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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca, n.º 268 - agosto 2021
I.S.B.N.: 978-84-1105-101-9
Índice
Créditos
Cinco años después de la pasión
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
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Esclavos del pasado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Increíble amor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
EL MULTIMILLONARIO griego e icono social Alexandros Kristalakis entró en el salón tras haber concluido un acuerdo internacional con una importante empresa estadounidense y se sorprendió al ver allí a su esposa, esperándolo.
Al contrario de lo ocurrido al principio de su matrimonio, en esos momentos Pollyanna siempre era puntual.
Ya no llegaba tarde nunca, ni era tan espontánea. Sus exuberantes demostraciones de afecto también habían desaparecido junto a su espontaneidad. Al principio, él había pensado que era porque estaba embarazada de su primer hijo, lo que implicaba una época difícil tanto física como psicológicamente, pero, tras dar a luz, Pollyanna no había recuperado esas viejas costumbres que a él tanto le habían gustado.
No podía quejarse. Su esposa se había esforzado mucho en adaptarse a su nuevo modo de vida como esposa de un multimillonario griego, descendiente de una conocida familia.
Ella había procedido de un entorno mucho más relajado, de una familia estadounidense sin expectativas sociales, por lo que la adaptación había sido todo un reto. Un reto que su increíble esposa había sido capaz de superar.
A pesar de que, para empezar, no había hablado casi ni una palabra de griego, había asistido a eventos sociales y había apoyado causas dignas. Era de naturaleza abierta y cariñosa, así que enseguida se había ganado a los amigos y conocidos de Alexandros y se había hecho un hueco en la alta sociedad de Atenas sin tener que ceñirse únicamente a su papel como esposa.
Era morena y tenía las piernas muy largas, estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo y tan guapa como el día de su boda.
Aunque su personalidad se hubiese visto en cierto modo apagada por la insistencia de la madre de Alexandros en que la llamasen Anna en vez de Polly.
El vestido de color azul hielo, color que solía utilizar con frecuencia, se ceñía a sus pechos, que habían crecido al menos una talla con el embarazo, y caía con elegancia sobre el vientre abultado.
Su embarazo hacía que Alexandros se sintiese todavía más orgulloso que cuando conseguía cerrar un ambicioso trato.
La miró con apreciación.
–Estás preciosa, yineka mou.
–Para eso pagas esas cantidades tan desorbitantes a los estilistas –le respondió ella sin sonreír ni clavar en sus ojos su mirada azul cristalina.
Ya casi nunca lo hacía. Con él.
Todavía era cariñosa con otras personas, pero él tenía una esposa elegante que nunca hablaba cuando no debía ni reaccionaba sin pensar antes. Salvo en el dormitorio. Allí seguía siendo ese ser apasionado sin el que Alexandros sabía que no podría vivir.
Había sabido que había algo especial entre ambos nada más conocerla.
Así que le había pedido que se casase con él, en vez de casarse con la heredera griega con la que su madre había intentado emparejarlo desde que estaba en la universidad.
Y ella le había dicho que sí, por supuesto. ¿Cómo no?
Él había podido darle a Pollyanna una vida con la que jamás habría podido soñar.
Sin embargo, no acababa de hacerle un cumplido por cómo le sentaban el caro vestido ni los diamantes que se había puesto para aquella cena familiar, ni tampoco por cómo se había recogido el pelo en un elegante moño, sino por cómo brillaba con el embarazo.
A pesar de que parecía un poco cansada, seguía cortándole el aliento.
–No, se trata de ti –le aseguró.
Ella se limitó a esbozar una sonrisa, como si el halago no la hubiese impresionado demasiado.
En el pasado, había sonreído cuando Alexandros le había dicho lo guapa que estaba y él no sabía qué era lo que había cambiado, pero algo lo había hecho.
Lo mismo que él, en algún momento, había perdido el privilegio de llamarla agape mou. Ella nunca le había pedido que no la llamase su amor, pero había hecho una mueca cada vez que había oído que la llamaba de ese modo, así que Alexandros había dejado de hacerlo. En su lugar la llamaba yineka mou, porque era su esposa.
Hicieron el viaje en helicóptero hasta la casa en la que había pasado su niñez en silencio, cosa que no lo sorprendió. Salvo que llevasen auriculares, con el ruido de los rotores era imposible oírse salvo que hablasen a gritos. En el pasado, ella se habría hecho un ovillo a su lado y se habrían comunicado con la mirada, o con el cuerpo. Alexandros no recordaba la última vez que su esposa le había mostrado aquel afecto tan abierto fuera del dormitorio.
Sus amigos casados ya le habían advertido que las cosas cambiaban con la rutina. Él había pensado que su matrimonio no cambiaría, pero, a pesar de haberse equivocado, no se arrepentía de haberse casado con aquella mujer.
El trayecto desde el helipuerto situado en lo alto del edificio Kristalakis hasta la casa en la que había crecido en el norte de Atenas, en el barrio de Ekali, transcurrió sin incidentes y llegaron a la hora prevista. Por supuesto.
Su madre los saludó con dos besos en las mejillas, como era tradición, aunque a Pollyanna no llegó a tocarle el rostro para no estropearle el maquillaje. Esta hizo lo mismo, con expresión perfectamente contenida. No como al principio de su matrimonio, que le había costado horrores disimular la antipatía que sentía por la otra mujer.
En esos momentos, la expresión de Pollyanna era siempre serena.
Salvo en la cama.
En la cama seguía demostrando la misma pasión de siempre, aunque nunca era ella la que acudía a él.
Alexandros no sabía cuándo había cambiado aquello ni por qué no se había dado cuenta entonces. En cualquier caso, en un momento dado había sido consciente de que ella ya nunca se acercaba a él por las noches. No alargaba la mano para tocarlo en la cama. Ya no lo besaba con aquel entusiasmo, independientemente del lugar en el que estuviesen.
Él había aceptado que esas cosas no duraban en un matrimonio y, al fin y al cabo, no tenía de qué quejarse.
Entonces, por qué sentía tanto la pérdida.
–Ya veo que has llamado a la estilista que te recomendé –le dijo su madre a Pollyanna, pero en vez de hacerlo con aprobación, el comentario sonó a crítica.
–Evidentemente –le respondió Pollyanna casi como si a ella también le pareciese mal.
Corrina, su nueva cuñada, que solía estar siempre alegre y sonriente, estaba mirando a la madre de Alexandros con el ceño fruncido, con desaprobación.
–Polly no necesita estilistas. Su estilo natural ya es perfecto.
Su suegra la miró como si se sintiese insultada, tanto por el comentario como por el hecho de que Corrina utilizase aquel nombre, que a ella le parecía demasiado vulgar y por eso se había negado a utilizarlo desde su primer encuentro. A partir de entonces, todo el mundo había empezado a llamarla Anna, incluso él.
Aunque, en ocasiones, cuando estaban en la cama, todavía la llamaba Polly cuando llegaba al clímax. Era el nombre por el que la había conocido.
Alexandros miró a su hermano, esperando que este frenase sutilmente a su esposa.
Pero Petros estaba sonriendo a Corrina con aprobación.
–Como siempre, tienes toda la razón, agape mou. Nunca ha necesitado los estilistas que mi hermano se empeña en pagar.
Corrina miró a Petros con adoración y Alexandros se dijo que era bueno que su recién estrenada cuñada mirase a su hermano como si este fuese un superhéroe. Como debía ser.
No sabía por qué él se sentía incómodo cuando veía aquellas miradas. Observó a su esposa de reojo. Ella no lo estaba mirando a él.
Eso no lo sorprendió. No lo miraba nunca, salvo que tuviese que hacerlo por educación. En esos momentos, parecía una estatua en un museo, totalmente ajena a la conversación.
–No esperaba que nadie me llamase la atención en mi propia casa –comentó su madre en tono gélido.
Pero eso no pareció preocupar a Corrina lo más mínimo.
Sin embargo, Petros sí que cambió de expresión.
–Hacer un cumplido a Polly no es llamarte a ti la atención. Mi esposa tiene derecho a opinar de manera diferente a ti y si no eres lo suficientemente madura para aceptarlo, tal vez tendríamos que replantearnos estas cenas familiares.
–Petros, ¿cómo te atreves a hablarme así? –le preguntó su madre con sorpresa.
–Oh, mamá, no te pongas así –intervino su hermana pequeña, la más mimada de la familia–. Ya sabes lo protector que es Petros con su querida esposa. Los hombres Kristalakis son así. ¿No te acuerdas de papá?
Cada vez que alguien mencionaba a su esposo fallecido, su madre sonreía con fragilidad y asentía débilmente.
–Supongo que sí, pero, Petros, soy tu madre.
Su madre se había quedado destrozada después de la muerte de su padre. Tras haber perdido a sus propios padres solo un año antes, Alexandros tenía que haberse imaginado lo duro que aquello sería para ella, pero había tardado demasiado en reaccionar.
Durante un tiempo, había sentido miedo a perderla. Su madre había dejado de arreglarse y de salir. Desesperado, él la había hecho ir a un centro de descanso de lujo.
Eso había funcionado y, cuando había regresado a casa, parecía que había vuelto a ser la misma, pero a Alexandros no se le olvidaban aquellos días oscuros y la fragilidad de su madre.
–Y Corrina es mi esposa.
No había duda de cuál de las dos mujeres era más importante para Petros. Su madre volvió a mirarlo con furia y Stacia lo fulminó con la mirada también.
–Nadie ha dicho lo contrario. Todos queremos mucho a Corrina –comentó, agarrando a su madre del brazo–. No te enfades, se parece mucho a papá.
–Supongo que tienes razón.
Stacia sonrió.
–Corrina y Anna son las mujeres más afortunadas del mundo por estar casadas con dos Kristalakis. Estoy segura de que en eso sí me dais la razón. Son los hombres más protectores y comprensivos del planeta, ¿verdad, Anna?
A Alexandros le sorprendió que su hermana intentase incluir a su esposa en la conversación. Después de cinco años, Stacia seguía sin tener una relación cercana con Anna.
Pero todavía le sorprendió más la respuesta de su mujer.
–Pues no lo sé, Stacia, porque no conocí a tu padre.
Pollyanna fue a sentarse en uno de los sillones, impidiendo así que él se sentase a su lado. Otra novedad en la que Alexandros no se había fijado hasta entonces. ¿Sería que le dolían la espalda y la pelvis por el embarazo?
–Pero Alexandros nunca ha sido conmigo tan protector y comprensivo como lo es Petros con Corrina.
Él tardó en procesar aquello. ¿Acababa de decir su esposa que Petros era mejor marido que él?
Además, ni siquiera lo había dicho en tono enfadado. Ni resignado. En realidad, daba la sensación de que no le importaba nada que él, Alexandros Theos Kristalakis, no estuviese a la altura de su hermano pequeño como marido.
Pero lo peor estaba por llegar y Alexandros se dio cuenta de las reacciones de su familia.
Stacia consiguió mostrarse ofendida y satisfecha al mismo tiempo. El gesto de su madre fue de indignación y preocupación, pero fue la reacción de Corrina la que golpeó con más fuerza su ego. Corrina miró a Pollyanna con pena. ¿Y su hermano?
Petros no estaba mirando a Pollyanna, sino que lo estaba mirando a él y su expresión era de enfado y decepción a partes iguales.
Alexandros no estaba acostumbrado a que nadie de su familia lo mirase así, mucho menos su hermano pequeño.
Entonces, se dio cuenta de algo que lo sorprendió tanto que casi hizo que se le doblasen las rodillas: su hermano y su cuñada pensaban que era un mal marido. Y, lo que era todavía más asombroso, su esposa lo pensaba también.
En esos momentos, recordó una conversación que había tenido con su hermano antes de que este se casase con Corrina.
Tras una productiva reunión con sus altos ejecutivos, Alexandros había mirado fijamente a Petros.
–¿Es mucho pedir que aplaces tu luna de miel una semana para que puedas asistir a la gala? Ya sabes lo importante que es para nuestra madre.
–Sí –le había contestado su hermano en tono firme–. Si piensas que voy a tomar en mi matrimonio las mismas decisiones que has tomado tú, estás equivocado. Sé que mamá lo pasó muy mal con el fallecimiento de papá, pero para mí eso no es más importante que la mujer con la que he decidido pasar el resto de mi vida. Nunca antepondré sus deseos a los de Corrina.
–La familia exige hacer ciertos sacrificios. Hay que llegar a un equilibrio entre las necesidades de nuestras esposas y las del resto de la familia.
Para él tampoco había sido fácil ver la relación que tenían su madre y su esposa, pero nunca había dudado de la capacidad de Polly para defenderse sola.
Petros había reído con amargura.
–¿Me estás diciendo que lo haga como tú?
–Exactamente.
–No, gracias. A mí me gustaría que mi esposa siguiese enamorada de mí dentro de cinco años.
–¿Qué se supone que quieres decir con eso?
–Quiero decir que no voy a posponer mi luna de miel para hacer feliz a mamá.
Entonces, Alexandros no había querido dar importancia a las palabras de su hermano, pero, en ese instante, no pudo evitar recordarlas.
¿Lo había dejado de querer Pollyanna? En la cama, seguía respondiendo como una mujer enamorada. O como una mujer que lo deseaba, pero ¿lo amaba? El amor no era un tema que lo hubiese preocupado al principio de su relación. Él la había llamado agape mou, pero raramente le había dicho que la amaba. Y ella tampoco se lo había pedido. Ni siquiera, cuando le había pedido que se casase con él.
Por aquel entonces, Alexandros había pensado que, como él, Pollyanna tampoco había necesitado aquellas palabras.
–¿Cómo puedes decir algo así? –inquirió su madre.
Pollyanna inclinó la cabeza como si estuviese intentando entender la pregunta.
–No tengo ningún motivo para mentir. En esta habitación no hay nadie que piense que soy una prioridad en la vida de Alexandros.
Lo dijo con firmeza y seguridad, como si no comprendiese por qué se mostraba ofendida su madre, o por qué debería ofenderse él. Entonces, como si no hubiese soltado aquella bomba, se giró hacia Petros y le preguntó:
–¿Habéis decidido quedaros un tiempo en el apartamento de Atenas?
Su hermano respondió, incluyendo a su esposa en la conversación. Al parecer, iban a quedarse a vivir en el apartamento. Otra diferencia más entre Alexandros y Petros.
Su hermano pequeño se había mudado a uno de los dos áticos que había en el edificio Kristalakis al terminar la universidad y empezar a trabajar en el negocio familiar.
Corrina se había mudado con él allí después de la boda en vez de volver a la enorme casa familiar, de la que Alexandros no había salido hasta que había comprado la casa de campo en la que Pollyanna y él vivían en esos momentos.
Varias generaciones de la familia habían vivido juntas en aquella casa desde que su bisabuelo la había comprado para vivir en ella con su esposa.
–¿No te parece que se os va a quedar muy pequeño cuando tengáis familia?
–No tenemos prisa por tener hijos, pero, cuando lo hagamos, ya pensaremos si queremos vivir en Atenas o trasladarnos al campo, como ha hecho Alexandros.
–Lo pasamos muy bien cuando vamos los fines de semana a vuestra casa –le dijo Corrina a Pollyanna sonriendo–. Aunque estoy segura de que lo importante no es la casa, sino la compañía.
Pollyanna le devolvió la sonrisa con verdadero afecto.
Él se había fijado en que su hermano no había dicho «como han hecho Alexandros y Pollyanna» porque su esposa no había participado en aquella decisión. Alexandros se había dado cuenta de lo infeliz que era su esposa teniendo que convivir con su madre y había decidido romper con la tradición familiar comprando una casa. Y pidiendo que la decorasen.
Su madre lo había convencido de que a Polly le gustaría la sorpresa, ya que la decoración no era algo que pareciese interesar a su esposa demasiado.
Pero esta no se había puesto demasiado contenta al enterarse de que iban a vivir en el campo y que él iría y vendría todos los días a trabajar a la ciudad.
De hecho, que Alexandros recordase, aquella había sido la última discusión que había tenido con su esposa.
–Alexandros no ha tardado en tener hijos –volvió a intervenir su madre.
Corrina separó los labios para decir algo, pero sacudió la cabeza y los volvió a juntar.
–¿Qué ibas a decir? –le preguntó Alexandros a su cuñada.
–No importa.
–Estamos en familia. Puedes contarnos lo que estás pensando.
Entonces, Corrina resopló.
–Iba a decir que si los embarazos fuesen tan complicados para ti como lo son para tu esposa, tal vez habrías esperado un poco más a tener hijos.
–Eso es ridículo –dijo su madre–. Es la mujer la que tiene que enfrentarse a las dificultades de traer hijos al mundo. Eso no convierte a mi hijo en una persona egoísta por querer que su esposa le dé herederos.
–Mi esposa no ha dicho que Alexandros fuese egoísta –intervino Petros en tono enfadado.
Sorprendentemente, en ese momento fue la mujer de Alexandros la que intentó calmar las aguas.
–A mí me encanta ser madre –le dijo a Corrina–. Ya sabía a qué me exponía cuando accedí a tener un segundo hijo.
Su esposa volvió a sonreír de verdad antes de mirar de nuevo a su madre.
–Estoy segura de que no pretendías criticar la decisión de Petros y Corrina de esperar a tener hijos.
–No, por supuesto que no –dijo su madre.
Aunque Alexandros no estaba tan seguro, y Petros tampoco lo parecía, pero Corrina consiguió relajarse de nuevo y sonrió a Pollyanna.
–Eres una madre maravillosa.
–Gracias. Helena es la alegría de mi vida.
En el pasado, había dicho que él y su matrimonio eran lo que más feliz la hacía en la vida, pero ya hacía tiempo que Alexandros tampoco oía nada de aquello.
Anunciaron que la cena estaba servida y eso evitó que hubiese más palabras tensas.
Al pasar a la mesa, su esposa hizo el esfuerzo de hablar solo de temas sin importancia, y no entró a las claras provocaciones de su madre y de su hermana.
Alexandros se preguntó si aquello siempre había sido así y él no había querido darse cuenta en pro de la paz familiar.
Eran más de las diez de la noche cuando se subieron a la limusina que los llevaría hasta el helipuerto para poder volver a casa.
Alexandros casi no esperó a que se cerrase la puerta para decirle a Pollyanna:
–No me puedo creer que le hayas dicho a mi familia que no soy un marido atento.
La carcajada de esta lo sorprendió.
–¿Acaso opinas lo contrario?
–¿Cuándo te he descuidado? –inquirió él–. ¿Podrías mirarme cuando te hablo?
Ella levantó la cabeza, más que enfadada, parecía cansada.
–¿Cuándo no? –le preguntó ella.
–Eso no es cierto.
–Si tú lo dices.
Pollyanna apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.
–¿No te parece que es un tema digno de discutir?
–No sé si te has dado cuenta, pero ya hay pocos temas que me parezcan dignos de discutir contigo, Alexandros.
–No me gusta que digas que mi hermano es mejor marido que yo –admitió él.
–Jamás se me ocurriría comentar lo buen marido que es tu hermano.
–Has dicho que es más atento y considerado que yo.
–Si para ti eso significa ser bueno o malo, podrías tenerlo en cuenta, aunque ambos sabemos que no vas a hacerlo.
–¿Qué quiere decir eso? –le preguntó él, dándose cuenta de que había levantado la voz.
A ella no pareció importarle que casi le estuviese gritando, no se molestó en abrir los ojos ni en mirarlo.
–Si quisieras ser atento, lo serías. Si quisieras ser protector, lo serías. Si quisieras ser considerado, lo serías.
Se interrumpió para quedarse pensando y, después, añadió:
–Ser considerado significa pensar en cómo afectan tus decisiones a los demás, y eso se te da bastante mal.
–Me paso el día tomando decisiones que afectan a miles de personas.
–Sí.
–¿Y piensas que no me importa cómo les afecta?
–No.
–Puedo ser una persona considerada –le informó Alexandros, preguntándose cómo era posible que Pollyanna no se hubiese dado cuenta en sus cinco años de matrimonio.
–Con tu madre, tal vez.
–¿Vamos a discutir otra vez de por qué me pongo del lado de mi madre en vez de ponerme del tuyo?
–No. No pensé que estuviésemos discutiendo –le dijo ella suspirando, todavía con los ojos cerrados–. Estoy cansada. ¿Qué quieres que te diga exactamente, Alexandros?
–Que no soy un mal marido –le pidió él.
Ella por fin giró la cabeza y abrió los ojos para fulminarlo con la mirada.
–Alexandros, estoy embarazada de seis meses y tengo una hija de tres años. Aunque no tuviese que asistir a todos esos eventos benéficos a los que me haces ir, ya estaría agotada. No cansada, agotada –le dijo ella, apoyándose una mano en el vientre–, pero tú sigues insistiendo en que atienda a una estilista para asistir a tus desagradables cenas familiares que, además, hacen necesario un incómodo trayecto en helicóptero de cincuenta minutos.
–No pensé que te resultase tan pesado.
Aunque sabía que tenía que haberse dado cuenta. Se maldijo.
–Por supuesto que no. Y, aunque te hubieses dado cuenta, no te habría importado. Nunca, en cinco años de matrimonio, has tomado una decisión pensando en mi felicidad, ni siquiera en mi bienestar. No eres un mal marido, Alexandros, eres un marido horrible.
Él guardó silencio después de aquello.
–Si tan horrible soy, ¿por qué sigues casada conmigo? –le preguntó por fin.
–Porque hice unas promesas ante Dios y no voy a incumplirlas. Además, tenemos una hija. Desde que me quedé embarazada dejé de pensar solo en mi felicidad.
–Entonces, ¿seguirías casada conmigo en cualquier circunstancia? –le preguntó él.
–No, en cualquier circunstancia, no.
–¿Y qué invalidaría esos votos? –le preguntó.
–Malos tratos. O una infidelidad.
–¿Así que eso es lo único que hago bien, no maltratarte ni ser infiel?
–Más o menos –suspiró ella–. Y eres bueno en la cama. No eres un amante egoísta.
Pero sí era egoísta en otros aspectos de la vida.
Alexandros no supo cómo responder a aquello.
Capítulo 2
LLEGARON al helipuerto y Alexandros se alegró de poder interrumpir aquella discusión.
Observó a su esposa salir del coche y se fijó en lo cansada que parecía. ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Ya había tenido aquellas ojeras antes de salir de casa y caminaba más despacio de lo normal.
Se maldijo y la tomó en brazos para llevarla hasta el helicóptero. Ella no protestó, de hecho, lo sorprendió relajándose entre sus brazos.
¿Significaba eso que confiaba en él? ¿O era sencillamente que estaba agotada?
Una vez en el helicóptero, Alexandros se quitó la chaqueta y la tapó. Pollyanna tampoco protestó, sino que se relajó a su lado y se quedó dormida casi al instante.
De acuerdo, estaba agotada.
Ni siquiera se despertó cuando llegaron a casa y volvió tomarla en brazos para llevarla hasta su dormitorio. Allí, Alexandros la desvistió por primera vez sin pensar en sexo.
Se dijo que, pensase lo que pensase ella, sí que le importaba su bienestar. Por supuesto que sí. Era su esposa y, aunque no se lo dijese casi nunca, la amaba.
Le quitó las horquillas del pelo y buscó toallitas desmaquillantes para hacer algo que no había hecho nunca, limpiarle con cuidado los restos de un maquillaje que a ella no le gustaba llevar.
Entonces, ¿por qué se maquillaba?
Porque él le había dicho que era lo que se esperaba de la esposa de Alexandros Kristalakis, uno de los hombres más poderosos de Grecia, y del mundo entero.
Él había pensado que la estaba ayudando a encajar en un mundo en el que no tenía experiencia, aunque tal vez sus consejos, más que consejos, habían sido exigencias.
No obstante, en los cinco años que llevaban casados, su esposa se había involucrado en obras sociales en las que su madre no había participado antes y había hecho su propio círculo de amigos.
Terminó de prepararla y la metió en la cama. Poco después se metió el también y la abrazó.
–Andros –susurró ella contra su pecho, dormida.
Él se puso tenso al oír aquel nombre que Pollyanna no había utilizado en mucho tiempo, ni siquiera cuando hacían el amor. Sin pensarlo, la sacudió suavemente y le preguntó.
–¿Por qué ya nunca me llamas Andros?
–Porque Andros es el hombre del que me enamoré –le respondió ella sin despertarse.
–¿Y quién es Alexandros?
–El hombre con el que me casé –le dijo ella, dándole la espalda.
Alexandros la abrazó y tuvo la sensación de que la percepción que tenía de su vida cambiaba de repente.
Polly despertó descansada y tranquila, sintiéndose mejor que en toda la semana a pesar de cómo había terminado la velada la noche anterior.
No recordaba haberse desvestido ni desmaquillado, pero había dormido desnuda, como le gustaba a su marido, y tenía las pestañas limpias.
Estaba sola en la cama, eso no era nuevo, pero encima de la almohada de su marido había una rosa amarilla.
La tomó y se la llevó a la nariz mientras leía la nota que había encontrado al lado: Buenos días, agape mou.
Era la primera vez que Alexandros le escribía una nota personal. Él no escribía notas, hacía regalos caros, le resultaba más sencillo gastar dinero que mostrar sus sentimientos.
Polly fue a buscar a su hija y desayunaron juntas, como de costumbre. Todavía no habían terminado cuando le llegó un mensaje de texto al teléfono. Era Alexandros, que le preguntaba qué tal estaba. Ella le respondió que bien y siguió hablando con su hija. No digas que estás bien si no es verdad. ¿Sigues agotada?, volvió a escribirle él. ¿Por qué me lo preguntas? Acaso quieres añadir algún acto a mi agenda.
Entonces, para su sorpresa, Alexandros la llamó por teléfono.
–Hola. No quiero añadir nada a tu agenda, yineka mou. Solo quería saber si te encontrabas mejor esta mañana. Anoche estabas agotada.
–Estoy embarazada, es lo normal.
–Pero tener que prepararte para una cena familiar no ayuda, ¿verdad?
Ella no respondió, no iba a disculparse por haber dicho aquello. Era la verdad.
–Voy a ir a comer a casa –añadió Alexandros.
–¿Por qué? –le preguntó ella sorprendida.
–Para ver a mi esposa y a mi hija.
Ella no dijo que ya habían cenado juntos la noche anterior porque supo que a su hija le haría mucha ilusión verlo.
–Hasta entonces. Yo te puedo esperar hasta que llegues, pero ya sabes que Helena duerme la siesta a la una en punto.
–Estaré ahí a mediodía.
–De acuerdo.
Pollyanna oyó el helicóptero a las doce menos cinco, mientras leía información acerca de una colecta y Helena coloreaba a su lado.
–Debe de ser papá. ¿Vamos a recibirlo? –le preguntó a su hija, tendiéndole la mano.
–¿Papá? –gritó la niña emocionada, poniéndose en pie.
Alexandros ya iba en dirección a la casa cuando ellas salieron, y sonrió de oreja a oreja al ver a su hija. Helena corrió hacia él, que la levantó en volandas, la abrazó y le dio un beso.
A Polly se le encogió el corazón al verlos, como le ocurría siempre. Tal vez aquel hombre no fuese el marido con el que había soñado, pero era su marido.
Si hubiese podido dejar de amarlo, lo habría hecho, pero no era capaz.
Alexandros le había preguntado la noche anterior por qué seguía casada con él, pero ella le había ocultado el principal motivo: que todavía lo amaba.
Durante la comida, Helena le dijo a su padre que quería ir al zoo, pero este le explicó a la niña que su mamá estaba demasiado cansada para llevarla y tendría que esperar.
–De hecho, he informado a mi madre y a mi hermana de que nuestras reuniones semanales tendrán que tener lugar aquí, a mediodía, no para cenar.
–¿Qué? ¿Por qué? –le preguntó Pollyanna.
–Es un cambio que tendríamos que haber hecho cuando te quedaste embarazada la primera vez. Necesitas descansar más que los demás –le respondió él sonriendo.
–¿Pero…?
–La otra vez que estuviste embarazada yo estaba inmerso en la adquisición de un conglomerado y no te presté la atención adecuada, por eso le pedí ayuda a mi madre, que no te ayudó como yo había imaginado. De hecho, ella me aseguró que estabas bien, que todo lo que te ocurría era normal.
–Y era normal, lo que no significa que fuese fácil –le dijo ella.
–De verdad que pensé que mamá te ayudaría mientras yo trabajaba siete días a la semana.
–¿Que tu madre me ayudaría? –repitió ella con incredulidad.
–No me di cuenta de lo anticuadas que eran sus opiniones acerca del embarazo –admitió él.
A Pollyanna le sorprendió que criticase a su madre, aunque fuese veladamente. Solía protegerla siempre.
–Ni de lo mucho que disfrutaba con mi malestar –le dijo ella.
Alexandros frunció el ceño.
–Estoy seguro de que eso no es verdad.
Y así zanjó la conversación.
Polly no se molestó en continuar. Había aprendido que no merecía la pena. Además, tampoco estaba segura de que Athena hubiese disfrutado con aquello.
En cualquier caso, se dijo que, aunque Alexandros se mostrase comprensivo de repente, no se iba a equivocar pensando que su marido había cambiado.
Athena Kristalakis se había puesto furiosa cuando se había casado con una desconocida norteamericana en vez de con la bella aristócrata griega que ella le había elegido.
Tanto esta como su hija Stacia habían hecho todo lo posible para que Polly se sintiese como una extraña en su casa y se habían asegurado de que las personas que formaban parte de su círculo la tratasen con el mismo desdén.
¡Athena incluso le había cambiado el nombre! Había empezado a llamarla Anna sin preguntarle si le parecía bien. Y no le había parecido bien.
Ella se llamaba Polly. Sin embargo, con el paso del tiempo, Polly había permitido que Anna formase parte de su vida. Era una fachada que se interponía entre ella y cualquier interacción con sus detractores, e incluso con su marido.
–Tu silencio no implica que estés de acuerdo –le dijo él.
–No.
–Es tu manera de hacerme saber que ya ni te molestas en discutir conmigo.
–Tal vez.
–Tengo la sensación de que mi madre tiene casi tanto terreno por recuperar contigo como yo.
De repente, a Polly se le ocurrió algo.
Su marido era un hombre terriblemente competitivo. Y la noche anterior, sin quererlo, ella había despertado en él la necesidad de demostrar que era mejor marido que su hermano pequeño.
El problema era que eso iba a exigir algo que Alexandros, sencillamente, no podía darle.
Amor.
–Estoy empezando a darme cuenta de que utilizas mucho los silencios como respuesta –añadió él en un tono que a Polly le resultó difícil de interpretar.
–Solías regañarme cuando estaba en desacuerdo contigo.
–Ten cuidado con lo que deseas, dicen…
–¿Me estás diciendo que quieres que discuta contigo?
Anna no se lo podía creer.
–Quiero que pienses que merece la pena.
–Es un objetivo al que aspirar –le respondió ella en tono más jocoso de lo que solía utilizar con él.
A juzgar por la mirada de Alexandros, este también se había dado cuenta.
–Tienes cita con el quiropráctico y el acupunturista dentro de dos días –le contestó, cambiando de tema para evitar una confrontación–. Habría reservado para mañana, pero ya tienes cita con el ginecólogo.
–¿El miércoles? Pero si tengo una reunión del comité en Atenas. ¿Se te ha olvidado que iba a ir en el helicóptero contigo?
Lo había organizado todo Beryl, como hacía siempre que Polly necesitaba ir a la ciudad.
Polly volvería después a casa en coche, con un conductor, tras haber comido con su ocupado marido. Era uno de esos lujos que disfrutaba: pasar tiempo a solas con Alexandros durante el día.
–No quiero que vuelvas a viajar en helicóptero mientras estés embarazada –le dijo él.
–¿Y mi trabajo?
–Que lo haga otra persona.
Como si todo el esfuerzo que ella estaba haciendo no valiese nada. ¡Muchas gracias, marido!
–¿Y si no lo puede hacer otra persona?
–Contrataremos una asistente para Beryl y ella ocupará tu lugar en las reuniones. Después de tanto tiempo trabajando contigo, sabe cuál es tu punto de vista y hasta dónde quieres implicarte o no.
Alexandros alargó la mano sobre la mesa y tomó la suya.
–Escúchame, pethi mou. No puedo permitir que sigas poniendo en riesgo tu salud, te valoro demasiado. Y a pesar de que tu trabajo con los niños y los marginados es muy importante, tú eres más importante para mí.
Alexandros le estaba diciendo todo lo que le debía decir, pero Polly no era capaz de creérselo.
No podía volver a bajar la guardia ni a pensar que la amaba, la valoraba y que se había casado con ella por algo más que el deseo que sentía por su cuerpo.
–Para mí Beryl es indispensable –le respondió–, pero no es la mujer de un multimillonario.
–Pero tiene acceso a ti y puede influir en tus decisiones. Eso será suficiente durante esta época de tu vida.
–Supongo que ya habrás hablado con ella del tema –comentó Polly, que no era tan ingenua como para creer lo contrario.
Alexandros no esperaba nunca antes de actuar.
Le apretó cariñosamente la mano.
–Por supuesto. Me conoces muy bien.
Pero ¿la conocía él a ella?
–¿No te parece que debías haberme consultado antes de haber hecho esos cambios?
–He visto que había un problema y he intentado solucionarlo. ¿Qué hay de malo en ello?
–Que soy yo la que debe encontrar una solución.
–Pero no lo has hecho y estabas agotada.
En eso no podía llevarle la contraria. Polly también tenía su buena dosis de orgullo y no había querido admitir que no estaba físicamente como para mantener la misma agenda de siempre.
–Como también hayas contratado a una niñera a mis espaldas, vamos a tener una conversación muy seria –le advirtió.
–Casi merecería la pena si con eso consiguiese que discutieses conmigo, pero no te preocupes, jamás haría algo así.
–¿Quieres que esté enfadada contigo? –le preguntó ella.
Era la segunda vez que Alexandros aludía a aquello y Polly estaba intentando comprender por qué, de repente, su marido quería que se volviese a comportar como ella había sido al principio.
Había estado dispuesta a discutir siempre que no había estado de acuerdo con sus autocráticos puntos de vistas. Y se había enfadado con él con mucha más frecuencia de lo que le hubiese gustado.
Porque había tenido la esperanza de que Alexandros la tratase como si la amase.
No obstante, ya no tenía ninguna esperanza.
–No –le respondió él, cosa que no la sorprendió–. Lo que quiero es que seas real conmigo. Me acabo de dar cuenta de que hace mucho tiempo que no veo a la Pollyanna de verdad. Y también me he dado cuenta de que hay unas pocas personas que sí que la ven.
–¿Qué quieres decir?
–Mi hermano y su esposa, y los pocos amigos que no son solo conocidos.
Alexandros había dejado fuera a la familia de Polly, tal vez porque era consciente de que mencionarla solo habría servido para enfatizar las diferencias entre cómo lo trataban a él los hermanos y los padres de Polly y cómo la trataban a ella su hermana y su madre.
–Ellos no me llaman Anna.
Al fin y al cabo, esa era la verdadera línea divisoria.
–Entonces, ¿solo hay que llamarte Pollyanna para poder formar parte de ese círculo de elegidos? –le preguntó él en ese tono sugerente que solía reservar solo para el dormitorio.
Ella sintió calor en las mejillas al notar que su cuerpo reaccionaba a él.
–No sé de qué círculo me estás hablando.
Aunque sí que lo sabía. Alexandros se refería a las personas en las que confiaba, incluidas aquellas con las que podía contar desde que se había mudado a Grecia.
Y su marido no estaba entre ellas.
–Sí que lo sabes.
–Bueno, sí –admitió ella.
–Yo te llamo Anna.
–Sí.
–Y no te gusta.
–No es mi nombre.
–Es una manera de llamarte.
–Que a tu madre le parece más aceptable que mi nombre. Ya lo sé.
–Nunca me has pedido que te llame Pollyanna en vez de Anna.
Ella sacudió la cabeza.
–Eso no es verdad.
Él separó los labios para contradecirla, pero entonces debió de recordar algo, porque palideció de repente.
–Me dijiste que Anna no era tu nombre y que preferías que no lo utilizase.
–Pero tu madre ya había dejado claro lo poco que le gustaba mi verdadero nombre.
–Así que empecé a llamarte Anna cuando ella estaba delante.
–No solo cuando ella estaba delante.
–Se me escapó Polly alguna vez y me di cuenta de que tenía que llamarte siempre Anna, por coherencia.
La otra opción, por supuesto, habría sido no llamarla nunca Anna. Por coherencia. Y porque Polly le había dejado claro que era lo que quería, pero ¿desde cuándo lo que Polly quería o necesitaba se anteponía a lo que quería su madre? Nunca.
Helena llamó la atención de su padre en ese momento y Polly se lo agradeció. No quería seguir con aquella conversación.
Nadie podía cambiar el camino que había tomado su matrimonio, porque ella se había dado cuenta demasiado tarde de que se había casado con un hombre que estaba programado para hacerle daño.
Porque Alexandros no la amaba, ni siquiera cuando había hecho algo que lo hacía muy feliz, como darle una hija.
Si la hubiese amado, no la habría tratado así. El mero hecho de que Alexandros hubiese insistido en que se mudasen a casa de su madre, donde ella había tenido que convivir con aquellas dos brujas, era una muestra de lo poco que le importaban sus sentimientos.
Él había sabido desde el principio que Athena había querido que se casase con otro tipo de mujer.
No obstante, Alexandros se habría molestado si ella le hubiese dicho lo que pensaba de su hermana y su madre.
Fueron a acostar a su hija juntos y Polly disfrutó tanto de aquel momento en familia que se le humedecieron los ojos.
–¿Estás bien? –le preguntó él tras salir del dormitorio de su hija.
–Sí –le respondió ella, limitándose a contestar lo que Alexandros esperaba oír.
De repente, se encontró entre sus brazos, de camino a su propio dormitorio.
–¡Si es mediodía, Alexandros!
–¿Cuándo ha sido eso un problema?
Era cierto que algunos fines de semana aprovechaban la siesta de su hija para disfrutar de su intimidad, pero nunca entre semana.
–¿No tienes que volver a la oficina? –le preguntó ella mientras Alexandros la tumbaba en la cama y la miraba con deseo.
–La oficina puede esperar –le respondió él, quitándose la chaqueta y la corbata a toda velocidad.
Ella dio un grito ahogado, sorprendida ante aquella novedad.
Capítulo 3
ALEXANDROS se quitó la camisa por la cabeza con impaciencia, se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones.
–Se van a arrugar –le advirtió Polly.
–¿Y te importa? –le preguntó él.
Su esposa negó con la cabeza mientras lo devoraba con la mirada.
–Me gusta cómo me miras. En el dormitorio.
Había algo extraño en su expresión, algo que Polly no era capaz de descifrar. Como si ella hubiese dicho algo que lo hubiese molestado.
Se apoyó sobre los codos, sintiéndose segura de sí misma, como no se sentía en ningún otro aspecto de su relación. Allí, en la cama, era evidente que congeniaban a la perfección.
A pesar de que Polly ya no creía que Alexandros la amaba, la unión de sus cuerpos seguía siendo hacer el amor porque ella todavía lo sentía por él. Y, además, estaba segura de que él sentía cariño por ella.
–Es todo culpa tuya –le dijo ella en tono apasionado, en un tono que Alexandros no podría malinterpretar.
–No me pongas a prueba –le advirtió él.
Pero eso no la preocupó. Polly se agarró el vestido, dispuesta a quitárselo y Alexandros la sujetó por las muñecas.
–Déjame eso a mí.
–Puedo desnudarme sola.
–No estando yo aquí para hacerlo.
Eso era cierto. Aunque no fuesen a tener sexo, su marido siempre había considerado que era un privilegio quitarle la ropa. Ya fuese porque Polly iba a prepararse para dormir o porque iba a cambiarse para la cena, a Alexandros siempre le había gustado desvestirla.
En esa ocasión, sin embargo, era evidente que iban a tener sexo. La tensión sexual podía palparse en el ambiente.
Alexandros estaba completamente excitado. La tomó de las manos para hacer que se pusiese en pie, le hizo girarse y le bajó la cremallera del vestido, dejando al descubierto unas curvas exageradas por el embarazo. Después, se tomó su tiempo acariciándola lentamente antes de quitárselo.
–¿Ahora quién está jugando con quién, Alexandros? –le preguntó ella.
–Tu marido.
–En eso tienes razón, eres mi marido.
–Y siempre lo seré –le aseguró él–. Jamás te tocará nadie más así.
–Te veo muy posesivo.
–Porque eres mía.
–Y tú mío –le recordó ella–. Ambos llevamos las alianzas a juego.
Él apoyó los labios en la base de su cuello, haciendo que Polly dejase de pensar. Alexandros sabía cuáles eran sus puntos débiles y, al parecer, estaba decidido a pasar por todos.
Cuando quiso darse cuenta, Polly estaba desnuda sobre la cama, con la cabeza de su marido entre las piernas, haciéndola retorcerse del placer.
Pero ella quería más.
–Alexandros, venga.
Él acarició su clítoris con la lengua y la hizo llegar al orgasmo antes de incorporarse y colocar su erección en la entrada de su sexo húmedo e inflamado.
La penetró, llenándola y dándole todavía más placer. Empezó a moverse en su interior despacio y Polly notó que su cuerpo volvía a prepararse para un segundo clímax.
En esa ocasión llegaron al final juntos y el gemido de Alexandros se mezcló son su grito de placer.
Después, él la abrazó con fuerza.
Ella frotó el rostro contra su pecho y le dio un beso.
–Ha estado bien –comentó.
–Mejor que bien.
–Ha sido increíble.
–Eso me parece mejor.
Polly bostezó.
–No debería estar tan cansada, hoy he dormido hasta tarde.
–Pero estás embarazada. Necesitas descansar.
–Si tú lo dices.
–Sí.
Polly no supo durante cuánto tiempo se había quedado Alexandros allí con ella, pero, cuando este se levantó de la cama, ella estaba medio dormida.
–Voy a ducharme y a volver a Atenas.
–El trabajo no espera –balbució ella.
Su marido se echó a reír.
–Pues esta tarde ha tenido que esperar por mi esposa.
Ella sonrió al oír aquello y se quedó dormida con el ruido de la ducha de fondo. Cuando despertó, varias horas después, se enteró de que Alexandros había dado estrictas instrucciones a sus empleados de que nadie la molestase. Beryl se había ocupado de las llamadas y Dora había cuidado de Helena hasta que había llegado Hero. Todo había sido organizado por su marido multimillonario antes de marcharse a Atenas.
Polly se levantó con el tiempo justo para poder cenar con su hija y no le sorprendió que el ama de llaves la informase de que Alexandros no llegaría a tiempo de cenar con ellas. Helena preguntó por él, pero no pareció disgustarse cuando le dijeron que su papá iría después a verla a la cama.
Y llegó justo en el momento en el que la niña se estaba acostando, así que Polly no se disgustó tampoco.
A la mañana siguiente, Polly se quedó de piedra al ver que su marido estaba sentado a la mesa del desayuno junto con Beryl y Helena.
–Me he quedado para poder acompañarte al ginecólogo –anunció, como si mereciese una medalla por ello.
–Me dijiste que no tenías tiempo.
–¿Cuándo he dicho yo eso?
–Cuando me quedé embarazada de Helena.
–Entonces, todo era diferente.
–¿Porque tenías mucho trabajo?
Él asintió y se ruborizó. No le gustaba pensar en aquella época más que a ella, pero por otros motivos.
–¿Hace falta que te recuerde que estoy embarazada de seis meses?
–Las cosas cambian.
Alexandros se había dado cuenta de que su hermano sí acudiría al ginecólogo con Corrina y, una vez más, estaba compitiendo con él como marido.
Pero como en realidad Polly siempre había deseado tenerlo a su lado cuando iba al ginecólogo, lo dejó pasar y se limitó a contestar:
–Está bien.
Él le dedicó una mirada indescifrable, aunque Polly tampoco se esforzó mucho en descifrarla. Estaba demasiado ocupada intentando ordenar sus ideas.
Repasó con Beryl su agenda y se dio cuenta de que Alexandros se había tomado la libertad de cancelarle varias reuniones de trabajo sin preguntarle antes.
Ella decidió no discutir tampoco por aquello porque, sinceramente, estaba muy cansada y le había costado levantarse de la cama.
Así era como estaba con aquel embarazo, por mucho que intentase llevar una vida normal.
La doctora Hope puso gesto de sorpresa al ver a Polly acompañada por su marido.
Solo se habían visto en una ocasión, cuando Polly había dado a luz a Helena, y no habían demostrado demasiada simpatía el uno por el otro. Alexandros se había presentado en el último minuto, después de recibir la correspondiente llamada.
Uno de los guardaespaldas había estado pendiente de lo que ocurría en el paritorio y había avisado a Alexandros de que había llegado el momento de que Polly empezase a empujar.
No obstante, ella no había estado sola. Alexandros había conseguido que sus padres viajasen desde Estados Unidos para pasar con ella las dos últimas semanas del embarazo. Su madre no se había separado de su lado y su padre había estado entrando y saliendo durante el largo parto.
Después, el padre había vuelto al trabajo una semana después del nacimiento de Helena, pero su madre se había quedado con ella otro mes más. Todo a petición de Alexandros, se recordó Polly.
Teniendo en cuenta que la ginecóloga le había advertido con frecuencia que debía recortar su agenda, debía haberse imaginado que también le diría a Alexandros que la notaba muy cansada y que era evidente que no estaba cuidando bien de ella.
Sin embargo, se sintió mal al volver a oír la poca atención que recibía de su marido y, sin pensarlo, perdió el control de sus emociones y protestó:
–No sé por qué todo el mundo quiere restregarme por las narices que no le importo lo suficiente a mi marido como para cuidar lo más mínimo de mí. ¿Acaso piensa que no lo sé? Estoy haciendo todo lo que puedo.
O tal vez no. Tal vez Polly necesitaba dejar atrás su orgullo y dejar que el dinero de Alexandros hiciese parte de su trabajo.
La doctora Hope la miró con tristeza.
–Soy consciente, Polly.
Y fulminó con la mirada a Alexandros.
–No te está restregando nada a ti, yineka mou –le dijo este–. Me lo está diciendo a mí para que me entere de que soy un egoísta. A ver si, a fuerza de que me lo digan, lo entiendo por fin.
Polly apartó la mirada de su marido porque mirarlo en esos momentos le dolía a pesar de que había pensado que estaba acostumbrada a las limitaciones de su relación. En cualquier caso, Alexandros había decidido reescribir las reglas de juego y ella no sabía por qué.
El resto de la visita transcurrió mejor, con Alexandros haciendo las preguntas que habría hecho cualquier marido preocupado y la doctora Hope intentando responderle con paciencia y sin hacer más recriminaciones.
Polly esperó a que estuviesen en el coche, con la ventana que los separaba del conductor cerrada, para preguntar:
–¿Por qué estás siendo tan atento conmigo? No lo entiendo.
Entonces, se le ocurrió una idea horrible, tan horrible que se le cortó la respiración.
Se sentó muy recta, con todo el cuerpo en tensión, y lo acusó:
– ¿No será que tienes una amante y no quieres que me divorcie cuando me entere?
–No –le respondió él, mirándola casi como si se fuese a echar a reír, pero poniéndose serio después–. ¡No! Polly, no he estado con ninguna otra mujer desde que tuve mi primera cita contigo.
–¿Puedo creerte?
–¿Acaso te he mentido alguna vez?
–Sí –le respondió ella sintiéndose dolida–. Tu hermana ya me lo advirtió, pero pensé que lo que me estaba diciendo era una tontería. Me intentó hacer daño cuando me acerqué a ella, por eso no volveré a cometer el mismo error.
Alexandros no podía creer lo que estaba oyendo.
–Te he fallado como marido, pero nunca te he mentido.
Ni siquiera pensó en lo que Polly le había dicho de su hermana, porque no podía creerse que su esposa no confiase en él.
–Sí que me has mentido –lo contradijo ella.
–¿Cuándo?
–Cuando me pediste que me casase contigo. Me dijiste que harías todo lo que estuviese en tu mano para hacerme feliz.
Y, como era evidente, Polly pensaba que no lo había hecho.
–Pensé que dándote todo lo que querías serías feliz.
–Pero no me has dado lo más importante.
–Estoy trabajando en ello.
–Pero me mentiste. Me mentiste cuando me dijiste que me amabas.
–No te mentí. Lo que ocurrió fue que no me di cuenta de que tenía que demostrártelo. Y sí que te amo.
Ella se echó a reír como si acabase de contarle un chiste, pero fue una risa amarga.
–Eres mi esposa porque yo he decidido que lo seas. No te estoy mintiendo.
–Un hombre enamorado no trata a una mujer como tú me has tratado a mí –le recriminó Pollyanna en tono firme.
–Un hombre demasiado centrado en su negocio y que quiere mantener la paz en su familia sí que se comporta así.
Un hombre que todavía no había superado la pérdida de su padre y que tenía miedo de perder a su madre, se comportaba así, pero no logró decirle aquello a su mujer. Alexandros nunca había sido una persona emocionalmente vulnerable.
Su padre le había enseñado a no serlo.
Como si lo que él acababa de decir no tuviese ninguna importancia, Pollyanna se encogió de hombros y giró la cabeza, y Alexandros supo que sus palabras habían caído en oídos sordos.
O en los oídos equivocados.
–Cambiaré –le prometió.
Ya había empezado a cambiar, pero seguro que Polly tampoco le creería si le decía aquello.
–No por mí.
–Por supuesto que por ti, pero también por mí. Quiero recuperar la relación que teníamos al principio.
–Está muerta.
Él no estaba de acuerdo, pero era evidente que había roto la confianza que había existido entre ambos. Si había sido capaz de rescatar su empresa y muchas otras, sería capaz de rescatar también aquel matrimonio.
El miércoles, mientras repasaban su agenda durante el desayuno sin la inesperada presencia de Alexandros, Beryl le dijo a Polly que no se preocupase por las citas con la ginecóloga porque Alexandros lo había organizado todo para que fuese la doctora la que se desplazase.
Podrían utilizar la camilla para masajes que había en el gimnasio.
Ella se preguntó si Alexandros sabría que ella había dejado de hacer deporte después del segundo mes de embarazo. Y se recordó que no le importaba. Que ella iba a hacer lo necesario para mantener la paz, pero nada más. La vida que ella se había creado en Grecia era, al parecer, como Alexandros había esperado, aunque eso no era del todo verdad.
Formaba parte de varios comités benéficos, pero no de los más populares, sino de los que a ella le interesaban de verdad. Y la mayoría de estos no organizaban las espectaculares fiestas a las que a su suegra y a su cuñada tanto les gustaba asistir. Y había hecho amigas en esos comités, amigas que de verdad sacrificaban su tiempo y dinero por causas en las que creían.
Polly se vestía con ropa de diseñador y tenía chófer, tal y como quería Alexandros, pero dos veces al año donaba parte de su vestidor en subastas benéficas y solo compraba lo estrictamente necesario. Su chófer era un veterano de guerra retirado con una discapacidad que le permitía conducir, pero que le dificultaba encontrar otro trabajo. Y el coche era el mismo que Alexandros había comprado nada más casarse.
Alexandros compraba un coche nuevo cada dos años, pero ella los ponía a disposición de los directores de las asociaciones benéficas que lo necesitaban más que ella.
Polly solo asistía a los eventos a los que tenía que acompañar a su marido y solo cuando no lo podía evitar, pero nunca se perdía la hora de la cena con su hija. No había discusiones al respecto, sencillamente, no iba, y su marido enseguida se había enterado de que, para Polly, su hija era sagrada.
Ella no era desgraciada. Le encantaba ser mamá, amaba a su marido a pesar de saber que no era correspondida y lo creía cuando este le aseguraba que le era fiel. Lo ocurrido en el coche había sido fruto de sus hormonas, pero Alexandros se había tomado sus palabras en serio y eso ya era una experiencia nueva.
También había hecho que ella siguiese sabiendo que su marido no tenía la intención de buscarse una amante.
Dijese lo que dijese Stacia, Alexandros Kristalakis no era de ese tipo de hombres.
Él nunca incumplía su palabra a propósito y si Polly no confiaba en él no era porque pensase que Alexandros le mentía, sino porque le había mentido sin querer, y eso le parecía todavía más peligroso.
Polly sabía que Helena y ella eran muy importantes para él, por no decir lo más importante.
Y eso ya era más de lo que tenían muchas mujeres.
Tal vez no tuviese en la vida todo lo que quería, ni lo que había creído tener al casarse con el multimillonario griego, pero no tenía una mala vida.
Miró a su hija, que estaba sentada al otro lado de la mesa, y sonrió. No, no tenía en absoluto una mala vida.
Polly y Helena estaban en la piscina de agua salada, jugando un rato antes de la comida, cuando Polly vio acercarse un helicóptero.
Era el helicóptero de Alexandros, pero ella estaba segura de que no era su marido quien viajaba en él. Debía de ser el fisioterapeuta, aunque todavía faltaban dos horas para la cita.
Podía haber salido del agua, pero sabía que había un ama de llaves que se ocuparía de recibir a quien acabase de llegar.
Así que siguió jugando con Helena y se olvidó del helicóptero.
–Vaya, qué vista tan bonita –oyó decir en tono alegre a sus espaldas.
Ella miró hacia donde acababa de aparecer su marido.
–¡Alexandros! ¿Qué estás haciendo aquí?
Al tiempo que le hacía la pregunta, su hija se dio cuenta de la presencia de su papá y echó a nadar hacia su padre.
–¡Papá!
Él se inclinó hacia delante para sacar a su hija del agua como si no le importase el efecto del agua salada en el traje.
Una criada se acercó con una toalla para envolver a la niña y Alexandros sonrió a Polly de oreja a oreja.
–Voy a comer con mis dos chicas favoritas y, luego, trabajaré el resto del día desde casa.
Polly se quedó boquiabierta. ¿De verdad? ¿Sus dos chicas favoritas? No se lo podía creer.
–No si tu hermana y tu madre aparecen en la ecuación –replicó sin poder evitarlo.
Y enseguida cerró la boca y apretó los labios con fuerza.
En vez de enfadarse, como había ocurrido en otras ocasiones, su marido volvió a dedicarle una arrebatadora sonrisa.
–No tenéis competencia, yineka mou. Tú eres mi esposa y Helena es mi hija, y para mí no hay nada más importante en el mundo.
–¿Desde cuándo?
Él volvió a sonreír, sacudió la cabeza y respondió:
–¿Vas a salir del agua? Pensaba que Helena tenía que comer para poder echarse la siesta.
–Sí, por supuesto. Solo íbamos a quedarnos jugando diez minutos más.
–Pues quédate donde estás, me encanta lo que veo.
Ella bajó la vista a su abultado vientre y se preguntó cómo era posible que a Alexandros le gustase así.
Después, decidió que podía aprovechar la oportunidad para nadar un par de largos sin tener que estar pendiente de la niña.
–¿Estás seguro de que te puedes ocupar tú de Helena?
–Por supuesto.
Ella no se lo volvió a preguntar, se dio la media vuelta y se zambulló en el agua para nadar un poco antes de salir de la piscina. Podía haberse quedado un rato más, pero no pudo evitar querer formar parte de la bella estampa creada por su marido, que se había quitado la chaqueta del traje y la corbata, y su hija, que charlaban animadamente en una de las tumbonas que había cerca de la piscina.
A Polly no le gustó tener que romper aquel momento, pero tenía que hacerlo antes de que Helena estuviese demasiado cansada.
–Cariño, tienes que vestirte para comer.
–Pero mamá… –protestó Helena.
–Ven. Dora te ayudará a vestirte mientras yo ayudo a mamá –le dijo Alexandros.
–¿Me vas a ayudar a vestirme a mí? –le preguntó Polly.
Él la miró con deseo.
–No.
Alexandros la tomó en brazos y la llevó hasta la habitación.
–¿Cómo es que has venido a casa tan pronto? –le preguntó ella al llegar allí.
–Porque quería –le respondió él, dándole un beso en los labios.
Como siempre, Polly no pudo resistirse a él. No era capaz de resistirse a la atracción que había entre ellos, ni a la conexión emocional que sentía con Alexandros cuando estaban en la intimidad, aunque supiese que esta última no fuese correspondida.
De haberlo sido, Alexandros no habría pasado tanto tiempo viajando, porque, por ella, no habrían dormido ni una sola noche separados.
Él la abrazó y apretó la erección contra su cuerpo todavía mojado y Polly solo deseó tumbarse en la cama con él.
Alexandros le bajó el bañador, dejando los pechos erguidos al descubierto y juró antes de acariciárselos.
–Eres preciosa.
–Estoy gorda –le dijo ella.
–Ypérochos, énkyos, dikos mou.
Cuando se habían casado, Polly no hablaba griego, pero enseguida se había puesto a aprenderlo. Porque vivía en Grecia y necesitaba comunicarse, pero, sobre todo, para saber si lo que le decía Alexandros era que la amaba. Aunque no fuese así, cuando le dedicaba otros apelativos cariñosos también le llegaban al corazón.
«Preciosa. Embarazada. Mía».
–Tuya –admitió ella sin ningún problema porque era así.
–Dikos mou. Gia pánta.
¿Para siempre? Polly suponía que sí, pero no lo dijo.
–Tenemos que vestirnos –comentó en su lugar.
–Yo necesito cambiarme y tú, una ducha –la corrigió él.
Pero Polly negó con la cabeza.
–Me ducharé después de comer, si no, vamos a llegar tarde.
–Podemos llamar y pedirle a Dora que le dé la comida a Helena, yineka mou.
–No. Nuestra hija nos está esperando –le respondió ella–. No sería justo para Helena.
–¿Y qué hay de nosotros? ¿Es justo que tengamos que ir a comer cuando lo que deseamos es hacer otra cosa?
–Después tendremos todavía más ganas –le dijo Polly–. Si nos damos prisa, podremos ducharnos juntos después de comer y antes de mi cita.
–Después de comer con nuestra niña, nos tomaremos el tiempo que sea necesario.
Los demás podrían esperar al multimillonario y a su esposa.
Polly volvió a negar con la cabeza.
Helena estuvo muy contenta durante la comida, pero, después, se negó a dormir la siesta.
–No estoy cansada, mamá.
–Necesitas descansar, cariño.
–Pero papá se habrá marchado cuando me despierte –protestó la pequeña con los ojos llenos de lágrimas.
Alexandros se puso en pie, tomó a su hija en brazos y le prometió tanto en griego como en inglés que estaría allí cuando despertase de la siesta.
Helena se puso a llorar todavía más y Alexandros miró a Polly sin saber qué hacer.
–No sé por qué está llorando así –admitió ella.
–A ver, cielo, cuéntanos qué te pasa. Esas lágrimas no son productivas –le pidió Alexandros.
Polly intentó contener la risa al ver que Alexandros hablaba a la niña como si estuviese en una reunión de trabajo.
Capítulo 4
HELENA arrugó la nariz, pero no volvió a llorar.
–¿Por qué estás aquí, papá?
–Porque quiere estar aquí –le respondió Polly a la niña.
–Te veo muy segura –comentó él en tono sarcástico.
Pero Polly se limitó a encogerse de hombros y se echó a reír de nuevo. Si no parecía muy convencida era porque ella tampoco entendía por qué su marido había ido a comer a casa dos días seguidos.
–Sí, porque quiero –le aseguró él a Helena.
–¿Mamá estás enferma?
–No, ya te lo he explicado, cariño. Mamá está haciendo otro bebé. Lo tengo dentro de la tripa, pero no estoy enferma.
–Pero papá está aquí.
–Sí.
–Papá solo viene a la cena.
–Y también come con nosotras los fines de semana, ¿recuerdas? A veces.
Alexandros torció el gesto al oír las dos últimas palabras.
–Ahora voy a estar más en casa. Os echo de menos a mamá y a ti, koristi mou.
Polly pensó que eso sí que era una novedad. Y no estaba segura de que fuese verdad.
Su hija tampoco parecía convencida.
–La mamá de Faire se puso enferma y su papá tiene que cuidar de ella –aventuró la pequeña.
–¿Quién es Faire? –preguntó Alexandros, completamente perdido.
–Una amiga de tu hija –intervenido Polly antes de mirar de nuevo a su hija–. Yo no estoy enferma, cariño. Te lo prometo.
–Pero papá está aquí. Y nunca está aquí para comer. Solo viene por la noche. Tú estás aquí siempre y no quiero que te vayas, mamá –lloriqueó de nuevo Helena.
Alexandros sentó a la niña en el regazo de Polly y él se arrodilló para abrazarlas a las dos.
–Nadie se va a ir a ninguna parte. Mamá no está enferma –le prometió a la niña.
Tardaron un rato, pero consiguieron que Helena se quedase dormida, en la cama de matrimonio, entre ellos dos. No era la primera vez que dormían los tres juntos, pero no ocurría con frecuencia. Polly no echó de menos estar a solas con su marido porque aquel era un momento muy especial.
Además, ella también necesitaba descansar y enseguida se le cerraron los ojos.
–Despiértame cuando sea hora de ver al fisioterapeuta –le pidió a su marido, que seguro que se iba a levantar enseguida para ponerse a trabajar.
Sin embargo, cuando Polly se despertó Alexandros seguía allí.
–No te has ido –comentó ella, sonriendo.
–El hecho de que a ambas os sorprenda tanto tenerme aquí no dice mucho a mi favor –admitió él.
Polly no estaba acostumbrada a que su marido se autocriticase así. Quiso llevarle la contraria, pero sabía que tenía razón.
–¿No me vas a decir que no es verdad? –le preguntó él.
–Tu familia y tu negocio siempre han sido lo primero.
–Vosotras dos sois mi familia.
–Por supuesto, pero…
–No hay pero que valga. Helena y tú sois la única familia sin la que no puedo vivir. ¿Es que no lo sabes?
–Lo cierto es que no –admitió ella, pensando que todavía faltaba que Alexandros les demostrase aquello.
–No me crees –comentó él.
–No –le dijo Polly.
No merecía la pena mentir y, además, no era su estilo.
Alexandros se levantó de la cama y fue al otro lado para ayudarla a levantarse también.
–Primero tienes fisioterapeuta, agape mou.
Polly se quedó todavía más sorprendida al ver que Alexandros se quedaba con ella durante el masaje y la sesión con el acupuntor.
Cuando hubo terminado, Polly se tumbó junto a la piscina con un vaso de agua y observó cómo su marido enseñaba a su hija a nadar. Ella no sentía ningún dolor ni náuseas por primera vez en varias semanas, y decidió disfrutar del momento.
No solían pasar mucho tiempo en familia en la piscina, ni siquiera los fines de semana. Era un momento que Helena y ella solían compartir entre semana, las dos solas, como tantas otras cosas.
Ese fin de semana organizaron una comida familiar en casa. Petros y Corrina llegaron con Athena y Stacia en helicóptero, pero llegaron a la casa antes que las otras dos mujeres.
–Hoy estás radiante y descansada, Polly –comentó Petros tras darle dos besos en sendas mejillas–. ¿Dónde está mi sobrina?
–Durmiendo la siesta, para que esté en forma cuando lleguen tu madre y tu hermana –le respondió Polly mientras abrazaba a su cuñada–. Veo que la vida de casada te sienta muy bien. Estás preciosa.
Corrina iba vestida con un elegante vestido de verano, pero fue el gesto de felicidad de la heredera griega lo que hizo sonreír a Polly.
–Y tú pareces menos cansada que la última vez que nos vimos. ¿Cómo te encuentras?
–Muy bien. Las sesiones de fisioterapia me están ayudando.
–Todavía estoy sorprendida de que Alexandros haya pensado en eso.
–Si estuvieses embarazada de su segundo hijo, ¿acaso no haría mi hermano todo lo que estuviese en su mano para que estuvieses lo más cómoda posible? –intervino Alexandros, mostrándoles que había estado escuchándolas al mismo tiempo que saludaba a su hermano.
Corrina se ruborizó y lanzó a Polly una mirada cómplice. Luego, sonrió a su cuñado.
–Por supuesto, pero ¿medicina holística? ¿De verdad?
–Hace miles de años que se emplea.
–Bueno, sí…
–A mí me está funcionando –admitió Polly, apoyando una mano en el brazo de Alexandros–. Me encuentro mejor que en todo el embarazo.
Él la agarró por la cintura casi con brusquedad, algo poco habitual, ya que era un hombre que solía moverse siempre con elegancia, y la apretó contra su cuerpo.
Polly dio un grito ahogado, impactada más de lo debido por aquel gesto. Debía de ser por las hormonas del embarazo.
Como si Alexandros hubiese sabido que estaba sintiendo cosas que no debía sentir en público, la hizo girar entre sus brazos para que lo mirase a los ojos y sonrió con picardía.
–¿Te encuentras bien, pethi mou?
Polly tragó saliva y asintió.
Su marido se inclinó hacia ella como si fuese a besarla. ¡Delante de su hermano!
Pero frunció el ceño al oír la voz de su madre desde la puerta del salón.
–Deja de manosear a tu esposa de un modo tan vulgar y ven a saludar a tu madre, Alexandros –le ordenó Athena–. Me ha sorprendido que no hubiese nadie para recibirnos fuera.
Su esposa se puso tensa en ese mismo instante e intentó apartarse de él, que no tenía intención de dejarla marchar.
–Todavía no –le dijo.
–Pero… –balbució Polly, mirándolo como si se hubiese vuelto loco–. Tú madre te demanda.
–Y yo quiero un beso –le contestó Alexandros, sin esperar a que su esposa respondiese para inclinarse y tomar sus labios.
Pollyanna no dijo nada, pero volvió a relajarse y le devolvió el beso.
–De verdad, Alexandros, mira que besar a tu esposa embarazada en público.
Polly se puso tensa al oír a su hermana recriminarle el gesto y Alexandros solo permitió entonces que retrocediese, pero le acarició la mejilla y, haciendo caso omiso de su madre y su hermana, le dijo:
–Me resultas irresistible, agape mou, pero resistiré. ¿Quieres ir a buscar a Helena?
Pollyanna asintió, su expresión era una mezcla de confusión y felicidad.
Él se giró hacia su hermana y, antes de que Pollyanna hubiese salido de la habitación, le dijo:
–Besaré a mi bella esposa cuando quiera y haya quien haya delante. No deberías actuar como una gata celosa solo porque tú no tengas quien te haga lo mismo.
–¿Cómo me puedes decir algo así? –inquirió Stacia, con los ojos húmedos de repente.
Cinco años antes, Alexandros se habría disculpado inmediatamente y le habría prometido que, para él, era la mejor del mundo. Por entonces, ambos habían estado llorando la pérdida de su padre y él había asumido su nuevo papel como cabeza de familia con entusiasmo.
No obstante, Alexandros había crecido y cambiado. Era consciente de que seguirle la corriente a su hermana cuando quería ser el centro de atención había perjudicado a su matrimonio y a la percepción que su esposa tenía de él. Y, además, tampoco pensaba que le hubiese hecho ningún favor a Stacia.
–Lo digo porque es la verdad. Piensa antes de hablar cuando estés aquí o no te volveré a invitar.
–No te creo –le respondió Stacia–. Jamás me excluirías de la familia.
–Tenía que haberte impedido que socializases con mi esposa hace mucho tiempo –admitió él, dándose cuenta enseguida de que no era sensato decir aquello–. Estás avisada. Si quieres seguir viéndome y sacando algo de mí, ten más cuidado.
–¿Qué quieres decir? –le preguntó ella, subiendo el tono de voz.
–Que tienes edad suficiente para buscarte un trabajo, y que tu asignación pende de un hilo, un hilo que podría romperse si no mejora tu comportamiento.
–No sé qué es lo que te habrá dicho esa esposa tuya –intervino su madre–, pero Stacia es tu hermana y llamarla gata celosa porque se haya sentido incómoda con tu inapropiada demostración pública de cariño no es precisamente lo que yo esperaba de ti.
–Besar a mi esposa no tiene nada de inapropiado –le replicó él–. Y mi advertencia sigue en pie.
Su madre apretó los labios con desaprobación.
–Tu padre te dejó al frente de la familia y tu hermana es tu responsabilidad.
Él no se dejó influenciar por la expresión de fragilidad de su madre. Ya era consciente de que esta había estado haciéndole daño a su esposa. Y eso no lo iba a tolerar más.
Su madre había llorado la pérdida de su padre, como todos, pero también se había hecho más fuerte y capaz de lidiar con el dolor.
Había llegado el momento de hacerle saber que no podía seguir lamentándose porque él no se había casado con la mujer que ella habría querido.
–Vamos a ser claros. Para empezar, mi esposa no me ha dicho nada. Para continuar, mi hermana es una adulta, no una niña. Para terminar, si quieres costear tú sus extravagancias, nadie te lo impide.
–¿Cómo te atreves a hablarme así? Todavía estoy esperando a que vengas a saludarme, yo no te he educado así.
Él se acercó y la besó en ambas mejillas, después, retrocedió.
–Kalimera.
–Eso está mejor.
Él la miró todavía muy serio.
–Bien. Ahora, asegúrate de que tu hija se comporta de manera educada si quieres verme contento.
Helena entró corriendo en la habitación y fue directa hacia Petros.
–¡Tío Petros, tío Petros!
Su hermano la levantó en volandas y le preguntó qué tal había dormido la siesta.
Helena se encogió de hombros y Alexandros pensó que aquel era un gesto que él también habría hecho. Se dijo que su esposa estaba muy ocupada educando a una niña que se parecía tanto a él.
–He dormido –informó Helena a su tío.
–¿Quieres ir a saludar a tu yia-yia?
Helena abrazó a Petros con más fuerza, pero asintió. Su alegría se apagó un poco, como le ocurría a su esposa, al mirar a su abuela.
Alexandros se preguntó el motivo mientras veía interactuar a la niña con su madre. No le tenía miedo, pero tampoco la adoraba. Recordó que su hermana y él habían adorado a sus abuelos.
Helena tendría que haberse sentido feliz al ver a su yia-yia.
¿Era posible que la relación de la niña con esta se hubiese visto afectada por la actitud desaprobadora que Athena tenía con su querida madre?
Su hija le dio dos besos a la abuela, pero sin apartarse de los brazos de su tío ni hacer ningún otro gesto de cariño. Y Petros tampoco hizo nada por que la pequeña cambiase de brazos.
Tampoco su madre intentó tomar a Helena.
En el pasado, Alexandros habría pensado que eso se debía a la actitud que Polly tenía con su madre, no al contrario, pero recientemente se había dado cuenta de la realidad.
Empezó a observar cómo interactuaban su madre y su hermana con su esposa y se dio cuenta de muchas cosas en las que no se había fijado antes.
Incluso después de la seria advertencia que le había hecho a su hermana, esta intentó provocar a Pollyanna, aunque con cuidado para no llegar a ser maleducada con ella.
–No entiendo que no podamos hacer las cenas como siempre. Es una tradición. Si Anna no quiere venir, podrías acudir tú solo –le dijo Stacia cuando salieron a la terraza después de comer.
Pollyanna, que se había vestido de manera elegante para la comida, estaba jugando con Helena en el jardín. Y Petros y Corrina fueron hacia ellas para unirse a una partida de croquet de la que Alexandros se arrepintió de no formar parte.
–Cada vez que le tocaba a Helena tomar la maza, que era casi tan alta como ella, Petros se acercaba a ayudarla. La primera vez había intentado hacerlo Pollyanna, pero Petros le había dicho algo y la había ayudado él, sin duda, consciente de que no era bueno para una mujer embarazada agacharse a ayudar a la niña.
Y Alexandros se dio cuenta de que él quería estar allí, enseñando a su hija, jugando con su familia.
–Es mi esposa, lo que la convierte en parte de esta familia. No me parecería oportuno excluirla de las cenas familiares solo porque esté embarazada.
Al fin y al cabo, eran griegos y eran Kristalakis, la familia lo era todo para ellos.
¿Cómo era posible que su hermana le hubiese hecho esa pregunta?
Su padre se habría levantado de la tumba si hubiese sabido la actitud que tenía Stacia con la madre de su primera nieta.
–Tu padre comenzó con la tradición de las cenas familiares los domingos cuando yo le expresé mi deseo de que nos reuniésemos todos, por mucho trabajo que tuviese –comentó su madre–. Y no es fácil romper una tradición que me hace sentirme como si todavía siguiese entre nosotros.
Una semana antes, Alexandros se habría sentido culpable y habría cedido inmediatamente, pero en esos momentos solo quería salvar su matrimonio y las tradiciones de sus padres no eran más importantes que eso.
Stacia y su madre lo miraron expectantes, seguras de que las palabras de Athena lo harían cambiar de idea.
–Ambas sois bienvenidas a mi casa para que celebremos las cenas de los domingos aquí, pero yo tengo una esposa y una hija y ya debía haber dejado de desplazarme a tu casa cuando nació la niña. Es normal que mi esposa y mi hija sean lo más importante para mí.
–No es necesario que te pases todo el día con tu mujer –le respondió su madre.
–¿Es eso lo que le decías a mí padre? Porque recuerdo que a él le pedías que pasase los domingos con nosotros.
Su madre no dijo nada, pero lo miró con sorpresa, como si no hubiese esperado aquella respuesta.
–¿O estás insinuando que mi esposa y mi hija son menos importantes para mí de lo que nosotros éramos para papá? –inquirió él, empezando a darse cuenta de que la respuesta a aquella pregunta no era la que él siempre había supuesto.
Alexandros siempre había pensado que su madre respetaba su matrimonio porque la familia lo era todo.
–Por supuesto que no –le respondió su madre en tono poco convincente.
–¿Por qué no sugeriste tú que cambiásemos las cenas de los domingos para poder ver a tu nieta todas las semanas? –le preguntó Alexandros a su madre.
–Ya te lo he dicho, porque era algo sentimental para mí.
–Tu esposa podría haber traído a la niña también –comentó su hermana–. ¿Por qué tenemos que cambiar nuestras cenas familiares?
–Tenemos que cambiarlas porque si queréis pasar tiempo conmigo y con mi familia, tendréis que hacerlo aquí y por la tarde –le respondió Alexandros de manera implacable.
Entonces, decidió que ya había perdido bastante tiempo discutiendo una situación que no iba a cambiar, se levantó, se disculpó y fue a jugar al croquet.
Polly sonrió al ver que Alexandros tomaba a su hija en brazos y esta se echaba a reír.
Helena adoraba a su papá y Alexandros era todo un padrazo cuando estaba con la niña. Y Polly se alegró de que la presencia de su madre y su hermana no le impidiesen disfrutar de ella.
–Entiendo –bromeó Petros–. Has visto que Helena estaba ganando y has querido aprovecharte de su victoria.
–Somos un equipo invencible, ¿verdad, koritsi mou? –le preguntó Alexandros a su hija.
Helena sonrió y le dijo a su tío:
–Vamos a ganarte.
Polly sonrió al pensar que la niña era tan arrogante como su padre. Si alguien le preguntaba cómo podía seguir amando a su marido después de cinco años de matrimonio, solo tenían que mirar a Helena. ¿Cómo no iba a quererlo, si le había dado aquella hija tan preciosa?
–Ya veo, ahora que está aquí tu papá, el tío Petros es como un filete de hígado.
Helena arrugó el gesto.
–No me gusta el hígado, tío Petros. Es asqueroso.
Corrina se echó a reír.
–Tienes razón.
–El hígado es bueno para la salud –dijo Athena, que debía estar justo detrás de Polly.
Esta se movió sin pensarlo, colocándose al otro lado de Petros.
Alexandros le susurró algo a su hija al oído y Helena se echó a reír.
–Espero que no dejes que la niña decida lo que es mejor para ella.
–Mi hija tiene una dieta muy equilibrada y variada –le informó Polly.
–Además, tú ni siquiera sabes lo que comíamos nosotros de niños. Estábamos siempre con la niñera –comentó Alexandros.
A Polly le sorprendió que su marido respondiese así a su madre.
–Pero a la niñera le daba las instrucciones yo.
–Sí tú lo dices, en cualquier caso, nadie un poco inteligente dudaría de lo bien que cuida mi esposa de nuestra hija. Es una madre ejemplar en todos los aspectos.
Polly se sintió bien al oír aquello.
–No he cuestionado en ningún momento su capacidad como madre –le respondió Athena.
–Ya no quiero jugar –dijo entonces Helena, que todavía estaba en brazos de su padre.
–¿Por qué no? –le preguntó este.
–Porque ya no es divertido.
–Yo también estoy cansada –admitió Polly, intentando quitar tensión a la situación.
Alexandros le dio a su hija a Petros y tomó a su esposa en brazos.
–Por supuesto que estás cansada. No tenías que haber jugado el croquet.
–Estoy embarazada, no inválida.
–Papá lleva a mamá en brazos –comentó Helena divertida, echándose a reír.
Polly sonrió a su hija y Alexandros hizo lo mismo mientras la miraba a ella a los ojos.
–Mira por dónde andas, hermano, o vas a caerte –le advirtió Petros en tono divertido.
–Puedo andar yo sola –le dijo Polly.
–De eso, nada.
–Últimamente estás muy protector –añadió ella casi sin aliento.
–Siempre he querido protegerte.
Polly apartó la mirada porque no sabía qué contestar. Alexandros había sido un mal marido casi desde el principio.
Lo oyó jurar entre dientes.
–He fracasado completamente –añadió–. Estoy empezando a darme cuenta.
Ella se encogió de hombros. Era la verdad.
–Pero no te preocupes, agape mou. No estoy acostumbrado a fracasar.
Capítulo 5
NI TAMPOCO estaba acostumbrado a que lo comparasen con su hermano pequeño.
Lo cierto era que Polly no se iba a quejar. Aunque los motivos de Alexandros no fuesen los que ella quería, su marido por fin la estaba tratando como si le importase.
La llevó hasta la terraza y la dejó en una tumbona, después, le sirvió un vaso de zumo y se sentó en una mesa cercana para jugar a las cartas con su hija, su madre, Petros y Corrina.
Stacia comentó que tenía mala conexión en el exterior y entró en la casa con el teléfono en la mano.
Polly no entendía que su cuñada estuviese con el teléfono en vez de disfrutar de la familia, pero no iba a meterse con ella. Así que se quedó dormida con el sonido de las voces de su hija y de su marido de fondo.
Cuando despertó, oyó a Alexandros hablando con su madre.
–Es evidente que necesita descansar más –decía Athena en tono preocupado.
No obstante, Polly pensó que estaba tramando algo.
–Me parece que Anna está bastante débil –continuó.
Polly frunció el ceño. No estaba débil, nunca había sido una mujer débil.
–Está bien, que necesite una siesta no quiere decir que esté débil –le respondió Alexandros.
–No sé, tal vez no debería meterme y no es un tema del que me guste hablar, pero deberías asegurarte de que duerme toda la noche del tirón.
Polly se sintió furiosa al oír aquello. Su suegra estaba intentando separarlos en lo único que su matrimonio siempre había funcionado bien. La cama.
Polly se incorporó y preguntó:
–¿Dónde está Helena?
–Petros y Corrina se la han llevado dentro. Quería ver una de sus películas.
Polly ya sabía cuál, la de la princesa escocesa que luchaba por tomar sus propias decisiones. Era una película que a ella también le gustaba.
No obstante, en esos momentos tenía otra cosa en la cabeza.
–¿Alexandros?
–¿Sí, yineka mou? –le preguntó ella, acercándose para ayudarla a ponerse en pie.
–Sé que muchas veces has prestado más atención a las opiniones de tu madre que a las mías.
Él asintió mientras apretaba los labios.
–Si vuelves a hacerlo en esta ocasión, atente a las consecuencias –le advirtió.
–¿En esta ocasión?
–En lo relacionado al sexo. Si dejas de tener sexo conmigo porque te lo ha dicho ella…
Él la miró con sorpresa al ver que hablaba del tema con tanta franqueza.
Su madre dijo que no era necesario que hablasen de algo tan íntimo delante de ella. Polly la fulminó con la mirada.
–Tal vez tú no tenías que haber sacado un tema de conversación tan íntimo –le contestó ella.
–Solo estaba pensando en tu bienestar.
–No, estabas intentando volver a separar a tu hijo de su esposa. Y, te lo advierto, no voy a volver a tolerar que intervengas en nuestro matrimonio.
Athena puso gesto de sentirse muy ofendida.
–¿Cómo puedes hablarme así?
Buena pregunta. Polly tampoco sabía cómo había sido capaz. Tal vez hubiese llegado a su límite.
–Ya os he dicho a los dos lo que os tenía que decir –añadió ella, y entró en la casa.
Stacia iba y venía por el salón.
–¿Sabes si mi madre está ya preparada para que nos marchemos? –le preguntó.
–No lo sé.
–Esto de venir al campo una vez por semana es un trastorno. No sé por qué has tenido que convencer a Alexandros de que cambie nuestra reunión semanal.
Polly sacudió la cabeza.
–Ya te lo ha dicho él. El cambio ha sido idea suya, pero me pregunto cuándo vas a dejar de meterte conmigo. Tu hermano y yo estamos casados y vamos a seguir casados, por mucho que os esforcéis en separarnos.
–Alexandros se merece algo mejor. Solo sigue casado contigo por Helena.
–Cuando me quedé embarazada de Helena ya llevábamos un año juntos. No sé de dónde te has sacado eso.
–Él iba a dejarte, pero entonces te quedaste embarazada y no pudo hacerlo. Los hombres griegos no abandonan nunca a sus hijos.
–Ni tampoco a sus esposas –intervino Alexandros, apareciendo en la puerta del salón–. No sé qué te ha podido hacer pensar que, en algún momento, he querido poner fin a mi matrimonio.
–Yo me lo puedo imaginar –comentó Polly, mirando hacia donde estaba su suegra.
Alexandros sacudió la cabeza.
–Esta conversación me está resultando muy desagradable y, después de la advertencia que te he hecho hace un rato, Stacia, no entiendo que hayas seguido por el mismo camino.
–Yo pienso que no puede evitarlo –le dijo Polly–. Está tan acostumbrada a meterse conmigo que no sabe tratarme de otra manera.
–Eso no me parece aceptable –le dijo él.
–Antes nunca te había importado, no entiendo que lo haga ahora –replicó Stacia en tono petulante.
Este se giró hacia su madre.
–Será mejor que os marchéis y, la semana que viene, ven sola. Stacia ya no es bienvenida aquí y no voy a volver a ingresarle dinero en la cuenta.
–¡No puedes hacer eso! –le gritó su hermana–. Eres el cabeza de familia. Yo soy tu responsabilidad.
–Y si encuentras a alguien que quiera casarse contigo, te pagaré la boda, pero nada más. No voy a seguir manteniendo a una mujer que trata a mi esposa con semejante falta de respeto.
–¡Te demandaré! –le gritó ella.
–¿En base a qué?
–Papá te dejó la empresa a ti para que cuidases de los demás.
–Papá nos dejó a todos una parte de la herencia. Que tú ya te hayas gastado tu parte no es problema mío. Y el hecho de que no puedas acceder a tus acciones hasta los treinta años es algo que tienes que hablar con tus administradores.
–¡Tú eres uno de ellos!
–Y no voy a votar por adelantar la fecha.
–Stacia, tienes veintiséis años, tienes un título universitario. Busca trabajo –le dijo Polly a su cuñada.
–Que tu familia esté dispuesta a hacer cualquier cosa para ganar dinero no significa que yo vaya a hacerlo –le respondió ella.
Después, volvió a mirar a su hermano.
–Te voy a demandar. Espera y verás.
–No vas a causar ningún escándalo, Stacia –le advirtió Athena–. Tu hermano ya te lo ha advertido. Tal vez, si te disculpases de manera educada con Anna, Alexandros estaría dispuesto en seguir ayudándote.
Polly se mordió el labio, sabiendo que Alexandros no solía dar nunca marcha atrás cuando tomaba una decisión.
–Lo siento si he dicho algo que haya podido ofenderte –le dijo Stacia a Polly.
–Me has ofendido a mí –le aclaró Alexandros–. Has pretendido hacerle daño a mi esposa y no acepto tus disculpas. Márchate de aquí.
Stacia y Athena no se movieron de donde estaban, y en ese momento llegó Petros también.
–¿Qué ocurre? ¿Por qué estáis haciendo tanto ruido?
Athena y Stacia se apresuraron a contar su versión.
En un momento dado, Athena le dijo a Alexandros:
–Si prohíbes venir a Stacia, yo tampoco podré venir.
–Eso ya es decisión tuya –le respondió Alexandros.
–Alexandros… –intervino Petros en tono conciliador…
–¿Qué, Petros? –lo interrumpió él, furioso–. ¿Tu permitirías que hablasen a tu esposa, de tu esposa, como lo han estado haciendo con Pollyanna?
Petros cerró la boca y negó con la cabeza.
–No, no lo permitiría.
–Corrina es una esposa maravillosa –comentó Stacia–. Es guapa, ha ido a los mejores colegios, es griega, procede de una buena familia y tiene su propia fortuna.
–Y yo no soy nada de eso y procedo de una familia estadounidense de clase media –dijo Polly sin sentirse en absoluto avergonzada.
Porque sus padres eran buenas personas. Sus hermanos eran estupendos y jamás tratarían a nadie como la habían tratado a ella Stacia y Athena desde el día que había puesto un pie en Grecia.
Polly había intentado ser la mejor nuera posible. Había intentado ser comprensiva con una mujer que había perdido a muchas personas importantes en su vida, pero Athena no había querido que formase parte de su familia. Y se había asegurado de hacérselo saber.
Y los celos y el rencor de Stacia solo habían hecho que se sintiese todavía más incómoda.
–Eres preciosa y eres educada –le dijo Alexandros en ese momento–. Eres estadounidense, pero te has adaptado de una manera increíble a mi país y yo no necesito que tengas una fortuna para saber que la mía no es lo que te gusta de mí.
A Polly se le llenaron los ojos de lágrimas. Maldijo a las hormonas del embarazo.
–Yo solo te quería a ti.
–Y yo a ti. No necesito a una esposa con pedigrí, te necesito a ti.
Ella siempre había tenido algo que superaba al pedigrí para él: su cuerpo. Alexandros no podía resistirse a ella y el sentimiento era mutuo. Tal vez no fuese el amor en el que Polly había creído al casarse con él, pero también era importante. La pasión que compartían no era algo habitual.
–Yo también te necesito –le respondió con voz temblorosa.
Él la abrazó como si sus palabras lo hubiesen conmovido.
–Por favor, Petros, acompaña a mamá y a Stacia al helicóptero –le pidió a su hermano.
Y, así, ignorando las protestas de su madre y de su hermana, Alexandros sacó a Polly del salón y la llevó hasta el sofá en el que estaba sentada su hija.
Como si en aquella casa no hubiese habido ninguna discusión.
–Tal vez deberías aflojar un poco –le sugirió Polly.
–¿Qué? –preguntó él sorprendido.
–Tu madre y tu hermana están acostumbradas a hacer siempre lo que quieren. Tal vez deberías darles la oportunidad de acostumbrarse a la nueva situación antes de prohibirles venir a comer y de dejar de ingresarle dinero a tu hermana.
–Tú le has dicho que busque trabajo –le recordó él.
–Si te soy sincera, pienso que le vendría muy bien, pero tal vez podrías darle un mes para que lo haga.
–Lo pensaré.
–¿Y tu madre?
–Que decida ella si quiere venir o no.
–¿Y si cambia de opinión?
–Será bien recibida, como siempre.
Petros y Corrina se quedaron a dormir y volaron a Atenas con Alexandros a la mañana siguiente.
Polly se alegró de que le hubiesen liberado un poco la agenda y le encantó tener más tiempo libre para jugar con Helena.
Cuando la acostó después de comer para dormir la siesta, se dedicó a leer un libro. Estaba hecha un ovillo en su sillón favorito, en su habitación, cuando vio que se abría la puerta.
Beryl estaba asistiendo a una reunión por ella y Dora ya se había marchado, así que levantó la vista sorprendida y descubrió que se trataba de su marido.
–No he oído el helicóptero –admitió.
–Cuando te metes en un libro, podría caer una bomba y no te enterarías.
–Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con la lectura.
Alexandros miró a su alrededor como si fuese la primera vez que entraba allí.
Aquel era el santuario de Polly, pero no solía ir por las noches, cuando Alexandros estaba en casa.
–Veo que has dejado tu huella en esta habitación.
–La redecoré al mismo tiempo que la habitación de la niña.
–No lo sabía.
–No pensé que tuviese que decírtelo.
–Puedes hacer lo que quieras, estás en tu casa. Podrías decorarla entera si quisieses.
Ella se encogió de hombros.
–Paso mucho tiempo aquí y en la habitación de Helena, con tener estas dos habitaciones a mi gusto es suficiente.
–Me he fijado en que no sueles ir al salón multimedia a ver películas con Helena.
–Es demasiado grande.
–¿Y no te gusta?
–Me siento como si estuviese en un hotel.
–Uno está en los hoteles de manera temporal. Esta es tu casa. Y nuestro matrimonio no es algo temporal.
–Pues tu hermana y tu madre no parecen estar de acuerdo –comentó Polly en tono amargo.
Alexandros apretó los labios al oír aquello.
–Tenía que haberles puesto las cosas claras acerca del modo en que te trataban mucho antes.
–Si lo hubieses hecho, es probable que la discusión de ayer no habría tenido lugar. Ambas se han acostumbrado a decirme lo que quieren, pero ni siquiera se tomaron en serio tu primera advertencia cuando le pediste a Stacia que tuviese cuidado con lo que decía de mí.
–¿Tú sí?
–Yo conozco tu mirada cuando hablas en serio.
–¿Y ellas no?
–Tal vez no la hubiesen visto antes. Hasta ahora, lo más normal ha sido siempre que les dieses lo que querían.
–Al tiempo que privaba a mi esposa del apoyo que esta debía esperar de mí –admitió Alexandros.
–Prefiero no decir nada al respecto.
–Pero me has dicho muchas veces que las tenía consentidas.
–Es cierto.
–Y, sin embargo, por mucho que te diese a ti, no te has sentido consentida.
–Porque lo que yo necesitaba no eran cosas materiales.
Sino tiempo, atención, apoyo frente a su familia.
–¿Has dicho necesitaba, en pasado? –le preguntó él.
–He aprendido a contentarme con lo que tengo.
Él dijo una palabra malsonante y Polly se dio cuenta de repente de que estaba enfadado.
–Estás furioso –comentó ella, sintiéndose frágil sin saber por qué.
–Sí.
–¿Conmigo?
El gesto de Alexandros cambió y, de repente, la abrazó.
–Conmigo mismo. Con mi madre y con mi hermana, que debían haber hecho que te sintieses parte de la familia, pero han hecho todo lo contrario, pero, sobre todo, conmigo mismo, agape mou.
La besó en los labios suavemente, incómodo con todo lo que estaba sintiendo.
Ella respondió, como lo hacía siempre, y dejó que su cuerpo se fundiese con el de él, que sus lenguas se entrelazasen. Estuvieron unos minutos así y, entonces, Alexandros se apartó y volvió a mirar a su alrededor.
–Me gusta este sitio.
–A mí también.
–Me gustaría que le dieses la misma calidez al resto de la casa.
–¿De verdad?
–No hace falta que lo hagas ahora, ni toda la casa de una vez –le dijo él, dándole otro beso en los labios–. No quiero que te agotes con otro proyecto después de lo mucho que nos ha costado conseguir que tengas tiempo para descansar.
–¿Nos?
–Bueno, tienes razón, he tomado algunas decisiones unilaterales, pero tienes que admitir que ha sido algo positivo.
–Tengo que admitir que me gusta tener una agenda más relajada.
–¿Te gustan las labores benéficas? –le preguntó él por primera vez desde que estaban juntos.
–¿Te refieres a si me gusta mi trabajo como esposa tuya?
Porque de eso se trataba, al fin y al cabo.
–¿Así es como lo ves?
–¿Y cómo si no?
–Pues la verdad es que yo no consideraba que ser mi esposa fuese un trabajo –le dijo él–. Solo he intentado ayudarte a encontrar tu lugar en mi mundo.
–Nunca se te ocurrió pensar que tal vez para mí habría sido más fácil encontrar mi lugar si hubiese podido mantener mi vida, en parte, como era en Estados Unidos.
–¿Qué quieres decir?
–Si hubiese podido seguir trabajando como pastelera, habría hecho amigos más deprisa –le respondió Polly, alejándose de él para ir hasta la ventana–. Sé que tú no querías que hiciese ese tipo de amigos, pero yo no he crecido en una atmósfera enrarecida, como tú, y para mí habría sido más sencillo tener amigos que supiesen lo que es pertenecer a una clase media.
–Yo pensaba que, a largo plazo, te adaptarías mejor si hacías amigos en esa atmósfera enrarecida, como tú la llamas.
–¿Y por qué me sacaste de ella y me trajiste aquí, al campo?
–Porque pensé que serías más feliz. Al fin y al cabo, habías crecido en una zona rural del estado de Nueva York.
–¿Sin verte en toda la semana, yo sola en esta enorme casa que parece un hotel? –le preguntó ella con incredulidad–. No me extraña que tu madre y tu hermana pensasen que era el principio del final de nuestro matrimonio.
–No sé de dónde se ha sacado Stacia la idea de que la compra de esta casa tenía que ver con la ruptura de nuestro matrimonio.
Polly hizo una mueca.
–Posiblemente fue una mezcla de lo que ella quería y del hecho de que, durante el primer año que estuvimos aquí, tú te pasases casi todo el tiempo en el apartamento de Atenas y solo vinieses a casa los fines de semana.
–Fue una época de mucho trabajo, pero no volverá a ocurrir –le aseguró él–. Me sentía responsable de todo lo que mi padre y su padre y su abuelo habían construido, así como de la subsistencia de decenas de miles de empleados.
Capítulo 6
ALEXANDROS había hecho lo que pensaba que era mejor para su familia.
Polly se dio cuenta de que esa era la visión de su marido y, sinceramente, lo entendía. Le había hecho daño, pero no a propósito, y no se había limitado a ignorarla para dedicarse a ganar dinero.
Era cierto, además, que ella había echado de menos vivir en el campo, y se lo había dicho a Alexandros, pero no había esperado que este la alejase de sus amigos, a los que también echaba de menos, ni de la posibilidad de volver a trabajar en una cocina, o de estar más cerca de él.
–Pero Stacia no sabía eso –le dijo Polly, pensando que ella, tampoco–. Tanto ella como tu madre pensaron que habías perdido interés en nuestro matrimonio. Es normal que llegasen a la conclusión de que solo seguías casado conmigo porque me había quedado embarazada de Helena.
–Pero tú sabes que eso no es verdad.
Polly no respondió inmediatamente. Porque ella había pensado lo mismo.
Él juró y cruzó la habitación para volver a abrazarla. Entonces, se sentó en el sofá de dos plazas en el que Polly solía sentarse a leer con Helena y la sentó a ella en su regazo mientras la abrazaba con fuerza, como si tuviese miedo de que fuese a desaparecer.
Ella apartó aquella idea de su mente y le dijo:
–Pienso que el nacimiento de Helena fue una llamada de atención para los dos.
Polly se había dado cuenta de que el matrimonio era algo que tenía que hacer funcionar. Y él… Bueno, él debía de haberse dado cuenta también.
–Mi llamada de atención llegó el fin de semana pasado, en casa de mi madre.
Aquella manera de expresarlo sorprendió a Polly. Era la primera vez que Alexandros se refería a la casa familiar como la casa de su madre. Incluso después de que se hubiesen mudado al campo, él había seguido hablando de la casa familiar como su casa.
Se sintió tan sorprendida que estuvo unos segundos en silencio. Estuvo a punto de sonreír, a punto.
–¿No tienes nada que decir al respecto?
–No mucho… ¿Que mejor tarde que nunca?
–Entonces, ¿consideras que ser mi esposa es un trabajo? –le preguntó él, como si siguiese sin asimilar aquello.
–¿Cómo lo llamarías tú, si tuvieses una lista de obligaciones que llevar a cabo y una serie de expectativas que cumplir? –le dijo ella en tono amargo.
–Yo…
Alexandros se interrumpió, como si no supiese qué responder, algo muy extraño en él, que siempre tenía una respuesta para todo.
–Entonces, ¿no te gusta realizar labores benéficas? –le preguntó por fin.
–Las cosas no son siempre blancas o negras.
–¿No?
–¿A ti te gusta pasar tiempo con Helena y conmigo?
–Sabes que sí.
–Entonces, vende tu empresa y pasa todo tu tiempo con nosotras.
Él la miró como si la idea lo horrorizase.
–Sabes que no es posible.
–Porque las cosas no son o blancas o negras.
Alexandros suspiró.
–Supongo que no.
–Cuando hablamos de tener hijos antes de casarnos, ¿recuerdas lo que dijimos? –le preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos.
–Que ambos queríamos que tú pudieses estar en casa con ellos.
–Y tú me prometiste que así sería. Me dijiste que entendías que quisiera ser de esas madres que están en casa cuando los niños llegan del colegio, y que nuestros hijos y sus amigos pudiesen estar en ella. Aunque fuese una mansión.
–Y estás en casa –le dijo él, como si se sintiese confundido, como si no entendiese lo que Polly le estaba diciendo.
–¿Sí? Hoy he podido jugar con Helena. Hemos hecho galletas juntas por primera vez sin tener que hacerle un hueco en mi agenda dos semanas antes. Normalmente, pasamos tiempo juntas porque ella está conmigo mientras yo trabajo con Beryl.
–Así dicho, parece que tuvieses un trabajo a tiempo completo, pero tienes que entender que es como me crie yo, con una madre que, por norma, cumplía con sus obligaciones sociales.
Lo mismo que su abuela antes que ella.
Aquello formaba parte de él, lo mismo que su familia, su historia, su cultura y sus propias experiencias, pero eso no hacía que a ella le resultase más fácil vivir de acuerdo con las expectativas de su marido.
–Tu madre nunca ha tenido otro trabajo, y se apoya mucho más que yo en el servicio –comentó Polly.
–Porque para ella es un trabajo que merece la pena hacer.
–Yo sé que muchas madres no pueden pasar todo el tiempo que les gustaría con sus hijos –admitió ella–. E intento recordar que mi vida es muy sencilla en comparación con la de otras mujeres.
–Porque eres rica.
–Porque estoy casada con un multimillonario.
–Todo lo que es mío, es tuyo –le dijo él.
Ella pensó que tal vez Alexandros pensase así, pero no lo demostraba con sus actos.
–El acuerdo prenupcial no decía eso. Y, además, si fuese cierto, no habrías comprado esta casa sin consultarme antes.
–Eso fue un error.
–¿De verdad lo piensas?
–Eres mi esposa –le dijo él, acariciándole la mejilla–. No tenía que haber tomado la decisión de marcharnos de Atenas sin tu consentimiento.
A Polly le sorprendió que admitiese aquello.
–Yo no quería seguir viviendo con tu madre y tu hermana.
Al principio, le había parecido bien. Alexandros le había explicado que varias generaciones de su familia habían vivido en aquella casa. Además, su madre les había rogado que se quedasen allí con ella y, teniendo en cuenta que se había quedado viuda poco tiempo antes, Polly no había podido decirle que no.
Así que había empezado a vivir allí pensando que podría ayudar a su suegra, sin saber que nada de lo que dijese o hiciese haría que Athena y Stacia la aceptasen en la familia.
–Pero, cuando compraste Villa Liakada, yo ya había hecho amigos en Atenas, ya tenía mi vida. Y tú me la quitaste.
–Pensando que te hacía un favor –comentó Alexandros, haciendo una mueca.
–Sí.
–Y te hice daño.
Muchas veces.
–Sí.
Él puso gesto de dolor.
–Siempre he querido que fueses feliz.
–Me he acostumbrado a esta vida.
Él se inclinó y apoyó la frente en la de ella.
–Lo he hecho fatal.
–Podría ser peor –admitió ella en voz baja, para no estropear aquel momento de intimidad.
–Sí, podría haber sido peor, pero, lo creas o no, necesito hacerlo mejor.
De repente, Polly sintió que se asfixiaba y tuvo que apartarse de él. Alexandros intentó sujetarla.
–Déjame, por favor.
Necesitaba respirar.
Él la soltó y Polly vio en su rostro una expresión que prefirió no intentar interpretar en esos momentos.
Se levantó y fue hacia la mesa llena de libros que había junto al sillón en el que había estado sentada un rato antes. Sentía que necesitaba hacer algo, así que empezó a colocar los libros en las estanterías.
–Pienso que nos casamos demasiado pronto, sin darnos cuenta de lo que en realidad quería el otro.
No dijo que lo habían hecho demasiado jóvenes, porque Polly había tenido veintisiete años y Alexandros, treinta y dos.
Se habían conocido en Estados Unidos. Ella había preparado los postres en una reunión a la que Alexandros había asistido y, sin saber cómo, la pastelera de clase media había coincidido con el multimillonario.
Su primer encuentro había sido eléctrico y Polly no había dudado cuando él le había pedido que cenasen juntos al día siguiente. Para ella había sido un flechazo. Y había pensado que Alexandros sentía lo mismo.
Seis semanas después, estaban comprometidos y Alexandros había iniciado una serie de viajes por Asia que había impedido que se viesen durante los tres meses anteriores a la boda. No obstante, ella había pensado que las llamadas de teléfono, los mensajes y correos electrónicos eran suficientes.
Había conocido a su suegra justo antes de la boda.
Athena se había comportado de manera reservada, pero no abiertamente hostil. Había ido vestida de negro, alegando que todavía estaba de luto por el fallecimiento de su marido. Y, dado que todavía no hacía un año que el padre de Alexandros había muerto, ella la había creído.
La luna de miel, que había durado todo un mes, había sido maravillosa, pero después había empezado su verdadera vida como esposa de un multimillonario griego. Y no había sido en absoluto como un cuento de hadas.
Polly se quedó mirando fijamente los libros que todavía no había tenido tiempo de leer y se preguntó qué iban a hacer con su relación.
Era evidente que Alexandros quería que su matrimonio funcionase mejor.
Y ella no sabía si podía abrirse del todo a él.
–Si tuvieses que volver a hacerlo, ¿te casarías conmigo? –le preguntó él, que también se había levantado y se había colocado justo detrás de ella.
Alexandros apoyó las manos en sus hombros y la hizo girarse para mirarla a los ojos. En los de él había una emoción indescriptible. En los de ella debía de haber cautela.
Porque era lo que sentía.
Polly contuvo un suspiro.
–Esa pregunta no tiene sentido. Ya estamos casados, tenemos una hija y viene un hijo en camino.
–Yo no estaba a tu lado cuando te enteraste del sexo de mis hijos –comentó Alexandros, como si realmente lo lamentase.
–Pero yo te lo dije.
–Sí, me lo dijiste. La primera vez, con una magdalena de color rosa, que me dejó sin aliento al saber que iba a tener una hija.
Con el niño, le había mandado un mensaje de texto. Polly había llamado a su madre para darle la noticia y la sorpresa de la magdalena se la había hecho a Helena.
Su hija se había puesto a dar gritos y había insistido en hacer un dibujo para decorar la habitación de su hermano.
–Y yo compré champán al recibir el mensaje, para celebrarlo con toda la oficina –le dijo él.
–Y unos pendientes de zafiros para mí –le recordó ella.
–No puedes beber alcohol mientras estés embarazada.
–Los pendientes son preciosos.
–Pero te habría gustado más que te comprase un peluche.
Ella se encogió de hombros.
–Tal vez, en cualquier caso, lo que tú querías era que yo supiese que estabas contento con el tema del bebé. Y eso es lo que importa.
–Estoy muy contento con el bebé. Adoro a Helena y estoy deseando que su hermano venga también al mundo.
–No tardará.
Solo faltaban catorce semanas.
–Voy a estar a tu lado durante el parto esta vez –le dijo él.
–Si no puedes, me las arreglaré. Papá y mamá ya han planeado venir una semana antes, y los dos van a quedarse un mes entero esta vez.
–En cualquier caso, yo también estaré.
Polly no respondió. No quería llamarlo mentiroso, pero dudaba que estuviese ni siquiera en el país cuando ella diese a luz.
Alexandros suspiró.
–Me parece que he roto demasiadas promesas para que me creas.
–Pero si lo hubieses hecho a propósito yo no seguiría aquí.
–¿Te gustaría que nos mudásemos a vivir a Atenas? –le preguntó Alexandros en tono serio.
Ella se preguntó si se lo decía de verdad. La mayoría de los amigos que había hecho en Grecia vivían en Atenas. Corrina y Petros también estaban allí y eran sus mejores amigos. Helena los adoraba y le encantaría poder verlos con más frecuencia.
Pero Polly se obligó a no pensar solo en ella.
–No sé si eso sería bueno para Helena. Su casa es esta. Ella tiene amigos aquí.
–La única constante en su vida eres tú, Polly, no esta casa –le dijo Alexandros, dedicándole la misma sonrisa fulminante con la que la había conquistado–. Eres una mamá increíble. Helena hará otros amigos y podrá seguir invitando a casa a los que tiene ahora. Estoy seguro de eso. Al fin y al cabo, has conseguido que nuestra hija vea a su yia-yia una vez al mes a pesar de como esta te ha tratado.
–Tú también eres una constante en su vida –le respondió Polly, porque era cierto. Y porque, tal vez, había que decirlo–. Eres un buen padre.
Tal vez no estuviese en casa tanto como había estado el padre de Polly, pero Alexandros quería mucho a su hija y se lo demostraba.
–Me alegro de que pienses así. Me alegro mucho, pero lo cierto es que las dos me veis menos de lo que deberíais porque tardo mucho tiempo en ir y venir al trabajo.
–Te veríamos más si viviésemos en Atenas –reconoció Polly.
No solo por el tiempo que le llevaban los viajes, sino porque solía pasar al menos una noche a la semana en la capital.
–Nos llevaremos con nosotros a todo el personal que quiera acompañarnos –añadió él, como si la decisión estuviese tomada.
Por mucho que a Polly le gustase la idea, no sabía si sería viable.
–Muchos tienen a su familia cerca de aquí.
–Les ofreceré un bonus y, al fin y al cabo, solo estarán a dos horas en coche.
–¿Harías eso para que Helena no notase tanto el cambio? –le preguntó Polly sorprendida.
–Lo haría también para que tú no tuvieses que acostumbrarte a estar rodeada de otras personas.
Era cierto que le había costado acostumbrarse al nuevo personal cuando se habían mudado allí.
–¿Y buscaríamos la nueva casa juntos? –le preguntó.
–¿Es eso importante para ti?
–No quiero vivir en otro hotel.
–Podrás elegir la casa tú.
Eso la decepcionó.
–Supongo que tú estarás demasiado ocupado como para que lo hagamos juntos.
Polly hizo ademán de darle la espalda, pero Alexandros la agarró suavemente del brazo y volvió a abrazarla. Siempre había sido una persona muy física, pero en esos momentos parecía serlo todavía más, y a Polly le encantaba.
Aunque no iba a admitirlo en voz alta para que no pareciese que lo necesitaba.
–En absoluto.
Polly no supo qué había visto Alexandros en su rostro, pero lo oyó jurar en ruso. Era una costumbre que había adquirido a raíz del nacimiento de Helena, para evitar decir alguna palabra malsonante que la niña pudiese repetir en griego o inglés.
Alexandros la apretó contra su cuerpo.
–Nuestra hija se va a despertar en cualquier momento y Hero todavía no ha llegado.
Polly sonrió al verlo tan impaciente.
–Sobrevivirás.
–Si pudieses ponerte en mi piel, no dirías eso.
Entonces, volvió a ponerse serio.
–Quiero que seas feliz en nuestra próxima casa.
–En ese caso, deja que sea yo quien diga la última palabra –lo retó.
–Hecho.
Ella sonrió de oreja a oreja.
–Ten cuidado, corres el riesgo de terminar viviendo en una granja.
–¿En Atenas? Lo veo complicado, yineka mou.
–Entonces, ¿de verdad nos vamos a mudar? –le preguntó ella con incredulidad.
–Vamos a cambiar de residencia principal, sí.
–¿Quieres decir que vamos a conservar esta casa?
Polly se sintió inesperadamente aliviada. Al fin y al cabo, era la casa a la que había llevado a su bebé nada más nacer.
La primera casa que había compartido con Alexandros.
–Lo que tú quieras, Polly. Esta casa está a tu nombre –le dijo, dándole un beso en los labios–, pero, si quieres saber mi opinión, yo la conservaría. Me gustaría poder salir de la ciudad de vez en cuando y pienso que también sería bueno para nuestros hijos.
Ella asintió. ¿La casa estaba a su nombre? Según el acuerdo prenupcial, cualquier cosa que estuviese a su nombre sería suyo aunque se divorciasen y Polly jamás había pensado que Alexandros le compraría una casa que valía varios millones de euros.
–Pienso que a tu hermano y a Corrina también les alegrará eso –le respondió, sin saber qué más decir.
Alexandros le sonrió de manera cariñosa.
–Tienes mucha confianza con ellos.
–Sí.
–Me alegro.
¿Incluso después de que su relación con ellos hubiese hecho que Alexandros se cuestionase su papel como marido? A Polly le gustó oír aquello, sobre todo, viniendo de un hombre tan orgulloso como su marido.
–Estoy embarazada de seis meses –le dijo de repente.
No había pensado en ello al hablar de cambiar de casa y era algo a tener en cuenta.
–¿Te parece que es mal momento para hacer una mudanza? –le preguntó él–. Sabes que no voy a permitir que tú hagas mucho. Contrataré a una empresa que se encargue de todo y solo tendrás que supervisar.
Ella no le dijo que supervisar también podía ser agotador, sino que le preguntó:
–¿Me ayudarás?
–En todo lo que pueda.
Polly asintió. Beryl también la ayudaría, aunque tuviesen que contratar a una segunda asistente.
Polly descubrió que buscar casa junto a su marido multimillonario no era como ella había imaginado.
Alexandros contrató a la mejor agencia inmobiliaria de Atenas, que empezó haciéndoles visitas virtuales a las propiedades que podrían interesarles.
Ella se había imaginado visitando las casas juntos, pero, de momento, solo habían visto los vídeos por separado y después los comentaban juntos. Casi siempre por la noche, después de haber acostado a Helena.
Estaban pasando más tiempo juntos porque su marido, adicto al trabajo, había vuelto a casa más temprano dos días esa semana. Además, se había quedado a trabajar desde allí un día entero y no había pasado ninguna noche en el apartamento de Atenas.
Helena estaba encantada con la nueva situación. Y Polly, también, aunque no podía evitar tener miedo a que las cosas volviesen a ser como antes.
Estaba apoyada en el pecho de Alexandros mientras veían otro vídeo de una casa en el teléfono de este, el vídeo de una casa que a ella le había gustado mucho.
–Si te gusta tanto, podrías ir a verla con el agente mañana –le dijo él.
Notó que Polly se ponía tensa.
–Pensé que íbamos a hacer las visitas juntos.
–Yo no puedo mañana.
–¿No dijiste que no querías que viajase más en helicóptero mientras estuviese embarazada?
–He pensado que Helena y tú podrías pasar el resto de la semana en Atenas conmigo, tal vez, algún día más.
Eso significaría estar también enfrente de Corrina y Petros, en el mismo edificio en el que estaba la oficina de Alexandros. A Polly le encantó la idea.
–Nunca nos habías invitado a tu ático.
El edificio tenía dos áticos. En uno de ellos se quedaba él cuando pasaba la noche en Atenas y en el otro vivía su hermano con Corrina de manera permanente. A juzgar por las fotografías que Corrina le había enviado a Polly, eran preciosos.
–He hecho que mejoren la seguridad y que pongan una pantalla de plexiglás en la terraza para que Helena pueda salir sin supervisión –le contó él, tirando el teléfono y abrazándola–. Y no pensé que necesitases una invitación para venir a Atenas.
–¿No la necesito? –le preguntó ella con sorpresa.
–No. Ahora me doy cuenta de que he hecho que parezca que el ático es solo un lugar de trabajo, pero no lo es. Todo lo que tengo es también de Helena y tuyo, y de nuestro segundo hijo.
–Pero…
–Si te digo la verdad, no entendía que no hubieses venido nunca a estar conmigo allí, sobre todo, cuando me quedaba a pasar la noche.
Alexandros frunció el ceño, tragó saliva, apartó la mirada y luego volvió a clavarla en sus ojos.
–Pensé que te parecía una molestia venir conmigo.
–Yo no sabía que querías que fuese contigo.
–Cuando compré esta casa, me imaginé que pasaríamos parte del tiempo aquí y parte allí, en el ático.
–Pero me quedé embarazada y tenía demasiadas náuseas para estar viajando.
–Y cuando empezaste a encontrarte mejor, nunca me hablaste de venir.
–Ni tú a mí.
–Dejaste de ser cariñosa conmigo. Pensé que era por las hormonas y no quise presionarte.
–¿Después de tener al bebé?
–Ese primer año, Helena era demasiado pequeña.
–Y tú no querías que viajase en helicóptero.
–Ni tú tampoco.
–Pero tú lo utilizabas todos los días para ir a trabajar.
–El miedo puede ser irracional –admitió él, suspirando–. Cuando yo viajaba contigo en el helicóptero, no temía por tu seguridad.
Ella asintió, fascinada con las confesiones de su marido.
–El caso es que nos acostumbramos a que tú fueses solo a Atenas.
–Muy mal.
–Sí, muy mal –admitió Polly–. Gracias por decirme que te gustaría tenernos allí. Significa mucho para mí.
–Sinceramente, no sabía que tenía que decírtelo.
Ella le dio un beso como premio, pero no contó con que iba a desatar en él un tsunami de pasión.
Desnuda, sudorosa y satisfecha, Polly se abrazó a su marido.
–No me lo esperaba.
Él balbució algo incomprensible.
Polly levantó la cabeza y lo miró.
–¿Qué has dicho?
–Que me has besado tú –le respondió él, ruborizándose.
–Siempre nos besamos –dijo ella.
–Yo te beso y tú respondes.
Pero ella no lo besaba nunca la primera. Polly sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, se había acostumbrado a no ser tan cariñosa como lo era en realidad cuando había empezado a tener dudas acerca de Alexandros.
Y había pensado que este no se había dado cuenta, pero se había equivocado.
En la última semana, su marido había hecho muchos cambios y esfuerzos, tal vez hubiese llegado el momento de que ella los hiciese también. Como, por ejemplo, ser ella quien lo besase, si eso significaba tanto para él.
Sonrió y volvió a acurrucarse a su lado, pasando la mano por su pecho.
–Todavía quiero que vengas a ver la casa conmigo.
–Seguro que uno de tus padres asumió la responsabilidad de elegir su casa.
–Mis padres todavía viven en la misma casa que compraron antes de que yo naciese –le respondió ella, incorporándose–. No tengo ni idea de cómo la encontraron, pero sé que mis hermanos sí que han buscado casa con sus parejas.
–¿Y tú quieres hacer lo mismo?
Ella supo que su marido no tenía tiempo para eso.
–Me conformo con que veamos juntos las tres que más nos gusten.
–De acuerdo –le dijo él sonriendo.
Polly pensó en que llevaba mucho tiempo buscar y comprar una casa, y empezó a ver aquella con otros ojos.
–Cuando compraste esta casa intentaste hacer algo especial por mí.
–Sí, pero ahora me doy cuenta de que, sin tu participación, esta casa jamás podría llegar a ser nuestro hogar.
–Gracias, eres muy amable.
–Pues yo no estoy pensando precisamente en ser amable ahora mismo –le contestó él, empezando a acariciarla de nuevo.
–Yo tampoco –admitió Polly.
Él gimió y volvieron a empezar.
Su matrimonio no era perfecto, pero aquella pasión, aquel deseo, que seguían siendo tan intensos como el primer día, eran excepcionales.
Capítulo 7
HELENA estaba entusiasmada con su primer viaje en helicóptero. Fue señalando todo lo que veía por la ventana y haciendo preguntas, sin importarle que sus padres no pudiesen oírla y darle una respuesta y que se limitasen a asentir y sonreírle.
Polly miró a su marido a los ojos y ambos compartieron un momento de conexión.
Aterrizaron en lo alto del edificio Kristalakis y Alexandros puso a Helena en brazos de un guardaespaldas para él poder ayudar a bajar a Polly.
El ático no era en absoluto como esta había imaginado. Los colores cálidos hacían que las habitaciones pareciesen muy acogedoras, la habitación de la niña parecía el dormitorio de una princesa y en el salón había un arcón lleno de juguetes para ella.
–¿Desde cuándo lleva preparado el ático para toda la familia? –preguntó Polly maravillada.
Helena fue directa a una estantería blanca llena de cuentos y sacó varios de ellos.
–¡Mira, mamá! ¡Mis cuentos favoritos!
–Ya lo veo, cariño.
Helena estaba en su elemento, pero Polly se sentía abrumada. Era evidente que Alexandros se había esforzado en prepararlo todo para que su hija se sintiese cómoda allí.
Polly se giró y miró a su marido.
–¿Desde cuándo? –le volvió a preguntar.
Él se encogió de hombros.
–Más o menos desde que nació la niña.
–Pero nunca me has dicho nada.
–Estaba esperando a que tú dijeses que querías venir.
–¿Qué? Pero ¿por qué? –le preguntó ella–. ¿Cómo iba a saber yo que querías que viniésemos contigo? No era esa mi impresión. Si querías que estuviésemos aquí juntos, ¿por qué me mandaste a la casa?
–Yo no pretendía que pensases que te mandaba a la casa.
–¿Y cómo querías que lo interpretase?
Él hizo una mueca, por una vez, parecía no tener una respuesta preparada.
–¿Estabas esperando a que yo te dijese que quería venir? –le preguntó ella con incredulidad–. Si yo nunca quise marcharme de Atenas, pensé que lo sabías.
Pero era evidente que se había equivocado.
–Y yo pensé que te gustaría mudarte al campo. Y que solo estabas enfadada conmigo porque había elegido la casa sin preguntarte. Me habías dejado claro que querías marcharte de casa de mi madre.
–Pero yo te dije…
Polly intentó recordar qué le había dicho por aquel entonces, pero no pudo. Sabía cómo se había sentido, tan enfadada y resentida que, cuando Alexandros había comprado la casa de campo, ella ya había empezado a cerrarle su corazón.
–Siento no haberme dado cuenta de lo mal que estabas.
Ella asintió. Lo creía. Aunque todavía no estaba segura de poder confiar en él. Estaba empezando a prestar atención, pero en el pasado no lo había hecho.
–Aprendí a no hablarte de cosas importantes –le dijo ella, suspirando–, pero ahora estamos aquí y tengo que decir que es un lugar muy agradable.
–Me alegro de que lo pienses –comentó él, que parecía más aliviado que contento.
No estaba acostumbrado a que lo criticasen. Polly se había dado cuenta de eso hacía mucho tiempo. Y Alexandros se había sentido muy ofendido cuando ella había reaccionado a su regalo enfadándose en vez de con entusiasmo.
Le sonrió.
–Es un apartamento precioso.
–Me hace pensar en ti.
Polly se acercó y le dio un beso.
–Eso me gusta. ¿Me estás diciendo que todas las noches que has pasado aquí las has pasado pensando en mí?
–¿En qué iba a pensar si no?
–¿En tu trabajo?
–Bueno, sí, es lo normal, sin teneros a Helena y a ti cerca, tiendo a trabajar demasiadas horas –admitió él, como si te tratase de un terrible pecado.
Ella sonrió y lo agarró del brazo para llevarlo al salón, donde podrían sentarse juntos.
–No esperaría otra cosa de ti.
–Tú me haces bien, agape mou. Y también mi hija y el pequeño que viene en camino –le dijo él, apoyando una mano en su vientre.
El bebé dio una patada y Polly sonrió.
–Ya reconoce a su papá.
Se sentaron juntos en el sofá y Alexandros la abrazó. Ella disfrutó del momento y se sintió a gusto allí.
–¿En qué estás pensando? –le preguntó a él después de varios minutos en silencio.
–Estoy disfrutando de tenerte aquí, entre mis brazos, y de oír a nuestra hija en su habitación. Había soñado muchas veces con este momento.
Polly no le recordó que tenía que haberla invitado antes si quería tenerla allí, sino que le preguntó en tono dulce:
–¿Qué hemos aprendido acerca de la importancia de la comunicación entre marido y mujer?
–Que es muy importante –le respondió él sin un ápice de humor.
–Estoy de acuerdo. ¿Hay algo más que desees y que no me hayas dicho? –le preguntó ella.
–Quiero volver a salir contigo.
–¿Qué quieres decir? Ya salimos juntos.
–Vamos a fiestas benéficas y a actos sociales por trabajo.
–Bueno, sí, esa es nuestra vida social.
–Quiero más.
–¿Sí?
–Tus hermanas salen por la noche con sus maridos. Las he oído hablar de ello cuando vienen a vernos.
–Sí, pero no tienen la agenda llena de eventos sociales, como nosotros –reconoció Polly–. De hecho, les da envidia que vayamos a tantas fiestas.
–Esas fiestas no son el mejor lugar para reavivar el amor.
–Podrían serlo.
–¿Qué quieres decir?
–Que lo importante no es a dónde vayamos, ni siquiera lo que hagamos cuando salimos juntos. Lo importante es que estemos juntos.
–Estamos juntos.
–¿De verdad? –le preguntó ella.
–Por favor, explícate.
–Cuando tenemos una cita, tú te centras en mí y yo en ti. El lugar, las personas que nos rodean, son secundarios, ¿verdad?
–Verdad.
–Así que una fiesta benéfica también podría ser como una cita si nos centramos el uno en el otro.
–Pero siempre terminamos hablando con otras personas y socializando en círculos diferentes.
–Sí. Tú, por tus intereses comerciales.
–Y tú para hacer contactos.
–En ocasiones sí, otras veces, me pongo al día con mis amigos –le informó ella–, pero, en cualquier caso, tenemos la costumbre de separarnos nada más llegar a una fiesta.
–Eso solía molestarme de ti –admitió él.
–¿Qué? ¿Pretendías que me quedase a tu lado, en silencio, mientras hablabas de negocios y de política? –le preguntó ella en tono burlón.
Pero él le respondió muy serio.
–Sí.
–Yo no soy así.
–Ya me he dado cuenta. No te consideras un satélite de mi vida.
–No.
–Mi madre lo era con mi padre.
–Pero ahora se dedica a muchas obras sociales. ¿Quieres decir que no lo hacía cuando tu padre vivía?
–Sí, pero seguía pasándose casi todas las veladas al lado de él.
–Pues no sé cómo lo hacía, pero yo no soy ella.
–No, ni espero que lo seas.
–¿Estás seguro?
–Te lo voy a decir de otra manera –le contestó Alexandros, dedicándole otra de sus devastadoras sonrisas–. He aprendido a no esperar que seas de un modo determinado. Me he dado cuenta de que, si fueses como mi madre, yo no habría tenido más interés en casarme contigo del que tuve en casarme con las mujeres con las que ella quería que me casara.
Polly sonrió también.
–Bueno, la química que hay entre nosotros también tuvo mucho que ver.
–Nuestra relación no es solo sexo –le dijo él, mirándola a los ojos.
–Por supuesto que no. Tenemos una hija juntos y a un hijo que viene de camino. Somos una familia.
–Nunca ha sido solo sexo –repitió él, en tono realmente ofendido.
–¿Acaso he dicho lo contrario? –le preguntó ella, sabiendo que había dicho algo que había provocado aquella reacción.
–Has dicho que nos casamos por la química que había entre nosotros.
–¿Y no es así? Quiero decir que, si no hubiésemos estado tan bien en la cama, no creo que tú hubieses hecho el esfuerzo, teniendo en cuenta nuestras diferencias y lo ocupado que estabas.
Alexandros abrió la boca como si fuese a llevarle la contraria, pero después la volvió a cerrar.
–Tal vez tengas razón, pero te pedí que te casaras conmigo porque estaba enamorado de ti.
Eso había pensado ella también por aquel entonces, pero ya hacía mucho tiempo que Polly se había dado cuenta de que lo que al principio había pensado que era amor era más bien una mezcla de cariño y compatibilidad sexual.
–Estoy segura de que, si me quisieras, no habrías querido pasar tanto tiempo separado de mí. No habrías esperado que yo hiciera todo lo que tu madre quería, por mucha infelicidad que eso me causase.
Polly suspiró y se puso de pie para poner algo de distancia entre ambos.
–He aprendido a aceptar que te gusto. Mucho. Sé que la atracción que sientes por mí es más fuerte que la que has sentido por cualquier otra mujer.
–¿Pero…?
–Pero me parece que lo que para ti es amor, para mí es cariño.
–¿Y no es lo mismo?
–No.
–¿Cuál es la diferencia?
–Cuando amas a alguien, tienes en cuenta sus necesidades, sus deseos, su bienestar. Quieres protegerlo y hacer que su vida sea mejor.
–¿Y no crees que yo sienta nada de eso por ti?
–Siempre y cuando no te creen ningún inconveniente, tal vez.
–Pero si me crean algún inconveniente, piensas que tus necesidades, deseos y bienestar pasan a un segundo plano para mí, ¿verdad?
–Hasta hace muy poco tiempo lo pensaba, sí.
–¿Y cuando te digo que te amo?
–No es que me lo digas mucho.
–Pero te llamo agape mou.
–Lo que significa mi amor, pero no significa necesariamente que me ames. Es, más bien, como llamarme cariño.
–En algunos casos, sí, pero no en este. No cuando te lo digo a ti.
Polly se encogió de hombros porque prefería no discutir. En el fondo, lo que importaban eran los actos y, hasta hacía muy poco tiempo, Alexandros no se había comportado de manera demasiado romántica. En esos momentos, Polly no sabía qué pensar. ¿Habría cambiado de comportamiento su marido porque se sentía culpable? ¿Por competir con su hermano? ¿O consigo mismo? A Alexandros le gustaba ser siempre el mejor.
–Pero tú no me crees.
Ella contuvo otro suspiro.
–¿De verdad tenemos que hablar de esto? Estaba disfrutando del momento y no quiero estropearlo con una discusión.
–¿Porque piensas que me voy a disgustar si reconoces que no me crees cuando te digo que te amo?
–Porque no me gusta equivocarme. Y punto. Así que, si reconozco que pienso que no me amas, sí, te vas a disgustar, pero lo peor es que vas a pensar que tienes que convencerme de lo contrario.
–Y no me crees capaz –insistió él.
Polly se encogió de hombros.
–Ohi, dime lo que tengas que decir.
–Está bien. No, no te creo capaz. Porque no vas a poder cambiar con palabras mi percepción de los últimos cinco años.
–¿Por qué no? ¿Acaso no ha quedado claro que tú me malinterpretaste al pensar que no quería que vinieses conmigo a Atenas?
–Si quisieses que un socio comercial hiciese una concesión, ¿se lo pedirías o esperarías que él supiese lo que querías? –le preguntó ella, notando que empezaba a enfadarse con él por haberse empeñado en continuar con aquella conversación.
Polly ya había aceptado que su marido no la amaba y se había conformado con su relación tal y como era. ¿Qué derecho tenía él a remover así unos sentimientos que ya formaban parte del pasado?
–¡Mi matrimonio no es una transacción comercial! –le dijo él, levantando la voz, aunque no tanto como para asustarla.
No obstante, a Polly le preocupó que Helena los oyese.
–No, no lo es, pero yo solo quería decir que el hecho de que no me pidieras que viniese podría haber indicado que eso no era importante para ti.
–¿Y no es posible que tuviese miedo a que me contestases que no?
–Tú no le tienes miedo a nada.
–Estás equivocada, Polly. Lo mismo que te equivocas con respecto a lo que siento por ti.
Alexandros se puso en pie y fue a abrazarla, inclinó la cabeza y le dio un beso en los labios.
–Si mis actos te han convencido de que mis sentimientos no eran tan profundos como lo son, tendré que hacerte cambiar de opinión con actos, no con palabras.
Al menos en eso estaban de acuerdo.
Pero Polly no tuvo la oportunidad de decírselo porque Alexandros la besó y ella se dejó llevar, como siempre, al sentir cómo se encendía en ella la llama del deseo.
–Papá, le das muchos besos a mamá –dijo Helena, rompiendo la magia del momento.
Polly se apartó, pero Alexandros no la soltó.
–Dame un momento –le rogó.
Polly giró la cabeza para mirar a Helena.
–¿Ya has terminado de leer tus cuentos? –le preguntó, a pesar de que Helena todavía no sabía leer.
–Tengo hambre.
–En ese caso, es hora de comer –dijo Alexandros, soltando a Polly–. ¿Quieres cocinar o pedimos comida a domicilio?
–Si hay comida en la nevera y en la despensa, preferiría cocinar –le respondió su esposa, porque le encantaba cocinar.
–Di instrucciones de que la hubiera.
–Bien.
Pasaron los siguientes cuarenta y cinco minutos en familia mientras Polly preparaba la cena, no sin antes darle un aperitivo a Helena para que no se impacientase.
La siguiente semana fue, en muchos aspectos, idílica. A Helene le encantó estar en el ático y, como se habían llevado al personal que trabajaba habitualmente en la casa de campo, no pareció echar esta de menos. Polly se sintió mucho más descansada y pudo llevar a la pequeña al parque, aunque no tuvo que correr detrás de ella porque iban acompañadas de sus dos niñeras habituales.
Hero ya había decidido que se mudaría con ellos a Atenas y estaba muy contenta de poder asistir además a la universidad de manera presencial, pero Dora todavía estaba pensando si quería alejarse de donde vivían sus dos hijos ya adultos.
Polly dedicó un rato todos los días a buscar casa y solo llevaba tres días en la capital cuando se dio cuenta de que iba a echar de menos la casa de campo.
Se lo comentó a Alexandros esa noche mientras cenaban en un restaurante de dos estrellas Michelin los dos solos, ya que Hero se había quedado a cuidar de Helena en el ático.
–Ya hemos hablado de esto –le contestó él–. Puedes quedarte con la casa de campo. Nadie ha dicho que tengas que venderla.
Ella le explicó que no quería venderla, pero que la idea de mudarse la entristecía un poco.
–Es normal que tengas sentimientos encontrados. Eres una persona que siente emociones fuertes y crea vínculos allá adonde va.
–Lo dices como si fuese algo positivo.
–Tengo la sospecha de que, de no haber sido así, nuestro matrimonio no habría durado más de seis meses. Así que tengo que agradecer que seas como eres.
Ella sintió que se le hacía un nudo en la garganta de repente y que los ojos se le llenaban de lágrimas. Alexandros alargó la mano por encima del mantel y tomó la suya.
–Gracias por no haberte rendido –le dijo, mirándola con verdadero afecto.
Ella sacudió la cabeza. No quería llorar. Decidió cambiar de tema.
–Hablas como si que nos quedemos o no la casa de campo solo dependiese de mí, pero es una decisión familiar.
Él se encogió de hombros.
–La propiedad es tuya.
–Me sorprendió mucho cuando me lo dijiste –admitió ella, sonriendo.
–Ya me di cuenta. Y a mí me sorprendió que no lo supieses.
El camarero se acercó a rellenarle las copas de vino y volvió a retirarse de la mesa.
Alexandros le acarició la mano con el dedo pulgar y ella se estremeció.
–¿Cómo iba a saberlo? –le preguntó, dándose cuenta de lo mucho que le gustaba que su marido la acariciase así en público porque era un gesto muy romántico.
–Pero si te lo dije cuando nos mudamos.
–¿El qué? –le preguntó ella, confundida.
–Que había comprado la casa para ti.
–Pensé que querías decir que la habías comprado para que yo viviese en ella.
Alexandros resopló con frustración.
–Estoy empezando a darme cuenta de que tenemos un problema de comunicación.
–¿Y el acuerdo prenupcial?
–Solo pretendía protegernos a los dos, no que pensases que podía ocurrir algo entre nosotros, o que el matrimonio no iba a ser para toda la vida.
–Es cierto que, cuando lo firmé, yo tampoco lo pensé, pero, después, cuando las cosas empezaron a cambiar entre nosotros y me di cuenta de en qué lugar estaba yo en tu lista de prioridades, me pareció una buena manera de solucionar cualquier problema que pudiese surgir de una inevitable disolución de nuestro matrimonio.
–Esa es la intención de un acuerdo prenupcial, pero yo no pienso que el divorcio sea algo inevitable –le aseguró él.
–Tu madre y tu hermana estaban al tanto de todos los detalles y los utilizaban para provocarme siempre que podían, para que me diese cuenta de que no pretendías pasar el resto de tu vida conmigo.
–Eso es mentira. Me casé contigo y considero el matrimonio como un compromiso para toda la vida.
–Será mejor que dejemos el tema, esta conversación se está poniendo demasiado seria y me gustaría disfrutar de nuestra cita.
–Ya sé que estamos casados, pero tengo la esperanza de que la cita termine como si no lo estuviéramos –bromeó él, quitando así tensión al momento.
Polly sonrió.
–Supongo que sí, pero… a lo mejor te hago esperar un poco.
Él se echó a reír de manera sensual.
Cuando se marcharon del restaurante, Alexandros sorprendió a Polly llevándosela a un lujoso hotel en vez de volver al ático.
–¿Qué estamos haciendo aquí? –le preguntó ella al salir del coche.
–He pensado que, aunque queremos mucho a nuestra hija, nos vendría bien pasar la noche los dos solos –le dijo él, haciéndola entrar en el hotel y llevándola hacia el ascensor–. Tenemos reservada la suite del último piso.
–Cuando lleguemos al ático Helena estará dormida –le dijo ella.
–Sí, pero si se despierta a media noche, o más temprano que nosotros, Hero estará con ella –le contestó él sonriendo–. Y yo, contigo.
–¿Piensas que voy a despertarme a media noche?
–Espero mantenerte despierta.
Las puertas del ascensor se abrieron, pero él la estaba besando y no se apartó.
Polly oyó la voz de una mujer y la risa de un hombre, pero no fue capaz de romper el beso. Alexandro no solía ser cariñoso en público y el hecho de que se estuviese comportando así la excitó todavía más.
–Ya se han marchado –le susurró él al oído un poco después.
–¿De verdad?
–¿No te has dado cuenta de que la otra pareja acaba de salir?
–No. Y tal vez debería preocuparme que tú sí.
–Yo siempre estoy en guardia cuando estoy contigo, velando por tu seguridad.
Capítulo 8
OJALÁ hubieses estado en guardia también con tu madre y tu hermana –admitió ella sin pensarlo. Suspiró–. Lo siento.
–¿Por qué?
El ascensor volvió a detenerse y las puertas se abrieron. Polly salió y aspiró el olor a jazmín procedente de un bonito ramo que había sobre una mesa de mármol.
–¿Cuál es nuestra suite? –le preguntó ella.
–Ven por aquí –le dijo él, dirigiéndose hacia la derecha y sacando una tarjeta para abrir la puerta.
Polly entró en la suite y se dio cuenta de que olía a sus aceites esenciales favoritos: jazmín, vainilla, naranja y mirra. Era una mezcla que habían preparado especialmente para ella y que solo utilizaba en su habitación de la casa de campo.
Buscó un difusor con la mirada, pero le costó encontrar la bonita vasija de arcilla en tonos azules y marrones.
–¿De dónde has sacado mi mezcla de aromaterapia? –le preguntó sorprendida.
Alexandros era multimillonario, sí, y era un hombre eficiente, pero solo había podido oler aquel perfume en una ocasión.
Y era el tipo de detalles que solo había tenido al principio de su relación.
–Le pregunté al ama de llaves cómo era posible que tu habitación oliese de aquel modo tan perfecto, a ti.
Polly sonrió, complacida al saber que a Alexandros le gustaba el olor de aquella mezcla tanto como a ella.
–Ese difusor es una obra de arte.
–Efectivamente. Me puse en contacto con un artista que sé que te gusta y le pregunté si tenía alguna obra que se pudiese convertir en un difusor.
–¿Cuándo has hecho eso?
–La semana pasada.
–Pues ha trabajado muy deprisa.
–Tenía ya la vasija hecha, solo ha habido que transformarla.
–¿Y todo para esta noche? –le preguntó ella.
–Para hacerte un regalo, pensé que si lo utilizábamos esta noche sería más especial.
Polly lo abrazó y lo besó.
–Gracias. Me encanta.
–Me alegro de que te guste. Ahora, dime, ¿por qué me has dicho en el ascensor que lo sentías?
Polly suspiró e hizo una mueca.
–Estábamos pasándolo muy bien y no quería estropear la velada.
–Es la segunda vez que me dices eso. Te aseguro que lo único que podría estropear esta noche es que te marchases. A pesar de que me encanta tu cuerpo, aunque no quisieses compartirlo conmigo esta noche, me contentaría solo con estar aquí contigo.
–Antes solías decirme siempre ese tipo de cosas –comentó ella.
–Y tú solías besarme y abrazarme varias veces al día –le respondió Alexandros.
–Eso no me cuesta ningún esfuerzo –le dijo Polly, volviendo a abrazarlo y a besarlo.
Él respondió a sus besos y la llevó hasta el sofá color crema, situado delante de una chimenea.
–También sabes cuánto me gustan las chimeneas –le dijo ella.
–Estoy en modo seductor, por si no te habías dado cuenta –comentó él en tono desenfadado, casi como si estuviese de broma, pero mirándola muy serio.
–Te voy a contar un secreto, Alexandros. En lo que a mí respecta, no tienes de qué preocuparte.
–Me alegra oírlo, agape mou, pero he aprendido que tengo que valorar más a mi querida esposa.
–Te estás volviendo todo un romántico –comentó ella.
Y Alexandros sonrió.
Pero antes de que a Polly le diese tiempo a preguntarle por qué parecía tan contento, él volvió a besarla y a acariciarla.
Entonces, ella pensó que necesitaban más intimidad y se apartó.
–Para un momento, Andros.
Él se quedó inmóvil.
–No he dicho que te quedes de piedra –le dijo ella riendo–. Solo quiero que te quites la ropa. Por favor.
–Dilo otra vez y haré todo lo que tú quieras.
–¿Que diga el qué? –le preguntó ella, dispuesta a recitar el alfabeto en inglés y en griego con tal de que su marido se desnudase.
–Llámame Andros.
Ella lo miró con sorpresa, parecía hablar en serio.
–Andros, quítate la ropa.
Y vio cómo su marido se estremecía igual que si lo hubiese acariciado de manera muy sensual.
–Ne. Ne. Lo que tú quieras, yineka mou.
Se puso en pie y se quitó el traje antes de que a Polly le diese tiempo a bajarse la cremallera del vestido. Polly llevaba cada vez menos vestidos con cremalleras, pero le gustaba ponérselos cuando sabía que su marido se los iba a quitar porque a él le encantaba el gesto de bajar la cremallera y besarla en la nuca y en la espalda mientras lo hacía.
–¿Me ayudas? –le preguntó, girándose para darle la espalda, pero fijándose antes en el imponente torso de su marido.
Alexandros siempre conseguía tiempo para hacer deporte y eso le recordó a Polly lo importante que era para él ser el mejor.
–No sé en qué estás pensando –comentó él–, pero para ya.
–Que te deseo –le dijo ella.
–Y yo a ti, tanto, que como no bajemos inmediatamente esa cremallera te vas a quedar con el vestido puesto –le advirtió Alexandros.
Polly cambió de postura para que su marido pudiese quitarle el vestido. Por fin.
–Me gustaría tomarme el tiempo de admirar la belleza del precioso sujetador de encaje que realza tus increíbles pechos, pero tendrá que ser en otra ocasión.
Se lo desabrochó y lo tiró a un lado para después darle un beso en la espalda, aunque fue el que le dio en la nuca, el que hizo que Polly se estremeciese.
–Eres perfecta –le dijo él mientras le bajaba el vestido y empezaba a acariciarle los pechos.
–Como sigas así, voy a llegar ya al orgasmo –le advirtió ella poco después, incapaz de creer que pudiese estar tan excitada.
–Pues hazlo –la alentó él sin dejar de tocarla–. Demuéstrame lo que te ocurre cuando te acaricio.
–Yo… –gimió ella.
Alexandros le pellizcó con más fuerza los pezones endurecidos mientras se apretaba contra su espalda.
–Quiero tenerte dentro –le rogó ella.
–Pensé que esto te gustaba –comentó él.
–¡Entra! –le volvió a pedir Polly.
Él la hizo cambiar de postura y el vestido cayó por fin al suelo. Luego, ambos intentaron deshacerse de las braguitas de Polly.
Después, él se colocó entre sus muslos y se apretó contra ella muy despacio hasta llenarla por completo. Entonces, empezaron a moverse juntos mientras él continuaba acariciándola.
Polly sintió que la inundaba un placer abrumador.
–Eso es, agape mou. Muévete como si yo fuese lo único que necesitas –le dijo él.
–Lo eres –admitió Polly casi sin aliento.
–Y tú eres lo único que necesito yo.
Aquellas palabras la llevaron al límite, su cuerpo empezó a temblar y Polly dejó escapar un grito de placer. Él apoyó los labios en su cuello y gimió también.
Después, Alexandros la llevó a la ducha, que era lo suficientemente espaciosa para que cupiesen los dos. Se lavaron el uno al otro y, al terminar, él la llevó a la cama para volver a hacerle el amor.
En esa ocasión, se tomó su tiempo, haciendo que el deseo aumentase poco a poco hasta hacerlos temblar a los dos. Después, Polly se sintió tan cansada que pensó que no le importaría dormir en las sábanas mojadas.
Pero Alexandros preparó un baño y se metió en él con ella después de llamar al servicio de habitaciones para pedir que les pusiesen unas sábanas limpias.
–Es estupendo, ser multimillonario –comentó Polly en la bañera.
–Todavía es mejor ser tu marido –le dijo él muy serio.
Ella estaba demasiado cansada como para pensar en aquello.
–Estoy agotada, no sé si voy a ser capaz de llegar a la cama.
–No te preocupes, yineka mou, yo te ayudaré.
–Eres un buen marido –le dijo Polly, pero no oyó la respuesta de él.
Estuvieron un rato más en el agua y después Alexandros la ayudó a secarse antes de llevarla hasta la cama, donde las sábanas ya estaban cambiadas.
Los siguientes días fueron idílicos. Como ella había soñado siempre que sería su matrimonio.
Alexandros volvió todos los días al ático antes de las seis, cenaban juntos, en familia, y luego acostaban a Helena. Después, él todavía trabajaba un rato en el ordenador, cosa que Polly entendía, teniendo en cuenta que su marido dirigía una importante empresa. No pudieron ver ninguna película juntos en el sofá, pero Polly se contentó con sentarse al lado de su marido y apoyarse en él mientras leía o apuntaba alguna receta en su cuaderno.
Alexandros también había comido con Helena y con ella dos veces, y solo habían asistido a tres fiestas.
Polly se sentía mejor. Ya no estaba agotada y disfrutaba del tiempo que pasaba con su hija descubriendo nuevos parques y la ciudad. No obstante, no tenía confianza en que aquella situación fuese a durar.
Ese era el motivo por el que no estaba tomando medidas concretas con vistas a encontrar una casa en Atenas. Además, se preguntaba si podían vivir en un lugar mejor que aquel, al que su marido podía llegar con tan solo tomar el ascensor.
Llevaban dos semanas en Atenas cuando Alexandros sacó de nuevo el tema de conversación después de que hubiesen acostado a Helena.
–¿Te está costando mucho encontrar una casa que pueda cubrir nuestra necesidades aquí, en Atenas? –le preguntó, levantando la vista del ordenador.
Ella levantó la vista del libro que estaba leyendo e intentó ordenar sus ideas antes de hablar.
–Umm, no.
–Pensé que te gustaría la de Palaio Psychico –comentó él, refiriéndose a una de las casas que habían ido a visitar en persona.
–A tu hermana le daría un ataque si me comprases una casa en el barrio más exclusivo de Atenas –comentó ella.
–¿Y desde cuándo te importa a ti lo que piense mi hermana? –le preguntó él.
–No quiero disgustarla. Ni a tu madre tampoco –le recordó ella, por si se le había olvidado.
–Por si no te has dado cuenta, yo he aprendido la lección en referencia a ese tema.
–Sí, por supuesto. Tienes razón. ¿Por qué estamos hablando de tu familia?
Porque ella había sacado el tema.
Alexandros dejó el ordenador a un lado e hizo que Polly se sentase en su regazo.
–¿Qué te pasa, yineka mou?
Ella se encogió de hombros, de repente, solo podía pensar en los fuertes muslos de su marido.
Él se echó a reír.
–Primero, responde a mi pregunta.
–¿Qué pregunta?
Él juró entre dientes.
–Eres maravillosa, pero no vamos a permitir que el sexo se interponga en esta conversación.
–¿Acaso no es parte de nuestra relación? –le preguntó ella.
Alexandros la besó, no pudo contenerse.
–Para –le pidió, entonces–. De verdad, Polly.
Ella sonrió.
–No quiero parar.
–Luego haremos el amor.
–Por supuesto.
Lo que Alexandros quería en esos momentos era hablar y Polly se sintió vulnerable.
–¿Por qué no me has pedido mi opinión acerca de ninguna casa últimamente? –le preguntó él.
Ella se encogió de hombros.
–¿Acaso tenemos prisa?
–Faltan menos de tres meses para que des a luz. Así que yo diría que sí.
–Pero no hace falta que nos mudemos antes de que nazca el bebé.
–¿Por qué no?
–Tal vez porque me gusta este ático. Y Helena es feliz aquí.
–También sería feliz en una casa con jardín.
–Aquí tenemos la terraza.
También había una piscina en la que Helena y Polly nadaban todos los días.
–¿Quieres quedarte aquí? –le preguntó Alexandros sorprendido–. Supongo que podríamos convertir la habitación de invitados en una habitación para el bebé.
Luego frunció el ceño, pensativo.
–Aunque pensé que preferirías tener más espacio.
Ella se echó a reír.
–Helena y yo utilizamos como mucho cuatro habitaciones de la casa de campo cuando tú no estás.
Él hizo una mueca.
–Porque para ti es más como un hotel.
–Sí –admitió ella, suspirando, y decidiendo que tenía que ser sincera–. ¿Quieres que te diga la verdad?
–Por supuesto.
–Para empezar, este ático es más grande que la casa en la que yo crecí.
Él asintió y esperó a que Polly continuase.
–Y mis padres criaron a cuatro hijos en esa casa.
–Entonces, ¿quieres una casa más pequeña? –le preguntó él.
–No tiene por qué, pero este ático tiene cuatro dormitorios. Uno de ellos es un despacho que ambos podemos utilizar y eso está muy bien…
–Estás divagando otra vez.
–No, me estoy explicando.
–Discúlpame, te escucho –le dijo él, haciendo un gesto que le había enseñado a Helena para indicar que aguzaba sus oídos para escuchar.
Polly sonrió.
–Bien. No necesitamos habitación de invitados. Cuando mi familia venga de visita podemos alojarla en otro apartamento, o en un hotel, si los apartamentos corporativos están ocupados.
–Lo primero es siempre la familia, ya alojaremos a cualquiera que venga por motivos de trabajo en un hotel –le dijo Alexandros.
–Eso sería estupendo. Me gustará tener a papá y a mamá cerca cuando vengan a vernos.
–¿Y no prefieres una casa en la que quepamos todos? –le preguntó él.
–El ático me gusta. Sobre todo, porque para ti es muy fácil venir desde el trabajo.
Él la miró como si comprendiese lo que quería decir.
–¿Piensas que si compramos una casa no estaré tanto con vosotras?
–Sí. Incluso para llegar a Palaio Psychico hay que hacer un trayecto de quince minutos en coche cuando no hay tráfico –comentó ella.
–¿Y tú quieres pasar esos quince minutos más al día conmigo? –le preguntó él como si aquello lo complaciese.
–Con tráfico sería una hora, pero sí.
–¿Y, además, te preocupa que si tengo que trabajar hasta tarde me quede a dormir aquí en vez de volver a casa?
Polly se encogió de hombros. Ambos sabían que esa era una posibilidad.
–Te aseguro que eso no volverá a ocurrir.
A ella le gustó oírlo, pero seguía teniendo sus dudas.
Al parecer, se le notó en la cara, porque Alexandros frunció el ceño.
–En resumen, que no quieres encontrar la casa de tus sueños aquí en Atenas porque no confías en que yo os considere a ti y a mis hijos mi prioridad.
Alexandros ya no parecía tan contento.
–Eres adicto al trabajo y fingir lo contrario no va a cambiar nada –le contestó ella.
–Eso ya te lo he explicado.
–Me has explicado el motivo por el que no estuviste conmigo durante el primer embarazo, y lo entiendo, pero siempre has trabajado mucho, Alexandros. El tiempo que vivimos en la casa de campo pasabas al menos una noche a la semana aquí, si no más.
–Eso no puede ser verdad –le dijo él, como si estuviese exagerando.
–Si no me crees, mira el histórico de vuelos del helicóptero y tendrás la verdad.
Él tomó su teléfono y Polly supo que lo estaba comprobando. Sin duda, Alexandros pensaba que estaba equivocada.
Ella esperó en silencio a que su marido reconociese la verdad.
–¿Y bien? –le preguntó.
–No ha sido todas las semanas –le dijo él, suspirando–, pero casi. En cualquier caso, es cierto que he pasado aquí demasiadas noches.
Ella no dijo nada.
–En cualquier caso, un viaje en helicóptero de quince minutos no es lo mismo que un viaje en coche de quince minutos –argumentó él, rompiendo el silencio.
–En cualquier caso, es un viaje innecesario.
–Aquí no podemos hacer las recepciones que se espera que celebre una persona de mi estatus.
–Pero seguimos teniendo la casa de campo. Podremos hacer las fiestas allí, como siempre.
–Eso era cuando vivíamos en el campo. Ahora estamos hablando de que mi familia viva a tiempo completo en Atenas.
–¿Y para eso tenemos que comprar sí o sí una casa? –le preguntó ella en voz baja.
–Yo no he dicho eso.
–¿No?
–¿Estás intentando hacerme discutir?
–No estar de acuerdo contigo no es lo mismo que discutir, Alexandros. Solo te he hecho una pregunta.
Él se levantó del sofá con gesto enfadado.
–¿Así que vuelvo a ser el multimillonario grande y malo?
Capítulo 9
A POLLY le entraron ganas de echarse a reír.
–Tal vez seas grande –bromeó, señalando determinada parte de su anatomía con la mirada–, y, sin duda alguna, eres multimillonario, pero yo nunca he dicho que seas malo.
–Sí. Dijiste que era mal marido.
Ella separó los labios para negarlo, pero se dio cuenta de que no podía.
–Pero has mejorado mucho.
–Y no olvidemos lo mucho que rindo en la cama –replicó él enfadado.
Polly no supo qué contestar. Normalmente, a Alexandros no le gustaba discutir, siempre lo evitaba. Siempre.
–Por favor, recuerda que quiero vivir aquí para que tanto nuestros hijos como yo podamos pasar más tiempo contigo. Y lo que pretendo decirte con eso no es que pienso que seas un mal marido, sino que quiero que nuestro matrimonio funcione. Si tú hablas en serio cuando hablas de mejorar nuestra relación, yo, también.
La expresión de Alexandros pasó del enfado a la tristeza.
–Supongo que debería aferrarme a eso –comentó.
Ella alargó la mano, pidiéndole en silencio que la ayudase a levantarse. No porque no pudiese hacerlo sola, sino porque quería esa conexión física con él.
Alexandros la agarró y se inclinó para tomarla también por la cintura para ayudarla a ponerse en pie.
–Gracias –le dijo Polly, sin alejarse de él–. ¿Tan importante es para ti que tengamos un escaparate aquí en Atenas?
Él apoyó la frente en la de ella y estuvo varios segundos en silencio.
–No, pero me duele… que no confíes en que voy a cambiar.
–Lo siento –susurró ella, incapaz de contradecirlo.
–Yo también.
Polly no le preguntó qué era lo que sentía él. ¿Que no confiase en él? ¿O haber perdido su confianza? ¿Acaso importaba?
Esa noche, hicieron el amor con una tierna desesperación, necesitando ambos la conexión de sus cuerpos para confirmar la fusión de sus vidas.
Al día siguiente, Polly habló con Corrina de su deseo de seguir viviendo en el ático.
–Al parecer, Petros y tú sois felices aquí –le dijo.
–Y no me importaría quedarme de manera indefinida –admitió Corrina, encogiéndose de hombros–. Si la zona tuviese más zonas familiares.
Polly miró a su alrededor. Estaban en los jardines que había en el tejado y se dio cuenta de que aquel lugar estaba pensado para impresionar a socios comerciales y que en la piscina ni siquiera había una barandilla para salir.
–¿Sabes que tu marido es el dueño de este edificio, verdad? Me lo ha dicho Petros –añadió Corrina, mirando a Helena, que se estaba bañando en la piscina–. Tu hija es adorable.
Polly sonrió.
–Eso pienso yo también.
Su niñera más joven, Hero, estaba en el agua con la pequeña y parecía divertirse tanto como ella.
–En cualquier caso, la empresa podría comprar otro edificio o reservar un hotel cuando necesitase alojar a alguien –continuó Corrina–. Y en los apartamentos que quedan libres podría quedarse el equipo de seguridad e incluso montar una zona infantil, y habitaciones para la familia.
Polly frunció el ceño al pensar en todo el trabajo que implicaría aquello, pero no le disgustó del todo la idea.
–Eso serían muchos cambios.
Corrina se encogió de hombros.
–Pero no tendrías que hacerlos tú. Y no tocarían los áticos.
–Pero…
–Además, podríamos esperar a hacer las obras a después de que se hubiese marchado tu familia. Hasta entonces, la familia y los guardaespaldas podrían utilizar los apartamentos.
–La idea de crear una zona de juegos interior me gusta.
–Esta terraza no es práctica cuando hace calor, salvo para nadar, y vamos a tener que poner alguna sombra. Yo ya llevo tiempo pensándolo. Y en esa zona se podrían instalar unos columpios –añadió Corrina, señalando el centro de la terraza–. No hay que deshacerse de la plataforma para los helicópteros, solo cambiarla de sitio y poner un muro de seguridad.
–Veo que has estado pensando en el tema.
–Me gustaría tener hijos algún día, pero me gusta vivir aquí, Polly.
–Pero Petros querrá que compréis vuestra propia casa.
Corrina no parecía tan segura.
–Tal vez. O tal vez no. Ahora mismo, está llevando fatal todo el caos que hay en su familia.
–¿Sí?
Polly se sintió mal, sabía que su cuñada se refería al mal ambiente que había entre su cuñada, su suegra y ella.
–Sí –le dijo Corrina, acariciándole el brazo–. No te pongas así. No es culpa tuya, sino de Athena y Stacia. Las dos están acostumbradas a hacer lo que quieren con Alexandros y Petros. Yo tampoco habría permitido que Athena manipulase mi matrimonio.
–Tú eres la nuera que siempre había querido tener.
–Pero ese tipo de mujeres nunca están satisfechas con sus nueras. Y quieren ser siempre el centro de atención de la vida de sus hijos.
–No, yo estoy segura de que Athena quiere que sus dos hijos sean felices, pero piensa que Alexandros no puede serlo conmigo.
–Pues se equivoca completamente. Eres la esposa perfecta para Alexandros, hasta un ciego lo vería así.
Polly se sintió incómoda e hizo una broma.
–Somos muy compatibles en la cama –declaró, moviendo las cejas.
Ambas mujeres se echaron a reír.
–¿Qué os resulta tan gracioso? –preguntó Petros, sentándose al lado de su esposa.
–¡Papá! ¡Tío Petros! ¡Mirad cómo nado! –gritó Helena desde la piscina.
–¿Ocurre algo? –le preguntó Polly a Alexandros al verlo llegar también.
Era media mañana, todavía no era hora de comer.
–No. ¿Qué iba a ocurrir? –le preguntó él–. Me han cancelado una reunión y he decidido pasar el tiempo que tenía libre con mi familia.
–Pues me alegro –le dijo ella con toda sinceridad.
Otro motivo más para quedarse a vivir allí. Al parecer, si estaban tan cerca, Alexandros podía optar por pasar algún momento inesperado con su familia.
Aunque eso solo ocurriese muy de vez en cuando, merecía la pena.
–Bien hecho, cariño –le dijo Polly a su hija con una enorme sonrisa.
–Esa sonrisa sí que es de verdad. ¿Qué tengo que hacer yo para ganarme una? –le preguntó Alexandros en voz baja.
–¿De verdad quieres hacer eso? –le preguntó Polly a Alexandros cuando se estaban preparando para meterse en la cama.
–Estás convencida de que solo te valoro en la cama, así que he pensado que podíamos estar una temporada sin sexo mientras trabajamos en otros aspectos de nuestro matrimonio.
–¿Y de quién ha sido la idea? Apuesto a que has estado hablando con tu madre.
–Pues sí, pero no ha sido idea suya.
–Seguro que sí, pero te ha convencido de que era tuya.
–Mi madre se siente mal por haberte hecho daño, aunque lo haya hecho sin querer.
¿Sin querer?
–¿Estás insinuando que tu madre no sabía lo que estaba haciendo? ¿Que fue accidental que me dijese que nuestro matrimonio era una aberración temporal en tu vida y que el acuerdo prematrimonial era la prueba? –le preguntó ella intentando controlar el tono de voz.
Alexandros no parecía preocupado.
–Mi madre malinterpretó el acuerdo prenupcial, lo mismo que tú.
–Ah, ¿sí? ¿Y por qué?
–Porque el que ella firmó con mi padre era diferente.
–¿No me digas?
–Era otra época.
–En cualquier caso, me he cansado de luchar contra las maquinaciones de tu madre. Si quieres que durmamos separados mientras trabajamos en otros aspectos del matrimonio, lo haremos.
–Yo no he dicho que tengamos que dormir separados.
–Has dicho que no íbamos a tener sexo.
–Bueno, sí.
Polly fue al armario y sacó de él un traje, una corbata y una camisa de Alexandros para el día siguiente.
–Llévate eso a la habitación de invitados. Yo te llevaré las cosas del cuarto de baño.
–¿Qué? No voy a marcharme a la habitación de invitados.
–Sí, por supuesto que sí.
Él tomó la ropa, pero negó con la cabeza.
–No, no era eso lo que quería decir.
–No podemos dormir en la misma cama sin tocarnos, así que vas a tener que dormir en otra habitación.
–Pero eso no es lo que quiero.
–Lo siento.
Él la miró como si se hubiese vuelto loca, pero a Polly no le importó.
–Vete, Alexandros. Necesito descansar –le dijo, llevándose una mano al vientre.
Por una vez, quiso pensar en lo que ella quería, en lo que era más fácil para ella.
El ego y el orgullo de su marido no le podían importar.
Alexandros le había prometido que no permitiría que su madre ni su hermana se interpusiesen entre ellos, pero él lo estaba haciendo. Y la ira que Polly había contenido durante cinco años de matrimonio corría por sus venas cual lava de un volcán a punto de entrar en erupción.
–Dijiste que nos entendíamos muy bien en la cama –comentó él, como si eso lo pudiese explicar todo.
–Y tú, que querías dejar eso a un lado para centrarte en otros aspectos de nuestro matrimonio. Vamos a ver qué tal se te da eso, ¿no? –replicó Polly en tono sarcástico del que no se sintió orgullosa, pero al menos consiguió no gritarle.
Él se irguió como si sus palabras lo hubiesen reafirmado en su decisión.
–Sí, vamos a verlo.
–En ese caso…
Polly señaló hacia la puerta.
Él frunció el ceño.
–Pero podemos compartir la cama.
–No, no podemos. No quieres que tengamos sexo y yo quiero dormir sola. Asúmelo.
–Polly, no deberías tomarte esto como un rechazo.
–No te preocupes, no lo veo así.
–Pues te diría que me alegro, pero la verdad es que tu tono de voz no me está gustando.
–Alexandros, no quiero hablar más. Márchate, por favor.
Él separó los labios y volvió a juntarlos como si por fin hubiese asimilado las palabras de Polly y hubiese decidido respetar sus deseos.
La miró por última vez y ella no pudo descifrar su expresión, pero no le importó. Lo vio darse la media vuelta y marcharse y, poco después, volver para recuperar sus pertenencias del baño.
Ella esperó a que terminase antes de entrar a darse una ducha, no respondiendo a su deseo de buenas noches.
Si se le escapó alguna lágrima de dolor e ira con el agua de la ducha, nadie la vio.
Alexandros se puso de lado, echando de menos el cuerpo de su esposa en la cama más de lo que había esperado a pesar de que estaba acostumbrado a dormir solo en el ático.
Intentó decirse que extrañaba la cama, pero lo cierto era que echaba de menos a Polly y no podía evitar tener la sensación de haber cometido un terrible error táctico.
Había tenido la convicción de que Polly pensaba que lo único que había entre ellos era sexo, de hecho, esta se lo había dicho en más de una ocasión.
Pero él no podía aceptar algo así. Quería que Polly confiase en él. Quería que ella creyese que la amaba.
No quería que pensase que sus palabras de amor eran solo una mezcla de cariño y deseo. La amaba locamente, para siempre.
No podía aceptar que ella pensase otra cosa. Y no entendía que Polly no lo viese como él.
Era cierto que había cometido algunos errores. Muchos. Pero también le había demostrado su amor. Tal vez hubiese habido fallos de comunicación. Polly había malinterpretado algunos de sus actos, pero no era posible que no lo creyese cuando le decía que la amaba.
Eso no tenía sentido.
Alexandros le había dado más a Polly que a ninguna otra mujer con la que había estado antes.
La había hecho su esposa. Había cambiado cosas en su vida para hacerla feliz.
Pero, de algún modo, había fracasado.
Y no le gustaba fracasar.
Le demostraría a su esposa que la amaba, que no solo la deseaba. Aunque también la desease mucho.
No había querido discutir con ella más acerca de su salida de la habitación por dos motivos: para empezar, porque su esposa estaba enfadada con él, pero también se había mostrado dolida y vulnerable; y, para continuar, porque Polly había tenido razón. Si dormían juntos, él querría tocarla. Y, si la tocaba, se olvidaría de sus buenas intenciones.
Tal vez tuviese que demostrarse y demostrarle a ella que su matrimonio no estaba basado en el deseo.
Él sabía que Polly pensaba que su madre había instigado aquella situación, pero lo cierto era que se equivocaba. Eran los comentarios de su esposa acerca de que solo eran compatibles en el dormitorio los que habían ido calentándolo poco a poco.
Y habían hecho que decidiese demostrarle que estaba equivocada.
Lo que le había dicho su madre era que, si quería arreglar lo que había estropeado, tendría que sacrificar sus propios deseos.
Y no podía imaginar un sacrificio mayor que dejar de tener sexo con su esposa.
Pero allí, solo, en la oscuridad, echándola de menos, no podía evitar cuestionar su propia decisión.
Tal vez podría haberle demostrado su amor sin renunciar a lo que se les daba mejor.
Tal vez hubiese sido un completo idiota al renunciar a algo que, en muchos momentos, había sido lo único que había mantenido unido aquel matrimonio.
La idea lo incomodó e hizo que todavía le costase más dormir.
Alexandros oyó a su esposa en cuanto se levantó.
Aunque esta intentó no hacer ruido, sobre todo, para no despertar a su hija, él la oyó levantarse de la cama y se preguntó si habría dormido bien. Él, desde luego, no.
La idea de que su esposa hubiese dormido tan mal como él no le gustó.
No hizo deporte, como acostumbraba a hacer todas las mañanas, se duchó rápidamente y se vistió. Polly no estaba en su habitación ni tampoco en la cocina. Solía ponerse a cocinar cuando estaba estresada e imaginó que se encontraría la cocina patas arriba, pero estaba impoluta. Buscó por el resto del ático, y solo fue capaz de comprobar que su hija seguía durmiendo.
Abrió la puerta de la calle y le preguntó al guardia:
–¿Ha visto a mi esposa?
Este asintió.
–Está arriba, en el tejado.
–¿Sola?
Alexandros quería que Polly llevase una vida más o menos normal, pero era la mujer de un multimillonario. No podía estar nunca sola.
–No, kyrios. Sanders ha subido con ella, para observarla desde la distancia.
A Alexandros le pareció bien.
Atravesó el descansillo y llamó a la puerta de su hermano. Petros ya estaba vestido para irse a trabajar. Ambos empezaban la jornada muy temprano.
–¿Puedes estar pendiente de Helena mientras subo a hablar con Pollyana?
Petros no le preguntó el motivo, ni le sugirió que hablase con ella más tarde, se limitó a asentir y entró en casa de Alexandros. Este, sabiendo que su hija estaba en buenas manos, subió al tejado.
Sanders estaba a un lado y Alexandros le indicó que podía marchase con un gesto.
Pollyanna no pareció darse cuenta de su presencia, estaba centrada en el amanecer, sentada con las piernas cruzadas en un sofá y con una taza de un líquido humeante entre las manos.
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