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Primera edición: diciembre de 2020
LIBÉRATE
© Valeria Vegas
© de esta edición: Dos Bigotes, a.c.
Publicado por Dos Bigotes, a.c.
www.dosbigotes.es
© de las imágenes: archivo personal de Valeria Vegas, excepto las fotografías cedidas por Jaime Gorospe, Iván García, Torres Ibarzo y Mista Studio.
ISBN: 978-84-121428-8-4
eISBN: 978-84-122617-2-1
Depósito legal: M-26468-2020
Impreso por Kadmos
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Corrección: Juan Roures
Diseño y maquetación: Raúl Lázaro
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Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
Impreso en España — Printed in Spain
LA CULTURA LGTBQ QUE ABRIÓ CAMINO EN ESPAÑA
VALERIA VEGAS

A
Adela
La Agrado
Alaska
Alto Standing
Anarcoma
Angie Von Pritt
Antonio Amaya
A quién le importa
B
Barcelona de Noche
Bibiana Fernández
C
Cachorro
Calé
Cambio de sexo
Carla Antonelli
Carmen de Mairena
Carmen Xtravaganza
Carne apaleada
Centauros
Christine
Coccinelle
D
Deborah Ombres
Diabéticas Aceleradas
DiCarlo
Diferente
El diputado
Dolly Van Doll
La Duquesa Roja
E
Elianne
Eloy de la Iglesia
Emilio Laguna
La Esmeralda de Sevilla
Esperanza Roy
F
Fabio McNamara
Falete
Fama
Francis
G
Gay Club
Gay Club
Gore Gore Gays
H
Haz la loca… no la guerra
I
J
Juan Gallo, «La otra Lola»
Juanito Díaz
K
Katy Coral
L
Laberinto de pasiones
La ley del deseo
Libérate
Lola Flores
Lorena Capelli
Lucas
M
Madame Arthur
Manolita Chen
La Margot
La máscara
Massiel
Me siento extraña
Miguel de Molina
Mi querida señorita
Mi vida privada
La monja alférez
La muerte de Mikel
Mujer contra mujer
N
Nazario
El Noa-Noa
La noche es «guy»
Ñ
O
Ocaña
La Otxoa
P
Paco Clavel
Paco España
Party
Pavlovsky
Pedro Almodóvar
Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí
Pierrot
Los placeres ocultos
Ploma-2
La Prohibida
Psicosis Gonsales
Q
R
Rafael Conde «El Titi»
Rambal
Rocío Jurado
S
Samantha
Sara Montiel
Sobreviviré
Susana Estrada
T
La tercera luna
«Tira la copa»
El transexual
U
Un hombre llamado Flor de Otoño
Una pareja… distinta
V
La Veneno
Vestida de azul
Violeta la Burra
W
Walkiria Montini
X
Y
Yeda Brown
Z
No están todas las que son, pero sí son todas las que están
El libro que tienes entre tus manos es una reivindicación, quizás por vez primera de modo tan exhaustivo, de la relación de artistas, películas y canciones que abrieron camino a la cultura LGTBQ en España. Una reivindicación, en definitiva, de referentes. Porque aquí los hemos tenido; muchos y variados. No siempre eran referentes perfectos, estando lejos de las teorías de género y los argumentos actuales, pero, en pleno tardofranquismo, su posicionamiento en un país que se movía entre la ignorancia y la mala intención era más que suficiente. Esta recopilación arranca a principios de los sesenta, con el estreno de la película Diferente y la irrupción de Coccinelle en plena Gran Vía madrileña, pasa por los convulsos años setenta y llega a puntuales excepciones del inicio del siglo actual, cuando, aunque parezca mentira, todavía quedaban muchos territorios por conquistar.
Generalmente, es la época de la Transición la que marca el punto de inflexión en lo referente a la cultura LGTBQ, con la visibilidad de multitud de vedetes y transformistas que lucharon por que su talento prevaleciese por encima del morbo del espectador. Violeta, Pavlovsky, Paco y otros tantos llevaban años sobre las tablas, a veces con pésimas condiciones, cuando este país estuvo preparado para aplaudirlos. También Dolly, Christine, Angie, Yeda y Elianne demostraron su valía sobre el escenario, imponiéndose a todo aquel que cuestionase su identidad. Aunque Madrid y Barcelona constituían la punta de lanza en lo que a espectáculos se refiere, también en las provincias, con más mérito si cabe, se alzaban con humor y maquillaje artistas como La Esmeralda de Sevilla, La Margot, La Otxoa o DiCarlo. Y me resulta imposible obviar a todas aquellas personas olvidadas porque su trayectoria artística no prosperara a causa de su prematuro fallecimiento. Sus muertes no deberían caer en vano, de ahí que tengan su espacio en este libro Francis, Lorena y Rambal. Los casos insólitos de Samantha, Katy, Manolita o Walkiria, curtidas en el cabaret pero ignoradas durante años, aparecen aquí por un empeño personal.
El cine siempre ha jugado un papel fundamental en la cultura de cualquier país, pero en el nuestro todavía más, si tenemos en cuenta cómo se las debía ingeniar para burlar la censura o, aun sometiéndose a esta, conseguir contar historias prohibidas. Ahí quedan Mi querida señorita o Una pareja… distinta, dirigidas respectivamente por Jaime de Armiñán y José María Forqué, que lograron incluso despertar la empatía del público. Bien es cierto que con la llegada de la democracia no siempre prevaleció la calidad, y algunas de esas deshonrosas excepciones también andan por aquí, debido, ante todo, a su contribución a la visibilidad. Las mujeres salían peor paradas, tanto en el lesbianismo como en la transexualidad, quizá al estar dirigidas por hombres que explotaban el sensacionalismo de argumentos oportunistas. Positivamente quedan para la posteridad algunas de las películas dirigidas por Eloy de la Iglesia, Pedro Almodóvar, Vicente Aranda, Pedro Olea y Javier Aguirre, que aportaron realismo y sensibilidad a un país que empezaba a resurgir.
Numerosas canciones han servido como reafirmación; muchas de ellas, entonadas a pleno pulmón; algunas, olvidadas con el paso de los años, y unas pocas, erigidas en himnos por aclamación popular. Porque los himnos los hace la gente cuando sus letras despiertan verdad. Libérate, A quién le importa y Mujer contra mujer siguen conmoviendo a quienes, más de tres décadas después, todavía se identifican con ellas. Mi vida privada y Sobreviviré son sendas declaraciones de intenciones y funcionan por igual a pesar de los años que las separan. También el concepto de diva LGTBQ tiene cabida en estas páginas, porque, como sucede con los himnos, es el público quien las eleva a su pedestal, esa es su iconografía. Eso sí, la presencia de cada una de ellas está justificada mediante declaraciones, canciones y méritos varios, más allá de haber sido carne de imitación en el arte del transformismo. Alaska, Massiel y Esperanza Roy se desmarcan con un mayor conocimiento de causa, junto a Sara, Lola y Rocío, que, aun siendo en ocasiones políticamente incorrectas, tienen a su favor sus buenas intenciones.
Conforme avanzan las décadas, disminuyen los ejemplos aquí citados, que no los casos de valentía y talento, porque no es comparable el año 2001 con lo que sucedía en 1976. Aun así, he considerado oportuno hacer un hueco a una película como Cachorro, teniendo en cuenta que mostró el nunca antes retratado mundo bear con una perspectiva rompedora, así como a la irrupción en nuestro imaginario de Deborah Ombres, la primera travesti para toda una generación que ejercía de presentadora, y el cantante Falete, que rompió con los géneros establecidos cuando este país todavía no era tan moderno como se consideraba.
Hay ausencias que están más que justificadas. Empezando porque este no es un libro de outing, donde un actor o una cantante tengan que ocupar un lugar por el simple hecho de su orientación sexual sin haberse manifestado abiertamente al respecto, siendo esto igual de respetable pero poco representativo en cuestiones de liberación. Así se entiende la presencia de artistas como Antonio Amaya y «El Titi», quienes, a diferencia de sus amigos y compañeros Pedrito Rico y Tomás de Antequera, se posicionaron dentro y fuera del escenario, dispuestos a marcar un punto y aparte, siguiendo los pasos de Miguel de Molina. En cuanto a los showmans y los transformistas, son aquellos que lograron desmarcarse, llamando la atención de los medios de comunicación, los que han dejado testimonio de la época, no por ello siendo menos importantes todos los que no alcanzaron trascendencia mediática. Por otro lado, el punto de partida de este libro es el espectáculo, visto como un reducto de libertad en el que, siempre con talento, se pueden abarcar muchas cuestiones. De ahí que se queden fuera los escritores Federico García Lorca, Terenci Moix y Eduardo Mendicutti, siempre posicionados en su obra y su persona. Respecto a los transformistas de principios del siglo pasado, entre los que destacan Derkas, Luisito Carbonell, Mirko y Edmond de Bries, lamentablemente no hay entrevistas a nuestro alcance ni forma de plasmar sus palabras. Puesto que la poca información que existe sobre ellos ya ha sido recopilada en otras obras, han sido omitidos en esta, pero no quiero dejar de mencionar lo transgresores que fueron, considerando que la Ley de Vagos y Maleantes se instauró durante la Segunda República.
A través de casi un centenar de entradas, Libérate pretende ser un homenaje a esa cultura que hizo que este país se tornara en color tras largos años viviendo en blanco y negro. Un homenaje repleto de fechas, títulos, espectáculos, cabarets y otros muchos datos que solo han podido ser obtenidos a través de una exhaustiva labor de hemeroteca. Algunas de las personas aquí destacadas fallecieron recientemente; tal es el caso de Violeta la Burra, Juan Gallo y Carmen de Mairena, cuyas trayectorias apenas fueron recogidas con esmero por sus obituarios y semblanzas, debido a que la información que pulula por internet suele ser escasa y repetitiva. Quizás este libro sirva para dejar constancia en adelante de todo ello y se haga así justicia a todas esas carreras labradas a golpe de escenario. Porque la historia de nuestra cultura LGTBQ todavía se está escribiendo, y hay que empezar por ordenar lo que ya ocurrió, de manera precisa y fehaciente, otorgando a todos los referentes el lugar que merecen. Tener constancia de nuestro pasado nos permitirá asentar los cimientos de nuestro futuro. Libérate.
Valeria Vegas, octubre de 2020
Adela
Película estrenada en 1987 y dirigida por Carlos Balagué. Tiene el mérito de ser la primera película española protagonizada por una actriz trans. Hoy en día, que tanto se cuestiona a la industria por el hecho de que sean siempre intérpretes cisgénero los que encarnan la transexualidad en pantalla, se pasa irónicamente por alto este filme. Lo que ocurre siempre en España: se olvida pronto y se reconoce menos. Yani Forner fue la elegida, saliendo bien parada en su cometido; eso sí, tuvo que ser doblada, en parte porque se rodó sin sonido directo. El actor Fernando Guillén fue el otro protagonista y, además de dotar de veteranía al largometraje, le aportó un tirón más comercial.
El argumento gira en torno a un policía llamado Andrés que, tras llevar veinte años en el cuerpo, consigue ascender a comisario jefe. Su ascenso viene acompañado de multitud de frustraciones, entre ellas, la tristeza de haber perdido a dos de sus compañeros —fallecidos en misiones—, una rutina estresante y el hastío de la convivencia con una esposa a la que ya no ama. Su vacía existencia se revitaliza cuando llega a comisaría Adela, una mujer transexual detenida en ese instante y conocedora de los bajos fondos de la ciudad de Barcelona. Surge en él una inevitable pasión, por lo que comienza a seguir los pasos de Adela hasta provocar un encuentro. Convertidos en amantes, ambos urdirán un plan a espaldas de la policía para sacar beneficio a un alijo de droga. La vida de Andrés no volverá a ser la misma.
El 14 de julio de 1986, el diario La Vanguardia se hacía eco del rodaje y titulaba: «Fernando Guillén es un policía enamorado de un transexual en una película de Carlos Balagué». Dejando a un lado el incorrecto uso del determinante masculino, cabe destacar la declaración del célebre actor en torno a la relación que emprende su personaje: «Es la historia de un amor atípico, pero creo que estas cosas pueden ocurrir. Para mi personaje, un perdedor, casi un marginado, un transexual no es una especie de demonio. Se trata de la historia de una destrucción, una historia dura en la que se reflejan los aspectos más sórdidos de la labor policial». Hay que matizar que la Jefatura Superior de la Policía no quiso colaborar en la producción y se negó a facilitar el vestuario y los automóviles solicitados por los productores.
Yani Forner se encontraba trabajando en el cabaret Barcelona de Noche cuando Carlos Balagué la descubrió. Nacida en Málaga en 1960, comenzó a trabajar en distintas salas de fiestas en Málaga, Madrid y la Ciudad Condal, donde residió la mayor parte de su vida. Antes de protagonizar Adela, había participado en breves secuencias de La tercera luna (1984) y La rubia del bar (1986), esta última dirigida por Ventura Pons. Continuó desarrollando su carrera como vedete, sin más incursiones en el cine, hasta que falleció en 1993, con tan solo 32 años, a causa del sida.
Pese a estar ejecutado con dignidad, el personaje de Adela resulta sensual e incluso perverso pero nunca emotivo. Su constante vinculación con los bajos fondos no tendría por qué ser impedimento para mostrar sus temores o ensoñaciones y ahondar en la relación con su familia, sus compañeras de trabajo o sus ambiciones. Aun así, no se puede quitar mérito a la apuesta actoral de Balagué, así como al hecho de que la protagonista absoluta del cartel sea Forner. Conviene apuntar también la aparición del cómico transformista Pierrot en una secuencia en la que recrea su labor de maestro de ceremonias del Barcelona de Noche.
Como suele suceder con este tipo de películas, Adela no obtuvo gran reconocimiento, pese a críticas como la que publicó el periódico La Vanguardia el 12 de abril de 1987, dos días después de su estreno:
El talón de Aquiles del relato, sin embargo, reside en la omisión por parte del director —también guionista— de adentrarse en las zonas oscuras de su héroe, en las raíces de su «amour fou» por ese travesti fatal, que hemos de dar por simplemente supuesto cuando es, ni más ni menos, el mismísimo revés de la trama: si Adela fuese realmente una mujer, no puede decirse que esta película variaría en lo más mínimo. […] Con toda su modestia, hay en Adela mucho más cine del que suelen ofrecer muchas otras producciones nacionales de mayor pretensión y presupuesto: una virtud tradicional, por lo demás, en el thriller barcelonés del que esta película proporciona una aportación estimable.
La película fue distribuida en vídeo bajo el título de Corrupción policial, con un cartel distinto y sin referencia alguna al personaje de Adela, esperando así captar a todos aquellos espectadores que la habían rechazado en la pantalla grande.
La Agrado
«Me llaman La Agrado porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás». Así comienza el potente monólogo de uno de los personajes más queridos y reivindicados en la filmografía de Pedro Almodóvar. El director escribió el papel de una carismática prostituta transexual de gran corazón que cautivó al público y enseguida fue encumbrada como icono LGTBQ. Antonia San Juan fue la actriz que encarnó sublimemente a tan singular heroína callejera, en un papel que se disputaron muchas intérpretes.
He aquí su ya legendario monólogo, que resulta toda una oda a la autenticidad aunque la artificialidad esté de por medio:
¡Miren qué cuerpo! Todo hecho a medida. Rasgado de ojos, ochenta mil. Nariz, doscientas. Tiradas a la basura porque un año después me la pusieron así de otro palizón. Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo no me la toco. Continúo. Tetas, dos, porque no soy ningún monstruo. Setenta cada una, pero estas las tengo ya superamortizás. Silicona en labio, frente, pómulo, cadera y culo. El litro cuesta unas cien mil, así que echar las cuentas porque yo ya la he perdío. Limadura de mandíbula, setenta y cinco mil; depilación definitiva al láser, porque la mujer también viene del mono, bueno, tanto o más que el hombre. Sesenta mil por sesión, depende de lo barbúa que una sea, lo normal es de dos a cuatro sesiones, pero si eres folclórica necesitas más, claro. Bueno, lo que les estaba diciendo, que cuesta mucho ser auténtica, señora. Y en estas cosas no hay que ser rácana, porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
En alguna ocasión, Almodóvar comentó que tan cómica secuencia está basada en una situación real que vivió la actriz argentina Lola Membrives y que, desde que supo la existencia de aquella historia, estaba deseando plasmarla en el cine. Así lo explicó el cineasta: «El sistema eléctrico del teatro donde actuaba falló a la hora de la función. Membrives, que no se arredraba ante nada, decidió ser ella misma la que, desde el escenario y alumbrándose con una vela encendida, diera la noticia al público. “Ya que están aquí, les pediría que se quedaran y prometo entretenerles contándoles la historia de mi vida”, dijo. Aquella tarde, doña Lola hizo la función de su vida».
Alaska
Cuando en este país a muchas artistas les caía de rebote el cuño de «diva gay» pese a carecer de implicación alguna y hasta denotar cierta lástima por los homosexuales, Alaska se encontraba en un posicionamiento real con conocimiento de causa. Quizás porque, como ella misma dijo muchas veces, no se sentía diva gay, sino que directamente el mundo gay era su mundo. Un mundo en el que convivía con artistas como Bernardo Bonezzi, Fabio McNamara, Las Costus, Sigfrido Martín Begué, Pedro Almodóvar o sus compañeros musicales Carlos Berlanga y Nacho Canut, con quienes llevaría a cabo unas cuantas canciones que alcanzarían el estatus de himno. La carrera de Alaska es sobradamente conocida, por lo que no necesita ninguna exhumación de datos. Pero, al igual que otras muchas artistas que se encuentran entre estas páginas, sin motivos de condición e identidad, sí es necesario y de justicia hacer un desglose de méritos por los que ha llegado a encumbrarse como icono LGTBQ. Porque méritos Alaska tiene unos cuantos.
Con una adolescencia marcada por el libro Gay Rock de Eduardo Haro Ibars, publicado en 1975, la artista parecía estar sobradamente preparada para encarnar a una de las primeras lesbianas del cine español —obviando aquellas películas creadas para explotar el morbo sexual, con su correspondiente clasificación S— bajo las órdenes de Pedro Almodóvar en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). Haber interpretado con solo dieciséis años a Bom, una cantante punk acostumbrada a enamorarse de mujeres mucho mayores que ella, la ha acompañado durante innumerables entrevistas.
El tándem Canut-Berlanga, con sus letras refinadas repletas de referencias y humor inteligente, puso en boca de Alaska canciones que solo ella podría haber defendido con tanta veracidad. Ya como Dinarama, alcanzaron el éxito absoluto en ventas con el disco Deseo carnal, lanzando en 1985 un tercer single del propio álbum que lleva por título Un hombre de verdad. En definitiva, una canción compuesta por dos hombres donde la cantante se entrega, se anuncia, suplica y se arrastra para encontrar sin dudar un hombre de verdad. El mérito del mensaje es que la canción de marras se halle en su disco más comercial, logrando que chicas y chicos coreasen el tema, aunque algunos de estos últimos lo hiciesen con la boca pequeña. Una canción de la que el colectivo gay se adueñaría muy pronto, hasta el punto de ser elegida como himno del Orgullo de 1998. Mención aparte merece la portada del single, con dos hombres musculosos entregados cuerpo a cuerpo, emulando un relieve clásico en mármol que encaja perfectamente en lo que hoy denominamos homoerotismo. El siguiente álbum de Alaska y Dinarama, No es pecado, contenía la canción que se convertiría en el himno LGTBQ por excelencia: A quién le importa. Cualquier persona se adjudicaría el tema con semejante letra de autorreafirmación. Éxito asegurado en karaokes, bodas y demás celebraciones, es en la manifestación del Orgullo donde, desde hace más de dos décadas, cobra verdadero sentido.
En 1986, la cantante posa en lencería para la revista Interviú, cuya portada lleva como titular la frase: «He hecho el amor con una chica». Lo verdaderamente destacable no es el acto ni la confesión, sino cuándo estos tienen lugar. En esa época, Alaska se encontraba presentando el programa La bola de cristal, en Televisión Española, de forma que su posicionamiento sobre la bisexualidad se producía en un momento álgido de su carrera. Ese mismo momento en que otros muchos de la industria musical prefieren mirar hacia otro lado. En dicha entrevista, le preguntan si cree que la ambigüedad femenina es muy silenciosa, a lo que la artista responde:
Sí, es cierto y no es tan evidente. Pero la hay y no está tan extendida. El noventa y nueve por ciento de mis amistades masculinas son homosexuales. Conozco muchas menos mujeres que hombres y no sé de ninguna que sea homosexual, alguna habrá, pero no sé. Quizás sigue habiendo aquí el prototipo de lesbiana marcada, y la mujer guapa y moderna o no se decanta por ello o no lo dice. Yo descubrí la ambigüedad sexual por mis lecturas sobre los artistas y me fascinó. Yo quería ser chico para ser gay. Pero jamás encontré una mujer que fuera ambigua sexualmente.
Es entonces cuando le preguntan si ha tenido alguna experiencia homosexual, y ella contesta:
Sí, he estado una vez con una mujer y me ha ido muy bien. Quiero decir, que igual que me ha ido con los chicos. Nunca he tenido la relación de mi vida ni nada parecido. Una relación con una mujer es una relación de amistad, un conocimiento. Me gusta esa camaradería que se forma entre dos mujeres, dejarse la ropa, pintarse entre ellas, es una especie de homosexualidad tapada que tienen todas las mujeres.
Hoy en día es fácil encontrar artistas de veintitrés años que relaten su experiencia, pero en 1986 eso era impensable. Un año después, Alaska presentó el programa La tarde, labor que recaía cada semana en un personaje popular (pudiendo este crear su contenido) y decidió tener por invitada a Manolita Chen, quien poco antes se había convertido en la primera mujer trans española que pudo adoptar una niña, regalándonos una de sus mejores entrevistas.
Al comienzo de la década de los noventa, cuando la prensa se preguntaba a quién se había tatuado Alaska en el brazo, ignorando que se trataba de la mismísima Divine, ella empezó a regentar las discotecas Stella y Morocco; en esta última, celebraría anualmente la fiesta Help para recaudar fondos por el Día Internacional del Sida. Por aquel escenario pasarían artistas como Diabéticas Aceleradas, Psicosis Gonsales, Paco Clavel o Fabio McNamara.
En 1996, Alaska seleccionó algunos de los grandes éxitos de la música de baile en el disco Dancing Queen, del que fue madrina en las labores de promoción junto a Carmen Xtravaganza, Liz Boa, Amnesia, La Prohibida, Antoñita Glamour y La Plástika. Aquella recopilación, que fue noticia hasta en el telediario, sirvió para que Alaska concediese entrevistas que no tenían desperdicio. Ya por aquel entonces, habló sobre pequeñas cuestiones que se encontraban a años luz de como las concebimos hoy, como cuando le preguntaron qué era eso de las drag queens:
Una drag queen es un chico que se viste de chica con mucho glamour. Luego resulta que no es lo mismo travesti que travestido o transexual ni drag queen. Esto es algo festivo, una celebración. […] Para mí la cuestión sexual no es tan importante, es decir, no es tan importante que sea un chico. Yo soy muy drag, y soy mujer.
Su empeño en la visibilidad se reiteraba en una entrevista en El País Semanal:
—Afirma usted que la música de baile influye en su manera de entender el sexo, ¿cómo es eso?
No influye en el acto sexual en sí, pero sí en mi postura sexual ante la vida. Cuando yo tenía doce años, quería ser David Bowie. Tenía un problema de identidad muy grande. En el ambiente en que yo me muevo, la gente está más abierta y es más permisiva con estas cosas, no solo en el terreno sexual. Y resulta que en el ambiente gay se oye mucho este tipo de música. Yo tengo una cultura gay.
—¿El mundo de las drag queens, las plataformas y los travestidos es frívolo?
Sí. Pero hay de todo. Para muchas solo hay dos salidas: artista o prostituta. No se les ofrecen otras alternativas. Los gais han conseguido ya muchas cosas y la revolución pendiente ahora es la liberación de los travestidos, que consigan puestos de trabajo dignos.
—¿Qué cualidad aprecia más de un hombre?
Que sea lo bastante hombre como para dejar que aflore su lado femenino.
En 1996, la artista se sube a la primera carroza de la primera manifestación del Orgullo LGTBQ de la capital, promovida por Shangay, a la que asistieron menos de trescientas personas. Por muy modernos que parezcan en la lejanía los noventa, todavía no había llegado el momento de que las celebrities se sumaran a la causa. A partir de entonces, la presencia de la artista en el Orgullo se vuelve constante. Espectadora confesa de los shows de transformismo desde que en su adolescencia acudiese a Centauros, mítico local del Madrid de la Transición, su vinculación con la causa travesti se acrecentó en 1997, cuando, ya con Fangoria, organizó la gira Xpandelia, en la que La Prohibida, La Plástika y La Baker ejercían de gogós, recorriendo una España todavía reticente a la tolerancia.
Siempre dispuesta a romper los roles de género, en 1999 Alaska declaró en la revista Zero: «Estoy a favor del hombre sin pantalones. No es que la mujer haya ganado algo poniéndose pantalones, es que el hombre ha salido perdiendo al no ponerse faldas». En el año 2000, le preguntaron en el diario ABC acerca de las causas que más la conmovían, y la artista no dudó en responder:
Me da mucho pudor asistir a determinados actos reivindicativos donde se puede confundir la buena voluntad con el afán de promoción. Me tocan la fibra especialmente los asuntos relacionados con los derechos de los homosexuales y los transexuales, quizá porque los de los demás sensibilizan a un número mayor de la población y están, por así decirlo, más cubiertos.
Cuando en 2001 la futura Ley de Matrimonio Igualitario todavía removía actitudes intolerantes, Alaska respondió así al periodista de Interviú que le preguntó el porqué de tanto empeño en casarse por parte de los homosexuales:
Se trata de conseguir el derecho a poder hacerlo, de tener los mismos derechos que los demás… Otra cosa es que luego se utilice ese derecho o que sean pocos los que decidan llevarlo a la práctica.
Igual de destacable fue cuando en ese mismo 2001 la cantante acudió al programa Moros y Cristianos, en el que se debatía acerca del sexo sin amor. En un momento dado, una madame de burdel, allí invitada, comenzó a increpar a los hombres que se vestían de mujer, asegurando que eso era «peor que maricón». La respuesta de Alaska, exaltada ante tamaña homofobia, no se hizo esperar: «Un momento, no estoy dispuesta a que aquí nada sea peor que maricón. Un momento, señora, usted juzgue por su propia moral, cuidado». Sobra decir que a ningún otro contertulio le llamó la atención aquella descalificación: solo la artista puso los puntos sobre las íes. Su desilusión social quedó también reflejada en el suplemento Mujer de hoy, cuando, en el año 2002, puntualizó:
A mí no hay ningún partido que me hable de legalizar las drogas, del aborto, de un trabajo digno para las transexuales o de una prostitución regularizada. Ninguno habla mi lenguaje.
En 2003, publicó el libro Transgresoras, en el que hace un repaso a las mujeres que marcaron su vida y rompieron moldes en distintos ámbitos. En esta obra, dedica un extenso capítulo a las mujeres trans, en donde alaba su lucha con respeto y admiración. En definitiva, Alaska llegó para hacer de España un lugar más bonito y reivindicar la diferencia con orgullo y dignidad.
Alto Standing
Compuesto y producido por Luis Miguélez y publicado en 2001, Alto Standing fue el primer disco que reunía a distintas drags, travestis y cabareteras del panorama nacional, llevando por bandera su disidencia sexual y reivindicando el canalleo. Las canciones fueron grabadas entre 1985 y 2000, seleccionadas posteriormente por Miguélez e interpretadas por Psicosis Gonsales, La Prohibida, Belén Ventura, Glamour to Kill, La Plástika, Jill, La Bella Tatoo, Josephine, Paranoika González y el dúo Diossa y Malyzzia. El disco incluía versiones de Brigitte Bardot, Raphael, Françoise Hardy, Raffaella Carrà y Alejandro Sanz (cuando su nombre artístico era Alejandro Magno). En definitiva, un álbum de culto que recogía el espíritu de una cultura underground que, como bien recalcó su autor, había estado muy bien reflejada en la prensa y la televisión, pero nunca en un disco.
En una entrevista promocional a Luis Miguélez con motivo de Alto Standing y Rock Station, grabado junto a McNamara, le preguntaron en el diario ABC, en junio de 2001, si aquello suponía una vuelta al espíritu de los ochenta. Esta fue su respuesta:
No son los discos los que recogen ese espíritu, sino la compañía. Porque ambos materiales estaban grabados desde hacía tiempo. A otras discográficas no les interesó, a pesar de que sus ejecutivos van de modernos y ahora lo bailan como locas. Pero no se atrevían a transgredir esa barrera. […] Es apto para todos los públicos. Se trata de artistas con mucho glamour, cosa que han perdido los rockeros en España. Y eso gusta a todo el mundo.
El single principal del LP fue Somos iguales, cantado por Miguélez en compañía de todas las componentes del disco. Un tema con conciencia de himno cuya letra dice así:
Mañana, tomorrow
No pienses que voy a cambiar
Mañana, tomorrow
Mi vida seguirá tal cual
Mañana y ahora
Un precio siempre hay que pagar
Por nada, por nadie, por todos, por ser divinas de verdad
Sigue luchando, amigo
No dejes que te importe el qué dirán
Qué más da qué dirán de ti
Somos iguales ante el amor
Somos así, entiéndelo
Somos iguales ante el amor
Somos así, entiéndelo
Mañana, tomorrow
No debes perder el control
Tu cara, tu cuerpo, demuestra que eres todo amor
Mañana, tomorrow
El show tendrá que continuar
Con risas, sin miedo y muy divinas de verdad.
Anarcoma
Heroína de cómic, creada por el dibujante Nazario en 1977, Anarcoma tiene la singularidad de ser una detective cuya transexualidad le permite abrirse camino por los bajos fondos. Bien es cierto que en multitud de ocasiones, y debido a un constante error asentado en la terminología popular, se la ha definido como travesti, incluido el propio autor, que quería ver en ella una mezcla de Lauren Bacall y Humphrey Bogart.
Anarcoma hizo su primera aparición en la revista erótica Rampa, para después convertirse en emblema de la revista El Víbora, asentándose con sus historietas desde los primeros tiempos de la publicación. Tiempo después, el 30 de julio de 2016, Nazario sería preguntado en el diario ABC acerca de cuánto había de autobiográfico en el personaje:
En El Víbora, cada uno de sus autores quiso reflejar su vida, que era heterosexual. Por eso yo quise plasmar la mía, que era homosexual, desde un personaje que pudiera luego recuperar. Sin embargo, un homosexual, en mi opinión, no iba a poder englobar todo lo que quería contar; una mujer tampoco, porque no lo soy… Entonces se me ocurrió esta travesti, este hombre-mujer. El hecho de que fuera detective era extravagante, pero ya denunciaba que no tenía por qué ser alguien que se dedicara a la prostitución por su naturaleza. Fusionaba los conceptos «anarquía» y «carcoma». Era libertario y transgresor, y me sirvió para relatar ese mundo canalla de Barcelona y que me seducía. Se acercaba al Genet de Diario de un ladrón, pero más pragmático y realista.
Su primera aventura larga apareció en 1979 en los primeros ocho números de El Víbora, intercalada con historietas breves; y una segunda aventura larga fue publicada en 1985 entre los números 67 y 76.
Anarcoma está acompañada en sus peripecias por Jemfry, los hermanos Herr, su amante robótico XM2, el profesor Onliyú y, más adelante, XM3, hermano de XM2, y su amiga La Caty, entre otros muchos. Anarcoma descubre la identidad de un misterioso asesino de prostitutas que va en busca de una poderosa máquina del amor. A modo de recopilación, en 1983 se editó el álbum Anarcoma 1 y, en 1986, Anarcoma 2. Fue una propuesta más arriesgada e imprevisible, ya que nunca antes había existido en el cómic español un personaje de tales características, pero contó con el beneplácito del público heterosexual. También en el extranjero Anarcoma acumuló seguidores, a través de las librerías alternativas de países como Francia, Holanda, Italia y Suecia, a la vez que sufría la censura en Estados Unidos, al tener que venderse con un envoltorio plastificado, reservado al contenido pornográfico, y quedando su venta limitada al circuito de las sex shops.
En 2016, Nazario publicó a modo de novela Nuevas aventuras de Anarcoma y el robot XM2, dejando a un lado la ilustración, a la que aseguró que no volvería. Un año más tarde, en 2017, con motivo del cuadragésimo aniversario de la mítica detective underground, se publicó un lujoso volumen de edición limitada con la obra gráfica completa y a gran tamaño. Por dicha recopilación, en julio de 2017, su autor fue entrevistado en El País, donde dijo:
Hacía cuatro o cinco años que Anarcoma estaba agotada y la gente me la pedía. […] Y me parece un momento perfecto, la reaparición de este personaje en plena reivindicación de la transexualidad me parece bastante válida. Bueno, es que Anarcoma fue como una premonición de los transexuales, en unos momentos en que la transexualidad no era lo que es hoy, desde luego.
El cantante británico Marc Almond dedicó en 1986 una canción a Anarcoma, titulada con su mismo nombre de guerra, cuya letra dice así:
Un tacón rasca la acera
dejando una mecha roja de pintura.
Sale el sudor cubriendo los marineros.
Para ellos es una santa.
Tatuaje sobre el músculo
que dice: Enamorada eternamente, yo.
Los cogerá y los romperá.
Oh, venga, abrázame hasta que me muera.
Anarcoma, Anarcoma, Anarcoma.
Hay una escalera en sus medias
por la que podemos subir hasta las estrellas,
ponernos en una fila de Borsalinos.
Cómo te asomas por encima de la barra.
Tatuaje sobre el músculo
que dice: Cuidado, pórtate bien, sé mío.
Los comerá al desayuno
uno por uno.
Angie Von Pritt
Angie nació en Castellón, en diciembre de 1953. Saltó a las páginas de la prensa en el año 1977 debido a su parecido con la actriz Bárbara Rey, que por entonces se encontraba en su máximo apogeo como sex symbol de la Transición. Revistas como Lecturas, Garbo o Diez Minutos jugaban al impacto de presentar a una mujer trans como doble de una de las mujeres más deseadas del momento. Y Angie, astuta, sacaba tajada de ello.
Comenzó su andadura en el teatro a principios de los años setenta, con la obra Charly, no te vayas a Sodoma, de la que formaba parte del elenco secundario. Es poco después, y tras trabajar como camarero en algunos locales de ambiente, cuando empieza su transición y se erige como Angie, teniendo claro que su destino es el espectáculo. En una de sus entrevistas de la época, relata que pasó por un traumático servicio militar, en el que solo duró quince días y tuvieron que cortarle el pelo. A raíz de tal suceso, comenzó a teñírselo de rubio y a dejarlo crecer, sin imaginar que así se asemejaría a la vedete de moda. En un reportaje realizado para Diez Minutos en abril de 1977, Angie aclaraba la cuestión del parecido:
Yo no la elegí. Ya hace tres años que ando con esto de los travestis. Por aquel entonces, Bárbara estaba todavía en Murcia y no era lo que es hoy. Un día me teñí de rubia y al cabo del tiempo, cuando Bárbara era ya conocida, la gente me empezó a confundir; porque, aparte del pelo, tenemos un tipo muy parecido. Bueno, yo me aproveché un poco de todo esto. La gente no me cree cuando digo en según qué lugar que no soy Bárbara.
Desde sus inicios, revistas de corte erótico como Lib, Party y Papillón también reclamaron su presencia. Ese mismo 1977, Angie se enrola en la compañía Incógnito, con la que estrena el espectáculo New Crazy Horse Gay, en el que sobresale como cabeza de cartel junto a Pierrot, que lleva a cabo su habitual labor de maestro de ceremonias. La compañía recorre lugares como la sala Rialto de Barcelona o el Morocco de Madrid. Tras un año de gira, y anunciándose ella como «la doble de Bárbara Rey», Incógnito se disuelve y Angie pasa a trabajar en cabarets varios. En 1980, es contratada por la compañía de revistas de la mítica vedete Addy Ventura para actuar en su espectáculo del Teatro Apolo de Barcelona con la obra de revistas Una rubia de escándalo, donde comparte cartel como estrella invitada con Moncho Ferrer y Javier de Campos.
En 1983, al no tener trabajo en la capital catalana, Angie se instala en Sevilla para actuar en la sala Music Hall Vista Alegre, con el espectáculo Voilà Sevilla. En esta ciudad continuaría su periplo por otros cabarets como Prisma o Sevilla en la Noche. Entonces participa en un reportaje documental del programa El dominical de Televisión Española, emitido el 5 de febrero de 1984, que llevaba por título Noche de travestis (posteriormente se llamaría Violeta, ni rosa ni azul). En la capital andaluza seguirá trabajando en locales de café-teatro como Tercer tiempo, presentando el show Varietes 86 y compaginando el cabaret con la prostitución; mientras, su salud se agravaría paulatinamente debido a su adicción a la heroína. Falleció poco después, víctima del sida, aunque el año registrado varía entre 1987 y 1992. Lo cierto es que su trágico final fue reflejo del de otras muchas compañeras que tuvieron que afrontar sin recursos la llegada de un tiempo donde los trabajos en salas de fiestas comenzaban a escasear y la cuantía económica de sus contratos, a descender.
Antonio Amaya
Antonio Amaya forma junto a Pedrito Rico y Rafael Conde «El Titi» la santísima trinidad de cancioneros que durante el franquismo hicieron gala de prendas coloridas, ademanes y, obviamente, una voz portentosa. Miguel de Molina se erige como el estandarte absoluto, previo y quizás más popular, que con su exilio abrió el camino a otros hombres entregados a la canción española como la mejor de las folclóricas.
Amaya nació en Granada en 1924 y sintió desde muy pronto su vocación artística, pese al rechazo y la negativa de su padre. Cuando este fallece, Amaya decide probar suerte en Madrid, adonde viaja en tren escondido bajo un asiento, al no tener ni tan siquiera dinero para el billete. Al poco tiempo, comienza su periplo artístico como chico de conjunto, y logra ser uno de los dos boys de la compañía de revistas de la célebre vedete Celia Gámez. En 1947, ya instalado en Barcelona (donde obtendría sus mayores éxitos), graba su primer EP en un disco de pizarra. Ese mismo año, finalizaba su espectáculo Bronce y oro, que daría paso a múltiples homenajes en la Ciudad Condal y a nuevos contratos.
Doce cascabeles, pasodoble publicado en 1952, supuso el mayor de sus éxitos musicales, aunque después se adjudicaría tal canción a Joselito, niño prodigio del cine español. A mediados de los cincuenta, Amaya se convierte en uno de los reyes del Paralelo barcelonés, actuando junto al actor cómico Alady y las actrices Mary Santpere y Carmen de Lirio. Dicha etapa, de máximo esplendor, se prolongaría hasta 1968. Asimismo, el cantante actuaría en los teatros Lope de Vega de Madrid y Ruzafa de Valencia, con espectáculos como Pim, pam, fuego y Trío de ases. También en Argentina y otros países de América Latina cosechó sucesivos éxitos.
El estilismo de Antonio Amaya fue evolucionando con el paso del tiempo de un modo insólito para la época. Si bien en sus comienzos su imagen era la de un joven apuesto y de aire andaluz, lo que le valió el apodo de El Gitanillo de Bronce, paulatinamente fue añadiendo chaquetas sofisticadas y recargadas, en un alarde de glamour que no siempre resultaba entendido. En pleno tardofranquismo, incorporó anillos en las manos, rímel en las pestañas, colgantes de oro y pelucas masculinas que le proporcionaban un aspecto ambiguo que era toda una declaración de intenciones. El sumun de todo aquello, a modo de triple salto mortal, se dio junto a su amigo Rafael Conde «El Titi» cuando ambos recorrieron el país con los espectáculos Cara a cara y Frente a frente, en los que simulaban rivalizar y emulaban a su manera las peleas en broma de Juanito Valderrama y Dolores Abril. Brotaron así indirectas, alardes y divismos a ritmo de canción española, en teatros como el Ruzafa de Valencia o la mítica sala Oasis de Zaragoza.
Siempre con buen ojo para los negocios, Amaya se instaló en Sitges, paraíso del mariconeo, y regentó durante varios lustros el local Chez Antonio, que viviría su esplendor en los setenta. En 1974, un año antes de la muerte de Franco, grabaría el que sería su último éxito musical, Mi vida privada, versionado posteriormente por un sinfín de transformistas y compañeros del gremio. En 1977, año en el que actúa en la sala Mario’s, posa desnudo para la revista Papillón, algo que ya había hecho con anterioridad el actor Vicente Parra; claro que el cantante se anunció como «el culo más sexy de España». Un año después repetiría la jugada en la revista Party, de marcada línea editorial gay, posando con su look excesivo y dejando unos cuantos titulares con mala leche que no tienen desperdicio. Es la misma época en la que se presenta habitualmente en el escenario ataviado con un bikini y un abrigo de pieles, una imagen nunca vista en un cantante de su estilo.
En 1979, Amaya se subiría al escenario del Teatro Victoria junto a la cupletista Lilián de Celis, en el espectáculo Ídolos del Paralelo. Cabe destacar el siguiente fragmento de la crítica de La Vanguardia con motivo de su estreno:
Amaya es, dentro de su arte, una figura única. Cantante de privilegiada voz y un exquisito arte, humorista, narrador de cuentos divertidos y hombre sorprendente, que gusta de presentarse vestido y enjoyado como una mujer. Tiene especial predilección por los brillantes y las esmeraldas, por las pieles de visón, por los adornos extremados y fastuosos. Pero estas curiosas singularidades no empañan su calidad de cantante de poderosa voz y delicado estilo, con lo que provoca en sus adictos, que son todos, tempestades de aplausos. Su reaparición en el escenario del Victoria, tras nueve años de no haber pisado un escenario teatral, fue una verdadera y jubilosa fiesta.
La década de los ochenta es quizás la más difusa de su carrera y la menos reivindicada, pese a que continuó trabajando intermitentemente. En su Barcelona de adopción, actuó en la sala Ciro’s, presentado como atracción estelar en 1983 dentro del show Magic Cabaret; y en 1985 en el Teatro Apolo, donde compartió escenario con Salomé y Rafael Conde «El Titi» en el espectáculo Tal… para cual. Hacia finales de la década actuaría en las salas de fiestas Babel y Bandolero, que alternó con otras muchas de Valencia y Zaragoza. Los noventa le trajeron esporádicas apariciones en televisión, en programas como 3x4, El salero, Las coplas, Pasa la vida o Qué pasó con…, hasta desaparecer injustamente de los medios.
Sus últimos años los pasó en una residencia de Sitges. En 2010, el artista Pierrot publicó un libro a modo de memorias en el que relataba la vida y triunfos de Antonio, quien fallecería en 2012, sin repercusión alguna pero dejando un ahijado artístico: Adrián Amaya. Aunque el tiempo no lo trató bien, Antonio Amaya imprimió su huella en la época, brindando, siempre al son de una portentosa voz, inequívocos guiños como alarde de su homosexualidad.
A quién le importa
Canción compuesta por Carlos Berlanga y Nacho Canut en 1986, convertida con el paso del tiempo en el himno por excelencia del movimiento LGTBQ en España. Para conocer mejor su historia, me permito autorreferenciarme y dejo a continuación el artículo que escribí en 2016 para el portal de Vanity Fair, con el título de «A quién le importa, 30 años después. Así se gestó un clásico»:
Carlos Berlanga se encontraba de vacaciones en Grecia cuando se dispuso a escribir la letra de A quién le importa. Una vez terminada, añadió en su bloc de notas: «Éxito seguro». Abandonó la isla de Miconos y regresó a Madrid para reunirse con Nacho Canut y así ultimar con este la letra y componer juntos la melodía. No se estaba gestando un hit cualquiera, sino un himno que tomaría fuerza año tras año y de forma imparable: «Jamás imaginamos que se iba a convertir en un himno», cuenta Nacho Canut. «Creíamos que estábamos haciendo una canción al estilo de Sinitta, el High Energy o el I Am What I Am de Gloria Gaynor. Nunca me he propuesto componer un himno y creo que eso además lo decide el público, no el compositor. Son cosas que no se pueden forzar». Alaska se encontraba en aquel momento presentando La bola de cristal, el programa que simpatizó por igual con niños, punks, padres de familia y fans de Los Pegamoides. No es pecado, el álbum de 1986 que contenía A quién le importa, iba a romper con su imagen de bruja televisiva. La cantante rasuró su sien, maquilló sus párpados en tonos metalizados, mantuvo sus largas uñas y se calzó unas plataformas que combinaban a la perfección con sus chaquetas plateadas. Era el look ideal (e insólito) para dar voz y realismo a la canción que se traían entre manos. Ella misma declaró que su madre se había llevado un disgusto con aquel cambio de imagen.
A quién le importa solo podía tener sentido en boca de Alaska, ¿habría acaso resultado creíble aquella estrofa de «qué más me da, si soy distinta a ellos, no soy de nadie, no tengo dueño» en la voz de Ana Torroja, Marta Sánchez o Ana Belén? La cantante mexicana era vista por los medios y el gran público como una exótica contradicción: su aspecto entre punk y cyber resultaba agresivo para gran parte de la población, que a la vez la encontraba culta, agradable y educada cada vez que hablaba en televisión.
«Es de ese tipo de canciones de reafirmación personal que se puede emparejar con el It’s A Sin de los Pet Shop Boys o el Digan lo que digan de Raphael», puntualiza Nacho Canut. La canción se convirtió en un gran éxito comercial y la doble intención de su letra no pasó desapercibida para el colectivo gay, ávido de una canción que representara su lucha. Aunque lo cierto es que la letra daba pie a que cada cual se la aplicase a su manera, tal y como ocurrió poco después con Los Panteras Grises, extinto partido político de los jubilados, pensionistas y viudas que pidió utilizar el pegadizo tema como himno de campaña. A eso habría que añadir que desde entonces no hay verbena, orquesta o boda en la que no suene la canción, además de haberse convertido en un clásico del karaoke, donde cada cual la entona con su motivo —y desgarro— personal.
Alaska rompía todos los arquetipos de la clásica diva gay. «El público es muy dado a adjetivar, pero suele tener razón. A mí me gustan las divas que lo son sin proponérselo, ya que algunas veces es algo muy pensado para vender algo a una parte concreta del público», señala Nacho con respecto a ese sector de cantantes en el que algunas caminan hacia el oportunismo comercial y otras lo llevan con total naturalidad.
Alaska y Dinarama volvió a obtener un disco de oro, reconocimiento que ya había logrado anteriormente con Deseo carnal. El triunfo se tradujo en la publicación del LP en México, donde la portada del disco suscitó cierta polémica. Todavía hoy resulta impactante la imagen de Alaska portando una motosierra, lencería y su lasciva pose con la lengua fuera, por lo que no es de extrañar que algunos padres compraran a regañadientes aquel disco que los hijos suplicaban.
Al igual que ocurre con la archiconocida I Will Survive, la canción ha tenido múltiples versiones que vienen a confirmar que nos encontramos ante un standard. En opinión de Nacho, «la versión de Bebe a modo de tango me parece preciosa, y el dúo que hicieron Raphael y Rita Pavone también me gusta bastante». Pero ha habido de todos los estilos, desde a modo de rumba por cortesía de Los Sobraos, pasando por las Baccara, la mediática Yurena, las sevillanas de Raya Real o incluso un ex de Carmina Ordóñez. Aunque, de todas ellas, la que tuvo mayor proyección comercial fue la que realizó Thalía en el año 2002, con un videoclip repleto de intenciones al que hay que aplaudir la presencia de Amanda Lepore. Aun así, Nacho Canut confiesa que le hubiese gustado escuchar la canción en boca de Sara Montiel o Lola Flores, o convertida en rumba por parte de Dolores Vargas «La Terremoto».
«Cuando hicimos Fangoria decidimos no tocar ninguna canción que perteneciese al repertorio pasado, y A quién le importa solo la tocábamos el día del Orgullo. No era solo por hartazgo, sino más bien un plan para no convertirnos en un grupo nostálgico ochentero. Ahora ya con el suficiente paso del tiempo la hemos vuelto a tocar». A diferencia de temas como Bailando, Ni tú ni nadie o Cómo pudiste hacerme esto a mí, que no volvieron a colarse en su set list habitual, a A quién le importa le concedieron ese día concreto del año, entendiendo que de forma espontánea y natural se había convertido en un himno desde el primer momento en que tan solo se congregaban cien personas.
En 2015, Spotify elaboró una amplia lista para la semana del Orgullo. A quién le importa era la canción con mayor número de reproducciones, por encima de Katy Perry, Madonna, ABBA y Lady Gaga. La conclusión más certera sería que nunca debemos subestimar un buen himno por más que pasen treinta años. Y que, diga lo que diga la letra de una canción, todos seremos capaces de autoconvencernos de que está hablando de nosotros mismos.
Barcelona de Noche
Fue el local de transformismo más emblemático de la Ciudad Condal, toda una institución por la que pasaron numerosos artistas, con destacadas vedetes y admirados showmans.
La sala abre sus puertas en 1936, destinada principalmente a espectáculos de flamenco. No es hasta principios de los años setenta cuando cambia de tercio y se decanta por los números de travestismo, en manos de unos nuevos dueños que ya habían probado la fórmula en el cabaret Gambrinus. Es entonces cuando empiezan a representarse espectáculos como Noches de Otoño; Delirio de estrellas; Happy 73; Loco, loco, cabaret; Azulísimo; Gay Story; Corbatas y ligas, y Nosotras. La mayoría de ellos estuvieron encabezados por Dolly Van Doll, Madame Arthur, Pierrot y Pavlovsky, que permanecieron durante largas temporadas en aquellos primeros años de reconversión. También pasaron por allí, como vedetes, Christa Leem, Bibiana Fernández, Yeda Brown y Coccinelle, todas de manera puntual. Hay que señalar que en Barcelona de Noche cogieron tablas artistas que triunfarían posteriormente fuera de allí: Paco España y Elianne, que cosecharían sus éxitos mayormente en Madrid, o Violeta la Burra, que tras ocho años en la sala alcanzaría notoriedad en el cabaret Whisky Twist. Alfredo Kier y Pirondello fueron dos de los presentadores destacados y Christine ascendió hasta convertirse en primera vedete. Sylvan’s, Bianca Fox, Nicol, Samantha y Mimí Pompón también se cuentan entre los nombres propios que formaron parte de los exitosos espectáculos en la etapa de la Transición.
Durante los años ochenta, el local cambió de propietarios en diversas ocasiones y acogió espectáculos que llevaban por título Tapias Street, Locas de amor, Señoras y caballeros, Recuerdos, Las tretas de Ana, Un desplume diferente y E.L.L.A.S, entre otros. Ana Lúpez, además de ejercer de empresaria, se alzó como la vedete principal de dicha década, acompañada en el elenco por Yani Forner, Patrick, Manel Dalgó, Jaiza, África y otros artistas. Pirondello y Pierrot regresaron durante aquellos años para hacer las veces de maestros de ceremonias, al igual que Madame Arthur y Christa Leem, que volvieron a subirse a este escenario de manera más puntual. Alberto Aurenti destacó como showman en los últimos años. La sala ofrecía dos espectáculos distintos a lo largo de la noche, y fue el decorado de multitud de películas y series rodadas en Cataluña.
Un plan de reforma en el barrio del Raval, en vistas a modernizar la ciudad para albergar los Juegos Olímpicos de 1992, llevó a la mítica sala a su fin, coincidiendo con el inicio del declive de un género que tantas alegrías había dado a un público entregado años atrás. El 16 de septiembre de 1990, Barcelona de Noche cerró sus puertas, dejando para siempre el testimonio de quienes pisaron con garbo sus tablas.
Bibiana Fernández
Hay veces que homenajear a una artista poniéndole una calle resulta insuficiente. Es el caso de Bibiana, que bien se ha ganado una avenida, sin quererlo ni pretenderlo, limitándose a ser ella misma —que no es poco— y tomando las riendas de su destino sin buscar nada a cambio.
Bibiana ha vivido los convulsos tiempos de la Transición democrática en los agitados y destapistas años setenta; la supuesta explosión de modernidad de los ochenta con la cacareada movida madrileña de fondo; los agitados noventa con la llegada de las cadenas privadas; y los actuales y ya bien entrados dos miles, durante los que sigue al pie del cañón. En todas las décadas ha triunfado y dejado huella con su estilo y su indudable magnetismo. Todo ello la sitúa a la altura de otros iconos aquí presentes tales como Alaska, Lola Flores o Sara Montiel, con el añadido de que para ella el término «liberarse» conlleva mayor conocimiento de causa.
Al contrario de lo que se suele creer, Bibiana sí habló con detalle de todo lo que atañe a su identidad. En sus inicios, tuvo la paciencia de explicar, comentar, responder y ahondar en muchas de las cuestiones que se le planteaban, pero terminó decidiendo no darles más cabida. La explicación es muy sencilla, pese a que pocos reparen en ella. Hablar constantemente de lo mismo, sea lo que sea, no hace sino encasillar a cualquier artista, en ese exprimidor involuntario que muchas veces son los medios de comunicación.
Cuando una persona se prepara a conciencia para dar lo mejor de sí misma en el mundo del espectáculo, lo que menos quiere y necesita es hacer concesiones al morbo: tan solo desea demostrar su valía. No es una cuestión de rechazo, sino de hartazgo e inteligencia. Natalia Figueroa entrevistó a Bibiana para el suplemento de ABC en 1984 y, a la pregunta de si fueron muy duros los comienzos, la artista contestó:
El tiempo posee un poder especial, y los malos recuerdos se van olvidando… Para mí siempre pesa más lo bueno que lo malo. Sí, los comienzos fueron duros, pero cada vez que me hacen esta pregunta intuyo que se quieren rebuscar una serie de cosas de mi vida… Quizá es que estoy viciada por las entrevistas que me han hecho, por las preguntas… Mis principios fueron igual de difíciles que para otra persona cualquiera. Siempre el principio es difícil. El trabajo no es grato en un ambiente donde la gente no reconoce el esfuerzo que puedas hacer. En aquel momento yo no tenía calidad para que se me admirase, pero al menos podían intuir mi esfuerzo, mi anhelo de abrirme camino… El ambiente de cabaret es un ambiente de gueto.
Hay que añadir que el tesón y la constancia hicieron el resto, pues Bibiana no dejó de trabajar y logró así que su vida privada quedase en un segundo plano. Su buen hacer primó sobre la intolerancia. Cualquier persona que sobreviva a todo ello ya merece el mayor de los respetos, pero no el respeto al uso que todo ciudadano merece, sino aquel que entiende su camino y sus decisiones. Porque en España se nos da bien enarbolar efusivamente las libertades que atañen a una mayoría, pero, cuando se trata de la libertad individual, la cosa cambia. La artista supo dar su pertinente explicación, cuando fue entrevistada por Nacho Fresno en la revista Shangay, en 2018. Él le preguntó acerca de las etiquetas y ese absurdo reproche a no ejercer de abanderada, y Bibiana, siempre acertada, contestó:
En el mundo LGTBI existen muchas. Y me da mucho coraje. Por ejemplo, la palabra trans, que parece que yo estoy en contra. ¿Cómo voy a estar en contra de esa palabra?, ¿cómo voy a estar en contra de alguien que quiera cambiar? Yo no puedo negarle el derecho a elegir a nadie. Pero sí me molesta, porque, cuando tú coges a un niño, o a una niña, con cuatro años, ¡no te dice que quiere ser trans! Te dice que es un niño o una niña. Ellos se sienten niños o niñas. ¡Nada más! Eso es lo que quiero decir. Tú vete a una familia donde haya un niño o una niña que sea transgénero, que tenga tres, cuatro, cinco años, y que le diga a su madre que ella es una niña y que se viste de niña. El discurso de esa niña, y la pelea de esos padres que razonan, que afortunadamente ya hay muchos así, es que es una niña. O un niño. Entonces si dice ella que es una niña, ¡coño!, ¿por qué no la dejáis que sea una niña? ¡Y punto! ¡Y punto pelota! Después ya el mundo que diga lo que quiera. Pero eso es el resto del mundo, pero yo no. Yo no te lo compro. Yo ya el peaje lo he pagado. Setecientos años.
En resumidas cuentas, a veces, muchas veces, la educación, la simpatía, la inteligencia y el saber estar, proyectados desde los medios de comunicación, han hecho tanto o más que una bandera, en tiempos en los que ni se alzaban. Ventajas de ser una misma.
La trayectoria de Bibiana es de sobra conocida, pero no está de más puntualizar algunos de sus muchos méritos. Con el nombre artístico de Bibi Andersen, ocupó las carteleras de los teatros y los afiches de cine. Sus inicios en el cabaret pronto le otorgaron su primera oportunidad en el séptimo arte, de la mano de Vicente Aranda, con la película Cambio de sexo (1977), junto a Victoria Abril. El filme supuso todo un ejemplo a la hora de abordar con realismo y dignidad la transexualidad, siendo la primera vez que se trataba el tema en el cine español. En 1978, la artista dio el salto a la revista de variedades con el espectáculo Una vez al año no hace daño, estrenado en el Teatro Calderón de Madrid, con el que viajó posteriormente al Apolo de Barcelona y a otras muchas salas. A este le seguiría, en 1980, Divorcio a la española, junto a los actores Pedro Peña, Pedro Valentín y Jenny Llada, que se prolongó durante once meses de éxito en el Teatro Lido. Ese mismo año debutó en la música con un disco homónimo que incluía canciones como Call Me Lady Champagne o el hoy archifamoso Sálvame, que en su momento sonó sin mayor trascendencia, sin imaginar que casi tres décadas más tarde sería la sintonía, y el nombre, de un programa televisivo. Aquel álbum le sirvió para participar en multitud de galas por todo el territorio nacional, hasta que en 1985 se subió a los escenarios con su propio espectáculo, Una noche con Bibi, con el que recorrió España durante largo tiempo; un show que destacaba por su calidad y sus números musicales, así como la participación de los cómicos Joan Monleón y Javier de Campos y hasta un mago que lograba convertir a la artista en una pantera negra.
Pedro Almodóvar contó con ella para el mediometraje Tráiler para amantes de lo prohibido, estrenado en el programa de televisión La edad oro, en el que Bibi encarnaba a una ambiciosa mujer fatal en un guion delirante. Le siguieron la comedia de equívocos Sé infiel y no mires con quién (1985), dirigida por Fernando Trueba, y, de nuevo junto a Almodóvar, Matador (1986), en el pequeño papel de una florista ambulante, y La ley del deseo (1987), como la egoísta madre de Manuela Velasco. En 1988, trabajó a las órdenes de Gonzalo Suárez en Remando al viento, y ese mismo año presentó el programa Sábado noche junto a Carlos Herrera. Su labor en la pequeña pantalla continuó con Buen humor y, ya en la década de los noventa, Estress; Hip, hip, hipnosis; Coplas de verano; Muchas gracias; La alegría de vivir, y El pelotazo, así como una constante labor de tertuliana en diversos programas, hasta el día de hoy.
Continuó trabajando con Almodóvar en Tacones lejanos (1991), donde interpretó a una presa lesbiana que se marca un baile carcelario en una de las escenas más celebradas de la filmografía del cineasta; y Kika (1993), en la que era la amante de Peter Coyote. Precisamente en las fiestas de promoción de Kika, donde la artista cantaba, el director manchego la presentaba de una manera hermosa, repleta de esos referentes a los que Bibiana citó más de una vez. Decía así: «De pequeña ella soñaba con parecerse a Ursula Andress y Raquel Welch. Ahora estoy seguro que tanto a Raquel como a Ursula les gustaría parecerse a Bibi Andersen». Solo alguien sobrado de talento puede contar toda una historia en tan pocas palabras. La actriz siguió su labor en el cine con Más que amor, frenesí (1996), donde daba vida a una proxeneta enamorada de jovencitas; Atómica(1998), como rutilante estrella porno; Rojo Sangre (2004), al lado de Paul Naschy, y más recientemente Solo química (2015), dirigida por Alfonso Albacete, en la que tiene un idilio con José Coronado.
El cambio de siglo le hizo volver a los escenarios con las obras 101 dálmatas, que la convirtió en Cruella de Vil; No se nos puede dejar solos; La gran depresión; El amor está en el aire, y La última tourné, dirigida por Félix Sabroso. Este nuevo tiempo traería consigo una firme decisión. Al igual que Paca Gabaldón dejó atrás el nombre de Mary Francis, Bibiana decidió poner punto y aparte al apellido Andersen. En una entrevista realizada en 1998 por Vicente Molina Foix para El País Semanal, posiblemente una de las mejores entrevistas que le han hecho nunca, la actriz respondió así a la pregunta del porqué de un nombre artístico que parecía tan falso:
Eso, sí. Un accidente. Cuando estaba a punto de debutar en el cabaré de Barcelona buscábamos un nombre, y el empresario me proponía cosas horribles, Pupella Rose y cosas así, pero en la lista tenía Bibí Andersen, así, mal escrito, y yo, que ya había visto películas de arte y ensayo y sabía que Bibi Andersson era la actriz favorita de Bergman, me quedé con ese. Un nombre postizo, totalmente de acuerdo, pero lo he arrastrado, sin gustarme. Yo ahora soy a todos los efectos Bibiana Fernández, y así me gustaría que se me conociera. En la película Atómica ya traté de aparecer con ese nombre, diciéndoles que el mismo cambio podría servir de promoción a la película. Pero nada, no me entendieron. A ver si tú lo consigues con esta entrevista. ¡Quiero llamarme Bibiana Fernández!
Y así fue. La prensa le devolvió todo el amor —y paciencia— que ella le había dado durante lustros, alzándose de nuevo Bibiana como una mujer de sueños cumplidos. Es la concepción profesional de vedete tal y como la entienden los franceses: la señora que actúa, canta, baila y presenta. En alguna ocasión confesó sentir el cine como asignatura pendiente, pero es que ella, queriéndolo o sin querer, va más allá de la pequeña o la gran pantalla. Está en la categoría de gloria nacional, esa misma que alcanzaron Raffaella o La Jurado gracias al cariño del público. Ese público que a veces, aun sin tener ningún disco de la italiana ni haber visto las películas de la chipionera, las adora. En ese pedestal está Bibiana Fernández.
Cachorro
Película dirigida por Miguel Albaladejo y estrenada en febrero de 2004. Aunque por cuestión de fecha no se pueda catalogar como una de las obras que abrieron camino en los años setenta u ochenta, Cachorro tiene varios méritos para encontrarse en estas páginas. El primero de ellos es que hacía años que en el cine español no se abordaba el universo homosexual con dosis de sexo y la naturalidad con la que sí se muestran las relaciones heterosexuales, teniendo que remontarnos quizás a La ley del deseo (1987). El segundo motivo es que se centraba en el mundo bear, los osos, que siempre había sido ninguneado en el séptimo arte, más dado a retratar historias de efebos, sin intención de detenerse en bellezas y cuerpos no normativos. Quizás un tercer mérito sea el digno retorno de la legendaria actriz Josele Román, asunto en el que ahondaré más adelante.
Cachorro nos cuenta la historia de Pedro, un dentista de mediana edad, promiscuo en sus relaciones sexuales y sin ganas de compromiso desde que años atrás falleciese su novio. Su hermana Violeta le pide que cuide de su hijo mientras ella y su pareja realizan un viaje por la India. Es así como Pedro ejerce de improvisado canguro de su sobrino Bernardo, un niño de nueve años con el que apenas ha tenido relación. Las dos semanas acordadas se convierten en un tiempo indefinido cuando Pedro recibe la noticia de que su hermana ha sido detenida durante su viaje y tendrá que pasar los próximos años en la cárcel. A partir de entonces, mientras intenta facilitar el regreso de Violeta, Pedro adopta una irremediable función paternal que se tornará en un sentimiento nunca antes vivido, integrando a Bernardo en su vida y en su círculo de amigos. La agradable convivencia se trunca cuando hace su aparición la abuela paterna del niño, que no está dispuesta a dejar que su nieto se críe junto a un homosexual.
José Luis García Pérez encarnó a Pedro y por este papel fue nominado al Goya a mejor actor revelación. David Castillo, aún sin la popularidad televisiva de por medio, dio vida a Bernardo, mientras que la escritora Elvira Lindo era Violeta, su madre. Empar Ferrer ejerció de abuela posesiva, y Jorge Calvo, Mario Arias, Juanma Lara y Juanjo Martínez completaron el reparto como el grupo íntimo de amigos. La actriz Josele Román regresaba al cine con un papel a su medida, interpretando a Gloria, la portera de Pedro, una mujer de confianza y desprejuiciada, con la habitual vis cómica que la caracteriza. Aprovecho la ocasión para resaltar la valentía de Josele, quien, ya en los años setenta, en plena ola aperturista del país, había declarado en la prensa su fiel convicción de que todo el mundo es bisexual, así como su capacidad de enamorarse de cualquier persona.
La película tuvo su estreno en el Festival de Berlín, con la feliz casualidad, o no, de que el símbolo tanto de la ciudad como de los premios es un oso. Algo que demuestra que en ese momento existía una vuelta al puritanismo es que en Estados Unidos se censuraron dos secuencias por su contenido sexual, que fueron extraídas del montaje final. Cachorro llegó a los cines cuando más se debatía políticamente en España sobre los derechos LGTB, lográndose, año y medio después de su estreno, la Ley del Matrimonio Igualitario. El filme de Albaladejo aportó un realismo del que carecían las películas de temática gay de los años anteriores, y abordó con sensibilidad algo tan cuestionado y discutido como es la adopción.
Calé
«Nunca una gitana y una paya se atrevieron a tanto». Así rezaba el eslogan publicitario de Calé, película estrenada en marzo de 1987 y protagonizada por Mónica Randall y Rosario Flores. El argumento gira en torno a una prestigiosa actriz teatral que descubre que su novio, fotógrafo de profesión, ha realizado una sesión publicitaria con una joven gitana, que accedió a posar desnuda con la condición de que no se la reconociese. Este hecho ilumina a Cristina, la actriz, que se encuentra ensayando el personaje de una florista callejera (Eliza Doolitle) para una adaptación de la obra Pigmalión. Antes de su estreno decide contactar con Estrella, la joven gitana, con el fin de que pueda asesorarle y ayudar a mejorar su personaje, a modo de coach. Estrella, absolutamente ajena al mundo de los payos y reacia en un principio, accede al ofrecimiento debido a la generosa compensación económica. Un imprevisto hará que tenga que abandonar su hogar y trasladarse junto a su hijo a casa de Cristina, por miedo a las represalias de su clan familiar. A través de los ensayos y la convivencia surge entre ambas una amistad que irá convirtiéndose en un amor irrefrenable, asumiendo incluso las fatales consecuencias.
La película no gozó de una buena acogida por parte de la crítica, y en cierta medida también generó indiferencia en el público. Bien es cierto que, al contrario de los films de temática lésbica rodados en años anteriores, Calé carecía de cualquier atisbo de morbo sensacionalista, mostrando la relación entre las protagonistas de manera más sentimental y pasional que sexual. Quizás, de haberse rodado diez años antes y con mayores tintes de erotismo, la película habría tenido mejor acogida, al igual que Me siento extraña. Hay que tener en cuenta la originalidad de su argumento, falto de oportunismo, y el trabajo de un buen reparto que incluía, entre otros, a Félix Rotaeta, Carmen Balagué, Antonio Flores y Pedro Mari Sánchez.
Carlos Serrano, el director, aseguró en una entrevista promocional realizada en la revista Fotogramas que su intención había sido rodar una auténtica película de serie B, sin pretender transformar nada, y reconocía a su vez que los medios habían sido muy limitados. A esto añadía: «Contar la historia de una gitanita corista y una actriz que se encuentran y se enamoran sin ser lesbianas era muy difícil. Me interesaba hurgar en un mundo desconocido, no trillado, en esas zonas ocultas que todos tenemos dentro y que estallan en un momento dado. Lo que más me atraía era contar con naturalidad cómo puede surgir una pasión así por encima de la lógica, de la razón, de las clases sociales, de la edad y de la raza». La misma publicación recogía el testimonio de Rosario Flores, que defendía con firmeza su personaje: «Que la gente se lleve las manos a la cabeza por eso no me importa para nada. Es una historia normal y corriente que le puede pasar a cualquier persona. Ninguna de las dos protagonistas es lesbiana y, sin embargo, de repente surge entre ellas una pasión especial, un amor muy bonito. Yo me identifico con Estrella en que las dos somos fuertes, independientes, con carácter, con ganas… y gitanas. Porque yo soy señorita, pero gitana. He ido a un colegio de pago, he tenido amigas payas y todas esas cosas, pero luego llegaba a casa y me encontraba con dos pedazos de gitanos».
Como datos curiosos vale la pena señalar que el personaje de la actriz de teatro iba a estar en un principio interpretado por Julieta Serrano, pero al final recayó en Mónica Randall. Carlos Serrano de Osma, padre del director, había dirigido a su vez a Lola Flores, madre de Rosario, en la película Embrujo (1948). También resulta interesante subrayar que el germen de Calé surgió en 1970, cuando el director cursaba sus estudios en la Escuela de Cine y dirigió una película a modo de ensayo sobre el amor entre dos mujeres, tema que desarrolló ampliamente diecisiete años después. En sus inicios, Carlos Serrano realizó un cortometraje que llevaba por título Madame Arthur, coincidiendo con el nombre artístico de uno de los transformistas más populares de Barcelona. Ya en la década de los noventa, dirigió algunos capítulos de la serie Eva y Adán, agencia matrimonial, con la participación de artistas como Ana Lúpez, Manel Dalgó y Eva la Gata, en el episodio titulado Cáscara amarga. Su último trabajo como director fue en la serie En plena forma, donde la televisiva Cristina La Veneno apareció de manera puntual.
Cambio de sexo
Película dirigida por Vicente Aranda en 1976 y estrenada un año más tarde. Supuso el primer filme que abordaba en España el tema de la transexualidad; además, lo trataba de una manera dramática y realista, lejos de frivolizar sobre el asunto, algo que tiene doble mérito si tenemos en cuenta la falta de empatía social que había por aquel entonces.
José María es un joven que ha de soportar la férrea educación de su violento padre, que estalla al descubrir que el director del colegio ha citado a la madre para recriminarle la delicadeza de su hijo, diana de las burlas de sus compañeros. El padre, furioso, decide aplicar sus métodos dictatoriales y lleva a su hijo a casa de unos amigos a hacer trabajos forzosos, con el objetivo de anular sus modales típicamente femeninos. Su machista propósito incluye la visita a un cabaret en el que obligará a José María a mantener relaciones sexuales con una de las artistas, a la que previamente ha pagado. El intento acaba en frustración, pero José María sale de allí habiendo conocido a Bibi, otra de las artistas que actúan cada noche, y descubriendo a través de ella que puede realizarse como la mujer que realmente es. Para llevar a cabo su plan, huirá a Barcelona y allí, tras romper el vínculo con su familia, empezará una nueva vida como María José.
La película llevaba en un principio el título de Una historia clínica, pero su guion no fue aprobado por la censura y tuvo que dejar pasar el tiempo hasta que la muerte de Franco abrió el camino a ciertas libertades culturales —sobre todo en lo que a argumentos cinematográficos se refiere—. Fue tras el fallecimiento del dictador cuando comenzó el rodaje, estrenándose el 13 de mayo de 1977, con el reclamo de «el filme más insólito que ahora pueda verse en Europa». Se comercializó con dos frases publicitarias que a nadie podían dejar indiferente. La primera de ellas era «la evolución anímica, social y laboral de un transexual de 17 años»; la segunda, una frase extraída de un congreso de sexología en París, que finalmente se quedó también como el eslogan de su distribución en vídeo: «Es transexual quien siente el deseo irrefrenable de cambiar de sexo». Aunque hoy el término correcto sería reasignación sexual, hay que destacar que en la promoción se empleó adecuadamente la palabra transexual, algo inusual en la sociedad y los medios del momento. En ese sentido, la película fue doblemente transgresora.
Es inevitable señalar el buen trabajo de Victoria Abril, todavía menor de edad, que asume con absoluta credibilidad el rol protagonista. Bibiana Fernández debutaba en el cine ejerciendo de Pigmalión para el personaje principal, a modo de hada madrina que allana el camino ante tantas vicisitudes. Lo mismo ocurre con Rafaela Aparicio, que interpreta a la dueña de la pensión donde se aloja María José y viene a ocupar el lugar de la madre ausente. Fernando Sancho encarna con absoluta veracidad al padre violento y machista, mientras que Lou Castel hace lo propio con el dueño del cabaret que contrata a María José e inicia con ella una tormentosa relación sentimental. El reparto se completa con Rosa Morata, María Elías, Montserrat Carulla y Vicky Peña.
La película fue presentada en el Festival de Cannes, aunque fuera de competición. Como curiosidad cabe mencionar que el papel protagonista estaba destinado a Ángela Molina, que había realizado las pruebas pertinentes e incluso firmado el contrato. Días después la actriz contactó a Vicente Aranda y le explicó que no se encontraba con ánimos de llevar a cabo la película, por lo que se citaron en un aeropuerto y rescindieron el contrato.
Se tiende a creer que Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán, es la primera película española que abordó la transexualidad. Esta, en realidad, trata acerca de la intersexualidad, pero el desconocimiento en cuanto a cuestiones de género conduce continuamente al error, debido en parte a que su protagonista lleva a cabo una transición sexual. No se puede quitar mérito a su arriesgado argumento, pero es Cambio de sexo la primera cinta que refleja la problemática transexual en toda su extensión. El único precedente en nuestro cine lo hallamos en la película Días de viejo color (1968), de Pedro Olea, donde la actriz María Martín interpreta a una mujer trans, lo cual no se desvela hasta el final del metraje, siendo un personaje sin relevancia alguna para la trama, algo casi anecdótico que sirve a su vez para criticar las costumbres y libertades foráneas (de ahí que no molestase a los censores).
En un principio, la intención de Vicente Aranda era dar por terminada la película en el momento en que Victoria Abril desempeña un número musical titulado Mi cosita que concluye con un sorprendente desnudo integral que deja atónito al público asistente. De ese modo, Aranda pretendía denunciar la explotación a la que estaban sometidas muchas artistas del gremio, que eran expuestas como auténticos fenómenos de feria, como si viviesen a finales del siglo XIX. En el libro Vicente Aranda, el cine como compromiso de Jorge Castillejo, el director declara:
La película es verdad hasta el momento en que ella canta Mi cosita y se queda desconcertada porque el público no aplaude. Y el mánager, que es su novio al mismo tiempo, le dice que no se preocupe, que es porque han resultado muy sorprendidos, pero que ya lo arreglará él y aplaudirán al día siguiente. Ahí debía terminar la película. Pero, desde un punto de vista comercial, se me exigió que la continuase y que acabase con un final feliz, mintiendo y diciendo que todo se arreglaba. La explotación, que yo advertí durante el rodaje de la película, que se ejerce sobre los transexuales quedaba explícitamente contenida si la historia acababa ahí. Pero no me atreví. Y, más tarde, cuando se ha tratado de hacer un máster para su emisión por televisión y su comercialización en vídeo, tampoco me he atrevido.
Carla Antonelli
Mucho antes de que Carla se convirtiese en una reconocida activista, ya se había abierto camino en el difícil mundo del espectáculo, en unos años complejos en los que siempre que pudo aprovechó la ocasión para lanzar sus reivindicaciones.
Nacida en 1959 en Güímar, municipio de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, Carla comienza a estudiar Arte Dramático antes de abandonar la isla a finales de los setenta y enrolarse en un ballet con el que viaja hasta la península. Durante su estancia en Las Palmas ya se había iniciado en el cabaret, por lo que continúa en Madrid en el mundo del espectáculo en salas de fiestas como Lady’s o Nueva Romana, participando en esta última con el show Orgía romana, muy propio de del destape. En 1979, rueda su primera película, la producción alemana Hembras salvajes en Ibiza. Ese año, los periódicos Diario 16 y El Caso publican la noticia sensacionalista de que desea desempeñar el servicio militar, con una doble intención publicitaria. Un año más tarde, en 1980, se sube al escenario del Teatro Lavapiés para protagonizar la función La sexy cateta, y poco después graba el que sería el primer documental de Televisión Española en el que una persona trans mostraba su vida y planteaba al espectador sus problemas e inquietudes. Integrado en el espacio Entre dos luces, el reportaje estaba dirigido por Raúl del Pozo y llevaba por título El enigma de una belleza. En él, Carla ejercía de reportera ocasional y formulaba diversas cuestiones a los viandantes. El programa fue secuestrado por la censura, que daba sus últimos coletazos, y no se emitió hasta 1981 por la segunda cadena de TVE. El espacio ofrecía respuestas que iban desde la ignorancia y el desconocimiento hasta la tolerancia más sorprendente, y alternaba imágenes del día a día de Carla en las que enseñaba su rutina y sus hábitos hogareños y desgranaba vicisitudes y preocupaciones, tales como el miedo a la soledad o qué le depararía el futuro cuando llegase a la vejez. Ya entonces, en este primer documental para la televisión pública, Carla demuestra entereza y afán por hacer frente a las injusticias. Su aparición la llevará a protagonizar un reportaje en la revista Libparty, bajo el titular «El travesti que escandalizó a televisión». Dejando a un lado los términos incorrectos, la artista aprovechaba para reprochar el veto que también había sufrido por parte de la actriz Rosa Valenty para trabajar en el espectáculo Golpes de humor. Carla se vuelve una habitual de la revista Lib, en la que suele aparecer mostrando su sugerente anatomía.
En 1980, Carla rueda Hijos de papá, donde tiene un pequeño papel como prostituta callejera que es boicoteada por la actriz Mabel Escaño, dispuesta a quitarle al cliente de turno a base de transfobia. La siguieron casi de inmediato: Adolescencia, en la que recrea sobre el escenario uno de sus números habituales, y Corridas de alegría, donde no se alude a su identidad y en la que Carla es la amante puntual del protagonista; la película muestra con absoluta naturalidad un desnudo integral que no provoca la burla del resto de los personajes.
El papel de mayor importancia le llegaría en 1981 con Pepe, no me des tormento, en la que interpreta a la novia de un atormentado Luis Varela, que intenta advertir a su amigo de que no ligue con ella, a la que tacha de monstruo en referencia a su transexualidad.
Carla continúa en el circuito del cabaret y será una habitual de salas como Dimas, el Poncho erótico o Sachas. También se subiría al escenario del Gay Club en 1982 en la categoría de estrella invitada, con el espectáculo Todo corazón. Un año más tarde, estrena El higo mágico, subproducto habitual de los clasificados S; poco después, rueda Un gendarme en Benidorm y se traslada a esa misma ciudad para trabajar en el Sabrina, local puntero en shows de transformismo, a mediados de los ochenta. En 1986, monta el espectáculo Ellas pueden ser ellos, junto a los artistas José Antígona y Jennifer, con el que viajará por distintos lugares de la geografía española.
Durante los noventa, Carla pasa a la pequeña pantalla, y ejerce de tertuliana recurrente en programas de debates como Todo depende, Crónicas marcianas o Parle voste, calle voste. En 1998, posa por última vez para la erótica revista Lib, donde anuncia su regreso al cine con Extraños, dirigida por Imanol Uribe, y asegura que la han reclamado para participar en el casting de Todo sobre mi madre, algo que no llegaría a buen puerto. Todo ello coincide con su incursión en la política, de la mano de la eurodiputada Carmen Cerdeira, que le abre las puertas del PSOE por su destacada labor activista. Carla seguirá vinculada a su faceta actoral a través de personajes episódicos en series como El Comisario, Tío Willy o Policías, hasta que en 2007 llega su gran oportunidad con la serie El síndrome de Ulises, de la que formaría parte del elenco principal durante sus dos temporadas.
Fue una pieza clave y una de las impulsoras de la Ley de Identidad de Género de 2007, haciendo posible el cambio de nombre y sexo legal en el Registro Civil sin que fuera necesario recurrir a la cirugía. En las elecciones autonómicas de 2011, fue elegida diputada de la Asamblea de Madrid por el PSOE, siendo la primera mujer transexual en acceder a un cargo de representación parlamentaria en España. Fernando Olmeda dirigió en 2014 el documental El viaje de Carla, en el que la Antonelli retorna a sus orígenes para hacer balance de su vida.
Carmen de Mairena
Carmen se resignó a ser incomprendida, asumiendo que a veces el destino te lleva a la popularidad de la manera más inesperada. Nacida en 1933 en el barcelonés barrio de Gràcia, desde muy joven sintió la llamada del mundo artístico. Es en su adolescencia cuando comienza a subirse a los escenarios de locales como Ambos mundos o Café Nuevo, para posteriormente actuar en salas de cine, donde se realizaban espectáculos de variedades. Su estilo se decantaba por el de los entonces llamados cancioneros, con Antonio Amaya como figura principal, seguido de Pedrito Rico, Miguel de los Reyes, Tomás de Antequera y Rafael Conde «El Titi». Todos ellos se caracterizaban por no ocultar sus ademanes a la hora de interpretar grandes temas de la copla, habituales en boca de Juanita Reina o Concha Piquer, y algunos, incluso, llevaban un vestuario colorido e inusual para la época. Como Miguel de Mairena, siguió trabajando en su Barcelona natal en lugares como la Bodega Apolo, Andalucía de Noche y la sala Ciros: sin llegar a ser un cancionero de los que traspasaban fronteras, pudo vivir de su arte. Durante los años sesenta, canta en el cabaret Copacabana y en Whisky Twist, locales punteros de la Ciudad Condal.
Movida por un deseo irrefrenable, ya bien estrenada la democracia, se convierte en Carmen de Mairena. En junio de 1978, conservando todavía su nombre masculino, se presenta por vez primera en la revista Clímax, en la que declara sus intenciones ataviada con peluca y maquillaje mientras hace un striptease sin tapujos. Pero su emulación de ídolas como Sara Montiel y Marujita Díaz no encaja con el público, y acaba fuera del ambiente artístico al comprobar que muchos empresarios no aceptan su nueva imagen. Incomprendida e incluso repudiada, su actividad laboral desciende de forma considerable y se ve abocada a ejercer la prostitución en el barrio del Raval. Pese a su cambio físico, en 1989 continuaba anunciándose como Miguel de Mairena, «cancionero transformista», en salas como Festa Major. La idea de aferrarse a su nombre de antaño se debía a querer seguir siendo reconocida por el público que cautivó en épocas anteriores, sin renunciar al lugar que había conseguido. Un año más tarde, protagoniza el documental Barrio Chino, dirigido por los hermanos Gherardo y Morando Monrandini, donde se muestra la idiosincrasia de tan singular barrio de Barcelona, en una época de cambios por las inminentes Olimpiadas, junto a la vida y supervivencia de sus vecinos.
En 1992, pisa una única vez el escenario de El Molino, sin repetirse la ocasión, hasta que ya por fin en 1993 se anuncia como Carmen de Mairena en diversas actuaciones. Ese mismo año participa, sin estar acreditada, en la película ¡Semos peligrosos! (uséase Makinavaja 2): su breve aparición se limita a una escena en la que se celebra una fiesta navideña en la comisaría del Raval, como vivo retrato de aquel barrio al que ella pertenece. Es por entonces, ya casi a mediados de los noventa, cuando Carmen acompaña a un amigo a un casting y, por azares del destino, acaba siendo ella quien se convierte en una habitual del programa de Alfonso Arús Força Barça, emitido por la segunda cadena para la desconexión de Cataluña, y posteriormente en la autonómica TV3. Es así como adquiere una nueva popularidad, que la lleva a ser homenajeada en la sala Camoa o a desfilar para los carnavales de 1995, subida en una carroza de El Molino. El programa de Alfonso Arús se traslada a Antena 3 con el nombre de Al ataque. Carmen prosigue sus apariciones y se suceden los contratos en salas como Merca Show, Banana’s y Tango. Gracias a la televisión, su estado de precariedad anterior se transforma en una buena racha laboral. La popularidad le reporta también la oportunidad de grabar un álbum, en formato casete, titulado Con el Tricutricu, en el que canta varios temas habituales del repertorio de la tonadilla española.
Tras un breve parón mediático, regresa con el cambio de siglo a la pequeña pantalla en el programa Crónicas marcianas, donde es entrevistada con asiduidad por Javier Cárdenas, en reportajes realizados en plena calle cuya finalidad es, sin duda, burlarse de ella. La artista acepta el juego y asume el rol denigrante, consciente de que podrá obtener algo positivo de todo ello. En el documental De Carmen a Carmen (2004), en el que se hace un paralelismo entre ella y la bailaora Carmen Amaya, Mairena se sincera: «La mitad de cosas que yo hago no son de mi condición, no me gusta hacerlas, la mayoría de veces. Pero las tengo que hacer, me dan dinero, me dan fama y las tengo que hacer». Gracias a Crónicas marcianas, obtuvo la popularidad absoluta y trabajó sin cesar en discotecas, consagrándose como figura emblemática del cabaret El Cangrejo. Grabó un disco a su medida, Yo soy la copla, que incluía una versión de Mi vida privada y que, por desgracia, tuvo mucha menos repercusión que su incursión en el cine X con dos películas que, según reconoció ella misma, no fueron de su agrado. Carmen era consciente de que la única manera de subirse al escenario era dar al público una dosis de astracanada, con la colección de frases delirantes y rimas ordinarias que la elevaría a la categoría de fenómeno televisivo. Desde el primer momento, hubo dos tipos de espectadores: quienes se reían de ella y los que se reían con ella. Los primeros se quedaron en la superficie y la consumieron como el personaje excéntrico que los medios querían mostrar; los segundos vieron en Carmen a una superviviente entregada a la fórmula catódica con gran sentido del humor. Y al lado de ella, en contadas ocasiones, hacían su aparición otros adalides de la autenticidad, como Violeta la Burra o La Pantoja de Puerto Rico.
En el año 2008, el grupo teatral La Cubana realizó una función especial de su obra Cómeme el coco, negro, en homenaje al Paralelo y en especial al compositor Juan de la Prada. Para esta ocasión, que tuvo lugar en el Teatro Coliseum, la compañía contó con las actuaciones de Sara Montiel, Regina Do Santos, Amparo Moreno y otras muchas más artistas que habían triunfado en suelo catalán, a las que se sumó Carmen de Mairena, que cantó vestida de princesa el Romance de la Reina Mercedes. En 2011, cuando el programa que le dio la enorme popularidad ya había finalizado hacía más de un lustro, Santiago Segura contó con ella en Torrente 4 para engrosar su lista de cameos mediáticos. Por aquel entonces, Carmen alternaba sus actuaciones con puntuales apariciones televisivas en programas como ¿Dónde estás corazón? o Toni Rovira y tú; este último fue el único en el que pudo demostrar su talento y su deseo de cantar, en definitiva, un lugar donde sí era tomada en serio.
En 2015, la artista cesa su actividad debido a su delicada salud e ingresa en una residencia en la que se encontrará cuidada y atendida hasta el final de sus días, siendo visitada por algunos pocos amigos y familiares y falleciendo el 22 de marzo de 2020. Durante su ingreso en dicho centro, saltó la noticia de que sus pertenencias habían acabado en un contenedor de basura. Con motivo de tan desafortunado acontecimiento, la que aquí escribe realizó un artículo en marzo de 2016 para la revista Shangay, titulado «Carmen de Mairena y los recuerdos que se perderán», que bien podría aplicarse a muchas de las estrellas que inundan este libro. Dejo a continuación dicho texto, para que mueva a la reflexión:
Hace unas semanas saltaba la noticia de cómo algunas de las pertenencias de la singular Carmen de Mairena habían acabado en un contenedor de basura. Lamentablemente, no es nada extraño que una octogenaria sin descendencia pueda perder sus bienes materiales mientras pasa sus últimos días en una residencia. Para ello no hay distinción entre artistas y gente de a pie.
Ni tan siquiera hay diferencias entre rangos de artistas, ya que incluso los enseres personales de la mismísima Édith Piaf acabaron un día en la basura, con destino a un vertedero municipal que no hacía honor a sus años de trabajo. En el caso de Carmen, al igual que ocurrió con la cantante francesa, lo más positivo es pensar que algunos de sus vecinos hayan rescatado tales objetos y fotografías, aunque no haya un museo destinado para albergarlas.
Quizás a alguien le resulte disparatada la comparación, pero hay un matiz importante en el que los recuerdos de la cupletista barcelonesa cobran verdadera importancia. La vida de Carmen es la vida de una superviviente, frente a una dictadura, un desconocimiento, una sociedad moralista y unas instituciones que antaño miraban a otro lado. Seguramente, el provecho que obtuvo de su paso por televisión en los últimos quince años le haya servido para resarcir su estigmatización, casi a modo de final feliz e incluso de venganza tardía frente a todo ese éxito y dinero que siempre buscó y nunca obtuvo.
La intención de estas líneas no es la de un adelantado obituario, sino la de rendir unas palabras a modo de homenaje antes de que sea tarde. En el momento de su adiós, lo más probable es que solo prevalezcan todas esas imágenes que la lanzaron a la fama derrochando frivolidad desde la pequeña pantalla. Muchos recordarán al personaje y pocos a la persona, tan distintas entre sí.
La despedida de Carmen, junto a todos esos enseres en el cubo de la basura, es también la de una generación ya en extinción, personas que abrieron camino y que en vez de contar con leyes que las protegiesen, sufrían una legislación que las perseguía, castigaba y condenaba. Es nuestra historia más gris y no tan lejana, aunque por cuestión temporal ya queden pocos testimonios. El de la Mairena es uno de ellos, aunque sus mensajes siempre estuviesen destinados a la comedia más ordinaria. Ella, que sufrió vejaciones y calabozos, desconoce por completo términos tan actuales como «viral» —qué duda cabe que lo es— o el manido y malintencionado «friki», que asumía con desgana a cambio de sacar rentabilidad a su actitud y su genuino físico.
Esas fotografías de escenas de camerino y junto a otras vedetes, a punto de ser trituradas en el vertedero, son también el fiel reflejo de cómo las instituciones han ido marginando la cultura del espectáculo, incluso en ocasiones la cultura en general. Los objetos de Carmen tirados en plena calle coinciden con la destrucción de los televisivos y cinematográficos Estudios Buñuel, a sabiendas y con el consentimiento del gobierno. Todos esos míticos cines, teatros y salas de fiestas de arquitectura descomunal se convierten en grandes almacenes debido a que no existe un código que los proteja, a diferencia de lo que sucede en países vecinos, que por descontado cuentan hasta con una plausible ley de mecenazgo.
Nuestra memoria histórica se tambalea y se torna en una amnesia ingrata hacia todas esas Cármenes con las que también perderemos vivencias y testimonios irrepetibles. No olvidemos su verdadero mérito, más allá de sus frases jocosas, porque un país que olvida de dónde viene y de dónde salió difícilmente podrá valorar todo lo que venga por delante.
Carmen Xtravaganza
La hoy tan reivindicada escena neoyorquina de las Ballroom, con la serie Pose a la cabeza, guarda entre sus filas a una española que bien merece su lugar entre estas páginas. Nacida en Rota, Cádiz, el 9 de abril de 1961, Carmen Xtravaganza tiene a sus espaldas una vida de película.
A mediados de los años setenta, Carmen, que era hija de un musulmán americano, se marcha a Nueva York y deja atrás un país en transición para comenzar la suya propia. Encontró en la película Carmen Jones (1954) el motivo de su nombre, fascinada por la actriz Dorothy Dandridge. En 1983, entra a formar parte de la House of Xtravaganza, la única casa que en aquel momento acogía al colectivo latino. Se introdujo en el mundo de la moda, vivió el auténtico Vogue de cerca antes de que Madonna lo mostrase al mundo y dejó constancia de su paso por dicha escena en el documental Paris is Burning (1990).
A principios de los noventa, Carmen aterriza en España y pronto comienza a trabajar en las salas Morocco y Stella, ambas regentadas por Alaska, donde igual ejercía de anfitriona perfecta que se marcaba un baile sobre el escenario con su canción Soy una cabrona. Su impresionante belleza y su look racial, que tenía como gran referencia a su admirada Grace Jones, le abrieron las puertas de otras discotecas como Pachá, Xenon o la fiesta Shangay Tea Dance. En 1996, desfila para Francis Montesinos en la pasarela Cibeles, algo que para muchas sería un hito, pero que ella vivió con absoluta naturalidad debido a su constante vinculación con la moda. Ese mismo año forma parte del elenco de presentación del disco recopilatorio Dancing Queen y participa en su promoción a través de programas televisivos como Esta noche cruzamos el Mississippi o Esto es lo que hay, realizando en este último una entrevista en la que deja claro que una mujer también puede ser una drag queen. Un año después, en 1997, tiene una breve aparición en la película Airbag como una de las meretrices que acompañan al veterano Luis Cuenca en su particular caravana.
Carmen regresó a Nueva York, ya fallecida Angie Xtravaganza, su mother inicial, y ocupó su lugar como matriarca de la hermandad desde 1997 hasta 2003. Poco después volvió a España y continuó con sus shows, animando la noche de Madrid, Barcelona e Ibiza, con espectáculos ideados por ella misma. En septiembre de 2002, ser entrevistada por Mario Vaquerizo para la revista Primera Línea sirvió a Carmen para hacer un repaso a la situación del momento:
New York ya no es lo que era. Ahora ya no existe ningún sitio divino. Existe un miedo atroz por la cuestión terrorista y todos quieren venirse a Europa. El anterior alcalde cerró muchos locales, aunque es cierto que lo ha dejado muy bonito. Pero lo peor de este señor es que clausuró todos los locales puramente underground, se cargó esa cultura. Reconozco que me he quedado colgada de los ochenta, pero es que aquello sí que era divino. La mezcla de gente era total. Podías ir medio desnuda a la discoteca y no pasaba nada, ahora todo es un pijerío, una mierda que se palpa en el aire. Sí es cierto que están las pijas gais y las pijas musculosas de Chelsea, pero yo prefiero a la gente de verdad, a la que te mira a los ojos, no los que lo hacen por encima del hombro. Vamos, que de España ya no me mueve nadie.
Durante su nueva estancia en nuestro país, Carmen permaneció vinculada a la escena nocturna como relaciones públicas, y en 2006 acudió como invitada al programa Carta Blanca de la segunda cadena de Televisión Española. Dos años después, volvería a ocupar el lugar de madre en la House of Xtravaganza, hasta 2015. Hoy en día disfruta de la categoría de leyenda en el mundo Ballroom, del que formó parte activa y principal sin imaginar que haría historia.
Carne apaleada
Película rodada en 1977 y estrenada en enero de 1978, adaptación de la novela homónima y autobiográfica de Inés Palou. Dirigida por Javier Aguirre, narra en primera persona las vivencias carcelarias de la propia Inés, interpretada sublimemente por Esperanza Roy, bajo el nombre de Berta, quien encuentra el amor en la cárcel en manos de Senta, joven lesbiana encarnada por Bárbara Rey que cumple condena tras haber estrangulado a su amante, otra mujer de cuarenta y cinco años. Berta ingresa en prisión en 1968 debido a un continuado delito de estafas, vinculadas al estraperlo y la falsedad documental. Ahí conoce a otras muchas presas con las que entabla amistad, aunque ninguna le impacta tanto como Senta. Surge en ella un agudo instinto de protección que se mezcla con el deseo sexual, llegando incluso a enfrentarse a la cruel jefa de prisiones que acostumbra a humillarlas y someterlas a diversos chantajes. Cuando la relación entre ambas se afianza, son separadas y Berta comienza así un periplo por distintas cárceles hasta que logra la ansiada libertad. Es entonces cuando decide ir en busca de Senta, dispuesta a emprender con ella una nueva vida, sin imaginar que solo recibirá desprecio y que, además, será utilizada para firmar unos cheques sin fondos.
La película, fiel a su contenido autobiográfico, incluye tal y como ocurrió el momento de la muerte de la autora, que se lanzó a las vías del tren. Está claro que su suicidio no aparecía en la novela, publicada por Planeta en abril de 1975, ya que el trágico final ocurrió cinco meses más tarde. Antes de su premeditado desenlace, Palou envió a sus editores una nueva novela, Operación Dulce, publicada póstumamente, a la que adjuntó una carta donde legaba sus derechos de autor a la hija de su amiga íntima. Entre los motivos del suicidio, se barajó el miedo a volver a la cárcel tras la firma de los cheques sin fondo, así como su fracasada relación sentimental.
No se puede considerar a Inés Palou como una gran escritora, pero resulta innegable su capacidad narrativa. Su plasmación desprejuiciada de las vidas tanto de cada una de las presas como de sí misma resultaba novedosa, si bien la historia se resiente ante la falta de bagaje literario. Es muy probable que, con el paso del tiempo, hubiese perfeccionado su estilo, pero nunca lo sabremos. En cualquier caso, el mayor valor de la novela radica en que la autora reconociera sus delitos y confesara su condición homosexual.
Carne apaleada no recibió buenas críticas, pero se convirtió con los años en un auténtico filme de culto, nunca editado digitalmente y ausente de las televisiones durante más de dos décadas. Si bien la obra es hija de su época, no deja de ser un relato estremecedor y bien hilvanado en el que destacan las interpretaciones de actrices como Julieta Serrano, Terele Pávez, Pilar Bardem, Trini Alonso, Tota Alba, Enriqueta Carballeira y Yelena Samarina. Aunque la autora transmite en la novela casi de manera constante un sentimiento de culpa por su condición sexual, el filme muestra sus relaciones de manera desenfadada, incluyendo incluso una pasional escena de cama entre Esperanza Roy y Bárbara Rey, repleta de realismo y acorde a lo que muchos espectadores esperaban en los tiempos de la Transición.
La película obtuvo la clasificación S, letra que etiquetaba a aquellos largometrajes que podían herir la sensibilidad del espectador y de este modo servía de advertencia. Lo curioso es que hasta entonces dicha asignación solo se adjudicaba a producciones de alta carga erótica o fuerte carácter violento y esta vez se debió a motivos políticos: Carne apaleada fue considerada antifranquista, antidictadura y prodemocracia.
En el libro Mis charlas con Javier Aguirre y Esperanza Roy, escrito por Juan Julio de Abajo, la actriz comentaba: «Hay que tener en cuenta que por entonces muchas lesbianas no se ponían pantalones. A mí además me cortaron el pelo como a ella. Era una mujer que no entendía de política, pero que se enamoraba de mujeres y, por amor a sus compañeras vascas, se puso a favor de ellas en una huelga. Entendía de sentimientos. Se terminaron dando cuenta de que aquella mujer las quería ayudar, y no por cuestiones políticas, sino por sentimientos amorosos. Aquellas mujeres que, de alguna manera, eran valientes, consideraban que había mucho de ellas en aquella lesbiana». Por este papel, Esperanza Roy obtuvo la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos.
Centauros
Centauros fue, junto a Gay Club, la sala más mítica de transformismo madrileño en los años de la Transición, si bien es cierto que solo perduró en la memoria de quienes la vivieron y disfrutaron. Situada en la calle Santa Bárbara esquina con la plaza de San Idelfonso, estaba regentada por el empresario Emilio Aguado, que previamente había llevado la dirección artística de Always, otro local de ocio nocturno liberal en tiempos del tardofranquismo.
Centauros se caracterizó por ser el lugar de reunión de artistas y periodistas en sus veladas nocturnas, por lo que formaba parte del público habitual gente como Analía Gadé, Sara Montiel, Marisol, Antonio Gades, Susana Estrada, Agustín Trialasos, Ana Belén, Lola Flores, Amilibia o Ketty Kaufmann. La perfección de las imitaciones era la marca de la casa, destacando Miguel Velasco como Juanita Reina y Rocío Jurado, Nacha como Paloma San Basilio, Lucrecia como Massiel, Billy Holliday como Sara Montiel, Yasmín como Lina Morgan y Macarena de Linares como Lola Flores. Otros artistas que trabajaron en la sala fueron Eva la Gata, Rafael Lorca, Tamara, Luis Sarahay, Montoya, Félix, Adriana Ferrer, la enloquecida Josette, Ángel Castro y Cristian de Samil, entre otros.
En octubre de 1979, El País Semanal publicó un reportaje sobre el travestismo, con portada incluida, para el que recurrió a los artistas de Centauros. Miguel Velasco destacaba:
Nuestra vida no es tan rosa como la gente se cree. Ganamos muy poco. No tenemos contrato ni nada. El vestuario, los maquillajes y las baratijas salen siempre de nuestro bolsillo. Así que resulta que si tú das una línea de limpio y de aseado y de bien puesto, pues te lo gastas todo en eso. Para colmo, no tenemos ni días libres ni vacaciones. Y hay algunos espectadores que, encima, vienen en plan de cachondeo. No distinguen a un buen transformista de ese otro que va y, de buenas a primeras, se pone el vestidito de su hermana, los zapatos de su madre, una peluca de barato y ¡ale! Pese a todo, yo me doy por entero cuando actúo. Por respeto cabal a quienes me respetan. Y acabo como acabo. Sientes que los oídos van a estallarte, que el maquillaje se te deshace, que las pestañas se te caen o casi… Empapado, sudando como un diablo, regreso al camarín y allí… Llego muerto, de veras, y tengo que agarrarme a donde puedo para poder, de nuevo, respirar.
Josette, Billy, Montoya, Eva y Luis Sarahay son también entrevistados relatando sus vivencias y ambiciones. Luis recalca el mismo aspecto, el de los inconvenientes de su trabajo:
Trabajamos en malas condiciones. Abusan de nosotros en todas partes. ¿Por qué? Pues porque hay pocas salas especializadas. Y porque muchos piensan que lo nuestro no es serio. Para mayor desgracia, hay esquiroles que se ofrecen gratis. Como lo oyes.
La sala Centauros cerró sus puertas a finales de 1984 para dar lugar a New Centauros, situada en la plaza de Santo Domingo, más confortable y con un elenco artístico en ocasiones similar al que se sumaría la vedete Ana Lúpez. El nuevo local cerraría sus puertas antes de terminar el año 1986 por defunción de su dueño. Los únicos testimonios videográficos que se conservan del Centauros se hallan en la película Vestida de azul de Antonio Giménez Rico, que filmó en él algunas secuencias, y un capítulo de Página de sucesos, serie protagonizada por Patxi Andión, donde también aparece la sala durante una escena.
Christine
Christine Berna nació en 1956 y muy pronto, recién abandonada la adolescencia, comenzó a subirse a los escenarios de algunas salas de su Barcelona natal, como la Bodega Bohemia, destinada a debutantes y viejas glorias, y posteriormente la Bodega Apolo. Aún como principiante, trabaja una temporada en el cabaret Whisky Twist, y a finales de 1975 se traslada a Málaga para actuar en la sala Amara de Benalmádena, donde tenían cabida espectáculos de transformistas y mujeres trans. La propia Christine narró su periplo en el libro Travestis de Dardo Gómez, publicado en 1978, donde explica cuál fue el punto de partida de su proceso hormonal:
Cuando ya el cambio empezó a ser notable, consideré que lo mejor era irme de Barcelona; por aquel entonces no había tantas como ahora y la gente te miraba como muy extraña. Además, mis sentimientos también habían ido cambiando; me sentía bastante mujer y la cosa de la diversión así, alocada, ya no me iba. Me salió un contrato para Málaga y comprendí que esa era mi oportunidad. Allí ya me empecé a comportar enteramente como mujer; usaba toda la ropa unisex. Aún no me animaba a las faldas… Por cierto que me maquillaba; pero, como todos por allí sabían cuál era mi trabajo, nadie me molestaba. […] Fue entonces cuando me llamaron al servicio militar; eso me dio un gran susto, pues pensé que me iban a alejar de ese mundillo de Málaga en el que me sentía tan bien. Pero solo verme los médicos me dijeron que no y me pude volver para allá. […] Luego hubo que decírselo a mis padres cuando tuve que volver a Barcelona por cuestiones de trabajo; me fui chico y volví chica.
A su regreso del sur, Christine se convierte en 1978 en la vedete del Barcelona de Noche, con el espectáculo Gay Story. Para entonces ya es una asidua de publicaciones de corte erótico como Lib o Party, donde es entrevistada con regularidad y posa de manera sugerente. El prolífico director Ignacio F. Iquino, decidido a sumarse a la moda de películas S, cuenta con ella para su filme La basura está en el ático (1979) y la convierte en el capricho exótico y sexual de una pareja adinerada, con ataque de celos de por medio. A este debut le siguieron, también bajo la dirección de Iquino, La desnuda chica del relax (1981), donde interpreta a la madame de un burdel clandestino, y Los sueños húmedos de Patrizia (1982), en la que su personaje está destinado al manido juego de desvelar un misterio genital que nada aporta a la trama. Su papel más relevante llegaría con El vicari d’Olot, dirigida por Ventura Pons en 1981, en la que interpreta a Kaipé, mote grotesco al ser «a la vez carne y pescado», una joven que altera los sentimientos e ideologías del párroco del municipio catalán al que da nombre la película.
En 1979, Christine se subió al escenario del Teatro Victoria con el espectáculo Ágata con locura, protagonizado por Ágata Lys y Ángel Pavlovsky, para más tarde comenzar una gira de galas con espectáculo propio. En 1981, forma parte del programa de actuaciones musicales Gent d’aquí, emitido por la televisión de Cataluña; después grabaría un casete junto a otros artistas, en el que interpreta las canciones Es mi hombre y Mi corazón pertenece a papá. Tras un periplo de actuaciones estivales en salas de Sitges y Málaga llega como estrella invitada al madrileño Gay Club en 1983. A mediados de los ochenta, su trabajo se centra en salas y cabarets del circuito barcelonés: una temporada en Ciro’s, una muy fugaz en El Molino y ya mayor tiempo en locales de la Cadena Ferrer como New York o Starlets. Regresa al Teatro Victoria con el show Tangas de Brasil y, tras sendas incursiones cinematográficas en Barcelona Connection (1988) y, junto a Constantino Romero y Eva León, el telefilme Olímpicamente muerto (1985), que adaptaba las aventuras del detective Pepe Carvalho, la artista decide retirarse. Corría el inicio de los noventa y ella acababa de contraer matrimonio.
En 2008, Christine regresa a los escenarios de manera puntual para el espectáculo-tributo al compositor Juan de la Prada, realizado por la compañía La Cubana, en el que rememora el show Cómeme el coco, negro, donde Christine colaboró junto a otras artistas del Paralelo. Desde entonces ha actuado en locales como la sala Picasso, en homenajes especiales y en la serie Rhesus (2010) de TV3. Actualmente forma parte del grupo musical COUgangGAR, capitaneado por la vedete francesa Bianca, el cual reivindica un lugar para las mujeres maduras del espectáculo.
Coccinelle
Si bien la misión de este libro es reivindicar la cultura LGTBQ más disidente del solar patrio, hay que hacer una excepción de honor con la artista francesa Coccinelle. Su merecido lugar se debe a su vinculación insólita y estelar con España. Para su entrada me permito referenciarme a mí misma y acudir al artículo que le dediqué en su día a través del portal Vanity Fair, que llevaba por título «La mujer transexual que desafió a Franco y hoy tiene una calle»:
Coccinelle nació en 1931 en la ciudad de París y bajo otro nombre que ella pronto sintió que no le correspondía. Al abandonar la escuela, con tan solo 15 años, comenzó a trabajar como peluquera y a formarse como bailarina. En 1953 debuta en Madame Arthur, mítico cabaret parisino por el que desfilaban multitud de artistas transexuales y transformistas. Es entonces cuando adquiere el nombre de Coccinelle, cuya traducción es mariquita, debido a que en sus inicios siempre vestía un traje rojo con topos negros, por lo que una de sus compañeras le acuñó el apodo, como guiño al insecto. No faltaría mucho para que Coccinelle se deshiciese de aquel vestido y comenzase a lucir conjuntos de Christian Dior.
A finales de los años 50 viaja a Casablanca para ponerse en manos de Georges Burou, famoso ginecólogo cuya popularidad residía en realizar las entonces llamadas operaciones de cambio de sexo: novedosas, inauditas, y bajo métodos bastante primarios que lograban satisfacer a sus pacientes. Lo cierto es que antes de Coccinelle ya se habían sometido a esa intervención otras mujeres como Christine Jorgensen o Lili Elbe, pero fue la vedete francesa la que acaparó la atención mediática debido a su belleza y la fama que la precedían sobre el escenario. El mito de Coccinelle no había hecho más que comenzar y ella pronto declararía en la prensa: «He nacido dos veces».
Al poco tiempo se convierte en la estrella absoluta del Carrousel de París, una de las salas más célebres de la capital, que presumía de tener un elenco de exuberantes mujeres que realizaban espectaculares giras por todo el mundo. Coccinelle comienza a grabar discos y funda la asociación Dévenir Femme, con la intención de ayudar a otras mujeres transexuales.
Su repercusión incrementa cuando en 1960 decide contraer matrimonio por la Iglesia con un periodista deportivo. Vestida de blanco y acompañada del brazo de su padre se dirigió hacia el altar, en una boda que contó con la bendición del cura y por lo tanto del Papa Juan XXIII, que destacaba por su intención aperturista de la Iglesia y que se creó enemigos del lado más conservador. Este hecho resulta insólito todavía a día de hoy, pero hay que tener en cuenta que tras aquella famosa operación Coccinelle se había convertido legalmente en mujer y contaba con el beneplácito de las grandes esferas. Aquel enlace estuvo repleto de expectación, con admiradores, compañeras e incluso detractores que acudieron a la puerta a insultarla.
Es en 1962, en plena dictadura franquista, cuando es contratada en la sala Pasapoga de Madrid, toda una institución del cabaret y el music-hall hoy convertida en unos grandes almacenes. Los periódicos la anunciaban y advertían que su actuación se limitaba únicamente al horario nocturno, evitando su presencia en la función de tarde debido al morbo que la precedía y relegándola así a un horario de público únicamente adulto. Precisamente dicho morbo hizo que el éxito fuese constante y su contrato se prorrogó durante meses, agotando las localidades. Cuando finalizaba su espectáculo se producía un notable silencio y apenas se escuchaban aplausos, debido a que el público quedaba atónito al contemplar a la que era catalogada como un fenómeno.
Tampoco resultaba raro ver a Coccinelle paseando por la Gran Vía madrileña en su deportivo descapotable, deslumbrando a los viandantes y disfrutando de la que sería para siempre su época dorada. Pese a ello, la prensa nacional silenciaba su existencia por no ser completamente del agrado del régimen, con el aura de tabú que la acompañaba.
Un año más tarde Coccinelle debutaría en el teatro Olympia de París, que pocos meses antes había tenido en su escenario a Édith Piaf. La vedete se consagra con su exitoso espectáculo Cherchez la femme, mismo título de una de las canciones que grabó en aquel momento y que viene a traducirse como «busca a la mujer», animando en su letra a que la examinen. Francia se rinde a sus pies hasta el punto de que, en una ocasión, mientras compraba en una céntrica joyería, los viandantes descubrieron a la artista dentro del local y comenzaron a agolparse. En pocos minutos, curiosos y admiradores crearon un tumulto que hacía que fuese imposible salir a la calle, por lo que tuvo que venir un helicóptero a llevársela desde la azotea del mismo edificio.
Durante la década de los sesenta fue reclamada para el cine con pequeños papeles en películas como Noches de Europa y El Don Juan de la Costa Azul, en Italia; Días de viejo color, en España, o Los viciosos, en Argentina. Es en este último país donde conoce a su segundo marido, que ejercía de bailarín en su espectáculo y con el que se casa en 1966. Bodas, divorcio y éxito, la vida de Coccinelle iba más rápido de lo que la sociedad podía asimilar, mientras ella parecía reírse del mundo desde su habitación del Hotel Alvear, el más lujoso de aquel Buenos Aires.
En los años posteriores la artista continuó llevando su espectáculo por medio mundo. España volvió a reclamarla y ella regresó a Madrid, actuando también en Barcelona y Sevilla, donde los anuncios publicitarios seguían tratándola con cierto morbo. Sirva de ejemplo: «La estrella más discutida de la historia, cuyo intrigante pasado acaparó la atención mundial» o el malintencionado «La vedette vedetto que más dio que hablar en los últimos años».
Durante la década de los setenta la artista se paseaba con su coche por el Festival de Cannes, buscando conquistar la atención de los medios. Comenzaba una etapa de cierto declive, pese a que el trabajo no cesaba. Presentó en Barcelona un espectáculo titulado Hippirama y se trasladó a Berlín para convertirse en la estrella del Chez Nous, teatro que se caracterizaba por ser el templo del transformismo en Alemania. No es hasta mediados de los ochenta cuando regresa a París, donde escribe su autobiografía y retorna al cabaret de sus inicios.
Poco tiempo después su situación económica se agravaría, según aseguró su entorno debido a que nunca ahorró y no supo administrar toda la fortuna que ganó. Se deshizo de su coche, de su vivienda, de sus joyas y de todos los abrigos de visón que presumía de tener en todos los colores. A partir de 1992 se traslada a vivir a Marsella, donde contraerá matrimonio por tercera vez y actuará esporádicamente hasta su fallecimiento en 2006 a causa de un derrame cerebral. Su última voluntad era ser incinerada en la más estricta intimidad, celebrándose una misa en su honor.
El 18 de mayo de 2017, el Ayuntamiento de París inauguró un paseo con su nombre, al que acudió la alcaldesa Anne Hidalgo con un discurso que destacaba la labor de Coccinelle. Es la primera calle que se dedicó en Europa a una persona transexual. Aquella mujer que durante décadas fue tratada como una atracción de feria, hoy goza de categoría de leyenda.
Hasta aquí el artículo que resume su vida y méritos. La vinculación de Coccinelle con España fue constante, pese a que no se le diera la importancia que merece. Además de su espectáculo en Pasapoga en 1962, continuó visitando nuestro país durante los años del franquismo y actuando en varias salas de fiestas, tales como La Riviera en 1963, la barcelonesa New York en 1966 y la sala El Oasis en Sevilla durante ese mismo año; en la prensa se anunciaba como «La mujer que apasiona. El caso clínico de la historia al alcance de sus ojos». También actuó durante un tiempo en el madrileño York Club en 1969 y en el mítico Barcelona de Noche en las temporadas de 1973 y 1974 junto a Dolly Van Doll. En los inicios de la Transición, regresó a España para actuar en 1977 en la madrileña sala Yulia, y más tarde en el Cisne Negro, en un momento en el que Coccinelle ya había obtenido todos sus logros (y en tiempos mucho más difíciles). Su incursión en el cine de nuestro país se limita a la película Días de viejo color, dirigida por Pedro Olea en 1968, donde aparece brevemente como invitada a una fiesta surrealista en la que deja atónita a la actriz Fernanda Hurtado tras demostrar su maña a la hora de ponerse un vestido.
En 1990, acudió como invitada al programa Un día es un día, presentado por Àngel Casas en TVE, donde tuvo ocasión de rememorar sus vivencias.
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