Читать книгу: «Hechos y dichos memorables. Libros VII-IX. Epítomes.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 312

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EUGENIO LÁZARO GARCÍA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2003.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO393

ISBN 9788424935450.

SINOPSIS
LIBRO VII

1. Sobre la felicidad.

2. Dichos y hechos llenos de sabiduría.

3. Dichos y hechos llenos de astucia.

4. Estratagemas.

5. Sobre fracasos electorales.

6. Sobre la necesidad.

7. Sobre testamentos que fueron anulados.

8. Sobre testamentos que siguieron siendo válidos, aunque hubieran podido ser anuladas. Sobre testamentos que nombraron herederos diferentes a los que todos creían.

LIBRO VIII

1. Sobre los motivos por los que acusados de delitos infamantes fueron absueltos o condenados.

2. Sobre juicios privados célebres.

3. Sobre mujeres que se defendieron a sí mismas, o defendieron a otras personas, ante los magistrados.

4. Sobre interrogatorios.

5. Sobre testigos.

6. Sobre los que cometieron los mismos delitos que habían condenado en otros.

7. Sobre el entusiasmo y la dedicación constante.

8. Sobre el ocio.

9. Sobre el enorme poder de la elocuencia.

10. Sobre la gran importancia de la pronunciación y los gestos apropiados.

11. Sobre los poderosos efectos de las artes. Hay cosas que ningún arte puede conseguir.

12. Cada uno es el mejor maestro y defensor de su propia arte.

13. Sobre la vejez.

14. Sobre las ansias de gloria.

15. Sobre las magníficas recompensas que algunos recibieron.

Libro IX

1. Sobre el lujo y las bajas pasiones.

2. Sobre la crueldad.

3. Sobre la ira o el odio.

4. Sobre la avaricia.

5. Sobre la soberbia y la prepotencia.

6. Sobre la perfidia.

7. Sobre la violencia y las sediciones.

8. Sobre la temeridad.

9. Sobre el error.

10. Sobre la venganza.

11. Dichos infames y hechos execrables.

12. Sobre muertes insólitas.

13. Sobre el deseo de vivir. Sobre la cuidadosa atención que guardaron quienes sospechaban de los de su propia casa.

14. Sobre el parecido físico.

15. Sobre aquéllos que, siendo de despreciable origen, trataron de infiltrarse con engaños en las familias más notables.

LIBRO VII
CAPÍTULO 1
Sobre la felicidad

Diversos son los ejemplos que de la volubilidad de la fortuna hemos expuesto; muy pocos son, en cambio, los que pueden aducirse de su favor constante. De lo cual se infiere que de buen grado acarrea desgracias y sólo en contadas ocasiones concede alegrías. Esta misma fortuna, cuando se ha propuesto dejar a un lado su mezquindad, atesora bienes no sólo cuantiosos y espléndidos, sino también imperecederos.

Veamos, pues, por cuántos grados de beneficios la fortuna, [1 , 1] sin perder jamás su magnanimidad, llevó a Quinto Metelo 1 a las más altas cotas de felicidad, desde el primer día de su vida hasta el instante mismo de su muerte. Quiso la fortuna que Metelo naciese en la capital del mundo; le otorgó los padres más nobles; le confirió, además, unas excepcionales cualidades espirituales y una fortaleza física capaz de soportar las fatigas; le procuró una esposa célebre por su honestidad y fecundidad; le brindó el honor del consulado, la potestad generalicia y el lustre de un grandioso triunfo; le permitió ver al mismo tiempo a tres de sus hijos cónsules (uno de ellos incluso había sido censor y había recibido los honores del triunfo) y a un cuarto pretor; hizo que entregara en matrimonio a sus tres hijas y acogiera en su mismo regazo a la descendencia de éstas. Tantos partos, tantas cunas, tantas togas viriles, tan gran número de teas nupciales, tantos cargos civiles y militares; en definitiva, tantos y tantos motivos de alegría; y en todo este tiempo, ningún duelo, ningún llanto, ningún motivo de tristeza. Contempla las moradas celestiales y difícilmente podrás encontrar allí un estado de dicha semejante, pues vemos que los más insignes poetas atribuyen penas y dolor también a los corazones de los dioses. Y a este género de vida correspondió un final acorde con él: en efecto, Metelo falleció a una edad muy avanzada y de muerte natural, entre los besos y abrazos de sus seres más queridos, y fue llevado por toda la Ciudad a hombros de sus hijos y yernos hasta ser depositado sobre la pira funeraria.

[2] Si renombrada fue aquella felicidad, más desconocida fue, en cambio, esta otra, aunque preferida al esplendor de los dioses. Pues cuando Giges 2 , ensoberbecido por el trono de Lidia y tan plagado de armas y riquezas, había recurrido a Apolo Pitio 3 para preguntarle si había algún mortal más feliz que él, la divinidad, emitiendo sus palabras desde lo más oculto de la gruta, prefirió a Aglao de Psófide 4 antes que a él. Era éste el más pobre de los arcadios, y aun a pesar de su avanzada edad, nunca había salido de los límites de su pequeña heredad, feliz como era con el fruto de su exigua parcela. Y no cabía duda de que, con la agudeza de su oráculo, Apolo daba a entender el fin último y sin sombras de una vida feliz. Y por esta razón respondió a Giges, que se vanagloriaba insolentemente del oropel de su fortuna, que apreciaba más una choza sonriente de calma que un palacio atormentado por cuidados e inquietudes; un puñado de tierra libre de temores que los riquísimos campos de Lidia, repletos de angustias; una o dos yuntas de bueyes fáciles de sustentar que los ejércitos, las armas y la caballería, tan ruinosos por sus excesivos gastos; y un pequeño granero que nadie ansíe, para lo imprescindible, antes que tesoros expuestos a las insidias y la codicia de todo el mundo. Y así fue como Giges, que deseaba contar con la aquiescencia de la divinidad a propósito de su vana convicción, aprendió dónde radica la estable y auténtica felicidad.

CAPÍTULO 2
Dichos y hechos llenos de sabiduría

Hablaré ahora de aquel tipo de felicidad que tiene que ver íntegramente con la disposición del espíritu y que no se pretende con ruegos, sino que, connatural a los corazones provistos de sabiduría, reluce por medio de dichos y hechos juiciosos.

[2 , 1] Hemos oído que Apio Claudio 5 a menudo solía manifestar que era preferible que el pueblo romano permaneciera en acción antes que inactivo, no porque ignorase cuán placentero es estar tranquilo, sino porque advertía que el estado de agitación incita a los imperios muy poderosos a tratar de alcanzar la virtud, en tanto que el excesivo descanso viene a dar en desidia. Y es que la palabra negotium , por muy estridente que resulte, mantuvo en su condición las costumbres de nuestra ciudad, mientras que quies , un término bastante agradable al oído, la salpicó de innumerables vicios.

[2] Afirmaba Escipión Africano 6 que, en temas militares, era indecoroso decir «no lo había pensado», ya que, en su opinión, las acciones armadas había que ejecutarlas después de haber sopesado y ensayado el plan correspondiente. Y con toda la razón, pues un error no admite enmienda cuando se abandona a la violencia de Marte. El propio Escipión aseguraba que no debía entablarse combate con el enemigo si la ocasión no se presentaba o no había necesidad. Y también aquí discurrió sabiamente, pues del mismo modo que dejar pasar la oportunidad de lograr un triunfo es la mayor de las locuras, así también abstenerse de luchar cuando las circunstancias obligan a ello viene a desembocar en una perniciosa indolencia. Y de quienes obran de esta manera, unos no saben aprovechar las ventajas de la fortuna, otros no saben hacer frente al agravio.

Tan razonables como sobresalientes fueron asimismo las [3] palabras que en el Senado pronunció Quinto Metelo 7 . Éste, tras la derrota de Cartago, aseguró que no sabía si aquella victoria había acarreado más beneficios o más perjuicios a la república, pues igual que había sido ventajosa por haberse restablecido la paz, así también causaba cierto daño por haber alejado de nosotros a Aníbal. En efecto, la entrada de éste en Italia había despertado el valor del pueblo romano, entonces adormecido, y era de temer que dicho valor, libre de tan implacable rival, volviera a su antiguo estado de indolencia. Y es que consideraba que quemar las casas, devastar los campos o empobrecerse el erario público no eran menos nocivos que el enervamiento del valor romano primitivo.

¿Y qué decir de aquella acción del consular Lucio Fimbria 8 ? [4] ¡Qué sabio! Tras ser designado juez en un proceso contra el ilustre caballero romano Marco Lutacio Pincia, por un compromiso verbal que éste había contraído con su adversario aduciendo como única garantía la de ser una persona honrada, no quiso jamás pronunciar una sentencia definitiva. De este modo, no privaría a un hombre íntegro de su reputación, en caso de que el veredicto fuera desfavorable, ni tampoco tendría que jurar que era un hombre bueno, puesto que tal condición encierra en sí misma un sinfín de alabanzas.

[5] El ejemplo de prudencia que acabamos de ver pertenece al mundo de la política, este otro se muestra en el ámbito militar. Durante el asedio a Aquilonia, el cónsul Papirio Cúrsor 9 se aprestaba a atacar la ciudad. Pese a que las aves no se mostraban favorables, el augur que guardaba los pollos sagrados le anunció el mejor de los auspicios. Al percatarse el cónsul de este engaño, tomó aquello como un augurio propicio para él y su ejército, e inició la batalla, no sin antes colocar al mentiroso en primera línea. De este modo los dioses, en caso de enojarse, tendrían una víctima que aplacara su resentimiento. Ya sea por casualidad o por divina providencia, la primera flecha arrojada desde el bando contrario vino a clavarse en el pecho del augur, que cayó al suelo sin vida. Cuando el cónsul recibió la noticia, se lanzó confiado al asalto de Aquilonia y la tomó. Así, de pronto advirtió de qué manera debía vengarse el agravio cometido contra un general, cómo había que castigar la violación de los ritos sagrados y de qué forma se podía alcanzar la victoria. Actuó como hombre austero, como cónsul respetuoso y como general esforzado, fijando de una sola vez un límite al temor, una forma de castigo y un camino a la esperanza.

[6] Pasaré ahora a los hechos ocurridos en el senado. Cuando éste envió contra Aníbal a los cónsules Claudio Nerón y Livio Salinátor 10 , después de comprobar que eran tan parejos en virtud como incompatibles por culpa de una acérrima enemistad, los reconcilió a toda costa, no fuera que, a causa de sus diferencias personales, administraran los asuntos públicos con nulo provecho. Y es que si no hay acuerdo en el poder de ambos cónsules, surge entre ellos más afán por entorpecer la labor del otro que por realizar la propia. Cuando además se interpone entre ellos un odio obstinado, el uno se enfrenta al otro con una hostilidad más terminante que la que ambos han de mostrar ante las tropas enemigas.

Después que el tribuno de la plebe Gneo Bebio 11 los acusara ante la asamblea por haber desempeñado el cargo de censor con excesiva dureza, un decreto del Senado los eximió de tener que defenderse. Fue así como el Senado libró del temor ante cualquier juicio a esta magistratura, cuya obligación era pedir cuentas, no rendirlas.

Similar fue este otro ejemplo de sabiduría del Senado. Después de condenar a muerte al tribuno de la plebe Tiberio Graco 12 , por haberse atrevido a promulgar su ley agraria, con gran acierto decretó que, en virtud de la ley promulgada por el propio Graco, los triúnviros repartieran las tierras públicas entre el pueblo de forma individual. Y así, se eliminó de un golpe al causante y al origen de tan grave sedición.

¡Con qué prudencia obró el senado en el caso del rey Masinisa! 13 . Tras servirse de su cooperación siempre solícita y fiel en la lucha contra los cartagineses, y al verlo cada vez más ansioso por extender los dominios de su reino, presentó al pueblo una proposición de ley por la cual se concedía a Masinisa la libertad absoluta con respecto al poder del pueblo romano. Con esta actuación, el senado no sólo preservó el afecto al que Masinisa se había hecho sobradamente acreedor, sino que además alejó de sus puertas la agresividad de Mauritania, Numidia y el resto de pueblos de aquella región, agresividad que nunca una paz firme pudo aplacar.

Ejemplos extranjeros

[2 , 1] No habría tiempo suficiente si tuviera que seguir narrando hechos de nuestra patria, dado que nuestro imperio creció y se mantuvo no tanto con la fuerza física como con el vigor espiritual. Así pues, mantengamos una callada admiración hacia la mayor parte de ejemplos romanos de prudencia y demos paso a algunos extranjeros sobre este mismo punto.

El filósofo Sócrates, una especie de oráculo de la humana sabiduría sobre la faz de la tierra, juzgaba que, de los dioses inmortales, sólo había que pedir que nos otorgaran el bien, pues sólo ellos saben, al fin y al cabo, lo que conviene a cada uno. Nosotros, en cambio, casi siempre solemos implorar lo que habría sido mejor no obtener. Y es que, ¡oh mente mortal, envuelta en tinieblas tan espesas, con qué evidente confusión arrojas aquí y allá tus desatinadas imprecaciones! Anhelas riquezas, que para muchos fueron su perdición; codicias honores, que a muchos causaron su ruina; en tu mente concibes reinos, cuyas consecuencias a menudo se revelan lamentables; ofreces tu mano a espléndidos casorios, pero éstos, así como unas veces enaltecen a las familias, otras las destruyen a ras de suelo. Deja, pues, de desear, neciamente boquiabierta, lo que será el origen de tus males futuros, como si fuese la cosa más dichosa, y abandónate por completo al arbitrio de los dioses, pues quienes suelen conceder bienes con facilidad, pueden también elegirlos convenientemente.

El mismo Sócrates decía que quienes alcanzan la gloria por el camino más rápido y más corto son aquéllos que en sus actos procuran aparentar lo que son. Y con semejante afirmación recomendaba abiertamente que los hombres deberían adentrarse en la misma virtud antes que perseguir su sombra 14 .

También Sócrates, preguntado por un joven sobre si debería tomar esposa o, por el contrario, renunciar al matrimonio, le respondió que, hiciese lo que hiciese, terminaría arrepintiéndose. «Si no te casas —le dijo—, te embargará la soledad, la falta de hijos, el fin de tu estirpe, y un extraño será tu heredero; si te casas, tu angustia será perpetua, continua la sucesión de disputas, se te reprochará la dote, conocerás el ceño fruncido de tus nuevos parientes, la lengua parlera de tu suegra, los codiciosos de esposas ajenas, la incertidumbre de cómo te saldrán tus hijos». No permitió Sócrates que, en cuestión tan escabrosa, aquel joven tomara una decisión como si fuese materia de broma 15 .

Asimismo, después que la locura criminal de los atenienses lo había condenado tristemente a muerte y, con gran fortaleza de ánimo y rostro impasible, había recibido el brebaje envenenado de manos del verdugo, acercando ya la copa a sus labios, se dirigió a su esposa Jantipa, que entre sollozos y lamentos proclamaba que moría un inocente, y le dijo: «¿Y qué, entonces? ¿Preferirías acaso que muriera siendo culpable?» 16 . ¡Inmensa sabiduría la suya, que ni siquiera en el momento mismo de la muerte pudo olvidarse de su condición!

[2] Mira también con qué prudencia pensaba Solón que a nadie se le debe llamar dichoso mientras esté vivo, dado que hasta el último día de nuestra existencia estamos sujetos a la incierta fortuna. En efecto, es la pira funeraria la que consuma la felicidad de los hombres, ella es la que se enfrenta al ataque de los males.

El propio Solón, al ver a uno de sus amigos profundamente entristecido, lo llevó hasta la acrópolis y le animó a que volviera su mirada sobre todos los edificios que tenía a sus pies. Cuando comprobó que lo había hecho, añadió: «Piensa ahora contigo mismo cuánto duelo ha existido, existe hoy y existirá en siglos venideros bajo estos techos, y deja de lamentar las desgracias de los mortales como si fuesen tuyas solamente» 17 . Con este consuelo le hizo ver que las ciudades no son más que miserables recintos para las calamidades humanas.

También Solón solía decir que si todo el mundo reuniera sus males en un solo lugar, preferiría llevarse a casa los suyos propios en vez de tomar la parte que les correspondiese del montón de miserias comunes. De lo que deducía que no debemos considerar como amargura peculiar e intolerable aquello que nos sucede por azar.

Después que Priene, la patria de Biante, fue tomada por [3] los enemigos, todos aquellos que pudieron escapar de la barbarie de la guerra sanos y salvos y huían llevando sus bienes más preciados le preguntaron por qué no llevaba consigo ninguno de sus bienes. A lo que él respondió: «Yo llevo conmigo todos mis bienes» 18 . Cierto, pues los llevaba en su pecho, no sobre sus hombros ni a la vista, sino apreciables únicamente con el espíritu. Ocultos en la sede del pensamiento, ni las manos de los mortales ni las de los dioses pueden perturbarlos. Y de igual modo que están a nuestro alcance si permanecemos en nuestros hogares, no nos abandonan tampoco si tenemos que huir.

Y ahora, un pensamiento de Platón, tan escueto en palabras [4] como valioso por su significado. Proclamaba él que el mundo sólo alcanzará la dicha cuando los filósofos comiencen a reinar o los reyes a ser filósofos 19 .

También fue sutil el juicio de aquel rey del que cuentan [5] que, antes de colocarse en la cabeza la diadema que le habían entregado, la examinó largo tiempo entre sus manos y a continuación dijo: «¡Oh, trapo 20 más insigne que venturoso! Si alguien supiera de verdad cuántas angustias, peligros y desdichas encierra, ni siquiera se agacharía a cogerlo del suelo».

[6] ¿Y qué decir de la famosa respuesta de Jenócrates 21 , tan digna de alabanza? Mientras asistía en profundo silencio a una conversación llena de maledicencia, uno de los presentes le preguntó por qué era el único que refrenaba su lengua. A lo que él respondió: «Porque alguna vez me he arrepentido de haber hablado, pero nunca de haber callado».

[7] También revela una profunda sabiduría el precepto de Aristófanes. En una de sus comedias 22 introdujo al ateniense Pericles, quien, tras regresar de los infiernos, profetizó que no es conveniente criar a un león en la ciudad, pero que, en caso de haberlo criado, había que satisfacer sus deseos. Aconseja, por tanto, que refrenemos a los jóvenes de distinguida nobleza y vehemente carácter, pero sin impedirles que accedan al poder, después que se les ha educado en un ambiente de excesivo consentimiento y desmedida permisividad, dado que sería necio e inútil ir contra unas fuerzas que tú mismo has alentado.

[8] También habló de forma maravillosa Tales 23 , pues cuando le preguntaron si las acciones humanas pasan inadvertidas a los dioses, él respondió: «Ni siquiera los pensamientos». Por tanto, tratemos de tener limpias no sólo nuestras manos, sino también nuestras mentes, una vez sabido que los dioses celestiales están presentes en nuestros pensamientos más íntimos.

No fue menos sabia la respuesta que sigue. El padre de [9] una hija única consultó a Temístocles 24 si debía entregarla en matrimonio a un pobre aunque bien considerado, o por el contrario a un rico de poco aprecio. Temístocles le respondió: «Prefiero a un hombre sin dinero que dinero sin un hombre». Con estas palabras aconsejó a aquel necio que eligiera a un yerno y no las riquezas del yerno.

Mira cuán digna de elogio es la epístola de Filipo 25 , en [10] la que recriminó a Alejandro, por pretender atraerse mediante dádivas el afecto de ciertos macedonios, con las siguientes palabras: «¿Qué razón te movió, hijo mío, para albergar la vana esperanza de creer que han de serte siempre fieles aquéllos a los que te hubieras ganado con dinero?» Eso le dijo como padre desde el cariño que por su hijo sentía, como Filipo desde la experiencia, él que había traficado con Grecia más que haberla vencido.

También Aristóteles, cuando envió a su discípulo Calístenes 26 [11] junto a Alejandro, le aconsejó que o bien hablara con él lo menos posible, o bien lo hiciera sobre temas alegres, de forma que, ante los oídos del rey, estuviera más seguro por su silencio o mejor considerado por su conversación. Pero Calístenes, tras censurar a Alejandro porque, siendo macedonio, gustaba de los agasajos propios de los persas, e invitarlo reiterada y amablemente, contra su voluntad, a abrazar de nuevo las costumbres macedonias, recibió la orden de darse muerte, por lo que se arrepintió demasiado tarde de haber descuidado aquel saludable consejo.

El propio Aristóteles proclamaba que no había que hablar ni bien ni mal de uno mismo, ya que alabarse es propio de vanidosos, y criticarse de necios. También suyo es aquel precepto sumamente provechoso de que consideremos los placeres como algo pasajero. Y les restó su importancia por medio de la siguiente demostración: cuando se suministran a nuestro espíritu cansado y plenamente arrepentido, mengua en nosotros el deseo de perseguirlos 27 .

[12] No estuvo exenta de prudencia la respuesta que Anaxágoras 28 dio a uno que le preguntó si había alguien feliz: «Ninguno —le dijo— de los que tú consideras felices. Antes lo encontrarás entre aquéllos que tú estimes que son desdichados. Y no poseerá abundantes riquezas y honores, sino que cultivará con fe y perseverancia una pequeña heredad o una doctrina en absoluto intrigante; será más dichoso consigo mismo que ante los demás».

[13] También sabio fue el dicho de Demades 29 . A los atenienses que se negaban a tributar honores divinos a Alejandro, les respondió: «Cuidaos de no perder la tierra mientras defendéis el cielo».

¡Con qué ingenio comparaba Anacarsis 30 las leyes a las [14] telarañas! En efecto, de igual modo que los animales más débiles quedan retenidos en ellas y los más fuertes las atraviesan, así también las leyes oprimen a los humildes y menesterosos y son incapaces de enredar a los opulentos y poderosos.

Nada más juicioso que la maniobra de Agesilao 31 : habiendo [15] conocido que durante la noche se maquinaba una conspiración contra la república lacedemonia, abolió inmediatamente las leyes de Licurgo, por las que se prohibía castigar a alguien sin haber sido juzgado y condenado. Después que los culpables fueron arrestados y ejecutados, volvió a restituir las leyes, y así evitó dos cosas al mismo tiempo: que fuese injusto un castigo que era necesario, y que fuese impedido por ley. De este modo, las leyes dejaron momentáneamente de existir para que pudieran seguir siempre vigentes.

Y no sé si este consejo de Hannón 32 fue de una notabilísima [16] prudencia. Cuando Magón anunciaba ante el senado cartaginés el final de la batalla de Cannas y, como testimonio de tan enorme triunfo, había esparcido por el suelo tres modios 33 repletos de anillos de oro arrebatados a nuestros conciudadanos muertos, Hannón le preguntó si alguno de los aliados romanos había desertado después de aquel tremendo desastre. Cuando oyó que nadie se había pasado a Aníbal, aconsejó que al instante se enviaran legados a Roma para negociar la paz. Si su opinión se hubiese tenido en cuenta, Cartago no habría caído derrotada en la Segunda Guerra Púnica, ni habría sido asolada en la tercera.

[17] No fue menor el castigo que los samnitas sufrieron por un error similar: haber desatendido el saludable consejo de Herennio Poncio 34 . A él, que aventajaba al resto en consideración y prudencia, le pidió consejo el ejército con su general al frente, que a la sazón era su propio hijo, sobre qué debía hacerse con las legiones romanas que se hallaban acorraladas en las Horcas Caudinas. Respondió Herennio que había que dejarlas marchar intactas. Preguntado al día siguiente acerca de la misma cuestión, contestó que había que exterminarlas, para ganarse el reconocimiento del enemigo gracias a un favor tan grande, o bien para que sus fuerzas quedaran rotas con un estrago tan considerable. Pero la irreflexiva temeridad de los vencedores, al desestimar esas dos salidas ventajosas, encendió para su perdición a las legiones que habían sometido bajo su yugo.

[18] A tantos y tan grandes ejemplos de sabiduría añadiré otro de menor importancia. Los cretenses, cuando quieren expresar la maldición más cruel contra aquéllos a los que odian encarnizadamente, les desean que se deleiten con malas costumbres. Con esta forma de juramento tan comedida, hallan una salida sumamente eficaz a su venganza, ya que desear en vano una cosa e insistir obstinadamente en ello constituye un placer rayano en la perdición.

CAPÍTULO 3
Dichos y hechos llenos de astucia

Existe otro tipo de hechos y dichos que, aun hallándose muy cercanos a la sabiduría, son afines al concepto de astucia. Ésta, si no viene acompañada de cierta sagacidad, no alcanza el fin que se propone y antes procura la gloria por una oculta senda que por un camino despejado.

Durante el reinado de Servio Tulio, a un padre de familia [3 , 1] de la región sabina le nació una vaca de extraordinarias dimensiones y singular belleza. Consultados sobre la cuestión, los más infalibles adivinos respondieron que los dioses inmortales la habían engendrado para que la patria de aquél que la inmolase en honor de Diana sobre el Aventino alcanzara la hegemonía en el mundo entero. Alegre por tales presagios, el dueño del animal lo llevó a toda prisa hasta Roma y lo colocó en el Aventino, ante el altar de Diana, con la intención de sacrificarlo y otorgar a los sabinos la supremacía sobre la raza humana. Cuando tuvo conocimiento de ello, el sacerdote del templo, alegando un pretexto religioso, no permitió al extranjero sacrificar su víctima sin antes purificarse en las aguas del río cercano. Cuando aquél se dirigía al cauce del Tíber, el propio sacerdote inmoló la vaca y, por medio del piadoso engaño de este sacrificio, convirtió a nuestra ciudad en dueña y señora de tantas ciudades y naciones 35 .

[2] Pero, a la cabeza de este tipo de trucos, debemos situar a Junio Bruto 36 . Cuando tuvo noticia de que el rey Tarquinio, su tío materno, se deshacía de todos los que eran de naturaleza noble y que había mandado asesinar, entre otros, a su hermano por ser de ingenio muy agudo, fingió ser de corta inteligencia, y por medio de esta artimaña encubrió sus excepcionales virtudes. Partió luego a Delfos junto con los hijos de Tarquinio, a los que éste había enviado para honrar a Apolo Pitio con regalos y sacrificios. Como ofrenda a la divinidad llevaba Bruto un báculo hueco relleno de oro, pues temía que venerar al dios con tan franca largueza no fuese seguro para él. Cumplido el encargo de su padre, los jóvenes consultaron a Apolo sobre quién de ellos creía él que habría de reinar en Roma. La divinidad respondió que el poder supremo de nuestra ciudad recaería sobre aquél que, antes que ninguno, le hubiera dado un beso a su madre. Entonces Bruto, como si se hubiese resbalado casualmente, se echó al suelo con picardía y besó la tierra, al considerar que ella es la madre común de todos nosotros. Ese beso que con tanta astucia dio a la madre Tierra otorgó a Roma su libertad y al propio Bruto el primer lugar en los fastos 37 .

[3] También Escipión el Mayor 38 conquistó el favor de la astucia. Cuando se dirigía a África desde Sicilia, quiso completar el número de trescientos caballeros con los más esforzados soldados romanos de infantería. Al no poder equiparlos en tan poco tiempo, consiguió con la agudeza de su inteligencia lo que la urgencia del momento le negaba: de entre los sicilianos que tenía de su lado eligió a los trescientos jóvenes más nobles y acaudalados y, como estaban desarmados, les ordenó que se equiparan cuanto antes con vistosas armas y caballos escogidos, como si fuese a llevárselos consigo a asaltar Cartago. Después que éstos habían obedecido la orden con tanta celeridad como inquietud (habida cuenta de lo prolongada y peligrosa que resultaba ya aquella guerra), Escipión declaró que los eximiría de aquella expedición si quisiesen entregar armas y caballos a sus soldados. Aquellos jóvenes, ajenos a la guerra y completamente atemorizados, aprovecharon las condiciones y gustosamente cedieron sus bagajes a los nuestros. Y así fue como la destreza del general procuró que aquella orden perentoria, tan molesta un poco antes, se convirtiera luego, una vez disipado el temor a la milicia, en el mayor de los beneficios.

Lo que sigue es digno de ser narrado. Quinto Fabio Labeón 39 , [4] tras ser nombrado por el senado mediador para fijar las fronteras entre los habitantes de Nola y de Nápoles y realizar una primera inspección sobre el terreno, aconsejó por separado a unos y otros que pusieran freno a su codicia y optaran por retroceder un poco en la controversia antes que seguir adelante. Así obraron ambas partes, persuadidas por la autoridad de aquel hombre, y dejaron en medio de ambos territorios un trozo de terreno sin dueño. Establecidos por fin los límites tal y como ellos mismos habían determinado, Labeón adjudicó al pueblo romano el espacio intermedio. Por lo demás, aunque con tal maniobra nolanos y napolitanos no pudieron protestar, puesto que se había dictado sentencia conforme a sus propias condiciones, lo cierto es que aquella nueva posesión se había incorporado a nuestros dominios por medio de un sutil fraude.

Cuentan del propio Labeón que, tras vencer en combate al rey Antíoco y obligarle por medio de un tratado a entregar la mitad de sus naves, las partió todas por la mitad para despojarlo de toda su flota.

[5] Debemos rechazar las críticas vertidas contra Marco Antonio cuando dijo que no ponía por escrito ninguno de sus discursos para así poder asegurar, en caso de haber ofendido en un proceso previo a alguien que tuviera que defender después, que él no había dicho tal cosa. Para este comportamiento poco honesto tenía él una excusa razonable, y era que, en favor de los reos de muerte, estaba dispuesto no sólo a usar su elocuencia, sino también a abusar de su decencia 40 .

[6] Sertorio 41 , al que la bondad de la naturaleza había dotado por igual de fuerza física y de cordura, obligado por culpa de las proscripciones de Sila a convertirse en jefe de los lusitanos, al no poder convencerlos con palabras de que desistieran de enfrentarse a los romanos en una batalla campal, los volvió de su misma opinión por medio de una aguda artimaña: colocó a la vista de ellos dos caballos, uno muy impetuoso, el otro sumamente débil. A continuación ordenó a un endeble anciano que arrancara poco a poco la cola del caballo robusto, y a un joven de extraordinaria fuerza que de un solo golpe arrancara la cola del débil. Ambos obedecieron sus órdenes. Sin embargo, mientras los brazos del joven quedaban exhaustos ante aquel esfuerzo inútil, la frágil mano del viejo cumplió su cometido. Entonces Sertorio, ante aquella asamblea de bárbaros que ansiaba saber a qué venía aquella demostración, explicó que el ejército romano era similar a la cola de un caballo, cuyas partes cualquiera puede vencerlas si las acomete por separado; sin embargo, quien intente derrotarlo en su totalidad, antes tendría que ceder la victoria que poderla obtener. Así fue como aquellos bárbaros, desabridos y difíciles de gobernar, que estaban a punto de precipitarse a su perdición, pudieron comprobar con sus propios ojos los beneficios que sus oídos no habían querido escuchar.

Por su parte, Fabio Máximo 42 , cuya táctica para vencer [7] consistía en no luchar, contaba entre sus ejércitos con un soldado nolano de infantería dotado de extraordinaria fortaleza, pero cuya dudosa lealtad levantaba sospechas, y otro lucano de caballería, de gran valor, aunque perdidamente enamorado de una prostituta. Para valerse de las buenas condiciones de ambos soldados, en vez de imponerles un castigo, disimuló las sospechas que tenía del primero y, con respecto al segundo, mitigó un poco la rigidez de la disciplina militar. Efectivamente, elogiando cumplidamente a aquél desde su estrado y rindiéndole todo tipo de honores le forzó a volver sus simpatías desde los cartagineses nuevamente hacia los romanos; en cuanto al segundo, permitiendo que rescatara ocultamente a la meretriz, lo convirtió en uno de nuestros mejores exploradores.

[8] Me ocuparé ahora de aquéllos que hallaron en la astucia su propia salvación. El edil de la plebe Marco Volusio 43 , después de ser declarado proscrito, se atavió como un sacerdote de Isis y se puso a pedir limosna por caminos y vías públicas, sin permitir que ningún caminante supiese quién era en realidad. Oculto tras este mañoso disfraz, logró llegar al campamento de Marco Bruto 44 . ¿Qué hay más triste que aquella situación? ¡Todo un magistrado del pueblo romano se veía forzado a renunciar al honor de su cargo y marchar por la ciudad disfrazado con el atuendo de una religión extraña!

¡Oh, qué codiciosos de su propia vida los unos, de la muerte del prójimo los otros! Aquéllos tuvieron que soportar estas vicisitudes, éstos obligaron a otros a padecerlas.

[9] Un poco más lúcido fue el remedio que, en un trance similar, encontró Sencio Saturnino Vetulón 45 para librarse de la muerte. Nada más enterarse de que los triúnviros habían añadido su nombre a las listas de proscritos, cogió inmediatamente las insignias de pretor y, haciéndose preceder de una falsa escolta de lictores, subalternos y esclavos públicos, se adueñó de vehículos, ocupó hospedajes y apartó a cuantos le salían al paso. Mediante esta abusiva usurpación del cargo, a plena luz del día cubrió los ojos de sus adversarios de las más espesas tinieblas. Más adelante, después de arribar a Pozzuoli 46 , como si desempeñase una misión de estado, se apropió con el mayor descaro de unas cuantas naves y llegó hasta Sicilia, que por aquel entonces era el refugio más seguro para los proscritos.

A estos ejemplos añadiré otro de menor importancia, para [10] luego pasar a ejemplos extranjeros. Uno que quería muchísimo a su hijo, al verlo inflamado de un amor inmoral y peligroso, como quisiera apartarlo de aquella malsana pasión, atemperó su condescendencia de padre por medio de un saludable consejo: le pidió que, antes de ir junto a la que amaba, gozase del amor de una vulgar ramera. El joven accedió a los ruegos del padre y, tras satisfacer los impulsos de su ánimo afligido por medio de aquella unión aceptada, fue postergando y entibiando cada vez más aquella ilícita pasión hasta que terminó por desaparecer.

Ejemplos extranjeros

Cuando Alejandro, el rey de los macedonios, fue advertido [3 , 1] mediante un oráculo de que mandara matar al primero que le saliese al encuentro en cuanto cruzara las puertas de la ciudad, ordenó que se diese muerte al arriero, que casualmente se había topado con él antes que nadie. El mozo le preguntó por qué era condenado a la pena capital sin merecerlo y siendo inocente. Entonces Alejandro alegó como excusa lo dispuesto en el oráculo, a lo que el arriero respondió: «Si es así, oh rey, entonces el destino asignó a otro esta muerte, dado que el asno que yo llevaba delante de mí fue el primero que te encontraste». Complacido Alejandro por aquellas ocurrentes palabras y por haberle hecho rectificar de su error, aprovechó la ocasión para expiar el oráculo con un animal de escaso valor. Enorme fue en éste la indulgencia, como también fue enorme la astucia del palafrenero de otro rey.

[2] Después de ser reprimida la infame opresión de los magos 47 , Darío hizo llamar a los seis colaboradores, todos de su misma dignidad, que le habían ayudado en tan noble hazaña, y concertó con ellos un acuerdo: montados a caballo tenían que dirigirse, al salir el sol, hacia un determinado lugar, de forma que tomaría posesión del reino aquél cuyo caballo relinchase el primero en dicho lugar. Por lo demás, y mientras sus competidores, para lograr tan alta recompensa, esperaban el favor de la fortuna, Darío, con la sola ayuda de su palafrenero Ébaris, logró su ansiado propósito. En efecto, Ébaris metió la mano en las partes genitales de una yegua y, al llegar al lugar prescrito, la acercó a los ollares del caballo. Incitado por aquel olor, el animal soltó un relincho antes que ningún otro. Al oírlo, los otros seis aspirantes al poder supremo se apearon inmediatamente de sus monturas y, como es costumbre entre los persas, se postraron en el suelo y saludaron a Darío como su rey. ¡Con qué poca astucia fue conquistado aquel vasto imperio!

[3] En cuanto a Biante, cuya sabiduría ha perdurado más en la memoria de los hombres que su patria Priene (pues si la primera sigue hoy viva, de la segunda, de derruida que está, no quedan más que unos cuantos vestigios), afirmaba que los hombres deben cultivar la amistad de tal modo que tengan siempre presente que puede trocarse en la más encarnizada enemistad. Dicha regla, si bien a primera vista puede parecer demasiado maliciosa y contraria al candor que posee esencialmente la cordialidad, si la grabamos profundamente en nuestro pensamiento, nos será de mucha utilidad 48 .

La ciudad de Lámpsaco 49 logró salvarse gracias a una [4] sola artimaña. En efecto, cuando Alejandro con enconado afán se disponía a devastarla, pudo ver a Anaxímenes 50 , su preceptor, saliendo de sus murallas. Como intuía Alejandro que ante su cólera aquél opondría sus súplicas, le juró que no haría lo que le pidiese. Entonces Anaxímenes dijo: «Te ruego que destruyas Lámpsaco». Esta vivaz muestra de astucia libró a aquella ciudad célebre por su rancia nobleza de la ruina a la que se veía abocada.

La astucia de Demóstenes también sirvió a una viejecita [5] de providencial ayuda. Ésta había recibido de dos huéspedes suyos una cantidad en depósito, con la condición de que la reintegrara a ambos a la vez. Pasado un tiempo, uno de ellos se presentó con traje de luto, como si su socio hubiese fallecido, y se llevó todo el dinero de la embaucada anciana. Vino más adelante el otro y se puso a reclamar la suma depositada. La pobre mujer se quedó perpleja y, ante la falta de tanta cantidad de dinero e indefensa, ya pensaba en coger una soga y ahorcarse. Pero en ese momento apareció oportuno Demóstenes con la intención de defenderla. Nada más presentarse en el tribunal, dijo: «Esta mujer está dispuesta a cumplir su palabra en torno al depósito. Pero si no traes contigo a tu socio, no podrá hacer tal, dado que, como tú mismo vas pregonando, la condición estipulada era que no se entregara a uno el dinero sin que el otro estuviera presente».

[6] Y tampoco pareció poco juicioso el ejemplo que sigue. Un ateniense, al que todo el pueblo odiaba, fue citado ante la asamblea para responder de una acusación so pena de muerte. De repente, comenzó a reclamar para sí el más alto cargo público, no porque él creyese que podía alcanzarlo, sino para que aquellos hombres tuviesen un motivo sobre el que descargar los primeros accesos de cólera, que suelen ser los más violentos. Y no le falló aquella artimaña suya tan astuta: a pesar de ser agraviado en la asamblea, entre los hostiles abucheos y los incesantes silbidos de todos los presentes, a pesar de recibir la afrenta de denegársele el cargo solicitado, de esta misma chusma recibiría poco después, cuando se discutió acerca de su propia vida, una sentencia bastante clemente. Y es que si en un primer momento hubiese ofrecido al pueblo, sediento entonces de venganza, su cabeza en peligro de muerte, aquellos oídos, insensibles por el odio, ni siquiera habrían escuchado a la defensa.

[7] Semejante a esta muestra de sutileza fue esta otra estratagema. Tras ser vencido en combate naval por el cónsul Duilio 51 , y temiendo el castigo que habría de sufrir por la pérdida de la flota, Aníbal eludió semejante menoscabo con una admirable astucia: después de aquella desafortunada batalla, y antes de que llegase a su patria noticia alguna del desastre, envió a Cartago a un amigo suyo convenientemente predispuesto y aleccionado. Nada más entrar en el senado cartaginés, éste dijo: «Os consulta Aníbal si debe enfrentarse a un almirante romano que se ha presentado llevando tras de sí un gran contingente de fuerzas navales». El senado en pleno gritó que sin duda debía entablar combate. Entonces el emisario replicó: «Pues ya lo ha hecho y ha sido derrotado». De este modo, no pudieron condenar una acción que ellos mismos habían considerado que debía llevarse a cabo.

También Aníbal 52 , con el fin de levantar alguna sospecha [8] sobre la estrategia dilatoria de Fabio Máximo, quien se burlaba de los invictos ejércitos cartagineses por medio de su provechosa táctica de retardo, comenzó a devastar a hierro y fuego los campos de toda Italia y únicamente dejó intactas unas tierras de Fabio con el fin de calumniarlo. Y esta insidiosa simulación del cartaginés habría obtenido algún provecho si la ciudad de Roma no hubiese conocido a la perfección el afecto de Fabio por su patria y las taimadas usanzas de Aníbal.

Asimismo, los tusculanos 53 hallaron su salvación gracias [9] a la agudeza de su ingenio. Por culpa de sus reiteradas rebeliones, habían hecho méritos para que los romanos desearan destruir su ciudad hasta los cimientos. Para tal menester se había puesto el magnífico general Furio Camilo al frente de un ejército poderosísimo. Todos los ciudadanos de Túsculo salieron a su encuentro ataviados con togas 54 y le ofrecieron profusamente víveres y todas las demás garantías de paz. Accedieron incluso a que franqueara armado las murallas de la ciudad, sin alterar el gesto y la compostura. Con esta perseverante voluntad de tranquilidad lograron no sólo nuestra amistad, sino también el derecho de ciudadanía, haciendo gala de una sencillez ingeniosa, por Hércules. Ciertamente, comprendieron que era más apropiado disimular el miedo con muestras de cortesía que protegerlo por medio de las armas.

[10] Execrable fue, por el contrario, la determinación de Tulo, el cabecilla de los volscos. Movido por un ardiente deseo de entrar en guerra con los romanos, y después de advertir que los ánimos de los suyos decaían tras unos cuantos combates perdidos y que, por ello mismo, eran más proclives a la paz, los empujó a donde él quería por medio de una insidiosa artimaña. Efectivamente, en cierta ocasión en que una gran muchedumbre de volscos había acudido a Roma con motivo de unos espectáculos públicos, Tulo confesó a los cónsules sus vivas sospechas de que sus paisanos estuvieran maquinando alguna hostilidad imprevista, por lo que les aconsejaba que fuesen tremendamente cautos. Acto seguido, abandonó la ciudad. Los cónsules llevaron este asunto hasta el senado, el cual, pese a que no existían fundadas sospechas, se dejó llevar por la autoridad de Tulo y decretó que los volscos salieran de la ciudad antes de que llegara la noche. Indignados por aquel ultraje, los volscos pudieron lanzarse fácilmente a la rebelión. Y así fue como la falsedad de un taimado general, disfrazada de fingida benevolencia, engañó al mismo tiempo a dos pueblos: al romano por hacerle incriminar a unos inocentes, al volsco por enojarlos contra quienes habían sido engañados 55 .

CAPÍTULO 4
Estratagemas

Existe un tipo peculiar de astucia, completamente exenta de cualquier reproche, y es aquél que, por no poder expresarse convenientemente con una palabra romana, se designa con el término griego de estratagema .

Después que Tulo Hostilio invadiera con todas sus tropas [4 , 1] la ciudad de Fidenas (una ciudad que con sus continuas revueltas no sólo impidió que los orígenes de nuestro naciente imperio quedasen eclipsados, sino que también nos enseñó que un valor alimentado con trofeos y victorias sobre los pueblos limítrofes hacía albergar grandes esperanzas en el futuro), Metio Fufecio 56 , jefe de los albanos, reveló de pronto y en el mismo campo de batalla las dudas y sospechas que siempre había despertado su lealtad de aliado. En efecto, tras abandonar un flanco del ejército romano, se situó en una colina cercana con la intención más de observar la batalla que de intervenir en ella. De este modo, si caíamos derrotados, se burlaría de nosotros, y si resultábamos vencedores, nos atacaría cuando estuviéramos cansados. Y no había duda de que esta conducta iba a debilitar el ánimo de nuestros soldados, dado que verían al mismo tiempo que los enemigos atacaban y los aliados desertaban. Así pues, Tulo tomó precauciones para que esto no sucediera: picó espuelas a su caballo y recorrió todos los contingentes de soldados, pregonando que, por orden suya, Metio se había apartado hasta la colina y que, cuando él mismo diese la señal, atacaría a los fidenates por la retaguardia. Con aquella artimaña nacida de sus conocimientos militares, transformó el temor en confianza, y colmó los corazones de los suyos de entusiasmo, en lugar de inquietud.

[2] Y por continuar aún con nuestros reyes, proseguiré con Sexto Tarquinio, el hijo de Tarquinio 57 . Indignado el joven porque las fuerzas de su padre no eran capaces de someter Gabios 58 , ideó un plan más efectivo que las propias armas, por el cual conquistaría aquella ciudad y la incorporaría al poder de Roma. De repente, se pasó al bando de los gabinos, como si huyera de la crueldad y los azotes de su padre (azotes que se había infligido voluntariamente). Por medio de falsas y premeditadas lisonjas comenzó poco a poco a atraerse la benevolencia de todos los ciudadanos. Cuando gozó de gran influencia entre todos ellos, envió a un amigo suyo junto a su padre para que le informara de que lo tenía todo controlado y le preguntase qué quería que hiciese. A la sutileza del joven respondió la astucia del viejo. Por más que aquella noticia le colmaba de alegría, Tarquinio no quiso fiarse del mensajero y no dio ninguna contestación, sino que lo llevó con él hasta un jardín y con un bastón arrancó las cabezas más grandes y crecidas de las adormideras. Cuando el joven Sexto tuvo conocimiento del silencio y la conducta de su padre, comprendió el motivo de aquél y el significado de ésta, y supo que le ordenaba relegar al exilio a los gabinos más notables o bien darles muerte. De este modo, una vez privada la ciudad de sus más valiosos defensores, se la entregó prácticamente con las manos atadas 59 .

También el siguiente ejemplo de nuestros antepasados [3] fue concebido de manera juiciosa y concluyó felizmente. Cuando los galos, después de conquistar la ciudad de Roma, asediaban el Capitolio 60 , comprendieron que la única esperanza de tomarlo se fundaba en el hambre de los sitiados. Fue entonces cuando los romanos, valiéndose de un plan sumamente astuto, privaron a los vencedores de lo único que los animaba a continuar: comenzaron a lanzar panes desde diversas posiciones. Estupefactos ante semejante espectáculo, y pensando que los nuestros disponían de cantidades de trigo hasta sobrarles, los galos se vieron empujados a levantar el asedio. Ciertamente Júpiter se apiadó entonces del valor de aquellos romanos que hallaban un remedio en la astucia, cuando contempló que, ante tan gran escasez de alimentos, derrochaban el remedio para dicha escasez. Así pues, concedió un exitoso final para aquel plan tan astuto como arriesgado.

El propio Júpiter inspiró luego las sagaces determinadones [4] de nuestros generales más aguerridos. En efecto, mientras Aníbal diezmaba una parte de Italia y su hermano Asdrúbal había invadido la otra 61 , el penetrante arrojo de Claudio Nerón, por un lado, y la afamada prudencia de Livio Salinátor, por el otro, lograron que las tropas reunidas de ambos hermanos no abrumaran nuestra delicada situación con una carga insostenible. Una vez cercado Aníbal en territorio lucano, Nerón engañó a su rival haciéndole creer que se hallaba allí presente (así lo exigía la operación militar), mientras recorría a marchas forzadas un largo trecho para prestar ayuda a su colega Salinátor. Éste, cuya intención era entrar en combate al día siguiente junto al río Metauro, en Umbría, acogió de noche a Nerón en su campamento con gran disimulo. En efecto, dispuso que los tribunos albergasen a los tribunos, los centuriones a los centuriones, los de caballería a los de caballería y los de infantería a los de infantería. Y así, sin ningún tumulto, introdujo dos ejércitos en el espacio en que apenas cabía uno solo. De este modo sucedió que Asdrúbal ignoraba que tendría que enfrentarse a los dos cónsules antes de caer abatido por el valor de ambos. Y fue así como la astucia cartaginesa, lamentablemente famosa en todo el mundo, fue burlada por la prudencia romana: Nerón engañó a Aníbal y Salinátor a Asdrúbal.

[5] Memorable por su determinación fue también Quinto Metelo 62 . Cuando se encontraba como procónsul en Hispania haciendo la guerra contra los celtíberos, al no ser capaz de tomar con sus fuerzas Contrebia 63 , capital de aquel territorio, encontró al fin, después de mucho meditar consigo mismo y durante bastante tiempo, la manera de llevar a cabo su objetivo. Tomaba con gran ímpetu un determinado rumbo y luego cambiaba repentinamente de dirección: ahora ocupaba estos montes, poco después atravesaba aquellos otros y, en todo ese tiempo, ni sus hombres ni los enemigos acertaban a comprender el motivo de aquel inesperado y repentino ir y venir. Al preguntarle un íntimo amigo suyo por qué razón seguía una estrategia tan errática y vacilante, él respondió: «No me hagas este tipo de preguntas, pues si yo me llegase a enterar de que la parte interior de mi túnica conoce mi plan, al instante haría que la quemaran». Así pues, ¿en qué acabaron tantas reservas y cuál fue su resultado? Después de mantener en la incertidumbre a su ejército y sembrar la duda en toda Celtiberia, cuando había emprendido su marcha en una dirección, de repente regresó a Contrebia y la tomó por sorpresa y ante el desconcierto general. De este modo, si no hubiese apremiado a su mente a idear un ardid, se habría visto obligado a permanecer armado junto a las murallas de Contrebia hasta su más avanzada edad.

Ejemplos extranjeros

Agatocles 64 , tirano de Siracusa, fue un hombre de atrevida astucia. Después de que los cartagineses habían ocupado [4 , 1] la mayor parte de su ciudad, hizo pasar sus ejércitos hasta África para así conjurar el miedo con miedo y la violencia con violencia. Y no sin resultado, puesto que los cartagineses, desconcertados ante su llegada imprevista, recobraron de buen grado su propia seguridad a cambio de la salvación de sus enemigos y acordaron que al mismo tiempo África quedara libre de sicilianos y Sicilia de cartagineses. Pues bien, ¿qué habría sucedido si hubiese persistido en proteger las murallas de Siracusa? Sicilia se habría visto acosada por los males de la guerra y habría dejado que Cartago, libre de cuidados, disfrutara de las ventajas de la paz. Ahora bien, al infligir el mismo daño que él padecía, al atacar las fuerzas ajenas en vez de defender las propias, cuanto más serenamente abandonó su reino, tanto más seguro lo recuperó.

[2] Y es más, ¿acaso Aníbal, antes de entablar combate en Cannas, no tuvo enredado al ejército romano en los múltiples lazos de su astucia, hasta abocarlo a aquel resultado tan aciago? En primer lugar, se las arregló para que los romanos tuviesen el sol de cara, así como el polvo, que en aquella región el viento suele levantar en grandes cantidades 65 . En segundo lugar, ordenó a una parte de sus tropas que, en mitad del combate, se diera adrede a la fuga. Con ello Aníbal pretendía que una legión romana que se había desgajado del resto del ejército para ir tras aquel grupo, fuese aniquilada a manos de unos cuantos de los suyos que previamente había dispuesto en una emboscada. Por último, sobornó a cuatrocientos caballeros que, tras fingir que habían desertado, se presentaron ante el cónsul. Éste, como suele hacerse con los desertores, ordenó que depusieran las armas y se retiraran hasta las últimas filas. Y fue en ese momento cuando desenvainaron las espadas que llevaban ocultas entre la túnica y la coraza y cercenaron las corvas de los guerreros romanos. En esto estribaba la gallardía de los cartagineses, cimentada sobre artimañas, insidias y mentiras. Y ésta es la excusa más acertada para nuestro valor burlado, que resultamos engañados más que vencidos 66 .

CAPÍTULO 5
Sobre fracasos electorales

También los ejemplos concernientes al ámbito electoral han de servir a quienes emprendan la profesión política para afrontar con mejor ánimo los resultados adversos en los comicios. En efecto, al tener muy presentes los reveses sufridos por las personalidades más notables, aspirarán a los distintos cargos no sólo con mayor esperanza de éxito, sino también con un juicio más sensato. Además, recordarán que es lícito que todos puedan negar alguna cosa a uno solo, del mismo modo que muchas veces uno solo puede oponerse a la voluntad de todos. E, incluso, sabrán que hay que lograr con paciencia aquello que no se pudo conseguir con favores.

Cuando Quinto Fabio Máximo 67 ofreció un banquete en [5 , 1] honor de su tío paterno Publio Africano, pidió a Quinto Elio Tuberón que preparase los triclinios. Éste cubrió los lechos de estilo cartaginés con pieles de cabritilla, y dispuso vajilla de Samos en lugar de vajilla de plata 68 . Aquel ultrajante gesto ofendió hasta tal punto a la opinión pública que cuando Tuberón, considerado por lo demás una persona distinguida, se presentó como candidato a la pretura, pese a contar con los apoyos de su abuelo Lucio Paulo y su tío materno Publio Africano, acabó sufriendo un fracaso. Pues de igual manera que se elogiaba siempre la moderación en lo privado, así también se tenía en la más alta consideración la generosidad en el ámbito público. Y es que la ciudadanía creía que sobre aquellas míseras pieles no yacían sólo los invitados al banquete, sino todos y cada uno de ellos, por lo que vengaron en las urnas la afrenta de aquel festín.

[2] Por su parte Publio Escipión Nasica 69 , celebérrima lumbrera del poder político (aquél que, durante su consulado, declaró la guerra a Yugurta; que recibió en sus sacrosantas manos a la Madre del Ida cuando emigró desde tierras frigias hasta nuestros altares y fuegos sagrados; que reprimió muchas y muy perniciosas sediciones con el poder de su autoridad; aquél, en suma, de quien el senado se vanaglorió de tenerlo como su máximo representante durante unos cuantos años), siendo muy joven, presentó su candidatura a edil curul. Cuando, conforme a las costumbres de los candidatos, estrechó con fuerza la mano de uno, endurecida por las labores del campo, le preguntó en tono de broma si solía caminar sobre sus manos. Los presentes escucharon aquellas palabras, que llegaron a oídos del pueblo, y fueron la causa de que la candidatura de Escipión fracasara. Todas las tribus rurales estimaron que les echaba en cara su pobreza, y descargaron toda su cólera contra aquella afrentosa galantería. Así pues nuestro pueblo, al refrenar la arrogancia de los jóvenes nobles, los convirtió en unos ciudadanos ilustres y de provecho; y al no permitir que los petulantes accedieran a los cargos públicos, confirió a éstos el debido respeto.

No se observó ningún error de ese tipo en Lucio Emilio [3] Paulo 70 y, sin embargo, aspiró varias veces al consulado sin éxito. Cuando tenía ya aburrido al Campo de Marte con sus propios fracasos electorales, alcanzó la más eminente dignidad al ser elegido cónsul por dos veces y censor. Y todos los reveses sufridos no pudieron quebrantar su virtud; más bien la estimularon, pues el propio fracaso acrecentaba aún más su deseo de presentarse al más alto cargo, para, de este modo, vencer al pueblo con su perseverancia, dado que ni el esplendor de su nobleza ni sus cualidades morales habían podido conmoverlo.

En cambio, fueron unos pocos y apenados amigos los [4] que acompañaron a su casa a Quinto Cecilio Metelo 71 , afligido y abochornado tras ser rechazado para el consulado. Y, sin embargo, el senado en pleno lo acompañó al Capitolio cuando, alegre y contento, se disponía a celebrar el triunfo sobre el Pseudofilipo 72 . Él constituyó una parte muy importante en la guerra llevada a cabo contra la Liga Aquea, guerra a la que Lucio Mumio 73 acabó dándole la última mano. ¿Y acaso el pueblo sería capaz de negar el consulado a quien poco después daría o debería dos provincias tan magníficas como Acaya y Macedonia? No cabe duda de que este hecho lo convirtió en un mejor ciudadano, pues Metelo comprendió cuánta destreza es necesaria para ejercer el consulado, sobre todo consciente como era del trabajo que le había costado alcanzarlo.

[5] ¿Y quién hubo más descollante y más espléndido que Lucio Sila? 74 . Él, que repartió riquezas y mandos, que derogó leyes obsoletas y dictó otras nuevas, también sufrió el desdén de ser rechazado para la pretura en ese mismo Campo de Marte del que poco después se haría dueño y señor; precisamente Sila, que podría conseguir todos los peldaños del cargo que pretendía 75 sólo con que uno de los dioses hubiese prefigurado ante los ojos del pueblo romano la imagen y la traza de su futura autoridad.

[6] Referiré ahora el mayor crimen cometido en unos comicios. Marco Porcio Catón 76 , quien con sus costumbres otorgaría a la pretura más dignidad que gloria personal alcanzaría él, no pudo conseguir del pueblo dicho cargo en cierta ocasión. Fueron aquéllas unas elecciones que rayaron en la locura, y los votantes pagaron un castigo bastante grave por su error, ya que se vieron obligados a conceder a Vatinio el cargo que habían negado a Catón. Por tanto, si pretendemos valorar lo que sucedió realmente, no es que negaran la pretura a Catón, sino Catón a la pretura.

CAPÍTULO 6
Sobre la necesidad

También la abominable necesidad, con sus durísimas leyes y con los dictados más terribles, obligó tanto a nuestra ciudad como a naciones extranjeras a sufrir muchos trances duros no sólo de entender, sino también de escuchar.

Durante la Segunda Guerra Púnica, cuando los jóvenes [6 , 1] soldados romanos se hallaban exhaustos después de tantos combates adversos, el senado, a propuesta del cónsul Tiberio Graco 77 , decidió que se comprasen, con cargo al erario, esclavos con los que rechazar a las tropas enemigas. Por este motivo, y después que los tribunos de la plebe presentaran una propuesta de ley ante el pueblo, se nombró a tres personas que lograron reunir veinticuatro mil esclavos. Una vez que les hicieron jurar que se aplicarían a la tarea con valor y coraje mientras los cartagineses estuvieran en Italia, los enviaron a los campamentos a prestar su servicio como soldados. Asimismo, de Apulia y de los pedículos 78 compraron doscientos setenta esclavos para reforzar la caballería. ¡Con qué violencia golpea una amarga desgracia! Una ciudad como Roma, que hasta entonces había tenido reparo en censar soldados incluso entre los pobres de origen libre, reclutaba ahora efectivos sacándolos de las celdas de los esclavos y recogiéndolos de las cabañas de los pastores, y los sumaba a sus ejércitos como si fueran su principal refuerzo. Y es que la nobleza de espíritu cede muchas veces ante las circunstancias y sucumbe ante los azares de la fortuna, porque, si no tomas el camino más seguro, acabas muriendo a fuerza de seguir las apariencias.

El desastre de Cannas sumió a nuestra ciudad en un desconcierto tan tremendo que, hallándose Marco Junio Pera 79 al frente de la república en calidad de dictador, los despojos enemigos, que permanecían clavados en los templos como ofrenda a los dioses, fueron arrancados para emplearlos en la inminente batalla; niños vestidos con la pretexta 80 empuñaron las armas e, incluso, se alistaron seis mil soldados entre esclavos por deudas y condenados por delitos capitales. Estas medidas, si se consideran en sí mismas, causan un cierto rubor; en cambio, si se miran teniendo en cuenta la fuerza de la necesidad, parecen remedios en consonancia con la crudeza del momento.

Como consecuencia de este mismo desastre, y ante las quejas de Otacilio y Cornelio Mámula 81 (propretores de Sicilia y Cerdeña, respectivamente), que aseguraban que los aliados no suministraban la soldada y el trigo para su flota y sus tropas, y que tampoco ellos tenían de dónde poder facilitarlos, el senado respondió por escrito que el erario no podía permitirse ningún gasto en tierras lejanas y que, por tanto, ellos mismos vieran de qué modo podían remediar tan enorme escasez. Con aquella carta, el senado no hizo otra cosa que soltar de sus manos el timón de su poder, y dejar escapar Sicilia y Cerdeña, los más fértiles graneros de Roma, posiciones y apoyos privilegiados en tiempos de guerra, que tanto sudor y tanta sangre habían costado conquistar. Y en pocas palabras, todo fue por tu capricho, ¡oh Necesidad!

También tú, Necesidad, quisiste que los habitantes de [2] Casilino 82 , oprimidos por el asedio de Aníbal y desprovistos de cualquier tipo de alimento, privasen de su uso normal las correas que empleaban como riendas y arrancasen las pieles de sus escudos para comérselas, tras reblandecerlas en agua hirviendo. ¿Qué hay más desventurado que aquellos hombres, si tenemos en cuenta su terrible desgracia? ¿Qué más fiel, si consideramos su perseverancia? Por no separarse de Roma, accedieron a tomar tal clase de alimento, cuando podían ver, a los pies de sus propias murallas, los campos más fértiles y las más prolíficas llanuras. Y así fue como Casilino, célebre por su valor, vapuleó con su inflexible lealtad los pérfidos ojos de aquella ciudad de Campania 83 que con su molicie alentó gustosa la fiereza de los cartagineses.

[3] En aquella ocasión 84 en que trescientos prenestinos resistían con coraje el asedio de su ciudad, sucedió que uno de ellos prefirió vender por doscientos denarios un ratón que había cazado antes que comérselo y calmar así su hambre. Pero fue la providencia divina, en mi opinión, la que procuró a vendedor y comprador el final que ambos merecían: el avaro murió de hambre y no pudo disfrutar del dinero obtenido merced a su mezquindad; el otro, más sensato, siguió vivo, gracias al beneficioso gasto que había realizado, ciertamente caro, pero necesario.

Durante el consulado de Gayo Mario y Gneo Carbón 85 , enfrentados en guerra civil a Lucio Sila (una época en la que no se pretendía la victoria para la república, sino que era la propia república la recompensa a la victoria), mediante un decreto del senado se mandó fundir todo el oro y la plata que adornaban los templos para que no faltase la soldada a la tropa. ¡Qué justa causa, la de expoliar a los dioses inmortales, cuando, de lo que se trataba en realidad, era de saber si serían unos u otros quienes saciarían su crueldad por medio de la proscripción de ciudadanos! Así pues, no fue la voluntad de los senadores, sino la implacable mano de la Necesidad infame la que hundió su punzón para grabar aquel decreto.

El ejército del divino Julio (esto es, la diestra invicta de [5] aquel invicto general), tras haber sitiado la ciudad de Munda 86 , y ante la escasez de materiales con los que levantar un parapeto, erigió la altura que deseaba amontonando cadáveres de enemigos; y a falta de estacas de madera, valló aquel terraplén con lanzas y jabalinas. La necesidad fue, por tanto, la que le mostró cómo erigir aquella insólita fortificación 87 .

Y para continuar el recuerdo de aquel padre celestial [6] con la mención a su divino hijo, evocaré cierta ocasión en que parecía que Fraates 88 , rey de los partos, iba a lanzarse sobre nuestras provincias. Los territorios contiguos a sus dominios se hallaban desconcertados ante el anuncio inminente del conflicto. Y fue tal la carestía de víveres que sobrevino en la región del Bósforo que cada vasija de aceite costaba seis mil denarios, y un esclavo podía canjearse por otros tantos modios de trigo. Pero fue el celo de Augusto, consagrado en aquellos momentos a salvaguardar el mundo, el que ahuyentó aquella desagradable tempestad.

Ejemplos extranjeros

No pudieron los cretenses disfrutar de una ayuda semejante: [6 , 1] abocados a la más absoluta penuria por culpa del asedio de Metelo, más que apagar su sed, diría yo que la atormentaron bebiendo su propia orina y la de sus bestias. Sin duda el temor a ser vencidos les empujó a padecer algo a lo que sus vencedores ni siquiera les habrían obligado 89 .

[2] Los numantinos, por su parte, sitiados por Escipión 90 por medio de una empalizada y un terraplén, cuando se había agotado todo aquello que podía saciar su hambre, acabaron recurriendo a la carne humana como alimento. Por ello, después que su ciudad fue tomada, se encontraron muchos que llevaban bajo sus vestiduras restos y miembros de cadáveres. Y no puede alegarse como excusa para tal comportamiento la necesidad, pues quienes tenían libertad para morir no tenían necesidad de seguir viviendo de aquella manera.

[3] La macabra contumacia de los numantinos fue superada, en una situación similar, por la abominable impiedad de los calagurritanos. Éstos, para seguir demostrando su lealtad a las cenizas del difunto Sertorio, frustrando así el asedio de Gneo Pompeyo 91 , y puesto que ya no quedaban animales en la ciudad, convirtieron a sus mujeres e hijos en un infame alimento. Y para alimentar por más tiempo sus propias vísceras con las de los suyos, aquellos jóvenes armados no dudaron en salar los pobres restos de sus muertos. ¡A ellos podría alguien exhortarles a luchar con coraje en el frente por la vida de sus esposas e hijos! Lo cierto es que, de un enemigo como aquél, un general tan ilustre como Pompeyo debió reclamar antes un castigo que la victoria: era mayor la gloria que podía reportarle su venganza que no la victoria sobre un adversario que, con su ferocidad, había superado a todo tipo de serpientes y fieras. En efecto, lo que para éstas constituye las dulces prendas de su existir, más queridas que su propia vida, para los calagurritanos fue su almuerzo y su cena 92 .

CAPÍTULO 7
Sobre testamentos que fueron anulados 93

Pasemos ahora a un asunto que es de suma importancia y que constituye una de las últimas cosas que hacen los hombres: consideremos los testamentos que, o bien fueron anulados pese a ser redactados conforme a la ley, o bien siguieron siendo válidos cuando merecían haberse anulado. Por último, examinaremos aquellos testamentos en que la herencia se transmitió a otras personas distintas a las que los esperaban. Abordaré, además, la cuestión en el orden que acabo de exponer.

El padre de cierto soldado, tras recibir del campamento [7 , 1] la noticia falsa de la muerte de su hijo, nombró herederos a otros y al poco tiempo falleció. Después de terminar su servicio militar, el joven regresó a su casa y, por el error de su padre y la desvergüenza de unos extraños, se encontró con que le negaban la entrada. ¿Hay algo más descarado que aquellos individuos? Había consumido la flor de su juventud en pro de la república, había soportado las mayores fatigas, innumerables peligros, mostraba cicatrices recibidas luchando de frente y, encima, pretendían que los lares de sus ancestros fuesen ocupados por personas ociosas que constituían una carga para la propia ciudad. De este modo, tras deponer las armas se vio obligado a ejercer la milicia como civil en el foro. Y su lucha fue realmente dura, ya que litigó ante los centúnviros por los bienes de su padre y en contra de aquellos herederos de la peor calaña. Y acabó venciendo no sólo ante la opinión de todos, sino, además, con el veredicto unánime 94 .

[2] Asimismo, el hijo del muy honorable caballero romano Marco Anneyo Carseolano, tras ser adoptado por Sufenate, un tío suyo materno, anuló ante los centúnviros el testamento de su padre natural, en el que había sido excluido. En efecto, se había nombrado heredero a un familiar de Pompeyo Magno, Tuliano, y con la firma del propio Pompeyo 95 . Así pues, su labor en aquel juicio tuvo que ver con el prestigio de un personaje tan notable más que con las cenizas de su padre. Por lo demás, y a pesar de tener ambas cosas en su contra, acabó obteniendo los bienes de su padre. En efecto, Lucio Sextilio y Publio Popilio, a los que Marco Anneyo había nombrado herederos en calidad de parientes y a partes iguales con Tuliano, no se atrevieron a litigar contra el joven por el pago previo de un depósito 96 , y ello pese a que la influencia (entonces preeminente) de Pompeyo Magno les habría podido exhortar a defender lo que fijaba el testamento. Y por si fuera poco, a favor de los herederos estaba también el que Marco Anneyo se había incorporado a la familia y a los cultos religiosos de Sufenate. Pero el vínculo de la sangre, el más estrecho entre los hombres, pudo más que la voluntad del padre y la influencia del personaje más ilustre.

Gayo Tetio fue desheredado por su padre cuando todavía [3] era un niño. Era hijo de Petronia, a la que Tetio había tenido por esposa hasta que murió, y el divino Augusto ordenó por medio de un decreto que tomara posesión de los bienes de su padre, demostrando de esta manera que era el padre de la patria. Y es que Tetio, después que su hijo naciera en el seno de su propio hogar, se había negado a darle su nombre con la mayor iniquidad.

También Septicia, madre de los dos Trácalos de Rímini, [4] disgustada con sus hijos, para humillarlos se casó con el anciano Publicio cuando ya no podía engendrar más hijos, y además los excluyó de su testamento. Después que ambos hijos recurrieron al divino Augusto, éste condenó tanto el casamiento como la última voluntad de aquella mujer. En efecto, ordenó que los hijos recibieran la herencia de su madre y prohibió al marido que conservara la dote, habida cuenta de que el matrimonio no se había celebrado con el fin de engendrar hijos. Si la Justicia en persona se hubiese visto obligada a instruir este proceso, ¿acaso habría podido pronunciarse de un modo más justo y más riguroso? Desprecias a quienes has parido, te casas cuando eres ya infértil, trastocas enfurecida el orden de tu testamento y ni te sonrojas después de ceder todo tu patrimonio a aquél bajo cuyo cuerpo ya casi amortajado pusiste el tuyo marchito y decrépito. Así pues, por comportarte de esta manera, un rayo venido del cielo te arrojó hasta los infiernos.

[5] Magnífica fue asimismo la disposición del pretor urbano Gayo Calpurnio Pisón 97 después que Terencio presentó una queja ante él. De los ocho hijos que había criado hasta la adolescencia, uno de ellos, entregado en adopción, lo había desheredado. Pisón otorgó al padre la posesión de los bienes del joven y no permitió que los herederos reclamaran ante los tribunales. Lo que impulsó al pretor a actuar de esa manera fue, sin duda, la dignidad del padre, el haberle dado a su hijo la vida y una educación, pero también tuvo algo que ver el número de hijos que tenía a su lado, pues veía que, junto con el padre, había siete hermanos impíamente desheredados.

[6] ¿Y qué decir de aquel decreto tan riguroso del cónsul Mamerco Emilio Lépido? Un tal Genucio, sacerdote de la Gran Madre 98 , había obtenido del pretor urbano Gneo Orestes que se le entregasen los bienes de Nevio Anio, bienes que había recibido del propio Nevio según los términos del testamento. Tras la reclamación de Surdino, cuyo liberto era el que había nombrado heredero a Genucio, Mamerco anuló el dictamen del pretor, basándose en que Genucio, tras amputarse deliberadamente los genitales, no debía considerarse ni hombre ni mujer. Decreto, pues, acorde a Mamerco, acorde al senador más ilustre, mediante el cual se evitó que los tribunales de los magistrados se vieran manchados por la presencia obscena de Genucio y su voz descarada, bajo la apariencia de afán de justicia.

Mucho más severo de lo que había sido Orestes en el [7] ejercicio de la pretura urbana fue Quinto Metelo 99 . No consintió que los bienes de Vibieno pasaran a manos del rufián Vecilo, quien los reclamaba en virtud de los términos del testamento. En efecto, como hombre sumamente honorable y riguroso, consideró Metelo que había que diferenciar entre la condición del foro y la de un burdel, y no quiso ni confirmar la acción de quien había tirado su fortuna a una sucia pocilga, ni tampoco juzgar, como si de un ciudadano cabal se tratase, a quien se había desligado de todo régimen de vida honesto.

CAPÍTULO 8
Sobre testamentos que siguieron siendo válidos, aunque hubieran podido ser anulados

Tras ocuparnos de ejemplos concernientes a testamentos anulados, pasemos ahora a aquellos otros que siguieron teniendo validez pese a existir motivos por los que podrían haber sido anulados.

¡Qué manifiestas y notorias muestras de locura exhibió [8 , 1] Tuditano! No en vano se había puesto a repartir monedas entre el pueblo, se le había visto en el foro, en medio de la carcajada general, arrastrando su toga como si fuesen ropajes propios de una tragedia, y otras muchas cosas por el estilo. Pues bien, en su testamento nombró heredero a su hijo, algo que Tiberio Longo, pariente suyo muy cercano, trató sin éxito de revocar en el tribunal de los centúnviros 100 . Creyeron éstos que debían tener más en cuenta lo que aparecía escrito en el testamento que la persona que lo había redactado.

[2] Si trastornado fue el comportamiento de Tuditano, el testamento de Ebucia, la que había sido esposa de Lucio Menenio Agripa, estaba lleno de disparates. A pesar de tener dos hijas idénticas en virtud, Pletonia y Afronia, se dejó llevar más por su propio antojo que por la animadversión o el afecto que sintiera por una u otra, y designó a Pletonia como su única heredera. Asimismo, de su inmenso patrimonio, a los hijos de Afronia sólo legó veinte mil sestercios. No obstante, Afronia no quiso querellarse con su hermana previo pago del depósito, y consideró que era más apropiado respetar con resignación el testamento de su madre que impugnarlo ante los tribunales, demostrando con esta actitud que era tan poco digna de aquella afrenta cuanto mayor era la dignidad con que la sobrellevaba.

[3] Quinto Metelo 101 logró que el error de aquella mujer causara menos asombro. Pese a haber en Roma muchos y muy notables miembros de su misma familia, pese a hallarse en todo su esplendor la familia Claudia, a la que le unía un estrecho vínculo de sangre, dejó como único heredero a Carrinate y, con todo, nadie se atrevió a tocar su testamento.

[4] También Pompeyo Regino, natural de la región transalpina, fue excluido del testamento de su hermano. A fin de demostrar la injusticia que se había cometido contra él, leyó ante una gran afluencia de miembros de uno y otro orden las dos tablas con su testamento, esculpidas en el cornicio, en las que su hermano era nombrado heredero de gran parte de su patrimonio, y le legaba de antemano 102 un total de quince millones de sestercios. Durante mucho tiempo se quejó amargamente junto con sus amigos, que participaban de su misma indignación. Sin embargo, por lo que se refería a celebrar el juicio ante los centúnviros, permitió que las cenizas de su hermano descansaran en paz. Los que habían sido nombrados beneficiarios no eran ni consanguíneos de Regino ni tampoco allegados a él, sino unos extraños de baja condición, por lo que no sólo su silencio podría parecer escandaloso, sino injuriosa la preferencia.

Los testamentos de los que ahora hablaré también quedaron [5] felizmente sin castigo, aunque no sé yo si constituían un delito aún más detestable.

Sobre testamentos que nombraron herederos diferentes a los que todos creían

Quinto Cecilio 103 , gracias al solícito interés e infinita generosidad de Lucio Luculo, había logrado un honorable grado de dignidad y un inmenso patrimonio. A pesar de que en reiteradas ocasiones lo había señalado como su único heredero e, incluso, le había entregado sus anillos justo antes de morir, según su testamento había adoptado a Pomponio Ático y lo había dejado como heredero de todos sus bienes. Sin embargo, el pueblo romano arrastró el cadáver de aquel mentiroso y perjuro por todas las calles con una soga amarrada al cuello. Así fue como aquel individuo infame tuvo el hijo y el heredero que quiso, pero también los funerales y exequias que mereció.

[6] Y no fue digno de otro entierro Tito Mario, natural de Urbino 104 , quien desde la más baja categoría militar ascendió, merced a los favores del divino emperador Augusto, hasta los más altos honores castrenses. Tras haberse enriquecido gracias a aquellos profusos beneficios, no sólo pregonó durante el resto de sus días que legaría su fortuna a aquél de quien la había recibido, sino que incluso el día antes de morir dijo esto mismo al propio Augusto, cuando lo cierto fue que ni siquiera mencionó su nombre en el testamento.

[7] Lucio Valerio, apodado el «Sietecuerdas», después de sufrir en la vida civil la enemistad de Comelio Balbo, quien lo había acosado de obra y de pensamiento en reiteradas causas civiles e, incluso, lo había acabado acusando de un delito capital por medio de un falso acusador, desoyó a todos sus abogados y defensores y lo dejó como su único heredero. Sin duda, algún tipo de locura trastornó su entendimiento, ya que se recreó en su desgracia, se decantó por los peligros y llegó a suplicar que le condenaran, tratando con cariño al causante de sus males y con odio a sus protectores.

[8] En su lecho de muerte, Tito Barro entregó a Léntulo Espínter, de cuyo amabilísimo corazón y desinteresada amistad había disfrutado, sus anillos, como si fuese su único heredero, cuando en realidad no le dejaba nada en herencia. ¡Qué inmensa pesadumbre tenía que haberle causado en aquel mismo momento la conciencia a un hombre tan despreciable, si es que realmente la conciencia atesora las fuerzas que se le suponen! Pues en el preciso instante en que meditaba sobre su delito insidioso y desagradecido, exhaló su último aliento, como si un verdugo martirizara su mente por dentro. Se daba perfecta cuenta de que su tránsito de la vida a la muerte era odioso a los dioses del cielo y sería detestable para los infernales.

En su lecho de muerte, Marco Popilio, del orden senatorial, [9] miró con semblante amable, en razón de su vieja amistad, a Opio Galo, íntimo suyo desde la más tierna infancia. Le dirigió luego unas cuantas palabras en las que resaltaba el gran afecto que sentía por él, llegó a considerar que, de todos los presentes, era el único que merecía un último abrazo y un beso y, por si fuera poco, le entregó también sus anillos, obviamente, para que no perdiera nada de una herencia que no iba a recibir. Opio, hombre despierto, pero víctima absoluta del escarnio de un amigo moribundo, volvió a poner los anillos en un cofrecillo, hizo que los presentes los marcaran cuanto antes y, al hallarse desheredado, los mandó a los herederos. ¿Hay algo más deshonroso y fuera de sazón que una chanza como ésta? Aquel senador que abandonaba la curia del pueblo romano, aquel hombre que estaba a punto de verse privado del goce de vivir, cuando la misma muerte volvía pesados sus ojos y su alma exhalaba el último aliento, tuvo el antojo de mofarse de los sacrosantos derechos de la amistad, por medio de una broma grotesca.


1 En efecto, Q. Cecilio Metelo Macedónico fue tribuno en torno al 150, pretor en 148, cónsul en 143, censor en 131. Fue el primer personaje en alcanzar como pretor el agnomen de vencedor después de derrotar a Andrisco y pacificar la provincia de Macedonia. Murió en 115. Cf. II 7, 10, etc. Sobre este particular, cf., por ejemplo, CICERÓN , Del supremo bien y del supremo mal V 82; VELEYO PATÉRCULO , I 11.

2 Rey de Lidia, en Asia Menor (c. 680-645 a. C.), fundador de la dinastía Mermnad. Cf. PLINIO , Historia natural VII 151.

3 Sobrenombre de Apolo por ser el vencedor sobre la serpiente Pitón.

4 Ciudad de Arcadia (hoy Tripotamo ), al sur del monte Erimanto.

5 Apio Claudio «el Ciego», censor en 312 a. C, cónsul en 307 y 296, pretor en 295. Célebre por su gran personalidad y sus valores morales, rechazó la propuesta de paz que le había hecho Pirro. Cf. I 1, 17.

6 El vencedor de Aníbal en la Segunda Guerra Púnica. SÉNECA (Sobre la ira II 31) atribuye este dicho a Fabio Máximo.

7 Q. Cecilio Metelo, cónsul en 206, se enfrentó a Aníbal en el sur de Italia, junto con su colega M. Livio Salinátor. Célebre fue su polémica con el poeta Nevio.

8 La anécdota aparece en CICERÓN , Sobre los deberes III 77. Fimbria fue cónsul en 104, junto a Gayo Mario. A pesar de que en todos los manuscritos aparece el praenomen Lucio, se trataba en realidad de Gayo Fimbria, tal y como aparece varias veces en Cicerón y en el propio VALERIO MÁXIMO (VIII 5, 2).

9 Cónsul en 293, derrotó a los samnitas en Aquilonia (cf. LIVIO , X 38 ss.) y, durante su segundo consulado (272 a. C.), puso fin a la guerra contra Pirro.

10 Acusado de concusión, M. Livio Salinátor se vio obligado a abandonar Roma. Durante la Segunda Guerra Púnica, los cónsules le pidieron que volviera y, después de ser nombrado cónsul por segunda vez (207), el Senado lo reconcilió públicamente con su colega C. Claudio Nerón, que había testificado contra él en el juicio. Juntos derrotaron a Asdrúbal en la batalla de Metauro. Más adelante, cuando ambos desempeñaban el cargo de censor (204), su enemistad se recrudecería. Cf. LIVIO , XXVII 35.

11 Además de tribuno de la plebe, Cn. Bebio Tánfilo desempeñó el cargo de edil de la plebe en 200 y pretor en 199 (LIVIO , XXIX 37). Alcanzó eventualmente el consulado en 182.

12 La ley agraria promulgada por los tribunos de la plebe Gayo y Tiberio Sempronio Graco en 133 a. C. resultaba cuando menos revolucionaria, ya que prohibía la posesión de más de 500 yugadas de tierra por persona, además de decretar que la tierra sobrante se repartiera entre los ciudadanos pobres.

13 Rey de Numidia, enemigo primero y luego amigo del pueblo romano. Cf. I 1, ext. 2 y LIVIO , XXVIII 16; XXXI 11; XXXIV 62. Los hechos que aquí se narran sucedieron en 151 a. C.

14 Sobre este punto, cf. PLATÓN , Alcibíades II 142d y, sobre todo, CICERÓN , Sobre los deberes II 43.

15 Cf. DIÓGENES LAERCIO , Sócrates XV 33.

16 DIÓGENES LAERCIO , Sócrates XV 35.

17 Cf. PLUTARCO , Solón 27.

18 Cf. CICERÓN , Paradojas I 8, 6. SÉNECA (Diálogos II 5, 6) atribuye el dicho al filósofo Estilbón. Bías era uno de los siete sabios de la Antigua Grecia, junto con Tales de Mileto, Cleóbulo de Lindo, Pítaco de Mitilene, Solón de Atenas, Quilón de Esparta y Periandro de Corinto. Priene era una ciudad de Jonia.

19 Cf. PLATÓN , Epístolas VII 326b; CICERÓN , Cartas a su hermano Quinto I 1, 29.

20 Las diademas solían ser una banda lisa de tela blanca, atada por detrás de la cabeza. Junto con el cetro y la púrpura, constituía el distintivo de los reyes helenísticos. Alejandro Magno fue el primero en llevarla, tal vez para indicar su conquista de Asia.

21 Jenócrates de Calcedonia, hijo de Agatenor, discípulo de Platón y seguidor de sus ideas (406-314 a. C.). Plutarco atribuye estas palabras a Simónides (PLUTARCO , Consejos para conservar la salud 125D).

22 Se trata de Ranas 1431 ss.

23 Cf. DIÓGENES LAERCIO , Tales IX 36.

24 Político y general ateniense (524-459 a. C.). Durante la invasión de los persas, estuvo al frente de las tropas atenienses que formaban parte de las fuerzas griegas. Cf. CICERÓN , Sobre los deberes II 71, 4.

25 Filipo II de Macedonia (382-336 a. C.), padre de Alejandro Magno. Cf. CICERÓN , Sobre los deberes II 53.

26 Calístenes de Olinto, filósofo griego, sobrino y discípulo de Aristóteles. Amigo de juventud de Alejandro, fue obligado a suicidarse en 327. Sobre este episodio, cf. IX 3, Ext. 1; CURCIO RUFO , Historia de Alejandro VIII 8, 21.

27 Cf. PLUTARCO , Alejandro 52 ss.

28 Anaxágoras de Clazomenes (500-428 a. C.), hijo de Hegesibulo. Se le considera el primer filósofo asentado en Atenas. Cf. V 10, Ext. 3.

29 Orador ateniense, contemporáneo de Demóstenes (c. 380-319 a. C.). No nos ha llegado ningún escrito suyo (cf. CICERÓN , Bruto 36; QUINTILIANO , Inst. orat . XII 10, 49). Esta propuesta de otorgar honores divinos a Alejandro le supuso una multa de diez talentos.

30 Filósofo escita del s. VI a. C. Cf. HERODOTO IV 76 ss.

31 Rey de Esparta entre 399 y 360 a. C. Venció a los persas en Asia y fue vencido en Mantinea por Epaminondas. Sobre este episodio, ocurrido en torno al 370, cf. PLUTARCO , Máximas, Agesilao 73 (214A).

32 Senador cartaginés que se convirtió en uno de los más encarnizados rivales que tuvo Aníbal en su política de conquista. Sobre esta anécdota, ocurrida en 216 a. C., cf. LIVIO , XXIII 12, 1 ss.

33 Medida de capacidad para áridos que equivalía, más o menos, a 8’75 litros.

34 En 321, los samnitas vencieron a los romanos tras atraparlos y obligarlos a rendirse en las Horcas Caudinas, un desfiladero próximo a la ciudad de Caudio (hoy Arpaia) . El general que ideó aquella célebre emboscada era Gavio Poncio, hijo de Herennio Poncio. Sobre este último, cf. LIVIO , IX 3; CICERÓN , Sobre la vejez 41.

35 Cf., al respecto, LIVIO , I 45.

36 Se trata de Lucio Junio Bruto (cf. IV 4, 1; etc.), responsable de la expulsión de su tío Tarquinio el Soberbio y uno de los dos primeros cónsules de Roma, en 509. Sobre esta anécdota, cf. LIVIO , I 56.

37 Los fastos romanos eran el calendario elaborado por el Sumo Pontífice, en el que se incluían los hechos más notables del año, el nombre de los cónsules y demás magistrados, las fiestas, etc. Al ser considerado el artífice de la implantación de la república en Roma y convertirse en el primer cónsul, Bruto ocupaba el primer lugar en los fastos.

38 P. Cornelio Escipión Africano, el héroe de la segunda guerra púnica. Sobre esta historia, ocurrida en torno al 205 a. C., cf. LIVIO , XXIX 1.

39 Cuestor urbano en 196, pretor en 189. Tras no alcanzar el consulado en 184, lo consigue por fin en 183, junto a M. Claudio Marcelo. Con toda probabilidad murió en torno al 167. CICERÓN (Sobre los deberes I 33) no tiene claro si fue él el árbitro designado para establecer los límites entre nolanos y napolitanos en 184 a. C. Sobre Labeón y el rey Antíoco III de Siria, cf. LIVIO , XXXVIII 39.

40 Cf. CICERÓN , En defensa de Cluencio 140, 1.

41 General romano partidario de Mario. Tras el triunfo de Sila, se refugió en Hispania, donde formó un auténtico reino independiente, resistiendo a los generales romanos durante bastante tiempo, hasta que fue finalmente asesinado por Perpenna, su lugarteniente. Sobre esta anécdota (año 78), cf. PLUTARCO , Sertorio 16; FRONTINO , Estratagemas I 10, 1; IV 7, 6.

42 Quinto Fabio Máximo, participante en la Segunda Guerra Púnica, fue apodado «Cunctátor» por la táctica dilatoria y de desgaste que empleaba ante sus rivales. Si bien LIVIO , XXIII 15 atribuye esta acción a Claudio Marcelo, Valerio Máximo parece seguir a PLUTARCO (Fabio XX 2 ss.; Máximas, Fabio IV 195 E), que sí lo asigna a Fabio Máximo.

43 Cf. APIANO , Guerra civil IV 47.

44 Marco Junio Bruto, el famoso asesino de Julio César.

45 Cn. Sencio Saturnino Vetulón, padre de C. Sencio Saturnino, cónsul en 19 a. C. APIANO , Guerra civil IV 45, atribuye esta acción a Pomponio.

46 Ciudad marítima en la Campania.

47 Sabios sacerdotes de Zoroastro, entre los persas. Se trata de los tiranos que usurparon el reino de Persia antes de la llegada al poder de Darío, el hijo de Histaspes (521). Cf. HERÓDOTO , III 85 ss.; JUSTINO , I 10.

48 Cf. CICERÓN , Sobre la amistad 59. GELIO , I 3, 30, atribuye esta sentencia a Quilón.

49 Ciudad de Misia, en el Helesponto (modernamente Lamsaki) .

50 Anaxímenes de Lámpsaco (c. 380-320 a. C.), historiador y retórico, discípulo de Zoilo y autor de obras historiográficas como Helénicas o Filípicas . Sobre este episodio, cf. PAUSANIAS , Descripción de Grecia VI 18, 2 ss.

51 En 260 a. C., el cónsul Gayo Duilio derrotó al cartaginés Aníbal cerca de Milas. Cf. POLIBIO , I 23, 7 ss.

52 Cf. LIVIO , XXII 23; FRONTINO , Estratagemas I 8, 2; SILIO ITÁLICO , VII 260 ss. Valerio Máximo aquí comete un error de consideración, al identificar al Aníbal del ejemplo anterior con su homónimo protagonista de la segunda guerra púnica.

53 Túsculo fue la primera ciudad latina en obtener la ciudadanía romana, en 381 a. C. Furio Camilo fue el artífice de esa anexión a Roma. Cf. LIVIO , VI 26.

54 La toga era un símbolo de paz, como lo demuestra el dicho romano cedant arma togae («cedan las armas ante la toga»).

55 Este episodio, ocurrido en 489 a. C., aparece en LIVIO , II 47, aunque narrado de forma diferente.

56 Metio Fufecio era rey o tal vez dictador de los albanos. Esta traición, ocurrida en torno al 663 a. C., ya aparece en LIVIO , I 27 y 28, así como en SERVIO , Comentario a la Eneida VIII 642. Fidenas era una ciudad cercana a Roma, a orillas del Tíber (hoy Castel Giubileo) .

57 Sexto Tarquinio era hijo de Tarquinio el Soberbio, el último de los reyes de Roma. Cf. LIVIO , I 53; FRONTINO , Estratagemas I 1, 4.

58 Antigua ciudad del Lacio, situada entre Roma y Preneste.

59 Cf. LIVIO , I 54, 1 ss.

60 El asedio a Roma por parte de los galos senones tuvo lugar en 390 a. C. Los romanos se vieron obligados a refugiarse en el Capitolio y pagar con oro su libertad al general Breno. Cf. LIVIO , V 48; OVIDIO , Fastos IV 349 ss.

61 Cf. LIVIO , XXVII 45 y 46; SILIO ITÁLICO , XV 525 ss. La victoria de Claudio Nerón y Livio Salinátor sobre Asdrúbal en Metauro tuvo lugar en el año 207.

62 Se trata de Quinto Metelo Macedónico. Cf. VII 1, 1. Sobre esta anécdota, fechada en el 142 a. C., cf. FLORO , Epítome I 33, 40, y el propio VALERIO MÁXIMO , II 7, 10.

63 Ciudad de la Tarraconense, capital del territorio celtíbero. Fue conquistada por Sertorio en el 77 a. C.

64 Agatocles, tirano de Siracusa y posterior rey de toda Sicilia (360-289 a. C.). Fueron célebres sus enfrentamientos con los cartagineses por el dominio de Sicilia. Murió envenenado. Cf. SILIO ITÁLICO , XIV 652; JUSTINO , XXII 4; DIODORO , XX 3. Año 296.

65 Lo mismo en FRONTINO , Estratagemas II 2, 7.

66 En este ejemplo se atisba un arraigado sentimiento nacionalista por parte de Valerio Máximo. Sobre la batalla de Cannas, llevada a cabo en 216 a. C., cf. LIVIO , XXII 48; SILIO ITÁLICO , IX y X.

67 Se trata de Quinto Fabio Máximo Alobrógico, pretor en Hispania (ca . 124), cónsul en 121 a. C. Era hijo de Quinto Fabio Máximo Emiliano (cf. II 2, 1; 7, 11) y sobrino de Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano el Menor. Los acontecimientos que narra Valerio Máximo datan de 129 a. C.

68 El lectulus Punicanus era una especie de pequeño potro de madera sin almohadillas. La vajilla de Samos era de barro vidriado. Cf. CICERÓN , En defensa de Murena 75, 9.

69 Publio Cornelio Escipión Nasica, hijo de Cornelio Escipión Calvo, fue el encargado de recibir la estatua sagrada de Cibeles a su llegada a Italia desde Pesinunte (204 a. C.). Fue edil curul en 197, pretor en Hispania en 194, cónsul en 191. Cf. LIVIO , XXIX 10 y 11; CICERÓN , En defensa de Plancio 21, 51; PLINIO , Historia natural VII 34; XVIII 3. Aquí Valerio atribuye a un solo miembro de la familia de los Escipiones diversas acciones que abarcan casi un siglo y fueron realizadas por, al menos, cuatro personajes diferentes: P. Cornelio Escipión Nasica (cónsul en 191) fue el elegido para recibir la piedra sagrada de Cibeles, a su llegada a Italia desde Pesinunte, en 204; P. Cornelio Escipión Nasica Córculo, hijo del anterior, fue cónsul en 162 y 155, princeps senatus en 147 y 142; P. Cornelio Escipión Nasica Serapión, hijo del anterior, fue cónsul en 138, acabó con la revuelta de su primo Tiberio Graco en 133; por último, otro Nasica, hijo del precedente, declaró la guerra a Jugurta en 111.

70 En efecto, Lucio Emilio Paulo aspiró repetidas veces sin éxito al consulado, hasta que finalmente lo obtuvo en 182 y en 168 a. C., cuando puso fin a la Tercera Guerra Macedónica, lo que le valió el sobrenombre de Macedónico. Fue censor en 164 y murió en 160. Cf. LIVIO , XXXIX 56; XLIV 17.

71 Quinto Cecilio Metelo Macedónico. Cf. II 7, 10, etc.

72 Pseudophilippus era el sobrenombre de Andrisco, pretendiente al trono de Macedonia que decía ser Filipo, el hijo de Perseo. Metelo lo derrotó en 148 a. C. Cf. DIODORO , XXXII 96; FLORO , Epítome I 30.

73 Pretor y procónsul en 153, derrotó a los lusitanos. Como cónsul en 146, sucedió a Metelo en Macedonia y logró sofocar la rebelión de la Liga Aquea. Cf. LIVIO , Períocas 52; VELEYO PATÉRCULO , I 12; FLORO , Epítome I 32.

74 Se trata de Lucio Cornelio Sila Félix, el acérrimo enemigo de Mario. Fracasó en su intento de acceder a la pretura en 98 a. C. Sin embargo, fue nombrado praetor urbanus en 97. Cf. PLUTARCO , Sila 5.

75 En el año 81 a. C. Sila elevó de seis a ocho el número de pretores.

76 Marco Porcio Catón de Útica, descendiente de Catón el Censor. En el año 55 a. C. fue vencido por P. Vatinio en las citadas elecciones a la pretura, merced a un soborno. Sin embargo, alcanzó eventualmente la pretura en el año 54. Cf. LIVIO , Períocas 105; PLUTARCO , Catón 42; SÉNECA , Consolación a Helvia 13, 5.

77 Tiberio Sempronio Graco, edil curul en el año de la derrota de Cannas (216 a. C.), fue nombrado magister equitum después de aquel desastre y, finalmente, cónsul en 215 y nuevamente en 213.

78 Pueblo de Apulia que habitaba en tomo a la actual Bari. Sobre este episodio, cf. LIVIO , XXII 57, 11 y 12; XXIII 14, 2.

79 M. Junio Pera, cónsul en 230 a. C., fue nombrado dictador por acuerdo del senado, en 215. Cf. LIVIO , XXII 57, 9; XXIII 14.

80 Toga blanca con una franja de púrpura que llevaban los hijos de los nobles hasta los dieciséis años.

81 Tito Otacilio Craso fue pretor en 217 a. C. y, posteriormente, en 212. Aspiró sin éxito al consulado. Aulo Cornelio Mámula aparece en varias ocasiones citado en Livio. Sobre este episodio concreto, cf. LIVIO , XXIII 21.

82 Ciudad de Campania a orillas del Vulturno. Tras resistir con coraje el asedio de Aníbal, sucumbió finalmente.

83 Se está refiriendo de forma velada a Capua, ciudad aliada que dio cobijo a Aníbal. Cf. LIVIO , XXIII 19.

84 Se trata del asedio a la ciudad durante la segunda guerra púnica (216 a. C.). Cf. LIVIO , XXIII 19; FRONTINO , Estratagemas IV 5, 20.

85 Año 82 a. C. Gayo Mario era hijo del famoso rival de Sila. Lucrecio Afela lo capturó en Preneste y envió a Sila su cabeza. Cn. Papirio Carbón ya había sido cónsul en 85 y 84 junto a L. Cornelio Cinna. Al no poder socorrer a su colega Mario, huyó a África, donde finalmente lo capturó Pompeyo, que lo ejecutaría más tarde en Lilibeo.

86 Ciudad de la Bética, cerca de Córdoba, en la que César derrotó a Sexto Pompeyo, hijo de Pompeyo Magno, en el año 45 a. C.

87 Sobre este episodio, cf. el anónimo Bellum Hispaniense 32.

88 Fraates IV, rey de Partia en tiempos de Augusto. Derrotó a Marco Antonio en torno al 36. En el 20, Augusto pudo por fin recuperar los estandartes y a los prisioneros de guerra.

89 Se trata de Quinto Cecilio Metelo Crético, cónsul en 69 a. C. y procónsul en Creta, donde derrotó a los piratas y se apoderó de numerosas ciudades. Cf. LIVIO , Períocas 98 y 99; FLORO , Epítome I 42.

90 Se refiere al famoso episodio de resistencia protagonizado por los habitantes de Numancia. Tras un asedio de más de ocho meses, los numantinos acabaron rindiéndose a P. Cornelio Escipión Emiliano, en 133 a. C.

91 En 77 a. C., Gneo Pompeyo Magno había sido enviado como procónsul a Hispania para reforzar el asedio de Q. Cecilio Metelo Pío a Sertorio.

92 SALUSTIO , Historias, frg . 86 y 87; LIVIO , Períocas 97; JUVENAL , XV 93, atribuye esta práctica a los vascones en general.

93 También PLINIO EL JOVEN aborda la cuestión de los testamentos, principalmente en algunas de sus cartas (cf. Epístolas II 20; VIII 18, etc.).

94 Cf. CICERÓN , Sobre el orador I 175.

95 Los testamentos debían estar firmados por siete testigos.

96 Los litigantes en un juicio estaban obligados a pagar un depósito (sacramentum) que quedaba en manos de los pontífices. El depósito del que perdía pasaba a las arcas del estado (VARRÓN , La lengua latina V 180).

97 Pretor urbano en 72 a. C., cónsul en 67 junto a Manio Acilio Glabrión. Al volver de su proconsulado en la Galia Narbonense, fue acusado de concusión por parte de César. Cicerón fue su defensor y resultó absuelto.

98 El original Gallus hace referencia a un sacerdote castrado de la diosa Cibeles, también conocida como Magna Mater .

99 Se trata de Quinto Cecilio Metelo Céler. Fue pretor urbano y augur durante el año 63.

100 El original presenta hastae iudicio . Los centunviros poseían una lanza que era el símbolo de su autoridad como jueces. Sobre Tuditano, cf. CICERÓN , Filípicas III 16.

101 Q. Cecilio Metelo Nepote, legado de Pompeyo entre el 67 y el 63 a. C., tribuno en 62, pretor en 60 y finalmente cónsul en 57.

102 Es decir, con anterioridad a la ejecución del testamento.

103 En efecto, Tito Pomponio Ático, el célebre amigo de Cicerón, había sido adoptado por su acaudalado tío materno, Quinto Cecilio, que al morir le dejó todos sus bienes. En cuanto a Lucio Licinio Luculo, sirvió en la Guerra Social a las órdenes de Sila. Fue pretor en 78 y cónsul en 74 a. C. Cf. CICERÓN , Cartas a Ático III 20; VARRÓN , Sobre la agricultura II 2; NEPOTE , Ático V 2.

104 Ciudad de Umbría, junto al Metauro. Municipio romano desde 90 a. C.

LIBRO VIII
CAPÍTULO 1
Sobre los motivos por los que acusados de delitos infamantes fueron absueltos o condenados

A fin de sobrellevar con mayor ecuanimidad los inciertos resultados de los juicios, recordemos ahora por qué motivos fueron absueltas o condenadas algunas personas que eran el blanco de las envidias.

Absueltos

Después de haber sido condenado por el rey Tulo bajo [1 , 1] la acusación de haber dado muerte a su propia hermana, Marco Horacio 1 apeló ante el pueblo y fue absuelto. De ambos, rey y pueblo, a uno lo movía la atrocidad del crimen, al otro el motivo que le indujo a cometerlo, ya que consideraba el pueblo que el indecoroso amor de la muchacha había sido castigado antes con severidad que con impiedad. Así pues, al quedar exculpada de un grave castigo, la diestra de aquel hermano pudo saborear tanta gloria derramando la sangre de un familiar como antes derramando la de sus enemigos.

[2] Si en aquella ocasión el pueblo romano se comportó como celoso defensor del pudor, más adelante se comportó como un juez más indulgente de lo debido. El tribuno de la plebe Libón había acusado duramente ante la asamblea a Servio Galba, ya que siendo pretor en Hispania había exterminado a un gran número de lusitanos, faltando así a su palabra. Marco Catón, ya entonces de edad muy avanzada, había respaldado la acción del tribuno por medio de un discurso, que después introdujo en sus Orígenes . El acusado nada adujo en su favor y, entre lágrimas, encomendó al pueblo a sus hijos pequeños y al hijo de Galo, pariente suyo. Aquella acción tranquilizó a la asamblea, y quien poco antes iba a ser condenado unánimemente, apenas tuvo luego un voto en contra. Así pues, fue la compasión y no la justicia la que presidió aquel juicio, dado que la absolución que no había podido concederse a su inocencia, fue finalmente otorgada a la consideración que suscitaban sus hijos 2 .

[3] Muy parecido es el ejemplo que sigue. Cuando más vivo era el desprestigio que sufría Aulo Gabinio, fue sometido a votación ante el pueblo por parte de su acusador, Gayo Memio. No parecía que hubiera esperanza de salvación, pues la acusación aportaba pruebas contundentes, en tanto que la defensa se apoyaba en unos argumentos de muy poco peso. A ello había que sumar que los jueces, furiosos de cólera, deseaban fervientemente que aquel hombre fuera condenado. Ya tenía ante sus ojos al ujier y la prisión, cuando la intervención de la propicia fortuna ahuyentó todos sus recelos. En un arrebato de desconsuelo, Sisenna, hijo de Gabinio, se postró suplicante a los pies de Memio, tratando de hallar un refugio en medio de aquella zozobra, precisamente de donde había partido toda aquella tempestad. El arrogante vencedor le lanzó una mirada siniestra y lo apartó de sí, dejándolo con el anillo fuera de su mano y tirado unos momentos en el suelo 3 . Aquel acto llevó al tribuno de la plebe Lelio a decretar, con el beneplácito de todos los presentes, el perdón para Gabinio, y a pedir que quedara constancia de que no conviene abusar insolentemente de los momentos de prosperidad, como tampoco rendirse antes de tiempo ante la adversidad. Algo que resulta igual de evidente en el ejemplo que viene a continuación.

Apio Claudio 4 , una deshonra no sé si mayor para la religión [4] o para la patria (pues si de aquélla menospreció un antiquísimo ritual, de ésta perdió una hermosísima flota), fue expuesto a las iras del pueblo, y cuando ya se creía que de ninguna manera podría escapar al castigo que merecía, se libró de la condena gracias a un inesperado aguacero. En efecto, tras interrumpirse la causa como por intervención divina, no se creyó conveniente reanudarla. Así pues, de igual modo que aquella inclemencia del mar le había originado su condición de reo, otra inclemencia venida del cielo le trajo la salvación.

[5] Por una suerte similar, la castidad de la vestal Tuccia 5 , oscurecida por el nubarrón de la infamia, se libró de la acusación de incesto. La virgen, absolutamente convencida de su inocencia, probó a buscar esperanza de salvación en un argumento muy arriesgado. Cogió una criba y dijo: «Oh Vesta, si es cierto que he llegado siempre hasta tus sagrados altares con mis manos puras, haz que con este utensilio pueda sacar agua del Tíber y llevarla hasta tu santuario». La propia naturaleza cedió ante aquellas súplicas de la vestal, expresadas con tanta audacia y temeridad.

[6] También Lucio Pisón 6 , acusado por Lucio Clodio Pulcro de haber infligido graves e intolerables ofensas a los aliados, se libró del trance de una muerte segura gracias a un hecho fortuito. En efecto, en el momento mismo en que se le iba a comunicar la triste sentencia, cayó una repentina tromba de agua. Pisón, que se hallaba postrado en el suelo besando los pies de los jueces, se llenó el rostro de barro. Aquella escena tornó en clemencia y magnanimidad la severidad que había presidido todo aquel proceso. Ciertamente consideraron los jueces que bastante resarcidos estaban ya los aliados con el grave castigo al que se había visto humillado Pisón: agacharse de una manera tan lastimosa y levantarse con un aspecto tan bochornoso.

[7] Añadiré el ejemplo de dos que fueron absueltos por culpa de sus propios acusadores. Quinto Flavio, acusado ante el pueblo por el edil Gayo Valerio, por más que el voto de catorce tribus lo había declarado culpable, seguía proclamando que lo condenaban pese a ser inocente. Entonces Valerio le replicó en voz alta que nada le importaba si iba a morir siendo culpable o inocente, con tal de que muriera. La dureza de aquellas palabras llevó al resto de tribus a votar a favor de su adversario. Valerio se había deshecho ya de su enemigo, y cuando daba por seguro que lo había hundido, él mismo lo levantó y malogró la victoria cuando ya la cantaba.

También Gayo Cosconio, acusado de acuerdo con la ley [8] Servilia 7 y culpable sin duda alguna de muchos y muy evidentes crímenes, pudo salvarse tras declamar en el juicio un poema compuesto por su acusador Valerio Valentino, en el que, sirviéndose de la ficción poética, mostraba a un adolescente y a una joven virgen de condición libre a la que había violado. Ciertamente, los jueces consideraron injusto dar como vencedor a quien no merecía llevarse la victoria, sino entregarla. De este modo, la absolución de Cosconio en el proceso que contra él se seguía fue más una condena de Valerio que una exculpación del propio Cosconio.

Trataré ahora también sobre aquéllos que, aun abrumados [9] por sus propios delitos, se salvaron merced al ilustre linaje de sus parientes más cercanos. Aulo Atilio Calatino 8 , acusado de deshonor por haber entregado a traición la ciudad de Sora 9 , escapó de una inminente condena gracias a unas cuantas palabras de su suegro, Quinto Máximo, en las que aseguraba que, si él mismo lo hubiera hallado culpable del citado crimen, habría roto inmediatamente sus lazos de afinidad con él. Al instante, el pueblo desechó una sentencia que estaba ya casi dictada, y todo por las palabras de un solo hombre. Consideraba el pueblo que no se debía desconfiar del testimonio de aquél a quien recordaba haber confiado los ejércitos cuando la situación de la república era realmente difícil.

[10] Marco Emilio Escauro 10 , acusado de concusión, presentó ante el tribunal una defensa tan desesperada y lamentable que, cuando el abogado de la acusación le dijo que, según ley, podía llamar a declarar a ciento veinte testigos, y que no se opondría a su absolución si era capaz de nombrar a otras tantas personas a las que no hubiera quitado nada durante su administración de la provincia, no pudo beneficiarse de tan inmejorable condición. Con todo, fue absuelto en atención a su antiquísima nobleza y al recuerdo aún vivo de su padre.

[11] Sin embargo, así como la reputación de los personajes ilustres influyó muchísimo a la hora de amparar a los acusados, otras veces nada pudo hacer para condenarlos. Antes al contrario: cuanto más duramente acusaban a aquéllos cuya culpabilidad era manifiesta, tanto más beneficiados salían éstos. Publio Escipión Emiliano 11 acusó a Cota ante el tribunal del pueblo. Por más que en este proceso confluían gravísimas acusaciones, fue aplazado por siete veces. Al octavo intento, finalmente, se determinó la absolución del acusado, pues temían los jueces que una sentencia condenatoria sería considerada como una deferencia al extraordinario prestigio del acusador. Éste sería, en mi opinión, el razonamiento que siguieron: «No queremos que quien pide la cabeza de otro traiga hasta este tribunal sus triunfos y sus trofeos, sus despojos y los espolones de los navíos vencidos. Que se muestre terrible con tales argumentos ante el enemigo, pero que no aceche la vida de un ciudadano sirviéndose del ruido de una gloria tan grande».

Ante un eminentísimo acusador, los jueces son tan severos [12] como benévolos ante un reo de condición mucho más baja. Calidio de Bolonia, tras ser sorprendido de noche en el dormitorio de un hombre casado, fue acusado de adulterio por este motivo. Y sin embargo, logró salir a flote de los mayores y más graves embates de la infamia, agarrándose a un endeble argumento de defensa como el que se agarra a los restos de un naufragio. En efecto, afirmó que era el amor de un joven esclavo el que lo había llevado hasta aquella alcoba. Levantaban sospechas el lugar, el momento, la manera de ser de la esposa e incluso la sospechosa juventud del propio acusado. Sin embargo, la confesión de su propia incontinencia le libró del delito de adulterio.

Si bastante trivial era la inmoralidad mostrada en el [13] ejemplo anterior, el que sigue trata una cuestión un tanto más grave. Los hermanos Celio, miembros de una ilustre familia de Terracina, fueron acusados de parricidio porque su padre, Tito Celio, había sido asesinado mientras descansaba en su habitación, donde también dormían ellos, en un lecho contiguo. Al no encontrarse esclavo alguno o libre sobre quien pudiera recaer la sospecha del homicidio, fueron exculpados por la simple razón de que los jueces consideraban un hecho probado que, cuando abrieron la puerta, se les había encontrado durmiendo. El sueño, indicio innegable de una plácida inocencia, sirvió de ayuda a aquellos desgraciados. Se estimó, en efecto, que la naturaleza no concibe que pudieran conciliar el sueño teniendo a su lado aquel cadáver lleno de heridas y de sangre.

Condenados

[1 , 1] Pasemos ahora a aquéllos en cuyo proceso hubo cuestiones extrajudiciales que les causaron mayor daño que provecho les acarreó su inocencia. Después de celebrar el brillantísimo triunfo sobre el rey Antíoco, Lucio Escipión 12 fue condenado por haber recibido dinero de aquél. Yo no creo que se hubiera dejado corromper por dinero después de haber alejado hasta más allá del monte Tauro 13 a quien dominaba ya toda Asia y lanzaba sus manos victoriosas sobre Europa. Más bien sería que aquel hombre, de una vida por lo demás intachable y ajeno a una sospecha de aquella clase, no pudo combatir la envidia, que por aquel entonces se cernía sobre los insignes apellidos de aquellos dos hermanos.

[2] Y si a Escipión fue el enorme esplendor de su fortuna el que le causó la perdición, a Gayo Deciano 14 , hombre célebre por su integridad, serían sus declaraciones. En efecto, cuando acusó ante la tribuna del foro a Publio Furio, un personaje de vida sumamente desenfrenada, se aventuró en una parte de su alegato a lamentar la muerte de Lucio Saturnino, por lo que no sólo fracasó en su intento de condenar al reo, sino que además sufrió la pena que pedía para Furio.

Una fatalidad similar recayó sobre Sexto Ticio 15 . Era [3] inocente y se había ganado las simpatías del pueblo por haber presentado una propuesta de ley agraria. Sin embargo, porque había tenido en su casa una imagen de Saturnino, la asamblea lo condenó por unanimidad.

Añádase a los casos anteriores el de Claudia. Inocente [4] del crimen que se le imputaba, fue una imprecación sacrílega la que la condenó. En cierta ocasión en que volvía a casa después de asistir a unos juegos, la gente empezó a vilipendiarla. Ella deseó que su hermano, principal causante del desastre de nuestras fuerzas navales, volviera al mundo de los vivos y fuese nombrado varias veces cónsul, para que bajo su lamentable mandato se redujera la población, excesivamente numerosa, de Roma 16 .

Podemos también hacer una breve digresión y hablar de [5] aquellos a quienes arrastró su desmedido deseo de condenar por un leve motivo. Los triúnviros Marco Mulvio, Gneo Lolio y Lucio Sextilio fueron citados a juicio ante el tribunal del pueblo y fueron condenados por los tribunos de la plebe. Y todo porque habían llegado tarde a apagar un incendio que se había provocado en la Vía Sacra.

[6] Asimismo, el triúnviro nocturno Publio Vilio 17 , tras ser acusado por el tribuno de la plebe Publio Aquilio, fue condenado a juicio del pueblo por haber hecho su guardia negligentemente.

[7] También fue bastante severo el veredicto del pueblo, cuando impuso una fuerte multa a Marco Emilio Porcina 18 , acusado por Lucio Casio de haber construido una casa de campo excesivamente elevada en los alrededores de Alsio 19 .

[8] Y tampoco debemos olvidar la condena de uno que, perdidamente enamorado de su joven esclavo, dispuso, por capricho de aquél, que se le sirviera en el campo tripas de buey para cenar. Como no había posibilidad alguna de comprar tal clase de carne por aquellos contornos, satisfizo los deseos del joven matando un buey de labranza. Por semejante falta tuvo que enfrentarse a un juicio público, él, que habría resultado inocente de no haber nacido en aquellos tiempos tan remotos 20 .

Ni absueltos ni condenados

[1 , 1] Hablemos también de aquéllos que, inculpados por un delito que implicaba la pena capital, no fueron ni absueltos ni condenados. Una mujer que había matado a su madre golpeándola con un bastón fue llevada ante el pretor Marco Popilio Lenate. Y no se dictó sentencia ni en un sentido ni en otro, pues estaba suficientemente probado que aquella mujer, enajenada de dolor por la muerte de sus hijos, a los que su propia abuela había envenenado en razón del odio que sentía hacia su hija, había vengado un parricidio con otro. De ambos crímenes, se estimó que si uno no merecía ser vengado, el otro tampoco merecía la absolución.

En la misma disyuntiva se agitaba la conciencia de Publio [2] Dolabela, cuando desempeñaba el proconsulado en Asia. Una madre de familia de Esmirna asesinó a su marido y a su hijo, al enterarse de que entre ambos habían matado a otro hijo de condiciones excelentes que aquélla había concebido en un matrimonio anterior. Una vez llevado el caso ante Dolabela, éste remitió la instrucción del mismo al Areópago, en Atenas, dado que personalmente no se aventuraba ni a perdonar a aquella mujer que había cometido dos crímenes, ni tampoco a castigar a quien había obrado forzada por un dolor más que razonable. Si el magistrado del pueblo romano había mostrado gran consideración e indulgencia, no fueron menos juiciosos los areopagitas. En efecto, una vez examinaron la causa, y movidos por los mismos sentimientos que Dolabela, determinaron que acusador y acusada volvieran a presentarse ante ellos cien años después. Tanto Dolabela, remitiendo a otros el proceso, como los jueces del Areópago, posponiéndolo, evitaron el indescifrable dilema de condenar o absolver a aquella mujer 21 .

CAPÍTULO 2
Sobre juicios privados célebres

A estos ejemplos de juicios públicos añadiré otros privados. Un número prudente de ellos podrá deleitar al lector más de lo que puede hastiarlo una interminable retahíla.

[2 , 1] Los augures ordenaron a Claudio Centumalo que redujera la altura de una casa suya que se alzaba en el monte Celio 22 , dado que les molestaba a la hora de tomar los augurios desde la colina del Capitolio. Claudio, sin embargo, se la vendió a Calpurnio Lanario, sin indicarle las prescripciones del colegio de los augures, quienes acabaron obligando a Calpurnio a derribar su casa. Como árbitro entre él mismo y Claudio, Calpumio recurrió a Marco Porcio Catón, padre del célebre Catón. Como fórmula 23 se adujo que «cualquier cosa que se le tuviera que dar, convenía que fuese de buena fe». Catón, en cuanto tuvo conocimiento de que Claudio había callado a sabiendas la imposición de los sacerdotes, lo condenó en favor de Calpumio, y con bastante equidad por cierto, pues es conveniente que el vendedor de buena fe no acreciente sus esperanzas de lucro, ni tampoco aparente desconocer el perjuicio 24 .

[2] Si el juicio que acabo de mencionar fue conocido en su época, tampoco quedó relegado al silencio el que me dispongo a referir ahora. Aquejado de una grave enfermedad, Gayo Viselio Varrón permitió que en su cuenta de deudas se viera reflejada la cantidad de trescientos mil sestercios que debía entregarse a Otacilia, esposa de Laterense, con la que había tenido comercio carnal. Su intención era que, si moría, pudiera ella reclamar dicha suma a sus herederos, suma que él pretendía que fuese una especie de legado. De este modo, podía encubrir bajo el nombre de deuda aquella liberalidad para con su amante. Sin embargo, Viselio logró curarse de su mal, en contra de los deseos de Otacilia. Contrariada ésta por no haber alcanzado la presa que esperaba obtener cuando aquél muriera, de pronto pasó de ser una amante sumisa a hacer de usurera implacable, reclamando el dinero que se había agenciado con un descaro tan insolente como nulo era el compromiso. Asistió como juez en aquel litigio Gayo Aquilio 25 , hombre de gran influencia, que descollaba por sus conocimientos de derecho civil. Después de consultar a los ciudadanos más principales, con su prudencia y sentido de la moral rechazó la petición de aquella mujer. Ahora bien, si con la misma fórmula Varrón hubiese acabado condenado y la parte contraria absuelta, no me cabe ninguna duda de que, en su calidad de juez, habría castigado aquel innoble e injustificado error con mucho gusto. En aquel caso, el propio juez atajó la falsedad que encerraba aquella causa privada, delegando en los tribunales públicos para que castigaran el delito de adulterio.

Con mucha más animosidad, como correspondía a su [3] condición militar, se comportó Gayo Mario 26 en un juicio bastante similar. Gayo Titinio de Minturnas pretendía quitar la dote a su esposa, Fannia, con la que se había casado aun a sabiendas de su indecencia, motivo por el cual la había repudiado. Tras ser designado como juez entre ellos, y una vez instruida la causa en presencia de ambos litigantes, Mario llamó aparte a Titinio y le aconsejó que desistiera de sus pretensiones y devolviera la dote a su mujer. Después de intentarlo varias veces sin éxito, se vio forzado a dictar sentencia: condenó a la esposa a pagar un sestercio por su conducta inmoral; a Titinio, en cambio, le obligó a abonar la dote entera, no sin antes señalar que dictaminaba de aquella manera porque le resultaba evidente que Titinio había proyectado aquel matrimonio con la impúdica Fannia de forma dolosa, con el único fin de llevarse su patrimonio. Esta Fannia es la misma que, más adelante, cuando Mario fue declarado enemigo público por el Senado, le ayudó todo cuanto pudo y se lo llevó hasta su casa para custodiarlo ella misma, manchado como estaba de barro del pantano del que lo habían sacado. Sin duda, Fannia era consciente de que su condena por indecente se debía a sus propias costumbres; en cambio, el que conservara la dote había que atribuirlo a la integridad moral de Mario.

[4] Mucho dio también que hablar aquel juicio en que uno resultó condenado de hurto porque había contratado los servicios de un caballo para ir hasta Aricia 27 y, sin embargo, siguió cabalgando hasta una colina situada más allá de este municipio. ¿Qué otra cosa cabe alabar aquí sino la decencia de aquellos tiempos en que eran castigadas tan leves transgresiones al pudor?

CAPÍTULO 3
Sobre mujeres que se defendieron a sí mismas o defendieron a otras personas, ante los magistrados

Tampoco conviene pasar por alto a aquellas mujeres a las que, ni la condición de su sexo, ni el reparo de llevar ropas femeninas, pudieron impedirles hablar en el foro y en los juicios.

La acusada Mesia de Sentino 28 defendió su propia causa [3 , 1] en el juicio presidido por el pretor Lucio Ticio, en medio de una gran afluencia de público. Y no sólo siguió minuciosamente todos los puntos y las partes de su defensa, sino que además lo hizo con determinación, por lo que fue absuelta tras el primer juicio y casi por unanimidad. Por ocultar bajo su cuerpo de mujer el genio propio de un varón, la apodaron la «Andrógina».

Gaya Afrania, esposa del senador Licinio Bucón, tan [2] presta como era a mezclarse en litigios, se defendía siempre a sí misma delante del pretor, y no porque le faltasen abogados, sino porque le sobraba desvergüenza. Así, revolucionando una y otra vez los tribunales con aquellos ladridos tan inusuales en el foro, acabó convirtiéndose en un claro ejemplo de maquinación mujeril, hasta el punto de que a las mujeres de malas costumbres se les asignó el injurioso apodo de «Gaya Afrania». Alargó ésta sus días hasta el año en que Gayo César fue cónsul por segunda vez, junto a Publio Servilio 29 : de un monstruo como aquél, trae más cuenta transmitir a la posteridad la fecha de su muerte que la de su nacimiento.

[3] Por su parte Hortensia, la hija de Quinto Hortensio 30 , en vista de que los triúnviros habían impuesto un oneroso tributo a las matronas y ningún varón se atrevía a asumir su defensa en juicio, accedió a defender a las mujeres con firmeza y éxito ante los triúnviros. Con una elocuencia calcada de la de su padre, logró que la mayor parte de las cargas impuestas a las mujeres les fueran devueltas. Volvía por tanto Quinto Hortensio a la vida en la persona de su hija y le infundía su verbo. Si sus descendientes varones hubiesen procurado continuar aquel vigor, el gran legado de la elocuencia de Hortensio no habría perecido con este solitario alegato de una mujer.

CAPÍTULO 4
Sobre interrogatorios

Y para que pasemos revista a todas las partes de un juicio, hablaremos ahora de aquellos interrogatorios a los que, o bien no se dio crédito, o bien se aceptaron de forma imprudente.

[4 , 1] Alejandro, esclavo del banquero Marco Agrio, fue acusado de haber asesinado a un esclavo de Aulo Fannio. Por este motivo, su amo lo sometió a tortura hasta que, con enorme entereza, confesó que había cometido aquel crimen. Entregado de este modo a Fannio, fue condenado al suplicio. Poco tiempo después, el esclavo al que se creía muerto volvió a su casa.

Por el contrario, Alejandro, esclavo de Publio Atinio, [2] sobre el que recaían sospechas de haber dado muerte al caballero romano Gayo Flavio, fue torturado seis veces y aun así siguió negando su participación en aquel crimen. Sin embargo, los jueces lo condenaron como si hubiese confesado su culpa, y el triúnviro Lucio Calpurnio lo mandó crucificar.

Asimismo, en el proceso abierto contra Fulvio Flaco, un [3] esclavo suyo llamado Filipo, de quien dependía la resolución de la causa, no articuló palabra alguna que pudiera implicar a su amo, pese a ser torturado ocho veces. Con todo, el reo fue condenado, por más que torturar ocho veces a un solo esclavo constituyera una prueba de inocencia más evidente que torturar a ocho esclavos al mismo tiempo.

CAPÍTULO 5
Sobre testigos

A continuación recordaré unos cuantos ejemplos concernientes [5 , 1] a testigos. Los hermanos Gneo y Quinto Servilio Cepión, que alcanzaron la más alta dignidad tras ejercer todos y cada uno de los cargos públicos, y con ellos los hermanos Quinto y Lucio Metelo, que habían sido ya cónsules y censores (uno de ellos incluso había obtenido los honores del triunfo), presentaron un testimonio bastante duro contra Quinto Pompeyo, hijo de Aulo, acusado de concusión. Sin embargo, Pompeyo fue absuelto, y no porque se revocaran aquellos testimonios, sino para que no diera la impresión de que el acusado era vejado por la prepotencia de sus enemigos 31 .

[2] Marco Emilio Escauro, el primero entre los senadores, acosó con su enérgico testimonio a Gayo Memio, acusado de concusión, y también como testigo arruinó a Gayo Flavio, procesado por el mismo delito. Incluso procuró acabar terminantemente con Gayo Norbano, sometido a un juicio público por una acusación de lesa majestad. No obstante, a pesar de la autoridad que había adquirido, y a pesar de su moralidad, que nadie ponía en duda, no pudo hundir a ninguno de ellos 32 .

[3] Lucio Craso 33 , que gozaba de tanta influencia entre los jueces como Emilio Escauro entre los senadores (pues orientaba los votos de aquéllos valiéndose de su poderosa y profusa elocuencia, y era el príncipe del foro, de igual manera que Escauro lo era del Senado), arrojó en cierta ocasión el vehemente rayo de su testimonio contra el acusado Marco Marcelo. Pese a mostrarse duro en sus ataques, no tuvo éxito.

[4] En cuanto a Quinto Metelo Pío, Lucio y Marco Luculo, Quinto Hortensio y Manio Lépido, ¡de qué manera arremeterían contra Gayo Comelio, acusado de lesa majestad, que no se limitaron a complicar con su testimonio la salvación del reo, sino que llegaron incluso a pedir su muerte, aduciendo que con él vivo la república no estaba segura. Sin embargo, estas lumbreras de la ciudadanía —vergüenza me da decirlo—, fueron repelidas por el escudo de la justicia 34 .

¿Y qué decir de Marco Cicerón? Después de obtener en [5] las lides del foro los más altos honores y la más insigne dignidad, ¿acaso no se rechazó su testimonio en el ámbito mismo en que desarrollaba su elocuencia, cuando juró que Publio Clodio había estado con él en Roma, mientras el otro se defendía de la acusación de sacrilegio valiéndose de su ausencia como única prueba? Bien es cierto que los jueces prefirieron eximir a Clodio de la acusación de incesto antes que librar a Cicerón de la infamia de perjurio 35 .

Después de todos estos testimonios revocados, hablaré [6] de uno cuya autoridad vino refrendada por una presencia singular en un proceso. Publio Servilio 36 , ex cónsul y ex censor que había obtenido los honores del triunfo y había añadido a los títulos de sus ancestros el sobrenombre de Isáurico , paseaba en cierta ocasión por el foro cuando vio que se testificaba contra un acusado. Se colocó entre los testigos y, en medio del más absoluto asombro de abogados defensores y acusadores, comenzó a hablar de esta manera: «De éste que aquí se defiende, jueces, no sé ni de dónde es, ni qué vida ha llevado, ni si se le acusa merecidamente o no. Lo único que sé es que cuando me crucé con él en la Vía Laurentina, en un punto en que el camino se vuelve muy estrecho, no quiso apearse del caballo 37 . Si ello atañe de algún modo a vuestra consideración, juzgadlo vosotros mismos. Yo simplemente creí que no debía pasarlo por alto». Los jueces, apenas oyeron al resto de los testigos, condenaron al acusado. Sin duda influyó en ellos la autoridad de aquel hombre, así como el grave menosprecio cometido contra su dignidad. Consideraron, por tanto, que quienes no saben respetar a los ciudadanos más principales, podrían incurrir en cualquier delito.

CAPÍTULO 6
Sobre los que cometieron los mismos delitos que habían condenado en otros

No dejaremos tampoco en el olvido a quienes cometieron los mismos delitos que ellos mismos habían condenado en otros.

[6 , 1] Gayo Licinio, apodado el Gladiador , rogó al pretor que prohibiera a su padre administrar sus bienes so pretexto de que los estaba disipando. Y por cierto que logró lo que pretendía, pero poco tiempo después, muerto ya el anciano, el propio Licinio despilfarró de forma febril la gran suma de dinero que su padre le había dejado. Así fue como él se libró de sufrir la misma pena, ya que prefirió dilapidar la herencia antes que nombrar a un heredero.

Gayo Mario, por su parte, se había revelado como un [2] ciudadano noble y beneficioso para la república, por haber sometido a Lucio Saturnino cuando éste mostró el gorro frigio 38 a los esclavos, a modo de estandarte, para que tomaran las armas. Pero también Mario recurrió a los esclavos y se colocó un gorro frigio cuando Lucio Sila irrumpió con su ejército en la ciudad. Y así, al imitar el delito que él mismo había castigado, encontró otro Mario que lo persiguiera a él.

Gayo Licinio Estolón 39 , aquel que ofreciera a la plebe la [3] oportunidad de aspirar al consulado, después que hubo dispuesto por ley que nadie tuviera más de quinientas yugadas de tierra, compró él mismo mil y, para encubrir su delito, enajenó la mitad en su hijo. Por esta razón lo acusó Marco Popilio Lenate y acabó siendo el primero en sucumbir ante su propia ley, confirmando así que no se debe imponer a otros nada que uno no se haya impuesto previamente a sí mismo.

Quinto Vario, que fuera apodado «Híbrido» por haber [4] alcanzado de manera un tanto oscura el derecho de ciudadanía 40 , hizo promulgar, como tribuno de la plebe, una ley contra el derecho de veto de sus colegas. Dicha ley ordenaba que se investigara quiénes, con sus malas artes, habían obligado a los aliados a alzarse en armas, con gran menoscabo de la república. Con ello consiguió que se declarara primeramente la Guerra Social, y más tarde la Guerra Civil. Sin embargo, por comportarse como un pernicioso tribuno de la plebe antes que como un ciudadano cabal, fue su propia ley la que lo destruyó, enredándolo en unos lazos que él conocía a la perfección 41 .

CAPÍTULO 7
Sobre el entusiasmo y la dedicación constante

¿A qué espero para rememorar la importancia de la dedicación constante, cuyo ferviente impulso fortalece las acciones militares, enardece el prestigio del foro, alimenta todas las pasiones que acoge en su seguro seno y conduce hasta la gloria más alta cualquier acción portentosa que pueda realizarse con el espíritu, las manos o la lengua? Ciertamente esta virtud, pese a ser absolutamente perfecta, se consolida mediante el esfuerzo.

[7 , 1] Aún seguía Catón a los ochenta y cinco años velando por la república con un entusiasmo juvenil, cuando sus rivales lo acusaron de un crimen capital. Asumió el propio Catón su defensa, y nadie notó que su memoria fuese más torpe, sus pulmones se viesen aquejados por alguna enfermedad o su voz pareciese entrecortada, puesto que mantenía todas sus facultades en su lugar y con la misma actividad de siempre. Tal es así, que, al final de su dilatada existencia, se enfrentó a la acusación del grandísimo orador Galba, pronunciando su discurso en defensa de Hispania. Puso también gran empeño en aprender la lengua griega, lo que hizo bastante tarde, si tenemos en cuenta que no se consagró al aprendizaje del latín hasta casi alcanzar la vejez. Por más que su elocuencia ya le había proporcionado una inmensa gloria, lo hizo para llegar a ser también el mayor entendido en derecho civil 42 .

Un prodigioso descendiente suyo, Catón, que vivió en [2] una época más cercana a la nuestra, tenía tal deseo de adquirir conocimientos, que ni siquiera en la curia, mientras se reunía el Senado, perdía la ocasión para leer y releer textos griegos 43 . Con aquella dedicación suya demostró que a algunos les falta tiempo, otros en cambio lo dejan escapar.

Terencio Varrón sobrepasó los límites de la vida humana, [3] no tanto por sus años (llegó a alcanzar el siglo de vida) como por su pluma: en su mismo lecho de muerte su vida se apagó al tiempo que concluía su destacada obra literaria 44 .

Muy similar fue la perseverancia de Livio Druso. Aunque [4] había perdido las fuerzas y la vista, explicó el derecho civil al pueblo con sumo placer, y compuso obras utilísimas para quienes quisieran aprender esta materia. Y es que, por mucho que la naturaleza lo pudo volver viejo y la fortuna ciego, ni la una ni la otra fueron capaces de impedirle que su espíritu viese y tuviese vigor 45 .

El senador Publilio y el caballero romano Lupo Poncio, [5] abogados célebres en su época, pudieron continuar su labor en el foro con la misma dedicación, pese a quedar privados de la vista. Tal es así, que su auditorio era cada vez más numeroso. Unos acudían a oírlos porque les encandilaba su talento; otros, porque admiraban su constancia. Ciertamente, aquéllos que, afectados por la misma desgracia que estos dos, optan por el retiro, no hacen sino redoblar sus tinieblas, al añadir una ceguera voluntaria a la que les sobreviene fortuitamente.

[6] Publio Craso, después de llegar a Asia como cónsul con la misión de derrotar al rey Aristonico 46 , se consagró al estudio de la lengua griega con tanta aplicación que llegó a dominar perfectamente cinco dialectos con todas sus particularidades y características. Este hecho le brindó el más profundo afecto por parte de nuestros aliados, dado que le permitía pronunciar sentencia en el dialecto en que cada uno acudía a su tribunal.

[7] Tampoco pasaremos por alto a Roscio 47 , conocidísima figura de las artes escénicas que jamás se atrevió a exteriorizar un gesto ante su público sin haberlo ensayado previamente en su casa. Por esta razón, no fue el teatro el que enalteció a Roscio, sino Roscio al teatro. Y no sólo se granjeó las simpatías del vulgo, sino también la amistad de los personajes más influyentes. Tales son las recompensas que recibe la dedicación atenta, afanosa e incesante, merced a las cuales incluso la persona de un actor pudo participar sin escándalos de las alabanzas de personajes tan señalados.

Ejemplos extranjeros

Reciba también su merecido premio en lengua latina la [7 , 1]dedicación constante de los griegos, que tan útil fue para la nuestra.

Demóstenes, cuya sola mención sugiere a la mente del oyente la culminación de la más sublime elocuencia, no podía pronunciar en su juventud la primera letra del arte que pretendía dominar 48 . Sin embargo, logró atajar aquel defecto de su habla con tanto empeño, que nadie era capaz de pronunciarla con mayor expresividad que él. Más adelante, por medio de la práctica continuada, consiguió que su voz, un tanto molesta al oído por ser excesivamente atiplada, adquiriera un tono grave y agradable de escuchar.

A sus pulmones también les faltaban las fuerzas, por lo que con mucho esfuerzo se procuró aquello que su constitución física le había negado. En efecto, hilvanaba gran cantidad de versos con un solo impulso de aire, y podía recitarlos al tiempo que subía a todo correr por lugares empinados. A veces solía adentrarse en las costas poco profundas y proferir sus declamaciones ante el fragor de las olas, para así habituar sus oídos a soportar pacientemente el griterío de las exaltadas asambleas del pueblo.

Se cuenta incluso que se metía piedrecitas en la boca y solía hablar así mucho y sin parar, de forma que, al vaciar su boca, hablaba con más agilidad y soltura. Se enfrentó a la naturaleza y ciertamente salió vencedor, superando con su perseverante fuerza de voluntad todas las arbitrariedades de aquélla. Tal es así, que su madre dio a luz a un primer Demóstenes, y su propio entusiasmo a un segundo 49 .

[2] Para pasar a un modelo más antiguo de perseverancia, hablaré de Pitágoras 50 . Ya desde muy joven se consagró a la más elevada doctrina filosófica, al tiempo que aspiraba a alcanzar la mayor honestidad; y no cabe duda de que cualquier cosa que deba llegar a su fin último ha de abordarse a su debido tiempo y con buena disposición. Se marchó a Egipto, y después de entrar en contacto con la cultura de aquella nación y profundizar en los textos de sacerdotes del pasado, llegó a conocer las costumbres de innumerables generaciones. Desde allí siguió hasta el país de los persas, donde se entregó al estudio de la infalible ciencia de los magos, de quienes aprendió con gran interés los movimientos de los astros y el curso de las estrellas, así como el poder, las particularidades y la influencia de todos ellos, ampliamente contrastados. Navegó luego hasta Creta y Esparta, cuyas leyes y costumbres investigó, para después acudir a los Juegos Olímpicos. Y tras haber dado muestras de su vastísima cultura y haber suscitado la más absoluta admiración en toda Grecia, en cierta ocasión en que le preguntaron cómo quería que lo llamasen, declaró que no pretendía el nombre de sabio (puesto que ya se lo habían adjudicado aquellos siete excelentes varones), sino el de «amante de la sabiduría», lo que en griego se denomina «filósofo» 51 . Prosiguió luego hasta la parte de Italia que por aquel entonces tenía el nombre de Magna Grecia, donde exhibió el fruto de sus estudios por muchas y muy opulentas ciudades. Finalmente, los habitantes de Metaponto 52 asistieron, con ojos llenos de veneración, a su cremación en la pira funeraria, hasta el punto de que el recuerdo de Pitágoras es más claro y notorio que el de las propias cenizas de la ciudad.

A Platón le cayó en suerte una patria como Atenas y un [3] maestro como Sócrates, una ciudad y un hombre plenos de sabiduría; y por si fuera poco, estaba provisto de un talento enorme, propio de dioses. Cuando ya era tenido por el más sabio de todos los mortales —hasta el punto de que, si el propio Júpiter hubiera bajado del cielo, no parecería que pudiese emplear una elocuencia más elegante y exquisita—, recorrió todo Egipto con tal de aprender de los sacerdotes de aquel pueblo complicadas nociones de geometría y el método de observación de los astros. Y al mismo tiempo que muchos jóvenes estudiosos marchaban a porfía hasta Atenas con el deseo de que Platón fuese su maestro, recorría él como discípulo de los ancianos egipcios las inextricables orillas y las vastísimas llanuras del río Nilo, sus inmensas zonas selváticas y los sinuosos meandros de sus canales. No es de extrañar que de allí pasara a Italia, donde aprendió los preceptos y normas pitagóricas de manos de Arquitas en Tarento, y de Timeo, Arión y Equécrates en Locros 53 . Tal era la trascendencia y la cantidad de conocimientos que debía acopiar, para a su vez poderlos transmitir y divulgar por todo el mundo. Cuando murió, a los ochenta y un años de edad, se cuenta que bajo su almohada tenía los Mimos de Sofrón. Ni siquiera en sus últimos momentos perdió su afán por aprender.

[4] Demócrito, por su parte, era conocido por las riquezas que poseía. Tantas tenía que su padre había podido ofrecer tranquilamente un banquete al ejército de Jerjes. A fin de poder enfrascarse con mayor libertad en sus estudios, se quedó con una pequeña cantidad de sus bienes y donó el resto a su patria. Permaneció durante muchos años en Atenas, entregándose en todo ese tiempo a aprender y enseñar la doctrina filosófica, y viviendo como un total desconocido en aquella ciudad, como él mismo afirma en una de sus obras. La mente queda atónita al admirar su profunda dedicación. Pasamos ya a otro ejemplo.

[5] Caméades fue un laborioso y tenaz soldado del saber, ya que hasta después de haber cumplido los noventa años no puso fin a su existencia y a su actividad filosófica. Y se consagró a su labor intelectual de manera tan asombrosa, que cuando se sentaba a la mesa para comer, se olvidaba de acercar su mano a la comida, de tan abstraído como se hallaba en sus pensamientos. No obstante, la que era su mujer, Melisa, con su paciente cuidado por no interferir en sus estudios y por impedir que muriera de hambre, le servía con sus propias manos. Así pues, Carnéades vivía sola y exclusivamente para su mente; el cuerpo le resultaba una envoltura extraña e inútil. Cada vez que se preparaba para discutir con Crisipo, se purgaba antes con eléboro 54 , para así expresar sus pensamientos de manera más sutil y refutar con mayor agudeza los de su contrario. ¡Y con qué esmero hizo que quienes pretendían la auténtica gloria codiciaran aquellos brebajes! 55 .

¿Y con qué pasión por el estudio no se enardecería Anaxágoras? [6] Después de regresar a su patria tras un largo peregrinar y encontrarse sus posesiones abandonadas, exclamó: «No me habría salvado yo si éstas no se hubiesen perdido». ¡Qué palabras más llenas de la codiciada sabiduría! Pues si se hubiese consagrado a cultivar sus campos en vez de cultivar su inteligencia, habría acabado siendo el propietario de unos bienes, encerrado en su casa, en lugar de volver a ella convertido en el gran Anaxágoras.

También diría que fue de provecho la constancia de Arquímedes, [7] si no fuese porque le había dado la vida y también se la había quitado. Después que Marcelo conquistara Siracusa, y aun a sabiendas de que los aparatos ideados por Arquímedes le habían retardado mucho tiempo su victoria, ordenó que se le preservara de morir, maravillado como estaba por la extraordinaria sabiduría de aquel hombre. Consideraba Marcelo que cobraría casi tanta gloria salvando a Arquímedes como tomando Siracusa. Mientras éste se hallaba trazando figuras, con la mente y la vista clavadas en el suelo, un soldado que había irrumpido en su casa con objeto de saquearla, desenvainó su espada y, colocándola sobre su cabeza, le preguntó quién era. Por culpa de su empedernido deseo de hallar la solución a lo que andaba cavilando, no fue capaz de decirle su nombre, sino que protegió con sus manos lo que había dibujado en el suelo y respondió: «No borres esto, te lo ruego». Y como si hubiese desobedecido la orden del vencedor, acabó decapitado y con su sangre regó los trazos de su investigación. Así, sucedió que la misma pasión que le daba la vida, acabó también quitándosela 56 .

[8] Sabido es también que Sócrates comenzó a tocar la lira cuando ya había alcanzado una avanzada edad 57 , considerando que más valía aprender tarde aquel arte que no aprenderlo jamás. ¿Y en qué medida iba a aumentar los conocimientos de Sócrates aquel aprendizaje? Con todo, la firme determinación de aquel hombre quiso añadir a la riqueza de su cultura los triviales principios de la música. Y fue precisamente por creerse en todo momento un negado para el aprendizaje por lo que llegó a ser el más pródigo en enseñanzas.

[9] Y como si redujéramos a un solo bloque los ejemplos de continua y prolífica dedicación, me referiré ahora a Isócrates. Como él mismo nos dice, contaba noventa y tres años cuando escribió el conocidísimo libro que lleva por título Panatenaico , una obra rebosante de su ardiente espíritu. De lo que se deduce que el genio de los eruditos, a pesar del envejecimiento del cuerpo, sigue atesorando la flor de la juventud por mor de la dedicación constante. Y no fue ésta la obra que coronó sus días, pues disfrutó otros cinco años más de la admiración por ella 58 .

[10] Más corta fue la vida de Crisipo 59 , aunque su duración tampoco fue nada despreciable. Ciertamente nos dejó treinta y nueve volúmenes de Lógica , obra de la más minuciosa agudeza que empezó a componer a los ochenta años. Su afán por dejar evidencia escrita de su talento hizo que se aplicara al trabajo y a su obra de tal manera, que haría falta una larga vida para llegar a conocer en profundidad todo lo que nos dejó escrito.

A ti también, Cleantes 60 , que con tanto esmero bebiste [11] de la sabiduría y con tanta perseverancia la transmitiste, la esencia misma de la constancia volvió sus ojos. Y pudo ella ver cómo de joven te ganabas la vida sacando por las noches agua de los pozos, mientras que de día te dedicabas a aprender los preceptos de Crisipo, para luego enseñarlos con solícito afán a tus alumnos hasta los noventa y nueve años. Consumiste el espacio de un siglo en esta doble labor, y no quedó claro si fuiste más notable como discípulo o como maestro.

Sófocles libró también una célebre pugna con la naturaleza, [12] pues al mismo tiempo que él se mostró generoso obsequiándola con sus maravillosas obras, ella le brindó una larga existencia para poder escribirlas. Alcanzó casi los cien años y, justo antes de morir, acabó de componer Edipo en Colono , tragedia que por sí sola le valió para arrebatar la gloria al resto de poetas de su mismo género. No quiso Yofonte, su hijo, que las generaciones posteriores ignorasen tal hecho, y por eso grabó lo que acabo de decir en el sepulcro de su padre.

El poeta Simónides 61 presume de haber dado a conocer [13] poemas suyos y haber intervenido en certámenes poéticos a la edad de ochenta años. Y no fue indecoroso que se jactase tanto tiempo de su propio talento, puesto que habría de transmitir su ingente obra a la eternidad para que la disfrutásemos.

[14] Cuán grande era la dedicación que inspiraba a Solón, es algo que no sólo se ve en sus versos, en los que confiesa que se hizo viejo sin dejar de aprender algo cada día 62 , sino que queda también confirmado el último día de su vida. Se hallaba rodeado de sus amigos, que discutían entre ellos sobre una cuestión, cuando, consciente de la cercanía de su muerte, levantó la cabeza. Al preguntarle por qué hacía aquello, él contestó: «Porque cuando acabe de escuchar esto que discutís, moriré». No hay duda de que la pereza desaparecería de los hombres si se tomaran la vida con el mismo ánimo con que Solón salió de ella.

[15] Cuánto más laborioso no sería Temístocles, que, aunque estaba abrumado por asuntos de vital importancia, se aprendió de memoria los nombres de todos sus conciudadanos 63 . Más adelante, y como consecuencia de una terrible injusticia, fue expulsado de su patria y obligado a asilarse junto a Jerjes, a quien poco antes había vencido. Y antes de acudir a su presencia, se familiarizó con la lengua persa para, de este modo, procurarse con su propio esfuerzo una recomendación y pronunciar palabras que fuesen conocidas y habituales a los oídos de aquel rey.

[16] El célebre ejemplo de laboriosidad que acabamos de exponer se la reparten entre sí dos reyes: Ciro, que se aprendió de memoria los nombres de todos sus soldados, y Mitridates, que aprendió las lenguas de los veintidós pueblos que conformaban su reino. Aquél, para poder saludar a su ejército sin necesidad de un subalterno; éste, para poder dirigirse sin intérprete a sus subordinados 64 .

CAPÍTULO 8
Sobre el ocio

Pese a parecer en principio la cosa más opuesta a la laboriosidad y la dedicación constante, el ocio es, sin embargo, lo que más estrecha relación guarda con ellas. Y no me refiero al ocio por el que mengua la virtud, sino a aquel otro que la restablece. El primero, deben evitarlo también los indolentes; el segundo, deben codiciarlo a veces incluso los animosos; aquéllos, para no dejar pasar la vida sin hacer nada; éstos, para que, tras una oportuna interrupción en las ocupaciones, puedan ejercerlas con mayores bríos.

Escipión y Lelio 65 , ese célebre par de amigos, no sólo [8 , 1]compartían el vínculo de su mutuo afecto, sino que participaban también de todas las virtudes. Y del mismo modo que ambos seguían a pasos iguales el camino de una vida afanosa, así también guardaban juntos el descanso que reconforta el espíritu. Es bien sabido que solían recoger pequeñas conchas y caparazones 66 mientras paseaban por las costas de Gaeta y Laurento. Y este hecho, decía Publio Craso que se lo había oído muchas veces a su suegro Escévola, que fue yerno de Lelio.

[2] De este mismo Escévola que fuera testigo fehaciente del descanso y el tiempo libre de los dos anteriores, se cuenta que jugaba muy bien a la pelota 67 , pues parece que solía recurrir a esta diversión para distraer su mente, cansada de las labores del foro. Se dice que a veces también se entretenía jugando a las damas 68 , después que con tanto acierto y durante tanto tiempo estableciera normas referentes a la conducta de los ciudadanos y al culto a los dioses. Así como en las cosas serias actuaba como Escévola, en su tiempo libre no era más que un hombre cualquiera, al que la naturaleza no concedió resistir en todo momento las fatigas.

Ejemplos extranjeros

[8 , 1] Esto mismo consideraba Sócrates, a quien no se le ocultaba ningún ámbito del saber. Por eso, no le causó rubor el que Alcibíades se riera de él cuando lo vio jugar con sus hijos llevando una caña entre las piernas.

También Homero, poeta de genio divino, al poner una [2] melodiosa lira en las aguerridas manos de Aquiles, no pensó en otra cosa que en aliviar su belicosa robustez con una dulce y pacífica afición 69 .

CAPÍTULO 9
Sobre el enorme poder de la elocuencia

Por lo que respecta al poder de la elocuencia, aunque todo el mundo reconoce su enorme trascendencia, conviene no obstante corroborarlo con algunos ejemplos singulares para que su eficacia quede mejor atestiguada.

Tras la expulsión de los reyes, la plebe, en desacuerdo [9 , 1] con el Senado, se instaló con sus armas a orillas del río Aniene, en el monte llamado Sacro 70 . La situación del estado no sólo era discordante, sino incluso desesperada, con la cabeza desgajada del cuerpo por culpa de una ruinosa sedición. Y de no haber sido por la elocuencia de Valerio, las esperanzas de un imperio tan inmenso se habrían desmoronado casi en sus orígenes. Efectivamente, con su discurso indujo a aquel pueblo, que se abandonaba sin mesura a una libertad nueva y desacostumbrada, a una postura más provechosa y saludable, sometiéndolo al poder del Senado: en definitiva, unió la ciudad a la ciudad. Y así fue como las iras, las revueltas y las armas cedieron ante unas convincentes palabras.

[2] Las mismas palabras que contuvieron las espadas de los partidarios de Mario y Cinna 71 , ávidas por derramar sangre civil. Aquellos soldados a quienes sus implacables generales habían enviado a decapitar a Marco Antonio 72 , quedaron asombrados ante el discurso de éste. Y después de tener sus espadas desenfundadas y esgrimirlas sin cesar, las volvieron a introducir en sus vainas, limpias de sangre. Y ya se retiraban cuando Publio Annio, el único que se había quedado en la entrada y no había escuchado la elocuente arenga de Antonio, ejecutó de una manera atroz aquella orden tan cruel. ¿Qué persuasivo no sería aquel hombre, que ninguno de sus enemigos tuvo arrestos para asesinarlo, al menos, ninguno de los que dejaron que aquellas palabras llegaran a sus oídos?

[3] También el divino Julio, el más sublime prodigio de majestad celestial y talento humano, definió con propiedad lo que era el poder de la elocuencia. Cuando pronunciaba su discurso contra Gneo Dolabela 73 , al que él mismo había acusado, afirmó que la defensa de Lucio Cota le había arrebatado de las manos la mejor de las causas; y era curiosamente el personaje de mayor elocuencia por aquel entonces el que lamentaba el poder de la elocuencia. Dicho esto, y dado que no podría aducir otro ejemplo más evidente de elocuencia romana, pasamos ahora a la extranjera.

Ejemplos extranjeros

Se cuenta que Pisístrato era un orador tan capacitado, [9 , 1] que los atenienses, embelesados por su verbo, le otorgaron las prerrogativas de un rey; y ello a pesar de la fuerte oposición de Solón, un apasionado defensor de su patria. Pero si los discursos de éste eran más beneficiosos, los de aquél estaban mejor elaborados. De lo que resultó que una ciudad como Atenas, por lo demás dotada de una cultura proverbial, prefirió la servidumbre antes que la libertad.

En cuanto a Pericles, que refinó sus excepcionales dotes [2] naturales asistiendo con gran entusiasmo a las lecciones de Anaxágoras, su preceptor, impuso sobre el cuello de la libre Atenas el yugo de la servidumbre. Hizo y deshizo a su antojo en aquella ciudad, e incluso cuando se pronunciaba en contra de la voluntad popular, sus palabras sonaban cordiales y complacientes. Tal es así, que la sarcástica lengua de la Comedia Antigua, aunque se desvivía por criticar su autoridad, tuvo que reconocer que en sus labios había una exquisitez más dulce que la miel, y confesar que dejaba como agujas clavadas en el ánimo de quien le escuchaba. Cuentan incluso que un anciano bastante entrado en años, al asistir por primera vez a un discurso del joven Pericles, y tras haber escuchado en su juventud a un Pisístrato ya decrépito, no pudo por menos de exclamar que había que tener cuidado con aquel ciudadano, porque su lenguaje era lo más parecido al de Pisístrato. Y no se equivocaba, ni al valorar aquel discurso, ni al vaticinar el temperamento de Pericles. Y es que, al fin y al cabo, ¿qué diferencia hubo entre Pisístrato y Pericles, si no es que aquél ejerció la tiranía armado, y éste sin armas? 74 .

[3] ¿Qué poderosa elocuencia no pensaremos que tuvo el orador cirenaico Hegesias 75 ? En efecto, reflejaba de tal modo los males de la vida, que, cuando aquella desesperanzada imagen quedaba grabada en los corazones de sus oyentes, suscitaba en muchos de ellos un deseo de suicidarse. De ahí que el rey Ptolomeo le prohibiera hablar más sobre este asunto.

CAPÍTULO 10
Sobre la gran importancia de la pronunciación y los gestos apropiados

Los adornos de la elocuencia consisten en una pronunciación adecuada y en los oportunos movimientos corporales. Una vez que se dispone de estos elementos, hay tres maneras de acceder al auditorio: penetrando en su entendimiento por medio de la propia elocuencia, con una pronunciación que halague sus oídos, o con gestos que hagan lo mismo con sus ojos 76 .

[10 , 1] Sin embargo, con objeto de refrendar lo expuesto por medio de ejemplos de personajes ilustres, hablaremos de Gayo Graco 77 , joven cuya elocuencia era más sana que sus intenciones. En efecto, con su apasionado temperamento prefirió convulsionar alevosamente la república, cuando muy bien pudo haberla defendido. Cada vez que Graco pronunciaba una arenga ante el pueblo, llevaba tras de sí un esclavo versado en música que, escondido, modulaba el tono de su pronunciación al son de una flauta de marfil, ya fuera acentuándolo cuando era demasiado bajo, o disminuyéndolo cuando era más alto de lo razonable. Y es que el ardor y el ímpetu de su declamación no le dejaba apreciar la justa proporción.

Quinto Hortensio 78 , que concedía la mayor importancia [2] a una adecuada gesticulación, empleaba casi más esfuerzo en perfeccionar sus gestos que en alcanzar la elocuencia misma. Por ello, no sabría decirse si la gente iba más ansiosa a escucharlo o a verlo en acción: hasta tal punto sus movimientos se acomodaban a sus palabras y, a la inversa, sus palabras se adecuaban a sus movimientos. Se sabe que Esopo y Roscio 79 , dos actores experimentados, solían acudir a verlo cuando defendía una causa, para trasladar a la escena los gestos que previamente habían aprendido en el foro.

Marco Cicerón subrayó la enorme importancia que tienen [3] los dos factores de que venimos hablando en el discurso que pronunció en defensa de Galio. Después que el acusador Marco Calidio afirmó que el reo había procurado envenenarlo y que estaba dispuesto a probarlo con testigos, documentos escritos e interrogatorios, Cicerón le reprochó que había mostrado una mirada indolente, una voz lánguida y un discurso desvaído. De este modo, al tiempo que descubría un defecto del orador, añadía un argumento a favor del acusado. Acto seguido, acabó zanjando la cuestión con las siguientes palabras: «Si no fuera porque estás fingiendo, Marco Calidio, ¿acaso te comportarías de este modo?» 80 .

Ejemplos extranjeros

[10 , 1] Muy parecido es este pensamiento de Demóstenes. Una vez que le preguntaron cuál era el elemento más efectivo de la oratoria, respondió que éste era la puesta en escena 81 . Preguntado luego una segunda y una tercera vez, contestó lo mismo, reconociendo incluso que a ella se lo debía casi todo. Por eso estuvo muy bien lo que dijo Esquines 82 . Después de abandonar Atenas como consecuencia de una humillación en un juicio, se dirigió a Rodas, donde, a petición de la ciudadanía, pronunció, con una voz lo más clara y sonora posible, primero su discurso contra Ctesifonte y, seguidamente, el de Demóstenes en defensa del mismo. Todos los presentes quedaron asombrados ante la gran capacidad oratoria de ambos, pero quizá un poco más de la de Demóstenes. Entonces Esquines señaló: «¿Qué habría ocurrido si lo hubieseis oído en persona?». Un orador de su talla, un adversario tan odioso poco antes, exaltaba hasta tal punto el ímpetu de su rival y su fogosidad en el hablar, que se consideraba poco apropiado para leer sus escritos: él, que había podido apreciar el penetrante vigor de sus ojos, la terrible gravedad de su rostro, el sonido de su voz, tan acorde a cada una de sus palabras, sus gestos tan efectivos. Así pues, y aunque nada puede añadirse a su obra, en Demóstenes falta gran parte de Demóstenes, pues hoy día se le puede leer, pero no escuchar.

CAPÍTULO 11
Sobre los poderosos efectos de las artes

Podemos admitir que los efectos de las artes proporcionan también cierto placer, y ahora mismo quedará de manifiesto cuán provechosa fue su invención. Saldrán a relucir algunos hechos dignos de mención, y no quedará sin fruto el esfuerzo por haberlos revelado.

El enorme entusiasmo con que Sulpicio Galo asimilaba [11 , 1] todos los ámbitos del saber resultó de gran utilidad para la república. En efecto, cuando era lugarteniente de Lucio Paulo en la guerra que éste libraba contra el rey Perseo 83 , en medio de una noche serena se produjo de repente un eclipse de luna. Nuestros ejércitos, aterrorizados ante aquello como si de un monstruoso portento se tratase, desconfiaron de trabar combate con el enemigo. Pero Galo, con una habilidosa descripción del sistema celeste y de la naturaleza de los astros, los mandó de nuevo a combatir con ardor. Así fue como la inmensa cultura de Galo abrió el camino de aquella célebre victoria de Paulo, ya que si Galo no hubiese vencido el miedo de nuestros soldados, su general no habría podido vencer al enemigo.

También los conocimientos de Espurina 84 en materia de interpretación de los presagios divinos se mostraron más efectivos de lo que la ciudad de Roma hubiera deseado. Había profetizado a Gayo César que se guardara, como si de días fatales se tratase, de los siguientes treinta días, el último de los cuales se correspondía con las idus de marzo. Como la mañana de ese día ambos habían coincidido casualmente mientras visitaban a Calvino Domicio, César preguntó a Espurina: «¿No sabes que ya han llegado las idus de marzo?». A lo que Espurina contestó: «¿Y tú? ¿No sabes que aún no han pasado?». El uno ya había desechado todo temor, como considerando que el momento de peligro había pasado; el otro pensaba que ni siquiera los últimos instantes de aquel día estaban exentos de riesgo. ¡Ojalá el arúspice se hubiese equivocado en su augurio, y no el padre de la patria en su convencimiento!

Ejemplos extranjeros

Analicemos ahora ejemplos extranjeros. Cuando, por un [11 , 1] inesperado eclipse de sol, Atenas quedó sumida en unas insólitas tinieblas y sus habitantes apesadumbrados, ante la convicción de que aquel portento del cielo les anunciaba su final, Pericles compareció ante el pueblo y expuso todos los conocimientos que, de su preceptor Anaxágoras, había adquirido en relación a los movimientos del sol y la luna. No permitió que sus conciudadanos siguiesen atemorizados ante un miedo infundado 85 .

Y es más, ¿cuánto honor no creeremos que tributó a las [2] artes el rey Alejandro, que quiso que sólo Apeles lo pintara y sólo Lisipo esculpiera su efigie? 86 .

El Vulcano de Alcámenes 87 en Atenas deja maravillado [3] a quien lo contempla. Entre otros muchos detalles de perfección que confluyen en esta obra, llama poderosamente la atención que la figura permanece rígida, pero bajo el vestido se aprecia sutilmente la cojera del dios. De esta manera, no queda como un defecto, sino que viene a resaltar artísticamente un rasgo peculiar y propio del dios.

Precisamente a la esposa de Vulcano esculpió Praxíteles 88 [4] en mármol, con tal arte que parecía estar viva. La colocó en el templo de Gnido, y tal era la belleza de aquella obra, que no pudo librarse del lascivo abrazo de un perturbado. Por ello es más comprensible el error de aquel caballo que, al ver una yegua pintada, sintió ganas de relinchar; o el de los perros, que se ponen a ladrar cuando ven a un perro pintado; o de aquel toro que, al ver una vaca de bronce en Siracusa, sintió un irrefrenable deseo de cubrirla, debido a su extraordinario parecido a una vaca real 89 . ¿Cómo asombrarse de que el arte lleve a error a los animales, que están privados de razón, cuando vemos que la sacrílega lujuria del hombre puede excitarse con la silueta de una piedra inanimada?

Hay cosas que ningún arte puede conseguir

[5] Por lo demás, la naturaleza, así como a menudo consiente que el arte imite sus dominios, hay también veces en que lo deja sin efecto, cuando las fuerzas desfallecen. Esto es algo que experimentaron las manos del insigne artista Eufranor 90 . Cuando pintaba en Atenas a los doce dioses, y después de plasmar la imagen de Neptuno reflejando su majestuosidad con el mayor lujo de colores posible, se puso a representar a Júpiter aún con mayor grandeza. Sin embargo, había agotado toda la fuerza de su imaginación al elaborar la obra anterior, por lo que sus desvelos posteriores no pudieron lograr el objetivo que se proponía.

¿Y qué decir de aquel otro pintor, igualmente célebre, [6] que reprodujo el terrible sacrificio de Ifigenia? 91 . Tras dibujar a Calcante triste, a Ulises afligido, y a Menelao lamentándose junto al altar, representó a Agamenón con la cabeza tapada con un velo. ¿Acaso no estaba reconociendo así que el arte es incapaz de expresar la dureza del dolor más insufrible? De este modo, su cuadro exhibe las lágrimas del arúspice, del amigo y del hermano, y deja a la sensibilidad del espectador el interpretar el llanto del padre.

Y por añadir un ejemplo más sobre esta misma disciplina, [7] hablaré de aquel otro pintor, de excepcional destreza, que con todo el ingenio de su arte supo plasmar a un caballo que volvía de sus ejercicios y que parecía estar vivo. Empeñado en añadir espuma a los ollares del animal, aquel artista tan sublime malgastó mucho tiempo en vano, por aquel detalle sin importancia. Finalmente, presa de la ira, agarró una esponja que casualmente tenía a su lado, impregnada de todos los colores, y la estrelló contra el cuadro, decidido a destruir su obra. Quiso la fortuna que la esponja fuese directa a los ollares del caballo, y acabó cumpliendo los deseos del pintor. Fue así como lo que el arte no supo representar, lo reflejó el azar 92 .

CAPÍTULO 12
Cada uno es el mejor maestro y defensor de su propia arte

Que cada uno es el mejor maestro y el mejor defensor de su propia arte, no hace falta dudarlo, y quedará suficientemente demostrado con unos cuantos ejemplos.

[12 , 1] Quinto Escévola, el más notable y eficiente experto en leyes, siempre que era consultado acerca del derecho relativo a los adjudicatarios de bienes adquiridos en pública subasta, remitía a quienes le preguntaban a Furio y a Cascelio, versados en esta materia 93 . Con semejante proceder, Escévola encarecía su modestia más que mermaba su prestigio, puesto que admitía que ellos podrían explicar con mayor conocimiento de causa esta cuestión que dominaban a fondo, gracias a la práctica cotidiana. Así pues, los más sabios expertos en cada ciencia son aquéllos que valoran con humildad sus propios conocimientos y con aptitud los ajenos.

Ejemplos extranjeros

[12 , 1] A esta misma reflexión llegó también el genio sumamente erudito de Platón. Cuando los constructores de un altar sagrado quisieron pedirle consejo acerca de las dimensiones y la forma del mismo, él les mandó ir a hablar con el geómetra Euclides 94 , rindiéndose así ante sus conocimientos, o, mejor dicho, ante su oficio.

Presume Atenas de su arsenal, y no sin razón, pues se [2] trata de algo digno de ser visitado tanto por su magnificencia como por su buen gusto. Se sabe que su arquitecto, Filón 95 , explicó su proyecto en el teatro con tal elocuencia, que aquel pueblo tan erudito no atribuyó menor gloria a su oratoria que a su destreza como arquitecto.

De forma admirable obró también aquel otro artista que [3] permitió que un zapatero le aconsejara sobre las sandalias y las correas que aparecían en una de sus pinturas. No obstante, cuando el zapatero comenzó a opinar sobre las piernas, le prohibió que ascendiera más allá del pie 96 .

CAPÍTULO 13
Sobre la vejez

En esta obra hemos tratado ya, entre los ejemplos relativos a la constancia, de la extremada y provecta vejez de algunos esclarecidos personajes. Sin embargo, conviene dedicar a esta cuestión un capítulo aparte, para que aquellos que recibieron de los dioses inmortales un don tan excepcional no crean que falta aquí nuestro sincero recuerdo; en segundo lugar, para que tengan una especie de pilares sobre los que aspirar a una vida aún más larga y cobrar nuevos bríos cuando contemplen su ancianidad plena de dicha; y en último lugar, para que esa confianza permita reforzar el bienestar de nuestra generación, la más dichosa que existió jamás, alargando la salud de nuestro príncipe benefactor hasta los más extensos límites de la condición humana.

[13 , 1] Marco Valerio Corvino 97 llegó a cumplir los cien años. Entre el primero y el sexto de sus consulados transcurrieron cuarenta y seis años, y no sólo tuvo fuerzas suficientes para desempeñar los cargos públicos más honorables, sino también para el más constante cultivo de sus campos. Fue, sin duda, un admirable ejemplo de ciudadano y de padre de familia.

[2] La misma duración tuvo la vida de Metelo 98 . Cuatro años después de su consulado, y con una edad bastante avanzada, fue nombrado pontífice máximo. Y presidió las ceremonias religiosas durante veintidós años, sin que vacilara su voz al pronunciar los votos y sin que su mano temblara al realizar los sacrificios.

[3] Quinto Fabio Máximo 99 perteneció al colegio de los augures durante sesenta y dos años, aun habiéndose incorporado a él ya en edad madura. Si juntamos uno y otro período de su vida, fácilmente sumarían el espacio de un siglo.

¿Y qué decir de Marco Perpenna 100 ? Sobrevivió a todos [4] a los que, como cónsul, había llamado para que se incorporaran al Senado; además, sólo le sobrevivieron siete de los senadores a los que eligió cuando fue censor, junto a Lucio Filipo. Por tanto, vivió más años que todos los de su ilustre orden.

De Apio se podría calcular su edad a partir de su lacra [5] (vivió, en efecto, un sinfín de años privado de la vista), si no fuera porque, a pesar de su falta, había cuidado con enorme arrojo de sus cuatro hijos, sus cinco hijas, su numerosa clientela y, finalmente, de la república. Es más, cuando los años lo tenían ya postrado, mandó que lo llevasen en litera hasta la curia, para oponerse a que se firmara una paz humillante con Pirro 101 . ¿Puede alguien llamar ciego a aquél que, cuando su patria no alcanzaba a discernir lo que era honesto, se lo hizo ver con claridad?

La duración de la vida en las mujeres no fue menos extensa [6] en muchos casos. Sólo con mencionar algunas de manera sucinta me será suficiente: Livia, la esposa de Rutilio, llegó a los noventa y siete años de edad; Terencia, la mujer de Cicerón, a los ciento tres años; Clodia, la esposa de Aufilio, alcanzó los ciento quince años, después de sobrevivir a quince de sus hijos 102 .

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