omnes, Aristoteleam praesertim Dialecticam, ac Philosophiam apprime necessaria (1559? 1566? 1569) de Pedro Juan Monzó. En cuanto a la astronomía, una de las motivaciones de su enseñanza y cultivo fue por sus aplicaciones a la medicina a través de la astrología. Como en otros muchos lugares de Europa, algunos destacados médicos valencianos mostraron un especial interés por estas materias. Y al entrar la medicina valenciana en su máximo periodo de esplendor, a mediados de la centuria, el cultivo de la astronomía y la astrología se intensificó entre los médicos humanistas que veían en ella un excelente apoyo para la interpretación de los textos hipocráticos. Así, Pedro Jaime Esteve, en sus comentarios al libro segundo de las Epidemias hipocráticas (Valencia, 1551), una excelente muestra de la edición humanista de un clásico, subraya con énfasis: «medicus astronomiae ignarus non est sectator Hipocratis».25 Esteve, además, fue profesor de astronomía en 1555-56, el último año de su vida. En la introducción a dicha obra Esteve describe las estrellas del hemisferio boreal y la variación de sus posiciones desde los tiempos de Ptolomeo debida a la precesión de los equinoccios. Menciona, también observaciones realizadas por él mismo de posiciones estelares. Todos los datos astronómicos los considera indispensable para estudiar el clima en las distintas regiones y predecir las mutaciones del aire. Según diversos testimonios, Esteve elaboró también unas efemérides para los años 1488-1600.

En el periodo 1559-62 ocupó la cátedra de astronomía baltasar Manuel bou, quien al parecer se había formado en esta materia en Italia con Luca Gaurico, un astrónomo napolitano, autor y editor de diversas obras de astronomía y numerosos pronósticos astrológicos, entre ellos la predicción de que Alessandro farnesio llegaría a ser papa. Bou compuso una versión libre de la Sphaera de Johannes de Sacrobosco (el manual más utilizado en la baja Edad Media y en el Renacimiento como introducción a la astronomía y a la geografia), con citas abundantes de los clásicos latinos, especialmente de Manilio y Ovidio, y referencias a algunos de los principales tratadistas de la astronomía: Ptolomeo, Alfonso, Georg Peurbach, Johannes Regiomontanus, Giovanni bianchini, Pedro Apiano, Johannes Schöner, Gemma frisius., etc.; de geografía: Ptolomeo, Solino, Pomponio Mela y Estrabón; y de astrología: Ptolomeo, Albumasar, Abenragel, Omar Tiberiadis (al-Tabari, en realidad, traducido por Juan de Sevilla), Guido bonatti y Pedro Ciruelo.26 Sobre la teoría de las zonas, bou afirma que todas son habitables, contra lo que pensaban los antiguos, y cita expresamente versos de la Metamorfosis de Ovidio que negaban este hecho. Bou preparó tablas para calcular el orto y el ocaso de los planetas, las posiciones del Sol y su altura en el horizonte de Valencia. La obra de bou incluye también dos poemas al autor de Pedro Jaime Esteve y Antonio José Villafranca, este último también médico como Esteve.

MATEMÁTICAS, COSMOLOGÍA Y HUMANISMO: LA OBRA DE JERÓNIMO MUÑOZ

La enseñanza de las disciplinas matemáticas en la Universidad de Valencia se elevó de nivel considerablemente al ocupar la cátedra Jerónimo Muñoz, uno de los científicos más destacados de la España del siglo XVI, a la par que humanista. Muñoz comenzó sus estudios en Valencia, prosiguiéndolos en diversos lugares de Europa. Por sus propios testimonios sabemos que fue discípulo de Oronce finé en París y de Gemma frisius en Lovaina, dos destacados matemáticos, astrónomos y cartógrafos. Residió algún tiempo en Italia y fue profesor de hebreo en la Universidad de Ancona. Según un testimonio de la época, los judíos que acudían a oírle afirmaban que era judío y que había sido educado por judíos, a causa de su dominio del hebreo.27

Tras su regreso a Valencia, Muñoz enseñó privadamente matemáticas. Además, llevó a cabo actividades relacionadas con la técnica o las matemáticas aplicadas, como asesor o experto de diversos nobles. En 1563 fue nombrado catedrático de hebreo del Estudi General valenciano. Dos años después, el 2 de junio de 1565, unió a esta cátedra la de matemáticas y logró obtener un salario, gracias a su prestigio, al nivel de los profesores mejor retribuidos. A pesar de todo, los salarios en Valencia eran bastante modestos y muy inferiores a los correspondientes de las universidades castellanas. Ello puede explicar que finalmente Muñoz aceptase la oferta de la Universidad de Salamanca, trasladándose a esta institución en 1578. En Salamanca, Muñoz desempeñó también las cátedras de matemáticas y hebreo. Murió en 1592.

En su cátedra de Valencia Muñoz explicaba aritmética, geometría y trigonometría, óptica geométrica o perspectiva, astronomía y sus aplicaciones a la navegación, instrumentos de astronomía y sus diversos usos, geografía y cartografía y astrología. Aunque Muñoz publicó muy pocas obras, se conserva un importante volumen de manuscritos, autógrafos o copias realizadas por discípulos suyos de todas estas materias, en bibliotecas europeas de Salamanca, barcelona, Madrid, Munich, el Vaticano, Nápoles y Copenhague. La localización y estudio de estos manuscritos ha permitido reconstruir el contenido de las enseñanzas de Muñoz, y demostrar que estas enseñanzas estaban al nivel de las que se impartían en las mejores universidades de la Europa de la época.28

Muñoz fue un destacado geógrafo y cartógrafo, siendo frecuentemente citado como una autoridad en estas materias por los historiadores del Reino de Valencia, como Gaspar Escolano o francisco Diago. El mapa más antiguo que se conoce de este Reino, incluido por Abraham Ortelius en su famoso atlas Theatrum Orbium Terrarum, se realizó a partir de los datos proporcionados por Jerónimo Muñoz, al parecer a través de fadrique furió Ceriol. Muñoz no sólo determinó con notable precisión las coordenadas geográficas de muchas localidades, sino que inició la triangulación geodésica (elemental) del territorio, basándose en las técnicas divulgadas por su maestro Gemma frisius. Muñoz explicaba estas técnicas en sus clases, y las ejemplificaba con una triangulación entre la ciudad de Valencia y distintos lugares situados al Norte, en la comarca de la Horta.29 En las copias manuscritas que se conservan de sus lecciones de geografía impartidas en Valencia, se incluye un magnífico mapa de la Península, junto a una «explicación de los nombres de las antiguas ciudades, de lugares, ríos y cabos o promontorios de España», a modo de itinerario, con especificación de distancias entre lugares en millas y pasos y referencias constantes a los geógrafos clásicos como Ptolomeo, Plinio, Pomponio Mela o Estrabón, así como también al itinerario de Antonino y a otras fuentes.30 Muñoz también realizó un censo del Reino de Valencia, por encargo del virrey Alfonso Pimentel –a quien dirigió el manuscrito–, que acompañó de una descripción de su «término».31

El mayor volumen de escritos que se conservan de Jerónimo Muñoz son de astronomía. Aunque los trabajos de Muñoz sobre la supernova de 1572 eran ya conocidos por los historiadores y astrofísicos, y lo situaban entre los astrónomos europeos que realizaron observaciones más precisas y extrajeron con más claridad las consecuencias cosmológicas del fenómeno, el descubrimiento y estudio de sus Comentarios a Plinio ha dado a conocer sus ideas para una reforma de la cosmología, afines a la tradición estoica. Así, el estudio de este aspecto de la obra de Muñoz ha venido a confirmar la hipótesis avanzada por bernard Goldstein, Peter barker, Miguel ángel Granada y otros autores sobre la importancia del estoicismo en la cosmología renacentista. Como hemos dicho, también se planteó revisar la astronomía matemática en sus aspectos técnicos, con la realización de un gran número de observaciones y la preparación de nuevas tablas, discutiendo numerosos aspectos de la tradición ptolemaica, particularmente en sus adiciones a la traducción al latín de los Comentarios al Almagesto de Teón de Alejandría, un tratado muy voluminoso que este destacado astrónomo del siglo IV había realizado en colaboración con su hija Hypatia, y en el que padre e hija explicaban prolijamente el libro de Ptolomeo. No obstante, Muñoz no llegó a articular su reforma cosmológica con la astronomía matemática; difícilmente podía hacerlo sin abandonar el geocentrismo, como Kepler supo ver claramente.

En lo que respecta a sus postulados cosmológicos, queremos recordar su mención a la teoría de Copérnico, que aparece en el mencionado tratado sobre astronomía y geografía. Cuando discute las cuestiones relativas a la forma –esférica– de la Tierra y su posición central en el mundo, trata de refutar la teoría heliocéntrica haciendo mención a algunos argumentos astronómicos procedentes de Ptolomeo y Teón de Alejandría. También hace una rápida alusión al desorden cósmico que provocaría el que el Sol estuviere en el centro del mundo y la Tierra en el cuarto cielo. Eso no quiere decir que no se mostrara también crítico con la cosmología aristotélica. Como lo hizo en particular, en su libro sobre la supernova de 1572 y en sus comentarios a los libros de Plinio y Teón.

En el mes de noviembre de 1572, apareció en la constelación de la Casiopea, una nueva estrella, nacida de la explosión de lo que se llama una enana blanca, que se ha clasificado de supernova tipo I. Más de cincuenta autores, repartidos por toda Europa, escribieron sobre la nueva estrella, que sirvió de estímulo para los intercambios entre los astrónomos, e hizo que se estableciese una red de relaciones que dieron un gran impulso al avance de la astronomía. Como hemos comentado arriba, uno de los mejores trabajos fue el realizado por Jerónimo Muñoz y publicado en el Libro del nuevo cometa. Muñoz le llamó cometa –aunque dijo que por su movimiento más parecía una estrella–, por su deseo de dar una interpretación de su génesis en términos de causas naturales, en coherencia con la tradición astrológica, y no recurriendo al poder absoluto de Dios, como hicieron astrónomos destacados como Cornelius Gemma, Thomas Digges, Tycho brahe o Thadeus Hagecius. Muñoz defendió enérgicamente que la nueva estrella era un fenómeno celeste y que los cielos no eran incorruptibles, como afirmaban los seguidores de Aristóteles, ni estaban formados de quintaesencia, sino que «tienen deudo y parentesco con los elementos».32

La obra de Muñoz fue traducida al francés por Guy Lefèvre de la boderie, discípulo del famoso orientalista Guillaume Postel, que a su vez había sido discípulo del valenciano Joan Gélida. Postel además, era hebraísta como Muñoz y colaboró activamente en la biblia Políglota. Todo ello nos dibuja una interesante red de relaciones en la que se debería profundizar. Las ideas de Muñoz se difundieron también gracias a la correspondencia que mantenía con varios astrónomos europeos, como bartholomaeus Reisacherus de Viena y el astrónomo y médico imperial de bohemia Thadaeus Hagecius. Hagecius, además, le proporcionó las cartas de Muñoz a Reisacherus y Hagecius a Tycho brahe.33

Cabe plantearse si Muñoz abandonó la cosmología aristotélica como resultado de sus estudios sobre la supernova, o si, como él mismo sugiere, ya estaba preparado para «ver» el fenómeno con los dos ojos, es decir, con los de la razón, por emplear un metáfora usada por Copérnico.34 Para responder a estas cuestiones contamos con el manuscrito dedicado a comentar el segundo libro de la Historia Natural de Plinio, elaborado hacia 1568, es decir algunos años antes de la aparición de la supernova. Como es sabido, la Historia Natural de Plinio es la obra más importante y difundida entre las dedicadas a divulgar los conocimientos sobre la naturaleza, de las escritas por los autores latinos de la Antigüedad. Los humanistas, en particular, se interesaron por esta obra en relación con su afán por familiarizarse con la civilización clásica. En este sentido, además de la información factual, los humanistas valoraron mucho la obra desde el punto de vista literario y lingüístico, y se esforzaron por entender el contenido y valor científico de sus ideas. En algunas universidades europeas se propuso el texto de Plinio como manual en las enseñanzas de la facultad de Artes, lo que se puede relacionar con una cierta insatisfacción con las autoridades escolásticas tradicionales.35

En la España del siglo XVI se publicaron varios comentarios a Plinio, como el de fernando Núñez de Guzman (el Pinciano), de orientación fundamentalmente filológica, que es sin duda uno de lo mejor de este género de todo el siglo; el de Pedro Juan Olivar, sobre el «estilo de Plinio»; y el del médico francisco López de Villalobos, que se esforzó, con desigual fortuna, por hacer comprensible el texto de Plinio, criticándolo ocasionalmente desde la filosofía aristotélica o la teología cristiana. Quedó manuscrito el extenso comentario del médico y destacado naturalista francisco Hernández, a quien le interesaron menos las cuestiones filológicas que la información factual y las ideas, y el del humanista valenciano Juan Andrés Strany. Aunque el comentario de Strany es fundamentalmente filológico, su interés por Plinio cabe relacionarlo también con las ideas expuestas en la obra y su orientación predominantemente estoica, dado el conocido interés de Strany por la tradición estoica, hasta el punto de que era conocido como «barón estoico».36 Luis Vives también utilizó la enciclopedia pliniana en diferentes contextos de sus obras. En relación con la astronomía, por ejemplo, en sus Comentarios al Sueño de Escipión, Vives usa a Plinio para describir los movimientos de Mercurio y Venus, así como a Martianus Capella, del que tomó la idea del modelo heliocéntrico para estos planetas.37

Palmireno, por otro lado, en su Cathálogo de Autores Cathólicos para Dialéctica y Philosophia Natural y Moral (1560), proponía completar el corpus aristotélico en la enseñanza de la filosofía con los Comentarios a Plinio, las Cuestiones naturales de Séneca y de De Igne et Ventis de Teofrasto, además de recomendar la consulta de las obras de Galeno. En metafísica, Palmireno recomendaba, además de Aristóteles, estudiar a Platón y los neoplatónicos, junto a Cicerón.38

En este contexto de apertura, eclecticismo y cierto pluralismo doctrinal reclamado por los humanistas valencianos, Muñoz se decidió a servirse del texto de Plinio para exponer sus ideas cosmológicas y teológicas. El manuscrito autógrafo de los comentarios de Muñoz a la astronomía y cosmología plinianas, conservado actualmente en Copenhague, parece el texto de las lecciones o conferencias extraordinarias que impartió nuestro matemático y hebraísta en la Universidad de Valencia el verano de 1568.

Muñoz empieza su explicación de Plinio con una típica oración humanista orientada a la captatio benevolentia de los oyentes y a exponer sus intenciones al comentar a Plinio: «Se admirará tal vez, benévolos oyentes, alguno de entre los teólogos ampliamente versados en los Concilios Generales o en derecho canónico, preguntándose qué se le haya podido ocurrir a un teólogo expositor de las Sagradas Escrituras al emprender una exposición pública de la Historia Natural de Cayo Plinio Segundo». Como ya he adelantado, las ideas cosmológicas que Muñoz presenta en este texto se pueden calificar en gran manera como afines a la tradición estoica. En síntesis, todo el Universo, desde la Tierra, que ocupaba el centro, hasta sus confines, estaba lleno de aire, que, además, impregnaba todas las cosas del mundo y servía de conexión entre ellas; aire, que en otros lugares compara con el espíritu que se difunde desde el corazón para vivificar el cuerpo. Muñoz, por tanto, no acepta la dicotomía aristotélica entre la región celeste y la sublunar, ni la división del cielo en orbes, ni la existencia de la esfera de fuego. El cosmos de Muñoz no tiene dimensiones precisas, aunque es pequeño, comparado con el nuestro, y finito: acaba allí donde el aire, que se enrarece progresivamente, ya no puede ser más tenue. Su límite superior no tiene una forma definida y más allá, siguiendo los postulados estoicos, es posible que exista un inmenso vacío. El Universo puede tener cualquier forma, si bien por razones astrológicas –predominio de las constelaciones frías próximas al polo– seguramente debe tener la forma de una calabaza. Es inmóvil y los planetas se mueven, gracias a su propia fuerza o naturaleza, por el aire cósmico, como los peces por el mar o los pájaros por el aire que rodea en la Tierra, según trayectorias irregulares, de polos variables, que llama espiras, y no arrastrados por orbes. Las estrellas se mueven de la misma manera; así pues Muñoz no acepta tampoco la existencia de una esfera que arrastra a las estrellas fijas, los cielos son corruptibles y los planetas y estrellas contienen en su composición elementos y cualidades análogas a las terrestres, aunque en estado más puro. Los cometas se forman en el cielo y son, por tanto, cuerpos celestes.

El comentario de Muñoz se ajusta muy bien a los cánones del humanismo. Trata de entender a Plinio, de examinar sus fuentes, de ponderar sus aciertos y errores, de contextualizar debidamente sus ideas, al mismo tiempo que expone las suyas propias. Usa hábilmente su doble condición de teólogo –profesor de Sagradas Escrituras– y matemático-astrónomo para legitimar sus críticas a la cosmología aristotélica y proponer sus ideas alternativas. Pone en juego, según el gusto de los humanistas, un amplísimo repertorio de citas de autores de la Antigüedad: poetas, historiadores, geógrafos, matemáticos y filósofos. Pero este recurso no es meramente literario o retórico, sino que cumple la función de situar al mismo nivel de opinión cualquier afirmación filosófica, que valdrá lo que valgan sus argumentos. Junto a esto y aunque Muñoz insiste en la distinción entre verdades de fe y verdades de razón, no deja de señalar la mejor adecuación de la cosmología que él propone con la teología cristiana, y, en general, que la razón debe ser compatible con la fe. Citemos, en este sentido, por ejemplo, su crítica a Aristóteles, Teofrasto y otros autores que afirmaban la eternidad del mundo. Crítica que Muñoz realiza desde la «verdadera fe», pero que es consistente, por otro lado, con su adhesión a la doctrina que el cosmos está rodeado de vacío, ya que se debe incendiar: «ahora bien, las cosas que se incendian, convirtiéndose en una sustancia más sutil, es preciso que ocupen un espacio mayor; será por consiguiente más amplio el lugar del mundo entero en llamas».39

Una de las ideas centrales de la cosmología que propone Muñoz es la del aire cósmico o, como dice Plinio, «el espíritu, que los autores griegos y los nuestros llaman con el mismo término, “aire”, algo vital que puede penetrar todas las cosas y que está extendido por todo». Muñoz, en el comentario al texto de Plinio, cita los famosos versos de Virgilio: «desde el principio del mundo un mismo espíritu interior alimenta el Cielo, la Tierra y las líquidas llanuras y el globo luminoso de la Luna y los astros titánicos» (p. 383ss.). Junto a Virgilio, en el mismo lugar y a propósito del aire, cita a Arato y Manilo, famosos autores de poemas didácticos de contenido astronómico-astrológico, también de influencia estoica. No obstante, el autor sobre el que más se detiene es Hipócrates, cuyas afirmaciones le permiten concluir que su opinión sobre la sustancia del Cielo «no es nueva, sino antiquísima, aunque un tanto oscurecida por los comentarios aristotélicos». Aquí y en otras ocasiones Muñoz recurre a las credenciales de veracidad y autenticidad que proporcionan las cosas más antiguas u «originales»: otro tema caro a los humanistas, relacionado con la concepción cíclica de la historia de la cultura humana. Eso no le impide, en ocasiones o contextos diferentes, subrayar el carácter progresivo y de empresa colectiva del saber. Así, en la carta a su amigo Reisacherus, decía que en las cosas que pueden demostrarse no hay que dar crédito a nadie: ni a Ptolomeo, ni a Alfonso, ni a Regiomontano, ni a Copérnico.40

Ideas idénticas a las mencionadas las expuso Muñoz en su obra más ambiciosa, la traducción comentada del griego del Comentario al Almagesto de Teón de Alejandría, en la que pretendía revisar toda la astronomía ptolemaica. Quiero destacar que esta traducción de la importante y voluminosa obra de Teón, es una de las tres traducciones que se conocen. Las otras dos fueron realizadas en el siglo XVI por David de Saint Clair, profesor del Colegio Real de París, y el matemático y humanista italiano Teófilo de Urbino, que son de inferior calidad que la de Muñoz, según he podido comprobar.41

Las obras de Muñoz representan muy bien la conjunción humanismo-ciencia.42 Como he avanzado, el valenciano aceptó finalmente la propuesta de la Universidad de Salamanca, y se trasladó allí en 1578, pasando a engrosar la fuga de cerebros denunciada por Palmireno. En Salamanca formó a algunos destacados matemáticos y astrónomos, como el también valenciano Gabriel Serrano, el sevillano Diego Pérez de Mesa y el vasco Diego de álava, entre otros. Pero ya no publicó ningún libro, quedando todas sus obras manuscritas (excepto un alfabeto hebraico) y prefirió, según le dijo a su amigo Reisacherus, vivir oculto, siguiendo la máxima de Horacio –al que Muñoz cita expresamente–, según la cual ni las alegrías son solo para los ricos ni vivió mal quien en vida y en muerte pasó inadvertido.

En las últimas décadas del siglo, todo este notable desarrollo médico, científico y filosófico inició una decadencia que se agudizaría en la centuria siguiente. La cátedra de Muñoz no tuvo ningún sucesor de relieve hasta un siglo después, cuando la ocupó Juan bautista Corachán. En medicina, según ha explicado López Piñero, casi todos los médicos valencianos cortaron la apertura a nuevos horizontes intelectuales y científicos, con algunas excepciones destacadas, como la del paracelsista Lluís Coçar, o el médico y botánico Jaime Honorato Pomar. Este último continuó brillantemente la labor de su maestro Juan Plaza, aunque finalmente se trasladó a Madrid, al servicio de felipe II.43

LA METAFÍSICA Y LA REESCRITURA CONTRARREFORMISTA DE ARISTÓTELES

En cuanto a la filosofía, Charles Lohr ha señalado en varios trabajos, y de acuerdo con las investigaciones de Gallego Salvadores, la importancia de las reformas en el currículo en estas materias que se produjeron en Valencia.44 Reformas, similares a las realizadas en el Colegio Romano, que fueron adoptadas en otras universidades españolas e influyeron en el resto de Europa. Según Lohr, un aspecto que caracterizaría el aristotelismo español de la segunda mitad del siglo XVI es el empeño de rescribir Aristóteles de acuerdo con los primeros principios de la filosofía, de los que se ocuparía la metafísica. Un proceso que, en España, se habría iniciado en Valencia, continuándose en Alcalá y Salamanca. Para los escolásticos españoles, según este autor, la amenaza a la interpretación cristiana de Aristóteles no venía del aristotelismo secular, sino de lo que ellos consideraban una concentración excesiva en la lógica y en la filosofía natural en las facultades de artes de las universidades. Puesto que para ellos la metafísica tenía la función apologética de establecer los principios para mostrar el acuerdo básico entre el cristianismo y la filosofía aristotélica, tenía que partir de una filosofía completamente independiente de la teología revelada. Pero en las universidades ibéricas la metafísica se enseñaba no como culminación del curso de artes, sino junto con la teología. Consecuentemente, el esfuerzo para devolverle a la metafísica su lugar adecuado en el curriculum implicaba la reforma de todo el curriculum filosófico. En el marco de este movimiento de reforma se habrían compuesto las grandes obras sistemáticas españolas de metafísica, entre ellas la de Suárez, que fijaron el método de instrucción en metafísica durante siglos, no sólo en las escuelas católicas, sino también en las academias y universidades protestantes. Así, siguiendo a Lohr, mientras que los escolásticos medievales se habían esforzado por mostrar la armonía entre la revelación y la filosofía griega redescubierta (sobre todo Aristóteles), los escolásticos del barroco abandonaron este esfuerzo, reconocieron la autonomía de las ciencias de la naturaleza y dejaron su desarrollo a los laicos (excepto donde las conclusiones científicas entraban en conflicto con la doctrina cristiana). Sería así como la ciencia de la naturaleza se habría comenzado a liberar de Aristóteles. En el contexto de su argumentación, Lohr cita las propuestas de bartolomé José Pascual, Juan bautista Monllor y Pedro Juan Núñez, que irían en la dirección apuntada, y la obra de Diego Mas, autor del primer tratado sistemático de metafísica, además de autor de obras de lógica y filosofía natural.45

La filosofía natural de Mas, en su Commentariorum in Universam Philosophiam Aristotelis (Valencia, 1599) es un excelente ejemplo de la literatura aristotélica post-nominalista y post-humanista. Mas conocía bien las críticas de los humanistas valencianos al aristotelismo escolástico bajo-medieval y sus seguidores. Era amigo y admirador de Pedro Juan Núñez, del que escribió unas notas biográficas.46 Gracias a la crítica textual de los humanistas pudo tener acceso a ediciones más fieles a la letra del pensamiento aristotélico. Como otros autores de la época –los tratadistas de Coimbra, francisco de Toledo, o benito Perera– cita una gran cantidad de fuentes, no solamente aristotélicas, y muestra una notable erudición. Discute prolijamente temas como la noción de «lugar» y a qué categoría pertenece; el movimiento y si este difiere o no del móvil y del espacio; la causa del movimiento de los proyectiles (que atribuye al impetus); la estructura de la sustancia material y la doctrina de los minima naturalia o mínimas partes de un cuerpo que conservan la forma del mismo (en sentido aristotélico) y la cuestión de las propiedades ocultas. Pero no muestra interés por las doctrinas de los «calculatores», aún presente en Domingo de Soto, aunque las conocía bien. Sobre todas las cuestiones, Mas presenta opiniones alternativas y muestra cierta inseguridad en la decisión de cual es la mejor. Pero siempre que le resulta posible, prefiere la opinión tomista, la cual considera más consonante con Aristóteles.

Para concluir, sea cual sea la opinión que nos merezca la interesante interpretación de Lohr; o la de autores como William Wallace, que ha defendido y sigue defendiendo con tesón e inteligencia la continuidad entre la física aristotélica reelaborada por los escolásticos y la de Galileo,47 no fue en la Universidad de Valencia donde fructificaron los esfuerzos de varias generaciones de filósofos, médicos, humanistas y científicos valencianos. Nuestra Universidad se quedó prácticamente al margen, desde finales del siglo XVI y durante varias décadas, del proceso de constitución de la ciencia y la filosofía modernas, aunque, justo es reconocerlo, había contribuido notablemente a su preparación. Entretanto, y hasta que los novatores empezaron a abrir ventanas, ya en la segunda mitad del siglo XVII, los profesores valencianos aprendieron mucho acerca de la libélula atrapada en el ámbar pero lo ignoraron todo de su vuelo.

1 Sobre el término y el concepto de Renacimiento, véase Granada (2000), especialmente la introducción: «¿Qué es el Renacimiento? Algunas consideraciones sobre el concepto y el período». Sobre la historiografía de la Revolución Científica, véase Cohen (1994).

2 Cohen (1989).

3 Schuster (1990), en un trabajo muy bien equilibrado propone la división en 1. El Renacimiento científico: c. 1500-1600; 2. El periodo crítico: c. 1590-1650; 3. La etapa de consenso y consolidación: c. 1650-1690.

4 Véase Rose (1975).

5 Véase Garin (1981).

6 Recordemos que, aproximadamente, un 10% de los casi 30.000 incunables eran de tema científico. Olmi (1992), pp. 21-161, ha puesto de relieve la importancia de la ilustración en las exigencias metodológicas y en la comunicación de los resultados de la investigación entre los naturalistas de los siglos XVI y XVII.

7 Este ha sido el núcleo del congreso internacional: Las Universidades y la ciencia en la Edad Moderna (Valencia, 1999). Véase feingold y Navarro Brotons (2006).

8 Véase, particularmente, Schmitt (1973, 1983a, 1984); Lohr (1988); Kessler (1990); Wallace (1981); baldini (1992).

9 Véase Schmitt (1983), Aristote and the Renaissance. Véase también Giard (1991).

10 Los estudios ya clásicos de Duhem, Maier, Clagett y otros autores ya pusieron de relieve la importancia del nominalismo; estudios que han continuado H. L. Crosbi, William A.Wallace, James A. Weisheipl, Edward Grant, John E. Murdoch, Edith D. Sylla, Stefano Caroti, y otros. Wallace, en particular, ha continuado las investigaciones de Duhem sobre los «doctores parisinos» y nos ha presentado una imagen de la figura de Celaya mucho menos distorsionada que la ofrecida por las críticas de los humanistas que se enfrentaron a él en la Universidad y los ácidos comentarios de Joan fuster. En nuestro ámbito, queremos destacar las equilibradas apreciaciones de García Martínez sobre Celaya. Véase García Martínez (1977), pp. 6, 29 y 31.

11 Ciertamente, la lógica escolástica era un auténtico monumento de abstracción, alejado de la vida cotidiana; ahora bien, era análogo, por cierto, a la lógica matemática moderna, que los filósofos angloamericanos han usado para crear la llamada filosofía analítica. Además, partes de esta lógica matemática moderna fueron creadas justamente por aquellos «sumulistas» o «escolásticos degenerados y recalcitrantes», como los llamó Menéndez y Pelayo.

12 Sobre la física y la cosmología de Celaya, véase Duhem (1913), vol. III, especialmente pp. 135-141; Wallace (1981); Navarro Brotons (1983c); Murdoch (1990); López Piñero y Navarro Brotons (1994), Navarro Brotons (2007). Wallace (1981), en particular ha estudiado la transmisión a Italia de las contribuciones de Soto y, por lo tanto, como llegaron a ser conocidas por Galileo. Considera que esto tuvo lugar a través de los profesores españoles que enseñaban en el Colegio Romano, muy especialmente por francisco de Toledo, discípulo de Domingo de Soto. Recordemos que Soto está considerado como el primer autor conocido que interpretó el movimiento de caída como un movimiento uniformemente acelerado.

13 Véase, sobre la cuestión de la forma de la tierra, Randles (1990 y 1994); también Navarro Brotons (2007a).

14 Dullaert (1514). Sobre esta última cuestión, Dullaert se plantea cuál era verdaderamente la opinión de Aristóteles y dice que Alberto de Sajonia, Cayetano y otros afirman que en las versiones antiguas de la obra de Aristóteles quedaría clara la opinión de este que la Vía Láctea no es elemental. Para confirmarlo dice que se puede recurrir a los códices griegos y menciona la opinión del helenista italiano Girolamo Aleandro, que le había traducido el pasaje de Aristóteles en el que al parecer el filósofo griego le atribuía naturaleza elemental. Pero Dullaert le da más crédito a Alberto Magno que no menciona en ningún lugar esa opinión de la Vía Láctea como aristotélica. Finalmente, remite a la autoridad de Ptolomeo, que en el Almagesto, libro 8, cap. 2 (Ptolomeo, Opera quae extant omnia, vol. I, Syntaxis Mathematica, ed. de J. L. Heiberg, Teubner, Leipzig, 1898-1903, vol. I, pp. 170 i ss.; véase la edición inglesa de Toomer, Ptolomeo (1984), p. 400, sobre la Vía Láctea), describe las estrellas recorridas por el cinturón de la Galaxia, que se bifurca en dos. Sobre la edición por Vives de este texto y sus relaciones con Dullaert, véase González González (1987).

15 Del texto de Olesa solo se ha localizado un ejemplar en la Biblioteca Pública de Mallorca. Fue descubierto por López Piñero y García Sevilla (1969). Actualmente hemos concluido un amplio estudio sobre la filosofía natural de Olesa, los primeros resultados del cual los presentamos en López Piñero y Navarro Brotons (1995) y, con más detalle, en Navarro Brotons (2007a). Véase, en el presente libro, el capítulo VI.

16 Núñez (1554). Fue reeditada, junto con las oraciones de bartolomé José Pascual y Juan bautista Monllor, en Juan Núñez et al. (1591). Citamos por esta última edición.

17 Véase barbeito (2000).

18 Uno de los aspectos de las propuestas de Núñez que quiero destacar es su insistencia en incluir en la enseñanza de la filosofía las obras biológicas de Aristóteles y los tratados de Teofrasto sobre las plantas, obras de enorme importancia para la historia de la zoología y la botánica, cuya influencia sobrevivió a la crisis y desplazamiento filosóficas de la física y la cosmología aristotélica por las nuevas corrientes filosóficas y científicas.

19 Núñez (1591), pp. 16-17.

20 He tratado estas cuestiones en el prólogo a Copérnico (2000).

21 Juan Núñez (1991): De Aristotelis doctrina orationes philosophicae trium insignium Valentinorum: Petri Ioannes Nunnesii, Bartholomaei Iosephi Paschali, Joannis Baptistae Monlorii.

22 Véase López Piñero (1999).

23 Véase Navarro Brotons (1999).

24 Luis Vives, De tradendis disciplinis, 4, 5: «De scientiis mathematicis: quot sint, quaeque uniucuiusque materia, qui ad illarum studium idonei, qua methodo, et quibus auctoribus instituendum». Véase Vives (1782-1790), vol. VI, pp. 369-373. Puede verse también, acompañado de traducción catalana y castellana, en Vives (1999).

25 Esteve (1551), fol. 5v.

26 Bou (1553).

27 Sobre Jerónimo Muñoz, véase Navarro Brotons (1981), el estudio preliminar en Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998) y la introducción, junto con Salavert fabiani, en Muñoz (2004).

28 En Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998) puede verse una relación de las obras impresas y manuscritas de Muñoz, y una amplia bibliografía.

29 También explicaba como construir globos terráqueos y celestes y los recursos matemáticos para representar una esfera-la Tierra-en un plano, utilizando diversas proyecciones. Véase Muñoz (2004).

30 Véase Muñoz (2004) y el capítulo XI del presente libro.

31 El manuscrito, titulado Descripción del reino de Valencia, fue publicado por Roque Chabás en El Archivo, vol. IV (1890), pp. 373-388. Una copia se conserva en Toledo, en la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, Osuna, Caja 4207, Documento 1. Debo esta noticia del manuscrito a José María Ortiz de Zárate Laira.

32 Muñoz (1573), p. 25. Una edición facsímil y estudio del Libro de nuevo cometa en Muñoz (1981).

33 La traducción de Lefèvre de la boderie en Muñoz (1574). Sobre Lefèvre de la boderie, véase Secret (1985). Sobre Postel, véase bouwsma (1957), Colloque d’Avranches (1985), Kuntz (1981) y Céard (1977). Sobre la correspondencia de Muñoz, véase Muñoz (1981) y Navaro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998).

34 De los que no aceptaron su interpretación del fenómeno como celeste Muñoz dijo que «no han podido entender lo que con los ojos pudieran ver». Véase Muñoz (1973), f. A 3r. Sobre la metáfora copérnicana, véase De revolutionibus (1543), lib. 1, cap. IX, f. 7v; véase nuestra traducción en Copérnico (2000), p. 32 y nota 74.

35 Véase Nauert (1979 y 1980); french y Greenway, eds. (1986).

36 Sobre los comentarios de autores españoles, véase el estudio preliminar en Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998). Sobre el comentario de Strany, véase ferragut (1993).

37 Vives (1989).

38 Véase Gallego barnes (1979).

39 Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998), p. 292 y ss. (16v.). Los estoicos defendían la doctrina según la cual el cosmos, como un todo ordenado, se destruiría en una enorme conflagración llamada «ekpyrosis», en la que todo se convertiría en fuego y después de la cual el cosmos surgiría de nuevo por un proceso análogo al que había hecho nacer el actual. Para fundamentar esta idea se apoya en lo que dice San Pedro sobre que el mundo se ha de incendiar, así como en las ideas astrológicas según las cuales el mundo se dilata y se contrae según predominen las cualidades cálidas o las frías.

40 Véase la trascripción y traducción de la carta a Reisacherus en Muñoz (1981). Sobre las citas de Muñoz a Plinio, véase Navarro Brotons y Rodríguez Galdeano (1998), pp. 382 y ss. (13v).

41 Los dos manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional de París, el de Saint Clair en lat. 7264 y el de Teófilo de Urbino en lat. 7264. Véase, sobre estos manuscritos, la introducción de Halma en Teón de Alejandría (1821).

42 En efecto, el estudio de la obra de Muñoz ha reforzado la imagen del humanismo científico, lo que ha permitido subrayar lo justo de la crítica a la oposición entre ciencia y humanismo, crítica adelantada por Eugenio Garín, Paul Lawrece Rose y otros; así como también la necesidad de entender el período renacentista como una época bien diferenciada en la historia de la ciencia en el mundo occidental. No olvidemos que Muñoz era profesor de hebreo, experto helenista y matemático, una combinación nada rara en la Europa de la época.

43 Véase López Piñero (1999).

44 Véanse Lohr (1988). Lohr se refiere al trabajo de Gallego Salvadores (1972).

45 Véase Gallego Salvadores (1970 y 1973).

46 J. Teixidor, en sus Memorias de algunos insignes catedráticos de la Universidad de Valencia, ms. 6934 de la Biblioteca Serrano Morales (A.H.M. de Valencia), fols. 18v-19, recoge unas Notas Misceláneas de Diego Mas que incluyen la reseña biográfica de Núñez. Noticia obtenida de barbeito (2000).

47 Además de Wallace (1981), véase Wallace (1984), y los trabajos de este mismo autor reunidos en Wallace (1991).

V. COPÉRNICO EN ESPAÑA. EL CASO DE DIEGO DE ZÚÑIGA

La recepción de la teoría heliocéntrica en los años siguientes a la publicación de De revolutionibus (1543) estuvo condicionada por el contraste entre la audacia de la propuesta de Copérnico y la debilidad o carácter problemático de los argumentos presentados en su apoyo, que tuvieron que confrontar el enorme peso de la filosofía natural aristotélica y la astronomía ptolemaica, junto a los argumentos bíblicos. Para la mayoría de autores de la época, la Biblia continuaba siendo considerada como una autoridad en cuestiones relativas a la naturaleza.1 A todo esto debe añadirse el efecto del prólogo de Osiander, que invitaba al lector a considerar la teoría de Copérnico como una «hipótesis» y no como la verdad acerca del mundo. También debemos considerar la actividad astronómica dentro del contexto socio-institucional de una división disciplinar entre la astronomía y la filosofía natural en el mundo académico de este periodo: la primera ocupada principalmente con problemas técnicos y la segunda con cuestiones propiamente cosmológicas. División reflejada en el status subsidiario, principalmente propedéutico, de la astronomía en las facultades de artes, con la consiguiente limitación de la autonomía intelectual de sus practicantes. Fuera del mundo académico, el cultivo de la astronomía en relación a actividades como la náutica, cartografía, geografía, medicina o problemas calendáricos tenía un carácter aún más marcadamente aplicado o pragmático. En consecuencia, en las décadas centrales del siglo la obra de Copérnico fue evaluada frecuentemente en el marco de una demarcación entre la física de los cielos y la astronomía matemática y su recepción se caracterizó en general por la adopción de técnicas, datos o modelos de De revolutionibus interpretados según un esquema geocéntrico y dejando de lado los aspectos más conflictivos del texto.2

En el siglo XVI, sólo un pequeño número de autores aceptaron la teoría heliocéntrica. Según Westman, este número debe limitarse a diez: Thomas Digges y Thomas Harriot en Inglaterra; Giordano Bruno y Galileo Galilei en Italia; Diego de Zúñiga en España; Simon Stevin en los Países Bajos y, en Alemania, Georg Joachim Rheticus, Michael Maestlin, Chistopher Rothmann y Joahnnes Kepler. Obsérvese que, con la excepción de Rheticus, el floruit de todos estos autores se sitúa después de 1572, el año de la famosa supernova. La «nueva» estrella fue observada por Digges, Maestlin, Muñoz, Brahe y otros autores, iniciándose un debate cosmológico que, sumado a importantes cambios en el papel social del astrónomo y otros factores tales como la debilitación del aristotelismo crearon nuevas condiciones para la discusión y evaluación de la obra de Copérnico. Citando de nuevo a Westman: «While full-scale cosmological debate does not erupt until the 1590’s, by which time the Tychonic system was a serious contender, the lines of battle can already be discerned in the misty intellectual fields of the 1570’s».3 Podemos, por tanto adoptar, a título indicativo, el año de la supernova como un punto de demarcación entre dos periodos en la recepción de la teoría de Copérnico en el siglo XVI.

Conviene señalar, no obstante, que en este debate astronómico y cosmológico del último tercio del siglo XVI, la cuestión del heliocentrismo fue uno de entre una serie de temas relacionados.4 Autores como Jerónimo Muñoz o Tycho Brahe criticaron aspectos fundamentales de la cosmología aristotélica, como la doctrina de las esferas celestes o la radical distinción entre la región sublunar y la celeste, sin adoptar por ello el heliocentrismo.

Entre los autores que aceptaron la teoría de Copérnico en el siglo XVI, según la relación de Westman, solo aparece un español: el fraile agustino, filósofo y teólogo Diego de Zúñiga. Su reputación como seguidor de Copérnico procede principalmente del famoso decreto eclesiástico de 1616 en el que la Inquisición romana condenó la teoría heliocéntrica y ordenó que el De revolutionibus de Copérnico y In Job commentaria de Zúñiga fueran prohibidos hasta su corrección. La prohibición de la obra de Zúñiga se debe a su interpretación del versículo del Libro de Job: Qui commovet terra de loco suo, et columnae eius concutiuntur (conmueve la Tierra de su lugar y hace temblar sus columnas) y a las afirmaciones hechas en relación con dicha interpretación. Según el autor español, la teoría de Copérnico explicaba mejor que las anteriores el movimiento de los planetas y otros fenómenos astronómicos. Asimismo, el movimiento de la Tierra permitía interpretar este oscuro pasaje más satisfactoriamente de como venía declarándose hasta entonces. En suma, en opinión de Zúñiga el movimiento de la Tierra no era incompatible con las Escrituras.

Sin embargo, en una obra posterior titulada Philosophia prima pars (1597), Zúñiga, al ocuparse de la «constitución de todo el universo» desde una perspectiva estrictamente filosófica, llegó a la conclusión de que el movimiento de la Tierra era imposible, «de acuerdo con lo afirmado por Aristóteles y otros astrónomos y filósofos muy expertos».5 El rechazo de la teoría heliocéntrica en el silgo XVI fue la norma y su adopción la excepción. Zúñiga cambió, al parecer, de la aceptación al rechazo.

El propósito de este trabajo es discutir las cuestiones que suscitan estos dos hechos: la defensa del heliocentrismo en In Job Commentaria y el cambio de actitud manifestado en la Philosophia prima pars. Para ello, trataremos de poner en relación estas obras con la biografía intelectual de Zúñiga y con el contexto cultural y científico en el que se produjeron. Pretendemos así aportar algunos datos y consideraciones a la historia, aún en gran medida por escribir, de las ideas astronómicas, filosóficas y cosmológicas en la España del siglo XVI.6

LA RECEPCIÓN DE LA OBRA DE COPÉRNICO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

En la España del siglo XVI, la astronomía se cultivó en relación con la cosmografía (geografía, cartografía y astronomía náutica), la astrología y sus distintas aplicaciones a la medicina, meteorología, agricultura, etc., el cómputo del tiempo y los problemas del calendario, la filosofía natural o cosmología y como disciplina autónoma. La cultivaron cosmógrafos, pilotos, profesores de universidad, humanistas, médicos, clérigos, maestros, funcionarios y algún noble o aristócrata. Las instituciones en las que se impartía enseñanza de la astronomía eran, además de las universidades, la Casa de la Contratación de Sevilla y la llamada Academia de Matemáticas de Madrid, que consistía básicamente en una «cátedra de cosmografía y matemáticas». A ello habría que añadir algunas escuelas de náutica, como la dirigida por Andrés de Poza en San Sebastián.7

En las universidades españolas la enseñanza de la astronomía seguía básicamente el esquema general europeo, es decir, tenía lugar en la facultad de artes y su disciplinar era el de una materia propedéutica. Las Universidades españolas en las que se enseñaba astronomía en el siglo XVI, según nuestros conocimientos, eran Salamanca, Alcalá, Valencia y, al final del siglo, Sevilla. En la primera mitad del siglo la Universidad más destacada en esta materia era la de Salamanca, donde se impartían enseñanzas de matemáticas, astronomía (y astrología) y geografía.8

Las Constituciones Papales de Martín V, aprobadas en 1522, formaban la base legal para la administración de la Universidad de Salamanca. Estas constituciones se fueron complementando y revisando continuamente, para adaptarlas a las cambiantes circunstancias históricas y sociales, por medio de estatutos confeccionados por la propia Universidad bajo la supervisión de los delegados reales o «visitadores». Los estatutos, además de diversas cuestiones administrativas, especificaban las materias a enseñar en las diferentes cátedras y facultades. Los primeros estatutos, aprobados en 1538, recogieron un proyecto anterior de 1529 que establecía, para la enseñanza de las «matemáticas»: «El catedrático de matemáticas leerá aritmética, geometría, astrología, perspectiva, y cosmografía según los oyentes pidieren». En 1561 se elaboraron nuevos estatutos y se introdujo el nombre de Copérnico entre los autores cuyas obras podían utilizarse para la enseñanza de la astronomía, siempre que los estudiantes así lo decidieran, por votación. Dichas constituciones, en lo tocante a «la cátedra de Astrología», rezaban:

1. En la Cáthedra de Astrología, el primer año se lea en los ocho meses Esphera y Theóricas de planetas, y unas Tablas, en la sustitución, Astrolabio.

2. El segundo año, seys libros de Euclides y Arithmética, hasta las raízes cuadradas y cúbicas, y el Almagesto de Ptolomeo, o su Epítome de Monte Regio, o Geber, o Copérnico, al voto de los oyentes; en la sustitución, la Esphera.

3. El tercer año, Cosmographía, o Geographía, un introductorio de Judiciaria y Perspectiva, o un instrumento al voto de los oyentes; en la sustitución lo que pareciere al cathedrático comunicado con el Rector.9

La «sustitución» era una práctica frecuente en la Universidad, y permitía a los que tenían cátedras dotadas y habían leído durante ocho meses continuos o interpolados, el nombramiento de un sustituto, propuesto ad studentium vota, con derecho a percibir una parte del residuo de la dotación. La introducción del nombre de Copérnico en las constituciones se debió principalmente a la intervención activa de los hermanos Aguilera. Juan de Aguilera, catedrático de astrología de 1550 a 1560, fue comisionado por la Universidad para participar en la reorganización de los estudios salmantinos, pero murió antes de que la tarea estuviera acabada. El documento manuscrito original, aprobado rápidamente por el Consejo a instancias del obispo de Covarrubias, lo firmó Felipe II el 15 de octubre de 1561 y fue presentado al Claustro el 26 del mismo mes y año. En esta primera redacción no figuraba Copérnico, ni Geber ni Regiomontano, sino únicamente Sacrobosco y Ptolomeo. En noviembre, el canónigo y maestro Hernando de Aguilera, que sucedió a su hermano en la cátedra de astrología, presentó un recurso contra las lecturas asignadas a esta cátedra, pues no estaban conformes con la relación que él mismo había dado en la fase de elaboración del proyecto. Finalmente, se aprobó el texto que hemos reproducido.10 Pero, ¿se llegó a enseñar efectivamente la obra de Copérnico en Salamanca?, y en caso afirmativo, ¿en qué términos? Para examinar esta cuestión analizaremos brevemente la documentación conocida sobre el particular y las actividades y personalidad de los científicos que desempeñaron la cátedra de astrología, desde la promulgación de estos estatutos hasta principios del siglo XVII.

Juan Aguilera estudió medicina en la Universidad de Salamanca, obteniendo la licenciatura en 1532 y tres años después el doctorado. En 1538 desempeñó la sustitución de la cátedra de astrología de dicha universidad. De 1540 a 1550 residió en Italia, donde atendió como médico a los papas Pablo III y Julio III, relacionándose al propio tiempo con Andrés Laguna y otros españoles residentes en la corte pontificia y en 1545 se reunió con él su hermano Hernando Aguilera. Al parecer, los hermanos Aguilera y sus compatriotas se reunían en el Palazzo Colonna para tratar temas científicos. En este ambiente, Juan Aguilera perfeccionó su tratado sobre el astrolabio y es probable que conociera o discutiera la obra de Copérnico, aunque en dicho tratado no se encuentra ninguna alusión al De revolutionibus.11 Aguilera publicó también una obra sobre el arte de la memoria, siguiendo tanto la tradición retórica como la filosófica.12

Hernando Aguilera regentó la cátedra de astrología desde 1561 hasta 1576. No dejó ninguna obra impresa, pero por los Libros de visitas a cátedras que el rector efectuaba, estudiados por Fernández Álvarez, conocemos, sino exhaustivamente, al menos en gran parte, el contenido de las «lecturas» de Aguilera desde su cátedra: Elementos de Euclides, la Esfera de Sacrobosco, el Almagesto de Ptolomeo (partes de la obra), teóricas de planetas y las Tablas de Alfonso X, astrolabio, Cosmografía de Pedro Apiano y Reiner Gemma Frisius y astrología según Alcabitius. No aparece ninguna referencia a Copérnico. Pero aunque no aparece ni el nombre ni la obra de Copérnico en los informes de las visitas, no se puede desestimar totalmente la posibilidad de que en algunas ocasiones –por ejemplo, al ocuparse de la Esfera y al tratar del lugar y estado de la Tierra, o a propósito de los modelos planetarios–, no se refiriera al De revolutionibus o comentara aspectos particulares de la obra de Copérnico. Por otra parte, la información proporcionada por los Libros de visitas es incompleta. En los cursos 1562-63 y 1563-64, por ejemplo, no hay ninguna referencia a la cátedra de matemáticas y astronomía, precisamente cuando Zúñiga estudiaba en Salamanca.13 Dado que Aguilera no publicó nada y que no hemos encontrado ningún manuscrito de astronomía suyo, la cuestión relativa a su uso de la obra de Copérnico queda abierta.

A Hernando Aguilera le sucedió en la cátedra el valenciano Jerónimo Muñoz, uno de los astrónomos más destacados de la España de la época. Muñoz había sido catedrático de hebreo y matemáticas en la Universidad de Valencia, donde publicó varias obras de astronomía y matemáticas, entre ellas un texto sobre la supernova de 1572, escrito a petición de Felipe II, que fue traducido al francés por Guy Lefèvre de la Boderie, activo miembro del círculo de Guillaume Postel que colaboró en la Biblia Políglota.14 Los trabajos de Muñoz sobre la nueva estrella se difundieron por Europa a través del citado libro y gracias a la correspondencia que mantenía con distintos astrónomos europeos, como el vienés Bartholomaeus Reisacherus y el bohemiano Thaddeus Hagecius, este último corresponsal, a su vez, de Tycho Brahe, a quien le transmitió varias cartas de Muñoz sobre el fenómeno. En estos trabajos, el astrónomo valenciano afirmó claramente el origen celeste del fenómeno y criticó el postulado aristotélico de la incorruptibilidad de los cielos.15 En varias obras manuscritas, que quedaron inéditas, y en su correspondencia Muñoz expuso más ampliamente sus puntos de vista cosmológicos y astronómicos.16 De su lectura se deduce que las ideas cosmológicas de Muñoz eran abiertamente antiaristotélicas y afines a la tradición estoica: la Tierra, para el valenciano, ocupaba el centro del Universo y estaba inmóvil; no había esfera de fuego, ni orbes celestes ni diferencia esencial entre los cielos, a los que consideraba corruptibles, y el mundo sublunar; los planetas se movían por un mar de aire muy enrarecido, como los pájaros por el aire que rodea a la Tierra y los peces en el agua, aire del que estaban impregnadas todas las cosas del mundo. En cuanto a la teoría heliocéntrica, Muñoz la discute tanto en sus Comentarios a Plinio como en las adiciones a su traducción latina de los Comentarios de Teón de Alejandría al Almagesto de Ptolomeo, así como en un tratado de introducción a la astronomía y geografía preparado hacia 1570 para sus clases en Valencia, y trata de refutarla con argumentos astronómicos, inspirados en Ptolomeo y Teón, y ocasionalmente con algún argumento de tipo mecánico (el tiro vertical), pero nunca menciona las Escrituras. En una carta a Hagecius, Muñoz, ante los reproches que le dirigió Hagecius por anteponer Regiomontano a Copérnico y Reinhold, comenta algunos errores y aciertos de Copérnico en los cálculos y determinaciones de los fenómenos celestes y añade que él elogiaba con frecuencia y vehementemente su doctrina. También, que en sus clases de matemáticas en la Universidad de Valencia, que venía impartiendo desde hacía doce años, explicaba la «doctrina» de Erasmus Reinhold y recomendaba la de Regiomontano. Finalmente, confiesa sus reservas sobre las «hipótesis» de Copérnico y añade que las aceptaría si fuesen mejores que las de los antiguos; sobre este asunto, remite a su traducción comentada de los Comentarios de Teón al Almagesto.17

Muñoz se trasladó a Salamanca en 1578, seguramente por la considerable mejora salarial que ello implicaba y acaso también por el prestigio de la cátedra de astrología de aquella Universidad. En las universidades castellanas los sueldos de los catedráticos eran generalmente muy superiores a los de los centros de la Corona de Aragón. Además, a Muñoz, en virtud de su gran prestigio, se le concedió un salario equiparado a las cátedras mejor retribuidas, como las de prima de Cánones o Decreta.18 Según los Libros de visitas, las materias enseñadas por Muñoz en Salamanca entre 1579 y 1587 fueron: aritmética, geometría y perspectiva según Euclides; esfera y proposiciones de Ptolomeo relativas al modo de calcular «la altura del norte»; astrolabio, geografía, náutica, teóricas de planetas y Tablas de Alfonso x; la teoría de Mercurio, pasiones de los planetas y eclipses del Sol y de la Luna según Peurbach.19 Tampoco aquí hay ninguna referencia a Copérnico. Cabe suponer que Muñoz impartiría sus lecciones en Salamanca con criterios parecidos a los empleados en Valencia. Hay que señalar, no obstante, que sus críticas a Aristóteles, expresadas en su tratado sobre la supernova, habían sido motivo de «injurias» dirigidas contra él por «muchos teólogos, filósofos y palaciegos del rey Felipe»; por ello, según su propio testimonio, había decidido no publicar sus restantes trabajos, algunos de los cuales concluyó en Salamanca;20 es posible, pues, que en Salamanca Muñoz se manifestara públicamente con más cautela y reserva en la exposición de sus ideas cosmológicas, aunque varios de sus discípulos siguieron sus enseñanzas.21

Figura 1. El sistema copernicano según Jerónimo Muñoz, en su traducción comentada de los Comenarios de Teón al Almagesto de Ptolomeo (Biblioteca Nacional de Nápoles).

En 1594 se promulgaron nuevos estatutos en la Universidad de Salamanca. En lo relativo a la enseñanza de la astronomía, establecían:

El segundo año se ha del leer sola la Astronomía, comenzando por el Almagesto de Ptolomeo, y aviendo leydo el primero libro, léase el tratado De signis(sic) rectis, el De triangulis rectilineis, y sphereis por Christophoro Clavio, o otro moderno, después de leydo el libro segundo se han de enseñar a hazer las tablas del primer móbil, como son las de las directiones de Joan de Monte Regio, o de Erasmo Reynoldo. Acabado el libro segundo con sus adherentes, léase la theórica del Sol por Purbachio, y luego todo el libro tercero del Almagesto, y luego el uso desto por las tablas del Rey don Alfonso. Lo mismo se haga en los demás libros, leyendo primero la Theórica de Purbachio, después la letra de Ptolomeo, y lo último lo mismo por las tablas del Rey Don Alfonso, y con esta doctrina se enseñen a hazer Ephemérides.

El segundo quadriennio léase a Nicolao Copérnico; y las Tablas plutérnicas (sic por pruténicas) en la forma dada, y en el tercero quadriennio a Ptolomeo, y assí consecutivamente. En la substitución lea la Gnomónica, que es el arte de hazer reloges Solares. El segundo año léase la Geografía de Ptolomeo, y la Cosmographía de Petro Apiano, y arte de hazer mapas, el Astrolabio, el Planispherio de Don Joan de Rojas, el radio Astronómico, la arte de navegar. En la sustitución la arte militar.

El quarto año la esphera y la Astrología judiciaria por el Quadripartito de Ptolomeo, y por Alcabisio corregidos, leyendo primero la introductoria, y luego de Eclipsibus, de cometis de revolutionibus annorum mundi, de nativitatibus, lo que se permite, y de decubitu aegrotantium.

En la sustitución teóricas de Planetas.22

Además de la reglamentación muy detallada, amplia y actualizada, con inclusión de materias relativas a la cartografía y a la náutica, las nuevas constituciones reafirmaban la enseñanza de Copérnico, que no quedaba sometida ya al «voto» de los oyentes. A nuestro juicio, reflejan también en gran medida el resultado de las enseñanzas de Jerónimo Muñoz y sus discípulos. No obstante, tampoco ahora los Libros de visitas nos permiten contestar a la pregunta de si se enseñó efectivamente la teoría de Copérnico. Como ya apuntó Fernández Álvarez, la referencia a Copérnico parece más relacionada con sus modelos, tablas y parámetros que con su sistema, como lo sugiere el que se mencione su nombre junto con las Tablas pruténicas.23 Cabe aventurar, por ello, que se usara el De revolutionibus en términos parecidos a los de los profesores de la Universidad de Wittenberg, es decir, se discutirían los aspectos técnicos de la obra y quizás la teoría heliocéntrica como «hipótesis», manteniéndose el geocentrismo como postulado indiscutible.24

Por otra parte, hacia 1590 y en respuesta a los deseos de Felipe II de que se intensificaran la enseñanza de las disciplinas matemáticas, se ampliaron las enseñanzas de estas materias, dotándose un «partido» de matemáticas para preparar mejor a los estudiantes en las cuestiones básicas necesarias para los estudios de astronomía, geografía y náutica.25 En la carta de Felipe II, en la que se concedía la dotación solicitada por la Universidad, el rey insistía en su necesidad «para que se criasen personas suficientes y áviles ansí para leer la dicha facultad en esa Universidad y para los tener ansí mismo en puertos de mar como en otra cualquiera parte por ser tan necesario y que dello dependía la navegación».26

Después de Muñoz, los autores que desempeñaron la enseñanza de las matemáticas y la astronomía entre 1592 y 1612 fueron dos discípulos suyos: Gabriel Serrano (1590-1598) y Antonio Núñez Zamora (1594-1612). Serrano no publicó ninguna obra y sólo se conserva, de este autor, un manuscrito de astrología, elaborado para sus clases en la Universidad.27 Por otra parte, Serrano mantuvo correspondencia con Clavius. En una carta, recientemente publicada por Ugo Baldini, Serrano elogia la obra científica de Clavius, sobre cuyos progresos le pedía noticias, añadiendo que él la usaba para sus clases.28 El otro autor citado, Núñez Zamora, era médico y fue profesor de medicina, astronomía y filosofía.29 Publicó el pronóstico de un eclipse y un tratado sobre la «nova» de 1604.30 Sus opiniones sobre la «nova», a la que también llamó «cometa», probablemente por influencia de su maestro Muñoz, eran análogas a las de éste, aunque expresadas con más cautela. Zamora, además, se apoya en Clavius para defender que la «nova» es un fenómeno celeste. En el texto hay varias referencias a Copérnico a propósito de diversas cuestiones técnicas, tales como las coordenadas estelares, la precesión de los equinoccios y los «auges» de Saturno, Marte y Júpiter, pero no discute ni menciona la teoría heliocéntrica.

Otro profesor de Salamanca autor de obras de astronomía fue Bartolomé Barrientos, destacado gramático y catedrático de artes, latín y, al parecer, también de matemáticas. Entre sus obras figura un tratado sobre los cometas, en el que se ocupa de la supernova de 1572.31 Barrientos, que sigue la doctrina aristotélica sobre los cometas, considera a la nueva estrella dentro de este tipo de fenómenos. Los datos astronómicos que da son escasos e imprecisos.

Las constituciones de 1625 de la Universidad de Salamanca reprodujeron íntegramente el texto de las anteriores en lo relativo a la «cátedra de matemáticas y astrología», lo que parece apoyar la idea arriba expresada de que la inclusión de Copérnico se refería sólo a los aspectos técnicos de su obra.32

Además de la Universidad de Salamanca, entre los autores españoles que se ocuparon de astronomía y cosmología en otras instituciones y ambientes no hemos encontrado tampoco ninguna defensa de la teoría heliocéntrica hasta el siglo XVII, es decir, ningún copernicano en el sentido pleno de la palabra. Nuestra indagación no es, desde luego, exhaustiva, sobre todo en lo que se refiere a la literatura manuscrita. A pesar de ello, creemos que es bastante representativa de las opiniones de los autores españoles de la época sobre el tema. Resumiremos brevemente los resultados de nuestra encuesta.

Las primeras referencias a Copérnico en relación con el movimiento de la Tierra en la literatura científica y filosófica de la España de la época las hemos encontrado en el Comentario al Timeo de Platón (1554) de Sebastián Fox Morcillo.33 Fox Morcillo dice que Platón, Aristóteles y Ptolomeo y la mayoría de los autores coinciden en asignar el movimiento a los cielos y los prueban con muchos argumentos; no obstante, añade que algunos filósofos poco relevantes (minuti), como el pitagórico Hicetas, en el pasado, y Copérnico, «en esta época» niegan dicho movimiento de los cielos y se lo asignan a la Tierra. En otro lugar de esta obra, al comentar el discutido pasaje del Timeo de Platón: «Construyó la tierra para que sea nodriza nuestra y, por medio de su rotación alrededor del eje que se extiende a través del universo, guardia y artesana de la noche y el día».34 Fox Morcillo lo interpreta, de acuerdo con Proclo, en términos de la firmeza y estabilidad de la Tierra.

Juan Pérez de Moya, prolífico autor de tratados de matemáticas y de divulgación científica que circularon ampliamente en la España de la época, se refiere en sus obras de astronomía al movimiento de la tierra, y expone los argumentos tradicionales, físicos y bíblicos en su contra, pero no menciona a Copérnico.35

Francisco Valles, probablemente la figura de mayor relieve de la medicina española de la época y autor también de tratados de filosofía se ocupó en su obra De sacra Philosophia, liber singularis (Turín, 1587) de la supernova de 1572. Su opinión era que no se trataba de una estrella nueva, sino que estaba en el mismo sitio donde se la había visto desde la creación, no resultando visible hasta entonces por su escasa magnitud; pero gracias a algún cambio en el medio y a que las partes del cielo no son igualmente densas había podido crecer hasta aparecer como una estrella de primera magnitud.36 De este modo, Valles mantenía el dogma de la incorruptibilidad de los cielos en el que creía firmemente. En otros lugares critica la teoría heliocéntrica con argumentos bíblicos, cosmológicos y astronómicos.37

Otro destacado autor español de la época, Pedro Simón Abril, agudo defensor del papel de las matemáticas como fundamento general del saber científico, en un tratado de filosofía natural (c. 1589) que quedó inédito elogió la obra de Copérnico: «Ponen todos los astrónomos la Tierra en el centro del mundo… y salvan las apariencias, y salen los juicios verdaderos. Viene Nicolao Copérnico y trueca la suerte, y hace el Sol centro del mundo, y la Tierra súbela al cuarto cielo y hácela movible, y salva las apariencias, y conforme a este presupuesto hace los mismos juicios y sálenle bien». Considerada, pues, desde el punto de vista técnico y predictivo, Simón Abril sitúa en paridad de hipótesis la teoría ptolemaica y la copernicana. Pero, en lo que atañe a su verdad, se inclina claramente por la teoría tradicional por razones físicas, las de la física de Aristóteles, a quien sigue básicamente en su filosofía.

Francisco Vicente de Tornamira se ocupó de la traducción al castellano del Calendario gregoriano, e introdujo algunas adiciones.38 Publicó además una voluminosa Chronografía y repetorio de los tiempos donde trató de cuestiones de «Cosmographía, Sphera, Theórica de Planetas, Philosophía, Cómputo y Astronomía, donde se conforma la Astrología con la medicina». En la primera parte de la obra, a propósito de las materias relativas a la «Sphera», Tornamira niega la existencia y necesidad de los orbes planetarios, de los que dice son «fingidos y inventados con mucho cuydado y ingenio por los doctos y antiguos Astrólogos junto con el cortamiento de muchas líneas y figuras sólo para darnos a entender y enseñarnos los diversos movimientos…».39 Los planetas, según este autor, se mueven por su propia virtud o fuerza conferida a ello por Dios. Sin embargo, en el resto de la obra, estudia el movimiento planetario según el esquema tradicional y con el recurso de los orbes «para que se entienda su movimiento según la traça y invención de los astrólogos», y añade que todos los « Philósophos antiguos y modernos que han tratado desto tienen por cosa ciertísima que las Estrellas se mueven no por sí mesmas, sino que se mueven al movimiento de sus orbes».40 Por otra parte, mantiene la división aristotélica cielos-mundo sublunar y afirma que la materia celestial es incorruptible y hecha de «quinta esencia». En la parte empírica de la obra, menciona en diversas ocasiones elogiosamente a Copérnico, pero no hay ninguna alusión al movimiento de la Tierra.41

Un autor de gran interés por sus puntos de vista cosmológicos que lo sitúan en la tradición antiaristotélica de Jerónimo Muñoz es el sevillano Diego Pérez de Mesa. Pérez de Mesa estudió en Salamanca, donde fue discípulo de Jerónimo Muñoz, y fue profesor de matemáticas en Alcalá de Henares y en Sevilla. Dejó manuscritos de náutica, astrología y astronomía, entre ellos unos Comentarios de Sphera redactados en Sevilla entre 1596 y 1598 y orientados probablemente a las enseñanzas que autor impartía en aquella ciudad.42 Según este autor la cosmografía es «ciencia casi mixta con la filosofía y por eso averigua muchas cuestiones hermosísimas de la misma filosofía», tales como si hay o no esfera de fuego en el cóncavo de la luna, si es posible que se mueva la Tierra, si se mueven los astros «por sí Solos o juntamente con los orbes, estando fijos en ellos» y si la sustancia del cielo es quinta esencia e incorruptible.43 Seguidamente, en la primera parte de la obra examina y discute con amplitud todas estas cuestiones. Niega que haya esfera de fuego en el cóncavo de la luna y cita en su apoyo, entre otros autores, a Copérnico y a Cardano. Niega también la existencia y necesidad de las esferas celestes, así como la incorruptibilidad de los cielos: «Las estrellas se mueven por sí libremente como peces en el agua o aves en el aire» y «son mixtos como nosotros de purísimas sustancias de los cuatro elementos».44 Entre los argumentos aducidos en favor de la naturaleza corruptible de los cielos y la inexistencia de orbes menciona las observaciones de la supernova de 1572, a la que llama cometa, sin duda bajo la influencia de Jerónimo Muñoz a quien atribuye la obra «Quod non sunt orbis, ad regem Philipum».45 Al tema del movimiento de la Tierra dedica un capítulo entero (el sexto) si bien se refiere aquí únicamente al movimiento de rotación. Para Pérez de Mesa la cuestión no puede decidirse en términos de absoluta certeza, sino tan sólo de posibilidad. Por ello admite como «posible» que la Tierra se mueva (con movimiento de rotación), aunque finalmente concluye que «más posible es que la Tierra esté quieta que no que tenga movimiento». Para fundamentar su conclusión menciona los argumentos tradicionales de Aristóteles y Ptolomeo y el testimonio de las Sagradas escrituras. No obstante también expone las soluciones propuestas por Copérnico a las objeciones clásicas y con ello finaliza el capítulo, con lo que la cuestión queda abierta. En conjunto, la obra de Pérez de Mesa es un buen exponente del estado de profunda crisis en que se encontraba la cosmología tradicional en el último tercio del siglo XVI.46

Los autores vinculados a la Casa de la Contratación y al Consejo de Indias incluían habitualmente en sus tratados sobre el arte de navegar una parte dedicada a la «esfera del mundo» siguiendo básicamente el esquema tradicional. La orientación marcadamente didáctica de este tipo de obras acentuaba su carácter conservador en esta materia. Pero en los aspectos técnicos fueron incorporando progresivamente los progresos realizados en la investigación astronómica a lo largo del siglo. Así, Rodrigo Zamorano, en su Compendio de la arte de navegar, en el prólogo cita a Peurbach, Regiomontano, Werner, Copérnico y Reinhold, a propósito de la oblicuidad de la eclíptica. Pero su exposición de la «esfera» es completamente tradicional.47 En otra obra titulada Cronología y repertorio de la razón de los tiempos, Zamorano cita y utiliza en diversas ocasiones datos procedentes de Copérnico y de las Tablas pruténicas.48 Pero su geocentrismo es palmario y aunque destaca el papel del Sol en el universo, según el gusto de la época, lo sitúa entre los otros planetas y no en el centro del sistema planetario: «está el planeta llamado Sol, que es luz y candela del cielo, governador del mundo, el que haze los tiempos, por quien se mueve naturalmente… Su lugar en el cielo es el quarto, en medio de todos los planetas, como rei sabio».49 Además, Zamorano mantiene la vieja maquinaria de los orbes. A propósito de los cometas, acepta que algunos se «engendran» en el cielo y menciona, en particular, la supernova de 1572, a la que califica de cometa, como era frecuente entre los autores españoles.50

En el ambiente de la corte de Felipe II, el interés por la obra de Copérnico y por su uso en la formación de cosmógrafos queda bien patente en la carta de Juan de Herrera al embajador interino en Venecia, Cristóbal de Salazar, pidiéndole que «si el Copérnico se hubiera traducido en vulgar, se me envíe uno».51 El cosmógrafo mayor del rey y catedrático de matemáticas Andrés García de Céspedes en su Regimiento de navegación, un tratado completo de astronomía práctica y de navegación, se valió para confeccionar sus tablas de las obras de Copérnico, Reinhold y Tycho Brahe, junto a sus propias observaciones.52 Además, dejó manuscritas varias obras de astronomía, entre ellas unas «Teóricas que contienen tres partes: en la primera, las teóricas según la doctrina de Copérnico; en la segunda se declara, según nuestras observaciones, las causas por que van unidos los movimientos del Sol y la Luna, así en Copérnico como en el rey don Alfonso; en la tercera se dice de las estaciones de los planetas, con un tratado de Paralaxis».53

A García de Céspedes le sucedió en el cargo de cosmógrafo mayor Juan Cedillo Díaz, titular también de la cátedra de matemáticas de la corte. Cedillo nació hacia 1560 y estudió, al parecer en la Universidad de Salamanca, alcanzando el doctorado en teología. Dejó numerosos manuscritos de matemáticas y astronomía, entre ellos una Ydea Astronómica de la Fábrica del Mundo y movimiento de los cuerpos celestiales recientemente descubierto por Mariano Esteban Piñeiro y Félix Gómez Crespo y redactado entre 1620 y 1625. Estos autores han puesto de relieve que el manuscrito incluye una traducción parcial, no literal, al castellano del De revolutionibus (los tres primeros libros) de Copérnico con algunas adiciones propias. Cedillo no puso su nombre, ni el de Copérnico, en su texto, sustituyendo los nombres por una N,54 lo que sugiere su indecisión acerca de la publicidad que podría dar a la obra.

El De revolutionibus de Copérnico no fue incluido nunca en los catálogos de autores censurados de los índices inquisitoriales españoles. Sin embargo, ello no quiere decir que la Inquisición española se mostrara indiferente a la condena de la teoría heliocéntrica por la Congregación del Índice. En relación con ello, debe señalarse, en primer lugar, que aunque en el de 1632, editado por el jesuita Juan de Pineda, Copérnico no aparece entre los autores censurados, ello se debió al parecer, a un error. Al menos así lo entendió la Junta reunida para revisar el Índice. Además, aunque no aparece Copérnico en el cuerpo del catálogo, sí que figura en el Index Universalis situado al principio, si bien identificado erróneamente con otro autor, al que se remite. Por otra parte, en dicho catálogo aparecen censurados numerosos autores defensores del heliocentrismo, empezando por Rheticus y acabando por Kepler. Relación que, por supuesto, incluye a Zúñiga, cuyas referencias a la teoría de Copérnico en su obra se mandaron eliminar y así figura en la mayoría de los ejemplares consultados. En las censuras recibidas por Kepler podemos ver ordenado el expurgo de las reiteradas defensas del heliocentrismo en varias de la veintena de obras de este autor que figuran allí.55

Así, la obra de Copérnico circuló libremente por la España del siglo XVI donde sus aspectos técnicos y empíricos fueron altamente apreciados y utilizados por los autores españoles interesados por la astronomía, llegando incluso a figurar entre las obras recomendadas para el estudio de la astronomía en la Universidad de Salamanca. Sin embargo, según el estado actual de nuestros conocimientos, desde 1543 y hasta la condena de la teoría de Copérnico por la Inquisición romana, en 1616, ningún autor español, con la excepción de Zúñiga, del que seguidamente nos ocuparemos, defendió pública e inequívocamente la teoría de Copérnico como expresión de la verdad del Universo. Tras la condena y la publicación del de 1632 y hasta mediados del siglo XVIII ningún autor español pudo defender públicamente la verdad de dicha teoría, sin correr graves riesgos y, según lo que hoy sabemos, ningún autor español la defendió en estos términos.56

LA CARRERA DE DIEGO DE ZÚÑIGA: REFORMA DE LOS ESTUDIOS Y EXÉGESIS BÍBLICA

Diego de Zúñiga –o Diego Rodríguez Arévalo– nació en Salamanca en 1536. Ingresó en la orden agustina a los 15 años. Estudió artes en la Universidad de Salamanca –y quizá filosofía– en los años 1552-55 y teología en la Universidad de Alcalá en los años 1555-58, es decir, en dos de los centros docentes más importantes de la España de la época. Se ordenó sacerdote y abandonó los estudios sin obtener grados. Fue destinado a Valladolid y en 1563-64 lo encontramos de nuevo matriculado en la Universidad de Salamanca. Por causas desconocidas, Zúñiga abandonó de nuevo la Universidad sin obtener los grados, retirándose a su convento de Valladolid.57

En 1568-72, Zúñiga mantuvo relación epistolar con varias personalidades de Roma, en particular con el papa Pío V y con los cardenales Guglielmo Sirleto y Alessandro Crivelli, este último antiguo nuncio en España, por cuya mediación cursó el agustino su correspondencia romana. Su propósito era llamar la atención en Roma hacia sus dotes intelectuales, para conseguir ayuda con la que proseguir y dar a conocer sus estudios: «Con improbo trabajo y máxima diligencia me he dedicado al estudio de las letras, habiendo conseguido aprender bastante bien el latín, griego, hebreo, caldeo e italiano. He abordado todas las artes y ciencias, habiendo logrado dominar las siguientes: dialéctica, retórica, metafísica, física, ética y teología. He leído todos los libros sagrados, por lo menos doce veces, en sus lenguas originales: hebreo, caldeo y griego, utilizando óptimos intérpretes, por lo que me son tan familiares los libros sacros que no existe paso de ellos, esté escrito en hebreo, caldeo o griego, que no explique, sin preparación, de modo que mi explicación no pueda ser censurada por algún varón docto» y más adelante añadía, entre las ciencias por él dominadas, la geometría y la aritmética. Estaba convencido de poseer un ingenio capaz, contando con la ayuda debida y si conseguía alcanzar el sexagésimo año de vida, de explicar toda la Sagrada Escritura con comentarios precisos, muy claros y acomodados a los fieles y de exponer las artes y ciencias de modo que se aprendiesen con más facilidad y quizá mejoradas. Sacaría así las ciencias de las tinieblas de Aristóteles.58

Para probar sus afirmaciones, Zúñiga le propuso al papa que reuniese en Roma a los hombres más ilustres de toda Italia, ante los cuales explicaría cualquier lugar hebreo, caldeo o griego de la Sagrada Escritura, demostraría la falsedad de todas las herejías y respondería a cualquier cuestión relacionada con la dialéctica, retórica, metafísica, ética, geometría y aritmética. El fraile agustino ofrecía, pues, su colaboración en la realización de los ideales de la Iglesia postridentina, con exégesis adecuadas de la Sagrada Escritura, con la defensa del dogma católico contra los herejes y con la reestructuración y reforma de todas las artes, y para ello solicitaba el mecenazgo papal. Ante el requerimiento del papa a que mostrara por escrito sus habilidades, redactó dos textos titulados De optimo genere tradendae totius Philosophiae et Sacrosanctae Scripturae explicandae y De totius Dialecticae constitutione contra Ramum pro Aristotelis, que no tardó en enviar a Roma. Poco después, el cardenal Crivelli le comunicó el deseo del papa de que escribiera un tratado sobre las herejías de su tiempo, deseo que Zúñiga cumplió puntualmente redactando De vera Religione in omnes sui temporis haereticos que dedicó al sumo pontífice. Finalmente, al parecer, no obtuvo el apoyo esperado para su empresa y las obras quedaron inéditas.59

En 1572 Zúñiga se vio envuelto en los debates y conflictos entorno al decreto tridentino sobre la Vulgata y actuó como testigo de la acusación en el proceso seguido contra Fray Luis de León. Los cargos contra Fray Luis eran haber traducido al castellano el Cantar de los Cantares, ser judaizante, preferir los textos originales de la escritura a la Vulgata y ser autor de nuevas y peligrosas teorías.60 Zúñiga declaró ante los inquisidores de Toledo haber oído con cierta prevención algunas apreciaciones de Fray Luis acerca de la Vulgata, y haberle parecido duro y peligroso el que se afirmara que el intérprete de la Vulgata hubiera dejado de comprender en algún pasaje el pensamiento revelado por el Espíritu Santo a los autores sagrados de los santos libros.61 Sin embargo, los puntos de vista de Zúñiga, manifestadas en De optimo genere y en sus obras posteriores, sobre la interpretación de la Biblia eran análogos sino idénticos a los de Fray Luis. En el juicio, Fray Luis, que había leído el manuscrito de la citada obra, lo reclamó insistentemente ante el tribunal de la Inquisición como prueba de la defensa. Luis de León trataba, al parecer, de probar con este documento que Zúñiga había cometido perjurio y que había defendido opiniones análogas a las suyas.62 Efectivamente, Zúñiga, en este escrito había interpretado el decreto del Concilio de Trento, que aprobó la versión latina llamada Vulgata de la Biblia, en el sentido de que esta versión no contenía nada contrario a la fe y la religión. Además, según Zúñiga, debería tratarse de hereje a quien no estimase suficiente la Vulgata para probar todos los misterios de la fe y la religión cristiana y juzgase necesario, para ello, recurrir a las fuentes griegas y hebreas. Pero, por otra parte, Zúñiga observaba que una cosa era discutir sobre la fe y la religión y otra bien distinta hacerlo sobre la interpretación legítima de las Sagradas Escrituras: «Si tratas únicamente de religión, lo encontrarás todo fiel y suficientemente expresado en la edición latina. Pero si aspiras a una interpretación verdadera de las Sagradas Escrituras, te digo que no lo lograrás de manera precisa y perfecta a menos que examines las fuentes hebreas y griegas» y añadía «si valoras la edición Vulgata de modo tan elevado, ya que el sagrado Concilio la aprobó, ¿por qué no estimas más la edición hebrea para el Antiguo Testamento y la griega para el Nuevo Testamento, que fue aprobada por el consentimiento de toda la Iglesia a través de tantos siglos, ya que es de muy alto precio lo que fuera escrito por los autores sagrados a quienes Dios dictó no sólo el sentido, sino también las palabras?».63 Más adelante, indicaba: «El verdadero, legítimo y perfecto intérprete de la Biblia, es el que domina plenamente el hebreo y el griego, no ignora la lengua caldea y sigue y explica la edición Vulgata de la Biblia como lo ordena Trento y el consentimiento de toda la Iglesia, que durante tantos siglos, en sus preces, en los sacramentos y en la celebración de los misterios la ha utilizado». Pero, además, según Zúñiga, el intérprete necesita también el conocimiento de otras muchas ciencias, al menos de la dialéctica, la retórica, la metafísica y la ética, sin excluir la cosmografía, pues debe ser capaz de interpretar la Biblia en su sentido literal y en el alegórico.64 A este último modo lo considera el fundamento mismo de la historia e indispensable para la comprensión adecuada del significado de ciertas expresiones imposibles de aceptar en su sentido directo.65 y en una obra posterior indicaba que las autoridades a quienes correspondiera deberían imponer silencio a los necios clamores con que ciertos teólogos exponían sus inculpaciones duras, temerarias y perjudiciales al recto estudio de la Sagrada Escritura y dañosa al buen nombre de las personas doctas; y no permitir de modo alguno que se tildara de judaizantes o con otros calificativos parecidos a personas que procuraban atenerse, en medio de la justa novedad de sus exposiciones, al sentir infalible de la Iglesia.66

Desde 1573 hasta aproximadamente 1580 Zúñiga ocupó la cátedra de Sagradas Escrituras de la Universidad de Osuna, siendo además nombrado visitador de la Provincia de Andalucía. Al propio tiempo, continuó sus esfuerzos por conseguir apoyo para publicar sus obras, dirigiéndose ahora al rey Felipe II. Durante su estancia en Osuna publicó algunas de sus obras: De vera Religione, que la tenía elaborada en su parte esencial desde 1569 y In Zachariam Prophetam Commentaria (Salamanca, 1577), fruto, esta última, de sus trabajos escolares, como él mismo indica en la dedicatoria. Ambas obras las dedicó al monarca español a quién Zúñiga, con estas realizaciones en su haber, solicitó ayuda para publicar sus comentarios al Libro de Job. Arias Montano, director de la Biblioteca del Escorial y consejero del rey, recomendó se le diera un donativo de 300 ducados, añadiendo que no convenía que la obra apareciera publicada como «por orden y en nombre de Vuestra Magestad».67 Montano, supervisor de la Biblia Políglota, no debía de tener simpatía por Zúñiga, ya que éste había sido el causante indirecto de su arresto e interrogatorio por la Inquisición en 1559 y, en parte, de su implicación en el juicio de Fray Luis de León.68 En 1579 Zúñiga obtuvo en Toledo la aprobación para publicar In Job commentaria, que apareció en esta misma ciudad en 1584, siendo reimpresa en Roma en 1591. Es probable que esta obra fuese también resultado de sus tareas docentes en Osuna, ya que la concluyó cuando aún regentaba la cátedra de Sagradas Escrituras.69

La última etapa de su vida la pasó Zúñiga en Toledo. En 1586 le escribió al secretario del rey Mateo Vázquez, explicándole la buena acogida que había tenido su libro, dedicado al rey Felipe II, pese a lo cual había hecho un alto en sus estudios «porque he llegado a punto de donde por mi pobreza no puedo pasar». Asimismo, le contaba al secretario real que ahora se dedicaba a la música y a la pintura, actividad esta última en la que había avanzado muchísimo, siendo su labor elogiada por los pintores, «y uno de ellos el Griego, que no pueden creer sino que sea milagro y cosa prodigiosa».70 Ignoramos el éxito que tuvieron los nuevos esfuerzos de Zúñiga por encontrar apoyo para proseguir sus proyectos intelectuales. Su última obra publicada, la Philosophia prima pars, apareció en 1597 con una dedicatoria al Papa Clemente VIII. El que la dedicase al Papa sugiere nuevas relaciones de Zúñiga con la curia pontificia, o al menos nuevos esfuerzos del agustino para obtener su apoyo y reconocimiento. Allí se había publicado en 1591 la segunda edición de los Comentarios a Job, dedicada a Gregorio XIV, aunque la dedicatoria la firma el editor Zannetti, mientras que la primera edición fue dedicada, como hemos dicho, a Felipe II. Tampoco sabemos si desarrolló otras actividades, ya que sólo conocemos los distintos cargos oficiales ejercitados en la Provincia. Zúñiga murió en Toledo hacia 1600.71

LOS COMENTARIOS A JOB DE ZÚÑIGA: LA RECONCILIACIÓN DEL MOVIMIENTO DE LA TIERRA CON LA BIBLIA

Como hemos indicado, Zúñiga aplicó sus criterios exegéticos en dos obras, Comentarios a Zacarias y Comentarios a Job. En esta última figura el famoso pasaje mandado expurgar por la Inquisición romana en 1616, que reproducimos íntegramente: «Conmueve la Tierra de su lugar y hace temblar sus columnas…».

«Ofrece otro efecto de Dios para demostrar su sumo poder y su infinita sabiduría. Parece que este difícil texto puede aclararse con la doctrina de los pitagóricos que afirman que la Tierra se mueve por su naturaleza y que de otra forma no pueden explicarse los movimientos de los astros, tan diferentes en su lentitud o celeridad. Según dice Plutarco en su libro De placitis Philosophorum72 dicha doctrina la defendieron Filolao y Heráclides de Ponto, a los que siguió Numa Pompilio y, lo que es más notable, Platón, el divino anciano, afirmó que juzgaba muy absurdo lo contrario, como narra Plutarco en su Numa. Hipócrates, por su parte, dice en su libro De flatibus que el aire es el vehículo de la Tierra. En nuestro tiempo, Copérnico ha expuesto el curso de los planetas de acuerdo con esta doctrina. No cabe duda de que con su teoría las posiciones de los planetas se explican mucho mejor y de modo más cierto que con el Almagesto de Ptolomeo y con las opiniones de otros autores. Ptolomeo, en efecto, no podía explicar el movimiento de los puntos equinocciales, ni presentar un comienzo del año cierto y estable, como él mismo lo reconoce en el segundo capítulo de la tercera parte del Almagesto, donde deja este problema para que en el futuro lo resuelvan los astrónomos que puedan comparar observaciones separadas de mayores intervalos que las suyas. Aunque los Alfonsinos y Tābit ben Qurra intentaron explicarlo, no consta que lo consiguieran. Las posiciones de los Alfonsinos se contradicen entre sí, como prueba Ricius. La Solución de Tābit ben Qurra, aunque es más ingeniosa y ofrece un comienzo del año estable, como deseaba Ptolomeo, implica sin embargo una precesión de los equinoccios más amplia de la que éste aceptaba como posible. Además, nosotros sabemos que el Sol está más de cuarenta mil estadios más cercano de lo que antiguamente se creía, y ni Ptolomeo ni los demás astrónomos conocieron la razón de dicho movimiento. Por el contrario, Copérnico expone y demuestra de forma muy convincente las explicaciones de estos problemas con el movimiento de la Tierra, concordando todos los demás fenómenos de modo más satisfactorio. Su teoría no contradice en absoluto lo que Salomón afirma en el Eclesiastés: «la Tierra permanece eternamente». Ello sólo significa que, aunque se sucedan en la Tierra varias épocas y varias generaciones de hombres, la Tierra sigue siendo la misma y no cambia. Dice, en efecto, la frase: «Una generación se va y otra generación viene, más la Tierra eternamente permanece». El contexto no resulta coherente si se tratara de la Tierra inmóvil, como afirman los filósofos. No existe tampoco contradicción porque en este capítulo del Eclesiastés y en otros muchos de las Sagradas Escrituras se hable del movimiento del Sol y Copérnico lo considere el centro inmóvil del universo, puesto que en las obras del mismo Copérnico y en las de sus seguidores el movimiento de la Tierra se atribuye al Sol, y no hay pasaje alguno en las Sagradas Escrituras que diga tan claramente que la Tierra no se mueve como éste afirma que se mueve. Según esta doctrina, el pasaje del que tratamos se explica fácilmente para mostrar el maravilloso poder y sabiduría de Dios que pone en movimiento y guía a toda la Tierra, aunque ésta es, por naturaleza, pesadísima. El pasaje dice «y hace temblar sus columnas», para dar a entender que la Tierra, según la doctrina supuesta, es movida de sus fundamentos. Para los que no les parezca probada esta doctrina de los filósofos antiguos y contemporáneos, este pasaje puede adaptarse también a los terremotos por los que la Tierra es a veces sacudida, si bien la interpretación es menos feliz. O más bien que signifique la máxima reverencia que la Tierra muestra a Dios y el temor con el que lo venera y obedece sus órdenes de modo que a una señal suya tiemble y se disgregue…».73

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