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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-Pack Jazmin Especial Bodas 2, n.º 215 - octubre 2020

I.S.B.N.: 978-84-1375-233-4

Índice

Portada

Créditos

Boda inesperada

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Sueños mágicos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Magia en el corazón

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Atracción prohibida

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

La extraña propuesta

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Bailando bajo la luna

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Prólogo

Quieres que te traiga otra margarita?

Tara Browning alzó la mirada hacia los compasivos ojos de la camarera y forzó una sonrisa, intentando disimular su fastidio por el plantón que le había dado su hermano.

—Claro.

—Ahora mismo te la traigo —la camarera se dirigió hacia la barra y desapareció entre los muchos clientes que abarrotaban aquella zona del bar.

Tara suspiró y miró hacia la puerta. Sloan continuaba sin aparecer.

No podía fingir que no estaba desilusionada. El mensaje que su hermano mellizo le había dejado en el teléfono era el primero que recibía desde hacía tres años. Y habían pasado cinco desde la última vez que le había visto en persona. Debería haberse imaginado que no iba a aparecer. Ni siquiera aquel día, el día en el que ambos cumplían treinta años.

Suspiró y cruzó involuntariamente la mirada con la de un hombre que la observaba desde la barra del bar. Tara desvió inmediatamente la mirada. No quería ligar con nadie. Aquello de sentarse en la barra de un bar era algo que no se permitía siquiera en Weaver, el lugar en el que vivía y trabajaba, y, por supuesto, no iba a hacerlo en Braden, que estaba a casi cincuenta kilómetros de distancia. Había ido allí por Sloan McCray. Punto.

—¿Le importa que me lleve este taburete? —le preguntó el chico que estaba en la mesa de al lado.

Tara se encogió de hombros. A esas alturas, ya no esperaba que su hermano apareciera.

El chico se levantó del taburete en el que estaba sentado para ir a buscar el de la mesa de Tara.

—Gracias, señora.

«Señora». Cumpleaños feliz, Tara.

El hombre de la barra continuaba mirándola, así que Tara se volvió mientras aceptaba la margarita que le acababa de llevar la camarera. En realidad no sabía por qué se había molestado en pedir otra copa cuando no era una persona aficionada al alcohol. Tampoco sabía por qué continuaba en aquel bar cuando era dolorosamente evidente que su hermano no iba a ir, dijera lo que dijera el mensaje.

Se levantó del taburete, tambaleándose ligeramente. No iba a pedir un taxi para volver a Weaver. Incluso en el caso de que tuviera la suerte de encontrarlo, se vería obligada a volver al día siguiente por la mañana para buscar su coche.

De modo que tendría que pasar la noche en el hotel que había al otro lado de la carretera.

Si se hubiera pedido un refresco de limón, habría podido volver esa misma noche a Weaver, el lugar en el que se encontraba supuestamente su hogar. Pero ni a ella misma se le escapaba lo irónico de su situación. Tampoco en Weaver había encontrado su lugar en el mundo. Aquélla era la triste historia de su vida.

—¿Ya te vas?

Tara se detuvo en seco cuando un hombre le interrumpió el paso. Rápidamente se dio cuenta de que no era el mismo que había estado mirándola desde la barra. Alzó la mirada hacia él, haciendo un esfuerzo por enfocarla. Le sacaba por lo menos unos quince centímetros e incluso en la penumbra del bar, sus ojos resplandecían como el oro viejo.

—¿Axel? ¿Axel Clay?

—Así que te acuerdas de mí —esbozó una ligera sonrisa—. Me conmueve.

Era imposible no acodarse de él. La familia Clay era la piedra angular de Weaver. Los hombres de la familia eran todos idénticos, altos y casi ridículamente atractivos y las mujeres eran tan bellas y distintas como las flores silvestres en primavera. Cualquier habitante de Weaver habría tenido que vivir debajo de una piedra para no conocer a los Clay.

—¿Qué haces por aquí?

—Tomar una copa, como todo el mundo —contestó, sonriendo y alzando su copa.

—Me refiero a que qué haces en Braden.

Estaba aturdida, y Axel olía maravillosamente bien. En medio de todos los que abarrotaban el bar, era como un golpe de aire limpio y fresco.

—Hace más de un año que no pasas por Weaver —se sonrojó al instante—. Por lo menos eso es lo que he oído en la tienda.

Axel agarró a Tara del codo y la apartó para que pudiera pasar la camarera.

—He estado fuera del país.

Sí, eso también lo había oído. Había oído hablar de sus viajes, de su talento para la cría de caballos y de que se había convertido en un soltero tan codiciado como inalcanzable.

Axel volvió a sonreír y Tara comenzó a sentir que le daba vueltas la cabeza. Eso le pasaba por llevar la vida de una monja, se regañó. Tomaba una copa, veía a un hombre atractivo y de pronto se descubría intentando reprimir una fuerte oleada de deseo.

—¿Y qué tal va Classic Charms?

Tara se humedeció los labios deseando no haber dejado la margarita en la mesa. Por lo menos le habría servido para hacer algo con las manos.

—Me sorprende que te acuerdes del nombre de la tienda —había pasado muy pocas veces por allí, y normalmente acompañado por su madre.

—Bueno —por un momento, fijó la mirada en sus labios—, tú no eres la única que tiene memoria. Me acuerdo de muchas cosas…

Tara nunca había tenido tanta sed.

—El negocio va bien. Pronto tendré que contratar a alguien para que me ayude.

—¿Sigues teniendo esa cabina de teléfono en medio de la tienda?

—Eh, sí…

Era una cabina telefónica de color rojo intenso que utilizaba como expositor para la ropa interior un tanto subida de tono.

—Ya te he dicho que me acuerdo de muchas cosas —Axel apuró el resto de su copa—. ¿Y qué estás haciendo tú en Braden?

—Se suponía que había quedado con mi hermano, pero parece que no ha podido venir.

Axel le pasó el brazo por los hombros y Tara se quedó de piedra, hasta que se dio cuenta de que la estaba apartando para que pudiera pasar la camarera.

—Él se lo pierde y yo salgo ganando. Vamos a sentarnos.

Por mucho que intentara evitarlo, la tentación era casi insoportable.

—No creo que quede ninguna mesa libre—ya habían ocupado la que ella acababa de dejar.

—Entonces, vamos a bailar.

Antes de que pudiera protestar, la agarró de la mano y la condujo entre la gente hasta una pista de baile minúscula.

Clavar los pies en el suelo no funcionó. Se vio indefectiblemente atrapada por el terremoto de Axel.

—No sé bailar —le advirtió por encima del sonido de la música.

Axel le hizo apoyar la mano en su hombro derecho y la agarró por la cintura.

—Todas las mujeres guapas saben bailar.

Tara jamás se había considerado una mujer guapa, pero ya fuera por sus palabras o por la mano que sentía en la cintura, se sintió de pronto ardiendo de la cabeza a los pies.

La música vibraba a su alrededor mientras el cantante se lamentaba por los deseos insatisfechos, y sentía cada una de las huellas dactilares de los dedos de Axel atravesando su blusa roja. Quizá fueran imaginaciones suyas, pero tenía la sensación de que aquellos dedos se flexionaban sutilmente contra ella, como si fueran las garras de un enorme gato de pelo dorado preparando a su presa.

Tara llevaba cinco años viviendo en Weaver, pero no había tenido ninguna relación sentimental con nadie de allí. En realidad, tampoco las había tenido antes; no había vuelto a salir con nadie desde que se había ido a pique su matrimonio cerca de mil años atrás.

—Tú eh… ¿habías quedado con alguien?

—A mí también me han dejado plantado —le susurró Axel al oído.

—¿Pero quién te va a dejar plantado a ti? —preguntó Tara sin pensar, y se ruborizó hasta la raíz del cabello.

—En este momento me cuesta recordarlo, porque no esperaba nada especial de la velada. Y aun así —dijo, mientras se estrechaba ligeramente contra ella—, mira cómo estamos.

Tara volvió a sentir que le daba vueltas la cabeza, pero la sensación no fue en absoluto desagradable. Axel deslizó el pulgar por la palma de su mano y un fuego líquido comenzó a correr por sus venas. Estaba tan paralizada como si le hubiera dado un beso en la boca.

—Hoy es mi cumpleaños —dijo estúpidamente.

Axel clavó la mirada en su rostro:

—¿Has apagado las velas y has pedido un deseo?

Sí, había pedido un deseo: volver a ver al único familiar que tenía. Y teniendo en cuenta que no tenía manera de ponerse en contacto con Sloan y que había sido él el que le había dejado aquel mensaje, pensaba que era algo que también su hermano quería. Pero era evidente que se había equivocado.

—No he tenido ni tarta ni velas —contestó.

Axel volvió a deslizar el pulgar por la palma de su mano.

—Eso no está bien. En mi familia no falta nunca la tarta en un cumpleaños.

A Tara no le sorprendió. No había una sola persona que viviera en Weaver y no supiera lo unido que estaba a aquel clan. Aquella familia era la antítesis de la suya.

—Cuando estás solo, lo de la tarta y las velas parece insenesario —le explicó, frunció el ceño y se corrigió—, innecesario.

—Bueno, pero esta noche ya no estás sola —replicó Axel con los ojos entrecerrados.

Ya no estaba acariciándola con el pulgar. En aquel momento, tenía el dedo en el centro de su mano, contra su palma y Tara lo sentía como si una corriente eléctrica la atravesara directamente desde allí hasta el corazón.

Axel volvió ligeramente la cabeza, como si quisiera contemplar sus manos unidas.

—A mí me parece que ahora somos dos.

El corazón le latía con una fuerza atronadora. Tara se sentía como si todas sus terminales nerviosas estuvieran a punto de estallar.

—De acuerdo —su palabras fueron poco más que un suspiro, pero Axel curvó los labios en una lenta y satisfecha sonrisa.

Entrelazó los dedos con los suyos y antes de ser siquiera consciente de lo que estaban haciendo, Tara sintió el frío aire de una noche de octubre contra su rostro y se descubrió frente a la puerta abierta del local. Se acordó entonces de que se había olvidado la chaqueta, pero no le importó, porque cuando todavía no se habían apartado de la puerta, Axel le hizo volverse entre sus brazos, la estrechó contra él y cubrió sus labios con la boca.

En el interior de Tara estalló todo el calor de una tarde de verano.

Axel posó la mano en su cuello y fue deslizándola lentamente hasta su barbilla. Después, alzó la cabeza y fijó la mirada en sus ojos.

—Dejemos los deseos a un lado, ¿qué quieres de regalo de cumpleaños, Tara Browning?

Tara se humedeció los labios, saboreando al hacerlo el gusto que Axel había dejado en ellos.

—A ti —se le escapó. Qué descaro. El rostro le ardía—. Lo siento, puedes echar la culpa a las margaritas.

—Me habría gustado tener también algo que ver en ello —le acarició la espalda y la estrechó de tal manera contra él que ni el frío aire de Wyoming pudo interponerse entre ellos.

Tara tomó aire. Toda ella se sentía tan suave, tan blanda…, mientras que él… Él era todo lo contrario.

Axel le rozó la barbilla con los labios y continuó deslizándolos hasta su oreja.

—Tenerme a mí es la parte más fácil. Pero antes —esbozó una sonrisa traviesa— tendremos que celebrar tu cumpleaños como es debido.

Si no hubiera sido porque Axel la tenía abrazada, Tara habría vuelto a tambalearse.

—¿Celebrarlo?

—Por lo menos no pueden faltar la tarta y las velas —se quitó la cazadora con un rápido movimiento y se la echó por los hombros.

Tara notó a su alrededor el peso del cuero y la intensidad de la fragancia de Axel. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no terminar convertida en un charquito a sus pies mientras se sujetaba la cazadora con una mano. Axel le tomó la otra y la condujo por el aparcamiento hasta su camioneta.

—Si conseguimos encontrar una tarta a estas horas, soy capaz de comerme un sombrero —dijo Tara, intentando dominar la emoción que corría por sus venas.

—Hay cosas mucho más sabrosas.

Axel le abrió la puerta, agarró a Tara por la cintura y la alzó, deslizándola a lo largo de su cuerpo.

—Desde que tenía quince años, no había vuelto a sentir la tentación de hacer el amor con una mujer en un aparcamiento.

Tara tragó saliva, impactada por el eco húmedo y ardiente que sus palabras tenían en ella.

—Yo… no suelo hacer este tipo de cosas.

—¿Te refieres a celebrar tu cumpleaños? —susurró Axel contra su cuello.

—Me refiero a invitar a un hombre a mi habitación. Estaba pensando en quedarme a dormir en el hotel que hay al otro lado de la carretera.

Tara no sabía si eran Axel o las margaritas las que le hacían tan audaz, pero la verdad era que no le importaba. Al fin y al cabo, eran dos personas adultas.

—Estupendo —contestó Axel, deslizando los labios sobre los suyos con un beso que le aceleró a Tara nuevamente el pulso—. Ya tenemos un lugar al que ir con nuestra tarta —la sentó en el asiento de la camioneta—, y también en el que comerla.

A Tara le dio un vuelco el corazón en el instante en el que Axel cerró la puerta. Le siguió con la mirada mientras él rodeaba la parte delantera de la camioneta y en el momento en el que sus ojos se encontraron, el tiempo pareció detenerse… Hasta que Axel continuó caminando, abrió la puerta y se sentó tras el volante.

—¿Lista?

—Sí —contestó Tara con voz ahogada.

Dios santo, ¿en qué lío se había metido?

Pero Axel la miró de reojo, sonrió y le estrechó la mano, borrando todas sus preocupaciones, disolviendo todos sus temores. En ese momento, comprendió que estaba exactamente donde quería estar: con Axel.

Capítulo 1

Había corazones por todas partes. Si alguien hubiera entrado en aquel momento en el gimnasio de la escuela preguntándose qué se estaba celebrando, definitivamente, los corazones habrían despejado todas sus dudas.

—¿Cuánto valen estos pendientes?

Tara le sonrió a la adolescente que acababa de acercarse a su puesto. Aunque era trece de febrero, estaban celebrando el día de San Valentín. Los organizadores habían decidido que para los habitantes de Weaver, era preferible organizar la feria un sábado.

—Te los puedes llevar a cambio de una lata de comida para la campaña de recogida de alimentos —el resto del dinero que ganara estaba destinado al proyecto de ampliación de la escuela.

—Prométeme que no los venderás, ¿de acuerdo? Ahora mismo vengo.

—Te lo prometo —Tara observó a la chica alejarse a toda velocidad por un gimnasio repleto de puestos en los que se podía encontrar desde besos hasta galletas.

Todos los comercios de Weaver tenían algo interesante que ofrecer para la feria. Incluso Tara, a pesar de que lo último que le apeteciera celebrar fuera el amor.

Permanecía sentada en un taburete detrás de su mesa. Dos horas más y podría llevar de nuevo sus cosas a Classic Charms, sintiéndose satisfecha por haber participado en el último ejercicio destinado a enaltecer el espíritu de la comunidad.

No tenía ningún motivo para quedarse después en el gimnasio. La feria terminaría con una cena y un baile, pero el hecho de haber comprado la entrada para ambas cosas no la obligaba a asistir.

Porque lo único que le apetecía hacer aquella noche era meterse en la cama. Sola.

—Buenas tardes, Tara —Hope Clay, una de los organizadoras de la fiesta y miembro de la junta del colegio, se detuvo ante su puesto—. Parece que ha ido bien el negocio —señaló la mesa, casi vacía—. Es la primera vez que me acerco a tu puesto. Quería comprarles algo a mis sobrinas.

Tara esbozó una sonrisa. Ya había visto por allí a sus sobrinas.

—Leandra ha entrado con Lucas en brazos en cuanto han abierto la puerta del gimnasio.

Hope se echó a reír; era una mujer que no aparentaba los cincuenta años que tenía.

—Aunque sólo tenga dos años, ese niño lleva la sangre de los Clay en las venas. Tristan y yo nos quedamos con él y con Hannah hace unas semanas. Cuando Leandra y Evan vinieron a buscarlos estábamos agotados —sacudió la cabeza sin dejar de sonreír—. Pero no puedo decir de Lucas nada que no tenga que decir del resto de los bebés de la familia.

Hope se fijó entonces en uno de los brazaletes del expositor de cristal.

—Es precioso. ¿Es una amatista?

Tara lo sacó para enseñárselo.

—Sí, de hecho, Sarah —explicó, refiriéndose a otra de las sobrinas de Clay—, le ha comprado uno a Megan hace una hora, pero de olivina.

—Me pregunto si será normal que una vieja dama como yo tenga el mismo gusto que su sobrina.

—No eres una vieja —protestó Tara con sinceridad—. Y teniendo en cuenta que los brazaletes los he diseñado yo, me gustaría pensar que eso significa que las dos tenéis un gusto excelente.

—Muy bien dicho —Tristan, el marido de Hope, se detuvo en aquel momento al lado de su esposa y posó la mano en su cuello con un gesto de cariño que hablaba de años de profundo amor.

Hope se volvió sonriente hacia su marido.

—Creía que ibas a pasar toda la tarde de reuniones. ¿Ha ido todo bien?

—Inesperadamente bien —Tristan se volvió entonces hacia Tara con una sonrisa—. Bueno, Tara, ¿cuánto va a costarme esta vez el excelente gusto de mi esposa?

Tara le dijo el precio del brazalete y él sacó la cartera y el dinero. Cuando Tara comenzó a hacerle un recibo, lo rechazó con un gesto. En realidad, a Tara no le sorprendió, teniendo en cuenta que su empresa de juegos de ordenador, CESID, había financiado ya gran parte del proyecto de expansión del colegio. En general, los Clay eran muy generosos cuando se trataba de apoyar a la comunidad. Aunque había otros Clay que eran expertos en darse a la fuga.

Apartó rápidamente aquel pensamiento de su mente y terminó de envolver el brazalete.

—Aquí lo tienes. Espero que lo disfrutes.

—Aquí está la lata —la adolescente regresó casi sin aliento y le tendió una enorme lata y un montón de monedas—. No has vendido los pendientes, ¿verdad?

Tara sacó los pendientes y se los tendió.

—Te había prometido que te los guardaría.

—Sabía que sería una buena idea lo de la feria —dijo Hope mientras tomaba la lata y la dejaba en el cubo que tenía Tara al lado del puesto—. Te veré más tarde en el baile —y se alejó del brazo de su marido.

Tara tuvo que reprimir la punzada de envidia que sintió al ver marcharse a la pareja e intentó concentrarse en su joven cliente.

—Pero sabes que para ponerse esos pendientes necesitas tener agujero.

—Sí, me hice los agujeros en las orejas el mes pasado —miró emocionada sus pendientes nuevos—. En cuanto pueda quitarme los que me pusieron entonces, éstos serán mis primeros pendientes de verdad. Por fin —elevó lo ojos al cielo—. Pensaba que mi padre nunca iba a dejarme ponerme pendientes.

Tara se identificaba plenamente con ella. A pesar de sus frecuentes ausencias, su padre la había educado con mano de hierro.

—Así son los padres —envolvió los pendientes en papel de seda y los guardó en una cajita—. Aquí los tienes.

—Gracias.

La chica se alejó sosteniendo la cajita como si fuera un tesoro.

Tara se sentó de nuevo en el taburete y miró el reloj. Una hora más y podría comenzar a recoger.

Desgraciadamente, la hora se le hizo eterna, porque cada vez eran menos los clientes.

Tenía la botella de agua casi vacía, la vejiga llena y lo único digno de observación era la cola que había en el puesto de besos de Courtney Clay.

Al cabo de un rato, Tara se volvió, se llevó la mano a la boca para disimular un bostezo y buscó debajo de la mesa las cajas en las que había llevado el material para el puesto aquella mañana. Todavía no había pasado una hora, pero ya tenía más que suficiente.

Colocó la primera caja encima del taburete y comenzó a guardar la ropa que no había vendido. La descolgaba de las perchas y la doblaba con mucho cuidado. Cuanto más cuidado tuviera, menos trabajo tendría en el momento de volver a colocarlos en la tienda.

Llenó la primera caja y la dejó en el suelo. Después, se agachó para buscar la segunda.

—¿Tienes a alguien enterrado debajo de la mesa? —preguntó una voz grave, profunda, divertida.

Y dolorosamente familiar.

El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho mientras se iba incorporando. Desvió la mirada de Axel y sacó otra caja, recordándose que debía evitar sus ojos. Que, precisamente, había sido al mirarle a los ojos cuando habían empezado todos sus problemas.

—¿Qué estás haciendo aquí?

No fue un saludo muy hospitalario, y deseó haber sido capaz de disimular. Habría preferido que pareciera que no daba ninguna importancia a su inesperada aparición.

—Tenemos que hablar.

—¿Después de cuatro meses de silencio? Me temo que no.

Maldita fuera, aquello tampoco sonaba muy despreocupado. Agarró el resto de la ropa y la guardó en la caja de cualquier manera. Quería salir cuanto antes de allí.

—Tara…

Pero Tara ya se había agachado para buscar una tercera caja. Y aprovechó que estaba oculta debajo de la mesa para suspirar.

Sólo era un hombre como cualquier otro, se había dicho millones de veces desde que aquella noche de pasión que habían pasado en Braden se hubiera convertido en un fin de semana. Habían pasado más de cuarenta y ocho horas encerrados en una habitación diminuta. Y durante esas cuarenta y ocho horas, había comenzado a pensar estúpidamente en cosas que no tenía ningún derecho a pensar. Había comenzado a pensar en imposibles.

Pero la brusca desaparición de Axel, que no estaba ya en la cama cuando ella se había despertado la última mañana, había puesto freno a todas sus ilusiones.

Lo único que había dejado tras él era una nota en la que le decía que la llamaría. Había garabateado el mensaje en la caja de la tarta de chocolate que había conseguido encontrar la primera noche, después de recorrer tres tiendas diferentes. Una tarta que habían compartido durante aquellos dos días de todas las maneras imaginables.

Pero Axel no sólo había desaparecido de su cama, sino que después de aquello, tampoco había vuelto a aparecer por Weaver. Ni al día siguiente, ni a la semana siguiente, ni al mes siguiente…

Los pensamientos que habían compartido, las risas, la pasión, nada de eso parecía tener para él la menor importancia.

Pero ella ya era una mujer adulta. De modo que tenía que ser capaz de asumir las consecuencias.

Agarró la caja, la sacó y cuadró los hombros mientras se levantaba.

Desgraciadamente, Axel continuaba apoyado contra uno de los expositores del puesto, y sus hombros parecían más anchos que nunca con aquel jersey de cuello vuelto que llevaba.

La última vez que Tara había visto aquellos hombros, estaban desnudos y brillantes por el sudor mientras Axel y ella hacían el amor como si fueran incapaces de detenerse.

Tara borró rápidamente aquel recuerdo de su mente y miró hacia el expositor.

—¿Te importa?

Axel retrocedió ligeramente. Ignorando que tenía su pecho a sólo unos centímetros de distancia, Tara abrió el expositor y sacó una de las bandejas.

—Puedo explicarte lo que ha pasado durante estos cuatro meses —se excusó Axel.

—No necesito ninguna explicación —le aseguró Tara—. Lo que pasó, pasó —por fin había sido capaz de responder de forma natural y despreocupada—. ¿Cuándo has vuelto?

—Esta mañana. Pretendía llamarte.

Demasiado poco y demasiado tarde. Cuatro meses tarde, de hecho.

—No tiene ninguna importancia —dijo en el mismo tono de ligereza.

Era una mujer adulta. Habían iniciado una aventura de una noche que había terminado convirtiéndose en un fin de semana. Lo único que en aquel momento le importaba era el hecho de que le hubieran molestado aquellos cuatro meses de silencio.

Mentirosa.

Ignorando el insistente susurro de su conciencia, vació los contenidos de la bandeja en una caja sin ningún cuidado. Ya lo ordenaría todo cuando regresara a la tienda.

—Me surgió algo importante —insistió Axel.

Tara cometió el error de mirarlo, porque pudo ver la mueca que cruzaba aquel rostro tan injustamente atractivo.

—Soy consciente de cómo suena lo que acabo de decir.

—No importa cómo suene o cómo deje de sonar. Todo eso ocurrió hace meses. No es para tanto. Apenas… —estuvo a punto de atragantarse—, apenas me acuerdo.

Axel curvó ligeramente la comisura de los labios.

—¿Sabes que tienes cinco pecas en la nariz? ¿O sólo te salen cuando mientes?

Tara colocó la bandeja vacía en el expositor y sacó la siguiente.

—Bueno, te agradezco que me hayas dado una explicación pero, como puedes ver, estoy ocupada.

—No creo haber explicado nada.

—En ese caso, no hace falta que pierdas el tiempo. Los dos sabemos lo que ocurrió.

Habían pasado un fin de semana juntos y ella había estado a punto de perder el corazón. Él, por su parte, había puesto pies en polvorosa en cuanto había decidido que había llegado el momento de hacerlo.

Axel le quitó la segunda bandeja antes de que hubiera podido dejar los contenidos en la caja.

—Tara…

Tara no iba a comenzar a jugar a un tira y afloja con la bandeja. Pero tampoco tenía ganas de continuar una conversación sobre lo que había pasado entre ellos delante de tanta gente.

De modo que soltó la bandeja, sacó la última y la vació en la caja.

Axel musitó un juramento.

—Tara…

—Axel Clay, ¿eres tú? —se oyó una alegre voz femenina en el otro extremo del gimnasio.

—Hablaremos de esto —le advirtió Axel a Tara antes de volverse hacia una rubia de pelo rizado que caminaba en aquel momento hacia él—. Hola, Dee. ¿Cómo estás?

La rubia le abrazó sin ningún pudor.

—Voy a tener que castigar a Sarah. No me había dicho que venías. Todos pensábamos que continuabas en Europa, intentando comprar algún caballo. Hola, Tara —añadió con aire ausente.

En otras circunstancias, a Tara incluso le hubiera divertido la actitud de Deidre Crowder. Pero aquel día se había agotado todo su buen humor.

Aun así, consiguió responder a su saludo con naturalidad y aprovechó aquella distracción para terminar de vaciar el expositor de joyas. No pudo evitar oír que Axel le explicaba a Dee que su prima no estaba al tanto de su llegada. Y tampoco pudo evitar fijarse en cómo agarraba Dee a su amigo del brazo.

—Perdona —le dijo a Dee, que tenía la mano apoyada en el expositor.

—Lo siento —contestó Dee. Apartó la mano, pero no desvió la mirada de Axel—. ¿Y cuánto tiempo piensas quedarte por aquí? Podríamos quedar.

Tara levantó el tablero de la mesa y lo colocó encima de las cajas. Después, sacó el taburete. Todavía tenía que desmontar el perchero, pero no tenía ganas de oír cómo quedaba Dee, una auténtica devora hombres, con Axel.

Sin mirarles siquiera, se dirigió al almacén para retirar el carro que había dejado allí después de organizar su puesto. Lo sacó e intentó desplegarlo.

—Déjame ayudarte.

Tara dejó caer los hombros. Dee no había conseguido retener la atención de Axel durante el tiempo suficiente.

—No necesito ayuda —estiró la manilla del carro—, ¿lo ves?

Le rodeó con el carrito y regresó hacia su puesto. Pero sus piernas no eran tan largas como las de Axel y éste consiguió adelantarla.

Tara tensó los labios, se volvió hacia el perchero y quitó las ruedas para guardarlas. Sin hacer caso a Axel, agarró el carro ya cargado y se dirigió hacia la salida del gimnasio.

Pero todavía no había llegado a la puerta cuando Joe Gage, el director de la escuela de primaria, hacía su entrada en el gimnasio.

—¿Ya has cerrado la tienda, Tara? —le sostuvo la puerta.

—Sí, ya me voy. Gracias, Joe —maniobró con el carrito para cruzar la puerta.

—Bueno, supongo que te veremos esta noche en el baile. Este pobre viejo espera poder bailar contigo —le sonrió.

Era un hombre muy agradable, que siempre había sido muy amable con ella. Tara le sonrió, esperando que no se diera cuenta de que no le había contestado.

Por encima del hombro de Joe, pudo ver a Axel, que la seguía a grandes zancadas.

—Eh, Axel —oyó que Joe le saludaba—. No sabía que habías vuelto al pueblo.

Tara aceleró el paso y no pudo oír la respuesta de Axel. Cuando por fin llegó hasta su coche, apenas podía respirar. Sacó las llaves a toda velocidad, pero acababa de abrir la puerta del maletero cuando llegó Axel, cargó las tres cajas, dobló el carro y lo colocó al lado de las cajas.

Cerró el maletero de un portazo y clavó sus penetrantes ojos en Tara.

—Puedes hablar conmigo ahora o dejarlo para más tarde. Pero hablaremos, Tara. Hay algunas cosas que tienes que saber.

Pero había otra cosa que Tara no quería que él supiera. No por primera vez, se descubrió preguntándose por qué no se marchaba de Weaver para siempre. La tienda era lo único que la unía a aquel lugar. Eso y el hecho de que fuera el único lugar en el que su hermano podía localizarla.

—Quiero llevar estas cosas a la tienda antes del baile.

—En ese caso, te acompañaré.

—¡No! —exclamó con más dureza de la que pretendía—. Podemos vernos esta noche en el baile —mintió mientras se dirigía a la puerta de pasajeros.

—No creo que ése sea el mejor sitio para hablar.

—Lo tomas o lo dejas —replicó Tara mientras se sentaba en el coche y cerraba la puerta.

Intentando disimular el temblor de sus manos, metió la llave en el encendido y se alejó de allí como si la persiguieran todos los demonios del infierno. Aunque, por supuesto, Axel Clay no era ningún demonio.

Solamente era el único hombre con el que se había costado desde que, a los dieciocho años, se había embarcado en un matrimonio que apenas había durado un mes.

Pero lo peor de todo era que era el padre del hijo que llevaba en su vientre.

Capítulo 2

Axel ahogó un juramento mientras la veía alejarse en el coche. Alzó la mirada hacia el cielo invernal y soltó una exhalación. A pesar de lo que Tara le había dicho, dudaba de que fuera al baile aquella noche. Pero, ¿qué esperaba? ¿Que le diera la bienvenida con los brazos abiertos?

Había tenido muchas aventuras a lo largo de su vida; siempre con mujeres que jugaban con las mismas reglas que las suyas. Pero el fin de semana con Tara había sido algo diferente. Ella era diferente. Siempre lo había sido. Lo había sabido desde el día que la había conocido, cinco años atrás.

Comenzó a vibrar el móvil que llevaba en el bolsillo y lo sacó rápidamente.

—¿Has hablado con ella? —le preguntó su tío.

—No exactamente.

—Pues la situación no está para ese tipo de respuestas. Sloan es un hombre muy valioso para nosotros y le di mi palabra de que continuaría ocupándome de su hermana. Quiero informes a diario.

Tristan Clay no era sólo el tío de Axel. Era también su jefe y lo había dejado bien claro después del desastroso final de su última misión para Hollins-Winword.

La principal preocupación de aquella agencia de agentes secretos era la seguridad, ya fuera a escala nacional o internacional. En algunas ocasiones, manejaban incluso asuntos que las agencias del gobierno no podían asumir por los canales normales. Aquél había sido el caso de la última misión de Axel, que había sido un auténtico fracaso.

No había conseguido garantizar la seguridad de nadie, y menos la de la amante de Sloan McCray.

Como resultado, Tristan había hecho exactamente lo que debía: le había expulsado temporalmente de la agencia. Y así había estado hasta ese mismo día. Aquella mañana había ido a ver a su tío. Tristan pretendía que renunciara a su trabajo, que era, lo que en realidad, el propio Axel había estado pensando desde que había sido expulsado. Pero, curiosamente, no había querido renunciar.

Al contrario, se había descubierto suplicándole a su tío que le asignara una última misión. No sólo por lo que había pasado con Sloan McCray, sino por la propia misión: Tara Browning.

El hecho de que fuera la hermana de McCray sólo complicaba la situación para él y era extraño que Tristan se hubiera mostrado de acuerdo. Aun así, había aceptado su propuesta y aunque McCray pusiera el grito en el cielo cuando se enterara, no estaba en situación de negarse.

—Tendrás informes diariamente —le aseguró Axel.

Colgó el teléfono antes de que Tristan pudiera arrepentirse y recorrió el aparcamiento a grandes zancadas para llegar a su camioneta. Apenas acababa de meter la llave en el encendido cuando volvió a sonar el teléfono.

—¿Sí?

—¿Así es como contestas normalmente el teléfono?

Axel esbozó una mueca al oír la voz de su madre y puso la camioneta en marcha.

—Supongo que ya te has enterado —en Weaver las noticias corrían como la pólvora.

—¿Estás en el pueblo? Supongo que podrás imaginarte lo contenta que estoy de haberme enterado de que estás aquí por boca de otros. He recibido tres llamadas de personas diferentes diciéndome que habían visto tu camioneta por la calle principal.

—Lo siento, tenía un asunto del que ocuparme.

—Con Evan, supongo —concluyó Emily, haciendo que Axel se sintiera mucho más culpable.

—Todavía no he hablado con Evan —admitió.

Sabía perfectamente que Emily ya estaba enterada. Evan Taggart era el veterinario del pueblo, además de su cuñado, pero habían decidido dedicarse juntos a la cría de caballos incluso antes de que Evan se hubiera casado con Leandra, la hermana de Axel.

El negocio iba cada vez mejor y además era una tapadera perfecta para las otras actividades de Axel, de las que, por cierto, Evan siempre había estado enterado.

—¿Y cuándo piensas pasarte por la granja?

La granja era la Granja Clay, un importante criadero de caballos que sus padres tenían a las afueras del pueblo. Era allí donde él había crecido y el lugar al que siempre regresaba, pero nunca hasta entonces había regresado al pueblo con un cargo de conciencia como aquél y no podía negar que se sentía sin fuerzas para volver a la casa familiar.

—Pronto, todavía tengo que ocuparme de algunos asuntos en Weaver.

—Esta noche hay un baile en el instituto por el día de San Valentín. Tu padre y yo estaremos por allí.

—Sí, ya lo sé, he pasado por el gimnasio.

—Entonces habrás visto a Courtney. Es increíble, pero ha sido la encargada del puesto de besos de este año.

La última vez que Axel había visto a su prima, ésta estaba llorando desconsoladamente en el funeral que sus padres habían organizado en recuerdo de su hermano Ryan, que había desaparecido en una misión.

—Tenía una cola que daba la vuelta al gimnasio —dijo Axel.

—Me encanta verla de nuevo feliz. Ha pasado un año muy duro.

Axel no fue capaz de decirle nada a su madre. No podía explicarle en aquel momento la verdadera razón por la que había evitado a la hermana pequeña de Ryan. Ryan le había obligado a prometer que no diría nada.

—¿Has visto a Hope o a Tristan? —continuó su madre.

—En el gimnasio no —por lo menos eso era cierto. Se había encontrado con Tristan en su despacho de CeeVid.

—Entonces, si estás todavía en el pueblo, pásate por el baile.

Si creyera que Tara tenía intención de ir al baile se pasaría por allí, pero lo dudaba muy seriamente.

—Ya veré.

—Supongo que eres consciente de que mañana es domingo —continuó Emily—. Si no te vemos esta noche en el baile, espero verte mañana a la hora de comer.

—¿Quién se encarga de la comida este domingo? —su madre y sus tías se turnaban cada domingo para organizar una comida familiar.

—Mañana cocina Jaimie —contestó su madre—. Iremos todos a su casa.

Su casa era el rancho Double-C, en el que se habían criado sus padres y sus tíos y en el que todavía vivían Squire, su abuelo y su esposa, Gloria, junto con los tíos de Axel, Matthew y Jaimie. Aquel lugar iba a recordarle el peso de la traición tanto como su propia casa.

—¿Y piensa ir todo el mundo?

—Ha pasado casi un año desde la última vez que estuviste por aquí, cariño, ¿a ti qué te parece?

—Si no me ves hasta mañana a la hora de la comida, no te preocupes.

—Yo siempre me preocupo por ti. No se le puede pedir otra cosa a una madre.

Axel se despidió de ella y colgó el teléfono. No quería pensar en madres e hijos en aquel momento. Y eso tenía mucho que ver con la razón por la que no tenía ninguna gana de regresar a Weaver. Tenía una buena familia. Ninguno de sus miembros se merecía el secreto que guardaba sobre Ryan. Pero si no mantenía aquel secreto, Axel temía que ocultara con más celo su paradero y ya le había costado demasiado tiempo encontrarlo.

Quizá no pudiera hacer nada respecto a su propia familia, pero, definitivamente, sí podía hacer algo por la familia McCray.

Salió del aparcamiento y se dirigió por la calle principal hasta Classic Charms. Cuando llegó allí, estuvo considerando si debería continuar sentado tras el volante observando la tienda desde allí o debería hablar con Tara para hacerle comprender la gravedad de la situación.

Algo que le habría resultado infinitamente más fácil si no hubiera cometido el error imperdonable de haber pasado con ella todo un fin de semana en Braden.

Tristan le había ordenado que fuera a aquel bar para mantener un encuentro rápido con McCray. La última persona que esperaba encontrarse allí era su hermana. Pero allí estaba.

Había estado observándola desde una esquina de la barra durante más de una hora y había podido ver cómo iba desapareciendo la luz de la ilusión de aquel precioso rostro de enormes ojos castaños.

Sabía que no debería haberse interpuesto en su camino cuando había decidido abandonar el bar. Pero lo había hecho. Y no era capaz de arrepentirse de lo ocurrido.

Estaba loco por Tara desde la primera vez que la había visto, desde que, cinco años atrás, Tara había ido a vivir a Weaver. La única razón por la que no había dado rienda suelta a aquellos sentimientos era el hecho de que Tara viviera en Weaver por razones de seguridad.

Sin embargo, aquella noche en Braden, la atracción había resurgido con más fuerza que nunca y además, en aquel entonces, él estaba a punto de presentar a Tristan su renuncia.

Pero era consciente de que en realidad no tenía excusa. No debería haberla tocado y lo sabía.

Tomó un cambio de sentido y aparcó delante de la tienda. Estaba cerrada, por supuesto. Bajó de la camioneta y llamó a la puerta mientras miraba a través de la ventana.

No podía ver a Tara en su interior, pero no le sorprendió. La tienda estaba abarrotada de muebles, ropa y toda clase de adornos.

Volvió a llamar, con más fuerza. Y Tara terminó apareciendo.

Se había remangado la sudadera por encima de los codos y llevaba el pelo recogido en una especie de moño no particularmente efectivo a juzgar por los mechones de pelo que escapaban para enmarcar su rostro de duende.

Cuando llegó a la puerta, hizo una mueca y señaló el cartel que había puesto en la ventana para indicarle que la tienda estaba cerrada.

—No pienso marcharme, Tara —replicó Axel.

—Déjame en paz, ¿o tengo que llamar al sheriff?

—Llámale si quieres. Hace un año que no veo a Max. Es una oportunidad tan buena como cualquier otra para que nos pongamos al día.

—Supongo que debe de ser una sensación agradable estar emparentado con la mitad del pueblo.

En realidad, a veces era casi una maldición.

—¡Abre!

—¿No eres capaz de aceptar un no como respuesta?

—No —un golpe de viento arrastró hasta él una ráfaga de nieve—. Así que podrías dejarme pasar.

Tara miró por encima de Axel hacia la calle. Éste no habría podido decir si fue la visión de su camioneta o la del turismo que pasaba en aquel momento por allí la que le hizo esbozar una mueca. Pero tampoco le importó, teniendo en cuenta que al final le abrió.

—Podrías haber aparcado en el callejón que hay detrás del edificio —le reprochó mientras cerraba la puerta tras él—. Todo el mundo en el pueblo reconoce tu camioneta.

—¿Y?

—Y no quiero que la gente se pregunte qué estabas haciendo aquí —Axel comenzó a bajarse la cremallera de la cazadora—. No te molestes en quitártela —le advirtió Tara—, no vas a quedarte mucho tiempo.

Axel se quitó de todas formas la cazadora y la dejó sobre una barra de madera de caoba en forma de u que hacía las veces de mostrador en el centro de la tienda.

—Hay alguien que quiere acabar con tu hermano —dijo bruscamente.

Por un instante, Tara se limitó a mirarle con los ojos abiertos como platos. Después parpadeó lentamente.

—¿Perdón?

—Ya me has oído. Le han puesto precio a la cabeza de tu hermano.

Tara se sentó bruscamente en un sofá de cuero; un sofá tan grande que le hacía parecer incluso más indefensa.

—¿Cómo… cómo lo sabes?

—Porque trabajo para la misma agencia que te hizo instalarte en Weaver cuando tu hermano tuvo que pasar a la clandestinidad en la Brigada de Estupefacientes.

Tara palideció de tal manera que Axel corrió hacia ella y posó la mano en su espalda.

—¿Sabes dónde está Sloan? —tragó saliva—. ¿Está bien? Se supone que está en Chicago bajo protección, ¿no es cierto?

La verdad era que Axel no estaba del todo seguro del paradero de Sloan.

—Nos mantenemos en contacto —respondió, aunque Tristan era el único con el que McCray mantenía algún tipo de comunicación.

Vio la expresión asustada de Tara y se obligó a meter las manos en los bolsillos para evitar tocarla otra vez. Ya había habido demasiado contacto entre ellos. El recuerdo de las horas que habían compartido todavía le quitaba el sueño.

—¿Qué sabías tú del caso en el que estaba trabajando?

Tara se apartó un mechón de pelo de la cara.

—Lo único que sé es que cuando se infiltró en la banda de Deuce quería que me alejara de Chicago por si alguien sospechaba que no era el ex confidente que fingía ser —dejó caer las manos en el regazo—. Pero era una exageración. En realidad, nunca me pasó nada, ni mientras estuvo infiltrado en la banda ni cuando consiguió que les detuvieran —miró alrededor de la tienda—. Tuve que renunciar a mi casa para venir aquí. Pero esto es algo temporal. Sólo continuaré aquí hasta que todo esto termine.

Una decisión que había durado ya cinco años no parecía tan temporal como Tara pretendía, pero Axel prefirió no decirlo.

—Unos años antes de que Sloan se infiltrara en la banda, lo había hecho otro agente federal, pero le descubrieron y mataron a su familia antes de acabar con él.

No había manera de suavizar lo ocurrido, pero aun así, Axel se sintió como un auténtico canalla al verla palidecer todavía más.

—Los federales no pudieron acusar a nadie en ese momento —continuó con voz queda—. Ha sido tu hermano el que ha conseguido cerrar el caso y ahora que por fin va a salir el juicio adelante, es muy probable que quieran vengarse.

—Pero se supone que Sloan está protegido por una identidad falsa.

—Eso puede no ser suficiente y tu hermano no quiere que corras ningún riesgo.

—Pero si ni siquiera estoy utilizando mi nombre de soltera. ¡Y hace más de cinco años que no hablo con Sloan! No tengo ni su número de teléfono ni su dirección. ¿Cómo van a poder dar conmigo?

—Porque tienes una relación muy directa con él. Eres su hermana melliza —además de su único pariente.

—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Renunciar a todo lo que tengo y empezar otra vez desde cero?

—Ahora mismo, Weaver sigue siendo el lugar más seguro para ti.

—¿Y desde cuándo sabes todo esto?

—¿Te refieres al peligro que corre Sloan o a la razón por la que viniste a Weaver?

—A las dos cosas.

—Lo primero, desde esta mañana, y lo segundo, desde hace cinco años.

—Genial. Entonces, todo ese asunto del criadero de caballos es un invento. Tú también eres un agente.

Durante el fin de semana que habían pasado juntos no habían hablado de su trabajo. Habían hablado de la tienda de Tara, de libros, de películas y de religión. Y habían hecho el amor una y otra vez.

—Jamás te he mentido. Me dedico a la cría de caballos.

—Pero no sólo a eso, ¿verdad?

—No —admitió—, pero no soy agente de la Brigada de Estupefacientes…

—Pero tú has dicho que fue la agencia…

—No fue la Brigada la que te hizo venir aquí, sino una agencia llamada Hollins-Winword.

—Pero Sloan me dijo…

—Eso no importa.

En un mundo perfecto, cualquier cuerpo policial sería capaz de proporcionar plena protección a sus agentes. Pero Axel había aprendido mucho tiempo atrás que el mundo no era perfecto. McCray había hecho lo mismo que habría hecho él si se hubiera encontrado en su situación.

—Sloan confió en Hollins-Winword para mantenerte a salvo, y es esa agencia la que te está protegiendo ahora.

Tara cerró los ojos un instante, como si estuviera intentando reunir fuerzas. Axel alargó la mano hacia ella, sin importarle arriesgarse a su rechazo, pero Tara abrió los ojos, posó las manos en las rodillas y se levantó bruscamente.

—Muy bien. Ahora que ya lo sé, ¿puedes marcharte? —comenzó a caminar hacia la puerta—. Tus cinco minutos han terminado.

Axel la agarró del brazo y disimuló el estremecimiento que le produjo aquel contacto.

—No he venido solamente para ponerte al tanto de la situación. A partir de ahora soy tu guardaespaldas.

Capítulo 3

Tara no estaba segura de haber oído bien.

—Mi guardaespaldas.

Pero Axel no la corrigió. Continuó donde estaba, observándola con aquellos ojos dorados que no había conseguido borrar de su mente.

—No —dijo ella con voz firme, y continuó avanzando hacia la puerta—. No, no y no.

—Eso no vas a decidirlo tú.

Empujó la puerta.

—Por supuesto que sí. De la misma forma que ahora mismo estoy decidiendo que tienes que marcharte. Quiero que te vayas inmediatamente.

Axel la sorprendió caminando hacia la puerta. Pero antes de cruzarla, se detuvo. Estaban tan cerca que Tara podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Axel inclinó la cabeza hacia ella y Tara tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no temblar.

—De una u otra forma, estaré vigilándote y protegiéndote, Tara. Si colaboras conmigo, harás que mi tarea resulte más fácil.

Le resultó imposible no temblar. Pero esperaba al menos que Axel lo atribuyera al frío de la noche y no al efecto que tenía sobre ella.

—No tengo ningún motivo para hacerte la vida más fácil.

Además, necesitaba poner distancia entre ellos antes de que se hiciera evidente para cualquiera que la mirara con atención que no estaba tan delgada como antes.

Los embarazos inesperados no pertenecían únicamente al dominio de las jóvenes imprudentes. Ella era una mujer adulta y aun así, se había quedado embarazada algo que, de momento, sólo sabían ella y el tocólogo que la atendía en Braden.

—Cariño —respondió Axel, bajando ligeramente la voz—, en todo esto no hay nada fácil.

Y salió.

Tara cerró la puerta tras él y lo miró a través del cristal mientras echaba el cerrojo.

—No pienso dejar las cosas así —le advirtió Axel.

—Pues me temo que vas a perder el tiempo —contestó ella, odiando el nudo que tenía en la garganta.

Se apartó bruscamente de la puerta e, ignorando todo lo que le quedaba por hacer, se dirigió directamente hacia la puerta de atrás, deteniéndose solamente para apagar las luces y recoger el abrigo.

Se metió en el coche, salió del callejón y menos de diez minutos después, estaba en su casa.

Axel no la había seguido. Se dijo a sí misma que no la sorprendía. La amenaza de convertirse en su guardaespaldas era solamente eso, una amenaza. Lo cual no explicaba por qué, una vez dentro de casa, continuaba asomándose a la ventana en busca de su camioneta.

Cuando se dio cuenta de que acababan de encender las farolas de la calle le entraron ganas de tirarse de los pelos: había perdido una hora yendo de ventana en ventana, esperando que apareciera Axel, o algo peor.

Caminó con paso firme hasta el armario, abrió bruscamente la puerta y sacó el primer vestido decente que encontró. Lo dejó encima de la cama y fue al cuarto de baño.

El espejo le devolvió la imagen de una joven con las mejillas sonrojadas y los ojos oscuros. Se soltó el pelo, se lo cepilló con fuerza y se retocó el maquillaje. Regresó al dormitorio y se puso el vestido, un vestido negro, completamente acorde con su humor y de corte muy suelto. Completó su atuendo con unas medias negras, unos zapatos de tacón y un colgante y unos pendientes de color negro que ella misma había diseñado.

Una vez arreglada, se dirigió hacia la puerta. Lo último que le apetecía hacer aquella noche era ir al baile de San Valentín, pero era preferible a continuar escondida entre las sombras de su propia casa, esperando a que apareciera Axel Clay.

Cuando llegó al colegio, vio que habían vuelto a cambiar la decoración del gimnasio. En aquella ocasión para que pudiera celebrarse allí la cena que terminaría con un baile amenizado por el grupo que estaba ya sobre el escenario. Había varias mesas redondas a lo largo de una de las paredes del gimnasio y la mayoría estaban ya llenas. Frente a ellas habían servido el bufé.

Y, por supuesto, había corazones por todas partes.

Tara resopló disimuladamente mientras le tendía su ticket a uno de los adolescentes de la entrada y se quitaba el abrigo, que dejó en el guardarropa.

Le inquietó el hecho de dejar las llaves del coche en el bolsillo del abrigo, pero aquello le irritó sobremanera. Si no hubiera sido por la visita de Axel Clay, ni siquiera habría pensado en ello.

—Buenas noches, Tara —la saludó Joe Gage a los pocos segundos de entrar—, estás guapísima.

—Gracias, tú también estás muy elegante.

El director del colegio era un hombre agradable, pero, definitivamente, no se le hacía la boca agua al mirarlo. Estando embarazada, lo último que debería hacer era alentarle, pero las situaciones desesperadas requerían a veces de medidas desesperadas.

—Parece que ha venido mucha gente —probablemente ella era la única persona del pueblo que había comprado el ticket sin intención de utilizarlo.

—Sí —Joe desvió la mirada hacia Dee Crowder, que acababa de pasar por delante de ellos con un bonito vestido de encaje rojo—. Pero en mi mesa sobra un asiento a mi izquierda.

—Gracias… —no pudo continuar, porque en ese momento sintió una mano sobre su hombro.

—Gracias, Joe —dijo Axel por encima de su cabeza—, pero deberíamos encontrar sitio para dos —se echó a reír—. Aunque la verdad, no me importaría que Tara se sentara en mi regazo durante la cena.

Tara alzó la mirada hacia él.

—¿Qué…?

Axel apretó ligeramente la mano, sin fuerza, pero, definitivamente, era una advertencia. La protesta de Tara murió inmediatamente en su garganta. Pero se sonrojó violentamente al ver la expresión de Joe al fijarse en la mano que Axel había puesto sobre su hombro.

—A mí tampoco me importaría que la mujer más guapa de la fiesta se sentara en mi regazo —Joe miró de nuevo hacia las mesas—. La mayor parte de tu familia anda por aquí, y ocupa unas cuantas mesas.

—Gage —Dee Crowder apareció en aquel momento. Miró con curiosidad a Axel al ver que tenía la mano apoyada en el hombro de Tara—, ¿te importa que me siente a su lado?

—Por supuesto que no. Axel, Tara, disfrutad de la velada —les deseó antes de agarrar a Dee del brazo.

Tara sintió que su última oportunidad de sentarse lejos de los Clay se evaporaba mientras veía a Joe acompañar a Dee hasta su mesa.

—Vamos a bailar—la urgió Axel empujándola hacia el minúsculo espacio que habían habilitado como pista de baile.

—No sé bailar —protestó Tara, experimentando una intensa sensación de déjà vu cuando Axel le hizo volverse en sus brazos.

—Creo que sobre esto ya hemos hablado en otra ocasión —musitó Axel, haciéndole apoyar la cabeza en su hombro.

Lo último que necesitaba Tara era que le recordaran lo que había pasado en Braden. Particularmente cuando era imposible olvidar lo ocurrido aquella noche, cortesía de la cada vez más ancha línea de su cintura. Y cuando Axel decidió posar la mano precisamente allí, no pudo evitar contener la respiración, esperando que hiciera algún comentario. Afortunadamente, lo único que susurró fue:

—Relájate.

—Supongo que estás de broma.

—Cariño —le susurró Axel al oído—, jamás en mi vida había hablado tan en serio.

La estrechó contra él de tal manera que sus senos rozaron su pecho.

—¿Cómo puedo estar segura de que no te has inventado todo lo que me has dicho? En mi vida había oído hablar de esa agencia.

Axel le hizo dar una vuelta.

—No alces la voz.

—No me puede oír nadie —¿cómo iban a oírle si no había ni un centímetro de distancia entre ellos?

—Nunca se sabe quién puede estar escuchando —rozó su oreja con los labios, haciéndola estremecerse y olvidarse de todo lo que no fuera el presente—. Algún día es posible que te pregunte qué razón crees que podría tener para inventarme una cosa así, pero de momento, basta con que sepas que la mayoría de la gente no tiene ningún motivo para oír hablar de la agencia, y me alegro de que sea así.

—No es que no me crea lo que me has contado, pero mi hermano tiende a ser exageradamente protector —quizá por culpa de su propia infancia. Ella también tenía sus propios traumas. Eso era lo que ocurría cuando alguien vivía al lado de un hombre cuyo trabajo exigía cierto secretismo—. Pero creo que estoy en condiciones de hacerme cargo de mi propia seguridad.

Axel bajó ligeramente la mano por su espalda.

—¿Te he dicho ya lo guapa que estás esta noche?

Tara le pisó deliberadamente el pie, mientras deseaba que fuera igual de fácil poder pisotear el recuerdo de los labios de Axel acariciando el mismo rincón de su piel que en aquel momento rozaba con la mano.

—Lo siento.

—No lo sientes en absoluto, pero es normal que estés a la defensiva. Te he puesto en una situación muy difícil.

Volvieron a entrarle ganas de echarse a reír. Si él supiera…

—Qué comprensivo por tu parte.

Intentó apartarse ligeramente de él, aunque sólo fuera para poder respirar, pero Axel cubrió su mano con la suya.

—La gente se va a llevar una idea equivocada —el corazón le latía con fuerza y era dolorosamente consciente de que era Axel, y no lo que le estaba diciendo, el motivo de que se le acelerara de aquella manera.

—¿Una idea equivocada sobre qué? A mí no me importa que se den cuenta de que me gusta bailar contigo.

—Pues a mí sí.

Tara sintió sus labios contra su sien y su pulgar acariciándole la muñeca.

—Mentirosa, el pulso te late a toda velocidad.

—Eso es porque estoy enfadada.

Axel suspiró con fuerza.

—No estaba bromeando cuando he dicho que todo esto resultaría más fácil si contara con tu colaboración. Pero si prefieres que te persiga como si fuera una especie de acosador, lo haré.

Tara quería escapar de sus brazos y salir corriendo de allí. Pero se limitó a seguir bailando la balada interminable que tocaba el grupo.

—Ya te lo he dicho, sé cuidar de mí misma.

Le sintió suspirar otra vez.

—¿Quieres que te cuente cómo murió la familia del otro agente? ¿Sabes que hacían una vida completamente normal, que jamás sospecharon…?

—Ya basta —se le estaba revolviendo el estómago—. No quiero oír los detalles.

—Y yo no quiero dártelos —le aseguró él—, pero lo haré si de esa forma puedo demostrarte que esto va en serio —giró suavemente para evitar que chocaran con otra pareja y bajó la voz—. No tenemos la seguridad de que la amenaza de muerte contra Sloan proceda de Deuce, pero es bastante probable, teniendo en cuenta que el juicio es la semana que viene. Si no quieres hacer esto por ti, hazlo por tu hermano. Tara, por favor, déjame hacer mi trabajo.

—Entonces, protege a Sloan.

—Mi misión consiste en protegerte a ti.

Misiones, trabajos. Su insistencia estaba directamente relacionada con su trabajo. No tenía nada que ver con ella. No tenía nada que ver con la noche que habían pasado abrazados, y, desde luego, mucho menos con las consecuencias de aquellas horas. Consecuencias que, afortunadamente, Axel ignoraba.

—Gracias, pero no.

Aprovechando que había terminado la canción y que Hope Clay estaba animando a todo el mundo a disfrutar del bufé, Tara se separó de él.

—Si me perdonas —dijo en voz alta, para que cualquiera que estuviera cerca pudiera oírla—, hay algunas personas a las que me gustaría saludar.

Y sin esperar respuesta, se volvió y se fundió entre la masa de gente que se dirigía hacia la comida. Pero en vez de acercarse a la cola, fue rápidamente al cuarto de baño.

Desgraciadamente, tampoco allí encontró escapatoria. Emily Clay, la madre de Axel se estaba secando las manos con una toalla de papel.

—Hola, Tara —al igual que la mayor parte de las mujeres que habían ido a la cena, iba con un vestido rojo, muy apropiado para la fecha—. Qué vestido tan bonito.

—Gracias —contestó Tara, dolorosamente consciente de su sencillez—. La verdad es que me he puesto lo primero que he encontrado en el armario.

—Vaya, no se te ocurra decirlo muy alto si no quieres ganarte unas cuantas enemigas. No todas nosotras podemos agarrar lo primero que encontramos en el armario y conseguir que nos quede tan bien como a ti.

Tara no necesitó mirarse al espejo para saber que se había ruborizado.

—Tengo la sensación de que te estás describiendo más a ti que a mí, pero muchas gracias.

Sabía que no era una mujer especialmente guapa, no era alta y tenía la nariz cubierta de pecas que el maquillaje no siempre conseguía disimular, y en aquel momento llevaba un vestido especialmente diseñado para disimular que comenzaba a engordar.

Afortunadamente, Emily no pareció notarlo. Tiró la toalla de papel a la papelera y se dirigió hacia la puerta.

—Asegúrate de que mi hijo se pase por nuestra mesa —le dijo a Tara con una sonrisa—. Aunque es evidente que prefiere dedicarte a ti toda su atención.

A Tara le resultó prácticamente imposible devolverle la sonrisa. Musitó algo sin sentido, pero no importó, porque Emily se apartó de la puerta para que pudieran pasar un par de adolescentes y se marchó.

Tara les devolvió el saludo a las recién llegadas y se lavó las manos. A continuación, en vez de dirigirse hacia la puerta que conducía al gimnasio, salió por la que daba al largo pasillo de cemento que conducía al frontón. Tenía intención de rodear el edificio, ir a buscar su abrigo al gimnasio y marcharse a casa. Una estrategia sencilla… O al menos eso le pareció hasta que al doblar la esquina descubrió a Axel apoyado contra la pared del gimnasio en actitud indolente y sosteniendo su abrigo.

—¿Olvidas algo? —levantó su abrigo con una mano. En la otra tenía las llaves de su coche.

Tara se acercó rápidamente a él y le quitó ambas cosas. Se echó el abrigo por los hombros y se volvió hacia el aparcamiento.

—Tu madre te está buscando.

—No pienso irme, Tara.

Tara aceleró el ritmo de sus pasos hasta empezar prácticamente a correr entre los coches. Pero entonces resbaló sobre un trozo de hielo que el frío comenzaba a formar en el suelo y echó las manos hacia delante, intentando amortiguar la caída. Afortunadamente, no llegó a hacer contacto con el suelo porque Axel la agarró por detrás.

—Tranquilízate —susurró contra su cuello.

Tara intentó desasirse de sus brazos, pero le resultó imposible.

—Suéltame.

—No voy a hacerte ningún daño.

La dejó suavemente en el suelo y soltó un juramento al descubrir que Tara tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Por favor, no llores. Puedo soportar cualquier cosa, salvo verte llorar.

Aquello era lo último que necesitaba. Tara sintió que las lágrimas desbordaban sus ojos y culpó a sus hormonas de aquella deplorable falta de control.

—Siento que tengas que sentirte incómodo —se secó las lágrimas, pero no sirvió de nada—. ¿Por qué no me dejas en paz?

—Porque no puedo —contestó Axel con expresión inescrutable.

—¿Por qué no? ¿Por toda esa historia de Sloan? Nadie cometería el error de pensar que le importo.

—Te equivocas.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque le conozco —contestó con voz queda.

—Pues me alegro de que le conozcas, porque te aseguro que yo hace tiempo que he dejado de conocerle. Y lo único que sé de todo esto es lo que tú me estás diciendo, así que… —intentó zafarse.

Axel exhaló un suspiro y la soltó.

—¿Por qué demonios iba a inventarme todo esto?

Desde luego, no para acercarse a ella, pensó Tara.

—No lo sé —admitió mientras se volvía de nuevo hacia su coche—. Y, francamente, tampoco me importa —mintió.

Al fin y al cabo, ¿qué importancia podía tener una mentira más entre ellos?

Capítulo 4

Si la seguía a su casa, no sabía lo que podría llegar a hacer. Afortunadamente, no vio en ningún momento la camioneta de Axel por el espejo retrovisor. Sin embargo, eso no impidió que fuera más rápido de lo habitual.

Aparcó en el garaje y cuando se dio cuenta de que había echado el seguro del coche volvió a suspirar. Estaba en Weaver, por el amor de Dios. A pesar de todo lo que Axel había dicho, era imposible que allí le ocurriera nada malo.

Entró en su casa, llenó la tetera de agua y la llevó a la cocina. Pero la cocina no se encendió.

Dar una patada a ese trasto viejo no serviría de nada, de modo que tomó aire intentando controlarse. Presionó de nuevo el mando y vio salir una pequeña llama del quemador sobre el que había colocado la tetera. Dejó la tetera al fuego, se quitó los zapatos y los llevó al dormitorio.

Sentía que las ventanas la llamaban, pero consiguió evitar acercarse mientras se quitaba el vestido y se ponía una bata. De vuelta en la cocina, metió una bolsita de una infusión de hierbas en una taza y retiró la tetera del fuego.

Sólo cuando cesó el silbido de la tetera oyó el timbre de la puerta.

Como nadie iba nunca a verla, no tuvo que hacer un gran esfuerzo para imaginar quién podía estar en el porche de su casa. No había ninguna ley que obligara a abrir la puerta, razonó. Pero aun así, terminó yendo hasta allí para abrirla bruscamente.

Por supuesto, encontró a Axel apoyando el dedo en el timbre de la puerta. En cuanto la vio, Axel le tendió su teléfono móvil.

—Saluda —le pidió.

—¿Qué? —preguntó Tara, mirándole con extrañeza.

Axel se llevó el teléfono al oído.

—Ahora mismo podrás hablar con tu hermano.

Por un instante, el cerebro le dejó de funcionar. Pero rápidamente recobró la razón y fulminó a Axel con la mirada.

—No sé a qué estás jugando…

—No podemos perder ni un segundo, Tara —le interrumpió Axel.

Tara le arrebató entonces el teléfono y se lo llevó al oído.

—¿Diga?

—Siento no haber aparecido el día de nuestro cumpleaños —fue lo primero que le dijo su hermano.

A Tara estuvo a punto de caérsele el teléfono de entre las manos.

—¿Qué es todo esto?

—Pecosa, haz lo que Clay te diga y ya te lo explicaré todo más adelante.

Tara cerró los ojos. Pecosa. Así era como la llamaba su hermano cuando eran niños. Era imposible que nadie más lo supiera. Los McCray nunca habían estado el tiempo suficiente en ningún sitio como para que nadie conociera ese tipo de detalles sobre ellos.

—Sloan…

Pero la conexión ya se había cortado.

Axel le quitó el teléfono y la empujó suavemente para que entrara en casa.

Tara fue incapaz de susurrar una protesta cuando la condujo hasta el sofá del cuarto de estar, y tampoco dijo nada cuando desapareció en la cocina y volvió a aparecer con la infusión de la que para entonces, ella ya se había olvidado.

—Creía que eras más aficionada al café que a las infusiones —comentó Axel mientras le tendía la taza y se sentaba sobre la mesita del café, enfrente de Tara.

—He dejado de tomar café —contestó Tara con un hilo de voz—. Así que estabas hablando en serio… —alzó la mirada hacia Axel.

—Sí.

—Es la primera vez que hablo con Sloan desde hace tres años —levantó la taza, pero volvió a bajarla sin beber si quiera—. Vivíamos juntos, ¿sabes? Y compartíamos todo. Creo que no hay nada que no supiéramos el uno del otro. Después, él decidió trabajar en la clandestinidad y… —sacudió la cabeza—. Todo cambió, todo —su vida, su hermano…

—No para siempre, esto es algo temporal. O al menos eso fue lo que me dijiste —Axel se inclinó hacia delante. Su pelo rubio caía rebelde sobre su frente mientras le sostenía a Tara la mirada—. Y también lo será esta situación.

Por supuesto que lo sería. Porque su interés por ella no tenía nada que ver con el fin de semana que habían pasado en Braden, era únicamente una cuestión de trabajo.

—En el caso de que… en el caso de que decida colaborar, ¿qué tengo que esperar? Quiero decir… ¿qué tendrás que hacer? ¿Seguirme constantemente? ¿Vigilar la puerta de la tienda mientras estoy trabajando? ¿Qué?

—Estar contigo las veinticuatro horas del día. Habrá momentos en los que no será posible, y entonces me sustituirá mi reserva.

—Un momento, volvamos a eso de las veinticuatro horas del día.

—¿Qué pasa con eso?

Por un momento, Tara había llegado a imaginarse a un policía armado delante de su tienda, espantando a sus clientes. Y el hecho de que su estancia en Weaver fuera temporal no significaba que pudiera arriesgarse a perder su negocio. Classic Charms no era una tapadera, sino un auténtico negocio que había conseguido convertir en un éxito. Necesitaba que la tienda continuara siendo rentable cuando naciera el bebé.

—No puedo tenerte todo el día rondando por la tienda. La gente se llevará una impresión equivocada.

—No sólo tendré que estar en la tienda, sino también en tu casa. Tendré que vigilarte también cuando estés en tu casa.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que neutralicen la amenaza contra Sloan.

—¿Y quiénes la tienen que neutralizar?

—La policía, Hollins-Winword, tu hermano…

—¿Y tú no?

—Ésa no es mi misión.

—¿Y cuánto tiempo tardarán en hacerlo?

—El que sea necesario.

Tara se llevó la mano a la frente. Comenzaba a dolerle la cabeza.

«El que sea necesario». ¿Cuántas veces había utilizado su padre esa frase cuando tenían que cambiar de casa, cuando tenían que cambiar de ciudad o incluso de país?

«¿Cuánto tiempo nos quedaremos esta vez?», preguntaba siempre Tara, con la esperanza de poder terminar al menos el curso escolar. Para hacer amigos, para echar raíces. Todas esas cosas que había añorado desde que podía recordar. La respuesta de su padre siempre había sido la misma: «estaremos aquí el tiempo que sea necesario, Tara», y después la enviaba con su madre, porque fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo, siempre tenía algo más importante que hacer que contestar a las preguntas de su hija.

—¿Y esto no lo podría hacer otra persona?

—Sí, pero voy a hacerlo yo.

A Tara le entraban ganas de empezar a gritar, de preguntar desesperadamente por qué, pero no lo hizo.

—La gente… la gente se va a llevar una impresión equivocada si te ven todo el día conmigo.

Axel arqueó ligeramente las cejas y Tara intentó no fijarse en cómo clavaba durante unos instantes la mirada en sus labios.

—¿Prefieres que rumoreen sobre una supuesta relación o que sepan la razón por la que estamos juntos?

—¡Prefiero que no hablen de mí!

—Ya hablan de ti.

—Eso no es verdad.

—Claro que sí, pero a lo mejor no tendrían tanto interés en hacerlo si no te mostraras tan distante.

—¡No me muestro distante! —replicó indignada—. Hablo con todos mis clientes y asisto a todos los actos que se organizan, como cualquier otro comerciante.

—Pero todo eso está relacionado con tu trabajo. ¿Qué me dices de los amigos? Sé que no has salido con nadie.

Tara se puso roja como la grana. Aparte de un matrimonio fracasado a los dieciocho años, no había salido con nadie, salvo con Axel, en toda su vida; una información que, estúpida de ella, había compartido con él durante el famoso fin de semana.

—Esta noche he ido al baile —le recordó—. Y, por cierto, no creo que ni mis amistades ni mis amantes sean asunto tuyo.

—Son asunto mío cuando necesito saber quién forma parte de tu vida —alzó la mano, intentando sofocar un posible estallido de indignación—, pero eso no importa. Estoy al tanto de lo más básico. Dejando de lado el baile de esta noche, no tienes vida social, Tara. Ni siquiera te quedas a tomar un café o a quejarte del sermón del pastor cuando vas los domingos a la iglesia.

—¿Y por qué estás tan seguro de que no tengo vida social? ¿Te crees todo lo que dicen sobre mí?

—Tara, fue Hollins-Winword la agencia que te trajo aquí. ¿Crees que nadie ha estado vigilándote desde entonces?

Tara lo miró boquiabierta.

—¿Tú… has estado… has estado espiándome?¿Sabías todo esto cuando yo… cuando nosotros? —se interrumpió. La indignación le impedía articular palabra.

—Nadie te ha estado espiando, Tara, y cuando estuvimos juntos en Braden, la única información que tenía sobre ti era la que tú me diste. Pero la agencia ha estado ocupándose de tu seguridad desde que volviste a Weaver. Eso incluía investigar a cualquiera que se acercara a ti, pero nadie se ha acercado.

La humillación ardía dentro de ella, haciendo compañía a una cada vez más acusada preocupación por su hermano.

—¿Y las personas que me han estado investigando, también te han investigado a ti?

—Si eso es lo que te preocupa, nadie está enterado de lo nuestro, algo preferible dadas las circunstancias —se levantó—. Sé que esto te va a resultar difícil de aceptar, pero si no fuera por las últimas amenazas contra tu hermano, no habría ningún motivo para que estuvieras al tanto de lo que está pasando.

—¿Ah no? ¿No habría ningún motivo para que supiera que hay alguien vigilándome?

—Considéralos como ángeles de la guardia.

—Palabras bonitas para una situación intolerable. ¿A ti te gustaría enterarte de que han estado espiándote?

—No —admitió Axel—, pero continuar debatiendo sobre el tema no nos va a servir de nada, así que será mejor que entremos en detalle. Abres la tienda todos los días menos los domingos, ¿no?

—Sí, y todavía no he dicho que esté dispuesta a permitir que seas mi guardaespaldas.

—No necesito mucho espacio mientras esté en tu casa —continuó Axel, como si ella no hubiera dicho nada—. Puedo dormir en el suelo si es necesario.

—Si esperas que te invite a compartir mi cama, ya puedes ir olvidándote.

—Soy tu guardaespaldas, Tara. No estaría bien que me acostara contigo.

Tara se cerró la bata con fuerza.

—En ese caso, me alegro de que estemos de acuerdo en algo.

—No he dicho que esté de acuerdo. Sólo he dicho que no estaría bien.

Para su propia irritación, Tara sintió que se ruborizaba hasta la raíz del cabello. Algo que la enfadó todavía más. Agarró la taza de la infusión y se dirigió a la cocina.

—La situación no es tan terrible como crees —replicó Axel mientras la seguía a la cocina.

No, la situación era mucho peor de lo que él se podía imaginar.

Se volvió y se reclinó contra el mostrador.

—¿Cuánta gente sabe que en realidad no te dedicas a la cría de caballos?

—Ya te he dicho que también me dedico a la cría de caballos.

—Muy bien, entonces, ¿cuánta gente sabe que también eres agente secreto?

Ella odiaba los secretos. Pero lo más irónico del caso era que en aquel momento estaba manteniendo el secreto más grande de su vida.

—Muy poca, y es importante que lo siga sabiendo muy poca gente.

—¿Por qué?

—Hollins-Winword está haciendo un buen trabajo, pero en el proceso, se ha forjado muchos enemigos.

—De modo que no te viene nada mal que todo el mundo piense que estás pegado a mí como una lapa porque en realidad te has encaprichado de una mujer mayor.

—Sólo tienes dos años más que yo, no creo que eso te convierta en una asalta cunas, querida.

—Me llamo Tara.

La débil sonrisa de Axel amenazaba con ensancharse y Tara deseó haber mantenido la boca cerrada.

Se volvió hacia la nevera y la abrió. Necesitaba comer algo, pero no había nada que le apeteciera, y además, tenía el estómago revuelto.

—En ese caso, supongo que tu conducta de esta noche en el baile se debía a que querías que todo el mundo pensara que hay algo entre nosotros.

—Y lo hay.

Axel posó la mano en su espalda. Tara se apartó bruscamente de la nevera y la cerró.

—No, no hay nada —estalló—. En cualquier caso, ¿no crees que esto también puede resultar sospechoso a ojos de todo el mundo? Como tú mismo has observado, mi vida social hasta ahora ha sido un auténtico desierto, y de pronto, apareces en el pueblo y resulta que ya estamos saliendo juntos. ¿Quién se va a creer una cosa así?

—Ya me conocen —contestó Axel con una sonrisa.

—¿Y qué saben de ti? ¿Que eres un mujeriego?

—En absoluto. Pero la gente que me conoce sabe que cuando pongo el ojo en algo, o en alguien, no hay nada que me detenga, y tú deberías saberlo mejor que nadie.

Tara cortó cualquier posible reacción por su parte antes de que pudieran comenzar a fluir en su mente las imágenes eróticas de la noche que habían compartido en el hotel, imágenes que tantas veces había reprimido.

—Preferiría no hablar sobre eso.

—No hablar de algo no significa que no exista, querida.

No había nadie más consciente que Tara de la verdad de aquellas palabras.

—Ese fin de semana fue algo… anormal. Evidentemente, no es algo que vaya a repetirse.

—Tienes razón, sobre todo ahora que soy tu guardaespaldas.

Desgraciadamente, Tara no sabía cómo tomarse aquellas palabras. Lo único que sabía era que sentía mariposas revoloteando por sus venas y que no podía atribuir su aparición al miedo que tenía por su hermano.

Pasó por delante de Axel y se acercó el mostrador.

—Muy bien. Haré esto por mi hermano. Pero ésa será la única razón.

Axel inclinó ligeramente la cabeza.

—Me parece justo.

Capítulo 5

HabÍa ganado una batalla, pero Axel era consciente de que no había ganado la guerra.

Dejó a Tara en la cocina y salió a la camioneta a buscar sus cosas. Dejó después su bolsa al lado del sofá, recorrió todas las habitaciones de la casa y salió de nuevo al jardín, dispuesto a inspeccionar los alrededores.

Las luces de los porches vecinos iluminaban los jardines nevados. Apenas había coches aparcados y se oía el ladrido de unos perros a unas dos casas de distancia.

Weaver era su hogar. Por muchos meses que pasara alejado de aquel lugar, cada vez que regresaba sentía que continuaba siendo el lugar al que verdaderamente pertenecía.

Satisfecho tras comprobar que no había ningún elemento digno de preocupación, regresó al interior de la casa.

—No sé por qué tienes que dejar la camioneta aparcada fuera de mi casa, donde todo el mundo puede verla —se quejó Tara en el momento en el que Axel cerró la puerta tras él.

—Precisamente, la dejo ahí para que todo el mundo la vea—le recordó mientras giraba el pestillo—. Tendrás que poner cerrojos de seguridad en todas las puertas —en su recorrido, había visto que la puerta de la cocina daba directamente a un jardín sin vallar.

Tara cruzó el cuarto de estar sin hacer ningún comentario y se dirigió al pasillo, presumiblemente a su dormitorio. La otra habitación que había en el pasillo estaba amueblada con dos modernas mesas de trabajo y una estantería llena de bolsitas con cuentas.

Cuando regresó al cuarto de estar, Tara descubrió a Axel hojeando las revistas que tenía en la mesita del café.

—Son todas de joyería y bisutería—comentó Axel.

—De alguna parte tengo que sacar ideas si quiero vender algo en la tienda.

—¿Haces tú misma las joyas que vendes?

—Sí, la mayor parte, ¿pero por qué te sorprende? ¿No se supone que deberías saber todo sobre mi vida?

—Me sorprende que no me hablaras sobre ello en Braden.

Tara cambió inmediatamente de expresión y se acercó a la ventana, con intención de abrir las contraventanas.

—Creo que es mejor que las dejemos cerradas.

Tara se apartó de la ventana y Axel suspiró al ver su expresión, cada vez más sombría.

—Lo siento.

—Pero no puede ser de otra manera, ¿verdad?

Ella se inclinó para ordenar las revistas que Axel había estado hojeando. Al hacerlo, su sedosa melena cayó hacia delante mostrando durante breves segundos la tierna piel de su cuello.

Segundos que fueron más que suficientes para que Axel se tensara al recordarse besando aquella pálida piel, una experiencia que revivía en casi todos sus sueños.

Se aclaró la garganta y desvió la mirada.

—No hemos podido cenar nada en el baile, ¿no tienes hambre?

—No —Tara ni siquiera le miraba—. Pero si tienes hambre, puedo prepararte algo.

—No espero que cocines para mí.

—Estupendo. Y supongo que tampoco terminarás todo el agua caliente por la mañana si te duchas antes que yo.

Axel tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no regodearse en el recuerdo de Tara junto a él en la ducha.

Tara se dirigió a la cocina y él la siguió. Para cuando llegó, Tara ya había sacado una sartén y estaba buscando algo en la nevera. Al final, sacó una jarra de plástico y la dejó en el mostrador.

—En el armario de arriba tienes pasta.

Axel comprendió la indirecta y abrió el armario. El interior estaba asombrosamente organizado. Sacó unos espaguetis.

—Pensaba que exagerabas cuando me dijiste que tenías ordenados por orden alfabético los CDs, los DVDs y los libros —pero a juzgar por el armario, no era así.

—Me gusta el orden.

Eso mismo le había dicho cuando él había bromeado al ver que hacía la cama del hotel antes de que se acostaran en ella otra vez para volver a deshacerla.

—¿Qué más puedo hacer? —preguntó, intentando olvidar. Tara estaba sacando verdura de la nevera—. ¿Lavar la verdura? ¿Cortarla?

—Puedes ir cortándola.

—¿Tienes una tabla?

Tara sacó una tabla de madera con forma de manzana y la colocó en el mostrador, al lado de la verdura.

—Pero antes lávala.

Axel ya había abierto el grifo.

—Sí, señora —contestó divertido ante la mirada atenta de Tara.

Tara continuó observándole hasta que Axel alzó la mirada hacia ella.

—Soy perfectamente capaz de cortar unas cuantas verduras sin llevarme un dedo.

Tara se sonrojó ligeramente.

—Es la primera vez que veo a un hombre trabajando en la cocina.

—¿De verdad? ¿No has visto nunca a tu padre cocinando? ¿Ni a tu hermano? —apenas habían hablado del pasado o de sus familias durante aquel fin de semana en el que se habían alimentado a base de tarta de chocolate y pizza.

—Mi padre pensaba que la cocina era cosa de mi madre y creo que consiguió inculcarle a mi hermano esa idea.

Axel tomó un pimiento, lo partió en dos y limpió las semillas.

—Ya conoces a mi madre, ¿crees que sería capaz de consentir que un hijo suyo no supiera desenvolverse en una cocina? Probablemente he pasado más tiempo en la cocina que mi madre o mi hermana Leandra. Mi hermana no aprendió a hervir agua hasta que fue a Europa a trabajar en el equipo de producción de un programa de cocina.

—¿Estáis muy unidos?

Axel se encogió de hombros, fijándose en la expresión fascinada de Tara. Expresión que seguramente negaría en el caso de que se lo señalara.

—Sí, supongo que sí. Todos los Clay están muy unidos, ya sean hermanos o primos. ¿Y tú? ¿Cómo se siente uno al tener un hermano mellizo?

—En realidad no sé lo que se siente al no tenerlo —se volvió, tomó una cazuela que había sacado del armario y se concentró en llenarla de agua.

No volvió a manifestar ningún interés en la dinámica de la familia de Clay, que parecía tan diferente de la suya, mientras preparaban la cena. Tampoco comentó nada cuando cenaron en la cocina, ni siquiera mientras lavaban los platos, aunque Axel estaba seguro de que le había sorprendido tanto verle con un estropajo en la mano como verle cortando verdura.

Ya era tarde para cuando terminaron. Tara apagó la luz de la cocina y le hizo un gesto a Axel para que se dirigiera al comedor.

—El otro dormitorio de la casa lo utilizo como taller —dijo bruscamente—, así que tendrás que dormir en el sofá.

—He dormido en sitios peores.

Tara frunció el ceño, se cruzó de brazos y comenzó a avanzar hacia su dormitorio, como si quisiera poner distancia entre ellos.

—¿Cuántas… cuántas veces has tenido que hacer este tipo de cosas?

—La verdad es que he perdido la cuenta.

—¿Tantas? —Tara se humedeció los labios—. ¿Y siempre han terminado bien?

—En absoluto —admitió Axel.

—¿Y cuál ha sido tu caso más largo?

—En una ocasión tuve que estar ocupándome de la seguridad de una persona durante seis meses.

Tara palideció, pero Axel levantó la mano y dijo, intentando tranquilizarla:

—Pero no creo que esta vez sea necesario estar tanto tiempo.

Tara pareció ligeramente aliviada, pero si Axel le hubiera explicado los motivos por los que pensaba que no se iba a alargar aquella situación, no lo habría parecido en absoluto.

Porque si no encontraban a la persona, o personas, que iban detrás de su hermano lo antes posible, era posible que Sloan muriera antes de seis meses.

—Voy a supervisar los alrededores de la casa otra vez. Cierra bien la puerta.

—¿Pero qué estás buscando exactamente?

—Cualquier cosa que me parezca fuera de lugar —agarró su cazadora y salió—. Cierra —le pidió desde fuera, al no oír echar el cerrojo.

Tara obedeció y Axel suspiró, exhalando una nube de vapor que resplandeció contra la luz del porche. Después rodeó de nuevo la casa. Las únicas huellas que había en la nieve eran las que había dejado él mismo horas antes.

Un turismo paró en aquel momento justo detrás de su camioneta. Reconoció los rizos rubios de la persona que iba al volante antes de que Dee Crowder bajara la ventanilla y asomara la cabeza.

—Has desaparecido muy pronto del baile —le dijo—. ¿Va todo bien?

Axel se dirigió hacia su coche. Dee era la persona más indicada para hacer correr un rumor.

—Sí, perfectamente, pero no teníamos ganas de estar rodeados de gente.

—No sabía que conocías tan bien a Tara.

Axel miró entonces hacia la casa y vio que las contraventanas estaban ligeramente abiertas. A pesar de que le había pedido que las mantuviera cerradas, Tara los estaba observando desde el interior de la casa.

—Digamos que estamos empezando a conocernos —contestó mientras le dirigía a Dee una sonrisa.

—Ya entiendo. Bueno, será mejor que me vaya a casa. Se está haciendo tarde. No hay nada como bailar para agotar a una chica. Que os divirtáis.

—Gracias, Dee. Y conduce con cuidado, ¿de acuerdo?

—Yo siempre conduzco con cuidado —respondió despreocupadamente, y se apartó de la acera.

Axel continuó observándola hasta que la vio girar y regresó a casa de Tara.

Ésta le abrió la puerta antes de que hubiera llegado hasta ella.

—¿Cómo le has explicado todo esto a Dee?

—En realidad, después de ver mi camioneta aparcada en la puerta de tu casa a estas horas, no hacían falta muchas explicaciones.

Tara lo miró con expresión de incredulidad.

—¿Y por qué no le has dicho la verdad? Al fin y al cabo, es tu amiga.

—Es la compañera de trabajo de mi prima —la corrigió.

Se quitó la cazadora y, a falta de un sitio mejor, la dejó en el sofá.

—A mí me parece demasiado amable contigo para ser sólo la compañera de trabajo de tu prima.

—Dee es una chica muy amable.

—Y muy coqueta.

Axel apenas fue capaz de disimular una sonrisa. Tara parecía celosa, pero estaba seguro de que no le haría ninguna gracia que disfrutara de sus celos.

—Lo de menos es que sea una amiga de la familia o una coqueta. Lo nuestro tiene que ser secreto.

—¿También le mientes a tu familia?

—Sería capaz de mentirle a cualquiera para mantenerte a salvo —desvió la mirada y se sentó en el sofá.

No era muy largo, pero por lo menos parecía cómodo, lo cual ya era mucho teniendo en cuenta que el suelo era de madera. No bromeaba cuando había dicho que estaba dispuesto a dormir en el suelo, pero agradecía contar con un sofá.

Aunque la cama de Tara habría sido incluso mejor.

Ignoró inmediatamente aquel pensamiento.

—¿Qué crees que provocaría más rumores? ¿Que crean que estamos compartiendo cama o que se sepa que necesitas un guardaespaldas?

—Nadie en Weaver ha necesitado nunca un guardaespaldas.

Axel se quitó una bota y la dejó caer al suelo.

—Exactamente, por eso no queremos que se hable de ello.

—Pero mentir a tu familia… —sacudió la cabeza con gesto de desaprobación—. ¿Crees que te perdonarán cuando se enteren?

Por supuesto que le perdonarían, y también el que hubiera seguido los pasos de su tío. Era otra mentira la que encontrarían imperdonable. Lo que no le perdonarían nunca era lo de Ryan.

—Seguramente sabrán adaptarse.

—Sí, supongo que sí. Se supone que eso es lo que tienen que hacer las familias —se dirigió hacia el pasillo—. Voy a buscarte una almohada y una manta.

Teniendo en cuenta lo entusiasmada que estaba con su presencia en la casa, se alegró de aquel ofrecimiento. Por lo menos estaba haciendo un esfuerzo por ser cordial. Habían compartido la cena, le estaba ofreciendo un lecho… ¿Qué más podía pedir?

Tara se alejó en silencio y regresó con una almohada, una sábana doblada y una manta. Lo dejó todo sobre la mesita del café.

—Ya sé que la manta es vieja, pero es la más gruesa que tengo.

—Se parece a las que tiene mi madre en la granja. Creo que las hizo mi bisabuela o algo así.

Si Tara notó la repentina ronquera de su voz, lo ignoró.

—Ésa la compré hace unos años. Si la tejió alguna bisabuela, seguro que no fue la mía —respondió muy seria—. ¿Necesitas algo más?

¿Aparte de que dejara de mirarle con desprecio por haberse marchado de Braden sin despedirse de ella?

—No, gracias. Estoy bien. No estoy aquí en condición de invitado, así que no tienes por qué entretenerme. Vete a la cama si quieres.

Estaba agotado por culpa de la diferencia horaria entre Wyoming y Bangkok; Bangkok, donde había dejado a Ryan.

—Muy bien —Tara parecía incómoda, pero intentaba disimularlo—. En ese caso, buenas noches.

—Buenas noches, Tara.

Segundos después, Axel oía cerrarse la puerta de su dormitorio.

Suspiró y se reclinó en el sofá. Se pasó la mano por el pelo y se apretó después los ojos privados durante tanto tiempo de sueño. Podría dormir durante una semana incluso con la tormentosa imagen de Tara deslizándose en su cama a sólo unos metros de él.

Pero en vez de acostarse, sacó el ordenador portátil de la bolsa de lona, lo colocó sobre la mesita del café y lo abrió.

A los pocos minutos estaba enviando el informe del día a Hollins-Winword. Y estaba a punto de cerrar el ordenador cuando detuvo los dedos sobre el teclado. Aunque sabía que el mensaje que quería ver no iba a aparecer, entró en un servidor tan secreto como el de Hollins-Winword y revisó su correo electrónico. Pero no encontró ningún mensaje de Ryan.

Cerró el ordenador y se reclinó cansado contra el sofá.

Lo único que le había llevado a convertirse en agente de Hollins-Winword era demostrar que su primo estaba vivo.

Pero una vez lo había demostrado, no había otra maldita cosa que pudiera hacer, salvo ocultarle la verdad a todo el mundo.

Capítulo 6

A pesar de que pensaba que no iba a poder pegar ojo sabiendo que Axel estaba en su casa, Tara consiguió dormir.

De hecho, se quedó dormida en cuanto apoyó la cabeza en la almohada y no volvió a despertar hasta que comenzó a entrar el sol por la ventana de su dormitorio.

Se puso la bata y como no oyó ruido en el cuarto de estar, se metió directamente en el baño, teniendo mucho cuidado de cerrar la puerta con cerrojo antes de abrir el armario para sacar la pasta de dientes. Y lo primero que vio fue el frasco de las vitaminas para los primeros meses de embarazo. Inmediatamente lo sacó de allí y lo guardó en el bolsillo de la bata. Cuando terminó de lavarse los dientes ni siquiera se miró en el espejo, temiendo que éste le devolviera una mirada culpable.

Abrió después el grifo de la ducha y esperó la habitual eternidad a que saliera el agua caliente.

Tener a Axel en casa la hacía sentir una intimidad entre ellos que ya no existía. Sin embargo, el recuerdo de aquel fin de semana continuaba persiguiéndola como si hubiera sido el día anterior.

Se desnudó y se metió en la ducha, esperando que el agua pudiera borrar sus recuerdos, pero en ese sentido, el agua falló miserablemente. Salió minutos después de la ducha, se peinó, se puso la bata y salió al pasillo.

—Buenos días.

El corazón estuvo a punto de salírsele del pecho al oír la voz de Axel.

—Creía que estabas dormido.

—Llevo un rato despierto —respondió Axel desde la mesa de la cocina—. Te he traído el periódico.

Tara miró hacia la ventana de la cocina, pero, naturalmente, las contraventanas estaban cerradas.

Axel alzó una taza que tenía justo al lado del ordenador portátil y del periódico del domingo.

—Por cierto, se ha acabado el café.

Estaba irritantemente despierto para ser un hombre que había dormido en un sofá casi medio metro más corto que él.

—Ya te dije ayer que ya no tomo café —respondió bruscamente, más por el esfuerzo que estaba haciendo para no fijar la mirada en su camisa desabrochada que por la falta de café.

Había dejado de comprar café porque la tocóloga le había recomendado que no lo tomara durante el embarazo.

—¿Entonces por qué conservas la cafetera?

—Porque es un regalo de Sloan —contestó—. Pero si quieres café, podemos comprar, no me molesta —al fin y al cabo, siempre había tenido mucha fuerza de voluntad.

Se volvió rápidamente y se encerró en el dormitorio. Le habría gustado permanecer allí escondida, pero se negaba a comportarse como una cobarde.

De modo que decidió ignorar los fuertes latidos de su corazón y su creciente tensión. Fingiría que nada de eso existía y con el tiempo conseguiría acabar con aquellos pensamientos estúpidos.

Axel Clay era el hombre que menos le convenía por muchas razones. En primer lugar, por su trabajo. Un trabajo de cuyos peligros y mentiras había querido mantenerse alejada desde que era una niña. Crecer con un padre cuya vida giraba en torno a los secretos no era vida para nadie.

Así que al final salió del dormitorio, fue hasta la ventana del cuarto de estar y abrió las contraventanas lo suficiente como para poder mirar al exterior, sin importarle que Axel pudiera regañarla. Tanto el jardín como la calle estaban cubiertos de nieve.

Se puso rápidamente el anorak y un gorro de lana y se dispuso a salir.

—Si vas a la iglesia, yo ya estoy preparado —le dijo Axel.

—No pienso ir a la iglesia.

—Pero si vas todos los domingos.

¿Lo sabía porque le habían pasado un informe o porque ella se lo había dicho mientras estaban en la habitación del hotel comiendo pizza?

—Hoy no voy a ir.

—¿Por qué?

—Porque supongo que insistirás en acompañarme y no pienso sentarme durante toda la ceremonia fingiendo que hay algo entre nosotros.

—Muy bien, pero supongo que entenderás que la gente entonces pensará que estamos haciendo algo más… entretenido. Sobre todo teniendo en cuenta que hoy es el día de San Valentín.

—Muy bien —se bajó la cremallera del anorak—. Iré a vestirme.

Regresó al dormitorio y cerró la puerta de un portazo. Se cambió de ropa, se puso un pantalón rojo y un jersey suelto que le llegaba casi a las rodillas, se maquilló y regresó a la cocina.

—¿Y bien? —le preguntó a Axel, que seguía sentado a la mesa—. ¿Nos vamos o no?

—Vamos.

Axel apagó el portátil y se levantó.

—Dame cinco minutos.

Pasó por delante de ella para dirigirse al cuarto de baño. En cuestión de segundos, comenzaron a sonar las cañerías, indicando que había abierto la ducha.

Tara tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para borrar las imágenes que se agolpaban en su mente.

Afortunadamente, consiguió controlarse y cuando Axel salió de la ducha, la descubrió bebiendo un vaso de leche y leyendo el periódico del domingo.

Axel tenía el pelo empapado y una toalla alrededor del cuello. Las gotas de agua salpicaban sus hombros y se deslizaban hasta su cintura. Tara lo vio inclinarse sobre la bolsa de lona que había dejado al lado del sofá.

Sacó una camisa, se la llevó a la nariz y, tras hacer una mueca, la volvió a guardar.

—Hoy vamos a comer en el Double-C. Habrá montones de comida. Así que, si hay algo que quieras hacer antes de que vayamos allí, dímelo ahora —sacó de la bolsa un jersey de color marfil—, porque nos ocuparemos de ello después de la iglesia.

—Si tú tienes que ir, ve. Yo prefiero quedarme en mi casa.

Axel volvió a levantarse. Dejó el jersey en el sofá antes de secarse con la toalla el pecho sin ningún pudor. ¿Pero por qué iba a tenerlo? Aquel hombre tenía el cuerpo de un dios griego.

—¿Es que no has entendido bien lo de las veinticuatro horas del día? —respondió Axel mientras se ponía una camiseta. Alargó después la mano hacia el jersey.

—¿Pero por qué quieres que yo, representando el peligro que represento, esté cerca de tu familia?

—No creo que haya otro lugar en el que puedas estar más segura, lo que significa que tienes que ir.

—No tengo por qué hacer nada que no quiera —le recordó Tara.

—Muy bien, pero sé que querrás porque estoy convencido de que en alguna parte de esa bonita cabeza hay un mínimo de sentido común. Si no fuera así, me habrías pedido que me largara incluso después de haber oído la voz de tu hermano.

Tara sentía una presión creciente en el pecho.

—¡Pero yo no quiero ir!

—¿Por qué no? Me dijiste que te encantaría tener algún día una familia enorme con la que reunirte a comer los fines de semana.

—¡No quiero que menciones nada de lo que dijimos en Braden!

Axel la miró con los ojos entrecerrados.

—Es sólo una comida familiar. No es para tanto.

—Cuando todo esto haya terminado, yo tendré que seguir viviendo y trabajando aquí. No me gustaría darle motivos a tu familia para ponerse en mi contra.

—No estoy pensando en anunciar que estoy locamente enamorado de ti ni nada de eso. Es sólo una comida familiar, un momento para relajarse… Además, tú misma has dicho que no piensas quedarte a vivir en el pueblo, que en cuanto todo esto haya terminado podrás marcharte. Así que, ¿qué más te da lo que pueda pensar la gente?

Le importaba porque la gente de la que estaba hablando, su familia, la familia Clay, siempre había sido muy amable con ella. Le importaba porque aquella familia era la familia de su hijo. Las náuseas que la habían acompañado todas las mañanas durante meses parecieron advertirle que había llegado el momento de poner fin a la discusión.

—De acuerdo. Ve poniendo la camioneta en marcha.

—¿Y qué ha pasado ahora? —preguntó Axel, mirándola con los ojos entrecerrados.

Tara quería que Axel saliera de casa cuanto antes porque tenía miedo de terminar vomitando a pesar de tener el estómago vacío.

—Nada, pero tengo hambre y me gustaría comer un poco de pan —se dirigió a la cocina sin esperar respuesta.

Afortunadamente, un segundo después oyó que se abría y se cerraba la puerta principal. Se inclinó hacia delante, apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos, esperando que cedieran las náuseas.

Las últimas semanas se había sentido mucho mejor. Continuaba teniendo el estómago revuelto por las mañanas, pero la sensación no era tan fuerte como al principio. Sin embargo, aquella mañana no había tenido suerte.

Se metió en el cuarto de baño, cerró la puerta y agradeció al cielo que Axel estuviera fuera y no pudiera oírla vomitar.

Para cuando Axel regresó a la casa, ya estaba poniéndose el abrigo y se sentía infinitamente mejor, aunque seguía sin hacerle ninguna gracia el plan de actividades del día.

No volvió a pronunciar palabra hasta que llegaron a la iglesia.

—¿A qué hora tenemos que ir a comer? —le preguntó a Axel.

—Alrededor de las dos o las tres —contestó Axel con mucho más entusiasmo del que ella sentía.

Aparcó en la acera, cerca de la puerta, en un lugar en el que nadie podía impedirles la salida. Tara recordó que su padre siempre aparcaba así.

Tara abrió la puerta de la camioneta y salió. Axel estuvo inmediatamente a su lado. Cuando llegaron a la puerta de la iglesia, le dio la mano y contestó con amables saludos a las miradas especulativas de las que eran atención.

Se sentaron en el último banco de la iglesia, el único en el que todavía quedaba espacio. Y era tal la preocupación de Tara por la imagen que estaban dando que apenas oyó una sola palabra del sermón del reverendo Stone. Para cuando quiso comenzar a concentrarse en lo que decía, ya estaban cantando el himno final y la gente se dirigía hacia la parte de atrás de la iglesia, empujada por la seductora fragancia del café.

No tardó en acercarse la familia de Axel, y aunque Tara estaba desesperada por escapar de allí, sabía que no tenía ningún lugar al que ir.

Jefferson, el padre de Axel, fue el primero en alcanzarlos.

—Cuánto tiempo, hijo —lo oyó musitar Tara mientras le palmeaba la espalda a su hijo. Se volvió casi inmediatamente hacia ella—. Tara, me alegro de verte.

—Gracias —consiguió contestar con lo que esperaba fuera una amable sonrisa.

Estaba temblando de la cabeza a los pies, y no porque le tuviera miedo, sino por el importante secreto que guardaba.

—Hola otra vez, cariño —Emily Clay le dio un beso a su hijo—. Eres un regalo para los ojos. Ya era hora de que pudiéramos verte en un mismo lugar durante varios minutos.

Si no le hubiera estado mirando con tanta atención, a Tara le habría pasado desapercibida la expresión que por un momento reflejó el rostro de Axel. Una expresión casi de tristeza. Por un instante, olvidó sus propios sentimientos y se concentró en dominar las ganas de posar la mano en la espalda de Axel para mostrarle su apoyo.

Tara permaneció en medio del alegre círculo que les rodeaba, sonriendo hasta que las mejillas le dolieron. Jefferson y Emily fueron los primeros en salir. Cuando por fin pudieron llegar a la camioneta, Tara estaba tan aliviada de haber podido escapar que tardó algunos segundos en darse cuenta de que Axel parecía tener tanta prisa como ella por marcharse.

—Tienes prisa.

—Prefiero que no estemos en un espacio abierto durante mucho tiempo.

Tara tragó saliva al oírle. ¿Cómo era posible que hubiera podido olvidar ni por un segundo que Axel sólo era su guardaespaldas?

Miró hacia la ventanilla y parpadeó intentando controlar las lágrimas.

—Tengo que pasar por la tienda. Con lo de la feria he dejado pendientes algunas tareas.

—Y no puedes dejarlo para otro momento.

—No todos nos podemos arreglar con una bolsa de lona como la que tienes tú en tu casa. El caos no está hecho para todo el mundo.

Axel la miró con expresión divertida.

—Últimamente no he tenido ningún lugar en el que hacer una buena colada. Y me temo que mis boxer comienzan a echar de menos una plancha.

Tara recordó inmediatamente la suavidad de los boxers grises que llevaba bajo los vaqueros la noche que había coincidido con él en Braden. Una vez más, sintió un calor intenso en el rostro.

—En el sótano de mi casa tengo una lavadora y una secadora que puedes utilizar. Pero no quiero que mezcles tu ropa con la mía.

—No soportas la idea de que tu ropa interior de vueltas junto a la mía, ¿eh? —preguntó Axel, sonriendo.

Tara se cruzó de brazos y se volvió hacia la ventanilla mientras recorrían la poca distancia que los separaba de la tienda. Axel estaba intentando sacarla de sus casillas, pero no tenía intención de hacerle saber que lo estaba consiguiendo.

Lo que tenía que hacer era poner distancia entre ellos, y punto.

—Lo que no soporto es que un hombre dé por sentado que la colada y la cocina son responsabilidad de la mujer.

Axel detuvo la camioneta en el callejón que había detrás de la tienda.

—Así que, además de no cocinar nunca, tu padre tampoco sabía cuándo había que echar lejía a la lavadora —aventuró—. Y una vez más, tú estás intentando ponerme la misma etiqueta que a él, aunque no me la merezca —se echó a reír—. Aunque en este caso, reconozco que puedes tener parte de razón. Suelo preferir enviar la ropa a la lavandería. Siempre me ha parecido un dinero bien gastado. Sobre todo porque nunca he sabido planchar la raya.

A pesar de sí misma, Tara no pudo evitar una sonrisa.

—Si eres capaz de planchar la raya de todos tus pantalones y los calzoncillos, me comeré el sombrero.

—Palabras peligrosas —Axel se detuvo tan cerca de la puerta trasera de la tienda que Tara apenas tenía espacio para salir. Apagó el motor y bajó la voz para decir—: ¿O es que ya no te acuerdas?

Tara salió rápidamente de la camioneta y entró precipitadamente en la tienda, pero no consiguió alejarse del sonido de su risa, de la misma forma que tampoco parecía posible alejarse de la electricidad que fluía entre ellos, que no había perdido un solo vatio de potencia desde su primer encuentro.

Capítulo 7

Estábamos empezando a preguntarnos si aparecerías.

El padre de Axel fue el primero en advertir su llegada cuando Tara entró siguiendo a un silencioso Axel en la enorme casa del rancho Double-C.

Todos los familiares que no habían estado en la iglesia se acercaron a saludar a Axel, pero en aquella ocasión, Tara tuvo la habilidad suficiente como para quitarse de en medio y se encontró frente a la hermana de Axel.

—Puede resultar un poco intimidante vernos a todos en la misma habitación —le dijo Leandra con una sonrisa.

Leandra no llevaba a su hijo Lucas en brazos, como en el gimnasio, pero Tara pudo ver al pequeño, que era la viva imagen de su padre, subiéndose a una mecedora. ¿Se parecería su hijo a Axel?

—Sí, sois un montón —se mostró de acuerdo Tara, intentando apartar aquel pensamiento de su mente, y fracasando de forma miserable.

—Yo ya he aprendido a dejar que pase la estampida antes de acercarme a mi hermano —tenía los ojos muy parecidos a los de Axel y en aquel momento brillaban de diversión—. Antes, Axel solía quejarse del tiempo que pasaba yo fuera de Weaver, pero parece que han cambiado las tornas —se subió las mangas del jersey—. ¿Hace calor aquí o soy yo?

—Eres tú —Evan le pasó el brazo por la cintura a su esposa—. Siempre tienes calor cuando estás…

Leandra le dio un pellizco en el brazo.

—Evan…

—¿Qué? —preguntó Evan con una sonrisa.

—Ahora no.

Evan se encogió de hombros y miró divertido hacia Tara. De todas las personas que allí había, probablemente Evan era la que más conocía, porque también él formaba parte de la cámara de comercio de la localidad. No sólo era el veterinario local y el socio de Axel en la granja equina, sino que junto a Leandra, era fundador de Nuevos Horizontes, un programa terapéutico que llevaba a Weaver a niños de todo el país.

—¿Sabes cuánto dinero se sacó en la cena de ayer?

Cuando le dijo la cantidad, Tara se quedó boquiabierta.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad —Courtney Clay se acercó a ellos—, gracias a mi puesto de besos. Me extraña no tener agujetas en los labios.

—Es una pena que no consiguieras sacarle una cita a ninguno de esos tipos —comentó Erik Clay, arrastrando las palabras. Erik era el hijo mayor de Tristan y Hope—. A este ritmo vas a terminar muriéndote soltera.

—¿Y cuándo tuviste tú tu última cita? —preguntó Courtney con voz engañosamente dulce.

Todo el mundo se echó a reír. La risa de Leandra era tan contagiosa que Tara no pudo evitar una sonrisa. Jamás había participado en una reunión como aquélla y era imposible no dejarse arrastrar por aquel ambiente. Había tanto… amor.

Axel se acercó por fin a su hermana.

—¿Por qué no has ido a la iglesia esta mañana?

—La verdad es que no sabes cuánto me alegro de no haber ido. Todo el pueblo está comentando que Tara y tú prácticamente estabais sentados el uno en el regazo del otro.

Tara se puso roja como la grana, pero Axel no pareció notarlo. Miró a su hermana con expresión traviesa y le preguntó:

—¿Has engordado?

—No hay nada como tener un hermano —se quejó Leandra con una mueca.

Evidentemente satisfecho con su victoria, Axel sonrió.

—¿Dónde está Hannah? ¿No la he visto por ninguna parte?

Hannah era la hija que Leandra y Evan habían adoptado. Al parecer era una niña autista, aunque las veces que había estado en la tienda con su madre, Tara no había visto nada que le hiciera pensar que era una niña diferente, probablemente porque era la niña en la que sus padres se habían inspirado para el programa terapéutico que estaban llevando a cabo y Hannah era la mejor demostración de su éxito.

—Está con los padres de Evan —Leandra sonrió—. Cuando la veas no la vas a reconocer.

—Estoy deseando verla —Axel se volvió entonces hacia Courtney. Tara pensó que quizá fueran imaginaciones suyas, pero tuvo la sensación de que su sonrisa se había tensado—. Hola, Courtney. Supongo que después de todo lo que has recaudado con tus besos, deberían ponerle tu nombre al ala nueva del colegio, ¿eh?

Courtney se echó a reír y le pasó el brazo por los hombros.

—Dios mío, cuánto me alegro de que estés en casa. Es casi como si… —se interrumpió y sacudió la cabeza—. Bueno, me alegro mucho de que hayas vuelto. Y espero que esta vez te quedes una buena temporada. Y tú —añadió, volviéndose hacia Erik—, deberías aprender de Axel. Es evidente que él si sabe cómo conseguir una cita.

Todo el mundo se calló en aquel momento y al verse convertida en el centro de atención, Tara volvió a sonrojarse. Abrió la boca para protestar, pero no fue capaz de articular palabra. Para colmo de males, Axel le pasó el brazo por los hombros.

—Por supuesto que debería aprender de él —se oyó una voz grave—. Ha salido a su abuelo.

Tara había coincidido con Squire Clay en muy pocas ocasiones y cuando entró en el salón, no pudo menos que pensar que Axel sería igual que él a su edad. Caminaba con un bastón, pero al menos por lo que Tara había visto, apenas se apoyaba en él.

Squire se detuvo frente a Axel y lo miró a los ojos.

—Por lo menos él ha comenzado a salir con alguien antes que otros que podría mencionar.

Miró a su alrededor, fijando la mirada significativamente en Jefferson y en sus otros hijos, Matthew, Daniel y Tristan. El único de sus hijos que no estaba presente era el padre de Courtney, Sawyer, al que habían visto ya en la iglesia. Pero después miró a Tara y le guiñó el ojo.

—Si no estuviera casado con una santa, habría ido yo a buscarte.

—Adelante, inténtalo —en aquel momento se acercó Gloria, la esposa de Squire—. Representarías todo un desafío para Tara y yo podría disfrutar de un merecido descanso.

—Así que yo digo que eres una santa y tú dices de mí que soy un desafío.

Haciendo caso omiso de su comentario, Gloria le dio un beso a Axel y le dirigió a Tara una sonrisa.

—Ten cuidado con estos hombres —le advirtió—. No se puede confiar en ninguno de los descendientes de mi marido cuando ponen los ojos en una chica guapa.

Tara volvió a sonrojarse. Eso era precisamente lo que se temía. Y lo que había querido evitar.

—A lo mejor es en Tara en quien no se puede confiar —replicó Axel.

—Ahora no te metas con Tara —intervino Emily—. Es una chica encantadora —la agarró del brazo—. Ven conmigo, en la cocina estarás a salvo.

Aterrada, Tara miró a Axel desesperada, pero él ya se estaba volviendo hacia sus tíos y, evidentemente, Tara no podía negarse a acompañar a su madre a la cocina.

—Mirad quién ha venido con Axel —anunció Emily cuando entraron en la espaciosa cocina.

—¡Qué alegría! —Clay colocó una olla enorme en el mostrador que había al lado del fregadero y se apartó un mechón de pelo de la cara—. El otro día quería acercarme a tu puesto para ver si tenías gargantillas nuevas, pero cuando fui ya te habías ido.

—Tengo algunas gargantillas nuevas. Si te pasas por la tienda esta semana, te las dejaré al precio que tenían ayer en el gimnasio.

—Cariño, creo que no valoras tu trabajo todo lo que deberías, pero no voy a despreciar una ganga, así que me pasaré por tu tienda esta semana.

Leandra entró en aquel momento en la cocina con Lucas en brazos.

—¿A qué hora vamos a comer? Este hombrecito tiene hambre.

—Toma.

Jaimie le tendió al niño una galleta que Lucas se metió con avidez en la boca. Leandra se sentó al lado de su madre y suspiró. Emily alargó entonces los brazos hacia el pequeño para que se sentara en su regazo.

—Estás sofocada.

—Debería haberme puesto algo más fresco.

—Es San Valentín —le recordó Jaimie—, hay más de cincuenta centímetros de nieve en las calles, ¿cómo es posible que tengas tanto calor?

Leandra entreabrió los labios, pero no dijo nada. En el momento en el que cruzó la mirada con Tara, se puso roja como la grana. Emily se irguió en la silla y exclamó:

—¡Estás embarazada!

Leandra gimió.

—Sabía que no iba a poder mantenerlo en secreto durante mucho tiempo.

—¡Entonces es verdad! —Emily dejó rápidamente a su nieto en una silla y enmarcó el rostro de su hija con las manos—. Como si fuera posible ocultarme algo así durante mucho tiempo. ¡Llevas en tu vientre a uno de mis nietos! ¿Crees que no lo habría adivinado con sólo mirarte?

Tara se inclinó bruscamente hacia la olla que Jaimie había dejado abandonada para ir a abrazar a su sobrina. Estaba llena de agua y patatas cocidas y como había un colador en el fregadero, Tara la vació en él.

—Oh, cariño, ya me ocupo yo de eso —dijo Jaimie rápidamente.

—No importa —de hecho, prefería mantenerse ocupada mientras la madre de Axel cantaba las alabanzas de su futuro nieto.

Posiblemente, si se enterara de su embarazo no mostraría tanto entusiasmo.

—¿A qué se debe tanto alboroto? —en ese momento apareció Gloria con Hope, Courtney y Sarah y pronto la cocina estuvo abarrotada de familiares que acababan de enterarse de la noticia.

Intentando mantenerse en segundo plano, Tara comenzó a preparar el puré de patatas, pero fue dolorosamente consciente del grito de alegría de Axel cuando se unió al grupo.

Con aquel alboroto, le pareció casi milagroso que minutos después estuvieran todos sentados a la mesa del comedor. En cuanto se hizo el silencio, Squire bendijo la mesa con unas palabras que emocionaron a Tara, pero en cuanto se pronunció el «amén», volvieron las risas y los gritos.

Tara no podía evitarlo. Quería estar allí sentada, quería verlo todo. Porque aquello era un espectáculo glorioso para ella, que jamás había vivido nada parecido.

—¿Estás bien? —le preguntó Axel con voz queda, para que sólo ella pudiera oírle.

Tara parpadeó e intentó concentrarse en el plato que le habían llenado hasta los bordes.

—Sí, estoy bien —contestó forzando una sonrisa—, pero no puedo comerme todo esto.

—Claro que sí. Pero si de verdad no puedes, no te preocupes. Yo me lo terminaré por ti.

—Siempre tan glotón —dijo Leandra con cariño. Estaba sentada frente a él—. No sé cómo consigues mantener esa silueta de jovencita.

Axel le tiró la servilleta y ella la atrapó entre risas.

—No juguéis en la mesa —les regañó Gloria, sin dejar de prestar atención a Courtney, que estaba sentada a su lado.

—No es mi silueta la que está en peligro —le dijo Axel a Leandra, que, a pesar de la advertencia de Gloria, también le lanzó la servilleta—. Es Tara la que tiene el plato lleno de comida.

—Por favor, Ax —le regañó Sarah, sacudiendo la cabeza.

—¡Que estoy de broma! —miró a Tara de reojo—. Ya lo sabías, ¿verdad? Vaya, tienes una silueta tan perfecta como… —se interrumpió al ver que Tara tenía las mejillas ardiendo—. Muy bien —se concentró de nuevo en el plato—. Será mejor que me dedique a comer.

—Buena idea, hijo —contestó Jefferson.

Todo el mundo se echó a reír. Hasta Tara consiguió unirse a sus risas, y, por lo menos en lo que a los demás concernía, pasó rápidamente lo embarazoso de la situación,

Ella, sin embargo, estuvo intentando dominar durante un buen rato el placer y la sorpresa que le había causado que Axel la considerara perfecta en algún sentido.

Para cuando todo el mundo terminó de comer, creía tener la situación dominada. En el instante en el que Jaimie se levantó para quitar la mesa, ella la imitó.

—Te diría que te sentaras porque eres una invitada, pero cuantos más ayuden, mejor —le dijo Jaimie con una sonrisa—. Y más rápido serviremos el postre.

Tara fue agrupando los platos que le tendían mientras iba rodeando la mesa y contando al mismo tiempo las personas allí reunidas. Veintidós, y eso que no estaba toda la familia.

—Cariño —le pidió Emily a Axel—, ayuda a Tara con los platos. Pesan mucho para ella.

—No, no hace falta —protestó Tara rápidamente.

Sin embargo, Axel se levantó y le quitó los platos de las manos.

—Ya aprenderás que no se debe discutir nunca con mi madre.

—Tiene razón —se sumó Jefferson—. No sirve de nada.

—¡A callar! Dime, Leandra, cariño, ¿cuándo nacerá el bebé?

Tara retiró algunas de las fuentes del centro de la mesa y comenzó a dirigirse hacia la cocina.

—A principios de julio —oyó que contestaba Leandra.

Fue casi inevitable que se detuviera para mirar sorprendida a la hermana de Axel. Por esas mismas fechas daría ella a luz y, sin embargo, no estaba en condiciones de ponerse un vestido de lana tan ajustado como el que Leandra llevaba sin que se notara su vientre hinchado.

Estuvo a punto de chocar con Axel, que regresaba en aquel momento de la cocina.

—¿Quieres que lo lleve yo a la cocina?

—¡No! —contestó, quizá con un énfasis excesivo—. No, gracias, ya lo llevo yo.

¿Fueron imaginaciones suyas o Axel la miró con los ojos ligeramente entrecerrados?

Pasó por delante de él y se dirigió a la cocina, donde Jaimie estaba sacando las tartas.

—Eres un encanto —le dijo a Tara—, pero no voy a dejar que ahora metas todo eso en el lavavajillas.

Eso era precisamente lo que Tara pretendía hacer. Cualquier cosa con tal de no tener que volver a sentarse con toda la familia. Sólo había compartido una comida con ellos y ya quería huir de allí. Todo era demasiado perfecto. Y ella sabía que cualquiera cosa que fuera demasiado perfecta nunca duraba.

—Pero yo…

—De verdad, déjalo —la interrumpió Jaimie divertida mientras empezaba a cortar las tartas—. Me ha costado quince años conseguirlo, pero en esta casa son los hombres los que se ocupan de lavar los platos. Lo que puedes hacer es ir a ver qué quieren de postre. Las opciones son tarta de manzana y de chocolate.

Tara no tuvo elección. Regresó al comedor y se aclaró la garganta con intención de llamar la atención de todo el mundo. No lo consiguió, así que tuvo que elevar la voz.

—Perdonad… —ya estaba. Más de una docena de cabezas se volvieron hacia ella—. Jaimie quiere saber qué queréis de postre.

Fue tomando nota mentalmente de todas las respuestas hasta que miró a Axel.

—Chocolate —dijo él, pronunciado aquella palabra como si fuera una caricia.

Antes de que volvieran a verla sonrojarse, Tara dio media vuelta y regresó a la cocina. Pero ni siquiera allí pudo olvidar lo peligrosa que podía llegar a ser una tarta cuando Axel era uno de los ingredientes.

Capítulo 8

A qué hora vas a la tienda?

Era lunes por la mañana y Tara estaba sentada en la encimera, metiendo una bolsita de té en el agua caliente. Axel estaba sentado a la mesa, con el periódico a un lado y el portátil al otro. Y ella continuaba luchando contra sus hormonas, que parecían haber enloquecido el día anterior.

—Me gusta llegar allí a las ocho —intentó concentrarse en el té y apartar la mirada de aquel hombre tan atractivo—, para así tener tiempo de organizarlo todo antes de abrir a las nueve.

Excepto durante los últimos meses, en los que había estado pensando en retrasar la apertura una hora, porque ése era aproximadamente el tiempo que tardaba en tener las náuseas bajo control.

Aquella mañana, sin embargo, no se había levantado con náuseas, sino con un antojo que no podía permitirse el lujo de aliviar.

Axel dobló la sección de deportes del periódico.

—Voy a ducharme y después podremos irnos cuando quieras.

Tara musitó algo casi para sí. ¿Cómo iba a poder pasar otras veinticuatro horas con Axel Clay?

Bajó la mirada, pero aun así, pudo verle salir de la cocina. En el silencio posterior, le oyó buscar algo en su bolsa y después encerrarse en el cuarto de baño. Suspiró y dejó de juguetear con la bolsita de té que no paraba de hundir y sacar del agua caliente. Quería un café. Bien caliente.

Y quería sexo. Caliente también.

Los libros sobre el embarazo ya le habían advertido sobre los cambios hormonales que se producían durante la gestación. Así que decidió ignorar la voz interior que le decía que no era el embarazo, sino Axel, el que estaba en la raíz de aquel deseo.

Tiró el té por el fregadero y, enfadada consigo misma, salió de la cocina. Vio la ropa que había dejado Axel al lado de su bolsa. Inmediatamente, desvió la mirada y ordenó las revistas de encima de la mesa. Oyó entonces el sonido de la ducha. Y su imaginación enloqueció. Corrió a encerrarse en el dormitorio antes de hacer una locura, como, por ejemplo, sumarse a su ducha.

Estaba ya vestida, se había puesto una blusa de seda de color azul y unos pantalones negros de cintura elástica. Ordenó los objetos que tenía sobre la cómoda: el espejo que le había regalado su madre, una fotografía de la familia McCray cuando Tara y Sloan tenían cinco años… Todavía eran demasiado pequeños como para darse cuenta de lo que podían esperar de un padre que llevaba una doble vida.

No sabía por qué había dejado allí aquella fotografía en particular cuando el resto de las fotografías familiares, las pocas que tenía, estaban guardadas en un armario. ¿Sería por lo felices que parecían en ella?

Ni siquiera se acordaba de dónde vivía cuando tenía cinco años. No reconocía los muebles que aparecían en la fotografía, pero su madre se mostraba en ella feliz y despreocupada, con Tara sentada en su regazo, mientras su padre parecía también muy relajado sosteniendo a Sloan. Quizá aquella fotografía representara lo fugaz de la felicidad.

Cuando Axel llamó a la puerta, el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. La abrió y sintió que la recorría un calor intenso al verlo vestido con un jersey que se pegaba a su torso y unos vaqueros.

—¿Estás lista?

Para él, siempre lo estaría.

—Sí —contestó más o menos tranquila. Bajó la mirada—. Deberías calzarte.

—¿De verdad? —contestó Axel con una elocuente sonrisa, antes de dar media vuelta y dirigirse al cuarto de estar.

Para cuando se encontraron de nuevo en la puerta, Tara ya se había puesto el abrigo. Pero estaba a punto de salir cuando Axel la detuvo:

—Espera, yo saldré primero. Todavía no he inspeccionado los alrededores de la casa esta mañana. Si no hay ningún problema, te avisaré.

Tara tragó saliva.

—¿Y si surge algún problema?

No le gustaba tener que reconocer que alguien quería hacerle daño. Y tampoco le gustaba la intención de Axel de interponerse entre ella y ese alguien en el caso de que ocurriera algo.

—En ese caso, enciérrate en casa, mantente lejos de puertas y ventanas y llama a Hollins-Winword.

—¿Y cómo se supone que voy a llamar a la agencia? No creo que aparezca en la guía telefónica el nombre de una agencia de la que supuestamente nadie debería conocer su existencia.

—He programado su número en tu teléfono móvil.

—¿Cuándo? —preguntó Tara boquiabierta.

A menos que estuviera conectado al cargador, siempre llevaba el teléfono en el bolso.

—Ayer, pero no te preocupes. No he leído tu diario.

—Muy gracioso.

Seguramente, a esas alturas, Axel ya sabía que no llevaba nada de ese estilo en el bolso. Y se alegró inmensamente de haber guardado la edición de bolsillo de Nueve meses después en la cómoda.

Sacó el teléfono y localizó inmediatamente el número de la agencia.

—Es un número local.

—Sí —Axel se puso la cazadora y comenzó a abrir la puerta.

—¡Espera!

—¿Qué pasa ahora?

—¿Y tú? Quiero decir… ¿no deberías llevar una pistola o algo así?

—¿Estás preocupada por mí?

—¿Y no debería? Sloan y tú decís que necesito un guardaespaldas. ¿Crees que me apetece que te hagan algo por protegerme?

—Pon a descansar tu conciencia, cariño. Éste es mi trabajo —abrió la puerta y salió.

Tara esperó en silencio hasta que oyó la bocina de la camioneta. Exhaló entonces aliviada, salió y echó los cerrojos que el propio Axel había instalado la noche anterior.

Cinco minutos después, estaban en la tienda. Mientras Tara encendía una vela aromática, Axel estuvo merodeando por la tienda. Al cabo de un rato, se sentó en un sofá de cuero que había enfrente de la barra que hacía las veces de mostrador.

—Es una pena que no tengas este sofá en tu cuarto de estar —comentó—. Es mucho más cómodo que el que tienes en tu casa.

—Y más de medio metro más largo.

—¿Cuánto cuesta?

—¿Por qué lo preguntas? No vas a mudarte a mi cuarto de estar.

—¿Por qué no? De hecho, ya estoy viviendo contigo.

—Vas a pasar una temporada en mi casa —le corrigió—, que es algo muy distinto.

—Sí, y no incluye nada de sexo.

Tara se volvió para limpiar el mostrador.

—Tú mismo dijiste que querías que fuera así.

—Lo que dije fue que era lo más adecuado en estas circunstancias, no que no quisiera…

Tara continuó quitándole el polvo al mostrador, pero al cabo de unos segundos, Axel insistió:

—Entonces, ¿cuánto cuesta? —Tara le dijo una cifra astronómica—. Muy bien, me lo quedo.

Al oírle, Tara se volvió indignada hacia él.

—¿Y dónde crees que vas a meter un sofá tan grande?

—En mi casa, naturalmente.

Su casa, la casa de la que le había hablado durante el fin de semana de Braden. La había hecho construir justo antes de abandonar el país y estaba a medio camino entre la casa de sus padres, la granja equina y el rancho Double-C. Era una auténtica tortura saber que recordaba todas y cada una de las palabras que habían salido meses atrás de sus labios.

—Ya te comenté que prácticamente no tenía muebles. Y supongo que quieres vender éste, ¿verdad?

—Un sofá con este precio debería estar fuera de tu presupuesto.

—Si quieres, podemos comparar las devoluciones de hacienda. Estoy seguro de que así dejarás de preocuparte por si un sofá que cuesta más de lo que debería entra o no dentro de mi presupuesto.

—Si crees que cuesta más de lo que debería, ¿por qué lo quieres? —respondió Tara mientras tomaba la tarjeta de crédito que Axel le tendía.

—Porque a veces me gusta conseguir exactamente lo que quiero —bajó la mirada hacia sus labios—. Y algún día, tú y yo terminaremos haciendo el amor en este sofá.

—Ni lo sueñes.

—Puedes estar segura.

Tara pasó la tarjeta de crédito por la máquina.

—¿Y cómo vas a sacar el sofá de aquí? Por lo menos hacen falta tres hombres para moverlo.

—Mandaré a alguien a buscarlo.

Tara imprimió el ticket de compra y se lo tendió para que lo firmara.

—¿Y tendré que pedirles el carné de identidad para asegurarme de que son quienes dicen ser?

—Hasta ahora no me había dado cuenta del buen humor que tienes por las mañanas —respondió Axel mientras firmaba.

—Afortunadamente, no tendrás que soportarme durante mucho tiempo —le quitó el bolígrafo de entre los dedos y lo guardó en su sitio—. Pronto podremos retomar nuestras vidas.

Axel se apoyó entonces con los brazos cruzados sobre el mostrador y se inclinó de tal manera hacia delante que sus labios quedaron a sólo unos milímetros de los de Tara.

—Ésa es mi vida.

Tara retrocedió bruscamente, para que no hubiera ningún peligro de que la besara.

—Pues ésta no es mi vida.

Giró bruscamente y se dirigió hacia el almacén, donde tenía una docena de paquetes que quería abrir. Pero antes de que pudiera sacar su contenido, tendría que hacer sitio en la tienda. Por supuesto, la venta del sofá la ayudaría.

—¿Por qué decidiste abrir una tienda de este tipo cuando viniste a Weaver? —preguntó Axel tras ella.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —lo miró de reojo mientras abría una de las cajas con una cuchilla—. La revista para la que escribía estaba en Chicago.

—¿Qué revista?

—¿Ese detalle no figura en tu informe?

Le dijo el nombre de la revista y Axel arqueó las cejas sorprendido.

—Mi madre lee esa revista.

—Mucha gente la lee, y ésa es una de las razones por las que estaba entusiasmada con aquel trabajo —hizo una mueca—. Duró dos años. Ahora estoy aquí.

—Pero siempre se puede escribir a distancia.

—No, cuando estás escribiendo una sección sobre estilos de vida en Chicago —quitó el plástico protector de los paquetes y dejó al descubierto dos mesas de jardín de hierro forjado.

Cuando comenzó a levantar la primera, Axel se ofreció a ayudarla.

—Puedo hacerlo yo.

Pero Axel la ignoró y sacó las dos mesas de las cajas.

—No es ningún delito aceptar ayuda.

—Ya lo sé. Pero cuando vas a tener que prescindir pronto de esa ayuda, es preferible no acostumbrarte a ella —llevó la caja hasta la puerta y se detuvo un instante para mirarlo.

—Estás aprendiendo —Axel tomó la caja y la sacó al cubo de basura que había en el callejón. Regresó a los pocos segundos—. Pero todavía no me has contado por qué abriste una tienda como ésta. En Weaver nunca ha habido nada parecido.

—Y ésa es la razón por la que tenía tantas posibilidades de fracasar como de tener éxito.

—Exacto —Axel levantó el portavelas en el que Tara había colocado una vela con olor a café—. Este olor me hace la boca agua.

—Si quieres, puedes prepararte un café —señaló la cafetera que tenía encima de un escritorio que rara vez utilizaba—. Tienes café en el primer cajón. Lo guardo para los clientes —abrió el segundo cajón—. Aquí tienes galletas y bizcochos. También son para mis clientes.

—Una tienda que ofrece un servicio completo.

—Algo así —se lavó las manos en un lavabo que había en una esquina, sacó una bandeja de cristal y comenzó a colocar las galletas.

—Todavía no me has dicho por qué pusiste esta tienda.

Tara inclinó la cabeza y suspiró. Realmente, aquel hombre le daba a la palabra «insistente» un nuevo significado.

—Mi madre siempre había soñado con tener una tienda de este estilo —hablaba constantemente de ello, pero los continuos traslados de su padre le habían impedido hacer realidad su sueño.

—Perdiste a tus padres siendo muy joven.

—A los veinte años, sí —contestó Tara mientras llevaba la bandeja al mostrador.

El reloj de péndulo que tenía en una de las paredes indicaba que todavía faltaba un cuarto de hora para las nueve, pero aun así, colocó el cartel de «abierto» y quitó el cerrojo.

—¿Y ahora qué? —cuando se volvió, encontró a Axel a sólo unos centímetros de ella.

—Ahora tenemos que esperar a que comiencen a venir los clientes —afortunadamente, aquel día, gracias a la venta del sofá, no tendría que preocuparse por las ventas.

Permaneció cerca de la puerta observando la tienda e intentando decidir cómo la decoraría cuando el sofá desapareciera.

—Supongo que pedirte que te encargues de llevarte el sofá esta mañana no serviría de nada.

—¿Quieres perderme de vista? —sacudió la cabeza—. Lo siento, pero me temo que el sofá tendrá que esperar.

No esperaba otra cosa. Sabía que no le iba a quedar más remedio que trabajar con él.

Se metió en la cabina telefónica para ordenar la lencería. Axel volvió a sentarse en el sofá.

—Continúo pensando que es una pena que no tengas esa lencería en tu casa.

—Si no estás cómodo en mi casa, ya sabes lo que tienes que hacer —cometió el error de mirarlo a través de la cabina y se encontró atrapada en la intensidad de su mirada.

Recordó inmediatamente sus palabras: «tú y yo vamos a hacer el amor en este sofá».

—Marcharte —añadió.

—Me temo que no puedo hacerlo.

—No tuviste ningún problema en hacerlo en otra ocasión —replicó Tara sin poder evitarlo.

—Eso fue inevitable. Surgió algo inesperado.

—¿Un asunto de trabajo?

—Sí —contestó Axel tras una leve vacilación.

Pero Tara tuvo la certeza absoluta de que le estaba mintiendo.

Capítulo 9

Me parece increíble haber vendido tanto esta mañana —comentó Tara cuando la última clienta salió de la tienda.

En aquel momento estaban solos. Ella estaba sentada en un taburete, detrás del escritorio, repasando los recibos.

—Nunca había vendido tanto.

—Admítelo, te traigo suerte.

—La mayor parte de la gente viene porque tiene curiosidad por saber qué has visto en mí.

—Cualquiera que tenga ojos lo comprendería.

Tara esbozó una mueca y colocó juntos los recibos con un clip, antes de guardarlos debajo del mostrador.

Echó después los brazos hacia atrás, para estirarse, tensando con aquel movimiento la blusa contra sus senos.

Axel se obligó a desviar inmediatamente la mirada.

Había pasado la mayor parte de la mañana deshaciendo paquetes en la trastienda. Había ayudado también a doblar ropa y a quitar el polvo de las estanterías y de aquellas plantas artificiales que parecían absolutamente reales. Se había dedicado a hacer docenas de tareas que no eran responsables en absoluto de su tensión. Porque su tensión estaba directamente relacionada con la otra distracción del día.

Respiraba la dulce fragancia de Tara cada vez que ésta se acercaba a él.

Observaba la gracia de sus movimientos.

Disfrutaba del tintineo de su risa cuando hablaba con los clientes, y le desgarraban los celos porque sabía que aquella risa no era para él.

La deseaba con tanta intensidad que le dolía.

Se acercó a la ventana y vio a Mason Hyde sentado en la cabina de su camioneta. Axel alzó ligeramente la mano. Demostrando sus dotes de observador, Mason abrió la puerta y cruzó la calle. Segundos después, entraba en la tienda con su sombrero de vaquero en la mano.

Tara comenzó a dirigirse hacia él con una sonrisa, pero Axel fue el primero en hablar.

—Éste es Mason Hyde —le presentó—. Será mi sustituto.

Tara miró alarmada al recién llegado.

—Señora —Mason le tendió la mano—, encantado de conocerla.

—Igualmente —Tara desvió la mirada hacia Axel—. ¿Ha ocurrido algo?

Axel negó con la cabeza mientras Mason contestaba con un rápido:

—No, señora.

—No —respondió también Axel—, pero quería que conocieras a Mason para que no te preocuparas si le ves rondando por los alrededores.

—Suelo cambiar de vehículo para que nadie se fije en mí —añadió Mason.

—¿Y siempre estará vigilándome?

—Estaré vigilándola cuando Axel no esté con usted.

Tara se volvió entonces hacia Axel.

—¿Eso quiere decir que no vas a estar conmigo las veinticuatro horas del día?

Parecía tan esperanzada que resultaba deprimente.

—Pero voy a seguir quedándome en tu casa.

—Oh —apretó los labios.

Definitivamente, deprimente, pero lo que estaba en juego era la seguridad de Tara, no sus sentimientos.

—Esta tarde tengo que ocuparme de un asunto, pero volveré antes de que hayas cerrado la tienda.

Tara se volvió entonces hacia Mason.

—¿Y estará aquí en la tienda, señor Hyde o en alguna otra parte? —terminó señalando por la ventana.

—Puede llamarme Mason. Y me quedaré fuera. Pero no se preocupe, si ocurre cualquier cosa, estaré dentro en cuestión de segundos.

—Cierra con cerrojo la puerta de atrás —le ordenó Axel.

—Sí, ya lo sé. Ya me lo has dicho una docena de veces, y, de todas formas, siempre la tengo cerrada —apartó la bandeja de galletas cuando vio que Axel tendía la mano hacia ella para ofrecerle un dulce a Mason—. ¿Quieres comer algo?

Mason sonrió de oreja a oreja.

—No me vendría mal, gracias —tomó un puñado de galletas y se dirigió de nuevo hacia la puerta—. Si todo va bien, no tendrá por qué volver a ver mi horrible cara.

Tara tiró las migas a la papelera que tenía detrás del mostrador.

—Si te aburres y necesitas escapar sólo tienes que decirlo —le advirtió a Axel—. No necesitas ninguna excusa.

Sí, Axel necesitaba escapar, pero no del aburrimiento.

—Es cierto que tengo un asunto del que ocuparme.

—En ese caso, vete —Tara señaló hacia la puerta, pero dejó caer la mano en el momento en el que la puerta se abrió para dar paso a Courtney.

—Debería haberme imaginado que te encontraría aquí —Courtney le palmeó a su primo la mejilla—. Pero deberías darle un respiro de vez en cuando, de esa forma se daría cuenta de que no eres tan irritante como pareces e incluso podría llegar a echarte de menos.

Mientras viera ese brillo de humor en los ojos de Courtney, Axel estaba dispuesto a convertirse en el blanco de todas sus bromas.

—La verdad es que no había pensado en ello.

—Y, de todas formas, estaba a punto de irse —le dijo Tara a su prima—, ¿no es cierto?

A Axel no le hacía ninguna gracia verla tan dispuesta a deshacerse de él.

La agarró suavemente del cuello y vio la llama que se encendió en los ojos de Tara cuando se inclinó para besarla. No fue un beso tan profundo como habría deseado. Y duró sólo un instante. Pero fue un instante glorioso. Alzó la cabeza y sonrió.

—No tardaré, pequeña —le guiñó el ojo a su prima y se dirigió hacia la puerta.

—Pequeña —repitió Courtney—. Me parece indignante que un hombre llame así a una… —el tintineo de la puerta apagó las palabras indignadas de Courtney.

Mason tenía en aquel momento la cabeza prácticamente dentro del motor de la camioneta. Cualquiera que le viera pensaría que estaba reparando el motor. Axel cruzó la calle y se dirigió hacia la oficina del sheriff. En cuanto entró, la mujer que atendía la recepción le envió directamente al despacho de Max.

Axel pasó rápidamente al despacho de su primo y cerró la puerta tras él. Encontró a Max reclinado en la silla y apoyando la pierna contra el escritorio.

—Trabajando tanto como siempre.

—Alguien tiene que hacerlo —replicó Max con una sonrisa—. ¿No piensas pagar la multa que te puse el otro día?

—A lo mejor —respondió Axel mientras se sentaba frente a él—. ¿Tu recepcionista envía aquí a todo el mundo sin averiguar antes quién es?

Max bajó el pie de la mesa.

—Julia conoce a la gente de Weaver mejor que yo. Y eso que sólo lleva un año aquí —miró el reloj—. ¿A qué hora habías quedado con Tristan?

—Hace diez minutos. De hecho, creía que era yo el que llegaba tarde.

La puerta se abrió antes de que hubiera terminado la frase y apareció su tío en el marco de la puerta.

—Y has llegado tarde —dijo Tristan. Se sentó a su lado—. Max, gracias por dejarnos utilizar tu despacho.

—Está a vuestro servicio —se levantó y se dirigió hacia la puerta—. Pero sé que a los espías os gusta conservar cierta intimidad y creo que me está llamando mi almuerzo.

Tristan esperó a que la puerta estuviera cerrada para volver a hablar.

—Jamás me lo habría imaginado como sheriff, pero tengo que reconocer que Max está haciendo un gran trabajo.

—¿Por qué querías que nos viéramos aquí en vez de en CeeVid?

—Porque estoy preocupado por la seguridad en nuestras oficinas.

—Pero es tu propia compañía —y no había nadie mejor que su tío en cuestiones de seguridad.

—Por lo tanto, podrás imaginarte lo preocupado que estoy. Pero ya me encargaré de eso más adelante. De momento quiero saber cómo van las cosas con Tara.

—Todo según lo previsto, como ya te he dicho en mis informes. ¿Por qué lo preguntas?

—Sloan continúa preocupado.

—Sí, y ya lo ha demostrado evitando cualquier contacto con su hermana durante todos estos años —aquello le irritaba profundamente—. Sloan es el único familiar que le queda a Tara.

La expresión de Tristan no cambió, pero Axel sabía que había despertado su interés con su vehemencia, y deseó haberse mordido la lengua. Si Tristan averiguaba lo que había pasado entre Tara y él, le apartaría de aquella misión.

—No voy a permitir que le ocurra nada.

—Aun así, Sloan no parece muy convencido.

—Tara no es como María. No está intentando esquivarme constantemente —María había pagado un precio por ello del que Sloan continuaba haciendo responsable a Axel—. Así que dile que se preocupe de sí mismo y se olvide de Tara.

—¿Y cómo van las cosas con ella? Parecéis estar… muy unidos.

Axel consiguió no cambiar de expresión, pero le costó considerablemente.

—Me gustaría que tuviera un horario menos regular. Es demasiado previsible.

—Estaría mejor en una casa de seguridad —se mostró de acuerdo Tristan.

—Pero me temo que nunca aceptaría dejar su casa. O dejar la tienda en manos de otra persona. No tiene miedo de que pueda ocurrir nada malo.

—Y a lo mejor al final no pasa nada. En cualquier caso, y sé que no necesito recordártelo, mándame siempre los informes a través de nuestro servidor. E intenta sacar a Tara como sea de su casa. Puedes llevarla a casa de tu padre. Es una casa grande, o incluso a tu cabaña. Cualquier otro lugar es preferible a su casa.

—Se supone que el juicio empieza esta semana en Chicago. ¿Está McCray allí?

—No sé dónde está Sloan. Ni siquiera me lo ha dicho a mí. Pero ha puesto demasiadas cosas en juego en este caso como para no hacer todo lo posible por ponerle un punto y final. Y seguro que no va a fallar en el último momento negándose a testificar —se acercó a la puerta y la abrió—. Creo que yo también voy a almorzar. ¿Vienes conmigo?

—No, quiero volver con Tara.

Lo que no sabía su tío era que su deseo era mucho más profundo que su profesionalidad.

En cuanto entró en la tienda, Tara se volvió hacia la puerta, para, inmediatamente, girar de nuevo la cabeza hacia el hombre al que estaba atendiendo junto a uno de los percheros de ropa del rincón de la lencería.

—¿Qué te parece éste? —preguntó mientras le mostraba un camisón de seda—. Tu esposa lo mira cada vez que viene a la tienda. Creo que sería un gran regalo.

Axel se reclinó contra el mostrador y estuvo ojeando una revista que no estaba allí cuando había salido. Era la revista para la que Tara había trabajado. Pero en realidad no tenía ningún interés en la decoración de interiores. Y tampoco estaba especialmente interesado en el rubor que cubrió el cuello de Tom Griffin mientras miraba el camisón.

—Me lo llevo, Tara —vaciló un instante—. Pero Janie siempre lleva camisones de franela…

—Es vuestro aniversario —le animó Tara con delicadeza—. Estoy segura de que le encantará ponerse para ti un camisón de seda.

Tom le dirigió a Axel una mirada que éste fingió no notar.

—No es por el precio —le susurró Tom a Tara—. Pero es… muy sexy, ¿no te parece? ¿Qué dirán los niños cuando vean a su madre así por la mañana?

—Con la bata que lleva a juego, es perfectamente discreto —le aseguró Tara suavemente—. Pero no pienses en el desayuno de los niños. Piensa que es un regalo de aniversario. Confía en mí, a Janie le va a encantar. Y también le va a encantar ponérselo para ti.

Tom giró bruscamente la cabeza hacia Axel. Éste pasó una página de la revista intentando disimular su diversión.

—Muy bien —Tom sacó la cartera—. Pero creo que lo querrá devolver en cuanto lo abra.

—En ese caso, siempre puedes echarme la culpa a mí —dijo Tara mientras se metía detrás del mostrador—. Pero si al final le gusta, espero verte por aquí antes de su cumpleaños. Hay un corpiño que también le encanta. Es ése de color azul que está dentro de la cabina.

Tom parecía ligeramente horrorizado mientras miraba hacia la cabina.

—Si quieres, te lo envuelvo en papel de regalo.

—Normalmente le doy lo que le he comprado sin más.

Tara vaciló un instante sin dejar de sonreír, y comenzó a guardar la caja con el camisón en una de las bolsas de la tienda. Tom volvió a mirar precipitadamente a Axel.

—Yo lo envolvería —le aconsejó Axel.

—Sí, será mejor que lo envuelvas —le pidió Tom a Tara.

—Como tú quieras —sacó la caja y se la llevó a la trastienda.

—Buena elección —le susurró Axel a Tom.

Tom esbozó una mueca.

—Janie va a pensar que me he vuelto loco al comprarle una cosa así —respondió.

—A lo mejor se alegra de que pienses que todavía es suficientemente excitante como para poder ponerse algo así.

—¿Tú crees?

—No sé, al fin y el cabo, eres tú el que llevas quince años casado.

—Pues sí, es una mujer muy excitante. Incluso con un camisón de franela —cerró la boca cuando Tara regresó con el paquete envuelto.

—¿Qué te parece? —le preguntó Tara.

—Es muy bonito, Tara —farfulló Tom.

Tara le sonrió mientras guardaba el camisón en la bolsa.

—Dáselo después de una cena agradable. Con velas. Y sin niños.

—Eh, sí, claro.

Tom agarró la bolsa y salió de la tienda como si le persiguiera el mismísimo diablo. En cuanto cerró la puerta tras él, Tara se llevó la mano a la boca y comenzó a reír.

—Ese hombre no tiene ni idea de lo que le espera —dijo cuando por fin cesaron las carcajadas—. Janie pasa por la tienda todas las semanas y se queda maravillada mirando ese camisón, pero tiene miedo de que Tom se ría de ella si la ve con algo así —se echó a reír otra vez y sacudió la cabeza—. Ese tipo de situaciones son constantes en la tienda.

—Retiro lo que dije sobre que no estás implicada en la vida de la gente del pueblo.

—¿Perdón? —preguntó Tara con extrañeza.

—No te limitas a vender. Probablemente eres la responsable de que muchos matrimonios de aquí no caigan en la rutina.

—No sé si tienes razón, pero te aseguro que vendo una gran cantidad de lencería. Tu madre…

—No, por Dios, no quiero que me digas que mi madre se ha comprado ninguna de las prendas de esa esquina.

Las carcajadas de Tara volvieron a resonar en la tienda.

—De acuerdo, no lo haré.

Axel la siguió con la mirada mientras Tara se dirigía a la trastienda. Era la primera vez que la oía reír después de aquellos cuatro meses. Reír de verdad. Y se juró que Tara jamás tendría una razón para dejar de hacerlo.

Capítulo 10

Al día siguiente, Tara estaba sentada en la cama con la mirada fija en una página del periódico.

Comienza el juicio contra el jefe de los Deuce’s Cross.

Había leído el artículo más de cien veces desde que aquella mañana, Axel le había tendido el periódico, pero necesitaba leerlo una vez más. Era como si pudiera averiguar algo sobre Sloan a partir de aquellas setenta palabras.

Por supuesto, en ningún momento mencionaban a su hermano. Lo único que decían era que aquel juicio esperado durante tanto tiempo, por fin iba a tener lugar.

¿Pero estaría Sloan allí? ¿Estaría a salvo? Cuando todo acabara, ¿podría ella volver a Chicago? ¿Y querría hacerlo?

Aquellas preguntas llevaban todo el día agolpándose tras sus labios cerrados. A pesar de la manzanilla que acababa de tomarse, seguía con el estómago revuelto. Dejó el periódico a un lado y apagó la luz de la mesilla de noche. Ya eran casi las doce. Debería estar durmiendo.

Pero continuaba despierta, intentando luchar contra las náuseas que la habían acompañado durante todo el día.

Al cabo de unos minutos, se sentó en la cama y se llevó las manos al vientre.

—Vamos, bebé —susurró—, dale un descanso a tu mamá.

Pero el descanso no llegaba. No podía dejar de pensar en Sloan, en Axel y en el bebé. Al final, se levantó de la cama, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo. Era la cuarta noche que Axel dormía en su casa. Se dirigió hacia la otra habitación y cerró la puerta antes de encender la luz.

Si no iba a dormir, por lo menos podía trabajar algo, aprovechando además que no tenía a Axel pegado a su espalda.

Desde que se había presentado en su casa, nunca la había dejado durante más de una hora. Tara sabía que en el pueblo comenzaba a hablarse de su relación porque se había duplicado el número de clientes. Parecían querer comprobar por sí mismos que Axel Clay no sólo estaba viviendo en pecado con ella, sino que estaba tan enamorado que incluso se pasaba el día en la tienda.

Para ella, Axel era una irritante fuente de distracción, y no sólo porque le estuviera ocultando su embarazo.

Sacó algunas bandejas de cuentas y piedras y sin ningún plan en mente, comenzó a colocarlas sobre la mesa. A la larga, el simple acto de ir colocando una junto a otra, de hacer y deshacer diferentes combinaciones, consiguió relajarla.

El tiempo continuó fluyendo sin que fuera consciente de ello, hasta que terminó de colocarle el cierre a un brazalete. Lo dejó al lado de una gargantilla y unos pendientes que llevaría a la tienda al día siguiente.

Dejó la mesa de trabajo y salió de la habitación con el mismo sigilo con el que había entrado. Pero se dirigía hacia su dormitorio cuando un sonido la hizo detenerse. Inclinó la cabeza y escuchó con atención. Entonces lo oyó otra vez, más claramente en aquella ocasión. Su mente consiguió identificar aquel sonido. Las tablillas de las contraventanas estaban abiertas.

¿Habría sido Axel? ¿O las habría abierto otra persona?

Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Caminó hasta el final del pasillo y se asomó al cuarto de estar. El ordenador portátil de Axel estaba encima de la mesita del café, emitiendo un suave resplandor, el suficiente como para indicarle que Axel no estaba en el sofá.

No tardó en distinguir su silueta de pie frente a la ventana.

—No te muevas —le dijo Axel con voz casi inaudible.

Tara estuvo a punto de tener un infarto. ¿Cómo la habría oído?

—¿Qué pasa?

—Hay un coche ahí fuera que no conozco.

Tara sintió que se le debilitaban las rodillas. Se apoyó contra la pared y fue deslizándose poco a poco hasta terminar sentada en el suelo. Quería decirle que se apartara de la ventana, quería meterse en la cama, esconder la cabeza bajo las sábanas y fingir que nada de aquello estaba ocurriendo. Pero en cambio, permaneció donde estaba, con la cabeza apoyada en las rodillas que había cubierto con el camisón. Y esperó. Como había hecho otras muchas veces cuando era niña. Intentaba cerrar la mente a los recuerdos, a los pensamientos, a todo. Pero era inútil.

Entonces, Axel pronunció su nombre con voz queda.

—No ha pasado nada, Tara. Deberías volver a la cama. Sólo era Cynthia. Al parecer, ha tenido una cita. No pasa nada.

Tara alzó la mirada y sólo entonces se dio cuenta de que Axel estaba agachado junto a ella.

—Fin de la alerta —dijo Tara con un hilo de voz—. Eso es lo que solía decir mi padre. Fin de la alerta.

La vacilación de Axel fue apenas imperceptible.

—¿Cuándo lo decía?

—Cada vez que conseguía ponernos a salvo de cualquier peligro en el que al parecer nos encontrábamos. Cuando teníamos que huir, mi madre agarraba las fotografías de la familia y la tetera de su madre. Sloan y yo sólo podíamos llevarnos lo que nos cabía en las mochilas. Sloan solía llevarse su ropa favorita.

—¿Y tú? —preguntó Axel, abrazándola.

—Los deberes. Los deberes de un colegio al que nunca volvería. Las notas de los amigos a los que no volvería a ver. Mi padre siempre se enfadaba con mi madre porque pretendía llevarse más ropa de la que cabía en la maleta. Y él siempre se llevaba el maletín.

—¿El maletín?

—Sí, un maletín negro. Mi madre me dijo en una ocasión que contenía todos los documentos importantes: los certificados de nacimiento, los informes de la escuela, cosas de ese tipo —se enderezó y miró a Axel—. Pero Sloan me contó que en una ocasión lo había abierto y había visto que estaba lleno de dinero.

—¿Cuántas veces tuvisteis que mudaros?

—Treinta y siete. Pero supongo que en tu informe también cuentan algo de mi infancia.

Axel suspiró.

—No, sólo tengo información relativa a tu estancia en Weaver —le tendió la mano y la ayudó a levantarse—. Vamos a la cama.

Tara se levantó sintiéndose ridículamente dócil.

—¿No sabes nada de mi padre? —mientras caminaba, oía el repiqueteo del bote de vitaminas para el embarazo que llevaba en el bolsillo de la bata.

—No —la condujo hasta la cama, le quitó la bata y la dejó en una silla.

—Era un hombre de la CIA. Para el resto del mundo, era un vendedor, pero no vendía nada. Compraba secretos. ¿Te sorprende?

—No —respondió Axel.

La hizo acostarse y la arropó como si fuera una niña. Después, se sentó en el borde de la cama, con las caderas contra las de Tara.

—No, no me sorprende. Pero entiendo que debió de ser muy duro para una niña.

—Ésa no es vida para ningún niño.

—Probablemente no.

La repentina seriedad de Axel la hizo sentirse mucho peor, pero lo más irónico de todo era que deseaba, más que ninguna otra cosa en el mundo, que se tumbara a su lado.

—Ya ha empezado el juicio —dijo de pronto con voz ronca.

—¿Quieres que hablemos de ello? —le preguntó Axel.

—No lo sé. ¿Cuánto tiempo crees que durará?

—Han dicho que unas once semanas.

¡Once semanas! Casi tres meses. No iba a poder ocultar el embarazo durante tanto tiempo. Y tampoco parecía capaz de mantener sus hormonas bajo control cuando andaba Axel de por medio. En aquel momento sentía el calor de su cadera a través de las sábanas.

—No voy a poder soportar durante tres meses esta situación.

—¿Por qué no cierras mañana la tienda?

—¿Y hacer qué? ¿Fingir que nada de esto esta pasando? La tienda es lo único que tengo. No puedo cerrarla por capricho.

—La tienda no es lo único que tienes. También me tienes a mí.

Tara sintió un dolor profundo al oírle.

—Tú estás aquí por tu trabajo.

Axel no lo negó.

—La tienda es tuya y puedes hacer con ella lo que quieras.

La última vez que había hecho lo que quería había sido durante aquel fin de semana en Braden. Y por culpa de aquel fin de semana, su cuerpo, su corazón, su vida entera había cambiado.

—Si tuvieras un día libre, ¿dónde te gustaría pasarlo?

—No lo sé —respondió Tara frustrada.

—Vamos, Tara, utiliza tu imaginación.

—Me gustaría ir a ver antigüedades —contestó de pronto—. Siempre encuentro algo para la tienda cuando voy a ver a anticuarios.

—Eso tiene que ver con el trabajo.

—Entonces, podemos ir a la tienda de cuentas de Cheyenne.

—Más trabajo. Vamos, piensa en algo que te apetezca hacer.

Tara lo pensó inmediatamente: le apetecía hacer el amor. Y tuvo que hacer un esfuerzo titánico para que no salieran aquellas palabras de su boca. Dejó caer la mano y, de forma accidental, rozó el brazo de Axel. O quizá no fuera tan accidental.

—¿Qué quieres que diga? Para mí, diseñar joyas es algo más que un trabajo.

—De acuerdo entonces. Mañana a primera hora iremos a Cheyenne.

Aquella capitulación la desconcertó.

—Pero… —se interrumpió de pronto. ¿Qué daño podía hacerle cerrar la tienda por un día?—. Te advierto que cuando voy allí puedo pasarme horas y horas seleccionando cuentas.

—Gracias por la advertencia, pero si algo nos sobra, es tiempo.

Tara lo miró entonces con atención.

—¿Por qué eres de pronto tan amable?

—¿Y tú por qué recelas? De vez en cuando, viene bien cambiar de rutina para alejar las preocupaciones.

Tara estuvo a punto de atragantarse. Si él supiera hasta qué punto iba a cambiar su rutina…

—¿Y el señor Hyde también nos seguirá hasta allí?

—Sí. Saldremos mañana por la mañana —se levantó de la cama y, por alguna razón, a Tara se le secó la boca al verlo tan alto y fuerte cerniéndose sobre ella—. Todo saldrá bien, Tara, te lo prometo.

Tara no habría podido responder aunque le hubiera ido en ello la vida. Así que se limitó a asentir. Siguió a Axel con la mirada mientras él abandonaba la habitación y clavó después los ojos en la oscuridad, hasta que consiguió dominar la urgencia de llamarle.

Sólo entonces se abrazó a la almohada y consiguió dormir.

—¿Y esto para que se utiliza? —preguntó Axel sosteniendo una pieza metálica, larga y muy fina.

Tara desvió la mirada un instante y volvió a concentrarse en la bandeja de cuentas que tenía delante.

—Para hacer pendientes.

Llevaban cerca de dos horas en la tienda y era evidente que Axel comenzaba a aburrirse. Pero no iba a sentirse culpable, sobre todo cuando estaba disfrutando como nunca dejando que su creatividad la guiara en la selección de cuentas y piedras.

Había algunas cadenas en una esquina situada cerca de la puerta, pero Axel no le permitía acercarse hasta allí. A pesar de que había dicho que aquella salida le serviría de distracción, la vigilancia era constante.

Curiosamente, Tara había descubierto que no le importaba. No la agobiaba, ni se mostraba amenazador con quienquiera que se le acercara. Sencillamente, estaba allí.

—Stevie Stuart, ¡deja de correr inmediatamente!

La voz de aquella mujer no bastó para preparar a Tara para el diminuto torbellino que pasó por delante de ella a toda velocidad y le hizo tirar la bandeja en la que iba colocando las cuentas.

—Lo siento —la madre del pequeño la miró con expresión de disculpa—. Debería haberme imaginado que se pondría como un loco si le traía aquí.

—Ven aquí, muchachito —Axel agarró al pequeño por la camiseta—. ¿Dónde está el fuego?

El niño miró a Axel absolutamente fascinado.

—¿Hay un fuego?

—No, no hay ningún fuego, Stevie, sólo el que tienes bajo los pies —la mujer agarró a su hijo de la mano y se alejó de allí regañándole.

Axel sonreía mientras les veía marchar.

—Qué niño tan gracioso.

Tara abrió la boca, pero la cerró en cuanto se dio cuenta de lo que había estado a punto de decir. Respondió con un precipitado «sí» y se arrodilló para recoger las cuentas que el niño había tirado antes de cometer el error monumental de hablarle a Axel del bebé.

—Toma —Axel se agachó a su lado y le tendió un medallón que había rodado bajo la mesa.

Tara no podía mirarle. Tomó el medallón, lo dejó en la bandeja y se levantó.

—Ya está.

—Genial. Ahora podríamos ir a comer algo.

—Pero si hemos comido hace dos horas.

—¿Y?

Tara sacudió lentamente la cabeza y sacó la cartera mientras se acercaba a la caja. Axel le tendió el abrigo, tomó la bolsa cuando la dependienta terminó de envolverle las compras y volvieron juntos a la camioneta, en la que fueron hasta una heladería.

—Hay docenas de sabores —le advirtió Axel—. Si pides un helado de vainilla, tendré que castigarte.

—No iba a pedir un helado de vainilla —mintió.

Axel se echó a reír y le acarició la nariz con un dedo.

—Están apareciendo las pecas.

Tara se sonrojó todavía más.

—De todas formas, ahora no me apetece un helado.

—¿Preferirías una tarta de chocolate?

A Tara se le secó la boca. Comenzaba a acostumbrarse al Axel protector, pero el Axel seductor continuaba resultándole demasiado peligroso.

—Lo siento, señor, pero no tenemos tarta de chocolate —dijo el adolescente que atendía la heladería.

Axel miró a Tara de reojo.

—¿Qué te parece, Tara?

—Me parece que la tarta de chocolate no aparece en la carta —replicó con toda la dureza de la que fue capaz.

—Eso no significa que no me apetezca —Axel sonrió al chico y dejó a Tara boquiabierta al pedir—: Dos helados de vainilla.

Capítulo 11

Cuántos años se supone que tenía ese niño? —preguntó Axel mientras volvían hacia el pueblo—. Stevie Stuart, el niño bala.

—No lo sé, unos cinco o seis, ¿por qué lo preguntas?

—Por nada —giró la rejilla de la calefacción del coche—. ¿Tienes suficiente calor?

—Sí —de hecho, tenía más que suficiente.

Sus papilas gustativas estaban ya saciadas con el sabor de la vainilla, pero el resto de ella continuaba deseando… tarta de chocolate.

—¿Has pensado alguna vez en tener hijos?

Tara cerró los ojos. Se sentía a punto de agonizar.

—Tengo treinta años —fue lo único que pudo decir.

—¿Comienza a sonar el reloj biológico?

—Algo así —vaciló durante algunos segundos antes de preguntar—: ¿Y tú?

—Algún día —respondió Axel en tono despreocupado—. Supongo que ya has notado que los Clay somos una familia muy numerosa.

—Sí —Tara reconoció entonces la camioneta de Mason. En aquella ocasión a unos cinco vehículos de distancia—. ¿Cómo se te ocurrió lo de ser guardaespaldas?

—La agencia no sólo se dedica a prestar servicios de este tipo.

—¿A qué otras cosas se dedica?

—A hacer del mundo un lugar más seguro. De hecho, ésa es la razón de su existencia —curvó los labios en una sonrisa de pesar—. Aunque no sé cómo encajo yo en eso.

—¿Por qué lo dices?

Axel sacudió la cabeza y cuando Tara comenzaba a pensar que no iba a contestar, respondió:

—He fracasado en lo más importante que podría haber hecho.

—¿En qué? —Tara frunció el ceño—. Bueno, supongo que no lo puedes decir.

—Exacto, no lo puedo decir.

Tara observó su perfil. Era casi visible el peso de la carga que llevaba sobre los hombros.

—Pero estoy segura de que si pudieras, cambiarías la situación.

—¿De verdad?

—Sí —vaciló un instante—. Creo que te tomas muy en serio tus responsabilidades profesionales.

—¿Y las personales?

Tara abrió la boca, pero tardó un buen rato en poder articular palabra.

—Yo… no te conozco lo suficiente como para decirlo.

—Exacto —respondió Axel en tono burlón—. Aquel fin de semana no terminamos conociéndonos en absoluto.

Tara se enderezó en su asiento.

—Todavía no me has contado cómo terminaste trabajando para la agencia.

—A través de la familia.

Pero su familia la formaban casi exclusivamente rancheros. Le costaba imaginar qué relación podían tener con el tipo de trabajo de Axel.

—Sí, claro —respondió en tono de incredulidad.

Axel se encogió de hombros, pero no dijo nada.

—¿Alguna vez has pensado en dejarlo y dedicarte solamente a la cría de caballos? —le preguntó Tara.

—¿Y tú has pensado en volver de nuevo a la revista para la que escribías?

—¿Cuándo esté resuelto el caso de Sloan? No lo sé.

—¿Pero lo echas de menos?

—Sí —contestó inmediatamente.

—¿Y qué echas de menos exactamente?

—Yo… bueno, la creatividad.

—Pero también hace falta mucha creatividad para hacer toda la bisutería que vendes.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

Tara comenzó a pensar una respuesta, y comprendió que no tenía ninguna. ¿Alguna vez había pasado la noche trabajando en un artículo para poder relajarse y dormir? Sinceramente, no lo recordaba.

—¿Ha aparecido algo en el periódico de esta mañana sobre el juicio?

—No —Axel colocó el retrovisor y frunció ligeramente el ceño.

Tara se fijó en el velocímetro y miró por el espejo retrovisor de la ventanilla. La camioneta de Mason estaba más cerca, detrás de otros tres vehículos.

—¿Tienes prisa por llegar a Weaver? —le preguntó a Axel.

—No.

—Entonces, ¿por qué estás a punto de saltarte el límite de velocidad?

—Porque quiero deshacerme de esa camioneta que nos está siguiendo desde hace unos treinta kilómetros.

—¿Pero no es la camioneta de Mason?

—Mason hoy conduce un Corvette.

Tara se tensó en el asiento y se volvió hacia atrás. Volvió a ver la misma camioneta que creía conducida por Mason. Se volvió hacia delante con el corazón en la garganta.

—Va a pararte la policía por ir demasiado rápido.

—Quizá —contestó Axel, y aceleró. Sin apartar la mirada de la carretera, sacó el teléfono móvil, marcó unas teclas y se lo llevó al oído— Mason, ¿has averiguado ya quién es el propietario de esa camioneta? —escuchó un momento—. Sigue intentándolo —dio por terminada la llamada y dejó el teléfono entre los dos asientos—. Todo va a salir bien, Tara.

—Sí, claro —respondió ella con voz temblorosa.

Sonó entonces el teléfono. Axel contestó rápidamente y, casi al instante, disminuyó la velocidad. Tara respiró aliviada y reclinó la cabeza contra el asiento, sintiéndose extremadamente débil.

—Gracias, Mason —dejó el teléfono de nuevo entre los dos asientos—. La camioneta acaba de girar.

—Axel, no creo que a nadie le importe que sea la hermana de Sloan McCray.

—A mí me importa.

—No me refería a eso.

—Lo sé, y a lo mejor estamos siendo un poco paranoicos. Pero no quiero correr riesgos contigo.

—Porque te ha contratado Sloan —señaló Tara, aprovechando así para recordárselo a su estúpido corazón.

—Ésa es una de las razones.

—¿Y qué otras razones puede haber?

—Ya las sabes —respondió Axel mirándola a los ojos.

—No tienes por qué sentirte responsable porque… porque hayamos pasado juntos un fin de semana —respondió Tara, tragando saliva.

—El mejor fin de semana de mi vida.

—Sí, claro —respondió Tara en tono burlón—. Por eso te fuiste cuando yo todavía estaba dormida.

—Intenté despertarte, pero me resultó imposible.

—Había bebido demasiado.

—La única noche que bebiste fue la del viernes. Lo que pasa es que habías tenido demasiados orgasmos —tomó la mano de Tara y no la soltó cuando ella intentó liberarse—. Desde entonces, Tara, no ha habido una sola noche en la que no haya pensado en ti. En nosotros.

Pero Tara no podía permitirse el lujo de que hubiera un «nosotros».

—Lo único que hay entre nosotros es un fin de semana producto del azar y el dinero que te pagan para que seas mi guardaespaldas.

—¿Y si no me estuvieran pagando nada?

—Los hombres como tú nunca renuncian a su trabajo.

—«Los hombres como yo», ¿qué demonios se supone que significa eso?

—Los hombres como tú, como Sloan, como mi padre. Para vosotros, llevar una doble vida es algo completamente natural, pero… —se interrumpió bruscamente.

—Pero sois los demás los que pagáis el precio de esa doble vida —concluyó.

—Sí —respondió Tara—. Somos los demás los que tenemos que pagar el precio.

Axel permaneció en silencio durante largo rato.

—Lo siento.

—Yo también —contestó Tara, sin apartar la mirada del parabrisas.

—Por si te sirve de algo, no todas las familias que están involucradas en este tipo de trabajo son como lo era la tuya.

—Eso no lo sabes.

—Claro que lo sé. Ya te he dicho que yo estoy en esto por culpa de mi familia, ¿recuerdas?

Pero Tara continuaba sin creerle.

—Muy bien, a lo mejor tienes un pariente lejano que te presentó a alguien que a su vez te presentó a otra persona que te metió en esto. Pero eso no significa que este trabajo te llegara a través de tu familia.

Axel giró de pronto hacia la cuneta y detuvo bruscamente el coche.

—¿Qué haces? —preguntó Tara, aferrándose al brazo del asiento ante la brusquedad de la parada. Miró tras ella y vio que un Corvette negro les adelantaba a toda velocidad.

Axel giró en su asiento y se volvió hacia ella, sin prestarle ninguna atención a Mason.

—Es un tío, y no es en absoluto un pariente lejano. De hecho, son muchas las personas de mi familia que están en esto.

Tara se llevó la mano al estómago, intentando controlar los nervios.

—¿Qué estás intentando decirme?

—Estoy intentando decirte que sé que no todas las familias son como la tuya porque sé cómo es mi familia.

—Tu padre se dedica a la cría de caballos, todo el mundo lo sabe.

—Sí, pero no siempre ha sido así. Hollins-Winword no tiene un edificio de oficinas ni nada parecido, pero si lo tuviera, habría una pared con los retratos de las personas importantes de la compañía y mi padre aparecería en el centro de todos ellos. En su época, dirigió más operaciones de las que ha dirigido ningún otro agente desde entonces, pero fue suficientemente inteligente como para darse cuenta de cuando había llegado el momento de retirarse.

A Tara le resultaba imposible conciliar la imagen del padre de Axel con la del hombre que le estaba describiendo.

—¿Y eso cuándo fue?

—Cuando se casó con mi madre.

—Entonces no entiendes de lo que te estoy hablando, Axel. Tú eres una persona con raíces, algo que a Sloan y a mí nos han negado.

—Y tú no entiendes lo que te estoy intentando decir, Tara. Mi padre no era, no es el único que se ha dedicado a esto. Y todos ellos tienen familias normales, no han tenido que cambiar de casa cada seis meses. No todas las personas que se dedican a este tipo de trabajo han pasado por una experiencia como la tuya.

Tara no quería creerle. Porque si le creía, ¿en qué clase de persona se convertía ella al seguir ocultándole su embarazo? Ella, que odiaba los secretos, estaba guardando el secreto más importante de su vida.

—En cualquier caso, nada de esto es asunto tuyo —le dijo Tara parpadeando con fuerza—. Yo tenía una vida en Chicago. Y en cuanto se solucione el caso de Sloan… —se mordió el labio.

—Volverás allí, a una casa que ya no tienes para trabajar en una revista en la que ya no escribes.

Aquellas palabras eran la única verdad. Una verdad que la perseguía noche y día.

—¿Por qué iba a querer quedarme en Weaver?

Tara le oyó suspirar mientras ponía la camioneta en movimiento.

—Una pregunta condenadamente buena.

Durante el resto de la semana, Axel no volvió a sugerir en ningún momento que cerrara la puerta, aunque parecía encontrar cientos de cosas que hacer antes de que regresaran a casa tras la jornada de trabajo. Paraba por la clínica de su cuñado para hablar de un caballo que pretendía comprar o la llevaba a dar una vuelta por los alrededores del pueblo con la excusa de que quería ver los cambios que se habían producido en la localidad desde que no estaba allí.

Tara pronto se había dado cuenta de que no tenía sentido discutir. Después de pasar todo el día en la tienda, ella estaba deseando volver a casa, pero al parecer, Axel prefería evitar quedarse a solas con ella.

Por la mañana, después de ducharse y vestirse para ir a trabajar, Tara siempre se encontraba una infusión en la cocina, mientras él aprovechaba para ducharse. En la tienda, Axel se dedicaba a mover muebles y desempaquetar cajas. Y el sábado por la tarde, justo antes de cerrar, incluso consiguió venderle algo a Tom que, animado por el éxito de su regalo de aniversario, había pasado por la tienda para comprar el corpiño que le gustaba a su esposa.

Lo único que tuvo que hacer Tara cuando volvió a hacerse cargo de la tienda fue meter unas cuantas hojas más de papel perlado en la bolsa que Axel ya le estaba tendiendo a Tom. El pobre hombre prácticamente salió volando de la tienda y Tara no pudo evitar una sonrisa mientras colocaba el cartel de cerrado.

Axel parecía tan divertido como ella cuando se volvió hacia él. Pero el relativo silencio de los últimos dos días continuaba haciéndose dolorosamente presente.

—Tengo que pasar por el supermercado. Nos hemos quedado sin leche —comentó ella, intentando romper el hielo.

—Pasaremos de camino a casa —sonrió él suavemente—. Hablamos ya como una pareja de ancianos.

—Pero tú no eres ningún viejo.

—Y tú tampoco.

Tampoco eran pareja, por cierto, pero Tara pensaba que no tenía sentido remarcar lo obvio.

Cerró la caja, remató las tareas del día y esperó a que Axel tocara el claxon de la camioneta para salir por la puerta de atrás. Le encontró hablando por teléfono.

—Hasta luego entonces —dijo, y colgó—. Era mi madre —le explicó a Tara mientras ponía la camioneta en marcha—. Nos invita a cenar.

—¿Pero no se supone que vamos a ir a comer mañana?

—Sí, pero ahora estaremos nosotros con ella.

Tara decidió no protestar, sabía, además, que no le serviría de nada.

—Pero tengo que ir a comprar leche.

—No te preocupes, no te vas a quedar sin tu dosis de calcio.

Tara, por enésima vez, tuvo que pedirle a su conciencia que se callara. Cuando vio que Axel giraba en dirección contraria a la de su casa, comprendió que pretendía ir directamente a casa de sus padres.

—¿No podemos pasar antes por casa para que me cambie?

—Vas bien así.

Tara se alisó la falda beige que llevaba, una de las pocas prendas que todavía le servían. Muy pronto, iba a tener que comprar ropa muy diferente.

Cuando salieron a las afueras de Weaver le preguntó a Axel:

—¿Tu hermana y su familia estarán también en casa de tu padres?

—No, han ido a Braden a pasar la noche.

—Supongo que tus padres saben a lo que te dedicas.

—Sí.

—Entonces, ¿qué sentido tiene fingir con ellos? No lo entiendo.

—¿De verdad quieres saber por qué no he hablado abiertamente con ellos? Pues bien, porque conociéndome como me conocen, enseguida se darían cuenta de que —se interrumpió y suspiró—, de que para mí no eres sólo una misión.

Tara lo miró boquiabierta.

—Saben que me interesas. Además, te aseguro que, de todos los secretos que tengo ahora, éste es el último que me preocupa. ¿Satisfecha?

Tara cerró la boca. Axel asintió bruscamente y continuó conduciendo en silencio.

Capítulo 12

Gracias por la cena —le decía Tara a Emily varias horas después—. Estaba riquísima.

—Cariño, puedes venir cuando quieras, sobre todo porque es la única manera de que Axel aparezca por aquí —le dio un beso a su hijo en la mejilla—. Vendrás también mañana, ¿verdad? Vamos a celebrar el cumpleaños de Justin. Cumple veintiún años.

—Es imposible que cumpla ya veintiún años.

—Eso lo hemos dicho de todos vosotros —Emily le dirigió a Tara una sonrisa traviesa—. Ya veréis vosotros cuando tengáis hijos.

—Que Dios nos ayude —respondió Axel con cara de póquer.

Tara apenas tuvo oportunidad de decir nada antes de que Axel la agarrara del brazo y tirara de ella hacia la puerta.

—¿A qué viene tanta prisa por volver a mi casa? —le preguntó Tara, ya en la camioneta.

—No tengo ninguna prisa por volver a tu casa. Quiero ir a mi cabaña. No tardaremos mucho.

Tara estaba deseando ver su cabaña desde que se la había descrito en Braden, pero se encogió de hombros como si no le importara lo que hicieran o dejaran de hacer.

Axel le había contado que la cabaña no estaba lejos de casa de sus padres, pero a ella se lo pareció. La carretera que conducía hacia allí ni siquiera estaba pavimentada y no tardaron en encontrarse envueltos en una total oscuridad.

—¿Cómo puedes saber por dónde conduces? —la noche era negra boca del lobo y lo único que reflejaban las luces de la camioneta era el resplandor de la nieve.

—Crecí aquí. No hay ni un palmo de tierra en esta zona que no conozca como la palma de mi mano —respondió mientras giraba en una curva para inmediatamente detener la camioneta.

—Mira dónde pones el pie —le advirtió Axel después de rodear la camioneta para abrirle la puerta—. Hay mucha nieve.

Desde luego. Las botas se hundieron casi diez centímetros en la nieve mientras se dirigían hacia la casa en medio de aquella oscuridad. Pero cuando subieron los escalones del porche, incluso en una noche como aquélla, a Tara le resultó fácil imaginarse el porche en verano, con las mecedoras, las flores y una buena jarra de limonada.

—Pasa —le pidió Axel en cuanto abrió la puerta.

Tara le siguió al interior. Axel encendió las luces, iluminando el vestíbulo que se abría para dar paso a una habitación inesperadamente espaciosa. Y la imagen de las mecedoras en el porche no fue nada comparado con el placer que la envolvió al ver aquel maravilloso salón.

Las paredes exteriores estaban formadas por gruesos troncos de madera, pero las del interior eran completamente blancas, parecían un lienzo esperando el pincel del pintor. El suelo de la habitación era de madera. Además de una enorme chimenea de piedra, había una mesa de billar y el sofá que Axel había comprado en la tienda.

—¿Qué te parece?

Le encantaba. Todo.

—El sofá queda muy bien.

La hiperactiva imaginación de Tara no tenía ningún problema para imaginarse junto a él compartiendo aquel espacio delante del fuego de la chimenea.

Recordó entonces las palabras de Axel: «tú y yo vamos a hacer el amor en ese sofá», y desvió rápidamente la mirada.

—A mí también me gusta —dijo Axel, permaneciendo en el centro de la habitación, con los brazos en jarras y mirando a su alrededor—. El resto de la cabaña todavía está muy vacío.

Personalmente, Tara pensaba que «cabaña» era una palabra demasiado sencilla para describir aquel espacio.

—¿Qué más necesitas?

Tara se acercó a la mesa de billar. Una lámpara colgaba del techo justo sobre ella, pero imaginó que sólo de noche utilizaban la luz artificial, puesto que la mesa estaba situada enfrente de un enorme ventanal que iba desde el suelo hasta el techo.

—¿Por qué? ¿Quieres añadir más compras a tus arcas?

—Una vendedora es siempre una vendedora —contestó Tara con una sonrisa.

—Necesito un cabecero para mi cama.

—Lo tendré en cuenta —tragó saliva.

Había una caja abierta en una esquina, debajo de una ventana. Tara se acercó y sacó una de las fotografías enmarcadas que contenía. En ella aparecía un Axel sonriente flanqueado por sus padres y llevando la túnica y el birrete de su facultad. Tara continuó mirando el resto de las fotografías, eran cerca de doce instantáneas que reflejaban diferentes momentos de la familia Clay.

—Aquí tienes una respuesta para tus paredes desnudas —le mostró una de las fotografías—. Todas tienen marcos muy parecidos. Quedarían preciosas colgadas en una pared.

—A lo mejor si las cuelga alguien que tenga gusto para ese tipo de cosas.

—No intentes convencerme de que tu madre, tu hermana o alguna de tus primas no se han ofrecido ya a ayudarte.

—¿Estás bromeando? Si las dejara, me llenarían la casa.

—Pero tienen un gusto excelente.

—Sí, pero sería una cabaña decorada a su gusto.

—Sin embargo, quieres que te ayude yo.

—Porque no me importa disfrutar de tu gusto.

Tara sintió que se derretía por dentro y por la mirada de Axel, supo que era perfectamente consciente del efecto que habían tenido en ella sus palabras.

Tragó saliva, levantó la caja y la dejó sobre la mesa de billar. Una vez allí, sacó las fotografías y las fue colocando sobre la mesa. Al cabo de unos minutos, Axel se acercó.

—¿Qué estás haciendo?

—Ver cómo podrían quedar mejor. ¿Quién es este chico? —señaló a un joven que aparecía en una fotografía junto a Axel y otros hombres bebiendo cerveza.

—Ryan, el hijo mayor de Rebecca y de Sawyer.

Tara dejó la fotografía entre las demás. No había conocido a Ryan Clay, pero había oído hablar de su muerte.

—¿Estabais muy unidos?

—Sí —respondió Axel sombrío—. Me llevaba varios años, pero éramos muy amigos.

Tara alzó la mirada hacia él y observó la oscuridad que de pronto inundaba sus ojos. Antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, posó la mano en su pecho.

—Lo siento. Tuvo que ser muy doloroso.

Axel posó la mano sobre la de Tara.

—Preferiría que habláramos de otra cosa.

Tara se humedeció los labios.

—¿Qué te parece que hablemos de si tienes clavos y un martillo?

—De acuerdo. Ahora te los traigo.

Tara cerró la mano en un puño cuando Axel salió de la habitación y se volvió de nuevo hacia las fotografías, pero ya era incapaz de verlas. Axel regresó antes de que hubiera tenido tiempo de dominar las emociones que aquella conversación había despertado en ella.

—Clavos —dijo Axel, colocando una cajita frente a ella—. Y un martillo. Ve diciéndome dónde quieres que me ponga.

Tara se mordió la lengua hasta que estuvo segura de que no iba a contestar «en el sofá». Tomó entonces la fotografía más grande y la colocó en la pared que había al lado de la puerta. Era una fotografía de los padres de Axel el día de su boda.

—Pon un clavo aquí.

—Está un poco bajo.

—Pensaba que confiabas en mí.

Axel sonrió con ironía, pero hizo lo que le pedía.

—¿Tienes un lápiz y un nivel?

—No fui boy scout, pero estoy preparado para cualquier imprevisto.

Axel sacó ambas cosas del bolsillo.

Tara se volvió hacia la pared y utilizó el nivel para marcar el lugar en el que tenía que poner los clavos. También estaba preparado la noche de Braden y aun así, se había quedado embarazada, pensó mientras lo hacía. La caja de preservativos que habían comprado en la misma tienda en la que habían encontrado la tarta de chocolate decía que tenían una fiabilidad de un noventa y nueve por ciento.

—Hay unos ganchos que son preferibles a los clavos, pero supongo que no…

—No tengo, pero los traeré la próxima vez que vengamos y podrás cambiarlos.

¿La próxima vez? ¿Iba a haber una próxima vez?

Terminó de hacer las marcas y después de que Axel clavara los clavos, colgó las fotografías.

—A mí me parece que quedan muy bien —dijo Axel mientras retrocedía para observar el efecto.

—Todavía no hemos terminado —le mostró otras dos fotografías.

—No me habías dicho que íbamos a pasarnos la tarde colgando fotografías.

—Y tú dijiste que no tenías prisa por volver a Weaver —colgó rápidamente las dos fotografías que quedaban—. Ya está. ¿Qué te parece ahora?

Axel posó la mano en su espalda y la subió lentamente hasta su nuca.

—Me parece que ya va siendo hora de que dejemos de fingir.

Tara se quedó completamente paralizada. Cerró los ojos y se aferró al borde de la mesa mientras Axel le acariciaba la nuca con el pulgar.

—Axel yo… quiero… No, quiero decir, no quiero…

—Chss —él acercó los labios a su oreja.

Tara sentía el calor de su cuerpo en la espalda, traspasando la gruesa lana de su jersey.

—Te diré lo que yo quiero —continuó susurrando Axel mientras deslizaba la mano para terminar posándola sobre su vientre.

Tara tomó aire, repentinamente alarmada. ¿En dónde tenía la cabeza? No debería dejar que la tocara. No debería estar allí contemplando la posibilidad de hacer el amor con él.

—Lo que llevo días queriendo hacer —Axel bajó la voz todavía más, hasta convertirla en un ronco rumor—. Llevo semanas pensando en esto, meses, por mucho que haya intentado negármelo.

—Axel…

—Quiero acariciarte, saborearte otra vez —le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

Tara se mordió el labio con fuerza mientras Axel deslizaba la mano hacia sus muslos.

—Axel…

—Quiero oírte pronunciar mi nombre cuando me deslizo dentro de ti. Quiero oírte gemir.

Tara sentía un fuego líquido corriendo por sus venas. Le agarró la mano frenética, pero no fue capaz de obligarle a apartarla.

—¿Para eso me has traído aquí?

—¿Te enfadarás si te digo que sí?

—No lo sé —contestó Tara temblando.

—Quería que conocieras esta casa. Quería verte en mi cabaña.

A Tara se le encogió el corazón.

—De verdad, no deberíamos estar haciendo esto —dijo con un hilo de voz.

—Tienes razón. Pero no soy capaz de evitarlo. De modo que ya sólo queda una pregunta por hacer —Axel volvió a deslizar una mano entre sus muslos mientras alzaba la otra hasta su seno y le acariciaba el pezón con el pulgar—. ¿De verdad quieres que me detenga?

¿Quería poner fin a esa locura? ¿O quería entregarse a ella sin tener miedo a las consecuencias?

Axel continuaba acariciándola y toda la determinación de Tara pareció disolverse en el fuego que parecía estar derritiéndole los huesos. Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra su pecho.

—No, no te detengas.

Axel dejó escapar un largo suspiro, la hizo girar entre sus brazos y cubrió sus labios.

El mundo pareció detenerse en el momento en el que sus lenguas se encontraron.

Alex la sentó en la mesa de billar, le hizo abrir las piernas y se colocó entre ellas mientras deslizaba las manos bajo la falda para acariciarle las rodillas y los muslos.

Tara se aferró a sus hombros buscando estabilidad y cuando sintió los dedos de Axel en sus caderas, comenzando a bajarle las medias de encaje, se mostró patéticamente dispuesta a colaborar. Estaban ya las medias por las rodillas cuando se dio cuenta de que las botas le impedían continuar.

—Las botas… —señaló.

Pero Axel resolvió aquel inconveniente desgarrando las medias y echándolas a un lado. Y entonces la tocó. Allí, justo allí.

Tara dejó escapar una bocanada de aire y se aferró con fuerza a sus hombros.

—Axel…

—Eso era lo que quería oír —respondió Axel mientras hundía sus dedos en ella y cubría sus labios con un beso—. Dime que deseas esto tanto como yo.

—Lo deseo tanto como tú —susurró Tara.

Y a partir de entonces, ya no fue capaz de decir nada, porque pareció perder el control sobre su cuerpo y lo único que pudo hacer fue gemir y estremecerse mientras Axel la hacía volar hasta el límite del deseo. Todavía estaba temblando cuando Axel se desabrochó el cinturón y se hundió en ella. Gritó y se abrazó con fuerza a él, sintiéndose tan perfectamente unida a Axel que volvió a visitar la cumbre del placer sin haber terminado aún el camino de descenso.

Sin separarse de ella, Axel la condujo hasta el sofá.

—La próxima vez será todo más lento —le prometió mientras la dejaba sobre el sofá de cuero.

Tara no era capaz de pensar en la próxima vez, porque en lo único en lo que podía pensar era en cómo iba a sobrevivir al interminable placer que la invadía mientras le besaba y rodeaba su cintura con las piernas.

Y justo cuando pensaba que ya no era capaz de soportar la sensación que serpenteaba dentro de ella sin gritar, Axel se tensó, se aferró al respaldo del sofá y susurró su nombre.

Tara sintió que se disolvía mientras sentía el latido de Axel en lo más íntimo de su cuerpo.

Cuando el mundo volvió a girar de nuevo, Axel apoyó la cabeza en el hombro de Tara y susurró:

—Es un buen sofá.

Tara curvó los labios en una sonrisa.

—Tara… —susurró Axel mientras se separaba de ella.

—¡Hola! —gritó entonces alguien desde la puerta.

Capítulo 13

Tara se tensó como si estuvieran presionándole la espalda con una barra de hierro candente al oír aquellas voces. Se levantó rápidamente del sofá, se alisó la falda y corrió a la cocina, porque no se le ocurrió otra posible forma de escapar.

Afortunadamente, había un pequeño cuarto de baño junto a la cocina y allí se cerró, apoyada contra la puerta mientras el corazón le latía con tanta fuerza que casi sofocaba las voces que llegaban desde la otra habitación.

Se lavó rápidamente la cara, esperando que quienquiera que hubiera llegado se fuera rápidamente. Pero no había acabado de formular aquel pensamiento cuando se elevó el sonido de las voces. Estaban ya en la cocina.

Contuvo la respiración hasta que volvieron a alejarse y miró su reflejo en el espejo. Aquél era el resultado de haber hecho lo que no debía. Sobre todo teniendo en cuenta su secreto.

Cuadró los hombros con resolución y terminó de refrescarse, pero toda su determinación se desvaneció al darse cuenta de que se había dejado las medias en el salón. ¿Dónde estarían? ¿En el suelo? ¿Encima de la mesa de billar?

Suspiró y abrió la puerta. Las voces que llegaron hasta ella eran las de los primos de Axel, Casey y Erik.

—Han venido a jugar al billar —le explicó Axel cuando reapareció.

Tara miraba furtivamente hacia el suelo en busca de las medias de encaje.

—No nos imaginábamos que podrías estar aquí, teniendo en cuenta todo el tiempo que pasas en casa de Tara —comentó Erik, y le tendió a Tara una botella de cerveza—. ¿Quieres?

—No, gracias —sonrió, pero por dentro quería morirse.

Acababa de ver sus medias. Estaban escondidas entre las botas de Axel.

—Les he dicho que estábamos a punto de volver al pueblo —Axel no mostraba ninguna zozobra.

—Sí —contestó.

Se sentía como una adolescente a la que hubieran atrapado besuqueándose con su novio.

—Muy bien —Eric descolgó uno de los tacos de billar—. Nosotros vamos a jugar un rato.

—No todos somos unos tortolitos —añadió Casey con una sonrisa.

Tara se apartó de la mesa. Sabía que estaba sonriendo, porque sentía los labios como si alguien estuviera tirándole con fuerza de ellos.

—Adelante, seguid dándome pena —respondió Axel, arrastrando las palabras—. Dos jóvenes como vosotros jugando solos al billar un sábado por la noche. Es realmente triste.

—Ése ha sido un golpe bajo —gruñó Casey.

—Encima tienes razón —respondió Erik, abrió su botella de cerveza y le dio un largo trago—. Son estas las cosas que empujan a un hombre a la bebida.

Si no estuviera tan avergonzada, a Tara probablemente le habría impresionado la habilidad de Axel para guardarse las medias en el bolsillo disimuladamente sin que ninguno de sus primos se diera cuenta.

—Yo pensaba que en vuestras casas teníais mesas de billar —Tara recordaba que habían hablado de ello el día que había comido con toda la familia.

—Y es cierto. Pero no quieren jugar allí porque saben que sus padres también querrán jugar y les darán una buena paliza.

—Triste, pero cierto —dijo Casey haciendo una mueca.

—Mi padre y mis tíos pueden ganar a cualquiera al billar —le explicó Axel.

—Y al póquer —añadió Casey.

Tara intentó conciliar la imagen de aquellos dos hombres con la que estaban dibujando sus hijos y no lo consiguió. De la misma forma que le resultaba imposible relacionarlos con la clase de trabajo que Axel había descrito.

—Oh —fue su gran respuesta—. Creo que ya va siendo hora de que nos vayamos —sugirió.

Axel le pasó el brazo por los hombros.

—Buena idea, cariño —se dirigió con ella hacia la puerta—. Apagad las luces cuando os vayáis.

Axel agarró los abrigos que habían dejado en el perchero de la puerta y Tara se lo puso rápidamente. Una vez en el interior del coche, se puso el cinturón de seguridad y fijó la mirada en el parabrisas. No se movió siquiera cuando Axel se sentó tras el volante y sintió sobre ella el peso de su mirada.

Al cabo de unos segundos, Axel puso la camioneta en marcha y se alejó de la cabaña.

—Podría haber sido peor —señaló—. Podrían haber venido diez minutos antes.

—Eso no cambia nada. No… no vamos a repetirlo. No quiero que compartamos mi cama cuando estés en mi casa.

—Hay hombres que se tomarían tus palabras como un desafío. Afortunadamente, no soy uno de ellos.

—Estupendo, porque esto no volverá a repetirse. No sé en qué estábamos pensando…

—Yo sí sé en lo que estaba pensando —replicó Axel, pero, afortunadamente, no añadió nada más.

Pasaron por delante de la casa de los padres de Axel y no tardaron el llegar a la autopista. Llevaban en la camioneta cerca de media hora y el ambiente era cada vez más gélido.

—No pienso disculparme —le advirtió Axel.

Sabía que había cruzado una línea que no debería haber atravesado siendo su guardaespaldas, pero también que Tara le deseaba tanto como él la deseaba a ella.

—Yo tampoco te he pedido una disculpa —replicó Tara con voz glacial.

—Muy bien.

Continuaron en silencio, y estaban girando en la última curva que había antes de llegar a Weaver cuando sonó el teléfono de Axel.

—¿Sí?

Era Max Scalie el que llamaba. Y a Axel se le pusieron todos los pelos de punta al oírle.

—Ahora mismo voy para allá —dijo antes de colgar.

—¿Qué ha pasado?

—Hay un incendio. En tu casa.

—¿Qué?

Pero Axel no tuvo que repetírselo, porque, por supuesto, le había oído perfectamente.

Tara inclinó la cabeza hacia delante y negó con la cabeza.

—No, no puede haber un incendio. Esta mañana no he encendido ni siquiera la cocina —entonces, se dio cuenta de que Axel se estaba preparando para girar—. ¿Por qué das la vuelta?

—Porque voy a llevarte de nuevo a tu casa.

—¡No! —le agarró del brazo y la camioneta dio un bandazo—. Tenemos que volver a Weaver.

Axel enderezó rápidamente el volante.

—No es un lugar seguro —hasta que no supiera la causa del fuego, no quería correr riesgos.

—¡Pero es mi casa!

Axel cometió el error de mirarla. Y vio sus ojos llenos de lágrimas. Musitó un juramento y pisó el freno hasta parar la camioneta.

—Max ha dicho que tu casa está envuelta en llamas. No vas a poder salvar nada…

—Por favor, Axel…

Axel tuvo una prueba más de lo pésimo agente que era cuando fue incapaz de soportar su súplica. Con una sarta de maldiciones, alargó la mano hacia la guantera y sacó una pistolera. Se quitó la cazadora para colocarse la pistolera y volvió a ponérsela.

—Llevas una pistola —dijo Tara con un hilo de voz.

—Y odio llevarla —Axel puso de nuevo la camioneta en marcha. Hacia Weaver.

—Gracias —le dijo Tara cuando comenzó a ver las luces del pueblo.

—Creo que no me las darás durante mucho tiempo.

Podían oler el humo desde allí, pero sabía que el verdadero horror no llegaría hasta que Tara viera su casa.

Había cinco coches de bomberos alrededor de la casa y al menos una docena de hombres intentando apagar el fuego. De los restos de la casa de Tara se levantaba una columna de humo.

—Oh, Dios mío —susurró Tara. Se llevó la mano al vientre mientras él iba disminuyendo la velocidad de la camioneta—. No ha quedado nada.

Axel paró detrás de la barricada formada por los coches patrulla de la oficina del sheriff. Cuando vio que Tara se disponía a abrir la puerta, la agarró del brazo.

—Es mi casa…

Pero no la dejó marcharse.

—Lo sé, pero aun así, no puedes salir de aquí. No debería haberte traído tan cerca.

—¡Y yo no debería haber estado contigo! Si hubiera estado en mi casa…

—El fuego te habría atrapado dentro. Tara, sé que es duro, pero intenta pensar.

Tara luchaba contra las lágrimas.

—Nada puede continuar nunca igual. Haga lo que haga, todo cambia —musitó con la mirada clavada en el parabrisas—. Aunque sólo fuera una vez, una sola vez, por Dios, ¿por qué no ha podido continuar todo como estaba?

—No todo ha cambiado, Tara. Seguro que al final todo saldrá bien.

—¿Cómo? —preguntó Tara señalando la casa con amargura—. ¡Si no ha quedado nada!

Tenía razón; lo único que quedaba era un amasijo de escombros y hollín. Y aun así, los bomberos continuaban arrojando agua sobre las ruinas.

—¿Es que tienen que terminar de ahogar hasta el último de mis recuerdos?

No pudo evitarlo, Axel la abrazó y le dio un beso en la frente.

—No quieren que se extienda el fuego a las casas vecinas.

Puso la camioneta en marcha y comenzó a retroceder, pero se detuvo al ver a Dee Crowder haciéndoles gestos. Dee cruzó el jardín de su casa a toda velocidad, con la bata volando tras ella. Axel bajó la ventanilla cuando llegó al lado de la camioneta.

—Dee…

—Oh, gracias a Dios. Uno de los bomberos me ha dicho que no había nadie en la casa, pero… —se alzó el cuello de la bata para protegerse del frío—. Tara, si hay algo que pueda hacer por ti, cualquier cosa, dímelo —sacudió la cabeza mirando hacia la casa—. No me lo puedo creer. A nadie le entra en la cabeza. Cynthia quiere hacer una colecta por el vecindario para reunir cosas que puedes necesitar durante estos días. Y si necesitas un lugar en el que quedarte… aunque, bueno, supongo que eso no hará falta.

—Gracias, Dee —contestó Axel mientras Tara miraba a Dee enmudecida.

Dee se despidió de Axel apretándole cariñosamente el brazo y Axel continuó su camino, deseando alejarse de aquella congestionada calle.

—¿Adónde vamos? —preguntó Tara con voz apagada.

—A mi casa.

Tara no protestó. Axel se hubiera sentido mucho mejor si lo hubiera hecho, pero Tara no volvió a decir nada hasta que llegaron a la cabaña.

—Tus primos todavía están aquí.

—Pero pronto se irán.

Axel rodeó la camioneta para abrirle la puerta, pero Tara ya había bajado cuando él llegó a su lado. La agarró del brazo y la condujo al interior de la cabaña. A sus primos les bastó mirar a Tara para dejar de jugar.

Axel llevó a Tara a su dormitorio y la condujo hacia la cama. Como ella no parecía tener intención de quitarse el abrigo, se inclinó hacia ella y él mismo se lo quitó.

—Se suponía que esa casa era algo temporal —dijo Tara con la voz rota—. ¿Por qué me duele tanto entonces?

Axel se agachó a su lado y le quitó las botas.

—A lo mejor porque es la casa en la que más tiempo has vivido.

Tara no contestó. Se limitó a reclinarse lentamente contra la almohada.

—¿Quieres que me quede contigo? —le preguntó Axel preocupado.

—No.

Axel suspiró. Alargó la mano hacia ella, queriendo apartarle el pelo de su pálido rostro, pero se detuvo a medio camino. Si hubiera estado haciendo su trabajo como se suponía que tenía que hacer, podría haber evitado el incendio. Quizá incluso hubiera atrapado al responsable de aquel desastre.

—Intenta descansar —fue lo único que le dijo mientras salía del dormitorio.

Fue desde allí a la cocina, a donde le siguieron Casey y Erik.

—Ya nos hemos enterado de la noticia —dijo Erik—. Acaba de llamarnos mi padre. Está intentando localizarte.

Y Axel estaba seguro de que Tristan también.

—He dejado el teléfono en la camioneta.

—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó Casey.

—Decidle a vuestros padres que tengan una pistola a mano —musitó muy serio.

—Así que ésas tenemos —contestó Erik.

—Sí, ésas tenemos.

Casey asintió lentamente. Al igual que Erik, él también había sabido esquivar la llamada por la agencia. Era un chico interesado en la literatura y en las mujeres, pero también era el mejor tirador de toda la familia. Había tenido un buen maestro: su padre.

—¿Quieres que hagamos guardia en la cabaña?

Axel se frotó la cara. Su padre pondría en alerta a todos los peones del rancho y Matthew podía hacer lo mismo en el Double-C.

—No dejéis que nadie pase a vuestro rancho. Y, por el amor de Dios, no habléis de nada de esto con ningún desconocido.

Sus primos asintieron y salieron inmediatamente.

Axel salió también para buscar su teléfono, lo había dejado en la camioneta. Ignoró todos los mensajes que tenía y llamó directamente a su padre.

—Estoy enterado de todo —dijo Jefferson inmediatamente—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

—Estoy en la cabaña, y sí, estoy bien. Pero no sé si Tara está bien.

—¿Se sabe ya cuál ha sido el origen del fuego?

Axel sabía que el cuerpo de bomberos llevaría a cabo su propia investigación, pero teniendo en cuenta las circunstancias en las que se encontraban, era mucho esperar que el incendio hubiera sido algo accidental.

—¿Puedes venir aquí?

—Sí, y llevaré a tu madre.

—Estupendo —no había nadie mejor que Emily Clay en medio de una crisis.

En cuanto terminó de hablar con su padre, regresó a la cabaña. Allí escuchó los mensajes coléricos de Tristan. Pero, sobre todo, estuvo pensando en la mujer que estaba en aquel momento en su cama y deseando que estuviera allí por una razón muy distinta.

Capítulo 14

Ya estás despierta.

Tara miró a la madre de Axel, que estaba sentada en una mecedora, no lejos de la cama. Una mecedora como las que ella había imaginado para el porche.

—¿Quieres que te traiga algo? ¿Agua? ¿Un whisky? —dejó el libro que estaba leyendo, se sentó al lado de Tara y la agarró por la barbilla—. Lo importante es que todo el mundo está bien —la consoló.

Era cierto, pero también era difícil sentirlo cuando todos sus objetos personales habían ardido bajo las llamas. Intentó tragar saliva, pero se atragantó.

—Voy a buscarte un vaso de agua —dijo Emily—, ahora mismo vuelvo —y salió rápidamente de la habitación.

Tara apoyó la cabeza en la almohada. Se llevó la mano a los ojos e intentó alejarse de todo. De la voz de Emily que llegaba a ella desde la otra habitación, del tenue resplandor de la lámpara en la habitación a oscuras…

Notó un ligero cosquilleo en el abdomen y se quedó muy quieta. Dejó caer el brazo lentamente y lo posó sobre su vientre. Volvió a sentirlo. Era como el aleteo de una mariposa. El bebé se había movido.

—Aquí tienes, Tara —Emily volvió a aparecer con un vaso de agua.

Tara se incorporó en la cama, tomó el vaso y lo vació. Emily dejó el vaso en una caja que había al lado de la lámpara, tomó de nuevo el libro y se sentó en la mecedora.

—Voy a quedarme aquí un rato más, ¿te parece bien?

—¿Cuánto… cuánto tiempo llevas aquí?

—Desde que Axel nos ha llamado para decirnos que estabais en la cabaña. Ahora son las dos de la madrugada.

—¿Llevas aquí tanto tiempo?

—Claro que sí —Emily sonrió—. Axel no quería que estuvieras sola cuando te despertaras.

—¿Dónde está él?

—Ha ido al pueblo, con su padre. Pero no te preocupes. Mason ha estado aquí desde entonces.

—¿Tú sabes lo de Mason?

—Sé muchas cosas —le aseguró Emily con calma—. Axel nos ha hablado de tu hermano, querida.

—Lo siento, siento haberos engañado.

—¿Habernos engañado? ¿Por qué dices que nos has engañado? —Emily arqueó ligeramente las cejas.

—Porque Axel y yo no tenemos una relación sentimental.

Curiosamente, la madre de Axel se mostró vagamente divertida.

—Claro que sí. Estáis viviendo juntos.

—Pero sólo porque tiene la misión de cuidarme.

Emily volvió a dejar el libro que estaba leyendo al lado de la cama.

—¿Sabes? Cuando Axel decidió dedicarse a este trabajo, no nos hizo ninguna gracia. Pero ese impulso que le lleva a hacer todo lo que considera que debe hacer no es sólo algo que haya aprendido en esta familia. Creo que lo lleva escrito en los genes… Sin embargo, jamás había traído a ninguna de sus «misiones» a una de las comidas de los domingos. De hecho, eres la primera mujer a la que invita a nuestra casa —le apretó la mano a Tara—. Mi hijo te quiere. Y eso significa que también nosotros te queremos.

Tara no estaba todavía preparada para examinar sus sentimientos. Pero aquella mujer tan amable era la abuela de su hijo.

—Emily —comenzó a decir—, nunca he conocido a nadie como tú. Nunca he conocido una familia como la tuya.

—Bueno, creo que somos una familia como cualquier otra. Unas veces buenos, otras malos y en ocasiones, un poco estrafalarios. Pero estamos juntos cuando nos necesitamos.

—Mi familia no es así.

—¿Sólo tienes a tu hermano?

Tara desvió la mirada. Ya ni siquiera tenía a su hermano.

—Nuestros padres murieron en un accidente de coche hace diez años.

—Así es como perdí yo a mi padre —respondió Emily suavemente—. Pero yo era una niña, y Squire me trajo aquí a vivir con él.

—¿Entonces tú te has criado con…?

—¿Con Jefferson? Bueno, él era algo mayor que yo, pero sí —Emily le apretó la mano y se la soltó—. Pero ya hablaremos de todo esto en otro momento. Ahora lo que tienes que hacer es intentar dormir. Yo me quedaré aquí un poco más. ¿Te molesta la luz?

—No, no me molesta —contestó Tara con voz ronca—. Gracias.

Emily la miró ligeramente sorprendida.

—¿Por qué?

—Mi madre jamás hizo nada como esto. Mi padre no permitía ese tipo de mimos.

—Cariño, a veces hasta los adultos necesitamos que nos mimen —se sentó con el libro en el regazo y se inclinó hacia delante—. Has dicho que no tienes a tu hermano, pero es él el que está insistiendo en que te protejan. Esté a tu lado o no, es evidente que está preocupado por ti. Y al parecer, con razón.

Tara negó con la cabeza.

—Llevo demasiado tiempo viviendo con las paranoias de Sloan. Estoy segura de que ese incendio no ha tenido nada que ver con él.

—Quizá tengas razón. Probablemente mañana Axel tendrá alguna respuesta. Ahora, intenta dormir.

Tara cerró los ojos y cuando volvió a despertarse, ya entraba luz por la ventana. Miró a su alrededor. La mecedora estaba vacía y la luz apagada. La puerta del dormitorio estaba semiabierta y se oía un murmullo de voces. Pero la única que reconoció fue la de Axel.

Miró por la ventana que estaba enfrente de la cama. Vio un paisaje nevado bajo el sol y, un poco más allá, unas rocas escarpadas.

Además de la puerta que conducía al cuarto de estar, el dormitorio tenía otras dos puertas, y las dos estaban cerradas. Abrió una y descubrió que era un armario. La otra, afortunadamente, era la del baño.

Una de las paredes la ocupaba un enorme espejo con un marco de madera. Sintiéndose un poco fisgona, abrió los armarios del baño, pero estaban prácticamente vacíos. No había más toallas que las que colgaban al lado de la ducha, pero encontró pasta de dientes.

Se desnudó, se metió en la ducha, se lavó el pelo para quitarse el olor a humo y salió. Se envolvió en una toalla y abrió la puerta del baño. Prefería ponerse alguna prenda de Axel a tener que vestir aquella ropa con olor a humo.

Pero al ver a Axel en la cama con una bolsa de plástico a su lado se detuvo en seco.

—Yo… —farfulló—, acabo de ducharme. Espero que no te parezca mal.

—Llevo más de una semana utilizando tu ducha, ¿a ti qué te parece?

—Pareces cansado. No has dormido nada, ¿verdad?

—Alguna que otra hora ayer por la noche. Esta mañana hemos ido a buscar entre los escombros —Tara no se dio cuenta de que llevaba una bolsa más pequeña entre las manos hasta que Axel se la tendió—. Me temo que esto es lo único que hemos podido salvar.

Tara tomó la bolsa y la abrió. Además de otros objetos, en el interior había un espejo de mano que había sido de su madre.

—Lo hemos revisado todo lo mejor que hemos podido.

Tara apretó los dientes para no dejar escapar un sollozo.

—¿Quiénes?

—Mis primos, mi madre. Hemos ido todos allí.

Tara lo miró en silencio. Tenía el pelo revuelto y la ropa cubierta de hollín. Se aferró con fuerza al espejo.

—Deberías haberme despertado.

—Necesitabas dormir, y no dedicarte a remover cenizas —suspiró profundamente—. Y a lo mejor yo necesitaba no verte removiendo las cenizas.

Tara sintió un nudo en la garganta. Volvió a abrir la bolsa y sacó un álbum de fotos. Acarició con el pulgar la cubierta negra que en otro tiempo había sido de cuero.

—Lo guardaba en el armario del vestíbulo.

Lo abrió con mucho cuidado. Las páginas crujían a medida que iba pasando las hojas, pero, por alguna especie de milagro, no se habían pegado.

—Gracias —susurró emocionada mientras lo cerraba.

—No me des las gracias. Si hubiera estado… —dijo, se interrumpió y respiró con fuerza por la nariz.

—Nada de esto ha sido culpa tuya.

—No ha sido un fuego provocado. Al parecer ha sido un accidente. Un fallo en la instalación eléctrica —apretó los puños—. Yo quería cambiar tu rutina, que no volvieras a casa cada día al salir de la tienda. Pero si hubiéramos estado en tu casa, nos habríamos dado cuenta de que…

—O a lo mejor no nos habríamos dado cuenta —le recordó Tara—. Tú mismo lo has dicho, Axel. Pero podrías haberme dicho que era eso lo que pretendías —hizo un gesto con la mano—, cambiar la rutina, quiero decir.

—Lo de hacer el amor contigo no tenía nada que ver con mi trabajo —volvió a resoplar—. Toma —le tendió la bolsa que tenía a su lado—. Mi madre te trajo esto ayer.

—¿Ayer? Pero si el incendio fue ayer por la noche.

—No, Tara, has dormido todo un día entero. Es lunes. De hecho, son casi las doce.

—Pero… Jamás en mi vida había dormido tanto.

—Pues esta vez lo has hecho. Incluso he llamado a mi tía Rebecca para que viniera a ver lo que te pasaba.

Tara se quedó paralizada. Su tía, Rebecca Clay, era la directora médica de la clínica de Weaver.

—¿Qué…? —tuvo que interrumpirse para aclararse la garganta—. ¿Y qué ha dicho ella?

—Que estabas agotada. En estado de shock, y que te dejáramos dormir —miró de nuevo hacia la bolsa—. Sarah va a traerte todo lo que Dee y el resto de los vecinos han ido recogiendo. Pero de momento, aquí tienes ropa y un neceser por si necesitas algo.

Tara sintió un cosquilleo en la nariz. Y los ojos le ardían. Dejó el álbum, abrió la bolsa y sacó una blusa perfectamente doblada.

—Tu madre compró esta blusa en mi tienda hace unos meses.

—Ella es un poco más alta que tú, pero ha pensado que te quedaría bien. Leandra te manda las botas y las zapatillas de deporte.

Tara volvió a abrir lentamente la bolsa. Además de algunas prendas que reconoció de la tienda, había otro paquete con calcetines y ropa interior.

—Todo esto es nuevo.

—Eso ha sido cosa de Leandra. Ha dicho que lo que tú tenías en la tienda era mucho más bonito, pero esto te servirá durante algunos días.

—¿Por qué está haciendo esto todo el mundo por mí?

—¿Por qué no lo iban a hacer?

—No me lo merezco —dejó caer la bolsa—. No me merezco nada de esto.

—No, no te mereces que se incendie tu casa mientras yo estaba mirando hacia otra parte.

—No es eso lo que quiero decir. Me refiero a todo esto —señaló todo lo que había sacado de la bolsa—. Todo el mundo ha sido muy generoso conmigo y yo… —lo miró, comprendiendo que no podía continuar ocultándole la verdad—. Axel… Dios mío, lo siento. Lo siento mucho.

—¿Qué es lo que sientes?

Pero las palabras y los pensamientos se agolpaban en su mente en una carrera destinada a descubrir su triste verdad.

—Debería habértelo dicho. Debería haber encontrado la manera de decírtelo, pero…

Axel se levantó y la agarró por los brazos.

—Tranquilízate. ¿Qué deberías haberme dicho? Dime lo que te pasa, Tara, seguro que encontramos la manera de solucionarlo.

Al borde de la histeria, Tara tomó su mano y la posó sobre su vientre hinchado.

—¿Cómo crees que se puede arreglar esto?

Axel permaneció en silencio durante unos segundos interminables.

—Estás embarazada —dijo por fin—. ¿Pero cómo es posible, si utilizamos preservativos?

—Es evidente que alguno de ellos falló.

Axel comenzó a caminar nervioso por la habitación.

—Llevo contigo casi una semana, ¿cuándo pensabas decírmelo? —el silencio de Tara fue suficientemente elocuente—. No pensabas decírmelo, ¿verdad?

—Yo… pensaba que era lo mejor.

—¿Para quién? ¿Para ti? —preguntó Axel furioso.

—Para el bebé. ¡No quería que tuviera que soportar una infancia como la mía!

—Sí, claro. Pero si en realidad no sabías a lo que me dedicaba. Así que, ¿por qué no me has dicho nada en estos cuatro meses que han pasado desde que estuvimos juntos en Braden?

—No sabía dónde estabas —le recordó—, y tampoco intentaste ponerte en contacto conmigo. Por lo que yo sabía, no tenías ningún interés en mí.

—Sabías quiénes eran mis padres, ¿no se te ocurrió pedirles a ellos que te dijeran cómo podías localizarme?

A Tara se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Ya te he dicho que lo siento, ¿qué más quieres?

—Quizá hoy ya sea demasiado tarde para ir a los juzgados. En ese caso, tendremos que dejarlo para mañana.

—¿A los juzgados?

—Para pedir una licencia de matrimonio —respondió Axel mientras se dirigía furioso hacia la puerta.

—¿Una licencia de matrimonio? ¿Para qué?

—Porque quiero estar casado con la madre de mi hijo —la fulminó con la mirada—. Vístete. Tenemos cosas que hacer.

Capítulo 15

Ya tengo un tocólogo —le dijo Tara a Axel.

Al llegar a Weaver, en vez de dirigirse a los juzgados, habían ido a la clínica y sentía la mano de Axel como una garra de hierro, negándole cualquier posibilidad de protesta mientras recorrían los pasillos de aquel edificio.

—Quiero que te examine Rebecca.

—Ya me examinó anoche. Tú mismo me lo dijiste.

—No, no te examinó. No consideró necesario hacerlo, entre otras cosas, porque ninguno de nosotros estaba al corriente del pequeño detalle que habías decidido ocultarnos.

Continuó caminando sin soltarla hasta que llegó a la puerta que buscaba. Llamó bruscamente y empujó a Tara al interior.

Rebecca estaba sentada detrás del escritorio.

—¿Qué…?

—Está embarazada —anunció Axel sin preámbulos.

Si la tía de Axel se sorprendió, lo disimuló perfectamente

—¿De cuántas semanas?

—De cuatro meses —respondió Axel por ella.

Rebecca desvió la mirada hacia Tara.

—De casi ocho semanas —le aclaró—. Y tengo un tocólogo en Braden.

—Un tocólogo al que yo no conozco y al que no has visto desde hace una semana.

—Axel, ¿por qué no te sientas? —le pidió Rebecca—. Tara, ven conmigo.

En cuanto cerraron la puerta de la sala de exploración, Tara se volvió hacia Rebecca.

—De verdad, no necesito que me examines. El bebé está bien, incluso se mueve.

—Estoy segura de que tienes razón —dijo Rebecca, pero continuó guiándola hacia la camilla, le hizo sentarse y comenzó a tomarle la tensión—. Pero creo que mi sobrino necesita algunos minutos para tranquilizarse, y tú has pasado por una situación muy difícil. Todos sentimos mucho lo de tu casa.

—Gracias. Todavía me cuesta creerlo.

—Lo comprendo —respondió Rebecca—. ¿Quién es tu tocólogo? —Tara le dijo el nombre—. Buena elección. Pero Braden está un poco lejos de Weaver para cuando llegue el momento del parto, ¿has pensado en eso?

—Todavía faltan varios meses.

—Estás casi a mitad del embarazo, pero, por supuesto, la decisión tienes que tomarla tú.

—Axel no piensa lo mismo.

—El bebé es suyo, supongo.

—Sí —contestó Tara con un hilo de voz.

—Bueno —Rebecca le palmeó la rodilla y se sentó en un taburete que había al lado de la camilla—. A pesar de lo que Axel pueda pensar, todo lo que me digas va a quedar entre nosotras. Pero creo que debería advertirte que los hombres de la familia Clay se toman muy en serio sus responsabilidades como padres.

—Sí, ya me he dado cuenta.

—¿Tienes náuseas, mareos?

—No, ya te he dicho que estoy perfectamente —esbozó entonces una mueca—. Las vitaminas que estaba tomando han debido arder con el resto de la casa.

—Bueno, por lo menos eso se puede reemplazar —le escribió una receta y se la tendió.

—Gracias.

—¿Hay algo más que te preocupe? ¿Quieres hacerme alguna pregunta?

Tara negó con la cabeza.

—De acuerdo entonces. Vamos a enfrentarnos a Axel.

Le encontraron de pie, paseando por la consulta. En cuanto oyó que se abría la puerta, se volvió hacia ellas.

—Todo va perfectamente —le dijo Rebecca, se acercó a su sobrino y le dio un beso en la mejilla—. Y, lo primero de todo, felicidades.

—Gracias, ¿Tara también está bien?

—No tiene nada que no pueda curarse dentro de cinco meses —respondió Rebecca con una sonrisa—. Y ahora, será mejor que os vayáis. Tengo que leer unos informes.

Axel volvió a agarrar a Tara de la muñeca, como si temiera que pudiera salir corriendo, y no la soltó ni cuando pasaron por la farmacia ni cuando fueron en la camioneta hasta los juzgados. Pero cuando llegaron frente a una puerta con una placa en la que ponía «matrimonios», Tara decidió que había llegado el momento de plantarse.

—Axel, esto es un error.

—Tenemos que casarnos antes de traer un hijo al mundo.

Y también tendrían que estar enamorados, pensó Tara desolada.

—Esto sólo va a complicar las cosas. Ya estuve casada en otra ocasión y mi matrimonio sólo duró un mes.

—Sólo teníais dieciocho años. Erais un par de niños que no sabíais lo que hacíais, ni qué esperabais de la vida.

Empujó la puerta que tenían delante y tiró de Tara hacia el interior donde, por fin, le soltó la muñeca.

—¿Hay alguien aquí?

—Ahora mismo les atiendo —respondió una voz—. Si necesitan una licencia, los formularios están encima del escritorio.

Axel tomó uno de los formularios y comenzó a rellenarlo.

—¿Cuál es tu segundo nombre?

—Beth, pero me sorprende que no lo sepas.

—¿Fecha de nacimiento? —él mismo contestó—. Veintiséis de octubre.

—No tiene sentido rellenar ese formulario —le dijo Tara en un susurro—. No deberíamos casarnos.

Axel firmó el formulario y le tendió el bolígrafo a Tara.

—Fírmalo.

—Tú no me quieres.

Sin embargo, no podía negar que ella sí le quería a él. Le quería desde el día que le había pedido que pidiera un deseo y soplara las velas de su tarta de cumpleaños.

—Firma.

Tara tomó el bolígrafo, firmó y sintió un ligero mareo. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Justo en ese momento, salió el encargado de aquella sección. Se frotó las manos y se sentó detrás del escritorio.

—Vaya, eres tú, Axel. Estaba a punto de cerrar —miró a Tara y frunció el ceño—. Siento mucho lo de su casa, señorita.

El funcionario tomó el formulario y comenzó a teclear en una vieja máquina de escribir.

—¿Queréis pagar la licencia en efectivo o con tarjeta?

Axel le tendió varios billetes cuando el hombre terminó de escribir la licencia, la guardó en un sobre y se la tendió.

—Con mis mejores deseos.

—Gracias, George —Axel agarró el sobre y urgió a Tara a dirigirse hacia la puerta.

Una vez en el interior de la camioneta, Tara consideró la posibilidad de pedirle que pasaran por su casa, pero rápidamente descartó la idea. Él se habría negado y ella no estaba segura de que estuviera preparada para ver aquel destrozo. En cambio, intentó hacer entrar a Axel en razón.

—Creo que te equivocas al querer casarte conmigo por el bebé. Y estoy segura de que puedes comprenderlo.

—Hay peores motivos.

—¡Pero no estás enamorado de mí!

—¡Y tú tampoco estás enamorada de mí!

Tara desvió la mirada.

—Tienes dos opciones, cariño —dijo Axel cuando giraron en la autopista—. Puedes decidir entre una ceremonia civil o religiosa. Porque para cuando volvamos a casa, la noticia de que vamos a casarnos ya habrá corrido por todo el pueblo.

—Ni siquiera sabes si el niño es tuyo —replicó Tara, dispuesta a aferrarse a cualquier argumento.

—Me dijiste que no habías estado con nadie desde que te casaste. Prácticamente eras virgen, Tara, y tú y yo sabemos que no has estado con nadie desde entonces. Ese bebé es mío.

—Creo que en este momento te odio.

—Lo mismo digo. Pero si en este momento detuviera la camioneta y comenzara a acariciarte, los dos sabemos que los sentimientos serían muy diferentes.

—No estés tan seguro.

Axel metió la mano en el bolsillo y sacó las medias de encaje.

—¿Las reconoces?

—No sé por qué te molestas en guardarlas.

—Me dejaron un buen recuerdo —respondió Axel mientras volvía a guardarlas.

Tara estuvo ardiendo de rabia durante el resto del trayecto. Cuando llegaron a la cabaña, había nada más y nada menos que seis vehículos aparcados delante.

Tara salió de la camioneta sin esperar a que Axel le abriera la puerta y se dirigió hacia la cabaña. Pero Axel la alcanzó rápidamente y la agarró por la cintura.

—Sonríe —le susurró al oído.

Tara intentó zafarse, dolorosamente consciente del brazo de Axel bajo sus senos.

—No pienso sonreír.

—Claro que sí. Porque dentro de esa cabaña no hay una sola persona que se merezca tu animadversión.

Axel no podía haber dicho nada más efectivo. Todos los Clay, excepto Axel, habían sido extraordinariamente amables con ella. Y su hijo era también un Clay, formaba parte de aquel cariñoso clan. De modo que dejó de retorcerse y susurró:

—Tienes razón.

Axel se separó entonces de ella, abrió la puerta y la invitó a entrar. Y en cuanto aparecieron, los recibió un alud de gritos y felicitaciones. Le palmeaban a Axel la espalda, besaban a Tara e incluso comenzaron a descorchar botellas de sidra. Cada vez iba llegando más gente con bebida y comida y aquella improvisada fiesta duró hasta la noche. Todo habría sido perfecto, si Tara no hubiera sabido la verdad que se ocultaba tras aquella farsa.

Emily, con Lucas durmiendo en sus brazos, se acercó a Tara.

—¿Juegas al billar? ¿Al póquer?

—Me temo que la respuesta es no a las dos cosas.

—Bueno, pues si quieres aprender, lo único que tienes que hacer es decírselo a Squire. No hay nada que le guste más que acoger a los que parten con desventaja —se mecía, palmeando la espalda de Lucas—. ¿Ya has pensado en el vestido de novia?

—Eh… no.

Pero la mera mención de aquellas tres palabras «vestido de novia», fue como un imán para todas las personas que había en la habitación.

—¿Habéis pensado en las flores? —preguntó alguien.

—¿Y en la música?

—¿Y en los invitados?

Eran tantas las preguntas que Tara deseó poder taparse los oídos y escapar corriendo de allí.

—No lo sé —respondió con impotencia.

—La boda será el sábado de la semana siguiente —intervino Axel. Se acercó a Tara y le rodeó la cintura con el brazo—, sabemos lo que queremos y no nos apetece esperar.

—Pero es muy poco tiempo para preparar una boda, Axel —Emily parecía verdaderamente sorprendida—. ¡Sólo tenemos doce días! ¿Y si la iglesia no está disponible para entonces?

—En ese caso, nos casaremos en cualquier otra parte. Diablos, por mí, como si nos casamos en un campo de fútbol.

Tara tuvo que hacer un esfuerzo para no esbozar una mueca. Axel hablaba como si estuviera ansioso por casarse con ella.

—Si sólo contamos con doce días —dijo Emily—, tendremos que empezar a organizarnos. ¿Quién tiene el teléfono del reverendo Stone?

—Yo —Gloria sacó el móvil y le dictó a Emily el número.

—Axel, llámale inmediatamente —sugirió Emily—. No tenemos tiempo que perder.

Curiosamente, a Tara le entraron ganas de agarrar a Axel, marcharse con él y dejar que Emily se ocupara de todas las cuestiones relacionadas con la boda. Pero Emily agarró a Tara del brazo, impidiendo cualquier posible escapatoria.

—¿Tienes algo en la tienda que quieras ponerte el día de la boda? O, si quieres, podemos ir a Gillete o a Casper.

—Podríamos utilizar uno de nuestros vestidos —sugirió Sarah—. O hacer uno nuevo. Entre la madre de Max y la suegra de Leandra podrían hacer uno en una semana.

—¿Qué te parece, Tara?

Todos los ojos estaban fijos en ella.

—Yo… creo que estoy un poco abrumada.

—Claro que estás abrumada, cariño —dijo Emily con calor—. Sinceramente, los hombres siempre tienen prisa, y mi hijo no es diferente. Pero no te preocupes, todo saldrá bien. Cuando nos proponemos algo, somos capaces de conseguir cosas increíbles.

Y unas horas después, cuando ya terminaba la fiesta, demostró que tenía razón: habían confirmado la iglesia, tenían las flores y el fotógrafo e incluso habían decidido el menú.

—Lo único que nos falta son los anillos y el vestido —le dijo Emily cuando ya sólo quedaban ella y su marido en la cabaña—. Sé que Axel tiene un traje decente porque se lo vi en el funeral de Ryan, pero a lo mejor no es lo más apropiado para una boda.

—Mamá —Axel posó la mano en el hombro de su madre y la condujo hacia la puerta—. Te prometo no aparecer en vaqueros y con una camiseta sucia. Llévatela a casa papá, antes de que tengamos que darle un tranquilizante.

—No puedo evitarlo —Emily abrazó a su hijo una vez más y después abrazó a Tara—. Estoy encantada. Hacéis una pareja perfecta.

—Mamá, creo que hay algo que deberíais saber —dijo Axel. Tara abrió la boca para protestar, pero ya era demasiado tarde—, Tara está embarazada.

Emily abrió ligeramente los ojos y Jefferson miró a su hijo con los ojos entrecerrados.

—De todas formas, pensábamos casarnos cuanto antes —mintió Axel.

—Por supuesto —dijo Emily, llevándose una mano al corazón. Abrazó a su hijo—. Vas a ser un padre perfecto. Y tú —enmarcó el rostro de Tara entre las manos—, serás una madre maravillosa. Y una hija.

Jefferson, se volvió hacia Tara y sonrió lentamente.

—Es posible que hasta dentro de una semana no vaya a ser oficial, pero bienvenida a la familia.

Capítulo 16

El portazo con el que Tara cerró la puerta del dormitorio resonó en toda la cabaña. Axel se hundió en el sofá, se mesó los cabellos y miró después sus manos. Estaba temblando.

Se levantó del sofá y comenzó a caminar nervioso por la habitación.

¿Cómo podía haberle ocultado Tara aquella información? ¡El hijo que llevaba en el vientre era suyo!

Se detuvo delante de las fotografías que habían colgado juntos en la pared. Ryan le sonreía desde una de ellas. Axel apretó con fuerza la mandíbula y, sin ser consciente de lo que hacía, rompió el cristal de un puñetazo. Las fotografías cercanas se movieron. Una cayó al suelo y el cristal se hizo añicos.

—¿Qué haces? —preguntó Tara con voz asustada desde la puerta del salón.

Como Axel no respondió, Tara cruzó la habitación hacia él.

Al verla acercarse a él descalza, Axel reaccionó por fin.

—¡No! Te puedes cortar —pero Tara continuó avanzando.

—Tú ya te has cortado —respondió, pero se detuvo antes de llegar al círculo de cristales.

—Vuelve a la cama, Tara —dijo Axel con cansancio.

—¿Tienes una escoba?

—Sí, en la cocina. Yo iré…

Pero Tara ya se dirigía hacia allí. Axel comenzó entonces a enderezar las fotografías.

Tara regresó, barrió ella misma los cristales a pesar de las protestas de Axel y los llevó a la cocina.

Axel continuó en la misma posición, con la mirada fija en la fotografía de sus padres. Durante toda su vida había intentado estar a la altura de su apellido. Había intentado hacer las cosas bien. Sin embargo, estaba obligando a una mujer a casarse con él y estaba manteniendo la peor de las mentiras ante toda su familia.

No apartó la mirada de la fotografía de sus padres hasta que Tara regresó con una toalla en la mano. Cuando se acercó a él, evitó mirarle.

—Toma —le dijo, tendiéndole la toalla—. Estás sangrando.

Quizá fue por su sorpresa. O a lo mejor por la fragancia de Tara. O quizá sólo fue el peso de un secreto que ya no podía seguir soportando, pero confesó de pronto:

—Ryan está vivo.

Tara se quedó completamente helada. Alzó lentamente la mirada hacia él.

—¿Tu primo?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque pasé todo el año pasado buscándole. Y eso fue también lo que estuve haciendo cuando te dejé en Braden. Tenía una pista que podía conducirme hasta él.

Tara parecía cada vez más confundida.

—Siéntate —le pidió a Axel. Él se sentó en el sofá y ella se sentó a su lado—. Ahora, empieza desde el principio.

No había condena en su mirada, ni enfado. Ni tampoco dolor. Nada, salvo esos enormes ojos castaños en los que Axel se había perdido el día de su cumpleaños. Así que comenzó por el principio.

Le habló de aquella misión en la que Ryan se había perdido, de los meses y los años que habían pasado hasta que todo el mundo había aceptado que jamás le volverían a ver.

—Utilizamos todos los contactos que teníamos para localizarle. Para traer su cuerpo a casa. Sawyer, mi padre, Tristan… removieron hasta la última piedra.

—¿Y tú cómo conseguiste encontrarle?

—Desde luego, no porque sea mejor agente que ellos. Pero Ryan y yo éramos íntimos amigos. Tenía alguna idea de la misión que estaba cumpliendo y nunca me había tragado la versión oficial, que decía que había muerto en cumplimiento del deber. Hace cuatro meses, recibí un mensaje en mi teléfono móvil.

—Y por eso te fuiste de forma tan repentina.

—Seguí a Ryan hasta Bangkok. Está viviendo allí, bajo un nombre falso. Me he pasado cuatro meses intentando convencerle de que volviera a casa. Me juró que si le decía algo a la familia, se ocultaría todavía más. Sólo Dios sabe lo que le ha hecho enloquecer, pero tiene que ser algo terrible. No quiso decírmelo —todavía recordaba la frialdad de su mirada—. No quise correr riesgos, así que le prometí dejar las cosas como estaban y él se comprometió a ponerse en contacto periódicamente conmigo.

—¿Ésa era la misión en la que creías haber fallado?

—¿Creer? Sé que fallé. Debería haber sido capaz de hacerle volver.

—Oh, Axel. Te conozco. Sé que continuarás intentándolo, pero no puedes forzar a tu primo a sentir lo que tú sientes por tu familia, de la misma forma que yo no puedo obligar a Sloan a querer estar conmigo.

—Ryan nos quiere. De hecho, tiene una capacidad infinita para querer. Eso es lo único que puede hacer que un hombre se aleje de lo que más le importa. Y lo mismo puedo decir de Sloan.

—Si Sloan de verdad me quisiera, habría estado en Braden aquella noche. Queríamos celebrar juntos nuestro cumpleaños.

—Claro que te quiere. Lo que ocurrió fue que apareció un contacto con el que tuvo que reunirse y Tristan me envió a mí en su lugar.

Tara abrió los ojos como platos.

—¡Pero tú me dijiste que te habían dado un plantón!

—Sí, tu hermano. Se suponía que yo tenía que hacer de correo entre Tristan y Sloan. Pero ya le advertí a Tristan que tu hermano se daría media vuelta en cuanto me viera. Y eso fue exactamente lo que hizo.

Tara lo miró sin comprender.

—No estoy segura de que quiera oír la respuesta, pero… ¿por qué?

—Hace dos años, cuando Sloan estaba infiltrado en la banda, conoció a una mujer, María Delgado. Era camarera en uno de los lugares que frecuentaba Deuce. Tu hermano y ella comenzaron a salir juntos y Sloan no quería arriesgarse a que los hombres de Deuce le hicieran nada a ella por su culpa.

—¿Y qué ocurrió?

—Sloan le pidió a Tristan que garantizara su protección y me encargó a mí que la vigilara. Y no sé si ella estaba loca por tu hermano al principio, pero le olvidó muy rápidamente mientras estaba bajo mi protección. Pude controlarla durante algunos meses, pero al final, consiguió despistarme. Desgraciadamente, fue directamente al bar en el que la había conocido tu hermano para intentar recuperar ese maldito trabajo. Cuando llegué yo, ya era demasiado tarde.

Tara se llevó una mano a la boca.

—Encontraron su cadáver varios días después. Tu hermano me hizo responsable de su muerte y Tristan me suspendió de empleo y sueldo durante una temporada. La verdad es que no me importó. La noche que nos encontramos en Braden, yo ya estaba dispuesto a renunciar. No lo hice porque…

—Porque recibiste el mensaje sobre Ryan —terminó Tara por él—. No sabes cuánto me gustaría que Sloan no hubiera oído hablar nunca de la Deuce —miró de nuevo hacia Axel. Estaba muy pálido—. Todavía te sangra la mano —se puso de rodillas y volvió a presionar la toalla contra su mano.

—Por lo menos salió algo bueno de todo aquello: pude pasar un fin de semana contigo.

—Pero mira lo que ha terminado pasando. Al final has tenido que mentirle a tu familia.

—No, no he dicho ninguna mentira. Vas a tener un hijo mío.

Tara alzó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Estabas muy enfadado.

—Asustado —la contradijo—. No sólo tenía que mantenerte a ti a salvo, sino también a nuestro hijo. ¡Y ya has visto lo bien que se me da!

Tara inclinó la mejilla contra su mano.

—Axel, ni siquiera tú eres capaz de proteger a todo el mundo… Pero, ¿qué vamos a hacer ahora?

—Vamos a casarnos y vamos a criar juntos a ese niño.

—¿Y si no funciona?

Axel no pudo evitarlo. Hundió los dedos en su pelo.

—Si los dos queremos, funcionará.

Tara alzó por fin la cabeza para buscar su mirada.

—¿De verdad lo crees?

—Sí, claro que lo creo.

—Ni siquiera sé por dónde empezar.

—Claro que lo sabes —cerró las manos alrededor de sus hombros y la atrajo hacia él—. Empezaremos por aquí, por donde empezamos la vez anterior.

Le rozó los labios y Tara no se apartó. Se limitó a inhalar suavemente y a acariciar su rostro con las yemas de los dedos.

—Un matrimonio no puede basarse solamente en el sexo —susurró contra él.

—Esto no es sólo sexo —la hizo levantarse para sentarla en su regazo y la miró a los ojos—. Te necesito, Tara.

Tara abrió la boca, pero no para protestar, sino para besarle.

—Llévame a la cama, Axel.

Y de pronto, todo dentro de Axel pareció calmarse. Se levantó con Tara en brazos, la llevó al dormitorio y la dejó en la cama. Le desabrochó la blusa y se la quitó. Tara le tendió los brazos y él se deleitó en la plenitud de los senos que se dibujaban bajo la camiseta interior. Después, bajó la mirada hacia su vientre.

—¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? —acarició su seno.

Tara no apartaba la mirada de sus ojos.

—No lo sabías.

—Pero debería haberlo sabido —de pronto quería, necesitaba verla más, acariciarla más.

Le sacó la camiseta por encima de la cabeza y la vio sonrojarse. Cuando Tara intentó cruzar los brazos para ocultar sus senos, Axel sacudió la cabeza.

—No, no te escondas de mí —le pidió, y posó la mano en su vientre—. ¿Cuándo te enteraste?

—En Navidad.

—Menudo regalo, ¿eh?

—No me arrepiento de lo que pasó, Axel. Ni tampoco lamento lo del bebé. Jamás lo he lamentado.

—¿Estás segura?

—Completamente —posó la mano sobre la de Axel y la presionó contra su vientre—. ¿Lo sientes?

Lo que sentía era una piel tan suave como el terciopelo, y aquello era más de lo que un ser humano podía soportar.

—Se está moviendo.

Axel se quedó muy quieto mientras Tara guiaba su mano, y, de pronto, lo sintió. Eran como las alas de un pájaro rozando la palma de su mano.

—Es increíble —susurró con la mirada fija en el vientre de Tara.

—Sí —susurró Tara.

Era la feminidad encarnada y el deseo de Axel explotó de pronto con todas sus fuerzas. Se inclinó hacia ella, saboreando el pulso que latía en la base de su cuello y fue deslizándose lentamente hasta atrapar uno de los pezones de Tara entre sus labios.

Ella exhaló temblorosa y tensó los dedos que hundía en su pelo.

Entonces, Axel tiró de los vaqueros de Tara con impaciencia. Rompió a sudar en el momento en el que Tara posó la mano en su pecho y la deslizó lentamente hasta el botón de sus vaqueros, y pensó que iba a perder la batalla. Tara comenzó a desabrocharle el primer botón de la bragueta y continuó después con los demás, enloqueciendo a Axel mientras se empleaba en aquella tarea.

—Espera —dijo de pronto Tara, levantándose de la cama—, nos hemos olvidado de las botas —le empujó para que te tumbara en la cama y comenzó a hacerse cargo de las botas.

En cuanto terminó, Axel la agarró por la muñeca, tiró de ella hacia la cama y la tumbó sobre él.

Bajó las manos por la piel cremosa de su espalda y la sintió tensar los muslos contra él. Incapaz de seguir dominándose, Axel se hundió en ella. Y fue tal el placer que lo envolvió que casi pudo ver las estrellas. Tara estaba húmeda, tensa, salvajemente ardiente, y en algún rincón de su mente, Axel comprendió que jamás se saciaría de Tara, jamás.

Temblando de placer, Tara echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre.

Era el espectáculo más hermoso que Axel había visto en su vida.

Se derrumbó después sobre él, posando la cabeza entre su hombro y su cuello.

—Lo siento —susurró—. No podía esperar.

Axel estuvo a punto de echarse a reír, pero era imposible cuando toda su alma estaba deseando fundirse plenamente con ella. La agarró por las caderas para estrecharla contra él y al sentir las últimas palpitaciones de su orgasmo todo comenzó a darle vueltas.

Apretó los dientes, intentando mantener el control.

—No quiero haceros daño ni a ti ni al bebé.

—No vas a hacernos daño —susurró ella en respuesta.

Axel le hizo tumbarse entonces de espaldas para poder hundirse más profundamente en ella. Tara alzó las manos hacia su pecho, se aferró a sus hombros y volvió a gemir, como tantas veces la había visto hacer Axel en sueños.

Él ya no fue capaz de pensar en nada más. Tomó las manos de Tara y entrelazó los dedos con los suyos. Ella se arqueó para encontrarse con él, marcando con sus suaves jadeos el contrapunto de los gemidos que Axel ya era incapaz de contener. Entonces, Tara gritó su nombre otra vez y ambos cayeron precipitadamente en aquel glorioso torbellino de placer.

Al cabo de un rato, cuando Tara se quedó dormida entre sus brazos, Axel se levantó sigilosamente de la cama. El ordenador que Tristan le había llevado para sustituir al que se había quemado en el incendio estaba en el mostrador de la cocina.

Con un débil suspiro, conectó la cuenta de correo a través de la que se comunicaba con Ryan. El mensaje que le envió fue muy breve: Me caso dentro de doce días. Necesito un padrino. Después, cerró el ordenador y volvió a la cama. Con Tara.

Capítulo 17

Tara se miró en el espejo de la pequeña habitación destinada a las novias de la iglesia de la comunidad de Weaver y alisó la falda de su vestido Al final, se había decidido por un vestido de la tienda, un modelo años veinte de color crema con una cintura imperio.

—¿Voy bien?

—Estás preciosa —le aseguró Leandra tras ella.

—Sí, estás perfecta —añadió Sarah, acercándose a su prima.

También estaban allí otras primas de Axel, como Angeline, una morena de curvas voluptuosas, y J.D., una rubia alta que se dedicaba a la doma de caballos y que había llegado aquella mañana desde Georgia, o Lucy, la bailarina de Nueva York.

En cuanto se habían enterado de que Axel estaba a punto de casarse, se habían desplazado hasta allí familiares de todos los rincones del mundo. El único que no había aparecido había sido Ryan. Tara y Axel no habían vuelto a hablar sobre él desde aquella noche en la cabaña, y tampoco habían mencionado a Sloan.

—Está empezando la música —les avisó Lucy—. Creo que deberíamos ir a sentarnos. La iglesia ya está abarrotada.

—Sí.

Leandra urgió a las demás a salir y agarró su ramo de peonías blancas. Era la única dama de honor de Tara y cuando ésta le había pedido que lo fuera, se había mostrado profundamente conmovida.

—Te esperaré fuera.

—Leandra…

—¿Qué te pasa?

—Axel está allí, ¿verdad?

—Cariño, ha sido el primero en llegar. Además, Axel es un buen tipo, jamás dejaría a nadie plantado. Y menos a una persona a la que quiere.

—Sí, lo sé.

Tara bajó la mirada. El problema era, precisamente, que Axel no la quería. Quería a su bebé, la deseaba a ella en su cama y quería hacer las cosas bien. Él pensaba que eso bastaba para consolidar un matrimonio y ella estaba demasiado enamorada de él como para oponerse.

Leandra la miró con evidente preocupación.

—Sé que nada puede sustituir a tu familia, pero espero que seas consciente de que ahora nosotros también somos tu familia.

—No me hagas llorar —le pidió Tara emocionada—, se me va a correr el maquillaje.

—Para eso están los pañuelos de papel —Leandra sacó uno de la caja que había en el alféizar de la ventana y se lo tendió. Sacó un segundo pañuelo y se sonó la nariz—. Veinte minutos más y ya habremos acabado con todo esto —le guiñó el ojo, salió y cerró la puerta tras ella.

Tara sacó otro pañuelo para secarse las mejillas. A través de la ventana, se veía un cielo azul intenso. Vio un hombre moreno corriendo hacia la iglesia y sonrió débilmente. Seguramente un invitado que llegaba en el último momento.

Oyó los acordes del órgano de la iglesia, tomó aire y se dirigió hacia la puerta. Pero no pudo abrirla.

Giró el pomo en dirección contraria, pero la puerta continuaba sin abrirse. Dejó el ramo de flores en el suelo y lo intentó con las dos manos.

—Oh, por el amor de Dios.

Se oyeron los primeros acordes de la Marcha Nupcial. Tara golpeó la puerta, intentando ignorar el nudo que tenía en el estómago. Leandra la oiría y pronto se reirían de aquel pequeño incidente.

Pero un suave silbido le llamó la atención. Se volvió hacia la ventana y el nudo que tenía en el estómago cobró una nueva dimensión.

Las cortinas que cubrían la ventana estaban ardiendo y las llamas subían peligrosamente hacia el techo.

Aterrada, se giró hacia la puerta y comenzó a aporrearla con todas sus fuerzas.

—¡Axel! ¡Leandra! ¡Oh, Dios mío! ¡Axel!

Pero no hubo respuesta.

Recorrió la habitación buscando alguna posible vía de escape, pero la única que se le ocurría era la ventana, y estaba completamente envuelta en llamas. Consideró la posibilidad de arrojar la mesa de mimbre contra ella, pero era demasiado ligera como para romper el cristal. Además, temía que un golpe de aire avivara todavía más las llamas.

Se arrodilló al lado de la puerta y comenzó a golpearla con las dos manos.

—¡Tara!

Tara estuvo a punto de llorar de alivio al oír el grito de Axel.

—¡No puedo abrir la puerta!

—Han colocado una cuña para impedir que se abra. Échate hacia atrás

—Axel, las cortinas están ardiendo.

—Lo sé, cariño. Tú échate hacia atrás para que pueda tirar la puerta. Los bomberos ya vienen hacia aquí.

Tara obedeció y un segundo después, la puerta tembló sobre las bisagras como si estuviera siendo golpeada con algo inmenso.

A esas alturas, las cortinas ya eran columnas de fuego y el humo comenzaba a inundar la habitación. Tara oía los gritos que llegaban hasta ella desde la iglesia, y gritó también cuando saltó un fragmento de madera al interior de la habitación. Y después otro.

Los ojos le ardían, pero reconoció inmediatamente la herramienta que Axel estaba utilizando: era un extintor.

Después, Axel asomó la cabeza:

—¿Puedes salir por aquí?

Tara asintió en silencio y tomó la mano que Axel le ofrecía. Se puso de lado y consiguió cruzar la puerta por el hueco que Axel acababa de hacer, desgarrando el vestido en el proceso.

—Gracias a Dios —Axel la estrechó contra él.

—Ha sido un fuego, Axel. Otra vez…

—Hemos evacuado la iglesia —gritó Evan desde el final del pasillo.

—Vamos —Axel la tomó de la mano, pasó por delante de Evan y corrieron los tres hacia la sacristía—. Dentro de unos minutos el fuego llegará también hasta aquí. Siéntate en ese banco y mantén la cabeza gacha. Tristan está despejando la parte de atrás para que puedas salir. El pirómano puede estar cerca.

—¿Cómo habéis sabido que teníais que evacuar la iglesia? —preguntó Tara mientras obedecía.

—Mason ha sido el primero en ver el fuego. Ha salido detrás de ese tipo que parece haberlo provocado —soltó un juramento—. Sabía que el incendio de tu casa había sido provocado. Tengo que sacarla de aquí —le dijo a Evan.

—De eso puedes estar seguro —se oyó una nueva voz dentro del santuario.

Tara se irguió como impulsada por un resorte y buscó el origen de aquella voz.

—¿Sloan?

Su hermano parecía haber envejecido más de diez años en los cinco que había pasado sin verle.

—¿De verdad eres tú?

—Sí, soy yo —pero no la miraba a ella mientras cruzaba el presbiterio. Tenía su dura mirada fija en Axel—. Ya veo que estás protegiendo a mi hermana con el estilo que acostumbras.

Tara se levantó del banco.

—¡No culpes a Axel de lo que está pasando!

—Quizá no sea éste el mejor momento para un encuentro familiar —sugirió Evan—. Me temo que el fuego se acerca.

Axel agarró a Tara del brazo y la mantuvo tras él mientras se dirigía hacia la salida de la iglesia y le preguntaba a Sloan:

—¿Dónde demonios estabas escondido?

—Estaba intentando seguir el rastro del tipo que incendió la casa de mi hermana —respondió Sloan fríamente—, mientras tú te dedicabas a seguirla a ella.

Tara se detuvo en seco y amenazó a su hermano con un dedo. Axel la soltó y dejó que se acercara a él.

—No te atrevas a juzgar a nadie, Sloan —le advirtió—. Eres tú el que nos has puesto a todos en peligro.

Sloan cambió inmediatamente de expresión. De pronto, parecía asustado.

—Tara, tienes que comprenderlo.

—Tara —la llamó Axel, y ella corrió hacia él—. Tristan está fuera, en el coche, a unos treinta metros de distancia. Tenemos que mantener la cabeza gacha y correr juntos. En cuanto lleguemos, métete directamente en el asiento de atrás.

Tara temblaba mientras se aferraba a su mano, pero confiaba en él. Sabía que Axel no permitiría que les ocurriera nada ni a ella ni a su hijo. Así que intentó dominar el miedo y asintió.

—De acuerdo.

Axel abrió la puerta de la iglesia y salieron corriendo a toda velocidad hacia el coche. A los pocos segundos, Tara estaba en el asiento trasero del coche y la puerta se cerraba tras ella.

—¿Adónde va? —gritó al ver que Axel corría de nuevo hacia el interior de la iglesia.

—Va a atrapar al responsable de esto. ¡Mantén la cabeza baja! —le ordenó Tristan.

Tara inmediatamente se hizo un ovillo en el asiento.

—Max —oyó decir a Tristan, y se dio cuenta de que estaba hablando por radio—. ¿Está despejada la autopista?

—Sí.

—Tara, ¿has visto u oído algo antes de que empezara el fuego?

—No. Sólo a los invitados a la boda —estaba desesperada por poder mirar por la ventana—. ¿Adónde me llevas?

—Al Double-C. Es una gran fortaleza. Allí estarás a salvo.

—¿Por qué Axel no viene conmigo?

—Porque ahora mismo está haciendo lo que tiene que hacer.

Tara presionó la mejilla contra el cuero del asiento. Si le ocurría algo a Axel, no sería capaz de soportarlo.

Volvió a oírse el crepitar de la radio.

—Ha habido disparos —informó una voz masculina—. Ha caído un hombre.

Tara se irguió inmediatamente en el asiento.

—¿Qué hombre?

—¡Baja la cabeza inmediatamente!

Tara volvió a tumbarse con el rostro empapado en lágrimas. ¿Qué hombre? Todavía no habían recibido una respuesta cuando llegaron al rancho. Si el terror no le hubiera impedido pensar, le habría sorprendido la cantidad de gente que los esperaban. En el instante en el que la puerta del coche se abrió, corrieron Gloria y Emily hacia ella.

—Todo va a salir bien —le repetían una y otra vez mientras entraban en la casa.

—Necesito saber a quién han disparado —insistió ella.

Emily palideció.

—¿Han disparado a alguien?

Jefferson entró en aquel momento en la habitación armado con un rifle.

—Tristan está intentando averiguar lo que ha pasado.

Tara fijó la mirada en el arma que el padre de Axel sostenía con tanta naturalidad y se le revolvió el estómago. Miró a Gloria con expresión de desesperación y ésta la condujo inmediatamente al cuarto de baño.

Una vez allí, Tara se lavó la cara y se dejó caer de rodillas en el suelo, pero no sucumbió a las náuseas, sino a las lágrimas. Lloraba por todo lo que no había dicho, por todas las oportunidades que había dejado pasar.

—Eh —al cabo de un rato, Emily entró en el cuarto de baño y la abrazó—, esto no sirve de nada.

—Le quiero. ¿Por qué no he sabido decírselo?

—Ya se lo dirás —la tranquilizó Emily—. Pero si te pones así, terminarás afectándole al bebé.

Tara por fin alzó la cabeza.

—Si me hubiera ido de Weaver cuando vino a verme, nada de esto habría ocurrido.

Emily tomó una toalla para secarle las lágrimas.

—Si te hubieras ido de Weaver, estoy segura de que mi hijo habría salido detrás de ti. Ahora, vamos. Tienes que quitarte ese vestido, que está destrozado, y descansar un rato.

Tara no quería descansar. Quería ver a Axel. Tener la certeza de que se encontraba bien. Pero se levantó y siguió a la madre de Axel escaleras arriba.

Una repentina conmoción en la puerta hizo que el corazón le diera un vuelco. Se detuvo en la escalera y se aferró a la barandilla con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Y de pronto, allí estaba. Axel.

Fue como si el mundo hubiera dejado de girar. Axel corrió hacia ella y no se detuvo hasta que estuvo a sólo unos centímetros de distancia.

Tara alargó las manos hacia él y palpó su camisa, como si estuviera buscando alguna herida.

—No estoy sangrando —le aseguró Axel suavemente.

Tara le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él. Y jamás en su vida se había sentido tan maravillosamente bien como cuando Axel la envolvió en sus brazos.

—Si te hubiera pasado algo, me habría muerto.

—Estoy bien. Mason y Sloan han atrapado al tipo. Tu hermano ha estado siguiéndole desde que se produjo el incendio en tu casa. Es el hermano de María Delgado —la abrazó con fuerza—. Max le tiene encerrado y el tipo no para de llorar, diciendo que él sólo quería hacerle pagar a Sloan lo que le ocurrió a su hermana. Sabía que cualquier cosa que ocurriera se la atribuirían a los hombres de Deuce… Pero ya ha terminado todo, no tienes nada por lo que preocuparte.

—¿Y Sloan está bien?

—Sí, le han disparado en un brazo, pero está bien —le prometió Axel—. Y la iglesia, dentro de dos semanas, estará lista para otra boda.

Le tomó las manos y la miró a los ojos.

—Pero hoy, cuando estaba esperando a que aparecieras por el pasillo de la iglesia, me he dado cuenta de una cosa —le acarició las muñecas con los pulgares—. Quiero que te cases conmigo por voluntad propia, Tara. No por el bebé, ni por mi familia.

Tara se quedó completamente paralizada. Casi temía moverse, respirar.

—He estado enamorado de ti prácticamente desde la primera vez que te vi. Debería habértelo dicho. Quiero casarme contigo, Tara, y estoy dispuesto a renunciar a mi trabajo si así puedo demostrarte que podemos disfrutar de una vida distinta a aquélla que temes.

—Oh, Axel —susurró—. Yo también te quiero. Te quiero desde que estuvimos juntos durante aquel fin de semana —tomó aire—. Llevo mucho tiempo sola, y creo que también podría haber sacado a nuestro hijo adelante estando sola. Ésa era la ruta más segura, pero ya no estoy buscando mi seguridad. Quiero estar contigo —alzó la mirada hacia él—. Sé que no eres como mi padre. Sé que eres tú, Axel. Y también me he dado cuenta de otra cosa: no sólo quiero raíces, Axel, quiero el árbol entero —sonrió a través de las lágrimas—. Quiero las ramas, los brotes y las hojas.

—En ese caso, te plantaré una orquídea —contestó Axel con la mirada resplandeciente.

Tara se echó a reír y se secó las lágrimas que empapaban sus mejillas.

—Pero no quiero esperar a que la iglesia esté arreglada. Podemos casarnos el lunes en los juzgados.

—¿En los juzgados? —gritó Squire, que estaba a los pies de la escalera—. ¿Qué tontería es esa?

—Squire —intentó tranquilizarle Gloria.

Pero Squire plantó su bastón delante de él y alzó la mirada hacia Axel y Tara.

—Si hay algo que debería estar haciendo en este momento esta familia, es organizar una boda —señaló como si fuera la última persona sensata del planeta—. De hecho, ya lo tenemos todo preparado para la fiesta.

—Eso es verdad —se mostró de acuerdo Emily. Tara se volvió sorprendida hacia ella. Se había olvidado por completo de que estaba cerca de ellos—. Aunque, por supuesto, tendremos que hacer algo con tu vestido.

—Y podemos llamar al reverendo Stone —añadió Jefferson desde el final de la escalera—. Por lo menos él está acostumbrado a que las bodas de esta familia no salgan nunca como están planeadas.

—Y traeremos a tu hermano —añadió Axel con voz queda—. Aunque no sé si le va a hacer mucha gracia que te cases conmigo.

—Él no tiene nada que decir. Ya soy tuya. Lo soy desde que me pediste que pidiera un deseo antes de soplar las velas.

—¿Qué deseaste aquel día? —susurró Axel contra su boca.

—A ti. Simplemente, te deseé a ti.

Epílogo

Al final, Axel y Tara pronunciarían los votos ante el reverendo Stone esa misma noche. A la ceremonia podría asistir Sloan, con el brazo herido. Tara había pasado la mayor parte de la tarde en el dormitorio, rodeada por las mujeres de la familia y sintiéndose flotar. Lo único que en aquel momento le importaba era Axel. Pero, afortunadamente, otros se habían ocupado de los detalles de la boda y en aquel momento ya sólo estaba esperando a Leandra, que se encargaría de ayudarla a ponerse el vestido.

Pero la persona que llamó a la puerta del dormitorio no fue la hermana de Axel, sino Sloan, que asomó la cabeza con una sonrisa.

—Supongo que no puedo convencerte de que no lo hagas.

—No —contestó Tara divertida.

—En fin —cerró la puerta y se acercó a su hermana—. Yo pensaba que estaba haciendo lo que debía. Había perdido a María y no quería perderte a ti también.

—Axel me habló de ella. Lo siento mucho. Sé que si él hubiera podido hacer algo por cambiar lo que ocurrió…

Axel tensó los labios.

—Culparle a él me pareció mucho más fácil que culparme a mí mismo. Cometí el error de decirle la verdad sobre mí. Sobre ti —sacudió la cabeza—. Supongo que ella se lo dijo a su hermano. Pero yo no pretendía arruinarte la vida, Tara.

A Tara se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Y quién me la ha arruinado? He encontrado lo que jamás pensé que podría llegar a tener: un lugar en el mundo al lado del hombre al que amo. Jamás entendí por qué mamá continuó siempre al lado de papá, pero creo que estoy empezando a comprenderlo. Sloan, me gustaría que pudieras quedarte algún tiempo con nosotros.

—Tengo que volver a Chicago para testificar, pero después, es posible que vuelva para asegurarme de que mi sobrino llega bien a este mundo. Pero de momento, vas a ser una novia preciosa.

—Sólo si consigo antes ponerme el vestido.

El vestido que Emily, Maggie y Jaimie le habían arreglado a toda velocidad y que era el mismo que había llevado el día de su boda la primera esposa de Squire, Sarah, la mujer con la que había tenido sus primeros cinco hijos antes de que muriera en un trágico accidente.

—Bueno —Sloan le dio un abrazo—. Cuando estés lista, estaré en el cuarto de estar.

Tara suspiró y se acercó a las puertas de la terraza mientras su hermano se iba. No sabía qué podía estar reteniendo a Leandra, pero tampoco le importaba. Podía ponerse ella sola el vestido. Comenzó a apartarse de la puerta de la terraza, pero un movimiento en el exterior le llamó la atención. Era un hombre que se alejaba de la casa.

Lo miró con más atención, y, justo en ese momento, el hombre se volvió de nuevo y la luz que salía de las ventanas de la casa iluminó su rostro. Tara parpadeó, demasiado impactada en el primer momento como para reaccionar, pero cuando vio que el hombre pretendía alejarse, abrió las puertas de la terraza y salió corriendo.

—¡Ryan! —gritó.

El hombre se detuvo durante una fracción de segundo, pero inmediatamente comenzó a caminar.

Tara bajó corriendo las escaleras de la terraza. Las zapatillas estuvieron a punto de salírsele cuando pisó la nieve, pero no se detuvo.

—¡Espera! ¡Por favor, espera!

Por alguna especie de milagro, el hombre se volvió y comenzó a caminar hacia ella.

—¡Estás loca! —exclamó Ryan al verla en bata y zapatillas.

Tara le agarró del brazo, temiendo que desapareciera en medio de la noche.

—Esta tarde te he visto fuera de la iglesia. Creía que eras un invitado. Yo soy Tara…

—Ya sé quién eres. Pero me sorprende que Axel haya tardado cinco años en llevarte al altar.

Tara parpadeó al oírle.

—¿Por qué te escondes?

—No debería haber venido.

—¿Que no deberías haber venido? ¿Sabes lo contento que se pondrá todo el mundo al verte? Además, ¿para qué has venido si no es para ver a tu familia?

—No sé a qué vienen tantas preguntas. Tú ni siquiera me conoces —le apartó la mano y comenzó a caminar.

—Conozco a Axel —dijo tras él—. Sé que no renunciará a ti. Y tú le conoces lo suficiente como para saber que se merece algo mejor que tener que mentir a todas las personas que te quieren.

Pero sus palabras parecieron desaparecer entre los copos de nieve que arrastraba el aire.

—¿Tara?

Tara dio media vuelta. Leandra estaba en la terraza, mirándola como si se hubiera vuelto loca. Y a lo mejor tenía razón. A lo mejor sólo había sido un producto de su imaginación. Se cerró la bata y volvió a la terraza.

—¿Estás bien? —Leandra la siguió al interior de la habitación—. ¿Qué estabas haciendo ahí?

Tara consiguió esbozar una sonrisa.

—No lo sé. Supongo que pedir un deseo a las estrellas.

—Por un momento, temí que estuvieras huyendo de Axel.

—Eso jamás.

Leandra la miró en silencio y pareció relajarse.

—Creo que debería haberte traído algo de comer cuando he pasado por la cocina —musitó—. Bueno, veamos si podemos ponerte el vestido.

En cuestión de minutos, la bata había sido sustituida por un precioso vestido de novia y las zapatillas por unos zapatos de tacón que le hacían sentirse como si fuera la mismísima Cenicienta.

Leandra le puso también una capa de color marfil, que había sido la contribución de Maggie, una de las tías de Axel.

—Voy a asegurarme de que empiece todo —le guiñó el ojo a Tara antes de invitarla a seguirla al salón, donde Sloan la estaba esperando.

—Sabía que estarías preciosa —le dijo su hermano, agarrándola del brazo—. Pero sólo a alguien de Wyoming se le ocurriría celebrar una boda a la intemperie en una noche como ésta. Sabes que está nevando, ¿verdad?

—Creo que hace una noche perfecta —le aseguró Tara mientras salían al porche.

Al ver el espectáculo que le habían preparado se quedó sin respiración. Los árboles estaban cubiertos de luces parpadeantes que iluminaban los copos de nieve y los rostros de la familia allí reunida. De su familia.

Y justo en el momento en el que Tara y Sloan comenzaron a cruzar hacia el establo, se oyó el dulce sonido de un violín.

El reverendo Stone estaba al final de aquel improvisado pasillo, donde Leandra y Evan ya les estaban esperando. Pero Tara sólo tenía ojos para Axel mientras avanzaba junto a su hermano bajo la nieve.

En el momento en el que Tara se detuvo a su lado, Axel cerró las manos alrededor de las suyas y le dirigió una sonrisa que le hubiera robado el corazón si no se lo hubiera entregado ya meses atrás.

—El matrimonio es un estado honorable —comenzó a decir el reverendo—. No se debe acceder a él de forma irreflexiva, sino que ha de hacerse con reverencia y…

—Impaciencia —le susurró Axel al oído.

Tara tuvo que disimular una sonrisa, pero cuando llegó el momento de pronunciar el «sí, quiero», las voces de ambos sonaron vehementes y sinceras. Y cuando el reverendo Stone llegó a la parte en la que le decía al novio que podía besar a la novia, los gritos de alegría retumbaron a través de la noche y la familia les rodeó para cubrirles de besos y abrazos.

—¿No creéis que sería más inteligente ponernos a cubierto de la nieve? —se quejó Squire—. Soy un hombre viejo, esto no me va a hacer ningún bien.

—Eres un hombre viejo que quiere probar de una vez por todas la tarta que lleva todo el día esperándole en el granero —respondió Jefferson.

—Qué hijo tan sabelotodo —gruñó Squire—. No sé a quién demonios habrá salido.

—A ti —respondió Tara, y se mordió el labio ante el repentino silencio que siguió a sus palabras.

Pero Squire se acercó a ella, la recorrió de los pies a la cabeza con la mirada y dijo al final:

—Supongo que tienes razón. ¿Sabes? Ese vestido era de la abuela de Axel.

—¿Te molesta que me lo haya puesto? —preguntó Tara preocupada.

—En realidad te queda muy bien. A Sarah le habría gustado verte con él. Y es verdad, lo único que ahora me importa es probar esa tarta. Me han dicho que es de chocolate. Así que, ¡vamos a por ella!

Y así lo hicieron. Algunos en coche, pero otros muchos caminando a pesar de la nieve.

Axel se acercó a Tara y la levantó en brazos.

—¿No te enfriarás con esos zapatos? —musitó.

Tara posó las manos en sus hombros. La felicidad burbujeaba dentro de ella, dispuesta a estallar en cualquier momento.

—Va a hacer falta un milagro para que puedas llevarnos al bebé y a mí hasta el granero.

—Tú y el bebé sois los únicos milagros que necesito —respondió Axel, y fundió los labios con los de Tara en un largo beso.

Después, continuó caminando con ella en brazos a través de la nieve.

Tara echó la cabeza hacia atrás, dejando que la nieve bañara su rostro. Aquél era su lugar, pensó. Estar en los brazos del hombre que amaba.

Alzó de nuevo la cabeza, para disfrutar de la vista del rostro de Axel y vio un hombre tras ellos.

Con una sonrisa, presionó la mejilla contra el hombro de Axel.

—Amor mío —susurró—, creo que es posible que esta noche disfrutemos de más de un milagro.

Si te ha gustado este libro, también te gustará esta apasionante historia que te atrapará desde la primera hasta la última página.


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Capítulo 1

ALGO sacó a Easton Springhill de un sueño profundo.

Se giró y miró el despertador, que marcaba las cuatro y veintiséis minutos de la madrugada. Las cortinas del dormitorio estaban abiertas, como siempre, porque le gustaba ver el paisaje de las cumbres nevadas cuando abría los ojos; pero en ese momento solo alcanzó a ver las estrellas en el cielo.

Suspiró y se volvió a tumbar. Sabía que ya no se podría dormir; además, se debía levantar de todas formas en poco más de una hora.

Odiaba despertarse antes de que sonara el despertador. Sobre todo cuando tenía la sensación de haber salido de un sueño maravilloso. Apenas recordaba unas cuantas imágenes, un eco vago; pero sabía que había soñado con él.

Se tumbó de lado y pensó que despertarse había sido lo mejor. Cuando Cisco entraba en sus sueños, ella se pasaba el resto del día en un estado extraño, suspendido. En parte, por la euforia de haber gozado de su compañía, aunque fuera en el mundo de su subconsciente; y en parte, por la depresión de despertar a otra jornada de duro trabajo en su rancho de Idaho. Sola, como siempre.

Sacudió la cabeza, molesta por la deriva de sus pensamientos, y se recordó que tenía una buena vida. Adoraba el rancho, adoraba a sus amigos y adoraba a sus sobrinos.

Lamentablemente, le faltaba lo que había deseado siempre desde su adolescencia.

Se sentó en la cama y se preguntó qué la habría despertado. Jack y Suzy, sus pastores escoceses, estaban ladrando en el exterior; pero eso no significaba nada; seguramente ladraban a un ternero o a algún roedor que había cometido el error de meterse en su territorio.

En cualquier caso, ya no podría conciliar el sueño. Sería mejor que aprovechara la situación para levantarse y trabajar un poco antes de afrontar las tareas diarias. Por desgracia, la contabilidad del rancho Winder siempre la estaba esperando.

Ya se había levantado y estaba buscando la bata cuando oyó un ruido que hizo eco en el interior de la casa, tan grande como vacía.

Se quedó helada y se preguntó qué diablos sería. Le había parecido una mezcla de chillido y aullido.

Un segundo después, oyó un golpe seco seguido de un tintineo, como si uno de sus tazones de plástico se hubiera caído de uno de los armarios.

Asustada y nerviosa, lamentó que los perros estuvieran en el exterior. Siempre permitía que el viejo Chester se quedara dentro de la casa, pero el pobre animal había fallecido durante el invierno.

Se puso unas zapatillas, se cerró la bata sobre la camiseta que llevaba y alcanzó el rifle preferido de su tío Guff, que siempre había insistido en que lo tuviera debajo de la cama, por si acaso.

Easton vivía sola en un rancho y a casi dos kilómetros del vecino más cercano. En tales circunstancias, solo una idiota habría despreciado la conveniencia de ser precavida. Y ella no era una idiota; al menos, en lo tocante a esos asuntos. Tenía la suerte de haber crecido con tres primos muy protectores.

Abrió un cajón de la mesita de noche, alcanzó dos cartuchos y los metió en la recámara. A continuación, alcanzó el teléfono móvil y se lo metió en el bolsillo, aunque no tenía intención de llamar a la policía sin comprobar antes lo que pasaba. Trace Bowman se reiría de ella si lo molestaba a esas horas porque un conejo se había metido en la cocina.

Salió del dormitorio y se maldijo a sí misma por haberse quedado en el piso de arriba después de la muerte de Jo. Habría sido más conveniente que se mudara a una de las habitaciones del piso bajo, pero se empeñó en mantener sus rutinas y en permanecer en el mismo lugar donde dormía desde los dieciséis años, cuando sus padres fallecieron.

Caminó hacia la escalera. Casi había llegado a ella cuando volvió a oír el ruido y se le erizó el vello de la nuca.

Definitivamente, no era un conejo. Sonaba más bien como un puma.

Pensó que eso explicaría los ladridos de los perros y recordó que había visto huellas de puma el día anterior; pero estaban más allá de los pastos del norte, al otro lado de la verja de su propiedad.

Además, no tenía sentido. Aunque hubiera cometido la estupidez de dejar una ventana abierta, ningún puma se metería en una casa; los grandes felinos eran animales solitarios que evitaban acercarse a los seres humanos.

Pensó que en eso se parecían a Cisco.

Cuando llegó al piso inferior, se le había acelerado el pulso. Se negaba a creer que un puma estuviera en la cocina de su casa. Supuso que, a pesar de sus precauciones habituales, habría dejado la ventana abierta; de ser así, cabía la posibilidad de que la brisa de mayo hubiera movido las cortinas y de que estas hubieran tirado la loción de manos y el jabón que tenía en el alféizar.

Era una tesis razonable, pero tenía un defecto: no explicaba el aullido.

Justo entonces, vio que en la cocina había luz. Sin embargo, nunca dejaba las luces encendidas. Y los pumas no se dedicaban a pulsar interruptores.

Ya había llegado a la conclusión de que no se trataba de un felino cuando oyó otro ruido, seguido por una maldición en voz baja.

Era un animal, sí; pero un animal racional.

Se apretó contra la pared del pasillo y dudó. No sabía si entrar en su despacho, echar el cerrojo y llamar a la policía o entrar en la cocina y apuntar al intruso hasta que las autoridades se presentaran en la casa.

Al final, optó por la primera opción. Entrar en la cocina era demasiado arriesgado; ni siquiera sabía si se enfrentaba a una persona o a varias.

Se dirigió lentamente al despacho; pero, a mitad de camino, oyó lo que parecía una risita y se quedó perpleja. Conocía a dos niños adorables que se reían del mismo modo; uno era Joey Southerland, el hijo de Quinn y Tess, que estaría durmiendo tranquilamente en su dormitorio de Seattle; la otra era Abby Western, que se encontraba en Los Ángeles con Mimi y Brant. Y no esperaba que la visitaran en mitad de la noche.

La risita se repitió unos segundos después. Easton cambió de opinión, dio media vuelta y entró en la cocina. Ya llamaría más tarde a la policía.

–Si se mueve, dispararé –amenazó–. Estoy hablando en serio.

Easton tardó un momento en reconocer al intruso. Jamás se habría imaginado que el supuesto puma resultaría ser un hombre con una niña en brazos. Y no un hombre cualquiera, sino Cisco del Norte en persona.

–Maldita sea, East… ¡Me has dado un susto de muerte!

Easton sacó los dos cartuchos de la recámara y dijo:

–¿Qué demonios estás haciendo aquí, Cisco? He estado a punto de disparar. ¿Por qué no me has llamado? ¿Y de quién es esa niña?

La niña volvió a reírse. Era de cabello negro, pestañas enormes, hoyuelos en las mejillas y unos grandes ojos azules.

–Es una larga historia. Te la contaré cuando bajes ese rifle.

–Empieza a hablar de una vez, Cisco. ¿A qué viene esto? Hace meses que no sé nada de ti; y de repente, te presentas sin avisar, en plena madrugada y con una niña en brazos.

Él suspiró. Parecía cansado.

–Lo siento mucho, East. Supongo que debería haberme quedado en algún hotel de la carretera, pero llegué anoche a Salt Lake, procedente de Bogotá, y la pobre Isabela se quedó dormida en cuanto la subí al coche. Decidí conducir hasta que se despertara, pero ha estado dormida todo el camino.

–Eso no explica tu presencia en mi casa. De hecho, no explica nada en absoluto; salvo el nombre de la niña y que has estado en Colombia.

Easton conocía muy bien a Francisco del Norte, al que todos llamaban, simplemente, Cisco. Sabía enredar a la gente; los confundía con todo tipo de historias y razonamientos hasta que ya no recordaban ni su propio nombre ni, por supuesto, lo que le hubieran preguntado.

–Oh, lo siento… ¿qué querías saber?

En otras circunstancias, Easton le habría dicho un par de cosas desagradables; pero era evidente que Cisco no se encontraba bien. En ese momento, osciló un poco y se apoyó en la mesa de la cocina como si no tuviera fuerzas.

Ella dejó el rifle en la encimera y tomó a la niña en brazos.

–¿Cuándo has dormido por última vez?

Cisco parpadeó. Las arrugas de su cara parecían más pronunciadas que nunca.

–¿Qué día es hoy?

–Miércoles –respondió ella–. Y por el tamaño de tus ojeras, cualquiera diría que no has dormido desde el lunes o desde el domingo de la semana pasada.

–Te equivocas. Eché una cabezadita en el avión.

Easton lo miró con espanto.

–¿Es que te has vuelto loco? ¿Has conducido desde Salt Lake en ese estado? ¡Podrías haber sufrido un accidente!

–No es para tanto –dijo con una sonrisa forzada–. Me conoces de sobra… recobro las energías con facilidad.

Easton pensó que no era cierto, que ya no lo conocía. Cisco y sus hermanos de adopción, Brant y Quinn, se convirtieron en sus mejores amigos cuando ella llegó al rancho Winder. Compartían secretos, hablaban de sus sueños y se divertían juntos. Pero luego, todo cambió.

La niña llevó una mano a su pelo y le pegó un tirón. Easton sintió un intenso dolor; pero no por el tirón, sino porque se acordó de otro niño, de cabello igualmente negro, que solo había tenido unos minutos entre los brazos.

–Lamento presentarme a estas horas, East. Tenía intención de llamarte por teléfono, pero ya era tarde cuando llegamos a Salt Lake.

Easton era perfectamente consciente de que todavía no le había dado ninguna explicación. Por lo visto, Cisco había mejorado sus tácticas evasivas.

–No sabía adónde ir –continuó él–. ¿Te importa que nos quedemos en el rancho? Solo serán unos días.

Ella quiso echarlos a él y a la niña que tan malos recuerdos le despertaba. Sin embargo, se dijo que no era para tanto; si podía dirigir un rancho de ganado sin ayuda de nadie, soportaría unos cuantos días con Cisco del Norte y su misteriosa niña.

–Sabes que no tienes ni que preguntarlo. Vivo sola en esta gigantesca y destartalada casa, llena de habitaciones vacías. Además, Brant, Quinn y tú tenéis acciones del rancho; es tan vuestro como mío –le recordó–. No te puedo echar a patadas.

–¿Aunque te apetezca?

Easton hizo caso omiso de su pregunta.

–¿La niña es tuya? –contraatacó.

–Claro que no –respondió él, indignado–. Si hubiera tenido una hija, os lo habría dicho.

–¿Por qué? Nunca nos cuentas nada.

Los ojos de Cisco brillaron con enfado.

–Pues no, no es mía –insistió.

–Entonces, ¿de dónde ha salido? ¿Qué estás haciendo con ella?

Él apretó los labios.

–Es una historia larga y complicada.

Ella no dijo nada; se quedó esperando a que ampliara la información. Era un truco que había aprendido de su tía Jo, quien siempre había sido una especialista en el arte de dejar que los niños que adoptaba se cavaran la tumba con sus propias palabras.

Cisco resultó no ser inmune a la táctica, porque, segundos más tarde, suspiró y siguió hablando.

–Sus padres eran amigos míos. A su padre lo mataron justo antes de que ella naciera, y su madre murió la semana pasada… pero antes de morir, me rogó que la llevara a Estados Unidos y la dejara con una de sus tías, que vive en Boise. Lamentablemente, su tía no se puede ocupar de ella hasta dentro de unos días.

Easton pensó que su historia tenía más agujeros que un queso de gruyer, pero no quiso presionarlo porque Cisco estaba tan agotado que parecía a punto de desmayarse.

Además, no quería que se quedara en el rancho. La mayor parte del tiempo, Easton estaba convencida de ser una mujer fuerte y capaz, pero, cuando él entraba por la puerta, despertaba todos los sentimientos que ella había sepultado a duras penas.

De haber podido, le habría dicho que se fuera a otra parte. Sin embargo, el rancho Winder era tan suyo como de ella, aunque él parecía haberlo olvidado.

–Seguiremos hablando cuando descanses un poco. Pondré sábanas limpias en tu cama. Tess y Quinn han convertido el antiguo dormitorio de Brant en una sala de juegos para el pequeño Joe, y Abby lo usa para echarse la siesta. Isabela puede dormir en la cuna.

–No hace falta que las cambies; lo haré yo –dijo Cisco–. De hecho, estoy tan cansado que me tumbaría a dormir en el suelo de la cocina si me lo permitieras.

–Dormirás mejor con sábanas limpias –insistió–. Quédate aquí y descansa unos minutos… si es que puedes seguir despierto, claro.

–Gracias, East.

Cisco le dedicó otra sonrisa llena de agotamiento y Easton odió la tensión que siempre había entre ellos, como si fuera una verja electrificada.

Pero no podía hacer nada al respecto. Lo había sobrellevado durante los cinco años transcurridos desde la muerte de su tía y podría soportarlo unos días más; a fin de cuentas, Cisco y la niña necesitaban un sitio donde quedarse.

Subió al dormitorio, se quito la bata y el camisón, se puso unos vaqueros y una camiseta, se lavó los dientes y se recogió el pelo antes de dirigirse al antiguo dormitorio de Cisco.

Sus tíos, Jo y Guff, no habían podido tener hijos propios; así que tomaron una decisión y se dedicaron a adoptar niños con problemas. Cisco no fue ni el primero ni el último, pero Quinn, Brant y él se entendieron tan bien que se querían tanto como si fueran hermanos de verdad.

Easton procuraba evitar su antiguo dormitorio. Era una habitación sin lujos, como las del resto de la casa; tenía cortinas de color verde y azul, una cómoda, una mesa, una silla y una cama grande. Al entrar en ella, se preguntó qué habría pensado Cisco cuando la vio por primera vez, en su infancia.

Se acordaba perfectamente del día en que Cisco llegó. Por aquel entonces, Easton tenía alrededor de nueve años; sus padres todavía no habían fallecido, y vivía con ellos en la casa del capataz, en la carretera que llevaba al cañón. Aquella mañana se había encaramado a una de las vallas y se dedicaba a observar a Brant y a Quinn mientras entrenaban a un caballo bajo la supervisión de Jo, que estaba esperando a Guff.

La camioneta de Guff, que siempre estaba impecablemente limpia, apareció poco después en el camino. Segundos más tarde, la portezuela del copiloto se abrió y Easton se encontró ante un chico de cabello negro y rasgos mediterráneos. Llevaba unos vaqueros que le quedaban demasiado cortos y una camiseta tan desgastada que parecía un trapo viejo.

Por supuesto, todos estaban informados de su llegada. Jo ya les había hablado del chico al que habían encontrado un par de semanas antes en las montañas, donde se había escondido de las autoridades después de que su padre falleciera en un accidente de trabajo.

Easton sabía que Brant y Quinn estaban preocupados por el chico nuevo, pero ella ardía en deseos de añadir otro hermanastro a su colección.

Bajó de la valla y caminó hacia la camioneta del tío Guff en compañía de Jo, consciente de que Brant y Quinn los seguían a cierta distancia. Guff pasó un brazo alrededor de los hombros de Cisco, que parecía perdido y asustado. Pero justo entonces, el recién llegado le dedicó una sonrisa tan aparentemente llena de seguridad que Easton se enamoró de él al instante.

Habían transcurrido veinte años desde entonces y Easton seguía sin saber si se había enamorado por la vulnerabilidad inicial de su mirada o por aquella sonrisa que intentaba enmascarar sus temores. Fuera como fuera, aquella misma noche se juró a sí misma que nunca lo dejaría de amar.

Suspiró, quitó las sábanas de la cama y puso unas limpias mientras se preguntaba cómo era posible que todavía siguiera fiel a aquel juramento.

A lo largo de los años, se había repetido una y otra vez que lo que sentía no era amor. Se decía que era un encaprichamiento juvenil, una tontería que la mayoría de las personas superaba con el paso del tiempo. Incluso se había esforzado por enamorarse de otros hombres.

De hecho, estaba saliendo desde el mes anterior con Trace Bowman, el jefe de policía de Pine Gulch. En principio, Trace era todo lo que podía desear: un hombre divertido, cariñoso y muy atractivo que, además, tenía su propio rancho en el pueblo.

Easton quería una familia; siempre la había querido, pero su sentimiento se había exacerbado al ver a Quinn y Tess con el pequeño Joey y a Brant y a Mimi con Abigail. De repente, necesitaba algo más que su trabajo; algo que no podría encontrar mientras siguiera encaprichada de Cisco del Norte.

Sabía que debía olvidarlo y seguir adelante, pero, cada vez que se creía liberada de aquella condena, él reaparecía y la volvía a conquistar con su sonrisa.

Habría dado cualquier cosa por ser una mujer tan fuerte como su madre y su tía Jo. Hasta había llegado a pensar que todo habría sido más fácil si Cisco se hubiera establecido en alguna parte en lugar de andar por ahí, yendo de un país a otro. Si hubiera dejado de viajar, ella habría dejado de preocuparse por él. Pero seguía viajando, lo cual significaba que no había encontrado lo que buscaba. Y, cuando se cansaba de deambular por el mundo, volvía al rancho, se quedaba unos días o unas semanas y reavivaba la antigua pasión.

Por desgracia, no podía hacer nada al respecto. El rancho Winder también era suyo.

No podía echarlo sin más, pero podía y debía controlar sus propios sentimientos.

Esa vez, las cosas serían distintas. Seguiría con su vida y asumiría definitivamente que Cisco era como el puma que había visto en los pastos del norte, una criatura salvaje y errante que no se podía domesticar.

Capítulo 2

CISCO se llevó una mano al costado. Estaba agotado y la herida le dolía terriblemente. No deseaba otra cosa que dormir. Y, por si eso fuera poco, en esos momentos sentía remordimientos por haber vuelto al rancho.

Su intención original consistía en volar a Boise, dejar a la pequeña con sus parientes y marcharse sin que nadie supiera que había regresado a Estados Unidos, pero las cosas se complicaron. Cuando por fin consiguió hablar con Sharon Weaver, la tía de Isabela, resultó que se había marchado de Boise para asistir al entierro de su padre y que no volvería hasta varios días después.

Se sintió tan perdido que decidió ir al rancho y pedir ayuda a Easton. Ella siempre había sabido qué hacer. Desde niña, sabía afrontar cualquier dificultad que se le presentara.

Además, el rancho Winder era su hogar. O, más bien, Easton era su hogar.

Se llevó una mano a la rosa de los vientos que llevaba tatuada en el brazo izquierdo y miró a Isabela, que sonreía ajena a cualquier preocupación.

–Esto te parece muy divertido, ¿verdad?

La niña soltó unos sonidos ininteligibles y él se alegró de que se portara tan bien. Sabía que había hecho lo correcto al llevarla a Estados Unidos. Socorro, su madre, a la que todos llamaban Soqui, se lo había rogado en su lecho de muerte.

Y Cisco estaba en deuda con ella. Entre otras cosas, porque le había fallado; porque no había sabido protegerla. Soqui había arriesgado la vida por terminar el trabajo de su esposo y vengar su muerte a manos del narcotraficante que lo había asesinado el año anterior.

Pero esa vez no le fallaría. Le había prometido que dejaría a Isabela con sus familiares y cumpliría la promesa.

Aunque tuviera que quedarse en el rancho Winder y enfrentarse a sus demonios del pasado. Aunque tuviera que enfrentarse a Easton.

Justo entonces, ella reapareció en la cocina con el aroma a flores silvestres que siempre llevaba en la piel. Se había cambiado de ropa y se había hecho una coleta que le caía sobre la espalda como una cinta del color del trigo.

Su aspecto era profundamente dulce e inocente.

Cisco la encontró tan deseable que, durante unos segundos, su arrepentimiento se impuso a todo lo demás; incluida su preocupación por el futuro de Isabela. La echaba tanto de menos que a veces no lo podía soportar. Pero echaba de menos a la Easton de verdad, no a la mujer contenida y cuidadosamente educada en la que se había convertido por culpa de su estupidez y de su deseo descontrolado.

–Ya he cambiado las sábanas de la cama. Te puedes acostar cuando quieras.

–Gracias, pero estoy bien.

–No seas idiota. Acuéstate y duerme un par de horas. Cuidaré de la niña mientras pongo al día la contabilidad del rancho –afirmó–. Burt y los chicos tardarán un rato en llegar.

Burt McMasters era el capataz; había empezado a trabajar en el rancho después de que los padres de Easton perdieran la vida en un accidente.

En aquella época, Cisco ya se había alistado en la Infantería de Marina; pero, cuando supo lo ocurrido, cruzó el país para asistir al entierro. En cuanto entró en el rancho, Easton se arrojó a sus brazos y rompió a llorar; fue como si solo pudiera expresar sus sentimientos cuando él estaba presente.

–No necesito dormir dos horas; con una, me basta y me sobra –declaró–. Pero, si puedes echar un ojo a la niña, te lo agradecería.

Ella lo miró con escepticismo, porque el aspecto de Cisco no podía ser peor. Sin embargo, asintió y dijo:

–Como quieras. Burt y yo tenemos que hacer unas cosas más tarde, pero estaré libre hasta entonces.

–No te molestes. No la he traído aquí para que hagas de niñera.

–Estoy segura de ello.

Cisco supo que lo había dicho en serio. Easton quería saber por qué la había llevado al rancho, pero no podía responder a esa pregunta.

En ese momento, notó que su visión se empañaba y se dio cuenta de que estaba al borde del desmayo. Necesitaba tumbarse.

–Gracias, Easton; te debo una.

Ella se giró hacia la niña y le sonrió.

–Solo dormiré una hora –insistió él–. Siento haberte metido en este lío…

–Ve a dormir, Cisco. Yo me ocupo de todo.

Él asintió. Su Easton siempre había sido capaz de ocuparse de todo.

Subió al dormitorio con grandes dificultades; se encontraba tan débil que, cuando llegó al final de la escalera, estaba cubierto de sudor.

Pensó en darse una ducha rápida para quitarse la suciedad del viaje y no manchar las sábanas limpias, pero no tenía fuerzas y se tumbó sobre la colcha.

Solo una hora. No necesitaba nada más.

Una hora en una habitación que olía al paraíso, a Easton. Porque, en lo tocante a él, Easton y el paraíso eran lo mismo.

–Iré cuando pueda, Burt. Lo siento; no esperaba que surgieran complicaciones.

Easton estuvo a punto de suspirar tras la sucinta respuesta de Burt McMasters, que siempre había sido un capataz trabajador y entregado plenamente a sus ocupaciones. Ella lo adoraba y le estaba muy agradecida; era consciente de que, sin su ayuda, habría tenido que vender el rancho cuando a Jo le diagnosticaron el cáncer.

Pero Burt tenía un defecto; tendía a ser impaciente y malhumorado cuando le rompían los planes.

–Sí, ya lo sé, es una lata, pero no puedo hacer nada. Empieza a vacunar a las reses; yo iré en cuanto me sea posible. Seguro que Luis y tú os las podéis arreglar hasta que llegue.

–Sí, supongo que sí.

Burt suspiró y añadió con su voz grave:

–Ten mucho cuidado. No me agrada que Cisco esté de vuelta en el rancho. Sé que Jo y Guff lo querían tanto como a los demás, pero desde mi punto de vista, ese chico siempre ha sido una fuente de problemas.

Easton se resistió al impulso de defender a Cisco. No podía negar que había sido un adolescente rebelde e imaginativo y que, en consecuencia, los había arrastrado a todos a un sinfín de complicaciones. Además, Burt tenía motivos para estar enfadado con él; no había olvidado la broma que le había gastado años atrás.

Una noche, consiguió convencerlo de que un oso negro estaba merodeando por el campamento donde se encontraban. A la mañana siguiente, mientras Burt hacía sus necesidades en mitad del bosque, Cisco se escondió detrás de unos arbustos e imitó el rugido de un oso. Burt se asustó tanto que salió corriendo sin subirse siquiera los pantalones.

Normalmente, Easton le habría dado la razón; en efecto, Cisco era una fuente de problemas. Pero se equivocaba en una cosa: ya no era ningún «chico».

–Venga, Burt, sabes que Cisco no me haría daño –mintió–. Lo sabes perfectamente. Es de la familia.

Al otro lado de la línea telefónica, Burt soltó un taco.

–De todas formas, me disgusta –insistió–. ¿Es que no sabe que tenemos mucho que hacer? Lleva tanto tiempo viajando por el mundo que quizás no se acuerde de lo problemática que es esta época del año en un rancho de ganado.

–Seguro que se acuerda, Burt. Vivió aquí mucho tiempo –le recordó–. Pero necesitaba descansar unos días y el rancho era su mejor opción… además, no olvides que es propietario de parte de las acciones.

–Como si pudiera olvidarlo –murmuró.

–En fin, tengo que dejarte. Como ya te he dicho, iré en cuanto pueda.

–De acuerdo. Pero ten cuidado –repitió Burt.

Cuando cortó la comunicación, Easton miró a la niña y se dio cuenta de que tenía hambre.

–No te preocupes, cariño. Te prepararé el biberón y luego iré a ver cómo se encuentra ese granuja del que hablaba Burt.

Entró en la cocina y preparó la leche; por fortuna, tenía mucha práctica como tía honoraria de Joey y de Abby y sabía lo que tenía que hacer. Tras comprobar la temperatura, llenó el biberón y se lo dio a la pequeña, que empezó a succionar.

Entonces, miró el reloj de la pared.

Habían pasado tres horas.

Cisco le había prometido que solo necesitaba dormir una, pero, como en tantas otras ocasiones, había mentido.

Al cabo de un rato, cuando la niña ya se había quedado dormida, la tomó en brazos, la llevó al piso superior y la tumbó en la cuna. Mientras la tapaba con la manta, se preguntó qué le habría pasado a su madre. Cisco había comentado que había muerto, pero sin añadir nada más. También había dicho que no era hija suya, pero Isabela tenía unas pestañas tan largas y un pelo tan negro como el de él.

Tras mirarla durante unos segundos, encendió el intercomunicador que Quinn había instalado para que Tess y él pudieran oír a su pequeño cuando se despertaba. Después, salió de la habitación, cerró la puerta y avanzó por el pasillo hasta llegar al dormitorio de Cisco.

De repente, sintió un cosquilleo en el estómago. Supo que se debía a la perspectiva de verlo otra vez y se maldijo para sus adentros, pero tomó aire y llamó a la puerta.

Cisco no respondió.

Easton volvió a probar, con más fuerza que antes. Y con idéntico resultado.

Automáticamente, frunció el ceño. A Cisco no se le pegaban las sábanas; siempre parecía a punto de hacer algo divertido y apasionante. Jo solía sacudir la cabeza y decir que dormía poco porque tenía miedo de perderse algo interesante.

Además, Easton lo conocía lo suficiente como para saber que su cansancio tampoco era una excusa. Lo había visto mil veces al final de una dura jornada de trabajo, cuando montaban un campamento y se metían en sus sacos de dormir. Incluso entonces, permanecía alerta y se despertaba al menor sonido, aunque solo fuera el viento que azotaba la tienda de campaña.

Giró el pomo de la puerta, incómoda. Cabía la posibilidad de que se hubiera marchado. No habría sido la primera vez que huyera de sus obligaciones por el procedimiento de abrir la ventana y descolgarse por el arce que se alzaba a ese lado de la casa.

Sin embargo, le pareció improbable. Cisco podía ser muchas cosas, pero no carecía de sentido de la responsabilidad. No era capaz de abandonar a la niña.

–¿Cisco? ¿Estás bien?

En ese momento creyó oír un gemido y se preocupó. Podía ser una simple pesadilla, pero debía comprobarlo; a fin de cuentas, había llegado al rancho en un estado deplorable.

Entró en el dormitorio con cautela. Cisco no había huido; estaba tumbado en la cama, encima de la colcha, parcialmente desnudo de cintura para arriba. Parcialmente, porque alrededor de su estómago había una venda blanca con una mancha de sangre en el lado izquierdo.

Se acercó y notó que estaba cubierto de sudor. Supo que tenía fiebre incluso antes de tomarle la temperatura.

–Oh, Cisco… ¿qué te ha pasado ahora?

–No te lo puedo decir –murmuró él entre sueños–. No preguntes…

Easton le tocó el hombro. Le parecía increíble que hubiera conducido toda la noche, en esas condiciones, desde el aeropuerto de Salt Lake.

–Despierta, Cisco. Estás enfermo. Tenemos que llevarte al médico.

Cisco entreabrió los ojos y dijo algo ininteligible antes de cerrarlos otra vez.

–Despierta –insistió ella–. Vamos, Cisco.

Easton volvió a mirar la venda y tuvo la impresión de que tenía más sangre que antes.

No sabía qué hacer. Podía llamar a una ambulancia para que lo llevaran al hospital; pero, si era una herida de bala, la policía abriría una investigación. Y, si Cisco había cometido algún delito, tendría problemas.

Respiró hondo y deseó que Quinn o Brant estuvieran en el rancho. Ellos habrían sabido cómo actuar.

–Cisco, por favor… –rogó.

Easton ya había tomado la decisión de no llamar a una ambulancia. Jake Dalton era la mejor opción; tenía una clínica privada en Pine Gulch y sabía que sería discreto. Pero no podía llevarse a Cisco sin ayuda. Necesitaba que cooperara un poco.

Lo agarró de los brazos y lo sacudió.

–Vamos, despierta de una vez.

–Easton… –murmuró él–. Hueles tan bien… hueles a flores.

–Despierta de una vez, idiota. Si no te despiertas, tendré que pedir una ambulancia.

Él frunció ligeramente el ceño, pero no reaccionó.

–¡Cisco! –exclamó.

Súbitamente, Cisco cerró los brazos alrededor de su cuerpo y la besó.

Durante unos segundos, Easton se quedó sin habla y sin poder pensar. No la había tocado en varios años; no la había tocado ni una vez desde el entierro de Guff; no le había dado ni una simple palmadita en la espalda.

Y, sin embargo, en ese momento la besaba con pasión.

Se dejó llevar un poco, dominada por el deseo. Pero era consciente de que Cisco no sabía lo que estaba haciendo; se comportaba así por la fiebre.

Por fin, logró reaccionar y se apartó de él.

–Maldita sea, Cisco… despierta de una vez.

Cisco abrió los ojos de golpe, metió una mano debajo de la almohada, sacó una pistola y la apuntó con ella.

Easton mantuvo el aplomo.

–Deja de apuntarme con eso, vaquero.

Él sacudió la cabeza, como intentando despejarse, y la miró con desconcierto.

–¿East? ¿Eres tú?

–Por supuesto que sí. Aparta esa pistola –repitió con calma–. Nadie te va a hacer daño.

Cisco no parecía muy convencido; pero, al cabo de unos segundos, la apartó.

–¿Qué ocurre?

–Dímelo tú. Tienes fiebre y estás sangrando mucho. Voy a llamar a Jake Dalton.

Cisco se sentó y Easton notó su gesto de dolor.

–No, no… Me harían demasiadas preguntas.

–Lo siento, pero voy a llamar a Jake de todas formas. No tengo tiempo para ocuparme de una niña y de un cadáver a la vez.

–No me estoy muriendo –protestó él, pasándose una mano por el pelo–. Sólo es una herida sin importancia.

–¿Una herida sin importancia? –repitió Easton, escéptica.

–Sí. Me clavaron un cuchillo durante una pelea en un bar. Pero descuida… he pasado por cosas peores.

Ella entrecerró los ojos.

–No lo dudo, pero es evidente que esa herida sin importancia se ha infectado. Tienes mucha fiebre, Cisco. Será mejor que te despabiles y que inventes una historia más verosímil que una trifulca de bar. Jake no es tan crédulo como yo.

Cisco parecía contrariado, pero no tenía fuerzas para discutir con ella.

–¿Dónde está la niña?

–Está durmiendo, aunque supongo que tendré que despertarla para llevarla con nosotros –respondió–. ¿Y bien? ¿Qué prefieres que hagamos? Puedo llamar a una ambulancia y llevarte a un hospital o puedo llamar a Jake para que te trate en su clínica. Si prefieres lo segundo, tendrás que levantarte y caminar hasta mi camioneta.

Él suspiró.

–Entonces, caminaré.

Easton sabía que andar no era lo más conveniente para su estado, pero Cisco era terco y no tuvo dudas de que lo conseguiría.

Alcanzó su camisa, que había dejado en el respaldo de la silla, y se la dio. Él se la puso con grandes esfuerzos, pero tardaba tanto en abrocharse los botones que ella suspiró, se acercó y solventó el problema.

Una vez más, se dijo que solo la había besado porque tenía fiebre y no sabía lo que hacía. Una vez más, intentó hacer caso omiso de lo que sentía por él.

A fin de cuentas, tenía otras preocupaciones más inmediatas. Por ejemplo, cómo ayudar a un hombre de ochenta y cinco kilos a bajar por la escalera.

Cuando terminó de vestirse, Cisco no era el único que estaba sudando.

–¿Cómo conseguiste conducir desde Salt Lake? –preguntó mientras lo llevaba a la puerta del dormitorio.

–No fue difícil. Tomé la I 15 en Idaho Falls y luego giré a la derecha –bromeó.

Ella lo miró con cara de pocos amigos.

–Me alegra que todo esto te parezca tan divertido, pero a mí no me lo parece. Te podrías haber desmayado. Podrías haberte salido de la carretera y haberte matado con la niña.

Él le dedicó una sonrisa de arrepentimiento.

–Lo sé, lo sé… Discúlpame, Easton. No debí venir al rancho –dijo–. No debí meterte en mis problemas.

Antes de salir de la casa, Easton decidió llevarlo en el coche y no en la camioneta porque en el coche podía instalar una sillita para la niña. Mientras la montaba, pensó en lo fácil que había sido su vida hasta que Cisco se presentó. Solo se tenía que preocupar por el precio de los terneros y de los pastos, por el caprichoso clima de Idaho y por el arroyo que estaba a punto de desbordarse e inundar sus tierras.

Pero las cosas habían cambiado.

Capítulo 3

–¿UNA pelea en un bar? ¿Pretendes que me lo crea?

Maggie Dalton quitó el termómetro a Cisco y sacudió la cabeza. Estaba tumbado en la camilla de la clínica de Pine Gulch y se sentía más estúpido que en toda su vida.

O no tanto. Ciertamente, aquélla no era la situación más estúpida en la que se había metido. Aún se acordaba del día en que un adolescente le disparó porque no reconoció la contraseña del campamento que vigilaba y lo tomó por un enemigo. Paradójicamente, acertó con lo segundo; pero él no tenía forma de saberlo.

También estaba el asunto del narcotraficante de Panamá, cuyos esbirros lo torturaron durante horas cuando descubrieron que era un infiltrado.

–Es la verdad –respondió al cabo de unos segundos–. Estaba en Barranquilla cuando un borracho me atacó porque creyó que estaba coqueteando con su chica.

–¿Y estabas coqueteando con ella?

Cisco pensó que seguramente habría coqueteado con la mujer en cuestión si hubiera existido. Pero ni lo habían herido en un bar ni había sido un borracho celoso, sino un delincuente con más músculos que cerebro.

–No me acuerdo –mintió–. De todas formas, no era tan bonita como tú.

Maggie lo miró con exasperación y aumentó la presión del tensiómetro hasta que Cisco soltó un grito de dolor.

Maggie siempre le había caído bien. Era un par de años mayor que él, pero la conocía desde el colegio, cuando solo era una alumna que se llamaba Magdalena Cruz. Pine Gulch era una localidad pequeña, y como el rancho de su familia se encontraba en la misma dirección que el rancho Winder, coincidían en el autobús.

Cuando supo que la habían herido en Afganistán, donde trabajaba como médico de campaña, se llevó un gran disgusto. Maggie perdió una pierna en un atentado y en esos momentos llevaba una prótesis, pero parecía haberse adaptado bien.

–Cisco, puedes insistir todo lo que quieras con esa historia de la pelea en un bar, pero no me la creo.

–Eres una mujer de corazón duro, Magdalena.

–No lo voy a negar. Pregunta a Jake si quieres –declaró con una sonrisa–. Pero, dime, ¿de dónde ha salido la niña?

Cisco sintió un dolor mucho más intenso que el de la herida. Isabela se había quedado huérfana por culpa suya, porque no había sabido proteger a su madre.

Cuando permitió que Soqui participara en la operación, supo que se estaba equivocando. Pero estaba decidida a acabar con el asesino de John, su esposo, y no fue capaz de negarle esa posibilidad.

En esos momentos, ya no tenía remedio. Soqui había muerto a manos de los hombres de el Cuchillo, un narcotraficante extremadamente peligroso; sin embargo, Cisco se sentía como si el gatillo del arma que la mató lo hubiera apretado él.

–Su madre era amiga mía –se limitó a decir.

–¿Era?

–Sí. Murió la semana pasada –dijo–. Pero te aseguro que la documentación está en regla… me concedió su custodia antes de morir.

Cisco no había olvidado ese momento. Casi podía ver el suelo lleno de cadáveres, incluido el de el Cuchillo, donde Soqui se desangraba poco a poco. No sabía cómo, pero estaba seguro de que Soqui sabía que terminaría pagando con su vida, de que lo sabía desde el principio, desde que le rogó que la dejara participar en la operación.

–Tengo papeles… –dijo con su último aliento–. Están escondidos debajo de la pila… son de la custodia de Isabela. Lleva a mi pequeña con la familia de Johnny, por favor. Prométeme que la llevarás, Francisco…

Cisco no se pudo negar. Se lo debía. Le había fallado y ella había muerto por su culpa, pero haría lo que fuera por concederle su último deseo.

–Todo es legal, Maggie –insistió–. Tiene una tía en Boise. Iba a dejarla con ella, pero está de viaje y no volverá hasta dentro de unos días.

Maggie le limpió la herida con sumo cuidado, pero él se estremeció de dolor.

–Lo siento, Cisco. Tengo que limpiarla un poco para que Jake le pueda echar un vistazo.

–No te preocupes.

–¿Por qué no te curaron la herida en Colombia?

Cisco podría haber contestado que tenía que sacar a la niña del país antes de que el hermano de el Cuchillo descubriera su existencia y antes de que las personas a las que el mafioso había sobornado o extorsionado cambiaran de idea y le impidieran salir de Colombia. Pero, naturalmente, se lo calló.

–Porque quería disfrutar de tus dulces cuidados, Meg.

Ella sacudió la cabeza, pero sonriendo.

–¿Y qué pasará cuando Jake te cosa? ¿Volverás a algún antro en busca de pelea, hasta que te encuentres con alguien que maneje mejor una navaja?

Él no supo qué decir. Estaba atrapado en su propia red de mentiras y no tenía ni idea de cómo escapar. El Cuchillo había fracasado en su intento de asesinarlo, pero Cisco no se hacía ilusiones al respecto; sabía que, más tarde o más temprano, alguien lo encontraría y le daría muerte.

De hecho, tenía suerte de seguir con vida.

En ese momento, Maggie ladeó la cabeza y lo miró con intensidad. Magdalena Cruz Dalton siempre había sido una mujer muy perceptiva.

Pero Cisco era un as en estrategias de distracción.

–He oído que tienes dos niños muy guapos –dijo.

–Sí, una niña y un niño. Sofía y Charlie. Nos mantienen muy ocupados.

–Suena bien…

–Tal vez deberías quedarte por aquí hasta que la herida se cure. Easton lleva demasiado tiempo sola en ese rancho tan grande.

–Pero no estará sola todo el tiempo… Sé que Mimi y Brant la visitan a veces, al igual que Quinn y su familia –le recordó.

–Sí, eso es verdad. Y tiene suerte, porque la familia es lo más importante –comentó Maggie–. Es algo que he aprendido en estos últimos años.

Cisco pensó en su extraña familia. Jo y Guff se habían hecho cargo de un grupo de niños problemáticos sin demasiada esperanza. Eran delincuentes juveniles, víctimas de abusos o, simplemente, huérfanos solitarios. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, habían conseguido crear una familia.

Una familia de la que Easton siempre había sido el centro, el corazón. Incluso cuando solo era una mocosa rubita que seguía a los chicos.

–No te vas a desmayar, ¿verdad?

–¿Bromeas? –dijo él con una sonrisa, aunque estaba al límite de su resistencia–. ¿Y perderme un minuto de tus atenciones? Tendría que ser idiota…

De repente, se oyó la voz de un hombre.

–Lo eres. Eres un idiota que se ofreció de diana de un objeto punzante. Y un idiota que se llevará su merecido si no deja de coquetear con mi esposa.

Cisco giró la cabeza y miró a Jake Dalton, el único médico de Pine Gulch. Estaba en la entrada de la consulta, mirándolo con ironía.

–Hola, Jake. Ha pasado mucho tiempo…

Jake entró y se lavó las manos.

–Sí, creo que no nos habíamos visto desde que volví de la universidad y adornaste mi camioneta con papel higiénico –declaró con humor.

Cisco se alegró de que Jake se hubiera convertido en un médico capaz de cuidar a un tipo que le había hecho la vida imposible en su juventud.

Por lo visto, le había perdonado sus pecados. Seguramente, porque no conocía ni la mitad.

–Hay que llevarlo a un hospital, ¿verdad?

Jake entrecerró los ojos y respondió:

–Digamos que no puedo hacerme cargo de él.

–Eso no es una respuesta.

–Easton, sabes perfectamente que la ley me impide hacer otra cosa. Lo siento mucho. Tengo las manos atadas.

Easton hizo una mueca de desagrado. Por mucho que Jake Dalton le gustara, odiaba todo lo que representaba: los médicos, los hospitales, el olor de los antisépticos y la enfermedad con su presencia constante.

Pero, sobre todo, odiaba el sentimiento de pérdida.

Tenía la impresión de que cada vez que trataba con un médico, perdía a alguien. Había empezado con la muerte de sus padres, cuando ella solo era una adolescente estúpida que creía tener un control total de su universo.

Su padre falleció en el acto la noche de aquel enero tormentoso en que su coche chocó frontalmente con otro.

Su madre sobrevivió al accidente y la llevaron a un hospital de Idaho Falls, donde tuvo ocasión de verla; pero Janet Springhill falleció en la mesa de operaciones.

Más tarde, Guff sufrió un infarto. Fue ella misma quien lo encontró en el suelo del granero y le prestó los primeros auxilios mientras esperaba la llegada de la ambulancia, pero murió durante el trayecto a Idaho Falls. Easton, que los seguía en su coche, se enteró cuando llegaron a su destino.

Luego, Jo enfermó de cáncer y recibió tratamiento en ese mismo hospital, donde murió dieciocho meses después.

Estaba harta de tanto dolor. Cansada de tantas pérdidas.

Por supuesto, Easton era consciente de que los hospitales también eran lugares asociados con la vida; a fin de cuentas, había estado presente cuando Mimi dio a luz a Abby. Pero su experiencia general no podía ser más negativa.

–Se niega a que lo llevemos a un hospital –continuó Jake–. Le he dicho que se puede quedar en el pueblo si alguien cuida de él.

Easton dio por sentado que ese alguien tendría que ser ella.

–¿Qué cuidados necesita?

–Fundamentalmente, que alguien se ocupe de que descanse lo suficiente y no haga tonterías –respondió Jake.

–Eso es muy fácil de decir –murmuró ella, sacudiendo la cabeza–, pero sospecho que no va a ser tan fácil de hacer.

–Haz lo que puedas. Cisco tiene que descansar para recuperarse de esa infección. Pero, si le sube la fiebre, avísame de inmediato.

–Por supuesto.

Jake la miró con expresión sombría. Easton conocía muy bien esa expresión; la preocupación por sus pacientes y por las personas que cuidaban de ellos era una de las grandes virtudes del único médico de Pine Gulch.

–Te daré el mismo consejo, East. Tómatelo con calma. Si no puedes con él, contrata a alguien del pueblo para que cuide a nuestro amigo.

Easton pensó que su idea era bastante razonable; estaba demasiado ocupada para cuidar de Francisco y de una niña pequeña. Pero, por otra parte, Cisco le había pedido ayuda; había ido al rancho porque la necesitaba. Y era la primera vez en diez años que acudía a una persona de su familia cuando tenía un problema.

–Creo que me las arreglaré. Solo serán unos días. He hablado con Burt y me ha dicho que los chicos y él podrán cuidar del rancho.

–¿Estás segura?

–Deja de preocuparte por mí, Jake. No soy tu paciente –respondió.

Easton le dedicó una sonrisa llena de cariño. Le estaba muy agradecida por su apoyo durante la enfermedad de Jo. De no haber sido por él y por la enfermera del hospital, Tess Claybourne, quien después se casó con Quinn y se convirtió en Tess Southerland, no habría sido capaz de soportar aquellos días.

–Está bien… pero no te agobies demasiado, Easton. Tienes la fea costumbre de preocuparte por todos excepto por ti misma.

Ella reaccionó con una mueca burlona.

–Oh, vamos. No me dirás que soy la única persona en esta habitación que tiene ese defecto, ¿verdad?

–Buena respuesta, East –ironizó Jake–. Pero asegúrate de que se toma sus medicinas y llámame inmediatamente si tienes alguna duda o su estado empeora.

–Lo haré.

–En tal caso, dejaré que te lo lleves. Estará contigo dentro de un minuto.

–Gracias, Jake.

Jake sonrió y la dejó en la sala de espera para atender a otros pacientes. Como era el único médico de la localidad, siempre estaba ocupado.

–Es un gran hombre, Isabela; el tipo de hombre en el que te deberías fijar cuando crezcas. Una persona encantadora y digna de confianza.

La niña sonrió y Easton sintió una punzada en el pecho. Tenía miedo de encariñarse con ella, porque Cisco la llevaría con su familia cuando se recuperara.

Segundos más tarde, la puerta de la clínica se abrió y apareció un hombre alto, uniformado y de cabello rubio. Era el jefe de policía de Pine Gulch.

Los ojos verdes de Trace Bowman se iluminaron al verla.

–¡Easton! ¡Qué sorpresa!

Trace se acercó y le dio un beso en la mejilla. Olía muy bien a jabón y a loción para después del afeitado.

–¿Qué ocurre? ¿Estás enferma? –continuó–. ¿De quién es esta maravilla?

Isabela lo miró con fascinación y se rio cuando Trace empezó a hacer el tonto para ganársela.

–Oh, es una larga historia… Pero no te preocupes, no estoy enferma –respondió ella–. ¿Y tú? ¿Qué haces en la clínica?

Trace se encogió de hombros.

–He venido a hablar con Jake sobre uno de sus pacientes de la semana pasada. Nuestro amigo sospecha que era víctima de abusos y quiero informarle del estado de la investigación –respondió.

Easton maldijo a Cisco para sus adentros por haberse presentado justo entonces. Estaba empezando a salir con Trace y era evidente que los dos deseaban llegar más lejos.

Le gustaba mucho; más que ninguno de los hombres con los que había salido. Tenía conversación, escuchaba sus opiniones y era fiable. Todo el mundo se llevaba bien con Trace y con su hermano Taft, que ejercía de jefe de bomberos.

Pero no estaba enamorada de él. Por mucho que lo intentaba, no conseguía enamorarse.

Su corazón pertenecía a Cisco.

–Me alegra que nos hayamos encontrado… precisamente te iba a llamar porque no podré salir el viernes que viene –le informó–. Lo siento mucho, Trace. Tenía ganas, pero estoy demasiado ocupada.

Él pareció decepcionado.

–No te preocupes; nos veremos otro día. El cine no va a dejar de proyectar películas, y en cuanto a la reserva en el restaurante Jackson Hole, se puede anular… Pero ¿qué ha pasado? ¿Va todo bien?

Easton pensó que todo iba mal. Trace era el hombre que le convenía; un hombre seguro y muy atractivo que se preocupaba sinceramente por ella y por la comunidad en la que vivían. Sin embargo, ya no se podía engañar a sí misma. Nunca se enamoraría de él.

Justo entonces, Cisco apareció. A pesar de estar pálido y de tener ojeras, se las había arreglado para parecer tan rebelde y peligroso como de costumbre, con el pelo revuelto y su barba de tres días. El contraste con Trace, tan rubio y tan repeinado, no podía ser mayor.

–Hola, Bowman…

Trace no se alegró de ver a Cisco.

–Hola, Del Norte –dijo con frialdad–. ¿Qué haces aquí? Me habían dicho que estabas encerrado en una cárcel de Guatemala.

Easton se llevó una sorpresa. No sabía nada de ninguna cárcel de Guatemala.

–Me soltaron por buen comportamiento –ironizó.

La animosidad que se profesaban los dos hombres era tan obvia que hasta la pequeña Isabela lo sintió.

–Ya he terminado, East. ¿Nos vamos a casa? –dijo Cisco.

Easton no era tan ingenua como para no darse cuenta de que la mención de la casa tenía la intención de molestar a Trace.

–Sí, claro… Pero antes tengo que recoger las cosas de Isabela.

–Te esperaré en el coche.

Cisco salió de la clínica. Caminaba con aparente normalidad, pero Easton se dio cuenta de que sus movimientos eran más precisos de lo normal.

Cuando se quedaron a solas, Trace frunció el ceño.

–Veo que no bromeabas al decir que la historia es larga de contar. Los asuntos concernientes a Francisco del Norte suelen estar tan retorcidos como una escala de cuerda en mitad de un vendaval –afirmó.

–Lo siento.

Easton ni siquiera supo por qué se disculpaba. Ella no tenía la culpa de lo sucedido; a decir verdad, ni siquiera era culpable de haberse enamorado de Cisco durante su adolescencia y de seguir enamorada de él.

Trace la acompañó a la salida y le abrió la puerta. La tarde olía a lilas y a primavera.

Mientras caminaban hacia el aparcamiento, Trace comentó:

–Ten cuidado con Cisco. Siempre se mete en problemas.

Ella asintió, pero no dijo nada.

–¿Se va a quedar en el rancho?

Easton volvió a asentir.

–Sí, pero solo durante unos días. Está convaleciente de una herida y va a llevar a la niña con su familia, que vive en Boise –respondió–. Estoy segura de que no se quedará más de una semana. Nunca se queda más tiempo.

Trace apretó los dientes.

–¿Por qué se tiene que alojar en el rancho? ¿Es que no tiene adónde ir?

–El rancho Winder es su hogar. Jo y Guff le dejaron parte de las acciones, al igual que hicieron con Quinn, Brant y yo misma.

En realidad, no eran propietarios con los mismos derechos. Easton tenía el cincuenta y uno por ciento de las acciones y Quinn, Brant y Cisco se repartían el cuarenta y nueve restante. Era lo más razonable; al fin y al cabo, ella se encargaba de todos los asuntos del rancho desde la muerte de Jo.

–Sobórnalo para que se marche. Seguro que necesita dinero.

Ella ya había considerado esa opción. Podía hacerle una oferta y adquirir su parte de las acciones, pero tenía un buen motivo para desestimarla; si se las compraba, cabía la posibilidad de que no se volvieran a ver.

Nerviosa, decidió cambiar de conversación.

–Siento no poder verte el viernes. Te prometo que te llamaré en cuanto las cosas se tranquilicen –declaró.

Por la expresión de Trace, Easton supo que se había quedado con ganas de decir algo más; pero, afortunadamente para ella, se mordió la lengua.

Un segundo después, la besó. No era la primera vez que la besaba, pero nunca lo había hecho con tanta pasión; era como si quisiera demostrarle que pertenecía a él.

Easton intentó dejarse llevar, pero no pudo. El regreso de Cisco lo había cambiado todo.

Rompió el contacto y dio un paso atrás, perfectamente consciente de que el amor de su vida los estaba mirando desde el interior del coche.

–Será mejor que me marche.

–Está bien, pero llámame cuando puedas –dijo Trace con una sonrisa encantadora–. Estoy deseando volver a verte. De hecho, llámame en cualquier momento si me necesitas… estaré en tu rancho en un abrir y cerrar de ojos.

Easton asintió.

–Gracias, Trace.

El policía se marchó y ella sentó a la niña en la sillita que había instalado en el asiento trasero. Después, se sentó al volante y arrancó.

Ya habían salido del pueblo cuando Cisco rompió el silencio.

–¿Estás saliendo con Bowman?

Ella apretó las manos en el volante.

–Hemos salido unas cuantas veces, sí, pero no sé hasta dónde llegaremos –respondió, escueta–. Es un buen hombre. Me gusta.

–Y se nota que tú le gustas a él. Te ha besado como un perro marcando el territorio.

–Una metáfora encantadora –ironizó ella–. Pero exageras.

–¿Tú crees?

–Yo no soy el territorio de nadie.

Easton se dijo que ella solo se pertenecía a sí misma.

Con la salvedad del trocito de su corazón que pertenecía a Francisco del Norte.

Capítulo 4

CISCO pensó que aquello era el paraíso.

Viajaba a lomos de su caballo preferido, Russ, cabalgando por un camino precioso desde el que se veían las montañas.

El cielo estaba despejado y olía a pino y a flores silvestres. Como Easton.

Ella cabalgaba a poca distancia, montando a Lucky Star. Cuando se giró para mirarla, le dedicó una sonrisa. Su cabello rubio flotaba en la brisa. Parecía más joven que antes e inmensamente feliz. De hecho, Cisco no la había visto tan feliz en mucho tiempo.

El día era tan perfecto que deseó que no terminara.

Pero todo tenía su final. De repente, el sol se ocultó tras un frente de nubes que anunciaban tormenta y el camino se volvió oscuro y peligroso. Easton bajó el ritmo y la distancia que los separaba aumentó.

Cisco siguió adelante de todas formas. Tenían que encontrar un lugar donde guarecerse de la lluvia, que había empezado a caer.

Por desgracia, el terreno resultaba muy poco recomendable en esas condiciones. El agua lo embarró enseguida y lo volvió más traicionero que de costumbre, porque estaba lleno de piedras sueltas.

En ese momento, se dio cuenta de que el caballo de Easton se estaba saliendo del camino e intentó avisarla, pero el viento soplaba en dirección contraria y ella no lo oyó.

–¡Para, Easton! ¡Vuelve atrás!

Easton se limitó a sonreír, ajena a su advertencia.

Un segundo más tarde, Lucky Star pisó mal y cayó con Easton por el precipicio.

–¡Easton!

Cisco despertó inmediatamente de la pesadilla y llevó la mano a la pistola que guardaba bajo el almohadón. Miró a su alrededor, confundido.

Solo había sido un sueño. Estaba en su antiguo dormitorio del rancho Winder.

Miró las cortinas que Jo le había hecho y devolvió la pistola a su sitio mientras se intentaba tranquilizar.

Solo había sido un sueño. Easton se encontraba bien. No lo había seguido al corazón de sus pesadillas. Por lo menos, en esa ocasión.

Ya se había calmado cuando oyó una especie de gemido. Tardó unos instantes en darse cuenta de que procedía del intercomunicador.

Era la niña, que estaba llorando.

Se levantó a toda prisa, a pesar del dolor de su costado, y se dirigió al dormitorio contiguo.

La habitación de Easton estaba a oscuras, y esperaba que siguiera así. Isabela era responsabilidad suya. Ya la había molestado bastante.

Sin embargo, se sentía decepcionado porque no la había visto desde el día anterior, desde que fueron a la consulta de Jake Dalton. Cuando volvieron al rancho, estaba tan agotado que solo tuvo fuerzas para subir por la escalera y echarse a dormir. Además, el efecto de la fiebre y de los antibióticos era tan fuerte que había dormido toda la noche, toda la mañana y parte de la tarde de un tirón.

Pensó en Easton y se preguntó si tendría sueños tan tormentosos como los suyos. Sin embargo, sabía que él no le convenía, que siempre le complicaba la existencia. Era mejor que mantuviera las distancias.

Entró en el dormitorio de la pequeña y se acercó a la cuna. No se había despertado; estaba gimiendo en sueños.

La tumbó de lado, le puso una mano en la espalda y le empezó a tararear una nana, cuyo origen ni siquiera recordó. Tal vez se la hubiera cantado su madre, aunque había fallecido cuando él era un niño de tres años y no tenía muchos recuerdos de ella.

Sus padres habían sido braceros que viajaban por todo el país, de cosecha en cosecha. Recogían lechugas, fresas, arándanos, manzanas, cualquier cosa que la tarjeta de residencia temporal les permitiera. Él había nacido en Texas, y siempre viajaba con ellos. Según su padre, había sido un buen chico que se quedaba junto a su madre cuando trabajaban en los campos; pero una vez, según le contó, se lanzó a la aventura y se perdió en California.

Cuando Mariana notó que había desaparecido, corrió en su busca. Lo encontró a punto de zambullirse en un canal de riego que iba muy crecido por las lluvias. Mariana no sabía nadar, pero se arrojó tras él y consiguió sacarlo del agua.

Desgraciadamente, fue lo último que hizo. Cuando los hombres llegaron, era demasiado tarde. Se ahogó sin remedio.

Cisco se frotó los ojos. Recordaba pocas cosas de aquel día. Recordaba la temperatura helada del agua y su temor y su confusión cuando vio que su madre no salía del canal.

Su padre nunca lo culpó por ello; pero, cuando Cisco creció, se sintió culpable de todas formas.

Desde entonces, había imaginado muchas veces que se lanzaba tras ella y que le salvaba la vida en el último momento. Pero no podía cambiar el pasado. No había podido evitar la muerte de su madre y tampoco lo había conseguido con Soqui.

Empezaba a pensar que daba mala suerte a las mujeres. Y no quería hacer daño a Easton.

Tras asegurarse de que la niña estaba completamente dormida, caminó hasta la ventana y apartó la cortina. La vista era la misma que la de su dormitorio; la misma de siempre, con las montañas al fondo y el granero en primer plano.

Cada vez que volvía al rancho, se sentía mejor. A fin de cuentas, era el único hogar que había tenido.

Cuando Jo y Guff lo adoptaron, estaba seguro de que duraría muy poco en aquel lugar. Se preguntaba por qué querrían a un niño delgaducho y problemático, al hijo de una pareja de trabajadores inmigrantes. Incluso llegó a robar una tienda de campaña que encontró en el desván, dispuesto a fugarse otra vez a las montañas.

No había olvidado el día en que llegó. Se acordaba del alto y canoso Guff, con su cara curtida por muchos años de trabajo al sol; se acordaba de la esbelta y menuda Jo, de ojos marrones y sonrisa encantadora; se acordaba de Quinn y de Brant, que eran mayores que él y a los que siempre intentaba agradar; pero, sobre todo, se acordaba de Easton.

Al verla por primera vez, pensó que tenía los dientes más blancos y la piel más clara que había visto nunca. Era realmente preciosa; de pelo rubio, recogido en una coleta y cubierto con un sombrero vaquero.

Y en esos momentos, veinte años después, seguía pensando lo mismo. Aún le parecía la mujer más hermosa de la Tierra.

Echó la cortina y salió del dormitorio. La herida le dolía tanto que sabía que no podría dormir, pero necesitaba descansar para cuidar de Isabela. No quería molestar a Easton más de lo necesario.

Jake le había recetado unas pastillas que le quitaban totalmente el dolor, pero tenían el inconveniente de que también le producían sueño. Decidió bajar a la cocina y tomar algo más suave.

Mientras se dirigía a la escalera, se acordó de las travesuras que hacía con Brant y Quinn. Quinn siempre había sido el líder del grupo, aunque él contribuía con ideas propias. Brant, que iba de chico bueno, intentaba evitar que se metieran en líos; pero lo conseguía muy pocas veces. La fuerza incendiaria y combinada de Quinn Southerland y Francisco del Norte era demasiado para alguien que intentaba cumplir las normas.

Los tablones de la escalera crujieron bajo sus pies. Eso tampoco había cambiado. Crujían tanto que, de niños, se descolgaban por la ventana para que nadie los oyera.

Cuando llegó abajo, echó un vistazo a su alrededor y pensó que la casa era demasiado grande y estaba demasiado vacía para que Easton viviera sola. Tal vez sería más adecuado que se mudara a la casa del capataz, donde ya había vivido con sus padres.

Pero no quería pensar en ella.

Entró en la cocina y abrió el armario donde Jo siempre había guardado las medicinas. Justo entonces, oyó un ruido a su espalda y reaccionó por instinto: alcanzó la primera arma que pudo encontrar y se giró con un cuchillo en la mano.

Era Easton. Llevaba unos pantalones sueltos y una camiseta vieja.

–Ya me has amenazado con una pistola y con un cuchillo. ¿Qué será lo siguiente? –ironizó–. ¿Llevas una ametralladora encima?

Él dejó el cuchillo en la encimera.

–Descuida. De momento, estás a salvo –declaró.

Easton sacó un vaso para servirse un poco de agua. Cisco hizo un esfuerzo por no admirar sus curvas cuando alzó los brazos.

–Siento curiosidad, Cisco –añadió.

–¿Curiosidad? ¿Respecto a qué?

Easton dio un trago de agua antes de hablar.

–¿Es que no duermes nunca? No me refiero aquí, sino a los sitios adonde vas cuando haces esas cosas de las que no hablas.

–Claro que duermo.

–¿Con una pistola bajo la almohada y un cuchillo al lado?

Cisco tendría que haber contestado afirmativamente, de modo que decidió hacerse el loco y cambiar de conversación.

–He bajado a buscar un ibuprofeno, pero no hay.

–¿Por qué quieres uno? ¿Las pastillas de Jake no te hacen efecto?

–Sí, pero me duermen.

Ella lo miró con intensidad, pero no dijo nada. Se limitó a abrir otro armario y a sacar un botecito, que le lanzó.

–Gracias.

–No hay de qué.

–Siento haberte despertado. Siempre olvido que esa escalera cruje terriblemente…

Easton sonrió.

–A veces pienso que Guff lo hizo a propósito cuando la construyó, para que sirviera como alarma –comentó ella–. Me descubrió in fraganti varias veces, durante mi adolescencia…

–Vaya, no sabía que hubieras sido tan rebelde, Easton Springhill. ¿Y adónde ibas, si se puede saber?

Ella lo miró con humor.

–A ningún sitio especialmente interesante. Yo no era tan traviesa como vosotros… en general, solo salía a montar.

–Sí, claro. Salvo cuando te venías con nosotros –le recordó.

–Sí, eso es cierto –admitió ella–. ¿Te acuerdas del día que os rogué que me llevarais con vosotros a Hidden Falls? No recuerdo cuántos años tenía… ¿trece, tal vez? Pero recuerdo que mi madre me lo prohibió porque decía que ya era mayor para hacer escapadas nocturnas con chicos.

–Lo recuerdo perfectamente.

Cisco no lo habría podido olvidar en ningún caso. Dejaron una nota a la madre de Easton para que no se preocupara, pero Guff no fue más clemente por eso. Los reprendió con aspereza y les recordó que Easton ya no era una niña, que se había convertido en una mujer y que debían tratarla con respeto a partir de entonces.

–Siempre fuimos una mala influencia para ti…

Easton arqueó una ceja.

–¿Y eso ha cambiado? –bromeó.

–No sé si ha cambiado, pero tus padres deberían haberte encerrado en la casa del capataz cuando Jo y Guff adoptaron a Quinn.

Ella se apoyó en el frigorífico y sonrió.

–Oh, vamos… mi vida fue mucho mejor gracias a vosotros. Brant y Quinn se convirtieron en los hermanos que no había tenido. Y en cuanto a ti…

Easton dejó la frase sin terminar.

–¿En cuanto a mí?

–Bueno, es evidente que no fuiste precisamente un hermano –murmuró.

Él suspiró y dio un paso hacia ella, haciendo caso omiso de las alarmas que se habían activado en su mente. Le gustaba demasiado y se sentía completamente dominado por el deseo, irresistiblemente atraído por su encanto.

Easton tragó saliva y lo miró con más intensidad, consciente de lo que pasaba.

En circunstancias normales, Cisco habría refrenado sus impulsos y habría salido de la cocina antes de cometer un error; pero su contención saltó por los aires cuando la miró a los ojos y comprendió que ella también lo deseaba.

–Cisco…

Sus palabras se perdieron contra los labios de Cisco.

Y le pareció maravilloso.

La boca de Easton estaba fría por el agua que acababa de tomar; pero le supo a menta, dulce. Su piel, profundamente femenina, tenía un aroma tan cálido como seductor.

Durante los momentos más oscuros de Cisco, cuando estaba en alguna misión de resultado incierto, se aferraba al recuerdo de los besos de Easton en la caseta del lago Windy que había construido con ayuda de Quinn y de Brant.

Recordaba el placer de tenerla entre sus brazos y el calor de su pasión. Recordaba cada instante, cada gemido, cada suspiro del tiempo que habían compartido cinco años atrás. Recordaba el ángulo de su cabeza cuando la acariciaba, el movimiento de sus manos cuando las llevaba a su camisa y, naturalmente, el éxtasis de entrar en su cuerpo.

Pero la realidad de su boca era mucho más placentera que los recuerdos del pasado.

Desgraciadamente, sabía que no podía durar. En cuestión de segundos, uno de los dos recobraría el buen juicio y rompería el contacto. Pero, de momento, Easton seguía aferrada a él, con las manos en su cintura.

Cisco la apretó contra la mesa de la cocina. Ya no le dolía nada; ni la herida del costado ni sus heridas interiores. Solo podía pensar en ella, en la única cosa de su vida que merecía la pena de verdad.

–Cisco –repitió.

Solo dijo eso. Su nombre.

Un sonido que le pareció increíblemente erótico; pero también, un sonido que le hizo reaccionar.

No podía hacer eso. No le podía hacer eso.

Las cosas ya estaban demasiado revueltas entre ellos. Cisco sabía que era culpa suya; a fin de cuentas, él era el canalla que había despertado sus sentimientos cinco años antes, cuando se aprovechó de su necesidad de cariño tras la muerte de Guff.

Por aquel entonces, Easton tenía veinticuatro años; pero a pesar de ello, seguía siendo virgen. Y Cisco se odiaba por haberle robado la inocencia.

Nada había sido igual desde aquella noche. Al día siguiente, tuvo que volver al trabajo y alejarse de Easton y del rancho Winder. Tres meses más tarde, cuando se recuperaba de una herida de bala, recibió una carta de Jo en la que mencionaba que Easton había aceptado un empleo en la asociación de ganaderos de Denver y que dejaba el rancho.

Cisco comprendió que lo dejaba por su culpa.

Su madre adoptiva no necesitó ser más explícita. Jo desconocía lo sucedido entre ellos, pero era evidente que había notado algo y que había llegado a la conclusión de que su huida estaba relacionada con él.

Cisco mantuvo las distancias durante dieciocho meses, hasta que Quinn lo llamó para decirle que iba a organizar una fiesta sorpresa para Jo y que, si no aparecía en el rancho, tomaría un avión, se presentaría en el agujero donde estuviera metido y lo sacaría de allí, literalmente, por el pescuezo.

Consiguió que le dieran un permiso y volvió a Estados Unidos. Easton había regresado al rancho, cansada al parecer de su pequeña aventura en Denver.

Cuando la vio de nuevo, le pareció más pálida y más callada que nunca. Ni siquiera se atrevía a mirarlo fijamente.

Desde entonces habían pasado tres años, pero las cosas habían cambiado poco. El azul de sus ojos se seguía oscureciendo cuando lo miraba y su cuerpo se seguía estremeciendo cuando la tocaba.

Pero ya no se estremecía. En ese momento lo besaba con seguridad, como si hubiera superado sus temores.

Cisco frunció el ceño y se repitió que estaban cometiendo un error; pero tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para dejar de besarla y apartarse.

Easton lo miró a los ojos, pero él no pudo interpretar su expresión. Al parecer, se había acostumbrado a ocultar sus sentimientos.

–Si Quinn y Brant estuvieran aquí, te darían una charla sobre la necesidad de que te mantengas alejada de lugares oscuros con hombres que no están en plena posesión de sus facultades, sobre todo si el encuentro se produce en mitad de la noche. Lo siento, Easton.

Tras unos segundos, su expresión cambió. Y esa vez la interpretó perfectamente. Estaba enfadada con él.

–Pero no están aquí, así que te has sentido en la obligación de decírmelo tú –dijo con sarcasmo–. La próxima vez, deberías atacarme con ese consejo en lugar de amenazarme con un cuchillo de cocina.

Cisco no dijo nada.

–Me voy a la cama –añadió ella.

–Está bien, pero no te preocupes por la niña. Me levantaré a primera hora y me encargaré de ella –afirmó Cisco–. Gracias por haberme ayudado estos días.

Easton lo miró una vez más, dio media vuelta y salió de la cocina, dejándolo a solas con sus remordimientos y sus recuerdos.

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