Читать книгу: «Laberinto en Londres»
Índice de contenido
1 Portada
2 Créditos
3 I. Desde Londres Un comienzo de palabras Tres semanas Algo se había roto en mí Mi osito inglés Chica de country, chico de cómics Algo estaba fallando Apostemos Esa no era yo Vos, yo y el silencio El laberinto nos atrapó Patética ¿A r t e? Él deseaba a otra mujer Cuando la vida te queda grande Necesitaba desahogarme La traición de Odile Ovillar de vuelta mi vida Distinguir las noches En el Tate Modern Big Ben Laberinto urbano No te voy a dejar escapar Un cerezo japonés Una cabaña Las piernas de Venus A medias Libre en Londres La luna se ponía más clara Lejana Atormentada en Hyde Park El ahora Partida, rota No quiero que se me pase Traidora Una ola que te agarra desprevenida y te revuelca Volver o saltar ¡Merde! Inkscars Sweet Thames Te odio Real London Tonnnta El beso de Trafalgar Square Un dardo al corazón KOKO La reconciliación Indeleble Odile y el oso
4 II. Desde Buenos Aires Directo a tus brazos Penélope Catálogo de besos Cómo vivir lejos de vos La noche de Koko El último laberinto Humedad Recordándote Silencio Ofelia Del odio al amor en las películas El regreso La llegada No sé, quizás, tal vez… Sin vos Millas Mi debut como guionista Su bendición Tramas What shall I do now? What shall I do?
5 Sinopsis
6 Índice
Hitos
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2 Portada

Médico, Verónica
Laberinto en Londres / Verónica Médico. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2115-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Diseño de portada: Christian Duarte
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Were just lovers like no others
Cos I was just a half, until I found you
–Lovers (Beech)
I. Desde Londres
Un comienzo de palabras
Necesitaba desahogarme, contarme cómo había llegado a una situación que no entendía. Empecé a escribir todo lo que había pasado desde nuestra partida. Seguía sin entender, pero me gustaba cómo me contaba la historia, me gustaba escucharme cuando me releía.
Lo que no podía decir en la realidad, lo que no me atrevía a decir, podía escribirlo. Las palabras me sacaban del presente y me llevaban a otro mundo donde yo tenía el control.
Tres semanas
Cata y yo habíamos terminado el colegio y no sabíamos muy bien qué hacer con nuestras vidas. Habíamos planeado el viaje a Londres con la excusa de perfeccionar nuestro inglés, pero para nosotras era mucho más que eso: tres semanas lejos de nuestros padres. Por fin, independientes; por fin, adultas.
Ella iba por primera vez y yo estaba ansiosa por mostrarle la ciudad. Tres semanas hablando inglés, haciéndonos desear por los chicos que adorarían nuestro acento. Cata fantaseaba con algún rockero; yo, con un modelo de la Fashion Week. Por fin, seríamos cosmopolitas; Pinamar y Cariló habían quedado en el pasado.
—Sofi, prestá atención —dijo mi vieja.
—¿Qué?
—Cualquier cosa, nos llamás.
—Sí, ya sé, que no tome frío, pero si allá es verano, ma. Que ojo con los autos, que van al revés…
—Sofi, te estoy hablando en serio.
—Ya sé. Yo también te voy a extrañar —y le di un beso, eso siempre funcionaba.
Tres semanas. ¡¡TRES SEMANAS!!
Subimos por la escalera mecánica del aeropuerto (nuestras familias tenían prohibido acompañarnos en el último tramo). Ellos abajo, nosotras rumbo al cielo. Nuestros padres, nerviosos; Martín y el hermano de Cata, desesperados por crecer; y nosotras, divinas. Desde lo alto, hicimos chau con la mano, tan elegantes y tan tontas como las princesas saludando a los súbditos.
Mamá gritó:
—¡Te voy a extrañar! Llamame.
Y lo vi. Primero el pelo rubio oscuro, luego sus ojos azules, su nariz perfecta, sus labios carnosos, la barba de dos días. Subía por la escalera. Era mi fashion boy y estaba viendo y escuchando todo lo que yo quería olvidar. Y yo, como una estúpida, con la manito saludando.
Vi sus ojos, me miraba con esa picardía de chico autosuficiente. Seguro no había necesitado una familia que le pagara el viaje. Llevaba colgando la campera sobre su hombro, sosteniéndola con los dedos como si estuviera en una publicidad de perfume. Lo odié, pero era tan lindo.
Pasó al lado nuestro, ignorándonos.
—Es mío —dijo Cata.
—¿Por qué? Yo lo vi primero —estaba dispuesta a pelear, pero me contuve.
Obviamente nos pusimos en la cola del escáner en la que estaba él. Por lo que veía, mi fashion boy no se quedaría con ninguna de nosotras, pensaba, hasta que pasó por el detector de metal y sonó la alarma.
Sacó unas monedas del bolsillo y volvió a pasar. Volvió a sonar. No estaba tan acostumbrado a viajar como me había imaginado. Se sacó una cadena que tenía colgada y sonó de nuevo. Y entonces se puso rojo. Podría ignorarnos, pero no sabía que tenía que sacarse el cinturón. Igual sus abdominales me hicieron perdonarle todo.
En el Free Shop, Cata me dijo:
—Quizás no vaya a Londres.
Levanté un hombro como diciendo “no me importa”.
—¡Qué mala onda! Ayudame. Yo siempre te ayudo.
—Este perfume es un asco y está carísimo —dije.
—Ok, morite —y se fue.
Me había comportado como una tonta.
—No te enojés, es todo tuyo —dije.
—Estoy podrida de que te creas especial cuando sos un desastre.
—Perdón.
—No quiero un perdón de compromiso.
—Perdónperdónperdónpedón —dije mientras caminaba hacia atrás y me choqué con alguien. Me di vuelta: era él. Me hubiera gustado desaparecer.
Cata aprovechó para hacerme quedar en ridículo.
—Disculpá, a veces se vuelve loca —dijo con una sonrisa.
Ella no lo iba a conquistar así de fácil, pensé. Pero vi cómo él le sonreía y cómo me ignoraba. Y casi muero.
Londres estaría llena de chicos que me sonreirían, me dije para consolarme. Pero muy pocos serían tan lindos como él. Los dejé solos mientras miraba los perfumes. La más linda, la más inteligente, la más astuta, me repetí, la más torpe. Ahí estaban los espejos devolviéndome mi imagen. Se notaba mi furia. Yo lo notaba.
Tomé el último perfume de Calvin Klein, lo probé y me recompuse. Era lo único que necesitaba. No solo lo único, los Toblerones y los Lindt serían mi mejor compañía.
Cuando llegué a la caja, la culpa me hizo dejar los chocolates. Ningún londinense me querría gorda. Aunque, tal vez… Ellos eran más desprejuiciados que nosotros. Volví a agarrar un Toblerone. Pero no, después iba a tener que volver a casa. Pero sí, tres semanas no podría aguantar con tanta angustia. También, un Lindt y pagué con mi tarjeta dorada. Después de todo, no era tan malo tener una familia que me consintiera.
—¿Dónde te metiste? —me dijo Cata—. Te estaba buscando.
Levanté las bolsas como respuesta.
—Es divino, se llama Thiago y va a Londres.
Saqué el perfume y se lo mostré. Ella no prestó atención.
Me senté a esperar la llamada del embarque, mientras Cata fue al baño. Empecé a inquietarme porque no volvía. La llamé por teléfono.
—¿Dónde estás?
—Ahora voy.
Era obvio que estaba hablando con él. Me paré para ver si los veía, caminé hacia atrás y los vi. Cata estaba entregadísima, yo entendía su desesperación. Él era perfecto y ella…, no sé cómo explicarlo, le faltaba sofisticación. Era de las entusiastas, quería ser espontánea, y los resultados estaban a la vista: parecía que a él le gustaba. ¡Qué ironía!
—Sé que no te va a gustar lo que…, pero decí que sí —me dijo cuando volvió.
Abrí la caja del perfume y me lo puse.
—Plis, decí que sí —volvió a rogar.
—Sí.
—¿Le cambiás el asiento, así podemos estar juntos en el avión?
—¿Estás loca? Puede ser un psicópata, un ladrón.
—¿Qué te pasa?
—Yo te iba a mostrar Londres y vos me abandonás por el primer chico que aparece.
Cata me abrazó.
—No te abandono. ¡Está buenísimo!
Cata nos presentó:
—Thiago, ella es mi amiga Sofi.
—Hola.
—Hola —respondí mirándolo a los ojos, y vi que me miraba distante, como si yo fuera una cosa.
Contó que se iba de vacaciones por cuatro meses, primero se reuniría en Londres con tres amigos con los que viajaría por los países nórdicos. Querían ver el sol de medianoche y la aurora boreal.
—Y yo que creía que nuestro viaje era una aventura —dijo Cata embobada.
La odié por ser tan sincera y lo odié a él por hacerme sentir una nena de mamá con mi viaje a Londres por tres semanas en un campus con vigilancia y WIFI.
Algo se había roto en mí
Cata hizo lo imposible para que yo quedara sentada junto a ellos. Él estaba del lado del pasillo; ella, en el medio; y yo, pegada a la ventanilla. El viaje sería una tortura. Me puse los auriculares, subí el volumen y cerré los ojos. Calvin me rescataba otra vez.
¿Por qué ella me había traicionado?, ¿por qué él la había elegido?, ¿por qué me humillaban sentándome con ellos?
Me saqué los auriculares.
—Es mi mejor amiga, nos conocimos en el jardín —dijo.
Y así me lo pagaba, pensé.
—Después la conocí a Sofi —agregó.
Estaba hablando de Mora. Levanté la cortina, miré hacia afuera: todo negro. Así estaba mi corazón.
Necesitaba ver una película, empecé a buscar una que me hiciera olvidar la traición. Ninguna me conformaba. Elegí Orgullo y prejuicio.
—¿Otra vez, esa? —me dijo Cata.
La miré con odio.
—Fijate en estrenos, hay una buenísima —me dijo Thiago.
Quise odiarlo, pero no pude resistir su mirada, era tan seductor.
—Gracias, pero quiero ver esta —le respondí lo más neutra que pude, no quería que se diera cuenta de que no podía resistirme a él—. Es una versión buenísima de la novela —agregué.
Vi cómo se miraron, cómplices. Mi reacción los unía más. Cata se alejaba vertiginosamente. Vi cómo rozaban sus manos, usando de excusa la cercanía de los asientos, vi la histeria de sus cuerpos, el acercarse y alejarse para volver a acercarse, el nerviosismo de la atracción. No entendía cómo ella había logrado levantarlo, no es que no fuera linda, todo lo contrario, pero era Cata, simplemente Cata.
Trajeron la comida, yo seguí con la película, pero no podía concentrarme. Puse pausa, me saqué los auriculares.
Cata le estaba contando sus proyectos, después de haberse dado cuenta de que realmente no servía para veterinaria, se había decidido por estudiar escenografía.
—¿Escenografía? ¡Qué bueno!
—¿Y vos? —le preguntó ella.
—No tengo ni idea. Me gustaría hacer un programa de tele, de esos que vas viajando por el mundo.
—¡Te reveo!
—La idea es hacer un piloto en este viaje y vamos a armar un blog…
—¡Buenísimo! —dijo Cata y me miró buscando aprobación.
Las azafatas retiraron todo y vi que había asientos vacíos. Me cambié de lugar.
La mañana siguiente, cuando Thiago fue al baño me saludó. Era hermoso: el pelo despeinado, esos ojos de viajero, esa boca, nunca serían míos. Esas abdominales solo estarían en la realidad de Cata.
Después pasó ella.
—¿Por qué te cambiaste? —me preguntó.
—Estaba más cómoda.
—Me encanta —dijo sin escuchar mi respuesta.
Ya no me necesitaba. Aunque Cata no lo volviera a ver, aunque todo siguiera como si no hubiera pasado, algo se había roto en mí.
De Thiago no supe nada más, porque no quise saberlo. Bajé del avión con los auriculares puestos, saludé de compromiso, creyendo que sería la última vez que lo vería. En todo el viaje en remis, no hablé con Cata.
En West Hampstead reconocí el edificio con el que habíamos fantaseado juntas. El campus era una residencia victoriana, de afuera tenía todo el encanto de la vieja Inglaterra, y de adentro la modernidad y confort del siglo XXI.
Por suerte, no estábamos en la misma habitación, pero sí en el mismo curso de English Business. Pregunté si podía cambiarme. Solo quedaba lugar en Literature. Acepté contenta, siempre me había gustado leer ficción.
Durante tres semanas podría ignorarla. Se arrepentiría de haberse portado tan mal conmigo. Thiago iba a desaparecer y ella se quedaría sin amiga. Sola en Londres, sola en Buenos Aires, sola, sola, sola. Sola como yo. Ella, por lo menos, tenía a Mora.
En el cuarto, sobre una cama había un osito de peluche. Mi roommate había llegado antes. Yo también quería un peluche para mí, un panda bien grande.
Me metí en la ducha y empecé a llorar. Me gustaba llorar bajo el agua, me imaginaba que era parte de la lluvia. Mis lágrimas espesas caían pesadas como en una tormenta e inundaban todo. Un río caudaloso se llevaba a los que me habían hecho mal. Ellos luchaban por salvarse, pero yo no dejaba de llorar y el río cada vez era más peligroso. Podían humillarme, podían ignorarme, podían hacerme sufrir, pero yo los tiraba a la deriva en mi río de llanto. Yo era enorme, y ellos, pequeños. No me engañarían con sus gritos de auxilio, no me engañarían más. Al único que rescataba siempre era a mi hermano. Aunque me dijera Sofi Cruela, siempre había una balsa y lágrimas más mansas para él.
Cuando salí, tenía la cara hinchada.
Mi osito inglés
Los primeros días en Londres fueron terribles. El chocolate no duró mucho. Mora me escribía por WhatsApp, era obvio que Cata le había contado. Yo me hacía la que no pasaba nada.
A la mañana teníamos clase, a la tarde salíamos de excursión. Para ponerme al día con los textos que íbamos a analizar en el curso, leía en todas partes. Mi roommate era una belga, que se la pasaba chateando con el novio (el que le había regalado el peluche). Se llamaba Odile; había estudiado un tiempo en España y quería practicar su español conmigo. Yo apenas tenía ganas de hablar.
El martes, en Oxford Street, vi un peluche hermoso mezclado entre miles de suvenires baratos con la bandera inglesa. Era un osito vestido como la Guardia Británica, tenía el traje rojo con cinturón blanco y un sombrero enorme negro sobre su cabeza. En la planta del pie decía “Tower of London”. No era el típico oso que me hubiera comprado, de hecho, desde mi último viaje a Disney no compraba peluches, pero este era tan tierno.
Cuando lo estaba pagando, Cata apareció al lado mío.
—¡Qué lindo! —dijo.
No le hice caso. Y un chico del curso de Odile sentenció:
—Es recursi.
—¡Es para mi hermano! —lo miré desafiándolo.
—¿Qué tiene?, ¿cuatro años?
Cata sonrió.
—¿Qué te importa? —le dije.
—¿Sabés que esos sombreros se llaman bearskin porque se hacen con piel de oso?
Sentí mis mejillas calientes.
—¿Qué te importa? —repetí.
—Si querés comprarle algo que le guste, yo te puedo ayudar.
—No necesito que me ayudes.
—Perdón, pero esos peluches son reberretas. ¡Un oso vestido de como la Guardia Británica! ¡Un oso que usa un sombrero de piel de oso! No puedo creer que fabriquen eso, lo vendan y vos lo compres.
—Vos también parecés berreta con esos pantalones. ¿Quién te dijo que tenés onda?
—Perdón si te ofendí.
Me di vuelta y lo dejé hablando.
—No te imaginaba tan sensible —agregó irónico.
¿Por qué se metía conmigo ese imbécil? Argentino, tenía que ser.
Después de cenar, fuimos a ver Hamlet a the Shakespeare’s Globe. Estábamos en la galería del medio. Yo había quedado en un extremo y él, en otro. La forma circular del teatro hacía que nos pudiéramos ver casi de frente, aunque estábamos en la misma fila.
Varias veces lo descubrí mirándome. Al principio, yo intentaba concentrarme, pero, sin querer, siempre terminaba encontrando sus ojos. Me molestaba su provocación, sentía su mirada invasiva. Ofelia ya estaba al borde de la muerte. Logré olvidarme de todo y meterme en el escenario. Lloré por ella, lloré por mí. Apenas fueron unas lágrimas, pero él me hizo una seña ofreciéndome un pañuelo. No podía bastardear de esa manera a Hamlet, no podía boludearme así. ¡Qué se creía!
Se dio cuenta de que se había pasado, entonces se concentró en la obra. Aunque yo no quería mirarlo, no podía dejar de hacerlo. Y entonces él me miró directo a los ojos. Yo había caído en su trampa. Ingenua Ofelia.
Ya en mi cuarto, revisé al oso: el traje se lo podía sacar fácilmente, pero el sombrero estaba cosido. Igual, sin el traje perdía la gracia, era un osito común. Un oso con un sombrero de oso, quizás llevaba a sus antepasados en la cabeza, me dije irónica. Lo tiré con bolsa y todo al tacho de basura. Pero me arrepentí. No era más que un osito ridículo y encantador. Lo guardé en la valija.
Odile no se dio cuenta de nada, seguía en su mundo, chateando con el novio.
Chica de country, chico de cómics
Al día siguiente, después de un break, encontré en mi cuaderno una tira de una historieta. En el primer cuadro, estaba el chico de los pantalones gastados y salía un globo que decía: “Sé que soy un desubicado y no sé cómo pedirte perdón. ¿Querés jugar a los dardos conmigo?”. En el segundo cuadro: “Si seguís con bronca…”; en el tercero, se ponía un bearskin.
Me pareció grasa, pero igual me gustó. Por lo menos, se había esforzado. En situaciones normales, no hubiera vuelto a hablar con él. En situaciones normales, nunca hubiera hablado con él. Pero estaba en Londres, completamente sola. ¿Qué más podía hacer?
—Parecés de la primaria, dejando una nota en mi cuaderno —le dije a la noche en el Social Center mientras pensaba que no era tan feo.
—Es que no sé cómo escribirle a una chica que se compra peluches y se conmueve por Ofelia —sonrió seductor.
—¿No dejás nunca de provocar?
—Empecemos de nuevo. Me llamo Facu —dijo como suplicándome.
—Sofi… ¿Dónde están los dardos?
Tiré el primero y le di al centro.
—¡Rebien! —dijo sorprendido.
En su primer tiro, el dardo rebotó y cayó al suelo.
Tiré el segundo y acerté en el último sector.
—¡Impresionante! —dijo.
—Chica de country, dardos, ping pong, bicicleta, tenis, golf —le respondí.
—Te hacía más de libros, como siempre estás leyendo.
—Me estoy poniendo al día para el curso. Pero sí, es verdad, libros y pelis. ¿Y vos?... ¿Qué te gusta hacer?
—Cómics, amo los cómics…
¡Qué aburrido!, pensé, pero no me atreví a decirle.
—… el cine, los bares, los amigos.
Con el tercero le apunté a él y pensé que no era nada feo. Era alto, flaco, obviamente no tendría las abdominales de Thiago.
—¿Tengo que salir corriendo? —dijo tierno.
—Te podría prestar el bearskin, pero no te va a servir: es de piel de oso.
Sonrió con una sonrisa tan linda. Su cara no era tan perfecta, pero tenía algo atractivo.
Tiré y le di al centro otra vez.
—Perdón —dijo—, sé que me comporté como un tarado —se notaba que tenía vergüenza—. Tenés que entender a los hombres, las estupideces que hacemos para que ustedes nos den bola.
—Puedo entender lo del oso, pero lo de Ofelia.
—No entiendo por qué llorabas —me dijo.
—Él la enamoró y luego la deja de una forma tan cruel. Si Hamlet hubiera sido sincero con ella…
—¿Qué? No se suicida por Hamlet. Su padre la hizo débil, con todo ese rollo de la moral y las buenas costumbres.
—No entendés nada, se suicida por amor.
—Se suicida porque todos se mueren en las tragedias. Si llorás por Ofelia, ¿qué te pasa con Julieta o Desdémona?
—Lloro por todas las mujeres.
—¿También por Lady Macbeth?
—Dale, tirá.
—Te dejé sin respuesta.
—La verdad, me sorprendiste con tu conocimiento de Shakespeare.
—Con estos pantalones ¿tenía que ser un bruto? —me dijo desafiándome.
—No, con esa falta de sensibilidad.
Tiró y el dardo dio en el centro.
—¡Me estabas dejando ganar! —le reproché.
—No —se rio—, te juro que no.
—¡Te creés que soy una nena! —y me fui.
Corrió hasta alcanzarme.
—¿Todos nuestros encuentros van a terminar así? El primer tiro lo hice mal a propósito. Pero el segundo… no soy tan bueno como vos.
Era lindo. No, hermoso como Thiago, pero sí, lindo.
En el bar también estaba Cata con un chico. La miré indignada.
—¿Son amigas? —me preguntó Facu.
—Ya no.
—¿Qué pasó?
Si le contaba, iba a quedar como una tonta.
—Me traicionó —dije.
—¿Un chico?
Me puse roja.
—Conmigo no vas a tener problemas, no es mi tipo.
—¿Y cuál es tu tipo?
—Morochas de ojos verdes, apasionadas —y sonrió.
—Entonces tampoco soy tu tipo.
—¿Querés serlo?
—¡Ni ahí!
—¡Qué lástima!
Nos quedamos en silencio, moviendo nuestras cabezas al ritmo de la música. Facu cantaba.
—¿Cuál es tu tipo? —me preguntó.
—Morochos de ojos verdes apasionados —lo miré directo a los ojos y me quise matar, tenía ojos verdes, unos ojos verdes hermosos y su pelo era negro. Yo no podía ser tan idiota. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
—Yo prefiero la pasión en la mujer, no en los ojos —dijo.
Podía quedar como una tonta o doblar la apuesta. No me iba a vencer tan fácilmente.
—Si yo fuera apasionada, te besaría —le dije—. Pero no.
—También podrías dejarte besar.
—Tal vez.
—Para mí, jamás te atreverías a besar a un chico si él no lo intenta primero.
—¿Qué sabés?
—Demostrámelo.
—¿A quién querés que bese?
Me tomó la mano:
—¿Vamos a bailar? —y me llevó a la pista.
No bailaba tan mal, pero seguía con esos jeans desastrosos. Pensé que con un cambio de look podría ser el modelo con el que había soñado. ¿No me estaría conformando con poco?
Me tomó de la mano y me hizo dar una vuelta por debajo de su brazo. Al girar vi a Cata que me miraba y se reía. Yo estaba haciendo el ridículo.
Me solté y me fui. Esta vez no me siguió.
Algo estaba fallando
Entré en mi habitación, abrí la valija y saqué al osito. Lo abracé, pero no sentí ningún alivio. Algo estaba fallando: ni el perfume ni el peluche podían consolarme.
Desde que había salido de Buenos Aires, había disfrutado un solo momento y había sido con Facu. Pero no me podía gustar él; no era mi tipo, no era como yo. Guardé el oso en la valija.
Le escribí a Mora: No sé lo que te contó Cata, pero es una tarada. Por suerte, borré el mensaje antes de mandarlo.
Entró Odile y me preguntó:
—¿Por qué lo dejaste en la pista?
—Me sentía una tonta dando vueltas. Todos me miraban.
—De la envidia, a las tías les mola Facu.
—¿Les mola?
—No te hagas la “boluda” —dijo haciendo las comillas con sus dedos, que entendiste bien.
—No sé qué le ven —disimulé.
—¡No te creo!
—Cata se reía.
—Está celosa.
—No puede tener celos de Facu, se levantó en el avión al chico más lindo que vi en mi vida.
—Capaz se reía de otra cosa.
Apostemos
Al día siguiente me metí en el aula de Odile y abrí el cuaderno de Facu. Estaba lleno de dibujos. Me hubiera quedado mirándolos, pero tenía miedo de que alguien apareciera. Mientras ella estaba en la puerta monitoreando que no viniera nadie, escribí apurada:
Sé que soy una desubicada y no sé cómo pedirte perdón. ¿Querés jugar a los dardos conmigo?
Si seguís con bronca, avisame y llevo el bearskin.
Estaba renerviosa porque no sabía si me dejaría plantada. Odile me iba a acompañar por las dudas. Era la primera vez que me sentía tan insegura frente a un chico. Me puse mi mini de jean Armani y una camisa blanca.
—Hola, viniste sin el sombrero —dijo tocándome el pelo.
—Os dejo que tengo que chatear —dijo Odile—, ¿así decís vosotros?
Asentimos con una sonrisa.
—¿Qué pasa? ¿Por qué os reís?
—Nos da risa que nos trates de “vosotros”.
—¡Que sois complicados! —y se fue.
—Gracias por venir —le dije a Facu.
Me miró a los ojos y, sin sonido, me dijo:
—Estás loca.
No era un insulto, todo lo contrario, parecía un “me gustás” disfrazado, incluso un “me gustás mucho”.
Sonreí.
—¿Jugamos a los dardos? —le pregunté.
—No pienso dejar que me destroces de nuevo. ¿Pool?
—Bueno —le respondí desafiante.
—Uhh, me vas a hacer bolsa, lo presiento.
—Mejor no apuestes.
—Decime en qué sos mala.
—Jamás.
—Creo que ya lo sé —dijo provocándome.
—Morite.
—Rayadas —dije luego de haber embocado una.
—Lisas.
—Obvio, es lo que te queda.
Yo estaba a punto de tirar y vi que se me abría el escote. Lo miré y estaba mirando mi pecho. Lo odié.
—Confesá, ¿para quién es el oso? —dijo.
Erré.
—¿Qué te importa! —me di vuelta y me abroché un botón más.
Cuando él estaba a punto de hacer su tiro, le dije:
—Vi tus dibujos —y me pareció que le daba vergüenza.
Ahora el juego era tratar de distraer al otro.
—¿Por qué me dejaste bailando solo?
No le respondí.
—No hace falta que te acuestes sobre la mesa —le dije—. Igual vas a fallar.
—Estoy esperando que vos te tengas que acostar con esa minifalda.
—¡Baboso!
—Podías haberte puesto un short.
—No sabía que íbamos a jugar al pool.
—¿Por qué te hacés la linda? —me dijo cuando pasaba de frente junto a mí.
El espacio era angosto y sentí la proximidad de su cuerpo que me atraía.
—Soy linda. ¿Querés que te regale el oso?
—Seguro —metió una—. ¿Decías?
—Una bola la mete cualquiera, ahora dos seguidas…
—Apostemos.
—Dale —respondí.
—Un beso.
—Tu única posibilidad de darme un beso…
—Entendiste mal. Si yo meto la bola, le das a un beso a alguien, sin explicarle nada.
—Pero si no embocás —dije—, le tenés que dar un beso a un hombre.
—Nooo. A cualquier chica, elegís vos.
—No.
—Arrugaste.
—No arrugué —dije—. Pero no me vas a usar de excusa para besar a una chica.
—La elegís vos. Podés elegirte.
—Ni loca.
—O podés besar a tu peluche…
Le pegué con el taco.
—¡Violencia, no! —gritó riéndose. Agarró el taco y me llevó hacia él.
El de Seguridad nos dijo que nos controláramos. Cata estaba mirando y me quise matar.
—Vos te lo perdés —me dijo Facu y metió la segunda bola.
—¿Qué me pierdo? ¿Tu beso?
—Te deschavaste: me ibas a elegir a mí.
—¡Ni loca!
Esta vez fui yo la que tenía que pasar por donde estaba él. Pasé de frente sin levantar la vista, sentí su perfume.
—¿Hugo Boss? —pregunté deteniéndome a su lado.
—Reconocé que estás muerta por mí —me dijo susurrando.
—¿Quéeee? Vos estás muerto —me tocaba el turno—. Correte —le dije para que no me viera mientras me reclinaba sobre la mesa.
—Esta postura sí que es sexi.
—Yo diría elegante, no estoy recostada, sino reclinada.
—Los chicos te lo están agradeciendo —señaló atrás mío.
Me di vuelta y me estaban mirando, me puse roja, golpeé la blanca con toda mi furia y metí la bola.
—Una bola la mete cualquiera —dijo imitándome—, ahora dos seguidas…
Metí otra.
—Ahora, tres seguidas…
—¡Cómo te gusta que te humillen!
—Pará, pará. Si metés esta…
—¿Qué vas a apostar ahora?
—Si metés esta… —dijo como evaluándome—, hago lo que quieras.
—¿Lo que quiera?
—Sí, cualquier cosa.
Metí la bola.
—¡Sí! —festejé—. Te cambiás esos pantalones.
—¿Vas a desaprovechar esta oportunidad solo para que me cambie los jeans? ¿No querés reconsiderarlo?
—No.
—Ok, si yo meto tres seguidas, mañana vas a clase con mi jean y te lo dejás puesto todo el día.
—Jaja. Nunca vas a meter tres seguidas.
—Arriesgate.
—Ok.
En un tiro metió dos bolas.
—Te van a quedar muy lindos —dijo mientras le ponía tiza al taco.
—No te hagas el profesional.
Estaba renerviosa, había una lisa justo al lado de la tronera. Era un tiro refácil. Cualquiera podía meterla.
—¿Nerviosa?
—Ni ahí. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Que tenga que usar tus asquerosos jeans? —dije mientras me desabotonaba el botón de la camisa.
—¿Esa es tu estrategia? —me miró a los ojos, evitando mi escote.
—Sí —lo desafié.
—Los vas a amar —tiró y entró la bola.
Cuando salió de su habitación, estaba divino. Se había puesto un pantalón Príncipe de Gales, que tenía mucha onda, una camisa blanca. Y una sonrisa de sobrador insoportable.
—Acá están —me dijo—. Te odio.
Los agarré con asco.
—¿Por qué no me das los que tenés puestos? —le pregunté.
—Sabía que te iban a gustar, me disfracé de tu príncipe azul. Pero mañana te toca a vos disfrazarte de mí.
—Ja.
—Lo único que te pido es que me los devuelvas limpios.
Mientras me iba, le hice fuck you.
Esa no era yo
Di vueltas y vueltas en la cama, hasta que me levanté y me probé los jeans. Aunque no eran mi onda, no me quedaban tan mal. Si bien el corte era de hombre, zafaban. Un tanto rebelde, descuidada, provocadora. Una remera blanca, básica; los Dr. Martens.
Me miré al espejo, esa no era yo, pero me gustaba.
Soñé que nos besábamos. Por fin estaba callado.
A la mañana, me despertó Odile.
—¿Qué haces durmiendo vestida?
—Perdí una prenda.
Me miró sin entender.
—Apostamos. Si él metía tres bolas seguidas, yo tenía que usar sus jeans.
—¿Y dónde te cambiaste? —me preguntó mordaz.
—Acá, no pasó nada.
—¿Y?
—No sé.
—No sabes, dormiste con su jean toda la noche y no sabes.
—Me quedé dormida. Es tan raro, no para de hablar. Está todo el tiempo provocándome, seduciéndome. Y nada, ni un beso.
—Capaz tiene miedo de que lo botes.
Vos, yo y el silencio
Tenía un mensaje de Mora: estas reborrada. q pasa?
En el desayuno, Cata estaba justo al lado de Facu. ¡Qué casualidad! Sabía lo que estaba haciendo. No le alcanzaba con Thiago, ahora también me quería robar a Facu.
—¡Qué cambio de look! —le dijo babosa—. Se nota que Sofi tiene influencia.
—No solo ella —le respondió él señalándome.
—Ah —dijo Cata—. ¿Qué hacés vestida así?
—¿Qué te importa?
—Dale, no podés seguir enojada.
—No estoy enojada, pero ya no soy más tu amiga.
—¿Qué tenés?, ¿cuatro años? —y lo miró a Facu buscando complicidad.
Él la ignoró y ella se fue.
—¡Estás hermosa! —me sacó una foto con el teléfono.
—¿Qué hacés?
—Un recuerdo.
—Sos un tarado.
—Estás hermosa, y te juro que no miento.
Me sentía expuesta.
—Jamás creí que mis jeans podían quedarte tan bien —agregó.
—¿No parás nunca de hablar?
Sonrió y se notó que le dio vergüenza. Por primera vez lo vi vulnerable, tierno, y me encantó. Hubiera acariciado las ondas de su pelo desprolijo.
—Hoy, después de la cena, hagamos una salida sin palabras —dijo—. Vos, yo y el silencio.
—Ok, pero si hablás, te toca una prenda, y esta vez me voy a vengar.
Le respondí a Mora: A full leyendo, me pasé a Literature. London me dio vuelta la cabeza, pero no como yo pensaba. 
El laberinto nos atrapó
Lo que al principio me había parecido tentador ahora me atormentaba. ¿Qué íbamos a hacer si no hablábamos?
Quizás ir cogidos de la mano como dos tortolitos, me había dicho Odile. A España le tenían que prohibir que enseñara el español. Porque solo le quedaba bien a los chicos; a mi amiga belga la envejecía antes de tiempo.
Ni bien nos encontramos, me tomó de la mano y salimos a caminar por el parque. El cielo estaba oscuro. El viento sacudía los árboles. Algunos pájaros nocturnos decían lo que nosotros no podíamos pronunciar.
La noche había extendido el parque, yo respiraba Inglaterra. Del otro lado de los edificios, había un laberinto de arbustos. Estaba prohibido ir de noche, pero aprovechamos la distracción del vigilante para escabullirnos. Me sentía Elizabeth huyendo con Darcy. Ella nunca hubiera arriesgado el honor de su familia. ¿Y yo?
Empezó a llover, suave. Llegamos al laberinto, corrimos hacia adentro. Me imaginé que era un túnel hacia otro mundo sin palabras. El sendero se angostaba, las ramas cada vez estaban más desprolijas, más salvajes. Yo corría hacia un mundo sin miradas, sin censuras. Sin Cata. Un mundo donde solo estábamos nosotros dos.
Lo abracé. Sus brazos me contuvieron. Busqué su boca y recibí sus labios. Morí en sus besos, y renací con la lluvia que nos empapaba. El agua recorría nuestros cuerpos; mientras nos besábamos, bebíamos la tormenta. Jamás había besado a un chico de esa forma, jamás me habían besado tan apasionadamente.
Cuando la lluvia paró, empezamos a desandar el camino. Pero nuestros pasos nos llevaban a senderos sin salida. A veces me dejaba llevar, a veces lo llevaba yo. A veces lo acorralaba y volvía a besarlo, para corroborar que él estaba ahí. A veces, me abrazaba y me alzaba y me daba vueltas. Las horas, cómplices, se habían detenido, el laberinto nos había atrapado.
A tientas, fuimos llegando a la salida. Pero nuestros cuerpos se resistían a salir. Una luz nos iluminó.
—Who is there?
Quise desaparecer. El guardia nos apuntaba con la linterna.
—Sorry, sir. My girlfriend had lost her grandma’s ring.
—You can’t be here!
—We are leaving.
Salimos corriendo, tropecé y caí sobre el barro. Me levanté inmediatamente y seguí corriendo. Estaba aterrorizada.
Al llegar, Facu me dijo:
—Estás pálida.
—Mirá si nos expulsaban.
—Nena de country, nena de mamá —y me dio un beso.
—Sos un tarado —y me dejé besar.
—Me embarraste el pantalón y me lo mojaste todo.
—No sé de qué hablás, ahora es mi pantalón.
—No, que no traje muchos.
—Perdiste la apuesta.
—¿Qué querías que hiciera?, tendrías que haberte visto la cara.
—No importa, perdiste la apuesta.
—Ya no te tengo miedo.
—¿Qué? ¿Antes sí?
—Con esos dardos…
—Tonto.
Me acarició y me dijo:
—Este finde voy a ir al Film and Comic Con. Exhibo mis trabajos en el Artist Alley.
—¿Qué es eso?
—Un espacio para amateurs.
—¡Qué bueno!
—¿Querés venir?
—No —dije antes de evaluar la posibilidad de acompañarlo—. ¿Vas a estar los dos días ahí?
—Sí, vine para esto.
Me quedé callada, mi cabeza no paraba de taladrarme: ¿Cómics? Sabía que le gustaban, había visto sus dibujos en el cuaderno. Pero no sabía que le gustaban tanto como para pasar el fin de semana en una convención. Yo había soñado con un modelo, eventualmente un arquitecto, hasta podía ser un artista plástico, pero jamás con un dibujante de historietas.
—Mirá que hay de todo. ¿Qué dibujo mirabas de chica?
—Las chicas superpoderosas.
—¡Nooo!, mi hermana me torturaba con ellas. Era fanática. ¿Cuál era tu preferida?
—No me acuerdo.
—Seguro que Burbuja.
—¿Porque es la más dulce…?
—Es la que tenía a Pulpi.
Me puse roja y lo odié.
—Ay, Pulpi, te sabés el nombre —dije para disimular mientras él me ceñía a su cuerpo con sus brazos de pulpo.
—Un día se lo escondimos, no sabés el escándalo que hizo.
Apoyé mi cabeza en su pecho.
—Si querés, podés ir disfrazada de Burbuja.
—Ya quedé con Odile, vamos a ir a Notting Hill.
Vi sus ojos verdes, me vi en sus ojos verdes. Me besó.
—Para que te acuerdes de mí —dijo.
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