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28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Escándalos, n.º 192 - abril 2020

I.S.B.N.: 978-84-1348-427-3

Índice

Portada

Créditos

Unidos por el escándalo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Publicidad

El placer del escándalo

Nota de los editores

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Publicidad

Tormeta de escándalo

Los editores

Dedicatoria

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Uno

Mayfair, mayo de 1816

El marqués de Brentmore estaba en su casa de Londres, salió de la biblioteca y entró en el salón. Había accedido a considerar el plan de su primo... ¿En qué demonios estaba pensando?

Se acercó a la ventana y de un tirón apartó los pesados cortinajes de brocado. ¿Por qué usarían tejidos tan gruesos cuando Londres disfrutaba bien poco de la luz del sol? Otra de las locuras de los ingleses. Lo que daría él por disfrutar de uno de los días soleados de Irlanda.

En momentos como aquel en los que se sentía inquieto, sus pensamientos volaban siempre a Irlanda. Nunca podría deshacerse de los recuerdos de sus años más jóvenes por mucho que su abuelo inglés, el viejo marqués, se hubiera empeñado en arrancárselos.

Miró por la ventana. Mejor seguir centrado en el tiempo. El cielo estaba más gris de lo normal. Seguiría lloviendo, sin duda.

Una mujer joven atravesó Cavendish Square caminando y algo en ella llamó su atención, hasta tal punto que no pudo apartar los ojos de su figura.

Parecía embargarle alguna emoción que a duras penas era capaz de contener, y tuvo la sensación de que esas emociones reverberaban también en su interior como si de nuevo estuviese lidiando una batalla con un temperamento feroz. El irlandés que llevaba dentro, como siempre le decía el viejo marqués.

¿Es que si dejaba libres sus pensamientos siempre tenían que volar a aquella época?

¿Qué estaría haciendo allí aquella preciosa señorita que parecía tan alterada como él? Su persona le afectaba de un modo en que ninguna de las innumerables hijas de la alta sociedad que atendían a bailes y musicales había sido capaz. Muchachas estúpidas que lo miraban llenas de emoción hasta que su mamá se acercaba presurosa para apartarlas de él murmurando entre dientes sobre su mala reputación.

¿Sería su desastroso primer matrimonio lo que aquellas matronas tenían contra él, o sería quizás la mancha de su sangre irlandesa? Fuera lo que fuese, el título de marqués no parecía tener el peso suficiente para sepultar ambas cosas.

De todos modos no quería saber nada de aquellas jovencitas. Ni de sus bailes. Ni de su mercado de casorios, por mucho que dijera su primo. Ya se había dejado llevar por todo ello en otra ocasión y el desastre había sido mayúsculo. No, no albergaba la menor intención de dejarse engatusar por otra mujer, y menos aún por la imagen de una cruzando la plaza. Tenía trabajo que hacer.

Iba a apartarse de la ventana cuando la joven se volvió, y la ansiedad de su expresión le llegó directa al corazón.

Incluso desde la distancia podía ver que sus ojos eran grandes y brillantes, y que sus labios parecían haber recibido el beso de una rosa. Un cabello castaño oscuro asomaba bajo su sombrero y la muselina azul del ruedo de su falda se alzaba a impulsos del viento, dejando al descubierto un fino tobillo.

Respiró hondo.

Brillaba de expectación. De pasión. De esperanza y miedo. Aquella mujer había despertado su corazón y su sangre, algo que no era fácil desde que Eunice lo inhabilitara para cualquier otra mujer.

¿Estaría esperando a alguien? ¿A un hombre? ¿Se trataría quizá de una cita prohibida?

Sintió una punzada de envidia. Hubo un tiempo en que habría anhelado tener a una joven respetable como aquella esperando reunirse con él.

Se apartó de la ventana y dejó que el cortinaje ocultara los cristales. Qué tontería. Después de haber pasado por un verdadero infierno en su matrimonio, sabía bien con qué facilidad la pasión puede traer de la mano la desgracia.

Volvió a la biblioteca y a la montaña de papeles que le aguardaba en el escritorio. Repasó sin detenerse mucho la correspondencia. Con una mano levantó una carta y releyó las noticias de Brentmore. Parker, su administrador, se ocupaba bien de sus asuntos.

La institutriz de los niños había muerto de repente, pero Parker se había ocupado rápidamente de todo: de su funeral y posterior entierro. Diablos, ¿cuánto iban a tener que soportar en la vida aquellos dos niños?

Primero la muerte de su madre… y ahora la de la institutriz.

Brent se pasó la mano por la cara.

Sus hijos habían sufrido demasiado en su corta vida. Quizá su primo tuviera razón y había llegado ya el momento de considerar volver a casarse. Eunice llevaba un año muerta y los niños necesitaban una madre que cuidara de ellos, que se ocupase de contratar a una institutriz y esa clase de cosas, que se asegurara de ahorrarles preocupaciones.

Él no sabía nada de niños. Eunice era quien se ocupaba de ellos y no le gustaba que él interfiriera. De hecho, era prácticamente un extraño para sus hijos. Las breves visitas que les había ido haciendo desde la muerte de su esposa eran casi una formalidad, ya que la institutriz le aseguraba que tenía a los niños bajo su control, y al fin y al cabo ¿quién era él para cuestionar sus años de experiencia? Siendo un niño, el viejo marqués lo dejó al cuidado de unos severos tutores y luego lo mandó a un internado. En realidad podía decirse que no se conocieron hasta que volvió de su viaje por Europa, lo mismo que pasaba con la mayoría de los hijos de los nobles.

Con las yemas de los dedos rozó la madera oscura del escritorio. Pensar en sus hijos, en cómo iban a sufrir por los pecados de sus padres, le encogía el corazón. Mejor volver a la ventana del salón y dedicarse a contemplar a aquella apasionada joven que esperaba a su amado que seguir agonizando por cosas que ya no podía cambiar.

Llamaron a la puerta. Era Davies, su mayordomo.

—Perdón, milord. La señorita Hill desea verle. Dice que tiene una cita.

La mente se le quedó en blanco. ¿Una cita?

Ah, sí. A veces la suerte se dignaba a sonreírle. La noche pasada en White’s había oído decir a alguien que tenía una institutriz de la que quería deshacerse. Ya no la necesitaba y quería quitársela de en medio lo antes posible. Él le dijo a… ¿quién era?... le dijo que se la enviase a casa a la mañana siguiente. Quería solventar cuanto antes el problema de sus hijos, aunque no tuviera ni idea de qué rasgos debía buscar en una institutriz.

—Hazla pasar.

Dejó la carta y se sentó tras su mesa.

—La señorita Hill, milord —anunció Davies.

Una dulce voz de mujer musitó:

—Milord…

Brent alzó la mirada y las sensaciones de su cuerpo se dispararon.

De pie ante él estaba la apasionada joven que había estado observando por la ventana. Dio dos pasos hacia él y quedó lo bastante cerca como para poder percibir su aroma a lavanda y ver que sus enormes ojos eran de un intenso color azul y más vibrantes que el azul de su vestido, bastante poco propio de una institutriz, dicho sea de paso. Tras el marco de unas oscuras y rizadas pestañas, aquellos ojos lo miraban con la misma esperanza y el mismo temor que había visto en ellos a través del cristal.

De cerca no le defraudó. Tenía una piel tan blanca y tan sin mácula como una estatua de Canova y respiraba juventud. Tenía los labios sonrosados y tentadoramente húmedos, y lo peor de todo era que su evidente nerviosismo lo empujaba a la ternura, un peligro mucho mayor que la respuesta básica de su cuerpo.

—Anna Hill, señor —se presentó, haciendo una pequeña reverencia.

Le resultaba imposible apartar la mirada de la gracia con que se movía, del brillo expectante de su mirada, del suave movimiento de su pecho.

Desde luego, aquella joven no era institutriz, eso quedaba patente con tan solo verla. Era una joven de clase, hija de algún miembro de la buena sociedad vestida para impresionar.

La muchacha alzó la barbilla desafiante y él bajó la mirada a sus papeles.

—Esto es imposible, señorita —fuera cual fuera su juego… si pretendía comprometerlo para lograr casarse con él o cualquier otra idea igualmente absurda, no pensaba entrar en él—. Puede marcharse.

Pero ella no se movió.

Volvió a mirarla e hizo un gesto con la mano.

—He dicho que puede marcharse.

Dos círculos rojos le aparecieron en las mejillas e irguiéndose, dio la vuelta y caminó con suma dignidad hasta la puerta. Sí, sin duda era una joven con clase.

Cuando había abierto ya, el marqués volvió a hablar:

—Que esto le sirva de lección, señorita Hill.

Ella se volvió enarcando las cejas.

—¿De lección, señor?

Brent se levantó sin pensar y se acercó a ella en dos grandes zancadas mientras la joven le mantenía la mirada. Puso la mano en la puerta, pero sin saber en realidad si era para abrirla del todo o para cerrarla.

—No se le habría abierto la puerta de mi casa de no ser por el hecho de que estoy aguardando la llegada de una mujer que viene a solicitar el puesto de institutriz —explicó, y bajó deliberadamente la mirada a su pecho para hacerle comprender lo peligroso que podía ser encontrase a solas con un hombre—. Y usted no lo es.

Pero ella no se dejó intimidar.

—¿Cómo puede saber lo que soy, señor, si no se ha dignado tan siquiera a escuchar mis calificaciones para el puesto?

¿Calificaciones? ¡Ja!

Con una mano le tocó suavemente el hombro.

—No viste usted como una institutriz.

Ella le apartó la mano.

—No sé quién piensa usted que soy, señor, pero he venido para interesarme por el puesto de institutriz. He de admitir que carezco aún del guardarropa propio de ese trabajo —sus ojos azules brillaron de dolor—, ya que mis ropas me las proporcionó lady Charlotte, para quien trabajaba como dama de compañía.

—¿Lady Charlotte?

Bajó la mirada.

—La hija del conde de Lawton.

¡Aquel era el nombre! Sintió deseos de golpearse en la frente. Lord Lawton era quien había organizado aquel encuentro. Dios bendito… aquella mujer era la institutriz.

Entonces fue ella quien se mostró confusa.

—¿Acaso lord Lawton no le explicó mis circunstancias?

Aquella noche había bebido una buena cantidad de coñac, y no recordaba bien lo que Lawton le había podido explicar, aparte del hecho de que conocía a una institutriz y eso era lo que él necesitaba.

—Explíquemelas usted, señorita Hill.

Cerró la puerta e interpuso una distancia más respetable.

Ella bajó la mirada.

—He sido la dama de compañía de lady Charlotte, y dado que ahora ha sido presentada ya en sociedad, no necesita más de mis servicios.

—¿Dama de compañía? —preguntó con escepticismo—. Pero si parece que acabara de salir de la escuela y fuese usted quien necesitara carabina.

—He dicho que era la dama de compañía de lady Charlotte, no su carabina. Yo… he sido su acompañante desde que éramos niñas. La situación era un tanto… —buscó la palabra correcta—… inusual.

Brent se cruzó de brazos.

—Explíquemela.

Parecía molesta y en guardia al mismo tiempo.

—Me he criado con lady Charlotte. Ella es hija única y extremadamente tímida, y necesitaba una acompañante; una hermana mayor, digamos —lo miró a los ojos antes de continuar—. También he de decirle que era… que soy hija del servicio de lord Lawton. Mi madre es lavandera y mi padre lacayo.

Brent se encogió de hombros. Su propio linaje era tan inapropiado como el de ella. Su madre era tan pobre como solo podía serlo una mujer irlandesa, y él se había pasado los primeros años de su vida en la granja que su abuelo tenía arrendada en Culleen.

Hasta que su abuelo inglés se lo llevó de allí. Un tío de cuya existencia no sabía una palabra había muerto inesperadamente y de pronto él se vio convertido en heredero de un título del que no sabía una palabra y enviado a una tierra hasta entonces enemiga para él.

—He sido educada como una dama —continuó la señorita Hill—. He estudiado las mismas lecciones que lady Charlotte y aprendido lo mismo que ella —del bolsillo de la capa sacó un documento y se lo entregó—. Aquí lo tiene todo por escrito.

Al tomar el papel sus manos se rozaron y Brent cayó en la cuenta de que su guante había sido cuidadosamente remendado.

Fingió leer y luego la miró. En los dedos aún conservaba la sensación del roce.

—Le ruego me disculpe, señorita Hill.

Ella se irguió de nuevo para mirarle con un porte tan regio como el de cualquiera de las matronas que acudían a Almack’s. Su cuello, tan recto y delgado, invitaba a ser acariciado. E invitaba a continuar hacia abajo, hasta la curva de sus pechos…

—¿Por qué me mira así? —le preguntó con un ligero temblor en la voz.

Dios bendito, se había dejado llevar por la imaginación y se había atrevido a seducirla…

¿Por qué aquella belleza estaría dispuesta a enterrarse en el repudiado trabajo de institutriz? Seguro que no ignoraba los peligros que acechaban a una mujer al servicio de los ricos y privilegiados. Una institutriz no contaba con la protección del resto del servicio, ni tampoco de la sociedad. Sería presa fácil de cualquier hombre que deseara seducirla.

Cerró los ojos y se volvió hacia las estanterías. Dejó que los dedos acariciaran el lomo de los libros.

—Le ruego me disculpe una vez más, señorita Hill. No consigo comprender cómo una joven de su… —se volvió sin querer una vez más para admirarla de arriba abajo—… disposición puede pretender el puesto de institutriz.

Ella lo miró con aire de superioridad.

—¿Me cree usted incapaz de desarrollar semejante tarea?

Su valor le producía más asombro del debido.

—Es usted muy joven —replicó, yendo a sentarse en una silla junto a la ventana. Luego cruzó las piernas.

Ella volvió a levantar la barbilla.

—Mi edad es un valor añadido, lord Brentmore.

Él frunció el ceño.

—¿Y qué edad tiene usted?

—Veinte años, milord.

—Muy mayor, sí —se burló.

Ella dio un paso hacia él.

—Mi juventud me proporcionará la energía necesaria para la enseñanza de mis educandos.

Lord Brentmore tamborileó con los dedos en el brazo de la silla. La institutriz anterior era una mujer de cierta edad, y seguir dándole precisamente ese empleo había sido un error. ¿Lo sería también contratar a alguien tan joven?

—Así los comprenderé mejor —continuó—. Aún no he olvidado las travesuras que pueden inventarse los chiquillos.

—Yo no quiero una institutriz que se una a ellos en sus diabluras.

—¡Y no pienso hacerlo! —replicó, irritada—. Soy una persona juiciosa, milord.

Se levantó y volvió a acercarse a ella, lo suficiente para sentir en la piel su calor.

—Cuénteme más de usted, señorita Hill.

Su voz se había vuelto grave.

Ella dio un paso atrás y la mano voló a un mechón de pelo que le rozaba la mejilla.

—Sé que no soy una dama, pero he sido educada como si lo fuera. He recibido todas las ventajas de…

Tenía que mantener las distancias.

—Hay otra razón por la que debería contratarme, señor —añadió ella tras respirar hondo.

—Usted dirá.

—El conocimiento es para mí el don más preciado, milord. Mi peculiar situación de persona que de otro modo nunca habría tenido acceso a él me hace apreciarlo en todo su valor. Me ha abierto los ojos al mundo —hizo un gesto con los brazos que abarcaba los libros encuadernados en piel—. Y ese mundo es lo que les enseñaría a sus hijos.

Por primera vez su rostro se iluminó de placer verdadero, y ese entusiasmo le llegó dentro a él, despertando algo que mejor estaba enterrado.

—Hará de mi hija una marisabidilla.

—¡Por supuesto que no! Haría de ella una dama —respondió y señaló el documento que le había entregado—. Domino todas las artes femeninas: sé bordar, pintar con acuarelas, tocar el pianoforte. Conozco todas las normas de urbanidad y buenos modales, y sé bailar. Por otro lado sé latín y matemáticas, de modo que estoy en condiciones de preparar a cualquier muchacho para Eton…

La voz le falló como si temiera haber hablado demasiado, pero en su mirada había un ruego.

—Le complacería mi trabajo, milord. Lo sé.

Se obligó a bajar la mirada para que ella no pudiera ver lo hambriento que estaba de semejante pasión juvenil. A pesar de que solo tenía treinta y tres años, en aquel momento se sentía más viejo que Matusalén.

Los niños se merecían una buena educación. Una buena crianza. Aún más: se merecían ser felices. Eran criaturas inocentes, aunque sus cuerpecitos fueran la encarnación de sus fracasos y de sus errores. Que aquella institutriz, aquella bocanada de aire fresco, fuese un regalo para ellos.

Es más: estaría en una casa en la que ningún hombre se aprovecharía de ella. Y no es que él fuera inmune a la tentación, pero detestaba Brentmore y pasaba tan poco tiempo allí como le era posible.

Dejó vagar la mirada por las estanterías abarrotadas de libros, una imagen mucho menos peligrosa que la de aquellos ojos azules llenos de esperanza.

—No es necesario que se vista de gris —dijo por fin. Sería una pena ocultar tanta belleza bajo cuellos altos y mangas largas—. Su vestuario actual puede servir.

—No entiendo… —le temblaba la voz—. ¿Quiere decir que… me da el puesto?

Él tragó saliva.

—Sí, señorita Hill. El puesto es suyo.

—¡Milord! ¡No lo lamentará, se lo aseguro!

Su alivio era tan evidente como la sonrisa que le iluminó el rostro y que a él le encogió las tripas.

—Tiene que estar lista para asumir sus obligaciones esta misma semana.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y él sintió el impulso de abrazarla y asegurarle que no tenía de qué preocuparse.

—Lo estaré, señor.

Incluso la voz se le había empeñado de emoción.

—Haré saber a lord Lawton que la he contratado.

Anna parpadeó rápidamente, molesta consigo misma por permitirse semejante muestra de emoción en un momento tan importante como aquel. Quería… no, necesitaba ser fuerte so pena de que aquel marqués fuera a cambiar de opinión.

No se había imaginado con antelación que fuera a ser tan imponente, y tampoco tan alto. Ni tan joven. Más se había imaginado que se parecería a los caballeros que visitaban la casa de lord y lady Lawton, más bajitos que ella, con orondas barrigas y al menos diez años mayores que el marqués. Sus ojos, tan oscuros como el cabello que se le rizaba en la base del cuello y que le enmarcaba el rostro, la ponían nerviosa. Las piernas le temblaban cada vez que la miraba con aquellos inquietantes ojos. Sobre todo cuando la había despachado sin tan siquiera dejarla hablar. En aquel momento era absoluto su convencimiento de que estaba todo perdido.

¿Qué habría hecho entonces? Lord Lawton le había dejado claro que su ayuda se circunscribía a ayudarla a encontrar empleo. Y no tenía nadie más a quien acudir en Londres. Sus padres y todas las demás personas a las que conocía se quedaban en Lawton.

¡Pero el marqués la había contratado! Incluso después de haber perdido la paciencia con él. Incluso después de su discursito acerca de su amor por el conocimiento.

Afortunadamente era un rasgo que le serviría para trabajar como institutriz porque era su única cualificación para el puesto.

—Bien —dijo, sin saber qué otra cosa decir—. Excelente.

Él volvió a enarcar las cejas.

Ay, Dios, ¿y si cambiaba de opinión?

Se aclaró la garganta mientras lograba encontrar una frase digna de una buena institutriz.

—¿Puedo preguntarle por los niños? ¿Cuántos estarían a mi cargo, y a quién debo responder acerca de sus cuidados?

Aquello había sonado muy profesional.

Él frunció el ceño como si la pregunta le molestara.

—Son solo dos.

Ella intentó sonreír.

—¿De qué edad?

—El niño, siete. La niña, cinco.

—Una edad deliciosa —respondió. Tan pequeños no podían ser difíciles de tratar—. ¿Y están en Brentmore Hall?

Charlotte y ella habían buscado en una Topografía de Gran Bretaña y en un viejo volumen de Debrett’s en la biblioteca de Lawton para intentar averiguar algo sobre el marqués. Al parecer su esposa había fallecido hacía poco más de un año, pero aparte de eso solo habían podido saber que la casa del marqués, Brentmore Hall, estaba en Essex.

—Por supuesto que están en Brentmore —espetó—. ¿Dónde iban a estar si no?

¿Le habría ofendido su pregunta? Conversar con él era como caminar sobre cáscaras de huevos.

Iba y venía por la estancia como una pantera, un enorme gato salvaje al que Charlotte y ella habían visto en una ocasión en la Torre de Londres. Aquel felino negro iba y venía en su jaula de un lado para el otro, de un rincón al otro, letalmente peligroso y deseando escapar.

El cabello del marqués era tan oscuro como el pelo de la pantera. Lo mismo que sus ojos. Y cuando se movía era como si él también desease liberarse.

En cualquier caso, no tenía por qué rugirle a ella.

—No podía saber dónde viven —respondió, altanera—. Por eso se lo pregunto. También porque deseo saber dónde voy a vivir yo.

—Perdóneme una vez más, señorita Hill. Es que no estoy acostumbrado a entrevistar institutrices.

Ella enarcó las cejas y él añadió:

—La anterior falleció inesperadamente.

—¿Falleció? ¡Pobrecitos niños! Primero su madre y luego su institutriz.

Sintió una oleada de compasión por las criaturas. Era demasiado para unos niños tan pequeños.

Él siguió mirándola y Anna se dio cuenta de que alguna emoción había palpitado tras sus ojos negros, aunque no podría decir exactamente cuál.

—¿Cómo lo sobrellevan?

—¿Sobrellevarlo? —parecía sorprendido—. Razonablemente bien, según Parker.

—¿Parker?

—Mi administrador —explicó—. Afortunadamente se hallaba en Brentmore y se ha ocupado de todo.

—¿Usted no ha visto a sus hijos?

Él la miró fijamente.

—No desde que ocurrió esto último, de lo cual hace ya algunos meses.

Anna apretó los labios. Fue el único modo de mantenerse callada. La institutriz de Charlotte siempre le decía que tenía que controlar su lengua y que nunca debía perder la compostura, lo que no dejaba de resultarle confuso ya que también debía enseñarle a Charlotte a ser sincera y a decir lo que pensaba.

Mejor cambiar de asunto.

—Entonces, ¿será a él a quien deba informar?

Dios mío… ¿habría percibido su desaprobación en el tono?

—Me informará a mí —replicó, clavándole su mirada de pantera—. En cuestiones de orden menor, los niños dependerán totalmente de usted. Será usted quien decida sobre sus necesidades y cuidados, y el resto del servicio no interferirá en sus decisiones.

Anna lo miró con los ojos abiertos de par en par, y la expresión de él se volvió severa.

—Si no se siente capacitada para llevar a cabo la tarea dígamelo ahora, señorita Hill.

Aún podía perder el puesto, y respiró hondo.

—Estoy perfectamente capacitada para la tarea, milord, pero me gustaría saber hasta dónde alcanza mi responsabilidad.

Su mirada parecía retenerla cautiva, una mirada que de pronto se llenó de tristeza.

—Proporciónele a mis hijos lo que necesiten para ser felices.

Por un momento tuvo la impresión de que aquel hombre había perdido la máscara que llevaba y su agonía había quedado al descubierto, y aquella imagen la impresionó todavía más que la de la pantera al acecho.

—Haré cuanto esté en mi mano.

—Entonces hemos terminado, señorita Hill. Le haré saber cuándo saldremos hacia Brentmore.

Y salió de la estancia.

Ella le dedicó una breve reverencia, pero él no la vio. Un instante después entró el mayordomo para acompañarla a la puerta.

Estaba a punto de cruzar el umbral cuando la voz del marqués la detuvo.

—No se vaya.

Estaba en la escalera y desde allí la miraba.

La ansiedad volvió a hacer presa en ella. ¿Y si había cambiado de opinión?

—Está lloviendo —se explicó.

No solo llovía, sino que el agua caía a raudales.

—No me preocupa mojarme —le aseguró.

—Estará empapada en cuestión de segundos.

Bajó la escalera y se dirigió a ella.

—No importa.

—Haré que la lleven en coche a casa —declaró, haciendo un gesto hacia la puerta.

Ella se llevó una mano al cuello.

—No quiero causarle tantas molestias. Con que me presten un paraguas bastará.

—Con este aguacero un paraguas resulta totalmente inútil —dejó transcurrir unos segundos antes de volver a hablar—. Además yo también he de salir.

El mayordomo no pudo disimular su sorpresa, lo que le valió una severa mirada del marqués.

—Espere un momento —le dijo a Anna—. La dejaré en su casa.

¿Subir con él en su coche? ¿Entrar en la jaula de la pantera? Pero no podía negarse. Es más: prácticamente se lo había impuesto él.

Volvió a hacer una reverencia.

—Gracias, señor. Es usted muy amable.

—¿Hago pasar a la señorita al salón, milord? —preguntó el mayordomo, cerrando la puerta.

—Sí, Davies.

Lord Brentmore volvió a subir las escaleras.

—Bien, señor.

El mayordomo la condujo a un salón amueblado con gusto. Los sofás tapizados en tejido de brocado, el cristal y la porcelana daban cuenta de la opulencia de la casa. En una pared había un enorme retrato de familia de la generación anterior. ¿Un Gainsborough, quizá? Lo parecía. Charlotte y ella habían visto grabados de algunos retratos pintados por él.

El fuego estaba encendido en la chimenea, con lo que el fresco de aquella mañana de principios de primavera quedaba amortiguado.

—Siéntese, por favor, señorita Hill —le ofreció el mayordomo.

Se acomodó en una silla junto al fuego y el tic tac del reloj de la chimenea entretuvo la espera.

Veinte minutos después, Brent fue informado de que el carruaje esperaba fuera, y tras ponerse el abrigo y el sombrero le pidió a Davies que avisara a la señorita Hill.

Estaba poniéndose los guantes cuando Davies salió con ella al vestíbulo. En la puerta los esperaban dos lacayos con sendos paraguas, y uno de ellos la ayudó a subir.

Cuando Brent montó, se encontró con que la señorita Hill había ocupado el asiento contrario a la marcha así que no le quedó más remedio que sentarse frente a ella.

Su postura con la espalda erguida y las manos en el regazo estaba llena de gracia.

El coche echó a andar.

Sabía que esperaría de él que entretuviera la marcha con una conversación educada y banal, pero en un espacio tan íntimo no podía estar seguro de qué se escaparía de sus labios.

Al final fue ella quien habló.

—Es usted muy amable, señor. Estoy segura de que se ha desviado de su camino por mi culpa.

La casa de lord Lawton estaba en Mount Street, apenas kilómetro y medio de Cavendish Square.

Mientras el coche cubría esa distancia ella se entretuvo en mirar por la ventana, aunque de vez en cuando lo mirase también a él. Por su parte, él no fue capaz de apartar la mirada de ella por mucho que lo intentara, y cada vez que sus ojos se encontraban Anna sonreía educadamente. Sentía vivos deseos de volver a ver su auténtica sonrisa, la que se le había escapado al saber que iba a contratarla.

El coche llegó a Mount Street y se detuvo ante la puerta de los Lawton. Uno de los lacayos del marqués bajó las escaleras y abrió la puerta con el paraguas preparado para guarecerla.

Ya en la acera, Anna se volvió para dirigirse a Brent.

—Gracias una vez más, milord. Esperaré a recibir noticias suyas en cuanto a la partida para Essex.

Él asintió.

—Me ocuparé de que le lleguen lo antes posible.

—Estaré preparada —volvió a sonreír, y un atisbo de sol brilló en su gesto—. Que tenga un buen día, señor.

Se quedó viendo cómo el lacayo la acompañaba hasta la puerta. Aun presurosa como iba bajo el aguacero, resultaba una imagen fascinante de la que no pudo apartar la mirada hasta que la vio desaparecer tras las puertas.

Menos mal que en cuestión de días aquella mujer estaría camino de Brentmore.

El cochero llamó con los nudillos a la portezuela que comunicaba con la cabina, y Brent se inclinó hacia delante para abrirla.

—¿Adónde vamos, señor?

—A casa.

—¿A casa?

El cochero debía estar pensando que había perdido la sesera. Y no le faltaba razón.

Había sacado el coche, movilizado cochero, lacayos y caballos bajo aquel aguacero impenitente para llevar a una institutriz a su casa de la que distaban poco más de mil metros.

—A casa —repitió, y se recostó contra el respaldo del asiento.

Anna vio alejarse el coche de lord Brentmore por la puerta entreabierta.

Rogers, el lacayo de los Lawton que atendía la puerta, se asomó también.

—Bonito coche —comentó.

—Y que lo digas —las emociones de Anna no podían estar más alborotadas—. Pues imagínate lo que es viajar en él con un marqués.

—¿Qué ha pasado en la entrevista?

Intentó sonreír.

—Me ha contratado. Voy a ser la institutriz de sus hijos.

Rogers cerró la puerta.

—¿Te doy la enhorabuena o no?

El puesto de institutriz no era precisamente codiciado. Una institutriz quedaba siempre a medio camino entre el servicio y la familia, pero no formaba parte de ninguno de los dos mundos, algo a lo que ella estaba ya muy acostumbrada. Su situación única de acompañante de Charlotte había hecho de ella una mujer demasiado educada y refinada para encajar con el servicio, pero jamás sería considerada de la familia. Su lugar estaba… en ninguna parte en concreto.

Respiró hondo.

—Sí, felicítame.

Por lo menos de ese modo no se encontraría vagando por las calles de Londres sin un penique en el bolsillo.

Sintió de pronto la amenaza de las lágrimas y salió corriendo escaleras arriba a su habitación, contigua a la de Charlotte como la de una doncella. Charlotte y su madre habían salido de visita, así que tendría tiempo de recomponerse.

Se quitó los guantes, el sombrero y la capa y lo dejó todo sobre la silla. Luego se dejó caer en su pequeño camastro y se cubrió la cara con las manos.

Habían pasado solo dos días desde que lord Lawton la informara de que su trabajo como acompañante de Charlotte ya no era necesario. No sabía con certeza el motivo de ese cambio.

¿Quizá porque había bailado con algunos caballeros en una fiesta reciente? Le había parecido que sería una grosería rechazar sus invitaciones, pero desde luego había sido el último evento social al que había asistido. A partir de ahí, Charlotte había salido siempre acompañada de sus padres.

Su ausencia no había provocado la mudez de Charlotte como todo el mundo se temía sino que su amiga había acabado venciendo su timidez.

Sus días como acompañante habían estado contados desde un principio, ya que se esperaba de Charlotte que encontrara un marido conveniente y que se casara bien, y cuando ese momento llegara ya no tendría sentido seguir presente en la vida de su amiga. Aun así siempre había pensado que permanecería en el seno de la casa de los Lawton cuando eso ocurriera, y que le buscarían alguna utilidad en ella. Pero lord Lawton le había dejado bien claro que ni lady Lawton ni él necesitarían más de sus servicios.

¿Qué habría hecho para enojarlos tanto?

Nunca había esperado ni pretendido su afecto, pero sí se esperaba ser tratada como una servidora leal. Al menos lord Lawton se había preocupado de conseguirle la entrevista con lord Brentmore. Por eso sí que podía estarle agradecida. Pero sus emociones estaban paralizadas ante la idea de perder el único hogar que había conocido y verse separada de todo cuanto le importaba. Su madre. Su padre…

Charlotte.

Especialmente Charlotte. Se sentía más unida a ella que incluso a su madre.

Se llevó un puño a la boca e intentó controlarse para no llorar.

Aquello no era un destierro por mucho que pudiera parecerlo, sino el devenir normal de las cosas. Nada más. Había sido una tonta al no prever que llegaría el momento, pero debía mostrarse fuerte y valiente. Habían sido precisamente esas dos cualidades las que le habían ofrecido la posibilidad de trabajar como acompañante de Charlotte, una circunstancia que nunca olvidaría.

Era cierto lo que le había dicho a lord Brentmore sobre la educación: le había abierto las puertas del mundo. No podía imaginarse a sí misma sin su formación en geografía, filosofía, matemáticas… había estudiado latín y francés. Pintura. Baile. Sabía bordar. La multitud de cosas maravillosas que había aprendido junto a Charlotte no tenía fin. Pasara lo que pasase, nadie podría arrebatarle lo que había aprendido.

Se incorporó decidida a dejar a un lado la infelicidad. ¿Qué podía tener de malo ser institutriz de dos niños pequeños en una casa de campo que seguramente se parecería a Lawton House? Además, en ese puesto tendría la excusa perfecta para seguir estudiando y leyendo.

La puerta de la cámara de Charlotte se abrió.

—¿Anna?

Se levantó de la cama y se acercó.

—Estoy aquí —contestó sonriendo a la mujer a la que se sentía tan unida como a una hermana—. ¿Qué tal las visitas?

Charlotte sonrió y un encantador hoyuelo se le dibujó en la mejilla.

—Bastante tolerables. Me he obligado desde el principio a participar en la conversación y enseguida he dejado de pensar en ello.

Anna se acercó y le dio un abrazo.

—Eso es estupendo. ¿Y has disfrutado?

—¡Mucho! —respondió asintiendo, y sus bucles rubios se movieron al compás. Tiró de la mano de su amiga para llevarla a las sillas que había junto a la ventana—. ¡Quiero que me lo cuentes todo sobre tu entrevista!

Su semblante se volvió serio.

—Me han contratado. Empiezo dentro de una semana.

Charlotte la miró boquiabierta.

—¡No!

—Sí. Pero es algo bueno.

—Quizá no deberías aceptar el primer puesto que te han ofrecido —meditó su amiga frunciendo el ceño—. He oído habladurías… la gente dice que hay algo raro en lord Brentmore. En su pasado.

—No me importa —respondió desenfadadamente, tomando sus manos—. Y no puedo permitirme rechazarlo, porque ya sabes que no tengo nada que me recomiende. En realidad ha sido una suerte que el marqués haya accedido a contratarme.

—¿Y por qué crees que lo ha hecho entonces, si no tienes nada que te respalde?

—Creo que necesitaba institutriz urgentemente.

—Lo dices como si lo hubieras conocido en persona —respondió haciendo un mohín con los labios.

—Es que el marqués en persona me ha entrevistado.

Charlotte abrió los ojos de par en par.

—¿Y cómo es? ¿Tan impresionante como debe ser un marqués?

La imagen de la pantera, inquieta y peligrosa, le volvió a la cabeza.

—Es un hombre formidable, pero dudo que vaya a tratarlo mucho. Yo me iré a Brentmore Hall con sus hijos.

—¿Tan lejos? —preguntó con desmayo.

Tan lejos de todo cuanto conocía.

—Voy a decirle a mi madre que no pienso aceptar una sola invitación en toda la semana —declaró, temblándole la barbilla—. Pienso pasarme todos los minutos del día contigo. ¡Solo nos queda esta semana!

La idea de verse apartada de Charlotte le partía el corazón. El lazo que las unía desde la infancia iba a quedar roto. Nunca podrían volver a estar juntas como hasta aquel momento.

Ni siquiera aquellos últimos siete días.

Dos

Tres días después, Anna iba de nuevo en el carruaje de lord Brentmore, pero aquella vez de camino a Essex, a una jornada de viaje desde Londres.

El paisaje y las aldeas iban pasando ante sus ojos hasta llegar a ser indistinguibles los unos de los otros al final del día.

En un abrir y cerrar de ojos su vida había cambiado por completo y a cada kilómetro que avanzaba iba acercándose cada vez más a un destino nuevo y desconocido. A cada bache del camino sentía renovarse el aleteo de las mariposas en el estómago.

—Esto es una aventura —dijo en voz alta—. Una aventura.

Semejante empresa pondría a prueba su fortaleza. Muchas veces había actuado con más valor del que sentía porque era lo que se esperaba de ella como acompañante de Charlotte, y eso iba a tener que hacer de nuevo allí.

Junto a Charlotte había acometido cada nueva lección, había dominado cada nueva habilidad, y ahora iba a ser lo mismo. Pero aquella vez no iba a contar con un instructor que la guiase, ni con un hombro amigo en el que apoyarse. Aquella vez estaría sola.

El sol se hundía ya en el horizonte cuando el coche se acercó a una arcada de ladrillo rojo. En el frontal había una leyenda que decía Audaces Fortuna Juvat.

—La fortuna favorece a los audaces —musitó, y la traducción le hizo sonreír. Qué duda cabía que a ella la fortuna la había puesto en una posición en la que le era necesario ser audaz.

Mentalmente se encogió al enfrentarse a la fachada de una enorme mansión estilo tudor. Al igual que la entrada, había sido construida en ladrillo rojo en sus tres pisos, lo mismo que la multitud de chimeneas, y en los cristales de las ventanas se reflejaban los últimos rayos del sol. Dos amplios brazos flanqueaban el jardín central, a cuyo lado se circulaba hasta llegar a una entrada semicircular que conducía a una enorme puerta de madera ante la cual se detuvo el carruaje.

El cochero abrió la portezuela que tenía bajo su asiento.

—Brentmore Hall, señorita.

Los nervios volvieron a desatársele.

—Gracias, señor.

Recogió su limosnera y la cesta que había llevado consigo, y un lacayo apareció ante la puerta para ayudarla a descender. Apenas había puesto un pie en la gravilla cuando la puerta se abrió y salieron un hombre y una mujer. Él, vestido como un caballero principal y con una edad que debía rondar los cuarenta, se le acercó.

—¿Señorita Hill? —preguntó, ofreciéndole cortésmente la mano—. Bienvenida a Brentmore Hall. Soy el señor Parker, administrador de lord Brentmore.

Ella estrechó su mano e hizo gala de las normas de comportamiento que había aprendido junto a Charlotte:

—Es un placer conocerle, señor.

Un golpe de viento tiró de sus faldas y se echó mano al sombrero.

El señor Parker se volvió hacia la mujer de la puerta, que iba vestida de un modo más sencillo.

—Permítame presentarle a la señora Tippen, el ama de llaves.

La mujer era el estereotipo del ama de llaves de una casa como aquella: cabello gris que apenas asomaba bajo un casquete blanco inmaculado y unos ojos de mirada inteligente.

Anna le ofreció la mano.

—Es un placer, señora Tippen. Son ustedes muy amables por salir a recibirme.

El rostro de la mujer no mostraba emoción alguna, e incluso se tomó unos segundos antes de estrechar la mano de Anna.

—Es usted muy joven.

Era obvio que el ama de llaves no aprobaba la elección de su señor pero Anna consiguió sonreír.

—Le aseguro a usted, señora Tippen, que tengo la edad suficiente.

El ama de llaves frunció el ceño y el señor Parker debió ver la necesidad de intervenir porque dijo:

—La institutriz anterior era bastante mayor —y con un gesto señaló la puerta—. ¿Entramos? El personal de la casa se ocupará de sus baúles.

En los baúles y las cajas que habían sido enviados desde Lawton a Londres viajaban todas sus posesiones terrenales.

El vestíbulo de la mansión tenía el suelo de mármol y las paredes paneladas en madera. Una línea de banderas colgaba en lo más alto. En una de las paredes había un retrato enorme de un hombre con bucles largos y dorados vestido en brocado también dorado, y en la de enfrente colgaba el de una mujer con un voluminoso vestido de seda. La estancia olía a la cera de abejas de las velas que ardían para iluminarla y a la que se empleaba para pulir la madera.

La intención de quienes construyeron aquella casa debió ser que su vestíbulo resultase majestuoso, pero el resultado real era opresivo. Demasiado oscuro. Demasiado antiguo.

Qué distinto de Lawton House, toda llena de luz y color.

Otro hombre se acercó a ellos y el señor Parker se lo presentó.

—Ah, aquí llega el señor Tippen, el mayordomo de lord Brentmore.

Resultó ser un hombre de expresión tan severa como la del ama de llaves. ¿Sería su esposo?

—Señor Tippen, le presento a la señorita Hill, la nueva institutriz.

El mayordomo inclinó levemente la cabeza.

—La estábamos esperando.

—Estará usted cansada —intervino de nuevo la señora Tippen, con la misma expresión pétrea en la cara—. La acompañaré a su habitación y después cenará.

—¿Y los niños?

Ellos eran la razón de que estuviese allí.

—Dormidos. O a punto de dormirse.

—¿No han querido verme?

No querría desilusionarlos nada más llegar.

—No se lo hemos dicho —respondió el señor Parker.

—¿No les han dicho que iba a llegar hoy?

¿No deberían saber que iban a tener una nueva institutriz?

—Nos ha parecido más conveniente no decirles nada —aclaró el señor Parker en un tono de voz algo irritante—. Suba y refrésquese. La esperaré a cenar.

No tuvo más remedio que seguir a la señora Tippen por la hermosa escalera de caoba semicircular.

De modo que su llegada iba a ser otra sorpresa para los niños. ¿Es que no se habían llevado ya suficientes sorpresas, con la muerte de su madre un año antes y la de su institutriz hacía poco?

Subieron dos tramos de escaleras.

—Su habitación está por aquí —dijo tras haber recorrido un pasillo y detenerse ante una puerta.

La habitación estaba panelada en la misma madera oscura que el vestíbulo y la escalera. Estaba amueblada con una cama con cuatro columnas, una cómoda, sillas, una pequeña mesa junto la ventana y un tocador. Comparada con la alcoba de Charlotte era modesta, pero resultaría acogedora si no fuera tan oscura. Ni la lámpara de aceite que ardía sobre la chimenea era capaz de romper aquella oscuridad.

¿Habría sido aquella la habitación de la anterior institutriz? ¿Acaso habría muerto allí?

Mejor no saberlo.

—Es… agradable.

A la señora Tippen no le afectó el cumplido.

—Hay agua en la jarra y tollas limpias. Le subirán el baúl de inmediato.

—¿Dónde están las habitaciones de los niños?

—Al otro lado de la escalera —contestó una mujer joven al tiempo que entraba en la alcoba—. Toda el ala es para ellos.

El ama de llaves se marchó sin molestarse en presentarle a la recién llegada. Era evidente que se trataba de una criada por su delantal blanco y la cofia blanca que le cubría el cabello rojo. Parecía ser unos cuantos años más joven que ella, y tenía el físico fuerte y saludable que poseían muchas de las campesinas de Lawton.

Anna sintió una punzada tremenda de nostalgia.

La criada se acercó a ella con una sonrisa.

—Soy Eppy, la niñera. Bueno, en realidad soy una criada, pero puesto que me ocupo de los niños he decidido llamarme niñera.

—Encantada de conocerla —le dijo tendiéndole la mano—. Soy Anna Hill.

—Seguro que estoy yo más encantada que usted —contestó, riendo—. También he de ser su criada, de modo que ¿necesita algo? —se oyó un ruido fuerte en el pasillo—. Ah, ese debe ser su baúl. Estará deseando quitarse la ropa del viaje.

Dos lacayos entraron con su equipaje, lo dejaron junto a la pared y se marcharon.

Anna sacó la llave de su limosnera.

—He de cambiarme. Me esperan para cenar.

La doncella tomó la llave y abrió el baúl. Mientras ella se desvestía y se lavaba el polvo acumulado del camino, la doncella charlaba sobre los preciosos vestidos que estaba sacando, la mayoría heredados de Charlotte. Por fin encontró uno que no estaba demasiado arrugado para ponérselo para cenar.

Anna siempre había encontrado cierta ironía en disponer de una doncella para que la ayudase, ella, hija de sirvientes. Como acompañante de Charlotte había sido objeto casi de las mismas atenciones que ella con el fin de que la tímida niña se convenciera de que no tenía nada que temer. Esa había sido su principal encomienda: mostrarle a Charlotte que no tenía nada que temer.

Eppy la ayudó a vestirse.

—¿De verdad están dormidos los niños? —insistió, viendo que apenas eran las ocho en el reloj de la chimenea.

—Lo estaban la última vez que he pasado por su habitación —respondió con naturalidad. Menos mal. Alguien un poco más alegre que el señor y la señora Tippen.

—¿Es cierto que no se les ha hablado de mi llegada? —le preguntó mientras se estiraba la falda.

La doncella le estaba haciendo las lazadas cuando contestó:

—Fue idea del señor Parker. Dios sabe en qué estaría pensando.

Desde luego. Los niños deberían haber sido informados. Charlotte siempre se adaptaba mejor a las novedades si se la avisaba por adelantado.

Ella misma habría preferido que la avisaran sobre el futuro que la aguardaba lejos de su hogar. Se había imaginado que cuando Charlotte se casara ella también encontraría a alguien que la quisiera. Un maestro quizás, alguien que pudiera valorar tener una esposa con cierta educación, y tendrían hijos, alguien a quien pasar cuanto había aprendido.

Pero ahora no se atrevía a contemplar su futuro. No podía atreverse a soñar. Ahora sabía que no podía dar nada por sentado.

Se acomodó ante el tocador y se quitó las horquillas del pelo.

—¿Puede hablarme de los niños? —le pidió a la doncella—. No sé nada de ellos. Ni siquiera sus nombres.

Lord Brentmore ni siquiera le había dado ese detalle.

—Bueno… —respondió Eppy sin dejar de vaciar su baúl—, el niño se llama Cal… conde de Calmount, si se quiere decir en fino. Su nombre de pila es John, por si necesita saberlo. Tiene siete años y es el mayor. Es un niño muy tranquilo. Luego viene Dory… lady Dorothea. Y no es precisamente tranquila.

—¿Tiene cinco años?

—Exacto.

Eppy guardó algunas prendas dobladas en el cajón de la cómoda.

Anna volvió a recogerse el pelo.

—Ha debido ser duro para ellos perder a su institutriz.

Eppy se encogió de hombros.

—La señora Sykes llevaba enferma un tiempo. El cambio será agradable para ellos.

Eso esperaba.

Se levantó y volvió a pasarse las manos por la falda.

—Me han dicho que he de cenar con el señor Parker. ¿Habrá alguien abajo que pueda indicarme dónde he de dirigirme?

—Uno de los lacayos se ocupa siempre de la puerta. Imagino que cenarán en el comedor. Ahí es donde suele cenar el señor Parker.

La doncella la acompañó hasta el distribuidor.

—Yo duermo en la habitación que queda al final del pasillo —le dijo, señalando hacia el fondo—. Si necesita algo antes de retirarse, no dude en llamar a mi puerta.

Anna bajó las escaleras. Como había dicho Eppy había un lacayo esperando para acompañarla al comedor.

El señor Parker se levantó al verla entrar.

—Ah, ya está usted aquí. Espero que haya encontrado todo a su gusto.

Como si pudiera dar su verdadera opinión.

—Desde luego.

Se habían dispuesto dos servicios al final de una larga mesa, uno frente al otro, con lo que la cabecera de la mesa con su voluminosa silla quedaba libre. Debía ser el sitio de lord Brentmore.

El señor Parker la ayudó a sentarse e hizo un gesto al otro criado que esperaba.

—Nos servirán enseguida la cena. ¿Desea tomar una copa de vino?

—Será un placer.

Miró a su alrededor. ¿Es que en aquella casa no había una sola habitación con yeso en las paredes o con motivos alegres? La única concesión al color en aquella estancia era un enorme tapiz que cubría la pared de detrás de la cabecera de la mesa. Sus desvaídos colores hablaban de una cacería que debía haber tenido lugar al menos dos siglos antes. Sobre la alacena había una brillante colección de servicios de plata, que seguramente no se usarían para un administrador y una institutriz.

El señor Parker alzó su copa.

—Por Brentmore, su nuevo hogar.

Era difícil imaginar que un lugar como aquel, grandioso y al mismo tiempo gélido, pudiera transmitir alguna vez calor de hogar. Su casa era Lawton House, y la pequeña vivienda que compartía de vez en cuando con sus padres.

—Por Brentmore.

Un camarero llevó una sopera y les sirvió. El señor Parker fue el primero en probar la sopa y asintió dándole su aprobación. Anna debería estar muerta de hambre después de todo un día de viaje y tan solo un ligero almuerzo, pero las cucharadas de sopa que tomó fueron más pura formalidad que hambre.

—Mañana antes de irme, le diré a la señora Tippen que le enseñe toda la casa y las tierras —dijo, y tomó otra cucharada.

—¿Antes de irse? ¿Se marcha mañana?

Él asintió.

—Lord Brentmore desea que vuelva cuanto antes a la ciudad.

¿Acaso no se daba cuenta el padre de que los niños necesitaban disponer al menos de un breve periodo de transición? Aunque el señor Parker no estuviera involucrado directamente en su cuidado, debía ser una figura familiar para ellos.

—Supongo que las necesidades del marqués son más imperiosas que las de sus hijos.

El administrador se quedó con la cuchara suspendida en el aire.

—¿Los niños? Los niños no me necesitan aquí. No, no, no, de ningún modo. Solo he venido para ocuparme del entierro de su anterior institutriz. No tenía familia. La niñera es quien se ocupa —ladeó la cabeza—. Supongo que ya la habrá conocido. Dijo que se presentaría ella misma.

—Y así lo ha hecho —respondió frunciendo el ceño—. ¿No ha hablado usted con los niños? ¿No les ha dicho que se estaba ocupando del entierro?

Él la miró sorprendido.

—Su niñera ya se ha ocupado de ello. He creído que lo mejor era no interrumpir su rutina.

¿Interrumpir su rutina? ¡Pero si su institutriz acababa de morir! Eso sí que era una interrupción en toda regla. Mejor dejar a un lado el asunto, no fuese a perder los estribos.

El criado les sirvió pescado.

—¿Qué puede decirme de los niños? —continuó.

—Pues no mucho, la verdad. Tengo entendido que son bastante manejables.

—Su madre falleció, ¿no?

El administrador clavó la mirada en el plato.

—Así es, hace poco más de un año. Ocurrió aquí. Fue un accidente de equitación.

—¿Aquí? Entonces debió afectar enormemente a los niños.

—Sí, supongo que sí —respondió tras tomar un bocado.

Anna respiró hondo, exasperada. Aquel hombre no sabía nada de las criaturas.

—Hábleme de su madre. ¿La conocía usted?

El señor Parker pareció quedarse helado.

—No puedo decir que la conociera bien, la verdad. Era… muy hermosa.

Esa información no le servía de nada.

—Debería preguntarle a lord Brentmore sobre su esposa —continuó—. No me corresponde a mí hablar de tales asuntos.

Quería hablar de lady Brentmore y sus hijos, no de la esposa de lord Brentmore.

—¿Estaba lord Brentmore aquí cuando su esposa murió?

—Estaba de viaje —tomó otro bocado—. Concluyendo una misión diplomática —acompañó el bocado con un sorbo de vino—. Volvió en cuanto le fue posible.

Eso era algo, por fin.

—No sabía que ocupaba un puesto en el cuerpo diplomático.

—Durante la guerra y el primer exilio de Napoleón, pero no fue algo del dominio público, sino más bien de incógnito.

Aquel tema parecía haberle relajado considerablemente, y de pronto se imaginó al marqués moviéndose por callejones oscuros y citándose con hombres peligrosos.

—¿Pasaba fuera mucho tiempo?

—Periodos bastante largos. Yo me ocupaba de la dirección de sus asuntos en su ausencia —declaró con evidente orgullo.

Seguramente la ausencia del marqués y el extrañamiento de sus hijos quedaría perdonado por los servicios prestados a la corona. Quizás no podía esperarse que todos los padres mostraran la misma devoción que lord Lawton por su hija. Su propio padre nunca se había mostrado demasiado afectuoso con ella, seguramente porque nunca había terminado de gustarle que viviese con Charlotte en la casa principal.

Pero el marqués no podía dejar de darse cuenta de lo doloroso que debía haber sido para sus hijos perder a su madre y a su institutriz en tan poco tiempo. ¿Por qué no habría acudido a su lado a consolarlos? ¿Por qué habría enviado al administrador en su lugar? Lo único que le cabía esperar era que su falta de experiencia no terminase también por ser para ellos más fuente de tristeza.

Durante el resto de la velada dejó que la conversación banal ocupase el tiempo empleando las dotes que tanto había trabajado con Charlotte para prepararla para sus salidas en sociedad. Ser capaz de conversar fluidamente cuando se era un manojo de nervios era todo un logro, sin duda.

Pero para cuando sirvieron los postres lo único que deseaba era quedarse sola.

—Señor Parker, le ruego me disculpe. Me siento muy fatigada del viaje y me gustaría retirarme a descansar.

Su expresión se volvió solícita.

—Claro, claro. Un día de viaje en coche resulta agotador.

Se levantó y él hizo lo mismo.

—Aprovecho para despedirme de usted —continuó—. Mañana me marcho en cuanto amanezca.

Anna le tendió la mano.

—Le deseo un buen viaje.

Volvió a su habitación y se preparó para dormir sin llamar a Eppy: se lavó, se puso el camisón, apagó las velas y se sentó en una silla para contemplar por la ventana los inmensos jardines, conservados con tanta naturalidad que se preguntó si no serían obra de Iñigo Jones.

Tan hermoso pero tan impasible, tan ajeno.

Respiró hondo y se obligó a serenarse. Debía aceptar lo que no tenía la capacidad de cambiar.

A la mañana siguiente se despertó cuando el sol tocó los cristales de su ventana. Se levantó, se estiró y miró hacia fuera. El cielo estaba completamente azul y sin nubes y el aire olía tan maravillosamente bien como en su casa… en Lawton, quería decir. Su casa era ahora aquella.

Cuando entró una doncella para encender el fuego, Anna se presentó y le pidió a la muchacha que le dijera a Eppy que fuera a su habitación cuando pudiera.

Un cuarto de hora más tarde, Eppy llamaba a la puerta.

—Buenos días, señorita —la saludó alegremente—. ¿Ya está lista?

Anna se había lavado y vestido.

—Solo necesito que me ayudes con el corsé.

—Ahora mismo.

—¿Están ya los niños despiertos? —preguntó por encima del hombro, mientras la doncella le ajustaba las cintas.

—Sí que lo están, señorita. Ya están desayunando.

—Estoy deseando conocerlos.

Eppy frunció el ceño.

—Se suponía que iban a enseñarle la casa ahora. La señora Tippen ha dado instrucciones muy precisas.

—¿Saben los niños que estoy aquí?

La doncella bajó la cabeza.

—Yo se lo he dicho. No he podido guardar por más tiempo el secreto.

—Has hecho bien, Eppy. No quiero que sigan preguntándose cómo soy ni un momento más. La casa puede esperar.

Y la siguió hasta las habitaciones de los niños.

—Traigo a alguien que quiere conoceros —les dijo a los niños nada más entrar—. Vuestra nueva institutriz

Anna se obligó a sonreír con valentía.

—Buenos días. Soy la señorita Hill.

Lo único que vio en un primer momento fue dos caritas infantiles con los ojos de par en par, ambos sentados tiesos como estacas en sendas sillas. El niño tenía el cabello oscuro como su padre, y la niña era tan rubia que parecía un hada.

Anna se acercó despacio.

—Apuesto a que no os esperabais tener hoy una nueva institutriz.

La niña se relajó un poco e inició una sonrisa.

Anna se volvió a la niñera.

—¿Quieres hacer las presentaciones, Eppy? Me gustaría conocer a estos niños.

—Señorita Hill, le presento a lord Calmount —se apresuró la joven, poniendo una mano en el hombro del niño en un gesto de cariño—. Lo llamamos Cal.

—Lo llamas lord Cal —corrigió la niña.

Eppy sonrió.

—Claro, porque soy vuestra niñera.

—¿Y cómo quieres que te llame yo? —le preguntó Anna al niño.

El chiquillo la miró sin contestar. Su hermana lo hizo por él.

—Le gusta que le llamen Cal o lord Cal.

Anna sonrió a ambos.

—Muy bien.

Eppy puso ambas manos en los hombros de la niña y sonrió.

—Y esta picaruela es lady Dorothea.

—Dory —añadió la chiquilla, alegre como un cascabel.

—Dory —repitió Anna—, y lord Cal —continuó mirando también al niño—, estoy encantada de conoceros.

Lord Cal siguió tan inmóvil como hasta entonces, pero la chiquilla comenzó a removerse en su silla.

—¿Qué habríais hecho hoy si no hubiera llegado yo tan de improviso?

—Cal me dijo anoche que habías llegado —respondió Dory—. Se asomó por la puerta y me dijo que ibas a ser nuestra nueva institutriz, pero no sé cómo lo supo —su expresión se volvió seria y añadió—: es que la otra se murió.

Anna también se puso seria.

—Lo sé. Ha debido ser muy duro para vosotros.

La niña asintió y Anna se sentó frente a ellos.

—Lord Cal ha sido muy listo al enterarse de mi llegada e imaginar que era yo vuestra nueva institutriz.

La ansiedad brilló en la mirada del niño.

—Yo admiro mucho la inteligencia —continuó Anna, y creyó ver sorpresa reemplazando a la ansiedad. Eppy no había exagerado un ápice al decir que era un niño muy callado. Viéndole de cerca resultaba ser una versión en miniatura de su padre, con los mismos ojos que parecían clavársete cuando te miraba, la misma boca de labios generosos, el hoyuelo casi imperceptible en la barbilla.

La misma expresión austera.

—Lord Cal, te pareces mucho a tu padre —le dijo con una sonrisa.

El chiquillo bajó la mirada.

—¿Conoces a nuestro padre? —preguntó Dory, de nuevo con los ojos como platos. Parecía que para ella su padre era una leyenda misteriosa de la que solo había oído hablar.

—Fue vuestro padre quien decidió que yo fuera vuestra institutriz.

La chiquilla abrió aún más los ojos.

—¿De verdad?

—De verdad —respondió, y miró sus platos del desayuno con restos de tostadas y jamón—. Veo que estabais terminando de desayunar. Yo aún no lo he hecho. Quería venir a conoceros antes. Ahora me voy un momento, pero tengo algo que proponeros, si os parece bien.

Dory se inclinó hacia delante, toda curiosidad, y Cal por lo menos volvió a mirarla.

—Tengo que conocer la casa y los alrededores y me preguntaba si querríais acompañarme. Me gustaría mucho ver esta preciosa casa y sus jardines en vuestra compañía.

Dory saltó de alegría.

—¡Vale! —y miró a su hermano—. ¿Vamos, Cal?

El chiquillo debió de darle su aprobación al plan, pero la comunicación entre ellos fue imperceptible para Anna.

Anna salió orgullosa de haber pensado en los niños como compañeros de excursión y fue en busca de su desayuno y de la señora Tippen.

El lacayo que aguardaba en el vestíbulo la dirigió a un comedor en el que había una mesa lateral llena de comida. Aunque estaba panelado en madera oscura al igual que el resto de la casa, al menos tenía un hermoso ventanal que daba al este, y en aquel momento la estancia estaba inundada de sol. Se sirvió un huevo, pan y queso, y una taza de té.

Apenas había empezado a comer cuando la señora Tippen entró con el ceño fruncido.

—La esperaba antes.

Su desaprobación continuaba. ¿Por qué tanta antipatía, si ni siquiera la conocía?

Anna entendía bien la jerarquía que imperaba entre el servicio en las casas de campo, ya que había crecido en una. Sabía que un ama de llaves ocupaba el segundo puesto, solo detrás del mayordomo, de modo que nunca estaría bajo su control. ¿Entonces, qué mosca le habría picado?

Anna se irguió para contestar.

—Buenos días, señora Tippen —dijo con toda suavidad—. Si era urgente recorrer la casa, no me han informado de ello. En cualquier caso, mi deber son los niños y he ido a conocerlos en cuanto me he levantado.

—Tengo muchas responsabilidades en esta casa, y no voy a permitir que una institutriz me haga esperar —espetó.

Anna la miró directamente a los ojos.

—Crecí en una casa muy parecida a esta y sé bien cuáles son las responsabilidades de un ama de llaves. Aun así no pretendo ni mucho menos que espere por mí. Ver la casa y los alrededores no me preocupa en exceso, de modo que puede fijar la hora que más conveniente le sea para…

—Hace media hora era conveniente para mí —sentenció.

—Se dirigirá usted a mí con respeto, señora Tippen, tal y como yo haré con usted —le dijo alzando una mano. Dios, estaba hablando como lo haría lady Lawton—. Estaré lista dentro de una hora. Si ese momento no es adecuado para usted, fije una nueva hora y yo me adaptaré. Creo que ya hemos terminado.

La señora Tippen dio media vuelta y se alejó sin decir nada más.

Anna tomó un sorbo de té mientras intentaba calmarse. Lo último que deseaba era verse inmersa en una batalla campal. Ella no suponía amenaza alguna para el ama de llaves. Ni para ella, ni para nadie.

Una hora después, Anna y los niños esperaban en el vestíbulo. Casi deseaba que la señora Tippen no se presentara, y si ese era el caso ya había decidido pedirle a los niños que fueran ellos quienes le enseñaran la casa. Ojalá se le hubiera ocurrido antes. Habría disfrutado mucho más que con la compañía del ama de llaves.

Fue el señor Tippen, el mayordomo, quien se presentó ante ella, una solución mucho mejor que la otra. Le recordaba a un grabado que había visto en una ocasión de Matthew Hopkins, el cazador de brujas. El señor Tippen se le parecía, con su cara larga y delgada y su barbilla puntiaguda. Le faltaba un sombrero de lona engrasado, una barbita, y sería su vivo retrato.

El mayordomo miró a los niños frunciendo el ceño y Anna se apresuró a salir en su defensa.

—Los niños me van a acompañar a conocer la casa, señor Tippen.

—La marquesa prefería que los niños se limitaran a su ala de la casa —respondió, irguiéndose.

—¿La marquesa?

Estaba confusa.

—Lady Brentmore.

Pero lady Brentmore había muerto. Qué falta de sensibilidad mencionarla delante de los niños.

—Ahora soy yo quien está a cargo de los niños, ¿no es así?

—Es lo que nos ha dicho el señor Parker.

—Entonces, asunto arreglado —sonrió—. ¿Comenzamos?

Lord Cal tenía la mirada clavada en el suelo como si quisiera que se abriera y lo tragara.

Dory le agarró la mano y tiró hacia debajo de ella para susurrarle al oído:

—¡Has sido insolente con el señor Tippen!

—No lo he sido —le contestó igualmente en susurros. Qué palabra tan grande para una niña de cinco años—. Vosotros dos sois mi responsabilidad. Vuestro padre así lo ha querido.

Cal levantó la cabeza como accionada por un resorte, y la niña abrió los ojos como platos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

El señor Tippen comenzó a enseñarle la casa por el salón formal, en una de cuyas paredes colgaba un retrato de la marquesa, rubia como su hija y tan hermosa como Paker le había dicho. Su aspecto era digno como el de una reina y distante, y su por su expresión se diría que en cualquier momento podía bajar del cuadro y echarles a todos una buena reprimenda.

Los chiquillos, pobrecitos, apenas miraron el cuadro.

Anna llamó su atención sobre un cuadro de su padre que había en la pared de enfrente.

—¡Cómo se parece ese señor a vuestro padre! —exclamó con intención de hacerlos reír, ya que la visión del retrato de su madre les había afectado mucho. El retrato lo presentaba más joven y más delgado, pero reflejaba perfectamente su severidad, aunque también había en su mirada un triste anhelo que le llegó al corazón. Los ojos de su hijo transmitían esa misma tristeza, pero el chiquillo parecía haber renunciado a desear nada. ¿Cómo podría ayudarle?

La voz de lord Brentmore sonó de nuevo en sus oídos. «Proporcióneles a mis hijos lo que necesiten para ser felices».

¿Cómo iba a conseguir hacerlos felices?

A medida que iban recorriendo la casa descubrió que el señor Tippen era un guía competente, capaz de explicar las relaciones de la familia en los miles de retratos y otras pinturas que narraban la historia familiar y de la construcción de la mansión.

Los niños se mantuvieron extraordinariamente silenciosos, mirándolo todo como si fuera la primera vez que lo veían. ¿Cuántas veces habrían estado en aquellas habitaciones? No habrían estado siempre confinados en su ala de la mansión, ¿no?

El señor Tippen, cuando abría la puerta que conducía a los jardines, pareció leerle el pensamiento.

—Como ha podido comprobar, estas habitaciones están llenas de tesoros de valor incalculable, señorita Hill. No son zona de juegos. A los niños no se les permite que…

Anna no se dejó amilanar.

—Si está usted pretendiendo decirme cómo debo tratar a los niños, señor Tippen, le recuerdo que están única y exclusivamente bajo mi responsabilidad.

Dory seguía de su mano y la chiquilla le dio un apretón y sonrió.

Anna le devolvió la sonrisa. Había vuelto a ser insolente.

Solo esperaba no haber empeorado las cosas para los tres.

Tres

Brent iba caminando junto a su primo por Bond Street en dirección a Somerset Street, donde había fijado su residencia el barón Rolfe para la temporada de bailes y actos sociales.

—No sé cómo he dejado que me convenzas, Peter.

El abuelo de Peter había sido el hermano menor del viejo marqués, lo cual hacía de ellos primos segundos. Los dos eran cuanto quedaba de la familia Caine. Excepto los hijos de Brent, claro está.

—Lo único que te pido es que la conozcas.

Iban a cenar con lord y lady Rolfe, y lo más importante, con la señorita Susan Rolfe, su hija.

Casi un mes había pasado ya desde que Peter volviera a abordar el tema de su matrimonio. Según él, debía volver a casarse y la señorita Rolfe era la candidata perfecta.

Las propiedades de los Rolfe eran vecinas de la de Peter, de modo que las familias se conocían de toda la vida, y desde la muerte de sus padres Peter prácticamente había vivido con ellos.

Brent había sido presentado en una ocasión al barón Rolfe, pero no podía recordar si conocía a su esposa o a su hija.

—No podrías encontrar mujer más exquisita —insistió Peter.

Sí. Eso era lo que le había dicho en otras ocasiones. En tantas ya…

—Tienes que casarte con una mujer respetable —continuó—. Así conseguirás acallar las voces del desafortunado escándalo que te rodea.

Brent miró para otro lado. Eso era exactamente lo que él se había dicho a sí mismo antes de su primer matrimonio. Había pensado que Eunice era la pareja perfecta.

Pero al final había terminado por echar más leña al fuego del escándalo.

Peter miró a su alrededor como si temiera que cualquier transeúnte fuese a oírles hablar.

—Sigue habiendo personas que piensan que tu sangre está contaminada por tu pobre madre irlandesa, y que incluso esa fue la razón de que Eunice te fuera infiel.

Brent clavó sus ojos en los de su primo. Su abuelo le había metido aquella idea en la cabeza a fuerza de repetirla: su sangre estaba sucia por la incorporación de su madre, la hija de unos pobres aparceros irlandeses. Brent aún podía escuchar la diatriba de Eunice sobre el asunto que le había servido de justificación para su descarada infidelidad.

De su madre recordaba solo un rostro sonriente, unos brazos que lo rodeaban y una dulce voz cantándole una nana. Sentía el dolor de una pérdida que tenía ya más de un cuarto de siglo de antigüedad.

—Cuidado, Peter—le advirtió.

Su primo se limitó a devolverle una mirada de compasión.

—Sabes perfectamente que yo no doy crédito a esas cosas, pero tus hijos van a escuchar esas mismas murmuraciones algún día, además de las historias que se cuenten de su madre, y te garantizo que para ellos serán cargas duras de llevar. Tienes que hacer algo para contrarrestarlas o crecerán sufriendo las mismas pullas y cuchicheos que has soportado tú.

Peter rara vez hablaba con tanta franqueza y Brent miró a su primo a los ojos.

—Mi matrimonio no sirvió precisamente para acrecentar mi respetabilidad.

Se había mantenido lo más lejos posible de Eunice por el bien de los niños. No había razón por la que los pequeños tuvieran que estar oyéndoles gritarse constantemente.

Se había prendado de Eunice desde la primera vez que la vio, cuando ella era la estrella que más brillaba en los bailes y demás eventos sociales de aquel año. Era hija de un par de Inglaterra, la pareja perfecta para un marqués joven, una proposición que ella no había dudado en aceptar.

Pero después del casamiento, Brent no tardó en descubrir que era su título y su riqueza lo único que le interesaba de él. El mismo día en que nació su hijo y cuando él lo tenía en brazos, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo, Eunice le dijo lo feliz que se sentía de haber cumplido con su deber, lo cual la dejaba libre para poder dedicarse a otros intereses. Poco tiempo después, esos intereses, es decir, sus infidelidades, habían corrido en boca de todos.

Al menos la guerra le había ofrecido la oportunidad de mantenerse alejado de ella, pero por desgracia, también de su hijo.

Lo único que le consolaba del alejamiento de su hijo era la certeza de que muchos aristócratas tenían poco o ningún contacto con sus vástagos, dejando su cuidado en manos de niñeras, institutrices y tutores, o enviándolos lejos a internados, en cuyo caso solo los veían de tarde en tarde y en breves intervalos, hasta que los niños eran lo bastante mayores como para estar ya civilizados. Así había sido educado el anterior marqués, mientras que su crianza había sido una rareza entre los de su clase: al cuidado de su propia madre y su abuelo irlandés en una cabaña de adobe de una sola habitación sin ventanas.

Llegaron a Oxford Street, un lugar a años luz de distancia de la tierra que vio nacer a Brent.

—Peter, ¿quieres decirme qué te hace pensar que otro matrimonio no empeoraría todavía más las cosas?

No estaba dispuesto a jugarse el corazón del mismo modo que le había ocurrido con Eunice. La herida que le había dejado descubrir que se había casado con él por su título para burlarle después no se cerraría jamás.

Peter respondió una vez hubieron cruzado a la otra acera.

—Casándote esta vez con una mujer de moralidad intachable. Una mujer cuya reputación sea inmejorable y que vaya a ser sin ninguna sombra de duda una esposa leal y una madre atenta —volvió a mirar hacia delante y luego a él—. La señorita Rolfe es todo eso.

Brent mantenía la mirada clavada en el pavimento.

—¿Y qué te hace pensar que vaya a aceptarme?

—El hecho de que eres un buen hombre.

Brent suspiró.

—¿Sabes que es posible que seas la única persona en el mundo que lo piense?

—Y porque podrías ser de gran ayuda para su familia —añadió.

Por lo menos aquella vez no se andarían por las ramas. La señorita Rolfe necesitaba casarse con un hombre de fortuna. Su padre andaba haciendo equilibrios en la cuerda floja y tenía una familia numerosa a la que proveer: dos hijos y dos hijas más, todos menores que la señorita Rolfe. El dinero de Brent salvaría a la familia de la ruina más completa.

—Ah, sí. Mi dinero es un gran aliciente.

—Sí, pero para un hombre digno de él. Lo más importante es que la señorita Rolfe será una magnífica madre para tus hijos.

Sus hijos. La única razón por la que consideraba aquella idea del matrimonio. No veía a sus hijos con frecuencia, ni los tenía a su lado como había hecho su abuelo irlandés con él, pero quería lo mejor para ellos.

—Y hablando de tus hijos, ¿qué tal están yendo las cosas con la nueva institutriz?

Brent agradeció el cambio de tema, aunque el nuevo hirió su orgullo todavía más. La señorita Hill le había enviado una carta poco después de llegar a Brentmore, a la que él no había contestado aún.

—Bastante bien, según tengo entendido.

¿Estaría consiguiendo la apasionada señorita Hill que sus hijos fueran felices? Eso esperaba de todo corazón.

Debería escribirle de una vez por todas y preguntarle si sus hijos necesitaban algo, ya que no tenía ni idea de lo que los niños podían necesitar o desear. Había intentado que sus vidas fuesen tranquilas, cómodas y sin sobresaltos, sabiendo como sabía de primera mano lo duros de asimilar que podían ser demasiados cambios. Por eso los había dejado en Brentmore Hall: para que su presencia los alterase lo menos posible.

¿Quién iba a imaginarse que su institutriz iba a fallecer? De eso no había podido protegerlos. Había sido una desgracia que su fallecimiento hubiera acaecido tan poco tiempo después del accidente de su madre.

Si un segundo matrimonio podía conseguirles todo lo que Peter había dicho, ¿cómo negarse? Si la señorita Rolfe era el parangón de virtudes del que su primo hablaba, podría ofrecerles a sus hijos una vida mejor.

Llegaron a Somerset Street y llamaron a la puerta de lord Rolfe. Un criado les abrió y minutos después los invitaba a pasar a un salón donde estaba la familia.

El barón Rolfe se levantó de inmediato para recibirlos.

—Lord Brentmore, es un verdadero placer su visita —le dijo al estrecharle la mano—. Y tú siempre eres bienvenido en esta casa, Peter —se volvió a las dos damas que tenía tras de sí—. Permítame que le presente a mi esposa y a mi hija.

Su esposa era una mujer de facciones agradables, con esa clase de rostro en el que es natural la sonrisa.

La hija tenía una clase de belleza más serena. Tenía el cabello de un castaño corriente, los ojos de un azul pálido y las facciones correctas. No había nada que objetar en ella, y tuvo que reconocerle el mérito que tenía soportar bien el escrutinio de un marqués como quien contempla un objeto en una tienda.

—Encantada de conocerle, milord —lo saludó. Tenía una voz agradable, no musical, pero tampoco chillona—. Peter nos ha hablado mucho de usted.

Esperaba que se lo hubiera contado todo. Había pagado bien caro el precio de dar por sentado que el resto del mundo sabía cuanto había que saber. Había dado por hecho que Eunice conocía los detalles de su infancia pero se enteró después de casarse, y fue entonces cuando llegó el desengaño y las lamentaciones.

—Yo también estoy encantado de conocerla, señorita Rolfe —contestó, inclinándose ante ella.

Debería haber dicho algo ingenioso o encantador, pero no pretendía impresionar. Si aquella idea funcionaba, la señorita Rolfe debía conocerlo tal y como era. No debía hacerse falsas ilusiones.

Tomaron una copa de vino dulce mientras esperaban a que se sirviera la cena, entretenidos en una agradable conversación. A Brent le gustaba comprobar el cariño que aquellas personas sentían por su primo y verlos cómodos en su presencia. Se suponía que él era la salvación de aquella familia, pero se abstuvieron de adularle o de agobiarle con excesivas atenciones.

La cena transcurrió de un modo similar. La acomodaron al lado de la señorita Rolfe, lo cual le dio la oportunidad de entablar conversación con ella a solas. Ella también mantuvo la compostura, aunque de vez en cuando miraba a Peter, seguramente en busca de su aprobación.

Cuando terminó la cena, Brent no quiso quedarse con los caballeros en la mesa para tomar una copa mientras las damas se retiraban al salón.

—¿Puedo hablar con la señorita Rolfe a solas? —preguntó.

—Desde luego —respondió el señor Rolfe.

Ella miró a Peter antes de contestar.

—Encantada.

Ambos salieron al salón. La señorita Rolfe se acerco a un armario y sacó una botella de cristal tallado.

—¿Le apetece tomar un coñac mientras hablamos?

—Sí, muchas gracias.

Lo agradecía de verdad.

Le sirvió la copa y se sentó en el sofá, y él escogió una silla frente a ella.

—Es obvio que Peter ha hablado con usted y sus padres del asunto que quiero tratar con usted, como también ha hecho conmigo.

—Así es —contestó ella, bajando la mirada.

—Necesito conocer su opinión al respecto.

Tenía que estar totalmente comprometida con el plan, o no se llevaría a cabo.

La joven lo miró directamente a los ojos.

—Es un hecho que he de casarme bien… —hizo una pausa—. También es un hecho que mis posibilidades de conseguirlo son más bien escasas, ya que mi dote es muy modesta y…

Él levantó una mano.

—El dinero no significa nada para mí.

—Para mí tampoco significa nada —contestó ella con una sonrisa—. Me importa mucho más que mi posible marido sea un buen hombre —su mirada se debilitó un tanto—. Peter… Peter me ha asegurado que usted lo es.

Entonces fue él quien apartó la mirada.

—Es importante para mí saber que es usted consciente de lo que supone este matrimonio.

—Su primo ha sido muy claro al respecto. Sé que tiene usted sangre irlandesa y conozco también las infidelidades de su esposa. También sé que es usted leal a su palabra, que paga siempre sus deudas y que actúa con responsabilidad en el trato con sus aparceros, el servicio de su casa y con su país.

Sintió que las mejillas se le coloreaban.

—Eso es exagerar un poco.

—Es lo que Peter me ha dicho.

Lo que él hacía es lo que haría cualquier hombre decente, nada más.

—¿Y los niños? —preguntó para cambiar de tema.

—¿Se refiere a los nuestros? —preguntó con candor.

Demonios… él no había ido tan lejos.

—Podrá tener hijos si es su deseo —respondió, a pesar de que no se planteaba ni de lejos yacer con ella por el momento. No es que hubiese algo repulsivo en su persona ni mucho menos. De hecho se imaginaba que con el tiempo terminaría encariñándose con ella—. Yo por ahora me refería a sus sentimientos hacia mis hijos. ¿Estaría usted dispuesta a hacerse cargo de ellos y a criarlos como si fuesen suyos?

Sus manos juguetearon nerviosamente con la tela del vestido.

—Si cree usted que ellos estarían dispuestos a dejarme actuar así…

No podía darle una respuesta. Sus hijos eran, en realidad, unos desconocidos para él.

—Soy la mayor de cinco hermanos —continuó ella con más seguridad—, con lo cual estoy acostumbrada a la compañía de los niños, y haría todo cuanto estuviera en mi mano por los suyos.

Las palabras de su nueva institutriz le volvieron a la memoria: «Os complacería mi trabajo, milord. Lo sé». Aquellas palabras contenían una pasión de la que la señorita Rolfe carecía.

Quizás eso fuera, precisamente, una suerte. La pasión no debía tomar parte en aquella decisión.

—¿Tiene usted alguna pregunta que hacerme?

Ella ladeó la cabeza mientras lo consideraba.

—Necesito que me asegure usted que ayudará a mi familia, y que contribuirá a que mis hermanos puedan ser presentados en sociedad si mi padre es incapaz de hacerlo. Él os reembolsará después todos los desembolsos en que incurra…

Él hizo un gesto con la mano.

—No necesito tal cosa.

—Pero lo hará.

Brent había pedido informes sobre lord Rolfe. Al parecer su deudas eran honradas, es decir, resultado de malas cosechas y cosas por el estilo, lo cual no tenía nada que ver con las demandas constantes del padre de Eunice para satisfacer sus deudas de juego.

—Tengo capacidad para asistir a su familia siempre que sea necesario.

—Eso es cuanto me hacía falta saber —respondió en voz baja.

Brent se levantó.

—En ese caso, solo me queda por sugerir que empecemos a vernos con más asiduidad, para que podamos estar seguros de lo que vamos a hacer. Si mañana está usted libre, podría llevarla a dar un paseo por Hyde Park.

Ella se levantó también.

—Será un placer.

Brent ignoró la extraña sensación que le alteró un poco el estómago e intentó infundir alegría a su voz.

—¿Hablamos con sus padres y con Peter, para que sepa que es muy posible que su plan dé el fruto deseado?

La joven parpadeó muy rápidamente y él se preguntó si estaría tan satisfecha con aquel acuerdo como parecía.

—Sí —respondió en un susurro—. Hablemos con mis padres… y con Peter.

—¡No necesitamos ningún médico!

Anna estaba más que furiosa.

Las tres semanas que llevaba en su nuevo puesto habían sido tres semanas de batalla constante contra la señora Tippen, que parecía decidida a mantener las cosas tal y como la difunta marquesa las quería, costara lo que costase.

—Ya he pedido que vayan a buscarlo —replicó con aire triunfal—. No podemos permitir que ponga a los niños en semejante peligro.

—¿Peligro? El niño estaba corriendo, se ha caído, y se ha hecho una heridita en la barbilla al golpearse con una piedra. ¡Es un pequeño corte, nada más!

—Esa es su opinión, y usted no es médico.

—¡Y usted no está a cargo de los niños! —espetó.

Jamás se había preocupado por ellos cuando se los retenía casi como prisioneros en el ala que les había sido destinada, sin salir prácticamente al aire libre.

—A partir de ahora, si tiene usted algo que decir sobre los niños, me lo dirá a mí. ¿Queda claro?

La señora Tippen no cedía.

—Lord Brentmore será informado puntualmente de todo esto.

Anna dio un paso hacia ella hasta quedar frente a frente.

—¡No le quepa duda de que lo sabrá! Fue él quien puso a sus hijos a mi cargo y no usted.

La señora Tippen hizo una mueca desabrida y remedando una reverencia se alejó.

Anna la vio alejarse mordiéndose un labio. ¿Daría crédito lord Brentmore a las palabras de su ama de llaves, o a las suyas? ¿Qué pensaría si le decía que su nueva institutriz se comportaba de un modo descuidado y permitía que su hijo se cayera y se hiciera daño?

Estaban jugando al pilla pilla en el césped cuando lord Cal se tropezó y cayó, con lo que se llevó un buen susto más que otra cosa.

Un pequeño corte en la barbilla produjo una pequeña cantidad de sangre, que bastó para que su hermana llorara con tanta fuerza que seguro habrían podido oírla en el condado vecino.

La verdad es que ella también se había asustado. Tomó al niño en brazos y lo metió en la casa, pero después de examinar la herida con cuidado llegó a la conclusión de que se trataba de un pequeño corte, nada más, y mientras le vendaba sujetándole las gasas en lo alto de la cabeza les contó que los niños de la India llevaban turbante en vez de sombreros. Y lo que se tarda en abrir un libro en el que poder ver grabados de sus indumentarias fue lo que duró la algazara.

Hasta que, dos horas después, la señora Tippen la informó de que el médico había llegado.

Intentado controlar su irritación, Anna entró en el salón donde esperaba el galeno.

—Doctor Store, soy la señorita Hill, la nueva institutriz de los niños.

El hombre se levantó e inclinó la cabeza a modo de saludo.

—Señorita Hill.

Era de menor estatura que ella, enjuto, con facciones afiladas y aire altivo.

—¿Cómo ha sido el accidente?

—Me temo que ha hecho usted un viaje en balde —sonrió—. Lord Calmount estaba jugando fuera y se ha hecho un pequeño corte en la barbilla.

—¿Una herida en la cabeza? —preguntó, arqueando las cejas—. ¿Ha perdido el conocimiento en algún momento?

—No, no. Ni mucho menos. No es más que una heridita, que no necesita más que un pequeño vendaje…

—¿Está segura de que no ha perdido en ningún momento el conocimiento? Un golpe en la cabeza puede tener consecuencias graves.

¿Qué le habría contado Tippen?

—Ni se ha desmayado, ni se ha llevado golpe alguno en la cabeza. Yo estaba a su lado, y lo único que ha pasado es que tropezó y se hizo un pequeño corte en la barbilla.

Él respondió con una expresión de escepticismo.

—Tengo que examinarlo de inmediato.

—Por supuesto.

Condujo al doctor Store escaleras arriba hasta las habitaciones de los niños.

—¿Qué edad tiene el muchacho? —le preguntó mientras andaban.

No le había preguntado su nombre…

—Lord Calmount tiene siete años.

Entraron en la sala donde los niños recibían sus clases.

Allí los había dejado al cuidado de Eppy, mientras dibujaban en sus cuadernos a hombres de la India con sus turbantes.

Anna se aseguró de ser la primera en entrar y, acercándose al niño, le habló con tranquilidad:

—Lord Cal, ha venido el doctor Store. La señora Tippen le ha pedido que viniera para que pueda verte la cabeza y asegurarse de que solo es un cortecito lo que tienes en la barbilla.

Cal apretó con fuerza su lápiz y miró con desconfianza al médico.

—¡Hola, jovencito! —lo saludó con falsa alegría—. Déjame verte la cabecita —le pidió, pero al acercarse a él, el chiquillo retrocedió amedrentado.

—Vamos, vamos… no te muevas —le dijo con aspereza, al tiempo que tiraba del vendaje.

Aquello acabó de asustarle y empujó al médico para apartarle y liarse a puñetazos y patadas con él.

—¡No! —gritó Dory, que se había contagiado del miedo de su hermano y tiraba del gabán del doctor—. ¡No le quites el turbante! ¡Es suyo!

—¡Lord Cal! ¡Dory! ¡Basta ya! —nunca los había visto así—. ¡Llévate a Dory de aquí! —le pidió a Eppy.

La joven consiguió sacar a la niña de la habitación, que no había dejado de gritar ni un momento.

Anna apartó al médico y se interpuso entre el niño y él.

—Cal, no pasa nada. El doctor no va a hacerte daño, y en cuanto te haya visto la herida yo te haré un turbante nuevo.

Cal negó con la cabeza.

—¿Te duele? —le preguntó el doctor.

Cal, por supuesto no contestó, y se tapó la barbilla con las dos manos.

Le costó a Anna un verdadero triunfo que el chiquillo quitase las manos y permitiera al médico examinarle la herida. Había dejado de sangrar y tenía buen aspecto. Seguro que no le quedaba ni siquiera señal.

El médico intentó entonces hacerle otra clase de reconocimiento, como por ejemplo hacer que el niño siguiera con los ojos un dedo que él movía de lado a lado y verticalmente. Lord Cal se negó a hacerlo. También se negó a contestar a sus preguntas, incluso a aquellas que podía responder inclinando simplemente la cabeza.

El médico no se guardó para sí la impaciencia que la actitud del niño le estaba provocando y al final le pidió a Anna que saliera de la habitación con él.

—Acompáñeme al salón —le dijo ella—. Hablaremos más cómodamente allí.

El doctor entró con el semblante muy serio en el salón, una estancia casi tan lóbrega como el propio galeno.

—¿Cuánto tiempo lleva así el niño? —le preguntó sin preámbulos.

—Yo creo que simplemente está asustado. Se ha llevado una sorpresa con su presencia y no está acostumbrado a encontrarse con desconocidos.

El físico hizo una mueca.

—Es un trastorno maniático.

—¿Un trastorno maniático? —repitió. Qué ridiculez—. Ha sido solo una rabieta.

Él levantó un solo dedo en alto.

—No. De ningún modo. Se trata de un desorden psiquiátrico.

—¡Tonterías!

—Me hallo en la obligación de informar a lord Brentmore de que su hijo presenta episodios de demencia. He visto otros casos como este y…

—¡Lord Cal no es un lunático!

El médico la miró con condescendencia.

—No irá usted a negar que el muchacho es propenso a las rabietas y que es autista…

—¡No lo es! Simplemente no siente deseos de hablar.

El doctor volvió a mirarla como se mira a una criaturita ignorante.

—La definición misma del autismo. Escribiré hoy mismo al marqués para informarle de esta desgraciada circunstancia, y le recomendaré los mejores centros de internamiento. Conozco el lugar más adecuado donde podrán proporcionarle los cuidados que necesitan.

La ansiedad de Anna se disparó.

—¡No hará usted tal cosa!

El físico se irguió, pero ella estaba convencida de que tenía que detener semejante locura. ¿Quién podía decir lo que pensaría lord Brentmore si semejante misiva llegaba a sus manos? Decidió cambiar de táctica.

—Lo que quiero decir es que se trata de algo que un padre no puede conocer por carta. Lord Brentmore… lord Brentmore ha de llegar aquí dentro de muy poco, y debería usted hablar con él en persona. No pasa nada porque el niño esté unos días más en casa. No lo dejaremos solo ni un instante.

El médico miró hacia otro lado como si reflexionara.

—Yo… creo que sería bueno que pudiera hablar con el señor marqués en persona. Seguro que tendrá preguntas que solo usted podrá contestar.

—Está bien. Esperaré. Dos semanas, nada más. Si no ha venido en ese plazo, yo mismo lo convocaré.

Apenas había salido el médico de la casa Anna estaba ya escribiendo a lord Brentmore para convencerlo de que era necesario que acudiera a Brentmore Hall.

Lord Cal no era un lunático, sino simplemente un niño asustado y tímido que necesitaba salir de su concha. Era como había sido Charlotte, pero el pobre carecía del apoyo de sus padres.

Pero en aquella ocasión, lord Brentmore no iba a poder darle la espalda a sus obligaciones. ¡Tenía que ir hasta allí! Anna le demostraría que su hijo era un niño normal, aunque un poco infeliz. Vería con sus propios ojos que no era un demente.

Fue escribiendo la carta eligiendo con sumo cuidado las palabras, y tras tres intentos, concluyó diciendo: debe usted venir, lord Brentmore. Es imperativo. Su hijo le necesita.

Pasaron cuatro días, demasiado poco tiempo para recibir noticias suyas. Si le contestaba a vuelta de correo, debía recibir su carta en breve, pero mientras ella seguiría haciendo lo que había estado haciendo desde la ridícula visita del médico: mantener ocupados a los niños.

Aquella mañana habían vuelto a salir a los jardines para disfrutar del maravilloso cielo azul y de la luz del sol. Había estado haciendo bastante fresco para estar a principios de junio, pero aquel día la temperatura era magnífica.

Vistió a los niños con sus prendas más gastadas, les colocó unos viejos guantes y unos sombreros de paja de ala ancha, y los dirigió a un pequeño recuadro de tierra cerca del huerto que le había pedido al jardinero que tuviera preparado.

A Charlotte y a ella les encantaba sembrar y ver nacer y crecer las plantas hasta convertirse en hermosas flores, así que pensó que a los niños también les gustaría esa actividad. Además, llevaban tanto tiempo confinados en el interior de la casa que les encantaría salir y mancharse un poco.

Previamente habían leído sobre cómo las plantas crecían a partir de semillas, y había acordado con el jardinero qué sembrar. El hombre le había sugerido que sembraran hortalizas en lugar de flores porque los chicos, según él, valoraban más los alimentos que las flores.

¡Una idea excelente! Seguro que el siempre práctico lord Cal la encontraría muy de su gusto. Y además podrían comerse lo que sembraran.

—Vamos a sembrar guisantes y rábanos, y cuidaremos las plantas hasta que estén listas para comerse —les fue diciendo mientras caminaban hacia el recuadro destinado para ellos.

Cuando llegaban un hombre se acercó.

—Buenos días, señorita.

Anna le sonrió.

—Os presento al señor Willis, vuestro jardinero —el señor Willis era un hombre encantador que tenía sus propios hijos, y que se había mostrado encantado con la idea—. Señor Willis, le presento a lord Calmount y a lady Dory.

El jardinero le había dicho que apenas había visto a los niños hasta aquel momento aunque llevaba toda la vida trabajando allí.

Anna se enfadaba muchísimo al pensar en la vida de reclusión de aquellos pobres niños. Se les daba cama, ropa y comida, pero no mucho más.

Tenía su propia teoría sobre por qué lord Cal había dejado de hablar: no era por demencia ni mucho menos, sino porque no tenía con quién hablar que no fuera su hermana.

—¿Están preparados para sembrar? —les preguntó el señor Willis.

—Lo estamos, señor —respondió Dory.

El jardinero les entregó a cada uno una pequeña pala y dos cubos de madera.

—Esas son las semillas de los rábanos —les dijo, señalando uno de los cubos—. ¿Lo ven? —puso una semilla en la mano de cada uno—. Son marrones y parecen piedrecitas, ¿verdad?

—¡Es verdad! ¡Parecen piedrecitas! —exclamó Dory.

Cal se la acercó a los ojos para examinarla de cerca.

El señor Willis se las pidió para darles otras.

—Ahora estas otras son distintas. ¿Saben qué son?

Cal miró la suya y adoptó una expresión ufana.

—Parecen guisantes viejos —dijo su hermana.

El jardinero se agachó para estar a su nivel.

—Eso es lo que son. Los guisantes que se comen son en realidad las semillas de la planta.

En un instante el señor Willis tenía a los niños haciendo agujeros en la tierra con sus palitas. Luego les enseñó a sembrar una línea de guisantes alternándola con otra de rabanitos.

Los chiquillos se entusiasmaron con la tarea y Anna se alegró enormemente de ver que Cal participaba en la actividad con entusiasmo, como lo haría cualquier niño normal.

Necesitaba tiempo, estaba convencida. ¿Le daría su padre ese tiempo o se limitaría a encerrarlo en un sanatorio? ¿Quién era ella para saber lo que necesitaba un niño, despreciando la opinión de un médico?

Fuera como fuese, lo sabía.

¿Vería lord Brentmore a su hijo como lo veía ella? ¿Confiaría lo suficiente en su capacidad para sacar al chiquillo de su encierro? Sabía que podía hacerlo. Ya lo había hecho con Charlotte.

Charlotte… a veces la echaba tanto de menos. Añoraba hablar con ella, sus confidencias, sus risas. No había nadie en Brentmore con quien hablar y, a veces, por las noches, se echaba a llorar de pura soledad.

Pero peor aún que la soledad era la preocupación porque lord Brentmore pudiera llegar a despedirla por haberse atrevido a decirle a un médico lo que debía hacer. ¿Qué sería de ella si perdía aquel trabajo?

De pronto, una sombra cayó sobre ella y la voz de un hombre interrumpió sus pensamientos.

—¿Por qué están mis hijos cavando la tierra?

El señor Willis se quedó helado y los niños también.

Anna se volvió y se encontró con lord Brentmore. Parecía muy enfadado.

—Milord —lo saludó con voz firme, aunque le temblasen las piernas—, estamos tomando una lección de botánica. Hemos sembrado guisantes y rabanitos.

Los niños soltaron las semillas y se escondieron detrás de sus faldas.

—Mis hijos no van a trabajar la tierra.

La ira se palpaba en su voz. ¿Qué tenía de malo sembrar un huerto?

—Permítame explicárselo, porque no queremos asustar los niños.

Sus ojos soltaron un fogonazo. Debía andarse con cuidado.

—Esto es una lección de botánica. Sus hijos están aprendiendo cómo crecen las plantas. Lo hemos leído en los libros y ahora vamos a ver cómo crecen las semillas hasta convertirse en alimentos.

No expresión no cambió.

—Sus hijos están ocupados en una actividad útil al aire libre, y llevan ropas viejas que después pueden lavarse. ¿Qué tiene que objetar a esto, milord?

Oyó a Dory contener el aliento y sintió que Cal le agarraba con más fuerza las faldas.

Lord Brentmore siguió mirándola a los ojos un momento y Anna llegó a temer que la golpease pero aun así no apartó la mirada. Era imperativo que los niños comprendieran que no tenía nada de malo realizar actividades útiles.

Seguía echando fuego por los ojos pero dio un paso atrás.

—Sigan con su lección. Venga a verme cuando hayan terminado, señorita Hill.

Antes de que pudiera decir nada, dio media vuelta y entró en la casa.

Ninguno de los cuatro se movió hasta que se perdió de vista.

—¿Por qué está enfadado papá? —preguntó Dory sollozando.

Anna se agachó y la abrazó.

—Es porque se ha llevado una buena sorpresa, creo yo. Seguramente ha pensado que el señor Willis y yo os habíamos contratado de labradores —lo dijo como si fuera el chiste más gracioso del mundo—. Venga, vamos a terminar, que el señor Willis tiene que ocuparse del resto del huerto.

Afortunadamente les quedaba poco por hacer. Solo dos líneas más. Pero la alegría que se palpaba en el ambiente un instante antes se había desvanecido. Su padre la había hecho desaparecer.

Anna se llevó una mano al estómago intentando calmarse. Quería que lord Brentmore fuese su aliado para ayudar a Cal y resulta que le había ofendido sembrando un huerto.

¿Perdería su trabajo por una lección de botánica, por haber encontrado una excusa para sacar a aquellas pobres criaturas siempre recluidas al sol cálido de junio?

Cuatro

La señora Tippen le estaba esperando dentro. Ya le había soltado un buen sermón nada más llegar, un momento antes.

—¿Ve a lo que me refiero, señor? ¡Les da a los niños rienda suelta para hacer lo que quieran por toda la casa, por los jardines, por cualquier sitio que se les antoje! Deja que se ensucien…

Aquello sí que no tenía por qué aguantarlo. Tippen y su marido habían venido de la casa del padre de Eunice por deseo expreso de ella, pero a él nunca le habían gustado ninguno de los dos.

Dio un paso hacia ella para plantarse ante su cara.

—¡Ocúpese de la casa y no meta las narices en los asuntos que no le conciernen!

La mujer abrió la boca pero no emitió ningún sonido.

Brent la dejó atrás y entró directo al salón, donde aguardaba su marido.

—¡Sírveme una copa de coñac! —le ordenó—. En la biblioteca.

La biblioteca era el único lugar en aquella casa que podía soportar. Eunice nunca había mostrado interés alguno por él, así que el único fantasma que reposaba allí era el de su abuelo.

Un criado apareció enseguida con una botella de coñac y un vaso. Brent no lo reconoció, pero la verdad era que iba tan poco por allí que no conocía a la mitad del servicio. Además, Eunice había reemplazado a casi todos los criados de su abuelo.

Brent le quitó la botella y el vaso de la bandeja.

—Tráeme otra —le ordenó—. Que sean dos, mejor. Mientras esté aquí, quiero tener siempre una botella de coñac a mi disposición en este armario.

—Sí, milord.

Brent se sirvió una copa y se la bebió de un trago. Y volvió a llenar el vaso.

Una hora pasó y la señorita Hill aún no había aparecido. ¿Acaso le estaba desafiando? Si era así, lo lamentaría.

Iba de un lado al otro de la habitación intentando calmarse. Ver a su hijo arrodillado en la tierra cavando le había disparado.

Cerró los ojos ante el envite de los recuerdos: cavar hoyo tras hoyo, con el estómago rugiendo de hambre, los pies descalzos y fríos.

Aún podía oler la tierra, las patatas y el estiércol, y se frotó los brazos que volvían a dolerle por el esfuerzo.

Dios, había visto a su hijo y se había visto a sí mismo.

Se sirvió otra copa.

¿Dónde demonios se había metido la señorita Hill? Tenía que decirle unas palabras.

Una hora más tuvo que pasar y otras dos copas de brandy para que alguien llamase a la puerta.

—¿Milord?

Había conseguido aparentar calma, pero tenía todo el licor que había consumido en la cabeza.

La señorita Hill se había quitado el sencillo vestido de algodón que llevaba en el jardín y se había puesto algo rosa y de tejido vaporoso. Delgados mechones de cabello castaño se escapaban de la pequeña cofia de encaje que llevaba en la cabeza y le enmarcaban el rostro prestándole candor.

¡Demonio de mujer! ¡No quería excitarse al verla! Estaba enfadado con ella. ¿En qué diablos habría estado pensando para acudir al lugar que tanto detestaba?

Su hijo. Había venido por su hijo.

—Pase, señorita Hill.

Ella se acercó con desconfianza.

—Disculpe mi retraso, señor. Una vez terminada la siembra hemos necesitado lavarnos a conciencia.

—Porque usted ha permitido que mis hijos se revuelquen en el barro —espetó, entornando los ojos.

Ella se irguió.

—Ensuciarse es inevitable cuando se está sembrando, milord.

Se acercó tanto a ella que el perfume de su jabón le llegó a la nariz.

—Sé todo lo que hay que saber sobre siembras, señorita Hill.

Sus diez primeros años de vida se lo habían enseñado bien.

Ella dio un paso atrás.

—Sí, bueno… quizá pueda entonces explicarme por qué sembrar guisantes y rabanitos en el huerto le ha hecho enfadarse tanto.

¿Se atrevía a cuestionarle?

—Escúcheme bien, señorita Hill: mi hijo… mis hijos han de ser educados como un caballero y una dama, y no como vulgares labradores.

Ella no retrocedió.

—Era una lección de botánica.

Él no bajó la mirada.

—Era humillante.

Lo miró con incredulidad.

—No creo que sembrar un huerto y ver cómo crecen las plantas pueda ser humillante en ningún sentido.

—¡Mi hijo no necesita saber hacer agujeros en la tierra para llegar a ser un caballero!

—Pero como el marqués que llegará a ser algún día, ¿no cree que necesitará saber qué esfuerzo ha de emplearse para hacer crecer los cultivos que producen sus campos? ¿Qué clase de trabajo es necesario? ¿Qué conocimientos? Ese era el objetivo de la clase, milord.

Para eso no encontró respuesta. Solo podía pensar en el trabajo que él había tenido que realizar en su niñez.

—Puede leerlo en los libros.

Ella bajó la cabeza y guardó silencio como si estuviera pensando cómo debía actuar. Ojalá lo descubriera porque él estaba demasiado ofuscado para mantener conversaciones y sus emociones demasiado embarulladas para poder confiar en ellas.

La señorita Hill se acercó a la ventana para mirar. El sol estaba casi en su cenit e iluminaba el aire que había en torno a su persona.

Brent tragó saliva.

Se dio la vuelta con los brazos cruzados bajo sus pechos… sus senos redondeados y firmes.

—Perdemos el tiempo hablando de esto. Le agradezco mucho que haya venido tan deprisa. ¿Recibió mi carta?

—Sí.

Lo había dejado todo para acudir junto a su hijo.

—Créame, milord: lord Calmount no tiene demencia alguna. Es un niño normal, muy tímido eso sí, y que ha sido muy desdichado. No pueden enviarlo a un manicomio. ¡No puede consentirlo!

Nadie iba a enviar a su hijo a un manicomio, eso estaba claro.

—No habla.

¿Cómo era posible que él, el padre del chico, no supiera que el chiquillo no hablaba? Sabía cuál era la respuesta: que no había estado con él tiempo suficiente para darse cuenta. Sus breves visitas no incluían conversación.

—¡Pero esa no es razón para enviarlo a un manicomio! Él sabe hablar, pero solo habla con su hermana. El doctor Store piensa que es por alguna clase de locura, pero no lo es, milord, se lo aseguro.

Sería demasiado cruel para el niño tener que padecer alguna clase de demencia después de todo lo que había tenido que pasar. Por culpa de su made. Y de su padre.

—¿Se atreve usted a llevar la contraria al doctor, señorita Hill?

—Me atrevo porque sé que Calmount mejorará si le damos tiempo —se acercó—. Le dije que fui durante años la acompañante de lady Charlotte, quien cuando tenía la edad de Calmount era muy parecida al niño. Era terriblemente tímida, y de hecho yo llegué a ser su acompañante precisamente para que mi presencia lograse sacarla de su aislamiento. Estoy convencida de que su hijo es solo eso, tímido. Sé que se le puede ayudar —añadió con vehemencia—. ¡Pero no enviándole a una institución mental!

Él apartó la mirada.

—¿Y cómo voy a poder creer lo que usted me diga?

A pesar de que deseaba con todo su corazón poder hacerlo.

Ella levantó la cabeza y sus ojos azules brillaron con rabia.

—Quizá, si pasase más tiempo con su hijo, lo vería con sus propios ojos. No le ha sido precisamente de ayuda que ninguno de sus progenitores se haya preocupado en exceso por su bienestar.

—Yo me he visto obligado a permanecer lejos de casa.

—¿Por causa de la guerra? —adivinó—. La lucha cesó hace más de un año.

Sus palabras le escocían. Era cierto que en aquel último año había permanecido fuera de allí cuanto le había sido posible, pero se negaba a permitir que una institutriz le reprendiera.

—¿Se cree usted con derecho a juzgarme, señorita Hill?

La angustia desfiguró por completo su expresión y la vio llevarse una mano a la frente.

—Perdóneme, milord. Me he dejado llevar.

Brent se sentó. De pronto se sentía agotado.

—Siéntese, señorita Hill, y hábleme de mi hijo.

Se sentó frente a él.

—Le he oído hablar con su hermana, de modo que no hay desorden ninguno en el habla, pero se niega a hablar con nadie más. De hecho, Dory habla por él en cuanto tiene la oportunidad. Oye perfectamente y está alerta ante todo. Es un niño muy inteligente. Lee, escribe bien, pero nunca con el fin de comunicarse. Para eso se limita a asentir, a negar o emplea gestos.

Pobrecito…

—¿Por qué?

Lo que le había ocurrido ¿tendría que ver en su negativa a hablar?

Ella dudó.

—He de volver a hablar claro, milord.

Brent hizo un gesto vago con la mano.

—Adelante.

—El ruido y la conmoción que son naturales en los niños nunca han sido bien recibidos en esta casa. Me han dado a entender que su difunta esposa insistía en que los niños no salieran del ala del edificio que les ha sido reservada, y tras su muerte todo siguió igual dado que su institutriz estaba enferma —hizo una pausa y respiró hondo—. No puedo decir hasta qué punto eso es cierto, pero sí sé que… a algunos miembros del servicio… no les gusta que los niños anden por la casa o por los jardines.

La señora Tippen, sin duda.

—Mi opinión es que no es bueno para los niños estar permanentemente recluidos en casa —continuó en tono acusador—. Por eso organizo cuantas actividades están a mi alcance para que salgan, como por ejemplo sembrar algo en la huerta.

Sin duda le estaba culpando de no haber tomado cartas en el asunto de los excesos de su esposa, de no haberse dado cuenta de que la institutriz ya no podía seguir desempeñando sus labores, de no prestar suficiente atención a cómo el servicio de la casa atendía a sus hijos y se preocupaba por su bienestar.

Su propia conciencia le azotaba por esos mismos motivos.

—¿Y qué quiere que haga? —espetó a la defensiva.

—¡Pues no permitir que a lord Calmount lo lleven a una institución mental!

Él bajo la mirada.

Al volver a hablar, Anna lo hizo en un tono más tranquilo pero aun así cargado de emoción.

—Soy consciente de que debe estar pensando despedirme, pero le ruego que no lo haga. Deme la oportunidad de quedarme por el bien de sus hijos. Le ruego que no escuche al doctor Store y que me dé la oportunidad… —se quedó callada un momento—. Por lo menos pase algo más de tiempo con sus hijos y véalo usted mismo. Observe a su hijo con sus propios ojos y verá lo que yo veo en él. Estoy segura de ello.

La apasionada defensa que hacía de su hijo le conmovió hondamente. No estaba considerando despedirla, sino más bien todo lo contrario: estaba empezando a ver en ella a la salvadora de sus hijos.

—¿Y cómo puedo observarlo? —preguntó con más acritud de la que pretendía—. No voy a conseguir que desfilen delante de mí.

—Estoy de acuerdo —respondió—. Vaya a sus habitaciones. Pase tiempo con él. Dentro de poco les van a servir la cena. Coma con ellos.

¿Compartir una comida con los niños? No era propio de un marqués hacer tal cosa, al menos hasta que los niños tuvieran doce o trece años.

Con el exceso de coñac que llevaba en el cuerpo, con las emociones tan a flor de piel, ¿podía confiar en sí mismo, cuando el hecho de estar sentado cerca de la señorita Hill le estaba costando un triunfo?

Pero había abandonado todas sus obligaciones en Londres para acudir junto a su hijo y saber qué le había ocurrido para que un médico lo declarase loco. Para remover cielo y tierra con tal de arreglarlo.

Apretó los puños.

—Está bien. Lo haré.

Ella se levantó, caminó hasta la puerta y esperó.

Esperaba ser capaz de caminar sin irse de un lado para otro, y cuando consiguió llegar a la puerta su aroma a lavanda le recordó aquella primera visión que tuvo de ella, en la plaza de delante de su casa. No estaba menos hermosa en aquel momento, ni desprendía su figura menos pasión.

Y él no estaba menos excitado.

Que Dios le ayudase.

Brent iba subiendo las escaleras detrás de la señorita Hill, sin poder apartar la mirada de la seductora cadencia de sus caderas mientras ella no dejaba de hablar de sus hijos y de la rutina de sus días. Esperaba que no pensase tomarle la lección porque en aquel momento poco más había registrado su cerebro que la orden de mantener las manos a raya.

Cuando llegaron a la puerta de sus habitaciones tuvo un repentino y absurdo ataque de nervios. Qué ridiculez. Eran sus propios hijos a los que iba a ver; unos niños que debían respetarle y obedecerle.

Dios bendito… había pensado como lo habría hecho el viejo marqués, el abuelo inglés que le despreciaba.

—¡Mirad quién viene a cenar con nosotros! —anunció con alegría la señorita Hill al entrar en la habitación.

Los dos niños estaban sentados el uno junto al otro en una pequeña mesa a la que podían sentarse cuatro comensales.

—¡Papá! —exclamó Dory, saltando de su silla—. Cal dijo que ibas a ser tú, pero yo decía que sería Eppy.

Cal se levantó también, pero tras mirar enfadado a su hermana, adoptó la expresión de un condenado a galeras.

—¡Uy! —continuó la niña, llevándose una mano a la boca—. No tengo que hablar a menos que me pregunten.

Era la viva imagen de Eunice, toda ojos azules y bucles rubios. Le dolía mirarla.

—En ese caso, soy yo quien debe hablar y deciros buenas tardes —contestó él, acercándose a una de las sillas—. Gracias por invitarme a cenar.

Sus ojazos azules se hicieron todavía más grandes.

—¡Pero si no te hemos invitado nosotros!

Brent sintió deseos de marcharse pero la niña se rio.

—Ha sido la señorita Hill, ¿a que sí?

Brent la miró.

—Ella sí que me ha invitado.

—Es cierto —contestó Anna, aunque parecía inquieta.

Cal había arrugado la frente y lo miraba como si no se creyera tanta cordialidad.

—¿Nos sentamos? —preguntó Brent.

Esperó a que la señorita Hill se sentara y reparó en que su hijo hacía lo mismo. Al menos alguien le había enseñado buenos modales.

—¡Siéntese, señorita Hill! —ordenó Dory, y se dejó caer en su silla.

La señorita Hill se acomodó con más gracia.

—Espero que no le hayáis quitado la tapa a vuestros platos, niños.

Dory miró a Cal con la culpa reflejada en los ojos mientras que su hermano, que estaba sentado frente al marqués, estaba demasiado ocupado en no mirar a su padre. Incluso parecía estar deseando desaparecer.

Brent recordó la agonía que había sido para él estar en presencia del viejo marqués, ser consciente de que tarde o temprano haría algo que despertaría su furia, y le dolía que su hijo lo mirase exactamente igual que él entonces.

Pero él no era igual que su abuelo por mucho que este hubiese intentado conseguirlo. La mitad de sus enfados respondían precisamente a eso: a cómo Brent no había cumplido las expectativas de su abuelo. A lo irlandés que era.

Una doncella que aguardaba en un rincón de la habitación se acercó a retirar las tapas de los platos empezando por el de Brent. Su plato estaba lleno con unas generosas lonchas de jamón, queso y una gruesa rebanada de pan con mantequilla.

—¿Conoces a nuestra niñera, papá? —le preguntó Dory.

Otra persona desconocida del servicio, pensó Brent.

—Creo que no. Buenas tardes, Eppy.

La joven enrojeció e hizo una reverencia.

—Milord.

Descubrió el plato de la señorita Hill y luego el de los niños.

Sus raciones eran más pequeñas y el queso tenía las huellas de unos dientecitos. Así que no habían sido capaces de mantener la tapa puesta.

Miró a la señorita Hill. Sentía curiosidad por ver cómo iba a reprenderlos, pero ella se limitó a mirarle divertida.

—¿Quién quiere bendecir la mesa?

Brent dejó el tenedor que tenía en la mano. La pregunta de la señorita Hill iba dirigida a Cal, quien se había encogido aún más.

—¡Yo! —exclamó Dory.

Brent ya no podía recordar la última vez que había bendecido la mesa, pero la oración de su abuelo irlandés le volvió a la memoria: …Rath ón Rí a rinne an roinn…

Ya no recordaba el significado de aquellas palabras.

La pequeña Dory estiró su cuerpecito, consciente de su importancia.

—Bendice, Señor, la comida que vamos a tomar, y haz que nunca olvidemos las necesidades y los deseos de los demás. Amén.

Lo había dicho todo tan deprisa que casi no se le había entendido.

—Muy bien, lady Dory —la premió la señorita Hill, y la pequeña sonrió de oreja a oreja.

Con el tenedor pinchó un trozo de jamón mientras su hermano se limitó a empujar la comida de un lado para el otro del plato.

No iba a saber nada de su hijo si no se dirigía a él.

—Calmount, la señorita Hill me ha dicho que sabes leer.

Cal lo miró.

—A Cal le gusta mucho leer —explicó Dory—. Lee un montón.

Brent se volvió a Cal.

—¿Y qué clase de libros te gusta leer?

El niño parecía angustiado.

—Leemos libros de plantas —respondió de nuevo su hermana.

La señorita Hill intercambió una mirada con él. Dory hablaba por su hermano, sin duda.

Siguieron comiendo en silencio, como si todos se hubieran dado cuenta de los problemas de Calmount para hablar. Era insoportable. Y peor aún: a Brent estaba empezando a darle vueltas la cabeza del coñac que había consumido.

La señorita Hill rompió el silencio.

—¿Le contamos a vuestro padre qué estábamos sembrando hoy en el huerto? —sugirió, mirando a Cal.

Dory se apresuró a contestar.

—Hemos sembrado guisantes y rabanitos, y el señor Willis nos ha enseñado a hacerlo para que…

Se lanzó a una detallada explicación de las instrucciones del jardinero, mirando de vez en cuando a su hermano.

Brent intentaba escuchar, pero los recuerdos lo desbordaban. La voz de su abuelo irlandés volvió a sonarle en los oídos con las instrucciones de cómo plantar las patatas.

El hombre vivió solo cuatro años después de que le quitaran a Brent. El abuelo Byrne luchó al lado de su pariente Billy Byrne en la rebelión irlandesa, y fue asesinado cuando Brent tenía catorce años. Se enteró de ello leyendo el periódico.

El dolor de esa pérdida volvió a asediarle y por un instante se quedó sin respiración. La señorita Hill mantuvo viva la conversación sobre el huerto, pero lo miró sin comprender y él tuvo que parpadear rápidamente para evitar las lágrimas.

De haberse quedado en Irlanda, ¿qué suerte habría corrido? ¿Habría sido él también un rebelde, o le habrían marginado por su sangre inglesa? Hacía tiempo ya que había llegado a la conclusión de que no pertenecía a ninguna parte.

La charla de Dory llenaba los vacíos y aunque intentaba observar a su hijo, se daba cuenta de que solo conseguía hacer crecer el dolor del chiquillo. Y el suyo propio.

No quería que sufriera. Quería evitarle cualquier sufrimiento. Quería que su hijo se sintiera en casa en alguna parte.

Obviamente no lo había conseguido.

—Papá. ¡Papá!

El tono de Dory imitaba al de su madre.

—¿Qué ocurre?

Dory lo miró con sus ojazos azules.

—¿Por qué ya no estás enfadado con nosotros por lo del huerto? Antes nos regañaste mucho.

Calmount no parecía satisfecho del giro de la conversación y sin demasiado disimulo le propinó a su hermana una patada por debajo de la mesa. Dory se la devolvió.

Brent tomó un bocado de queso para darse tiempo.

—No estaba enfadado con vosotros.

—Entonces, con la señorita Hill —insistió—. ¿Por qué le has reñido?

Sabía sin dudar lo que el viejo marqués habría hecho si él le hubiera hablado de ese modo: arrancarle de un mordisco la cabeza. Pero él no iba a hacer lo mismo.

—Yo… estaba equivocado.

Dory no se contestó con la explicación.

—La señorita Hill nos dijo que temías que nos hubiera convertido en campesinos.

Miró agradecido a la institutriz.

—Y es cierto —era una excusa que los niños aceptarían bien—. Se me ocurrió pensar que después os vería vendiendo hortalizas en el mercado.

La señorita Hill sonrió y Dory se echó a reír.

—¡Era una lección, tonto! Nos estaba enseñando cómo crecen las cosas. Llevábamos días leyéndolo.

Cortó un pedazo de jamón.

—Entonces, ¿no vais a ser vosotros quienes sembréis mis campos?

Dory volvió a reírse a carcajadas.

—¡No!

Le gustaba verla reír.

—¿Y ya os ha leído la señorita Hill sobre cómo se limpian los establos? ¿Creéis que algún día os veré extendiendo paja y limpiando el cuero de las sillas de montar?

Calmount parecía sentirse muy confuso y Dory se volvió a su institutriz.

—¿Podemos leer algo sobre establos? A mí me gustan mucho los caballos.

Entonces fue la señorita Hill quien se rio.

—Podremos leer sobre caballos y visitar los establos con el permiso de vuestro padre, pero no tengo intención de enseñaros a limpiarlos.

—¿Podemos visitar los establos y ver a los caballos, papá? —le rogó Dory, y la expresión de sus ojillos le recordó de nuevo a la de su madre.

—Hoy no —respondió con más aspereza de la que pretendía.

Calmount clavó de inmediato la mirada en su plato, abatido.

—A lo mejor mañana —añadió Brent.

A lo mejor mañana tendría más controladas sus emociones. Se levantó.

—Tengo que irme. Tengo un… asunto de las fincas que atender.

—¡No te olvides de lo de mañana! —insistió su hija.

Brent asintió y, dirigiéndose a la señorita Hill, añadió—:

—¿Puede acompañarme un instante al vestíbulo?

—Desde luego.

Dejó la servilleta junto al plato y lo siguió fuera de la habitación cerrando la puerta a su espalda.

—¿Lo ve? Es tal y como yo se lo había descrito —le dijo sin esperar a nada más.

Él cerró los ojos un instante y asintió.

—Parece tan… tan asustado y triste.

—¡Exacto!

Olvidó lo que quería decirle. Le dolía horriblemente la cabeza.

—Yo… tengo mucho que hacer hoy —era mentira. Lo que quería hacer era recuperarse de tanto coñac, tantas emociones y tantos recuerdos—. Mañana pasaré más tiempo con Calmount. Organizaré… una visita a los establos.

—Dory se volverá loca de contento —contestó, pero su encantadora sonrisa se desvaneció—. ¿Y qué pasa con el doctor Store? ¿Hablará con él?

Mejor que no. Podía llegar a estrangularlo si se lo echaba a la cara.

—Con una carta bastará.

Anna no tenía ni idea de cuándo dispondría lord Brentmore que fueran a los establos, pero se aseguró de que los niños estuvieran listos pronto, vestidos adecuadamente para estar al aire libre.

—¿Nos llevará papá a los establos como nos prometió? —preguntó Dory en cuanto Anna entró en sus habitaciones.

—Si ha dicho que lo haría, estoy segura de que así será —respondió, apartándole un mechón de la frente.

La rapidez con que había acudido a su llamada había sido tan sorprendente como su explosión de mal genio al llegar. Lo cierto era que no sabía qué esperar de él, pero al menos su preocupación por lord Cal parecía auténtica. Además, la había creído a ella por encima del doctor Store, y eso ya le parecía un milagro.

Por el momento su trabajo parecía no correr peligro, lo cual era un alivio. Estaba empezando a encariñarse con los niños y a confiar en su capacidad de enseñarlos, pero se sentía sola. Echaba de menos el hogar que tenía en Lawton House y en particular a Charlotte. No esperaba recibir correspondencia alguna de sus padres, ya que no sabían escribir, pero ¿por qué Charlotte no respondía a sus cartas? ¿Tan pronto la había olvidado?

Se quitó aquellos pensamientos de la cabeza y miró a los niños.

—Empezaremos con nuestras lecciones como es habitual. Vuestro padre llegará cuando le sea conveniente —dijo al tiempo que le entregaba una pizarra a cada uno—. Dory, tú tienes que practicar el alfabeto. Lord Cal, quiero que escribas una frase sobre plantas y rabanitos.

Dory se removió inquieta en la silla y lanzó varias miradas a la puerta mientras avanzaba con el abecedario.

Lord Cal terminó rápidamente su frase y dejó la pizarra.

Anna leyó en voz alta:

—Los rábanos se siembran poniendo tres semillas en un agujero de veinte centímetros de profundidad —era lo que les había dicho el señor Willis—. Una buena frase, Cal —le devolvió la pizarra—. Ahora escribe otra sobre sembrar guisantes.

Borró lo escrito con su trapo y se inclinó sobre la pizarra con su tiza.

Anna miró a Dory. La niña había llegado solo hasta la letra D. estaba demasiado ocupada vigilando la puerta.

Alguien llamó y abrió la puerta. Era lord Brentmore.

—Buenos días.

La estancia pareció llenarse con su presencia y los sentidos de Anna se pusieron inmediatamente en alerta. No podía desprenderse de la imagen de una pantera enjaulada cuando lo veía moverse. El aire mismo que le rodeaba parecía cargarse de turbulencias.

Cal había vuelto rápidamente a su pizarra. ¿Tendría el chiquillo la misma impresión que ella?

Lady Dory, desde luego no.

—¡Papá! —exclamó la chiquilla, corriendo hasta él—. ¿Vamos a irnos ya a los establos?

El corazón de Anna latió con fuerza. ¿Volvería a enfadarse?

Su expresión no le dejó deducir nada.

—Cuando la señorita Hill lo diga —y la miró—. No quiero interrumpir sus lecciones.

Anna respiró hondo.

—Me parece que no tiene sentido intentar seguir escribiendo con esta señorita —respondió, pellizcando la barbilla de la niña—. No creo que sea capaz de pensar en otra cosa que no sean los caballos —lord Cal seguía centrado en su pizarra—. Veamos y si a su hijo le queda poco de su frase.

Cal acabó rápidamente y le entregó la pizarra sin mirar a nadie. Anna se la entregó a su vez a lord Brentmore, que la leyó en voz alta.

—Sembrar guisantes cada dos cuartas en una línea de dos cuartas de hondo.

Anna miró a lord Brentmore antes de poner la mano en el hombro del niño.

—Buena frase también.

Lord Brentmore volvió a mirar la pizarra.

—Es cierto. Tu frase es buena.

Cal no se movía. Tenía la mirada clavada en la mesa.

Dory fue quien intervino.

—Cal escribe muy bien.

—Ya lo veo —respondió lord Brentmore. Parecía incómodo, y Anna tenía la extraña impresión de que le dolía estar en compañía de sus hijos.

—Está bien —dijo, dando dos suaves palmadas—. Vamos a ponernos sombreros, abrigos y guantes y vayámonos a los establos.

Una vez fuera, los niños y Anna tuvieron que apretar el paso para no quedar rezagados frente a las largas zancadas de lord Brentmore. ¿Es que no se daba cuenta de que los niños tenían piernecitas cortas aún?

Cruzaron una zona de hierba hasta llegar a unas construcciones para las que se había utilizado la misma piedra que para la casa. Una de las enormes portaladas estaba abierta y el jefe de los establos los esperaba.

—Milord —saludó, llevándose la mano a la visera de la gorra.

—Buenos días, Upsom. Venimos a ver los establos.

Anna esperó a ser presentada, pero lord Brentmore le negó esa cortesía, de modo que se presentó ella misma dando un paso al frente.

—Soy la señorita Hill, señor Upsom, institutriz de los niños. No nos conocíamos. Y los niños son lord Calmount y lady Dory.

Upsom era casi tan alto como lord Brentmore y también tan delgado, a diferencia de su propio padre, también mozo de cuadra, pero más bajo que ella y fornido como el tronco de un árbol.

—Encantado de conocerla, señorita —la saludó—. Este establo es para los carruajes y los caballos de silla. Los de trabajo están en otra cuadra.

Entraron. Era un establo grande, más del doble del de Lawton.

—¡Pero si no hay caballos! —exclamó Dory.

—Los caballos no están aquí, milady —explicó Upsom—, sino en el paddock.

Dory parecía francamente desilusionada.

—Podemos salir al paddock —sugirió lord Brentmore.

—¡Sí! ¡Sí! —gritó de júbilo la niña, dando saltitos.

—Síganme.

El señor Upsom hizo un gesto hacia la parte trasera del establo.

En una extensión de césped vallada había varios caballos pastando. Lord Brentmore silbó y un hermoso ejemplar negro como la tinta trotó hasta llegar a la valla.

—Este es mi caballo —se lo presentó, acariciándole la cara.

—¿Es el tuyo? —preguntó Dory encaramándose a la valla para verlo más de cerca—. ¿Y lo montas aquí?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

—Luchar.

Anna enarcó las cejas. Había leído en un libro sobre mitos irlandeses que Luchar y sus hermanos habían asesinado a su abuelo.

—¿Puedo acariciarlo? —preguntó Dory.

Lord Brentmore dudó un instante antes de tomar a la niña en brazos para que pudiera alcanzar al caballo.

—Despacio —le advirtió—. Y no le pongas la mano en la boca.

Anna miró entonces a Cal, que estaba un par de pasos detrás. El niño no miraba al caballo de su padre, sino a otro parado un poco más lejos, un hermoso ejemplar tordo que se movía inquieto de un lado al otro, y agachándose a su lado le preguntó:

—¿Qué caballo es ese?

El niño cruzó los brazos y bajó la cabeza.

Anna le tocó un hombro y se fue hasta lord Brentmore.

—Lord Cal estaba observando a ese caballo —le dijo, señalando al tordo.

—Era el caballo de mamá —intervino Dory.

Brentmore dejó a la niña en el suelo y evitó mirar al animal. Cal seguía inmóvil, afectado de igual modo.

¿Qué tenía ese caballo que tanto les afectaba a todos? Sintió deseos de preguntárselo a Dory, ya que era la única que siempre estaba dispuesta a hablar.

Brentmore le dio la espalda a los caballos.

—¿Sabéis montar? —les preguntó a sus hijos.

Cal lo miró brevemente antes de volver a ensimismarse.

Dory no lo dudó.

—No sabemos, pero es lo que más nos gustaría en el mundo.

—¡Upsom! Que ensillen mi caballo —se volvió a su hijo y añadió—: Calmount, tú eres el mayor. Serás el primero.

El chiquillo abrió los ojos de par en par pero pareció gustarle la idea. Lo que la visión del caballo tordo había provocado en él parecía haber desaparecido.

«Bien hecho, lord Brentmore», pensó Anna.

Cuando Luchar estuvo preparado, lord Brentmore alzó a su hijo hasta la cruz del lomo del animal y subió él a la silla, detrás de él, y comenzaron a caminar tranquilamente por el paddock. Cal parecía casi completamente relajado.

Dory fue la siguiente y apenas podía contener su alegría, y Anna sonrió mirando a lord Brentmore con aprobación.

Pero la reacción del niño ante el caballo blanco la había dejado preocupada. Por un momento había temido que explotase con alguna de sus rabietas, pero la tormenta había pasado de largo. Por aquella vez.

Cinco

Brent no podía dormir. La mañana en los establos le había dejado trastornado para todo el día.

No podría decir qué le había impresionado más: el sufrimiento de Calmount, el encanto de la señorita Hill o los recuerdos que había despertado en él el caballo tordo.

Y la pequeña Dory.

Cuánto se parecía a Eunice. En su aspecto, en su encanto, en el don de la palabra del que carecía su hermano… y él mismo, haciendo honor a la verdad, mientras que su madre siempre había sabido qué decir exactamente para conseguir lo que deseaba.

Excepto quizás aquel día fatídico en que se cayó de su caballo blanco al salir en una loca carrera tras su amante que se marchaba. Se cayó sobre unas piedras y se partió el cuello. Cuando a él le llegó la noticia estaba en Viena, y su reacción más inmediata fue… que Dios le asistiera, pero fue alivio.

Pero a continuación pensó en lo estrepitosamente que le había fallado por no ser el hombre que ella creía que era. Le había sido infiel, sin duda, pero también había sido muy infeliz en un matrimonio con un hombre por cuyas venas corría la sangre de una campesina irlandesa. Ni siquiera el nacimiento de su hijo la había compensado por ello.

Salió disparado hacia Brentmore en cuanto conoció la triste noticia, con la intención de estar al lado de sus hijos, pero una vez allí no supo cómo llegar hasta ellos. Y seguía sin saberlo.

¿Habían disfrutado montando? Eso esperaba. Desde luego, Dory había dado muestras de ello, pero con Calmount… no se podía decir.

Cuando acabó la visita se llevó a Luchar a dar una vuelta por sus tierras, y aprovechó para interesarse por el bienestar de sus aparceros y la marcha de las cosechas. Afortunadamente todo parecía ir bien. Las casas tenían buen aspecto, sus aparceros parecían contentos y sus campos verdeaban intensamente.

Al menos su dinero le hacía bien a alguien. Proporcionaba un medio de vida a muchas personas.

Todas sus riquezas, aquella enorme casa, sus vastas tierras, no habían servido para impedir que sus hijos crecieran confinados en unas cuantas habitaciones, aún más recluidos que él en sus años de infancia cercados por la pobreza de Irlanda.

Ahogado por la culpa deambuló por el segundo piso de su mansión, descalzo y en mangas de camisa, rodeado por los ornamentos de su riqueza.

Había sido la señorita Hill quien los había liberado de su prisión, y para ello había tenido que desafiar a la señora Tippen. Estaba empezando a darse cuenta de que estaba en deuda con ella, nada menos que por evitar que su hijo hubiera ido a parar a una institución de salud mental.

Viéndose incapaz de dormir, anhelaba aún más su compañía, su temple, su pasión. Ansiaba hablarle, confiar en ella, levantarla de la cama y… no. Pensar en la señorita Hill e imaginársela en la cama no era buena idea.

Mejor ir a por otra botella de coñac. Tomó un candelabro para iluminar el camino y salió del dormitorio.

Un grito le llegó de la planta de arriba.

¿Vendría del ala de los niños?

Subió rápidamente la escalera y se detuvo a escuchar.

—¡Noooo! —volvieron a gritar.

Echó a andar hacia el lugar del que provenía el grito, cada vez más fuerte.

Abrió de par en par la puerta del dormitorio que ocupaba el niño. Calmount estaba incorporado en la cama, moviendo los brazos, aterrorizado.

—¡No! —aulló.

Brent corrió a su lado y lo abrazó.

—¡Cal! Es un sueño. ¡Despierta! Despiértate, hijo.

Oyó pasos por el pasillo y la señorita Hill entró casi corriendo, en camisón, con el pelo cayéndole a la espalda.

—¿Qué ocurre?

—Una pesadilla. No consigo despertarlo —explicó sin dejar de abrazarlo—. Despiértate, Cal. Estás soñando.

Los ojos de su hijo se clavaron en él y con los piececitos se empujó hasta topar con la pared.

—¡No me pegues! —sollozó, despierto ya.

¡Y hablaba!

—No voy a pegarte —contestó, acercándose a él—. Has tenido una pesadilla, eso es todo.

El niño se encogió.

—Yo jamás te pegaría —repitió, abrazándolo—. Ha sido solo un mal sueño.

El niño se quedó rígido y Brent sintió su lucha, su terror, hasta que por fin se relajó y sus lágrimas le mojaron la camisa.

La señorita Hill se sentó en la cama junto a ellos y acarició la cabeza del niño.

—Tranquilo. Tranquilo, Cal. No pasa nada. Ahora estás a salvo.

Brent siguió acunándolo mientras ella, con su voz dulce, le decía una y otra vez que se calmase, que solo había sido un sueño. Al final Cal volvió a dormirse, agotado.

Brent lo tumbó en la cama y lo tapó.

—Por Dios… ¿qué ha sido eso? —le preguntó.

—Es la primera vez que le pasa.

—No —dijo una vocecita desde la puerta. Era Dory—. Cal tiene pesadillas muchas veces.

La señorita Hill tomó a la niña en brazos.

—¿Sabes con qué sueña? —le preguntó su padre.

—Con mamá. Con lo que pasó esa vez.

—¿Qué vez?

Brent no quería separarse de Cal, pero tampoco quería despertarlo, con lo que les hizo un gesto para que se alejaran un poco de la cama.

Dory se abrazó con sus bracitos al cuello de la señorita Hill.

—Esa vez que fui mala. Tendrás… tendrás que matarme a mí y no a Cal.

¿Matarla?

Brent sintió que su hija le atravesaba el pecho con una daga.

—Yo no voy a matar a nadie.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó la señorita Hill.

—Porque mamá dijo que papá nos mataría si rompíamos algo. Y sobre todo ese jarrón tan grande. Pero yo lo rompí. Entré corriendo y lo tiré, pero fue sin querer. Cal se echó la culpa y me dijo que me callara, así que mamá le dio una buena zurra.

—¿Mamá le pegó?

—Le pegó muy fuerte y le dijo que era un niño muy malo. Pero había sido yo —la voz de la niña subió de intensidad—. Y luego… luego le dio muchos abrazos y le dijo que lo sentía. Que estaba muy triste, y que… que solo quería protegerle. Que tú… que tú lo matarías si te llegabas a enterar de lo del jarrón.

Y rompió a llorar.

Brent no podía respirar. Nunca se había imaginado que la infelicidad de Eunice fuese tan grande. Siempre decía que los niños eran para ella el don más preciado y que no podría soportar separarse de ellos. Sin embargo, había pegado a su hijo. ¿Por su infelicidad?

¿Qué parte de responsabilidad recaía sobre sus hombros por aquello?

—Dory —le dijo a la niña cuando sus sollozos aflojaron—, ¿pasaba muy a menudo? ¿Pegaba mamá mucho a Cal?

—Sí. Y a mí también. Y luego nos abrazaba. La señora Sykes nos dijo que teníamos que ser muy buenos cuando estuviera ella, y no hacer ruido ni molestarla. Que debíamos quedarnos en nuestras habitaciones.

Brent sintió que el estómago se le revolvía.

—Tienes que volver a la camita, Dory —le dijo la señorita Hill.

—No quiero irme —contestó la niña, aferrándose con fuerza a ella—. Quiero quedarme con Cal.

—Que se quede —respondió Brent—. No quiero que Cal esté solo.

La señorita Hill la llevó a la cama del niño y la acostó junto a su hermano.

—¿Me llamarás si tiene otro sueño feo?

—Ya no va a soñar —respondió la niña bostezando—. Si estoy yo con él no sueña.

Brent recogió la vela y salió del dormitorio detrás de la señorita Hill.

—¿Le importa acompañarme? —le preguntó él una vez cerró la puerta—. Necesito tomar una copa.

Ella dudó un instante, pero al final asintió.

Bajaron a la biblioteca, en cuyo hogar aún brillaban las ascuas del fuego. Dejó la vela en la mesa y añadió unos pedazos de carbón.

—Siéntese, señorita Hill, se lo ruego.

Señaló una de las grandes y cómodas sillas que miraban hacia la chimenea y sacó una botella del armario que había ordenado que estuviera siempre bien aprovisionado.

—Es coñac —indicó, mostrándole la botella—. ¿Le apetece una copa?

Ella asintió.

—Sí, creo que yo también la necesito.

Sirvió una copa y se la ofreció, y sus manos se rozaron. Luego se sirvió otra para él, la apuró de un trago y volvió a llenarla antes de acomodarse en la otra silla que había frente a la chimenea.

—Sé lo que debe estar usted pensando de mí —dijo sin atreverse a mirarla—, pero he de decir que no sabía nada del modo en que Eunice trataba a los niños.

Ella no pareció quedarse muy convencida.

—Creía que era una madre devota —continuó tras un buen trago.

Ella probó apenas su coñac.

—Me sorprende que no me eche un buen sermón y me castigue por no haber estado lo suficiente con mis hijos y no saber que estaban en manos de un monstruo.

—No me corresponde a mí…

—Pero lo ha pensado —le interrumpió él.

—No debería importarle la opinión de una institutriz —respondió, bajando la mirada.

—Me importa lo que piense usted —contestó él.

Anna parecía estar meditando lo que debía contestar y por fin lo miró a los ojos.

—Creo que le resultaba conveniente no estar aquí.

Brent bajó la cabeza. Tenía razón, por supuesto. No les prestaba demasiada atención a sus hijos porque quería estar lejos. Lejos de ellos. Lejos de Eunice. De aquella casa y sus recuerdos.

Tomó otro trago y se sirvió más.

—¿Qué sabe usted de mí, señorita Hill?

—¿Yo? Nada.

—Me sorprende que lord Lawton no la pusiera sobre aviso. Soy medio irlandés. ¿Lo sabía?

Ella negó con la cabeza.

—Mi esposa no lo sabía cuando nos casamos. Estaba convencida de que se estaba casando con un marqués de pura sangre inglés —se frotó la frente—. No se me ocurrió pensar que pudiera no saberlo. O quizá no quise considerar esa posibilidad. Estaba muy enamorado… —la miró—. No quería perderla, pero la perdí de todos modos —pasó la mirada a la copa—. Sabía que era infeliz, y sus esfuerzos por buscar consuelo en otra parte nos condujeron al escándalo —apuró de nuevo la copa—. Y al conflicto constante entre nosotros. Cada vez que estábamos juntos, discutíamos. Se me presentó la oportunidad de trabajar para lord Castlereagh en Europa y no la desaproveché. Era la solución perfecta, y pensé que con ello la haría feliz.

Ella siguió mirándolo sin expresión alguna en el rostro.

—Durante tres años apenas vine por Brentmore. Creía que la desdicha de mi esposa se limitaba al tiempo que duraba mi presencia y no… no tenía ni idea de que…

Anna tomó otro sorbo.

—Ahora es cuando se ha enterado del problema, milord, y es ahora cuando debe cambiar.

Se levantó de la silla y sacó otra botella.

—¿Y qué puedo hacer, aparte de sentirme responsable de la tristeza que han tenido que soportar mis hijos?

Sintió la mirada de Anna en su espalda.

—Si su negligencia le hace sentirse responsable como dice, entonces lo que debe hacer es empeñarse en asumirlo.

—¿Asumirlo? —la cabeza le daba vueltas y sentía que las piernas no le sujetaban bien, pero consiguió volver a la silla—. Ya sé que tengo que asumirlo.

—No me refiero al pasado —su tono era conciliador y dulce, igual que cuando había hablado al niño—. Eso ya no puede cambiarlo.

¿De verdad creía que podía perdonarse semejante abandono?

La miró fijamente. Vio su cabello suelto, las finas capas de tela con que cubría su cuerpo desnudo y deseó recibir el consuelo de sus brazos, igual que había hecho con su hija.

—¿Me ayudará, Anna Hill? —le rogó—. No sé por dónde empezar.

La intensidad de la mirada de lord Brentmore la intimidó. Le había visto beber copa tras copa de coñac y sabía que lo hacía para amortiguar el dolor. Pero cuando se levantó a por una segunda copa, vio que estaba bastante bebido.

—Anna —repitió—. Bonito nombre. Mucho más bonito que señorita Hill.

Se sonrojó. Nadie había pronunciado su nombre de ese modo nunca.

—Anna —repitió, y se dio la vuelta pasándose la mano por el pelo. A continuación volvió a su silla—. Perdóneme. Estábamos hablando de los niños. Usted iba a decirme qué puedo hacer.

Tomó otro sorbo de la copa y se sorprendió del calor que el licor le dejaba en el pecho. Era la primera vez que probaba el coñac.

Tenía que decir algo rápidamente o volvería a pronunciar ese nombre con su profunda voz de terciopelo.

—Creo que debería pasar tiempo con ellos, dejar que se acostumbren a usted y viceversa. Entonces podrá decidir mejor cómo actuar.

Sus palabras habían sonado más racionales de lo que ella se sentía.

Desde su llegada a Brentmore se había convencido de que la primera necesidad de los niños era verse libres de su enclaustramiento, libres para correr, gritar y jugar.

Sabía que la falta de comunicación de lord Cal podía mejorar, lo mismo que Charlotte había vencido su timidez. Pero lo que no sabía, y no podía permitir que lord Brentmore adivinara, era que no estaba convencida de ser ni siquiera una institutriz pasable. Quizá se había decidido a ayudar simplemente por la situación en que se encontraban los niños y lo necesitados que estaban de ayuda.

Pero ahora lord Brentmore confiaba en ella y en su ayuda, de modo que el destino de los niños recaía principalmente sobre sus hombros.

Ni siquiera por el bien de los niños debería estar sentada en una habitación a oscuras, a altas horas de la noche, en bata y tomando coñac con un hombre que pronunciaba su nombre de un modo tan turbador. Nunca había estado con un hombre como aquel, ni siquiera con su padre. Pero es que su padre apenas pasaba más que unos minutos en su compañía.

Algo aparte de los niños palpitaba entre aquel inquietante hombre y ella, algo que la empujaba a pensar en él como hombre y no solo como en la persona que le daba trabajo.

Lord Brentmore movía la mano arriba y abajo del brazo de su silla y sintió como si le estuviera acariciando la piel.

—He de quedarme en Brentmore, entonces —dijo, y las palabras no sonaron con claridad.

Se levantó tan de golpe que ella dio un respingo, y él se agachó delante de la chimenea para atizar el fuego. Unas chispas saltaron de los tizones e iluminaron brevemente la estancia.

—Odio esta casa y la he odiado desde que era un niño. Eunice quería estar aquí, pero ni siquiera vivir entre estas paredes pudo hacerla feliz. No hay más que infelicidad en estos muros—dejó caer el atizador en la piedra del hogar—. Desde mi abuelo hasta Eunice. Recuerdos tristes.

Se volvió hacia ella y su rostro parecía desfigurado por el dolor.

—No quiero quedarme aquí.

Se sentía pequeña a la sombra de aquel hombre cuya presencia le resultaba de pronto intimidante.

—Quizás… —tragó saliva—. Quizás este sea el momento de hacer no lo que usted quiera, sino lo que los niños necesiten.

Se dejó caer de nuevo en la silla y se sirvió otra copa.

—Los niños. Quiero que tengan una vida buena. Que disfruten de todas las ventajas, y no como…

No acabó la frase y se sirvió más coñac.

Anna tenía miedo de hablar.

Lord Brentmore ocultó la cara en las manos. Los hombros empezaron a temblarle y a pesar del miedo, Anna sintió lástima de él. Sin pararse a pensar, se levantó y acudió a su lado, le apartó las manos de la cara y le obligó a mirarla.

—No se desespere —le dijo—. Ya verá como todo se arregla, milord. Ya lo verá.

Él se levantó y la rodeó con los brazos para pegarla a su cuerpo y apoyar la cabeza en su hombro. Anna sintió el calor de su cuerpo a través del fino tejido de la camisa, el latido firme y acompasado de su corazón, la textura áspera de su barba.

Pero fue su dolor lo que la conmovió por encima de todo.

Lo abrazó suavemente murmurándole palabras de consuelo en un intento de calmarle, como había hecho con lord Cal. ¿Sería ella capaz de arreglarlo todo como le estaba prometiendo?

Al final acabó tranquilizándose, igual que su hijo.

—Creo que debería irse a la cama, milord.

Sus ojos se oscurecieron pero no contestó, y una sensación distinta la sacudió de arriba abajo, una sensación que no pudo identificar. No era miedo. Tampoco compasión. Era otra cosa, que la dejaba sin aliento como si hubiera corrido un kilómetro.

Tomó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, pero ella se soltó para sujetarlo por un brazo y con la palmatoria en una mano, lo animó a caminar hacia la escalera. Subieron juntos, lord Brentmore agarrado a la barandilla. Lo acompañó hasta su dormitorio, una habitación que apenas había visto el día en que le enseñaron la casa. Su intención era dejarlo en la puerta, pero tiró de ella y volvió a abrazarla.

—Quédate conmigo, Anna —le susurró al oído—. No me dejes. No quiero estar solo.

Deslizó una mano por su espalda hasta llegar a sus nalgas y apretarla contra él, y ella sintió el bulto de su erección por debajo de los pantalones.

La impresión estuvo a punto de hacerle tirar la vela.

Era la bebida lo que le hacía comportarse así. Y lo infeliz que se sentía. No controlaba ni sus pensamientos ni sus necesidades.

Pero ella mantenía clara la cabeza. Entonces, ¿por qué no le empujaba? ¿Por qué permitía que él moviera las manos por todo su cuerpo, despertando en ella sensaciones que no sabía que existían? ¿Por qué le estaba resultando su invitación tan difícil de resistir?

—Me quedaré —murmuró—. Pero primero le ayudaré a acostarse.

Dejó la vela en una mesilla y dejó que se apoyara en ella para llegar a la cama, deshecha y revuelta de su precipitada salida. Se sentó y la reclamó a su lado.

—Dentro de un momento, milord —consiguió decir.

Pero él había tomado varios mechones de su pelo y jugaba con ellos, lo que le provocó nuevas y más inquietantes sensaciones. Luego la rodeó por la cintura y la besó.

Su primer beso de un hombre.

Y menudo beso. Vertiginoso en su intensidad. Tenía unos labios calientes y firmes. Intensos. Capaces de convencerla de que entreabriese la boca. Su lengua la tocó, la saboreó como si fuera un manjar exótico. Sabía a coñac, a calor, y su cuerpo le planteó nuevas necesidades.

Con dificultad, se separó de él.

—Métase bajo la ropa, milord.

—Ven conmigo —le pidió.

—Ahora —le tapó con la ropa como había hecho con los niños—. Cierre los ojos. Solo será un momento. Tengo que apagar la vela.

—La vela —murmuró, tirando del cinturón de su bata.

Ella retrocedió y el lazo se desató, pero no se atrevió a quitárselo de la mano por temor a que se despertara. Aguardó allí, con la vela en la mano, observándolo. Estaba inmóvil, con el cinturón en la mano, y en cuestión de segundos, su respiración se volvió tranquila.

Con la vela en la mano salió despacio y sin hacer ruido, cerró la puerta y tan rápidamente como pudo subió al segundo piso. Antes de volver a su cama, echó un vistazo a los niños: dormían juntos plácidamente.

Podría haberse acostado con lord Brentmore y sentir sus fuertes brazos rodeándola, pero con él nada habría sido plácido. El corazón le latía desaforado cuando entró de nuevo en su dormitorio. Aún tenía los sentidos desbordados por lo que había experimentado con él.

Pero se metió en la cama sola.

Brent se despertó al oír la lluvia golpear el cristal de la ventana y los ruidos que hacía un criado al ocuparse de la chimenea. En la mano tenía algo. Un cinturón.

El cinturón de la señorita Hill.

Los acontecimientos de la noche anterior le volvieron al recuerdo envueltos en una niebla. Recordó que no era capaz de dormir. Recordó oír gritar a Cal en una pesadilla, y que su hija le contó cómo la infelicidad de Eunice la había empujado a maltratar a los niños.

El resto era todo confusión. Recordaba haber bebido coñac en la biblioteca y confesarle a la señorita Hill sus errores. Sus devastadoras equivocaciones.

¿Por qué tendría su cinturón en un puño?

Recordó vagamente la sensación de tener su cabello en la mano, de acariciar su piel, de saborear los confines de su boca.

Dios… ¿la habría seducido?

Escondió rápidamente el cinturón bajo la ropa para que el criado no pudiera verlo, aunque esa clase de suceso no era fácil de mantener en secreto en una casa como aquella. De muchacho siempre había sabido a qué doncellas se llevaba su abuelo al lecho. Pobres mujeres. En su situación pocas podían negarse.

¿Habría ocurrido lo mismo con la señorita Hill? ¿Pensaría que tenía que acceder a sus deseos si no quería verse arrojada a la calle?

Aun abotargado por el alcohol y cegado por la tristeza, se había dado cuenta de lo hermosa que estaba con el cabello suelto y la bata atada a la cintura. Eso no podía olvidarlo.

Apretó el cinturón en el puño. También recordaba haberla llamado Anna.

Anna. Ya no podría volver a ser la señorita Hill para él, pero ojalá no fuera porque le había impuesto una intimidad deshonrosa.

El criado salió del dormitorio y Brent se sacudió el recuerdo de Anna.

Era hora de levantarse.

Iba vestido con pantalones y camisa, pero eso no quería decir nada. Solo que quizá no se había tomado el tiempo de desnudarse antes de satisfacer su necesidad. ¿De verdad iba a tener que añadir la seducción de la institutriz de sus hijos a sus muchos pecados?

Sentía unos martillazos tremendos en la cabeza. En dos días había bebido hasta el punto de emborracharse. No era propio de él. Era el influjo de aquella maldita casa. Brentmore sacaba lo peor de él.

Se lavó, se afeitó y se vistió sin la ayuda del criado que hacía las veces de ayuda de cámara. Se guardó el cinturón en el bolsillo y bajó al salón de los desayunos, donde le esperaba una tetera caliente y comida dispuesta en una mesa de servicio.

El señor Tippen entró.

—¿Necesita algo, milord?

—No.

El estómago se le revolvió al oler los arenques.

El mayordomo iba ya a marcharse cuando lo llamó.

—Espere. ¿Sabe si mis hijos están despiertos? ¿Se les ha servido ya el desayuno?

No se atrevió a preguntar si su institutriz se había levantado de la cama.

—Lo desconozco, milord —respondió, como si la pregunta le degradara.

El muy cretino.

—Entérese. Si aún no han desayunado, quiero que bajen aquí y desayunen en esta habitación. Los niños y su institutriz.

Tenía que verlos, asegurarse de que la noche que tanto le había afectado a él no les había hecho aún más daño a ellos.

Y tenía que ver a Anna.

Tippen adoptó una expresión reprobadora pero se inclinó.

—Muy bien, milord.

Unos minutos después, un criado apareció con más servicios.

—El señor Tippen me ha dicho que milord desea que los niños desayunen aquí.

—Gracias, eh…

No sabía el nombre de aquel criado.

—Wyatt, milord.

—Wyatt.

Otra tarea que tenía pendiente: aprenderse el nombre del servicio.

Wyatt se retiró a un rincón de la sala mientras Brent se terminaba su segunda taza de té. La puerta se abrió y Anna… la señorita Hill entró, seguida por los niños.

Brent se levantó.

—Buenos días.

La miró a los ojos, pero su expresión no revelaba nada.

—¿Nos vas a castigar? —preguntó Dory, en su tono cierta nota desafiante.

—¿Castigaros? —¿habría hecho algo la noche anterior que pudiera haberles sugerido tal cosa?—. No. En absoluto. Quería vuestra compañía, eso es todo.

—Ah.

La niña se encaramó a una silla, y la mesa le quedó a la altura de la barbilla.

Anna se volvió al criado.

—Wyatt, creo que a lady Dory le vendría bien un grueso cojín.

—Enseguida, señorita.

Salió.

No miró a Brent, pero le dijo:

—Siéntese, por favor —y dirigiéndose a los niños, añadió—: Vamos a ver qué hay aquí para desayunar.

Dory se bajó de la silla y eligió con decisión, mientras que Cal señaló tímidamente lo que quería.

Cuando volvieron a la mesa, Dory tenía ya su cojín.

Anna volvió a dirigirse a Brent.

—¿Desea que le prepare un plato, milord?

¿Qué había en su tono? ¿Aspereza? ¿Ultraje?

—Un poco de pan y mantequilla quizá.

Desde luego nada de arenques.

Cuando le dejó el plato delante por fin consiguió captar su mirada.

—¿Os debo una disculpa, señorita Hill?

Ella se sonrojó.

—Conmigo no tiene esa clase de obligación, milord.

¿Qué significaban sus palabras? No podía estar seguro y tampoco podía pedirle que se lo aclarara delante de los niños. Tendría que haberle pedido que se vieran a solas un momento. Pero es que también quería ver a los niños.

La señorita Hill se preparó también su plato y cuando por fin se sentó a la mesa y todos comenzaron a comer, nadie habló. Brent recordó entonces las innumerables mañanas en que se había sentado con su abuelo en aquella misma estancia sin que hubiera entre ellos nada más que un silencio opresivo. Con Eunice, el silencio estaba siempre salpicado del inconfundible desdén que le inspiraba todo lo suyo.

No estaba dispuesto a que sus hijos se imaginaran por su cuenta lo que no se decía con palabras.

—¿Por qué has pensado que veníais aquí porque quería castigaros? —le preguntó a Dory.

Sus ojazos azules lo miraron por encima del jamón y del pan tostado.

—Porque anoche te despertamos. Molestamos mientras dormías.

Brent oyó las palabras de Eunice en los labios de su hija y miró a Cal, que los observaba con cautela.

Brent se inclinó hacia él.

—Anoche tuviste una pesadilla. ¿Recuerdas que te despertaste?

El chiquillo negó con la cabeza.

Brent se animó. Era la primera vez que se establecía comunicación entre ellos.

—Dory nos contó que sueñas con mamá. ¿Recuerdas si anoche soñabas también con ella?

Cal palideció y volvió a negar.

Brent puso deliberadamente su atención en untar de mantequilla su tostada.

—Tengo entendido que tu madre dijo que os mataría si rompíais algo. Un jarrón, por ejemplo —dijo, fingiendo concentración en la tarea de untar mantequilla—. Se equivocaba, ¿sabes? Yo no mato a los niños por romper cosas; ni tampoco pego. Yo también fui niño una vez, y sé que a veces se rompen cosas sin querer.

Miró a Anna y ella asintió levemente, lo cual le animó a seguir.

—Jamás se me ha ocurrido pensar en matar a un niño, en ninguna circunstancia, y tampoco pegarle. De no haber estado lejos de aquí y tan ocupado con las cosas de la guerra, se lo habría prohibido también a vuestra madre. Se equivocó haciéndolo, pero al parecer ella misma se dio cuenta de su error y lamentó su proceder.

Dory tenía los ojos abiertos como platos y el color volvió a las mejillas de Cal.

Menos mal que había sido capaz de hacer algo bien.

—¿Y vas a volver a la guerra? —preguntó Dory, ladeando la cabeza.

Cal elevó al techo la mirada al oír la pregunta de su hermana. Debía saber que la guerra había terminado.

Brent le guiñó un ojo a su hijo y tomó un bocado de pan antes de contestar.

—La guerra ya ha terminado, Dory.

Hubiera querido decirles que tenía pensado quedarse un tiempo en Brentmore, que le encantaría darles más paseos en su caballo y compartir con ellos más comidas, pero no sabía si lo que había hecho la noche anterior podía hacer imposible su presencia allí. Tenía que hablar con Anna.

Había un sinfín de razones por las que no quedarse. Económicas principalmente, aunque su administrador podía ocuparse de la mayoría de ellas. El parlamento seguía trabajando, pero podía trabajar tras las bambalinas si lo quería. La señorita Rolfe…

Dios bendito, ¿la habría traicionado también a ella seduciendo a la institutriz? Era un hombre prometido y no sería mejor que Eunice si se acostaba con una mujer estando comprometido con otra.

Pero quizá no fuera así. Tenía que averiguarlo. Pero aunque no hubiera hecho nada reprochable, su ausencia incomodaría a los Rolfe. Escribiría a su primo pidiéndole que explicara su repentina ausencia a la señorita Rolfe y a su padre.

Estaba dispuesto a traspasar los fondos que fueran necesarios si lord Rolfe lo necesitaba con urgencia, de modo que no había prisa para fijar una fecha de boda.

Quería quedarse y ayudar a los niños si podía. Todo dependía de Anna.

—Si no te tienes que volver a la guerra, ¿nos darás otro paseo en tu caballo? —le preguntó su hija, pestañeando rápidamente.

Volvió a recordarle a Eunice, pero intentó no fruncir el ceño.

—Hoy está lloviendo, Dory —contestó, señalando a la ventana.

—Y tenemos que estudiar —intervino Anna—. A menos que tenga otros planes para los niños, milord.

—En este momento, no. Antes me gustaría hablar con usted, señorita Hill.

Ella bajó la mirada.

—Como guste.

Brent tomó otro sorbo de té y se levantó.

—La esperaré en la biblioteca cuando haya terminado de desayunar.

Antes de salir del comedor miró a su hijo y lo encontró mirándole con una mezcla de incomodidad y confusión exactamente igual a la que él sentía por dentro.

Seis

Brent iba y venía de un lado al otro de la biblioteca. Tenía la impresión de estar siempre esperando a la señorita Hill. ¿No tendría que ser al revés, que sus empleados estuvieran siempre prestos a acudir a su llamada?

Se frotó las sienes. No le sentaba bien ser grosero, sobre todo porque su preocupación principal debían ser siempre los niños.

Además, después de lo de la noche anterior, seguro que no tenía ninguna prisa por verle.

Estuvo mirando el reloj otros cuarenta y cinco minutos antes de que llamaran a la puerta.

Entró.

—Lamento haberle hecho esperar, milord —su voz sonaba tranquila—, pero los niños debían empezar con sus lecciones.

Se acercó en dos zancadas hasta ella y le plantó el cinturón de la bata en la mano.

—Necesito saber qué ocurrió anoche.

Ella alzó la mirada y respondió con calma:

—No ocurrió nada, milord.

Su irritación creció. Así no iban a ninguna parte.

—No me diga que no —respondió señalando el cinturón—. Algo tuvo que ocurrir.

—No ocurrió nada —repitió, pero él no dejó de mirarla a los ojos hasta que ella bajó la mirada.

—Hable claro, Anna. Necesito saber si anoche la seduje. Si la he comprometido, quiero saber lo que espera de mí.

—¿Lo que espero de usted?

Parecía sorprendida.

—No se ande con jueguecitos conmigo —espetó, pero de inmediato alzó una mano a modo de disculpa—. Debe saber que no puedo casarme con usted…

Su expresión se volvió herida un instante, pero de inmediato la vio erguirse orgullosa.

—Por supuesto que no puede casarse conmigo. Soy institutriz de sus hijos, y de cuna humilde.

Brent se quedó parado. No era eso lo que quería decir, sino que estaba comprometido con la señorita Rolfe, aunque de algún modo sin haber puesto fecha ni haber leído las amonestaciones, el compromiso parecía bastante irreal. Hasta no estar seguro de que ella quería que se supiera, no debía hablar de ello con nadie. Para él romper su compromiso sería un comportamiento poco caballeresco. Una mujer sí que podía hacerlo.

—Debo casarme sin escándalos.

—Por supuesto, pero ¿por qué me lo dice a mí? ¿Qué importa si ha comprometido o no a una institutriz?

No deseaba explicarle que su comportamiento con ella le importaba y mucho, y si de verdad se había aprovechado de ella, no podría evitar ser injusto con alguien: con ella o con la señorita Rolfe.

—Dígame qué ocurrió anoche —exigió.

—Que me abrazó y me besó, pero eso fue todo —contestó, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Había bebido mucho y…

—Eso no explica por qué su cinturón estaba en mi cama.

Ella suspiró hondo.

—Es que le ayude a… acostarse.

—¿Y compartió usted mi cama?

—Por supuesto que no.

Volvió a cercarla.

—No me lo está contando todo.

—¡Está bien! Me pidió que me acostara con usted pero yo pretexté que tenía que apagar la vela. Al alejarme de la cama, tiró de mi cinturón. Sabía que había bebido mucho y que se quedaría dormido en un instante, pero creí que lo más prudente sería no intentar recuperar el cinturón. Esperé a estar segura de que estaba usted dormido y me marché.

Cerró los ojos y se maldijo. Menos mal que ella había tenido coraje por los dos.

—Como ve, no pasó nada —concluyó.

—Pasó demasiado —unas copas de coñac habían avivado la atracción que había despertado en él desde el primer instante—. No sé cómo disculparme.

Anna se sonrojó.

—Lo único que yo deseo saber es si sigo teniendo trabajo.

—Por supuesto que sí.

¿Acaso creía que iba a volver a desbaratar la vida de sus hijos? ¿O pensaba quizá que iba a castigarla a ella por su mal comportamiento?

Su postura se relajó, lo mismo que su expresión.

—En ese caso, no tenemos nada más que hablar. Me vuelvo con los niños.

—Espere —la detuvo, sujetándole un brazo—. No podemos fingir que no ha ocurrido nada.

—No podemos cambiarlo.

La soltó y dio un paso.

—Quizá lo mejor sea que me vuelva a Londres.

—¿Marcharse? —alzó la voz y su mirada fue una saeta—. ¿Y dejar a sus hijos? A mí no me utilice como excusa para desatenderlos. Si no desea ayudarlos, vuelva a los placeres de Londres. Olvídese de ellos como ya ha hecho antes…

—¡Basta! —volvió a plantarse delante de ella—. ¡Olvida usted con demasiada frecuencia cuál es su sitio!

Pero ella no se arredró.

—Anoche se lamentaba usted por el daño que su ausencia les ha hecho a sus hijos, y ahora está dispuesto a utilizar la más mínima excusa para volver a abandonarlos.

Se sentía atrapado por sus ojos azules, tan claros, tan valientes y sinceros, y antes de que se diera cuenta de lo que hacía, la tomó por los hombros y la acercó a él. Un recuerdo vago se despertó. Recordó haberla besado…

La soltó de inmediato como si quemara, aturdido por la facilidad con que su comportamiento adquiría tintes escandalosos.

—¿Ve, Anna… señorita Hill, lo fácilmente que puedo volver a comprometerla?

Los labios le temblaban. Desde que había entrado en la biblioteca había sido un manojo de nervios por dentro, y ahora su falsa valentía la estaba abandonando.

En su opinión, uno de sus mayores talentos era fingir calma y entereza cuando por dentro temblaba de miedo. Había trabajado esa habilidad por el bien de Charlotte, pero con el marqués necesitaba ponerla en práctica por su propio bien. Y había logrado hacerlo bastante bien hasta que él la tocó, acercándose tanto que podía sentir su respiración en las mejillas.

Lo había hecho tan bien que hasta se había atrevido a reprender al hombre que le daba trabajo. ¿Qué clase de locura era esa? Necesitaba aquel empleo. No tenía nada más.

Pero tenía que quedarse allí. Sus hijos lo necesitaban. Necesitaban saber que había alguien que los quería, alguien para quien su bienestar era importante. Alguien que, a diferencia de ella, no recibía dinero por quererlos.

Y no sentirse querido por nadie era la peor de las soledades.

Quizá por eso precisamente sus sentidos ansiaban sentir el contacto con el marqués, la razón por la que su cuerpo deseaba con tanta intensidad que la abrazara, el motivo por el que había estado tan cerca de compartir lecho con él. Anhelaba poder vivir la ilusión de que alguien la amaba. Para su madre había tenido muy poca importancia, ninguna para su padre y Charlotte parecía haberla olvidado.

El corazón se le desbocaba al mirarlo a los ojos. Hubiera podido querer decirle que lo que ella más deseaba era precisamente que la comprometiera, cualquier cosa con tal de no sentirse tan sola.

—Por eso necesito volver a Londres —murmuró él.

Anna se obligó a respirar hondo y a volver a mirarle a los ojos.

—No, milord. Debemos anteponer las necesidades de sus hijos frente a todo lo demás y comportarnos como es debido.

Su expresión reflejó dolor.

—Quiero quedarme. Quiero enmendar el daño del pasado y darles a mis hijos la vida que se merecen, pero…

—Entonces debe quedarse con ellos. Usted es perfectamente capaz de ejercer el control necesario sobre… sobre lo otro.

Él y ella, pensó.

—Tiene usted razón, señorita Hill. Me temo que suele tenerla —apretó los dientes—. Le prometo que un comportamiento tan impropio no volverá a repetirse. No haré nada que pueda suponer un escándalo para usted o para esta casa.

—Entonces, ¿se queda?

—Me quedo.

Dos semanas habían pasado ya desde su última conversación privada y lord Brentmore pasaba parte del día en compañía de sus hijos. Empezaba desayunando con ellos. Los montaba en su caballo. Incluso los ayudaba a cuidar de los guisantes y los rabanitos. Nunca les pedía nada. Nunca les alzaba la voz.

La estima en que lo tenía Anna creció, lo cual contribuía a que estar en su presencia le resultara cada vez más difícil. Afortunadamente no habían vuelto a estar solos más que unos segundos. Los niños, el servicio u otros trabajadores de la casa estaban siempre presentes o cerca. Pero lo que pasó entre ellos aquella noche no había desaparecido. Sus sentidos se ponían en alerta cada vez que él estaba cerca, y en más de una ocasión se descubría mirándolo. Y él a ella. Si sus miradas se cruzaban, enrojecía. Sabía que estaba respondiendo ante ella como un hombre responde ante una mujer. Todo en él la cautivaba. Su modo de montar, su voz profunda, su risa escasa.

Las noches eran lo peor. El marqués se había trasladado a una habitación cercana a la de los niños para poder estar más a mano si Cal volvía a tener alguna pesadilla, pero ese traslado significaba que también quedaba más cerca de la alcoba donde dormía Anna, o donde pretendía dormir. Todas las noches daba vueltas y más vueltas en la cama recordando cómo se había sentido entre sus brazos, o cómo era el contacto de sus labios.

La consideración en que lo tenía creció todavía más cuando el marqués dio otro paso aún más atrevido: se deshizo de todos los recordatorios visibles de su esposa.

El retrato de la marquesa fue embalado y subido al ático. Su increíble caballo blanco fue vendido. Sus pertenencias se retiraron del dormitorio y fueron guardadas, y la mayoría de su ropa se regaló.

Y lo más sorprendente de todo fue que se deshiciera del señor y la señora Tippen. Los indemnizó y los envió lejos, seguramente a la casa de la marquesa de donde provenían. La hermana del jardinero, la señora Willis, que ya había sido doncella en Brentmore, ocupó el puesto de ama de llaves y Wyatt, el lacayo, fue ascendido al puesto de mayordomo.

Un número sorprendente de cambios en tan poco tiempo.

Pero había algo que seguía inamovible: lord Cal continuaba sin hablar. A veces sonreía, eso sí, y abundaban más sus asentimientos de cabeza o sus gestos con las manos. Anna estaba muy animada.

Lord Brentmore ya no cenaba con los niños, sino que insistía en que fuese Anna quien cenara con él para que tuvieran tiempo de hablar y de organizar sus planes del día siguiente. Cenando juntos, con el servicio entrando y saliendo del comedor, disponían de un lugar seguro en el que hablar sin tentaciones. La mayor parte del tiempo hablaban de los niños, pero a veces y de un modo natural la conversación se desviaba hacia otros asuntos, sucesos de carácter social o político. Sus vidas personales.

Anna le contó un poco sobre su infancia en Lawton House. Lord Brentmore le habló de sus actividades durante la guerra. Había trabajado como espía, introduciéndose de incógnito en Francia para recibir mensajes de los informantes y pasarlos a quienes trabajaban contra Napoleón.

La cena se convirtió en el momento favorito del día para Anna, un tiempo en el que disfrutar de la camaradería que tanto había estado echando de menos desde que perdiera la compañía de Charlotte, aún más especial por contar con la presencia del marqués. Cuanto más compartía con ella, más llegaba a conocerlo y más difícil se le hacía resistirse a él.

Cuando ella abandonaba la mesa, lord Brentmore se quedaba siempre en el comedor. Si alguna vez decidiera presentarse en la puerta de su alcoba, sucumbiría sin dudarlo.

Aquella mañana no lo encontró en el desayuno cuando los niños y ella entraron. En la silla de Anna había un papel doblado.

—¿Qué dice? —preguntó Dory antes de que hubiera podido leerlo.

—Una dama no debe ser tan maleducada como para preguntar qué dice una carta que no le está dirigida a ella —la reprendió de buen humor. El espíritu de aquella criatura resultaba encantador en una niña de cinco años, pero pronto pasaría a ser considerado maleducado si no conseguía domesticarlo un poco—. Está dirigida a los tres, así que la leeré. Es de vuestro padre —leyó rápidamente—. No va a desayunar con nosotros, pero nos verá a mediodía y con una sorpresa.

—¡Una sorpresa! —los ojitos de la niña se encendieron.

Y los de su hermano, también.

—¿Y qué es? —inquirió Dory.

Anna se rio.

—Si nos lo dijera, ya no sería una sorpresa.

A mediodía un criado les dijo que lord Brentmore los aguardaba en los establos y que debían vestirse para montar.

—Papá nos va a llevar a caballo esta tarde —anticipó lady Dory en el camino a los establos—. Por eso ha querido que nos vistiéramos así. ¿Es esa la sorpresa, señorita Hill?

—No lo sé —Anna se volvió a su hermano—. ¿Tú crees que esa es la sorpresa?

Lord Brentmore y ella habían acordado aprovechar todas las oportunidades que se presentaran para invitarle a comunicarse.

El chiquillo se encogió de hombros, pero estaba claramente excitado por la espera. Anna sintió que el corazón se le llenaba. Cal anticipaba que algo bueno le iba a suceder.

En cuanto vieron los establos, los chiquillos echaron a correr.

—¡Despacio! —les pidió, pero no la escucharon.

Cuando llegó a las puertas del establo el señor Upsom estaba allí, intentando contener a los niños. Pero con una sonrisa en la cara.

—Milord ha dicho que se reúnan con él en el paddock.

Tomó las manos de los niños para contenerlos y echaron a andar hacia allí.

Lord Brentmore estaba de pie dentro, y en las manos tenías las riendas de un poni negro y otro marrón.

—¡Ponis! —gritó Dory, soltándose de su mano.

Cal salió corriendo tras ella y Anna creyó haberle oído gritar.

Los dos se encaramaron a la valla.

—Milord, ¿qué es lo que ha hecho?

Él le sonrió.

—He tenido una idea.

Entregó las riendas a un mozo del establo y se adelantó para detener la loca carrera de los niños.

—No tan deprisa. Antes una explicación.

—¿Podemos acariciarlos?

Dory no le estaba prestando atención sino que intentaba acercarse a los ponis.

—¡Lady Dory! —exclamó Anna en tono autoritario—. ¡Haz caso a tu padre de inmediato!

Su hermano la agarró por un brazo y le dijo algo al oído que la hizo quedarse quieta.

Lord Brentmore se agachó para ponerse a su altura.

—Estos ponis pueden llegar a ser vuestros, y podéis aprender a montarlos…

—¿Son nuestros? —exclamó Dory.

—Podrían llegar a serlo —corrigió su padre—, pero con una condición.

—¿Qué condición?

—Puedes acariciar al marrón mientras hablo antes con tu hermano, pero Samuel lo sujetará por las riendas.

La niña pareció dudar. No debía convencerle la idea de dejar solo a su hermano, pero acariciar a un poni era una tentación demasiado difícil de vencer. Se acercó al animal con cautela y al final le acarició el cuello.

Lord Brentmore tomó las riendas del poni negro y se lo acercó a Cal. Luego se agachó delante del niño.

—¿Te gusta este poni, Cal? ¿Te gustaría que fuese tuyo y poder montarlo?

Cal asintió con entusiasmo.

—Cuando yo era niño, me enseñaron que debía ganarme las cosas que quería trabajando, así que tengo una tarea que quiero que hagas.

Cal lo miró con cierta desconfianza.

Su padre continuó.

—Ya es hora de que te acostumbres a hablar…

—Pero si Cal habla —intervino Dory.

—¡Dory! —la regañó Anna.

Su padre se volvió hacia ella.

—La tarea que tú debes cumplir, Dory, es la de dejar de hablar por tu hermano. Ahora te lo explico —y volvió a mirar a su hijo—. No te preocupes. Puedes acostumbrarte a volver a hablar poco a poco, pero debo ver que lo intentas. ¿Me comprendes, hijo?

El niño volvió a asentir, muy serio.

—Si me das tu palabra de que practicarás para volver a hablar, este poni será tuyo. Podrás ponerle nombre y yo te enseñaré a montarlo —lord Brentmore miraba a su hijo a los ojos—. Pero debes darme tu palabra. Un caballero siempre es fiel a la palabra dada. ¿Podrás hacerlo? ¿Quieres hacerlo?

Cal asintió.

—¿Me das tu palabra?

Volvió a asentir.

—No —bajó la voz—. Para dar su palabra, un caballero debe decirlo de viva voz. Es la regla. ¿Me das tu palabra?

Anna contuvo el aliento.

Con un hilillo de voz oyó susurrar a lord Cal:

—Sí.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Lord Brentmore intercambió una mirada con ella y sintió que compartía su misma emoción. Su plan podía funcionar. Lord Cal volvería a hablar.

Más tarde, cuando todos volvían de los establos hacia la casa, los chiquillos echaron a correr y se adelantaron.

—¿Ha visto lo que ha hecho Cal? —le dijo a lord Brentmore—. ¡Ha hablado con el poni! Es una maravilla, milord. ¿De dónde sacó la idea?

Él parecía complacido por el cumplido.

—Pensé en lo que más me gustaba a mí a su edad.

—¿Y tuvo su poni?

—No. Mi abuelo irlandés apenas podía poner comida en la mesa todos los días. Pero habría hecho cualquier cosa por tenerlo.

El día del poni fue solo el primero de otros muchos días espléndidos. El verano estaba resultando mucho más fresco que cualquier otro, pero los niños pasaban mucho tiempo al aire libre aprendiendo a montar, dando paseos, trabajando en la huerta donde recogieron su primera cosecha de rabanitos y colocaron soportes para las matas de guisantes.

Montar se convirtió en su actividad favorita y aprendieron pronto, gracias también a que su padre había elegido dos animales tranquilos y muy tolerantes. Lord Brentmore buscó en sus establos un animal adecuado para Anna, y de vez en cuando salían a montar los tres y exploraban los vastos dominios del marqués. A veces lord Brentmore se llevaba a Cal a dar largos paseos a caballo mientras que Anna y Dory jugaban a servir el té o a coser vestidos para las muñecas.

Lord Cal empezó a hablar de nuevo, poco a poco, aunque siempre si le preguntaban algo y con las menos palabras posibles. Pero el chiquillo se esforzaba y Anna estaba convencida de que era porque su padre había hecho de su casa un lugar donde el niño se sentía cómodo.

Era como si todo Brentmore Hall hubiera cambiado: los paneles de las paredes no parecían tan oscuros y las doncellas podían canturrear mientras trabajaban. Incluso los lacayos y los demás trabajadores de la casa parecían ir contentos al trabajo.

Era como si alguien hubiera preparado un cubo y con un buen fregado hubiera desaparecido la tristeza que antes lo empañaba todo.

El mérito era de lord Brentmore, que había logrado que aquel verano fuese tan idílico como ningún otro que Anna hubiera vivido. La pena de verse fuera de la casa que siempre había sido la suya y lejos de las personas que le importaban se fue desvaneciendo con la felicidad de aquel verano sin presiones, con la compañía de un hombre al que valoraba enormemente y con unos niños que había llegado a querer como si fueran propios.

Aún tenía que luchar por contener la excitación que se despertaba en su interior cada vez que Brentmore estaba ceca, y seguramente él también habría conseguido dominar la atracción que en algún momento pudo sentir por ella. Se comportaba siempre como un perfecto caballero, cordial incluso, como si fuese más un amigo que su jefe.

Y al caer la noche se dirigía siempre directo a su dormitorio.

Aquella mañana prometía ser igualmente hermosa y soleada. Lord Brentmore, los niños y ella estaban sentados a la mesa desayunando, animando a Cal a que hablase para participar en la organización de los planes del día.

—¿Qué te gustaría hacer hoy? —preguntó lord Brentmore.

Cal dudó, como siempre, antes de hablar.

—Montar.

—¿Podemos ir al pueblo? —intervino Dory—. Nos gustaría ir —dijo, e inmediatamente se llevó la mano a la boca—. A mí me gustaría ir.

Anna alzó un dedo.

—Lady Dory, tu padre estaba hablando con tu hermano. Espera a que se dirijan a ti.

—Sí, señorita Hill —respondió la niña, bajando la cabeza.

Lord Brentmore volvió a mirar a su hijo.

—¿Adónde te gustaría ir,Cal?

Cal miró primero a su hermana y luego a su padre.

—Al pueblo —respondió con cara de picardía.

Sin duda los hermanos habían hablado entre ellos antes.

—Tu hermana aún no está lista para ir montando al pueblo. Hay demasiada conmoción, demasiada gente y carros. Tenemos que elegir otro sitio a donde ir, u otro modo de ir al pueblo. ¿Qué me dices?

Cal lo pensó un instante.

—¿Los dos? —preguntó, esperanzado.

Su padre se rio.

—Podría ser —y se volvió a Anna—. ¿Qué le parece, señorita Hill?

—Si se me permite, yo perdonaría la excursión a caballo —respondió. Con tanta actividad no le quedaba tiempo para ocuparse de organizar las habitaciones de los niños, remendar su ropa y planear las lecciones—. Pero una salida al pueblo…

El mayordomo entró en la habitación.

—El periódico y el correo, milord.

Lord Brentmore lo recogió todo de la bandeja.

—Gracias, Wyatt.

Dejó el periódico a un lado y revisó el correo. Abrió un sobre.

Una carta cayó de él y la recogió.

—Es para usted, señorita Hill. Ha debido ser remitida a Londres por error.

—¿Para mí?

¿Quién podía escribirle aparte de Charlotte? Y ella no podía ser porque sabía de sobra que no estaba en Londres.

—Viene de Lawton House.

—¿De Lawton? —preguntó al tomarla en la mano. Su ansiedad creció.

Rompió el lacre, y sintió cómo la sangre le abandonaba las mejillas al leerla.

—¿Qué ocurre? —preguntó lord Brentmore, preocupado.

Los niños estaba inmóviles.

—Es… es del ama de llaves de Lawton. Mi… mi madre está muy enferma. Muy grave —fiebre y enfermedad pulmonar, le decían—. Hace días que enviaron la carta —añadió, y se la ofreció para que la leyera.

—Tiene que acudir a su lado.

Ella negó con la cabeza.

—¿Cómo voy a marcharme? Los niños, mis obligaciones en la casa…

El levantó la mirada.

—Debe irse —y mirando a los niños, añadió—: Nos las arreglaremos sin la señorita Hill, ¿verdad?

Cal los miraba a los dos con los ojos muy abiertos.

—¡No! —exclamó Dory, asustada—. ¡No quiero que la señorita Hill nos deje!

—Vamos, vamos, hija. No debemos ser egoístas. La madre de la señorita Hill está enferma y debe atenderla —su tono era tranquilizador—. Además, la señorita Hill estará fuera solo unos días, hasta que su madre se recupere.

Dory pestañeó.

—Entonces, ¿volverá?

Anna dejó su silla para tomar en brazos a la niña.

—Por supuesto que volveré, mi niña. No temas.

—¿Quiere salir hoy mismo?

—No creo que pueda —besó a Dory en la mejilla y volvió a sentarla—. Tengo que hacer preparativos. Desconozco el horario de los coches y…

—Tonterías. No tiene por qué viajar en un coche público, teniendo yo un montón de coches que ofrecerle. Déjeme a mí esos preparativos. Si desea estar en Lawton antes de que anochezca, puede hacerse.

La garganta se le cerró.

—¿Cómo voy a poder agradecérselo?

Él la miró a los ojos.

—Es lo menos que puedo hacer, cuando soy yo el que está en deuda con usted.

Siete

Anna se disculpó y abandonó la mesa del desayuno para ir en busca de la señora Willis e informarla de su inmediata partida.

El ama de llaves le dio un cálido abrazo y le advirtió que no se preocupara demasiado.

—No serviría de nada, querida. Debe ahorrar fuerzas para cuidar de su madre.

Hablaron de las comidas de los niños y de otras cuestiones de su cuidado.

—No se preocupe por los pequeños, señorita Hill. Están maravillosamente bien bajo sus cuidados y los de su padre. Todos estamos sorprendidos de lo mucho que han cambiado, y le prometo que seguiremos con la labor.

—Gracias —contestó, conteniendo las lágrimas—. Creo que Eppy puede ocuparse bien de ellos, y lord Brentmore, por supuesto. Es muy bueno con ellos.

—Cierto, querida. Él también está muy cambiado gracias a usted. Parece un hombre nuevo.

¿Gracias a ella? Cualquier institutriz con buen juicio habría hecho lo mismo que ella. Incluso algo mejor.

Rápidamente se fue al ala que ocupaban los niños en busca de Eppy, quien también la abrazó al enterarse de la enfermedad de su madre.

—Siento tener que marcharme y dejarte más trabajo.

—Vamos, qué tontería. Tienes que acudir al lado de tu madre. Además, los niños son un encanto ahora que ya no están tan inseguros y desconfiados como antes. Es fácil cuidar de ellos.

Anna no estaba tan segura, porque al fin y al cabo iba a ser una persona más que los abandonara.

Eppy la ayudó a hacer el equipaje y las dos hablaron de los niños mientras recogían las cosas que iba a necesitar.

Ella misma lo bajó todo al vestíbulo.

El señor Wyatt la esperaba allí.

—La cocinera le ha preparado una cesta y el marqués ha dado instrucciones al señor Upsom para que la lleve en la silla de tiro.

—¿Dónde están los niños? ¿Y lord Brentmore?

El señor Wyatt evitó mirarla. ¿Quería eso decir que no iba a poder despedirse de ellos.

Sintió una punzada de dolor y una gran desilusión por primera vez desde que lord Brentmore había accedido a quedarse con los niños. ¿No le parecía importante que se despidiera de ellos?

Salió fuera y vio el coche de caballos acercarse a la entrada principal. Wyatt colocó su maleta en el compartimento trasero y la ayudó a subir al pequeño carruaje.

—Espero que su madre se recupere pronto —dijo el señor Wyatt al entregarle la cesta—. Vuelva pronto.

A modo de respuesta, le apretó la mano.

—Gracias, señor Wyatt.

Pero no eran sus buenos deseos los que más anhelaba oír.

Se estaba sintiendo tan abandonada como cuando salió de la casa de Lord Lawton. Al menos Charlotte sí había acudido a despedirla. Parpadeó rápidamente para cortarle el paso a las lágrimas mientras avanzaban hacia el arco de la entrada. Nada más pasar, el conductor paró los caballos y se bajó de un salto.

—¿Por qué nos detenemos? —preguntó.

Él señaló con el pulgar.

—Tiene usted un nuevo conductor.

Un hombre salió de las sombras seguido de dos niños.

Anna bajó del coche y los chiquillos corrieron a sus brazos.

—¡Creía que iba a tener que irme sin deciros adiós! —dijo después de besarlos.

Dory sonrió.

—¡Ha sido idea de papá!

Entonces miró a lord Brentmore. No iba vestido como un caballero. De hecho, su cochero llevaba mejor atuendo.

—¿Lord Brentmore?

—Voy a ser yo quien la lleve hasta Lawton House.

El mozo de la cuadra sonreía.

—No se apure, señorita. Yo llevaré a los niños de vuelta a la casa sanos y salvos.

—¡Papá te ha dado una sorpresa! —jaleó Dory.

Desde luego que sí. No sabía qué decir.

—¡Despídase de estos niños! —dijo el marqués, empuñando las riendas—. Nos vamos.

Anna volvió a besarlos y a apretarlos contra su pecho.

—Volveré en cuanto pueda. Ahora haced caso de todo lo que os diga Eppy, que ella va a ser quien os cuide.

—¡Seremos buenos! —la tranquilizó Dory.

Cal volvió a abrazarla.

—Que… que tu madre se ponga buena.

Era la frase más larga que había dicho hasta el momento.

Volvió a abrazarlo.

—Gracias, lord Cal. Os echaré muchísimo de menos.

Y dejándolos en manos del mozo, subió al coche.

Lord Brentmore movió las riendas y los animales se pusieron en marcha mientras Anna se despedía con la mano de los niños, que a su vez se despedían con entusiasmo de ella.

—¡Volveré pronto!

Cuando llegaron al camino principal, Anna dejó de mirar hacia atrás.

—Lord Brentmore…

—Los niños estarán bien cuidados. Y yo estaré de vuelta mañana.

—¡Pero mírese!

Llevaba una camisa de lino basto, chaqueta y pantalones marrones.

—Un disfraz que me resultó bastante útil durante la guerra —respondió, encogiéndose de hombros—. Si el marqués de Brentmore llevase a la institutriz de sus hijos a la casa de un conde las habladurías se dispararían, pero si Egan Byrne la lleva, a nadie le importará.

—¿Egan Byrne?

—Es mi nombre. Y el apellido de mi abuelo irlandés.

—Pero alguien podría reconocerle.

¿Y si le veía lord Lawton? ¿Qué pensaría?

—No se preocupe ahora por eso, señorita —dijo, con un acento totalmente desconocido—. Nadie se fijará en un mozo de cuadra irlandés. Estaré más callado que un ratón y solo usted sabrá la verdad.

Dudaba seriamente que un hombre como él, aun vestido como los trabajadores, pudiera pasar desapercibido.

—Pero debe acordarse de llamarme Egan y no milord —añadió con su acostumbrado acento inglés.

Tragó saliva.

—Pero… ¿por qué hace esto?

Su expresión se volvió solemne.

—He pensado que podría necesitar la compañía de un amigo.

Las lágrimas le escocieron en los ojos.

Aquello era una locura de marca mayor.

Brentmore mantenía la mirada en el camino pero no podía dejar de ser tremendamente consciente de la mujer que llevaba sentada a su lado. Notaba su tensión, su preocupación. Y también el roce de su brazo cuando el camino se tornaba duro.

Debía haber perdido el juicio para someterse de ese modo a su compañía. La intensa atracción que sentía por ella no había disminuido ni un ápice. Era una fascinación constante, causa de una batalla diaria contra su deseo de perderse en toda aquella belleza. Conocerla, ver cómo era con sus hijos y sentir como propia su tristeza lo hacía todo aún más difícil.

Nunca la había oído quejarse pero se había dado cuenta de lo solitaria que era la vida para ella al oírle hablar de su niñez, o en el hecho de que nunca recibía cartas a pesar de que ella sí las escribía. La carta en que se la informaba de la enfermedad de su madre había sido la primera desde su llegada a Brentmore Hall, una misiva que le había provocado un mal presentimiento, y por eso no había sido capaz de dejarla ir sola.

La silla tropezó en una raíz e instintivamente puso un brazo por delante de ella para evitar que se cayera.

—Perdón —dijo, y rápidamente apartó el brazo. Tocarla era un infierno

Ella lo miró.

—No creo que vaya a quejarme de nada de lo que haga, milord.

Dios todopoderoso… si supiera cuántas noches sin dormir había tenido que aguantar, imaginando cómo sería ir a su alcoba y saciar la necesidad que sentía de ella, todavía peor sabiendo que no le rechazaría. Pensar que podía ser él quien despertara su sensualidad era una tortura.

—Egan.

—¿Qué?

—Que ha vuelto a llamarme milord. Tiene que practicar llamándome Egan.

Ojalá fuera de verdad Egan Byrne y no el marqués de Brentmore. Entonces no estaría prometido a la hija de un barón y nadie calificaría de escándalo nada de lo que hiciera. A nadie le importaría.

—Egan —repitió ella. En sus labios su nombre parecía ser pronunciado entre las sábanas de un lecho.

Aquella manera de pensar no podía ser.

—Este camino no es precisamente de los mejores.

A lo mejor charlar de cualquier cosa sin importancia ayudaba.

—Y yo le digo que no pienso quejarme. De no ser por su amabilidad, estaría apretujada en un coche de postas entre viajeros que abusan del ajo y el queso.

—Y que solo se bañan una vez al año.

Anne esbozó una sonrisa y su corazón se alegró.

—Me ha ahorrado semejante destino —contestó, aunque sus ojos se llenaron enseguida de preocupación.

—Su madre podría haberse recuperado para cuando lleguemos. ¿Suele tener problemas respiratorios?

Se temía lo peor. La vida era tan frágil…

—Nunca ha estado enferma. Por eso me preocupo. Nuestra ama de llaves no se habría puesto en contacto conmigo si le pareciera algo sin importancia.

Brent recordó de pronto a su propia madre, postrada en la cama, con el sonido de su respiración como el de un fuelle de chimenea, y apretó las riendas entre las manos.

—No pierda la esperanza, señorita Hill.

Rara vez pensaba en su madre, pero cuando lo hacía la echaba enormemente de menos aun después de veintiún años. Nunca hablaba de ella. Siempre que el marqués quería referirse a su madre, la llamaba esa zorra irlandesa.

La voz de Anna lo sacó de su ensimismamiento.

—Nunca he estado muy unida a mi madre, porque me pasaba la vida con Charlotte. A veces no nos veíamos durante semanas —la voz se le rompió—. Espero poder volver a verla.

Brent puso su mano sobre la de ella.

Mientras avanzaban hacia Lawton fue hablándole de su vida allí, de que habría crecido sin ser servicio ni tampoco familia. Había estado muy unida a la hija de los Lawton, pero al mismo tiempo separada porque no se la aceptaba en sus círculos sociales.

Brent sabía bien lo que era sentirse rechazado. Ni su abuelo, ni sus compañeros de colegio, ni sus conocidos lo aceptaban.

Ni su mujer siquiera. Que píldora más amarga. Y él que creía que le amaba.

Por lo menos, cuando se casara por segunda ocasión, sabría sin lugar a dudas que su esposa no le querría.

Sacudió las riendas y condujo tan rápido como se atrevía a hacerlo.

Fueron cambiando con frecuencia de caballos, pero solo se detuvieron a pagar los peajes. Comieron de la cesta que la cocinera les había preparado.

Cuando el día estaba ya entre dos luces a Brent le dolían los brazos de llevar las riendas y de los baches del camino. Anna parecía agotada también, pero el paso rápido empezaba a tener sus frutos, ya que cuando por fin pasaron ante una señal que indicaba la proximidad de Lawton aún quedaba luz de día. La torre de la iglesia no tardó en asomar recortada contra el cielo.

—¡El pueblo! —exclamó Anna.

Aquel núcleo no tenía nada que lo distinguiera del resto de pueblos ingleses: casas de piedra con tejados muy inclinados, una posada, un herrero, tiendas…

—Lawton House no está lejos —dijo cuando abandonaron la carretera y el camino principal.

Brent sintió que la tensión de Anna crecía.

De pronto apareció ante ellos una magnífica casa de campo emplazada entre céspedes perfectos y lechos de flores. Construida con la misma piedra gris que las casas del pueblo, era una mezcolanza de añadidos y alas, como si los sucesivos condes de Lawton se hubieran sentido presas de una especie de compulsión constructiva cada medio siglo.

Aquel era el lugar en el que Anna se había pasado prácticamente toda la vida, la casa que perdió cuando lord Lawton decidió, de la noche a la mañana, prescindir de sus servicios. La vio inclinarse hacia delante sentada como estaba en la silla, como si anhelara estar en un entorno familiar y entre gente conocida.

Su madre.

A él la visión de Brentmore Hall siempre lo lanzaba en un pozo de depresión.

Tomó el camino de grava que conducía a la entrada principal.

—¿La dejo en la casa principal?

—Sí. El ama de llaves me dijo que la tenían allí —arrugó en entrecejo—. A menos que quiera que vaya con usted a los establos.

Él hizo un gesto con la mano y recurrió a su acento irlandés.

—No se preocupe por mí. Ahora no soy un marqués, sino un mozo de cuadra que sabe adónde debe ir.

La llevó a la entrada de servicio y la vio entrar apresurada. No le hacía ninguna gracia dejarla sola.

Qué absurdo. No iba a estar sola, sino entre personas que conocía de toda la vida.

Llevó la silla a los establos.

Cuando se acercaba un hombre le salió al paso.

—¿Y se puede saber quién eres tú?

Brent se rozó el ala del sombrero.

—De Brentmore Hall. He traído a la señorita Hill a ver a su madre.

La expresión del hombre se volvió oscura.

—¿Ha venido?

—¿La señorita Hill? —preguntó, fingiendo estar confuso—. Pues, sí, claro, a ver a su madre.

El hombre bajó la mirada un instante, pero luego se recompuso.

—Vamos, baja. ¿Os quedáis?

—Por lo menos esta noche. Me han dicho que haga lo que ella me diga.

El hombre que debía ser el responsable de los establos llamó a otros mozos y les encargó que desengancharan los caballos y se ocuparan de ellos. Brent sacó la maleta de Anna y la cesta de la cocina. Le indicaron dónde podía sentarse un rato y le ofrecieron una pinta de cerveza.

Tras un momento, el hombre que le había recibido volvió a su encuentro.

—¿Tienes hambre? Puedes pedir que te den algo de comer en la cocina.

Lo que él quería era ver qué le estaba pasando a Anna.

—No estaría mal —respondió, echándose mano al estómago.

—Sígueme.

Y echaron a andar hacia la cocina.

—Debería haber venido antes —dijo el hombre, más para sí mismo que para Brent.

—¿Antes?

El hombre se detuvo y dejó vagar la mirada por el horizonte.

—Su madre… —hizo una pausa y bajó la cabeza—. Su madre ha muerto. La enterramos ayer.

Habían llegado demasiado tarde.

—La señorita Hill lo va a pasar mal —dijo en voz baja.

—Era… mi esposa.

—¿Es usted el padre de la señorita Hill?

—En cierto modo.

Brent lo miró sorprendido. ¿Qué significaba eso? Pero obviamente no podía hacer preguntas.

Siguió al señor Hill a la entrada de servicio, que se abría a un largo corredor con puertas a los lados. El sonido de voces y cacharreo le indicó que la cocina quedaba al fondo.

El señor Hill lo acompañó al comedor del servicio.

Anna estaba allí, sentada a una larga mesa, rodeada por el ama de llaves y varias doncellas que intentaban consolarla. Parecía devastada por la pena y tenía los ojos rojos de llorar.

—Has venido —dijo su padre.

—Padre…

Las doncellas le hicieron sitio, pero él no se acercó.

—Te habrán dicho lo de tu madre.

Eso era obvio.

—¿Cómo está, padre?

Él no contestó.

—Tienes la habitación preparada en la casa de la entrada. La señora Jordan te esperaba hace días.

Y miró a una mujer que debía ser la aludida.

—La carta se perdió —explicó.

El señor Hill se encogió de hombros e inclinó la cabeza hacia Brent.

—El cochero de Anna tiene hambre.

Bret supuso que eso debía ser una especie de presentación, o quizás un intento de cambiar de tema.

La señora Jordan lo miró.

—Entonces le apetecerá comer algo. Su… se llama Egan —se corrigió Anna.

—Egan —la señora Jordan le indicó un puesto en la mesa—. Siéntate y te traeremos un plato de comida. Mary —añadió dirigiéndose a una de las doncellas—, mira a ver qué le das de comer.

Brent se sentó en la silla más próxima intentando no mirar demasiado a Anna. Le dolía verla tan desconsolada.

Su padre dio dos pasos hacia la puerta.

—Dejarán tus cosas en la casa.

Ella asintió.

—Gracias, padre.

Brent frunció el ceño. Qué frialdad la de aquel hombre. Le recordaba a su abuelo, el viejo marqués.

La doncella le llevó un plato de comida a él y un té a Anna.

Los sirvientes iban entrando y saliendo de la cocina al concluir sus tareas o para darle el pésame a Anna, pero en un momento dado llegaron a quedarse solos.

—¿Anna? —murmuró, olvidándose de la formalidad de llamarla de otro modo.

Estaba pálida.

—Tengo la sensación de que no puedo respirar.

Hubiera querido abrazarla y consolarla como lo había hecho con Cal tras las pesadillas, pero se limitó a cambiarse de silla para ponerse frente a ella y apretar su mano.

—Llore, no se contenga. Le ayudará.

Aunque él desde muchacho había aprendido a no llorar nunca.

Ella parpadeó rápidamente y le apretó a su vez la mano, pero alguien se acercaba y le soltó.

—¿Ha terminado de comer?

—Sí.

Su plato estaba casi vacío, pero no había saboreado nada de lo que había comido.

—Entonces, mejor nos vamos. Aquí solo servimos para estorbar —se levantó—. Espere un momento que lo diga en la cocina.

Cuando volvió y salieron, le dijo:

—La acompaño a casa de su padre.

Anna no se negó.

—No… no me puedo creer que se haya ido —musitó, y él le ofreció apoyo en su brazo.

Cuando llegaron a la casa, llamó a la puerta antes de abrir.

—Estoy aquí, padre.

La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor de un fuego.

Brent percibió un intenso olor a ginebra.

Su padre se levantó de una silla junto a la chimenea.

—Pues pasa.

Su tono era áspero y su dicción un poco turbia.

Brent esperó en la puerta. No sabía si dejarla sola.

—Tú… pasa a tomar una copa —le llamó el señor Hill.

—No me vendría mal —contesto con su voz de cochero. Se quedaría mientras ella lo necesitara.

Anna renunció a la posibilidad de compartir su dolor con su padre. Nunca le había visto beber así. Le asustaba.

—Siéntate un poco, hija —le dijo haciendo un gesto con el brazo, pero la palabra hija la pronunció con un tono amargo.

Anna se sentó.

El señor Hill llenó un vaso para lord Brentmore y parte del licor se derramó por los lados. Sus manos temblaban.

—Deberías haber venido antes —le recriminó.

—He esperado a que terminara Egan de cenar, padre.

—No me refiero a eso. Hablo de tu madre.

—No he podido, padre.

Y eso era lo peor de todo: no haber podido llegar a tiempo.

Su padre clavó la mirada en el fuego de la chimenea.

—No hubo nadie en su funeral. Nadie que la acompañara —la miró—. ¿Por qué no has venido, eh? ¿Estabas demasiado ocupada atendiendo a los mocosos del señorito?

Anna miró sin poder evitarlo a lord Brentmore, y él contestó por ella.

—Ha venido en cuanto recibió la carta, esta misma mañana —su acento irlandés se desdibujó un tanto.

El padre hizo un gesto con la mano que equivalía a decir que todo daba igual y tomó un trago directamente de la botella.

Anna apartó la mirada y ahora que sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad de la casa, vio platos sucios en las mesas, ropa tirada por el suelo, botellas por todas partes.

—Voy a recoger un poco —dijo, levantándose.

Encendió una de las lámparas y empezó por recoger las botellas vacías.

Su padre no se dio ni cuenta.

—Me asquea… después de todo lo que tu madre hizo todos estos años.

Anna le escuchaba solo a medias; seguía llevando botellas al cubo que había junto al fregadero, lleno de platos sucios.

Su padre seguía hablando.

—Ella solo me aguantaba, nada más. ¿Qué podía hacer yo? ¿Qué posibilidades tenía un hombre que se pasa el día sacando mierda de las cuadras y que vuelve a casa apestando a caballo? —se volvió a Anna y la señaló con un dedo—. Y la hija… igual.

Anna se había pasando la vida esperando que su padre la quisiera, pero no lo había conseguido.

Lord Brentmore se levantó y se acercó a ella.

—¿En qué puedo ayudar?

Su cercanía era un consuelo. Le agradecía mucho que se hubiera quedado.

—¿Cómo voy a pedirle que me ayude?

—No es usted quien me lo pide, sino yo quien se lo ofrezco.

Había un cubo al otro lado del fregadero y se lo entregó.

—¿Podría llenarlo de agua? El pozo está fuera.

Él asintió.

Recogió más platos, cuencos y cucharas por toda la habitación y los dejó en el fregadero. No podía fregar en condiciones sin calentar agua en el fuego, pero eso significaría cruzar por delante de su padre, y no quería correr el riesgo de molestarle. Los cacharros tendrían que esperar hasta el día siguiente.

Lord Brentmore volvió con el cubo lleno y Anna lo echó en el fregadero para dejar todo aquello a remojo.

—¿Y ahora?

—Ya ha hecho más que suficiente, mi… Egan —respondió con una sonrisa agradecida.

No volvió a la silla que ocupaba antes, sino que se quedó a un lado con los brazos cruzados sobre el pecho.

Ella siguió yendo y viniendo por la habitación recogiendo ropa sucia y trastos y fue a pararse junto a la silla que había ocupado antes lord Brentmore. Su ginebra estaba sin tocar.

Su padre, que seguía murmurando entre dientes, tomó el vaso y se lo bebió de un trago como si fuera agua.

—Maldito seas —rabió—. Después de tantos años no se ha dignado siquiera a asomar la jeta por el funeral.

Anna arrugó el entrecejo.

—Se lo debía… debería haberla acompañado.

¿De quién estaría hablando?

—Padre…

—No te hagas la tonta, que sabes de sobra de quién hablo —la cortó.

—No lo sé, padre. ¿Habla de madre?

—¡Pues claro que estoy hablando de tu puñetera madre! —se rió—. ¡De mi mujer!

Brentmore se acercó a ella en silencio.

—No hable así de ella —le reprendió.

El hombre medio se levantó de su silla.

—¡Hablaré de ella como me venga en gana! Era mi mujer, no la suya.

—Señor Hill —lord Brentmore habló sin acento y con firmeza—. Mida sus palabras, que demasiado está sufriendo ya su hija.

Su padre se levantó de golpe.

—¿Que mida, yo? ¡Ja!

Lord Brentmore se interpuso entre su padre y ella, dejando a Anna a su espalda.

—¡Basta! —ordenó.

Una mirada de sorpresa cruzó el rostro de su padre, pero ese fue el único síntoma de que se había dado cuenta de que el cochero hablaba como un marqués.

Volvió a dejarse caer en la silla y se tapó la cara con las manos.

—Debería haber venido. El muy cerdo debería haber presentado sus respetos.

—¿Quién, padre?

Sus ojos turbios se clavaron en los de ella.

—El amo.

—¿Lord Lawton? Padre, no tiene sentido lo que dice. ¿Por qué esperaba usted que lord Lawton se presentara en el funeral? Madre solo era una lavandera.

—Sí, hija, tú sigue fingiendo que no sabes nada —ironizó.

—¿Qué he de saber? —preguntó, angustiada.

Lord Brentmore puso la mano en su brazo mientras su padre se llevaba a los labios el vaso y miraba luego su fondo vacío como si esperase que se ocultara más ginebra en él.

—¿Por qué piensas que te eligieron para hacer compañía a la niña?

Estaba cambiando de tema.

—Pero él no podía consentir que fueras una mera criada, claro —continuó.

Lord Brentmore apretó con más fuerza su brazo.

—Padre, hable claro, se lo ruego.

—Padre —se burló—. Yo no soy tu padre, niña, y no podrán obligarme a que te llame hija.

Sintió que la sangre le abandonaba la cara.

—¿Está usted diciendo que…. Que lord Lawton...?

Su padre dio una palmada en la mesa.

—¿Lo ves? ¡Lo sabías! Lo has sabido siempre. El amo es tu padre, no yo. No yo.

La cabeza empezó a darle vueltas y su padre, el hombre que ella creía que le había dado la vida, siguió hablando.

—Antes trabajaba en la casa. Era doncella de la primera planta y la mujer más bonita que yo había visto nunca. Él se dio cuenta enseguida y a cada oportunidad que se le presentaba se revolcaba con ella en la cama —clavó de nuevo la mirada en el fuego—. Se quedó preñada y el ama se volvió loca cuando se enteró. La echó de la casa pero él la retuvo en la lavandería. Tenía un plan, ¿sabes? —suspiró—. Acudió a mí. Me preguntó si me gustaría tener una casita en la propiedad, y si quería cobrar más. Y lo único que tenía que hacer era casarme con ella —se rio, pero su carcajada sonó vacía—. Yo era tan joven como ella y pensé que pasado un tiempo llegaría a quererme, pero nunca me quiso. Solo a él.

Miró a Anna.

—Le hizo prometerle que te criaría como una señorita, y no como una criada, y no consintió en volver a acostarse con él hasta que se lo prometió —se levantó y dando traspiés fue hasta un rincón de la habitación donde tenía más botellas—. Entonces resultó que su hija legítima era tímida como un ratón, y te envió a ti a que le enseñaras un poco de soltura, aunque al ama nunca le gustó —volvió a reír—. El resto ya lo sabes. Todo el mundo lo sabe.

Todos, menos ella. Ahora entendía que aquel hombre nunca la hubiera querido, y por qué la madre de Charlotte siempre había sido tan fría con ella.

Pero lord Lawton nunca la había tratado de un modo especial o distinto.

—¿Charlotte también lo sabe?

¿Era ella la única que no tenía ni idea?

—¿La señorita? No —volvió a levantarse de la silla y dio un traspiés—. Tendría que haber venido. Tendría que haberse presentado antes de que se muriera. ¡Tendría que haber venido a enterrarla!

Dio otro paso y fue a sujetarse en el respaldo de la silla, pero la mano le falló y cayó al suelo.

—¡Padre! —gritó Anna.

Lord Brentmore se acercó a examinarlo.

—Se ha desmayado de tanta ginebra.

Ella retrocedió.

—No… no me puedo creer…

Lord Brentmore lo recogió del suelo y se lo cargó al hombro.

—¿Dónde está la cama.

Anna lo condujo al dormitorio que había compartido con su madre, a la cama que su madre seguramente había compartido también con lord Lawton.

Lord Brentmore lo dejó caer en ella como un saco de patatas. Inmediatamente le oyeron roncar.

¿Quién iba a ser aquel hombre para ella a partir de aquel momento?

Brentmore la tomó por un brazo.

—Venga.

En cuanto cerraron la puerta del dormitorio, la enormidad de la muerte de su madre y del secreto que acababa de revelarle su padre se le vino encima. Cerró los ojos y se agarró el estómago con los brazos.

Lord Brentmore la abrazó y la apretó contra sí. La fuerza de sus brazos, el calor de su cuerpo y el latido rítmico de su corazón la ayudaron a sostenerse.

Pero el dolor no cejó.

—No tengo nada —lloró sobre su pecho—. Nada.

—Anna, está agotada. Váyase a la cama. Mañana se encontrará mejor.

—Nada puede ser peor que el día de hoy.

—Eso es cierto —contestó él, y la soltó—. Nada puede ser peor que el día de hoy —repitió, apartándole un mechón de pelo de la cara.

Sin mediar palabra la tomó en brazos, y la sorpresa para ella fue tal que la dejó sin palabras.

—¿Dónde está su cama?

Le contestó con un gesto.

El marqués la llevó a la alcoba en la que rara vez había dormido de niña y la dejó en la cama.

—Buenas noches, Anna.

Pero ella saltó como un gamo del lecho y le agarró por un brazo.

—No me deje sola, por favor… no creo que pueda soportarlo.

—Estaré justo al otro lado de la puerta.

—No. Seguiría estando sola. Quédese conmigo, milord —¿pero qué estaba diciendo?—. Aquí. Abráceme, por favor.

Él la miró y sus ojos se oscurecieron.

—Está bien —murmuró—. Me quedaré.

Brent no dejó de abrazarla en toda la noche. Ambos durmieron completamente vestidos, pero compartió con ella aquella pequeña cama.

No podría decir que la idea de hacerle el amor no se le pasara por la cabeza, pero ella estaba sufriendo demasiado como para que él se aprovechara de las circunstancias, de modo que tuvo que contentarse con verla dormir, con poder contemplar a su gusto sus hermosas facciones, aun deformadas por el dolor. Le había costado mucho quedarse dormida.

Tampoco él se había dormido fácilmente. De hecho, pasó la noche en un duermevela que lo llevó hasta el amanecer.

Anna murmuró algo dormida y se volvió de lado, acurrucándose contra Brent, que intentó no moverse.

La puerta se abrió de par en par y fue a golpear contra la pared.

Anna abrió los ojos y se incorporó, y Brent saltó de la cama.

El señor Hill estaba en la puerta.

—¡Eres una puta! —le gritó—. ¡Igual que tu madre! —avanzó hacia ella con el odio brillándole en los ojos—. ¡Te metes en la cama con el primero que llega! —continuó señalando a Brent—. Al menos tu madre tuvo la categoría suficiente para acostarse con un conde. Al menos sacó algo de todo ello.

Brent se colocó delante de él y le agarró por un brazo.

—Usted se marcha de aquí ahora mismo —le dijo entre dientes, mientras lo sacaba a empujones de la habitación.

—¿Cómo te atreves a ponerme la mano encima! —aullaba—. ¡No me toques!

—Ahora me va a escuchar con atención —dijo Brent, empujándolo y bloqueándolo contra una pared—. Ella no ha hecho nada para merecerse esas palabras. Anoche estaba borracho como una cuba y no podía dejarla sola con alguien como usted. ¡Su madre había muerto, y lo único que usted quería era hacerle daño!

Hill lo miró boquiabierto.

—Creía que eras irlandés.

Brent se le acercó todavía más a la cara.

—Soy más irlandés de lo que le conviene. Y ahora dígame por qué se ha atrevido a entrar en su alcoba.

Hill se acobardó.

—Yo… quería ver si estaba.

Brent lo apretó más contra la pared.

—Créame si le digo que puedo hacer que le echen de este trabajo.

El hombre abrió los ojos de par en par.

—Si sabe lo que le conviene, no dirá una sola palabra de todo esto. Esta situación la creó usted, y no intente hacérselo pagar a ella ensuciando su buen nombre —de un empujón lo lanzó hacia la puerta—. Ahora váyase y busque algo que hacer en los establos.

Hill salió a todo correr y al volverse vio a Anna en la puerta de la alcoba.

—Se lo va a decir —musitó con voz temblorosa—. Seré la comidilla de la casa.

—¿Hago que le despidan, entonces?

Ella negó con la cabeza.

—No importa. No voy a volver aquí jamás —y añadió—: ¿Le importaría llevarme a casa, milord? A Brentmore, quiero decir. No quiero estar aquí ni un minuto más.

Cruzó la habitación en dos pasos. Se sentía tan atraído por ella como la primera vez que la vio. Pero ahora la conocía. Y le importaba.

Alzó el brazo para tocarla, pero no lo hizo.

—Podemos irnos ahora mismo.

Ocho

Mientras lord Brentmore iba a los establos a enganchar los caballos, Anna entró en la casa principal a despedirse.

—¡Pero no puedes irte ya! —protestó la señora Jordan—. Además, creo que va a llover.

—Quédate un poco más, Anna —intervinieron las criadas—. Acabas de llegar.

—Tengo… tengo que volver por los niños. Es un puesto muy bueno y no quiero perderlo.

Eso lo entendían bien, y la señora Jordan suspiró.

—Bueno, si es así… —se volvió y llamó a una de las chicas—. ¡Mary! Prepara algo de comida para que se lleve Anna y ese cochero tan majo que la ha traído!

¿Cuchichearían sobre ella cuando se hubiera marchado? Su padre, o el hombre que ella conocía hasta entonces como padre, no tardaría un abrir y cerrar de ojos en decir que la había encontrado en la cama con el cochero. La cabra siempre tira al monte, diría. Al menos su madre se acostó con un conde.

Mary le colocó la cesta llena en las manos y la señora Jordan y las demás la abrazaron y se despidieron. Ella sabía que nunca volvería a verlas, y una vez se cansaran de hablar de ella, ¿volverían a recordarla? Seguramente no.

Y cuando salía de nuevo por la puerta de servicio sintió el impulso de entrar en la habitación de Charlotte solo para verla una vez más. Para ver la habitación donde estudiaban, la biblioteca, la sala de música. Todos aquellas encantadoras estancias en las que las dos pasaban los días. Hubiera querido volver a entrar en los jardines donde recogían flores o jugaban al escondite.

Pero respiró hondo, cuadró los hombros y salió.

Había tenido el privilegio de criarse allí porque su madre se había acostado con el conde. Lo que hasta aquel momento había sido para ella una hermosa oportunidad había quedado manchado y contaminado para siempre.

Lord Brentmore estaba allí, esperando en la silla de tiro. Había colocado su maleta bajo el asiento y la ayudó a subir.

—¿Cómo está?

Sabía que el dolor de todo lo perdido la acompañaría durante mucho tiempo: su madre, su hogar, su identidad incluso.

—Me irá bien.

Él no contestó. Se limitó a poner los caballos en movimiento.

Anna se obligó a no mirar atrás. La vida que tanto había echado de menos nunca había existido de verdad. Cuando atravesaron de nuevo el pueblo se obligó a mantener la vista al frente y una vez traspasaron sus límites todo lo que una vez le había sido conocido y familiar quedó atrás. Quedó perdido para siempre.

Una hoja quedó suspendida en un torbellino de viento delante de ellos. Subía y bajaba según el capricho del viento. Se sentía como ella.

Un nuevo peaje y el camino quedó prácticamente vacío. Los caballos siguieron a buen paso.

—¿Alguna vez le he hablado de Irlanda? —dijo él de pronto sin mirarla.

Estaba intentando hacerle olvidar su dolor, y tanta consideración le puso lágrimas en los ojos.

—Sé que vivió allí hace tiempo.

—Nací allí. El regimiento de mi padre estaba destinado en Irlanda y no sé bien cómo conoció a mi madre y se casó con ella. Mi madre era hija de un humilde granjero de la tierra, más pobre que las ratas y el viejo marqués, el padre de mi padre, desheredó a mi padre por haberse casado con ella. Lo dejó sin un céntimo y jamás volvió a dirigirle la palabra.

—Porque se casó con una plebeya.

Ella era una plebeya con sangre aristocrática en las venas. Qué irónico.

—Sí. Mi padre murió poco después y mi madre y yo nos fuimos a vivir con mi abuelo irlandés. Yo apenas era un crío cuando ella también murió.

Aquel intento por distraerla solo estaba sirviendo para que su dolor aumentara. El corazón se le encogía con su sufrimiento.

—Aunque era un niño, trabajé en la granja con mi abuelo —entonces la miró—. Verla con mis hijos en el huerto despertó en mí aquellos recuerdos.

Anna no pudo mirarle a los ojos y él se quedó callado.

«¡Siga hablando, por favor!», hubiera querido rogarle. Su voz la mantenía a flote.

—¿Cómo acabó viniendo a Inglaterra?

—Un tío del que yo no sabía nada, hermano mayor de mi padre, murió. El viejo marqués necesitaba un heredero y fue a buscarme. Hasta entonces yo creía que era Egan Byrne. Desconocía mi verdadero apellido, Caine, y no sabía que mi padre era inglés. De pronto supe que era heredero y el viejo marqués me sacó de Irlanda y me llevó a Brentmore Hall. Tenía diez años.

—¿Y le pareció que el cambio era bueno?

Brent se encogió de hombros.

—En un principio no, pero me gustaba tener comida a diario, ropa que ponerme y un fuego que me diera calor —la miró—. Lo que quiero que sepa es que recuerdo mi etapa en Irlanda con una claridad superior a veces al recuerdo de lo ocurrido el día anterior —su acento irlandés apareció de nuevo—. Y mis recuerdos son mayoritariamente de los días felices.

Entendía lo que quería decir.

—Quiere decir que yo recordaré los buenos momentos pasados en Lawton, ¿no?

Él asintió.

—Los recuerdos siempre la acompañarán.

Ojalá pudiera creer que algún día recordaría Lawton sin pensar en cómo había sido concebida o por qué había recibido la educación que había recibido. En aquel momento le parecía imposible.

—Pero no me ha hablado de sus días felices en Irlanda, sino de sufrimiento y dolor.

—Solo para mostrarle el contraste. Esas ocasiones son como sombras, porque lo que más recuerdo son las tardes que pasaba sentado delante del fuego con mi abuelo mientras le oía contarme montones de historias sobre hadas, elfos y demás seres fantásticos. O cuando iba caminando a su lado por los campos de patatas —movió la cabeza—. Sé que llovió mucho, pero solo recuerdo los días soleados. Como un día que le di un susto de muerte a mi daideó porque me escapé para ir a ver el mar. Debí caminar unos seis kilómetros.

—¿Su daideó?

—Mi abuelo.

—¿Qué le pasó tras su marcha?

—Luchó junto a Billy Byrne en la rebelión de 1789 y murió en la batalla de Arklow —su voz se volvió áspera—. Lo leí en un periódico en el colegio.

Anna sintió el dolor de su recuerdo como si fuera propio y sintió la necesidad de distraerle como él la había sentido de distraerla a ella.

—Debería contarle a los niños todas esas historias.

—¡No! —parecía espantado—. Cuanto menos sepan de su sangre irlandesa, mejor.

—¡No puede hablar en serio!

—Por supuesto que sí. No quiero que tengan que padecer los mismos desplantes y bromas que tuve que soportar yo. Cuanto menos sepan, mejor. Son unos niños privilegiados, hijos de un marqués, y nada más.

Se había imaginado a los niños sentados en sus rodillas escuchándole contar historias, tal y como se lo había imaginado a él en las rodillas de su abuelo. Era algo que ella no tendría nunca.

—Cuéntemelas a mí —le dijo—. Me gustaría mucho saber cosas de Irlanda.

Y fue llenando los kilómetros hablándole de seres encantados, caballos salvajes de ojos amarillos y criaturas fantásticas que se desprendían de su naturaleza para volverse humanos.

A medida que el día iba avanzando, el cielo encapotado se volvió gris y pronto la lluvia comenzó a repiquetear sobre el techo de la silla, cada vez con más fuerza a medida que avanzaban los kilómetros. Cuando alcanzaba ya la misma fuerza que el día en que conoció al marqués, este se detuvo en una posada.

—Debemos esperar a que escampe un poco —le dijo.

Dejaron silla y caballos al cuidado de los mozos y corrieron bajo el aguacero al interior de la posada.

Estaba muy lleno, tanto de ruido como de viajeros, todos guareciéndose de la lluvia.

Encontraron sitio en un rincón.

—Espere aquí. Hablaré con el posadero a ver qué tienen disponible.

Le vio desaparecer entre la gente y su ansiedad creció, como si sin él pudiese desaparecer como la hoja que había visto zarandeada por el viento. El zumbido de las voces se mezcló con el ruido de más coches que llegaban: caballeros, comerciantes, trabajadores de todo tipo… vio a una mujer que llevaba de la mano a una niñita y recordó la sensación del contacto de su madre. Las lágrimas amenazaron con escapársele de nuevo y buscó con la mirada a lord Brentmore.

Le pareció toda una eternidad lo que tardaba en volver.

—No hay ni salones privados ni habitaciones —le dijo por encima de la barahúnda—. Podemos esperar aquí, eso sí. He conseguido un banco cerca del fuego. Por lo menos tendremos un poco de intimidad.

Ella asintió y se colgó de su brazo y pasaron a otra sala más abarrotada aún que la anterior. El olor a cerveza, carne y gente sin lavar la asaltó, y el ruido de sus voces era como el retumbar de los tambores. No quedaba un solo centímetro de espacio libre, aparte de un pequeño banco que habían colocado junto al fuego.

—¿Cómo se las ha arreglado para conseguirlo? —le preguntó.

—Les he dicho que es mi esposa —respondió mirándola brevemente—, y que no se encuentra bien —la acomodó en el banco—. Y por supuesto, he pagado bien a los hombres que estaban aquí sentados.

No pudo por menos de sonreír.

Brent se sentó a su lado.

—Se han ido tan contentos con su dinero y nosotros tenemos un sitio en el que sentarnos y quitarnos la humedad de la ropa.

Un momento después una apresurada moza de la taberna les llevó sidra caliente y dos cuencos con estofado de cordero.

Lord Brentmore le puso una moneda en la mano y el rostro de la joven se alegró notablemente. Anna comió y bebió sin pensar en nada, pero pronto el calor de la comida y del fuego le produjeron una sensación de lasitud.

—Hace mucho tiempo que no pasaba más que unos minutos en una taberna tan abarrotada como esta —comentó lord Brentmore—. Me temo que tenemos para rato.

—Lo siento mucho, milord —le contestó. De no ser por ella no tendría que soportar todas aquellas incomodidades.

—Aquí soy Egan Byrne —le dijo al oído—. Mejor no llamar la atención.

Ella asintió.

—Y no me importa. No estamos mal aquí.

Ella estaba bastante bien, de hecho. No pertenecía a lugar alguno ni a nadie, de modo que encontró soncuelo en el anonimato, y en ser momentáneamente la señora Byrne.

Miró un instante a su acompañante y se preguntó por qué lo habría encontrado intimidante. De ser solo la persona que la contrataba había pasado a ser casi un amigo.

Pero no podía pensar en él solo como amigo. Su padre, o el hombre que ella creía que lo era, no se equivocaba del todo.

En el fondo era casi una ramera, tanto como podía haberlo sido su madre. De no estar prácticamente muerta por dentro en aquel momento, desearía entregarse a lord Brentmore sin dudar.

Pero en aquel momento, quizá más aún que en otros, era fundamental no perder el control. ¿Cuánto le duraría el trabajo si se metía en su cama? No podía pasar a depender de su voluntad como su madre había dependido de la de lord Lawton.

Brentmore le pasó un brazo por los hombros y la hizo apoyarse contra él.

—Descanse, Anna —le susurró.

Su abrazo le prestaba más refugio que lo habría hecho un techo sobre la cabeza, pero tan ficticio como el resto de su existencia lo había sido. Se estremeció y él la apretó más contra su cuerpo.

Ojalá fuese de verdad Egan Byrne y ella su esposa.

Se sentía maravillosamente bien teniéndola en sus brazos. Una paz se adueñó de Brent que carecía por completo de sentido estando como estaban en una taberna abarrotada por toda clase de seres humanos. A nadie le importaba lo que fueran. Podía abrazarla sin preocuparse de las murmuraciones.

Pero lo mejor de todo era que con tantos ojos a su alrededor podía controlar las más peligrosas tentaciones que cobraban vida en su interior.

Aun así habría renunciado sin dudar al placer de abrazarla si hubiera podido conseguirle una cómoda habitación.

El último viajero que entró en la taberna dijo que fuera caían chuzos de punta.

Entre la gente divisó a dos hombres que conocía. Daba igual. Se mezclaba tan bien con el resto de gente ordinaria que era muy difícil que lo reconocieran. Les llamaría más la atención Anna, cuya belleza se había vuelto melancólica por el estupor y el dolor.

Tiró de la gorra para ocultarse un poco más la cara.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, incorporándose.

—Un par de hombres que conozco, pero no tema. Han entrado a un salón privado.

—No querrá que lo vean conmigo.

Él volvió a abrazarla.

—Solo pretendo evitar darles explicaciones sobre por qué estoy vestido de cochero.

—Ojalá lo fuera de verdad —musitó en voz tan baja que él lo oyó de casualidad.

Ojalá. Qué libre se sentiría. Libre para mirarla no como el marqués que la había contratado sino como un hombre cualquiera.

—Si lo fuera, le haría el amor —añadió Anna.

¿Podría leerle el pensamiento?

—Anna…

—Es lo que deseo —le interrumpió—. Ha sido difícil no hacerlo.

Había perdido los estribos, pero ¿cómo mantenerse cuerda después del día que había pasado?

—No debería hablar así.

Ella lo miró irguiéndose, y la recordó el primer día.

—Usted también me desea, milord, y sé que yaceríamos juntos si yo se lo permitiera. Es lo que hacen los hombres, ¿no? Es la razón por la que las hijas como Charlotte llevan siempre una carabina. Si estuvieran solas, permitirían que los hombres compartieran su lecho.

En eso tenía razón. Las hijas de los condes estaban protegidas, pero no de sus propios instintos sino de aquellos de los hombres que pensaban solo en su propia satisfacción.

Lawton debería haber protegido a Anna. Era su hija también. ¡Maldito fuera! Debería haberla cuidado y no echarla de su casa. Sabía bien lo que podía ocurrirles a las institutrices en la casa de sus amos.

Respiró hondo.

—Creía que algo no iba bien en mí, pero ahora me doy cuenta de que es que soy como mi madre.

Brent se volvió para poder mirarla a la cara.

—Lawton sedujo a su madre, Anna.

—¿O fue ella quien lo sedujo a él? Consiguió a cambio una casa y educación para su hija. Es mucho más de lo que reciben otros sirvientes.

—Lo que Lawton debería haber hecho es darle a su madre una vida independiente en una casa independiente.

Ella le puso una mano en el brazo.

—Quizás no habría sabido llevar una casa propia.

—Pues al menos debería haber reconocido a su hija.

—Supongo que eso era lo que menos le importaba —respondió contemplando las llamas—. Ahora tiene sentido… ahora entiendo mi deseo por acostarme con usted. Es que soy como mi madre.

—Basta. No quiero que siga hablando así —dijo zanjando la cuestión y abrazándola de nuevo—. Ha sido un día muy duro. Intente descansar.

Si no fuera marqués… no tendría que preocuparse del daño que podían sufrir sus hijos por su comportamiento, ni estaría prometido a la hija de un barón. Daría lo mismo con quién se casara. Si fuera libre…

La miró. Tenía los ojos cerrados y su expresión parecía tranquila. Se había quedado dormida y podía contemplarla a sus anchas.

Si de verdad fuese Egan Byrne sería libre…

Nueve

Anna pasó la noche al abrigo del calor de lord Brentmore. Cuando amaneció y el sol inundó el aire de luz, la taberna comenzó a vaciarse de viajeros, pero ellos continuaron donde estaban de mutuo y silencioso acuerdo, como si ninguno quisiera volver a la vieja rutina, a su identidad de siempre.

Mientras desayunaban sin prisas, Anna buscó en el rostro del marqués algún indicio de que tuviera presente las palabras que le había dicho la noche anterior. Solo de recordarlas le ardían las mejillas.

El dolor y la desesperación habían hablado por sus labios, aunque por otro lado era una realidad que debía aceptar en su fuero interno: era hija de su madre, una mujer deseosa de disfrutar del placer carnal.

Si al menos hubiera podido hablar con ella de esas ansias, descubrir por qué había decidido seguir tanto tiempo con su relación con lord Lawton y por qué le había ocultado la verdad a su hija…

El dolor acechaba e intentó con todas sus fuerzas rechazarlo. Era más afortunada que muchas otras mujeres. Tenía trabajo, una hermosa casa en la que vivir, educación, libros… la biblioteca de Brentmore estaba llena de libros.

Miró al hombre que tenía sentado frente a ella. Y tenía un amigo en lord Brentmore, aunque cuando llegaran de vuelta a casa y a su vieja rutina esa amistad quedaría enterrada como el deseo que sentía por él.

Fingió comer con apetito y se obligó a hablar del viaje que los esperaba.

Las lágrimas se habían acabado. Nada de sentir lástima de sí misma. Su madre había fallecido, y su vida era lo que era.

Su consuelo debían ser los niños mientras la necesitaran.

—¿Está preparada para salir? —le preguntó lord Brentmore cuando se acabaron el desayuno.

Ella asintió.

Tardaron unos minutos en volver a subir a la silla y ponerse en camino.

Anna mantuvo la conversación en asuntos relacionados con los niños, con sus necesidades y actividades, con el modo en que podían hacer que su vida fuese segura y feliz.

A primera hora de la tarde llegaron a la posada donde el tiro de caballos de lord Brentmore aguardaba. Una vez enganchados, acometieron la última etapa del viaje. No tardaron mucho en llegar a los límites de las tierras del marqués. Cuando la casa apareció ante ellos, Anna suspiró aliviada.

—Dios, cómo detesto este lugar —dijo él al mismo tiempo.

—¿Por qué? Es donde viven sus hijos.

Él asintió.

—También es donde viven mis recuerdos más amargos.

Ella respiró hondo.

—No piense en el pasado. Solo en el futuro. Solo en lo que nos espera por delante.

Él le puso una mano sobre la suya y su expresión se entristeció.

Cuando llegaron al arco de la entrada, lord Brentmore detuvo los caballos.

—¿Por qué nos detenemos?

Él se volvió a mirarla.

—Para despedirnos.

—¿Se baja aquí?

Una media sonrisa iluminó su cara.

—No, pero Egan Byrne se despide aquí.

E inclinándose la besó en la mejilla.

Anna se volvió a él y le ofreció los labios, temblando de ganas de volver a sentir su sabor.

Brent la besó en la boca, pero sus cuerpos no se rozaron por temor a que la pasión se desbordara.

Cuando se separó, Anna respiró hondo.

—Vuelta a ser el marqués y la institutriz —dijo, entrelazando las manos.

Él la besó una vez más en la mejilla pero no dijo nada, movió las riendas y los animales se pusieron en marcha.

A medida que se acercaban a la casa, el dolor de Anna iba creciendo. Acababa de sufrir otra pérdida: la de un amigo llamado Egan Byrne.

Cuando se pararon ante la puerta, dos lacayos abrieron y salieron a recibirlos. Cal y Dory no tardaron en aparecer a todo correr.

Dory saltó a los brazos de su padre.

—¡Papá, estás en casa!

Él dudó un instante antes de devolverle el abrazo a su hija. Cal se había detenido a poca distancia, como si la timidez le hubiera clavado allí.

—¡Señorita Hill! —exclamó entonces Dory, inclinándose hacia ella.

Lord Brentmore le entregó a la niña y Anna la abrazó haciéndole mil carantoñas mientras el marqués se acercaba a su hijo y lo abrazaba con fuerza.

—Mi niño… te he echado de menos.

Cal se colgó de su cuello.

—Yo también —musitó.

Su padre lo apretó contra el pecho.

—Cal ha hablado con Eppy y con Wyatt mientras no estabais —informó Dory.

—¡Estupendo! —exclamó Anna. Los había echado mucho de menos—. ¿Y qué trastadas habéis hecho mientras hemos estado fuera?

Dory se rio.

—Ninguna.

Su hermano sonrió.

—¡Cal le puso un sapo a Eppy en el bolsillo! —le dijo al oído la niña.

—¡Será malvado!

Qué maravilloso cambio…

—¡Pero no se lo digas a papá!

Anna dejó a Dory en el suelo y abrazó a Cal.

—Así que te gusta gastar bromas, ¿eh?

Uno de los lacayos sacó del coche su maleta y la cesta y el otro se ocupó de llevar la silla a los establos.

—Entremos —dijo lord Brentmore.

Dory alzó los brazos para que la subiera y Anna tomó la mano de Cal.

Al entrar, el chiquillo le hizo un gesto para que se agachara. Le costó un par de intentos, pero consiguió decir:

—¿Está mejor tu madre?

El dolor le cerró la garganta.

—No, lord Cal. Estaba demasiado enferma. Ha muerto.

La expresión del niño se volvió solemne.

—Mi madre también.

Anna se agachó y le abrazó con lágrimas en los ojos.

—Lo sé.

Fueron pasando los días y volvieron a las antiguas rutinas. Los niños mejoraban cada día. Cal hablaba cada vez más y Dory se mostraba más tranquila y menos vigilante y protectora de su hermano. Su anterior confinamiento les hacía desear constantemente nuevas experiencias. No había nada que no se atrevieran a probar y absorbían información como esponjas.

Pero para Anna la vuelta a su antigua vida le estaba resultando difícil. Durante el día se sentía muchas veces como fuera de sí misma, viéndose actuar, oyéndose hablar. Renunciaba con más asiduidad a salir a montar con los niños y lord Brentmore, y a su vez él pasaba más tiempo ocupándose de la correspondencia y el estado de sus asuntos.

Por las tardes seguían cenando juntos y hablaban de los niños, pero siempre había tensión entre ellos fruto de lo que no se decían.

Anna intentaba convencerse de que todo iba como debía, que pronto volvería a ser feliz como antes, pero cuando la inquietud se adueñaba de ella le era tan insoportable como el dolor. Dormir era casi imposible, y cuando por fin caía presa del agotamiento soñaba con que corría y corría hasta llegar al mar.

Tal y como él le había contado que hacía de niño en Irlanda.

Los recuerdos felices que él le había anticipado que llegarían no aparecían, y el deseo que le inspiraba no cedía. Había veces en que temía volverse loca si no la tocaba. Si en alguna ocasión lo hacía, sentía su contacto en todo el cuerpo. Con eso bastaba para perder la cabeza.

Quizá fuese a ella a quien debieran encerrar en el centro de salud mental del que hablaba el doctor Store.

Pasaba por sana, y nadie se daba cuenta de su lucha. Podía dar lecciones a los niños mientras su mente viajaba hasta Lawton o la biblioteca de la planta baja donde lord Brenton escribía sus cartas. Podía conversar durante la cena sobre los niños, compartir anécdotas suyas, hacer planes para ellos mientras pensaba en las comidas que el marqués y ella habían compartido en la posada. Podía desearle buenas noches y aducir que tenía sueño para retirarse a su habitación cuando sabía que iba a pasarse horas mirando el techo.

Aquella noche todos sus pensamientos se centraban en el futuro y no podía contemplar más que soledad y pérdida. Él no se quedaría en Brentmore Hall para siempre, sino que acabaría volviendo a Londres a ocupar el lugar que le correspondía en la sociedad. Sus visitas se volverían más breves, menos frecuentes. Se quedaría sola.

Se levantó de la cama y comenzó a pasearse de un lado al otro con la esperanza de cansarse.

No lo consiguió.

Tenía que acostumbrarse a pensar en él como la persona que le daba trabajo, nada más. Tenía que distraerse, llenar su cabeza de cosas que no fueran su sonrisa, su forma de moverse, el contacto de sus labios.

¡Qué ridículo! De mal humor se llevó una vela y salió de la habitación, sin molestarse en calzarse las zapatillas o en ponerse la bata, y descalza bajó las escaleras y fue a la biblioteca. Los libros habían llenado su imaginación de niña; quizá volvieran a hacerlo ahora.

Quería uno que tratase sobre algún lugar lejano donde la gente como ella llevaba una vida completamente distinta a la suya. Quizá estuviera Los viajes del capitán Cook, que le haría pasar un buen rato.

Pero no. Tenía una idea mejor. Lo que quería era dormir, ¿no? Una copa del coñac de lord Brentmore la ayudaría. Seguro que no le importara que le faltase una copa. Puede que ni siquiera se diera cuenta.

En algún lugar de la casa un reloj dio las dos y el sonido le hizo dar un respingo. La puerta de la biblioteca estaba entreabierta y las ascuas de la chimenea aún ardían.

Atravesó la habitación rápidamente y dejó la palmatoria sobre el armario en el que sabía que se guardaba el coñac, abrió la puerta y sacó una botella y un vaso, que llenó hasta arriba y vació de un trago. Tanto quemaba el licor que casi se atragantó.

—¿Anna?

La voz provenía del sofá que había frente al fuego. Era la voz de lord Brentmore.

El vaso a punto estuvo de caérsele de la mano.

Se incorporó. Estaba en mangas de camisa. La corbata, el chaleco y la chaqueta abandonados en una silla.

—¿Qué hace aquí?

No tenía sentido mentir. La había pillado con las manos en la masa.

—Beber coñac. No podía dormir y se me ocurrió que el coñac podría ayudarme.

Y que el amo la pillara robando licor podía ser motivo de despido fulminante.

Él se frotó la cara.

—El alcohol nunca ayuda —respondió, mirándola—. Creía que estaba cansada hoy.

Cansada no, agotada.

—Y lo estaba. Lo sigo estando. Pero no puedo dormir.

—Y yo me he quedado dormido en el sofá —se quejó—. Somos como la portada y la contraportada de un mismo libro.

Una buena comparación. Juntos mantenían cada cosa en su sitio, pero nunca iban a encontrarse. Ni a tocarse.

—Sé… sé que parece que estoy robando, pero es que… estaba desesperada.

Él hizo un gesto de la mano como quitándole importancia al hecho y se levantó.

—Lo que yo tengo está a su disposición —se acercó a ella—, pero ¿qué es lo que le pasa?

—Nada. Que no puedo dormir.

—No es propio de usted —le puso la mano en la frente—. No tiene fiebre.

Ahora sí que la tenía. Su contacto la inflamaba.

La miró de arriba abajo y bajó la mano hasta su hombro.

—¿Qué es lo que no la deja dormir?

Sentir el calor de su mano y de su mirada la estaba derritiendo como cera caliente.

—Yo… no lo sé.

—¿No lo sabe, o no quiere decírmelo? —le pasó un brazo por los hombros—. Venga, siéntese conmigo y cuéntemelo. Piense que soy Egan Byrne. Dígame qué es lo que le impide dormir.

La hizo sentarse en el sofá y la recostó contra él. El calor de su cuerpo traspasaba sin dificultad el fino tejido de su camisa y el de su camisón. ¿Cómo sería su piel bajo aquella tela?

—Hábleme, Anna —la animó.

¿Qué podía decirle que resultase creíble? No podía decirle la verdad.

—Es que… por la noche los pensamientos me asaltan y me consumen… sobre mi madre, sobre Lawton. Sobre el hecho de que estoy sola ahora.

Pensaba en esas cosas y en muchas más.

Él la apretó contra sí.

—No está sola, Anna.

Sus palabras y sus brazos pretendían consolarla, pero eran una auténtica tortura. Deseaba más.

—Podría despedirme por haberme tomado un poco de su coñac —le dijo, separándose de él—. Así de precaria es mi existencia. ¿Qué sería de mí entonces? No tengo dónde ir, ni nadie que me ayude.

—No pienso despedirla ni negarle mi coñac —su expresión era sincera—. Aquí está segura, Anna. Todos la queremos.

Se apartó un mechón de pelo de la cara.

—No pretendo quejarme, ni compadecerme de mí misma. No me haga caso, se lo ruego.

Intentó levantarse, pero él la sujetó por una mano.

—Anna —le dijo, acariciándole el brazo—. ¿Qué puedo hacer para que deje de preocuparse?

—Nada, milord —contestó, intentando no perder la compostura—. Entra dentro de las obligaciones de una institutriz preocuparse.

—Sabe usted bien que en esta casa es mucho más que una institutriz—, le respondió, mirándola a los ojos.

Su boca estaba peligrosamente cerca. Su cuerpo desprendía calor y fuerza, y su olor le llegaba sin adulterar, tan masculino, tan agradable, tan único.

—Yo… tengo que irme —le dijo, y soltándose de su mano salió corriendo de la biblioteca.

Diez

—¡Anna!

Brent salió tras ella y le dio alcance ya en el segundo piso.

—¿Qué ocurre? —insistió, sujetándola por un brazo.

Ella intentó soltarse.

—A veces… no puedo olvidar lo que siento.

Él tampoco podía. Viajar con ella había cambiado algo en su interior: le había hecho desear ser un hombre corriente y no marqués. Hacía mucho tiempo que no deseaba poder renunciar a las ataduras de su título y quedar siendo solo carne y hueso.

La abrazó contra su cuerpo con intención de consolarla, de consolarse, pero fue como arrimar fuego a la paja seca. Ella le rodeó el cuello con los brazos y a través del tejido de su camisón pudo sentir la firme rotundidad de sus senos, las curvas de su cuerpo, el lugar especial que desataba sus sentidos. Bajó las manos a su cintura y la apretó contra él, ahogándose en deseo.

Le ofreció la boca y él la poseyó, saboreándola a placer. Con la lengua paladeó sus labios y el interior de su boca. Sabía a coñac.

La tomó en brazos y la llevó hasta su alcoba, dejándola sobre la cama. Estaba tan ofrecida a él como podía estarlo una mujer, tan perdida en la pasión como lo estaba él.

Se arrancó la camisa sin pensar y se tumbó junto a ella en el lecho, enredadas las piernas y viajeras las manos mientras se bebía su boca.

¿Qué mal podía haber en hacerle el amor? Los dos lo deseaban. Y sería delicado con ella. Quería ser hombre en su cuerpo, unirse a ella, alcanzar juntos el clímax.

¿Qué mal podía hacerles seguir?

Sus manos se colaron entre sus piernas hasta el lugar donde el placer explotaba, y ella se movió contra su mano.

Podían tener muchas noches de placer hasta que… hasta que él se casara.

De pronto se quedó inmóvil y un segundo después se apartaba de ella.

—No, no pares —gimió—. Quiero que sigas.

Brent tomó su cara entre las manos.

—No puedo.

Debería decirle que el marqués de Brentmore no tardaría en contraer respetable matrimonio, pero aquel era el peor momento posible para tal confesión, y cuando estaba con ella gustaba de fingir que su prometida no existía.

Su expresión mostró la angustia que la consumía.

—¿Por qué?

—Podrías… quedarte embarazada —consiguió decir.

—Como mi madre —reconoció ella con los ojos de par en par.

Brent se levantó de la cama y volvió a ponerse la camisa.

—Solo Dios sabe hasta qué punto deseo hacerte el amor, Anna, pero no estaría bien. Lo cambiaría todo entre nosotros.

Ella se frotó las sienes con los dedos.

—¿Qué vamos a hacer entonces?

—Esto, no. Debemos tener cuidado. Te prometo que no volverá a ocurrir.

—No estoy segura de que eso sea lo que quiero.

—Al menos no es lo que yo quiero, pero sí lo que debo hacer.

—Las cosas han cambiado ya bastante entre nosotros —respondió mirándole fijamente—. Siento como si se hubiera abierto una puerta que no puedo cerrar por mucho que lo intente.

Él también la miraba a los ojos.

—Lo siento, Anna.

Ella bajó la mirada y guardó silencio.

Si ella perteneciera a la buena sociedad, él estaría en la obligación de casarse con ella por haberse comportado de aquel modo, pero ese no era el caso. Y allí no había nadie, no existía un padre cariñoso o simplemente responsable que velara por ella, para insistir en que se casaran.

Esa idea le hizo daño; lo vulnerable de su estado, su soledad.

Si le hacía el amor, tendría que casarse con ella. ¿Cómo seguir viviendo consigo mismo si no? Pero ya podía imaginarse el escándalo: plantar a la señorita Rolfe para casarse con una institutriz con un pasado tan escandaloso como el suyo.

Sus hijos serían los que pagarían las consecuencias de semejante comportamiento.

—Debemos pensar en los niños —dijo—. Quiero lo mejor para ellos.

Anna asintió y se levantó de la cama con toda dignidad.

—Me he comportado de un modo abominable. Le ruego que me disculpe por ello.

Y antes de que él pudiera componer su respuesta, ella salió de la alcoba.

El día siguiente lo pasaron comportándose como institutriz y marqués, manteniendo una distancia que era tan dolorosa como necesaria. El hecho de haber estado a punto de hacerle el amor hacía que el deseo de Brent pugnara con más fuerza que nunca, pero ella estaba en lo cierto: todo había cambiado ya entre ellos.

Y por si eso no fuera suficiente, Londres lo llamaba. Parker tenía una remesa de asuntos que debía atener, y había recibido varias cartas de miembros del Parlamento en que solicitaban que volviera. Aunque estaban ya en agosto, las sesiones continuaban.

Aun así, todo aquello podía ignorarse, pero aquella mañana recibió sendas cartas de Peter y el barón Rolfe, rogándole que volviera a Londres para poner en marcha el casamiento. Las circunstancias apremiaban ya a lord Rolfe.

Tenía que regresar.

Pero era pronto para dejar a los niños.

O a Anna.

La lluvia y el frío los retenían a todos en casa, y el confinamiento no mejoraba precisamente la incomodidad de Brent. No hacía más que ir y venir por la casa, y de vez en cuando se encerraba en la galería a contemplar los retratos de sus antepasados, que alcanzaban hasta el siglo XVI.

Viendo a aquellos hombres de barbitas puntiagudas y a aquellas mujeres envueltas en encajes le costaba trabajo creer que su sangre le corriera por las venas. Aun después de los años transcurridos seguía sintiéndose en tierra extranjera.

Wyatt lo encontró.

—Ah, está usted aquí, milord. La cena esta servida —anunció desde el fondo de la galería.

—Gracias, Wyatt.

Cuando Brent llegó al comedor, Anna ya estaba sentada a la mesa.

—Siento haberla hecho esperar —dijo—. He perdido la noción del tiempo.

Ella sonrió educadamente.

—Al señor Wyatt le ha costado trabajo encontrarle.

Brent se sentó.

—Estaba en la galería.

—Ah, la galería —repitió ella.

—Con mis ancestros.

El lacayo les sirvió la sopa casi de inmediato y Brent le preguntó por las lecciones de los niños.

Anna respondió dándole todos los detalles sobre lo que habían hecho en aquel día tan lluvioso.

—Espero que mañana podamos salir. Los dos están ya nerviosos.

—Como yo.

—Si mañana sigue lloviendo —continuó, metiendo la cuchara en la sopa—, los llevaré a la sala de música para darles lecciones de baile.

Él alzó la mirada.

—Si llueve, puede que me una al grupo.

Ella lo miró.

—Estaría bien.

Sus miradas se quedaron fijas el uno en el otro.

—Y a los niños les encantaría —añadió ella.

Llegó el segundo plato.

—Hoy por fin he revisado el correo que tenía pendiente.

—¿Alguna noticia interesante? —preguntó educadamente.

—El Parlamento sigue reuniéndose.

—¿Ah, sí? —fingió interesarse.

—El señor Parker me espera con un montón de asuntos pendientes.

Anna volvió a mirarlo, y entonces fue él quien bajó la mirada.

—Tengo que volver a Londres.

—Los niños le echarán de menos —contestó ella, que había palidecido notablemente.

Brent reconoció la emoción que latía tras sus palabras y alargó el brazo para tocarla, pero no terminó de hacer el movimiento porque sabía bien que sería peor para los dos.

—¿Cree que será perjudicial para ellos que me marche? ¿Es demasiado pronto?

Anna dejó los cubiertos para mirarle abiertamente.

—En algún momento habrá de marcharse, milord.

Tenía razón. Aquellas semanas había disfrutado de una sensación de paz que no conocía. Con Anna se sentía dueño por completo de sí, fiel a sí mismo como en ningún otro lugar.

La conversación terminó en aquel punto, aunque Anna siguió haciéndole preguntas sobre su inminente viaje a Londres y él no dejó de contestar hasta que se acabó la cena.

Pero no pudo hablarle de su compromiso. Cuando estaba con ella le parecía tan irreal que le era imposible mencionarlo. Además, sus emociones estaban demasiado a flor de piel aún.

—¿Cuándo se marchará? —le preguntó cuando ya se habían retirado los platos y le habían servido a él su copa de coñac.

—Supongo que dentro de un par de días.

Miró el licor castaño de la copa y la recordó en la biblioteca. Casi desnuda. El pelo cayéndole a la espalda.

Anna se levantó.

—Bueno… os deseo buenas noches, milord.

Él se levantó también.

—Buenas noches, Anna.

Iba a salir ya cuando sintió un irrefrenable deseo de llamarla.

—¡Anna, espere!

Ella se volvió.

—Venga conmigo.

Las mejillas se le tiñeron de grana.

—Usted y los niños… podrían venir conmigo a Londres —¿cómo no se le habría ocurrido antes?—. Serán solo unas semanas, y hay tanto que enseñarles a Cal y a Dory allí.

Ella parecía dudar.

—No sé…

—Podríamos llevarlos a muchos sitios: a Astley, por ejemplo. A Dory le encantaría ver las carreras de caballos. Podemos encargarles ropa nueva, que les hace falta. Sería una buena experiencia para ellos.

Contuvo el aliento esperando a su respuesta.

—Muy bien, milord. Iremos a Londres.

Unos días después, viajaron a Londres. Lord Brentmore iba en su caballo y Anna y los niños en el carruaje con Eppy.

Resultó ser un viaje difícil. Cal y Dory nunca habían llegado tan lejos y los dos estaban muy nerviosos, además de que notaron los rigores de todo un día encerrados en un coche. Para animarlos, su padre los llevaba a ratos montados en Luchar con él, pero eso los entretenía solo brevemente. Cuando el coche llegó frente a la casa de la ciudad de lord Brentmore, los niños y Anna también estaban exhaustos.

La puerta se abrió y Anna reconoció el vestíbulo en el que diera su primeros pasos a una nueva vida. Poco se imaginaba entonces hasta qué punto se estarían cerrando los de la anterior.

Brentmore entró el primero, pero se quedó junto a la puerta esperándola, ya que ella llevaba a los niños de la mano.

El señor Parker se adelantó. Obviamente aguardaba su llegada.

—Milord —lo saludó, inclinándose—. Me alegro de tenerle de vuelta. Me he tomado la libertad de pedir que nos preparen una comida ya que, con su permiso, hemos de hablar de asuntos que requieren urgentemente su atención.

Lord Brentwood miró a Anna y se volvió a su secretario con una mirada severa.

—¿Es que has perdido los modales desde la última vez que te vi, Parker?

El hombre se quedó sorprendido, y tardó un momento en darse cuenta de lo que su señor le quería decir.

—Ah, discúlpeme, por favor —dijo, dirigiéndose en realidad a lord Brentmore. Luego se volvió a Anna—. Buenas tardes, señorita Hill.

—Buenas tardes —respondió ella, y se dio cuenta de que ni siquiera había mirado a los niños, que se habían escondido tras sus faldas nada más verlo.

—No estoy preparado para hablar de asuntos de negocios en la cena, Parker. Vuelva mañana por la mañana.

Al administrador se le cambió la cara.

—Milord, hay un par de cosas que creo que no pueden esperar ni siquiera hasta mañana.

Pero lord Brentmore no cedió.

—Está bien: dado que se ha invitado usted a cenar, hablaremos de ello después de la cena, porque no tengo intención de aburrir a la señorita Hill con tediosos asuntos, después de pasarse el día entero metida en el carruaje con dos niños pequeños.

—¿La señorita Hill?

Parker alzó tanto las cejas que casi se le pegaron al cuero cabelludo.

Estaba claro que jamás se le habría ocurrido pensar que fuera a cenar con el marqués.

Y ella estaba demasiado cansada para tener que soportar aquella clase de bienvenida.

—Milord, si no le parece mal, preferiría cenar con los niños. Están en un lugar nuevo para ellos y quiero asegurarme de que se sientan cómodos.

Lord Brentmore arrugó el entrecejo.

—¿Seguro?

—Con su permiso.

Entonces Brent se volvió hacia el señor Parker.

—Bien, Parker. Se hará como desea.

—¿Podrían indicarnos dónde están nuestras habitaciones?

—Desde luego —lord Brentmore se volvió hacia el mayordomo, que acababa de entrar y estaba cerrando la puerta—. Davies, que alguien les enseñe sus habitaciones a la señorita Hill y a los niños.

En ese instante una mujer corpulenta y de cabello gris apareció por la puerta de servicio.

—¡Milord! Acabo de enterarme de su llegada.

—Ah, señora Jones. Permítame presentarle a la señorita Hill, institutriz de los niños, y Eppy, su niñera. La señora Jones es el ama de llaves de la casa. Creo que no se conocían.

—Así es —respondió Anna—. Es un verdadero placer conocerla, señora Jones.

Su sonrisa era cálida, pero antes de contestar se inclinó hacia un lado intentando ver detrás de Anna.

—¿Y quién hay ahí detrás?

Anna empujó suavemente a los niños hacia delante.

—Lord Calmount y su hermana, lady Dory.

—Qué delicia tenerlos a todos aquí —contestó la señora Jones con los brazos en jarras—. Les hemos preparado unas habitaciones que espero que les gusten.

Lord Brentmore se acercó a sus hijos.

—Id con la señora Jones a ver vuestras habitaciones. Luego os subirán los baúles y la cena —miró al mayordomo—. ¿Verdad, Davies?

—En este mismo momento están subiendo los baúles y la cocinera ha preparado una cena muy especial para los más jóvenes.

—Excelente —Brentmore se volvió hacia Anna—. ¿Hay algo más que hayamos olvidado?

—No creo, milord —respondió, aunque estaba demasiado cansada para pensar en nada más.

—Entonces, arriba, chicos —dijo a sus hijos, y apretó cariñosamente el hombro de Cal.

—¡Yo quiero que la señorita Hill y Eppy también vengan con nosotros! —protestó Dory.

Lord Brentmore se agachó delante de ella.

—Por supuesto que irán con vosotros. Y la señorita Hill ha dicho que iba a cenar hoy en vuestras habitaciones. Es estupendo, ¿no te parece?

—Yo quiero que tú también cenes con nosotros, papá —añadió la niña.

—Hoy no va a poder ser, pero luego subo a daros las buenas noches.

Dory se llevó un dedo a la boca, pero Anna no le dijo nada. Tampoco se molestó en darle las buenas noches al señor Parker.

Siguieron a la señora Jones hasta el tercer piso.

—Hemos preparado una habitación de estudio y otra alcoba. Hay otra más pequeña para Eppy y otra para usted, señorita Hill. Espero que todo esté de su gusto.

—Seguro que lo estará. A lord Cal y a lady Dory les encantará dormir en la misma habitación. Todo es nuevo para ellos.

La señora Jones sonrió.

—El marqués ha dado instrucciones muy específicas. También ha dispuesto que una doncella se ocupe de atenderlos. Le pediré que suba en cuanto se hayan instalado.

—Qué considerado por su parte.

Tanta amabilidad se lo hacía todo más difícil. Ojalá hubiera seguido siendo el hombre arisco y severo que había conocido en aquella casa. Le resultaría mucho más fácil.

Qué tontería… estaba demasiado cansada.

Las habitaciones estaban bien, pero el estudio resultaba un poco escaso. Habían traído sus pizarras y sus tizas, los cuadernos de dibujo y algunos libros, pero no iba a ser suficiente.

Su cena consistió en carne asada y pastel de ciruelas, y un termo con leche caliente para que se lo tomaran antes de acostarse.

Tal y como había prometido, lord Brentmore acudió a darles las buenas noches. Los arropó y los besó en la frente con una ternura que le encogió del corazón a Anna.

Iba a salir ya de la habitación cuando le susurró a ella:

—¿Puedo hablar con usted un momento?

Ella asintió y se despidió rápidamente de los niños.

—Ya sabéis qué habitación es la mía y cuál la de Eppy, de modo que venid a buscarnos si necesitáis algo durante la noche —les dijo antes de salir.

El corredor era estrecho, de modo que quedaron más cerca el uno del otro de lo que le habría gustado.

—¿Cómo están los niños?

—Dory está muy apagada y Cal no ha dicho ni una palabra, ni siquiera a su hermana, pero creo que todo ello se debe al cansancio.

Él frunció el ceño.

—¿He cometido un error al invitarlos a venir conmigo?

Quizás hubiera sido mejor dejarlos en el campo, acostumbrándose a su ausencia.

—Si soy capaz de entretenerlos no lo será, pero no hay nada aquí en qué ocuparlos.

—Yo me refería a si… no importa. ¿Qué quiere decir con que no hay nada?

—No hay juguetes, ni bloques de construcción, juegos o rompecabezas. Tampoco hay muñecas ni soldados.

—Juguetes —repitió pensativo, frotándose el cuello—. ¿Cómo no se me ha ocurrido pensar en eso? Lo remediaremos mañana por la mañana.

Ella asintió.

—Pero… ¿cómo está usted, Anna? —le preguntó alargando el brazo como si fuera a tocarla—. ¿Ha sido muy duro el viaje?

Debía estar hecha un asco, pero en el fondo daba igual. No podría soportar ver admiración en sus ojos.

—Necesito descansar, eso es todo.

Parecía preocupado.

—He de volver con Parker. ¿Estará bien aquí? Por favor, pídale al servicio cualquier cosa que pueda necesitar.

Ella asintió.

—Buenas noches, milord —replicó en un tono más cortante de lo que pretendía.

Se dio la vuelta pero él la sujetó por un brazo, e inmediatamente sus sentidos se despertaron. La pasión que tanto le había costado domesticar volvió con tanta fuerza como antes.

Él debió sentirlo también porque iba a acercarse a ella pero la soltó.

—Quiero disculparme por la grosería del señor Parker —le dijo.

Ella se rozó el brazo donde él la había tocado.

—Soy una simple institutriz. No esperaba más de él.

—Yo sí —respondió acalorado—. En cualquier caso, mañana cenaremos juntos usted y yo.

Ella inclinó la cabeza.

—Como desee.

Pero él le buscó la mirada.

—Anna… —susurró.

—Buenas noches, milord —murmuró ella volviéndole la cara, y entró a toda prisa en su habitación.

Once

A la mañana siguiente, después de desayunar, Brent se llevó a Anna y a los niños al Arca de Noé, la tienda de juguetes del señor Hamley en High Holborne Street.

Cuando entraron, Dory exclamó:

—¡No había visto nada así en mi vida!

¿Quién podría culparla? Aquella tienda era el paraíso de los niños. Del techo al suelo, las paredes estaban llenas de juguetees. Toda una pared honraba el nombre de la tienda con infinitas variedades del Arca de Noé. Otra estaba llena de muñecas. Otra, de peonzas y balones, y la última con juguetes de exterior.

Cal no decía nada pero miraba con los ojos tan abiertos como su hermana. Ni siquiera Brent había podido permanecer inmune. Recordaba lo bien que se lo había pasado jugando con las canicas de arcilla que le hacía su daideó.

¿Dónde andarían? Las había escondido para que el marqués no se las encontrara y había conseguido traérselas a Inglaterra con él, pero a lo largo del tiempo les había perdido la pista.

Miró entonces a Anna, pero su expresión era indescifrable. ¿Estaría pensando en los juguetes de su infancia también? Sin duda lord y lady Lawton habrían obsequiado a su hija con muñecas, juegos de té y toda clase de juguetes que las niñas desearan, pero también era posible que hubiera jugado siempre con juguetes que nunca eran suyos.

Anna acompañaba a Dory mientras recorrían las estanterías de las muñecas, más de las que la niña podía contar.

Algunas eran de madera pintada, otras de cera, tan reales que parecían capaces de pedir comida de un momento a otro. En el suelo había una enorme casa de muñecas, con su mobiliario en miniatura tan detallado que podías imaginarte viviendo allí a todo confort, siempre que pudieras encoger, claro. Anna se agachó con la niña y hablaron de la familia: padre y madre en el salón y los niños en sus habitaciones con la institutriz.

Brent se acercó a ellas.

—¿Te gustaría tener una casa de muñecas, Dory?

La niña suspiró.

—¡Ya lo creo!

—¿Se la compro? —le preguntó a Anna—. ¿Le parece adecuada?

—Se ha enamorado de ella.

Se la compraría aunque solo fuera porque ella lo aprobaba.

—¡Por favor! —alzó la voz para que el comerciante los atendiera.

Un caballero que estaba atendiendo a una señora hizo un gesto a un ayudante para que ocupase su lugar.

—¿En qué puedo ayudarle, milord?

Siempre le había sorprendido a Brent cómo los comerciantes eran capaces de saber quién tenía título y quién no.

—Quiero la casa de muñecas y todo lo que hay en ella, embalado y entregado en mi casa esta tarde, si es posible.

La cara del comerciante se iluminó.

—¡Será un placer! —su expresión se volvió codiciosa—. Hay más colecciones que pueden acompañar a la casa. ¿Les gustaría verlas?

—¿Qué son? —preguntó Dory.

—Sirvientes, un perro y un gato…

La niña miró a su padre y le pareció ver en ella la viva imagen de su madre.

Su alegría se resintió.

—Inclúyalo todo —dijo, volviéndose para que Dory y Anna no pudieran ver su cambio de humor.

Se volvió hacia Cal, que parecía estaqueado en el sitio, contemplándolo todo. El chiquillo no había visto nunca algo así, lo mismo que él.

—¿Y tú, Cal? —le preguntó, poniéndole una mano en el hombro—. ¿Qué tiene para mi hijo?

—Bueno… —el hombre se frotaba las manos entusiasmado—. Acabamos de recibir unos soldados de plomo hechos en Francia por Mignot. Los mejores que he visto nunca. Llevan los uniformes de Waterloo, milord.

Brent y Cal temblaban de entusiasmo.

—Veámoslo.

—Están aún por desembalar, milord. Aguarden un momento.

Brentmore miró a su hijo.

—¿Quieres ver los soldados de Waterloo, Cal?

El chiquillo asintió, y el padre se agachó delante de él.

—¿Quieres decírmelo a mí al oído? —le pidió.

—S… sí.

Brent le apretó el hombro y miró a Anna, que los estaba observando.

En otro tiempo le habría dedicado una sonrisa.

—¿Qué más compramos? —le preguntó a ella.

Anna miró a su alrededor.

—Rompecabezas, peonzas…

—Elija lo que le parezca mejor.

Brent estaba dispuesto a comprar lo que le gustara costase lo que costase.

La señora a la que estaba atendiendo el otro dependiente acabó sus compras y se marchó. Ellos eran los únicos clientes que quedaban.

El dependiente se acercó también.

—¿Puedo ayudarle, señor?

—¿Podemos ver aquel arca de Noé, por favor? —preguntó Anna, señalando el arca más grande que había en una de las estanterías.

—Es de excelente calidad. La pintura y la madera son magníficas.

El arca había sido diseñada para que pudiera contener en su interior las parejas de animales del juego, unos cincuenta. También estaban Noé y su esposa.

Dory se acercó.

—¡Fíjate! ¡Es increíble!

El dueño del establecimiento salió de la trastienda.

—Aquí está parte del conjunto, milord.

Dejó una caja sobre el mostrador y sacó de ella una réplica de un soldado francés y de un dragón británico. Cal lo tocó con un solo dedo.

—Están muy bien hechos. Parecen reales —comentó su padre.

—¿Estuvo usted en la batalla, milord? —preguntó el tendero.

Brent le devolvió el soldadito.

—No como soldado.

Entonces trabajaba clandestinamente recopilando información para enviársela a Wellington.

—¿Quieres que lo compremos, hijo?

—Sí —el chiquillo respondió sin dudar—. Gra… gracias.

—Envíenmelo junto con la casa de muñecas —le dijo al tendero.

Luego añadieron un juego de mikado, dominó, bádminton, rompecabezas, peonzas, bolos y canicas, pequeñas piedras preciosas comparadas con las que Brent tanto había jugado.

El dueño de la tienda parecía estar en éxtasis cuando hizo el total de lo adquirido.

Dory le tiró de la chaqueta.

—Papá, ¿podrías comprarme una muñeca?

La forma en que se lo había pedido le hizo parecer, aunque aquella sola vez, distinta a su madre.

—Pues claro que sí.

Anna se acercó a la estantería con la niña para que eligiera, y sorprendentemente no escogió una de aquellas preciosidades de porcelana o de cera, sino una sencilla muñeca de madera, con el pelo pintado de amarillo, los ojos azules y un vestido muy simple con un delantal.

—¿No te gustaría más una de las otras? —le preguntó su padre.

Dory negó con la cabeza.

—Esta muñeca me necesita —contestó, mirándolo—. Por favor, papá, quiero esta.

Él asintió sin saber qué decir. A lo mejor no se parecía tanto a Eunice como él creía.

Cal se acercó a su padre con una espada de juguete y le preguntó como su hermana:

—Papá, ¿puedo…?

La voz de Brent se cargó de emoción.

—Sí, Cal. Claro que puedes. ¿Qué más necesitamos?

—¿Bloques? —preguntó su hijo, mirándolo.

El ayudante añadió una caja de bloques a la pila de compras y Brent les pidió que lo llevaran todo a Cavendish Sqaure aquella misma tarde. Dejó que Cal se llevara su espada de juguete y que Dory no se separara de su muñeca.

Anna lo miró y Brent se preguntó si pensaría lo mismo que él: que sus hijos se merecían aquella indulgencia. Habían estado casi tan privados de todo como él hasta que ella llegó a sus vidas.

—¿Le parece bien? —le preguntó.

Su mirada era cálida.

—Muy bien.

Brent volvió a sentir esa atracción erótica que siempre estaba presente entre ellos, aun hallándose en una juguetería. Dios todopoderoso, necesitaba más distracciones.

Cuando salieron de la tienda y montaron en el coche, le pidió al cochero que los llevara a Berkeley Square.

—¿Os apetece tomar un helado? Yo siento una repentina necesidad de tomar algo dulce.

Cal lo miró sorprendido y Dory preguntó:

—¿Qué son helados?

¿Aquellos niños nunca habían probado los helados? El peso de la culpa volvió a agobiarle.

—Son unos dulces fríos que están deliciosos —explicó Anna.

Gunter’s Confectionery, en Berkeley Square, era uno de los pocos lugares a los que un caballero podía acompañar sin faltar al decoro a una mujer soltera, de modo que un marqués, sus hijos y su institutriz no llamarían la atención de nadie.

Brent le pidió al cochero que los recogiera en media hora. Dory se llevó a su muñeca y Cal su espada, tras prometer ambos que no molestarían a nadie.

En cuanto abrieron la puerta del establecimiento, un olor a azúcar, especias y fruta los envolvió. En los mostradores de la tienda había toda clase de mazapanes en forma de fruta.

—¡Mirad! —exclamó Dory, viendo aquellas cajas—. ¿qué son?

—Dulces —exlicó Anna.

Dory miró a su padre.

—¿Podemos comprar una? ¡Son tan bonitos!

—Sí que podemos, pero son golosinas especiales que no se pueden comer a todas horas.

La niña asintió.

Brent miró a Anna y se preguntó si ella también habría tomado golosinas como aquellas. ¿La habrían favorecido los Lawton como a su hija, o se habría visto obligada a ver cómo su hermanastra se los comía sola?

Pidió helado de pistacho para todos y una caja de mazapán.

Mientras los niños examinaban todas las cajas que había expuestas, Brent se inclinó hacia ella para decirle:

—Me duele ver cuántas cosas se han perdido, y me gustaría compensarles por todo ello de inmediato.

Ella lo miró y en sus hermosos ojos azules había comprensión.

—Lo está usted haciendo muy bien, milord.

Y le tocó el brazo. No fue más que un breve contacto, pero le llegó muy adentro.

Cuánto desearía poder borrar también todo su sufrimiento, pero él mismo era causa de parte de la tristeza que le envolvía como un manto.

El camarero de Gunter’s se inclinó y le ofreció la caja de dulces.

—Si milord lo desea, pueden esperar en la plaza y yo les serviré los helados en cuanto estén listos.

Anna tomó la caja.

—Yo la llevaré, milord.

Brent llamó a los niños.

—Venid. Esperaremos fuera.

Iban a salir cuando la puerta se abrió y entraron dos personas con las que Brent no habría deseado encontrarse aún: su primo y la señorita Rolfe.

—¡Brent! —su primo le sonrió sorprendido—. ¡Estás aquí!

—Llegamos anoche.

Tenía intención de enviar un billete a Meter y a lord Rolfe aquella misma tarde—. Buenos días, señorita Rolfe.

—Buenos días, lord Brentmore.

Parecía reticente, lo cual no era de extrañar. Se había marchado de buenas a primeras y le había cargado a su primo la tarea de disculparse por él.

Meter se agachó.

—¡No irás a decirme que estos niños son Calmount y Dorotea! ¡Pero si están muy mayores!

Dory parecía dispuesta a aceptar la atención de aquella persona desconocida, pero Cal dio un paso atrás.

—Sí —contestó Brent, aliviado de poder desviar la atención de la señorita Rolfe—. Niños, este señor es mi primo, que os vio por última vez cuando erais bebés.

—¡En su bautizo! Añadió Meter, sonriendo.

¿Por qué no le habría hablado a Anna de la señorita Rolfe?

Sabía por qué: porque cuando estaba con Anna, le gustaba imaginarse que la señorita Rolfe no existía, que no tenía ningún compromiso.

—Niños, decid «¿cómo está usted?» —les dijo Anna.

A Brent se le estaba revolviendo el estómago.

Dory hizo una pequeña reverencia y repitió como un lorito:

—¿Cómo está usted?

Cal inclinó la cabeza pero no dijo una palabra. Parecía haber percibido la incomodidad de su padre, al que no le quedó más remedio que seguir con las presentaciones:

—Peter, señorita Rolfe, les presento a la señorita Hill, la institutriz de los niños —y, volviéndose hacia Anna, añadió—: él es mi primo, el señor Caine, y la señorita Rolfe… —hizo una pausa—, es mi prometida.

Anna sintió que le faltaba el aire para respirar y que sus músculos actuaban por cuenta propia. Aun así se obligó a saludar.

—Encantada, señor Cain. Señorita Rolfe —y volviéndose a los niños, añadió—: Venid, vamos a la plaza. Dejemos charlar a vuestro padre.

Los niños no dudaron en acompañarla, y confió en que aquellas personas no se hubieran dado cuenta de su necesidad de escapar.

Se sentaron en un banco frente a la tienda.

—¿Qué es una prometida? —preguntó Dory, apretando su muñeca contra el pecho.

Anna no quiso explicarles que su padre pretendía volver a casarse.

—Ah, una amiga especial. Seguro que vuestro padre os lo explica mejor.

Cal la miró sin pestañear, casi como si comprendiera su sufrimiento.

—¿Qué os parece si echamos un vistazo a la caja por ver qué dulces nos ha empaquetado el dependiente? —les preguntó, tirando de una de las cintas que la cerraban.

Por supuesto que el marqués debía volver a casarse. Los viudos solían hacerlo, sobre todo si tenían título y tenían solo un hijo al que legárselo. Además, no tenía por qué darle explicaciones a ella sobre su vida privada. Al fin y al cabo no era más que la institutriz.

Pero ¿no podía haberle hablado de su prometida antes de que ella le revelase lo que ocultaba su corazón y su deseo?

Levantó la mirada y le vio cruzar la calle. El dependiente con los helados, su primo y su prometida lo seguían. Brent la miró directamente a ella.

Anna cerró la caja y volvió a hacer la lazada.

—Vuestro padre viene con los helados.

—Ahora ya no me apetece —dijo Dory.

—Lady Dory, tu padre ha sido muy generoso hoy y nosotros vamos a ser muy educados y a comernos todo lo que nos ofrezca. ¿Estamos de acuerdo?

Los dos asintieron.

La mirada de lord Brentmore siguió clavada en ella hasta que estuvo a un par de metros de ellos y se obligó a sonreír en beneficio de los niños.

—Aquí están vuestros helados.

Los niños dejaron los juguetes en el banco y aceptaron los helados.

—¡Está delicioso! —exclamó Dory tras probar el primer bocado, pero aquella exclamación tenía algo de exagerada.

Cal asintió.

La señorita Rolfe y el señor Caine se unieron a ellos, tomando cada uno un helado de los que el camarero llevaba en la bandeja.

Anna se levantó.

—La señorita Rolfe puede sentarse aquí —le dijo en voz baja a lord Brentmore.

—Anna…

Pero no le dio oportunidad de decir nada más porque se colocó detrás del banco, junto a un árbol, y la señorita Rolfe ocupó su lugar.

Un lugar que verdaderamente nunca había sido suyo.

Le pareció toda una eternidad el tiempo que el coche tardaba en volver. Dejó que el marqués animara a los niños a subir tras despedirse y se unió a ellos cuando los chiquillos ya estaban en el coche.

El marqués le ofreció su mano para ayudarla y ella no lo miró.

—Anna, no voy a acompañarlos. Mi primo desea que vaya con él a ver a lord Rolfe. He estado demasiado tiempo fuera…

Por fin se decidió a mirarlo, pero no pudo articular palabra.

—Por favor, dígale a Davies que espero llegar para la cena.

Anna subió.

—¿Papá no viene con nosotros? —preguntó Dory.

Anna la abrazó.

—Sí, eso me ha dicho. Va a visitar a más amigos. Lo veremos esta noche.

Distrajo a los niños hablando de los juguetes que les iban a llegar y lo que se iban a divertir jugando con ellos, y para cuando llegaron a la puerta de su casa habían recuperado ya buena parte de su entusiasmo anterior.

Dory salió corriendo para enseñarle a Eppy su muñeca y contarle todo lo de los juguetes. Cal subió las escaleras junto a Anna con su espada en la mano.

Cuando llegaron a la puerta de su alcoba, tiró de la mano de ella.

—¿Qué pasa, Cal?

Él le mostró la espada.

—Puedo protegerte con mi espada.

Ella lo abrazó con fuerza.

—Sí, sé que puedes, Cal.

Se parecía tanto a su padre que fue como si aquella espada le hubiese traspasado el corazón.

Lord Brentmore no volvió a cenar a casa. Llegó su recado cuando la mesa ya estaba dispuesta para los dos y, para no molestar al servicio, Anna cenó sola en aquella enorme mesa que podía albergar al menos a una docena de personas, lo cual sirvió para que su estado de ánimo se degradara todavía más.

Se había pasado la tarde conteniendo el dolor y fingiendo que no pasaba nada. Menos mal que los niños habían podido distraerse con sus juguetes. Había intentado dejarse contagiar de su entusiasmo cuando llegaron las cajas, que sí que deleitaron al lacayo, que deseaba ver los soldaditos de plomo, y a las doncellas, que se quedaron boquiabiertas con la casa de muñecas.

Aun envuelta en su tristeza, Anna se dio cuenta de que aquella casa era un lugar mucho más feliz y relajado que Brentmore Hall. Quizá nada pudiera borrar por completo la tristeza de aquel lugar, y se estremeció al pensar que podía ser que la aguardaran años de vivir allí.

¿Le gustaría a la nueva marquesa residir en ella, o preferiría permanecer en Londres? ¿Dejaría lord Brentmore en manos de su nueva esposa el cuidado de los niños? ¿Lo perderían por completo?

¿Cómo iba a soportar ella todos esos cambios? Era muy probable que la responsabilidad de la educación de los niños recayera ahora sobre la marquesa y que ella perdiera la independencia de que ahora disfrutaba para decidir cómo obrar con ellos. ¿Es que no había perdido lo suficiente aún?

Y lo peor de todo: ¿cómo iba a soportar saber que la señorita Rolfe compartía el lecho de lord Brentmore?

No es que hubiera algo que objetar en ella. Había dulzura en su mirada mientras intentaba entablar conversación con los niños. Había sido delicada con Cal. Su ropa no era extravagante. Llevaba el cabello castaño recogido con modestia y prácticamente cubierto por el sombrero. Era más bajita que ella pero de la misma estatura que Charlotte, cuya estatura en opinión de su tutor preferían los caballeros.

Cuando terminó de cenar le había dado tiempo de erigir muros en torno a su dolor. Había sido una locura prendarse del marqués, una debilidad como la de su madre desear seducirlo.

Ella era fuerte, capaz de sobreponerse a la soledad y la necesidad. Había olvidado lo que su padre… el señor Hill siempre le decía: que no era una dama por mucho que por su porte lo pareciera, y que no debía esperar que la tratasen como tal.

—Lo había olvidado, papá —dijo en voz alta a la alcoba vacía—, pero no volveré a olvidarlo.

Tras salir del comedor, fue a ver a los niños. Los dos estaban profundamente dormidos en sus camas. Dory seguía teniendo a la muñeca en brazos y Cal se había quedado dormido con la espada. Besó sus frentes vacías ya de preocupaciones y los arropó un poco más.

Luego volvió a su habitación y permitió que la doncella la ayudase a prepararse, envuelta en su dicharachera conversación. La muchacha no dejaba de hablar de los juguetes que el marqués les había comprado a sus hijos, de lo encantados que parecían ellos y de lo fantástico que debía ser poder elegir lo que se quisiera de toda una tienda.

Cuando por fin se despidió, se quedó plantada en mitad de la habitación rodeándose con los brazos. Las lágrimas estaban a punto de caer, pero no se lo permitió, y comenzó a deambular por la alcoba reprendiéndose por haber dado rienda suelta a aquellas absurdas fantasías románticas. Se acercó a la ventana para mirar hacia Cavendich Square. El largo día de verano por fin había dado paso a la noche, el silencio y la oscuridad, y solo se veían carruajes pasar de vez en cuando, con sus lamparillas iluminando el camino.

Ya era hora de aceptar quién era y cuál era su sitio… algún punto entre el mundo de Charlotte y el de su madre.

Purgaría el atractivo carnal que sentía por lord Brentmore y aprendería a verlo no como un amante, no como un amigo sino como la persona que la había contratado

—No volveré a ser débil —se juró.

Doce

Brent y su primo subieron al coche después de haber pasado la tarde y la noche en casa del barón Rolfe y en su compañía, la de su esposa y la de su hija. No había sido ese su plan. Solo pretendía hacerle una breve visita, tranquilizarle diciéndole que todo iba bien, concertar otra cita para más adelante y volver con sus hijos… y con Anna.

Había olvidado lo afables que eran los Rolfe y hasta qué punto dependían de él para la supervivencia de las posesiones del barón y el bienestar de sus hijos. Había olvidado hasta qué punto el deber para con los demás regía el tiempo de la vida de un marqués.

Así que se había quedado la tarde con ellos, la cena y el té de después.

—Ha estado bien que hayas pasado aquí la tarde, Brent —le dijo su primo en cuanto se acomodaron en el coche—. Lord y lady Rolfe estaban casi desesperados con no haber sabido prácticamente nada de ti en tanto tiempo.

—No pretendía preocuparlos —la verdad es que apenas se había acordado de ellos mientras estaba en Brentmore—. Los niños necesitaban mucho mi atención.

—La nueva institutriz fue quien te llamó, ¿no? —le preguntó recostándose en el asiento. Obviamente esperaba que le contase.

No quería contar mucho, ni siquiera a su primo. ¿Que un médico había declarado enfermo a su hijo? ¿Que los niños eran poco menos que prisioneros en sus habitaciones? ¿Que había trabado una relación poco convencional y a veces poco caballerosa con su institutriz?

¿Que la había tratado muy mal aquella mañana?

Se pasó una mano por la cara.

—Fue verdaderamente providencial que me llamara. Los niños estaban más afectados por la muerte de su madre y de su anterior institutriz de lo que me habían hecho creer. Parker ha resultado no ser un buen mediador en el bienestar de los niños.

—¿Y la institutriz sí?

—La mejor.

Y él ¿cómo le había devuelto el favor? Haciéndole daño una y otra vez.

—Es deslumbrante —comentó su primo—. No me lo esperaba.

Deslumbrante era una buena descripción de Anna. Su belleza no era perfecta, pero resultaba tan maravillosa que no se podía dejar de mirarla.

—Lo es —respondió, intentando no mostrar sentimiento alguno en su tono.

—¿Y eso cómo te afecta?

—¿El qué?

—Que la institutriz de los niños sea una belleza.

Brent se obligó a encogerse de hombros.

—Que no serviría de nada si no fuera excelente con los niños.

¿Dónde estarían sus hijos sin ella?

La expresión de Peter se volvió escéptica, pero Brent decidió lanzar un contraataque.

—Me dijiste que tú le explicarías al barón Rolfe y a su hija las razones de mi ausencia. ¿Es que no lo hiciste?

—¡Por supuesto que sí! —replicó ofendido—. Pero Rolfe se siente inseguro. Su necesidad de efectivo es grande.

—Eso parece.

El barón se había rebajado, tanto por carta como en conversación directa aquella tarde, descubriéndole hasta qué punto estaba desesperado.

—Mañana hablaré con Parker para que le envíe algo de dinero.

—Eso está bien. Espero que lo acepte.

—¿Y por qué no iba a aceptarlo?

Peter miró hacia otro lado.

—Es un hombre orgulloso y podría parecerle caridad. Aún no estás casado con Susan… con la señorita Rolfe, quiero decir. Todavía no lo habéis hecho público ni habéis fijado una fecha.

—No estoy preparado —respondió frunciendo el ceño—. Los niños, tampoco.

Brent sabía que Peter tenía razón. Estaba siendo injusto con esas personas manteniéndolos en una especie de limbo, pero no estaba preparado para casarse.

Su primo insistió.

—¿No crees que sería bueno que los niños empezasen a ver a la señorita Rolfe como madre lo antes posible?

—No —su tono era firme, pero no sus razones. ¿Por qué esperar?

Quería más tiempo para poder estar con ellos. Quería ayudar a su hijo a sanarse. Quería querer a Dory por la niña que era.

Y quería pasar más tiempo con Anna, por peligroso que pudiera ser.

—Perdóname por hablarte con claridad, Brent —le dijo Peter mirándolo con franqueza—, pero es tu actitud lo que está haciendo que los Rolfe se sientan inseguros. No pienso permitir que juegues con ellos porque son algo más que amigos para mí…

Brent detuvo su declaración alzando una mano.

—No tengo intención de jugar con nadie, y mucho menos deseo crear otro escándalo. He venido a Londres a ponerlo todo en claro, tal y como tú me pediste, pero no esperes que lo haga en cuestión de horas —bajó la voz—. La señorita Rolfe debe entender que el bienestar de mis hijos está por encima de todo, y pretendo pasar con ellos mucho tiempo en Londres. Haré el anuncio y fijaré una fecha para la boda cuando lo juzgue conveniente para mis hijos, y si ella no puede aceptar esas condiciones, quizá sería mejor que renunciase al compromiso.

El coche se detuvo y ambos miraron por las ventanas. Habían llegado a la residencia de Peter.

—Muy bien, Brent —dijo—. Supongo que habrá quien juzgue extraña tanta atención a tus hijos, pero a mí me parece encomiable y así se lo explicaré a la señorita Rolfe.

Bajó del coche y el cochero puso dirección a Cavendish Square.

Los pensamientos de Brent volaron a Anna de inmediato, y recordó la sorpresa de su expresión al presentarle a la señorita Rolfe.

Nadie se merecía más ser feliz que ella, y despreciaba a aquellos que le habían hecho tanto daño en la vida. Y su angustia y su culpa eran todavía mayores al saber que él mismo era uno de ellos.

Anna estaba mirando por la ventana. Vio acercarse otro coche, pero aquel se detuvo delante de la puerta de la casa y descargó allí a su pasajero. Lord Brentmore.

Su aparición no fue más que una oscura silueta, pero la excitación que siempre acompañaba a su presencia surgió de nuevo. Se alegraba de estar en el tercer piso, lejos de él.

Se acercó a la cama y miró la almohada. Estaba demasiado inquieta para acostarse. Bastaba con verle un instante para que el estómago se le llenara de mariposas.

Llamaron a la puerta y dio un respingo.

Se acercó y, a pesar de saber perfectamente quién era, preguntó:

—¿Quién es?

—Soy Brent.

¿Por qué le daría su nombre de pila? Nunca lo había hecho.

—¿Quiere abrir la puerta, Anna? ¿Necesito hablar con usted? —le rogó.

Abrió de par en par y se irguió, alzando la barbilla.

—¿Sí, milord?

—Le debo una disculpa…

—No me debe nada, milord —le cortó.

—Debería haberle hablado de mi compromiso…

—Soy la institutriz de sus hijos —le dijo—. Su empleada. No me debe más que mi salario.

Él se quedó inmóvil.

—Admito que ha sido una sorpresa, pero enseguida me he dado cuenta de lo inapropiado que era para alguien de mi posición demostrar tal sentimiento.

¡Qué bien lo estaba haciendo!

—¡Basta, Anna!

Entró y cerró la puerta, y el corazón de ella se desbocó.

—Debería haberle hablado hace mucho de la señorita Rolfe, porque sabe muy bien que hay entre nosotros mucho más que la relación entre institutriz y amo. Lo siento ahora tal y como lo sentí el primer día, cuando la vi yendo de un lado al otro de esta plaza. Es lo que nos empujó a traspasar los límites de la decencia —su respiración se había acelerado—. Es lo que estuvo a punto de empujarnos a hacer el amor.

Lo único que tenía que hacer era dar un paso y estaría en sus brazos. Podría volver a sentir sus labios. Quería recordar cómo era que le recorriera el cuerpo con las manos. Quería que la tocara, que la iniciara, que le mostrara por fin lo que significaba ser una mujer.

Pero se obligó a no moverse.

Él se pasó una mano por el pelo y se dio la vuelta.

—Que Dios me asista, porque deseo hacerle el amor aquí y ahora…

—No diga esas cosas.

—Sé que no podemos, y no lo haré. No voy a deshonrarla. Ni a usted, ni a ella.

Ella volvió la cara como si le hubiera dado una bofetada.

—Anna, ¿no lo ve? —le preguntó, agarrándola por los brazos—. No puedo tratarla como Lawton trató a su madre.

Ella lo miró llena de preocupación y dolor.

—Entonces, ¿qué piensa hacer? ¿Echarme?

Lord Lawton, su padre, la había echado.

—¿Quiere usted marcharse?

El pecho se le contrajo.

—Si quiere que me vaya, no me queda otra opción.

La soltó.

—Quiero que críe a mis hijos. Quiero que sepan que va a estar ahí para ellos cada día, pero no está atrapada aquí, Anna. Si quiere marcharse, la ayudaré cuanto esté en mi mano.

Ella se cruzó de brazos.

—¿Y quién me iba a contratar? Ni siquiera usted debería haberlo hecho. No sé nada de cómo ser una institutriz.

La miró fijamente.

—Ha sabido mejor que nadie lo que necesitaba Cal, lo que mis dos hijos necesitan. Los ha querido y se sienten seguros con usted. No quiero que eso cambie.

—Casarse con la señorita Rolfe lo cambiará todo.

Ante eso no tuvo nada que decir.

—Entonces, debemos ignorar esta… esta pasión por el bien de los niños.

—Así es —respondió en voz baja.

—No debemos fingir amistad, sino que debemos limitarnos a ser institutriz y amo. Nada más.

Él asintió e hizo un gesto de rendición.

—Estoy de acuerdo, Anna, pero quiero que sepa que sigo siendo su amigo y que estoy dispuesto a ayudarla en lo que necesite en el momento en que lo necesite.

¿Es que no se daba cuenta de que su amabilidad era la daga más afilada de cuantas se le hundían en la carne?

—Buenas noches, Anna —se despidió, pasándole un dedo por la mejilla.

¿Mejoraría o empeoraría las cosas para ella aquel acuerdo?

A la mañana siguiente, cuando Brent entró en el comedor, se encontró con que Parker estaba sentado a la mesa tomándose una taza de té.

—¿Puede saberse qué hace usted aquí? —le preguntó, hosco.

Parker se levantó.

—He venido temprano, milord. Hay mucha correspondencia que revisar y dado que ayer no estuvo usted disponible, he pensado que querría empezar lo antes posible.

—Puedo concederle una hora, no más —respondió mientras se servía una taza de té—. Voy a llevar a los niños a ver la Torre —le explicó, a pesar de que no tenía por qué hacerlo.

—¿Los niños? —repitió—. Pero si ayer pasó el día con ellos.

—Voy a pasar parte de cada día con ellos, aunque desde luego no es asunto suyo —tomó un sorbo de te—. Por cierto, sepa usted que desayuno a diario con ellos. Su institutriz los bajará en cualquier momento. Prepárese un plato y espéreme en la biblioteca.

—¿Que le espere?

El pobre hombre no entendía nada.

—Hay algo que quiero que haga por mí: una transferencia de fondos al barón Rolfe.

—¿Al barón Rolfe?

Parker no sabía nada de su compromiso.

—Ya se lo explicaré después en la biblioteca.

El hombre se levantó y a toda prisa se puso pan y jamón en el plato.

—Le ruego me disculpe, milord, pero me sorprende que permita entrar a los niños en el comedor.

Parker era un solterón empedernido al que los niños le hacían todavía menos gracia que las mujeres. Era obvio que no sabía absolutamente nada de las necesidades de las criaturas.

—Y a mí me sorprende que se permita usted cuestionar los asuntos privados de mi familia —espetó con tono glacial.

Parker se inclinó con el plato en la mano.

—No volverá a ocurrir, milord.

—Gracias —tomó otro sorbo de té—. Pídale a Davies que le sirva un té si lo desea.

Apenas había salido del comedor cuando Anna y los niños entraron, Cal con su espada y Dory con su muñeca.

Brent miró a Anna y sonrió. Ella le devolvió el gesto. No era una sonrisa precisamente brillante, pero era algo y le bastó para animarle a pensar que podían conseguirlo, que podían ayudar a los niños a pesar de lo que hubiera entre ellos.

—¡Papá!

Dory corrió a darle un beso, y él la besó a su vez, a pesar de los recuerdos que la niña le despertaba siempre.

Se levantó para abrazar también a su hijo.

—¿Qué tal estás esta mañana? ¿Has dormido bien?

Cal asintió.

—Tan bien como se puede dormir compartiendo cama con una espada —intervino Anna.

Brent pasó un dedo por el filo de madera.

—Un caballero debe estar preparado en todo momento para defender su castillo, ¿verdad, Cal?

Cal hizo una mueca.

—Un caballero, no. Un oficial.

—¿Un oficial?

Brent sintió una punzada de ternura, como cada vez que su hijo hablaba.

—Un oficial del ejército, supongo.

Cal asintió.

—Sí.

—Yo he dormido con mi muñeca, papá —intervino Dory, poniéndole la muñeca delante.

—¿Ah, sí? —preguntó, admirándola—. ¿Y ha dormido bien?

La expresión de Dory se volvió seria.

—No ha dado un ruido en toda la noche.

Lo mismo que ellos mientras Eunice estaba viva.

Anna dio unas suaves palmadas.

—Ahora dejad a un lado los juguetes, como me habéis prometido que haríais, y venid a decirme qué queréis desayunar.

El desayuno resultó un momento tan tranquilo y agradable como se podía esperar. ¿Por qué entonces estaba experimentando una especie de remordimiento, como si hubiera perdido algo que nunca fuese a recuperar?

Después del desayuno se reunió con Parker y luego llevó a los niños a la Torre a ver a los animales allí reunidos. Los reyes habían mantenido allí una variada mezcla de animales salvajes durante siglos, y ahora los visitantes podían verlos pagando.

La excursión resultó un fracaso. Aunque ver a la cebra y al puercoespín provocó gritos de alegría, el hedor era tan intenso que Dory se pasó toda la visita tapándose la nariz. Cuando llegaron a los leones, tigres y demás felinos salvajes, los chiquillos se quedaron callados. Aquellos gatazos iban y venían de un lado al otro de sus jaulas como si no pudieran soportar el cautiverio.

Brent comprendió por qué ver animales enjaulados había afectado a sus hijos: porque ellos también lo habían estado hasta hacía bien poco.

Lo que entendía menos era por qué Anna parecía fascinada por la pantera.

—¿Nos vamos? —preguntó él.

—Sí —respondió Cal.

Dory, aún tapándose la nariz, asintió.

Anna, tras mirar a la pantera, respondió:

—Como guste.

Seguía ocupándose de los niños como siempre, pero a él se dirigía solo lo imprescindible y Brent echaba de menos su anterior camaradería.

Mientras esperaban el carruaje fuera de los muros de la Torre, Brent se volvió a contemplar aquella imponente construcción de piedra y en voz baja le dijo a Anna:

—No debería haberlos traído aquí, a ver una prisión y animales enjaulados.

—Puede que no.

—La pantera parecía haberla cautivado —intentó.

—La pantera… —repitió ella, pero no dijo nada más.

Los niños se alegraron de volver a casa y a la multitud de juguetes que los esperaban arriba. Apenas se dieron cuenta de que Parker llamó a su padre para atender un asunto urgente.

Anna era la única que no tenía en qué ocuparse. No quería imponerles tareas a los niños tras la deprimente visita a la Torre, y tenía que reconocer que a pesar de sus buenas intenciones, había sido una verdadera agonía estar en presencia de lord Brentmore.

—Milord, necesito hablar con usted un instante —le dijo Parker con urgencia.

El marqués se dirigió a sus hijos.

—Luego subo a veros.

—Por favor, milord, acompáñeme a la biblioteca —continuó, lleno de impaciencia.

Lord Brentmore miró a Anna antes de seguir a su administrador.

—Milord, ¿puedo tomarme unas horas libres? Eppy se ocupará de los niños.

Se volvió hacia ella y Anna pudo ver en sus ojos la pasión que tanto se esforzaban por contener.

—Por supuesto que sí.

Los niños subieron corriendo las escaleras y ella iba a seguirlos para asegurarse de que quedaban acomodados.

—Un momento, Anna.

Lord Brentmore dejó a Parker y se acercó. Anna estaba en el primer escalón y le esperó con el corazón acelerado. Cuando llegó a su lado, sus ojos estaban a la misma altura, tomó su mano y depositó en ella algunas monedas.

—Cómprese algo para usted. Un libro. Un sombrero. Lo que le apetezca.

Otra daga de amabilidad.

—Grcias, milord —murmuró.

Él seguía mirándola.

—No se quede fuera hasta más tarde de las dos.

—Así lo haré.

Los hombres pululaban por Bond Street y sus alrededores después de las dos. Las mujeres respetables no iban de tiendas ya a esas horas.

Le hizo cerrar los dedos sobre las monedas apretando con su propia mano antes de soltarla y alejarse.

Con las monedas aún calientes de su contacto, Anna subió la escalera para decirle a Eppy y a los niños que iba a salir. Estaban ya muy entretenidos con sus juguetes. Cal con los soldados y Dory con la casa de muñecas.

—Cuidaré de ellos, no se preocupe —dijo Eppy.

Fue cuando se alejaba de Eppy cuando por fin se miró la mano. ¡Le había dado cinco libras! Jamás en toda su vida había tenido cinco libras propias. ¡Santo Dios! El salario de todo un año de trabajo eran solo treinta. Podía comprarse toda una biblioteca de libros por ese dinero.

Guardó dos con sus ahorros y metió las otras en el portamonedas y poco después salía para New Bond Street. Seguía haciendo fresco para estar en el mes de agosto, a pesar de que se acercaba ya la tarde.

Entró en Griffin and Son para comprarse un par nuevo de guantes y unas medias, y mientras caminaba iba mirando los escaparates de las joyerías, admirando el brillo de los colgantes y las pulseras, la clase de objeto que un caballero le regalaría a una dama. Como regalo de pedida, quizá.

Rápidamente paso de largo.

En la papelería compró cuadernos nuevos de dibujo para los niños, y se dio el capricho de un diario, tinta y una pluma.

Su destino principal era Hatchard’s Bookshop en Piccadilly para elegirse un libro, pero una vez dentro no encontró nada que le gustara. Unos meses atrás, cualquier libro habría sido una delicia y cualquiera le habría interesado, pero ahora estaba demasiado inquieta para poder leer.

Caminó hasta llegar a Jermyn Street y entró en la perfumería Floris.

Un dependiente vestido con tanta elegancia como cualquier caballero se dirigió a ella:

—¿En qué puedo ayudarla, señorita?

—Querría un perfume. Algo nuevo.

Aquello sí que era una frivolidad. Era la primera vez que se compraba un perfume, aunque había ayudado a Charlotte a elegir los suyos. Se había considerado afortunada al tener el agua de lavanda que las dos se fabricaban.

—Lleva usted lavanda —apreció el dependiente—. Un aroma excelente, desde luego, pero para una dama como usted tenemos preparado algo especial.

Dejó caer una gota en un trozo de papel y se lo acercó.

Era una fragancia delicada y floral, como estar en un jardín rodeado de flores.

—Rosa, sin duda. ¿Iris, quizá?

—Muy bien, señorita. Con un toque de jazmín.

Era un perfume delicioso.

—Sí, es perfecto. Me lo llevo. Y una pastilla de jabón francés, por favor.

De perdidos, al río.

—¿Desea una muestra, una cápsula pequeña o un envase más grande?

¿Quién podía saber cuándo iba a tener otra ocasión de gastar sin preocupaciones?

—Un envase más grande.

El dependiente le mostró una amplia variedad de preciosas botellitas de cristal. Eligió una, pagó una libra y él le ofreció la vuelta en una bandeja de terciopelo.

Nunca se había dado cuenta del poder que proporcionaba a una persona el dinero. Era liberador poder comprarse lo que se deseaba. Ahora comprendía bien por qué los aristócratas gastaban grandes cantidades de dinero en cosas innecesarias. Casi había conseguido volver a sentirse feliz y contenta.

Salió de la tienda sonriendo justo cuando una dama y un caballero se disponían a entrar.

—¡Tú! —exclamó la dama.

Lord y Lady Lawton. Jamás se habría esperado encontrárselos en Londres en agosto. El verano lo pasaban siempre en Brighton.

Anna hizo una breve reverencia.

—Milord. Milady.

No podía mirarlos. No podía mirar a lord Lawton, su padre.

—¿Qué estás haciendo en Londres? —preguntó lady Lawton.

Anna volvió de inmediato a sus viejas costumbres: no decir nada que pudiera irritarla.

—Cumplir con mis deberes de institutriz.

—¿Institutriz? —repitió con desdén—. ¿Y qué institutriz viene a Londres?

Anna, con la mirada baja, respondió como si no se tratara de una pregunta retórica.

—No lo sé, madam.

Pero miró a lord Lawton, quien no la contemplaba de un modo distinto a como había venido haciendo todos aquellos años, es decir, con escaso interés. Ser consciente de ello la molestó de repente e irguiéndose lo miró a los ojos y le preguntó:

—Supongo que habrán sido informados del fallecimiento de mi madre.

Lord Lawton se puso colorado.

—Sí —respondió su mujer—. Nuestras condolencias.

Pobre mujer. Obligada a ver cada día a la bastarda de su marido, compañera constante de su adorada hija. Era digna de compasión.

Su ira iba dirigida a lord Lawton.

—¿Asistió usted a su funeral, milord?

Ya sabía ella que no.

—Me fue… imposible —respondió sin mirarla.

—Qué lástima. Después de todos los servicios que os había prestado.

Lady Lawton contuvo el aliento y lord Lawton la miró como si la viera por primera vez. Acababa de darse cuenta de que sabía quién era.

—Les estoy entreteniendo. Buenos días. Denle recuerdos a Charlotte de mi parte.

Y sin esperar a recibir su permiso, se alejó.

A lo mejor le refería aquel encuentro a lord Brentmore mientras cenasen aquella noche. Él era la única persona que apreciaría su pequeño triunfo.

O quizá no. Sería como volver a su anterior intimidad.

Al final resultó que no tendría oportunidad para decidir. Lord Brentmore había sido convocado al club para discutir de un asunto parlamentario. Davies fue quien lo excusó ante ella. Cenaría en el club y volvería tarde a casa.

—Entonces, cenaré con los niños —le dijo ella.

No quería estar sola con sus pensamientos, en soledad.

Aquello era tan solo una muestra de cómo iba a ser su vida. La vida del marqués transcurriría entre la buena sociedad y su esposa. En el mejor de los casos lo vería cuando estuviera con sus hijos, pero lo más probable era que informase a la marquesa sobre ellos. Ya nunca podría compartir sus pequeños triunfos y sus desdichas con él, y no tenía nadie más a quién volverse.

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