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HEGEL

HEGEL

Lo real y lo racional

Víctor Gómez Pin


Hegel

© Víctor Gómez Pin, 2015

© de esta edición, Shackleton Books, S.L., 2021


@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño de tripa y maquetación (edición papel): Kira Riera

Composición ebook: Iglú ebooks

© Fotografías: Todas las imágenes de este volumen son de dominio público.

ISBN: 978-84-1361-075-7

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

A través de Ramón Valls y Javier Echeverría, Hegel y Leibniz cimentaron un proyecto filosófico en la colina de Zorroaga en Euskal Herria. Mi recuerdo agradecido.

En la contradicció, en Josep Florit era un aferrall.

In Memoriam

Índice

Prólogo

La filosofía ajusta cuentas

El lecho de Procusto

El perro muerto

El perro muerto abre un ojo…

Hegel espera en la esquina

La filosofía ajusta cuentas… consigo misma

La razón y sus epifanías

El individuo Hegel busca su razón de ser

La necesidad racional fundamenta tanto la ley natural como el orden social

Entender y razonar

Batalla de Jena: el primer fin de la historia

El filósofo

La significación del cristianismo

Cuando sucumbe el monarca…

El precio de ser

Prioridad ontológica de la escisión

La identidad supone diferencia

La desigualdad supone contradicción

De Platón a Kant: cuando la contradicción está en la idea

La dureza del pensar: cuando la contradicción legisla en el método

El precio de la libertad

Contradicción y conflicto: el paradigma amo-esclavo

Destinos del esclavo: la liberación imaginaria

Destinos del esclavo: la conciencia afligida

«La ternura común por las cosas»

De la conciencia afligida a la razón

Filosofía y libertad

Epílogo: por qué Hegel

Apéndices

Prólogo

Un importante filósofo español explicaba con cierta guasa su desconcierto cuando, al inicio de unos estudios de filosofía tan brillantes como iconoclastas, decidió con un compañero leer al alimón la obra más conocida de Hegel, la Fenomenología del espíritu. Al cabo de unas horas de lucha con la primera página, ambos pidieron auxilio, en razón no ya de la dificultad para seguir la argumentación, sino para enterarse de qué diablos hablaba el autor en esas primeras líneas de su obra.

Hegel es ciertamente arduo, y su estilo, desde luego, poco cartesiano. Sin embargo, la dificultad mayor a la hora de tratar con él —y no solo de iniciarse en su lectura— es una inevitable escisión interna. No cabe leer a Hegel de una manera distanciada o fría, como quien simplemente desea enterarse de qué dice un autor, postergando hasta entonces su juicio sobre el mismo. Sin una disposición favorable y, me atrevería a decir, entusiasta, los textos de Hegel (sobre todo el texto central llamado Ciencia de la lógica) creo que son literalmente imposibles de soportar. Pero al mismo tiempo, la lectura se ve constantemente perturbada por una sombra de sospecha sobre la legitimidad no ya de algunas de las proposiciones que el autor va avanzando, sino del tortuoso camino que nos conduce hasta ellas. En el primer capítulo de este pequeño libro veremos que, en esta disposición ambivalente, la desconfianza ha acabado muchas veces por imponerse, de tal manera que algunos de los más distinguidos lectores de Hegel llegaron a convertirse en sus más acerbos críticos.

Pero entonces, simplemente, ¿por qué Hegel? ¿Qué capacidad tiene una reflexión sobre Hegel de incidir en el pensamiento de nuestro tiempo? ¿Qué capacidad tiene Hegel, por otro lado, de transformar a la persona que reflexiona sobre su pensamiento? Ambos interrogantes son preliminares inevitables de toda propuesta de aproximación a un filósofo. Pues no hay filosofía que no tenga que vérselas ante esta suerte de tribunal. Todo aquel que se abre a la filosofía abriga unas expectativas que el propio discurso filosófico puede, eventualmente, ser el primero en defraudar.

Este libro, cuyo objetivo es animar a introducirse en el pensamiento de Hegel, o al menos a provocar una cierta curiosidad por el autor, no está escrito por un «hegeliano», ni tampoco por un detractor del pensamiento hegeliano, sino simplemente por alguien que pasó por Hegel y atravesó la obra fundamental de su sistema, la llamada Ciencia de la lógica. Pasó por Hegel casi sin poder evitarlo, me atrevería a decir, y con la misma necesidad se distanció de él (en este caso, sin acritud). Un alejamiento que quizá fue inducido por el mismo Hegel, respondiendo a la exigencia de adentrarse en filosofías no solo diferentes de la hegeliana, sino opuestas a esta, e incluso en contradicción con ella, pero casi nunca meramente indiferentes al problema que el hegelianismo plantea.


Retrato de Hegel realizado por Jacob Schlesinger en 1831, el año de la muerte del filósofo.

Los dos jóvenes filósofos a los que antes me refería, se hallaron descorazonados por la dificultad de saber de qué hablaba el pensador, pero se esforzaron por intentar saberlo, en razón sin duda del prestigio del que gozaba la filosofía hegeliana medio siglo atrás; un prestigio proporcional a la evocada irritación que ya entonces generaba. Hoy, quizá, ni lo uno ni lo otro. Muchas cosas han pasado, tanto en el terreno del pensamiento filosófico y científico, como en el terreno económico y político. Ahora relegado al armario de los pensadores calificados de «oscuros», y objeto de la erudición académica, veremos sin embargo que es propio de Hegel esperarte en la esquina de lo que creías que era ya camino propio.

Fuera del estricto marco de la filosofía, hay hechos nuevos y relevantes que podrían contribuir a un nuevo renacer del filósofo alemán. Entre ellos, sin duda, la agudización de las contradicciones sociales en los países europeos y, en consecuencia, el retorno del pensamiento de Karl Marx, tan directamente marcado en aspectos esenciales por Hegel (su método «dialéctico» posiblemente sea de nuevo una referencia para quien intenta reflexionar sobre las polaridades y las contradicciones de la sociedad en la que vivimos).

Pero a la par, y quizá como razón principal de su interés político, Hegel sigue siendo un reto propiamente filosófico. Es cierto que nunca le han faltado apologistas que lo erigen en un pensador nuclear e imprescindible, y desde luego Hegel nunca ha dejado de estar presente en la manera misma de iniciar en la filosofía a los estudiantes, o al menos en la historia de la disciplina: las opiniones de un pensador son presentadas frente a las de otro que parece superarlas, pero no privarlas de legitimidad, lo cual, como veremos, es la esencia de la dialéctica hegeliana. No obstante, el interés filosófico de Hegel va desde luego más allá del estricto marco de la filosofía académica y la docencia de la disciplina.

Ante todo, la filosofía es una determinada actitud en relación con el entorno natural y con el ser de razón que es testigo del mismo. Esta actitud no puede mantenerse largo tiempo sin una profunda convicción sobre la grandeza de la propia disciplina, en la que se vería la mayor expresión de una suerte de potencia redentora de la razón y la palabra. Pues bien, Hegel representa un momento álgido en esta convicción y en esta apuesta.

El problema para nuestro filósofo hoy es que el hegelianismo no es la infancia de la filosofía, sino que más bien se autoproclama como el destino final de la misma. Pero al igual que se loa en el adolescente el entusiasmo vital que uno ya siente perdido en su interior, se repudia tal entusiasmo en quien, hombre asentado y maduro, se considera que habría de dar muestras de ataraxia.

El tan racional Hegel nunca respondió a la imagen de quien aleja su pensamiento de las pasiones. No lo hizo en la noche que precedía la batalla de Jena cuando, al tiempo que se jugaba el destino político de Europa, escribía las líneas finales de la Fenomenología, las que abrían paso a lo que a su juicio sería el saber absoluto (aunque Pinkard, autor de una biografía de Hegel, sugiere que quizá no fuera exacta la fecha de finalización del libro).1 No lo hizo tampoco en su exaltado discurso sobre el papel de la filosofía cuando tomó posesión de su cátedra en Berlín. Y ni siquiera cuando, días antes de ser víctima del cólera que asolaba la capital de Prusia, dio sus lecciones en la universidad y preparó un nuevo prólogo para su obra más abstracta y en la que reside la clave de su sistema.

Guardar una fidelidad exclusiva a un filósofo es quizá traicionar el espíritu mismo de la filosofía. Esto es especialmente cierto si se trata de un filósofo que se considera forjador de un sistema que daría cuenta exhaustiva del mundo y del papel del hombre en él, lo cual puede parecer hoy una idea que roza el disparate. Y, no obstante, hay al menos un aspecto en Hegel al que la disposición filosófica no puede nunca renunciar, a saber, precisamente, la tendencia del pensador a no disociar la filosofía de las circunstancias sociales y políticas que harían de ella algo más que una práctica de sujetos individuales, la cual en última instancia solo les concerniría a ellos. La filosofía, una disciplina que concierne a todos, es para Hegel el mayor indicio de que se ha alcanzado colectivamente un alto grado de realización de los objetivos más genuinos de los seres de razón. Que así sea o no, será precisamente objeto de reflexión en las siguientes páginas, lo cual dará ocasión de volver sobre las líneas con las que cierro este prólogo: «Circunstancias nuevas han aparecido gracias a las cuales cabe esperar que la filosofía, ciencia casi condenada al silencio, alce de nuevo su voz».

La filosofía ajusta cuentas
El lecho de Procusto

El primero de enero de 1801, el astrónomo Giuseppe Piazzi, mientras estudiaba la constelación de Tauro en el observatorio astronómico de Palermo, descubrió un astro no conocido cuyo desplazamiento se dedicó a seguir durante días. Sus cuidadosas notas sobre el nuevo cuerpo celeste fueron enviadas a Carl Friedrich Gauss, conocido como el «príncipe de las matemáticas», que ese mismo año había predicho la órbita de Ceres; este planeta, que toma el nombre de la diosa romana de la cosecha y la fertilidad, es el más pequeño de la órbita solar y se ubica entre Marte y Júpiter.

Aunque el descubrimiento de Ceres se debiera al azar, las especulaciones sobre la existencia de un planeta con las características de Ceres, y situado precisamente en ese punto, venían de lejos. Avanzada por Johann Elert Bode en 1768, la hipótesis había ganado adeptos con el descubrimiento de Urano en 1781. En suma, la existencia o no de un nuevo cuerpo planetario ubicado ente Marte y Júpiter era objeto de debate entre astrónomos y matemáticos de varios países a finales del siglo XVIII, un debate que el hallazgo de Piazzi zanjó, al menos en el registro de la ciencia positiva…

La ciudad alemana de Jena había sido el núcleo de la ortodoxia luterana y su universidad gozaba de un gran reconocimiento desde el siglo XVI (a principios del XVIII llegó a ser la más grande de Alemania). Tras un cierto período de decadencia, renació bajo el impulso de Goethe, ministro entonces del monarca ilustrado Carlos Augusto. En 1789 se incorporó Friedrich Schiller; en 1794, Johann Gottlieb Fichte; en 1798, Friedrich Schelling, y en 1801, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, conocido hasta entonces como discípulo del anterior, con quien había compartido escolaridad en el seminario protestante de Tubinga.

A Hegel lo habían contratado como docente asociado con un sueldo muy bajo, y dio su primer curso en octubre de ese mismo año, 1801. Antes había publicado su primera obra, Diferencia entre los sistemas filosóficos de Fichte y Schelling, y presentado su tesis de habilitación. Bajo el título De orbitis planetarum, Hegel sostenía, en el marco de una formidable diatriba antinewtoniana, que entre Marte y Júpiter no había un tercer planeta…

¿Estamos ante dos conjeturas científicas diferentes, una de las cuales, eventualmente sustentada en una mejor información, coincidía con los hechos experimentales, mientras que la otra reconocía que, por desgracia, estos hechos no le habían dado la razón? ¿Supuso tal desdichada circunstancia que esa tesis de habilitación del candidato fuera repudiada por la comunidad universitaria, y el «habilitado», destituido de sus funciones? ¿O quizá este, aceptando humildemente su error, pidió que se le diera una nueva oportunidad, que le fue concedida, a fin de realizar investigaciones sometidas en su mayoría a una confrontación empírica y a un criterio racional? Nada de eso.

En De orbitis planetarum, Hegel sostenía que no había ningún planeta entre Júpiter y Marte, basándose en que la lista de distancias entre planetas que él había establecido a priori hacía imposible que se diera el caso. Para Hegel, la serie numérica de carácter semiempírico conocida como la ley de Bode-Titus, que había conducido a la previsión confirmada por los hechos, no podía ponerse a idéntica altura que la serie numérica que él mismo avanzaba y que respondía a las exigencias de una racionalidad pura.

Dotado de buena voluntad más que de un deseo de defensa a ultranza, algún intérprete ha llegado a sugerir que un hecho nunca puede servir de argumento para desmantelar una teoría que establece precisamente qué es un hecho y qué tiene derecho a ser calificado como tal: «¿Qué hechos inscritos en la historia de las ciencias, de las culturas, de los pueblos, pueden ser contrapuestos a una teoría —a un orden fundado del discurso— que establece precisamente aquello que tiene derecho a ser considerado como un hecho?».2

No será este el único ejemplo que desde ahora puede llevar al lector a preguntarse: ¿en razón de qué voy a ocuparme de alguien así? ¿Qué interés tiene un tipo que mide los avances de la ciencia en función de si se adecuan o no a sus propias construcciones?

El hijo de Poseidón, Damastes, convertido en posadero de la ciudad de Eleusis, fue apodado «el estirador» (Procusto) a raíz del curioso método que tenía para conseguir que, fuera cual fuese el tamaño de su huésped, se ajustara exactamente a las medidas de su lecho de hierro: si su estatura era baja, le estiraba las piernas hasta deformárselas, y si era demasiado alto, le cortaba desde los pies la parte que sobresaliese. Si, además, añadimos que el tamaño del lecho estaba trucado, para que nadie se ajustara exactamente al mismo, tenemos la característica del sistema hegeliano: ningún dato concuerda con el sistema, y, sin embargo, se lo fuerza a fin de que acabe encajando.

En su Historia de la filosofía occidental,3 Bertrand Russell nos presenta a un Hegel que, entre otras cosas, habría cometido el pecado no ya de apartarse del empirismo, sino de dejar de lado (cuando no, pura y simplemente, despreciar) el sentido común, eso de lo que todos seríamos partícipes, según Descartes;4 un sentido común que el pensador francés valoraba (menos, probablemente, de lo que podría parecer de entrada), pero que Hegel consideraba no solo insuficiente, sino incluso nocivo si se trata de… filosofía, es decir, algo que exige un esfuerzo extenuante.

Además de oscuro, para Russell, Hegel sería casi el paradigma de una suerte de ebriedad conceptual que se jalea a sí misma; un delirio constructivo que carece de todo arraigo en la empiria, de toda confrontación real con los fenómenos y, en consecuencia, en las antípodas de la sobria contención que sería la marca de la ciencia. En boca de Russell, la denuncia no deja sin embargo de ser ambigua, cuando escribe que Hegel sería «el más difícil de entender de entre los grandes filósofos», aunque ciertamente la oscuridad prime sobre la grandeza. Russell parecía considerar como un período de adolescencia filosófica los años en que cabría empatizar con la filosofía hegeliana.

El perro muerto

No obstante, los enemigos de Hegel no solo se cuentan entre los adversarios del apriorismo. Cuando hace medio siglo el hegelianismo tenía ilustres defensores en Francia y en Alemania (en este caso, a veces por contagio desde el país vecino), la filosofía conocida bajo la denominación algo reduccionista de «positivismo lógico», más o menos inspirada en el filósofo Rudolf Carnap, abominaba de todo discurso con pretensiones de conocimiento que no luchara contra los equívocos que forman parte del lenguaje natural, y que obviamente (tratándose de conocer) pueden dar margen a multitud de confusiones. En consecuencia, habría que repudiar el hegelianismo, pues, como veremos, la obra central del sistema de Hegel, la llamada Ciencia de la lógica, lejos de huir de la equivocidad, hace de esta la expresión misma del motor de la razón, su engranaje intrínseco, que consiste en que todo lo que se afirma está llamado a diversificarse, oponerse a sí mismo y, finalmente, entrar en contradicción.

Si nos remontamos en el tiempo, aun asumiendo la paternidad hegeliana de su método dialéctico, y contando su Ciencia de la lógica con fervientes admiradores entre sus filas (tal era el caso de Lenin), el marxismo ponía el énfasis más bien en el carácter idealista de la filosofía hegeliana y, en consecuencia, proclamaba la imperiosa necesidad de realizar una inversión materialista que pondría las cosas en su sitio.

En cuanto al pensamiento que se reclama de Nietzsche, filósofo implacable con las actitudes genuflexas ante las convenciones establecidas, y quien, desde hace al menos medio siglo, parece encarnar al moralizador que marcaría todo espíritu inconformista, se complacía en presentar a Hegel como el artífice de una suerte de muralla, que protege precisamente los valores asentados, frente a la tentativa de demolición que se concreta en textos como la Genealogía de la moral.

Schopenhauer no solo se mostraba atónito ante la influencia de la filosofía hegeliana (de la que se declaraba enemigo), sino que además atribuía al propio Hegel una voluntad de mistificación. Por así decirlo, Hegel sería un corruptor del pensamiento, plenamente consciente de lo que estaba realizando.

Kierkegaard, por el contrario, parecía estimar que nuestro filósofo se encontraba realmente confundido con sus reflexiones (una suerte de Sancho Panza gobernador de la Barataria del concepto); por tanto, en lugar de sentimiento de impostura, la figura de Hegel generaría más bien hilaridad. «Todo cuanto se necesita para leer a Hegel es un sólido sentido común, una brizna de humor y algo de ataraxia griega», llegó a escribir el pensador danés.

No menos corrosivos se muestran algunos críticos respecto al relente de religiosidad que escondería este radicalismo idealista. Así, aunque Hegel afirme en sus Lecciones sobre la historia universal que el «Espíritu del mundo» nada tiene que ver con la idea de Dios, Roger Kimball5 cita párrafos de esa obra en los que la razón como substancia y poder infinito de toda vida espiritual y material se presenta como «la Verdad, lo Eterno, el Poder absoluto, cuya gloria y majestad se manifiestan para sí misma en el mundo», para luego concluir socarronamente: «Amén».

Las críticas más sarcásticas contra la filosofía hegeliana las ha provocado su exacerbado idealismo. Convencidos de que la filosofía nunca debe separarse del sentido común, ciertos autores han considerado que la lucha contra la deriva idealista constituye casi un imperativo. En esta idea confluyen posiciones no solo diversas sino a veces antitéticas, desde cierto marxismo que en la expresión «materialismo dialéctico» hace hincapié sobre todo en el peso del primer término, hasta un pragmatismo que, de alguna manera, más que oponerse al idealismo, se opone en general a la disposición filosófica. En este punto, el ataque a Hegel a veces es una especie de pretexto para arremeter contra la corriente filosófica llamada «neokantismo».

En un ensayo que lleva el significativo título de Idealism: A Victorian Horror, David Sove presenta de forma caricaturesca la posición hegeliana. Esta consistiría en incitar al lector a poner entre paréntesis su juicio fiel al sentido común para, a continuación, convencerle de que las cosas no serían sin el pensamiento de las cosas, y, por último, conferir grandilocuencia a esta posición, aseverando que este pensamiento no se reduciría a la mera subjetividad sino que se trataría del pensamiento común, coral, colectivo, absoluto.

En vista de lo anterior, no es de extrañar que cuando el filósofo catalán Ramón Valls Plana iniciaba una conferencia en un congreso filosófico-científico en torno a la evolución del concepto de naturaleza, al anunciar que su intervención se apoyaría en Hegel, añadiera: «Hoy, el perro muerto de la filosofía». Tremenda metáfora en boca de alguien a quien debemos el más claro e incisivo libro que se haya escrito sobre la hegeliana Fenomenología del espíritu, el que algunos consideraban «Aristóteles de los nuevos tiempos», quedaba homologado a un despojo en la cuneta que los viandantes evitan por los olores fétidos que desprende o que acabará desprendiendo. La anécdota data de hace quince años y el llorado intérprete de Hegel sabía perfectamente que, en un contexto donde participaban no solo filósofos de la ciencia sino también eminentes científicos, evocar la filosofía de la naturaleza del idealista alemán constituía casi una provocación.

El perro muerto abre un ojo…

Hace medio siglo, René Cresson, excelente profesor de filosofía en un instituto francés, describía a un viajero que, fascinado, percibe en la lejanía las torres simétricas de una catedral gótica y que, al aproximarse, descubre con tristeza que los sólidos muros eran tan solo decorados ensamblados con ingeniosos recursos de teatro de ópera. Al igual que la víctima de este espejismo de la catedral, tantos lectores de Hegel —en su día deslumbrados por su sistema— acabarían siendo alérgicos al nombre mismo del pensador. De ahí la metáfora del animal contaminante al que conviene no aproximarse.

Desde la perspectiva de sus detractores, las únicas razones para incitar a la lectura de Hegel serían casi profilácticas: leer a Hegel, viene a indicar Bertrand Russell, podría constituir una suerte de vacuna para inmunizarse contra una determinada práctica de la filosofía. La auténtica ascesis que supone la inmersión en la Fenomenología del espíritu y, sobre todo, en la Ciencia de la lógica, supone apostar realmente por encontrar allí el absoluto desplegándose; sin embargo, tras la inevitable decepción, el espíritu quedará prevenido para siempre y jamás abrazará aquello que no haya pasado antes la prueba de la confrontación, ya sea con la realidad empírica o con postulados y axiomas lógicos compartidos por la comunidad filosófica y científica. «Al igual que los médicos aprenden cantidad de cosas sobre la salud estudiando enfermedades, así podemos también nosotros aprender mucho en cuestión de salud filosófica estudiando a Hegel», escribe un comentarista particularmente ácido,6 quien se complace en citar a Santayana, para quien Hegel sería el caso paradigmático de egotismo, que consiste en conciliar las cosas a las palabras y no al revés («making things conform to words, no words to things» véase el recuadro siguiente).

El solemne sofista

Cuando hablamos de egotismo, ¿es necesario referirse a Hegel? El tono de este filósofo, especialmente en sus escritos finales, estaba lleno de desprecio por todo lo que pareciera subjetivo: el punto de vista del individuo, sus opiniones y deseos, eran considerados irrelevantes, salvo que hubieran sido en concordancia con la marca providencial de acontecimientos e ideas en el mundo con peso. Este realismo pleno de acritud era sin embargo idealista en el sentido de que la substancia del mundo era concebida no como algo material sino conceptual, una ley de la lógica que animaba los fenómenos. El mundo era como un enigma o la proclama de un confuso oráculo; y la solución del puzzle residiría en la romántica idea de la inestabilidad o contradicción interna de cada finita forma de ser, inestabilidad que la obligaría a convertirse en una cosa diferente. La dirección de este movimiento podría ser comprendida en virtud de una suerte de dialéctica vital o de dramática necesidad inherente a nuestra propia reflexión. Hegel era un solemne sofista: hacía del discurso la clave de la realidad.7

Este perro muerto tiene, sin embargo, una rara característica, a saber, que su entierro entre pestilencias se repite cíclicamente. Pues, en efecto, nuestra víctima de la peste ha tenido múltiples renacimientos, sin excluir que el momento que vivimos sea uno de ellos.

Ciertamente, la forzada respuesta del hegeliano al penoso episodio del planeta Ceres (un hecho no puede quitar legitimidad a una teoría que fija precisamente en qué consiste ese hecho), la pretensión misma de forjar un armazón especulativo sin tener en cuenta la presión de los fenómenos, los cuales después, solo después, son insertados con o sin calzador, hará sonreír a todo espíritu respetuoso no ya de la ciencia sino de la sensatez.

Pero un abogado no dogmático de Hegel podría sostener, con algún atisbo de razón, que un caso exagerado de construcción apriorística no deslegitima la idea general de que una hipótesis científica no se mide nunca a un hecho natural puro, sino a algo ya empapado por una red de conceptos que lo identifican como planeta, molécula o silla. De tal manera que la presencia de Ceres invalida sin duda el De orbitis planetarum, pero no debe impedir a Hegel sostener que todo lo que se muestra al hombre supone —sea o no consciente el propio sujeto— un cúmulo de conceptos, categorías y principios reguladores de los mismos. Y si este entramado que empapa los objetos no pudiera reducirse a experiencia (aunque, por decirlo como Kant, solo se active en ocasión de la experiencia), si hubiera ahí algo de innato al espíritu humano, entonces no está claro que la legitimidad de una teoría resida en su adecuación a una realidad puramente exterior al pensamiento.

El abogado de Hegel tampoco mantendría un resignado silencio ante la objeción del positivismo lógico relativa a las concesiones de nuestro filósofo a la equivocidad intrínseca del lenguaje natural, cuando no el uso complaciente de esta. Por tanto, cabe preguntarse: si el conocimiento supusiera en sí mismo una explícita exclusión de la equivocidad, ¿por qué malvado designio (o, si se quiere, calamidad evolutiva) pudo el lenguaje humano erigirse en matriz de toda forma de conocimiento, incluido aquel (el matemático) que repudia toda sombra de ambigüedad?

La lucha denodada por evitar la equivocidad, oculta incluso tras las intuiciones aparentemente claras, llevó a ciertos matemáticos a mediados del siglo pasado a erigir un proyecto, conocido como Bourbaki, en el que toda proposición debía ser rigurosamente deducida. Proyecto vano, pues el equívoco se infiltraba en mayor o menor magnitud. Y de esta forma, no solo la promesa de absoluta univocidad de los conceptos quedaba diferida, sino que la consecución de un resultado elemental requería cautelas tales, que la mera ley de composición numérica conocida como suma solo se alcanzaba tras un largo proceso y era considerada como un inmenso logro. Y es que la equivocidad en realidad no es sorteable, precisamente porque el lenguaje mismo la lleva inscrita en su esencia. El matemático bourbakiano arranca con el lenguaje natural, y es con ayuda de este lenguaje que establece sus primeras definiciones, principios e, incluso, los parapetos con los que pretende protegerse de su infiltración.

En una reflexión hacia el final de la Arqueología del saber,8 Michel Foucault, evocando las razones del interés por Hegel del traductor al francés de la Fenomenología, Jean Hyppolite, se pregunta si acaso es concebible una filosofía que no responda de una u otra manera a la disposición de espíritu de Hegel. La afirmación es tanto más sorprendente cuanto que Foucault era un crítico acérrimo del sistema hegeliano, plenamente en concordancia con el entusiasmo que en muchos filósofos de su generación producía la corrosiva moral de Nietzsche. En cualquier caso, evocando el hecho de que su propia filosofía no era ajena a la filosofía hegeliana, sino que suponía una suerte de superación crítica de ella, Foucault se pregunta si esta superación es segura, y avanza la hipótesis de que quizá cuando crees haberlo dejado atrás, te encuentras a Hegel en una esquina de la calle…

Hegel espera en la esquina

Foucault ponía así en guardia a todos los que creían no solo haber liberado su propia reflexión de la marca del pensador alemán, sino también estar contribuyendo a liberar a los demás. Y, en efecto, Hegel espera quizá a sus sepultureros en la esquina, para mostrarles que no estaba muerto, pero también para indicar que, de hecho, su filosofía constituía un ingrediente del arma misma con la que se había pretendido destruirlo.

Y esta aparición de Hegel en la esquina introduce la sospecha de que sin su radical afirmación sobre la imposibilidad de un universo donde las diferencias y las jerarquías se complementen sin contradecirse, el pensamiento político nunca hubiera elevado al grado de teoría la constatación empírica de que las sociedades en apariencia sólidas, plácidamente adormecidas y seguras de su pervivencia, se ven sacudidas por movimientos de fondo que fuerzan a la transformación o a la caída. Una sospecha complementaria de que si las contradicciones no se asumen en su totalidad, entonces, en la emergencia de movimientos aparentemente contestatarios, el control de ciertos colectivos (religiosos, políticos, económicos) no es derribado sino solo usurpado por otros colectivos. Y, en otro orden de cosas, una sospecha de lo que se encubre tras determinadas actitudes morales, religiosas o incluso filosóficas (sobre todo filosóficas) que se presentan como un acto de confrontación del hombre a su verdad.

Hegel resulta socarrón quizá incluso a aquellos mismos que utilizaron el sarcasmo con él a causa de su tesis de habilitación sobre la órbita de los planetas. Desde el recodo donde se halla aposentado, Hegel estaría legitimado a aseverar que nuevos datos podrían dejar en ridículo al que se ríe. En el cuerpo de este ensayo veremos que hoy las posiciones idealistas no pueden despacharse de un plumazo, como no pueden serlo tampoco las que Hegel mantenía en torno a la dialéctica de las sociedades y a los mecanismos que posibilitan la evolución de estas. Con respecto a las primeras, esta rehabilitación parcial a veces encuentra cierto alimento allí donde menos se lo esperaba, es decir, en la ciencia natural de nuestra época. Y con respecto a las segundas, la actual situación económico-política nos da al menos ocasión de repensarlas.

La filosofía ajusta cuentas… consigo misma

La filosofía tiene ciertamente una historia, con algunos episodios de los que puede enorgullecerse más que de otros. Pero alguno de estos episodios tiene tanto peso que la filosofía no puede prescindir de él de ningún modo. Es obvio que los nombres de Platón, Aristóteles, Descartes o Kant representan momentos absolutamente nucleares. Intentar eliminar a cualquiera de ellos equivaldría a decapitar por completo la filosofía. ¿Cabe decir lo mismo de Friedrich Hegel? El lector juzgará quizá al final de la lectura de este libro. Avanzo desde ahora que la institución que más representaba la proyección social de la filosofía, la cátedra de Berlín, que tras la muerte de Fichte pareció no encontrar durante años un responsable a su altura, finalmente en 1817 le fue confiada a Hegel, con lo que se convertía casi en filósofo de Estado al servicio de una monarquía en principio ilustrada y constitucional. Años más tarde, en la Francia confrontada a la gestión de la herencia revolucionaria, Victor Cousin se refería a Hegel como una especie de faro de la filosofía.

Cousin no es en absoluto un filósofo mayor, pero sí es un filósofo editor de Descartes y traductor de Platón, es decir, dos de los nombres anteriormente mencionados como obligatorios, no ya en todo sumario sobre la historia de esta disciplina, sino también en toda reflexión sobre su esencia misma, o sea, en toda tentativa de responder a la pregunta: ¿qué es la filosofía? Una pregunta mil veces reiterada desde Platón hasta Heidegger, como si interrogarse sobre su propio ser fuera consustancial a la disciplina.

Hemos visto que hasta los más ácidos detractores de Hegel al menos ven en la lectura de este una utilidad profiláctica. Para ellos, Hegel sería como un sarampión por el que es obligatorio pasar. Y eso ¿por qué? Si el hegelianismo fuera meramente un paréntesis de arbitrariedad y oscurantismo en la historia del discurrir filosófico, lo razonable sería, pura y simplemente, prescindir de él. Por este motivo cabe sospechar que detrás de las enconadas críticas de Bertrand Russell o de Michel Foucault anida la convicción de que la propia filosofía conduce a ese momento que es Hegel; en consecuencia, ajustar cuentas con él sería equivalente a que la filosofía ajustase cuentas consigo misma. No obstante, así como la estructura profunda del lenguaje se recrea enteramente en cada uno de los que se empapan de una lengua dada, todo aquel que se acerca a la filosofía revive aquello que configura auténticamente los combates filosóficos. Por eso cabe decir que ese arreglo de cuentas concierne intrínsecamente al lector de las grandes obras de la filosofía. Quizá dejado atrás en un momento del viaje filosófico del que es inevitable compañía, Hegel en cambio sigue interpelándonos, desde esa esquina en la que inopinadamente nos topamos con él.

La razón y sus epifanías
El individuo Hegel busca su razón de ser

Georg Wilhelm Friedrich Hegel nace en Stuttgart en 1770 en el seno de una familia acomodada, puesto que su padre es un alto funcionario de finanzas. Tiene, pues, solo doce años cuando, en 1782, sorprende a sus profesores al citar con seguridad a uno de los filósofos por entonces más en boga, Christian Wolff (1679-1754), racionalista radical influenciado por Descartes y Leibniz y referencia absoluta en la filosofía de Kant. Entusiasta asimismo de los autores clásicos, a la edad de quince años emprende un diario intelectual en el que alterna el latín y el alemán. A los diecisiete años escribe un opúsculo donde compara las religiones de los griegos y los romanos, seguido de otro en el que establece diferencias entre los poetas antiguos y los modernos.

También se interesa por la teología, lo que le lleva a solicitar, y obtener, una beca ducal para el seminario de Tubinga. Hegel tiene entonces dieciocho años y en Tubinga permanecerá cinco años junto a condiscípulos entre los que se cuentan los espíritus más prometedores de su tiempo: el poeta Johann Christian Friedrich Hölderlin (1770-1843) y el filósofo Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854), espíritu precoz que precedería a Hegel en notoriedad.

Cosas importantes ocurren en estos años de formación. Al seminario de Tubinga llegan los ecos del acontecimiento social de la época y quizá de muchas épocas: la toma en París de la Bastilla, la Revolución, la caída de la monarquía… Todo ello lo viven con gran emoción los jóvenes seminaristas. Al parecer, en 1791 (es decir, en plena efervescencia revolucionaria) Hegel y Schelling plantaron un árbol de la libertad en los alrededores de Tubinga.

Pero hay algo más. Al seminario llegan también los ecos de un debate cultural y, más concretamente, filosófico. La kantiana Crítica de la razón pura, cuya primera edición data de 1781, es reeditada en 1787 con un nuevo e importante prefacio. Un año después aparece la Crítica de la razón práctica, y en 1790 lo hace el tercer pilar de la construcción kantiana, La Crítica de la facultad de juzgar. Ese mismo año, Hegel obtiene su diploma superior «Magister Philosophiae». Las autoridades académicas tachan despectivamente la obra de Kant de «nueva filosofía», pero su interés no escapa a los condiscípulos de Tubinga, en particular a Hegel, quien se aleja poco a poco de la ortodoxia encarnada por Wolff.

Se ha dicho que este alejamiento de Wolff habría influido en la severa decisión del jurado de otorgarle el tercer puesto en la clasificación cuando, en 1793, Hegel defendió ante el tribunal su memoria para el diploma de Teología. En todo caso, nuestro filósofo tenía buen ojo: la filosofía de Kant estaba revolucionando la concepción del conocimiento y del papel que juega en el mismo el sujeto que conoce; estaba asentando sobre nuevos cimientos los principios rectores de la moralidad, y, finalmente, parecía poner luz en la nebulosa que hasta entonces rodeaba los discursos sobre la especificidad de los juicios estéticos en relación con los cognoscitivos.

La vocación pastoral de Hegel flaquea. Tras su diplomatura, abandona el seminario de Tubinga y acepta un cargo de preceptor en Berna en el que permanece hasta 1796, para luego trasladarse a Frankfurt, donde ejerce análogas funciones hasta 1800. Son años de enorme peso para la vida social y filosófica.

Ese mismo 1793 en el que Hegel renuncia al destino de pastor, en la Francia revolucionaria, tras el Comité de Salvación Pública, Saint-Just impulsa la República Ideal concretizada en la Constitución del Año I, aprobada por referéndum, que garantizaba los derechos de educación, trabajo y ayuda inmediata en caso de indigencia. De hecho, los mismos miembros de la Convención que deberían poner el proyecto en marcha lo consideran irrealizable, en razón de amenazas tanto interiores como exteriores, dada la coalición de los intereses conservadores de toda Europa. Pero esto no debe hacer olvidar que ese ideario siguió animando todos los momentos en los que, desde entonces, se ha reivindicado la causa genérica del hombre, apostando tanto por la abolición del embrutecimiento social como por la actualización del espíritu.

El joven Hegel seguía de lejos estos acontecimientos y no solo por la distancia geográfica. El preámbulo de la Constitución del Año I recordaba el decreto del 21-22 de septiembre del año anterior, por el cual: «La Convención nacional decreta por unanimidad que la monarquía queda abolida en Francia». Sin embargo, como veremos, por razones estrictamente filosóficas (es decir, inherentes a lo que Hegel estimaba que era el marco social en el que podría tomar cuerpo la filosofía), la desaparición de una forma periclitada de poder monárquico de ninguna manera podía significar la abolición de la monarquía, lo cual no era óbice para que el entusiasmo por la Revolución fuera una constante en el pensador, de lo cual da múltiples testimonios el ya mencionado Victor Cousin, pensador liberal francés y entusiasta de la Revolución (véase el recuadro siguiente).

El mayor acontecimiento desde el cristianismo

Al igual que yo mismo [Hegel], se hallaba penetrado del espíritu de los nuevos tiempos. Consideraba la Revolución francesa como el paso más grande que había realizado la humanidad desde el cristianismo y no cesaba de hacerme preguntas sobre las cosas y los hombres de esta gran época. Era profundamente liberal sin ser en absoluto republicano. Coincidía conmigo en que la República había sido quizá necesaria para demoler los cimientos de la vieja sociedad, pero le parecía incapaz de establecer la nueva. Era, pues, partidario de la Constitución y, sin embargo, a la vez partidario de la causa que representaba en Francia M. Royer Collard.9

En esos siete años (1793-1800), entre Berna y Frankfurt, Hegel no solo sigue las vicisitudes de lo que en aquel momento es la política esencial, sino también las de la política alemana. A los Escritos políticos de 1798 hay que añadir La Constitución alemana, que no acabaría hasta 1802. Este último texto es más que una propuesta jurídica; incluye una reflexión sobre el concepto de Estado, seguida de una historia crítica de la Constitución del Imperio germánico, para concluir el conjunto con una propuesta de reforma constitucional. Avanzo desde ahora que por interesantes que puedan ser estos escritos políticos, el propio Hegel aceptaría que no pueden confundirse con lo que constituirá la expresión cabal de su filosofía política, a saber, los Principios de la filosofía del derecho, iniciados en 1821. Entre uno y otro período, el denominado sistema hegeliano se ha construido totalmente y, contemplados a la luz de este último, un hegeliano ortodoxo tendería a decir que los primeros escritos son solo la expresión de una subjetividad aún no reconciliada con la razón que determina las peripecias subjetivas.

Por decirlo en términos de la hegeliana Filosofía de la historia: en el Hegel de Berna y de Frankfurt, la voluntad general aún estaría en componendas con la voluntad empírica; en suma, allí todavía hablaría el individuo Hegel, marcado por intereses contingentes y visiones parciales. Por mi parte, hoy en día tiendo más bien a no tomar con excesivo rigor esta polaridad en la que los hegelianos se complacen, convencido, como antes decía, de que la única manera de ser fiel a la filosofía es no casarse con ningún filósofo en particular. En cualquier caso, hay un punto en el cual sí existe una diferencia importante entre la visión política del Hegel todavía joven, por así decirlo, y la del Hegel digamos maduro. Es el siguiente:

Del fervor inmediato por los acontecimientos revolucionarios, Hegel pasa a extraer la médula de estos hechos, y de ahí a la convicción propiamente filosófica (es decir, expuesta como resultado de una necesidad conceptual) de que el proyecto profundo de la Revolución, la verdad escondida tras la toma de la Bastilla, la Declaración de los derechos del hombre, la ejecución de un soberano…, solo pueden alcanzar efectividad en el marco de la restauración institucional de aquello contra lo que se alzaron esta verdad y este proyecto, es decir, en la síntesis absoluta que constituiría un Estado de hombres libres presidido por la institución monárquica. Pues una cosa es opinar que la monarquía ha de significar la verdadera conciliación (que sería siempre reconciliación, o sea, un acuerdo posterior al inevitable combate) y otra cosa es que tal convicción surja como inevitable corolario de la obediencia a la razón misma. Ciertamente, se dirá quizá el lector, una tercera cosa es que haya que tomar por palabra evangélica la tesis política derivada de la filosofía hegeliana…

Pero no solo hay reflexión política en esos años dedicados a la modesta profesión de preceptor. Precisamente cuando el kantismo se ha abierto camino y cada vez son más los que van alejándose de la ortodoxia representada por Wolff…, Hegel va hurgando en las teorías del autor de las tres críticas con mirada progresivamente distante. Entre otras razones, porque a Hegel le incomodan las contemporizaciones de Kant con los adversarios de la filosofía idealista. A continuación avanzo algo a este respecto.

Kant defiende el papel central del sujeto en la constitución de los objetos. Si reconozco una silla en lo que tengo delante de mí, es porque el concepto «silla» forma parte de mi bagaje y legisla sobre los demás ingredientes de mi percepción, viene a decir Kant. No obstante, para no ser tachado de idealista dogmático, Kant añade que, detrás de la silla que percibimos hay una silla en sí, una incógnita x que, a diferencia de las incógnitas del álgebra, es irresoluble, pues escapa por completo a nuestras facultades tanto sensibles como intelectivas. Pues bien, Hegel considerará esto como una suerte de pusilánime temor a ser tachado de idealista, y vendrá a sostener que si de tal x no hay nada que decir, lo mejor es prescindir de la misma. También en esos años Hegel va tomando distancia respecto a su antiguo condiscípulo Schelling, cuya filosofía se le antoja ecléctica, una suerte de spinozismo pasado por el filtro kantiano.

Y ahora un punto de reflexión importante: hemos visto que Hegel había abandonado el seminario de Tubinga porque no sentía vocación pastoral. Mas, precisamente por hallarse liberado de semejante destino, se encuentra en posición de reflexionar sobre la esencia del cristianismo, lo que le lleva a escribir en 1795 una Vida de Jesús. El cristianismo representa algo verdaderamente singular que llamó su atención y la de Nietzsche. Si para este último suponía una suerte de perversa inversión de valores, para Hegel constituía la expresión imaginaria de una necesidad inherente al absoluto, la forma de vincularse a este para un individuo extraviado en los intereses empíricos. Veremos que la figura de Cristo pierde para Hegel el carácter de contingencia con que se presenta a la conciencia ordinaria (Dios se hizo hombre pero podía perfectamente no haber tomado tal decisión) para convertirse en una necesidad de orden racional, y esto al precio, ciertamente, de que el cristianismo pasa a ser un asunto de conceptos, perdiendo todo el aspecto representativo e iconográfico que forma parte de su eficacia. Más adelante me detendré con cierto detalle en este asunto de la significación del cristianismo en la filosofía hegeliana.

Había señalado al principio que el padre de Hegel tenía una posición social holgada; de ahí que a su muerte, en 1799, un herencia compartida le procura a Hegel una cierta autonomía económica que le permite renunciar a sus funciones de preceptor en Frankfurt y entregarse plenamente a la actividad teórica; entre otras cosas, para establecer la Diferencia entre los sistemas filosóficos de Fichte y Schelling, publicado en 1801, y avanzar en su tesis de habilitación que, como hemos visto, defendió el 27 de agosto de ese mismo 1801, en Jena, donde, por recomendación de Goethe, había sido nombrado profesor.

No voy a volver sobre el episodio de Ceres. Señalaré simplemente que en su tesis Hegel se opone violentamente a Newton, no solo a propósito de los resultados generales de la ciencia, sino también, y primordialmente, respecto a la concepción general de la misma. Así, el De orbitis planetarum presenta en estado embrionario la disposición de espíritu que animará más tarde la concepción hegeliana de la naturaleza, desplegada en la llamada Enciclopedia de las ciencias filosóficas. Ya en el primer texto, Hegel parece fascinado por la idea de una ciencia puramente necesaria. Pero ¿qué es eso de una ciencia «necesaria»? Se trata de una ciencia puramente deductiva y carente de otra limitación que la impuesta por las premisas lógicas de las que la razón parte; una ciencia cuya legitimidad no tiene que ser refrendada por una realidad empírica considerada como independiente de la razón. Y si se constatara que en dicha ciencia las premisas de partida aparecieran como resultado de las conclusiones derivadas de ellas, tendríamos entonces una ciencia que se cierra en sí misma, que se nutre de sí misma; por lo tanto, una ciencia libre.

Si, además, esta ciencia estuviera en condiciones de deducir la «realidad» a la que, según el empirismo, debe adecuarse la razón, entonces, aparte de libre, la ciencia sería holística, no en el sentido de que trataría sobre el todo (olos, en griego), sino en el sentido de que ella misma constituiría el Todo. Tenemos en el segundo punto la esencia del idealismo absoluto. En el fondo late aquí la platónica concepción de que, siendo los fenómenos empíricos un mero reflejo inestable y perturbado de la realidad de las ideas, subordinar el encadenamiento racional de estas al visto bueno de la empiria constituiría una especie de inversión de jerarquía.

Como el lector ha podido percibir, estoy intentando vincular las etapas de la vida de Hegel a momentos clave en la configuración de su pensamiento. En general, cabe considerar que la vida de un autor carece como tal de interés filosófico, aunque eventualmente pueda tener un interés histórico o literario, pero esto tiene más validez aún tratándose de Hegel, para quien, como indica Santayana, la subjetividad empírica es irrelevante excepto cuando viene a ser una expresión de acontecimientos que marcan el devenir colectivo. De ahí que convenga ahora hacer un avance de algunos presupuestos clave del sistema, para más adelante retomar el curso de la vida de Hegel.

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30 июля 2024
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9788413610757
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