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Cetreros I
Profecía
Víctor Emilio Cortés Moreno

© Víctor Emilio Cortés Moreno
© Cetreros I · Profecía
Noviembre 2021
ISBN papel: 978-84-685-6360-2
ISBN ePub: 978-84-685-6361-9
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Dedico este libro a aquellos que desde curar mis alas
hasta empujarme al viento y volar conmigo en la tormenta,
me han hecho elevarme tan alto como he podido.
A Akraron. Gracias, Señor, por una segunda oportunidad.
A los Joes, seis en la tierra, uno en el cielo.
Seguimos siendo siete.
Nunca olviden
Índice
Prefacio
Capítulo 0. Nacida en el corazón de la oscuridad
Capítulo 1. Evolución
Capítulo 2. Convocatoria
Capítulo 3. Y Dios se llama Akraron
Capítulo 4. Hermanos
Capítulo 5. Cetreros
Capítulo 6. Kanitkirashi
Capítulo 7. Legado
Capítulo 8. Memorias
Capítulo 9. El juicio del fuego
Capítulo 10. Sabre
Capítulo 11. Carne y metal
Capítulo 12. Krantters Orión
Capítulo 13. Los quanan yumek
Capítulo 14. Los límites del cielo
Capítulo 15. Dos almas en un crisol
Prefacio
En algún lugar de Europa, septiembre de 2021
Jonathan Savage estaba escribiendo en su diario.
Lo hacía iluminado por la clara luz del sol que entraba por el cristal levemente entintado de la ventana blindada y caía sobre el escritorio al cual estaba sentado escuchando los relajantes sonidos del exterior que llegaban a él.
Sonrió torcidamente al pensar en lo bucólica e idiota que resultaba la escena, dado que en el resto del mundo el clima seguía volviéndose cada vez más caótico, duro y despiadado. Bueno, el ser humano fue el que comenzó a ser despiadado con el planeta.
«Todo se revierte», concluyó una vez más.
Pero sinceramente agradecía que la actividad lo mantuviera ocupado. Al menos hasta que se le cansaba la mano. Ya hacía mucho que había dejado de refunfuñar por el hecho de que no le hubiesen proporcionado una holocomputadora aduciendo que el escribir al viejo estilo era terapéutico.
—Y un carajo —susurró por enésima vez al recordar el hecho.
El escritorio y el cómodo sillón que ocupaba, al igual que el resto del mobiliario de la amplia y confortable habitación en que había vivido las últimas semanas, eran sencillos y elegantes. Seguían el estilo que él mismo había impuesto en la organización que había dirigido hasta hacía unos pocos meses. Ahora la idea era que su entorno inmediato, al igual que el sereno y verde panorama que contemplaba a través de la ventana —frondosos árboles, un hermoso y cuidado césped y un par de macizos de flores que eran toda una explosión de colores—, contribuyesen a su recuperación.
En realidad, a Jonathan Savage todo eso le importaba un rábano.
Al ver lo que seguía azotando a una desconcertada y temerosa humanidad, a Savage a veces le parecía que el estar inmerso en su propia tragedia personal parecía egoísta. Pero ese sentimiento duraba poco: era un ser humano que había perdido a su único hijo, un fantástico jovencito de apenas trece años de edad.
Y entonces Jonathan Savage, el joven científico, se había quedado completamente solo.
Guerras, pandemias, crisis ecológicas y económicas, fenómenos naturales nunca antes vistos, enfrentamientos raciales y surgimientos y caídas de líderes casi locos habían desfilado por el planeta mientras él, como director de una poderosa organización idealista, pretendía cambiar las cosas. Un líder que ahora, con el corazón destrozado y la otrora poderosa mente entumecida, pasaba los días en una niebla de dolor, remordimiento y deseos de que el sufrimiento terminara para él de una buena y maldita vez. Pero sus supuestos amigos se lo habían impedido.
Había vivido muy rápido, pero aún tenía mucho que hacer. Era una explicación que le repetían hasta el cansancio.
—A toda velocidad, compadre. —Samuel solía burlarse de él.
Savage se había casado y se había convertido en padre a los dieciocho años, y pese a las negativas predicciones de algunos de sus familiares y amigos, había concluido una carrera y varios posgrados, además de crearse rápidamente un sólido prestigio en la comunidad científica.
Por supuesto, todo lo había conseguido gracias al firme y constante apoyo de Loren, su siempre optimista esposa, que además de trabajar y cuidar al hijo de ambos, lo respaldaba incondicionalmente en todos sus proyectos.
Gracias a ella se había convertido en un reconocido investigador y jefe de proyectos científicos civiles y gubernamentales antes de cumplir treinta años. Al mismo tiempo, ambos habían educado a Steve, una joven e inteligente promesa que se había unido a su equipo de guerreros, como solía llamar Loren a la familia Savage.
Juntos lo habían vencido todo.
Y cuando la vida parecía de un inmejorable color rosa, apareció primero un grupo de científicos y luego un loco tipo místico que les dio a conocer un nuevo mundo. Un mundo al que él, el prodigio científico, había entrado encantado. Un jodido mundo que finalmente le había quitado todo lo que amaba. Un mundo que lo había orillado a intentar matarse.
El mundo que ahora lo obligaba a seguir con vida.
Suspiró profundamente mientras seguía viendo distraídamente por la ventana.
Tenía una vaga idea de dónde estaba. La posición del sol, el tipo de vegetación y el clima eran buenas pistas. Desde su llegada a ese lugar, poco a poco su mente, demasiado acostumbrada al trabajo constante como para desconectarse del todo, había estado analizando el asunto.
Al menos hasta que el «asunto» perdió interés para él.
Siguiendo el consejo de uno de sus amigables «carceleros», que era como los denominaba a ratos, escribía cuando menos un par de horas diarias. Además de ser una excelente forma de terapia (tenía que admitirlo), le ayudaba mucho a hacer que las horas de su encierro fuesen menos interminables, ya que ver noticieros y programas insulsos estaba descartado.
Aunque le habían dicho que podía salir a pasear, el científico sabía, por supuesto, que sería vigilado con la misma atención que en sus habitaciones. De cualquier manera, ya sus mejores amigos (en el fondo sabía que eso eran realmente), que siempre parecían estar ahí cuando era necesario, le habían dicho con amable firmeza que tenía que volver a trabajar. Y pronto. Que mucho, si no es que todo, seguía dependiendo de él. Y que no había otro candidato para el puesto de jefe.
Que debía de ser él: Jonathan Savage.
—Menuda cosa —susurró suavemente mientras se recargaba en el cómodo sillón contemplando con un poco más de atención el bello paisaje.
A pesar de haber publicado diversos libros e incontables artículos en su relativamente corta vida académica, en esos momentos no consideraba que su labor literaria fuese muy relevante. Honestamente pensaba que en esos momentos el registrar sus pensamientos más profundos tenía solamente fines terapéuticos. No buscaba dejar un legado para la posteridad.
«Si es que hay alguna posteridad», pensó meneando la cabeza con suavidad mientras se quitaba distraídamente los lentes.
Usarlos era más un sello de su personalidad que una necesidad, ya que era una operación muy sencilla la que requería para corregir su leve defecto visual, pero nunca la había considerado.
—Te hace ver mayor, Johnny. —Loren solía regañarlo cariñosamente. Era la única que tenía permitido llamarlo así.
—Esa es la idea, pequeña —contestaba él guiñándole un ojo.
Los extrañaba demasiado. Y era consciente de que ni siquiera en sus peores momentos se consideraba capaz de relatar cómo había sido responsable de la muerte de su esposa y de su hijo.
A esos terribles fantasmas procuraba desterrarlos no solo del papel, sino de su mente, al menos hasta que comenzaban a acosarlo en los escasos momentos en que lograba conciliar un agitado sueño.
Con otro profundo suspiro y una casi siempre presente amargura, recordó por enésima vez los tiempos en que, cuando estaba despierto, el constante y sordo dolor que lo destrozaba por dentro solo lograba atenuarse gracias al siempre fiel alcohol.
Pero eso había sido antes.
Sus «amigos» se lo habían quitado desde que lo tenían encerrado. «Por su propio bien».
Y seguían repitiéndole que el futuro de mundo y el destino de la raza humana dependían de su recuperación.
Rio suavemente al reflexionar nuevamente en lo loco y estúpido que sonaba esto. Se preguntó también, por enésima vez desde que estaba ahí, qué era lo que él, Jonathan Savage, realmente deseaba en ese oscuro momento de su vida.
—Al menos nunca me incliné por las drogas, sean clásicas o modernas —se dijo con sarcasmo.
No deseaba pensar. No deseaba trabajar. No deseaba hablar con nadie. No deseaba seguir adelante con planes que ahora le parecían solamente alucinantes fantasías. Mucho menos deseaba dirigir una organización que ya era demasiado grande complicada para su gusto. Y por si fuera poco, con una misión inmensamente difícil por delante.
Una misión que él no había pedido emprender.
Al menos así había sido hasta el día anterior. Aunque fuese a regañadientes, tenía que admitir que la última visita de Hermann había logrado encender una chispa en su interior. Y ese hombre sí tenía derecho a hablarle con dureza.
Tras volver a colocarse sus lentes con un gesto automático, se inclinó para leer lo que acaba de escribir:
Si los seres humanos realmente pudiésemos saber qué nos depara el futuro, ¿podríamos elegir más sabiamente? Es posible. O tal vez no. La historia muestra claramente que aun sabiendo con certeza las terribles consecuencias de nuestros actos, los seres humanos muchas veces, contra toda lógica y razón, elegimos la peor de las opciones: destruir. Destruirnos los unos a los otros, destruir lo que hemos construido a lo largo de años, décadas y siglos. Incluso llegando hasta el más loco extremo: destruir el planeta que habitamos.
Suspiró suavemente al tiempo de seguir leyendo.
Y esa es, simplemente, la suprema prueba de nuestra inmensa estupidez. La demostración de que casi seguramente no somos dignos de seguir adelante como raza. Que nuestro destino no es salir al universo, y mucho menos conquistar otros mundos. No importa lo que se supone que se ha vaticinado al respecto y lo que ya hayamos avanzado en ese sentido. Los buenos no somos suficientes.
Meneó amargamente la cabeza. Siendo honestos de nuevo, él tampoco era precisamente un muy buen ser humano, ¿verdad? Y a final de cuentas, todo ese asunto de la dichosa profecía ya no era algo que le correspondiera resolver a él.
Que Dios, si es que existía, se hiciera cargo del problema. Finalmente, había sido su idea, ¿o no? Él, Jonathan Savage, renunciaba a todo: a dirigir Humanidad, a llevar adelante el proyecto, a impulsar el cumplimiento de lo que decía la profecía, a su destino y al futuro. Él solo deseaba reunirse con su familia, si es que se le concedía esa gracia.
Tomó el bolígrafo y escribió las últimas líneas de ese día:
A final de cuentas, sin querer parecer demasiado arrogante, es muy posible que el papel de Humanidad en la historia cercana cambie con mi muerte. Y que finalmente sea mucho menos espectacular. Nadie es imprescindible. Y yo, simple y sencillamente, he llegado al final de la línea.
Como prueba de que el destino tiene un extraño sentido del humor, en ese preciso instante se abrió suavemente la puerta.
—¿Cómo estás, jefe? —lo saludó Samuel con su humor habitual.
—Jodido. Como todos los días, matasanos —respondió Savage a su mejor amigo con una sonrisa torcida.
Samuel Rivers cambió su expresión al momento de sentarse en un sillón cercano al escritorio.
—Son ellas y ellos, los que nacieron hace tres a seis años, Jonathan. Ya lo confirmamos.
—¿De veras? Pues aún es tiempo para repartir cigarros, amigo —intentó burlarse Savage.
Rivers, que raramente hablaba totalmente en serio, ahora habló con toda firmeza a su compañero de años de lucha, con el que había logrado muchos triunfos.
—Es hora de que honres las palabras y acciones de Steve, Jonathan.
Fue como si hubiera dado una bofetada a su amigo, que se levantó como un resorte.
—¡No te atrevas a hablar de mi hijo! ¡No tienes derecho! —gritó Savage indignado.
Rivers se levantó con la misma presteza, ya que solo era pocos años mayor que su amigo, y le contestó en el mismo tono.
—¡Era mi ahijado! ¡Lo amaba! ¡Su muerte me dolió tanto como a ti! ¡Y debo de honrar su memoria y sus deseos, maldito cobarde!
Por un instante pareció que Savage se lanzaría sobre él para golpearlo, pero el médico no se arredró y siguió mirando al científico con fijeza.
Tras unos largos segundos de apretar los puños y respirar profundamente, Jonathan Savage sintió que la mayor parte de su furia lo abandonaba de repente. Era como si por fin dejara caer un inmenso peso de su corazón.
—¿Y qué carajos se supone que debo de hacer, maldito sabelotodo? —susurró Savage por fin, con un resoplido y ya en tono de resignación.
Rivers, viendo por fin lo que deseaba, pero procurando no demostrar su inmenso alivio, repuso con su habitual sonrisa sarcástica:
—Ponerte de nuevo las pelotas y meterte de lleno en el trabajo que tienes que hacer, jefe. Por cierto —añadió ampliando la sonrisa—, no cuentes conmigo para sostenerte las susodichas pelotas en lo que las ajustas. Eres mi mejor amigo y mi jefe, pero mi dedicación no llega a tanto.
—Hijo de perra —rio secamente Savage al momento de menear la cabeza y dejarse caer en su sillón.
—Y también debes resignarte a estar muerto, por supuesto —añadió Rivers mientras también tomaba asiento con un profundo suspiro.
—¿Ya lo organizaron todo? —preguntó Savage repentinamente interesado.
—Con todo y ceremonia, jefe. —Rivers lo miró con una chispa de diversión en los ojos—. Creo que hasta el presidente va a decir unas palabras acerca de tus logros y tu breve pero luminosa carrera. —Se encogió levemente de hombros—. Nos informan que incluso mencionará algo de tu explosivo carácter y tus épicas rabietas —informó finalmente Rivers con fingida seriedad.
—¡Cabrón! —rio Savage muy a su pesar, mirando con aprecio a su amigo.
—Bienvenido de nuevo a Humanidad, Jonathan Savage. Es hora de pasar a la completa clandestinidad. Y de trabajar nuevamente con todas tus fuerzas —sonrió Samuel Rivers.
Capítulo 0.
Nacida en el corazón de la oscuridad
Y llamó Dios a la expansión: Cielos.
«Libro del Génesis», en la Biblia
El azar no existe, Dios no juega a los dados.
Albert Einstein
Descubrir el camino que Él nos ha trazado siempre es difícil.
Incluso puede implicar adentrarnos profundamente en la oscuridad.
Heraldo
Reflexiones
En el inicio del tiempo
Es en la oscuridad donde todos los seres vivos, planetas incluidos, demuestran su temple. Y lo hacen comenzando por aprender dos duras lecciones: que antes de existir la luz, debe existir la oscuridad, y que para alcanzar el destino que tenemos marcado, a veces es necesario que también nosotros lancemos los dados, ya que aún en el desarrollo de los más cuidadosos y grandiosos planes, como aquellos que implican el destino de un mundo, interviene una necesaria porción de azar. Puede que esto sea lo que hace interesantes las cosas.
Ese pedazo de oscuridad galáctica era una mesa de juego en donde existían planes, estrategias y reglas para participar en la partida, partida en la cual, no importando el número que mostraran los dados, el resultado final dependía principalmente de la voluntad y el coraje de los jugadores. Además, como era de esperarse, no había segundas oportunidades, consideraciones ni piedad.
Y la asignación de tal o cual número conllevaba diferentes condiciones, algunas muy duras, algunas menos estrictas que otras, todo dependiendo del mundo. Pero siempre había una constante: el juego era un camino lleno de sangre, dolor y muerte. Todos ellos, finalmente, elementos de un simple y frío proceso de selección que dejaba de lado los sentimentalismos. Se nacía, se luchaba, se sobrevivía o se moría antes de tiempo. Así de sencillo.
Pero también era un camino de esperanza.
Un camino que innumerables razas, en otros igualmente innumerables sitios del infinito universo, habían recorrido, recorrían y recorrerían en el futuro. Todas ellas, llegado el momento, si tenían algo de suerte y mucho empuje, podrían aspirar al logro máximo: preguntarle directamente a su creador por qué habían surgido a la vida y la consciencia.
Y luego averiguar si se les otorgaba más camino por recorrer.
Definitivamente, esas razas eran las más afortunadas y capaces. Unas cuantas entre los millones que quedarían tendidas entre las cenizas de sus esfuerzos, esperanzas y sueños. Porque eran muchas más las razas cuya historia y legado nunca serían conocidos. Razas que habían jugado y habían perdido.
Esta es la historia de una raza que fue elegida para participar en el juego.
Es una epopeya de oscuridad y de luz. De dudas y miedo, esperanza y coraje. De vida y muerte. Y también es la crónica de un pequeño y aislado mundo que obtuvo en los dados el número siete. Un mundo que arriesgaría todo para apoyar a la raza elegida a encontrar su propia y única respuesta a la pregunta final.
Esta es la saga de la humanidad.
Vistas desde la superficie del planeta, las espesas y negras nubes de ceniza y materia flotante eran una capa ininterrumpida que oscurecía el cielo. El inestable terreno era frecuentemente iluminado por enormes fogonazos provenientes de relámpagos descomunales.
Gigantescas tormentas eléctricas iluminaban con terrible intensidad la castigada y cambiante superficie planetaria, como si nunca fuese a existir otra cosa que esas brutales y muertas demostraciones de poder. Y es que a pesar de la inmensa energía que se veía explotar por todas partes en tierra y cielo, este era un planeta muerto. Más correctamente: un planeta que nunca había vivido.
Hasta ese momento.
La oscuridad se partió en dos. De entre las tormentosas nubes surgió un gigantesco proyectil envuelto en un dorado y poderoso brillo. Una recta línea de luz marcaba firmemente el camino que iba recorriendo por el negro cielo. El inmenso poder que portaba refulgía como el oro y abría su camino primero entre las tinieblas y luego, sin que las otras poderosas energías reinantes en la atmósfera planetaria alteraran en lo más mínimo su trayectoria, se dirigía a una velocidad descomunal hacia la superficie del mundo que en un futuro muy, muy distante, sería llamado Tierra por sus habitantes.
El punto de impacto, al igual que el proceso que seguiría a continuación, había sido cuidadosamente elegido. Era un lugar que en ese distante futuro, ya con una geografía planetaria perfectamente discernible, sería parte de un hermoso y salvaje continente llamado África.
El meteorito, por increíble que pareciera, ajustó levemente su trayectoria para finalmente impactar con una fuerza descomunal en el lugar designado.
Gigantescos trozos de dorado material incandescente se desprendieron del aerolito con elegante e inesperada simetría. En medio de una nube, chispas doradas e incandescentes se elevaron en el aire girando con energía y dirección propias, envueltas en una poderosa capa de luz que ondulaba con vida propia y destrozaba la oscuridad.
La energía del geotraxis había llegado a un nuevo mundo.
Simultáneamente surgieron del sitio del impacto chorros de luz igualmente dorada, e iluminaron poderosamente el escenario de lo que algún día sería el escenario para el teatro de la vida.
Así quedó marcado el lugar para el primero y más importante de los denominados quanan yumek: ‘ejes de fuego de la Tierra’.
El choque entre el meteorito y la superficie planetaria no solamente liberó los seis ordenados fragmentos principales del bólido, sino que también insufló la chispa de vida a ese pequeño mundo.
Imparable, el meteorito siguió con el proceso a su cargo: con descomunal fuerza, su núcleo penetró en el suelo. Con alucinante facilidad atravesó capa tras capa de materia sólida y de magma, de tierra y fuego, como en una mítica, salvaje y poderosa fecundación.
Tras un breve y a la vez eterno instante, llegó a su meta: se fundió con el fuego del corazón de la masa planetaria en el soberbio estallido de luz y poder de una cita largamente esperada.
El planeta recibió así un fragmento minúsculo de la inmensa energía esencial procedente del sitio que era el origen de todas las cosas. Era el toque divino que no solo le daba la vida. Le estaba entregando una identidad y una misión.
La estaba dotando de un espíritu.
Un milagro muchas veces repetido, inmensamente singular e importante para cada mundo, estaba ocurriendo en ese rincón de una de innumerables galaxias.
Los seis fragmentos más grandes, con formas extrañamente regulares y perfectamente diferenciadas entre sí, que contenían energía e información muy específicas, volaron hacia los puntos que les habían sido asignados. Siempre envueltos en la dorada luz, penetraron a diferentes profundidades con deliberada lentitud, ajustando paso a paso y de la manera prevista, todos sus parámetros. Con la precisión de células dividiéndose para formar los órganos básicos de un nuevo ser, los fragmentos sentaron las bases de la naciente estructura vital del planeta. Y posteriormente, lo habilitarían para enfrentar un lejanísimo reto.
Así quedaron establecidos los siete quanan yumek.
Visto desde el aire, el espectáculo era algo increíblemente bello, deslumbrante e hipnótico. Cual burbujas de oro, los otros fragmentos, mucho más pequeños pero igualmente vitales, tras desplazarse en el aire por sobre toda la superficie del planeta, se hundieron a profundidades menores y luego se detuvieron a esperar el momento de iniciar sus complejas tareas.
Lo harían en lapsos que eran segundos para el universo y millones de años para el planeta. En ese instante cumplieron su misión inicial: liberaron y distribuyeron la energía del geotraxis.
La dorada sangre del mundo recorrió por vez primera su interior en forma de vivos ríos de luz.
Entonces, tras un instante, comenzó el poderoso acto final: del corazón del planeta, y canalizada por los siete puntos, salió a la superficie parte de esa nueva y vital energía, que permaneció unos segundos suspendida como una especie de neblina dorada antes de elevarse a gran altura en el cielo, atravesando sin problemas la negra capa de nubes.
Después, sin apenas pausa, un nuevo envío de energía surgió a través de los siete quanan yumek en forma de poderosos rayos que, tras volar en dirección al cielo, estallaron simultáneamente en medio de la dorada niebla. Y la transformaron en un instante, como si de agua congelada súbitamente se tratase, en una sólida cubierta; una esfera geodésica que, brillando titilante en la oscuridad del espacio, envolvió completamente el planeta.
Entonces, también por primera vez en esa parte de la galaxia, se escuchó una hermosa y ancestral música que acompañó el proceso de dar vida a un mundo.
El planeta se había convertido en una inmensa joya dorada que flotaba en el negro vacío del espacio. Una joya que vibraría y viviría al compás de su propia música, siguiendo las pautas que su número le indicaba. Un mundo que dormitaría esperando el momento de ser despertado completamente por el poder y el amor de sus heraldos.
Después de un instante cargado de una inmensa tensión, como si esa parte del universo contuviera el aliento, el planeta entero tembló levemente. Procesos inmensamente complejos se estaban desarrollando en su interior a velocidades inimaginables. Desde el espacio pareció que el planeta se desdibujaba aún más entre la áurea bruma de luz. A escala planetaria fue un terremoto en toda regla; un movimiento que, al sacudirlo por completo, fue el preámbulo al milagro definitivo.
Se hizo la luz.
En una final e inmensa explosión de energía, que surgió en forma de una serie de ondas expansivas, una marea de dorada luz salió del planeta al espacio, agrietando poco a poco la esfera geodésica a su paso, para finalmente romperla en inmensos pedazos que tras unos pocos segundos se difuminaron en el espacio como si fueran hielo fundiéndose.
Saliendo de su dorado e inmenso cascarón, el planeta despertó. Despertó a la vida. Despertó a la conciencia. Despertó al ser.
Y gritó lleno de miedo ante la oscuridad que lo rodeaba.
El anuncio de su nacimiento no fue escuchado por nadie del espacio local. Era un planeta solitario, flotando en el oscuro vacío, sin hermanos mayores o primos cercanos que estuviesen igualmente vivos. Pero su despertar quedó fielmente registrado en ese instante en una memoria inmensamente poderosa, situada a una inconmensurable distancia. Desde ahí, gracias a las detalladas instrucciones contenidas en el corazón del meteorito que terminaba de fundirse con su centro, recibió un vínculo.
Recibió su nexo geotraxis.
A través de este indestructible y místico enlace, primero fue tranquilizado y, luego, detalladamente informado de quién era y lo que se esperaba que hiciera. Recibió un nombre provisional y las primeras instrucciones a seguir en su recién iniciada vida. Por el momento eran muy simples: esperar, confiar y aprender.
Pasarían incontables eras antes de que el joven planeta tuviese interlocutores propios suficientemente dignos, primero capaces de oírlo y luego de hablar con él. Millones de años que serían espacios de tiempo infinitesimales para el cosmos, pero extremadamente largos para los habitantes planetarios que surgirían, algunos perdurando y muchos otros cayendo rápida y definitivamente en el olvido.
Un nuevo camino para la vida y la evolución había comenzado a recorrerse. Y en el caso de este planeta específicamente, su aislamiento era parte de un plan mucho más amplio. Pero llegar a ese punto dependería de que aquellos seres que llegarían a considerarse a sí mismos como el pináculo de la evolución lograsen entender muchas cosas que otras razas similares ya habían entendido.
Miles de millones de ellos lo llamarían plan divino. Otros millones dirían que simplemente era algo llamado casualidad. Millones más dirían que sencillamente era parte de un orden natural.
Pero otros, aquellos pocos miles que serían los encargados de llevar esta raza a su destino lo interpretarían de otra manera.
Y lo llamarían Profecía.
Capítulo 1.
Evolución
La evolución es tan creativa.
Así es como tenemos jirafas.
Kurt Vonnegut
La evolución ha ido avanzando hacia la cumbre de la complejidad y, tanto si nos gusta como si no, la cumbre en este momento
somos nosotros. De nosotros depende que la evolución continúe produciendo formas más complejas en el futuro. Podemos ayudar
a que este mundo sea un lugar más increíble que nunca o acelerar
su retorno al polvo inorgánico.
Mihály Csíkszentmihályi
No fue el azar.
No fue una casualidad.
Estaba escrito.
Heraldo
Reflexiones
Planeta Tierra, fines del Pérmico, aproximadamente treinta millones antes del surgimiento de los dinosaurios
La superficie y los habitantes del planeta presentaban un aspecto burdo.
De colores elementales e incluso desvaídos, en el aspecto de ambos se notaba que los sencillos programas de desarrollo eran el resultado de los esfuerzos de un mundo joven, aún en proceso de aprender.
Al principio, la cuna de la vida, los mares, estaban saturados. Seres rígidos y no muy sensibles, tales como trilobites y muchas otras formas vitales elementales los llenaban. La vida rebosaba, pero evidentemente los habitantes del planeta no poseían aún un propósito muy definido. Se limitaban a existir.
No podía pedirse más por el momento. Esos seres eran solo un primer esbozo.
En la tierra, los anfibios prosperaban y medraban a sus anchas, y toscos reptiles depredadores eran los reyes en esa tierra que se hallaba apenas fragmentada. Era una gigantesca isla que flotaba en la superficie de un aún más gigantesco mar planetario.
Era un buen principio, pero era necesario dar mayor impulso, velocidad y vigor al proceso evolutivo.
La Tierra (nombre que el planeta ya había adoptado plenamente, y que se sembraría en la mente de algunos de sus futuros habitantes) tras un sondeo general de los parámetros de su programa, aceptó la recomendación implícita en sus instrucciones. Usó su nexo de geotraxis. Emitió un llamado, y recibió respuesta.
Por desgracia para los habitantes del planeta, ninguno de ellos tuvo la más mínima conciencia de este cósmico intercambio de señales. Y un tiempo después tampoco hubo una respuesta a las transmisiones protocolarias del bólido que surgió del espacio.
Y así, un meteoro heraldo chocó por segunda vez con la Tierra.
El impacto fue nuevamente brutal, y ahora también mortal. La luz dorada y cegadora que lo acompañaba se extendió para cubrir una amplia zona alrededor del sitio del impacto, y, a partir de ahí, destruirlo casi todo en una marea de fuego, escombros, humo y muerte.
La extinción resultante fue la más severa que sufriría el planeta. Sin embargo, no sería tan publicitada como otras en el futuro. No obstante, en ese brutal momento, el 95 % de la vida fue extinguida. Ecosistemas que estaban en pleno desarrollo se terminaron totalmente. Dinastías enteras de animales desparecieron en medio del fuego y las tormentas y oscuridad posteriores. Hasta los insectos, persistentes sobrevivientes, se vieron seriamente mermados.
El mar fue aún más afectado que la tierra. Grandes zonas de corales, lirios de mar y hasta los largamente persistentes trilobites fueron arrasados.
Solo zonas cuidadosamente elegidas y aisladas gracias a la energía del geotraxis fueron preservadas de la destrucción. Únicamente los eslabones más fuertes y prometedores de la cadena fueron elegidos y salvados. Todo lo demás era prescindible. Pasarían largos y muy duros millones de años antes de que la vida volviera a desarrollarse en plenitud. Esta vez crecería y se multiplicaría de una forma más especializada. Y lo más importante: iniciaría con los rudimentos de una conciencia.
Habría ajustes más finos y se aplicarían criterios más estrictos en la siguiente evaluación. Definitivamente se esperaban mejores y más rápidos resultados, y como siempre, no habría medias tintas: fallar sería igual a morir.
Pero por el momento había que trabajar mucho.
Planeta Tierra, fines del Mesozoico. Hace sesenta y cinco millones de años
Parecía un día más de los ciento treinta millones de años que los dinosaurios llevaban dominando el planeta.
Durante ese muy largo tiempo, innumerables especies habían surgido y desparecido. Algunas dejaban su huella en la historia planetaria, pero muchas más pasaban desapercibidas y por ello no serían recordadas. Nuevos cambios climáticos importantes se habían iniciado, y la actividad volcánica estaba en aumento.
Desaparecidos los reptiles primitivos, los dinosaurios habían ocupado su lugar; habían llegado a ser inmensamente grandes y poderosos. Dominaban cielo, mar y tierra. Colmaban de vida el planeta. Sus variedades eran tantas que nunca podrían ser completamente clasificadas. Estaban tan perfectamente adaptados a su mundo, y llevaban tanto tiempo prevaleciendo, que habían llegado a una estabilidad peligrosamente parecida al estancamiento.
El pequeño dinosaurio se movía silenciosamente en dirección a su guarida. Avanzando entre la lujuriante vegetación, los juegos de luz y sombra le servían para pasar inadvertido entre la espesura. El nervioso representante de la especie dominante se movía actuando como depredador, y también como el posible almuerzo de algún individuo más grande; situación de lo más común desde que existía la vida.
La Tierra, de ser un lugar seco lleno de bosques de coníferas, había pasado a convertirse en un vergel lleno de plantas con flores que eran una explosión de colores. Por su parte, el sigiloso cazador que lo recorría era un dinosaurio de un sencillo color verdoso, que a primera vista no se diferenciaba en su estructura de otros que rondaban por ahí. Tenía alrededor de metro y medio de altura y pesaba como 50 kilos. Poseía una fuerte cola que, entre otras funciones, lo ayudaba a estabilizar sus movimientos. Se desplazaba sobre sus poderosas patas posteriores, dotadas de unas respetables garras. Sus pequeños brazos le servían tanto como elemento adicional de balance como para otras funciones bastante más especializadas.
Eran esas manos de tres dedos, con una especie de pulgar oponible, junto con una caja craneana proporcionalmente grande en comparación con las de sus más simples congéneres, las que le daban muy importantes posibilidades evolutivas, y que harían discutir largamente a paleontólogos aún por nacer. Sí, definitivamente tenía posibilidades.
Pero solo eran eso: posibilidades.
Sin estar consciente de nada de esto (tenía cosas más importantes en qué pensar), el pequeño dinosaurio se detuvo a olfatear y observar cuidadosamente a su alrededor con unos ojos que desmentían cualquier indicio de estupidez o instinto demasiado rudimentario. La forma de ladear la cabeza y entrecerrar los ojos le daban un alto nivel de expresividad. Parecía casi posible que de un momento a otro soltase alguna palabra bien estructurada.
Podía usar sus manos para tomar ramas lo suficientemente gruesas para usarlas como herramientas, incluso como armas en algunos casos. Para enfrentarse a depredadores mayores que él, lo que usaba era una mayor cantidad de ingenio.
No obstante, para los planes inmediatos del planeta, lo relevante era poseer capacidades mucho más sutiles y poderosas que las del pequeño reptil. A diferencia de la mayoría de sus compañeros de especie, este dinosaurio también era capaz de sentir la energía vital que emanaba del planeta. Y aún más: apoyándose en esto, podía crear un tosco lazo de comunicación con este.
El relativamente pequeño ser podía manipular de manera rudimentaria un nexo de geotraxis.
Aunque elemental, este poder le daba notables ventajas: sabía con cierta anticipación cuándo habría una erupción volcánica, de dónde venía un incendio y hacia dónde debía huir cuando un depredador andaba demasiado cerca, entre otras. Incluso intercambiaba noticias con algunos de los más dotados de sus congéneres a través de largas distancias, sin medios físicos visibles.
Pero a pesar de ser extraordinario, eso podría no ser suficiente.
El pequeño cazador se inclinó para tomar con su garra derecha una gruesa rama que yacía entre un montón de hojas a medio podrir. Después de arrancarle un par de tallos muertos, la sopesó apreciativamente.
Era perfecta para sus planes.
Pretendía golpear con ella a un pequeño mamífero que se le había escapado. Hacía un par de horas, gracias a su habilidad, había ubicado con precisión uno de sus almuerzos preferidos. Sin embargo, este había conseguido escabullirse en el último momento, y el dinosaurio estaba molesto. Su pareja había quedado al cuidado de la nidada, y seguramente estaba hambrienta. De hecho, él mismo sentía las primeras punzadas de un hambre creciente. Ya había tardado mucho en regresar y su pareja le gruñiría no precisamente como bienvenida. Sí, definitivamente serían varios golpes. De todos modos, a su pareja le gustaba la carne ablandada.
Sacudió suavemente la cabeza para alcanzar un nivel más alto de sintonía con su entorno. Miró atentamente al suelo olfateando y descubriendo, gracias a una cuidadosa inspección, pequeños rastros que indicaban la ruta de huida de su peludo adversario.
El calor empezaba a arreciar, y en el horizonte se divisaba la ya familiar nube de cenizas proveniente de la última erupción de un cercano volcán.
El dinocazador se detuvo bajo la sombra de uno de los ya escasos helechos, e inició una especie de rito que, muchas generaciones atrás, habían comenzado a realizar sus ancestros.
Era algo que ningún paleontólogo imaginaría posible ni en sus más alocadas especulaciones. Un proceso que en el futuro sería desconocido al menos por la gran mayoría de los habitantes del planeta.
Cerró sus ojos. Concentrándose al tiempo de respirar pausadamente, empezó a pensar en colores: colores brillantes, colores vivos. Colores sin nombre que eran parte de un mundo más complejo que el simplemente visible. Estos representaban sensaciones, y eran el camino a su comunión básica con el planeta. Los rojos atardeceres volcánicos de los últimos años eran un buen punto de partida. El rojo era fuerza. El rojo era lucha. El rojo era sangre. El rojo era muerte.
Lograr esto era un gran avance, pero el siguiente nivel, entrar en comunión total con el Eje de Fuego de la Tierra era aún demasiado para él y para el resto de los miembros de su especie.
El dinosaurio empezó a sentir plenamente la existencia que vibraba a su alrededor, el supremo poder del juego de la vida y la muerte. De la eterna lucha por vivir o matar. Percibió claramente la mayoría de los seres que lo rodeaban. Ubicaba a los grandes depredadores, que eran fuertes pero básicamente tontos. También sentía con claridad la presencia de los mansos herbívoros: simple ganado para la alimentación de aquellos. Y, por fin, tal como lo deseaba en ese momento, percibió a su asustada presa.
Sintió el miedo y las ansias de vivir del mamífero, pero al dinocazador eso no le importó en absoluto. El humilde y peludo ser era simplemente su alimento, y lo que pensara no era relevante. Los mamíferos eran advenedizos sin importancia; seguramente no iban a durar en el planeta. El pequeño dinosaurio abrió los ojos, sujetó con más fuerza su rama y se dirigió a encontrar su almuerzo con un trote ligero.
Cien millones de años de convivencia no habían hecho que los mamíferos ganaran gran terreno a los dinosaurios. Medraban y parecían diversificarse, pero no muchos habrían apostado por ellos en la carrera evolutiva. Eran débiles, eran asustadizos, no parecían muy listos, y no eran muy numerosos en comparación con los poderosos y antiguos gigantes. Pero definitivamente las apariencias engañan, y los mamíferos, no solo el entonces inexistente león, no son como los pintan.
En el momento en que el dinocazador se acercaba con un balanceo que le permitiría atajar cualquier intento de huida y acorralaba al mamífero contra la base de un muro de granito, enfrentándose a su mirada de desolación con total indiferencia, sintió algo más que la satisfacción del cazador exitoso.
El mamífero, entrecerrando los ojos a pesar de su comprometida situación, trató también de descifrar la repentina sensación que se sobreponía a su miedo.
Parecido a un tejón de regular tamaño, el mamífero, usando suaves gruñidos y sus patas delanteras trató de comunicarle algo a su verdugo. Bajo otras circunstancias, el asunto podría resultar incluso cómico, pero al dinosaurio no le hizo gracia. Titubeó solo un segundo antes de descargar el golpe mortal, y otros más para asegurarse. No obstante, la extraña y repentina sensación, amplificada por el reciente intento de comunión de su ahora muerto almuerzo, lo hizo volver su vista al cielo.
Además de las ya comunes bandadas de aves y las irritantes nubes de insectos que poblaban el cielo, percibió una más nueva y opresiva sensación en el aire. Extrañamente, era algo que no podía definir. Era importante, muy importante; y estaba por suceder. ¿Pero qué era? Volvió su mirada en dirección a la pradera donde pastaban las grandes manadas de los relativamente nuevos herbívoros, presas para la también relativamente nueva dinastía de depredadores, incluido el rey Tyrannosaurus.
Tampoco ahí encontró la respuesta.
Algunos de los herbívoros también comenzaron a inquietarse. Dejaron de comer y elevaron sus cabezas hacia el cielo. Incluso algunas bandadas de aves cambiaron repentinamente la dirección de su vuelo. Se percibía una sensación apremiante, como la que precede al estallido de una tormenta. Y sí, ese día habría una tormenta como nunca habían visto los entonces habitantes del planeta.
El cazador se olvidó momentáneamente de todo, incluso de su reciente presa que permanecía muerta frente a él. El tiempo pareció quedar en suspenso, esperando la siguiente escena de la obra a presentarse en el teatro de la vida, mientras algunos de los actores miraban al cielo.
Millones de pequeños asteroides habían pasado por las cercanías de la Tierra como lejanos y casi invisibles cometas. Miles se quemaban en la atmósfera diariamente, provocando ocasionalmente el espectáculo de bellas lluvias de estrellas en el cielo nocturno, y algunos de mayor tamaño habían hecho impacto en el planeta. Unos en el océano y otros, recientemente, en los nuevos continentes originados por la división de la gran masa primigenia. Pero ninguno había causado mayores problemas a los habitantes del planeta, que en realidad nunca se percataron de esos trascendentales hechos. Solo algunos habían presentido que algo importante había pasado, pero en ninguna de las ocasiones habían podido definir exactamente qué.
El sistema Tierra-habitantes funcionaba relativamente bien. Sin embargo, la Tierra llevaba la mayor parte de la carga. Una rudimentaria estructura global de conciencia parecía estar empezando a formarse, pero los poderosos saurios estaban, salvo insuficientes excepciones, estancados. Los relativamente pequeños ajustes, posteriores a la última depuración masiva, al parecer no habían sido suficientes.
Era el tiempo de un nuevo ajuste. Con la acostumbrada eficiencia.
Con lo que para muchos podría considerarse fría indiferencia, ese día nuevamente los habitantes planetarios serían evaluados. Y del resultado dependería su permanencia en el planeta.
A millones de kilómetros en el espacio, en una región preestablecida y que era aparentemente igual a las demás en esa esquina galáctica, el espacio tembló con una irrealidad semejante a ondas de agua generadas por la caída de una pequeña piedra en un estanque.
Apareció entonces una brillante fractura en la imperturbabilidad del negro vacío que, tras breves instantes de destellar irregularmente, se estabilizó flotando en la nada. Se asemejaba a un dorado tapiz que ondeaba serenamente en el vacío, brillando cada vez con mayor intensidad en medio de una bruma igualmente dorada.
Era el transportal Alfa.
De pronto, en su interior se abrió un gigantesco túnel de forma ovalada, semejando un descomunal ojo en el que no se reflejaban las estrellas. El tiempo pareció congelarse hasta que, rompiendo de manera brutal la tensa espera, surgió del inmenso túnel un meteorito de diez kilómetros de diámetro con una forma extrañamente regular, compuesto casi en su totalidad de iridio. Irrumpiendo en el espacio local a una velocidad descomunal pero controlada, se dirigió a la Tierra.
Tras él, el túnel se cerró con la misma presteza con que se abrió, y la prueba dio inicio. Al parecer, era un viaje solo de ida. El transportal Alfa siguió brillando, inmutable, a la espera de los resultados.
Esta vez, según el programa, se otorgaba mayor tiempo para la respuesta de los habitantes de la Tierra. Pero seguía siendo muy limitado.
Algunos dinosaurios lo supieron. Por supuesto, el pequeño dinocazador estaba entre ellos. La mayoría de los mamíferos lo intuyeron igualmente, pero unos pocos lo supieron con toda certeza. Fueron leves y escasos destellos de conciencia a lo largo y ancho del planeta.
Era hora de jugarse el todo por el todo.
El meteoro heraldo comenzó a emitir señales de una sutileza y complejidad casi etérea. Hablaba con el planeta e intentaba hacerlo con los habitantes que pudieran entenderlo. Lo hacía a un nivel que involucraba información, medición de señales y calibración de resultados a una velocidad alucinante. El dialogo básico podría traducirse como algo similar a:
| Meteoro: | Voy llegando, Tierra. Inicio la fase de aproximación. ¿Me escuchan? |
| Tierra: | Yo sí, fuerte y claro. Respecto a mis pasajeros, no puedo garantizar su grado de entendimiento. Por eso estás aquí. |
| Meteoro: | ¿No fue tiempo suficiente? ¿Nadie puede responder? Sabes que ahora no debes intervenir. Deben hacerlo solos. Estoy evaluando los datos. ¿Candidatos? |
| Tierra: | Lo sé. Estarán solos. Tengo dos probabilidades. Una variedad de los dominantes y varias especies de una nueva estirpe. |
| Meteoro: | ¿Te inclinas por alguna? Ya tengo la valoración inicial. |
| Tierra: | No especialmente. Pero creo que los dominantes ya tuvieron tiempo suficiente. Los ajustes de bajo nivel no han funcionado como esperábamos. Los nuevos parecen aceptables. Que entre ellos lo decidan. |
| Meteoro: | De acuerdo, pasa el control a Nexo de Geotraxis, nivel 1. |
| Tierra: | Adelante. Estableciendo nexo de Geotraxis. |
| Meteoro: | Habitantes de la Tierra, ¿tienen heraldos que hablen en nombre de su mundo? ¿Cuál es su misión? —Y luego añadió la pregunta más importante—: ¿Quiénes son ustedes? |
El pequeño dinocazador y casi todos sus compañeros de linaje, dispersos en esa región del planeta, fijaron su vista en la estela de luz que empezaba a notarse en el cielo. Cerraron sus ojos e iniciaron un ritual grupal instintivo. Estaban luchando por demostrar su valía.
Pero tenían competencia.
La gran mayoría de los mamíferos poseían una energía nueva y pura. Ya habían creado los primeros nexos con la energía del geotraxis. Era novatos, pero novatos con muchas ganas de aprender.
Muchos de ellos comenzaron también el proceso con ímpetu. Cerraron sus ojos y por vez primera, gracias a un poderoso instinto de supervivencia que surgió con fuerza de su interior, establecieron un nexo grupal de geotraxis con su mundo. Era un nexo tosco, espontáneo y todavía sin pulir. Pero era pujante, fuerte y, sobre todo, con infinitas posibilidades. Fue una demostración de poder que comenzó a captar la energía de más y más especies de mamíferos, que se unieron a la prueba con gregaria decisión.
Por desgracia para los dinocazadores, la gran mayoría de los otros dinosaurios guardaron un silencio total. Habían llegado a su límite. Los dejaron solos.
En el cielo, el bólido estaba entrando en la atmósfera, ahora convertido en una humeante bola de fuego.
| Meteoro: | Repito. ¿Existe un heraldo que hable en nombre de su mundo? |
La primera respuesta tardó lo que parecieron unos eternos segundos en llegar.
| Mamíferos: | Estamos aquí. No entendemos bien. Pero queremos aprender. |
Después, más lenta y menos vital, llegó la segunda respuesta.
| Dinocazadores: | Llevamos más tiempo aquí. No somos muchos. Pero conocemos el nexo y poder del Geotraxis y llevamos tiempo dominando. Este mundo es nuestro. Somos sus dueños. |
| Mamíferos: | Sentimos ese poder, pero estamos aprendiendo. Queremos aprender más. Queremos ser uno con el mundo. |
| Dinocazadores: | ¡Podemos mejorar! Somos lo mejor de este planeta. |
Respuesta equivocada. La decisión fue instantánea. Los dinocazadores habían fallado.
| Meteoro: | Tierra, va por los nuevos. Extiende campos de protección de Geotraxis. |
| Tierra: | De acuerdo, extendiendo campos de protección de Geotraxis. |
El meteoro ajustó su trayectoria para orbitar la Tierra a toda velocidad, dándole a esta tiempo suficiente para terminar el proceso. Por unos alucinantes y breves instantes, el planeta se vio envuelto en un anillo de fuego.
Muchos mamíferos de diversas especies se habían agrupado sin causa aparente. Lo hacían porque su instinto y algo más profundo se los había indicado. Entonces, en medio de una serie de destellos repentinos, se vieron rápidamente rodeados de islas de dorada luz que flotaba como niebla. Los ojos de todos ellos reflejaban esas gotas de oro. Estaban totalmente abiertos a esa nueva maravilla que los mantenía como hipnotizados.
La niebla comenzó a tomar consistencia, e inmensas formas regulares se fueron delimitando en el suelo. De las esquinas de cada una de las zonas cuadradas así marcadas surgieron repentinamente, en medio de una nueva explosión de chispas doradas, cuatro brillantes puntales semejantes a columnas de oro, que estaban colocados a distancias milimétricamente iguales. Levemente inclinados hacia dentro, se elevaron raudos hacia el cielo hasta encontrarse y fusionarse, con una nueva explosión de luz, en una cúspide a gran altura.
Después, sin pausa aparente, como telas tejidas por invisibles arañas, comenzaron a surgir de los postes los componentes de gigantescas estructuras geodésicas que, entrelazándose con toda precisión, pasaron a llenar las inmensas superficies laterales de las estructuras, hasta semejar piramidales torres de comunicación de tamaño descomunal.
Los animales atrapados en el interior de las ciclópeas construcciones estaban ahora como congelados. No movían un solo músculo. Adultos, crías, todos estaban como hechizados ante lo que no entendían ni de la manera más remota. Solo sentían una extraña seguridad. Una sensación de estar protegidos ante el inminente y portentoso suceso que estaba por ocurrir.
Estaban en paz.
Finalmente, tras una mínima fracción de tiempo, las áreas se recubrieron con muros translúcidos que surgían como olas brillantes desde el suelo hasta llegar al lejano vértice superior. Desde dentro, los animales veían el mundo exterior como difuminado en una bruma dorada que no dejaba pasar muchos detalles.
Las gigantescas pirámides hábitats fueron finalmente completadas por unas esferas semejantes a estrellas que emergieron del suelo y, como deslumbrantes burbujas, flotaron hasta terminar alojándose en la punta de la pirámide, por su parte interior. Estaban listas para fungir como pequeños soles.
Las estructuras tenían las medidas y proporciones precisas: míticas dimensiones para contener cómodamente su carga de vida, y a la vez, manipular y dosificar la energía requerida para sostener esos hábitats a largo plazo. Todo estaba listo.
Minutos de rápida acción ponían fin a millones de años de lenta evolución.
Pocos fueron los convocados, y menos los elegidos. No fueron muchas, respecto al total, las criaturas adicionales a los mamíferos que sintieron el impulso de dirigirse a estos refugios. Los precursores de los modernos cocodrilos, tortugas, ranas y salamandras fueron igualmente seleccionados. Llegaban a unirse a los que ya estaban dentro cruzando sin problema las paredes color oro brillante de las pirámides.
Era como traspasar un hermoso velo de luz dorada que los cubría totalmente al entrar. Los animales de todos tamaños se iban acomodando, como los mudos espectadores de la función final de la obra denominada La persistencia de la vida, en la cual, como era tradición, el acto final era la muerte de muchos seres.
Las doradas pirámides se habían ubicado en sitios con suficiente agua y vegetación. Pero solo los sanos, solo los aptos, principalmente adultos jóvenes y crías, fueron salvaguardados. El resto era totalmente prescindible.
Sin dudas. Sin retrasos. Sin piedad. El proceso siguió su curso.
También hubo insectos, aves y otras muy específicas formas de vida incluidas en la selección. Con presteza volaron, trotaron y saltaron, atravesaron las paredes y abordaron las doradas arcas. En el caso del mar, primitivos tiburones, futuras ballenas y diversas especies fueron puestos a cubierto. Todos ellos preparándose, sin saberlo, para el impacto.
| Meteoro: | Tierra, estoy concluyendo la última vuelta en la atmósfera. Punto de impacto seleccionado. Daños calculados. Refuerza nexo de Geotraxis y estabiliza los hábitats. |
| Tierra: | Entendido. Procedo a reforzar vínculos de protección. Hábitats de seguridad establecidos. Especies seleccionadas a salvo. |
| Meteoro: | De acuerdo, ahora procedo a fase de ingreso final e impacto. |
El meteoro heraldo, incrementando su velocidad, entró en la atmósfera baja a una velocidad aterradora de treinta kilómetros por segundo. Iluminó el cielo como lo que era: una espada de fuego dispuesta a dar el golpe final. Los dinosaurios que tenían a la vista el fenómeno levantaron aún más sus cabezas. Herbívoros, carnívoros, gigantes y enanos, en la tierra y en el mar, de repente sintieron algo cercano al terror.
Los dinocazadores por fin supieron lo que iba a pasar, y repentinamente conscientes de su destino, se acercaron rápidamente a las pirámides de luz dorada para intentar entrar. Fueron rechazados por un campo de fuerza que les impedía el acceso. Nuestro cazador incluso golpeó inútilmente con su rama la dorada barrera.
| Meteoro: | Tierra, estoy a cinco segundos del impacto. Te transfiero los nuevos registros. Nos vemos en la siguiente etapa. |
| Tierra: | Entendido. Quedo en espera. |
El pequeño dinocazador quedó frente a frente con un joven mamífero de la especie a que pertenecía su reciente víctima. El ser peludo estaba trepado en una fuerte rama de helecho, pegado al fantasmal muro de luz dorada que los separaba. En un eterno segundo, sus miradas se encontraron y ambos aceptaron lo que vendría. El dinosaurio, con dolor expresado en algo parecido a un grito dirigido al cielo. El rudimentario mamífero, con miedo y esperanza reflejados en un inquieto silencio y una rápida mirada al pequeño sol de su refugio.
Un nuevo capítulo de la vida y la muerte en la Tierra dio inicio. Como correspondía, en la voz del meteorito, Dios dijo: «Hágase la muerte».
Y la muerte se hizo.
La descomunal colisión sacudió al planeta. El meteoro heraldo hizo impacto con la energía de cien millones de megatones en lo que alguna vez sería la península de Yucatán, con fuerza suficiente para abrir un cráter de doscientos kilómetros de diámetro y quince kilómetros de profundidad.
Todos los seres vivos a varios kilómetros a la redonda del impacto fueron instantáneamente vaporizados, y la onda de choque barrió un área muchísimo mayor. Al caer en el agua, el impacto del meteorito generó olas gigantescas que arrasaron las costas y entraron muchos kilómetros en tierra firme, devastando todo a su paso. La destrucción inicial fue nuevamente descomunal.
Pero la muerte solo había empezado su trabajo. Muchísimos más morirían lentamente en el oscuro y larguísimo invierno que sobrevendría. Esto sería conocido e investigado por muchos expertos.
Lo del proceso de selección sería descubierto solo por unos cuantos.
En medio de la brutal destrucción, únicamente las gigantescas pirámides doradas resistían inmutables las colosales energías desatadas. Como poderosas y enormes arcas ante un diluvio, protegieron a sus moradores de todo daño, absorbiendo el choque de olas, fuego y rocas, resistiendo los brutales embates tanto en el mar como en la tierra.
Eran botes salvavidas que el planeta madre sostendría durante el tiempo que fuera necesario, a salvo del frío y de las tinieblas que el polvo producto de la bestial explosión provocaría.
Sería un periodo de educación y paz, de adaptación y preparación. Los seres dentro de los hábitats vivieron bajo reglas temporales de convivencia. Las pirámides eran ecosistemas a escala, cerrados y autosustentables con el apoyo del planeta. Cuando todo pasara, cuando se completara la preparación, y tanto planeta como habitantes estuvieran listos, se abrirían para dejar salir su carga de vida y dar inicio a la siguiente etapa.
Una familia de pequeños mamíferos similares a ratones miraba la hecatombe que se desarrollaba afuera. Se sentían tranquilos a pesar de estar junto a otros mamíferos depredadores y varios cocodrilos. El recuerdo de esa convivencia pasaría a su memoria racial, junto con otros que el planeta les daría en ese periodo de adaptación. Algunos se transformarían en conocimiento instintivo. Otros, en un futuro muy lejano, se convertirían en leyendas. Y los principales serían incorporados a las bases de grandes religiones.
Pero no era la única herencia que el planeta legaría a los mamíferos. Instintivamente, estos sabían que habían ganado su nueva oportunidad por un margen muy estrecho. El derecho a presentar en la forma de sus descendientes un nuevo examen no era gratis. Era momento de aprender.
Y rápido.
Tunguska, Siberia Central, 30 de junio de 1908
Eran las primeras horas de una deslumbrante y clara mañana.
Las densas extensiones de árboles parecían hordas de silenciosos y atentos guardianes, firmes en medio del relativamente benigno clima imperante en esos días. Era un espacio mayormente virgen y salvaje, donde los animales se movían con la precisión y cautela propias de su instinto natural de conservación, acostumbrados a ciclos de vida y muerte casi inmutables. La vida llevaba siglos de relativa estabilidad debido a lo aislado e inhóspito de esa inmensa zona.
Pero eso iba a cambiar en un instante.
La recia estirpe de hombres y mujeres que habitaban la región tampoco constituían un foco de atención muy significativo para el resto del mundo que se consideraba a sí mismo como «civilizado». Al igual que otros pocos privilegiados grupos humanos, los tunguses de Siberia, orgullosos descendientes de los mongoles, vivían respetando y valorando su entorno. Fundamentalmente se dedicaban al pastoreo de renos, y no pedían nada a nadie. Solo que los dejaran en paz para vivir según las tradiciones que los regían desde hacía muchas generaciones.
Y de su serena fortaleza y su sintonía con la naturaleza.
Como todas las tierras duras, bellas y antiguas, Siberia estaba llena de leyendas, historias y mitos; algunos con origen más o menos claro, y otros simplemente repetidos de generación en generación, como parte de las inmemoriales tradiciones locales.
Prácticamente todas las comunidades trataban con chamanes de distintos niveles de prestigio, generalmente acorde al poder que demostraban. Entre estos, aunque de manera discreta, destacaba un grupo que no solamente hablaba con los animales, con el viento y con el fuego, como lo hacía la mayoría de los miembros del gremio. Se decía que ellos podían hablar con la Tierra misma.
Y que el planeta les respondía.
Las leyendas florecen en prácticamente todos los rincones de la Tierra y generalmente no pasan de ser parte del folclor local. Pero en ese preciso lugar, a cerca de setecientos kilómetros del lago Baikal, esas leyendas estaban por demostrar ser totalmente ciertas. Y no solo eso.
El destino de la raza humana estaría en manos de los chamanes que intentarían validarlas.
Eran las 7:05 de la mañana, pero el día ya estaba avanzado. En esas latitudes tan septentrionales, el sol de verano se levanta pronto. Ese pequeño claro del bosque a casi sesenta y cinco kilómetros de Vanavara, el asentamiento humano más cercano, sería el escenario de la que podría ser la primera y última oportunidad de la raza humana para demostrar su valía. Y muy pocos humanos lo sabrían.
Hasta que tal vez fuese demasiado tarde.
La espesura se movió casi simultáneamente en varios puntos alrededor del claro, que tenía una forma muy próxima a la circular. Desde hacía unos cuantos días, animales grandes y pequeños, atraídos por algo que no entendían, se habían ido acercando al claro. Estaban llegando a una cita que, contra todos sus instintos básicos, incluía participar en algo junto a los extraños humanos que habían visto ocasionalmente fundirse con el planeta.
De alguna manera, los animales sabían que ahora esos humanos intentarían algo mucho más difícil: tratarían de invocar y dominar la forma más poderosa de energía de geotraxis que existía.
Desde mucho tiempo atrás, esos hombres y mujeres podían realmente hablar con los que consideraban sus hermanos animales. Por ello, esos salvajes seres tendían a considerar a tales humanos, si no amigos, al menos aliados, ya que ambos grupos entendían cómo se movía el todo.
Los chamanes conocían y podían comunicarse básicamente con la madre Tierra. Y lo hacían con el respeto y amor debidos a la madre de todas las cosas, al contrario de las hordas de sus congéneres que estaban arrasando tierra, mar y cielo en la mayoría del resto del planeta.
Eran heraldos que sentían, al igual que los animales, el dolor del planeta madre. Lamentablemente, no tenían el poder para detener la brutal e insensata destrucción.
Solo podían intentar obtener un tiempo adicional para que la raza humana rectificara el camino.
Y eso planteaba un inmenso reto que requeriría de la unión de todo el poder que hombres y animales pudiesen aportar, además de una verdadera confianza mutua.
Entre otros animales, surgiendo de la espesura con su típico bamboleo, apareció un oso. Tras volverse a mirar en todas direcciones y olfatear con interés el viento un breve instante, se sentó a esperar. No hizo caso de liebres, pájaros y otros seres con posibilidades de convertirse en su alimento que se encontraban cerca y relativamente distraídos.
Por el momento, esas pequeñas criaturas estaban relativamente a salvo.
El oso, con el aspecto de un inmenso muñeco de peluche pardo debido a su postura, presentía desde hacía días que algo importante iba a ocurrir, y que debía de ser parte de ello. Por eso, después de un largo viaje, estaba dispuesto a esperar para descubrir exactamente qué era.
Su curiosidad se vería pronto satisfecha.
Entonces, saliendo de un grupo de arbustos a un par de metros de su asiento, se presentó frente a él un hombre vestido con pieles. Era de estatura y complexión media. Sin parecer amenazador, emanaba una seguridad que inmediatamente tranquilizó los instintos naturales del oso. Le provocó una calma que pronto se convirtió en respeto, cuando un hermoso y gigantesco lobo apareció al lado del hombre. El lobo, adoptando una orgullosa pose, lo miró fijamente a los ojos. Estaba claro que era una criatura muy poderosa por derecho propio y el plantígrado lo aceptó.
Cuando el oso despegó sus ojos de los del lobo, se encontró con la mirada del humano, que de inmediato mostró una bondadosa sonrisa que dividió su barbudo rostro.—Sabre es mi amigo, y amigo tuyo también, compañero oso. Venimos a la misma reunión que tú. Gracias por haber acudido a la cita —le dijo con toda seriedad.
El oso se limitó a gruñir suavemente. Jamás los había visto antes, pero sabía perfectamente quién era el humano: era un heraldo que hablaba la lengua del geotraxis y debía ser respetado. Y ese lobo era su complemento animal, aunque fuese algo engreído también debía de ser respetado. No obstante, mantuvo una actitud de serena y algo indiferente expectativa.
Tras un breve asentimiento de cabeza a manera de despedida, el hombre siguió andando hacia el centro del claro. Su lobuno acompañante ignoró al oso, con olímpico desprecio, antes de seguir al humano. Aún entre los animales de diversas especies había jerarquías.
Su compañero humano se detuvo y se inclinó hacia él, murmurando en la lengua que el lobo conocía perfectamente:
—Es hora, viejo amigo —le dijo su hermano con tono de pesar—. Debes esperar aquí. Hemos recorrido un muy largo camino, siempre juntos, siempre luchando lado a lado. Y agradezco inmensamente tu amistad y fidelidad. —El lobo ladeó ligeramente su cabeza con muda atención, y un brillo especial destelló en sus ojos mientras escuchaba a su hermano humano, su mejor amigo—: Has sido un muy digno representante del Pacto, Sabre. Has cumplido con honor, hermano mío —le dijo ahora con verdadero aprecio—. Y ahora es el tiempo en que los heraldos debemos cumplir con nuestra parte. Pero si todo sale bien, un nuevo Sabre llevará tu nombre y honrará nuevamente el Pacto. Adiós, amigo. —El humano se permitió acariciar brevemente la poderosa cabeza del lobo—. Nos veremos pronto en medio del todo que es uno. En el corazón de fuego del eje de la Tierra —le prometió con firmeza al momento de enderezarse.
El hombre se giró y lentamente siguió caminando hacia el centro del claro. No volvió la cabeza para confirmarlo, pero sabía perfectamente que su fiel amigo lobo no despegaba la mirada de su espalda. En verdad se iban a extrañar.
En ese instante, otros seres humanos, igualmente vestidos con trajes de pieles, fueron surgiendo a lo largo del perímetro del claro, acompañados de sus propios compañeros animales. Tanto los hombres como las mujeres se movían silenciosamente y caminaban con serena seguridad hacia su destino. Entre ellos destacaba, si podía decirse así de alguien que ya pertenecía a un grupo bastante destacado, una mujer un poco menos madura que el resto del grupo. Iba ataviada con un hermoso y decorado traje de pieles blancas, con vistosos abalorios y piedras de colores. Llevaba su larga, negra y vistosa cabellera peinada en una perfecta trenza que le llegaba casi a la cintura. Pero ese no era su rasgo más distintivo.
Poseía unos ojos de un color azul muy poco común.
Llegó con una hermosa y orgullosa águila sobre su hombro. La majestuosa ave iba posada en un parche reforzado de cuero endurecido que la mujer había cosido sobre el hombro derecho de su traje. El paso suave pero firme de la mujer prácticamente no dejaba señas en el suelo y generaba un leve movimiento de balanceo al que el ave se adaptaba con lo que evidentemente era fruto de una larga experiencia conjunta.
A medio camino del centro del claro, la mujer se volvió hacia su alada compañera y suavemente le dijo:
—Es la hora, Segreka. Debemos separarnos ahora, querida amiga. —Una triste sonrisa dividió su sereno y moreno rostro—. Fueron muy buenos años, hermana mía, pero ten por seguro que seguiremos juntas. El Geotraxis nos mantendrá unidas —aseguró fijando sus ojos en los de la hermosa ave—. Vuela alto y nunca olvides quién eres, poderosa señora del viento —añadió al realizar el movimiento de brazo con que ordenaba al águila alzar el vuelo.
La inteligente ave sostuvo su mirada en los profundos ojos de la mujer. Se resistía a partir. Eran muchos años de aventuras y compañerismo. Esa mujer era su mundo, su hermana y la razón de su ser. La majestuosa águila había nacido para ser el tótem viviente de esa igualmente poderosa mujer.
Y ahora debía despedirse de ella.
Por fin, tras apretar suavemente con sus garras el hombro de su compañera de aventuras, a modo de renuente despedida, Segreka emitió un potente grito y remontó el vuelo. No se alejó mucho: se posó en un árbol cercano y aguardó con resignada tristeza lo que sabía que iba a pasar. La señora del cielo lo tenía perfectamente claro.
Su hermana humana iba a morir.
La mujer, manteniendo su porte altivo pero suavizando mucho su mirada al ver por última vez el vuelo de su amiga alada, se despidió de ella con una leve inclinación de cabeza y reanudó su suave y silenciosa marcha.
Llegaron en total siete parejas humano-animal. Tras despedirse de sus compañeros, los demás humanos también se dirigieron hacia el centro del claro. Entretanto, los compañeros de los humanos, entre los que había un zorro, dos grandes lobos (incluido Sabre), dos osos, Segreka y un halcón, se unieron a sus parientes salvajes en la periferia del claro, pero se mantuvieron formando un compacto grupo aparte.
Trataban de asumir con valor el destino de sus amigos humanos.
En un instante dado, en mutuo y silencioso acuerdo, los animales compañeros se volvieron a mirar a Segreka, reconocida líder de todos en varias aventuras, antes de volver su atención al centro del claro. Usando la comunicación que todos dominaban, la poderosa ave fortaleció la paz y la resignada aceptación que todos necesitaban. Lo que tenía que ser, simplemente sería. Podía dolerles, pero ellos no podían hacer nada más que apoyar incondicionalmente a sus compañeros humanos.
Como siempre lo habían hecho.
Cada uno de esos humanos era una leyenda para los pueblos con los que tenían contacto en mayor o menor grado. Habían recorrido grandes distancias desde sus territorios habituales para asistir al llamado, convocados por un poder mucho más antiguo que la humanidad misma. Era una llamada largamente anunciada y temida, pero habían respondido a ella con honor y esperanza.
La vida de todas y todos ellos había sido una preparación para ese instante.
Los tres hombres y las tres mujeres, tras saludarse entre sí breve y formalmente, esperaron tranquilamente a que el séptimo elemento, el jefe reconocido de todos los heraldos, se colocara en el preciso centro del claro y los convocara con el rito debido a tan señalada ocasión.
Eran las 7:10 de la mañana.
El compañero de Sabre era un hombre fornido, no demasiado alto ni muy imponente a primera vista. Sin embargo, en su barbado rostro se leían una tranquilidad y una sabiduría sin edad. Había realizado hazañas y hechos que el mundo exterior no conocería más que en parte, y eso solo en forma de historias tribales. Incluso como leyendas. Pero a él eso lo tenía sin cuidado. Su verdadera misión, el motivo principal de su existencia, estaba ahí. En ese preciso instante y lugar. Y el sabio hombre sentía plenamente el enorme peso de esa responsabilidad. Porque ese sería un momento definitivo para la raza humana.
Posiblemente el último.
Los heraldos nunca antes habían logrado hablar de manera completa con la Tierra. Lo aceptaban, ya que sabían que al parecer no era su destino. A pesar de haber enviado mensajes en ocasiones importantes, el planeta nunca les había respondido directa y claramente.
La Profecía así lo marcaba.
Decía que el lenguaje sería el medio usado por los heraldos, pero que el planeta no respondería si no eran las palabras exactas. Y los heraldos no las conocían.
Ellos solo debían conseguir una nueva oportunidad para que la que sería la última estirpe de heraldos, aún por nacer, pudiese intentar salvar a la raza que estaba en un concienzudo proceso de destruir al mundo que le había dado la vida.
Las señales estaban ahí. Desde hacía meses habían ocurrido muchos sucesos fuera de lo normal: luces en el cielo, energía dorada en sitios cargados de poder, extraños comportamientos de grupos animales… Todo estaba ahí.
Los heraldos también sabían de la existencia de los siete quanan yumek, ahora dormidos. Pero tampoco era su destino conocer dónde se hallaban. Mucho menos acceder a su poder.
Solo podían luchar por darles a esos nuevos heraldos la oportunidad de cumplir la Profecía.
Todos estos pensamientos llenaban la mente del primero de ellos.
Una suave brisa rizaba los flecos de su vestimenta de pieles y el sol iluminaba aún más su mirada. De repente, el viento aumentó notablemente de intensidad. Pareció la señal para que, entrecerrando los ojos y emitiendo un leve suspiro, el primer heraldo inclinara la cabeza con gesto formal, convocando así al resto del grupo a tomar sus lugares.
Ajustó su posición para quedar en el centro exacto del círculo formado en ese momento por sus seis compañeros, simétricamente colocados, alternándose un hombre con una mujer. El muro de gigantescos árboles que los rodeaba a su vez era como una hermosa e imponente catedral natural coronada por un cielo claro y brillante bajo un magnífico sol.
Ese era, desde tiempos inmemoriales, el sitio de reunión donde innumerables generaciones de heraldos habían emitido sus plegarias. Y en ese momento, ese grupo celebraría lo que sería su última y más importante ceremonia. Aquella para la que habían nacido.
Todos ceñían su frente con una cinta de cuero trenzado de color azul claro que mostraba en su centro un símbolo, mezcla de letra y dibujo, con un hemisferio planetario como fondo. El rango del denominado primer heraldo solo se ostentaba a través de una barra dorada debajo del hemisferio.
En distintas partes del planeta se encontraban otros grupos de heraldos, aunque ya muy reducidos. A pesar de todos sus esfuerzos, el grupo siberiano no había podido establecer contacto con ellos. Si la Tierra hubiese querido que se apoyaran unos a otros, hubiese facilitado la comunicación. Así que su destino era luchar solos y morir solos.
Y ese grupo de heraldos lo había asumido con valor.
Pero ninguno de ellos podía evitar el dolor que les producía, debido al poderoso proceso que iba iniciando, sentir con mayor profundidad el terrible desperdicio de energía vital que la raza humana estaba haciendo en todo el planeta. Un desperdicio que sería llevado a niveles brutales por las dos terribles guerras que estaban por llegar y que ellos habían visualizado en sueños.
Pero no había nada que los heraldos pudiesen hacer para evitarlo.
Eran las 7:12 de la mañana.
El denominado primer heraldo empezó a entonar con una voz apenas superior a un susurro una antiquísima plegaria en el lenguaje que los heraldos usaban como enlace con diversos niveles. El lenguaje que los hacía uno entre ellos y con el planeta.
El poderoso lenguaje que en un cercano día sería denominado quásar.
Con un rostro que presentaba una mirada limpia y transparente, donde se reflejaban la esperanza y la incertidumbre casi por igual, el heraldo pedía la atención y el apoyo de la Tierra.
En el punto preciso de su plegaria, las otras seis voces se unieron a la suya para entonar el ancestral pedido, ahora como un canto fuerte y decidido. Como contraparte, el bosque pareció guardar entonces un profundo silencio mientras el viento cesaba abruptamente, como si de repente una gigantesca campana de cristal hubiese descendido sobre la zona.
—Madre Tierra, óyenos.
Algunos de los animales salvajes se quedaron como hipnotizados. No movían un solo músculo, mirando fijamente al grupo de humanos. Entretanto, los animales compañeros, obedeciendo a un suave grito de Segreka, se desplazaron lentamente para formar su propio círculo, que envolvía de manera protectora al de sus amigos humanos.
Los seis heraldos extendieron sus brazos hasta casi tocarse unos a otros. Las puntas de sus dedos se hallaban a pocos centímetros de distancia, en perfecta alineación. El primer heraldo dirigió, entonces, el inicio de un nuevo canto que llevaba un ritmo más rápido y urgente que el anterior. Comenzaron a surgir del suelo chispas de energía dorada que se elevaban en el aire y rodeaban a los heraldos. Flotando como copos de luz, explotaban para irse multiplicando exponencialmente. La energía del geotraxis comenzó a acumularse raudamente.
La Tierra respondía a la convocatoria de los heraldos.
El canto aumentó en intensidad mientras, con una dorada explosión de energía, de los dedos de los heraldos surgían tenues hebras de telaraña que se engrosaban rápidamente para unirlos entre ellos en un poderoso círculo ancestral y primigenio.
Entonces, el primer heraldo comenzó a resplandecer mientras una niebla dorada surgida del aire difuminaba su cuerpo.
—Madre Tierra, estamos aquí…
Más espesa y vaporosa neblina, igualmente dorada, comenzó a surgir de todas partes. Salía del suelo, de entre las agujas de los pinos, de debajo de rocas grandes y pequeñas, de entre las ramas de los arbustos y, en mayor cantidad, del área delimitada por el círculo de los animales compañeros.
Como en un hipnótico ballet, las chispas de luz y la neblina interactuaban con movimientos precisos y continuos que de inmediato, acelerando su velocidad, comenzaron a tejer una etérea red en torno a los humanos. Sin apenas una pausa, la red rápidamente se transformó en una semiesfera que empezó a crecer entre explosiones de nuevas chispas de luz.
—Escúchanos, madre, y danos tu fuerza para responder…
La energía del geotraxis comenzó ahora a solidificarse en puntales, travesaños y cubiertas flotantes que parecían bailar un breve instante en el cielo antes de tomar sus posiciones, ajustándose al ritmo de crecimiento de lo que ahora se convertía en un gigantesco domo geodésico. Multiplicando y fortaleciendo sus travesaños —que se alargaban como las ramas mágicas de un árbol de leyenda, cruzándose una y otra vez a toda velocidad—, el domo se elevaba hacia lo alto del azul cielo.
Los animales compañeros comenzaron a brillar con su propia poderosa belleza.
—Déjanos seguir aprendiendo. Somos parte de la naturaleza. Somos parte de ti y de tu ley…
El domo alcanzó alrededor de cien metros de altura por doscientos de diámetro mientras el cielo parecía estallar en luz dorada por todas partes. Los animales salvajes empezaron a retroceder lentamente, sin dejar de mirar hacia la dorada semiesfera que crecía imparable frente a ellos. Sentían mucho miedo. Pero entonces, una amable pero firme instrucción de Segreka resonó en sus mentes y los invitó a entrar al domo. Entonces, tranquilizados, obedecieron y cruzaron la translúcida pared, uniéndose a la fabulosa ceremonia.
Segreka, que había mantenido su elevada posición en el árbol, coordinaba la generación y absorción de la energía de geotraxis que ella y sus compañeros aportaban al esfuerzo humano. Había extendido sus alas como si estuviese surcando el aire mientras remolinos de luz giraban hipnóticamente alrededor de ella y de sus compañeros antes de unirse a la creciente estructura en un río imparable de poder que el águila canalizaba con firmeza. En un momento de suprema magia, los ojos de la poderosa ave y de los restantes animales compañeros, se convirtieron en esferas doradas.
Entonces, Segreka tuvo un atisbo de duda.
Empezó a mover sus alas con la intención de ir al hombro de su amada compañera, pero la voz de esta resonó clara y firme en su mente:
—Tú no, querida amiga. Te necesitan aquí. Nos reuniremos muy pronto, en medio de la luz del todo. En el centro del eterno fuego del eje de la tierra.
Renuentemente, el águila mantuvo su posición al igual al igual que los otros compañeros animales.
Estaban haciendo pleno honor al Pacto.
En ese preciso instante, en la fría soledad del espacio exterior, repitiendo el antiguo proceso una vez más, el transportal Alfa surgió y se abrió. Y un nuevo meteorito inició su carrera tomando rumbo hacia la hermosa esfera azul, blanca y café que esperó su llegada con incertidumbre.
La Tierra no estaba segura de qué tanto apoyar a los seres humanos en la prueba, ya que su comportamiento había resultado ser una desagradable sorpresa. Los ajustes que habían permitido que la raza humana alcanzara su actual nivel de evolución al parecer habían fallado en otros aspectos fundamentales.
Los humanos eran la primera especie que destruía su propio ambiente de manera consciente.
En lo que para el planeta era un muy breve espacio de tiempo, la raza que la Tierra había elegido para liderar la siguiente etapa conjunta de evolución planetaria había traicionado su confianza y se había vuelto contra aquellos seres que debía de proteger. Estaba depredando y acabando con recursos y ambientes a una velocidad asombrosa.
Y el planeta, lamentando mucho tener que hacerlo, lanzó un llamado para una nueva depuración.
Pero entonces, mientras trataba de balancear su dañado sistema para enfrentar la nueva visita de un cometa heraldo, el planeta Tierra descubrió que las capacidades que esperaba de esta raza habían alcanzado un nuevo nivel. El pequeño grupo de humanos que se comunicaba con ella esporádicamente era capaz de lo que se esperaba de ellos: manejar la energía de geotraxis.
Pudo dominar el manejo de la energía de geotraxis.
Además, otros grupos, siguiendo lo que al parecer era su propio plan de respuesta, estaban haciendo esfuerzos para que una nueva generación de humanos alcanzara el máximo nivel de interacción con ella, su planeta madre. Y tenían buenas probabilidades de lograrlo.
¿Pero que podía hacer ahora?
Su solicitud de depuración no podía ser cancelada. Como bien se especificaba en sus instrucciones, las cosas no funcionaban así: Akraron no permitía errores graves de apreciación. Pero tal vez sería posible obtener un poco de tiempo adicional y un relativamente leve ajuste en la prueba. Así fue como el planeta lanzó una nueva solicitud.
Y fue escuchada.
El meteoro heraldo que llegaría no sería tan poderoso. Sería una prueba parcial, y, si la actuación de los humanos lo ameritaba, tendrían una segunda y última oportunidad.
La prueba final.
Pero este ajuste tendría un costo, como todo en los procesos evolutivos del universo. El planeta estaba arriesgándolo todo por esa raza que aún no terminaba de definirse, pero que él había elegido. Para el planeta Tierra, tanto la parcial como la siguiente prueba, si es que se daban, también serían las últimas oportunidades.
Si los humanos fallaban, el joven planeta moriría con ellos.
Y el resto de las reglas para el proceso de la prueba seguían vigentes. Había un límite para lo que el planeta podía ofrecer como apoyo a los humanos en ese momento.
El resto estaba en manos de los heraldos.
—Somos solamente una esperanza…
El meteoro heraldo, surcando a toda velocidad el negro vacío, comenzó a emitir su mensaje ritual. Sometió a evaluación los resultados obtenidos por el planeta y sus elegidos hasta ese momento.
No eran demasiado alentadores.
Pero a pesar de ello, siguió sus órdenes y pidió su opinión al planeta. Y la Tierra validó nuevamente su voto de confianza y les dio a los heraldos acceso al fuego de su eje.
Los valientes humanos sintieron como su corazón se llenaba de esperanza y sus cuerpos se inundaban de la poderosa energía que ya conocían, pero a un nivel con que solo se habían atrevido a soñar.
Con sus esperanzas renovadas y sus poderes inmensamente amplificados, los heraldos se lanzaron al siguiente nivel de la prueba. También los animales compañeros sintieron y aprovecharon al máximo la nueva y descomunal descarga de energía vital.
Y siguieron luchando al lado de sus hermanos humanos.
El domo decuplicó rápidamente su tamaño, sobresaliendo mucho por encima de las copas de los gigantescos árboles. Brillando poderosamente en medio de chispas y luz doradas, parecía un nuevo sol saliendo de un mar de verdor.
Eran las 7:14 de la mañana.
—Para llegar a ser una sola voz. Tu voz…
El meteoro heraldo ajustó su velocidad y trayectoria. Con toda precisión, se dirigió a la dorada diana que surgía en esa hermosa y remota región. Respondiendo a la solicitud de la Tierra, impactaría en una zona prácticamente deshabitada. Ahí pedían los humanos el golpe, y ahí lo recibirían.
El resto dependía de ellos.
En ese preciso instante, el planeta permitió que de su eje de fuego, situado en su ígneo corazón planetario, surgiera un poderoso rayo de energía que salió del círculo que formaban los heraldos. Estalló en oleadas concéntricas de fuego líquido que impactaron en la parte interior del domo y se fundieron instantáneamente con él, reforzándolo así con una inmensa cantidad adicional de energía de geotraxis.
Los heraldos agradecieron de corazón a la Tierra, sabiendo su planeta madre les estaba otorgando todo el apoyo posible. Pero que había un límite.
No hubo palabras. No hubo sonidos. No hubo mensajes.
La Tierra no podía romper las reglas: ellos no eran los heraldos destinados a hablar con ella.
Ese pleno conocimiento, obtenido gracias a su contacto con el eje de fuego, les dolió mucho a los siete humanos. Pero su determinación no flaqueó en lo más mínimo. Sabían que la humanidad no se merecía más de lo que estaba recibiendo en ese momento.
—Perdónanos, madre —susurraron a coro, a manera de despedida.
La plegaria terminó.
Los heraldos, con sus figuras ya casi indistinguibles en medio de la deslumbrante luz dorada que estallaba en chispas de energía rebosante, sintieron con plena claridad la cercanía del inminente impacto.
Era el momento final.
El primer heraldo, comenzando a girar lentamente, con los brazos firmemente extendidos a sus costados, se unió a los demás por medio de una espiral de luz que brotó de él como un deslumbrante tornado de fuego. Al mismo tiempo, los fue mirando uno a uno agradeciéndoles su próximo sacrificio. Con una valiente sonrisa, ya casi fundidos en la potente y dorada luz, los demás inclinaron la cabeza y, acercándose, se tomaron de las manos cerrando el círculo con un soberbio estallido final de luz.
Con las miradas convertidas en soles, los siete heraldos se fundieron en un solo ser y se disolvieron en una esfera de poderosa energía que se expandió hacia la superficie del domo para fundirse también con él. Dotaron a este de un nuevo tono de luz que incluía vetas azules y verdes: los colores del espíritu humano.
El domo de protección de energía de geotraxis estaba listo.
Pero la conciencia de los heraldos siguió existiendo un instante más. Su último pensamiento antes de disolverse en el todo fue para sus compañeros animales, que junto con los animales silvestres, estaban a salvo. Inculcarles ese conocimiento fue el último regalo de los humanos a sus fieles amigos: esa memoria persistiría en los descendientes de los animales compañeros.
Eran las 7:15 de la mañana.
El primer heraldo hizo un pedido final, ya con voz etérea:
—Van a nacer en tu nombre, madre Tierra. No los dejes solos, por favor.
La gigantesca bola de hierro, hielo y fuego golpeó en el centro del domo. Este, como esperaban con miedo y esperanza los heraldos, absorbió la mayor parte del impacto. Aun así, la enorme explosión resultante arrasó dos mil kilómetros cuadrados de bosque con una descomunal ola de energía, e incendió con una ráfaga de fuego miles de árboles cercanos al lugar del impacto. En un radio de treinta kilómetros se fundieron objetos metálicos, se incendiaron algunas construcciones y se vaporizaron varios renos. Sin embargo, a pesar de esa destrucción, no hubo pérdidas humanas inmediatas.
El domo de protección cumplió su misión. Incluso ocasionó que en el futuro se concluyese que el meteorito era menos poderoso de lo que había sido en realidad.
Y lo más importante: gracias a los heraldos la humanidad obtuvo una nueva y última oportunidad.
La onda de choque que se generó tuvo la fuerza necesaria para recorrer la atmósfera, dando dos vueltas a la Tierra. El brillante polvo que flotaba en el aire permitiría leer de noche a miles de kilómetros de distancia.
Fue todo un espectáculo.
La poca información disponible sobre el acontecimiento —que fue denominado Tunguska— estuvo olvidada durante trece años en la redacción de los diarios locales. Rusia y el resto del mundo tenían otras cosas en qué pensar. Fue tiempo después, en un periodo de paz, cuando el suceso se convirtió en fuente de las más diversas especulaciones.
Todas equivocadas.
Segreka y sus compañeros, lo mismo que el resto de los animales, permanecieron a salvo dentro de una cúpula remanente que los protegió hasta que pudieron alejarse sin riesgo de la zona. Todos los compañeros llevaban tristeza en el corazón. Deseaban haberse ido con sus amigos humanos. Ninguno olvidaría ese supremo momento, principalmente la poderosa águila y el gigantesco lobo. La descendencia de ambos estaría lista para responder si era convocada. Y entretanto, Segreka cumpliría cabalmente con el encargo de su amiga: volaría muy alto y nunca olvidaría quién era ella.
Y quiénes eran los heraldos.
El planeta comenzó a sumirse nuevamente en el letargo que le permitiría recuperarse y estar preparado para lo que se avecinaba. No había vuelta atrás. El tiempo había llegado. Esa raza también debía de prepararse para la inminente prueba final. La Tierra confiaba en que valorando plenamente lo que acababa de pasar, sus elegidos ralentizaran sus instintos destructivos y se concentrarían en lo que debían de ser, unidos. Se equivocó totalmente.
La humanidad se enzarzó en la Primera Guerra Mundial.
Capítulo 2.
Convocatoria
La unidad es la variedad,
y la variedad en la unidad,
es la ley suprema del universo.
Isaac Newton
Hemos aprendido a volar como los pájaros,
a nadar como los peces, pero no hemos
aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.
Martín Luther King
No eliges dónde y cómo nacer.
No eliges quiénes serán tus padres.
No eliges todas tus batallas iniciales.
Pero puedes elegir con quién luchar las principales.
Y si tienes suerte, puedes elegir dónde y cuándo morir luchando.
Comandante Allison
Memorias de combate
Seattle, Estados Unidos, 5 de diciembre de 2035
El futuro había traído autos voladores (aunque no en la cantidad mostrada en viejas películas), nuevas y revolucionarias tecnologías para generar energía limpia, hoteles orbitales, maravillas médicas y otros avances alucinantes, especialmente en medios de comunicación masiva. Definitivamente parecía un gran avance para la raza humana. Pero, como contraparte, los efectos de las pandemias, un brutal descontrol climático, crisis económicas y nuevas revoluciones sociales habían hecho mucho daño.
La humanidad se había fragmentado más, la desconfianza entre países había crecido y la competencia por los recursos naturales se había vuelto más feroz, y peor aún, la depredación ambiental en amplias regiones del planeta estaba todavía más descontrolada.
Afortunadamente también existía una respetable cantidad de personas que seguía trabajando y viviendo en la búsqueda de la necesaria estabilidad para que las sociedades siguieran funcionando y el planeta durara un día más. Unas abiertamente y otras de manera mucho más discreta.
En todos los casos eso incluía levantarse temprano para ir a trabajar, mantener una rutina familiar y apoyar a los hijos. En casos especiales, para mantener una necesaria apariencia.
***
La casa parecía una hermosa obra de tejados de pizarra a dos aguas, que en realidad eran microceldas solares de alta capacidad. La construcción contaba también con un amplio porche frontal que permitía apreciar amplias ventanas de los nuevos cristales de adaptación inteligente. Pintada en tonos pastel de variación instantánea, que por el momento eran azules y brillaban pálidamente a la luz del naciente sol, no resaltaba especialmente en el tranquilo vecindario suburbano situado en la periferia de la hermosa y muy moderna ciudad de Seattle.
La señora de la casa, una mujer menuda y rubia, cercana a los cuarenta y cinco años, que gracias a un constante ejercicio mostraba una figura y apariencia más jóvenes, se movía ágilmente ejecutando su acostumbrado ballet matinal y procurando salir con su elegante traje sastre indemne. Era su rutina diaria desde hacía años. Y le gustaba hacerla como una muestra de amor hacia su familia.
Sin embargo, ese día sería muy diferente.
A pesar de saberlo desde hacía muchos años, le costaba aceptar lo que estaba por suceder y que trastornaría a su familia de una manera inimaginable, lo que incluiría dar a su esposo una explicación largamente demorada por ella.
Pero no había otra alternativa, las señales era inequívocas y validaban lo que ella había creído desde que era una adolescente.
Dejó listo un desayuno fuerte para su esposo, Joe, quien el día anterior había llegado muy tarde del negocio familiar. Se había acostando sin cenar y por ello seguramente comería por dos. Con la misma previsión, dejó algo más ligero para su hijo Mitchell, que ya tenía clases irregulares por el inminente período vacacional, pero que a pesar de esto no dejaba de hacer ejercicio con toda puntualidad (digno hijo de su madre).
—Será el último desayuno que te dejaré en mucho tiempo, Mitch —susurró sin poder evitar un leve estremecimiento.
Entonces estuvo lista para partir. Su hijo menor, Jake, estaba en un campamento, y eso aliviaba un poco la carga. Pero su inquietud no menguaba.
Se dirigía a apagar el holotelevisor, al cual no prestaba demasiada atención regularmente (y ese día menos), salvo por los noticieros, que además, si uno lo prefería así, podían simplemente oírse, (bueno, menos cuando salía el tipo moreno y atlético del noticiero de media mañana. Que la disculpara Joe, pero a ese tipo sí había que verlo así, de bulto).
Su mano quedó inmóvil cuando el comentarista del noticiero matutino informó:
Siguen recibiéndose comunicados cada vez más insistentes acerca de los objetos voladores, aparentemente artificiales y no identificados, que se han venido observando en el océano Pacífico, en el Atlántico y el Caribe. Muchos testigos, tanto tripulantes y pasajeros de barcos como pilotos privados y comerciales de todo tipo de aviones, aseguran haber avistado dichos objetos a lo largo de períodos de tiempo no mayores a un par de minutos. Se mencionan como rasgos comunes una velocidad descomunal, el hecho de aparecer repentinamente y evolucionar en formas aerodinámicamente imposibles. Todo esto es materia clásica —indicó el hombre alzando una ceja—. Sin embargo, algo que llama la atención de los sucesos ocurridos en estas últimas semanas son los informes acerca de la forma y actividades de dichas naves. Algunas personas, que las han visto más de cerca, afirman que son hermosos aviones negros o plateados, de un modernísimo diseño y sin rasgos distintivos. Incluso hay quien asegura haberlos visto sumergirse en el océano —añadió alzando nuevamente una incrédula ceja.
Las autoridades de Defensa, tanto de nuestro país, como de otras naciones, se niegan a proporcionar cualquier tipo de información; cosa común desde hace años —sonrió leve y torcidamente —. Solamente aseguran que no son naves de guerra. —Nuevo alzamiento de ceja—. Sin embargo, un empleado de la NASA, que pidió no se citara su nombre, mencionó que no existen muchos datos disponibles, solo que los objetos aparecen y desaparecen sin ser rastreados de forma alguna. Lo de siempre —añadió ahora con un leve tono de burla.
A continuación —indicó mirando hacia su derecha— presentaremos una holofoto tomada por un turista japonés con su holocámara de alta velocidad cuando estaba en la cubierta del Storm II, uno de los nuevos megacruceros turísticos en viaje por el Caribe. La imagen ha sido retocada por nuestros técnicos y, según la opinión de algunos de nuestros asesores expertos, esto es un avión —indicó con sorna—. Lo dejamos a su criterio, estimado holovidente.
Lisse Scott contempló absorta una hermosa imagen tridimensional, no muy clara a pesar del mencionado retoque, de lo que parecía un elegante y ultramoderno avión negro. Parecía algo incongruente en su luminosa y blanca cocina, que literalmente resplandecía esa mañana. Destacaba como un negro halcón en el cielo azul del cubo de imagen. No sabía mucho de aeronaves, pero su hijo Mitchell sí, y según recordaba, ese se parecía a un avión espía del cual no recordaba el nombre, pero que había motivado una larga, muy larga, conferencia por parte del muchacho. Miró la hora en la pantalla y al ver luego su reloj, comprobó lo que temía: ya se le había hecho tarde.
Con un suave suspiro, marcó la función de grabado y apagó el holotelevisor. La silueta de la misteriosa nave desapareció y ella murmuró:
—Para que te entretengas un rato, hijo. —Y suspiró mirando hacia el piso superior de la casa. No imaginaba que Mitchell nunca vería esa imagen.
Sonrió levemente al pensar que su hijo estaba destinado a algo aún más maravilloso e increíble. Algo que no tenía que ver con aviones de guerra.
Luego se dirigió a la puerta y salió rápidamente. Había poca nieve, pero no le gustaba arriesgarse manejando deprisa en el pesado tráfico de la mañana.
Además, su auto no era de los que volaban.
Cielo de Canadá, 5 de diciembre de 2035
El avión, un enorme y moderno modelo híbrido en vuelo hacia Toronto, acababa de reportarse a la torre de control. Los pilotos no habían tenido novedades hasta ese momento y el último tramo del viaje prometía ser igualmente tranquilo, tal vez hasta tedioso. Aunque nadie se quejaba de esto. En realidad era el deseo de cualquier tripulación. Como decía un veterano capitán de la línea: «Con las señoras embarazadas, los estornudos y los niños, ya hay suficiente emoción a bordo».
En la cabina reinaba un cómodo y familiar silencio fruto de la confianza mutua entre la tripulación, tras años de volar junta. Después de varias horas ante los modernísimos controles, el piloto, un experimentado hombre de mediana edad, se desperezó y preguntó a sus compañeros:
—¿Alguien quiere café? Voy a encargar una taza para mí.
—Te la acepto, gracias —repuso el copiloto bostezando.
—No, gracias —contestó el ingeniero de vuelo—. Sin embargo, uno de esos nuevos menús de almuerzo no me vendría mal. —Sonrió convencido.
—Bueno —asintió riendo por lo bajo el capitán al momento de atusarse su recortado bigote entrecano—. Supongo que a todos nos vendría bien algo de comer —añadió con una suave risa.
Sin embargo, ni las tazas de café ni los almuerzos fueron solicitados ya que, en el instante en que el capitán se inclinaba para tomar el intercomunicador, percibió algo con el rabillo del ojo.
—¡Dios mío! ¿Qué diablos es eso? —exclamó a media voz mientras miraba al frente de su nave a través del impecable cristal.
En la repentinamente silenciosa cabina, sus compañeros no repararon en los extremos místicoverbales y dirigieron su mirada hacia donde observaba el capitán: hacia lo que en el cielo los pilotos denominan las nueve. Podrían haber entrado en la larga lista de observadores de platillos volantes si no fuera por el hecho de que las naves que estaban contemplando en esos momentos no tenían forma de plato. Parecían un escuadrón de tres cuervos negros que volaban en perfecta formación, aunque sin hacer travesuras aéreas.
Todos habían visto alguno de los reportajes recientes, similares al que la señora Scott había grabado. Sin embargo, verlo en pantalla no era lo mismo que contemplarlo en vivo. El vistazo fue breve y no alcanzaron a distinguir claramente nada más antes de que los objetos salieran de su vista. El radar del avión no detectó actividad alguna. Además, los tripulantes habían visto algo distinto: una de las naves era bastante más grande que las otras dos.
—¿Notificamos a la torre de control? —preguntó inseguro el copiloto, rompiendo el silencio.
—No, compañero —repuso el capitán con seguridad—. No tengo ganas de ser tomado por chiflado. Viene mi revisión médica y ya tengo problemas con el peso. —Meneó la cabeza—. De todas formas, no existen registros electrónicos. Si ustedes desean ser entrevistados, adelante. Yo no estorbaré. Diré que estaba en el baño. —Se encogió de hombros—. Pueden tener sus cinco minutos de gloria. —Miró a sus compañeros esbozando una leve sonrisa.
—O un retiro anticipado —repuso el ingeniero de vuelo meneando la cabeza—. Ya ven que últimamente no se necesitan muchos pretextos.
—¿También estabas en el baño? —bromeó el copiloto.
—Sí, pero en OTRO baño. Si no, serían más de cinco los minutos de gloria. Además de varias portadas de revistas y reportajes en redes sociales. —Su compañero sonrió torcidamente.
Todos se miraron entre sí antes de romper a reír y se pusieron de acuerdo con un simple asentimiento de cabeza. Mejor pedirían chocolate.
El café les alteraba los nervios.
Ciudad de México, 5 de diciembre de 2035
La espesa y grisácea neblina que flotaba tercamente en el ambiente hacía que el sol tuviese aún más problemas que los habituales para iluminar la fría mañana. Unida a la permanente capa de contaminación que desde décadas atrás era considerada un triste elemento distintivo de la ciudad, hacía que la mañana, además de fría, fuera obscura. Incluso algo tenebrosa.
Los pocos esfuerzos de usar energías limpias en transportes y servicios habían sido evidentemente insuficientes y debido a la precaria economía reinante no era probable que se diera una mejora sustancial en el futuro cercano.
El triste ambiente afectaba aún más el ánimo matutino de gente ya bastante estresada al vivir en una de las ciudades más peligrosas y conflictivas del mundo, azotada además por el ya impredecible y cruel clima. Un estado de ánimo que lamentablemente era compartido en muchas otras ciudades del mundo debido al repetido impacto de crisis económicas, pandemias y, de manera más reciente, de lo que incluso expertos ambientales habían clasificado como «fenómenos naturales inexplicables».
Pero la esperanza persistía tanto en grupos de seres humanos que buscaban soluciones con acciones específicas, como en otros muchos que llevaban sintiendo que «algo» estaba por pasar, aunque no pudiesen definir qué era.
Pero esto no estaba ahora en la mente del delgado joven de cabello castaño que corría por la calle, al parecer llegando tarde a alguna cita. Usaba los intemporales pantalones de mezclilla y una camiseta que pregonaba que el frío no le afectaba, pese a lo que sus padres pudiesen decirle.
Amaba y respetaba a sus padres, era un excelente estudiante y participante activo en diversas campañas ecológicas, y en general no tenía problemas con acatar las normas. Por ello finalmente su padre (venciendo la leve resistencia de su madre) respaldaba que saliera a la calle «como si estuviera en la playa».
—De cualquier manera nunca se enferma, amor —señalaba su padre con justa razón.
Pero en ese momento, como pasa con muchos siempre optimistas jóvenes, la mayoría de los pensamientos del muchacho estaban dirigidos a una hermosa vecina nueva, recién mudada a su barrio. Sus curvas hacían juego con una deslumbrante cabellera negra y una sonrisa que tiraba de espaldas.
—Es un forro —susurró por enésima vez esa mañana.
Estaba valorando diversos planes para conseguir que su padre le prestara el auto familiar por si corría con suerte. Lo del dinero ya casi lo tenía resuelto. Y la excusa para hacerse el encontradizo e invitar a la chica a «conocer el barrio» ya estaba lista.
—Todo listo, soldado —se dijo convencido.
Nunca llevaría a cabo esos planes.
Pero en ese preciso momento, regresando al presente, volvió a refunfuñar por ir retrasado a la escuela. En realidad, solo iba a presentar un examen, pero tenía el tiempo justo y por ello alargaba su zancada todo lo que podía.
Era bueno para correr, aunque su habilidad para esquivar obstáculos estaba en discusión. Solía tropezarse con las cosas con cierta frecuencia. «Parece que tienes tres piernas, hijo», solía decirle su madre tras cada tropezón, con diversos grados de consecuencias. «Y por favor, fíjate en quienes te rodean», solía decirle también.
Y el joven normalmente lo hacía. Pero en esos momentos, sumido en sus importantes planes de ataque, no prestó atención al hecho de que detrás del él, a corta distancia y sin perderlo de vista, un hombre vestido con un traje deportivo azul lo seguía trotando desde que había salido de su casa. El corredor mantenía el paso mesurado y constante de los expertos. Y él sí esquivaba con elegancia los charcos demasiado profundos u otro tipo de obstáculos.
—¡Carajo! Creo que voy a llegar tarde a ese examen. Solo al necio de Espinoza se le ocurre hacernos un examen adicional a estas alturas. —El muchacho sacudió levemente la cabeza—. Deja ya de hablar solo Edmundo, recuerda que tu madre dice que pareces loco.
Y sí, si era honesto consigo mismo, debía de reconocer que se veía algo extraño cuando abordaba esos a veces largos monólogos. Esto lo llevó a recordar lo ocurrido hacía un rato.
Esa mañana, su madre, una reconocida doctora en un gran hospital del sector público, se había despedido de él con especial cariño, lo cual resultaba un poco inquietante.
—Te quiero, Edmundo Escalante. Nunca lo olvides —le dijo mirándolo fijamente antes de ponerse de puntillas para besarlo en la frente—. Y por favor, cuídate allá fuera —añadió en su tono habitual de advertencia.
El muchacho había asentido con una sonrisa un poco confusa. Su madre siempre había sido muy buena con él y con su hermano menor, dándose de una manera u otra, a pesar de su pesada carga de trabajo, el tiempo para estar al tanto de lo que hacían (o lo que no hacían). Pero tendía a ser distante (seca, dirían algunos) y definitivamente, ese impulso emotivo era raro en ella.
Edmundo la amaba sin reservas, al igual que aceptaba y amaba el carácter festivo y algo rebelde de su padre. Aunque seguía sin comprender por qué, siendo tan distintos, sus padres se habían enamorado. Pero a final de cuentas, que era lo que contaba. Habían hecho un buen matrimonio que perduraba en un mundo cada vez más confuso e inestable.
—Yo también te quiero, mamá —había respondido antes de darse la vuelta y salir trotando hacia la puerta de la casa.
Su madre meneó la cabeza al verlo chocar levemente con una silla del comedor, sin mayores consecuencias.
—Y no corras, ya ves que siempre te caes —dijo al espacio vacío que su hijo había dejado.
Tras sentarse en un sillón de la sala, en la soledad de su casa, ya que tanto su esposo como su hijo menor ya habían partido a sus propios asuntos, la menuda mujer suspiró profundamente antes de susurrar con verdadero fervor:
—Por favor, Señor, cuida a mi hijo en el reto que va a emprender.
Un reto al que Edmundo, sin saberlo, había estado destinado desde su nacimiento. Y que ella debía de dar a conocer a su familia ese día, lo que era un motivo adicional de preocupación.
Por un momento deseó hablar con su madre, que siempre había estado muy unida a sus nietos, especialmente a Edmundo. Picolín, como solía decirle cariñosamente. Pero finalmente desistió de hacerlo. Suspiró suavemente al pensar que con que ella se preocupase era más que suficiente. De cualquier manera, mamá Lupe no podía enterarse de lo que iba a pasar.
En ese momento, su hijo empezó a recorrer una calle que siempre le había parecido demasiado larga, sobre todo si era tarde, como en ese momento. Al oír el silbato de una fábrica cercana, se dio cuenta de que era más tarde de lo que pensaba. Simultáneamente, descubrió que un muy anticuado autobús del servicio urbano tomaba posición de salida en la terminal situada al final de la calle.
—Metamos el turbo, patas mías —susurró acelerando el paso.
Cambió su paquete de libros y carpeta de brazo (se sentía ridículo usando portafolios), y esquivando personas, puestos ambulantes y charcos con diversos grados de éxito, llegó a un cruce peatonal que marcaba alto en el semáforo en ese instante.
Mientras esperaba y recuperaba el aire, vio el estado en que se encontraba un pequeño árbol cercano que él había «adoptado» no oficialmente. Nuevamente estaba casi totalmente cubierto de basura.
Meneando la cabeza, se dirigió hacia el pequeño prado y se inclinó a recoger los envases de cartón, un par de botellas de cerveza y papeles diversos que amenazaban con ahogar al valiente retoño que intentaba crecer en medio de tan hostil medio.
Vio de reojo que una pareja de niños de primaria lo observaba con una mirada de leve burla, y estuvo a punto de dejar el asunto por la paz, pero recordó una frase de mamá Lupe: «Solo los verdaderos valientes sostienen sus principios frente a una horda de necios, hijo».
Terminó su labor con el tiempo justo pensando que, en esos tristes momentos, la horda era realmente grande y que casi siempre los que hacían lo correcto no parecían valientes, sino simplemente locos o estúpidos.
—Bueno —se animó al depositar la última botella en un basurero cercano, lleno ya a rebosar—, al menos esto le parece atractivo a ciertas chicas. Espero que esto incluya a la vecina. —Rio suavemente—. Ahora, a correr con más ganas, Ed —dijo al ver que el autobús empezaba su recorrido. Salió disparado, corriendo un momento en paralelo al autobús, que avanzaba indiferente a sus gritos, tomando cada vez más velocidad y dejándolo finalmente atrás.
De pie al final de la calle, calculó que si atravesaba la amplia avenida a su izquierda a toda velocidad, podría interceptar al autobús en la esquina opuesta, ya que el humeante vehículo debía de dar una vuelta en U para tomar su ruta.
—No te me vas a escapar, cabrón —susurró al lanzarse a la avenida.
Logró pasar la primera mitad sin novedad. Pero no tuvo la misma suerte en la segunda. Al llevar la vista fija en el autobús que se acercaba cada vez más deprisa, no se percató del automóvil que se le venía encima. El vehículo, un sedán verde de modelo no muy reciente, no iba a una velocidad excesiva, pero llevaba la suficiente para no darle tiempo al conductor de frenar totalmente al ver frente de sí al muchacho.
Edmundo intentó apartarse, pero eligió ese inoportuno momento para tropezar y caer.
El mundo pareció detenerse en un borrón de luz dorada en el momento en que el auto lo golpeó y lo lanzó a un par de metros de distancia entre el revuelo de libros y carpetas, convirtiéndose luego todo en oscuridad cuando perdió el conocimiento.
El conductor del automóvil bajó precipitadamente para ayudar al muchacho. Creyó haber visto un globo de luz dorada que lo había envuelto en el momento del golpe, pero supuso que había sido su imaginación, desatada por el susto.
—¡Dios mío, que esté vivo, por favor! —susurró con la garganta y la boca secas al inclinarse sobre el joven tirado en el pavimento.
No tuvo tiempo para más, ya que en esos momentos llegó al lugar el hombre del traje deportivo azul, que se inclinó deprisa a auscultar brevemente al accidentado. Sus ojos, detrás de unos lentes de montura metálica redonda, reflejaron alivio tras tomarle el pulso. Sin embargo, su expresión cambió al volverse a hablar con el conductor:
—El chico no está bien —aseguró—. Debe ser atendido de inmediato. En cuanto a usted, está demasiado nervioso para conducir. Así que yo lo llevaré al hospital más cercano —informó—. Mi automóvil no está lejos de aquí. Usted no se preocupe —añadió con cierta amabilidad.
Y diciendo esto, levantó a Edmundo con suma facilidad ante la mirada nerviosa del automovilista y la curiosidad de la gente que ya se había reunido al derredor del accidente.
El hombre se alejaba cargando al muchacho y el conductor estaba aturdido. No sabía qué hacer. Tras un breve instante, se decidió a revisar los libros y carpetas que estaban en el suelo para ver si encontraba la dirección del muchacho y avisar a sus padres de lo sucedido. Era un caso raro de honesta responsabilidad civil. En la portada de una carpeta descubrió que el chico se llamaba Edmundo Escalante, mas no encontró nada que ayudara a su propósito de avisar a los familiares. Supuso que el muchacho llevaría su identificación en la cartera.
Al volver la vista hacia todos lados, ya no pudo ver al desconocido deportista por ninguna parte. Los impacientes cláxones de los automóviles que estaban detenidos detrás del suyo le obligaron a continuar su camino.
El pequeño drama no iba a detener el mundo.
Los observadores de a pie se empezaron a dispersar mientras comentaban los detalles del accidente. Ya tenían material para charlar con sus conocidos por uno o varios días, lo cual también era parte de la forma en que funcionaba el mundo.
Un detalle curioso del que nadie tuvo conciencia en ese momento, ni después, fue que las fotos, los vídeos y mensajes relativos al accidente y enviados a través de los celulares de varios curiosos, simplemente desaparecieron. No quedó constancia alguna de lo sucedido. Pero nadie, en caso de haberse percatado, le dio la menor importancia al asunto.
Aeropuerto de la Ciudad de México, 5 de diciembre de 2035, un par de horas más tarde
—¡Carlos! —exclamó uno de los controladores de tráfico aéreo dirigiéndose a su supervisor—. Ven a ver esto, por favor.
—¿Qué es? —preguntó el aludido sin mucho interés.
Como siempre, todos tenían una importante sobrecarga de trabajo gracias al asqueroso clima. Ya tenían vuelos retrasados en salida y llegada, gente al borde de realizar ataques al personal del aeropuerto y una manifestación bloqueaba uno de los accesos.
Y el día apenas había comenzado.
—Creo que es un ovni —le informó el controlador.
—Creo que estás loco —repuso su compañero con una media sonrisa, acercándose lentamente—. Recuerda la última vez que alguien dijo algo similar —añadió meneando la cabeza.
El citado «avistamiento» había sido la bienvenida justificación para hacer un recorte de personal que incluyó a quienes literalmente «no habían visto nada».
—Lo sé. No pienso reportarlo. Solo quiero que lo veas, por favor.
—Yo no veo nada —repuso su amigo inclinándose sobre la pantalla del radar con un suspiro de resignada molestia—. Y no quiero arriesgar un trabajo ya de por sí en la cuerda floja.
—¡Pero ahí estaba!
—Deja de ver cosas extrañas o acabarás pidiendo limosna en las calles.
—Pero estoy seguro de que vi algo —insistió el controlador.
—Ponte a trabajar, es una orden. —En su carácter de jefe, su amigo cerró el asunto.
Seattle, Estados Unidos de América, 5 de diciembre de 2035
Mitchell se encontraba trotando en un parque cercano a su casa.
Era uno de sus favoritos, ya que las numerosas pendientes le permitían ponerse a prueba. Lo conocía tan bien que casi corría en automático, lo que le permitía ir concentrado en sus pensamientos. Salvo cuando alguna chica atractiva pasaba a su lado. Entonces, giraba su rubia cabeza y buscaba encontrar la mirada de la elegida con sus claros ojos azules, con distinto nivel de resultados.
Era un joven esbelto, de facciones recias, y aunque un poco más bajo que el promedio de sus compañeros de estudio, su índice de conquistas de chicas era sustancialmente más alto. Era simpático, las hacía reír y tenía una veta de fanfarronería que lo hacía casi irresistible. Pero lo que pocas chicas habían atisbado y solo sus compañeros de equipo en varios deportes habían apreciado en mayor medida, era su profundo sentido del honor y un cierto misticismo.
En los últimos tiempos, Mitchell Scott sentía ser una especie en vías de extinción y en ese preciso momento pensaba, no por primera vez, en si realmente tenía amigos en el verdadero sentido de la palabra.
—Los cien mil que tienes en redes no cuentan, Mitch —se dijo con un susurro.
La nieve no influía en su desempeño. En realidad, siempre había preferido el frío porque lo vigorizaba más. Casi había completado su recorrido matutino con total calma, ya que era una delicia no tener la presión de un horario regular. Por ello había dejado para después su desayuno y ver lo que su madre le había dejado grabado en el holotelevisor.
—Seguro alguna nota científica. Mamá insiste en educarme a todas horas —se dijo riendo en un nuevo susurro.
También se dijo que debía de dejar de hablar solo.
Aún sumido en sus pensamientos, pero sin descuidar la vigilancia, comenzó a subir por la empinada calle que lo llevaría de regreso a su casa.
Un leve rechinido de llantas producido por el auto que se había detenido repentinamente junto a él lo sacó de sus reflexiones al tiempo que lo hacía ponerse en guardia. El silencioso motor eléctrico del vehículo producía un agradable ronroneo mientras el conductor bajaba la ventanilla del acompañante, y Mitchell sonrió ampliamente al ver que el conductor era su antiguo profesor de ciencias, que lo saludó con la acostumbrada sonrisa que acompañaba a su imitación de un saludo militar.
Aspiró aire profundamente para luego acercarse a la ventanilla. El profesor era un bonachón hombre de bigote gris, reluciente calva y lentes de montura dorada que le sonrió con igual calidez.
—Buenos días, Mitchell —exclamó con su potente voz de conferencista—. ¿Cómo va la cacería? Ahora que estás de vacaciones, el índice de chicas afectadas se va a incrementar notablemente, no lo dudo. Un comando maternal debería vigilarte de manera constante —añadió con fingida seriedad.
—Buenos días, profesor Brown. ¿Cuál es la prisa? ¿O así se estaciona ahora? —repuso Mitchell recargándose en el marco de la ventanilla del moderno auto—. Le juro que soy inocente. Esa morena empezó todo —aseguró encogiéndose de hombros—. Y modestia aparte, muchas mamás me quieren —añadió con una socarrona sonrisa.
El profesor, divertido, meneó la cabeza, pero no comentó nada más sobre el tema.
—Pasando a algo más serio —continuó hablando Mitchell sin dejar de sonreír—, ¿cómo le fue en su congreso de Filadelfia?
El profesor puso un semblante más serio al responder.
—Estuvo excelente, Mitchell, y me interesaría mucho comentar algunos puntos contigo —añadió mirándolo fijamente.
El muchacho se extrañó un poco ante el tono del hombre, pero no le dio mucha importancia.
—Perfecto, ya sabe que soy materia dispuesta. Nunca descuido la mente —repuso Mitchell con simpática seriedad—. ¿Cuándo nos vemos? Mañana tengo un juego de práctica —indicó—. Podría ser después. De cualquier manera, ya pasó el 2030 y no se acabó el mundo, ¿o sí?
El profesor meditó un poco sobre el último comentario, pero mantuvo la misma actitud. Con una nueva sonrisa amistosa, repuso:
—Debe de ser ahora, Mitchell.
—¿Cuál es la prisa, profesor? —preguntó aún más intrigado el muchacho—. Tengo un examen extraordinario de Francés. Aunque, créame, no me entusiasma la idea de presentarlo —dijo torciendo el gesto, pensando que tampoco los franceses le caían muy bien. Pero esa rubia que lo había invitado…—. Además, la loción que traigo ahora no creo que sea de su agrado —rio alzando una ceja.
—He olido cosas peores, te lo puedo asegurar —repuso el profesor riendo—. Y no te preocupes por el examen —aseguró—. Puedo ayudarte a justificar la falta. Además, la profesora Ducret es amiga mía. Podrás presentarlo posteriormente.
«Aunque sea muy posteriormente», añadió mentalmente para sí mismo el profesor.
Mitchell no lo pensó mucho. El profesor Brown era buen amigo de la familia. Había cenado frecuentemente en su casa, su madre lo conocía desde hacía años y lo consideraba una persona de toda confianza. Por otro lado, si el tipo decía que era urgente, es porque era urgente. Y si podía hacer esperar el examen, ¿cuál era el problema? Dando la vuelta al trote y subiendo al coche con un ágil movimiento, exclamó:
—¡Le debo una, profesor!
—Ten por seguro que es al contrario, muchacho. —El profesor sonrió un poco enigmáticamente al arrancar y enfilar por una avenida cercana.
En un congreso de aeronáutica que se llevaba a cabo en las afueras de la misma Seattle, en las instalaciones de un elegante hotel, el ambiente era festivo debido al tamaño e importancia del evento, que había sido pospuesto hasta salir de un nuevo periodo de precauciones sanitarias.
Una nutrida asistencia deambulaba entusiasmada para ver y ser vista. Se habían dado cita aficionados, expertos, fanáticos y curiosos. Además de oír conferencias, conocer nuevos modelos de aviones comerciales y militares, algunos de ellos en vivo, podían conseguir autógrafos y ver la carrera aérea de clausura. Por supuesto, también disfrutaban de las bebidas de cortesía si es que conseguían el gafete adecuado.
En los ratos libres entre las conferencias, y desperdigados por todas las áreas comunes del hotel, los asistentes comentaban exhaustivamente los últimos y tan manoseados informes de avistamientos extraños, recibidos a través de distintos medios tanto oficiales como civiles.
Un trío de expertos en diseño aeronáutico conversaba cómodamente sentado en las butacas imitación piel del jardín posterior del hotel, bajo con un hermoso invernadero de cristal. Una pequeña mesa de servicio estaba entre ellos y un cigarro olvidado se terminaba de consumir en un cenicero casi lleno. Cada uno tenía su bebida favorita en la mano y estaban totalmente relajados ya que sus ponencias ya habían pasado y disfrutaban tranquilamente del resto del evento.
En esos momentos hablaba uno de ellos: un hombre alto y delgado, con más pinta de vaquero que de ingeniero aeronáutico:
—Ya afiné las imágenes. Son naves hermosas —aseguró—. Pero definitivamente las clasificaría como aviones. Unos hermosos aviones negros y plateados.
—Entonces —contestó uno de sus interlocutores, de modernos lentes oscuros y elegante ropa informal— descartas que esas observaciones correspondan a naves no terrestres. ¿No puedes aceptar que alguien fuera del planeta haya diseñado algo así? —preguntó seriamente.
—No sé qué fumaste, amigo —repuso el larguirucho experto—, pero a lo que más llegaría yo es a aceptar que sean militares.
—Además, son demasiadas zonas del mundo en donde se han dado los avistamientos. ¿Y por qué casi siempre sobre el mar? —intervino un hombre maduro, el decano del grupo, al tiempo de acomodar su anticuada corbata de pajarita por enésima vez en el día. Entre eso y mesar constantemente su escaso cabello, ya tenía exasperados a sus más jóvenes compañeros. Aunque debido al respeto que le profesaban, no hacían comentario alguno al respecto.
—Porque ahí no hay gente, profesor —repuso el vaquero con cierta deferencia. El hombre maduro era una leyenda en el ramo aeronáutico.
—Entonces ¿por qué se han dejado ver? —inquirió el de lentes oscuros—. ¿Presunción? ¿Llévenme con su jefe en cuanto llegue?
—No lo sé, tal vez tuvieron alguna falla de operación. No sería la primera vez —replicó el decano.
—Por fin, ¿son o no son producto de una tecnología muy avanzada? Aunque el alto número de fallas apoyaría la teoría de aviones militares —se burló el vaquero.
—Creo que lo que necesitamos es una cerveza —contestó el de los lentes, levantándose—. Vamos, yo invito.
Los tres se alejaron riendo en dirección al bar. Solo el decano llevaba una curiosa mirada de impaciencia. Y al no ser observado por sus compañeros, a los que había dejado caminar un poco más adelante, sus nerviosas maneras desaparecieron instantáneamente y dieron paso a movimientos desenvueltos y seguros al leer un mensaje de texto que acababa de llegar a su teléfono celular de última generación.
Un modelo muy poco común, por cierto.
—Perfecto, pasemos a lo que sigue —susurró en un lenguaje que nadie cercano, en caso de haberlo escuchado, hubiese entendido. Y su mirada se endureció, aunque solo fue un instante, mientras digitaba su informe de respuesta a toda velocidad.
Cuando alcanzó a sus compañeros, era el mismo maniático profesor de siempre.
Capítulo 3.
Y Dios se llama Akraron
Nuestra causa es nueva; nuevo, pues,
debe ser nuestro modo de pensar y de actuar.
Abraham Lincoln
El nacionalismo es una enfermedad infantil.
Es el sarampión de la humanidad.
Albert Einstein
Adaptarse a los grandes cambios a veces implica aceptar mucho.
Incluso ideas radicalmente distintas a las que conocemos
y respetamos.Y en ocasiones, dejar de creer totalmente
en lo que siempre nos había sostenido.
Jonathan Savage
Diario personal
Base principal de Humanidad, en un lugar de las Filipinas, 6 de diciembre de 2035
—¿Cómo te sientes, Edmundo? —preguntó una voz grave y tranquilizadora.
Fue lo primero que escuchó el joven al empezar a despertar. Conforme se despejaba la negrura, sus sentidos comenzaron a alertarse. El silencio era absoluto, por lo que su propia respiración le sonaba casi estruendosa. Esperó un momento más antes de abrir los ojos y trató de recordar el último cuadro de la película: solo logró vislumbrar una luz dorada, que seguía sin saber si había sido una alucinación, el reflejo del sol («¿Cuál sol?», se contestó solo), o sencillamente el golpe.
Y ahora estaba la voz que, aunque hablaba español, lo hacía con un leve acento. Definitivamente, no creía estar en una clínica de su ciudad; el lugar estaba demasiado en calma. Además, no se sentía ni siquiera adolorido. Y lo habían atropellado. ¿O no? Por fin se decidió y, abriendo los ojos, se incorporó a medias, apoyándose en un codo.
Se detuvo al sentir un breve mareo.
—A ver cuándo me dejo atropellar de nuevo —musitó para sí. O eso creyó.
—No te levantes muy rápido —aconsejó ahora la voz con algo de diversión en el tono—. Sinceramente, espero que no tengas por costumbre ser atropellado. Aquí podría ser un problema en verdad grave, considerando los vehículos que se mueven en la base. —La voz hizo destacar la B.
«¿La base? —se preguntó Edmundo mentalmente—. ¿Qué base? ¿A qué está jugando este tipo?».
Por fin se volvió por fin a mirar a su interlocutor. Definitivamente no estaba en una clínica del gobierno. El doctor, ¿qué otra cosa podía ser?, estaba vestido con un moderno uniforme azul claro, parecido a un overol, con aplicaciones azules más oscuras. Sobre este llevaba la clásica bata blanca abierta y el consabido estetoscopio que tenía colgado del cuello era de un diseño un poco extraño. La bata tenía en la parte izquierda del pecho un logo bordado que Edmundo no reconoció. Y debajo del mismo, lo que suponía era el nombre del doctor. Estaba escrito en unos símbolos o letras de lo que debía ser algún idioma, pero que no se le hacía ni remotamente conocido.
—Dios —susurró convencido—. Estoy muerto o loco.
El doctor, que era un apuesto hombre afroamericano, aparentaba unos cuarenta y tantos años de edad y usaba lentes sin montura que acentuaban la fuerza de la mirada de sus ojos castaños. Su complexión esbelta, barba cuidada y una altura aproximada al metro ochenta le otorgaban una solemne dignidad... que se quebraba al oír su tono de leve burla.
—¿Ya estás mejor, muchacho? —preguntó aparentemente divertido ante el escrutinio del joven.
Edmundo repuso afirmativamente con un leve movimiento de cabeza. Pero antes de hablar dirigió la mirada a su derredor. Efectivamente, se hallaba en una especie de consultorio que no llegaba a clínica propiamente dicha. Y definitivamente no era del tipo gubernamental.
Había anaqueles y hermosos libreros de madera, totalmente llenos, en todas las paredes. En ordenadas vitrinas, igualmente de madera oscura, se veían medicamentos y aparatos médicos. Todo en un «ordenado amontonamiento», como solía decir su madre. Todo era del gusto de Edmundo, amante de coleccionar diversos tipos de objetos.
A través de una amplia ventana entraba una poderosa luz artificial proveniente de lámparas exteriores, que comenzaba a sustituir la moribunda luz natural.
Al parecer, ya casi era de noche.
—¿Ya es de noche?, ¿tanto tiempo ha pasado? —preguntó Edmundo.
Una vez terminadas sus observaciones, y ya totalmente recuperado, Edmundo se sentó en lo que había acabado por identificar como una mesa de auscultación. Los pies no le llegaban al piso por unos buenos cuarenta centímetros. Tal vez hubiese gigantes por ahí. Entonces empezó a preguntar en ráfagas:
—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? ¿Cómo demonios sabe mi nombre? ¿Y cómo es que está anocheciendo?
Todo esto fue formulado en español y, al parecer, comprendido perfectamente por el doctor, quien respondió también en español, con el mismo leve acento:
—Tranquilo, Edmundo. —Alzó ambas manos y rio suavemente—. Una pregunta a la vez. De cualquier manera, todas tus dudas serán aclaradas en unos momentos. Al menos las de fondo —añadió alzando una ceja—. Asistirás a una reunión informativa en donde se les explicará a todos, de manera amplia y clara, el porqué de su estancia aquí.
—¿A todos? ¿No soy el único? Creo que ya estoy muy confundido como para agregar más cosas a mi pobre cabeza —repuso Edmundo enarcando una ceja.
—No te preocupes —insistió el doctor—. Es perfectamente comprensible que estés desconcertado. Empecemos a contestar algunas de tus dudas —indicó sonriendo de nuevo—. Para empezar, hay un buen número de jóvenes como tú en la base. Ellos llegaron de la forma planeada. Contigo se presentó la complicación de que no respetas las leyes peatonales y tuvimos que actuar sin tu consentimiento. —Esta vez enarcó ambas cejas al mover levemente la cabeza—. Por un momento temimos que también quedaras fuera del proyecto. En realidad, estuviste muy cerca, muchacho. Elegiste mal el día para ser atropellado — rio suavemente—. Por el momento, puedo decirte que te encuentras en la base central de Humanidad. Y yo soy el doctor Samuel Rivers— se presentó formalmente.
—¿Rivers? Su nombre me es familiar —contestó Edmundo con interés—. Mi madre es doctora. Creo que alguna vez lo nombró. —Se frotó levemente los ojos—. Pero todavía no confío demasiado en mi cabeza.
—Puede ser —repuso el doctor con un dejo de resignación—. Te es familiar como lo serán muchos de los nombres de mis asociados. —Sonrió algo torcidamente—. Sobre todo el de nuestro jefe. En su momento, hacíamos ruido allá afuera. Y por cierto, respeto mucho el trabajo que hace tu madre —añadió con seriedad.
—¿La conoce? —preguntó receloso el muchacho—. ¿De qué se trata esto?
—Edmundo —suspiró un poco impaciente el doctor Rivers—, ya no puedo darte más detalles, créeme. Basta con decirte que aún desde tan lejos estamos al tanto de las actividades de ustedes y sus familias.
Edmundo seguía pensando que estaba soñando.
—¿A cuántos kilómetros estoy de mi casa? ¿Cómo es que ya es de noche? —insistió en el punto.
—Entre el traslado y tu siesta forzosa pasó un buen número de horas. De hecho más de un día —repuso el doctor meneando levemente la cabeza—. Estás en una isla de las Filipinas y...
En ese instante se abrió la puerta del consultorio, dando paso a un hombre enfundado en un uniforme muy similar al del doctor, aunque de un tono de azul más oscuro. El tipo tenía porte militar con un corte de pelo casi al rape que reforzaba plenamente la impresión.
Sin disculparse por la irrupción, se dirigió al doctor de inmediato.
—Doctor, ¿está listo el muchacho?
—Lo está. No hay lesiones de ningún tipo. El campo de Geotraxis lo protegió. Luis llegó justo a tiempo —añadió el médico con un suave resoplido.
El hombre pareció recibir la noticia con sentimientos encontrados.
—Bueno, parece que el amigo Hermann finalmente ha corrido con suerte —sonrió torcidamente—. Y encima de todo tengo que ser su mensajero, ya que el señor está ocupado.
Al parecer el doctor no quiso discutir ese punto. Edmundo solo había entendido una palabra del breve discurso, parecía un nombre: Hermann.
—Bien, acompáñame muchacho —dijo entonces el tipo dirigiéndose a Edmundo, haciéndole un gesto.
El muchacho se volvió a ver al doctor con una mirada interrogante. Este, sonriendo comprensivamente, le dijo en español:
—Ve con él, Edmundo. Nos veremos en un momento. Guarda tus preguntas para la reunión. Y por favor, fíjate más al cruzar las calles —añadió con sorna.
Edmundo sonrió levemente y bajó con agilidad de la mesa, siguiendo al hombre que ya había salido del consultorio. Mientras caminaba, sentía como su cuerpo se iba desentumiendo.
El doctor miró pensativo como ambos salían al largo pasillo que los llevaría a la salida del edificio y, tras un par de segundos, se dirigió al moderno sistema de comunicación interna que estaba sobre su escritorio. Sin sentarse, pulsó un botón que lo enlazó directamente con su jefe, al cual le informó brevemente de que todo estaba listo.
—Ya está medianamente preparado para que le vueles un fusible junto a los demás, supremo líder —resumió la situación.
La respuesta de su jefe lo hizo reír suavemente, como era costumbre.
—Nos vemos ahí, jefe —cerró la comunicación.
Por el breve instante en que Edmundo le había visto el rostro a su guía antes de solo seguir una espalda, tenía la impresión de que el tipo era de origen oriental. Y no tan comunicativo como el doctor. Trotó brevemente para acoplarse al rápido y elástico paso del hombre, quien calzaba lo que parecían unas cómodas botas de combate.
—Qué bueno que no se dañaron mis tenis. Los acabo de comprar —susurró Edmundo con el tono de su sensata madre.
«¡Dios! ¡Debe estar histérica!», pensó.
Pero no tuvo mucho tiempo para seguir pensando en el asunto, ya que entonces salieron a una gran explanada que colindaba con el cuidado jardín exterior del edificio que estaban abandonando. Las poderosas luces exteriores deslumbraron momentáneamente a Edmundo, al tiempo que un delicioso olor le llenaba el olfato.
—Definitivamente, eso es mar —susurró incrédulo y escuchó, entonces, el suave rumor de las al parecer cercanas olas.
La gigantesca explanada estaba rodeada por sus cuatro costados por edificios de al menos cinco pisos de altura, todos completamente iluminados.
—Vaya que no escatiman en luz —murmuró Edmundo admirado.
Los edificios eran sencillos, elegantes y de una evidentemente moderna arquitectura, que incluía lo que parecían enormes ventanales de cristales inteligentes.
«¡Esto debe de haber costado una millonada! ¿En dónde demonios estoy?», se preguntó Edmundo nuevamente sin dejar de marchar a paso rápido.
Afortunadamente, la refrescante brisa estaba terminando de despejarle la cabeza. Aunque no era su idea de unas vacaciones sorpresa, el asunto no dejaba de tener su atractivo. Claro que faltaba ver qué opinaban sus padres. ¿Las Filipinas? ¡Por Dios! Con Acapulco hubiese sido más que suficiente, concluyó con sorna.
—¿A dónde vamos? —preguntó por fin a la veloz espalda del uniformado, ya que había desistido de ponerse a su costado.
Este respondió en la extraña lengua de hacía un rato. Lo hizo sin voltear, y Edmundo no se lo tomó a mal. Al parecer, ese día su destino era llegar tarde a todos lados. Por tanto, guardó silencio y continuó la veloz caminata.
Ya se sentía totalmente bien y siguió admirando las instalaciones.
Al frente de los edificios había cuidados rectángulos de césped que, como los bien distribuidos árboles, estaban perfectamente podados. En el medio de setos de arbustos, igualmente cuidados y estratégicamente distribuidos, se hallaban disimulados proyectores que iluminaban adicionalmente y de manera muy elegante a los modernos edificios.
—No les falta estilo —murmuró Edmundo mientras continuaba caminando a paso veloz tras su guía, pensando que era una vegetación extraña para una zona tropical.
A poca distancia de lo que parecía ser el edificio principal, ubicado en la parte oeste de la explanada, y que contaba con unas amplias escalinatas frontales, se levantaba un asta en la que ondeaba una bandera del color azul que pronto le sería muy familiar a Edmundo.
Un azul de todo su gusto, por cierto.
Sin embargo, a esa distancia no alcanzaba a distinguir claramente el escudo que la bandera exhibía, aunque estaba casi seguro de que sería el mismo de los uniformes, tanto del doctor como del corredor que tenía delante.
—Al menos es mi color favorito —murmuró meneando la cabeza.
En ese momento terminaron de atravesar la explanada y entraron en el primer nivel de uno de los edificios. Tras recorrer un corto pasillo, cruzaron las bellas puertas de lo que parecía ser un auditorio.
Edmundo tardó un momento en acostumbrarse a la ahora disminuida luz existente en el interior de lo que efectivamente resultó ser un enorme auditorio. El inconfundible murmullo de un gran número de gente reunida en un espacio cerrado le dio una nueva sorpresa, pese a lo dicho por el doctor.
—¡Vaya con el día loco! —susurró con incredulidad.
Cuando sus ojos se habituaron, pudo distinguir lo que sin duda eran cientos de butacas y un escenario de buen tamaño. Ahí se encontraba un hombre que portaba un uniforme igual al de su guía, y que parecía revisar algunos papeles colocados en un elegante atril de madera y cristal al tiempo que otros verificaban diversos paneles de control situados en los costados del amplio espacio.
Parecía que un concierto estuviese por iniciar.
Mientras descendía por un suavemente inclinado pasillo lateral tras su siempre veloz guía, pudo observar que la parte posterior del escenario estaba cubierta con una hermosa placa de metal opaco que ostentaba un gigantesco escudo en relieve con detalles de diversos colores. Era un bello escudo con elementos que parecían seres humanos estilizados, estrellas y algunas otras cosas que no pudo apreciar en ese momento.
—Debe ser un club exclusivo —musitó Edmundo—. Muy exclusivo.
A una respetable distancia detrás del atril, con el escudo como fondo, se veía una moderna y hermosa mesa de honor de madera y metal con doce o catorce sillas a juego, que en ese momento se encontraban vacías.
«Esto está de locos», pensó Edmundo, cada vez más confundido.
—Siéntate, muchacho —le indicó en esos momentos su guía señalándole una butaca con el número 122 marcado en el respaldo.
«Al menos esto sí lo puedo leer», pensó Edmundo con sarcasmo.
Obedeció más al gesto que a la palabra, dándose por vencido de tratar de entender ese dichoso lenguaje, dialecto, o lo que fuese.
Su guía, una vez cumplida su misión, se dirigió a hablar con el hombre que se encontraba en el escenario. No se despidió, pero Edmundo no le dio mayor importancia, ya que algo le decía que al parecer solo lo estaban esperando a él para comenzar.
Eso sí que era incómodo, y mejor era no hacerse notar de más.
—Gracias, compadre —le dijo a las ya lejanas espaldas del tipo.
Luego se dedicó a observar a su alrededor, constatando lo dicho por el doctor: que los presentes eran todos jóvenes de edad similar a la suya. El nutrido grupo llenaba una gran parte del auditorio, que Edmundo calculó que sería como un sesenta por ciento. Luego se enteraría de que eran exactamente cuatrocientos jóvenes, incluido él.
Desde su posición en la primera butaca de la fila podía ver la totalidad de los asistentes a la misteriosa reunión. Mentalmente dio gracias por no tener que haber desfilado frente a todos los demás. Con más calma pudo apreciar que era realmente un grupo muy heterogéneo. Estaban presentes jóvenes de todos tipos, tamaños, colores y razas.
Lo que también pudo observar inmediatamente era que no había mujeres, lo cual le extrañó aún más. ¿De qué diablos iba el asunto?
Muchos de los jóvenes estaban en silencio y los que conversaban o intentaban hacerlo, ya que también era evidente la diferencia de idiomas, lo hacían en voz baja.
—Nada es perfecto —dijo a media voz—. Es playa, pero sin chicas a la vista.
Cuando por fin dirigió la vista a su derecha, se encontró con la mirada divertida de su vecino de asiento, que al parecer llevaba tiempo observando su inspección del auditorio. Y oyendo su monólogo. Era un esbelto joven rubio, de ojos azules, al parecer de su misma estatura y que aparentaba ser americano o europeo. Edmundo sonrió ante la expresión socarrona que le ofrecía y le dijo (en español) al momento de extender su mano:
—¿Qué tal? Me llamo Edmundo Escalante. ¿Sabes de qué va esto, compadre?
El joven rubio puso cara de desconcierto por un momento, pero luego contestó en un titubeante español, sonriendo también al momento de extender su mano:
—Mitchell Scott, mucho gusto.
Su amigo el profesor había sido muy parco en sus explicaciones cuando lo llevó a un campo aislado en la periferia de la ciudad, lo que definitivamente había inquietado a Mitchell... Inquietud que rápidamente se transformó en asombro al ver descender una hermosa y definitivamente espacial nave del cielo. Pero mientras aún tenía la boca abierta, recibió una sorpresa aún mayor: una llamada de su madre por el celular del profesor, que tras convencerlo de que realmente era ella, le había pedido con cariñosa firmeza:
—Sube a esa nave, Mitchell, por favor. Confía en mí. De cualquier manera, si no aceptas participar en el proyecto, regresarás de inmediato a casa, hijo mío.
Y Mitchell, bastante confundido pero extrañamente tranquilo, había subido a la pequeña nave dejando tras de sí al que desde ahora siempre vería como su misterioso reclutador.
Tras un primer y corto vuelo viajando solo con la tripulación, había llegado a lo que solo podía denominarse como una «casa de seguridad», en donde ya se encontraban otros jóvenes. Al descender de la nave, que despegó de inmediato tras dejar a su pasajero, Mitchell pudo ver el nevado y montañoso paisaje que rodeaba el aislado sitio. Y supo de inmediato que evidentemente ya estaba muy lejos de su casa, en otro país.
—¡Vaya que volamos rápido! —susurró antes de ser instado a entrar a la casa para resguardarse del intenso y gélido viento.
Tras la llegada de otras naves pequeñas, el grupo de jóvenes se incrementó a veinticinco. Aunque pasaron un buen número de horas, de hecho casi un día, ninguno había dormido mucho pese a la recomendación de sus anfitriones. Además, en realidad los asombrados jóvenes no habían hablado mucho entre sí antes de que llegara a recogerlos una negra nave aún mayor y más impresionante.
—¡Por Dios! —susurró Mitchell con la boca nuevamente entreabierta al ver cómo la deslumbrante nave aterrizaba de manera vertical en el nevado suelo, levantando pequeñas nubes blancas.
Después de un impresionante y no muy largo vuelo, que incluyó una alucinante salida a la parte superior de la atmósfera, habían llegado finalmente a lo que se les informó que era una isla en las Filipinas. Tras descender de la nave, que esta vez permaneció en tierra, fueron trasladados hasta ese edificio en vehículos eléctricos bastante modernos. Luego, él y sus compañeros de viaje habían sido distribuidos en diversas secciones del auditorio «para ser completamente informados».
Y ahora, Mitchell se estaba presentando con un latino que al parecer estaba menos informado aún que él y su temporal grupo.
Edmundo estrechó la mano de Mitchell con firmeza, pensando que siempre había considerado extraño lo de llevar nombres que podían usarse como nombres de pila o apellidos. Tras liberar su mano, le preguntó en un aceptable inglés:
—¿Sabes que sucede aquí?
—Supongo que lo mismo que tú —repuso Mitchell ahora en inglés—. La poca información que me proporcionaron mi «reclutador» y mi mamá. —La última palabra la dijo sonriendo torcidamente—. Y lo que nos han dicho aquí, que también ha sido poco. Lo mismo te pasó a ti, ¿o no? —preguntó interesado.
Edmundo tardó un poco en digerir la pregunta que había sido formulada a demasiada velocidad para su inglés, que estaba algo oxidado.
—No —contestó finalmente—. Aunque ahora que lo mencionas, hoy tenía una reunión importante con mi profesor de Física. —Lo de reunión importante le sonó pedante pero no conocía una forma más simple de decirlo—. Me había comentado que era muy urgente que conversáramos después de un examen. Me pareció extraño, pero lo considero un amigo. —Mitchell asintió comprensivo ante la similitud con su caso, pero no dijo nada—. Y antes tuve un encuentro cercano con un automóvil. Y luego aparecí aquí —terminó Edmundo mientras se encogía levemente de hombros.
—¿Encuentro cercano? —preguntó extrañado Mitchell. El tipo hablaba razonablemente bien el inglés, pero utilizaba algunas frases que le parecían de uso muy personal.
—Sí, me atropellaron. Pero soy duro de aplastar —aclaró con una media sonrisa.
—Me alegro —repuso Mitchell a su vez con una sincera sonrisa—. Creo que te hubieras perdido de algo interesante.
—Pero no hay chicas —comentó Edmundo en tono de queja—. Eso sí es intrigante. Más bien dicho, decepcionante.
—Nada es perfecto —repuso Mitchell—. Al menos hay playa, tal vez las chicas lleguen después.
—Creo que me vas a caer bien, Mitchell —repuso Edmundo con una decidida sonrisa de identificación.
En ese instante se dejó oír una voz desde el escenario. Todos los jóvenes, sin excepción, dirigieron su mirada hacia el frente. El que hablaba era un hombre distinto al que inicialmente habían visto acomodando los papeles. Este, aunque estaba enfundado en un uniforme casi igual al de los demás personajes que habían visto hasta el momento, se diferenciaba por su actitud, que irradiaba seguridad y autoridad.
Tenía un aspecto juvenil que contrastaba con su tono de voz y la firme seguridad de sus movimientos. Era estatura media, con una piel blanca agradablemente tostada y un cabello castaño oscuro que ya contaba con algunas canas. Poseía una figura esbelta y de buen tono muscular. Llevaba unos lentes de montura metálica que lo hacían parecer un genio de la informática.
Todos estos detalles podían ser apreciados gracias a la gran holoproyección que comenzó a mostrarse a un costado del orador, evidentemente para reforzar su presentación.
El silencio se volvió completo entre los jóvenes.
Al parecer, el hombre hablaba en el mismo extraño idioma que Edmundo escuchara en el consultorio. Visto el desconcierto general, era obvio que ninguno de los jóvenes conocía el dichoso lenguaje.
A continuación, el hombre empezó a repetir pausadamente su mensaje, ahora en inglés:
—Bienvenidos a la base principal de Humanidad, jóvenes —dijo con toda formalidad—. Lamentamos el pequeño retraso en iniciar, pero tuvimos algunos problemas con el traslado de uno de ustedes —(Edmundo dirigió su mirada al cielo raso y Mitchell esbozó una sonrisa torcida)—. Pero ha llegado el momento de explicar el motivo de su estancia en este lugar, en esta base situada en las islas Filipinas —confirmó.
El rostro del hombre le parecía familiar a Edmundo. Y por los murmullos que empezaron a crecer a su alrededor, se dio cuenta de que también lo era para otros de los presentes. Al voltear a ver a Mitchell, se dio cuenta de que este estaba con la boca medio abierta. Después de un par de segundos, su compañero exclamó:
—¡No puede ser! ¡Está muerto!
—¿Quién? —preguntó extrañado Edmundo.
—¡Él! ¡Ese hombre! ¿No lo reconoces? ¡Es Jonathan Savage! Hace años salió en varias series científicas de televisión.
Edmundo frunció el ceño y trató de recordar.
—Con razón su rostro me parecía conocido —asintió finalmente—, aunque soy mal fisonomista —admitió—. Pero vaya que se ve en buenas condiciones para estar muerto. A menos que sea vampiro, claro está. Ya ves que se han vuelto a poner de moda —añadió sonriendo.
—¡Por Dios, Edmundo!, ¡Jonnathan Savage era... o es… ¡es uno de los mejores científicos del mundo! Si no es que el mejor —insistió Mitchell, ya algo exasperado.
—Tranquilo, compadre —repuso Edmundo con calma, alzando una mano frente a su compañero—. Se supone que se mató en un accidente en la selva amazónica hace unos años. ¿O no? Repito, se ve bien para estar muerto.
—Tal vez tú si moriste atropellado y ahora eres un zombi —repuso Mitchell sonriendo con algo de sarcasmo al ver la calma de Edmundo—. Aunque te ves entero, probablemente lo único que murió fue tu cerebro —diagnosticó.
—¿Y esto es el cielo? —contestó Edmundo también burlón y ahora en español—. Ya lo había pensado, pero no puede ser. No hay mujeres —señaló—. Y tú no tienes tipo de ángel, a pesar de lo rubio, compadre. Tienes más tipo de cantinero de bar playero —añadió riendo suavemente.
Mitchell no alcanzó a contestar ya que el resucitado científico, tras dar un tiempo para que sus oyentes asimilaran lo que acababa de decir, impuso silencio con una serena pero firme y enérgica llamada al orden.
Funcionó de inmediato.
—Creo que todos saben un poco de inglés —continuó hablando en ese idioma, ahora con un tono de leve diversión—. Pero en caso de que tengan dificultad para seguirme, ahora y cuando cambie de idioma, por favor colóquense los audífonos que están en la papelera situada al costado de su butaca, junto con una carpeta con material informativo, también en su idioma, que pueden ir siguiendo mientras yo hablo. De esta manera tendrán una doble traducción simultánea a su idioma nativo —explicó en el mismo tono levemente festivo.
La mayoría de los jóvenes comprendieron, y los que no captaron todo, imitaron a estos, volviéndose también a buscar los audífonos, que ya estaban conectados al sistema de traducción múltiple. Mitchell y Edmundo prefirieron no usarlos, pero dieron una primera ojeada a las elegantes carpetas. Estas tenían grabado en la portada un escudo y unos símbolos que pronto serían muy familiares para ambos y para el resto de los jóvenes.
Una vez restablecido el orden, el profesor Savage (como luego averiguarían que le gustaba ser llamado) volvió a tomar la palabra en el extraño idioma inicial.
—El idioma que estoy hablando es desconocido para todos ustedes —informó innecesariamente— y para la gran mayoría de los habitantes del planeta —añadió con una leve sonrisa—. Fue «redescubierto» y actualizado por los especialistas de Humanidad. Lo hemos denominado quásar. —La palabra despertó suaves ecos mentales en muchos de los jóvenes—. Es un acrónimo de Quasi Stellar Radio Source —informó Savage ahora en tono didáctico—, aunque esa denominación tiene un significado mucho más profundo. Y estamos seguros de que en poco tiempo todos ustedes lo hablarán tan bien como nosotros —aseguró ahora en tono solemne.
Una primera ola de murmullos llenó el ambiente.
—Ahora vienen las presentaciones — siguió imperturbable—. Yo y el resto de los encargados de su entrenamiento los conocemos perfectamente a todos y cada uno de ustedes.
«¿Entrenamiento? ¿De qué estaba hablando?», pensó Mitchell.
Jonathan Savage se tomó unos segundos antes de lanzar la primera de muchas bimbas mentales para esos muchachos:
—Ustedes, jóvenes futuros cadetes, nacieron en un momento predestinado desde hace mucho tiempo. De hecho, su venida al mundo estaba anunciada. Y nosotros lo sabíamos.
Con un suave y firme movimiento de su mano derecha contuvo a tiempo la oleada de airadas expresiones que comenzaba a surgir.
—Uno o ambos de sus padres pertenecen a Humanidad —continuó con un tono más serio—. Y desde el momento en que ustedes nacieron, estuvieron en constante contacto con nosotros para ser orientados y apoyados —informó a continuación.
Un profundo silencio cayó entre los cientos de impactados jóvenes.
—Ustedes, posibles cadetes, que provienen de prácticamente todas las regiones del planeta, han pertenecido a Humanidad desde el momento mismo de su nacimiento —recalcó Jonathan Savage. «En realidad, desde su misma concepción», pensó levemente divertido, pero sin variar su expresión.
Esta vez ni siquiera intentó frenar la ola de exclamaciones que estalló en el auditorio. Con lo que era una evidente experiencia en detonar reacciones emocionales, Jonathan Savage esperó a que los jóvenes recobraran un poco la compostura y entonces, con un nuevo gesto, restableció el silencio.
—¿De qué carajos está hablando este tipo? ¿Cómo que reclutas? —preguntó Edmundo en un susurro mientras el silencio se imponía de nuevo.
Mitchell no alcanzó a responderle que ser paisano de Savage no le daba acceso a toda la información que este manejaba, por ello se limitó a encogerse de hombros.
El revivido científico continuó hablando, ahora retomando el tono de leve sarcasmo:
—Pero tal vez algunos no me conozcan a mí —señaló.
Mitchell mostró una media sonrisa y Edmundo alzó una ceja al menear la cabeza. Expresiones similares fueron la respuesta general ante el comentario.
—Literalmente, he estado fuera de circulación por algunos años. Y no, no estoy muerto. Y tampoco soy vampiro —añadió riendo levemente.
Mitchell disfrutó con la cara de incredulidad que puso Edmundo al ver que lo que acababa decir Savage estaba en las hojas de la carpeta.
—Mi nombre es Jonathan Savage. —La confirmación a lo que algunos todavía ponían en duda levantó una nueva tanda de murmullos.
El profesor nuevamente los dejó desahogarse un rato.
Mitchell sonrió pensativo.
—Asumo, amigo mío —le dijo Edmundo—, que tu opinión no tiene nada que ver con el hecho de que el tipo sea tu paisano, ¿verdad?
—¿De dónde vienes, Edmundo? — inquirió Mitchell con una media sonrisa.
—Soy mexicano, de la Ciudad de México. ¿Y tú? Ya deduje que eres gringo, pero ¿de qué parte?
—Sí, soy norteamericano. —Mitchell recalcó la última palabra—. Y vengo de la ciudad de Seattle —informó hablando lento y con firmeza.
Edmundo no se inmutó por el tono y contenido de la aclaración.
—Espero que no seas un GRINGO aburrido —repuso—. Tengo algunos conocidos, compatriotas tuyos, que son bastante buena gente. Y te informo que yo también soy norteamericano. México está en América del Norte, como supongo que debes de saber, aunque algunos opinen otra cosa —añadió con intención.
Savage retomó la palabra, ahora con un tono más imperativo, y ordenó:
—De ahora en adelante, deberán limitar sus expresiones, comentarios e interrupciones, jóvenes. ¿Queda claro?
La orden también estaba impresa, lo que contribuyó mucho a que fuese obedecida.
—Parece que también es adivino —señaló Edmundo.
El profesor siguió hablando, ahora con más seriedad:
—También, desde este momento, deberán ampliar mucho su capacidad de aceptar ideas nuevas. —Los abarcó con una mirada antes de continuar—. De hecho, su amplitud de criterio estará directamente relacionada con sus posibilidades de pertenecer oficialmente a Humanidad y formar parte de los proyectos que les presentaré.
Una nueva ola de murmullos murió al exclamar Savage, en tono seco:
—¡Silencio! —La orden, magnificada por el realmente bueno sistema de sonido, sonó como un latigazo y funcionó perfectamente. Savage continuó hablando—: Serán enfrentados a información, ideas, conceptos y planes que pondrán a prueba desde su formación educativa hasta sus creencias religiosas. —Alzó la vista a manera de innecesaria advertencia: el silencio era total—. ¿Por qué están aquí? Porque como ya señalé, fueron monitoreados desde su nacimiento. Y de hecho, en realidad pertenecen ya a Humanidad. Y solo Humanidad puede prepararlos para enfrentar los dos mayores retos que jamás ha tenido la raza humana. Los cuatrocientos que están aquí fueron evaluados y seleccionados debido a que cumplen con el perfil exacto que necesitamos.
Mitchell y Edmundo intercambiaron alzamientos de cejas y miradas de soslayo.
—¿Sabes mezclar bebidas con los ojos cerrados? —susurró Edmundo separando apenas los labios.
—¿Y tú preparas tacos con los pies? —reviró Mitchell de igual manera.
Ambos jóvenes rieron silenciosamente.
Savage seguía hablando.
—Muchos otros nunca sabrán nada de lo que pasará aquí porque finalmente no fueron elegidos —informó—. Y es mejor que no lo sepan —aseguró. Eso era falso. Pero no había que meterse en esas aclaraciones por el momento.
—No, no estoy loco. — Savage pareció adivinar sus pensamientos al seguir hablando.
Nuevas risas, un poco confusas, surgieron entre el auditorio cuando vieron que también eso estaba escrito en el material de la carpeta. Pero el silencio se restableció rápidamente.
—Humanidad, la organización a la cual pertenecemos y me honra dirigir, tiene agentes en todo el mundo, situados en lugares estratégicos. Algunos de ellos son profesores en las mejores escuelas públicas y privadas de sus países de origen. Los hay funcionarios, vecinos, amigos y parientes —detalló.
Esa información evidentemente hizo pensar a todos y cada uno de los jóvenes. El «pertenecemos» sonaba cada vez más plausible. Savage pareció dudar un poco antes de continuar.
—Lamentablemente, el proyecto original al que estaban ustedes destinados se vio radicalmente alterado y tuvimos que hacer enormes cambios en años recientes. Por ello, es hasta este momento que sus padres y demás parientes están siendo puestos al tanto. Y puede que no estén de acuerdo con la participación de ustedes bajo estas nuevas circunstancias —añadió con un casi imperceptible suspiro.
«Ya está. Esto puede ser el principio de que todo se vaya directamente al carajo», pensó Savage en ese momento, pero siguió hablando con firmeza:
—En un momento también ustedes van a saber en detalle de qué estoy hablando —aseguró—. Y deberán decir si permanecen en Humanidad. Por otra parte, como ya dije, estos nuevos planes serán también conocidos el día de hoy por sus familiares —añadió. Nuevos susurros recorrieron el auditorio—. Pero en ninguna circunstancia los obligaremos a aceptar —afirmó, sabiendo perfectamente que estaba pisando hielo muy delgado. —Mitchell y Edmundo volvieron a mirarse con extrañeza, pero ahora no dijeron nada. Savage indicó, haciendo un leve gesto con la mano obviamente dirigido a su personal de apoyo—: Creo que es momento de que reciban el primer bloque de información. Les solicito especialmente que no interrumpan, que no hagan demasiado ruido y que terminen de escuchar todo antes de que pasemos a los siguientes puntos. —La solicitud sonaba en realidad como orden y así lo entendieron los jóvenes—. Por el momento, puedo decirles que, sin lugar a duda, Humanidad es actualmente la organización científica y militar más poderosa del planeta.
Una nueva ola de murmullos y exclamaciones se extinguió antes de ser muy notoria.
—Comencemos por las naves en que llegaron aquí —señaló al momento en que su holoimagen desaparecía del aire y las luces se atenuaban.
—¡Fantásticas! —susurró Mitchell—. ¿No te pareció así, Edmundo?
—Venía dormido —repuso este suspirando—. Aunque viendo tu cara de felicidad, realmente deben de ser impresionantes.
Mitchell rio suavemente al momento de menear la cabeza mientras Savage seguía adelante.
—Humanidad surgió inicialmente como una organización dedicada exclusivamente a la investigación en medio de una naciente epidemia de xenofobia, racismo y el recrudecimiento de los enfrentamientos de credo religioso, político y económico que se volvieron más violentos al comenzar la serie de pandemias que están azotando al mundo.
Impactantes imágenes comenzaron a proyectarse en el aire mostrando nuevos aspectos de noticias que para la mayoría de los jóvenes eran parte de una historia algo antigua.
—Ese sistema hologramático es de interacción completa, ¿verdad, compadre? —susurró Edmundo apreciativamente.
—De un nivel que nunca había visto, compadre —coincidió Mitchell recalcando la última palabra.
—Humanidad surgió como una isla de cooperación que buscaba borrar todas las diferencias. Sí, suena muy idealista y tal vez un poco idiota. —Nuevamente les había leído el pensamiento—. Por eso, ustedes deberán recobrar, reforzar o descubrir, en el peor de los casos, su veta de idealismo, honor y respeto, si es que desean pertenecer a Humanidad —indicó firmemente. Nadie tomó a broma el comentario. Savage había dado nuevamente en el clavo—. Y ahora, cuando las cosas han empeorado notoriamente, en Humanidad somos, con miembros de casi todas las nacionalidades, religiones y especialidades científicas y tecnológicas, realmente universales. Y tenemos el poder de enfrentar cualquier reto —añadió con evidente orgullo.
Las nuevas imágenes, acompañadas de un sonido extremadamente fiel y manipuladas por Savage con leves pero eficientes movimientos de su mano derecha, mostraban lo que todos los jóvenes ya conocían, pero ahora veían con una nueva sensación casi abrumadora: desastres ecológicos, tierras arrasadas, pobreza, hambre, nuevas y viejas guerras y, sobre todo, el enfrentamiento del hombre contra el hombre. Y finalmente, holofotos espectaculares que incluían imágenes, evidentemente tomadas desde el espacio, de los sucesos que venían aconteciendo desde hacía un par de años.
Eso incluye los fenómenos de la energía GT. La voz de Jonathan Savage se escuchaba como fondo mientras apreciaban destellos dorados que surgían en el cielo, nubes igualmente doradas que brotaban de diversas partes de la superficie planetaria, sonidos y voces que muchas personas aseguraban estar escuchando de manera mental…
Mitchell y Edmundo nuevamente encontraron su mirada y con toda seriedad asintieron: sí, ellos también las habían escuchado.
«Entonces no estoy loco —pensó Edmundo con alivio—. Y no soy el único».
—Nosotros no hemos provocado estos fenómenos —informó Jonathan Savage—. Pero sabemos perfectamente cuál es su origen. —Aguardó unos segundos en silencio antes de soltar su siguiente bomba—: El planeta se está preparando para el proceso evolutivo que puede borrar a la raza humana de la existencia. Completamente. —Esta vez los murmullos fueron imparables y Savage permitió un relativo desfogue a los jóvenes y retomó la palabra—: Ya llegaremos a ese punto, reclutas.
Edmundo se revolvió inquieto en su asiento. El tipo estaba loco. Bien loco.
Mitchell miró pensativamente a Jonathan Savage, recordando todo lo que podía acerca de él: un joven científico que había logrado cosas increíbles a muy temprana edad. Rebelde, autoritario y con una personalidad magnética que hacía que sus subordinados lo siguiesen a pesar de lo locos que pareciesen sus planes. También le parecía haber leído que se había casado muy joven y que había tenido un hijo. Y que ese hijo y su esposa habían muerto pocos años antes de su propia «muerte».
—Somos Humanidad. Ustedes son Humanidad —dijo Jonathan Savage en un tono que provocó más de un escalofrío—. Y los hemos convocado desde todas partes del planeta para representar a la raza humana como un todo ante los enormes retos que se avecinan. Porque solo ustedes pueden llevar a su completa expresión nuestra divisa: «Una raza. Un idioma. Un planeta». —Se giró para señalar el enorme escudo que estaba a su espalda, ahora repentinamente iluminado y donde obviamente estaban escritas esas palabras en el idioma que se hablaba en Humanidad.
El quásar.
Los susurros, expresiones y demás sonidos cesaron en ese momento. Savage tenía algo en su manera de hablar, en su seguridad, que hacía que sus palabras no sonaran a locura.
Mitchell y Edmundo sintieron, aunque solo mucho más adelante se lo confesarían mutuamente, que ese hombre había logrado que lo que parecía una fanfarronada sonara como una gran verdad.
Jonathan Savage terminó la pausa que había hecho.
—El llevar a Humanidad hasta donde ha llegado ha costado mucho, jóvenes —aseguró—. Mucho trabajo, mucha fe ciega, mucha cooperación. Muchísimo dinero. Incluso muchas vidas —señaló con evidente pesar—. Hemos quebrantado leyes. Hemos traicionado confianzas. Hemos tenido que asumir riesgos y responsabilidades muy grandes. Incluso la que ahora implica enfrentar por nuestra cuenta los retos más grandes que la humanidad haya encontrado en su camino. Y en donde ustedes están destinados a participar —recalcó. Un nuevo silencio llenó el auditorio—. Ustedes —los abarcó con una mirada—, al igual que otros grupos de jóvenes que han arribado o arribarán en breve a otras de nuestras bases alrededor del mundo, están predestinados a ser llamados y entrenados por Humanidad. Son, por increíble que suene, la respuesta genética de la raza humana a lo que debe enfrentar en estos momentos, aunque la mayor parte del mundo no sepa aún de su existencia —aseguró con una leve sonrisa. Ahora era el silencio era aún más profundo.
»Además, lo que es también fundamental, ya que es uno de los pilares sobre los que siempre ha descansado la mística y el éxito de Humanidad, es que ustedes también poseen lo que todo ser humano que valga la pena debe de tener: un firme sentido del honor —añadió con rotundidad y guardó silencio unos segundos mientras la frase calaba hondo en los jóvenes.
»El honor siempre ha definido a un ser humano, a una cultura, incluso a una nación —continuó—. Es una promesa verdadera entregada a una persona, un pueblo o un país, y ahora a toda una raza. Es la promesa de que nosotros, todos los que formamos parte de Humanidad, cumpliremos con honor. Es nuestro deber. Cueste lo que cueste.
Todos los jóvenes sintieron un nuevo escalofrío. De alguna manera ese hombre había leído en lo más profundo de sus pensamientos. Tras un breve instante, Jonathan Savage continuó hablando sin que las imágenes dejaran de proyectarse, ahora mostrando figuras históricas, antiguas y recientes, notorias por los atributos que el líder de Humanidad estaba ponderando.
—En los peores momentos de la historia humana el honor fue lo que nos salvó —continuó hablando Savage con ímpetu—. Solo fue posible salir adelante porque fuimos guiados por hombres y mujeres con un profundo sentido del honor y la responsabilidad con sus semejantes. Y porque hubo guerreros que lucharon con todo su coraje, guiados por el mismo sentido del honor. —Nuevamente hizo una pausa que a nadie le pareció dramática—. Y en estos oscuros tiempos, eso se ha perdido casi totalmente —señaló ahora con tono reflexivo.
»La mayor parte de las personas han dejado de lado el honor porque lo que consideran un concepto obsoleto. Algo que incluso puede estorbar —añadió con un dejo de sarcasmo. Más de un profundo suspiro de acuerdo se escuchó entre los jóvenes.
»El egoísmo, las ansias de poder, dinero e influencia, o simplemente de reconocimiento, han dejado de lado los valores fundamentales que deben definir a un ser humano. Y han convertido a muchos de los habitantes de este planeta en personas carentes de sentido del honor, y por ello, de un verdadero y justo sentido de vida. Incluso al precio de sacrificar los más elementales sentimientos de caridad, justicia y humanidad.
El silencio seguía siendo total.
—Ahora —aseguró Savage—, es el turno de ustedes, jóvenes cadetes, porque lo que tenemos que enfrentar para salvar al planeta y la raza humana solo puede enfrentarse con el coraje y el honor que ustedes poseen. —Un suspiro colectivo recorrió el auditorio—. Pero además, lamentable e indudablemente, habrá un precio a pagar. Como siempre lo hay —aseguró con un dejo de tristeza—. Muchas personas, posiblemente miles o incluso millones de hombres, mujeres y niños, van a morir —explicó.
Hubo nuevas exclamaciones y murmullos, pero se contuvieron rápidamente. Jonathan Savage siguió hablando.
Mitchell se volvió a mirar nuevamente a Edmundo. Este se limitó a devolvérsela en silencio. No hubo más bromas. Al menos por el momento.
—Pero también puedo asegúrales que en Humanidad nos hemos y nos estamos preparando a fondo para enfrentar lo que viene. Lo que incluye los planes y programas de su entrenamiento, el cual deberán iniciar de inmediato si deciden unirse a nosotros.
«El tipo realmente tiene estilo —pensó Edmundo mientras el silencio volvía a desplazar murmullos y conversaciones—. ¿Pero de qué tipo de decisión estaba hablando?».
—Comencemos por algunas cuestiones prácticas. —El profesor Savage dio un nuevo giro a la charla para dar tiempo a que los jóvenes se serenaran, al menos un poco—. Sabemos lo responsables que son ustedes con sus escuelas y trabajos —Mitchell sonrió levemente al recordar el examen que había pospuesto, al parecer ahora por tiempo indefinido—. No se preocupen, todo será arreglado convenientemente para no generarles problema alguno —les aseguró.
Más de un joven rio levemente, incluidos Mitchell y Edmundo. El tipo lo decía como si estuviera hablando de darles un justificante para poder asistir a un paseo.
Pero funcionó. Savage los distrajo momentáneamente del asunto central, y continuó con ligereza:
—Humanidad tiene los contactos, personal e influencias necesarios para ello. Habrá supuestos viajes de urgencia por causas familiares, enfermedades con atención en el extranjero, programas simulados de intercambio estudiantil y becas que les han sido otorgadas repentinamente. La actual situación mundial facilitará las cosas.
. Los jóvenes no sabían que apenas empezaban a saber de qué poder estaba hablando el profesor Jonathan Savage.
—Para aquellos que ayudan a sostener a sus familias, se otorgará una pensión más que suficiente para que sus familiares no se vean afectados. Por supuesto, esta se seguirá pagando aún en caso de que ustedes no regresen. —El alboroto se incrementó sustancialmente, pero el profesor lo cortó al seguir hablando—: Basta de preámbulos. Pasemos ahora a una breve semblanza de Humanidad, lo que se avecina, y donde encajan ustedes, jóvenes.
—Pero no se preocupen, el desparecer para siempre es cualquier detalle —comentó Edmundo con sorna.
—Pues sí, creo que es conveniente que el profesor le meta velocidad a la aclaración —repuso Mitchell.
Edmundo asintió en silencio. Ya era mucho preámbulo.
—Humanidad se fundó, hace casi veinticinco años, por varios científicos eminentes de diversas nacionalidades. —Suaves risas acompañaron el tono de fingida modestia en que dijo esto—. Tuvo al nacer, como ya mencioné, fines exclusivamente de investigación y cooperación conjunta. Y funcionó muy bien —señaló asintiendo un par de veces con la ampliada cabeza (su holoimagen había reaparecido)—. Pero unos pocos años después, sea porque así estaba escrito o por simple casualidad —esto lo dijo sin tono alguno de burla—, nos topamos con algo sencillamente alucinante. Algo que iba mucho más allá de la simple ciencia, pero como buenos investigadores, tras ponerlo en duda, decidimos investigarlo a fondo. Y finalmente descubrimos que era totalmente cierto —informó.
Guardó unos segundos de silencio antes de continuar.
—Estoy hablando de que descubrimos y validamos una prueba ancestral y una profecía surgidas desde el inicio de los tiempos —informó con seriedad.
Ahora sí se desató un buen alboroto.
—Les pido que por favor me permitan mostrarles de qué estoy hablando, jóvenes. —Nuevamente no sonaba a solicitud precisamente, por ello todos lo obedecieron—. Solo gracias a la inmensa cantidad de recursos con que ya contábamos en esos momentos fue que pudimos investigar y corroborarlo todo. Humanidad, tras trabajar inicialmente con donaciones de nuestros primeros patrocinadores, y usando secretamente muchos de los recursos de nuestros países, ya había evolucionado a niveles muy importantes —añadió Savage con un leve suspiro de remembranza—. Actualmente, Humanidad posee una casi ilimitada capacidad financiera, tecnológica y… militar.
— ¡Joder! —susurró Mitchell—. Creo que esto también merece ya una buena explicación.
—Y que lo digas, compadre —coincidió Edmundo.
—Entonces, aprovechando esta confluencia de situaciones, decidimos que era el momento de desaparecer del mundo. Algunos de manera espectacular. —Savage habló con sorna, provocando nuevas risas—. Y dedicarnos completamente a prepararnos para enfrentar ese reto —señaló.
Notó la impaciencia que mostraban muchos de los jóvenes. «Bueno, si quieren información, ahora les recomiendo sujetarse los calcetines», sonrió interiormente y siguió explicando:
—Todos saben que la evolución es considerada un juego de azar en el que casi siempre sobresale el más apto, y este crea el siguiente escalón evolutivo, ¿verdad?
—¿Vamos a ir tan atrás? —susurró Mitchell asombrado—. No, por favor.
Edmundo rio suavemente.
—Esto es totalmente falso. El asunto no funciona así —informó Jonathan Savage con sencillez—. Dios, o como prefieran ustedes llamarlo o interpretarlo, al parecer existe, jóvenes. E independientemente de que lo crean o no, tiene establecida una secuencia evolutiva para cada planeta. Un programa estricto, continuamente evaluado, y a veces realmente brutal en sus ajustes.
Las caras de todos y cada uno de los jóvenes fueron un poema de expresión.
Edmundo no era muy religioso, pero se quedó con la boca abierta, al igual que su nuevo compañero. Mitchell fue el primero en hablar:
—Así nada más susurró asombrado.
¡No se midió! —exclamó Edmundo en voz baja—. Supongo que el tipo también sabe el verdadero nombre de Dios.
—Y Dios, según la Profecía, se llama Akraron —remató Jonathan Savage.
Esta vez la respuesta de los jóvenes fue estruendosa. En medio del alboroto, el profesor añadió:
—Y nosotros hemos conseguido el acceso a las directrices básicas que tiene asignadas para este planeta. Nuestro planeta.
—Conque no diga ahora que es un nuevo mesías —dijo Mitchell mientras suspiraba profundamente y meneaba la cabeza.
Edmundo, aún con cara de incredulidad, solo atinó a esbozar una mueca al comentar:
—No le des ideas. Aunque siendo tú, paisano…
El auditorio era un manicomio.
Había gritos y expresiones de enojo. Algunos jóvenes incluso se habían levantado, al parecer buscando la salida. El profesor no trató de imponer orden. Miró la escena como sabiendo que era de esperarse y que era inútil que tratara de intervenir.
Al menos personalmente.
Los que evidentemente eran soldados, vestidos todos con lo que parecían corazas negras, cascos igualmente negros con las viseras alzadas para poder mostrar sus caras de muy pocas pulgas, habían salido muy silenciosamente de no se sabía dónde.
—¡Joder! —exclamó Mitchell al darse cuenta de su presencia.
Los soldados habían cerrado y ahora estaban custodiando las puertas del auditorio. Otros, en buen número, estaban apostados en los pasillos y sitios estratégicos del auditorio, portando lo que parecían macanas modernizadas. Todos vigilaban al numeroso grupo de muchachos, especialmente a los más alborotados.
Nuevas exclamaciones de sorpresa y queja llenaron el auditorio.
Lo soldados ubicados en los pasillos comenzaron a indicar con gestos firmes, incluso con algún leve empujón a los jóvenes que estaban de pie, que volviesen a sentarse.
—Así, voluntariamente a fuerzas… —murmuró Edmundo divertido viendo la operación.
—Creo que prefiero el estilo «indirecto» —opinó Mitchell.
Ninguno de los dos sabía aún lo pesado que podía ser el sistema de información de Humanidad.
—Les presento a los frokts —dijo Jonathan Savage como si hablase de los animadores de un crucero—. Son nuestros guerreros de infantería —informó—. Y también actúan como fuerzas del orden en la isla —añadió innecesariamente.
Los citados frokts, bajo las viseras de sus modernos cascos, dejaban ver que sus rostros eran también de una amplia variedad de razas, colores y seguramente nacionalidades, al igual que los jóvenes. Inclinaron simultáneamente la cabeza en un seco gesto que parecía decir: «Mucho gusto, cabrones elegidos. Pero pásense de listos y les rompemos la elegida cara».
Fue algo tal vez violento, pero funcionó. Los jóvenes rebeldes terminaron por sentarse y el profesor retomó la palabra como si nada hubiese pasado. Todo quedaba en familia.
—Sabíamos, por pruebas irrefutables resultado de nuestras anteriores investigaciones, que no estábamos solos en el universo —sonrió pensando seguramente que esa era una frase muy manoseada—, que algo o alguien nos ha visitado periódicamente para dirigir el curso de la evolución. Y que la vida de nuestro planeta está interrelacionada de varias maneras con el resto de los mundos habitados. Porque también les aseguro que hay otros mundos habitados por seres inteligentes. De hecho, ya hemos hablado con algunos de ellos. Hemos comprobado que pensar que somos los únicos en el universo es una soberana estupidez y un definitivo exceso de soberbia humana —informó con una nueva sonrisa.
—¡Dios mío! —susurró Edmundo—. Creo que yo soy el que ha perdido una tuerca. Esto no puede estar pasando.
Mitchell se limitó a suspirar suavemente.
—Pero faltaban pruebas definitivas. Y nosotros las encontramos. Todas —añadió Savage para rematar esa tanda de golpes. —Hizo una pausa que a Edmundo le hubiese parecido un poquitín dramática en otras circunstancias—. Todos saben que los dinosaurios fueron extinguidos por un meteorito que los borró del planeta —continuó—, pero lo que muy pocos saben es que no fue el azar. Tanto ellos como otros habitantes planetarios han debido probar, en su momento, que podían ser responsables de este mundo. Los dinosaurios fallaron al enfrentarse a su prueba. Y, por ello, fueron condenados a desaparecer —añadió como si tal cosa, pero logrando que la P sonara enfática.
—¿Enfrentándose a una prueba? —susurró Mitchell sin percibir que también resaltaba la P—. ¿A qué diablos se refiere?
—Si tú no sabes… —repuso Edmundo con tono de asombrada resignación al encogerse de hombros.
—Y lo que tampoco sabe nadie fuera de Humanidad —continuó Jonathan Savage implacable— es que la humanidad pasó por muy poco una pequeña prueba hace algunas decenas de años. En Rusia. Siberia para ser exactos —añadió en el mismo tono de leve compasión por los no iniciados.
Nuevo alboroto y nueva pausa de Savage. Los jóvenes hojeaban sus carpetas ahora con verdadero interés.
—¿Está hablando de Tunguska, verdad? —preguntó innecesariamente Edmundo en medio del escándalo poliidiomático.
—¿Qué jodida prueba? —insistió exasperado Mitchell—. ¡Que ya termine de explicar de una maldita vez!
—Tranquilo, compadre —repuso Edmundo con un suspiro de resignación—. Creo que ya estamos más cerca. Y si te soy honesto, agradezco que el tipo se lo esté tomado con calma. Esto es demasiado para asumirlo todo de golpe, Y seguro que falta más —concluyó
Una vez que se restableció más o menos el silencio, Jonathan Savage continuó explicando:
—Muchos de ustedes también deben de haber oído la referencia bíblica a Ajenjo. Y tal vez unos cuantos, a las profecías mayas que hablan de «detener» de alguna manera un meteorito que viene a destruir la Tierra.
Mitchell se volvió a ver a Edmundo con una mirada interrogante.
—Algo sé al respecto —repuso este—. Pero no me preguntes muchos detalles por ser latino, por favor.
—En resumen, jóvenes —terminó Savage con el punto—, todo eso es totalmente cierto.
Ahora fue un incrédulo silencio el que tomó posesión del lugar. Mitchell meneó lentamente la cabeza. Coincidía con el latino simpático: era demasiado. Edmundo se quedó con la vista fija, con expresión de leve cansancio.
Savage siguió adelante.
—Esa es su primera misión, jóvenes. Deben de pasar la prueba a nombre de la raza humana. Deben detener un meteorito que viene con el propósito de evaluar así a la actual especie dominante en la Tierra: nosotros. —Esto último lo dijo con una nota de sarcasmo que ninguno de los impactados jóvenes notó.
»Según nuestras investigaciones, la prueba debería haber sido presentada en algunas décadas más, cuando la raza humana hubiese alcanzado un más alto nivel de conciencia y muchos más avances científicos. Pero como el hatajo de idiotas que somos, en lugar de eso hemos acelerado el proceso de destruir nuestro propio mundo y por ello la Tierra ha solicitado que seamos eliminados como la plaga que somos. O al menos lo hizo inicialmente.
—Creo que ya me duele la cabeza —se quejó Edmundo frotando sus sienes con ambas manos.
Mitchell no se burló: sentía lo mismo.
—El sacrificio de un grupo muy especial de humanos convenció al planeta de que debíamos tener una oportunidad, aunque estuviésemos en seria desventaja. Por ello, además de otros preparativos, permitió que ustedes y otros cientos de jóvenes nacieran en el momento preciso, contando con las capacidades que nosotros hemos de desarrollar y afinar —informó Savage.
El incrédulo silencio se podía cortar como mantequilla. El científico informó con alucinante sencillez:
—Según nuestras estimaciones, el meteoro llegará en el plazo de alrededor de un año y pocos meses a partir de ahora. No tenemos la fecha exacta, pero sí bastante aproximada. Y no, no puede verse con ningún telescopio porque sale de un portal espacial —agregó con tono de leve diversión—. Si sabemos todo esto es por la mencionada profecía ancestral, descubierta e interpretada gracias a nuestro conocimiento del quásar y a nuestros expertos místicos… Porque también debo informarles que Humanidad cuenta con una sección perfectamente estructurada de asuntos místicos —añadió como sin darle importancia.
—¿Sabes qué? —exclamó Edmundo con cara de hastiada incredulidad y levantándose a medias—. Me voy. Este güey está como cabra. Será un científico famoso, pero está como cencerro. —Sacudió una mano con hastío.
Mitchell lo miró fijamente. No sabía si seguirlo o ignorarlo. Con o sin frokts, en verdad parecía que Savage estaba fuera de órbita. ¿Portales? ¿Meteoros? ¿Sección mística?
Un muy leve movimiento de un par de los dichosos frokts hizo que la punta de sus macanas destellaran amenazadoramente, lo cual disuadió a Edmundo y a algunos otros jóvenes que también habían hecho el amago de levantarse.
—Tranquilos, muchachos —indicó con tono autoritario Savage—. No estamos locos. No estamos inventando nada. Y tenemos pruebas muy sólidas de lo que estamos diciendo. Además, vuelvo a insistir, si después de enterarse de todo lo que voy a comunicarles desean marcharse, serán libres de hacerlo. Tienen mi palabra —añadió con firmeza.
Edmundo se volvió a sentar frotándose la cara.
—Bueno, ya que vine hasta acá puedo tomarme unos horas más de mi apretada agenda.
Savage tuvo la paciencia de esperar que se reestableciera un relativo silencio antes de continuar.
—Sé que es demasiado para absorberlo de repente, y sin conocer las dichosas pruebas de las que hablo.
—Por decir lo menos —susurró Mitchell al volverse a mirar a Edmundo.
Este se limitó a mirarlo en silencio con cara de cansancio.
—Bien, vamos allá —indicó Jonathan Savage.
Y entonces comenzó la espectacular demostración.
Ahora se apagaron totalmente las luces del auditorio (aunque los frokts llevaban unas pequeñas luces en el pecho que a las claras indicaban que seguían ahí). «Así que tranquilos, cabrones incrédulos», proclamaban en silencio.
La exposición que siguió fue cautivante desde un principio, como tuvieron que admitir todos los jóvenes. Obviamente, Humanidad contaba con extraordinarios recursos didácticos: hologramas interactivos de altísima definición, vídeos igualmente remasterizados para ser holoproyectados, entrevistas a expertos reconocidos, miembros de y ajenos a Humanidad, como se indicaba en recuadros de holotexto. Gráficos muy detallados, estadísticas, estudios científicos muy conocidos y otros no tanto, coincidencias entre religiones. Y por supuesto, impactos de asteroides y fósiles que estaban en donde no se suponía que debían de estar. Los «huecos» en la evolución. Y los fundamentos de algo llamado energía de geotraxis, la causante de las recientes manifestaciones que se estaban dando por todo el planeta y que ya había mencionado Jonathan Savage.
Todo estaba ahí.
Nadie habló o interrumpió durante la larga y apasionante explicación, que para muchos llegó demasiado rápido a su final.
Mitchell se volvió entonces a ver a Edmundo.
—¿Qué opinas? —preguntó en un susurro.
Su nuevo compañero meneó lentamente la cabeza antes de responder, también susurrando:
—Si no nos ha lavado el cerebro sin que nos demos cuenta, sí, creo que todo encaja. Es una locura, pero encaja. Además, creo que ambos y el resto de nuestros compañeros —señaló a su alrededor— hemos tenido experiencias que hasta ahora eran inexplicables, ¿o no?
Mitchell asintió sonriendo pensativamente.
—Además, una madre no miente a su hijo a este nivel, ¿o sí? —preguntó Edmundo riendo suavemente.
—Definitivamente no. Creo que ese sí es un argumento de mucho peso —coincidió Mitchell.
Ambos rieron con más ganas.
En ese momento Jonathan Savage, tras borrar del aire la última imagen con un desenvuelto movimiento de su mano, volvió a hablar:
—Pero aún falta más, jóvenes.
—No sé por qué lo sospechaba… —susurró Edmundo con sarcasmo.
Las luces se encendieron, aunque ahora más tenues, pero la voz de Savage siguió sonando clara y fuerte.
—El meteorito que viene a probarnos debe salir por lo que denominamos el transportal Alfa, que es un pasaje interdimensional que permite que llegue aquí desde donde sea que lo manden, que suponemos que es un sitio que queda muy, muy lejos. —Edmundo no pudo evitar una sonrisa ante el pensamiento que se le vino a la cabeza mientras Savage también sonreía levemente—. Sin embargo, hemos descubierto otros transportales más pequeños, dentro y fuera de la atmósfera del planeta, que hemos aprendido a controlar para diversos usos, entre los cuales está desplazarnos de una parte a otra del planeta de manera instantánea, como ustedes ya pudieron comprobar —añadió sonriendo de nuevo.
Con o sin frokts, nuevamente hubo una ola de exclamaciones por parte del auditorio. Más puntos para Jonathan Savage.
—¿Decías, Scottie? —Edmundo no pudo evitar una risa al volverse a ver a Mitchell.
—Pues sí, compadre —repuso este satisfecho—. Los que no veníamos durmiendo por idiotas vimos cómo funcionan los dichosos transportales.
Savage siguió adelante.
—Pero también usamos uno de ellos para enviar mensajes de prueba para ver si Akraron nos contestaba de manera directa.
Nueva ola de expresiones juveniles de diversos tonos, risas incluidas.
—Hola, quisiera hablar con Dios, por favor —dijo Mitchell todavía sonriendo—. Esto es verdaderamente alucinante.
—Te juro que no sé qué decir —repuso Edmundo soltando aire lentamente.
—Eso es aun más alucinante —repuso Mitchell fingiendo sorpresa.
—Akraron no nos contestó —continuó Savage con un dejo de sarcástica resignación—. Suponemos que prefiere los medios de comunicación tradicionales. —Más risas nerviosas recorrieron el ambiente—. Sin embargo, alguien más tomó la llamada —añadió.
Todos los jóvenes guardaron un silencio expectante. En ese breve tiempo ya estaban aprendiendo a manejar las sorpresas del profesor Jonathan Savage.
No fueron decepcionados.
—La señal que enviamos fue recibida en un planeta habitado por una raza muy similar a nosotros biológicamente hablando —informó—. Y al parecer, por ello es que nuestro planeta les resulta atractivo. Creemos que hasta ese momento no sabían de nuestra existencia. Pero ahora que lo saben, les interesa ocuparlo.
Tras guardar un par de segundos de silencio añadió:
—Esta es la parte que desconocen sus padres.
Nuevamente fue un profundo silencio de consternación el que precedió al estruendo que estalló, ahora con más fuerza. Exclamaciones en muchos idiomas se extendieron como un reguero de pólvora. Mitchell se volvió a hablar con Edmundo.
—Una de dos: o él o nosotros, perdimos la chaveta. En serio.
—Voto por ti y tu paisano, amigo —repuso Edmundo en tono de resignación mientras se frotaba nuevamente la cara en un gesto que a Mitchell le resultó extrañamente familiar.
Luego observó el gran alboroto reinante. Le recordaba a un concierto de rock al que había asistido por seguirle la corriente a una chica que le gustaba. No le habían quedado ganas de ir a otro.
—Creo que es verdad —dijo por fin Edmundo al volverse a verlo—. Son demasiadas estrellas, amigo. No podíamos estar solos. —Se encogió levemente de hombros—. Aunque para serte honesto, siempre había estado seguro de que serían los enanos de ojos grandes los que iban a venir a presentarse formalmente —confesó.
—Pero una invasión extraterrestre junto con un meteoro enviado por Dios… ¡es demasiado loco! Hasta tú tienes que admitirlo —dijo Mitchell señalándolo.
—Bueno, las películas que salen con esos guiones son también de ustedes, Scottie —Edmundo se encogió de hombros.
El profesor esperó pacientemente a que sus oyentes recuperaran un poco la serenidad. Pedir total silencio ya era imposible, con o sin frokts. Cuando se restableció un poco la calma continuó hablando:
—Sé que parece una historia de ciencia ficción muy rebuscada. Pero por desgracia o por suerte (lo de la suerte no le quedó muy claro a ninguno de los muchachos), todo es verdad.
Mitchell se frotó fuertemente la cara con ambas manos. Se detuvo al darse cuenta de que era un gesto muy similar al de Edmundo, pero por el momento prefirió no ahondar en el asunto.
—Y yo que creí que iban a ser unas vacaciones tranquilas —resopló cuando acabó.
Edmundo lo miró con plena identificación.
—Yo que creía que por fin había encontrado a la chica de mis sueños. Y veme, replanteándome mi religión, hablando con un gringo deprimido y oyendo a otro que está como cencerro.
Mitchell se volvió a verlo con una sonrisa torcida.
—No podemos decir que tú seas muy fascinante, mi estimado vecino.
—Es que todavía no me conoces bien, compadre.
Ambos rieron brevemente, olvidando por un momento la situación. Savage seguía hablando.
—Con base en el tiempo que tardaron los mensajes en ir y venir hasta y desde su planeta, que es bastante corto considerando la distancia —explicó—, dedujimos que también dominaban el uso de transportales para comunicarse. Lo que no esperábamos era que también pudiesen usarlos para llegar hasta acá en un tiempo igualmente corto. Pero de cualquier manera los hemos desafiado en nombre de toda la raza humana.
Una nueva ola de expresiones llegó hasta él, pero siguió hablando, imperturbable. Increíblemente, el silencio se restableció.
—Desde ese momento hemos comenzado a prepararnos. Los invasores, que se hacen llamar birseks. Son una raza especialmente belicosa —informó—. Y Humanidad se ha preparado tomando en cuenta eso.
Nadie dijo nada. Todos estaban ya mentalmente exhaustos.
—Hemos construido bases completamente equipadas y blindadas, incluyendo esta, la base central. —Señaló a su alrededor con un gesto desenvuelto—. También hemos desarrollado y construido armamento extremadamente poderoso y reclutado militares muy capaces, provenientes de todos los ejércitos del mundo, tanto para dirigir las operaciones como para formar parte de nuestras fuerzas militares, como es el caso de los frokts —señaló innecesariamente. Muchos jóvenes se volvieron a mirar disimuladamente a sus guardianes.
»Fuerzas a las cuales esperamos que ustedes, jóvenes, se unan —terminó el profesor Savage.
Al parecer, a los mentalmente agotados jóvenes se le habían acabado las expresiones, fuesen las que fuesen. El silencio se mantuvo.
Mitchell suspiró profundamente. Definitivamente se lo hubiera pensado mejor antes de subir a ese coche. Sus padres se lo habían advertido muchas veces: «No subas a automóviles de extraños, Mitchell. No importa lo que te ofrezcan».
Edmundo ya no sabía qué pensar. Tal vez sí había muerto atropellado y eso era parte del proceso de irse al cielo.
—Hemos concluido que, de alguna manera, los birseks pueden controlar la apertura del transportal Alfa en las primeras fases de la prueba, lo que les permitirá llegar aquí poco antes o durante el desarrollo de esta. Evidentemente con intenciones de interferir en ella —señaló Savage.
—Debían de concentrase en averiguar cómo echarle llave a ese dichoso transportal —refunfuño Mitchell—. Eso nos ahorraría los dos «problemitas».
Edmundo no pudo menos que darle la razón.
Jonathan Savage no sabía si sus oyentes ya habían tenido suficiente. Pero tenía que seguir adelante.
—Un punto que hay que aclarar también desde este momento —su voz se hizo más seria— es el hecho de que no estamos solos en la lucha por superar ambos retos. Un planeta vivo y consciente de que está en un periodo de semi hibernación puede, si lo convencemos, convertirse en nuestro aliado. —Nuevos susurros masivos nacieron y murieron rápidamente—. También buscaremos renovar y fortalecer un acuerdo ancestral con diversas especies animales, capaces de apoyarnos en la prueba y en el combate. De hecho, su ayuda será imprescindible en el caso del mar. Este acuerdo es denominado, por nosotros, Pacto.
—¡Carajos! —susurró Edmundo consternado, al igual que varias decenas de otros jóvenes—. ¿Ahora vamos con la parte de John de la Selva?
Mitchell estaba recargado en su asiento mirando hacia el escenario con cara de cansada incredulidad.
Hubo un nuevo alboroto que Savage dejó existir un rato antes de seguir hablando.
—Tenemos la esperanza de que a pesar de todo el daño que les hemos hecho a ellos y al planeta, aún decidan confiar en nosotros.
Nueva ola de murmullos, pero ahora Savage siguió, imparable.
—Durante el proceso de nuestra evolución, además de la oportunidad de «conquistar» —hizo la seña de comillas con ambas manos— el planeta, se nos asignó la responsabilidad de proteger al resto de las especies. Obviamente hemos fallado miserablemente —indicó con sequedad.
Muchos jóvenes asintieron en triste acuerdo.
—Pero hay algo más —prosiguió el profesor—. Además de arrasar como carniceros con casi toda la vida en el planeta, hace mucho acabamos con una especie clave para la presentación de la prueba. Esto hubo que repararlo.
Nueva ola de cansados suspiros.
—Bueno, esto se resume en que en Humanidad hemos tenido que crear una nueva especie —añadió Savage como si fuese algo sin importancia.
Edmundo y Mitchell volvieron a verse con cara de casi desesperado asombro. Tal vez regresar al rollo insustancial no era tan mala idea después de todo. Que les fundiesen el cerebro ahora parecía algo bastante posible.
—En Humanidad hemos creamos una raza de bestias de combate: los krawnekas, que serán montados por los jivantauros, nuestros jóvenes guerreros de tierra —remató Jonathan Savage.
En ese momento, sin dar a tiempo a una nueva ola de exclamaciones y con un nuevo y elegante movimiento de su mano, cual si de un mago se tratara, hizo que flotando frente y sobre los jóvenes apareciera una holoproyección increíblemente realista.
Todos contuvieron la respiración.
Lo que mostraba la holoimagen era lo que solo podía describirse como una bestia mítica. Era una especie de bisonte gigantesco con cola de dinosaurio, cuernos curvos que se veían decididamente hechos para destripar, y un hocico chato armado con dientes que enseguida se veía que podían destrozar casi cualquier cosa. El animal, o lo que sea que fuese, poseía un pelaje dorado, comprimido en lo que parecían las placas de una antigua armadura medieval. Sus ojos sin pupila eran igualmente dorados.
Era terriblemente hermoso.
—No te espantes —susurró Edmundo—. Esa cosa se ve bastante simpática. Pero la verdad no se me antoja montarla.
Mitchell asintió. Definitivamente prefería los aviones. Y al parecer, por las expresiones de sus vecinos más cercanos, la opinión era generalizada.
Savage aprovechó el momento para darles el golpe de gracia.
—Pero ustedes, jóvenes, en caso de decidir unirse a Humanidad, van a volar en una de estas.
La bestia de combate desapareció lentamente para dar paso a la rotunda imagen de una nave. Y se hizo un silencio profundo y fascinado. Todos los jóvenes nuevamente dejaron de respirar.
Era una preciosidad: estilizada como una inmensa cabeza de flecha, negra como la noche, brillante como un sueño, y de apariencia mortal. Como una gigantesca ave de presa.
—Ya valió madre —dijo Edmundo convencido—. Yo quiero una de esas. No me importa lo que tenga que hacer —aseguró.
—Después de mí, compadre —repuso Mitchell en el mismo tono.
Savage sonrió con algo de malicia. Sabía que esa iba a ser la reacción de los jóvenes. Siguió hablando:
—Esta es una Horus 77. La más poderosa nave de combate que la humanidad ha conocido, o conocerá —se corrigió esbozando una leve sonrisa—. Creada por Humanidad para ustedes, jóvenes cadetes —dijo casi como si fuera un vendedor de autos—. Y será la nave en que volarán y pelearán. Debo insistir en que solo unos pocos seres humanos tienen la capacidad mental y física para hacerlo. Es un vehículo de combate inmensamente poderoso que solo los míticos krantters pueden volar. —Era la primera vez que los jóvenes oían es palabra, pero el corazón de todos y cada uno dio un pequeño salto—. Esos son ustedes —aclaró Savage—. Si aceptan, ustedes se convertirán en los krantters Orión —añadió en tono de desafío.
Las decididas expresiones de los jóvenes le dieron la respuesta que esperaba.
—Pero estas naves y los krawnekas no son lo único con que contamos. Junto con esas y otras naves, hemos desarrollado una nueva y revolucionaria tecnología —informó con orgullo—. Una tecnología que potencia las capacidades que ustedes y los otros futuros guerreros de Humanidad poseen, al igual que lo hará con su armamento. Esto, gracias al uso de la energía del geotraxis.
Todos los jóvenes lo observaban fijamente, restaurada plenamente su atención.
—Esa será la tecnología que nos permitirá enfrentar a los birseks en condiciones de igualdad. Podemos vencerlos —aseguró—. Además de también superar la prueba —añadió con igual seguridad.
Nuevamente guardó silencio para permitir que los jóvenes absorbieran esta nueva información. Pero el ambiente había cambiado drásticamente. La rebeldía, las dudas y la incertidumbre habían desaparecido.
Los jóvenes creían en lo que Jonathan Savage les estaba diciendo.
—Bueno —dijo Edmundo en tono levemente burlón, saliendo de la ensoñación de ver la nave, que en esos momentos se esfumaba del aire provocando suspiros perfectamente audibles—, al menos se prepararon con tiempo y equipo. Ya ves que normalmente son tres de ustedes, una resortera ensamblada con cinta de empaque y toda la suerte del universo.
—¿Ustedes? —inquirió Mitchell extrañado, saliendo también de su ensoñación—. ¿A qué diablos te refieres?
—A todas las películas sobre el tema, compañero. —Edmundo meneó la cabeza y esbozó una sonrisa—. Esas donde ustedes, los gringos, salvan al planeta en los últimos treinta segundos.
Mitchell suspiró lentamente, pensando en cuál era la mejor respuesta.
—Esto no es una película, por si no te has dado cuenta, compañero —repuso como si estuviese hablando a un niño.
—Eso suponemos, Scottie. —Meneó nuevamente la cabeza Edmundo—. Pero nunca se sabe. Por otra parte, creo que es un buen punto a favor de Humanidad eso de la nueva tecnología. Claro, sin contar lo puntos perdidos por haber provocado que vengan unos alienígenas a intentar borrarnos del planeta —añadió alzando una ceja.
Mitchell suspiró profundamente. ¿Por qué lo habían tenido que sentar ahí?
En ese momento, Jonathan Savage pidió nuevamente silencio. Y fue obedecido de inmediato.
—Aún hay muchísima información que deben de conocer si se unen a nosotros, cadetes —continuó—. Pero creo que ya es suficiente por el momento.
Suspiros y resoplidos generales le dieron la razón.
—Pasemos ahora a información más terrenal y administrativa —agregó riendo suavemente.
—¿No se llama de otra forma? —preguntó Edmundo enarcando una ceja, y luego, volviéndose a mirar fijamente a su compañero, preguntó de nuevo—: ¿Cómo dices que te llamas? ¿Harry o Luke?
—Tú puedes decirme simplemente papá —repuso Mitchell con algo parecido a un gruñido.
Edmundo repuso con tono de comprensión:
—Ya sé la verdad. No te avergüences, mamá.
De repente, Mitchell se descubrió disfrutando de esos duelos verbales.
—O sea que también eres gringo. Bien por ti, hijo mío.
Edmundo sonrió y aceptó el empate.
—Ahora, nuestro jefe administrativo, el doctor Frausto, procederá a presentarles a algunos de nuestros asociados principales, que también formarán parte del equipo que habrá de entrenarlos —indicó Savage—. Considero que esto de por sí es una buena prueba adicional de que lo que les estoy diciendo es verdad —afirmó sonriendo mientras cedía su lugar al citado doctor, que agradeció la presentación con una leve inclinación de cabeza.
Tras dejar el podio, Savage se dirigió al sitio central de la mesa de honor que, sin que los jóvenes se hubiesen percatado, ya estaba llena.
—Espero no tener una avalancha de muchachos con ataques de pánico gracias a tu oleada de revelaciones, supremo líder —le dijo el doctor Rivers a Jonathan Savage mientras este tomaba asiento a su lado.
—Al que no resista este primer embate no lo necesitamos, matasanos —repuso Savage pensativo—. Lo que espero es que sus padres no sean los que no den demasiados problemas. ¿Tienes el último reporte de sus reacciones? —preguntó mirando a su mejor amigo con alzamiento de cejas.
—Tranquilo, jefe —repuso Doc Rivers de inmediato—. Hasta el momento no hemos tenido problemas. Todos han llegado a la conclusión de que la decisión estará en manos de sus hijos —explicó.
Savage asintió en silencio para después seguir con atención cómo tomaban las presentaciones los candidatos a reclutas. En esos momentos el doctor Frausto comenzaba a hablar con los jóvenes, también en quásar:
—En la segunda sección de la carpeta que tienen en sus manos está la información básica de los directivos de Humanidad, de sus instructores generales y de su instructor principal, que será único y diferente para cada escuadrón.
El oír por primera vez la palabra escuadrón también generó un leve estremecimiento en todos los jóvenes: estaban por iniciar su entrenamiento como pilotos de combate. El doctor siguió informándoles:
—También encontrarán mapas de las instalaciones principales y algunas indicaciones de aplicación general. Por favor, revísenlas cuidadosamente durante un momento —pidió, dándoles un muy necesario tiempo para recuperarse.
Tras hojearla brevemente, Mitchell y Edmundo dieron con la foto e información del que sería su instructor principal: un alemán de rostro severo.
Edmundo, meneando la cabeza, comentó:
—Hermann Jaeger. Este tipo se parece al sargento de un escuadrón de gente que no ríe. O sea, nosotros.
—Pues aún le estoy buscando la gracia a todo esto, compañero —repuso Mitchell.
Edmundo lo miró como valorando si debía de decir honestamente lo que pensaba. Finalmente decidió que sí.
—Hablando en serio, Mitchell... Esto no es una broma, ¿verdad? Son demasiadas cosas, todas demasiado profundas y alucinantes.
Mitchell lo miró y repuso con igual honestidad.
—No nos conocemos lo suficiente como para ofrecerme a pellizcarte, Edmundo. Además, sería una broma muy cara, como tú mismo dijiste. —Se encogió levemente de hombros—. Sin contar con que no viste la nave en que nos trajeron. —Meneó levemente la cabeza—. Créeme que no se parece a nada que yo haya visto, ni siquiera en revistas especializadas —le aseguró—. Y lo del transportal que usamos también es cierto. Pasamos por uno de ellos camino acá —le confirmó—. Además, están nuestras propias experiencias personales y que el asunto lo validan nuestras madres, como sabiamente mencionaste —sonrió levemente—. No, compañero —lo miró fijamente—; creo que esto va totalmente en serio. Por cierto, ¿te gusta volar, Ed?
Edmundo sonrió ante el diminutivo, que de ahí en adelante sería el que usaría muchas veces su compañero con él. Meneó la cabeza un poco antes de responder con voz pensativa:
—No me disgusta. Aunque honestamente no he viajado mucho en avión. Pero créeme que nunca, ni en mis más locos sueños, me planteé la idea de convertirme en piloto, y menos de combate. Y en una nave futurista… bueno —alzó ambas manos—; como ya dije, es simplemente demasiado…
El doctor Frausto, terminada la tregua, comenzó a hablar de nuevo. Ahora presentaba a algunos de los citados personajes de la carpeta.
Al tiempo de nombrarlos, iban apareciendo científicos y militares, hombres y mujeres. Todos ellos conocidos. Todos ellos supuestamente muertos o desaparecidos. Y todos ahí, bastante vivitos. No podía negarse que era una buena prueba. O se habían conseguido muy buenos dobles, o de verdad eran ellos.
Uno que llamó especialmente la atención fue Antonio Cassini, una joven y muy capaz revelación del medio científico que había realizado muchas cosas importantes antes de «morir» en un accidente.
—De ese tipo sí he leído mucho —señaló Edmundo—. Realizó trabajos que interesaron mucho a mi madre.
—¿Psiquiatría en hijos hiperactivos? —preguntó Mitchell con fingida seriedad.
—Uso de neurocircuitos para lograr que algunos idiotas fuesen medianamente funcionales —repuso Edmundo de inmediato viendo a su amigo con piedad igualmente fingida—. Pero no te ilusiones, tampoco es que esa tecnología haga milagros.
Tras ser presentados, los más relevantes pasaban a ocupar nuevamente su lugar en la mesa del escenario. Solamente la silla del centro estaba vacía. Al parecer, el líder de Humanidad se habla ausentado para atender algún asunto urgente. Eso pensó la mayoría de los jóvenes que se dieron cuenta del hecho.
«O sencillamente fue al baño», pensó distraídamente Edmundo.
Jamás imaginaría, ni en la más loca de sus especulaciones, con quién estaba hablando en esos momentos el supremo líder de Humanidad, vía remota y por un canal de alta seguridad.
Con cada presentación, los jóvenes buscaban la información correspondiente a la persona en su carpeta. En realidad, el sencillo y mecánico proceso sí contribuyó mucho a tranquilizarlos.
—¡Vaya con el señor! —silbó suavemente Mitchell.
Estaban leyendo lo referente al general Samuel Markham, que era el jefe de la sección militar de Humanidad y encargado también de ese aspecto de su entrenamiento. De origen inglés, supuestamente muerto en una operación militar conjunta hacía diez años, el hombre tenía un historial verdaderamente impresionante.
—¿Cómo lograrán hacer que trabajen juntos y en paz semejantes divas? —preguntó Mitchell realmente interesado.
—Creo que el buen profesor Savage no es precisamente muy blandito como jefe, Scottie.
Mitchell se volvió a ver a Edmundo con cara de hastío.
—Deja de llamarme Scottie, ¿ok?
—Debes de admitir que te queda ni pintado, dadas las circunstancias. Además, es de cariño, amigo —repuso Edmundo sonriendo.
—Vale. Entonces yo de cariño te voy a llamar pendejo, ¿ok?
Edmundo alzó ambas cejas algo sorprendido. Pero le gustaba lo directo de su nuevo compañero.
—¿Entonces, cómo os gusta ser llamado, caballero? —preguntó fingiendo acento español.
—Mitchell o Mitch cuando te ganes el derecho, compadre. ¿Y tú, como prefieres que te llame, Edmundo?
—Ed está bien desde este momento, compañero —dijo sonriendo nuevamente.
Mitchell relajó su actitud.
—De acuerdo, Ed.
—Perfecto, Mitch.
En ese momento, el doctor Frausto carraspeó ligeramente. Fue suficiente para que todos los jóvenes, de manera casi instintiva, alzaran su mirada para dirigirla al escenario. Savage, ya de regreso en su asiento, vio el movimiento sincronizado y mostró una leve sonrisa.
Era lo que él y los jefes de instrucción esperaban ver.
Por un extremo del escenario apareció un hombre que avanzaba firmemente y sin prisa. No era muy alto, aunque se veía nervudo, ágil y de una edad indefinida. Mantenía una expresión serena en sus firmes rasgos, como si cientos de personas no lo estuviesen viendo atentamente en ese momento. Por difícil que fuera de creerse, más allá de mitos, leyendas y películas, conforme avanzaba iba esparciendo una invisible ola de energía que parecía penetrar en los corazones y las mentes de los jóvenes.
Un joven de tipo oriental, sentado a dos lugares de Mitchell, comenzó a menear la cabeza como si estuviese mareándose un poco.
El personaje vestía chamarra y pantalones de lo que parecía una suave gamuza, con flecos cortos y en un hermoso tono café tostado claro. El atuendo estaba decorado con algunos discretos y elaborados signos multicolores grabados en los costados de chamarra y pantalón. En el lado derecho de su pecho portaba el tal vez incongruente pero al parecer inevitable escudo de Humanidad. Ceñía su frente con una banda de color azul claro que ostentaba un símbolo en el medio, pero desde la distancia de las butacas era imposible distinguirlo. Usaba su pelo, castaño y largo, cuidadosamente peinado en una gruesa trenza que le llegaba a media espalda. Era moreno, pero en contraste poseía unos ojos increíblemente azules, casi transparentes.
Al llegar junto al doctor Frausto, se detuvo y se volvió a mirar en dirección de los cuatrocientos futuros reclutas.
—Jóvenes, este es Heraldo, su principal instructor en el manejo de la energía del geotraxis —informó Frausto—. Sería muy difícil en estos momentos explicar exactamente qué hace. Es más, es posible que nunca pueda explicárselos ninguno de nosotros con palabras. Hay cosas que solo se entienden al verlas y vivirlas —aseguró con un leve suspiro, al parecer recordando alguna experiencia personal.
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