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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca 2, n.º 211 - septiembre 2020
I.S.B.N.: 978-84-1348-780-9
Índice
Portada
Créditos
Casada con un desconocido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Entre el deseo y el temor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
Un amor de juventud
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
APOLLO Vasilis miró por la ventana hacia el lago situado en aquellos frondosos jardines. Atenas se veía en la distancia bajo la bruma y el mar apenas era una línea perceptible en el horizonte, pero él no se fijó en nada de eso. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la tensión se había apoderado de su cuerpo. Una tensión que llevaba experimentando desde hacía tres meses.
Se oía un pitido intermitente detrás de él y, de pronto, cambió de ritmo y se hizo más rápido. El ritmo cardiaco había aumentado. Ella se estaba despertando. Por fin.
Él se volvió. Había una mujer tumbada en la cama. Estaba muy pálida y su cabello dorado rojizo estaba extendido sobre la almohada. Además, llevaba el ojo derecho cubierto con una gasa.
También tenía vendajes en un brazo. Un arañazo en la mejilla izquierda. Un milagro, teniendo en cuenta que el coche que conducía estaba en el fondo de un barranco estrecho, como a cien metros de profundidad y convertido en una masa de metal carbonizado
Él se acercó a la cama. Ella tenía las cejas oscuras y perfectamente definidas. Sus pómulos parecían más prominentes de lo que él recordaba. Aunque observar a esa mujer de forma tan detallada no era algo que hubiera hecho recientemente.
No desde que la miró como si nunca hubiera visto antes a una mujer. Cuatro meses atrás, cuando se conocieron por primera vez. Cuando la imagen de su cuerpo desnudo había provocado que se le alterara el ritmo cardiaco.
Él todavía recordaba su cuerpo, como si la imagen se hubiera quedado grabada en su cerebro. Sus senos pequeños y redondeados. Su vientre plano, la curva de sus caderas. El vello rojizo de su entrepierna. Sus piernas esbeltas. Su aspecto era muy delicado y, sin embargo, cuando sus cuerpos se unieron, él notó su fuerza innata y poderosa y resultó ser la experiencia más erótica de su vida.
Para sorpresa de Apollo, un intenso calor lo invadió por dentro. Algo que no había sentido durante meses. Aquella sensación le produjo rechazo. Esa mujer lo había engañado de la peor manera posible.
Él la despreciaba.
Se abrió la puerta y entró una doctora.
–Debo recordarle que no debemos tener muchas esperanzas. La gravedad de la lesión que ha sufrido en la cabeza no podrá determinarse hasta que no recupere la consciencia.
Apollo asintió y observó mientras colocaban las máquinas alrededor de la cama. La doctora se sentó junto a la mujer y le dio la mano.
–Cariño, ¿puede oírme? ¿Puede abrir los ojos?
Apollo vio que movía los ojos bajo los párpados. Durante un segundo contuvo la respiración, como si por un momento lo hubiera olvidado todo y le importara un poco si su esposa se despertaba o no.
Ella podía oír una voz en la distancia. Era como un zumbido que intentaba sacarla de la intensa oscuridad en la que se veía envuelta, rodeada de paz y silencio.
Una presión en la mano. La voz. El tono más alto. No conseguía entender las palabras, solo la entonación. ¡Mmm. Mmm!
Intentó aflojar la presión de la mano, pero se hizo más fuerte. Percibía una luz brillante en los ojos y se sentía confusa.
Entonces, de pronto, oyó con claridad la voz que le decía:
–Señora Vasilis, es hora de despertar.
Durante un segundo se lamentó por dejar atrás la tranquila oscuridad, pero sabía que no le quedaba más opción que obedecer a la voz. Comprendía las palabras, pero no tenían mucho sentido para ella… ¿Señora…?
Abrió los ojos y los cerró de nuevo al ver la luz. Se dio cuenta de que estaba tumbada en la cama y de que había mucha actividad a su alrededor. También, del hecho de que había visto la silueta de una persona alta a los pies de la cama.
Una silueta que le resultaba familiar y que provocó que se le acelerara el corazón sin motivo.
–Señora Vasilis, ¿podría intentar abrir los ojos otra vez? Hemos bajado las persianas para que le resulte más fácil.
Ella abrió los ojos una pizca y, en esa ocasión, no le dolió demasiado. Enfocó el rostro de la mujer y vio que no la conocía. Había otras dos mujeres, también desconocidas. Todas tenían cabello oscuro y ojos oscuros. Había un sonido de fondo y se oía el pitido rítmico de las máquinas. Todo era de color blanco y olía a antiséptico.
Una palabra apareció en su cabeza: hospital.
Percibió un movimiento a los pies de la cama y miró hacia allí. La silueta era la de un hombre. Ella lo conocía.
–A-A… ¿Apollo?
–Muy bien.
Apenas notó el tono de alivio con el que había hablado la doctora ya que estaba fijándose en el hombre. Llevaba un jersey de manga larga y cuello redondo. Tenía anchas espaldas y el torso definido, pero no muy musculoso. Era delgado.
Tenía el cabello corto y oscuro. Rasgos masculinos marcados. Los ojos verdes. Ella lo sabía, aunque no pudiera verlo desde allí. El mentón prominente. La barba incipiente. Sus labios firmes. Y ardientes sobre los de ella. Se estremeció. Ese hombre la había besado.
Notó que le apretaban la mano. Oyó la voz de la doctora.
–¿Sabe quién es este hombre?
Le resultaba difícil dejar de mirarlo, como si tuviera miedo de que pudiera desaparecer. Ella asintió.
–Sí… Acabamos de conocernos. La otra noche en la función –él frunció el ceño, pero ella no se percató. Se sonrojó al recordar la primera vez que lo vio y cómo se había parado al ver lo atractivo que estaba vestido de esmoquin.
Él parecía aburrido. La gente estaba arremolinada a su alrededor, pero en la distancia, como si no se atrevieran a acercase más.
Entonces, sus miradas se encontraron y… ¡Bam! Ella sintió que le daba un vuelco el corazón y, desde entonces, no había sido la misma.
Poco a poco comprendió que estaba en un hospital. ¿Qué hacía allí con un hombre al que apenas conocía?
«¡Aunque sí lo conoces! ¡Íntimamente!»
Estaba convencida de ello. Aunque ¿cómo lo sabía si acababa de conocerlo? Intentó encontrar la respuesta, pero no lo consiguió.
Se sentía confusa y, por primera vez, tuvo la sensación de que algo iba muy mal. El miedo… El pánico se apoderó de ella.
–¿Qué ocurre? ¿Por qué estoy yo aquí? –le preguntó a la doctora.
Según pronunció la palabra «yo», cayó en la cuenta. «Yo»… Un completo vacío. Un gran temor.
–Espera… No sé quién soy. ¿Quién soy?
De pronto, recordó algo. La doctora la había llamado…
–¿Me ha llamado señora Vasilis?
La doctora la miró con una expresión difícil de descifrar.
–Porque es la señora Vasilis. Sasha Vasilis.
«Sasha». No era ella.
–¿Creo que ese no es mi nombre?
–¿Cuál es su nombre?
Mente en blanco. Nada. Frustración.
La doctora habló de nuevo. Tranquilizándola.
–Sasha. Te llamas Sasha y estás casada con este hombre. Con Apollo Vasilis.
Ella miró de nuevo al hombre. Él tenía el ceño fruncido y no parecía especialmente contento de estar casado con ella. Ella negó con la cabeza y sintió un fuerte dolor en un ojo.
–No es posible, acabamos de conocernos.
«Entonces, si acabas de conocerlo, ¿cómo puedes conocerlo de forma íntima? ¿Cómo podéis estar casados?»
Empezaba a dolerle la cabeza. La doctora se percató de que no se encontraba bien y dijo:
–Basta por ahora. Necesita descansar. Podemos continuar más tarde.
Una enfermera dio un paso adelante y reguló un gotero que estaba junto a la cama. Enseguida, Sasha se sintió inmersa en la oscuridad que le proporcionaba tranquilidad, dejando atrás el miedo y las preguntas inquietantes. Y a él, lo más inquietante de todo. Aunque ella no supiera muy bien por qué.
Dos días más tarde
–Creemos que su pérdida de memoria se debe a la experiencia traumática del accidente. Los escáneres no muestran ninguna lesión evidente en su cerebro, sin embargo, solo recuerda haber visto a su marido el primer día que se conocieron y nada más. Nada del antes ni del después. A veces, el cerebro hace eso como manera de protección ante un evento. No tenemos motivo para no creer que recuperarás la memoria en un futuro. Puede que sea poco a poco, como un puzle, o puede que pase de golpe.
«¿Y puede que no pase nunca?», pensó ella.
–Y por eso debe de estar en observación mientras se recupera –la doctora miró a Apollo Vasilis un instante.
Después volvió a mirar a Sasha.
–No se esfuerce mucho en tratar de recuperar la memoria. Ha de concentrarse en recuperarse de las lesiones. Estoy segura de que todo volverá a funcionar correctamente.
En aquellos momentos, eso le parecía una posibilidad lejana. Se sentía confusa. ¿Y dónde estaba su casa? La doctora le había dicho que era inglesa, así que era posible que hubiera nacido allí.
Cuando preguntó por su familia, su marido le dijo que sus padres habían muerto y que no tenía hermanos. Así sin más. Ella sintió un dolor en el pecho, cerca de su corazón, pero puesto que no era capaz de recordar el rostro ni los nombres de sus padres, no podía sentir pena profunda.
La doctora se marchó y Sasha miró a Apollo Vasilis. Su marido. Él estaba muy serio. ¿No se alegraba de que hubiera sobrevivido al accidente? No obstante, Sasha sentía su malestar.
Curiosamente, Sasha recordaba la noche en que se conocieron. Lo recordaba sonriendo. Incluso riéndose. Y recordaba su rostro atractivo y su voz profunda.
Le habían contado que esa noche había tenido lugar cuatro meses atrás. Y que llevaban casados desde entonces. Que ella se había mudado a Grecia desde Inglaterra. Era demasiado para asimilar y Sasha trataba de evitar pensar en ello.
–¿Estás preparada? Afuera hay un coche esperándonos.
¿Estaba preparada para marcharse con un hombre que no era más que un desconocido? ¿En un país al que no recordaba haber llegado? No obstante, ella asintió.
Apollo recogió una bolsa. Le había llevado ropa para cambiarse y, al verla, ella se sintió todavía más desorientada ya que no se imaginaba eligiendo ropa como aquella. Un pantalón de seda color crema y con aperturas en los laterales, a juego con un top y una chaqueta. Zapatos de tacón.
Él abrió la puerta y se echó a un lado. Sasha salió de la habitación.
Apollo caminó por el pasillo junto a su esposa. Ella caminaba despacio, como si nunca hubiera llevado antes zapatos de tacón. Era extraño, porque la única vez que él recordaba haberla visto con zapatos planos había sido la primera noche en que se conocieron.
Sasha se tambaleó una pizca y él la agarró del codo para estabilizarla. Ella lo miró y se sonrojó.
–Gracias.
–De nada –él apretó los dientes al ver que su cuerpo reaccionaba al tocarla. Ella no llevaba su perfume habitual. Él había visto que lo había sacado de su bolsa, que se había puesto un poco en su muñeca y que, al olerlo, había fruncido la nariz.
–¿Este es mi perfume? –le había preguntado.
Él asintió.
Apollo solo podía percibir su aroma femenino y recordó la primera vez que la vio y, cómo se quedó asombrado por su belleza. El impacto fue tal que se le entrecortó la respiración.
No era capaz de comprenderlo. Había visto muchas mujeres mucho más bellas que Sasha. Y también se había acostado con ellas. No obstante, ella tenía algo que lo había cautivado, por mucho que odiara tener que admitirlo.
Ella lo había seducido con su mirada inocente, y lo había atrapado con un viejo truco. La marca que había dejado en él aquella transgresión y su momento de debilidad por ella, había provocado un constante mal humor. El deseo que había sentido por ella se había disipado tan pronto como él había descubierto su traición, pero, de pronto, había regresado como para mofarse de él, por haber pensado que tenía todo bajo control.
Sasha hizo una mueca al sentir que Apollo le agarraba el brazo con fuerza. Intentó soltarse y él la miró.
–Ya estoy bien, puedes soltarme.
Al instante, él retiró la mano y dijo:
–Mi coche está ahí, justo en la puerta.
Sasha vio un automóvil plateado y a un chófer que sujetaba abierta la puerta trasera. Salió del hospital y respiró una bocanada de aire fresco. Sasha se subió en el coche. Sus zapatos le hacían daño a pesar de que solo había caminado unos pasos. No podía creer que habitualmente llevara ese tipo de zapatos.
¿O era que a Apollo le gustaban y ella los llevaba para complacerlo?
La idea la hizo estremecer. La idea de complacerlo. Excepto que parecía que él no se sentía complacido y ella no sabía por qué.
El chófer arrancó el vehículo y Apollo le hizo un comentario en griego. El hombre levantó el cristal de privacidad. Sasha era tan consciente de la presencia de Apollo que se sentía como si le hubieran quitado una capa de piel.
Él colocó la mano sobre su muslo. Tenía los dedos largos y las uñas bien cortadas. Parecía que el traje que llevaba se lo habían hecho a medida para resaltar su poderoso físico. Él la miró y ella no tuvo tiempo de disimular y de hacer como si no estuviera mirándolo.
–¿Estás bien?
Ella asintió.
–¿A dónde vamos?
–A casa. No está muy lejos de aquí.
–¿He vivido allí mucho tiempo?
–Durante los tres últimos meses, desde que nos casamos.
–¿Dónde nos casamos? –Sasha se dio cuenta de que, si no fuera porque aquel hombre había ido a buscarla después del accidente, cuando la encontraron por la carretera desorientada y un día después de que denunciaran su desaparición, él podría haber sido cualquiera.
Apollo la miró fijamente y ella se sonrojó. Después, él sacó un teléfono del bolsillo y le mostró la pantalla.
–Nos casamos en Atenas, en una ceremonia civil.
Ella miró la pantalla del teléfono y vio un artículo de prensa donde había una foto de la boda. La que salía era ella, aunque le costaba reconocerse. Llevaba un vestido de seda sin mangas, cortado al bies y con un escote casi hasta el ombligo. Los zapatos de tacón alto, mucho maquillaje y el cabello peinado con grandes tirabuzones. Joyas de oro y un gran anillo de diamantes. Al ver la foto, se sintió avergonzada.
–¿Tenía anillos?
–Sí. Los médicos dijeron que debiste perderlos durante el accidente.
–Espero que no fueran muy valiosos.
–No te preocupes, estaban asegurados.
Sasha miró de nuevo la foto en la pantalla. Aparecía sonriendo y agarrada del brazo de Apollo. Sin embargo, su esposo no parecía muy contento. El recuerdo que tenía de él sonriendo debía de ser producto de su imaginación.
Comenzó a leer el artículo por encima.
Apollo Vasilis, el magnate griego del sector inmobiliario, se casa con su novia británica, Sasha Miller en una ceremonia privada y por lo civil.
La información justa. Sasha le devolvió el teléfono. Se sentía todavía más desorientada. Tenía un millón de preguntas, pero empezaba a dolerle la cabeza y el médico le había dicho que se tomara las cosas con calma.
Al poco tiempo el coche entró por una gran puerta de hierro. Un hombre que estaba en una garita los saludó después de intercambiar unas palabras con el conductor.
Sasha miró por la ventana asombrada. El camino de entrada llevaba hasta una casa de dos plantas donde los esperaba una mujer vestida de uniforme en lo alto de una escalera, junto a la puerta.
Apollo salió del coche, y abrió la puerta de Sasha para ayudarla a salir.
Ella le dio la mano y se estremeció. Al sentir que se sonrojaba, retiró la mano lo más deprisa que pudo.
Su manera de reaccionar ante él era demasiado. Decidió que evitaría tocarlo de nuevo, pero una vocecita le recordó que estaban casados.
Se detuvo al pie de la escalera. De pronto, se le ocurrió que compartirían habitación. Y la cama. Se le aceleró el corazón. Apollo estaba casi en la puerta de la casa. Se volvió y ella vio que la miraba con impaciencia.
–¿Sasha?
Ella subió por las escaleras. ¿Quizá podría sugerirle que durmieran separados hasta que recuperara la memoria? ¿No pretendería que compartiera su cama cuando sentía que apenas lo conocía? Daba igual lo que su cuerpo le indicara.
Sasha no reconoció a la mujer vestida de uniforme. Y ella no parecía muy contenta de verla. Miraba a Sasha de forma extraña, como si esperara que hiciera algo inesperado.
Sasha dio un paso adelante y le tendió la mano.
–Hola.
La mujer se puso tensa y miró a Apollo. Él debió de hacerle un gesto porque después volvió a mirar a Sasha y le estrechó la mano diciendo:
–Bienvenida a casa, kyria Vasilis.
Sasha notó que alguien le tocaba la espalda, distrayéndola de la extraña reacción que había tenido la mujer.
–¿No recuerdas a Rhea?
Ella negó con la cabeza.
–Lo siento de veras, pero no.
La mujer le soltó la mano.
Apollo dijo:
–Le mostraré la casa a mi mujer. Dentro de un par de horas comeremos algo ligero, Rhea. En la terraza pequeña.
La mujer asintió y desapareció en la casa. Sasha miró la imponente entrada. Estaba convencida de que nunca había visto aquellos suelos de mármol ni había estado en ese lugar.
Se equivocaba. Había vivido allí. Era evidente que no podía confiar en su instinto.
Apollo le mostró las habitaciones que había alrededor del recibidor circular. Había un salón de uso formal y uno de uso informal. Un comedor para eventos formales y otro, para eventos informales.
Las habitaciones estaban decoradas con elegancia. Eran modernas, pero parecían clásicas. Grandes lienzos cubrían las paredes y había antigüedades entre objetos modernos.
En todas las habitaciones había una puerta que daba a la terraza que ocupaba todo el lateral de la casa. La vista de los jardines era impresionante, pero todavía lo era más la vista de Atenas en la distancia.
Sasha salió a la terraza desde el comedor e inhaló el aroma de las flores. Intentó recordar si había contemplado aquellas vistas en otra ocasión, pero no lo consiguió. Apollo se acercó a ella y Sasha notó que se le erizaba la piel.
–¿Es una casa antigua? –preguntó.
–No. La he construido yo.
–¿Tú?
–No yo, sino mi empresa de construcción.
–¿Eres el propietario de una constructora?
Él la miró y asintió.
–Vasilis Construction.
–¿Es un negocio familiar? ¿Tienes familia?
–Mi familia murió hace muchos años. Mi padre era constructor, pero trabajaba para otra persona, así que, no es un negocio familiar.
–Siento que hayan muerto todos. ¿Qué pasó? –preguntó ella, percatándose de que ninguno tenía familia.
Durante un momento pareció que él no iba a contestar.
–Una serie de eventos desafortunados –Apollo dio un paso atrás–. Deja que te enseñe el resto de la casa.
Sasha lo siguió mientras la guiaba por unas escaleras de la mansión.
Se preguntaba cómo debió ser llegar allí con su marido el primer día. ¿Habría sido todo más acogedor?
Toda la casa tenía un ambiente moderno y clásico a la vez. Pequeños toques de distintas épocas que daban la sensación de atemporalidad.
En el sótano había un gran gimnasio y una sala de proyecciones. También una piscina de entrenamiento y una sauna. Por no mencionar la sala de masaje y tratamientos de belleza que daban a un jardín donde había un par de tumbonas y una hamaca colgada entre dos árboles.
Apollo señaló hacia los jardines.
–También hay una piscina exterior y un vestuario.
Él le mostró su estudio de la primera planta. Una habitación muy masculina con paredes llenas de libros. Después, abrió otra puerta al otro lado del pasillo y dijo:
–Este es tu despacho.
–¿Yo tengo un despacho? –preguntó ella, sorprendida.
Él hizo un gesto para que entrara y ella obedeció. La habitación tenía una alfombra blanca y un escritorio del mismo color. Sobre él, un ordenador.
Las paredes tenían papel de flores y estaban decoradas con fotos de revistas. Había muchas estanterías vacías. Y un puñado de libros.
Una butaca de terciopelo rosa y un reposapiés a juego. Parecía que nadie lo hubiera usado.
–¿Para que utilizaba este espacio?
Apollo estaba apoyado en el marco de la puerta. Tenía los brazos cruzados y la miraba casi con desdén.
–Dijiste que querías montar un negocio de relaciones públicas.
–¿A eso me dedicaba? ¿A las relaciones públicas?
Él se encogió de hombros.
–Cuando nos conocimos estabas sirviendo copas en un evento. No creo que tu conocimiento sobre el tema de las relaciones públicas fuera más allá del sector servicios.
Sasha decidió ignorar su sarcasmo. Lo siguió hasta la segunda planta, donde se encontraban los dormitorios. Él le mostró varias habitaciones de invitados y, al final del pasillo, abrió una puerta y dijo:
–Éste es tu dormitorio.
Ella se volvió para mirarlo.
–¿Mi dormitorio?
–Tu dormitorio.
Sasha sintió que se le secaba la boca. Le dolían los pies por las sandalias de tacón. Y notaba dolor en la frente.
–¿No compartíamos habitación?
Apollo negó con la cabeza.
–No.
Sasha deseaba saber el motivo, pero no estaba preparada para hacer la pregunta. Seguramente, la respuesta explicaría el motivo por el que Apollo la trataba con tanta frialdad y por qué la ama de llaves la había mirado con suspicacia.
Así que, no dijo nada y entró en la lujosa habitación. La alfombra era tan gruesa que los tacones se clavaron en ella. De forma instintiva, Sasha se quitó los zapatos y se sintió aliviada.
Se fijó en que había una cama enorme en el lado izquierdo de la habitación, pero decidió ignorarla y dirigirse hacia la terraza. Allí había una mesa con sillas y una tumbona. Desde ese lugar se veía que la casa tenía otra ala y también la piscina exterior, rodeada de buganvillas.
Los jardines se extendían en la lejanía y Atenas se veía en la distancia.
Tanto lujo era abrumador. Se volvió de nuevo hacia el dormitorio y vio que Apollo estaba más cerca de lo que esperaba.
Al instante, se le aceleró el corazón. La cama quedaba justo detrás de él. Apollo la miraba de manera extraña. Se había desanudado la corbata y desabrochado el botón del cuello de la camisa.
Él pestañeó y cambió la expresión. Dio un paso atrás y se acercó a una puerta.
–Este es tu vestidor y tu baño.
Sasha lo siguió. Se sentía inquieta y un poco mareada. Pero su manera de mirarla pasó a segundo plano cuando vio que el vestidor contenía más ropa de la que ella había visto en su vida. Y zapatos. Y joyas dentro de una vitrina de cristal.
La ropa estaba colgada y doblada y había prendas de todos los colores del arco iris.
Sin darse cuenta, Sasha estiró el brazo para acariciar un vestido de lamé azul oscuro. Después se volvió y, medio asustada y medio asombrada, preguntó:
–¿Todo esto es mío?
Apollo todavía estaba intentando recuperar el control de su cuerpo. Por un momento, cuando Sasha volvió de la terraza al balcón, el sol la iluminó por detrás y la tela de su blusa se transparentó lo justo para que él pudiera ver el sujetador de encaje que llevaba. Entonces, él deseó dar un paso adelante, tomarla entre sus brazos y averiguar por qué ella actuaba poniendo cara de inocencia. Era algo que ella ya había hecho en otra ocasión.
No obstante, ese deseo desapareció y fue sustituido por otro más peligroso, cuando ella lo miró como si él fuera un lobo a punto de devorarla. Entonces, lo único que deseó fue besarla y castigarla por haber despertado de nuevo su deseo. Un deseo que había permanecido dormido durante los últimos tres meses, a pesar de que ella había hecho lo posible por seducirlo.
Su deseo era voraz y él sabía que todo se trataba de un juego. Después de todo, fingir amnesia no sería difícil para una mujer que había fingido mucho más.
Ya había tenido bastante. La rabia también se había apoderado de él y Apollo trató de convencerse de que era eso, y no deseo, lo que estaba sintiendo.
–Sabes muy bien que esta es tu ropa, porque pasaste muchas horas comprándola con mi tarjeta de crédito. Quizá hayas engañado a los médicos del hospital, pero ahora solo estamos tú y yo, así que, ¿a quién intentas engañar, Sasha? ¿Qué diablos es lo que te propones?
Capítulo 2
QUÉ DIABLOS es lo que te propones?
Sasha miró a Apollo y tardó unos segundos en asimilar sus inesperadas palabras. De pronto, se sintió aliviada al descubrir por qué Apollo se había comportado con tanta frialdad.
–¿De qué estás hablando?
–De esta farsa acerca de que has perdido la memoria.
Sasha se sentía confusa.
–No es cierto. ¿No crees que quiero saber quién soy o qué es lo que pasa? –negó con la cabeza–. ¿Por qué iba a hacer tal cosa? –sintió un fuerte dolor de cabeza y se llevó la mano a la frente, mareada.
–¿Qué pasa?
–Me duele la cabeza. La doctora dijo que durante los próximos días podía dolerme a menudo. Si me excedo.
Apollo dio un paso atrás y dijo:
–Deberías descansar un poco. Puedo decirle a Rhea que en un par de horas traiga algo de comer.
–No, bajaré yo. Estoy segura de que me sentiré mejor.
Apollo salió del vestidor y dejó a Sasha con su dolor de cabeza y desconcertada. ¿Pensaba que ella estaba mintiendo?
Sasha oyó un ruido en la habitación y salió para ver a una mujer joven dejando la bolsa del hospital sobre la cama. La chica la miró, pero no sonrió. Dio un paso atrás, y dijo en inglés:
–Su bolsa, kyria Vasilis.
Se marchó y Sasha se quedó mirándola durante un momento. Después de cómo había reaccionado Apollo era evidente que no tenían un matrimonio armónico y que ella no le caía muy bien a la gente.
Sasha se acercó a la cama y sacó de la bolsa los analgésicos que le habían recetado. Vio una bandeja con agua y vasos y se tomó dos pastillas.
Entró en el baño y vio que había una bañera enorme y una ducha. Dos lavabos. Los baldosines eran color crema con incrustaciones doradas.
Sasha se miró en el espejo y respiró hondo. Estaba muy pálida. No era de extrañar que Apollo le hubiera preguntado si se encontraba bien. Tenía profundas ojeras. El arañazo en la mejilla. La frente amoratada por el golpe que se había dado.
Se sentía desconectada de sí misma y suponía que era normal. Y sentía que no pertenecía a aquel lugar, donde la gente la miraba como si les hubiera hecho algo. Donde su esposo la acusaba de mentir.
¿Por qué pensaba que podía hacer tal cosa?
Decidió que no era el momento de pensar en ello.
–Sasha… –mencionó su nombre en voz alta. Todavía no reconocía su nombre–. Hola, me llamo Sasha Vasilis –nada…
No era necesario que tuviera arañazos y moratones para saber que no estaba a la altura de ese hombre. Sin embargo, de pronto, recordó una imagen de él sonriéndole con indulgencia.
«Me sentía tan feliz».
Si acaso, el recuerdo solo le había hecho sentirse más desorientada. Se fijó en la bañera y deseó meterse en ella para borrar tanta confusión.
La llenó de agua, se desnudó y se sumergió en ella minutos después. El agua calmó el dolor de su cuerpo, pero no pudo calmar el nudo que sentía en el estómago ni la confusión que invadía su cabeza.
Apollo se quedó mirando a la mujer que estaba tumbada sobre la cama. Iba vestida con un albornoz y tenía el cabello extendido sobre la almohada. Uno de los brazos lo tenía sobre el pecho, el otro, por encima de la cabeza.
Apollo se fijó en que una de sus piernas asomaba por la apertura del albornoz y vio las pecas que cubrían su rodilla. Su cuerpo reaccionó.
«Maldita sea».
La había conocido cuatro meses antes y, desde entonces, no había podido dormir una noche seguida. Primero porque había sido incapaz de quitársela de la cabeza y, después, porque ella le había demostrado quién era en realidad. Una mujer manipuladora, conspiradora, mercenaria…
Ella se movió en la cama e hizo un suave sonido.
Abrió los ojos y él se fijó en sus grandes ojos azules. Tenían un color tan intenso que la primera vez que los vio él recordó el color del cielo de su infancia, antes de que todo se volviera mucho más oscuro.
Ella pestañeó y Apollo salió de su ensoñamiento. Dio un paso atrás y dijo:
–He llamado a la puerta, pero no obtuve respuesta.
Sasha se sentó y él percibió un aroma a rosas. Y a piel limpia. Apretó los dientes y dijo:
–La cena está lista. Puedo pedir que te la traigan a la habitación.
Ella negó con la cabeza y su cabello se deslizó sobre un hombro. Él recordó haberlo enrollado en su mano para echarle la cabeza hacia atrás y besarla en el cuello y, después, en sus pezones turgentes.
–No, estoy bien. Bajaré. Ya no me duele tanto la cabeza.
Sasha estaba medio dormida todavía. Cuando se acostó para dormir una siesta después del baño, no pensaba que fuera a dormir tanto rato. Se fijó que en el exterior estaba oscureciendo. Al abrir los ojos y ver que Apollo estaba junto a la cama, pensó que estaba soñando. Fue la dura expresión de su rostro lo que la había despertado del todo.
Recordó sus palabras de enfado.
–¿Qué diablos es lo que te propones?
Él se había puesto un pantalón y una camisa oscura, desabrochada en el cuello. Llevaba las mangas subidas hasta los codos como si hubiese estado trabajando en su escritorio. Mirándolo desde la cama, parecía una situación de intimidad y, de pronto, tuvo un leve recuerdo, como si hubiese estado mirándolo desde esa posición en otras ocasiones, pero en una situación muy diferente.
–Me vestiré y bajaré –dijo ella.
Apollo dio otro paso atrás y Sasha se sintió más relajada.
–Muy bien. Enviaré a Kara para que te acompañe abajo en unos minutos.
Sasha tenía la sensación de que él hubiera preferido que ella hubiese elegido quedarse a comer sola en su habitación y, en cierto modo, para ella también habría sido más sencillo. No obstante, también quería tratar de recuperar la memoria y si para ello necesitaba interactuar con su hostil marido, lo haría.
–Por aquí, kyria Vasilis.
Sasha sonrió a Kara, la mujer que antes le había subido su bolsa, pero la chica no sonrió.
Después de que Apollo se marchara, Sasha se había aseado y se había acercado al vestidor para buscar algo de ropa. Eligió las prendas más sencillas y modestas que pudo encontrar. Un pantalón amarillo y una camiseta blanca sin mangas. Y, por suerte, encontró unos zapatos planos. Unas alpargatas de plataforma nuevas, que todavía nadie había sacado de la caja.
La guiaron hasta un salón del piso de abajo y salieron a la pequeña terraza que ella había visto desde el balcón, cubierta de una enredadera con flores. Desde allí se veía la piscina exterior.
El aroma de las flores inundaba el ambiente. El aire era cálido y la tranquilidad ayudó a calmar su mente. Apollo levantó la vista y dejó de mirar a la distancia. Tenía una copa de vino en la mano.
Se puso en pie y separó una silla para que ella se sentara. Su aroma masculino eclipsó el aroma a flores.
Ella percibió que había tensión entre ellos. Después de lo que él le había dicho antes, no le extrañaba, pero también sentía otro tipo de tensión más profunda.
Él se sentó frente a ella y agarró una botella de vino blanco griego.
–¿Te apetece un vaso?
Sasha no estaba segura. ¿Le gustaba el vino? ¿Quizá la ayudaría a relajarse?
–Un poco, por favor –contestó.
Cuando él le sirvió el vino, ella bebió un sorbo y le gustó. Rhea, el ama de llaves, apareció con los aperitivos. Apollo empujó uno de los platos hacia Sasha.
–Esto es tzatziki con menta, y lo otro es hummus.
Ella untó un poco de cada salsa en pan y lo saboreó.
–Tienes una casa preciosa –comentó ella. No le parecía su casa, aunque hubiera estado viviendo allí unos meses–. Debes ser un hombre exitoso.
Apollo bebió un sorbo de vino.
–Podría decirse que sí.
Sasha tenía la sensación de que él se estaba mofando de ella. Antes de que pudiera responder, Rhea apareció de nuevo para recoger los platos del aperitivo y Kara sirvió los platos principales. Pechugas de pollo con ensalada y patatas de guarnición. Sasha se sonrojó cuando oyó que le rugía el estómago. Dio un bocado y se contuvo para no gemir al probar el pollo al limón. Le parecía que había pasado un año desde que había probado algo tan sabroso.
Cuando se terminó el plato miró a Apollo y vio que él la estaba mirando.
–¿Qué? –preguntó ella, y se limpió con la servilleta.
–Al parecer has descubierto que tenías hambre –contestó él.
Rhea apareció de nuevo y recogió los platos. Sasha comentó:
–Estaba delicioso, gracias.
Rhea se detuvo y, antes de marcharse, la miró como si fuera un monstruo de dos cabezas. Sasha no quería preguntar, pero sentía que no le quedaba más elección.
–¿A qué te referías con lo de la comida y por qué ella me ha mirado así? Y Kara también… como si tuvieran miedo de mí.
–Porque probablemente lo tengan. Tú no las trataste con mucho respeto. Y, antes, probabas todas las comidas que te servían como si estuvieran envenenadas.
Sasha notaba que comenzaba a dolerle la cabeza.
–¿De veras no te crees que tengo amnesia?
Apollo la miró inexpresivo.
–Digamos que tu comportamiento en el pasado no me hace confiar en tu capacidad para decir la verdad.
«¿Qué ha pasado?».
Sasha no se atrevió a hacer la pregunta porque no estaba segura de estar preparada para oír la respuesta. Y especialmente si lo que él le había contado era verdad. Apollo la miraba con esa expresión de desdén que empezaba a resultar dolorosa y demasiado familiar.
–Prometo que no estoy mintiendo. Ojalá pudiera aclarar mi mente, pero no puedo. Créeme, no hay nada más aterrador que no saber nada de uno mismo, de tu pasado o de tu futuro. Solo me queda confiar en que eres mi marido y en que vivo aquí contigo, cuando lo que siento es que no he estado aquí jamás. No sé lo que hice, pero a juzgar por la actitud que tenéis Rhea, Kara y tú hacia mí, no debió ser nada bueno. ¿Y cómo puedo disculparme por algo que ni siquiera recuerdo haber hecho?
Sorprendida por la presión que sentía en el pecho a causa de la emoción, Sasha se puso en pie y se acercó al borde de la terraza, cruzándose de brazos. Horrorizada notó que las lágrimas afloraban a sus ojos y pestañeó con fuerza para contenerlas.
Apollo estaba muy tenso y tuvo que obligarse a respirar hondo para relajarse. Miró a Sasha y vio que estaba tensa. Tenía la tez muy pálida y su cabello rojizo brillaba bajo la luz de la puesta de sol como si fuera una llama contra el blanco de su blusa.
Parecía muy disgustada. Agitada. Apollo no confiaba en ella, pero por algún motivo ella insistía en aquella locura. Quizá intentaba ganar tiempo para encontrar la manera de convencerlo para que permaneciera casado con ella.
Durante los tres meses anteriores ella había empleado todos los trucos para intentar llevárselo a la cama, pero había sido sencillo no desearla. Sin embargo, él no estaba seguro de si podría resistirse a ella en esos momentos y, si ella se enteraba…
Él se puso en pie y notó que ella se ponía todavía más tensa. Se acercó a su lado y ella no lo miró. Tenía los labios fruncidos y apretaba los dientes. Él se fijó en que tenía húmedas las pestañas. ¿Había estado llorando? Para su sorpresa, en lugar de sentirse disgustado, Apollo sintió cargo de conciencia.
Durante todo el tiempo que lo había estado engañando, no había llorado de verdad ni una sola vez. Cuando tres meses antes ella había aparecido en el despacho que Apollo tenía en Londres, parecía que estaba a punto de llorar, pero no lo hizo.
«A lo mejor está diciendo la verdad».
Sería idiota si confiara en ella después de todo lo que había sucedido, pero ya sabía quién era ella, así que, ya no podría sorprenderlo otra vez.
–Mira –dijo él, volviéndose para mirarla–. Has tenido una experiencia terrible y necesitas recuperarte. Podemos hablar acerca de si te creo o no cuando estés más fuerte.
Durante la siguiente semana, Sasha recordó las palabras de Apollo como en una nebulosa. Todavía estaba lo bastante magullada como para no discutir cuando Kara o Rhea insistieron en llevarle la comida a su cuarto, o cuando aparecieron para taparle las piernas con una mantita mientras ella estaba sentada en la terraza al anochecer, a pesar de la cálida temperatura que había en Grecia.
Sasha se fijó en que a medida que pasaban los días, las mujeres estaban más amables con ella. Aunque todavía las pillaba mirándola con suspicacia y cuchicheando cuando pensaban que ella no estaba mirando.
A Apollo no lo había visto. Solía irse a trabajar al amanecer y ella solía despertarse cuando oía alejarse el potente motor de su coche. Y antes de que él regresara, ella ya estaba dormida.
De hecho, si no fuera porque oía el motor todas las mañanas, habría pensado que él no regresaba a casa para nada. Un hombre como él debía tener otras propiedades. ¿Un apartamento en Atenas?
¿Una amante?
La idea provocó que se le formara un nudo en la garganta. Era viernes por la noche y estaba sentada en la pequeña terraza. Empezaba el fin de semana. Si no compartían dormitorio, era evidente que el matrimonio no funcionaba. Sin embargo, la idea de que Apollo pudiera estar con otra mujer le provocaba náuseas.
Apenas conocía a aquel hombre y, en cambio, experimentaba un fuerte sentimiento de posesividad hacia él. También tenía la sensación de que le habían hecho algo que no recordaba.
–Buenas noches.
Sasha se sobresaltó y se volvió para ver que el hombre que ocupaba su pensamiento se encontraba a poca distancia. Una extraña sensación se apoderó de ella. Desconcertante, pero familiar.
Él llevaba un pantalón oscuro y tenía desabrochado el botón de arriba de la camisa. Tenía el cabello un poco alborotado, como si se hubiera pasado los dedos. La barba incipiente.
–No te he oído llegar. Nunca lo hago –se sonrojó al oír sus propias palabras–. Quiero decir, suelo oír el coche por las mañanas, pero no por las noches. No estaba segura de si te estabas quedando en otro sitio. ¿Tienes más propiedades en la ciudad? –se percató de que estaba hablando sin parar y se calló.
Él se acercó y se sentó a su lado. Ella se fijó en que se le veía el torso por el hueco de la camisa y miró a otro lado. ¿Qué le pasaba? Llevaba toda la semana como adormecida y, de pronto, se sentía viva.
–No sé por qué no oyes el coche por las noches. He regresado a casa todos los días. Y sí, tengo un apartamento en Atenas. El ático de mi edificio de oficinas.
–Tienes un edificio –no solo era una oficina, sino todo un edificio.
Él asintió.
–Y otro en Londres. Y oficinas en Nueva York, París y Roma. Estoy ultimando los planes para abrir otra oficina en Tokio el próximo año.
Sasha no pudo evitar mostrar su sorpresa.
–Son muchas oficinas. Debes haber trabajado muy duro.
–Por lo que recuerdo sí.
–¿Estudiaste?
–Sí, pero trabajaba al mismo tiempo, así que me licencié mientras iba ascendiendo en mi trabajo. No quería perder el tiempo al estudiar en la universidad a tiempo completo.
Apollo se quedó inmóvil. No había ido allí para charlar con su esposa traicionera que podía estar fingiendo amnesia, aunque durante toda la semana no había bajado la guardia ni una sola vez.
Rhea y Kara le habían dicho que se había portado de manera muy educada en comparación con el pasado. Esa noche tampoco había nada que recordara a su esposa de antes. Solo aquellos grandes ojos azules que lo miraban de manera ingenua.
Él deseaba levantase y marcharse. Así que se puso en pie, pero en lugar de marcharse se acercó al murete de la terraza y se sentó allí.
Ella se giró en la silla para mirarlo. Iba vestida con un blusón blanco y un cinturón dorado. El vestido estaba abrochado casi hasta arriba.
Anteriormente, Sasha habría llevado el vestido con el escote desabrochado de manera que casi podría haberse visto su ropa interior. Sin embargo, esta vez él pensaba en lo sencillo que sería desabrocharle los botones para dejar al descubierto sus senos.
Apollo se fijó en su tez pálida; en sus piernas largas, esbeltas, y en la manera de sentarse, de lado, con las piernas juntas, como una señorita.
Se habría reído si hubiera tenido algo de sentido del humor. Hacía no mucho tiempo ella se había visto implicada en situaciones nada dignas de una dama.
Apollo trató de no pensar más en su vestido, en sus piernas…
De pronto, se encontró diciendo:
–Mi padre trabajaba de capataz para una de las empresas de construcción más grandes de Grecia. Tuvo un accidente laboral y se quedó parapléjico.
Sasha se llevó la mano a la boca, sorprendida.
Apollo sintió que la rabia lo invadía por dentro.
–Nunca llegó a recuperarse. Lo único que sabía hacer era gestionar una obra. Podría haberlo hecho en un despacho, sentado en la silla de ruedas, pero todo el mundo lo rechazó. Su propio jefe se negó a darle una compensación. Su orgullo estaba destrozado. Él no era capaz de mantener a su mujer a sus dos hijos.
Ella frunció el ceño.
–¿Tienes un hermano?
Apollo ignoró la pregunta.
–Mi padre se suicidó cuando yo tenía once años y mi hermano trece. Mi madre enfermó de cáncer no mucho después y murió un par de años más tarde. A nosotros nos enviaron a una casa de acogida. Mi hermano se enganchó a las drogas y entró en una banda de delincuentes. A los dieciséis años lo apuñalaron mortalmente.
Los ojos de Apollo brillaban con intensidad. Como si fueran joyas de color verde oscuro. Sasha se quedó paralizada por su mirada. Por sus palabras. No podía hablar. Todo lo que se le ocurría le parecía trivial.
Apollo continuó.
–Decidí que iría tras el hombre con el que había trabajado mi padre y que lo destrozaría. Y así fue. No me costó mucho desmontar su negocio porque era corrupto hasta la médula. En cuanto eso sucedió, aparecieron cientos de exempleados buscando una indemnización y acabó arruinándose.
Apollo la miraba como si esperara que estuviera asombrada. Y lo estaba.
–Lo siento –dijo ella–. No puedo imaginar lo que debió ser perder a tus seres queridos siendo tan joven. Yo no sé nada acerca de mi familia… o de cuándo murieron mis padres.
Apollo se arrepentía de haberle contado tantas cosas. Apenas algunas personas conocían su pasado y, sin embargo, él le había contado todo a Sasha. A la única persona del mundo en la que menos debía confiar. Esperó a que ella se aprovechara de aquella triste historia, pero no lo hizo.
Se había puesto pálida y lo miraba con los ojos bien abiertos.
–Me dijiste que mis padres han muerto y que no tengo hermanos ¿no es así?
Él asintió.
–Me contaste que tu madre fue madre soltera. Tu padre se marchó cuando eras pequeña. Tú lo buscaste, pero descubriste que había muerto hacía algunos años y, después, tu madre falleció hace un par de años.
–Oh, es tan extraño no ser capaz de recordar a mi madre. Ni haber buscado a mi padre.
Ella parecía sufrir de verdad. Al ver que se mordía el labio inferior, Apollo recordó el momento en que la besó por primera vez… La suavidad de sus labios abriéndose bajo los de él, permitiéndole que explorara su boca por completo.
Apretó los puños y se puso en pie
–Tengo que hacer unas llamadas de trabajo. Buenas noches, Sasha.
–Buenas noches –contestó ella.
Él comenzó a salir, pero al ver que no conseguía quitarse la mirada de sufrimiento de su cabeza, se detuvo en la puerta y la miró. Parecía vulnerable en aquel sofá tan grande.
–Siento lo de tus padres.
Ella se volvió y un mechón de cabello dorado y rojizo cayó sobre sus hombros.
–Gracias.
Apollo sintió que el deseo lo invadía por dentro. Quería regresar a su lado y retirarle el vestido para poder ver la belleza de su cuerpo. Quería obligarla a admitir que estaba fingiendo. Tratando de manipularlo una vez más. No le haría el amor. Conseguiría que ella le suplicara que se lo hiciera y después la dejaría allí, jadeando y admitiendo quién era en realidad.
–Buenas noches, Sasha.
Apollo se marchó antes de que se viera obligado a satisfacer su instinto y hacer una estupidez. La misma que hizo la primera vez que la vio, cuando un intenso deseo se apoderó de él de una manera que nunca antes había experimentado.
Se dirigió a su estudio y se sirvió una copa. Era incapaz de olvidar la imagen de sus grandes ojos azules. Ni el impacto que habían tenido en él la primera vez que la vio.
Esa noche, en aquella habitación de Londres, había sido la primera vez que alguien había traspasado las barreras que Apollo había levantado para protegerse con tanta facilidad. Con solo mirarlo. Algo salvaje e indómito había cobrado vida en su interior y él se percató de que, anteriormente, nunca había sentido verdadero deseo. Había tenido muchas amantes, pero nunca había permitido que llegaran a una relación profunda con él. Simplemente las había utilizado para satisfacer sus necesidades físicas.
Tras ver a su padre humillado y destrozado, a su madre triste y enferma hasta desaparecer de sus vidas, y autodestruirse a su hermano, Apollo había prometido que nunca permitiría que nadie se acercara tanto a él como para sufrir cuando se marchara. Lo habían dejado atrás en demasiadas ocasiones.
Sin embargo, con Sasha, satisfacer sus necesidades físicas lo había llevado a otro nivel de deseo. Él anhelaba tenerla a su lado. Así que cedió ante su instinto.
Él se dejó llevar antes de ser consciente de lo que había hecho. Y de recordar quién era y que estaba vacío por dentro.
La venganza lo había invadido mucho tiempo. Y acababa de asimilar que conseguir sus metas no había sido algo tan revelador cuando conoció a Sasha. Él había achacado el efecto que ella había tenido sobre él a ese vacío que experimentaba. A la decepción. A la preocupación. A la insatisfacción que sentía, cuando debía sentirse satisfecho y en paz.
Llamaron a la puerta y Apollo se puso tenso.
–Adelante.
Frente a la puerta del estudio de Apollo, Sasha respiró hondo. Sabía que él le había dicho que tenía que hacer unas llamadas, pero como al pasar por delante de su despacho no había oído voces, actuó de forma impulsiva.
Abrió la puerta y lo encontró sentado tras el escritorio. Apollo la miró con el ceño fruncido.
–¿Está todo bien?
Ella asintió, y se arrepintió de su decisión al sentir un enorme nudo en el estómago.
–Bien. Yo… –se calló. No debía haber ido. La manera en que él la hacía sentir con tan solo mirarla era… Inquietante. Deseaba salir corriendo, pero al mismo tiempo deseaba permanecer allí.
Él frunció el ceño.
–Sasha…
–Sé que estás ocupado, pero quiero saber por qué nuestro matrimonio es… Así. Tenso. Con dormitorios separados. No te gusto demasiado.
«O nada», le susurró una vocecita en su cabeza.
Apollo dejó la copa que tenía en la mano. Se puso en pie, rodeó el escritorio y se apoyó en él con los brazos cruzados. Ella se fijó en la musculatura de su torso y sintió que una ola de calor la invadía por dentro.
¿Siempre se había sentido tan atraída por los hombres?
«Quizá solo por él», le susurró la voz.
De algún modo, no podía negar la posibilidad de que solo reaccionara así ante él.
Apollo vio que ella se sonrojaba y pensó que había ido allí porque había percibido el deseo que él sentía por ella. Y quería aprovecharse de ello.
Se sintió tentado de ir al grano con ella, pero decidió no hacerlo.
–Nuestro matrimonio ha tenido algunos problemas, pero no creo que sea el momento de hablarlo ahora.
La observó unos instantes y se percató de que la deseaba todavía más.
«Bruja».
Ella lo miró.
–No sé por qué, pero siento la necesidad de disculparme, como si hubiera hecho algo malo y por eso me odias y Rhea y Kara me miran como si pudiera hacer algo inesperado.
Apollo luchó contra el impulso de creerla. De confiar en la imagen inocente que ella trataba de mostrar. Ya lo había hecho antes. Se separó del escritorio y se acercó a ella.
Sasha lo miró y se sonrojó. Apollo sintió que perdía el control que había mantenido desde que ella despertó en el hospital y lo miró con aquellos ojos azules, provocando que su deseo se encendiera de nuevo.
Le agarró un mechón de pelo y lo retorció entre sus dedos. Era como la seda. Y le recordó la sensación que había experimentado la noche que hicieron el amor, la suavidad de su cabello al rozar su torso desnudo.
–Me gusta más así, suelto e indómito. Tú lo preferías liso.
–¿Sí? –Sasha sintió una presión en el pecho. ¿Por qué no podía respirar? Había tensión en el aire.
–La noche en que nos conocimos lo llevabas así.
–No lo recuerdo… Bueno, me acuerdo de algunos retazos de aquella noche, pero no de los detalles…
Apollo se colocó frente a ella y la miró.
–¿Estás segura, Sasha? ¿De veras? ¿O es una artimaña para ganarte mi confianza? ¿Para volver a meterte en mi cama?
Sus palabras le cayeron como un jarro de agua fría. Ella se retiró hacia atrás para que le soltara el cabello.
–No. No haría tal cosa.
Él se acercó de nuevo y la sujetó por la barbilla. Al instante, sintió que una ola de calor lo invadía por dentro.
–¿No lo harías? No es nada que no hayas hecho, pero he de admitir que, si estás actuando, tienes mucho talento.
Por primera vez desde que despertó en el hospital ella experimentó algo más aparte de desconcierto y confusión. Sasha le agarró la mano y se la retiró.
–Quizá sea porque no estoy actuando.
No obstante, fue incapaz de retirarle la mano a Apollo para no tener contacto con él. Durante un segundo, pensó que él iba a besarla, pero entonces, él dio un paso atrás. Sus ojos parecían de color negro con aquella luz. Sasha se sentía un poco mareada, como si se hubieran besado.
–Debes irte a la cama, Sasha –dijo él con brusquedad–. Es tarde –se dirigió a la puerta y la sujetó abierta.
Sasha no comprendía lo que le estaba pasando. Había deseado profundamente que él la besara, y todavía estaba temblando.
Se apresuró a marcharse del despacho antes de ver una expresión de disgusto en su rostro, o peor aún, antes de que él viera que se sentía humillada.
Apollo esperó a que Sasha hubiera desaparecido antes de cerrar la puerta. Regresó al escritorio y se terminó la copa de un trago, como para disipar el hecho de que había estado a punto de aceptar lo que ella le ofrecía, alzando sus labios sensuales hacia él, suplicándole con su mirada que la besara.
Durante un instante se preguntó cómo ella había conseguido traspasar sus barreras una vez más y, segundos después, había estado a punto de abrazarla y revivir la noche que habían compartido… Algo que ella llevaba buscando desde que se casaron.
Apretó la copa con tanta fuerza que temió romperla.
Sentía una intensa frustración sexual. Había pasado los últimos tres meses sin sentirse atraído sexualmente por su esposa. Y de pronto, era un infierno.
No comprendía lo que estaba sucediendo, pero sabía que por muy intenso que fuera el deseo, no mostraría debilidad. Ya había mostrado debilidad hacia ella una vez, y Sasha había cambiado su vida por completo. No volvería a suceder.
Capítulo 3
SASHA subió a su habitación. Se sentía un poco mareada. Permaneció de pie y se cubrió los labios con los dedos, como para comprobar que no la habían besado. No, no tenía los labios hinchados ni sensibles.
Conocía muy bien cómo era esa sensación.
Entonces, lo comprendió. Deseaba que él la besara porque sabía lo que era. Por ese motivo su cuerpo reaccionaba de esa manera, porque recordaba sus caricias y las ansiaba de nuevo.
Se sentó en el borde de la cama y sintió un escalofrío. Por suerte, él se había retirado antes de que ella pudiera comunicarle cuál era su deseo.
Quizá anhelaba que Apollo la besara porque su cuerpo reconocía el hecho de estar cerca de él como algo familiar. Y puesto que todo lo que había a su alrededor le resultaba desconocido, se inclinaba por ello. ¿Una respuesta natural del cuerpo?
«Y excitante», susurró una vocecita.
Aquella idea no le ofrecía mucho alivio. Solo era una mala justificación para lo que acababa de suceder.
Y teniendo en cuenta que aquel hombre rechazaba su presencia y le había dicho claramente que no confiaba en ella, ¿qué clase de masoquista era?
A la mañana siguiente, cuando Sasha bajó a desayunar se sentía agotada. Se había despertado al amanecer, sudando y enrollada en las sábanas. Insatisfecha. Sus sueños habían sido sensuales. Llenos de imágenes que le recordaban a la realidad…
Al entrar en la terraza donde había desayunado sola toda la semana, se sorprendió al ver a Apollo. Pensó que no había oído su coche por la mañana y, entonces, se dio cuenta de que era sábado y de que no habría ido a trabajar.
Él la miró y se puso en pie.
Sasha evitó su mirada y notó que su cuerpo reaccionaba con el mismo deseo que la noche anterior. Por un lado, no le gustaba su presencia, pero era ridículo porque estaba en su casa.
«Nuestra casa».
Aunque no le pareciera suya…
–Buenos días.
–Kalimera.
Sasha se sentó y Rhea apareció para servirle una taza de café.
Sasha sonrió y le dijo:
–Efharisto.
Rhea asintió y sonrió. Cuando se marchó, Apollo dijo:
–¿Has aprendido griego?
Sasha se sirvió un bollo de hojaldre. Cualquier cosa para evitar mirarlo y recordar la noche anterior, cuando le había pedido que la besara.
–Solo algunas palabras. Kara me ayuda.
–Antes no parecías dispuesta a aprender.
Sasha se quedó paralizada. Lo miró y preguntó:
–¿Podemos dejar claro que, quizá, ahora las cosas son diferentes? No paras de decirme lo que hacía, o cómo era, y yo no recuerdo nada. ¿Podemos simplemente continuar a partir de aquí?
Él la miró durante un largo instante. Tan largo que ella se sonrojó. Finalmente, él inclinó la cabeza y dijo:
–Muy bien. Tiene sentido.
Sasha suspiró.
–¿Cómo te sientes físicamente?
Ella bebió un sorbo de café.
–Físicamente estoy bien… Mucho mejor –hizo una mueca–. Mentalmente… Ya no siento esa confusión, pero mi pasado está en blanco.
«Y por cómo me haces sentir parece que esté conectada a una fuerza eléctrica».
Cerró la boca por si se le escapaban las palabras.
–He llamado al médico para que venga a verte esta mañana.
Sasha sintió un nudo en la garganta. ¿Intentaba librarse de ella? ¿Qué pasaría cuando se hubiera recuperado? ¿Por qué se sentía mal al pensar en eso cuando era evidente que él rechazaba su presencia? De forma impulsiva, preguntó:
–¿Alguna vez nos fue bien? Entre nosotros…
Apollo contestó. Su expresión era indescifrable.
–Brevemente.
La idea de que él la hubiera deseado igual que ella lo había deseado la noche anterior era demasiado abrumadora.
–Entonces… ¿por qué…?
–¿Por qué no funcionó? –preguntó él.
Sasha asintió. Justo en ese momento apareció Rhea y Sasha se sintió molesta por la interrupción.
Rhea dijo:
–La doctora ha venido para ver a kyria Vasilis.
Apollo miró a Rhea y sonrió. Era una sonrisa de verdad. La primera que Sasha veía en su rostro. Ella sintió que se le aceleraba el corazón. Aquella sonrisa había provocado que su atractivo pasara a ser devastador.
Entonces, Apollo la miró y dejó de sonreír. Sasha se estremeció. La odiaba de verdad. Por algo que había hecho. Momentos antes había estado dispuesta a escucharlo, pero se alegraba de la interrupción.
–Físicamente ha tenido una notable mejoría, señora Vasilis. Y, emocionalmente, ¿cómo va?
Sasha se recolocó la blusa dentro del pantalón. La doctora la había reconocido en su dormitorio. Era la misma mujer amable que la había atendido en el hospital después del accidente.
Ella se sentó junto al escritorio y dijo:
–Estoy… Supongo que estoy bien. Acostumbrándome a mi vida.
«Y al marido que no quiere tenerme aquí».
La doctora asintió.
–Supongo que necesitará un tiempo de adaptación. ¿Y ha recuperado algo de memoria?
Sasha negó con la cabeza.
–No. Tengo un vacío. Aunque anoche tuve un sueño –dijo, y se sonrojó.
–Continúe, cariño.
Avergonzada, Sasha dijo:
–Es que… Más que un sueño parecen recuerdos sobre mi marido… Conmigo.
La doctora asintió.
–Es posible. Le recomiendo que deje un cuaderno junto a la cama y escriba sus sueños. A lo mejor eso la ayuda. Aunque no se presione demasiado. El funcionamiento de la mente es un misterio.
La doctora se puso en pie y Sasha también.
–Hay algo más.
–¿Sí? –preguntó la doctora mientras guardaba sus cosas.
–Mi esposo me dice que me comporto de manera diferente a la de antes. ¿Eso es normal?
–Se sabe que algunos traumatismos pueden provocar cambios de personalidad, pero en sus pruebas no se ve ningún dato que pueda asegurarlo. Se dio un golpe muy fuerte en la cabeza. Necesitará tiempo para readaptarse a la vida, señora Vasilis. No se preocupe, y llámeme en cuanto tenga novedades relacionadas con su memoria.
Era media mañana cuando Sasha se despidió de la doctora. Kara estaba colocando un jarrón con flores frescas sobre la mesa del recibidor. Sasha se acercó a ella y le preguntó:
–¿Ha visto a Ap..? ¿A mi marido?
Kara asintió.
–Se ha marchado a la oficina hace un rato. Me dijo que le dijera que regresaría por la tarde.
–Ah –se sintió decepcionada. Aunque tampoco sabía qué habría hecho si él hubiera estado allí.
–Parece que tiene mucho trabajo.
–Siempre está trabajando –contestó Kara–. Mañana, tarde y noche. Antes pensábamos que era porque…
Se calló y Sasha notó que un sentimiento de humillación se apoderaba de ella.
«¿Para no estar a mi lado?»
–Gracias, Kara. Lo cierto es que no sé qué hacer conmigo misma. ¿Qué era lo que solía hacer?
Kara evitó mirarla y dijo:
–Le gustaba ir de compras. Mucho.
–¿Algo más?
–Puede ir a tomar el sol junto a la piscina. Eso le gusta.
–¿Sí?
Apollo atravesó el jardín hacia la piscina. Según le habían contado, Sasha había pasado allí toda la tarde. Quizá se había derrumbado y por fin estaba mostrando su verdadera personalidad. Él la había encontrado junto a la piscina en numerosas ocasiones, rodeada de envoltorios de aperitivos y de envases de bebidas azucaradas.
Alguna vez se había preguntado si eso era bueno para ella, pero fue antes de que descubriera… Al rodear unos arbustos que impedían la vista a la piscina, se detuvo en seco.
Apollo se quitó las gafas de sol y las colocó en lo alto de su cabeza. Sasha estaba tumbada bajo una sombrilla. Al principio, él pensó que estaba desnuda ya que su cuerpo reaccionó nada más verla. No sería la primera vez. Solía tomar el sol en toples y escandalizar a Rhea. Su intención era tentarlo a él, pero no había funcionado.
No obstante, se dio cuenta de que no estaba desnuda. Llevaba un bañador entero de color carne y con un escote lo suficientemente pronunciado como para mostrar parte de sus senos redondeados. Él se imaginó qué aspecto tendría si acabara de salir de la piscina. Su cabello rojizo mojado sobre la espalda y la tela del bañador pegada a su cuerpo, sin dejar nada para la imaginación. Sus pezones turgentes presionando sobre la…
«Cielos».
Disgustado por su falta de control, Apollo apartó la mirada de su esposa. No había envases a su alrededor. Solo un libro y un vaso de agua.
Él recordaba cómo la noche anterior había estado a punto de estrecharla contra su cuerpo y besarla en los labios. Podía tratar de convencerse de que solo estaba poniéndola a prueba, pero sabía que su motivación era mucho más profunda que eso.
La deseaba de nuevo.
Cuando tres meses antes, su secretaria en Londres le había dicho que Sasha quería verlo, había pasado un mes desde la noche que pasaron juntos. Él no había dejado de pensar en ella, sobre todo de noche, cuando solía despertarse debido a la frustración que le generaban los sueños eróticos que tenía.
Durante esa época, se había dado más duchas de agua fría que en toda su vida.
Y no había sido capaz de contener la sensación de sentirse aliviado porque hubiera sido ella la que dio el primer paso. La que dejó claro que deseaba más.
Sin embargo, tan pronto como ella entró aquel día en su despacho, él no sintió nada. A pesar de que tenía el mismo aspecto de siempre. Llevaba el cabello suelto sobre los hombros, y parecía una mujer inocente y trémula.
Él odiaba admitirlo, pero no solo era alivio lo que había sentido al ver que su deseo hacia ella había disminuido, sino también decepción. Porque era la prueba de que ella era una mujer diferente a todas con las que se había acostado. Y que lo que habían compartido no debía haber sido tan increíble como él lo recordaba. Suficientemente increíble como para que él se arrepintiera de decirle…
De pronto, ella se movió en la tumbona y pronunció un sonido parecido a una queja. Algo incomprensible, pero parecido a: «no, por favor, ¡no pares!»
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, Apollo se agachó y la sujetó por los brazos. Ella estaba muy tensa y una fina capa de sudor cubría su piel. Él experimentó una emoción que no quería nombrar.
–Sasha… Despierta.
Sentía las manos de Apollo sobre su piel. Ardientes. Y ese intenso deseo que solo había sentido una vez en su vida. Era evidente. Lo necesitaba para calmar su ardiente deseo… Para volver a sentirse viva…
–¡Sasha!
Sasha abrió los ojos y vio aquellos ojos verdes que le recordaban al agua de los océanos misteriosos. Impenetrables.
–Estabas soñando.
La voz de Apollo. Su tono duro e inflexible. De pronto, Sasha recuperó la consciencia. Estaba en la tumbona y se había quedado dormida. Apollo todavía le sujetaba los brazos. Ella podía oler su aroma y ver la barba incipiente en su rostro. Deseó acariciarle el mentón para ver qué sentía. Imaginó que rascaría contra su piel.
Recordaba esa sensación.
Al ver que se mezclaban sus recuerdos con la realidad, se sintió desorientada.
Se incorporó de golpe y él se puso en pie. Ella agarró el albornoz y se lo puso rápidamente, consciente del escote de su bañador. Era el único bañador entero que había encontrado entre un montón de bikinis.
–Apollo, no te he oído llegar. ¿Qué hora es?
Sasha tenía el cabello alborotado, las mejillas sonrosadas y los ojos adormecidos. Apollo apretó los dientes al ver cómo sus senos se movían con cada respiración, bajo la tela del bañador. Estaba tan pálida que su piel parecía translúcida. Él frunció el ceño. Antes estaba más bronceada, aunque posiblemente fuera artificial. Otro recordatorio acerca de con quién estaba tratando. Sufría amnesia o no sufría amnesia.
–Deberías tener cuidado con el sol –dijo él–. Puedes quemarte incluso en la sombra.
Sasha se puso tensa al oír su tono de voz y se ató el cinturón del albornoz.
–Encontré crema solar en el baño y me la puse. Puede que haya perdido la memoria, pero conozco el peligro de tomar el sol.
Miró a Apollo y vio que vestía un polo de manga corta y unos pantalones cortos. Estaba muy sexy.
–Solo he venido a decirte que esta noche voy a salir.
–Ah –era extraño, pero era la primera vez que se daba cuenta de que ella no había salido de la residencia desde su regreso del hospital. Tenía cierta sensación de claustrofobia–. ¿Dónde vas a ir?
–A un baile benéfico para ayudar a la investigación sobre el cáncer.
Por algún motivo, Sasha sintió algo familiar, pero no llegó a recordar nada.
Se puso en pie.
–¿He de ir contigo?
Él negó con la cabeza.
–No hace falta. Solo quería avisarte que no estaré para la cena.
Sasha no estaba segura de lo que había sucedido entre ambos y necesitaba recuperar la memoria.
–¿No solía acompañarte a esos eventos?
Apollo la miró un instante. ¿De veras no recordaba lo que le había dicho?
«¿Por qué no me utilizas? ¿Sin duda será mejor para ti que te vean con tu esposa que sin ella? Ayudará a que parezca que tu negocio está más establecido», recordó sus palabras.
Cuando se casaron, él no tenía ninguna intención de implicarla en su vida más que lo necesario, pero sabía que en cierto modo tenía razón, así que, decidió llevarla a un par de eventos.
–¿Qué pasa? –Sasha lo estaba mirando fijamente–. ¿Por qué me miras así?
–¿No lo recuerdas?
Ella se puso pálida.
–No. ¿Qué es lo que hice?
–Digamos que heriste susceptibilidades.
–¿Cómo?
–Fuiste muy maleducada con los empleados y mostraste tu aburrimiento cuando te diste cuenta de que los eventos de empresa a los que voy no se celebran con fines de entretenimiento.
Sasha se sintió mareada. ¿Había hecho algo bien?
–No puedo dejar de disculparme por haber hecho cosas que ni siquiera recuerdo. Quizá esta sea la oportunidad de compensarte por ello. Al margen de lo que hiciera, ¿tus colegas y amigos no se preguntarán dónde está tu esposa?
Él no contestó a su pregunta, así que ella continuó.
–¿A qué hora tienes que marcharte? No tardaré mucho en prepararme.
Él arqueó una ceja.
–Lo creeré cuando lo vea –dijo él, poniéndose las gafas de sol–. Tengo que irme dentro de una hora. Si vas a venir, has de estar abajo esperándome. Si no, me iré solo. No voy a esperarte, Sasha.
Menos de una hora más tarde, Sasha esperaba a Apollo en el recibidor. Estaba nerviosa. Después de su ultimátum le había entrado miedo. No tenía ni idea de cómo prepararse para un evento. Encontró a Kara en la cocina y le suplicó que la acompañara para ayudarla. Al principio, ella se mostró reticente, pero después cedió y le contó que Apollo le había pedido que le preparara el esmoquin, así que, al menos sabía que era un evento de etiqueta.
Consiguieron encontrar un vestido adecuado y no demasiado escotado, y Kara la ayudó con el peinando y el maquillaje. Sasha se preguntó por qué le había dicho que lo acompañaría, cuando no tenía ni idea de si podría manejarse en un evento así.
Quedaría como una tonta y perdería la esperanza de que Apollo pudiera cambiar de opinión sobre ella. ¿Es que quería que él se sintiera de nuevo atraído por ella?
¿Que la deseara de nuevo?
El pánico se apoderó de ella. No podía hacer aquello. Se volvió para regresar hacia su habitación antes de que Apollo la viera, pero era demasiado tarde. Él estaba en lo alto de las escaleras y la miraba como si fuera una auténtica desconocida. Ella lo miró también y sintió que se le agitaba la respiración.
Apollo iba vestido con un esmoquin negro, camisa blanca y pajarita negra. Sasha no estaba preparada para el impacto que su aspecto provocó en ella. Sin embargo, ya lo había visto así antes, la noche en que se conocieron. Un recuerdo vívido se apoderó de ella. Apollo la había ayudado a sujetar la bandeja con la que ella servía las copas y ella se reía, sonrojada por la vergüenza.
–En serio, estoy bien. Si mi jefe ve que me ayuda me meteré en un lío –le había dicho ella.
Él continuó sujetando la bandeja.
–No soltaré a menos que acepte venir a tomar una copa conmigo después.
En ese momento, Sasha vio a su jefe al otro lado de la sala y, por miedo a perder el trabajo, dijo:
–¡De acuerdo! Ahora, por favor… deje que me marche.
El recuerdo se desvaneció y dio paso a otra noche, una cita… Había salido a cenar con él al bonito restaurante de un edificio alto desde que se veían las luces de la ciudad de Londres… Ella estaba entusiasmada. Nerviosa. Incrédula.
Contenta…
Apollo no podía creer lo que estaba viendo. Sasha lo estaba esperando. Estaba preparada y su aspecto era presentable. Más que presentable.
Hermosa.
Llevaba un vestido largo de seda negra con un solo tirante y unas flores de seda caían sobre su hombro.
Parte del cabello recogido en una trenza que caía a un lado de su rostro, y el resto en un moño. Su aspecto era bello y juvenil, pero al mismo tiempo elegante. Se había puesto unos discretos pendientes de diamantes y una pizca de maquillaje.
Su vestido negro resaltaba su tez delicada. Sus ojos azules. No se parecía nada a su aspecto habitual, que consistía en mostrar la mayor cantidad de piel posible, mucho maquillaje, joyas y un peinado atrevido.
El deseo se apoderó de él y tuvo que obligarse a bajar las escaleras. Al acercarse a ella, vio que lo miraba como si no lo hubiera visto antes. Estaba pálida y agarraba el bolso con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
–¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Ella tragó saliva y asintió.
–Yo… Me he acordado de Londres. O más bien de la noche en que nos conocimos. ¿Y hubo otra noche?
Él asintió.
–Te invité a cenar la noche siguiente.
–Estuvimos en un edificio… Parecía una caja de cristal.
–¿El Shard?
Ella asintió.
–Sí, no recuerdo mucho más aparte del edificio y sus vistas… Algo es algo.
Apollo experimentó una extraña sensación. Si realmente estaba actuando había llegado más lejos de lo que nadie habría podido fingir. Él comentó despacio.
–Está muy bien.
Ella había recuperado el color del rostro y parecía nerviosa. Señaló el vestido.
–¿Está bien? No estaba segura… Me ha ayudado Kara.
–¿Kara?
Sasha asintió y lo miró preocupada.
–¿Algún problema? ¿No debería habérselo pedido?
Por primera vez, Apollo tuvo que contener una sonrisa.
–Al contrario, ella había intentado ayudarte antes, pero tú siempre insistías en contratar una estilista profesional.
Sasha parecía agobiada.
–No tenía ni idea. Debería disculparme –se movió para dirigirse a la cocina, pero Apollo le agarró la mano.
–No es tan grave, puedes disculparte en otro momento –sin soltarla, la miró de arriba abajo, fijándose en cómo sus senos se marcaban contra la tela del vestido. Apollo se preguntó si llevaría sujetador e imaginó que cubría uno de sus senos con la mano y sentía su pezón turgente. Trató de no pensar en ello y le soltó la mano–. Tenemos que irnos o llegaré tarde.
La agarró del brazo y la guio hasta el coche.
Sasha contempló la ciudad de Atenas mientras descendían por la colina y entraban en el centro. Las vistas la ayudaron a no pensar en la presencia de Apollo y en su masculinidad.
Las calles estaban llenas de gente joven disfrutando del fin de semana, y la Acrópolis se erguía majestuosamente sobre la ciudad.
–¿He estado alguna vez en la Acrópolis? –preguntó ella.
–No, no mostraste ningún interés en ir a verla.
Sasha frunció el ceño. Era muy desconcertante que otra persona supiera más de su vida que ella. Momentos después, llegaron a la entrada de una mansión que tenía guardas de seguridad junto a la verja.
Había montones de personas en la entrada. Las mujeres lucían largos vestidos y los hombres llevaban esmoquin, como Apollo.
Sasha notó un cosquilleo en el vientre. Una vez más, se arrepintió de haberlo acompañado. El coche se había detenido y Apollo se había bajado para abrirle la puerta y ayudarla a salir.
Ella respiró hondo y le dio la mano. No fue capaz de disimular su nerviosismo. No pertenecía a un lugar como ese y no necesitaba recuperar la memoria para saberlo.
Capítulo 4
APOLLO colocó la mano sobre el hombro de Sasha y la guio entre la multitud. Al momento, percibió las miradas de sus conocidos. Estaban asombrados al ver que iba acompañado de su esposa. Apretó los dientes. Él nunca había querido casarse, pero se había sorprendido de la diferencia que marcaba. Aunque no le gustara admitirlo, Sasha había acertado acerca de la importancia de ir acompañado.
Sus colegas casados se mostraban menos nerviosos y las mujeres seductoras se mantenían alejadas. Incluso le dio mayor relevancia a sus negocios. Incluso un par de personas con las que llevaba años tratando de reunirse para hacer negocios habían aceptado, solo porque lo vieron como un hombre que había sentado la cabeza, mientras que no habían confiado en él cuando estaba soltero.
Apollo miró a Sasha para ver cómo estaba y vio su expresión de asombro. Parecía que nunca hubiera estado en un ambiente así. Desde luego, era completamente diferente a cómo había reaccionado la primera vez que la había llevado a un evento.
Para su sorpresa, al ver su expresión, Apollo recordó cómo se había sentido él la primera vez que lo habían invitado a un evento de la alta sociedad. Completamente fuera de lugar
Se forzó para no sentir lástima por ella. Sasha estaba en deuda con él. Ella parecía dispuesta a desempeñar su papel de esposa y él sería idiota si no sacaba partido a la situación. Después de todo, no estarían casados mucho más tiempo… En cuanto ella estuviera recuperada…
–¿Qué es este lugar? –preguntó Sasha interrumpiendo sus pensamientos.
–Es la residencia del embajador de Francia. Él es el anfitrión esta noche. Su esposa falleció de cáncer hace unos años y ahora su familia organiza esta fiesta cada año.
–Qué triste.
Apollo la miró con suspicacia, pero ella parecía afectada de verdad.
Sasha no se percató de la mirada suspicaz de su esposo. Estaba demasiado asombrada con su entorno. Nunca había presenciado tanta opulencia. Los techos estaban decorados con frescos y las paredes parecían recubiertas de oro.
Cientos de candelabros y lámparas de araña iluminaban el lugar. Era como estar en otro mundo. Estaba segura de que nunca había visto tanta gente elegante en un mismo lugar. O quizá sí, mientras ella les servía las copas. Desde luego, no formando parte del grupo.
La frustración se apoderó de ella. Odiaba no recordar nada… Estar a merced de que su mente le ofreciera recuerdos al azar, como cuando vio a Apollo vestido de esmoquin.
Para distraerse, Sasha trató de centrarse en la conversación que Apollo estaba teniendo con algunos hombres, pero abandonó al ver que hablaban en griego o en otros idiomas que ella no entendía.
Los camareros pasaban ofreciendo champán y canapés.
Sasha tenía miedo de comer por si se manchaba el vestido. Después, los hicieron pasar a una enorme sala llena de mesas redondas y un escenario pequeño. Se sentaron y presenciaron una subasta benéfica. Los artículos subastados incluían coches, citas con famosos e incluso una pequeña isla en la costa de Irlanda.
Sasha exclamó cuando lo anunciaron.
–¡Qué extravagancia!
Apollo la miró y esbozó una sonrisa.
–Eso es para los millonarios.
Después, anunciaron un yate de lujo y ella se sorprendió al ver que Apollo pujaba por él. Al cabo de unos momentos la gente empezó a felicitarlo. Había pagado una gran cantidad de dinero para quedárselo.
Sasha estaba alucinada.
–Acabas de comprarte un yate.
Él la miró.
–Bueno, ya tengo una isla y una isla no sirve de mucho sin yate.
Apollo hizo el comentario sin entusiasmo. De hecho, parecía casi aburrido.
–No pareces muy emocionado por tener esas cosas.
Apollo sintió una presión en el pecho al oír el comentario y al sentir que la penetrante mirada de los ojos azules de Sasha llegaba a lo más profundo de su ser.
Se encogió de hombros con cierta tensión y dijo:
–Como te he dicho, una isla necesita un yate.
–Ya, pero ¿lo usarás?
Apollo se sorprendió al sentir un vacío en su interior. No había comprado el yate con vistas a usarlo. Más bien lo había comprado porque era lo que se esperaba de él. No obstante, no pudo evitar imaginarse surcando las aguas azules del mar, con aquella mujer tumbada al sol y su melena rojiza extendiéndose a su alrededor.
La multitud se puso en pie cuando terminó la subasta y Apollo aprovechó el momento para cambiar de tema. ¿Desde cuándo su esposa lo había afectado tanto con una sola pregunta?
Se puso en pie y le tendió la mano.
–Vamos, salgamos de aquí.
Sasha se percató de que Apollo no había apreciado sus preguntas inocentes. Era evidente que había tocado uno de sus puntos débiles y quizá estaba siendo demasiado ingenua: en su mundo, las islas y los yates eran artículos de lujo que simplemente se añadían a una lista de otros artículos mucho más lujosos.
Había algo en su falta de entusiasmo que provocó que ella se sintiera un poco… Triste.
Los invitados se dirigieron a otra gran sala. Un salón de baile. Había una orquesta y una cantante de jazz. La iluminación era tenue y el ambiente de intimidad. Había una puerta abierta que daba a una terraza llena de faroles encendidos. Estaba atardeciendo y el cielo se había teñido de color lavanda. Era como una escena de una película o de un cuento de hadas.
Apollo guio a Sasha hacia la pista de baile y, cuando ella se dio cuenta de dónde iban, era demasiado tarde. Él se colocó frente a ella y la rodeó por la espalda con un brazo.
Ella se puso tensa al sentir el impacto del cuerpo de Apollo contra el suyo, y también porque estaban en medio de la pista de baile. A su alrededor, las parejas se movían sinuosamente al ritmo de la música. Con elegancia.
Apollo comenzó a moverse y ella dijo:
–Ni siquiera recuerdo si sé bailar.
–Simplemente, sígueme.
Al cabo de unos momentos, Apollo la estrechó contra su cuerpo un poco más. Sasha no pudo resistirse y se relajó entre sus brazos.
Estaban tan cerca que podía oler el aroma de su loción de afeitar. Deseaba besarlo en la boca, probar su piel. Al pensarlo, se puso tensa y él inclinó la cabeza y le susurró al oído:
–Tranquila. Déjate llevar.
Al cabo de unos segundos, se relajó de nuevo y se percató de que se movían por la pista con bastante soltura. Ella lo miró y preguntó:
–¿Dónde aprendiste a bailar?
Él se puso tenso y contestó:
–Mi madre. A ella le encantaba bailar y solía bailar con mi padre todo el tiempo.
–¡Qué romántico!
Él la miró un instante.
–Lo fue, hasta que él tuvo el accidente y no pudo bailar más.
Sasha pensó en lo que él le había dicho acerca de vengarse por la muerte de su padre. Se estremeció pensando en lo despiadado que debía haber sido. Decidido a conseguir su objetivo. Entonces, recordó que también había sido así con ella… Hasta que aceptó salir a tomar una copa con él.
Sasha se preguntaba cómo diablos era posible que él se hubiera fijado en ella cuando había cantidad de mujeres bellas, elegantes y con maravillosas joyas, como las que había allí esa noche. A pesar de que esa noche Sasha iba vestida como una de ellas, se sentía desaliñada y sosa en comparación.
Se fijó en una mujer de cabello oscuro que iba agarrada del brazo de su pareja y que lucía un vestido plateado. La mujer miró a Apollo y después la miró a ella, haciendo un gesto como de rechazo con la cabeza. Sasha no era competencia para ella.
Cuando terminó la canción, Sasha aprovechó la oportunidad para escapar unos instantes. Odiaba esa sensación de inseguridad. Especialmente cuando pensaba en lo cerca que había estado la noche anterior de demostrarle a Apollo lo mucho que él la afectaba, y cuando era evidente que él no sentía nada similar. Se separó de Apollo y dijo:
–Disculpa, tengo que ir al aseo.
Apollo la observó salir de la pista de baile de forma apresurada. Tenía el rostro pálido y él no pudo evitar preocuparse. ¿Se encontraría mal? ¿Estaría recuperando la memoria?
Apollo blasfemó y se dirigió a la barra del bar. Preocuparse por su esposa era un sentimiento nuevo y desconcertante. Igual que la excitación que se había apoderado de él durante el baile. Tenerla entre sus brazos e inhalar el aroma de su piel. La fina tela del vestido que no servía para ocultar las curvas de su cuerpo… Ninguna mujer había tenido un efecto así sobre él.
Apollo se había acostado con las mujeres que deseaba. Siempre les había dejado claro que no buscaba nada permanente. Sin embargo, con ella… Todo había sido diferente y, quizá, por eso había bajado la guardia momentáneamente. Algo que ella había explotado cuando fue a verlo a Londres para darle la noticia, un mes después de que hubieran pasado la noche juntos.
No obstante, corría el peligro de olvidar todo aquello debido al deseo que lo invadía por dentro, que nublaba su juicio y anulaba su control. Nunca debería haber aceptado que ella lo acompañara esa noche. No eran una pareja.
Nunca se habrían casado si no hubiera sido por…
Apollo vio que Sasha regresaba al salón y que miraba hacia todos lados, buscándolo.
Parecía vulnerable. Fuera de lugar. Se fijó en que algunos hombres la miraban, sorprendidos por su belleza natural. Ella destacaba entre la multitud de personas ricas y falsas. Y eso era lo que provocó que él se sintiera atraído por ella aquella primera noche.
Todo había sido un espejismo. Quizá su pérdida de memoria fuera real, pero detrás de ella estaba la verdadera Sasha Miller. Una zorra mentirosa y mercenaria. No tardaría mucho en mostrar cómo era de verdad. En ese momento, como si hubiera oído su pensamiento, sus miradas se encontraron en la distancia. Apollo prometió que no olvidaría quién era ella en realidad.
El trayecto de regreso a casa transcurrió en silencio. Sasha estaba inmersa en su propio pensamiento y cada vez tenía más preguntas sin respuesta. Sobre todo, después de esa noche, al mostrarse en público fingiendo que era la esposa de aquel hombre. Y la realidad no podía estar más lejos de la verdad.
Apollo aparcó el coche al pie de las escaleras de la entrada. Sasha se volvió hacia él antes de salir.
–¿Por qué has permitido que te acompañara esta noche?
Apollo apoyó las manos sobre el volante.
–Primero, porque pensé que no estarías preparada a tiempo. Antes, nunca lo estabas.
–Entonces, habrías tenido excusa para marcharte sin mí.
Él se encogió de hombros.
Sasha negó con la cabeza.
–¿Qué pasó, Apollo? ¿Por qué estamos así? En Londres te gustaba. Insististe en que fuera a tomar una copa contigo. Me invitaste a cenar.
«¿Me llevaste a la cama?»
No podía recordar esos detalles, pero sentía que era verdad porque era como si su cuerpo estuviera en sintonía con el de él. Y ¿un hombre como Apollo se habría casado con una mujer sin haberse acostado primero con ella? No parecía un hombre tradicional.
¿Y ella había sido virgen en esos momentos?
–¿De veras quieres hablar de esto ahora?
Una vez más, Sasha no estaba segura. ¿Quería saberlo todo?
–Sí –contestó.
–¿Estás segura de que estás preparada?
Sasha tragó saliva para disipar el nudo que tenía en la garganta.
–Necesito saberlo. Me siento como si fuera la única que no conoce el secreto.
–Muy bien. Aquí no… Te lo contaré dentro.
Sasha siguió a Apollo dentro de la casa. ¿Realmente estaba preparada? No, pero sabía que no podía continuar sin saberlo.
Todo estaba en silencio. El servicio se había ido a casa o estaba acostado. Entraron en una habitación que servía de estudio y Apollo se dirigió al mueble bar. Se aflojó la pajarita y la miró:
–¿Te apetece una copa?
–¿La voy a necesitar? –bromeó ella.
Él arqueó una ceja.
–Una copa pequeña de brandy, por favor.
No estaba segura de si había probado el brandy antes, pero pensó que quizá fuera necesario.
Apollo sirvió las copas y le entregó la suya a ella. Sasha la olió y arrugó la nariz. Bebió un sorbo y percibió un fuerte calor en la garganta. No era desagradable.
Apollo se quitó la chaqueta y la miró. Sasha se fijó en cómo la camisa resaltaba su torso musculado.
–¿Qué quieres saber?
Sasha tragó saliva.
–¿Nos acostamos?
–Sí. Pasamos una noche juntos.
Sasha notó que un fuerte calor la invadía por dentro y supo que nada tenía que ver con el alcohol que estaba bebiendo. Su instinto no se había equivocado. Se había acostado con ese hombre.
Por eso su cuerpo lo recordaba.
Aunque ella no.
–¿La noche que cenamos en El Shard?
Él asintió.
–Sí, después viniste a mi apartamento.
Sasha sentía ganas de disculparse por no recordarlo. Sin embargo, su instinto le decía que había sido algo para recordar, y que un hombre como Apollo no era fácil de olvidar.
–¿Fue mi primera vez?
Él apretó los dientes.
–Yo creí que sí, pero después… Digamos que no estoy seguro si me lo hiciste creer.
–¿Por qué iba a mentir sobre ser virgen?
Él la miró fijamente.
–Para parecer más inocente de lo que eras, ¿porque pensabas que me resultaría atractivo? ¿Quién sabe?
–¿No te lo dije de antemano?
Él negó con la cabeza.
–Dijiste que tenías miedo de que, si me enteraba de lo inexperta que eras, no quisiera estar contigo.
Sasha se sentó en una silla al sentir que le flaqueaban las piernas.
–¿Qué pasó entonces?
Apollo se bebió la copa y la dejó sobre una mesa. La miró y se cruzó de brazos.
–Después de esa noche, cada uno tomó su camino.
Sasha no preguntó si había sido una decisión mutua. Ya tenía bastante con asimilar que él había sido su primer amante.
¿O no?
Bebió otro trago y preguntó…
–Si nos separamos… ¿Cómo hemos acabado casados?
Durante un instante, se le aceleró el corazón. Quizá él había ido a buscarla. ¿Quizá una noche no le había parecido suficiente?
–Porque un mes después de esa noche, viniste a mi despacho en Londres y me dijiste que llevabas a mi hijo en tu vientre.
Sasha se puso en pie.
–Perdona… ¿Qué hice?
–Me dijiste que esa noche te habías quedado embarazada.
Capítulo 5
LA PALABRA resonaba en la cabeza de Sasha, pero no tenía sentido. Embarazada. Se llevó la mano al vientre, pero lo tenía plano. De pronto, se le cayó la copa de la mano. Estaba temblando. Apollo se acercó a recogerla.
Ella lo miró.
–¿Perdí al bebé?
¿Cómo era posible que no supiera si había perdido al bebé? ¿Era por eso por lo que Apollo la odiaba? ¿Por haber perdido a su hijo?
Se cubrió el vientre con ambas manos, como para tratar de recordar.
Apollo negó con la cabeza.
–No. No lo perdiste porque nunca estuviste embarazada. Mentiste para que me casara contigo, Sasha.
No se había quedado embarazada.
Aliviada por no haber olvidado algo tan importante, reparó en las palabras de Apollo.
«Mentiste para que me casara contigo, Sasha».
–No… Nunca habría hecho tal cosa…
–Lo hiciste –contestó Apollo.
Ella se alegraba de estar sentada porque sentía que podía desmayarse.
–Yo… Te dije que estaba embarazada, pero ¿no lo estaba?
Él asintió.
–¿Y por qué habría hecho tal cosa?
–¿De veras tienes que preguntarlo? Nos habíamos acostado y viste en ello una oportunidad –gesticuló con la mano–. Mira a tu alrededor. Buscabas una vida mejor y decidiste utilizarme para conseguirla.
Sasha se puso en pie. Estaba demasiado nerviosa como para permanecer sentada. Caminando de un lado a otro, dijo:
–Eso es… Hacer algo así es terrible.
–Lo es –convino él.
Ella trató de recordar por qué podría haber hecho algo así, pero no lo consiguió.
–¿Quizá yo pensaba que estaba embarazada? ¿Utilizamos protección?
–Por supuesto. Yo nunca me relajaría tanto, pero he de admitir que no comprobé que todo hubiera ido bien. Siempre hay una posibilidad de error, y fue ese argumento el que utilizaste para sembrarme la duda.
–¿Y cómo estás tan seguro de que yo había mentido?
–Empecé a sospechar cuando no vi ningún síntoma… Además, después de un incidente, admitiste que era mentira.
–¿Un incidente?
Él asintió y se alejó de ella una pizca.
–Yo estaba en Londres y regresé rápidamente después de que Rhea me llamara preocupada. Tú estabas celebrando una fiesta con unos amigos nuevos que habías conocido. Te encontré esnifando cocaína y bebiendo. Cuando te serenaste, admitiste que todo había sido una trampa para cazarme.
Sasha se sentó de nuevo en la silla. Sintió un escalofrío y se abrazó a sí misma.
Se obligó a mirar a Apollo. En el fondo sentía que no podía haber sido capaz de hacer tal cosa… Mentir sobre su embarazo. Consumir drogas… No.
¿Y él por qué iba a mentir? Aquello explicaba por qué se mostraba antipático hacia ella y por qué Rhea y Kara la miraban como si fuera una bomba a punto de explotar cuando regresó del hospital.
–Tú no querías casarte conmigo.
–No.
«¿Por qué no?»; pensó ella, pero no se atrevió a preguntarlo. Después de la primera noche, él perdió el interés por ella. Su inocencia debió decepcionarlo.
–En Londres me invitaste a cenar… Y a tu apartamento… ¿Te gustaba? –preguntó, odiando parecer insegura.
–Me cautivaste. Eras diferente.
–¿Diferente a qué?
Sasha estaba pálida y lo miraba con asombro.
¿De veras fingía amnesia? ¿Se estaba riendo de él? ¿Obligándolo a que dijera por qué le gustaba?
Sin embargo, algo le decía que no podía estar fingiendo. Parecía demasiado agobiada.
–Diferente a todas las demás. A otras mujeres.
Sasha se sonrojó y, durante un momento, Apollo recordó su rostro sonrojado a causa del placer, moviéndose bajo su cuerpo.
–Quieres decir que no era tan sofisticada –dijo ella.
Apollo tuvo que esforzarse para controlar su deseo. «Maldita sea».
–Llamaste mi atención. Eras una mujer abierta. Amistosa. Aunque todo era mentira.
Sasha recordaba que aquella noche se había sentido invisible. Hasta que él la miró y una ola de calor se apoderó de ella, provocando que se le tambaleara la bandeja. Él se acercó para estabilizársela. Sonriendo de manera encantadora.
–Prométeme que vendrás a tomar una copa conmigo y te devolveré la bandeja.
Ella no podía recordar haberse acostado con él, pero podía imaginar cómo habría sido el final. Él diciéndole que no esperara nada más. Un hombre así estaría acostumbrado a ese tipo de situación con las mujeres. Y ella, ¿habría estado tan desesperada como para suplicarle que le diera algo más? Sentía vergüenza de sí misma.
En cierto modo, Sasha se alegraba de no recordar exactamente lo que había pasado. Aquello ya era lo suficientemente humillante sin recordar los detalles de lo que para él fue una experiencia banal. Dormir con una mujer virgen. Era evidente que ella había sido una novedad para él y su atractivo no había durado demasiado.
Empezaba a dolerle la cabeza.
–¿Y ahora qué pasará?
–Nada. Hasta que te hayas recuperado del todo. Después, podremos hablar del futuro.
El futuro.
Sasha se sentía un poco histérica. Si no podía recordar el pasado, tampoco podía pensar en el futuro.
Se puso en pie.
–Me duele la cabeza. Me voy a la cama.
Apollo la observó mientras se marchaba. Estaba muy pálida. ¿Quizá se había precipitado al contarle la verdad? Daba igual que ella hubiera insistido en que quería saberlo.
Apollo sintió ganas de ir tras ella y preguntarle si estaba bien, pero pensó que era ridículo. La mujer que había fingido un embarazo para conseguir que se casara con ella, no era tan delicada. Al margen de que hubiera tenido un accidente.
Se sirvió otro brandy y se lo bebió de un trago. No consiguió quitarse la imagen de su cara pálida y su mirada de asombro de la cabeza. Debía admitir que empezaba a resultarle muy difícil continuar sospechando que la amnesia era fingida. Sasha no habría sido capaz de mantener la mentira tanto tiempo sin equivocarse.
Lo que significaba que aquella noticia era tan sorprendente para ella como lo había sido para él en primer lugar.
Apollo blasfemó y dejó el vaso. Se dirigió al piso de arriba y permaneció en la puerta de la habitación de Sasha durante un rato. No se oía ningún ruido.
Llamó con suavidad, pero no hubo respuesta. Abrió la puerta y entró. La habitación estaba en penumbra, pero él vio que ella no estaba en la cama. Entonces, la vio en la terraza.
Ella debió de oírlo porque se volvió. Se había cambiado de ropa y llevaba un albornoz sobre un picardías. Desde donde estaba, Apollo podía ver la silueta de su cuerpo. Sus curvas y su tez pálida.
Al instante, supo que no debía haber subido a su habitación. Sasha entró desde la terraza y preguntó:
–¿Ocurre algo?
En lugar de marcharse, Apollo se acercó a ella como si tuviera un imán. La luna estaba en el cielo y su reflejo añadía un toque plateado a su melena.
Él percibió su aroma y sintió ganas de acariciarla, pero se detuvo.
–Dijiste que te dolía la cabeza.
–Estoy mejor, gracias. Creo que fue por tratar de asimilar tanta información…
Sasha no estaba segura de si estaba alucinando. ¿Era verdad que Apollo estaba en su habitación, mirándola como si no la hubiera visto antes?
–Solo quería comprobar que estabas bien –dijo él, y se volvió para marcharse.
Sasha actuó de manera impulsiva y estiró la mano para retenerlo.
–Espera.
Él se detuvo y se volvió hacia ella. Sasha ni siquiera sabía qué quería decirle. Entonces, retiró la mano y comentó:
–No recuerdo nada de lo que me has dicho… No me parece algo que yo pudiera hacer, pero ¿cómo voy a saberlo?
Se mordió el labio.
–¿Tú tenías interés por el bebé?
Apollo tuvo que controlarse para no revelar nada que no quisiera. El dolor de haber perdido a toda su familia en unos pocos años había sido tan intenso que había prometido que evitaría exponerse a un sufrimiento parecido y, para ello, había decidido no formar nunca una familia.
Para su asombro, después de la sorpresa y rabia inicial que había sentido tras la noticia, se encontró con que la idea de tener un bebé al que criar y proteger había provocado que algo se ablandara en su interior. Y había reparado parte de su esperanza y optimismo.
Entonces, el hecho de que ella hubiera mentido y provocado en él esos sentimientos, solo sirvió para que se diera cuenta de que las defensas que había erigido durante años no eran lo bastante fuertes. Ella había provocado que aflorara su debilidad, y que se reabriera su herida. Y él, nunca la perdonaría por ello.
–No era mi intención tener una relación seria ni convertirme en padre. No después de haber perdido a toda mi familia. Por supuesto, aun así, me habría ocupado de mi hijo. No soy un monstruo.
Sasha lo miró emocionada.
–Siento todo lo que ha pasado. No sé por qué fingí estar embarazada, pero quiero pensar que tenía buenos motivos.
Él procuró no creer la imagen que trataba de dar. Debía salir de allí, sin embargo, se acercó más a ella. Solo podía mirarla. Contemplar su aspecto de inocencia. Aunque no había sido una mujer inocente en su vida. ¿O sí?
Apollo tenía un recuerdo muy erótico del momento en que se adentró en la humedad de su cuerpo. Su musculatura se había tensado tanto alrededor de su miembro que había visto las estrellas.
Enfadado, preguntó en tono cortante:
–¿De veras te arrepientes? ¿O todo es puro teatro para conseguir meterme de nuevo en tu cama y así intentar quedarte embarazada de verdad?
–No. ¿Cómo puedes decir tal cosa?
–Es fácil. Tú lo has hecho antes innumerables veces, incluida esa vez que cuando llegué a casa te encontré desnuda en mi cama.
Sasha lo miró con incredulidad y dio un paso atrás.
Ella negó con la cabeza.
–No, no es posible que yo haya hecho tal cosa.
–¿Por qué iba a mentir? Has de reconocer que tenía sentido. Después de todo, no estabas embarazada, así que tenías que quedarte embarazada cuanto antes.
Sasha tragó saliva.
¿De veras había estado tan desesperada? Trató de defenderse cuando sintió que todo se derrumbaba en su interior.
–Es evidente que no me deseas… ¿Por qué me habría humillado de esa manera?
Apollo la miraba tan intensamente que ella apenas podía respirar.
Él susurró algo y después comentó en voz alta:
–Pensaba que ya no te deseaba, pero ahora es en lo único que puedo pensar. ¿Qué tipo de hechizo es este?
La miró de arriba abajo y ella empezó a temblar. Los pezones se le pusieron turgentes y presionaban contra la tela de su picardías. Su cuerpo recordaba a ese hombre. Y sus caricias. Sasha no. La frustración se apoderó de ella. No podía apartar la mirada de su boca, de sus labios.
Apollo apenas oyó la negativa de Sasha. Sabía que aquello era una locura. Que no debía haber ido a su habitación. No obstante, el deseo hacía que no pudiera pensar de forma racional. Estiró la mano y le acarició un mechón de pelo, tirando suavemente para atraerla hacia sí.
Al mirar hacia abajo vio el movimiento de sus pechos al respirar. Sus senos redondeados rodeados de tela de encaje lo invitaban a explorar. Una fuerte tensión se apoderó de ellos.
La sujetó por la barbilla y la miró a los ojos. Recordó la primera vez que se besaron. Estaban sentados en una mesa apartada del hotel de lujo donde la había llevado a tomarse una copa cuando salió de trabajar aquella noche.
Esperar a que saliera por la puerta de empleados del hotel había sido una novedad extraña. Apollo recordaba la sensación de que, ese día, algo se había liberado en su interior.
Sasha se había mostrado muy cohibida, vestida con falda negra, blusa blanca y chaqueta negra. Zapatos planos. Medias finas.
Él la deseó entonces, y la deseaba en esos momentos. Inclinó la cabeza con anticipación. Nunca pensó que fuera a besarla otra vez.
«No había querido hacerlo».
Sin embargo, allí estaba, guiado por el intenso deseo igual que la primera vez.
Sasha estaba muy tensa mientras esperaba a que Apollo la besara en los labios. Él ya la había besado antes, así que, no debía ser una novedad. No obstante, cuando sus bocas se rozaron, sintió como si un terremoto hubiera tenido lugar en su interior.
Ni siquiera fue consciente de cuando le agarró la camisa para atraerlo hacia sí. Él introdujo los dedos entre su cabello y le inclinó la cabeza. Ella percibió el sabor a brandy en su boca. Era embriagador, y nada podía haberla preparado para aquello.
Su torso era como un muro de acero contra sus senos. Ella arqueó la espalda para tener más contacto con él. Apollo colocó una de sus manos en su espalda y la estrechó contra su cuerpo.
Sasha notó su miembro erecto contra la parte baja de su vientre y, al instante, un calor húmedo en su entrepierna. Intentando contener el intenso deseo, apretó las piernas, pero no lo consiguió.
En ese mismo instante, Apollo se retiró. Fue un movimiento tan repentino que ella se tambaleó y él tuvo que sujetarla por los hombros para estabilizarla. Ella abrió los ojos. Se sentía mareada. Ansiosa. Necesitada.
Al ver la expresión seria del rostro de Apollo, se separó de él.
–Esto no debería haber sucedido. No forma parte del contrato de matrimonio. Vete a la cama, Sasha, es tarde.
Él se volvió y salió de la habitación. Sasha se quedó mirando al vacío unos instantes. Estaba tan sorprendida que ni siquiera se sentía enfadada por el hecho de que él le hubiera hablado como si fuera una niña, como si hubiese sido ella la que había entrado en su habitación y la que lo había besado.
Tenía el corazón acelerado y todo su cuerpo ardía de deseo. Una sensación que conocía, pero que no recordaba. Le dolían los senos y tenía húmeda la entrepierna, y todo por un simple beso.
Sin pensar, cerró las puertas de la terraza, se quitó el albornoz y se metió en la cama. Al cabo de un rato se quedó dormida, y sus sueños se llenaron de imágenes inconexas e inquietantes.
Apollo permaneció bajo la potente ducha de agua fría durante más tiempo del que casi podía soportar. Cuando salió, se colocó una toalla alrededor de la cintura y se miró en el espejo.
Su imagen mostraba sufrimiento. Y sabía que no era por la ducha de agua fría. ¿En qué diablos estaba pensando cuando fue al dormitorio de Sasha? ¿En besarla? No estaba pensando. Ese era el problema.
Había tenido que contenerse para retirarse sin rasgarle la ropa, tumbarla en la cama, y revivir la noche que habían compartido en Londres. Y así, consumar su matrimonio.
Aquel matrimonio no tenía nada que ver con acostarse con ella. Y mientras no la había deseado le había resultado muy fácil olvidar que una vez la deseó.
«Nunca lo olvidaste», pensó frunciendo el ceño.
Además, había traspasado la barrera. Había besado a Sasha otra vez y se había dado cuenta de que era tan potente como la primera vez.
Deseaba a su esposa.
Sin embargo, era lo último que debía desear. Sobre todo, cuando ella tenía la capacidad de reabrir viejas heridas con solo una mirada. Lo que él necesitaba era apartar a Sasha de su vida de una vez por todas.
Y para que eso sucediera, ella tenía que recuperar su memoria. Cuanto antes sucediera, antes volvería a mostrar su verdadera naturaleza y Apolo podría continuar con su vida y olvidarse de ella.
Hasta entonces, lo que debía hacer era proporcionarle la oportunidad de trabajar su memoria en la dirección correcta.
Sasha intentó evitar mirar a Apollo mientras desayunaban en la terraza. Apenas había dormido debido a los inquietantes sueños que había tenido. No obstante, el impulso de mirarlo era demasiado fuerte y lo observó justo cuando se llevaba la taza a los labios mientras leía el periódico. Por su aspecto, parecía que no había sucedido nada la noche anterior, y que había dormido como un bebé. Estaba recién afeitado y, al recordar el roce de su barba incipiente sobre el mentón, Sasha notó que una ola de calor la invadía por dentro. Durante un instante se preguntó si no habría soñado que la había besado, pero entonces, él bajó el periódico y la miró, y al ver cómo reaccionaba su cuerpo, supo que el beso había sido real.
–Nos iremos a Krisakis unos días.
–¿A dónde?
–Es la isla de mi propiedad. Forma parte de las islas Cíclades. Santorini, Naxos, Paros…
Ella había olvidado que él tenía una isla.
–Estoy construyendo un resort ecológico y tengo que reunirme con los diseñadores y ver cómo progresa.
–¿He estado allí antes?
Él asintió.
–Te llevé cuando vinimos a Grecia por primera vez.
Sasha trató de recordar alguna imagen de la isla, pero no consiguió nada.
–¿Cuándo nos iremos?
Apollo miró el reloj.
–Dentro de una hora. Le he pedido a Kara que te haga la maleta.
–La maleta puedo hacérmela yo.
–Como quieras. Tengo que hacer unas llamadas antes de que nos vayamos –se puso en pie y salió de la habitación.
Sasha contuvo la respiración. Iba vestido con unos pantalones vaqueros que resaltaban su trasero y sus muslos.
Rhea entró en al habitación y Sasha apartó la mirada rápidamente, avergonzada de que la hubieran pillado mirando a su marido. También porque recordó lo que su marido le había contado acerca de aquella fiesta.
«Estuve drogándome».
Debía disculparse, así que, agarró la mano de Rhea mientras recogía los platos. La mujer la miró sorprendida y Sasha dijo:
–Lo siento, Rhea… Siento todo lo que sucedió. Siento haberte faltado al respeto.
La mujer la miró y le dio una palmadita en la mano.
–Está bien, kyria Vasilis. No se preocupe
Terminó de recoger y se marchó. Sasha seguía sintiéndose avergonzada, pero un poco mejor.
Se levantó de la mesa y se dirigió al jardín. A pesar del sol, y al recordar los sueños que había tenido esa noche, se estremeció.
Los sueños habían sido muy eróticos. Ella estaba en una cama, haciendo el amor con Apollo. Sus cuerpos desnudos entrelazados de forma muy íntima. Él le sujetaba una mano por encima de la cabeza mientras le besaba los pezones. Ella recordaba muy bien la sensación, y cómo había deslizado la cabeza a su entrepierna…
De pronto, Sasha se dio cuenta de que ya no era ella la que estaba en la cama. De pie, en la distancia, miraba cómo él le hacía el amor a otra mujer. Entonces, la mujer la miró como burlándose de ella y Sasha se percató de que sí que era ella, pero a la vez era otra mujer distinta.
Sasha aparecía detrás de un cristal. Era capaz de verlo todo, pero no de sentirlo. La mujer que estaba en la cama era una impostora que fingía ser ella. Y Apollo no se daba cuenta. Ella los miraba indefensa mientras él movía su cuerpo poderoso entre las piernas de la otra mujer y la penetraba.
La mujer rodeó a Apollo por la cintura, con las piernas. Miró a Sasha con una sonrisa y comenzó a reírse a carcajadas. Ahí es cuando Sasha despertó sudando y temblando, invadida por un sentimiento de traición tan intenso que le provocaba náuseas.
Sasha negó con la cabeza y trató de ignorar aquellas imágenes. Le habían parecido completamente reales, pero evidentemente, no podían ser ciertas.
Se dirigió hacia su habitación y, al pasar por delante del despacho de Apollo, oyó que hablaba con tono muy serio.
Sin pensarlo, se metió en el despacho contiguo. Una habitación que habían preparado para ella después de que insistiera en tener un despacho también. Había un ordenador sobre la mesa. Sasha se sentó y lo encendió.
Preguntándose cómo no se le había ocurrido antes, escribió el nombre de Apollo en el buscador. Sasha leyó algunos artículos sobre él en los que hablaban de los éxitos que había conseguido. También decían que era uno de los primeros magnates de la construcción que se había comprometido a trabajar de forma ética. Todos sus empleados tenían un seguro de salud y accidentes, de manera que si sufrían algún percance podrían recuperarse y luego reincorporarse a su puesto de trabajo o a otro que fuera más adecuado.
Como consecuencia, sus trabajadores figuraban entre los más satisfechos del sector y, el hecho de que él tuviera unos estándares más altos estaba provocando cambios en el sector. Era un pionero.
Al final del artículo decían:
Al preguntarle por su reciente matrimonio con Sasha Miller, Vasilis contestó tajante: Mi vida privada está vedada.
Sasha empezó a encontrarse mal. Por supuesto que él no había querido contar los detalles de su matrimonio a un periodista.
Aquello provocó que Sasha quisiera conocer más cosas sobre su pasado. ¿Qué había sucedido para que ella se comportara de esa manera? ¿Para querer casarse con un hombre así? Continuó buscando en el ordenador y vio algunas noticias que salían en las redes sociales. Todas requerían contraseña para entrar, y ella no recordaba ninguna.
En una de las páginas se podía ver una foto pequeña. Era ella, posando sonriente en un club náutico. Iba más maquillada. Tenía la piel bronceada y, teniendo en cuenta que su piel era blanca como la leche, era evidente que era un bronceado artificial. En la mano tenía una copa de vino. Y un gran anillo de diamantes en el dedo que eclipsaba su alianza de boda. Los anillos que había perdido durante el accidente.
Se acarició el dedo e imaginó que se los habrían arrancado de algún modo, pero no tenía marcas que indicaran tal cosa. Sin embargo, tenía la sensación de que los había visto en algún sitio… Aunque no lo recordaba bien.
Sasha acarició su foto con un dedo, como para intentar recordar más secretos de su pasado.
Nada.
Nada excepto un escalofrío. Al ver la foto recordó el sueño. Era como mirar a otra mujer.
Apagó el ordenador, deseando borrar aquella imagen de sí misma. Abrió un cajón que había en el escritorio, preguntándose si encontraría algo acerca de su pasado. Vio un sobre grueso y lo sacó. En él aparecía su nombre. Sacó unos papeles y leyó: Solicitud de divorcio por mutuo acuerdo entre Apollo Vasilis y Sasha Miller.
La fecha que figuraba era de unos días antes del accidente.
Sasha comenzó a hojear el documento y vio que no estaba firmado. Se señalaban los motivos del divorcio. Múltiples diferencias. Y no consumación del matrimonio.
No se habían acostado.
Así que él no la había deseado. Sin embargo, la noche anterior lo había hecho. Y a él no le había gustado.
–¿Qué estás haciendo?
Sasha levantó la vista y vio a Apollo junto a la puerta. Al instante, se sintió como si estuviera haciendo algo ilegal.
Le mostró el papel y dijo:
–¿Íbamos a divorciarnos?
–En todo momento.
Sasha dejó el documento sobre la mesa.
–¿Y al principio? ¿Con el bebé?
–¿El bebé que nunca existió?
Ella se sonrojó.
–Cuando creí que estabas embarazada acordamos casarnos por un año. Así habría tiempo suficiente para que naciera el bebé y valorar la situación.
Sasha frunció el ceño.
–¿Qué significa eso?
–La custodia.
–En principio, puesto que yo sería la madre, la custodia sería para mí.
Apollo negó con la cabeza.
–En el acuerdo prenupcial firmaste que renunciabas a la custodia. Aceptaste llegar a un acuerdo en el que yo tuviera la custodia a cambio de que te pagara una vivienda cercana para que pudieras ver al bebé de forma regular.
Sasha se puso en pie y negó con la cabeza.
–No puedo creer que acordara renunciar a mi bebé.
–No te olvides de que no había bebé. Yo debía haberme imaginado algo al ver que aceptabas rápidamente y que estabas más interesada en la pensión que recibirías en caso de divorcio.
Sasha recordó lo que él le había contado la noche anterior acerca de cómo ella había tratado de seducirlo para intentar quedarse embarazada, y cómo él la había encontrado drogándose.
–¿Fue entonces cuando iniciaste los trámites de divorcio? Después de la fiesta, cuando supiste que no estaba embarazada.
Él asintió.
–¿Y por qué no me echaste sin más cuando te enteraste?
–Lo pensé. Y era lo que quería. No quería volverte a ver.
–¿Y por qué no lo hiciste?
–Porque estamos casados. No podía confiar en ti. No sabía qué podrías hacer. Quizá contarles a los periodistas una historia lastimera, y yo tengo una reputación que mantener. Lo último que necesitaba era que la prensa me prestara atención por algo negativo.
–Y después, tuve el accidente.
Él asintió.
–Unos días más tarde, te subiste a uno de los coches y desapareciste durante horas. Rhea me llamó al ver que no habías regresado para cenar. Entonces, empezó la búsqueda. Apareciste en una cuneta no muy lejos de aquí.
Sasha sintió frío.
–Este matrimonio nunca funcionó.
Apollo recordó la noche en que conoció a Sasha. Qué rápido lo cautivó con su belleza. Y qué novedad conocer a alguien tan abierta y divertida. Sin embargo, no había sido real. Trató de no pensar en ello y contestó:
–No.
–¿Por qué aceptaste casarte conmigo? ¿Por qué me creíste?
–Tenías un informe médico que confirmaba tu embarazo, así que, consulté con mi equipo legal. Llegamos a la conclusión de que cuando firmaras el acuerdo prenupcial, casarme contigo me brindaría la oportunidad de conseguir la custodia y garantizar el futuro de mi hijo. Había una cláusula donde se decía que, si pasaba algo durante el embarazo, o si se demostraba que el bebé no era mío después de la prueba de ADN, tú no te llevarías nada. Por supuesto, decidiste que arriesgarse a contraer matrimonio merecía la pena, aunque no estuvieras embarazada. De ahí tus intentos de seducirme una vez que nos casamos. Intentos que no funcionaron.
Sasha puso una mueca.
–¿Por qué me has traído aquí después del accidente? ¿Por qué no me echas de tu vida ahora que puedes?
«¿Por qué no?», preguntó una vocecita en la cabeza de Apollo. Podía haber hecho tal cosa. Podía haberse aprovechado de su amnesia para que firmara el acuerdo de divorcio e instalarla en un apartamento en Atenas, darle una pequeña pensión y pagar a una enfermera para que atendiera sus necesidades hasta que estuvieran divorciados.
No obstante, daba igual cuánto la odiara por lo que había hecho. El estado en el que se encontraba después del accidente, pálida e indefensa en aquella cama de hospital, lo había atrapado. Y después, al despertarse, ella lo había mirado y había sido como si los meses anteriores se hubieran desvanecido y lo único que él pudiera recordar era la noche en que se habían conocido.
La pérdida de memoria solo había complicado más las cosas. Cambiándola. Recordándole a él la primera impresión que tuvo al verla. Prendiendo de nuevo la llama de su deseo.
–No permitiré que vayas a ningún sitio hasta que no firmemos los papeles de divorcio. No confío en que no vayas a hacer algo para explotar el poder que tienes mientras seas mi esposa.
Él continuó.
–No sé por qué te subiste al coche el día en que desapareciste, ni a dónde te dirigías… Y hasta que no recuperes la memoria y puedas contármelo, no te irás a ningún sitio. Por lo que sé, te quitaste los anillos de boda porque tenías un amante. Quizá pensabas irte con él puesto que yo no había caído bajo tus hechizos.
El recuerdo del beso que habían compartido la noche anterior, invadió la cabeza de Apollo. Le gustara o no, había caído de nuevo bajo el hechizo de Sasha.
Sasha levantó los papeles. Estaba pálida y le temblaban las manos. Al verla, él sintió ganas de protegerla, pero lo evitó.
–Entonces, ¿por qué no firmamos los papeles ahora mismo y terminamos con esto?
Apollo no se sintió aliviado al ver que ella estaba dispuesta a dejar todo atrás y apartarse de su vida. Sentía algo mucho más ambiguo e inquietante. No quería dejarla marchar.
–Es fin de semana y mi oficina está cerrada. El lunes es fiesta nacional. Además, he hecho planes para ir a Krisakis. Firmaremos los papeles dentro de una semana, cuando regresemos a Atenas. Dentro de un mes tendremos vidas separadas. Y quizá, Krisakis te ayude a recuperar la memoria.
–En cuanto firmemos los papeles, ¿todo va tan rápido? –la idea de no volver a ver a Apollo le daba miedo. Pensaba que era porque no tenía nada más que le resultara familiar en la vida, y no porque él significara algo para ella.
–Sí, puede ser tan rápido –dijo Apolo–. Por supuesto, si para entonces no has recuperado la memoria, me aseguraré de dejarte en una situación y en un lugar donde te sientas segura.
Sasha sintió un nudo en el estómago. La idea de que Apollo sintiera lástima por ella y estuviera dispuesto a asegurarse de que estuviera bien después del divorcio suponía una nueva humillación.
–Estoy segura de que no será necesario, pero gracias.
Capítulo 6
UN PAR de horas más tarde, las palabras de Apollo todavía resonaban en la cabeza de Sasha.
«Me aseguraré de dejarte en una situación y en un lugar donde te sientas segura».
Las ventajas de ser un hombre rico. Capaz de disolver matrimonios y mantener a una exesposa sin problema.
El hecho de poder disolver su matrimonio no hizo que Sasha se sintiera aliviada, sino que le creó más confusión.
Recordaba el interés que Apollo había mostrado en ella en un principio y cómo se había sentido intimidada y entusiasmada al mismo tiempo. ¿Cómo había pasado de eso a querer engañarlo de forma tan cruel?
Suspiró y trató de concentrarse en el paisaje para no pensar más en ello.
Estaban en un helicóptero sobrevolando el Egeo y las islas y los barcos parecían pequeños juguetes en la distancia.
Al ver el helicóptero en el aeropuerto privado Sasha se había mostrado indecisa. Apollo la había mirado y le había dicho:
–Volaste en esto cuando te traje a la isla por primera vez. Y te encantó.
–¿De veras? –había preguntado ella. Durante todo el viaje, había permanecido con un nudo en la garganta. Y el nudo se hizo más intenso cuando comenzaron a descender sobre una isla y el helicóptero se inclinó hacia la izquierda.
Aquello debía ser Krisakis. Sasha trató de contener el miedo y se fijó en las montañas llenas de flores que rodeaban la costa. El mar rompía contra las rocas y, al cabo de un momento, rodearon un cabo y apareció una playa de arena blanca como de postal.
Sasha vio que había una escalera tallada en la roca y que llevaba a unos edificios modernos con forma de cubos de cristal interconectados. También había una piscina infinita con tumbonas alrededor que parecía muy agradable.
–Eso es la casa. Lo primero que construí aquí. La isla sufrió un terremoto hace medio siglo y solo quedó una pequeña población. Ahora, con la construcción del complejo que estoy desarrollando al otro lado, vuelve a haber una comunidad en auge. Las personas que nacieron aquí y tuvieron que marcharse han regresado. Y también sus hijos e hijas –le comentó Apollo por los auriculares.
El helicóptero aterrizó a poca distancia de la casa. Apollo salió y abrió la puerta de Sasha para ayudarla a salir. Sin soltarle la mano le preguntó:
–¿Estás bien?
–Sí –dijo ella, y retiró la mano.
Apollo se acercó a hablar con el piloto un momento y, una vez que sacaron las maletas, acompañó a Sasha a un lugar seguro para que el helicóptero pudiera despegar de nuevo.
Al momento se oyó el ruido de un carro de golf y Sasha vio que se dirigía hacia ellos.
Apollo saludó con entusiasmo a la persona que lo conducía.
–Ese es Spiro, el hijo de la ama de llaves que tengo aquí. Está echando una mano antes de regresar a la universidad.
El joven se detuvo a su lado y se bajó para recoger las maletas con una amplia sonrisa.
Sasha no pudo evitar sonreír al ver su entusiasmo, pero cuando él la miró, su sonrisa se desvaneció. Sasha sintió un nudo en la garganta. Otra vez no. ¿También le había faltado al respeto a aquel joven? El chico miró a Apollo y comentó algo en voz baja. Apollo contestó muy serio.
Él le tendió la mano a Sasha.
–Kyria Vasilis, me alegro de verla otra vez.
Sasha forzó una sonrisa y le estrechó la mano, disculpándose mentalmente por aquello que quizá hizo.
Cuando llegaron a la casa, Sasha esperaba que las empleadas reaccionaran de la misma manera que Rhea y Kara cuando la vieron entrar en la casa de Atenas. Sin embargo, Olympia, la madre de Spiro, parecía sorprendida pero amable. Quizá Sasha no se había portado demasiado mal en la isla. Después de todo, no parecía que allí hubiera muchas distracciones.
Apollo le dijo algo al ama de llaves y, después, se volvió hacia Sasha.
–Olympia te mostrará la casa y te llevará a tu dormitorio. Me reuniré contigo después de hacer un par de llamadas.
Sasha siguió a la mujer y se fijó en la decoración minimalista que predominaba en la casa. Su simplicidad resultaba tranquilizadora.
Olympia la guio por un pasillo y abrió una puerta.
–Su habitación, kyria Vasilis –anunció con una sonrisa.
Sasha forzó una sonrisa y trató de no darle importancia al hecho de tener un dormitorio separado del de Apollo.
Su habitación era un conjunto de habitaciones unidas, sin puertas entre ellas.
Había una gran cama con dosel y cortinas de muselina. El baño tenía dos tipos de ducha, una exterior y otra interior, y una bañera que parecía una piscina.
También había un vestidor y un salón con un sofá, una televisión y un equipo de música.
«Quizá piensa encerrarme aquí como su prisionera», pensó Sasha.
En ese momento vio que Olympia trataba de llamarle la atención y Sasha la siguió hasta una terraza donde había una tumbona y una sombrilla.
–Desharé las maletas mientras merienda en la terraza. Sígame, por favor.
Sasha sonrió, tratando de disculparse en silencio por lo que hubiera hecho en el pasado. Olympia la llevó al interior de la casa y después hasta una terraza donde había una mesa llena de fruta, pastas y bizcochos. También había café, té, o agua con gas.
Sasha se sirvió un poco de té y se relajó contemplando el paisaje. En la distancia se veía el mar azul y el contorno de otras islas en el horizonte.
Creía que nunca había estado en un sitio tan tranquilo, sin embargo, al parecer había estado allí antes, entonces ¿por qué no reconocía nada? Sasha trató de vencer el sentimiento de frustración que la invadía. Tenía que confiar en que, tarde o temprano, recuperaría la memoria. No podía ser de otra manera.
Apollo permaneció un instante entre las sombras observando a Sasha en la terraza. Iba vestida con un pantalón cortó de color azul y una blusa blanca sin mangas atada en la cintura. Constantemente elegía lo contrario a lo que hubiera elegido antes del accidente.
Él nunca había imaginado a una mujer en aquel lugar. Había algo en la tranquilidad de aquella isla que siempre le producía cierta calma interior, y nunca había querido compartir el espacio con nadie, aparte de los propios isleños, por supuesto.
Apollo nunca había llevado a una amante allí, y Sasha no contaba como tal cuando la llevó a la isla tres meses atrás. Había sido una decisión estratégica.
Por mucho que odiara admitirlo, nada se parecía a aquella primera visita. Era como si Sasha perteneciera a ese lugar. A pesar de su tez pálida. Su melena se movía suavemente con la brisa, esos mechones de pelo dorados rojizo, ondulados e indómitos. Desde allí, Apollo casi podía ver sus pecas. Esas pecas que ella siempre trataba de disimular, aparte de las dos primeras noches en que se conocieron.
Él recordaba quedarse fascinado al verlas sobre su cuerpo desnudo, en pequeños grupos y en lugares secretos. Ella se había sentido avergonzada… Hasta que él empezó a distraerla.
Apollo comenzó a sentir un fuerte calor en la entrepierna y blasfemó. Era como si ella hubiera sufrido un cambio de personalidad. ¿Era posible? Sasha parecía preocupada, como si estuviera considerando la misma opción. Él no imaginaba cómo debía ser no saber nada de uno mismo. Experimentó un leve dolor en el pecho. ¿Lástima? ¿Preocupación?
Sasha lo miró en ese momento y Apollo salió a la terraza ignorando sus sentimientos. No era el momento.
–¿Qué te ha parecido la casa? –preguntó él, y se sentó.
–Es preciosa. Me siento como si nunca hubiera visto algo así, pero al parecer sí lo he hecho. Y esta isla es tan…
Apollo bebió un sorbo de café
–¿Aburrida?
–No, para nada. Es tan tranquila…
Apollo la miró con suspicacia.
–¿No me digas que no me gustó nada la primera vez que vine?
Él negó con la cabeza.
–No. Miraste a tu alrededor y me preguntaste cuándo nos marchábamos. Te quedaste una noche.
–¿Por qué me trajiste aquí, entonces?
–Pensé que te gustaría relajarte.
–¿Quieres decir que era un buen sitio para esconderme?
Sasha se puso en pie, sorprendida de lo enfadada que estaba.
–¿Y ahora qué? ¿Es aquí donde piensas esconderme hasta que nos hayamos divorciado?
Se disponía a marcharse de la terraza, pero Apollo la agarró de la mano.
–No –dijo él–. Quizá la primera vez. No pensaba con claridad. Seguía en shock tras la noticia de que estuvieras embarazada y de pensar cómo iba a afectar eso a mi vida.
Sasha lo miró, olvidando por un momento que no había estado embarazada.
–¿Y qué pasaba con mi vida?
Ella se sonrojó y retiró la mano, alejándose de él.
–Mira –dijo él–, hemos venido unos días. Yo tengo que atender unos asuntos en el complejo que están construyendo y también me han ofrecido asistir a la inauguración de otro complejo turístico en Santorini. No muy lejos de aquí. Es a finales de semana. Tú todavía te estás recuperando, así que, aprovecha para descansar y quizá te ayude a recuperar la memoria.
Sasha miró a Apollo. Estaba a contra luz y no podía verle bien los ojos.
–Entonces, ¿no vas a dejarme aquí?
Apollo apretó los dientes.
–No soy un carcelero, Sasha. Cuando nos vayamos de aquí, firmaremos los papeles del divorcio y continuaremos con nuestras vidas.
«Continuaremos con nuestras vidas».
Independientemente de que hubiera recuperado la memoria o no. De pronto, la idea de regresar a un mundo que no recordaba resultaba muy intimidante. Nunca se había sentido tan sola.
Sasha parecía vulnerable. Tenía el ceño fruncido. La tez muy pálida. Era delgada y esbelta. Sin embargo, él recordaba la fuerza de su cuerpo cuando lo recibió en su interior. La presión de sus senos contra el pecho, los pezones turgentes como balas.
Respiró hondo, tratando de no perder el control.
Te lo dije, Sasha. Me aseguraré de que tengas un entorno seguro. No tendrás que vagar por un mundo que no recuerdas si todavía no has recuperado la memoria –comentó él.
–Gracias. Te lo agradezco… Después de todo, esto es el paraíso. Gracias por haberme traído.
La expresión de su rostro era indescifrable. Por un momento, Apollo tuvo que resistirse para no tomarla entre sus brazos y obligarla a mirarlo a los ojos para que revelara las emociones que trataba de ocultar.
No obstante, al final dijo algo sobre que tenía que revisar unos correos electrónicos de trabajo y se marchó de la terraza, con todo el cuerpo anhelando saborear de nuevo a la mujer que había puesto su vida del revés.
Durante los siguientes días a su llegada a Krisakis, Sasha descubrió que, gracias a la paz y la tranquilidad, se sentía completamente recuperada. También tuvo tiempo de tranquilizarse, de asimilar todo lo que le habían contado. El falso embarazo, el divorcio. Su comportamiento.
Seguía teniendo montones de preguntas en su cabeza. ¿Qué había pasado cuando conoció a Apollo y por qué había fingido su embarazo?
Ni siquiera recordaba haberse acostado con Apollo. Aunque sospechaba que lo estaba recordando en sueños, ya que cada vez eran más vívidos y eróticos. La noche anterior había vuelto a soñar con él.
Ambos estaban desnudos y él estaba entre sus piernas separándole los muslos. Ella se sentía torpe y avergonzada, pero todo se disipó cuando él inclinó la cabeza y la besó en el interior de la entrepierna.
Ella empezó a temblar de deseo. Su cuerpo se cubrió con una fina capa de sudor. Después, colocó las piernas sobre los hombros de Apollo y él la besó justo ahí. En el centro de su ser. La acarició con la lengua y provocó que experimentara un intenso placer.
Ella despertó con el pijama empapado, el corazón acelerado y la musculatura de su entrepierna sujetando con fuerza una erección inexistente. Avergonzada, se metió en la ducha tratando de volver a la realidad.
Respiró hondo y trató de no pensar en los sueños que había tenido. No sabía qué era peor, habitar su propio cuerpo en sueños u observarse a sí misma, desde la distancia, haciendo el amor con Apollo. Las dos cosas eran igual de inquietantes.
La hora del día que más le gustaba era el atardecer, cuando el sol ya no calentaba tanto. Entonces, aprovechaba para leer alguno de los libros que había encontrado en una estantería.
La mayor parte de los días se despertaba tarde, y se preguntaba si siempre había tenido esa costumbre, pero le daba miedo preguntárselo a Apollo cuando regresaba a casa a la hora de cenar. Apollo se marchaba temprano cada mañana, igual que solía hacer en Atenas. Sasha suponía que iba a atender sus negocios en la isla.
Ambos trataban de hablar de temas neutrales durante la cena, y Sasha no podía ignorar que se sentía muy atraída por él. Ni la tensión que invadía su cuerpo cuando él se acercaba.
De pronto, notó que se le erizaba el pelo de la nuca y se volvió. Apollo se dirigía hacia donde estaba ella, en una tumbona junto a la piscina.
Sasha se alegró de llevar un caftán sobre el bañador, ya que su cuerpo reaccionó al verlo. Y al recordar el sueño. Apollo vestía un pantalón corto y un polo que resaltaba la musculatura de sus brazos y de su torso. Una fina capa de vello oscuro asomaba por encina del último botón del polo.
En cuanto él se acercó, ella dijo:
–Llevo crema solar de protección cincuenta.
Él se sentó en una tumbona que había a su lado y esbozó una sonrisa. Olympia apareció con una bandeja con dos vasos de limonada.
Él sonrió a Olympia.
–Efharisto.
La mujer sonrió también.
Sasha observó a Apollo mientras bebía un poco de limonada y vio que se le movía la nuez al tragar. Hasta ese movimiento era sexy. Ella bebió un gran trago para calmarse y se atragantó. Al oírla toser, él se acercó y le dio una palmadita en la espalda.
–¿Estás bien?
Sasha tomó aire una vez más. Era consciente de su mano sobre la espalda y de la potente musculatura de su muslo junto al de ella.
–Estoy bien… –dijo Sasha por fin.
Por suerte, él regresó a su tumbona.
Apollo se había puesto las gafas en lo alto de la cabeza y Sasha vio que tenía algo en el pelo. Con timidez, señaló hacia su cabeza y él se sacudió el cabello con la mano.
–Tengo que darme una ducha. Es polvo de la obra.
–¿También trabajas en ella?
–Un poco de vez en cuando. Me gusta hacer cosas con las manos.
Sasha no pudo evitar recordar cómo era sentir las manos sobre sus piernas, separándole los muslos, como en el sueño.
–¿Puedo ir a verla? –preguntó sin pensar.
Él la miró sorprendido.
–¿Quieres ir a ver la obra?
–Si no es mucho lío.
–Por supuesto, si es lo que quieres. Puedo llevarte conmigo los próximos días.
–Me gustaría ir –sonrió Sasha–, siempre que no me entrometa en tu camino.
Durante un segundo, el ambiente se volvió más relajado. Entonces, Apollo se puso en pie.
–Voy a darme un baño para refrescarme –se bebió el resto de la limonada y dijo–: ¿Te veré en la cena? A menos que quieras venir a bañarte conmigo. Me voy a acercar al mar.
La idea era tremendamente atractiva, pero…
–Ni siquiera sé si he aprendido a nadar.
–¿No te has metido en el agua todavía?
Ella negó con la cabeza.
–De acuerdo, espera aquí. Volveré enseguida.
Minutos más tarde, Apollo regresó en bañador y con una toalla. Sasha sintió que se le entrecortaba la respiración. El bañador se ajustaba a sus caderas y a sus muslos. El color negro de la tela hacía que su piel pareciera todavía más bronceada. Apollo dejó la toalla sobre la tumbona y estiró la mano.
–¿Dónde vamos?
–Vamos a ver si puedes nadar.
–No sé si quiero saberlo.
–Nos meteremos en la parte menos profunda de la piscina. Te prometo que no te ahogarás.
Indecisa, ella se puso en pie y se quitó el caftán, consciente de que debajo llevaba un bañador color carne. Evitó mirar a Apollo y le dio la mano. Al instante, su cuerpo reaccionó.
Sasha lo siguió por los escalones de la piscina hasta que el agua le llegó a mitad de muslo.
–Dame las manos y sigue avanzando.
Sasha miró a Apollo. Respiró hondo y le dio las manos, permitiendo que él la guiara hasta que el agua le llegó al pecho.
–Ahora, túmbate y permite que te arrastre.
–Me hundiré.
–No. Yo te sujetaré. Tu cuerpo flotará en el agua. Confía en mí.
Su tono de voz era muy tranquilizador. Implacable. Sasha no tenía más opción que hacer lo que le decía. Se inclinó hacia delante, y comenzó a flotar agarrada a las manos de Apollo.
Cuando se dio cuenta de que ya no estaba tocando el fondo, se asustó.
–No me sueltes –le dijo.
–No lo haré. Mírame y mueve las piernas.
Ella obedeció y notó que avanzaba hacia delante. Apollo comenzó a nadar hacia atrás.
–Sigue así. Eso es.
Recorrieron la piscina una y otra vez hasta que Sasha se acostumbró a la sensación de estar en el agua moviendo las piernas.
Al cabo de un rato, Apollo se detuvo en mitad de la piscina.
–Voy a soltarte las manos, pero me quedaré aquí. Sigue moviendo las piernas y usa los brazos y las manos para avanzar por el agua.
Apollo la soltó y Sasha comenzó a mover los brazos y las piernas. Al cabo de unos instantes se percató de que iba siguiendo a Apollo mientras él retrocedía por el agua, alejándose de ella.
Sasha se detuvo y, en cuanto dejó de mover las piernas y los brazos, comenzó a hundirse. Al ver que se le metía la cabeza bajo el agua, él la agarró rápidamente.
–¡Me has engañado! –exclamó ella, tosiendo.
Él la sujetó con fuerza.
–Estabas nadando, Sasha, y ni siquiera te has dado cuenta.
–Suéltame otra vez, quiero hacerlo sola.
–¿Estás segura?
Ella asintió.
Apollo la soltó y ella comenzó a mover los brazos y las piernas con rapidez.
–¡No me hundo! –exclamó.
Apollo sonrió. Al verlo, Sasha se quedó paralizada y comenzó a hundirse otra vez.
Cuando Apollo la agarró de nuevo, se moría de vergüenza. El efecto de su sonrisa había hecho que se hundiera.
–¿Estás bien? –preguntó él con el ceño fruncido.
Ella asintió, y entonces se dio cuenta de que él la sujetaba por debajo de los brazos y le rozaba el lateral de los senos.
Estaban muy cerca. Tan cerca que Sasha podía ver las pintitas oscuras de los ojos verdes de Apollo. La barba incipiente de su mentón y la fina capa de vello de su torso.
El ambiente estaba cargado de tensión. Él posó la mirada sobre los labios de Sasha y después más abajo. Sonrojándose, murmuró:
–Theos.
Sasha miró hacia abajo y vio lo que él estaba mirando. El bañador mojado era casi transparente y la areola de sus pechos se veía claramente, como si estuviera desnuda.
Sasha se fijó en el torso desnudo de Apollo. Con solo inclinar la cabeza podía besárselo y saborear su piel.
Él murmuró algo en griego y comenzó a guiar a Sasha hacia los escalones. Ella se sentía como si fuera de gelatina. No estaba segura de si podría sostenerse en pie. Apollo todavía la sujetaba por debajo de los brazos y la sentó en los escalones.
Se inclinó sobre ella, con las manos a cada lado de su cuerpo.
–¿Qué estás haciendo conmigo, bruja? Solo puedo pensar en poseerte otra vez.
Sasha trató de pensar algo coherente, pero no podía dejar de fijarse en su boca. Deseaba que él la besara y sentía rabia porque a pesar de que su cuerpo sabía lo que era hacer el amor con él, ella no.
–Por favor, Apollo.
–¿Qué ocurre, fueguecito? ¿Qué es lo que quieres?
«Fueguecito».
La palabra resonó en su cabeza. Él la había llamado así antes. Una vez que él estaba tumbado a su lado en la cama acariciándole el cabello y le había dicho:
–Es como un fueguecito…
–A ti… Te quiero a ti –consiguió decir ella.
Él llevó la mano sobre su hombro y le retiró el tirante del bañador, despacio. Sasha sintió que se le ponía la piel de gallina.
Entonces, él agachó la cabeza y le cubrió el pezón con la boca. Ella notó un fuerte calor en la entrepierna. Intentó cerrarlas con fuerza, pero Apollo estaba entre ellas, y la sujetaba por el trasero para atraerla hacia sí.
Apollo no podía contenerse más. Jugueteó con la lengua sobre su pezón y sintió que se ponía todavía más turgente. Se lo mordisqueó y después se lo acarició de nuevo. Ella estaba temblando. Él le retiró el resto del bañador y la besó en el otro pecho.
Sasha echó la cabeza hacia atrás y su cabello rojizo se esparció por el agua. Era como una sirena que trataba de arrastrarlo a la perdición, pero no le importaba.
En esos momentos, él estaba ardiente de deseo y buscaba saciarlo. La miró a los ojos y vio que se le habían oscurecido a causa del deseo. Por un lado, no podía creer que se hubiera rendido de esa manera, pero era humano y no podía resistirse…
–Te deseo, Sasha.
Sasha miró a Apollo. Nunca se había sentido tan conectada con alguien.
–Yo también te deseo.
Él la miró de arriba abajo y le recolocó el bañador. Al sentir la tela mojada sobre sus senos, Sasha se estremeció. Apollo la miró.
–¿Estás bien?
Ella asintió y lo agarró de los brazos.
–Por favor… Apollo.
Ella ni siquiera sabía qué era lo que le pedía, solo que necesitaba estar con ese hombre de la forma más sencilla. Y en ese mismo instante.
Él murmuró algo en griego y la tomó entre sus brazos, sacándola del agua. Justo cuando se disponía a regresar hacia la casa, se detuvo.
Sasha estaba a punto de preguntarle qué pasaba cuando oyó el ruido de un helicóptero. Apollo se puso tenso y blasfemó. Entonces, Sasha vio que el helicóptero se acercaba a la isla.
Apollo se dirigió hacia las tumbonas con ella en brazos. La dejó en el suelo y le tendió el caftán:
–Póntelo.
Sasha obedeció, sintiendo la necesidad de cubrirse una pizca. Sobre todo, después de todo lo que había sentido momentos antes.
Y de lo que todavía sentía.
–¿Qué ocurre? –preguntó ella.
Apollo la miró y se pasó la mano por el cabello.
–Me olvidé de la fiesta de esta noche en Santorini. Le pedí al piloto que viniera a recogernos.
–¿A recogernos?
–Sí –la miró fijamente y Sasha se estremeció. Él la sujetó por la barbilla–. Vendrás conmigo. Sé lo que hiciste y nunca te perdonaré por ello, pero te deseo agapi mou. Y acabaremos lo que hemos empezado.
Sasha movió la cabeza para soltarse.
–Quizá no quiero terminar lo que hemos empezado. ¿Por qué iba a permitir que alguien que no me estima me haga el amor?
Se percató de que estaba dolida y se sintió humillada.
Apollo negaba con la cabeza.
–Esto va más allá. Es pura química y no creo que ninguno de los dos seamos lo suficientemente fuertes como para resistirnos.
Sasha estaba confusa.
En ese momento, oyó un sonido y, al girarse, vio aparecer a Olympia. La mujer le dijo algo a Apollo en griego. Él contestó y le dijo a Sasha.
–Ve con Olympia. Ella te ayudará a prepararte.
Al cabo de un momento, y a pesar de que deseaba patalear en el suelo como si fuera una adolescente, Sasha siguió a la mujer hasta la casa. ¿A quién trataba de engañar? Apollo tenía razón. Entre ellos había una intensa atracción y, a pesar de todo lo que había sucedido, si él volvía a tocarla de nuevo, ella no tendría fuerzas ni voluntad para resistirse.
Capítulo 7
APOLLO estaba esperando a Sasha fuera de la casa, junto al carro de golf. Ella no se retrasaba, pero él estaba nervioso. Poco antes había llegado a un punto de no retorno y no había manera de negar la atracción que sentía hacia ella.
La deseaba y estaba dispuesto a poseerla hasta que consiguiera saciarse y separarse de ella.
Al oír un ruido detrás de sí se giró para ver una imagen para la que no estaba preparado.
Sasha llevaba un vestido blanco sin mangas y con un escote en V enmarcado con unas bandas doradas que se cruzaban por delante resaltando sus senos y su torso.
A partir de la cintura, la tela se ensanchaba y caía hasta el suelo con suavidad. El cabello lo llevaba recogido en un moño que sujetaba con una cinta dorada.
Parecía una diosa griega. Aunque tuviera el cabello rojizo y la piel clara y cubierta de pecas. Recordaba al mito de Helena de Troya. A Achilles, el hermano de Apollo, le encantaba esa historia.
Ella señaló el vestido.
–Kara lo metió en la maleta, ¿te parece bien?
Apollo la miró con suspicacia. Su inseguridad parecía verdadera. ¿Es que no se daba cuenta de lo despampanante que estaba?
–Estás preciosa.
Ella se sonrojó.
–Gracias.
Apollo quería resistirse a ese acto de inocencia. Tenía que estar fingiendo, pero en el fondo sabía que no. Nadie podía fingir de esa manera sin meter la pata.
No podía evitar imaginar bajarle el vestido para contemplar sus senos. Y subirle la falda para encontrar el centro de su ser, caliente y….
«Basta», pensó él.
Cuanto antes la poseyera, mejor. En cuanto se disipase la atracción que había entre ambos la trasladaría al apartamento de Atenas hasta que finalizaran los trámites de divorcio. Y entonces, habría terminado con ella.
Llegaron al resort justo cuando el sol comenzaba a descender en el horizonte. Los invitados estaban reunidos en grupos. Las mujeres, bellas y bronceadas, y los hombres de traje.
Sasha estaba asombrada por la vista de Santorini desde el aire, con sus casas blancas y azules sobre los acantilados, al borde de la caldera que se formó tras una erupción volcánica.
Y también por la imagen de Apollo vestido con un traje a medida de color negro y camisa blanca. Estaba muy atractivo y ella no pudo evitar recordar lo excitada que se había sentido junto a él, en la piscina.
La anfitriona se acercó a recibirlos con unas copas de champán.
–¡Bienvenidos! Llegáis justo a tiempo de ver una impresionante puesta de sol. Por favor, poneos cómodos.
La tela de raso del vestido rozaba las piernas de Sasha. Se sentía como una princesa. Kara había encontrado ese vestido en el armario de Sasha y, por una vez, ella se sentía como si lo hubiera elegido en persona.
Una idea extraña porque, ¿quién si no iba a haber elegido su ropa?
Apollo la agarró del brazo y la llevó a una terraza que daba a un acantilado. Un muro de piedra los separaba de una caída mortal. Sasha bebió un sorbo de champán para tratar de calmar sus nervios.
–¿Eso es Oia? –preguntó señalando un pueblo cercano.
–Sí. Allí es donde va todo el mundo a ver la puesta de sol… Espera unos minutos y verás por qué.
Permanecieron en silencio y otros invitados comenzaron a reunirse junto al muro de la terraza. El sol estaba muy bajo y el cielo se había teñido de naranja y rosa.
Sasha se fijó en que Oia había adquirido un brillo dorado y que los edificios parecían todavía más blancos. Entonces, el sol tocó el horizonte y el mundo se volvió rosa, naranja y melocotón.
–Es impresionante –dijo ella, conmovida por aquel fenómeno de la naturaleza. Y, justo en el momento en que el sol se escondió, en Oia empezaron a encenderse las luces de las casas.
A regañadientes, Sasha siguió a Apollo para que les enseñaran el resort en una visita privada. Era un lugar precioso. Idílico. Un lugar para el romance y el hedonismo.
Cuando se sentaron en unas mesas alargadas, servidas con cubertería de plata y decoradas con flores silvestres, Apollo le preguntó:
–¿Qué te parece?
Sasha tragó un pedazo de pescado.
–¿Quieres mi opinión? Yo no sé nada acerca de este tipo de sitios.
Él se encogió de hombros.
–No importa…
–Me parece maravilloso, lujoso. Sé que no he visto tu resort, pero no hace falta verlo para saber que será mucho más tranquilo que este. Krisakis no está lleno de turistas. ¿Cuánto tiempo se tardaría en llegar allí en barco?
–Un par de horas
–Krisakis podría convertirse en un lugar exclusivo para hacer una excursión desde aquí cuando esto esté muy lleno. Por lo que he visto, quizá la caldera no sea tan espectacular, pero hay paz y tranquilidad y eso es muy valioso.
Apollo ladeó la cabeza y la miró.
–No es una mala observación, y tienes razón acerca de que Santorini está masificada.
Una vez más, Sasha se avergonzó de que el comentario de Apollo la afectara tanto. ¿Estaba tan necesitada de que alguien la elogiara?
Cuando terminó la cena, los invitados se dirigieron a otro nivel de la casa donde un DJ ponía salsa. El ritmo alegre invadió el cuerpo de Sasha. Era contagioso.
Apollo sacó una silla para que ella se sentara cerca de donde otras parejas bailaban al ritmo de la música. También le llevó una copa de champán.
–¿Me disculpas un segundo? Tengo que hablar con una persona.
–Por supuesto
Lo observó alejarse entre la multitud y vio que la gente se volvía al verlo pasar. Sobre todo, las mujeres. Al pensar en lo que él había dicho, se le formó un nudo en el estómago.
«Terminaremos lo que hemos empezado».
No era posible que él la deseara tanto.
De pronto, la inundó un sentimiento de inseguridad. Aquella fiesta estaba llena de mujeres despampanantes y Apollo se fijaría en ellas. Lo que había sucedido antes era algo anormal. Un momento de ardor.
Sasha bebió un sorbo de champán e intentó aparentar que formaba parte de aquel grupo de gente adinerada. Las burbujas, el aire cálido, el cielo estrellado y la música hicieron que olvidara la inseguridad y se sintiera más relajada que desde hacía muchos días. Semanas.
Comenzó a mover el pie al ritmo de la música.
–¡Vamos! Parece que tienes ganas de bailar.
Sasha levantó la vista y vio que un joven le tendía la mano. Él estaba con otra pareja y todos estaban bailando energéticamente.
Ella sonrió.
–No, no, solo soy espectadora.
–¡No seas tonta! –antes de que Sasha pudiera poner una excusa el hombre la agarró de la mano y la puso en pie. Ella soltó una carcajada y dejó la copa. No le quedaba más remedio que ceder ante aquella invitación.
Apollo frunció el ceño al ver que Sasha no estaba sentada en la mesa. Cuando la encontró con la mirada, se le entrecortó la respiración.
Sasha estaba bailando, y a pesar de que no lo hacía muy bien, estaba disfrutando. Tenía la cabeza echada hacia atrás y se reía.
Estaba bailando con un hombre que la movía de un lado a otro con más entusiasmo que talento. La gente se paraba a mirarlos y sonreía al ver que ella estaba feliz.
De pronto, Apollo experimentó un sentimiento de posesividad que no había experimentado nunca.
Estaba celoso.
Y también sentía una fuerte presión en el pecho. Recordaba que ella había sonreído de esa manera cuando se conocieron por primera vez. Ella lo había cautivado igual que estaba cautivando a todos los que estaban allí. Y así había conseguido traspasar sus barreras, cuando siempre había pensado que eran impenetrables. Nunca había permitido que nadie se volviera demasiado cercano y nunca había pensado en formar una familia, hasta que apareció ella y se creó el caos.
«Tú permitiste que ella creara el caos».
Sasha había señalado una debilidad que él tenía, el deseo de algo que siempre se había negado… Y volvía a hacer lo mismo.
Sin embargo, él sabía que en esa ocasión no sería capaz de resistirse. ¿Y por qué iba a hacerlo? Ella estaba en deuda con él…
Sasha percibió la presencia de Apollo incluso antes de que su compañero de baile se detuviera en seco y se pusiera pálido.
Apollo la rodeó por la cintura y, aprovechando el cambio de canción, dijo:
–Agapi mou, el siguiente baile es para mí.
Apollo empezó a moverla al ritmo de la música. Estaban tan cerca, que a Sasha le costaba respirar.
Por suerte, Apollo no dijo nada acerca del hombre con el que había estado bailando, a pesar de que ella se había percatado de que se había puesto tenso cuando fue a interrumpirles el baile. Ella pensaba que no había otro motivo aparte de que, en público, tenía que demostrar que era su esposa.
Apollo la atrajo hacia sí y, tras resistirse un instante, Sasha cedió y permitió que sus cuerpos se pegaran. Sus senos quedaron presionados contra su torso y, al sentir su miembro erecto contra el vientre, ella lo miró.
–Pareces sorprendida.
Sasha tragó saliva.
–Creía que… Hay tantas mujeres guapas aquí…
–¿Creías que no podía desearte?
Ella se sentía incapaz de hablar o de moverse. Él se detuvo y dijo:
–No dejaré de desearte hasta que no te posea otra vez.
Le soltó la mano y la agarró por la barbilla para besarla en los labios de forma apasionada.
Al cabo de unos momentos embriagadores, Apollo se retiró. Sasha abrió los ojos y vio que él la miraba muy serio.
–¿Qué me has hecho?
Ella no tenía respuesta y, además, podía hacerle la misma pregunta. El deseo se palpaba en el ambiente. Apollo agarró a Sasha de la mano y la sacó de la pista de baile.
Se detuvo junto a un grupo de personas y tras intercambiar unas palabras, se dirigieron al coche que los llevaría al helipuerto donde los esperaba su helicóptero.
Durante el corto trayecto hasta Krisakis Sasha trató de no pensar en lo que estaba a punto de suceder, ya que estaba segura de dónde terminaría aquella noche. En la verdadera cama de Apollo y entre sus brazos. No en la cama de un sueño.
Al llegar a la casa todo estaba tranquilo y en silencio. El aroma de las flores invadía la noche. Sasha se quitó las sandalias de tacón y agradeció el frío del suelo de mármol en sus pies.
Apollo se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Se acercó a la puerta corredera que daba a la parte trasera de la villa.
Él estaba de espaldas y Sasha aprovechó para fijarse en su cuerpo musculoso.
Era muy atractivo.
¿Se habría enamorado después de acostarse con él aquella primera vez?
¿Por eso había fingido un embarazo? ¿Porque estaba tan desesperada que quería quedarse junto a él fuera como fuera?
¿Y seguía enamorada de él? Se le aceleró el corazón sabía que lo deseaba intensamente y la idea de que él pudiera echarla de su vida le resultaba muy dolorosa. No era miedo lo que sentía. Así que, no tenía nada que ver con la pérdida de memoria.
Lo amaba. ¿Y por eso le había mentido?
Él estaba muy quieto. Durante un instante, Sasha pensó que quizá había cambiado de opinión. Entonces, él se volvió.
–Ven aquí.
Era una orden. Una orden que Sasha no podía ignorar o desobedecer, aunque quisiera. Se acercó y se detuvo frente a él. Tenía los ojos tan oscuros que parecían negros. Su mentón volvía a estar cubierto de barba incipiente.
–Suéltate el pelo.
Sasha obedeció, se quitó las horquillas del moño y su cabello cayó sobre sus hombros. Apollo le agarró un mechón.
–Es como un fuego dorado…
Sasha estaba nerviosa y respiraba de forma agitada. Cerró el puño sobre las horquillas y notó que se le clavaban en la mano. Apollo se las quitó y las dejó sobre una mesa.
Entonces, le sujetó el rostro y se acercó un poco más. Ella inhaló su aroma masculino y, cuando sus bocas se encontraron, le rodeó el cuello con los brazos, diciéndole con el cuerpo que lo deseaba.
Sasha podía haberse quedado allí toda la noche, besando a Apollo, pero él se retiró y le agarró la mano para guiarla hasta su habitación, que se encontraba en el otro extremo de la suya.
Nada más entrar, vio una gran cama en el centro de la habitación. No tenía dosel, como la de Sasha. Y tampoco ningún adorno aparte de las sábanas y almohadas. Apollo se volvió para mirarla y Sasha tensó las piernas para evitar que le temblaran.
Nunca se había fijado en la diferencia de tamaño que tenían. Él era ancho de espaldas, ella delgada. Él era alto, ella no tanto. Él era un hombre duro, ella una mujer delicada.
Apollo tenía apoyadas las manos sobre los hombros de Sasha y la atrajo hacia sí. Inclinó la cabeza y acercándose a su boca, le dijo:
–¿Esto es lo que deseas, Sasha?
Había algo en la manera de pronunciar su nombre que no encajaba bien. Como cuando había tenido la sensación de que no había sido ella la que había elegido su propia ropa, pero no era el momento de analizarlo.
Apollo le estaba pidiendo permiso para hacerle el amor, cuando ella ya le había dado su respuesta previamente, en la piscina. Su respuesta estaba en cada célula de su cuerpo, y en el húmedo calor de su entrepierna.
–Sí, es lo que deseo –apoyó las manos contra su torso.
Él la besó en los labios y Sasha se derritió. Él la rodeó con un brazo y le acarició el cabello, antes de besarla de forma apasionada y disipar todos sus pensamientos con su boca y con su lengua. Ella arqueó el cuerpo hacia el de él.
Aquello le resultaba familiar.
Nuevo, pero familiar.
Sasha apenas se percató de que él le estaba desabrochando la cremallera del vestido y bajándole los tirantes. El corpiño del vestido cayó hasta su cintura. Él se echó atrás y la miró. Sasha notó que los pezones se le ponían turgentes. No llevaba sujetador, así que se cruzó de brazos, avergonzada.
Él dio un paso adelante y se los retiró:
–No, agapi mou, deja que te vea.
–Yo también quiero verte –repuso ella con timidez.
Apollo comenzó a desabrocharse la camisa, dejando al descubierto su torso cubierto de vello varonil. Después se quitó la camisa y la dejó caer al suelo. A continuación, se desabrochó el cinturón y se quitó el pantalón y la ropa interior.
Permaneció frente a ella desnudo y Sasha lo miró asombrada. ¿Cómo podía haber olvidado aquello? Su miembro erecto, largo, grande, y humedecido.
–Si sigues mirándome así esto terminará antes de empezar.
Sasha lo miró avergonzada. Recordaba ligeramente esa sensación de torpeza e inexperiencia, pero antes de poder centrarse en ella, Apollo la agarró de la mano y la llevó a la cama.
Se sentó en el borde y la colocó frente a él. Le bajó el vestido por las caderas y la dejó solo con la ropa interior de encaje.
La sujetó por la cintura y la besó en el vientre. Después, buscó sus pezones y jugueteó sobre ellos con la boca.
Sasha inhaló con fuerza y le sujetó la cabeza, perdiéndose en la sensación de placer.
Al sentir que le flaqueaban las piernas, él la tumbó en la cama y la miró fijamente antes de besarla en la boca. Le acarició los senos y jugueteó con los pezones con su dedo pulgar. Una fuerte tensión sexual se apoderó de ella. Se sentía vacía y necesitaba que él borrara sus sueños y los convirtiera en realidad. Necesitaba finalizar lo que habían empezado antes, justo lo que él le había prometido.
Desde que despertó en el hospital sin recordar nada, se sentía a la deriva. Allí, entre los brazos de Apollo, con sus bocas unidas, se sentía anclada otra vez.
Segura.
Él se retiró y Sasha se dio cuenta de que su corazón latía con fuerza.
Apollo la besó en el mentón y en el cuello. Ella empezó a jadear y su respiración se aceleró al sentir que él metía la mano bajo su ropa interior.
Apollo estaba tumbado sobre ella y le acariciaba los pezones con la lengua mientras ella gemía.
–Paciencia, fueguecito, paciencia…
Se deslizó hacia abajo, le separó las piernas un poco más y la contempló unos instantes. Ella se quedó sin respiración.
Cuando Apollo rozó con su boca el centro de su feminidad, ella estuvo a punto de llorar.
«Lo sabía. Conocía esto. No había sido un sueño».
Apollo estaba tan centrado en saborear y sentir el cuerpo de Sasha que casi se olvidó.
Casi.
En el último segundo, sacó un preservativo del cajón de la mesilla, y se lo colocó.
Bajó la vista un instante y tuvo que controlarse para no llegar al clímax en ese mismo momento. Los senos de Sasha se movían con cada respiración y todo su cuerpo estaba sonrosado por la excitación.
Tenía los labios hinchados. Sus ojos azules brillaban de una manera que provocó que se le entrecortara la respiración.
Hacer el amor con una mujer siempre había sido algo sencillo, y él siempre había seguido los pasos que marcaba la sociedad, buscar, seducir y consumar. Además, siempre había buscado mujeres con experiencia. El tipo de mujeres que comprendían que no podían pedir más. El tipo de mujeres que no esperaban nada más allá de la satisfacción física.
Con Sasha no había sido así.
Y en esos momentos, su deseo nublaba cualquier pensamiento lógico. Él acercó su miembro erecto contra el dentro de su feminidad y notó que estaba húmedo y caliente.
Listo para recibirlo.
Ni siquiera la había penetrado todavía, pero su mente ya estaba recordando aquella noche en Londres y cómo ella lo recibió con tanta fuerza que lo mandó a otro planeta.
Un sentimiento de desesperación se apoderó de él. No podía haber sido tan espectacular y, tratando de demostrarse que su recuerdo era equivocado, Apollo se adentró en el cuerpo de Sasha con un movimiento profundo.
Al instante vio que ella se sonrojaba y se agarraba a sus brazos.
Durante un segundo, Apollo no se movió. Debía admitir que la última vez había sido tan espectacular como recordaba. O más.
Sasha movió las caderas ligeramente y él estuvo a punto de estallar.
–Por favor, Apollo… Hazme el amor.
Él comenzó a moverse despacio, notando como sus músculos se tensaban y masajeaban su miembro una y otra vez.
Sasha comenzó a moverse también, de forma instintiva. No tenía control. Era suya. En cuerpo y alma. Era como si estuvieran hechos para encajar a la perfección.
Apollo le agarró la mano y se la colocó por encima de la cabeza. Con el otro brazo, la rodeó por la cintura y la levantó hacia sí, para poder penetrarla mejor.
Sasha sintió que el deseo la invadía por dentro y que estaba a punto de explotar. Apollo se movía cada vez más rápido, llevándola al límite del placer, prendiendo la llama, pero sin dejar que se extendiera…
Sasha gimió con fuerza y empezó a sudar:
–Por favor… Yo…
–Mírame, Sasha, mírame…
Sasha trató de centrar su mirada en el rostro de Apollo.
–¿Qué necesitas, fueguecito? –se movió en su interior y la hizo estremecer.
–A ti… –contestó ella.
Apollo se movió de nuevo.
Ella recordaba aquello.
Recordaba haber estado así con él.
En el siguiente movimiento, Sasha llegó al éxtasis y comenzó a gemir. Segundos más tarde, Apollo convulsionó de placer y pronunció su nombre.
–Sasha….
Ella se quedó muy quieta, como si el orgasmo la hubiera paralizado y algo hubiera sucedido en su interior. De pronto, todas las células de su cuerpo rechazaron el hecho de que él la llamara por el nombre de otra mujer.
Ella no era Sasha. Era una mujer completamente diferente.
De pronto, lo recordaba.
Lo recordaba todo.
Apollo apenas estaba consciente cuando notó que Sasha se movía bajo su cuerpo. Al sentir el roce de su piel, el deseo lo invadió por dentro una vez más. Otra vez.
«Theos», pensó.
Él se tumbó boca arriba justo a tiempo de ver que ella se metía en el baño.
Se encontraba estupefacto después de uno de los encuentros más eróticos de su vida. El hecho de que otro de esos encuentros que había tenido hubiera sido con la misma mujer le incomodaba.
De pronto, oyó que Sasha tenía arcadas y salió corriendo hacia el baño.
–Sasha, ¿estás bien? –preguntó desde la puerta.
–Estoy bien –dijo ella en voz baja–. Saldré enseguida.
Apollo no podía dejar de pensar. ¿Había estado tan centrado en saciar su deseo que se había equivocado al pensar que Sasha lo acompañaba durante todo el camino? No era posible. Recordaba cómo ella le había clavado las uñas con fuerza mientras le suplicaba que continuara.
«No pares», le había dicho ella.
Sacó un pantalón de un cajón y se lo puso. Después se acercó de nuevo a la puerta del baño. Se oía el ruido de la ducha y comenzó a pasear de un lado a otro hasta que el ruido finalizó.
Entonces, esperó unos minutos para que Sasha pudiera salir y secarse. No oía nada. La impaciencia, y algo parecido al miedo, le hizo decir:
–¿Sasha? ¿Estás segura de que estás…?
Entonces, ella apareció envuelta en una toalla y Apollo respiró hondo. Parecía un fantasma de lo pálida que estaba.
Su cabello mojado caía sobre sus hombros. Él dio un paso atrás para que ella pudiera entrar en la habitación. Sasha pasó rápidamente junto a él. Parecía hechizada.
–¿Qué ocurre, Sasha? –preguntó él.
Ella se detuvo en una esquina y lo miró, pero no lo estaba viendo en realidad. Era extraño. Entonces, comentó con voz quebradiza:
–Solo es que no soy Sasha.
Apollo negó con la cabeza.
–Perdona, ¿de qué estás hablando?
Él se percató de que ella estaba temblando. Blasfemó, se acercó a ella y la agarró de las manos. Las tenía heladas, y estaba tiritando.
La llevó hasta una silla e hizo que se sentara. Después se arrodilló ante ella.
–¿Quieres que llame a un médico?
–No… No… Solo es el shock. Puedo recordarlo todo. He recuperado la memoria.
Apollo se quedó muy quieto. Se había olvidado de todo aquello por un instante. Y se había acostumbrado a esa Sasha.
–¿Te duele algo? ¿Te duele la cabeza?
Ella parecía asustada.
Él se puso en pie.
–¿Estarás bien si te dejo sola unos minutos?
–Creo que sí –contestó ella.
Apollo salió de la habitación. Ella se quedó temblando y dándole vueltas a lo que había pasado.
Había sido la manera en la que Apollo había dicho:
–Sasha, mírame.
En ese momento, una vocecita había hablado en su cabeza diciendo:
–Pero yo no soy Sasha.
Y entonces, cuando él volvió a llamarla Sasha, ella sintió un fuerte rechazo, a pesar de que un potente clímax se había apoderado de ella.
De pronto, todas las piezas del puzle encajaban a la perfección.
Oyó un ruido y vio que Apollo había regresado. Llevaba una botella y dos vasos en la mano.
–Brandy –comentó mientras servía un vaso y se lo entregaba. Al ver que le temblaba la mano, se la rodeó con la suya y le llevó el vaso a los labios. Ella lo bebió y notó cómo el líquido ardiente llegaba a su estómago. Al instante se sintió más tranquila.
Apollo se sirvió su vaso y se lo bebió de un trago.
–¿Quieres más?
–Un poquito –repuso ella. Se lo bebió y el efecto calmante fue aún mayor.
Apollo se sentó en el borde de la cama. Al cabo de un minuto dijo:
–¿Quieres contarme de qué te has acordado?
Ella se obligó a mirarlo. Lo que acababan de compartir… Sabía que él no volvería a compartir un momento íntimo con ella cuando terminara de decirle lo que le iba a decir.
–De todo.
–¿Y por qué dices que no eres Sasha?
Ella respiró hondo.
–Porque no lo soy. Soy Sophy. Sophy Jones. Sasha es… Era… Era mi hermana gemela.
Бесплатный фрагмент закончился.
