Читать книгу: «E-Pack Bianca y Deseo septiembre 2020»

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28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca y Deseo, n.º 212 - septiembre 2020
I.S.B.N.: 978-84-1348-781-6
Índice
Portada
Créditos
Heridas en el alma
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Solo por una noche
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
HABÍA algo de irónico en llegar a la boda de tu mejor amiga como dama de honor con los papeles del divorcio en el bolso. Pero Juliette estaba decidida a no estropear el día de la boda de Lucy y Damon. Bueno, no solo el día de la boda, sino todo el fin de semana. En Corfú.
Y el marido del que se había separado era el padrino.
Juliette aspiró con fuerza el aire y trató de no pensar en la última vez que estuvo en un altar al lado de Joe Allegranza. Trató de no pensar en la cortísima ceremonia en la iglesia del pueblecito inglés frente a un puñado de testigos, el embarazo bastante obvio bajo el traje de novia vintage de su madre. El vestido que le picó durante todo el tiempo que lo llevó puesto. Trató de no pensar en la expresión de decepción de sus padres al ver a su única hija casarse con un completo desconocido tras haberse quedado embarazada en una aventura de una noche.
Trató de no pensar en su hija, la bebé que no llegó a respirar ni una sola vez…
Juliette se bajó del minibús y entró en el vestíbulo de la lujosa villa privada en Barbati Beach. La supereficiente organizadora de bodas, Celeste Petrakis, había planeado que la comitiva nupcial se alojara en la villa para que el ensayo general y otras actividades planeadas fueran lo más cómodas posibles. Juliette había pensado preguntar si podía quedarse en otro hotel cercano, porque no le apetecía encontrarse con Joe más de lo estrictamente necesario. Socializar educadamente con su exmarido durante el desayuno, la comida y la cena no era precisamente su escenario ideal. Pero la idea de enfadar a la organizadora de bodas, que lo tenía todo planeado al milímetro, le daba terror.
Juliette había pensado incluso en algún momento declinar el honor de ser la dama de honor de Lucy, pero eso habría hecho pensar a todo el mundo que no había superado lo de Joe.
Y desde luego que lo había superado. De ahí los papeles del divorcio.
–Bienvenida –la azafata elegantemente vestida la saludó con una sonrisa deslumbrante–. ¿Su apellido, por favor?
–Branco… digo… Allegranza –Juliette lamentó no haber cambiado oficialmente su apellido para recuperar el de soltera.
¿Por qué no lo había hecho? De hecho, seguía sin entender por qué había adoptado el de Joe en un principio. Su matrimonio no había empezado de forma normal. No hubo citas, ni cortejo, ni manifestaciones de amor. Nada de declaraciones románticas. Solo una noche de sexo salvaje y luego el hasta luego y gracias por los recuerdos. Ni siquiera se habían dado los números de teléfono. Cuando Juliette reunió el valor para buscar a Joe y decirle que estaba embarazada, él había insistido en casarse con ella. Solo habían vivido juntos como marido y mujer un total de tres meses. Tres meses de matrimonio y luego todo terminó… como el embarazo.
Pero cuando Joe firmara los papeles y se completara el divorcio, podría librarse por fin de su apellido. Sería libre de seguir con su vida, porque estar atrapada en aquel limbo era un asco. ¿Cómo iba a superar alguna vez el proceso de duelo sin tachar con una gruesa línea negra su tiempo con Joe?
Tenía que seguir adelante.
La recepcionista tecleó algo en el ordenador.
–Aquí está. J. Allegranza–. ¿Y la J corresponde a…?
–Juliette.
¿Por qué Lucy no le había dicho a la organizadora de la boda que Joe y ella estaban separados? ¿O acaso Damon y ella confiaban en que volverían a estar juntos por arte de magia?
Nada más lejos de la realidad. No tendrían que haber estado juntos desde un principio.
Si su amor de la infancia, Harvey, no hubiera optado por dejarla en vez de declararse, como Juliette esperaba, nada de todo aquello habría sucedido. Sexo de rebote con un guapo desconocido. ¿Quién habría pensado que ella era así? No era la clase de chica que se acercaba a hablar con hombres guapos y desconocidos en los bares pomposos de Londres. No era chica de aventuras de una noche. Pero aquella noche se había convertido en otra persona. Las caricias de Joe la habían convertido en otra persona.
Nota para sí misma: no pensar en las caricias de Joe. No hacerlo.
Su corta relación no iba a tener un final de cuento de hadas. ¿Cómo iba a tenerlo, si la única razón por la que se habían casado ya no existía?
Estaba muerta y enterrada, eternamente dormida en un pequeño ataúd blanco en un cementerio de Inglaterra.
–Su suite está preparada –dijo la recepcionista–. Spiros le bajará el equipaje del minibús.
–Gracias.
La recepcionista le dio una llave de tarjeta y le señaló los ascensores que estaban al otro lado del inmenso suelo de mármol.
–Su suite está en la tercera planta. Celeste, la organizadora de la boda, se reunirá con la comitiva nupcial para tomar una copa hoy a las seis de la tarde en la terraza y hablar del ensayo y el horario de la boda.
–Entendido –Juliette asintió educadamente con la cabeza y curvó ligeramente los labios, que era lo que más se acercaba a una sonrisa para ella en aquellos días.
Agarró la llave, se colocó la bolsa de viaje al hombro y se dirigió a los ascensores. Los papeles del divorcio asomaban por la parte superior de la bolsa, recordándole su misión de matar dos pájaros de un tiro.
Dentro de siete días, aquel capítulo de su vida habría terminado por fin.
Y no tendría que volver a pensar nunca en Joe Allegranza.
Solo había una cosa que Joe Allegranza odiara más que una boda, y era un funeral. Ah, y los cumpleaños… el suyo, en particular. Pero no podía rechazar la invitación de ser el padrino de su amigo, aunque eso significara encontrarse cara a cara a su mujer, de la que estaba separado, Juliette.
Su mujer…
Resulta difícil creer que aquellas dos palabras todavía tuvieran el poder de abrirle un agujero en el pecho, un agujero doloroso que nada podía llenar. No podía pensar en ella sin sentir que había fallado de todas las maneras posibles. ¿Cómo había permitido que su vida se escapara a su control tan rápidamente?
A él, que era el rey del control. La mayor parte del tiempo podía tenerla lejos de su mente. La mayor parte del tiempo. Se refugió en el trabajo como algunas personas lo hacían en el alcohol o la comida. Había construido su carrera de ingeniería global gracias a su habilidad para arreglar fallos estructurales. Analizar pericialmente puentes y estructuras rotas y, sin embargo, no fue capaz de hacer nada para reparar su matrimonio roto.
Quince meses de separación, y no había seguido adelante con su vida. No podía. Era como si un muro invisible hubiera surgido delante de él, bloqueándolo. Miró el anillo de boda que todavía llevaba en el dedo. Podría habérselo quitado y haberlo guardado en la caja fuerte, como hizo con los anillos que Juliette dejó atrás. Pero no lo hizo.
No tenía muy claro por qué. Evitaba a toda costa pensar en el divorcio. La reconciliación era igual de desalentadora. Estaba atrapado en tierra de nadie.
Joe entró en la zona de recepción de la lujosa villa donde se iba a celebrar la boda y fue recibido por una sonriente recepcionista.
–Bienvenido. ¿Su nombre, por favor?
–Joe Allegranza –se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de la camisa–. La organizadora de la boda hizo la reserva.
La recepcionista escudriñó la pantalla y fue bajando con el ratón.
–Ah, sí. Ahora la veo. Me la había saltado porque pensé que la reserva era solo para una persona –la mujer sonrió todavía más–. Su esposa ha llegado hace una hora.
Su esposa. Joe sintió una losa en el pecho y le costó trabajo volver a respirar. Más que su esposa, habría que llamarla «su fracaso». ¿No le había llegado a la organizadora el correo sobre su separación?
La idea se le filtró a través de una grieta de la mente como una fisura en una roca, amenazando con desestabilizar su decisión de mantener las distancias.
Un fin de semana compartiendo suite con la mujer de la que se había separado.
Durante un segundo consideró la posibilidad de señalar el error de la reserva, pero primero dejó que su mente vagara… Podría volver a ver a Juliette. En persona. A solas. Podría hablar con ella cara a cara sin que ella se negara a responder a su llamada ni bloqueara sus mensajes. No le había respondido ni una sola vez. Ni una. La última vez que la llamó para decirle que había organizado un evento solidario para la fundación Muerte fetal, escuchó un mensaje informando de que no se podía conectar con aquel número.
Lo que significaba que Juliette ya no quería conectar con él. Su conciencia se despertó y le señaló con un dedo acusador.
«¿En qué diablos estás pensando? ¿No has causado ya suficiente daño?».
Ya era bastante locura estar allí para la boda, y mucho más pasar tiempo con Juliette, especialmente a solas. Le había arruinado la vida, igual que había hecho con su madre. ¿Tenía una maldición en lo que se refería a las relaciones? Una maldición que le había caído el día que nació: el mismo día que su madre había muerto. Su cumpleaños: el día de la muerte de su madre. ¿Acaso no era aquello una maldición?
Joe se aclaró la garganta.
–Debe haber algún error. Mi… mujer y yo estamos separados –odiaba decir aquella palabra tan fea. Odiaba admitir que era básicamente culpa suya que su mujer hubiera puesto fin a su matrimonio.
La recepcionista frunció el ceño.
–Oh, no… quiero decir, que siento lo de su separación. Y también tener que decirle que no nos quedan habitaciones libres…
–No pasa nada –Joe sacó el móvil–. Reservaré en otro sitio.
Empezó a bajar el dedo por las opciones del servidor. Tenía que haber hoteles de sobra disponibles. Dormiría en un banco del parque o en la playa si era necesario. De ninguna manera iba a compartir habitación con Juliette. Demasiado peligroso. Demasiado tentador. Demasiado todo.
–No creo que encuentre nada disponible –dijo la recepcionista–. Hay varias bodas en esta zona de Corfú durante el fin de semana, y además, Celeste quiere que todo el mundo esté cerca para darle a la boda un ambiente familiar. Se llevará un gran disgusto al saber que ha cometido un error con su reserva. Está trabajando muy duro para que la boda de su primo resulte realmente especial.
Joe recordó algo que Damon le había dicho sobre su joven prima, Celeste. Aquella boda era su primera incursión en el mundo laboral tras una larga batalla contra la leucemia. Y él no quería ser quien lo estropeara.
–De acuerdo, no le diga nada a Celeste hasta que encuentre un alojamiento seguro. Daré una vuelta y veré qué puedo encontrar.
Él se dedicaba a arreglar problemas, ¿verdad? Esa era su especialidad, arreglar problemas que nadie más podía arreglar.
Y arreglaría este o moriría en el intento.
Joe volvió a salir al sol y pasó casi una hora frustrándose más y más cada vez al ver que no había ningún alojamiento libre. Le resbalaban gotas de sudor por la frente y la espalda. Durante un momento sopesó incluso la posibilidad de hacer una oferta para comprar una propiedad para no enfrentarse a la alternativa de compartir habitación con su exmujer. Desde luego, tenía dinero para comprar todo lo que quisiera.
Excepto la felicidad.
Excepto la paz de espíritu.
Excepto la vida de su hijita…
El teléfono estaba casi sin batería cuando finalmente reconoció la derrota. No había nada disponible en un radio razonable. El destino había decidido que Joe compartiera habitación con Juliette.
Pero tal vez había llegado el momento de hacer algo respecto a su matrimonio. Mantener las distancias no había solucionado nada.
Tal vez aquella fuera una oportunidad para ver si había algo que él pudiera hacer o decir para poner un broche definitivo a su situación.
Joe volvió a la zona de recepción y la joven recepcionista le dedicó una sonrisa de «ya te lo dije».
–¿No ha habido suerte? –le preguntó.
–No –la suerte y Joe nunca habían sido buenos amigos. Enemigos, más bien
–Aquí tiene su llave –la recepcionista se la dio–. Espero que disfrute de su estancia.
–Gracias –Joe agarró la llave y se dirigió al ascensor.
¿Disfrutar de su estancia? Le daba terror volver a ver a Juliette sabiendo que era en gran medida responsable de su dolor, de su enorme tristeza. Pero al menos así, en la intimidad de su suite podría hablar con ella sin público. Le diría lo que tenía que decirle… y así los dos podrían seguir adelante con sus vidas.
Capítulo 2
JULIETTE se dio una ducha refrescante y se puso un esponjoso albornoz y un toalla a modo de turbante en el pelo. El albornoz tenía sus iniciales bordadas en la pechera derecha: J.A. Y era una pena, porque el albornoz era divino y odiaba la idea de tener que regalarlo. Pero a lo mejor cuando volviera a casa podría quitarle las letras y bordarle J.B.
Estaba claro que la organizadora de la boda había tirado la casa por la ventana. Había bombones artesanos con los nombres de los novios en la mesilla de noche, además de botellas de agua con la foto de la feliz pareja. Resultaba difícil mirar la sonrisa feliz de su amiga en la foto y no sentir envidia. ¿Por qué no pudo encontrar ella un hombre que la amara como Damon amaba a Lucy?
Juliette había creído que su ex, Harvey, la había amado. ¿Cómo había podido estar tan ciega tanto tiempo? Harvey había dicho tantas veces aquellas dos palabras y, sin embargo, no habían significado nada.
Ella no había significado nada.
Y Joe tampoco la había amado, pero al menos no le había mentido al respecto. Su relación no había sido por amor, sino una solución conveniente al problema de su embarazo accidental. Un matrimonio por deber. Un acuerdo sin amor para ofrecerle un hogar seguro y un futuro a su hijo. Juliette lo supo desde el principio, pero de todas formas se casó con él porque no podía soportar la expresión de decepción de sus padres. La decepción que había visto en sus rostros durante toda su vida, en cada informe del colegio, cada resultado de los exámenes, cada vez que no conseguía su aprobación… Cada vez que no conseguía alcanzar los estándares de sus hermanos mayores. Y sus padres, con sus múltiples carreras universitarias. Su misma existencia había sido un error. Era la hija de un matrimonio de edad media que creía que sus días de crianza habían terminado. Y realmente habían terminado, así que entregaron el cuidado de Juliette a una variedad de niñeras.
Juliette se llevó la mano al vientre plano y sintió una punzada de dolor al pensar en la preciosa vida que había alimentado allí durante siete meses. Tal vez su bebé hubiera sido un accidente, pero jamás pensaría en Emilia como un error. Dios, no debería decir su nombre ni en la mente. Le producía demasiado dolor, demasiado angustia pensar en su cuerpecito arrugado sus bracitos que nunca la abrazarían…
Juliette se centró en lo que tenía que hacer, decidida a controlar sus emociones. Tenía que seguir adelante, procesar el dolor de la mejor manera posible. Parte del proceso era superar aquel fin de semana y darle los papeles del divorcio a Joe.
Seguía pensado qué vestido ponerse para la copa y el ensayo y tenía las opciones desplegadas sobre la cama. Una cama muy grande con almohadas suaves y sábanas de algodón egipcio. Se parecía a la cama en la que Joe y ella habían tenido aquella aventura que había desafiado la escala de Richter del sexo.
Una noche que no podía borrarse de la cabeza ni del cuerpo.
Se apartó de la cama y agarró la bolsita de maquillaje de la maleta abierta. Necesitaba una armadura, y no solo del tipo cosmético. Necesitaba una armadura de rabia. La rabia era ahora su amiga. Su constante compañía. Bullía en su pecho como la lava de un volcán en erupción. La rabia era su manera de atravesar la capa de desesperación que casi acabó con ella tras perder a su bebé al séptimo mes de embarazo. Una desesperación tan profunda que había arrancado de su vida hasta la última partícula de luz. La felicidad era algo que vivían los demás. Ella no. Nunca. Una parte de ella había desaparecido.
Estaba rota. Hecha añicos.
Y nada ni nadie podría recomponerla.
Juliette iba de camino al baño desde la habitación para maquillarse cuando escuchó que llamaban a la puerta de la suite con energía. Pensó que se trataría del servicio de habitaciones que traía el té que había pedido hacia un rato.
–Adelante –dijo en voz alta–. Déjelo sobre la mesa. Gracias.
Y volvió a entrar en el baño y cerró la puerta.
Escuchó cómo se abría la puerta de la suite y el sonido de lo que parecía un carro. Luego la puerta volvió a cerrarse con fuerza.
¿Tendría que haberle dado una propina al camarero? Seguramente no, porque iba vestida con un albornoz, aunque fuera la tela más suave que le había rozado jamás la piel. Y tampoco es que tuviera mucho dinero para andar repartiendo propinas. Se negaba por principio a tocar la obscena cantidad de dinero que Joe ingresaba cada mes en su cuenta bancaria. ¿Dinero culpable?
No. Aquellos eran fondos de alivio. Del alivio de Joe. No había llegado a tiempo para el parto, pero cuando llegó media hora más tarde, Juliette no vio a un padre afligido por la muerte de su hija. Vio el alivio reflejado en sus facciones. Vio a un hombre aliviado porque la farsa de su matrimonio ahora tenía una excusa para terminar.
Su bebé había muerto, y con ella toda esperanza de seguir juntos.
Habían sido una mala pareja desde el principio. ¿No lo había sabido Juliette a cierto nivel? Joe era sofisticado y superinteligente. Un hombre hecho a sí mismo que solo rendía cuentas ante él. Su frío distanciamiento la había atraído peligrosamente como una polilla a la luz de una vela.
Y al final la había quemado. Incluso después de tres meses viviendo juntos como marido y mujer, Joe siempre mantenía una distancia emocional, lo que había reforzado todos los miedos que Juliette albergaba respecto a sí misma. Reflejaba la distancia emocional que había vivido con sus padres cuando era niña. La sensación de no ser suficiente para ellos, ni lo bastante inteligente ni lo bastante guapa. Siempre sintió que la mantenían a cierta distancia.
Juliette agarró el botecito de maquillaje, le quitó la tapa y suspiró. Joe había hecho lo mismo. Había viajado al extranjero la mayor parte del tiempo que estuvieron casados, dejándola sola en su villa de Positano. No había visto que hiciera ningún reajuste en su vida al casarse con ella. Había esperado que fuera Juliette quien los hiciera todos. Se había cambiado de país, había dejado a su familia y amigos atrás para vivir en una villa gigantesca sin otra compañía que el personal de servicio que enviaba una agencia de trabajo y por tanto rotaba constantemente. Ninguno se había quedado el suficiente tiempo para que Juliette pudiera aprenderse sus nombres.
Juliette volvió a suspirar. Por supuesto, ella siempre estaba allí esperando a Joe cuando regresaba, y no podía echarle la culpa a su relación física. Era tan excitante y placentera como siempre, pero Juliette no podía evitar la sensación de que Joe pasaba más tiempo fuera que en casa. ¿Qué decía eso de ella? ¿No había sucedido lo mismo con sus padres? Tantos viajes, congresos, dejándola sola en el internado.
Juliette se puso un poco de maquillaje para cubrir las oscuras sombras que parecía tener de forma permanente bajo los ojos.
Se puso después un poco de rímel, pero dejó el lápiz de labios para después del té. Se quitó la toalla de la cabeza y sacudió el cabello. Al mirarse en el espejo, no descubrió ninguna señal de que había tenido un embarazo de siete meses. Había recuperado su peso… bueno, su nuevo peso, porque su apetito no podía considerarse precisamente envidiable en aquella época. Le había crecido el pelo y lo tenía más fuerte tras caérsele mucho debido al estrés y las hormonas.
Parecía la misma persona… pero no lo era.
Juliette salió del baño y se dirigió a la zona de estar. Al instante vio el carrito del té al lado de una mesa, junto a la ventana. Exhaló un profundo suspiro de alivio. Una tetera como era debido con colador de plata. Nada de bolsitas de té rancias y agua tibia para los invitados a la boda.
Juliette podía aspirar los matices de bergamota del té Earl Grey de gran calidad… y algo más. Algo que le tocó una fibra sensible de la memoria e hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.
Se giró y se encontró con su exmarido, Joe Allegranza, sentado en el sofá. Abrió la boca para gemir, pero el sonido se le quedó retenido en la garganta. Se llevó la mano al pecho para mantener a raya su agitado corazón.
–¿Qué diablos haces en mi habitación? –preguntó en un hilo de voz con el pulso latiéndole en las sienes.
Joe se levantó del sofá con expresión imposible de descifrar.
–Al parecer es nuestra habitación –su tono de barítono con acento italiano le provocó un nudo en el estómago.
Juliette frunció el ceño.
–¿Nuestra habitación? ¿Qué quieres decir con eso?
–Ha habido un error con la reserva.
Ella entornó los ojos hasta convertirlos en dos rayas.
–¿Un error?
Lo sabía todo sobre errores. Joe era el mayor de los que había cometido. Se abrazó a sí misma y lamentó estar desnuda bajo el albornoz. Ojalá tuviera una mayor protección contra aquel hombre alto y prácticamente desconocido que tenía delante. Necesitaba unos tacones altos para acercarse a su más de metro noventa de altura. Necesitaba tener la cabeza preparada para asumir lo guapo que estaba con aquellos vaqueros oscuros y la camisa azul cielo abierta a la altura del cuello que acentuaba su tono aceitunado.
Se quedó embobada viendo sus facciones, odiándose por ser tan débil. La mandíbula fuerte, los pómulos aristocráticos, las cejas negras como la tinta que enmarcaban unos ojos del color del carbón. La boca sensual que había provocado tal caos en sus sentidos desde el momento en que la sonrió, y más aún cuando la besó.
Pero no iba a pensar en sus besos.
No. No. No.
Ni en su increíble modo de hacer el amor.
No. No. No.
Lo que tenía que hacer era concentrarse en su rabia.
Sí. Sí. Sí.
–Juliette –su voz tenía una nota autoritaria que hizo que se pusiera tensa–. Tal y como yo lo veo, aquí tenemos dos opciones. Bajar, montar un lío y atraer toda la atención sobre nosotros, o aguantarnos y dejar las cosas como están.
Juliette descruzó los brazos y abrió los ojos de par en par.
–¿Te has vuelto loco? ¿Por qué no podemos bajar a recepción y decir que han cometido un error monumental? Pero espera… ¿esto no es un error de la organizadora de la boda? Celeste Petrakis es la que organizó el alojamiento. Le están pagando una suma impresionante de dinero para que se asegure de que todo vaya como la seda. Esto –puso el dedo entre ambos–. No es lo que yo llamo ir como la seda.
Joe frunció todavía más el ceño, se miró el brazo y se quitó una pelusa imaginaria. El brillo de oro del anillo de casado detuvo el corazón de Juliette durante un instante.
¿Todavía llevaba puesto el anillo? ¿Por qué? Ella había dejado el suyo en la villa de Positano, pero no pasaba un día en que no se pasara el pulgar buscándolo como un niño deslizaba la lengua por el espacio vacío de un diente caído.
Joe volvió a dirigir la mirada hacia ella.
–Celeste es la prima de Damon. Este es su primer trabajo tras haber sufrido un cáncer de sangre. Si hacemos un drama de esto, Dios sabe cuántos parientes se entristecerían. Los griegos son muy de la familia. Además, esta es la boda de Lucy y Damon y no quiero que atraigamos una atención innecesaria sobre nuestra situación.
Juliette se mordió el labio inferior, consciente de que había mucho de verdad en lo que estaba diciendo. Se suponía que la comitiva nupcial tenía que ser un grupo de apoyo, no los protagonistas del evento. Y tenía sentido no armar mucho revuelo teniendo en cuenta el tema de la salud de Celeste. Admiraba a la joven por su entrega y dedicación al trabajo.
Juliette no había sido capaz de ilustrar ningún otro libro infantil desde que perdió al bebé. Su editor y Lucy, que escribía los libros con ella, habían sido extremadamente pacientes, pero, ¿cuánto tiempo podría continuar esto?
–¿Y si uno de nosotros se queda en otra habitación? ¿En otro hotel? Hay muchos hoteles en…
–No –la interrumpió Joe con firmeza–. He pasado casi una hora tratando de encontrar algo sin éxito. Lucy y Damon querían que la comitiva nupcial estuviera en un único sitio. Y aquí no quedan habitaciones libres. Así que tendremos que compartir esta.
Juliette se dio la vuelta y empezó a recorrer la estancia abrazándose otra vez a sí misma.
–Esto es ridículo. No puedo creer que esté sucediendo. ¿Compartir contigo la suite durante un fin de semana? Es… impensable.
–Has compartido mucho más que una suite conmigo en el pasado. Nuestra primera noche juntos la pasamos en una habitación muy parecida a esta, ¿verdad?
Aquella afirmación tan seca disparó una tormenta de fuego en su cuerpo. No quería pensar en aquella noche y en cómo su cuerpo había respondido a él de un modo tan ávido. Cómo su sentidos se habían rendido a sus caricias. ¿Cuántas mujeres habrían disfrutado desde su ruptura de la presión de su boca, la delicada pero firme embestida de su cuerpo, la sensual caricia de sus manos? Una punzada de celos le atravesó el vientre, provocando un dolor tan profundo en su cuerpo que tuvo que contener un gemido.
Juliette le lanzó una mirada lo bastante furibunda para derretir la pintura de las paredes.
–¿Con cuántas mujeres has compartido habitación de hotel desde que nos separamos?
Algo atravesó las facciones de Joe como un ciclón.
–Con ninguna. Todavía estamos técnicamente casados, cara –afirmó él con un tono bajo y ronco.
Clavó la mirada en ella de un modo que Juliette encontró perturbador. Porque le resultaba casi imposible apartar los ojos.
Ella frunció el ceño y cerró y abrió la boca haciendo un esfuerzo por encontrar algo que decir. ¿Ninguna? ¿No había tenido amantes desde ella? ¿Qué significaba eso?
Tragó saliva y finalmente consiguió hablar.
–¿Has sido célibe todo este tiempo? ¿Durante quince meses?
Su media sonrisa le provocó una pequeña punzada en el corazón.
–¿Tan sorprendente te parece?
–Bueno, sí, porque eres… –Juliette guardó silencio. Sintió cómo se le sonrojaban las mejillas y apartó la vista.
–¿Qué soy?
Ella apretó los labios y volvió a mirarlo.
–Eres muy bueno en el sexo, y pensé que lo echarías de menos y querrías encontrar a alguien más, o a muchas más cuando rompimos.
–¿Tú has encontrado a alguien? –una línea de tensión recorrió la boca de Joe.
Juliette contuvo una carcajada. ¿Acostarse ella con alguien? La idea no se le había pasado siquiera por la cabeza. Lo que era extraño, si lo pensaba bien. ¿Por qué no lo había pensado? Se suponía que ya había superado a Joe. ¿No significaba eso que debería estar interesada en reemplazarlo? Pero sin saber por qué, la idea le resultaba repugnante.
–No, por supuesto que no.
Joe mantuvo la mirada fija en ella.
–¿Y por qué no? Tú también eres muy buena en el sexo. ¿No lo echas de menos?
Su tono profundo y grave era como melaza vertida sobre gravilla.
Juliette no solo tenía las mejillas sonrojadas… todo su cuerpo estaba en llamas. Llamas temblorosas de deseo renovado ardiendo en cada una de sus zonas erógenas. Zonas erógenas que reaccionaban ante la presencia de Joe como si se ajustaran a la perfección a su radar. El cuerpo de Juliette lo reconocía de mil maneras. Incluso su voz tenía el poder de derretirle los huesos. Su piel recordaba sus caricias como si las tuviera grabadas en cada poro. El anhelo de su contacto era como un latido de fondo en su sangre, pero cada vez que sus miradas se cruzaban le aceleraba el pulso.
Y tenía la sensación de que Joe lo sabía muy bien.
Juliette se pasó las palmas de las manos, repentinamente húmedas, por el frente del albornoz y se giró para darle la espalda.
–Esa es exactamente la razón por la que no quiero compartir habitación contigo este fin de semana.
–Porque todavía me deseas.
No era una pregunta, sino una afirmación grabada en piedra.
Juliette se giró para mirarlo, la rabia le subía como si fuera una olla exprés a punto de estallar. El cuerpo le temblaba, la sangre amenazaba con estallarle en las venas. ¿Debería mencionar los papeles del divorcio que le quemaban en la bolsa? La idea le pasó por la mente, pero la desechó. Tenía pensado dárselos cuando Lucy y Damon se hubieran marchado el domingo por la mañana a su crucero de luna de miel. Estropearía las celebraciones si se pronunciaba la odiosa palabra «divorcio».
Pero Joe había mencionado otra palabra peligrosa que empezaba también por D. Deseo.
–¿Crees que no puedo resistirme a ti? –la voz le tembló por el esfuerzo de contener la rabia.
Joe llevó la mirada hacia su boca como si estuviera recordando cómo le había complacido con ella en el pasado. Volvió a mirarla y Juliette sintió un nudo en el estómago.
–No quiero pelearme contigo, cara.
–¿Qué quieres entonces? –Juliette no tendría que haber hecho semejante pregunta, a juzgar por la respuesta del brillo de sus ojos color chocolate.
Joe acortó la distancia entre ellos con pasos mesurados, pero ella no se movió.
Sentía que no le funcionaban las piernas, que no podía recuperar la fuerza de voluntad, no podía pensar en una sola razón por la que no debería estar allí y disfrutar de la exquisita expectación de tenerlo lo suficientemente cerca como para tocarlo.
Joe le puso la mano en la cara y deslizó el dedo índice por la curva de su mejilla por debajo de la oreja hasta la barbilla. Fue un contacto de lo más ligero, apenas un roce, pero cada célula de su cuerpo se despertó como un corazón muerto con las palas de un desfibrilador.
Cada gota de sangre de sus venas se puso las zapatillas de correr. Cada átomo de su fuerza de voluntad se disolvió como una aspirina en el agua. Podía oler las notas de lima de su loción para después del afeitado. Podía ver la sombra sensual de la barba incipiente de su mandíbula cincelada, y Juliette tuvo que apretar los puños para evitar tocarlo.
–Adivina lo que quiero hacer –la voz de Joe era áspera y tenía la mirada entrecerrada. El aire se cargó de pronto de posibilidades eróticas.
Juliette sintió cómo su cuerpo se balanceaba hacia él como si alguien la estuviera empujando inexorablemente desde atrás. Ya no tenía los puños cerrados, sino plantados en la dura pared de su pecho, la parte inferior de su cuerpo pulsando con deseo. Joe le puso las manos en las caderas, el calor de sus dedos grandes se deslizó por su piel con la potencia de una droga poderosa. Su mirada, oscura como la noche, se dirigió a su boca, y no pudo evitar humedecerse los labios con la punta de la lengua.
Joe aspiró con fuerza el aire como si su acción hubiera activado algo primitivo en su interior, algo fiero. La atrajo todavía más cerca, la apretó contra la pelvis, y el cuerpo traicionero y necesitado de Juliette se encontró con su dura entrepierna.
La boca de Joe fue a parar a escasos milímetros de la suya.
–Esto nunca fue un problema entre nosotros, ¿verdad, cara? –su aliento fresco a menta le acarició los labios, y su fuerza de voluntad se rindió ante la situación.
A Juliette le latía el corazón con tanta fuerza que pensó que se le iba a salir del pecho.
–No hagas esto, Joe… –la voz no le salió ni con la mitad de fuerza que pretendía.
Joe frotó suavemente la nariz contra la suya, un toquecito de piel con piel que provocó una oleada de deseo en todo el cuerpo de Juliette.
–¿Qué estoy haciendo? Mmm… –los labios de Joe rozaron las comisuras de los suyos. No llegó a ser un beso propiamente dicho pero casi, y sus labios se estremecieron.
Juliette entreabrió los labios y bajó las pestañas, su boca se acercó a la suya, pero entonces le surgió una señal de stop en la mente. ¿Qué estaba haciendo? ¿Suplicarle prácticamente un beso como si fuera una adolescente enamorada por primera vez? Aspiró con fuerza el aire y dio un paso atrás, mirándolo fijamente.
–¿Qué diablos crees que estás haciendo? –nada como intentar desviar la atención de su propia debilidad.
La fría compostura de Joe fue un insulto añadido a las confusas emociones que le atravesaban el cuerpo.
–Solo te habría besado si tú hubieras querido. Y querías, ¿no es verdad, cariño?
Juliette quería darle una bofetada. Quería clavarle las uñas en la cara. Quería darle patadas en las espinillas hasta que se le destrozaran los huesos. Pero lo que ocurrió fue que los ojos se le llenaron de lágrimas y sintió como si le estuvieran apretando el pecho con un torniquete.
–Te… te odio –la voz se le quebró en la garganta–. No te haces idea de cuánto.
–Tal vez eso sea algo bueno –la expresión de Joe volvió a transformarse en una máscara estática. Ilegible. Inalcanzable.
¿Por qué no estaba Juliette intentando librarse de su agarre? ¿Por qué no ponía distancia entre sus cuerpos? ¿Por qué sentía como si aquel fuera el lugar al que pertenecía, entre la cálida protección de sus brazos?
Alzó la vista para mirarlo muy despacio, tenía las emociones tan emboscadas que no era capaz de encontrar la rabia. ¿Dónde estaba la rabia? La necesitaba. No podía sobrevivir sin la rabia corriéndole por las venas. Parpadeó para librarse de las lágrimas, decidida a no llorar delante de él.
–No sé cómo manejar esta… situación –tragó saliva y dirigió la mirada hacia el cuello de la camisa de Joe–. No quiero estropear la boda de Lucy y Damon, pero compartir esta suite contigo es… –se mordió el labio inferior, incapaz de expresar su miedo con palabras.
Joe le levantó la barbilla con un dedo y clavó la mirada en la suya.
–¿Y si te prometo que no te besaré? Eso te tranquilizaría, ¿verdad?
«¡No! Quiero que me beses».
Juliette se quedó impactada consigo misma. Sorprendida y avergonzada por sus ingobernables deseos. Se apartó de Joe y se rodeó el cuerpo con los brazos antes de sentir la tentación de traicionarse todavía más.
–Bien. Eso suena razonable. Vamos a poner algunas reglas básicas.
Estaba orgullosa de su tono de voz ecuánime. De haber recuperado la fuerza de voluntad.
–Nada de besos. Ni nada de tocarse.
Joe asintió despacio.
–Me parece bien –se dirigió al sofá y se sentó, cruzando un tobillo sobre otro.
¿Le parecía bien?
Toda la parte femenina de Juliette se sintió ofendida por la facilidad con la que aceptó las normas.
¿No podría haberse resistido un poco?
Pero tal vez Joe tenía a alguien más a quien quería besar y tocar y hacer el amor ahora. Tal vez estaba cansado del celibato y se veía preparado para seguir adelante con su vida. Después de todo, habían pasado quince meses. Era mucho tiempo para que un hombre en su apogeo sexual estuviera sin una amante. Juliette sintió una opresión en el pecho que le bajó directamente al estómago. Se le formaron varios nudos que le dificultaban la respiración.
Debía hacer un esfuerzo por contenerse. No tenía derecho a estar celosa. Ella había puesto fin a su matrimonio. Tenía los papeles del divorcio en la bolsa, por el amor de Dios.
–Bien –murmuró con los dientes apretados–. Pero por supuesto, eso nos deja con el problema de qué vamos a decirles a Lucy y a Damon cuando se den cuenta de que estamos compartiendo suite.
Juliette se acercó al mueble bar y sacó una botella de agua. Le quitó el tapón y se sirvió un vaso. Lo agarró y se giró para mirarlo.
–¿Alguna sugerencia?
La expresión de Joe seguía siendo inescrutable, pero percibió un recelo interior. Su postura era demasiado despreocupada, demasiado relajada y contenida.
–Podríamos decir que estamos dándole una oportunidad a la reconciliación.
Juliette le dio un sorbo al vaso de agua para no dejarse llevar por la tentación de arrojárselo a la cara. Luego lo dejó con un golpe seco sobre la encimera.
–¿Una reconciliación? ¿Para un matrimonio que no tenía que haber existido desde un principio?
Un nudo de tensión apareció en la boca de Joe. Tenía los ojos clavados en ella.
–No fui yo quien rompió nuestro matrimonio.
Juliette se acercó a las ventanas que daban a las dunas blancas de arena y el agua turquesa de la playa. Aspiró con fuerza el aire.
–No, porque tú ni siquiera estabas implicado en él desde el principio.
El silencio se hizo tan largo que fue como si el tiempo se hubiera detenido.
Juliette escuchó el sonido de la ropa de Joe cuando se levantó del sofá. Contó sus pasos a medida que se acercaba a ella, pero no se dio la vuelta. Joe se colocó a su lado con la mirada clavada en la playa, como ella.
Tras un largo instante, Joe giró la cabeza para mirarla con labios apretados.
–Si fueras sincera verías que tú tampoco estabas ahí del todo, Juliette. Todavía estabas olvidando a tu ex. Por eso nos conocimos, porque no podías soportar la idea de pasar sola la noche en la que él iba a casarse con la que considerabas tu amiga.
Juliette deseó poder negarlo, pero cada palabra que había dicho Joe era cierta. La traición de Harvey la había destrozado. Salían juntos desde que eran adolescentes. Hacía meses que tenía una aventura con Clara, y Juliette no lo había visto venir ni por asomo. La noche que pensó que Harvey le iba a pedir matrimonio, él le dijo que la dejaba. Harvey Atkinson-Lloyd, la elección de sus padres como marido perfecto para su única hija. La hija que, a diferencia de sus exitosos hermanos Mark y Jonathon, no había conseguido hacer nunca nada para ganarse su aprobación.
Juliette apretó los dientes, dividida entre la rabia que sentía hacia Joe por haber señalado su estupidez y la ira hacia sí misma por hacer que una situación mala fuera todavía peor al haberse acostado aquella noche con él.
Se giró para mirarlo con la barbilla levantada y los ojos echando chispas.
–¿Y cuál es tu excusa para haberte ido conmigo aquella noche? ¿O tienes la costumbre de acostarte con desconocidas totales cuando estás trabajando en Londres?
Una emoción cruzó el rostro de Joe como una interrupción. Una pausa. Un reajuste.
–Era el aniversario de la muerte de mi madre.
Su tono era frío, sin intención. Pero había una nota de tristeza bajo la superficie.
Juliette lo miró sin comprender.
–Pero no lo entiendo… me habías dicho que tu madre emigró a Australia. ¿No era esa la razón por la que no vino a nuestra boda?
–Esa es mi madrastra. Mis padres están los dos muertos.
¿Lo había entendido mal Juliette cuando estaban juntos? Intentó recordar la conversación, pero no se acordaba de un solo detalle. Sabía que su padre había muerto unos años atrás, pero Joe no había mencionado apenas a su madre. Tenía la sensación de que era un tema del que no quería hablar mucho, y por eso no había insistido. No habían hablado demasiado de sus familias, sobre todo porque Joe pasaba mucho tiempo fuera de casa. Sus breves y apasionados encuentros cuando volvía a casa entre viajes eran puestas al día físicas, no emocionales.
Juliette había deseado algo más que intimidad física, pero no supo cómo llegar a él. Había fracasado en todos sus intentos, y Joe siempre terminaba yéndose a cumplir otro compromiso laboral. Era como si percibiera la necesidad de conexión emocional de Juliette y le resultara extremadamente amenazadora. Pero siendo justa, ella también era bastante vaga respecto a sus propios asuntos familiares. No quería que Joe supiera lo fuera de sitio que se sentía en su brillante y académica familia.
–Lo siento –dijo frunciendo el ceño–. No debí escucharte correctamente cuando me hablaste de eso.
Los labios de Joe esbozaron una sonrisa que le llegó a los ojos.
–Mi padre volvió a casarse cuando yo era un niño. Pero cuando él murió, mi madrastra y mis dos hermanastros emigraron a Melbourne, donde ella tenía familia.
–¿Tienes contacto con ellos? ¿Teléfono? ¿Correos electrónicos? ¿Felicitaciones de cumpleaños… esas cosas?
–Lo imprescindible.
Juliette empezaba a darse cuenta de que no sabía mucho del hombre con el que se había casado con tanta precipitación. ¿Por qué no se había esforzado un poco más en ayudarlo a que se abriera? El repentino embarazo la había lanzado a una espiral de emociones. Y cuando por fin reunió el valor para llamarle y decírselo, Joe voló directamente a Londres y se presentó en su apartamento con una proposición de matrimonio. Una proposición que Juliette se había sentido obligada a aceptar para paliar algo de la vergüenza que había provocado en sus padres al quedarse embarazada tras una aventura de una noche.
Volvió a mirarlo, preguntándose cómo era posible estar físicamente tan cerca de alguien sin saber nada de él.
–¿Cuántos años tenías cuando murió tu madre?
Joe consultó el reloj y maldijo suavemente entre dientes.
–¿No tenemos esa historia de la copa pronto?
–Cielos –Juliette dijo una versión mucho más suave de la palabrota–. No estoy vestida y no me he peinado.
Joe agarró un mechón de su caballo castaño y jugueteó con él entre los dedos.
–Está precioso tal y como está –Joe bajó un tono la voz. Sus ojos eran de un negro infinito.
Juliette tragó saliva e hizo un esfuerzo por no mirarle la boca.
–Ejem. Me estás tocando. ¿Recuerdas las reglas?
Joe le soltó el mechón y dio un paso atrás con una sonrisa fría.
–¿Cómo iba a olvidarlas?
Capítulo 3
JOE SE pasó una mano por el pelo cuando Juliette se metió en el cuarto de baño. Nada de tocarse. Nada de besos. Sí, claro que podría atenerse a esas normas. Pero no había sido consciente de que sería tan difícil. Ya había sido bastante duro intentar borrar el recuerdo de su contacto cuando vivía a miles de kilómetros de distancia. Pero compartir una suite con ella ese fin de semana iba a poner a prueba su determinación de maneras en las que no estaba preparado.
No esperaba que la química siguiera allí. No esperaba que aquella punzada de deseo lo agarrara de un modo tan brutal. No esperaba sentir nada aparte de la culpabilidad por cómo habían sucedido las cosas entre ellos. La culpa seguía allí, extendiendo sus crueles tentáculos por su intestino como una enredadera venenosa y estranguladora. Tentáculos que le subían hasta el pecho y le rodeaban el corazón, apretándolo como un puño maligno.
Lo cierto era que casi había sentido alivio al ver que Juliette no respondía a sus mensajes y correos. Eso significaba que no tenía que enfrentarse al descarrilamiento que había provocado. Cuanto más avanzaba su embarazo, más tiempo pasaba Joe fuera de casa por trabajo. Un trabajo que sus empleados podrían haber hecho perfectamente en su nombre. Pero no, él había querido, había necesitado lanzarse a la distracción del trabajo porque ver cómo su hijo crecía en el vientre de Juliette le había aterrorizado en secreto. ¿Y si moría dando a luz? ¿Y si, como le había sucedido a su madre, sufría una complicación y nadie podía salvarla?
¿Había causado Joe la pérdida de su hija al no estar allí? ¿Había provocado su ausencia en Juliette un estrés innecesario? Mirar hacia atrás estaba muy bien, pero en su momento pensó que estaba haciendo lo correcto. No tenían una relación de amor. Se habían casado por el bien del bebé, y a Juliette le parecía bien el acuerdo. Ofrecer estabilidad y seguridad había sido el objetivo de Joe.
Y su objetivo desde la separación había sido canalizar sus esfuerzos en recaudar fondos para la investigación de la muerte al nacer. Aquella había sido su manera de lidiar con su propio dolor. Le parecía mucho más productivo que convertirse en un guiñapo como había hecho su padre. Joe quería el dinero recaudado para ayudar a otras personas, para evitar que otros sufrieran la devastación de perder a un hijo al nacer. La investigación era cara y los servicios de acompañamiento y consejo apenas contaban con fondos. Pero eso estaba cambiando como resultado de sus esfuerzos. Sus propias donaciones regulares y los programas de recaudación de fondos que había organizado ayudarían con suerte a reducir las muertes en el parto en todo el planeta.
Joe se puso ropa limpia y desempacó el resto de su bolsa de viaje. Colgó las prendas en el armario al lado de las de Juliette. Tocó la manga de seda de una de sus camisas y levantó la nariz para oler su perfume. Meses después de que ella se hubiera marchado, no podía entrar en el dormitorio que habían compartido. Hizo que la asistenta se llevara sus cosas a otra habitación. Una habitación sin recuerdos.
Joe cerró la puerta del armario y deseó poder encerrar su deseo con la misma facilidad. Deseaba besarla. De eso no le cabía duda. Todavía le quemaban los labios con la necesidad de sentir la suave presión de los suyos. Joe sabía que no era bueno para Juliette. Era un veneno para las relaciones. Al parecer no podía evitar destruir a aquellos que le importaban. Pero volver a verla le había hecho darse cuenta de que entre ellos las cosas no habían terminado del todo. ¿Era esa la razón por la que no se había esforzado más para solucionar el problema de la reserva? Sí, no quería crearle problemas a la prima de Damon, Celeste, pero podría haber encontrado la manera de resolver la situación aunque hubiera tenido que alojarse en el otro extremo de la isla. Y lo cierto era que podía haber rechazado la invitación para ser el padrino de Damon desde el principio, y nadie lo habría culpado.
Pero no lo había hecho, porque, sinceramente, ya fuera consciente o inconsciente, quería estar allí el fin de semana en Corfú con Juliette. En un terreno neutral. En un sitio donde no hubiera recuerdos del dolor del pasado. A Joe le venía bien estar cerca de ella, tranquilizarse diciendo que no la había destruido completamente como había destruido su relación.
Una relación que podría haber tenido un futuro si su bebé hubiera vivido.
Sintió una punzada de dolor en el pecho al pensar en aquel cuerpecito sin vida. ¿Tenía algún tipo de maldición relacionada con el nacimiento? Su propio nacimiento había provocado la muerte de su madre. Su cumpleaños, el día que más temía del calendario, era el aniversario de la muerte de su madre. El mismo día que había conocido a Juliette en aquel bar de Londres que había cambiado la vida de ambos para siempre.
Se abrió la puerta del baño y salió Juliette con el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
–El baño es todo tuyo –dijo esquivándole la mirada.
Joe deslizó la vista por el vestido rosa que le llegaba a media pierna, con un cinturón de cuero a juego con la sandalias de tacón. Nunca había conocido a nadie que tuviera un aspecto tan elegante sin esfuerzo. Aunque llevara un chándal y sudadera, siempre lo dejaba sin aliento. Y cuando estaba desnuda se olvidaba completamente de respirar.
–Estás impresionante.
Las mejillas de Juliette se sonrojaron.
–Gracias –apartó la mirada de la suya y pasó por delante de él hacia el vestidor–. Voy a por mi bolso de noche.
Joe tuvo que apretar las manos para no tocarla. La suite no era lo bastante grande para mantener una distancia de seguridad. Para eso tendría que tener el tamaño de un principado. La suite era abierta, con una cama enorme que dominaba la zona del dormitorio. No había puerta entre esa zona y la de estar. Entre la cama y el sofá no había más de un metro o dos.
Juliette abrió el armario y agarró un bolso de uno de los compartimentos. Joe vio cómo dirigía la mirada a su ropa, que estaba colgada al lado de la de ella. Vio cómo se mordía el labio inferior y fruncía ligeramente el ceño.
–¿Esto va contra las normas? –preguntó reclinándose contra la pared que tenía al lado–. ¿Que nuestras ropas se toquen?
Ella se puso tensa y cerró la puerta del armario con un poco más de fuerza de la necesaria. Tenía las mejillas de un rojo fuerte, y sus ojos azul verdoso le recordaban a un mar tormentoso.
–No necesitaríamos normas si dejaras de mirarme así.
–¿Cómo te estoy mirando?
Juliette apretó los labios y alzó la barbilla con arrogancia.
–Como si quisieras tocarme.
–Quiero tocarte, pero las reglas son las reglas.
Joe tenía tantas ganas de tocarla que tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener el control.
Ella tragó saliva y el sonrojo se intensificó. Dejó caer el bolso sobre la cama y se ajustó el cinturón al vestido.
–No tendría que haberme acostado contigo aquella noche. Hacer algo así no tiene nada que ver conmigo.
–Lo sé –dijo Joe apartándose de la pared para acercarse a ella–. Por eso esa noche fue tan memorable.
Juliette frunció el ceño.
–¿Estás diciendo… que te pareció especial?
Joe esbozó una sonrisa ladeada y, sin poder evitarlo, le deslizó un dedo indolente por la curva de la mejilla.
–Nunca había conocido a nadie como tú con anterioridad.
–¿Porque no estaba completamente loca por ti como la mayoría de las mujeres? –los ojos le brillaban con cinismo.
Joe deslizó el dedo por su boca sensual, consciente de que estaba rompiendo las normas, pero no era capaz de resistirse a la tentación.
–No estabas interesada en mi dinero ni en mi posición. Solo querías distraerte porque habías tenido un mal día, igual que yo.
Juliette se pasó la lengua por los labios y tragó saliva de nuevo de forma audible.
–Vamos a llegar tarde a la copa.
En aquel momento, a Joe no le importaba si no llegaban siquiera a la boda de sus amigos. Estar con Juliette, aspirar su aroma, sentir la suavidad de sus labios bajo las yemas de los dedos, hacía que la sangre se le alborotara de deseo. Comenzó a sentir un tirón en la entrepierna, un deseo primario que había bloqueado, ignorado. Deslizó la mano por su nuca y clavó la mirada en la suya.
–¿Por qué no me dices que deje de tocarte?
Ella se estremeció de pronto y llevó la mirada a su boca.
–No… no sé –su voz era un susurro.
Joe le levantó la barbilla con un dedo y clavó los ojos en los suyos.
–Yo te diré por qué, cara. Porque en el fondo quieres que te toque. ¿Crees que un puñado de estúpidas reglas va a acabar con la explosión química que todavía compartimos?
Desde luego la suya no. Ni por asomo. Podía sentir la energía química que había entre ellos como una corriente eléctrica. Podía verlo reflejado en sus ojos, en cómo le dirigía la mirada a los labios, cómo deslizaba la lengua por ellos. Pero entonces su mirada se volvió a endurecer y Juliette le puso la mano en la muñeca para apartársela de su cara, lanzándole de paso una mirada perforadora.
–No hay ninguna química. No siento nada con relación a ti. Absolutamente nada.
Joe le agarró la mano y la estrechó contra su cuerpo.
–¿Quieres poner eso a prueba? Un beso. Y veamos qué pasa.
–No digas tonterías.
Tenía un tono de desprecio, pero contenía trazos de algo más, algo que sonaba a desafío.
Joe aspiró aquel aroma que tan familiar le resultaba, acercó la boca a la suya todo lo que pudo sin tocarle realmente los labios.
–Solo un beso.
–¿Crees que no sería capaz de contenerme, como la noche en que nos conocimos? Pues claro que lo soy.
–Demuéstralo.
Juliette dirigió la mirada a su boca.
–No tengo que demostrarte nada a ti.
–Pues entonces demuéstratelo a ti misma.
Juliette vaciló un instante, pero luego su mirada se congeló con decisión.
–De acuerdo. Te demostraré lo inmune que soy a ti –se puso de puntillas y le dio un beso casto en los labios–. ¿Lo ves? –volvió a poner las plantas en el suelo–. ¿Lo ves? Nada de fuegos artificiales.
Joe se rio entre dientes y la soltó.
–Mejor así. No creo que nadie vaya a creer que nos hemos reconciliado, y menos Damon y Lucy.
Juliette frunció el ceño.
–¿No vas a…? –cerró la boca y se giró para agarrar el bolso de la cama–. ¿Y qué vamos a decirles?
Le estaba dando la espalda mientras lidiaba con el cierre del bolso, pero Joe se fijó en la tensión de su espalda, como si se estuviera preparando para la respuesta que él iba a darle.
–Vamos a decirles la verdad.
Juliette se giró para mirarlo con expresión recelosa.
–¿La verdad?
–Que somos adultos maduros en proceso de una separación amigable. Compartir habitación durante un par de noches no será un problema para nosotros.
Ella alzó las cejas.
–¿Amigable? ¿Sin problemas? Es curioso, yo no lo veo así.
–Piensa en ello, Juliette –dijo Joe–. Si fingimos que hemos vuelto, entonces tendrías que permitir que te tocara. En caso contrario nadie se lo va a creer. Tendría que agarrarte la mano, pasarte el brazo por la cintura, besarte. Tendrías que mentir a tu mejor amiga. ¿Eso es lo que quieres?
Ella levantó la barbilla y sus ojos azul verdoso temblaron de rabia.
–Lo que quiero es que acabe este fin de semana. Eso es lo que quiero.
–Ya. Eso es lo que quiero yo también.
Así tal vez podría seguir adelante con su vida.
Capítulo 4
LA COPA de bienvenida era en la terraza frente a la piscina infinita que daba a la playa. La zona estaba decorada con farolillos con velitas doradas dentro y el aroma a flores de azahar y madreselva perfumaba el aire. Había una torre de champán en una mesa adornada con lazos y centros de flores en cada esquina. Dos camareros vestidos con camisa blanca, pantalones negros y corbata de lazo esperaban para pasar con las bandejas de deliciosa comida. Un cuarteto de cuerda tocaba en uno de los extremos de la terraza delante de un fondo de buganvillas color escarlata. Había un tablón enmarcado con flores blanca y rosas con un enorme corazón en el centro en el que estaban escritos los nombres de Lucy y Damon con una preciosa caligrafía. Juliette no había visto nunca un escenario tan romántico, y trató de no compararlo con su propia boda.
En la suya desde luego no hubo tablones enmarcados con flores blancas y rosas ni corazones.
Celeste Petrakis, la organizadora de la boda, una mujer delgada de veintipocos años con el pelo corto y negro, llevaba una tableta en la mano y corrió hacia Juliette y Joe en cuanto salieron a la terraza.
–Oh, Dios mío, lo siento mucho, pero creo que me he confundido con vuestras reservas –dijo Celeste–. Solo puse un J. Allegranza en la lista. No sé cómo pude equivocarme. Sé que Damon me dijo que estabais separados, pero supongo que lo olvidé. Estoy tan avergonzada que me quiero morir.
Se llevó una mano a la boca y abrió los castaños ojos de par en par, como si temiera que la alcanzara un rayo vengativo.
–Ups, no quería decir eso. Me he pasado los dos últimos años intentando no morirme. Pero en serio, estoy muy avergonzada en cualquier caso.
Joe estaba al lado de Juliette, pero no la tocó.
–No pasa nada, Celeste. No tenemos ningún problema en compartir la habitación.
Juliette forzó un amago de sonrisa.
–No, en absoluto. Por favor, no te preocupes, Celeste. Has hecho un trabajo increíble organizándolo todo. Nuca había visto un escenario tan bonito para una boda. Creo que va a ser un fin de semana maravilloso para Lucy y Damon.
Celeste se llevó la mano al corazón y se le llenaron los ojos de lágrimas.
–¿Significa eso que…? ¡Oh, qué romántico! Me alegro mucho por vosotros dos. Haremos un brindis especial por vosotros esta noche…
–No –la interrumpió Joe con brusquedad–. No hemos vuelto juntos.
A Celeste se le descompuso el gesto.
–Ah, lo siento… lo había entendido mal. ¿Queréis que lleve una cama supletoria? No creo que queráis compartir…
–Eso sería estupendo, gracias –dijo Juliette tratando de ignorar el calor magnético del cuerpo de Joe tan cerca del suyo.
Si se movía un milímetro, rozaría el brazo contra el suyo. Le resultaba casi imposible contener el deseo de hacerlo.
«Tócalo. Tócalo. Tócalo».
El mantra intentaba seguir el ritmo de su acelerado pulso.
–Veré qué puedo hacer –dijo Celeste mirando primero a uno y luego a otro, como si estuviera intentando entender–. Solo puedo volver a disculparme por este malentendido…
–No te preocupes –dijo Joe moviendo ligeramente el brazo de modo que rozó la piel desnuda de Juliette, provocándole un escalofrío–. No pasa nada.
Juliette se apartó medio paso y le dedicó a la organizadora de la boda una sonrisa tirante.
–No queremos atraer la atención sobre nosotros. Este es el fin de semana especial de Lucy y Damon, no el nuestro.
–Gracias por ser tan comprensivos.
Celeste se despidió de ellos agitando la mano y se marchó a recibir a otros invitados que entraban en la terraza.
Juliette miró a Joe.
–Tengo que hablar con Lucy. Se va a agobiar si piensa que no estoy cómoda con esta situación. No quiero estropearle la boda.
–Entonces finge que estás bien. No es tan difícil.
Juliette clavó la mirada en él.
–Para ti es fácil decirlo, señor, «no muestro emociones».
Joe se encogió de hombros y se giró para mirar a los invitados que estaban saliendo a la terraza.
–Eso no significa que no las tenga –el tono de su voz tenía una vibración que Juliette no le había escuchado nunca antes.
Frunció el ceño y se mordió el interior del carrillo. Joe siempre se mostraba distante y apartado. Era como una isla empinada y rocosa por la que ella daba vueltas continuamente buscando un lugar donde echar el ancla.
Los ojos de Joe se encontraron con los suyos de un modo que hizo que le temblaran los rodillas.
–Este fin de semana podríamos aprovecharlo para darnos la oportunidad de arreglar algunos de nuestros asuntos. No en presencia de otras personas, sino cuando estemos a solas.
«Cuando estemos a solas».
Juliette tenía que hacer todo lo que estuviera en su mano para no quedarse a solas con él. El único momento en el que quería estar a solas con Joe era para entregarle los papeles del divorcio.
–No creo que nuestros asuntos se puedan solucionar en un fin de semana, Joe. Ni en toda una vida.
–Tal vez, pero al menos deberíamos intentarlo. Yo lamento el modo en que manejé nuestra relación.
¿Se lamentaba? Juliette no quería oír hablar de sus supuestos remordimientos. Ya tenía bastante con los suyos propios. Sabía que Joe solo se casaba con ella por obligación, y aun así se había casado con él. Había estado allí para ella con sus condiciones, no con las de Juliette. Había sido un matrimonio visto y no visto que estaba condenado desde el principio.
Estar con él ahora le recordaba lo tonta que había sido.
Había sido una tonta al creer que el bebé los uniría, que ayudaría a Joe a enamorarse de ella. Quería que él la amara. ¿Acaso no era ese el sueño de toda chica? Si Joe la hubiera amado, la habría hecho sentir mejor respecto a cómo se habían conocido. Habría absuelto algo de la culpa que sentía respecto a sus propios sentimientos. Se había dejado llevar por el deseo. Así de sencillo. Seguía sintiendo deseo por él, y debía pararlo.
Tenía que dejar de alimentar ese fuego que ardía dentro de ella.
Juliette le lanzó una mirada glacial.
–No hay nada que puedas decir que me haga desear retomar nuestra relación. Nada. Así que no te hagas ideas locas de que este fin de semana vaya a arreglar por arte de magia lo que no estaba bien desde un principio.
Se acercó un camarero con una bandeja de bebidas, y Juliette agarró una copa de champán. Era muy consciente de que Joe estaba a su lado y su brazo rozaba el suyo mientras él también agarraba una copa.
–¿Me has oído decir que quiero que volvamos a estar juntos? –en su tono había un sarcasmo que hirió su orgullo femenino.–. Eso es lo último que deseo.
Juliette le dio otro sorbo a su copa de champán y luego miró las burbujas que quedaban.
–Me alegra saberlo.
Porque eso era bueno, ¿verdad? Joe no quería nada. Ella no quería nada. Entonces, ¿por qué sentía una opresión en el pecho y como si le faltara el aire de los pulmones?
Juliette parpadeó rápidamente para aclarase la visión, súbitamente nublada. Sentía la garganta cerrada, como si se hubiera atragantado con el tapón de corcho de una botella de champán.
Joe dejó escapar un largo suspiro y se acercó de nuevo a ella, poniéndole la mano en el hombro. La ira había desaparecido de su mirada, reemplazada por un ceño profundamente marcado.
–Te pido disculpas por haber sido tan brusco, pero lo hecho, hecho está y no se puede deshacer.
Juliette hizo un esfuerzo por recuperar la dignidad y se pasó la mano por el vestido, como si estuviera quitándose una mota de polvo imaginaria.
–Creí que estábamos de acuerdo en no tocarnos –dijo con tono áspero y mirada fría.
–Demos la bienvenida al novio y a la novia –la voz alegre de Celeste sonó con fuerza y el cuarteto de cuerda acompañó a Lucy y a Damon cuando entraron en la terraza entre los aplausos de los invitados allí reunidos.
La presión de los otros invitados, que se arremolinaron para ver mejor, hizo que Joe pegara el hombro al de Juliette para dejarles espacio. Juliette empastó una sonrisa en la cara mientras le daba un codazo repentino a Joe en las costillas. Él soltó un gruñido que le resultó más sexy de lo tolerable y una oleada de calor le recorrió la piel. Joe le pasó el brazo por la cintura y la atrajo hacia sí con gesto posesivo. Juliette bajó la mirada a su mano izquierda, que descansaba en su cadera, y vio la alianza de boda. El anillo que la reclamaba a ella como suya. Era consciente de cada punto de contacto, como si su cuerpo estuviera programado para reconocer su tacto. Aunque tuviera los ojos vendados, seguiría sabiendo que era él.
Lucy y Damon se acercaron del brazo con una sonrisa de oreja a oreja. Estaban rodeados por un aura de felicidad y Juliette deseó que le cayera alguna brizna. ¿Por qué ella no pudo encontrar el amor eterno?
–Oh, Dios mío, no puedo creer lo que ven mis ojos –dijo Lucy dándole un abrazo tan fuerte a Juliette que casi le hizo derramar la copa de champán–. ¿Qué está pasando? No me digáis que vosotros dos…
–No –el tono estridente de Joe contribuyó a subrayar la palabra, lo que provocó otro puñetazo gratis en el autoestima de Juliette. Joe dejó caer el brazo de su cintura y añadió–, hubo una confusión con la reserva y estamos intentando ponerle las cosas fáciles a Celeste.
–Ah, bueno, entonces…espero que no sea un problema que tengáis que compartir habitación –dijo Lucy con ojos brillantes.
–Ningún problema –Juliette mantuvo las facciones bajo control, pero no pudo evitar que las mejillas se le sonrojaran.
Damon sonrió y estrechó la mano de Joe.
–Quién sabe cómo puede terminar un fin de semana en Corfú, ¿verdad? Estamos encantados de teneros aquí a los dos para compartir nuestro día especial con nosotros.
–No me lo habría perdido por nada del mundo –dijo Joe con una sonrisa enigmática.
Tras unos instantes, Lucy y Damon fueron a saludar a otros invitados, y Juliette se llevó la copa a los labios y la apuró.
–Ningún problema compartir la habitación contigo… ¿quién iba a imaginar que se me daría tan bien mentir?
Joe tenía una expresión extraña en el rostro.
–Como he dicho, podríamos aprovechar este fin de semana para solucionar lo nuestro y poder seguir adelante.
Juliette alzó las cejas y lo miró con recelo.
–¿Y cómo propones que hagamos eso? ¿Eh? ¿Un beso y tan amigos? Gracias, pero no.
Joe agarró su copa vacía y la dejó en la balaustrada de piedra cercana.
–Sería un comienzo, ¿no te parece? –Joe dirigió la mirada hacia su boca como si estuviera recordando cada beso que se habían dado.
A Juliette le temblaron los labios e hizo un esfuerzo por no humedecérselos con la lengua para no atraer más atención sobre ellos. Lo miró arqueando una ceja.
–Por si lo has olvidado, así es como nos metimos en este lío. Porque tú me besaste.
Él esbozó una media sonrisa irónica.
–Creo recordar que tú hiciste el primer movimiento.
Juliette apretó los dientes con tanta fuerza que temió romperse alguno. ¿Por qué tenía que recordarle lo lanzada que había sido aquella noche? Tan inconsciente y tan distinta a lo habitual en ella. Lo miró fijamente.
–No tenías por qué haberme hecho caso.
–Está claro que sobrevaloras mi fuerza de voluntad, cara.
Juliette alzó la barbilla.
–Más te vale asegurarte de que ahora esté en mejor forma.
Joe levantó una ceja.
–¿Para cuando me ruegues que te lleve a la cama?
Juliette apretó los puños para contener la tentación de darle una bofetada.
–Eso no va a pasar –afirmó con toda la confianza que pudo inyectarle a su tono de voz.
La indolente sonrisa de Joe le provocó un escalofrío en la espina dorsal. Él le agarró un puño y le abrió los dedos, acariciándole con el pulgar en medio de la palma de un modo inconfundiblemente sexual. Joe le mantuvo la mirada.
–No deberías avergonzarte de nuestra química –su tono descendió hasta convertirse casi en un ronroneo.
Juliette apartó la mano de la suya, frotándosela como si le hubiera quemado.
–No estoy avergonzada. Estoy asqueada. Y por el amor de Dios, deja de tocarme.
A Joe no se le borró la sonrisa, pero apareció una línea de tensión en la comisura de sus labios y su mirada se endureció.
–Ten cuidado, cara. Estamos en público, ¿recuerdas? Esconde esas bonitas garras hasta que estemos a solas. Entonces podrás arañarme con ellas la espalda como deseas.
Juliette tuvo que parpadear para apartar de sí las imágenes apasionadas que sus palabras evocaron. Tenía el cuerpo en llamas, consumido por los recuerdos de su experta forma de amar. Había tardado casi dos años en poder alcanzar un orgasmo con su ex, e incluso entonces fue un visto y no visto. Y en cambio había tenido prácticamente un orgasmo en cuanto Joe la besó por primera vez. Él nunca se preocupaba de su placer hasta que ella estuviera satisfecha. Conocía su cuerpo mejor que ella misma. Juliette había explorado cada centímetro del suyo, y al hacerlo había encontrado una vena apasionada y aventurera en su personalidad que no sabía que existía. Estar ahora tan cerca de su cuerpo hacía que lo echara de menos todavía más. Podía sentir el tirón magnético hacia él como si una corriente invisible de energía la llamara a base.
Agarró una copa de champán de la bandeja de un camarero para distraerse. Pensó que sería mejor mantener las manos y la boca ocupadas.
–¿Conoces a los demás miembros de la comitiva nupcial? –preguntó Joe tras un largo instante.
Juliette se cruzó de brazos sin soltar la copa de champán.
–Solo a Lucy. Y a Damon, por supuesto. No conozco a ninguna de las otras cuatro damas de honor porque son amigas que hizo Lucy cuando vino a vivir a Grecia. ¿Y tú?
–Había oído hablar de su prima Celeste, pero hasta hoy no la conocía. Aunque he visto una o dos veces a dos de las damas de honor –Joe le dio un buen sorbo a su copa de champán antes de mirar hacia la terraza.
Sintió una punzada de celos en el vientre.
–¿Ah, sí? –Juliette se aseguró de que su tono sonara solo un poco interesado, cuando en realidad quería conocer fechas, horas, sitios y si se había acostado con alguna de ellas. ¿Qué mujer se le podría resistir?
Ella, desde luego, no había sido capaz.
Joe se giró para mirarla con expresión indescifrable.
–Resulta irónico que Damon y Lucy se conocieran por nosotros, ¿verdad?
–¿Irónico en qué sentido?
Él se encogió de hombros y dirigió la vista al contenido de su copa, girándola para poner las burbujas en movimiento.
–Parecen felices juntos. Que dure o no, eso ya es otra cosa.
–¿Por qué tienes que ser tan cínico? Están enamorados. Todo el mundo puede verlo. Eso era lo que nos faltaba a nosotros. Nos casamos por las razones equivocadas.
Joe no respondió. Se limitó a levantar la copa y apurarla. Joe no podía apartar la mirada de la columna bronceada de su cuello ni de los puntitos de barba incipiente a pesar del reciente afeitado. ¿Cuántas veces había sentido aquel roce contra la piel? En el rostro, en el vientre, entre los muslos…
Juliette contuvo un escalofrío y se giró para mirar a los otros invitados, que se estaban reuniendo para la próxima diversión organizada por Celeste.
¿A qué damas de honor había conocido Joe antes? ¿A la rubia? ¿La de cabello oscuro? ¿La que tenía los senos grandes y unas piernas interminables?
Joe estiró la mano para agarrar su copa vacía.
–¿Te gustaría tomar otra cosa? ¿Zumo de naranja? ¿Agua mineral?
Juliette le tendió la copa con mucho cuidado de no tocarle los dedos.
–¿Estás insinuando que podría beber demasiado y hacer el ridículo?
Joe aspiró con fuerza el aire y apretó los labios antes de soltarlo.
–Mira, sé que la situación de este fin de semana es difícil para ti. Es la primera vez que nos vemos cara a cara desde que te fuiste –Joe tenía las manos en los bolsillos traseros y los anchos hombros inclinados hacia abajo–. Habría preferido encontrarme contigo en Londres, pero no respondiste a ninguno de mis intentos de contactar contigo.
Juliette había ignorado sus mensajes y correos electrónicos durante meses. Incluso había bloqueado su número en el teléfono. Había sido su manera de castigarle por no haber estado allí cuando más lo necesitaba. Pero en cierto modo se había castigado a sí misma, porque se había asilado completamente. Sus amigos y su familia habían intentado apoyarla, pero transcurridos unos meses, todos se cansaron de compadecerla. Ni siquiera Lucy, que estaba con los preparativos de la boda, había estado demasiado disponible para ella, especialmente desde que Juliette no había sido capaz de ilustrar los libros en los que trabajaban juntas desde la muerte de Emilia. Necesitaba desesperadamente estar con alguien que supiera y entendiera lo que estaba pasando: el dolor, la pérdida. Bajó la vista a las baldosas del suelo para no mirar a Joe a los ojos.
–No estaba preparada. Me parecía demasiado… arriesgado.
Joe se acercó más a ella y le rozó suavemente el dorso de la mano con un dedo.
–Eso es completamente comprensible –su voz era como una caricia, y a Juliette le tembló la mano como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Alzó los ojos para mirarlo.
–¿Piensas en ella?
Joe parpadeó como si estuviera sufriendo un dolor interno que tratara de controlar.
–Todo el rato. Por eso he estado donando y recaudando fondos para la fundación sobre la investigación de muerte en el parto durante los últimos meses. Quería hacer algo positivo para ayudar a otras personas en nuestra situación. Si hubieras leído alguno de mis correos electrónicos, lo sabrías. He donado en nombre de los dos.
¿Una fundación para la investigación de la muerte en el parto? A Juliette se le encogió el corazón. ¿Había estado recaudando fondos para aquella causa?
La rabia que llevaba puesta como una armadura se le cayó como si fuera piel muerta, dejándola sin defensas. Defensas que necesitaba para evitar sentir otra vez tanto dolor. No había leído ninguno de sus correos electrónicos durante los últimos quince meses. Los había marcado como spam, sintiéndose tremendamente satisfecha al hacerlo. Saber ahora que estaba haciendo algo por los demás estaba muy bien, pero, ¿y ayudarla a ella en el peor momento de su vida? Juliette había estado sola en la tumba de su hija. Había llorado sola una y otra vez.
–No lo entiendo. Dices que has donado dinero, y conociéndote, seguro que ha sido una gran cantidad. Pero no has visitado su tumba ni una sola vez desde el funeral.
Joe apretó los labios.
–Las tumbas no son lo mío. Prefiero rendir homenaje de otra manera.
Cada semana, cuando Juliette visitaba la tumba de su hija, esperaba que Joe hubiera dejado flores, alguna tarjeta o un juguete. Pero nunca había nada. No podía entenderlo y no podía perdonarlo, a pesar de su generosidad hacia otros. Joe viajaba a Londres por trabajo con frecuencia, ¿qué le hubiera costado pasarse por el cementerio y llevar unas flores o un peluche? ¿O no quería que nada le recordara a su bebé ni a su matrimonio roto?
–¿Querías evitar encontrarte conmigo?
No pudo contener el tono acusatorio de su voz. Joe la miró con expresión indescifrable. Parecía que tuviera las facciones esculpidas en piedra.
–¿Con qué frecuencias vas?
–Todas las semanas.
–¿Te ayuda en el proceso de duelo?
Juliette exhaló un suspiro de frustración.
–Nada ayuda a eso. Pero al menos no siento que la estoy ignorando.
–¿Es eso lo que crees que hago yo?
Juliette alzó la barbilla en expresión combativa.
–¿Me equivoco?
Joe volvió a aspirar con fuerza el aire y giró la cabeza para observar la vista. Tenía una postura rígida y tensa, como si se mantuviera recto gracias a unos cables de acero invisibles.
–No hay una manera correcta de vivir el duelo, Juliette. Lo que me sirve a mí, puede no funcionar para otra persona –hablaba con los dientes apretados. Volvió a meterse las manos en los bolsillos traseros.
–¿Y tu proceso de duelo funciona?
Joe se giró y la miró con expresión adusta.
–¿A ti qué te parece?
Juliette ladeó la boca y apartó la mirada. El problema estaba en que no sabía qué pensar. Joe nunca se había comportado como ella esperaba. No había expresado con palabras lo que ella quería escuchar ni había hecho lo que le hubiera gustado que hiciera. Su relación había estado basada en el sentido del deber de Joe hacia ella y el bebé, así que cuando perdieron a su hija no había motivos para que estuvieran juntos. Él no le había dado un buen motivo para continuar con su relación. No había expresado ningún sentimiento hacia ella. Aunque tampoco había sucedido a la inversa. Juliette había sido incapaz de expresar nada más aparte de un profundo dolor, que con el tiempo se había convertido en rabia.
Juliette recuperó la compostura y se volvió hacia él.
–Creo que en el fondo te alivia que ya no tengamos ninguna razón para estar juntos.
Joe apretó las mandíbulas de manera casi imperceptible.
–Dejemos esa conversación para más adelante. Estamos en la boda de nuestros amigos, ¿recuerdas?
Y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y la dejó con la única compañía de la brisa del mar.
Capítulo 5
TRAS el breve ensayo de la boda, Joe charló de naderías con algunos de los miembros de la comitiva nupcial, pero tenía la mente clavada en Juliette. Seguía buscándola entre la gente y experimentaba una sensación de tirantez en el pecho cada vez que veía su cabeza castaña entre los asistentes.
Había pensado con frecuencia en ir al cementerio inglés en el que estaba enterrada su hija, pero siempre se echaba atrás. Su padre lo había llevado a rastras a la tumba de su madre el día de su cumpleaños hasta que era un adolescente. Había sido una forma de tortura estar allí frente a la lápida sabiendo que él había sido la causa de que su madre estuviera allí enterrada. Todos sus deseos, plegarias y esperanzas no lograrían devolver la vida a su madre ni a su hija. No habría visitas, flores o tarjetas que pudieran deshacer lo hecho. Siempre le había parecido que la manera que tenía su padre de llevar el duelo era un proceso destructivo. Joe había elegido una salida distinta, una manera constructiva de procesar su dolor recaudando dinero para la investigación que podría salvar vidas y, sin duda, relaciones.
Pero ahora, al tocar a Juliette, que estaba a su lado, al aspirar aquel aroma que le despertaba la sangre y le aceleraba el pulso, no podía evitar preguntarse si cabría la posibilidad de que saliera algo positivo de su situación. La química seguía allí, tan eléctrica y ardiente como siempre. La química explosiva que había dado inicio a su relación era en lo único que podía apoyarse para volver a impulsarla. Sentía su tirón como una fuerza invisible que lo atraía hacia ella. Tuvo que meterse las manos en los bolsillos para evitar abrazarla. No podía estar en la misma habitación que Juliette sin desearla. Maldición, no podía estar en el mismo país sin que ardiera en el deseo de estrecharla entre sus brazos.
Juliette se giró y lo miró desde el otro extremo de la terraza ahora iluminada por la luz de la luna y Joe sintió un pellizco en el corazón. Era mona más que una belleza clásica, pero seguía teniendo el poder de dejarlo sin aliento. Sus ojos azul verdoso le recordaban a un mar tormentoso envuelto en sombras cambiantes. Tenía el cuerpo esbelto de una bailarina y una elegancia natural de movimientos. Y una piel pálida, pero con varias pecas salpicadas por el puente de la nariz respingona. Sus labios eran de un rosa sensual que atraían su mirada una y otra vez como un imán. Joe fue consciente con una punzada de cuánto echaba de menos su sonrisa luminosa como el sol. No aquellas sonrisas que fingía cuando era necesario, sino una genuina que le iluminara el rostro y los ojos.
Juliette volvió la mirada hacia la pareja mayor que estaba a su lado, los padres de la novia. Pero Joe se dio cuenta de que no estaba realmente implicada en la conversación. Seguía mordiéndose el labio inferior y jugueteando con el cierre del bolso como si estuviera deseando que la velada llegara a su fin.
Y pronto terminaría y estarían solos en la suite.
El cuarteto de cuerda estaba tocando piezas de baile, y varias parejas estaban bailando en la terraza. Joe recordó la primera vez que había bailado con Juliette, cómo se había movido con él a un ritmo tan natural como si llevaran años haciéndolo.
Hacer el amor había sido lo mismo.
Tras una aventura de una sola noche, ambos siguieron sus caminos por separado, pero Joe no había sido capaz de sacársela de la cabeza. Joe tenía compromisos en Italia y otro proyecto en Alemania, pero no había dejado de pensar en ella. Y entonces, de repente, Juliette le llamó y le dijo que estaba esperando un hijo suyo. La noticia le había impactado. Habían utilizado protección, pero el destino había decidido entrar en el juego y crear una nueva vida. Una vida que no había durado lo suficiente para tomar una sola bocanada de aire.
Joe dejó escapar un largo suspiro cuando aquel dolor familiar se apoderó de su pecho, como cada vez que pensaba en su hijita. Se culpaba por no haber estado allí cuando Juliette se puso de parto antes de lo esperado. Tal vez si hubiera estado allí para llevarla al hospital, las cosas podrían haber salido de manera distinta. Había muchas cosas que le hubiera gustado hacer de otra manera.
Joe se abrió paso entre la gente para unirse a ella y la tomó de la mano.
–¿Quieres bailar?
Se había imaginado que aquella era una manera legítima de poder tenerla entre sus brazos. Y lo que era más importante, evitar así que bailara con alguien más.
Parecía que Juliette estaba a punto de negarse, pero entonces se encogió de hombros sin mirarlo a los ojos.
–Claro, ¿por qué no?
Joe la guio hacia la zona de baile, que daba hacia el mar. El cuarteto de cuerda estaba tocando ahora una balada romántica, y Joe la atrajo hacia sí, moviéndose con ella al ritmo lento de la música.
–No parecía que estuvieras disfrutando de la conversación que mantenías –dijo aspirando el aroma a flores de su cabello.
Juliette alzó la vista y lo miró frunciendo el ceño.
–¿Tan obvio era?
–Solo para mí –la apartó más de los otros invitados que se habían unido en la pista de baile.
–¿Conoces bien a los padres de Lucy?
–Muy bien. Me pasaba mucho tiempo en su casa cuando Lucy y yo éramos adolescentes –suspiró ligeramente–. Yo le tenía mucha envidia –añadió–. Sus padres eran muy distintos a los míos.
–¿En qué sentido?
Juliette guardó silencio durante un largo instante, y Joe se preguntó si le habría oído. Pero luego alzó la mirada hacia le pechera de su camisa y dijo en tono bajo:
–Eran muy… poco críticos. Creo que nunca los escuché decir nada negativo respecto a las decisiones que Lucy tomaba.
Joe se echó un poco hacia atrás y la miró.
–¿Y tus padres eran críticos y negativos?
Juliette puso los ojos en blanco durante un segundo y bajó la vista.
–Cuando había gente delante, no. Eran demasiado educados y sutiles como para eso. Pero sé que estaban muy decepcionados conmigo porque no estaba tan dotada académicamente como mis dos hermanos mayores.
Joe no podía decir que estuviera sorprendido por su confesión. Pero le carcomía un poco no haberle preguntado más cosas respecto a su familia cuando vivían juntos. ¿Qué decía eso de él? ¿Qué clase de marido no mostraba interés por el pasado de su mujer?
Un marido con un pasado conflictivo propio que no quería que le hicieran preguntas, ese tipo de marido.
Joe había visto a sus padres y hermanos solo dos veces… en la boda y en el funeral de Emilia. El funeral lo tenía un poco confuso, y no habían sido particularmente cariñosos con él en la boda, aunque Joe tampoco esperaba que lo recibieran con los brazos abiertos. Habían sido correctos de un modo distante y arrogante, pero lo cierto era que la manera de cortejar a su hija tampoco había sido la ideal. Una aventura de una noche no era el modo de impresionar y ganarse a sus suegros, pero no quería que su hijo creciera sin conocerlo. El matrimonio había sido en su opinión la mejor opción.
El bebé tenía que ser lo primero. Y se había convertido en su mayor prioridad.
Los padres de Juliette no habían ido al hospital cuando perdieron a la niña porque estaban en un vuelo de larga distancia. Juliette había ido a visitarlos a Inglaterra antes de que partieran a un viaje de tres meses en el extranjero. Ella había reservado un vuelo de regreso a Italia al día siguiente, pero se puso de parto. Joe se subió al primer avión en el que encontró billete en cuanto supo la noticia, pero llegó demasiado tarde.
–Tú tienes mucho talento, Juliette. Tus ilustraciones son increíbles. ¿No estás orgullosa de tu trabajo?
Ella tenía la boca curvada hacia abajo.
–Soy la única persona de mi familia sin un título universitario. No consideran que ser ilustradora de libros infantiles sea una profesión de prestigio, sobre todo si no tienes un título en Artes. Sí, están orgullosos de que haya publicado cosas, pero siguen viéndolo como una especie de afición.
Juliette volvió a suspirar y se le cayeron un poco los hombros hacia abajo.
–No he hecho ni un esbozo desde hace meses, así que tal vez tengan razón. Ha llegado el momento de buscar otra cosa. No sé cómo Lucy me ha aguantado tanto tiempo. No solo he dejado en suspenso mi carrera, sino también la suya.
Joe le puso una mano en la suave mejilla y la miró a los ojos.
–No tienes que pensar en tu carrera hasta que estés preparada, cara. He ido depositando fondos en tu cuenta bancaria que cubren de sobra cualquier pérdida de ingresos.
Un sonrojo cubrió el rostro de Juliette, al tiempo que en sus ojos aparecía un brillo de determinación.
–No quiero tu dinero y no lo necesito. No he tocado ni un penique.
Joe le pasó el pulgar por la barbilla.
–¿Tanto me odias?
Algo cruzó por los ojos de Juliette antes de que bajara las pestañas.
–Nunca he querido tu dinero. Esa no fue la razón por la que me casé contigo.
Se apartó de él y se cruzó de brazos como si tuviera frío, aunque el aire de la noche era suave y cálido.
–Sí, bueno, los dos sabemos por qué te casaste conmigo –Joe no pudo evitar a tiempo el tono cínico–. Querías demostrarle a tu ex que habías seguido adelante.
Juliette apretó los labios.
–Eso no es verdad. No tuvo nada que ver con él. Apenas recuerdo siquiera el aspecto que tenía. Pensé que estaba haciendo lo mejor para el bebé casándome contigo. Además, fuiste tú quien insistió en casarse. Yo me habría conformado con un acuerdo de custodia compartida.
–¿Has sabido algo de tu ex? ¿Lo ves? –Joe no tenía muy claro por qué lo preguntaba, porque no quería saberlo. No necesitaba el castigo, la tortura, la desesperación de imaginarla con otra persona. Nunca se había considerado una persona celosa. Pero la idea de que Juliette tuviera intimidad con otro hombre le provocaba un nudo en el estómago. Y que tuviera un hijo con otro le provocaba tal dolor en el pecho que no podía siquiera respirar.
Juliette le lanzó una mirada de irritación.
–No creo que sea asunto tuyo si lo veo o dejo de verlo.
Joe la tomó del codo para alejarla de los demás hacia un rincón más tranquilo de la terraza.
–Es asunto mío porque todavía estamos legalmente casados –bajó la mano del codo, pero tuvo que hacer gala de toda su fuerza de voluntad para evitar tomarla entre sus brazos y aplastar la boca contra la suya. Para recordarle a Juliette la pasión que saltaba entre ellos. La pasión que estaba ahora también cargando el ambiente.
Lo que le llevaba a una cuestión algo inquietante… ¿qué diablos iba a hacer al respecto? Ya había cometido errores con Juliette. Grandes errores. Errores que no podía deshacer. ¿Se estaría buscando un problema si revisaba su relación para comprobar que valía la pena recuperarla?
A ella le brillaron los ojos con gesto desafiante.
–Me resulta muy gracioso tu repentino interés por mi vida privada después de todos estos meses –le miró la boca como si esperara que hiciera lo que él estaba tentado a hacer–. ¿Y por qué sigues llevando el anillo de casado? Me parece bastante absurdo.
Joe le tomó la mano izquierda y deslizó el pulgar por el espacio vacío de la alianza de Juliette. Esperaba que ella retirara la mano, pero para su sorpresa, no lo hizo. Lo que sí hizo fue mantener su mirada clavada en la suya y humedecerse el labio inferior con la punta de la lengua.
–No es absurdo del todo. Me mantiene libre de la atención femenina no deseada –esperó un instante antes de continuar–. Todavía tengo tu anillo de compromiso y el de casada.
Joe no tenía muy claro por qué le estaba contando aquella información inútil. ¿Acaso no le hacía quedar como un idiota sentimental que no había superado el abandono de su esposa? ¿Debería decirle que no había quitado ni una sola prenda suya del armario, que no podía siquiera dormir en el mismo dormitorio que habían compartido porque le causaba demasiado dolor?
Y por no hablar del dormitorio de la niña. No había abierto la puerta ni una vez. Ni una sola vez. Abrir aquella puerta sería cómo abrir una herida profunda y devastadora.
Juliette bajó la vista hacia sus manos unidas antes de volver a mirarlo.
–Me sorprende que no los hayas empeñado ni hayas encontrado a alguien más a quien regalárselos.
Joe le acarició la suave piel de la palma de la mano y observó cómo se le aceleraba la respiración y se le dilataban las pupilas.
–Son tuyos.
Ella alzó la barbilla con un brillo intransigente en los ojos.
–No los deseo.
–Tal vez no, pero a mí sí me deseas todavía –Joe atrajo su cadera a su cuerpo y bajó la mirada a su boca–. ¿No es así?
Juliette se volvió a humedecer los labios.
–No –su tono era firme, pero su cuerpo se balanceó hacia él como impulsado por una fuerza más grande que no podía resistir.
Joe le subió la barbilla y le acarició el labio inferior con el pulgar.
–El orgullo es algo curioso, ¿verdad? A mí también me gustaría decir que no te deseo, pero eso sería mentirme a mí mismo y a ti.
Juliette aspiró con fuerza el aire y lo dejó salir despacio.
–Joe… por favor…
–¿Por favor qué? –Joe le cubrió una mejilla con la mano, y le puso la otra en la parte baja de la espalda para atraerla todavía más cerca de su cuerpo–. ¿Vas a negar que lo estás sintiendo ahora mismo? ¿Lo que has sentido desde el momento en que entré en la suite esta tarde? ¿Lo que sentiste la primera vez que nos vimos? Por eso bloqueaste mi número de teléfono y mis correos electrónicos, ¿verdad? No quieres que nada te recuerde lo que sientes por mí.
Juliette volvió a tragar saliva y apoyó las manos en su pecho.
–Ahora estamos separados, y…
–Este fin de semana no estamos separados. Vamos a compartir habitación. Y cama.
–No –ella apartó las manos de su pecho y lo miró desafiante–. Celeste dijo que iba a conseguirnos una supletoria…
–He hablado con ella hace unos minutos –dijo Joe–. No ha podido conseguir una a tiempo para esta noche, pero lo volverá a intentar mañana.
Juliette lo miró de nuevo y apretó los labios. Dio un paso atrás con postura rígida.
–Los dos tenemos que seguir adelante con nuestras vidas. Si vamos hacia atrás en lugar de hacia delante, solo complicaríamos las cosas.
Juliette se llevó la mano izquierda a la sien y cerró los ojos como si estuviera rezando en silencio.
–Por favor, Joe. No hagas esto más difícil de lo necesario –bajó la mano de la cara y volvió a mirarlo con una expresión que parecía tener una determinación renovada–. Voy a subir a la habitación. A dormir. Sola.
Juliette consiguió marcharse sin que nadie se diera cuenta y regresó a la suite, cerrando la puerta con un profundo suspiro. Se había sentido tentada a bailar con Joe toda la noche, a encontrar una excusa para estar en sus brazos de nuevo. Pero aquel era el camino al dolor, porque no podían estar juntos. Ni antes ni ahora.
Si al menos su cuerpo dejara de traicionarla… resultaba muy difícil mantener las distancias cuando Joe solo tenía que mirarla para que su resistencia se derritiera. Había bajado la guardia lo suficiente para hablarle de su frustrante relación con sus padres y sus dudas respecto al futuro de su carrera. Había sido un momento de debilidad y, sin embargo, había encontrado consuelo al compartirlo tan abiertamente con él. Se había mostrado comprensivo de un modo que Juliette no había esperado.
Y luego estaba lo de la fundación contra la muerte en el parto…
No podía quitarse de la cabeza cómo había recaudado dinero para una investigación tan importante. Juliette le había juzgado mal todo aquel tiempo por no estar de luto como ella esperaba, pero Joe había hecho lo que esperaba que ayudase a otros. Eso hacía que le resultara más difícil acceder a su rabia, mantener la distancia emocional.
Pero eso no significaba que tuvieran un futuro juntos.
¿Cómo iba a ser así si no estaban enamorados, nunca lo habían estado y solo estarían juntos debido a la atracción física? Eso no era suficiente para construir un matrimonio, especialmente un matrimonio que había sufrido una tragedia como la suya. Un matrimonio que nunca hubiera existido de no haber sido por su embarazo accidental. Juliette no era el tipo de mujer que tenía muchas citas. No era sofisticada, ni superinteligente, y nadie podría decir que tenía un tipazo. Si no se hubiera quedado embarazada, nunca habría sido la primera opción de Joe.
Juliette se quitó las horquillas del pelo y las arrojó sobre la cómoda de camino al baño. Las cosas de afeitado de Joe estaban en la encimera, y su frasco de colonia justo al lado del maquillaje de Juliette. Sintió un leve escalofrío en el vientre. Compartir el baño era algo muy íntimo. ¿Sería lo bastante fuerte para resistirse a la tentación que él suponía? Juliette agarró el frasco de colonia, le quitó la tapa y se llevó el cuello de la botella a la nariz, cerrando los ojos mientras aspiraba las notas cítricas del aroma. Volvió a dejar el frasco y le puso el tapón.
Tenía que ser fuerte.
Tenía que serlo.
Juliette regresó al dormitorio y miró la bolsa en la que estaban los papeles del divorcio. El domingo, cuando Lucy y Damon se marcharan, los sacaría y se los pondría a Joe debajo de la nariz, no antes. Le daba una cierta sensación de poder saber que los tenía allí, esperando el momento oportuno. Joe pensaba que podía chasquear los dedos y ella iría corriendo a sus brazos como si nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado.
Ella había cambiado.
Y ya no volvería a ser la que fue.
Joe regresó a la suite más tarde aquella noche y se encontró a Juliette dormida con una fila de almohadas dividiendo la enorme cama en dos secciones. La lamparita de la mesilla de noche seguía encendida y la suave luz envolvía sus facciones en un brillo dorado. Se había soltado el pelo y lo tenía desparramado por la almohada. Se había quitado el maquillaje, y tenía la piel fresca y limpia, luminosa como la de una niña. La boca estaba relajada en el sueño, los labios ligeramente entreabiertos, la respiración suave y acompasada.
Joe se aflojó la corbata, se la sacó por el cuello y la arrojó a la silla que estaba en la esquina del dormitorio.
Juliette abrió los ojos de golpe y se incorporó, parpadeando.
–Ah, eres tú…
–Gracias por la cariñosa bienvenida –Joe empezó a desabrocharse la camisa.
Ella entornó la mirada y se subió más las sábanas.
–¿Qué haces?
–¿A ti qué te parece? –Joe se quitó la camisa y la lanzó en la misma dirección que la corbata–. Me estoy desvistiendo.
–¿No puedes hacerlo en el baño? –Juliette tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y seguía evitándole la mirada–. Y por favor, ponte unos calzoncillos o algo. Y quédate en tu lado de la cama.
–Es un poco tarde para mostrarse tímida, cariño. Conozco cada centímetro de tu cuerpo, y tú del mío.
Juliette apartó la ropa de cama y se lanzó hacia el albornoz que colgaba en el respaldo de otra silla.
Joe captó un destello del pijama de pantalón corto color café con leche. Uno de los finos tirantes se le había deslizado por el hombro, revelando la curva superior de un seno. Juliette metió los brazos en las mangas del albornoz y se ató el cinturón con fuerza innecesaria, mirándolo con furia.
–Muy bien. Como quieras. Tú te quedas con la cama, y yo dormiré en el sofá –pasó por delante de él, pero Joe le agarró la muñeca y la retuvo.
–No seas tan dramática –le soltó el brazo, abriendo y cerrando los dedos para calmar la sensación de hormigueo que le había provocado su contacto–. No voy a forzarte. Quédate tú con la cama, yo me voy al sofá.
Juliette se mordió el labio inferior y miró hacia la otra parte de la suite, en la que estaba el pequeño sofá.
–Eres demasiado alto. No vas a dormir nada.
No iba a dormir nada de todas maneras con ella tan cerca. Verla dormir mostrando algo de piel ya había puesto a prueba los límites de su autocontrol.
–Seguro que somos capaces de compartir cama dos noches sin cruzar ninguna frontera.
Juliette jugueteó con las puntas del cinturón del albornoz sin dejar de morderse el labio.
–De acuerdo. Pero tienes que prometer que no me tocarás.
Joe se llevó la mano al corazón.
–Te doy mi palabra.
Juliette le escudriñó con la mirada durante un instante.
–¿Por qué tengo la sensación de que te estás riendo de mí?
Joe bajó la mano.
–Créeme, cara. Hace mucho tiempo que no me rio.
Ella apartó la mirada de la suya y una sombra le cruzó las facciones. Volvió a la cama y se metió bajo las sábanas, cubriéndose la barbilla con ellas.
–Buenas noches.
Joe dirigió la mirada hacia la cajita de medicinas que había en la mesilla. Se dirigió al lado de la cama en el que estaba Juliette y se acercó al borde.
–¿Cuánto tiempo hace que tomas esto? –señaló la medicación que había al lado de un vaso de agua.
Juliette se puso boca arriba con expresión a la defensiva.
–Solo las tomo cuando no puedo dormir.
–¿Y con qué frecuencia ocurre eso?
Juliette apartó la mirada de la suya y agarró el extremo de la sábana con los dedos.
–Bastante a menudo… –su voz era más bien un susurro.
Joe le apartó un mechón de pelo de la frente. Sentía el pecho tan tirante que apenas podía llenar los pulmones de aire. Sintió una cuchillada de culpabilidad por cómo había manejado los últimos meses.
Juliette había sufrido a solas cuando él tenía que haber estado a su lado. Pensaba que ella quería mantener las distancias, pero estaba claro que eso no la había ayudado con el proceso de duelo. Y, desde luego, a él tampoco. Le surgieron en la mente muchos tópicos… como los irritantes comentarios que le habían hecho otras personas a él.
«El tiempo lo cura todo».
«Luego será más fácil».
«Esto te hará más fuerte».
Pero en lugar de decir nada, Joe guardó silencio.
Juliette clavó la mirada en la suya y sintió otra punzada de dolor en el pecho.
–No puedo evitar sentirme culpable. Tal vez si no hubiera ido a Inglaterra a visitar a mis padres antes de su viaje… no tenía por qué haber ido. Podría haberles pedido que vinieran ellos a verme a mí.
¿Y por qué había ido ella a Inglaterra? Porque Joe estaba en otro viaje de trabajo, y la había dejado sola.
Si había algún culpable, sin duda era él.
Joe le tomó una mano y se la llevó al pecho.
–No. No debes culparte –su voz era tan áspera que podría haber atravesado el metal–. Hasta entonces habías tenido un embarazo de ensueño.
Juliette torció la boca.
–Tú no estuviste ahí durante los tres primeros meses. En aquel entonces no era ningún sueño. Vomitaba todos los días.
A Joe le hubiera gustado estar allí, pero Juliette no le había dicho nada hasta que estuvo de doce semanas.
Le colocó la mano sobre su muslo y le acarició suavemente el dorso.
–Muchas veces quise ponerme en contacto contigo después de la noche que pasamos juntos.
Ella frunció suavemente el ceño.
–¿Sí? Nunca me lo habías dicho.
Joe esbozó una sonrisa triste.
–No nos dimos el número de teléfono, pero encontré tus datos en Internet por tus publicaciones. Pensé en enviarte un correo muchas veces sugiriéndote que quedáramos para tomar una copa o algo así.
–¿Por qué no lo hiciste?
–Todavía estabas olvidando a tu ex. No pensaba que estuvieras preparada para seguir adelante con tu vida.
Juliette bajó la mirada, sacó la mano de la suya y agarró las sábanas.
–Creo que superé lo de Harvey en cuanto me dijo que estaba enamorado de Clara. Pero por aquel entonces tú no querías nada duradero, solo una aventura.
Fue más una afirmación que una pregunta. Joe se levantó de la cama y la miró sin confirmarlo ni negarlo.
No había sentido la necesidad de sentar la cabeza con nadie. Prefería vivir en un mundo en el que no hubiera ataduras permanentes. Un mundo seguro. Un mundo en el que no pudiera hacer daño a nadie y donde nadie le hiciera daño a él.
–Intenta dormir un poco, cara. Buenas noches.
Juliette escuchó mientras Joe se daba una ducha en el baño. Intentó que su cabeza no se llenara de imágenes del agua caliente deslizándose sobre su cuerpo, intentó no pensar en las veces que había compartido ducha con él en el pasado. La ardiente pasión, el implacable deseo, los explosivos orgasmos.
Gimió en voz baja y se dio la vuelta para darle la espalda al baño, se llevó las rodillas al pecho y cerró los ojos. Esperó a que Joe se reuniera con ella en la cama, esperó a sentir el familiar peso de su cuerpo en el colchón, tenía los sentidos tan alerta que sabía que le resultaría imposible dormirse. Abrió los ojos y vio la medicación al lado del vaso de agua. Se incorporó, sacó una pastilla del blíster y se la tragó con un sorbo de agua.
Se volvió a tumbar y esperó a que le hiciera efecto y la arrastrara inexorablemente a un sueño sin consciencia…
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