Читать книгу: «Someone to me»
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Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Ilustracion de portada: Victoria Cavalieri
ISBN: 978-84-1114-835-1
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A quién tenemos tan idealizados los personajes ficticios, que nos cuesta ver la realidad en las personas reales.
0
Alice
Mi padre siempre repetía de manera incansable que todo pasa por algo.
Que nada es aleatorio en esta vida. Que todo es parte de un plan mayor que los humanos no podemos entender todavía.
Mi vida se basaba en mantenerme refugiada diariamente dentro de aquellos mundos ficticios a los que solo podían llevarme los libros. La vida real, en comparación, era demasiado aburrida.
Cuando era pequeña fui la primera de mi clase en aprender a leer. Mientras que mis compañeros no leían una sola página más de las que nos mandaban como obligatorias, yo devoraba un libro tras otro.
El personaje de ficción con el que más identificada me sentiría gracias a su conexión con los libros sería Matilda, de no ser porque mis padres eran todo lo contrario a los suyos. Ellos me inculcaron el amor por la lectura. A tal punto que me pusieron el nombre de Alice, por Alicia en el país de las maravillas.
Recuerdo a la perfección el día en que mi padre me propuso probar a escribir mis propios cuentos. Mi cabeza podría haber explotado con tan solo imaginar hacerlo. Tenía ideas todo el tiempo, pero, tal y como nacían, desaparecían sin dejar rastro. Nunca se me había ocurrido plasmarlas en un papel para no olvidarlas y, en el momento en que lo descubrí, escribir se volvió otra de mis grandes pasiones.
Lo más destacable en mi escritorio son las incontables libretas que he ido llenando desde los diez años hacia delante, con relatos cuyos géneros iban variando a medida que crecía. Poco a poco la fantasía, magia, aventura y seres mitológicos se convirtieron en drama, romance y, al cumplir los catorce, literatura erótica. Tal vez era muy joven para escribir sobre ese tema, pero culparé a internet de robar mi inocencia a una edad tan temprana. No había buscado ese género de manera intencionada. Me gustaba una boyband y descubrí una página donde escribían historias sobre ellos. ¿Cómo iba siquiera a plantearme la posibilidad de que algo así pudiera existir? No pude resistirme a leerlo y, poco a poco, me enganché a ese género tan nuevo, atrayente, y prohibido.
Día tras día, perdida en mi mente, perdida en el papel. Fantaseando con una vida que jamás sería la mía. O eso creía.
Ansiaba tener una vida más emocionante, llena de drama y romance. Cada vez que tenía la oportunidad de formular un deseo siempre era el mismo.
Vivir dentro de una novela.
Y ahora entiendo el significado de la frase…
«Cuidado con lo que deseas».
1
Alice
Inspiro, espiro. Inspiro, espiro.
Inspiro, inspiro. Espiro, espiro.
Intento normalizar mi respiración, sin éxito.
«Solo necesito cinco minutos», me había dicho. «Cinco minutos y estaré lista». Ya debo llevar como quince aquí metida. Encerrada en el baño de chicas de mi nuevo instituto.
Un nuevo instituto. Una nueva aula con mínimo treinta desconocidos. Y para colmo, ni siquiera estoy cerca de mi casa.
No, no, no. No quiero, no quiero, no quiero.
Inspiro, inspiro, inspiro. Espiro, espiro, espiro. Creo que voy a desmayarme.
Me apoyo en el lavamanos alzando la mirada para verme en el espejo.
Mi tono de piel se encuentra incluso más pálido de lo normal y mi mano derecha juega de manera nerviosa con uno de los mechones ondulados de mi pelo.
Debido a mi baja altura, tan solo consigo verme hasta el cuello, así que doy un par de pasos atrás subiéndome a la taza de uno de los inodoros. Repaso mi delgada figura con la mirada. Mi piel es tan similar a la porcelana que me da una imagen indefensa y vulnerable que parece gritar: «Vamos, métete conmigo. Soy débil y sensible. La presa perfecta para tus burlas».
Agarro los bordes de mi vestido celeste preguntándome si debería o no quitarme el enorme lacito que llevo a juego.
«Te has equivocado, primaria está en el primer piso». Imagino con facilidad la clase de comentarios que hará la gente cuando me vea. ¿En qué estaría pensando al elegir el conjunto de hoy?
Inevitablemente, mi mirada choca con esa parte de mí que he estado evitando todo este tiempo. Mis profundos y poco comunes ojos violeta.
Me bajo de la tapa como si hubiese sido propulsada por un muelle, huyendo de aquel complejo. Tengo una relación de amor-odio con ellos. De pequeña eran la parte que más me gustaba de mí, pensaba que eran mágicos, especiales… Pero mis compañeros del colegio se encargaron personalmente de hacerme creer que es otra de las muchas razones por las que soy «rara».
Ahora pienso que llaman demasiado la atención y me hacen sentir demasiado expuesta.
Más de una vez me he planteado la opción de ponerme lentes de contacto de un color común como el marrón, a juego con mi pelo. Pero no valdría de mucho. De una forma u otra, siempre termino llamando la atención más de lo que me gustaría.
«¿Llevas lentillas ¿Llevas lentillas?», «¡Claro que las lleva, es imposible tener ese color de ojos!». Casi puedo volver a sentir sus dedos presionando mi iris hasta hacerme llorar. «¡Basta, por favor! ¡Mis ojos son así! ¡Por favor!».
Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras recuerdo por qué estoy cambiándome de instituto por cuarto año consecutivo. Siempre coincido con algún antiguo compañero, y si no, con alguien que ha oído hablar de mí. No hay mucha diferencia de uno a otro. Todos actúan igual.
Por eso, mis padres decidieron esta vez cambiarme a un instituto ubicado en un pueblo a las afueras de Londres. Si esto último no funciona, empezaré a tener clases en casa. Demasiado bueno para hacerse realidad.
Salgo a paso de tortuga de mi escondite, encontrándome otra vez con esa puerta abierta de la que salen tantos gritos diferentes. Dios mío. Parece la entrada a una de mis peores pesadillas.
En un arranque de pánico me vuelvo, dispuesta a salir corriendo, pero al girarme choco con un fuerte cuerpo.
―Hey, hey, hey. ¿De verdad creíste que iba a dejarte sola?
Levanto la cabeza y mi mirada choca con unos ojos color púrpura.
―¡Papá!
Me lanzo a abrazarlo ignorando todo a mi alrededor. Si él está aquí, nada importa.
―Prometiste que lo intentarías por mí, princesita. ―Da un toquecito en mi nariz con su dedo y hace un cómico puchero provocándome la primera sonrisa del día.
―Lo he intentado, de verdad que lo he intentado. ―mi voz se quiebra. No quiero decepcionarlo― Pero hay tanta gente desconocida…
―Solo serán desconocidos durante unos segundos ―asegura. ―En cuanto te presentes con tu hermosa sonrisa todos querrán ser tus amigos.
Sé que me habla como si fuera todavía una niña pequeña a pesar de tener quince años, pero me resulta tan dulce y reconfortante que soy incapaz de decirle que no lo haga.
Respiro hondo y me aparto despacio girándome con decisión. Pero, al volver a mirar hacia la puerta, el miedo invade mi cuerpo.
―Venga, princesita, tú puedes. Mientras tú estás aquí yo voy a ir a la librería a escoger tu nueva lectura.
Me vuelvo hacia él, ligeramente sorprendida.
―¿Y si vamos juntos después y la elijo yo?
―Oh, vamos. ―Me mira con diversión―. Sabes que nunca fallo cuando te escojo libros. Y es más divertido que sea una sorpresa. ¿No crees? ―Sabe perfectamente que adoro las sorpresas―. Además, escogeré uno con el que puedas sentirte identificada, como siempre.
―¿Vas a buscar uno sobre una lectora que lo único que hace en su vida es leer y que no tiene ni un solo amigo?
Mi padre levanta una ceja, conteniendo una sonrisa.
―Eso, o… Buscaré uno sobre una escritora insegura que no es capaz de ver su talento.
Desvío la mirada cuando mis mejillas se tiñen de rosa.
―O, por el contrario ―continúa―, puedes rendirte sin haberlo intentado y acompañarme a casa. Nos pasaremos la mañana buscando profesores de cada asignatura, no iremos a la librería y te perderás una nueva historia que podría haber cambiado tu vida.
Me quedo boquiabierta mientras él intenta mantenerse serio y no soltar la risa que se está aguantando.
―¡Papá!
Suelta una pequeña carcajada y revuelve mi pelo con cariño.
―Todo pasa por algo, nada es aleatorio ―dice por séptima vez en esta semana. Resoplo de manera exagerada.
―Está bien, lo intentaré. Pero solo porque quiero un libro nuevo.
―¡Ah! ―finge estar ofendido―. ¿Y no por mí?
―No ―miento―. Por mí.
Me refugio en sus brazos, sintiéndome mucho mejor.
―Te quiero, princesita. Todo va a salir bien, pero llámame si pasa cualquier cosa, por mínima que sea.
Aprovecho la fuerza temporal que me da tener a mi padre aquí y camino a paso rápido. El corazón me late más y más fuerte a cada paso que doy.
Vamos, ya casi, ya casi. Sin pensar, sin pensar.
Al entrar en el aula las voces se desvanecen convirtiéndose en murmullos.
Quiero hacer una vista superficial para asegurarme de que no haya nadie conocido, pero soy incapaz. Todas las miradas están clavadas en mí.
Camino intimidada buscando algún sitio vacío, intentando evitar todo tipo de contacto visual.
Quiero irme. Necesito irme. Necesito desaparecer.
Me dejo caer en el primer pupitre vacío que encuentro, apropiándomelo como el único lugar seguro, rezando para mis adentros por que no tenga ya dueño, y tratando de sacar las cosas de la mochila sin que los temblores en mis manos provoquen que me caiga algunos de los objetos.
―Hey.
Una voz masculina inesperadamente cercana me saca del trance.
Mis fosas nasales se llenan de un fresco olor a lima.
Alzo la cabeza encontrándome con unos profundos ojos azules que me observan con curiosidad.
Fuegos artificiales.
Mis mejillas arden e intento aguantar su mirada.
―Vaya, hasta hace un momento mis ojos eran los más bonitos de toda la clase, pero parece que me has quitado el puesto.
Juego con mis manos bajo la mesa, anonadada, nerviosa, tratando de pensar una respuesta coherente.
―H… Hola. ―tan solo puedo pronunciar el más simple saludo, adornándolo de forma inconsciente con un tartamudeo.
―¿Hola? ―Esboza una sonrisa que casi me hace derretirme en el suelo. ―¿Todo bien? ―su voz adquiere un tono de diversión mientras coloca un mechón rebelde de su cabello rubio.
Creo que me he quedado sin aire otra vez.
Asiento con la cabeza en un movimiento suave.
―Soy Niall ―se presenta a la vez que me tiende su mano.
Siento una corriente eléctrica al estrecharla y me obligo a soltarlo.
―Yo soy… Alice.
¿Es posible que casi me haya hecho olvidar mi propio nombre?
―Muy bien, Alice ―su voz acaricia mi nombre―. Con la excusa de que eres nueva, varios chicos se te van a acercar. Si quieres ahorrarte ese fastidio puedes salir a comer conmigo después de clase. Si ven que te he visto primero no se van a atrever a acercarse.
Intento no quedarme boquiabierta y solo consigo asentir de nuevo, incapaz de pronunciar una sola palabra.
―Genial, te veo luego entonces, Alice.
«Si no vas, te perderás una historia que podría haber cambiado tu vida».
En ese momento era imposible que fuera consciente de que el aleteo de una mariposa puede provocar una tormenta.
2
Eric
Toda tu vida puede cambiar cuando menos te lo esperas.
―Eh, tío. Mira eso. Eh, ps.
El compañero que se sienta detrás de mí insiste en que le preste atención.
Separo la vista del papel en blanco del cual trataba de sacar algo decente con ayuda de mi lápiz.
―Más te vale que no sea una tontería ―me quejo por la interrupción, dirigiendo mi vista hacia donde señala.
Mierda. El lápiz se resbala entre mis dedos cayendo contra la madera de la mesa al ver lo que demanda tanta atención. Una chica que nunca había visto antes intenta esconderse detrás de un hombre que parece ser su padre. Ambos hablan demasiado bajo y es imposible escuchar lo que dicen, pero por el contexto de la situación debe de ser nueva.
Deseo de manera inconsciente que la clase que tiene asignada sea la mía mientras no puedo apartar la mirada de ella, hipnotizado con su presencia.
Piel pálida, complexión delgada, apariencia frágil, baja estatura… (no debe medir más de uno cincuenta y cinco), vestido combinado con un lazo exactamente del mismo color.
Parece una muñeca de porcelana. Nunca había sentido tanta inspiración.
Percibo cada gesto, cada expresión en su rostro, los temblores de su cuerpo.
Y de pronto, entra en el aula.
Mis ojos color avellana chocan durante un segundo con sus ojos… ¿violeta? ¿Cómo es eso posible?
Decidido a ser el primero en presentarme me levanto, pero me detengo en seco al ver que alguien ha sido más rápido que yo.
No me jodas. Niall Settler. Cómo no. Rápido como un lobo, acechando a su nueva presa.
Levanto la cabeza volviendo a revisar el reloj de pared, contando los minutos que quedan para el recreo.
Diez minutos. Solo diez minutos y podré presentarme.
No consigo apartar la mirada de las agujas, que parecen moverse cada vez más lento.
Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos…
La puerta del aula se abre de forma brusca sacándome del trance. Todos nos giramos hacia el conserje, el cual recorre a los alumnos con la mirada.
―¿Alice Evans?
Su nombre queda grabado en mi mente.
Alice. Alice Evans.
Veo como levanta la mano despacio, intimidada. Temo que le digan que se ha equivocado de clase.
―Está tu madre abajo, tienes que recoger tus cosas e irte con ella, es importante.
Sus grandes y preciosos ojos violeta se abren con sorpresa y se levanta de un salto, recogiendo sus cosas con una rapidez y agilidad impresionantes para después salir prácticamente corriendo.
Me quedo callado observando su silueta desaparecer, como si el sueño terminase, como si todo hubiese sido inventado por mi mente aburrida.
Alice Evans.
Su nombre sigue en mi mente, firme y real.
Su apariencia frágil, su vestido celeste, esos grandes ojos violeta.
Echo un vistazo dentro de mi estuche. No tengo ningún color violeta. No tengo ningún color celeste. Vuelvo la vista al papel que continúa en blanco, el bloqueo persiste.
«Alice Evans», tecleo su nombre en el buscador de Instagram mientras camino de vuelta a casa después de las clases. La encuentro.
@aliceypunto_00
Sus ojos destacan entre todas las demás fotos de perfil. Los observo perdiendo la percepción del tiempo, sabiendo en ese momento que podría reconocerlos hasta en la oscuridad.
Al descubrir que su cuenta es privada, mi boca forma una mueca. Respiro hondo dudando si va a aceptar mi solicitud. Mis dedos se mueven solos, enviándole un mensaje.
Eric Jones
¡Hola! Voy contigo a clase. Te has ido muy rápido. ¿Todo bien?
Cuando voy a guardar el teléfono me sorprendo al escucharlo vibrar y enciendo de nuevo la pantalla.
Alice Evans
Hola. ¿Quién eres?
Wow, qué rápido. Camino mientras tecleo una nueva respuesta.
Eric Jones
Me llamo Eric, no hemos llegado a hablar. Quería presentarme, pero no me ha dado tiempo.
Alice Evans
Ohh, vaya. Gracias por hablarme. :)
Las comisuras de mis labios forman una sonrisa. Qué tierna.
Eric Jones
¿Entonces va todo bien?
Insisto al notar que ha evitado mi pregunta y saco las llaves para abrir mi puerta.
Alice Evans
Solo… temas familiares.
Quería curiosear su perfil, pero sus respuestas eran inmediatas y ni siquiera había aceptado mi solicitud.
Eric Jones
Espero que se arregle todo.
Alice Evans
No va a arreglarse.
Decido no seguir insistiendo e intento cambiar de tema.
Eric Jones
¿Quieres que nos demos el número para hablar más cómodamente?
Leído.
Perfecto, genio, la has incomodado.
Espero unos minutos hasta asumir que no va a responder. Me levanto para prepararme algo de comer, pero vuelvo a dejarme caer en el sofá al sentir la vibración del móvil. El sonido se volvió adictivo.
Las comisuras de mi boca se curvan hacia arriba formando una amplia sonrisa al leer solo números en su respuesta. Al agendar el nuevo contacto pulso el botón de llamar por accidente.
Mierda, mierda, mierda.
Iba a colgar, pero ella descuelga la llamada con la misma rapidez que respondía. Tal vez lo cogió por error.
―¡Perdona! ―hablo rápido, nervioso―.Te he llamado sin querer, pero… me alegro de que lo cogieras.
Solo escucho silencio al otro lado de la línea.
¿De verdad ha cogido la llamada o estoy hablando con su contestador?
―¿Alice? ¿Estás ahí? ―insisto un poco más y me quedo en completo silencio intentando detectar el mínimo ruido.
―Hola… ―una voz quebrada y jodidamente dulce inunda mis oídos.
―¡Hey! ―la saludo algo alarmado―. ¿Estás bien?
―Más o menos. Perdón…
Me pongo tenso al darme cuenta de que está aguantando un sollozo.
―¿Quieres que quedemos y que nos conozcamos? ―propongo―. Puedes contarme lo que ha pasado, te vendrá bien desahogarte y distraerte.
El silencio vuelve a invadir la llamada.
―Pero… es que no te conozco…
―Lo sé, pero así podemos conocernos ―respondo con decisión.
―No…, perdón…, pero es que… no sé…
―Vale, vale, tranquila, tampoco voy a obligarte, pero si cambias de idea…
―No creo que cambie de idea. Tengo que irme.
Ni siquiera me da tiempo a despedirme cuando se escuchan los pitidos que anuncian el final de la llamada.
3
Scar Tissue de Red Hot Chili Peppers sonaba a todo volumen en los cascos de Rick mientras caminaba por la calle dando pasos al ritmo de la música con una gran sonrisa en su rostro. Ya podía ver la librería desde allí, solo tenía que cruzar una calle y habría llegado a su destino.
Estaba eufórico e impaciente. Le encantaba escoger libros para su hija, le encantaba darle lecciones de vida a través de los libros, le encantaba ayudarla a cambiar su perspectiva de la vida como habían hecho los libros con él. ¿Pero qué clase de libro podría comprarle esta vez?
Libros de romance adolescente tenía demasiados y de fantasía otros cuantos. Ya le había regalado libros de poesía y thrillers de misterio camuflados de romance. Sonrió de forma más amplia al recordar su carita de enfado e indignación cuando descubrió la verdadera categoría del libro.
Su princesita… Tal vez debería comprarle un libro de autoayuda, pero, conociéndola, quizá se lo tomaba mal. ¿Ayuda para hablar en público? ¿Ayuda para hacer amigos? Todo aquello quedaba descartado. Como alguien la viera con ese tipo de libros sería su muerte social.
¿Debería regalarle un libro de psicología para que ella misma pudiese saber más sobre su ansiedad? No. La conocía lo suficiente para saber que se identificaría con, por lo menos, otros quince trastornos diferentes, se autosugestionaría y acabaría desarrollándolos. Su imaginación era poderosa y peligrosa, como la de su padre.
«Tal vez haya libros sobre escritura». Pensó Rick. «Algún libro que la motive a conseguir terminar alguno de sus relatos». Rio al pensarlo. No era el más indicado para hablar sobre ese tema. Si le regalase ese libro él lo leería primero, lo devoraría antes de que las clases terminaran.
Esa pasión por escribir la sacó de él, y estaba muy orgulloso de ello. Él era escritor, su hija también, y ninguno terminaba sus historias.
Se preguntó si podía ser su culpa, recordando que los primeros cuentos que ella había leído fueron los suyos. La pequeña Alice siempre se quedaba intrigada.
«¿Pero y ahora qué pasa? ¿Cómo acaba? ¿Por qué nunca terminas tus historias, papá?». Él sabía la respuesta, pero nunca se lo dijo. Siempre respondía lo mismo. «Ese es el final del primer libro, escribiré el segundo pronto».
Mentira, todo era mentira. Él nunca terminaba sus historias, porque si lo hacía ya no habría excusa para no intentarlo. Para no mandarlas a una editorial y sacarlas a la luz. Y no estaba preparado para eso.
Él pensaba…, no. Sabía que sus libros eran buenos. Sabía que podía ser uno de los mejores escritores de su generación, y no quería ver que nadie opinase lo contrario. Sabía que siempre alguien opinaría lo contrario.
Cada uno de sus libros estaba ambientado en un lugar diferente, tanto real como imaginario. Había inventado reinos de fantasía especialmente para su hija, había creado las mejores temáticas de misterio con los mejores plot twist imaginables. Esos libros habrían sido best sellers y él lo sabía, pero, aun así, había algo que no le dejaba terminarlos.
¿Miedo? ¿Un bloqueo creativo? ¿Quizá su mente era tan indecisa que no podía decantarse por un solo final? Le encantaban las teorías de mundos paralelos, que cuando se tomaba una decisión una nueva dimensión se creaba a partir de ella. Sin duda era su teoría favorita. Había tantas opciones…, se permitió fantasear sobre ello.
Oh, sí, en una de esas dimensiones él había terminado cada una de sus historias, habían sido publicadas todas y cada una de ellas, eran best sellers y ganaba una pasta indecente por cada libro, así que se la pasaba viajando y documentándose para sus nuevas historias.
Cerró los ojos unos instantes, imaginando con todo detalle ese mundo maravilloso. Esa era la vida que él quería. Si él tuviese la valentía para terminar tan solo uno de sus libros su vida cambiaría por completo y todos sus problemas desaparecerían.
Su familia no era pobre, pero mucho menos era rica. Eran más bien de la clase media. Vivían de alquiler en la calle Baker Street, conocida por Sherlock Holmes, una de sus sagas de libros favoritos. Era un sueño cumplido vivir allí.
Desde niño siempre había querido viajar y no había tenido oportunidad de salir de Londres, nunca. Así que desde pequeño se había dedicado a viajar desde la lectura. Lo recordaba perfectamente mientras sonreía con nostalgia. Recordaba aquel momento cuando tenía seis años y lo llevaron por primera vez a la biblioteca.
Lo primero que le llamó la atención fueron aquellos libros con portadas de lugares que no había visto nunca. Fue corriendo hacia ellos y abrió libro por libro. Solo miraba las fotos, pero eso era suficiente. ¿Había más mundo que Londres? Había más, mucho más. Existían tantos lugares maravillosos que quería visitar.
Recordaba con cariño cómo marcaba aquellos libros, como quien marca su lista de Navidad. Él no quería regalos, él quería viajes. Él no quería cosas materiales, él quería experiencias.
Su trabajo de taxista le permitía ver todo Londres cada día, pero él quería más, mucho más. Tenía un frasco enorme en uno de los cajones de su escritorio con un pos-it que ponía: «Para viajes». Y no se conformaba con tener el suficiente dinero para uno. No, claro que no, él quería hacer un viaje tras otro. Y para eso tenía que ahorrar durante mucho tiempo, pero sabía que merecía la pena.
El mismo pensamiento volvió de nuevo a su mente sin darle ningún tipo de tregua. Si tan solo terminase alguna de sus historias, toda su vida cambiaría para siempre. Podría darle la vida que él no tuvo a las dos princesitas de su vida: su hija y su mujer.
La alegría y la adrenalina invadieron todo su cuerpo.
¿Qué perdía por intentarlo? Ya había perdido suficiente tiempo. Ya era hora de dejar las excusas a un lado. ¿A qué estaba esperando para vivir la vida que siempre había soñado? ¿A que le cayese del cielo? Eso nunca iba a pasar.
Decidido. En cuanto llegase a casa, iba a elegir entre todas sus historias y la iba a terminar, corregir, perfeccionar y mandar a las editoriales.
Todas sus historias eran buenas, lo sabía. Su vida cambiaría en cuanto mandase tan solo una de sus historias.
Por fin se decidió, a sus cuarenta y tres años, a cambiar su vida. A arriesgarse y a luchar por la vida que siempre había soñado.
Lástima que ya era tarde.
Al abrir sus ojos, apenas pudo ver el gran autobús de color rojo que se abalanzó contra él.
4
Alice
Todo tu mundo se puede derrumbar en tan solo un segundo.
Con una palabra, con una acción, con un giro injusto del destino.
Bajo las escaleras lo más rápido que mis piernas me permiten. Me encuentro a mi madre sentada en un banco de madera cerca de la barra del conserje, cubriendo gran parte de su rostro con su artificial pelo liso.
Me tenso al verla. Siempre que se cubre la cara de esa forma está intentando que no la vean llorar. Doy unos últimos pasos hacia ella, jadeante por la carrera.
―¿Mamá?
Ella levanta la cabeza y aparta todo el pelo de su cara para mirarme.
Descubro su maquillaje corrido, sus mejillas húmedas, su rostro de puro dolor. Se levanta sin decir nada y me estrecha con fuerza entre sus brazos. Siento como su cuerpo tiembla, escucho su respiración entrecortada, noto los fuertes latidos que amenazan con atravesar su pecho.
―Mamá… ―intento evitar cualquier mal pensamiento y esperar a que consiga hablar―. Mamá, ¿qué ha pasado?
Responde en sollozos tratando de pronunciar cualquier palabra.
―Papá ―suelta por fin tras mucho esfuerzo, en un susurro.
Un fuerte dolor atraviesa mi pecho cuando lo menciona.
―¿Q…qué pasa con él? ―Intento mantener la calma, sin éxito.
―Un… autobús ―su voz se rompe.
Las lágrimas inundan mis ojos. Si le está costando tanto decirlo… significa que...
Intento aferrarme a la mínima esperanza.
―¿Cómo que un autobús? No, no, no. ―La negación me atrapa―. ¿Ahora está en el hospital? Solo… solo ha sido un susto. ¿Verdad? ―Me desespero cuando no responde―. ¡Mamá!
―Alice. ―Hace un breve silencio, dándose cuenta de que necesito que lo diga. Respira hondo y confiesa por fin―. Papá ha muerto.
En cuanto consigue decirlo se rompe, y yo me rompo con ella, soltando un grito desgarrador.
Mi mundo se derrumba. Y esta vez él no puede sujetarme y evitar la caída.
Toda mi vida he caminado sobre un suelo inestable, agarrada firmemente por sus manos, y cuando parte del terreno se venía abajo, él me mantenía en pie. Pero esta vez todo el terreno se había roto, sus manos ya no estaban, y me precipité inevitablemente al vacío.
Apoyo la cabeza en la ventanilla del coche sin ser capaz de ver nada con claridad, con la mirada perdida, sintiendo unas náuseas horribles que no son debido al viaje.
Tiene que ser una pesadilla, tiene que ser una pesadilla, tiene que serlo.
Tiene sentido, lo tiene. Ese chico rubio parecía salido de un sueño.
Una pesadilla camuflada en un sueño. Eso es. Voy a despertar, voy a despertar. Miro a mi madre de reojo; cómo aprieta el volante con más fuerza de la necesaria, cómo sus labios tiemblan a causa de intentar reprimir el llanto, cómo intenta ser fuerte por mí.
―Papá siempre decía que nada era aleatorio ―suelto con la voz quebrada lo que lleva varios minutos pasando por mi mente―. Que todo ocurría por algo. Pero se equivocaba. ¡Se equivocaba! ―grito en medio del llanto, conteniéndome para no pegarle una patada al salpicadero.
Mamá al verme así se permite llorar conmigo por fin.
Abre la puerta de casa cuando llegamos y un silencio fúnebre invade el espacio. La abrazo con fuerza, incapaz de calmar mis emociones. No sé cuánto tiempo nos quedamos así; sintiendo el reconforte de la otra, sumidas en el dolor, envueltas en el llanto, cada una perdida en sus propios recuerdos.
El timbre nos saca del trance, asustándonos. Nace la pequeña esperanza de que pueda ser él, que es tan fuerte que ha podido escapar de la muerte o, algo más probable, negociar con ella. Pero no. Puedo leer perfectamente la expresión de mi madre. «Puedes irte arriba si quieres». Y eso hago. No quiero el consuelo ni la pena de sus amigas.
Me encierro en mi habitación conteniéndome para no dar un portazo, apoyándome en la puerta y deslizándome contra ella hasta acabar sentada en el suelo, abrazando mis piernas, volviendo a ahogarme en el agua salada.
Los minutos siguen pasando, convirtiéndose en horas. Y no puedo hacer nada. Absolutamente nada más que llorar, recordar y torturar mi mente.
Si tan solo me hubiese ido con él, nada de esto habría pasado.
¿Por qué tenía que pasar esto? Dijo que siempre había un propósito para absolutamente todo lo que pasase. ¿Pero qué oscuro propósito puede tener su muerte?
Mi móvil vibra llamando mi atención y mi mano lo agarra de forma inconsciente leyendo el mensaje en la pantalla.
Golpecitos en la madera hacen que me levante a abrir y siento un gran alivio al encontrarme de frente con mi madre. En su mano derecha lleva un plato con un sándwich y en la izquierda un vaso de zumo de naranja.
―Tienes que comer algo ―ordena suplicante mientras entra y se sienta en mi cama dejando escapar un suspiro.
―Gracias, mamá. Pero no tengo… ―Al notar su expresión de preocupación agarro el sándwich―. Está bien, lo intentaré. ―Doy un mordisco―. ¿Tú has comido?
―Sí, algo sí… Las chicas me obligaron. ―Sonríe sin ganas―. Pero tú no tienes que preocuparte por eso.
―Pues claro que me preocupo.
Me duele mucho verla así. Yo he perdido a mi padre, pero ella ha perdido al amor de su vida.
―Un… un compañero de clase me escribió por Instagram, no sé cómo me encontró, pero… ―rompo el silencio.
―Oh. ―Sonríe de forma torcida ligeramente sorprendida―. Igual solo quiere hacer amigos. ¿O te has perdido algo en clase?
―No…, mamá, era el primer día. Hablamos por llamada, me dijo de quedar, pero le dije que no…
―Deberías ir, Alice. ―Se levanta. ―Yo me tengo que ir…, tengo que hablar con el notario por el seguro de vida, y organizar el entierro, y… ―La voz se le vuelve a cortar y traga saliva.
Al escucharla un escalofrío recorre todo mi cuerpo y las lágrimas vuelven a aparecer, provocando que deje la comida a un lado.
―Alice…, de verdad, tienes que distraerte. Eres muy joven para vivir esto.
―Pero no quiero dejarte sola. ―Me levanto también―. Iré contigo.
Niega rotundamente.
―De ninguna manera. Además, iré con las chicas, no estaré sola. ―Sonríe de forma forzada―. Llama a tu amigo. Solo… no vengas muy tarde.
Abandona la habitación y me dejo caer en el colchón de nuevo, agarrando el móvil. Tiene razón, no puedo estar aquí encerrada y sola todo el día mirando a la nada, papá no me dejaría hacerlo.
Esbozo una leve sonrisa y abro el chat de Eric, escribiéndole.
Alice Evans
Lo he pensado mejor… Necesito despejarme. ¿Sigue en pie?
5
Alice
Un autobús frena en la parada y de él empieza a bajarse gente.
Al parecer Eric vive en el pueblo donde está ubicado nuestro instituto.
Juego con los extremos de mi camiseta azul celeste, la cual me puse unos minutos atrás cuando decidí ponerme algo más cómodo como la prenda ya mencionada, unos shorts blancos y unos tenis.
Repaso a cada persona con la mirada mientras van bajando del vehículo.
Ni siquiera sé qué aspecto tiene Eric, un logo de Batman en su foto de perfil no es exactamente descriptivo. O quizá sí. Mi vista se detiene en el único chico de mi edad. En su camiseta está plasmado el mismo logo que en aquella foto de perfil. Tiene que ser él. No me acerco por miedo a hacer el ridículo si no lo es, pero lo examino bien desde mi posición.
Madre mía, madre mía. ¿Cómo pudo pasarme desapercibido un chico así? Parece el tipo exacto de chico del que me enamoraría por la calle, o en una parada de autobús, y jamás volvería a saber de su existencia. Me siento completamente afortunada de conocerlo, o de estar a punto de hacerlo.
No estoy al cien por cien segura de que sea él. Pero, por favor, que lo sea.
―¡Hey, Alice!
El chico que llevo un buen rato observando se acerca a mí con una amplia sonrisa y me saluda con un abrazo. Me quedo inmóvil, percibiendo un agradable olor a lavanda.
―¿Eric? ―pregunto mientras me separo poco a poco de su cuerpo.
―En carne y hueso.
Su cálida sonrisa me hace sentir muy cómoda. Y ahora que está más cerca, aprovecho para fijarme en cada detalle de él; sus ojos color avellana, su pelo corto negro abundante…
―¿Qué te apetece hacer?
«La verdad es que estaba muy entretenida contemplándote».
Carraspeo un poco, con mis mejillas ligeramente rosadas.
―Solo… solo necesito distraerme. ―Desvío la mirada, avergonzada.
―Entonces estás con la persona adecuada.
Vuelvo a repasarlo con la mirada mientras caminamos intentando ser sutil, alzando ligeramente la cabeza, debido a la considerable altura que me lleva. Parece que estoy dentro de un jodido sueño.
¡Un sueño! ¡Mierda!
«Con la excusa de que eres nueva, varios chicos se te van a acercar, si quieres ahorrarte ese fastidio…».
¡Niall! ¡He dejado plantado al rubio de ojos azules! Y no puedo hacer nada, absolutamente nada. No sé dónde vive, ni sus apellidos, y para colmo no nos hemos dado ni el número. Quizá podría preguntarle a Eric por él. O igual es una idea horrible.
―¿Y si pruebas a contarme qué te gusta hacer?
―Oh. ―Su pregunta me pilla desprevenida―. Puedo intentarlo.
«Leer novelas eróticas en internet, soñar despierta y fantasear con vivir en una novela. No tengo hobbies normales como quedar con amigos, porque no tengo amigos». No, eso no es respuesta socialmente aceptada.
―Me gusta mucho leer, dormir…
―¿Dormir? ―me interrumpe mirándome con diversión―. Creo que eso no puede considerarse un hobby.
―No dije que fuera un hobby. ―Juego con mis manos, tímida. ―No es exactamente por dormir, sino por soñar. Me encanta viajar a mundos paralelos a través de los sueños.
―Wow. ―Me mira con sorpresa―. Esa es una teoría interesante.
―Sí, bueno, en realidad no es mía.
Es de mi padre.
―¿Y por qué no me hablas de tus sueños? ―su voz expresa curiosidad.
―¿Qué? Bueno, tú no me has dicho nada sobre ti.
―Tienes razón, aunque no sabía que querías que lo hiciera. ―Sonríe de forma torcida―. Me gustan los cómics, los superhéroes…, creo que se nota un poco. ―Rasca su nuca, parece más tímido cuando habla de ello―. Dibujo, no se me da del todo mal.
―¿Dibujas? ―me sorprendo―. ¡Eso es muy guay! Me encantaría ver algunos de tus dibujos.
―¿En serio? ―Puedo notar un leve sonrojo en su piel―. Me da algo de vergüenza.
Me doy cuenta al momento de que él siente lo mismo por el dibujo que yo por la escritura.
―Yo… yo escribo ―confieso para hacerlo sentir más cómodo.
―¿En serio? ―Su sonrisa se intensifica―. Si tú escribes y yo dibujo…¡Podríamos hacer un cómic!
Río un poco al escucharlo, enternecida.
―Eres muy agradable, Eric.
Tierno, quería decir tierno.
―Gracias. ―Ríe conmigo―. Siguiendo con las preguntas, ¿qué sueles hacer en San Valentín?
―¿Cómo? ―Intento contener la risa―. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso es una manera ingeniosa de saber si tengo novio?
―No sé de qué hablas. ―Trata de contener una nueva sonrisa.
―Bueno, pues, que yo recuerde… Pasé San Valentín leyendo y viendo películas románticas. ¿Qué te parece? ―Lo miro divertida.
―Pues un plan bastante bueno. ―Ríe―. Yo hice más o menos lo mismo, pero cambiando películas románticas por películas de Spiderman, y leer por comida basura.
―Madre mía. ―Río sin poder evitarlo―. Qué imagen más triste para San Valentín.
―¡Hey! Eso hiere mis sentimientos. ―Se lleva la mano al pecho de forma dramática.
―Perdón, perdón. ―Intento aguantar la risa, pero no lo consigo―. Pero, en serio, ahora tengo curiosidad de cómo son tus dibujos. ¿Puedo ver alguno?
―Si te refieres a ver fotos de ellos… no suelo sacarles fotos… ―Su móvil vibra y él no se molesta en comprobar quién le ha escrito―. Pero si consigues papel y lápiz puedo hacer uno ahora mismo.
―¡Genial! ―exclamo ilusionada y mientras nos sentamos en un banco saco de mi bolso una libreta de tamaño mediano, un lápiz y una goma―. Adelante entonces.
―Wow. ―Ríe un poco, observando mis movimientos impresionado―. Qué preparada vas. ¿Lees el futuro? ―Agarra los materiales y apoya la libreta en sus rodillas, adoptando una postura cómoda.
―Simplemente cuando eres escritora te vienen ideas en cualquier momento, es mejor tener una libreta a mano y no confiar en tu memoria. ¿Qué vas a dibujar? ―A ti. ―Acerca el lápiz al papel mirándome con detenimiento.
―¿Qué? ―Mis mejillas arden y siento un ligero mareo―. No… no sé si es buena idea... ―Río nerviosamente.
―Claro que es una buena idea, eres lo más bonito que he encontrado para dibujar. ―Empieza a mover el lápiz, empezando el dibujo.
Recuerdo instantáneamente aquellos horribles dibujos que hacían mis compañeros de mí en la clase de Plástica.
Me quedo todo lo quieta que puedo intentando ignorar los suaves temblores de mi cuerpo, mientras él dibuja con plena concentración.
Él no es así. Él no puede ser así. No puede tratarse todo de una farsa. No va a reírse de mí.
Cálmate, cálmate, cálmate.
Aproximadamente quince minutos después, levanta la cabeza del papel por fin y me mira.
―¿Lista para ver mi obra de arte?
Asiento rápido, intrigada.
Gira la libreta mostrándome el resultado final y me quedo boquiabierta. Agarro el boceto para verlo más de cerca. Los trazos son finos y delicados, la apariencia es frágil y dulce, como si fuera una muñeca. Pero lo que más me sorprende es que no me ha dibujado con la ropa que llevo puesta, sino con el vestido de por la mañana.
―¿Pero cómo que no se te da mal? ¡Dibujas increíble! ¡Es precioso! ―exclamo emocionada sin poder dejar de mirar el dibujo―. Hasta me has subido la autoestima.
―Oh. ―Sus mejillas se tiñen de rojo y ríe nerviosamente―. Gra… gracias.
Me sorprendo cuando agradece con un tartamudeo como si no estuviese acostumbrado a que halaguen sus dibujos.
―¿Puedo quedármelo?
―Sí, sí, claro, es tu libreta. ―Rasca su nuca.
―Igual te lo querías quedar tú, es tu creación.
―Siempre puedo volver a hacerlo… ―Su móvil suena con insistencia, esta vez en forma de llamada―. Perdona, tengo que irme. ―Se levanta―. Me lo he pasado genial, me encantaría que quedásemos otro día.
―Yo también me lo he pasado muy bien… ―Me levanto también―. Sí, no te preocupes, vete antes de que te castiguen. ―Lo miro divertida.
Me estrecha de nuevo entre sus brazos y mis ojos se cierran de forma inconsciente, envolviéndome con su olor.
―Gracias por todo, Eric. ―Sonrío de forma sincera.
―Gracias a ti por dejarme conocerte, Alice. ―Me devuelve la sonrisa―. ¡Nos vemos en clase! ―Abandona el lugar a paso rápido.
Observo cómo se va mientras saco los auriculares, enchufándolos a mi móvil y poniendo a Taylor Swift, mi cantante favorita.
Al llegar a casa siento un gran alivio al ver que mi madre ya ha llegado.
―Hola, mamá. ―Me acerco a ella y me siento a su lado en el sofá.
―Hola, Alice. ¿Cómo ha ido todo? ―Aparta un poco los papeles de los que está rodeada.
Le muestro el dibujo que no he dejado de mirar en todo el camino.
―¡Es muy agradable! Muy tierno, muy lindo… y guapo, muy muy guapo. ¡Mira lo que me hizo!
―¡Oh! ―Agarra la libreta examinándolo―. Vaya, sí que te ha clavado. ―Sonríe de lado―. Me alegra que te lo hayas pasado bien con ese chico, sabía que te vendría bien salir.
―¡Sí!, mucho mejor incluso de lo que pensaba. Gracias por presionarme para que salga. Estoy…, me siento mucho mejor.
―Me alegro mucho, de verdad. Dame media hora y me pongo con la cena.
―No tengas prisa, tranquila.
Subo a mi cuarto y vuelvo a encerrarme en él dejándome caer en la cama.
Por un largo momento el doloroso evento del día se me había olvidado por completo. Pero al volver a estar sola y, peor, ver la enorme luna llena tras la ventana las lágrimas volvieron a aparecer.
«¡Alice! ¡Alice! ¿Lo has visto? ¡Hay luna llena! ¡Vamos a verla en la terraza con el telescopio!».
Vuelvo a romper en llanto recordando las palabras de mi padre en cada noche como esta y tapo mi boca para que mi madre no pueda escucharme.
6
Alice
Anoche me costó mucho dormirme y, cuando por fin lo conseguí, pasé toda la madrugada despertando cada par de horas sin ser capaz de conciliar el sueño durante mucho tiempo seguido.
Intento seguir mi rutina de fin de semana alargando el brazo para agarrar un libro de mi mesilla, pero enfrascarme en la lectura se vuelve una tarea imposible cuando no consigo retener las palabras y tengo que releer el mismo párrafo como tres veces para enterarme de algo.
¿Por qué papá no ha venido a verme en sueños? Ni siquiera pude despedirme y eso me atormenta. No puedo controlar mis pensamientos y no soy capaz de centrarme en el libro. ¿Dónde está exactamente? ¿Y si ahora es un fantasma? He estado atenta a cualquier pequeño detalle paranormal y no ha pasado absolutamente nada en ningún momento.
Igualmente, hoy es veintiuno de septiembre y…
Un repentino golpe en la madera de mi puerta logra sobresaltarme.
Mi madre entra por ella sin esperar permiso entonando una alegre melodía.
―¡Cumpleañoooos feliiiz!
Me sorprendo al escucharla. Creía que no estaría para fiestas, pero parece que me equivocaba.
―¡Mami! ―exclamo emocionada.
Ella se acerca a mí con una tarta de fresa de tamaño considerable adornada con dos velas de color morado. Al terminar de cantar me acerca un poco más el pastel para que sople las velas. Cierro mis ojos por un momento intentando pensar en un deseo, pero por primera vez no se me ocurre nada. Lo único que quiero no va a cumplirse, así que simplemente me limito a soplar sin ninguna intención mágica detrás.
Me levanto y mi progenitora deja el gran plato en la mesilla para poder abrazarme.
―Gracias por esto, de verdad ―agradezco con sinceridad.
―No puedo creer que ya tengas dieciséis años… ―dice con nostalgia mientras me estrecha contra ella―. ¿Qué te gustaría hacer? Yo todavía tengo que terminar algo de papeleo, pero podemos ir a la librería por la tarde y cenar juntas en algún sitio, y...
―La verdad, no contaba con nada ―la interrumpo―. Así que no tenía nada planeado.
Saco una fotografía a la tarta y la subo a mi perfil. Eric es, por no decir el único, el primero en felicitarme. Mamá se sienta a mi lado y le echa un vistazo a la pantalla.
Eric Jones
¡¡¡Felicidades, Alice!!! ¡No te lo vas a creer, el mío es en dos días! :O
―¿Ese chico otra vez? ―Me mira divertida y, al leer su mensaje, se sorprende tanto como yo―. Wow, qué casualidad.
Iba a escribir una respuesta, pero él se adelanta mandando otro mensaje.
Eric Jones
¿Y vas a celebrarlo? Si no tienes nada planeado, podríamos celebrar juntos una fiesta esta noche.
Miro de reojo a mi madre, que no borra su expresión de diversión mientras mis dedos se mueven solos, respondiendo.
Alice Evans
Tan solo me siento cómoda en fiestas de disfraces…
Eric Jones
¡Oh! No lo había pensado. ¡Suena genial! ¿De disfraces entonces?
Miro a mamá con ojos de corderito haciéndola reír.
―Si esa es tu forma de pedirme permiso, ya lo tienes. No voy a dejar que te quedes sin fiesta de cumpleaños y lo que él te ofrece es mejor que lo mío. Ya iremos a la librería por semana. ¿Dónde vive?
―Cerca del instituto, pero… puedo coger el bus…
―¿Qué dices? Yo te llevo. ―Agarra de nuevo el plato―. Y ahora vamos a desayunar tarta. ―Sonríe para ocultar el dolor al imitar una de las frases de mi padre.
Mi móvil vuelve a vibrar.
Eric Jones
¿Entonces…? ¿Confirmado? ¿Fiesta de disfraces a las siete…?
Respondo que sí, ilusionada.
―¿Y de qué te vas a disfrazar? ―pregunta mamá mientras corta un buen trozo para cada una.
―En realidad, no lo había pensado… ―Río nerviosa y agarro el trozo que me da, mordiendo hambrienta―. Dios, está buenísima.
―¿Pides que sea una fiesta de disfraces sin saber de qué te vas a disfrazar? ¿En serio? ―Ríe―. A ver, es sábado, no hay muchas tiendas abiertas… ¡Ya sé! ¿Te acuerdas del disfraz de Campanilla que te regaló papá por Navidad?
Asiento despacio. No sé si será el mejor momento para ponérmelo.
―Pues vamos a ver cómo te queda ―dice mientras se levanta.
Cuando abre el armario, una caperuza de color rojo cae sobre su cabeza, provocándome una carcajada. Ella hace una mueca y se la quita, analizando la prenda.
―Anda, Caperucita… ―Me mira―. ¿Recuerdas lo que decía siempre papá?
―Que no existen los accidentes… ―respondo en voz baja.
―¿Y si te disfrazas de ella? Ibas a ponértelo en carnaval, pero al final fuiste en pijama, ¿te acuerdas?
Como para no acordarme. Tenía tantas ganas de llevar ese disfraz…, pero una de mis compañeras también había decidido ir así y encima lo había anunciado, así que no me atreví. No quería que añadiesen a la larga lista de insultos la palabra copiona.
Me limito a asentir mientras mamá alcanza el resto del disfraz para que me lo pruebe.
Contemplo el espejo, impresionada.
No se trata de una aburrida falda larga de campana como parecía en su bolsa plástica, si no de una preciosa falda roja terminada en encaje blanco que me llega por encima de las rodillas. El supuesto delantal no existía. Había sido sustituido por una preciosa y ceñida blusa blanca y un corsé negro atado en un rojizo lazo que realzaba todavía más mi figura. Y, obviamente, la característica caperuza roja a la altura de mis hombros.
Ambas abrimos la boca maravilladas.
―¡Me encanta! ¡Es perfecto! ―Doy saltitos muy feliz.
―¡Te queda precioso! ―asegura mi madre.
La mandíbula casi se me cae al suelo al girar la última rotonda y entrar en la urbanización. Nos vemos rodeadas por unas increíbles casas de color blanco que, comparadas con la nuestra, son inmensas. Mi boca permanece abierta mientras contemplo cómo a las casas les faltan unos pocos metros para estar prácticamente pegadas, a pesar de poseer cada una su propio jardín. Está claro que este barrio es mucho menos asequible que el nuestro.
Bajo del vehículo y mi madre me saca como la octava foto de la noche.
―Mamá. ―Río en un suspiro.
―Es que estás preciosa, mi amor. ―Sonríe orgullosa―. Tengo que cuidar a los Collin hasta la noche, pero no me avises muy tarde para volver.
―Sí, mamá. Pero recuerda que es mi primera fiesta. ―Me acerco y la abrazo. ―¡Te quiero! ―Salgo de nuevo.
―Te quiero, Alice, pásalo muy bien.
Tras una pequeña duda de cuál es la casa correcta y teniendo que volver a revisarlo en mi móvil, timbro mirando de reojo cómo mi madre espera.
Eric me abre casi al momento.
―¡Hola, Alice! ―Antes de saludarme con un abrazo me repasa con la mirada, abriendo ligeramente su boca―. Si te quedan así los disfraces, me voy a plantear que todas mis fiestas sean con esa temática.
Mis mejillas se vuelven tan rojas como mi caperuza, sorprendida por su comentario.
Intento mirarlo de la forma más sutil posible. Lleva puesto un traje de Superman, el cual se ciñe tanto a su cuerpo que puedo apreciar cada parte de su anatomía. Paso un dedo por mis labios de forma disimulada para comprobar que no estoy babeando con su tonificado cuerpo y su marcado abdomen.
―Hablas de mí, pero ese disfraz te queda increíble ―confieso.
―Gracias. ―Sonríe de forma torcida y lleva una mano a su nuca.
Siento de nuevo aquel característico olor a lavanda al entrar en el recibidor.
Miro alrededor mientras caminamos hacia un sofá de color azul, fijándome con admiración en el orden en cada pequeño rincón.
―Has sido la primera en llegar a nuestra fiesta.
―No me gusta nada llegar tarde a los sitios… ―Me siento a su lado y abro mi boca sorprendida―. ¡Oh!, es cierto, también es mi fiesta.
―¿No te acordabas? ―Me mira divertido.
―Mi memoria no es muy buena. ―Río con él mientras saco mi móvil, mostrándole la foto de mi corcho con su dibujo en él.
―Queda bastante bien. ―Una sonrisa se dibuja en su rostro mientras mira la foto―. Cuando quieras te hago más.
―¡Sí! Me encantaría. ―Sonrío de forma tímida.
Mi sonrisa se hiela al escuchar un repentino barullo. Llevo la vista hacia la puerta de la entrada, abierta de par en par, presenciando cómo pequeños grupos de gente diferente entran a cada segundo. Siento un ligero mareo y mi respiración se entrecorta. Mierda, no pensé que vendría tanta gente.
Aprieto uno de los cojines del sofá intentando contenerme para no rasgarlo con las uñas. La ansiedad se asienta en mi pecho a una gran velocidad, impidiéndome respirar con normalidad.
―¿Alice? Hey, hey, ¿qué ocurre?
Eric se fija casi al segundo del cambio en mi expresión y agarra despacio la mano que estaba a punto de deshilar el tejido.
―No… no es nada. ―Trato de ocultar lo evidente.
―¿Tienes ansiedad? ―Me mira preocupado―. ¿Es por la gente?
Trato de decir algo, pero soy incapaz de hablar. Eric echa un vistazo a nuestro alrededor con expresión seria.
―Ya no estás sola, Alice, ahora me tienes a mí.
Ignoro que mi corazón late incluso más fuerte, viendo cómo se levanta sin soltar mi mano. Siento el gentío acercarse y escucho una marea de voces felicitándonos, pero Eric no se detiene. Sonríe de manera cortés a los invitados y comienza a subir los escalones tirando de mí.
―La comida está en el jardín junto a la piscina, bajaré en unos minutos. ―anuncia.
¿Piscina?
Llegamos al piso de arriba y abre una puerta aparentemente aleatoria.
―Bienvenida a mi habitación.
Suelta mi mano poco a poco, encendiendo la luz y entrando. Entro detrás de él sintiendo cómo mi pecho deja de doler poco a poco y mi respiración se normaliza. Centro mi atención en cada detalle del cuarto, impresionada.
Lo más destacable es un gran saco de boxeo de color rojo, prácticamente al lado de una cinta de correr y de un par de pesas. Todo colocado frente a una cama de matrimonio.
Avanzo despacio y sin permiso, casi hipnotizada por un rincón en concreto.
Toda la habitación está en perfecto orden, menos ese rincón.
Sus dibujos. Todos sus dibujos. Un corcho lleno de ellos. Puro placer visual para mis ojos. Batman, Spiderman, Superman, reconozco varios de los superhéroes que se repiten innumerables veces. Lo único que no consigo reconocer son los trazos de una chica de cabello anaranjado. Tal vez sea una invención suya. Algo así como su chica perfecta.
Mi atención se desvía al escritorio, rebosante de dibujos tachados, bocetos, materiales, y una enorme libreta con hojas asomándose.
―Dios mío. Esto es increíble. Has superado mis expectativas.
Eric sonríe de manera tímida y desvía la mirada. Me contengo para no abrir la misteriosa y atrayente libreta.
―Me gustaría mucho ver los demás dibujos.
―¿En serio? ¿Todos? ―Me mira con sorpresa.
Asiento dedicándole una sonrisa. Él parece dudar unos segundos, pero finalmente agarra la libreta, me guía a la cama y la pone sobre mis piernas con confianza. Paso los dedos por la cubierta, abriéndola, y me sumerjo en su mundo de lápiz y papel. Más superhéroes, villanos, de nuevo aquella chica. Halago sus dibujos con admiración, cada uno es mejor que el anterior y el progreso creativo se nota en cada página. Paso las hojas muy despacio, deteniéndome en cada dibujo el tiempo que se merece. El final se acerca y la esencia cambia. Páginas en blanco, tachones, borrones, papel agujereado seguramente por la rabia de no conseguir dibujar. El color desaparece y todo se vuelve blanco y gris. Cierro la libreta y él la deja en su sitio.
―Nunca nadie había halagado así mis dibujos.
―¿Qué? ¿En serio? ―Lo miro incrédula―. Eres un artista, Eric, deberías hacerte una cuenta para subirlos. ¡Son increíbles! Tienes tanto talento, no prives al mundo de ver tu arte.
Sus mejillas enrojecen y se sienta un poco más cerca de mí esta vez. Enmudezco cuando siento sus ojos clavados en los míos y el ambiente se vuelve diferente. Mi corazón vuelve a martillear por la cercanía.
El silencio nos envuelve y una extraña tensión flota en el aire. Nuestra respiración se agita casi al mismo tiempo. No entiendo ni sé cómo explicar lo que está pasando. Pero la sensación que siento en el pecho es completamente nueva. Sus labios se entreabren, intenta mirar a otra parte, pero sus ojos siempre acaban volviendo a los míos.
―Alice…
Mi cuerpo se acerca inconscientemente al suyo como si se tratase de un imán. Me pierdo en el color avellana y luego en la forma de sus labios.
Su cuerpo por el contrario está rígido y parece que la timidez no le deja acercarse también. Así que continúo acercándome, muy despacio, sin apartar la vista de sus ojos. Insegura, nerviosa, indecisa, atrevida.
Si él no es capaz de dar el paso, yo lo daré por él.
Mis párpados se cierran solos y puedo sentir el suave roce de sus labios.
Pero apenas unos segundos. Porque no siento el movimiento de su boca contra la mía. No siento sus manos agarrar mi cintura y volverse más valientes. No.
En su lugar siento cómo agarra mis hombros, con suavidad, separándome de él.
―Lo… lo siento mucho. Creo… creo que me has interpretado mal.
7
Alice
Abro los ojos de golpe, cayendo de nuevo en la realidad.
Las mejillas me arden y mi cuerpo empieza a temblar. Mi garganta emite pequeños sonidos agudos intentando encontrar cualquier palabra coherente. Ahora los fuertes latidos no son placenteros, sino que duelen. Duelen mucho.
―¡Lo siento! ―Me levanto del colchón como si hubiera sido propulsada por un muelle―. Lo siento, lo siento, lo siento mucho, yo… yo pensaba que...
Incapaz de mirarlo, mis ojos rebotan por toda la habitación.
―Alice, no pidas perdón, por favor, yo…
―Lo siento, lo siento, lo siento ―sigo repitiendo incapaz de escucharlo.
Huyo del incómodo escenario corriendo escaleras abajo, viéndome atrapada otra vez. Múltiples olas de gente desconocida me rodean, chocan contra mí.
Me hunden, me ahogan. Un barullo de voces y música insoportablemente alta ensordece mis oídos. Siento un horrible mareo que podría hacerme perder el conocimiento. Necesito salir de aquí, necesito salir de aquí.
Distingo a lo lejos un apartado sillón gracias a su destacable color rojo.
Avanzo rápidamente y me dejo caer en él sacando mi teléfono y mirando la hora en la pantalla: las nueve y media. Vale, bien, es la hora perfecta para pedirle a mi madre que me venga a recoger sin que sea sospechosamente temprano.
―Por fin he encontrado a mi caperucita…
Una voz grave, profunda, sensual, llena mis oídos aislándome por unos segundos de cualquier sonido ajeno a ella.
Las risas, el barullo, la música. Todo queda completamente insonorizado hasta que me giro para descubrir el dueño de la voz.
Me contengo para no pellizcar mi piel, incrédula de estar en la realidad.
Incrédula de no estar inmersa en mi mente. Incrédula de no haberme desmayado y estar dentro de un sueño. Incrédula de que uno de esos tantos personajes aparentemente perfectos con los que mi mente sueña se hubiera escapado de mi cabeza.
¿Pero tú de qué libro te has escapado?
Me resisto a no soltar mis pensamientos en voz alta.
Al girarme, la considerable altura que me lleva provoca que lo primero que vea sea su torso. Un inesperado calor invade todo mi cuerpo al darme cuenta de que su camisa está abierta de par en par, dejando al descubierto un cuerpo duro y definido. Cada parte de él me deja más y más sin aliento.
Alzo la cabeza para intentar recuperarme un poco, pero mi estado empeora incluso más al chocar con sus ojos. Unos impresionantes ojos verdes, tan profundos e hipnóticos como los de un gato.
Me resulta irónica esa descripción al darme cuenta de las orejitas que adornan su rebelde y ondulado cabello color chocolate. ¿Eso es… un disfraz de gato?
―¿Necesitas un lobo? ―Sonríe de forma traviesa mientras la música de la fiesta, Back in black de AC DC le da la presentación perfecta.
Da un paso hacia mí y retrocedo de manera inconsciente provocando que mi espalda choque contra la pared. Él simplemente estira su brazo hasta que su mano choca a un lado de mi cabeza, acorralándome.
¡No es posible! En serio. ¿De qué libro te has escapado?
Vuelvo a tragarme la pregunta, aparentando solo tragar saliva.
―H… Hola ―consigo a duras penas que me salga un hilo de voz.
El mareo desaparece por completo. La incomodidad también.
Quiero quedarme. De verdad quiero quedarme. Él no tendrá ni que esforzarse en que olvide todo por un buen rato.
La figura de Eric bajando las escaleras me hace dar un pequeño brinco.
Mi expresión cambia a una de susto y hablo con apuro en la voz.
―¡Tengo que irme!
―¿Qué? ―Su expresión también cambia, mirándome extrañado―. ¿Tienes que ir a casa de tu abuelita? ―Su sonrisa reaparece con su chiste.
Trato de aguantar la risa, pero no lo consigo, aunque suena como un suspiro.
―De verdad, perdona, tengo que irme.
Aparto mis ojos de los suyos, buscando la salida. Esta vez la encuentro y salgo de la casa, corriendo cuesta abajo. No me detengo hasta no escuchar ni un solo decibelio de música. Me dejo caer en el primer banco que encuentro, rompiendo en llanto, liberando toda la tensión de la noche.
La fiesta tenía que haber sido mágica, no una de las peores noches de mi vida. Es todo mi culpa, yo interpreté mal las señales. No tengo ni idea de lo que es tener un amigo. Lo he incomodado. Lo he fastidiado todo, como siempre.
Un brusco ruido de un frenazo seco me asusta, haciendo que aparte las manos de mi rostro.
―¿Alice? ―Aquel chico rubio del primer día de clase aparece por arte de magia frente a mis ojos como si fuera fruto de mi imaginación.―. ¿Qué haces aquí sola? ¿Qué te ha pasado? ―Se sienta a mi lado haciendo que perciba de nuevo el fresco olor de su perfume.
―Niall… ―pronuncio su nombre casi de forma inconsciente―. Estaba... estaba en la fiesta de Eric... ―Desvío la mirada decepcionada―. Bueno, y mía…, mi primera fiesta, ha sido un desastre… ―Me atrevo a mirarlo poco a poco―. ¿Y tú qué haces a estas horas aquí?
―Yo he preguntado primero ―dice sorprendiéndome―. Vale, estabas en la fiesta, ¿pero por qué estás llorando?
Dejo escapar un suspiro y lo miro con tristeza.
―¿Te sirve de respuesta que me han roto el corazón?
―¿Quién?
Me quedo callada pensando si debería o no decírselo.
―¿Te da vergüenza decirme quién fue el imbécil?
―Fue Eric ―suelto sin poder contenerlo―. Pensaba que sentía algo por mí… Ayer y hoy estuvimos muy bien… ―Suspiro de nuevo frustrada―. Creía que le gustaba y me lancé, y me rechazó, porque soy estúpida.
Бесплатный фрагмент закончился.
