Читать книгу: «La ciudad autosuficiente»

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© Vicente Guallart, 2012.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO697

ISBN: 9788490562710

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prospecto

Introducción

I1. Autosuficiencia

I2. Ciudad

I3. Red

La ciudad autosuficiente

1. Vivienda (1-10)

2. Edificio (100)

3. Manzana (1.000)

4. Barrio (10.000-100.000)

5. Espacio público

6. Ciudad (1.000.000)

7. Metrópolis (10.000.000)

Epílogo: De Metápolis a Hiperhábitat

Agradecimientos

PROSPECTO

INTRODUCCIÓN

I1: Autosuficiencia

Los seres humanos somos autosuficientes en tanto que formamos parte de un hábitat.

En el siglo XXI, nuestra autosuficiencia es global.

El hombre necesita producir alimentos, energía y útiles para vivir.

El descendiente del cazador autosuficiente es hoy simplemente un operador de máquinas.

La autosuficiencia conectada ofrece más resistencia al colapso global.

I2: Ciudad

Internet ha cambiado nuestras vidas, pero no ha cambiado nuestras ciudades.

Tras el trabajador-consumidor del siglo XX, emerge el emprendedor-productor del siglo XXI.

El reto de las ciudades en el siglo XXI es que vuelvan a ser productivas.

Evolucionamos de un modelo centralizado de gestión de recursos de la era industrial a un modelo distribuido de la sociedad de la informción.

Las ciudades y los territorios líderes en un próximo futuro serán aquellos que generen más valor para su territorio con el menor consumo de recursos.

Si la economía de la sociedad de la información está basada en la innovación, el urbanismo no forma parte hoy de esta economía.

Hay que añadir una nueva capa metabólica sobre la capa física y funcional de las ciudades que incorpore la gestión de los recursos que le permiten funcionar.

Muchas slow cities dentro de una smart city.

I3: Red

Cada persona habita una ciudad diferente.

Cualquier acción propia del hecho de habitar la realizamos a múltiples escalas, en diversos momentos, en un sistema continuo que se adapta a nuestra realidad social.

El espacio se condensa en objetos. Y los objetos se hacen cada vez más pequeños.

El hombre no necesitaría viviendas o ciudades si quisiera vivir desnudo en medio de la naturaleza.

La buena arquitectura y las buenas ciudades son aquellas que han emergido a lo largo de la historia de un lugar concreto del planeta como parte de la naturaleza.

La anatomía de la ciudad, toda su estructura, puede ser organizada mediante nodos, conexiones, entornos y protocolos y ser similar a una red.

1. VIVIENDA

La casa es el ordenador. Su estructura es la red.

Tras el Internet de los negocios y el Internet social, emerge el Internet de la cosas, y por extensión, el Internet de la ciudad.

Los ordenadores desaparecen, las imágenes se expanden en el espacio.

Todos los objetos y edificios del mundo tendrán una identidad digital.

Queremos subir el mundo físico a Internet.

Cada objeto del planeta tiene una historia material y una genealogía formal.

Las viviendas, más que aislar a las personas, las pueden conectar.

2. EDIFICIO

La arquitectura es el arte de habitar.

Si en el siglo XX se transformó la estructura física de los edificios, pasando de muros de carga a estructuras reticulares, en el siglo XXI incorporarán un metabolismo propio que cambiará su relación con el medio en el que se asientan.

Un edificio es un organismo de habitar.

La electrificación será al mundo físico lo que la digitalización ha sido al mundo de la información.

Si en el siglo XIX se puso valor en el territorio transformando un suelo agrícola en un suelo urbano, en el siglo XXI podemos poner más valor en el territorio regenerando las ciudades para convertirlas en autosuficientes.

Frente al modelo de construir barato, vender caro e irse, los nuevos promotores quieren construir bien, vender o alquilar a un precio justo, y quedarse para gestionar los suministros de servicios de por vida.

La forma sigue a la energía.

Los edificios deben producir artificialmente y gestionar naturalmente.

Para que los edificios sean autosuficientes, primero tienen que ser inteligentes.

Edificios como organismos. Ciudades como sistemas naturales.

3. MANZANA

La vivienda sigue al trabajo.

La manzana autosuficiente funcionará a partir de la aplicación del modelo distribuido de Internet a las redes de energía y de agua.

Una persona que fabrica una silla obtiene el objeto y retiene el conocimiento de cómo hacerlo.

Cualquier persona debería poder fabricar cualquier cosa, en cualquier lugar del mundo, compartiendo conocimiento en la red y utilizando recursos locales.

El hombre es como una máquina de transformación bioquímica.

4. BARRIO

Los barrios son a la ciudad órganos de su cuerpo edificado.

Los barrios son estructuras de orden fisiológico que definen el territorio que un humano puede recorrer de forma natural y recurrente.

Las personas no viven en sus viviendas. Habitan un conjunto de espacios en su vivienda, edificio, barrio o ciudad, que les permite satisfacer sus necesidades vitales de forma individual y colectiva.

Se puede crear urbanidad sin una forma de ciudad tradicional, con densidad y diversidad funcional.

La suma de casas no hace una comunidad.

5. ESPACIO PÚBLICO

Hay ciudades del mundo donde el progreso social y económico se materializa en el espacio público, en las infraestructuras de lo colectivo.

La reinformación de las ciudades impulsa un proceso de reingeniería que les permitirá ser más eficientes.

La ciudad densa es un paradigma de la voluntad de convivencia.

La ciudad siempre se construyó sobre sí misma.

Con la sociedad de la información vivimos simultáneamente en diversos espacios y tiempos.

La sociedad en red permite construir simultáneamente un sistema de alta velocidad global y una baja velocidad local.

Cada civilización supera a su predecesora utilizando menos energía, gestionando más información.

Para hacer ciudades más eficientes hay que aumentar la resolución de la información que tenemos de ellas.

6. CIUDAD

La ciudad es energía informada.

Las ciudades, como las organizaciones, tienen un know how.

Las ciudades, como los seres vivos, han sufrido la selección natural.

Cada ciudad tiene un reloj urbano que marca la hora de su desarrollo funcional.

La mejor manera de conservar el patrimonio es aumentarlo.

Cada nueva era urbana lleva un modelo económico asociado (y viceversa).

Una smart city no es una ciudad simple con sensores.

Afrontamos el cambio de una economía orientada a productos a una economía basada en los servicios.

Una ciudad es una idea. Es la suma de todas las ideas de las personas que la habitan.

Los barrios industriales que existen en la ciudad son una disfunción propia del urbanismo del siglo XX.

La refundación de las ciudades redefine sus centros geográficos.

Para progresar las ciudades necesitan hacer buenas normativas más que dar subvenciones.

El City Protocol debería ser un sistema de certificación de ciudades propio de la era la información.

7. METRÓPOLIS

Nunca en la historia de la humanidad se tuvo más conocimiento sobre las ciudades, pero nunca se construyeron de forma más vulgar.

Dentro de una misma ciudad se suponen diversos relojes urbanos.

Para que haya más naturaleza en las ciudades, hay que reducir el uso del espacio público para la movilidad privada.

Tras décadas de construir infraestructuras para la movilidad, la logística y la urbanización de las zonas llanas en torno a los ríos, hay que devolver a la naturaleza parte de lo que la urbanización ha destruido.

La ciudad tiene que ser diseñada como un sistema formado por ciclos cerrados de intercambio de energía e información.

Hay que educar al ser humano como persona y en su capacidad de producir los recursos que necesita para la vida de forma local y de compartir conocimiento de forma global: persona, entorno, planeta.

From PITO to DIDO: Pasamos de un modelo de ciudades que reciben productos y generan basura a un modelo en el que solo entra y sale información de las ciudades, y producen sus recursos localmente.

EPÍLOGO: DE METÁPOLIS A HIPERHÁBITAT

La ciudad autosuficiente en red cambia la escala de la gobernanza del mundo y nos acerca a un modelo de ciudades-estado.

INTRODUCCIÓN

I1

AUTOSUFICIENCIA

La imagen es esta: Imaginemos un hombre primitivo que habita una caverna. Por la noche hace fuego para calentarse y, con su luz, a su calor, fabrica una flecha de sílex porque la necesita para ir a cazar al amanecer. En otro punto de la caverna, otro hombre unta sus manos con sangre animal o pigmentos y dibuja un animal en la pared como un ritual previo a la caza. Son hombres autosuficientes. Producen energía, utensilios y alimentos para su subsistencia. E invocan lo más profundo del ser humano para inspirar su existencia.

Los seres humanos somos autosuficientes en tanto que formamos parte de un hábitat. Nacemos, vivimos, nos reproducimos y morimos como todos los seres vivos. Formamos parte de un entorno habitable cuya extensión funcional ha variado a lo largo de la historia. Hemos sido capaces de crear estructuras habitables incluso en las condiciones más desfavorables. En la regiones más frías del planeta, la comunidad inuit ha actuado durante siglos utilizando los recursos que obtenía de su entorno más inmediato y ha adaptado su modo de vida, como hacen todas las especies de la naturaleza, a su ecosistema. Autosuficiencia local.

En el siglo XXI, nuestra autosuficiencia es global. No sabemos de dónde viene la energía que consumimos, ni la ropa que vestimos, ni los alimentos que ingerimos. Buena parte de los seres humanos funcionan simplemente como parte de un sistema que se implantó hace décadas. No sabemos por qué nuestro mundo es como es. Simplemente vivimos en él. Nos han educado de acuerdo con estas reglas y nos han enseñado a seguirlas. El hombre es, en demasiadas ocasiones, un actor secundario de su propia vida.

Como una parte de su historia natural, nuestro hombre primitivo tuvo hijos. Esos hijos también tuvieron hijos, y más hijos, y así sucesivamente. Supongamos que uno de sus descendientes está hoy en el aeropuerto de Atlanta, uno de los más grandes del mundo, y ha perdido una conexión de vuelo. Si intenta tomar el próximo avión a su destino, será una máquina quien decida cuándo y cómo lo hará. Si pregunta a un asistente por su situación, este le remitirá a una pantalla de información o tecleará su nombre en un ordenador para que una máquina responda por él. El descendiente del cazador autosuficiente es hoy simplemente un operador de máquinas. Una persona que ya no toma decisiones sino que aprieta teclas y actúa como parte de un sistema que alguien pensó, programó e instaló. Es casi un robot biológico. Esta persona puede subsistir como parte de un sistema global, que es el planeta en su conjunto, pero por sí misma no sabría producir energía, ni alimentos, ni útiles para su vida. Hoy, solamente aprieta teclas.

Esta persona, como tantas otras que «viven» como una simple unidad del sistema global, representa una situación extrema de la sociedad de la información. Pero, en el otro extremo, existen otros modos de vida. La sociedad de la información permite conectar a personas de lugares remotos que comparten conocimiento del más alto nivel con el que producen los recursos necesarios para su vida.

Imaginemos un joven científico que lidera una sesión de trabajo mediante videoconferencia entre veinte comunidades de emprendedores que se preparan para producir un microcontrolador de una red de sensores que instalarán en los alrededores de sus viviendas para tener datos ambientales de su entorno. Tras el encuentro virtual, uno de los jóvenes aprendices irá a la cubierta de su edificio a recoger una hortaliza que él mismo ha cultivado con agua reciclada por su edificio. Con máquinas de fabricación digital, el mismo joven producirá un mueble a partir de una madera procedente de un bosque cercano donde los árboles tienen su propia dirección georeferenciada. Los restos del árbol permitirán generar electricidad y agua caliente a través de una caldera de biomasa fabricada mediante un kit producido en su laboratorio con un archivo que se descargó de Internet.

Este ser humano, nieto de un nieto de un nieto de una persona que vivía en una caverna, tiene un ámbito de autosuficiencia hiperlocal y produce tantos recursos locales como puede gracias a que comparte conocimientos globalmente a través de las redes de información.

Cada persona configura su propio hábitat con sus acciones diarias y con los recursos que genera y consume, ya sea en una comunidad aborigen en la selva, un pueblo de la montaña, un barrio de una ciudad europea, un suburbio americano o una megalópolis asiática. Cada persona, cada comunidad, cada sociedad, cada generación a lo largo de la historia ha construido su hábitat con el fin de satisfacer su modo de vida. Y a principios del siglo XXI tenemos la posibilidad de reescribir nuestra historia y la de nuestro hábitat urbano utilizando el conocimiento y los recursos que tenemos al alcance para producir los recursos que necesitamos para nuestra vida de forma local. Energía, alimentos y bienes.

Así, el nuevo ser humano surge a partir del acceso a un conocimiento universal, utilizado para el bien propio y para el de su comunidad. Un conocimiento que le permite producir recursos localmente y participar en redes sociales globales de conocimiento y economía.

A más individuo, más sociedad.


EL HOMBRE AUTÓNOMO EN RED

Este libro trata de definir las condiciones del entorno urbano en el que las ciudades del siglo XXI permitan una habitabilidad autosuficiente en red. Unas condiciones que faciliten que los seres humanos y sus comunidades lideren la organización de su existencia. Se trata de un proyecto centrado en rehumanizar las ciudades a partir de la eficiencia en la generación y consumo de recursos y la creación de calidad de vida para las personas, impulsando la cultura de lo local, con una base tecnológica y económica global.

Las ciudades, que en los últimos años han escondido su obsolescencia detrás de espectaculares artificios formales en forma de iconos arquitectónicos, tienen la capacidad de reescribir su historia a partir de principios nuevos que emergen de los sistemas distribuidos que favorece la sociedad de la información. Un modelo que supera los sistemas centralizados de la era industrial para construir nuevas estructuras funcionales y sociales a partir de la relación de múltiples entidades que actúan en red.


RED COLABORATIVA DE HOMBRES AUTÓNOMOS

La autosuficiencia conectada ofrece más resistencia al colapso global. En una época de crisis como la actual, la garantía de suministro de recursos y la seguridad en el desarrollo de los procesos urbanos son tan importantes como los procesos en sí.

Los sistemas distribuidos, fruto de la interacción de unidades autosuficientes, son más flexibles y capaces de adaptarse a los cambios. Su impacto sobre el territorio, la movilidad y el consumo de recursos sistémicos es menor porque utiliza recursos locales. En la medida que se tenga más autosuficiencia en las múltiples capas de la gestión de nuestro hábitat, se tendrá más capacidad de decisión sobre qué tipo de espacio habitable y de ritmo vital queremos desarrollar.

Este texto afirma que es posible regenerar la ciudad en un ecosistema habitable a partir de la producción local de recursos y la conexión global de conocimiento con la utilización de nuevos principios y tecnologías propias de la sociedad de la información. Este proceso genera nuevos tipos de edificios, espacios urbanos, barrios o redes urbanas para la formación de un hábitat urbano pensado desde una nueva disciplina que resulta de la fusión del urbanismo, la gestión del medio ambiente y las redes de información. El objetivo del proceso es fomentar el bienestar de las personas y de su comunidad a partir de nuevos modos de vida más naturales y sociales, que los ciudadanos, las organizaciones y las ciudades puedan estructurar su propio modo de vida.

Una ciudad global de ciudades.

Una ciudad autosuficiente en red.

I2

CIUDAD

Internet ha cambiado nuestras vidas, pero no ha cambiado nuestras ciudades. En el siglo XXI, las redes nos permiten acceder a casi cualquier información producida por otros seres humanos y que, bien gestionada, puede producir conocimiento.

¿Cómo serán la ciudad y los hábitats capaces de extraer conocimiento de la red y producir recursos de manera local en la nueva sociedad que emerge con la era de la información? Las ciudades y el hábitat humano son el reflejo de la cultura de cada época. Se sirven del conocimiento y de los desarrollos tecnológicos para crear las condiciones de vida más eficaces desde un punto de vista económico, social y ambiental, utilizando los recursos a su alcance de forma racional.

En el siglo XX se fomentó la especialización en el trabajo para ganar en eficacia y producir más con menos recursos, pero por el camino se olvidaron muchas de las cosas que nos hacen ser seres humanos. Es una historia conocida. Gran parte de la población se convirtió en trabajadora de un sistema de producción en serie cada vez más globalizado y centralizado y, al mismo tiempo, consumidora de los recursos que el propio sistema producía. Y las ciudades se transformaron para adaptarse a esa realidad.

Internet fomenta un sistema distribuido de gestión de la realidad donde cada nodo de la red es capaz de producir e intercambiar recursos. De este modo, participando activamente en redes económicas, sociales y de conocimiento globales, un ciudadano o una o rganización puede producir recursos locales a partir del conocimiento que genera en red.

Tras el trabajador-consumidor del siglo XX, emerge el emprendedor-productor del siglo XXI que lidera su propia actividad profesional dentro de organizaciones flexibles. Por ello hay que transformar las «ciudades del conocimiento» en algo más que un eslogan. El conocimiento sirve para hacer cosas.

El reto de las ciudades en el siglo XXI es que vuelvan a ser productivas. Para ello han de modificar su estructura física y funcional para producir de forma local la mayor parte de recursos que se necesitan, al tiempo que están hiperconectadas con el mundo.

Las ciudades son los lugares reales donde viven las personas y donde se produce la economía real. La forma de la ciudad sigue la forma de la economía que la sustenta, según las reglas de gobernanza de cada territorio. Por ello, para que se transforme la economía habrá que transformar las ciudades.

El calentamiento global, el peak en el consumo de petróleo, la electrificación del mundo, las redes sociales, el conocimiento de los sistemas complejos y la crisis económica global forman parte de un proceso de transición que debe impulsar la construcción de un nuevo paradigma económico y urbano para el mundo. Las ciudades no pueden ser núcleos habitables que consumen recursos que provienen de la naturaleza y que se pueden transformar sin fin. La época de los recursos infinitos ha terminado. Las ciudades son ecosistemas habitables que forman parte de un sistema global, y hay que analizarlas como tal. Las ciudades y los territorios líderes en un próximo futuro serán aquellos que generen más valor para su territorio con el menor consumo de recursos.

Así, hay que definir un nuevo modelo para la organización de las ciudades en la sociedad de la información a partir de estructuras autosuficientes a diversas escalas. Las ciudades y su entorno próximo deberían producir la energía, los bienes y los alimentos necesarios para el desarrollo de la vida humana.


LA ENERGÍA COMO SISTEMA CONTRALIZADO «VERSUS» SISTEMA DISTIBUIDO

Para que un sistema de habitabilidad multiescalar sea autosuficiente, cada una de sus escalas tiene que tender hacia la autosuficiencia: edificios autosuficientes, en barrios autosuficientes, dentro de distritos autosuficientes para hacer una ciudad autosuficiente dentro de un marco regional autosuficiente conectado con redes de información con todo el mundo. Cada una de las escalas y de los ámbitos territoriales deberá desarrollar al máximo sus potenciales y compensar sus necesidades con los recursos de la escala o el ámbito más próximo.

Cada cambio de ciclo energético en la historia de la humanidad ha producido diferentes tipos de hábitats humanos.

Los hombres, que primero fueron agricultores-recolectores y más tarde se organizaron en comunidades agrícolas que desarrollaron las primeras civilizaciones, se organizaron en ciudades amuralladas en la Edad Media. A partir de la Revolución industrial se produjo el verdadero desarrollo urbano de forma sistemática. La economía industrial se ha desarrollado bien allí donde existen las materias primas o las fuentes de energía, o bien allí donde ha existido la mano de obra necesaria y el capital humano que ha hecho posible la producción de bienes. Ahora, en la sociedad de la información, la ciudad multiescalar que abarca desde una vivienda hasta todo el planeta debería basar su economía en el comercio de conocimiento y de servicios a escala global y en la producción local de bienes materiales utilizando el máximo de recursos locales.

Barcelona ha vivido todas las fases de construcción de una ciudad europea compacta que ha crecido en anillos concéntricos a lo largo de la historia. Fue fundada como colonia romana con el nombre de Barcino alrededor del año 15 a.C. sobre una pequeña colina cerca del mar. Vivía de la agricultura, tenía una superficie de 12 hectáreas y estaba rodeada por una muralla de 1,5 kilómetros. Es la Barcelona 1.0.

Esta ciudad y su muralla sufrieron diversas modificaciones y ensanches hasta la Edad Media, cuando la consolidación de la Corona de Aragón por parte de Jaume I impulsó la construcción de una ciudad como capital de un imperio que se extendería sobre el Mediterráneo. Una ciudad producto de una sociedad feudal, donde emergían los artesanos y los gremios y donde florecía el comercio marino y terrestre. En 1250 se construyó una nueva muralla, ampliada en el siglo XIV, con seis kilómetros de longitud y que encerraba una superficie de 218 hectáreas. Es la Barcelona 2.0.

La revolución industrial acaecida a partir del desarrollo de la ciencia y la tecnología y del uso de nuevas formas de energía y del invento de la tracción mecánica impulsó el inicio de la ciudad industrial y, con ella, el desarrollo territorial. A su vez, la declaración universal de los derechos del hombre impulsó una nueva conciencia sobre las condiciones de habitabilidad de las personas. Barcelona inició el derribo de sus murallas en el año 1854 con un plan que mutiplicaba por diez la superficie de la ciudad. Es la Barcelona 3.0.

Un socialista utópico, Ildefons Cerdà, inventó el concepto de urbanismo con el plan de ensanche de la ciudad de Barcelona. Cerdà planeó una ciudad con tanta superficie para la movilidad como zonas verdes o superficie para la edificación. El urbanismo de Cerdà surgió de una visión utópica de la construcción de un territorio que planteaba el aprovechamiento y la socialización del potencial tecnológico de su época y que quería dar respuesta a las nuevas condiciones de habitabilidad exigidas por la sociedad industrial emergente. Era un proyecto que pretendía ofrecer mayor calidad de vida a los ciudadanos con la creación de una ciudad más higiénica y saludable; una ciudad cuyos edificios tuvieran acceso a una zona verde y en cuyas ventanas entrara la luz del sol. La construcción del Eixample de la ciudad se ha desarrollado a lo largo de 150 años.

Durante este tiempo, una nueva tecnología, el automóvil, que empezó a tener un desarrollo industrial consistente en los años veinte del siglo XX, ha permitido el desarrollo de nuevas formas dispersas de ciudad, inicialmente en Estados Unidos, y ha transformado el funcionamiento y el ritmo vital de las ciudades históricas. En el caso de Barcelona, esta nueva tecnología impulsó la construcción de un anillo periférico (a partir del ejemplo del París de los años sesenta) en el año 1992 con una longitud de 37,5 kilómetros y que encierra una superficie de 10.000 hectáreas, y de otro que ordena su área metropolitana, de 60 kilómetros de longitud y con una superficie interior de 25.000 hectáreas. Es el final de la época de un modelo urbanizador basado en la ocupación de un territorio agrícola o de un tejido industrial obsoleto y el inicio de la regeneración de la ciudad de la información impulsada a partir de las tecnologías digitales. Es la Barcelona 4.0.

Los próximos años deberían ser los del desarrollo de este último modelo y de su implementación, primero con proyectos piloto y después de forma masiva e integral. Entre los años 2050 y 2060, la ciudad debería ser autosuficiente desde el punto de vista energético, y debería haberse desarrollado la economía de la producción local y el intercambio global de diseños, soluciones y servicios globales. Será la Barcelona 5.0.

La actual crisis impulsa un cambio en la manera como vivimos y trabajamos. En su día, el urbanismo fue una ciencia creada para añadir valor al territorio convirtiendo un territorio agrícola, donde se producían alimentos, en un territorio urbano, donde se podía vivir y trabajar en un entorno mucho más denso y productivo económicamente. Hoy, sin embargo, el urbanismo es más un proceso técnico que estratégico. Gran cantidad de ciudades se gestionan sin una visión de desarrollo a medio y largo plazo y solo dan respuesta a coyunturas políticas o económicas. Hoy el urbanismo casi no añade valor al territorio. Se ha convertido en un mecanismo donde se regula la relación entre público y privado, y con el que se obtienen beneficios económicos añadiendo el mínimo valor objetivo al territorio, gestionando lo obvio. Si la economía de la sociedad de la información está basada en la innovación, el urbanismo no forma parte de esta economía.

Por ahora.


ÉPOCAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DE BARCELONA

¿Cómo se puede añadir valor a las ciudades?

Si el urbanismo iniciado en el siglo XIX añadía valor a un territorio agrícola para transformarlo en urbano, la regeneración de la ciudad iniciada en el siglo XXI añade valor a un suelo urbano para transformarlo en autosuficiente.

Hay que añadir una nueva capa metabólica sobre la capa física y funcional de las ciudades que internalice la gestión de los recursos que le permiten funcionar. Las ciudades no pueden ser lugares que transforman productos en basura, entornos que consumen únicamente recursos que le vienen del exterior. Hay que producir energía de forma local mediante el reciclaje de edificios y barrios. Hay que producir bienes en entornos urbanos mediante nuevas industrias limpias y generar alimentos en las ciudades o en su proximidad de forma ecológica. Hay que introducir una capa informacional en las ciudades que permita la gestión distribuida de todas las redes urbanas.


ANATOMÍA DE UNA CIUDAD

Deberíamos impulsar un nuevo modelo de ciudades en red formadas por barrios productivos autosuficientes a velocidad humana, dentro de una ciudad hiperconectada y con emisiones cero. Un modelo que incorpore lo mejor de la calidad de vida de las pequeñas ciudades y lo mejor de la densidad urbana y el dinamismo de las grandes urbes de la sociedad de la información.

Muchas slow cities dentro de una smart city.

Más que añadir una capa informacional sobre una ciudad obsoleta se debería impulsar nuevas formas de organización del espacio urbano, de hibridación funcional y de movilidad que hicieran las ciudades más eficientes desde un punto de vista estructural. Internet no debe alargar la vida de las ciudades tal como las conocemos hoy, sino permitir su reingeniería.

Para ello, primero habría que definir la anatomía de las ciudades como una base compartida común sobre la que operar. Parece insólito que llevemos más de cinco mil años construyendo ciudades sin que exista ninguna convención internacional que defina la estructura de una ciudad.

Si se pregunta a un médico de Lima, de París o de Bombay cuáles son los sistemas que forman el cuerpo humano, todos describirán el sistema sanguíneo, el nervioso y el respiratorio y todos los sistemas que de forma convencional constituyen la anatomía humana y se estudian en las facultades de Medicina de todo el mundo. Sin embargo, arquitectos de estas mismas ciudades describirán de forma diferente qué partes o sistemas conforman la anatomía de una ciudad.

Definir con claridad las partes de un sistema es el primer paso para poder reformarlo.

El urbanismo, en Europa, no será nunca más un mecanismo para construir en el territorio sobre una naturaleza abstracta. Hoy toda acción de construcción es una reacción a una realidad existente, ya sea urbana o natural. Fuera de las ciudades, más que construir sobre la naturaleza, lo que haremos será construir con la naturaleza. O aún mejor, construir naturaleza.

El gran reto de nuestra civilización está en reformar las ciudades ya construidas, donde vive más del 50 % de la población mundial, con el fin de aumentar su eficiencia y hacerlas más productivas, e impulsar que las nuevas ciudades que se construirán en los próximos años, especialmente en Asia, se hagan basadas en nuevos principios propios de la sociedad de la información. Si las nuevas ciudades se construyen siguiendo los patrones actuales, el planeta de 10.000 millones de habitantes previsto para el año 2050 no podrá funcionar porque no dispondrá de la energía material necesaria para operar.

Afrontamos por ello el reto de un nuevo renacimiento para las ciudades, construidas a partir de una nueva cultura más transparente, abierta y participativa, sobre su historia física y social, donde los ciudadanos sean los actores principales de la historia, en el marco de sociedades que trabajan, producen y debaten sobre su progreso. Ciudades que se construyan como manifiestos de la excelencia de la creación humana.

Una ciudad autosuficiente en red.

I3

RED

¿En qué se parece una ciudad a una red? ¿Son las ciudades compatibles con el modelo en red de la sociedad de la información?

Una ciudad concentra una increíble acumulación de información y de actividades en su territorio. Sin embargo, los mecanismos con los que organizamos las ciudades parecen totalmente obsoletos. Cualquier porción de la ciudad está definida mediante su forma y su función. Una volumetría y un uso. Pero no sabemos nada de su funcionamiento, de su metabolismo, cómo actúa o cómo se relaciona con su entorno.

En el año 2001, un grupo de arquitectos y científicos de Barcelona creamos el Máster de Arquitectura Avanzada, en colaboración con la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y el Massachusetts Institute of Technology (MIT), que más tarde permitió la creación del Instituto de Arquitectura Avanzada de Catalunya (IAAC) que he dirigido hasta que me incorporé al Ayuntamiento de Barcelona como arquitecto jefe y gerente de Hábitat Urbano en 2011. Los arquitectos Willy Müller, Manuel Gausa, el antropólogo Artur Serra y el ingeniero Sebastià Sallent fueron coimpulsores del centro, que desde su origen ha colaborado con The Center for Bits and Atoms del MIT, que dirige Neil Gershenfeld.

Uno de los ámbitos de nuestra investigación estaba orientado a desarrollar un modelo para poder abordar una visión global de las ciudades y del mundo y que permitiera reprogramar las ciudades de forma global a partir de un modelo de red.

Una ciudad como una red.

Buscábamos un modelo de analizar las ciudades que fuera compatible con la topología de Internet. Un modelo donde Internet y la ciudad se pudieran fusionar. Debía ser un modelo multiescalar y autosimilar, como los sistemas fractales, en el que las partes son similares al todo. Que pudiera ser aplicable tanto a un entorno habitable para una persona como para diez mil millones de personas. Que fuera compatible con el concepto de vivienda-ciudad y con el de planeta-ciudad. Tradicionalmente el urbanismo se ha entendido como el proyecto de la gran escala que permite ordenar el territorio para construir ciudades. Y de él se deriva la arquitectura, encargada del proyecto de la escala de los edificios y más tarde del diseño interior de los mismos. Y sobre estos se aplican las redes de servicios que son desarrolladas por conocimientos de la ingeniería de caminos, industrial o de telecomunicaciones. Sin embargo, una visión multiescalar de la habitabilidad humana analiza y proyecta con la misma intensidad y bajo el mismo proyecto todas las escalas en las que viven las personas. Y todas ellas son desarrolladas bajo similares principios y parámetros, aplicando en su caso cuestiones particulares.

Un proyecto multiescalar y autosimilar del hábitat humano.

Hoy en día el ordenamiento de las ciudades se produce principalmente en dos dimensiones, el espacio donde se puede edificar con unos usos asociados y los espacios libres. Y, dentro de estos, los espacios para la movilidad y las zonas verdes. La densidad de los espacios edificables está claramente definida en múltiples ciudades, que asocian así un rendimiento económico al suelo. En otras, especialmente en el mundo anglosajón, puede ser objeto de negociación.

El Plan general de Barcelona utiliza 29 categorías para clasificar cualquier parte del suelo de la ciudad, y abarca desde viviendas, a cementerios y zonas verdes. Muchas ciudades americanas basadas en el zoning utilizan muchas menos.

¿Cómo es posible que con el conocimiento que podemos tener de una ciudad se organicen y se definan normativas a partir de tan pocos parámetros? En la investigación llamada Hyperhabitat, realizada junto con Daniel Ibáñez y Rodrigo Rubio desde el año 2006, analizamos el trabajo de diversos centros de educación en que se estaba abordando el diseño de las ciudades y en los que se mezclaban parámetros de categorías diferentes.

Como en el programa Sim City, uno de los clásicos de la historia de los videojuegos, utilizado en diversas universidades del mundo como sistema pedagógico, se trataba de construir una ciudad a partir de un mapa en blanco que el jugador debía llenar, expandir y gestionar con un presupuesto determinado. La ciudad debía incluir los servicios y equipamientos básicos: un acueducto, transporte público, energía eléctrica, gestión de residuos urbanos, etcétera. El jugador también necesitaba proveer el acceso a la salud y a la educación, la seguridad y sitios de esparcimiento para todos los ciudadanos.

Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona, abordó de una forma muy inteligente la cuestión de la organización funcional de la ciudad para conocer así su grado de «diversidad». Estudió la Clasificación Nacional de Actividades Económicas (CNAE), desglosada en 17 grandes grupos (construcción, comercio, educación...) y que incluye 766 rúbricas diferentes, y el Impuesto de Actividades Económicas (IAE), con 1.059 rúbricas y clasificado en tres grandes secciones (actividades empresariales, profesionales y artísticas) y, con esta base, desarrolló un sistema todavía más extenso de 7 categorías con un total de 2.000 actividades diferentes. Con esta información mapeó todas las actividades que se desarrollan en la ciudad. De este modo pudo definir el índice de complejidad urbana que reconoce qué partes de la ciudad son más diversas desde el punto de vista del ecosistema funcional. Cuanto más diversa es una porción de la ciudad, es mejor. Cada entidad económica es un organismo del ecosistema urbano.

Estos comienzan a ser números propios de nuestro tiempo.

¿Cómo hacer comparable una ciudad a una red? ¿Cómo hacer comparable el planeta-ciudad a Internet?

Una red está formada por nodos de almacenamiento y computación, conexiones que transmiten la información, un entorno o medio en el que se desarrollan y los protocolos que la gobiernan.

Nodos, conexiones, entorno y protocolos.

Si imaginamos el planeta antes de los primeros asentamientos humanos, podemos figurarnos un medio natural ocupado por seres vivos que se asientan en diversas estructuras geológicas y ecosistemas. Este territorio fue recorrido por los primeros humanos que vivían en cuevas. Los hombres, al recorrer el territorio, fueron trazando las primeras redes de caminos reconociendo los lugares con mayor facilidad de acceso. De los primeros asentamientos se crearon los primeros poblados, en muchas ocasiones por cuestiones defensivas.

Estos nodos fijos en el territorio acabaron consolidando las vías de comunicación creadas siguiendo la ley del mínimo esfuerzo. Las primeras conexiones entre nodos estables sirvieron para fijar las migraciones hacia territorios donde había caza y, más tarde, con el nacimiento de las ciudades, para definir vías de transporte de personas y de mercancías.


EL PLANETA (O UNA CIUDAD) COMO UNA RED: ENTORNO, INFRAESTRUCTURAS, NODOS Y PROTOCOLOS

Muchas de las ciudades que hoy conocemos surgieron a partir de asentamientos organizados por civilizaciones colonizadoras para el control del territorio, para el comercio, en cruces de caminos, en haciendas rurales o alrededor de atractores funcionales que impulsaban el desarrollo económico. Y sobre estos nodos conectados se han construido a lo largo de la historia protocolos de interacción (ya sea el comercio, la explotación de recursos o la defensa) para definir sus reglas internas de funcionamiento y su interacción con otros nodos.

¿Cuál es la ciudad más pequeña del mundo? ¿Qué diferencia hay entre una ciudad y un asentamiento rural donde se vive, se trabaja, se descansa y, en ocasiones, se comercia? De la misma manera nos preguntaríamos ¿cuál es la función básica que define un lugar como una vivienda? ¿Es un lugar de descanso, de abrigo o un lugar para almacenar bienes?

Cada persona habita una ciudad diferente.

Las personas no vivimos en viviendas. Vivimos en un sistema continuo de nodos funcionales de diversa escala que nos permiten realizar nuestras actividades diarias. Habitamos el planeta realizando las funciones que queremos para desarrollarnos como personas, en nuestra casa, en el barrio, en la ciudad, en la región, o de forma global. Cualquier acción propia del hecho de habitar la realizamos a múltiples escalas, en diversos momentos, en un sistema continuo que se adapta a nuestra realidad social.

Podemos comer solos en casa, en un pequeño grupo, en un restaurante o en un banquete, pero comemos. Nos educamos leyendo libros, asistiendo a cursos, yendo a la universidad o participando en congresos. Descansamos a la sombra de un árbol, en el jardín de nuestra casa, en un parque público o en un parque nacional. Hacemos deportes individualmente corriendo sobre una cinta mecánica o corriendo un maratón popular con cincuenta mil personas. Y vemos junto con otros mil millones de personas unos Juegos Olímpicos por televisión.

Las actividades que queremos hacer diariamente las realizamos en estructuras que son de uso individual, colectivo o global. Por tanto, cabría pensar en cómo organizar la ciudad de cada individuo en un sistema multiescalar de vivienda, ciudad, planeta (con todas las escalas intermedias), y en cómo definimos una matriz multiescalar para desarrollar la vida humana. De esta manera se pueden reconocer nodos en el territorio (desde una vivienda hasta una ciudad) y redes que los conectan (de movilidad y de suministros) organizados sobre un entorno físico, con unos protocolos de gobierno.

Nodos, conexiones, entorno y protocolos.

Los nodos

Cualquier objeto u estructura que realiza una función para la vida humana es un nodo funcional capaz de tener una identidad en la red global.

Durante el siglo XX, el proceso de industrialización ha transformado múltiples espacios en objetos. Múltiples electrodomésticos y máquinas de uso doméstico han condensado en una máquina diversas actividades que anteriormente se desarrollaban en espacios que generaban cierta actividad social a su alrededor. La lavadora ha eliminado las lavanderías de las plazas de los pueblos. La secadora, las actividades en las azoteas de los edificios. Y otras máquinas han hecho que múltiples acciones de recorrer espacios hayan sido transformadas en máquinas domésticas, como la bicicleta, la cinta de correr, etcétera.

El espacio se condensa en objetos. Y los objetos se hacen cada vez más pequeños. Y, en el límite, se convierten en aplicaciones de un ordenador. Muchos de los objetos que existen en la vivienda son posibles porque forman parte de una red a escala superior, de otros elementos y sistemas, y, en su caso, de edificios. Un frigorífico tiene sentido porque existe toda una cadena de frío. Un frigorífico a escala de una persona es un electrodoméstico pequeño. Para diez personas lo podemos encontrar en formato familiar de doble puerta. Para cien existen en cualquier restaurante pequeño. Para mil se encuentran en supermercados que abastecen a los frigoríficos inferiores. Para diez mil en un macrocentro comercial o en un gran hotel, y, más que máquinas, son espacios acondicionados. Para cien mil o un millón, tenemos los grandes centros logísticos refrigerados, propios de los mercados centrales de las grandes ciudades.

De la misma manera, en el otro extremo de la existencia de un aplique eléctrico individual hay una red eléctrica, una central nuclear o un campo eólico. En el de un inodoro, una planta depuradora. La librería de una vivienda se alimenta de una librería comercial, o de una biblioteca, que puede ser desde una biblioteca de barrio para diez mil visitantes hasta la biblioteca nacional de cualquier país o la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Cualquier objeto forma parte de una categoría funcional, que al aumentar de escala se transforma en un edificio. O en una ciudad. Un pequeño crucifijo se relaciona con una capilla, de la que se puede derivar una iglesia de barrio o una catedral y, finalmente, la Ciudad del Vaticano. Objetos, edificios, ciudades que abarcan desde la escala de un individuo hasta mil millones. De una alfombra para el rezo de un musulmán a La Meca. De una impresora personal a una gran imprenta o una gran capital de la edición. De una pequeña bodega a una gran planta embotelladora de bebidas alcohólicas.

Utilizando una ciudad modelo, podríamos definir las siguientes escalas de agrupación física de personas:

1 Vivienda

10 Planta

100 Edificio

1.000 Manzana

10.000 Barrio

100.000 Distrito

1.000.000 Ciudad

10.000.000 Región

100.000.000 País

1.000.000.000 Continente

10.000.000.000 Planeta

Existen tecnologías que, asociadas a estos nodos funcionales, tienen sentido a una determinada escala. Por ejemplo, hoy solo existen centrales nucleares capaces de abastecer de uno a diez millones de personas. Pero no existen instalaciones nucleares para abastecer a decenas de personas.

La escala a la que se resuelve una necesidad humana define un tipo de ciudad u otra. Se pueden comprar objetos en una pequeña tienda artesana o en un gran centro comercial. Las ciudades que tienen pequeños comercios, normalmente asociados al centro histórico, definen un tipo de comercio de proximidad con personas que se pueden desplazar andando a comprar productos. Las ciudades que tienen grandes centros comerciales dependen del transporte individual, como el automóvil, propio de las ciudades americanas, que permite el acceso a los mismos desde las viviendas individuales en un entorno periférico. Los diversos modelos de ciudad se definen mediante escalas en las que se resuelven las necesidades de los individuos, y configuran modelos de movilidad, de densidad y de interacción social.

Cualquier nodo tiene un coste de producción y un coste de funcionamiento con un impacto económico, social y ambiental en su entorno.

Las conexiones

Las conexiones de una red son estructuras definidas mediante una sección constante y un trayectoria lineal que conecta todos los nodos funcionales de una misma categoría entre sí, desde un objeto hasta la ciudad. Si analizamos las ciudades actuales, reconocemos hasta siete redes fundamentales organizadas en cinco vectores o ciclos que conectan todo con todo y que permiten que el territorio funcione. Son redes de información, el ciclo del agua (agua limpia y aguas sucias), ciclo de la materia (transporte logístico y residuos), energía y transporte humano.

Una calle de una ciudad dispone en general de estas redes en una sección compleja que incluye el subsuelo. La expansión a través del proceso de urbanización del siglo XIX impulsó la racionalización de las conexiones entre nodos de la ciudad:

Información: Televisión, radio, Internet, correo y otras. Existen redes de telecomunicaciones que transportan información por cables de cobre, por fibra óptica o a través del espectro radioeléctrico. Durante siglos, las comunicaciones fueron analógicas, con mensajeros y cartas. Posteriormente, en el siglo XX aparecieron los telégrafos, los teléfonos, la radio, la televisión y, más tarde y como paradigma de una nueva era, Internet. Frente al modelo centralizado de la televisión o la radio donde uno emite y muchos reciben información, Internet permite organizar la información de forma distribuida, donde muchos emiten y muchos reciben información.

Agua limpia: El agua, como un elemento de la naturaleza, tiene un ciclo propio que se desarrolla en estado sólido, líquido o gaseoso en ríos, mares y en la atmósfera. Siempre fue uno de los factores clave para definir los asentamientos humanos. Sin agua no hay vida, ni ciudades. Persas y romanos fueron expertos en la gestión del agua. El agua para el consumo humano viene en general de los ríos y lagos, y actualmente también de plantas de desalinización.

Aguas sucias: La separación de los residuos humanos a través de la red de alcantarillado llegó a las ciudades con el proceso de urbanización del siglo XIX. Los residuos humanos fueron vertidos a ríos o mares durante centenares de años, o utilizados como parte del ciclo de los nutrientes alimento-consumo-residuo-abono-alimento. Pero la densificación de las ciudades hizo que, para evitar impactos ambientales en su entorno, estos residuos fueran depurados. Con la tecnología actual, muchas ciudades del mundo depuran sus aguas sucias separando los residuos sólidos que se pueden transformar en abonos y producen agua que puede volver al ciclo del consumo. En algunos casos también se producen aguas grises, que se usan para riegos y redes secundarias. Aguas limpias y sucias forman el ciclo del agua.

Transporte logístico: Las primeras redes de transporte humano también sirvieron para el transporte de materias primas o de mercancías. Sin embargo, el transporte de productos, especialmente a lo largo del siglo XX, ha ido creando sus propias plataformas logísiticas, en puertos o aeropuertos, con leyes de distribución propias en las ciudades y con horarios, trazados y gestión específica.

Residuos: De la misma manera que los nodos de cualquier escala (viviendas, edificios o ciudades) reciben suministros de bienes que transforman para alimentarse o producir nuevos bienes, los residuos que producen son expulsados de la ciudad para ser acumulados en vertederos o para ser tratados con el fin de crear materia reciclada que volverá a ser transformada en nuevos productos, o bien para producir energía. Hoy, en centros urbanos compactos, existen sistemas de recogida automática de basuras que automatizan el proceso. Logística y residuos forman el ciclo de la materia.

Energía: La energía se produce hoy en grandes nodos funcionales, en centrales atómicas, centrales eólicas o pantanos, en huertos solares y, de modo emergente, en edificios. Las redes de energía transportan principalmente electricidad o gas. El petróleo se transporta en grandes barcos o bien mediante oleoductos hasta plantas donde se producen gasóleos o elementos químicos. Las redes de energía tienen en la actualidad una estructura ramificada, desde grandes nodos de producción hasta los pequeños nodos de generación doméstica o industrial.

Transporte humano: Fue sin duda la primera red. Caminos producidos por la superposición de andares. Redes estructuradas por las caravanas, en la ruta de la seda, o por caravanas de colonos. Rutas también marinas. La calle, en la ciudad, es el espacio para la movilidad de los hombres, hoy segregada en muchos casos por sistemas organizados por vehículos: peatones, bicicletas, automóviles, transporte público, metro, trenes, etcétera. En Estados Unidos se desarrollaron extensamente las autopistas, redes para la movilidad segregadas de la vida urbana. La calle y la plaza representan el espacio para la movilidad humana, de cruce y de encuentro, espacio para la interacción social en las ciudades tradicionales.

Las categorías de las redes, por tanto, son finitas. Las redes conectan nodos de diversas escalas y les permite operar. Un modelo urbano u otro implicará mayor o menor flujo en las redes que operan en la ciudad. Las ciudades actuales organizan las redes como un sistema arbóreo, desde los grandes centros de producción (energía, información o agua) hasta los puntos de consumo (edificios). O desde los pequeños centros que generan residuos (viviendas, edificios) hasta sus grandes centros de tratamiento. Un modelo urbano u otro implicará mayor o menor flujo en las redes que operan en la ciudad.

Una ciudad autosuficiente desarrollará un sistema de redes en malla que conectan muchos puntos de entidad similar, y eliminará o reducirá la dependencia de las grandes redes que transportan recursos desde los grandes centros productores hasta los puntos de consumo.

Entorno

El hombre no necesitaría viviendas o ciudades si quisiera vivir desnudo en medio de la naturaleza. La construcción de ciudades y edificios es un mecanismo para controlar las condiciones del medio en el que vive, y crear unas condiciones de temperatura y humedad estables a lo largo del año.

Los tres medios fundamentales del planeta son la tierra, el agua y el aire. Su interacción, gobernada por la posición de la Tierra en relación con el Sol y por el influjo de la Luna, define condiciones climáticas y paisajísticas diferentes en todo el planeta. Desde los polos hasta la selva amazónica. Las condiciones ambientales de un lugar siempre han sido un condicionante fundamental para definir el potencial para habitar un lugar.

El hombre, como ser vivo, intenta habitar lugares que le exijan un menor consumo energético para obtener recursos necesarios y crear condiciones de vida. Los asentamientos históricos, sobre los que se desarrollan hoy la mayor parte de las ciudades, se levantaron de forma racional, buscando el acceso al agua y la protección frente a los vientos y a los posibles ataques del exterior.

En China se desarrolló el feng shui, una disciplina que permitía escoger los mejores lugares por sus condiciones geográficas, primero para enterrar a los muertos y más tarde para fundar ciudades y asentar viviendas, relacionando la forma y las condiciones del territorio con los cuatro elementos tradicionales de la cultura oriental: tierra, agua, fuego y aire. El geomante era el encargado de utilizar ese conocimiento para elegir los emplazamientos donde asentarse. Hoy, aquellos argumentos fundacionales de las ciudades son de nuevo determinantes para utilizar recursos locales y orientar el futuro desarrollo hacia la autosuficiencia.

La Tierra existe tal como la conocemos por la influencia del Sol, alrededor del cual orbita y que le envía ondas en forma de luz y calor que han permitido el desarrollo de la vida. Su accion calorífica permite definir las diferentes zonas climáticas de la Tierra. De las partículas atómicas con las que se formó la Tierra, las diferentes reacciones químicas y procesos físicos produjeron una situación de cierta estabilidad y crearon un medio sólido, la tierra, uno líquido, el agua, y otro gaseoso, el aire. La vida surgió del medio líquido a partir de reacciones químicas que crearon organismos unicelulares y más tarde otros más complejos que dieron comienzo a la historia de la evolución. Los seres humanos, como seres vivos, formamos parte de esta cadena.

La Tierra es el medio natural para la vida humana. Es un medio compuesto por capas que abarcan desde el núcleo hasta la corteza. Las rocas y suelos con los que interactúa el hombre se han producido a lo largo de millones de años a partir de ciclos litológicos que transforman los minerales en diversos tipos de rocas sedimentarias, metamórficas o magmáticas. Son ciclos de transformación muy lentos, que se pueden percibir en tiempo real cuando se producen movimientos tectónicos en forma de terremotos o erupciones volcánicas. La Tierra contiene grandes bolsas de hidrocarburos insolubles en agua producidas por la transformación de materia orgánica durante milenios. De la Tierra se extraen minerales para la producción de cualquier tipo de bienes con los que se han construido las ciudades a lo largo de la historia.

El agua es esencial para la vida humana, porque los seres vivos la necesitan para su existencia. Cubre el 71 % de la superficie de la Tierra y el 97 % es salada. El agua desarrolla el ciclo hidrológico en un proceso constante de evaporación por efecto de los rayos del sol y su posterior precipitación y escorrentía por la superficie de la Tierra. El agua está presente como vapor en las nubes, como líquido en los mares, lagos y ríos y como sólido en los polos e icebergs. El 70 % del consumo del agua de la Tierra se destina a usos agrícolas, el 20 % a usos industriales y el 10 % al consumo humano. El acceso al agua siempre ha sido un condicionante para levantar asentamientos humanos, que se produjeron cerca de ríos o lagos. La presencia de agua en ríos o en el aire de las ciudades ayuda a definir las condiciones ambientales para la habitabilidad humana.

El aire es la mezcla de gases que constituye la atmósfera terrestre. Está formado principalmente por nitrógeno y oxígeno. La atmósfera terrestre se divide en capas organizadas en función de su altitud. En la primera capa se forman todos los fenómenos atmosféricos que dan origen al clima. A 25 kilómetros de altura, en la estratosfera, se encuentra la capa de ozono, que protege la Tierra de los rayos ultravioletas y que ha sido dañada por los gases de efecto invernadero. La calidad del aire en las ciudades, que es un elemento de preocupación creciente por los efectos que tiene sobre la salud humana, se evalúa midiendo el dióxido de nitrógeno (NO2), las partículas en suspensión (PM10), el ozono troposférico (O3), o el dióxido de azufre (SO2).

La buena arquitectura y las buenas ciudades son aquellas que han emergido a lo largo de la historia de un lugar concreto del planeta como parte de la naturaleza. Son producto de civilizaciones que han construido edificios, calles y ciudades que han sabido relacionar la cultura y la historia de un pueblo con la gestión de los recursos a su alcance. Y han hecho arte de este proceso.

Sol, aire, tierra y agua y sistemas vivos han conformado los diferentes ecosistemas del planeta con los que interactúa el hombre y sobre los que construye su hábitat. Y esta relación se ha mantenido en equilibrio durante centenares de años. Sin embargo, la Revolución industrial y la emisión masiva de gases de efecto invernadero están produciendo cambios estructurales en el planeta. El historiador Dipesh Chakrabarty afirma que el hombre ya no es un ser biológico, sino geológico, porque sus acciones en las últimas décadas han cambiado el clima de forma global, de la misma manera que lo harían múltiples erupciones volcánicas simultáneas.

Revertir o reconducir este proceso solo es posible con acciones que cambien la esencia del sistema de intercambio de energía e información con el medio en el que vivimos. La cuestión a afrontar es si este proceso lo determinará el hombre o será la propia naturaleza quien lo decida a través de sus propios mecanismos.

Protocolos

Las ciudades están organizadas mediante reglas de interacción social que fijan sus propios habitantes. La construcción de una ciudad supone un pacto de convivencia que solidifica en piedra las relaciones espaciales que se establecen entre personas, organizaciones y empresas para realizar las funciones propias de habitar. La densidad en las ciudades europeas o asiáticas y la dispersión de la ciudad americana no solo es producto del uso de diversas tecnologías para la movilidad. Forma parte de cada cultura, en las cuales lo individual o lo colectivo tienen diferentes significados.

Construir y hacer funcionar una ciudad no es un proceso evidente. Las ciudades, en su diversidad funcional, con su complejidad estructural, son los sistemas más complejos que ha creado el hombre sobre la Tierra.

Las ciudades se gestionan mediante protocolos operativos que actúan sobre todos los ámbitos de la vida urbana y definen mecanismos de resiliencia ante situaciones excepcionales.

Cada ciudad tiene leyes que forman parte del conjunto de normas de gobierno propias de cada país, que se desarrollan en un marco económico determinado y que fomentan un mayor o menor liderazgo de las estructuras públicas o privadas.

Las redes de información están cambiando los sistemas de gobierno en diversos países del mundo porque conectan a personas con otras personas y les permiten influir sobre la política de su entorno de forma directa. Los sistemas de gobierno que surjan a partir de Internet están por escribir. Las nuevas tecnologías deberían permitir el desarrollo de mecanismos para una participación más continua en la toma de decisiones relacionadas con la vida urbana. De nuevo, la llamada sociedad del conocimiento debería desarrollar mecanismos para transmitir, de forma transparente, información a la sociedad y permitir interpretarla con el fin de tomar decisiones, tanto por parte del gobierno de la ciudad como por parte de los ciudadanos.

Líneas de código urbano

La anatomía de la ciudad, toda su estructura física, puede por tanto ser organizada mediante nodos, conexiones, entornos y protocolos y ser similar a una red.

Imaginemos que realizamos un gráfico que contiene en el eje horizontal todas las funciones urbanas con el grado de detalle que se desee, con una división básica que incluye la residencia, los lugares de trabajo, los equipamientos y los nodos de infraestructuras. Imaginemos que en el eje vertical se sitúan las diversas escalas, desde la individual de los objetos, hasta la de todo el planeta según se ha descrito anteriormente. Cualquier objeto y edificio del mundo debería poder localizarse en este gráfico, porque responde a una función concreta, que permite el uso a una cantidad de personas precisas. En la tercera dimensión del gráfico se encontrarían acumulados todos los nodos de la misma función y escala, sin importar su situación geográfica.

Cualquier acción humana que se quiera desarrollar supondrá activar uno o varios nodos y las conexiones de infraestructuras que existen entre ellos, de manera que se producirán saltos de escala entre nodos.

La producción de alimentos es uno de los vectores de la autosuficiencia. Imaginemos que se quiere llevar un tomate desde el lugar donde se ha producido hasta una nevera individual. Se podría hacer según diversos procesos. Si el tomate se produce en una gran plantación en Brasil que produce hortalizas para cientos de miles de personas, una red logística local transportará el tomate de un camión a un puerto, que a su vez transporta millones de toneladas agrícolas y abastece a millones de personas. Luego lo desplazará en un barco que traslada alimentos para miles de personas y llegará a un puerto que recibe bienes para millones de personas. Del puerto, pasará a un mercado central que abastece a cientos de miles de personas, desde donde lo llevarán a un mercado que acoge mercancías para miles de personas. Aquí lo venderán finalmente a una tienda local que abastece a centenares de personas, donde una de ellas se lo llevará a su nevera individual. Toda una odisea.


HIPERHÁBITAT: MALLA MULTIESCALAR QUE PUEDE INCLUIR TODOS LOS OBJETOS Y EDIFICIOS DEL MUNDO

Una versión menos costosa desde el punto de vista energético de este proceso es la de un agricultor de la región que produce alimentos para centenares de personas. Cuando este recoge la mercancía, llena su furgoneta con capacidad para alimentos para centenares de personas, transporta el tomate a un mercado que vende mercancías para miles de personas, y aquí lo compra una persona que se lo lleva a su nevera individual.

En un caso de una escala menor, también puede suceder que una persona cultive tomates en un huerto urbano situado frente a su vivienda, y que, una vez maduros, los recoja y se los lleve directamente a su nevera o a su plato.

El resultado final es el mismo, una persona tiene un tomate en su nevera, pero el impacto social, ambiental y económico del proceso es completamente diferente. Cualquiera de estas configuraciones requiere un tipo de organización territorial y del espacio urbano diferente.

Una silla puede ser fabricada en China (a escala un millón), en una fábrica que fabrica sillas para un millón de personas, o en un laboratorio de fabricación situado en unos bajos en un edificio contiguo, en el que cada persona fabrica su propia silla (a escala cien).

Cada uno de los saltos de nodo implica una o diversas redes que generan una línea de códigos de relación funcional.


HIPERHÁBITAT: TRES MANERAS DE LLEVAR UN ALIMENTO A UNA NEVERA CON LA PARTICIPACIÓN DE DIFERENTES ESCALAS DE NODOS E INFRAESTRUCTURAS

La energía puede ser fabricada en una central nuclear de un país vecino (a escala diez millones), o bien en la cubierta del edificio donde vivimos (a escala cien).

Cualquier decisión en la manera de organizar la actividad humana y los espacios asociados a ella implica una calidad de vida y una relación coste/beneficio diferentes. En cualquier caso, no se trata de que todos los ciudadanos lo hagan todo, literalmente, sino de utilizar el potencial que tiene la producción local de recursos en base a un conocimiento que emerge de las redes de información, de forma que los procesos de producción y la experiencia asociada a la producción de recursos cree una sociedad.

La regeneración de las ciudades en base al modelo de la autosuficiencia en red solo tiene sentido si permite que las personas tengan más control sobre su propia vida y les da más poder, como parte de una red social.

La reprogramación del mundo

¿Cómo se reprograma el mundo a partir de un modelo de hábitat en red?

La sociedad industrial ha operado de forma que las líneas de código han fluido desde estructuras de escala mayor (los centros de producción de recursos de la era industrial, siempre dispuestos a abastecer de energía, agua, alimentos o productos a millones de personas) a las de escala menor, de los individuos. Y, con esta lógica, se han construido las ciudades en las últimas décadas. La sociedad de la información, por el contrario, conecta personas con personas, objetos entre ellos, edificios con edificios, comunidades entre ellas, de forma que el flujo de recursos se produce entre nodos de escala menor, lo que permite, a partir de la interacción de miles de nodos similares, la «emergencia» del sistema.

Si cada nodo que existe en el planeta, sea de la escala que sea, tiene una identidad digital y una capacidad de gestionar información, todo se puede conectar con todo.

Reprogramar el mundo significa reescribir las líneas de código de las acciones que hacemos a diario, de manera que se puedan realizar de forma más eficaz, utilizando menos recursos, gestionando más información. Y fomentando más la cohesión social.

Esta reprogramación la realizarán personas, empresas, organizaciones y gobiernos según las reglas de gestión de cada territorio.

De esta manera, los flujos de recursos evolucionarán desde el modelo actual —que conecta los grandes nodos productores que funcionan a la escala de 1.000.000 o 10.000.000 y abastecen a los nodos consumidores de escala 100, 10 o 1— a modelos donde nodos pequeños de escala 1, 10, 100, 1.000 o 10.000 producen y consumen recursos que comparten con otros nodos similares.

La información necesaria para la producción de los recursos se moverá por redes de información, y será compartida o comercializada. Y, para ello, habrá que reestructurar los territorios habitados por el hombre en base a nuevos principios humanistas, utilizando los potenciales tecnológicos y culturales de nuestro tiempo.

La arquitectura, y la organización del hábitat humano, en este contexto, vuelven a ser disciplinas relevantes para desarrollar esta regeneración en nuestro entorno físico, para permitir nuevas formas de interacción económicas y sociales.

Metrópolis, ciudades, barrios, espacio público, manzanas, edificios y viviendas.

La ciudad autosuficiente en red.

LA CIUDAD AUTOSUFICIENTE

1

VIVIENDA

(1-10)

¿Cómo transforma la sociedad de la información la habitabilidad en el ámbito privado de los ciudadanos? ¿Qué nuevas funciones incorporan las viviendas en una sociedad en red?

La vivienda es la pieza central de la habitabilidad de las personas. Es, como afirmaba Marshall McLuhan, su «última piel individual».

Internet ha cambiado la capacidad de interacción de las personas desde el ámbito de lo privado y por ello la escala del mundo.

Si la doctrina tradicional decía que la ciudad es un lugar donde se vive, se trabaja y se descansa, un lugar para el comercio y el encuentro, las nuevas tecnologías permiten que la vivienda hoy acoja potencialmente todas esas funciones. Ya lo hemos explicado anteriormente. La vivienda incorpora los nodos a escala individual de múltiples redes que existen en la ciudad. Contiene los terminales del sistema neuronal de la ciudad.

En el siglo XX hemos asistido a un proceso de «objetivación» de las funciones. Muchas actividades que antes requerían de un espacio y una infraestructura ahora se realizan a través de una máquina. El lavadero de la plaza del pueblo, y la actividad social en torno a él, ha desaparecido sustituido por el electrodoméstico-lavadora, que casi toda vivienda incorpora. La cinta de correr ha sustituido las carreras en el campo. El ordenador ha sustituido, al menos parcialmente, decenas de actividades vinculadas al espacio físico y reproduce estas acciones virtualmente. Y los objetos, a su vez, se han hecho más pequeños.

EL PROYECTO MEDIA HOUSE

En el año 2001, en el primer año académico del Máster en Arquitectura Avanzada, desarrollamos el Media House Project junto con The Center for Bits and Atoms del MIT. En aquel momento comenzamos a colaborar con Neil Gershenfeld, que dirigía el programa «Things That Think» dentro del Media Lab, quizás el centro de tecnología digital más importante de aquel momento.

La idea era desarrollar un prototipo de una vivienda informacional uniendo el potencial de la cultura americana, más orientada a los objetos y a las tecnologías que pueden ser desarrolladas en múltiples diseños de forma general, y de la cultura europea, más orientada al espacio, capaz de integrar en un solo proyecto recursos públicos y privados para experimentar sobre el futuro de la vivienda.

De la misma manera que el acceso a la electricidad y al agua potable transformó el espacio físico de la vivienda a principios del siglo XX con la incorporación de nuevos espacios y funciones, el objetivo era investigar qué cambios funcionales o espaciales se podían experimentar con las nuevas tecnologías de la información.

Neil propuso utilizar una tecnología desarrollada por su centro basada en los servidores IP más pequeños del mundo. Si en los años sesenta un servidor de Internet ocupaba el espacio de una habitación y costaba millones de dólares, ahora eran capaces de fabricarlo del tamaño de una moneda de un dólar.

La idea era dotar de inteligencia a la vivienda a partir de la creación de una red de microservidores embebidos en cualquier objeto de forma que se creara un sistema de computación distribuido. La inteligencia de la casa no debía residir en ninguno de sus objetos en concreto, sino que debía emerger de la relación de todas sus partes. El proyecto proponía que si cualquier elemento de la vivienda tiene una identidad digital, todas las cosas podrían estar conectadas con todas a través de la red del edificio, de forma no centralizada. Y, para ello, la red del edificio se debía construir al mismo tiempo que se construía su estructura física.

En los años veinte del siglo XX, con el desarrollo de las estructuras de hormigón, se separó la forma del edificio de su estructura y se desplegó el concepto de «planta libre». Los diferentes sistemas mecánicos del edificio quedaron embebidos en falsos techos y otros elementos que permitieron organizar el edificio por capas cuya responsabilidad era de especialistas diferentes.

Sin embargo, en los sistemas naturales, desarrollados para optimizar el consumo energético, la forma y estructura de los seres vivos se construyen siguiendo la misma lógica. Y en la mayoría de los casos coinciden en un solo elemento.

La arquitectura de Antoni Gaudí fue utilizada en muchas ocasiones como ejemplo de edificio en el que la forma emerge directamente de las fuerzas que lo conforman y en el que los diversos sistemas funcionales se integran en un solo elemento constructivo.

En el proyecto propusimos fabricar una red espacial formada por barras que definían la estructura física del edificio, con la estructura energética y la estructura lógica en un mismo elemento de sección tubular. Cualquier elemento eléctrico se podía conectar o desconectar de la red de forma transparente, y el sistema reconocía la llegada de un nuevo elemento y se reconfiguraba para interactuar con él. De este modo, no existe ningún elemento que controle el resto de la vivienda, sino que la inteligencia emerge de la interacción de decenas de pequeños elementos con una inteligencia mínima.

Marvin Minsky, uno de los padres de la inteligencia artificial, afirmaba en su libro The Society of Mind que le asombraba cómo la relación de millones de cosas no inteligentes (las neuronas) podía generar inteligencia. Nuestro acercamiento era similar. Y era totalmente diferente a los sistemas centralizados «domóticos» que todavía existen en algunos edificios. En ellos, la inteligencia del edificio se gestiona desde un ordenador central desde el que se toman las decisiones que los diversos mecanismos deben ejecutar, de forma que si el ordenador central falla, el edificio «se cuelga».

Si queríamos dotar de inteligencia a las cosas de forma que pudiéramos medir valores de ellas (con sensores) y así manipularlas (con actuadores), debíamos saber qué categorías de cosas existen en el espacio físico de un espacio habitable. Y lo debíamos saber con el fin de conocer qué parámetros debíamos medir y manipular. El control del aire en los edificios de oficinas es muy ilustrativo: hoy somos capaces de saber la temperatura y la humedad del aire en el interior de un espacio (mediante sensores) y manipular sus condiciones con impulsores de aire previamente tratado (actuadores) que garantizan (si todo funciona bien) una temperatura y una humedad constante según los deseos del usuario.

Pues bien, llegamos a la conclusión de que si dividimos el espacio interior de una vivienda en milímetros cúbicos y vemos qué contiene cada uno de ellos, solo encontramos seis categorías de elementos de naturaleza diferente: seres vivos, objetos, espacio, redes, límites y contenidos. Cada uno de ellos se puede medir a partir de parámetros diferentes, y si queremos cambiar su comportamiento se deberían poder definir actuadores diferentes.

Evidentemente, para poder establecer relaciones o algoritmos para su comportamiento, deberíamos comenzar a comprender qué es la inteligencia, cuántos tipos de inteligencia podemos establecer en un espacio y qué tipo de relaciones sociales, emocionales o económicas ocurren cuando se manipulan los elementos de la vivienda.

El proyecto fue presentado en septiembre de 2001 en el Mercat de les Flors de Barcelona como el inicio de un work in progress que se ha desarrollado en los años posteriores.

Para el proyecto creamos una estructura espacial donde se podían conectar objetos y moverlos libremente a otra posición, conservando las relaciones lógicas con otros objetos mediante sus microservidores embebidos. De esta forma se pudo experimentar un espacio habitable con algunas de las propiedades de los sistemas digitales, donde todo es reprogramable, a diferencia de las viviendas tradicionales, donde las funciones y la posición de los objetos en el espacio son fijas y están vinculadas a los sistemas eléctricos que las soportan.

No construimos una casa con un ordenador central que la controlaba. La Media House se construyó bajo el principio «La casa es el ordenador. Su estructura es la red».

LOS ORDENADORES SE DISUELVEN EN LA VIVIENDA

Más allá de la estructura, también experimentamos sobre nuevos espacios y funciones en la vivienda.

Emulando las salas para el telégrafo de las viviendas de principios de siglo, desarrollamos un espacio específico para las telecomunicaciones, que llamamos la «habitación del croma», que constaba de una cámara de videoconferencia y de un fondo azul donde se podía insertar cualquier fondo para la conversación.

Introdujimos también espacios para que los niños pudieran escribir en los muros y manipular el espacio sin el tradicional orden de la vivienda convencional, donde está «prohibido pintar las paredes». Un espacio capaz de grabar dibujos e imágenes y de tener memoria de sus eventos.

El dormitorio se convirtió en un espacio para la luminoterapia, donde se podía ajustar el color de las luces en función del estado de ánimo de las personas. Un grupo de estudiantes dirigidos por la artista Nuria Díaz realizaron la interficie para interactuar con la vivienda y los diversos sistemas mediáticos que incorporaba.

El aseo era un pequeño laboratorio donde se mezclaban la belleza y la medicina. La cocina y su huerto hidropónico, un lugar donde se producían los alimentos y se transformaban a partir de conocimientos compartidos. El espacio de trabajo, un lugar desde el que se producía conocimiento y se interactuaba con otras personas.

En el proyecto, experimentamos también el proceso de desaparición de los ordenadores en la vivienda. Con la computación distribuida, asistimos a un proceso en el que los ordenadores, ahora minúsculos, se incrustaban en todos los elementos de la vivienda. Y las pantallas, con un coste de producción menor, producidas como sistemas planos, aumentaban su tamaño. Así, en las nuevas viviendas, los ordenadores desaparecen y los contenidos alcanzan la escala del espacio.

El proyecto fue también un evento para socializar las innovaciones y propuestas. El arquitecto Enric Ruiz-Geli diseñó una performance que comprimía un día en una hora, de forma que los asistentes podrían ver la casa en funcionamiento y habitada por diversos creadores.

INTERNET 0. EL INTERNET DE LAS COSAS

En aquel proyecto se definió el nombre «Internet 0» para la red que crean los microservidores embebidos en los objetos de la vivienda. Uno de los socios del proyecto fue el Consorcio I2Cat, fundado entre otros por el ingeniero Sebastià Sallent y el antropólogo Artur Serra. El objetivo de este grupo es impulsar servicios de Internet de alta velocidad como el vídeo interactivo de alta definición y su introducción en todas las escalas de la sociedad. La Media House contaba también con una red de Internet 2.

En una comida celebrada el día de la inauguración, Artur preguntó a Neil a qué velocidad se movían los datos en la red con microservidores minúsculos. El objetivo de su pregunta era cuestionar la velocidad actual de las redes y debatir sobre el uso de las redes de alta velocidad. Ante la insistencia de Artur, Neil argumentó que la conexión entre un interruptor y una lámpara, o entre un sensor de temperatura y el sistema de riego de una vivienda, no requería el envío de señales de vídeo que sí requieren mucho ancho de banda. Lo que necesitaba, más bien, era estar permanentemente conectado y responder a las señales que enviaban otros sensores o recursos.

«Si vosotros sois Internet 2, nosotros seremos Internet 0», afirmó finalmente Neil.

Y esta definición ha resultado finalmente ser brillante y ha dado nombre a una línea de investigación en el MIT que ahora cuenta con diversos socios internacionales. El Internet 0 (I0) propone que, en paralelo al Internet que hoy muchas personas utilizan a través del ADSL o de las redes de fibra óptica, puede existir un Internet de muy baja velocidad que puede conectar todos los objetos entre ellos.

Un Internet que conecta trillones de elementos que solo necesitan cambiar su estado de on a off, medir datos elementales de la realidad y comunicarlos a sus vecinos, e informar de su posición y disponibilidad y cambiar el estado de los actuadores.

Tras el Internet de los negocios y el Internet social, emerge el Internet de las cosas a partir de tecnologías como el Internet 0.

Para que esta visión se desarrolle no solo basta desarrollar sensores y actuadores que envían datos a un ordenador central que controla las diversas partes de una vivienda o de la ciudad. Los propios algoritmos de control del sistema deberían estar distribuidos en el sistema, de forma que si una parte del sistema se colapsa el resto del sistema puede seguir operando.

La capacidad lógica de un sistema debería crecer al tiempo que crece su estructura física. La killer application del Internet de las cosas, aquella aplicación que hace que una solución se desarrolle globalmente, será las redes de energía en los edificios y la eficiencia energética de las ciudades.

EL INTERNET DE LA ENERGÍA

Diez años más tarde, desde el IAAC comenzamos el proyecto Energrid en el marco de los premios Novare que organiza la mayor empresa energética de España, que es Endesa. El objetivo del proyecto es desarrollar el «Internet de la energía» a partir de la gestión de la información de los elementos que generan y consumen energía en viviendas, edificios, barrios y ciudades.

De hecho, las grandes compañías eléctricas, que suminnistran energía a los edificios desde grandes centros productores (a escala 1.000.000), tienen muy poca información de los consumos eléctricos en el interior de las viviendas, porque su contador siempre se ha situado en la frontera entre el interior y el exterior de la vivienda. Igual ocurre con el agua. Si se puede gestionar el ahorro energético de millones de viviendas simultáneamente, o prever sus picos de consumo, o se puede limitar la activación de uno u otros elementos de la vivienda (con una cierta recompensa económica), se podrá ayudar a una mejor gestión de la energía de las ciudades, porque se podrán reducir los picos de consumo en momentos determinados. Es lo que se llama the long tail (la cola larga), en que la agregación de muchos microconsumos puede afectar de forma decisiva a la gestión de una gran red.

De hecho, en los próximos años, el precio de la energía dependerá de su fuente de generación y de la distancia entre generación y consumo. Se podrían aplicar, de este modo, precios diversos al consumo de los aparatos de la vivienda en función de las horas del día, con el objetivo fundamental de reducir los picos de demanda. La energía emitirá señales con información sobre su precio. Por ello, tener información activa de cada uno de los nodos generadores y consumidores de recursos permitirá tomar decisiones relativas a cada punto de consumo de forma individual, y no referido a la vivienda en su conjunto, tal como ocurre hoy en día. De esta manera se aumentará el grado de resolución del consumo de la energía eléctrica y se podrá gestionar todo el sistema con mayor precisión.

La red Energrid diferenciará los puntos de consumo (cualquier elemento eléctrico), las unidades consumo (asociadas a los antiguos contadores de las viviendas) y las comunidades de consumo que permitirán crear una microred de energía local. Si diversas viviendas o edificios pueden generar energía de forma local, entonces cada vivienda deberá decidir si la gasta, la almacena (en un vehículo eléctrico o en baterías) o si la vende a la comunidad o a la red en base a principios que se hayan programado previamente.

Desde el IAAC, la red de Fab Labs y la UPC, se está trabajando en el diseño de una red de bajo coste de pequeños ordenadores embebidos que se puedan fabricar localmente con el objetivo de implantar una red de sensores personalizada, a través de diversos estándares de código abierto, como Ardunio o el propio Internet 0.


ENERGRID: EL INTERNET DE LA ENERGÍA

LA REPROGRAMACIÓN DEL MUNDO

En el año 2008 fuimos invitados a participar en la XI Bienal de Arquitectura de Venecia, cuyo comisario era Aaron Betsky, celebrada bajo el título de Architecture beyond Building. En ella realizamos una instalación con el principio de hiperhábitat, donde diversos objetos de la vivienda, construidos como una radiografía de ellos mismos, incorporaban un pequeño servidor de Internet 0 y un deslizador que permitía cambiar la escala de la categoría funcional seleccionada. Por medio de un pequeño sensor se podían establecer nexos entre los objetos y las escalas que tienen asociados. Y estos mismos nexos se podían visualizar en una proyección de gran formato del grupo Bestiario en la que se podían ver también las relaciones entre los nodos de diversas escalas de una ciudad hipotética.

Con este proyecto imaginamos que en un futuro próximo todos los objetos y edificios del mundo tendrán una identidad digital. Y los ciudadanos podrán inscribir sus objetos físicos a la red de manera que se puedan crear comunidades de personas que compartan recursos (libros, útiles, etcétera). Y, en el mejor de los casos, organizaciones situadas en la misma ciudad podrán compartir auditorios o salas que la mayor parte del tiempo están inutilizadas. De hecho, cada ciudad, cada territorio podría tener su propio mapa de hiperhábitat vinculado a los objetos y edificios que hay en ella, de forma que se estimulara la creación de nuevas líneas de código que definieran relaciones funcionales entre las cosas.

Si hasta ahora la economía estaba basada en comprar y vender productos, si se tiene la información adecuada se pueden producir otras formas de relación asociadas al intercambio de bienes. Los objetos se pueden comprar, vender, compartir, prestar o regalar. Todas estas situaciones son propias de comunidades en las que hay más interacción social y más lugares de encuentro que el centro comercial. En momentos de crisis, en ciudades en las que existen comunidades compactas se desarrollan diversos fenómenos asociados a bancos de tiempo, donde las personas intercambian horas de trabajo a las que se asocia un valor.

De la misma forma que los creadores de Google decían que querían «bajarse» Internet a su ordenador (y lo hicieron), a nosotros nos gustaría «subir» el mundo físico a Internet.

De esta forma, se podrá estimular la capacidad de las personas que poseen o gestionan nodos, desde un hotel hasta una sala deportiva; de una planta de biomasa a una pequeña depuradora; desde una cocina hasta una escuela de barrio..., para crear nuevas formas de interacción funcional en la ciudad. Se fomenta así la interacción social que vuelve a impulsar el fortalecimiento mutuo de los ciudadanos y de las organizaciones que habitan un territorio.

LA HISTORIA MATERIAL DE LOS OBJETOS

Cada objeto del planeta tiene una historia material y una genealogía formal.

Todos los objetos son físicamente diferentes. Cada uno fue realizado en un momento determinado, con un material determinado, por una organización o persona determinada, a partir de un diseño definido. Su proceso de producción tuvo un impacto social, ambiental y económico en un punto del planeta. Con la globalización, hemos perdido el rastro de dónde vienen, cómo se hacen y quién hace los objetos que usamos cada día. Los alimentos tienen una historia similar.

La industria de la madera ha creado una etiqueta, la FSC, para evaluar el impacto ambiental de su producción y valorar si forma parte de un ciclo que podríamos llamar sostenible. Pero, más allá de una etiqueta de carácter general, cada mueble realizado con madera debería tener asociada la posición geográfica del árbol de donde procede, dónde fue manipulado, quién produjo el objeto, cómo fue trasladado y, en su caso, quiénes fueron sus propietarios.

También en múltiples casos los objetos evolucionan a partir de otros objetos, en unas ocasiones diseñados por creadores determinados y en otras, producto de una cultura empresarial o local.

En una «ciudad del conocimiento» deberíamos poder acceder a toda la información asociada a cualquier cosa que está en nuestro entorno. Esta información nos permitirá saber si, más allá del precio de las cosas, reconocemos los valores asociados a un objeto como propios.

Los objetos deberían garantizar que forman parte de un ciclo natural. Que salen de la naturaleza y que volverán a ser naturaleza cuando sean reciclados y transformados en otros objetos, o cuando vuelvan a la naturaleza y se puedan disolver en ella.

Si seguimos la lógica de un planeta entendido como un hiperhábitat, los objetos deberían tener una identidad digital producida con un bajísimo coste, con una dirección IP que les permitiera vincularse a otros objetos de su entorno. Todo objeto debería llevar incorporado un sistema de identificación. Y, a partir de él, nosotros deberíamos poder acceder a su información web personal, como una Wikipedia de los objetos, la Objepedia, donde se recogiese la historia material y la geneaología de cualquier nodo funcional del planeta.

LA VIVIENDA PARA IMPULSAR LA CALIDAD DE LA CIUDAD

Las viviendas, más que aislar a las personas, las pueden conectar. Son cada vez más los nodos personales que se conectan con otros nodos, a través de las redes de información, y especialmente a través de las redes sociales, para compartir recursos e información.

Sin embargo, escribimos decenas de correos electrónicos a todo el mundo y nos hacemos «amigos» en Facebook de gente que no conocemos de nada.

¿Cómo se puede utilizar Internet como mecanismo para fomentar la interacción local y crear comunidad? Crear comunidad, sentirte identificado con tu vivienda y con tu barrio, es clave para dotar de sentido a la ciudad, para hacerla más habitable, más segura.

Jerilyne Perine, antigua directora de la empresa de vivienda pública de Nueva York, Department of Housing Preservation and Development (HPD), participó en el año 2007 en un taller sobre la vivienda desarrollado en el Máster de Arquitectura Avanzada. En él nos explicó cómo en los años setenta, época de alta inflación y crisis energética, pusieron en marcha la empresa de vivienda pública de Nueva York. El objetivo era construir y gestionar viviendas accesibles con el fin de asentar la población en la ciudad e identificarla con un lugar. Afirmaba que si se resolvía la cuestión del acceso a una vivienda (propia o de alquiler) con un precio razonable, los ciudadanos podían pensar en iniciar negocios, en tener una familia, de forma que se consolidaban relaciones humanas sobre el territorio, haciendo de las ciudades lugares más seguros y cohesionados.

En Nueva York, esta política de crear viviendas para grupos sociales necesitados ha sido un gran éxito, y continúa sirviendo como instrumento para regenerar zonas degradas.

La vivienda se ha visto en muchas ocasiones como otra forma de invertir los ahorros. La vivienda nos la han explicado durante muchos años como un producto más. ¡Hay que comprar viviendas porque precisamente se hacen para ser compradas! Y a ello han ayudado mucho los bancos. En los últimos años, el tamaño de la vivienda en España ha dependido de la relación entre el precio del suelo y el dinero que los bancos podían prestar a cada persona, siempre en función de sus ingresos.

La vivienda vista como producto desde el lado del que la vende.

Con la habitabilidad de las personas habría que hacer como con la movilidad. El automóvil es uno de los formatos de la movilidad privada, prácticamente el único que un ciudadano puede comprar. Pero existen otros formatos (el tren, el autobús, los aviones) que permiten moverse y que no requieren de la compra del producto.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
242 стр. 21 иллюстрация
ISBN:
9788490562710
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Правообладатель:
Bookwire
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